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© Libro N° 14941. La Europa De Las Lenguas. Siguan, Miquel. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © La Europa De Las Lenguas. Miquel Siguan

 

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Guillermo Molina Miranda




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LA EUROPA DE LAS LENGUAS

Miquel Siguan


La Europa De Las Lenguas

Miquel Siguan

Los problemas lingüísticos que plantea la construcción de una Europa unida rara vez reciben la misma atención que los económicos o jurídicos. Este libro, que ahora se publica en su segunda edición, aborda estas cuestiones, ofreciendo un panorama general de los orígenes históricos de nuestra pluralidad lingüística, los vínculos que se han establecido entre lenguas e identidades colectivas y su traducción política, y las distintas fórmulas que se utilizan en los Estados para responder a la diversidad lingüística. Asimismo, examina otros aspectos como la influencia de los desarrollos técnicos contemporáneos, la situación actual de la enseñanza de las lenguas y sus nuevas orientaciones; y todo ello con el objetivo declarado de contribuir a formular una política lingüística para la Unión Europea.

Miquel Siguan

La Europa De Las Lenguas

ePub r1.0

Titivillus 17.01.2026

Título: La Europa de las lenguas

Miquel Siguan, 2005

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1

Índice

Justificación

Capítulo 1. Las raíces históricas Un panorama variado

Un origen común. Las lenguas indoeuropeas El latín, lengua del Imperio Romano

El latín, lengua de la Iglesia y de la cultura La ascensión de las lenguas populares

Los factores de la consolidación

Capítulo 2. Lenguas nacionales y nacionalismo lingüístico Unificación política y unificación lingüística

El Imperio y las lenguas

El nacionalismo lingüístico

Reivindicaciones lingüísticas y reivindicaciones nacionales Los resultados

Capítulo 3. Unidad y diversidad. Políticas lingüísticas de los estados europeos

Tipología

El monolingüismo como objetivo Protección de las minorías

Autonomía lingüística Federalismo lingüístico Plurilingüismo institucional

Promoción y defensa de las lenguas estatales

Capítulo 4. Lenguas y sociedad en Europa

Coexistencia de lenguas: lenguas mayores y lenguas menores Autóctonos y extranjeros

Una sociedad cosmopolita

Capítulo 5. La vida de las lenguas Debilitación de la norma

Defensa de la corrección y tendencia a la convergencia Simplificación de la escritura

Racionalización de la ortografía

Los sistemas informáticos y las lenguas La traducción automática

Capítulo 6. Lenguas de comunicación internacional

La sustitución del latín y la ascensión del inglés El inglés en la sociedad contemporánea

La controversia sobre el inglés

Capítulo 7. Política lingüística de las instituciones europeas Las lenguas en el funcionamiento de la Unión Europea Adquisición de lenguas extranjeras

La Unión Europea y las otras lenguas de Europa Actuaciones con implicaciones lingüísticas

El Consejo de Europa y las lenguas

Capítulo 8. Lenguas y enseñanza en Europa

Las lenguas en los programas de enseñanza Las lenguas enseñadas

Los métodos y los objetivos

Conclusión

Unidad de Europa y pluralidad de lenguas Bibliografía

Información a través de internet

Sobre el autor

JUSTIFICACIÓN

Desde que se iniciaron los esfuerzos por construir una Europa unida, se han multiplicado las reflexiones y las tomas de posición sobre muchos aspectos de esta empresa. Prácticamente no pasa día sin que se nos anuncie un libro, se publique un artículo, se pronuncie una conferencia o se celebre una reunión sobre algún punto de esta construcción: el derecho comunitario, la economía, el comercio, los trasportes, los fondos de cohesión, las subvenciones agrícolas. Raramente en cambio se habla de los problemas lingüísticos que plantea la construcción cuando es evidente que la diversidad de lenguas es una de las dificultades mayores para estructurar una Europa unida, y que tanto para ponernos de acuerdo como para disentir es necesario disponer de lenguas comunes.

Este libro pretende responder a esta preocupación ofreciendo un panorama general de las cuestiones relacionadas con ella comenzando por los orígenes históricos de nuestra pluralidad lingüística, los vínculos que se han establecido entre lenguas e identidades colectivas y su traducción política y las distintas fórmulas que utilizan los Estados europeos para responder a su diversidad lingüística. Pero el libro no sólo trata de las implicaciones políticas de la diversidad, sino que comenta también las formas de vida de las sociedades en las que coexisten distintas lenguas, la influencia de los desarrollos técnicos contemporáneos sobre la evolución de las lenguas y la tendencia a hacer de determinadas lenguas vehículos de comunicación por encima de las diferencias lingüísticas. Y termina refiriéndose a la enseñanza de lenguas, su situación actual y sus nuevas orientaciones. Y todo ello con el objetivo declarado de contribuir a formular un política lingüística para la Unión Europea.

Antes de comenzar la lectura quiero anteponer dos observaciones.

El libro habla de historia, de lingüística, de pedagogía de las lenguas y de otros temas todavía sin que su autor sea especialista directo en ninguno de ellos; pero tampoco ha escrito un libro para especialistas, sino para satisfacer la legítima curiosidad de quienes con un mínimo bagaje intelectual se sienten, como el propio autor, interesados por el tema de las lenguas en nuestra sociedad y en relación con la construcción europea.

Y, por otra parte, si el libro ha sido escrito desde una perspectiva intrínsecamente europea, ha sido escrito en Cataluña —la primera edición se ha publicado en catalán—, y creo que ello ha facilitado la adopción de una perspectiva europea en la cuestión de las lenguas. Porque Cataluña constituye un excelente ejemplo de cómo una lengua puede convertirse en una identidad colectiva y movilizar en torno a ella solidaridades muy amplias. Pero es al mismo tiempo vivo ejemplo de cómo un país y una lengua en definitiva menores han de abrirse necesariamente a otras lenguas y encontrar normas de convivencia y solidaridad. Y el equilibrio entre la fidelidad y la apertura es la única receta que se puede proponer para gestionar el plurilingüismo europeo.

Y otra ventaja todavía. Alguna vez he propuesto caracterizar la diferencia entre un monolingüe y un bilingüe diciendo que en nuestros días llamamos monolingüe a quien tiene el inglés como primera lengua y bilingües a todos los demás. Una exageración, por supuesto, pero que tiene una cierta justificación.

Los que aprenden a hablar en una de las grandes lenguas no sienten tanto la necesidad de conocer otras lenguas como nos ocurre a los que comenzamos a hablar en una lengua menor. Y esto tiene consecuencias. El monolingüe es propenso a creer en una identificación entre la realidad y su expresión verbal y por esto tiende a un pensamiento dogmático y unívoco, mientras que el que está acostumbrado a moverse entre distintas lenguas acepta con más facilidad las divergencias y las ambigüedades. Y esto podemos trasladarlo a la construcción europea. Si hemos renunciado a construir una Europa de modelo único, como un día lo intentó Napoleón y otro, por perores caminos, Hitler, si hemos optado por el respeto a la libertad y a la variedad, debemos concluir que hemos optado al mismo tiempo por una Europa de bilingües o plurilingües e incluso, ¿por qué no decirlo?, de mestizos.

La primera edición de este libro se publicó en 1996 y desde entonces no sólo ha mantenido el interés del público sino que ha ampliado sus fronteras. La edición original apareció en catalán (Edicions 62) y en castellano (Alianza) y ahora puede leerse también en francés (Mardaga), en portugués (Terramar), en alemán (Stauffenburg), en inglés (atotos- ebooks.com) y en croata (Skolska Krujiga) y están en preparación traducciones a otras lenguas. Pero el tiempo transcurrido ha hecho necesaria una puesta al día para tener en cuenta las novedades ocurridas entretanto especialmente en el ámbito de la Unión Europea, puesta a punto que no ha afectado a la estructura del libro ni a sus objetivos. El libro se pensó desde un principio como una aportación al proceso de la construcción de Europa, y a pesar de todas las dificultades y de todos los retrasos el autor mantiene intacta su ilusión por una Europa tan diversa como la actual pero más acogedora y más consciente de su unidad y de su responsabilidad.

CAPÍTULO 1

LAS RAÍCES HISTÓRICAS

Un panorama variado

Del Atlántico a los Urales, para usar la expresión consagrada, el panorama lingüístico que ofrece Europa es ciertamente variado.

Empezando por el extremo suroccidental del continente, encontramos en primer lugar una área de lenguas románicas o derivadas del latín, de las que cuatro son lenguas oficiales de otros tantos Estados. El portugués, de Portugal (10,3 millones de habitantes), el español o castellano, en España (40,4 millones), el italiano, de Italia (58,1 millones) y el francés, de Francia (59,3 millones). En Europa el francés es, además, lengua cooficial en Bélgica (10,3 millones), porque es la lengua propia de la región de Valonia y coexiste con el flamenco en la ciudad de Bruselas, y también en Suiza (7,2 millones), como lengua propia de varios cantones de la Confederación. En Italia el francés es cooficial con el italiano en el Valle de Aosta.

Con estas lenguas estatales conviven otras lenguas románicas de desigual difusión. El catalán no sólo tiene un número importante de hablantes, sino una tradición literaria y un soporte institucional. En España actualmente es lengua cooficial con el castellano en los territorios en los que se habla: Cataluña (6 millones), Islas Baleares (680.000) y Valencia (3,7 millones), donde la variedad local se conoce como valenciano. El catalán es también lengua oficial de Andorra (50.000), un valle pirenaico recientemente admitido en la ONU como Estado independiente. Y en Cataluña, en el Val d’Aran (5.000), un valle pirenaico fronterizo con Francia, se habla aranés, un dialecto gascón que actualmente está codificado y protegido. En España también el gallego, lengua emparentada con el portugués, tiene en Galicia (2,8 millones) carácter de cooficial con el español. También el romanche, a pesar de su escasa extensión, está oficialmente reconocido en Suiza y tiene consideración de lengua nacional. En Francia el occitano, o lengua d’oc, en sus distintas variedades, a pesar de que mantiene un número considerable de hablantes, tiene una situación mucho más precaria, lo mismo que el corso en la isla de Córcega. Lo mismo ocurre con varias lenguas neorrománicas en la península italiana: el ladino y el friulano en las estribaciones de los Alpes y el sardo en la isla de Cerdeña.

En Gran Bretaña (60 millones) la lengua oficial es el inglés, mientras que en Irlanda (3,8 millones) el inglés es cooficial con el irlandés, una lengua celta que antiguamente era la lengua propia del país. También en Gran Bretaña se mantienen algunas lenguas celtas, y en primer lugar el galés, que goza de una cierta protección oficial. Más precaria es la situación del gaélico de Escocia y de la lengua de la Isla de Man, que tienen por otra parte pocos hablantes. También en Francia y frente a las costas inglesas, en la Bretaña, se mantiene una lengua celta, el bretón.

El alemán es la lengua oficial de Alemania (82,1 millones) y de Austria (8,1 millones). El alemán, al lado de la forma culta común, mantiene una gran variedad dialectal y en algunas regiones de otros países fronterizos con Alemania se hablan también dialectos alemanes. Éste es el caso de varios cantones suizos donde se habla suizo alemán, motivo por el cual el alemán es lengua cooficial de Suiza (7,2 millones). Es también el caso de Alsacia en Francia, con el alsaciano, aunque aquí carece de reconocimiento oficial. Y es también el caso de Luxemburgo (450.000), donde recientemente el dialecto alemán hablado se ha codificado y con el nombre de luxemburgués se ha convertido en lengua nacional. El alemán se habla también en una pequeña región de Bélgica que ha recibido por ello un estatuto lingüístico propio.

El neerlandés es la lengua oficial de Holanda (16,1 millones), y con la denominación de flamenco es también lengua cooficial de Bélgica por ser la lengua propia de la región de Flandes y compartir este carácter con el francés en la ciudad de Bruselas. Si durante un tiempo el flamenco se consideró una lengua distinta, una convención reciente consagró la unidad de la lengua neerlandesa y las características de sus variantes holandesa y

flamenca. Y en las regiones fronterizas entre Holanda y Alemania se mantiene el frisio o frisón. En los países escandinavos se hablan varias lenguas estrechamente relacionadas entre sí: el danés en Dinamarca (5,3 millones), el sueco en Suecia (8,9 millones), el noruego en Noruega (4,5 millones) y el islandés en Islandia (260.000). El sueco fue un tiempo la lengua dominante en Finlandia y todavía hoy se mantiene en este país una minoría de lengua sueca importante.

El finlandés, en Finlandia (5 millones), y el húngaro, en Hungría (10,5 millones), son dos lenguas muy diversas entre sí pero que los lingüistas reúnen en el mismo grupo urálico en el que se incluye también al estoniano, hablado en Estonia (1,6 millones).

El griego, lengua heredera del griego clásico, es la lengua nacional de Grecia (10,5 millones). El albanés es la lengua de Albania (3,4 millones) y también de la región de Kosovo, en Macedonia, hoy de destino incierto. Y también de algunos islotes lingüísticos en Grecia e incluso en Italia.

En la península de los Balcanes encontramos también una lengua neorrománica heredada de la presencia romana en estas tierras: el rumano, lengua estatal de Rumania (23,4 millones). En Moldavia (4,4 millones), incorporada a la Unión Soviética después de la última guerra y hoy también de destino incierto, se habla un dialecto rumano que en algún momento se ha intentado independizar como lengua. Más sustantividad puede atribuirse al arumano, lengua neolatina de los antiguos valacos, hoy distribuidos por Grecia y por varios países balcánicos.

El lituano, hablado en Lituania (3,7 millones), y el letón, en Letonia (2,4 millones), son lenguas relacionadas entre sí que los lingüistas reúnen en un grupo báltico.

Pero en la Europa Oriental las lenguas más difundidas son las lenguas eslavas, en las que, a su vez, es posible distinguir varios grupos: en el grupo occidental de estas lenguas se incluyen el polaco, hablado en Polonia (38,5 millones), y el checo, del que hace un tiempo se separó el esloveno. Posteriormente la separación política ha consumado la separación lingüística: Chequia (10,4 millones) y Eslovaquia (5,3 millones). El grupo meridional de las lenguas eslavas comprende el búlgaro, hablado en Bulgaria (8,9 millones), el esloveno, en Eslovenia (2 millones), y el serbo-croata, codificado en el siglo XIX aunque las dos comunidades, serbios y croatas, hoy Estados independientes, Serbia (10,6 millones) y Croacia (4,6 millones), utilizan alfabetos distintos para

escribirlo, cirílico los primeros y latino los segundos, y hoy se tiende a considerarlas lenguas distintas. Y hay que añadir todavía el macedonio si se le considera una lengua independiente y no un dialecto del búlgaro.

El grupo oriental tiene como representante principal al ruso, hablado en la Federación Rusa (149,2 millones, de los que una parte habitan más allá de los Urales), y en el mismo grupo figuran el ucraniano y el bielorruso, que desde la disolución de la Unión Soviética se han convertido en lenguas de Estados independientes: Ucrania (52,2 millones) y Bielorrusia (10,3 millones).

Por razones que comentaré en los capítulos dedicados a la historia lingüistica de Europa en los países balcánicos y de la Europa Oriental, las fronteras políticas no coinciden en muchos casos con las lingüísticas y en todos ellos abundan los enclaves y las minorías que hablan lenguas de los Estados vecinos. La relación completa de estos casos complicaría innecesariamente esta descripción sin añadir ninguna lengua nueva al catalogo, por lo que prescindo de intentarla.

Para ser fieles a la expresión «hasta los Urales», debemos incluir entre las lenguas europeas las tres habladas en las regiones del Cáucaso que antes eran repúblicas federadas en la Unión Soviética y que ahora se han convertido en Estados independientes: el georgiano, hablado en Georgia (5,5 millones), el armenio, en Armenia (3,6 millones), y el azerbaiyaní, en Azerbaiyán (7,3 millones). Pero en las estribaciones de la cordillera del Cáucaso se mantienen además un gran número de lenguas menores, la mayoría de las cuales gozaron de un cierto grado de autonomía y de protección durante el período soviético. Entre estas lenguas, por citar sólo las que cuentan con más de 200.000 hablantes, están el chechenio, el avario y el cavario, pertenecientes al grupo de las lenguas caucásicas; el kumik, perteneciente al grupo altaico; y el osético, de la familia indoeuropea y superviviente de la lengua que hablaban los alanos.

Para terminar con esta enumeración recordemos que el vasco, hablado en una región del sur de Francia y del norte de España, ha sido emparentado por algunos lingüistas con las lenguas caucásicas, y más concretamente con el georgiano. En la actualidad, en España el vasco goza también de protección y tiene el carácter de lengua cooficial con el castellano en el País Vasco (2,1 millones). Y que en Malta (360.000) se habla el maltés, una lengua semítica que en la isla tiene carácter de lengua oficial junto con el inglés, aunque su uso escrito es muy reducido.

De la relación así establecida se desprende que en los 15 Estados que constituían la Unión antes de la última ampliación se hablaban 14 lenguas que son lenguas estatales y que son por ello lenguas de la Unión, aunque dos de ellas —el irlandés y el luxemburgués— sólo se usan en determinadas circunstancias, mientras que las otras doce son a la vez lenguas oficiales y lenguas de trabajo de la Unión. A partir de la última ampliación se les han añadido otras diez lenguas de otros tantos Estados que serán también lenguas oficiales y lenguas de trabajo de la Unión, aunque el estatus definitivo del maltés puede aún variar. A ellas se añaden otras tres que tienen carácter de cooficiales en una parte del territorio español y al menos una docena de lenguas sin la consideración de lengua oficial aunque con una entidad apreciable. Y más allá de los límites actuales de la Unión hemos enumerado otras 15 lenguas estatales, a las que podríamos añadir algunas más que son propias de territorios autónomos en el Cáucaso o en otras partes de la República Rusa.

En conjunto tenemos por tanto 39 lenguas estatales distintas, a las que podemos añadir al menos otras 15 lenguas sin este carácter pero con una entidad apreciable. Un panorama lingüístico muy variado, al que hay que añadir que bastantes de estas lenguas se hablan en el interior de más de un Estado y que a menudo en lugares distintos tienen un tipo de reconocimiento distinto. Y así, una lengua puede ser lengua mayoritaria y oficial en un país, lengua minoritaria pero protegida en otro y lengua marginal y sin ningún tipo de protección en un tercero, lo que complica todavía más este panorama.

Más de cincuenta lenguas son evidentemente muchas lenguas, aunque en comparación con los otros continentes el número es más bien exiguo. De las entre 4.000 y 5.000 lenguas distintas que se considera que existen en nuestro mundo, la mayoría se localizan en Asia, en África y en América. Pero hay que recordar que la mayor parte de estas lenguas tan numerosas son lenguas con escaso número de hablantes y no han llegado a estar codificadas ni tienen un uso escrito. En cambio, la mayoría de las lenguas europeas citadas, incluso cuando tienen pocos hablantes, han tenido y tienen algún uso escrito y alguna presencia en la enseñanza, lo que implica alguna forma de codificación, y, lo que todavía es más importante, en la mayoría de los casos sus hablantes las consideran signos de identidad y de alguna manera se identifican con ellas.

En realidad, y en contraste con las cifras sobre el número de lenguas habladas, Europa produce una mayor impresión de variedad lingüística que muchas partes del mundo. En Estados Unidos o en Rusia o en Brasil o en China es posible recorrer miles de kilómetros sin salir de un mismo ámbito lingüístico. En muchas partes de Europa basta un viaje de dos horas en coche para cruzar dos o tres fronteras lingüísticas. Y para notar el cambio no es necesario entrar en contacto oral con sus habitantes, pues las indicaciones en las carreteras o la diversa denominación de unas mismas poblaciones bastan para advertirlo.

Un origen común. Las lenguas indoeuropeas

Algunas de las lenguas habladas en Europa son tan parecidas entre sí, como el checo y el eslovaco, o el serbo-croata y el esloveno, o incluso el danés y el noruego, que la intercomunicación entre sus hablantes no ofrece grandes dificultades. Pero para la mayoría de lenguas no ocurre así, sino precisamente lo contrario. Y sin embargo, y en contra de la primera impresión, la mayoría de estas lenguas tienen mucho en común.

Ya en el siglo XVIII sir William Jones, después de una larga residencia en la India, puso de relieve la semejanza entre el sánscrito y el griego y el latín. La prueba definitiva la estableció Franz Bopp en su Gramática comparada del sánscrito, senda, armenio, griego, latín, lituano, altoeslavo, gótico y alemán (1832-1852). Por los mismos años se popularizaba el enfoque historicista en la lingüística y con él la afición por la gramática histórica y la etimología.

En la actualidad existe un acuerdo general en denominar a estas lenguas «indoeuropeas» y dividirlas en nueve —o diez, según los autores— grupos principales. Atendiendo a su localización y avanzando de Oriente a Occidente, encontramos primero varios grupos de lenguas que sólo se hablan o se han hablado en Asia y que por ello quedan fuera de nuestro tema. Limitándonos al ámbito europeo, se distinguen los siguientes grupos:

1) Balto-eslavo, con dos subgrupos: el subgrupo balto —el lituano y el letón— y el subgrupo eslavo, que a partir del antiguo eslavo se subdivide hoy a su vez en tres subgrupos: el meridional —búlgaro, serbo-croata y esloveno—, el oriental —ruso o gran ruso, bielorruso o pequeño ruso y ucraniano o ruso blanco— y el occidental —checo, eslovaco, polaco.

2) Ilírico, representado en la actualidad por el albanés.

3) Germánico, a partir de un protogermánico hablado en algún tiempo en Escandinavia y el norte de Alemania y del que han derivado varios subgrupos actuales: el subgrupo gótico, con el gótico, la lengua hablada por los godos, actualmente extinguida pero de la que nos quedan fragmentos en la Biblia de Ulfilas (siglo IV), el vándalo, el borgoñón… El subgrupo nórdico, con las lenguas escandinavas: danés, sueco, noruego, islandés… El subgrupo anglosajón, el old english que hablaban los anglos y los sajones, que se establecieron en las Islas Británicas a partir del siglo V desplazando a los celtas y del que desciende el inglés actual. El subgrupo alto alemán, hablado en el sur de Alemania y del que procede el alemán actual. Y el subgrupo bajo alemán, hablado en el norte de Alemania y del que proceden el neerlandés y el frisón.

4) Helénico, en el que históricamente pueden distinguirse: griego micénico, griego helénico y sus dialectos, griego bizantino y griego actual.

3) Céltico: el céltico continental, representado por el galo, hoy extinguido, y el céltico insular o británico, del que han derivado el galés y probablemente el bretón, y por otra parte el gaélico en sus distintas formas: irlandés, escocés, córnico, manxés.

6) Itálico, las lenguas oscoumbrías y entre ellas el latín, o lengua del Lacio, del que han derivado las lenguas neolatinas: italiano, español, catalán, gallego, portugués, provenzal, francés…

El cuadro que figura a continuación ilustra ejemplos de similitudes léxicas presentes en las lenguas de la familia indoeuropea que no se encuentran en otras lenguas.

Grupo y lengua «madre» «tres» «noche» «nariz»

Itálico: latín español francés  

mater madre mère  

tres tres trois  

nox

noche nuit  

nasus nariz nez

Gaélico: galés irlandés  

mam mathai r  

tri tri  

nos

oiche  

trwyn sron

Helenico:  

griego meter treis nax rhis

Bajo alemán: neerlandés  

moeder  

drie  

nacht  

neus

Alto alemán: alemán  

Anglosajón: inglés  

mother  

thre e  

night  

nose

Ilirio: albanés  

nene  

tre  

natë  

hunde

Eslavo occid.: checo  

matka  

tri  

noc  

nos

Eslavo orient.: ruso  

mat  

tri  

noch’  

nos

Balto: lituano  

motina  

trvs  

natkis  

nosis

Lenguas no indoeuropeas

. Lenguas . . «madre» . . «tres» . . «noche» . . «nariz» .

finlandés haití kolme nena

hungaro anya harom ejszaca orp

vasco/euskera ama hitu gau sudur

Así, la mayor parte de las lenguas de Europa forman parte de la gran familia indoeuropea. La excepción la constituyen algunas lenguas pertenecientes a otras familias lingüísticas: el grupo finohúngaro, de la familia de lenguas turcas, representado por el finlandés, el húngaro y el estoniano; el conjunto de lenguas habladas en el Cáucaso, que constituyen

la familia caucásica y de las que la más conocida es el georgiano; el vasco o euskera, de origen desconocido y del que no se conocen conexiones claras aunque se acostumbre a relacionarlo con la familia caucásica, y el maltes, hablado en la isla de Malta y perteneciente a la familia de lenguas semitas.

Si desde el punto de vista lingüístico no parece difícil la identificación de la familia indoeuropea, resulta en cambio muy arriesgado tratar de identificar a los pueblos que en sus comienzos hablaban estas lenguas y que de acuerdo con la unidad de su origen han debido de tener una ascendencia común.

Los esfuerzos por aclarar el «enigma indoeuropeo» han procedido sobre todo de los propios lingüistas. La glotocronología intenta, a partir de la comparación entre las lenguas de una misma familia, en este caso de la familia indoeuropea, determinar la época en que se separaron unas de otras. Y la paleolingüística, partiendo de las palabras que tienen raíces comunes en las distintas lenguas de la misma familia, intenta llegar a deducir el vocabulario básico del indogermánico primitivo. Y de este vocabulario común se intenta, a su vez, deducir algunas de las características principales de los pueblos que hablaban el indoeuropeo primitivo. Y así se nos dice que constituían una sociedad con una estructura familiar muy sólida y una organización social muy jerarquizada, pueblos de pastores nómadas y belicosos que montaban a caballo y que se extendieron por Europa a lo largo del segundo milenio a. C. en sucesivas oleadas desplazando a las poblaciones locales de agricultores neolíticos. Y en cuanto a la localización de su solar originario, los primeros que se ocuparon del tema lo situaban en la India, y de ahí la identificación de los indoeuropeos con los arios y la posterior mitificación como eje vertebrador de Europa; pero posteriormente se ha optado por localizaciones más al oeste, y según la hipótesis más admitida, en una zona comprendida entre la estepa central asiática y el sur de Rusia, en las cercanías de la familia lingüística uralo-altaica, quizás en lo que hoy es la estepa de los kirguises, en el Kazajstán occidental, desde donde se extendieron tanto hacia el este, hasta la India, como hacia el oeste, primero hacia el sur y hacia el norte de Europa y posteriormente hacia el este hasta alcanzar las costas atlánticas.

Lo difícil es casar estas conclusiones extraídas de la lingüística

histórica con los restos arqueológicos e históricos. Un dato sin embargo parece ofrecer una comprobación histórica de esta teoría: la llegada de los

dorios, un pueblo que hablaba una lengua indoeuropea, a la península griega se puede vinvular con la entronización de un panteón de divinidades solares y guerreras, encabezadas por Júpiter, que sustituyeron, sin llegar a eliminarlas, a divinidades anteriores más relacionadas con la naturaleza y con la fecundidad. Y no parece difícil relacionar estas nuevas creencias, las que se cantan en los poemas homéricos y la sociedad que las sustentaba con los esplendores de los restos de la Edad del Bronce en muchos puntos de la Europa Central y danubiana y con muchos restos de la cultura de los celtas. Según esta interpretación, cerca de mil años antes, en los comienzos del tercer milenio, los diferentes grupos lingüísticos de la familia indoeuropea ya se habrían separado. En todo caso, cuando estos pueblos, que hablaban lenguas indogermánicas, se extendieron por Europa, entraron en contacto con poblaciones más antiguas, las poblaciones que a partir de la última glaciación, unos 7.000 a. C., habían protagonizado la llamada «revolución neolítica» que introdujo la agricultura y la ganadería.

Incluso aceptando en sus líneas generales esta teoría, resulta muy difícil concretar sus afirmaciones, y recientemente el distinguido arqueólogo Colin Renfrew (1987) ha despertado considerable atención con una teoría radicalmente distinta de la que acabo de exponer y hasta ahora generalmente aceptada. Las lenguas indogermánicas tendrían ciertamente un origen común, que él sitúa en Anatolia y por tanto en el Asia Menor, pero su difusión por el territorio europeo sería mucho más antigua; habría comenzado más o menos con los inicios del neolítico y por tanto seis o siete milenios a. C. y no habría sido el resultado de invasiones guerreras, sino que habría acompañado a la difusión de la agricultura y por consiguiente a la transformación de las sociedades de cazadores- recolectores en sociedades de agricultores y ganaderos. Un cambio lento ocurrido a lo largo de decenas de siglos en el que las lenguas indoeuropeas no sólo habrían sustituido a otras anteriores, sino que habrían evolucionado y acabado por separarse. El propio autor admite que es una hipótesis tan difícil como sus contrarias, ya que se trata de discutir sobre una época de la que no quedan testimonios lingüísticos directos.

A nuestros efectos basta con decir que no podemos asegurar cuáles

eran los rasgos propios de las sociedades que hablaban la lengua que con el tiempo se ha convertido en la familia de lenguas indoeuropeas y que, incluso suponiendo que la comunidad de origen lingüístico implicase una

base cultural común, los siglos, o mejor las decenas de siglos transcurridos en su proceso de diferenciación, han disuelto esta hipotética unidad primitiva. Lo que sí es cierto en cambio es el proceso contrario: las distintas lenguas indoeuropeas, porque han compartido una historia común, se han influido mutuamente y han adquirido rasgos similares a medida que se forjaba una cultura común.

Y entre los factores de esta convergencia uno de los principales ha sido el uso generalizado del latín en la mayor parte del continente europeo.

El latín, lengua del Imperio Romano

La expansión de Roma por el entorno mediterráneo y por buena parte del continente fue notablemente rápida, pero no es menos notable la rapidez con que se difundió por los territorios conquistados el uso de la lengua latina. Por supuesto, era la lengua de los conquistadores, pero éstos eran relativamente pocos en número y tampoco tenían un interés especial en divulgar su lengua. Hay que pensar más bien en el prestigio de la lengua como vehículo de la cultura y de la organización romana, extraordinariamente eficaz. Digamos que lo que fue muy rápido fue el proceso de romanización y, como uno de sus aspectos, la aceptación de la lengua y, después de un período más o menos largo de bilingüismo, su utilización como lengua exclusiva. Con algunas excepciones a las que más adelante se hará referencia, en el Occidente europeo romanizado las lenguas anteriores a la ocupación romana prácticamente desaparecieron.

La historia fue distinta en Oriente. En la península helénica los griegos siguieron hablando en griego, y en algunos países del Próximo Oriente, como en Egipto y en Siria, con una tradición cultural fuerte, las lenguas locales presentaron resistencia; además, eran regiones donde el griego estaba ampliamente difundido desde las conquistas de Alejandro.

No sólo el griego se mantuvo frente al latín, sino que los romanos cultos asumieron la cultura expresada en lengua griega, de la mitología a la literatura y a la filosofía, considerándola modélica, con lo que el conocimiento de la lengua griega se convirtió en una prueba de superioridad intelectual. Así que en este caso puede hablarse de una auténtica cultura bilingüe con el consiguiente enriquecimiento del latín. Por supuesto, esta cultura bilingüe era privativa de unas clases cultas en Roma y en algunas capitales importantes, mientras que la mayoría de la

población se limitaba al sermo rusticus, el latín vulgar. Pero el hecho es que en buena parte de lo que ahora llamamos Europa se hablaba una misma lengua y que esta lengua vehiculaba un patrimonio cultural importante, sin comparación con el que poseían otros pueblos, y que incluía una tradición literaria, científica, filosófica, jurídica… en parte propia y en parte heredada de Grecia.

No es posible olvidar la parte que ha correspondido a Roma en la formulación de la idea de Europa. El derecho romano ha sido el eje vertebrador de la conciencia pública europea muchos siglos después de que el Imperio desapareciese. Los sucesivos renacimientos que se han sucedido a lo largo de nuestra historia han empezado con un redescubrimiento de la cultura clásica. Y, desde Carlomagno, el recuerdo del Imperio Romano ha estado presente en todos los intentos de construir una estructura política común.

Y la influencia directa de la lengua latina no ha sido menor. Con la sola excepción de las Islas Británicas, en todas las tierras del Occidente europeo donde se establecieron los romanos se siguen hablando hoy lenguas románicas o neolatinas. A finales del Imperio las grandes invasiones germánicas sólo desplazaron ligeramente hacia el oeste la frontera entre lenguas germánicas y lenguas latinas que el limes militar había situado en el Rin. En cambio, y como ya se ha comentado, en la parte oriental del Imperio la implantación del latín fue menor, y sólo en la antigua Dacia, y actual Rumania, se ha mantenido una lengua latina.

Pero el papel del latín en la historia lingüística de Europa no se ha limitado al de ser origen de las lenguas neolatinas. Adoptado por la Iglesia como lengua propia, el latín siguió siendo una lengua viva a pesar de que las invasiones bárbaras deshicieron la estructura política en la que se apoyaba.

El latín, lengua de la Iglesia y de la cultura

El cristianismo surgió en un medio judío pero pronto tuvo una vocación universalista, lo que hizo que no tardara en predicarse en otras lenguas. Primero en griego —san Pablo—, pero pronto llegó a Roma y con ello la propagación se hizo también en latín. Y dado que Roma era la capital del Imperio, su comunidad cristiana también ocupó un lugar preeminente y la predicación en todo Occidente se hizo en latín. A pesar de ello, las

comunidades cristianas de Oriente mantuvieron su importancia. La mayor tradición cultural de estas tierras hizo que las primeras traducciones de la Biblia, igual que las primeras grandes discusiones doctrinales, las primeras formulaciones programáticas y los primeros intentos de filosofía cristiana, surgiesen aquí y por tanto en griego. Pero a medida que con las invasiones y la descomposición del Imperio la Iglesia de Occidente y la de Oriente se separan, y más todavía cuando la separación se hace definitiva, este papel del griego en la Iglesia romana disminuye hasta desaparecer y el latín se convierte en el único lenguaje eclesiástico.

En los siglos oscuros que siguen a las invasiones bárbaras y hasta que en el siglo XI los pueblos europeos adquieren una cierta estabilidad y empiezan a dejar testimonios escritos, la Iglesia ha sido la única institución estable cuyas fronteras se extendían a todo el mundo conocido. Y la Iglesia utilizaba el latín como instrumento de su actividad, como medio de comunicación e incluso para predicar a pueblos que nunca habían estado en la órbita de esta lengua. En los monasterios se copiaban y recopilaban manuscritos en latín, y obispos y monjes viajaban sin parar de un país a otro sin necesidad de intérpretes.

Con el siglo XII la sociedad medieval llega a su plenitud. Es el siglo de las cruzadas y de las grandes catedrales, el siglo de la orden del Císter y de la fundación de las primeras universidades, que en poco tiempo se extienden por toda Europa: París, Oxford, Cambridge, Bolonia, Montpellier, Colonia, Upsala, Cracovia, Salamanca, por citar algunas de las más conocidas y que son auténticas «fábricas de saber» durante siglos. Es fácil hablar hoy desdeñosamente de la escolástica, pero la escolástica en sus tres versiones, cristiana, árabe y judía, pretendía no sólo racionalizar la fe, sino hacerlo utilizando la filosofía griega, y es un hecho que toda la filosofía posterior y el nacimiento del pensamiento científico enlazan directamente con ella. Y en las universidades medievales y en latín se forman los primeros legistas, que tanta importancia tendrán en el paso de los regímenes feudales a las monarquías nacionales. Y en latín estudian los médicos que introducirán la medicina árabe en la Europa Occidental.

Maestros y estudiantes se desplazan de una universidad a otra sin problemas porque en todas partes se usa la misma lengua. Y cuando con el Renacimiento el saber deja de ser sinónimo de saber eclesiástico, el latín continuó siendo el lenguaje de la ciencia. Copérnico (1473-1543), Kepler

(1572-1630), Huyghens (1629-1695), Newton (1642-1727)… todos los iniciadores de la ciencia moderna escriben en latín. Y si es cierto que las lenguas «vulgares» cada vez alcanzan más prestigio y que Descartes (1596-1659) escribe el Discurso del método en francés, también lo es que las Meditaciones metafísicas las escribe en latín. Y en latín escribió toda su obra Spinoza (1632-1677), y buena parte de la suya Leibniz (1646- 1711). No obstante, y a pesar de esta persistencia, es cierto que el latín pierde progresivamente posiciones en favor de las lenguas vulgares convertidas en lenguas. Todavía en el siglo XVIII y comienzos del XIX en la mayoría de universidades europeas las tesis doctorales se redactaban en latín, pero era ya una muestra de tradicionalismo cada vez más difícil de justificar. De manera que cuando, en la segunda mitad del siglo XIX, en la mayoría de países de Europa se reglamenta la enseñanza secundaria —el bachillerato— como camino para entrar en la universidad, se concede un lugar importante a la enseñanza del latín y del griego, pero más bien como una introducción a la cultura humanista que con la esperanza de que los alumnos lleguen a utilizarlas como medio de expresión y de comunicación. Se aprenden ya como «lenguas muertas», en contraste con la enseñanza de las llamadas «lenguas vivas».

Sólo la Iglesia católica continúa utilizando el latín en su

funcionamiento interno, en la liturgia y en la formación de los eclesiásticos. Pero con el siglo XX también este uso empieza a decaer. El Concilio Vaticano II decide la sustitución del latín por las lenguas vulgares en la liturgia. Y el Concilio Vaticano II es también el primero en la historia de la Iglesia en el que una buena parte de los obispos participantes son incapaces de intervenir en latín en las discusiones.

El uso sistemático del latín como vehículo del saber y de la cultura ha

tenido, entre otras consecuencias, el que todo nuestro vocabulario científico en el sentido más amplio de la palabra, de la metafísica a la matemática, de la botánica a la medicina, del derecho a la administración, esté derivado directamente de él o del griego muchas veces a través del latín. Y es un vocabulario rigurosamente homogéneo no sólo en todas las lenguas neolatinas, sino en todas las lenguas de Europa. Y todavía hoy se acude a raíces grecolatinas para inventar nuevas denominaciones.

Cuando en el siglo pasado se propusieron lenguas artificiales como el esperanto para facilitar las comunicaciones internacionales sin tener que

depender de una lengua nacional determinada, hubo quien pensó que el latín podía ocupar este lugar. E incluso se presentó un latín simplificado que por un momento despertó cierto interés. Pero hoy la posibilidad de que el latín vuelva a ser la lengua común de los europeos parece definitivamente perdida.

La ascensión de las lenguas populares

Aunque el latín fuese la lengua común y prácticamente exclusiva en la mayor parte de las tierras del Imperio Romano, hay que distinguir entre el latín culto, el latín de la oratoria, de la prosa literaria o administrativa, normalmente en forma escrita y que puede considerarse rigurosamente común en todo el ámbito del Imperio, y el latín de la vida cotidiana, básicamente hablado y que presentaba particularidades locales, a veces acusadas, en la fonética en primer lugar pero también en la sintaxis e incluso en el vocabulario. Algo perfectamente lógico y que en alguna medida se da en todas las lenguas que alcanzan un alto grado de desarrollo, en las que el uso culto difiere del uso vulgar y que se hablan en territorios extensos. Las diferencias regionales que así se producen son la consecuencia de que en cada lugar los contactos orales, limitados a los habitantes del mismo lugar, producen evoluciones independientes pero están influidas además por la presión que sigue ejerciendo la lengua hablada anteriormente —lo que los lingüistas denominan el «sustrato». Así, para poner un ejemplo, es fácil imaginar que cuando los iberos del litoral mediterráneo empezaron a hablar en latín, lo hicieron conservando sus hábitos fonéticos o sus preferencias sintácticas, al mismo tiempo que introducían en el latín palabras de su antigua lengua.

Mientras el Imperio conservó la solidez de su estructura y la fluidez de

sus comunicaciones, estas diferencias se mantuvieron dentro de límites reducidos y sin romper la unidad de la lengua, pero a medida que el Imperio se fue debilitando, y no digamos cuando con las invasiones de los bárbaros a partir del siglo V la unidad se rompió y las estructuras comunes desaparecieron, el proceso de diferenciación se acentuó hasta que a la larga aparecieron las distintas lenguas románicas.

Sobre la manera en que se produjo en concreto este proceso y sobre las

fases que atravesó, es bien poco lo que podemos decir. Del siglo V al siglo XI todos los testimonios escritos que poseemos están en latín. Y es

sólo desde el siglo XI cuando disponemos de textos latinos en los que alguien ha anotado al margen la equivalencia en lengua vulgar de algunas palabras. Los historiadores de las lenguas en estas épocas han de trabajar a base de suposiciones.

Pero incluso si dispusiésemos de una documentación suficiente, sería

imposible decir en qué momento la lengua hablada ha dejado de ser latín para convertirse en otra distinta. Porque se trata de un proceso gradual y continuo y no existe ningún momento en el que la aparición de un rasgo determinado signifique la existencia de una lengua nueva. Un proceso no sólo gradual y continuo sino geográficamente diferenciado y con diferencias que son igualmente graduales y en cierta medida continuas.

La evolución del latín en un valle alpino o pirenaico no coincide exactamente con la que se produce en el valle vecino. ¿Lo que así surge son variantes de una misma lengua o son dos lenguas distintas? Y lo que digo para los dos valles puede repetirse para cada lugar de la Romanía, el conjunto de los territorios donde se mantuvo el latín.

Toda evolución lingüística incluye tendencias disgregadoras pero al mismo tiempo pone en juego presiones unificadoras que mantienen la comunidad de lengua entre los hablantes. Los que hablan a menudo entre sí, los que viven en la misma aldea, en el mismo valle, los que concurren al mismo mercado o están sometidos a la misma autoridad tienden a conformar su manera de hablar a un modelo común.

Si, como he dicho, del siglo V al X no disponemos de documentos en lengua vulgar, sí sabemos que la distancia entre el latín que usaban los clérigos y las personas cultas capaces de escribir y la lengua popularmente hablada en cada lugar se hacía cada vez mayor y que los propios hablantes eran conscientes de esta diferenciación. Carlomagno fundó escuelas para que los hijos de sus nobles aprendiesen el latín correctamente, pero durante su mismo reinado el Concilio de Tours (813) ordenó a los clérigos

«que cada uno tradujese a la lengua vulgar, románica o teutónica, los sermones a fin de que todo el mundo pudiese más fácilmente entenderlos». Del texto se desprende que entre el latín y el «románico» que habla el pueblo la diferencia es tan considerable que dificulta la comprensión. Y se desprende también que el habla de los antiguos bárbaros que no adoptaron el latín es ya considerada una lengua al mismo nivel que la románica.

Pero ¿cuál es el románico que hablan los feligreses a los que se refiere el Concilio? Unos años después Nithard, nieto de Carlomagno, narrando

en latín las luchas entre los hijos de Luis el Piadoso, trascribe el texto del Juramento de Estrasburgo (842) pronunciado por Luis el Germánico en francés y por Carlos el Calvo en alemán para que pudiesen comprenderlo sus respectivos soldados. El texto transcrito en francés es demasiado breve para que nos podamos formar idea precisa de la lengua a la que corresponde, y los estudiosos discuten si es un antecesor del picardo, del angevino o incluso del franco provenzal. Esto significa que en aquel momento en Francia, como en toda la Romanía, el latín ha evolucionado en formas diferenciadas en cada lugar, de modo que se pueden encontrar los gérmenes de lenguas distintas pero que constituyen un continuo sin límites claros entre sí.

Si hasta aquí me he referido a la evolución que lleva del latín a las lenguas neolatinas, algo parecido podría decirse de las otras lenguas de Europa en aquellos siglos, aunque los datos de que disponemos son igualmente escasos. Cuando ocurrieron las grandes invasiones, las distintas ramas del protogermánico, a las que se ha hecho referencia al hablar de los indoeuropeos, ya se han diferenciado: alto alemán, frisón e inglés antiguo. El inglés antiguo, todavía muy cercano del alto alemán y que conservaba las declinaciones, era la lengua que hablaban los anglos y los sajones que se instalaron en las Islas Británicas en el siglo V desplazando a los celtas. En cuanto al alto alemán, sabemos que en tiempos de Carlomagno presentaba múltiples variedades locales, y tenemos muestras de estas variedades en glosas marginales en textos latinos del siglo X, glosas más abundantes incluso que en los países de lenguas latinas probablemente, porque aquí la distancia entre la lengua latina y la lengua vulgar era más grande y era más necesario, por tanto, explicar el significado del texto latino. Menos información poseemos todavía sobre el estado de las lenguas eslavas en estos siglos, y lo que sí podemos decir con certeza es que hacia el año 863 los hermanos Cirilo y Metodio, nacidos en Tesalónica, a partir del alfabeto griego propusieron un nuevo alfabeto para transcribir los textos sagrados a las lenguas eslavas.

Si hacia el año mil el mapa lingüístico de Europa es extremadamente

vago y nos faltan además testimonios escritos para documentarlo doscientos años después, en el llamado renacimiento del siglo XII, y su culminación en el XIII, el panorama ha cambiado completamente. Empiezan a existir estructuras políticas definidas, monarquías estables y

ciudades en expansión. Y estas estructuras políticas generalizan el uso de documentos administrativos escritos en lengua vulgar. Y al mismo tiempo se producen obras literarias también en lengua vulgar que se ponen por escrito. Por uno y otro camino ciertas variedades lingüísticas tienden a consagrarse y a estabilizarse, y es posible construir mapas lingüísticos que den idea de su distribución geográfica.

Italia había sido la patria originaria del latín, pero conviene recordar que el latín era en un principio la lengua del Lacio, la región en la que se asentaba Roma, y que fue sólo a través de sucesivas conquistas como se extendió por toda la península italiana. Y por otra parte que la península fue invadida por los longobardos, que, si bien aceptaron el latín, también lo modificaron. Y que el hundimiento del Imperio representó la fragmentación política de la península. Pero más que en otras partes sobrevivieron las ciudades, y es sobre todo en relación con las ciudades como se configuran los núcleos lingüísticos. Dante, que en De vulgare elocuentia reivindica la dignidad de la lengua vulgar y se esfuerza por escribir en un volgare illustre, distingue hasta catorce dialectos italianos.

El territorio francés es también un buen ejemplo de esta variedad. Desde el comienzo de la evolución se advierte una separación clara entre las lenguas de «oil» al norte y las lenguas «d’oc» al sur. En el norte las distintas regiones geográficas dan nombre a otras tantas variedades lingüísticas: Valonia, Picardía, Champagne, Normandía, Borgoña… y es sólo después de una oscilación que dura varios siglos cuando la variedad de lengua hablada en la región de París, llamada a veces francino, se consagra como la lengua de la administración y de la literatura. En el sur las lenguas de oc no presentan una menor variedad: lemosín, auvernés, gascón, occitano, provenzal… Y entre las lenguas de oc y las de oil, en una situación intermedia, el franco provenzal. En los siglos XII y XIII las lenguas de oc tuvieron una manifestación muy brillante en la poesía de los trovadores, que utilizaban una lengua común, ampliamente imitada incluso lejos de sus fronteras. Pero la lengua de los trovadores era un fenómeno exclusivamente literario, y las tierras d’oc siguieron políticamente desunidas y no fueron capaces de resistir la presión ejercida desde el norte. En la península ibérica, donde la descomposición del latín vulgar había producido variedades diferenciadas en toda la extensión de su territorio, el proceso fue interrumpido por la invasión árabe y fueron las nuevas lenguas, formadas en las montañas del norte en las que se refugiaron los

que huyeron de la invasión, las que se extendieron hacia el sur al compás de la Reconquista y las que finalmente determinarían el mapa lingüístico de la península. Cinco nuevas lenguas en los comienzos —gallego, asturiano, castellano, aragonés y catalán—, que finalmente, porque el castellano bloqueó la expansión del asturiano y del aragonés, quedaron reducidas a tres: gallego en el extremo occidental, que al extenderse hacia el sur daría lugar al portugués, castellano en el centro y catalán en el extremo oriental. En el siglo XIII las tres lenguas presentan una producción literaria importante.

En lo que hoy llamamos Alemania, y en general en los territorios de lengua germana, a la variedad de formas dialectales que ya he señalado se añade una evolución rápida que hace que se llame «alemán medio» a la lengua hablada en los siglos XII y XIII, claramente diferenciada del «alto alemán» de los siglos anteriores. Es la lengua en que están escritos Los Nibelungos y la Crónica Imperial. La poesía lírica de los Minnensinger, en cambio, está escrita en una lengua que evita las formas demasiado específicamente dialectales y que está fuertemente influida por el francés y por el occitano.

A pesar de todo, y en ausencia de una presión unificadora, las diferencias dialectales siguen siendo muy fuertes, sin que durante mucho tiempo ninguna variedad se impusiese a las demás. No obstante, sí hubo una variedad dialectal que se independizó. Los Países Bajos eran y son una región étnicamente muy mezclada, en la que confluían distintas influencias lingüisticas, pero sus ciudades llevaban una vida próspera y relativamente independiente. En el siglo XII se escriben obras en lo que puede denominarse un «neerlandés medio», y en el siglo XIV las ciudades escriben sus documentos en neerlandés, también conocido como holandés. Más compleja es la historia del inglés. Ya he recordado que en el siglo IX el inglés antiguo era ya claramente identificable, aunque, como en todas partes, con una gran variedad de formas dialectales. Pero en 1066, y tras la batalla de Hastings, se produce la invasión normanda, y los normandos, aunque de origen escandinavo, hacía tiempo que se habían establecido en la Normandía y que hablaban francés. De manera que el francés se convierte en la lengua de la corte y de la nobleza, mientras que el pueblo llano sigue hablando inglés, un inglés que evoluciona sin tener el apoyo de una autoridad culta. Sólo a partir de la Guerra de los Cien Años

la monarquía y la nobleza recuperan el uso del inglés, pero los dos siglos de convivencia con el francés han dejado en él una huella francesa muy marcada, especialmente en el vocabulario.

La evolución lingüística en los países del este y del sur de Europa es más difícil de resumir por falta de testimonios escritos, pero no parece demasiado distinta de la que acabo de esbozar. Si en los comienzos de la Edad Media en cada familia lingüística encontramos un continuo de variedades de habla, al llegar a los siglos XII y XIII ya se pueden reconocer núcleos claramente diferenciados que podemos calificar de lenguas, y entre ellas están todas las que hoy hablamos los europeos.

En el proceso que ha llevado a la formación de las lenguas como conjunto de significados y de normas comúnmente aceptados, hemos visto que intervienen diferentes factores. Por un lado, las creaciones literarias, sobre todo las que se ponen por escrito y no sólo se difunden en el espacio, sino que se mantienen en el tiempo. Y, al mismo tiempo, las estructuras políticas que utilizan la lengua, y muy especialmente la lengua escrita, en el ejercicio de su autoridad. La evolución de estas estructuras hacia los Estados nacionales desempeñará un papel decisivo en la consolidación y el prestigio de determinadas lenguas.

Los factores de la consolidación

En los períodos iniciales de la mayoría de las lenguas europeas actuales encontramos algunas creaciones literarias que constituyen una primera manifestación de su madurez. En unos casos son poesías líricas, como las obras de los trovadores o de los minnensingers. En otros, son poemas épicos, como la Chanson de Roland, el Mio Cid o Los Nibelungos. Y en otros son obras cultas, como la Divina Comedia. En cualquiera de estos casos, la creación literaria se hace popular y famosa, y fija y acredita una determinada variedad de lengua y la extiende más allá de los lugares donde originariamente se ha creado. Esto es cierto en el caso de la transmisión oral, pero mucho más cuando la obra literaria se pone por escrito. La obra escrita no sólo puede difundirse mucho más que la oral en el espacio y en el tiempo, sino que implica un mayor nivel de fijación, porque requiere unas determinadas reglas ortográficas para la transcripción del texto oral. Y no hace falta decir que la imprenta aumentará considerablemente esta capacidad de difusión de la obra escrita.

No es posible exagerar el papel de las creaciones literarias en la configuración de las actuales lenguas europeas, pero probablemente el caso más claro y más ilustrativo en este sentido lo constituya Italia.

Ya he recordado que Dante enumeraba hasta catorce dialectos italianos correspondientes a otras tantas regiones geográficas. Si, como ocurrió en Francia o en España, se hubiese fraguado la unidad política de la península a partir de una determinada ciudad o región, su lengua habría acabado convirtiéndose en la lengua común italiana. Pero en Italia no ha existido este proyecto, lo que a primera vista puede resultar sorprendente, dado que es en Roma donde más vivo se ha conservado el recuerdo de la grandeza imperial. Pero Roma es la sede del Papado, cabeza de una institución establecida en todo el mundo conocido y que tiene por ello un peso considerable en la misma ciudad de Roma y en el conjunto de la península italiana. Y la Roma papal ve con recelo cualquier poder civil que pueda hacerle sombra en su propio territorio. Por esto Italia se mantiene como un conjunto de ciudades y de comarcas en teoría independientes y en la práctica sometidas a la confrontación entre el Papado y el Imperio Germánico primero y después al juego de las ambiciones de los países vecinos, en primer lugar Francia y la Corona de Aragón, sustituida ésta después por la monarquía española.

No hay por tanto un poder político capaz de imponer una lengua

común. La Iglesia con capitalidad en Roma e influencia sobre toda la península podía haber presionado en favor del dialecto romano, pero para la Iglesia, como institución, la lengua culta es el latín. Así, la consagración de una lengua culta italiana queda entregada a las producciones literarias. Y, como es sabido, la gran eclosión de la literatura en lengua vulgar en Italia tiene lugar en el siglo XIV, con la obra de Dante, de Boccaccio y de Petrarca. Los tres escriben en la lengua hablada en Florencia, en la Toscana, y el éxito de la obra de los tres prestigiará el dialecto toscano hasta convertirlo en la lengua literaria por excelencia. Dos siglos después el humanista Bembo la propone a los que quieren dedicarse a la literatura y su opinión es ampliamente compartida. En los mismos círculos de la Roma papal se prefiere el toscano al dialecto romano. Y cuando la Academia de la Crusca decide confeccionar un diccionario de la lengua italiana, elige la lengua de Boccaccio como marco de referencia principal. Y aunque hay intentos de prestigiar otras variedades dialectales, ninguno llega a consolidarse. De manera que cuando, ya bien entrado el siglo XIX,

se constituye el Estado italiano y se propone como objetivo la unidad lingüística, no se necesitan grandes esfuerzos para alcanzar una decisión que hacía tiempo que estaba ya implícita. La lengua de la Italia unificada será la lengua de Manzoni, literato y patriota y defensor de la tradición toscana.

Por grande que haya sido el papel de las creaciones literarias en la configuración de las principales lenguas europeas, y el ejemplo de Italia es bastante revelador, conviene recordar que durante muchos siglos los discursos orales y los textos escritos que sobre todo llegaban al público no eran las obras literarias como tales, sino obras que tenían una intención específicamente religiosa. Ya he recordado que el Concilio de Tours recomendaba que se predicase en la lengua del pueblo, y siglos después el Concilio de Trento repetía esta recomendación pensando en los pueblos de América, acabados de descubrir, pero pensando también en muchas regiones de Europa donde distintas lenguas coexistían. En Francia la predicación en lengua local se mantuvo hasta la revolución. Puede decirse por tanto que, para ciertas lenguas, la literatura religiosa ha tenido una influencia directa en su fijación; y en algunos casos, incluso en su conservación. Para limitarme a un ejemplo, se calcula que, de la totalidad de los textos en vasco editados antes del siglo XX, cerca del 80 por ciento son obras de temática religiosa.

La mayoría de estos textos vascos han sido escritos por eclesiásticos católicos, pero algunos también por defensores de la doctrina protestante. Y es que el protestantismo, sobre todo en el centro y en el norte de Europa, ha desempeñado un papel singular en la consolidación de muchas lenguas. Pues si la Iglesia católica ha defendido la predicación y la edición de libros de piedad en lenguas vulgares, también ha mantenido el latín como lengua de la liturgia y como lengua de los textos sagrados. Los reformistas, en cambio, empezando por Lutero, no sólo utilizan la lengua vulgar en la liturgia sino que recomiendan a los fieles la lectura de la Biblia, y para ello promueven su traducción. Y lo hacen con tanta insistencia que se puede decir que la difusión de la Reforma en un país se acompaña de la traducción de la Biblia y de la generalización de su lectura.

El ejemplo más claro en este sentido nos lo ofrece la lengua alemana. Como en Italia, también en Alemania la variedad dialectal típica de los comienzos de la Edad Moderna coincide con la ausencia de una autoridad política dispuesta a unificar el país. Pero en Alemania tampoco hay una

tradición literaria que pueda desempeñar un papel comparable al que hemos visto que en Italia representan los escritores florentinos, y su lugar lo ocupa la traducción de la Biblia por Lutero. Lutero tuvo la habilidad de utilizar un alemán relativamente neutro, sin implicaciones dialectales excesivas, y, gracias a la extraordinaria difusión que alcanza su versión de la Biblia, su lengua se convierte en el paradigma del alemán escrito, al menos hasta el siglo XIX.

Sin la aparatosidad del caso alemán, se pueden citar otros ejemplos de la influencia que las traducciones de la Biblia tuvieron sobre el desarrollo de una lengua. Todos los historiadores de la lengua inglesa están de acuerdo en reconocer la importancia de la influencia de la llamada traducción del rey Jaime sobre el desarrollo de esta lengua. Pero no fue menos importante para el galés la traducción hecha en el siglo XVI. En el mismo siglo, la traducción al finlandés, surgida en los círculos de la Iglesia luterana, consagra las normas del finlandés escrito.

El proceso de fijación y de estabilización de una lengua, impulsado por diversos factores, entre los que he destacado las obras literarias y los textos religiosos, llega a un punto en que se hace consciente y reflexivo, lo que se traduce en un esfuerzo por explicitar las reglas internas de la lengua y expresarlas en normas. Es el momento en el que se escriben las primeras gramáticas, se compilan los primeros diccionarios y se formulan reglas ortográficas. Desde nuestra perspectiva actual, disponer de una gramática, de un diccionario y de un código de reglas ortográficas es lo que caracteriza a una lengua plenamente constituida y lo que permite distinguir una lengua de otra.

Las primeras preocupaciones en este sentido dirigidas no ya al latín sino a una lengua «vulgar» surgen en plena Edad Media entre los trovadores provenzales, pero su interés se refiere más bien al lenguaje poético y a las reglas de la versificación. También en Dante encontramos un esfuerzo de reflexión sobre el lenguaje. Pero la primera gramática pensada como tal y que tiene por objeto una de las nuevas lenguas la escribe Antonio de Nebrija.

Nebrija, que publica su Gramática castellana el mismo año del descubrimiento de América, es un humanista que conoce la gramática latina y la griega y que está convencido de que si el latín y el griego se han mantenido durante tantos siglos como lenguas vivas y si, incluso cuando han dejado de hablarse, siguen siendo entendidas y estudiadas, es gracias a

la existencia de gramáticas que han asegurado su estabilidad. Y él pretende hacer lo mismo con la lengua castellana, para que «lo que ahora y de aquí en adelante se escriba pueda quedar en un tenor y entenderse por toda la duración de los tiempos».

La iniciativa de Nebrija pronto encuentra imitadores en Francia y en Italia en primer lugar y, con el tiempo, en otras muchas partes. Y, para ser más exactos, en todas las lenguas que se convierten en lenguas reconocidas de un Estado nacional. Otras lenguas que quedan al margen de las grandes estructuras políticas, reducidas muchas veces a un uso puramente oral, no sienten la necesidad de esta codificación. Y esta necesidad surge precisamente cuando, impulsadas por movimientos reivindicativos, pretenden un mayor reconocimiento público. Y no digamos si la reivindicación acaba en sustantividad política. Es lo que ocurrió cuando Noruega se convirtió en un Estado independiente y los noruegos decidieron que su lengua, considerada hasta entonces un dialecto del danés, requería una norma propia.

Llegamos así al último de los factores que han influido en la constitución y la consolidación de las lenguas europeas: la relación entre estas lenguas y los procesos de constitución de los Estados nacionales. El último y también el más importante, ya que esta relación es la que, en primer lugar, ha determinado el mapa lingüístico de la Europa actual.

CAPÍTULO 2

LENGUAS NACIONALES Y NACIONALISMO LINGÜÍSTICO

«La lengua no siempre ha sido el criterio por el que se han identificado las naciones. Hasta el siglo XIX la conciencia de muchos pueblos europeos se basaba en diferentes factores, entre los que se contaban las creencias religiosas, las tradiciones feudales, la clase social, la ascendencia étnica y la herencia cultural en la que se incluía el lenguaje. Pero a partir de 1840 se produce lo que parece ser un desplazamiento brusco en el énfasis de las ideologías nacionalistas: para bien o para mal el lenguaje se convierte en el factor decisivo y en el símbolo de la nacionalidad.»

Meic Stephens.

Linguistic Minorities in Western Europe.

Unificación política y unificación lingüística

Los diferentes dialectos que se hablaban en Italia a comienzos de la Edad Moderna se corresponden con regiones distintas, pero en cada región eran ciudades las que ostentaban el poder político y las que podían prestigiar la lengua. En el caso de Francia las variedades dialectales regionales hay que ponerlas más bien en relación con poderes feudales y con monarquías incipientes. Y lo mismo puede decirse de las distintas lenguas neolatinas que se configuran en la península ibérica: los cinco núcleos originarios se corresponden con otros tantos núcleos independientes de resistencia frente

a los árabes. Y la suerte posterior de estos núcleos, luego reducidos prácticamente a tres, y su expansión hacia el sur están ligadas a la historia de las estructuras políticas que los han adoptado y a sus conquistas militares. No se trata de una relación lineal, ya que el juego de las alianzas y de las uniones y desuniones de las primeras monarquías feudales es complejo y cambiante. Así, vemos que el reino de Aragón, con capitalidad en Barcelona, en parte es de lengua catalana y en parte de lengua castellana; que en el reino de Castilla y León el castellano sustituye al asturiano-leonés, y que cuando se constituye el reino de Portugal no incluye Galicia, que es la región donde la lengua había tenido su primer florecimiento. Pero con todas las matizaciones necesarias, es evidente que desde el principio se producen implicaciones mutuas entre la lengua y el poder político. La lengua o la modalidad de lengua empleada en el ejercicio del poder se hace por ello mismo prestigiosa, y este prestigio es especialmente importante cuando el poder político se extiende por tierras en las que se habla una lengua o una variedad de lengua distinta.

Esta conexión entre lengua y poder político que advertimos a finales de la Edad Media se hará cada vez más fuerte a lo largo de la Edad Moderna en el camino que lleva a la constitución de los Estados nacionales. Un proceso que se ha dado en toda Europa de maneras distintas, aunque el caso francés es el más representativo porque es el lugar donde el proceso de expansión y de codificación de una lengua está más claramente ligado a un proceso de unificación política y porque es el modelo que, directa o indirectamente, ha inspirado procesos parecidos en otros países. En Francia la progresiva expansión de la monarquía establecida en París a finales del siglo X acaba consagrando como lengua de Francia a la lengua d’oil y más concretamente a la variedad de lengua d’oil hablada en l’Île de France, la comarca que rodea París. Un resultado que habría sido difícilmente previsible en el momento en que se inició el proceso.

Cuando la monarquía de los Capetos comenzó su expansión, las tierras que ahora constituyen Francia, como cualquier otro lugar de Europa, eran un puzle de lenguas o de variedades lingüísticas. En este puzle el rasgo más destacado era la existencia de una frontera de este a oeste que separaba al norte las lenguas de oil y al sur las lenguas de oc, una frontera muy neta y que probablemente tenía su fundamento en un sustrato lingüístico anterior a los romanos. Pero, además, al este las lenguas de oil

limitaban con lenguas germánicas, variedades del antiguo alemán, y la frontera entre las dos familias de lenguas que en principio coincidían con la frontera romana entre la Galia y la Germania se había desplazado hacia el oeste, de modo que las hablas germánicas penetraban profundamente en la antigua Galia. En el borde atlántico las lenguas de oil convivían con una lengua celta, el bretón, que no era un resto de la lengua hablada por los galos, sino que más bien parece recibida de la vecina Gran Bretaña.

En este panorama tan variado de lenguas de alcance local o regional no todas tenían la misma difusión ni el mismo prestigio. En el siglo XII, cuando empiezan las primeras manifestaciones literarias de las que tenemos constancia escrita, el mayor prestigio corresponde a la lengua de oc, especialmente la de Provenza, la lengua de los trovadores y de la rica cultura provenzal. Tan alto es su prestigio que escriben en provenzal poetas de regiones cercanas o lejanas.

A finales del siglo XII y comienzos del XIII ocurre un episodio que tendrá consecuencias decisivas en la historia lingüística de Francia, un episodio estrictamente político aunque se revista de motivaciones religiosas. El rey de Francia aprovecha la cruzada contra los albigenses para destruir el poder de los señores del sur y establecer allí su autoridad. Desde entonces la lengua d’oc entra en decadencia.

El triunfo del norte no significó necesariamente el triunfo de la lengua

de París. París puede ser el centro del poder político y tiene el prestigio que le concede su universidad, pero ésta se expresa en latín. La literatura de expresión francesa se cultiva más bien en las cortes de Aquitania y de Normandía. Y durante un tiempo en París el normando disputa al francino el papel de lengua culta. Incluso el picavino puede aspirar a esta consideración, y todavía en pleno siglo XII Froissart lo utiliza en algunos de sus escritos. Pero ya es una excepción. Progresivamente la lengua de París se convierte en la lengua de la administración real y de su burocracia, que se extiende por todos los dominios reales. Y al lado de la influencia de la cancillería real la de la abadía de Saint Denis, que tiene posesiones por todo el país y que se convierte así en embajadora del francés real, de modo que progresivamente los literatos se suman a esta corriente. En el siglo XIV el francés real es ya la lengua de todas las actividades administrativas, tal como establece el edicto de Villiers Cotterets, y en el siglo XV

prácticamente toda la producción literaria, en París o en las provincias, se hace en esta lengua.

Naturalmente la difusión de la imprenta refuerza notablemente esta tendencia. La imprenta consagra una lengua única en el vocabulario y en la sintaxis y fuerza además la unificación ortográfica. Y los libros impresos llegan a un público cada vez más amplio.

Así se constituye una lengua literaria, con nombres ilustres en el siglo XVI —Ronsard, Rabelais—, para llegar al apogeo de la literatura clásica francesa en el siglo XVII, el siglo de Luis XIV: Comedle, Racine, Moliere… La conciencia lingüística se exacerba y se constituye la Academia de la Lengua para velar por la pureza de la lengua con el respaldo del Estado. Un respaldo que no ocurre por casualidad. Todo el proceso de entronización del francés como lengua administrativa y luego como lengua común de los habitantes de Francia ha sido solidario del esfuerzo por construir un Estado sólido, unitario y centralizado. En éste la unidad del idioma es así expresión de la unidad de la monarquía, y la corrección de la lengua, una muestra de la sanidad de la institución, y no es extraño por tanto que el esfuerzo por mantener su corrección se considere responsabilidad de la autoridad del Estado.

En el siglo XVIII la lengua literaria sigue su camino ascendente y al mismo tiempo la lengua francesa adquiere un aprecio internacional que la convierte en la lengua de la cultura ilustrada en toda Europa. La conciencia de la lengua se acompaña de la conciencia de su valor y de su superioridad. En 1784 Rivarol publica Universalité de la langue française.

Así, en vísperas de la Revolución Francesa, la lengua que comenzó en l’Île de France, a través de una evolución continuada y gracias a un cultivo intensivo en todos los campos de las artes y de las ciencias, se ha convertido en una lengua fuertemente codificada, apta para todos los usos, utilizada en exclusiva en todos los medios cultos de Francia y al mismo tiempo con un elevado prestigio internacional. A pesar de ello las antiguas lenguas locales y regionales distan de haber desaparecido. En plena revolución el abate Gregoire calculará que sólo la tercera parte de la población de Francia tiene el francés como lengua materna o es capaz de utilizarlo sin dificultad. Ello significa que en muchas partes de Francia el francés es patrimonio de una capa culta de la población pero que por

debajo de ella la mayoría de los habitantes siguen utilizando sus antiguas lenguas.

La Revolución Francesa destruye el antiguo orden y sustituye la autoridad real por la del pueblo, pero mantiene el ideal de un Estado fuerte y el objetivo de hacer del francés la lengua nacional francesa. Y si hasta ahora las finalidades políticas de la unificación lingüística estaban implícitas, a partir de este momento se harán explícitas. El abate Gregoire, en un alegato muchas veces citado, explica las razones por las que es necesario promover el uso del francés. Porque es la lengua de la razón y del progreso y, por tanto, la lengua de los demócratas y de todos los que defienden los ideales de la revolución. Y porque es, al mismo tiempo, expresión de la igualdad y de la solidaridad entre todos los habitantes de Francia. Frente al francés, las lenguas regionales representan la tradición y el oscurantismo y, por tanto, la reacción frente al progreso e incluso

—caso del alsaciano— la relación con los países extranjeros y en definitiva la traición a los ideales revolucionarios. La conclusión es clara: los constructores de la Francia renovada deben tener como tarea principal difundir el conocimiento y el uso del francés por todo el territorio de la república.

Hay mucho de retórica en las afirmaciones de Gregoire. La discutible identificación de lengua francesa y pensamiento racional, popularizada en el Siglo de las Luces, por ejemplo en la obra de Rivarol, aquí se enlaza con la mitología revolucionaria exaltadora de la razón. Y la identificación de las lenguas distintas del francés con la reacción conservadora es puro oportunismo político. Pero por debajo de esta retórica hay una convicción muy firme. La revolución pretende construir un Estado nacional sustituyendo la autoridad del rey por la autoridad del pueblo soberano. Pero para ello es necesario que el pueblo, el conjunto de los ciudadanos, sea capaz de ejercer democráticamente esta autoridad, y para ello necesita disponer de una lengua común. Así, el francés, lengua de todos los franceses, no sólo es la manifestación de su unidad, sino el medio de expresar su voluntad en un sistema democrático.

Esta tarea de difundir el conocimiento y el uso del francés la revolución la encarga fundamentalmente a dos instituciones: la escuela y el cuartel. Las dos acogen duramente una temporada a todos los franceses en condiciones de igualdad y en las dos se les forma como ciudadanos. Y tanto en la escuela como en el cuartel se utiliza exclusivamente el francés,

de modo que los que lo ignoran lo aprendan y los que lo conocen lo perfeccionen.

El período revolucionario es corto pero el imperio napoleónico recoge su herencia en cuanto a la promoción de la lengua francesa y en cuanto a la manera de procurarla, y lo mismo hará el régimen republicano que le sucede. Y los medios utilizados resultan tan eficaces que en el momento en que estalla la Primera Guerra Mundial (1914) la proporción que denunciaba Gregoire se ha invertido y los que llegan a la escuela sin hablar francés son menos de la tercera parte de la población. La oleada patriótica que acompaña a la guerra acaba por precipitar la omnipresencia del francés.

El Imperio y las lenguas

Cuando en el año 800 Carlomagno se proclama emperador y heredero del Imperio Romano, afirma su autoridad sobre pueblos que hablan distintas lenguas, aunque el latín pueda representar un nexo común entre ellas. Siglos después el Sacro Imperio Germánico incluirá también tierras no sólo de lenguas germánicas, sino también de lenguas latinas. De hecho, el solo intento de constituir una autoridad civil, paralela y contrapuesta a la autoridad papal, implica ya partir de una pluralidad lingüística. Pero además, el Imperio como institución se basa en una concepción de la autoridad de raíz germánica que hace de él una confederación de señores feudales y de la dignidad de emperador un cargo vitalicio pero electivo, elegido por un grupo de señores —los grandes electores— que mantienen un amplio margen de independencia. Una independencia que significa que en los territorios en los que gobiernan mantienen su propia organización legal y, por supuesto, su lengua.

Cuando en 1519 Carlos es elegido emperador, una afortunada combinación de herencias dinásticas ha hecho ya de él un monarca poderoso. De su padre, Felipe el Hermoso, ha heredado el reino de Borgoña, que comprende no sólo el ducado de Borgoña, de lengua francesa, sino buena parte de los Países Bajos, los que hoy constituyen Holanda, Flandes y Luxemburgo, de lengua germánica; y de su abuelo Maximiliano, los territorios hereditarios austríacos, la Austria actual, prolongada con tierras de lengua alemana que hoy son parte de Suiza y de Lorena. Y hacia el sur, territorios que hoy forman parte de Italia, unos de

lengua italiana y otros de lengua alemana. Y por su madre, Juana, hija de los Reyes Católicos, ha heredado la corona de España y con ella los territorios italianos que habían formado parte de la corona de Aragón y todas las tierras de América, acabada de descubrir. Y con la dignidad imperial su autoridad se extiende, además, sobre las tierras del Sacro Imperio, que aparte de Austria incluyen territorios y ciudades de lengua alemana pero también Hungría y Bohemia y Moravia, o sea, poblaciones de lengua húngara y de distintas lenguas eslavas.

Carlos V tiene una alta noción de su misión como emperador, que para él se centra en mantener la unidad católica de Europa, amenazada por la escisión protestante. La comparación con su enemigo principal, el rey de Francia, muestra bien el contraste entre dos proyectos políticos. Carlos es fiel a una idea medieval: Europa entendida como el conjunto de los pueblos cristianos que han de mantenerse unidos y enfrentarse con la amenaza turca, mientras que el monarca francés, católico y amigo del papa, prefigurando lo que sera el Estado moderno, no tiene inconveniente en nombre de los intereses de Francia en aliarse con los turcos y con los príncipes protestantes alemanes que se oponen al emperador.

Pero si Carlos se propone mantener la unidad religiosa, de ningún modo tiene la unidad lingüística como objetivo. Tampoco los príncipes que se le oponen. Es bien significativo que la Paz de Westfalia, que pone fin a la Guerra de los Treinta Años, consagra el principio cuius princeps, eius religio, o sea, que los subditos han de conformarse a la religión del príncipe y al que no lo piense así no le queda sino emigrar. Pero a nadie se le ha ocurrido proponer cuius princeps, eius lingua.

Cuando Carlos abdica, es consciente de su fracaso. De hecho, después de su renuncia el viejo Sacro Imperio deja de tener sentido y lo que se mantiene es la monarquía austríaca, de la que su soberano recibe formalmente el título de emperador, cabeza de un imperio que de hecho es una confederación de Estados unidos por la persona del soberano pero que mantienen un alto grado de autonomía a pesar de los esfuerzos periódicos de los emperadores por aumentar su autoridad. Un sistema aparentemente frágil pero que consigue mantenerse a lo largo de tres siglos.

Así, a mediados del siglo XVIII, cuando Francia se está convirtiendo en un Estado moderno, unificado y fuertemente centralizado, el emperador de Austria reina sobre una confederación de cuasiestados, cada uno con su propia estructura política, sus fueros y su lengua. Entre ellos están en

primer lugar las cuatro «nacionalidades históricas»: Austria, Hungría, Bohemia con Moravia y Croacia. En este conglomerado de pueblos, la lengua alemana, lengua del país central de la monarquía, ocupa el lugar principal y es la lengua de la administración imperial y en buena medida de la comunicación entre las distintas partes del Imperio. Pero no es, ni mucho menos, la lengua única.

En Hungría, con una larga tradición de gobierno autónomo y donde la aristocracia siempre ha mirado con recelo a la dinastía austríaca, la lengua oficial es teóricamente el latín, aunque en la práctica la lengua principal a todos los efectos es el húngaro, que además ha tenido un cultivo literario importante. No sólo la habla el pueblo, sino la aristocracia; es la lengua de las instituciones de gobierno, y sus representantes esperan que el emperador la use al dirigirse a ellos. Pero Hungría a su vez dista de ser lingüísticamente uniforme. Cuando los turcos se han retirado de sus llanuras, muchas de las tierras que han quedado deshabitadas han sido colonizadas por campesinos alemanes. Más lejos, en Transilvania, la base de la población campesina es rumana, aunque los propietarios sean húngaros o alemanes, y el hecho de que los rumanos sean de religión ortodoxa contribuye todavía más a su marginación. Y en las regiones del norte de Hungría hay poblaciones de lengua eslava: eslovenos en el oeste y ucranianos al este.

En Bohemia y Moravia la lengua principal es el checo, pero el alemán tiene también carácter oficial, y no porque sea la lengua del emperador, sino porque la presencia alemana es muy importante, quizás un 30 por ciento de la población. Y en cuanto a Silesia, que durante mucho tiempo ha estado adscrita a Bohemia y Moravia, la población en el norte es de lengua eslava, mientras que en el sur la presencia alemana es predominante. En Croacia la lengua es el croata, una lengua eslava del grupo meridional. Y se puede añadir que en diferentes comarcas del territorio imperial se encuentran serbios fugitivos del dominio otomano, unos serbios que son hermanos/enemigos de los croatas ya que hablan prácticamente la misma lengua, aunque la escriben con alfabetos distintos, y pertenecen a iglesias distintas, católicos los croatas y ortodoxos los serbios.

En Austria la lengua mayoritaria es, por supuesto, el alemán. Pero en el sur, en la Carniola, se habla esloveno. Y al sur del Tirol hay tierras tradicionalmente austríacas, como Trento, donde se habla italiano y más al

norte friulano. Añadamos todavía que Viena es una ciudad cosmopolita, y que si bien la corte y la aristocracia son extremadamente conservadoras en su ideología, están en cambio abiertas a toda clase de influencias, así que durante el primer tercio del siglo XVIII adoptan con gusto el italiano, sustituido unos años después por el francés. De hecho, es toda la aristocracia centroeuropea la que es tradicionalmente plurilingüe, pues todos aprenden desde pequeños a hablar en alemán, si ésta no es su lengua materna, y en francés. Los emperadores no son excepción a esta regla; bien al contrario, todos los Habsburgo han sido políglotas y el aprendizaje de lenguas forma una parte importante de su educación. Como corresponde a una sociedad tan tradicional, todos los emperadores de la dinastía conocen a fondo el latín y hablan correctamente en francés y en italiano y todos saben bastante húngaro y bastante checo como para hacer un discurso protocolario en estas dos lenguas cuando las circunstancias se lo exigen.

En el siglo XVIII la monarquía danubiana es un mosaico de etnias, de tradiciones culturales y de lenguas y está sacudida por conflictos internos, que son en buena parte conflictos de intereses por parte de la aristocracia de las distintas regiones que pretenden modificar en provecho propio el equilibrio de fuerzas existente en cada momento. Pero sería exagerado hablar en este siglo de conflictos nacionales y más todavía de reivindicaciones nacionales por motivos lingüísticos. Un siglo después el panorama será totalmente distinto.

El nacionalismo lingüístico

La Revolución Francesa produce una profunda impresión en toda Europa. Frente al orden tradicional que atribuye a los príncipes y las dinastías la fuente de la legalidad, los revolucionarios afirman que el sujeto del poder político es el pueblo soberano, que ejerce su autoridad a través de sus representantes democráticamente elegidos. Una inversión de las ideas generalmente aceptadas que provoca la natural sorpresa y hostilidad en una nobleza que se ve así cuestionada pero que es vista con simpatía por una burguesía emergente y por una mayoría de intelectuales críticos con la situación existente. Las campañas napoleónicas, herederas de la revolución, tienen enfrente a los defensores del orden tradicional, el Imperio Austríaco y el Imperio Ruso, pero provocan también reacciones

patrióticas, de base popular, que en definitiva se justifican por los mismos principios de la revolución.

En esta perspectiva de resistencia popular y patriótica frente a la invasión napoleónica publica Fichte en el año 1807 sus Discursos a la nación alemana. Pero el destinatario de su discurso tiene un carácter singular: Fichte no se dirige a un Estado determinado que vea amenazadas sus fronteras, ya que hay una serie de monarquías grandes y pequeñas, pero todas independientes, que se pueden considerar alemanas, sino que lo que él llama nación alemana son todos los ciudadanos que tienen el alemán como lengua y que constituyen una comunidad no sólo lingüística sino cultural.

Al hablar del proceso de unificación lingüística en Francia hemos visto cómo allí se ha procurado imponer la uniformidad lingüística en nombre de la unidad del Estado y siguiendo un criterio de racionalidad o sencillamente de eficacia. Fichte en cambio razona al revés, y es de la comunidad de lengua de la que pretende derivar la unidad de la nación. Y todavía más. La apología de la lengua francesa se ha hecho considerando que es la lengua racional por excelencia y atribuyéndole las virtudes que los humanistas habían predicado del latín y del griego. Pero no parece que esta argumentación pueda trasladarse a otras lenguas. Resulta por tanto evidente que la idea de nacionalidad que tiene Fichte y su estrecha relación con la lengua no puede derivarse de la tradición francesa, y hay que pensar en otra influencia, una influencia que no resulta difícil de identificar.

Unos años antes de que viese la luz el Discurso, en 1772, Herder había publicado sus Consideraciones sobre la Historia Universal, una obra que tendrá una influencia capital en la mentalidad historicista del pensamiento romántico. La historia universal es vista como el despliegue majestuoso de los pueblos a lo largo del tiempo, cada uno con su cultura propia manifestada en sus creaciones de todo orden y todas ellas manifestaciones de su espíritu colectivo: el Volksgeist. Y entre estas distintas manifestaciones del espíritu nacional la lengua ocupa un lugar preferente.

Este conjunto de ideas es inmediatamente aceptado. Se puede suponer que esta aceptación, al margen de la brillante exposición de Herder, resulte de su concordancia con las preocupaciones de la época, cuando el interés por la historia es un rasgo característico de los ámbitos más diversos y cuando se despierta con fuerza la sensibilidad por las culturas exóticas. Y es posible que la palabra Volksgeist sea simplemente la traducción del

esprit des nations, que utilizaron los ilustrados franceses. Pero lo que en ellos era poco más que una metáfora en el ámbito de la interpretación romántica de la historia se convertirá en un concepto fundamental.

El concepto de cultura nacional como núcleo definidor de la nación así introducido se concreta y perfila por distintos caminos y no tendría sentido abordar aquí su historia. Basta con decir que pronto se produce un acuerdo generalizado para considerar que una nación es una comunidad humana con una base étnica y biológica común y cuyos miembros presentan rasgos psicológicos también comunes que permiten hablar de un carácter nacional. Una comunidad establecida en un territorio determinado y que tiene una historia desplegada en el tiempo en la que se manifiesta el espíritu nacional a través de creaciones culturales de todo tipo, unas populares —folclore— y otras cultas, desde la literatura y el arte hasta la filosofía. Y no sólo creaciones culturales, pues el espíritu nacional se manifiesta también en las formas colectivas de organización, en el derecho y en las estructuras políticas y sociales. Y de esta fundamentación teórica se desprende una consecuencia práctica. La nación como entidad social tiene un carácter autosuficiente y le corresponde por tanto una plena autonomía, incluso la soberanía; o sea, le corresponde convertirse en Estado.

Claro que para aspirar a este objetivo los miembros de la colectividad

han de ser conscientes de que constituyen una nación, una conciencia que por un lado mira al pasado, a la historia que fundamenta la conciencia nacional, y por otro al futuro como un proyecto compartido, y mientras que unos autores ponen el acento en el pasado y en los determinismos históricos, otros prefieren destacar el aspecto de solidaridad en un proyecto de futuro libremente elegido.

Y he dejado para el final el papel del lenguaje. La lengua es una de las creaciones culturales de la comunidad nacional, o mejor dicho, es la primera de sus creaciones que de alguna manera condiciona a todas o a la mayoría de ellas. Y es, al mismo tiempo, el símbolo de la comunidad nacional y el signo por el que se identifican sus miembros, que, al hablar una misma lengua, se reconocen como parte del mismo grupo, del mismo pueblo, de la misma nación.

Si Herder fue el primero en enunciar la vinculación entre lengua y nacionalidad, su formulación más brillante y contundente se encuentra en los escritos de Wilhelm von Humboldt. El rasgo más característico de la

filosofía del lenguaje de Humboldt es su afirmación de que el hombre piensa verbalmente y con ello su convencimiento de la coincidencia entre pensamiento y lenguaje. Pero mientras que los lingüistas clásicos, cuando afirmaban esta relación, insistían en los caracteres formales e invariables del lenguaje y en su relación con las estructuras del conocimiento y del razonamiento, Humboldt atiende más al aspecto creador del lenguaje, una creación del hombre individual y eminentemente del artista pero una creación que maneja no el lenguaje en general, sino una lengua determinada, la lengua de una comunidad. Se da así una dinámica continua entre el individuo y la colectividad, y por esto las lenguas evolucionan continuamente y por esto una lengua es la primera expresión del espíritu de la colectividad que la habla.

En 1806, en un texto titulado Latium und Hellas, escribe: «La mayoría de las circunstancias que acompañan a la vida de una nación, el espacio geográfico, el clima, la religión, los usos y las costumbres, la constitución de un Estado… se pueden, en cierta manera, separar de ella y hasta cierto punto se puede distinguir lo que le entregan y lo que reciben en el proceso de su formación, aunque estén en una reciprocidad constante. En cambio, hay una que es de una naturaleza completamente distinta, es el alma misma de la nación, aparece en todo momento unida a ella y conduce la investigación a un círculo permanente, tanto si se la considera causante como causada, y es la lengua. Sin acudir a la lengua como instrumento, cualquier intento de identificar las características nacionales sería inútil, ya que sólo en la lengua se manifiesta y se acuña la totalidad del carácter nacional a la vez que en ella como medio de entendimiento general del pueblo se enraízan las diferencias individuales».

La relación entre lengua, cultura y nacionalidad, tan claramente enunciada por Herder y por Humboldt, se convierte en un lugar común que impregna todo el pensamiento del siglo XIX. Los hablantes de las grandes lenguas se complacen en descubrir en su historia lingüística y literaria los rasgos distintivos de su personalidad colectiva y de su cultura propia e incluso la justificación de su imperialismo lingüístico. Y los hablantes de las lenguas que no han llegado a alcanzar una autonomía política, las naciones «que la historia ha dejado al lado», recogen con pasión los testimonios de su historia pasada y se esfuerzan por provocar el despertar de una conciencia colectiva que empieza por prestigiar el uso de la lengua y que puede desembocar en una conciencia nacional. «La lengua es prenda

de nacionalidad», dice lapidariamente Prat de la Riba, uno de los teóricos del nacionalismo catalán. Y de la recuperación lingüística y de la conciencia de constituir una nacionalidad se pasa fácilmente a las reivindicaciones políticas.

No es por casualidad que la ideología del nacionalismo y de sus fundamentos lingüísticos sea recibida con especial interés en las tierras del Imperio Austro-Húngaro, sacudido por las tensiones entre sociedad tradicional e ilusiones revolucionarias que combinan el malestar social y las abundantes diferencias étnicas y lingüísticas. La Revolución de 1848 lo pone claramente de manifiesto y es al mismo tiempo el anuncio de reivindicaciones similares en toda Europa a las que inmediatamente me referiré. Pero todavía en el orden ideológico, y para dar idea de hasta qué punto se popularizó la idea de nación, se puede recordar que incluso el marxismo, originariamente concebido como una doctrina internacionalista, se ve obligado a desarrollar una teoría de la nacionalidad, y ello lo hace precisamente en el momento en que se extiende por los países danubianos. Es la teoría propuesta en el conocido libro de Otto Bauer El marxismo y la cuestión nacional, una teoría que años después permitirá a Lenin disolver el Imperio Ruso y al mismo tiempo mantener dentro de la Unión Soviética a las naciones que lo constituían.

Reivindicaciones lingüísticas y reivindicaciones nacionales

Con gran decepción de los jóvenes alemanes, a quienes iba dirigido el discurso de Fichte, una vez derrotado Napoleón, el Congreso de Viena ratificó el viejo orden y las tierras de lengua alemana siguieron divididas en una serie de monarquías independientes. En realidad, todo el mundo estaba de acuerdo en que la unidad de la lengua justificaba una unión política, pero las dificultades surgían a la hora de llevarla a la práctica, pues tanto Austria como Prusia consideraban que les competía asumir la dirección del proceso unificador. De manera que no será hasta finales del siglo, en 1871, cuando Alemania se unificará, y todavía será una unificación parcial, pues Austria quedará al margen de un proceso que en principio debía incluirla.

Más claro es el caso de Italia. La difusión de las ideas liberales y revolucionarias, con su crítica a los poderes establecidos, coincide con las aspiraciones a una Italia unificada que restaure un pasado glorioso. El

movimiento que así se produce se llama Rissorgimento, en clara alusión a esta voluntad de fidelidad a un pasado glorioso, una voluntad en buena parte arbitraria, pues Italia nunca había constituido una unidad política, pero sí que era cierto que la comunidad de lengua surgida en la Edad Media y potenciada por el Renacimiento era bastante para alimentar una conciencia nacional. La lucha por la unidad italiana se dirige directamente contra el dominio austríaco de las regiones del norte, pero su intención se dirige también contra el lugar singular que la Iglesia ha ocupado tradicionalmente en Roma y en el conjunto de Italia.

Estos dos ejemplos, Alemania e Italia, de constitución de un Estado nacional a partir de una comunidad de lengua no deben hacernos olvidar que la mayoría de reivindicaciones nacionales con fundamentación lingüística se han dirigido en sentido contrario, intentando conseguir autonomía y, en el límite, independencia respecto a un Estado existente. Renunciando a examinar todos los casos, me limitaré a unos ejemplos que permitan una impresión general.

Ya he dicho que Austria-Hungría era el lugar donde las tensiones eran más fuertes. Desde mediados del siglo XIX en Hungría, en Bohemia y Moravia y en Croacia las diferencias étnicas y lingüísticas alimentan movimientos específicamente nacionalistas que sacuden la estructura imperial, aunque será sólo tras la derrota de la Guerra de 1914 cuando acabará el Imperio Austro-Húngaro y aparecerán nuevos Estados nacionales. El Tratado de Versalles, de 1918, sanciona la independencia de Hungría y la de Bohemia y Moravia con el nombre de Checoslovaquia, mientras que Croacia queda englobada en el conglomerado de los eslavos del sur, bautizado con el nombre de Yugoslavia. Ninguno de estos nuevos Estados es, sin embargo, lingüísticamente uniforme. En Hungría abundan las minorías lingüísticas, en Checoslovaquia no sólo conviven checos y eslovacos, sino que existe una importante población alemana, los sudetes, y en Yugoslavia los serbios y los croatas no sólo están separados por diferencias culturales importantes y por una tradición de hostilidad, sino que dentro de las fronteras del Estado yugoslavo existen otros grupos étnicos y lingüísticos: eslovenos al norte, bosnios, macedonios e incluso albaneses al sur, unos de religión católica, otros ortodoxos y otros musulmanes.

También en el interior del Imperio Ruso la oleada nacionalista se manifiesta en forma de renacimientos literarios y de reivindicaciones

políticas en distintos lugares. Los países bálticos, Ucrania, Armenia y Azerbaiyán son los ejemplos más representativos.

Los países escandinavos ofrecen también dos ejemplos muy significativos. Finlandia ha estado durante siglos incorporada a Suecia, de modo que el pueblo hablaba en finlandés, pero la lengua de la administración y de la cultura era el sueco, y siguió siéndolo cuando en 1908 Finlandia se convirtió en un gran ducado ruso. Pero a mediados del siglo XIX se produce un movimiento de reivindicación de la lengua finlandesa que pronto se convirtió en un movimiento de reivindicación nacional en una doble dirección: de independencia política respecto a Rusia y de sustitución del sueco por el finlandés en el terreno lingüístico. El otro ejemplo es Noruega, que había sido tradicionalmente una provincia danesa y que inicia una reivindicación que la lleva finalmente a la independencia. La separación geográfica y la diferencia de poblaciones y de intereses parecen suficientes para explicar la aparición de una conciencia nacional, y no tanto la diferencia lingüística, que es más bien dialectal. De todos modos, la primera consecuencia de la independencia es la decisión de definir una norma propia para la lengua hablada en Noruega con el fin de diferenciarla de la danesa.

Pero las reivindicaciones con fundamentación lingüística se producen también en el Occidente europeo y en los países que, de forma más sostenida, habían practicado una política de unificación lingüística.

En Francia, como ya he recordado, el episodio principal del proceso unificador había sido la subordinación de los territorios de lengua d’oc a los territorios de lengua d’oil, con el consiguiente abandono de la lengua d’oc. Y fue precisamente esta lengua la que, a mediados del siglo XIX, conoce un brillante renacimiento. Mistral, el autor de Mireio (1851), funda en 1854 el movimiento conocido como felibrige para fomentar el cultivo de la poesía en occitano, y el premio Nobel que recibe en 1904 constituye un reconocimiento de este esfuerzo. Pero el movimiento literario no se continúa en una reivindicación política, de modo que paulatinamente se extingue y sólo muy recientemente vuelve a mostrarse activo. También en Bretaña y en Alsacia se producen manifestaciones de interés por la lengua propia y esporádicas reclamaciones de autonomía que no consiguen resultados.

Lo contrario ocurre en España. Cataluña ha tenido un pasado histórico y literario brillante y los catalanes no han dejado nunca de hablar su

lengua, tanto en la misma Cataluña como en las Islas Baleares y también en Valencia. En el siglo XIX Cataluña se convierte en un centro de industrialización y de modernización muy activo, y esto hace que el renacimiento literario de la lengua, que se produce a partir de la mitad del siglo, no sólo encuentre un amplio respaldo popular, sino que coincide con la conciencia de una fuerte diferenciación entre la Cataluña industrial y moderna y el conjunto de la España tradicional y decadente, una diferencia que desde la naciente burguesía catalana se percibe como una diferencia de objetivos y de interés. En este clima, la reivindicación política asume una formulación nacionalista y encuentra una primera satisfacción con la constitución de la Mancomunidad de Cataluña en 1914.

También el País Vasco se convierte en un foco de industrialización importante y de reivindicación política, aunque, a diferencia de Cataluña, el nacionalismo se presenta en el primer momento como una defensa de la sociedad tradicional amenazada por la modernidad y sólo posteriormente se convierte en un factor de innovación. También el tema de la lengua se plantea de manera distinta que en Cataluña. Mientras que en Cataluña el uso de la lengua se ha mantenido de forma mayoritaria, en el País Vasco el área de su uso se había reducido progresivamente y parecía condenada a la extinción. A ello hay que añadir que, mientras que en el caso de Cataluña se trata de dos lenguas neolatinas y por tanto la adquisición de la una desde la otra es relativamente fácil, en el País Vasco nos encontramos con dos lenguas sin ninguna relación entre sí, lo que dificulta la adquisición mutua. Pero, dado el carácter emblemático que la lengua tiene para los vascos, su defensa y su promoción se han convertido en una cuestión prioritaria.

El gallego, la lengua de Galicia, cercana del portugués, es también como el catalán una lengua neolatina y el renacimiento del gallego y las actitudes políticas que le acompañaron son parecidos a los de Cataluña. Pero mientras que en Cataluña el desarrollo económico resultado de la industrialización ofrece un amplio soporte a la reivindicación política, en Galicia, un país pobre y minado por la emigración, la reivindicación se limita a círculos reducidos. De todos modos, cuando la República concede un estatuto de autonomía a Cataluña y al País Vasco, a continuación lo hará extensivo también a Galicia.

En el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda las reivindicaciones nacionalistas tuvieron una consecuencia importante: la separación de

Irlanda. Pero, en este caso, la independencia no ha significado la recuperación de la lengua. A comienzos del siglo XIX, la resistencia ya había empezado con fuerza pero, en gran parte, se expresaba en inglés. Y hemos de esperar hasta 1893, cuando la lengua irlandesa está ya en pleno retroceso, para asistir a la creación de la Liga Gaélica para luchar por la recuperación del uso y del prestigio de la lengua, un objetivo que, durante un tiempo, parece asequible. Cuando en 1921 Irlanda accede a la independencia, el nuevo gobierno dirige sus esfuerzos en esta dirección, pero los resultados conseguidos son pequeños y el número de hablantes ha disminuido desde entonces. Y es significativo, en este sentido, lo que ha ocurrido con la educación. A raíz de la independencia se declaró obligatoria la enseñanza del irlandés y, al término de la escolaridad, los alumnos debían demostrar su competencia en esta lengua. Pero esta demostración cada vez se hizo más difícil de cumplir y en 1973 se abandonó el examen obligatorio, que fue sustituido por pruebas voluntarias.

Distinta ha sido la suerte del galés. También en el País de Gales, a finales del siglo XIX, la suerte de la lengua parecía decidida en el sentido de su próxima desaparición, pero un movimiento literario y político en su defensa ha conseguido asegurar su supervivencia, a pesar de que en el orden político los resultados hayan sido modestos.

A diferencia de Francia, de España o de Inglaterra, que acabo de citar, Bélgica es un Estado de creación reciente —1830—, cuando Valonia, una región de lengua francesa, y Flandes, una región de lengua neerlandesa

—pero ambas católicas—, se separaron de Holanda, sólidamente protestante desde los días de la Reforma. El nuevo Estado adoptó el francés como lengua oficial porque era la lengua de Valonia, la región económicamente más fuerte, y porque, incluso en Flandes, el francés se consideraba la lengua culta. Pero con el paso del tiempo, y a medida que avanzaban en Europa las reivindicaciones lingüisticas, los flamencos empezaron a reclamar mayor consideración para su lengua y a basar en su singularidad lingüística una reclamación de autogobierno. Esta lucha, sostenida durante largo tiempo, ha conducido a un pleno reconocimiento de la personalidad flamenca en un plano de equidad con la valona y, al mismo tiempo, los flamencos han unificado su lengua y han sellado un acuerdo lingüístico con Holanda que asegura la promoción de una lengua única, sin que del reconocimiento de esta unidad se deriven consecuencias

en el plano político. Bélgica se ha convertido en un país federal sin que pueda decirse que el conflicto lingüístico esté definitivamente resuelto.

Y me queda referirme a los Balcanes, la región de Europa donde las reivindicaciones lingüísticas y nacionales han tenido aspectos más dramáticos y consecuencias que, todavía hoy, ensombrecen el panorama europeo.

A comienzos del siglo XIX, toda la región que llamamos los Balcanes forma parte del Imperio Otomano, turco de raza y musulmán de religión, con capital en Constantinopla. En la parte europea del Imperio conviven poblaciones muy diversas por la etnia, la religión o la lengua, turcos, que sólo son mayoritarios en algunos lugares, griegos, eslavos —unos, ortodoxos, y otros, católicos—, rumanos, albaneses, judíos y un largo etcétera. El régimen otomano es un régimen despótico que no conoce otra ley que la voluntad del sultán pero que, en cambio, tolera que cada grupo étnico y religioso mantenga su religión, su lengua, sus costumbres e incluso sus propias formas de organización social, de manera que en un mismo ámbito geográfico, en una misma población, conviven colectivos muy diversos. La rebelión generalizada contra los turcos, en nombre de los distintos nacionalismos, cambiara totalmente esta situación.

Tomemos Grecia como ejemplo más característico. En la época clasica, Grecia no constituía una nación en el sentido moderno de la palabra. Siempre fue un conjunto de ciudades independientes que no lograron ponerse de acuerdo ni cuando tuvieron que enfrentarse con un enemigo común. Y la Grecia clásica tampoco tenía unos límites definidos como los tienen los Estados modernos. Muchas ciudades griegas estaban enclavadas en la península helénica, pero las había también, y de las más importantes, en Jonia, en Asia Menor, y en la Magna Grecia, en el sur de Italia, así como en las costas de África. En el norte de la península helénica los límites eran igualmente vagos, de modo que cuando Filipo de Macedonia quiso unificar la península, los atenienses lo consideraron extranjero.

Al dividirse el Imperio Romano, Constantinopla se convierte en la capital del Imperio de Oriente, pero, sobre todo, en la capital de la Iglesia que se considera ortodoxa frente a la Iglesia de Roma. Y la Iglesia ortodoxa es, en primer lugar, la Iglesia griega. Luego, la expansión de los eslavos lleva poblaciones eslavas al norte de la península helénica y la invasión turca aumentará todavía más esta mezcolanza. Durante los largos

siglos de la dominación turca, los griegos se identifican entre sí por su lengua y por la religión ortodoxa, dos signos de identidad que se refuerzan mutuamente porque la Iglesia ortodoxa utiliza la lengua griega como lengua litúrgica pero que no tienen connotaciones geográficas precisas.

La lucha de los griegos cuenta con la simpatía que Europa Occidental siente por el pasado clásico, y la presencia de lord Byron en Atenas es un buen símbolo en este sentido. Pero la lucha contra los turcos se hace en nombre de los principios del nacionalismo y tiene por objetivo establecer una nación griega. La expulsión de los ocupantes implica la expulsión de los campesinos turcos establecidos desde hace siglos. Y cuando la guerra llega al norte de la península, a Macedonia, y los pueblos de más al norte se han rebelado también contra los turcos, los griegos entran en conflicto con sus vecinos. El resultado final es que muchos eslavos han de abandonar la Macedonia griega, al mismo tiempo que muchos griegos han de abandonar Bulgaria y otros lugares de predominio eslavo. Y falta todavía el episodio más sangriento. Desde los comienzos de la historia de Grecia, una parte importante de su población ha vivido en las costas de Jonia, en Asia Menor. Confiados en la ayuda que hasta entonces han recibido de los occidentales, los griegos se lanzan a la liberación de Jonia del Imperio Turco, pero las potencias occidentales, en vísperas de la guerra europea, tienen otras preocupaciones y dejan solos a los griegos, que acaban derrotados por los turcos. Un millón de griegos mueren o huyen de Jonia y, en represalia, expulsan a los turcos que permanecían en la península, con la única excepción de una pequeña minoría en Tracia, a cambio de que permitan seguir residiendo en Constantinopla al patriarca de la Iglesia ortodoxa.

Así, el intento de hacer de Grecia un Estado independiente conlleva

limpiezas étnicas y lingüísticas. Y lo que he dicho de Grecia podría repetirse para todo el conjunto de la región balcánica. La guerra de los Balcanes, comenzada como una guerra de liberación frente a los turcos, condujo a la constitución de nuevos Estados nacionales: Bulgaria, Rumania, Albania… Pero lo que es muy significativo es que tuvieron que ser las potencias extranjeras las que pusieran fin a la guerra y las que fijaran los límites de los nuevos países. Y la creación de Yugoslavia, el país de los eslavos del sur, se justificó diciendo que resultaba tan difícil separar las distintas etnias que se prefirió unirlas en un mismo Estado bajo

dirección serbia y con garantías para las diferentes minorías, una solución que, a la larga, ha resultado explosiva.

Los resultados

Cerca de un siglo de reivindicaciones nacionalistas, basadas principalmente en la lengua, han cambiado notablemente el mapa del continente, como se advierte claramente comparando el mapa de la Europa surgida del Congreso de Viena (1814) con el de la Europa definida por el Tratado de Versalles (1918). Un viento de libertad ha recorrido el continente, la lengua ha ocupado el lugar principal en la definición de las identidades colectivas y un buen número de lenguas han alcanzado su mayoría de edad y tienen una presencia significativa, no sólo en la literatura sino en la política.

Como todos los fenómenos históricos, esta ascensión de las lenguas al primer plano es un hecho más complejo de lo que aparenta a primera vista, que resuelve problemas antiguos mientras plantea otros nuevos.

Desde una perspectiva estrictamente ideológica notemos que, a lo largo del siglo, la afirmación de un lazo íntimo y necesario entre la lengua y la conciencia de nacionalidad no se ha confirmado en todos los casos. Y no me refiero con ello al hecho de que hay lenguas que no han conseguido cristalizar una conciencia nacional, sino al hecho, mucho más significativo, de que una gran lengua como es el alemán, cuyo peso político es evidente y cuya unidad es indiscutible, no haya desembocado en una conciencia nacional unitaria en la que apoyar un Estado alemán único. Un ejemplo en el mismo sentido, aunque menos aparatoso, lo constituye el neerlandés. Mientras que, durante un tiempo, los flamencos destacaron sus diferencias dialectales respecto al vecino holandés, actualmente defienden la unidad de la lengua neerlandesa, lo que confiere a la lengua hablada en Flandes categoría de lengua internacional y de lengua oficial de la Unión Europea, pero dejando claro que la unidad de lengua no tiene implicaciones políticas y, por tanto, no justifica la apelación a una nacionalidad común.

Si hay casos, como los citados, en los que la unidad de la lengua no implica una conciencia nacional unitaria, también observamos casos inversos, en los que la pluralidad de lenguas no es obstáculo para la unidad de la conciencia nacional. Así ocurre en Suiza.

A menudo se presenta la Confederación Helvética, con su federalismo y su reconocimiento de cuatro lenguas nacionales, como un buen ejemplo para los Estados con diferencias lingüísticas en su interior, o incluso para el futuro de la Unión Europea. Pero debe recordarse que en Suiza la fidelidad lingüística, que es fuerte, no va unida a sentimientos nacionalistas, sino que la conciencia nacional suiza, que es a su vez muy fuerte, es independiente de la lengua en la que se expresa.

Es cierto que las situaciones aducidas son casos aislados frente a una mayoría de situaciones que apuntan en sentido contrario, pero bastan para mostrar que la relación entre lengua y nacionalidad, por estrecha que sea en muchos casos, no tiene el carácter absoluto que a menudo se le atribuye.

En cuanto a las consecuencias de la oleada de nacionalismo lingüístico que estoy comentando, hay que empezar recordando un aspecto hasta ahora no destacado. La ideología nacionalista no sólo ha estimulado el cultivo y la reivindicación de lenguas hasta entonces dejadas de lado, sino que ha afectado también y sobre todo a las grandes lenguas, que ya eran oficiales en Estados unificados y que han encontrado en esta ideología la mejor justificación de su situación de preeminencia.

Al hablar del proceso de unificación lingüística en Francia, ya ha quedado claro que fue precisamente a lo largo del siglo XIX cuando se produjo el esfuerzo decisivo en este sentido. Y si es verdad que en este esfuerzo la escuela y la prensa desempeñaron un papel fundamental, también lo es que el impulso lo dio la identificación explícita entre lengua francesa y espíritu nacional francés, una identificación compartida tanto por los intelectuales como por los políticos.

Igualmente significativo es el caso alemán. Es cierto que en Alemania no existía una pluralidad lingüística que invitase a luchar por la unificación, pero la exaltación de la lengua como expresión genuina del pueblo alemán se hace de diferentes formas, como por ejemplo fomentando los sentimientos pangermánicos entre las minorías de lengua alemana en países vecinos, como los Sudetes en Checoslovaquia, o incluso advirtiendo, como hacen ciertos educadores exaltados a los alemanes que residen en el extranjero del peligro de que sus hijos aprendan demasiado pronto una lengua extranjera, pues la mezcla de lenguas puede ser tan peligrosa para el espíritu alemán como la mezcla de sangres.

Un ejemplo no menos significativo lo ofrece Italia, donde, desde el momento en que se constituye el Estado italiano, se exalta la lengua italiana como vehículo del espíritu italiano y expresión de la unidad nacional y, a través de la escuela, se ejerce una fuerte presión sobre las diferencias dialectales y se impone el uso exclusivo del italiano en las regiones bilingües, excesos que sólo recientemente se han rectificado.

Reproches de este tipo no sólo se pueden hacer a las grandes lenguas y a los países más poderosos. También países que han alcanzado su independencia después de siglos de sumisión han demostrado escasa tolerancia con sus propias minorías lingüísticas, como ha ocurrido en la mayoría de países de la zona danubiana. La constatación de estos hechos puede llevar a reflexiones desencantadas sobre la naturaleza humana y sobre la dificultad de colocarse en la perspectiva de los otros. Pero aquí no pretendo hacer reflexiones morales, sino simplemente advertir que así nos situamos en el corazón de los problemas de la ideología nacionalista, que es la cuestión de sus límites territoriales.

Decir que la lengua es la expresión más clara de una identidad nacional de una colectividad humana implica decir que los límites geográficos de la nación coinciden o deberían coincidir con los de uso de la lengua y, por tanto, que las fronteras políticas deberían ajustarse a las fronteras lingüísticas. Pero esto tiene una dificultad de principio. Mientras que las fronteras políticas entre Estados limítrofes son líneas continuas, perfectamente dibujadas, que separan con nitidez a los habitantes de uno y otro lado de la frontera, los mapas lingüísticos presentan gradaciones más o menos continuas y situaciones intermedias, en las que las lenguas están en contacto e incluso presentan oclusiones de colectividades que hablan otras lenguas.

Y esto es lo que vemos que sigue ocurriendo en Europa. La mayor parte de las fronteras que separan los Estados del continente europeo no constituían fronteras lingüísticas, sino cortes más o menos arbitrarios en situaciones complejas.

En la frontera entre España y Francia no se dan interpenetraciones mutuas entre el español y el francés, pero, en cambio, en su extremo occidental el vasco se extiende por ambos lados de la frontera, y lo mismo ocurre en el extremo oriental con el catalán. En el este del hexágono francés, la frontera, que ha variado a menudo su trazado a lo largo de los siglos, atraviesa una zona de dialectos germánicos, y en Bélgica y Holanda

los límites entre francés y neerlandés, y entre neerlandés y alemán, son igualmente difíciles de precisar. Y Bruselas es oficialmente bilingüe.

Más discutibles aún, desde el punto de vista lingüístico, son las fronteras terrestres de Italia. La frontera, al oeste, cruza el territorio del antiguo franco provenzal, en unas tierras donde el francés era, desde hacía siglos, la lengua de la cultura y donde la adscripción al Estado italiano o al francés fue decidida en referéndum, de modo que mientras que Niza elegía ser francesa, Turín optaba por Italia. El Valle de Aosta sigue siendo oficialmente bilingüe. Más al este, en la frontera con Suiza, el ladino o retorrománico se encuentra a ambos lados de la frontera. En el Alto Adigio convive una población de lengua alemana y una población de lengua italiana. Y en Trieste y sus alrededores, una población de lengua eslovena compensa la presencia de italianos al otro lado de la frontera y por toda la Dalmacia.

Si la situación es así de fluida en el Occidente europeo, no hace falta insistir en lo que ocurre en las regiones más orientales. Para poner sólo un ejemplo, pensemos en lo que puede significar discutir sobre las fronteras étnicas y lingüísticas de Polonia cuando Silesia, hoy polaca, ha sido sucesivamente prusiana, checa y austríaca o cuando, más al este, Galitzia ha formado parte, sucesivamente, del Imperio Ruso, de Polonia, del Imperio Austríaco, otra vez de Polonia, de la Unión Soviética y, en la actualidad, de Ucrania. Y en el norte de Polonia, la Prusia Oriental, colonizada por los caballeros teutónicos ya en la Edad Media, actualmente está incorporada a Polonia, aunque una pequeña parte, Koenigsberg, donde enseñaba Kant y que hoy se llama Kaliningrado, forma parte de Rusia.

Un siglo de reivindicaciones nacionales y lingüísticas ha producido rectificaciones en el mapa de Europa y ha permitido satisfacer viejas aspiraciones, pero el panorama resultante dista de ser perfecto y produce además la impresión o, mejor dicho, la seguridad de que cualquier otro sería también imperfecto.

Hay que llegar por tanto a la conclusión de que, incluso aceptando que la lengua es un elemento característico de una comunidad nacional, no es posible deducir directamente, de la distribución geográfica de las lenguas, las fronteras políticas del Estado nacional, que siempre deberá admitirse la existencia de una cierta coexistencia de lenguas en un territorio nacional y que será necesario, por tanto, arbitrar fórmulas políticas que posibiliten esta coexistencia.

De hecho, la mayoría de los Estados europeos actuales albergan en su interior diferencias lingüísticas importantes. En el capítulo próximo comentaré las diferentes maneras en que estos Estados gestionan su pluralismo lingüístico.

CAPÍTULO 3

UNIDAD Y DIVERSIDAD. POLÍTICAS LINGÜÍSTICAS DE LOS ESTADOS EUROPEOS

Tipología

Los Estados europeos no sólo presentan una gran variedad de situaciones lingüísticas en cuanto a la importancia de las minorías lingüísticas o de las variedades dialectales en su territorio, sino que presentan también una gran variedad en las políticas lingüisticas que aplican para responder a esta variedad. Para exponerlas y comentarlas me limitaré, con sólo alguna excepción, a los países que constituyen la Comunidad Europea, que desde el Tratado de Maastricht denominamos Unión Europea.

Básicamente podemos distinguir los siguientes cinco tipos principales:

a) Monolingüismo. Hay países cuya política lingüística toma en cuenta sólo la lengua estatal identificada como lengua nacional. La política de promoción y defensa del monolingüismo puede coincidir con el reconocimiento de la existencia de diferencias lingüísticas e incluso con medidas limitadas en su favor. En este apartado podemos incluir tanto países como Portugal, prácticamente monolingües, como países como Francia, donde existen diferencias lingüísticas importantes y el monolingüismo como política ha sido una opción histórica.

b) Protección o tolerancia de las minorías lingüísticas. Estados que reconocen una sola lengua como lengua nacional y que no reconocen derechos políticos a sus minorías lingüísticas pero que no sólo reconocen

su existencia sino que adoptan medidas para su protección y su defensa. Incluimos en este apartado a países como Gran Bretaña en relación con el galés y Holanda con el frisón.

c) Autonomía lingüística. Estados que con una lengua nacional reconocida conceden autonomía política a territorios en los que se hablan otras lenguas, lo que implica para estos territorios la cooficialidad de las lenguas y la posibilidad de establecer una política lingüística propia. El ejemplo más característico en este sentido lo constituye la España actual y, para algún territorio, Italia.

d) Federalismo lingüístico. Estados con estructura federal en los que las entidades geográficas que los constituyen tienen lenguas distintas y su propia política lingüística aunque todas ellas tienen la consideración de lenguas nacionales. Dentro de la Unión Europea éste es el caso de Bélgica, y fuera de ella, de Suiza.

e) Bilingüismo institucional. Estados que reconocen dos o más lenguas como nacionales y cuya política lingüística procura el uso de todas ellas en todo el territorio del Estado. El ejemplo más claro de bilingüismo institucional lo ofrece Luxemburgo. En alguna medida la definición puede aplicarse también a Irlanda y a Finlandia.

El monolingüismo como objetivo

Existen países en Europa cuya política lingüística va dirigida exclusivamente a la defensa y la promoción de una sola lengua, bien porque en su territorio efectivamente se habla una sola lengua y las diferencias lingüísticas son, en todo caso, pequeñas, bien porque a pesar de existir diferencias lingüísticas importantes el país se propone el monolingüismo como objetivo.

Los países efectivamente monolingües son la excepción más que la regla. En el interior de la Unión Portugal puede ser un ejemplo de este tipo, y también Austria, recientemente incorporada. En el extremo opuesto, y como ejemplo de países que a pesar de una diversidad de hecho se proponen el monolingüismo como objetivo, podemos considerar a Francia.

En Portugal, como en cualquier espacio lingüístico relativamente extenso, la lengua culta común coincide con diferencias dialectales que se derivan de la historia de la lengua, difundiéndose de norte a sur a partir de

la Reconquista a los árabes, y en último término del sustrato lingüístico anterior a la ocupación romana y la difusión del latín, pero son diferencias escasamente significativas. La única excepción que puede citarse es el mirandés o habla de Miranda, una pequeña población en la frontera con España, en la que se habla una variante de un dialecto hispanoleonés, resto del núcleo lingüístico asturianoleonés. Que el mirandés sea la única excepción indica claramente la uniformidad del espacio lingüístico portugués. Pero ello no significa que la lengua portuguesa no presente problemas con implicaciones políticas, pero se refieren a la unidad de la lengua en el plano internacional y a los esfuerzos en curso para conseguir un acuerdo sobre una norma ortográfica común.

Se puede incluir a Alemania entre los países monolingües, aunque las variedades internas sean mayores que en el caso portugués. Que la unificación política no se produjese hasta bien entrado el siglo XIX ha hecho que las diferencias dialectales hayan seguido siendo muy fuertes, mucho más que en Portugal. También en el este de Alemania se mantiene algún islote lingüístico, sorabo, que recuerda que antes de la expansión germánica hacia el este en estas tierras se hablaban lenguas eslavas; pero en conjunto estas diferencias son escasamente significativas y no van ligadas a planteamientos políticos. Y la separación mantenida rígidamente a lo largo de cerca de medio siglo entre la Alemania Oriental y la Occidental, a pesar de algunas predicciones en el sentido de que se produciría una diferenciación lingüística irreversible, no parece haber tenido efectos apreciables o duraderos.

Francia, en cambio, nos aparece como un ejemplo típico de país con una política monolingüe dirigida a eliminar las variedades lingüísticas existentes. En el capítulo dedicado a las raíces históricas se ha hecho referencia al proceso histórico de su política de unificación lingüística, que no sólo ha sido extremadamente coherente y eficaz, sino que ha servido de modelo a las políticas lingüísticas de otros países en camino de convertirse en Estados nacionales. Este proceso puede considerarse que ha cumplido sus objetivos unificadores, a pesar de lo cual Francia mantiene diferencias y singularidades lingüísticas importantes.

Las diferencias dialectales en el interior de la propia lengua de oil, en otro tiempo tan vivas y tan ricas, se mantienen, aunque sea notablemente atenuadas y en formas orales y rurales. En cuanto a la lengua de oc, o el conjunto de lenguas de oc, pues la falta de una tradición de lengua impresa

y de uso administrativo impidió llegar a una forma unificada, se mantiene en forma de una pluralidad de dialectos, gascones los del oeste y provenzales o francoprovenzales al este. Fue precisamente el provenzal el que los felibres intentaron reavivar en el siglo XIX con Mistral como figura señera, pero, por las razones que sean, el felibrismo no llegó a asumir una actitud política y prácticamente desapareció sin dejar rastro. Y sólo muy modernamente se asiste a esfuerzos por reactivar la lengua, unos esfuerzos que han de empezar por conseguir un código común.

Lindando con el territorio de la lengua d’oc y en la frontera pirenaica en el Rosellón se mantiene el catalán, la lengua propia del territorio cuando en 1659 fue incorporado a Francia. El renacimiento literario y el reconocimiento de que goza el catalán al sur de los Pirineos impulsan la supervivencia de esta lengua en el Rosellón.

En el este del territorio francés, en Bretaña, se mantiene el bretón, una lengua celta y por tanto una lengua emparentada con la que hablaban los galos que habitaban Francia en tiempos de la conquista romana y con las que hoy se conservan en Gran Bretaña y en Irlanda. Y en la actualidad existe un movimiento de reivindicación de la lengua bretona más o menos ligado a reclamaciones de autonomía política.

Más al sur, y ya en la frontera con España, se mantiene igualmente el vasco o euskera, una lengua anterior a la mayoría de las lenguas habladas en Europa. También en este caso el reconocimiento político que la lengua encuentra en el País Vasco español actúa de incitante para unas reclamaciones paralelas en el País Vasco francés, más pequeño y menos poblado.

En la frontera oriental de Francia los límites entre el latín y sus sucesores y las lenguas germánicas han retrocedido desde la época de la ocupación romana en favor de los dialectos germánicos. En Alsacia se sigue hablando un dialecto alemán, y algo parecido ocurre en una parte de la Lorena. El recuerdo de tres guerras a lo largo de los dos últimos siglos y la sospecha de que cualquier reivindicación lingüística o autonomista puede interpretarse a favor de las intenciones anexionistas alemanas han coaccionado cualquier toma de conciencia de esta singularidad lingüística. En la frontera norte hay también un enclave germánico, en este caso el departamento de Dunkerque, lindante con Flandes, donde se habla una variedad del neerlandés. La recuperación del neerlandés en Bélgica ha impulsado un movimiento paralelo de recuperación aunque sin

identificarse formalmente con esta lengua, sino proponiendo una ortografía ligeramente distinta.

Finalmente en la isla de Córcega, incorporada a Francia en 1768, el año antes del nacimiento de Napoleón, se ha mantenido el uso de una lengua propia que en sus orígenes era un dialecto italiano. Antes de que Córcega se incorporase al Estado francés, la lengua culta y escrita de la isla era, como en toda Italia, el toscano, aunque dada la pobreza de la isla su uso era muy limitado. En la actualidad el movimiento autonomista o nacionalista propone una codificación única de las distintas variedades corsas.

A pesar de que, a partir del renacimiento del occitano en el siglo pasado, la mayoría de las lenguas que he citado han contado con pequeños grupos de entusiastas dedicados a su cultivo, hasta hace muy poco tiempo el Estado francés se había negado sistemáticamente a adoptar cualquier iniciativa en favor de ellas. Toda la tradición francesa de exaltación de la lengua francesa como símbolo y como expresión de la identidad nacional se oponía a su reconocimiento. Todavía a mediados del siglo XX la escuela pública francesa tenía como objetivo explícito conseguir que el francés se convirtiese en la primera lengua de los alumnos que habitaban en regiones en las que se seguían hablando patois regionales. La primera manifestación de signo contrario la constituyó la llamada Ley Dixone de

«defensa de las lenguas y dialectos locales», promulgada en 1951, que,

entre otras cosas, permitía la enseñanza de cuatro de ellas (bretón, vasco, occitano y catalán) en la escuela primaria y en determinadas condiciones. Pero los medios puestos al servicio de la iniciativa fueron tan escasos y las condiciones tan difíciles de cumplir que la aplicación de la ley resultó poco más que simbólica.

Cuarenta años después, en 1991, cuando la presión en favor de estas lenguas había aumentado sensiblemente, Mitterrand, candidato a la presidencia de la República, en su programa electoral inscribió «que las lenguas y las culturas regionales serían respetadas y enseñadas» (punto 54). Y efectivamente en los años posteriores se adoptaron algunas medidas que señalaban un cambio de orientación. El número de horas dedicadas a la enseñanza voluntaria de estas lenguas aumentó, y no se limitó a las cuatro citadas sino que alcanzó a todas. Al mismo tiempo se reglamentó la posibilidad de seguir estudios universitarios (licenciaturas) de estas lenguas y se autorizó el establecimiento, de forma experimental, de

algunas clases bilingües, aunque por el escaso número de centros en los que se practica tiene un valor más simbólico que real. Y lo que no es menos significativo, el Estado francés ha reconocido la existencia y concedido subvenciones a escuelas mantenidas por asociaciones de padres en las que se utiliza la lengua regional como lengua de enseñanza

—escuelas Diwan en Bretaña, ikastolas en el País Vasco, bressola en el Rossellón— e incluso ha organizado dentro de la enseñanza pública y de forma experimental algunas escuelas bilingües y en Bretaña escuelas donde la lengua de enseñanza es el bretón. Dada la tradición del Estado francés, se trata de cambios significativos que habrían sido difícilmente imaginables hace unos años pero que no autorizan a hablar de un cambio de orientación en la política lingüística francesa, como lo demuestra el hecho de que Francia haya rehusado ratificar la Carta Europea de las lenguas regionales propuesta por el Consejo de Europa.

Hablando en sentido estricto, Italia se puede clasificar entre los países que practican una política de autonomía lingüística. Ya en dos de sus regiones autónomas, el Alto Adigio y el Valle de Aosta, el italiano comparte con otra lengua el carácter de lengua oficial, el alemán en el primer caso y el francés en el segundo. Pero se trata de regiones pequeñas en el conjunto del Estado italiano y se trata además de lenguas que son oficiales en países vecinos y poderosos, por lo que se puede suponer que en el régimen especial concedido a estas lenguas han influido razones de política internacional. Resulta por tanto exagerado calificar a la política lingüística de Italia por estas singularidades.

Tal como se ha recordado en los capítulos históricos, en Italia durante siglos han convivido una gran variedad de lenguas y dialectos con una lengua literaria común, y fue sólo con la unificación política de la península en el siglo XIX como esta lengua, literariamente prestigiada, se convirtió en la lengua del Estado italiano y en el símbolo de su unidad. Y en nombre de esta identificación se inició una política de unificación lingüística, a través de la escuela principalmente, que pretendía imponer el italiano reduciendo al mínimo las diferencias dialectales e imponiendo, por supuesto, su uso donde tradicionalmente se hablaba otra lengua.

A pesar de estos esfuerzos, Italia sigue presentando una gran variedad dialectal, que puede resumirse así:

Dialectos septentrionales: piamontés, lombardo, veneciano, istrio, de la Emilia Romana.

Dialectos toscanos: con el florentino en posición central y privilegiada. Dialectos centrales y meridionales: de las Marcas, de Umbría, de

Roma, de los Abruzos, de Apulia septentrional, de Calabria y de Sicilia.

Otros dialectos también derivados del latín no pueden considerarse en cambio variantes del italiano sino que refieren a otras lenguas. Avanzando de oeste a este encontramos:

El provenzal alpino, hablado en el Valle de Aosta.

Los dialectos retorrománicos, que a su vez pueden agruparse en dos grupos: los dialectos ladinos, que se hablan en los valles de las Dolomitas y que están en continuidad con los dialectos retorrománicos hablados en Suiza, y los dialectos orientales, de los que el principal representante es el friulano, hablado en una región que tiene a Udine como centro y que todavía en el siglo XIX llegaba hasta Trieste. Entre los lingüistas hay quienes creen que todos estos dialectos son variantes de una misma lengua y quien cree que se pueden distinguir dos lenguas distintas: ladino y friulano.

En la isla de Cerdeña se distinguen cuatro dialectos de una lengua sarda, representada en primer lugar por el logudorés, hablado en el centro de la isla y que ha tenido un cultivo literario relativamente importante. En el sur de la isla se habla el campidanés. Los otros dos están más relacionados con dialectos toscanos. En la misma isla de Cerdeña, en la ciudad de Alguer, se habla catalán, rastro de la presencia catalana en la Edad Media. En la península hay otros islotes lingüísticos en los que se habla griego y albanés. Y en los alrededores de Trieste hay numerosos hablantes de esloveno.

Desde hace un tiempo, y en contraste con la uniformidad lingüística que practica la escuela y que difunden los medios de comunicación, y en primer lugar la televisión, los dialectos despiertan interés y abundan las ocasiones para utilizarlos públicamente, en certámenes literarios o en celebraciones folclóricas. Y en algunas regiones se ha propuesto utilizarlos en el inicio de la escolaridad. Sobre todo importantes han sido los esfuerzos para valorar el uso del friulano, y existen asociaciones que se lo proponen como objetivo. Pero no se ha conseguido fijar una norma común generalmente aceptada. Y tampoco se ha conseguido promover una conciencia colectiva que impulse una política en favor de estas lenguas. Probablemente es esta falta de presión política lo que explica que la

política lingüística italiana siga proponiéndose el monolingüismo como objetivo.

Las únicas excepciones son las ya citadas del Alto Adigio y del Valle de Aosta. El Alto Adigio, que para la población de lengua alemana es el Tirol del Sur o Tirol italiano, fue incorporado a Italia por el Tratado de Versalles en 1918, y la población siguió siendo básicamente de lengua alemana aunque a partir de la anexión se produjo una fuerte emigración desde distintas regiones italianas, de modo que hoy la población es en un 60 por ciento aproximadamente de lengua alemana y en un 40 por ciento de lengua italiana. Las dos poblaciones tienen garantizado el uso de su lengua propia en cualquier situación y esto significa, entre otras cosas, un doble sistema educativo, uno en lengua alemana y otro en lengua italiana, e incluso, en buena parte, un doble sistema administrativo. La separación se lleva hasta el punto de que las ofertas de empleo público en la región están sometidas a cuotas lingüísticas en función de la proporción de hablantes de cada lengua.

Una de las consecuencias imprevistas de esta separación es que existe un valle, el valle de Gardana, en el que los habitantes hablan un dialecto ladino o retorrománico y en el que se ha organizado un sistema escolar propio con presencia de las tres lenguas. Así, el ladino, que, como el friulano en el resto de Italia, está absolutamente desamparado, en el Alto Adigio recibe una protección singular.

La situación es totalmente distinta en el Valle de Aosta. Cuando al constituirse Italia el Valle de Aosta se incorporó al nuevo Estado, la lengua de sus habitantes era un dialecto provenzal, pero la lengua culta, la de la pequeña burguesía local y de la enseñanza, era el francés. Y ha sido esta presencia del francés en el sistema educativo y en la administración la que el Estatuto de Autonomía del Valle ha permitido conservar. La dedicación preferente del Valle al turismo fortalece todavía este bilingüismo. En cambio, el dialecto local, que mantienen las familias campesinas, recibe escasa protección y está en camino de desaparecer.

Citemos todavía el caso de Grecia como ejemplo muy representativo de política lingüística centrada en la defensa de la lengua nacional prescindiendo de las minorías lingüísticas. Estas minorías se relacionan con las siguientes lenguas: el turco, lengua de la vecina Turquía, el eslavo- macedonio, resto de la presencia de eslavos en la Macedonia griega, el arumano, una lengua neolatina relacionada con el rumano, y el arbanita,

variedad del albanés. La mayoría de estos grupos lingüísticos son numéricamente poco importantes, y dejando al margen el caso del turco, sobre el que repercuten las difíciles relaciones entre Grecia y Turquía, sólo los arumanos demuestran una cierta conciencia de constituir un grupo y presentan reivindicaciones lingüísticas. Parece por tanto exagerado el gran recelo que el gobierno griego y la mayoría de los partidos políticos demuestran ante la existencia de estas minorías; para explicarlo hay que pensar en las difíciles circunstancias de la guerra de independencia de Grecia, que he recordado en las páginas dedicadas a la historia, y en el hecho de que cada una de las lenguas minoritarias está vinculada a la lengua de países vecinos con los que Grecia mantiene relaciones a menudo conflictivas.

Para caracterizar la política lingüística de Grecia hay que tener en cuenta, además, que a lo largo del siglo XX Grecia ha vivido un conflicto lingüístico muy fuerte y con implicaciones de muchos tipos, debido al enfrentamiento entre la lengua tradicional, la kathaverousa, conservada por la Iglesia durante los siglos del dominio turco, y única utilizada como lengua culta y como lengua escrita durante mucho tiempo, y la modalidad popular, la demótica, la lengua de la comunicación oral y de la vida cotidiana. El largo proceso de sustitución de la lengua tradicional por la popular y su ascenso a lengua de la cultura y de la administración ha durado más de medio siglo y ha propiciado ásperas batallas entre conservadores y progresistas, aunque hoy se puede considerar definitivamente consolidado.

En los países de la Europa Oriental situaciones como la señalada de

poblaciones que hablan la lengua de un país vecino son frecuentes. La disolución de los imperios y las rectificaciones de fronteras como resultado de guerras relativamente recientes han producido poblaciones que hablan la lengua del país vecino, fenómeno que a veces se da en una doble dirección —por ejemplo, hay una población de lengua croata en Hungría y de lengua húngara en Croacia— y que genera situaciones que a menudo se unen a sospechas sobre la lealtad nacional de los afectados y que acostumbran a acompañarse de políticas de unificación lingüística.

Un ejemplo máximo de este tipo de situaciones lo constituye la existencia de una minoría de lengua húngara en Rumania que representa más del 6 por ciento de la población total del país y que ha constituido siempre una fuente de tensiones. Polonia se puede considerar un país

monolingüe, ya que según los datos oficiales el 98 por ciento de la población habla el polaco. Sin embargo, es un hecho que hay regiones del actual territorio polaco que antes de la última gran guerra formaban parte de Alemania: Silesia, Prusia Oriental, de las que sus habitantes fueron expulsados pero en las que se mantienen todavía algunos hablantes. También el yídish, lengua habitual de los judíos de la Europa Oriental, ha disminuido con la eliminación o emigración de sus hablantes. Pero el caso más significativo es el de los países bálticos. Cuando Letonia fue incorporada a la Unión Soviética a raíz de la última gran guerra, prácticamente toda la población tenía el letón como lengua principal; en cambio, cuando recobró la independencia y como resultado de movimientos migratorios desde otros territorios de la Unión, un 35 por ciento de la población tenía el ruso como lengua principal y una fracción importante incluso desconocía el letón. Aunque con menor intensidad, en las otras repúblicas bálticas —Estonia y Lituania— también se da una situación de este orden. Y en todas ellas se ponen en práctica políticas de nacionalización lingüística más o menos decididas.

En los países surgidos de la descomposición de Yugoslavia las

fronteras políticas son necesariamente arbitrarias, con abundantes interpenetraciones y con territorios en los que tradicionalmente han convivido poblaciones étnica y culturalmente diversas. Las diferencias sin embargo no eran básicamente lingüisticas, pues el serbo-croata se consideraba la lengua común, aunque los croatas de tradición católica lo escribiesen con el alfabeto latino y los serbios de tradición ortodoxa con el cirílico. Hoy la política lingüística de los distintos Estados se ejerce en el sentido de afirmar la singularidad de cada lengua.

Protección de las minorías

Incluyo en este apartado los Estados que, a pesar de que reconocen una sola lengua como lengua nacional y de que no otorgan derechos políticos a sus minorías lingüísticas como tales, sin embargo adoptan medidas para proteger su existencia y fomentar su uso.

Gran Bretaña constituye un buen ejemplo de esta política por lo que se refiere al galés. A partir de la invasión sajona, en el siglo V, las lenguas celtas habladas en las islas empezaron a retroceder frente al antiguo inglés de los invasores y el retroceso continuó cuando en el siglo XII una

monarquía normanda impuso el francés en la corte de Londres. A partir de la recuperación del inglés como lengua de la vida política y social, comenzó un proceso de unificación lingüística paralelo al que tenía lugar en Francia, proceso que, a finales del siglo XIX, parecía haber llevado a las distintas lenguas celtas al borde de su desaparición. Y desde entonces prácticamente ha desaparecido el cómico, hablado en un tiempo en Cornualles, y el manxés, lengua de la Isla de Manx, y aunque el gaélico de Escocia se mantiene en algunas comarcas, sus perspectivas no son brillantes. Sólo el galés, en el País de Gales, mantiene una presencia sustancial y, desde comienzos del siglo XX, se ha producido un movimiento de defensa y de recuperación de la lengua que no sólo ha logrado su permanencia sino también iniciar una cierta expansión. Según un censo reciente, hay actualmente unos 500.000 hablantes de galés, un número al que alguna encuesta añade unos 400.000 más con algún conocimiento activo o pasivo de esta lengua.

En Gran Bretaña no existe una ley que reconozca oficialmente la existencia del galés y que conceda derechos políticos a sus hablantes. Tampoco el País de Gales tiene una autonomía política que le permita tener un gobierno propio o dotarse de una política lingüística, ya que el gobierno de Gran Bretaña ejerce su autoridad en Gales a través del Wales Office, que es una delegación suya. Sin embargo, y desde hace un tiempo, el gobierno central ha adoptado una política favorable al galés y el Wales Office no sólo favorece su conocimiento y su uso de distintas maneras, sino que, en cierta medida, incluso lo utiliza. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que en Gran Bretaña y, por tanto, también en el País de Gales las autoridades locales y en primer lugar los municipios tienen un ámbito de competencias muy alto, por ejemplo, sobre la enseñanza, y que pueden utilizar estas competencias en beneficio de la lengua. La situación en este sentido es muy variada: desde autoridades locales más o menos indiferentes al problema de la lengua hasta las que favorecen el galés o practican un bilingüismo sistemático.

La enseñanza es el campo más significativo de este conocimiento del galés y del apoyo que recibe. Teniendo en cuenta que, como acabo de señalar, la situación varía con las localidades, se puede decir que en el conjunto del País Galés aproximadamente un 20 por ciento de los alumnos de enseñanza primaria reciben la enseñanza en galés y un 60 por ciento reciben enseñanza del galés. En la enseñanza secundaria la proporción de

los que reciben la enseñanza en galés se reduce al 10 por ciento, y en la universidad sólo algunos cursos y algunas asignaturas se pueden cursar en esta lengua.

En cuanto a los medios de comunicación, en la actualidad, hay una emisora pública que emite unas 30 horas semanales en galés y diferentes emisoras de radio que dedican una parte importante de su tiempo a esta lengua. Y podemos añadir todavía varios periódicos y revistas y unos 500 libros publicados al año. Pero lo que es más importante es que las encuestas recientes muestran un aumento del conocimiento y del uso de la lengua por parte de los jóvenes, lo que permite asegurar mayores progresos en el futuro.

Algo semejante puede decirse de la política de Holanda en relación con el frisón. Se trata de una lengua germánica, emparentada con el neerlandés y con el alemán, que se ha mantenido en la frontera entre las dos lenguas y especialmente en la provincia holandesa de Frisia, en la que se considera que unas 400.000 personas mantienen su uso.

Algunas leyes y disposiciones reconocen la existencia del frisón, pero no puede decirse que se haya impuesto una política definida de protección de la lengua ni normas que regulen su utilización en la administración pública y en las relaciones de ésta con la población. Hay, sin embargo, una actitud positiva por parte del Estado holandés respecto del frisón y su manifestación más clara es su presencia en el sistema educativo. En la mayoría de las escuelas de la provincia de Frisia es la lengua de base y de comunicación en los primeros grados de la enseñanza; en los grados superiores es sustituida por el neerlandés, pero el frisón se mantiene como lengua enseñada. En el otro lado de la frontera, en territorio alemán, hay también pequeños núcleos de población que lo hablan y en los que tiene una presencia semejante en la enseñanza.

Autonomía lingüística

El ejemplo principal de lo que he denominado autonomía lingüistica lo ha constituido durante mucho tiempo la Unión Soviética. Pero la disolución de la Unión y el estado extremadamente fluido de la situación actual impide ofrecer datos fiables sobre las actuales políticas lingüísticas en las repúblicas que un día constituyeron la Unión. El predominio en todas ellas de ideologías de tinte nacionalista es evidente, y por tanto también la

promoción de las lenguas que un día eran cooficiales con el ruso. De todos modos en muchas repúblicas no parece probable la eliminación del ruso y menos todavía la imposición de un monolingüismo pleno en territorios que en muchos casos son étnicamente diversos. Es precisamente el caso de la República Rusa, donde parece probable que en sus llamados territorios autónomos, en los que se habla una lengua distinta de la rusa, se mantenga algún tipo de cooficialidad aunque sea reducida.

Dentro de la actual Unión Europea el ejemplo característico de lo que he llamado autonomía lingüística lo constituye España. En los capítulos históricos se ha hecho referencia a la pluralidad lingüística de los territorios que constituyen el Estado español como resultado de la supervivencia del vasco y de la descomposición del latín en varias lenguas neolatinas. Igual que en Francia y en Inglaterra, el proceso de unificación política se acompañó de un proceso de unificación lingüística que no eliminó el uso popular de las lenguas distintas del castellano. A partir de esta situación en el siglo XIX se produjeron movimientos de recuperación literaria y de reivindicación política a los que también se ha hecho referencia y que fueron duramente reprimidos durante el régimen franquista. La Constitución de 1978 rectifica la tradición uniformista y, después de afirmar que «el castellano (español) es la lengua oficial de España», añade que «las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos» y que «la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». De acuerdo con la misma Constitución, el territorio de España se ha dividido en dieciséis Comunidades Autónomas, cada una con su propio gobierno y Parlamento. El Estatuto de Autonomía de cinco de estas Comunidades establece que la Comunidad tiene una lengua propia que es cooficial con el castellano en el ámbito de la comunidad. Estas Comunidades son: Cataluña (6.000.000), catalán; Islas Baleares (680.000), catalán; Valencia (3.750.000), valenciano (variante del catalán); Galicia (2.850.000), gallego, y País Vasco (2.200.00), vasco o euskera. En una sexta Comunidad, Navarra, reconoce también el vasco como lengua propia al mismo tiempo que el castellano, pero limita su cooficialidad a una parte del territorio. A lo que puede todavía añadirse que el Estatuto de Asturias recomienda la protección del bable, aunque no se le da un carácter de lengua cooficial; que el Estatuto de Aragón hace referencia a las

«peculiaridades lingüísticas» de Aragón, es decir, los vestigios de la antigua lengua aragonesa y al catalán que se habla en una franja fronteriza con Cataluña; y que en el Estatuto de Cataluña se reconoce la existencia en el Valle de Arán, un valle pirenaico limítrofe con Francia, del aranés, un dialecto gascón/occitano. Entre 1982 y 1986 cada una de las seis Comunidades Autónomas citadas en primer lugar aprobaron leyes lingüísticas que definen la cooficialidad como igualdad jurídica de las dos lenguas y por tanto conceden el mismo valor jurídico a los documentos en cualquiera de las dos y afirman el derecho de los ciudadanos a utilizar cualquiera de las dos en sus actuaciones privadas o públicas. Al mismo tiempo, desarrollan medidas para promover el uso de las lenguas autóctonas principalmente en tres aspectos: la administración pública, la enseñanza en todos los niveles y los medios de comunicación. Respecto a la administración, consagran el derecho de cualquier ciudadano a utilizar cualquiera de las dos lenguas, y por tanto no sólo el castellano sino la lengua autóctona, en sus relaciones con la administración pública en cualquier circunstancia. Y en cuanto a la enseñanza, hacen obligatoria la enseñanza de la lengua autóctona en todos los niveles del sistema educativo y establecen la posibilidad de que esta lengua se utilice incluso como lengua básica de la enseñanza. Respecto a los medios de comunicación, estas leyes abren la posibilidad de que los gobiernos autónomos establezcan sus propias emisoras de radio y de televisión y que utilicen en ellas la lengua local.

Como puede suponerse, aunque las leyes sean parecidas, la situación

es muy diversa en las distintas Comunidades. El catalán, que en la Edad Media tuvo un uso literario importante y que en el siglo pasado conoció un renacimiento, se beneficia en Cataluña de una importante solidaridad política que hace que en el gobierno autonómico predominen o influyan partidos explícitamente nacionalistas. Cataluña es, al mismo tiempo, una de las Comunidades más industrializadas y dinámicas en el conjunto español. Este desarrollo económico la ha convertido en un destino preferido para los inmigrantes del sur de España, lo que constituye una desventaja para la lengua. En la actualidad cerca de la mitad de los habitantes de Cataluña tienen el catalán como primera lengua y la otra mitad el castellano, aunque de la población total cerca de 90 por ciento entienden el catalán y el 85 por ciento son capaces de hablarlo. En conjunto puede decirse que Cataluña tiene una política lingüística de

decidida protección de la lengua, que la administración pública catalana utiliza el catalán como lengua de funcionamiento y que aproximadamente dos terceras partes de los alumnos de esta Comunidad reciben la enseñanza en catalán. También en el nivel universitario el catalán tiene una presencia importante.

En las Islas Baleares las proporciones de conocimiento de la lengua son parecidas a las de Cataluña; sin embargo, la implicación política es menor, y la dedicación intensiva de las islas al turismo tampoco favorece su expansión. En Valencia el conocimiento y el uso son todavía menores, y las disputas sobre la naturaleza de la lengua hablada y sobre la identidad valenciana en relación o en oposición a Cataluña complican todavía la expansión de la lengua. En el País Vasco, como en Cataluña, el gobierno local es de signo nacionalista y el compromiso político con la lengua es así muy alto; las limitaciones vienen, en este caso, del menor número de hablantes y de la gran distancia lingüística entre el español, una lengua neolatina, y el vasco, anterior a las invasiones indoeuropeas. Pero el gran esfuerzo realizado ha conseguido invertir la tendencia secular a la disminución paulatina de hablantes. Algo parecido puede decirse de Navarra, donde el vasco sólo se conservaba en una pequeña parte del territorio. En cuanto a Galicia, el gallego es efectivamente la lengua popular, conocida por prácticamente la totalidad de la población, pero la extremada pobreza de la región, que condenaba a sus habitantes a la emigración, había desprestigiado totalmente el uso de la lengua, identificada con la ruralidad y la pobreza. Esta actitud ha cambiado y el uso del gallego en la administración y en la televisión y su enseñanza en la escuela están consiguiendo para esta lengua un prestigio social importante.

Federalismo lingüístico

Se puede calificar de federalismo lingüístico la política aplicada en los Estados en los que los territorios que los constituyen tienen lenguas oficiales propias que son, a la vez, oficiales del Estado en su conjunto. Normalmente el federalismo lingüístico supone un Estado federal. En Europa, Suiza y Bélgica pueden considerarse ejemplos típicos de federalismo, ejemplos típicos que son, sin embargo, totalmente distintos.

A diferencia de muchos países europeos que se han formado en un proceso de expansión y de unificación a partir de un núcleo inicial, Suiza

surgió ya en el siglo XII como una federación de entidades locales que se oponían a la expansión de los Habsburgo y ha mantenido este carácter, claramente medieval, de confederación entre iguales, hasta nuestros días. En los comienzos de su historia, en la Confederación suiza, como en toda Europa, se hablaban distintos dialectos, dialectos germánicos en la mayoría de cantones y dialectos latinos en algunos, una diversidad que no influía en la voluntad de establecer unos lazos comunes y que se ha mantenido hasta hoy.

En Suiza se hablan cuatro lenguas: alemán, francés, italiano y romanche o retorrománico. De los veintisiete cantones que constituyen la actual Confederación Helvética, diecisiete son de lengua alemana, cuatro de lengua francesa (Ginebra, Jura, Neuchâtel y Vaux), uno de lengua italiana (Ticino) y cuatro son plurilingües, de los que tres (Berna, Friburgo y Valais) tienen dos lenguas: francés y alemán, y un cuarto (Grisones) es trilingüe: alemán, romanche e italiano. De acuerdo con los censos recientes, de los algo más de cuatro millones de habitantes de Suiza, el 65 por ciento son de lengua alemana, el 18,5 por ciento de lengua francesa, el 9,8 por ciento de lengua italiana y el 7,8 por ciento de lengua romanche o retorrománico. A ellos hay que añadir un 6 por ciento que hablan otras lenguas.

La Constitución federal de 1848 ya afirmaba que la Confederación Helvética tiene tres lenguas con la misma consideración de lengua oficial: alemán, francés e italiano. Casi un siglo más tarde, en 1938, se modificó el texto constitucional para incluir el retorromano, y así el artículo 116 de la Constitución vigente dice que Suiza tiene cuatro lenguas nacionales: el alemán, el francés, el italiano y el retorrománico, aunque a continuación añade que las lenguas oficiales sólo son el alemán, el francés y el italiano. Esta doble definición se traduce en un conjunto de disposiciones legales que pueden resumirse así:

En cada cantón el principio aceptado es el de la territorialidad; cada cantón tiene una lengua oficial, y en los cantones con más de una lengua se distinguen las comarcas según su lengua principal. Esto significa que en Ginebra, por ejemplo, cantón de lengua francesa, tanto la lengua de la administración como la de la enseñanza, y en general de todas las funciones públicas, es el francés, y, por tanto, si un suizo de Berna o de Zúrich se traslada a vivir a Ginebra tendrá que espabilarse para aprender

esa lengua. En los cantones plurilingües existen reglas lingüísticas propias según las comarcas.

En el Parlamento federal los diputados pueden expresarse en cualquiera de las tres lenguas, pero sólo hay traducción simultánea al francés y al alemán, pues el italiano prácticamente no se utiliza; y en el Senado los senadores pueden expresarse igualmente en cualquiera de las tres lenguas, pero no hay traducción y la mayoría de las intervenciones se hacen en alemán. Y en cuanto al funcionamiento de la administración federal, las leyes y las reglamentaciones se publican en las tres lenguas, y en las relaciones con los cantones se utiliza la lengua del cantón, pero el funcionamiento administrativo interno emplea mayoritariamente el alemán. Un conjunto de disposiciones determina cuáles son los puestos de trabajo en los que es obligatorio el conocimiento de dos o tres de las lenguas oficiales. Y reglas parecidas se encuentran también en las empresas con implantación en todo el país, como bancos y empresas de servicios. Así, buena parte del personal de Swiss Air es bilingüe alemán- francés.

Estas diferencias en la reglamentación resultan de la situación socio- lingüística, pues si bien las cuatro lenguas nacionales o, al menos, las tres lenguas oficiales tienen la misma consideración legal, su peso en el conjunto de la sociedad suiza es muy distinto. El retorromano tiene un número muy reducido de hablantes, habitantes de comarcas agrícolas hoy convertidas en turísticas, y, a pesar de la protección que recibe, está muy seriamente amenazado de ser sustituido por el alemán. El italiano, lengua de la vecina Italia, no sufre esta amenaza pero su importancia numérica es pequeña y su presencia en el resto de Suiza y en los órganos de gobierno es mínima. En cuanto al francés, lengua de varios cantones y de prestigio internacional, sí que tiene una presencia importante en la vida pública suiza, pero mucho menor que el alemán, que es la de la mayor parte de sus habitantes y la de las ciudades donde residen los órganos del gobierno federal.

El alemán es así la primera lengua de Suiza, pero no por ello deja de tener sus problemas. Mientras que en los cantones de lengua francesa los dialectos franceses y francoprovenzales prácticamente han desaparecido frente a la presión del francés normativizado, en los cantones de lengua germánica el uso de los distintos dialectos se ha mantenido muy vivo, hasta el punto de que puede hablarse de una auténtica situación diglósica,

con una lengua inferior, el Schweitzerdeutsch (suizo alemán), utilizada como lengua oral, y el Hochdeutsch (alemán alto o literario), que es la lengua de la enseñanza y de las situaciones formales y, por supuesto, de la escritura. Pero desde hace un tiempo se está asistiendo a una expansión de los usos del Schweizerdeutsch, en primer lugar en las emisiones de radio y de televisión, pero también con un cierto uso escrito e incluso, en algunos lugares, en la enseñanza. De manera que es posible imaginar que en el futuro se produzca un proceso parecido al que en Grecia llevó a sustituir la variedad culta del griego por la variedad popular. O como el que en Luxemburgo ha llevado recientemente a consagrar el dialecto local como lengua independiente.

En la mayoría de los cantones suizos, a partir del séptimo grado de la enseñanza general, se introduce una segunda lengua, que en principio es el francés en los cantones de lengua alemana y el alemán en los de lengua francesa. Los resultados no son excesivamente brillantes, sobre todo desde que se está difundiendo la preocupación por aprender inglés lo más pronto posible. Y añadamos todavía que Suiza atrae una población extranjera muy importante —el 14 por ciento de sus habitantes son extranjeros— y, con la única excepción de Luxemburgo, es el país de Europa con la mayor proporción de extranjeros entre su población. Su poder de atracción se basa en su imagen de país tranquilo, atractivo para residentes de alto poder económico, que aspiran a disfrutar de un retiro pacífico, y también en la existencia de las cabeceras de muchas empresas y organizaciones internacionales. En el otro extremo de la escala, Suiza atrae a emigrantes de bajo nivel económico, porque hay muchas ocupaciones que los suizos prefieren no ejercer. Para los extranjeros del primer tipo, el inglés acostumbra a ser la lengua de comunicación, pero los emigrantes económicos, y especialmente sus hijos, plantean problemas que, en algunos lugares, desbordan las capacidades del sistema educativo.

Todos estos problemas no deben hacernos olvidar el hecho

fundamental de que, en una situación lingüística muy compleja, los suizos han conseguido un equilibrio envidiable y que contrasta con situaciones conflictivas frecuentes en otros lugares. La explicación es, por otra parte, sencilla. Mientras que en muchos lugares la lengua constituye un signo de identidad nacional y así los conflictos lingüísticos son vividos como conflictos nacionales, en Suiza la fidelidad lingüística, que es muy sólida, es sin embargo independiente de la identidad nacional, de manera que el

plurilingüismo de la Confederación no afecta al nacionalismo o al patriotismo suizo, que es igualmente, y como es sabido, muy fuerte.

Al contrario que en Suiza, en Bélgica las cuestiones lingüísticas no sólo tienen implicaciones políticas fuertes sino que, a menudo, se han convertido en el eje de la problemática política del país. En el capítulo dedicado a comentar las relaciones entre las reivindicaciones lingüísticas y las nacionales ya se ha recordado que Bélgica se constituyó en el siglo pasado como un Estado con dos poblaciones lingüísticamente diversas

—una de lengua francesa y otra de lengua flamenca— pero con el francés en una posición dominante, ya que no sólo Valonia, la región de lengua francesa, era la región más próspera sino que incluso en Flandes, predominantemente campesina, la lengua de la burguesía y de la educación era el francés. Pero recordaba también cómo a lo largo de un siglo esta situación ha cambiado completamente y la población de lengua flamenca ha conseguido prestigiar su lengua y establecer un régimen de paridad lingüística.

La situación actual puede resumirse así: Bélgica, según el artículo 2 de la Constitución, está formada por tres comunidades lingüísticas: la francesa, la neerlandesa y la alemana. Por otra parte, y según el artículo 4, está dividida en cuatro regiones geográficas: una región de lengua francesa, una región de lengua neerlandesa, una región de lengua alemana y la región bilingüe de Bruselas.

Las diferencias lingüísticas entre las comunidades requieren una reglamentación legal, pero el artículo 30 de la Constitución advierte que sólo se pueden regular legalmente los usos de la lengua en la administración pública y en la administración de justicia. En todas las demás situaciones los ciudadanos son libres de utilizar la lengua que prefieran. Una enmienda de 1971 amplía las cuestiones regulables para incluir la documentación que las empresas han de rellenar por imperativos legales, igual que los contratos que establezcan con sus trabajadores.

El conjunto de las normas que regulan el uso de las lenguas puede resumirse así: tanto en la región flamenca, Flandes, como en la francesa, Valonia, rige el principio de territorialidad y son prácticamente monolingües. En Valonia la lengua de todo el funcionamiento administrativo y de toda la enseñanza es el francés, y en Flandes, es el neerlandés. En la región germánica, y debido al número reducido de los hablantes de alemán, que no llegan a 100.000, tanto la administración

como la enseñanza utilizan el alemán y, en gran medida, el francés. En la región bilingüe que constituye la ciudad de Bruselas, la administración utiliza, según los casos, una u otra lengua, o las dos, y existe un doble sistema de enseñanza, uno para los alumnos de lengua francesa y otro para los de lengua flamenca. La división llega hasta la universidad. Mientras que en Flandes y en Valonia las universidades utilizan la lengua propia de la región, en Bruselas hay universidades de lengua francesa y universidades de lengua neerlandesa. Hace ya bastante tiempo que las dos universidades más célebres de Bélgica, la Católica de Lovaina y la Libre de Bruselas, se dividieron, dando origen cada una de ellas a otras dos, una en lengua flamenca y otra en lengua francesa.

Esta división del país en regiones con distinto régimen lingüístico ha obligado a una reglamentación muy detallada de la utilización de las lenguas en cada caso. Así, un proceso judicial iniciado en Bruselas se llevará en la lengua del demandante, en francés por ejemplo si éste es de lengua francesa, y la introducción de un solo documento en flamenco invalidaría el proceso, a pesar de lo cual, si el demandado es de lengua flamenca, tiene derecho a expresarse en su lengua y a que sus declaraciones se traduzcan al francés para incorporarlas al proceso, del mismo modo que todas las comunicaciones que haya que dirigir a una localidad de la región flamenca habrán de traducirse a esta lengua. Las reglamentaciones lingüísticas resultan todavía complicadas por la existencia de ayuntamientos fronterizos con un régimen especial.

En cuanto a la administración central, utiliza las dos lenguas de forma parecida a la administración municipal de Bruselas: atiende las peticiones y resuelve los expedientes en la lengua del que hace la solicitud o que inicia el expediente y se dirige al público en general en las dos lenguas. Esta reglamentación de los usos lingüísticos se completa con normas que determinan para cada puesto de trabajo en la administración pública el conocimiento de lenguas que ha de tener el que lo ocupa. Así, en el ejército, para citar un caso muy representativo, las unidades son monolingües y a los soldados y a los oficiales se les destina teniendo en cuenta su lengua. Pero un oficial, para ascender a comandante, ha de demostrar un conocimiento al menos elemental de la otra lengua, francés o neerlandés. Y los oficiales superiores han de poder expresarse sin dificultad en las dos lenguas.

A esta normativa legal se pueden añadir algunas consideraciones sociolingüísticas. Cuando se constituyó el Estado belga, la región flamenca, exclusivamente agrícola, estaba en condiciones de inferioridad respecto a Valonia, industrial y culta, pero con el paso del tiempo la situación se ha invertido. La industria valona, principalmente siderometalúrgica, hace tiempo que entró en crisis, mientras que las ciudades flamencas se han convertido en centros terciarios prósperos. La mayor fecundidad flamenca ha influido también en el proceso, de manera que ha sido la presión flamenca la que ha impulsado la actual legislación lingüística y la que ha dado al país una estructura federal. De todas maneras, los flamencos son conscientes de que su lengua, incluso después del acuerdo que la identifica con el neerlandés y la convierte en lengua oficial de la Unión Europea, sigue siendo una lengua menor frente al francés y a su gran prestigio internacional. Esta impresión de amenaza por parte del francés es especialmente fuerte en Bruselas, ciudad bilingüe y donde la instalación de organismos internacionales, como la Comisión de la Unión Europea o la Comandancia de la OTAN, provoca una presencia masiva de extranjeros que, en general, prefieren familiarizarse con el francés antes que con el flamenco.

Este recelo ante el francés explica por qué en Bruselas los responsables

de la enseñanza en la comunidad flamenca insistían en la obligación de las familias de lengua flamenca de inscribir a sus hijos en las escuelas de lengua flamenca, que se justificaba por el temor de que algunos padres matriculasen a sus hijos en escuelas de lengua francesa atraídos por el mayor prestigio de esta lengua. Este temor ha dejado de tener sentido cuando se ha advertido que había familias de lengua francesa que inscribían a sus hijos en escuelas en neerlandés, para que se convirtiesen así en bilingües y pudiesen optar a los numerosos puestos de trabajo que la reglamentación actual reserva a los bilingües. Este fenómeno, observado desde el exterior, hace parecer poco justificado que una ciudad oficialmente bilingüe ofrezca dos sistemas educativos rígidamente separados por la lengua, en vez de un sistema común que asegurase una alta competencia en las dos lenguas. Y aún puede añadirse que en la misma Bruselas la abundancia de residentes extranjeros justifica la existencia de una escuela europea y de diversas escuelas internacionales, en las que se utilizan sistemáticamente distintas lenguas en la enseñanza. Y que esta abundancia de extranjeros hace de Bruselas una ciudad

plenamente cosmopolita. Y no deja de resultar curioso que la capital del país donde las tensiones lingüísticas son más fuertes sea, al mismo tiempo, la ciudad más plurilingüe de Europa. O quizás sea esto un símbolo de la Europa del futuro.

Plurilingüismo institucional

Podemos calificar de países institucionalmente plurilingües a los que tienen varias lenguas oficiales pero no circunscritas a territorios determinados, como en los países federales, sino al conjunto del Estado. Irlanda, Finlandia y Luxemburgo, todos ellos miembros de la Unión Europea, pueden incluirse en esta categoría.

El caso de Finlandia lo he recordado ya al hablar de los movimientos de liberación nacional y lingüística del siglo pasado. Ocupada durante siglos por Suecia, el sueco no sólo era la lengua de los ocupantes sino la lengua culta de la población finlandesa. En el siglo XIX se produjo un movimiento de reivindicación de la lengua popular que no iba dirigido contra Suecia y la lengua sueca porque, desde 1809, Finlandia había dejado de pertenecer a Suecia para convertirse en un ducado ruso. De manera que la sustitución del sueco por el finlandés como lengua culta y administrativa se produjo sin tensiones políticas y respetando los derechos y los sentimientos de la población, que seguía hablando sueco en diferentes zonas del sur y del este del país. Cuando se produjo la independencia de Rusia en 1919, la Constitución estableció: «El finlandés y el sueco son las lenguas nacionales de la República. La ley garantiza el derecho de todos los ciudadanos finlandeses a utilizar su lengua materna, sea el finés o el sueco, en sus relaciones con la administración». En la práctica este derecho se limita a las comarcas donde se concentra la población de lengua sueca, y en estas comarcas también la enseñanza se ofrece en las dos lenguas. De todos modos, la población de lengua sueca,

—cerca de 400.000 hablantes— no representa más que un 10 por ciento del total de la población de Finlandia, y con tendencia a decrecer.

También he considerado el caso de Irlanda al hablar de los movimientos de liberación nacional y he recordado que, al proclamarse la independencia, la lengua irlandesa ya era minoritaria. Actualmente, y según un censo de 1991, el 30 por ciento de la población se considera capaz de hablar en irlandés, pero encuestas más fiables consideran que

sólo un 3 por ciento de la población lo tiene como lengua habitual, un 10 por ciento lo utilizan esporádicamente sin dificultad y otro 10 por ciento lo entiende, aunque tenga dificultades para hablarlo. La Constitución le atribuye el carácter de lengua oficial junto con el inglés e incluso le concede cierta preferencia, lo que se traduce en un uso formal y ceremonial. Pero, en la práctica, la mayor parte de las actividades de la administración y de la vida pública utilizan el inglés. Sólo para determinados lugares de trabajo, especialmente en la enseñanza, se exige el conocimiento del irlandés. Y sólo en los municipios con predominio de hablantes de irlandés se usa en la administración y como medio de enseñanza. Y, como es sabido, Irlanda ha renunciado a que su lengua sea lengua de trabajo de la Unión Europea, y sólo se utiliza en circunstancias muy especiales.

Puede decirse, por tanto, que aunque en teoría Finlandia e Irlanda son países constitucionalmente bilingües, en la práctica su política lingüística es más bien de protección de una minoría. Luxemburgo, en cambio, es un país bilingüe o, mejor dicho, trilingüe.

El Gran Ducado de Luxemburgo (400.000 habitantes), que durante un tiempo formó parte de los territorios del reino de Borgoña y que podía haber acabado integrado en cualquiera de sus Estados vecinos, por un conjunto de circunstancias afortunadas ha mantenido su independencia hasta nuestros días. Una independencia que, con una economía basada en la metalurgia, ha pasado temporadas muy difíciles, superadas al integrarse en la Comunidad del Carbón y del Acero, germen de la actual Unión Europea. Así, Luxemburgo, a pesar de sus reducidas dimensiones, se ha convertido en un Estado de pleno derecho dentro de la Comunidad Europea y, a partir de aquí, en un importante centro financiero.

Luxemburgo está situado en la franja de contacto entre las lenguas germánicas y latinas, a la que repetidamente se ha hecho referencia en estas páginas, y su población ha hablado tradicionalmente un dialecto germánico y ha usado el alemán y el francés, las lenguas de sus vecinos, como lenguas cultas. Y lo sigue haciendo todavía hoy. El luxemburgués es la lengua de la vida cotidiana y de las comunicaciones orales, mientras que el alemán es mayoritariamente la lengua de la administración y de los negocios y el francés la de las actividades de carácter cultural y de las relaciones exteriores. Hasta 1984 las lenguas oficiales de Luxemburgo eran el francés y el alemán, pero en aquel año, y como resultado de una

corriente que pretende reforzar la conciencia luxemburguesa prestigiando su lengua, se proclamó el luxemburgués lengua nacional y, desde entonces, se ha introducido su enseñanza en las escuelas y se promueve su uso escrito, un uso muy limitado por el pequeño número de los lectores potenciales. De todos modos, cuando se firmó el Tratado de Roma, el luxemburgués no era todavía lengua oficial y por ello no figura entre las lenguas de trabajo de la Unión, sino que tiene un tratamiento parecido al del irlandés.

Es en el sistema educativo donde más claramente se muestra el carácter plurilingüe de Luxemburgo. En el nivel preescolar, la escuela utiliza el luxemburgués, que seguirá siendo la lengua de comunicación oral entre alumnos y profesores a lo largo de la enseñanza. Pero al comienzo de la escolaridad formal, a los seis años, la enseñanza de la lectura y la escritura se hace en alemán; al año siguiente se introduce el francés y, a partir de entonces, la lengua de enseñanza es en unas asignaturas el alemán y en otras el francés, manteniendo media hora semanal de enseñanza del luxemburgués en cada curso. Para advertir hasta qué punto esta enseñanza ha de asegurar la competencia lingüística de los alumnos, basta recordar que en Luxemburgo no hay instituciones de enseñanza superior o son muy limitadas y, por tanto, la mayoría de sus alumnos han de culminar sus estudios en instituciones de países vecinos, Alemania, Suiza, Bélgica o Francia y, por consiguiente, en alemán o en francés, con una competencia similar a la de los alumnos nativos.

La ley lingüística de 1984 dispone que todos los ciudadanos pueden dirigirse a la administración en cualquiera de las tres lenguas. Añadamos que, del conjunto de la prensa editada en Luxemburgo, aproximadamente el 80 por ciento del texto está escrito en alemán, el 20 ciento en francés y el 2 ciento en luxemburgués. Y que en Luxemburgo se reciben emisiones de radio y de televisión en las lenguas de todos los países vecinos: francés, alemán, neerlandés, y también en inglés, y que una emisora local ofrece dos horas diarias de emisión en luxemburgués. Y hay que añadir todavía que la prosperidad económica ha llevado a Luxemburgo a una gran cantidad de emigrantes. Casi la tercera parte de la población actual del Gran Ducado es inmigrada, y la mayoría procede de Portugal, lo que constituye un problema grave para el sistema educativo, que pretende ser uno de los mejores de Europa. Desde otra perspectiva, y como es fácil imaginar, al haberse convertido Luxemburgo en un centro financiero, al

mismo tiempo que en sede de organismos internacionales, no sólo es habitual la presencia de muchos extranjeros, sino también un uso cada vez más frecuente del inglés. No es extraño, por tanto, que cuando se realizan encuestas para evaluar el nivel de conocimiento de lenguas extranjeras en los distintos países de la Unión Europea, Luxemburgo ocupe siempre el primer lugar.

Y resulta curioso recordar que en 1928 se reunió en Luxemburgo la primera conferencia internacional dedicada a los problemas del bilingüismo en la enseñanza, en la que los reunidos se mostraban muy recelosos ante la introducción precoz de segundas lenguas y en la que un ministro luxemburgués, en la sesión inaugural, se lamentaba de que los luxemburgueses debiesen apoyarse en lenguas extrañas en su educación, lo que les producía una personalidad ambigua e insegura. Setenta años después ningún luxemburgués se expresaría así. Habitantes de un pequeño país, económicamente bien situado y políticamente influyente, los luxemburgueses de hoy se sienten orgullosos de su identidad colectiva y han atribuido a su lengua categoría de lengua nacional sin renunciar por ello a su plurilingüismo.

Promoción y defensa de las lenguas estatales

En las páginas anteriores se ha considerado la política de los Estados desde la perspectiva de su tratamiento de las diversidades lingüísticas en el interior de sus respectivos territorios. Se sobreentiende que cada Estado, con la única excepción de los Estados federales, tiene una lengua principal identificada como la lengua nacional, que es la que se utiliza principal y exclusivamente en la administración pública y como vehículo de la enseñanza. Desde esta perspectiva se puede decir que todos los Estados tienen una política lingüística básica dirigida a la promoción y a la defensa de su lengua principal que, en el caso de los Estados federales, no es una sola sino varias.

Pero además de esta implicación entre la lengua nacional y el funcionamiento de las instituciones, hay Estados que adoptan iniciativas singulares dirigidas específicamente a la promoción y a la defensa de su lengua, bien en forma de organismos, bien en forma de disposiciones legales encaminadas a este fin y tanto en el interior del propio país como

en su exterior. Y también en este sentido las políticas lingüísticas de los diferentes países europeos presentan diferencias significativas.

Fue Francia quien en primer lugar sintió la preocupación por fomentar la enseñanza de su lengua más allá de sus fronteras. A lo largo del siglo XIX Francia puso en pie un imperio colonial y en todas sus colonias se esforzó por difundir el francés por encima de las lenguas indígenas. Lo mismo hacían las restantes potencias coloniales. Pero Francia se preocupó también de difundir la lengua francesa en países extranjeros sobre los que no tenía autoridad, sino sólo prestigio intelectual y relaciones amistosas. En el año 1883 se fundó la Alianza Francesa, una institución, en teoría, privada pero con soporte gubernamental, para crear y sostener centros de enseñanza del francés en países extranjeros o para ayudar a centros e instituciones que ya ejercían esta actividad. Pronto la red de la Alianza se extendió por todo el mundo. En este mismo sentido se puede recordar que el gobierno francés, que en la metrópoli, en nombre de la laicidad, prohibía o restringía la enseñanza a las órdenes religiosas, protegía en cambio a estas mismas órdenes cuando contribuían a difundir la enseñanza en francés en países extranjeros. Y, a partir de comienzos del siglo XX, el Estado francés inició la creación de centros propios para la difusión de la cultura francesa en las principales ciudades del mundo. Desde la ultima guerra esta presencia exterior se ha mantenido y se ha reforzado en la medida en que se ha generalizado la impresión de que el francés, como lengua internacional, perdía posiciones frente al inglés.

En el interior del Estado francés esta impresión de retroceso del

francés en el terreno internacional, junto con el convencimiento de que la presión del inglés estaba deformando la propia lengua francesa, ha llevado al gobierno francés a adoptar una política explícita de promoción y defensa de su lengua. Para coordinar esta política en los distintos campos de la acción de gobierno se creó en 1966 el Alto Comité para la Defensa y la Expansión de la Lengua Francesa, que recientemente ha cambiado su nombre por el de Consejo Superior de la Lengua Francesa. En el año 1986 se creó el Alto Consejo de la Francofonía, con una tarea de coordinación similar pero a escala internacional y entre todos los países de lengua francesa. En 1994 el Parlamento francés aprobó la ley Toubon de defensa del francés y, más recientemente, aprovechando la revisión de la Constitución que fue necesaria para poder aprobar el Tratado de Maastricht, decidió añadir al texto constitucional un artículo que dice: «La

lengua de la República francesa es el francés», una afirmación que, por parecer evidente, no había figurado en ninguna de las Constituciones que se había dado la República.

Esta política de defensa de la lengua se articula en diferentes direcciones. La más antigua es la que ya he recordado de promoción de la enseñanza del francés en el extranjero. Es significativo en este sentido que, en la actualidad, en las representaciones diplomáticas de Francia en el extranjero, al lado del agregado cultural, figura siempre un asesor pedagógico especializado en enseñanza de la lengua. Otro objetivo es velar porque, en las reuniones internacionales y en las publicaciones de alcance internacional, el francés mantenga su presencia frente a la tendencia a hacer del inglés la lengua común de comunicación. Y, en tercer lugar, y es el punto más discutido, se proponen medidas para asegurar el lugar del francés en los productos que llegan del extranjero; de este modo, no sólo los productos comercializados en Francia deben contener información en francés (etiquetaje, instrucciones de uso, garantías…), sino que en los productos audiovisuales proyectados o visionados en este país, el francés debe figurar en un porcentaje importante, un objetivo que intenta alcanzar estableciendo cuotas lingüísticas para estos productos. Una pretensión que las discusiones con los Estados Unidos en el marco de los debates sobre la liberalización del comercio a escala mundial, en la llamada Ronda GATT, han puesto en el primer plano de la actualidad. En otra dirección de esta misma política, la ley Toubon propone medidas para mantener la pureza de la lengua, limitando el uso de anglicismos.

Sin entrar en el detalle de estas medidas, me limitaré a destacar un

hecho. Si la actual expansión del inglés produce recelos en muchos lugares, no hay ninguna duda de que es en Francia donde se hacen los esfuerzos más vigorosos y sistemáticos para combatir su influencia y limitar sus efectos.

En Alemania hay también una fuerte preocupación por la calidad de la lengua, erosionada por los contactos con el inglés, una preocupación que se manifiesta a menudo en círculos académicos y periodísticos pero que no ha provocado acciones del gobierno. Lo que sí se advierte, desde hace un tiempo, especialmente desde la caída del muro y la tendencia a abrir las instituciones europeas hacia el este, es el deseo de las autoridades alemanas de reforzar la presencia de la lengua alemana en los organismos internacionales europeos, si no para competir con el inglés al menos para

situarla a un nivel similar al del francés. En cuanto a la enseñanza de la lengua en el exterior, tradicionalmente eran los propios alemanes residentes en el extranjero los que creaban escuelas para la educación de sus hijos, escuelas que se convertían en centros de difusión de la cultura alemana. Fue el régimen de Hitler el que inició una promoción sistemática, procurando poner bajo su control estos centros y creando otros con una clara intención ideológica. Acabada la guerra, el gobierno alemán, interesado en recuperar un prestigio exterior maltrecho por el conflicto, comprendió la necesidad de una acción importante en materia de política cultural exterior y creó, en 1951, el Goethe Institut para cumplir esta tarea. Actualmente el Goethe mantiene una extensa red de institutos alemanes en 70 países del mundo.

También Italia, especialmente en la época fascista, siguió el modelo alemán, y creó una pequeña red de escuelas y de institutos italianos que después de la guerra se ha convertido en el Instituto Dante Alighieri y que se ha modernizado considerablemente.

España, a pesar de la presencia de la lengua española en muchas partes del mundo, ha tardado mucho en incorporarse a este movimiento de promoción institucional de una lengua, y pese a numerosos anuncios y proyectos en este sentido, hasta 1990 no se creó el Instituto Cervantes con esta finalidad. Este retraso en parte se puede atribuir a disputas por asumir la tutela de la nueva institución, que influyeron en sucesivos cambios de dirección y de orientación. Actualmente la situación parece haberse estabilizado y el panorama de conjunto es cada vez más satisfactorio. El Instituto Cervantes no sólo tiene un número considerable de sedes, sino que impulsa una actividad pedagógica innovadora.

Incluso con independencia de la actividad del Instituto, el aprendizaje del español en el mundo está claramente en alza. Lo está en el Lejano Oriente por la importancia de las relaciones comerciales con la América Hispana; lo está en el Brasil, rodeado de países de lengua española, y lo está en Estados Unidos por la presencia de una inmigración hispana cada vez más numerosa. En Europa, en cambio, el papel del español como lengua extranjera se sitúa claramente por detrás de francés y del alemán aunque esté en continuo crecimiento.

Este crecimiento se acompaña de dos hechos nuevos. En primer lugar, mientras que tradicionalmente la defensa del español ha estado asimilada a la defensa del monolingüismo frente a la presencia de otras lenguas en su

mismo espacio: catalán, gallego y euskera en España, lenguas indígenas en América, ahora, cuando se extiende más allá de sus fronteras políticas, en Brasil o en Estados Unidos, la promoción del español se acompaña de la exaltación del bilingüismo y aun del plurilingüismo.

La segunda novedad es que a pesar de su gran expansión territorial ha mantenido un alto grado de unidad. El que los países americanos que accedieron a la independencia constituyesen sus propias Academias de la Lengua pero que se declarasen solidarias de la española fue un símbolo de esta unidad. En la actualidad, sin embargo, los vocabularios de palabras específicas de cada país son cada vez más extensos, y la propia Academia Española de la Lengua las incluye en su diccionario con la mención expresa del lugar donde se usan. A esto hay que añadir el español hablado en los Estados Unidos, donde no tiene una institución normativa, de modo que la mezcla con el inglés, el llamado spanglish, constituye una amenaza real.

Puede añadirse todavía que, de acuerdo con la Constitución Española, el Instituto Cervantes considera la pluralidad lingüística española como una riqueza que hay que proteger y difundir y que en algunos centros del Instituto se enseñan estas lenguas. A ello se suma que recientemente se ha constituido el Institut Ramón Llull dedicado a la promoción exterior del catalán.

Y he dejado para el final Gran Bretaña. La pura verdad es que durante mucho tiempo el gobierno británico no se interesaba por estas cuestiones. Por supuesto, durante el siglo XIX y en el vasto Imperio Británico las autoridades coloniales hacían esfuerzos por difundir el conocimiento y el uso del inglés, esfuerzos que estaban, en alguna medida, impulsados desde Londres. Pero no existía un esfuerzo paralelo fuera de los límites del Imperio. Y fueron, de hecho, un grupo de hombres de negocios los que, en 1935, convencieron al gobierno inglés de la conveniencia de fundar el Bristish Council, un organismo que tuviese por finalidad la difusión de la enseñanza del inglés y el conocimiento de la cultura inglesa en países extranjeros y que sirviese, al mismo tiempo, para dar a conocer en estos países los puntos de vista de los ingleses y de su gobierno. Los hombres de negocios pensaban que así podrían mejorar sus contactos comerciales pero también, y sobre todo, estaban impresionados por la propaganda exterior de los países del Eje Berlín-Roma y querían contrarrestarla. Cuando el British Council iniciaba sus primeros pasos empezó la guerra y, acabada

ésta, Gran Bretaña tuvo que adaptarse a la nueva situación, que significaba ceder el paso a los Estados Unidos en las grandes cuestiones de la política internacional. En consecuencia, el British Council atravesó una crisis, ya que el gobierno dudaba de su utilidad. Para salir de dudas se constituyó una Comisión real para estudiar el tema y, en el fondo, con la esperanza de que recomendase su disolución, pero con el resultado, contrario al esperado, de poner de manifiesto la opinión generalizada de que la desaparición del Imperio y de la Commonwealth exigía el refuerzo de los lazos lingüísticos y culturales para mantener una presencia significativa de Gran Bretaña en el mundo. A partir de esta conclusión se produjo un relanzamiento del British Council, con un nuevo empuje y con recursos muy importantes.

El inglés es la lengua no sólo de Inglaterra, sino también de sus antiguas colonias y, en primer lugar, de los Estados Unidos. Se puede pensar, con razón, que la gran difusión de la lengua inglesa en el mundo contemporáneo depende más de la potencia americana actual que del recuerdo de lo que fue la potencia inglesa en el pasado. Pero la verdad es que los estadounidenses han tardado mucho en preocuparse por promover su lengua o por justificar su política fuera de sus fronteras. Fue sólo al comienzo de la guerra fría y a consecuencia de la presión ejercida para que diesen a conocer sus puntos de vista cuando se creó la Agencia de Información, que mantiene centros de información y documentación en la mayoría de países del mundo. Pero la tarea de difundir la lengua y la cultura estadounidenses ha sido asumida más bien por universidades y por fundaciones privadas. Y han sido este tipo de organizaciones, aunque sea con soporte gubernamental, las que han fomentado los intercambios de profesores y la presencia masiva de estudiantes extranjeros en Estados Unidos, por ejemplo, con las becas Fulbright.

Pero la promoción institucional del inglés tiene un carácter distinto de la que se dirige a otras lenguas. En el caso de Francia, los mecanismos promocionales que he citado tienen claramente por objeto principal el aumento del número de los estudiantes de francés y, una vez conseguida esta mayor demanda, mejorar la calidad de la enseñanza. Y lo mismo puede decirse de otros países y de otras lenguas. Pero desde hace unos años, en los informes anuales del British Council, queda claro que lo que hace la institución, más que procurar aumentar el número de alumnos, es intentar atender, sin conseguirlo, una demanda creciente. «Nos piden diez

profesores y sólo podemos ofrecer dos», puede representar el tono general de estos informes.

El mismo contraste puede presentarse desde otro ángulo. Francia gasta una cantidad sustancial de recursos para la promoción del francés fuera de sus fronteras y considera que tiene el deber patriótico de hacerlo. Lo mismo piensan otros gobiernos que dedican presupuestos importantes al fomento del aprendizaje de sus lenguas nacionales. Y también el British Council tiene un coste para el contribuyente británico. Pero, en conjunto, el boom constituye un negocio para los ingleses. En nuestra sociedad contemporánea, las llamadas «industrias de la lengua» se han convertido en una actividad mercantil que mueven sumas ingentes de dinero. Y más de la mitad, quizás las tres cuartas partes de este negocio, lo representa el aprendizaje del inglés. Como decía expresivamente un director del British Council: «El verdadero oro negro de Inglaterra no es el petróleo del mar del Norte, sino la lengua inglesa. Ha estado durante mucho tiempo en la raíz de nuestra cultura y ahora se está convirtiendo en el lenguaje universal de la economía y de la información. El reto con que nos enfrentamos es el de saber aprovecharlo» (British Council, Annual Report 87/88).

Este ascenso generalizado del inglés en el panorama mundial es uno de los fenómenos más significativos de nuestro tiempo; incide profundamente en la problemática lingüística europea y deberemos examinarlo por tanto con algún detalle. Pero antes consideraremos algunos problemas generales que afectan a todas las lenguas de Europa.

CAPÍTULO 4

LENGUAS Y SOCIEDAD EN EUROPA

Coexistencia de lenguas: lenguas mayores y lenguas menores

En el capítulo anterior hemos podido observar la gran variedad de situaciones de diversidad lingüística que se dan en los Estados europeos y la gran variedad de soluciones que éstos han adoptado para responder a la situación. Pero conviene que consideremos también cómo se traduce en la práctica la pluralidad lingüística y por tanto la coexistencia de dos o más lenguas en un mismo territorio. El examen resultará más fácil considerando ejemplos concretos.

Alsacia es una de las muchas regiones europeas en las que conviven dos lenguas, en este caso un dialecto alemán hablado en Alsacia desde la Edad Media y que se mantiene sobre todo en las zonas rurales y el francés, lengua del Estado francés, al que Alsacia se incorporó en el siglo XVII, presente sobre todo en las zonas urbanas y muy típicamente en la capital de la región, Estrasburgo. Un niño que crece en un medio rural en una familia en la que se habla alsaciano aprende a hablar en esta lengua, que seguirá siendo su primera lengua a lo largo de su vida y en la que se relacionará con sus familiares y, muy probablemente, si sigue viviendo en el campo, con sus vecinos y sus amigos. Pero en cuanto ingrese en la escuela se familiarizará con el francés y será en esta lengua en la que se comunicará con sus maestros y aprenderá a leer y escribir. A partir de entonces el francés será para él la lengua de la cultura y de la comunicación escrita y también la de la autoridad y la administración. En cambio, el niño que crece en una familia francoparlante aprende a hablar

en esta lengua y continuará usándola toda su vida para cumplir todo tipo de funciones tanto privadas como públicas, aunque viviendo en Alsacia pronto entrará en algún contacto, aunque sea tangencialmente, con el alsaciano.

En todos los lugares donde coinciden dos lenguas ocurre algo parecido. Por las razones que sean, una de las dos lenguas es la mayoritaria o dominante y es en esta lengua en la que se cumplen las funciones sociales superiores. Los hablantes de la lengua débil se sienten impelidos a adquirir la lengua fuerte con mucha mayor intensidad que los hablantes de la lengua fuerte sienten la tentación de adquirir la débil. Y esto es de tal modo así que el mejor índice de predominio de una lengua sobre otra es la proporción de los hablantes de cada lengua que adquieren la otra y se convierten así en bilingües.

El niño alsaciano no sólo se ve inducido a aprender muy pronto el francés y a convertirse en bilingüe, sino que, ya en la escuela, se le enseña a respetar la pureza del francés y a no mezclarlo con elementos alsacianos, y a lo largo de su vida experimentará una presión social en el mismo sentido. Nadie, en cambio, le presionará para que mantenga la pureza del alsaciano, que, a imitación de lo que ve hacer a su alrededor, mezclará con elementos franceses. También esta disimetría acostumbra a ser característica de muchas situaciones de lenguas en contacto.

La presión que ejerce una lengua fuerte sobre otra socialmente más débil es tan intensa que, a la larga, puede provocar la desaparición de la débil. El proceso es, sin embargo, más lento y más complejo de lo que a primera vista podría parecer. La lengua que se adquiere en la primera infancia y en el seno de la familia acostumbra a mantenerse como lengua propia y personal a lo largo de la vida, incluso si se adquieren otras con mayor prestigio social. Sólo el individuo que está decidido a abrirse camino en la sociedad que tiene la lengua mayoritaria como lengua exclusiva de expresión se sentirá tentado a un esfuerzo deliberado por cambiar de primera lengua. Aunque en las sociedades bilingües el cambio suele producirse de forma mucho más simple. Si el hablante de la lengua minoritaria se empareja con un hablante de la lengua mayoritaria, aunque ambos conozcan las dos lenguas, es probable que adopten la lengua mayoritaria como lengua común y que sea ésta, por tanto, la que transmitan en primer lugar a sus hijos. En una sociedad tradicional y con escasa movilidad geográfica o social, estos casos son raros. Pero en

nuestra sociedad contemporánea ocurre lo contrario, y la presión sobre las lenguas minoritarias es cada vez mayor. De tal modo que, a menudo, se enuncia el pronóstico de que, si no inmediatamente, sí a medio plazo la mayoría de las lenguas minoritarias de Europa acabarán por desaparecer.

Si una lengua minoritaria no tiene otra razón de supervivencia que el conservadurismo de sus hablantes, este pronóstico pesimista puede estar justificado. Pero no siempre ocurre así. En el caso de Alsacia no es cierto que sólo sean campesinos los que hoy hablan alsaciano. En las ciudades de Alsacia hay también familias de clase media y personas con formación académica que se mantienen fieles a la lengua de sus antepasados. Y entre ellos hay algunos que hacen esfuerzos por difundirla. La prueba de ello es que existen asociaciones y que se editan publicaciones con este fin. En la medida en que esto ocurre, la lengua ya no aparece sólo como testimonio del pasado, patrimonio de los viejos y ligada a la vida agraria y tradicional, y su supervivencia ya no es únicamente cuestión de inercia, sino el resultado de un esfuerzo colectivo. Para que este esfuerzo sea posible, los defensores de la lengua minoritaria han de conseguir que sus hablantes consideren que el hecho de hablar una misma lengua establece algún lazo de solidaridad entre ellos y que el grupo que constituyen tiene derechos y también deberes respecto a la lengua común.

Puede muy bien ocurrir que esta conciencia colectiva no llegue a producirse. Si se produce, acabarán planteándose dos tipos de problemas: unos en relación con la lengua y otros en relación con la conciencia nacional. En el caso de Alsacia la primera pregunta en relación con la lengua es: si lo que se habla en Alsacia, el alsaciano, es un dialecto del alemán, puede considerarse entonces que su forma culta es el alemán académico o culto, pero también puede pensarse, por el contrario, que los siglos de vida independiente que tiene el alsaciano autorizan a hablar de una lengua propia o al menos a dotarla de una normativa propia. En principio las dos respuestas son posibles. Los suizos de habla alemana han optado por la primera, al mismo tiempo que han dejado claro que consideran que tener la misma lengua culta de ningún modo significa poseer la misma nacionalidad. Los luxemburgueses, en cambio, que también hablan un dialecto alemán, han preferido, por el contrario, darle consideración de lengua nacional. En este caso, evidentemente, al dialecto independizado hay que darle una norma gramatical que lo identifique y que permita mantener su unidad. Y en cuanto a la conexión entre lengua y

nacionalidad, en el caso de Alsacia, tanto la similitud de la lengua como la proximidad geográfica y una historia de guerras y de ocupaciones mutuas obligan a deslindar la fidelidad lingüística de la fidelidad nacional. Pero aquí no pretendo discutir la situación de Alsacia, sino dejar claro que, si las situaciones sociolingüísticas de una lengua mayoritaria y otra minoritaria tienen características semejantes, en cambio las implicaciones entre lengua y nacionalidad son distintas en cada caso y han de ser abordadas en su propio contexto.

Pero si las implicaciones políticas son distintas en cada caso, el progreso en la conciencia colectiva y en las reivindicaciones vuelve a ser parecido en todos los casos. Simplificando mucho, podemos distinguir los siguientes niveles:

Se puede decir que los hablantes de una lengua minoritaria poseen ya una cierta conciencia lingüística cuando constituyen asociaciones que tienen por objeto el cultivo de la lengua o su promoción, y cuando hacen posible con su apoyo la existencia de publicaciones que la utilizan. Ya he señalado que esto ocurre en Alsacia.

Reclamar y conseguir algún tipo de presencia de la lengua en el sistema educativo se puede decir que marca el siguiente nivel, tanto por el papel que desempeña la escuela en la transmisión y el mantenimiento de una lengua como por el valor simbólico que adquiere esta presencia, porque representa un cierto reconocimiento oficial y apunta hacia el futuro, lo que, sin ella, aparecería sólo como nostalgia del pasado.

En el caso de Alsacia la ley Dixone permite esta presencia pero en cambio no existen, como en Bretaña o en el País Vasco francés, iniciativas para utilizar la lengua como medio de enseñanza, aunque es cierto que, desde hace un tiempo, la presencia del alemán en el sistema educativo ha aumentado considerablemente e incluso hay ensayos de enseñanza bilingüe francés-alemán.

Si la enseñanza fue, a lo largo del siglo pasado, el gran instrumento de expansión de las lenguas oficiales en las situaciones bilingües, en la actualidad este papel lo desempeñan los medios audiovisuales: radio y televisión. Conseguir alguna presencia en las emisiones de radio, y no digamos en las de televisión, es la gran ambición de cualquier movimiento en favor de una lengua minoritaria, y lograrlo marca un nuevo nivel. Y hay que reconocer que si hay bastantes lenguas minoritarias en Europa que

tienen acceso a emisiones radiofónicas locales, se cuentan con los dedos de la mano las que pueden aparecer en emisiones televisivas.

Queda todavía un nivel superior de ambición: la posibilidad de utilizar la lengua en la administración pública y en los organismos de gobierno. Si los niveles anteriores podían proponerse e incluso conseguirse con independencia de reivindicaciones políticas, esta aspiración, en cambio, sólo tiene sentido acompañando a la reivindicación de una cierta autonomía política. Por ejemplo, la que actualmente tienen los catalanes o los vascos en España.

A partir de lo dicho hasta aquí, no sería difícil establecer una ordenación de las diferentes lenguas minoritarias que se hablan en Europa según el nivel de conciencia que tienen sus hablantes de constituir un grupo y según el nivel de reconocimiento público que reciben. Pero la coexistencia de lenguas en un mismo territorio se puede examinar también desde el punto de vista de sus repercusiones sobre los comportamientos lingüísticos y la vida cotidiana de sus hablantes.

Mientras que la lengua se mantiene confinada a un medio rural y no recibe ningún tipo de reconocimiento público, estos comportamientos son fáciles de imaginar: el uso de la lengua se limita al ámbito familiar, al círculo de amigos y conocidos y a los temas banales y cotidianos, mientras que en las conversaciones serias o para la relación con extraños o con personas de autoridad se utiliza la lengua de prestigio. Pero cuando la lengua alcanza un cierto reconocimiento y se utiliza también en el medio urbano, el reparto de funciones entre las dos lenguas se hace más complejo. Aunque los estudios de sociolingüística urbana están todavía poco desarrollados, me atreveré a comentar algunas situaciones de este tipo.

Estrasburgo puede ser el primer ejemplo. En Estrasburgo la mayoría de los habitantes tiene como primera lengua el francés, que además es la lengua oficial de la ciudad, lo mismo que de todo el Estado francés y, por tanto, de la administración y de la enseñanza en todos los niveles y de la mayoría de los medios de información. Pero hay también una parte de la población, difícil de evaluar en cifras, pues no hay censos lingüísticos, que tiene el alsaciano como primera lengua, e incluso algunos de ellos se sienten comprometidos con su defensa. Y al mismo tiempo porque Estrasburgo está situado prácticamente en la frontera con Alemania, la presencia de visitantes alemanes en la ciudad es constante, igual que el

desplazamiento de estrasburgueses al otro lado de la frontera, lo que produce una cierta familiaridad con la lengua alemana.

Como es normal en toda situación diglósica, de desequilibrio entre las lenguas en presencia, y ésta claramente lo es, todos los hablantes de alsaciano hablan también francés, mientras que muchos hablantes de francés no hablan ni entienden el alsaciano. Utilizan esta lengua entre ellos, con la familia, los amigos y los conocidos. Pero un intercambio oral sólo se inicia en alsaciano si previamente se sabe que el interlocutor conoce esta lengua y, ante la duda, se inicia siempre en francés. Y basta con que en el grupo esté presente alguien que no entienda el alsaciano para que todos los intercambios se hagan en francés. El francés es, claramente, la lengua dominante en todas las circunstancias, aunque han desaparecido las manifestaciones recelosas o despectivas que un día provocaba oír hablar alsaciano.

Bruselas también es una ciudad europea con dos lenguas, pero con unas características totalmente distintas. Tal como he recordado al hablar de Bélgica y su política lingüística, el flamenco o neerlandés fue durante un tiempo la lengua débil frente al francés, pero en la actualidad tiene una plena igualdad legal y Bruselas es oficialmente bilingüe. Buena parte de la información, desde los nombres de las calles hasta cualquier información oral o escrita originada por la autoridad municipal, se ofrece en las dos lenguas. Pero la población no es mayoritariamente bilingüe. A diferencia de Estrasburgo, donde todos los habitantes son capaces de utilizar el francés sin dificultad, en Bruselas una proporción importante de los habitantes de lengua francesa no entienden el neerlandés y un cierto número de los hablantes de esta lengua no entienden o no desean utilizar el francés. Este hecho, y el gran valor que unos y otros atribuyen a su identidad lingüística, hacen que tanto los de lengua francesa como los de lengua neerlandesa puedan desarrollar su vida normal a lo largo del día moviéndose entre personas que hablan su misma lengua, lo que supone que la vida social discurre en buena parte en dos sistemas sociales, con locales donde se encuentran preferentemente hablantes de una u otra lengua, asociaciones profesionales o recreativas distintas, servicios públicos separados o con ventanillas distintas, según la lengua… Y, lo que es sobre todo significativo, con dos sistemas escolares distintos, uno en lengua neerlandesa, en el que los alumnos, hijos de familias flamencas, reciben la enseñanza en neerlandés y también enseñanza de francés pero

sin proponerse el bilingüismo como objetivo, y una escuela en francés donde los hijos de familias de lengua francesa reciben también enseñanza de neerlandés, pero sin excesivo éxito. Y como ya he recordado al hablar de la política lingüística belga, las universidades de Bruselas hace tiempo que se escindieron en función de la lengua.

A pesar de esta separación, es evidente que los ciudadanos de Bruselas han de coincidir y entrar en contacto en muchas ocasiones. Una cierta cantidad de indicios permiten identificar muy pronto la lengua del interlocutor y unas reglas de estrategia y de cortesía permiten mantener el contacto sin renunciar a la lengua propia mientras esto es posible o adaptarse a la del interlocutor si es inevitable. Pero las relaciones más continuadas acostumbran a establecerse en la lengua propia, y los matrimonios bilingües son la excepción más que la regla.

Dado que la población flamenca hace tiempo que dejó de ser una minoría socialmente desfavorecida y lingüísticamente subordinada, ya que hoy es predominante, tanto en el aspecto demográfico como en el económico, puede resultar sorprendente esta insistencia en mantener la separación lingüística. Pero hay que tener en cuenta que, a pesar de su identificación con el neerlandés, la lengua hablada por la población flamenca continúa siendo una lengua menor, mientras que el francés es una de las grandes lenguas internacionales. Y que en Bruselas existe una concentración de organismos internacionales —Unión Europea, OTAN…— que provoca la presencia de docenas de millares de funcionarios y de visitantes extranjeros que prefieren familiarizarse con el francés antes que con el neerlandés. Y una consecuencia secundaria de este recelo y del gran número de extranjeros es una mayor presencia del inglés, incluso para la relación entre belgas en determinados lugares.

También en Barcelona se hablan dos lenguas. En el capítulo dedicado a las políticas lingüísticas de los Estados europeos se ha podido leer que, en la actualidad, Cataluña tiene un régimen autonómico que le permite, entre otras cosas, establecer su propia política lingüística dentro del marco constitucional, una política dirigida en primer lugar a la defensa y a la promoción del catalán que asegura a esta lengua un lugar preferente tanto en la administración pública como en el sistema educativo. Pero también se ha recordado que, por diferentes razones y especialmente como resultado de una intensa inmigración, la mitad aproximadamente de la población de Cataluña tiene el castellano o español como primera lengua.

Así, se produce una situación que escapa a los patrones que se consideran normales o frecuentes en las situaciones de lenguas en contacto. Por un lado, aunque el español ha dejado de ser la lengua dominante, se puede decir que continúa siendo la lengua principal. Porque es la lengua del Estado, por supuesto, pero sobre todo porque es una de las grandes lenguas del mundo, con un peso demográfico y económico muy superior al del catalán. Por esto, aunque haya una oferta importante de medios de comunicación en catalán (periódicos, radio, televisión…), la oferta en castellano es mucho más importante. Y en Cataluña se observa lo que puede considerarse el indicador más claro de una situación diglósica: mientras que todos los que tienen el catalán como primera lengua también entienden y son capaces de hablar en castellano, la situación recíproca no se produce.

En cambio, desde otras perspectivas, el catalán resulta ser la lengua principal. Ya he dicho que porque la considera la lengua propia de Cataluña, la legislación catalana le otorga la precedencia en la administración y en la enseñanza. Y en muchas instituciones y en muchos ámbitos de poder y de prestigio, la presencia del catalán es predominante. Y, lo que desde un punto de vista sociológico es igualmente importante, buena parte de la población inmigrante es obrera y considera la adquisición del catalán no sólo como un medio de integración en la sociedad en la que se ha instalado, sino incluso de ascenso social. Así se produce lo que podríamos calificar de una diglosia cruzada: en ciertas circunstancias y desde determinadas perspectivas, la lengua principal sigue siendo el castellano, mientras que, en otras circunstancias y desde otras perspectivas, lo es el catalán.

El ascenso en la consideración pública del catalán en los últimos años ha producido cambios apreciables en los comportamientos lingüísticos de la población. Tradicionalmente, los intercambios lingüísticos entre interlocutores de lengua diferente se establecían siempre en castellano y, en una conversación entre varios interlocutores, bastaba la presencia de uno de lengua castellana para que todas las intervenciones se hiciesen en esta lengua. Hoy, en cambio, tiende a darse por supuesto que todos entienden las dos lenguas y que cada uno puede intervenir en la lengua que prefiera. También, hace unos años, para entrar en contacto con un desconocido en un espacio público, en una tienda o en un despacho o al descolgar el teléfono, el contacto se iniciaba en castellano y sólo se pasaba

al catalán si el interlocutor daba muestras de preferirlo. Hoy, en cambio, los contactos se puede iniciar tanto en castellano como en catalán.

Pero no sería acertado decir que este progreso del catalán está provocando un conflicto lingüístico. Es cierto que la defensa del catalán tiene implicaciones políticas y que los partidos nacionalistas hacen de esta defensa uno de los objetivos principales de sus programas. Pero no existe un movimiento simétrico en sentido contrario, sino más bien un amplio consenso que explica que la Ley de Normalización del catalán fuese aprobada con los votos favorables de todos los partidos políticos, un consenso que tiene un claro reflejo institucional. La existencia de dos sistemas escolares, como en Bruselas, sería impensable en Barcelona. Las cuatro universidades que tienen su sede en esta ciudad declaran que su lengua propia es el catalán, pero las cuatro imparten una parte de su docencia en castellano.

No se trata por tanto de dos poblaciones cada una cohesionada por su lengua. En las cuestiones con implicaciones lingüísticas, las encuestas de opinión ponen de relieve una amplia gradación de opiniones pero no una polarización ni un enfrentamiento. De hecho, la adquisición del catalán por los inmigrantes pasa a menudo por un matrimonio bilingüe, en el que los hijos se familiarizan con el catalán desde la infancia.

Los ejemplos que acabo de aducir —Estrasburgo, Bruselas, Barcelona— muestran hasta qué punto son diversas las situaciones de lenguas en contacto y los comportamientos que hacen posible la convivencia. Notemos, sin embargo, un dato curioso. Mientras que en cualquiera de estas situaciones encontramos fácilmente justificaciones ideológicas en favor del uso de una u otra lengua, justificaciones que muchas veces se contraponen entre sí, raramente encontramos justificaciones ideológicas del bilingüismo, incluso en países que son oficialmente bilingües. Una excepción que puedo citar sale del ámbito de la Unión Europea. En los países hasta hace poco calificados de socialistas existían —y siguen existiendo— minorías que hablaban una lengua distinta de la lengua nacional, generalmente la lengua nacional de un país vecino. Todos los regímenes socialistas reconocían derechos más o menos amplios a estas minorías, pero, además, era frecuente que la propaganda oficial dirigida a ellas exaltase los valores del bilingüismo. He aquí, como ejemplo, fragmentos de un «decálogo del bilingüismo» publicado en una revista de la minoría de lengua alemana en Hungría:

«El destino te ha hecho un regalo: dos lenguas. Conserva este tesoro. Quizás algún día alguien te diga: “no eres un verdadero A”. Y quizá otro te diga: “No eres un verdadero B”. Tú ríete y di: “Soy un verdadero A y B”. Tienes dos órganos para entender el mundo, el presente, el pasado y el futuro, los deseos, los proyectos, los recuerdos…

»Desarrolla tu primera lengua y tu otra lengua. Aprende a hablar y a leer en las dos. La vida ha enriquecido tu capacidad de comunicar. Sé creativo en las dos, las dos se enriquecerán mutuamente.

»No permitas que las dos lenguas sean enemigas. Ninguna es más bella que la otra, ninguna es más noble.

»Si una de las dos está más cerca de tu corazón, y generalmente ocurre así, procura querer también la otra, padre y madre, campo y ciudad, mar y tierra, se complementan.

»Enriquece a tus hijos, tus sucesores, sé un buen padre, una buena madre, traspásales dos lenguas. Quién sabe si serán más pobres o más ricos que sus padres pero en la capacidad de comunicar sí que han de ser tan ricos como sus padres o más».

Es posible, aunque nada seguro, que hoy en un órgano informativo de la minoría alemana en Hungría se publicase un texto parecido. El decálogo se propuso cuando en Hungría, en Alemania Oriental y en los restantes países del Este europeo regía el principio de la solidaridad socialista y, en nombre de esta solidaridad, se imponía el respeto a las minorías lingüísticas de sus miembros. Un respeto que, a veces, era meramente verbal pero que, en todo caso, demostraba que la existencia de una estructura supranacional puede moderar y superar los nacionalismos lingüísticos. Un objetivo que la Unión Europea, por ahora, está lejos de proponerse.

Autóctonos y extranjeros

Por importantes que sean en muchos países europeos los problemas que plantea la existencia de minorías lingüísticas, hay que reconocer que, en muchos casos, los problemas que resultan de la presencia de extranjeros, hablantes de otras lenguas, son todavía más graves. Más graves porque afectan a mayor número de personas. Y más graves, sobre todo, porque el abanico de lenguas implicadas es mucho mayor y mayor también la distancia cultural entre autóctonos y forasteros. Sólo el hecho de que los

extranjeros no tengan derechos políticos en la sociedad en la que se instalan, lo que les coloca en clara situación de inferioridad, permite disimular la gravedad de estos problemas, que, de todos modos, en nuestros días tienden a agudizarse.

Es imposible decir, ni siquiera aproximadamente, cuántos extranjeros residen en los países que constituyen Europa. Sólo para los que se agrupan en la Unión Europea se maneja la cifra de unos quince millones, de los cuales unos cinco millones proceden de otros países de la propia comunidad y unos diez millones son extracomunitarios. Para el conjunto de la Unión Europea los extranjeros representan un 4,5 por ciento del total de la población, pero es una proporción que varía fuertemente de país a país. Prescindiendo de Luxemburgo, que con un 30 por ciento de población extranjera constituye un caso atípico, las mayores proporciones, entre el 8 y el 10 por ciento, se encuentran en Bélgica, en Francia y en Alemania, y las menores en los países del sur. En España, por ejemplo, la proporción de extranjeros no llega al 1,5 por ciento de la población, aunque con tendencia a aumentar. Pero los extranjeros tienden a concentrarse en las ciudades, y en París, en Berlín o en Londres la proporción de residentes extranjeros puede llegar al 20 y al 25 por ciento de la población total. Y hay que tener en cuenta que las cifras oficiales acostumbran a ser inferiores a las reales.

Pero más importante todavía que el volumen total de los inmigrantes

que residen en un país o en una ciudad es distinguir la pluralidad de situaciones en las que se encuentran. Y la primera diferenciación que se nos impone es la que existe entre los que llegan con un trabajo asegurado o con perspectivas razonables de trabajo bien retribuido y los que llegan huyendo de la miseria, en busca de una ocupación que les permita subsistir, aunque es cierto que, entre estos dos límites extremos, se dan situaciones intermedias.

Una gran mayoría de los magrebíes que residen en Francia o de los turcos instalados en Alemania podemos suponer que pertenecen al segundo tipo, el de la emigración en busca de la subsistencia. Los españoles o los portugueses que emigraron a Francia o a Alemania en la década de los setenta emigraron también en busca de la subsistencia pero, si han permanecido desde entonces, podemos suponer que han encontrado una ocupación estable y que corresponden por tanto al tipo intermedio. En cambio, a los japoneses o los estadounidenses que encontremos en

Londres o en Frankfurt podemos englobarlos en el primer tipo, y es posible incluso que su nivel de vida sea superior al de la media de los ciudadanos franceses o ingleses. Es evidente que los problemas de adaptación de estos distintos tipos de emigrantes serán muy diversos.

El extranjero que se instala en una sociedad distinta de aquella de la que es originario se encuentra sometido a una doble tensión. Por un lado, tenderá a integrarse en la sociedad en la que se ha instalado con tanta mayor fuerza cuanto más dependa de ella para subsistir, y para ello estará dispuesto a realizar esfuerzos. Entre estos esfuerzos ocupa un lugar principal la adquisición de la lengua del país en el que se ha instalado. Pero, al mismo tiempo, las dificultades que le plantea esta integración, y no digamos si ésta provoca además el rechazo de los naturales, le incitan a estrechar los lazos con los que participan de su propia cultura y comparten la misma lengua.

Todo individuo y todo grupo inmigrado acaban por encontrar un cierto equilibrio entre estas dos tendencias opuestas, pues si no lo encuentran es evidente que acabarán por desaparecer. El equilibrio alcanzable varía según las características individuales del inmigrante y las del grupo étnico al que pertenece y está en función de las actitudes prevalecientes en el país de recepción. Y aunque estas circunstancias y estas actitudes sean tan diversas, de todos modos es evidente que para los inmigrantes de alto nivel es más fácil encontrar este equilibrio que para los que llegan en busca de la subsistencia.

Un japonés o un estadounidense que se instalan en París o en Frankfurt como empleados de una empresa de su país de origen pueden relacionarse, en el trabajo o fuera del trabajo, principalmente con compatriotas, buscar una residencia en un barrio donde residen otros compatriotas y enviar a sus hijos a escuelas con estas mismas características. Pero, en la medida en que lo deseen, pueden relacionarse también con franceses o con alemanes en plan de igualdad, frecuentar los mismos espectáculos o los mismos restaurantes. Y si están interesados en aprender el alemán o el francés, lo pueden hacer sin problemas y pueden inscribir a sus hijos en una escuela local, y nadie se extrañará si ellos o sus hijos contraen matrimonio con personas del país donde se han instalado.

Muy distinta es la suerte del magrebí que llega a Francia en busca de trabajo, o del turco que se instala en Alemania. Incluso si su situación es plenamente legal, el trabajo que encuentre, si lo encuentra, será un trabajo

socialmente poco considerado y se verá obligado a residir en un barrio marginal, donde convivirá con otros inmigrados como él. Sus posibilidades de aprender el francés serán menores, y las de compartir la vida de los «verdaderos» franceses o de hacer amistades entre ellos serán no sólo menores sino prácticamente nulas. Y serán pequeñas, por tanto, sus posibilidades de aprender de una manera espontánea, en los contactos sociales, la nueva lengua.

El círculo vicioso que así se establece, es decir, el desconocimiento de la lengua limita los contactos y la falta de contactos impide la adquisición de la lengua, se puede romper en el caso de los hijos en edad escolar. Si todos los países de Europa son refractarios a atribuir derechos y beneficios sociales a los inmigrantes, en ninguno se les niega la posibilidad de enviar a sus hijos a la escuela pública.

Dado que en todas partes la enseñanza se imparte en la lengua del país, el niño inmigrante se encuentra, de entrada, con una barrera lingüística. En la actualidad hay un acuerdo generalizado en considerar que el niño que llega a la escuela hablando otra lengua necesita una pedagogía adecuada, y los métodos de inmersión han contribuido mucho para ayudar a formular esta pedagogía de la introducción de una nueva lengua a través de la actividad compartida; existe también un acuerdo generalizado en considerar que el niño inmigrado, además de adquirir la nueva lengua, debe conservar y cultivar la de origen y que para esto necesita una ayuda suplementaria. Un conjunto de exigencias que son fáciles de formular pero que, en la práctica, presentan muchas dificultades.

Y todavía más problemas. Si el niño inmigrado en la escuela está rodeado de niños que hablan la lengua del país, ellos serán sus primeros maestros. Pero cuando los inmigrantes son mayoría en el aula, esta ventaja desaparece. Y hasta aquí me he referido a inmigrantes lingüísticamente homogéneos, turcos en Alemania o magrebíes en Francia, pero a menudo lo que encontramos, en un mismo barrio o en una misma escuela, son inmigrantes de muy diversa procedencia. Este problema es particularmente grave en Inglaterra, donde los inmigrantes, en su mayoría procedentes de países que un tiempo formaron parte del Imperio Británico, tienen orígenes y lenguas muy variados. Hay escuelas en los suburbios de Londres donde, entre 500 alumnos, se pueden contabilizar hasta veinte o veinticinco lenguas distintas. Proyectar una pedagogía de la lengua que tenga en cuenta esta variedad resulta prácticamente imposible.

Como consecuencia de estas dificultades en la adquisición de la nueva lengua, incluso por parte de la segunda generación inmigrante, y como consecuencia, por supuesto, de la marginación social de que son objeto, en muchos lugares de Europa y especialmente en sus grandes ciudades tienden a consolidarse grupos étnicos con un conocimiento insuficiente de la lengua del país donde se han establecido y que se relacionan sobre todo entre sí y al margen de la sociedad autóctona.

Pero la complejidad del problema lingüístico no debe hacernos olvidar que en el fondo hay un problema más grave, de carácter cultural y político y, en definitiva, ideológico. Si en el caso de las minorías lingüísticas en el interior de un Estado las diferencias culturales son, en definitiva, pequeñas, ya que todas participan —todos participamos— de una herencia europea común, en el caso de los inmigrantes exteriores las diferencias biológicas y culturales pueden ser muy grandes: el aspecto físico y el color de la piel, los hábitos de alimentación y de higiene, la manera de entender las relaciones sociales, comenzando por la estructura familiar y el papel de la mujer en la familia, los sistemas de valores y las creencias religiosas… A partir de la constatación de estas diferencias se trata de decidir qué política de integración adoptan los Estados europeos y muy especialmente qué educación ofrecerán que sea coherente con esta política.

Las respuestas posibles son muy distintas.

Se puede creer que la integración consiste en que el inmigrante acabe aceptando como propia la cultura y el sistema de valores de la sociedad a la que se incorpora, hasta no conservar de su país y su cultura de procedencia más que un recuerdo afectivo. En esta perspectiva, la escuela deberá tratarlo como a cualquier alumno autóctono, sin otra diferencia que prestarle las ayudas necesarias para superar, lo más pronto posible, su déficit lingüístico. Y se puede creer, por el contrario, que la sociedad del futuro será necesariamente una sociedad pluricultural, en la que todas las culturas y sus formas de manifestarse, e incluso sus sistemas de valores, estarán en un plano de igualdad y que la escuela debe constituir la vanguardia de esta sociedad, predicando el multiculturalismo no sólo a los alumnos inmigrados, sino también, y en primer lugar, a los autóctonos. Y quedan todavía las posturas intermedias y más realistas, que consideran que los países que constituyen Europa tienen unos sistemas de valores y unas tradiciones culturales que continuarán siendo los ejes de su vida colectiva y que los inmigrados tendrán que descubrir y valorar para

adaptarse a ellos; pero que entre los valores de esta cultura europea está precisamente el respeto y la tolerancia hacia las diferencias en nombre del respeto a los derechos humanos. En esta perspectiva la escuela deberá ser escuela de tolerancia, permitiendo a los inmigrados mantener su identidad diferenciada pero descubriéndoles al mismo tiempo el valor de la convivencia y del respeto mutuo, un descubrimiento compartido con los alumnos autóctonos.

Naturalmente, la escuela sólo se puede proponer este objetivo de tolerancia y de respeto si es la propia sociedad pública la que lo adopta y lo convierte en una legislación y en una práctica social coherente con él. Desgraciadamente, en el momento en que se escriben estas páginas los aires que soplan en muchos lugares de Europa no van precisamente en esta dirección. Al conjuro de las dificultades económicas y quizás, más todavía, de la crisis ideológica, las actitudes ante el extranjero, y sobre todo ante el inmigrante pobre, tienden a endurecerse. Es evidente que esta actitud se contradice con la propia idea de Europa y es incompatible con el camino emprendido hacia su unión.

Una sociedad cosmopolita

En nombre del nacionalismo lingüístico, la mayoría de los Estados europeos ha adoptado políticas de unificación lingüística y de promoción de la lengua estatal identificada como lengua nacional y ha conseguido resultados importantes. No obstante, y como acabamos de ver, en todos los países de Europa se constata una considerable variedad lingüística, tanto por la existencia de minorías lingüísticas, más o menos reconocidas y protegidas, como por la presencia de inmigrantes que hablan otras lenguas y que plantean problemas de integración. Pero la diversidad lingüística tiene todavía otras causas.

Las grandes facilidades para el transporte que ofrece nuestra sociedad contemporánea, al menos en los países más desarrollados, producen unos desplazamientos masivos de personas que son, sobre todo, apreciables en los grandes núcleos urbanos. En cualquier capital europea se celebran sin cesar ferias, congresos, exposiciones, manifestaciones artísticas y deportivas que atraen a miles y miles de forasteros. Las estadísticas de los aeropuertos nos dicen que, a cualquier ciudad europea, llegan diariamente y se marchan, por vía aérea, al año, centenares de miles de pasajeros o

incluso varios millones. El turismo y los negocios son el gran motor, aunque no el único, de estos desplazamientos masivos.

La primera consecuencia de este tráfico es la existencia en todas las ciudades de una población flotante importante, una buena parte de la cual está constituida por extranjeros que hablan lenguas distintas de la del país que visitan, y esta presencia extranjera influye sobre los comportamientos lingüísticos en muchos lugares: hoteles, restaurantes, tiendas, centros comerciales, oficinas bancarias, empresas de turismo… Y añadamos todavía que en las grandes ciudades radican instituciones y organismos en los que colaboran, en forma variable, personas de lenguas diversas: organismos internacionales, empresas multinacionales, laboratorios de investigación y también departamentos universitarios dedicados a la investigación.

Igual que he dicho de los inmigrados que han de responder a dos tendencias opuestas —el deseo o la necesidad de entrar en contacto con los autóctonos y la mayor facilidad que ofrece la relación con los connacionales—, algo parecido puede decirse de los forasteros, que, para conseguir sus objetivos, han de entrar en contacto con los habitantes del país en que se encuentran, pero a los que el desconocimiento de la lengua puede llevar a buscar relaciones más cómodas. Y tal como he dicho de los inmigrantes, que acaban encontrando un cierto equilibrio, también lo encuentran los forasteros y transeúntes, y la suma de todos estos equilibrios constituirá el ambiente lingüístico del país. Un ambiente que será diferente según los países y según los lugares en un mismo país.

Holanda, por citar un ejemplo, tiene una lengua propia que se consolidó como tal hace ya mucho tiempo y que hoy es la lengua conocida y hablada por toda la población holandesa, con una única excepción, la minoría lingüística de Frisia, una minoría reconocida y protegida y que no plantea problemas políticos. Pero, a escala internacional, el holandés o neerlandés es una lengua menor, y los holandeses no consideran que valga la pena hacer grandes esfuerzos por aumentar su presencia internacional. Siendo un país pequeño y con una lengua poco difundida, siempre han estado dispuestos a aprender otras lenguas. Durante un tiempo la primera lengua que aprendían los holandeses era el alemán, la lengua del vecino más poderoso, pero la ocupación alemana durante la última guerra dejó un mal recuerdo, que se tradujo en un rechazo de la lengua. Hoy este recuerdo se está desvaneciendo, pero mientras tanto es el inglés el que ha ganado

posiciones en un país que tiene una intensa dedicación al comercio internacional. En Holanda existen empresas plurinacionales que son prácticamente bilingües, y lo mismo puede decirse de ciertos departamentos universitarios y laboratorios de investigación, en los que trabajan científicos extranjeros. Y hay editoriales científicas que publican principalmente en inglés.

Al mismo tiempo Holanda alberga una población inmigrada importante, una inmigración relativamente antigua proviniente de la Europa del sur, y otra más reciente procedente del Magreb y del Oriente Próximo, y también, y sobre todo, de las antiguas colonias holandesas en el Lejano Oriente, una inmigración con la que los holandeses se sienten ligados por lazos especiales. Y añadamos todavía que Holanda es un centro de negocios de primer orden, lo que significa que atrae a viajeros de todo el mundo y que es, al mismo tiempo, un destino turístico muy popular. Y que ciertas ciudades holandesas, como Amsterdam, ejercen una gran atracción sobre un público juvenil universitario y no universitario. El resultado de todo ello es que, si Holanda se puede definir por el uso generalizado del holandés, hay lugares y hay ambientes lingüísticamente mezclados y que muy bien podemos calificar de cosmopolitas. Y lo dicho de Holanda se puede aplicar a otros países.

La presencia en un mismo espacio de personas que hablan lenguas distintas, sea cual sea la razón de la coincidencia, y en las páginas anteriores hemos repasado muchas, produce necesariamente contactos y relaciones, que pueden ser breves y superficiales, como el diálogo en una tienda entre el vendedor y un comprador extranjero de paso, pero que pueden ser continuados en el tiempo y convertirse en una relación personal, como la amistad entre dos personas de lengua distinta que trabajan en el mismo departamento de una empresa o de una universidad y que puede llegar, incluso, hasta el matrimonio y la fundación de una nueva familia.

De los muchos tipos de comportamientos lingüísticos que hace posibles una sociedad con pluralidad de lenguas, comentaré dos que pueden representar los polos extremos de una escala: el bilingüismo familiar, en el extremo superior, y la comunicación verbal entre personas que sólo conocen superficialmente la lengua del interlocutor, en el otro.

Se puede llegar a ser bilingüe de muchas maneras, pero el bilingüismo más profundo es el que adquiere el niño porque crece en una familia en la

que se hablan dos lenguas y aprende a hablar en las dos. Y por las razones que acabo de señalar, las familias en las que se hablan dos lenguas cada vez son más frecuentes en Europa.

Normalmente cuando dos personas que hablan lenguas distintas constituyen una pareja y deciden casarse, mucho antes de alcanzar esta decisión han adoptado ya una lengua común para relacionarse verbalmente, bien la lengua principal de uno de los dos, bien, incluso, una tercera lengua conocida por los dos. Pero, normalmente, el cónyuge que ha renunciado a que su primera lengua sea la lengua de la pareja no renuncia por ello a que sus hijos la conozcan; esto se puede conseguir de muchas maneras, y una, la más radical, es hablando a los hijos cada uno en su lengua.

En 1916, el profesor Ronjat, un lingüista francés residente en París y casado con una alemana, publicó un libro describiendo cómo su hijo aprendió a la vez a hablar en francés y en alemán como resultado de que su madre hablaba con él siempre en alemán y su padre en francés. El libro de Ronjat, el primero en abordar este tema, fue justamente célebre y continúa siendo con frecuencia citado. De hecho, los estudios posteriores, como el que hace unos años publicó la profesora Taechner sobre la adquisición del alemán y del italiano por parte de sus hijas, han confirmado plenamente las observaciones de Ronjat. Un niño que crece en estas condiciones aprende a hablar las dos lenguas con las que está en contacto sin dificultad aparente y cuando llega a los cinco años, aproximadamente, se le puede considerar un bilingüe perfecto, en el sentido de que posee los dos sistemas lingüísticos, los mantiene separados y sin mezclarlos, si no es accidentalmente, y puede pasar de uno a otro rápidamente y aparentemente sin esfuerzo; por ejemplo, en el momento en que cambia el interlocutor. Más todavía, puede traducir y puede actuar como traductor para un interlocutor que sólo conozca una de las dos lenguas. Y, finalmente, el niño tempranamente bilingüe tiene una conciencia metalingüística que no tiene el monolingüe.

Casos como el del hijo de Ronjat son, por supuesto, especiales, y hay

otros muchos tipos de familias bilingües; un niño puede crecer en una familia monolingüe pero entrar muy pronto en contacto con niños o con adultos que hablan otra lengua. O puede, desde muy pronto, recibir una enseñanza sistemática en otra lengua. De todas estas maneras y de muchas otras se puede llegar a ser bilingüe, pero probablemente el bilingüismo

será menos intenso y menos espontáneo que si se inicia en el comienzo de la infancia y con los propios progenitores. Por ejemplo porque pasada cierta edad la adquisición de la fonética de otra lengua se hace cada vez más difícil. Pero no es ésta la lección más importante que podemos extraer del caso del hijo de Ronjat.

He dicho que el hijo de Ronjat, como las hijas de T. Taechner, no mezclaban las dos lenguas. Y no lo hacían porque sus padres fueran lingüistas o, más simplemente, personas cultas que consideraban que la corrección y la pureza de una lengua es una cuestión importante. Hay ambientes familiares, en cambio, en los que el lenguaje tiene un valor estrictamente pragmático, y, por tanto, si mezclando las dos lenguas los interlocutores se entienden, ello no provoca ninguna objeción. Antes citaba el caso del niño que empieza a hablar en alsaciano en un ambiente rural y que, igual que hacen sus padres, mezcla el dialecto y el francés sin que nadie le censure por ello. En cambio, cuando asista a la escuela, el maestro, y probablemente también sus compañeros, le censurarán si hablando en francés introduce elementos alsacianos. Y lo mismo le ocurre al inmigrante que sólo tiene ocasión de aprender la nueva lengua en ambientes marginales y con interlocutores sin preocupaciones de corrección lingüística. Esta observación es importante para entender las distintas valoraciones que se pueden hacer del bilingüismo. Una cosa es que el bilingüe conozca a fondo las dos lenguas y sea capaz de utilizarlas y otra que las mantenga cuidadosamente separadas o que las mezcle sin escrúpulos.

Y me queda por referirme a una última y decisiva cuestión. Para el

matrimonio Ronjat, el hecho de que su hijo aprendiese el alemán al mismo tiempo que el francés representaba un enriquecimiento personal y de ninguna manera un problema, porque creían que lo que su hijo recibía a través de las dos lenguas o tenía el mismo significado o eran significados complementarios, en el marco de una misma cultura europea o simplemente humana. Pero es evidente que, para muchos bilingües, esto no es así. Cada lengua es, en alguna medida, expresión de la cultura de un grupo humano y el instrumento que utilizan los miembros de él para comunicarse entre sí. La lengua reúne a los que la hablan y los separa de los que hablan otras lenguas: se convierte así en signo de la identidad colectiva y se carga de contenidos afectivos. El capítulo que he dedicado a los nacionalismos lingüísticos ofrece buena prueba de ello.

Por esto, el inmigrante que se esfuerza por aprender a hablar en la lengua del país en el que se instala no sólo aumenta sus posibilidades de relación, y por tanto de trabajo y de promoción social, sino que está empezando a identificarse con su nuevo país. Y dado que cuanto más utiliza la nueva lengua menos utiliza la suya originaria, puede enfrentarse con una opción complicada o dolorosa. La instalación en la nueva lengua puede aparecer como una garantía de ascenso social, pero también como una traición a sus orígenes y a su propio grupo. A la inversa, la renuncia a la nueva lengua puede sentirse como una forma de fidelidad al propio grupo, pero también como una forma de aceptación del fracaso y de la marginación. No es necesario multiplicar los ejemplos para dejar claro que las lenguas tienen siempre implicaciones sociales y culturales y, a menudo, políticas, y que si el hecho de ser bilingüe, el hecho de ser capaz de utilizar dos lenguas, en sí mismo no plantea ningún problema, las implicaciones sociales y políticas de las lenguas que habla el bilingüe sí pueden hacer problemática su situación cuando se le pide que defina claramente sus fidelidades. El ejemplo límite lo podría representar un niño en el Jerusalén actual que crece en una familia mixta en la que se habla hebreo y árabe, mientras que, en el contexto que rodea a la familia, hebreos y árabes están claramente enfrentados y, en cuanto el niño sale a la calle, respira este enfrentamiento y se le pide que demuestre de qué lado está. Es la situación contraria a la que vivía el hijo de Ronjat, convencido de la complementariedad de las lenguas que hablaba. Al menos durante un tiempo, porque el libro, publicado en 1916, había sido escrito un tiempo antes y no sabemos cómo afectó la guerra a la familia Ronjat ni con que cara se enfrentaba su hijo a los recelos de sus compañeros de colegio, que probablemente atribuían a germanofilia su familiaridad con la lengua alemana.

La conclusión de lo dicho hasta ahora resulta relativamente simple.

Una sociedad con lenguas diferentes, igual que una persona bilingüe, puede funcionar sin problemas en la medida en la que los que la componen tengan la impresión de que la pertenencia a esta sociedad tiene valores superiores a los que representan las diferencias que establecen las lenguas. Y no parece difícil aplicar este mismo principio al plurilingüismo europeo. Por mucho que la presencia de diferentes lenguas en un mismo espacio social favorezca la aparición de bilingües, de todas maneras su número en el conjunto de la sociedad continuará siendo relativamente pequeño, y hay

que suponer que, a pesar de la difusión de la enseñanza de lenguas extranjeras, seguirá siéndolo en el futuro próximo. Esto significa que la mayoría de intercambios lingüísticos entre personas de lenguas diferentes tienen lugar entre personas que conocen imperfectamente la lengua del interlocutor. Y es curioso e importante constatar que, cuando hay deseo o necesidad de comunicar, incluso un conocimiento mínimo de la lengua del otro permite una comunicación efectiva. El turista francés o alemán que entra en una tienda en las Baleares o en la costa del mar Tirreno y se dirige al vendedor con una frase en francés o en alemán, añadiendo o intercalando alguna palabra en español o en italiano, recibe como respuesta unas palabras en francés o en alemán, mezcladas con alguna frase en español o en italiano, y, con estos elementos tan simples, el diálogo puede continuar y conseguir la información o la venta que se pretendía.

J. Calvet, en un libro sobre las lenguas de Europa, transcribe algunas conversaciones de este tipo y analiza su estrategia: la sintaxis simplísima, el vocabulario mínimo, la morfología unificada, los acompañamientos gestuales y contextuales, la mezcla de lenguas… Pero la conclusión más general es la que ya he enunciado: si hay deseo o necesidad de comunicar, la lengua no es un obstáculo absoluto e incluso con pocos recursos se consigue una comunicación más rica de lo que en teoría sería posible. Ello ofrece argumentos a los que creen que, en vez de gastar esfuerzos en alcanzar una competencia activa elevada en una lengua extranjera, sería más rentable, desde el punto de vista de la capacidad de comunicación, intentar conseguir una competencia meramente pasiva en varias.

Los diálogos recogidos por Calvet permiten otra constatación: los esfuerzos por comunicar en una lengua desconocida están en relación con la frecuencia con que esta lengua aparece en el contorno del interlocutor y con su interés por comunicar con sus hablantes. El comerciante de las Baleares o de la costa tirrena hace un esfuerzo para poder comunicarse en alemán, en francés o en inglés porque éstas son las lenguas de sus clientes potenciales y no hace este esfuerzo con otras lenguas porque raramente entra en contacto con sus hablantes o porque no los considera posibles clientes.

Puede incluso creerse que esta concentración del interés en unas lenguas determinadas acabará por producir una especie de lingua franca. No sería la primera vez. Desde la prehistoria, el Mediterráneo ha sido

surcado por naves que han visitado puertos en los que se hablaban lenguas distintas y, a menudo, las mismas tripulaciones, reclutadas en distintos lugares, eran también plurilingües. Y así acabó formándose una lengua franca conocida por todos y que, desde la Edad Media, recogía palabras de lenguas latinas, por un lado, y de lenguas semíticas, árabe principalmente, por otro. No es difícil suponer que la lengua franca que hoy podría surgir espontáneamente en lugares de contactos lingüísticos abundantes sería una especie de inglés simplificado y mezclado con palabras y con expresiones locales. Pero antes de preguntarnos cómo ha llegado el inglés a ocupar esta posición privilegiada en los contactos entre lenguas, hemos de examinar todavía otra cuestión.

CAPÍTULO 5

LA VIDA DE LAS LENGUAS

Debilitación de la norma

En todos los países de Europa son frecuentes desde hace tiempo las lamentaciones por el descenso de la calidad del lenguaje: abuso de vulgarismos y de extranjerismos, fórmulas estereotipadas, simplificación u olvido de las reglas gramaticales y no digamos de las ortográficas… Es cierto que en todas las épocas se han expresado quejas de este orden, pero hoy son tan generales y extensas que hay motivos para pensar que actualmente se están produciendo cambios lingüísticos más rápidos y acelerados que en otros tiempos.

Antes de intentar exponer las razones de este cambio, conviene definir la situación de la que partimos y que puede resumirse así: todas las lenguas, o al menos las que se utilizan en actividades formales y con usos científicos y literarios, poseen una norma, por la que hay que entender un repertorio de palabras, las que se encuentran en el diccionario de la lengua, y una norma gramatical sobre la forma de enlazar y modificar las palabras para formar frases con sentido, a lo que se añade una norma ortográfica para transcribir las emisiones orales en signos escritos. Hablar y escribir correctamente una lengua quiere decir atenerse a estas normas. Pero además de este límite inferior de corrección, en las formulaciones verbales se pueden distinguir niveles de calidad: se puede hablar o escribir mejor o peor de acuerdo con determinados criterios y en función de determinados patrones o modelos de excelencia de lengua. Y en esta jerarquía la lengua escrita ocupa un lugar superior a la lengua oral. La lengua escrita, más

meditada en su producción, es, por principio, más fiel a la norma que la oral, y son también los escritores prestigiosos los que se convierten en modelos de lengua. La enseñanza escolar empieza con enseñar a leer y escribir, o sea, por introducir al alumno en la lengua escrita, y a partir de esta introducción sus aprendizajes pasaran básicamente a través de ella. Y el último objetivo es que el alumno sea capaz de expresarse oralmente y por escrito como una persona culta.

Para explicar la pérdida contemporánea de prestigio de esta lengua escrita culta hay que pensar en distintos factores pero, en primer lugar, en razones históricas y sociales. El prestigio de la escritura se fraguó en una sociedad fuertemente jerarquizada, pero el proceso de democratización y aun de masificación propio de la época moderna ha puesto en tela de juicio esta jerarquía, con lo que el modelo de lengua culta ha tendido a aparecer como el instrumento distintivo de una élite social. Así, hoy se ponen de manifiesto la arbitrariedad de muchas normas y el conservadurismo que las mantiene por inercia, y frente a ello se valoran la espontaneidad o la originalidad. Y, en definitiva, se discute el papel desempeñado por la escuela.

A comienzos de la década de los sesenta alcanzaron una gran resonancia las investigaciones de Bernstein sobre el lenguaje de los escolares ingleses. Para él, aunque todos los escolares ingleses hablan la misma lengua, los niños de la clase media educada adquieren ya en su ámbito familiar un «código ampliado» apto para la reflexión y, podríamos añadir, cercano a la lengua escrita, mientras que los niños de las clases populares adquieren un «código restringido» más pobre y casi exclusivamente pragmático, dirigido a la acción y a la afectividad. Así, el niño de clase media llega a la escuela hablando ya la modalidad de lengua del sistema educativo, mientras que el niño de las clases populares se encuentra con un hándicap que le será muy difícil compensar. Por los mismos años Labov, tras convivir con adolescentes negros en los suburbios neoyorquinos, llega a la conclusión de que a pesar de que su lenguaje sea tan distinto del de la clase media educada, son capaces de utilizarlo para trasmitir ideas abstractas. A pesar de que los resultados de los dos investigadores en cierta medida son opuestos, ambos coinciden en considerar que el lenguaje de la escuela está socialmente connotado y discrimina a los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

Pero, al lado de estas razones ideológicas, hay que tener en cuenta las consecuencias de ciertas innovaciones técnicas que han influido profundamente en las funciones del lenguaje como instrumento de comunicación.

Aunque el lenguaje oral sea la forma original del lenguaje y su única forma durante centenares de siglos, la introducción de la escritura puso de relieve sus limitaciones. El lenguaje oral sólo llega donde llega la potencia de la voz del hablante, y aunque hay, y sobre todo ha habido, oradores capaces de llenar con su voz amplios espacios, su alcance sigue siendo muy limitado. En cambio, un texto escrito se puede trasladar a cualquier punto de la tierra. Y el lenguaje oral no sólo es limitado en el espacio, sino que deja de existir en cuanto el hablante termina de emitirlo y en todo caso sólo se mantiene en la memoria de quien lo ha oído. La palabra escrita en cambio se puede conservar indefinidamente, y el conjunto de las dos características le confiere una superioridad evidente sobre la palabra oral. En la historia de Europa esta ascensión de la palabra escrita al primer plano es muy evidente. Durante la Edad Media muchas producciones literarias, los poemas épicos o la poesía lírica de los trovadores, tienen una forma oral antes de ponerse por escrito. También los primeros textos jurídicos transcriben fórmulas orales, e incluso los tratados de teología y de filosofía, como la propia Suma teológica de Tomás de Aquino, reproducen lecciones y disputas escolares. Pero cada vez más, y muy especialmente a partir de la difusión de la imprenta, tanto los textos literarios como los científicos se conciben directamente en su forma escrita. Y la historia de Europa puede explicarse en función de una serie de libros, de textos escritos que han marcado su destino al mismo tiempo que las bibliotecas se convertían en el repertorio de toda la información disponible.

Esta situación cambió totalmente cuando Edison inventó primero el

telégrafo, que permite hacer llegar la voz a cualquier distancia, y luego el fonógrafo, que permite conservar la voz por tiempo indefinido. Y aunque los nuevos sistemas de comunicación que aprovechaban estos inventos tardaron un tiempo en generalizarse, su uso se ha convertido en universal. En cuanto a sus consecuencias, por el hecho de que el progreso técnico no sólo permitió la trasmisión a distancia y la conservación en el tiempo de la voz sino que hizo lo mismo con las imágenes, en un momento dado se pensó que la información gráfica iba a desplazar a la información escrita:

ésta era la tesis MacLuhan en La Galaxia Gutenberg, publicado en 1962, pero hoy esta sustitución de la palabra por la imagen es mucho menos clara. Lo que sí en cambio resulta indiscutible es el ascenso de la palabra oral a distancia frente a la palabra oral próxima y por supuesto frente a la escrita. En nuestros días la mayoría de los ciudadanos europeos se comunican tanto o más a distancia, por teléfono móvil, que en encuentros directos y reciben más información oralmente por el televisor que en conversaciones cara a cara y por supuesto más que a través de medios escritos. Resulta por tanto evidente el papel que han desempeñado los sistemas de comunicación en la pérdida de la función normativa que tenía tradicionalmente la lengua escrita. Es cierto que a veces los discursos televisivos tienen un alto grado de corrección académica, pero son la excepción; en la mayoría de programas o se cede la palabra a unos protagonistas populares sin ninguna preocupación académica o son los propios presentadores los que se esfuerzan en hablar de la manera menos académica posible. Así, hoy la televisión tiende a ocupar el lugar que ocupaban la escuela y los textos académicos en la presentación de modelos de lenguaje.

Podríamos resumir el sentido general de estas críticas diciendo que los

medios de comunicación han renunciado a cumplir la función de modelos de lengua correcta que un día se les atribuyó para limitarse a reproducir y divulgar el lenguaje de la calle, contribuyendo así a la descomposición de la lengua.

Pero más allá de esta constatación, la gran acusada de este descenso de la calidad de la lengua es la escuela, que efectivamente, en vez de centrarse básicamente en la lengua escrita y en los aspectos gramaticales del lenguaje y en su función informativa y analítica de la realidad, presta cada vez mayor atención al lenguaje oral y a las funciones comunicativas. Y que es cada vez insiste menos en presentar un lenguaje culto y selecto y se hace más tolerante con las incorrecciones y las vulgaridades lingüísticas, con lo que por otra parte no hace sino reflejar la evolución que se produce en la sociedad de la que la escuela forma parte.

Defensa de la corrección y tendencia a la convergencia

Frente a esta tendencia, como es fácil suponer, se alzan en todos los países muchas voces que se lamentan de la decadencia de la lengua afectada en

cada caso y se proponen esfuerzos para remediarla. En países en los que existe una Academia de la Lengua u organismo similar encargado precisamente de velar por la pureza de la lengua es a este organismo a quien corresponde esta tarea. Cualquier lector español está familiarizado con los esfuerzos que en este sentido llevó a cabo Lázaro Carreter, presidente que fue de la Academia. Pero es en Francia, donde tradicionalmente la corrección lingüística ha tenido una valoración muy alta, y basta pensar sólo en la forma en que se cuidaba la enseñanza de la lengua en el baccalauréat francés, donde estas críticas son especialmente fuertes y además la defensa de la pureza del idioma está asumida por el propio gobierno de la nación.

Como consecuencia de la penetración del inglés en Francia, como en otros lugares, la lucha por la corrección lingüística se entiende en primer lugar como la lucha contra la penetración del inglés. Y el hecho de que el francés pierda terreno en el campo internacional en favor del inglés puede ayudar a explicar esta susceptibilidad y esta actitud defensiva. En otros contextos podemos observar reacciones semejantes. En Cataluña, donde una lengua relativamente pequeña convive con una lengua mucho más fuerte como es el castellano, son frecuentes las discusiones sobre el modelo de lengua que deberían adoptar los medios de comunicación, un catalán «puro», estrictamente fiel a la normativa de las autoridades lingüísticas, o un catalán «ligero», más cercano a la lengua oral cotidiana, y estas discusiones se relacionan directamente con el hecho de que la lengua cotidiana está llena de castellanismos y la lucha por la pureza de la lengua se presenta en primer lugar como una lucha contra estas interferencias.

Los ejemplos citados y otros que podrían añadirse producen la impresión de que las reacciones en favor de la pureza de una lengua son el resultado directo de la amenaza que representan las interferencias de otra, y para la mayoría de lenguas en nuestros días la primera amenaza de contaminación proviene del inglés. Pero esto no puede ser la única explicación, porque en Inglaterra, donde la lengua inglesa no está amenazada por las interferencias de ninguna otra, las denuncias por el descenso de la corrección lingüística son tan fuertes como en cualquier otro país. Y es que, como decíamos antes, las amenazas contra la corrección lingüística están en las raíces de nuestra forma de vida.

¿Qué hemos de pensar de estas denuncias?

Empecemos por recordar que estas denuncias son menos nuevas de lo que podría parecer. En muchos lugares de Europa las disputas entre conservadores e innovadores en materias lingüísticas son frecuentes desde el siglo XVII y abundan las lamentaciones por la decadencia de las formas lingüísticas y el abuso de extranjerismos. Estas disputas no hacen más que poner de relieve la naturaleza profunda del lenguaje, que, como toda realidad social, está sometida a tensiones internas, unas conservadoras para mantener su unidad y su continuidad y otras renovadoras y disgregadoras en múltiples direcciones, y de este juego de tensiones opuestas resulta la vida y la evolución de una lengua. El inglés que hoy se habla es heredero directo del que se hablaba en el siglo XVII, pero si un contemporáneo de Milton oyese una conversación o leyese un periódico en el Londres actual prácticamente no entendería nada, y lo mismo podría decirse de cualquier otra lengua europea, porque muchas de las palabras que hoy son de uso corriente entonces no existían o se usaban de otro modo. Y en gran parte las palabras no existían porque tampoco existían las realidades que designan. De manera que la evolución del lenguaje es tan natural como la evolución de la sociedad y de la cultura. Y es una evolución que resulta directamente de las interacciones entre los hablantes y que es por tanto difícilmente controlable desde cualquier tipo de autoridad.

Lo que sí, en cambio, es cierto es que los factores que condicionan los

cambios lingüísticos en la actualidad son muy distintos de los que actuaban en otros siglos. Ya desde que las lenguas adquirieron un uso escrito han evolucionado de una manera distinta de como lo hacían cuando eran exclusivamente orales. Y la gran novedad contemporánea son, como recordaba, los medios de comunicación, que permiten la trasmisión y la difusión a distancia de la palabra hablada. Notemos de todos modos que un primer efecto de esta innovación es fortalecer la unidad de la lengua así difundida. Si la escritura contribuyó a esta unificación obligando a respetar unas reglas comunes, un mismo vocabulario y una misma gramática y además, por supuesto, unas mismas reglas ortográficas, no tenía en cambio influencia sobre la prosodia, sobre la manera de pronunciar las palabras, y una misma lengua escrita podía coexistir con variedades regionales considerables en la pronunciación y en la entonación. La radio y la televisión, en cambio, difunden una pronunciación y una entonación determinadas en ámbitos geográficos extremadamente grandes.

Pero al mismo tiempo, y tal como antes ya he señalado, la radio y la televisión no sólo utilizan el lenguaje de forma oral, sino que intentan acercarse al lenguaje del oyente e incluso a menudo le ceden la palabra, con lo que han renunciado a ejercer una función pedagógica y se limitan a reflejar el lenguaje popular, potenciando las desviaciones respecto del lenguaje culto. Dado que se trata de una situación que no va a desaparecer, sino que, al revés, tiende a aumentar, no resulta fácil proponer medidas para impedir o modificar sus efectos. Las medidas legislativas, con prohibiciones y sanciones, no parece que, a la larga, resulten efectivas. Más sentido tienen recomendaciones como las que se incluyen en los

«manuales de estilo» que adoptan algunos medios de comunicación y que pretenden orientar a sus profesionales sobre lo que ha de entenderse por

«lengua correcta» en un medio de comunicación. Pero son recomendaciones a los periodistas, y, como ya he dicho, la radio y sobre todo la televisión tienden a pasar el protagonismo a sus entrevistados y al propio público, una tendencia que no es casual sino que se corresponde con algunos de los rasgos más característicos de nuestro tiempo.

Todo hace pues suponer que, a pesar de las lamentaciones, las lenguas europeas seguirán evolucionando en la dirección en que lo están haciendo: una fuerte presión de la lengua oral sobre la escrita y del uso popular del oral sobre el uso culto, al mismo tiempo que una fuerte penetración de neologismos a partir del inglés en todos los ámbitos y especialmente en los técnicos, sin que de ningún modo pueda decirse que esta evolución ponga en peligro ni la existencia ni las características esenciales de ninguna lengua.

Lo que sí es posible preguntarse es si esta evolución irá en el sentido de una progresiva convergencia de las lenguas de Europa.

En la década de los treinta los lingüistas de la Unión Soviética estaban enzarzados en una discusión sobre las consecuencias de la revolución en la evolución de la lengua rusa. Uno de ellos, Marr, apoyándose en los principios del marxismo, sostenía que, en cada época, la lengua ha reflejado la estructura social del pueblo que la habla y que esto había ocurrido en el pasado y seguía ocurriendo en el presente. La revolución y el camino hacia una sociedad sin clases estaban afectando a la lengua rusa, y en la medida en que la revolución se convirtiese en una realidad mundial, no sólo cada una de las lenguas experimentaría una evolución similar, sino que la evolución las llevaría a convergir progresivamente.

Su opinión fue generalmente aceptada en los medios académicos de la Unión Soviética, pero en 1950 Stalin, «el más sabio de los lingüistas», publicó un artículo en el que decidía, en contra de Marr, que la lengua era una superestructura, que formaba parte de la cultura y que, aunque podía hablarse de cultura capitalista, de todos modos la cultura nacional estaba más allá de las diferencias de clase. O sea, que la revolución podía haber aportado mejoras a la lengua rusa, pero esencialmente la lengua en la que habían escrito los grandes autores clásicos y la lengua en la que él mismo escribía eran la misma. Aunque la postura de Stalin desde el punto de vista del marxismo estricto podía discutirse, su autoridad indiscutida liquidó la polémica, pero no la sospecha de que Marr podía tener razón, y, al margen del marxismo, hoy sigue habiendo quien cree que en un mundo cada vez más globalizado y uniforme las distintas lenguas serán cada vez más parecidas.

Un primer síntoma, que ya he señalado, de este proceso de convergencia sería la creciente introducción, en todas las lenguas, de un vocabulario recibido directamente del inglés: bit, chip, software… la lista se haría fácilmente interminable. Que la introducción se haga desde el inglés se puede atribuir al mayor prestigio de esta lengua, pero también al hecho de que muchas de estas innovaciones han nacido en ambientes anglosajones. Sin embargo, el dato principal es que efectivamente las realidades técnicas designadas por estas palabras están hoy presentes en todo el mundo en la misma forma y es natural por tanto que se las nombre de la misma manera. Y no es sólo la técnica lo que se universaliza; en muchos aspectos de la vida contemporánea, de la alimentación a los espectáculos, del deporte a los medios de comunicación, la influencia anglosajona es evidente y con ella la introducción de un vocabulario inglés.

No es inútil recordar que fenómenos parecidos se han dado en otros tiempos. El vocabulario culto de todas las lenguas europeas, y no sólo de las neolatinas, está empedrado de palabras con raíces grecolatinas. En toda Europa, y prácticamente en todo el mundo, se dice física, geología o gramática para designar disciplinas científicas que ya se llamaban así en Grecia hace quince siglos, y el prestigio del griego y del latín como fundamentos del lenguaje científico ha sido tan grande que incluso términos científicos creados en nuestros días, como cibernética, topología o ecología, se han construido con estas raíces. Esta tradición no se limita al

lenguaje científico; también en muchas lenguas europeas el vocabulario del derecho y de la administración tiene, en gran parte, raíces latinas porque se refiere a unas realidades que nacieron en una cultura que se expresaba en latín.

Incluso prescindiendo del peso de la lengua inglesa, se puede pensar que el solo hecho de vivir en un mundo tan estrechamente interrelacionado y, en ciertos aspectos, uniformado ha de influir en la evolución de las lenguas en una misma dirección. Para mostrarlo con un ejemplo: cada país de la Unión Europea tiene sus tradiciones administrativas, que han acabado produciendo un lenguaje administrativo propio y a veces pintoresco e incomprensible a los ojos de un profano. Pero la pertenencia a la Unión obliga a las administraciones de todos los Estados miembros a actuaciones comunes en relación con la administración de la Unión y con las administraciones de los otros Estados miembros, actuaciones que obligan a tener en cuenta el funcionamiento de las otras administraciones y en primer lugar su lenguaje y actuaciones, que provocan un flujo constante de traducciones. Se puede pensar que esta interacción constante acabará aproximando los sistemas administrativos de los Estados miembros y haciéndolos más parecidos entre sí. Pero incluso si esto no ocurre, el solo recurso constante a las traducciones, en este campo como en cualquier otro, resulta un factor de convergencia, porque si es cierto que la traducción parte de la diversidad de significados entre las lenguas y procura mantenerla, de hecho lo que hace es reforzar los significados comunes.

Hasta aquí he hablado sobre todo de convergencia en el vocabulario.

Pero se puede pensar que hay motivos que apuntan a una convergencia de orden superior.

Las lamentaciones por el descenso de la calidad del lenguaje que antes recordaba coinciden en denunciar que en todas partes se está produciendo un empobrecimiento del vocabulario y una simplificación de la sintaxis que llevan a construcciones gramaticales simples y estereotipadas. En la medida en que esto ocurre en todas las lenguas se puede admitir que todas evolucionan de forma semejante. Y no es difícil comprobar que todas las televisiones del mundo, o al menos las del ámbito europeo, adoptan un

«estilo televisivo» común, lo que implica un lenguaje similar sea cual sea la lengua que utilicen.

Parece pues que hay razones serias para hablar de un proceso de convergencia entre las lenguas, si no entre todas las lenguas del mundo, al menos entre las lenguas europeas, un proceso que se inició en la Edad Media cuando estas lenguas empezaron a entrar en contacto y a participar en una historia común. Pero se trata de un proceso que por ahora no afecta a la estructura profunda de las lenguas y que al mismo tiempo provoca reacciones de defensa de las distintas identidades lingüísticas. De manera que incluso admitiendo que sea real, se trata de un proceso tan lento que en el futuro previsible los hablantes de lenguas distintas seguirán sin poder comunicarse si no conocen la lengua del interlocutor.

Simplificación de la escritura

Si el proceso de globalización que caracteriza a nuestra sociedad contemporánea parece que debería llevar a una convergencia de las lenguas, mucho más estaría justificada esta convergencia en el caso de los sistemas de escritura. Resulta evidente que existen sistemas de escritura más simples y más fáciles de adquirir que otros y por tanto se podría esperar que la difusión de la cultura escrita y sobre todo la difusión de la enseñanza a todos niveles de la población deberían empujar en la dirección de los más simples, y más todavía cuando éstos, los sistemas alfabéticos, se adaptan mejor a las exigencias de los sistemas informativos hoy en plena expansión.

Como es sabido, los primeros sistemas de escritura eran ideográficos, es decir, lo que se expresaba verbalmente se representaba gráficamente por medio de unos signos, y a partir de estos orígenes a lo largo de los siglos se ha producido una evolución que en unos lugares y para algunas lenguas ha llevado a una escritura alfabética, con un número muy reducido de signos exclusivamente fonéticos, mientras que en otras culturas y para otras lenguas se han mantenido sistemas muy complejos, con centenares y aun millares de signos distintos. La simplicidad del sistema alfabético hace que sea fácilmente adquirible y por tanto divulgable a poblaciones cada vez más extensas. No puede considerarse casual que el primer sistema alfabético que conocemos y del que deriva el nuestro fuese adoptado por un pueblo de comerciantes, los fenicios, y que quienes lo recogieran fuesen los griegos. En cambio los sistemas más complejos de escritura se han mantenido en sociedades como la china o la japonesa, fuertemente

jerarquizadas y conservadoras, en las que la escritura estaba estrechamente ligada al poder y era patrimonio de una élite.

Parecería por tanto lógico que cuando en China se implantó el comunismo y se decidió democratizar la sociedad y la cultura y cuando posteriormente se inició un proceso acelerado de industrialización y modernización, se hubiesen hecho esfuerzos por simplificar el sistema de escritura y más todavía a medida que se divulgaba la informática. Es cierto que se trataría de una ruptura brusca con el pasado de coste incalculable y difícil de asumir, agravada incluso por el hecho de que en el vastísimo territorio chino la lengua presenta diferencias dialectales tan fuertes que hacen difícil la comprensión mutua, mientras que el sistema de escritura, que no es primariamente fonético, es entendido de la misma manera por todos y el paso a una escritura alfabética rompería esta unidad. Esta dificultad no se presenta en Japón, donde el japonés se habla prácticamente de la misma manera en todo el territorio y el sistema de signos escritos es más simple que en la escritura china. Y dado que el desarrollo de la industria electrónica en Japón fue paralelo al de Estados Unidos y de una gran intensidad, se podía pensar que la simplificación del sistema sería su consecuencia natural. Efectivamente, en un primer momento se produjeron propuestas en este sentido y se dieron los primeros pasos, pero pronto se produjo una reacción nacionalista en sentido contrario, de manera que fue a la industria electrónica a la que le correspondió demostrar que tenía posibilidades para asumir el sistema de escritura tradicional manteniendo toda su eficacia.

En cuanto a los países árabes, la escritura árabe es alfabética, aunque

más equívoca que la latina por el complicado trazado de sus signos y porque no representa las vocales; de hecho, tiene un origen caligráfico y encaja mal con las necesidades de la imprenta. Fue por esta dificultad y como un signo de modernización por lo que cuando Kemal Atatürk, a comienzos del siglo XX, modernizó Turquía, adoptó el alfabeto latino. Pero en los países árabes actuales la preocupación por mantener la propia identidad parece más fuerte que las exigencias de la modernización y por otra parte tampoco la informática se ha difundido ampliamente, de manera que el sistema tradicional de escritura se mantiene intacto.

En Europa todos los sistemas de escritura utilizados son rigurosamente alfabéticos, pero de todos modos presentan diferencias importantes entre ellos que dificultan la comunicación y para los que un proceso de

aproximación parecería lógico. Las diferencias son de dos tipos. Por un lado se utilizan alfabetos distintos y, por otro, incluso para un mismo alfabeto las reglas de trascripción fonética —representación de sonidos por letras— son distintas.

Las lenguas de Europa básicamente utilizan tres alfabetos: el griego, el latino y el cirílico. El griego es el más antiguo, y aunque con el paso de los siglos ha sufrido modificaciones importantes, actualmente se mantiene en Grecia y para transcribir la lengua griega. Del griego los romanos derivaron el latino, que, recogido por la Iglesia a lo largo de la Edad Media, fue el que se utilizó para conservar la cultura antigua en forma de manuscritos y el que posteriormente se utilizó en la imprenta. En los países germánicos la tradición manuscrita cristalizó en un abecedario distinto, el gótico, que a lo largo del siglo XIX se fue abandonando en favor del latino, más claro. La reacción nacionalista de la época de Hitler impuso el uso obligatorio del alfabeto gótico, pero fue precisamente esta imposición y su connotación política lo que hizo que, acabada la guerra, se abandonase su uso.

El alfabeto griego tuvo otra derivación cuando en el siglo IX los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los países eslavos, inspirándose en los caracteres griegos diseñaron un alfabeto que juzgaron adecuado para representar la fonética eslava y que efectivamente se generalizó en estos países estrechamente ligado a la religión ortodoxa y posteriormente al imperio de los zares. Con la Unión Soviética perdió estas connotaciones, pero continuó ligado a la lengua rusa y a su expansión. De tal modo que, cuando los comunistas rusos decidieron revitalizar lenguas minoritarias de la Unión Soviética, incluso varias que prácticamente no habían tenido un uso escrito, impusieron el alfabeto cirílico para transcribirlas. Y al menos en un caso —el azerbaiyaní— sustituyeron el alfabeto latino, que había empezado a utilizarse antes de la revolución, por el cirílico.

Dado que el sistema de escritura es totalmente independiente de la

lengua, parece que podría imaginarse una convergencia de los tres abecedarios. Pero no es nada seguro que se produzca. El serbo-croata, lengua hablada por los serbios y los croatas, puede considerarse que es una lengua única aunque presente diferencias más o menos importantes hablado por unos o por otros. En cambio, los serbios lo escriben en el alfabeto cirílico y los croatas en el latino. Y esto ha sido así incluso cuando el régimen yugoslavo afirmaba oficialmente la unidad de la

lengua: la lengua era la misma pero los textos se publicaban en los dos alfabetos según la población a la que iban dirigidos, y en las escuelas se enseñaba a leer y a escribir con uno u otro alfabeto según la procedencia étnica de los alumnos. El ejemplo demuestra que la lengua es independiente del sistema de escritura usada para transcribirla, pero demuestra también que los sistemas de escritura tienen implicaciones culturales que pueden ser tan fuertes como las que tiene la lengua. El uso del alfabeto latino por parte de los croatas se relaciona con su tradición católica, su antigua pertenencia al Imperio Astro-Húngaro y su cercanía cultural a Alemania, mientras que los serbios fueron cristianizados por la Iglesia ortodoxa, fueron dominados durante siglos por los turcos y se liberaron de ellos gracias al apoyo y la solidaridad de Rusia y de Bulgaria, países, como Serbia, de religión ortodoxa y de escritura cirílica. Generalizando podríamos decir que los eslavos católicos y protestantes

—eslovenos, checos, eslovacos, polacos…— usan el abecedario latino, mientras que los eslavos ortodoxos —serbios, búlgaros, ucranianos, bielorrusos y rusos— usan el cirílico. Y dada la fuerza de estas implicaciones culturales, no es probable que ninguna razón pragmática sea suficiente para abandonar o modificar un abecedario determinado.

Desde el punto de vista del funcionamiento de los organismos y de las instituciones, el uso simultáneo de alfabetos distintos es una dificultad suplementaria. Con su composición actual, la Unión Europea no ha de tener en cuenta el alfabeto cirílico pero sí el griego, lo cual quiere decir disponer de máquinas de escribir y de teclados de ordenador para esta escritura. El problema se complica todavía cuando se tiene en cuenta que una relación alfabética de nombres de personas o de empresas escrita en caracteres griegos no es directamente integrable con otras relaciones procedentes de otros países de la Comunidad.

Con la excepción de Grecia, todos los restantes países de la Unión utilizan caracteres latinos y por tanto el mismo alfabeto. Pero no exactamente el mismo, porque tienen particularidades locales en principio menores o incluso insignificantes pero que plantean en la práctica dificultades a veces graves.

He aquí algunas de estas peculiaridades: el castellano utiliza la letra

«ñ», el danés la letra «ø», el francés y el catalán la letra «ç». El castellano utiliza un acento gráfico, el italiano y el catalán dos, el francés tres (grave, agudo y circunflejo). El francés, el castellano, el catalán, el alemán y

alguna otra lengua usan la diéresis. El castellano, además de los signos de admiración y de interrogación al final de la frase, utiliza otros distintos al comienzo (¿).

Esto significa que un texto en una lengua sólo puede ser trascrito en una máquina que incluya los signos exclusivos de esta lengua. Y si la trascripción se hace automáticamente —a partir de un disco—, es posible que una palabra que incluya el signo se pierda. Dicho de un modo más claro, es posible que de una relación de perceptores de una subvención comunitaria desaparezcan ciertos nombres porque algunos de los signos con los que se escriben no estaban disponibles en la máquina que los transcribió.

Parece que la difusión de la informática debería haber llevado rápidamente a un acuerdo entre los europeos para reducir o eliminar estas diferencias, pero de hecho vemos que está ocurriendo lo contrario: la presión de los clientes y la de los gobiernos obligan a los fabricantes de ordenadores a preparar máquinas flexibles que contienen todos los signos que en algún momento pueden utilizarse y que visualizan los correspondientes a la lengua del país donde se adquieren, y no sólo las máquinas, sino los programas y los sistemas de trasmisión. De manera que, al menos en principio, es posible utilizar cualquier sistema de signos escritos para recoger y para trasmitir información e incluso transformar la misma información de un sistema de escritura a cualquier otro. Digo en principio porque los sistemas de escritura de las lenguas más usadas de una manera u otra acaban siendo los predominantes y los más simples de utilizar.

Racionalización de la ortografía

Al lado de las diferencias en los signos del alfabeto el segundo tipo de diferencias que encontramos en los sistemas escritos de las lenguas europeas son las que atañen a las reglas de trascripción fonética, o sea, lo que en general conocemos como las reglas de la ortografía. Dadas las diferencias entre los repertorios de sonidos utilizados por cada lengua, es evidente que las reglas de trascripción no pueden ser las mismas en todas las lenguas de Europa. Pero la verdad es que las diferencias en las reglas ortográficas van mucho más allá de lo que sería necesario dados los distintos sonidos de cada lengua. Y menos justificación tiene todavía el

que en el interior de una misma lengua las reglas no sean ni sistemáticas ni coherentes.

Un primer tipo de incoherencia es que en una misma lengua un mismo sonido o fonema se represente con grafías distintas según los casos. Así, en alemán el fonema /f/ se puede representar por una «f» (Form), por una

«v» (vorn), o por una «ph» (phosfor) sin que haya ninguna regla que regule estos distintos usos. En francés el fonema /E/, conocido también como «e abierta», se puede representar de catorce maneras distintas sin que tampoco haya ninguna regla que justifique por qué en unos casos se hace de una manera y en otros de otra. He aquí algunos ejemplos: «e» (fer), «è» (mère), «o» (fête), «e» (Noël), «ei» (peine), «ep» (sept), «e» (intérêt)… También en francés el fonema /k/ se puede representar de nueve maneras distintas: «k» (klaxon), «c» (corps), «q» (coq), «qu» (quand), «cc» (accord)…

Los ejemplos en inglés no son menos abundantes. Así el fonema /i/ se puede representar de diez maneras distintas: «ea» (sea), «ee» (bee), «ie» (field), «ei» (ceiling), «eo» (people)…

Mayor es todavía la incongruencia cuando con una misma letra o combinación de letras se representan sonidos distintos. Así, en español la letra «c» delante de «a», «o» o «u» representa el sonido «k», mientras que delante de «e» o «i» representa el sonido /ø/. Y una regla similar se aplica a la letra «g». Hechos análogos se pueden observar en todas las lenguas europeas, pero son especialmente abundantes en inglés, sin que además se puedan expresar en reglas simples, como hemos visto que era el caso del español para la «c» o la «g». Así, en inglés la letra «a» representa, según los casos, seis fonemas distintos: /ə/ (account), /ä/ (arm), /ei/ (lake), /a/ (ask), /o/ (fall), /e/ (many), /i/ (language), y puede también ser muda, como lo es la segunda «a» de arrival. El grafema o combinación de letras

«ai» puede representar cuatro fonemas distintos según los casos, como se comprueba con los ejemplos: wait, aisle, said, plaid. Y el grafema «au», otros cuatro: clause, laugh, gauge, mauve.

La primera consecuencia de estas incongruencias es que a menudo cuando oímos una palabra no estamos seguros de cómo se escribe correctamente y, a la inversa, que cuando vemos una palabra escrita no siempre estamos seguros de cómo se pronuncia. Esta ambivalencia puede llegar hasta el punto de que dos palabras que se escriben exactamente igual se pronuncien de manera distinta según el significado y, a la inversa,

palabras que se pronuncian exactamente igual se escriban de forma distinta también según el significado. Ejemplos del primer caso, de holografía con heterofonía, en inglés son: read, que se puede pronunciar /rid/ o /red/, y bow, que se puede pronunciar /bou/ o /bau/. Y en francés la palabra portions, en la que la «t» se lee /t/ o /s/ según el significado que se atribuye a la palabra. En cuanto al segundo caso, la homofonía con poligrafía, me limitaré a un ejemplo simple: la ortografía francesa distingue cuidadosamente en muchos adjetivos el masculino del femenino: vrai- vraie, égal-égale, aigu-aiguë, cher-chère… cuando el lenguaje oral no hace ninguna diferencia.

No es preciso insistir en hasta qué punto estas incoherencias del sistema ortográfico dificultan la adquisición de la lengua escrita, cuánto tiempo y cuántas energías se han de dedicar a una tarea que empieza en la primera infancia y que nunca se puede considerar terminada y en hasta qué punto la distinción social que se establece entre los que escriben sin faltas de ortografía y los que las cometen es, en muchos casos, gratuita e injusta. Y añadamos las dificultades que una ortografía irracional añade a la tarea de aprender lenguas extranjeras, una tarea que hoy pretendemos extender a toda la población. Todo esto añadido a la reflexión inicial sobre la necesidad de acomodar los sistemas de escritura a las condiciones de la informática. Estas consideraciones son tan evidentes que es natural que en todas las lenguas se hayan hecho y se sigan haciendo propuestas para racionalizar la ortografía. ¿Qué esperanzas hay de que estas reformas se lleven a cabo?

La ortografía francesa fue fijada en el siglo XVIII por la Academia de la Lengua con criterios arqueológicos y arcaizantes que ya en su tiempo bordeaban la pedantería: «Esta compañía declara que desea seguir la ortografía antigua que distingue a los “hombres de letras” de los ignorantes y de las mujeres simples…». Y desde entonces se ha mantenido inalterada a pesar de que las denuncias han sido frecuentes: «Esta criminal ortografía… una de las fabricaciones más grotescas del mundo» (Valery, Varieté III, 1936). Han sido frecuentes también las propuestas de reforma. Pero a diferencia de la Academia Española, que por dos veces a lo largo de su historia ha modificado sus normas ortográficas en nombre de una mayor racionalidad, la Academia Francesa no ha aceptado ninguna reforma. En los últimos años las voces en favor de una reforma se han hecho más vivas. El conocido lingüista Martinet, consciente de las

dificultades que representa la ortografía para la adquisición de la lengua escrita, propuso hace un tiempo (1977) un sistema estrictamente fonético, el «alfonic», que se utilizaría para enseñar a leer y a escribir, dejando para una etapa posterior el paso a la ortografía «oficial», aunque es evidente que así sólo se complica la cuestión. Desde una postura más radical, Chervel y Blanche Benveniste (1978) han propuesto sustituir la ortografía francesa por un sistema de trascripción estrictamente fonético. Pero más recientemente todavía la Academia de la Lengua, en respuesta a las fuertes presiones recibidas, se ha negado a tomar en consideración ninguna reforma incluso, ni siquiera las más suaves.

Y al lado del francés, el inglés. Probablemente el sistema ortográfico inglés es el más incoherente de todos los sistemas de las lenguas que utilizan nuestro alfabeto común, y ello porque ha conservado intactas las grafías correspondientes al inglés hablado en el siglo XVI o incluso, según ciertos autores, al inglés medieval, a pesar de los cambios fonéticos ocurridos desde entonces. En el caso del inglés, el conservadurismo de la ortografía contrasta con la notable flexibilidad de la lengua en todos sus aspectos, del vocabulario a la sintaxis, lo que hay que atribuir, igual que en Francia, al respeto reverencial que ha despertado siempre la lengua escrita, transmitida académicamente y considerada privilegio de una minoría selecta; en el fondo, la misma motivación que en China ha mantenido la escritura tradicional.

Y no es que hayan faltado críticas o propuestas para modificarla. En el

siglo XIX, Pitman, el inventor de la taquigrafía, dedicó el mucho dinero que había ganado con su invento a promover una ortografía simplificada del inglés. Y en el siglo XX es conocida la cruzada que llevó a cabo Bernard Shaw en la misma dirección y a la que en su testamento legó la mayor parte de su fortuna. La Simplified Speelling Society, dedicada al mismo objetivo, ha contado entre sus miembros a distinguidos lingüistas, y un nieto de Pitman divulgó un método fonético para las escuelas similar al que Martinet propuso en Francia. Pero todo en vano. Paradójicamente, el hecho de que la ortografía inglesa no dependa de una autoridad decisoria, como la Academia Francesa, sino que se apoye sólo en el prestigio de una tradición, hace todavía más difícil su reforma.

Me he referido al francés y al inglés porque son los ejemplos más

patentes de incoherencia ortográfica. Vendreys (1923), un conocido

lingüista, decía: «La ortografía del alemán es regular, la del español bastante buena pero la del francés y del inglés son abominables». En realidad, también la ortografía del alemán y del español presentan incongruencias. Pocas o muchas, todas las lenguas escritas las presentan. Para encontrar ejemplos de escrituras plenamente racionales, aparte del esperanto, habría que pensar en algunas lenguas siberianas que nunca habían tenido un uso escrito y que lingüistas soviéticos codificaron en los años treinta. Porque incluso lenguas que no habían tenido un uso académico ni oficial y que en el siglo XIX, o más recientemente, se codificaron, al procurarse una norma escrita, no se han guiado estoicamente por razones de racionalidad. A veces, el ejemplo de la lengua más fuerte ha llevado a seguir sus soluciones para la transcripción fonética. Es lo que ocurre todavía hoy cuando se proponen normas escritas para lenguas indígenas de América en países en los que el español es, desde hace siglos, la lengua predominante. Aunque en otros casos ocurre al revés: la voluntad de afirmar la singularidad de la lengua lleva a aumentar los contrastes, incluso ortográficos, con la lengua tradicionalmente dominante.

Las razones son fáciles de comprender. El que una lengua o una variedad de lenguas pretenda tener unas normas propias, y entre ellas unas normas ortográficas, implica generalmente una voluntad de reivindicar la identidad colectiva de sus hablantes y con ello la voluntad de diferenciarse respecto de colectividades que hablan otras lenguas. Así, la codificación de la lengua noruega a raíz de la independencia implicó una voluntad clara de diferenciarla respecto del danés, igual que la codificación del catalán procuró marcar sus distancias respecto del castellano. Actualmente Galicia, dentro del Estado español, tiene un régimen autonómico que le permite fijar su política lingüística, y el gobierno de Galicia apoya las normas ortográficas de la Academia Gallega, que para la transcripción fonética en determinados puntos sigue unas reglas similares a las del castellano. Pero hay grupos, especialmente entre los nacionalistas radicales, que proponen unas reglas distintas, más cercanas a las portuguesas. Por debajo de los argumentos lingüísticos no es difícil imaginar motivos culturales y políticos. Aunque con menos significado político, tampoco puede considerarse casual que en Frisia haya quien considere que en frisón los nombres comunes deberían escribirse con la

primera letra mayúscula, como en alemán, mientras que otros piensen que deberían usarse sólo minúsculas, como en holandés.

Pero estas observaciones no sólo son válidas para las lenguas menores deseosas de afirmar su identidad, sino que lo son igualmente para las grandes lenguas en la medida en que tienden a convertir sus singularidades en signos de la identidad nacional. La respuesta apasionada de la Academia de la Lengua Francesa, y de buena parte de la sociedad francesa, a las últimas propuestas de reforma ortográfica prácticamente identificaba la defensa de la ortografía tradicional con la defensa de la tradición cultural francesa. De manera parecida en España, las insinuaciones sobre la posibilidad de suprimir la «ñ» sustituyéndola por otros grafemas comunes con otras lenguas provocan respuestas que hacen de esta letra un signo de la identidad nacional. Más sorprendente resulta todavía lo ocurrido en Alemania. Una simplificación ortográfica mínima, que afecta sólo a algunas palabras, propuesta por el Deutsche Sprache Institut en el año 2000, aceptada por el gobierno federal y enseñada desde entonces en las escuelas y que en 2005 debería convertirse en obligatoria, al acercarse esta fecha está despertando reacciones en contra tan apasionadas como difíciles de justificar.

De lo dicho hasta aquí se desprende que si las reformas ortográficas de

las lenguas europeas son necesarias y urgentes, las posibilidades de que se introduzcan a corto plazo parecen muy pequeñas. Pero sobre el sentido de estas reformas queda todavía una observación por hacer, que es, por otra parte, la que mejor se corresponde con el espíritu de este libro.

Hasta mediados del siglo XX las propuestas de reforma ortográfica se han hecho en el seno de una lengua determinada y pensando sólo en sus hablantes nativos y en los escolares que han de aprenderla. Pero en la actualidad, dada la necesidad creciente de aprender lenguas extranjeras y el peso progresivo de los sistemas informáticos, no sólo conviene que el sistema ortográfico de cada lengua sea lo más simple y lo más racional posible, sino que interesa igualmente que los sistemas de las distintas lenguas sean coherentes y no contradictorios entre sí. O sea, que una misma letra o una misma combinación de letras no signifique sonidos totalmente distintos según la lengua considerada. Y a la inversa, que un sonido igual o parecido no se represente de formas totalmente distintas en diferentes lenguas; aun reconociendo que este objetivo, como hemos visto, no es fácil de conseguir.

Dado que las diferentes lenguas del mundo utilizan sistemas de sonidos muy diversos, un sistema universal válido para todas las lenguas y relativamente unívoco debería utilizar muchos más signos que los del alfabeto latino. Es lo que han hecho los lingüistas interesados por la fonología que han creado el AFI (Alfabeto Fonético Internacional), que permite reproducir, de manera relativamente unívoca, los sonidos de cualquier palabra en cualquier lengua. Pero sería perfectamente utópico pretender hacer del AFI el sistema ortográfico de las lenguas europeas, y hay muchas razones que obligan a mantener nuestro alfabeto tradicional. En cambio, sí sería perfectamente posible que las reformas que se proponen en el interior de cada lengua tuvieran en cuenta el cuadro común de la AFI, de tal modo que cada letra del alfabeto designara en cada lengua sonidos distintos pero relacionados entre sí. Así, la representación escrita no tendría exactamente la misma correspondencia en cada lengua, de modo que al aprender una nueva lengua habría que aprender sus sonidos propios y sus reglas de escritura, pero en cambio se evitarían las incoherencias y contradicciones de lengua a lengua que son la desesperación de los estudiantes de lenguas extranjeras. Un ejemplo bien simple de estas incongruencias, por otra parte abundantísimas, lo ofrece el sonido de la «n» palatal, que existe en todas las lenguas neolatinas, que los amanuenses medievales transcribían superponiendo a la «n» otra «n» y que actualmente se representa por «gn» en francés y en italiano, por «nh» en portugués y en occitano, por «ny» en catalán y, finalmente, en castellano y en gallego por una letra singular, exclusiva de estas lenguas, la «ñ».

Las propuestas más recientes de reforma ortográfica van en esta

dirección. Éste es el caso de la ya citada de Chervel y Blanche Benveniste. Y es también es el caso de una propuesta para la reforma del español del profesor de Lógica J. Mosterín (1981), de quien he tomado la mayoría de ejemplos que he citado.

Como en estos comentarios he insistido sobre todo en las resistencias que hasta ahora han encontrado las reformas, acabaré exponiendo un ejemplo en sentido contrario: una reforma ortográfica hecha en nombre del sentido común y presionada por el desarrollo de la técnica y por la necesidad de acomodar los usos nacionales a las prácticas comunes en la Unión Europea; y un ejemplo que muestra cómo incluso una reforma mínima ha de vencer grandes resistencias.

La Academia de la Lengua Española desde su fundación ha considerado que el grafema «ll», porque tiene un sonido propio, ha de considerarse una letra singular y distinta de la «l». Y lo mismo ha hecho con el grafema «ch», distinguiéndolo de la letra «c». De acuerdo con este principio, en los diccionarios de la Academia las palabras que empiezan con «11» figuraban a continuación de las que empiezan con «lu» y las que empiezan con «ch» a continuación de las que empiezan con «cu», y lo mismo en cualquier relación alfabética. El resultado de ello era que las relaciones alfabéticas originadas en España no eran directamente integrables en una relación alfabética originada en otro país, una disparidad que la incorporación al Mercado Común hizo demasiado evidente. Así, se produjeron presiones para que España acomodase sus usos en este punto a lo que se hacía en otros países, lo que algunos editores de diccionarios ya habían empezado a hacer, y la propia Academia de la Lengua se mostró sensible a estos argumentos. Entonces surgió una dificultad. La Academia Española de la Lengua tiene un pacto de solidaridad con las Academias de la Lengua de los países de América donde se habla español, un pacto que prevé que cualquier modificación en las normas ortográficas deberá aprobarse por unanimidad. En este caso concreto había una Academia que se oponía, de modo que la Academia Española tuvo que modificar sus estatutos y sustituir la unanimidad por la mayoría antes de poder aprobar la reforma.

Los sistemas informáticos y las lenguas

El desarrollo de lo que se ha llamado ciencia de la computación ha permitido la aparición de máquinas electrónicas capaces de procesar toda clase de datos, entre ellos, y en un lugar muy especial, datos verbales, lo que permite a un público cada vez más amplio producir, procesar y difundir información verbal al mismo tiempo que recibirla tanto en las relaciones entre individuos, caso del correo electrónico, como de forma generalizada y abierta a todos, caso de internet. Tanto o más que la difusión de los medios audiovisuales, estos sistemas informativos están influyendo en la situación y en el uso de las lenguas en todas partes y muy especialmente en Europa en un doble sentido: por un lado porque favorecen el predominio de ciertas lenguas y a la marginación de otras y,

por otro, porque contribuyen a la debilitación de la norma que antes se ha comentado.

Las primeras máquinas capaces de producir y archivar y en general procesar información verbal, los primeros ordenadores, utilizaban como lengua el inglés, y esto debe entenderse en un triple sentido. En primer lugar, los llamados lenguajes de programación, los lenguajes que regulan los procesos básicos del sistema o de las diferentes aplicaciones, aunque están compuestos en general por signos abstractos, en algún momento utilizaban y utilizan palabras en una lengua determinada, que en este caso es el inglés. En segundo lugar, el diálogo máquina-hombre, las instrucciones que la máquina da al usuario sobre la forma de conseguir determinados resultados, por ejemplo «imprimir» o «copiar», utiliza también una lengua determinada, que en estas primeras máquinas era el inglés. Finalmente, y dado que se suponía que el usuario escribiría en inglés, no sólo el sistema utilizaba los signos propios del alfabeto inglés, sino que en el teclado figuraban estos signos y sólo éstos. Ello supone que sólo el que conocía la lengua inglesa podía usar los primeros ordenadores y que el que los utilizaba sólo podía hacerlo para escribir en inglés.

Aunque la gran versatilidad de los sistemas informativos pronto dejó claro que los programas de procesamiento de textos podían incluir signos de otras lenguas distintas del inglés —así la ñ española o la diéresis francesa—, se daba por supuesto que la gran complejidad de otros sistemas de escritura que no tenían una base alfabética impediría que la informática se pudiese aplicar a las lenguas afectadas, chino y japonés por ejemplo, y que la divulgación de la informática forzaría una simplificación de los respectivos sistemas de escritura, lo que representaría una auténtica revolución. De hecho, como ya se ha hecho notar, no ha ocurrido así, ya que la versatilidad de la programación informática es tan grande que se ha logrado que se pliegue a todas las complejidades de estos sistemas de escritura. Ya en 1991 se definió el UNICODE, catálogo de los signos utilizables para representar todas las lenguas. De manera que actualmente se pueden crear programas informativos en cualquiera de las lenguas del mundo. Pero no en todas se crean ni en todas se crean con la misma abundancia.

Cuando escribo en una lengua determinada, lo primero que necesito es que el teclado de mi ordenador contenga todos los signos del alfabeto propio de dicha lengua, de modo que considero normal que en el teclado

de un ordenador comprado en Madrid figure la letra ñ, mientras que en uno de la misma marca y del mismo modelo comprado en París no aparezca esta letra y estén presentes en cambio la ç y la diéresis, y que en uno comprado en Barcelona aparezcan todos ellos porque la ç y la diéresis se utilizan también en catalán. Pero incluso si estos signos no estuviesen en el teclado, como no lo está la ø danesa, están de todos modos en el programa operativo de la máquina y con algún artilugio los podría utilizar. De manera que, con mi ordenador adquirido en cualquier lugar de Europa, pudo escribir sin mayores dificultades en cualquier lengua europea con alfabeto latino. En teoría podría incluso hacerlo en helénico o en cirílico, atribuyendo a cada letra de un alfabeto el valor del otro, aunque en la práctica resultaría demasiado engorroso hacerlo.

Pero si en mi ordenador adquirido en Madrid o en París yo puedo, utilizando cualquier programa de «tratamiento de textos», escribir en español, o en francés o en catalán o incluso en danés, la máquina no dialogará conmigo en estas lenguas, sino que para darme a elegir entre

«guardar», «eliminar» o «imprimir» el texto que acabo de escribir me lo preguntará en una lengua determinada, por ejemplo en español si he adquirido el programa en Madrid. Esto significa que Microsoft, para referirme al productor de sistemas y de programas informáticos más utilizado, comercializa su procesador de textos, por ejemplo Office 2000, en diferentes versiones lingüísticas, y pone a la venta en cada lugar la versión correspondiente a la lengua hablada en aquel ámbito geográfico. En la actualidad el programa está disponible en unas sesenta lenguas distintas, de las que veinte son extraeuropeas y cuarenta europeas, de las cuales a su vez la mayoría son lenguas oficiales de Estados con la sola excepción del catalán, el vasco, el gallego y el galés, de manera que el que adquiere el programa en Barcelona podrá elegir entre la versión española y la catalana. A esta diversidad lingüística condicionada por el mercado se puede añadir todavía otro dato. En la actualidad se ha generalizado el uso de los correctores ortográficos, de manera que los programas de procesamiento de textos incluyen o admiten correctores en diferentes lenguas, las que se supone que el comprador del equipo utilizará con más frecuencia. Continuando con el mismo ejemplo de Microsoft, su procesador de textos Office acostumbra a incorporar varios correctores, y así, en un programa adquirido en Barcelona, tanto si es la versión en castellano como la versión en catalán, figurarán correctores del español,

del catalán, del francés y del inglés. El mismo programa adquirido en Bruselas puede tener como lengua base el francés, el inglés o el neerlandés, y en todos los casos incorporará correctores ortográficos para el francés, para el neerlandés, para el inglés y eventualmente para el alemán. En conjunto Microsoft dispone de correctores ortográficos aproximadamente para las mismas sesenta lenguas para las que ofrece el procesador.

En otro orden de actividades, la mayoría de los buscadores de internet más populares se pueden utilizar a partir de distintas lenguas, y Google, probablemente el más usado, anuncia que en la actualidad se puede utilizar a partir de 104 lenguas distintas, entre las que están todas las lenguas oficiales de los Estados europeos, incluyendo las dos variantes del noruego; entre las no oficiales, además del catalán, gallego, euskera y galés, se incluyen también el gaélico escocés, el bretón, el frisón y el occitano. A éstas se añaden todavía lenguas antiguas como el latín y lenguas artificiales como el esperanto y el interlingua.

Lo que he dicho utilizando como ejemplo a Windows y a Google puede repetirse para cualquier otro tipo de programa o de aplicación, y la conclusión de todo ello es fácil de deducir. Para que una lengua sea utilizada en los sistemas informáticos ha de cumplir un mínimo de condiciones: ser una lengua escrita y estar normalizada, disponer de un diccionario y de una norma gramatical generalmente aceptada e incluso de una norma ortográfica; una vez cumplidos estos requisitos mínimos, es la demanda del mercado la que determina la oferta de recursos informáticos en las distintas lenguas. Son sólo motivos económicos los que influyen en que haya más programas y más juegos de ordenador en inglés que en español, y más en español que en letón o en catalán, y los que determinan que en muchas otras lenguas no existan en absoluto.

Ello permite una conclusión clara: la difusión de la informática está contribuyendo poderosamente a la expansión de las grandes lenguas, en primer lugar del inglés, y a la marginación de las lenguas menores, pero con una importante distinción entre ellas. Las lenguas que no pueden ser informatizadas tienen claramente amenazada su supervivencia, mientras que las lenguas menores que logran tener una presencia en los sistemas informáticos parecen tener asegurada al menos su supervivencia.

A la misma conclusión se llega teniendo en cuenta la frecuencia relativa de las distintas lenguas en la red internet. Aunque las estadísticas

que a veces se difunden sobre esta presencia son meras aproximaciones, parece de todos modos evidente que la proporción de páginas en inglés es superior al porcentaje de hablantes de inglés en el mundo, y que algo parecido aunque en menores proporciones puede decirse para las restantes grandes lenguas.

Al comentar las denuncias generalizadas sobre el descenso de la calidad lingüística, situaba en primer lugar el protagonismo que los medios audiovisuales otorgan al lenguaje oral, y, dado que las técnicas informáticas se aplican, al menos hasta ahora, principalmente a productos y a comunicaciones escritas, parece que deberían quedar al margen de las críticas; pero la realidad es que tanto el hábito generalizado de utilizar el ordenador para cualquier clase de escritura como la popularización de internet y de la correspondencia electrónica contribuyen claramente a hacer más laxas las normas lingüísticas. Es cierto que parte de la información que aparece en internet está formalmente redactada e incluso a veces con pretensiones literarias, pero también abundan los textos escritos de forma espontánea y próximos al lenguaje oral. Y ello es más cierto todavía en el caso de la correspondencia electrónica. En principio el mensaje electrónico es una carta enviada por un sistema más rápido, pero en la práctica es algo completamente distinto, y más bien pone por escrito un mensaje verbal. Pues la carta, el género epistolar, tenía sus propias reglas y sus fórmulas, y quien la escribía meditaba su contenido antes de empezar la escritura y a menudo la rectificaba y recomenzaba antes de considerarla definitiva. El mensaje electrónico, en cambio, mucho más directo y espontáneo, está mucho más cerca de la comunicación oral y, lo mismo que ésta, tiene unas normas sintácticas y de composición mucho más laxas.

Por muy laxas que sean las normas sintácticas que se tengan en cuenta,

el mensaje electrónico y en general la escritura con ordenador son una forma de escritura y por tanto tienen que atenerse a las normas de la ortografía; es aquí donde el papel facilitador de la trasgresión de la norma que tiene el ordenador resulta especialmente claro. Ello ocurre en primer lugar porque el mensaje electrónico prioriza la eficacia de la comunicación, lo que induce a prescindir de las sutilezas de la ortografía, por ejemplo de los acentos, mientras no afecten a la comprensión del mensaje. Pero a ello hay que añadir razones intrínsecas a los sistemas electrónicos. Cuando se trata de un signo privativo de una lengua, por

ejemplo acentos, aunque los recursos de la informática permiten, como hemos visto, tenerlos en cuenta todos, sin embargo, en la práctica, al pasar de un programa a otro o de un sistema a otro con facilidad se pierden, lo que inspira un cierto recelo a utilizarlos. Pero el dato principal a tener en cuenta es otro, y son las consecuencias de los programas de corrección ortográfica. El programa en principio es una ayuda para mantener la corrección ortográfica de los textos producidos, pero en la práctica, dejando aparte el hecho de que no advierte todos los errores sino que hay muchas situaciones ambiguas que el sujeto debe decidir y resolver, el dato principal es que el escribiente que se olvida de la ortografía mientras escribe para confiarla luego al corrector efectivamente se acostumbra a escribir así hasta el punto de que las normas le acaben resultando indiferentes.

La traducción automática

Desde que el desarrollo de la electrónica hizo posible la construcción de aparatos de cálculo —computadoras u ordenadores— capaces de manejar cantidades ingentes de datos, se abrió la posibilidad de desarrollar un programa capaz de traducir de una lengua a otra. En un momento crucial de la guerra fría, y a instancias del gobierno estadounidense, un equipo de la Universidad de California desarrollo un programa de este tipo, capaz de traducir textos técnicos del ruso al inglés. Pero era un sistema rudimentario, y la posibilidad de que tuviese una viabilidad comercial seguía pareciendo lejana. En 1976 la Comisión Europea, que llevaba cerca de veinte años funcionando y que probablemente era, en todo el mundo, la organización que mayor masa de traducciones debía manejar, encargó al mismo equipo de la Universidad de California la preparación de un programa capaz de traducir del inglés al francés y viceversa.

Un año después el programa, conocido como sistema Systrans, estaba disponible y se instaló en los departamentos de traducción de la Unión, aunque todavía era muy burdo, de modo que la mayor parte de los traductores se negaron a utilizarlo. De todos modos el esfuerzo no resultó inútil: sus limitaciones permitieron advertir la insuficiencia de los diccionarios existentes y la necesidad de desarrollar sistemáticamente bancos de datos terminológicos en muchos campos específicos. En un momento dado, la Comisión patrocinó un nuevo proyecto para poner a

punto un traductor automático de segunda generación, llamando así a un programa que no pretende traducir palabra por palabra, o sea, partir del léxico, sino frase por frase y por tanto a partir del análisis gramatical del texto. El intento terminó en fracaso, pero en cambio impulsó el desarrollo de un nuevo tipo de materiales auxiliares para la traducción. En la actualidad no sólo el sistema original, que sigue denominándose Systrans, ha mejorado sustancialmente, sino que los traductores tienen a su disposición en la pantalla del ordenador una gran cantidad de recursos complementarios agrupados en el programa Euramis y que pueden consultarse y utilizarse simultáneamente. Con ello la actitud de los traductores ha variado totalmente, y la mayoría utilizan como materia prima de su trabajo las posibilidades que les ofrece el sistema.

Hay otros ejemplos de sistemas de traducción que funcionan. Por ejemplo, existen programas a disposición de todos los usuarios de internet que traducen automáticamente cualquier texto en la red del inglés al castellano. Se trata de una realización mucho más modesta, el nivel de corrección de la traducción es bajo, pero de todos modos suficiente para dar una idea del contenido del texto traducido, y efectivamente encuentra muchos usuarios.

Bastan estos dos ejemplos para advertir que lo que hace medio siglo se presentaba como una utopía realizable está en camino de convertirse en realidad, aunque sea mucho más lentamente de lo que se había predicho. El camino de este progreso, como demuestra la historia de Systrans, no ha dependido tanto del progreso de la electrónica como, fundamentalmente, del progreso de la lingüística en una doble dirección: el de la definición más precisa y detallada del significado de cada palabra en las distintas lenguas, camino seguido por los diccionarios especializados y los bancos de datos terminológicos, y por otra parte el conocimiento más profundo de la sintaxis y de sus implicaciones. Un trabajo realmente gigantesco que en unas lenguas europeas está muy avanzado y en otras está simplemente iniciado.

Estas diferencias dependen de distintos factores, entre ellos la frecuencia con que las lenguas son objeto de traducción, lo que a su vez está en relación con la mayor o menor frecuencia de su uso. El caso de la Unión Europea es harto ilustrativo en este sentido.

El sistema Systrans, como prácticamente todos los sistemas de traducción actualmente en servicio, traduce de una lengua a otra. La Unión

Europea manejaba hasta su última ampliación once lenguas oficiales, lo que significaba 110 traducciones distintas posibles, y a partir de la ampliación veinte lenguas distintas, lo que significa 360 parejas distintas para cada una de las cuales hay que contar con un traductor competente. En cambio, Systrans sólo está disponible para diecisiete parejas de lenguas. Siete traducen a partir del inglés: al francés, al italiano, al alemán, al español, al griego, al neerlandés y al portugués. Seis tienen el francés como lengua de partida: al inglés, al alemán, al español, al italiano, al neerlandés y al portugués. Dos tienen el alemán como lengua de partida: al francés y al inglés. A estas parejas se pueden añadir el frances-griego y griego-francés, que están todavía en fase experimental. O sea, que todos los programas que constituyen el sistema Systrans tienen el inglés o el francés como lengua de partida o como lengua de llegada, lo que coincide con el predominio de estas lenguas en el funcionamiento de la Unión.

Fuera de la Unión Europea y fuera de Europa existen sistemas de traducción automática operativos en otras lenguas, por ejemplo el inglés- japonés. E incluso en la propia Europa el panorama es más amplio que el que sirve a las necesidades de traducción de la Unión Europea. En Barcelona se publica un periódico diario, El Periódico, simultáneamente en dos lenguas —español y catalán— gracias a un sistema de traducción automática plenamente operativo. Pero en conjunto continúa siendo cierto que son sólo las lenguas con un gran número de hablantes y con un gran potencial económico y/o político las que son objeto de programas de traducción simultánea.

Hasta aquí me he referido exclusivamente a la traducción automática de textos escritos, pero es posible imaginar que un día dispondremos de programas capaces de convertir un discurso oral en texto escrito y a la inversa, lo que permitiría la traducción automática de discursos orales o, dicho de otra forma, diálogos en los que cada sujeto hable en su propia lengua y oiga traducidas a esta lengua las intervenciones del interlocutor, lo que si se pudiese aplicar a todas las lenguas sería una forma efectiva de asegurar la supervivencia de todas las lenguas menores. Claro que los sistemas de reconocimiento de voz que permitan convertir un discurso oral en un texto escrito están todavía en sus comienzos y, como es fácil imaginar, estos estudios se centran en primer lugar en las lenguas más divulgadas.

CAPÍTULO 6

LENGUAS DE COMUNICACIÓN INTERNACIONAL

La sustitución del latín y la ascensión del inglés

Aunque Europa se haya constituido históricamente como un conjunto de naciones cada una con su propia lengua, las relaciones entre ellas siempre han sido estrechas, y esto ha otorgado a ciertas lenguas el papel de lenguas de comunicación internacional. Al resumir la historia lingüística de Europa, ya he recordado que, durante siglos, fue el latín la lengua que cumplía esta función, pero que, a medida que las nuevas lenguas se consolidaban, su conocimiento más allá de sus fronteras se hacía a la vez útil y prestigioso, tanto para conocer las obras literarias en su idioma original como para establecer relaciones diplomáticas o comerciales. Claro que este interés por adquirir lenguas extranjeras afectaba sólo a una minoría de la población, pero era, de todos modos, una minoría influyente. En el Occidente europeo y a lo largo de los siglos XVI y XVII las lenguas más prestigiadas fueron, según los lugares y las circunstancias, primero el italiano y después el español y el francés, mientras que en Europa Central la lengua más utilizada era el alemán. Pero en el siglo XVIII el francés se convierte en la lengua internacional de la gente culta. La difusión por toda Europa de las ideas de la Ilustración se hace de la mano del francés. Tanto Catalina de Rusia como Federico de Prusia se sienten orgullosos de poder conversar en francés con los espíritus selectos de su

tiempo. En la misma época, el francés se convierte en la lengua normal de la diplomacia y de las relaciones internacionales.

En el siglo XIX, aunque el prestigio del francés en Europa se mantiene y se mantiene también su papel como lengua de la diplomacia, se produce el ascenso del alemán en el campo del saber. La filosofía alemana, de Kant a Hegel y a Marx y tantos otros nombres, es un factor importante en este sentido. Pero mucho más lo es el desarrollo científico que se produce en las universidades alemanas, especialmente en las ciencias aplicadas: química, metalurgia… Estudiar en Alemania se convierte en una aspiración entre los estudiantes de Europa Central y Oriental, por supuesto, pero, incluso, de los países latinos. Se puede decir, por tanto, que a lo largo del siglo XIX las élites intelectuales europeas sienten la necesidad de conocer el francés o el alemán o las dos lenguas.

Si esta motivación intelectual en la expansión del aprendizaje de

lenguas extranjeras está generalmente reconocida, en cambio, acostumbra a olvidarse otro hecho no menos importante. Si en Francia, en Inglaterra o en España la configuración de un Estado nacional confinó a la nobleza dentro de los límites estatales y la convirtió en palatina, en Europa Central y Oriental ocurrió lo contrario. También aquí la nobleza recibe su legitimación de una monarquía y básicamente del Sacro Imperio Germánico continuado por la dinastía imperial. Pero el Imperio Astro- Húngaro no se proponía la unificación política y lingüística al estilo de la monarquía francesa. Así, florece una aristocracia de raíces feudales pero que en muchos casos mantiene la lengua y la personalidad locales o regionales: austríaca, prusiana, bávara, húngara, polaca, checa, eslovena, veneciana… Esta aristocracia fuertemente enraizada en la tierra —todos son grandes propietarios rurales— es, al mismo tiempo, cosmopolita: todos se relacionan entre sí y con la aristocracia rusa, con la que, en cierto modo, constituyen una comunidad, todos se casan entre sí y todos son plurilingües desde su infancia. Cualquiera que sea la primera lengua del lugar o de la familia, todos aprenden el francés desde la infancia, y si no tienen el alemán como primera lengua, también lo aprenden de pequeños, para lo cual residen con la familia personas capaces de asegurar este conocimiento.

Cuando a lo largo del siglo XIX en todos los países del continente

europeo se sistematizan los estudios secundarios como preparación para

acceder a la universidad, en lo que se llama la enseñanza media o bachillerato, los planes de la enseñanza media incluyen, además de las lenguas clásicas que tradicionalmente habían sido una de las bases de esta preparación, el aprendizaje de una o dos lenguas modernas. Es posible atribuir esta innovación al espíritu práctico de la burguesía ascendente, que, en definitiva, es quien promueve y quien se aprovecha de la enseñanza media y quiere ofrecer a sus hijos la posibilidad de perfeccionar sus conocimientos en el extranjero; pero también es posible sospechar que, al menos en Europa Central, con ello quisieron adoptar para sus hijos el modelo establecido por la aristocracia. En todo caso, las lenguas preferidas en los planes de estudio de la enseñanza media en todos los países de Europa fueron el francés y el alemán y, a mucha distancia, el inglés.

A finales del siglo XIX, además de su presencia en los planes de estudio de los que aspiran a ingresar en la universidad, la enseñanza de lenguas extranjeras empieza a atraer a otros sectores de la población y se multiplican los centros que ofrecen esta enseñanza a adultos. Esto significa que la adquisición de lenguas tiene una utilidad práctica cada vez más apreciada. En el siglo XX, y sobre todo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, su adquisición se extiende a la totalidad de la población. Pero cuando ocurre esto, el gran beneficiado será el inglés, que hasta entonces había tenido en Europa un papel relativamente secundario. Para entender esta ascensión del inglés hay que ampliar el marco de referencia y pensar no sólo en Europa, sino en el conjunto mundial.

Desde que a finales del siglo XV se descubrió América, y durante

varios siglos, las lenguas de Europa se extendieron por aquel continente. Primero, el español y el portugués en América del Sur y Central; luego, el francés y el inglés en la del Norte. Pero fue en el siglo XIX cuando se formaron y desarrollaron los imperios coloniales modernos extendidos por todos los continentes. Inglaterra, Francia, Holanda, Rusia y, en menor medida, Alemania y Bélgica, ocuparon la mayor parte de tierras del planeta más allá de las fronteras europeas. Y la ocupación se acompañó de la presencia de sus lenguas, que se convirtieron así en lenguas de comunicación internacional.

Pero entre estas construcciones imperiales modernas, el Imperio Inglés ocupaba el primer lugar. Incluso teniendo en cuenta que a comienzos del siglo XIX Estados Unidos era ya un país independiente, el Imperio de Su

Majestad Británica incluía países extensísimos y de una riqueza potencial enorme —Canadá, India, Australia o África del Sur— y una red extensa de países y posesiones distribuida por todo el mundo, el Caribe, gran parte de África, buena parte de Asia y la casi totalidad de las islas del océano Pacífico. Esta riqueza y esta dispersión hacían no sólo que la flota británica fuese la más potente del mundo, tanto la militar como la comercial, sino que la mayor parte del tráfico marítimo mundial se expresase en inglés. Y, con el tráfico marítimo, una buena parte del comercio en general. El desarrollo rápido de la potencialidad económica de Estados Unidos contribuía a este peso predominante del inglés en el comercio mundial. Y además el poderío económico de Estados Unidos le permitía impulsar el desarrollo técnico, de modo que las técnicas de comunicación a distancia: teléfono, telégrafo, fueron iniciadas o potenciadas desde Estados Unidos. Ello significa que la lengua inglesa, además de ser predominante en el mar, empezaba a serlo en las ondas y en los aires.

Se puede decir, por tanto, que si en la primera mitad del siglo XX en Europa las tres lenguas —francés, alemán e inglés— continuaban en condiciones de relativa igualdad como lenguas de comunicación internacional, e incluso que el inglés ocupaba la tercera posición, en cambio, a escala mundial, el predominio del inglés resultaba ya evidente. Y fue en la segunda mitad del siglo XX cuando este predominio se trasladó a Europa.

La explicación más frecuente atribuye este cambio en favor del inglés

a la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que en la victoria aliada fue determinante el papel de Inglaterra y de los Estados Unidos y que esto concedió al inglés una posición predominante, un protagonismo que no pudo tener el francés, dado el papel mucho más modesto que desempeñó Francia en el conflicto, mientras que el alemán quedó afectado durante bastante tiempo por las connotaciones negativas de su fracaso en la aventura bélica. Pero, de todos modos, conviene recordar que el papel decisivo de los países de lengua inglesa en el desenlace del conflicto fue un resultado directo de su potencialidad económica.

El inglés en la sociedad contemporánea

Algunos datos pueden ayudar a entender este papel prominente del inglés en el mundo contemporáneo. Pero antes de exponerlos he de anteponer una observación. Si nos limitamos al territorio de la Unión Europea, este predominio del inglés no estaría justificado, ya que el lugar que le corresponde es más bien modesto. Si, para simplificar los cálculos, consideramos hablantes nativos de una lengua a los habitantes de los países donde es lengua oficial, Inglaterra no es el país más poblado de la Unión. Francia tiene aproximadamente el mismo número de habitantes, y Alemania bastantes más. Incluso si añadimos a los habitantes de Inglaterra los de Irlanda, donde el inglés es lengua cooficial, su número continúa siendo parecido al de los habitantes de Alemania. De hecho, la población de los países de lengua inglesa en la Unión antes de la última ampliación no representaba más del 16 por ciento de la población total, y después de la ampliación la proporción todavía ha disminuido sensiblemente. Por tanto, si nos limitamos a este ámbito, no parece justificado atribuir un papel singular al inglés como medio de comunicación internacional. Pero, en el orden de las comunicaciones internacionales, lo que ocurre en el ámbito de la Unión está decisivamente condicionado por el contexto mundial, y, en este contexto, el inglés sí que ocupa una posición privilegiada.

Número de hablantes y peso económico

Resulta muy difícil establecer con alguna precisión el número de hablantes de una lengua, incluso si nos limitamos a los que la tienen como primera lengua. Pero si nos contentamos con cifras aproximadas, que no pretenden más que señalar un orden de magnitudes, podemos recordar las que figuran en los repertorios estadísticos más conocidos y que, limitándonos a las lenguas más difundidas, nos ofrecen las siguientes cifras: chino, 1.000 millones; inglés, 350/500 millones; español, 300/350 millones. Y a continuación otras siete lenguas, todas con 100 millones o más de hablantes nativos: hindi, árabe, bengalí, ruso, portugués, japonés y alemán (Crystal, The Cambridge Encyclopedia of Language, 1987).

A estas cifras habría que añadir las correspondientes a los que hablan una lengua porque la han aprendido como segunda lengua, un cálculo claramente imposible de hacer pero para el que nos puede servir de indicador la abundancia de estudiantes de cada lengua fuera de sus fronteras. Y aunque sobre este hecho tampoco es posible disponer de cifras

fiables, sí que hay un acuerdo general en considerar que, a escala mundial, el inglés es la lengua más estudiada, seguida a gran distancia por el español y a continuación por otras lenguas europeas, francés y alemán principalmente.

Por otra parte, algunas de las lenguas catalogadas entre las más habladas lo son en un solo país. Éste es el caso del hindi, del japonés, del ruso o del bengalí. Incluso el chino, la lengua más hablada, es la lengua oficial de un solo país, o de dos se considera a Taiwán como un Estado independiente, aunque es cierto que el chino es el nexo de unión entre las numerosas colonias chinas dispersas por todo el mundo. Otras lenguas, en cambio, son lenguas de distintos países, lo que aumenta su presencia internacional. El inglés es lengua oficial o cooficial de unos 45 países soberanos, el francés de 30 y el español de 25.

Y para acabar podemos tener en cuenta, y probablemente es el dato más importante, el peso económico de los países que hablan las distintas lenguas, tomando, por ejemplo, como base su PNB (Producto Nacional Bruto), y, aunque para ciertos países este dato no esté disponible o no sea fiable, parece que puede afirmarse que el PNB del conjunto de los países que tienen el inglés como lengua principal representa al menos la mitad del PNB mundial.

Información y comunicaciones

Sin duda, la manifestación más clara de la influencia de la técnica sobre la configuración de la sociedad contemporánea la constituyen los sistemas de transmisión de información a distancia: teléfono, radio, televisión, redes informáticas… Y es evidente que el control de los medios de comunicación a escala mundial otorga una capacidad de influencia y un poder extraordinarios. Y que las lenguas en las que se transmiten las informaciones resultan por ello altamente prestigiadas.

A comienzos del siglo XX los países europeos más poderosos, los que tenían imperios coloniales, disponían también de redes de captación y de distribución de noticias de las que se alimentaban todos los periódicos del mundo, y podía considerarse que se producía un cierto equilibrio en la presencia de las lenguas más importantes —inglés, francés, alemán…— en los medios de comunicación. En la actualidad, aunque continúan existiendo agencias nacionales de información, su ámbito de cobertura no puede compararse con el de las grandes agencias anglosajonas.

Y al mismo tiempo la prensa escrita hace tiempo que ha dejado de ser la única fuente de noticias para el gran público. El desarrollo de la radio, y sobre todo de la televisión, que puede llegar a todos los rincones del planeta, y, paralelamente, el desarrollo de las redes de almacenamiento y transmisión de información aumentan las posibilidades de difusión de la información, pero al mismo tiempo favorecen la concentración de estos medios en unas pocas manos y, en ultimo termino, en conglomerados financieros. Y aunque todos los Estados se esfuerzan por controlar de alguna manera la difusión de la información en el interior de sus fronteras, por ejemplo, estableciendo emisoras nacionales de televisión, difícilmente pueden controlar la información que llega por las ondas retransmitida por satélite. Y esta concentración de las fuentes de la información audiovisual se ha traducido también en un aumento del papel del ingles como soporte verbal de toda clase de informaciones. No parece exagerado afirmar que, del conjunto de las informaciones que circulan por las redes televisivas transmitidas por satélite, al menos la mitad utilizan el inglés. Y aunque en Europa esta proporción es menor, de todas maneras el peso del inglés en los canales europeos por satélite es muy superior a la proporción de europeos que tienen el inglés como primera lengua.

La informática, que permite el almacenamiento y la sistematización de

toda clase de datos, no sólo ha facilitado la expansión de los sistemas audiovisuales de difusión de información, sino que permite la creación de redes específicas de comunicación, como es el caso de internet. Y, tal como ya se ha comentado en un capítulo anterior, en el mundo de la informática la presencia del inglés es todavía mayor que en el de las comunicaciones audiovisuales.

El usuario individual de un sistema electrónico, como el que utiliza un ordenador personal para su trabajo profesional, puede hacerlo perfectamente utilizando sólo su propia lengua. Pero en cuanto pretenda ampliar el ámbito de sus informaciones y de sus comunicaciones, es probable que muy pronto se encuentre con que el desconocimiento del inglés constituye una limitación importante. Y si lo que pretende es diseñar nuevas aplicaciones o contribuir al progreso de la informática, entonces el conocimiento del inglés le resultará ineludible.

Economía y finanzas

Ya he señalado que el solo hecho de que al menos la mitad del Producto Nacional Bruto mundial se produzca en países de lengua inglesa es suficiente para explicar el papel predominante que ocupa el inglés en el comercio internacional y en el mundo de la economía en general. Pero tampoco puede olvidarse la importancia que tiene la concentración de los canales de información, a la que acabo de referirme, sobre el funcionamiento de los mercados mundiales y muy especialmente de los financieros. Gracias a las redes informáticas, las principales Bolsas del mundo —Nueva York, Londres, Tokio, Frankfurt— hoy constituyen un mercado único que funciona ininterrumpidamente las 24 horas del día, utilizando principalmente el inglés. Así, el inglés se está convirtiendo en la lengua común de la actividad financiera internacional.

En el mundo de la economía, un caso interesante desde el punto de vista del uso de las lenguas lo constituyen las empresas multinacionales. Así como en los organismos internacionales la política lingüística se adopta en función de razones y de acuerdos políticos, las prácticas lingüísticas de las empresas responden sólo, o así lo consideran sus dirigentes, a motivos pragmáticos.

Una empresa que instala una filial o una delegación en otro país se ve obligada a tener en cuenta, en alguna medida, la lengua de este país y, por tanto, deberá establecer reglas internas para regular en qué circunstancias y para qué fines se utilizará la lengua del país de instalación y en qué casos se utilizará la lengua de la empresa matriz. Y la cosa se complica en el caso de una empresa internacional con filiales en distintos países en los que se hablan diferentes lenguas. Cuando ocurre esto, se tiende a definir una «lengua de empresa», que será la usada preferentemente en el funcionamiento interno y en las relaciones entre la casa matriz y las filiales. Cuando la empresa principal está situada en un país de lengua

«fuerte», francés o alemán por ejemplo, ésta será la lengua principal de la empresa, aunque las relaciones con las filiales en países de lengua inglesa pueden establecerse en inglés, e incluso puede ocurrir que se establezcan en inglés relaciones con países que hablan una tercera lengua, por ejemplo en el Lejano Oriente. En principio se puede decir que cuanto más fuerte es el carácter plurinacional de la empresa, mayor será la presencia del inglés. También empresas internacionales radicadas en países con lenguas menores pueden tender al uso del inglés. Es el caso de las radicadas en los países escandinavos. Por ejemplo, en la SAS, regida conjuntamente por los

tres países escandinavos, el uso del inglés como «lengua de empresa» evita tener que elegir entre las tres lenguas de la región. Pero hay empresas exclusivamente suecas que han optado por el inglés. También en la Philips, radicada en Holanda, la presencia del inglés es predominante. Una presencia que es mucho menor en las multinacionales situadas en Francia o en Alemania, así como en las establecidas en los países mediterráneos, aunque en estos países tampoco abundan las centrales de empresas multinacionales.

Turismo y transporte

El turismo constituye un mercado, y son los clientes los que determinan sus condiciones, entre ellas, la lengua en la que se les atiende. Si en las Baleares, en Venecia o en la costa dálmata predominan los turistas alemanes, pronto los hoteleros, los camareros y los taxistas de estos lugares serán capaces de hacerse entender en alemán, y aunque en todos los destinos turísticos se encuentran viajeros de distintas procedencias y en cada lugar la composición lingüística del conjunto es diferente, a escala global el inglés tiende a convertirse en la lengua común de acogida. En cualquier hotel de categoría de cualquier lugar del mundo se puede estar seguro de encontrar un recepcionista que entienda un mínimo de inglés, aunque en zonas determinadas puedan predominar otras lenguas.

Algo parecido puede decirse de los medios de transporte en general y no sólo del ámbito de las agencias de viajes. Ya he recordado que el transporte marítimo habla inglés prácticamente desde el siglo pasado. Pero más general es todavía el uso del inglés en la aviación. Un avión de cualquier país puede aterrizar en cualquier aeropuerto del mundo, pero antes de hacerlo ha de comunicarse con los servicios del aeropuerto, una comunicación que exige una lengua común. Y siempre que el piloto no hable la lengua del país del aeropuerto, la lengua común será el inglés.

Espectáculo y diversión

La popularización de los medios de transmisión de información ha repercutido también y sobre todo en la difusión de ciertos tipos de espectáculos: cine, programas televisivos o conciertos de música instrumental o vocal. Dada la concentración de los medios de comunicación a la que antes hacía referencia, y dado el predominio del

inglés en estos medios, también en este mundo del espectáculo y del entretenimiento la presencia de esta lengua es cada vez mayor. Y es en este campo donde se producen, en muchos lugares, las reacciones más fuertes, ya que los espectáculos y los productos de entretenimiento llevan una carga cultural implícita, representada por unas formas de vida plasmadas como deseables y unos comportamientos juzgados como valiosos que pueden entrar en conflicto con la propia identidad cultural. Así, frente al cine estadounidense se exalta el europeo, frente al fast food la cocina típica y local, y frente a la música americana, del jazz al pop, la música popular autóctona. O, dicho de otro modo, frente a los productos que se expresan en inglés, los que se expresan en la lengua propia. Pero estas reacciones son la mejor prueba de la intensidad de la presión que ejerce el inglés.

Investigación e información científica

Cuando recordaba que el latín ha sido durante muchos siglos la lengua común para la comunicación entre los europeos, me refería en primer lugar a la comunicación científica, ya que junto a la Iglesia fueron las universidades las que con mayor insistencia mantuvieron su uso. He recordado también que, cuando en el siglo XIX se extendió el interés por conocer lenguas extranjeras, uno de los motivos principales era tener acceso a la información científica y técnica que se originaba en los países más adelantados. Así, y a medida que el progreso técnico se ha acelerado y se han generalizado sus resultados, la necesidad de estar al corriente de las últimas novedades se ha hecho mayor. Los libros ya no son suficientes, y aparecen y se multiplican las revistas científicas. Durante bastante tiempo, un profesor universitario alemán, inglés o francés ha podido, en rigor, limitarse a conocer su propia lengua, y es fácil comprobar cómo, hasta bien entrado el siglo XX, en la mayoría de revistas científicas alemanas, inglesas o francesas las referencias bibliográficas remiten mayoritariamente a textos publicados en la propia lengua. En cambio, un profesor universitario de otro país no podía renunciar a adquirir alguna de las lenguas importantes en el campo científico —alemán, inglés o francés— y, en sus publicaciones, las referencias extranjeras eran muy abundantes.

A finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX se puede

decir que las tres lenguas tienen una importancia parecida como vehículos

de información científica, y los congresos, cada vez más frecuentes y más concurridos, ofrecen un buen testimonio de ello. He aquí un solo ejemplo, pero muy significativo. En el año 1957 la Sociedad Internacional de Psicología celebró un congreso en Bélgica. La Sociedad tenía un origen europeo, y en sus momentos iniciales, a comienzos del siglo, había tenido como lenguas oficiales el francés y el alemán, a las que pronto se había añadido el inglés. En los programas del Congreso de Bruselas se advertía de que las lenguas oficiales eran francés, alemán e inglés. Y no sólo las tres tenían la consideración de lenguas oficiales, sino que en el programa se señalaba la preocupación por mantener un cierto equilibrio entre ellas, de manera que, de las conferencias encargadas a personalidades señeras de la psicología, dos iban a utilizar el francés, dos el alemán y dos el inglés. Como en aquellas fechas todavía no se habían generalizado los servicios de traducción simultánea, hay que entender que se suponía que la mayoría de los asistentes entendían alguna de estas lenguas incluso si no la tenían como primera lengua. Esta presencia equilibrada de las tres lenguas en una reunión científica que pretendía ser, más que internacional, mundial se puede considerar normal en aquel momento para una reunión de este tipo, con la única salvedad de que cuando un congreso se celebraba en un país en el que se hablaba otra lengua, ésta figuraba también entre las oficiales del congreso.

Treinta y cinco años después, en 1992, la Sociedad Internacional de

Psicología volvió a celebrar su congreso en Bruselas. Esta vez el número de los asistentes había aumentado de 150 a 3.000, y en cambio el número de lenguas utilizadas había disminuido; la propaganda del congreso especificaba que las lenguas oficiales eran el inglés y el francés, sin que se aclarase si el francés lo era por ser lengua oficial de la Sociedad o por ser lengua del país anfitrión, lo que habría obligado a tener en cuenta el neerlandés. Pero en la práctica el congreso se desarrolló casi totalmente en inglés, ya que en esta lengua se pronunciaron todas las conferencias plenarias y estaban redactadas la mayor parte de las comunicaciones y de los pósters. En cuanto a la asociación organizadora, es cierto que en sus estatutos continúa figurando el francés como lengua oficial al lado del inglés y que desde hace años se arrastra una petición de las sociedades de los países hispanoamericanos para que se declare también el español como lengua oficial, pero la realidad es que utiliza exclusivamente el inglés en

sus actividades administrativas y en esta lengua se desarrolló la asamblea que tuvo lugar simultáneamente durante el congreso.

Este predominio del inglés en el intercambio de la información científica tiene un aspecto cuantitativo que es posible intentar cifrar aunque sea de un modo aproximado. Se ha calculado que del total de la información científica de primera mano que se produce en el mundo o, para ser más precisos, del total de los artículos publicados en revistas científicas de solvencia reconocida y que figuran en los repertorios internacionales, entre el 60 y el 80 por ciento, según las especialidades, están escritos en inglés, entre el 25 y el 30 por ciento en francés, alemán o ruso, y entre el 5 y el 10 por ciento en todas las demás lenguas. Por supuesto, el hecho de que los principales bancos de datos científicos estén situados en Estados Unidos contribuye a este predominio de los materiales escritos en inglés, pero esta misma concentración de los bancos de datos forma parte del fenómeno que analizamos. Probablemente el caso más significativo lo constituye el ICI, una institución privada de los Estados Unidos que analiza estadísticamente los artículos publicados por unas

7.000 revistas científicas del mundo. Los índices calculados por el ICI tienen una gran difusión, y se utilizan tanto para medir la productividad individual de los científicos como la de las instituciones o países. Y el ICE de hecho sólo analiza revistas publicadas en inglés.

Esta generalización del uso del inglés en la información científica hace que la mayoría de los científicos consideren que una competencia mínima

—ser capaz de leer en inglés— es absolutamente necesaria para mantenerse al corriente de los progresos que se producen en su especialidad. Y que consideran deseable, incluso, la capacidad de escribir en inglés, aunque sea de forma elemental, para exponer con más facilidad el resultado de sus investigaciones, dando implícitamente por cierta la afirmación de que lo que no se publica en inglés no existe a efectos de conocimiento internacional. Esta misma preocupación hace que en países de lengua no inglesa se publiquen en inglés revistas científicas y libros especializados.

Las primeras manifestaciones de esta tendencia se dieron después de la última guerra en países de alto nivel cultural pero con lenguas de pequeña difusión —caso de los países escandinavos— en los que la limitación del mercado propio impedía la publicación de muchos libros científicos o la viabilidad de revistas científicas especializadas y que, adoptando el inglés,

evitaban depender de editoriales o de revistas extranjeras. Simultáneamente ciertos países del Extremo Oriente, y muy claramente Japón, adoptaban el inglés para parte de su producción científica como una manera de acelerar su incorporación a la comunidad científica internacional. Con el tiempo, y a medida que se consolidaba el predominio del inglés como lengua de comunicación internacional, esta tendencia a publicar en inglés se ha robustecido, muy especialmente en Europa, y ha alcanzado no sólo a países proporcionalmente pequeños y con lenguas poco difundidas como Holanda o Dinamarca, sino incluso a países con una tradición científica tan importante como es Alemania, donde se publican revistas científicas en inglés y hay editoriales que publican en inglés una parte importante de su producción.

Un paso más en esta dirección lo constituye el hecho de que en algunos departamentos y centros de investigación universitaria esta apelación continua al inglés, añadida a la presencia de profesores visitantes o de estudiantes extranjeros, lo convierte en la lengua habitual de la actividad científica.

De todos modos, esta penetración del inglés es distinta según las especialidades y campos del saber. Comenzó y es dominante en las disciplinas que exigen grandes recursos, tanto materiales como humanos, como son distintos sectores punteros de la física o de la bioquímica, pero también en ciertas ciencias muy especializadas y cultivadas por una minoría, como es la lógica matemática, para extenderse progresivamente a todos los ámbitos científicos, aunque la tendencia es mucho mayor en las ciencias experimentales y de la naturaleza que en las históricas y sociológicas.

La penetración del inglés es diferente también según los países. Francia, para poner el ejemplo más representativo, tiene una sólida tradición de investigación científica y las publicaciones en francés tienen un amplio mercado internacional que después de la última guerra empezó a disminuir. En la década de los sesenta esta disminución empezó a ser evidente, y los científicos franceses descubrieron que su obra tenía cada vez menos eco en el extranjero, de modo que algunos comenzaron a publicar en revistas de lengua inglesa. Al mismo tiempo, en los congresos internacionales que se celebraban en Francia el inglés ocupaba un lugar cada vez más importante. En muchos ambientes franceses esta evolución se veía con gran preocupación y provocaba debates públicos.

Para poner límites a esta evolución, en septiembre de 1981 el ministro Chevenaux publicó una orden ministerial en la que se recordaba a los científicos franceses su obligación de escribir en francés en las revistas científicas publicadas en Francia y de intervenir en francés en los congresos internacionales en los que su lengua estuviese reconocida como oficial, y de exigir que el francés figurase entre las lenguas oficiales cuando el congreso se celebrase en Francia o en un país de lengua francesa. A pesar de estas medidas, la tendencia continuó, y en 1989 se produjo un hecho que se puede considerar simbólico y que causó una auténtica conmoción: los Annales de l’Institut Pasteur, órgano del Instituto Pasteur, cambió de lengua y se convirtió en Research in Microbiology. En la actualidad se puede decir que prácticamente todos los que en Francia se dedican a la investigación científica son capaces de leer en inglés y que una buena proporción de ellos lo entienden oralmente e incluso pueden redactar en esta lengua un comunicado sobre un tema de su especialidad. Y se considera que de la producción francesa de artículos de alto nivel científico, la tercera parte están escritos en inglés, unos publicados en el extranjero y otros en la propia Francia.

Las lenguas artificiales

Antes de intentar aclarar el significado de esta expansión del inglés y sus repercusiones sobre la construcción europea, dedicaré unos párrafos a comentar los intentos de crear lenguas artificiales para utilizarlas como lenguas de comunicación internacional. Aunque estos intentos han sido numerosos, me limitaré al esperanto, dado a conocer por Zamenhof en 1887, que no ha sido el primero ni el último de estos intentos, pero sí el que ha conseguido una mayor difusión.

Zamenhof nació en Byalistok, en una región étnicamente muy mezclada y muy disputada a lo largo de los siglos, enclavada en el territorio báltico de la actual Lituania, con un fondo de población polaca y numerosos colonos alemanes que, después del tercer reparto de Polonia, había sido incorporada al Imperio Ruso. A esta diversidad étnica y a esta compleja historia política hay que añadir la presencia de una minoría judía de comerciantes, a la que pertenecía la familia de Zamenhof. «Este lugar de mi nacimiento y de mi primera juventud determinó la dirección de todas mis ideas futuras. En Byalistok la población se compone de cuatro elementos diferentes: rusos, polacos, alemanes y judíos, cada grupo habla

su lengua y es hostil a la de los otros… En la calle, en las casas, en cada momento uno tiene la impresión de que la humanidad como tal no existe, que lo que existe son rusos, polacos, alemanes, judios… nadie puede sentir tan fuerte la necesidad de una lengua neutra y anacional como un judío que se ve obligado a rezar a Dios en una lengua muerta desde hace siglos, que recibe la instrucción en la lengua de un pueblo que le rechaza y que tiene compañeros de infortunio en todo el mundo con los que no puede comunicarse porque hablan otras lenguas» (Janton, L’esperanto).

Zamenhof decidió que en nuestro tiempo era imprescindible disponer de una lengua de comunicación internacional, y que este papel no lo podía representar ninguna de las lenguas ya existentes porque todas tienen implicaciones culturales y nacionales tan fuertes que ninguna de ellas podría conseguir una adhesión generalizada. Había pues que inventar una lengua que, a diferencia de las ya existentes, presentase un máximo de racionalidad y de simplicidad, de manera que su adquisición resultase muy fácil. Zamenhof, que era un lingüista distinguido, no pretendió inventar de cabeza a pies la nueva lengua, sino que tomó por modelo la estructura básica del latín, y por tanto de las lenguas neolatinas, combinándola con elementos de las lenguas germánicas y de las eslavas pero procurando integrarlos en un sistema claro y coherente que respondiese a los objetivos que se había propuesto.

La nueva lengua pronto encontró partidarios y también imitadores que intentaron mejorarla con nuevas propuestas de lenguas auxiliares internacionales. Pero aunque alguna de estas propuestas consiguió cierta atención, ninguna alcanzó la popularidad del esperanto, que pronto tuvo adeptos en todo el mundo.

Los partidarios del esperanto se reclutaban, y se siguen reclutando, en los ambientes más diversos. Personas aisladas a quienes la nueva lengua abría la posibilidad de establecer relaciones con corresponsales en cualquier lugar del mundo y miembros de minorías lingüísticas a los que el esperanto permitía relacionarse con círculos más amplios sin acudir a la lengua dominante. Pero los adeptos al esperanto se reclutaron sobre todo en ambientes idealistas e internacionalistas, como pueden ser los miembros de organizaciones religiosas, empezando por la propia Iglesia católica, y en mayor número todavía los simpatizantes con los movimientos anarquistas. Gracias al entusiasmo de sus partidarios, el esperanto no sólo se utilizó para comunicaciones privadas sino que

alcanzó también un cierto uso impreso en periódicos y libros, y no sólo para difundir informaciones, sino como soporte de obras de creación literaria originales o traducidas. Prácticamente todas las grandes obras de la literatura universal se han traducido al esperanto.

Pero las críticas no han sido menos fuertes que los entusiasmos. Y la crítica principal ha consistido en que el esperanto, por ser una creación intelectual, no tiene la riqueza de matices que una lengua natural ha adquirido a lo largo del tiempo y gracias a un cultivo literario y cultural continuado. Lo cual es evidentemente cierto, pero también lo es que el esperanto no pretende ser la primera lengua de nadie, ni de un individuo ni de una colectividad, sino convertirse en una lengua auxiliar para facilitar la comunicación entre personas que tienen diferentes lenguas maternas.

Pasado un siglo y medio desde su introducción, la verdad es que el esperanto, aunque conserva en muchos países núcleos de partidarios fieles, no ha conseguido los objetivos que se proponía. Ni, sobre todo, ha conseguido que ningún país ni organización internacional, política, sindical o académica, se interesase seriamente por él adoptándolo o recomendando su utilización. Y no parece probable que esta situación vaya a cambiar en el futuro. Muchas de las funciones que pretendía cumplir el esperanto las ocupa ya el inglés. La ironía de la historia es que el inglés simplificado que se utiliza mayoritariamente para estas funciones presenta algunas de las características más propias del esperanto: la simplicidad y la ausencia de connotaciones culturales, sin que sea, en cambio, tan fácil de aprender.

La controversia sobre el inglés

La conciencia de este predominio del inglés a escala mundial en muchas áreas de la actividad humana, tal como se ha constatado en las páginas anteriores, o más simplemente el hecho de que, en todos los países del mundo, sea la lengua extranjera más estudiada da a sus hablantes la impresión de que gozan de una posición privilegiada, mientras que los que no la hablan se sienten fácilmente en una situación de inferioridad y llevados a hacer toda clase de esfuerzos para adquirir su conocimiento. Como dice uno de los directores del Diccionario de Cambridge en un libro, por otra parte muy valioso, sobre la lengua inglesa: «El inglés se ha convertido de tal manera en la lengua franca de nuestro tiempo que una

persona que sabe leer y escribir pero que no sabe inglés es, en un sentido muy real, una persona deficitaria. La pobreza, el hambre, la enfermedad, se perciben inmediatamente como formas de privación; la privación lingüística aunque no sea tan evidente no es menos real» (Burchfield, 1985).

Tomada literalmente, esta afirmación significa que, mientras que el aprendizaje de otras lenguas puede obedecer a distintas causas y ha de considerarse optativo y dependiente de los intereses o de las aficiones de los sujetos, el desconocimiento del inglés es un déficit comparable a un déficit físico o económico y por tanto existe la responsabilidad moral de ayudar a los que lo sufren a superarlo. Se comprende que este tipo de afirmaciones, incluso si se pretenden fundamentar con datos objetivos, provoquen un fuerte recelo entre los que no tienen el inglés como primera lengua.

De hecho, la expansión del inglés provoca oposición en muchos lugares. En estas actitudes recelosas frente al inglés podemos distinguir dos aspectos: fuera de Europa, en países coloniales y subdesarrollados o fuertemente tradicionales, la expansión del inglés aparece ligada a la dependencia colonial y a la introducción de las formas de vida moderna que ponen en peligro la identidad tradicional. En Europa, y en general en los países occidentales, el inglés no aparece tan ligado a la modernidad y a la técnica, ya que éstas se expresan igualmente en las distintas lenguas occidentales, pero en cambio el inglés aparece como el vehículo de los productos culturales y de las formas de vida de la sociedad anglosajona, y más concretamente estadounidense, y por tanto de la subordinación a esta cultura y a esta sociedad. Antes he recordado que la mayoría de las cabeceras de los sistemas internacionales de información, tanto científica y técnica como económica, están situadas en países de lengua inglesa y en primer lugar en Estados Unidos. Y el papel del cine producido en Estados Unidos o de las cadenas mundiales de televisión como la CNN. Así, la expansión del inglés aparece como la expresión de esta presión y las reacciones nacionalistas a la tendencia a la uniformidad se acompañan del recelo frente a esta lengua. La difusión cada vez mayor del inglés sería simplemente la manifestación del dominio económico que un país, los Estados Unidos, o un conjunto de países, los países de lengua inglesa y tradición anglosajona, ejercen sobre el resto del mundo. Sería la demostración en la actualidad de la conocida frase de Nebrija: «que

siempre ha sido la lengua compañera de imperio», y el inglés sería la lengua del imperio americano.

Los defensores del inglés como lengua de comunicación internacional responden a estas objeciones haciendo notar que el inglés utilizado a estos efectos o es un inglés muy simple, un inglés básico adecuado para intercambios elementales de información como los que puede mantener el recepcionista de un hotel con sus clientes, o es un inglés muy específico, propio de un campo especializado como pueda ser la genética o las finanzas, y que tanto en uno como en otro caso las implicaciones culturales e ideológicas de la lengua utilizada son mínimas. Se puede añadir todavía que este inglés utilizado como lengua internacional lo es en muchos casos por gente que no lo tiene como primera lengua, sino que lo ha aprendido y por tanto su competencia es reducida, y sus implicaciones con la cultura anglosajona, mínimas.

Los defensores de este carácter neutro que está tomando el inglés como medio de comunicación refuerzan su argumentación recordando que no se trata de que el inglés invada el campo de ninguna lengua ni de que se proponga sustituirla, sino sencillamente de que los hablantes de cualquier lengua lo conozcan para poder comunicarse por encima de las barreras lingüísticas.

Todo ello es cierto. Es verdad que para muchos y en muchas circunstancias el inglés se está convirtiendo en una especie de esperanto utilizado en situaciones específicas y con escasas referencias culturales. Pero a pesar de esto continúa siendo cierto que este inglés simplificado y el inglés que hablan los que lo tienen como primera lengua son la misma lengua; y, por tanto, que en cualquier situación comunicativa en la que se utilice el inglés los que lo tienen como primera lengua están en situación de superioridad y los que no poseen más que un inglés «básico» son conscientes de su inferioridad y de la necesidad de aumentar su conocimiento de esta lengua. Es igualmente cierto que en un país en el que se generaliza el uso del inglés, como ocurre actualmente en los países escandinavos, éste se convierte en la segunda lengua del país y no sólo en la lengua para los contactos internacionales, y, una vez convertida en segunda lengua, ejerce presión sobre la lengua autóctona y no al contrario. El recelo frente al inglés está pues perfectamente justificado.

En el Occidente europeo, y especialmente en el conjunto de países agrupados en la Unión Europea, todos con lenguas apoyadas en

tradiciones nacionales y culturales muy marcadas, este recelo es muy fuerte. Pero además, a la hora de convertir la solidaridad europea en una estructura política, este recelo se expresa de una forma muy concreta. El inglés es la lengua de Gran Bretaña, uno de los países de la Unión, y aceptar que sea la lengua de las comunicaciones internacionales europeas equivaldría a hacer de ella la única o principal en el funcionamiento de la Unión, una conclusión que resulta políticamente inaceptable para la mayoría de Estados miembros.

Del debate que acabo de resumir, de gran actualidad y mantenido en toda clase de escenarios, se desprenden con claridad dos puntos: la constatación del papel del inglés como primera lengua de comunicación internacional en el conjunto del mundo y la imposibilidad de que se convierta en la lengua supranacional de la Europa unida. Cualquier proyecto de política lingüística para Europa debe tener en cuenta estas dos condiciones opuestas.

CAPÍTULO 7

POLÍTICA LINGÜÍSTICA DE LAS INSTITUCIONES EUROPEAS

Las lenguas en el funcionamiento de la Unión Europea

El tratado de constitución de la Comunidad Económica Europea, que hoy denominamos Unión Europea, firmado en Roma en marzo de 1957, no hace ninguna referencia a lenguas o a cuestiones lingüísticas. Y se puede creer que este silencio no es un simple olvido ni obedece a la casualidad. El tratado se propone como objetivo la transformación de Europa en un espacio económico único, y los «padres fundadores» pensaban que si los Estados europeos conseguían realizar este objetivo, habrían establecido entre sí unos lazos tan firmes y tan estables que podría hablarse de una Europa políticamente unida sin necesidad de prejuzgar la fórmula concreta de esta unidad. Y que sería a esta Europa unida de mañana a la que le correspondería fijar la política cultural europea y por tanto también la lingüística. Y puede, sin gran riesgo, suponerse que los que suscribieron el tratado pensaban que esta Europa unida del futuro sería más flexible y más tolerante en su política cultural y lingüística que los Estados nacionales en el pasado.

Lo único que hace el tratado en el orden lingüístico es declarar que el régimen lingüístico interno de las instituciones europeas lo fijará el Consejo de Ministros de la Comunidad. Y el primer reglamento promulgado por el Consejo de Ministros, en abril de 1958, establece que

las lenguas oficiales de la Comunidad serán las lenguas oficiales de los países firmantes del tratado.

Cualesquiera que fuesen las intenciones de los que redactaron y firmaron el tratado, es evidente que cualquier esfuerzo para acercarse a la unidad europea aunque sea exclusivamente económica implica el uso de lenguas como medio de comunicación entre los países igual, como lo implica el funcionamiento de cualquier institución europea, y es igualmente evidente que este uso puede herir susceptibilidades y producir conflictos. De manera que las instituciones europeas, incluso sin habérselo propuesto inicialmente, se han visto obligadas a tomar iniciativas y a adoptar decisiones que configuran una política lingüística, aunque ésta no haya sido nunca explícitamente formulada y de hecho siga siendo vaga y en algunos aspectos incluso contradictoria.

Intentaremos describirla en tres direcciones principales:

1. Las normas de funcionamiento lingüístico de las instituciones de la Unión y la forma en que se aplican.

2. Los programas de actuación específicamente dedicados al conocimiento y el uso de las lenguas.

3. Las decisiones que directa o indirectamente tienen consecuencias sobre los derechos o los deberes lingüísticos de los europeos.

Pero antes de iniciar el comentario será útil anteponer algunos datos sobre el número y la proporción de los hablantes de las distintas lenguas en el conjunto de la Unión.

Podemos considerar, con cierto grado de aproximación, que el número de hablantes de alemán en Alemania y en Austria, donde es la lengua oficial, se corresponde con el de los que lo tienen como primera lengua, que antes de la última ampliación representaban el 24 por ciento de la población de la Unión. Con un razonamiento parecido, los hablantes de francés como primera lengua —Francia y regiones francófonas de Bélgica— representaban un 16 por ciento, los de inglés —Reino Unido e Irlanda—, otro 16 por ciento, los de italiano, otro 16 por ciento, los hablantes de español, un 11, los de neerlandés, un 6, los de griego, un 3, y los de portugués, otro 3, mientras que las restantes lenguas oficiales de países de la Unión: sueco, danés, finlandés, por no hablar del irlandés o del luxemburgués, representaban proporciones mucho menores.

Pero a los que tienen la lengua como primera lengua podemos añadir los que la han aprendido posteriormente y se consideran capaces de

hablarla. Una encuesta reciente de la que puede verse información en el sitio www de la Unión en el apartado educación nos ofrece evaluaciones en este sentido, de modo que combinando estos datos con los anteriores se obtiene el siguiente cuadro resumen sobre la proporción de hablantes de cada lengua en el conjunto de la Unión.

. Lengua . Porcentaje de hablantes nativos en el conjunto de la Unión Porcentaje de hablantes no nativos en el conjunto de la Unión Porcentaje total de hablantes en el conjunto de la Unión

Inglés 16% 31% 47%

Alemán 24% 8% 32%

Francés 16% 12% 28%

Italiano 16% 2% 18%

Español 11% 4% 15%

Neerlandés 6% 1% 7%

Griego 3% 0% 3%

Portugués 3% 0% 3%

Después de la última ampliación, que ha añadido otras diez lenguas a las once ya existentes, el peso del inglés y del alemán todavía se ha incrementado debido al aumento del número de los que las tienen como segunda lengua, mientras que ha disminuido el de las restantes lenguas ya presentes. A ello puede añadirse que de las recién incorporadas sólo el polaco podría figurar en la tabla anterior con un porcentaje final cercano al 9 por ciento.

Tal como ya ha quedado indicado, el tratado funcional establecía que los Estados miembros decidirían por unanimidad las lenguas oficiales y de trabajo de la Comunidad, y el acuerdo fue que todas las lenguas oficiales

de los países firmantes serían también lenguas oficiales y de trabajo de la nueva institución. Este acuerdo contrastaba con la práctica habitual de las organizaciones internacionales, las más antiguas de las cuales utilizaban el francés o, posteriormente, el francés, el alemán y el inglés, como lenguas de trabajo. La ONU había ampliado este abanico con el ruso, el chino y el árabe, pero las organizaciones establecidas en Europa, tanto la OTAN como la OCDE o el propio Consejo de Europa, tenían, y siguen teniendo en la actualidad, como lenguas oficiales y de trabajo solamente el francés y el inglés. La Comunidad no sólo adoptó como lenguas de trabajo las cuatro lenguas oficiales de los países firmantes: francés, alemán, neerlandés e italiano, sino que mantuvo el mismo principio a lo largo de las sucesivas ampliaciones, de modo que antes de la última ampliación eran ya once y después de ésta son veinte sus lenguas oficiales y de trabajo.

Aunque la cuestión de las lenguas de trabajo de una organización se puede considerar que afecta exclusivamente a su funcionamiento interno, en el caso de la Unión Europea, y como resultado de la ausencia de objetivos definidos para una política lingüística, la identificación entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo se ha convertido en el elemento más relevante y visible de esta política, y incluso en el símbolo del compromiso de la Unión con la defensa de la pluralidad lingüística del continente.

El que todas las lenguas oficiales sean también lenguas de trabajo no puede significar que todas y cada una de las actividades de la Unión se desarrollen a la vez en todas las lenguas, pues para ello sería necesario entre otras cosas que todos los funcionarios las conociesen todas, lo que evidentemente no ocurre. Por ello desde el comienzo de su existencia la Comunidad decidió que cada una de sus instituciones se dotase de un reglamento lingüístico que especificase el uso de las lenguas pero respetando en todos los casos algunos principios generales: que todas las resoluciones y disposiciones que implican obligaciones han de redactarse y publicarse en todas las lenguas, que en todas las deliberaciones formales, como las sesiones del Parlamento o las reuniones del Consejo de Ministros, se ha de poder intervenir en todas las lenguas y que en las relaciones entre un Estado y las instituciones de la Unión se ha de poder utilizar la propia lengua. Estas distintas reglamentaciones pueden resumirse así:

Comisión Europea. Aunque las instituciones superiores de la Union son el Consejo de Ministros y el Parlamento, la Comisión es la más voluminosa y la que tiene mayor contacto con el público, por lo que es la más significativa en cuanto a su régimen lingüístico. La Comisión es el órgano ejecutivo de la Unión y tiene en su cima un colegio de comisarios encabezados por el presidente de la Comisión. Los acuerdos y decisiones de la Comisión son resultado de un laborioso proceso de preparación. En el momento en que se inicia el estudio de una cuestión con vistas a una posible resolución, se elige la lengua que será la «lengua de procedimiento», y en ella se redactarán las propuestas iniciales y las sucesivas observaciones y modificaciones que llevarán hasta la propuesta final. Ahora bien, cuando esta propuesta llegue a la reunión de los comisarios para su eventual adopción, las propuestas que se debatirán y todos los documentos en los que se basan han de estar traducidos a todas las lenguas oficiales. En la práctica, las lenguas de procedimiento son generalmente el francés y el inglés, y a veces el alemán, y también ocurre así en las reuniones de los comisarios, de manera que a veces se ha sugerido la posibilidad de formalizar esta práctica sin que la propuesta haya prosperado.

Cuando la Comisión se relaciona directamente con un Estado

miembro, la lengua utilizada es la de este Estado. En la práctica esto significa que las peticiones o las informaciones que se reciben del Estado en cuestión se traducen a una lengua de procedimiento, normalmente el francés o el inglés, y en esta lengua se trata el asunto hasta que, alcanzada una resolución, ésta y las argumentaciones que la justifican se traducen a la lengua del país afectado.

Consejo de Ministros. Es la auténtica instancia superior de la Unión, ya que representa directamente a los Estados miembros, y es la institución que con más insistencia defiende la identificación entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo, hasta el punto de que cualquier ministro se puede negar a discutir un asunto si no está presente toda la documentación en todas las lenguas oficiales. Esta regla sólo se aplica en las sesiones plenarias que reúnen a los jefes de gobiernos o a sus ministros. En las reuniones informales o para discutir cuestiones de urgencia se utilizan normalmente tres lenguas: francés, inglés y alemán o bien francés, inglés y la lengua del país que aquel semestre ocupa la presidencia. Y lo mismo se puede decir de las reuniones de embajadores de los distintos países ante la Unión, que

son los que preparan las reuniones de los jefes de gobierno o de sus ministros. A ello se puede añadir que en las tareas administrativas del Consejo se utilizan normalmente el francés y el inglés, tareas no pequeñas, ya que el Consejo tiene más de diez mil funcionarios, incluidos los traductores.

Parlamento Europeo. El Parlamento no es menos celoso que el Consejo de Ministros en mantener la identificación entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo, en este caso con el argumento de que todos los diputados han de poder expresarse en su propia lengua. En las sesiones plenarias todas las intervenciones son traducidas, o interpretadas (es decir, traducidas simultáneamente), y lo mismo se hace con los acuerdos alcanzados. En las reuniones de las comisiones, muy frecuentes y a menudo en lugares distantes, se sigue el mismo principio, aunque en este caso no siempre están disponibles los intérpretes necesarios y han de aceptarse soluciones de compromiso. Y como es fácil de imaginar, el trabajo del Parlamento requiere reuniones previas de los grupos políticos en muy diversas circunstancias, lo que implica el recurso a lenguas comunes. Y en cuanto a la actividad administrativa interna del Parlamento, ocurre en gran parte en francés y en inglés.

Tribunal de Justicia. Es una de las instituciones más antiguas de la Unión. Las demandas de intervención se pueden hacer en cualquiera de las lenguas oficiales incluido el irlandés y todo el proceso se desarrolla en la lengua de la demanda. Los documentos aportados que no están en esta lengua se traducen a ella. Las sentencias se traducen y se publican en todas las lenguas oficiales de la Unión. En su funcionamiento interno, en cambio, el Tribunal utiliza casi exclusivamente el francés.

Tribunal de Cuentas. Controla el uso del presupuesto. Tiene como lenguas de trabajo el francés, el inglés y el alemán.

Oficina Europea de Patentes. Situada en Alicante. Las demandas de inscripción de una patente se pueden hacer en cualquiera de las lenguas de la Unión, pero la Oficina tiene como lenguas de trabajo exclusivamente cinco: francés, inglés, alemán, español e italiano.

Banco Central Europeo. Situado en Frankfurt. Sus disposiciones las publica en todas las lenguas oficiales, pero su lengua de trabajo es exclusivamente el inglés.

a) Información al público

La Unión ofrece a los ciudadanos europeos amplia información sobre sus decisiones y más en general sobre sus actividades y sobre los hechos que justifican sus decisiones y sus actividades. En principio la regla es que la información se debe ofrecer en todas las lenguas oficiales de la Unión, y así se hace con las publicaciones de carácter general, empezando por el Diario Oficial de la Unión y por una larga serie de publicaciones tanto periódicas como esporádicas. Pero además las instituciones de la Unión publican con mucha frecuencia informaciones y estudios sobre las cuestiones más diversas de los que algunos se publican en todas las lenguas oficiales y otros, la mayoría, sólo en algunas. Así, por poner un ejemplo cualquiera, Eurydice, dependiente de la Dirección General de la Educación y de la Cultura de la Comisión Europea, es una red de información sobre la educación en Europa que periódicamente publica informaciones y estadísticas sobre distintos aspectos de los sistemas educativos de todos los países de la Unión; pero la mayoría de estas publicaciones sólo aparecen en tres lenguas: inglés, francés y alemán.

En nuestros días la red internet se ha convertido en la forma más popular y rápida de acceder a la información disponible en cualquier campo, y la Unión Europea dispone de un lugar en la red

‹www.europa.eu.int› en la que se puede consultar información sobre la Unión y sus actividades en cualquiera de las lenguas oficiales. La información que se ofrece por este medio es extraordinariamente abundante, pero, igual que para la información escrita, ciertas informaciones sólo pueden estar disponibles en algunas lenguas. Así, utilizando el mismo ejemplo, Eurydice tiene un lugar en internet:

‹www.eurydice.org›, donde se puede consultar en todas las lenguas oficiales información general sobre sus actividades, pero, igual que ocurría con las versiones escritas, el contenido de la mayoría de los informes sobre situaciones concretas sólo está disponible en tres lenguas. Más todavía, a través de Eurydice se pueden consultar incluso las bases de datos sobre la educación en los distintos países de la Unión, pero en este caso únicamente en la lengua propia de cada Estado y en inglés.

Así, la disponibilidad de la información tiene límites importantes para muchas lenguas; pero además a esta limitación de base se puede añadir otra: el decalaje en el tiempo, de modo que incluso informaciones que se ofrecen en todas las lenguas pueden no aparecer en internet al mismo

tiempo, lo que para ciertas cuestiones, por ejemplos notas de prensa u ofertas de empleo, puede resultar decisivo.

Pero la dificultad de ofrecer información al público simultáneamente en muchas lenguas se puede ilustrar con un ejemplo más sencillo. Si alguien intenta ponerse en contacto telefónico con una oficina de la Unión en cualquiera de sus sedes, una voz amable le invitará a tener paciencia en francés y en inglés. Y en ninguna otra lengua.

b) Las lenguas de los funcionarios

Para que todas las lenguas oficiales de la Unión fuesen efectivamente lenguas de trabajo, haría falta que los funcionarios conociesen muchas de ellas. La realidad es bien distinta. Porque es una condición para su contratación, todos los funcionarios de la Unión conocen como mínimo además de la lengua de su país de origen otra lengua oficial de la Unión, y abundan los que son capaces de expresarse con más o menos facilidad en una tercera, pero en conjunto la segunda y la tercera lenguas acostumbran a coincidir con las más conocidas y populares: inglés y francés en primer lugar. Esto significa que en sus contactos cotidianos con sus colegas en el trabajo la comunicación se establece en una lengua que comparten los dos interlocutores, que con más frecuencia todavía es alguna de las más usadas. De manera que aunque en las oficinas y los despachos de la Unión a lo largo de la jornada los cambios de lengua son continuos, el abanico de lenguas utilizadas es limitado. Y lo mismo ocurre en las reuniones con distinto grado de formalidad celebradas a lo largo del día; sólo en las plenamente formales se puede solicitar la presencia de traductores, pero para el resto hay que limitarse a las lenguas más comunes entre los participantes.

Aunque es fácil suponer cuáles son las lenguas más comunes, se puede

notar que a lo largo del tiempo trascurrido desde el Tratado de Roma se ha producido una clara evolución. En los primeros años la lengua predominante era claramente el francés, y había además razones para ello: el francés había sido tradicionalmente la lengua de la diplomacia y de las relaciones internacionales, era también la lengua más conocida por las élites intelectuales de Occidente y era la habitual en los lugares donde se habían instalado las instituciones comunitarias: Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo. De hecho en estos años se consideraba que era imposible trabajar en estas instituciones sin tener algún conocimiento de francés. Con el paso de los años el prestigio y la influencia del inglés a escala

internacional no han hecho sino aumentar, y el conocimiento del inglés como segunda lengua por parte de los europeos también se ha incrementado, de manera que hoy resulta prácticamente imposible trabajar en las instituciones sin tener algún conocimiento, aunque sea ligero, de esta lengua. Y simultáneamente ha aumentado la presencia del alemán, no sólo porque es la lengua que más europeos en la Unión tienen como primera lengua sino porque en los países de la Europa Oriental su prestigio como segunda lengua es muy superior al del francés. Probablemente más del 80 por ciento de los contactos orales en la vida cotidiana de las instituciones de la Unión trascurren en una de estas tres lenguas. A gran distancia de estas tres se sitúan el español y el italiano. Las restantes sólo se usan cuando coinciden dos compatriotas que las tienen como primera lengua.

c) Traducción e interpretación

El tratado fundacional de la CECA, Comunidad Europea del Carbón y del Acero, antecedente directo de la Comunidad Europea y de la Unión Europea, estaba redactado en francés y traducido simultáneamente a las restantes lenguas de los países firmantes: alemán, neerlandés e italiano, de manera que si algún día se producían discrepancias en la interpretación el texto que «daba fe» de las intenciones de los signatarios era el francés. En cambio, el Tratado de Roma, que fundó la Comunidad Europea sucesora de la CECA, se publicó en las cuatro lenguas de los países firmantes dando por supuesto que las cuatro versiones era idénticas e igualmente auténticas, lo que parecía dar a entender que las cuatro habían sido redactadas simultáneamente por personas que conocían las cuatro y que por tanto, hablando con propiedad, no había existido traducción sino génesis común. Este principio de la identidad plena y por tanto del mismo valor jurídico para las diferentes versiones de un mismo texto se ha mantenido a lo largo de las sucesivas ampliaciones de la Comunidad, lo que resulta cada vez más difícil de justificar, y no digamos cuando con la reciente ampliación se propone un texto «idéntico» en veinte lenguas distintas.

Dejando de lado las cuestiones jurídicas que así puedan plantearse, es

evidente que para utilizar a la vez distintas lenguas en el seno de una organización hay que recurrir simultáneamente a la traducción y a la interpretación; más todavía: hay que contar con funcionarios específicamente dedicados a esta tarea. De hecho en la mayoría de las

instituciones de la Unión la traducción constituye una parte importante de su actividad cotidiana y los traductores integran una parte muy importante de su funcionariado. Este recurso constante a la traducción plantea por supuesto problemas.

El primero se refiere a la corrección de la traducción. Siempre, desde que tenemos noticia histórica de la existencia de traductores, se ha considerado que traducir es difícil, y que raramente se puede juzgar perfecta una traducción; aun prescindiendo de las limitaciones del traductor, esto se explica porque las lenguas son el resultado de tradiciones culturales distintas, no radicalmente distintas porque entonces la traducción sería imposible, pero sí con diferencias importantes que hay que tener en cuenta. Así, por poner un ejemplo simple, el lenguaje jurídico y administrativo en Inglaterra y en lengua inglesa es sensiblemente distinto del de los países del continente, más influidos por la tradición del derecho romano, y en el propio continente esta influencia a su vez es distinta en los países latinos que en los germánicos, por no hablar de los eslavos, que tienen sus propias tradiciones en este terreno. En el interior de la Unión Europea la práctica sistemática de la traducción ha obligado a tener en cuenta estas diferencias y a aumentar la competencia profesional de los traductores poniendo a su disposición instrumentos cada vez más refinados: diccionarios especializados, bancos de datos terminológicos, repertorios de fórmulas consagradas por el uso… Se puede decir que el recurso sistemático a la tradición en el interior de la Unión ha elevado considerablemente el nivel y el prestigio de los traductores en nuestra sociedad. Pero una vez dicho esto, continúa siendo cierto que la traducción nunca es perfecta, y por los pasillos de la Comisión circulan anécdotas de errores que se hicieron famosos.

Aparte de los posibles errores, el recurso sistemático a la traducción

tiene consecuencias sobre la actividad de la propia Unión que vale la pena tener en cuenta.

La primera es su coste. En las discusiones sobre el régimen lingüístico actual y sus posibles modificaciones este dato se cita a menudo pero en sentidos muy diversos, pues mientras que unos afirman que es un coste tan elevado que a la larga será inviable, otros aducen que no es tan elevado y que en todo caso es el precio que hay que pagar por mantener el plurilingüismo en Europa. Prescindiendo de entrar aquí en esta discusión, vale la pena hacer notar que las discrepancias en la evaluación del coste

dependen de lo que se entienda por presupuesto de la Unión. Si en el presupuesto se incluyen todas las sumas que maneja la Unión, y por tanto las subvenciones de todo tipo que en realidad son transferencias de unos países a otros, entonces el gasto destinado a la traducción representa una proporción muy pequeña, no más del 3 por ciento antes de la última ampliación. Pero si por presupuesto de la Unión entendemos sólo sus gastos de funcionamiento, entonces la proporción se eleva considerablemente. Y si nos limitamos a los gastos de personal hay que señalar que el dedicado a la traducción puede representar cerca de la tercera parte del empleado por la Unión.

Además de representar un gasto importante, la necesidad de recurrir continuamente a la traducción a muchas lenguas alarga tanto el tiempo necesario para alcanzar cualquier decisión como para hacerla pública. Al describir el régimen lingüístico de la Comisión Europea se ha hecho ya alusión a este hecho. Añadamos otro ejemplo: dado que en las reuniones del Consejo de Ministros de la Unión toda la documentación sobre todos los temas que se discutan ha de estar presente en todas las lenguas de la Unión, esto significa que no se pueden convocar reuniones urgentes ni se pueden añadir temas a los que ya estaban previstos.

Cuando no se trata de reuniones muy formales, como lo son las del Consejo de Ministros, las dificultades lingüísticas obligan a encontrar alguna solución, y lo que hemos visto sobre el régimen lingüístico de las instituciones europeas lo demuestra claramente. El funcionamiento de los departamentos de traducción que comentaré a continuación lo confirma.

Hasta que la integración de las nuevas lenguas en el funcionamiento de la Unión no sea plena, la Unión sigue trabajando con once lenguas oficiales y de trabajo, y esto significa 110 parejas de traducción diferentes; cada traductor está especializado en una pareja, o dos o tres como máximo. Algunas parejas están más solicitadas que otras y cuentan por tanto con más traductores especializados, de lo que se deduce que las dificultades para asegurar alguna traducción suelen producirse en alguna lengua menor. Es más fácil que en una sesión del Parlamento o de una de sus comisiones haya dificultades para cubrir la traducción del finlandés al griego que del inglés al griego. Y lo mismo se puede decir para las traducciones escritas.

Una manera de resolver esta dificultad consiste en pasar por una tercera lengua, normalmente una de las más usadas. Si el especialista capaz de traducir del finlandés al griego no está disponible, se puede

traducir el texto del finlandés al inglés y de aquí pasar al griego, un recurso que a veces se utiliza también para la interpretación de discursos orales.

Este hecho, que ya notábamos al describir el funcionamiento lingüístico de las instituciones de la Unión, el predominio de ciertas lenguas, se pone más claramente de relieve cuando atendemos a la carga de trabajo de los servicios de traducción. Así, el departamento de español de los servicios de traducción de la Comisión Europea, un departamento que se ocupa de las traducciones de cualquier lengua oficial al español, comprueba que el 80 por ciento de su trabajo consiste en traducciones del inglés y del francés al español. Los departamentos dedicados a otras lenguas hacen observaciones semejantes.

Este hecho es el resultado de algo ya comentado: la mayoría de los procesos administrativos en el interior de la Unión se empiezan en inglés o en francés aunque después los resultados alcanzados se trasladen a otras lenguas; de modo parecido, las comunicaciones al exterior en su mayoría se inician en estas lenguas aunque se acaben ofreciendo en todas. En cualquier caso el funcionamiento de los servicios de traducción nos confirma lo que ya hemos reseñado al comentar el régimen lingüístico de las instituciones de la Unión: que aunque el principio proclamado es que todas las lenguas oficiales de la Unión son al mismo tiempo lenguas de trabajo, la realidad es que sus instituciones utilizan como lenguas de trabajo en primer lugar el inglés y el francés, en alguna medida el alemán y a considerable distancia el español y el italiano.

d) Perspectivas para el futuro

La reciente incorporación de diez nuevos países a la Unión no ha modificado la ordenación jurídica, de modo que todas las lenguas oficiales de estos países se convertirán en lenguas oficiales y de trabajo de la Unión. Desde esta perspectiva, y antes ya de que se formalizase la incorporación, la Comisión estableció un grupo de trabajo para afrontar los problemas que con ella se iban a plantear y empezó por poner en marcha la traducción a las nuevas lenguas de todos los repertorios de disposiciones y de acuerdos aprobados y vigentes desde la constitución de la Unión, una tarea ingente que ha significado traducir millones de páginas; simultáneamente, empezó a reclutar y a preparar traductores calificados en todas estas lenguas. Una tarea que en unos casos ha resultado más compleja o difícil que en otros y que con respecto al maltés, lengua

cooficial de Malta, presenta dificultades difícilmente superables para las que habrá que encontrar algún tipo de compromiso.

Pero al margen de todas estas dificultades, la incorporación de las nuevas lenguas ha tenido como consecuencia inmediata avivar todavía más el debate abierto desde hace un tiempo sobre la viabilidad de la identificación entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo. Una identificación que, como notaba al comienzo, entre los grandes organismos internacionales únicamente mantiene la Unión Europea y que en la práctica, como hemos visto, no sólo plantea muchas dificultades sino que en muchas circunstancias no se cumple. Con ello se ha desatado una controversia, mantenida y animada en muchos escenarios y con puntos de vista totalmente opuestos.

Para centrar la controversia conviene empezar por advertir que existen unos puntos de vista compartidos por todos. Concretamente, existe un acuerdo general y casi unánime en considerar que en ciertas situaciones se han de utilizar todas las lenguas oficiales de todos los Estados miembros en condiciones de igualdad. Básicamente estas situaciones son las siguientes:

—Los miembros del Parlamento Europeo han de poder intervenir en la lengua oficial de su país y sus intervenciones han de ser interpretadas a todas las lenguas oficiales.

—Todas las decisiones y todas las disposiciones de las instituciones de la Unión que impliquen obligaciones y responsabilidades jurídicas se han de redactar y publicar en todas las lenguas oficiales.

—En las relaciones entre la Unión y cada Estado miembro se ha de utilizar la lengua oficial del Estado en cuestión. Y en las relaciones formales entre los ciudadanos y la Unión, se ha de seguir el mismo principio.

Es evidente que esta relación de las circunstancias en las que han de utilizarse todas las lenguas oficiales se puede hacer más o menos extensa y más o menos detallada, y es normal que las opiniones difieran en estos puntos. Pero en todo caso hay un acuerdo generalizado en considerar que debe existir una definición clara de las situaciones en las que es exigible la presencia de todas las lenguas y un acuerdo por tanto en considerar que una buena parte de la actividad de la Unión está fuera de esta condición y que en ella basta con utilizar una o varias lenguas de trabajo. Un principio que, como hemos visto, aplican ya en la práctica todas las instituciones de

la UE. O sea que, resumiendo lo dicho hasta aquí, se considera prácticamente inevitable acabar con la paridad teórica entre lenguas oficiales y lenguas de trabajo y especificar claramente las funciones de unas y de otras.

Pero si hasta aquí la mayoría de las opiniones coinciden, aunque sea con diferencias importantes de matices, difieren en cambio totalmente y de forma irreductible en cuando se trata de concretar cuáles deben ser estas lenguas de trabajo.

Una primera opción posible, que unos enuncian en voz alta y muchos en voz baja, es que en vista de que el inglés se está convirtiendo en la primera lengua de comunicación internacional, lo más simple seria adoptar el inglés como lengua de trabajo única. Por muchas razones, como porque es la lengua de un país cuyos entusiasmos europeístas siempre han sido muy discretos y porque es al mismo tiempo la lengua de los Estados Unidos y adoptarla como lengua común parecería marcar una cierta subordinación respecto de la potencia hegemónica, esta opción despierta oposiciones irreductibles. Otra posibilidad avanzada es la de establecer como lenguas de trabajo el francés y el inglés exclusivamente. Muy probablemente, si cuando en 1958 se firmó el Tratado de Roma se hubiese optado por esta solución, su vigencia se habría mantenido hasta hoy sin mayores inconvenientes. Pero se puede imaginar que puesto que en aquella fecha el Reino Unido no formaba parte de la nueva organización la tentación de dejar fuera la lengua inglesa resultó demasiado grande y se prefirió optar por las lenguas de los Estados firmantes. En la actualidad reintroducir la solución «inglés-francés» resulta muy difícil porque no sólo ha aumentado la influencia de Alemania en la dirección de la Unión, sino porque el alemán es la lengua que más europeos tienen como primera lengua. En estas circunstancias la propuesta de reducir las lenguas de trabajo a tres: inglés, francés y alemán, parece razonable, pero ¿por qué no añadir el español y el italiano, que también son lenguas europeas con una larga tradición y una amplia implantación? ¿Y por qué prescindir del griego, que está en la cuna de la cultura europea? En realidad en el momento en que se abra la discusión cada lengua puede aportar argumentos para mantener su presencia, y el argumento principal es que cualquier elección parece situar en condiciones de inferioridad a las no elegidas; además, y en la medida en que se identifique la lengua con el prestigio del Estado de la que es oficial, esta situación se puede entender

como una discriminación y una pérdida de influencia en la dirección de la Unión. Y como la norma vigente es que las decisiones sobre las lenguas de la Unión han de tomarse por unanimidad, basta la oposición de un solo país para que la situación actual resulte inamovible.

De hecho, la conciencia de las dificultades que conlleva la situación actual es tan grande que en un momento se pensó que el texto la Constitución europea, que en principio se esperaba aprobar antes de la última ampliación, podría abordar este tema; pero la imposibilidad de alcanzar un acuerdo, unida a la imposibilidad de aprobar la Constitución antes de la ampliación, ha obligado a que el texto propuesto renuncie a abordar el tema y se limite a recordar la pluralidad lingüística de Europa. Con ello la reducción de las lenguas de trabajo, que la ampliación ha hecho más inevitable, se aplaza indefinidamente.

e) Las lenguas de España

Aparte de poner de manifiesto la conveniencia de reducir el número de lenguas de trabajo, la última ampliación ha puesto de relieve la paradójica situación en que se encuentran las lenguas de España en el seno de la Unión.

Como se ha dicho en el capítulo dedicado a las políticas lingüísticas de los Estados europeos, en España, además del castellano o español, hay otras lenguas que tienen la consideración de cooficiales en los territorios en los que se hablan, territorios que a su vez gozan de una amplia autonomía. Catalán en Cataluña y en las Islas Baleares y en su variedad valenciana en Valencia, gallego en Galicia y euskera o vasco en el País Vasco y en Navarra. Lenguas que tienen por tanto un amplio uso administrativo y legal y una fuerte presencia en los medios de comunicación y en el sistema educativo incluso en el nivel universitario.

La situación resulta paradójica porque algunas de estas lenguas tienen mayor número de hablantes que algunas de las oficiales y de trabajo de la Unión y mayor presencia por tanto en los medios de comunicación y en los sistemas educativos. El caso más singular es el del catalán, que, con su variedad valenciana, tiene más de 6 millones de hablantes, más hablantes por tanto que la mitad de las actuales veinte lenguas oficiales y de trabajo de la Unión, sin que ésta reconozca su existencia ni le atribuya ningún derecho. No es posible pedir una ayuda de la Unión para desarrollar un método para mejorar la enseñanza del catalán, no es posible dirigirse en catalán a la Unión, ni preguntar por qué las instrucciones de uso de un

producto farmacéutico vendido en Barcelona no están en catalán a pesar de que en Cataluña las dos lenguas: catalán y español, son oficiales. Y lo mismo puede decirse en sus ámbitos respectivos para el gallego y para el vasco o euskera. A lo que se puede añadir que incluso Irlanda, pese a que ha renunciado a que el irlandés sea lengua de trabajo dado su escaso número de hablantes, puede utilizar esta lengua en sus relaciones con la Unión y solicitar ayudas para promover su enseñanza, lo que no es posible con las lenguas españolas.

La ampliación de la Unión y la aprobación de la nueva Constitución Europea han coincidido con un cambio en el gobierno español más sensible a los puntos de vista de las Comunidades Autónomas, lo que ha propiciado esfuerzos por aumentar el reconocimiento de estas lenguas, esfuerzos sin resultados, pues incluso la concesión conseguida, la traducción a estas lenguas del texto de la nueva Constitución, será una traducción privada. Ello obliga a pensar en futuras actuaciones.

Parece lógico pensar que el día en que las lenguas de trabajo de la Unión se reduzcan a un número razonable, no más de tres o cuatro, no habrá dificultad en conceder a estas otras lenguas de España —catalán, gallego y vasco— al menos las condiciones que hoy tienen el irlandés y en todo caso las que a partir de entonces reciban las lenguas oficiales que no sean lenguas de trabajo.

Posible, pero no seguro. Si actualmente un ciudadano irlandés puede dirigirse a la UE en irlandés o reclamar que las instrucciones de un producto farmacéutico estén en irlandés es porque a pesar de que los hablantes de esta lengua constituyen sólo una pequeña minoría, la Constitución irlandesa atribuye a esta lengua la consideración de lengua oficial junto con el inglés. Y lo mismo ocurre en Finlandia con el sueco, aunque también en este caso sólo lo habla una pequeña minoría de habitantes. Si la Unión se cerrase en banda en esta interpretación, la única salida posible sería que la Constitución española atribuyese a todas el carácter de lenguas oficiales del Estado español, añadiendo a renglón seguido que su uso oficial estaría regulado por los estatutos de autonomía de las distintas comunidades. Algo similar a lo que actualmente ocurre en Bélgica, donde constitucionalmente francés y neerlandés son lenguas oficiales del Estado pero en Flandes sólo lo es el neerlandés, el Valonia únicamente el francés y en la ciudad de Bruselas lo son las dos.

Adquisición de lenguas extranjeras

Con mucha frecuencia, desde las instancias más altas de la Unión Europea se ha expresado el deseo de que los ciudadanos europeos dominen además de la propia otras lenguas europeas como una manera de aumentar su conocimiento mutuo y su solidaridad. Más concretamente, se ha expresado el deseo de que en un futuro próximo todos los europeos conozcan al menos dos lenguas extranjeras, lo que, sin que nadie lo diga expresamente, parece responder al temor de que el hecho de conocer una sola representaría consagrar al inglés como lengua de comunicación entre los europeos. Y no sólo se ha expresado este deseo, sino que la Comisión Europea ha promovido diferentes programas dirigidos a conseguir este objetivo.

Ya en 1966 la Comisión recomendaba a los Estados miembros que tomasen medidas para garantizar a sus ciudadanos el aprendizaje de al menos una lengua extranjera, y veinte años más tarde, en 1984, el mismo Consejo recomendaba que en el período de la enseñanza obligatoria se ofreciesen al menos dos lenguas. Estas recomendaciones se justificaban explícitamente con el argumento de que la constitución de un mercado común de bienes y de servicios así lo exigía. Y respondiendo a esta preocupación en 1990 se puso en marcha el programa Lingua para promover y mejorar la enseñanza de lenguas en los países de la Comunidad.

El Tratado de Maastricht, de 1992, incluyó, por primera vez, la educación entre los objetivos de la Unión y, respetando escrupulosamente la competencia plena de los Estados en este campo, les alienta a cooperar para desarrollar la dimensión europea de la educación y en primer lugar la enseñanza de lenguas. El artículo 149 del tratado dice literalmente: «La actuación de la Comisión se orientará a desarrollar la dimensión europea de la enseñanza especialmente por medio del aprendizaje y de la difusión de las lenguas de los Estados miembros». De acuerdo con esta insistencia, en 1995 se inició el programa Sócrates, que, entre otras cosas, incluía una renovación del programa Lingua.

En 1966 el muy difundido libro blanco sobre la educación Hacia una sociedad del conocimiento afirmaba que las competencias lingüísticas son necesarias para que los ciudadanos europeos asuman una tarea activa en la construcción de la sociedad futura y recomendaba que conociesen dos

lenguas extranjeras además de la propia. Señalemos finalmente que el

«Año de las lenguas», celebrado en 2001, tenía como objetivos sensibilizar sobre la diversidad cultural y lingüística de Europa y estimular el plurilingüismo.

Así, a lo largo del tiempo la insistencia en la necesidad de conocer otras lenguas ha pasado de justificarse por razones estrictamente económicas —la construcción de un mercado común— a plantear finalidades más amplias: la participación en tareas comunes y la riqueza cultural que representa la pluralidad lingüística.

En cuanto al contenido de los programas, Lingua, establecido en 1990, tenía como objetivo general la mejora de la enseñanza de lenguas. Mantenido a lo largo de cinco años, de 1990 a 1994, además de subvencionar un cierto número de proyectos sobre innovaciones pedagógicas en el campo de la enseñanza de lenguas, permitió a cerca de

20.000 profesores de lenguas extranjeras hacer estancias en un país extranjero en el que se habla la lengua que enseñaban o que se preparaban para enseñar y a más de 80.000 alumnos participar en intercambios escolares relacionados con las lenguas.

En el año 1995 los programas educativos de la Comisión se reorganizaron y se englobaron todos en el programa general Sócrates, que a su vez se divide en ocho subprogramas educativos de los que cuatro se proponen objetivos lingüísticos. Son los denominados: Comenius, que se propone mejorar la calidad de la enseñanza en el nivel primario y medio, reforzar la dimensión europea de la enseñanza y promover la enseñanza de lenguas; Lingua, dedicado específicamente a la enseñanza de lenguas; Erasmus, para fomentar la movilidad internacional de los estudiantes universitarios y promover así su adquisición de otras lenguas; y Leonardo, dirigido a la formación profesional.

Para juzgar el alcance de estos programas conviene tener en cuenta un par de puntos, uno referido a sus objetivos y otro a las lenguas afectadas. La Comisión ha dejado claro desde el principio que la educación es una competencia exclusiva de los Estados miembros y sus programas en ningún momento han significado propuestas que afectasen ni a la organización académica de la enseñanza de lengua ni a los métodos pedagógicos utilizados en los distintos Estados. Incluso cuando ha subvencionado el desarrollo de experiencias educativas, ello no ha significado la recomendación de su aplicación, de modo que lo que

fundamentalmente han hecho los programas englobados en Sócrates es fomentar la movilidad tanto de profesores de lenguas como de alumnos.

El segundo punto a tener en cuenta es el de las lenguas cuyo aprendizaje se estimula. Desde el comienzo las lenguas beneficiarias de los programas han sido las lenguas oficiales de los Estados miembros, y aunque en algún momento se produjo una cierta apertura a lenguas no oficiales, finalmente ésta es la condición que se ha impuesto. El punto 2 de la «acción Lingua 253» de 2002 dice literalmente: «Por enseñanza de lenguas en este contexto se entiende la enseñanza y el aprendizaje como lenguas extranjeras de todas las lenguas oficiales de la Unión, junto con el irlandés, una de las lenguas en las que están redactados los tratados constitutivos de la Comunidad, y el luxemburgués, lengua hablada en todo el territorio de Luxemburgo».

Por otra parte, y limitándonos a las lenguas oficiales, las convocatorias de los distintos programas insisten en que están abiertos a todas las lenguas de la Unión y que se prestará especial atención a las menos difundidas. En la práctica ocurre lo contrario: la mayor parte de las peticiones y la mayor parte de las ayudas se refieren a la adquisición de las lenguas más populares. Los datos disponibles sobre el tema son escasos pero significativos. Así, una información sobre el cumplimiento del programa Leonardo de los años 1995 a 1999 dice que, de los proyectos aprobados, 147 tienen en cuenta el inglés, 114 el alemán, 93 el francés, 79 el español y 57 el italiano, o sea, el mismo orden de frecuencia con que estas lenguas están presentes en el conjunto de los sistemas educativos de los países miembros de la Unión. Que es, por otra parte y como hemos visto, el mismo orden de frecuencia que ocupan en la actividad de los traductores en el interior de la propia Unión.

En el conjunto de programas englobados en Lingua merece especial atención el Erasmus, dedicado a promover la movilidad internacional de los estudiantes universitarios. Es probablemente el más popular y el que ha afectado a mayor número de individuos y de centros de enseñanza; en la actualidad prácticamente todas las universidades europeas cuentan con estudiantes erasmus entre sus alumnos. La relación entre los objetivos del programa, las condiciones de la sociedad contemporánea y los ideales de la construcción europea es tan estrecha que en un primer momento se creyó que al cabo de algunos años una proporción sustancial de los estudiantes europeos, una cuarta o incluso una tercera parte, cursarían

parte de sus estudios en una universidad extranjera. Los resultados son mucho más modestos, y la proporción crece de forma mucho más lenta. En primer lugar porque los planes de estudio en las universidades de países distintos son muy diversos incluso para preparaciones profesionales similares y también son distintas las formas de acreditar los conocimientos adquiridos. Y al mismo tiempo la competencia en lenguas extranjeras de los estudiantes también aumenta muy lentamente.

La limitación en el crecimiento es así la primera observación a hacer; la segunda se refiere a las lenguas de los países visitados. Sócrates, como todos los programas lingüísticos de la Unión, en teoría está destinado a mantener la diversidad lingüística de Europa y por tanto debe favorecer por igual a todas las lenguas, pero de hecho los datos publicados muestran claras preferencias por desplazarse a las universidades de países donde se hablan las lenguas más populares y a rehuir las que hablan lenguas menores. Y ello tan claramente que hay universidades de estos países que proponen cursos en inglés dirigidos precisamente a atraer estudiantes extranjeros.

La Unión Europea y las otras lenguas de Europa

Desde sus lejanos orígenes en el Tratado de Roma, la Unión Europea ha afirmado su voluntad de mantener la diversidad cultural y lingüística europea, y así lo repite la «Carta de los derechos fundamentales de la UE» (7-12-2000). Tal como al comienzo del presente documento se ha recordado, en el espacio europeo, al lado de las lenguas oficiales de los Estados, existen otras, más de cuarenta, que no tienen esta consideración. Sin embargo, a lo largo de toda su historia la Unión ha identificado la pluralidad lingüística europea con el conjunto de las lenguas oficiales, y esto no sólo decidiendo que todas las lenguas oficiales y sólo ellas son lenguas de trabajo, sino incluso en sus actuaciones en favor de aumentar el conocimiento de lenguas por parte de los europeos. Antes he recordado que durante un tiempo el programa Lingua subvencionó algún proyecto relacionado con la adquisición del catalán o del euskera, una posibilidad que en convocatorias posteriores fue eliminada. Es cierto que posteriormente se han hecho manifestaciones, incluso en publicaciones oficiales de la Unión, en sentido más amplio, y así en una publicación reciente, Construir la Europa de los pueblos (Luxemburgo, 2002), se dice

literalmente: «Por último la Unión contribuye a conservar las lenguas regionales y minoritarias. Catalanes, bretones, galeses… se calcula que el número de europeos que hablan una lengua autóctona distinta de la lengua oficial de su Estado es de 40 millones. El respeto a la diversidad lingüística es uno de los fundamentos de la Unión». En una línea similar a lo largo del «Año de las lenguas» se ha insistido en la importancia de defender estas lenguas igual que se defiende la lengua de los gitanos o la de los sordos. Pero son buenos propósitos que no se han traducido en ningún tipo de actuación.

En agudo contraste con esta postura, el Parlamento Europeo, que ha insistido siempre en mantener el uso obligatorio de todas las lenguas oficiales como lenguas de trabajo para asegurar a todos los parlamentarios la posibilidad de expresarse en la lengua de su país, también ha insistido a menudo en reclamar mayor atención a las lenguas que denomina

«regionales» o «minoritarias», lo que resulta lógico teniendo en cuenta que esta institución está compuesta por representantes del conjunto de la población de cada país y entre ellos se encuentran por tanto representantes de estas minorías o de los partidos políticos que las apoyan. Pero el Parlamento Europeo no tiene competencias legislativas, sino simplemente asesoras, y se limita a hacer recomendaciones al Consejo de Ministros, que es la auténtica autoridad de la Unión, o a la Comisión, que es su órgano ejecutivo. Y en el Consejo de Ministros están representados los gobiernos de los distintos países y por tanto exclusivamente los partidos mayoritarios en estos países, que a menudo sienten escasa simpatía por las reivindicaciones políticas de las minorías lingüísticas.

De las muchas resoluciones que el Parlamento Europeo ha aprobado, a veces referidas a situaciones concretas y en ocasiones al conjunto de estas minorías, las principales han sido: la resolución Arfe de 1981, en la que se proponía una «Carta de las lenguas y culturas regionales y de los derechos de las minorías étnicas», la resolución Kuijpers de 1983, en la que se proponían «Medidas en favor de las lenguas y de las culturas minoritarias», y la más reciente hasta ahora, la resolución Kililea «Sobre las minorías lingüísticas y culturales en la Unión Europea», aprobada el 9 de lebrero de 1994 con 318 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones.

La resolución Kililea contiene recomendaciones dirigidas a los Estados miembros en el sentido de que otorguen a cada una de las minorías un

estatuto que defina su situación y sus derechos especialmente respecto a la presencia de la lengua en el sistema educativo, en los medios de comunicación y en las relaciones con la administración pública. Pero la resolución incluye también, y es el aspecto que aquí directamente nos interesa, recomendaciones dirigidas a la Comisión de la Unión, que en aquel momento se llamaba todavía Comunidad Europea. Entre otras cosas dice:

«Invita a la Comisión a:

»Tener en cuenta las lenguas de menor difusión y las culturas que a través de ellas se expresan a la hora de definir ciertas políticas comunitarias y adoptar disposiciones que respondan a las necesidades de los hablantes de las lenguas de menor difusión, en la misma medida que los hablantes de las lenguas mayoritarias, en los programas de enseñanza y en los programas culturales, y entre ellos: Juventud por Europa, Erasmus, Tempus, Dimensión Europea, Plataforma Europea, Media, así como en los programas de traducción de obras literarias contemporáneas.

»Estimular el uso de las lenguas menos difundidas en la política audiovisual de la Comunidad, por ejemplo en el contexto de la televisión de alta definición.

»Hacer lo posible para que la tecnología moderna de las telecomunicaciones, que permite densificar las trasmisiones por satélite y por cable, sirva para ayudar a la difusión de las lenguas minoritarias.

»Establecer lo más pronto posible un programa inspirado en el programa Lingua en favor de las lenguas minoritarias».

Y todavía hay que añadir que la resolución Kililea expresa su apoyo explícito a la «Carta europea de las lenguas regionales o minoritarias de Europa» aprobada por el Consejo de Europa en 1991 y que más adelante comentaré.

La respuesta de la Comisión a estas propuestas del Parlamento se ha limitado a dos realizaciones concretas en relación con estas lenguas: el

«Buró Europeo para las lenguas menos difundidas» y los informes sobre la situación de las lenguas minoritarias en los países de la Unión.

Buró Europeo para las lenguas menos difundidas. El Buró es un organismo independiente que tiene por objeto la defensa y la promoción de las lenguas menos difundidas en los Estados miembros de la Unión Europea, entendiendo por lenguas menos difundidas las que no son lenguas oficiales de los Estados en los que se hablan. A partir del informe

Arfe, al que acabo de hacer referencia, la Comisión subvenciona la existencia y las actividades del Buró, sin que esto implique solidarizarse con sus puntos de vista o con las opiniones que expresa.

Desde su constitución, la primera preocupación del Buró ha sido conocer y exponer la situación y los problemas de estas lenguas y de las comunidades que las hablan. Con esta finalidad organiza periódicamente visitas a las regiones donde se dan situaciones de este tipo y publica luego las observaciones recogidas. También desde sus comienzos el Buró ha actuado como lobby en los distintos organismos de la Comunidad y muy especialmente en el Parlamento Europeo velando por los intereses de estas lenguas e impulsando la adopción de resoluciones en su favor. Para difundir tanto los resultados de las visitas como en general cualquier información que afecte a estas lenguas, publica el boletín de información Contact.

En los últimos años el Buró ha ampliado sus actividades estableciendo bancos de datos y centros de información sobre temas que afectan a las minorías lingüísticas. Es el proyecto Mercator, que en la actualidad comprende cuatro centros dedicados respectivamente a educación, localizado en Frisia, medios de comunicación, en el País de Gales, derecho, en Barcelona, y cuestiones generales, en París.

Informes sobre las lenguas minoritarias. En el año 1981, respondiendo al interés que el Parlamento Europeo demostraba por estas lenguas, la Comisión encargó a un equipo de la Enciclopedia Italiana la redacción de un informe sobre la situación de estas lenguas y de las poblaciones que las hablaban en los diez países que en aquel entonces constituían la Comunidad Europea. El equipo redactor terminó su trabajo en 1983 después de renunciar a ocuparse de la parte correspondiente a Grecia, dada la dificultad de conseguir información sobre el tema en este país.

El informe, publicado en 1984, tuvo la innegable virtud de poner sobre la mesa el tema de las lenguas minoritarias con el peso que le daba el tratarse de un informe formalmente encargado por la Comisión. Sin embargo, el hecho de tratarse de un primer intento, añadido a la complejidad del tema, la variedad de las situaciones consideradas y la falta de una metodología homogénea, hizo que los resultados recibiesen muchas críticas, y se puede decir que la dedicación del Buró a recoger información de primera mano sobre las minorías lingüísticas arranca, al menos en parte, del propósito de compensar las limitaciones de este primer informe.

En 1987, después de la incorporación a la Comunidad de España y Portugal, la Comisión encargó al autor de este libro un complemento de aquel informe referido a los nuevos miembros de la Comunidad junto con Grecia, no estudiada en el primer informe. Este nuevo informe, publicado el año siguiente, ofrece información sobre el tratamiento que el régimen democrático español permite dar a las leguas distintas del castellano o español en las regiones o Comunidades Autónomas donde se hablan, pero además ofrecía por primera vez una información global sobre las minorías lingüísticas en Grecia.

La Comisión era de todos modos consciente de que seguía faltando una descripción global y profundizada de estas minorías en el conjunto de los territorios de la Comunidad, y en 1993 encargó la preparación de un informe más ambicioso que sustituyese con ventaja a los anteriores. La actividad coordinada de cuatro centros —Instituto de Sociolingüística Catalana, de Barcelona (M. Strubell), Centre de Recherches sur le Multilinguisme, de Bruselas (P. M. Nelde), Research Center of Wales, País de Gales (C. Williams) y el equipo del profesor Jordan, de París— se tradujo en un informe que hasta el momento constituye el estudio más completo y más sistemático del tema realizado hasta la fecha.

Como es evidente, estas medidas de ninguna manera puede decirse que definan una política de ayuda y protección de estas lenguas menores. Por otra parte, la diversidad lingüística de Europa no se agota con las lenguas autóctonas no oficiales; en los capítulos iniciales de este libro se ha recordado la existencia de minorías que hablan lenguas que son oficiales en países vecinos. Y se ha recordado también la existencia, en muchos países europeos, de una población inmigrada extraeuropea que habla sus propias lenguas y que es más voluminosa que la mayoría de minorías lingüísticas autóctonas y está en constante aumento. Ninguna de las recomendaciones ni de los programas lingüísticos de la Unión tiene en cuenta estas lenguas.

Actuaciones con implicaciones lingüísticas

Aunque, como se ha recordado repetidamente, el Tratado de Roma tenía sólo objetivos económicos, al constituir un espacio económico común con libertad de circulación en su interior de personas y de bienes y servicios, es evidente que esta libertad tiene repercusiones lingüísticas que pueden

entrar en competencia con los derechos o las obligaciones de los ciudadanos y de los Estados. Lo comentaremos en tres campos principales:

La libre circulación de las personas.

La libre circulación de bienes y servicios. La «excepción cultural».

Libre circulación de las personas. El reconocimiento de este derecho supone no sólo la libertad de desplazarse sin obstáculos en el interior de la Unión, sino la de poder establecerse en cualquier punto para ejercer una actividad profesional. Se comprende fácilmente que esta libertad de establecimiento exige unas determinadas garantías y la adaptación de las reglamentaciones existentes en los distintos Estados y en sus colegios profesionales u otras agrupaciones profesionales, un proceso que está lejos de estar terminado. Y entre las cuestiones que se debaten está la posibilidad de exigir el conocimiento de la lengua del país.

En principio la postura de la Comunidad puede resumirse diciendo que es contraria a hacer del conocimiento de la lengua una exigencia generalizada, pero admite que para ciertos puestos de trabajo, especialmente en la administración pública, puede ser una exigencia inevitable, sin que, de todos modos, se hayan dictado directrices claras sobre el tema.

El tema tiene bastante trascendencia como para que merezca la pena referirse a una sentencia del Alto Tribunal de la Comunidad que ha sido comentada con frecuencia. Una profesora de nacionalidad holandesa que enseñaba pintura en una escuela pública de arte de Dublín después de varios años de ejercicio profesional podía optar a un puesto de trabajo fijo, pero se le denegó porque no pudo demostrar que conocía irlandés con la amplitud que los examinadores consideraban adecuada. Ella recurrió ante el Alto Tribunal comunitario esgrimiendo que el conocimiento del irlandés de ninguna manera era imprescindible ni tan sólo necesario en el puesto que ella ocupaba, ya que en varios años de ejercicio profesional no había tenido ocasión de utilizarlo. El gobierno de Irlanda, por su parte, argüía que la defensa del irlandés formaba parte de la política nacional, y que era en nombre de esta política por lo que se exigía a los funcionarios públicos dedicados a la enseñanza un nivel determinado de conocimiento de esta lengua. En opinión del miembro francés del Tribunal, éste no podía entrar a juzgar la demanda de la profesora porque las exigencias lingüísticas de un puesto de trabajo son un tema exclusivamente nacional en el que la

Comunidad no tiene competencia. Frente a esta opinión, el Tribunal consideró que sí era competente para decidir sobre cuestiones lingüísticas que, como en este caso, afectaban a los objetivos últimos de la Comunidad. Pero una vez afirmada así la autoridad de la Comunidad, el Tribunal desestimó la petición de la profesora aceptando los argumentos presentados por el gobierno irlandés.

Por otra parte, muchos países europeos reconocen a los súbditos de otro país de la Unión que se establecen en su territorio el derecho a participar en algún tipo de elección, concretamente a nivel local

—elecciones municipales—, no sólo como electores sino como candidatos, lo que en algunos casos ha llevado a formular la pregunta de en qué medida es posible exigir un cierto conocimiento de la lengua del país de implantación para poder ejercer este derecho.

Libre circulación de mercancías. La libre circulación de mercancías y de servicios también puede ser obstaculizada por disposiciones lingüísticas referentes al etiquetado de los productos, la información que les acompaña o simplemente la publicidad que sobre ellos se hace. También aquí los argumentos que pueden utilizar los gobiernos nacionales para exigir el uso de la lengua propia en toda clase de productos procedentes del extranjero son fáciles de justificar como un medio de defensa de los intereses de los consumidores, lo que no evita la sospecha de que con estas exigencias lo que se pretende es frenar la entrada de productos extranjeros y defender así la producción nacional. También en este punto la postura de la Comunidad ha buscado un término medio al no aceptar que un Estado pueda imponer en general, en todos los casos o exclusivamente el uso de su lengua en la comercialización de los productos y al admitir al mismo tiempo que para ciertos productos y para ciertas informaciones (contenido de un producto alimenticio, fecha de caducidad, normas para el consumo o utilización de ciertos productos, farmacéuticos, tóxicos…, condiciones de un contrato de garantía…) la defensa de los derechos de los consumidores implica la obligación de utilizar la lengua oficial o la más conocida en el país.

No existen sin embargo normas definidas, y siempre es posible que se

produzcan conflictos de interpretación y recursos al Tribunal de Justicia de la Unión. En el caso de los territorios que en España tienen reconocida la cooficialidad de sus lenguas y la autoridad para establecer su propia política lingüística, las reglas establecidas por la autoridad de la Unión, que sólo reconoce las lenguas oficiales de los Estados, pueden interferir

con la autoridad de estas Comunidades Autónomas limitando sus competencias.

El Consejo de Europa y las lenguas

La limitación del compromiso de la Unión respecto del pluralismo lingüístico europeo queda más de manifiesto cuando se tienen en cuenta las actuaciones del Consejo de Europa en este campo.

El Consejo fue creado en 1949, antes por tanto de la firma del Tratado de Roma que fundó la Comunidad, luego Unión Europea, y en la actualidad agrupa a 45 países. Sus objetivos fundamentales son la defensa de los derechos humanos, de la democracia parlamentaria y del respeto a la legalidad en los países miembros y en cualquier otro que desee adherirse a sus principios. Y es en defensa de estos principios por lo que ha venido a ocuparse de los derechos de las comunidades lingüísticas y del conocimiento y del uso de las lenguas en general.

Al lado de estos aspectos jurídicos y legales en relación con las lenguas y con las poblaciones que las hablan, el Consejo se ha interesado también por la enseñanza y el conocimiento de lenguas como una forma de facilitar la comunicación entre los europeos y aumentar así los vínculos entre ellos. En este sentido, ya en sus comienzos apoyó los esfuerzos por elaborar y difundir el «nivel umbral», un método para la enseñanza pragmática del inglés apoyado en lo que entonces empezaba a llamarse el enfoque comunicativo en la enseñanza de idiomas, así como los esfuerzos por aplicar el método a otras lenguas. Posteriormente el Consejo ha propuesto un cuadro común que sirva de base para el reconocimiento mutuo de los certificados de competencia lingüística en las distintas lenguas. Y ha difundido también el «portfolio o pasaporte lingüístico», una fórmula que permite llevar, a partir de los años escolares, un registro personal de las competencias lingüísticas adquiridas por el sujeto en distintas lenguas. Más recientemente ha propuesto guías para la elaboración de políticas lingüísticas, así como elaborado estudios sobre estas políticas.

Pero la contribución más conocida y más influyente se sitúa en el

campo jurídico y se concreta en la «Carta Europea de las lenguas regionales o minoritarias». La Carta es el resultado final de iniciativas defendidas en la Asamblea Parlamentaria del Consejo y de una larga

elaboración hasta su aprobación en 1992. Los derechos que defiende la Carta son los de los hablantes de una lengua distinta de la nacional o principal del Estado, incluyendo tanto a las minorías lingüísticas con un territorio definido como a las que no lo tienen, como es el caso de la lengua de los gitanos. No incluye en cambio las lenguas de los extranjeros establecidos en el país, o sea, las lenguas de los inmigrados.

El documento empieza por afirmar que la existencia de lenguas distintas en el interior de un país es un bien cultural que hay que mantener y defender, y entre los derechos de sus hablantes enumera el derecho a que su lengua siga existiendo, a que sea usada en público y por escrito, a que sea enseñada y a estar presente en el sistema educativo, a que pueda usarse en los tribunales de justicia y en los servicios de la administración pública y a que esté presente en los medios de comunicación escrita y audiovisuales.

En cada uno de estos puntos y a partir de unos mínimos, la Carta detalla diferentes niveles de protección según las posibilidades y según los deseos expresados por los hablantes de la lengua considerada. Una singularidad de la Carta es que cada uno de los Estados que la suscribe señala a qué minorías lingüísticas se compromete a aplicarla y cuál es el nivel de protección que se compromete a ofrecer. A lo que se añade que los Estados firmantes se comprometen a presentar periódicamente un informe sobre el nivel de cumplimiento de los compromisos adquiridos, informe que a su vez el Consejo somete a una evaluación independiente teniendo en cuenta las eventuales reclamaciones de los afectados.

Promulgada en 1992, en la actualidad, son ya diecisiete los países que han firmado y ratificado la Carta, entre ellos España, que lo hizo en diciembre del 1999, mientras que otros trece la han firmado pero todavía no la han ratificado. En el tiempo transcurrido los primeros firmantes han empezado ya a presentar sus informes, y a mediados de 2004 el Comité de expertos había aceptado 15 informes y dirigido recomendaciones a nueve Estados.

CAPÍTULO 8

LENGUAS Y ENSEÑANZA EN EUROPA

Las lenguas en los programas de enseñanza

Ya he recordado que desde su reforma en el siglo pasado todos los sistemas de educación secundaria en el continente europeo han incluido, además de las lenguas clásicas —latín y griego—, la enseñanza de alguna lengua extranjera. Y a medida que el período de la enseñanza obligatoria se ha alargado para toda población y la separación rígida entre enseñanza primaria y enseñanza secundaria se ha difuminado, la enseñanza de lenguas extranjeras ha tendido a extenderse a toda a población.

No es fácil resumir el panorama de la enseñanza de segundas lenguas en los países de la Unión. A las diferencias existentes en la organización general del sistema educativo, se añaden diferencias en puntos específicos de la planificación de las enseñanzas lingüísticas: momento de introducir la lengua extranjera, tiempo que se le dedica, carácter obligatorio o voluntario de la enseñanza, número de lenguas ofrecidas. De todos modos, y a partir de los datos que proporciona Euridice, la agencia de información educativa de la Unión, se puede decir lo siguiente:

Llamando enseñanza primaria a la que se extiende de los seis a los doce años, prácticamente todos los países europeos proponen comenzar la lengua extranjera antes de haber terminado esta etapa, en unos países a los once años y en otros a los doce, en la mayoría de forma obligatoria y en algunos de forma voluntaria.

En Bélgica la introducción de la segunda lengua, francés en la zona flamenca y neerlandés en la francesa, ocurre más pronto, pero en este caso

no se trata de una lengua extranjera sino de la otra lengua nacional. Y en Luxemburgo la introducción es todavía más precoz, a los seis años el alemán y a los siete el francés, pero también en este caso se trata de lenguas que comparten con el luxemburgués el carácter de lengua nacional. En un caso y en otro la introducción de la primera lengua extranjera queda sensiblemente retrasada. En cambio, en ciertas regiones españolas en las que una lengua propia comparte con el español el carácter de lengua oficial y las dos se enseñan desde el comienzo de la escolaridad, la introducción de la primera lengua extranjera se mantiene a los doce años.

Se puede decir, en definitiva, que en la actualidad prácticamente en todos los países comunitarios la enseñanza de una lengua extranjera es obligatoria a partir de los once o doce años, y por tanto en la segunda parte de la enseñanza primaria, pero que en muchos de ellos existen proyectos para adelantar la edad de la introducción de la lengua extranjera o se están llevando a cabo ensayos experimentales de introducción precoz, incluso en el parvulario, lo que parece avanzar lo que ocurrirá en el futuro. A esto se puede añadir que en todos los países entre los doce y los catorce años la enseñanza de una lengua extranjera sigue siendo obligatoria, a lo que en la mayoría de ellos se añade la posibilidad o la obligación de iniciar el conocimiento de una segunda lengua extranjera bien de forma obligatoria, como ocurre en Dinamarca, bien de forma optativa. También el tiempo que se dedica a la enseñanza de lenguas varía con los países, aunque lo más frecuente sea dedicarle tres horas semanales a lo largo de cada curso.

En cuanto a los enseñantes de lenguas extranjeras en la enseñanza primaria reciben una formación similar a la de los restantes enseñantes de este nivel en centros de formación específicos, y en la mayoría de los países se les prepara no sólo para enseñar lenguas sino para ocuparse de un campo más amplio. En cambio, los que se dedican a la enseñanza en el nivel secundario reciben una preparación más específica, aunque en los países de tradición germánica se considera normal que el profesor de enseñanza secundaria se prepare para enseñar dos materias, que en este caso pueden ser dos lenguas o una lengua y otra materia escolar.

En todos los países los enseñantes de lenguas, igual que los de cualquier otra materia, han de efectuar un período de prácticas antes de comenzar su ejercicio profesional a lo largo del cual pueden asistir a cursos y otras actividades de perfeccionamiento. Pero son sólo una

pequeña minoría los que tienen ocasión de hacer estancias con finalidades pedagógicas en los países en los que se hablan las lenguas que enseñan.

Y ¿qué resultados se alcanzan con estas enseñanzas?

En ningún momento de la historia había ocurrido que todos los habitantes jóvenes de un conjunto de países recibiesen una preparación sistemática para poder comunicarse en una lengua extranjera. Tampoco hoy ocurre esto fuera de Europa. Se trata evidentemente de un progreso y hemos de valorarlo muy positivamente, aunque también es evidente que estamos lejos de los resultados deseados e incluso se puede creer que los resultados alcanzados no se corresponden con los esfuerzos desplegados.

Una primera demostración de esta insuficiencia se revela en el hecho de que, a pesar del tiempo y de los recursos dedicados a la enseñanza de lenguas a lo largo de la enseñanza primaria y secundaria, la preparación recibida resulta insuficiente, y tanto en la universidad como fuera de ella es necesario dedicar más tiempo y nuevos recursos a esta cuestión. De hecho, es sólo durante su estancia en la universidad cuando los sujetos descubren la importancia del conocimiento de lenguas extranjeras y están dispuestos a hacer esfuerzos para aumentar su competencia en este campo. A los métodos clásicos para proporcionar esta competencia: cursos públicos para adultos, empresas privadas dedicadas a la enseñanza de lenguas…, se añade actualmente una oferta importante a través de los medios audiovisuales, especialmente la televisión.

Dado que hasta ahora no se han efectuado intentos serios para evaluar los resultados de la enseñanza de lenguas extranjeras en los distintos países de la Unión, no es posible ofrecer un cuadro general ni precisar las diferencias entre los distintos países. Sin embargo, los resultados de encuestas dirigidas a la población europea permiten algunos comentarios.

El único país de la Unión del que se puede decir que la mayoría de sus habitantes son capaces de utilizar dos lenguas segundas es Luxemburgo, pero ya he hecho notar que Luxemburgo constituye un caso singular. También lo es Bélgica, con dos lenguas nacionales enseñadas a toda la población. En los restantes países los niveles más altos de conocimiento de lenguas se observan en Dinamarca y en Holanda. A continuación se sitúan Francia y Alemania. Y en un tercer nivel los países mediterráneos, España e Italia, seguidos de Portugal y Grecia. Y hay que incluir también en este tercer nivel a los países de lengua inglesa, Irlanda y Gran Bretaña.

Esta ordenación sugiere una doble explicación. En primer lugar, se puede suponer que los países más desarrollados del norte tienen un sistema educativo más eficaz que el de los países del sur y que esta mayor eficacia se refleja también en el conocimiento de lenguas. Pero este primer argumento no resulta suficiente para explicar la ordenación que hemos constatado y hay que completarlo con otro. Los habitantes de los países en los que se hablan lenguas de poca difusión internacional sienten más preocupación por aprender lenguas extranjeras que los habitantes de países con lenguas internacionalmente muy difundidas. Esto explica que el conocimiento de lenguas extranjeras sea más alto en Dinamarca y en Holanda que en Francia o en Alemania y también por qué Irlanda y Gran Bretaña, donde se habla inglés, figuran en los niveles más bajos de conocimiento de lenguas extranjeras.

Las lenguas enseñadas

Hasta aquí he hablado de la enseñanza de lenguas extranjeras en general, pero hay que preguntarse también por cuáles son las lenguas enseñadas.

Una primera constatación, avanzada ya en comentarios anteriores, es que en todos los países de la Unión que no tienen el inglés como primera lengua la lengua más enseñada es ésta. En ciertos países, como Dinamarca, no sólo es la primera lengua que se introduce sino que su aprendizaje es obligatorio para todos los alumnos. En otros países los alumnos pueden elegir como primera lengua extranjera entre el inglés y el francés, en Alemania y en España, o entre el inglés y el alemán, en Francia. En otros países el margen de opción es más amplio y al menos algunos alumnos pueden elegir otras lenguas como el español o el italiano o bien pueden optar por ellas como segunda lengua extranjera.

Si en todos los países la lengua extranjera más estudiada es el inglés, la lengua que se sitúa en segundo lugar varía, pero para el conjunto de la Unión Europea se puede decir que el segundo lugar lo ocupa el francés, seguido por el alemán, aunque el francés más bien con tendencia a disminuir y el alemán a aumentar. A considerable distancia se sitúa el español, también con tendencia a aumentar, y el italiano. Según una estadística reciente (Les chiffres clés de l’enseignement dans l’UE), para el conjunto de la Unión Europea en la enseñanza secundaria un 83 por ciento de los alumnos estudian inglés, un 32 por ciento francés y un 4 por

ciento italiano. Que la suma de las proporciones sea mayor que cien significa que un cierto número de alumnos estudian dos lenguas. Pero lo que con más claridad indican estos datos es que prácticamente la totalidad de la enseñanza de lenguas extranjeras en Europa se dedica a estas cinco lenguas: inglés, francés, alemán, español e italiano. Las lenguas restantes o tienen una presencia puramente testimonial, porque sólo aparecen como optativas en algunos países y para algunos alumnos, o están completamente ausentes.

Como es fácil imaginar, el abanico de lenguas ofrecidas en el nivel universitario es mucho más amplio, pero en la mayoría de los casos no se trata de una enseñanza por su valor instrumental sino para la formación de especialistas. En cambio en la enseñanza de lenguas a adultos fuera de la universidad, sea a cargo de instituciones públicas, sea en centros privados, volvemos a encontrar la misma concentración en algunas, pocas, lenguas y quizás incluso más acentuada.

El contraste entre esta concentración y el deseo de extender el conocimiento y el uso de todas las lenguas de Europa ha estimulado la formulación de propuestas para procurar un mayor equilibrio en este campo. Algunas de estas propuestas pretenden reducir la presencia predominante del inglés, mientras que otras proponen aumentar el número de lenguas ofrecidas.

De las primeras la más radical propone que la primera lengua que se ofrezca a los alumnos no sea el inglés, dando por supuesto que si tan grande es su deseo de aprenderlo lo harán después como segunda lengua extrajera. Una variante de esta propuesta consiste en ofrecer como primera lengua extranjera la lengua del país vecino: así, en Portugal la primera lengua aprendida sería el español, en España el portugués o el francés y en Francia según las regiones, en Toulouse el español, en Marsella el italiano, en Estrasburgo el alemán y en Brest el inglés. Otra propuesta que también se ha hecho sugiere que en los países de lengua latina la primera lengua aprendida fuese otra lengua latina y la segunda una lengua anglogermánica, mientras que en los países de lenguas anglogermánicas se procedería a la inversa. Cualquiera de estas propuestas que limita el ámbito de elección de los alumnos y de sus familias, y que en muchos casos se contradice con sus deseos, provocaría, caso de adoptarse, fuertes críticas, y es difícil imaginar un ministro de Educación de un país europeo adoptando una medida tan impopular.

El otro tipo de medidas que se han propuesto consiste en aumentar la oferta de lenguas con la esperanza de que así disminuiría el número de los alumnos que eligen las más populares. Es cierto que el repertorio de lenguas ofrecidas es muy distinto según los países. Quizás Francia es el país que ofrece a sus alumnos mayores posibilidades de opción, aunque en la práctica esta amplitud se reduce considerablemente porque no todas las opciones se ofrecen en todos los centros escolares, sino sólo en algunos. Para generalizar una oferta amplia y efectiva, en cualquier país, haría falta disponer de unos recursos económicos y de un número de profesores de lenguas extranjeras muy superior a los disponibles actualmente. E incluso cumpliéndose estas condiciones haría falta todavía que los alumnos aprovechasen estas opciones, lo que no es de ningún modo seguro.

La conclusión es relativamente fácil de extraer. Para conseguir aumentar la proporción de los alumnos que eligen estudiar lenguas distintas del inglés el único camino viable consiste en incrementar la oferta de enseñanza de lenguas, para lo cual son necesarios unos recursos económicos y humanos muy considerables, pero aumentando al mismo tiempo el tiempo que los programas escolares dedican a la enseñanza de lenguas. Parece ilusorio, en cambio, creer que esto pueda conseguirse limitando o reduciendo el aprendizaje de las lenguas más populares.

Y al tratar de la oferta educativa de segundas lenguas hay que pensar también en las lenguas que no son extranjeras y que por razones políticas y culturales han de estar presentes en la enseñanza. Me refiero con ello a las lenguas de las minorías lingüísticas y a las lenguas de los inmigrantes.

Si se reconoce a la lengua de una minoría el derecho a estar presente en la enseñanza, esto significa que los miembros de esta minoría han de practicar esta lengua en la escuela y también la lengua oficial del Estado, lo que representa para ellos un esfuerzo suplementario, pero un esfuerzo que no debe limitar sus oportunidades para adquirir lenguas extranjeras.

Una situación parecida aunque más compleja es la que plantean los inmigrantes, hoy tan numerosos en las escuelas de todos los países de la Unión Europea y que en algunos constituyen uno de los problemas más graves de los que tiene planteados el sistema educativo. Para estos alumnos, adquirir la lengua del país en el que se han instalado es una prioridad absoluta, y para que lo consigan hay que movilizar recursos educativos considerables. Pero al mismo tiempo es conveniente que estos alumnos mantengan y desarrollen su primera lengua, que es la de su

comunidad de origen, y esto requiere un esfuerzo pedagógico suplementario, complicado por el hecho de que igual que los inmigrantes de un mismo origen pueden estar distribuidos por escuelas de todo el país en el que se instalan, en cambio en una misma escuela pueden coincidir inmigrantes de muy diversas procedencias y por tanto hablando lenguas distintas.

En teoría todos los países reconocen la conveniencia de ofrecer esta enseñanza de la lengua de origen y la mayoría hacen algunos intentos en este sentido, pero con escasas excepciones, como las representadas por algunos Länder alemanes, las realizaciones efectivas son hasta ahora muy escasas.

Los métodos y los objetivos

La constatación, ya muy antigua, del contraste entre los años que los alumnos dedican a lo largo de su escolaridad al estudio de lenguas extranjeras y la modestia de los resultados que la mayoría de ellos consiguen ha llevado a multiplicar las críticas sobre los métodos pedagógicos utilizados.

Tradicionalmente la pedagogía de la enseñanza de lenguas extranjeras ha sido paralela a la pedagogía de la primera lengua, centrada a su vez en el aprendizaje de la gramática y en el enriquecimiento del vocabulario y tomando en ambos aspectos la lengua escrita como modelo principal. La enseñanza de la lengua extranjera repetía este patrón, y además se articulaba a partir de los conocimientos ya adquiridos de la primera lengua, traduciendo el vocabulario y comparando las reglas gramaticales.

En los últimos treinta años esta manera tradicional de enseñar una lengua extranjera se ha atacado desde muchos puntos de vista y se ha intentado mejorarla o sustituirla de diferentes maneras. En conjunto se ha producido una evolución, que bien puede calificarse de revolución y que podría resumirse diciendo que lo que actualmente se procura es que el alumno aprenda la segunda lengua de manera parecida a como adquirió la primera.

El niño pequeño entiende los primeros mensajes que recibe del adulto porque se refieren a cosas y a intenciones que para él son inmediatamente transparentes a partir de la situación que comparte y en la que actúa. Y es esta comunidad en la situación y en la acción lo que le permite entender

los signos emitidos por el adulto e incluso traducir sus propias intenciones comunicativas en mensajes comprensibles para los demás. Así, el niño aprende a hablar en la lengua que hablan los que le rodean. Y si comienza a hablar en una familia en la que habitualmente se habla en dos lenguas, aprende a hablar en las dos. Y si la familia que habla una sola lengua se traslada a vivir a otro país, jugando con sus nuevos compañeros el niño aprenderá la lengua del país con más facilidad incluso que sus padres, que intentan aprenderla por procedimientos más académicos.

Ésta es la inspiración principal de los métodos actuales, que en conjunto podemos calificar de comunicativos. En vez de empezar intentando inculcar en el niño reglas gramaticales y significados de palabras en la nueva lengua, lo que ahora se procura es colocar al alumno en situaciones en las que los mensajes verbales que recibe en la nueva lengua le resulten fácilmente comprensibles y que le inciten, a su vez, a actuar emitiendo mensajes en la nueva lengua. Dicho de una manera más breve, aprender a hablar hablando.

Los esfuerzos por promover y difundir métodos más eficaces para la enseñanza de lenguas extranjeras que hace unos años inspiró el Consejo de Europa y que antes he recordado optaban claramente por esta orientación. Desde entonces la metodología comunicativa ha ganado continuamente influencia, y en la actualidad, de forma más o menos pura o más o menos mezclada con enfoques más tradicionales, se puede decir que domina el panorama de la enseñanza de lenguas.

Una de las ventajas de esta metodología es que puede utilizarse en cualquier edad y por tanto en cualquier nivel de la enseñanza escolar e incluso antes de comenzar la escolaridad formal, en la etapa preescolar. En toda Europa se pueden observar ensayos experimentales de introducción precoz de una lengua extranjera perfectamente exitosos, con niños de tres y cuatro años que se acostumbran a jugar en una segunda lengua en el parvulario y que al llegar a los seis años y comenzar el período escolar son ya perfectamente capaces de comunicarse en esta lengua.

Pero si esta introducción precoz es relativamente fácil, su aprovechamiento posterior en la enseñanza primaria resulta muy difícil. Para poder aprovechar la ventaja conseguida haría falta que el contacto cotidiano con la nueva lengua se mantuviese todo a lo largo de esta etapa de la enseñanza, para lo cual sería necesario que los maestros que se hacen cargo de esta etapa tuviesen una competencia en la lengua extranjera que

les permitiese utilizarla oralmente sin dificultad, cosa que en la actualidad es difícil de imaginar para el conjunto del sistema escolar de un país. Y si no se mantiene este contacto, la ventaja adquirida se pierde rápidamente.

Incluso si la introducción de la lengua extranjera sólo se comienza a los once o doce años, como se practica generalmente, la utilización de métodos activos y comunicativos no es tan simple ni tan efectiva como hemos dicho para el parvulario, cuando efectivamente se aprende jugando. En la edad escolar la lengua extranjera es una asignatura entre otras del programa escolar, tiene un horario determinado y unos objetivos didácticos en función de los cuales se valoran los resultados conseguidos por el alumno. En estas condiciones las situaciones comunicativas en el aula por mucho que imiten la realidad son, de hecho, ejercicios escolares que sólo resultan motivantes para el alumno en función de las cualidades didácticas del profesor y en la medida en que el alumno se identifique con los objetivos escolares. O sea, que el argumento de que los métodos tradicionales no son motivadores para el alumno mientras que los métodos comunicativos despiertan, por principio, el interés de los alumnos no es totalmente cierto.

Esta observación nos lleva al corazón de los problemas de la enseñanza de lenguas extranjeras, y es su significado para el que las aprende. Cuando un estudiante universitario o un joven profesional siguen cursos para adquirir o para perfeccionar una lengua extranjera, están dispuestos a hacer los esfuerzos necesarios para conseguirlo porque tienen una motivación muy clara. En cambio, para los alumnos de la enseñanza primaria o secundaria los motivos para estudiar lenguas son mucho más vagos.

La mejor manera de estimular el aprendizaje de lenguas extranjeras es procurar que el uso de la lengua adquiera algún significado personal para el alumno, porque forme parte de actividades que para él son atractivas: música, deporte, teatro, coleccionismo…, o porque se interese por situaciones o acontecimientos de los países en los que se habla la lengua. O también, y acostumbra a ser el recurso más eficaz, porque establezca relaciones personales con personas que la hablan. En este sentido son muy útiles los viajes y las estancias, pero sobre todo son efectivos los intercambios y los convenios de colaboración entre escuelas de diferentes países.

Sobre la pedagogía orientada a la comunicación, hay que añadir todavía que en los años trascurridos desde que empezó a divulgarse se ha producido una evolución muy significativa. Antes hacía notar que las situaciones que se proponen en el aula para justificar comunicaciones en la lengua estudiada, aunque tengan un aspecto lúdico, son, en realidad, ejercicios escolares, y pronto queda claro su carácter artificioso. De manera que si se quiere justificar en el aula una comunicación en la lengua estudiada hay que proponer tareas reales, y en el contexto escolar esto quiere decir tareas con una finalidad instructiva bien para aumentar la información sobre el tema, bien para mejorar su comprensión. Esto es lo que se propone la «enseñanza por tareas», que es la modalidad más actual de la pedagogía comunicativa. Desde el momento en que el alumno es capaz de comunicar en la nueva lengua, se le proponen tareas escolares

—recogida de datos sobre un tema, redacción de un informe, preparación de una exposición oral— en esta lengua.

Prolongando el razonamiento, se llega a la conclusión de que, a partir de cierto nivel de competencia en la lengua extranjera estudiada, en vez de insistir en aumentar los conocimientos lingüísticos sobre esta lengua es preferible utilizarla como lengua de enseñanza en cualquier materia escolar. De hecho, esto es lo que se hace en las escuelas bilingües y es la mejor manera de asegurar una competencia muy alta en las dos lenguas. Así se practica en Luxemburgo, donde a partir del segundo año la lengua de enseñanza para unas materias es el alemán y para otras el francés. Y es lo que se hace en las escuelas europeas, como las que acogen a los hijos de los funcionarios de las instituciones de la Unión. Y es lo que se practica en algunas escuelas privadas que pretenden asegurar a sus alumnos una competencia elevada en dos o tres lenguas. Es cierto que la demanda de una educación bilingüe de alto nivel no puede ser satisfecha por el sistema de educación pública de la mayoría de los países y que, en general, ha de ser atendida por la enseñanza privada. Pero es una demanda en clara expansión. Y si antes he hablado de una tendencia a una sociedad cosmopolita, esta demanda de enseñanza plurilingüe es uno de sus síntomas más reveladores.

Un sistema nacional de enseñanza pública no puede prever la

existencia generalizada de profesores capaces de enseñar materias escolares en una lengua extranjera. Pero los profesores de lenguas extranjeras sí deberían estar en condiciones no sólo de enseñar la lengua

en cuestión, sino de ofrecer información sobre la historia y la cultura del país o de los países donde se habla la lengua que enseñan y sobre la manera de ser y de vivir de sus habitantes. Y esto nos lleva a preguntarnos directamente por los objetivos de la enseñanza de lenguas.

Cuando las lenguas clásicas —latín y griego— tenían un papel predominante en el sistema educacional, se consideraba que su adquisición constituía un ejercicio intelectual, una manera de acostumbrarse a pensar con rigor y precisión y a expresarse con corrección y elegancia, y que era al mismo tiempo un camino para introducirse en la cultura clásica y en lo que se resume con el nombre de humanismo. Frente a esto la enseñanza de las lenguas modernas se presenta con una finalidad estrictamente instrumental y pragmática: conocer lenguas extranjeras es útil para entrar en contacto con habitantes de otros países y para asimilar información expresada en otras lenguas. Y es evidente que es esta finalidad utilitaria lo que explica la generalización de la enseñanza de lenguas en nuestra sociedad contemporánea.

Pero no es la única justificación. Desde que se empezó a enseñar lenguas modernas se pensó que su aprendizaje tenía también el valor de un ejercicio intelectual capaz de mejorar la capacidad de reflexión y de expresión del individuo, y que así como el latín y el griego abrían las puertas de la cultura clásica, las lenguas modernas permiten acceder a las creaciones culturales que utilizan estas lenguas. Así, el conocimiento del francés permite comunicarse con personas de lengua francesa y recibir informaciones en esta lengua, pero también familiarizarse con la literatura francesa, conocer de primera mano la historia francesa y a través de la prensa o de los medios de comunicación audiovisual profundizar en la idiosincrasia y los problemas de esa sociedad. Lo mismo puede decirse de cualquier otra lengua. Y dado que no se trata, como en el caso de la cultura grecolatina, de pueblos que ya no existen, sino de pueblos que conviven con nosotros en un mismo mundo, el conocimiento mutuo que permite el conocimiento de lenguas extranjeras puede considerarse un factor de comprensión internacional.

A comienzos del siglo XX Otto Jespersen, el conocido lingüista, en La enseñanza de las lenguas decía: «Una de las tareas más nobles de la enseñanza de lenguas extranjeras es difundir el conocimiento y el amor por lo mejor que tienen otros pueblos. Es por la lengua y la literatura, o mejor por la combinación de estos dos factores, por lo que uno puede

llegar a entender y a apreciar a la gente de otros pueblos». Y en el mismo sentido Jespersen insinuaba que lo mejor que podían hacer franceses y alemanes para superar los prejuicios que les separaban era dedicar más esfuerzos a conocer la lengua del otro.

Es cierto que la difusión de la pedagogía de orientación comunicativa refuerza en primer lugar el aspecto pragmático de la enseñanza de lenguas. Lo que pretende con sus métodos es que el alumno se haga muy pronto capaz de sostener una conversación en la lengua que está aprendiendo y que pueda por tanto viajar y entrar en contacto con personas que la hablan y recibir en ella informaciones a través de cualquier medio. Pero sería equivocado limitar la finalidad de la pedagogía comunicativa a estos objetivos inmediatos, importantes pero parciales. Hay que tener en cuenta que la capacidad de comunicar en otra lengua da acceso a toda clase de fuentes de información y por tanto también a todas sus manifestaciones y producciones culturales, aunque es cierto que a menudo estas posibilidades no se aprovechan y que es necesario reclamar más atención para los aspectos culturales en la enseñanza de lenguas.

De lo dicho hasta aquí se desprende que la enseñanza de una lengua extranjera puede servir para rectificar el etnocentrismo del alumno, encerrado en los límites de su propia cultura, abriéndole a la manera de ser y de pensar de otro pueblo, el que habla la lengua estudiada. Pero el mundo es mucho más amplio, y el aprendizaje de lenguas extranjeras puede aprovecharse para una apertura más ambiciosa.

Tengamos en cuenta en primer lugar que el francés, aunque acostumbre a olvidarse en la clase de lengua, no sólo es la lengua de Francia sino que también se habla francés en Bélgica y en Suiza y en Canadá. Y también en muchos países de África y de Oceanía que un día fueron colonias francesas. De la misma manera que en la clase de francés se puede hablar, en francés, sobre la historia y la literatura de Francia y sobre la manera de ser de los franceses o sobre los problemas de la sociedad francesa, lo mismo puede hacerse para los demás países donde se habla la lengua. Y lo mismo puede decirse para otras lenguas y, por supuesto, para el inglés. Así, la clase de lengua extranjera se puede convertir no sólo en un medio para acercarse a la gente y a la cultura de un país determinado, sino en una apertura a una variedad de situaciones y de problemas a escala mundial.

El mismo argumento se puede presentar de forma más radical. He dicho que actualmente, a partir del momento en que los alumnos adquieren un cierto nivel de competencia comunicativa en la lengua estudiada, se tiende a proponer tareas escolares que utilicen la nueva lengua, pero que resulta poco factible hacer de la clase de lengua extranjera un lugar donde se recoja o debata información sobre química, por ejemplo. Sí que tiene sentido en cambio aprovechar la clase de lengua extranjera para familiarizar a los alumnos con situaciones y problemas que no entran directamente en el programa de ninguna asignatura escolar pero que son cuestiones capitales de nuestro tiempo, como el subdesarrollo o los desequilibrios económicos y sociales o los problemas que plantea la inmigración o la tolerancia a las diferencias, así como los retos de la ecología y la protección del medio ambiente. Dado que, a partir de cierto momento, la mayoría de los alumnos siente escaso interés por una enseñanza estrictamente centrada en la lengua, parece que esta temática resulta muy adecuada para despertar su interés al mismo tiempo que les permite entrenarse en el uso de la lengua que están aprendiendo. Con el argumento suplementario de que no es difícil advertir cierta coherencia entre el hecho de ejercitarse en una lengua extranjera y el hacerlo tratando de problemas que afectan a otras poblaciones y al conjunto de la humanidad.

Tan clara resulta esta coherencia que empiezan a producirse iniciativas

en esta dirección; aquí me limitaré a citar el programa Linguapax, patrocinado por la UNESCO y que se propone vincular la enseñanza de lenguas extranjeras con el fomento de la comprensión entre los hombres y los pueblos y la promoción de la paz.

Pero desde esta perspectiva hay todavía otra posibilidad especialmente atractiva. Desde los comienzos de la Comunidad Europea, y en la medida en que ha ido tomando forma y se ha convertido en una realidad actuante, se ha sentido la necesidad de ofrecer a los que mañana serán los ciudadanos europeos una información que les permita familiarizarse con esta realidad y despertar el deseo de colaborar con ella. Efectivamente, en muchos países se han diseñado programas para ofrecer a los alumnos de la enseñanza primaria y secundaria un conocimiento adecuado de Europa y de sus instituciones. Y algunos de estos programas son excelentes. La dificultad surge generalmente a la hora de encajarlos en la programación escolar y en el ámbito de una asignatura determinada. Una respuesta

posible es preparar estos programas en una lengua extranjera y convertirlos en un conjunto de tareas para la enseñanza de estas lenguas. Una solución elegante que al mismo tiempo que proporciona un tema atractivo para practicar la lengua que se está estudiando ofrece a los alumnos una información que debería formar parte del bagaje intelectual de todos los ciudadanos europeos.

Aunque esta propuesta nos sugiere a su vez una pregunta: ¿tiene demasiado sentido aprovechar la clase de lengua extranjera para proponer y fomentar una mentalidad europea y para sensibilizar a los alumnos sobre los problemas de la humanidad si la enseñanza de la primera lengua, y de la geografía, y de la historia, y de la literatura, y en general toda la enseñanza de base se sigue haciendo con criterios estrictamente nacionalistas? Llegamos así otra vez a un tema que ha asomado repetidamente en las páginas de este libro: la relación entre nacionalismos e identidad europea. Sólo si logramos formular de un modo satisfactorio esta relación tendrá sentido hablar de una «Europa de las lenguas», unida en un proyecto común y lingüísticamente diversa.

CONCLUSIÓN

Unidad de Europa y pluralidad de lenguas

Tal como suponíamos al comienzo, nuestro recorrido no nos ha conducido a ninguna solución sencilla para los problemas lingüísticos de Europa, pero sí nos ha permitido comprender mejor estos problemas y hacer algunas previsiones sobre su evolución y quizás, incluso, proponer las líneas maestras de una política lingüística capaz de orientarla.

A lo largo de la época moderna Europa se ha constituido como un conjunto de Estados nacionales soberanos. No era la única posibilidad que se ofrecía a los pueblos del continente al comienzo de la Edad Moderna para organizarse políticamente, pero ésta ha sido la que finalmente se ha impuesto legitimada por una ideología que aspira a identificar Estado y nación.

A pesar de que este proceso ha representado la fragmentación, cada vez más acusada, del espacio europeo en unidades independientes, nunca se ha perdido totalmente la conciencia de su unidad. La idea imperial, como versión política de la cristiandad, que era la otra posibilidad que un día tuvieron los europeos, se ha mantenido como nostalgia casi hasta nuestros días. Y más cerca de nosotros, Napoleón a comienzos del siglo XIX y Hitler a mediados del XX creyeron posible unificar Europa a partir de la hegemonía de una nación.

Los intentos contemporáneos de construcción europea que arrancan del convencimiento de que las últimas grandes guerras europeas habían sido luchas fratricidas y que se han concretado en el esfuerzo por poner en pie la Comunidad Europea, que hoy denominamos Unión Europea, se basan

en un planteamiento completamente distinto que se puede resumir en tres puntos principales.

1. Mientras que a lo largo del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX Europa ocupa un papel central en el concierto mundial, a partir de la última gran guerra los europeos se hacen conscientes de la debilidad de una Europa fragmentada ante los grandes bloques extraeuropeos. Y es esta conciencia de debilidad el primer argumento que se utiliza para justificar la integración.

2. La integración que se propone renuncia explícitamente a basarse en

la hegemonía de una nación determinada. De hecho, el proyecto ha surgido de la voluntad de sustituir el enfrentamiento tradicional franco- alemán por su solidaridad. Y lo que se propone es una unión de Estados soberanos en un plano de igualdad y con compromisos libremente adquiridos.

3. La integración que se propone es, de entrada, exclusivamente económica, y se confía en que el proceso de unificación de las economías no sólo resultará irreversible sino que llevará a compromisos políticos cada vez más solidarios. Y se sobreentiende que la practica de la solidaridad acabará por crear una conciencia comunitaria europea.

Es evidente que con estos planteamientos los problemas originados por la diversidad de lenguas de los pueblos de Europa quedaban en segundo lugar, y efectivamente el Tratado de Roma no dice nada sobre ellos, como no alude tampoco a muchos otros factores que diferencian a los europeos entre sí. Se puede suponer que los promotores del tratado confiaban en que el proceso de unificación acabaría teniendo consecuencias lingüísticas, pero que no creían que esto tuviese que formar parte ni de sus objetivos ni de la política que debía desarrollarlo.

Pero a la hora de poner en pie la organización política y administrativa de la Comunidad y de regular el funcionamiento de sus órganos, hubo que decidir cuál sería la lengua de este funcionamiento. La solución adoptada, coherente con el principio de la igualdad jurídica de todos los Estados miembros, fue la de utilizar las lenguas oficiales de todos los Estados firmantes del tratado en condiciones de igualdad, una regla que se ha mantenido a lo largo de las sucesivas ampliaciones que han desembocado en la actual Unión. Esta solución obliga a determinar con claridad cuáles son las situaciones informales en las que se utiliza la lengua que prefieren los interlocutores y las situaciones formales en las que hay que aplicar la

regla de la traducción a las lenguas de todos los Estados miembros. Y obliga, por supuesto, a poner en pie un aparato complejo y voluminoso que permita asegurar el gran volumen de traducción y de interpretación que resulta de la actividad de los diferentes organismos de la Unión: Consejo de Ministros, Parlamento, Comisión y Alto Tribunal.

A pesar de su aparente equidad, el principio del uso igualitario de todas las lenguas estatales no deja de ser discutible desde un punto de vista estrictamente democrático. ¿Por qué se adoptan las lenguas estatales y se dejan al margen las no estatales? Es cierto que, en conjunto, las lenguas estatales son lenguas más habladas que las minoritarias y tienen una mayor tradición de uso literario y administrativo, pero esto no es cierto en todos los casos: ¿por qué el irlandés y no el galés? ¿Por qué el luxemburgués y no el vasco? Y no digamos el catalán, con seis millones de hablantes, bastantes más que varias lenguas estatales, y con una antigua tradición de uso literario y administrativo.

Pero las objeciones más fuertes van en otra dirección. El sistema de traducción e interpretación a tantas lenguas es muy caro y escasamente útil, y a medida que la Unión se amplía con nuevos países y nuevas lenguas parece evidente que no puede mantenerse indefinidamente. Tarde o temprano será necesario limitar el número de las lenguas de trabajo de la Unión, igual que lo hacen todas las organizaciones internacionales.

No es un problema fácil de resolver, pero cualquiera que sea la solución que se adopte se trata sólo del funcionamiento interno de los organismos de la Unión. Y con independencia de este funcionamiento, las lenguas de Europa seguirán su camino sujetas a múltiples influencias, entrando en contacto y en competencia unas con otras y en definitiva aumentando o disminuyendo su ámbito de influencia. Así ha ocurrido siempre y así seguirá ocurriendo. Y ¿qué podemos decir sobre la evolución previsible de las lenguas en Europa?

Empecemos por notar que en nuestra sociedad contemporánea esta dinámica de las lenguas tiene unas características originales. En el pasado la presión de unas lenguas sobre otras era sobre todo el resultado de invasiones y de conquistas. Hoy los individuos se desplazan de unos lugares a otros de forma masiva y las informaciones audiovisuales circulan sin dificultad hasta cualquier distancia. Así, las posibilidades de que las lenguas entren en contacto en un mismo espacio se multiplican, y se puede hablar de sociedades cada vez más cosmopolitas y plurilingües. Surge

entonces la necesidad de utilizar ciertas lenguas como lenguas de comunicación por encima de las fronteras lingüísticas, y las que cumplen esta función adquieren una situación predominante. No es un fenómeno privativo de Europa, sino que se da a escala mundial. Y, como es sabido, hay una tendencia creciente a utilizar el inglés como lengua principal para estos intercambios. Una tendencia que se puede explicar de diferentes maneras, aunque, en definitiva, la explicación más razonable es atribuirla a la mayor potencia económica de los países de lengua inglesa. Y añadir que, una vez establecida la tendencia, se autoalimenta y se hace irreversible.

La tendencia se manifiesta también en Europa. Quizás con menos fuerza que en otros lugares del mundo donde el inglés es el único medio de comunicación internacional, ya que Europa tiene una larga tradición de utilización de lenguas igualmente prestigiosas en las comunicaciones internacionales. Pero, de todos modos, en muchos ámbitos de la actividad humana, como en la difusión de la información científica, o de la información financiera, el predominio del inglés es tan claro como en el resto del mundo.

Ante este hecho hay quien cree que a los europeos no nos queda sino aceptarlo y adoptar el inglés como segunda lengua para comunicarnos entre nosotros fuera de las fronteras de cada Estado. De esta manera todos los europeos, además de su primera lengua, conocerían también el inglés, que les serviría para comunicarse con los europeos de otros países, recibir información producida en éstos y emitir información dirigida a otros Estados. El inglés sería igualmente la lengua de las instituciones europeas actuales y de las que se puedan crear en el futuro, un ejército europeo, por ejemplo. Pero a pesar de que esta propuesta tenga defensores, no parece que pueda ser aceptada ni como una decisión formal de las autoridades de la Unión ni como una actitud espontánea de los europeos en su conjunto.

Respecto a la Unión Europea como institución, no es fácil imaginar a los Estados miembros tomando una decisión que hiciese a la lengua de uno de ellos la lengua común única de la Unión. Porque además, dentro de la Unión, Gran Bretaña, incluso si se le añade Irlanda, no es el país más poblado ni el de mayor peso económico. De hecho, en el conjunto de la Unión el ingles tiene aproximadamente el mismo número de hablantes que el francés y bastantes menos que el alemán. Pero más allá de este rechazo por razones directamente políticas, hay otros motivos más profundos.

Los que defienden el inglés como intermediario universal sostienen que el inglés que se utiliza como medio de comunicación internacional es una lengua neutra, libre de connotaciones culturales, y por tanto que su utilización no representa ninguna amenaza para las lenguas de los que lo utilizan como canal complementario de comunicación. Pero esto no es verdad. Es cierto que el inglés utilizado en muchas situaciones comunicativas por hablantes de otras lenguas es un ingles simplificado

—una especie de esperanto—, pero no se trata de una lengua distinta sino de la misma lengua que los angloparlantes tienen como lengua propia, y ésta sí que, como es natural, está repleta de implicaciones culturales y sociales. Y en una situación comunicativa el que tiene el inglés como lengua propia está en clara situación de superioridad. El que tiene el inglés como segunda lengua y que utiliza un inglés simplificado se esfuerza, en la medida de sus posibilidades, por mejorarlo. Y si esta utilización del inglés se generaliza, como está empezando a ocurrir en algún país del norte de Europa, se convierte en la segunda lengua de la población y presiona fuertemente sobre la primera.

Desde esta perspectiva el recelo ante el ingles no proviene tanto del hecho de que sea la lengua de un país miembro de la Unión y de uno de los miembros más reticentes a profundizar el proceso de la integración europea como de que sea la lengua de la potencia estadounidense y que a través de esta lengua se trasmitan unos valores y unas formas de vida que tienen su origen más allá del Atlántico. La difusión del inglés produce en muchos europeos una impresión de dependencia frente a la cultura estadounidense y de amenaza a sus tradiciones nacionales.

Así, los europeos actuales nos vemos abocados a una situación difícil. Por un lado, sabemos que el inglés se está convirtiendo en la lengua de la comunicación internacional y que es inútil intentar desconocerlo, pero por otro nos negamos a admitir que se convierta en el intermediario obligado en nuestras relaciones mutuas. El dilema sólo tiene una salida: negar que el papel de lengua de comunicación se pueda atribuir a una sola lengua. Aprender y utilizar el inglés, pero aprender y utilizar también otras lenguas, las que en cada situación resulten más apropiadas. Para mostrarlo con un ejemplo, si un ciudadano alemán se instala en Madrid por una temporada, no parece deseable que tenga que recurrir al inglés, y es preferible que haga un esfuerzo por llegar a comunicarse en español y, al mismo tiempo, que encuentre españoles interesados por el alemán e

incluso capaces de hablarlo. Y si se instala en Amsterdam, que sus esfuerzos se dirijan al neerlandés, y si lo hace en Barcelona, que sea consciente de que allí se habla en catalán y no sólo español, y si es en Bruselas, que allí se habla francés y neerlandés.

O sea, que Europa es un conjunto de países, cada uno con una o varias lenguas, y la construcción de Europa unida no puede significar el sacrificio de esta variedad en favor de una lengua determinada sino que, por el contrario, ha de garantizar la permanencia de esta variedad. Es evidente que todas las lenguas no tienen el mismo peso ni las mismas posibilidades históricas, y que unas avanzan mientras que otras retroceden, pero la política lingüística de la construcción europea ha de tener por objetivo mantener su diversidad.

Tal política debería articularse en torno a los siguientes ejes:

Primero. El primer principio ha de ser el de mantener la diversidad, al mismo tiempo que se aumenta la capacidad de los europeos de comunicarse entre sí, y esto sólo puede significar asegurar a todos los europeos, desde el comienzo de su escolaridad, la posibilidad de acceder a otras lenguas ademas de la que han adquirido en primer lugar. No se trata de ninguna novedad, pues desde la propia Unión a menudo se ha expresado el deseo de que, en un futuro no muy lejano, todos los ciudadanos de Europa sean capaces de utilizar varias lenguas además de la que consideran como propia.

Para conseguir este objetivo habría que reforzar considerablemente la enseñanza de lenguas extranjeras en todos los países de la Unión Europea. Y la Unión, que tan reticente se ha mostrado hasta ahora ante cualquier actuación que parezca interferir con la autonomía de los Estados en materia educativa, debería proponer claramente unas exigencias mínimas en este terreno. También debería procurar ampliar la presencia de la enseñanza de lenguas en los sistemas educativos de todos los países, y patrocinar programas dirigidos a aumentar la calidad y la eficacia de estas enseñanzas.

Segundo. Mantener la variedad no sólo exige aumentar el tiempo dedicado a la enseñanza de lenguas y mejorar su calidad, sino evitar también que esta enseñanza se concentre exclusivamente en unas lenguas determinadas, las que calificamos de «lenguas más enseñadas». Pero a la hora de proponer este objetivo hay que ser extremadamente realistas. Cualquier intento de imponer el aprendizaje de unas lenguas en vez de

otras o de suponer que el aumento del número de estudiantes de las

«lenguas menos enseñadas» puede ser el resultado de disminuir el número de los estudiantes de las «más enseñadas» está condenado al fracaso. La única manera de aumentar el número de estos estudiantes es incrementar la oferta de enseñanza de estas lenguas, además del tiempo y de los medios puestos a disposición de la enseñanza de lenguas en general.

Para seguir siendo realistas podemos añadir que este aumento de la oferta tampoco puede significar que en la enseñanza primaria de todos los países los alumnos puedan tener acceso a todas las lenguas de todos los países de la Unión. Aunque sin llegar a este extremo, claramente utópico, es evidente que la oferta actual podría aumentarse considerablemente. La Unión Europea podría perfectamente recomendar a los países miembros que en todos ellos durante la enseñanza primaria los alumnos pudiesen optar entre dos lenguas extranjeras y que en la enseñanza secundaria la opción se ampliase al menos hasta cuatro.

En la misma perspectiva de la ampliación podemos citar algunas otras medidas. El programa Erasmus invita a los estudiantes universitarios de todos los países de la Unión a seguir parte de sus estudios en una universidad extranjera de cualquier otro país miembro y, sin embargo, en la mayoría de las universidades no es posible alcanzar ni tan sólo un nivel elemental de conocimiento de algunas lenguas oficiales de la Comunidad. No parece que fuese tan difícil el procurarlo.

Tampoco se comprende bien por qué los programas específicos para apoyar la enseñanza de lenguas, como es el programa Lingua y su continuación en el Sócrates, se limitan a las lenguas oficiales de los Estados miembros y dejan al margen otras lenguas habladas en el territorio de la Unión. Si hay personas interesadas en aprender galés, o frisón, o cualquier otra de estas lenguas, no se ve por qué se les han de negar estas ayudas con tanto más motivo cuando es evidente que las peticiones de este tipo serán muy reducidas.

Tampoco se comprende el olvido sistemático en estos programas de las lenguas de los inmigrantes cuando la inmigración constituye uno de los hechos sociales más visibles y más influyentes en la vida actual de los pueblos europeos y cuando su presencia en la escuela se está convirtiendo en uno de los problemas más graves que tienen planteados los sistemas educativos de todos los países europeos. Tanto la investigación como la divulgación de métodos más adecuados para facilitar a los inmigrantes la

adquisición de la lengua del país donde se instalan como de procedimientos para permitirles la conservación de su lengua de origen deberían constituir un capítulo importante de la política lingüística de la Unión.

Tercero. Aunque, como ya ha quedado dicho, serán los propios europeos los que con sus preferencias y sus elecciones determinarán cuáles serán las lenguas más aprendidas y más utilizadas, y por tanto cuál será el futuro de las lenguas habladas en Europa, no es lógico tratar este asunto como si fuese estrictamente una cuestión de mercado regida exclusivamente por las leyes de la oferta y la demanda. Si creemos que se debe mantener la pluralidad lingüística porque es un derecho de los hablantes de las distintas lenguas y porque forma parte de nuestra riqueza colectiva, hay que poner en práctica una política dirigida a asegurar la viabilidad de todas las lenguas frente a la amenaza que representan para las débiles las más fuertes. Por lenguas débiles se pueden entender tanto las lenguas minoritarias en relación con las estatales como las lenguas estatales poco usadas frente a las más habladas o incluso las grandes lenguas, como el español o el francés, frente a la presión ejercida por el inglés. No tendría sentido entrar aquí en los detalles de lo que podría ser una política de este tipo, pero sí hay que decir que, además de asegurar la presencia en la enseñanza de lenguas que hoy están ausentes o poco representadas, es necesario hacer todo lo posible para que todas las lenguas de Europa tengan una presencia adecuada en los medios de comunicación, de la prensa a los medios audiovisuales, cine, radio y televisión. Negar la posibilidad de esta política en nombre de la libertad del mercado, permitiendo que las lenguas que tienen un mayor mercado comercial lo aprovechen hasta el límite de sus posibilidades, está en contradicción directa con lo que pensamos que ha de ser un sistema democrático, que si considera que cada hombre tiene un voto también pretende defender la justicia y apoyar a los débiles frente a los fuertes para asegurar un mínimo de igualdad de oportunidades. Y no será inútil recordar que la propia Unión, en el sector agrario, practica una política de subsidios y de compensaciones para compensar las diferencias estructurales y asegurar así una mínima igualdad de oportunidades entre todas las regiones de Europa.

Cuarto. Si se pone en práctica una política de promoción de la

diversidad lingüística, tal como se propone en los puntos anteriores, la

cuestión de las lenguas oficiales y de trabajo en las organizaciones que constituyen la Unión debería poder encontrar una solución razonable. Y ésta empieza por reconocer que el principio de que todas las lenguas oficiales de los países miembros han de ser por ello mismo lenguas oficiales y lenguas de trabajo de los organismos comunitarios ha llegado al límite de sus posibilidades y es incompatible con el crecimiento futuro de la Unión. Aceptado esto, la única solución viable consiste en mantener la práctica actual de traducir a todas las lenguas de los países miembros los acuerdos y las decisiones de cualquiera de las instituciones comunitarias pero para el resto de las actividades de estas instituciones, tanto en la preparación de las decisiones como en su gestión, utilizar como lenguas de trabajo sólo algunas lenguas, que tendrían que ser al menos tres: inglés, francés y alemán, o un máximo de cinco si se les unían el español y el italiano.

Esa limitación en el uso de las lenguas oficiales como lenguas de trabajo debería ser compatible con que las instituciones europeas aceptasen comunicaciones en todas estas lenguas tanto por parte de los Estados como de los particulares y con que, a su vez, emitiesen informaciones en todas estas lenguas e incluso en otras lenguas europeas.

Quinto. Por mucho que aumente la competencia lingüística de los europeos en el sentido de conocer otras lenguas, siempre continuará siendo verdad que cada lengua es, en primer lugar, signo de identidad de un grupo y, por tanto, que el conocimiento de la lengua del otro no asegurará la comprensión mutua. Podemos añadir, además, que por mucho que aumente la competencia lingüística de los europeos, siempre el número de lenguas en presencia y en contacto será mayor que el número de las lenguas que normalmente un individuo puede conocer, lo cual significa que seguirán estando en contacto personas que tendrán dificultades para comunicarse verbalmente entre sí. De estas constataciones se desprende claramente una conclusión: para asegurar la diversidad lingüística no basta con predicar la necesidad de aprender lenguas y facilitar la difusión de éstas. Es necesario, antes que nada, enseñar tolerancia ante la diversidad europea. Mientras la lengua sea vista como un componente esencial de la nacionalidad y la nacionalidad como la referencia política y cultural última, el europeo que habla otra lengua seguirá siendo, en primer lugar, un extranjero.

He resumido en cinco puntos lo que entiendo que podría ser una política lingüística para Europa, pero este último punto nos sitúa en el corazón del debate sobre lo que entendemos que ha de ser la integración europea.

Es posible creer que la Unión Europea sólo puede significar una alianza entre Estados nacionales que conservan la plenitud de su soberanía política al servicio de su propia identidad y de sus intereses nacionales pero que se asocian para conseguir con ello determinadas ventajas económicas. Las reacciones ante la firma del Tratado de Maastricht han demostrado que hay muchos europeos que piensan así, y quizás mañana sean la mayoría. Mi punto de vista personal es que aunque esta postura parezca extraordinariamente realista, es en realidad utópica, porque si la Unión se limita a esta suma de objetivos contradictorios pronto los intereses nacionales entrarán en conflicto y acabarán haciéndola fracasar. Un naufragio que no sería simplemente un retorno a la situación anterior. En nuestro mundo las interdependencias son cada vez más fuertes, las económicas en primer lugar pero también las culturales y lingüísticas. Las naciones de Europa constituyen cada vez más una mezcla de pueblos y de culturas, y si no logramos superar los nacionalismos como última justificación de los Estados europeos, tarde o temprano convertiremos a Europa en una Yugoslavia a gran escala.

Queda el otro camino, el esfuerzo por constituir a partir de la

diversidad y sin renunciar a ella una identidad y una conciencia cultural europeas que justifiquen alguna forma de entidad supranacional y que hagan posible una política común en relación con el resto del mundo. Es un camino difícil, porque nadie es capaz de definir con claridad sus objetivos. Y es un camino incómodo porque exige sacrificios y supone un alto grado de confianza en el futuro. Pero es el único posible.

Es en esta perspectiva en la que la generalización de la enseñanza de lenguas extranjeras adquiere todo su valor. Siempre se ha creído que al aprender otras lenguas nos familiarizamos con las creaciones culturales y las formas de vida de la gente que las habla y eso nos hace más asequibles sus maneras de pensar y de sentir. Esta aproximación es ya una aportación importante al entendimiento y a la solidaridad. Pero la tendencia actual a enseñar segundas lenguas desde muy pronto y con metodología comunicativa abre, además, la posibilidad de utilizar la enseñanza de la lengua extranjera como vehículo de sensibilización a la diversidad humana

y a los problemas de la convivencia. Y también para ofrecer conocimientos y experiencias sobre la pluralidad cultural europea. De esta manera la enseñanza de lenguas se puede convertir en un instrumento importante en el esfuerzo por construir una Europa unida a partir de su diversidad.

A condición, por supuesto, de que los europeos estén dispuestos a avanzar por este camino, cosa que no está tan clara. Antes he recordado las reacciones recelosas que se produjeron ante el Tratado de Maastricht. Ante la magnitud de estos recelos hubo muchas voces que se quejaron de que los políticos que prepararon el Tratado no hubiesen sabido explicar a los ciudadanos de Europa sus verdaderas finalidades, como si la construcción de Europa exigiese una vasta operación de márketing comercial. Y es cierto que el Tratado de Maastricht, como todas las decisiones que afecten a todos los europeos, debería ser explicado mejor y debería llegar a la opinión pública de una forma que no pareciese solamente una justificación del punto de vista de los partidos políticos que en cada país ocupan los respectivos gobiernos. Pero esto no es suficiente ni es lo más importante. Las opiniones y las actitudes de los habitantes de los países que constituyen Europa empiezan a forjarse en sus años infantiles y juveniles, a través de un sistema educativo en el que se forma su conciencia ciudadana. Y veinticinco años después de la firma del Tratado de Roma en todos los países de Europa la educación continúa inspirada en patrones estrictamente nacionales y nacionalistas y los alumnos, en la escuela primaria y en la secundaria, siguen estudiando una historia centrada en su propio Estado-nación y dirigida a justificar el nacionalismo en el que se les educa. Que en algunos países y a algunos alumnos se les ofrezca posteriormente información más o menos detallada sobre las instituciones europeas y sus objetivos, o incluso sobre los ideales europeos, no cambia gran cosa en esta situación de fondo.

Se ha dicho que el Tratado de Maastricht, que renueva y amplía el de

Roma, modifica sustancialmente esta situación porque, a diferencia de lo que hacía este último, incluye artículos referidos a la educación y la cultura y así se abre la puerta a una educación europea. Pero la innovación es más aparente que real. He aquí el texto del artículo 125 del Tratado, dedicado a la educación:

«La Comunidad contribuirá al desarrollo de una educación de calidad fomentando la cooperación entre los Estados miembros y, si fuese

necesario, completando la acción de éstos y prestándoles apoyo en el pleno respeto de sus responsabilidades en cuanto a los contenidos de la enseñanza y a la organización del sistema educativo, así como de su diversidad cultural y lingüística».

Y el apartado 2 concreta el contenido de estas acciones posibles situando en primer lugar: «Desarrollar la dimensión europea en la enseñanza, especialmente a través del aprendizaje y la difusión de las lenguas de los Estados miembros».

Finalmente, el punto 4 precisa que «para contribuir a la realización de los objetivos establecidos en el presente artículo el Consejo adoptará, de acuerdo con el procedimiento previsto en el artículo 189 B y previa consulta al Comité Económico y Social y al Comité de las Regiones, medidas de fomento con exclusión de cualquier armonización de las disposiciones legales y reglamentarias de los Estados miembros».

O sea, que mientras que la Comunidad, hoy Unión Europea, desde sus comienzos ha adoptado decisiones que limitan de diferentes maneras la soberanía de los Estados en el orden económico y, en alguna medida, incluso en el jurídico y administrativo, lo que hace el Tratado de Maastricht es ratificar el principio, consagrado por una práctica constante, de no tomar ninguna decisión que pueda interpretarse como una intromisión en la plena competencia de los Estados sobre su sistema educativo. Y lo hace enfáticamente y por dos veces en el curso del mismo artículo. En el orden educativo la Unión se limitará a completar las acciones de los Estados miembros y a apoyarlas.

Y a la hora de concretar estas acciones complementarias de lo que el tratado denomina la dimensión europea de la educación se limita a citar el aprendizaje y la difusión de las lenguas de los Estados miembros. O sea, exactamente, lo que ya estaba haciendo la Comunidad con los programas Lingua y Erasmus, ahora integrados en el programa Sócrates.

El artículo 128, dedicado a la cultura, es todavía más vago:

«La Comunidad contribuirá al florecimiento de las culturas de los Estados miembros dentro del respeto a su diversidad nacional y regional poniendo de relieve al mismo tiempo el patrimonio cultural común.

»2. La actuación de la Comunidad favorecerá la cooperación entre los Estados miembros y, si fuese necesario, completará la actuación de éstos y la apoyará en los siguientes ámbitos: la mejora del conocimiento y la difusión de la cultura y de la historia de los pueblos europeos, la

conservación y la protección del patrimonio cultural de importancia europea, los intercambios culturales no comerciales y la creación artística y literaria, incluido el sector audiovisual». Y el artículo acaba precisando también, como en el caso de la educación, que las actuaciones sobre estos temas deberán decidirse por unanimidad y «con exclusión de toda armonización de las disposiciones legales y reglamentarias de los Estados miembros».

Una década después de Maastricht el texto de la Constitución europea que al publicarse este libro se somete a referéndum repite exactamente estas posiciones. En la parte dedicada a los derechos fundamentales que la Unión se compromete a asegurar a los europeos se enumeran hasta cincuenta derechos concretos, pero en ningún caso se hace referencia a derechos lingüísticos. En cuanto a los ámbitos de actuación, el texto constitucional repite la distinción entre ámbitos de competencia exclusivos de la Unión, por ejemplo la política monetaria o la conservación de los recursos marinos, ámbitos de competencia compartida con los Estados, por ejemplo la agricultura o los transportes, y ámbitos de competencia exclusiva de los Estados, en los que la Unión puede ejercer sólo acciones de apoyo, y entre éstos están en primer lugar la cultura y la educación. Y la enumeración de las posibles actuaciones complementarias de la Unión en estos campos es todavía más somera que en el Tratado de Maastricht, pues se limita a citar el apoyo a la enseñanza de lenguas extranjeras en el ámbito de la educación y el conocimiento de la riqueza de las respectivas historias nacionales en el de la cultura.

Llegados a este punto, creo que hay que decir las cosas con toda

claridad. El proyecto de integración europea que ha llevado a constituir la Unión Europea supone, quiérase o no, una cierta dosis de supranacionalidad e implica la voluntad de avanzar en esta dirección. Pero para avanzar en esta dirección es necesario que los europeos asuman que tienen un patrimonio cultural común y una identidad propia que fundamenta su solidaridad, y no sólo unos intereses económicos comunes. Y la mejor manera de que los europeos se hagan conscientes de ello es que su educación se base en este patrimonio común y en esta solidaridad.

Es cierto que Europa sólo se puede construir desde la diversidad y desde el respeto a esta diversidad tanto lingüística como cultural, y todo este libro ha sido escrito desde este convencimiento, pero con la misma fuerza con que se afirma esto hay que añadir que el respeto a las

diferencias únicamente es posible desde un fundamento común compartido. Sólo el día en que los alumnos de hoy y ciudadanos europeos de mañana aprendan su historia nacional en función de la historia común europea y se acostumbren desde la escuela a considerar que su identidad nacional es solidaria de su ciudadanía europea, podremos creer que estamos avanzando en la construcción de una Europa unida y diversa a la vez, de una Europa en la que la pluralidad de lengua no sea un obstáculo a la comunidad de propósitos. Y sólo en la medida en que avancemos por este camino podremos proponer a los europeos la adquisición de otras lenguas como un enriquecimiento personal y como una contribución a la solidaridad europea.

Es sabido y se repite a menudo que Jean Monnet, después de haber hecho tanto por la construcción de la unidad europea, decía que si tuviese que empezar de nuevo, en vez de comenzar por la Europa de la economía, lo haría por la Europa de la cultura. No creo traicionar su pensamiento diciendo que, al resultar imposible optar entre la economía y la cultura, el camino real hacia la Europa de mañana ha de ser la Europa de la educación.

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INFORMACIÓN A TRAVÉS DE INTERNET

Lenguas del mundo

Existe un gran número de centros e instituciones que ofrecen en Internet amplia información sobre las lenguas del mundo y, entre ellas, de las lenguas europeas. Algunos se limitan a las lenguas amenazadas. Entre ellos están:

Ethnologue. Un centro muy antiguo que recoge la herencia de otro dedicado a procurar la traducción de la Biblia al mayor número de lenguas. Actualmente ofrece un catálogo de más de 6.000 lenguas y gran cantidad de información relacionada con ellas, http://www.ethnologue.com/.

CIRAL (Centre Interdisciplinaire de Recherches sur les Activités Langagières). http://www.ciral.ulaval.ca/. También una institución relativamente antigua con un amplio abanico de actividades es http://www.ciral.ulaval.ca/ltal/. Una de sus secciones,

«L’amanagement linguistique dans le monde» (J. Leclerc), ofrece amplia información sobre un gran número de lenguas: http://www.tlfq.ulaval.ca/.

The Rosetta Project Stanford University. Pretende establecer un catálogo descriptivo de todas las lenguas del mundo, actualmente unas 1.500. Permite acceder además a una amplia información sobre cada una de ellas, http://www.rosettaproject.org/live.

The International Clearing House for Endangered Languages. Universidad de Tokio. Pretende mantener al día el Red book on endangered languages de la UNESCO. http://www.tooyoo.l.u-

tokyo.ac.jp/Redbook/index.html. Project Dober. Gesellshaft fur Bedronte Sprachen (Sociedad para las lenguas amenazadas).

Lenguas de Europa

BBC Languages across Europe. Información sobre las lenguas de Europa: http://www.bbc.co.uk/languages/.

Los alfabetos de Europa: http://www.evertype.com/alphabets/.

Página de Paul Treanor con noticias de actualidad sobre las lenguas europeas: http://web.inter.nl.net/users/Paul.Treanor/index.html.

BELMER: Bureau Européen pour les Langues Moins Repandues. European Bureau for Lesser Used Languages: http://www.eblul.org.

Euromosaico. Texto del informe sobre las lenguas minoritarias en Europa: http://www.uoc.edu/euromosaic/.

Lenguas de España

Español

Real Academia Española (Gramática, diccionario, historia de la lengua): http://buscon.rae.es/diccionario/drae.htm.

Instituto Cervantes. Enseñanza en el extranjero, pedagogía. http://www.cvc.cervantes.es/portada.htm.

Cultura en Internet. Página del Ministerio de Cultura: http://www.mcu.es/culturalnternet/index.html.

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Universidad de Alicante: http://www.cervantesvirtual.com/index.shtml.

Catalán. Cataluña

Secretaría Generalitat de Catalunya. Información sobre la lengua en todos sus aspectos:

http://www6.gencat.net/llengcat/.

Institut d’Estudis Catalans. Gramática y diccionarios normativos: http://www.iecat.net/inici.htm.

Institut Ramón Llull. La lengua en el extranjero: http://www.llull.com/llull/.

Catalán. Islas Baleares

Dirección General Política Lingüística: http://weib.caib.es/.

Catalán/Valenciano

Secretaría de Cultura:

http://www.cult.gva.es/Cultura.htm.

Área de política lingüística: http://www.cult.gva.es/polin/.

Serveis d’investigació i Estudis Sociolingüistic: http://www.cult.gva.es/sies/.

Gallego

Dirección Xeral de Política Lingüística: http://www.xunta.es/. Información sobre la lengua: http://www.edu.xunta.es/.

Instituto de la Lengua Gallega de la Universidad de Santiago: http://www.usc.es/~ilgas/.

Centro de Documentación Sociolingüística de Galicia: http://www.consellodacultura.org/.

Euskera

Viceconsejería de Política Lingüística. Información sobre la lengua en todos sus aspectos:

http://www.euskadi.net/euskara/.

Otras lenguas de Europa

Francés

Académie Française:

http://www.academie-francaise.fr/;

http://www.academie-francaise.fr/dictionnaire/.

Alliance Française: http://www.alliancefr.org/. Les langues de France:

http://www.languesdefrance.com/.

Alemán

Goethe Institut:

http://www.goethe.de/;

http://www.goethe-institut.de/enindex.htm.

Inglés

British Council: http://www.britishcouncil.org/.

Portugués

Instituto Camoens. Lengua y literatura:

http://www.instituto-camoes.pt/index.htm.

Nuevas tecnologías

Comisión Europea. Dirección General de la Sociedad de la Información.

Tecnologías para el lenguaje humano: http://www.hltcentral.org.

Las instituciones europeas y las lenguas

Unión Europea: http://www.europa.eu.int.

La Unión Europea y las lenguas: http://europa.eu.int/comm/education/policies/lang/languages/index_ es.html.

Eurydice. Red europea sobre educación: http://www.eurydice.org/.

Consejo de Europa:

http://www.coe.int/defaultEN.asp.

Política lingüística

Declaración universal de los derechos lingüísticos: http://www.linguistic-declaration.org.

Carta europea de las lenguas regionales o minoritarias. Texto de la Carta: http://conventions.coe.int/;

http://conventions.coe.int/Treaty/EN/v3MenuTraites.asp; http://conventions.coe.int/Treaty/Commun/.

Información sobre su aplicación:

http://www.coe.int/T/E/Legal_affairs/.

Ciemen/Mercator Legislación. Situación legal de las distintas lenguas de Europa:

http://www.ciemen.org.


MIQUEL SIGUAN (Barcelona 1918-2010), fue un psicólogo, lingüista y escritor español.

Con 16 años ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de su ciudad y, truncados sus estudios por la Guerra Civil, participa activamente en ella en el frente de Teruel. Tras la contienda y el campo de concentración, conocerá en Francia a Piaget y entrará en contacto con la psicología industrial en Londres a principios de los cincuenta.

A su vuelta se doctora en Madrid y allí trabaja con Germain, Pinillos y Yela en la Escuela de Psicología, y como psicólogo industrial. De regreso a su ciudad natal ocupa la cátedra de Psicología de la Universidad de Barcelona, de la que es nombrado posteriormente vicerrector de planificación y más adelante presidente del Patronato.

Del mismo autor son las obras España plurilingüe y Bilingüismo y lenguas en contacto.



FIN

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