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Libro N° 14940. El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos. Howard, Robert E.


© Libro N° 14940. El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos. Howard, Robert E. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © Robert E. Howard. El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos

 

Versión Original: © Robert E. Howard. El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/el-senor-de-samarcanda-y-otros-relatos-historicos/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL SEÑOR DE SAMARCANDA Y OTROS RELATOS HISTÓRICOS

Robert E. Howard


 

 

 

 

 

El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos

Robert E. Howard

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este volumen se recoge una parte de los relatos históricos de Robert E. Howard. Aventuras en épocas posteriores (o simultáneas, incluso) a la caída del Imperio romano de Occidente que nos describen el ascenso de los bárbaros del Norte a los principales puestos de la política de su tiempo, las luchas intestinas en las Cruzadas entre cristianos y musulmanes, y aventuras desaforadas de fornidos guerreros del Norte a través de las azules aguas del Mediterráneo. Grandes batallas, amores y traiciones en ambientes exóticos que despiertan a la vida gracias a la magnífica prosa del texano. En suma, un volumen lleno de magia, para disfrutar con las que podrían ser las mejores historias de Robert E. Howard.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Robert E. Howard

El Señor De Samarcanda Y Otros Relatos Históricos

ePub r1.0

Cervera 10.08.2017



Título original: The Gods of Bal-Sagoth Robert E. Howard, 2009

Traducción: Francisco Arellano

Ilustraciones: Glen Orbik, Jospeh Doolin, Gustave Doré

Editor digital: Cervera Aporte: Epicureum ePub base r1.2

 

 

 

 








Fuentes

«Delenda Est» («Delenda Est»). Publicado originalmente en Worlds of Fantasy, volumen 1, número 1, 1968. Traducido por Francisco Arellano.

«The Track of Bohemund» («El rastro de Bohemundo»). Publicado originalmente en The Road of Azrael, Donald M. Grant, 1979. Traducido por Francisco Arellano.

«Lord of Samarcande» («El señor de Samarcanda»), Publicado originalmente en

Oriental Stories, primavera de 1932. Traducido por Francisco Arellano.

«The Way of Swords» («El camino de las espadas»). Publicado originalmente en

The Road of Azrael, Donald M. Grant, 1979. Traducido por Román Goicochea Luna.

«Hawks over Egypt» («Halcones sobre Egipto»). Publicado originalmente en The Road of Azrael, Donald M. Grant, 1979. Traducido por Francisco Arellano.

«The Road of Azrael» («La ruta de Azrael»), Publicado originalmente en The Nemediam Chronicles. Chacal, núm. 1, 1976. Traducido por Francisco Arellano.

«Red Blades of Black Cathay» («Rojas espadas de la negra Catay»). Relato escrito por Robert E. Howard y Tevis Clyde Smith; adaptado al cómic por El Gringo (E. A. Fischer). Publicado por Real Free Press, Amsterdam, 1975. Traducido por Arturo Arellano.

 

 

 

 

 

 

Aclaración

Los relatos que están a punto de leer contienen referencias continuas a ciudades, pueblos, personajes históricos (o no), etcétera, cuya grafía correcta es muy complicada de establecer con exactitud. Lo hemos intentado y creemos que en su mayor parte hemos conseguido establecer una coherencia precisa. En cuanto a los nombres de ciudades o personajes históricos, me he visto en el dilema de hacer anotaciones con respecto a los mismos, para explicar quién es quién o dónde está qué en el transcurso de la obra mediante notas al pie o algún otro tipo de aclaración. Howard no lo hacía, con lo que se podría pensar que o bien él mismo se desentendía de esta práctica dejando todo el asunto de interpretación en manos del lector o que contaba con unos lectores mucho más preparados que yo (que he tenido que buscar bastantes datos). Para hacer honor a lo segundo y atender a lo primero, dejo en manos del lector averiguar los datos de esos hombres, mujeres, ciudades y pueblos que aparecen en estos relatos y que pueda ignorar. La tarea es bastante divertida y los cuentos, que de otro modo serían meras narraciones de aventuras, adquieren una dimensión mucho más amplia y un carácter más histórico. Cualquier buen libro de historia (pero también hay referencias en internet) puede valer. A disfrutar.



 

 

 

 

 

 

 

Howard histórico

 

Paco y Ampa Arellano cabalgan editorialmente de nuevo, Km V y uno, que los quiere de verdad y mientras dure este brevísimo «cuento contado por un idiota» al que suele llamarse vida, está encantado de su nueva salida quijotesca a la palestra de la edición. Sacan a la luz cosas de las que a ellos y a mí nos gustan, como cuando el mundo era joven y aparecieron, bajo su viejo sello «Francisco Arellano, Editor», libros inmortales como la primera trilogía de Corum, de Michael Moorcock, que celebré en un articulejo titulado «La fantasía contra el aburrimiento» y publicado en 1978 en el diario El País, que entonces sí era independiente. Los Arellano editan libros deliciosamente fantásticos, entendiendo la fantasía en su sentido más amplio (no en el más preciso y exacto que le confiere Todorov), y nos ponen ante los ojos, de la forma más cómplice y placentera posible, algunas de las cumbres de la Pulp Fiction de los años dorados, para que no olvidemos que hubo el siglo XX una época libre y tierna, disparatada y sin prejuicios, antes de esta era terrible, férreamente controlada por la political correctness, que nos ha tocado vivir.

Entre esas cimas, la que empieza donde terminan estas líneas reúne en un

volumen los mejores relatos históricos de Robert Ervin Howard, aquel texano loco y maravilloso que se quitó la vida a los treinta años y medio porque su mamá estaba en coma, moribunda, y no podía soportar vivir un solo instante sin su mamá. Desde el vándalo Genserico hasta el turco selyúcida Kosru Malik y el cruzado inglés Eric de Cogan, Howard nos sumerge en las trepidantes aventuras de una serie de personajes que encarnan a la perfección el ideal heroico y caballeresco que habitaba en su mente enferma, personajes que en este caso vendrían ennoblecidos por su (presunta) pertenencia a la realidad de la Historia, esa ficción a la que dan sentido y territorio la existencia y la muerte de los hombres. La escritura de Howard es, ya lo saben, vigorosa y enérgica, dinámica e impetuosa, no demasiado literaria, eso sí, pero ¿a quién le interesa una escritura literaria cuando puede gozar de una retórica tan simple, tan directa y tan sugestiva como la de Robert E. Howard?

El resultado es este libro que tienes en las manos, lector, y donde vas a tropezarte con la Aventura con mayúscula, que es una señora guapísima que últimamente brilla por su ausencia en las letras hispánicas —hay excepciones formidables como la saga de Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte—, tan apegadas al aburrimiento del terruño, la consigna ideológica, la crónica sentimental sin relieve o la novela histórica precocinada. Con relatos como estos, traducidos en su mayoría a un excelente español por el propio Francisco Arellano, el que suscribe espera y desea que los jóvenes entiendan la lección propuesta por Howard e inunden la narrativa actual de brillo, de recreo, de heroísmo, de dignidad y diversión, que falta nos va haciendo en estos tiempos de dictadura progre y putrefacta que tanto daño están haciendo al mundo.



Luis Alberto de Cuenca Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (CSIC)

 

 

 

 

 

 

 



DELENDA EST





 

 

 



 




 

No es un imperio, te lo digo yo! Es solo una apariencia, £una ilusión. ¿Un imperio? ¡Bah! ¡Piratas, eso es lo que somos!

Era Hunegais, claro, siempre sombrío y torvo, con los cabellos negros y con trenzas y los mostachos caídos traicionando su sangre eslava. Suspiró, y el vino de Falerna se deslizó por encima del borde de la copa de jade que estrechaba en su mano poderosa y fue a manchar su túnica púrpura bordada con hilos de oro.

Bebió sonoramente, como un caballo, y luego volvió a sus recriminaciones con un cierto placer melancólico.

—¿Qué hemos hecho en África? Hemos masacrado a los grandes terratenientes y a los sacerdotes y luego nos hemos apoderado de sus dominios. ¿Quién trabaja la tierra? ¿Los vándalos? ¡No! Los mismos hombres que la trabajaban bajo la ocupación romana. Simplemente hemos barrido las huellas de los romanos. Cobramos impuestos y rentas y nos vemos obligados a defender el país de esos malditos bereberes. Nuestra debilidad reside en nuestro reducido número. ¡No podemos mezclarnos con la población! Seríamos absorbidos. No podemos tener ni aliados ni vasallos; debemos contentarnos con mantener un cierto prestigio militar… somos un reducido número de forasteros instalados en castillos y, por el momento, imponemos nuestra ley a una vasta población indígena… Una cosa es cierta, que esa población no nos odia tanto como odiaba a los romanos, pero…

—Un poco de ese odio podría desaparecer —le interrumpió Ataúlfo.

Más joven que Hunegais, no llevaba ni barba ni bigote, y poseía una cierta belleza; sus modales eran menos primitivos. Por su nacimiento, formaba parte de los suevos, pero se había pasado la juventud en la Corte romana de Oriente, como rehén.

—Son ortodoxos; si renunciamos al arrianismo…

¡No! —Las poderosas mandíbulas de Hunegais se cerraron con un chasquido seco que habría roto unos dientes menos sólidos que los suyos. Sus ojos oscuros brillaban con el fanatismo que era, de entre todos los teutones, la característica exclusiva de su raza—. ¡Nunca! ¡Somos los amos! Son ellos quienes deben someterse… no nosotros. Nosotros sabemos que el arrianismo es la verdadera doctrina; si esos miserables africanos son incapaces de comprender su error, debemos remediarlo… ¡con antorcha, espada y potro de tortura si es necesario!

Luego, sus ojos volvieron a velarse; lanzando un nuevo suspiro, extendió la mano hacia la jarra de vino.

—Dentro de cien años el reino de los vándalos no será más que un recuerdo — predijo—. Todo lo que de momento asegura su cohesión es la voluntad de Genserico.

—Lo pronunció como «Geiseric».

El que acababa de ser nombrado se echó a reír, se arrellanó en su asiento de ébano labrado y extendió sus musculosas piernas. Eran las piernas de un jinete; pero el hombre había cambiado la silla de montar por el puente de una galera de guerra. En menos de una generación había transformado una raza de caballeros en una raza de saqueadores del mar. Era el rey de una raza cuyo nombre era sinónimo de destrucción, y poseía el cerebro más poderoso del mundo conocido.

Nacido en las orillas del Danubio, creció y llegó a la edad adulta en el transcurso de una larga migración hacia el oeste, cuando el éxodo de las naciones pasó por encima de las empalizadas romanas. Le dio a la corona, forjada para él en España, toda la sabiduría salvaje que aquella época podía enseñar, en medio de un festín de espadas y el choque furioso de las razas en lucha. Sus salvajes jinetes barrieron las lanzas de los soberanos romanos de España lanzándolos al olvido. Cuando los visigodos y los romanos unieron sus fuerzas y empezaron a mirar de reojo hacia el sur, fueron las intrigas de Genserico las que obligaron a los hunos de Atila a caer sobre el oeste, erizando los horizontes en llamas con sus miles de lanzas. Atila ya estaba muerto; nadie sabía dónde se hallaban sus huesos y sus tesoros, guardados por los fantasmas de quinientos esclavos asesinados ante su tumba. Su nombre retumbó, como el trueno de las tormentas, por el mundo entero; sin embargo, en su tiempo, no fue más que uno de los peones desplazados irresistiblemente por la mano del rey de los vándalos.

Cuando, tras la batalla de Chálons, los ejércitos de los godos siguieron su avance y cruzaron los Pirineos, Genserico no esperó ser aplastado por un enemigo superior en número. Los hombres maldijeron el nombre de Bonifacio, que llamó a Genserico para que le ayudara contra su rival, Aecio, abriendo así al vándalo el camino de África. Su reconciliación con Roma llegó demasiado tarde… tan vana como el valor del que dio tantas pruebas intentando deshacer lo hecho. Bonifacio murió, atravesado por la lanza de un vándalo; un nuevo reino surgió en el sur. En aquel momento, Aecio también estaba muerto, y las grandes galeras de guerra de los vándalos se dirigían hacia el norte. Los largos remos se hundían en las olas y producían reflejos plateados bajo las estrellas; los grandes navíos se alzaban y se balanceaban al compás de las olas.

En la cabina de la galera que iba en cabeza de la armada, Genserico escuchaba la conversación de sus capitanes. Sonreía suavemente mientras sus dedos vigorosos revolvían su barba rubia y rizada. En sus venas no quedaba el menor rastro de la sangre de los escitas que dejaba un poco a un lado a su raza con respecto a las demás razas teutonas desde la época lejana en que enjambres de jinetes, huyendo por las estepas ante los sármatas vencedores, se dirigieron hacia el oeste y fueron a vivir entre el pueblo que se albergaba en las orillas del Elba. Genserico era un germano puro; de talla media, hombros cuadrados y torso poderoso, el cuello fuerte y poderoso, su estatura era una promesa de vitalidad física del mismo modo que sus grandes ojos azules reflejaban su espíritu enérgico.

Era el hombre más fuerte del mundo conocido, y era un pirata… el primero de los saqueadores teutones de los mares a quienes los hombres, más adelante, llamarían vikingos. Sin embargo, su terreno de conquista no era el mar Báltico, ni el mar del Norte de aguas azules, sino las costas soleadas del Mediterráneo.

—¡Y la voluntad de Genserico —dijo, con una carcajada, como respondiendo a la



última observación de Hunegais— es que bebamos y celebremos! ¡Dejemos que el mañana se ocupe de sí mismo!

—¡Y eso lo dices tú! —replicó Hunegais, con esa libertad que aún era privilegio de los bárbaros—. ¿Cuándo has permitido tú que el mañana se ocupe de sí mismo? Siempre has estado tramando algo y haciendo proyectos, y no solo para el día de mañana, ¡sino para los mil días siguientes! ¡Esta mascarada es inútil con nosotros! No somos romanos… no intentes hacernos creer que tú eres un estúpido… ¡como creyó Bonifacio!

—Aecio no era un estúpido —murmuró Thrasamundo.

—Pero está muerto y nosotros vamos camino de Roma —respondió Hunegais, demostrando una cierta satisfacción por primera vez desde que empezaron a hablar

—. ¡Alarico, a Dios gracias, no se llevó todo el botín! Y me alegra que Atila perdiera la sangre fría en el último momento… porque eso dejará más presas para nosotros.

—Atila se acordó de Chálons —dijo lentamente Ataúlfo—. Hay algo en Roma que aún sobrevive… por todos los santos, es algo extraño. Incluso cuando el Imperio parecía destruido… dislocado, pisoteado, hecho pedazos… una parte de él reaparecía y renacía a la vida. Stilicon, Teodosio, Aecio… ¿Quién sabe? Esta noche, en Roma, quizá un hombre se vaya a dormir y será quien nos destruya a todos.

Hunegais resopló con desprecio y golpeó con el puño la mesa manchada de vino.

—¡Roma ha muerto, como la yegua blanca que montaba cuando la toma de Cartago! ¡Nos basta con alargar la mano para conseguir todo el botín que contiene!

—En otros tiempos, hubo un gran general que pensaba lo mismo —observó Thrasamundo con un tono indolente—. ¡Era un cartaginés, por Dios! He olvidado su nombre. Pero sé que luchó contra los romanos en varias ocasiones. ¡Atacar, acuchillar y lanzar estocadas, tal era su estilo!

—En todo caso —replicó Hunegais—, al fin, debió ser vencido, porque, en caso contrario, habría destruido Roma.

—¡Exacto! —exclamó Thrasamundo.

—No somos cartagineses —dijo Genserico riendo—. ¿Y quién ha hablado de saquear Roma? ¿Acaso no vamos camino de la ciudad imperial para responder a la llamada de la emperatriz que se encuentra rodeada de celosos adversarios? ¡Ahora, salid todos de aquí, que quiero dormir!

La puerta del camarote se cerró con un chasquido y con ella acabaron las oscuras predicciones de Hunegais, las incisivas opiniones de Ataúlfo y las protestas de los demás. Genserico se levantó y se acercó a la mesa para servirse una última copa de vino. Bebió a tragos cortos; una lanza franca le había herido en la pierna, muchos años antes.

Se llevó a los labios el cubilete con incrustaciones de joyas… y se volvió bruscamente, lanzando un juramento a causa de la sorpresa. No había escuchado cómo se abría la puerta de su camarote. Sin embargo, un hombre se encontraba ante él, al otro lado de la mesa.



—¡Por Odín! —El arrianismo de Genserico estaba a flor de piel—. ¡Qué haces en mi camarote!

Su voz sonaba tranquila, casi plácida, tras la primera exclamación de sorpresa. El rey era demasiado sagaz para manifestar sus verdaderas emociones. Su mano se posó furtivamente en el pomo de su espada. Un asalto súbito, repentino…

Pero el hombre no hizo ningún movimiento hostil. Era un desconocido para Genserico. El vándalo vio que no era ni un teutón ni un romano. Alto, el hombre tenía la tez morena y su rostro estaba impregnado de dignidad. Una cinta de color púrpura le ceñía los cabellos. Una barba rizada de patriarca le caía majestuosamente sobre el pecho. Una impresión de familiaridad, confusa y absurda, surgió en la mente del vándalo mientras le miraba.

—¡No he venido con intención de hacerte mal!

La voz era grave, poderosa, sonora. Genserico no distinguía gran cosa de su ropa, porque el hombre iba envuelto en una enorme capa de color oscuro. El vándalo se preguntó si el desconocido ocultaría algún arma bajo la capa.

—¿Quién eres y cómo has entrado aquí? —preguntó.

—Quién soy, importa poco —replicó el recién llegado—. Me hallo a bordo de esta nave desde que saliste de Cartago. Zarpaste de noche; yo embarqué en ese mismo momento.

—No te vi nunca en Cartago —murmuró Genserico—. Sin embargo, se te distinguiría fácilmente en una multitud.

—Pertenezco a Cartago —prosiguió el desconocido—. Vivó allí desde hace muchos años. Nací en esa ciudad y mis antepasados antes que yo. ¡Cartago es mi vida!

Esta última frase fue pronunciada con tal pasión, con una voz tan orgullosa, que Genserico, involuntariamente, dio un paso hacia atrás. Sus ojos se entornaron.

—Los habitantes de la ciudad puede que tengan razones ciertas para quejarse de nosotros —dijo—. Pero yo no ordené ni las rapiñas ni el saqueo. En un momento dado, quise hacer de Cartago mi capital. Si has sufrido algún daño a causa de los pillajes, porque…

—No ha sido culpa de tus lobos —respondió el otro de un modo severo—. ¿El saqueo de la ciudad? ¡He presenciado un saqueo que ni siquiera tú, bárbaro, podrías imaginar! Ellos te llaman bárbaro, pero yo he visto lo que los civilizados romanos pueden hacer.

—Por lo que recuerdo, los romanos nunca saquearon Cartago —rezongó Genserico, frunciendo el ceño con cierta perplejidad.

—¡Justicia ideal! —exclamó el desconocido.

Su mano salió de debajo de su túnica y se estampó violentamente sobre la mesa. Genserico observó que aquella mano era musculosa, aunque blanca… la mano de un aristócrata.

—La  codicia  y  la  perfidia  romana  destruyeron  Cartago;  el  comercio  la



reconstruyó bajo una nueva apariencia. Actualmente, tú, bárbaro, abandonas su puerto para humillar a su conquistador. ¿No es extraño que sueños antiguos recubran de plata las maromas de tus navíos y se deslicen en el seno de tus calas y que algunos fantasmas olvidados se escapen de sus tumbas inmemoriales para errar por tus puentes?

—¿Quién ha hablado de humillar a Roma? —preguntó Genserico con inquietud

—. Zarpé para arbitrar en una disputa sobre la sucesión de…

—¡Bah! —De nuevo, la mano se abatió con fuerza sobre la mesa—. Si supieras lo que yo sé, destruirías toda vida en esta ciudad maldita antes de dirigir de nuevo tus proas hacia el sur. En este mismo momento, aquellos a quienes pretendes ayudar con tu viaje maquinan tu ruina… ¡y hay un traidor a bordo de tu navío!

—¿Qué quieres decir? —No había ni agitación ni pasión en la voz del vándalo.

—¿Y si te diera pruebas de que tu vasallo y compañero más cercano —aquel en quien más confías— proyecta tu ruina junto con aquellos a quienes pretendes ayudar?

—Dame esa prueba; luego, pídeme todo lo que quieras —respondió Genserico, muy serio.

—¡Toma esto en prenda de lealtad!

El desconocido arrojó una moneda que tintineó sobre la mesa y tomó un cinturón de seda que Genserico había echado a un lado de manera displicente.

—Sígueme hasta el camarote de tu consejero y escriba, el hombre más atractivo entre todos los bárbaros…

—¿Ataúlfo? —A su pesar, Genserico se sobresaltó—. Confío en él más que en nadie.

—Entonces, eres menos perspicaz de lo que pensaba —respondió duramente el desconocido—. Se debe temer más al traidor entre los propios partidarios que al enemigo en las fronteras. No fueron las legiones de Roma las que me vencieron… sino los traidores que tramaban en mi contra y en mi propia ciudad. El poder de Roma no reside únicamente en sus espadas y sus navíos… también utiliza las almas de los hombres. Vengo desde un lejano país para salvar tu imperio y tu vida. A cambio, solo te pediré una cosa: ¡ahoga a Roma en un baño de sangre!

Durante un instante, el desconocido se inmovilizó; su brazo poderoso estaba alzado, sus ojos oscuros lanzaban llamas. Un aura de fuerza aterradora emanaba de aquel hombre llenando de un respetuoso terror incluso al vándalo aguerrido. Luego, envolviéndose en los pliegues de su capa de color púrpura, con un gesto de realeza, el hombre se dirigió rápidamente hacia la puerta y desapareció, a pesar de la exclamación de Genserico y de su esfuerzo para impedirle marchar.

Jurando sorprendido, el rey avanzó cojeando hasta la puerta, la abrió y miró vivamente hacia el puente. Una linterna brillaba en la popa del navío. Un olor rancio de cuerpos sucios subía desde la cala donde los galeotes agotados tiraban de los remos. El rítmico chasquido parecía luchar con el coro ensordecedor proveniente de los navíos que seguían a la nave almirante en una larga hilera fantasmagórica. La luna



teñía de plata las olas e inundaba el puente con un brillo blancuzco. Un único guerrero montaba guardia ante la puerta de Genserico. La claridad de la luna hacía brillar su casco de oro, adornado con cimera, y su corselete romano. Alzó la jabalina a modo de saludo.

—¿Dónde ha ido? —preguntó el rey.

—¿Quién, señor? —quiso saber estúpidamente el guerrero—. ¡El hombre alto, zopenco! —exclamó Genserico con impaciencia—. El hombre de la capa púrpura que acaba de salir de mi camarote.

—Nadie ha salido de tu camarote desde que el señor Hunegais y los demás se marcharon —respondió el vándalo, estupefacto—. ¡Mentiroso!

La espada de Genserico formó una arruga plateada en su mano cuando se deslizó saliendo de su vaina. El guerrero palideció y se echó hacia atrás.

¡Qué Dios sea mi testigo —juró— de que esta noche no he visto a ningún hombre que responda a tu descripción, mi rey!

Genserico le consideró atentamente. El rey de los vándalos sabía juzgar a los hombres; comprendió que aquel no le mentía. Sintió que el cuello cabelludo le picaba de un modo extraño. Se dio la vuelta sin decir palabra y cojeó a toda prisa hacia el camarote de Ataúlfo. Cuando estuvo ante la puerta, titubeó, pero al fin abrió violentamente.

Ataúlfo estaba caído bajo una mesa, en una postura identificable nada más verle. Su rostro estaba violáceo, sus ojos fuera de las órbitas; su lengua, ennegrecida, le colgaba fuera de la boca. Alrededor del cuello, con un nudo marinero, se podía ver el cinturón de seda de Genserico. Cerca de una de sus manos había una pluma de oca; al otro lado, tinta y un trozo de pergamino. Apoderándose de él, Genserico leyó la carta con dificultad.

 

A Su Majestad, la Emperatriz de Roma.

Yo, tu fiel servidor, he actuado siguiendo tus órdenes, y estoy a punto de convencer al bárbaro, a quien sirvo, para que demore su ataque contra la ciudad imperial hasta que la ayuda que esperas recibir de Bizancio haya llegado. Será entonces cuando le conduzca hasta la bahía que ya te he mencionado. Así caería en la trampa, que para él será como un cepo, y podrás destruirle, a él y a toda su flota, y…

 

La carta terminaba bruscamente con un garabato errático. Genserico bajó la vista hacia el cadáver. De nuevo, los pelillos de la nuca se le erizaron. No había ni el menor rastro del alto desconocido. El vándalo comprendió que no le volvería a ver nunca más.

—Roma pagará por esto —murmuró.

La máscara que siempre mostraba en público había caído; el rostro del bárbaro parecía representar los rasgos de un lobo hambriento. En su brillante mirada, en el



nudo de su enorme puño, no hacía falta ser un sabio para leer el fin de Roma. Repentinamente recordó que todavía apretaba en la palma de la mano la moneda que el desconocido arrojó sobre la mesa. La examinó; su respiración salió silbando entre sus dientes: reconocía los caracteres de un antiguo idioma olvidado… y las facciones del hombre que tan a menudo había visto, grabados en el mármol antiguo de los monumentos de Cartago, preservados del odio de los romanos.

—¡Aníbal! —murmuró Genserico.



TRAS LAS HUELLAS DE BOHEMUNDO





 



 




A

 

1 mismo tiempo que la luna se deslizaba por detrás de una formación de nubes algodonosas y bañaba los bosques con un brillo plateado haciendo renacer las sombras, el hombre saltó hacia un oscuro racimo de espesura como una criatura perseguida que teme la luz delatora. El martilleo de los cascos herrados llegó a sus oídos y se incrustó más profundamente en su escondite, temiendo casi respirar. Escuchaba a lo lejos el chapoteo perezoso de las olas que se estrellaban en la orilla. Una nube que flotaba por el cielo ocultó de nuevo la luna. En aquel instante, el caballero surgió de los árboles, al otro lado del pequeño claro. El hombre se acurrucó en su refugio y juró en voz baja. Solo veía una masa indistinta que avanzaba; escuchaba solamente el tintineo de los estribos y el chirriar del cuero. Luego, la luna reapareció. El hombre lanzó un profundo suspiro de alivio y dejó de un salto su

refugio en el seno de los matorrales.

El caballo se encabritó y se sacudió, el jinete lanzó un juramento de sorpresa y una corta lanza brilló en su mano alzada. La aparición que tan repentinamente se había lanzado contra su caballo no era la más adecuada para tranquilizar a un viajero solitario. Era un hombre alto y fuerte, desnudo a excepción de un taparrabos; sus músculos de acero se movían bajo el claro de luna.

—¡Atrás o te ensarto! —gruñó el caballero, en turco—. ¿Quién eres, en nombre de Satán?

—Roger de Bracy —replicó el otro hombre en un francés con matices de acento normando—. Habla más bajo. Estamos a menos de una legua del campamento musulmán. Me sorprende muchísimo que no te hayan capturado. Cerca de la costa, en una pequeña cala disimulada por los árboles, tres galeras han echado el ancla y pude ver el destello de armas sobre la orilla. Esta noche, he escapado de la galera del famoso pirata árabe Yusef ibn Zalim. En su navío, remé como esclavo durante meses. Ha venido a una cita, aunque ignoro con qué fin, pero, temiendo alguna traición por parte de los turcos, ha echado el ancla a cierta distancia de la bahía. Ahora se encuentra en el fondo del mar, porque rompí mis cadenas, me acerqué a él sin hacer ruido mientras dormitaba en la proa y le estrangulé antes de alcanzar la orilla a nado.

El caballero gruñó, erguido en su silla como una estatua, recortándose bajo la luz de la luna. Era alto y llevaba una cota de malla de color gris; esta no conseguía ocultar las líneas duras de sus miembros poderosos y musculosos. Portaba un casco de acero echado hacia atrás con cierto descuido tras su cabeza cubierta de malla. Incluso en la luz incierta que les rodeaba, el fugitivo quedó impresionado por los rasgos crueles de predador del otro hombre.

—Creo que mientes —declaró el caballero, hablando el francés de los normandos con un extraño acento—. Dices que eres un galeote, pero veo que tus cabellos han sido cortados hace poco y tu rostro parece recién afeitado. Además, ¿qué galeras musulmanas se atreverían a ocultarse en una cala de la orilla europea, tan cerca de la ciudad?

—¡Vamos, por Dios! —respondió el otro, con evidente sorpresa—. No puedes



negar que soy cristiano. En cuanto a mis cabellos y barba, estimo que un gentilhombre debe cuidar su apariencia aunque esté en cautiverio; abandonar su apariencia sería algo indigno por su parte. Uno de los prisioneros a bordo de la galera era un barbero griego; esta mañana, le convencí para que me afeitara la barba y me cortara el pelo. En cuanto al resto de mi historia, todo el mundo sabe que los musulmanes van y vienen por el Bósforo y el Mármara prácticamente a su antojo. Estamos poniendo en peligro nuestras vidas hablando aquí. Déjame un estribo y partamos.

—No lo creo —dijo el caballero—. Has visto demasiadas cosas.

Y, con un poderoso movimiento de todo su cuerpo, hundió la lanza hacia el ancho torso del otro hombre. Aquel gesto fue tan inesperado que solo la reacción instintiva del hombre amenazado le salvó la vida. Pillado por sorpresa, consiguió evitar la lanza, galvanizado por sus reflejos y anticipando el ataque en un cegadora fracción de segundo. La punta de acero le arañó la piel cuando pasó silbando a su lado. Pero no fue el ciego instinto lo que le hizo atrapar el mango de la lanza y empujar hacia arriba con un gesto salvaje. La furia ante aquel ataque sin motivación despertó en él el deseo de matar. Esquivar el golpe y empuñar el mango de la lanza fueron cosa de un instante. Desequilibrado y llevado por su propio impulso —según golpeaba en el vacío—, el caballero cayó pesadamente de su silla e impactó contra el pecho de su adversario. Los dos hombres cayeron juntos al suelo. El casco del caballero voló de su cabeza. El caballo se encabritó y partió al galope hacia las lindes del claro.

El jinete había soltado la lanza en el transcurso de la caída. En aquel momento, los dos hombres, estrechamente enlazados, rodaron por el espacio libre del claro y se estrellaron contra la maleza. La mano enguantada de hierro se cerró en el pomo de una daga metida en su vaina, pero Bracy fue más rápido. Con un poderoso esfuerzo, se incorporó por encima de su adversario. Llevaba en la mano un pedrusco que sus dedos agarraron a ciegas. La daga centelleó bajo la luz de la luna; antes de que pudiera golpear, Bracy abatió la piedra con una violencia increíble sobre la cabeza protegida por la cota de malla. Nada podía resistir un golpe como el suyo. Las mallas de acero ligero no se rompieron, pero cedieron. Bracy sintió que el cráneo de su adversario se rompía. Entonces, con una fiereza demencial, el antiguo galeote abatió la piedra una vez y otra. Su enemigo no tardó en quedar inmóvil bajo su cuerpo; la sangre corría lentamente por debajo de la cota de malla.

Jadeando, se incorporó y echó a un lado el arma rudimentaria. Miró al vencido tendido a sus pies. Se estremeció de furia y sorpresa. Sacudió la cabeza, intrigado. Luego, una idea pareció nacer en su mente, y le sorprendió no haber pensando antes en ella. El caballero venía del campamento musulmán. Lo más seguro es que no hubiera pasado cerca de aquel campamento sin haber sido visto y detenido. Así que debía provenir del propio campamento. Aquello quería decir que el hombre estaba, de un modo u otro, en connivencia con los paganos. De nuevo, Roger sacudió la cabeza. Había aprendido muchas cosas sobre Oriente y sus costumbres desde que descendió



por el Danubio formando parte de la vanguardia de Pedro el Ermitaño. Bizantinos y musulmanes no siempre se estaban matando unos a otros. A veces cerraban alianzas, en secreto, para mayor confusión de los occidentales. Pero Roger nunca había oído hablar de un cruzado renegado… y aquel hombre, vestido con la armadura de un Portador de la Cruz, no era un griego.

Impulsado por la necesidad, Roger empezó a desnudar al muerto. Estaba afeitado casi al ras y sus rubios cabellos eran muy cortos. Habría podido pasar por un normando, pero Bracy recordó su extraño acento. El antiguo galeote se puso apresuradamente la coraza, se apretó el cinturón de la espada alrededor de su fina cintura y buscó con la mirada el casco de acero. Se lo colocó sobre sus cabellos leonados. La ropa y la armadura le sentaban como si fueran a medida; su desconocido agresor y él habían sido creados de la misma manera. Acarició la empuñadura de la larga espada de doble filo y se sintió un hombre de nuevo, por primera vez en muchos meses. El tintineo de la vaina del arma contra su muslo revestido de hierro le recordó que volvía a ser Messire Roger de Bracy, caballero de la Cruz y una de las mejores espadas de Inglaterra.

Ningún ruido, salvo el lejano piar de las aves nocturnas, turbaba el silencio cuando se encaminó hacia el semental. El animal pastaba tranquilamente en las lindes del bosque. Según montaba a la silla, los largos meses de privaciones y sufrimientos se deslizaron de sus hombros como cuando uno se quita la capa, dejando solamente una fiera determinación… pagar la deuda que tenía con los fieles de Mahoma. Sonrió cruelmente al recordar los últimos gorgoteos de Yusef ibn Zalim y luego sus facciones se oscurecieron cuando otro rostro apareció ante él, burlón bajo la luz de la luna… un rostro delgado, de predador, coronado con un casco con la punta rematada con una pluma de garza. El príncipe Othman, hijo de Kilidg Arslan, el León Rojo de los Seljuks. La aparición se burlaba de él, pero ya llegarían días mejores, y, limitado en otras cosas, la paciencia de un normando cuando se trataba de cumplir venganza era tan profunda y tenaz como el mar del Norte que le engendró.

Roger dejó la lanza donde esta cayó, pero tomó el escudo con forma de milano que colgaba del pomo de la silla. Luego, tan prudente como un lobo, lanzó su caballo al galope hacia la sombra de los árboles, en la dirección que llevaba cuando tuvo aquel inesperado encuentro. En el escudo no había ninguna insignia, pero en el pecho de la cota de malla brillaba un extraño emblema labrado en oro… parecía un halcón, y era incuestionablemente griego en su manufactura.

Los bosques que atravesaba estaban tan desiertos como si fuera el último hombre vivo en la Tierra. Bordeaba la costa tan cerca de ella como se atrevía a hacerlo, orientando su curso por el chapoteo lejano de las olas. El terreno era accidentado y ondulado. Tras tres horas de marcha, las luces de Constantinopla brillaron entre los árboles cuando empezó a subir por las colinas y luego desaparecieron cuando penetró en los valles. Era medianoche pasada, o eso pensó, cuando alcanzó las afueras de la ciudad. Estas, separadas de la gran metrópolis de la que formaban parte, se extendían



por la orilla norte del Cuerno de Oro. Aquel barrio era el de los mercaderes venecianos y demás comerciantes extranjeros… calles tortuosas de casas de madera y edificios de piedra más importantes. Pero antes de que penetrara en el corazón de la ciudad, fue detenido por una muralla y la guardia de la puerta que le dio el alto. Una antorcha sujetada por una mano enguantada en hierro se acercó a él, tocándole casi la cara. No tuvo tiempo de dar su nombre. Vio una silueta ataviada con ropajes de terciopelo negro inclinarse desde la pasarela de la ronda y examinarle con atención. Siguieron unas palabras en griego, dichas en voz baja, y las puertas se abrieron para cerrarse sonoramente a sus espaldas cuando hizo avanzar su caballo. Se preparaba a alejarse calle abajo cuando la silueta vestida de terciopelo apareció a su lado y sujetó las riendas del caballo.

—¡Tranquilo, tranquilo! —exclamó el personaje con impaciencia—. ¿Qué te pasa? ¿Has olvidado las instrucciones de nuestro amo? Manuel, lleva este caballo hasta el espigón. Sigúeme, señor Thorvald. ¡Un instante! ¡Alguien podría reconocerte! A decir verdad, yo mismo no te habría reconocido con ese atuendo occidental y sin la barba. Pero nunca se sabe… toma este pañuelo de seda y oculta con él tus facciones.

Roger tomó el pañuelo y lo enrolló muy suelto alrededor de la malla de la cabeza, de tal modo que solo sus ojos de color gris acero resultaran visibles. Evidentemente, le tomaban por el hombre a quien había matado. Estaba seguro de encontrarse ante algún peligro…, pero todavía estaba más seguro de que si revelaba su verdadera identidad no tardaría en encontrarse en una situación aún más peligrosa. Aquel nombre de Thorvald despertó en la mente del normando un vago recuerdo, y acarició instintivamente la empuñadura de la espada.

Su guía le llevó a través de calles tortuosas y desiertas. Roger se dio cuenta de que se encontraba cerca de los muelles que daban al estrecho. Pronto se detuvieron ante la puerta de una torre de piedra y achaparrada, evidentemente un vestigio de una época más remota y primitiva. Alguien atisbo por una grieta de la puerta.

—¡Abre, imbécil! —silbó el hombre vestido de terciopelo—. Somos Angelus y el señor Thorvald el Espadachín.

Chirriaron los goznes cuando la puerta se abrió hacia el interior. Roger siguió a su guía, perdido en un dédalo de conjeturas más increíbles unas que otras. Thorvald el Espadachín… así que aquel era el hombre a quien había golpeado hasta matarlo con una piedra en el claro. Había oído hablar del hombre del Norte… era el esgrimidor más terrible de los Guardias Varangianos, una banda de mercenarios y asesinos nórdicos al servicio de los griegos. Había podido verlos alrededor del palacio del emperador… hombres altos y barbudos, con cascos con cimeras, capas con los bordes escarlata y corazas doradas. Pero, ¿por qué razón un capitán de los Guardias Varangianos volvía de un campamento turco, en mitad de la noche, con la coraza de un cruzado?

Roger empezaba a creer que se había metido en un foso lleno de serpientes



ocultas en las tinieblas. Apretó más estrechamente el pañuelo alrededor de sus facciones y siguió a su guía por un oscuro corredor. Entraron en una habitación pequeña y débilmente iluminada. Alguien estaba sentado en un sillón grande y labrado. Su guía se inclinó casi hasta tocar el suelo ante aquella silueta y luego se retiró, cerrando la puerta a sus espaldas. El normando permaneció en pie, entornando los ojos; cuando estos se fueron acostumbrando a la penumbra, la silueta sentada en el sillón fue tomando forma lentamente. Era un hombre rechoncho y macizo, envuelto en una capa de satén negro que ocultaba el resto de su vestimenta. Un gran sombrero flexible sin pluma y una máscara estaban depositados encima de una mesa, al alcance de la mano, indicando que el hombre había llegado hasta allí en el mayor secreto, temiendo ser reconocido. La mirada del caballero fue atraída por el rostro del otro; la barba de color azul negruzco estaba cuidadosamente recortada, los bucles negros de su cabellera estaban echados hacia atrás por encima de una frente ancha y sujetados con una cinta dorada; por debajo, grandes ojos marrones brillaban con una innata vitalidad. Roger se sobresaltó violentamente. En el nombre de Dios, ¿en qué nido de intrigas subterráneas y negro complot había caído? El hombre del sillón era Alejo Comneno, señor del Imperio bizantino.

—Te has dado prisa, Thorvald —dijo el emperador.

Roger no contestó, dominado por el estupor. Se preguntaba qué misterioso asunto podría impulsar al emperador de Oriente a dejar su palacio de columnas de mármol para acudir a aquella torre oscura situada en las afueras de su ciudad y en el corazón de la noche.

—¡Habrás venido a galope tendido! ¿El mensajero que te envié no te ha dicho por qué deseaba tu presencia?

Roger sacudió la cabeza, un poco al azar. Alejo asintió.

—Le dije que te rogará solamente que acudieras aquí a toda prisa. Pero, dime… cuando acompañaste a los corsarios del mar Negro en sus expediciones, ¿se imaginaron alguna vez tu verdadera identidad?

De nuevo Roger negó con la cabeza. Alejo sonrió.

—¡Avaro en las palabras, como siempre, viejo lobo! Está bien. Pero ahora tengo un trabajo para ti, algo más importante que vigilar a los piratas musulmanes. Por esta razón te he mandado llamar…

»Thorvald, desde que marchaste a espiar a los turcos, los ejércitos de los francos han venido y se han vuelto a marchar. No se presentaron como hicieron Pedro el Ermitaño y Walter el Indigente: bandas de mendigos y haraganes. Los caballeros vinieron con caballos de batalla y convoys de carros, caballeros y mujeres, arqueros, piqueros y hombres de armas… todos muy deseosos de recuperar el Santo Sepulcro.

»El primero en llegar fue Hugo de Vermandois, hermano del rey francés, en un navío con algunos servidores. Le recibí como a un rey y le hice suntuosos presentes, y le persuadí para que me jurase fidelidad. Luego, llegaron otros: Raimundo de Saint-



Gilles, Godofrcdo de Bouillon y sus hermanos, y ese demonio de Bohemundo. Todos prestaron juramento de fidelidad, a excepción de ese cabezota duque de Provenza… pero no me da miedo. Arde en las llamas de un celo piadoso y no piensa en otra cosa que en Jerusalén. Con Bohemundo es otra historia; estaría dispuesto a degollar a San Pablo para satisfacer sus ambiciones.

»Tomaron Nicea para mí, pero les hice marcharse mediante un ardid. Encargué a Manuel Boutoumites que cerrara un pacto secreto con los turcos. En estos momentos, la ciudad está en manos de mis soldados. Actualmente, el ejército de los francos avanza hacia el sur, camino de Palestina. En las colinas de Asia Menor, Kilidg Arslan los masacrará a todos, de eso no cabe la menor duda. Sin embargo, podrían llevárselo consigo. O, al menos, darle tantos golpes que este no sería una amenaza para Bizancio en los años venideros. La verdad es que le temo menos de lo que temo a ese demonio de Bohemundo. Hace doce años, solo la suerte me permitió derrotarle cuando llegó de Italia con Roberto Guiscard.

»Thorvald, te he mandado a buscar porque no existe un solo hombre al este del Danubio capaz de medirse contigo en un duelo a espada. He trazado mis planes cuidadosamente; sin embargo, Bohemundo ha conseguido escurrírseme entre los dedos. Entre los corsarios fuiste mis ojos y mi cerebro; ahora debes ser mi espada. Tu tarea será la siguiente; vigilar para que Bohemundo no escape vivo del campo de batalla cuando Kilidg Arslan marche contra los francos. ¡No golpees a derecha e izquierda, lanza todos tus golpes contra él! Tal es la orden que te doy… pase lo que pase, sea cual sea el destino de la batalla, sea quien sea el vencedor y el vencido, el vivo o el muerto… ¡mata a Bohemundo!

La voz del emperador levantó ecos sonoros en la pequeña habitación, y sus ojos negros brillaron con una fuerza magnética. Roger sintió el poder y la energía de aquel hombre como si fuera algo físico.

—Los cruzados llevan ya varios días de marcha —siguió diciendo Alejo—. Pero viajan lentamente, porque la caballería debe esperar a los carros. No le costará alcanzarle y adelantarles para reunirte con el sultán antes de que este se lance a la batalla, conforme a los acuerdos que he pactado con él. Tu caballo se encuentra ya a bordo de un barco amarrado a los pies del Espigón Verde… pero Angelus te conducirá hasta los muelles. En la orilla asiática, Ortuk Khan —ese a quien llaman el Jinete del Viento— acudirá a tu encuentro y te ayudará a reunirte con el sultán. Teodoro Boutoumites se encuentra con Godofredo… —se calló de repente mirando la cota de malla de Roger—. Por San Pablo, hay sangre fresca en tu coraza, Thorvald.

¿Estás herido?

—No —respondió Roger maquinalmente, con la mente llena de demenciales conjeturas.

Comprendió su error en el acto. Alejo se sobresaltó y un destello receloso hizo brillar sus penetrantes ojos. Las facultades de aquel hombre eran tan vivas como una espada afilada.



—¡Esa no es la voz de Thorvald! —rugió.

Con un gesto rápido —como una rapaz que se lanza sobre su presa— arrancó el pañuelo de seda que ocultaba el rostro del caballero. Los dos hombres se levantaron de un salto y el emperador retrocedió lanzando un grito.

—¡Un espía! ¡No eres Thorvald! ¡Alarma, guardias!

La espada de Roger pareció arder a la luz de la vela. Alejo se echó hacia atrás con un salto de felino. La hoja cortó un mechón de sus cabellos y le rozó la cabeza con un zumbido. En el mismo instante, al parecer, la habitación se llenó de hombres armados que surgieron por cada puerta. Pero se quedaron sorprendidos al ver a su emperador que intentaba evitar desesperadamente el ataque homicida de un hombre del que todos pensaban que era un fiel servidor. Solo Roger sabía exactamente lo que debía hacer. No tenía tiempo de lanzar un nuevo golpe contra el emperador; este se había refugiado detrás del butacón y les gritaba a los soldados, ordenándoles con frenesí que hicieran trizas al impostor. El normando se volvió hacia la puerta más cercana, donde tres hombres le cerraban el paso. El primero cayó con el cráneo y el casco destrozados por la estocada del caballero. Cuando los otros dos se lanzaron golpeando hacia él, Roger se agachó y fue a su encuentro, con el escudo por delante. El impacto los derribó; llevado por su carga de toro, el normando cruzó rápidamente la puerta y se encontró en el pasillo. Recuperando el equilibrio mientras corría, se dirigió rápidamente al extremo del corredor. No había quedado allí ningún guardia ante la puerta. Quitando las cadenas y tirando de los cerrojos, franqueó el umbral de un salto y estrelló la puerta en las caras de sus perseguidores. Huyo calle abajo por el estrecho callejón, maldiciendo por el ruido que hacían sus pies calzados de hierro sobre los adoquines. No podía esperar evitar a sus atacantes, pero ante él aparecieron las anchas hileras de peldaños de mármol verde que conducían hasta la orilla del agua. Conocía aquel lugar desde hacía mucho tiempo; era el Espigón Verde. A los pies de la escalera de mármol se encontraba un gran barco. El timonel mantenía la embarcación cerca del último escalón con ayuda de un bichero metido en un anillo encastrado en el mármol. Un espléndido caballo árabe piafaba en el puente; al animal lo intentaban calmar sus palafreneros. Los remeros de piel morena se quedaron con la boca abierta al ver al caballero que corría escaleras abajo y saltaba a bordo de la nave.

—¡Zarpa a toda prisa! —gruñó.

La tripulación titubeó. Desde lo alto de la calle les llegó el clamor de una encendida persecución. El tintineo de armas fue en aumento; vieron agitación de antorchas.

—¡Soltad amarras!

Los marinos vieron el brillo del acero en la mano del caballero. Eran trabajadores tranquilos, no combatientes. El timonel tomó el bichero y empujó con fuerza contra los escalones de mármol. La pesada embarcación avanzó hacia alta mar balanceándose suavemente, llevada por la corriente, y los hombres se inclinaron sobre los remos. Se alejaron hacia aguas tenebrosas en las que se reflejaban las



estrellas. Mirando a sus espaldas, Roger vio formas acorazadas recorriendo los muelles, buscando un barco cualquiera. Pero la suerte estaba de su lado; el espigón empezó a difuminarse en la lejanía y escuchó claramente los golpes de los toletes. La persecución continuaba por el agua.

Los tripulantes, mirando con ñjeza su espada de la que goteaba la sangre, movían los remos con tanta energía como si su pasajero fuera el propio Alejo. El ruido de los barcos lanzados en su persecución se acercaba rápidamente. Le siguieron con decisión mientras cruzaban el estrecho. Al tiempo que franqueaban los pocos cientos de metros que todavía les separaban de la orilla opuesta, vio que la luz de las estrellas se reflejaba en los cascos de sus perseguidores. Pero les llevaba una pequeña ventaja cuando la proa de su nave alcanzó la orilla asiática. Saltando a la silla, espoleó al corcel. Este se lanzó hacia la orilla y desapareció al galope en el seno de las tinieblas. Allí les sacaría ventaja. Sus perseguidores iban a pie, pero algunas monturas podían esperarles en los alrededores. Se dirigió hacia el este, permitiendo a su caballo adquirir un paso más regular. En las tinieblas, solo veía un vago paisaje de colinas bajas y extensiones llanas y, de vez en cuando, algunas manchas más oscuras que eran, sin duda, cabañas de pastores. Las nubes de nuevo oscurecieron las estrellas, y la propia luna desapareció. Tiró de las riendas, y su caballo avanzó casi al paso entre las espesas tinieblas. Súbitamente, se dio cuenta de que a su alrededor volvía a haber movimiento. Escuchó el martilleo de los cascos y el tintineo de los arneses. Una voz juró en un idioma extranjero, aunque odiosamente familiar. ¡Turcos! En la oscuridad, se había dirigido hacia ellos a ciegas. En aquel momento le rodeaban por todas partes.

Furtivamente, llevó la mano a la espada. Luego, una voz sibilante preguntó:

—¿Eres tú, señor Thorvald?

—¿Quién si no? —gruñó el caballero, intentando imitar los roncos acentos de los hombres del Norte.

—Acercad una luz —murmuró otra voz—. Más vale que nos aseguremos.

Se escuchó el zumbido de una piedra de esmeril y brotó una minúscula llama que iluminó un círculo de caras barbudas y con rostros de predadores; resplandecieron las hombreras, los cascos bruñidos y las corazas anilladas. El guerrero de gran tamaño que sujetaba la yesca se inclinó hacia delante y estudió a Roger cuidadosamente.

—¡Es el halcón de oro! —dijo el musulmán—. Además, mirad su espada. El rostro del Espadachín no me resulta muy familiar y no podría reconocerle sin la barba, pero, ¡por Alá!, ¡reconocería esa hoja en cualquier parte!

Apagaron la luz. A sus espaldas, en dirección a la orilla, se escuchaba un lejano murmullo, como el que harían muchos hombres. Se agitaban antorchas erráticamente. Roger sintió que los guerreros a su alrededor se crispaban desconfiados; las cimitarras chirriaron al salir de sus vainas.

—¿Quién viene allí? —preguntó el alto musulmán.

—Hombres enviados por el emperador para velar para que mi travesía no encontrase obstáculos —respondió Roger—. Temía que los francos hubieran dejado



algunos espías en su retaguardia. ¿Por qué nos retrasamos? El alba se alzará dentro de muy poco tiempo.

—Es cierto —rezongó el turco—. Debemos llegar a las colinas antes de que amanezca; allí estaremos seguros. Has llegado antes de lo previsto. Nos dirigíamos a la orilla para esperarte, como estaba convenido, cuando viniste a nuestro encuentro. Hemos tenido suerte de no perdernos en esta maldita oscuridad. Cabalga en nuestro centro, señor.

Partieron al trote; este no tardó en convertirse en un galope rápido y sostenido que devoraba las leguas. Cuando apareció el alba, la tropa, como si fuera una furtiva banda de fantasmas surgida del desierto, franqueó los primeros contrafuertes de una montaña de azur y desapareció en las colinas que se alzaban más allá.

La luz del día le mostró al caballero a sus compañeros: una veintena de jinetes de rasgos rapaces, con el acero, el oro y el cobre de los seljuks. Galopaban con la velocidad del viento, como hombres que no se preocuparan de sus monturas. Se imaginó que habría caballos de refresco esperándoles en las montañas, porque ya se encontraban más allá de los límites orientales del imperio de Alejo. No sospechaban de él y, en el transcurso de aquella siniestra mascarada, no trazó ningún plan. Se había contentado con seguir la corriente de los acontecimientos y no actuaba siguiendo su propia voluntad. Sabía lo que haría si se le presentaba la ocasión, pero, de momento, estaba reducido a la impotencia y solo disponía de fragmentos de los hechos.

La verdad es que, durante toda su vida, siempre fue igual, pensó taciturno. Nacido en un castillo edificado sobre las ruinas de una fortaleza sajona, casi exactamente un año después de la batalla de Hastings, Roger, debido a su naturaleza arrebatada e instintiva, se había visto involucrado en asuntos tan complicados que creía que nunca se vería libre de ellos. Por eso abandonó su tierra natal sin esperar la llegada de los soldados de su irritado monarca. Su resentimiento hacia su soberano le había llevado a luchar al lado del duque Roberto de Normandía, quien estaba en permanente conflicto con su hermano, astuto como un zorro. Pero el carácter impetuoso de Roger no pudo acomodarse durante mucho tiempo a la tendencia natural del duque a contemporizar y a beber vino, a pesar de que las espadas de los normandos habían tallado estados en el sur de Italia. Cabalgó igualmente junto a Tancredo y compartido las aventuras del joven gallo de combate de rubia cabellera; luego, la eterna ambición de Bohemundo cansó al caballero inglés. Fue a los países renanos, donde tomó parte en el apogeo sangriento del odio que oponía al duque Godofredo con Rodolfo de Suabia. Acto seguido, llegó el alba de las Cruzadas, la vibrante invocación de Urbano; los hombres vendieron sus posesiones para comprar caballos y marchar hacia Oriente en beneficio propio y para masacrar a los paganos.

Los barones se reunieron igualmente, pero, sin el aliciente del dinero, avanzaron muy lentamente. Además, cabía la duda no formulada de que no hubiera suficiente botín para todos cuando los grandes señores entrasen en la campaña. Una horda de



campesinos, mendigos y vagabundos acompañaba a Pedro el Ermitaño; besaban el suelo que pisaba y se dejaban espachurrar el cerebro por su hosco burro cuando intentaban arrancar los pelos grises del animal para conservarlos como reliquias sagradas. Pedro exhortaba a Urbano, y su poder de persuasión era grande. A aquellos escuálidos fanáticos se unió un pequeño número de caballeros y nobles arruinados. La horda abigarrada se puso en marcha hacia el este, bajando por el Danubio, entonando cánticos y robando cerdos.

Entre los caballeros reducidos a la miseria, estaban Roger de Bracy y su hermano de armas, Walter el Indigente. Intentaron reprimir los desmanes de la horda, pero era como vigilar los buitres de los Cárpatos. Los voraces peregrinos, en número de ochenta mil, se dispersaron como el hambre sobre las tierras de los húngaros y atravesaron el país, se estrellaron en las vanguardias de Alejo, cayeron de rodillas al ver las torres de Constantinopla, donde se instalaron, aparentemente para devorar toda la comida del Imperio.

Cuando empezaron a cortar las placas de plomo de los tejados de la catedral para venderlas en la plaza del mercado, Alejo, desesperado, los hizo llevar mediante barcos al otro lado del Bósforo. Allí, en bandas, se dispersaron para dirigirse en desorden hacia las colinas. Consiguieron que los masacraran un grupo de salteadores turcos. Walter y sus compañeros, con más valentía que discernimiento, acudieron en socorro de aquellos pobres diablos. Se encontraron frente a un verdadero ejército de caballeros adornados con plumas de garzas que entonaban cantos salvajes. Allí fue donde murió Walter, encima de un montón de cadáveres turcos, y con él sus nobles caballerosos pero insensatos. Roger de Bracy —tras recobrar el sentido perdido cuando un hacha de combate le sumió en las tinieblas— se dio cuenta de que estaba encadenado, así como los supervivientes de la pequeña tropa. Le llevaron a Nicea donde fue vendido a un buitre, un hombre alto y delgado, cubierto de acero y oro: el árabe Yusef ibn Zalim. Su navío se abatía sobre las orillas del mar Negro, remontaba y descendía por el Bósforo desde el mar Negro hasta el Mediterráneo. Y Roger presenció escenas, tanto en el vientre de la galera como en el puente ensangrentado, que le acecharían en sueños durante toda su vida. Sin embargo, aquellas visiones escarlatas nunca podrían hacerle olvidar una escena de horror y demencia: su compañero, Walter, agonizando rodeado de muertos, a quien un caballero de cuerpo descarnado, lleno de desdén, con una coraza dorada y el yelmo adornado con plumas de garza, encabritó el caballo para que sus cascos aplastaran el rostro cubierto del moribundo.

—¡Así es como Othman, el hijo de Kilidg Arslan, trata a los infieles!

Aquellas despectivas palabras resonaron mucho tiempo en los oídos de Roger de Bracy, por encima del fragor de las olas furiosas, el crujido de los remos y el rojo clamor de la batalla.

En aquel momento el caballero inglés cabalgaba en medio de un grupo de merodeadores turcos, formando parte de una siniestra mascarada, hacia un destino del



que nada sabía. Una sola cosa era segura: pronto estaría en presencia del príncipe Othman y de su implacable padre. Buscaba continuamente descubrir los signos de la persecución pero, si los soldados de Alejo le habían seguido, debían haber perdido el rastro.

A mediodía, los jinetes alcanzaron una torre maciza en las colinas, donde les esperaban comida, agua y caballos. Se encontraban en los amplios dominios de Kilidg Arslan, el León Rojo del Islam, pero hasta aquel momento no habían cruzado ninguna ciudad. Solo vio ruinas, vestigios de la antigua dominación romana. Consagraron poco tiempo a la comida y pronto subieron de nuevo a las sillas y espolearon sus monturas.

Durante todo el día, ardiente y reseco, avanzaron al galope a través de abruptas colinas, forzando implacablemente los caballos. Roger esperó ver exploradores de los cruzados, o signos de su presencia, pero comprendió que avanzaban al norte de la ruta seguida por los Portadores de la Cruz. No hizo preguntas y Ortuk Khan no se dignó informarle de aquel particular. Este último entonaba un cántico en el que se hablaba de un guerrero cuya habilidad le valió el nombre de Jinete del Viento. Roger sintió que aquel asunto era tanto la debilidad como el orgullo del seljuk.

La luna se alzó y luego se puso. Llegaron a una nueva posta en las colinas donde cambiar los caballos. Les esperaba igualmente un mensajero cubierto de polvo con el que Ortuk Khan charló largamente. Tras la conversación, se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y les hizo un gesto a sus hombres para que preparasen la comida.

—Estamos al alcance de nuestro objetivo —le informó a Roger—. En algunas horas habremos recorrido una distancia que a los Portadores de la Cruz les llevaría días cubrir. Nos encontramos solo a tres horas de marcha del campamento de los infieles. Al alba, volveremos a montar para tomar parte en la batalla.

Roger habían intentado en vano adivinar el modo en que Alejo tenía planeado librarse de Bohemundo sin destruir el ejército de los Cruzados. Se arriesgó a formular una pregunta.

—Repíteme la trampa que el León Rojo ha tendido a los Portadores de la Cruz.

—Con mucho gusto —respondió Ortuk Khan—. Maimún —Bohemundo— y los suyos preceden al ejército de los infieles. Esta noche han establecido el campamento en el lugar en que las colinas descienden hacia la llanura de Dorilea, y allí esperan la llegada de Senjhil —Saint-Gilles— y los demás.

»Pero Alejo les ha facilitado un guía cuya misión consiste en extraviarlos. ¿Ves aquel pico lejano que se alza por encima de las otras colinas? Si te dirigieras hacia el sur, siguiendo una línea recta desde ese pico, en cinco horas alcanzarías su campamento.

»Al amanecer, el León Rojo surgirá del este y aplastará a Maimún y a sus hombres de hierro. Luego, irá al encuentro de Senjhil y los suyos y los exterminará.

Así que Alejo estaba en connivencia con el seljuk en lo concerniente a la suerte reservada a Bohemundo; aquello era evidente desde el principio. El guía a las órdenes



de Alejo del que hablaba Ortuk Khan debía ser Teodoro Boutoumites. El emperador dijo que el griego se encontraba con Saint-Gilles. Roger observó largamente el pico que le señalase el turco y se grabó en la mente los puntos de referencia más claros del paisaje. Dorilea se encontraba a tres horas de marcha, hacia el este; el campamento de los otros a cinco horas hacia el sur. Las primeras luces del alba empezaban a deslizarse por las colinas orientales. Los turcos se prepararon, ensillando los caballos y atándose las corazas.

—Ortuk Khan —dijo Roger de Bracy con tono desenvuelto, levantándose y apoyando la mano en las crines del caballo turcomano que le habían dado—. Llega el alba y pronto deberemos ponernos en marcha para reunimos con el León Rojo. Para despabilar a los caballos te propongo una carrera hasta aquel túmulo de allí lejos.

El turco sonrió.

—Nos quedan tres horas de dura cabalgada hasta Dorilea, señor, y nuestras monturas deberán hacer un gran esfuerzo cuando estén el campo de batalla.

—El túmulo está apenas a unos cientos de pasos —respondió Roger—. He oído hablar mucho de tu habilidad como jinete, y me gustaría tener el honor de medirme contigo. También es verdad que hay muchas piedras y rocas sueltas y que el terreno es peligroso. Si la tentativa te da miedo…

El rostro de Ortuk Khan se oscureció.

—Esas no son palabras muy amables, Espadachín. La locura de uno solo puede enloquecer a los sabios. Sin embargo, sube a tu silla y haré algo pueril.

Subieron a los caballos, tiraron de las riendas para hacerles retroceder y alinearse; luego, con una palabra breve, los lanzaron al galope. Los caballos partieron tan deprisa como flechas lanzadas por una ballesta. Los guerreros cubiertos de hierro observaron la carrera con interés.

—El terreno es menos accidentado de lo que pretendía el franco —dijo uno de ellos—. Mirad, su vuelo es el de los halcones. Ortuk Khan le lleva ventaja.

—¡Pero el Espadachín le sigue de cerca! —exclamó otro—. Mirad, casi han alcanzado el túmulo… ¡Oh! ¿Qué quiere decir eso? ¡El franco ha sacado la espada! Brilla a la luz del amanecer… ¡Allah!

Los guerreros lanzaron un alarido de furor y sorpresa. Espoleando su montura, el normando rodeó el túmulo y desapareció; tras él, un caballo sin jinete se alejaba al galope de la forma inmóvil tendida en medio de un charco escarlata entre las rocas. El Jinete del Viento había corrido su última carrera.

Sacudiendo las gotas rojas que resbalaban por su hoja, Roger de Bracy aflojó las bridas de su caballo turcomano. No miró a sus espaldas, pero escuchó atentamente para descubrir el ruido de la eventual persecución. Tomando el pico como referencia, atravesó las colinas como un fantasma llevado por el viento. Poco después de nacer el sol alcanzó y cruzó una ancha pista. Vio los rastros dejados por gruesas ruedas de carro y las huellas de miles de pies y de cascos. La ruta seguida por Bohemundo. Entre aquellas huellas había otras, más recientes, de cascos sin herrar y más



pequeños. Los mensajeros turcos. Así que los exploradores seljuks seguían de cerca la columna de cruzados.

Había pasado más de la mitad de la mañana cuando Roger de Bracy llegó al galope al enorme campamento de los Cruzados dispersos por la llanura. Su corazón, aunque endurecido, se alegró al ver las imágenes familiares: caballeros con halcones al puño seguidos de perros enormes, mujeres de rubia cabellera que se reían bajo los pabellones con baldaquino, jóvenes escuderos que intentaban pulir la armadura de sus señores. Era como si un pedazo de Europa hubiera sido transportado al seno de las lúgubres colinas del Asia Menor. Doscientas mil personas acampaban allí, sus hogueras y sus tiendas se extendían por todo el valle. Algunos de los pabellones ya habían sido desmontados, se veían bueyes atados a los carros, pero reinaba una atmósfera de espera. Hombres armados se apoyaban en sus picas, los pajes iban y venían entre los matorrales llamando y silbando a los perros. Aparentemente, todo Occidente había acudido a Oriente. Roger distinguió a hombres de rubios cabellos de los países renanos, españoles de negra barba, provenzales, franceses, germanos, austríacos. La barahúnda de las conversaciones en una veintena de idiomas diferentes llegaba a sus oídos.

El caballero inglés hizo avanzar su caballo entre la multitud. Los soldados miraron con sorpresa su coraza manchada de polvo y su caballo empapado en sudor. Se detuvo ante los pabellones cuyos colores más ricos indicaban a los jefes de la expedición. Les vio salir de sus tiendas, armados de la cabeza a los pies: Godofredo de Bouillon y sus hermanos, Eustaquio y Balduino de Boulogne; una silueta achaparrada de barba gris que debía ser Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa. Entre ellos se encontraba una silueta cuya armadura ricamente adornada y de placas bruñidas formaba un vivo contraste con las cotas de malla grises de los occidentales. Roger comprendió que el hombre no podía ser otro que Teodoro Boutoumites, el hermano del duque de Nicea, recién nombrado oficial de los mercenarios griegos.

El caballo turcomano se encabritó y sacudió la cabeza haciendo que volase espuma de sus belfos; Roger saltó a tierra. Como todo un normando, el caballero no se perdió en vanas palabras.

—Señores —dijo brutalmente, sin el menor saludo preliminar—, he venido a advertiros de que la batalla es inminente. ¡Si queréis participar en ella, debéis daros prisa!

—¿Una batalla? —Era Eusquio de Boulogne, tan impaciente como un perro de caza que sigue un rastro—, ¿Quién lucha?

—Bohemundo se enfrenta al León Rojo en estos mismos momentos.

Los barones intercambiaron miradas inciertas; Boutoumites se echó a reír.

—Este hombre ha perdido la razón. ¿Cómo iba a caer Kilidg Arslan sobre Bohemundo sin pasar cerca de nosotros? Y no hemos visto turcos.

—¿Dónde está Bohemundo? —preguntó Raimundo.

—En la llanura de Dorilea, a seis horas de marcha desde aquí… una ruda



cabalgada hacia el norte.

—¿Cómo? —Fue casi una exclamación de incredulidad—. ¡Pero es imposible! El señor Teodoro nos ha hecho tomar un camino directo que atraviesa unos valles que Bohemundo no pudo encontrar. Los normandos se encuentran a nuestras espaldas. Teodoro ha encargado a sus exploradores bizantinos que les encontraran y los condujeran hasta aquí, pues es evidente que se han perdido en las colinas. Les esperábamos para ponernos en marcha.

—Eso es lo que os ha perdido —replicó secamente Roger—. Teodoro Boutoumites es un espía y un traidor, enviado por Alejo para apartaros del camino previsto, mientras Kilidg Arslan aplasta a Bohemundo y a sus hombres…

—¡Perro, esas palabras te costarán la vida! —exclamó el griego, loco de rabia, avanzando a grandes pasos, torvo, apretando el pomo de su espada.

Roger le hizo cara, con aspecto siniestro, empuñando la espada, pero los barones se interpusieron.

—Formulas acusaciones muy graves, amigo mío —declaró Godofredo—, ¿De qué pruebas dispones?

—¡Vamos, en nombre de Dios! —exclamó Roger—. ¿No os disteis cuenta de que el griego os llevaba cada vez más al sur? Los normandos siguen la ruta más directa… sois vosotros quienes se han desviado. Bohemundo se ha dirigido hacia el sudeste; vosotros vais directos hacia el sur. Si seguís así durante mucho tiempo, quizá alcancéis las orillas del Mediterráneo, ¡pero estad seguros de que nunca llegaréis a Tierra Santa!

—¿Quién es este tunante? —gritó Boutoumites lleno de cólera.

—El duque Godofredo me conoce —replicó el normando—. Soy Roger de Bracy.

—¡Por todos los santos! —dijo Godofredo, y una sonrisa iluminó su rostro marcado por la fatiga—. ¡Creí reconocerte, Roger! Pero has cambiado mucho… de verdad, ¡cuánto has cambiado! Señores —se volvió hacia los demás—, conozco a este gentilhombre desde hace mucho tiempo… de hecho, cabalgó conmigo cuando me dirigí hacia el palacio de Latrán y yo…

Se calló, demostrando de nuevo la repugnancia que sentía siempre que hablaba de aquel tema que consideraba como un sacrilegio… el hecho de haber matado al duque Rodolfo en recinto sagrado.

—Pero nosotros no le conocemos —respondió Saint-Gilles con la prudencia que siempre roía su corazón, como un gusano que roe una viga—. Acaba de ofrecernos un curioso relato… y podría llevarnos a una búsqueda inútil fundada únicamente en su palabra…

—¡Por la ira de Dios! —gruñó Roger, con la paciencia a punto de terminársele—.

¿Vamos a quedarnos aquí hablando mientras los turcos asesinan a Bohemundo? Es mi palabra contra la del griego, y exijo la prueba de un juicio… un combate leal. ¡Dios juzgará quién de nosotros dice la verdad!

—¡Bien dicho! —exclamó Ademar, el legado del Papa, un hombre alto con



armadura de caballero. Tales escenas caldeaban su corazón, que era el de un soldado

—. Como portavoz del Santo Padre, declaro que la demanda es legítima.

—¡Entonces, empecemos ahora mismo! —dijo Roger, ardiendo de impaciencia

—. ¡Elige tus armas, griego!

Boutoumites miró la coraza de Roger cubierta de polvo y luego su rendido caballo cubierto de sudor. Sonrió para sus adentros.

—¿Te atreverías a enfrentarte a mí con una lanza sin punta?

Aquel era un arte en el que los francos eran más expertos que los griegos, pero Boutoumites era más alto que la mayor parte de los hombres de su raza y con una gran fuerza física. Además, había aprendido a justar con los caballeros de Occidente cuando estos estuvieron en la corte de Alejo. Echó un vistazo a su propio animal, un caballo gigantesco y negro, con pesados arreos de seda, acero y cuero repujado. Sonrió de nuevo. Pero Godofredo se interpuso.

—No, señores, lo siento, pero el caballo de Messire Roger está agotado y además es un animal más preparado para la carrera que para el combate. Roger, tomarás mi caballo y mi lanza, al igual que mi yelmo.

Boutoumites se encogió de hombros. En un instante, acababa de perder una ventaja decisiva, pero seguía confiado. En todo caso, prefería la lanza a la espada, y no tenía la menor intención de enfrentarse a la enorme hoja que colgaba de la cintura de Roger. Ya había combatido con los normandos en el pasado.

Roger tomó la larga y pesada lanza y subió al caballo que sujetaban los escuderos de Godofredo, pero rechazó el yelmo, un objeto pesado y macizo, con forma de cuenco, sin visera, pero con una rendija para los ojos. En aquellos tiempos remotos, la justa todavía estaba desprovista de convenciones y modas; eso llegaría más adelante. Un torneo era un duelo con armas sin punta, un ejercicio preparatorio para la guerra. La multitud formó una burda liza; apretándose a ambos lados, dejó un ancho espacio descubierto. Los dos adversarios se separaron y se alejaron al trote por aquel terreno despejado, recorrieron una corta distancia y dieron media vuelta a sus caballos, bajaron las lanzas y esperaron la señal.

Retumbaron las trompetas y los pesados animales se lanzaron al galope, dirigiéndose uno hacia el otro con un estruendo de tormenta. La coraza negra y brillante y el casco adornado con plumas del bizantino formaban un vivo contraste con la armadura gris y cubierta de polvo y el bacinete de hierro sin adornos del normando. Roger sabía que Boutoumites iba a apuntar al rostro desprotegido con la lanza. Se inclinó sobre el cuello de su caballo, apuntando a su adversario por encima del borde superior del grueso escudo. Los soldados lanzaron gritos cuando los dos caballeros impactaron violentamente. Las dos lanzas temblaron hasta las empuñaduras y los caballos doblaron las patas traseras. Roger se quedó en la silla, aunque medio atontado por el terrible choque, mientras que Boutoumites fue desarnozado y derribado a tierra, como si le hubiera alcanzado un rayo. Se quedó tendido donde cayó, con los miembros forrados con metal bruñido abiertos sobre el



polvo; la sangre corría por debajo de su yelmo abierto.

Roger tiró de las riendas de su caballo que se encabritaba, y luego se dejó caer a tierra; los oídos todavía le retumbaban. La lanza del bizantino, golpeando y desviándose en el borde del escudo, le arrancó el bacinete de la cabeza. Había estado a punto de desgarrarle los músculos del cuello. Avanzó envarado hacia el grupo que rodeaba al griego tendido en el suelo. Unos caballeros le quitaron el casco, cuyas plumas ondularon al viento. Boutoumites miró los rostros que había por encima de él; sus ojos estaban vidriosos. El hombre agonizaba. Tenía la coraza rota y el pecho se le había hundido. Ademar se inclinó sobre él, cón el rosario en la mano, y murmuró rápidamente:

—Hijo mío, ¿deseas confesarte?

Los labios del moribundo se movieron, pero solo salió de ellos un seco estertor. A costa de un terrible esfuerzo, el griego murmuró:

—Dorilea… Kilidg Arslan… Bohemundo…

Salió sangre de entre sus labios y un escalofrío le estremeció. Luego, sus miembros cubiertos de hierro parecieron desencajarse y cayeron sin fuerza. La silueta de la armadura bruñida se inmovilizó para siempre.

Godofredo reaccionó en el acto.

—¡A  caballo!  —gritó—.  ¡Un  caballo  de  combate  para  Messire  Roger!

¡Bohemundo necesita ayuda y, con la gracia de Dios, no la pedirá en vano!

La multitud empezó a aullar y una enorme confusión se adueñó del campamento mientras los caballeros subían a las sillas y los hombres de armas se ajustaban a toda prisa las cotas de malla.

—¡Esperad! —exclamó Saint-Gilles—. ¡No podemos franquear al galope esas colinas! Tenemos infantes y carros… alguien debe vigilar el convoy…

—Encargaos vos de esa tarea, Raimundo —dijo Godofredo, ardiendo de impaciencia—. Que los carros se pongan en marcha; tú y los infantes los escoltaréis. Mis caballeros y yo nos marchamos ahora mismo. ¡Roger, muéstranos el camino!



EL SEÑOR DE SAMARCANDA





 



 




1

 

A

 

l sonido de la batalla se había apagado; el sol, como si fuera una bola de oro escarlata, flotaba por encima de las colinas, al oeste. Sobre el campo de batalla

los escuadrones ya no cargaban al galope y los gritos de guerra se habían acallado. Solo los gemidos de los heridos y los estertores de los moribundos subían hacia un cielo donde revoloteaban los buitres… cada vez más bajos, hasta tocar con sus negras alas los lívidos rostros.

Sobre su poderoso caballo de batalla, en una espesura en la pendiente de una ladera, Ak Boga, el tártaro, miraba, como llevaba mirando desde el amanecer, cómo el ejército acorazado de los francos, un bosque de lanzas y brillantes estandartes, avanzaba por la llanura de Nicópolis para enfrentarse en la batalla a la siniestra horda de Bayaceto.

Ak Boga hizo chirriar los dientes bajo el efecto de la sorpresa y la desaprobación al ver los relucientes escuadrones de caballeros disponiéndose por delante de las apretadas filas de la infantería y preceder a la totalidad del ejército. Eran la flor y nata de Europa… caballeros de Austria, Germania, Francia e Italia. Y, sin embargo, Ak Boga sacudió la cabeza.

Había visto cargar a los caballeros con el gruñido de un trueno que hizo temblar los cielos, les vio barrer las primeras ñlas de las tropas de Bayaceto, como una tromba furiosa, y lanzarse impetuosamente al ataque de la colina, bajo el tiro de los arqueros turcos apostados en la cima. Les vio segar a los arqueros como si estos fueran trigo maduro y luego cargar contra los spahis, la caballería ligera turca que se lanzaba contra ellos, golpeándolos como si fueran un rayo. Vio cómo los spahis se doblegaban, se dispersaban y huían, como la espuma ante la tempestad, mientras los caballeros lanzaban sus lanzas y espoleaban locamente a sus monturas para apartarse de la furiosa escaramuza. Ak Boga volvió la cabeza para mirar hacia la pendiente donde, lejos y muy atrás, los robustos piqueros húngaros avanzaban a duras penas intentando reunirse con los temerarios caballeros para apoyarlos en su carga.

Vio a los caballeros francos proseguir con su irresistible avance, despreocupados de la resistencia de sus caballos de combate y de sus propias vidas, y franquear la cresta. Desde el lugar en el que se encontraba, Ak Boga podía ver las dos vertientes de la loma y sabía que allí esperaba el grueso del ejército turco —una fuerza de sesenta mil hombres—, los jenízaros, la terrible infantería otomana, apoyada por la caballería pesada, hombres altos, revestidos de hierro, armados con lanzas y poderosos arcos.

Entonces fue cuando los francos se dieron cuenta —cosa que Ak Boga siempre había sabido— de que la verdadera batalla estaba por llegar; sus caballos estaban rendidos, sus lanzas rotas, el polvo y la sed resecaban sus gargantas.

Ak Boga les vio titubear y buscar con la mirada, a sus espaldas, a la infantería



húngara; pero esta no se encontraba a la vista, pues se hallaba al otro lado de la colina. Dominados por la desesperación, los caballeros se lanzaron contra las apretadas filas del enemigo, intentando hundirlas y abrirlas bajo la fuerza de su golpe. Aquella carga nunca alcanzó las resueltas líneas del ejército turco. Una nube de flechas rompió la vanguardia de los cristianos y, en aquella ocasión, como sus caballos estaban agotados, les fue imposible continuar con la carga. La primera línea en su totalidad se deshizo, caballos y hombres fueron atravesados por las flechas; sus compañeros, que les seguían, tropezaron con aquellos restos ensangrentados y acabaron también en el suelo. Fue entonces cuando los jenízaros cargaron y su poderoso grito de «¡Allah!» fue como el furioso gruñido de la resaca.

Ak Boga vio todo aquello; también vio la vergonzosa huida de algunos caballeros, la resistencia encarnizada de otros. A pie, rodeados por todas partes y sumergidos por el número de sus enemigos, luchaban con hacha y espada, cayendo unos tras otros mientras la marea de la batalla iba de un lado a otro y los turcos ebrios de sangre se lanzaban sobre la infantería que acababa de coronar la cima de la loma a costa de un gran esfuerzo.

También allí se produjo el desastre. Los caballeros que huían al galope atravesaron las filas de los valaquios, y estos se dispersaron y se batieron en retirada en un confuso desorden. Los húngaros y los bávaros aguantaron el impacto de la carga turca, pero no tardaron en titubear y luego se replegaron, luchando obstinadamente pie a pie, pero incapaces de hacer frente a aquella riada victoriosa del furor de los musulmanes.

Mientras Ak Boga recorría con la mirada el campo de batalla, no veía más que las apretadas filas de los hombres armados con picas y hachas. Habían vuelto a cruzar la cima de la loma, a un precio altísimo, y se batían en retirada —aunque con orden—hacia la llanura. Los turcos habían dado media vuelta para despojar a los muertos y rematar a los moribundos. Los caballeros que no habían muerto o que no huyeron del campo de batalla, se desprendieron de sus espadas antes de rendirse. Entre los árboles, al otro lado del valle, el grueso del ejército turco se había reunido, e incluso Ak Boga se estremeció ligeramente al escuchar los gritos que subían hacia el cielo mientras los soldados de Bayaceto ejecutaban a los cautivos. No lejos de donde se encontraba, algunos hombres iban y venían, rápidos y furtivos como fantasmas, deteniéndose un instante ante cada montón de cadáveres; aquí y allí, unos derviches de cuerpos descarnados, con babas manchándoles las barbas y destellos de locura en los ojos, laceraban con los cuchillos a sus víctimas mientras estas se retorcían y reclamaban la muerte a gritos.

—¡Erlik! —murmuró Ak Boga—. Se jactaban de que sujetarían el cielo con sus lanzas si alguna vez estaba a punto de caer. ¡Pero el cielo ha caído sobre ellos y todo su ejército es pasto de los buitres!

Agitó las riendas de su caballo y lo guió a través del bosquecillo; sin duda habría buen botín que arrebatar a los muertos adornados con plumas y suntuosas corazas,



pero Ak Boga había llegado a aquellas regiones con una misión que aún estaba por cumplir. Sin embargo, según salía del bosque, vio una presa que ningún tártaro podía despreciar… el caballo de un mensajero turco, con una silla ricamente decorada, que llegaba al galope. Ak Boga espoleó su montura y sujetó las riendas del animal, cuyo bocado era de plata labrada y que volaba al viento. Sujetando por las bridas al fugitivo animal, bajó rápidamente por la pendiente y se alejó del campo de batalla.

Súbitamente, tiró de las riendas de su caballo, conduciéndolo hacia un racimo de árboles canijos. El huracán del combate, la carnicería y el polvo habían proyectado su putrefacción también en aquel lado de la colina. Ak Boga vio ante él a un jinete de gran talla, ricamente vestido, gruñendo y jurando mientras intentaba avanzar cojeando; una lanza rota le servía de muleta. Había perdido el casco en el transcurso de la batalla y llevaba la cabeza desnuda; sus cabellos eran rubios y su rostro era rubicundo y con una expresión irascible. No lejos de donde se encontraba había un caballo muerto; de sus costillas sobresalía una flecha.

Mientras Ak Boga le miraba, el caballero tropezó y cayó a tierra lanzando una sonora imprecación. En aquel instante, un hombre salió de la espesura… un hombre como Ak Boga no había visto ante, ni siquiera entre los francos. Era más alto que Ak Boga —que era bastante alto— y su paso era el de un lobo gris y delgado. Llevaba la cabeza desnuda; una melena alborotada y leonina remataba un rostro lleno de cicatrices siniestras y curtido por el sol; sus ojos eran tan fríos como el acero gris y helado. La gran espada que arrastraba estaba empapada en sangre hasta la guarda, la cota de malla se veía desgarrada y en jirones, su faldilla era un montón de harapos. Tenía el brazo derecho manchado con coágulos hasta el codo y la sangre manaba abundantemente de una profunda herida en su antebrazo izquierdo.

—¡Que el diablo se los lleve a todos! —gruñó el caballero herido. Hablaba el francés de los normandos, una lengua que Ak Boga podía comprender—. ¡Es el fin del mundo!

—¡Solo el fin de una banda de imbéciles! —replicó el gigantesco franco con una voz ronca y fría, como el chirrido de una espada en su vaina.

El inválido juró de nuevo.

—¡No te quedes ahí plantado como un zopenco! ¡Encuéntrame un caballo! ¡Mi estúpido semental ha permitido que le atravesaran el pecho con una flecha! Le espoleé hasta que su sangre me empapó los tobillos, pero al fin se fue el suelo. Creo que me rompió el tobillo con la caída.

El gigantesco guerrero apoyó la punta de la espada en el suelo y lanzó sobre el hombre una mirada sombría.

—¡Das órdenes como si aún te encontrases en tu feudo sajón, barón Frederik!

¡Pero sin ti y algunos otros locos hoy habríamos roto a Bayaceto como si fuera una nuez!

—¡Perro! —rugió el barón, con el rostro intolerante enrojecido por el furor—.

¡Lamentarás esta insolencia! ¡Haré que te despellejen vivo!



—¿Quién insultó al Gran Elector en el consejo? —gruñó el guerrero mientras un peligroso destello brillaba en sus ojos—. ¿Quién trató de insensato a Segismundo de Hungría cuando recomendó que le dejaran encabezar el ataque con su infantería?

¿Quién sino tú prestó oídos a ese joven loco, el Condestable de Francia, Felipe de Artois, que fue quien al fin condujo esa carga que ha causado nuestra perdición, que cuando alcanzó la cima de la colina no esperó la llegada de los húngaros para que le apoyaran? ¡Y tú, que fuiste el primero en dar media vuelta para huir más deprisa que los demás, cuando viste el resultado de tu locura, me ordenas que te encuentre un caballo!

—¡Sí, y hazlo deprisa, perro escocés! —gritó el barón, enfurecido al límite—.

Responderás por tus palabras…

—Responderé ahora mismo —opinó el escocés con un tono que se había vuelto repentinamente amenazador—. Me vienes insultando desde que vimos el Danubio.

¡Si debo morir, antes pagaré mis deudas!

—¡Traidor! —bramó el barón, palideciendo.

Se apoyó en una rodilla para empuñar la espada.

En el mismo instante, el escocés golpeó al tiempo que profería un juramento. El rugido del barón se interrumpió bruscamente y se transformó en un horrible gorgoteo cuando la enorme hoja le atravesó el hombro y las costillas seccionándole la columna vertebral. El cuerpo desgarrado cayó lentamente sobre la tierra empapada en sangre.

—¡Un buen golpe, guerrero!

Al oír aquella voz gutural, el asesino se volvió con la vivacidad de un lobo, liberando la espada con un giro brutal. Durante un instante de tensión, los dos hombres se midieron con la mirada… el escocés, inmóvil y erguido por encima de su víctima, formando una silueta sombría y amenazadora, terrible por sus facultades de muerte y sangrienta carnicería, y el tártaro, apoyado en la silla de alto pomo como si fuera una estatua.

—No soy turco —declaró finalmente Ak Boga—. No tienes nada que reprocharme. Mira, mi cimitarra sigue en su vaina. Necesito un hombre como tú… fuerte como un oso, rápido como un lobo, cruel como un halcón. Podría darte todo lo que desees.

—Solo deseo saciar mi sed de venganza… cortándole la cabeza a Bayaceto — gruñó en sordina el escocés.

Los ojos negros del tártaro brillaron.

—Entonces, ven conmigo. Mi señor es el enemigo jurado del turco.

—¿Y quién es tu señor? —preguntó el escocés con desconfianza.

—Los hombres le llaman el Cojo —respondió Ak Boga—. Timur, el Servidor de Dios, por la gracia de Alá, emir de Tartaria.

El escocés volvió la cabeza hacia el lejano griterío… donde la masacre continuaba. Se quedó inmóvil como una inmensa estatua de bronce durante un instante. Luego, envainó la espada con un chirrido de acero salvaje.



—Te acompaño —dijo lacónicamente.

El tártaro sonrió de placer y se inclinó hacia delante, tendiéndole las riendas del caballo turco. El franco saltó a la silla y estudió a Ak Boga con la mirada. El tártaro movió la cabeza y luego se alejó pendiente abajo. Espolearon sus monturas y se dirigieron al galope hacia el crepúsculo. A sus espaldas, los aullidos y los estertores seguían subiendo hacia las titilantes estrellas; estas brillaban con un pálido destello, como aterradas por la masacre de unos hombres sobre otros hombres.



2

 

Si nos hubiéramos encontrado en la hierba,

sin nadie que nos viera, te habría matado, tomando tu carro y tu piel; pero tu espada me acompañará.

Balada de Otterbourne

 

 

D

 

e nuevo se ponía el sol, en aquella ocasión sobre el desierto y envolviendo las torres y los minaretes de una ciudad de azur. Ak Boga tiró de las riendas de su caballo cuando llegó a la cima de una colina y se quedó inmóvil durante un momento.

Lanzó un profundo suspiro cuando sus ojos se regocijaron en aquella familiar visión cuyo poder de maravilla nunca se había debilitado.

—Samarcanda —anunció.

—Hemos recorrido un largo camino —anunció su compañero.

Ak Boga sonrió. La ropa del tártaro estaba cubierta de polvo, la coraza apagada; sus facciones estaban ligeramente tensas, pero sus ojos brillaban. En cuanto al escocés, su rostro moreno no había cambiado y no presentaba el menor signo de fatiga.

—Eres de acero, bogatyr —le dijo Ak Boga—. El camino que hemos recorrido habría agotado a un mensajero de Gengis Khan. Y, por Erlik, yo, que monto a caballo desde antes de haber aprendido a andar, soy el más fatigado de nosotros dos.

El escocés contemplaba en silencio las lejanas torres, recordando los días y las noches de aquella galopada aparentemente sin fin, mientras dormitaba y oscilaba sobre su silla y todos los sonidos del universo quedaban cubiertos por el retumbar de los cascos de sus monturas. Había seguido a Ak Boga sin hacer preguntas: evitando las pistas más transitadas, atravesaron las colinas hostiles y salvajes, franquearon las montañas donde los vientos helados cortaban la piel como el filo de una espada, y se habían dirigido siempre hacia estepas y parajes desérticos.

No hizo preguntas cuando la vigilancia se relajo y Ak Boga le informó de que ya no se encontraban en un país hostil, y cuando el tártaro empezó a detenerse en puestos de avanzada donde hombres altos de piel ocre, ataviados con cascos de acero, les proporcionaban caballos. Pero no por ello aminoraron su marcha impetuosa; vino tragado a trompicones y comida devorada rápidamente; de vez en cuando, algunas horas de sueño sobre un montón de pieles y mantas; luego, otra vez el martilleo de los cascos. El franco sabía que Ak Boga llevaba la noticia de la batalla a su misterioso señor, y le sorprendía la distancia que habían recorrido desde el primer puesto que encontraron, donde les esperaban unos caballos ensillados, y las torres azules que marcaban el final de su viaje. El reino de aquel a quien llamaban Timur el Cojo era



inmenso.

Habían atravesado aquel país a un paso que le parecía imposible al franco. La fatiga de la terrible cabalgada pesaba sobre él, pero no mostraba ningún signo exterior de su agotamiento. La ciudad brillaba bajo su mirada y se confundía con el azur del cielo, hasta tal punto que parecía formar parte del horizonte, como una ciudad de ilusión y encantamientos. El azur: los tártaros vivían en un país inmenso y resplandeciente, donde el color predominante era el azul. Sobre las torres y las cúpulas de Samarcanda se reflejaban los matices coloreados del cielo, de las montañas lejanas y de los lagos de aguas apacibles.

—Has visto regiones y lagos que ningún franco ha visto jamás —dijo Ak Boga—, los ríos y las ciudades de las sendas que siguen las caravanas. ¡Ahora admirarás el esplendor de Samarcanda! El señor Timur encontró una reseca ciudad de ladrillo y la convirtió en una metrópoli de piedra azul, de marfil, de mármol y de filigranas de plata.

Los dos jinetes se dirigieron lentamente hacia la llanura y avanzaron entre hileras de caravanas de camellos y carros tirados por mulas. Todas convergían en las Puertas Turquesas, llevando especias, sederías, joyas y esclavos… los bienes y las riquezas de la India y de Catay, de Persia, de Arabia y de Egipto.

—Todo Oriente sigue la senda que conduce a Samarcanda —declaró Ak Boga.

Cruzaron las inmensas puertas con incrustaciones de oro y los lanceros saludaron a Ak Boga con alegres gritos. Les respondió con sonoros alaridos, golpeándose en el muslo y expresando lo contento que estaba por volver.

Siguieron grandes calles sinuosas, pasaron ante palacios, mercados, mezquitas y bazares donde se apretujaba una multitud de gente perteneciente a un centenar de tribus y razas, negociando, discutiendo y gritando.

El escocés vio árabes con rostros rapaces, sirios delgados y temerosos, judíos gordos y serviles, indios con turbantes, persas lánguidos, afganos vestidos con harapos y actitud fanfarrona y desafiante, y otros más pero menos familiares; hombres llegados desde las misteriosas regiones del norte y del lejano este; mongoles rechonchos de pesadas facciones e impenetrable expresión, con ese andar oscilante que es el resultado de pasarse toda la vida a lomos de sus animales; habitantes de Catay con ojos almendrados y ropas de seda bordada; vigures altos y peleadores; kipchaks de rostros redondos; kirguises de ojos muy juntos; una veintena de razas de las que Occidente apenas sospechaba su existencia. Todo Oriente afluía hacia Samarcanda y cruzaba sus puertas como un río inmenso y coloreado.

La sorpresa del franco no dejaba de crecer; las ciudades de Occidente estaban como en ruinas por comparación con aquella. Pasaron ante academias, bibliotecas y pabellones dedicados al placer; luego, Ak Boga se dirigió hacia un ancho portal protegido por unos leones de plata. Allí confiaron sus monturas a unos palafreneros con cinturones de seda y subieron a pie por una avenida sinuosa hecha con losas de mármol, bordeada con árboles estilizados de verdes frondas.



El escocés atisbaba entre los troncos delicados y vio macizos de rosas, cerezos y flores exóticas que no conocía; las fuentes lanzaban hacia el cielo arcos de espuma plateada. Llegaron ante el palacio que resplandecía de oro y azul bajo la luz del sol, pasaron entre grandes columnas de mármol y atravesaron salas inmensas; las puertas en arco estaban repujadas con oro, las paredes decoradas con refinadas pinturas de artistas de Persia y Catay, las habitaciones llenas de estatuas de oro y de plata traídas desde la India.

Ak Boga no se detuvo en la gran sala de recepción con sus pilares delicados y adornados con esculturas, con frisos de oro y turquesa. Siguió y solo se detuvo al llegar ante una gran puerta con marquetería de oro y adornada con frisos. Esta daba paso a una pequeña cámara con una cúpula de color azul, cuyas ventanas con barrotes de oro daban a una serie de anchas galerías sumidas en las sombras y con pavimentos de mármol. Allí, unas cortesanas con túnicas de seda tomaron sus armas y, llevándoles del brazo, les condujeron entre dos filas de gigantescos negros, mudos, con taparrabos de seda y con cimitarras de anchas hojas sujetas entre sus hombros. Les hicieron entrar en la cámara y luego les soltaron y salieron andando de espaldas, haciendo profundas reverencias. Ak Boga se arrodilló ante la silueta sentada en el diván de seda, pero el escocés permaneció firmemente en pie. No le pidieron que se inclinara en señal de respeto; un poco de la sencillez de la corte de Gengis Khan persistía en los salones de sus descendientes nómadas.

El escocés consideró muy atento al hombre sentado en el diván; era el misterioso Tamerlán, un hombre que se había convertido en una figura mítica para todo Occidente. Veía a un hombre tan alto como él, delgado, pese a la robustez de su osamenta, con anchos hombros y el torso poderoso tan característico de los tártaros. Su rostro no era tan oscuro como el de Ak Boga, y sus ojos negros de mirada penetrante no eran rasgados. No se sentaba cruzando las piernas, como hacen los tártaros. Una gran fuerza emanaba de cada línea de su rostro, de sus rasgos claramente dibujados, de su barba y de sus cabellos negros y rizados, sin estrías grises a pesar de sus sesenta y un años. Había algo de turco en su apariencia, pensó el escocés, pero la nota dominante era la dureza salvaje que sugería el nómada. Estaba más cerca de la fuente original, el pueblo turanio, que si fuera turco; más próximo a los mongoles, aquellos guerreros crueles que vivían en las estepas y que fueron sus antepasados.

—Habla, Ak Boga —dijo el emir con una voz grave y poderosa—. Los cuervos han volado hacia el oeste, pero no han vuelto con ninguna noticia.

—Les hemos precedido al galope tendido, señor —respondió el guerrero—. La noticia nos sigue por las rutas de las caravanas a toda velocidad. Pronto los mensajeros, y luego los mercaderes y los negociantes, te traerán la noticia de que una gran batalla ha tenido lugar al oeste; que Bayaceto ha destruido el ejército de los cristianos y que los lobos aúllan y se disputan los cadáveres de los reyes de Frankistán.



—¿Y el que está contigo? —preguntó Timur, apoyando el mentón en el puño y mirando con sus ojos negros y profundos al escocés.

—Un jefe de los francos que escapó de la masacre —respondió Ak Boga—. Se abrió camino entre la batalla y, en su huida, se detuvo para matar a un señor de los francos que le había cubierto de vergüenza. No conoce el miedo y sus músculos son de acero. Por Alá, hemos venido más rápidos que el viento para traerte noticias de la batalla y el franco está más fresco que yo, ¡aunque yo montaba a caballo antes de aprender a andar!

—¿Por qué me le has traído?

—He pensado que sería un excelente guerrero para ti, señor.

—En el mundo entero —meditó Timur— hay menos de media docena de hombres en cuyo juicio confíe plenamente… tú eres uno de ellos —añadió lacónicamente.

Ak Boga, que se había ruborizado, sonrió emocionado.

—¿Puede entenderme? —preguntó Timur.

—Habla turco, señor.

—¿Cómo te llamas, franco? —quiso saber el emir—. ¿Cuál es tu rango?

—Mi nombre es Donald MacDeesa —respondió el escocés—. Vengo del país de Escocia, que se encuentra más allá del Frankistán. No tengo título, ni en mi país ni en el ejército que seguía. Vivo por mi despierto espíritu y por el filo de mi claymore.

—¿Por qué has venido hasta mí?

—Ak Boga me dijo que era el camino de la venganza.

—¿Y cuál es el objeto de tu venganza?

—Bayaceto, el sultán de los turcos, aquel a quien los hombres llaman el Hacedor de Tormentas.

Timur inclinó la cabeza sobre su robusto pecho. En el silencio que siguió, MacDeesa escuchó el sonido argentino de una fuente en un patio a cielo abierto y la voz melodiosa de un poeta persa que cantaba acompañado por las notas de un laúd.

Al fin, el tártaro levantó su cabeza leonina y dijo suavemente:

—Siéntate en este diván junto a Ak Boga, cerca de mí. Te diré cómo conseguir que un lobo gris caiga en la trampa.

Mientras Donald hacía lo mandado, se llevó sin darse cuenta una mano al rostro, como si sintiera el lacerante dolor de un golpe, aunque este fuera asestado once años atrás. Totalmente sin propósito, recordó otro rey y otra corte, más grosera, y en el corto instante que pasó mientras se sentaba junto al emir, miró brevemente su vida pasada, amarga, y el camino que le había conducido hasta allí.

El joven Douglas, el más poderoso de todos los barones de Escocia, era un hombre violento e impetuoso y, como la mayor parte de los señores normandos, se dejaba llevar fácilmente cuando alguien se oponía a su voluntad. Sin embargo, nunca debió haber golpeado al joven highlander de cuerpo elástico que había llegado desde la región fronteriza buscando fama y botín entre los señores de las marcas.



Douglas tenía por costumbre emplear la fusta y los puños contra sus pajes y escuderos, olvidando casi en el acto lo que motivaba su ataque de ira; sus servidores eran también normandos, y estaban acostumbrados a los cambios de humor de sus señores, y también los olvidaban. Pero Donald MacDeesa no era normando; era goidélico y las ideas que tiene un goidélico del honor y el insulto difieren en todo de las ideas de los normandos, lo mismo que las regiones montañosas y agrestes del norte difieren de las llanuras de las Tierras Bajas. Ni siquiera el jefe de su clan habría podido golpear a Donald impunemente, y que un inglés se atreviera a hacerlo… el odio se desbordó en la sangre del joven highlander, con la violencia de un río sombrío, y llenó sus sueños con pesadillas escarlatas.

Douglas olvidó el puñetazo que le había dado, y lo hizo tan deprisa que ni siquiera pudo lamentarlo. Pero Donald poseía el corazón vengativo de esos seres salvajes que mantienen encendidos los fuegos del odio durante siglos y que llevan sus rencores a la tumba. Donald era un celta, lo mismo que sus feroces antepasados de Dalriadia que construyeron el reino de Alba con sus espadas.

Sin embargo, entonces ocultó su odio y esperó su hora, y esta llegó bajo la forma del huracán de una guerra fronteriza. Robert Bruce estaba en la tumba y su corazón, detenido para siempre, se encontraba en alguna parte de España, bajo el cuerpo de Douglas el Negro. Este había fracasado en su peregrinaje, destinado a depositar el corazón de su señor ante el Santo Sepulcro. Al nieto del gran rey, Robert II, no le gustaban los problemas y la agitación: deseaba hacer la paz con Inglaterra y temía a la poderosa familia de Douglas.

Pese a sus protestas, la guerra cubrió las fronteras con sus alas encendidas y los señores de Escocia dejaron alegremente sus castillos para tomar parte en las incursiones y la rapiña. Los Douglas se disponían a ponerse en marcha cuando un hombre de hablar suave y sutil se presentó en la tienda de Donald MacDeesa. Fue al grano directamente, sin más preámbulos.

—Sabiendo que el señor de quien hablamos te insultó, susurré tu nombre a quien me envía y es verdad que es bien conocido que ese sanguinario señor divide continuamente los reinos y provoca cólera y rencor entre los soberanos… —dijo de un modo especial; luego, añadió una palabra con toda precisión—: Protección.

Donald no respondió; el hombre de maneras tranquilas sonrió y dejó solo al joven highlander. Este se sentó, con el mentón apoyado en el puño, mirando fijamente el suelo con mirada sombría.

Poco tiempo después, el señor Douglas se puso alegremente en marcha, con los suyos, y se dirigió hacia la región fronteriza. Así, «pasó a sangre y fuego los valles del Tyne, una parte de Bambrougshre, y tres buenas torres de las landas de Reidswire, que dejó presas de las llamas», despertando cólera y rencor por toda la frontera inglesa. El rey Ricardo dirigió cartas y reproches al rey Robert. Este se roía las uñas de rabia, pero esperó pacientemente las noticias que esperaba recibir de un día para otro.



Tras una incierta escaramuza en Newcastle, Douglas acampó en un lugar llamado Otterbourne, y fue allí donde el señor Percy, hirviendo de cólera, cayó súbitamente sobre él en el transcurso de la noche. En la confusa barahúnda que se produjo —los escoceses llaman a aquel combate la batalla de Otterbourne y los ingleses de Chevy Chase—, el señor Douglas encontró la muerte. Los ingleses afirmaron que fue Percy quien lo mató, pero este ni confirmó ni desmintió el hecho, pues ni él mismo sabía a qué hombres había matado en la confusión y la oscuridad.

Pero un hombre gravemente herido, antes de morir, habló de un tartán de los higlanders y de un hacha que no era manejada por un inglés. Algunos hombres acudieron para buscar a Donald y le interrogaron duramente, pero él les respondió con gruñidos, como si fuera un lobo. El rey, tras encender piadosamente muchas velas por el descanso del alma de Douglas —públicamente— y dando gracias a Dios por la muerte del barón, una vez retirado de sus habitaciones, hizo saber que

«habiéndonos enterado de la persecución de la que es objeto uno de nuestros leales súbditos y, como está claro en nuestro corazón que este joven es tan inocente como nosotros mismos en este asunto, advertimos por la presente declaración que todos los que pretendan importunarle de nuevo serán castigados con la muerte».

Así fue como la protección del rey salvó la vida de Donald, pero los hombres empezaron a murmurar entre dientes y le apartaron de la sociedad. Sombrío y amargado, se encerró en sí mismo y se fue a vivir a una cabaña para meditar en soledad. Después, una noche, se enteró de la repentina abdicación del rey y de su retirada a un monasterio. El soberano, de temperamento monacal, no pudo resistir las contrariedades de la vida de un monarca en tiempos revueltos. Poco después de que se hiciera pública aquella noticia, algunos hombres armados con dagas se presentaron en la cabaña de Donald, pero la encontraron vacía. El águila había levantado el vuelo. Siguieron su pista con determinación, pero solo encontraron un caballo muerto de agotamiento cerca de la orilla del mar y vieron una vela blanca que iba haciéndose cada vez más pequeña en la lejanía del alba naciente.

Donald llegó al continente, pues las Tierras Bajas le estaban prohibidas, y no porque no encontrase lugar donde refugiarse. En las Tierras Altas tenía demasiados enemigos y odios sangrientos; al otro lado de la frontera, los ingleses ya tenían preparada especialmente para él una cuerda de cáñamo. Aquello ocurría en 1389. Siete años de luchas e intrigas en el seno de las guerras y las conspiraciones europeas. Cuando Constantinopla gimió y pidió auxilio ante el irresistible asalto de Bayaceto, cuando los hombres vendieron sus tierras para emprender una nueva Cruzada, el guerrero de las Tierras Altas se unió a la marea que invadió oriente llevando la muerte y la destrucción.

Siete años y un grito lejano desde las marcas de Escocia hasta el palacio de cúpulas azules de Samarcanda la fabulosa, sentado en un diván de seda y escuchando las palabras mesuradas que salían con un tono apacible de los labios del señor de Tartaria.



3

 

Si tú eres el señor de ese castillo, Vela porque sea de mi agrado:

antes de que yo cruce las landas de la frontera,

nos recibirás en tu morada.

La Batalla de Otterbourne

 

 

P

 

asó el tiempo, como siempre ha pasado, ya vivan o mueran los hombres. Los cadáveres se pudrían en la llanura de Nicópolis, y Bayaceto, ebrio de poder,

pisoteaba los cetros del mundo. Los griegos, los serbios y los húngaros fueron aplastados bajo sus legiones de bronce, y fundió a las razas dominadas en el seno de su imperio que crecía inexorablemente. Se entregaba a los más demenciales desenfrenos; su frenesí sorprendía incluso a sus vasallos más endurecidos.

Las mujeres del mundo entero gemían al ser amasadas por sus manos de hierro, y martilleaba las coronas de oro de los reyes para convertirlas en herraduras para su caballo. Constantinopla se tambaleaba bajo sus repetidos ataques y Europa se lamía las heridas como un lobo malherido, amenazado y a la defensiva.

En alguna parte de los brumosos dédalos de Oriente avanzaba su enemigo jurado, Timur el Cojo, a quien Bayaceto enviaba misivas llenas de amenazas y burlas. No recibía ninguna respuesta; no tardó en llegar la noticia, transmitida por las caravanas, de que un poderoso ejército se dirigía hacia el sur, librando una gran batalla; los cascos adornados con plumas de la India se habían dispersado, huyendo ante las lanzas de los tártaros; Bayaceto no prestó atención; India era para él tan real como el Papa de Roma. Sus miradas se volvían hacia el oeste, hacia las ciudades de Cafar.

«Devastaré Frankistán a hierro y fuego», declaró. «Sus sultanes tirarán de mis carros y los murciélagos vivirán en los palacios de los infieles».

A comienzos de la primavera de 1402, cuando se encontraba en un patio interior de su palacio de recreo en Bursa, repantingado, bebiendo el vino prohibido por el Profeta y contemplando las ondulaciones de las bailarinas desnudas, algunos de sus emires se presentaron ante él. Escoltaban a un franco muy alto cuyo rostro severo y lleno de cicatrices había sido curtido por los soles de lejanos desiertos.

—Este perro de Cafar ha irrumpido en el campamento de los jenízaros en un caballo cubierto de espuma —declararon— y ha dicho que buscaba a Bayaceto. ¿Le despellejamos vivo o lo despedazamos con ayuda de caballos salvajes?

—Perro —dijo el sultán, bebiendo largamente y dejando a un lado la copa con un gesto de satisfacción—, has encontrado a Bayaceto. Ahora habla, antes de que te haga aullar cuando te empale en una pica afilada.

—¿Así recibes a un hombre que tanto ha cabalgado para servirte? —replicó el



franco con voz ronca y firme—. Me llamo Donald MacDeesa y entre tus jenízaros no hay uno solo que puede medirse conmigo en un duelo a espada, y entre tus tripudos luchadores ni uno solo que pueda aplastarme los ríñones.

El sultán revolvió su barba negra y sonrió.

—Es una pena que seas un infiel —dijo—, porque me gustan los hombres imprudentes. Pero prosigue, ¡oh, rustum! ¿Qué otros talentos tienes, espejo de modestia?

El higlander esbozó una mueca cruel.

—Puedo romperle la espalda a un tártaro y hacer rodar por el polvo la cabeza de un khan.

Bayaceto se tensó y su expresión cambió de manera imperceptible, su cuerpo de gigante pareció convertirse en el acto una fuerza y una amenaza terribles; detrás de toda su suficiencia y su fanfarronería se ocultaba la mayor inteligencia que se pudiera encontrar al otro lado del Oxus.

—¿Qué tonterías son esas? —gruñó—. ¿Qué significa ese enigma?

—No es un enigma —dijo secamente el goidélico—. No siento más aprecio por ti que el que tú sientes por mí. Pero todavía siento un odio mayor por Timur-i-lang, que me arrojó excrementos a la cara.

—¿Y has dejado a ese perro medio pagano para venir a verme?

—Sí. Le servía. Cabalgué a su lado y despedacé a sus enemigos. Subí al asalto de las murallas de las ciudades, desafiando las flechas, y rompí las filas de los soldados cubiertos de hierro. Cuando los honores y los presentes fueron repartidos entre los emires, ¿qué me dio a mí? La hiél de la burla y el abrótano del insulto. «Para los regalos, habla con los piojosos sultanes de Frankistán, cafar», dijo Timur, ojalá y lo devoren los gusanos… y los emires se echaron a reír estruendosamente. Pongo a Dios por testigo, ¡borraré sus risas entre el fragor de sus murallas al derrumbarse y el rugido de las llamas!

La voz amenazante de Donald retumbó y su mirada era helada y cruel. Bayaceto se rascó la barba por un instante y luego preguntó:

—¿Y has venido a verme con la intención de vengarte? ¿Quieres que le declare la guerra al Cojo a causa del rencor de un aventurero, de un vagabundo cafar?

—O bien tú le declaras la guerra, o bien será él quien marche contra tus ejércitos

—respondió MacDeesa—. Cuando Timur te escribió pidiéndote que no ayudaras a sus adversarios, Kara Yussef el turco y Ahmed el sultán de Badgad, le respondiste en unos términos incalificables, y enviaste jinetes para reforzar sus filas antes de enfrentarse a él. Ahora los turcos están rotos, Bagdad ha sido saqueada y Damasco no es más que un montón de ruinas humeantes. Timur ha destruido a tus aliados y no está dispuesto a olvidar la afrenta que le hiciste.

—Estabas muy cerca del Cojo si sabes todo esto —murmuró Bayaceto, y sus ojos brillantes se entornaron a causa de la desconfianza—. ¿Por que tendría que confiar en un franco? ¡Por Alá, a esos los trato con la espada! ¡Como traté a esos locos en



Nicópolis!

Durante un instante fugaz, una llama feroz e incontrolable bailó en los ojos el alto

highlander, pero su rostro moreno no traicionó la menor emoción.

—Sabe esto, turco —dijo, jurando—. Puedo mostrarte cómo romperle la espalda a Timur.

—¡Perro! —rugió el sultán; sus ojos grises ardían de cólera—. ¿Crees que necesito la ayuda de un vil matón para vencer al tártaro?

Donald se echó a reír; era una risa dura y sin alegría, muy desagradable.

—Timur te aplastará como si fueras una nuez —dijo calmosamente—. ¿Has visto a los tártaros en orden de batalla? ¿Has visto sus flechas oscurecer el cielo cuando parten de sus arcos, cien mil flechas a la vez? ¿Has visto a sus jinetes ir más rápidos que el viento cuando cargan y los cascos de sus caballos que hacen temblar el desierto? ¿Has visto sus elefantes de guerra, que portan torres en los lomos desde las que disparan los arqueros sombrías nubes de flechas, y derraman un fuego que quema la carne y el cuero?

—He oído hablar de todo eso —dijo el sultán, que no parecía particularmente impresionado.

—Pero no lo has visto —replicó el highlander. Se levantó la manga de la túnica y mostró una cicatriz en su brazo de músculos de acero—. Un tulwar indio me alcanzó aquí, ante Delhi. Yo cabalgaba con los emires mientras el retumbar de la batalla parecía hacer temblar el mundo entero. Vi a Timur engañar al sultán del Indostán y atraerle fuera de sus orgullosas murallas, como se atrae a una serpiente lejos de su nido. ¡Por Dios, los radjpouts con sus tocados de plumas cayeron ante nosotros como trigo maduro!

»Cuando Timur se marchó, Delhi no era más que un montón de ruinas; ante las derruidas murallas había construido una pirámide hecha con cien mil cráneos. Me llamarás mentiroso si te dijera cuántos días estuvo atestado el paso de Kyber con las brillantes armaduras de los guerreros y los cautivos que volvían a Samarcanda. Su paso hacía temblar las montañas y los salvajes afganos acudieron en hordas para colocar sus cabezas bajo el talón de Timur… ¡del mismo modo que aplastará tu cabeza, Bayaceto!

—¿Y te atreves a decírmelo, perro? —aulló el sultán—. ¡Haré que te frían en aceite hirviendo!

—¡Sí, demuestra que eres más poderoso que Timur matando al perro del que se burla! —respondió orgulloso MacDeesa—. Todos los reyes sois iguales en el miedo y la sinrazón.

Bayaceto le miró con la boca abierta.

—¡Por Alá! —exclamó—. Eres un loco si te atreves a hablarle de ese modo al Hacedor de Tormentas. Quédate en mi corte hasta que averigüe si eres un canalla, un imbécil o un loco. Si eres un espía, te mataré, pero solo tras una larga agonía…

¡porque durante toda una semana aullarás e implorarás la muerte!



Así fue como Donald se quedó en la corte del Hacedor de Tormentas, blanco de muy negras sospechas. Algunos días más tarde, un mensaje llegó con una carta de Timur, breve, pero perentoria, exigiendo que «el cristiano, ese infame ladrón, que había encontrado refugio en la corte otomana», le fuera entregado para que recibiera su justo castigo. Bayaceto, adivinando una nueva ocasión de insultar a su rival, se retorció alegre la barba y emitió una risotada de hiena mientras dictaba la siguiente respuesta:

«Sabe, vil perro enfermo, que los osmanlis no suelen acceder a las demandas insolentes de sus enemigos paganos. Procura estar cómodo tanto tiempo como te sea posible, perro cojo, porque pronto llenaré tu reino con montones de inmundicias y haré de tus favoritas mis concubinas».

Timur no envió más misivas. Bayaceto arrastró a Donald a insensatas orgías y le hizo beber copas y más copas de vino cabezón. Rugiendo y lanzando bravatas, vigilaba muy atento al highlander. Sus sospechas pronto se disiparon: incluso cuando estaba totalmente borracho, Donald no pronunció ninguna palabra que pudiera traicionar el hecho de que fuera algo distinto a lo que pretendía ser. Cuando el nombre de Timur salía de su boca era en medio de un torrente de maldiciones. Bayaceto no pensaba que resultase útil contra los tártaros, pero consideraba otra utilidad para Donald, la de confidente y guardia personal, como siempre habían hecho los sultanes otomanos; tomaban extranjeros a su servicio, pues conocían muy bien a su propia raza. El goidélico llevaba una vida despreocupada, bajo una vigilancia estrecha pero discreta; en el curso de sus borracheras era capaz de tumbar a cualquiera excepto al sultán y se comportaba con una bravura intrépida que le valió el respeto de los aguerridos turcos en las expediciones contra los bizantinos.

Haciéndose pasar por genoveses, en contra de los venecianos, Bayaceto asedió Constantinopla. Su plan ya estaba trazado: Constantinopla y luego Europa. La suerte de la Cristiandad dependía de la batalla que se libraba ante los muros de la ciudad secular de Oriente. Los desafortunados griegos, agotados y reducidos al hambre, habían decidido rendirse cuando llegó la noticia desde el este bajo la apariencia de un mensajero, manchado de polvo y sangre y a lomos de un caballo extenuado. Los tártaros habían aparecido por oriente tan rápidamente como una tormenta de arena, y Sivas, la ciudad fronteriza de Bayaceto, había caído.

Aquella noche, los defensores, temblando de miedo, apostados en las murallas de Constantinopla, vieron antorchas yendo y viniendo por el campamento turco, iluminando rostros sombríos de facciones rapaces y reflejándose en las armaduras. Sin embargo, el temido y esperado ataque no se produjo, y el alba reveló una inmensa flotilla de barcos en el Bósforo, yendo en un sentido y en el otro, de un modo regular, llevando hacia Asia soldados cubiertos de hierro. La mirada del Hacedor de Tormentas finalmente se había fijado en el Este.



4

 

El ciervo corre en libertad por valles y colinas, los pájaros vuelan de árbol en árbol, pero no hay ni pan ni caldo

ni para mis hombres ni para mí.

La Batalla de Ottebourne

 

 

A

 

camparemos aquí —anunció Bayaceto cambiando de posición su cuerpo gigantesco en su silla con incrustaciones de oro.

Contempló a sus espaldas las largas columnas de su ejército, serpenteando por la llanura y desapareciendo de la vista al otro lado de las lejanas colinas. Más de doscientos mil hombres estaban en marcha: feroces jenízaros, brillantes spahis con plumas y corazas de plata, caballería pesada con armaduras adornadas con sedas; y los aliados y súbditos extranjeros de Bayaceto, los piqueros de Grecia y Valaquia, los veinte mil caballeros del rey Pedro Lázaro de Serbia, cubiertos de hierro de la cabeza a los pies. Igualmente había tropas tártaras; venidas desde el Asia Menor, habían sido aplastadas e integradas en el Imperio otomano, como otros… los rechonchos kalmukos. Cuando el ejército se puso en marcha, quisieron rebelarse, pero una arenga de Donald MacDeesa, que les habló en su propio idioma, les calmó.

Desde hacía semanas, el ejército turco se dirigía hacia el este, sobre la ruta de Sivas, esperando enfrentarse a los tártaros en todo momento. Habían sobrepasado Angora, donde el sultán estableció su campamento base; cruzaron el río Halys, o Kizi Irmak, y avanzaban ya por la región de colinas que se encuentra en el codo formado por el río. Este, por el este de Sivas, describía una amplia curva hacia el sur antes de formar un nuevo meandro, al oeste de Kirsehir, para seguir luego hacia el norte, hasta el mar Negro.

—Acamparemos aquí —repitió Bayaceto—. Sivas se encuentra a unas sesenta y cinco leguas hacia el este. Enviaremos exploradores para que reconozcan el terreno hasta la ciudad.

—La encontrarán desierta —predijo Donald colocándose al lado de Bayaceto.

—¡Oh, joya del saber! —se burló el sultán—. ¿Tan deprisa va a escapar el Cojo?

—No huirá —replicó el goidélico—. No olvides que puede desplazar su ejército mucho más deprisa de lo que tú puedes hacer avanzar el tuyo. Se dirigirá hacia las colinas, donde tomará posiciones, para lanzarse sobre nosotros en el momento que menos lo esperes.

Bayaceto resopló despectivo.

—Será un mago si puede desplazarse sin hacer ruido por las colinas con una horda de cincuenta mil hombres. ¡Bah! Te digo que tomará la ruta de Sivas para librar



batalla en ella. Le aplastaremos como si fuera una nuez.

De ese modo, el ejército turco levantó su campamento y fortificó las colinas. Los hombres esperaron con rabia e impaciencia crecientes durante toda una semana. Los exploradores de Bayaceto volvieron con la noticia de que la ciudad de Sivas no era defendida más que por un puñado de tártaros. El sultán lanzó un rugido de cólera y estupor.

—Locos, ¿os habéis cruzado con los tártaros por el camino?

—¡No, por Alá! —juraron los jinetes—. Han desaparecido en la noche, como fantasmas; nadie sabe dónde han ido. Y hemos recorrido todas las colinas que hay entre este lugar y la ciudad.

—Timur ha huido y ha regresado a su desierto —declaró Pedro Lázaro. Donald se echó a reír.

—Cuando los ríos vayan cuesta arriba, Timur huirá —dijo—. Se oculta en alguna parte de las colinas, hacia el sur.

Bayaceto nunca antes había pedido consejo a otros hombres, porque había descubierto desde hacía ya mucho tiempo que poseía una inteligencia superior a la suya. Pero en aquel momento estaba perplejo. Nunca se había enfrentado a los jinetes del desierto, cuyo secreto para obtener la victoria era la movilidad; atravesaban el país a la velocidad de las nubes empujadas por el viento. Sus exploradores no tardaron en llevarle la noticia de que unos grupos de jinetes habían sido detectados mientras se desplazaban en paralelo al ala derecha del ejército turco.

La risa de MacDeesa era como el gañido de un chacal.

—¡Como te predije, Timur se prepara a lanzarse sobre nosotros desde el sur!

Bayaceto dispuso a su ejército en línea de batalla y esperó el asalto, pero este no se produjo, y sus exploradores señalaron que los jinetes habían seguido su ruta hasta desaparecer. Desorientado por primera vez en su vida, y loco de deseo por verse las caras con aquel enemigo inalcanzable, Bayaceto dio orden de levantar el campamento y, tras una marcha forzada, llegó al río Halys dos días más tarde, donde esperaba encontrar el ejército de Timur, dispuesto en las orillas, para disputarle el vado. Pero no encontró a la vista a ningún tártaro. El sultán juró; ¿eran fantasmas aquellos guerreros que se desvanecían de aquel modo?

Envió jinetes a la orilla opuesta y volvieron a galope tendido, guiando impetuosamente sus monturas hacia el agua poco profunda. Habían descubierto la retaguardia tártara. Timur evitó el ejército turco y, en aquel mismo momento, marchaba hacia Angora. Con babas en los labios, Bayaceto se volvió hacia MacDeesa.

—¡Perro! ¿Qué tienes que decir ahora?

—¿Por qué la tomas conmigo? —dijo el highlander, haciéndole cara con audacia

—. Si Timur se ha burlado de ti, tú eres el único culpable. ¿Me escuchabas cuando te daba consejos, ya fueran buenos o malos? Te dije que Timur no esperaría tu llegada, y no te ha esperado. Te dije que abandonaría la ciudad y se dirigiría hacia las colinas



del sur. Y es lo que ha hecho. Te dije que se lanzaría sobre nosotros sin previo aviso; y ahí cometí un error. No creí que atravesaran el río y se nos escaparían. Salvo por eso, te he advertido de todo lo que ha pasado.

A disgusto, Bayaceto reconoció la exactitud de las palabras del franco, pero estaba loco de rabia. De no ser así, nunca habría intentado alcanzar a la horda a toda velocidad antes de que llegara a Angora.

A toda prisa, hizo cruzar el río a sus columnas y se lanzó en persecución de los tártaros. Timur había atravesado el río cerca de Sivas y, efectuando un movimiento giratorio, evitó a los turcos que se encontraban al otro lado. Bayaceto seguía la misma ruta; se alejaba del río y conducía hacia las llanuras, donde había poca agua… y nada de comida. La horda lo había devastado todo a su paso, con antorcha y con espada.

Los turcos avanzaban por una región desolada, ennegrecida por el fuego y enrojecida por la masacre. Timur cubrió aquella distancia en tres días, mientras que las columnas de Bayaceto se tomaron toda una semana para cruzar a duras penas un centenar de leguas por una llanura en llamas, sembrada de colinas áridas que hacían de la marcha un verdadero infierno. Como la fuerza del ejército residía en la infantería, la caballería estaba obligada a frenar su paso y a esperar a los infantes; todos avanzaban lentamente en medio de sofocantes nubes de polvo que levantaban sus doloridos pies. Avanzaban con obstinación, bajo un sol de verano ardiente, sufriendo cruelmente hambre y sed.

Finalmente, llegaron a la llanura de Angora y vieron a los tártaros instalados en el campamento que abandonaron tras el asedio de la ciudad. Los turcos, enloquecidos por la sed, lanzaron un alarido de desesperación. Los guerreros de Timur habían desviado el curso del riachuelo que atravesaba Angora, de tal suerte que ahora corría a espaldas del campamento tártaro; el único modo de alcanzarlo era abrirse paso a través de la horda del desierto. Las fuentes y los pozos de la región habían sido envenenados o cerrados. Por un momento, Bayaceto permaneció silencioso, erguido en su silla, con la mirada vagando entre el campamento tártaro y sus propias líneas diseminadas. Vio en los rostros de sus guerreros la marcas del sufrimiento y la cólera. Un miedo extraño exprimió su corazón, algo tan poco familiar que no lo reconoció como tal. La victoria siempre había sido suya; ¿cómo iba a ser distinto aquel día?



5

 

¿Quién es quien sigue mis pasos?

¡El enemigo a quien debes combatir, señor!

¿Y esas arpías tan rápidas como mi caballo?

¡La sombra de la noche, señor!

Kipling

 

 

A

 

quella apacible mañana, los dos ejércitos se enfrentaron, dispuestos al choque decisivo. La línea de batalla de los turcos formaba un largo creciente cuyos extremos envolvían las alas de la horda tártara; una de ellas ocupaba la llanura y la

otra una colina fortificada situada a quince leguas de distancia, en la llanura.

—En toda mi vida nunca le he pedido a nadie consejo sobre una batalla —declaró Bayaceto—, pero durante seis años estuviste al lado de Timur. ¿Va a cargar?

Donald sacudió la cabeza.

—Tu ejército es superior al suyo en cuanto al número de sus componentes. Nunca lanzará a sus jinetes contra las apretadas filas de tus jenízaros. Se mantendrá a distancia y te acosará con nubes de flechas. Debes avanzar contra él.

—¿Y darle orden a mi infantería de que cargue contra su caballería? —gruñó Bayaceto—. Sin embargo, tus palabras son sabias. Debo lanzar mi caballería contra la suya… y Alá sabe que Timur cuenta con los mejores jinetes.

—Su ala derecha es la más débil —dijo Donald. Un destello siniestro brilló en sus ojos—. Reúne a tus caballeros más aguerridos en el flanco izquierdo, carga y destruye esa parte del ejército tártaro; luego, da orden a tu flanco izquierdo para que se cierre y ataque de costado el grueso de las tropas del emir mientras los jenízaros atacan de frente. Antes de la carga, los spahis de tu ala derecha podrían fingir un ataque a fin de distraer la atención de Timur.

Bayaceto observó en silencio al goidélico. Donald había padecido tanto como los demás con la terrible marcha. Su coraza se veía blanquecina por el polvo, sus labios ennegrecidos, su garganta seca por la sed.

—Que así sea —declaró Bayaceto—. El príncipe Sulimán mandará el ala izquierda, con la caballería serbia y mi propia caballería pesada apoyada por los kalmukos. ¡Lograremos la victoria con una sola carga!

Así ocuparon sus respectivas posiciones y nadie observó que un kalmuko de rostro aplastado abandonaba furtivamente las líneas turcas y se dirigía al galope hacia el campamento de Timur, espoleando su caballo enano como si estuviera loco. En el ala izquierda se reunía la poderosa caballería serbia y la caballería pesada turca; tras los jinetes se preparaban los kalmukos, armados con arcos. Donald se encontraba a su cabeza, porque los asiáticos habían reclamado a gritos que el franco les condujera



contra su propia raza.

Bayaceto no tenía intención de oponer a sus arqueros con los de los tártaros, sino lanzar una carga que hundiera y dislocara las líneas de Timur antes de que el emir pudiera cambiar de táctica y modificara sus planes. El ala derecha turca estaba compuesta por spahis; en el centro, los jenízaros y los infantes serbios con Pedro Lázaro, bajo el mando directo del sultán.

Timur no tenía infantería. Rodeado por su guardia personal, estaba sentado en un túmulo, en la retaguardia. Nur ad-Din comandaba el ala derecha de los jinetes del Asia Superior, Ak Boga la izquierda, y el príncipe Muhammad el centro. En el centro había elefantes con arneses de cuero y torres de guerra llenas de arqueros. Sus terribles barritos eran el único ruido que se distinguía en la línea de batalla de los tártaros cubiertos de hierro cuando los turcos llegaron en medio de un fragor de címbalos y tambores.

Como el rayo, Sulimán envió sus escuadrones contra el ala derecha de los tártaros. Una dañina nube de flechas voló a su encuentro, pero siguieron cargando con obstinación, y las filas tártaras empezaron a debilitarse por el choque. Sulimán atacó a un jefe con adornos de plumas de garzas y le hizo caer de la silla. Al mismo tiempo que lanzaba un grito triunfal, un gruñido gutural retumbó a sus espaldas.

¡Ghar! ¡Ghar! ¡Ghar! ¡Golpead, hermanos, por nuestro señor Timur!

Con un sollozo de rabia, se volvió a vio a sus caballeros caer por filas enteras, atravesados por las flechas de los kalmukos. Cerca de su oído pudo escuchar a Donal MacDeesa echarse a reír de un modo demencial.

—¡Traidor! —aulló el turco—. Esto es obra tuya…

La claymore brilló al sol y el príncipe Sulimán cayó de su silla, decapitado.

En respuesta, los kalmukos de cuerpo rechoncho gañeron como lobos y efectuaron una transformación para evitar las cimitarras de los desesperados turcos; luego, dispararon sus flechas mortales sobre las filas que giraban a su alrededor. Habían sufrido mucho por culpa de quienes les comandaban; llegaba el momento de ajustar las cuentas. El ala derecha tártara cargó en medio de un formidable rugido; como en una tenaza, la caballería turca cedió y se rompió, y escuadrones enteros abandonaron el combate y huyeron a galope tendido. En un instante quedó reducida a la nada la ocasión de Bayaceto de aplastar el ejército de su enemigo mortal.

Al comienzo de la carga, el flanco derecho turco se adelantó en medio del estridente resonar de las trompetas y el retumbar de los tambores. En medio de su falso ataque, fue tomada de improviso para la repentina carga del ala izquierda de los tártaros. Ak Boga atravesó impetuoso las filas de los spahis, la caballería ligera; perdiendo momentáneamente la cabeza en la embriaguez de la masacre, los empujó ante sí. Pronto, perseguidos y perseguidores desaparecieron más allá de las colinas que se alzaban a lo lejos.

Timur envió al príncipe Muhammad con un escuadrón de reserva para sostener el flanco izquierdo y volver con ellos al corazón de la batalla, mientras Nur ad-Din,



barriendo los vestigios de la caballería de Bayaceto, ejecutaba un rápido movimiento de conversión y se lanzaba como un rayo sobre las compactas filas de los jenízaros. Estos aguantaron el impacto, como un muro de bronce; Ak Boga, renunciando a perseguir a los spahis y volviendo al galope, les alcanzó por el otro lado.

Fue entonces cuando Timur montó sobre su alazán y el centro se rompió como si fuera una ola de acero sobre los maltrechos turcos. ¡Aquel era el enfrentamiento que decidiría la victoria!

Las cargas se sucedían inexorablemente, golpeando en las apretadas filas como el flujo y reflujo de las mareas de un océano desencadenado. En el seno de las nubes de polvo, los jenízaros aguantaban y no cedían; clavaban sus lanzas enrojecidas en los flancos de los caballos, golpeaban con lanzas que goteaban sangre y cimitarras melladas. Los feroces jinetes se lanzaban contra ellos, como furiosos torbellinos, y diezmaban sus filas con nubes de flechas. Tensaban sus arcos y lanzaban las flechas tan rápidas que el ojo no podía seguirlas. Se lanzaban impetuosos a la carnicería, aullaban y lanzaban estocadas como dementes, mientras sus cimitarras destrozaban escudos, cascos y cráneos. Y los turcos les rechazaban, derribando caballos y jinetes; los hacían pedazos y los apartaban a patadas, pisoteaban los cadáveres de sus propios compañeros para rellenar los huecos y apretar las filas. No tardaron los dos ejércitos en andar sobre un tapiz de muertos y los cascos de las monturas tártaras trastabillaban en un pantano de sangre.

Las repetidas cargas acabaron por dar cuenta del ejército turco. Las filas rotas se dispersaron y la batalla se extendió por toda la llanura, cada vez con mayor dureza. Grupos de lanceros luchaban espalda con espalda, matando y muriendo bajo las flechas y las cimitarras de los jinetes de las estepas. Entre las nubes de polvo levantadas por la batalla avanzaban con paso pesado los elefantes barritando furiosos, como las trompetas del Día del Juicio Final, mientras los arqueros que colgaban de sus lomos hacían llover nubes de flechas y cubos de fuego que alcanzaban a los hombres y los achicharraban en sus corazas como si fueran trigo resecado por el horno.

Durante todo el día, Bayaceto combatió ferozmente, a pie, a la cabeza de sus hombres. El rey Pedro cayó a su lado, atravesado por una veintena de flechas. Con un millar de jenízaros a su lado resistía en la más alta de las colinas, en medio de la llanura; en el infierno ardiente de aquel mediodía, siguió conservándola mientras sus hombres morían por doquier. En un huracán de lanzas que se rompían, hachas que cortaban y cimitarras que destripaban, los soldados del sultán aguantaron el ataque de los tártaros victoriosos. La situación parecía no tener salida. Fue entonces cuando Donald MacDeesa, a pie, con los ojos enrojecidos como si fueran los de un perro rabioso, se lanzó impetuosamente en lo más intrincado de los grupos combatientes y golpeó al sultán con un furor y un odio tales que el casco con cimera se rompió al recibir el impacto de la claymore. Bayaceto se fue al suelo como si estuviera muerto. Acto seguido, la marea negra cayó y ocultó a los agotados grupos de defensores



cubiertos de sangre y los timbales de los tártaros lanzaron un gruñido al tiempo que reclamaban la victoria.



6

 

La gloría marchita que ha brillado entre las joyas de mi trono,

¡Halo del Infierno!, y con tal dolor, que el propio Infierno no podría atemorizarme.

Poe («Tamerlán»)

 

 

E

 

l poderío de los osmanlis quedó roto y las cabezas de los emires fueron apiladas formando una siniestra pirámide ante la tienda de Timur. Sin

embargo, los tártaros siguieron cargando; tras los turcos fugitivos, entraron en Bursa, la capital de Bayaceto, devastando las calles a sangre y fuego. Llegaron como una tromba y se marcharon como otra, cargados de tesoros y llevándose a las mujeres del serrallo del sultán.

Según volvía al galope al campamento tártaro, en compañía de Nur ad-Din y de Ak Boga, Donald MacDcesa se enteró de que Bayaceto estaba aún con vida. El golpe recibido solo le había atontado, y el turco era prisionero del emir del que se había burlado. MacDeesa proñrió una imprecación; el goidélico estaba cubierto de polvo y empapado en sangre tras una dura cabalgada y una batalla todavía más dura; sangre seca manchaba su coraza con puntos oscuros y embadurnaba la vaina de su espada. Un trozo de tela teñido de escarlata le rodeaba el muslo formando un rudimentario vendaje; sus ojos estaban inyectados en sangre, sus labios delgados se crispaban formando una mueca de frenético ímpetu guerrero.

—Por Dios, pensé que ni siquiera un buey podría sobrevivir a semejante golpe.

¿Va a ser crucificado como Timur juró que haría si caía entre sus manos?

—Timur le ha recibido con benevolencia y no le causará ningún mal —respondió el cortesano que les llevó la noticia—. El sultán debe asistir al festín.

Ak Boha agachó la cabeza, porque era clemente, salvo en el furor de la batalla, pero en los oídos de Donald aún resonaban los aullidos de los cautivos masacrados en la llanura de Nicópolis. Emitió una breve risa… una risa que no era agradable al oído. Para el feroz corazón del sultán, la muerte era más fácil que contemplar, como cautivo, el festín que siempre seguía a una victoria tártara. Bayaceto estaba sentado, tan inmóvil como una estatua severa; no decía nada y no parecía escuchar el estrépito de los timbales y el rugido de la bárbara celebración. Estaba ataviado con un turbante adornado con las joyas de la soberanía; en la mano sujetaba el cetro constelado de

gemas de su desaparecido Imperio.

No tocó la copa de oro que reposaba ante él. Muchas veces había disfrutado con el dolor de los vencidos, con mucha menos clemencia de la que en aquel momento mostraban por él; la poco familiar mordedura de la derrota le helaba los huesos.



Miraba fijamente a las bellezas de su serrallo que, según la costumbre tártara, servían temblorosas a sus nuevos amos: judías de negra cabellera y pesados párpados con miradas soñadoras; circasianas de cuerpos estilizados y melenas rojas; rusas de rubios cabellos; jóvenes griegas de ojos negros y mujeres turcas con formas redondeadas y voluptuosas… todas tan desnudas como el día en que nacieron, bajo las miradas ardientes a causa del deseo de los señores de Tartaria.

Prometió encantar a las esposas de Timur… el sultán se sobresaltó al ver a Despina, la hermana de Pedro Lázaro y su favorita, desnuda como las demás y temblando de miedo arrodillándose para ofrecerle a Timur una copa de vino. El tártaro, con el aire ausente, pasó los dedos por los rubios cabellos de la joven y Bayaceto se estremeció como si aquellos dedos se cerraran alrededor de su corazón.

Vio a Donald MacDcesa, sentado junto a Timur. Sus ropajes manchados de polvo contrastaban extrañamente con el esplendor de sederías y oro de los señores tártaros. Sus ojos salvajes ardían, su rostro moreno era más brutal y ardiente que nunca, y comía con la voracidad de un lobo y bebía copa tras copa de vino cabezón. Los nervios de acero de Bayaceto cedieron. Con un rugido que acalló el clamor que le rodeaba, el Hacedor de Tormentas se levantó tambaleándose y rompió el pesado cetro entre sus manos como si fuera una ramita, arrojando al suelo los fragmentos.

Todas las miradas se volvieron hacia él y algunos tártaros se adelantaron con premura para interponerse entre él y su señor. Pero Timur se contentó con mirarle en silencio, impasible.

—¡Perro e hijo de perro! —rugió Bayaceto—. ¡Viniste a mí como alguien que está en la indigencia y te di asilo! ¡Que la maldición reservada a los traidores marchite tu negro corazón!

MacDeesa se levantó de un salto, tirando vasos y platos.

—¿Traidor? —aulló—. ¿Seis años es demasiado tiempo para que hayas olvidado los cadáveres decapitados que se pudrieron en la llanura de Nicópolis? ¿Has olvidado a los diez mil cautivos que hiciste masacrar en ella, desnudos y con las manos atadas? Allí combatí contigo con el acero; ¡desde aquel día te he combatido con la astucia!

¡Loco, perdiste la partida cuando saliste de Bursa a la cabeza de tu ejército! Yo fui quien habló con los kalmukos; te odiaban y les persuadí para que esperasen el momento más propicio. Por eso aceptaron servirte… en apariencia. Por su mediación, intercambié cartas con Timur desde el primer día en que salimos de Angora… enviando jinetes en secreto o haciéndoles ñngir que iban a cazar venados.

»Por mediación mía, Timur te embaucó… ¡incluso suya fue la idea de tu plan de batalla! Te encerré en una telaraña de verdades, sabiendo que harías lo que te viniera en gana, sin hacer caso de cuanto pudiera decirte. Solo te conté dos mentiras… cuando afirmé que quería vengarme de Timur y cuando te avisé de que el emir ocuparía posiciones en las colinas para lanzarse desde allí sobre tus tropas. Antes de que empezara la batalla yo ya sabía lo que deseaba Timur, y gracias a mis consejos caíste en una trampa. Así, Timur, que había preparado el plan que pensabas que en



parte era tuyo y en parte mío, conocía con anticipación cada uno de los movimientos que ibas a ejecutar. Pero, al fin, todo dependería de mí, porque era yo quien había levantado a los kalmukos en tu contra, y sus flechas lanzadas contra las espaldas de tus caballeros inclinaron la balanza cuando el resultado de la batalla todavía era incierto.

»¡He pagado un alto precio para conseguir mi venganza, turco! He mantenido mi papel bajo las miradas de tus espías, en medio de tus cortesanos, y en cada instante,

¡incluso cuando estaba tan borracho que la cabeza se me iba! Luché por ti, me enfrenté a los griegos y fui herido. En las regiones devastadas más allá del río Halys sufrí como todos los demás. ¡Y habría atravesado desiertos aún más grandes para hacerte morder el polvo!

—Sirve a tu amo tan bien como me has servido a mí, traidor —replicó el sultán

—. A la larga, Timur-i-lang, lamentarás amargamente el día que tomaste a esta víbora entre tus manos desnudas. ¡Ojalá y cada uno de vosotros cause la muerte del otro!

—De una cosa puedes estar seguro, Bayaceto —dijo Timur, con voz impasible—.

Lo que está escrito, está escrito.

—¡En efecto! —gritó el turco emitiendo una terrible risotada—. ¡Y no está escrito que el Hacedor de Tormentas deba vivir como un bufón para entretener a un perro lisiado! ¡Cojo, Bayaceto te saluda… y te dice adiós!

Antes de que nadie pudiera impedirlo, el sultán tomó un cuchillo de trinchar colocado sobre la mesa y se lo hundió hasta la guarda en la garganta. Durante un momento, se tambaleó como un árbol majestuoso, y un chorro de sangre brotó de la herida; luego, se derrumbó con un gran estruendo. Se hizo un enorme silencio cuando la concurrencia se quedó inmóvil y absorta. Al ñn, un grito de dolor retumbó y la joven Despina se lanzó hacia delante. Dejándose caer de rodillas, apretó contra su seno desnudo la cabeza leonina de su señor y estalló en sollozos. Timur se alisó la barba con un gesto mesurado, casi indiferente. Donald MacDeesa, sentándose, tomó una copa que despertó reflejos escarlatas bajo la luz de las antorchas y se la bebió a largos tragos.



7

 

¿La misma feroz herencia no le dio Roma a César… y esto a mí?

Poe («Tamerlán»)

 

 

P

 

ara entender las relaciones entre Donald MacDeesa y Timur es necesario remontarse hasta el día, seis años atrás, cuando, en el palacio de la cúpula

turquesa de Samarcanda, el emir proyectó la caída del sultán otomano.

Donde otros hombres preveían el porvenir, con días o semanas de antelación, Timur lo calculaba en años; y pasaron cinco años antes de que estuviera preparado para marchar contra el turco, dejando que Donald partiera hacia Bursa, según un plan cuidadosamente preparado. Cinco años de combates feroces en las nieves de las montañas y en las arenas del desierto que atravesó majestuosamente, como un gigante mítico. Timur trataba duramente a sus jefes, y aún más duramente trató al higlander. Era como si estudiara a MacDeesa con la mirada cruel e impersonal de un sabio arrancándole cada onza de cumplimiento, intentando encontrar los límites de la resistencia y la valía de aquel hombre… el punto de ruptura final. No lo encontró.

El goidélico era mucho más temerario que las tropas o los ejércitos que se le confiaban. Pero en incursiones y ataques a la descubierta, en el asalto a plazas fuertes y en el transcurso de cargas impetuosas, en toda acción que exigiera coraje y proezas personales, el higlander era casi sin igual. Era un combatiente típico de las guerras europeas, donde la táctica y la estrategia significaban muy poco y donde el cuerpo a cuerpo feroz era decisivo, donde las batallas se vencían con el valor y la energía física de los campeones. Engañando al turco no hizo otra cosa que seguir las instrucciones de Timur.

El goidélico y el emir no se apreciaban; a los ojos de Timur, Donald no era más que un bárbaro llegado de una región lejana del Frankistán. No le entregaba presentes y honores, como hacía con sus jefes musulmanes. Pero el feroz goidélico despreciaba aquellas chucherías y parecía encontrar sus únicos placeres en los rudos combates y en insensatas borracheras. Aparentaba ignorar la etiqueta y el respeto que se le debía al emir y a sus súbditos; cuando estaba ebrio, incluso parecía burlarse abiertamente del sombrío tártaro, lo que hacía que todos los presentes retuvieran el aliento.

—Es un lobo que he soltado entre mis enemigos —les dijo Timur a sus señores en una ocasión.

—Es una hoja de doble filo que bien podría herir a quien la maneja —se atrevió a replicar uno de ellos.

—Eso no pasará mientras la hoja pueda golpear inexorablemente a mis enemigos

—respondió Timur.



Después de Angora, Timur le ofreció a Donald el mando de los kalmukos, que acompañaron a los de su raza hasta las cumbres de Asia, y un enjambre de vigures turbulentos e indisciplinados. Solo había una recompensa: un terreno de actividad cada vez más extenso, un trabajo cada vez más duro y preparativos para la guerra un día tras otro. Donald no hizo comentarios: de sus asesinos hizo soldados veteranos, experimentó con diversos tipos de sillas y corazas, fusiles de chispa —que encontraba menos eficaces que los arcos de los tártaros— y el arma de fuego más reciente, las pesadas y poco manejables pistolas de cebo que empleaban los árabes desde un siglo antes de que aparecieran en Europa.

Timur lanzó a Donald sobre sus enemigos como un hombre que arroja una jabalina, sin querer enterarse de si el arma se rompía o no. Los jinetes del goidélico volvían ensagrentados, cubiertos de polvo y agotados, con las corazas destrozadas y la ropa hecha jirones, con las cimitarras melladas y embotadas, pero las cabezas de los enemigos de Timur siempre se balanceaban de los pomos de sus sillas. Su salvajismo, y la ferocidad y la fuerza sobrehumana de Donald, les sacaban siempre de situaciones aparentemente desesperadas. Y la vitalidad de bestia salvaje de Donald le permitía una y otra vez recuperarse de terribles heridas, cosa que sorprendía incluso a los tártaros de músculos de acero.

Según pasaban los años, Donald, siempre distante y taciturno, se fue encerrando cada vez más en sí mismo. Cuando no estaba en campaña, se quedaba sentado en las tabernas, solo y en un silencio obstinado, o bien recorría las calles con aspecto amenazador, con la mano apoyada en la espada y haciendo que todo aquel que tuviera la más mínima prudencia le cediera el paso. No tenía más que un único amigo, Ak Boga, y un único interés además de la guerra y la carnicería. En el transcurso de una incursión en Persia, una forma esbelta y blanca —una mujer joven— apareció repentinamente ante su escuadrón gritando. Sus hombres vieron que Donald se inclinaba y la tomaba con una mano poderosa para ponerla a su lado, en la silla. La joven se llamaba Zuleika: era una bailarina persa.

Donald tenía una casa en Samarcanda, y algunos sirvientes, pero solo a aquella muchacha. Era afable, sensual e inteligente. Adoraba a su señor, aunque a su modo, y le temía con un miedo cercano al éxtasis, pero no despreciaba los amores secretos con soldados más jóvenes cuando MacDeesa se encontraba lejos, haciendo la guerra.

Como la mayor parte de las mujeres persas de su casta, tenía un cierto talento para las intrigas de menor importancia, pero no sabía mantener su nariz lejos de asuntos que no la importaban. Se convirtió en la confidente de Shadi Mulkh, la amante persa de Khalil, el nieto de Timur, un joven sin personalidad, y así fue como cambió, sin saberlo, el destino del mundo. Era codiciosa, vanidosa y mentía de un modo descarado, pero sus manos eran tan suaves como copos de nieve cuando cuidaba las heridas de Donald —golpes de espadas y lanzas que habían martirizado su cuero de acero. Nunca la pegaba ni la insultaba, pero tampoco se mostraba afectuoso o la decía palabras tiernas como hacían otros hombres, pero todos sabían



que la tenía en muy alta estima y que la tenía por encima de todos los honores y los bienes de este mundo.

Timur se hacía viejo; había jugado con el mundo como un hombre con las fichas de un ajedrez, desplazando reyes y ejércitos como peones. Joven jefe sin fortuna o poder, desafió la autoridad de sus señores mongoles y acabó por vencerlos y dominarlos. Tribu tras tribu, raza tras raza, reino tras reino, a todos los rompió y los fundió en su imperio, que era cada vez más grande. Su imperio se extendía ya desde el desierto del Gobi hasta el Mediterráneo… el imperio más poderoso que el mundo conoció hasta entonces.

Abrió las puertas del sur y del este, lugar por donde corrían todas las riquezas de la Tierra. Salvó a Europa de una invasión proveniente de Asia desviando la corriente de la invasión turcomana… un hecho que ignoraba y que ni siquiera le preocupaba. Construyó muchas ciudades y destruyó otras tantas. Hizo que el desierto floreciera como un jardín, y transformó en desiertos regiones antes florecientes. Bajo sus órdenes se erigieron pirámides de cráneos, y las vidas corrieron como si fueran ríos. Sus señores de la guerra eran glorificados por las multitudes y las naciones gemían en vano bajo su inexorable talón, como mujeres arrojadas a las montañas en mitad de la noche.

Fue entonces cuando su vista se desvió hacia el este, donde el imperio púrpura de Catay dormía y soñaba desde hacía siglos. Quizá, con el declinar de la corriente de la vida, aquella fuera la llamada de su raza, algo sumergido en lo más profundo de su ser; puede que recordara a los heroicos khanes, sus antepasados, que se dirigieron hacia el sur, abandonando el desierto del Gobi para lanzar sus caballos al galope hacia los reinos púrpuras.

El gran visir sacudió la cabeza mientras jugaba al ajedrez con su señor imperial.

Era viejo y estaba cansado, y se atrevía a decir lo que pensaba, incluso a Timur.

—Señor, ¿para qué estas guerras sin fin? Ya has sometido a más naciones que Gengis Khan o Alejandro. Descansa en paz de tus conquistas y acaba la obra que empezaste en Samarcanda. Construye nuevos y majestuosos palacios. Invita a tu corte a filósofos, artistas, poetas de todo el mundo…

Timur encogió sus poderosos hombros.

—La filosofía, la poesía y la arquitectura son cosas buenas, es verdad, pero son la bruma y el humo de la conquista, porque dependen del esplendor escarlata de la conquista.

El visir desplazó las piezas de marfil sacudiendo la canosa cabeza.

—Señor, hay dos hombres en ti… uno es un constructor, el otro un destructor.

—Puede que destruya para poder construir sobre las ruinas de mi propia destrucción —respondió el emir—. Nunca he intentado descubrir la verdad. Solo sé que soy un conquistador más que un constructor, y que la conquista es la sangre de mi vida.

—¿Y por qué quieres derribar el inmenso y débil reino de Catay? —protestó el



visir—. Eso conducirá a nuevas masacres, las mismas con las que has teñido ya la tierra… nuevos sufrimientos, miseria, gente indefensa que morirá como ganado en el matadero.

Timur sacudió la cabeza, como si estuviera muy distante.

—¿Qué representan sus vidas? De todos modos, están destinados a morir y sus existencias son miserables. Rodearé con un círculo de fuego el corazón de Tartaria. Con esta conquista en el este, consolidaré mi trono, y los reyes de la dinastía reinarán sobre el mundo durante diez mil años. Todos los caminos del mundo conducirán a Samarcanda, donde estarán reunidos todos los misterios, las maravillas y los esplendores del mundo… academias, bibliotecas e imponentes mezquitas… cúpulas de mármol, torres de zafiro y minaretes de turquesa. Pero antes debo cumplir con mi destino… ¡y este es la Conquista!

—Pero el invierno se acerca —advirtió el visir—. Al menos espera la llegada de la primavera.

Timur sacudió la cabeza y no dijo nada. Sabía que era viejo, incluso su poderoso cuerpo empezaba a mostrar signos de decrepitud. A veces, en sueños, escuchaba el canto de Aljai la de los ojos negros, la esposa de su juventud, muerta hacía ya cuarenta años. Así fue como la noticia se difundió por toda la ciudad, y los hombres dejaron de perseguir a las mozas y de libar su vino para tensar los arcos y verificar sus equipos pues, una vez más, partían por el antiguo sendero de la conquista.

Timur y sus hombres se llevaron consigo a muchas de sus esposas y servidores, pues el emir tenía la intención de detenerse en Otrar, su ciudad fronteriza, desde donde lanzaría su ataque sobre Catay en primavera, en cuanto se fundieran las nieves. Iba acompañado de sus señores… los que quedaban con vida, porque la guerra se cobraba un pesado tributo sobre las águilas de Timur.

Como de costumbre, Donald MacDeesa y sus indisciplinados hombres formaban la vanguardia del ejército. El goidélico estaba feliz por volver al camino tras meses de inactividad, pero se llevó a Zuleika consigo. Los años tenían un sabor cada vez más amargo para el gigantesco highlander, un extranjero en medio de otras razas. Sus jinetes le adoraban, al menos de un modo salvaje; sin embargo, seguía siendo un forastero entre ellos, y no podían comprender sus pensamientos más íntimos. Ak Boga, con los ojos llenos de malicia y su sonrisa jovial, fue para él más importante que los hombres a quienes Donald conoció en su juventud, pero Ak Boga estaba ya muerto; su corazón generoso había dejado de latir cuando fue atravesado por la punta de una cimitarra árabe. En su soledad cada vez mayor, Donald buscaba el consuelo en el seno de la joven persa. Esta nunca podría comprender su espíritu extraño y fantasioso, pero en cierto modo colmaba en parte un doloroso vacío que había en su alma. Durante las largas noches solitarias, las manos de Donald buscaban el esbelto cuerpo de Zuleika, con un deseo impreciso, no formulado e inquieto, que incluso ella podía percibir, aunque fuera muy débilmente.

En medio de un silencio extraño, Timur abandonó Samarcanda a la cabeza de sus



largas y brillantes columnas, y sus subditos no le aclamaron como en otras ocasiones. Con la cabeza baja y el corazón pesado, dominado por unas emociones que eran incapaces de definir, vieron como el último conquistador se alejaba por el camino y luego volvieron a sus vidas mezquinas y a sus tareas cotidianas, con el oscuro presentimiento de que algo magnífico, grandioso y terrible acaba de salir de sus vidas para siempre.

El ejército avanzó, enfrentándose al principio del invierno, menos deprisa que otras veces, cuando los jinetes recorrían el país como nubes llevadas por el viento. Eran doscientos mil, y llevaban con ellos rebaños de caballos, carros llenos de víveres y grandes pabellones.

Más allá del desfiladero que los hombres llamaban las Puertas de Timur, la nieve empezó a caer y las columnas siguieron avanzando con obstinación, pese a los helados vientos. Al fin, fue evidente que ni siquiera los tártaros podían seguir adelante con un tiempo tan terrible, y el príncipe Khalil montó sus cuarteles de invierno en una ciudad extraña que llevaba por nombre el de Ciudad de Piedra. Pero Timur siguió impetuoso hacia adelante, con sus propias tropas. Una espesa capa de hielo de tres pies cubría el Syr-Daria cuando cruzaron aquel río, y en las colinas que se alzaban más allá del vado la marcha se hizo aún más penosa, pues los caballos y los camellos no paraban de tropezar en los neveros y los carros renqueaban y se bamboleaban. Pero la voluntad de Timur parecía empujarles. Al fin, llegaron a la llanura y vieron los minaretes de Otrar brillando entre los remolinos de la nieve.

Timur se instaló con sus nobles en el palacio y sus soldados ocuparon con alegría sus cuarteles de invierno. Pero envió a buscar a Donald MacDeesa.

—Ordushar se encuentra en nuestro camino —declaró Timur—. Llévate a diez mil hombres y tómala al asalto, para que el camino hacia Catay esté despejado cuando llegue la primavera.

Cuando un hombre lanza una jabalina no le importa si esta se rompe al alcanzar su objetivo. Timur nunca habría confiado aquella misión a sus preciosos emires y a sus soldados de elite, de modo que le encargó a Donald la misión más insensata de toda su vida. Pero aquello no le importaba al goidélico; ardía en deseos de lanzarse en pos de cualquier aventura capaz de ahogar los sueños confusos y amargos que roían su corazón cada vez más profundamente.

A la edad de cuarenta años, el cuerpo de acero de MacDeesa conservaba todo su poderío, y su fiero valor seguía intacto. Sin embargo, en ciertos momentos, se sentía viejo en su corazón. Sus pensamientos le llevaban una y otra vez hasta el camino negro y escarlata que fuera su vida, llena de violencia, de traición y salvajismo; una vida fútil, con su cortejo de desgracias y destrucción. Su sueño era agitado y le parecía escuchar voces medio olvidadas que lloraban en la noche. A veces, eran como el lamento fúnebre de las cornamusas de las Tierras Altas que se elevaba en el viento que mugía.

Dio la orden de partir a sus lobos. Estos se quedaron con la boca abierta, pero



obedecieron sin decir palabra. Así partieron de Otrar, en medio de una tempestad de nieve. Era una empresa de condenados.

En su palacio de Otrar, Timur estaba lánguidamente tendido en su diván, contemplando mapas y planos, y escuchaba distraídamente las eternas disputas que enfrentaban a las mujeres de su casa. Las intrigas y los celos de los palacios de Samarcanda llegaban hasta la aislada ciudad de Otrar. Zumbaban a su alrededor, importunándole mortalmente con sus mezquinos rencores.

Mientras la vejez iba venciendo furtivamente al emir de cuerpo de acero, las mujeres esperaban con impaciencia a que nombrara a su sucesor —su reina, Sarai Mulkh Khanum; Khan Zade, la esposa de su difunto hijo, Jahangir. Oponiéndose a la reina— y a Timur—, que quería que el trono recayera en su hijo, Shah Rukh, Khan Zade intrigaba a favor de su propio hijo, el príncipe Khalil, de cuyos hilos tiraba la cortesana Shadi Mulkh.

El emir se llevó a Shadi Mulkh a Otrar en contra de la voluntad de Khalil. El príncipe se impacientaba en la lúgubre Ciudad de Piedra y Timur no tardó en ser bien informado: la discordia y la insubordinación empezaban a resultar amenazantes. Sarai Khanum acudió en busca del emir; era una mujer de cuerpo descarnado y fatigado, envejecida por las penas y las guerras.

—La persa envía mensajes secretos al príncipe Khalil incitándole a cometer actos de locura —dijo la reina—. Estás lejos de Samarcanda. Si Khalil se pone en marcha y llega a Otrar antes de que tú… siempre hay locos dispuestos a la revuelta, aunque esta sea contra el Señor de los Señores.

—En otros tiempos —dijo Timur con cierto cansancio—, habría hecho estrangular a la persa. Pero Khalil, en su locura, se revolvería contra mi autoridad, y una sedición en este momento, aunque fuera reprimida en un plazo muy breve, alteraría todos mis planes. Ordena que no abandone sus dependencias y coloca guardias para que ella no pueda enviar más mensajes.

—Eso ya está hecho —replicó Sarai Khanum con voz severa—. Pero es astuta y consigue enviar mensajes fuera del palacio por mediación de la persa del cafar, el señor Donald.

—Hazla venir —ordenó Timur apartando los mapas con un suspiro.

Arrastraron a Zuleika ante el emir. Este la consideró sombrío mientras la joven gemía y se arrastraba a sus pies. Luego, con un gesto de cansancio, pronunció su sentencia… y la olvidó en el acto, como los reyes olvidan las moscas que acaban de aplastar.

Se llevaron a la joven, que no paraba de lanzar gritos desesperados, lejos de la presencia imperial, y la obligaron a arrodillarse en una habitación que no tenía ventanas, sino solamente puertas con cerrojos. Arrastrándose sobre las rodillas, llamó a Donald y pidió clemencia, gimiendo y llorando de un modo lamentable. Luego, el terror fijo su voz en su palpitante garganta y, en el seno de una bruma llena de horror, vio la forma achaparrada y medio desnuda del verdugo de rostro impasible y siniestro



que se acercaba a ella empuñando una cimitarra…

Zuleika no era ni valiente ni admirable. Nunca había vivido con dignidad y no se enfrentó a su suerte con valor. Era cobarde, dada al desenfreno y estúpida. Y pese a todo, incluso una mosca ama la vida, y un gusano de tierra grita antes de que le aplaste el talón de una bota. Puede que estuviera escrito en los libros misteriosos del Destino impenetrable que ni siquiera los emperadores pueden aplastar a los insectos con total impunidad.



8

 

He tenido un sueño lúgubre Más allá del valle de la isla de Skye:

vi a un hombre muerto vencer en una batalla, y me parece que aquel hombre era yo.

La Batalla de Otterbourne

 

 

E

 

l asedio de Ordushar se eternizaba. En medio de los vientos helados que soplaban desde el desfiladero y caían sobre la llanura, en los torbellinos de

nieve cegadores y punzantes, los rechonchos kalmukos y los vigures de cuerpos delgados sufrían y morían padeciendo mil torturas.

Apoyaban escalas en las murallas y subían a su asalto, donde los defensores padecían tanto como ellos y les atravesaban con sus lanzas, les arrojaban bloques de piedra que aplastaban las formas acorazadas como si fueran escarabajos y apartaban las escalas de las murallas causando la muerte de los que se encontraban a sus pies. De hecho, Ordushar era una fortaleza de los mongoles jat, encastrada en un desfiladero y flanqueada por altos acantilados.

Los lobos de Donald cortaban el suelo helado con sus manos tan quemadas por el frío y ensangrentadas que apenas podían sujetar los picos, intentando cavar una mina bajo las murallas. Lanzaban ataques contra las torres mientras plomo fundido y pesadas jabalinas llovían sobre ellos; deslizaban las puntas de las lanzas entre las piedras, arrancaban pedazos de manipostería con las manos desnudas. A costa de un trabajo prodigioso, construyeron burdas máquinas de guerra con troncos de árbol, cuero de su equipo y pelos trenzados de las crines y las colas de sus monturas.

Los arietes golpeaban en vano contra las piedras macizas, las balistas gemían cuando proyectaban troncos de árboles y bloques de piedra contra las torres o por encima de las murallas. Sobre las almenas, los atacantes luchaban cuerpo a cuerpo con los defensores; pronto, sus manos heladas y ensangrentadas se les pegaban a los mangos de las lanzas y a las empuñaduras de las espadas y se les arrancaba la piel formando enormes jirones sanguinolentos. Y siempre, con un furor inhumano que sobrepasaba sus sufrimientos, los defensores rechazaban el ataque.

Se construyó una torre de asalto y la empujaron justo a las murallas; desde los parapetos con troneras, los hombres de Ordushar arrojaron un torrente de nafta que prendió en la torre y quemó a los hombres que se hallaban en su interior. Se cocieron en sus armaduras como escarabajos que hubieran caído en una hoguera. La nieve y la escarcha caían en ráfagas cegadoras, helándose y convirtiéndose en capas de hielo. Los cadáveres con los miembros totalmente tiesos eran duros como piedras y los heridos, envueltos en sus mantas, morían mientras dormían. No había reposo, ni



tregua; los días y las noches se confundían en un infierno de sufrimientos. Los hombres de Donald, con lágrimas de dolor congeladas en sus mejillas, machacaban frenéticamente las heladas murallas, se batían apretando con sus manos ensangrentadas sus armas rotas y morían maldiciendo a los dioses que les habían creado.

La miseria en el interior de la ciudad no era menor, porque allí no había comida. Por la noche, los guerreros de Donald escuchaban los lamentos de los habitantes que se morían de hambre en las calles. Finalmente, impulsados por la desesperación, los hombres de Ordushar degollaron a sus esposas e hijos y efectuaron una salida. Los alelados tártaros se lanzaron contra ellos, derramando amargas lágrimas de rabia y de pesar. En el curso de la batalla que tiñó de rojo la nieve congelada, les obligaron a batirse en retirada y a retroceder hasta las puertas de la ciudad. Y el abominable asedio prosiguió.

Donald empleó los últimos árboles de la región en construir otra torre de asalto, más alta que las murallas de la ciudad. Tras acabarla, no quedó madera para alimentar las hogueras. Estaba en persona en la pasarela elevada que debía bajar y ser apoyada en las almenas de la muralla. Se negaba a la negociación. La torre fue empujada junto a la muralla, bajo una lluvia de flechas que abatió a la mitad de sus tropas… los que no pudieron protegerse tras el cobertizo de madera. Un cañón rudimentario gruñó desde las murallas, pero la bala pasó silbando por encima de sus cabezas. La nafta y el fuego griego de los jats ya se había agotado. Bajaron la pasarela y Donald, sacando la claymore, avanzó por ella.

Las flechas se rompieron contra su coraza y rebotaron sobre su casco. Unos fúsiles de piedra lanzaron chispas y mugidos, pero las balas no le alcanzaron y siguió avanzando. Los hombres con corazas, con el cuerpo enflaquecido y ojos como de perro rabioso, se lanzaron hacia delante para intentar derribar la pasarela y tirarla al vacío, para destrozarla y hacerla pedazos. Donald se lanzó sobre ellos y la claymore silbó. Su enorme hoja atravesó las corazas, las carnes y los huesos, y el racimo de defensores huyó en desbandada.

Donald se tambaleó al borde de la muralla cuando una pesada hacha se abatió sobre su escudo; contraatacó, seccionando la columna vertebral de su adversario. El goidélico recobró el equilibrio y echó a un lado su destrozado escudo. Sus lobos corrieron por la pasarela para reunirse con él. Se lanzaron sobre los defensores y los masacraron. En el torbellino de la batalla, Donald avanzó balanceando su pesada hoja. Pensó furtivamente en Zuleika, como los hombres en el frenesí de los combates suelen pensar en cosas que no tienen sentido entonces, y fue como si aquel pensamiento le atravesara cruelmente el corazón. Pero era una lanza lo que atravesó su coraza, y Donald golpeó salvajemente como respuesta; la claymore se rompió en su mano y se adosó al parapeto, crispado el rostro durante un momento a causa del dolor. A su alrededor giraban las olas de la matanza… el furor impotente de sus guerreros, enloquecidos por las largas semanas de sufrimientos, se desencadenó



finalmente y no conoció límites.



9

 

Mientras el rojo flamígero de la luz cae de las nubes suspendidas como banderas le parece a mis ojos entornados

el esplendor de la monarquía.

Poe («Tamerlán»)

 

 

E

 

l gran visir se postró ante Timur, sentado en su trono en el palacio de Otrar.

—Los supervivientes de los hombres que enviaste al desfiladero de

Ordushar están de vuelta, mi señor. La ciudad de las montañas no existe. Traen al señor Donald en una litera. Está moribundo.

Los soldados de Donald entraron en el salón, portando la litera; hombres agotados de ojos muertos, trapos empapados en sangre como torniquetes para las heridas, ropas y corazas hechas jirones. Lanzaron a los pies del emir las corazas labradas en oro de sus jefes, y cofres llenos de joyas, trajes de seda con hilos de plata, el botín de Ordushar, donde los hombres murieron de hambre aunque estaban rodeados de riquezas. Luego, dejaron la litera en el suelo, ante Timur.

El emir contempló el tendido cuerpo de Donald. El highlander estaba pálido, pero su rostro feroz no mostraba ningún signo de debilidad y en sus ojos helados seguía brillando la misma luz indomable de siempre.

—El camino hacia Catay está libre —dijo Donald, expresándose con dificultad—. Ordushar no es más que un montón de ruinas humeantes. He ejecutado tu última orden.

Timur asintió con la cabeza; sus ojos parecían mirar más allá del higlander. ¿Qué representaba un moribundo en una litera para el emir que había visto morir a tantos hombres? Con el pensamiento, se encontraba ya en el camino de Catay y de los reinos púrpuras que se extendían más allá. La jabalina había acabado por romperse, pero no antes de abrir el camino que conducía al imperio. Los oscuros ojos de Timur brillaron, extrañamente profundos, y en ellos bailaban las sombras, mientras el antiguo fuego volvía a invadir su sangre. ¡La Conquista! Fuera, el viento rugía como si quisiera reemplazar el clamor de los nakars, el fragor de los timbales, el canto grave y poderoso de la victoria.

—Dile a Zuleika que venga —pidió el moribundo.

Timur no respondió; apenas le escuchó, inmóvil y perdido en sus grandiosas visiones. Se había olvidado de Zuleika y su destino. ¿Qué era una muerte tras los sueños magníficos y suntuosos de un imperio?

—¿Zuleika, dónde está Zuleika? —repitió el goidélico agitándose con impaciencia en su litera.



Timur se estremeció ligeramente y levantó la cabeza, como si se acabara de acordar.

—La mandé matar —respondió tranquilamente—. Era necesario.

—¡Necesario! —Donald intentó levantarse, con una luz terrible en la mirada, pero cayó hacia atrás, sofocándose y escupiendo una marea escarlata—. ¡Perro sanguinario, era mía!

—Tuya o de otro —respondió Timur con aire distraído y la mirada perdida en el vacío—. ¿Cuenta una mujer cuando se trata de un destino imperial?

Por toda respuesta, Donald sacó a toda prisa una pistola de su ropa y disparó sin dudarlo. Timur se sobresaltó y se desmadejó sobre su trono mientras los cortesanos gritaban petrificados por el horror.

A través del humo que flotaba en la sala, vieron a Donald tendido en la litera, muerto; sus labios delgados e inmóviles para siempre esbozaban una cruel sonrisa. Timur estaba caído sobre su trono, con una mano como una garra sobre el pecho; la sangre corría entre sus dedos. Con la otra mano, apartó a los nobles.

—¡Basta! ¡Todo ha terminado! A todo hombre le llega alcanzar el final del camino. ¡Que Pir Muhammad reine en mi lugar; deberá consolidar el Imperio que he construido con mis propias manos!

Sus facciones se convulsionaron a causa de un vivo dolor.

—Alá, ¿será este el fin del imperio?

Lo dijo con un grito feroz y angustiado nacido en el fondo de su pecho.

—¡He pisoteado reinos y sultanes humillados, y ahora muero por una zorra servil y un renegado cafar!

Sus impotentes jefes vieron cómo se crispaban sus robustas manos, como acero, mientras mantenía a raya a la muerte solo con la fuerza de su indomable voluntad. El fatalismo de su voz nunca había encontrado asilo en su alma instintivamente pagana; era un combatiente hasta el escarlata final.

—Mi pueblo deberá ignorar que Timur ha muerto a manos de un cafar —dijo con una dificultad cada vez mayor—. Y las crónicas de los tiempos por venir ocultarán el nombre del lobo que mató a un emperador. ¡Dios, que un trozo de metal y de polvo puedan precipitar a las tinieblas al Conquistador del Mundo! Pon por escrito, escriba, que en este día, no por la mano de ningún hombre sino por la voluntad de Dios, muere Timur, el Servidor de Dios.

Los jefes se amontonaban a su alrededor, sumidos en un consternado silencio, mientras el escriba tomaba un pergamino y trazaba sus signos con mano temblorosa. Los ojos sombríos de Timur se quedaron fijos en las inmóviles facciones de Donald, que parecía sostener su mirada mientras el muerto de la litera miraba fijamente al moribundo del trono. Antes de que el rascar de la pluma sobre el pergamino se apagase, la cabeza leonina de Timur se inclinó sobre su poderoso pecho. Fuera, el viento rugió con un canto fúnebre, empujando la nieve cada vez más alta por encima de las murallas de Otrar, mientras las arenas del olvido empezaban a cubrir el



decadente imperio de Timur, el Ultimo Conquistador, el Dueño del Mundo.



EL CAMINO DE LAS ESPADAS





 



 




1

 

A

 

unque el cañoneo había cesado, su estampido parecía repetirse obsesivamente a través de las crestas de las olas que tapizaban el agua azul. El perdedor de aquella batalla naval se bamboleaba en medio de una mancha púrpura a una legua de la playa; el vencedor, ya sin munición, se alejó lenta y dificultosamente. Una escena

habitual en el mar Negro en el año de Nuestro Señor de 1595.

La galera que se escoraba como un borracho en aquella inmensidad azul era una nave corsaria berebere de proa elevada. La muerte había recogido una abundante cosecha a bordo. Los cadáveres llenaban, despatarrados, la toldilla de popa; colgaban inermes sobre su astillado pasamanos; y desplomados a lo largo de la pasarela que sobrevolaba el combés, donde los mutilados remeros yacían entre sus destrozados bancos. Incluso en la muerte, aquellos hombres no presentaban el aspecto de hombres nacidos para la esclavitud; eran hombres altos, de oscuros semblantes aquilinos. En los rediles, bajo la base del mástil, los caballos, enloquecidos de terror, se debatían y relinchaban.

Los supervivientes, una veintena de hombres, se encontraban arracimados en popa, muchos de ellos sangrando por sus heridas abiertas. La mayoría de ellos eran altos y enjutos, como hombres acostumbrados a pasarse la vida sobre la silla de montar. Estaban bronceados por el sol; sin barba y con unos mostachos que colgaban por debajo de sus barbillas; las cabezas, afeitadas a excepción de una tira de pelo que les corría a la largo del cráneo. Calzaban botas y vestían pantalones de montar abombachados; algunos llevaban kalpaks, otros casquetes de acero; otros no llevaban nada. Algunos de ellos llevaban cotas de malla de manga corta, otros estaban desnudos desde la cintura, que llevaban envuelta en una apretada faja, con sus musculosos brazos y anchos hombros bronceados por el sol hasta casi tornarse de color negro. En las manos sostenían los sables desnudos. Sus ojos oscuros no mostraban cansancio alguno; había algo de la mirada del águila en ellos… algo salvaje e indomable.

Se mantenían firmes alrededor de un hombre que agonizaba en la toldilla. El largo mostacho del hombre estaba salpicado de gris, su rostro deformado por las cicatrices. Su svitka estaba echado hacia atrás, mostrando su camisa teñida por la sangre que manaba del sablazo en su costado.

—¿Dónde está Iván… Iván Sablianka? —murmuró.

—Está aquí, asavul —le respondieron los hombres a coro mientras un enorme guerrero avanzaba hacia él.

—Sí, aquí estoy, tío. —El hombretón se retorció el mostacho con aire indeciso.

Era el más alto de aquellos hombres y el de constitución más fornida. Aunque vestía de la misma manera que los demás, se diferenciaba ligeramente de ellos. Sus grandes ojos eran de un intenso azul marino, y su mostacho y la tira de pelo que le



recorría la cabeza eran sedosos y rubios.

Se inclinó hacia delante para escuchar las palabras del agonizante asavul.

—Se nos ha escapado, hermano mío —susurró este último—. ¿Vive alguno de los

sotniks?

—No, pequeño tío —le respondió un alto y bronceado guerrero que llevaba un rudo vendaje sobre un ensangrentado antebrazo—. Tashko se tragó una bala de mala manera y…

—Malo… vi a los otros morir —murmuró el anciano—. Soy el único oficial entre vosotros, y estoy muriéndome. Iván… kunaks… vuestra tarea no ha finalizado. Cuando nos reunimos alrededor del cadáver de Skol Ostap, nuestro Hetmán, sobre la orilla del Padre Dnieper, juramos por nuestro honor de cosacos no descansar hasta llevar de regreso a casa la cabeza del diablo que lo mató. Y ahora, tras haberle perseguido incesantemente a través del mar Negro en una de sus propias galeras, nos ha derrotado y se retira tambaleante; no… no navegará muy lejos en ese rocín que hemos malherido con balas de cañón. Huirá a puerto. Poseéis caballos. ¡Seguidle!

¡Hasta Estambul o hasta el infierno si es preciso! Iván, ahora eres essaul. ¡Persigúelo! Muere o toma la cabeza de Osman Pasha… que… asesinó… a… Skol… Ostap…

La afeitada cabeza se desplomó sobre el pecho cuajado de cicatrices. Los cosacos se despojaron de sus kalpak y se persignaron con embarazo. Miraron expectantes a Iván Sablianka. Este se retorció el mostacho reflexivamente, contempló la vela latina que colgaba fláccida en el aire carente de viento y miró fijamente hacia la línea de la playa. Ni puerto ni ciudad estaban a la vista en aquella agreste y solitaria costa. Unas colinas bajas y boscosas se elevaban desde la orilla, elevándose repentinamente hacia las azules y lejanas montañas, sobre cuyos nevados picos refulgía un rojo sol poniente. Existía una razón por la que Iván debería saber más sobre mares y naves que el resto de sus compañeros, pero no tenía una idea exacta de dónde se encontraban. Habían cruzado el mar Negro; por tanto, se encontraban en territorio musulmán. Aquellas colinas estarían indudablemente infestadas de turcos… agrupó todas las razas musulmanas bajo un solo término despectivo.

Miró con ferocidad hacia la galera que se alejaba lentamente. Su tripulación estaba razonablemente alegre por haber escapado de aquel combate a muerte. El lisiado barco corsario se dirigía hacia una ensenada separada de las colinas por unos altos acantilados. Se movió lentamente, escorada hacia babor. Sobre la popa todavía podía apreciar una figura alta sobre cuyo yelmo aún se reflejaba el sol. Iván recordó los rasgos que cubría aquel yelmo y que había entrevisto en medio del fragor de la batalla: nariz aquilina, ojos grises, barba negra que causaron en el cosaco una sensación de recuerdo. Aquel hombre era Osman Pasha, hasta hacía poco el azote de Oriente Medio.

Iván se dirigió hacia uno de los remos de gobierno de la nave. No podían perseguir al corsario hacia la boca de le ensenada, pero creía que podía pilotar la nave hacia la orilla hacia un cercano cabo en pendiente que sobresalía de las colinas.



—Togrukh y Yermak, ocupaos del otro remo de gobierno —les ordenó—. Dimitri y Konstantine, tranquilizad a los caballos. El resto de vosotros, hijos de una perra, vendad vuestras heridas y luego bajad al combés y doblad la espalda sobre los remos. Si alguno de esos cerdos argelinos aún está vivo, dadle un golpe en la cabeza.

No había sobrevivido ninguno. Aquellos a los que las balas de cañón de sus antiguos camaradas habían perdonado la vida, habían sido pasados a cuchillo por los cosacos tras romper sus cadenas y luchar para salir a una a cubierta.

Con gran esfuerzo llevaron la galera hasta la orilla. El sol se estaba poniendo; una neblina parecida a un leve humo azulado flotaba sobre las oscuras aguas. La galera corsaria había penetrado trabajosamente en la ensenada, desapareciendo entre los acantilados. Iván y sus camaradas remaron imperturbablemente. El pasamanos de estribor estaba a flor de agua, y los cosacos abandonaron sus remos y subieron a popa. Los caballos relinchaban de nuevo, enloquecidos ante la vista del agua que aumentaba su nivel.

Los cosacos miraron hacia la orilla, abundantes, por lo que ellos sabían, en tribus hostiles, pero no dijeron una palabra. Siguieron las órdenes de Iván tan incondicionalmente como si hubiera sido elegido ataman en un cónclave formal llevado a cabo en el Sjetch, la fortaleza de los hombres libres levantada en los tramos más bajos del Dnieper.

Iván había llegado a aquella hermandad, en la que los hombres adoptaban nuevos nombres y vidas, cinco años antes hablando entrecortadamente el dialecto de los moscovitas. Al principio había levantado algunas sospechas por su reluctancia a santiguarse a pesar de que juraba creer en Dios. Tras discutir largamente, se había comprometido en su juramento trazando con su espada una cruz en el aire. No obstante, pronto demostró su honestidad en las batallas contra los musulmanes y así, cualesquiera que hubieran sido su vida anterior y su lengua, se convirtió en un cosaco.

Su espada resultaba un quebrantamiento del orden para aquellos hombres entre los que la hoja curva era la norma. Era recta, de un metro y medio de longitud, ancha y con doble filo. No más de media docena de hombres de la frontera habrían podido manejarla. Ahora se encontraba en la mano de Iván mientras se inclinaba sobre el inútil remo y escrutaba la costa que se aproximaba cada vez más con cada tirón y cabeceo de la renqueante galera.



2

 

E

 

n el fértil valle de Ekrem los acontecimientos ya habían sucedido. El río que serpeaba a través de los pequeños prados y granjas estaba teñido de rojo, y las

montañas que se elevaban a los lados observaban desde las alturas una escena solo un poco menos antigua que ellas. El horror se había abatido sobre los pacíficos habitantes del valle en la forma de lobunos merodeadores de las tierras exteriores. No dirigieron su mirada hacia el castillo que colgaba sobre las vertiginosas laderas de las montañas como si allí se hubiera posado; en su interior también habitaban los opresores.

El clan de Ilbars Khan, el turcomano, empujado hacia el oeste fuera de Persia por una disputa tribal, estaba exprimiendo a los campesinos armenios del valle del Ekrem. No eran más que una incursión para obtener ganado, esclavos y botín. Era un hombre ambicioso; sus sueños abarcaban más de lo que su mandato sobre una tribu errante podía alcanzar. En la antigüedad se habían extraído reinos de aquellas montañas.

Pero ahora, al igual que sus guerreros, estaba borracho de carnicería. Las cabañas de los armenios no eran más que ruinas humeantes. Habían respetado los graneros porque contenían forraje para los caballos, al igual que los almiares. Los enjutos merodeadores recorrían el valle arriba y abajo apuñalando y disparando sus flechas armadas de lengüetas. Los hombres gritaban mientras el acero entraba en sus carnes; las mujeres chillaban mientras las arrojaban desnudas violentamente sobre las sillas de montar de los merodeadores.

Los jinetes vestidos con pieles de oveja y altos kalpaks peludos se derramaban por las desordenadas calles del pueblo más grande (un paupérrimo amontonamiento de cabañas construidas en parte con barro y en parte con piedra). Sus habitantes, expulsados de sus humildes refugios, imploraban piedad en vano de rodillas o mientras huían solo para ser abatidos en su carrera.

Practicando este tipo de caza fue como Ilbars Khan perdió su oportunidad de conseguir un reino. Picó espuelas entre las chozas y salió a los prados persiguiendo a un desgraciado que corría como si llevara alas en los pies aguijoneado por el terror a la muerte. La punta de la lanza de Iblars Khan penetró entre sus omóplatos. El asta se partió y los atronadores cascos esquivaron el agonizante cuerpo mientras el jefe pasaba volando.

¡Allah il allah! —La barba estaba blanqueada por la saliva mientras gritaba enloquecido.

El yataghan silbó en el aire, finalizando en un ruido de carne tajada y huesos partidos. Un fugitivo se giró gritando salvajemente mientras Ilbars Khan se abatía sobre él mientras su amplio kaftan se abría al aire como las alas de un halcón. En ese instante los ojos del armenio contemplaron, como en un sueño, el rostro barbado de



fina nariz aguileña y la amplia manga apartándose del delgado brazo que terminaba en un ancho resplandor de metal. En ese instante, también, el turcomano vio la demacrada y encorvada figura tensa bajo los harapos, los salvajes ojos brillando bajo el largo y enmarañado pelo, y el largo reflejo sobre el cañón de un mosquete. Un largo aullido surgió de los labios del cazador, pero quedó ahogado por el retumbante estampido del disparo. Un remolino de humo envolvió a las dos figuras, dentro del cual un centelleante rayo de acero cortó la oscuridad como el destello de un relámpago. De la nube surgió una montura sin jinete cuyas riendas se agitaban al aire. Un soplo de aire despejó el humo.

Una de las figuras caídas en el suelo se alzó sobre un codo. Se trataba del armenio, cuya vida se escapaba rápidamente por un profundo tajo a través del cuello y del hombro. Boqueando en busca de aire, miró hacia abajo con brillantes ojos salvajes hacia el otro cuerpo. El karpak del turcomano yacía a varios metros, arrojado hasta allí por el disparo a corta distancia; con la mayor parte del cerebro en su interior. La barba de Ilbars Khan sobresalía hacia arriba como en un siniestro gesto de cómica sorpresa. El brazo del armenio cedió y su rostro golpeó la suciedad, llenándose la boca de polvo. Lo escupió teñido de rojo. Una amarga risa burbujeó desde sus ensangrentados labios. Cayó de espaldas revolviendo la tierra con las manos. Cuando los horrorizados turcomanos llegaron al lugar ya estaba muerto con una siniestra sonrisa congelada en los labios. Había reconocido a su víctima.

Los turcomanos se agacharon como diabólicos cuervos alrededor de una oveja muerta y conversaron sobre el cadáver de su khan. Su idioma era tan siniestro como sus semblantes, y cuando se alzaron de aquel cónclave de buitres, la condena se había cernido sobre cada armenio del valle del Ekrem.

Graneros, almiares y establos, perdonados por Iblars Khan, saltaron en llamas. Todos los prisioneros fueron masacrados; los niños arrojados vivos a las llamas, las adolescentes violadas y arrojadas a las calles ensangrentadas. Junto al cadáver del khan se alzó una pila de cabezas cortadas; los jinetes galoparon, agitando las siniestras reliquias en el aire y aumentando la lúgubre pirámide. Cualquier lugar que fuera sospechoso de esconder a alguno de aquellos miserables era asolado.

Fue durante una de estas batidas cuando uno de los guerreros, mientras acuchillaba un hato de heno, distinguió un movimiento entre la paja. Con un aullido se arrojó sobre el montón y arrastró hacia la luz a su víctima dándole rienda suelta a su lengua mientras se regocijaba lascivamente al tiempo que contemplaba a su prisionera. Se trataba de una muchacha, y no era precisamente una de las torpes armenias. Desgarrando la túnica con la que la ella intentaba ocultar sus esbeltas formas, su atacante se regaló sus ojos de buitre con la belleza de la joven, escasamente cubierta por el atuendo de una bailarina persa. Sobre su transparente yasmaq (velo), sus ojos oscuros, ensombrecidos por un largo perfilado hecho con kohl, mostraban su miedo con elocuencia.

No dijo una palabra, forcejeaba desesperadamente mientras sus ágiles miembros



se retorcían de dolor a causa de la cruel presa. El guerrero la arrastró hacia su montura; de repente, ágil y letal como una cobra la muchacha le arrebató una daga curva del cinturón y se la hundió a su raptor en el corazón. El hombre se derrumbó con un gruñido mientras la chaqueta de pelo de oveja se teñía de rojo y ella se arrojaba con la agilidad de una pantera sobre el caballo para poder alzarse hasta la silla de elevados bordes, tal era la agilidad de sus movimientos. El alto corcel relinchó y se encabritó, la joven tiró de las riendas y se alejó al galope a través del valle. A sus espaldas, el grupo de bandidos comenzó a aullar y se lanzó a una furiosa persecución. La flechas silbaron sobre su cabeza y ella se estremeció de terror mientras urgía a su montura a que aumentara sus frenéticos esfuerzos.

Condujo el animal hacia la pared montañosa que se alzaba al sur, donde un estrecho cañón se abría hacia el valle. En aquel lugar el camino se volvía peligroso y los turcomanos frenaron hasta un galope menos precipitado mientras sorteaban cantos rodados y rocas partidas. La joven, sin embargo, galopó como una hoja empujada por una tormenta, y así fue como, sacándole varios cientos de metros de ventaja a sus perseguidores, llegó a un grupo de tamariscos que había crecido entre los peñascos como una isla verde por encima del nivel del cañón. Un manantial manaba entre las rocas, y allí había varios hombres.

Los vio entre las rocas y ellos le gritaron que se detuviera. Al principio pensó que eran turcomanos; pero luego observó otro detalle. Eran hombres altos y fuertes y las cotas de malla brillaban bajo sus capas. Sus cascos de acero acabados en punta estaban envueltos en turbantes blancos. Si los turcomanos eran chacales, ellos eran halcones. Aquello fue lo que la joven observó con sus sentidos estimulados por la desesperación. Vio las llaves de unos fusiles de mecha entre las rocas y los hilos de humo de las mechas encendidas. En aquel momento se convenció; se arrojó de la montura y corrió sobre las rocas cayendo de rodillas.

—¡Ayuda, en el nombre de Alá, el Magnánimo, el Misericordioso!

Un hombre emergió de un grupo de arbustos y a su vista la muchacha volvió a gritar llena de incredulidad.

—¡Osman Pasha! —Entonces, recordando su urgente necesidad, le abrazó las rodillas mientras lloraba—. ¡Yah khawand, protedgeme! ¡Salvadme de los lobos que me persiguen!

—¿Por qué debería arriesgar mi vida por ti? —le preguntó el hombre con indiferencia.

—¡Os conozco desde hace tiempo, de la corte del Padishah! —gritó ella desesperadamente, mientras se arrancaba el velo—. He bailado ante vos. Soy Ayesha, la Persa.

—Muchas mujeres han danzado ante mí —le respondió él.

—Entonces, os daré un talismán —le replicó la joven inundada por la desesperación—. ¡Escuchadme!

En el momento en que le susurró un nombre al oído, el hombre dio un respingo



como si lo hubiera aguijoneado. Alzando la cabeza con una sacudida, la miró fijamente como si quisiera dejarse caer pesadamente en lo más recóndito de la mente de la mujer. Por un instante se mantuvo inmóvil como una estatua, con sus ojos grises mirando hacia su interior; entonces, saltando sobre una enorme roca, se enfrentó a los recién llegados jinetes con una mano alzada.

—¡Marchad en paz, en el nombre de Alá!

La respuesta que recibió fue el silbido de las flechas junto a su cabeza. Se arrojó al suelo mientras hacía un gesto con la mano. Los fusiles comenzaron a disparar desde las rocas mientras el humo se enroscaba sobre el montículo cubierto de vegetación. Una docena de jinetes cayeron de sus monturas. Los demás retrocedieron gritando de consternación. A continuación giraron sus monturas y se dirigieron al galope por el cañón hacia el valle principal.

Osman Pasha se giró hacia Ayesha, que había vuelto a ponerse el velo pudorosamente. Era un hombre alto, con ojos como acero congelado. En sus gestos existía una cierta ruda franqueza rara en los orientales. Su capa era de seda púrpura y su corselete de malla de acero estaba entretejido en oro. El turbante verde se mantenía en su lugar gracias una fíbula enjoyada abrochada a un yelmo recamado en plata. El agua salada, la pólvora y la sangre habían ajado sus ropas, aunque su suntuosidad resultaba aparente incluso en aquella época de esplendores.

Sus hombres, cuarenta piratas argelinos incondicionales erizados de armas, se reunieron a su alrededor. En una depresión del terreno tras el montículo se encontraban los caballos, de una raza muy inferior.

—Hija mía —le dijo Osman Pasha en un tono paternalista que desmentía sus crueles ojos—. He hecho enemigos en estas tierras por ti, a causa de un nombre susurrado a mi oído. Te he creído.

—Que me aranquen la piel si os he mentido —juró ella.

—Así se hará —le prometió él con dulzura—. Me ocuparé de ello personalmente.

Has pronunciado el nombre del príncipe Orkhan. ¿Cómo es que lo conoces?

—He compartido su exilio durante tres años.

—¿Dónde se encuentra?

La muchacha señaló hacia las montañas que se cernían sobre el valle, donde las torres del castillo apenas asomaban por entre los riscos.

—Al otro lado del valle, en el castillo de el Afdal Shirkuh, el Kurdo.

—Será difícil de rendir —murmuró él, pensativo.

—¡Enviad en busca del resto de vuestros halcones del mar! —gritó la muchacha

—. ¡Conozco una vía que os conducirá al corazón mismo del castillo!

Osman meneó la cabeza.

—Estos que ves son todos mis hombres. —Viendo la incredulidad reflejada en sus ojos, añadió—: No me sorprende tu desconcierto. Te lo contaré…

Con    una    sinceridad   desconcertante   que    sus    compatriotas   musulmanes encontraban inexplicable, Osman Pasha le explicó brevemente su caída. No le relató



sus triunfos; eran demasiado conocidos como para tener que repetirlos. Cinco años antes había aparecido de repente en el Mediterráneo como el reis de el famoso corsario Seyf ed-din Ghazi. Pronto aventajó a su amo y reunió una flota propia que no debía fidelidad a gobernante alguno, ni tan siquiera a los beys bereberes. Al principio estuvo aliado con el Gran Turco y fue un invitado bienvenido en la Sublime Puerta, más tarde había enfurecido al Sultán Mrad por sus ataques a los barcos turcos. Durante sus pillajes a lo lago de los Dardanelos, el corsario resultó capturado por una flota otomana y todas sus naves, a excepción de dos, fueron destruidas. El Sultán le había perdonado la vida a cambio de una misión que virtualmente equivalía a una sentencia de muerte. Se le había ordenado navegar a través del mar Negro hasta la desembocadura del Dnieper y, una vez allí, destruir a otro enemigo de los turcos:

Skol Ostap, el Hetmán de los cosacos zaporogianos, cuyas incursiones en los dominios musulmanes habían llevado al Sultán al borde de la locura.

A intervalos regulares los cosacos desplazaban en secreto su Sjetsch (su campamento fortificado) de isla en isla para evitar los ataques por sorpresa. Pero un traidor griego guió al corsario hasta la isla del Dnieper que por entonces ocupaban los guerreros libres, en un momento en el que un gran número de ellos se enconraba lejos combatiendo a los tártaros del otro lado del río. La veloz incursión no había conseguido hacer prisionero a Skol Ostap, que reposaba indefenso a causa de una vieja herida, gracias a la feroz resistencia de los cosacos que habían permanecido con él. En medio de la batalla, los guerreros que habían marchado a combatir a los tártaros habían regresado, y Osman huyó, abandonando una de sus naves en sus manos. Conocía el precio del fracaso, y en lgar de huir en dirección a la flota turca que aguardaba en la costa, echó el ancla al otro lado del mar negro, para ser perseguido en breve por los cosacos que habían capturado su nave y utilizado su tripulación como remeros. No entendía su persistencia, al ignorar que uno de sus disparos de artillería había matado al herido Skol Ostap y enloquecido a sus kunaks.

Con la orilla oriental a la vista, se habían aproximado a tiro de cañón y en la lucha que se desató a continuación, solo la rebelión de los remeros ganó el día para el corsario.

—Así que llevamos la galera hasta la ensenada. Podríamos haberla reparado, pero las flotas del Sultán guardan la salida del mar Negro, y me reservará la cuerda de un arco cuando se entere que he fracasado. Encontramos una aldea más arriba de la ensenada; algún tipo de musulmanes que se dedicaban al cultivo de viñedos y a la pesca. Allí conseguimos caballos y atravesamos las montañas, buscando sin saber qué… una vía de escape de los dominios otomanos o un nuevo reino que gobernar.

Se habían esforzado durante días en atravesar las montañas, temiendo encontrarse con un puesto avanzado turco. Osman Pasha tenía el convencimiento de que se habían enviado correos rápidos que llevaran la noticia por todo el imperio de que estaba condenado. Estuvieran donde estuviesen, los sultanes turcos serían muy meticulosos en llevar a cabo su venganza. Habían estado vagando sin un plan



preconcebido, confiando solo en su suerte.

Ayesha escuchó, y sin comentario alguno inició su historia. Como bien sabía Osman, era costumbre entre los sultanes, al ascender al trono, masacrar a sus hermanos y a los hijos de sus hermanos. Se diga lo que se de diga sobre sus aspectos morales, no puede negarse que esta costumbre salvó al imperio de muchas guerras civiles desastrosas, ya que cada príncipe otomano consideraba que el trono era su derecho. En alguna ocasión la cárcel sustituía a la flecha.

Y así había sucedido con el Príncipe Orkhan, hijo de Selim el Borracho y hermano de Murad III. Cuando finalizó la embrutecida vida de Selim, Murad había vencido en la carrera por la capital. Otra costumbre entre los turcos era la de conceder la corona a aquel que llegara primero a Estambul tras la muerte del sultán. Los visires y beys, temiendo la guerra civil, apoyaban por regla general al primero en llegar quien, a su vez, compraba a los jenízaros con suntuosos presentes y eliminaba a sus hermanos. Incluso contando con esta ventaja, el débil Murand jamás habría vencido a su agresivo hermano si no hubiera sido por la favorita de su harem, Saña, una mujer veneciana de la familia Baffo. Ella era la auténtica gobernante de Turquía, y fue gracias a sus ardides que los venecianos acudieron en ayuda de Murad y Orkhan fue empujado al exilio.

Orkhan buscó refugio en la corte persa, pero descubrió que el Shah se había conjurado con Saña para envenenarlo. Durante un intento por alcanzar la India, fue hecho prisionero por los nómadas bashkires, que lo reconocieron y lo vendieron a los otomanos. Orkhan creyó que su destino estaba sellado, pero Murad no se atrevió a colgarlo ya que aún era muy popular entre el pueblo, especialmente entre los dominados pero siempre turbulentos mamelucos de Egipto y los Sipathis los terratenientes independientes de Anatolia. Lo confinaron en un castillo cerca de Erzeroum, rodeado de todo tipo de lujos y formas de libertinaje para ablandar su ñbra.

Gradualmente consiguieron su objetivo, les contó Ayesha. Ella fue una de las bailarinas que enviaron para entretenerle. La muchacha se había enamorado apasionadamente del guapo príncipe por lo que, en lugar de buscar su ruina con su pasión, se había esforzado por que recuperara su hombría. La muchacha tuvo tanto éxito (aunque no sin resultar sospechosa) que se llevaron a príncipe en secreto y apresuradamente de Erzeroum hasta las montañas salvajes más allá de Ekrem, para ponerlo a cargo de el Afdal Shirkuh, un feroz jefe, casi un bandido, cuya familia había gobernado sobre el valle como señores feudales durante casi una generación, rapiñando a sus habitantes, pero sin protegerlos.

—Y allí hemos vivido durante más de un año —concluyó Ayesha—. El príncipe Orkham se ha hundido en la apatía. Nadie lo reconocería como el joven águila que condujo a sus jinetes egipcios hacia las mandíbulas de los jenízaros. Su prisión, el vino y el bhang han embotado sus sentidos. Se sienta sobre su almohadón en kaif, y solo se excita cuando canto o bailo para él. Pero la sangre de los conquistadores corre



por sus venas. Su abuelo, Suleyman el Magnífico, se ha reencarnado en él. Es un león que no hace otra cosa que dormir.

»Cuando los turcomanos atacaron el valle, me deslicé fuera del castillo y acudí en busca de Iblars Khan, ya que había oído de sus ambiciones. Deseaba encontrar un hombre lo suficientemente audaz para ayudar a Orkham. Dejad que las alas de un águila joven sientan el viento de nuevo, y se elevará y se sacudirá el polvo de su cerebro. Una vez más, volvería a ser Orkham el Espléndido. Pero contemplé cómo mataban a Ilbars Khan antes de que pudiera llegar a él, y entonces los turcomanos se volvieron como perros rabiosos. Me asusté y me oculté, pero me descubrieron.

»¡Oh, mi señor, ayudadnos! ¿Qué importa si no poseéis naves y solo os apoyan un puñado de hombres? ¡Los reinos se han erigido con menos! ¡Cuando se sepa que el príncipe es libre (y que vos estáis con él) los hombres se reunirán a vuestro alrededor! Los señores feudales, los Timariotes, lo apoyaron antes. Mejor dicho, si hubieran conocido el lugar de su confinamiento ¡habrían demolido aquel castillo piedra a piedra! El Sultán está embrutecido. El pueblo odia a Safia y al mestizo de su hijo Muhammad.

»El destacamento ruso más cercano se encuentra a tres días a caballo desde este lugar. Ekrem está aislada, desconocida para todos excepto para los nómadas kurdos y los desdichados armenios. Aquí podría fraguarse un imperio sin que nada lo turbara. Vos también sois un prófugo. ¡Unámonos para liberar a Orkham! ¡Para colocarlo sobre el trono que le pertenece! ¡Si él fuera Padishah, toda la riqueza y el honor serían vuestros; Murad no os ofrece más que la nada y la horca!

Se encontraba de rodillas ante él, mientras agarraba convulsamente su capa y sus ojos oscuros refulgían por la pasión de sus súplicas. Osman se encontraba en silencio, pero sus acerados ojos refulgían con frías llamas. Sabía que lo que la muchacha le había dicho sobre la popularidad de Orkham era cierto; y tampoco subestimaba su propio poder. ¡Hacedor de reyes! Aquel era un papel con el que había soñado. Y aquella desesperada aventura, cuyo premio sería la muerte o un trono, era suficiente para estimular su alma salvaje. De repente rompió a reír, y fueran cuales fueran los crímenes que habían empañado su alma, su risa resonó tan alegre y entusiasta como una ráfaga de viento marino.

—Necesitaremos a los turcomanos para esta aventura —dijo, y la muchacha juntó sus manos con un breve y apasionado grito de alegría.



3

 

D

 

eteneos, kunaks! —Iván Sablianka refrenó su montura y observó a su alrededor estirando su grueso cuello.

A su espalda, sus camaradas se removieron sobre sus sillas de montar. Se encontraban en un cañón angosto, flanqueados a ambos lados por laderas muy escarpadas pobladas por abetos enanos. Ante ellos manaba un pequeño manantial rodeado por árboles dispersos cuyo escaso cauce iba a desembocar a un canal musgoso.

—Agua, al fin —gruñó Iván—. Fuego.

Los cosacos desmontaron, desguarnecieron los caballos y permitieron a los cansados animales que bebieran hasta saciarse antes de saciar ellos su sed. Habían seguido el rastro de los nómadas argelinos. Desde que habían abandonado la costa solo habían visto un signo de vida: un racimo de cabañas entre los riscos que albergaban unas criaturas indefinidas semidesnudas que huyeron entre aullidos hacia las quebradas cuando los vieron aproximarse. Los argelinos ya habían saqueado las chozas, así que les resultó muy difícil reunir algo de forraje para los caballos. Para los hombres no hubo alimento alguno.

Sus alforjas, que habían llenado en el pueblo de la ensenada, estaban vacías. Los argelinos ya se habían ocupado de los almacenes y los cosacos, que llegaron después, terminaron de despojarlos. Había muy poca hierba en aquellas montañas para pastar, los cosacos ya carecían de alimento para hombres o bestias, y habían perdido el rastro de los piratas.

El ocaso anterior los habían sorprendido acercándose rápidamente a su presa, a juzgar por lo reciente de los rastros, por lo que habían apretado el paso imprudentemente, pensando que caerían sobre el campamento argelino al anochecer. Pero al ponerse la luna nueva habían perdido el rastro en un laberinto de hondonadas, por lo que tuvieron que vagar al azar a ciegas. Al amanecer encontraron agua, pero los caballos estaban agotados y ellos completamente perdidos. No obstante, no dirigieron una sola palabra de reproche a Iván, cuya temeridad les había conducido a su actual situación.

—¡Dormid un poco! —gruñó—. Togrukh, tú, Stefan y Vladimir haced la primera guardia. Cuando el sol alcance ese abeto, despertad a otros tres. Yo voy a explorar aquella garganta.

Se alejó a zancadas por el cañón y pronto se perdió de vista entre los árboles dispersos. Las laderas que los rodeaban pronto se transformaron en enormes acantilados que se elevaban a una altura vertiginosa desde el rocoso suelo que comenzaba a elevarse. De súbito, con una brusquedad capaz de paralizar el corazón, desde un laberinto de arbustos y peñascos despedazados, una salvaje figura greñuda se alzó y se enfrentó al cosaco. El aliento de Iván silbó entre sus dientes mientras su



espada refulgía al ser izada en el aire; contuvo su golpe al observar que la aparición estaba desarmada. Era un hombre encorvado con aspecto de gnomo vestido con pieles de oveja, cuyos ojos, poseídos por un brillo salvaje, tomaron nota de cada detalle del gigantesco cosaco, desde la tira de pelo que cubría su cráneo hasta sus botas de tacones plateados; la cota de malla remetida en los amplios pantalones, las culatas de las pistolas que sobresalían de la amplia faja de seda.

—¡Dios de mis padres! —exclamó el vagabundo en el dialecto de los cosacos—.

¿Qué hace uno de la hermandad de los hombres libres en esta tierra oprimida por los turcos?

—¿Quién eres? —gruñó Iván cautelosamente.

—Yo era hijo de un kral de los armenios —le respondió el otro con una extraña carcajada salvaje—. Llámame Kral. Para un paria un nombre es tan bueno como cualquier otro. ¿Qué haces aquí?

—¿Qué hay más allá del cañón? —replicó Iván.

—Más allá de esa cumbre que se acerca al extremo más bajo de este desfiladero, se extiende una maraña de barrancos y riscos. Si trazas tu camino por entre ellos, saldrás por encima del valle del Ekrem, que hasta ayer era el hogar de mi tribu, y que desde hoy contiene sus huesos carbonizados.

—¿Hay comida allí?

—Sí… y muerte. Una horda de turcomanos ocupa el valle.

Mientras Iván meditaba sus palabras, unos rápidos pasos lo devolvieron a la realidad, para ver cómo se aproximaba Togrukh.

¡Hai! —Exclamó Iván con el ceño fruncido—. ¡Te di la orden de vigilar mientras los kunaks dormían!

—Los kunaks están demasiado hambrientos como para dormir —le replicó el taciturno cosaco mientras observaba inquisitivamente al armenio.

—Que el diablo te devore, Togrukh —gruñó el enorme guerrero—. No puedo conjurar del aire un cordero para ellos. Que se roan los pulgares hasta que encontremos una aldea que saquear.

—Puedo conduciros hasta la suficiente comida como para alimentar a un regimiento —les interrumpió Kral.

—No me tomes el pelo, ermenio —murmuró Iván—. Acabas de decirme que los turcomanos…

—¡No! —Exclamó Kral—. Hay un lugar, no lejos de aquí, que desconocen los musulmanes y donde la gente almacenaba comida en secreto. Allá me dirigía cuando te vi aproximarte por la garganta.

Togrukh miró a Iván, quien desenfundó y amartilló una pistola.

—Entonces guíanos, Kral —le ordenó el zaporogiano—. Pero al primer movimiento en falso… ¡bang! Una bala te atravesará la cabeza.

El armenio se rió con una salvaje carcajada desdeñosa y les indicó que lo siguieran. Se encaminó hacia el acantilado más cercano y, tanteando por entre un



grupo de quebradizos arbustos, descubrió lo que parecía una amplia grieta en la roca. Llamándolos por señas para que se acercaran, se puso a cuatro patas y se deslizó al interior.

—¿A esa guarida de lobo? —Togrukh miró lleno de sospecha, pero Iván siguió al armenio y el otro avanzó tras él.

Se encontraron no en una cueva, sino en una estrecha grieta del acantilado, en medio de la penumbra y rodeados por un silencio extremo. Cuarenta pasos más allá salieron a un amplio espacio circular, rodeado por unas altísimas paredes que parecían monstruosas colmenas.

—Estas eran las tumbas de un pueblo antiguo y desconocido —les informó Kral

—. Sus huesos hace tiempo que se convirtieron en polvo. Mi pueblo almacenaba alimentos en las cuevas en previsión de tiempos de hambruna. Tomad todo lo que necesitéis, aquí ya no hay armenios que lo necesiten.

Iván miró con curiosidad a su alrededor. Era como estar en el fondo de un pozo gigante. El suelo era de roca maciza, desgastado como si lo hubieran pisado los pies de diez mil generaciones. Las paredes, abarrotadas todas ellas de niveles de tumbas hasta una altura de veinticinco metros, se elevaban de manera extraordinaria hasta finalizar en un pequeño círculo de cielo azul, donde un buitre planeaba como si fuera un pequeño punto.

—Tu gente debería haber vivido en estas cuevas —le dijo Togrukh—. Un solo hombre podrían contener en el acantilado de afuera a toda una horda.

El armenio se encogió de hombros.

—Aquí no hay agua. Cuando los turcomanos cayeron sobre nosotros no hubo tiempo para huir y ocultarse. Mi pueblo no era belicoso. Lo único que deseaban era labrar la tierra.

Togrukh meneó la cabeza, incapaz de comprender tal naturaleza. Kral estaba sacando comida para los caballos y para los hombres de las cavidades más bajas; sacos de piel llenos de grano, arroz, queso cubierto de moho, carne curada y botas de vino amargo.

—Ve a buscar a alguno de los muchachos para que nos ayuden a transportar todo esto, kunak —ordenó Iván mientras observaba las aberturas superiores—. Yo me quedaré aquí con Kral.

Togrukh se alejó pavoneándose mientras los tacones plateados de sus botas repiqueteaban sobre la piedra y Kral tironeó del brazo cubierto de acero de Iván.

—¿Ahora crees en mi honestidad, effendi?

—Sí, por Dios —le respondió Iván mientras masticaba un puñado de higos—. Cualquier hombre que me conduzca hacia la comida debe ser un amigo. ¿Pero dónde se encontraban los pueblos de estos antepasados? No podían cosechar grano en esa garganta rocosa de ahí afuera.

—Habitaban en el valle del Ekrem.

—¿Pero por qué no levantaron su lugar de enterramiento más cerca? Debe haber



un camino largo y escabroso desde aquí a Ekrem.

Los ojos de Kral brillaron como los de un lobo hambriento.

—Ese es el secreto que guardan estas colinas en su corazón y que solo conoce mi pueblo. Pero te lo mostraré… si confías en mí.

—Bien, Kral —le replicó Iván mientras masticaba con entusiasmo—, nosotros los zaporogianos no sentimos la necesidad ni de mentir ni de escondernos. Estamos persiguiendo a ese demonio negro de Osman Pasha el corsario, que se encuentra en algún lugar de estas montañas…

—Osman Pasha no se encuentra a más de tres horas a caballo de aquí.

—¡Ha! —Iván estrelló los higos contra el suelo y echó mano de su espada mientras sus ojos azules relampagueaban.

Kubadar… ¡Cuidado! —exclamó Kral—. Son cuarenta corsarios armados con mosquetes y atrincherados en la garganta de Diva. Se les ha unido Arap Ali y ciento cincuenta turcomanos. ¿Cuántos guerreros tienes tú, effendi?

Iván se retorció el mostacho sin responder mientras fruncía en entrecejo. Se rascó la cabeza mientras se preguntaba qué habría hecho un atamán bajo tales circunstancias. Meditar con intensidad siempre le provocaba adormecimiento y detestaba el esfuerzo. La cabeza le daba vueltas y sus poderosos brazos le dolían con el deseo de arrojar la gran espada y olvidar el esfuerzo de la meditación a cambio de gigantescas estocadas. Aunque era el mejor espadachín del Sjetsch, jamás le habían encomendado el liderazgo de sus camaradas. Soltó un juramento ante aquella necesidad. Era más sabio que sus kunaks, pero era consciente de que no existía una gran evidencia sobre su sabiduría. Al igual que él, eran imprudentes y temerarios. Bien liderados, resultaban invencibles; sin un liderazgo sabio, se despojarían de sus propias vidas por mero capricho. Había cometido un error al obligarles a seguir adelante en medio de la scuridad durante la noche anterior, pero se preguntaba si aquello les había pasado en realidad. Kral lo miró con interés, leyendo los procesos mentales del enorme cosaco por la expresiones que se reflejaban en su amplio y franco rostro.

—¿Osman Pasha es tu enemigo?

—¡Enemigo! —repitió Iván ofendido—. Forraré mi silla de montar con su pellejo.

¡Pekki! ¡Entonces ven conmigo, Kazak, y te mostraré lo que ningún hombre salvo los armenios ha contemplado durante un millar de años!

—¿Y qué es? —le preguntó Iván receloso.

—¡Un camino de muerte para nuestros enemigos! Iván avanzó un paso, y entonces se detuvo.

—Aguarda. Aquí vienen mis hermanos. ¡Escucha cómo juran los perros!

—Ordénales regresar con la comida —susurró Kral mientras media docena de hombres con la cabeza cubierta solo por una tira de cabello salían de la grieta y se quedaban boquiabiertos. Iván se ponía frente a ellos pomposamente con las piernas



muy separadas, el estómago sobresaliendo y los pulgares metidos en el fajín.

—Coged todo esto y cargad con ello hasta el manantial, kunaks —y añadió con gestos grandielocuentes—: Os dije que encontraría comida.

—¿Y tú qué? —le preguntó Togrukh, a quien había mordido el diablo de la curiosidad mientras devoraba una tira de pasderma (cordero curado).

—¡No te preocupes por mí! —rugió Iván—. ¿No soy essaul? Voy a tener unas palabras con Kral. ¡Regresad al campamento y comed judías, el demonio os muerda!

Mientras el repiqueteo de los tacones de sus botas se desvanecía en la grieta, Kral le condujo por unos escalones cavados en la pared de roca. Muy por encima de la última hilera de tumbas, la apenas visible escalera finalizaba en la boca de una caverna mucho más grande que el resto. Iván podía mantenerse erguido en su interior, y vio que se extendía hacia el fondo hasta perderse en la oscuridad.

—Los antiguos traían a sus muertos desde el valle del Ekrem a través de este pozo —le explicó Kral—. Si lo sigues, saldrás tras el castillo de el Afdal Shirkub, el Kurdo, que domina el valle.

—¿Y en qué nos beneficiaría eso? —Gruñó Iván.

—¡Escucha! —Kral se puso en cuclillas en la penumbra con la espalda apoyada contra la pared de la cueva—. Ayer, cuando comenzó la masacre, luché durante un rato contra esos perros turcomanos, pero cuando mis camaradas fueron asesinados huí del valle corriendo por la garganta de Diva. En mitad de este desfiladero hay un gran amontonamiento de rocas oculto por los arbustos. El lugar estaba tomado por unos extraños guerreros. Antes de darme cuenta me encontraba ante ellos, me golpearon con las culatas de sus pistolas y me ataron, a continuación me interrogaron para informarse de lo que sucedía en el valle, ya que mientras cabalgaban por la garganta habían escuchado los disparos y los gritos, por lo que se habían detenido y atrincherado y estaban a punto de enviar exploradores. Eran piratas argelinos, y se dirigían a su emir por el nombre de Osman Pasha.

»Mientras me interrogaban, una muchacha llegó galopando como loca, con los turcomanos pegados a sus talones. Cuando bajó de un salto de su caballo y rogó ayuda a Osman Pasha la reconocí como la joven bailarina persa que vive en el castillo. Una descarga de los mosquetes dispersó a los turcomanos y, a continuación, dialogó con la muchacha, Ayesha. Se habían olvidado de mí, y yo estaba tirado cerca y pude escuchar todo lo que decían.

»Shirkuh ha mantenido a un cautivo en su castillo durante más de un año. Sé, porque he llevado grano y ovejas al castillo para que me pagaran al estilo kurdo: con maldiciones y golpes, Kazak, que el cautivo es Orkham, ¡hermano de Murad Padishah!

El cosaco gruñó a causa de la sorpresa.

—Ayesha le reveló esto a Osman, y él juró ayudarla a liberar al príncipe. Mientras conversaban, los turcomanos regresaron y tiraron de las riendas a cierta distancia, sedientos de venganza aunque temerosos de los mosquetes. Osman los saludó y



mantuvieron un parlamento él y su jefe Arap Ali, quien manda sobre el grupo desde que su jefe fue muerto. Finalmente, los turcomanos se acercaron a las rocas y se agazaparon alrededor de la fogata de Osman y compartieron el pan y la sal. Entre los tres planearon rescatar al príncipe Orkham y elevarlo al trono.

»Ayesha había descubierto una vía secreta para acceder al castillo. En el día del hoy, justo antes del ocaso, los turcomanos atacarán el castillo abiertamente, y mientras atraen de esta manera la atención de los kurdos, Osman y sus piratas llegarán hasta el castillo a través del camino secreto. Ayesha ya habrá regresado junto a Orkham y les abrirá una puerta oculta. Se llevarán con ellos al príncipe, y cabalgarán hasta las colinas reclutando guerreros. Mientras continuaban con su conversación cayó la noche, pero pude roer mis ataduras y escapé.

»Deseas venganza… ¡He aquí una oportunidad para la venganza y la riqueza! Te enseñaré cómo atrapar a Osman. Mátalo… mata a la chica… y a sus seguidores; toma a Orkham y negocia con el gran príncipe con Safia. Te pagará generosamente por mantenerlo apartado de su camino, o por matarlo.

—Muéstrame el camino —gruñó el cosaco lleno de incredulidad.

Buscando a tientas en un montón de objetos, Kral extrajo una antorcha que encendió con pedernal y acero. Cuando se introdujo más profundamente en la caverna, el zaporogiano lo siguió mientras desenfundaba su ancha espada.

—Nada de trucos, Kral —le advirtió—, o tu cabeza abandonará su posición sobre los hombros.

La risa del armenio resonó salvajemente amarga en la penumbra.

—¿Por qué debería traicionar a unos cristianos frente a los asesinos de mi pueblo? La cueva se había abierto hasta convertirse en un túnel dentro del cual habrían cabido tres caballos en línea. El pulido suelo se inclinó hacia abajo y, de vez en cuando, unos cortos tramos de escalones tallados en la roca conducían hasta niveles más bajos. Iván no tenía ni idea de cuán lejos habían viajado cuando escuchó el murmullo del agua al caer, y el túnel finalizó bruscamente frente a un enorme bloque de piedra simétrico desde cuyos bordes surgía una tenue luz grisácea. Kral apagó la antorcha e Iván escuchó como se esforzaba y gruñía en la oscuridad. El bloque, que pivotaba sobre una piedra, giró hacia un lado y un cuadrado plateado brilló frente a

los ojos del cosaco.

Estaban en la boca estrecha de un túnel oculto por una cascada de agua que caía desde un acantilado sobre ellos. Desde el estanque que espumeaba a sus pies surgía una corriente que corría garganta abajo. Kral señaló hacia una cornisa que partía de la boca del túnel y que bordeaba el estanque e Iván lo siguió tras envolver cuidadosamente en su faja de seda el frasco de pólvora de sus pistolas. Al salir de un salto a través de la fina cortina de agua, Iván se encontró en un angosto barranco semejante a una cuchillada asestada a lo largo de las colinas. En lugar alguno era más ancho de cincuenta pasos, con unos vertiginosos acantilados más altos a su izquierda que en su derecha. No había vegetación por lado alguno, excepto a orillas del



riachuelo; su corriente serpeaba a lo largo del suelo del cañón hasta zambullirse en una estrecha grieta que se abría en el acantilado opuesto, donde en su momento encontraría su desembocadura en el río que atravesaba el valle del Ekrem. La cascada enmascaraba por completo la boca del túnel, ocultado cualquier signo de su existencia secreta.

Iván siguió a Kral subiendo por un barranco que se retorcía como una serpiente torturada. A los trescientos pasos perdieron de vista la cascada, y solo su sordo murmullo llegaba a sus oídos. El suelo se elevó hasta alcanzar una abrupta inclinación y, poco después, Kral se echó hacia atrás para asir el brazo de su compañero. Un árbol enano crecía en un ángulo extraño desde la pared de roca y tras él se acuclillaban los armenios.

El zaporogiano gruñó. Más allá de aquel lugar el barranco continuaba unos ochenta pasos para finalizar en un callejón sin salida. A su derecha, el acantilado parecía curiosamente modificado, y tuvo que mirar con fijeza un rato antes de percatarse que estaba contemplando una pared de obra. Se encontraban casi a las espaldas de un castillo levantado en un corte de los acantilados. Sus murallas se elevaban vertiginosamente desde el borde de una profunda grieta; no había puente alguno que atravesara el precipicio y la única entrada consistía aparentemente en una puerta fuertemente reforzada con hierro que se abría en la pared.

—La muchacha Ayesha escapó por este paso —le informó Kral—. Este barranco corre casi en paralelo al Akrem; se estrecha al oeste y finalmente sale al valle más allá de donde se levantan las aldeas. Los kurdos bloquearon la entrada con rocas de manera que nadie lo pueda descubrir desde el valle exterior, a menos que lo conozca. Utilizan rara vez este camino y nada saben de la existencia del túnel tras la cascada o de las Cuevas de los Muertos. Pero Ayesha abrirá la puerta para Osman.

Iván se retorció el mostacho. Anhelaba tomar el castillo por sus propios medios, pero no vio manera alguna de conseguirlo. El abismo era demasiado ancho para que un hombre pudiera atravesarlo de un salto y, aunque lo consiguiera, no había reborde alguno al otro lado en el que mantenerse en pie.

—Por Allah, Kral —dijo—, me gustaría contemplar ese notable valle. El armenio sopesó su corpulencia y meneó la cabeza.

—Existe una vía que llamamos el Camino del Águila, pero no es para alguien como tú.

—¡Por Dios! —gritó el gigantesco cosaco, exaltándose rápidamente—. ¿Es mejor hombre un pagano pellejudo que un zaporogiano? ¡Iré allí donde tú te atrevas!

Kral se encogió de hombros y lo condujo de regreso por el barranco hasta que, una vez a la vista de la cascada, se detuvo frente a lo que parecía una grieta hueca abierta por los elementos en la pared del acantilado más alto. Al observar más de cerca, Iván descubrió una serie de asideros tallados en la roca viva.

—Que los perros te devoren, Kral —murmuró—, un mono apenas podría escalar agarrándose en estos hoyitos.



Kral sonrió sin alegría.

—Desátate la faja y te ayudaré.

El rostro de Iván reflejó la lucha que se llevaba a cabo entre su orgullo y la curiosidad que sentía; finalmente, se sacó a patadas las botas de tacones plateados y se desenrolló la faja (una recia tira de seda de varias yardas de largo). Ató un extremo al cinturón del que pendía su espada y el otro a la faja del armenio. Así equipados, comenzaron su extraña escalada. El cosaco se aferró a los hoyos con las puntas de los dedos de los pies y las uñas de las manos, y repetidas veces se le heló la sangre cuando se resbaló en aquel vertiginoso acantilado. Media docena de veces tan solo la ayuda de Kral le salvó la vida. Pero finalmente ganaron la cumbre e Iván se sentó con los pies colgando en el borde mientras intentaba recuperar el aliento. La garganta serpeaba a sus pies como el rastro de una víbora y miró sobre la pared meridional hacia el valle del Ekrem, con el río fluyendo serpentino a través de él.

El humo todavía se elevaba perezosamente sobre las ennegrecidas formas que habían sido las aldeas. Valle abajo, sobre la orilla derecha del río, habían levantado un grupo de tiendas de piel. Iván divisó en la distancia a varios hombres afanándose como hormigas a su alrededor. Kral le informó que eran los turcomanos mientras señalaba hacia la boca de un estrecho cañón que se abría al sur, por encima de donde estaban acampados los argelinos. Pero fue el castillo lo que atrajo el interés de Iván.

Estaba sólidamente asentado sobre un promontorio rocoso que sobresalía desde los acantilados y se precipitaba en el valle. El castillo tenía vistas hacia el valle y estaba completamente rodeado por una maciza muralla de veinte pies de altura. Una pesada puerta, flanqueada a cada lado por una torre llena de aspilleras sesgadas para las flechas, dominaba la otra ladera.

Esta ladera no era tan escarpada como para que pudiera escalarse con facilidad, pero el ascenso carecía de refugios. Cualquier fuerza que cargara ladera arriba estaría expuesta al fuego desde las torres. Iván soltó un juramento.

—Ni el mismísimo diablo podría tomar ese castillo al asalto. ¿Cómo vamos a llegar hasta el hermano del Sultán con esa mole de roca? Condúcenos hasta Osman Pasha, quiero llevar su cabeza de regreso a los sjetscha.

—Ten cuidado si quieres regresar con la tuya sobre los hombros, Kazak —le respondió en tono grave Kral—. Mira hacia la garganta. ¿Qué ves?

—Una inmensidad de roca desnuda y unos flecos de verdor a lo largo del río — gruñó Iván mientras estiraba su grueso cuello.

¡Taib! —exclamó Kral con una sonrisa burlona—. ¿Y has observado que el verde es mucho más denso en la orilla derecha, que es más alta que la otra? ¡Escucha! Ocultos tras la cascada podremos vigilar a los armenios hasta que se aproximen a la garganta. Entonces nos ocultaremos entre los arbustos que crecen a lo largo de la orilla y los asaltaremos cuando regresen. Los mataremos a todos excepto a Orkhan, a quien haremos prisionero. Finalmente, regresaremos por el túnel hasta donde están los caballos y podrás volver a tu tierra.



—Parece fácil —le respondió Iván mientras se retorcía el largo mostacho—. Tomaremos una galera de los turcos. Nadaremos en la oscuridad con los sables entre los dientes y treparemos por las cadenas. ¡Un tajo y una puñalada! Así se hará. Decapitaremos a los begs y obligaremos a los demás a que nos lleven a fuerza de remos al otro lado del mar. ¿Pero qué es esto?

Kral se tensó. Varios jinetes se alejaban al galope del distante campamento de los turcomanos mientras fustigaban a sus caballos a través del poco profundo río. El sol arrancó destellos de las punas de sus lanzas. Sobre las murallas del castillo comenzaron a brillar los yelmos.

—¡El ataque! —gritó Kral con una mirada feroz—. ¡Janam! ¡Han cambiado de planes! ¡No debían atacar hasta el ocaso! ¡Chabuk…, rápido! ¡Debemos bajar hasta la garganta antes de que los argelinos salgan y nos atrapen como ratas en una trampa!

Miró con ansiedad hacia el desfiladero, que se desvanecía hacia el oeste como una cuchillada en los acantilados, aguzando la mirada en busca del brillo de un yelmo o un escudo. Hasta donde pudo ver, en la garganta no había señales de vida. Alentó a Iván para que descendiera por el borde del acantilado y el enorme guerrero se obligó a descender por la grieta mientras maldecía amargamente mientras se golpeaba los codos.

El descenso parecía incluso más peligroso que el ascenso, pero finalmente llegaron a la garganta y Kral se apresuró hacia la cascada, una figura furtiva y rápida, grotesca en sus vestiduras de piel de oveja. Suspiró de alivio cuando tras llegar al estanque y cruzar la cornisa se zambulleron en la catarata. Pero a medida que se acercaban a la fantasmal penumbra de más allá se detuvo bruscamente, sujetando el brazo cubierto de hierro de Iván. Sus aguzados oídos habían captado, por encima del rugido de la cascada, el tintineo del acero contra la roca. Miraron hacia afuera a través de la reluciente pantalla plateada que hizo que todo lo que contemplaban tuviese un aspecto fantasmagórico e irreal y que ellos permanecieran invisibles desde el exterior. Un escalofrío sacudió a Kral. Habían llegado a su refugio justo a tiempo.

Una banda de guerreros se aproximaba por la garganta; guerreros vestidos con cotas de malla y yelmos envueltos en turbantes. En cabeza marchaba un hombre más alto que el resto cuyas facciones (barba negra y rasgos aquilinos) lo hacían sutilmente diferente a los demás. Sus ojos grises parecían mirar directamente en los ardientes ojos azules del enorme cosaco mientras el corsario contemplaba la cortina de agua. Un profundo suspiro se escapó del amplio pecho de Iván y su acerada mano se cerró convulsamente alrededor de su empuñadura. Impulsivamente dio un paso adelante, pero Kral estiró sus nudosos brazos y se colgó de él llevado por la desesperación.

—¡En el nombre de Dios, Kazak! —gritó en un frenético susurro—. ¡No malgastes nuestras vidas! Los tenemos en una trampa. Si te precipitas, te cazarán a tiros como a una rata. ¿Y entonces quién regresará al sjetch con la cabeza de Osman?

Como muchos de su raza, Kral había viajado entre los cosacos como mercader, y conocía su espíritu temerario hasta sus últimas consecuencias.



—Podría meterle una bala en el cráneo desde aquí —murmuró Iván.

—No: eso nos delataría; y si aun así lo abatieras, no podrías hacerte con su cabeza. ¡Paciencia, oh…, paciencia! Te lo aseguro: ni uno solo de esos perros escapará. ¿Odio? Mira a ese buitre vestido con pieles de cordero y kalpak que se encuentra junto a Osman. Ese es Arap Ali, el caudillo turcomano que asesinó a mi hermana pequeña y a su esposo. ¿Odias a Osman? ¡Por el dios de mis padres, los sesos me dan vueltas de pura locura por saltar sobre Arap Ali y desgarrarle la garganta con mis propios dientes! ¡Pero paciencia! ¡Paciencia!

Los argelinos estaban cruzando la estrecha corriente con los khalats ceñidos muy altos y sosteniendo los mosquetes por encima de la cabeza para mantener la carga seca. Cuando llegaron a la orilla más alejada se detuvieron en actitud de escucha. Al poco rato, los dos hombres ocultos en la cueva pudieron oír por encima del ruido del agua un sonido retumbante que se desplazó a lo largo de la garganta.

—¡Los kurdos disparan desde las torres! —susurró Kral.

Como si se tratara de una señal que estuvieran esperando, los argelinos se echaron al hombro las armas y comenzaron a subir la garganta con rapidez. Kral tocó el brazo del cosaco.

—Espera aquí y vigila. Me marcharé a toda prisa y traeré de vuelta a tus hermanos. Será por los pelos si consigo traerlos antes de que regresen los piratas.

—Entonces apresúrate —gruñó el gigante, y Kral se desapareció como una sombra.



4

 

E

 

l príncipe Orkhan estaba acostado en una amplia y lujosa cámara llena de tapices bordados en oro, divanes tapizados en seda y cojines de terciopelo

bordados. Parecía la encarnación de la más voluptuosa pereza mientras permanecía echado, vestido con un chaleco de satén verde, khalat de seda y pantuflas de terciopelo y una jarra de cristal llena de vino junto a su codo. Sus ojos oscuros, melancólicos e introspectivos, eran los de un soñador cuyas ensoñaciones hubieran sido provocadas por el hashish y el opio.

Pero las poderosas líneas de su fino rostro aún no habían sido eliminadas por la disipación, y bajo sus lujosas vestiduras sus miembros estaban bien definidos y eran fuertes. Su mirada se posó sobre Ayesha, que se agarró convulsamente a los barrotes de una ventana mientras miraba hacia afuera con ansiedad, aunque la mirada de él fue casual. No parecía ser consciente de los disparos, los gritos y el clamor que resonaban fuera. Con tono ausente murmuró las líneas escritas por un exiliado de su casa más famoso que él:

 

Jam-i-Jem nush eyle, ey Jem, bu Firankistan dir…

 

Ayesha se movió nerviosa mientras lo contemplaba por encima de su delicado hombro. En algún lugar de esta hija de Irán ardía la sangre de los antiguos conquistadores arios que no conocían Kismet. Un millar de generaciones superpuestas de fatalismo oriental no habían conseguido anularla. En su exterior, Ayesha era una devota musulmana. En su interior, era una pagana indómita. Había luchado como una tigresa para evitar que Orkham cayera en el abismo de la degeneración y la resignación que le habían preparado sus captores. «Alá lo quiere»; aquella frase abarcaba toda una filosofía turania que era a la vez una excusa y un consuelo para el fracaso. Pero por las venas de Ayesha corría hirviente la sangre de los reyes de pelo rubio que habían dejado su huella en Nínive y Babilonia y no conocían otro dios que sus propios deseos. Ella era el látigo que mantenía a Orkham aferrado a su vida y sus ambiciones.

—Ha llegado el momento —dijo exhalando un suspiro mientras se apartaba de la ventana—. El sol cuelga en su cénit. Los turcomanos galopan pendiente arriba azotando sus monturas y lanzando en vano sus flechas contra las murallas. Los kurdos disparan sobre ellos. Escucha el rugido de sus mosquetes. Los cadáveres de esos primitivos tapizan las pendientes. Los que han sobrevivido se reagrupan. Ya vuelven a la carga como locos. Están muriendo por vos, ¡yah khawand! Debo apresurarme ¡Aún os sentaréis en el trono sobre el Cuerno de Oro, amado mío!

Postrando su esbelto cuerpo ante él, le besó los pies en un éxtasis de pasión; a continuación, alzándose, se precipitó fuera de la cámara, atravesando otra donde diez



gigantescos negros mudos vigilaban noche y día, y, pasando un pasillo, se encontró en un patio que se extendía entre el castillo y la muralla trasera. Nadie había intentado detenerla. Era libre de ir y venir en el interior de aquellas murallas siempre que quisiera, aunque a Orkham no se le permitía abandonar su cámara sin vigilancia. Pocas preguntas le hicieron cuando regresó al interior del castillo, fingiendo sentir un gran terror hacia los turcomanos. Había ocultado celosamente su encaprichamiento por el príncipe a la aguda mirada del caudillo kurdo, que la tenía por una mera herramienta en manos de Safia.

Atravesando el patio, se aproximó a la puerta que conducía a la garganta. Un guerrero se apoyaba contra ella, malhumorado por no poder tomar parte en el combate que se estaba desarrollando. Shirkuh era un hombre muy cauto. La parte trasera de su castillo parecía invulnerable, pero no corría riesgos innecesarios. No era culpa suya que no fuera consciente de que hubiera una traidora en el interior. Hombres más sabios que él habían sido embaucados por mujeres como Ayesha.

El hombre que hacía la guardia era un uzbeco, con su pequeño turbante inclinado sobre la oreja izquierda y su ancha faja llena de cuchillos y pistolas. Estaba reclinado sobre un mosquete con el ceño fruncido mientras Ayesha se acercaba a él con una mirada elocuente por encima del transparente velo.

—¿Qué haces aquí, mujer? —la interrogó con el ceño fruncido.

La muchacha dejó resbalar su ligera capa sobre un delicado hombro mientras temblaba.

—Tengo miedo. Los gritos y disparos me asustan, bahadur. El príncipe está drogado con opio, y no hay nadie que alivie mis miedos.

Habría sido capaz de envolver en llamas el corazón helado de un hombre muerto mientras estaba allí en pie, con aquella actitud de terror y súplica. El uzbeco se mesó la espesa barba.

—No temas, pequeña gacela —le dijo finamente—. ¡Yo te calmaré, por Alá!

Posó una mano de uñas negras sobre el hombro de la muchacha y la atrajo hacia

él.

—Nadie posará un dedo sobre un mechón de tu cabello —murmuró—. Yo…

¡ahhh!

Acurrucándose en sus brazos, la joven había extraído una daga de su fajín y había atravesado el cuello de toro del hombre. Una mano del uzbeco saltó con una sacudida de su hombro a uno de los cuchillos de su faja mientras que la otra se aferraba a su garganta al tiempo que la sangre salía a borbotones entre sus dedos. Finalmente, se tambaleó y cayó pesadamente. Ayesha le quitó de la faja un puñado de llaves y, sin mirar dos veces a su víctima, corrió hacia la puerta. Sentía el corazón en la boca mientras la abría; a continuación soltó un grito sofocado de alegría. Al otro lado del abismo se encontraba Osman Pasha acompañado de sus piratas.

En el interior de la puerta se podía ver una gruesa plancha de madera que hacía las veces de puente levadizo, pero era demasiado pesada como para que ella la



pudiera manejar. La casualidad había obrado a su favor cuando la utilizó para escaparse, cuando en un descuido inusual alguien se la había dejado tendida sobre el abismo y sin vigilar drante varios minutos. Osman le lanzó el cabo de una cuerda, y ella lo ató apresuradamente a uno de los goznes de la puerta. Media docena de los hombres más fuertes tensó el otro extremo, y tres argelinos cruzaron la grieta pasando una mano sobre la otra con una agilidad de monos. Levantaron la tabla y la tendieron para que pudiera pasar el resto. No había ni rastro de los defensores. Los disparos desde el frente del castillo continuaron sin descanso.

—Que veinte hombres guarden el puente —ordenó secamente Osman—. El resto, seguidme.

Dejando atrás sus mosquetes, veinte desesperados lobos de mar extrajeron sus aceros y siguieron a su jefe. Osman sonrió con una mueca mientras los conducía velozmente tras la rápida muchacha. Tan dudosa aventura, en el mismo corazón de la guarida del león, hizo que su sangre se inflamara como el vino. Cuando entraron en el castillo un sirviente se levantó de un salto y se dirigió hacia ellos y los miró con un gesto salvaje. Antes de que pudiera gritar, el yataghan de Arap Ali, afilado como una navaja barbera, le rebanó el cuello y la banda se precipitó al interior de la cámara donde los diez guardias mudos se levantaron de un salto mientras agarraban sus cimitarras. Se desató un instante de furioso frenesí, un combate silencioso, mudo excepto por el silbido y el chirrido del acero y los gruñidos jadeantes de los heridos. Tres argelinos murieron y, caminando sobre los cadáveres mutilados de los guardianes negros, Osman Pasha entró a zancadas en la sala interior.

Orkham se levantó y su tranquila mirada se iluminó con un antiguo fuego cuando Osman, con gran habilidad para el dramatismo, se arrodilló frente a él y alzó la empuñadura de su ensangrentada cimitarra.

—¡Estos son los guerreros que te sentarán en el trono! —exclamó Ayesha mientras cerraba los puños con apasionada alegría—. ¡Yah Allah! ¡Oh, mi señor, qué momento estamos viviendo!

—Vayámonos a prisa, antes de que esos perros kurdos sean conscientes de nuestra presencia —los urgió Osman mientras disponía a sus hombres alrededor de Orkham formando un sólido anillo de acero.

Atravesaron las cámaras con ligereza, cruzaron el patio y alcanzaron la puerta. Sin embargo, el entrechocar de los aceros había sido escuchado. En el mismo momento en que cruzaban el puente, una mezcla de gritos salvajes se alzó a sus espaldas. A través del patio se precipitó una figura alta vestida e acero y seda, seguida por cincuenta espaderos protegidos cubiertos con yelmos.

—¡Sirkuh! —gritó Ayesha mientras empalidecía—. La Allah…

—¡Bajad el tablón! —gritó Osman mientas aceleraba a carrera hacia el puente.

A ambos lados del precipicio, los mosquetes abrieron fuego con un rugido. Media docena de kurdos cayeron abatidos, pero los cuatro argelinos que se habían detenido para bajar el tablón se precipitaron al vacío frente a la brutal descarga cerrada.



Shirkuh cruzó el puente a la carrera con un gesto convulso en su rostro aquilino y la cimitarra relampagueando sobre su cabeza cubierta de acero. Osman Pasha le hizo frente cara a cara, y en un reluciente torbellino de acero la cimitarra del corsario chirrió alrededor de la hoja de Shirkuh y el aguzado filo tajó los gruesos músculos del cuello del kurdo a través de la gorguera. Shirkuh se tambaleó y con un salvaje aullido cayó de espaldas y se precipitó en el precipicio.

Los argelinos retiraron el puente un instante después de que lo atravesara y los kurdos se detuvieron mientras gritaban de furiosa frustración al otro lado del vacío. Lo que antes había sido su punto fuerte ahora se demostraba su debilidad. No podían dar alcance a sus enemigos, pero protegidos por la muralla abrieron fuego de manera vengativa, y tres argelinos más cayeron antes de que el grupo pudiera alcanzar la curva del acantilado y ponerse fuera del alcance de las armas. Osman los maldijo. Diez hombres eran mucho más de lo que había esperado perder en aquel asalto.

—Todos menos seis de vosotros adelantaos y comprobad que el camino está libre

—les ordenó—. Os seguiré más despacio con el príncipe. Mirza, no he podido traer conmigo un caballo a través del desfiladero, pero haré que mis perros os transporten en una litera hecha con sus ropas atadas entre dos lanzas…

—¡Que Alá impida que viaje sobre los hombros de mis liberadores! —exclamó el joven turco con un cantarín tono de voz—. ¡No olvidaré este día! ¡Vuelvo a ser un hombre! ¡Sov Orkhan, hijo de Selim! ¡Tampoco he de olvidar esto, Inshallah!

¡Mashallah…! ¡Alabado sea Dios! —susurró la muchacha persa—. ¡Oh, mi señor, estoy ciega y turbada de felicidad al oíros hablar así! ¡En verdad que sois de nuevo un hombre, y seréis Padishah de todos los osmanli!

Ya se encontraban a la vista de la cascada. El grupo destacado ya casi había llegado a su comente, cuando brusca e inesperadamente como el ataque de una cobra escondida, se escuchó el estampido una pistola desde los arbustos de la otra orilla y un pirata calló mientras sus sesos se escapaban por un agujero en su cráneo. Al instante, como si el disparo fuera una señal, una descarga cerrada surgió de los arbustos. Los piratas que marchaban en cabeza se desplomaron como maíz maduro, mientras que el resto retrocedió gritando de rabia y terror. No veían señal alguna de sus atacantes, salvo el humo que ondeaba a través de la corriente y los cadáveres a sus pies.

—¡Perro! —gritó Osman Pasha entre espumarajos dirigiéndose a Arap Ali—.

¡Esta tarea te pertenece!

—¿Acaso tengo mosquetes? —le respondió el turcomano con un chillido con el rostro ceniciento— ¡Ya Ali, alahu! ¡Esto es obra de demonios!

Osman corrió por la garganta hacia sus desmoralizados hombres mientras maldecía como un maníaco. Sabía que los kurdos improvisarían algún tipo de puente para cruzar el abismo y saldrían en su persecución, en cuyo caso se encontrarían atrapados entre dos fuegos. No tenía ni idea sobre quiénes podrían ser sus asaltantes. Garganta arriba, en dirección al castillo, aún podía escuchar el estampido de los



mosquetes cuando el sonido de un violento tiroteo llegó desde el valle exterior; aunque los sonidos, comprimidos y distorsionados en el interior de la garganta, le impedían estar seguro de aquello.

El humo ya se había dispersado por encima de la corriente, pero los musulmanes no podían ver nada excepto un siniestro movimiento en los arbustos de la orilla opuesta. No existía refugio alguno y solo podían retroceder por la garganta hacia los colmillos de los enloquecidos kurdos. Estaban atrapados. Comenzaron a descargar ciegamente sus mosquetes sobre los arbustos, provocando tan solo las risas burlonas de sus ocultos asaltantes. Osman se sobresaltó violentamente ante aquella risa y comenzó a bajar los cañones de los mosquetes.

—¡Estúpidos! ¿Vais a malgastar la pólvora en unas sombras? ¡Desenvainad el acero y seguidme!

Y con la furia de la desesperación, los argelinos cargaron de cabeza contra los emboscados, con sus capas flameando al aire, la mirada relampagueante y el desnudo acero brillando en sus manos. Una descarga cerrada diezmó sus filas, pero persistieron, saltaron al agua y comenzaron a vadear la corriente. Entonces, de entre la espesa masa de arbustos de la orilla opuesta, surgieron unas figuras salvajes vestidas con cotas de malla o semidesnudas que sostenían en sus manos unas espadas curvas.

—¡Arriba y a por ellos, hermanos! —bramó una poderosa voz—. ¡Cortad, tajad!

¡Adelante, cosacos, luchad!

Un grito de incrédula sorpresa se elevó de los musulmanes a la vista de las enjutas e impacientes figuras de cuyos yelmos y sables extraía fuego el sol. Entonces, con un salvaje rugido profundo y retumbante se acercaron, y el chirrido y el estruendo y se elevó y se multiplicó sobre los acantilados. Los primeros argelinos que habían alcanzado la elevada orilla y comenzaban a treparla se desplomaron en la corriente con las cabezas hendidas, y entonces los enfurecidos cosacos saltaron al agua y se encontraron con sus enemigos cara a cara, hundidos hasta la cintura en un agua que pronto se tornó púrpura. No se dio ni se pidió cuartel: cosacos y argelinos cortaron y degollaron con ciego frenesí mientras sus mostachos se cubrían de espumarajos y sus ojos se cegaban con el sudor y la sangre.

Arap Alí se precipitó a donde más violenta era la lucha con los ojos brillando como los de un perro rabioso. Su hoja curva hendió una cabeza calva hasta llegar a los dientes; a continuación, Kral le hizo frente con las manos desnudas y aullando.

El turcomano retrocedió amedrentado por las facciones del armenio, bestialmente retorcidas por la ferocidad; inmediatamente, Kral se impulsó hacia adelante con un terrible grito y sus dedos se cerraron como garfios de acero alrededor de la garganta del caudillo. Arap Alí le clavó una y otra vez la daga en su costado sin resultado, pues Kral siguió haciendo presa mientras la sangre manaba de sus uñas y se mezclaba con la que se derramaba de la garganta desgarrada del turcomano hasta que, perdiendo pie, ambos cayeron en la corriente. Aún desgarrando y hendiendo, fueron arrastrados



por las aguas; uno asomaba su desfigurado rostro por el agua teñida de púrpura, y el otro hacía lo mismo, hasta que ambos desaparecieron para siempre.

Los argelinos fueron rechazados hasta la orilla izquierda donde opusieron una breve y feroz resistencia; finalmente se replegaron, aturdidos y feroces, hacia donde se encontraba el príncipe Orkha mirando fijamente como en trance a la sombra de los acantilados, rodeado por un pequeño grupo de guerreros a los que Osman había ordenado que lo protegieran. Ayesha se arrodilló abrazándose a sus rodillas. La mirada del príncipe parecía aturdida; por tres veces se movió como si fuera a tomar una espada para sumergirse en la lucha, pero los brazos de Ayesha eran como esbeltas bandas de acero alrededor de sus rodillas. Osman Pasha se apartó de la lucha y se apresuró a ayudarlo. La cimitarra del corsario estaba teñida de rojo hasta la empuñadura, su cota de malla llena de cortes y la sangre goteaba por el borde de su yelmo. A su alrededor se arremolinaban con furia los combates individuales y los grupos enfrentados a medida que la lucha se dispersaba por la garganta, que se había convertido en un caos salpicado de sangre. No quedaban muchos guerreros de ambos lados que pudieran combatir, aunque permanecían en pie más cosacos que mushammadans.

Iván Sablianka se abrió paso a grandes zancadas a través de la refriega blandiendo su enorme espada en su puño del tamaño de un mazo. Aquellos que se opusieron a él fueron derribados con golpes que hacían pedazos los escudos forrados de piel, partían los cascos de acero y hendían por igual las cotas de malla, la carne y el hueso.

—¡Eh, vosotros, granujas! —bramó en un primitivo turki—, Osman, quiero tu cabeza y también al tipo ese que está a tu lado… Orkhan. No temáis nada, príncipe; no os haré daño alguno. Nos procuraréis a los cosacos un buen rescate ¡Si vos no coméis bazofia, yo tampoco!

Los agudos ojos de Osman vacilaron buscando desesperadamente una vía de escape. Vio las desgastadas muescas que se extendían hasta la cima del acantilado y su aguda mente descubrió al instante su uso.

¡Chabuk, yah khawand! ¡Rápido, mi señor! —susurró—. ¡Trepad por el acantilado! ¡Yo contendré a esos bárbaros mientras vos escaláis!

—¡Sí! —lo urgió Ayesha con impaciencia—. ¡Oh, rápido! ¡Soy capaz de trepar como un gato! ¡Marcharé detrás de vos y os ayudaré! ¡Es una medida desesperada, pero oh, mi príncipe, es una oportunidad, y es esto o volver a caer bajo las cadenas!

La muchacha estaba muy tensa y temblaba a causa de la ansiedad que le provocaba el deseo de revolverse y luchar como un ser salvaje por el hombre que amaba. Pero la máscara del fatalismo había vuelto a descender sobre el príncipe Orkhan. No le faltaba coraje para llevar a cabo tal escalada, pero la paralizante filosofía de la futilidad lo había atrapado. Miró hacia donde los victoriosos cosacos estaban acabando con los últimos de sus recién hallados aliados e inclinó su hermosa cabeza.

—No, esto es Kismet. Alá no desea que yo ocupe el trono de mis padres. ¿Qué



hombre podría escapar de tal destino?

Ayesha empalideció y sus ojos llamearon de puro horror. Mientras se aferraba los cabellos. Osman, percibiendo el estado de ánimo del príncipe, se giró, corrió hacia los asideros y comenzó a trepar como solo sabe hacerlo un marinero. Con un rugido, Iván cargó tras él olvidándose del príncipe. Los cosacos se acercaban mientras sacudían las gotas de sangre de sus sables. Orkhan abrió las manos con resignación y Ayesha lo contempló con los labios separados en muda agonía.

—Tomadme si lo deseáis —les dijo sencillamente mientras se enfrentaba a sus nuevos captores—. Soy Orkhan.

Ayesha se bamboleó mientras se tapaba los ojos con las manos como si estuviera a punto de desmayarse. Entonces, moviéndose como si fuera un relámpago de luz, clavó su daga en el corazón del príncipe Orkhan, que cayó muerto a sus pies de manera tan fulminante que apenas sitió el golpe de la puñalada. Y mientras él caía, dirigió la punta hacia su propio pecho y allí la enterró, y se derrumbó junto a su amante. Sollozando quedamente, acunó la cabeza de su príncipe entre sus brazos cada vez más débiles mientras los rudos cosacos se reunían a su alrededor sorprendidos, sin entender lo que había pasado.

Un sonido que se propagó a través de la garganta les hizo levantar la cabeza y mirarse unos a otros. No eran más que un puñado, cansados y aturdidos por la batalla, con las ropas empapadas de agua y sangre y los sables embotados y mellados. Iván se habla ido, y estaban indecisos sobre qué hacer.

—Regresemos a los túneles, hermanos —gruñó Togrukh—. Oigo hombres aproximándose por la garganta. Regresad a través del túnel hasta el lugar donde dejamos a los caballos. Guarnecedlos y preparaos para cabalgar. Voy a buscar a Iván.

Obedecieron, y Togrukh miró hacia los acantilados, maldiciendo los tenues asideros. Apenas habían desaparecido tras la argéntea cortina y él alcanzado la cresta del acantilado, cuando un grupo de hombres apareció a la vista avanzando a toda prisa. La garganta estaba atestada con figuras de guerreros. Togrukh, mirando hacia abajo con la curiosidad de los cosacos, distinguió los turbantes y los khalats de los kurdos del castillo, y junto a ellos vio las gorras blancas acabadas en punta de los jenízaros turcos. Uno adornaba su gorra con media docena de plumas de ave del paraíso y Togrukh soltó un jadeo al reconocer el Agha de los jenízaros, el tercer hombre más poderoso del Imperio otomano. Tanto él como sus subordinados estaban cubiertos de polvo, como si hubieran sufrido una larga y dura cabalgada. Mirando hacia el valle, el alto cosaco vio el estandarte del Agha: tres banderolas blancas izadas sobre la puerta del castillo, mientras que a lo largo del río los turcomanos vestidos con pieles de oveja huían a toda prisa hacia las colinas, perseguidos por jinetes vestidos con brillantes cotas de malla: los spahis turcos. Togrukh meneó la cabeza de puro asombro. ¿Qué había traído al mismísimo Agha de los jenízaros con tal despliegue hasta el solitario valle del Ekrem?

Abajo en el valle se elevó un coro de horrorizadas voces, mientras los recién



llegados se detenían mudos de asombro entre los cadáveres. El Agha se arrodilló junto al cadáver del hombre y la muchacha.

—¡Alá! ¡Es el príncipe Orkhan!

—Está más allá de tu poder —murmuró Ayesha—. No puedes volver a hacerle daño. Yo habría hecho de él un rey. Pero tú le robaste su hombría… así que lo he matado… mejor una muerte honorable que…

—¡Pero le he traído la corona de Turquía! —gritó el Agha desesperado—. Murad ha muerto, y el pueblo se ha levantado contra el hijo bastardo de Safia…

—¡Demasiado tarde! —susurró Ayesha—. ¡Demasiado… demasiado… tarde!

Su cabeza de cabellos oscuros cayó sobre su torneado brazo blanco como la de un chiquillo cuando cae dormido.



5

 

E

 

n aquella ocasión en que Iván Sablianka trepaba por los asideros, Kral no estaba a su lado para ayudarlo; Kral yacía muerto junto al cadáver de Arap Alí

bajo la ensangrentada corriente de agua. Pero esta vez el odio lo impulsaba, y trepó por la insegura escala con tanta temeridad como si trepara por el encordado de una nave. Pequeños trozos de pared se desprendieron bajo su presa y se precipitaron por el acantilado formando pequeñas avalanchas, pero de alguna manera burló a la muerte, e incansablemente se impulsó hacia arriba. No le separaba mucha distancia de Osman Pasha cuando el corsario surgió de la pared del acantilado y echó a correr a través de los abetos enanos. Iván corrió tras él, sus largas piernas impulsándolo a largas zancadas a una velocidad sorprendente, y Osman Pasha, al girarse y ver que solo tenía un enemigo al que enfrentarse, se giró con una maldición para hacerle frente.

Una fiera sonrisa partió por la mitad la rizada y negra barba del corsario. Allí tenía un objetivo sobre el que podría descargar su salvaje frustración por sus planes malogrados. Solo unos meses atrás él había sido el señor del mar más temido del mundo, con el amplio mar Mediterráneo rendido a sus pies. Ahora lo habían despojado de todos sus subordinados y su poder, excepto el que aferraba en su poderosa mano derecha y el que encerraba en su cabeza. Era demasiado como para perder el tiempo lamentándose por su caída, pero había recibido con una sonrisa de satisfacción la oportunidad de acabar de un tajo con aquel pestilente cosaco.

Aquello fue más fácil de pensar que de llevar a cabo. A pesar de su lento entendimiento y su enorme masa, Iván era rápido como un gran gato. El acero chocó contra el acero, la ancha hoja de la espada del zaporogiano cayó sobre la cimitarra argelina. El corsario era casi tan alto como el cosaco, aunque no de constitución tan grande. Su cimitarra era más larga y pesada que la mayoría de las hojas musulmanas, y él mostraba una pericia inusual tanto con la punta como con el filo. Por tres veces solo la maltratada cota de malla de Iván lo libró de los violentos tajos del corsario. Estos los alternó con cortes laterales que arrancaron virutas de metal del arnés de Iván y pronto el cosaco se vió sangrando por media docena de cortes. La intención de Osman era mantener al gigante a la defensiva, posición en la que su fuerza superior no le ayudaría tanto como si estuviera atacándolo. La cabeza calva y quemada por el sol se inclinó ante los ojos del corsario mientras el negro mechón de pelo que la recorría se meció al aire y Osman le lanzó tajos y golpes hasta que el sudor le cubrió los ojos y la respiración se le aceleró. Pero de alguna manera Iván se las apañó para esquivar o parar los golpes más peligrosos. La cimitarra de Osman resbalaba sobre la ancha hoja o chocaba contra la brillante guarda.

No se oía sonido alguno excepto el sonido del acero, el jadeo de la respiración cansada y las pisadas y golpes de los pies de los espadachines. La extraordinaria



fuerza del cosaco comenzó a imponerse. De un ataque arrollador, Osman se vio forzado gradualmente a pasar a la defensiva, haciendo uso de toda su fuerza y habilidad para bloquear los terribles y amplios tajos del cosaco. Con un grito ahogado reunió todos sus recursos en un violento ataque y saltó como un tigre con la cimitarra brillando sobre su cabeza. Fue consciente de un dolor helado bajo su corazón, y, asiendo convulsivamente con la mano desnuda la hoja que lo había empalado, lanzó un golpe descendente a la cabeza de su verdugo con las últimas fuerzas que le quedaban. Iván interceptó el golpe con el brazo izquierdo levantado. El aguzado filo cortó a través de la cota de malla, la carne y el hueso. La cimitarra cayó de la débil mano de Osman y él se deslizó de la hoja que lo empalaba hacia el suelo empapado en sangre. Y de sus pálidos labios surgieron unas palabras en lengua extraña:

—Dios tenga piedad de mí… ¡No volveré a ver Devon!

Iván se sobresaltó violentamente, empalideció y entonces, con un grito cayó de rodillas junto a él olvidándose de la herida por la que salía su sangre a borbotones. Agarrando a su enemigo, lo agitó violentamente, mientras gritaba en la misma lengua:

—¿Qué has dicho? ¿Qué has dicho?

Los vidriosos ojos se movieron hacia él, e Iván arrancó el yelmo de la cabeza del hombre agonizante. Y gritó como si Osman lo hubiera apuñalado.

—¡Por Dios bendito! ¡Roger! ¡Roger Bellamy el Negro! ¿No me conoces, amigo? Soy John Hawksby… ¡El viejo John Hawksby que se peleó contigo y por ti cuando éramos amigos en Devon! ¡Ah… que Dios nos perdone, por habernos tenido que encontrar en esta situación! Y en esta tierra descarnada y desconocida. ¿Cómo es que te has disfrazado de pagano, Roger?

—¡Es una larga historia y disponemos de poco tiempo para desarrollarla! — murmuró el renegado—. No, John —le dijo mientras el hombretón comenzaba a arrancar tiras de su ropa para taponar la herida que con tanto gusto le había provocado—. No, estoy acabado. Déjame descansar. Estaba con Drake cuando atacó Lisboa y perdió tantos buenos barcos y compañeros capaces. Fui uno de los que hicieron prisioneros los españoles. Me encadenaron al remo de una galera. Algo se rompió en mi interior mientras remaba bajo el látigo. Olvidé Inglaterra… sí, y a Dios también.

»Una nave berberisca apresó la galera y al kapudanpasha —se trataba de Seyf-ed-din—, y nos ofrecieron perdonarnos la vida si nos convertíamos en musulmanes. Las galeras hacen que el hombre se olvide de muchas cosas; incluso de que es cristiano. Puede que no sea un gran paso el convertirte de bucanero en corsario. Al principio solo quería atacar España. Entonces, a medida que acumulaba más poder, me olvidé cada vez más de la sangre que corre por mis venas. Azoté por igual los mares cristianos, mahometanos y papistas. Sí, ahora el fuerte sabor de la fama y la roja gloria no son más que polvo en mi boca. ¿Cómo has llegado a adoptar las formas de los cosacos, John?



—La bebida y las mujeres, compañero —le respondió Iván Sablianka, quien había sido en otro tiempo John Hawksby de Devon—. No podía quedarme más tiempo en Devon debido a las viejas peleas y enemigos que habíamos tenido entre las diferentes personas. Vagué hacia el este hasta que perdí los recuerdos y los sentimientos de Inglaterra. Que mis huesos se pierdan, he sido un pagano tan grande como tú, Roger. ¿Pero piensas alguna vez en los grandes viejos tiempos cuando machacábamos a los españoles en el Main?

—¿Que si pienso alguna vez? —los ojos del moribundo relampaguearon y alzó las cejas mientras la sangre brotaba de su boca—. ¡Dios, volver a navegar con Drake y Greenville! Reírnos con ellos como nos reíamos cuando convertimos la armada de Felipe en astillas. ¡A barlovento!… ¡Esa es la nave insignia de Sidonia!… ¡Ocupaos de las bombas, camaradas, no me detendré hasta que no quede un tablón bajo mis pies!… Enviadle una andanada por el costado… atentos a la batería de estribor… picas y alfanjes, allí…

Se hundió mientras murmuraba en su agonía. Iván, arrodillado junto al cadáver, se perdió en sus recuerdos hasta que el tintineo del acero contra la piedra hizo que se girara instintivamente con la espada en la mano. Togrukh estaba en pie a su lado bajo el creciente ocaso.

—Veo que has acabado con el perro. Los muchachos han regresado al túnel. Solo quedan nueve para seguir con nosotros, aparte de nosotros mismos. La garganta está llena de turcos. Deberemos caminar por los acantilados hasta donde dejamos los caballos. ¿Qué vas a hacer?

Iván cubrió el pirata muerto con el manto corsario.

—Voy a cubrirlo con piedras, para que los buitres no puedan picotear sus huesos

—le respondió estólidamente.

—¡Pero su cabeza! —protestó el otro—. ¡Su cabeza, para que se la enseñes a los hermanos!

El gigante lo miró en el ocaso con tanta gravedad que Togrukh retrocedió involuntariamente.

—Está muerto, ¿verdad?

—¡Sí, muy muerto!

—¿Y no harás tú de testigo frente a los hermanos para declarar que lo he matado?

—Sí, pero…

—Entonces que descanse aquí —gruñó Iván, mientras doblaba su poderosa espalda y comenzaba a levantar piedras y a apilarlas.



HALCONES SOBRE EGIPTO





 



 




1

 

L

 

a alta silueta envuelta en un kalath blanco se volvió vivamente y juró en voz baja, con la mano plantada en el pomo de la cimitarra.

Era peligroso encontrarse de noche en las calles de El Cairo en ^^^BB^ aquellos turbulentos días del año 1021. En las callejas oscuras y tortuosas del barrio de mala fama de El Maks, cercano al río, todo podía pasar.

—¿Por qué me sigues, perro?

La ronca voz estaba marcada por un acento turco.

Otra forma alta salió de entre las sombras, envuelta, como la primera, en un

khalat de seda blanca, pero no llevaba casco puntiagudo.

—¡No te sigo! —La voz era menos gutural que la del turco y el acento era diferente—. ¿No puede ir un extranjero por las calles sin que le insulte un vulgar borracho que no se aguanta sobre las piernas?

La viva cólera de su voz no era fingida, ni la desconfianza de la del otro. Se miraron, apretando ambos las empuñaduras de sus respectivas cimitarras con manos crispadas por el furor.

—Me siguen desde que cayó la noche —acusó el turco—. He oído pasos furtivos en los callejones más oscuros. ¡Y ahora tú apareces bruscamente en un lugar ideal para cometer un asesinato!

—¡Que Alá te lleve! —juró el otro, irritado—. ¿Por qué iba a seguirte? Me había perdido y buscaba de nuevo el camino. Te veo por primera vez y espero no volver a verte. Me llamo Yusuf ibn Suleiman, de Córdoba, y he llegado a Egipto recientemente… ¡perro turco! —añadió, como si se dejara llevar por la irritación.

—Me parecía que tu acento traicionaba al moro —replicó el turco—. ¡Poco importa! Se puede comprar una espada andaluza tan fácilmente como una hoja cairota, y…

—¡Por las barbas de Alí! —exclamó el moro con una explosión de cólera incontrolable y desenvainando el sable con velocidad.

En aquel mismo instante, un ruido de pasos apagados le hizo dar media vuelta mientras se echaba hacia atrás de un salto, con lo que tuvo frente a sí tanto al turco como a los recién llegados. Pero el turco también había desenvainado la cimitarra y lanzaba centelleantes miradas a su alrededor.

Tres siluetas inmensas y amenazadoras se ocultaban en las sombras; la débil claridad estelar se reflejaba en sus curvas espadas. También se distinguía el brillo de dientes blancos y ojos feroces que destacaban sobre pieles oscuras.

Por un momento reinó un tenso silencio. Luego, una de las siluetas masculló con el acento gutural y espeso de Sudán:

—¿Cuál es el perro que buscamos? Los dos van vestidos igual y la penumbra los hace gemelos.



—Matemos a los dos —replicó otro, que sobrepasaba por media cabeza a sus enormes compañeros—. Así no cometeremos error alguno y no dejaremos testigos a nuestras espaldas.

Con aquellas palabras, los tres negros se acercaron en un silencio de muerte; el gigante avanzaba hacia el moro, los otros dos hacia el turco.

Yusuf ibn Suleiman no esperó el ataque. Soltando una rabiosa imprecación, se arrojó contra el coloso que se le acercaba y lanzó una estocada feroz apuntando a la cabeza. El negro detuvo el golpe con su arma y gruñó al recibir el impacto. Un instante más tarde, con un molinete hábil y un rápido movimiento de la muñeca, bloqueó con su propia arma la hoja del moro e hizo que el arma de su adversario volara por los aires. La cimitarra tintineó al caer al pavimento. Un juramento sonoro escapó de los labios de Yusuf. No se esperaba semejante habilidad aliada con tanta fuerza bruta.

Sin embargo, impulsado por un frenesí guerrero, no dudó. Según el gigante blandía la ancha cimitarra por encima de la cabeza, el moro se lanzó a la carga, deslizándose por debajo del brazo alzado de su enemigo. Con un feroz grito de guerra, hundió el puñal hasta la guarda en el poderoso torso del negro. La sangre manó y empapó la muñeca de Yusuf. La cimitarra cayó sin fuerza y atravesó su kafiyeh de seda y golpeó el casco de acero que había debajo. El gigante se fue al suelo, agonizando.

Yusuf ibn Suleiman recogió a toda prisa su cimitarra y giró sobre los talones.

El turco había resistido tranquilamente el asalto de los otros dos negros, cediendo lentamente terreno para mantenerles siempre frente a sí. Súbitamente, lanzó un tajo hacia uno de ellos; la hoja le atravesó el pecho y el hombro. El herido soltó la cimitarra y cayó de rodillas, quejándose. Según caía rodeó con los brazos las rodillas de su adversario y se aferró firmemente, pegándose a él como una estúpida sanguijuela, sin ton ni son. El turco empezó a darle patadas e intentó liberarse, pero fue en vano. Los brazos morenos de músculos de acero le sujetaban sólidamente, mientras el otro negro redoblaba la furia de sus ataques. El turco no podía ni avanzar ni retroceder, y le resultaba imposible lanzar el golpe fatal que con un brillante centelleo de su hoja le había librado de aquel íncubo.

El guerrero negro inspiró profundamente antes de lanzar un golpe que el turco, inmovilizado, no podría evitar. En el mismo instante, escuchó a sus espaldas los pasos de una carrera precipitada, lanzó una mirada desesperada por encima del hombro y vio que el moro se le acercaba, con los ojos encendidos y los labios retorcidos en una mueca iluminada por la claridad estelar. Antes de que el negro tuviera tiempo de volverse, el sable del moro le atravesó con tal violencia que la hoja le salió por el pecho tan larga como era, mientras la guarda le golpeaba brutalmente entre los omóplatos. La vida le abandonó antes de que pudiera lanzar un solo grito inarticulado.

El turco hundió el cráneo afeitado del otro negro con la empuñadura de su



cimitarra y se libró del cadáver que se le aferraba. Se volvió hacia el moro; este sacaba el sable del cuerpo sacudido por espasmos del hombre que había atravesado.

—¿Por qué has acudido en mi ayuda? —preguntó el turco.

Yusuf ibn Suleiman encogió los anchos hombros como si aquella pregunta fuera totalmente inútil.

—Eramos dos hombres atacados por unos canallas —declaró—. El destino nos convirtió en aliados. Ahora, si lo deseas, podemos volver a nuestra propia querella. Afirmabas que te estaba espiando.

—He visto mi error e imploro tu perdón —respondió el otro a toda prisa—. Ahora sé quién seguía mis pasos deslizándose por los silenciosos callejones.

Envainando la cimitarra, se inclinó sobre cada cadáver, uno por uno, para examinar con atención sus ensangrentadas facciones. Cuando llegó al cuerpo atravesado por el puñal del moro, se inmovilizó y lo miró más largamente que a los demás. No tardó en murmurar en voz baja, como si hablara consigo mismo:

—¡Por Alá! ¡Zaman el Espadachín! ¡De alto rango, es el arquero cuya saeta está adornada con perlas! —A costa de un gran esfuerzo, arrancó del dedo negro y fláccido un pesado anillo, curiosamente cincelado, que se metió en el cinturón; sujetó al muerto por la ropa para levantarlo—. Ayúdame, hermano. Debemos librarnos de estos despojos para evitar algunas preguntas muy molestas.

Sin discutir, Yusuf ibn Suleiman sujetó en cada mano un justillo empapado en sangre y arrastró los cuerpos siguiendo al turco. Este se dirigía hacia una callejuela sombría y que olía a humedad, donde se veía el brocal roto de un pozo en ruinas y olvidado hacía ya mucho tiempo. Los cadáveres fueron arrojados de cabeza al abismo y golpearon en el fondo, muy profundo, con un ruido sordo. Con una ligera sonrisa, el turco se volvió hacia el moro.

—Alá nos ha convertido en aliados —repitió—. Y soy tu deudor.

—No me debes nada —respondió el otro, huraño.

—Las palabras no podrían desgastar una montaña —replicó el turco, imperturbable—. Soy al Afdhal, un mameluco. Ven, salgamos de este agujero de ratas y vayamos a un lugar más decente donde podamos hablar.

Yusuf ibn Suleiman envainó el sable un tanto a disgusto, como si lamentara la decisión del turco de hacer las paces, pero le siguió sin decir nada. Su camino les condujo a través de la penumbra de las nauseabundas callejas habitadas por las ratas, a lo largo de calles estrechas y sinuosas. La ciudad de El Cairo ofrecía un contraste sorprendente de esplendor y decadencia; palacios suntuosos se alzaban entre minas ennegrecidas de ciudades olvidadas. Un enjambre de casuchas miserables se amontonaba alrededor de las murallas de el Kahira, la prohibida Ciudad Interior donde moraban el califa y sus nobles.

Los dos hombres no tardaron en llegar a un barrio menos antiguo y más respetable, donde los balcones que daban a la calle, con ventanas ricamente enrejadas y con adornos de marquetería de maderas de cedro y nácar casi se tocaban,



inclinándose desde cada uno de los lados de la estrecha calle.

—Todos los tenderetes están cerrados —rezongó el moro—. Hace apenas unos días, la ciudad habría estado iluminada como si fuera de día, desde el crepúsculo hasta que naciera el sol.

—Uno de los antojos de al Hakim —dijo el turco—. Ahora tiene uno nuevo: ninguna luz debe brillar en las calles de la mediría. Cuál será su humor mañana, es algo que solo sabe Alá.

—No hay conocimiento que no sea en Alá —admitió piadosamente el moro, aunque frunció el ceño. El turco se estiró los finos y caídos mostachos como si intentara disimular una sonrisa.

Se detuvieron ante una puerta con refuerzos de hierro, encastrada en un muro abombado de piedras macizas; el turco llamó prudentemente. Al otro lado, una voz formuló una pregunta: fue respondida con los guturales sonidos de Turán, incomprensibles para Yusuf ibn Suleiman. La puerta se abrió y al Afdhal avanzó hacia las espesas sombras, arrastrando a su compañero. Escucharon cómo se cerraba la puerta a sus espaldas; luego, una pesada cortina de cuero se abrió, revelando un corredor iluminado por una lámpara en el que vieron a un hombre anciano y con el rostro cubierto de cicatrices cuyos mostachos puntiagudos proclamaban sus orígenes turcos.

—Un antiguo mameluco convertido en tabernero —le dijo al Afdhal al moro—.

Llévanos a una sala donde podamos hablar sin ser molestados, Ahmed.

—Todas las salas están desiertas —protestó el anciano Ahmed cojeando por delante de ellos—. Soy un hombre arruinado. La gente no quiere ni tocar una jarra desde que el califa prohibió beber vino. ¡Qué Alá le castigue con la gota!

Ahmed condujo a los dos hombres hasta una salita donde les preparó unas esterillas. Luego, colocó ante ellos una enorme bandeja llena de almendras, uvas de Tihamad y limones, les sirvió vino de un odre y se retiró, cojeando y refunfuñando.

—Egipto vive días nefastos —declaró el turco con una voz lenta mientras bebía un largo trago de vino de Shiraz.

Era un hombre alto, delgado pero fuerte. En sus ojos negros y vivos, siempre en movimiento, bailaba una extraña luz. Su khalat liso era una tela costosa; su casco puntiagudo estaba labrado en plata y las gemas brillaban en la empuñadura de su cimitarra.

Sentado frente a él, Yusuf ibn Suleiman se le parecía en muchos aspectos. Tenía la misma apariencia de predador, una característica de los hombres que viven para la guerra. El moro era tan alto como el turco, pero tenía los miembros más voluminosos y su torso parecía más poderoso. Su constitución era robusta, típica de un montañés… la fuerza unida a la resistencia.

Bajo la kafiyeh blanca, su rostro ancho y moreno se mostraba como recién afeitado; el color de su piel era más claro que el del turco, y el tinte moreno de sus facciones era más producto del sol que de su raza. Sus ojos grises, en reposo, tenían



la frialdad del acero templado; sin embargo, incluso así, en ellos se acunaban fuegos violentos dispuestos a abrasarlo todo.

Bebió un poco de vino y restalló los labios en señal de aprobación. El turco sonrió y se llenó la copa.

—¿Cómo se comportan los creyentes en España, hermano?

—Bastante mal después de la muerte del visir Mozaffar ibn al Mansur — respondió el moro—. El califa Hischam es un hombre débil. No tiene ninguna autoridad sobre sus nobles y cada uno de ellos aspira a fundar un estado independiente. El país está desgarrado por la guerra civil y, con el paso de los años, los reinos cristianos se han hecho cada vez más poderosos. Una mano enérgica aún podría salvar Andalucía, pero en toda España no existe una mano parecida.

—Podría encontrarse una mano de tales características en Egipto —observó el turco—. Aquí hay muchos y poderosos emires que aprecian a los hombres valerosos. En las filas de los mamelucos siempre habrá un hueco para una hoja como la tuya.

—No soy ni turco ni esclavo —gruñó Yusuf.

—¡No, en efecto! —dijo en voz baja al Afdhal y la sombra de una sonrisa afloró a sus delgados labios—. No temas nada; tengo una deuda contigo y sé guardar un secreto.

—¿Qué quieres decir?

El moro levantó bruscamente la cabeza. Sus ojos grises empezaron a brillar. Su mano musculosa se posó en la empuñadura de su cimitarra.

—Te oí lanzar un grito en el furor del combate, cuando te lanzaste sobre el espadachín negro —prosiguió al Afdhal—. Rugías… /Santiago! Es el grito de los cafares de España en la batalla. ¡No eres un moro, sino un cristiano!

El otro se puso en pie en un instante, empuñando la cimitarra. Pero al Afdhal no se movió; siguió tumbado tranquilamente sobre los cojines, sorbiendo vino.

—No temas nada —repitió—. Ya te he dicho que sé guardar un secreto. Un hombre como tú no sería muy buen espía; eres demasiado impetuoso y sincero en tu cólera. Tu llegada entre los musulmanes no puede tener más que un único motivo… deseas vengarte de un enemigo en particular.

El cristiano se quedó inmóvil durante un instante, sólidamente plantado, como si estuviera dispuesto a recibir un ataque. La manga de su khalat se le había escurrido y dejó al descubierto los músculos nudosos de su brazo moreno y fornido. Frunció el ceño, como indeciso. En aquella postura se parecía a un musulmán mucho menos que antes.

Hubo un momento de tensión y luego, con un encogimiento de sus fuertes hombros, el falso moro se sentó de nuevo sobre los cojines, aunque se dejó la cimitarra apoyada en las rodillas.

—Entendido —dijo con toda franqueza tomando un racimo de uvas y metiéndoselo en la boca. Habló sin dejar de masticar—. Soy Diego de Guzmán, de Castilla. He venido hasta Egipto en busca de un enemigo.



—¿Quién? —pregunto al Afdhal con interés.

—Un beréber llamado Zahir el Ghazi. ¡Que los perros roan sus huesos! El turco se sobresaltó.

—¡Por Alá, tu blanco no es de los pequeños! ¿Sabes que ese hombre es actualmente uno de los emires de Egipto y general en jefe de las tropas bereberes de los califas fatimitas?

—¡Por san Pedro —replicó el español—, eso me importa tan poco como si fuera el encargado de recoger las basuras!

—Tu odio feroz te ha llevado muy lejos —comentó al Afdhal.

—Los bereberes de Málaga se han rebelado contra su gobernador árabe — comenzó bruscamente Guzmán—. Pidieron ayuda a Castilla. Quinientos caballeros nos pusimos en marcha para echarles una mano. Antes de que hubiésemos llegado a Málaga, el maldito Zahir el Ghazi traicionó a sus compañeros, entregándolos al califa. Luego, nos traicionó, y eso que acudíamos en su ayuda. Ignorando los últimos acontecimientos, caímos en una trampa que nos tendieron los moros. Solo yo pude escapar de aquella carnicería. Aquel día, mis tres hermanos y un tío cayeron a mi lado. A mí me arrojaron a una mazmorra mora durante un año mientras los míos reunían el oro necesario para pagar mi rescate.

»Cuando recobré la libertad, me enteré de que Zahir había dejado España a toda prisa, por miedo a lo que le pudieran hacer los suyos. Pero mi espada se necesitaba en Castilla. Pasó otro año antes de que pudiera emprender el camino de la venganza. Durante todo un año recorrí los países musulmanes disfrazado de moro, pues conocía su lengua y sus costumbres después de haberme pasado la vida entera combatiéndolos… eso sin contar el año de cautiverio. Hace poco descubrí que el hombre a quien perseguía se encontraba en Egipto.

Al Afdhal no contestó en el acto. Sentado, escrutaba los rudos rasgos del hombre que tenía frente a sí, y veía reflejarse en ellos la naturaleza indomable de las salvajes regiones montañosas donde un puñado de guerreros cristianos desañaba las cimitarras del Islam desde hacía trescientos años.

—¿Cuánto tiempo hace que estás en la medina? —preguntó bruscamente.

—Solo desde hace unos días —gruñó Guzmán—. Lo bastante como para saber que el califa está loco.

—Hay que saber cosas aún más importantes —replicó al Afdhal—. Al Hakim está loco, eso es cierto. Le digo a un ferenghi lo que no me atrevería a decirle a un musulmán… sin embargo, todo el mundo lo sabe. Los sunitas murmuran en voz baja. El califa se mantiene en el poder gracias a tres regimientos de mercenarios. En primer lugar, los bereberes de Kairouan, el país que vio nacer a la dinastía chiita de los fatimidas. En segundo, los negros de Sudán que, bajo el mando de su general, Othman, adquieren cada día que pasa mayor importancia. En tercer lugar, los mamelucos, o baharitas, los Esclavos Blancos del Río… turcos y sunitas, como yo mismo. Su emir no es otro que es Salih Muhammad; entre él, el Ghazi y Othman el



Negro hay bastantes celos y odio feroz como para empezar una docena de guerras.

»Zahir el Ghazi llegó a Egipto hace ahora tres años; entonces era un aventurero sin fortuna. Muy pronto ocupó altas funciones y se convirtió en emir, en parte gracias a las intrigas de una mujer, una esclava veneciana llamada Zaida. También hay una mujer detrás del califa: Zulaikha, la árabe. Pero ninguna mujer puede conseguir los favores de al Hakim.

Diego dejó la copa y miró a al Afdhal directamente a los ojos. Los españoles todavía no habían adquirido esa educada rigidez que más adelante los demás hombres considerarían como su rasgo dominante. El castellano era más nórdico que latino. Diego de Guzmán poseía el hablar franco y la brusquedad de los godos que fueron sus antepasados.

—Bien, ¿y ahora? —preguntó—. ¿Cuentas con denunciarme a los musulmanes o decías la verdad cuando afirmabas que guardarías mi secreto?

—No me gusta Zahir el Ghazi —reflexionó al Afdhal como para sí mismo, dando vueltas y más vueltas al anillo que arrebató al gigante negro—. Zaman era el perro de Othman; pero el oro beréber puede comprar una hoja de Sudán.

Levantando la cabeza, sostuvo la mirada sincera y provocadora de Guzmán.

—También tengo una deuda con Zahir —añadió—. Haré algo más que guardar tu secreto. ¡Te ayudaré a encontrar tu venganza!

Guzmán se inclinó hacia delante y sus dedos de acero se cerraron como un cepo en el hombro cubierto de seda del turco.

—¿Dices la verdad?

—¡Que Alá me consuma ahora mismo si miento! —juró el turco—. Escucha atentamente, que te voy a contar mi plan…



2

 

M

 

ientras en la taberna de Ahmed el Tullido un turco y un español se ocupaban en urdir un negro complot, en el seno de la Ciudad Interior de el Kahira

protegida por sus gruesas murallas ocurría un suceso increíble. Bajo la sombra de los meshrebiyas se deslizaba furtivamente una forma incierta y encapuchada. ¡Por primera vez en siete años, una mujer avanzaba por las calles de El Cairo!

Sabedora del peligro que corría, temblaba de miedo, y no era únicamente por las sombras amenazantes que ocultaban lo que podrían ser ladrones. Los adoquines del suelo la dañaban los pies, pues sus sandalias de terciopelo estaban hechas jirones; desde hacía siete años, los zapateros remendones de El Cairo habían recibido la prohibición formal de confeccionar calzado de calle para las mujeres. Al Hakim había decretado que las mujeres de Egipto debían permanecer encerradas, pero no como joyas en cámaras acorazadas, sino en jaulas, como los reptiles.

A pesar de los harapos que vestía, no era una mujer ordinaria la que avanzaba temblando en mitad de la noche. Mañana se extendería la noticia de harén en harén, con el misterioso estilo de Oriente, y las rencorosas mujeres, lánguidamente tendidas sobre sus cojines de satén, lanzarían alegres risas al descubrir la humillación padecida por una hermana tan envidiada y odiada.

Zaida, la veneciana de cabellos rojos, la favorita de Zahir el Ghazi, había detentado más poder que ninguna otra mujer en Egipto. En aquel momento, mientras avanzaba a hurtadillas en el corazón de la noche, no era más que una proscrita y aquel pensamiento la quemaba como un carbón al rojo blanco; había ayudado a su pérfido amante, y su señor, a trepar por los brillantes escalones del poder… y todo aquello para que llegara otra mujer y le arrebatara los frutos de sus esfuerzos.

Zaida pertenecía a esa raza de mujeres habituadas a hacer tambalear los tronos gracias a su belleza e inteligencia. Apenas recordaba su Venecia natal, pues fue raptada muy joven por los piratas de Barbaría. El corsario que se la llevo y la encerró en su harén cayó en el transcurso de una batalla contra los bizantinos. Zaida, adolescente y grácil, con apenas catorce años, tuvo como nuevo amo a un príncipe de Creta, un hombre joven y afeminado, muy lánguido, de cuyos hilos empezó a tirar al poco tiempo con sus dedos delicados. Luego, algunos años más tarde, se produjo un ataque de la flota egipcia contra las islas griegas. Los egipcios masacraron, incendiaron y rapiñaron. Entre los muros que se derrumbaban y los gritos de agonía, un gigantesco beréber de risa feroz se llevó en sus brazos de acero a una joven de cabellera de color escarlata que se debatía y aullaba.

Como ella formaba parte de ese grupo de hábiles mujeres capaces de gobernar el corazón de los hombres, Zaida no murió, y tampoco se convirtió en un juguete sometido a los caprichos de su amo. Tenía una naturaleza ligera, como un arbusto que se doblega ante el viento pero que nunca pierde las raíces. Antes de mucho tiempo se



encontraba en pie de igualdad con Zahir el Ghazi, aunque sin que tampoco ella pudiera dominarle; como Zaida pertenecía a una raza de forjadores de reyes, se dispuso a convertir en rey a Zahir el Ghazi. El hombre era fuerte, decidido e inteligente. Bastaría con estimular sin ambiciones; Zaida fue aquel estimulante.

En aquel momento, Zahir, que se consideraba ya capaz de ascender la escalinata

del trono sin su ayuda, acababa de rechazarla. Alá le había dado un apetito carnal que ninguna mujer, por muy deseable que fuera, podía saciar completamente, y como Zaida no admitía la presencia de rivales, una árabe de cuerpo esbelto sonrió al beréber y el mundo de la veneciana se derrumbó. Zahir la arrancó sus ricas vestimentas y la expulsó a la calle, como una vulgar prostituta. Solo la compasión de una esclava la permitió cubrir su desnudez con aquellos infectos harapos.

Sumida en tan amargas reflexiones, la joven levantó la cabeza con un sobresalto: una silueta de gran tamaño acababa de surgir de la sombra de un balcón y la cerraba el paso. El hombre estaba envuelto en una capa grande y un capuchón ocultaba la parte inferior de su rostro. Solo sus ojos parecían arder, fijos en ella, como si brillaran bajo la claridad de las estrellas. La joven se echó un poco hacia atrás y lanzó un grito apagado.

—¡Una mujer en las calles de la medina! —La voz era extraña, cavernosa, casi espectral—. ¿No es un desafío a las órdenes del califa, la paz sea con él?

—Es a la fuerza por lo que me encuentro en la calle a esta hora, ya khawand — respondió—. Mi amo me ha expulsado de su casa y no tengo ningún lugar donde refugiarme.

El desconocido inclinó su cabeza oculta bajo el capuchón y se quedó tan inmóvil como una estatua durante un buen rato, como una imagen pensativa de la noche y el silencio. Zaida le observó nerviosa. Emanaba de aquel hombre algo siniestro y de mal augurio. Parecía menos un hombre que meditase sobre el relato de una esclava encontrada por azar que un sombrío profeta que debía decidir la suerte de un pueblo de pescadores.

—Ven —dijo. Era más una orden que una invitación—. Te encontraré un techo.

Sin molestarse siquiera en ver si la joven le obedecía, se alejó a largos pasos calle arriba. Zaida corrió tras él, apretándose contra el cuerpo la capa hecha jirones. No podía vagar por las calles durante toda la noche; el primer oficial del califa que la viera la cortaría la cabeza por haber violado el edicto de al Hakim. Aquel desconocido la conducía quizá hacia una esclavitud todavía más abyecta, pero no tenía otra elección.

El silencio de su compañero aumentaba su ansiedad. Varias veces intentó hablarle; su férreo silencio la obligó a callarse. Sentía excitada la curiosidad y la vanidad herida. Era la primera vez que no despertaba el interés de un hombre… de un modo tan notable. Confusamente sentía algo imponderable, algo que no podía vencer… las maneras distantes y anormales de aquel hombre la asustaban, pero no podía decir por qué. El miedo empezó a invadirla; pero no dejó de seguirle, porque no



sabía qué otra cosa podía hacer. En un momento dado, el hombre habló, cuando Zaida, sobresaltada, vio unas formas sombrías que se deslizaban furtivamente siguiendo sus pasos.

—¡Nos están siguiendo! —exclamó la joven.

—No te preocupes —respondió el hombre con su extraña voz—. Son solamente servidores de Alá que Le sirven a su modo.

Aquella respuesta enigmática la hizo estremecer, y no se pronunció ni una palabra más hasta que llegaron ante una pequeña puerta abovedada encastrada en un muro imponente. Allí, el desconocido se detuvo y llamó en voz alta. Le respondieron desde el interior y la puerta se abrió, dejando ver a un negro, un mudo, que blandía una antorcha. A su luz incierta, el gran tamaño del desconocido vestido con togas parecía exagerado, inhumano.

—¡Pero… pero es una de las puertas del Gran Palacio! —balbuceó Zaida.

Por toda respuesta, el hombre se echó hacia atrás el capuchón, descubriendo el óvalo pálido y estirado de un rostro en que ardían aquellos ojos extrañamente luminosos.

Zaida lanzó un grito y cayó de rodillas.

¡Al Hakim!

—¡Sí, al Hakim, criatura pecadora y sin fe! —La voz cavernosa parecía el redoble de una campana. Tan sonora e inexorable como las trompetas de bronce del destino, gruñía en la noche—. ¡Mujer vana y estúpida que se ha atrevido a ignorar las órdenes de al Hakim, que es la palabra de Dios! ¡Que ha salido a la calle cubierta de pecados y que ha injuriado a su benevolente monarca! ¡Él no tiene majestad, ni poder, salvo en Alá, el glorioso, el grande! ¡Oh, Señor de los Tres Mundos!, ¿por qué retienes tu fuego sagrado? ¡Consúmela ahora y que quede reducida a un montón calcinado y negro para que todos los hombres pueden verla y tiemblen al hacerlo!

Luego, cambiando bruscamente el tono, gritó con voz estridente:

—¡Cogedla!

Las sombras que les seguían echaron a correr: eran negros con las facciones encogidas de los mudos. Cuando sus dedos se cerraron sobre su cuerpo, Zaida se desvaneció por primera y última vez en su vida.

No sintió que la levantaban y se la llevaban: los negros cruzaron la puerta, atravesaron los jardines donde las flores se ondulaban al viento y exhalaban aromas especiados, siguieron corredores bordeados de columnas trenzadas con alabastro y oro, antes de entrar en una cámara sin ventanas, cuyas puertas abovedadas estaban cerradas con cerrojos de oro con incrustaciones de amatistas.

Fue en el suelo de aquella habitación, cubierto con una gruesa alfombra y lleno de cojines, donde la veneciana recobró el conocimiento. Miró confusamente a su alrededor, hasta que el recuerdo de su pasada aventura volvió brutalmente a su mente. Con un grito sofocado, lanzó una mirada desesperada por la habitación, buscando a su raptor. Se acurrucó atemorizada al verle erguido ante ella, con los brazos cruzados,



la cabeza inclinada sombríamente mientras sus ojos terribles la miraban fijamente y quemaban su alma.

—¡León de los Creyentes! —exclamó poniéndose de rodillas—. ¡Piedad!

¡Piedad!

Mientras pronunciaba aquellas palabras se dio cuenta de la futilidad de su petición. Estaba postrada ante el monarca más terrible del mundo entero; el hombre cuyo nombre era una maldición en boca de los cristianos, de los judíos y de los musulmanes ortodoxos; el que pretendía descender de Alí, el sobrino del Profeta, y que reinaba sobre el mundo chiita, la Encarnación de la Razón Divina para todos los chiitas; el hombre que había ordenado que todos los perros fueran sacrificados, que todas las vides fueran arrancadas, que todas las uvas y la miel fuesen arrojadas al Nilo; el que prohibió los juegos de azar, confiscó los bienes de los cristianos coptos y los condenó a abominables torturas; el mismo que estaba convencido de que desobedecer una de sus órdenes, incluso las más nimias, era el más negro de los pecados. Por la noche, vagaba por las calles bajo un disfraz —como Harún al Rashid hizo antes que él y como Baibars haría después— para asegurarse de que sus órdenes eran seguidas.

Al Hakim la consideraba con sus ojos dilatados y de fija mirada; Zaida sintió que su carne se estremecía y se encogió de horror.

—¡Blasfema! —susurró—. ¡Instrumento de Shaitán! ¡Hija del mal! ¡Oh, Alá! — exclamó bruscamente levantando los brazos envueltos en anchas mangas—. ¿Qué castigo me aconsejas para este demonio? ¿Qué sufrimientos lo bastante horribles, qué degradación lo bastante abyecta para que se haga justicia? ¡Alá, concédeme la sabiduría!

Zaida se incorporó de repente, arrancándose el velo hecho jirones. Señaló con el dedo el rostro de al Hakim.

—¿Por qué invocar a Alá? —gritó con voz estridente—. ¡Llama a al Hakim!

¡Porque eres Alá! ¡Al Hakim es Dios!

El hombre se calló al escuchar su grito; se tambaleó, se sujetó la cabeza entre las manos y lanzó un alarido incoherente. Luego, se incorporó y la miró como atontado. El rostro de Zaida estaba lívido, y sus ojos casi fuera de las órbitas. A su facultad natural de poder fingir sus emociones se añadía el terror real, engendrado por la situación que la tocaba vivir.

—¿Qué ves, mujer? —jadeó.

—¡Alá se revela en mí! ¡En tu rostro, tan brillante como el sol de la mañana! ¡Oh, ardo, me consume el fuego de Tu gloria!

Ocultó el rostro entre las manos y se quedó postrada, con escalofríos. Al Hakim se pasó una mano temblorosa por la frente y las sienes.

¡Dios! —susurró—. ¡Sí, soy Dios! Lo había adivinado, lo había soñado… y solo yo poseo la sabiduría de la Infinitud. Y ahora una mortal lo ha visto, ha reconocido al dios bajo la forma humana. Sí, es la verdad enseñada por los maestros



chiitas… la Encarnación de la Divinidad… al fin veo la Verdad tras la verdad. No es una simple encarnación de la Divinidad… ¡es la Divinidad misma! ¡Allah! ¡Al Hakim es Alá!

Bajando la vista hacia la mujer postrada a sus pies, ordenó:

—¡Levántate, mujer, y contempla a tu dios!

La joven obedeció tímidamente y se puso de pie, temblando bajo la terrible mirada de al Hakim. Zaida la veneciana no era una belleza excepcional según ciertos criterios arbitrarios que exigen unas facciones cinceladas a la perfección y un cuerpo delicado… sin embargo, valía la pena verla. Estaba bien formada, con hombros más anchos que la media, senos firmes y turgentes, caderas opulentas. Su rostro no presentaba el clasicismo de las estatuas griegas y estaba ligeramente manchado de pecas. Pero daba la impresión de una gran fuerza física que trascendía la simple belleza superficial. Sus ojos marrones eran chispeantes y reflejaban una viva inteligencia y una energía vital ya anunciadas por sus miembros poderosos y sus caderas llenas.

Los ojos de al Hakim se velaron como si la vieran por vez primera.

—Tu pecado queda perdonado —declaró con voz solemne—. Como has sido la primera en reconocer a Tu Dios, serás a partir de ahora mi servidora y me honrarás con magnificencia y esplendor.

La muchacha se postró, besando la alfombra que pisaba al Hakim. El hombre dio una palmada. Un eunuco entró y se arrodilló ante él.

—Vete ahora mismo a la casa de Zahir el Ghazi —dijo al Hakim, mirando por encima de la cabeza de su sirviente—. Dile: «Esta es la palabra de al Hakim, que es Dios. Que mañana empiece todo. Se construirán navíos y se reclutarán ejércitos como deseabas; ¡porque Dios es Dios, y los Infieles ya han blasfemado durante demasiado tiempo contra él!»

—Escuchar es obedecer, amo —murmuró el eunuco inclinándose hasta tocar el suelo.

—Dudaba y alimentaba temores —dijo al Hakim con voz soñadora, mirando muy lejos, más allá de los confines de la realidad hacia algún misterioso reino que solo él podía ver—. Yo no sabía —como lo sé ahora— que Zahir el Ghazi era el instrumento del Destino. Cuando él me exhortaba a conquistar el mundo, yo dudaba. Pero soy Dios, y para los dioses todo es posible, en verdad, ¡todos los reinos y todos los esplendores!



3

 

E

 

chemos un breve vistazo al mundo que existía en aquella noche desgraciada del año 1021. Era una época de cambios, una era que se retorcía con los

dolores del parto, cuando todo lo que algún día constituiría el mundo moderno se esforzaba por nacer. Era un mundo escarlata y desgarrado, terrible y caótico, preñado con un poder imponderable, aunque, en apariencia, se sumía en el estancamiento y la ruina.

En Egipto, una población sunita gemía bajo el talón de hierro de una dinastía chiita… una dinastía en decadencia, plegada sobre sí misma, que había perdido su presa sobre el mundo pero cuyo poder aún era muy grande y se extendía desde el Eufrates hasta Sudán. Entre las fronteras de Egipto y el mar Occidental se extendía un vasto país donde vivían tribus salvajes que dependían en principio de la autoridad del califa, las mismas tribus que, en tiempos remotos, aplastaron el reino de los godos en España. En aquel momento se agitaban impacientes en sus montañas. Solo les faltaba un jefe poderoso para que de nuevo pudieran lanzarse contra la Cristiandad como una irresistible marea.

En España, las provincias moras, divididas, iban aflojando ante los ejércitos de Castilla, León y Navarra. Pero aquellos reinos cristianos, aunque forjados en la sangre y el acero, no eran tan numerosos como para resistir si debían enfrentarse a la totalidad de fuerzas del Islam. Formaban la frontera occidental de la Cristiandad, del mismo modo que Bizancio constituía la oriental, como en los tiempos de Ornar y los Compañeros conquistadores, rechazando los cuernos de la Luna Creciente que, de otro modo, se habrían unido en Europa central para formar un círculo inexorable. Y la Luna Creciente no estaba muerta; solo se había dormido, e incluso en su sueño redoblaban los tambores del Imperio.

La Europa feudal era más débil en el interior que en sus fronteras. Las naciones empezaban a tomar forma —una forma imprecisa—, pero en aquella época aún no se conocía el verdadero espíritu nacional. En Francia no reinaba ningún monarca de la estatura de Carlomagno o Carlos Martel… solo existía un campesinado hambriento y diezmado por la peste, feudos en guerras internas y un país desgarrado por las luchas intestinas que oponían a Hugo Capeto al duque normando, el soberano y el vasallo rebelde. Y la situación de Francia era característica de toda Europa.

Pero también había hombres fuertes en Occidente. Cnut el Danés, que reinaba en la Inglaterra sajona; Enrique de Alemania, emperador del quimérico Santo Imperio Romano. Pero Cnut parecía un rey casi de otro mundo en su aislamiento insular, y el Emperador tenía demasiado trabajo, tanto intentando unir sus reinos rivales de Alemania e Italia, como rechazando a los eslavos que pretendían invadir sus territorios.

En Bizancio, el reino glorioso de Basilio Bulgaroktonos se acercaba a su fin.



Enormes sombras procedentes del Este cubrían ya el Cuerno de Oro. Bizancio seguía siendo la más fuerte muralla de la Cristiandad; pero los jinetes de las estepas ya habían partido de Bokhara y avanzaban hacia el oeste para arrancar de manos del Imperio de Oriente sus últimas posesiones asiáticas. Los seljuks, detenidos en el sur por el Imperio indo-iranio de Mahmud de Ghazni, se lanzaban ya hacia el sol poniente y nadie podría impedirles el paso hasta que los cascos de sus animales chapotearan en las aguas del Mediterráneo.

En Bagdad, los buidas persas combatían en las calles con los mercenarios turcos del califa abasida carente de autoridad. Pero el Islam, lejos de estar aniquilado, estaba roto en numerosos partidos, como los fragmentos de una brillante hoja. Una fuerza activa se encontraba en Egipto, en Ghazni, con los merodeadores seljuks. Una fuerza latente dormitaba en Siria, en Irak, en Arabia, entre las tribus insumisas del Atlas… una fuerza suficiente para hundir las barreras occidentales de la Cristiandad. Pero para hacerlo se necesitaba una mano de hierro que uniera todos aquellos elementos divididos.

Bizancio seguía siendo inconquistable; pero si los reinos de España se derrumbaban ante un ataque repentino llegado de África, las hordas invadirían Europa prácticamente sin encontrar resistencia. Tal era el marco de aquella época: Oriente y Occidente estaban divididos e inertes; en Occidente todavía no había nacido el flamígero espíritu que, setenta años más adelante, partiría a la conquista de los países orientales con las Cruzadas; en Oriente, ni un Saladino ni un Gengis Khan habían aparecido. Sin embargo, si un hombre como ellos aparecía, los cuernos de la Luna Creciente resucitada podrían cerrar el círculo, no en Europa central, sino por encima de las derruidas murallas de Constantinopla, que cedería a los ataques procedentes tanto del norte como del sur.

Tal era el panorama del mundo en aquella noche cargada de malos presagios y de destino, una noche en que dos siluetas encapuchadas se detuvieron cerca de un bosquecillo de palmeras, entre las ruinas de El Cairo sumidas en la oscuridad.

Ante ellas se extendían las aguas de el Khalik, el canal; más allá, sobre la orilla opuesta, se elevaba el gran muro fortificado, formado por ladrillos resecados al sol, que rodeaba el Kahira y que separaba el corazón real de la medina del resto de la ciudad. Construida por los conquistadores fatimitas medio siglo antes, la Ciudad Interior era en realidad una gigantesca fortaleza que protegía a los califas, a sus servidores y a algunas tropas mercenarias… prohibida a la gente de más baja condición que no tuviera salvoconducto de entrada.

—Podríamos escalar ese muro —observó Guzmán.

—Eso no nos acercaría a nuestro enemigo —replicó al Afdhal andando a tientas en las tinieblas bajo los espesos árboles—. ¡Aquí está!

Mirando por encima del hombro de su compañero, Guzmán vio que el turco se inclinaba sobre un informe montón de rotas losas de mármol. En aquel lugar solo había ruinas, una madriguera de murciélagos y lagartos.



Levantó una ancha losa y dejó al descubierto unos peldaños que se hundían en una abertura sombría. Guzmán frunció el ceño con desconfianza. Al Afdhal se dio cuenta de sus dudas.

—Es la entrada de un túnel que permite pasar bajo el muro; sube enseguida y conduce directamente a la casa de Zahir el Ghazi, que se encuentra un poco más allá.

—¿Bajo el canal? —preguntó el español con incredulidad.

—Sí. En tiempos, la morada de el Ghazi era el lugar de placer del califa Khumaraweyh. Este dormía encima de un colchón de aire que flotaba en un estanque de azogue guardado por leones… sin embargo, pese a todas sus precauciones, cayó bajo la daga de un asesino. Había hecho horadar salidas secretas en todas las partes del palacio y de sus casas de placer. Antes de que Zahir el Ghazi ocupara esta casa, pertenecía a su rival, es Salih Muhammad. El beréber ignora su secreto. Habría podido emplearla antes, pero hasta esta noche nunca estuve seguro que querer matarlo. ¡Ven!

Empuñando las espadas, descendieron a ciegas por un corto tramo de peldaños de piedra y luego avanzaron a lo largo de un túnel de suelo uniforme en la más completa oscuridad. Los dedos de Guzmán rebuscaron en las tinieblas y le indicaron que las paredes, el suelo y la bóveda estaban formados por enormes bloques de piedra, sin duda robados de las ruinas de los ediñcios construidos por los faraones. Según seguían el subterráneo, las piedras se fueron haciendo cada vez más resbaladizas y el aire olió cada vez más a humedad. Unas gotas de agua cayeron en la nuca de Guzmán, haciéndole temblar y maldecir. Pasaban por debajo del canal. Poco después, la humedad desapareció. Al Afdhal silbó como advertencia unos instantes más tarde y acto seguido subieron por un nuevo tramo de escalones.

En lo alto de la escalera, el turco se detuvo y rebuscó en la oscuridad un cerrojo o un pestillo. Un panel se corrió hacia un lado y una suave luz se filtró desde un corredor abovedado y adornado con tapices. Guzmán comprendió que, efectivamente, habían pasado bajo el canal y la muralla. Se encontraban en la Ciudad Interior prohibida, ¡el Kahira, la ciudad fabulosa y misteriosa!

Al Afdhal se deslizó con destreza por la abertura y, cuando Guzmán le siguió, cerró el panel a sus espaldas. La puerta secreta se convirtió en uno de los paneles de madera con ricos trabajos de marquetería que recubrían las paredes y que no difería de los otros paneles de madera de sándalo. Luego, el turco avanzó rápidamente por el pasillo sin una sombra de duda, como un hombre que conoce su camino. El español le siguió empuñando la cimitarra, mirando a derecha e izquierda.

Pasaron por una cortina de terciopelo negro y se encontraron en un vestíbulo, ante una puerta de ébano con incrustaciones de oro. Un negro robusto, desnudo a excepción de unos anchos pantalones de seda, estaba en cuclillas y dormitando. Se despertó bruscamente, se levantó de un salto y blandió una cimitarra enorme. Sin embargo, no gritó: tenía las bestiales facciones de un mudo.

—El chasquido de las espadas puede despertar a toda la casa —dijo secamente al



Afdhal evitando el asalto del eunuco.

El negro tropezó, llevado por su propio impulso, y Guzmán le puso la zancadilla.

El hombre cayó al suelo y el turco le atravesó con su hoja.

—¡Todo ha ocurrido rápida y silenciosamente! —dijo al Afdhal con una sonrisa

—, ¡Ahora, a por nuestra verdadera presa!

Con prudencia, intentó abrir la puerta mientras el español se pegaba a su espalda, soplando entre dientes y con los ojos que le empezaron a arder como si fuera un tigre al acecho. La puerta se abrió hacia dentro y Guzmán adelantó al turco rápidamente para penetrar en la habitación. Al Afdhal le siguió y cerró la puerta a sus espaldas. Se quedó junto a ella y se echó a reír al ver al hombre que saltaba de la cama profiriendo un juramento de miedo.

—¡Hemos perseguido al gamo hasta su madriguera, hermano!

Pero no hubo ninguna risa en los labios de Diego de Guzmán cuando se quedó erguido junto al ocupante de la estancia. Al Afdhal vio que la cimitarra que blandía temblaba en su mano musculosa.

Zahir el Ghazi era un hombre alto y fuerte, con los cabellos rubios muy cortos y con una barba rala y leonada cuidadosamente peinada. Pese a lo tarde que era, estaba totalmente vestido con unos pantalones bombachos de seda, cinturón y una camisola de terciopelo.

—Ni una palabra, perro —le aconsejó el español—. Mi cimitarra te apunta a la garganta.

—Eso ya lo veo —respondió Zahir el Ghazi, imperturbable. Sus ojos azules se posaron en el turco, y lanzó una risotada dura y burlona—. ¿Así que escapaste de los asesinos? A estas horas creí que estarías ya muerto. Pero el resultado será el mismo.

¡Loco! ¡Acabas de cortarte la garganta! Cómo has conseguido meterte en mi casa es algo que ignoro, pero un solo grito bastará para que vengan mis esclavos.

—Las casas antiguas tienen muchos secretos tan antiguos como ellas… —replicó el turco, riendo—. Y tú conoces uno de ellos… que los muros de esta habitación fueron construidos para que apagaran los gritos. Pero hay otro que desconoces… que es el camino por el que hemos venido esta noche. —Se volvió hacia Diego—. Bien,

¿por qué dudas?

Guzmán dio un paso hacia atrás y bajó la cimitarra.

—Ahí tienes tu cimitarra —le dijo al beréber mientras al Afdhal juraba, tan irritado como divertido—. Tómala. Si tienes el valor suficiente para luchar conmigo y matarme, que así sea. Pero no creo que mañana veas nacer el sol.

Zahir le miraba con curiosidad.

—No eres un moro —dijo el beréber—. Yo nací en las montañas del Atlas, pero crecí en la ciudad de Málaga. Eres un español. ¿Quién eres?

Diego se apartó la kaftyeh hecha jirones.

—Diego de Guzmán —dijo Zahir tranquilamente—. Debí imaginarlo. Vaya,

hidalgo, has hecho un largo camino para morir…



Con un gesto rápido, tomó la pesada cimitarra; luego, dudó.

—Llevas coraza y yo estoy desnudo, vestido solamente con seda y terciopelo.

Diego, con el pie, le arrojó un casco, una de las numerosas partes de una armadura que estaban colocadas con descuido por toda la habitación.

—Veo los reflejos de mallas de acero bajo tu ropa —dijo—. Siempre llevas la cota de malla. Combatiremos con armas iguales. Vamos, decídete, perro… mi alma tiene sed de tu sangre.

El beréber se inclinó, se colocó el casco… luego saltó bruscamente, esperando pillar a su enemigo por sorpresa. Pero el sable moro golpeó con violencia contra la cimitarra beréber lanzando una lluvia de chispas, mientras las dos hojas curvas giraban, destellaban, se alzaban y caían lanzando chispas y centellas a la luz de la lámpara.

Los dos atacaron, golpeando con furor, ambos ansiosos por acabar con la vida de su adversario e incapaces de practicar una brillante esgrima. Cada golpe se lanzaba con una fuerza terrible y una voluntad homicida. Tal combate no podía durar mucho tiempo; el ímpetu feroz de los asaltos no tardaría en conducir a una conclusión sangrienta… de un modo o de otro.

Guzmán se batía en silencio, pero Zahir el Ghazi reía y se burlaba de su adversario sin dejar de lanzar terribles golpes.

—¡Perro! ¡Es una pena que tenga que matarte aquí! ¡Qué pena que no puedas vivir lo suficiente como para presenciar el fin de tu abominable pueblo! Según tú,

¿por qué he venido a Egipto? ¿Simplemente para encontrar refugio? ¡Ha! He venido aquí para forjar una espada destinada a combatir a mis enemigos cristianos y musulmanes. He exhortado al califa para que construya una flota… para que levante las banderas de la Jihad… y conquiste el califato de Córdoba.

»Las tribus bereberes ya están maduras para una guerra como esa. Desde Egipto nos lanzaremos hacia el oeste como una avalancha que adquiere volumen y fuerza mientras rueda pendiente abajo. Con medio millón de guerreros, caeremos sobre España… ¡y reduciremos Córdoba a polvo! Sus guerreros engrosarán nuestras filas. Castilla será incapaz de oponerse a nosotros. Pasando por encima de los cuerpos de los caballeros españoles, ¡invadiremos las llanuras de Europa!

Guzmán lanzó una imprecación.

—Al Hakim dudaba —prosiguió Zahir riendo. Respiraba regularmente y sin esfuerzo, sin dejar de parar la remolineante espada de Guzmán—. Pero esta noche, me ha hecho llegar un mensaje… hace unos instantes volví de su palacio, donde me dijo que todo sería como yo deseaba. Tiene un nuevo antojo: ¡cree que es Dios! Pero eso ya no importa. ¡España está condenada! ¡Si sobrevivo, yo seré pronto su califa! Y aunque me mates, ya no puedes detener a al Hakim. La Jihad empezará. Los harenes del Islam se llenarán con jóvenes de Castilla.

Un grito ronco y salvaje brotó de los labios de Guzmán, como si comprendiera por primera vez que el beréber no se burlaba de él con palabras carentes de



significado, sino que le estaba revelando un verdadero plan de conquista.

Con el rostro de color gris y los ojos como carbunclos, atacó con una renovada ferocidad que sorprendió a al Afdhal. Sin embargo, Zahir no se perdió en más sarcasmos. El beréber consagraba toda su atención en detener los ataques del español: este golpeaba con su espada como un herrero que machaca el yunque.

El entrechocar de las armas se amplificó; al Afdhal se mordía los labios, nervioso, sabiendo que cada eco de aquella barahúnda podría atravesar las gruesas paredes y retumbar por toda la casa.

La fuerza brutal y el furor guerrero del español empezaban a producir su efecto. El beréber palideció bajo su morena piel; su aliento era ronco y corto y no dejaba de ceder terreno. La sangre le corría por las heridas de los brazos, los muslos y el cuello. Guzmán sangraba igualmente, pero no bastaba para que disminuyera la violencia impetuosa de su ataque.

Zahir se encontraba cerca del muro del que colgaba un tapiz cuando dio bruscamente un salto hacia un lado al mismo tiempo que Guzmán lanzaba una estocada. Desequilibrado y llevado por su propio impulso, el español cayó hacia delante y la punta de su espada golpeó en la piedra que había bajo el tapiz. En el mismo instante, Zahir golpeó con sus últimas fuerzas, apuntando a la cabeza de su enemigo. Pero el sable de Guzmán, de buen acero de Toledo, en lugar de romperse, como habría sido el caso de tratarse de una hoja inferior, se arqueó y luego volvió a tensarse. La cimitarra cayó, atravesando el casco moro hasta el cuero cabelludo que protegía. Pero, antes de que Zahir pudiera recuperar el equilibrio, la pesada hoja de Guzmán cayó desde lo alto, atravesando las mallas de acero, el hueso de la cadera y arañando la columna vertebral.

El beréber se tambaleó y cayó muerto lanzando un grito estrangulado, con las entrañas esparcidas por el suelo. Sus dedos se aferraron convulsos al fino tenido de la colgadura y luego quedaron inertes. Guzmán, ciego por la sangre y el sudor, seguía clavando su hoja en el cuerpo tendido a sus pies, una y otra vez, con un frenesí silencioso, demasiado borracho de furor como para darse cuenta de que su adversario estaba muerto. Al Afdhal, jurando y dominado por algo que parecía el horror, intervino. Arrastró al español hacia un lado. Este se limpió maquinalmente la sangre y el sudor de los ojos y contempló, atónito, a su enemigo tendido en tierra. Todavía estaba aturdido a consecuencias de un golpe que partió su casco por la mitad. Se arrancó con un gesto brutal el casco abollado y que chorreaba sangre y lo lanzó a un rincón. Una ola escarlata le cayó sobre el rostro, cegándole nuevamente.

Jurando con violencia, empezó a buscar a tientas algo con lo que limpiarse, y sintió los dedos de al Afdhal trabajando. El turco enjugó rápidamente la sangre que corría por las facciones de su compañero y luego se dedicó a vendar la herida con unas cintas de tela que arrancó de su propia ropa.

Acto seguido, sacando algo del cinturón —Guzmán reconoció el anillo que al Afdhal quitó del dedo del asesino negro, Zaman—, el turco lo dejó caer sobre la



alfombra cerca del cadáver de Zahir.

—¿Por qué haces eso? —preguntó el español.

—Para despistar a los que acudan a vengar a Zahir. Ahora, en nombre de Alá, tenemos que irnos a toda prisa. Los esclavos del beréber deben ser todos sordos o estar borrachos para no haber oído nada.

En el mismo momento en que salían al corredor, donde el eunuco muerto miraba el techo sin verlo, escucharon ruidos… un vago murmullo de voces inquietas, una carrera precipitada todavía lejana. Corriendo hacia el fondo del pasillo hasta el panel secreto, se deslizaron por la abertura y anduvieron a tientas por las tinieblas. Poco después, emergieron del túnel y se encontraron de nuevo en el seno del bosquecillo silencioso.

Las estrellas palidecían y se reflejaban en las sombrías aguas del canal; las primeras luces del alba rozaban los minaretes.

—¿Conoces un medio para entrar en el palacio del califa? —preguntó Guzmán.

El vendaje de su nuca estaba empapado en sangre, de la que un fino hilo le corría por el cuello.

Al Afdhal se volvió y ambos se miraron a la sombra de los árboles.

—Te he ayudado a matar a un enemigo común —declaró el turco—. ¡Pero no he cerrado ningún trato contigo para matar a mi soberano! Al Hakim está loco, pero su hora todavía no ha llegado. Te he ayudado en una venganza personal… no en una guerra que enfrenta a dos naciones. ¡Conténtate con la venganza y recuerda que volar demasiado alto puede hacer que se te quemen las alas con el sol!

Guzmán se limpió la sangre de la nuca y no respondió.

—Lo mejor que podrías hacer es abandonar El Cairo lo antes posible —le indicó al Afdhal mirándole atentamente—. Creo que sería lo más seguro. Tarde o temprano serás descubierto como un ferenghi con el que nadie querrá tener nada que ver ni tendrá deudas pendientes. Te proporcionaré dinero y caballos.

—Tengo ambas cosas —rezongó Guzmán.

—¿Y partirás en paz? —preguntó al Afdhal.

—¿Tengo elección? —replicó el español.

—Júralo —le apremió el turco.

—¡Por Dios, si insistes! —gruñó Guzmán—. Entendido. Juró por Santiago de Compostela que abandonaré la ciudad antes de que el sol alcance el cénit.

—¡Perfecto! —dijo el turco suspirando aliviado—. Es tanto por tu bien como por…

—Comprendo perfectamente tus razones altruistas —dijo Guzmán en voz baja—. Si alguna vez existió una deuda entre nosotros, consideremos que ha sido pagada y que cada de uno de nosotros puede actuar en consecuencia.

Y, volviéndose, se alejó rápidamente con el paso cadencioso habitual en un jinete. Al Afdhal miró sus anchos hombros desaparecer entre los árboles. Un ligero fruncimiento del ceño traicionaba sus dudas.



4

 

D

 

e las mezquitas y los minaretes ascendía el adan de ricas sonoridades. Ante la mezquita de Talai, en el exterior del Bab Zuweyla, se encontraba Darazai, el mullah, y cuando su voz se dirigió a la atenta multitud, los hombres temblaron y se

clavaron las uñas en las morenas palmas de sus manos.

—… y que vuestro califa por derecho divino, al Hakim, perteneciente directo al linaje de Alí, que era de la misma sangre que el Profeta, que era Dios Encarnado,

¡sabed que en este día Dios está entre nosotros! ¡Sí, el Dios se encuentra entre nosotros bajo una forma mortal! Ahora os ordeno, creyentes del Islam, que os postréis, que reconozcáis y adoréis al único dios verdadero, el Señor de los Tres Mundos, el Creador del Universo, el que erigió el firmamento sin pilares que lo sostuvieran, la Encarnación de la Sabiduría Divina, ¡el que es Dios, el que es al Hakim, del linaje de Alí!

Un enorme escalofrío recorrió a la multitud. Luego, un aullido frenético rompió el tenso silencio. Una silueta hirsuta se precipitó hacia delante: era un árabe medio desnudo. Gritando «¡Blasfemo!» recogió una piedra y la arrojó. El proyectil alcanzó al mullah en la boca, rompiéndole todos los dientes. El hombre se tambaleó; la sangre le empapó la barba. Con un rugido aterrador, la multitud se agitó como una marejada, giró y se lanzó a la carga. Los opresivos impuestos, la hambruna, las rapiñas y las matanzas… los egipcios lo habían soportado todo, pero aquel golpe asestado a los fundamentos de su religión era más de lo que podían soportar. Los tranquilos comerciantes se convirtieron en bestias rabiosas; los serviles mendigos se transformaron en demonios de ojos ardientes.

Las piedras empezaron a llover como si fuera un terrible granizo y el gruñido del populacho se inflamó… transformándose en el aullido de bestias salvajes o de hombres afectados por la demencia. Se tendieron manos hacia Darazai, estupefacto, para sujetarle por la ropa, pero entonces los hombres de la guardia turca, vistiendo corazas y cascos puntiagudos, rechazaron a la mulütud con las cimitarras. Luego, se llevaron al aterrorizado mullah a la mezquita, donde se parapetaron para escapar de la desencadenada multitud.

En medio de un chasquido de armas y el rechinar de las cadenas de las bridas, un destacamento de jinetes sudaneses, resplandecientes con sus corseletes repujados con oro y pantalones de seda, surgió al galope por la gran puerta de Zuweyla. Los dientes blancos de los negros caballeros brillaban en anchas sonrisas de alegría, y les giraban los ojos y se relamían los labios de impaciencia. Las piedras lanzadas por la multitud rebotaban en sus corazas y escudos de piel de hipopótamo. Cargaron contra el frenético populacho, golpeando con sus curvas espadas. Los hombres cayeron aullando y fueron pisoteados por los caballos. Los amotinados se dispersaron, huyendo a la carrera hacia las tiendas y los callejones, abandonando la gran plaza



llena ya de cuerpos agitados por espasmos.

Los jinetes negros desmontaron y empezaron a hundir las puertas de los tenderetes y de las viviendas, llenándose los brazos de botín. Los gritos de las mujeres retumbaban en el interior de las casas. Un aullido, una ventana enrejada volaba hecha pedazos… y un cuerpo vestido de blanco cayó y golpeó en los adoquines de la calle con un ruido de huesos rotos. Una cara negra apareció en la abertura de la ventana destrozada, con una mueca de alegría. Otro jinete espoleó su montura, se inclinó sobre la silla y atravesó con la lanza el cuerpo todavía estremecido de la mujer tendida en mitad de la calle.

El gigantesco Othman, vestido con seda brillante y cubierto de acero bruñido, avanzó entre sus perros negros, golpeándoles para que volvieran a formar. Los sudaneses montaron y se dispusieron en línea a sus espaldas. Al trote partieron calle abajo; ensangrentadas cabezas humanas se bamboleaban al extremo de sus lanzas… como una lección para los cairotas encogidos en sus refugios, jadeantes y con los ojos llenos de furia.

El eunuco sin aliento que le llevó a al Hakim la noticia del motín y cómo fue reprimido, no tardó en ser reemplazado por otro. Este se postró ante el califa y gritó:

—¡Oh, Señor de los Tres Mundos, el emir Zahir el Ghazi ha muerto! Sus servidores le han encontrado asesinado en su palacio; a su lado hallaron el anillo de Zaman, el Espadachín negro. Por ello los bereberes gritan encolerizados que ha sido muerto siguiendo las órdenes del emir Othman. Recorren el barrio de el Mansuriya buscando a Zaman, y están luchando con los sudaneses.

Zaida, que estaba escuchando oculta detrás de una cortina, pudo aguantar un grito. Se apretó las manos en el pecho, bajo el efecto de una pena pasajera. Pero la mirada lejana e indescifrable de al Hakim no se alteró. Envuelto en su grandeza de inmortal, parecía sumido en la contemplación de unos misterios que solo él conocía.

—Que los mamelucos los dispersen —declaró—. ¿Cómo? ¿Vulgares querellas vienen a turbar el destino de Dios? El Ghazi ha muerto, pero Alá sigue vivo. Encontraré a otro que conduzca a mis hombres a España. Entretanto, que empiece la construcción de los navíos. Que los sudaneses maten al populacho hasta que este comprenda su locura y el pecado de su herejía. Yo ya he comprendido cuál era mi destino… y debo revelarme al mundo en medio del fuego y la sangre hasta que todas las tribus de la tierra me reconozcan y se inclinen ante mí. ¡Puedes retirarte!

La noche caía sobre la ciudad en ebullición cuando Diego de Guzmán avanzó por las calles cercanas a el Mansuriya, el barrio sudanés. En aquella parte de la ciudad, habitada principalmente por soldados, las luces brillaban y las tiendas seguían abiertas, según un acuerdo tácito. Todo el día, la revuelta había rugido en todos los barrios de la ciudad. La encolerizada multitud parecía una serpiente de mil cabezas;

¿había sido aplastada aquí?, reaparecía allí, maldiciendo, aullando y arrojando piedras. Los cascos de los caballos de los sudaneses habían retumbado desde Zuweyla hasta la mezquita de Ibn Tulun, chapoteando en un mar de sangre.



En aquel momento, solo los hombres de armas recorrían las calles. Las grandes puertas de madera con refuerzos de hierro de los diferentes barrios estaban con los cerrojos pasados, como en los tiempos de la guerra civil. Cruzando el arco de la gran puerta de Zuweyla, destacamentos de jinetes negros pasaban al trote. La luz de las antorchas teñía de rojo sus desnudas cimitarras; sus capas de seda ondeaban al viento y sus brazos negros brillaban como si fueran de ébano pulido.

Guzmán no había violado el juramento que le hizo a al Afdhal. Cierto que el turco le denunciaría a los musulmanes si no accedía a su demanda —o simulaba hacerlo—, de modo que el español dejó la ciudad y se dirigió al galope hacia las colinas de Mukattam antes de que el sol estuviera en lo más alto del cielo. Pero no prometió no volver. La puesta de sol le vio acercarse a las afueras en ruinas, donde ladrones y chacales se deslizaban furtivamente.

Andaba por las calles, entraba en las tabernas, donde los soldados se sentaban a las mesas y se atiborraban de melones, nueces y carne, bebiendo vino subrepticiamente y escuchando todas las conversaciones.

—¿Dónde están los bereberes? —preguntaba un turco mientras se llenaba la boca de pasteles de almedra.

—Enfurruñados en su barrio —respondió otro—. Afirman que los sudaneses han asesinado a el Ghazi y que el anillo de Zaman es la prueba de ello. Todo el mundo conoce ese anillo. Pero Zaman ha desaparecido. Othman, el emir negro, jura que no sabe nada de todo eso. Sin embargo, no hay que olvidarse del anillo. Una docena de hombres murieron en las escaramuzas cuando el califa nos ordenó a los mamelucos que los separásemos. ¡Por Alá, qué día!

—La locura de al Hakim es la causante —declaró un tercer soldado bajando la voz y mirando prudentemente a su alrededor—. ¿Cuánto tiempo soportaremos que ese perro chiita la tome con nosotros?

—Ten cuidado —le aconsejó su compañero—. Es el califa y nuestras cimitarras le pertenecen… mientras lo ordene es Salih Muhammad. Sin embargo, si estalla una nueva revuelta, los bereberes preferirían sin duda luchar contra los sudaneses antes que con ellos. Se dice que al Hakim ha instalado en su harén a la concubina de el Ghazi, Zaida, lo que ha aumentado la furia de los bereberes, porque sospechan que el Ghazi fue asesinado si no por órdenes directas de al Hakim, sí con su consentimiento. Pero, ¡wellah!, su cólera no es nada comparada con la de Zulaikha, a quien el califa ha despreciado. Su furor, se dice, es el de una tempestad de arena en el desierto.

Guzmán, cuando pensó que ya no le quedaba mucho por averiguar, se levantó y salió rápidamente de la taberna. Si alguien conocía los secretos del palacio real, era Zulaikha. ¡Y una amante rechazada es un instrumento seguro para la venganza! La misión de Guzmán sobrepasaba la simple persecución de un enemigo personal para matarlo. En aquel mismo momento, por la ciudad circulaban rumores provenientes de los misteriosos corredores del palacio del califa; en los bazares, los hombres hablaban de la cercana invasión de España. Guzmán sabía que los españoles, combatientes



resueltos y feroces, no podrían prevalecer frente a las tropas que al Hakim podría lanzar contra ellos. Solo un loco podría alimentar la idea de un Imperio mundial, pero un loco era capaz de realizar aquel sueño, y fuera cual fuera el destino último de Europa, lo primero sería la derrota de Castilla si aquellas hordas llegadas de África se lanzaban al asalto de los desfiladeros de las montañas. A Guzmán le preocupaba poco la suerte de Europa; los países que se extendían más allá de los Pirineos le parecían vagos y sombríos; a sus ojos no eran más reales que los imperios de Alejandro y de los Césares. Pensaba únicamente en Castilla y en sus habitantes feroces y ardientes de sus sierras, cuya sangre pura corría por sus venas.

Recorriendo el barrio de el Mansuriya, se dirigió hacia el canal y se acercó al bosquecillo de palmeras, cerca de la orilla. A tientas, en la oscuridad, entre las ruinas de mármol, encontró y levantó la trampilla de piedra. De nuevo avanzó por las tinieblas, siguió el subterráneo de losas húmedas, tropezó contra la escalera que había a su extremo y subió por ella. Encontró el cerrojo de metal y salió al pasillo, en aquel momento, a oscuras. La casa estaba silenciosa; sin embargo, el reflejo de unas luces provenientes de otras habitaciones demostraba que seguía estando habitada, sin duda por los servidores y las mujeres del emir a quien mató.

Sin saber en qué dirección se encontraba la puerta que le permitiría salir de la casa, tomó un pasillo al azar y cruzó una puerta de marco redondeado, cerrada con un visillo… para encontrarse ante seis esclavos negros que se pusieron en pie de un salto, con los ojos brillantes y empuñando las cimitarras. Antes de que pudiera batirse en retirada, escuchó a sus espaldas un grito y el ruido de una carrera precipitada. Maldiciendo su mala suerte, se lanzó hacia los sorprendidos negros. Un torbellino de acero les adelantó… dejando a sus espaldas una forma ensangrentada que se retorcía en el suelo. Se lanzó a la carrera hacia una puerta, al otro extremo de la habitación. Espadas curvadas buscaron su espalda cuando cerró la puerta tras de sí. El aceró resonó al chocar con la madera y algunas puntas brillantes atravesaron la plancha. Echó el cerrojo y giró sobre los talones, mirando a su alrededor buscando una salida. Su mirada encontró una ventana de barrotes de oro.

Tomando impulso, corrió y saltó hacia la ventana. Los barrotes poco sólidos cedieron bajo su peso, sin poder resistir, con lo que arrancó la mitad de la manipostería. Cruzó la abertura con la velocidad del rayo en el mismo momento en que la puerta cedía y se abría violentamente hacia el interior. La habitación se llenó de enemigos que no paraban de gritar.



5

 

E

 

n el Gran Palacio del Este, donde esclavas gráciles y panzudos eunucos se desplazaban furtivamente y descalzos, no se despertaba el menor eco que

testimoniara el infierno que se desarrollaba en el exterior de sus murallas. En una habitación espaciosa cuya cúpula era de marfil con incrustaciones de oro, al Hakim, vestido con una túnica de seda blanca que le hacía parecer aún más espectral e irreal, estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un diván de marfil adornado con gemas. Miraba fijamente a Zaida la veneciana, arrodillada ante él.

Zaida ya no llevaba los andrajos de una esclava. Vestía un dolyman de seda de Mosul de color escarlata, con hilos de oro entrelazados, y su cinturón de satén estaba recamado con perlas. El tejido de sus pantalones bombachos era transparente y parecía brillar suavemente, dando todavía más brillo a su rosada piel que apenas se disimulaba bajo su ropa. Sus pendientes llevaban engarzadas enormes gemas con forma de pera. Sus largas pestañas estaban pintadas de khol, sus largas uñas teñidas con henna. Estaba arrodillada sobre un cojín tejido con hilos de oro.

Sin embargo, aun en medio de todo aquel esplendor —como ella nunca había conocido, aunque siempre vivió en palacios de príncipes—, los ojos de la veneciana parecían velados. Por primera vez en su vida, la mujer se daba cuenta de que no era más que un juguete. Había sido la instigadora de la última locura de al Hakim, pero no le había sometido. Esperó doblegarle a su voluntad en una noche, en una hora… pero había fracasado. En aquel momento, parecía haberse alejado de ella, y la expresión de sus fríos e inhumanos ojos la hacía temblar.

Súbitamente, al Hakim tomó la palabra, con voz pesada y siniestra, como un dios que anuncia una condena.

—No es correcto que los dioses hagan el amor con las mortales. La joven se sobresaltó, abrió la boca y tuvo miedo de responder.

—El amor es una debilidad humana —siguió diciendo el califa—. Deseo librarme de ella. Los dioses están más allá del amor. Una gran debilidad me domina cuando estoy entre tus brazos.

—¿Qué quieres decir, señor? —se atrevió a decir.

—Incluso los dioses deben sacriñcarse —respondió sombrío—. El amor de una mortal es una blasfemia para la divinidad. Por eso renuncio a ti, por miedo a que se debilite mi naturaleza divina.

Sin apresurarse, dio unas palmadas y un eunuco entró, desplazándose a cuatro patas… una costumbre que estaba de moda en la Corte desde hacía poco tiempo.

—Haz entrar el emir Othman —ordenó al Hakim, y el eunuco golpeó con fuerza la cabeza contra el suelo; luego, sin dejar casi de arrastrarse torpemente, salió reculando.

¡No! —gritó frenéticamente Zaida poniéndose en pie—. ¡Oh, Señor, piedad!



¡No puedes entregarme a ese bruto negro! No puedes…

Cayó de rodillas, tomando entre sus manos la túnica de al Hakim, que se la arrancó en el acto de las manos.

—¡Mujer! —bramó—. ¿Estás loca? ¿Quieres que caigan sobre ti los rayos del cielo? ¡Cómo te atreves a ponerle a tu Dios las manos encima!

Othman entró, indeciso y nervioso; como guerrero perteneciente a la tribu bárbara de Darfur, había alcanzado su rango gracias a una lucha feroz y a intrigas pérfidas y sangrientas.

Al Hakim señaló a la mujer postrada a sus pies y exclamó con total desprecio:

—¡Llévatela!

El sudanés nunca ponía en cuestión las órdenes de su monarca. Una larga sonrisa hendió su cara de ébano e, inclinándose, sujetó a Zaida. Esta aulló y se debatió al verse apresada. Según la sacaba del salón, la joven tendió sus blancas manos como desesperada plegaria. Al Hakim no respondió; sentado, con los brazos cruzados, estaba inmóvil. Su mirada era tan ausente e impersonal como la de un devorador de hachís. Si escuchó los gritos de su favorita de un día, no lo demostró.

Pero hubo alguien que sí escuchó los gritos de Zaida. Acurrucada en una alcoba, una joven de cuerpo esbelto y piel morena observó al gesticulante sudanés que se llevaba a su cautiva por el corredor. Apenas había desaparecido cuando ella huyó en la dirección contraria, levantándose los pliegues de su ropa sobre sus muslos morenos y brillantes.

Othman, el favorito del califa, era el único de sus emires que vivía en el Gran Palacio. La construcción, de hecho, era una serie de palacios reunidos en una única inmensa estructura que albergaba a los tres mil servidores de al Hakim. Sus dependencias estaban situadas en un ala que daba al barrio de Beyn el Kasreyn. Para llegar allí no había más que salir del palacio. Siguiendo los corredores sinuosos, atravesando patios adornados con mosaicos y bordeados con arcadas decoradas con frisos y sostenidas por columnas de alabastro, llegó al fin ante la que era su casa.

Unos guerreros negros guardaban la puerta de madera de teca de color negro, recubierta de arabescos de cobre y que separaba su casa del resto del palacio. Mientras se dirigía hacia aquella puerta, al fondo de un ancho pasillo con revestimientos de madera, una forma ligera se deslizó desde una entrada cerrada por una colgadura y le cerró repentinamente el paso.

—¡Zulaikha!

El negro retrocedió, dominado por un temor casi supersticioso. Las manos blancas y delicadas de la mujer se abrían y se cerraban bajo el efecto de una violenta pasión, demasiado sutil y profunda para la estúpida mente de Othman. Por encima del diáfano yasmaq, los ojos de Zulaika ardían como joyas del infierno.

—Una sirvienta me ha traído la noticia —dijo la mujer árabe—. Así que al Hakim al fin ha repudiado a esta gata de cabellos rojos. ¡Véndemela! Tengo una deuda con ella y quiero pagarla.



—¿Por qué iba a hacer tal cosa? —replicó el sudanés con un gesto de impaciencia animal—. El califa me la ha dado. ¡Apártate, mujer, no quiero hacerte daño!

—¿Has oído lo que los bereberes gritan en las calles? El sudanés se sobresaltó y palideció ligeramente.

—¿Y a mí qué me importa? —gruñó, pero su voz carecía de seguridad.

—Aúllan y reclaman la cabeza de Othman —dijo la mujer con un tono frío y venenoso—. Dicen que eres tú quien ha asesinado a Zahir el Ghazi. ¿Y si fuera a buscarles y les dijera que sus sospechas son ciertas?

—¡Pero yo no tengo nada que ver con eso! —exclamó enfurecido, como un hombre que ha caído en redes invisibles.

—Puedo encontrar algunos hombres que jurarán haberte visto ayudar a Zaman a asesinarle —le aseguró Zulaikha.

—¡Te mataré! —susurró el sudanés. La mujer se echó a reír.

—¡No te atreverías, bestia negra de las sabanas! Acepta venderme a esa pordiosera pelirroja, ¿o prefieres enfrentarte a los bereberes?

Othman dejó que Zaida se deslizara hasta el suelo.

—¡Tómala y sal corriendo! —gruñó; su negra piel había adquirido un color ceniciento.

—¡Este es tu precio! —replicó la mujer con vengativa maldad al tiempo que le arrojaba un puñado de monedas a la cara.

El sudanés retrocedió ligeramente, como si fuera un enorme simio negro, y sus ojos ardieron; sus manos morenas se abrieron y se cerraron demostrando un impotente deseo de matar.

Ignorándole, Zulaikha se inclinó sobre Zaida, tendida en el suelo. Aún bajo el efecto de la impresión recibida, la joven comprendía con desesperación que las astucias y sortilegios que había empleado para gobernar el corazón de los hombres no tendrían ningún efecto sobre su nuevo amo… pues se trataba de una mujer. Los dedos de Zulaikha sujetaron los rojos bucles de la veneciana; echó hacia atrás su cabeza para lanzar una feroz mirada de ávida propietaria sobre la esclava postrada. La sangre de Zaida se transformó en hielo.

La árabe dio una palmada y aparecieron cuatro eunucos de Siria.

—Llevadla a mis habitaciones —ordenó Zulaikha.

Sujetaron a la infortunada veneciana y se la llevaron. Zulaikha les siguió, clavándose las uñas en las palmas de las manos; silbaba suavemente entre los dientes apretados.



6

 

C

 

uando Diego de Guzmán se lanzó por el hueco de la ventana no tenía ni idea de lo que encontraría al otro lado, en las tinieblas. Unos arbustos amortiguaron

la brutal caída. Incorporándose con viveza, vio que sus perseguidores se amontonaban ante la ventana que acababa de romper. Se encontraba en un jardín, un vasto lugar lleno de sombras, flores y árboles fantasmales. Un instante más tarde, corría entre las sombras, evitando diestramente los macizos de plantas. Alcanzó el muro sin contratiempos, mientras que sus perseguidores avanzaban a tientas, golpeándose con los árboles y tropezando unos con otros. Saltó, agarró con una mano la parte alta del muro, se izó, efectuó un giro y saltó al otro lado.

Se detuvo para orientarse. Nunca había estado en el Kahira, pero había escuchado a algunas personas describir la Ciudad Interior, al menos lo suficiente como para poder trazar un plan que llevaba cuidadosamente grabado en la memoria. Sabía que se encontraba en el barrio de los Emires. Ante él, por encima de los techos con terrazas, se alzaba un edificio: debía ser el Palacio del Oeste, una gigantesca casa de placer que daba al célebre jardín de Kafur. Tras tomar referencias, avanzó rápidamente por la estrecha calleja donde saltó desde el alto muro. Unos instantes más tarde, llegó a la ancha avenida que atravesaba el Kahira desde la puerta de el Futuh al norte hasta la puerta de Zuweyla al sur.

Pese a lo tarde de la hora había mucha gente por las calles. Mamelucos armados pasaron al galope casi a su lado. En la gran plaza de Beyn el Kasreyn, que separaba los palacios gemelos, escuchó el tintineo de los arreos y los relinchos de los caballos rebeldes y pudo ver un destacamento de jinetes sudaneses que esperaban a lomos de sus monturas a la luz de las antorchas. Había una razón para su vigilancia. A lo lejos se escuchaba el batir melancólico de los tambores desde los diferentes barrios de la ciudad. En alguna parte más allá de las murallas una luz pálida empezó a aparecer entre las estrellas. El viento llevaba fragmentos de cánticos salvajes y el eco apagado de aullidos llenos de rencor.

Debido a su porte militar —que la empuñadura de su sable ponía en evidencia—, Guzmán pasó sin ser molestado entre las siluetas revestidas de corazas y poderosamente armadas que recorrían las calles. Cuando le tiró a un mameluco de la manga para preguntarle dónde se encontraba la casa de Zulaikha, el hombre lo indicó en el acto y sin la menor sorpresa el camino que había de seguir. Guzmán sabía, como todo el mundo en El Cairo, que aunque la árabe era considerada por al Hakim con su posesión personal, ella, por el contrario, no se tenía como una posesión exclusiva del califa. Había capitanes mercenarios tan familiarizados con sus habitaciones como el propio al Hakim.

La casa de Zulaikha se encontraba al otro lado de la gran avenida. Era contigua a uno de los patios del Palacio del Este y daba a sus jardines; de ese modo, Zulaikha,



cuando era la favorita, podía ir de su casa al palacio sin contravenir las órdenes del califa sobre la reclusión de las mujeres. Hija de un cheik y con un orgullo indomable, había sido la amante de al Hakim, no su esclava.

Guzmán no pensaba que ser admitido en su casa representase ninguna dificultad.

Zulaikha tiraba de los hilos ocultos de la intriga y la política; hombres de todas las razas y de todas las condiciones eran introducidos en su sala de audiencia donde las bailarinas y los vapores del opio ofrecían variadas diversiones. Aquella noche no había ni bailarinas ni invitados; un yemení de aspecto malvado abrió la puerta abovedada, iluminada con un hachón, Y le concedió el paso al falso moro sin hacer preguntas. Guió al español a través de un pequeño patio, subieron por una escalera exterior y recorrieron un corredor, antes de penetrar en una pieza espaciosa rodeada de arcadas ricamente decoradas y cerradas con cortinajes de terciopelo de color escarlata.

La habitación, iluminada por la suave luz de unas lámparas de bronce, estaba desierta; sin embargo, de un lado a otro de la casa resonó un grito de dolor lanzando por una mujer. Al grito le sucedió un estallido de risa argentina —una risa de mujer, igualmente—, increíblemente vengativo y lleno de maldad.

Guzmán no prestó mayor atención, quizá porque en aquel mismo momento el infierno se desataba más allá de los muros de el Kahira.

De pronto resonó un rugido lejano, ensordecedor, de un volumen prodigioso, como el bramido de un torrente que acabara de romper su presa… era el aullido bestial y salvaje proferido por un gran número de hombres. El yemení lo escuchó igualmente; se quedó lívido bajo su piel morena. Luego, lanzó un grito y salió de la habitación a la carrera. En el pasillo acababa de resonar el ruido de una rápida carrera y se pudo escuchar una respiración jadeante.

En una sala adjunta, Zulaikha se incorporó tras haber terminado una tarea que encontraba divertida de un modo indescriptible. Luego, escuchó un grito estrangulado al otro lado de la puerta, el silbido del impacto de un golpe violento y la pesada caída de un cuerpo. La puerta se abrió bruscamente y Othman entró en la estancia… una silueta terrible de aspecto azorado; sus pupilas y dientes brillaban a la luz de la única lámpara. La sangre chorreaba por su larga cimitarra.

—¡Perro! —exclamó Zulaikha, estremecida por la cólera, como una serpiente encogida sobre sí misma—. ¿Qué vienes a buscar aquí?

—¡La mujer que me arrebataste! —rugió Othman, que casi parecía un inmenso mono enfurecido—. ¡La mujer de cabellos rojos! ¡Hay un infierno en las calles de El Cairo! ¡Los barrios se han sublevado! ¡Antes de que amanezca habrá una marea de sangre anegando las calles! ¡Matar! ¡Matar! ¡Matar! Voy a segar a esos perros sunitas como si fueran tallos de bambú. ¡Una muerte más en el seno de toda esta matanza no representará nada! ¡Dame a la mujer antes de que te mate!

Borracho de furor sanguinario y deseo frustrado, el negro enloquecido había olvidado el miedo que sentía por Zulaikha. La árabe lanzó una mirada hacia la forma



desnuda y palpitante que estaba tendida sobre un diván, torturada, atada de manos y pies. Todavía no había terminado de vengarse de su rival. Aquello no había sido más que un entretenido preludio a la tortura, a las mutilaciones y a la muerte… pero había humillado a Zaida de un modo inmundo. ¡Ni el propio infierno podría arrebatarle a su víctima!

—¡Alí! ¡Abdulah! ¡Ahmed! —gritó al tiempo que sacaba de su cinturón una daga adornada con gemas.

Con un mugido de toro, el gigantesco negro se lanzó a la carga. La árabe nunca había combatido con hombres y su ligera agilidad no la sirvió de nada. La larga hoja del sudanés se hincó en su cuerpo, lo atravesó y asomó más de un pie entre sus omóplatos. Con un grito apagado de sufrimiento y horrorizada sorpresa, se derrumbó. El negro liberó la cimitarra con un giro bestial mientras la mujer caía. En aquel instante, Diego de Guzmán apareció en el quicio de la puerta.

El español ignoraba lo que acababa de pasar. Solo vio a un negro arrancando su hoja del cuerpo de una mujer blanca… y actuó en consecuencia y un modo instintivo. Othman se volvió con la agilidad de una fiera y blandió la cimitarra que chorreaba sangre… el formidable golpe asestado por Guzmán estrelló el arma del negro sobre su cráneo cubierto de crespos cabellos. Se tambaleó; un instante más tarde, el sable del español, manejado con toda la fuerza de sus poderosos músculos, se hundió entre las costillas de su adversario y se detuvo cuando impactó con su

pelvis.

Guzmán, gruñendo y jurando mientras intentaba arrancar su hoja prisionera de tejidos y huesos, transpirando y temiendo ser atacado antes de poder liberar su arma, escuchó el rugido del populacho, y los caballos se le erizaron en la cabeza. Conocía aquel bramido… el aullido de hombres revueltos, la tormenta que hacía tambalearse los tronos desde hacía siglos.

Escuchó el retumbar de los cascos de los caballos por las calles, voces brutales profiriendo órdenes.

Se volvió hacia el pasillo y entonces escuchó una voz implorante. Dándose media vuelta, vio por primera vez la forma desnuda que se retorcía en el diván. Los miembros y el cuerpo de la joven mujer no mostraban ni heridas ni contusiones, pero sus mejillas estaban llenas de lágrimas, los blucles rojos que caían en salvaje profusión sobre sus blancos hombros estaban empapados en sudor, y su carne palpitaba como si la hubieran torturado.

—¡Suéltame! —le suplicó—. Zulaikha está muerta… ¡suéltame, en nombre de Dios!

Con un juramento de impaciencia, Guzmán cortó sus ataduras y luego se dio la vuelta, olvidando a Zaida casi en el acto. No vio que la joven se levantaba y que rápidamente atravesaba una puerta cubierta por una cortina.

Fuera, una voz llamó:

—¡Othman! En nombre de Shaitan, ¿dónde estás? ¡Es hora de montar en los



caballos y marcharnos de aquí! ¡Te he visto entrar! Ojalá y te lleven los demonios, perro negro, ¿dónde estás?

Un hombre ataviado con coraza y yelmo irrumpió en la habitación y se detuvo en seco.

—¡Eh! ¡Wellah! ¡Me mentiste!

—¡No es cierto! —respondió Guzmán con voz alegre—. Dejé la ciudad, como te prometí. Pero luego volví.

—¿Dónde está Othman? —preguntó al Afdhal—. Le he seguido hasta aquí…

¡Alá! —Se retorció los mostachos vivamente—. ¡Por Dios, el único y verdadero Dios! ¡Maldito cafar! ¿Por qué has tenido que matar a Othman precisamente ahora? La ciudad es un caos. Los bereberes luchan con los sudaneses, que ya tienen mucho trabajo. Mis hombres y yo vamos a ayudar a los sudaneses. En cuanto a ti… te debo la vida, es cierto, ¡pero todo tiene un límite! ¡En nombre de Alá, vete y que no te vea nunca más!

Guzmán esbozó una mueca cruel.

—Esta vez no te librarás de mí tan fácilmente, ¡es Salih Muhammad!

El turco se sobresaltó.

—¿Cómo?

—¿Para qué vamos a seguir con esta masacarada? —replicó Guzmán—. Comprendí quién eras realmente cuando entramos en casa de Zahir el Ghazi. Aquella casa perteneció en tiempos a es Salih Muhammad. Solo el dueño podía conocer tan bien sus secretos, Me ayudaste a matar a el Ghazi porque el beréber había contratado a Zaman y a sus secuaces para asesinarte. Muy bien. Pero eso no es todo. Vine a Egipto a matar a el Ghazi; hecho; ahora al Hakim planea la ruina de España. Debe morir, y tú debes ayudarme a derrotarle.

—¡Estás tan loco como al Hakim! —exclamó el turco.

—¿Y si fuese a buscar a los bereberes y les dijera que tú me ayudaste a matar a su emir? —preguntó Guzmán.

—¡Te harían pedazos!

—¡Sí, sin duda! Pero también a ti. Y los sudaneses les ayudarían; ni los unos ni los otros tienen un especial cariño hacia los turcos. Así unidos, bereberes y negros masacrarían a todos los turcos que viven en El Cairo. En ese caso, ¿qué sería de tus ambiciones si te arrancaran la cabeza de los hombros? Yo moriría, es cierto, pero si consigo que turcos, sudaneses y bereberes se maten entre sí, es posible que la rebelión acabase por devorarlos a todos. Y así conseguiría con la muerte lo que no podría hacer en vida.

Es Salih Muhammad percibió la fiera determinación que se encontraba tras las palabras del castellano.

—¡Veo que, después de todo, tendré que matarte! —murmuró, sacando la cimitarra de su vaina.

Un instante más tarde, la sala retumbaba con el entrechocar de los aceros. Desde



el primer asalto, Guzmán comprendió que la del turco era la mejor hoja con la que se había enfrentado; era hielo donde el español era puro fuego. A la repugnancia que sentía por tener que matar a es Salih se añadía el hecho de saber que se oponía a un espadachín mejor que él. Y aquel pensamiento le galvanizó, hizo nacer en él una furia desesperada tal que su despreocupada temeridad —que siempre había sido su punto débil— se convirtió en su fuerza más poderosa. Su vida no contaba, pero si caía en aquella habitación llena de sangre, Castilla caería con él.

En el exterior de los muros de el Kahira, la multitud de rebeldes era como una enfurecida tempestad, las antorchas lanzaban chispas y el acero bebía vidas y se teñía de rojo. En la habitación de Zulaikha, las hojas curvas silbaban y cantaban. «¡Golpea, Diego de Guzmán!», cantaban. «El destino de España depende de tu brazo. Golpea por la gloria de ayer y el esplendor de mañana. ¡Golpea por el tronar de las armas, el chasquido de las banderas al viento de las montañas, el sufrimiento del esfuerzo y la sangre del martirio. Golpea por las lanzas de las tierras altas, las mujeres de negra cabellera, los fuegos en los rojos hogares y las trompetas de los imperios por venir!

¡Golpea por los reinos que aún no han nacido, por el fasto de la gloria, y por los grandes galeones que hendirán las olas hacia un mundo insospechado! ¡Golpea por la maravilla que es España, antigua y eternamente joven, el fénix de las naciones, resucitando siempre de sus cenizas de un pasado muerto para brillar entre los estandartes del mundo!».

La respiración de es Salih Muhammad silbaba entre sus labios entreabiertos. Bajo su piel morena, su tinte era de color ceniza. Ni su habilidad ni su astucia conseguían darle la victoria frente a aquella encarnación del furor con ojos encendidos que se lanzaba contra él en una serie de ataques irresistibles, golpeando con la espada como un herrero trabajando en el yunque.

Bajo el vendaje manchado de marrón, la herida de Guzmán se reabrió y la sangre le corría por la sien, pero su sable parecía una rueda ardiente. El turco solo podía detener sus ataques; no tenía la menor ocasión de contraatacar.

Es Salih Muhammad luchaba por sus ambiciones personales; Diego de Guzmán peleaba por el futuro de una nación.

Un último esfuezo, un movimiento del brazo capaz de desgarrar los músculos, una explosión de fuerza volcánica, y la cimitarra voló de manos del turco. Este retrocedió tambaleándose y lanzó un grito… no de dolor o de miedo, sino de desesperación. Guzmán —cuyo torso poderoso subía y bajaba violentamente a causa del esfuerzo— se apartó.

—No seré yo quien te mate —declaró—. Ni te obligaré a prestar un juramento bajo la amenaza de una espada. No lo mantendrías. Parto al encuentro de los bereberes y de mi destino… y del tuyo. Adiós; ¡habría podido convertirte en visir de Egipto!

—¡Espera! —jadeó es Salih, agarrándose de una colgadura para no caer—. ¿Y si discutimos este asunto? ¿Qué quieres decir?



—¡Solo lo que he dicho! —Guzmán se volvió bruscamente en el hueco de la puerta, dominado por la idea de que al fin tenía aquella situación desesperada en sus manos—. ¿No ves que en este momento el poder depende de ti? Los sudaneses y los bereberes están enfrentados, y los cairotas combaten contra los dos grupos. Nadie puede vencer sin tu apoyo. El modo en que lances a tus mamelucos a la batalla será el elemento decisivo. Contabas con ayudar a los sudaneses y aplastar a los bereberes y a los rebeldes. Pero, ¿por qué no fuerzas tu destino aliándose con los bereberes? ¿Y si te presentases como el jefe de la revuelta, como el defensor de la fe ortodoxa contra un blasfemo? El Ghazi está muerto; Othman está muerto; la multitud no tiene un jefe que la lidere. Tú eres el único hombre fuerte que queda en El Cairo. Anhelabas honores bajo el reinado de al Hakim; pero te esperan mayores honores… ¡te basta con exigirlos! ¡Únete a los bereberes junto con tus turcos y aplasta a los sudaneses! La multitud te aclamará como a su libertador. ¡Mata a al Hakim! Pon en su lugar a otro califa, haz que te nombren visir… ¡y serás el verdadero soberano! Estoy dispuesto a acompañarte… ¡mi espada está a tu servicio!

Es Salih escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en un sueño. Estalló en una carcajada atronadora. Cierto, Guzmán deseaba utilizarle como un peón para aplastar al enemigo de España, pero aquel hecho quedaba sumergido por el vino cabezón de la ambición personal.

¡Acepto! —rugió—. ¡A caballo, hermano! ¡Me has mostrado el camino que andaba buscando! ¡Mañana, es Salih Muhammad reinará sobre Egipto!



7

 

E

 

n la gran plaza de el Mansuriya, la luz vacilante de las antorchas iluminaba un insensato remolino de siluetas que gesticulaban y aullaban, caballos que no

paraban de relinchar y hojas que bajaban y tajaban. Hombres de piel morena, negra y blanca luchaban cuerpo a cuerpo; bereberes, sudaneses, egipcios, jadeando, maldiciendo, matando y muriendo.

Desde hacía mil años, Egipto había dormido bajo el talón de amos extranjeros; en aquel momento, salía del sueño… ¡y su despertar era de color escarlata!

Como locos furiosos, los cairotas se aferraban a los asesinos negros, les arrancaban de sus sillas, cortaban las cinchas de sus aterrados caballos.

Picas herrumbrosas entrechocaban con las lanzas. Había incendios declarados en un centenar de lugares; las llamas se alzaban al cielo con tal profusión que, desde las colinas de Mukattam, los pastores las contemplaban con la boca abierta y estupefactos. Centenares de formas inmóviles, con corazas o con caftanes de rayas, yacían por el suelo, donde eran pisoteadas por los caballos; por encima de los caídos, los vivos gritaban, cortaban y lanzaban estocadas.

La plaza se encontraba en el corazón del barrió sudanés, donde los bereberes borrachos de sangre habían irrumpido y se entregaban al pillaje mientras el grueso de las fuerzas negras se enfrentaba al populacho desencadenado en otras partes de la ciudad. En aquel momento, tras haberse barrido rápidamente en retirada hacia su propio barrio, los guerreros de ébano estaban a punto de aplastar a los bereberes por la fuerza de su superioridad numérica; pero la multitud amenazaba con tragarse a ambos bandos. Bajo el mando de su capitán, Izz ed din, los sudaneses conservaban algo parecido al orden, lo que les daba una cierta ventaja sobre los desorganizados bereberes y la multitud sin jefes.

Los rabiosos cairotas derribaban las puertas de las casas de los negros, saqueándolas y llevándose a las mujeres que aullaban y se debatían. A la luz de los edificios pasto de las llamas, la plaza parecía un océano de fuego lleno de olas enfurecidas.

En un momento dado, el sonido de los timbales de los tártaros retumbó por encima del martilleo de numerosos cascos.

—¡Los turcos, al ñn! —exclamó Izz ed din—. ¡Han tardado mucho! ¡En el nombre de Alá!, ¿dónde está Othman?

En la plaza apareció un caballo; sus ojos brillaban de terror y la espuma revoloteaba alrededor de sus belfos. El jinete oscilaba sobre la silla; sus ropajes coloreados estaban hechos jirones y su piel ébano marcada con estrías escarlatas.

—¡Izz ed din! —aulló, sujetándose con ambas manos a las crines de su montura

—. ¡Izz ed din!

—¡Aquí, imbécil! —rugió el sudanés sujetando las bridas del animal.



—¡Othman está muerto! —boqueó el hombre por encima del rugido de las llamas y la tormenta de los tambores—. ¡Los turcos se han vuelto contra nosotros! ¡Han masacrado a nuestros hermanos en los palacios! ¡Ya llegan! ¡Aii!

En medio del ensordecedor estrépito de los cascos y de los timbales, los escuadrones de coraceros invadieron la plaza al galope, surcando las olas de la carnicería, derribando y pisoteando amigos y enemigos. Izz ed din percibió el rostro sombrío y exultante de es Salih Muhammad bajo el arco brillante de su cimitarra. Lanzando un alarido, espoleó a su caballo para cargar en su dirección seguido de sus hombres.

En el mismo instante, con un extraño grito de guerra, un caballero con ropajes de moro se alzó sobre los estribos de su montura y abatió el sable. Izz ed din cayó a tierra. Acto seguido, en medio de un trueno, los caballos de los matarifes pisotearon los cuerpos desgarrados de sus hombres y se lanzaron, como una marejada oscura y rugiente, hacia la noche estriada por las llamas.

Sobre los contrafuertes rocosos de Mukattam, los pastores miraban y temblaban. Se veía el resplandor de los incendios y de la masacre, desde la puerta de el Futuh hasta la mezquita de Ibn Tulun; y se escuchaba el clamor de la batalla hasta el sur de el Fustat, donde nobles de rostros pálidos temblaban en sus palacios rodeados de jardines.

Como un torrente escarlata, hirviente, espumeante e iluminado por las llamas, las furiosas oleadas de hombres borrachos de sangre cubrieron todos los barrios y se adentraron por la puerta de Zuweyla, mancillando las calles de el Kahira, la Victoriosa. En la gran plaza de Beyn el Kasreyn, donde podían desfilar hasta diez mil hombres, los sudaneses libraron su último combate, y fue allí donde murieron todos ellos, rodeados por los coraceros turcos, los embravecidos cairotas y los bereberes que no dejaban de lanzar gritos feroces.

La multitud fue la primera en acordarse de al Hakim. Se lanzaron contra las puertas de bronce cubiertas de arabescos del Gran Palacio del Este. Hordas vestidas con harapos se dispersaron a la carrera y aullando por los corredores, franquearon las Puertas Doradas y penetraron en la gran Sala Dorada, donde arrancaron e hicieron pedazos el telón de hilos de oro para descubrir un trono vacío. Las colgaduras de seda fueron descolgadas a la fuerza por dedos sucios y ensangrentadas y hechas pedazos. Mesas de sardónice fueron derribadas en medio del repiqueteo de una vajilla de oro. Eunucos vestidos con ropajes escarlatas huyeron gritando; jóvenes esclavas bramaron de terror antes de ser arrebatadas y violadas.

En la Gran Sala de Esmeralda, al Hakim esperaba, tan inmóvil como una estatua, sobre un estrado cubierto de pieles. Sus manos blancas se movían nerviosas, sus ojos parecían apagados; semejaba un hombre ebrio. A la entrada de la sala se había reunido un puñado de sus fieles servidores, y rechazaban a la multitud con las espadas. Un grupo de bereberes se lanzó al combate y acabó con el obstáculo de esclavos negros. En el seno de aquella tempestad de hojas que entrechocaban, nadie



pudo tener tiempo para echar una mirada a la forma blanca e inmóvil que se encontraba sobre el estrado.

Al Hakim sintió que una mano le tiraba del codo. Alzó los ojos y vio la cara de Zaida como en un sueño.

—¡Ven, señor! —le exhortó la mujer—. ¡Egipto entero se ha alzado contra ti!

¡Piensa en tu vida! ¡Sigúeme!

Se dejó conducir por Zaida. Andaba como si estuviera en trance, y murmuró:

—¡Pero soy Dios! ¿Cómo puede un dios conocer la derrota? ¿Cómo puede morir un dios?

Apartando una colgadura, la veneciana le arrastró hasta una alcoba secreta, y luego por un estrecho corredor. Zaida había descubierto muchos de los secretos del Gran Palacio durante su breve estancia en aquellos lugares. Le hizo atravesar jardines oscuros llenos de olores especiados y luego le guió por una calleja tortuosa entre casas con terrazas. Le había envuelto en su khalat. Se cruzaron con poca gente en las calles y nadie se fijó en la apresurada pareja. Una poterna disimulada tras un denso bosquecillo de palmeras les llevó más allá de la muralla. Al norte y al este, el Kahira estaba rodeado por el inmenso desierto. Habían salido por el lado este. A sus espaldas y a lo lejos se alzaba el rugido de las llamas y la matanza, pero allí no había otra cosa que el desierto, el silencio y las estrellas. Zaida se detuvo y sus ojos brillaron bajo las estrellas cuando se quedó inmóvil y sin decir nada.

—Soy Dios —murmuraba al Hakim, con el rostro azorado—. Aunque el mundo arda, yo soy Dios…

Apenas se dio cuenta de que los robustos brazos de la veneciana le abrazaban por última y terrible vez. Apenas la oyó susurrar:

—¡Me entregaste a una bestia negra! Y por ello caí en manos de mi rival. ¡Y esta me cubrió con tal vergüenza que los hombres no pueden imaginar! ¡Te he ayudado a escapar porque solo Zaida, solo ella, puede destruirte, al Hakim, loco que creías ser un dios!

En el mismo instante en que sintió la mortal mordedura de la daga, gimió:

—Pero soy Dios… y los dioses no pueden morir… En alguna parte, un chacal ladró.

A lo lejos, en El Cairo, el Gran Palacio del Este, cuyos mosaicos estaban manchados de sangre, Diego de Guzmán, una silueta ensangrentada más, se volvió hacia es Salih Muhammad, con el cabello revuelto y manchado de escarlata.

—¿Dónde está al Hakim?

—¿Qué importa? —dijo el turco echándose a reír—. Ha caído. ¡Esta noche tú y yo somos los dueños de Egipto! Mañana, otro ocupará el trono del califa, una marioneta de la que yo manejaré los hilos. Mañana, seré visir, y tú… ¡pídeme lo que quieras! ¡Pero esta noche, reinaremos gracias a la fuerza pura, gracias al filo de nuestras espadas!

—Me gustaría hincar mi acero en el cuerpo de al Hakim… ¡para acabar



dignamente el trabajo de esta noche! —replicó Guzmán.

Pero no debía ser así. Hombres cuyas dagas estaban sedientas de sangre recorrían los pasillos adornados con tapices y registraban las alcobas abovedadas… en vano. Pronto el odio y el furor dieron paso al estupor y a un supersticioso temor. Así suelen nacer las leyendas basadas en desapariciones milagrosas. El Tiempo transforma a los demonios y a los locos en santos y hadjis. Lejos, en las montañas del Líbano, los drusos esperan el regreso de al Hakim el Divino. Sin embargo, aunque esperen las trompetas que resuenen anunciando que han pasado diez mil años, ni siquiera entonces estarán cerca de los portales del Misterio. Solo los chacales que infectan las colinas de Mukattam y los buitres que pliegan sus alas sobre las torres de Bab el Vezir podrían decirle al mundo cuál fue el destino final del hombre que quiso ser Dios.



EL CAMINO DE AZRAEL





 



 




1

 

Las torres vacilan y se dislocan, las calles están tintas en sangre en la ciudad martirizada; caen los estandartes, las líneas se derrumban

y los jinetes de hierro me pisotean. Dejadme partir al galope, pues mi hora está cercana, lejos del polvo sofocante que me rodea,

lejos de los muros que me aprisionan, de los cascos que me destrozan,

para morir bajo el sol y el viento del desierto.

 

 

A

 

llaho Akbar! ¡No hay otro Dios que Dios! Yo, Kosru Malik, voy a contar estos sucesos para que los hombres sepan toda la verdad. He contemplado una

locura que sobrepasa el entendimiento humano, sí, he seguido el camino de Azrael, que es el camino de la Muerte, y he visto a hombres vestidos de hierro caer como trigo maduro bajo la guadaña del segador. Por todo ello relataré con detalle la locura y el fin de Kizilshehr la Fuerte, la Ciudad Roja, que desapareció como una nube de verano en un cielo azul.

Todo comenzó así. Llegado en paz al campamento de Muhammad Khan, sultán de Kizilshehr, discutía con diversos guerreros acerca del valor de un verso de un tal Ornar Khayyam, fabricante de telas para tiendas de Nishapur y gran bebedor, cuando me di cuenta repentinamente de que alguien se me echaba encima. Sentí que la cólera ardía en su mirada, como un hombre que siente los ojos de un tigre hambriento fijos en él. Levantando la cabeza, vi el rostro moreno de un hombre iluminado por las llamas. Sentí que mis ojos se encendían despertando antiguos rencores. Porque aquel hombre no era otro que Moktra Mirza, el kurdo, con quien me enfrentaba una antigua diferencia. No me gustaban los kurdos, pero odiaba a aquel perro. Ignoraba que se encontraba en el campamento de Muhammad, donde había llegado yo solo cuando caía la noche, pero los chacales suelen reunirse cerca de donde cena el león.

No intercambiamos palabra alguna. La mano de Moktra Mirza estaba apoyada en su hoja. Cuando vio que me daba cuenta de su presencia, la desenvainó con un chirriar de acero. Pero era tan lento como un buey. Apoyándome en los pies, me incorporé a toda prisa y mi cimitarra apareció en mi mano. Su filo acerado seccionó los músculos de su cuello.

Mientras se derrumbaba bañado en su propia sangre, salté por encima del fuego y corrí entre el dédalo de tiendas. Escuché a mis espaldas el clamor de los perseguidores. Había centinelas patrullando por el campamento. Vi a uno ante mí; el hombre, a lomos de un caballo bayo, me miró fijamente con la boca abierta. Sin perder un instante, me lancé sobre él, le sujeté por una pierna y le hice caer de la silla.



El caballo bayo se encabritó cuando salté a su lomo y acto seguido partió como una saeta. Me incliné sobre su cuello, temiendo una lluvia de flechas. Le dejé correr a rienda suelta. No tardamos en estar más allá de los puestos de atadura de los caballos y los centinelas empezaron a aullar como si fueran una manada de lobos. Luego, la iluminación pareció apagarse a mis espaldas.

Me dirigí hacia el desierto, mi caballo galopaba con la velocidad del viento y mi corazón estaba lleno de alegría. La sangre de mi enemigo manchaba mi hoja, tenía un buen corcel entre las piernas y las estrellas del desierto brillaban por encima de mi cabeza, y el viento de la noche soplaba en mi rostro. Un turco no podía pedir más.

El caballo bayo era más fogoso que el que abandoné en el campamento; la silla era buena, de excelente cuero persa, ricamente trabajada y adornada con brocados.

Galopé a rienda suelta durante un tiempo. Luego, como no escuchaba ningún ruido que me diera a entender que me perseguían, dejé que el caballo bayo fuera al paso, porque el que se adentra en el desierto con una montura desbocada está jugando a los dados con la Muerte. Lejos a mis espaldas, vi los reflejos de los fuegos del campamento y me pregunté por qué no había tras mis huellas y persiguiéndome un centenar de kurdos vociferantes. Pero todo había ocurrido tan repentinamente y yo huí tan deprisa que los vengadores del kurdo todavía estarían impactados por el estupor. De hecho, algunos hombres me persiguieron, pero me perdieron el rastro en las tinieblas, como descubriría más adelante.

Me dirigí al oeste un poco al azar. No tardé en alcanzar la antigua ruta de las caravanas que conducía antaño desde Edesa hasta Kizilshehr y Shiraz. Había sido abandonada por las caravanas a causa de los salteadores francos. Se me ocurrió la idea de que podría ir a buscar a los califas y ofrecerles mis servicios; atravesaría el desierto en etapas cortas. La región era muy accidentada y estaba formada por extensiones lisas y arenosas que daban lugar a colinas poco elevadas y llenas de barrancos de abruptas paredes que descendían de nuevo hacia otras llanuras. La brisa que soplaba desde el golfo Pérsico apaciguó mi espíritu y, mientras escuchaba atentamente, recordé los días de mi infancia, cuando montaba caballos enanos en las grandes llanuras de las altas mesetas que se alzan en el lejano este, más allá del Oxus. Luego, tras varias horas de camino, escuché el ruido de hombres y caballos, pero provenía de delante. En la lejanía discerní, débilmente iluminada por las estrellas, una columna de jinetes y una forma oscura y voluminosa que avanzaba bamboleándose. Comprendí que era un carro como el que utilizan los persas para transportar su fortuna y su harén. Una caravana que se dirigía hacia el campamento de Muhammad, o bien hacia Kizilshehr, más allá, pensé. Debía evitar que me vieran, porque podrían

poner a los vengadores tras mi pista.

Conduje mi caballo a través de un laberinto de pequeños barrancos, cerca de la ruta, y me oculté detrás de un enorme pedrusco para observar a los viajeros. Se acercaron a mi escondite. Entornando los ojos bajo la luz incierta, vi que aquellos hombres eran turcos seljuks y que iban fuertemente armados. Uno de ellos, el que



parecía ser el jefe, montaba su caballo de una forma que me resultaba familiar, y comprendí que le conocía. Decidí que la carreta transportaría a alguna princesa, y me sorprendió el reducido número de guardias. Eran una treintena, todo lo más, lo bastante numerosos como para rechazar un ataque de salteadores nómadas, pero no lo suficiente como para poder hacer frente al ataque de los francos que solían lanzarse sobre los viajeros musulmanes. Y aquel detalle me intrigó, porque hombres, caballos y carro parecían haber hecho un largo viaje, como si vinieran de más allá del califato. Y más allá del califato se extendía una región desértica en manos de los salteadores francos.

El carro ya estaba a mi altura, y una de sus ruedas, chirriando sobre el suelo desigual, se hundió en un agujero y se quedó encajada. Las mulas hicieron lo mismo que todas las mulas: intentaron seguir hasta que decidieron detenerse. El jinete que me resultaba familiar se acercó, con una antorcha en la mano, y maldijo. A la luz de la antorcha le reconocí… era Abdullah Bey, un noble persa que contaba con toda la estima de Muhammad Khan… un hombre alto y delgado, de carácter sombrío, más árabe que persa.

Los telones de cuero del carro se levantaron y una joven miró el exterior… vi su rostro juvenil a la luz de la antorcha. Pero Abdullah Bey la obligó a meter de nuevo la cabeza con un movimiento enfadado y volvió a cerrar las cortinas. Acto seguido, les lanzó una orden a sus hombres. Una docena de ellos echaron pie a tierra y apoyaron los hombros en la rueda para levantarla. Con fuertes gruñidos e imprecaciones, sacaron la rueda del hoyo. El carro no tardó en reemprender su camino bamboleante, y él y los jinetes se alejaron lentamente del lugar donde yo permanecía oculto. Unos instantes más tarde, no eran más que puntos oscuros en la lejanía, en medio del desierto.

Yo también me puse en marcha, haciéndome preguntas; porque, a la luz de la antorcha, había visto el rostro sin velo de la joven y me di cuenta de que era una franca, de una gran belleza, además. ¿Qué significaba la presencia de los seljuks en una ruta que provenía de Edesa, y bajo el mando de un noble persa y protegiendo a una joven hija de los nazarenos? Llegué a la conclusión de que aquellos turcos la habían capturado en un ataque contra Edesa o el reino de Jerusalén, y que la conducían a Kizilshehr o a Shiraz para venderla a algún emir. Aparté todo aquello de mi mente.

El caballo bayo estaba descansado y mi intención era ponerme a la mayor distancia posible del ejército persa; viajé durante toda la noche, lenta pero regularmente. Con las primeras luces del alba divisé a un jinete proveniente del oeste y que espoleaba con dureza su montura.

Su caballo era un animal ruano de patas largas que se quejaba de agotamiento. El jinete era un hombre de hierro… revestido por una coraza de la cabeza a los pies, con un pesado casco sin visera. Espoleé mi caballo para lanzarlo al galope, pues aquel hombre era un franco… y estaba solo y montaba un caballo agotado.



Me vio acercarse y arrojó al suelo su pesada lanza para desenvainar la espada. Sabía que su caballo estaba demasiado agotado como para lanzarse a la carga. Me arrojé contra él como un halcón que se lanza sobre una presa, solté un alarido y bajé mi hoja. Tiré de las riendas de mi caballo, que se encabritó sobre las patas traseras, casi hasta la altura del franco.

—¡Por las barbas del Profeta! —exclamé—. ¡Volvemos a encontrarnos, sir Eric de Cogan!

Me consideró con sorpresa. No era más viejo que yo y tenía hombros anchos, largos miembros y rubios cabellos. Su rostro se mostraba azorado, marcado por la fatiga, como si hubiera cabalgado durante mucho tiempo sin descansar, pero era el rostro de un soldado, lo mismo que su cuerpo era el de un soldado. Yo medía seis pies de alto, lo mismo que suelen medir los francos; pero sir Eric me sacaba media cabeza.

—Me conoces —dijo—, pero yo no me acuerdo de ti.

¡Ha! —dije sonriendo—. ¡A vosotros los francos todos los sarracenos os parecemos iguales! ¡Pero, por Alá, yo sí que me acuerdo de ti! Sir Eric, ¿has olvidado la toma de Jerusalén y el joven musulmán a quien protegiste de tus propios compañeros?

¡Yo sí me acordaba! Apenas era un adolescente, un recién llegado de Palestina, y me deslicé entre los ejércitos enemigos para entrar en la ciudad asediada al amanecer del mismo día en que cayó. Yo no estaba acostumbrado a la lucha en las calles. El estrépito, los gritos y el clamor de las puertas derribadas y rotas me aturdieron; el polvo y los fétidos olores de aquella ciudad desconocida me sofocaban y me enloquecían. Los francos se lanzaron al asalto y se hicieron con las murallas. Se desencadenó entonces un rojo Purgatorio en las calles de Jerusalén. Sus jinetes de hierro pisotearon los vestigios de las puertas y sus caballos chapotearon en la sangre hasta la cerneja. Los cruzados entonaban cánticos y masacraban como tigres sedientos de sangre; los desgarrados cuerpos de los creyentes atestaban las calles.

En un torbellino rojo y cegador, en el seno del caos de la destrucción y el delirio, me encontré luchando vanamente contra unos gigantes que parecían hechos de acero indestructible. Deslizándome bajo las inmundicias de un arroyo convertido en un río de sangre, lanzaba tajos locamente en medio del polvo y el humo, hasta que los caballeros me arrojaron al suelo y empezaron a patearme. Me incorporé a duras penas, cubierto de sangre y medio atontado. Fue entonces cuando un hombre gigantesco —un verdadero monstruo que no paraba de lanzar feroces alaridos—avanzó a grandes pasos, surgiendo de entre la carnicería y balanceando una pesada maza de combate. Nunca antes había combatido con los francos e ignoraba la fuerza terrible con la que asestan sus golpes en los combates cuerpo a cuerpo. En mi orgullo e inconsciencia de adolescente, levanté la cabeza e intenté devolver golpe por golpe, pero la maza del franco bajó hacía mí con un siseo. Rompió mi hoja, me alcanzó en el hombro y me dejó tendido, casi muerto, en el polvo manchado de sangre.

El gigante se quedó con las piernas separadas por encima de mí blandiendo la



maza para convertirme el cerebro en pulpa. La amargura de la muerte me apretó la garganta, porque yo todavía era joven. En un cegador instante, vi de nuevo la verde hierba de las altas llanuras, el azul del cielo del desierto y las tiendas de mi tribu cerca de las aguas del Oxus. Sí… la vida es agradable para un muchacho.

Luego, alguien surgió de los torbellinos de humo… un muchacho de mi misma edad con los cabellos rubios y más alto que yo. Su espada estaba enrojecida hasta la guarda, pero sus ojos parecían azorados. Le gritó algo al franco gigantesco y, aunque no pude comprender lo que decía, supe confusamente —como algo que se descubre en un sueño— que el muchacho le pedía que me perdonara la vida… porque su alma estaba muy afectada por la matanza. Pero el gigante, babeando, lanzó un rugido de bestia feroz y blandió de nuevo la maza… el joven saltó con la agilidad de una pantera y hundió su larga espada en la garganta del gigante. Este se derrumbó y murió en el polvo, a mi lado.

A continuación, el joven se arrodilló junto a mí y empezó a enjugar la sangre de mis heridas. Me habló en un árabe titubeante, pero yo murmuré:

—No es conveniente que un chagatái muera en un lugar así. Ayúdame a montar en mi caballo y déjame marchar. Estas murallas ocultan el sol y el polvo de las calles me sofoca. Permíteme que muera oliendo el viento y con el sol en la cara.

Estábamos cerca de las murallas y todas las puertas habían volado hechas añicos. El joven atrapó uno de los caballos sin jinetes que pasaban al galope por la calle y me ayudó a montar. Dejé que las riendas colgasen por encima del cuello del animal. Salió de la ciudad como la flecha que parte de un arco, porque también él había vivido en el desierto y aspiraba recuperar los espacios sin límite. Galopé como galopan los hombres en los sueños, aferrándome a la silla. Solo era consciente de que las murallas, el polvo y la sangre de la ciudad ya no me sofocaban y de que iba a morir en el desierto, el único sitio donde puede morir un chagatái. Seguí galopando hasta que perdí el conocimiento.



2

 

¿El lobo gris corre parejo con el lobo?

¿Los lazos de la sangre deben ser olvidados y desaparecer? Por el humo y la carnicería, por el fuego y por el acero,

él es mi hermano… y lo acompaño.

 

 

E

 

n aquel momento, mirando al fondo de los grises ojos del franco, todo aquello me volvió a la memoria, y mi corazón se alegró por ello.

—¡Cómo! —exclamó—. ¿Eres aquel a quien icé sobre un caballo y vi cruzar al galope las puertas de la ciudad para ir a morir al desierto?

—Soy yo… Kosru Malik. Pero no morí… los turcos somos más difíciles de matar que los gatos. El fogoso corcel, galopando al azar, me condujo hasta un campamento de árabes nómadas. Vendaron mis heridas y me cuidaron durante los largos meses en los que estuve entre la muerte y la vida. La verdad es que estaba más que medio muerto cuando me subiste al caballo árabe, y los gritos y las rojas visiones de la ciudad entregada a la carnicería ondeaban ante mí como una imprecisa pesadilla. Pero no olvidé tu cara… ni el león que llevas en el escudo.

»Cuando pude volver a montar a caballo, interrogué a todo el mundo sobre un joven franco que llevaba un león grabado en el escudo. Me dijeron que era un tal sir Eric de Cogan, natural de esa parte de Frankistán que se llama Inglaterra. Que recientemente llegado a Oriente, ya se había convertido en caballero. Han pasado diez años desde aquel día escarlata, sir Eric. Desde entonces, he visto brillar fugitivamente tu escudo como una estrella en la bruma, en las primeras filas de las batallas, o lanzar destellos en las murallas de las ciudades que asediábamos, pero hasta el momento, nunca nos habíamos visto cara a cara.

»Y mi corazón está lleno de alegría, porque podré pagar la deuda que tengo contigo.

—Sí… me acuerdo de todo aquello. Tú eras un muchacho. Mi corazón estaba alterado por la matanza y toda la sangre derramada. Mi alma se sentía confusa. Los cruzados se volvieron locos cuando cruzaron las murallas. Al verte —un muchacho de mi edad— a punto de ser asesinado por alguien de quien sabía que era un animal y un vándalo, un cerdo y un profanador de la Cruz que llevaba sobre el pecho, perdí la cabeza.

—Y mataste a un hombre de tu raza para salvar a un sarraceno… Si te digo la verdad… mi espada ha bebido la sangre de muchos francos desde aquel día, hermano, pero puedo recordar tan bien a un amigo como a un enemigo. ¿Dónde vas? ¿A cumplir una venganza? Si es así, te acompaño.

—Tu pueblo es el objeto de mi venganza, Kosru Malik —me advirtió.

—¿Mi pueblo? ¡Bah! ¿Los persas son mi pueblo? La sangre de un kurdo apenas



se ha secado en mi cimitarra. Y no soy un seljuk.

—Eso es verdad —admitió—. Me he enterado de que eras un chagatái.

—En efecto. Por las barbas del Profeta —¡que la paz sea con Él!—, Taskent y Samarcanda, Jiva y Bujará cuentan más para mí que Trebisonda, Shiraz y Antioquía. Has vertido sangre de tu raza para acudir en mi ayuda… ¿soy un perro que elude sus obligaciones? ¡No hermano, te acompaño!

—¡En ese caso, haz que tu caballo dé media vuelta, guíale por la senda que acabas de recorrer y pongámonos en marcha! —dijo, como alguien consumido por una impaciencia salvaje—. Te contaré toda la historia, y es una historia abyecta que me avergüenza contar, pues cubre de deshonor a un hombre que porta la Cruz de la Santa Cruzada.

»Debes saber que en Edesa vive Guillermo de Brose, senescal del conde de Edesa. Hace algunos meses, su joven sobrina, Etaira, vino de Francia para vivir en su castillo. ¡Ahora, Kosru Malik, escucha bien la historia de la infamia incalificable de ese hombre! La joven ha desaparecido y su tío se ha negado a decirme dónde se encuentra. Desesperado, intenté entrar en su castillo, que se encuentra en una región agriamente disputada más allá de la frontera sudeste de Edesa. Pero fui sorprendido por un hombre armado, uno de los fieles servidores de De Brose. Le herí mortalmente y, mientras agonizaba, temiendo ser condenado para toda la eternidad, me reveló con su último aliento todo el abominable complot.

»Guillermo de Brose proyecta arrebatar Edesa de manos de su señor. Para ello, ha recibido emisarios secretos de Muhammad Khan, sultán de Kizilshehr. El persa ha prometido ayudar a los rebeldes llegado el momento adecuado. Edesa formará parte a partir de ese momento del sultanato de Kizilshehr y De Brose gobernará la ciudad como sátrapa de la misma.

»Sin ninguna duda, ambos cuentan con engañar al otro de un modo u otro. Muhammad le pidió a De Brose una prenda de buena fe. Y De Brose, ese monstruo incalificable, ¡le envió a Etaira al sultán en señal de lealtad!

La mano enguantada de hierro de Eric se crispaba en las crines de su caballo, y sus ojos ardían como los de un tigre furioso.

—Tal fue el relato del soldado moribundo —prosiguió—. Etaira salió del castillo con una escolta de seljuks… ¡De Brose también está tramando con ellos! Desde que me enteré de todo esto he cabalgado mucho… ¡por todos los santos, me llamarías mentiroso si te dijera con qué rapidez he franqueado las largas y agotadoras millas que separan Edesa de este lugar! Los días y las noches se confunden en una bruma indistinta; sería incapaz de decirte cómo me he alimentado y dado de comer a mi caballo, cómo o cuándo he tomado algunos minutos de reposo, de qué modo he evitado a los musulmanes o me he abierto camino por regiones hostiles. Este animal que monto se lo quité a un nómada cuando mi caballo murió de agotamiento… lo más seguro es que Etaira y sus raptores no estén muy lejos de donde nos encontramos.



Le hablé de la caravana que había visto por la noche. Lanzó un grito de impaciencia feroz, pero sujeté sus riendas.

—Espera, hermano —le dije—, tu caballo está agotado. Además, la joven se encuentra ya junto a Muhammad Khan.

Eric rugió.

—¿Cómo es posible? No han podido alcanzar Kizilshehr.

—Se habrán reunido con Muhammad antes de alcanzar Kizilshehr —respondí—. El sultán abandonó la ciudad con sus halcones y acampan en el camino que conduce hasta ella. La noche pasada estuve en su campamento.

La mirada de Eric brilló con feroces destellos.

—En ese caso, tenemos más razones que antes para apresurarnos. Etaira no permanecerá en las garras de esos paganos mientras yo viva.

—¡Espera! —repetí—. Muhammad Khan no la hará ningún mal. Puede haberla dejado en el campamento a su lado o haberla enviado a Kizilshehr. Pero, de momento, no corre ningún peligro. Muhammad está empeñado en un asunto demasiado serio como para pensar en hacer el amor. ¿Te has preguntado por qué ha acampado donde lo ha hecho junto con sus asesinos?

Eric sacudió la cabeza.

—Supongo que los de Cachemira avanzan contra él.

—No. Desde que Muhammad arrancó Kizilshehr de manos del Imperio, el shah no se atreve a atacarle, porque este ha abrazado la fe sunita y ha pedido la protección del califato. Por esa razón, numerosos seljuks y kurdos se han aliado con él. Tiene enormes ambiciones. Quiere convertirse en el león del Islam. Y eso solo es el comienzo. Sería capaz de hacer renacer la potencia del Islam si se le mete en la cabeza.

»En este momento, espera la llegada de Alí bin Suleiman. Este ha salido de Arabia con quinientos halcones del desierto para atacar las fronteras del sultanato. Alí es una espina en las carnes de Muhammad, pero en este momento Muhammad tiene al árabe en una trampa. Alí ha sido declarado fuera de la ley por los califas… si se dirige hacia el oeste, sus guerreros le harán pedazos. Un jinete solitario, como tú, podría cruzar sus líneas, pero no quinientos hombres. Alí debe ir hacia el sur para volver a Arabia… y Muhammad se encuentra en su camino con un millar de hombres. Mientras los árabes estén ocupados en saquear e incendiar las ciudades de la frontera, los persas se lanzarán a su encuentro, con rápidos ataques, para cortarles cualquier vía de retirada que pudieran encontrar.

»Ahora déjame darte un consejo, hermano. Tu caballo está agotado y no puede seguir adelante. Dirigirnos al galope al campamento de Muhammad no serviría de nada… nos masacrarían en el acto, y eso no sería de ninguna ayuda para la joven. Pero, a menos de una legua de aquí hay un pueblo donde podríamos encontrar alimento y donde dejar que descansen nuestros caballos. Luego, cuando tu corcel esté listo para reemprender el camino, iremos hasta el campamento persa y rescataremos a



la joven bajo las narices de Muhammad.

Eric comprendió que mis palabras eran sabias. Sin embargo, protestó por el retraso, como suelen hacer los francos, que pueden resistir todas las pruebas menos la de esperar, y que han aprendido todo, menos paciencia.

Así nos dirigimos hacia la población, un miserable y sucio conjunto de chozas cuyos habitantes habían sido oprimidos por tantos conquistadores diferentes y de tan diversas razas que hacía ya mucho tiempo que no sabían cuál era su sangre. Ante la visión poco habitual de un franco y un sarraceno cabalgando juntos, supusieron que las dos naciones conquistadoras habían firmado una alianza para despojarlos de sus pocos bienes. La naturaleza de los hombres es así… ¿quién se extrañaría de ver a un lobo y a un gato montés aliados para saquear la madriguera del conejo?

Cuando comprendieron que no teníamos intención de degollarlos, casi caen muertos de agradecimiento. Nos dieron de comer lo mejor que pudieron —¡una comida muy pobre, esa es la verdad!—, y se ocuparon de nuestros caballos cuando se lo pedimos. Mientras comíamos, estuvimos conversando. Yo había descubierto muchas cosas sobre sir Eric de Cogan, porque su nombre es algo conocido por todos los que se encuentran en Ultramar —como los francos llaman a este país—, ya sean cafares o creyentes, y el nombre de Kosru Malik no es tampoco humo que se lleve el viento lejos de los oídos de los hombres. Me conocía por mi fama, sin saber, naturalmente, que yo era aquel joven muchacho al que salvó de los suyos durante el saqueo de Jerusalén.

No teníamos ninguna dificultad en comprendernos, pues él hablaba el turco como si fuera seljuk y yo había aprendido el idioma de los francos hacía ya mucho tiempo, en especial el de esa clase de francos que se llaman normandos. Estos son los jefes de los francos y los más valientes… y los más astutos, feroces y crueles de los nazarenos. Eric era uno de aquellos normandos, aunque fuera diferente de la mayoría en muchos aspectos. Cuando le hablé de aquella peculiaridad, me dijo que era debida al hecho de que era medio sajón. Aquel pueblo, me dijo, reinó en tiempos en la isla de Inglaterra, que se encuentra al oeste de Frankistán. Los normandos llegaron de un país llamado Francia y les sometieron, como los seljuks, casi medio siglo antes, sometieron a los árabes. Se casaron con mujeres de la raza conquistada, me dijo Eric, y él mismo era el hijo de una princesa sajona y uno de los caballeros que acompañaban a Guillermo el Conquistador, el emir de los normandos.

Eric me habló igualmente —agotado, se durmió antes de terminar su relato— de la gran batalla que los normandos llaman Senlac y los sajones Hastings, en el transcurso de la cual el emir Guillermo aplastó a sus enemigos. Lamenté profundamente no haber presenciado aquella batalla, porque para mí no hay mejor espectáculo que ver cómo los francos se matan entre sí.



3

 

Caídos en la trampa entre el tigre y el lobo, cuando solo podemos perder la vida…

Los dados rodarán como hayan decidido los dioses, pero, ¿quién sabe lo que puede pasar?

Todos los caminos que seguimos no conducen a nada…

¡Así que elige, hermano, elige!

 

 

C

 

uando el sol bajaba por el oeste, Eric se levantó y se maldijo por su pereza.

Nos subimos a la silla y partimos al trote, yendo en la dirección por la que yo había llegado. Las huellas de la caravana aún resultaban visibles. Nos manteníamos alertas, porque era seguro que Muhammad habría enviado exploradores para vigilar los movimientos de Alí bin Suleiman y evitar que se le escapara de entre los dedos. De hecho, cuando caía la noche, vimos cómo las últimas luces del sol poniente hacían brillar las puntas de las lanzas y los cascos de acero al norte y al oeste, con lo que proseguimos nuestro camino con prudencia y evitamos ser detectados. A eso de la media noche llegamos al emplazamiento del campamento persa, pero este ya había sido levantado y las huellas de los caballos nos condujeron hacia el sudeste.

—Los exploradores habrán transmitido la noticia por medio de señales de humo y ya sabrán que Alí bin Suleiman se dirige hacia Arabia a marchas forzadas —dije—, y Muhammad ha levantado el campamento para cortarle el paso. ¡Su odio es tenaz y no quiere que se le escape su enemigo!

—¿Por qué el persa viene acompañado solo por un millar de hombres? — preguntó Eric—. Los beduinos son adversarios terribles… ¡con una proporción de dos contra uno, la batalla sería terrible!

—Para que el árabe caiga en la trampa, la velocidad es necesaria —respondí—. El sultán puede desplazar a sus mil jinetes tan fácil y rápidamente como un jugador de ajedrez mueve sus peones. Ha enviado jinetes a hostigar a Alí; estos han obligado al árabe a dirigirse hacia la ruta donde se encuentra emboscado Muhammad con sus mil asesinos aguerridos. Toda la tarde hemos visto desde lejos señales de humo que subían al cielo como serpientes. Sea cual sea la dirección que tomen los árabes, habrá hombres que envíen señales de humo; esas señales serán divisadas por otros exploradores, apostados a lo lejos, que, a su vez, enviarán nuevas señales de humo para que las vean los guerreros de Muhammad.

Eric estaba examinando las huellas dejadas por la columna, iluminándose con una punta de yesca. No tardó en declarar:

—Aquí están las huellas del carro que transportaba a Etaira. Mira… la rueda trasera izquierda se ha roto en un momento dado y la repararon de manera improvisada con un poco de cuero sin curtir… estas huellas son fáciles de seguir. Si



el carro se separase de la columna y se alejara en otra dirección, lo veríamos, porque las estrellas nos brindan luz suficiente para eso. Muhammad puede quedarse con Etaira o enviarla camino de Kizilshehr, donde la encerrarían en su harén.

Así que decidimos proseguir nuestro camino rápidamente, mirando las huellas con atención, pero ningún carro se desvió del camino. De vez en cuando, Eric desmontaba y examinaba el suelo, hasta que volvía a dar con la pista de la rueda reparada con cuero verde. Seguimos avanzando; poco tiempo antes de las tinieblas que preceden al alba, llegamos a la vista del campamento de Muhammad Khan. Este se alzaba en una llanura desértica a los pies de un desgarrado conjunto de colinas áridas sembradas de barrancos.

A primera vista, creí que el millar de hombres de Muhammad había recibido refuerzos suficientes para convertirse en una poderosa armada, o eso me dejó entender la cantidad de hogueras que brillaban en la llanura. Diseminadas, formaban un amplio semicírculo. Los guerreros, en su mayoría, estaban despiertos; les oíamos cantar y gritar, festejando, afilando las cimitarras y tensando los arcos. Desde las tinieblas que nos ocultaban de su vista, podíamos ver sus caballos atados no lejos de allí, enbridados y ensillados. Numerosos jinetes iban y venían sin razón aparente entre las hogueras dispersas por la llanura.

—Han cerrado la trampa sobre Alí bin Suleiman —murmuré—. Todo esto ha sido preparado para confundir a sus exploradores… un hombre que observara desde las colinas diría que hay diez mil guerreros acampados en la llanura. Se temen que Alí intente abrirse paso entre sus líneas favorecido por la noche.

—¿Pero dónde están los árabes?

Sacudí la cabeza, indeciso. Las colinas más allá de la llanura estaban sombrías y silenciosas. No había ninguna luz que traicionara un fuego en sus pendientes. En aquel lugar, las colinas se adentraban en las llanuras y nadie podía bajar por ellas sin ser descubierto.

—Los exploradores habrán dado la señal de que Alí se acercaba por esa dirección, de noche —dijo Eric—, y esperan, listos para cortarle el paso. ¡Pero mira! Aquella tienda… la única que se alza en el campamento… ¿no es la de Muhammad? No han levantado las tiendas de los emires porque temían un ataque repentino. Los guerreros montan guardia o duermen en los carros. Y observa… aquel fuego menos importante que vacila, ligeramente apartado de los demás, el más alejado de las colinas. ¡A su lado hay un carro! ¿No colocaría el sultán el carro de Etaira lo más lejos posible de la dirección por la que vendrían el enemigo? Vamos a ver ese carro más de cerca.

Así cometimos la primera locura. En el flanco oeste, la llanura estaba interrumpida por numerosos y profundos barrancos. Dejamos nuestros caballos en una de las zanjas y seguimos a pie, adentrándonos en las tinieblas. Alá nos concedió no ser descubiertos por alguno de los jinetes que recorrían continuamente la llanura. No tardamos en tener que tirarnos de bruces al suelo, cuando llegamos a unos cien



pasos del carro. Era el mismo que vi cruzar por la carretera la noche precedente.

—Quédate aquí —susurré—. Tengo un plan. Espérame. Si escuchas gritos repentinos o si ves que soy atacado, huye, porque quedarte no serviría de nada.

Eric me maldijo entre dientes, como es costumbre entre los francos cuando se les propone un plan juicioso. Sin embargo, tras enterarse de los detalles, aceptó a disgusto quedarse donde estaba para esperarme.

Me alejé reptando algunos metros, y luego me levanté y me encaminé decidido hacia el carro. Un único guerrero estaba de guardia, con la cimitarra en la mano y el escudo al brazo. Recé a Alá para que fuera uno de esos seljuks que acompañaban a la joven, porque, si tal era el caso, lo más normal es que no me conociera e ignorase que Muhammad quería mi cabeza. Ay, cuando me acercaba vi que el hombre, aunque era un turco, formaba parte de la guardia personal del sultán. Me vio; seguí avanzando hacia él, intentando mantener la cara lejos de la luz de las llamas de la hoguera.

—El sultán me ha ordenado que lleve a la joven a su tienda —dije con voz huraña, y el seljuk me miró con desconfianza.

—¿Y eso qué quiere decir? —refunfuñó—. Cuando la chica llegó al campamento, el sultán solo pudo echarla una mirada. Estaban ocurriendo muchas cosas y acababan de informarle de la llegada de los árabes. A principios de la noche, pidió que la llevaran a su lado y luego la despidió, diciendo que sus besos serían más dulces tras el furor desencantado de la batalla. Aparentemente, este perra infiel le ha causado una enorme impresión… sin embargo, me sorprende que haya interrumpido su sueño…

—¿Discutes la orden real? —le pregunté con impaciencia—. ¿Quieres que te asen a fuego lento, que te empalen en una pica afilada, que te despellejen vivo? ¡Escuchar es obedecer!

Pero ya había despertado sus sospechas. En lugar de apresurarse y apartar las cortinas del carro para despertar a la joven —como yo estaba convencido que iba a hacer—, me sujetó por un hombro y me obligó a darme la vuelta, de manera que la luz de la hoguera me dio de lleno en el rostro.

¡Ha! —ladró como un chacal—. ¡Kosru Malik!

Su hoja brilló por encima de mi cabeza. Sujeté su brazo con la mano izquierda y su garganta con la derecha, estrangulando su aullido. Caímos y rodamos juntos por el suelo, luchando y golpeándonos como dos vulgares campesinos. Casi se le salían los ojos de la cara cuando me hundió la rodilla en la ingle. El dolor repentino me hizo soltar la presa durante un instante; con una torsión, liberó el brazo que sujetaba la cimitarra. La hoja voló hacia mi garganta como un rayo de luz. En aquel instante se escuchó un ruido sordo, como el de un hacha que se hunde profundamente en el tronco de un árbol. Todo el cuerpo del seljuk fue sacudido por espasmos; sangre y cerebro me mancharon el rostro, y la cimitarra cayó, inofensiva, sobre mi pecho cubierto de hierro. Eric había acudido al rescate mientras luchábamos. Al ver que mi vida estaba en peligro, hendió en dos el cráneo del guerrero con un único golpe de su recta espada.



Me levanté desenvainando mi propia cimitarra y miré a mi alrededor. Los guerreros seguían con su fiesta alrededor de las hogueras, a una distancia de un tiro de flecha; aparentemente, nadie había escuchado o visto aquel breve pero feroz combate a la sombra del carro.

—¡De prisa, Eric! ¡La joven! —silbé.

Avanzando con premura hacia el carro, apartó las cortinas y llamó suavemente:

—¡Etaira!

Los ruidos de la lucha la habían despertado. Escuché un ronco grito de alegría y amor al tiempo que dos brazos blancos enlazaban el cuello de Eric; por encima de su hombro pude ver el rostro de la joven que vi en el carro en el camino de Edesa.

Intercambiaron rápidos susurros, y luego la tomó delicadamente entre sus brazos y la depositó en el suelo. Alá… era muy joven, apenas una adolescente, como pude darme cuenta a la luz de las llamas… esbelta y grácil, con grandes ojos grises como los de Eric, pero su mirada era dulce en lugar de dura y fría como el acero. Bastante bonita, aunque un poco delgada de más para mi gusto. Cuando me vio —las llamas iluminaban mi rostro moreno y mi cimitarra desenvainada— lanzó un grito de terror y se refugió en los brazos de Eric, aunque este la tranquilizó.

—No tienes nada que temer —dijo—. Es nuestro amigo fiel, Kosru Malik, el chagatái. ¡Vámonos deprisa! Los centinelas pueden pasar cerca del fuego en cualquier momento.

Las chinelas de la joven eran poco sólidas y ella no tenía costumbre de andar por el desierto. Eric la llevó en sus brazos como si fuera una niña mientras volvíamos sin hacer ruido hasta el barranco donde habíamos dejado los caballos. De nuevo Alá nos concedió llegar hasta allí sin problemas. Luego, en el momento en que conducíamos a nuestros caballos hacia la llanura —el franco seguía apretando a Etaira contra su cuerpo—, escuchamos un martilleo de cascos en los alrededores.

—Alcancemos las colinas —murmuró Eric—. Se acerca un grupo importante de jinetes; refuerzos, sin duda. Si retrocedemos, nos verán y nos capturarán. Quizá consigamos alcanzar las colinas antes del alba. Luego, podremos describir un amplio círculo y dirigirnos hacia donde queremos ir.

Lanzamos los caballos al galope hacia la llanura, en las tinieblas que preceden al alba, que una niebla espesa y viscosa hacía aún más sombrías. Detrás de nosotros retumbaba el martilleo apagado de los cascos, así como el tintineo provocado por corazas y riendas. De hecho, no creo que se tratase de refuerzos, sino de un grupo de exploradores. En efecto, no tomaron la dirección de las hogueras, sino que continuaron en línea recta, atravesando la llanura hacia las colinas y empujándonos ante ellos, aunque no lo supieran. Seguramente, pensé, Muhammad sabe que hay ojos hostiles vigilándole; por eso ha ordenado este movimiento de vaivén, para dar la impresión de contar con un buen número de guerreros.

El ruido de la galopada se fue apagando a nuestras espaldas cuando los exploradores se desviaron o volvieron apresuradamente hacia sus líneas. La llanura



estaba cubierta de pequeños grupos de jinetes; iban y venían, como fantasmas que se movieran en las profundas tinieblas. A cada lado escuchábamos los pasos de sus caballos y los chirridos provocados por sus armas. ¡Grande era nuestra inquietud! Las primeras luces del alba aparecieron en el cielo; felizmente, la bruma espesa lo ocultaba todo. En la oscuridad, los jinetes nos tomaron por sus compañeros, pero la luz del día no tardaría en traicionarnos.

En un momento dado, un grupo de jinetes se acercó y nos llamó; respondí en turco y se volvieron a alejar, satisfechos. El ejército de Muhammad contaba con muchos seljuks entre sus filas, pero si se hubieran acercado un poco más no habrían dejado de reconocer la coraza de franco y el armamento de Eric. Gracias a la oscuridad y las brumas, todo quedaba en sombras indefinibles, pues las estrellas estaban ocultas y el sol aún no había aparecido.

Finalmente, todos los ruidos quedaron a nuestras espaldas. Las brumas se disiparon en la luz que se vertió súbitamente sobre las colinas como una ola blanca, y las estrellas desaparecieron y las sombras indistintas que nos rodeaban adquirieron formas de zanjas, piedras y cactus. Luego, llegó elalba, pero nosotros ya habíamos alcanzado los desfiladeros y estábamos lejos de la vista de llanura, aún cubierta por la bruma.

Eric tomó entre sus manos la blanca cara de la joven y la besó tiernamente.

—Etaira —dijo—, estamos rodeados de enemigos, pero siento ligero el corazón.

—¡Y yo también el mío, señor! —respondió la muchacha apretándose contra él

—. ¡Sabía que vendrías! Oh, Eric, ¿decía la verdad el señor pagano cuando me dijo que mi tío me había entregado a él como si fuera una esclava?

—Eso me temo, pequeña Etaira —dijo en voz baja—. Su corazón es más negro que la noche.

—¿Cuáles fueron las palabras de Muhammad, muchacha? —intervine.

—Cuando me llevaron ante él por primera vez, al llegar al campamento de los musulmanes —respondió—, reinaba una gran confusión y agitación, pues los infieles estaban levantando el campamento y preparándose para partir. El sultán me vio y me habló con suavidad, diciéndome que no tuviera miedo. Cuando le supliqué que me devolviese al lado de mi tío, replicó que yo era un presente ofrecido por él. Luego, dio algunas órdenes —debía ser tratada con el mayor cuidado— y se marchó junto con sus generales. Me escoltaron hasta el carro y no me moví de allí. Dormí un poco. Anoche, me llevaron de nuevo ante el sultán. Conversó conmigo un momento y no me hizo sufrir ninguna afrenta, aunque sus palabras me aterrorizaron. Sus ojos brillaban con un destello feroz cuando se fijaban en mí, y juraba que me convertiría en su reina… que alzaría una pirámide de cráneos en mi honor y que arrojaría a mis pies los turbantes de los shahs y los califas. Sin embargo, dio órdenes para que me devolvieran a mi carro, diciendo que la próxima vez que viniera a verme me traería la cabeza de Alí Suleiman como regalo de bodas.

—No me gusta esto —dije con inquietud—. Es demencial… son las palabras de



un jefe tártaro y no las de un soberano musulmán civilizado. Si Muhammad está dominado por un apasionado amor por ti, irá hasta el Infierno para conseguir tus favores.

—No —declaró Eric—, porque yo…

En el mismo instante, una decena de siluetas vestidas de harapos saltaron de detrás de las rocas y sujetaron las riendas de nuestras monturas. Etaira gritó y yo esbocé un movimiento para liberar mi cimitarra; no es aceptable que un perro beduino toqué así como así las riendas de un hijo de Turán. Pero Eric sujetó mi brazo. Su propia espada seguía en su vaina y no intentó desenvainarla. En lugar de eso, habló en árabe, con una voz fuerte, como un hombre que espera ser obedecido.

—Nos encontramos en el momento oportuno, hijos de las tiendas negras.

Conducidnos junto a Alí bin Suleiman, a quien andamos buscando.

Los árabes se quedaron un poco desconcertados al oír aquellas palabras e intercambiaron miradas inciertas.

—¡Vamos a degollarlos! —gruñó uno—. Son espías de Muhammad.

T

—¡En efecto! —se burló Eric—. Los espías llevan siempre consigo a sus mujeres.

¡Imbéciles! Hemos cabalgado muy duramente para encontrar a Alíbin Suleiman. Si os retrasáis, ¡responderéis con vuestras propias vidas! ¡Llevadnos ante vuestro jefe!

—Muy bien —rezongó uno al que los demás llamaban Yurzed. Aparentemente era un beg, un jefe subalterno—. Alí bin Suleiman sabe cómo tratar a los espías. Os llevaremos con él, como podríamos llevar ovejas al matadero. ¡Entregad las armas, hijos del mal!

Eric asintió con la cabeza cuando le interrogué con la mirada, y luego desenvainó su larga espada y se la entregó a Yurzed, con el pomo por delante.

—¡Lo que hay que ver! —dije con amargura—, ¡Ay, acabaré comiendo polvo…! Toma, sujeta la empuñadura de mi espada, perro… ¡preferiría atravesarte con ella las costillas!

Yurzed esbozó una mueca cruel.

—Tranquilo, turco… Ya era hora de que tu espada conociera el puño de un hombre… ¡de un hombre de verdad!

—Ten cuidado —le hice ver—. Juro que, cuando la tenga de nuevo entre mis manos, la sumergiré en tu sangre de puerco para purificar el contacto de tus dedos inmundos.

Creo que las venas de su frente estuvieron a punto de estallar, tanto era su furor. Pero nos dio la espalda, lanzando un aullido de rabia, y nos obligaron a seguirles mientras sus lobos vestidos de harapos sujetaban firmemente las riendas de nuestros animales.

Comprendí cuál era el plan de Eric sin que tuviera que decirme una sola palabra. Aquello era demasiado peligroso. Evidentemente, las colinas estaban llenas de beduinos. Intentar abrirnos paso entre ellos habría sido una locura. Si nos uníamos a



ellos teníamos una oportunidad de salvar la vida, aunque fuera una oportunidad mínima. Si no lo hacíamos… ¡aquellos perros no apreciaban mucho a los turcos, y casi menos a los francos!

Por todas partes vimos hombres hirsutos con ropas andrajosas. De detrás de las rocas o emboscados en las zanjas y barrancos, nos miraban al pasar, y sus ojos eran siempre duros y crueles. Pronto llegamos a una especie de depresión natural donde unos quinientos caballos árabes —unos corceles magníficos— buscaban la poco abundante hierba que creía en ella. Empecé a salivar. Por Alá, esos beduinos puede que sean perros e hijos de perro, pero saben criar caballos… ¡y aquellos tenían una carne magnífica!

Un centenar de guerreros vigilaban los caballos… hombres altos y delgados, tan rudos como el desierto que les había engendrado. Portaban cascos de acero, e iban armados con largas lanzas y sables. No habían encendido ninguna hoguera; los hombres parecían agotados y de mal humor, como si estuvieran hambrientos y hubieran efectuado una larga galopada. ¡Aquella expedición debía haberles reportado un botín muy pobre! Ligeramente apartado, sobre un pequeño túmulo, estaba sentado un grupo de guerreros de más edad. Allí nos condujeron nuestros captores.

En el acto reconocimos a Alí bin Suleiman. Como todos los de su raza, era alto y sus hombros eran anchos. Era tan alto como Eric, pero no era tan robusto como el franco. Había sido construido con la economía salvaje de un lobo del desierto. Su mirada era penetrante y amenazadora, su rostro era delgado y cruel. Eric no esperó a que tomará la palabra.

—Alí bin Suleiman —declaró el franco—. Venimos a poner dos buenas hojas a tu servicio.

Alí bin Suleiman gruñó como si Eric le hubiera sugerido que se cortase la garganta.

—¿Qué significa esto? —ladró. Yurzed escupió antes de responder.

—A estos dos francos y al perro turco los hemos encontrado al pie de las colinas, en el momento en que el alba aparecía. Venían del campamento de los persas. Ten cuidado, Alí bin Suleiman; los francos son astutos con las palabras, y este turco no es un seljuk, me parece, sino un demonio del Este.

—¡Vaya —dijo Alí con una feroz sonrisa—, parece que tenemos entre nosotros a eminentes personajes! El turco es Kosru Malik, el chagatái, a quien los cuervos siguen la pista. Y a menos que me haya vuelto loco, este escudo pertenece a Sir Eric de Cogan.

—No confíes en ellos —recomendó Yurzed—. Arrojemos su cabeza a los perros de los persas.

Eric se echó a reír y su mirada se hizo dura y helada, como es costumbre entre los francos cuando contemplan el rostro desnudo del Destino.

—Antes, morirán muchos, aunque nos hayáis quitado las espadas —replicó—, y



no puedes permitirte perder hombres en vano, jefe del desierto. Pronto necesitarás todas las espadas con las que cuentas y ni siquiera todas ellas serán suficientes. Estás en una trampa.

Alí se tiró de la barba y su mirada era maligna e implacable.

—Si eres sincero, dime lo que sabes del ejército acampado en la llanura.

—Es el ejército de Muhammad Khan, sultán de Kizilshehr.

Los que rodeaban a Alí lanzaron gritos de burla y cólera. Alí profirió una imprecación.

—¡Mientes! Los lobos de Muhammad nos han hostigado durante un día y una noche. Se han colgado a nuestros flancos como si fueran chacales cazando un ciervo herido. En el crepúsculo, les atacamos y les hicimos huir; luego, cuando alcanzamos las colinas, divisamos un gran ejército que acampaba en el valle. ¿Cómo iba a ser Muhammad?

—Los que te han andado hostigando eran avanzadillas y exploradores —dijo Eric

—. Caballería ligera enviada por Muhammad; su misión era hostigar tus flancos y empujarte —como se hace con los animales de una manada— hacia la trampa que te estaba tendiendo. La región a tus espaldas está levantada; no puedes dar media vuelta. No, el único modo de pasar es abrirte paso a través de las filas de los persas.

—¿De verdad? —dijo Alí con amarga ironía—. ¡Ahora sé que hablas como un amigo! ¿Pueden abrirse paso quinientos hombres entre diez mil enemigos?

Eric soltó una risa alegre.

—Las brumas de la mañana todavía cubren la llanura. Espera a que se disipen y no verás más que a un millar de hombres.

—¡Mentiras! —exclamó Yurzed lleno de furia. Empezaba a detestarle cordialmente—. Toda la noche la llanura ha retumbado con el estrépito de los jinetes y hemos visto los reflejos de un centenar de hogueras.

—Todo ello estaba preparado para confundirte —replicó Eric—, para hacerte creer que tenías ante ti un ejército importante. Los jinetes han recorrido la llanura toda la noche, en parte para dar la impresión de que eran muchos y en parte para impedir que tus exploradores se deslizaran demasiado cerca de las hogueras. Te las estás viendo con un maestro de las estratagemas. ¿Cuándo has llegado a las colinas?

—Poco después de la caída de la noche, ayer —respondió Alí.

—Y Muhammad al atardecer. ¿No has visto señales de humo a tus espaldas y a tu alrededor mientras te dirigías hacia las colinas? Las enviaban los exploradores para advertir a Muhammad de tus movimientos. Este ha tendido su trampa a la perfección; ha llegado justo a tiempo para encender las hogueras y cortarte el camino. Habrías podido cruzar sus líneas la noche pasada y muchos de tus hombres podrían haber escapado. Ahora debes luchar a plena luz, y no tengo la menor duda de que otros muchos persas cabalgan a galope tendido hacia esta llanura para engrosar las filas de Muhammad. Mira, las brumas se disipan; acompáñame hasta ese altozano y te mostraré que digo la verdad.



La bruma ya se había levantado y Alí juró cuando vio el campamento persa disperso por la llanura. A juzgar por el tumulto que reinaba en él, los persas estaban ocupados en apretar las cinchas de sus caballos y las correas de sus cotas de malla y verificar sus armas.

—¡He sido engañado y he caído en una trampa! —gruñó Alí—. Y mis propios hombres rugen a mis espaldas. No hay agua en estas colinas y la hierba es muy escasa. Esos malditos turcos nos seguían tan de cerca que no hemos tenido tiempo de descansar o de comer en todo un día y una noche. Estábamos convencidos de que se trataba de la vanguardia del ejército de Muhammad. Ni siquiera hemos encendido un fuego, porque no teníamos nada que cocinar. En tu opinión, sir Eric, ¿qué ha sido de los quinientos exploradores que nos dispersaron la noche pasada? ¡Esos malditos perros ladinos huyeron a la primera carga!

—Sin ninguna duda se habrán reagrupado y estarán acechando en alguna parte de tu retaguardia —respondió Eric—. Más vale que montemos y ataquemos a los persas en el acto, antes de que el calor del día agote a tus hombres hambrientos. Si los kurdos están a nuestras espaldas, nos pillarían como entre los dientes de un cepo.

Alí asintió. Se mordisqueaba la barba, como un hombre sumido en profundas reflexiones. Súbitamente, preguntó:

—¿Por qué me dices todo esto? ¿Por qué te haces aliado del campo en desventaja? ¿Qué astucia te ha traído hasta mí?

Eric se encogió de hombros.

—Huimos de Muhammad. Esta joven es mi prometida; uno de sus emires me la robó. Si nos capturan, nuestras vidas no valdrán nada.

No se atrevió a revelar que era el propio Muhammad el que deseaba a la muchacha, ni que ella fuera sobrina de Guillermo de Brose, por miedo a que Alí hiciera la paz con Muhammad entregándonos a este último.

El árabe agachó la cabeza con aire ausente, pero pareció satisfecho con la respuesta.

—Dcvolvedles las cimitarras —ordenó—. He oído decir que sir Eric de Cogan siempre mantiene su palabra. Y vamos a conñar en el turco.

Así fue como Yurzed nos devolvió nuestras armas, ¡a disgusto! La de Eric era la espada de un verdadero cruzado… larga, pesada y de doble filo con una amplia guarda. La mía era una cimitarra forjada más allá del Oxus… con la empuñadura adornada con joyas y la hoja de ñno acero azulado y de buena longitud, no demasiado curva para poder dar estocadas y no demasiado recta para lanzar acertados tajos, no demasiado pesada como para dar golpes rápidos y hábiles, pero no demasiado ligera para poder asestar golpes cargados de fuerza.

Eric se llevó a la joven a un aparte y la dijo suavemente:

—Etaira, ignoro la suerte que nos ha sido reservada. Es posible que tú, yo y Kosru Malik encontremos la muerte. Vamos a combatir a los persas y solo Dios sabe el desenlace de la batalla. Pero si no lo hacemos, lo único que conseguiremos será



que nos degüellen a todos.

—Pase lo que pase, mi querido señor —respondió la joven, con la mirada llena de amor—, si la muerte me sorprende a tu lado, seré feliz.

—¿Qué clase de guerreros son los beduinos, hermano? —me preguntó Eric a continuación.

—Son combatientes feroces —le respondí—. Pero su humor es cambiante. En combate singular, el beduino es un rudo adversario para un turco, y un adversario aún más temible para un kurdo o un persa, pero en una batalla con reglas es otra cosa. Cargarán con la violencia del viento del desierto. Si las líneas de los persas son sobrepasadas y el olor a victoria impregna las narices de los árabes, serán indomables y nada podrá oponérseles. Pero si Muhammad aguanta y no cede en el primer ataque, lo mejor que podríamos hacer tú y yo es abandonar el campo de batalla y huir al galope, porque esos hombres son halcones que no renuncian a su presa aunque la fallen al primer intento.

—¿Aguantarán los persas la carga de los beduinos? —preguntó Eric.

—Hermano —dije—, detesto a esos iranís. A veces se dice de ellos que son unos cobardes; pero un persa combate como un demonio sanguinario cuando confía en su jefe. Muchos hombres, indignos de ser jefes, han deshonrado las filas de Persia.

¿Quién aceptaría morir por un sultán que ha traicionado a sus soldados? Los persas soportarán la carga; confían en Muhammad y hay muchos turcos y kurdos reforzando sus filas. Debemos golpear con dureza, dislocar su línea de combate y abrir brecha en el primer asalto.

Los halcones descendían de las colinas para reunirse en la depresión y ensillar sus caballos. Alí bin Suleiman se acercó con largas zancadas al lugar donde estábamos sentados y nos miró con ojos centelleantes.

—¿De qué estabais hablando?

Eric se levantó y miró al árabe fijamente a los ojos.

—Esta joven es mi prometida, y fue raptada por los hombres de Muhammad, y yo a su vez se la he arrebatado a él, como ya te dije. Ahora me cuesta encontrar un lugar donde esté a salvo. No podemos dejarla en las colinas y no podemos llevarla con nosotros a la carga que tendrá lugar en la llanura.

Alí consideró a la joven como si la viera por primera vez, y vi nacer un destello de deseo en su mirada. A decir verdad, el blanco rostro de Etaira era como una centella capaz de prender el corazón de los hombres.

—Vístela como si fuera un muchacho —sugirió—. La daré un caballo y ordenaré a un guerrero que vele por ella. Cuando carguemos, nos seguirá en las últimas filas y permanecerá en la retaguardia. Cuando estemos en lucha con los iranís, que galope con su caballo a la velocidad del viento y rodee el campamento persa, si es posible hacerlo, y que huya hacia el sur… hacia Arabia. Si es rápida y audaz, podrá escapar, y el hombre que la escolte matará a los rezagados que pudieran intentar detenerla. Cuando todo el ejército persa esté ocupado luchando con nosotros, es poco probable



que se fijen en dos jinetes que huyen de la batalla.

Etaira palideció cuando la explicamos el plan, y Eric tembló. Era correr un gran riesgo, pero no había otra posibilidad. Eric pidió que me permitiera ser su guardián, pero Alí respondió que no podía prescindir de un guerrero como yo y que confiaría aquella misión a otro hombre. De hecho, desconfiaba de mí, aunque sí confiase en Eric, y temía que me quedase a la joven para mí mismo. No quiso seguir escuchando, y exigió que cabalgásemos a su lado y nos vimos forzados a aceptar. En cuanto a mí, me alegraba de aquella decisión… yo, un águila de los chagatái, servir de perro guardián a una mujer mientras se libraba una batalla… Un adolescente llamado Yusef fue designado para la tarea, y Alí le dio a la joven una espléndida yegua negra. Con ropas árabes, Etaira parecía un joven árabe de cuerpo esbelto, y los ojos de Alí brillaron cuando la miró. Comprendí que si alguna vez conseguíamos atravesar las líneas de los persas, también tendríamos que luchar con el árabe. En caso contrario, se quedaría con la joven.

Los beduinos ya estaban montados e impacientes. Eric besó a Etaira, llorosa, y la joven se estrechó contra su cuerpo. Luego, el franco se aseguró de que se encontraba entre las últimas filas, acompañada por Yusef, y él y yo nos colocamos junto a Alí bin Suleiman. Seguimos los barrancos al trote y abandonamos las colinas de accidentado relieve.

¡No hay otro Dios que Dios! El sol que aquella mañana brillaba sobre las colinas orientales cuando surgimos de los desfiladeros para caer sobre la llanura donde el ejército persa acababa de formar. ¡Por Alá, recordaré aquella carga hasta el día de mi muerte! Galopamos como hombres que van al encuentro de la Muerte, con las armas en la mano, el viento soplando entre nuestros dientes y las riendas volando libres.

Como una borrasca llegada del Infierno, golpeamos de pleno en las filas de nuestros enemigos. Los persas se tambalearon bajo el impacto. Los demonios del desierto aullaban, cortaban y tajaban como locos furiosos; los guerreros de Kizilshehr caían bajo sus golpe, como trigo cortado por el segador. Golpeaban demasiado rápida y furiosamente como para que la mirada pudiera seguir sus gestos… como los relámpagos de una tormenta de verano. Juro que cien persas encontraron la muerte en aquel instante, cuando las dos líneas de combate se golpearon con una fuerza increíble. Luego, nuestros jinetes se abrieron paso entre las filas enemigas, dirigiéndose hacia el corazón del ejército persa. Las filas se cerraron en el acto yaguantaron, aunque cruelmente dañadas, y el clamor del acero subió hacia el cielo. Habíamos perdido de vista a Etaira y estábamos demasiado ocupados como para buscarla con la mirada. Su destino reposaba en las manos de Alá.

Vi a Muhammad, sentado en su gran semental blanco. Rodeado de sus emires, estaba tan impasible como si presenciara un desfile… aunque las brillantes hojas de nuestros demonios se encontraban a menos de un tiro de lanza de donde se encontraba. Sus señores se apelotonaban a su alrededor… Kai Kedra, el seljuk, Abdullah Bey, Mirza Khan, Dost Said, Mechmet Atabeg, Ahmed el Ghor, árabe, y



Yar Akbar, un gigante velludo y renegado afgano considerado como el hombre más fuerte de Kizilshehr.

Eric y yo nos abrimos paso a través de las líneas enemigas, hombro con hombro, y juro por el Profeta que a nuestro paso no dejamos otra cosa que sillas vacías. ¡Los cascos de nuestros caballos pisoteaban cadáveres sin cabeza! Sin embargo, Alí bin Suleiman consiguió abrirse paso en la barahúnda furiosa y atacar a los emires antes que nosotros. Yurzed le seguía de cerca, pero Mirza Khan le arrancó la cabeza con un solo golpe de su cimitarra. Los emires rodearon a Alí bin Suleiman por todas partes. Este aulló como una pantera sedienta de sangre y se incorporó sobre los estribos de su animal, golpeando como un demente.

Mató a tres hombres armados y le asestó a Mirza Khan un golpe tal que este quedó atontado y cayó de la silla, aunque el casco evitó que le reventase la cabeza. Abdullah Bey lanzó su caballo al galope, llegando por detrás, y asestó una estocada. La punta de su cimitarra atravesó la coraza del árabe y se hundió profundamente en su espalda. Alí se tambaleó, pero no por ello dejó de manejar su largo sable.

Entre tanto, Eric y yo nos habíamos reunido con él, lanzando furiosos tajos. Eric se alzó sobre los estribos y, lanzando un grito de guerra franco, le asestó a Abdullah Bey un golpe formidable. Casco y cráneo fueron aplastados simultáneamente; el emir basculó con violencia de la silla. Alí bin Suleiman estalló con una risa feroz y, aunque en el mismo instante Dost Said le hirió gravemente en el hombro con un golpe que le atravesó la coraza, espoleó su caballo y se arrojó a la lucha. Su enorme animal relinchó y se encabritó. Alí se inclinó y cortó los músculos del cuello de Dost Said y, a continuación, se fue a por Muhammad Khan. Cuando golpeó tuvo que bajar la guardia y Kai Kedra aprovechó la ocasión para lanzarle un golpe mortal.

Un grito enorme se alzó de los dos ejércitos. Árabes y persas habían sido testigos de aquel hecho. Sentí que toda la línea árabe dudaba y se apartaba. Creí que era porque Alí bin Suleiman había caído. Luego escuché un clamor proveniente de los flancos y —por encima del estrépido de la carnicería— el ruido de una galopada desenfrenada. Mechmet Atabeg me atacaba peligrosamente y no tuve tiempo de ver más. Pero sentí que los jinetes árabes se dispersaban y rechazaban el combate. Dominado por las ansias de saber lo que pasaba, corrí un gran riesgo, y opuse mi rapidez a la de Mechmet Atabeg y lo maté. En el acto, eché una mirada. Desde el norte, cayendo por las colinas que acabábamos de abandonar, llegaba como un trueno un escuadrón de hombres de rostros aguileños… los kurdos que habían hostigado y seguido a los roualli.

Al verlos, los árabes rompieron el combate y huyeron como una nube de pájaros. Era cada uno para sí, y los persas les hicieron pedazos cuando se daban a la fuga. En un instante, la batalla cambió de cara: el feroz cuerpo a cuerpo en filas apretadas dio paso a combates singulares dispersos por toda la llanura mientras los vencedores perseguían a los vencidos. La carga de los beduinos nos había llevado a Eric y a mí al corazón del ejército persa. Luego, cuando los guerreros de Kizilshehr se dispersaron



para lanzarse en pos de sus enemigos, no quedó más que una delgada línea de combatientes entre nosotros y el desierto sin límites que se extendía hacia el sur.

Espoleamos los caballos y nos abrimos camino a través de ellos. Muy lejos por delante de nosotros vimos dos jinetes que galopaban a buen paso; uno de ellos montaba la enorme yegua negra que Alí le entregó a Etaira. Ella y su guardia habían conseguido pasar, pero la llanura estaba llena de jinetes que huían y otros que les perseguían.

Lanzamos los caballos al galope para reunimos con Etaira. Al hacerlo, pasamos impetuosamente a la altura del grupo que protegía a Muhammad Khan… De hecho, pasamos tan cerca que vi la audacia y el valor que brillaban en su mirada. ¡En aquel instante vi a un hombre nacido para ser rey!

Algunos persas intentaban cerramos el camino y otros más se lanzaron en nuestra persecución, pero pudimos distanciamos fácilmente de los que nos seguían, y los que se encontraban ante nosotros no hallaron otra cosa que la muerte. Los asesinos no tardaron en abandonarnos por una presa más fácil… los árabes fugitivos.

Atravesamos al galope la llanura llena de cadáveres. Vimos a Etaira tirar de las riendas de su montura y mirar por encima del hombro, hacia el campo de batalla, mientras Yusef la forzaba a ir cada vez más deprisa. Nos vio, porque levantó el brazo. En el mismo momento, un gmpo de kurdos cayó sobre ellos, desde un lado… canallas, chacales que seguían el ejército de Muhammad por el botín. Escuchamos un grito y vimos el brillo del acero. Eric gimió y espoleó vivamente a su caballo. El animal relinchó y echó a correr como si se hubiera vuelto loco, adelantando a mi caballo bayo. Nos dirigimos con la velocidad del viento hacia el grupo.

El joven árabe, Yusef, luchó valientemente. Le había cercenado a un turco el brazo a la altura del hombro, y roto la cimitarra en el pecho de otro. Cuando estábamos a punto de llegar a su altura, su caballo no aguantó más. Según caía, el árabe arrancó a un tercer kurdo de la silla. Rodaron juntos por el suelo y se golpearon con sus dagas curvadas hasta que se mataron uno al otro.

Los demás kurdos —por algún azar— habían obligado a Etaira a bajar de la yegua, en lugar de cortarle la cabeza en el acto, tomándola por un muchacho. Cuando la arrancaron bmtalmente la ropa y desvelaron su cara, vieron que era una joven, y de gran belleza. Se pusieron a aullar como lobos. Y mientras aullaban llegamos a ellos.

¡Por el Profeta, Eric estaba como loco! Sus ojos ardían de un modo terrible, su rostro estaba tan blanco como el de la Muerte y su fuerza sobrepasaba la de un simple mortal. Mató a tres kurdos con tres golpes de la espada; los demás lanzaron alaridos y echaron a correr aullando como un demonio que se hubiera encarnizado con ellos. En su huida, uno de ellos pasó demasiado cerca de mí y le corté la cabeza para enseñarle modales.

Eric saltó a tierra para tomar entre sus brazos a la joven aterrorizada. Eché un vistazo a Yusef y el kurdo para constatar que ambos estaban muertos. Me di cuenta de otra cosa… una lanza me había cortado el muslo. Cuándo y cómo había recibido



aquel golpe, no lo sabía, porque el ardor del combate hace que los hombres sean insensibles a las heridas. Me sequé la sangre y me vendé la herida lo mejor que pude con ayuda de unas tiras de tela que me arranqué de la ropa.

—¡Hay que darse prisa, en el nombre de Alá! —le grité a Eric algo irritado, pues parecía que su intención era mimar a la joven y decirle dulces palabras toda la mañana—. Nos pueden atacar en cualquier instante. Sube a la mujer a la yegua y vámonos. Reserva el cortejo amoroso para un momento más oportuno.

—Kosru Malik —dijo Eric cuando se dio cuenta de mis consejos—, eres un fiel amigo y un gran guerrero, pero, ¿has amado alguna vez?

—Un millar de veces —repliqué—. He sido fiel a la mitad de las mujeres de Samarcanda. ¡A la silla, en nombre de Alá, y partamos!



4

 

Jadeé: «Un reino espera a mi señor, qué importa el amor de esta mujer. Perderemos un día, en un día ella sanará,

¿pero qué será de ti? Abandona a la joven —él nos sigue de cerca—.

¡Déjala y huyamos!». Y Scindhia murmuró entre sus hinchados labios:

«¡Para mí ella siempre será la rema de las reinas!».

Kipling.

 

 

N

 

os alejamos a toda prisa de los lugares de la matanza para evitar las bandas de salteadores… pues toda la zona se levanta cuando se entabla batalla y a los ladrones poco les importa saber a quién roban. Nos dirigimos hacia el sur, ligeramente al este, con intención de describir un amplio círculo y luego volver hacia el oeste, cuando hubiéramos puesto un buen número de leguas entre nosotros y los

victoriosos guerreros de Kizilshehr.

Marchamos durante toda la mañana. Luego, pasado el mediodía, llegamos a la vista de una fuente y nos detuvimos para permitir descansar a los caballos y calmarnos nosotros mismos un poco. En aquel lugar crecía algo de hierba, pero nosotros no teníamos nada que comer. Eric y yo no habíamos probado bocado desde el día precedente, ni dormido en las dos últimas noches. Sin embargo, no nos atrevíamos a cerrar ojo, porque los halcones de la guerra podrían haber echado a volar y encontrarse por los alrededores. Eric le dijo a la joven que se tendiera a la sombra de un tamarindo enano y que descansara un poco.

Una hora de descanso y emprendimos la marcha, lentamente, para no agobiar nuestras monturas. De nuevo, cuando el sol descendía por el oeste, nos detuvimos bajo la sombra de unos enormes peñascos para descansar. En aquella ocasión, Eric y yo dormimos por turnos. Ninguno lo hizo más de media hora; sin embargo, aquel corto sueño fue sorprendentemente reparador. De nuevo seguimos la pista, describiendo un amplio arco camino del oeste.

La noche estaba a punto de caer cuando me di cuenta de la locura que se había apoderado de Muhammad Khan. Sentí esa extraña sensación —una imprecisa inquietud— que conocen todos los hombres habituados al desierto… la impresión de estar siendo perseguido. Bajé del caballo y apliqué la oreja al suelo. Sí, un importante grupo de jinetes llegaba al galope, aunque todavía estaban lejos de nosotros. Informé a Eric y aceleramos el paso. Puede que se tratase de una banda de árabes fugitivos.

De nuevo nos dirigimos hacia el este, para evitarlos. Pero, en el crepúsculo,



cuando de nuevo pegué la oreja al suelo, volví a escuchar la ligera vibración provocada por numerosos cascos.

—¡Muchos jinetes! —murmuré—. ¡Por Alá, nos están persiguiendo, Eric!

—¿Por qué iban a hacerlo? —preguntó Eric.

—¿Por qué va a ser? —respondí—. Siguen nuestra pista como perros de caza que persiguen a un lobo herido. Muhammad se ha vuelto loco. Desea ardientemente a la joven. ¡Insensato… arriesgarse a perder un imperio por una moza que apenas ha salido de la infancia! Eric, hay mujeres en abundancia, son aún más abundantes que los gomones, pero guerreros como tú son bastante raros. Permite que Muhammad se quede con la chica. No hay ningún deshonor en ello… nos sigue todo un ejército.

Su mandíbula se crispó, dura como el acero, y se limitó a decir:

—Parte al galope y salva la vida.

—¡Por la sangre de Alá! —respondí en voz baja—. ¡Nadie que no fuera tú podría decirme eso y sobrevivir!

Sacudió la cabeza.

—No quería insultarte, hermano, pero es inútil que mueras con nosotros.

—¡Entonces, espoleemos los caballos, hermano, en el nombre de Dios! —dije con cierto cansancio—. ¡Todos los francos están locos!

Y así seguimos nuestra ruta en el seno de las tinieblas apenas iluminadas por la claridad de las estrellas. Durante todo el tiempo, lejos, a nuestras espaldas, el martilleo de los cascos hacía vibrar el suelo, débilmente, pero de un modo constante. Muhammad galopaba con la velocidad del viento y comprendí que nos alcanzaría, porque las monturas de sus caballeros estaban más descansadas que las nuestras. Cómo había descubierto nuestra huida, era algo que nunca sabría. Quizá los turcos que escaparon de la furia de Eric le informaron; puede que torturase a un árabe para saber lo que fue de nosotros.

Pensando escapar de él, seguimos hacia el este. Poco antes del amanecer dejé de escuchar la vibración producida por los cascos. Pero sabía que el alivio sería breve. Había perdido nuestra pista, pero entre sus filas habría kurdos capaces de seguir las huellas de un lobo en las rocas desnudas. Muhammad nos capturaría antes de que el sol volviera a ponerse.

Al alba, alcanzamos la cima de una colina y vimos ante nosotros, extendiéndose hasta el horizonte, las apacibles aguas del Mar Verde… el Golfo Pérsico. Nuestros caballos estaban agotados; resoplaban y sacudían la cabeza, con las patas separadas y los músculos en tensión. En la luz del alba vi las facciones azoradas y tensas de mis compañeros. Los ojos de la joven estaban como apagados y se tambaleaba de fatiga; sin embargo, no dejó que de sus labios saliera ni un lamento en ningún momento. En cuanto a mí, con solo media hora de sueño en tres noches, todo me parecía confuso e indistinto. Me sacudí un poco para despabilarme y recuperar un poco el sentido. Eric, por su parte, era de acero en cuerpo, mente y alma. Un fuego interior le estimulaba y le impulsaba hacia delante; su alma ardía con tal ardor que triunfaba sobre la



debilidad y el cansancio de su cuerpo. ¡A decir verdad, seguíamos un camino implacable… el camino de Azrael!

Nos dirigimos hacia la playa, llevando los agotados caballos tomados de la brida. En la costa árabe, las arenas del Mar Verde son lisas y arenosas, pero en el lado persa son rocosas y elevadas. Numerosas piedras dislocadas bordeaban la escarpada orilla, y nuestras monturas tuvieron serias dificultades para pasar entre ellas.

Eric vio una grieta entre dos enormes bloques de piedras y le dijo a la joven que descansara un poco. Me quedé a su lado para montar guardia. Eric tenía intención de recorrer la orilla; quizá descubriera la barca de un pescador. A bordo de ella podríamos llegar a mar abierto e incluso escapar de los persas. Se alejó a grandes pasos entre las rocas, erguido, con la cabeza alta y una soberbia apariencia. Las primeras luces del alba hacían brillar su coraza.

La joven dormía totalmente agotada. Me senté a su lado, con la cimitarra encima de las rodillas, y medité sobre la locura de los francos y de los sultanes. Mi pierna herida estaba abotargada y me dolía horriblemente; estaba sediento, la falta de sueño y el hambre me daban vértigos; no esperaba nada del porvenir, salvo la muerte.

A mi pesar, me quedé dormido durante un instante. Me desperté sobresaltado. Como vi que la joven dormía profundamente, me levanté y anduve un poco, cojeando, para que el dolor causado por mi herida me mantuviese despierto. Me alejé y rodeé un grueso peñón del acantilado… y de repente se produjo algo extraño.

Me encontraba solo entre las piedras… y un instante más tarde un gigantesco guerrero apareció a la carrera por detrás de las mismas. En un brillante instante vi que el hombre parecía un franco, pues sus ojos eran claros y brillaban como los de un tigre; su piel era muy blanca y cabellos muy rubios se podían ver por debajo de su casco. Su barba poblada también era muy rubia; los cuernos de un toro remataban su casco, de tal modo que, en primera instancia, le tomé por algún fantástico demonio de las regiones desérticas.

Todo aquello lo vi en un relámpago, porque el gigante se lanzaba sobre mí profiriendo un rugido ensordecedor. Blandía en la mano derecha una pesada hacha de ancho filo. Debía dar un salto lateral y lanzar un golpe desde aquella posición, como ya había hecho cien veces antes con los francos. Pero las brumas del atontamiento me dominaban y la pierna dolorida no me permitía moverme con facilidad.

El hacha bajó y la detuvo mi escudo; mi antebrazo se rompió como una rama seca. La violencia de aquel golpe aterrador me derribó al suelo. Me incorporé sobre una rodilla y lancé una estocada en el mismo momento en que el franco se colocaba encima de mí. La punta de mi cimitarra se hundió en su garganta, por debajo de la barba, y le atravesó la yugular. Sin embargo, aunque mortalmente herido —titubeaba vertiginosamente y una marea de sangre le manaba de la herida— empuñó el hacha con las dos manos, plantó las piernas en el suelo, y la blandió por encima de la cabeza. Pero la vida le abandonó antes de que pudiera golpear de nuevo.

Me levanté totalmente despejado a causa del vivo dolor que provocaba el brazo



roto. Aparecieron más hombres de entre las rocas, por todos lados, y formaron a mi alrededor un círculo de brillante acero. Nunca había visto hombres como aquellos. Eran altos y poderosos —como el hombre a quien acababa de matar—, con barbas y cabellos rubios o rojos, y ojos claros y brillantes. Pero no iban recubiertos de armadura de la cabeza a los pies, como los cruzados. Llevaban cascos con cuernos y cotas de malla anilladas. Estas les llegaban casi hasta las rodillas, pero dejaban desnudos el cuello y los brazos. La mayor parte de ellos no llevaban ningún tipo de coraza. En el brazo izquierdo portaban pesados escudos con forma de milano. Con la mano derecha sostenían hachas de ancho filo. Muchos mostraban pesados brazaletes de oro y cadenas del mismo metal alrededor del cuello.

Tales hombres nunca habían pisado el suelo de Oriente. Ante ellos se alzaba, como lo haría un jefe, un franco de un tamaño enorme; su cota estaba formada por anillos de plata. Su casco era cincelado y ñnamente labrado; en lugar de hacha, de su cintura colgaba una larga y pesada espada, deslizada en una vaina espléndidamente decorada. Su rostro era el de un hombre sumido en un sueño eterno, pero sus ojos, extrañamente luminosos, eran tan fantasmales como los reflejos de las olas del océano.

A su lado había otro hombre de un aspecto aún más extraño; era muy viejo, con una larga barba blanca y mechas blancas como de elfo en el cabello. Sin embargo, su gigantesca silueta no estaba encorvada por los años, y sus músculos tenían la solidez del roble y el acero. Era tuerto; su único ojo despedía una extraña luz apenas humana. A decir verdad, parecía preocuparse poco por lo que pasaba a su alrededor, porque su cabeza leonina estaba erguida y su extraño ojo miraba fijamente a través y más allá de lo que tenía delante, contemplando las profundidades de los horizontes del mundo.

Comprendí que aquel era el final del camino para mí. Arrojé al suelo mi cimitarra y crucé los brazos ante el pecho.

—Dios da y Dios toma —dije, esperando el golpe fatal.

El ruido metálico de una armadura retumbó de repente y los guerreros dieron media vuelta. Eric atravesó impetuosamente el círculo de acero y les hizo cara. Un gruñido maligno se alzó y los hombres avanzaron. Recogí la cimitarra para ponerme espalda con espalda al lado de Eric, pero el franco de gran tamaño y con la coraza de plata alzó una mano y habló en un idioma desconocido. Los demás se callaron. Eric respondió en su propia lengua.

—No comprendo el idioma de los países nórdicos. ¿Alguno de vosotros habla inglés o el francés de los normandos?

—Sí —respondió el gigantesco franco que le sacaba a Eric media cabeza—. Soy Skel, hijo de Thorwald, de Noruega, y estos hombres son mis lobos. Ese sarraceno ha matado a uno de mis dogos. ¿Es amigo tuyo?

—Mi amigo y mi hermano de armas —replicó Eric—. Si le ha matado, tendría una buena razón para hacerlo.

—Saltó sobre mí como un tigre sobre su presa —dije con voz cansada—. Son de



tu raza, hermano. Déjales que se lleven mi cabeza, si es lo que quieren; la sangre debe pagarse con sangre. Así os salvarán a ti y a la chica de Muhammad.

—¿Soy un perro? —gruñó Eric; luego, dirigiéndose a los guerreros, dijo—: Mirad vuestro lobo. ¿Creéis que golpeó cuando ya tenía desgarrada la garganta? Y aquí tenéis a Kosru Malik; tiene el brazo roto. Vuestro lobo golpeó el primero y un hombre está en su derecho si defiende su vida.

—Entonces, que se vaya contigo; iros —dijo lentamente Skel, hijo de Thorwald

—. No aprovecharemos nuestra superioridad numérica, sería algo desleal, pero el pagano que te acompaña no me gusta.

—¡Espera! —exclamó Eric—. ¡Pido tu ayuda! Nos persigue un señor musulmán del mismo modo que los lobos cazarían un antílope. Quiere llevarse a una joven cristiana y encerrarla en su harén…

—¡Una cristiana! —masculló Skel, hijo de Thorwald—. Hace apenas diez días sacrifiqué un caballo en honor a Thor.

Vi que la desesperación aparecía lentamente en el agotado rostro de Eric.

—Creía que incluso vosotros, hombres del Norte, habíais renunciado a esos dioses paganos —dijo—. Pero dejémoslo… si hay algo de humanidad en vuestro interior, ayudadnos… no os lo pido para mí o para mi amigo, sino para la joven que duerme entre aquellas rocas.

Al oír aquellas palabras, un guerrero de mi tamaño y de robusta constitución dio un paso hacia delante. Había conocido más de cincuenta inviernos; sin embargo, su barba y sus cabellos no estaban estriados de gris, y sus ojos azules brillaban como si un furor constante abrasase su alma.

—¡Vaya! —gruñó—. ¡Pides ayuda, perro normando! Tú, cuya raza destruyó la herencia de mi pueblo… los caballos de los tuyos chapotearon hasta la cerneja en buena sangre sajona… y ahora imploras ayuda y socorro, como un chacal en una trampa en este país salvaje. Preferiría encontrarte en el Infierno antes que levantar mi hacha para defenderte a ti o a los tuyos.

—No, Hrothgar. —Era el gigantesco anciano de barba blanca. Tomaba la palabra por primera vez y su voz tenía los acentos sonoros de una trompeta—. Este caballero está solo y nosotros somos muchos. No lo trates con rudeza.

Hrothgar pareció confundido, furioso y, sin embargo, vivamente deseoso de complacer al anciano.

—Sí, mi rey —murmuró, excusándose con un tono compungido. Eric se sobresaltó. —¿Rey?

—¡Sí! —Los ojos de Hrothgar ardieron de nuevo. El humor de aquel hombre era realmente desapacible—. Sí… el monarca a quien tu maldito Guillermo confundió e hizo caer en una trampa recurriendo a un ardid para desposeerle del trono. Ante ti se encuentra Harold, hijo de Godwin, ¡legítimo rey de Inglaterra!

Eric se quitó el casco y abrió los ojos como si acabara de ver un fantasma.

—¡Pero… no lo comprendo! —balbuceó—, Harold cayó en Senlac… Edith



Cuello de Cisne lo encontró entre los muertos, en el campo de batalla…

Hrothgar emitió un gruñido de lobo herido al tiempo que sus ojos ardían y resplandecían con las azuladas luces del odio.

—¡Para engañar a aquellos bribones! —gruñó—. Edith les enseñó a los sacerdotes el cadáver de un desconocido jefe del oeste. Yo, que era un muchacho de diez años, me encontraba con los que se llevaron al rey Harold lejos del campo de batalla, de noche, mientras estaba sin conocimiento y tras haber perdido un ojo.

Su mirada perdió la ferocidad y su voz sonó extrañamente dulce.

—Le llevamos lejos y le pusimos a salvo de ese perro de Guillermo. Durante meses, estuvo entre la vida y la muerte. Finalmente, sobrevivió, aunque la flecha normanda le arrancó un ojo y un espadazo en la cabeza le convirtió en un hombre bizarro y fantasmal.

Nuevamente las llamas de la furia bailaron en los ojos de Hrothgar.

—¡Cuarenta y tres años de vagabundeos y combates en el camino de los vikingos!

—dijo con voz chirriante—. Guillermo le robó el trono al rey, pero no pudo hacer lo mismo con unos hombres que estaban dispuestos a seguirle y a morir por él. ¿Has visto a los vikingos de Skel, hijo de Thorwald? Noruegos, daneses, sajones que se han negado a inclinarse bajo la bota de los normandos… ¡Nosotros somos el reino de Harold! ¡Y tú, perro francés, imploras nuestra ayuda! ¡Ha!

—Nací en Inglaterra… —empezó Eric.

—¡Oh, sí —se burló Hrothgar—, en un castillo robado a un thane sajón y entregado a un ladrón normando!

—Pero los míos combatieron en Senlac bajo la bandera del Dragón de Oro, tan bien como al lado de Guillermo —protestó Eric—. Por parte materna, mi sangre es la de Godric, conde de Wessex…

—¡Mayor es tu vergüenza, bastardo renegado! —le fulminó el sajón—. Yo…

Un rápido deslizarse de unos pies menudos resonó entre las rocas. La joven se había despertado; aterrada por las voces brutales, había salido en busca de su amante. Se deslizó entre los guerreros cubiertos de hierro se arrojó en los brazos de Eric. Jadeaba y miraba desesperada a los guerreros de siniestro aspecto. Los hombres de los países nórdicos se callaron.

Eric se dirigió a ellos con voz suplicante.

—¿Permitiréis que una joven de vuestra misma raza caiga en manos de los paganos? Muhammad Khan, sultán de Kizilshehr, nos persigue… se encuentra a menos de una hora de marcha de aquí. Dejadnos subir a bordo de vuestra galera y salid a mar abierto con nosotros.

—No tenemos galera —explicó Skel, hijo de Thorwald—. Nos acercamos a la orilla por la noche y un arrecife a flor de agua la ha destripado. Le había advertido a Asgrimm Raven… nunca debimos dejar el océano sin límites para venir a este mar estrecho que los hechiceros transforman en fuego verdoso por las noches…

—¿Y qué podemos hacer apenas cien hombres contra todo un ejército? —le



interrumpió Hrothgar—. Aunque quisiéramos hacerlo, no podríamos ayudaros…

—¡Pero también vosotros estáis en peligro! —dijo Eric—. Muhammad os masacrará. Odia ferozmente a los francos.

—Compraremos nuestra paz entregándoos a él a ti, a la chica y al turco, todos bien atados —replicó Hrothgar—. Asgrimm Raven no puede estar lejos; le perdimos de vista durante la noche, pero bordeará la costa hasta encontrarnos. No hemos encendido hogueras para enviar señales por miedo a que las vieran los sarracenos. Pero ahora que vamos a hacer las paces con el señor de Oriente…

—¿Las paces? —La voz de Harold parecía la llamada grave y melodiosa de una campana de oro—. Cállate, Hrothgar. ¡No eran bellas palabras!

Se acercó a Eric y a la joven. Quisieron arrodillarse ante él, pero se lo impidió. Apoyó delicadamente su nudosa mano en la cabeza de Etaira y la inclinó suavemente hacia atrás para que los grandes e implorantes ojos de la joven se volvieran hacia él. Yo invoqué al Profeta, pues el anciano no parecía pertenecer a este mundo, con su enorme tamaño, la extraña y mística mirada de su único ojo y sus cabellos blancos que formaban como una nube alrededor de sus hombros cubiertos de hierro.

—Edith tenía los mismos ojos —dijo dulcemente—. Hija mía, tu rostro me devuelve medio siglo atrás. No caerás en manos de esos paganos mientras el último rey de los sajones pueda manejar una espada. He desenvainado mi hoja en numerosos combates menos estimables en los rojos caminos que he seguido. La desenvainaré de nuevo, pequeña.

—¡Esto es una locura! —gritó Hrothgar—. ¿Los buitres devorarán la carne de los huesos de los hijos de Godwin a causa de una joven francesa?

—¡Esplendor de Dios! —tronó el viejo—. ¿Soy un rey o un perro?

—Eres nuestro rey —rezongó Hrothgar bajando los ojos—. Te corresponde dar órdenes… incluso en la locura, te seguiremos, señor.

¡Tal era la devoción de aquellos hombres salvajes!

—Enciende el fuego para enviar señales, Skel, hijo de Thorwald —dijo Harold—. Nos enfrentaremos a los musulmanes y aguantaremos hasta la llegada de Asgrimm Raven, si Dios lo quiere. ¿Cuáles son vuestros nombres, caballero, y tú, guerrero de Oriente?

Eric le respondió y Harold dio órdenes. Me quedé estupefacto al verles obedecer sin rechistar. Skel, hijo de Thorwald, era el jefe de aquellos hornbres, pero parecía testimoniar por Harold todo el respeto debido a un verdadero monarca… cuyo reino había desaparecido en las brumas del tiempo y que ya había muerto para siempre.

Eric y Harold se ocuparon de mi brazo roto, atándomelo ñrmemente al cuerpo. Luego, los vikingos trajeron comida y un barril que contenía una bebida que llamaban ale. Aquel tonel había sido arrojado a la orilla cuando el arrecife reventó su nave. Mirando las señales de humo que se alzaban hacia el cielo, comimos vorazmente y bebimos hasta hartarnos. Y un vigor renovado animó a Eric. Su rostro parecía demacrado y azorado a causa de la falta de sueño y las pruebas de la batalla y



la larga cabalgada, pero sus ojos brillaban con una luz indomable.

—Nos queda poco tiempo para disponer nuestra línea de batalla, Su Majestad — dijo, y el viejo rey asintió.

—No podemos enfrentarnos a ellos en esta posición. El lugar está demasiado al descubierto. Pero cerca de aquí he visto un lugar muy accidentado.

Fuimos a verlo. Un vikingo había encontrado un agujero entre las rocas que contenía agua de lluvia. Hicimos beber a nuestros agotados caballos y los dejamos allí, a la sombra de los acantilados. Eric ayudó a andar a la joven; me habría sostenido gustosamente, pero sacudí la cabeza y eché a andar cojeando. En aquel mismo momento, Hrothgar se acercó y pasó su vigoroso brazo por mis hombros para ayudarme a andar, porque mi pierna herida estaba hinchada y casi inmóvil.

—Una partida insensata, turco —susurró.

—Sí —respondí como en un sueño—. Somos locos que recorren el camino de Azrael. Ya han muerto muchos por la joven de rubia cabellera. Y otros muchos encontrarán la muerte antes de que ese camino termine. He visto muchos actos demenciales a lo largo de mi vida, pero ninguno que iguale a este.



5

 

Nunca volveremos a ver las colinas, o las nubes grises que ribetean los robles, pues vamos a morir para ayudar

a gente extranjera; Bien… hemos seguido el camino de los vikingos

con un rey que nos guiaba… Y los bardos cantarán nuestras victorias en los relucientes castillos del Norte.

El canto de Skel, hijo de Thorwald.

 

 

E

 

l resonar de los casos de numerosos caballos retumbaba en nuestros oídos. Tomamos posiciones en una ancha anfractuosidad, entre los acantilados, de

espaldas a la playa sembrada de rocas. El terreno ante nosotros era accidentado y lleno de zanjas, lo que impedía la carga de los caballos. Los francos se reunieron en la grieta, hombro con hombro, con sus grandes escudos estrechamente imbricados. En la punta de aquel muro de escudos se encontraba el rey Harold junto con Skel, hijo de Thorwald, a un lado y Hrothgar al otro.

Eric encontró una cornisa en el acantilado, a nuestras espaldas y por encima de las cabezas de los guerreros. Fue allí donde colocó a la joven.

—Debes permanecer con ella, Kosru Malik —me dijo—. Tienes un brazo roto y la pierna herida; no puedes permanecer en pie y combatir entre ese muro de escudos.

—Dios da y Dios toma —dije—, pero mi corazón se siente pesado y detecto la hiél de la amargura en mi boca. Esperaba caer a tu lado, hermano.

—Te la confío —declaró Eric.

Tomó a la joven entre sus brazos y la abrazó apasionadamente contra su pecho durante un largo momento. Luego, saltó de la cornisa y se alejó a grandes pasos mientras la joven lloraba y tendía hacía él sus blancos brazos.

Desenvainé la cimitarra y me la puse encima de las rodillas. Muhammad puede que consiguiera la victoria, pero cuando fuera a buscar a la joven, solo encontraría un cadáver decapitado. No caería con vida en sus manos.

Contemplé su cuerpo grácil y delicado y juré con estupor, maravillado ante la idea de que una mujer tan débil pudiera causar la muerte de tantos hombres fornidos. Sí, la estrella de Azrael brilla siempre cuando nace una hermosa mujer, y el Rey de la Muerte estalla en carcajadas y los cuervos afilan sus negros picos.

Pero Etaira era valerosa. Dejó de llorar y se dedicó a limpiar mi herida y a vendar de nuevo mi pierna, y se lo agradecí. Mientras estaba ocupada en aquellos menesteres, el rugido de los cascos de los caballos llegó a nuestros oídos y



Muhammad se presentó ante nosotros. Los jinetes serían unos quinientos, quizá más, y sus caballos se quejaban de agotamiento. Tiraron de las riendas cuando el terreno se hizo demasiado accidentado para seguir avanzando, y miraron con curiosidad hacia el grupo silencioso amontonado en el desfiladero. Vi a Muhammad Khan, su alta y esbelta silueta, con su casco dorado con plumas de garza. Y vi a Kai Kedra, Mirza Khan, Yar Akbar, Ahmed el Ghor el árabe y a Kojar Khan, el gran emir de los kurdos, el mismo que fue a la cabeza de los jinetes que hostigaron a los árabes.

Muhammad se incorporó en sus estribos de oro y, protegiendo los ojos con una mano, se volvió y habló con sus emires. Comprendí que había reconocido a Eric junto al rey Harold. Kai Kedra hizo avanzar su caballo entre las zanjas y se acercó a los francos hasta donde su montura pudo llevarle. Luego, con voz estentórea, dijo en la lengua de los cruzados:

—¡Escuchad, francos! Muhammad Khan, sultán de Kizilshehr, no tiene con vosotros ninguna diferencia; pero entre vosotros hay uno que le robó una mujer al sultán. Si nos entregáis a esa mujer podréis iros en paz.

—Dile a Muhammad —respondió Eric— que, mientras quede un franco con vida, no se llevará a Etaira de Brose.

Kai Kedra se volvió junto a Muhammad. Este permaneció inmóvil, como si fuera un ídolo esculpido; y los persas conferenciaron entre ellos. De nuevo me quedé estupefacto. Apenas el día anterior, Muhammad Khan había librado una encarnizada batalla y aplastado a sus enemigos; en aquel momento, debería estar entrando triunfal por las calles de Kizilshehr, en medio del ondear de banderas escarlatas y el resonar de las trompetas de oro, donde mujeres de blancos brazos lanzarían rosas al paso de su caballo. Sin embargo, estaba allí, lejos de su ciudad y lejos del campo de batalla, cubierto de polvo y agotado por una ruda galopada… ¡y todo aquello por una joven, casi una niña, de cuerpo grácil!

En verdad… el deseo de Muhammad y el amor de Eric eran torbellinos que arrastraban a todos los que había a su alrededor. Los guerreros de Muhammad le seguían porque tal era su voluntad; el rey Harold se oponía a él a causa de la singularidad de su espíritu y ese extraño humor que los francos llaman caballerosidad; Hrothgar, que odiaba a Eric, luchaba a su lado porque amaba a Harold, y lo mismo podía decirse de Skel, hijo de Thorwald, y sus vikingos. Y yo, porque Eric era mi hermano de armas.

Los persas echaron pie a tierra, comprendiendo que no podían cargar en aquel terreno accidentado y que sus caballos estaban agotados. Se acercaron lentamente, siguiendo las zanjas y escalando las rocas, recubiertos con sus corazas doradas y sus cascos adornados con plumas, llevando en la mano sus armas de plata labrada. Detestaban batirse a pie; sin embargo, iban a librar la batalla, y sus emires y Muhammad en persona se encontraban entre ellos. Sí, cuando vi al sultán avanzar rodeado de sus hombres, mi corazón se llenó de admiración por él una vez más, y me sorprendí deseando que Eric y yo luchásemos por su causa, no contra él.



Pensé que los francos se iban a lanzar al encuentro de los persas mientras estos avanzaban entre las zanjas, pero los vikingos aguantaron sus posiciones. Dejaron que sus adversarios se les acercaran y a que se lanzaran corriendo por el terreno liso gritando ¡Allaho akbar!

Aquella carga se rompió en el muro de escudos como un río que se estrella en los bajíos. Los gritos graves y rítmicos de los vikingos dominaban los aullidos de los persas; el resonar de las hachas cubría el canto y los silbidos de las cimitarras.

Los hombres del norte eran tan firmes como rocas. Tras aquel primer asalto, los persas se replegaron, absortos, abandonando un montón de cadáveres desgarrados con forma de media luna a los pies de los rubios gigantes. Muchos fueron los que tensaron sus arcos y lanzaron sus flechas a corta distancia; pero los vikingos se limitaron a agachar la cabeza; las flechas golpeaban y rebotaban en sus cascos con cuernos o se rompían en los grandes escudos.

Los guerreros de Kizilshehr se lanzaron de nuevo al asalto. Observando desde la cornisa —la joven se acurrucaba a mi lado temblando—, contemplé el esplendor desesperado de aquella batalla, y mi corazón se mostraba por turnos excitado o helado. Apreté la empuñadura de la cimitarra tan violentamente que me empezó a correr la sangre por debajo de las uñas. Una y otra vez, los guerreros de Muhammad se lanzaban con insensato valor sobre aquel muro de acero. Una y otra vez eran rechazados, rotos. Los muertos se amontonaban y los vivos pisoteaban sus cadáveres mutilados para lanzar tajos y estocadas.

Los francos también caían, pero sus compañeros los pasaban por encima a pisotones y cerraban las filas. No había descanso. Muhammad exhortaba sin cesar a sus guerreros para que se lanzaran al ataque, y él mismo combatía a su lado, a pie, rodeado por sus emires. ¡Allaho akbar! ¡Bajo mis ojos luchaban un hombre y un rey que era más grande que un rey!

Tenía a los cruzados por magníficos combatientes, pero nunca había visto guerreros como aquellos. Nunca se fatigaban, sus ojos claros brillaban con una extraña locura, y entonaban cánticos salvajes mientras golpeaban. ¡Asestaban golpes terribles! Vi a Skel, hijo de Thorwald, cortar en dos a un kurdo a la altura de la cintura, de tal suerte que sus piernas cayeron a un lado y el torso al otro. Vi que el rey Harold le propinaba tal golpe a un turco que su cabeza voló a diez pasos del cuerpo. Vi a Hrothgar cortar la pierna de un turco a la altura del muslo, aunque el hombre llevaba una cota de malla muy gruesa.

Sin embargo, ninguno de aquellos hombres era más terrible en la batalla que mi hermano de armas, Eric. Lo juro, su espada era un viento de muerte, y nadie podía resistírsele. Su rostro estaba iluminado de un modo extraño y místico; su brazo temblaba con una fuerza sobrehumana. Y aunque pude detectar un cierto parentesco entre él y los feroces bárbaros que cantaban y golpeaban a su lado, había algo que le colocaba aparte y por encima de ellos. Sí, la forja de las pruebas y de los sufrimientos había consumido todas las escorias de su cuerpo, de su cerebro y de su alma, dejando



solamente el fuego ardiente de su ser interior que le transportaba hacia cimas inaccesibles al común de los mortales.

La batalla arreciaba. Muchos musulmanes habían caído, pero también habían muerto muchos vikingos. En las sucesivas cargas, los supervivientes fueron rechazados lentamente. En aquel momento luchaban en la playa, prácticamente debajo de la cornisa donde me encontraba con la joven. Los peñascos les obligaron a perder su orden cerrado; se vieron forzados a separarse, y la batalla se transformó en una serie de combates singulares. Los hombres del norte habían cobrado un terrible tributo… ¡por Alá, menos de un centenar de persas eran aún capaces de manejar la espada! Y de los francos quedaban menos de una veintena.

Skel, hijo de Thorwald, y Yar Akbar se encontraron frente a frente en el instante en que la mellada espada del vikingo se rompía en el cráneo de un musulmán. Yar Akbar lanzó un grito y blandió la cimitarra. Antes de que pudiera golpear, el vikingo rugió y saltó como un león. Sus brazos de acero se cerraron alrededor del robusto cuerpo del afgano y escuché —¡lo juro!—, a pesar del clamor de la batalla, cómo crujían y se rompían los huesos de Yar Akbar. Acto seguido, Skel, hijo de Thorwald, airojó al suelo el dislocado cadáver y, arrancando un hacha de manos de un moribundo, se lanzó contra Muhammad Khan. Kai Kedra se interpuso en su camino. Según el vikingo abatía su hacha, el seljuk hundió su cimitarra en el torso de su enemigo, atravesando acero y cotas de malla. Los dos hombres cayeron juntos.

Vi a Eric, cubierto de sangre y en un mal trance. Me levanté y le dije a la joven:

—Que Alá te proteja, pero mi hermano de armas se muere y debo reunirme con él y caer a su lado.

La joven había estado observando la batalla, tan blanca e inmóvil como una estatua de mármol.

—Ve a reunirte con él, en el nombre de Dios —respondió—, y que Su fuerza guíe tu brazo… pero déjame la daga.

Así violaba la promesa hecha —por una vez— y me dejaba caer del saliente rocoso. Atravesé la playa sembrada de cadáveres, sujetando la cimitarra con la mano derecha. Según llegaba a los grupos de combatientes, vi a Kojar Khan y al rey Harold intercambiando golpes, mientras Hrothgar, con la barba erizada, giraba su hacha de la que goteaba la sangre. El árabe, Ahmed el Ghor, apareció por un lado y lanzo una estocada. Su cimitarra atravesó la cota de malla de Harold y la sangre empezó a correrle por encima del cinturón. Hrothgar lanzó un alarido de animal salvaje y se abalanzó contra Ahmed. Este dudó un instante al ver la furiosa mirada del sajón. Hrothgar abatió su hacha; el filo atravesó la malla de acero como si fuera tela, le abrió el hombro en dos y le rompió el esternón. El mango del hacha se rompió entre las manos del sajón. Prácticamente en el mismo instante, el rey Harold recibió la hoja de Kojar Khan en su antebrazo izquierdo. El filo partió un pesado brazalete de oro y mordió el hueso, pero el viejo rey destrozó el cráneo del kurdo con un único golpe.

Eric y Mirza Khan luchaban entre sí mientras los persas revoloteaban a su



alrededor, intentando lanzar un golpe que hiciera caer al franco, evitando al tiempo tocar al emir. Me adentré en la barahúnda, indemne, pisoteando a los muertos y a los moribundos, y así me encontré bruscamente ante Muhammad Khan.

Su rostro enjuto mostraba azoramiento, tenía los ojos brumosos, la cimitarra roja hasta la guarda. No llevaba escudo y su cota de malla se veía hendida y desgarrada en numerosos puntos. Me reconoció y me lanzó una estocada. Bloqueé su hoja, guarda contra guarda, y apoyé todo mi peso en mi propia arma. Luego, le dije:

—Muhammad Khan, ¿por qué te comportas de un modo tan insensato? ¿Qué representa una joven franca para ti, que podrías ser emperador de la mitad del mundo? Sin ti, Kizilshehr se derrumbará y se convertirá en polvo. Sigue tu camino y deja que la muchacha se quede con mi hermano de armas.

Pero se contentó con reír, como se reiría un demente, y liberó la cimitarra con una torsión brutal. Saltó y golpeó. Con las piernas separadas, las pantorrillas tensas, detuve su golpe y lancé mi hoja contra la suya, encontré un hueco en su coraza y le atravesé el pecho por debajo del corazón. Durante un instante, permaneció en pie con la boca abierta; luego, cuando extraje la punta de mi cimitarra, cayó sobre el suelo empapado en sangre y murió.

—Así desaparecen las esperanzas del Islam y el esplendor de Kizilshehr — murmuré con amargura.

Un alarido brotó de las gargantas de los persas extenuados y manchados de sangre… ¡y eran muy pocos los supervivientes! —y se quedaron inmóviles. Busqué a Erie con la vista; vacilando, se alzaba sobre la forma inmóvil de Mirza Khan. Según le miraba, levantó la espada y apuntó con ella hacia el mar, en un gesto incierto. Todos miraron en aquella dirección. Un largo y estrecho navío se acercaba a la orilla. El puente era bajo, la parte delantera y la trasera más elevadas y en la proa esculpida se veía una cabeza de un dragón. Largos remos lo hacían avanzar rápidamente sobre las tranquilas aguas; los remeros eran gigantes rubios que aullaban y rugían. En aquel momento, Eric se derrumbó y cayó junto a Mirza Khan.

Pero los persas ya estaban más que hartos de luchar. Huyeron —los que todavía quedaban con vida para poder huir—, llevándose con ellos a Kai Kedra, sin conocimiento. Me acerqué a Eric e intenté deshacer los lazos de su armadura. Alguien me empujó a un lado, y Etaira se arrojó sobre su amante, sollozando. La ayudé a quitarle la armadura, que no era más que un montón de jirones empapados en sangre. ¡Por Alá! Eric tenía una profunda herida en un muslo, otra más en un hombro y la mayor parte de su coraza había sido golpeada, desgarrada y arrancada de sus brazos, que presentaba numerosas heridas. Una hoja le había atravesado el casco de acero y las mallas de la cofia, arañándole el cuero cabelludo.

Felizmente, ninguna de aquellas heridas era mortal. Había perdido mucha sangre y estaba agotado por las terribles pruebas de los días precedentes… y por eso se había desvanecido. El rey Harold había sido cruelmente herido en el brazo y en el pecho; Hrothgar sangraba por varios desgarrones en el rostro y en los músculos del pecho, y



una cimitarra le hirió en la pierna, por lo que andaba cojeando. De la media docena de guerreros que quedaban con vida, todos estaban heridos, magullados y cubiertos de sangre. Formaban un grupo extraño y siniestro, con las cotas de malla desgarradas y rojas y las armas melladas y manchadas de sangre.

Mientras el rey Harold intentaba ayudarnos a la joven y a mí a limpiar la sangre de las heridas de Eric, y Hrothgar juraba porque el rey se negaba a ser el primero en recibir atención para sus heridas, la galera llegó a la playa y los guerreros que viajaban a bordo de la misma se reunieron con nosotros. Su jefe, un hombre alto y robusto de largos cabellos negros, contempló el cadáver de Skel, hijo de Thorwald, y se encogió de hombros.

—Thor ama a los guerreros valientes. —Fueron sus únicas palabras—. Esta noche festejará en Valhalla.

Luego, los francos recogieron a Eric y a los otros heridos para llevarlos a bordo del navío. La joven se aferraba a la mano manchada de sangre de Eric; no tenía ojos o pensamientos para nadie que no fuera su amante, lo que es el modo de actuar de las mujeres, y es bueno que así sea. El rey Harold se sentó en una roca mientras le curaban las heridas. De nuevo sentí un miedo enorme al verle así, con la espada sobre las rodillas y sus blancos cabellos flotando al viento. Parecía el rey antiguo y gris de alguna leyenda inmemorial.

—Mi buen señor —me dijo—, no puedes quedarte en este país desolado. Ven con nosotros.

—No, señor, no puede ser. Pero te pediré una cosa; ordena a uno de tus guerreros que acerqué hasta aquí los caballos que dejamos junto a los acantilados. No puedo dar ni un solo paso con la pierna herida.

Lo hizo; los caballos estaban tan descansados que estuve seguro de poder salir fácilmente de aquella desértica región viajando lentamente y cambiando a menudo de montura. El rey Harold se quedó un momento dubitativo mientras los demás abordaban el navío.

—¡Ven con nosotros, guerrero! El mar es favorable a los eternos vagabundos y a los hombres sin patria. Aplacarás la sed en los caminos grises de los vientos, y las nubes del cielo calmarán el dolor de los sueños perdidos. ¡Acompáñanos!

—No —respondí—. El camino de Azrael acaba aquí. He luchado al lado de reyes y he visto caer sultanes, y mi mente sorprendida padece vértigo. Llévate a Eric y a la joven. Cuando les cuenten a sus hijos esta historia en el lejano país que se encuentra más allá de las llanuras de Frankistán, espero que a veces recuerden a Kosru Malik. Pero no puedo ir con vosotros. Kizilshehr ha caído durante esta batalla, pero hay otros señores del Islam que necesitan mi cimitarra. ¡Salaam!

A lomos de mi corcel vi cómo se alejaba el navío hacia el sur, y mis ojos distinguieron al viejo rey de pie en la popa, como una estatua gris, levantando la espada a modo de saludo y despedida. Luego, la galera desapareció en el seno de la bruma azulada que cubría el horizonte y la soledad meditó de nuevo sobre las apacibles aguas del mar.



ROJAS ESPADAS DE LA NEGRA CATAY






















































ROBERT E. HOWARD (1906-1936), nacido en Texas, Estados Unidos, desarrolló una breve pero intensa carrera literaria en las revistas de género norteamericanas, llegando a convertirse en uno de los colaboradores más destacados de la revista Weird Tales, junto a H. P. Lovecraft y Clark Ashton Smith. Durante los últimos diez años de su vida (1927-1936), Howard escribió y publicó en diversas revistas una gran cantidad de relatos de ficción de distintos géneros: fantásticos, de misterio y terror, históricos, de aventuras orientales, deportivos, de detectives, del Oeste, además de poesías y relatos románticos.

De personalidad psicótica, Howard se quitó la vida a la edad de 30 años. Sus relatos han venido publicándose desde entonces en múltiples recopilaciones y, en algunos casos, ateniéndose a la cronología interna de sus ciclos de personajes. La popularidad del autor, siempre creciente, ha motivado la aparición de numerosas secuelas autorizadas a cargo de otros autores que han explotado el carácter comercial de sus creaciones más importantes, muy en particular el ciclo de Conan.

Howard se ha convertido en uno de los escritores más influyentes del género fantástico, a la par de H. P. Lovecraft y J. R. R. Tolkien, y es mundialmente conocido por ser el creador de personajes populares como Conan el Bárbaro, el Rey Kull y Solomon Kane. Se le considera uno de los padres del subgénero conocido como

«espada y brujería» o «fantasía heroica».



FIN

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