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Libro N° 14942. La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos. Maestros De La Literatura Japonesa. Mori, Ōgai


© Libro N° 14942. La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos. Maestros De La Literatura Japonesa. Mori, Ōgai. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos. Maestros De La Literatura Japonesa. Ōgai Mori

 

Versión Original: © La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos. Maestros De La Literatura Japonesa. Ōgai Mori

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LA FAMILIA ABE Y OTROS RELATOS HISTÓRICOS

Maestros De La Literatura Japonesa

Ōgai Mori


La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos

Maestros De La Literatura Japonesa

Ōgai Mori

Japón, año 1641. El señor feudal Hosokawa Tadatoshi agoniza en su lecho de muerte. Dieciocho de sus vasallos más allegados reciben permiso para quitarse la vida mediante seppuku y acompañar a su señor en la muerte siguiendo la vieja tradición samurái. Pero su servidor más fiel y abnegado, Abe Yaichiemon, ve denegada su petición, pues Tadatoshi le ordena que viva para servir a su joven heredero. Abe cumplirá los deseos de su señor pero, cuestionado en su honor por los samuráis del clan y sometido a objeto de burla, tomará una arriesgada decisión que condicionará el destino de toda su familia.

La familia Abe es todo un clásico de la literatura japonesa que ha sido llevado al cine, a la TV y adaptado al manga. Esta novela explora conceptos tan arraigados en la cultura nipona como el honor, la lealtad o la muerte y plantea de modo magistral el conflicto entre modernidad y tradición que vivió su autor, Mori Ōgai, y que aún permanece latente en el Japón actual.

También se incluyen en este volumen otros dos relatos protagonizados por samuráis que se enfrentan a la difícil decisión de poner fin a sus vidas para limpiar su honor.

Ōgai Mori

La Familia Abe Y Otros Relatos Históricos

Maestros De La Literatura Japonesa - 16

ePub r1.0

Titivillus 03.08.2025

Título original: 興津弥五右衛門の遺書 (Okitsu Yagoemon no isho); 阿部一族 (Abe ichizoku); 佐橋甚五郎 (Sahashi Jingorō)

Ōgai Mori, 1913

Traducción y notas: Jesús Carlos Álvarez Crespo Introducción: Carlos Rubio

Ilustración de cubierta: Samurái (1867), de Felice Beato

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1

Digitalización y OCR para Epublibre

Índice de contenido

Cubierta

La familia Abe y otros relatos históricos Introducción

Nota al texto

El testamento de Okitsu Yagoemon Primera versión

Segunda versión La familia Abe Sahashi Jingorō

Nota del traductor

Apéndices

I. Los 68 antiguos reinos de Japón

II. El cómputo del tiempo

III. Los nueve rangos de la nobleza

IV. Los ocho ministerios

V. Los nombres japoneses

VI. Fechas Glosario

Sobre el autor Notas

INTRODUCCIÓN

El libro que tiene el lector en sus manos contiene tres relatos. Los escribió Mori Ōgai, una de las personalidades más fascinantes de la Modernidad japonesa. Su vida (1862-1922) y obra como polígrafo (novelas, poesías, cuentos, dramas, biografías, ensayos, traducciones) nos revelan el pulso espiritual de la llamada era Meiji (1868-1912). Introductor de las principales corrientes de la literatura occidental en su país, fue el gran forjador del lenguaje literario japonés, en el cual, a lo largo de los cien años siguientes, escribirán sus obras escritores tan conocidos en Occidente como Akutagawa, Kawabata, Tanizaki, Mishima, Haruki Murakami.

Una novedosa perspectiva para observar la personalidad sobria y poliédrica de este escritor, que fue además médico y gestor militar, y para encuadrar con solvencia estas tres historias por primera vez ofrecidas en lengua española, nos la proporciona su relación con dos nombres de persona. Los dos con ene en la inicial. Son Nogi y Naumann. Un general japonés y un geólogo alemán.

Las dos enes: Nogi y Naumann

«—¡Junshi, junshi!

»Fue lo que le dije a mi mujer mientras sostenía en la mano la edición extra del periódico donde acababa de leer la nota de suicidio dejada por el general Nogi».

Kokoro

(Madrid, Gredos, 2003, pág. 325)

Junshi significa «autoinnmolación», el acto del guerrero cuando sigue en la muerte a su señor, ofreciendo así, con el sacrificio de su vida, prueba suprema de lealtad. En 1912, una época en la que Japón había quedado engullido por la vorágine de la Modernidad y estaba abolida la casta de los samuráis, el gesto del general Nogi fue cuanto menos anacrónico.

Fue, en efecto, mucho más: un inquietante aldabonazo en la recámara de la conciencia de muchos japoneses de entonces. Por ejemplo, en la de los dos hombres de letras más representativos de su tiempo: Natsume Sōseki, el novelista de la cita de arriba, y Mori Ōgai, el autor presentado ahora[1]. Además, junshi es tema vertebral de los tres relatos históricos del presente libro y el detonante que los hizo nacer.

La muerte del emperador Meiji a finales del verano de 1912 cerraba un periodo de cuarenta y cuatro años de rápida modernización: el desmantelamiento del viejo régimen del sogunato Tokugawa, una oligarquía de samuráis, que durante dos siglos y medio había hecho del país una crisálida feudal de espaldas al resto del mundo. En uno de los cinco artículos de la Constitución promulgada el año 1868, Japón decide dejar atrás «las prácticas oscurantistas» del pasado —por ejemplo, esta del junshi— y en otro se anuncia que el nuevo gobierno perseguirá el saber y la técnica por todo el mundo para promover el bienestar del pueblo —por ejemplo, Mori Ōgai, nuestro autor, es enviado a Alemania a aprender higiene pública—. Sin embargo, este, en la última fase de su vida como escritor, abordará el tema del junshi, y no exactamente para condenarlo. ¿Contradicción? Tal vez, más bien asimetría[2]. Entre aquella decisión del nuevo gobierno, en 1868, y el tratamiento que del junshi realiza Ōgai en los relatos de samuráis escritos en 1912-1913, el país nipón había recorrido con éxito fulgurante el camino hacia la modernización, había conquistado el respeto de las potencias occidentales, había copiado las prácticas agresivas de las naciones colonialistas anexionando territorios vecinos, había derrotado a una gran potencia europea a principio de siglo, había conseguido, en fin, sentarse en la mesa de los ricos.

¿Era una gran familia feliz?

La literatura, espejo del alma de la sociedad, mueve la cabeza negativamente como expresando sus dudas. Por debajo de cualquier sonrisa de bienestar y de una lengua jadeante, el corazón de aquel país a la carrera parecía rebosar desánimo: una gran familia desilusionada porque el precio de dejar atrás la tradición y abrazar lo moderno había sido exorbitante: sangrante ruptura en los modelos sociales, profunda crisis de identidad, graves secuelas de aislamiento de las personas. Un corazón que retrata la mejor literatura de la época (Ukigumo o «Nubes flotantes», Namiko, Kokoro, Sanshiro, El caminante, El precepto roto, Yoake mae o «Antes del alba»). El gobierno ilustrado de Meiji había emprendido esfuerzos constantes por doblegar formas de pensar seculares; autorizado a que los plebeyos asumieran apellidos, y eligieran libremente profesiones y domicilios; abolido el sistema de clases, y decretado la igualdad social a imitación de las sociedades progresistas de Europa y América; formulado eslóganes para despertar la ambición individual; insistido, en suma, en que había que enterrar el pasado.

Pero he aquí que nada más fallecer el emperador Meiji, el fantasma del pasado vuelve: una mano crispada remueve la tierra y asoma desde el fondo de la tumba. Era el junshi perpetrado en forma de haraquiri por el general Nogi Maresuke junto a su esposa Shizuko el 13 de septiembre, mientras se celebraba el funeral de Estado del emperador. ¡El viejo Japón estaba vivo!

En la nota de suicidio, el viejo guerrero explicaba que, por haber deseado largo tiempo expiar el error de perder la bandera de su regimiento en la rebelión de Satsuma de 1877[3], seguía a su señor en la tumba rajándose el vientre a la vieja usanza samurái. Para hombres de la generación de Mori Ōgai, la acción de Nogi simbolizaba la batalla emocional que todos ellos, nacidos al comienzo de la era Meiji, habían estado librando entre la seguridad de la tradición y el tirón de la Modernidad. Pero para nuestro escritor, samurái de extracción y formación, aparte de amigo del suicida Nogi, se trataba de algo más. No solo era este junshi el clamor estéril de rebeldía de un vasallo fiel, la expresión condensada de los valores de la vieja sociedad de samuráis. Era también una prueba desconcertante del enorme poder de la tradición. Esta constatación debió de resultar especialmente turbadora para Ōgai, un hombre que, como veremos, toda la vida había trabajado para insuflar en su país los planteamientos racionales de la Modernidad aprendidos en Occidente. El impacto recibido le hizo mirar al suelo y comprender que las raíces de la nación japonesa, a pesar de la hojarasca de la modernización superficial, se hundían de forma natural en la era premoderna, en el Japón de Edo (1600- 1868). Y de este periodo histórico sacará agua un Ōgai ya cincuentón para dar vida a su futura producción literaria. Iniciaría entonces su última fase como escritor, la tercera. Con anterioridad, había habido dos. Y antes de las dos, un interesante periodo formativo. Retrocedamos. Al hacerlo nos encontraremos con la otra ene, la de Naumann.

Nacido Mori Rintarō (Ōgai, u Ogai como escribiremos a partir de ahora, fue el seudónimo que adoptó al uso entre los literatos de Meiji), creció en la pequeña ciudad de Tsuwano, actual prefectura de Shimane, en el corazón del oeste de Japón. Era el hijo primogénito del médico personal del daimio de la provincia. Al igual que Natsume Sōseki y otros autores nacidos en la década de 1860 —como Tōson y Rohan, por citar dos autores publicados en esta misma colección—, perteneció a la última generación de escritores japoneses con formación infantil en los clásicos confucianos chinos, una experiencia que no solo los vinculaba de por vida a una rica herencia cultural, sino que los diferenciaría de la generación siguiente moldeada en patrones educativos occidentales. La profesión de su padre determinó que el niño Rintarō estudiara holandés, la lengua obligada por entonces para adquirir el saber de Occidente. En 1872 se trasladó a Tokio, donde a los diez años de edad empezó a estudiar alemán con profesores nativos como preparación para iniciar la carrera paterna, la medicina. Cuando la termina, se hace médico del Ejército. A los veintidós años, sus superiores, impresionados con sus dotes intelectuales, lo recomiendan para conseguir una beca del Ejército Imperial que lo llevará a Alemania a estudiar higiene pública.

Berlín, Dresde, Leipzig y Múnich. Son las ciudades que se repartirán su residencia extranjera de cuatro años, un lujo al alcance de muy pocos japoneses por aquellos años. Esta estancia ejercerá una importancia decisiva para el joven Ogai, mucho más de lo que lo fue la de Inglaterra para Sōseki, en parte porque Ogai vivió el doble de tiempo en el extranjero, porque tenía diez años menos y porque disfrutaba de una posición y de unos contactos con los que Soseki no podía ni soñar en Londres. Su Doitsu nikki («Diario de Alemania»), a pesar de haber sido escrito muchos años después y expurgado por él mismo, proporciona valiosos datos sobre esta estancia[4]. Tuvo el privilegio de estudiar en los laboratorios de Pettenkofer y Koch, fundadores de la higiene moderna y de la bacteriología, respectivamente, y representantes de la medicina más avanzada del mundo a finales del siglo XIX. Además y gracias a su estatus como oficial, que le dejaba tiempo libre, encontró tiempo para divertirse con militares alemanes en galas y bailes, ser invitado al Palacio Imperial, observar maniobras militares del ejército prusiano, estudiar inglés

—y también español bajo un tal George Wilke—, ser presentado al rey Alberto, enamorar a una joven alemana, asistir al teatro —donde vio obras de Calderón y Lessing— y, sobre todo, leer con voracidad una considerable cantidad de literatura europea traducida al alemán. En la entrada de su diario del día 24 de octubre de 1884, poco después de llegar a Alemania, escribe:

Cuando regreso de la universidad, me espera en mi habitación un profesor particular de inglés, Ferdinand Illgner. Como casi todos los profesores de lengua son pobres, vienen a la habitación del estudiante en lugar de que seamos los estudiantes quienes nos molestemos en ir a la suya. He decidido que por la noche leeré por extenso a los poetas alemanes[5].

La pasión de Ogai por la literatura fue recompensada por la suerte de que por aquel entonces en Alemania estuviera traducido un elevado número de libros extranjeros de muy variada índole. Todos ellos le permitieron absorber las principales corrientes de la literatura, la filosofía y la ciencia europeas. Este conocimiento de primera mano de la cultura europea será un importante fermento modernizador de la literatura japonesa cuando el joven becario regrese a su país.

Pero lo que Ogai halló en esas obras y experiencias no solamente fue Europa, sino también Japón. Y con esto llegamos al hombre de la otra ene. En marzo de 1886 estando en Múnich, asistió a la conferencia de Edmund Naumann, un geólogo alemán que había pasado diez años enseñando en el país nipón; e incluso había sido condecorado por el Gobierno japonés con la Orden del Sol Naciente. En su diario, Ogai expresa asombro de que, a pesar de esta alta distinción, Naumann se atreva a pronunciar en público frases hostiles contra Japón. Días después, la conferencia es publicada en un importante diario alemán. Ogai no aguanta más y escribe una refutación que el diario le publica; Naumann contraataca; Ogai rebate de nuevo. Fue el Debate Naumann.

Los argumentos del alemán se basaban en la idea de que la modernización de Japón, a causa de haber sido acelerada e impulsada por presiones externas, presentaba profundas lagunas espirituales. En segundo lugar, alegaba que la cultura japonesa tradicional, aunque estimable, apenas era valorada por los mismos japoneses, sedientos de imitar indiscriminadamente la cultura europea. Finalmente, presentaba a Japón como un país pobre, sucio, plagado de enfermedades y de costumbres bárbaras, como la de que sus nativos anduvieran «medio desnudos» por la calle. Estas últimas observaciones incendiaron el patriotismo y el orgullo del joven samurái. Sin embargo, las dos primeras ideas eran difíciles de rebatir, especialmente para alguien como él que, en ese momento, había salido de su país para estudiar la ciencia y la cultura occidentales.

Más tarde, Ogai se daría cuenta de la verdad de las ideas del geólogo. Pero entonces y debido a su juventud, le faltaba perspectiva para rebatir con éxito a Naumann, cuyas tesis entendía y en el fondo tal vez compartía. Para competir con los occidentales, para negociar con ellos de igual a igual, no bastaba con «occidentalizarse» por obra de una emulación ciega, sino que se necesitaba superarlos desde una valoración concienzuda y crítica de la propia japoneidad. La adopción de una cultura extranjera estaba generando en Japón rupturas y tensiones, amenazando con crear un vacío espiritual. Estas preocupaciones iban a acuciar toda la vida de Ogai, especialmente al final de la misma. En realidad, ya debía de ser consciente cuando estaba en Alemania y escribió que «la civilización está basada en fundamentos históricos»[6]. El problema era hasta qué punto se podían importar la cultura y el pensamiento occidentales sin quebrar el lazo espiritual que une a un país con su pasado. En suma, era preciso redescubrir Japón a la luz de los propios valores, de la cultura tradicional que una modernización superficial deseaba borrar.

Tal necesidad será la que asuma Mori Ogai el resto de su vida. Así pues, el debate con Naumann llevó a nuestro autor, primero, a perfilar su actitud hacia la confrontación entre las dos culturas; y, segundo, a desarrollar una mente crítica a toda reforma acelerada y radical, ya fuera de la lengua japonesa, de urbanismo o de la dieta seguida por los soldados del Ejército Imperial. La tácita aprobación del junshi —paradigma de la barbarie según el geólogo alemán, pero de altos valores éticos según el viejo código samurái— que Ogai concede en el primer relato de este libro es un ejemplo cabal. En resumen, Nogi, al realizar el gesto «bárbaro» de seguir en la tumba a su señor, y Naumann, al ridiculizar públicamente en Europa la barbarie de costumbres similares, estimularon como dolorosas espuelas las carnes de la obra y de la personalidad de Mori Ogai. El primero, Nogi, para reevaluar, en el ocaso de su vida, su futura producción y el tono espiritual de los sorprendentes relatos que podrá leer el lector hispanohablante en este libro; el segundo, Naumann, para moldear, en la alborada de la vida, sus ideas sobre cómo debía modernizarse el país. En uno de los relatos más autobiográficos sobre su estancia en Alemania, «Ilusiones», escrito en 1911, tal vez recordaba el Debate Naumann cuando escribía:

Los europeos afirman que no temer a la muerte es algo propio de un bárbaro. Tal vez yo sea un bárbaro. Al reflexionar sobre ello, recuerdo al mismo tiempo que, cuando niño, mis padres me repetían que debía ser capaz de hacerme el haraquiri, pues pertenecía a una familia de samuráis. Y entonces, según recuerdo, pensaba en el dolor físico que obviamente sobrevendría y que debería aguantar. Concluyo que soy un bárbaro. Pero no justifico la opinión de los europeos[7].

Ogai, traductor

Cuando en 1888 regresa a Japón con veintiséis años, funda dos revistas médicas, una literaria —Shiragami-zōshi—, se enzarza en un debate que

marca el nacimiento en Japón de la crítica literaria moderna[8] y, tal vez lo más importante para la literatura japonesa, se dedica a verter al japonés un caudal de poemas, dramas y obras en prosa. Desde la colección poética Omokage («Visiones»), entre 1892 y 1901, hasta el Fausto de Goethe (1913), las traducciones de Ogai ejercieron una notable influencia en los círculos literarios del Japón de su tiempo, ansioso por conocer de primera mano la literatura europea. La faceta como traductor, que incluía dramas de Ibsen, Hauptmann, Sudermann e incluso Calderón —El alcalde de Zalamea, que, sin embargo, no llegó a ser representado—, ha sido destacada como uno de los puntos fuertes de Ogai: su versión de Fausto aún se publica y su traducción del Improvisatoren de Hans Christian Andersen fue saludada como un logro sorprendente especialmente por lo que significó en su tiempo. Hay que entender la importancia de tal actividad en el contexto de una cultura, la de Meiji, que crecía al ritmo que marcaba la labor de los traductores de literatura occidental. En el caso de Ogai, tal labor, que complementaba con ensayos y artículos periodísticos, no solo conllevaba dar a conocer las corrientes literarias dominantes en la Europa del siglo XIX como el Romanticismo, el realismo y el naturalismo; también implicaba introducir en la lengua japonesa nuevos conceptos y acuñaciones léxicas, al lado de innovaciones estilísticas y retóricas que allanaron el camino para el desarrollo de la llamada genbun’itchi, la unificación del lenguaje hablado y escrito, producida a comienzos del siglo XX y de la cual es deudora toda la literatura japonesa posterior. A través del proceso traductor, Ogai desarrolló un estilo que expresaba adecuadamente las líneas del pensamiento europeo. Su formación confuciana y europea lo convertía en el artífice idóneo para tal cometido. Por un lado, estaban las posibilidades que se le presentaban a la lengua japonesa gracias al conocimiento exhaustivo del chino clásico que este hombre poseía desde niño; por otro lado, estaba la riqueza conceptual de la lengua alemana, una lengua en cuyo dominio nuestro autor no solo estaba bien versado también desde muy joven, sino que además lo había rematado «viviéndola» en su país de origen. El efecto recíproco de estos dos hechos tal vez sea la causa feliz de ese estilo vigoroso, lúcido y conciso que lleva la marca Ogai. Será, por cierto, la prosa tersa y masculina usada en los relatos históricos del presente libro y, para suerte del lector hispanohablante, hábilmente reproducida en español por el traductor Jesús Carlos Álvarez Crespo; será, además, responsable de la admiración que le profesarán los escritores japoneses de la generación siguiente, como el gran estilista Nagai Kafū[9].

Primera fase (1888-1895)

Los seis años entre el regreso de nuestro autor de Europa y el comienzo de la guerra chino-japonesa (1894-1895) forman su primera fase como escritor. La influencia de las novelas cortas leídas por el joven Ogai en Alemania, en donde languidecía un posromanticismo literario pertinaz, se echa de ver en tres relatos en los cuales se inició como creador: La bailarina (Maihime), Utakata no ki («Recuerdos de una vida efímera») y Fumizukai («El mensajero»), escritas en el periodo 1890-1891[10]. Interesa la primera, más que por su valor literario, por dos motivos. Primero, por crear con ella un subgénero narrativo de notable arraigo en la literatura japonesa posterior, la novela personalista (watakushi shōsetsu) o «novela del yo» (Ogai la llamará Ich roman)[11]. Al parecer, con esta denominación, el autor no pretendía más que señalar el uso de la primera persona; sin embargo, es difícil pasar por alto las semejanzas entre algunos lances del argumento y detalles específicos de la vida del escritor en Alemania. En este tentador autobiografismo, últimamente puesto en duda por especialistas, estaría la segunda razón de su interés. Durante mucho tiempo se creyó que la joven alemana que siguió a Ogai a Japón fue el modelo de la Elise de la historia y que el autor fue el estudiante japonés que abandona a su amante. Hoy día se cree que este personaje está modelado en otro japonés conocido por el autor en Alemania[12]. En La bailarina se ha visto, no obstante, una soterrada protesta del autor contra el sistema familiar de Japón que lo obligó a rechazar a la joven alemana desembarcada en su busca poco después del regreso del joven japonés a su país. ¿Una renuncia doblemente impuesta por la condición que como primogénito le exigía el viejo sistema familiar japonés y por la voluntad de sus superiores militares? ¿Una parábola de la independencia emocional pisoteada por la tradición? Una tesis tan romántica como el argumento de la novela. En apoyo de esta teoría está el hecho de que la familia de Ogai enseguida lo casó con una japonesa «adecuada», la hija de un vicealmirante. Un matrimonio sin amor que fracasó al año. Ogai se divorció, aparentemente por no poder soportar los aires que se daba su familia política, y permaneció sin casarse hasta que cumplió la cuarentena. En varios relatos aludirá a este celibato, dando a entender que era el estado ideal del caballero estudioso de corte confuciano. En uno de ellos (Niwatori, «Gallinas», de 1909) refiere el cuidado que debe tener el protagonista en elegir bien a sus amas de llave: debían ser viejas o feas; en otro (Dokushin, «El soltero», 1910) insiste en las

desastrosas consecuencias de los matrimonios formados entre los jóvenes amos de la casa y las criadas atractivas.

En la tercera de las novelas mencionadas, Fumizukai, la historia se encumbra cuando la joven protagonista huye del miserable futuro que la espera con un hombre al que no ama. ¿Podría ser una coincidencia que Ogai se divorciara de su mujer en octubre de 1890, solo dos meses antes de la publicación de la obra? Más cierto es que en sus páginas, la tradición japonesa de matrimonios concertados es sometida a una batería de ataques y que el autor desahoga su malestar cuando pone en boca de la protagonista alemana estas palabras dirigidas al oficial japonés:

He leído hace poco un par de libros sobre costumbres japonesas, en los cuales, los autores europeos observan con desdén en su país que los matrimonios los conciertan los padres y que, por lo tanto, muchas parejas no saben qué es el amor de verdad. Me parece irónico tal desdén, pues lo mismo ocurre en Europa.[13]

El probable autobiografismo de estos relatos de juventud nos revela ya una de las constantes del Ogai escritor: la capacidad de transformar los compromisos de la vida cotidiana en creación literaria.

Tras el periodo romántico de Ogai, un silencio de dieciocho años, hasta 1909. Se ha interpretado con teorías diversas: descontento con esas tres novelitas que fueron fruto de su residencia extranjera, desencanto con la ficción, presiones y sinsabores de su vida como médico militar, encargos y zarandeos oficiales con ocasión de las dos guerras —la de 1894 ya mencionada y la ruso-japonesa de 1904-1905— que hubo que pasar en el frente y, la más sugerente, metamorfosis intelectual del hombre que ajusta sus ideas extranjeras a la realidad de un país «en construcción»; es decir, íntima convicción de que las condiciones de la sociedad japonesa de finales de siglo no encajaban con el anticuado molde literario romántico ni con el naturalista, incipiente en Japón a comienzos de la nueva centuria. Probablemente un poco de todo.

La disidencia de opinión en Japón, y más en el Ejército, se paga cara. La postura agresiva de Ogai a favor de métodos más avanzados de higiene pública ofendió a alguno de sus superiores. Esto le costó ser degradado en 1899 a un puesto lejos de Tokio, en Kokura, la lejana Kiushu, una estancia de tres años con todos los visos de un destierro, como él mismo confesará con ironía. En términos formativos y de introspección, esta experiencia se ha comparado a su juvenil estancia alemana. Sus intereses se iban alejando de la estética del primer periodo, y aproximando a la moral y a la motivación de las acciones humanas, especialmente en el marco de un ambiente autoritario

como el militar. Fue entonces cuando comenzó a dar cuerpo a la noción de resignación (teinen) que en forma de actitud literaria definirá su posterior producción. Rehabilitado y casado por segunda vez, regresa a Tokio. A pesar de su silencio creativo, ni en Kokura, ni cuando regresó a la capital, cesó su actividad como traductor y ensayista en revistas y periódicos.

Ya en su primera fase, Ogai había expuesto sus ideas sobre literatura. Un tema dominante era el ataque virulento a las teorías naturalistas del francés Émile Zola que empezaban a cosechar seguidores en Japón. Nuestro autor las critica con las armas forjadas en la fábrica del posromanticismo y templadas en las aguas del idealismo de Alemania. En este país, las ideas zolianas habían sido recibidas con hostilidad porque se pensaba que no solamente eran inmorales, sino que socavaban la estética, territorio sacrosanto para la crítica literaria germana.

La invitación al Romanticismo de una obra como La bailarina y la propagación de las tesis naturalistas que realiza Ogai tuvieron el efecto de intensificar la tumultuosa fermentación de modas y tendencias literarias en aquel Japón de final de siglo. En llamativo contraste con lo sucedido en Europa, donde las tesis románticas y naturalistas necesitaron el puente del realismo y un periodo de acción-reacción de varias décadas, en Japón prendieron con llamas de amor y desamor casi simultáneas en el breve espacio de diez años. Así, en los años noventa, el romántico Kitamura Tōkoku (1868-1894), que consideraba «la tumba de la juventud» un país gobernado por ignorantes que nada entendían del nuevo despertar romántico, realiza una breve y trágica aparición en escena; y los novelistas Kunikida Doppo (1871- 1908) y Shimazaki Tōson (1872-1943) exploran la libertad de expresión preconizada por los románticos europeos cincuenta años antes. Pero, muy pronto, a partir de 1902, estos dos últimos escritores adoptan planteamientos naturalistas, eso sí, según unas líneas bastantes ajenas al espíritu y la forma de las francesas de Zola.

Segunda fase (1909-1912)

Precisamente en el auge de la novela naturalista, que en Japón se sitúa entre 1905 y 1910, se ha visto una de las razones para que Ogai retomara el pincel de la creación literaria. Fue la segunda fase, que se inicia con la aparición de la revista Subaru, un órgano fundado por un grupo de escritores, como él mismo, interesados en neutralizar la creciente influencia del naturalismo. El

año 1909 representó un periodo de excepcional actividad para nuestro autor: catorce relatos, un flujo siempre constante de traducciones y, oportunamente coincidiendo con el auge del naturalismo japonés, Vita sexualis[14], una interesante parodia de la ficción naturalista.

Vita sexualis, cuya publicación causó sensación, es el relato desapasionado, casi clínico, del despertar de la libido descrito por el narrador, un profesor, y de las inquietudes sexuales hasta los veintiún años. Una obra inocente y a tramos irónica, en la cual, sin embargo, los censores descubrieron causas para prohibirla bajo el pretexto de «corrupción de la moral pública». Hay que tener presente que en la misma boutique donde Japón había entrado a comprar, unas décadas antes, las ropas exóticas de la tecnología, industria, literatura, etc., occidentales, se había enfundado los tiros largos del traje de la moral de los países cristianos, un vestido de costuras más bien victorianas. Como la opinión dominante en el gobierno de Meiji era la equiparación entre moralidad cristiana y civilización, no ir ataviado así se tenía por bárbaro. Recordemos las opiniones del alemán Edmund Naumann que tanto mortificaron a nuestro joven becario en Alemania.

El éxito de público y de crítica de Vita sexualis contrasta con el fracaso que supuso la publicación sucesiva y por entregas —lo habitual en el Japón de la época— de tres novelas de altos vuelos escritas por esos años y aparecidas, como la anterior, en la revista Subaru: Seinen («Juventud»), una réplica al Sanshiro de Natsume Sōseki; El ganso salvaje[15], hoy todavía leíble por la acertada evocación romántica de lo que pudo ser; en tercer lugar, la inacabada pero sugerente Kaijin («Las cenizas»), en la cual el proceso de introspección iniciado en Kokura parece haber llegado a un callejón sin salida. Kaijin muestra que hasta una máscara es intolerable cuando solo sirve para ocultar la ausencia de valores, para encubrir un vacío cuyo desolador aspecto pudo ser motivo de la no terminación de la novela. En este sentido, esta obra refleja claramente el desencanto con la ficción de Ogai y preludia ominosamente el abandono de su cultivo a favor del relato histórico.

Un cultivo del que nunca se desencantó y que, como Sōseki, practicó toda la vida, fue la poesía. No es desdeñable la vertiente poética de Ogai, con poca frecuencia destacada. En el año fecundo de 1909, publicó la colección de waka (poesía clásica japonesa) titulada Waga hyakushū («Mis cien poemas»), título alusivo a la famosa antología medieval Cien poemas, cien poetas. Casi todos son poemas amatorios y muchos van dirigidos al objeto de su pasión:

«una mujer como Mesalina», de «cabello tan negro y brillante que podía echar chispas cuando lo acariciaba». Quién era tal mujer, permanece

felizmente en el misterio. Pero las principales aportaciones de Ogai a la poesía son dos: su patrocinio a los poetas que publicaron en la revista Myōjō durante la primera década del nuevo siglo, como Yosano Tekkan, su esposa, la admirable Yosano Akiko (1878-1942), y el famoso Ishikawa Takuboku (1886-1912)[16]; y, en segundo lugar, la fuerte influencia en los jóvenes poetas que, más tarde, colaboraron en la revista de su creación, la mencionada Subaru.

Como prosista, resignado a que la novela no era el género que mejor se le daba, Ogai se sentirá a gusto como creador de relatos breves de los cuales esta fase nos ofrece una rica cosecha. Los catorce de la misma aparecen escritos en un japonés coloquial, no en la lengua clásica de las obras de la primera fase, muy adecuado al carácter de estampas de la vida ordinaria que reflejan. Las mejores muestras son aquellas en las cuales se observa un equilibrio entre las discusiones intelectuales y la trama, de modo que las ideas expresadas están bien integradas en las escenas, sin asomo de digresiones filosóficas. Es el caso de Dokushin, («El soltero»), ya mencionada y que se sitúa en Kokura; Hannichi («Medio día»), la primera historia escrita en japonés coloquial, sobre el viejo asunto del antagonismo suegra-nuera —con fuertes tintes autobiográficos—; Hanako en torno a la creatividad artística; Mōsō («Ilusiones»), lleno de reminiscencias autobiográficas y observaciones filosóficas; Masui («Anestesia»), donde el narrador descubre que su esposa ha sido hipnotizada y discute la moralidad de esta práctica; Fushinchū («En construcción»), ya comentado, a propósito de su autobiografismo y con un título simbólico del estado en que la sociedad japonesa se encuentra en su esfuerzo por asumir el espíritu de una civilización extranjera; Sakazuki («Copitas» o «La copa de sake»), una ingenua alegoría sobre la intromisión del Otro protagonizada por un grupo de niñas, etc[17].

La cuestión del enfrentamiento individuo-autoridad, que el autor sufrió en su carne, y que bajo el pretexto del junshi será idea central en dos de los tres relatos del presente libro, Ogai la plantea ya en algunas historias de esta fase, a medio camino entre la ficción y el ensayo: Chinmoku no tō («La torre del silencio»), Fasuchesu («Fasces»), Fujidana («Las glicinas»), Shokudō («Comedor»), Ka no yō ni («Como si…»). Aunque el interés del autor por el tema debía de ser viejo, el detonante de todas ellas parece haber sido el arresto en junio de 1910, seguido de su posterior ejecución, del líder socialista Kōtoku Shūsui bajo la acusación de intento de asesinar al emperador. En términos políticos, el hecho sirvió para desencadenar una caza de brujas contra los anarquistas y socialistas del país; en términos literarios, fue excusa

para coartar la libertad de expresión en círculos científicos e intelectuales, algo que irritaba profundamente al espíritu racionalista y liberal de un hombre educado en el extranjero como nuestro autor. Lo que Ogai pretendía al escribir esas historias era deslindar conceptos tales como represión gubernamental, libertad académica y científica, escritores naturalistas, anarquismo, socialismo, progreso y peligro para la sociedad. Desde una actitud contraria al amordazamiento del científico o de un artista, el escritor parece abogar en esos relatos por cierta dosis de liberalismo o, al menos, por una aplicación de un constitucionalismo similar al de la Alemania imperial[18]. En la novela Seinen, ya mencionada, abordó la fácil relación individualismo-anarquismo y expresaba su inquietud de que la literatura pudiera ser politizada, una zozobra plenamente justificada en un hombre que había visto cómo le prohibían una obra, Vita sexualis, y que había traducido dos dramas de Ibsen tan potencialmente peligrosos para el orden social del viejo Japón como La casa de las muñecas y Los fantasmas.

Por la luz que arrojan sobre el pensamiento de Ogai interesa destacar la primera y la última de las historias mencionadas al comienzo del párrafo precedente. «La torre del silencio» es una sátira de la situación política del Japón contemporáneo. La escena se abre con una descripción sombría del país de la tribu parsi donde la represión del Gobierno ha alcanzado el nivel de prohibirse prácticamente todo lo que está a la vista. Por ejemplo, se mata a los parsi por leer «libros peligrosos» sobre naturalismo y socialismo[19]. Es importante, sin embargo, observar que en las páginas de esta historia tampoco se puede detectar un ápice de simpatía ni por el anarquismo en general ni por Kōtoku Shūsui en particular. Aun así, bajo la guisa de la parábola late una crítica acerba y valiente al abuso de poder del Gobierno.

El otro relato, el titulado «Como si…», publicado en enero de 1912, ilumina como pocos el pensamiento del autor sobre el dilema modernidad- tradición. Además, marca la transición hacia el Mori Ogai de la tercera etapa de su carrera y es obra puente con la primera historia del libro que tiene el lector en sus manos. Comentarla nos permitirá visualizar, por así decir, la gestación de los relatos de este volumen. Básicamente se trata de un ejercicio del pragmatismo de un escéptico que persigue conciliar fe y razón, mito e historia, sociedad y verdad. El extraño título procede de la obra de Hans Vaihinger Die Philosophie des Als Ob («La filosofía del como si»), publicada el año anterior. Este filósofo enunció la teoría de que el individuo debe actuar

«como si» fueran ciertos los principios de la religión —por ejemplo, la existencia de Dios o la inmortalidad del alma—, de la ciencia, de la filosofía,

etc., a pesar de que no sean empíricamente verificables. El relato de Ogai asume la forma de un joven llamado Hidemaro que, tras pasar varios años en Alemania estudiando filosofía, regresa a Japón, donde sufre tensiones intelectuales entre su racionalismo asimilado en el extranjero y el tradicionalismo de la sociedad japonesa. Su padre, por ejemplo, pone el grito en el cielo cuando el hijo insinúa la «peligrosa» tesis de que el hombre desciende del mono. A través de esta confrontación y de la personalidad de Hidemaro, alter ego del autor, Ogai deseaba expresar su militancia del «como si» en calidad de filosofía de la vida. Por un lado, nuestro escritor quizás reflejara en las «ideas peligrosas» del padre su inquietud ante las medidas represoras del Gobierno destinadas a controlar la libertad de expresión; por otro, estaba decidido a que su alter ego cumpliera con sus obligaciones de hijo y ciudadano, aceptando las falsedades del viejo Japón «como si» fueran verdades. No olvidemos que Ogai era un racionalista, como declara repetidamente en «Ilusiones», que no reconocía la existencia de Dios ni mucho menos la del emperador japonés como divinidad viviente, dogma de fe en la retórica de la ideología Meiji. La adopción de la filosofía de Vaihinger, por lo tanto, le servía bien para resolver las flagrantes contradicciones entre su vida como intelectual y como súbdito japonés y, para más mortificación, como militar orgulloso de las tradiciones de su viejo estatus de samurái. Este conflicto es clave para entender la actitud vital de Ogai con la cual se sentará a la mesa para redactar los relatos del presente libro. Paralelamente y aunque inquieto ante la posibilidad de que el desarrollo en Japón del anarquismo y del socialismo pudiera destruir el orden social, estaba profundamente decidido a luchar para preservar la independencia del intelectual y para que no se suprimiera el espíritu de la investigación moderna. El difícil equilibrio para llegar al compromiso vital que postula «Como si…» resulta evidente. La desesperación nihilista que vimos en la novela inacabada «Cenizas» no es tan sorprendente si valoramos la agonía espiritual del intento de compromiso de

«Como si…». ¿Merece la pena aceptar como verdad, como historia, el mito, la tradición?

En el contexto de este dilema espiritual, conviene apreciar tanto la conmoción que Ogai recibió al conocer la muerte violenta del general Nogi, el mismo año en que escribe el relato comentado, como su creciente interés por la historia en tanto forma de creación literaria[20]. De tan extraño matrimonio nacerán los tres relatos del presente libro. Se abre así la tercera etapa.

Tercera fase (1912-1922)

El incidente de Nogi en septiembre de 1912 marcó un antes y un después en la carrera literaria de Ogai. Fue, efectivamente, el catalizador dramático de una literatura nueva basada en la exploración de valores y de personajes extraídos principalmente de la premodernidad japonesa, en su mayor parte del llamado periodo Edo (1600-1868), cuando en el país dominaba la oligarquía samurái. Los relatos escritos en los últimos diez años de la vida del autor fueron o bien dramatizaciones, o bien relatos cronísticos de sucesos acaecidos en esa época.

La trascendencia del acto de Nogi estribaba en el hecho de que un hombre de gran integridad moral había muerto en nombre de un mito. Para el Ogai racionalista y escéptico, que en el relato comentado de «Como si…» había trazado una divisoria clara entre mito y modernidad, este suicidio era un ejemplo desconcertante del poder del primero sobre la segunda. Desde su debate con el geólogo Naumann, nuestro autor se había preguntado por qué de todas las naciones de Oriente solamente Japón había resistido militarmente a Occidente. Había buscado respuestas en la historia japonesa, en el código ético samurái de Edo, en la filosofía confuciana, todo lo cual pudo haber proporcionado a los japoneses las armas espirituales necesarias para evitar ser arrollados por las potencias colonialistas. La pervivencia del mito de la lealtad del guerrero, a través del anacronismo del junshi de Nogi, ponía ahora ante sus ojos la validez de tales respuestas. Una respuesta turbadora, primero porque invalidaba los esfuerzos realizados a lo largo de toda su vida por transmitir a sus compatriotas las bases racionalistas y el espíritu científico de la Modernidad europea; segundo, porque comprobaba que Naumann tenía razón: Japón era una nación bárbara. Convencido de esta dolorosa verdad, la

«barbarie» de los japoneses, representada por el suicidio de Nogi y ridiculizada por el alemán tiempo atrás, iba a señalar a Ogai el derrotero de su futura actividad literaria: el estudio de la época Edo.

Por otro lado, sin embargo, la dedicación a las historias del pasado inmediato no era nueva en nuestro escritor. Durante su destierro en Kokura, diez años antes, ya recopilaba crónicas locales, las mismas que le van a servir para ponerse a escribir estos relatos históricos nada más conocer la noticia del suicidio de Nogi. Además, al final de su novela Seinen, el autor pone en labios del protagonista Jun’ichi la intención de bucear en las tradiciones japonesas de antaño, con lo cual probablemente se estaba refiriendo a leyendas e historias de las viejas crónicas.

Ficción histórica —rekishi shōsetsu— es el cómodo marbete con que se despachan todos los relatos históricos de esta fase, un término del todo inadecuado. ¿Se tratan los asuntos de estas obras más como ficción o más bien como historia? La distinción entre literatura e historia es borrosa y debería ser matizada en bastantes de los relatos. Por ejemplo, salvando la extensión y el estilo, los relatos sobre samuráis de esta fase —como los tres presentados— están más próximos a las reconstrucciones históricas de los galdosianos Episodios nacionales o Los novios de Manzoni que a otros relatos de ficción histórica del Ogai de esta fase. Ante esa discrepancia se puede afirmar que, en sustancia, la simbiosis artística entre invención e historia realizada por Ogai significa un marco donde no se violan las normas de una realidad geográfica y cronológica —incluso se destaca con minucia en muchos casos como en los tres que leeremos—; pero es un marco dentro del cual vive un cuadro pintado con más o menos libertad: son los diálogos, las acciones y los sentimientos de unos hombres y de unas mujeres que, de nuevo, son frecuentemente históricos. El grado de esa libertad determina varias modalidades de «ficción histórica», tal como el mismo Ogai distinguía en un ensayo titulado Rekishi sono mama to rekishi banare («La historia tal como es y la historia ficcionalizada»), escrito en 1914.

Frente a la vaguedad del concepto «ficción histórica», destaca la nitidez cronológica con la que se divide la producción escrita durante los diez años de esta tercera fase: en los cuatro primeros, hasta 1916, relatos de ficción histórica en general; en los seis años finales de su vida, hasta 1922, biografías, y obras de onomástica y cronología. Dentro de la ficción histórica se puede trazar otra subdivisión: los «relatos samuráis» escritos en el periodo 1912- 1914 y «los relatos líricos», como los denomina Richard Bowring, compuestos principalmente en los dos años siguientes. Los tres aquí presentados se adscriben al primer grupo y merecerán un comentario más detallado en el siguiente apartado de esta Introducción.

Aparte de estos tres, hay cuatro o cinco más, entre los cuales sobresale «El incidente de Sakai» (Sakai jiken), de especial interés por dos razones: por desarrollarse en vida del autor y porque, con más claridad que los demás, constituye una clara respuesta a la tesis de Naumann. Describe en él a un grupo de samuráis de bajo rango de la provincia de Tosa que con tranquilidad pasmosa realizan seppuku, el suicidio ritual, ante la mirada atónita de militares extranjeros, como expiación por haber asesinado a unos marineros franceses. El suceso fue real: tuvo lugar a comienzos de 1868, en los turbulentos meses previos a la Restauración Meiji. Es, como el resto de

historias del grupo, una austera demostración de la solidez del muro que separa la cultura japonesa confrontada con la occidental, una fría disección de los sentimientos de unos hombres atrapados por un proceso histórico incomprensible y cruel.

Entre los relatos líricos, de tono cálido y amable, sobresalen «El intendente Sansho», «Las últimas palabras», «La señora Yasui», sobre asuntos del valor y abnegación infantiles, los dos primeros, y de entrega femenina, el segundo, y «El barco del río Takase», una historia sobre la dudosa validez de la justicia humana[21]. Los elementos de ficción son más abundantes en estos relatos que en los de samuráis, y las referencias cronológicas y onomásticas menos abundantes, con la posible salvedad de

«La señora Yasui», quizás porque trata de la familia de un erudito samurái.

En el paso gradual de la ficción histórica a la biografía que realiza Ogai en torno al año 1916 se ha visto el creciente respeto que iba sintiendo por los hechos a medida que reunía materiales para los relatos anteriores. Otro motivo importante puedo ser su deseo de conocer mejor la cultura tradicional

«tal como ocurrió», el único terreno en donde podía hallar respuestas a la difícil ecuación Nogi-Naumann. La transición de una utilización libre de fuentes históricas al uso riguroso de las mismas puede estar representada por una obra como Suginohara Shina, escrita a comienzos de 1916, poco después de la mencionada «El barco del río Takase». A partir de ese año y hasta su muerte, Ogai se centrará en crear el producto literario más característico de esta fase: biografías o shiden de personajes oscuros de la era Edo con los cuales el autor hallaba más de un motivo para identificarse. Pero también en esta categoría se puede apreciar una gradación. En la primera biografía Shibue Chūsai, sin las dosis de la meticulosa aridez cronística de las siguientes (Izawa Ranken —la más valorada por el autor— y Hōjō Katei), y gracias a trazos cálidos en el tratamiento del personaje y de su esposa, se observa la simpatía del autor por el biografiado, un médico letrado de provincia que vuelca su energía en la bibliografía y la erudición. Shibue Chūsai —y he ahí su mérito, al lado de un estilo por el que se la ha aclamado como obra capital de la literatura japonesa moderna— se puede leer no tanto como una novela enmascarada cuanto como una autobiografía en clave. En su biografiado, Ogai descubre al colega y al hombre que, resignado a las limitaciones del entorno en que vive, se sumerge en la mecánica de la rutina diaria jalonada de un compromiso tras otro —como hizo toda la vida el mismo autor—, creando así un sutil lazo espiritual entre el famoso autor y el oscuro biografiado[22]. Esta trilogía de biografías, impopulares pero aclamadas por los especialistas

como el gran logro de Ogai en tanto creador, trata de protagonistas en cuyas apagadas vidas se descubre, por debajo del relato objetivo y frecuentemente tedioso de hechos, esa opaca, silenciosa grandeza tan de la complacencia del gusto japonés.

Ajeno al desagrado del gran público e indiferente a las modas y alharacas de la cultura popular que en Japón empezaba a pujar en la nueva era Taishō, Ogai siguió activo hasta su muerte, entretenido en obras de títulos tan escasamente atractivos como «Estudio de los nombres póstumos de los emperadores» y «Estudios de la designación de las eras».

Los tres relatos presentados

Los relatos que siguen a esta Introducción se pueden leer como los certificados, firmados por el médico Ogai, de la vitalidad del Japón feudal que el fragor modernizador de la era Meiji había deseado enterrar a toda prisa. El junshi de Nogi, tantas veces mencionado en estas páginas, fue la pulsación indicadora de que el organismo de ese país vivía; en estado latente, pero vivía. El primero de estos relatos, «El testamento de Okitsu Yagoemon», fue escrito en los cuatro días que siguieron al junshi de Nogi y se publicó el mes siguiente en el número 10 de la revista Chūō Kōron. Ogai, virtuoso del lenguaje literario, recurre para escribir esta historia al llamado sōrōbun, el estilo epistolar con reminiscencias de las viejas crónicas medievales, un estilo que, a pesar de poseer una elegancia y sonoridad difíciles de imprimir en otra lengua, el traductor ha sabido capturar en la presente versión. Aunque la historia está situada a mediados del siglo XVII, es posible leerla como un tributo rendido al acto del general Nogi. Hay que tener presente que en el primer siglo de la paz de los Tokugawa, la única manera de muerte gloriosa que tenía disponible el samurái era cometer junshi, es decir, hacerse el seppuku —el haraquiri ritual— para seguir en la tumba a su señor. La familia del vasallo que se suicidaba de esta guisa quedaba honrada e incluso atendida económicamente. Estos dos detalles parecen haber estado detrás de la decisión de algunos de hacer junshi. La práctica debió de extenderse tanto que

en 1663 el sogunato la prohibió.

Esta es la trama. En su testamento, el samurái Yagoemon cuenta cómo en una reyerta ocurrida muchos años antes mata a un compañero. A fin de expiar el crimen pide a su señor, el daimio local, permiso para quitarse la vida. Pero el señor lo exculpa y no parece ver razón para concedérselo: Yagoemon debe

esperar a que el señor muera para cumplir su deseo. Sin embargo, por sentido de responsabilidad hacia sus obligaciones —entre ellas, la de contribuir a sofocar en 1637 la rebelión de Shimabara donde hubiera deseado perecer— pospone la fecha hasta trece años después de la muerte del señor. Finalmente, con cerca ya de sesenta años, retirado y a pesar de saber «muy bien que eso está prohibido oficialmente»[23], Yagoemon realiza junshi cumpliendo su deseo largamente acariciado. El testamento lo escribe antes de quitarse la vida

«hoy» —en la primera versión— para que sus descendientes conozcan los móviles que lo impulsaron a tomar la decisión. Sigue una «Nota a los lectores» donde se afirma que el suicidio tuvo lugar en 1658.

Menos de un año después de haber escrito este relato, en junio de 1913, Ogai compuso una segunda versión con bastantes cambios sobre la anterior, la cual se incluye también en esta edición española por fortuna para el lector con paciencia para contrastar ambas. Literariamente, la primera parece de superior factura. La segunda versión no modifica la razón del testamento. Sin embargo, no se habla de «hoy» como en la primera, sino de «mañana» cuando va a cometer junshi; los dos párrafos iniciales de la primera son sustituidos en la segunda por una detallada relación de los hechos realizados por el abuelo y hermano mayor del protagonista; en cuarto lugar y con una diferencia llamativa respecto de la primera versión, en la segunda, el daimio o señor accede al junshi de su vasallo, incluso le ofrece un té «con sus propias manos», le regala dos quimonos y le dedica un poema de despedida. Finalmente, la fecha del suicidio se adelanta: no es 1658 sino 1647. Esta segunda versión acaba con el árbol genealógico de la familia de Yagoemon y con la crónica, profusa en fechas y homónimos, de sus descendientes hasta los tiempos de Ogai.

Así, el hecho de que el protagonista reciba permiso para cometer junshi, aparte de la eliminación de las líneas iniciales de la primera —«mi suicidio ritual causará hoy un gran revuelo»—, divorcia la segunda versión del detonante inmediato de la primera: el junshi del general Nogi. ¿Se puede hablar, entonces, de enfriamiento del tributo rendido al suicidio de Nogi? ¿De distanciamiento de la acción del general? Sí que es cierto, de todos modos, que esta segunda versión se halla más próxima al segundo relato, «La familia Abe», en el cual Ogai parece mostrar más reservas sobre el sangriento anacronismo. En resumen, el movimiento de simpatía inicial a la reacción del general Nogi a un análisis más frío de las razones y causas del junshi puede explicar en parte la decisión del autor de revisar el texto introduciendo los cambios mencionados. El junshi de la segunda versión es un acto social

escenificado bajo la mirada de un corro de «jóvenes y viejos, hombres y mujeres» y realizado con el beneplácito del daimio, y no, como fue el caso de Nogi, en intimidad con su esposa, o como el del Yagoemon de la primera versión, en la soledad de una cabaña.

«La familia Abe», terminada a finales de noviembre de 1912, se publicó dos meses después en Chūō Kōron, igual que la anterior historia. Probablemente sea el más logrado de los ocho «relatos samuráis» escritos por el autor en esta fase; y ello debido a que combina con sobriedad y vigor los ideales del guerrero con una descripción viva y realista de ciertas escenas, logrando así evocar magistralmente la atmósfera del pasado y estirar al máximo la tensión en un hábil crescendo dramático resuelto al final. Las fuentes históricas utilizadas son las mismas que las empleadas para la primera historia de este libro. La historia versa sobre las consecuencias de la muerte en 1641 de Hosokawa Tadatoshi, el hijo del señor del protagonista del relato anterior. A uno de los vasallos, Abe Yaichiemon Michinobu, se le prohíbe el privilegio de cometer junshi. Hay que entender que de acuerdo con el código que gobernaba el suicidio, era absolutamente necesario contar con la autorización del señor para cometer junshi; «De lo contrario, era morir como un perro» (pág. 98). Sin embargo, fustigado en su conciencia por el oprobio insoportable de ser tomado por un cobarde, se ve a sí mismo señalado con el dedo del menosprecio de los demás. Decide entonces desobedecer a su señor: convoca a sus cinco hijos, los advierte de la ignominia que los espera y se suicida delante de ellos. Por haberse quitado la vida sin permiso, a su hijo mayor se le prohíbe la sucesión; incluso, el patrimonio de los Abe es dividido entre todos los hermanos, debilitándose así la autoridad del primogénito. El acto de desobediencia del Abe padre llevará a toda la familia, empezando por el hijo mayor, Gonbē, al destino sorprendente que conocerá el lector.

El dramatismo del relato está acentuado por la intensidad del dilema que atenaza no solamente a los hijos Abe, sino a personajes secundarios como Tsukamoto Matashichirō, amigo y vecino de los Abe, que sufre en carne propia el conflicto dentro del conflicto: «Los sentimientos son una cosa y el deber es otra» (pág. 133), concluye poniendo fin al debate que se libra en su corazón; o a Takenouchi Kazuma, el encargado de atacar a los Abe, y decidido a morir en combate. La viveza de los pormenores con que se describe su atavío guerrero cuando Kazuma se apresta para realizar el asalto final recuerda las descripciones de los guerreros en las escenas bélicas del monumental clásico Heike monogatari:

La noche del 20 del cuarto mes, la víspera del ataque, Kazuma se lavó con agua fría, se rapó la coronilla y sahumó el cabello recién cortado con un famoso incienso de nombre Hatsune […]. Se ciñó las mangas de su quimono blanco con un cordón del mismo color y se colocó una cinta blanca en la cabeza. En el hombro se puso un papel doblado que serviría como divisa para identificar a la fuerza atacante de Hosokawa. La catana que llevaba en un costado era una Masamori de 2 shaku, 4 sun y 5 bu […]. A su lado pendía la daga de Kanemitsu que le fue regalada con motivo de su primera victoria en batalla. El caballo de Kazuma relinchó en la puerta principal. Tras agarrar la lancilla y bajar al jardín, hizo un fuerte nudo en sus sandalias de paja y cortó lo que sobraba con un cuchillo (págs. 139-140).

La tercera historia, «Sahashi Jingorō», apareció el 1 de abril de 1913. La fuente principal fue el Tsūkō Ichiran, una obra de tres volúmenes que había sido imprimida en febrero del mismo año. En ella, el autor bucea aún más en el pasado de su país hasta sumergirse en los años antes y después de 1600, cuando Ieyasu, el fundador del sogunato Tokugawa, está consolidando su poder, un tiempo en el cual la relación señor-vasallo no estaba tan codificada como en la época de los dos relatos anteriores. El autor se aparta de su fuente presentando al protagonista, Jingorō, bajo una luz distante pero favorable, se inventa el episodio de la caza de la garza de Okazaki, escribe una escena violenta con tonos líricos y retrata al sogún Ieyasu con rasgos poco atractivos. El tema central es el mismo que en «La familia Abe»: el conflicto entre el samurái y su señor, trasunto del más profundo que enfrenta autoridad e individualidad. Sin embargo, ahora al protagonista Jingorō le resulta psicológicamente posible zafarse del código de obediencia y afirmar su propia individualidad, rehuyendo el conflicto con la autoridad y prefiriendo el destierro voluntario antes que perder la vida. En este sentido, por lo tanto y a pesar de estar más alejado en el tiempo, la personalidad de Jingorō es más moderna que la de los protagonistas de las dos primeras historias.

En «Sahashi Jingorō» hay cuatro planos temporales. El primero se abre con una escena ocurrida en 1607, cuando el sogún Ieyasu, ya de sesenta y seis años, y ataviado de «un quimono de etiqueta de color verde», recibe a unos emisarios de Corea, entre cuyos intérpretes reconoce a un antiguo vasallo suyo. Y reacciona así:

Yo tengo sesenta y seis años, pero mis ojos raramente me traicionan. Ese hombre tenía veintitrés años cuando huyó a escondidas de Hamamatsu el undécimo año de Tenshō [1583], así que debe de tener cuarenta y siete años. ¡El muy sinvergüenza! Ahora se hace pasar por coreano. Pero ¡si es Sahashi Jingorō! (pág 158).

La acción retrocede treinta años: es el segundo plano. Jingorō es un adolescente que trabaja como paje al servicio del hijo mayor de Ieyasu. Pero en una disputa asesina a otro paje —de nuevo el impulso autodestructivo—,

lo que lo obliga a huir. Ieyasu lo perdona a cambio de cierto servicio: matar a un peligroso enemigo, Amari. En una escena «de luna llena», Amari se queda a solas con un misterioso joven. Es el «joven de la flauta». Es Jingorō.

«¿Sentís frío, mi señor?», le pregunta a Amari. A la respuesta sucede el inesperado desenlace de una escena literariamente muy lograda.

El penúltimo párrafo muestra el tercer plano: «Ahora bien, cuando después se supo que [Jingorō] había adquirido raíces de ginseng de gran calidad, cultivadas en forma de muñeca, muchísimas personas sospecharon de su procedencia [de Jingorō]» (pág. 169).

En esos tres planos, el lector ha volado en la aeronave de una ficción con fuselaje de historia. En el cuarto, desvelado en el último párrafo, el lector aterriza en su tiempo —recibe información sobre la fuente histórica del suceso— y se verá sorprendido por la aparición súbita del rostro del piloto de cuyos labios sale la petición cortés con que concluye el viaje: «Si alguien conoce otra versión de los incidentes que envolvieron la vida de Sahashi Jingorō, estaría sumamente agradecido si me enviara un esbozo de cualquier prueba que tenga, citando las fuentes».

También en esta tercera sobrevuela el gran tema del junshi. En cierto sentido, se aborda en ausencia. Jingorō es un hombre racional que evade la obligación social de hacerse el haraquiri al caer en falta y parece razonable pensar que jamás tendría intención de hacer el junshi a la muerte de Ieyasu, el gran señor que lo perdona. Es un hombre pragmático que desea vivir, aunque sea exiliado en un país extranjero. Por el contrario, el protagonista de la primera historia, Okitsu Yagoemon, imbuido hasta el tuétano del código de fidelidad al señor en una sociedad en donde la vida parece no valer mucho, acepta la naturalidad del junshi y vive «muerto» largos años hasta poder consumarlo. Esto es así tanto en la primera como en la segunda versión, a pesar del distanciamiento emocional que se observa en esta última y que ya hemos comentado. Finalmente, en «La familia Abe», el acto del junshi es examinado desde el punto de vista tanto del señor como del vasallo. Desde el ángulo del primero, es menos una cuestión de ética que de presión social o de usanza de los tiempos; desde la perspectiva del segundo, es absolutamente una cuestión de honra, es decir, de la conciencia de la propia dignidad de cara a la opinión ajena. El junshi se revela, así, como un fenómeno complejo que solo se puede entender a la luz de unos valores sociales muy específicos. Fuera del foco de esta luz, Naumann tal vez hacía bien en calificarla de

«bárbara». Ogai sentía profunda y dolorosamente la validez de la luz de ambos focos.

El autor tituló estas tres pequeñas historias Itsujihen o «Misceláneas», un nombre que el editor le pidió cambiar por el de Iji, término que combina las ideas de «fortaleza», «tesón» y «obstinación»; concepto, en fin, apto para reflejar la idiosincrasia del espíritu del guerrero japonés y tal vez más afín al alma del escritor samurái que las escribió.

Retrato y epitafio

La fotografía siguiente fue tomada en 1916, cuando Morí Ogai tenía cincuenta y cuatro años, a los tres años de haber escrito los relatos de este libro. En ella, desde el semblante perspicaz y reservado tras un bigote prusiano, lanza una penetrante mirada. Una mirada, podemos pensar, a los bajíos del alma de los protagonistas de estas tres historias enclaustrados en el rígido marco social de su época. La cabeza ligeramente ladeada del fotografiado expresa, por otro lado, una extraña calidez y una honda comprensión humana. El contacto entre los dedos índice y pulgar de la mano izquierda puede denotar integridad moral y la firmeza de convicciones de un hombre que apoya suavemente la otra mano en una silla occidental. En este sencillo gesto también es posible ver el símbolo del sostén que su mente lúcida halló en el racionalismo de la filosofía alemana y desde el cual se vio en la necesidad de reinterpretar la cultura de su país, una cultura tan tradicional como la indumentaria de etiqueta que lleva, hakama y haori largo con el blasón familiar estampado en mangas y pecheras. Como este contraste entre la ropa japonesa y el cortinaje y la silla occidentales, Mori Ogai representa el dilema más elocuente del choque entre dos potentes civilizaciones. Junshi y «barbarie». ¿Un contraste todavía activo?[24]

Tres días antes de morir, el 9 de julio de 1922, este escritor dictó a su amigo íntimo Kako Tsuruto su última voluntad:

Quiero morir como Rintarō Mori, natural de Iwami. He estado ligado a la casa imperial y al Ejército, pero ahora, en el umbral de la muerte, rechazo toda señal de esas dos relaciones. Quiero morir como Rintarō Mori y deseo que mi epitafio solo contenga estas palabras: «Aquí yace Rintarō Mori». Ni una palabra más… Exijo que en mi funeral se rechace cualquier honra o distinción por parte de esas dos instituciones[25].

Fue la única vez en su vida que el autor hoy presentado se opuso directamente a la autoridad. La cuestión de la identidad —gran tema de fondo de la literatura Meiji—, de ser él mismo y no quien los demás querían que fuera, excluía cualquier otro compromiso o interés cuando la muerte llamaba a su puerta. La multiplicidad de las facetas del hombre de dolida sobriedad quedó diluida en la simplicidad sobrecogedora del epitafio elegido por él mismo:

«Aquí yace Mori Rintarō».

Para nosotros es, también simplemente, el padre de la Modernidad en la literatura de Japón, Mori Ogai. El autor de las tres historias austeras, pero vibrantes, que siguen.

Carlos Rubio

Toledo, 25 de enero de 2014

NOTA AL TEXTO

En unos relatos donde se concede tanta importancia a los nombres y las fechas, es inevitable mostrar un respeto casi reverencial por lo que el autor quiso transmitir. Por eso he mantenido la grafía más próxima a la lectura original, incorporando signos diacríticos o macrones sobre las vocales largas, que indican la repetición de esa letra. También he conservado el orden de los nombres originales (el apellido antes del nombre de pila).

Cuando se pone un apóstrofo entre una n y una vocal, como en el caso de la era An’ei, significa que no se produce diptongo (A-nei), sino que se pronuncia separado (An-ei). Para un estudio detallado de los nombres japoneses, el lector puede consultar el Apéndice «Los nombres japoneses».

En cuanto a los ríos, templos, montañas, etc., omito la palabra kawa (川, a veces -gawa en aposición), -ji/in (寺・院) y -yama/-san (山), respectivamente. Por ejemplo, traduzco Shirakawa por «río Shira»; Daitokuji por «el templo Daitoku»; Shūun’in (岫雲院) por «el templo Shūun»; o Funaoka-yama (船岡山) por «el monte Funaoka».

Para la transcripción de los términos japoneses se ha seguido el sistema de

romanización Hepburn, según el cual, las consonantes siguen la pronunciación inglesa y las vocales, la española. Así, la pronunciación de la palabra «shoji», sería con una «j» como la del nombre inglés John o el catalán Jordi. Otros términos como «hakama» o «haori» se pronuncian con «h» aspirada. Finalmente, la «g» es siempre como en «gato», en palabras como

«geisha» o «marumage».

El significado de todos los términos japoneses se puede consultar en el Glosario al final del texto.

Entre corchetes se dan las fechas según el calendario gregoriano.

Por último, mencionar que, para la traducción, me he servido del volumen

2 del texto Ōgai rekishi bungaku-shū (鴎外歴史文学集, «Colectánea de

literatura histórica de Ōgai»), anotado por Fujita Satoru y publicado en el año 2000 por Iwanami Shoten.

Otra fuente me la ha proporcionado el libro Abe ichizoku, hoka nihen, de Iwanami Shoten, reimpresión de 2007.

Todas las notas al pie y los Apéndices son del traductor.

Jesús Carlos Álvarez Crespo Tokio, enero de 2014

EL TESTAMENTO DE OKITSU YAGOEMON

PRIMERA VERSION

Mi suicidio ritual en el día de hoy causará, sin duda, un gran revuelo y habrá quienes sostengan que yo, Yagoemon, estoy senil o trastornado. Pero eso dista mucho de ser verdad.

Desde que me retiré, me he ocupado en construir una choza de lo más simple en la falda del monte Funaoka[26]. Tras el deceso de mi antiguo maestro, el señor Shōkōji, mi familia se trasladó desde la ciudad-castillo de Yatsushiro a Kumamoto, ambas en el reino de Higo. Aunque sé que la lectura de este testamento va a provocar entre sus miembros una gran conmoción, solicito que alguien de su entorno se lo haga llegar a la primera oportunidad. Durante algunos años he llevado una vida de monje budista, mas redacto esta mi última voluntad porque, en el fondo, soy un samurái y, por ende, estoy profundamente preocupado por mi reputación después de morir.

Mi choza tiene un aspecto tan lamentable que quienes contemplan que el

año toca a su fin podrían incluso suponer que me suicido por las deudas contraídas. Pero no dejo ninguna[27]. No es mi propósito poner a nadie en apuros. En una cajita que hay en el armario de la pared, junto al tokonoma[28], tengo algunos ahorros que, aunque son una pequeñez, solicito encarecidamente que se utilicen para correr con los gastos de mi incineración. Me sentiría de lo más feliz si con este testamento también enviarais algo a los parientes de Kumamoto a quienes acabo de mencionar, aunque sea una uña, por ejemplo, ya que me he rapado la cabeza.

Las tres tablillas funerarias de madera que están en el tokonoma son para tres hombres: mi anterior maestro Hosokawa Tadaoki, gobernador de Etchū, conocido en su retiro como Sōryū Sansai, y al morir como Shōkōji[29]; Tadatoshi[30], señor de Etchū, conocido a su muerte como Myōge Inden; y Mitsuhisa, señor de Higo[31]. Solicito que se ponga cuidado y que se incineren con fuego sagrado para que no se vean sometidas a ningún tratamiento irrespetuoso. Hoy, día 2 del duodécimo mes del primer año de la era Manji

[1658], año del Perro, pongo fin a mi vida, coincidiendo con el decimotercer aniversario de la muerte del señor Shōkōji, que falleció el segundo día del duodécimo mes del segundo año de Shōhō [18 de enero de 1646], regido por el Gallo.

Como deseo que la razón de mi muerte sea comprendida por mis descendientes, dejo el siguiente argumento.

Sucedió hace más de treinta años. El quinto mes del primer año de Kan’ei [1624][32] un navío procedente de Anam[33] recaló en Nagasaki. Hacía tres años que el señor Shōkōji había tomado los hábitos. Me dio órdenes de que comprara un artículo raro para usar en la ceremonia del té, así que me dirigí a Nagasaki con un colega. Por fortuna, habían llegado dos grandes partidas de un excelente calambac[34]. Una de ellas correspondía al tronco y la otra a la copa. Pero el caso es que uno de los vasallos al servicio del viceconsejero medio Date[35] que había sido enviado desde la lejana ciudad de Sendai decidió quedarse a toda costa con el tronco. Yo me fijé en lo mismo y, poco a poco, fuimos haciendo subir el precio.

Fue en ese momento cuando mi colega me dijo que, aunque fueran órdenes de nuestro señor, la madera olorosa no era más que un objeto sin utilidad práctica en el que no valía la pena gastar tanto dinero. Así pues, proponía ceder el tronco a los Date y llevarnos nosotros la copa del árbol.

Yo le respondí que no podía estar más en desacuerdo con él. Las órdenes de nuestro señor eran ir allí a comprar un artículo precioso, y lo más exquisito entre las mercancías importadas era el palo áloe. Puesto que estaba partido en dos, era obvio que el tronco era lo más valioso de todo y solo comprándolo satisfaríamos las órdenes de nuestro señor. Si permitíamos que Date hiciera ostentación y se quedara con el tronco, el nombre de la familia Hosokawa quedaría mancillado[36].

Mi colega se rio de mí y me dijo que estaba llevando las cosas demasiado lejos. «Si se tratara de disputarse un reino o un castillo», dijo, «habría que cruzar las catanas con los Date, mas tratándose solo de un trozo de madera que se va a quemar en el pebetero de una estancia de cuatro tatamis y medio[37] destinada a la ceremonia del té, es un sinsentido hacer tal dispendio. Si fuera nuestro propio señor el que pujara por él, nosotros, como vasallos que somos, deberíamos hacerle disuadir de su empeño. Aun cuando le fuera la vida en ello, dejarle que cumpliera su deseo de comprar el tronco sería un acto de craso halago».

En aquel entonces yo todavía tenía treinta años y me sentí ofendido por esas palabras, pero me contuve. Claro que tenían lógica, pero mi preocupación eran las órdenes y solicitudes de mi señor. Si me hubiera ordenado derribar un castillo, lo habría hecho, aunque tuviera los muros de hierro. Y lo mismo si me hubiera ordenado decapitar a un hombre, aunque se tratara de un demonio. Pero, puesto que me había mandado comprar un artículo raro, estaba decidido a procurarle el mejor. Desde el momento que era una orden de mi señor, siempre y cuando no fuera algo contrario a mis principios morales, no podía entrometerme ni hacer crítica alguna.

Mi colega, riéndose cada vez con más sorna, repuso que estaba de acuerdo en no hacer nada contrario a los principios morales; de hecho, si se hubiera tratado de pertrechos de guerra, a él no le hubiera importado gastar una enorme cantidad de dinero, pero pagar un precio abusivo por una madera olorosa era una señal de imprudencia propia de un jovenzuelo.

«A pesar de mi juventud», le repliqué, «conozco la diferencia existente entre pertrechos militares y la madera olorosa». Le conté que en la época de Taishō Inden[38], el señor Gamō[39] había expresado su deseo de visitar a los Hosokawa para ver sus maravillosas colecciones. El día convenido, se presentó en su casa. Taishō Inden le enseñó varios tipos de armaduras y yelmos, catanas, arcos y lanzas. Algo sorprendido, el señor Gamō echó un vistazo a todo para después confesar que, en realidad, él había ido hasta allí para ver los utensilios destinados a la ceremonia del té. El señor Taishō Inden le repuso sonriendo:

—El otro día dijisteis que querías ver «utensilios»; por eso os he presentado los que uno espera ver en la casa de un guerrero. Pero si lo que queréis ver son los del té, también poseo algunos. —Y se vio obligado a mostrárselos por primera vez.

¿Podía haber otra familia en Japón que se hubiera dedicado al Ejército durante generaciones y que, a la vez, fuera tan hábil en artes como la poesía o la ceremonia del té? Si uno dice que el té es una práctica inútil, entonces también se reducirán a formalismos inútiles las ceremonias de Estado importantes y el culto a los antepasados. Le recordé a mi compañero que la orden que habíamos recibido en esta ocasión era simplemente la de comprar un artículo raro para su uso en la ceremonia del té. Esa era la orden de nuestro señor y nosotros no éramos nadie para ponerla en tela de juicio, aunque nos costara la vida. A mi modo de ver, la obstinación de mi colega en no querer gastar una gran suma de dinero en la madera fragante se debía a su ignorancia en el arte del té.

Ni siquiera me dejó terminar la frase.

«¡Por supuesto que no sé nada de la ceremonia del té! ¡Por supuesto que soy un obstinado samurái! Y, puesto que tú eres tan diestro en diversas artes, comprobemos dónde está tu mayor talento», dijo dando un brinco. En ese momento, tomó una espada del guardamano que había en el tokonoma de la posada y, de repente, me dio un golpe. Mi catana estaba en el estante más bajo del armero y, como no tenía nada más a mano, cogí un jarrón de bronce en el que había un arreglo floral de lirios, y así paré el golpe. Di un salto a un lado, alcancé mi catana y, desenfundándola, lo rajé de un tajo.

Acabé comprando el tronco de calambac sin más dilación y regresé con él a Kitsuki[40]. El vasallo del clan Date tuvo que contentarse con adquirir la parte de la copa y volver con ella a Sendai.

Al presentarle la madera olorosa al señor Shōkōji, solicité permiso para abrirme el vientre. Había puesto tanto celo en las órdenes de mi señor que había acabado con la vida de un samurái que le hubiera sido de utilidad. El señor Shōkōji escuchó mi historia. Luego, respondió que todo lo que le había contado tenía bastante sentido y que, aun admitiendo que no debería haber dado tanta importancia a la madera olorosa, no había duda de que era el artículo precioso que él me había pedido que comprara. Por lo tanto, la razón estaba de mi lado al haber considerado el asunto de importancia. Si lo mirásemos todo pensando en la utilidad, me dijo, no habría nada de valor en el mundo. Y de inmediato quemó un trozo del calambac que le había llevado. Era de una excelente calidad y lo bautizó con el nombre de Hatsune[41], inspirándose en el antiguo poema:

¡Suena tan impresionante cuando uno escucha

el gorjeo del cuclillo!

Diríase que siempre entona su primer canto del año.[42]

Me alabó hasta la saciedad por haberle conseguido un artículo de tal calidad.

«Pero los descendientes del hombre que mataste no deben albergar ningún rencor», dijo él. E inmediatamente requirió la presencia del hijo de mi colega, con quien compartí unas copas de sake y nos comprometimos a no guardarnos rencor alguno.

Dos años después de estos sucesos, el día 6 del noveno mes del tercer año de Kan’ei [25 de octubre de 1626], su majestad el emperador visitó el castillo de Nijō y le hizo saber al señor Myōge Inden que le gustaría probar una

pequeña cantidad del excelente incienso, cosa a la que él accedió. El emperador quedó muy complacido y, según oí decir, lo llamó Shiragiku[43], por el antiguo poema que reza así:

¿Quién puede afirmar que exista algo parecido

a la flor del crisantemo blanco, cuyo perfume se prolonga aun después del otoño?[44]

El soberano había tenido la deferencia de elogiar la madera olorosa que yo había adquirido para mayor gloria de la casa de mi señor. Nunca hubiera esperado que se produjera una ocasión así y eso me hizo derramar unas lágrimas.

Sin embargo, ya había decidido suicidarme y esperaba en secreto la ocasión adecuada. Entretanto, recibí favores especiales no solo del señor Shōkōji, que estaba ya retirado, sino también del entonces cabeza de familia, Myōge Inden. El noveno año de Kan’ei [1632], cuando se procedió a redistribuir los feudos[45], no solo me convertí en guardia del castillo de Yatsushiro, donde residía el señor Shōkōji, sino que incluso me ordenaron que lo acompañara a la capital. Ocupado con tanto y tan arduo menester, en vano fui testigo de cómo pasaban los días y los meses. El decimocuarto año de Kan’ei [1637] se produjo la rebelión de Shimabara[46] y solicité permiso al señor Shōkōji para combatir como hatamoto[47] a las órdenes del señor Myōge Inden. Mi intención era perder la vida en la batalla, pero nuestra suerte en el ejército fue extraordinaria y el líder rebelde, Amakusa Shirō Tokisada[48], resultó muerto. Hasta un hombre insignificante como yo fue recompensado. Por eso viví durante muchos años, permaneciendo incumplido mi deseo largamente acariciado.

Sin embargo, el decimoctavo año de Kan’ei [1641], Myōge Inden cayó enfermo de repente y falleció antes que su padre. El señor de Higo pasó a ser el cabeza de familia. Posteriormente, el segundo año de Shōhō [1645], nuestro señor Shōkōji también dejó este mundo. Antes que él, el decimotercer año de Kan’ei [1636], el consejero medio Date Masamune de Sendai, que tanto gustaba de la madera olorosa de la copa cuyo lote compartimos, pereció en su castillo de Wakabayashi[49]. Dicen que la conservaba entre sus tesoros más raros y que la bautizó con el nombre Shibabune[50] evocando aquel poema antiguo que decía:

Cual barca de leña llevo sobre mí

la tristeza de este mundo.

¿Me consumiré

antes de que me quemen?[51]

Más tarde, en el segundo año de Keian [1649], el gobernador de Higo falleció repentinamente a la edad de treinta y un años. En sus últimas horas, le rondaba la preocupación de que su primogénito, el señor Rokumaru[52], siendo apenas un niño, no pudiera controlar un reino tan extenso. Así que informó al sogún de que deseaba devolver el feudo. Mas este recordó la lealtad de la familia desde los días de Taishō Inden y, por eso, ordenó que el señor Rokumaru, de solo siete años, fuera puesto al frente de los dominios.

Tras estos acontecimientos solicité mi retiro. Partí de Kumamoto y me instalé aquí. Pero seguía estando preocupado por Rokumaru y, si bien no lo acompañé, quise orar por su persona para que pudiera gobernar en paz, al menos hasta que alcanzara la mayoría de edad. Así fue como, a pesar de mis intenciones, seguí viviendo durante muchos años.

El segundo año de Shōō [1653], Rokumaru se convirtió en gobernador de Etchū, aunque solo tenía once años. Le concedieron el nombre de Tsunatoshi. Cuando me enteré de que gozaba del favor del sogún, no cabía en mí de gozo. En estos momentos, nada me ocupa. Por ello, sería una lástima morir de viejo. He esperado hasta hoy, el decimotercer aniversario de la muerte del señor Shōkōji, de quien tantos favores recibí y a quien ansío seguir en la muerte, a pesar de haber dejado pasar tanto tiempo. Sé muy bien que eso está prohibido oficialmente. Yo maté a mi compañero y debería haberme suicidado hace muchos años cuando era joven. Espero que nadie me lo

reproche.

No tengo otro amigo que el bonzo Seigan del templo Daitoku, con quien en los últimos tiempos he tenido una cordial relación. Solicito que quienes residan cerca le muestren esta mi última voluntad antes de enviarla al lugar donde nací.

He escrito este testamento a la luz de una vela que se acaba de apagar. Mas ya no hay necesidad de encender otra. El reflejo de la nieve a través de la ventana basta para que pueda abrir mi arrugado vientre.

El día 2 del duodécimo mes del primer año de Manji [25 de diciembre de 1658], del Perro.

Firma de Okitsu Yagoemon

* * * * * *

Nota a los lectores

Este testamento ficticio se basa en la información contenida en el Okinagusa[53]. Aparte de esto, me limité a consultar el Tokugawa Jikki[54] y el Yashi[55], ya que ambos estaban a mi alcance. Todos ellos están en circulación, y el Jikki forma parte del Zoku Kokushi Taikei[56]. En el Okinagusa se dice que el junshi de Okitsu tuvo lugar tres años después de la muerte de Sansai, pero, al mismo tiempo, lo sitúa alrededor de las eras Manji y Kanbun [1658-1672], así que debe de haber algún error. Si uno se basa en el fallecimiento de Sansai, el tercer aniversario habría tenido lugar en el primer año de Keian [1648]. Por consiguiente, yo lo he cambiado por el decimotercer aniversario de la muerte del señor el primer año de Manji [1658].

Desconozco cuándo fue Okitsu a Nagasaki, pero en las fuentes se dice que el incienso llamado Hatsune fue ofrecido al emperador Gomizunoo con motivo de su viaje oficial a Nijō, por lo que debió de ser antes del tercer año de Kan’ei [1626] cuando tuviera lugar ese traslado. Pero también dice que Okitsu se llevó la madera fragante de vuelta a Kumamoto. De nuevo, el año está equivocado, ya que Hosokawa Tadatoshi se convirtió en señor del castillo de Kumamoto en el noveno año de Kan’ei [1632]. Puesto que el calambac procedente de Anam llegó el quinto mes del primer año de Kan’ei [1624], justo antes del viaje del emperador a Nijō, yo he usado esta fecha y he cambiado Kumamoto por Kitsuki.

Por último, ignoro qué edad tenía Okitsu cuando murió, pero hay un lapso de más de treinta años entre el viaje del emperador a Nijō y el primer año de Manji [1658]. Como Okitsu ya era oficial cuando fue a Nagasaki antes de eso, debía de tener cerca de sesenta años cuando falleció, aunque solo contara unos veinte años cuando se desplazó a ese lugar. Puede que parezca pretencioso por mi parte llevar a cabo una investigación para una obra de estas características, pero si he anotado estos datos es para no olvidarme de ellos en el futuro.

18 de octubre de 1912

SEGUNDA VERSIÓN

Mañana, habiendo alcanzado el deseo acariciado desde hace años, me abriré el vientre como es debido ante la honorable tumba del señor Myōge Inden[57].

Deseoso de dejar a mis descendientes un relato de las circunstancias, tomo hoy el pincel en la residencia de mi hermano menor Matajirō en Kioto.

Mi abuelo se llamaba Okitsu Uhyōe Kagemichi. Nació en Okitsu, en el reino de Suruga, el undécimo año de la era Eishō [1514] y entró al servicio del señor Imagawa[58], viceministro de Administración Civil, residiendo en Kiyomigaseki, en el mismo reino. Cuando el señor Imagawa perdió la vida en el campo de batalla el día 20 del quinto mes del tercer año de Eiroku [23 de junio de 1560], Kagemichi estaba a su lado. Murió a los cuarenta y un años, y su nombre póstumo fue Senzan Sōkyū Koji.

Mi padre, Saihachi, que nació el primer año de Eiroku [1558], quedó huérfano a los tres años y fue criado por su madre. Al llegar a la mayoría de edad, adoptó el nombre de Yagoemon Kagekazu y se instaló temporalmente en Harima, en casa de Sano Kanjūrō, uno de sus parientes por parte de madre. Luego, a través de esta relación, entró al servicio del señor Akamatsu[59], capitán de la Guardia Imperial de la Puerta Izquierda. El noveno año de Tenshō [1581], este lo gratificó con mil kokus[60]. El cuarto mes del decimotercer año [1585], el señor Akamatsu, una vez que se incautó del reino de Awa, Kagekazu se benefició a su vez de otros trescientos kokus y pasó a ser intendente de ese reino. Allí, concretamente en Inotsu, fue donde fijó su residencia. Permaneció en su cargo hasta el inicio de la era Keichō [1596].

El séptimo mes del quinto año de Keichō [1600], Akamatsu, con la ayuda de Ishida Kazushige y de Onogi Nuinosuke, señor de Tanba, atacó el castillo de Tanabe, en Tango. El señor Shōkōji Sansai Tadaoki[61] estaba a cargo de defender la ciudadela, mas decidió seguir al augusto señor[62] en el ataque contra Uesugi Kagekatsu, quedándose solo el señor Taishōin Yūsai Fujitaka[63] para defender el castillo.

Durante su estancia en Kioto como huésped de Akamatsu, mi padre, Kagekazu, conoció a su excelencia Karasumaru Mitsuhiro, que era discípulo de poesía del mismo señor Yūsai, a cuyo heredero Mitsukata lo habían esposado con la princesa Man[64], hija del señor Shōkōji. Por mediación de su excelencia Mitsuhiro, Kagekazu estrechó los vínculos con los miembros de aquella familia.

Cuando se produjo el asedio de Tanabe, Sansai, que a la sazón se encontraba en Kantō, envió al castillo a un mensajero llamado Mori San’emon, que resultó ser primo de Kagekazu por parte de madre. Llegado a Tanabe, Mori tuvo un encuentro con él y le reveló el tenor del mensaje que se le había encomendado. Entonces Kagekazu consultó el asunto con un lugarteniente de los Akamatsu llamado Ikado Kamēmon y disparó una flecha con una carta a la torre Myōanmaru del castillo Tanabe. A la mañana siguiente, Mori, a quien Kagekazu había hecho que saliera del campamento mezclándose con espías, entró sin problemas en el lugar, hizo que le remitieran una misiva escrita por el propio señor Yūsai y, de noche, retomó el camino hacia Kantō. Cuando ese mismo año se anexionó la casa de los Akamatsu, mi padre, aconsejado por Mori, se fue a Buzen. El sexto año de Keichō [1601] entró a formar parte de la casa del señor Sansai como vasallo.

El quinto año de Genna [1619] nació nuestro actual señor, Mitsuhisa, cuyo nombre en la infancia era Rokumaru. Mi padre fue encomendado a su servicio, pero cuando Sansai se jubiló el séptimo año de Genna [1621], mi padre tomó los hábitos religiosos y adoptó el nombre de Sōya. El día 9 del decimosegundo mes del noveno año de Kan’ei [18 de enero de 1633], el señor Myōge Inden Tadatoshi, predecesor de nuestro actual señor, se trasladó a su feudo de Higo y mi padre lo acompañó.

El día 17 del tercer mes del decimoctavo año de Kan’ei [26 de abril de 1641], falleció el señor Myōge Inden y poco después, el día 2 del noveno mes del mismo año, mi padre Kagekazu murió de enfermedad. Tenía ochenta y cuatro años.

Mi hermano mayor Kurobē Kazutomo, primogénito de Kagekazu, se había ido con él a Buzen. Entró al servicio personal del señor Sansai el decimoséptimo año de Keichō [1612] como secretario. Más tarde, debido a una enfermedad, pasó a ser vigilante. Cuando el señor Myōge Inden sucedió a su padre, colaboró en el asedio de Shimabara durante el invierno del año catorce de Kan’ei [1637]. Al año siguiente, el día 27 del segundo mes, fue nombrado, junto a Kaneta Yaichiemon, «primer atacante», esto es, el primero de los del clan en penetrar las líneas enemigas. Encontró la muerte

combatiendo heroicamente en la muralla que domina el mar. Su nombre póstumo fue Gishin Eiryū Koji.

Un servidor, segundo hijo de Kagekazu, nací el cuarto año de Bunroku [1595]. De niño, mi nombre era Saisuke. Cuando tenía siete años fui con mi padre a Kokura, en el reino de Buzen. Entré al servicio del señor Sansai el decimoséptimo año de Keichō [1612], a los diecinueve años cumplidos. Cuando el séptimo año de Genna [1621] este se retiró de la vida pública y mi padre tomó los hábitos, yo tenía veintiocho años. Fue entonces cuando adopté el nombre de Yagoemon Kageyoshi, y seguí a mi señor hasta Okitsu, en el reino de Buzen.

El quinto mes del primer año de Kan’ei [1624], un navío procedente de Anam recaló en Nagasaki. Hacía tres años que el señor Sansai había tomado los hábitos. Me dio órdenes de que comprara un artículo raro para usar en la ceremonia del té, así que me dirigí a Nagasaki con uno de mis compañeros, Yokota Seibē. Por fortuna, habían llegado dos grandes partidas de un excelente calambac. Una de ellas correspondía al tronco y la otra a la copa. Pero el caso es que uno de los vasallos al servicio del viceconsejero medio Date que había sido enviado desde la lejana ciudad de Sendai, decidió quedarse a toda costa con el tronco. Yo me fijé en lo mismo y, poco a poco, fuimos haciendo subir el precio.

Entonces fue cuando Yokota me dijo que, aunque fueran órdenes de nuestro señor, la madera olorosa no era más que un objeto sin utilidad práctica en el que no valía la pena gastar tanto dinero. Así pues, proponía ceder el tronco a los Date y llevarnos nosotros la copa del árbol.

Yo le respondí que no podía estar más en desacuerdo con él. Las órdenes de nuestro señor eran ir allí a comprar un artículo precioso, y lo más exquisito entre las mercancías importadas era el palo áloe. Puesto que estaba partido en dos, era obvio que el tronco era lo más valioso de todo y solo comprándolo satisfaríamos las órdenes de nuestro señor. Si permitiéramos que Date hiciera ostentación y se quedara con el tronco, el nombre de la familia Hosokawa quedaría mancillado.

Yokota se echó a reír y me dijo que estaba llevando las cosas demasiado lejos. «Si se tratara de disputarse un reino o un castillo», dijo, «habría que cruzar las armas con los Date, mas tratándose solo de un trozo de madera que se va a quemar en el pebetero de una estancia de cuatro tatamis y medio destinada a la ceremonia del té, es un sinsentido hacer tal dispendio. Si fuera nuestro propio señor el que pujara por él, nosotros, como vasallos que somos, deberíamos hacerle disuadir de su empeño. Aun cuando le fuera la vida en

ello, dejarle que cumpliera su deseo de comprar el tronco sería un acto de craso halago».

En aquel entonces yo tenía treinta y un años[65] y me sentí ofendido por esas palabras, pero me contuve. Claro que tenían lógica, pero mi preocupación eran las órdenes y solicitudes de mi señor. Si me hubiera ordenado derribar un castillo lo habría hecho, aunque tuviera los muros de hierro. Y lo mismo si me hubiera ordenado decapitar a un hombre, aunque se tratara de un demonio. Pero, puesto que me había mandado comprar un artículo raro, estaba decidido a procurarle el mejor. Desde el momento que era una orden de mi señor, siempre y cuando no fuera algo contrario a mis principios morales, no podía entrometerme ni hacer crítica alguna.

Yokota, riéndose cada vez con más sorna, repuso que estaba de acuerdo en no hacer nada contrario a los principios morales; de hecho, si se hubiera tratado de pertrechos de guerra, a él no le hubiera importado gastar una enorme cantidad de dinero, pero pagar un precio abusivo por la madera olorosa era una señal de imprudencia propia de un jovenzuelo. Yo le repliqué que, a pesar de mi juventud, conocía la diferencia existente entre pertrechos militares y una madera fragante. Le conté que en la época de Taishō Inden, el señor Gamō había expresado su deseo de visitar a los Hosokawa para ver sus maravillosas colecciones. El día convenido, se presentó en su casa. Taishō Inden le enseñó varios tipos de armaduras y yelmos, catanas, arcos y lanzas. Algo sorprendido, el señor Gamō echó un vistazo a todo para después confesar que, en realidad, él había ido hasta allí para ver los utensilios destinados a la ceremonia del té. El señor Taishō Inden le repuso sonriendo:

—El otro día dijisteis que queríais ver utensilios; por eso os he presentado los que uno espera ver en la casa de un guerrero. Pero si lo que queréis ver son los del té, también poseo algunos. —Y se vio obligado a mostrárselos por primera vez.

¿Podía haber otra familia en Japón que se hubiera dedicado al Ejército durante generaciones y que, a la vez, fuera tan hábil en artes como la poesía o la ceremonia del té? Si uno dice que la ceremonia del té es una práctica inútil, entonces también se reducirán a formalismos inútiles las ceremonias de Estado importantes y el culto a los antepasados. Le recordé que la orden que habíamos recibido en esta ocasión era simplemente la de comprar un artículo raro para su uso en la ceremonia del té. Esa era la orden de nuestro señor y nosotros no éramos nadie para ponerla en tela de juicio, aunque nos costara la vida. A mi modo de ver, la obstinación de mi colega en no querer gastar una

gran suma de dinero en la madera olorosa se debía a su ignorancia en el arte del té.

Yokota no me dejó acabar de hablar:

—¡Por supuesto que no sé nada de la ceremonia del té! ¡Claro que soy un obstinado samurái! Y, puesto que tú eres tan diestro en diversas artes, comprobemos dónde está tu mayor talento.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, dio un salto, desenvainó su daga y la lanzó contra mí. Yo lo esquivé y, dando un paso atrás, agarré mi catana que estaba en la parte inferior del portaespadas bajo el chigaidana[66], la desenfundé y, de un golpe, abatí a Yokota.

Después, sin más dilación, compré el tronco de calambac y lo llevé a Nakatsu[67]. El vasallo del clan Date tuvo que contentarse con adquirir la parte de la copa y volver con ella a Sendai.

Al presentarle la madera olorosa al señor Sansai, solicité permiso para abrirme el vientre. Había puesto tanto celo en las órdenes de mi señor, que había acabado con la vida de un samurái que le hubiera sido de utilidad.

El señor Sansai escuchó mi historia. Luego, respondió que todo lo que le había contado tenía bastante sentido y que, aun admitiendo que no debería haber dado tanta importancia a la madera olorosa, no había duda de que era el artículo precioso que él me había pedido que comprara. Por lo tanto, la razón estaba de mi lado al haber considerado el asunto de importancia. Si lo mirásemos todo pensando en la utilidad, me dijo, no habría nada de valor en el mundo. Y de inmediato quemó un trozo del calambac que le había llevado. Era de una excelente calidad y lo bautizó con el nombre de Hatsune inspirándose en el antiguo poema:

¡Suena tan impresionante cuando uno escucha

el gorjeo del cuclillo!

Diríase que siempre entona su primer canto del año.

Me alabó hasta la saciedad por haberle conseguido un artículo de tal calidad.

«Mas los descendientes del hombre que mataste, Yokota Seibē, no deben albergar ningún rencor», dijo. E inmediatamente requirió la presencia del primogénito de Seibē, con quien compartí unas copas de sake y nos comprometimos a no guardarnos rencor alguno.

Ahora bien, quizá los miembros de la casa de Yokota temieron que yo alimentara malos designios contra ellos y acabé por marcharme al reino de

Chikuzen. Fue entonces cuando el señor Sansai me hizo saber que me autorizaba a utilizar el segundo carácter chino que formaba parte de su nombre, Tadaoki, para transcribir el mío, Okitsu, invitándome también a modificar la grafía.

Dos años después de estos sucesos, el día seis del noveno mes del tercer año de Kan’ei [25 de octubre de 1626], su majestad el emperador visitó el castillo de Nijō y le hizo saber al señor Myōge Inden que le gustaría probar una pequeña cantidad del excelente incienso, cosa a la que él accedió. El emperador quedó muy complacido y, según oí decir, lo llamó Shiragiku, por el antiguo poema que reza así:

¿Quién puede afirmar que exista algo parecido

a la flor del crisantemo blanco, cuyo perfume se prolonga aun después del otoño?

El soberano había tenido la deferencia de elogiar la madera olorosa que yo había adquirido para mayor gloria de la casa de mi señor. Nunca hubiera esperado que se produjera una ocasión así y eso me hizo derramar unas lágrimas.

Posteriormente, tuve también la ocasión de ser elogiado por el señor Myōge Inden. El noveno año de Kan’ei [1632], cuando se procedió a redistribuir los feudos, el señor Sansai me contrató en su castillo de Yatsushiro[68]. E incluso cuando se fue a la capital, me permitió formar parte de su escolta.

Así las cosas, el decimocuarto año de Kan’ei [1637] tuvo lugar la rebelión de Shimabara. Me asignaron a la guardia del hermano menor del señor Myōge Inden, Nakatsukasa Shōyū Tatsutaka[69], quien me confió uno de sus estandartes. El día 22 del segundo mes del año siguiente [6 de abril 1638], cuando fui el primero en plantar esta bandera en la brecha que los nuestros acababan de abrir, fui alcanzado en la pierna izquierda por un disparo de arcabuz y me vi obligado a abandonar el combate. En aquel entonces tenía cuarenta y cinco años. El año dieciséis de Kan’ei [1639], después de recuperarme de las heridas, me ordenaron cumplir con mis obligaciones en Edo.

El decimoctavo año de Kan’ei [1641], Myōge Inden cayó enfermo de repente y falleció antes que su padre. Fue entonces cuando nuestro señor Mitsuhisa, gobernador de Higo, le sucedió al frente de la casa.

El día 2 del noveno mes del mismo año falleció mi padre Yagoemon Kagekazu. Posteriormente, el segundo año de Shōhō [1645], nuestro señor Sansai también dejó este mundo. Antes que él, el decimotercer año de Kan’ei [1636], el consejero medio Date Masamune de Sendai, que tanto gustaba de la madera olorosa de la copa cuyo lote compartimos, pereció en su castillo de Wakabayashi. Dicen que la conservaba entre sus tesoros más raros y que la había bautizado con el nombre Shibabune evocando aquel poema antiguo que decía:

Cual barca de leña llevo sobre mí

la tristeza de este mundo.

¿Me consumiré antes de que me quemen?

Me puse a reflexionar largo tiempo en lo que había sucedido después de que mi difunto padre entrara al servicio de esta casa; ni que decir tiene que él, al igual que mi hermano mayor, habían gozado de un favor especial. Yo mismo, durante mi estancia en Nagasaki, había matado a mi compañero de misión, Yokota Seibē, y el señor Shōkōji me había salvado la vida. Ahora que el señor que me había concedido su gracia había dejado este mundo, ¿cómo podía seguir viviendo? Por eso tomé mi decisión.

Hace algunos años, cuando falleció el señor Myōge Inden, diecinueve hombres lo siguieron tras su muerte[70], y hace dos años, cuando desapareció el señor Shōkōji, cuatro hombres lo acompañaron suicidándose: Minota Heishichi Masamoto, Ono Denbē Tomotsugu, Kuno Yoemon Munenao y Hōsen’in Shōen Gyōja.

El bisabuelo de Minota, un tal Izumi, consejero señorial de Sagara, gobernador de Tōtōmi, murió en el campo de batalla junto a su soberano. Su abuelo, Wakasa, y su padre Ushinosuke llevaron una vida errante. En cuanto al propio Heishichi, fue gratificado por el señor Sansai con un estipendio de quinientos kokus. Tenía veintitrés años cuando abrió el vientre. El paje Isobe Chōgorō hizo las veces de ejecutor.

Ono, del reino de Tango, estaba al servicio de la casa de nuestro señor desde la generación del abuelo de Denbē, Imayasu Tarōzaemon. Llegó un día en que el padre de Denbē, Tanaka Jinzaemon, habiendo desobedecido las órdenes de su señor, se fue de la residencia señorial de Edo. Entonces, el señor ordenó a Denbē, a quien había contratado para su servicio personal, que fuera en busca de su padre y que volviera con él. De no ser así, sería

ejecutado. Denbē recorrió reino tras reino sin poder hallarlo y volvió al lado de su señor. Sansai declaró que era admirable que Denbē hubiera regresado sin temer el castigo máximo y lo exculpó. Juzgando que este favor le creaba un deber, Denbē se abrió el vientre. Su ejecutor fue Isoda Jūrō.

Kuno formaba parte del servicio del señor Yūsai en el reino de Tango, y después se le adjudicó otro estipendio de ciento cincuenta kokus por haber hecho méritos durante el asedio al castillo de Tanabe. Yano Matasaburō fue su ejecutor.

En cuanto a Hōsen’in, era un asceta itinerante[71] encargado de hacer sonar la caracola durante los combates. Era hijo de Ishii Yoshimura, gobernador de Bingo, el hermano menor de Tsutsui Junkei. Se dice que su ejecutor fue un amigo que también era asceta itinerante.

Al ver y escuchar todo esto se despertó una fuerte envidia en mí y sentí grandes celos. Mas como me quedaban tareas que cumplir en la residencia de Edo durante la ausencia de nuestro señor, y no me podía liberar de otras, dejé pasar en vano muchos meses.

En estas, los restos mortales del señor Shōkōji fueron incinerados en el Taishōin, en Yatsushiro; y conforme a su última voluntad, el año anterior, el día 11 del primer mes, Sen’yo del Taishōin trasladó sus cenizas a Kioto. Lo escoltaban: Nagaoka Kawachi Kagenori, Kaku Sakuzaemon Ietsugu, Yamada San’emon, Sakata Genzaemon Hidenobu y Yoshida Ken’an. Llegaron allí el 24 del mismo mes y depositaron las cenizas en el Kōtōin, en el interior del templo Daitoku, en el barrio de Murasakino. Se entiende que esto fue un acuerdo con el superior Seigan logrado en vida del señor de dicho templo.

Este año, pues, una vez relevado de mis obligaciones de servicio, he expresado ante mi señor el deseo que abrigo desde hace tanto tiempo, y él ha aceptado mi voluntad irrevocable. La mañana del 29 del décimo mes fui a despedirme de él; me ofreció un almuerzo y después me sirvió un té con sus propias manos. Por fin, me gratificó con dos quimonos con el forro de color rojo blasonados con las armas de su casa con nueve círculos[72]. Cuando me retiré, él quiso que los ayudantes Hayashi Geki y Fujisaki Sakuzaemon me dijeran que no tenía que preocuparme por lo que pasara después de mi muerte, e incluso se dignó a dedicarme un poema de despedida. En su benevolencia, me aconsejó que cuando llegara a Kioto consultara todos los asuntos con Furuhashi Kozaemon. Por otro lado, los señores Hotta, gobernador de Kaga, e Inaba, gobernador de Noto, también quisieron dedicarme sendos poemas. Cuando salí de Edo, el día 2 del undécimo mes, el

vasallo Tanaka Sahē me acompañó hasta Shinagawa como representante de nuestro señor.

Una vez en Kioto, solicité la hospitalidad de mi hermano menor Matajirō, el cabeza de familia de la casa, que es desde donde redacto estas líneas. A él lego, pues, mi daga, a modo de recuerdo, cuando todo haya pasado.

He aquí las personas que me han dedicado un poema de despedida: el consejero de Estado Karasumaru Sukeyoshi y el primer ministro Uramatsu Sukekiyo; el superior del Daitokuji, Seigan; los superiores de los templos Nanzenji, Myōshinji, Tenryūji, Shōkokuji, Kenninji, Tōfukuji, así como el del Kōfukuji de Nara.

Por lo que respecta al lugar donde me abriré el vientre mañana, parece que, siguiendo lo dispuesto por Furuhashi, han construido una pequeña cabaña al pie del monte Funaoka. Desde la entrada del Daitokuji hasta la cabaña habrá una distancia de unos dieciocho chō[73] que se ha cubierto con más de tres mil ochocientas esteras de paja. En el interior del cobertizo se ha dispuesto un tatami cubierto con una tela blanca. No era mi intención organizar una ceremonia tan solemne, pero puesto que es la voluntad de nuestro señor, no lo puedo discutir.

Los testigos oficiales serán los vasallos Tani Kuranosuke, representante personal de nuestro señor, así como el consejero señorial Nagaoka Yohachirō y Hanzaemon, de su familia, y el superior del Daitokuji, Seigan Jitsudō, hará acto de presencia. Mi hijo Saiemon también estará presente. Ya he pedido a mi vasallo Nomi Ichirobē Katsuyoshi que sea mi ejecutor.

Como nombre póstumo he elegido Kohō Fuhaku. Aunque soy alguien insignificante, no deseo que mis últimos instantes sean innobles del todo.

Dirijo este testamento a mi hijo Saiemon, a quien pido que lo transmita a mis descendientes, de generación en generación, a fin de que, perpetuando mis sentimientos, se distingan por su fidelidad a nuestra noble casa.

El día 1 del duodécimo mes del cuarto año de Shōhō [26 de diciembre de 1647], del Jabalí.

Firmado: Okitsu Yagoemon Kageyoshi Para: Okitsu Saiemon

El día 2 del duodécimo mes del cuarto año de Shōtoku[74] [1714], Okitsu Yagoemon Kageyoshi realizó una visita ceremonial a la tumba del Kōtōin y luego entró en el pequeño cobertizo construido en la falda del monte Funaoka.

Se colocó sobre el tatami y empuñó su daga. Después, giró la cabeza hacia Nomi Ichirobē, que estaba de pie detrás de él, y le dijo: «Cuento contigo». A través de su vestimenta de un blanco inmaculado se cortó el vientre en tres líneas paralelas[75]. Nomi lo golpeó en la nuca con su catana pero no fue suficiente. Yagoemon le dijo entonces: «¡Rebáname la nuez!». Pero antes de que Nomi tuviera tiempo de bajar el brazo por segunda vez, Yagoemon exhaló su último suspiro.

Formando una especie de muro humano alrededor del pequeño cobertizo, el pueblo de Kioto, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, se congregó para presenciar la escena. Entre los poemas satíricos se encontraba el siguiente:

Okitsu Yagoemon,

cuya fama se ha elevado hasta el cielo, con un último grito

se ha abierto el vientre siguiendo a su señor.[76]

Este es el árbol genealógico abreviado de la familia Okitsu.

Al heredero de Yagoemon Kageyoshi, Saiemon Kazusada, le fue concedido un estipendio de doscientos kokus y sirvió hasta que se convirtió en jefe de treinta arcabuceros. En el primer año de Hōei [1704] murió de enfermedad. Representaba la cuarta generación a partir de Uhyōe Kagemichi. En la quinta generación, Yagoemon sirvió hasta que le hicieron jefe de un pelotón de diez arcabuceros y murió de enfermedad el cuarto año de Genbun [1739]. En la sexta generación, Yachūta sirvió en la guardia de preboste y dimitió el sexto año de Hōreki [1756]. En la séptima generación, Kurōji sirvió como guardia de preboste y se jubiló el quinto año de An’ei [1776]. En la octava generación, Kurobē, hijo adoptivo, sirvió como guardia de preboste y murió de enfermedad el primer año de Bunka [1804]. En la novena generación, Eiki, hijo adoptivo, sirvió de guardia de preboste y murió de enfermedad el noveno año de Bunsei [1826]. En la décima generación, Yachūta, heredero de Eiki, cambió el nombre por el de Saiemon. Sirvió de guardia de preboste y murió de enfermedad el primer año de Man’en [1860]. En la undécima generación, Yagoemon, segundo hijo de Saiemon, cambió el nombre por el de Sōya. Destacó en la caza del perro[77]. En el tercer año de Meiji [1870] fue elevado al cargo de banshi[78].

Kagekazu, el padre de Yagoemon Kageyoshi, había tenido seis hijos varones. El mayor, Kurobē Kazutomo; el segundo, Kageyoshi; el tercero, Hanzaburō, que más larde cambió su nombre por el de Sakudayū Kageyuki, murió de enfermedad el quinto año de Keian [1652]. Su hijo, Yagodayū, murió de enfermedad el undécimo año de Kanbun [1671] y con él se extinguió el linaje.

Chūta, el cuarto hijo de Kagekazu, cambió su nombre por el de Shirōemon Kagetoki. El primer año de Genna [1615], en la campaña de verano de Osaka, consiguió numerosos méritos militares en el bando del príncipe Sansai, pero como en el momento de la distribución de rentas él las rechazó aduciendo tener buenas razones para ello, fue expulsado del servicio. Tras eso, cambió el nombre por el de Teramoto y se trasladó a Kameyama, en el reino de Ise, donde se puso al servicio de Honda Toshitsugu, gobernador de Shimōsa. Posteriormente fue comisario de las estaciones de postas de Sakanoshita, Seki y Kameyama. En el invierno del decimocuarto año de Kansei[79], cuando la rebelión de Shimabara, obligó a los señores de las regiones del oeste a salir apresuradamente de Edo para trasladarse a sus feudos. Hosokawa Tsunatoshi, gobernador de Etchū, y Kuroda Mitsuyuki, jefe de la guardia de la puerta derecha de palacio, partieron desde Edo el mismo día. Cuando iban por Tōkaidō[80] se dieron cuenta de que había una

escasez de hombres y caballos. Mitsuyuki consiguió adelantarse un día. En ese tiempo, Teramoto Shirobē tomó prestada la suma de setecientos ryō[81] de Matajirō, su hermano pequeño que estaba en Kioto, con la cual contrató a los hombres y caballos disponibles en Sakanoshita, Seki y Kameyama, y los escondió en las montañas. Luego esperó la llegada de Tsunatoshi y, suministrándole los hombres y los equinos, Tsunatoshi adelantó a Mitsuyuki en las postas de Tsuchiyama-Minaguchi. Muy satisfecho, Tsunatoshi llamó después a su servicio como vasallo asalariado al segundo hijo de Shirōemon, Shirobē, que entonces residía en Edo.

El heredero de Shirobē, Sakuemon, recibía un estipendio de veinte kokus, además de los víveres necesarios para mantener a cinco hombres; entró en la Unidad Media de Pajes[82] y murió de enfermedad el cuarto año de Genroku [1691]. El vástago de Sakuemon, Noboru, fue nombrado al servicio de Nobunori, gobernador de Etchū, y recibía una renta de setecientos kokus. Actuó como mayordomo en la generación de Munetaka[83], gobernador de Etchū, y murió de enfermedad el tercer año de Genbun [1738]. Mientras el hijo de Noboru, Shirobē[84], servía como comandante de unidad el tercer año de Kan’en [1750], al cometer un acto de indisciplina, se le confiscaron tanto su estipendio como sus tierras. Su hijo, Uheita, trabajó primero como sirviente de Shigekata, gobernador de Etchū, y después se convirtió en paje de Harutoshi, viceministro de Asuntos Centrales; se le concedió el equivalente a ciento cincuenta kokus. Después, fue promovido al cargo de comandante de unidad y fue asignado para proteger a la princesa Tsuna. Dimitió el segundo año de Bunka [1805]. El heredero de Uheita, Junji, sobresalió en ciencia militar y en el arte del tiro con arco; murió de enfermedad el quinto año de Bunka [1808]. El hijo adoptivo de Junji, Kumaki, era en realidad el tercer hijo de Yamano Kanzaemon. Recibía veinte kokus de renta, sirvió de paje medio y murió de enfermedad el octavo año de Tenpō [1837]. El primogénito de Kumaki, Eiichirō, cambió después su nombre por el de Shirōemon, sirvió de intendente en Tamaña y llegó al puesto de comandante de unidad. El tercer año de Meiji [1870] fue nombrado responsable de la cárcel de Kiku y cambió su nombre por el de Noboru.

El quinto hijo de Kagekazu, Hachisuke, se hirió una pierna a los tres años y quedó impedido. Cambió su nombre por el de Muneharu y murió de enfermedad el duodécimo año de Kanbun [1672]. El sexto hijo de Kagekazu, Matajirō, se trasladó a Kioto y adoptó a Ichirōsaemon, el nieto de Sano Kanjūrō, natural del reino de Harima.

LA FAMILIA ABE

En la primavera del decimoctavo año de la era Kan’ei [1641], correspondiente al signo de la Serpiente, el señor Hosokawa Tadatoshi[85], noble del cuarto rango subalterno, grado inferior; general de división de la Guardia Imperial de la Izquierda y gobernador del reino de Etchū, contempló por última vez los cerezos que tenía en su dominio, en el reino de Higo, donde florecían antes que en otras partes. Estaba a punto de partir hacia Edo —siguiendo el avance de la primavera, de sur a norte—, para expresar su lealtad, como cada año alterno, ante el sogún Tokugawa con un espléndido séquito, como correspondía a un daimio[86] con una renta de 540 000 kokus, cuando repentinamente cayó enfermo. Comoquiera que las prescripciones de su médico de la corte no surtían efecto, y dado que su estado se iba deteriorando día tras día, fue despachado a Edo un correo con el mensaje de que la partida del señor Tadatoshi se vería retrasada. El tercer sogún Tokugawa, Iemitsu[87], que era un célebre nieto de Ieyasu, sintió inquietud por el destino de Tadatoshi, quien en el momento de la rebelión de Shimabara había vencido al líder insurgente Amakusa Shirō Tokisada. Por consiguiente, el día 20 del tercer mes ordenó a Matsudaira, gobernador de Izu; a Abe, gobernador de Bungo, y a otro Abe, este gobernador de Tsushima[88], redactar y firmar un documento en el que se instaba al acupuntor Isaku a que fuera desde Kioto. El día 22, Iemitsu despachó un enviado, el samurái Soga Matazaemon, dando instrucciones firmadas por los tres señores antedichos.

La política de la casa del sogún hacia el daimio Hosokawa era de la máxima cortesía. Como los Tokugawa ya habían recompensado con creces al señor Tadatoshi tras reprimir la rebelión de Shimabara tres años antes, durante la primavera del año decimoquinto de Kan’ei [1638] —concediéndole unas tierras destinadas a construir una mansión en Edo y terrenos de caza donde se podían cazar grullas—, era lógico que el sogún, al enterarse de la gravedad de Tadatoshi, fuera en ese momento todo lo solícito que permitían los precedentes.

Sin embargo, antes de que el sogún pudiera llevar a cabo estas medidas, el estado de Tadatoshi empeoró con rapidez y, finalmente, a la hora del Mono[89] del día 17 del tercer mes, falleció a la edad de cincuenta y seis años

en su quinta de Hanabatake, en Kumamoto. Su esposa, O-sen no kata[90], era hija de Ogasawara Hyōbu Tayū Hidemasa[91], a quien había adoptado el sogún y dado en matrimonio a Tadatoshi. Tenía, a la sazón, cuarenta y cinco años.

El heredero de Tadatoshi, Rokumaru, había alcanzado la mayoría de edad

hacía seis años, y la casa del sogún le había otorgado la prerrogativa de usar el carácter «Mitsu»[92]. Consiguientemente, pasó a llamarse Mitsusada y fue promovido al cuarto rango subalterno, grado inferior. También se le concedieron los oficios de chambelán y gobernador del reino de Higo. Contaba diecisiete años[93]. Había estado en Edo cumpliendo con sus obligaciones anuales de residencia y había regresado a su casa de Hamamatsu, en el reino de Tōtōmi, pero cuando llegó a sus oídos la noticia del fallecimiento de su padre, volvió a Edo. Posteriormente, Mitsutada cambió su nombre por el de Mitsuhisa.

El segundo hijo de Tadatoshi, Tsuruchiyo, había sido enviado de niño al templo budista de Taishō, en el monte Tatsuta. Allí adoptó el nombre de Sōgen y se convirtió en discípulo del bonzo Taien, que había recibido su formación en el Myōshin-ji de Kioto.

El tercer hijo, Matsunosuke, había sido adoptado por el clan Nagaoka, que poseía vínculos desde hacía tiempo con la casa Hosokawa. El cuarto vástago, Katsuchiyo, fue adoptado por uno de sus vasallos, Nanjō Daizen.

Tadatoshi tenía dos hijas. La mayor, la princesa Fuji, era esposa de Matsudaira Tadahiro, gobernador de Suō. La princesa Take era la pequeña y se convertiría en esposa de Ariyoshi Tanomo Hidenaga.

Tadatoshi era el tercer hijo de Hosokawa Sansai y, por lo tanto, tenía de hermanos menores, por orden cronológico, a Tatsutaka, del Ministerio de Asuntos Centrales; Okitaka, del Ministerio de Justicia, y Nagaoka Yoriyuki, del Ministerio de Ceremonial. Sus hermanas menores eran la princesa Tara, que se había casado con Inaba Kazumichi, y la princesa Man, que era esposa del consejero medio Karasumaru Mitsukata. La princesa Nene[94], hija de Man, sería la mujer de Mitsuhisa, el heredero de Tadatoshi. Este tenía dos hermanos mayores, ambos del clan Nagaoka, y dos hermanas mayores que se casaron emparentándose con las familias Maeno y Nagaoka. Su padre, Sansai Sōryū[95], seguía gozando de su jubilación y tenía setenta y nueve años.

Por lo que respecta a sus parientes, algunos vivían en Edo, como su heredero, Mitsusada, y otros estaban en Kioto o en reinos lejanos, pero el dolor de los presentes en la mansión de Kumamoto fue mucho mayor que la pena de quienes se enteraron más tarde.

Mutsushima Shōkichi y Tsuda Rokuzaemon partieron de inmediato hacia Edo para notificar la muerte de su señor.

El día 24 del tercer mes se llevó a cabo la ceremonia del séptimo día después de la muerte. El 28 del cuarto mes se desenterró el ataúd, que se había colocado en la tierra abriendo las tablas del suelo del cuarto de estar en la casa de campo. Siguiendo instrucciones de Edo, el cadáver fue incinerado en el templo Shūun, en el pueblo de Kasuga, distrito de Akita, y sus cenizas fueron enterradas en un mausoleo situado en las montañas a las afueras de la puerta Kōrai[96]. En el invierno del año siguiente se erigió el Myōgeji, en la colina bajo el mausoleo de Tadatoshi, y se designó templo guardián del reino. El bonzo Keishitsu[97], que otrora fue discípulo aventajado del famoso maestro zen Takuan[98], llegó desde el Tōkai, en el distrito de Shinagawa, en Edo, para ocupar la plaza de superior del templo. Después de retirarse Keishitsu a una ermita llamada Rinryū, en el recinto del templo, el segundo hijo de Tadatoshi, Sōgen, le sucedió adoptando el nombre de Tengan. A Tadatoshi le pusieron el nombre budista póstumo de Myōge Inden Taiunsō Godai Koji. Sus restos mortales fueron incinerados en el templo Shūun, siguiendo su última voluntad y testamento.

En cierta ocasión en que había ido a cazar pollas de agua[99], hizo un alto en el Shūun’in para descansar y tomar un té. De repente, Tadatoshi se dio cuenta de que le había crecido la barba y pidió al superior si le podía prestar una navaja de afeitar. Este le llevó un poco de agua en una palangana y puso una navaja de afeitar al lado. Mientras le rasuraba uno de sus pajes, Tadatoshi le dijo con sorna al monje: «Supongo que esta navaja habrá afeitado la cabeza de más de un difunto, ¿no?». Sin saber qué responder, el religioso se vio en una situación muy embarazosa. Desde ese momento, Tadatoshi y él se hicieron buenos amigos y, como resultado, aquel decidió que ese templo sería el lugar donde incineraría sus restos mortales.

Justo cuando se estaba procediendo a la cremación de Tadatoshi, acaeció un suceso inesperado. De entre los vasallos que habían acudido a acompañar el ataúd se alzaron varias voces: «¡Mirad a los halcones! ¡Mirad a los halcones!». Bajo un apagado cielo azul, delineado por un bosque de cedros del recinto del templo y sobre el follaje de un cerezo, inclinado como un paraguas sobre la pared circular de piedra del pozo, había dos halcones describiendo círculos en el aire. Mientras la muchedumbre los contemplaba con sorpresa, las dos aves se juntaron tan cerca una de otra que parecía que los picos y las colas se tocaban, para luego tirarse de cabeza al pozo que había

bajo los cerezos. Dos hombres que se encontraban en medio de un grupo de cinco o seis personas que estaba discutiendo ante las puertas del templo, se precipitaron hasta el borde del pozo, colocaron las manos en el muro de piedra, y echaron la vista hacia el interior. Para entonces los halcones habían desaparecido en las profundidades del agua y la superficie ya estaba tan lisa como antes, brillando como un espejo entre la espesa maraña de helechos. Los dos hombres eran cetreros del difunto daimio y las aves que se habían precipitado al fondo del pozo, ahogándose, eran Ariake y Akashi, a las que Tadatoshi adoraba. Cuando la muchedumbre se dio cuenta, algunas personas musitaron: «¡Hasta los halcones de nuestro señor le han seguido tras su muerte!».

De hecho, desde el deceso de Tadatoshi hasta esta ceremonia, más de diez vasallos habían cometido junshi[100]. Ocho se abrieron el vientre a la vez solo dos días antes, y otro, el día siguiente. Así pues, no había nadie en la casa Hosokawa que no soñara con el suicidio. Tampoco sabían cómo las dos aves habían podido eludir a los cetreros ni cómo se habían precipitado al pozo: parecían perseguir una presa invisible. No había nadie que intentara averiguar estos hechos. Los dos halcones habían sido los favoritos de Tadatoshi y en el día de su incineración se habían matado en el pozo del Shūun’in, el lugar de la cremación. Estos hechos, por sí solos, eran suficientes para dejar claro que las aves se habían inmolado. No cabía la menor duda de esto; holgaba buscar otra explicación.

Los cuarenta y nueve días de duelo formal tras la muerte de Tadatoshi finalizaron el día 5 del quinto mes. Sōgen, su segundo hijo, había realizado los servicios religiosos asistido por otros monjes zen, como Kiseidō, Konryōdō, Tenjuan, Chōshōin y Fujian.

Llegado el sexto día todavía seguían produciéndose esporádicos suicidios por fidelidad al señor. No solo los que contemplaban inmolarse y sus familias y parientes, sino también personas que no tenían relación consanguínea con la familia no hacían más que darle vueltas a la idea del suicidio. Aunque estaban inmersos en sus pensamientos, llevaban a cabo sus obligaciones, que incluían los preparativos para recibir al acupuntor de Kioto o al enviado del sogún, procedente de Edo. A pesar de que en esa época del año era de rigor recoger cálamos para decorar los aleros de las casas con motivo del Festival de los Niños[101], se abstuvieron de hacerlo; e incluso las familias cuyos hijos estaban a punto de celebrar su primer festival, permanecieron en silencio, como si hubieran olvidado el nacimiento de sus vástagos.

El código que gobernaba el suicidio había surgido de manera espontánea, en vez de haber sido determinado por alguien por un motivo concreto en un momento dado. Independientemente de lo que un vasallo pudiera estimar a su señor, no podía suicidarse por propia voluntad. La ley era la misma para los súbditos que rendían pleitesía anual al sogún en el pacífico mundo de Edo que para los samuráis que se iban a combatir en tiempos de guerra: para acompañar al señor a la Colina de la Muerte y el Río de los Tres Vados[102], había que contar sin falta con su permiso. De lo contrario era morir como un perro. Puesto que el honor de un samurái era de suma importancia, no debía morir inútilmente. Perecer precipitándose a las filas enemigas era digno de elogio, pero perder la vida tras haber penetrado en el campamento enemigo antes que los propios camaradas, desobedeciendo órdenes, no tenía ningún mérito. La misma desgracia se cernía sobre uno si se inmolaba sin autorización. En raras ocasiones, este tipo de muerte no se convertía en una desgracia, siempre y cuando hubiera un acuerdo tácito entre el señor y el vasallo que había recibido sus favores. En ese caso, era factible suicidarse aun sin contar con un permiso formal. Las enseñanzas del budismo Mahayana, que se crearon después de que Buda alcanzara el nirvana, no tuvieron nunca una autorización formal de este. Ahora bien, se dice que Buda, cuya omnisciencia se extiende a los Tres Mundos —el pasado, el presente y el futuro—, preveía la aparición de estas enseñanzas y, por lo tanto, era como si las hubiera autorizado. Los guerreros que se inmolaran sin el permiso del señor se asemejarían, por consiguiente, a los que siguen las enseñanzas del Mahāyāna como si fueran expuestas por el propio Sakyamuni[103].

Entonces, ¿cómo podía uno obtener el beneplácito? Un buen ejemplo sería el método utilizado por Naitō Chōjūrō Mototsugu[104], que fue uno de los que se inmolaron en aquel tiempo.

Como este hacía funciones de secretario personal de Tadatoshi y recibía un tratamiento especial por parte de su señor, se le permitió que se arrodillara junto al lecho de su amo hasta el final. Cuando Tadatoshi se dio cuenta de que su recuperación era incierta, dio órdenes a Chōjūrō:

—Si se acerca mi hora, te pido que cuelgues junto a mi almohada el rollo colgante que tiene caligrafiada la palabra «Fuji»[105] con dos grandes caracteres.

El día 17 del tercer mes, como su estado iba empeorando paulatinamente, ordenó a su sirviente que colgara el rollo, cosa que hizo. Tadatoshi miró a su alrededor y cerró los ojos brevemente. Luego dijo:

—Siento que me pesan las piernas. —Chōjūrō retiró suavemente la colcha y fijó los ojos en su cara mientras le frotaba ligeramente las piernas. Tadatoshi le devolvió la mirada.

—Chōjūrō, vuestro sirviente, tiene una solicitud que haceros, mi señor.

—¿De qué se trata?

—Vuestra enfermedad parece que no remite. Yo no dejo de rezar para que, gracias a la protección de los dioses sintoístas y los budistas[106], amén de vuestras excelentes medicinas, recuperéis la salud lo antes posible. No obstante, si por casualidad no mejora vuestro estado…, si algo así sucediera, os ruego que permitáis a este humilde servidor acompañaros al más allá.

Mientras hablaba, Chōjūrō levantó suavemente los pies de Tadatoshi y los colocó contra su frente. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡No te lo consiento! —respondió Tadatoshi apartando la mirada, que hasta ese momento tenía clavada en Chōjūrō.

—Os suplico que no habléis así. —El sirviente volvió a levantar los pies de su señor.

—¡No y no! —contestó con la cara vuelta todavía.

Entre los que estaban cuidándolo hubo uno que dijo: «Sería más prudente que un joven como tú se abstuviera de tener un comportamiento tan impertinente». En esos momentos, Chōjūrō tenía diecisiete años.

—¡Os lo suplico! —dijo el sirviente con voz entrecortada, mientras se llevaba por tercera vez los pies de su señor a su frente.

—¡Mira que llega a ser tozudo este bribón! —dijo con voz enojada. Pero en ese mismo instante Tadatoshi asintió dos veces con la cabeza.

Chōjūrō lanzó un grito sofocado lleno de emoción y se postró a los pies de la cama, sin dejar de abrazar los pies de Tadatoshi. En ese momento lo invadió una sensación de relajación y calma, como si hubiera superado un trance difícil y alcanzado su objetivo final. Ni siquiera se dio cuenta de las lágrimas que había derramado en el suelo cubierto de los célebres tatamis de Bingo.

El sirviente era joven todavía y no había llevado a cabo ni un solo acto de valor, pero Tadatoshi le prestaba constante atención y lo quería cerca de él. Al joven le gustaba el sake y en cierta ocasión había cometido una incorrección de una forma que, de ser otra persona, hubiera sido víctima de una reprimenda. Tadatoshi se limitó a decir con una carcajada:

—No fue Chōjūrō quien hizo eso, sino el sake.

Después de ese suceso, obsesionado por el pensamiento de que debía pagar por su error y corresponder al favor de su señor, al ver que este

empeoraba de su enfermedad, llegó a la conclusión de que no había otra forma de expresar su gratitud y de restituir su fallo que suicidándose. Ahondando más en sus motivos, además de su convicción de inmolarse por su propia voluntad, sentía con la misma intensidad que era eso lo que todos esperaban. Por consiguiente, no le quedó otro remedio que hacerlo, buscando su aprobación sin descanso. El reverso del mismo motivo era su temor a que si no se inmolaba, con toda certeza sería despreciado. Chōjūrō era un hombre débil, si bien no tenía el más mínimo miedo a morir. Por eso la aspiración a conseguir permiso de su señor dominaba toda su voluntad, soportando cualquier obstáculo.

El joven siguió abrazando las piernas de Tadatoshi y, al cabo de un rato, sintió que este las tensaba. Lo interpretó como una señal de que se habían endurecido y por eso volvió a masajearlas suavemente. Entonces, las imágenes de su anciana madre y de su esposa acudieron a su mente. Recordó el trato de favor que reciben los familiares de alguien que muere por fidelidad por parte de la familia de su antiguo señor, y sintió que podía morir en paz, dejando a los suyos en una posición segura. Inmerso en estos pensamientos, se le iluminó la cara.

En la mañana del día 17 del cuarto mes, Chōjūrō se vistió de ceremonia y se presentó ante su madre para darle a conocer su intención de inmolarse y despedirse. Esta no se sorprendió lo más mínimo. Aunque no le había dicho nada al respecto, daba por hecho que su hijo se abriría el vientre ese día. De no ser así, posiblemente ella se hubiera quedado contrariada.

La madre llamó desde la cocina a la que acababa de convertirse en esposa de Chōjūrō, y se limitó a preguntarle si los preparativos estaban listos. La mujer se levantó enseguida, sacó las copitas y la bandeja que había preparado de antemano y las llevó para celebrar juntos la despedida. Al igual que su suegra, sabía desde hacía tiempo que su marido se inmolaría en esa precisa fecha. Había compuesto esmeradamente su cabello y llevaba uno de sus mejores quimonos. Madre y nuera tenían la misma apariencia formal y solemne, pero dado que la esposa tenía los ojos enrojecidos, era evidente que había estado llorando en la cocina. Cuando sacaron las copitas y los platos, Chōjūrō llamó a su hermano menor, Saheiji.

Los cuatro intercambiaron en silencio sendas copas de sake. Tras terminar una ronda, la madre dijo:

—Chōjūrō. Este es tu sake favorito. ¿Por qué no tomas un poco más? Asintió y bebió animadamente una copa tras otra esbozando una sonrisa. Después de un rato, se dirigió a su madre:

—El sake me ha relajado mucho. Parece que me ha afectado más de lo normal por las preocupaciones de estos días. Si me perdonáis, voy a descansar un rato.

Diciendo esto, se levantó y se fue a la sala de estar. Se estiró en el centro de la habitación y enseguida empezó a roncar. Cuando su esposa entró sigilosamente en la pieza y colocó una almohada bajo su cabeza, él emitió un pequeño gruñido, se dio la vuelta y siguió roncando. Los ojos de la mujer miraban fijamente la cara de su marido pero, de repente, como si estuviera embargada de emoción, se levantó y se fue a su cuarto. Pensaba que no debía llorar.

La casa estaba en silencio. Los sirvientes y criadas eran tan conscientes como la madre y la nuera de la resolución tácita del cabeza de familia de poner fin a su vida, así que no se oía ninguna risa que procediera de la cocina ni de la cuadra.

La madre, la esposa y el hermano menor, en sus respectivas habitaciones, estaban sumidos en sus pensamientos. El cabeza de familia roncaba en la sala de estar. De la ventana abierta de esa estancia colgaba un helecho con una campanilla que tintineaba de vez en cuando, como presagiando lo que iba a ocurrir. Debajo de la campanilla había un aguamanil excavado en una roca alta. Una libélula grande descansaba en el cazo de madera que reposaba en él, y sus alas sin movimiento replegadas hacia arriba evocaban la forma de una montaña.

Transcurrió una hora. Y después otra. Ya había pasado el mediodía. Los sirvientes tenían instrucciones de preparar el almuerzo, pero la mujer de Chōjūrō dudó en preguntar por la comida, ya que no estaba segura de que su suegra tuviera ganas de comer, y también porque no quería que pareciera que era la única que pensaba en eso.

En ese momento llegó al lugar Seki Koheiji, a quien le habían pedido que actuara de ejecutor[107] de Chōjūrō. La madre de este llamó a su nuera, que le hizo una reverencia en silencio con las manos juntas. Cuando le preguntó a la anciana señora por su salud de forma rutinaria, su suegra la interrumpió.

—Chōjūrō dijo que iba a echar una cabezada, pero ya lleva durmiendo mucho tiempo. Además ha llegado Seki. Creo que ya es hora de que lo despiertes.

—Así es, lleva durmiendo un buen rato. Será mejor que no se haga muy tarde —respondió la joven, e inmediatamente se incorporó para ir a despertarlo.

Una vez en el interior de la sala de estar, volvió a mirar fijamente la cara de su marido como había hecho antes cuando le había puesto la almohada bajo la cabeza. Era consciente de que le iba a despertar de su último sueño; por eso tardó en hacerlo. Parecía que la luz del sol que entraba del jardín debía deslumbrarlo a pesar del profundo sueño en el que estaba sumido, pero el hombre permanecía de espaldas a la ventana.

—¡Cariño! —lo llamó. Chōjūrō no se despertó.

Fue hacia él y le puso la mano en el hombro. Chōjūrō gruñó brevemente, estiró los brazos y, abriendo los ojos, se levantó repentinamente.

—Has dormido muy bien. Tu madre me ha preguntado si no sería muy tarde, así que he venido a despertarte. Además, ya está aquí Seki.

—Sí, claro. Parece que ya es mediodía. Pensaba echar una cabezada, pero entre el sake y el cansancio, me he quedado profundamente dormido. Sea como fuere, me siento mucho mejor. Es hora de ir a nuestro templo, el Tōkōin. Podemos tomar algo ligero, ¿qué tal un poco de arroz con té?… Díselo a madre.

Un samurái ni se atiborra en un momento crítico, ni parte para realizar un acto importante con el estómago vacío. De hecho, Chōjūrō pensaba descansar un poco, pero como había dormido durante mucho tiempo sin proponérselo y sabía que ya era mediodía, habló del almuerzo como algo natural. Las cuatro personas se sentaron a la mesa y almorzaron como un día cualquiera.

Luego, Chōjūrō se preparó con serenidad y se dirigió, junto a Seki, al templo familiar Tōkōin para abrirse el vientre.

Entre los vasallos que, como Chōjūrō, habían recibido los favores especiales de su señor y le habían suplicado con ardor en su lecho de muerte el honor de seguirlo, dieciocho recibieron permiso. Tadatoshi había depositado su confianza en todos y cada uno de ellos; por consiguiente, hubiera sido su deseo que vivieran para proteger a su hijo, Mitsuhisa. Sin embargo, les había permitido la crueldad de morir con él. Les había concedido ese permiso por pura necesidad, a pesar de que sus propias palabras de asentimiento le desgarraban el corazón, dada la relación que tenía con ellos.

Sabía que sus más fieles vasallos eran leales hasta el punto de sacrificar sus propias vidas. En consecuencia, estaba seguro de que ninguno se sentiría angustiado por suicidarse. Ahora bien, ¿qué sería de ellos si seguían viviendo después de haberles negado el permiso? Sus familias al completo podrían considerarlos como hombres que no murieron a su debido tiempo, como

ingratos y cobardes hasta el punto de romper la relación con ellos. Y por si fuera poco, estos vasallos se verían obligados a soportar la situación y esperar el momento en el que ofrecer sus vidas por Mitsuhisa. Pero si alguien sugería que su anterior señor había contratado a desagradecidos y faltos de valor sin percatarse de ello, resultaría insoportable para ellos. Sin duda se sentirían profundamente ofendidos. Pensando todo esto, Tadatoshi no podía menos que concederles el permiso para inmolarse. Por eso lo había hecho, aunque el sufrimiento moral era mayor que el de su enfermedad.

Cuando el número de vasallos a los que dio su consentimiento llegó a dieciocho, Tadatoshi, que había vivido unos cincuenta años de guerra y paz, y que conocía bien el corazón humano y el mundo, no dejaba de pensar en su inminente muerte y en la de los dieciocho samuráis en medio de su dolorosa enfermedad. Los seres vivos perecen inexorablemente, pensó, pero, junto a un viejo árbol marchito surgen nuevos plantones y florecen. Desde el punto de vista de los hombres jóvenes que estaban en el entorno de su heredero, Mitsuhisa, no cabía duda de que era mejor que desaparecieran los vasallos de más edad; no serían más que un obstáculo en su camino. Tadatoshi hubiese preferido que sus propios hombres siguieran vivos y sirvieran a su hijo, pero este ya tenía a su gente, que esperaba con impaciencia la oportunidad de seguir los pasos de su señor. Quizá los hombres que Tadatoshi había contratado se habían ganado la antipatía de algunos durante los años de servicio a su lado. Como mínimo se habrían convertido en objeto de envidia. A la luz de estos hechos, puede que no fuera prudente insistir en que siguieran viviendo. Incluso sería compasivo permitir que se inmolaran. Tadatoshi se consolaba en cierta medida con estos pensamientos.

Los dieciocho vasallos cuyas súplicas habían sido concedidas eran los siguientes:

Teramoto Hachizaemon Naotsugu, Ōtsuka Kihē Tanetsugu, Naitō Chōjūrō Mototsugu, Ōta Kojūrō Masanobu, Harada Jūjirō Yukinao, Munakata Kahē Kagesada y su hermano Kichidayū Kageyoshi, Hashitani Ichizō Shigetsugu, Ihara Jūzaburō Yoshimasa, Tanaka Itoku, Honshō Kisuke Shigemasa, Itō Tazaemon Masataka, Migita Inaba Muneyasu, Noda Kihē Shigetsuna, Tsuzaki Gosuke Nagasue, Kobayashi Riuemon Yukihide, Hayashi Yozaemon Masasada y Miyanaga Katsuzaemon Munesuke.

Teramoto descendía de Teramoto Tarō, originario de la aldea de Teramoto, en el reino de Owari. El hijo de Tarō, Naizennoshō, sirvió en la casa Imagawa.

El hijo de Naizennoshō era Sahē, y el de este, Uemonnosuke que, a su vez, tuvo un vástago llamado Yozaemon, que se distinguió cuando estuvo al servicio del ilustre general Katō Yoshiaki[108] con motivo de la invasión de Corea[109]. El hijo de Yozaemon, Hachizaemon, sirvió a Gotō Mototsugu[110] durante el asedio al castillo de Osaka (1615). Tras ser contratado por la casa Hosokawa, recibió una renta de mil kokus y el mando sobre cincuenta arcabuceros. Hachizaemon se inmoló a los cincuenta y tres años en el templo An’yō el día 29 del cuarto mes [de 1641]. Fujimoto Izaemon actuó de ejecutor.

Ōtsuka era un inspector subordinado con una renta de ciento cincuenta kokus. Se evisceró el día 26 del mismo mes. Su ejecutor fue Ikeda Hachizaemon.

El tercero de los dieciocho fue Naitō Chōjūrō.

El abuelo de Ōta, Denzaemon, sirvió a las órdenes de Katō Kiyomasa[111], señor del castillo de Kumamoto. En el momento en que el hijo mayor de Katō, Tadahiro[112], fue privado de su feudo (en 1611), Denzaemon y su hijo, Gonzaemon, llevaron una vida errante[113]. El segundo hijo de Gonzaemon, Shōjurō, era un joven paje al servicio de Tadatoshi con una renta de ciento cincuenta kokus. Él fue el primero en inmolarse. Lo hizo en el templo Kasuga el diecisiete del tercer mes, a los dieciocho años. Su ejecutor fue Moji Genbei.

Harada era uno de los ayudantes personales de Tadatoshi, con una renta de ciento cincuenta kokus. Se evisceró el día veintiséis del cuarto mes y su ejecutor fue Kamada Gendayū.

Los hermanos Munakata Kahē y Kichidayū eran descendientes de Munakata Chūnagon Ujisada; siguieron a su padre, Seihē Kagenobu, al servicio de Tadatoshi. Cada uno de ellos recibía una renta de doscientos kokus. El día dos del quinto mes, Kahē se evisceró en el templo Ryūchō, y Kichidayū, el menor, en el Renshōji. El ejecutor del primero fue Takata Jubē; el de su hermano pequeño, Murakami Ichiemon.

Hashitani era nativo del reino de Izumo y descendía de la casa de los Amako. Contratado a los catorce años, sirvió de ayudante personal con una renta de cien kokus y era el salva[114]. Una vez que empeoró su enfermedad, Tadatoshi llegó a dormirse utilizando como almohada el regazo de Hashitani. Este se suicidó en el templo Seigan el día 26 del cuarto mes. Justo cuando estaba a punto de introducirse el cuchillo en el abdomen, los tambores del castillo retumbaron vagamente en la distancia. Pidió a uno de los vasallos que lo acompañaban que saliera a ver qué hora era. Regresó diciendo:

—Solo he oído los últimos cuatro golpes y no he podido contar el resto.

—Hashitani y los demás ayudantes sonrieron al oírlo—. ¡Gracias por hacerme reír por última vez! —dijo. Luego se quitó su haori[115], lo entregó al vasallo y se suicidó. Yoshimura Jindayū actuó de ejecutor.

Ihara recibía una renta de diez kokus y una ración anual para abastecer a tres personas. Hayashi Sahē, el vasallo de Abe Yaichiemon, actuó de ejecutor. Tanaka era nieto de O-Kiku, la autora de O-Kiku monogatari[116]. Había sido amigo de la infancia de Tadatoshi desde que iban juntos a la escuela en el complejo del templo de Atago, en Kioto. En esa época, Tanaka había disuadido en secreto a Tadatoshi de que tomara el hábito budista. Posteriormente, se convirtió en uno de sus asistentes personales con una renta de doscientos kokus; le fue de ayuda a Tadatoshi por su dominio de la aritmética. En su vejez se le permitió sentarse con las piernas cruzadas ante Tadatoshi sin quitarse la capucha[117]. Puesto que en un principio se le negó su solicitud de inmolarse, escribió otra petición tras clavarse una daga en el vientre y por fin le fue concedido el permiso. Murió el día 19 del sexto mes,

siendo su ejecutor Katō Yasudayū.

Honshō, natural del reino de Tango, llevaba una vida errante antes de ser contratado por Honjō Kyūemon, un ayudante personal del señor Hosokawa Sansai. En una ocasión, detuvo a un alborotador en Nakatsu y se le concedió una renta de quince kokus, además de raciones de arroz para abastecer a cinco personas. A partir de ese momento, asumió el nombre de Honjō. Se suicidó el día 26 del cuarto mes.

Itō recibía una pequeña subvención de arroz desde que trabajó como custodio de ropas y enseres. Se abrió el vientre el día 26 del cuarto mes y fue ejecutado por Kawakita Hachisuke.

Migita era un rōnin[118] de la casa Ōtomo, que había sido contratado por Tadatoshi con una renta de cien kokus. Se suicidó en su propia residencia el 27 del cuarto mes, cuando contaba sesenta y cuatro años. Tahara Kanbei, vasallo de Matsuno Ukyō, fue quien actuó de ejecutor.

Noda, hijo de Noda Mino, que había sido un destacado vasallo de la casa Amakusa, fue contratado por Tadatoshi por una pequeña subvención de arroz. Se abrió el vientre en el Genkakuji el 26 del cuarto mes. Su ejecutor fue Han’emon.

Más adelante trataremos de Tsuzaki.

Kobayashi recibió una renta de diez kokus, y dos raciones de arroz para abastecer a dos vasallos. Cuando se suicidó, Takano Kan’emon actuó de verdugo.

Hayashi era un campesino de la aldea de Shimoda, en Nangō. Tadatoshi lo contrató por una renta de quince kokus, y diez raciones de arroz para abastecer a diez vasallos. Era jardinero jefe en la mansión Hanabatake. Se abrió el vientre en el templo Butsugan el 26 del cuarto mes. Su ejecutor fue Nakamitsu Hansuke.

Miyanaga fue contratado para realizar las labores de cocina por una renta de diez kokus, y la ración de arroz para abastecer a dos vasallos; fue el primero que pidió permiso a Tadatoshi para quitarse la vida. Se evisceró el 26 del cuarto mes en el Jōshōji. Su ejecutor fue Yoshimura Kaemon.

Algunos de estos hombres fueron enterrados en sus respectivos templos familiares, mientras que otros lo fueron cerca del mausoleo de su señor en las montañas de las afueras de la puerta Kōrai.

Un número relativamente grande de ellos solo recibió pequeñas rentas. Entre todos, me voy a centrar en el caso de Tsuzaki Gosuke, por ser de particular interés.

Gosuke era el guardián de los perros de Tadatoshi con una renta de seis kokus y dos raciones anuales de arroz para abastecer a dos vasallos. Siempre acompañaba a su señor en las excursiones de cetrería, y allí fue donde atrajo su atención. Recibió el permiso para el junshi tras varias solicitudes, pero los principales vasallos le dijeron: «Si bien los demás poseen altos salarios y han vivido en esplendor, tú no eres más que el cuidador de los perros. Tu aspiración es digna de encomio y obtener el permiso de nuestro señor es el mayor honor que puedes recibir. ¿No te basta con eso? Te instamos, pues, a que renuncies a tus aspiraciones de inmolarte y que sigas vivo para servir a nuestro nuevo amo».

Gosuke hizo oídos sordos. Partió de su casa el día siete del quinto mes en dirección al templo de Kōrin, en los arrozales de Oimawashi, acompañado por el perro que siempre sacaba cuando ayudaba a su señor en las excursiones de cetrería. Su esposa salió a despedirlo a la puerta y le dijo:

—Gosuke, tú también eres un hombre. Demuestra que no eres inferior a los prominentes vasallos.

El Ōjōin era el templo familiar de los Tsuzaki, pero puesto que estaba vinculado a personajes más importantes que él, lo cambió por el Kōrinji como el lugar donde morir. Cuando entró en el cementerio, vio que Matsuno Nuinosuke, a quien le había pedido que fuera su ejecutor, ya le estaba esperando. Se desprendió de la bolsa de color verde claro que colgaba de su hombro, y de su interior sacó una caja de mimbre con comida. Abrió la tapa. Dentro había dos bolas de arroz; las extrajo y las colocó delante del perro.

Este no se decidió a ir a por ellas de inmediato; movió la cola y miró a Gosuke. Entonces, este le habló al can como lo haría a un ser humano.

—Como no eres más que un animal, quizás no lo sepas, pero nuestro señor, que solía acariciarte la cabeza, acaba de morir. Por eso los vasallos de alto rango que han gozado de sus favores se abrirán el vientre en el día de hoy. Por lo que a mí respecta, no soy más que un vulgar servidor, pero no soy diferente a ellos a la hora de dar mi vida por él. Yo también he sido honrado con su afecto personal, por eso voy a inmolarme en este día. Una vez que me haya ido, tendrás libertad para vagar por donde quieras. Siento lástima por ti. Los halcones de nuestro señor se precipitaron al pozo del Shūun’in y se mataron. Pero ¿qué será de ti? Quizás quieras morir con tu dueño. Si prefieres vivir como un perro callejero, entonces no tienes más que comerte estas bolas de arroz cocido. Si prefieres morir, no te las comas.

Diciendo esto, Gosuke se quedó observando la cara del can. Este no hacía más que mirarlo sin acercarse a las bolas de arroz.

«Entonces, ¿tú también prefieres morir?», dijo con los ojos todavía fijos en el perro. Este ladró una vez y movió la cola.

«Muy bien. Odio hacer esto, pero atenderé tu solicitud». Tomó al animal en sus brazos, se sacó la daga y lo mató de un solo golpe.

Gosuke dejó el cadáver a un lado. Luego sacó una hoja de papel del seno de su quimono, la desplegó delante de él en el suelo y la mantuvo fija colocando piedrecitas en las esquinas. En ese papel, que había sido doblado por la mitad tal como recordaba haber visto en un certamen de poesía en la mansión de cierta persona, había escrito un poema siguiendo la versificación clásica:

Los senescales

me instan a contenerme mas renunciar no puedo.

¡No este Gosuke!

No había firma alguna. Simplemente pensó que bastaría con que su nombre figurara en el poema, adaptándose así, sin saberlo, a la práctica de los antiguos.

Pensando que todo estaba ya en orden, mientras se sentaba con las piernas cruzadas y exponía su vientre, Gosuke dijo:

—Matsuno, cumple con tu cometido. —Empuñó con la punta hacia abajo la daga, que todavía tenía adherida la sangre del perro, y gritó—: ¡Eh, cetreros! ¿Qué ha sido de vosotros? El cuidador de perros de nuestro señor se

despide de vosotros. —Y se abrió el vientre en cruz mientras se reía a carcajadas. Matsuno le rebanó el cuello por detrás.

Aunque Gosuke era una persona de condición humilde, su viuda recibió a posteriori una subvención comparable a la de las familias de alto rango de quienes se suicidaron tras la muerte del señor. Esto se debió a que su único hijo se había hecho bonzo de muy niño. En concreto, percibió una subvención en arroz para cinco vasallos y una nueva vivienda, y sobrevivió hasta el trigesimotercer aniversario de la muerte de Tadatoshi. Un sobrino nieto adoptó el nombre de Gosuke segundo y, en las sucesivas generaciones, sirvieron a la casa Hosokawa.

Además de los mencionados dieciocho hombres que se inmolaron con permiso de su señor, había otro llamado Abe Yaichiemon Michinobu. En un principio era miembro del clan Akashi, y de pequeño respondía al nombre de Inosuke. Sirvió al lado de Tadatoshi desde su más tierna infancia y alcanzó un estatus que le permitió recibir más de mil cien kokus. Cuando la rebelión de Shimabara, tres de sus cinco hijos recibieron rentas adicionales de doscientos kokus cada uno por el valor demostrado en el ejército. Los miembros de la familia Tadatoshi sabían que se esperaba de Yaichiemon que se inmolara, y él mismo pidió permiso cada vez que le tocaba velar a su señor durante su enfermedad, pero este no dio su consentimiento hasta el final. «Tus aspiraciones me llenan de satisfacción, pero yo prefiero que sigas viviendo para que sirvas a Mitsuhisa», repetía Tadatoshi a cada súplica que le hacía.

De hecho, tenía la costumbre de contradecir a su vasallo. Aun en los tiempos en que este se llamaba Inosuke y le servía de paje, cada vez que le preguntaba: «¿Os traigo la bandeja, señor?», él contestaba:

—Todavía no tengo hambre. —Sin embargo, cuando los demás pajes le hacían esa misma pregunta momentos después, les respondí—: Muy bien, adelante. —Cada vez que veía la cara de Yaichiemon, Tadatoshi tenía sentimientos encontrados. Se podría pensar que era una manera de llamarle la atención, pero no era así, ya que nadie lo servía de manera más puntillosa, atento a cada detalle y sin rechistar. Nunca tuvo motivos para reprenderlo, aunque le hubiera gustado hacerlo.

Yaichiemon hacía de buena gana lo que a otros había que ordenar, y en silencio lo que otros anunciaban primero que iban a hacer. Siempre se mostraba correcto e impecable. Llegó a servir a Tadatoshi por su obstinación. Este, al principio, no le daba mucha importancia. Sentía un poco de resentimiento de manera inconsciente cada vez que lo miraba, pero después lo

llegó a odiar cuando se percató de que el muchacho lo servía por pura terquedad. Aun así, aunque lo detestaba, el astuto señor recordaba que era él quien lo había puesto en esa tesitura. Y por eso, si bien Tadatoshi intentaba corregir sus inclinaciones en contra, su antipatía hacia el vasallo se fue exacerbando gradualmente con el paso del tiempo.

Todo hombre tiene sus preferencias y aversiones naturales. Y aunque intente analizar por qué le gusta o le disgusta alguien, no puede decir exactamente cuál es el motivo. Este era el caso de la antipatía de Tadatoshi por Yaichiemon. Claro que hay que reconocer que había algo en él que hacía que le fuera difícil relacionarse con los demás, como lo probaba el hecho de que no se le conocieran amigos íntimos. Todo el mundo lo respetaba porque era un excelente samurái, pero a nadie le resultaba sencillo acercarse a él. Era raro que alguien tuviera la curiosidad suficiente para intentar establecer una amistad con él, mas, cuando alguien hacía ese esfuerzo, Yaichiemon no le correspondía y esa persona acababa por renunciar al intento. Cuando se llamaba Inosuke y todavía conservaba el copete característico de su edad, las personas mayores que en ocasiones hablaban con él o intentaban ayudarlo, solían dejarlo por imposible diciendo: «Este Abe está completamente ensimismado». No es de extrañar, pues, que Tadatoshi no pudiera lograr que corrigiera esa actitud, a pesar de que le hubiera gustado hacerlo.

Tadatoshi falleció antes de que Yaichiemon recibiera su permiso, pese a haberlo solicitado en repetidas ocasiones. Poco antes de que muriera, el vasallo se le quedó mirando fijamente y le suplicó: «Este humilde servidor nunca os ha pedido nada. Es mi único deseo en esta vida». Este le devolvió la mirada y le contestó de manera lapidaria: «¡No! ¡Quiero que sirvas a Mitsuhisa!».

Yaichiemon tomó su decisión después de un largo debate interno. Para un hombre de su estatus seguir viviendo y tener que vérselas con los miembros de la casa de su señor era algo que absolutamente nadie creería que fuera posible. No había más remedio que abrirse el vientre y morir miserablemente desobedeciendo las órdenes, o abandonar Kumamoto para pasar a ser un rōnin. «Pero yo soy como soy», pensó, «y un samurái no es como una prostituta. No entregaré mi honor, aunque no se adecúe a los deseos de mi señor». Así que, mientras sopesaba su dilema, siguió con sus deberes día tras día.

Entretanto, llegó el día 6 del quinto mes, y los dieciocho hombres ya se habían suicidado. Por todo Kumamoto, esta era la comidilla del día: «¿Qué

dijo fulano cuando moría?», o «Ese murió mejor que ninguno». Antes de que este tema llenara todos los comentarios, a Yaichiemon apenas le habían dirigido la palabra, excepto en lo tocante a su ocupación, pero a partir del día 7 del quinto mes, su aflicción fue en aumento. Cuando se dirigía a su puesto de guardia de la residencia de Tadatoshi, todos sus compañeros, que habían fingido ignorarlo, fijaban los ojos en él. Lo sentía cuando se daba la vuelta o se apercibía de sus miradas subrepticias por el rabillo del ojo. Por dentro estaba furioso. Él no estaba con ellos porque tuviera miedo a morir. «Por mucho que me odien», pensó, «no pueden creer que yo sea un cobarde. ¡Si pudiera, moriría ahora mismo para darles una lección!». Con estas reflexiones se fue encerrando en sí mismo mientras desempeñaba su ocupación entre ellos.

Dos o tres días después, un rumor malicioso llegó a sus oídos. No tenía ni idea de quién lo había propagado. «Parece que Abe se ha tomado muy en serio la negativa de nuestro señor de inmolarse. Pero eso no significa que no pueda quitarse la vida sin permiso. Al parecer, la piel de su vientre es demasiado sensible para aceptar el filo de la espada. En ese caso debería emplear una calabaza aceitada». Este comentario sacó de quicio a Yaichiemon. «Pase que las malas lenguas se desaten», pensó, «pero acusarme a mí de cobardía… Se mire como se mire, yo no soy ningún cobarde. Así que, si eso es lo que pretenden creer, se lo demostraré abriéndome el vientre con una calabaza impregnada de aceite».

Ese mismo día, tras regresar de sus obligaciones, Yaichiemon envió urgentemente a un mensajero para comunicar a dos de sus hijos que fueran a su residencia de Yamazaki, ya que vivían en otro sitio. Hizo que quitaran las puertas correderas que dividían la sala de estar y el salón, y sentando a su lado al primogénito, Gonbē, a su segundo hijo Yagobē, y al menor, Shichinojō, que todavía conservaba su mechón de pelo, esperó con solemnidad la llegada de los demás. A Gonbē, cuyo nombre infantil era Gonjurō, se le había concedido un estipendio de doscientos kokus[119] por el valor mostrado durante la rebelión de Shimabara. Este joven no era en absoluto inferior a su padre. En relación con los recientes casos de suicidio ritual, solo una vez preguntó a su padre:

—¿Todavía no te ha concedido permiso? A lo que su progenitor le respondió:

—No, me lo ha denegado.

No hubo ningún otro comentario. Cada uno de ellos supo en su fuero interno que no había más que decir.

Al poco tiempo aparecieron dos linternas de papel en la verja de la residencia. El tercer y cuarto hijos de Yaichiemon, Ichidayū y Godayū, llegaron a la entrada casi a la vez, se quitaron las capas de agua y entraron en el salón. La época de lluvias había empezado el día siguiente de que se cumpliera el periodo de luto de cuarenta y nueve días tras la muerte de Tadatoshi, y el cielo había estado nublado sin interrupción durante todo el quinto mes.

Aunque las puertas correderas estaban abiertas, el aire era caliente y pesado. Pese a ello, la llama de la palmatoria se movía. Una luciérnaga solitaria se abrió paso entre los árboles del jardín y desapareció en la noche.

Yaichiemon miró a todos y cada uno de los allí presentes y les dijo:

—Os he incomodado al citaros a altas horas de la noche, a pesar de lo cual habéis tenido la deferencia de venir. Puesto que el rumor corre por todas partes en la casa de nuestro señor, estoy convencido de que habrá llegado a los oídos de todos vosotros: que mi vientre es tan endeble que puede abrirse con una calabaza aceitada. Y por eso he decidido quitarme la vida exactamente así. Quiero que todos seáis testigos hasta el final.

Ichidayū y Godayū tenían asignadas unas rentas de doscientos kokus cada uno por su meritorio servicio durante la rebelión de Shimabara y cada uno poseía su propia residencia. De los dos, Ichidayū no había tardado mucho en convertirse en asistente personal del joven Mitsuhisa, y por eso era uno de los envidiados en el momento de la sucesión de este. Se acercó de rodillas a su padre y le dijo: «¡Claro, ahora lo entiendo! Había una doble intención cuando mis colegas decían que Yaichiemon y su familia eran muy afortunados por ser capaces, en virtud de la voluntad del señor Tadatoshi, de seguir sirviendo a la casa Hosokawa. Entiendo el doble sentido de sus palabras».

Su padre se echó a reír:

—Quizá fuera así. Hijos míos, no os juntéis con personas que no ven más allá de sus narices. Cuando yo me haya muerto, en contra de sus expectativas, probablemente haya otros que os desprecien por ser los hijos de alguien que se suicidó sin autorización. El sino ha hecho que seáis mis hijos. No se puede hacer nada para evitarlo. Cuando llegue la deshonra, deberéis enfrentarla juntos. No peleéis entre vosotros. Y ahora fijaos bien en cómo se corta uno el vientre con una calabaza.

Tras estas palabras, se evisceró ante sus hijos y murió atravesándose la cerviz de izquierda a derecha con sus propias manos.

Sus cinco hijos, que no habían podido entender lo que pensaba su padre, estaban apesadumbrados, pero, al mismo tiempo, habían dejado atrás la

ansiedad que los había atenazado, como si se hubieran quitado un buen peso de encima.

El segundo hijo, Yagobē, se dirigió a su hermano mayor y le dijo:

—¡Gonbē!, padre nos ha instado a que no peleemos entre nosotros. Todos estamos de acuerdo en eso. Puesto que mi posición en Shimabara no fue tan buena y no recibí ninguna renta, a partir de ahora quizá sea una carga para ti. Pero, pase lo que pase, yo seré una lanza con la que puedes contar. Confía en mí.

—Eso ya lo sé. Pase lo que pase, mi renta también es tuya —respondió Gonbē, estrechando los brazos de su hermano y frunciendo el ceño.

—Eso es. No sabemos qué va a pasar, pero seguro que habrá quien diga que el suicidio de padre no es equiparable a un junshi autorizado. —Quien pronunciaba estas palabras era Godayū, el cuarto hijo de Yaichiemon.

—De eso no cabe duda. Pero pase lo que pase… —dijo Ichidayū, el tercer hijo, e hizo una pausa mientras miraba fijamente la cara de Gonbē—. Pase lo que pase, debemos estar unidos.

Asintió y permaneció con el semblante serio. Si bien era considerado con sus hermanos pequeños, no era de los que tienen pelos en la lengua. Más aún, normalmente pensaba en voz alta y hacía las cosas a su manera. Raramente consultaba a alguien. Por eso, Yagobē e Ichidayū esperaban una señal que mostrara su acuerdo.

—Puesto que vosotros, mis hermanos mayores, estáis aquí reunidos, nadie calumniará fácilmente a nuestro padre. —Estas palabras provenían de boca de Shichinojō, que todavía conservaba el copete de adolescente. Su voz era como la de una muchacha, pero tenía tal poder de convicción que iluminó los corazones de sus hermanos como una luz que alumbrara el camino oscuro que tenían por delante.

—Y bien. Deberíamos informar a madre de la muerte de padre y hacer que las mujeres se despidan formalmente de él —dijo Gonbē poniéndose en pie.

Por fin concluyeron las ceremonias de sucesión de Mitsuhisa, noble del cuarto rango subalterno, grado inferior, chambelán y gobernador del reino de Higo. Fue entonces cuando las rentas, incrementos y cambios de funciones fueron asignados a todos los vasallos. A los herederos de las casas de los dieciocho hombres que habían cometido junshi les permitieron suceder a sus padres sin complicaciones. Ninguno, por joven que fuera, fue dejado de lado. Las viudas y los padres ancianos de los dieciocho fueron remunerados con rentas. Se les

adjudicaron residencias, de cuya construcción se encargó el propio daimio. Eran hogares cuyos cabezas de familia fallecidos habían gozado en especial de los favores de Tadatoshi y que incluso le habían seguido en su viaje a la otra vida. Por ende, aunque estas familias eran envidiadas por los demás vasallos, se trataba de una envidia sana.

Sin embargo, la familia cuya sucesión fue tratada de manera excepcional fue la de Abe Yaichiemon. En condiciones normales Gonbē, el sucesor, tendría que haber heredado los derechos y la propiedad igual que su padre, pero lo cierto es que los mil quinientos kokus de este se dividieron y repartieron entre los cinco hermanos. La renta total de la familia permaneció intacta, pero Gonbē, que fue promovido a jefe del clan, se había quedado reducido a un estatus menor y, ni que decir tiene, su prestigio se vio considerablemente mermado. Sus hermanos tampoco estaban satisfechos. Aunque salieron ganando individualmente en cuanto a la renta se refiere, hasta entonces, la protección de una casa cuyas rentas superaban los mil kokus les había hecho creer que estaban bajo la sombra de un árbol gigante, mientras que en esos momentos se sentían como simples bellotas intentando averiguar cuál es más grande. Por eso, su gratitud estaba teñida de malestar.

Mientras un gobierno es honrado, nadie pone en duda sus decisiones. Pero cuando adopta una política errática, se pone en tela de juicio quién lleva las riendas. El inspector jefe de la conducta de los vasallos era un hombre llamado Hayashi Geki, que gozaba de la confianza del señor Mitsuhisa y lo servía de cerca. Hombre de talento mediocre, era el adecuado para ser su asistente mientras vivía Tadatoshi, pero carecía de amplitud de miras y era propenso a perderse en pequeños detalles. Llegó a la conclusión de que, puesto que Yaichiemon había muerto sin permiso de su señor, había que hacer una distinción entre los que habían cometido auténtico junshi y él, y fue el instigador de la medida para dividir la asignación de la familia Abe.

Por su parte, Mitsuhisa era un daimio considerado, pero por su inexperiencia y por no conocer bien ni a Yaichiemon ni a su heredero, Gonbē, se mostró indiferente. Adoptó la propuesta de Geki porque proponía un aumento de la renta para el hermano menor, Ichidayū, que le resultaba familiar al estar a su servicio.

Cuando los dieciocho samuráis se inmolaron, los miembros de la casa Hosokawa despreciaron a Yaichiemon, ya que no se había suicidado pese a haber sido un ayudante cercano a Tadatoshi. Luego, escasamente dos o tres días después de haber muerto los dieciocho, Yaichiemon se hizo el seppuku[120] de una manera espléndida. Pero, dejando de lado la legitimidad

de su acto, una vez ultrajado no es fácil borrarlo. Ni una sola persona lo alabó. Como las autoridades habían permitido que sus restos mortales fueran enterrados al lado del mausoleo de Tadatoshi, hubiera sido más adecuado ser consecuentes con el asunto de la sucesión de Gonbē. Si lo hubieran hecho así, la dignidad de la familia Abe hubiera quedado intacta y todos sus miembros hubieran prestado servicio a la casa Hosokawa. Pero, puesto que el tratamiento a la familia estaba un peldaño por debajo del dado a los demás, el desprecio que sentían los de la casa de Hosokawa hacia los Abe se había hecho oficial. Poco a poco, los compañeros samuráis fueron rehuyendo a Gonbē y a sus hermanos, los cuales se hallaban en un estado de profundo abatimiento.

El día 17 del tercer mes del decimonoveno año de Kan’ei [1642] se conmemoró el primer aniversario de la muerte de Tadatoshi. El templo de Myōge, próximo al mausoleo, aún no estaba terminado, pero se había construido un recinto llamado Kōyōin, y en él se encontraba la tablilla funeraria de Myōge Inden. El bonzo encargado se llamaba Kyōshuza. Días antes de la fecha del aniversario, el superior Ten’yū partió desde el templo Daitoku, en el distrito de Murasakino, en Kioto. Se iba a conmemorar por todo lo alto: un mes antes, la ciudad-castillo de Kumamoto estaba inmersa en los preparativos.

Por fin llegó el gran día. El tiempo era radiante y, al lado del mausoleo, florecían los cerezos. Alrededor del Kōyōin, que estaba custodiado por soldados de infantería, se había dispuesto un telón. El propio señor Mitsuhisa presidía el acto y fue el primero en quemar incienso ante la tablilla mortuoria de su padre y luego hizo lo mismo delante de los diecinueve samuráis que le habían seguido tras la muerte. Posteriormente, se permitió a los familiares que hicieran lo propio. Al mismo tiempo, se les obsequió con ropajes ceremoniales blasonados con el escudo de la casa Hosokawa y también con vestidos de primavera. Los samuráis a partir del rango de escolta a caballo recibieron kamishimos largos y los soldados de a pie, kamishimos cortos[121]. Los plebeyos recibieron dinero para ofrecer incienso y plegarias por el alma de sus difuntos.

La ceremonia hubiera terminado sin contratiempos a no ser por un suceso inusitado. Cuando Abe Gonbē, en representación de una de las familias afectadas, dio un paso al frente al llegarle el turno ante la tablilla mortuoria de Myōge Inden, procedió a quemar incienso pero, antes de retirarse, se sacó el pequeño cuchillo[122] que tenía adosado a la vaina de su daga[123], se cortó la coleta y la dejó ante el altar. Los demás samuráis, contrariados por esta acción

inesperada, se quedaron pasmados mirando, mientras Gonbē se retiraba tranquilamente como si nada hubiera sucedido. No había dado más de cinco o seis pasos cuando un samurái que por fin consiguió reaccionar, le llamó:

«¡Abe, espera!», y lo agarró por detrás. Luego, dos o tres más se levantaron y lo condujeron a otra sala.

Cuando fue interrogado por los asistentes del señor Mitsuhisa, Gonbē contestó de esta forma: «Se podría pensar que me he vuelto loco, pero no es así en absoluto. Puesto que mi padre, Yaichiemon, dedicó su vida a servir con denuedo y de forma irreprochable a nuestro difunto señor, ha sido incluido en las filas de los hombres que le siguieron en la muerte, aunque no gozaba de su consentimiento. Y yo, su hijo superviviente, he podido ofrecer incienso ante su tablilla mortuoria antes incluso que otros. No obstante, como a juicio de mis superiores soy indigno de las obligaciones de mi padre, la renta familiar ha sido repartida a partes iguales entre sus cinco hijos. Yo he sido deshonrado ante nuestro difunto señor, nuestro actual señor, mi difunto padre, los miembros de mi familia y mis colegas. Abrumado por esta deshonra, cuando estaba ofreciendo incienso ante la tablilla de nuestro señor, decidí, en un momento de emoción, que me despediría de la vida de samurái. Acepto de buen grado una reprimenda por mi conducta insumisa en esta ocasión. Mas estoy en plena posesión de mis facultades».

El señor Mitsuhisa no se contentó con las explicaciones de Gonbē. Ante todo, estaba disgustado por las insinuaciones que contenían y, en segundo lugar, sentía malestar consigo mismo por haber consentido las medidas de Geki de forma irreflexiva. Aún era un joven e impetuoso señor de veinticuatro años, y carecía de autodisciplina y de esa magnanimidad que contrarresta el resentimiento con la bondad. De inmediato hizo que encerraran a Gonbē. Al conocer esta orden, Yagobē y sus hermanos decidieron cerrar las puertas de su casa y esperar nuevas órdenes. Al caer la noche, la familia al completo deliberó en secreto cuál sería su futuro.

Los Abe decidieron recurrir al monje superior Ten’yū[124], quien todavía no había regresado a Kioto. Ichidayū se dirigió hasta el alojamiento del religioso, le contó la historia y le preguntó si intercedería para reducir el castigo impuesto a Gonbē. El religioso escuchó con atención el relato y respondió: «Me solidarizo completamente con la difícil situación de la familia. Ahora bien, lo que no puedo es hacer valoraciones sobre el gobierno del señor Mitsuhisa. Si le imponen la pena capital a Gonbē, por supuesto, intercederé para que le salven la vida. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya se ha cortado la coleta y que, de hecho, no es en nada diferente a un bonzo,

haré todo lo que esté en mi mano para que lo indulten». Ichidayū regresó aliviado a casa. Cuando escucharon sus noticias, los demás familiares sintieron que había una salida. Entretanto, pasaron los días y llegó el momento de la partida de Ten’yū a Kioto. Había intentado sacar a colación el tema del indulto de Gonbē cada vez que hablaba con Mitsuhisa, pero no se presentó la ocasión. Y no era de extrañar, el daimio sabía que si sentenciaba a muerte a Gonbē mientras el religioso seguía en Kumamoto, este solicitaría sin duda que le perdonaran la vida. Y no podía hacer caso omiso a la petición de un eminente bonzo de un importante templo. Por eso decidió aplazar la sentencia hasta la marcha de Ten’yū. Finalmente, este salió de Kumamoto sin haber podido interceder.

Tras su partida, Mitsuhisa ordenó que llevaran de inmediato a Abe Gonbē a Idenokuchi, el lugar de la ejecución, para ser decapitado con las manos atadas a la espalda. Se le acusó de haber actuado de manera irreverente ante la tablilla mortuoria de su señor y de haber cometido un acto irrespetuoso ante sus superiores.

La familia se volvió a reunir para deliberar. Sin lugar a dudas, el comportamiento de Gonbē había sido imperdonable. No obstante, a su difunto padre, Yaichiemon, le habían contado entre quienes habían cometido junshi. Siendo Gonbē su sucesor, era inevitable que fuera condenado a muerte. Ahora bien, si le hubieran concedido el honor de un samurái de abrirse el vientre, no habrían puesto ninguna objeción; pero le habían decapitado a plena luz del día como si de un delincuente común se tratara. En estas circunstancias, su familia no podía quedarse de brazos cruzados. Aun suponiendo que el daimio no tomara ninguna otra medida contra ellos, ¿cómo podría la familia de un samurái decapitado salvar el honor entre los demás vasallos mientras seguían sirviendo a la casa Hosokawa? No había posibilidad de arreglo. Previendo esta situación, su difunto padre les había ordenado que permanecieran unidos. Decidieron que no había otra alternativa más que morir juntos mientras resistían a las fuerzas de asalto que enviarían las autoridades.

La familia Abe, incluidas las mujeres y los niños, se recluyó en la residencia Yamazaki de Gonbē.

La actitud desafiante de la familia llegó a oídos de las autoridades y se envió a una serie de vigilantes para confirmar los hechos. Las puertas de la mansión Yamazaki se cerraron a cal y canto, y dentro todos permanecieron en silencio. Las residencias de Ichidayū y Godayū se quedaron vacías.

Se organizaron las tropas de asalto. Las asignadas a la entrada principal estaban al mando de Takenouchi Kazuma Nagamasa, guardia de la escolta personal[125]. Sus lugartenientes eran Soejima Kuhē y Nomura Shōbē, y lo asistía su vasallo heredero, Shima Tokuemon. Kazuma tenía una renta de mil ciento cincuenta kokus y a sus órdenes estaba una fuerza de treinta arcabuceros. Soejima y Nomura tenían entonces unas rentas de cien kokus cada uno. El comandante de las tropas de la puerta trasera era Takami Gon’emon Shigemasa, capitán de la guardia de Corps, con una renta de quinientos kokus. También él dirigía un cuerpo de treinta arcabuceros. Bajo su mando estaban el vigilante Hata Jūdayū y Chiba Sakubē, lugarteniente de Takenouchi Kazuma, con una renta en aquel entonces de cien kokus.

El ataque estaba previsto para el día 21 del cuarto mes. La víspera del ataque, la mansión Yamazaki fue rodeada por centinelas. A medianoche, un samurái enmascarado escaló el muro circundante desde el lado de los Abe, pero murió a manos de Maruyama Sannojō, soldado de a pie de la brigada de Saburi Kazaemon, encargado de las labores de guardia. Hasta el amanecer no se produjo ningún otro incidente.

Las autoridades habían dado dos órdenes a las casas adyacentes a la mansión Yamazaki. La primera, que todo el mundo debía permanecer en sus viviendas y vigilar que no hubiera incendios, aunque en esos momentos tuvieran que trabajar en el castillo. Y la segunda, como las familias vecinas no formaban parte de las fuerzas de asalto, tenían estrictamente prohibido entrar en la mansión de los Abe para participar, si bien eran libres de matar a los desertores.

La familia Abe, que se enteró del inminente ataque un día antes, lo primero que hizo fue limpiar la residencia hasta el último rincón y quemar todos los objetos antiestéticos. Luego, todos ellos, viejos y jóvenes, se reunieron para celebrar un banquete y, acto seguido, los ancianos y las mujeres se suicidaron tras haber pasado a cuchillo a los niños. Los cadáveres fueron enterrados en una gran fosa en el jardín. Solo permanecieron con vida los jóvenes robustos. Los cuatro hermanos Abe: Yagobē, Ichidayū, Godayū y Shichinojō, ordenaron a sus vasallos que se juntaran en la sala principal, donde habían retirado todas las puertas correderas[126], y allí entonaron hasta el amanecer el nombre del buda Amida con el acompañamiento de gongs y tambores. El clan Abe manifestó que esta acción se había tomado para llorar la muerte de los mayores, las mujeres y los niños, pero, en realidad, era una precaución para que los vasallos menores no se acobardaran.

Posteriormente, la mansión Yamazaki fue ocupada por Saitō Kansuke; daba a la residencia de Yamanaka Matazaemon y estaba flanqueada por las de Tsukamoto Matashichirō y Hirayama Saburō. Los Tsukamoto eran una de las tres familias, junto a las de Amakusa y Shiki, que compartían el feudo de Amakusa. Durante la época en que Konishi Yukinaga controlaba la mitad del reino de Higo, los clanes Amakusa y Shiki fueron destruidos por haber cometido una serie de crímenes contra su gobierno, con lo cual solo quedó la casa Tsukamoto, que sirvió a los Hosokawa.

La relación de Matashichirō con la familia Abe era buena no solo entre los cabezas de familia de cada casa, sino también entre las mujeres e hijos, que tenían frecuentes contactos entre sí. Yagobē, el segundo vástago de Yaichiemon, que se jactaba de su habilidad con la lanza, y Matashichirō, que también la dominaba, se retaban como amigos. Se solían decir: «Puede que seas rápido, pero no tienes nada que hacer conmigo», o «¡Jamás me vencerás!».

Por este motivo, Matashichirō, al enterarse de que a Yaichiemon le habían negado la posibilidad de inmolarse durante la enfermedad de Tadatoshi, se solidarizó con su difícil situación. A esto siguió una serie de infortunios: el suicidio de Yaichiemon, la mala conducta de su heredero Gonbē en el templo de Kōyō y su ejecución por esa actitud, y ahora el aislamiento de Yagobē y su familia en la mansión Yamazaki. Mientras observaba la cada vez peor suerte de los Abe, la pena que sentía no era menor que si se tratara de su propia familia.

Una noche, durante el periodo de aislamiento y antes del suicidio de las mujeres y ancianos, Matashichirō ordenó a su esposa que fuera a la mansión de los Abe para preguntar por el estado de la familia. Desde que esta se había atrincherado en su residencia desafiando a las autoridades, no podía comunicarse personalmente con ninguno de sus miembros. No obstante, desde que se enteró de las circunstancias de su situación, no podía repudiarlos como si fueran criminales, y mucho menos teniendo en cuenta la magnífica relación de amistad a lo largo de los años. Envió, pues, a su esposa pensando que, si posteriormente esta visita salía a la luz, el hecho de que una mujer se interesara personalmente por la salud de alguien no era un acto imperdonable. Ella obedeció de buen grado y preparó a conciencia algunas cosas para llevar consigo. Al caer la noche, se fue a la puerta de al lado. Era una mujer de carácter firme y estaba decidida a responsabilizarse de sus propios actos para librar a su marido de cualquier problema si después esa visita llegaba a oídos de las autoridades.

Su llegada alegró en gran medida a la familia Abe. «A pesar de que los cerezos están floreciendo y de que las aves cantan en el aire primaveral», decían, «desgraciadamente, nosotros estamos abandonados de los dioses, los budas y los hombres, y estamos, por tanto, aislados del mundo». Quedaron sumamente agradecidos por el hecho de que Matashichirō estuviera preocupado y por la visita de su esposa a instancias de él. Las mujeres, con la cara bañada en lágrimas, le suplicaron que recordara encomendar un servicio funerario en su memoria, ya que no habría nadie que orara por ellos tras su muerte. Como los hijos de los Abe no podían salir al exterior, cuando vieron a su gentil vecina, se le agarraron por ambos lados y no la dejaban marchar.

Y así llegó la noche previa al ataque a la mansión de los Abe. Tsukamoto Matashichirō lo meditó profundamente. Los miembros de la familia Abe eran amigos íntimos, por eso se había arriesgado enviando a su mujer para interesarse por ellos. Por fin era inminente la hora del ataque y no había ninguna diferencia entre esas fuerzas y las enviadas para reducir a unos rebeldes. Se habían dictado órdenes oficiales para vigilar por si se producían incendios y para no inmiscuirse en el ataque. Ahora bien, un samurái no era alguien que se pudiera cruzar de brazos como un espectador ocioso ante un caso así. Los sentimientos son una cosa y el deber es otra. «Tengo que adoptar mi propio papel», pensó. Por eso, al caer la noche, salió a hurtadillas de la parte trasera de su vivienda hasta el oscuro jardín y cortó todas las cuerdas que mantenían unida la valla de bambú que separaba su propiedad de la de los Abe. Luego regresó a su casa, se vistió de combate, descolgó la lancilla de la viga donde estaba colgada, la sacó de la vaina, que tenía dibujado un blasón con plumas de halcón, y esperó la llegada del alba.

Takenouchi Kazuma, el comandante del grupo encargado de atacar la entrada principal de la mansión de los Abe, había nacido en el seno de una distinguida familia de guerreros. El fundador de esta saga familiar, un vasallo de Hosokawa Takakuni, era un famoso arquero llamado Shimamura Danjō Takanori[127]. Cuando Takakuni fue derrotado en la batalla de Amagasaki, en el reino de Settsu, en el cuarto año de la era Kyōroku [1531], Danjō murió saltando al mar con dos soldados enemigos agarrados uno a cada brazo. Su hijo Ichibē sirvió a la casa Yasumi del reino de Kawachi. Durante algún tiempo se le llamó Yasumi, pero cuando el paso montañoso de Takenouchi se incorporó a su jurisdicción, su nombre volvió a ser Takenouchi. El hijo de Ichibē, Kichibē, sirvió a Konishi Yukinaga. Por el valor mostrado cuando el castillo de Ōta, en el reino de Kii, fue asediado e inundado[128], recibió de

Toyotomi Hideyoshi[129] un abrigo de batalla sin mangas[130] hecho de seda blanca brillante y decorado con una representación del sol naciente en color bermellón. Cuando las fuerzas de Hideyoshi invadieron Corea [1592], Kichibē fue capturado y confinado durante tres años en el palacio del rey Yi[131] como rehén de la casa Konishi. Una vez que esta familia se disolvió[132], Kichibē fue contratado por Katō Kiyomasa con una renta de mil kokus. No obstante, tras una pelea con su señor, se marchó a pleno día de la ciudad-castillo de Kumamoto. Para evitar represalias de Katō, ordenó a sus vasallos cargar sus arcabuces y prender fuego antes de retirarse. El padre de Tadatoshi, Hosokawa Sansai, se lo llevó a su servicio en el reino de Buzen con una renta de mil kokus. Kichibē tenía cinco hijos varones. El mayor, llamado como él, se convirtió después en el monje Yasumi Kenzan tras tomar los hábitos. Su segundo vástago se llamaba Shichirōemon; el tercero, Jirodayū; el cuarto, Hachibē, y el quinto era el Kazuma de nuestra historia.

Kazuma sirvió a Tadatoshi como paje y estuvo a su lado en el momento de la rebelión de Shimabara. Cuando las fuerzas de Hosokawa intentaron invadir el castillo el día 25 del segundo mes del año quince de la era Kan’ei [1638], Kazuma le había implorado a Tadatoshi:

—Dejadme luchar en el frente. —Este hizo oídos sordos. El joven insistió, hasta que su señor le gritó enfadado:

—¡Necio! ¡Ve y que te maten, si es eso lo que quieres!

Kazuma tenía entonces dieciséis años. Sumido en un estado de euforia, Tadatoshi le dijo gritando: «Pero vuelve sano y salvo». El principal vasallo de Kazuma, Shima Tokuemon, un portador de sandalias[133] y un lancero[134] fueron quienes lo siguieron, formando un grupo de cuatro personas. Los disparos en el interior del castillo eran tan intensos que Shima agarró los bajos del abrigo de batalla de color escarlata sin mangas de Kazuma y los retiró hacia atrás. Este se desembarazó de él y escaló las paredes del castillo. El vasallo no tuvo más remedio que seguirlo. Cuando por fin pudieron entrar en la fortaleza, Kazuma estaba herido en la mano. Un experimentado guerrero de setenta y dos años de edad, Tachibana Muneshige, gobernador de Hida[135], natural de Yanagawa, que había entrado en el castillo desde el mismo punto, observó la lucha y se quedó impresionado con tres hombres: Watanabe Shin’ya, Nakamitsu Naizen y Kazuma, a quienes después envió cartas de recomendación por su bravura. Tras caer la plaza, Tadatoshi le obsequió a Kazuma con una daga hecha por Seki Kanemitsu[136] y aumentó su renta hasta mil ciento cincuenta kokus. La daga tenía cerca de 1 shaku y 8 sun de largo[137] y su hoja, que carecía de inscripción, había sido templada para

producir el grano instantáneamente. Estaba grabada con marcas y la tapa ornamental que fija la empuñadura a la hoja era de plata con tres cimeras y nueve estrellas en fila. El pomo era de una aleación de cobre y oro, y los demás accesorios eran de oro. En la espiga había dos agujeros para poner una tapa. Uno de ellos estaba cegado con plomo. A Tadatoshi le encantaba esta daga; por eso, aun después de regalársela a Kazuma, se la solía pedir para llevarla en algunas ocasiones, como cuando asistía al castillo del sogún.

En el momento en que Mitsuhisa le confió a Kazuma que liderara el ataque contra los Abe, corrió lleno de alegría a su puesto, y allí un samurái le susurró:

—Hasta un bellaco tiene cosas buenas. Por una vez el señor Hayashi ha tenido una buena idea al haberte elegido para dirigir el ataque en la puerta principal.

Kazuma aguzó los oídos.

—¿Cómo dices? ¿O sea que fue Geki quien me nombró para este menester?

—En efecto, él fue quien se lo sugirió al señor Mitsuhisa. Dijo que nuestro difunto señor Tadatoshi te había concedido favores excepcionales. Sugirió que esta misión sería una oportunidad para que tú le devolvieras la deuda de gratitud. ¡Qué suerte!, ¿no te parece?

—¿Y qué? —dijo Kazuma, mientras fruncía el entrecejo—. No pasa nada. Aunque muera en la misión… —respondió, para luego levantarse de repente y salir de la mansión.

Cuando el señor Mitsuhisa se enteró de su reacción en esta ocasión, envió un mensajero a la residencia de Takenouchi con un recado de este tenor: «Es mi deseo que la misión se lleve a cabo con éxito sin que sufras herida alguna».

—Infórmale, por favor, a nuestro señor que agradezco profundamente su solicitud —dijo Kazuma al mensajero como respuesta.

En cuanto oyó por boca de su compañero que Geki había recomendado que se pusiera al frente del grupo de ataque contra la familia Abe, Kazuma decidió morir en combate. Su resolución era absolutamente inquebrantable. Geki había hablado de darle la oportunidad de pagar la benevolencia de su señor y él se había enterado de esto por casualidad, pero, aunque no hubiera sido así, el hecho seguía siendo que había sido nombrado por recomendación de Geki. Kazuma se encontraba totalmente perturbado. De hecho, estaba en deuda con Tadatoshi por su benevolencia hacia él. Sin embargo, después de alcanzar la mayoría de edad, solo había sido uno más de los muchos vasallos

de su confianza y no había recibido especiales favores de su señor. Así pues,

¿qué matiz oculto había en la recomendación de Geki de que solo él debía tener la oportunidad de pagar la benevolencia del señor Tadatoshi? Bien podría haberse inmolado pero, puesto que no lo hizo, había sido elegido para esta peligrosa misión. De ser necesario, gustoso hubiera dado la vida en cualquier momento, pero lo que le repugnaba era morir a cambio de un suicido de lealtad que no había cometido antes. Aunque ahora estaba dispuesto a perder la vida, ¿por qué lo dudó en el noveno día transcurrido tras la muerte de Tadatoshi? No tenía sentido. Al fin y al cabo no existe una línea definida entre los vasallos cercanos que se inmolan y los que no. Puesto que ninguno de los jóvenes samuráis que habían sido ayudantes personales del señor había recibido instrucciones de inmolarse, él había sobrevivido. Si hubiera sido apropiado hacerlo, habría sido el primero en dar el paso. Pensó que eso todo el mundo lo tenía claro. Y aun así, no podía dejar de lamentarse por el hecho de estar marcado como un hombre que se podía haber suicidado hacía mucho tiempo. Se sentía irremediablemente desgraciado. Solo Geki podía exponer la desgracia de manera tan evidente. Para este, era lo más normal del mundo. Pero ¿por qué había seguido el señor Mitsuhisa la recomendación de Geki? Podía resistir el golpe de este, pero no el abandono de su señor. Cuando quiso entrar en combate en el ataque al castillo de Shimabara, Tadatoshi le había pedido que no lo hiciera porque Kazuma era uno de sus escoltas a caballo y, como tal, no debía tener pensamientos de unirse al frente de los ataques. Pero eso era diferente de la preocupación del señor Mitsuhisa de que debía evitar las heridas en esta ocasión. Le estaba diciendo, en realidad, que se cuidara de su vida de cobarde. Su solicitud era demasiado ambigua. Era como sacudir una vieja herida con un látigo. «Quiero morir ahora mismo. Mi desgracia no puede expiarse con la muerte, pero quiero morir, aunque sea como un perro. Quiero morir».

Kazuma estaba completamente fuera de sí. Informó a su mujer y a sus hijos de que le habían ordenado dirigir el ataque contra los Abe y luego se apresuró para prepararlo todo. Aunque quienes se habían inmolado lo habían hecho con serenidad, Kazuma perseguía la muerte para liberarse de su tormento. Aparte de su fiel vasallo Shima Tokuemon, que entendió el conflicto interno de su señor y decidió morir como él, ninguno de los suyos pudo comprender el sufrimiento que había en lo profundo de su corazón. Kazuma, que tan solo tenía veintiún años, se había casado un año antes. Su joven esposa, aún con rasgos infantiles, permaneció de pie con su hija recién nacida en brazos.

La noche del 20 del cuarto mes, la víspera del ataque, Kazuma se lavó con agua fría, se rapó la coronilla y sahumó el cabello recién cortado con un famoso incienso de nombre Hatsune[138] que Tadatoshi le había regalado. Se ciñó las mangas de su quimono blanco con un cordón del mismo color y se colocó una cinta blanca en la cabeza. En el hombro se puso un papel doblado que serviría como divisa para identificar a la fuerza atacante de Hosokawa. La catana que llevaba en un costado era una Masamori de 2 shaku, 4 sun y 5 bu[139] que había sido enviada de vuelta a su pueblo natal después de la muerte de su antepasado, el arquero Shimamura Danjō en la batalla de Amagasaki. A su lado pendía la daga de Kanemitsu que le fue regalada con motivo de su primera victoria en batalla.

El caballo de Kazuma relinchó en la puerta principal. Tras agarrar la lancilla y bajar al jardín, hizo un fuerte nudo en sus sandalias de paja y cortó lo que sobraba con un cuchillo.

Takami Gon’emon, que estaba al mando del ataque a los Abe por la puerta de atrás, originalmente era miembro del clan Wada y descendía de Wada, gobernador de Tajima, que vivía en Wada, reino de Ōmi. En un principio, sus antepasados habían servido a Gamō Katahide[140], pero en la generación de Wada Shōgorō, los miembros de la familia pasaron a ser vasallos de la casa Hosokawa. Shōgorō se distinguió en las batallas de Gifu y Sekigahara[141], donde estuvo a las órdenes del hermano mayor de Tadatoshi, Yoichirō Tadataka[142]. Este provocó la ira de su padre porque su esposa, que era del clan Maeda, le había abandonado en Osaka cuando la batalla de Sekigahara, en el quinto año de la era Keichō (1600). Más tarde se hizo monje lego[143] y tomó el nombre de Kyūmu. Luego, Shōgorō le acompañó hasta el monte Kōya y Kioto. El padre de Tadatoshi, Sansai, posteriormente citó a Shōgorō a Kokura, le concedió el nombre del clan Takami y le hizo jefe de los guardias de palacio con una renta de quinientos kokus. Gon’emon era hijo de Shōgorō. Había servido meritoriamente en la batalla de Shimabara pero, debido a que violó las órdenes, fue relevado temporalmente de sus funciones. Un tiempo después regresó y se convirtió en capitán de la guardia.

Cuando Gon’emon se preparaba para el ataque, se vistió con una ropa de seda negra blasonada y se llevó su preciada catana forjada en la aldea de Osafune, en el reino de Bizen. Se fue llevando una alabarda en forma de tridente.

Mientras Takenouchi Kazuma era asistido por Shima Tokuemon, Takami Gon’emon iba escoltado por su propio paje. Un día estival, dos o tres años

antes de este incidente, este paje estaba durmiendo la siesta en su habitación porque no estaba de servicio. Otro paje, que volvía allí después de terminar su trabajo, se quedó completamente desnudo y, tomando un pequeño aguamanil de madera, se dirigía al pozo para sacar agua cuando, de repente, lo vio durmiendo.

—Resulta que vengo hecho trizas y tengo que sacar el agua yo mismo mientras tú estás ahí durmiendo —exclamó, y le dio una patada a la almohada. El paje se levantó de un salto.

—Si hubiera estado despierto, te habría traído el agua, pero ¿por qué le das una patada a mi almohada? ¡Ahora verás! —dijo furioso y, sacando su catana, rajó a su colega.

Se sentó tranquilamente a horcajadas sobre su pecho y le asestó el golpe de gracia. Luego se dirigió a la residencia de su superior y le informó con detalle de lo ocurrido.

—Debería haberme quitado la vida allí mismo, pero tenía la impresión de que comprenderíais mis motivos —le dijo desnudándose de cintura para arriba con la intención de abrirse el vientre.

—Espera un momento —le ordenó el superior, e informó del incidente a Gon’emon. Este, que acababa de terminar sus obligaciones, no se había despojado aún de la ropa, así que fue directamente a la mansión de Hosokawa para informar al señor Tadatoshi, quien tomó una decisión.

—Su reacción fue de lo más natural. No hay motivo para abrirse el vientre.

A partir de ese momento, el paje dedicó su vida al servicio de Gon’emon. Portando una aljaba al hombro y un arco pequeño[144] en una mano, partió junto a su superior.

El día 21 del cuarto mes del decimonoveno año de Kan’ei [1642], el cielo estaba ligeramente nublado, como suele suceder durante la estación de la cosecha de trigo.

Al amanecer, los hombres de Takenouchi Kazuma se personaron ante la puerta principal de la mansión Yamazaki donde estaba recluida la familia Abe. La residencia, que había resonado durante toda la noche con los sonidos de los tambores y los gongs, estaba entonces tan silente que se diría vacía. La puerta permanecía cerrada a cal y canto. Entre dos y tres shaku[145] por encima de la verja de madera, una adelfa extendía sus ramas, entre las cuales danzaba una tela de araña perlada de unas gotas brillantes de rocío matinal. Pasó una golondrina y se precipitó hacia el jardín.

Kazuma se bajó del caballo y escrutó detenidamente la escena. «¡Abrid la verja!», ordenó. Dos soldados de a pie se encaramaron a ella y saltaron al recinto interior. Como no había ni un solo enemigo en las inmediaciones de la puerta, rompieron el candado y quitaron la barra de madera.

Cuando Tsukamoto Matashichirō oyó los ruidos de los hombres de Kazuma forzando la puerta desde su residencia contigua, tiró abajo la puerta de bambú cuya cuerda había cortado la noche anterior y entró en el interior de la casa de los Abe. Era un asiduo visitante, así que conocía al dedillo la disposición de las habitaciones. Con una lancilla en ristre, entró por la puerta de la cocina. Del grupo de los Abe, que estaba esperando tras las puertas cerradas del comedor para eliminar a la fuerza invasora uno por uno, el primero que sintió la presencia de alguien en la entrada trasera fue Yagobē. Con su lancilla, fue a ver qué pasaba en la cocina.

Los dos hombres se enfrentaron con la punta de sus lanzas casi tocándose.

—Así que… Matashichirō, ¿eh? —exclamó Yagobē.

—En efecto. Tú solías jactarte de lo rápido que eras, por eso he venido a comprobar tu habilidad.

—Estoy preparado. ¡En guardia!

Ambos retrocedieron un paso y se cruzaron las lanzas. Durante un rato esquivaron los golpes, pero Matashichirō, cuya técnica era superior, atravesó el peto de Yagobē con un potente golpe. Este tiró su lanza al suelo con estrépito y se batió en retirada en dirección al salón.

—¡Cobarde! ¡No huyas! —le gritó Matashichirō.

—No estoy huyendo. Voy a abrirme el vientre —le respondió mientras entraba en el salón.

En ese mismo instante el joven Shichinojō, todavía con su copete de adolescente, se personó en la sala como un rayo:

—¡Tío, déjamelo a mí! —gritó, pinchando a Matashichirō en un muslo. Dado que este había bajado la guardia tras herir de gravedad a su amigo íntimo Yagobē, cayó víctima de la mano menos experimentada del jovenzuelo. Soltó la lanza y se desplomó allí mismo.

Kazuma entró por la puerta delantera y envió grupos de hombres a diferentes puntos de la mansión. Cuando el propio grupo de Kazuma procedía a la entrada principal en su dirección, se toparon con la puerta frontal de madera ligeramente entornada. Kazuma estaba a punto de echar mano a la puerta cuando Shima Tokuemon se interpuso en su camino y le susurró:

—¡Esperad, señor! Hoy sois el comandante en jefe. Dejadme ir a mí primero.

Tokuemon dio un empujón a la puerta y se metió dentro. Corrió justo en dirección a la lanza de Ichidayū, que le atravesó el ojo derecho y le hizo retroceder tambaleándose para derrumbarse a los pies de Kazuma.

—¡Apártate! —gritó echándolo a un lado. Cargó hacia delante a las lanzas que tenían preparadas Ichidayū y Godayū y lo desgarraron por los dos costados.

Soejima Kuhē y Nomura Shōbē se precipitaron hacia delante para retirarse con Tokuemon, que todavía se resistía, a pesar de sus heridas mortales.

Takami Gon’emon, que entretanto había entrado por la puerta de atrás, se metió en el salón blandiendo su pica en forma de tridente y golpeando a los vasallos de los Abe a diestro y siniestro. Chiba Sakubē le pisaba los talones.

En esos momentos entraron tanto los atacantes de la puerta principal como los de la trasera gritando y golpeando con sus armas a medida que accedían al interior. Aunque se habían quitado los cerramientos, el salón tenía menos de treinta tatamis. De igual manera que la lucha callejera es mucho más intensa que la lucha a campo abierto, la situación allí no podía ser más horrorosa: una multitud de gusanos en un plato devorándose entre sí.

Mientras Ichidayū y Godayū se cruzaban las lanzas con todo aquel que se encontraban, recibieron innumerables heridas por todo el cuerpo. Aun así, se mantuvieron firmes y dejaron las lanzas de lado para pasar a sus catanas. Entretanto, Shichinojō había caído en medio del fragor.

Tsukamoto Matashichirō, que había recibido un pinchazo en el muslo, estaba postrado en la cocina cuando uno de los hombres de Takami lo detectó y le gritó:

—Así que te han herido. Pues lucha. ¡Sal de ahí cuanto antes! —Y se fue corriendo hacia la parte de atrás de la mansión.

—Si pudiera caminar, te seguiría, pero… —gimió Matashichirō en respuesta apretando los dientes.

Uno de sus propios vasallos, que lo había seguido dentro de la casa, llegó corriendo y, a hombros, lo llevó como pudo, batiéndose en retirada.

Otro de los vasallos personales de la familia Tsukamoto, Amakusa Heikurō, protegió el camino de retirada de su señor disparando con el arco pequeño a cualquier enemigo a su alcance, pero lo mataron allí mismo.

Entre los hombres de Takenouchi Kazuma, Shima Tokuemon fue el primero en morir, seguido de su lugarteniente, Soejima Kuhē.

Mientras Takami Gon’emon estaba enzarzado en la batalla con la pica en forma de tridente, el paje se puso rápidamente a su lado lanzando flechas al

enemigo con el arco pequeño. Posteriormente se pasó a la catana. Un vasallo de los Abe de repente apuntó a Gon’emon con su arcabuz.

—Esa bala es para mí —gritó el paje saltando delante de Gon’emon y fue alcanzado, muriendo en el acto.

El teniente Chiba Sakubē, que había sido retirado de la fuerza de Takenouchi y asignado a la de Takami, se dirigió malherido a la cocina, y estaba tomando agua de un cántaro cuando se desplomó en el suelo.

De la familia Abe, Yagobē fue el primero en morir abriéndose el vientre; lo siguieron Ichidayū, Godayū y Shichinojō, cada uno de los cuales sucumbió a las terribles heridas. La mayoría de sus vasallos murió luchando.

Takami Gon’emon reunió a los hombres de los grupos de la parte delantera y trasera y ordenó que derribaran e incendiaran el cobertizo- almacén de atrás. Como ese día no soplaba el viento, una columna de humo visible a gran distancia se elevó en línea recta hasta el cielo ligeramente cubierto de nubes. Luego apagaron el fuego, remojaron las cenizas y se retiraron. Chiba Sakubē, que había caído en la cocina, y los demás que estaban gravemente heridos, los siguieron apoyados en los hombros de sus vasallos o de sus compañeros samuráis. Era justo la hora de la Oveja[146].

El señor Mitsuhisa visitaba frecuentemente los hogares de los miembros distinguidos de su familia. El día 21, cuando se produjo el asalto a la casa de la familia Abe, partió al amanecer a la residencia de Matsuno Sakyō.

Como Yamazaki estaba justo al otro lado de la mansión Hanabatake del señor Mitsuhisa, pudo oír los ruidos de la refriega en la dirección de la mansión de los Abe cuando salió de su casa esa mañana.

«O sea que ha comenzado el ataque…», se dijo, mientras subía al palanquín.

Apenas había recorrido un chō[147] cuando le llegó un mensaje urgente. Fue entonces cuando se enteró de que Takenouchi Kazuma había caído en el asalto.

Takami Gon’emon, que lideró la fuerza superviviente del grupo atacante por la puerta delantera de la residencia Matsuno, informó de que todo el clan Abe había perecido. Mitsuhisa dijo que se reuniría personalmente con él e hizo que lo escoltaran hasta el jardín frente al salón.

Gon’emon abrió un pequeño portillo de ramas en medio de la cerca donde acababan de abrirse los capullos de la verbena, de un blanco inmaculado. Entró en el jardín y se agachó respetuosamente en el césped. Mitsuhisa se quedó mirándolo y le dijo:

—Te han herido… ha sido un trabajo duro, lo sé.

La vestimenta negra de seda de Gon’emon estaba teñida de sangre y salpicada de trozos de carbón y ceniza, que se le habían adherido al apagar el incendio del cobertizo antes de retirarse.

—No es nada, señor. Solo rasguños.

Había sido golpeado con fuerza en la boca del estómago, pero la punta de la lanza fue desviada por un espejo que llevaba escondido en un pliegue de su ropaje. La sangre apenas había empapado un pañuelo de papel aplicado sobre la herida.

Gon’emon dio una explicación detallada de las proezas de cada individuo durante el ataque, y le dedicó los máximos elogios al vecino de los Abe, Tsukamoto Matashichirō, que, sin ayuda, había herido de muerte a Yagobē.

—¿Y qué me dices de Kazuma?

—Como entró por la puerta delantera antes que yo, no pude ver lo que pasó.

—Ya veo. Está bien, di a tus hombres que vengan al jardín.

Gon’emon convocó a los demás al interior. Todos ellos, excepto los que habían sido llevados a sus casas por las heridas recibidas, se tumbaron en el césped. Los que habían tenido una participación activa en el combate estaban manchados de sangre. Quienes solo habían asistido a la quema del cobertizo se hallaban cubiertos de ceniza. Entre estos últimos se encontraba Hata Jūdayū. Mitsuhisa le preguntó:

—¡Jūdayū, dame el parte!

—¿Señor? —replicó, mientras seguía postrado en silencio.

Jūdayū era un cobarde fornido. Se había quedado rezagado fuera de la mansión de los Abe y solo entró cautelosamente cuando se prendió fuego al cobertizo antes de su retirada. Cuando se dio la primera orden de ataque, el maestro espadero Shinmen Musashi[148] se lo encontró saliendo de los aposentos de Mitsuhisa y le dio una palmada en la espalda mientras exclamaba:

—¡A ti te han bendecido los dioses sintoístas y budistas! Alcanzarás grandes distinciones.

Se dice que Jūdayū palideció e intentó atarse torpemente el cordón de su hakama que se le había aflojado, pero le temblaban tanto las manos que no pudo.

Mitsuhisa se levantó de su asiento y se dirigió a los hombres.

—Estáis exhaustos, así que id a vuestras casas y descansad.

A la familia de Takenouchi Kazuma se le permitió adoptar un hijo para que la niña pudiera ser la heredera[149], pese a lo cual esta casa desapareció posteriormente. La renta de Takami Gon’emon fue elevada en trescientos kokus, mientras que Chiba Sakubē y Nomura Shōbē recibieron cada uno un aumento de cincuenta kokus. El anciano del principado feudal Komeda Kenmotsu recibió instrucciones y despachó al cabecilla del equipo, Tani Kuranosuke, para que recomendara a Tsukamoto Matashichirō. Cuando sus amigos y parientes fueron a felicitarle, este se echó a reír y respondió:

—En las eras Genki y Tenshō[150] atacar un castillo y combatir en el campo era tan habitual como desayunar y cenar. Pues bien, asaltar la mansión de los Abe fue tan sumamente fácil como preparar un simple tentempié antes del almuerzo.

Dos años después, en el verano del primer año de la era Shōhō [1644], a Matashichirō, ya repuesto de sus heridas, le concedieron una audiencia con Mitsuhisa, quien lo puso a cargo de diez arcabuceros y comentó:

—Deberías tomar baños medicinales para curar tus heridas y buscar algún lugar fuera de la ciudad-castillo para construir la quinta que te pienso otorgar.

Matashichirō recibió las tierras para la casa de campo en la aldea de Koike, en el distrito de Mashiki, detrás de la cual había una montaña cubierta de bambúes.

—¿Quieres que te conceda también la montaña? —le preguntó Mitsuhisa. Pero declinó la oferta respondiendo:

—El bambú os es de utilidad en tiempos de paz, y en la guerra se necesitan manojos de bambú en grandes cantidades, así que si me la otorgáis, no me sentiría bien.

Como resultado, la montaña le fue confiada a su cuidado a perpetuidad.

Por lo que respecta a Jūdayū, fue desterrado. Hachibē, el hermano mayor de Takenouchi Kazuma, a pesar de haber participado en el asalto por propia iniciativa, no estuvo con él cuando murió, y por este motivo le ordenaron que permaneciera en arresto domiciliario[151]. Otro vasallo, Yamanaka Matabē, hijo de un escolta a caballo que sirvió de asistente personal del daimio, residía cerca de la mansión de los Abe y por eso se le exoneró de participar en el asalto y, en vez de eso, se le ordenó vigilar los incendios. Él y su padre se subieron a los tejados y se dedicaron a apagar las chispas. Posteriormente, este hombre sintió que había actuado en contra de la prohibición y pidió ser apartado del servicio, pero Mitsuhisa se negó aduciendo:

—No fue cobardía, pero, de ahora en adelante, deberás prestar más atención a las órdenes.

Este asistente se inmoló cuando falleció Mitsuhisa.

Los cadáveres de los miembros de la familia Abe se trasladaron a Idenokuchi, donde fueron examinados minuciosamente. Una vez lavadas las heridas de cada hombre en el río Shira, se juzgó que las de Yagobē, sufridas cuando la lanza de Tsukamoto Matashichirō penetró a través de su pecho, eran más perfectas, técnicamente, que las recibidas por cualquier otro, y por ello su reputación no hizo más que aumentar.

Enero de 1913

SAHASHI JINGORŌ

Aunque los viajes entre Corea y Japón se habían interrumpido desde que Hideyoshi[152] atacó la península coreana, Sō Yoshitoshi[153], gobernador de Tsushima, recibió órdenes de la familia Tokugawa para que hiciera de mediador y reanudara las visitas oficiales. Así pues, a finales del noveno año de Keichō[154] [1604], tres monjes de Corea llamados Song Un[155], Son Mun- uk y Kim Hyo-sun, se presentaron en una embajada preliminar de carácter oficioso. Tokugawa Ieyasu los alojó en el templo Daitoku, en Murasakino, Kioto. Poco después de que terminaran las ceremonias de Año Nuevo, les concedió una audiencia cuando llegaron a Edo en el séquito de Hidetada.

La primera visita oficial de Corea se produjo el cuarto mes del duodécimo mes de Keichō [1607]. Puesto que Ieyasu se había retirado a Sunpu[156], la legación, que ya había llegado a Kioto, recibió instrucciones para ir a Edo en primer lugar. Los componentes de la embajada llegaron a Honseiji, el día 24 del cuarto mes intercalar. El día 6 del quinto mes fueron recibidos en audiencia por el sogún [Hidetada]. La legación partió de Edo el día 14 y llegaron al Seikenji, en Okitsu, cinco días después. Ieyasu invitó a los enviados a su castillo de Sunpu el día 20 a la hora del Caballo[157]. Los miembros de la legación se dirigieron primero a la residencia de Honda Kōzuke no suke Masazumi[158], miembro del consejo de ancianos, donde cambiaron su atuendo por ropajes ceremoniales antes de proceder al castillo.

Los tres enviados principales en esta ocasión fueron el gran administrador, Ryo U-kil, y los grandes consejeros Kyong-som y Chong Ho-Kwan. Iban subidos en palanquines traídos de Corea. En el de Ryo había una muñeca con una flor artificial en el lado derecho del asiento. Iban a presentar las credenciales de Yi Yeon[159] al sogunato de Edo. Los siguientes tres altos funcionarios eran los intérpretes Kim Ch’om-chi, Pak Ch’om-chi y Kyo Ch’om-chi e iban en un palanquín de madera sin barnizar hecho para ellos en Nagasaki. Los seguían veintiséis altos funcionarios, ochenta y cuatro cargos intermedios, y ciento cincuenta y cuatro sirvientes, lo que elevaba el número de personas a doscientas sesenta y nueve. En el camino había ciento cincuenta caballos enalbardados en fila, seguidos de más de doscientos caballos de carga y más de trescientos hombres a pie.

Antes de que tuviera lugar la audiencia en el castillo de Sunpu, se dispusieron por orden las ofrendas oficiales de los enviados en la enorme galería. Consistían en treinta y seis kilogramos de ginseng, treinta rollos de tela de cáñamo blanca, sesenta kilogramos de miel y otros sesenta de cera de abeja. En comparación con los once artículos que le habían regalado a la casa del sogún en Edo, la presentación era, de lejos, menos ceremonial. Y es que, en un principio, los enviados no tenían intención de repartir los regalos entre Edo y Sunpu y, por lo tanto, este arreglo se hizo sacando y metiendo cosas apresuradamente. La lista que acompañaba las credenciales del rey coreano a su enviado en Edo hacía mención a once objetos, pero se dijo que el documento no había sido bien revisado.

Ese día, Ieyasu vestía un quimono de etiqueta de color verde y estaba sentado sobre varios cojines cubiertos de brocado de diferentes dibujos y colores situados sobre dos tatamis. Los tres enviados avanzaron hasta el último escalón, hicieron dos reverencias y media[160] y se colocaron de derecha a izquierda. Los tres principales cargos: Kim Ch’om-chi, Pak Ch’om- chi y Kyo Ch’om-chi permanecieron juntos en la galería e hicieron una reverencia. En ese momento no se les entregó ningún documento. Ni siquiera les sirvieron sake o té[161]. Al cabo, los tres máximos dignatarios volvieron a hacer una profunda reverencia y los tres enviados que estaban en la galería hicieron lo propio, tras lo cual se retiraron por orden de rango.

Al ver partir a los seis coreanos, Ieyasu, de repente rememoró el pasado mirando a derecha e izquierda:

—¿Por ventura no he visto alguna vez al tercer hombre que estaba en la galería?

Cerca de Ieyasu se encontraba Honda Masazumi con más de diez cortesanos. Sō Yoshitoshi, que había actuado de maestro de ceremonias para los enviados, todavía estaba allí. Al percatarse de que las palabras de su señor escondían algún otro significado, nadie respondió al principio, pero finalmente Yoshitoshi abrió la boca con cierta cautela.

—El tercer hombre se llama Kim Ch’om-chi, señor.

Ieyasu interrumpió al hombre con una mirada fría para luego volver la vista al resto de asistentes.

—¿Es que nadie lo recuerda? Yo tengo sesenta y seis años, pero mis ojos raramente me traicionan. Ese hombre tenía veintitrés años cuando huyó a escondidas de Hamamatsu el undécimo año de Tenshō [1583], así que debe de tener cuarenta y siete años. ¡El muy sinvergüenza! Ahora se hace pasar por coreano. Pero ¡si es Sahashi Jingorō!

Todos los allí presentes se miraron entre sí, pero esta vez nadie osó hablar durante un buen rato. La mirada de Honda sondeaba el humor de Ieyasu en espera de formularle una pregunta.

Este lo miró y le dijo:

—Está bien, dejo los agasajos en tu mano.

Las órdenes de que Ieyasu se retiraba al castillo de Sunpu se habían recibido el día 25 del primer mes de ese año, así que todavía estaba en construcción. Por eso el sogún solicitó que el banquete para los coreanos se celebrara en la residencia de Honda. Este, como si quisiera conocer cuál era el ánimo de Ieyasu, le dijo:

—Señor, ¿deseáis que investiguemos el asunto?

—No, todo el mundo va a decir que no sabe nada y puede que en el caso de los altos cargos así sea. De todos modos, sería conveniente que despacharas cuanto antes a estos enviados. Asegúrate de que la gente de aquí tenga la menor comunicación posible con ellos.

Honda asintió y se retiró de inmediato.

Ya se habían iniciado los preparativos para el banquete. Los enviados coreanos serían agasajados tras regresar a la residencia de Honda y cambiarse de ropa. Cuando Honda volvió del castillo, encontró a Ryo U-kil descansando después de haberse cambiado. A través de Sō Yoshitoshi, Honda preguntó de manera disimulada si, entre las personas que se habían presentado ese día ante Ieyasu, había alguien a quien el sogún hubiera conocido anteriormente. El intérprete contestó que Ryo no sabía nada al respecto. De hecho, se quedó tan sorprendido por la pregunta que su cara no parecía ocultar ninguna información.

Durante el banquete, los coreanos no estuvieron acompañados. Cuando se retiraron las bandejas de comida aparecieron tres mensajeros de Ieyasu: Ōsawa Jijū, Nagai Ukonnoshin y Jō Oribe, que presentaron obsequios a los tres funcionarios de más alto rango. Consistían en tres armaduras, tres sables y 300 piezas de plata. A Kyo Ch’om-chi y los otros dos de su categoría les dieron tres catanas y 150 piezas de plata; a los 26 siguientes, 200 piezas de plata, y a los que estaban por debajo de los cargos intermedios, monedas por valor de 500 kan[162].

Siguiendo las órdenes de Honda, el séquito partió antes del anochecer y se trasladó hasta Fujieda. El día 29 del quinto mes llegaron a Murasakino, en Kioto, y el día 8 del sexto mes estaban de vuelta en Osaka donde, tres días después, embarcaron de regreso para su país. Las órdenes de Edo eran que los más de mil trescientos cuarenta hombres y mujeres cautivos de la campaña de

Corea fueran puestos en libertad y que volvieran con la legación en el mismo barco.

Cuando terminó la construcción del castillo de Hamamatsu, Ieyasu, entonces gobernador de Mikawa, se trasladó allí a vivir y envió a su heredero Nobuyasu[163] a vivir al castillo de Okazaki donde el propio Ieyasu había residido hasta entonces. Fue entonces cuando el vástago pasó a llamarse Okazaki Jirosaburō Nobuyasu. Cuando este tenía unos dieciocho años, estuvo a su servicio un paje llamado Sahashi Jingorō, dos años menor que él. Era un joven tan perspicaz que hacía las cosas antes de que se las ordenaran, y entre los colegas de su edad, ninguno le hacía sombra por lo que respecta a las artes marciales. También era conocido por su habilidad en el baile y la música y, en especial, se le daba muy bien tocar la flauta.

En una ocasión en que Nobuyasu y su séquito volvían de visitar un templo, pasaron cerca de las lindes del castillo. Era justo a principios de la primavera, cuando el agua empezaba a templarse. Entonces vieron una garza que estaba al otro lado de un gran estanque. Parecía que alguien hubiera lanzado un pequeño ovillo de algodón sobre la tierra negruzca, junto al agua, que serpenteaba con un color plateado reluciente. De repente, uno de los pajes preguntó si el ave estaba a tiro. La mayoría de personas del séquito era de la opinión de que estaba demasiado lejos. Al principio, Jingorō se quedó callado, pero después de que los demás aseguraran que era imposible abatir el ave, musitó para sí: «Yo no diría que es imposible…». En ese momento, un paje llamado Hachiya se dirigió a él con reprobación:

—Si eso es lo que crees, veamos cómo lo haces. Jingorō respondió:

—No me importa intentarlo, pero ¿qué estás dispuesto a apostar? Hachiya le replicó:

—Me juego contigo todo lo que llevo encima.

—Muy bien. Entonces voy a probar —dijo, dirigiéndose a Nobuyasu para pedirle permiso. Este, que se había interesado por el tema, le pidió a un soldado que le dejara el arcabuz que custodiaba y se lo entregó a Jingorō.

—Es una cuestión de suerte, de modo que no os riais si fallo —exclamó el joven. Luego, sin vacilar lo más mínimo, disparó. Todos sin excepción lo observaban conteniendo el aliento. La garza parecía querer extender sus alas para emprender el vuelo, pero el ovillo de algodón blanco recortado contra la tierra negruzca se quedó inmóvil para siempre. Se produjo un grito espontáneo de admiración empezando por el propio Nobuyasu. Algunos

infantes se quedaron a recoger la garza en una barca prestada y los demás volvieron al castillo.

A la mañana siguiente, los residentes del castillo se vieron sacudidos por una noticia inesperada: habían encontrado muerto a Hachiya, aunque no presentaba ninguna herida en su cuerpo. Se desconocía el paradero de Jingorō. Después de haber abatido la garza y de que el séquito hubiera regresado al castillo, al parecer, uno de los pajes escuchó cómo Jingorō le decía a Hachiya: «¡Eh, tú! Luego hablaremos de tu promesa». Quienes examinaron el cadáver de Hachiya comprobaron que, en lugar de sus dos espadas[164], que tenían unas inscripciones esculpidas en oro en la vaina, había unos sables que parecían ser de Jingorō. Por lo demás, no había ninguna otra señal en particular que ayudara a esclarecer este extraño suceso. Por lo que contaron algunos pajes, Hachiya habría dicho que las catanas pertenecían a sus antepasados y que él siempre las custodiaba con mucho celo. Otros recordaban que Jingorō las solía elogiar.

Durante mucho tiempo, nadie supo del paradero del paje. Pero por fin pasó el primer aniversario de la muerte de Hachiya. Un día, un primo de Jingorō llamado Sahashi Gendayū se presentó en el castillo de Ieyasu en Hamamatsu con una solicitud. Se había enterado de que su primo se escondía en la zona rural no lejos de allí y fue a pedir que le salvaran la vida. Aducía que Hachiya se había apostado con él que si abatía la garza, se quedaría con todo lo que llevara encima. Puesto que Jingorō había tenido la suerte de matar el ave, le había reclamado a su adversario que le diera las dos espadas que tanto había elogiado. Además, Jingorō no solo le dijo que se las quería llevar ya mismo, sino que le dio las suyas a cambio. Pero Hachiya se negó diciendo que esas catanas grabadas en oro eran piezas muy importantes del legado familiar. Jingorō no pudo aceptar esta respuesta y le dijo:

—Una vez que un guerrero hace un juramento, tiene que dar su vida por ello, si es necesario. Por muy especiales que sean estas catanas para ti, es lo único de tu persona que te reclamo, así que debes dármelas.

—No, no puedo. Sería capaz de dar mi vida, pero ni siquiera eso es suficiente a cambio del tesoro de nuestra casa —le respondió Hachiya.

Jingorō lo injurió con estas palabras:

—Eres un maldito perro por retractarte de tu promesa.

Hachiya, enfurecido, hizo ademán de sacar su catana, pero Jingorō le dio un puñetazo en una parte vital y no volvió a recobrar el aliento. Por eso, según el primo, Jingorō, que normalmente hacía lo que se proponía, le quitó las espadas a Hachiya, dejó las suyas en su lugar, y salió huyendo. Esto es lo que

le contó Gendayū a Ieyasu, subrayando que, se dijera lo que se dijera, su primo era muy joven y esperaba que su señor le salvara la vida o que, si eso no era posible, que al menos se le permitiera suicidarse, sin que interviniera nadie más.

Ieyasu escuchó sus palabras y, tras reflexionar unos momentos, respondió:

—Tu exposición de los hechos parece respaldar y excusar la conducta de Jingorō, aunque no creo que sea así en realidad. Sin embargo, tienes razón en que es muy joven y, por lo tanto, si realiza algún acto extraordinario para mí, le salvaré la vida.

Gendayū asintió a las palabras de Ieyasu y, durante unos instantes, pegó la frente en el tatami. Por fin, levantó la cara bañada en lágrimas y, mirando a su señor, le preguntó:

—Decidme, ¿qué tendría que hacer Jingorō por vos…?

—Dicen que es un joven muy inteligente y dotado para las artes marciales. Si se siente capaz, me gustaría que matara a Amari —afirmó Ieyasu levantándose del tatami.

Era una noche de luna llena. El señor Takeda Katsuyori, de la prefectura de Kai, había colocado a su vasallo Amari Shirosaburō[165] a cargo del castillo de Koyama, en el distrito de Haibara, en el reino de Tōtōmi. Se habían llevado a cabo los preparativos para una fiesta destinada a contemplar la luna. Amari, que era un hombre muy alto y corpulento, dio cuenta de varias copas grandes de sake, una tras otra, mientras hacía que los jóvenes guerreros mostraran sus valores artísticos.

El ímpetu de las aguas del río Mikawa

será detenido por el monte Koyama. Lo que asombra es solo su ruido.

El grupo entero empezó a entonar esta canción. Se fue haciendo tarde, así que Amari despidió a sus invitados, a excepción de un recién llegado entre los jóvenes allí reunidos.

—¡Uf! ¡Qué tipos tan ruidosos! La luna se queda preciosa a partir de ahora. ¿Por qué no tocas la flauta para mí? —le pidió Amari, al tiempo que se recostaba sobre sus rodillas.

El joven se dispuso a tocar. Puesto que en muchas ocasiones lo llamaban

de improviso, nunca se separaba de su flauta. La noche iba avanzando poco a poco. La larga mecha de la vela, que había menguado bastante donde se había derretido la cera, se puso blanca por arriba y bermellón por abajo, a la vez que la cera colgaba en forma de carámbanos y se acumulaba en la parte inferior. La luz mortecina de la candela se veía aplacada por el brillo de la luna, que bañaba toda la estancia con su resplandor. El canto de los grillos de las cercanías se mezclaba con el sonido de la flauta. Amari sentía que le pesaban los párpados.

De repente cesó el sonido.

—¿Sentís frío, mi señor?

Dejó de lado el instrumento y con la mano izquierda le presionó suavemente el lado izquierdo del pecho a Amari, que yacía boca arriba. Era justo el lugar en que tenía teñido el blasón familiar de su quimono forrado de color azul claro.

Entre sueños, sintió bienestar por el hecho de que el joven le pusiera bien el cuello. Al mismo tiempo, algo frío como el hielo se hundió hasta el fondo de su pecho en el lugar donde había sentido hasta ese momento la mano cálida del muchacho. Fue entonces cuando lo invadió una calidez inexplicable que le subía del pecho a la garganta. Sintió que perdía la consciencia.

Tras haber despachado tan fácilmente a Amari, un hombre de tanto poder y con tanta influencia en Mikawa, y de haberle cortado la coleta como trofeo de su hazaña, el joven de la flauta, que no era otro que Jingorō, se fugó del castillo de Koyama como una comadreja. Al poco, su primo Gendayū regresó a la mansión de Hamamatsu. Ieyasu, de acuerdo a lo prometido, citó al joven, pero durante el encuentro no se habló ni una sola vez de Amari. La familia de Hachiya no se alegró en absoluto de su vuelta, pero nada pudieron objetar a la voluntad de Ieyasu.

Tras la muerte de Amari, el castillo de Koyama no recuperó la paz. Entretanto, se sucedieron diversos episodios. Uesugi Kenshin murió siete años después de Takeda Shingen. Después de que Ieyasu fuera nombrado general de la Puerta Imperial de la Derecha a los treinta y seis años[166], su familia empezó a prosperar, pero en ese año, cuando su heredero Jirosaburō Nobuyasu tenía veintiún años, y su segundo hijo, Ogimaru (Hideyasu), cinco, el primero fue obligado sin piedad a suicidarse por las sospechas de Oda Nobunaga de lo que se conoció como el «incidente de la dama Tsukiyama»[167]. Ese mismo año, nació el tercer hijo, Osamaru (Hidetada)

[168] y un año después, Fukumatsumaru (Tadayoshi). Dos años después, las

fuerzas del castillo de Koyama, que habían sido un obstáculo para Ieyasu durante muchos años, por fin capitularon. Este acontecimiento sirvió de preludio a la tragedia que llevó a la ruina a Takeda Katsuyori.

En torno al momento en que se disolvió el clan Takeda el décimo año de Tenshō [1582], el sino de la casa Tokugawa se vio en entredicho. De repente, Akechi Mitsuhide[169] se rebeló y mató a Nobunaga. Hashiba Hideyoshi hizo las paces con la familia Mōri de Kiushu y volvió para satisfacer el desafío de Mitsuhide. Ieyasu, que también estaba ausente de su propia residencia, logró escapar a duras penas y regresó a Okazaki con la ayuda del dinero de Chaya Shirojirō y los soldados de Honda Heihachirō[170]. Ieyasu estaba reclutando tropas hasta en Narumi cuando se presentó un mensajero de Hideyoshi anunciando la muerte de Mitsuhide.

Justo cuando Ieyasu estaba a punto de convencer a los antiguos vasallos de Takeda para que se unieran a él, Hōjō Shinkurō Ujinao, de Odawara, alentó una revuelta en Kai y organizó un ataque. Ieyasu, cuyas tropas estaban desplegadas hasta en Kofu, se enfrentó al ejército de Hōjō, de cincuenta mil hombres, con menos de ocho mil. A la sazón, Sahashi Jingorō junto con otro joven guerrero, Mizuno Tōjūrō Katsunari[171], estaba activo y herido en Wakamiko. A finales de año, una serie de soldados fueron recompensados por su valor; entre ellos, Jingorō, pero ni este ni Tōjūrō recibieron una sola palabra de alabanza.

El undécimo año de Tenshō [1583] se hicieron los preparativos en la mansión de los Tokugawa en Hamamatsu para llevar a cabo la celebración del matrimonio de la segunda hija de Ieyasu, Tokuhime, con la familia Hōjō, de Odawara. A la familia de Hideyoshi, que se había trasladado a Osaka, se le notificó el enlace. Jingorō, que trabajaba en el castillo de Hamamatsu, estaba presente en el salón adyacente escuchando cuando Ishikawa Yoshichirō Kazumasa se personó ante Ieyasu y recibió la orden de llevar la noticia a Osaka.

—Llévate a algunos de los jóvenes más astutos —le dijo Ieyasu.

—En ese caso, ¿podría disponer de Sahashi Jingorō? —sugirió Ishikawa.

Ieyasu permaneció callado durante un buen rato. Cuando Jingorō empezaba a preguntarse qué le podía suceder, por fin respondió:

—No quiero perderlo de vista. Últimamente, la gente de Kōshū que ha venido a mi lado dice que Amari lo quería como si fuera su hijo. Y, a pesar de eso, ese bárbaro le rebanó la cabeza mientras dormía.

Al oír estas palabras, a Jingorō se le escapó un suspiro y asintió levemente. Se levantó y salió de la sala. Sin siquiera volver a la casa donde

vivía con Gendayū, se esfumó. Cuando este preguntó a su mujer, se enteró de que siempre llevaba un cinturón con cerca de cien ryō en calderilla.

Ahora bien, el Jingorō que desapareció de Hamamatsu el undécimo año de Tenshō [1583], ¿sería realmente el que se desplazó desde Corea bajo el nombre de Kim Ch’om-chi el duodécimo año de Keichō [1607]? ¿O acaso se trataría de una ilusión visual de Ieyasu? Nadie lo supo con certeza. Al ser interrogada, la familia Sahashi expresó su completo desconocimiento del asunto. Ahora bien, cuando después se supo que había adquirido raíces de ginseng de gran calidad, cultivadas en forma de muñeca, muchísimas personas sospecharon de su procedencia.

Este episodio se basa en el Zokubuke kanwa[172]. Según el árbol genealógico de la familia Sahashi, Jingorō[173] ya se había unido a un grupo de la secta Ikkō[174] habiendo perecido en el campo de batalla en el sexto año de Eiroku [1563]. Por otro lado, en el Kōshi yawa[175], un exvasallo de la familia Tokugawa que participó en la embajada coreana del duodécimo año de Keichō [1607], se identifica como un tal Kakei Matazō[176]. En obras como Kanshi raiheiki[177], de Hayashi Shunsai, consta que solo dos oficiales, Kim y Pak, tuvieron entrevistas con Ieyasu. En el caso de que alguien conozca otra versión de los incidentes que envolvieron la vida de Sahashi Jingorō, estaría sumamente agradecido si me enviara un esbozo de cualquier prueba que tenga, citando las fuentes.

Tercer mes del segundo año de Taishō [abril de 1913]

NOTA DEL TRADUCTOR

Transcurridos más de 100 años de la publicación de los tres relatos traducidos (cuatro si contamos la segunda versión de El testamento de Okitsu Yagoemon) el lector puede hacerse una idea de lo que ocupó y preocupó a Mori Ōgai (森鴎外) durante su última década de vida. En ese periodo llegó a escribir cerca de 30 obras de carácter histórico, la mayoría de reducida extensión.

Escritor de formación científica, vertió en sus obras el rigor, la exactitud y la meticulosidad que cabe esperar de un médico militar metido a literato, y puso en práctica el adagio latino «calamus gladio fortior», que bien se podría aplicar a algunos de los daimios y samuráis que pueblan estas tres historias.

Como se cita en la Introducción, el eje vertebrador de los relatos es el acto de inmolarse como señal de lealtad al señor al que se sirve, algo que no es privativo de la cultura japonesa, sino que se ha dado en otras muchas, como en el antiguo Egipto, en Nigeria, entre los escitas, en Roma o en China, donde se denominaba xunzang. Sin embargo, en Japón presenta algunas peculiaridades, como puede ser la voluntariedad del acto y el hecho de que el vasallo debía contar con el permiso del señor. La muerte se producía, indefectiblemente, mediante el seppuku o haraquiri, con la presencia de un

«decapitador» que evitaba el sufrimiento al moribundo. Las incisiones en el vientre seguían unos patrones establecidos: ichimonji (un corte horizontal), jūmonji (dos cortes cruzados), hachimonji (dos cortes verticales, como en el sinograma de ocho en japonés, hachi: 八), sanmonji (tres cortes horizontales), etc.

En la versión inicial de El testamento de Okitsu Yagoemon, el protagonista espera casi los mismos años para suicidarse —35 en el caso del general Nogi, de 1877 a 1912, y 34 para Yagoemon, desde el incidente en Nagasaki—, así que se trataría de un junshi largamente diferido, pero, en todo caso, sería una

señal de lealtad inequívoca después de servir sin tacha a sus respectivos señores: Hosokawa Tadatoshi, Tadaoki y Mitsuhisa.

Otro tema que subyace en esta obra de Mori en sus dos versiones, es la parte central en la que los dos súbditos van en busca de un «artículo raro» para la ceremonia del té y acaban comprando una madera fragante: el calambac o palo áloe (kyara, 伽羅). Este episodio, que podría pasar inadvertido para muchos lectores, tiene una notable importancia en la vida

ociosa de los cortesanos de Japón desde el siglo xi[178] hasta el XVIII, aproximadamente. Me refiero al cultivo de un arte sumamente desconocido no solo para los occidentales, sino también para los propios japoneses: el kōdō

(香道) o ceremonia del incienso. La mecánica consistía en reconocer, tras

varias rondas en las que se pasaba un incensario con diversas maderas cortadas en trozos diminutos, qué aromas eran iguales y cuáles no. Después, se escribían poemas alegóricos según lo evocado por el incienso o se realizaba una serie de juegos que se inventaron expresamente.

Paradójicamente, estas maderas olorosas no se daban en Japón; procedían de varios países del Sureste Asiático (principalmente de Vietnam, pero también de Camboya, Laos, Malasia, etc.) y la India, y este factor, unido a la escasez y a la dificultad en encontrar la parte del árbol que está afectada por varios tipos de hongo —que son los que determinan el aroma más o menos exquisito y el color de la misma—, hacía que el precio alcanzara proporciones astronómicas. Era, por lo tanto, un artículo al alcance única y exclusivamente de la alta nobleza.

El calambac (nombre procedente del malayo) es la madera con el aroma más delicado y extraordinario de todos. Las otras dos son el denominado jinkō (沈香) que los ibéricos en suelo nipón solían traducir por «palo del águila» o

simplemente «águila», y el sándalo (byakudan, 白檀), esta última mucho más

accesible y, por tanto, menos cotizada. En la actualidad, en la ceremonia del incienso solo se emplean la kyara y el jinkō, mientras que en la ceremonia del té (sadō, 茶道) se suele utilizar el sándalo y el águila, al no ser tan importante la calidad. Es curioso notar que las mejores piezas se precipitan al fondo del agua debido a su alto contenido resinoso; de ahí que jinkō se traduzca por

«madera que se hunde». Otra característica es que, excepto el sándalo, carecen por completo de olor, salvo cuando se queman.

Como decía, el episodio que se narra con detalle en las dos obras es lo que se conoce con la expresión ichiboku sanmei-kō (一木三銘香, «una madera, tres nombres») porque, aun procediendo del mismo árbol, cada propietario la bautizó con un nombre distinto: Hatsune, Shiragiku y Shibabune. Otros

autores incluyen un cuarto, el de Fujibakama (eupatorio), que le habría dado Kobori Enshū (小堀遠州, 1579-1647), un famoso maestro de té y diseñador de jardines.

Aunque Mori Ōgai tuvo la osadía de atribuir un nombre concreto a cada uno de los tres personajes, lo cierto es que no hay unanimidad entre los expertos sobre quién bautizó a cuál. De hecho, en la exposición que se celebró en Tokio del 7 de abril al 16 de julio de 2013 en el Museo Eisei Bunko («The fragrant wood of Hosokawa Tadaoki and fragrance lacquerware»), se exhibía, entre otros objetos relacionados con la ceremonia del incienso, la madera perteneciente a la familia Hosokawa que aparece en los dos relatos, y que lleva por nombre Shiragiku, en vez de Hatsune, como refiere nuestro autor.

La novela corta La familia Abe es ya todo un clásico de la literatura japonesa, como lo prueba el hecho de que se llevara a la gran pantalla en 1938 de la mano de Hisatora Kumagai, en un largometraje en blanco y negro de 106 minutos[179] en el que los personajes hablan el dialecto de Kumamoto. Posteriormente, ha habido tres adaptaciones televisivas, en 1959, 1961 y 1995.

También hay un manga cuya autoría se debe a Hiroyuki Satō (SP Comics, Leed Co., 2008), y un CD con la historia completa narrada por Genzō Wakayama (ed. Shinchōsha, 2005).

La obra que pone fin a estos relatos históricos es Sahashi Jingorō, ambientada en los tiempos posteriores a las campañas de Corea de Toyotomi Hideyoshi de 1592 y 1597, cuando Ieyasu cedió el poder a su hijo Hidetada, aunque reteniendo parte del control del país.

En este caso, el escritor se decanta por dar un sesgo diferente al acto suicida, ya que el protagonista no opta por el junshi, a pesar de cometer un acto «censurable», sino que decide huir.

APÉNDICES

I

LOS 68 ANTIGUOS REINOS DE JAPÓN

Los «reinos» (kuni, 国・國), como los llamaban los antiguos misioneros y comerciantes portugueses y españoles —o también «señoríos» y

«provincias»—, fueron las divisiones administrativas del Gobierno central y se crearon durante el siglo VIII por la corte imperial. Se dividían en 4 grupos, según sus dimensiones, su población e importancia: taigoku (大国), grandes, jōgoku (上国), superiores, chūgoku (中国), medianos (11) y gegoku (下国), inferiores (9).

Taigoku (大国) (13)

Yamato (大和), Kawachi (河内), Ise (伊勢), Musashi (武蔵), Kazusa (上総), Shimōsa (下総), Hitachi (常陸), Ōmi (近江), Kōzuke (上野), Mutsu (陸奥), Echizen (越前), Harima (播磨), Higo (肥後).

Jōgoku (上国) (35)

Yamashiro (山城), Settsu (摂津), Owari (尾張), Mikawa (三河), Tōtōmi (遠江), Suruga (駿河), Kai (甲斐), Sagami (相模), Mino (美濃), Shinano (信濃), Shimotsuke (下野), Dewa (山羽), Kaga (加賀), Etchū (越中), Echigo (越後), Tanba (丹波), Tajima (但馬), Inaba (因幡), Hōki (伯耆), Izumo (出雲), Mimasaka (美作), Bizen (備前), Bitchū (備中), Bingo (備後), Aki (安芸), Suō (周防), Kii (紀伊), Awa (阿波), Sanuki (讃岐), Iyo (伊予), Buzen (豊前), Bungo (豊後), Chikuzen (筑前), Chikugo (筑後), Hizen (肥前).

Chūgoku (中国) (11)

Awa (安房), Wakasa (若狭), Noto (能登), Sado (佐渡), Tango (丹後), Iwami (石見), Nagato (長門), Tosa (土佐), Hyūga (日向), Ōsumi (大隅),

Satsuma (薩摩).

Gekoku (下国) (9)

Izumi (和乗), Iga (伊賀), Shima (志摩), Izu (伊豆), Hida (飛騨), Oki (isla de) (隠岐), Awaji (isla de) (淡路), Iki (isla de) (壱岐), Tsushima (isla de) (対馬).

Estos reinos, a su vez, se dividían en provincias o distritos (dō, 道). Eran los siguientes:

GOKINAI (五畿内, 5 reinos) Las cinco provincias alrededor de la capital Yamashiro, Yamato, Kawachi, Izumi, Settsu.

TŌKAIDŌ (東海道, 15 reinos) Distritos del mar del Este

Iga, Ise, Shima, Owari, Mikawa, Tōtōmi, Suruga, Izu, Kai, Sagami, Musashi, Awa, Kazusa, Shimōsa, Hitachi.

TŌSANDŌ o TŌSENDŌ (東山道, 8 reinos) Distritos montañosos del Este Ōmi, Mino, Hida, Shinano, Kōzuke, Shimotsuke, Mutsu, Dewa.

HOKURIKUDŌ o HOKUROKUDŌ (北陸道, 7 reinos) Distritos de las tierras del norte

Wakasa, Echizen, Kaga, Noto, Etchū, Echigo, Sado.

SAN’INDŌ o SEN’INDŌ (山陰道, 8 reinos) Distritos transmontanos Tanba, Tango, Tajima, Inaba, Hōki, Izumo, Iwami, Oki.

SANYŌDŌ o SENYŌDŌ (山陽道, 8 reinos) Distritos cismontanos Harima, Mimasaka, Bizen, Bitchū, Bingo, Aki, Suō, Nagato.

NANKAIDŌ (南海道, 6 reinos) Distritos del mar del Sur Kii, Awaji, Awa, Sanuki, Iyo, Tosa.

SAIKAIDŌ (西海道, 9 reinos) Distritos del mar del Oeste

Chikuzen, Chikugo, Buzen, Bungo, Hizen, Higo, Hyūga, Ōsumi, Satsuma.

NITŌ (二島, 2 islas) Iki y Tsushima.

II

EL CÓMPUTO DEL TIEMPO

Ne no koku (子の刻) La hora del Ratón (12 p. m.) Ushi no koku (丑の刻) La hora del Buey (2 a. m.) Tora no koku (更の刻) La hora del Tigre (4 a. m.) U no koku (卯の刻) La hora del Conejo (6 a. m.)

Tatsu no koku (辰の刻) La hora del Dragón (8 a. m.) Mi no koku (巳の刻) La hora de la Serpiente (10 a. m.) Uma no koku (午の刻) La hora del Caballo (12 a. m.) Hitsuji no koku (未の刻) La hora de la Oveja (2 p. m.) Saru no koku (申の刻) La hora del Mono (4 p. m.) Tori no koku (西の刻) La hora del Gallo (6 p. m.)

Inu no koku (戌の刻) La hora del Perro (8 p. m.)

I no koku (亥の刻) La hora del Jabalí (10 p. m.)

III

LOS NUEVE RANGOS DE LA NOBLEZA

Príncipes y Oficiales (Kugyō o kandachime, 公卿, 上達部)

Alta nobleza (conformada por unas veinte personas)

Según el sistema Ritsuryōsei (律令制), el Gobierno se componía de 9 rangos (en realidad, ocho más uno preliminar o inicial). Los tres primeros se dividían en grado superior o veterano (shō, 正) y subalterno o joven (ju, 従・從) y, a partir del cuarto rango, estos dos se subdividían, a su vez, en superior o mayor (jō, 上) e inferior o menor (ge, 下). Así, por ejemplo, hablaremos de cuarto rango veterano, grado inferior (正四位下), o cuarto rango subalterno, grado superior (従四位上).

La izquierda siempre tenía preponderancia sobre la derecha; esto se debía a que el emperador se sentaba orientado hacia el sur, y los dos ministros se situaban a su izquierda (este) y su derecha (oeste). Dado que el este tenía prioridad sobre el oeste, también se aplicaba esa distinción a los cargos.

1. Shōichii (正一位) Primer rango veterano (Color violeta intenso)

2. Juichii (従一位) Primer rango subalterno

3. Shōnii (正二位) Segundo rango veterano (Violeta pálido)

4. Junii (従二位) Segundo rango subalterno

5. Shōsanmi (正三位) Tercer rango veterano (Violeta pálido)

6. Jusanmi (従三位) Tercer rango subalterno

(Tenjōbito, 殿上人) Nobleza de servicio (compuesta por unas cien personas)

7. Shōshiijō (正四位上) Cuarto rango veterano, grado superior (Color escarlata)

8. Shōshiige (正四位下) Cuarto rango veterano, grado inferior

9. Jushiijō (従四位上) Cuarto rango subalterno, grado superior

10. Jushiige (従四位下) Cuarto rango subalterno, grado inferior

11. Shōgoijō (正五位上) Quinto rango veterano, grado superior (Color naranja)

12. Shōgoige (正五位下) Quinto rango veterano, grado inferior

13. Jugoyō (従五位上) Quinto rango subalterno, grado superior

14. Jugoige (従ス位下) Quinto rango subalterno, grado inferior

Oficiales (Jige, 地下) Nobleza menor (conformada por unas mil personas)

15. Shōrokuijō (正六位上) Sexto rango veterano, grado superior (Color verde intenso)

16. Shōrokuige (正六位下) Sexto rango veterano, grado inferior

17. Jurokuijō (従六位上) Sexto rango subalterno, grado superior

18. Jurokuige (従六位下) Sexto rango subalterno, grado inferior

19. Shōshichiijō (正七位上) Séptimo rango veterano, grado superior (Color verde pálido)

20. Shōshichiige (正七位下) Séptimo rango veterano, grado inferior

21. Jushichiijō (従七位上) Séptimo rango subalterno, grado superior

22. Jushichiige (従七位下) Séptimo rango subalterno, grado inferior

23. Shōhachiijō (正八位上) Octavo rango veterano, grado superior (Color azul marino)

24. Shōhachiige (正八位下) Octavo rango veterano, grado inferior

25. Juhachiijō (従八位上) Octavo rango subalterno, grado superior

26. Juhachiige (従八位下) Octavo rango subalterno, grado inferior

27. Daishoijō (大初位上) Rango inicial mayor, grado superior (Color azul celeste)

28. Daishoige (大初位下) Rango inicial mayor, grado inferior

29. Shōshoijō (小初位上) Rango inicial menor, grado superior

30. Shōshoige (小初位下) Rango inicial menor, grado inferior

IV

LOS OCHO MINISTERIOS (Hasshō, 八省)

Los cuatro ministerios bajo el sabenkan (左弁官), el Consejo de Control de la Izquierda

1. Nakatsukasashō o Nakatsukasakyō (中務省,中務卿,中務權), Ministerio de Asuntos del Interior

Chūgūshiki (中宮識), Gabinete de la Emperatriz Consorte Ōtoneriryō (大舎人寮), Gabinete de los Servidores Imperiales Zushoryō (図書寮), Gabinete de Bibliotecas

Kuraryō (蔵寮), Gabinete de Almacenes de Palacio

Nuidonoryō (縫殿寮), Gabinete de Indumentaria y Damas de Compañía

On’yōryō (陰陽寮), Gabinete Imperial de Adivinaciones Gakōshi o edakumi no tsukasa (画工司), Gabinete de Pintura Naiyakushi (内薬司), Gabinete Médico de Palacio

Nairaishi (内礼司), Gabinete de Etiqueta

2. Shikibushō (式部省), Ministerio de Ceremonial (Ministerio de Ritos y Ceremonias)

Daigakuryō (大学寮), Gabinete de Educación

Toneriryō (舎人寮), Gabinete de Rangos Dispersos

3. Jibushō (治部省), Ministerio de Administración Civil Gagakuryō o Utaryō (雅楽寮), Gabinete de Música de la Corte Genbaryō (玄蕃寮), Gabinete de Budismo y Extranjería

Shoryōshi (諸陵司), Gabinete de Mausoleos

Sōgishi (葬儀司), Oficina de Ceremonias Fúnebres

4. Minbushō (民部省), Ministerio de Asuntos Populares

Shukeiryō o kazueryō (主計寮), Gabinete de Estadística

Shuzeiryō o chikararyō (主税寮), Gabinete de Tasación (Impuestos)

Los cuatro ministerios bajo el ubenkan (右弁官), el Consejo de Control de la Derecha

5. Hyōbushō (兵部省), Ministerio de la Guerra Heibashi (兵馬司), Gabinete de Caballos Militares Zōheishi (造兵司), Gabinete de Fabricación de Armas

Kusuishi o kosuishi (鼓吹司), Gabinete de Tambores y Metales

Shusenshi (主船司), Gabinete de Buques

Shuyōshi (主鷹司), Gabinete de Cetrería

6. Gyōbushō (刑部省), Ministerio de Justicia

Zōshokushi (増殖司), Gabinete de Multas, Contrabandismo y Objetos Perdidos

Shūgokushi o hitoya no tsukasa (囚獄司), Gabinete de Prisiones

7. Ōkurashō (大蔵省), Ministerio de Hacienda (del Tesoro)

Imono no tsukasa (典鋳司), Gabinete de Trabajos de Metal

Kamonryō o kamon no tsukasa (掃部寮), Gabinete de Quehaceres Domésticos

Nuribe no tsukasa (漆部司), Gabinete de Lacado

Nuibe no tsukasa o nuidono no tsukasa (縫部司), Gabinete de Guardarropía

Oribe no tsukasa (織部司), Gabinete de Tejidos

8. Kunaishō (宮内省), Ministerio de la Casa del Soberano Daizenshiki (大膳式), Gabinete de la Mesa de Palacio Mokuryō (木工寮), Gabinete de Carpintería

Ōiryō (大炊寮), Gabinete de la Cocina de Palacio

Tonomoryō o tonomoriryō (主殿寮), Gabinete de Equipos y de Mantenimiento de Palacio

Ten’yakuryō (典薬寮), Gabinete de Medicina

V

LOS NOMBRES JAPONESES

Los japoneses adoptaban diversos nombres a lo largo de su vida. En líneas generales se limitaban a los siguientes:

1) Azana (字), osana-na (幼名) o wara(n)be-na (童名)

2) Kemyō, karina (仮名), otoko no na (男の名) o eboshi-na (烏帽子名)

3) Karana (唐名)

4) Kan (菅)

5) Juryō (受領)

6) Nanori o jitsumyō (名乗り, 実名)

7) Dōgō o hōmyō (道号, 法名)

8) Okurina o zōkan (諡, 贈官)

9) Myōji (名字)

10) Uji (氏) o shō (姓)

El primero era el nombre infantil, que se ponía al pequeño cuando nacía y duraba hasta la mayoría de edad. Estos nombres se tomaban de algunos animales o cosas que para los japoneses eran auspiciosos o indicaban longevidad. Algunos eran simples y otros compuestos.

Entre los simples, estaban por ejemplo: Matsu (松, pino), Hyaku (百, cien), Tsuru (鶴, grulla), Sen (千, mil), Kame (亀, tortuga), Take (竹, bambú), Man (萬, diez mil), Tora (虎, tigre), Kiku (菊, crisantemo), etc.

Entre los compuestos, podemos citar: Matsujo (松女), Toragiku (虎菊),

Kamematsu (亀松), Chiyo (千代, mil generaciones), etc.

El segundo tipo de nombres se ponía al llegar a la mayoría de edad; esto es, cuando uno ceñía catana por primera vez, y se tocaba con un tipo de

bonete utilizado en las comedias y representaciones, llamado eboshi; de ahí uno de sus nombres (eboshi-na).

La tercera clase de nombres, el karana, hace referencia a la pronunciación china de los caracteres japoneses aplicada al nombre de los reinos. Así, por ejemplo, Yamato no kuni (大和の国), se diría en onyomi (pronunciación

china) Washū (和州). Esta forma de nombrar a las personas denotaba respeto.

El cuarto tipo es el nombre de la dignidad o el cargo de la casa real de los cien (de ahí su nombre, hyakkan, 百官) que estaban instituidos, aunque en la práctica eran más.

En cuanto a la quinta división, nos encontramos con los títulos que repartía el emperador, el sogún, etc., y que muchas veces eran meramente honoríficos y no llevaban aparejado el desempeño del cargo. Se llamaban kunizukasa (国司) o kuni no kami (国の守). Son los correspondientes a gobernador (kami, 守), vicegobernador (suke, 佑), etc., de uno de los 68 reinos: Hitachi no kami, Bizen no suke, etc.

El sexto era ya el nombre propio de cada persona hasta su muerte, y el que utilizaba para firmar en cartas y documentos y también en el campo de batalla. A modo de ejemplo, cabe citar los siguientes: Masamune, Masanari, Nobunaga, Hideyoshi, Ieyasu, etc.

En cuanto al séptimo tipo corresponde al de los bonzos, aquellos que se retiraban para llevar una vida contemplativa, y se rapaban la cabeza y la barba. Tenían su nombre verdadero, elegido por ellos, acompañado del de la dignidad u oficio que tuvieran asignado (saimin, 斎名).

La octava división hace referencia al nombre póstumo budista, en

especial, en el caso de los más altos cargos.

El noveno tipo era el apellido propio de la familia; podía ser el nombre de un lugar: Nagasaki-dono, Takayama-dono, Arima-dono, etc., el llamado zaimyō (在名), o el de un acontecimiento venturoso de una familia o el adoptado por algún motivo especial: Hara (原), Tawara (田原), Kinoshita (木下), Itō (伊藤)…

Por último, el décimo tipo era el de cuatro familias llamadas Uji, de donde descendían todos los nobles de Japón: Genji (源氏), Heiji (平氏), Fujiwara (藤原) y Tachibana (橘).

VI FECHAS

En Japón, los años se calculaban de dos formas: la primera tenía en cuenta la fundación del imperio, que se atribuye al emperador legendario Jinmu (kōki,皇紀); se obtiene sumando 660 al año del calendario gregoriano (el año 2014, por ejemplo, corresponde al 2674). La segunda y más habitual, se obtiene siguiendo un sistema de eras (nengō, 年号).

Según explica el portugués João Rodrigues en el Arte da Lingoa de

Iapam, de 1604: «las determina el Dairi (el emperador) cuando se corona o con alguna otra ocasión y buena estrella, los nombres de las cuales son inciertos y voluntarios y no tienen un plazo de años determinado; antes al contrario, en ocasiones se muda la era dos veces en el mismo año, mientras que otras duran algunos años conforme a lo que quiere el Dairi, el cual, a veces, confirma la era de un rey pasado que se continúa porque le parece buena» (Arte, f. 232 v).

Por otro lado, cada año se nombraba siguiendo la combinación de dos variantes: los doce animales del horóscopo chino (jūnishi) del Apéndice II, que se empleaban también para contar los días y las horas; y diez elementos diversificadores (jikkan) según la tabla siguiente (el primer carácter entre paréntesis corresponde a la pronunciación en japonés y el segundo, a la china):

Jūnishi (十二支)

子 (ne, shi)・丑 (ushi, chū)・寅 (tora, in)

卯 (u, bō)・辰 (tatsu, shin)・巳 (mi, shi)

午 (uma, go)・未 (hitsuji, bi)・申 (saru, shin)

酉 (tori, yū)・戌 (inu, jutsu)・亥 (i, gai)

Jikkan (十干)

甲 (kinoe, kō)・乙 (kinoto, otsu)・丙 (hinoe, hei)

丁 (hinoto, tei)・戊 (tsuchinoe, bo)・己 (tsuchinoto, ki)

庚 (kanoe, kō)・羊 (kanoto, shin)・壬 (mizunoejin)

癸 (mizunoto, ki)

Las combinaciones posibles son estas:

甲子 (kinoe-ne o kō-shi)

乙丑 (kinoto-ushi u otsu-chū)

内實 (hinoe-tora o hei-in)

丁卯 (hinoto-u o tei-bō)

戊辰 (tsuchinoe-tatsu o bo-shin)

己巳 (tsuchinoto-mi o ki-shi)

庚午 (kanoe-uma o kō-go)

辛未 (kanoto-hitsuji o shin-bi)壬申 (mizunoe-saru o jin-shin)癸酉 (mizunotodori o ki-yū) 甲戌 (kinoe-inu o kō-jutsu)

乙亥 (kinoto-i u otsu-gai)

A continuación, el tercer signo de los jikkan se combina con el primero de los jūnishi y así sucesivamente hasta que, completado un ciclo de 60 meses, se vuelve a repetir el inicial, según la tabla siguiente:

Por lo que respecta a los meses, los japoneses utilizaron el calendario lunar (getsureki, 月歴) hasta el 1 de enero de 1873, cuando adoptaron el gregoriano o solar.

Hasta esa fecha, los meses no corresponden a nuestro enero, febrero, etc., sino que se nombraban «primer mes» (o primera luna), «segundo mes» (o luna), etcétera, y para hallar el equivalente a los nuestros, hay que sumar un mes y medio aproximadamente a los de Japón. Las estaciones se dividían así:

Shōgatsu, nigatsu y sangatsu (primavera); shigatsu, gogatsu y rokugatsu (verano), shichigatsu, hachigatsu y kugatsu (otoño); y por último, jūgatsu, jūichigatsu y jūnigatsu (invierno). Esto significa que el primer mes del año coincidía con el inicio de la primavera.

En resumen, por poner un ejemplo de fecha completa del antiguo calendario japonés y su equivalencia en el occidental o solar, he elegido la del suicidio de Okitsu Yagoemon, según la segunda versión:

正保四年丁亥十二月二日

Shōhō yonen hinoto-i jūnigatsu jutsuka, es decir, el 27 de diciembre de 1647.

GLOSARIO

Banshi: miembro de la unidad de guardia.

Bu: 1,515 centímetros.

Cho: equivale a 10,09 metros.

Chigaidana: aparador cuyas tablas están en diferente nivel.

Daimio: antiguos señores feudales de Japón. Para alcanzar ese rango había que tener una renta de al menos diez mil kokus.

Haori: prenda de vestir amplia y corta que se utiliza sobre el quimono.

Hatamoto: feudatario directo del sogún.

Junshi: acto de seguir al señor en la muerte.

Kaishakunin: compañero o ayudante que cortaba la cabeza a quien se inmolaba mediante suicidio ritual, es decir, cortándose el vientre.

Kamishimo: literalmente «arriba y abajo». Prenda que consta de dos piezas. La inferior, llamada hakama, es una especie de falda pantalón que se ata en la cintura. La superior, kataginu, es similar a un chaleco, con unas hombreras exageradas hechas con barba de ballena. El kamishimo podía ser largo, en cuyo caso se llamaba nagagamishimo, o corto, hangamishimo. El primero, de etiqueta, estaba reservado para los cargos importantes (daimios, la nobleza), y el segundo, de uso diario, era para la gente común.

Kan: moneda en uso durante los periodos Edo (1603-1868) y Meiji (1868- 1912). Tenía un orificio central por el que se pasaba un cordel para ir

acumulándolas.

Koku: medida de capacidad. Se consideraba la cantidad de arroz necesaria para alimentar a una persona durante un año y equivalía a 180,3 litros, unos 150 kilos de arroz.

Rōnin: «hombre errante», samurái sin señor al que servir.

Ryō: moneda antigua equivalente a 60 monme o 100 sen. Fue sustituida por el yen en 1870.

Seppuku: suicidio ritual.

Shaku: 30,3 centímetros.

Sogún: gobernante militar de Japón que regía los destinos de la nación en nombre del emperador.

Sun: 3,03 centímetros.

Tatami: estera de paja que cubre el suelo de la vivienda tradicional japonesa.

Tōkaidō: literalmente, «el camino del mar del Este». Ruta que conectaba Edo con Kioto y que transcurría a lo largo de la costa del mar del este de Honshū.

Tokonoma: espacio sagrado de una casa japonesa donde se suele poner algún rollo colgante o colocar una flor de la estación.

Yamabushi: religioso budista que vivía en las montañas dedicado a ejercicios piadosos y de penitencia.

Yashiki: mansiones o residencias de los daimios en la capital, Edo, en la cual tenían la obligación de residir con su séquito por un periodo de doce meses en años alternos (sankin kōtai).

Ōgai Mori (1868-1912). Rintaro Mori, conocido por su pseudónimo de Ōgai Mori, es uno de los ilustrados más significativos de la era Meiji. Como otros muchos jóvenes de esta época de transición drástica desde el régimen feudal de Tokio (antiguo Edo) a un Estado moderno, tuvo una educación marcadamente europeizante. Gran intelectual, serio y dotado de un talento literario extraordinario, fue médico, general, filólogo alemán, traductor, crítico, historiador y novelista.

A los 22 años se traslada a Alemania con una beca. Durante su estancia de cuatro años descubre a autores como Lessing, Schiller, Goethe, Hoffmann, Wagner, Shakespeare, Calderón, Rousseau o Turgenev. A su regreso a Tokio comienza a escribir artículos en revistas científicas y textos de crítica literaria en los que aboga por la necesidad de ideales espirituales y emocionales en las creaciones literarias (es el gikobuntai o estilo pseudoclásico) frente a la tendencia realista y naturalista dominante.

Como escritor pasó por cuatro etapas. De la primera (época romántica) son sus cuentos cortos, como La bailadora o El espejismo; la segunda etapa comienza en 1909, después de su participación en las guerras contra China y Rusia. Es entonces cuando escribe Vita sexualis y otras obras de ficción en su mayoría basadas en sus propias experiencias; de la tercera, inspirada en hechos reales de la historia japonesa, son El clan Abe, Oshio Heihachiro,

Sanshō Dayū y Takase-bune entre otras, y la cuarta etapa (hasta su muerte) en la que escribe biografías de doctores en medicina china del periodo Edo.

Notas

[1] Más sobre la comparación entre estos dos hombres, contemporáneos pero que no se trataron, a pesar hasta de haber vivido en la misma casa y de otras coincidencias, en el meticuloso artículo de Yamazaki Kazuhide «Mori Ōgai to Natsume Sōseki» (Kokubungaku kaishaku to kanshō, noviembre, 1992, págs. 41-47) y en «The Metamorphosis of Disguise: Ibsen, Sōseki, and Ōgai» (Currents in Japanese Culture, ed. de Amy V. Heinrich, Nueva York, Columbia U. Press, 1997 [págs. 253-262]), de J. Thomas Rimer. <<

[2] Un repaso a las asimetrías que jalonan la vida de Mori Ōgai, en «Science, History and Culture in the Late Meiji Period: Mori Rintarō’s Experiments», de Thomas LaMarre (New Directions in the Study of Meiji Japan, ed. de H. Hardacre y A. L. Kern, Leiden - Nueva York - Köln, Brill, 1997, págs. 45-59).

<<

[3] La pérdida de la bandera no parece haber sido la única causa de los remordimientos de Nogi. Se consideraba responsable, además, de numerosas bajas al ordenar precipitadamente atacar Port Arthur en la guerra ruso- japonesa (1905), un yerro que no le había costado el puesto merced a la intervención personal del emperador. <<

[4] Donald Keene, Modern Japanese Diarists (Nueva York, Columbia U. Press, 1998), págs. 189-212. <<

[5] Richard Bowring, Mori Ōgai and the modernization of Japanese Culture

(Cambridge, Cambridge U. Press, 1979), pág. 11. <<

[6] Bowring, obra citada, pág. 19. <<

[7] Mori Ogai, En construcción (ed. de A. Sato, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2003, págs. 140-141). <<

[8] El debate, que alcanzó su punto álgido en 1891, fue con el ensayista Tsubouchi Shōyō (1859-1935), autor de «La esencia de la novela», el cual proponía un arte de la novela de inspiración victoriana capaz de apelar al sentido moral del lector mediante la descripción artística de la «verdad» de la realidad. Ogai, más bien, defendía una separación clara entre arte, verdad y moralidad. El debate, que comenzó cuando nuestro autor criticó a Shōyō por el sistema con el que clasificaba prosa y poesía, es conocido en la historia de la literatura japonesa como botsurisō o debate de «ideas sumergidas». <<

[9] Una anécdota que narra el encuentro entre los dos literatos y que ilustra esta admiración, en la Introducción a Una extraña historia al este del río (Gijón, Satori, 2012). <<

[10] Solo la primera está traducida al español (trad. de Y. Ogihara y F. Cordobés, Madrid, Impedimenta, 2011). <<

[11] Más sobre la novela personalista en la Introducción a El precepto roto, de Shimazaki Tōson, en esta misma colección, y en Claves y textos de la literatura japonesa (Madrid, Cátedra, 2007, págs. 278-282). <<

[12] Otras referencias probables a esta mujer en el relato «En construcción» (obra citada bajo el mismo título, En construcción, págs. 127-134), donde tiene lugar la escena memorable en la que, frente al deseo de besar en público de la joven extranjera, el japonés Watanabe, trasunto del autor, replica con un frío «Estamos en Japón». En realidad, Ogai parece que hasta se negó a recibir a Ellis —así es conocida—, cuyas ilusiones de enamorada la familia del joven autor frustró dándole a entender que el «hijo mayor» estaba comprometido.

¿Pervivió este amor en el corazón del escritor? El misterio que envuelve este episodio de su vida es tal vez la mejor novela que nuestro autor nos pudo haber legado. Más información en Bowring, The Modernization, ob. cit., págs. 49 y ss. <<

[13] Bowring, obra cit., pág. 59. <<

[14] Vita sexualis (trad. de F. Rodríguez-Izquierdo, Madrid, Trotta, 2001). <<

[15] El ganso salvaje (trad. de L. Porta, Barcelona, Acantilado, 2009). <<

[16] Los dos últimos publicados en español en la editorial Hiperión bajo los títulos, respectivamente, de Poeta de la pasión y Un puñado de arena (versiones de J. M. Bermejo y T. Herrero, y de A. Cabezas). <<

[17] Algunos de los relatos mencionados aparecen en la versión ya citada de Buenos Aires, En construcción. El último, traducido como «Copitas» en esta edición, mantiene su nombre original de «Sakazuki» en la traducción de la editorial Contraseña, que incluye otras seis historias de Ogai, todas, excepto esta, escritas con posterioridad a la segunda fase del autor, bajo el título de El intendente Sansho (trad. E. Gallego, Zaragoza, Contraseña, 2011), en cuya introducción se pueden hallar más noticias sobre el autor. <<

[18] Sin embargo, Ogai estuvo asociado a una posición política moderada a través, sobre todo, de su asociación con su protector Yamagata Aritomo (1838-1922), el cual, especialmente después de la Primera Guerra Mundial, adoptó una política totalmente conservadora y reaccionaria ante la posible infiltración del socialismo en Japón. <<

[19] En construcción, obra cit., pág. 87. <<

[20] La relación entre la historia «Como si…» y las consecuencias del suicidio del general Nogi se acentúa si aceptamos la tesis de que el alter ego del padre de Hidemaro de dicha historia, el «superior» al que el mismo Ogai alude en una referencia sobre la génesis de este relato en una carta escrita en 1918, es el general Nogi. La teoría la avanzó Hirakawa Sukehiro, en «Nogi shōgun to Mori Ōgai» de Chūō Kōron: Rekishi to Jinbutsu, 30 (febrero 1974) y la comenta R. Bowring, ob. cit., pág. 189. <<

[21] El primero de los mencionados fue llevado con éxito al cine por Kenji Mizoguchi en 1954 bajo idéntico título, el mismo de la edición citada de Contraseña, donde se reúne el ramillete de todos estos relatos líricos, además de «La historia de Iori y Run», que puede adscribirse al grupo de los protagonizados por samuráis, y del mencionado «Sakazuki» o «La copa de sake», perteneciente a la segunda fase del autor. <<

[22] Una traducción inglesa fragmentada pero absorbente, con énfasis en la esposa del biografiado, la ofrece Edwin McClellan en su Woman in the Crested Kimono. The Life of Shibue Io and Her Family Drawn from Mori Ogai’s ʻShibue Chusaiʼ (New Haven, Yale U. Press, 1985). <<

[23] Esta frase es eliminada en la segunda versión de este relato, lo cual permite deducir que Ogai, que sin duda conocía que la prohibición de junshi se promulgó en 1663, deseaba asociar ficcionalmente la violación de una prohibición a la decisión de cometer junshi del protagonista de la primera versión. <<

[24] El haraquiri, hermano menor del junshi, no es, en efecto, cosa del pasado. El escritor Yukio Mishima lo escenificó en 1970; en 2001, el yudoca Inokuma Isao lo utilizó a sus sesenta y tres años; en 2007, el ministro Matsuoka Toshikatsu se suicidó como gesto de responsabilidad ante un escándalo financiero. Al conocer esta noticia, el primer ministro Abe Shinzo describió a este miembro de su gabinete como «un verdadero samurái» que había sabido conservar su honor. <<

[25] Bowring, obra cit., pág. 253. <<

[26] El monte Funaoka estaba en el reino de Yamashiro, la actual Kioto. <<

[27] A finales de año era cuando se saldaban todas las deudas. <<

[28] Lugar sagrado de las casas japonesas donde se suele poner algún rollo colgante o colocar una flor de la estación. <<

[29] Hosokawa Tadaoki (1563-1645) fue un general de la época llamada Azuchi Momoyama que, ya a los quince años, colaboró con Oda Nobunaga. Fue señor del castillo de Miyatsu, en Tango y, tras la batalla de Sekigahara, pasó a Kokura, en Buzen. En 1619 tomó los hábitos con el nombre de Sōryū Sansai y al morir se le asignó el nombre Shōkōji. Fue un gran aficionado a la composición de poemas waka y a las costumbres antiguas, amén de a la ceremonia del té, que aprendió directamente del famoso maestro Sen no Rikyū (1520-1591), llegando a ser uno de sus siete grandes discípulos. Escribió un tratado sobre el té titulado Hosokawa Sansai chasho. <<

[30] Hosokawa Tadatoshi (1586-1641) tenía entonces 56 años. Tercer hijo de Hosokawa Tadaoki, hasta 1622 fue señor del reino de Higo. Myōge Inden es el nombre póstumo. <<

[31] Hosokawa Mitsuhisa (1619-1641) fue el primogénito de Hosokawa Tadatoshi. <<

[32] Según algunas fuentes, este incidente no sucedió en el quinto mes, sino en el tercero de Kan’ei. <<

[33] Desde el siglo VII hasta 1832, Champa (o Anam) fue un reino hindú situado en lo que actualmente es el centro de Vietnam. <<

[34] El calambac (Aquilaria agallocha, Roxb.) es un árbol del Extremo Oriente. Su madera olorosa, el palo áloe, es la más codiciada y la más cara, alcanzando un precio que actualmente puede quintuplicar el del oro. <<

[35] El cargo en japonés corresponde a gonchūnagon y el personaje no es otro que el insigne Date Masamune (1567-1636), nacido Tojirō, daimio que, pese a su minusvalía (solo tenía un ojo), en 1607 pasó a controlar el reino de Mutsu, en el noreste de Japón. Por cierto, a su muerte, dieciséis de sus vasallos directos y cinco samuráis cometieron junshi. A estos se sumaron tres niños y dos hombres que habían actuado como verdugos. <<

[36] Es un juego de palabras con la homofonía de los nombres de las dos familias: Date, que significa «ostentación», y Hosokawa, «río angosto o riachuelo». El original japonés dice lo siguiente: Date-ke no date o zōchō itasu tame, motoki o yuzurisotewa, Hosokawa-ke no nagare o kegasu koto to ainarika to mōsu soro. Al pie de la letra, podría traducirse así: «Si le cedemos el tronco a la familia Date podríamos aumentar su ostentación y contribuir a mancillar la corriente de los Hosokawa». <<

[37] Entre siete y ocho metros cuadrados; una medida estándar en Japón para las casas de té tradicionales. <<

[38] Taishō Inden o Yūsai es Hosokawa Fujitaka, padre de Hosokawa Tadaoki. Fue un daimio especialmente dotado para la poesía. <<

[39] Gamō Ujisato (1556-1595) colaboró con Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi. Fue un estudioso de la poesía encadenada renga y del arte del té.

<<

[40] El castillo de Kitsuki, de pequeñas dimensiones, está ubicado en la prefectura meridional de Oita. <<

[41] Hatsune significa «el primer canto primaveral del ruiseñor». Era costumbre en Japón poner nombres a las maderas olorosas que destacaban por su aroma extraordinario. Los poemas que figuran a continuación se denominan en japonés waka o tanka. Están compuestos por cinco versos, pentasílabos el primero y el tercero, y heptasílabos los demás (5-7-5-7-7). <<

[42] Kiku tabi ni/mezurashikereba/Hototogisu/Itsumo hatsune no/kokochi koso sure. Poema que aparece en Kin’yō wakashū, Colección de wakas de hojas doradas, una antología imperial compilada entre 1124 y 1127, a finales del periodo Heian. Este poema, en concreto, se debe a Yōen (1048-1125) y figura en el número 116. <<

[43] Es decir, «crisantemo blanco». Aparece en Waka Ichiji Shō, de 1023, compilado por Kiyosuke Fujiwara (1104-1177). <<

[44] Tagui ari/to tare ka wa iwamu/sue niou/aki yori nochi no/shiragiku no hana. Este poema figura en el número 1007 de la antología citada. La autoría es de Yukimune. <<

[45] Durante este año, los Hosokawa fueron trasladados de Buzen-Bungo a Higo. <<

[46] En 1637 tuvo lugar una rebelión de grandes proporciones en Amakusa, ciudad de la isla meridional de Kiushu. Desde 1605, una gran carestía asolaba esa zona. Pese a ello, el señor feudal de Amakusa, Terazawa, y el señor del castillo de Shimabara, Matsukura Shigemasa, impusieron grandes cargas tributarias a los agricultores. Dado que en Amakusa había un daimio cristiano, Arima Harunobu, al frente del gobierno de la ciudad desde hacía más de 30 años, la práctica totalidad de los habitantes se había convertido a su religión. La rebelión se gestó cuando el citado Matsukura Shigemasa intensificó su persecución contra los cristianos en 1616 y culminó en octubre de 1637, una vez que los agricultores se levantaron en armas. Los días 11 y 12 de abril de 1638, el sogunato reprimió la insurrección de más de 20 000 rebeldes, que habían estado luchando bajo el mando de Amakusa Shirō Tokisada (ver nota 48). Así se puso fin a este alzamiento y los Tokugawa consiguieron extender sus tentáculos por todo el país. Hubo numerosas víctimas mortales en ambos bandos (más de 8000 solo en las filas del Gobierno). A lo largo del libro, este episodio aparece profusamente. <<

[47] Feudatario directo del sogún. <<

[48] Amakusa Shirō Tokisada (1621-1638), joven cristiano y líder insurgente de más de 20 000 cristianos en el invierno de 1637. Cuando el castillo de Hara, en Shimabara, reino de Hizen, cayó en el segundo mes de 1638, las fuerzas de Hosokawa Tadatoshi se encontraban en la vanguardia del ataque y se llevaron la cabeza de Amakusa. Puesto que esta victoria eliminó el último obstáculo a su hegemonía en todo Japón, la casa Tokugawa consideró a la de Hosokawa en la máxima estima, como se indica en la historia. <<

[49] Lo cierto es que Date Masamune murió en Edo (actual Tokio) y no en Sendai. <<

[50] O también shibafune que, literalmente, significa «barco de leña». <<

[51] Yo no naka no/uki o mi ni tsumu/Shibabune ya/takanu saki yori/kogare yukuran. Aparece en la obra de teatro noh llamada Kanehira, aunque con una ligera variación. <<

[52] Rokumaru se convertiría en el daimio Mitsuhisa (1619-1649). <<

[53] Okinagusa, que significa «flor de Pascua», es una obra escrita por Kanzawa Tokō (1710-1795). Los primeros 100 capítulos se compilaron en 1772. En 1905 se añadieron otros 100. Narra leyendas, hazañas y demás desde la época Kamakura (1192-1336) hasta Edo (1603-1868). <<

[54] El Tokugawa Jikki o «Crónica de los Tokugawa» está compuesto por 516 capítulos. <<

[55] El Dai Nihon Yashi o simplemente Yashi lo escribió Iida Tadahiko en 1852. <<

[56] El Zoku Kokushi Taikei es una colección de 200 zuihitsu (ensayos misceláneos) escritos por Kamizawa Teikan (1710-1795). <<

[57] Se refiere a Hosokawa Tadatoshi, como se indica en la nota 30. <<

[58] Imagawa Yoshimoto (1519-1560) fue gobernador de los reinos de Suruga, Tōtōmi y Mikawa. <<

[59] Akamatsu Hirohisa era el señor del castillo de Koshio. <<

[60] El koku era una unidad de volumen. Se consideraba la cantidad de arroz necesaria para alimentar a una persona durante un año y equivalía a 180,3 litros, unos 150 kilos de arroz. <<

[61] Shōkōji Sansai Tadaoki (1563-1645). <<

[62] Es decir, Tokugawa Ieyasu (1543-1616). <<

[63] Taishōin Yūsai Fujitaka (1534-1610). <<

[64] Manhime (1598-1644) era la cuarta hija de Tadaoki. <<

[65] En la primera versión dice que tenía treinta años. <<

[66] Aparador cuyas tablas están en diferente nivel. <<

[67] Error por Okitsu. <<

[68] El castillo de Yatsushiro, en el reino de Kumamoto, estuvo en uso entre 1619 y 1870. <<

[69] Tatsutaka (1615-1645). <<

[70] Según se cuenta más adelante en La familia Abe. <<

[71] Lo que en japonés se conoce como yamabushi, es decir, un religioso budista que vive en las montañas dedicado a ejercicios piadosos y de penitencia. <<

[72] Este blasón, que es el de la familia Hosokawa, recibe el nombre de kuyō. Está compuesto por nueve círculos (ocho pequeños alrededor de uno grande en el centro) que representan los nueve astros, con el Sol en medio. <<

[73] Cerca de media liga; es decir, unos dos kilómetros. Un chō equivale a 10,09 metros. <<

[74] Error. Evidentemente, debe decir Shōhō en vez de Shōtoku. <<

[75] Como cuando se traza el carácter del número 3: 三, que corresponde al sinograma inicial de su señor Sansai (三斎). Lo normal al practicar el suicidio ritual era hacer una especie de cruz empezando por un corte horizontal (十), como si fuera el número 10 en japonés. <<

[76] Hirui naki/na o ba kumoi ni/Ageokitsu/Yagoe o kakete/oibara o kiru. Juego de palabras, intraducible, con la homofonía de Okitsu Yagoemon. Utiliza ageokitsu, que significa «elevar», y yagoe, literalmente «grito de flecha», ya que se emitía al lanzar una flecha con el arco o al hacer un esfuerzo; también puede verterse por un «grito ronco». Kumoi puede significar «cielo» y también, por extensión, la corte imperial. <<

[77] El tiro al perro, llamado en japonés inuoumono. Un deporte marcial que estuvo de moda durante los periodos Kamakura (1185-1333) y Muromachi (1333-1568). En un terreno cercado se delineaba un círculo grande, donde se situaban los arqueros ecuestres, y dentro de él, otro más pequeño, en el que se soltaban los perros. Los jinetes disparaban flechas con la punta de madera vaciada por dentro y en la que se hacía una serie de agujeros para no dañar a los animales. Esas flechas se llamaban hikime que, literalmente, significa

«ojos de rana». <<

[78] Banshi era un miembro de la unidad de guardia. <<

[79] Error. Debe decir «el decimocuarto año de Kan’ei [1637]». La era Kansei comprende los años 1789 a 1800. <<

[80] Literalmente, «el camino del mar del Este». <<

[81] El ryō era una moneda antigua equivalente a 60 monme o 100 sen. <<

[82] La Unidad Media de Pajes era un cuerpo de seguridad que formaba parte de la comitiva encargada de proteger al señor cuando salía (en japonés, chūkoshōgumi). <<

[83] Munetaka (1718-1747) fue el cuarto hijo de Nobunori. <<

[84] En el árbol genealógico se da el nombre de Shirōemon. <<

[85] Ver la nota 30. <<

[86] Antiguo señor feudal. Para alcanzar ese rango había que tener una renta de al menos diez mil kokus. En la época que nos ocupa había cerca de 270 daimios, de los cuales solo siete gobernaban territorios evaluados en más de 500 000 kokus anuales. Entre sus obligaciones, tenían que trasladarse a Edo (la actual Tokio) en años alternos, lo que se conoce como sankin kōtai o turnos rotatorios, un sistema de control establecido en torno a 1635 por el sogunato Tokugawa, que estuvo en vigor hasta 1862. Esto los convertía de hecho en «rehenes» del sogún, ya que tenían que disponer de yashiki (residencias) en la capital, donde permanecían las mujeres y los hijos. Generalmente, los señores feudales estaban un año en Edo acompañados de un séquito de entre 150 y 300 personas. Esto suponía un gasto de entre el 70 % y el 80 % de sus ingresos. <<

[87] Tokugawa Iemitsu (1604-1651). Durante su mandato, entre 1623 y 1651, se perfeccionó el sistema burocrático, jurídico y militar del sogunato. <<

[88] Matsudaira Nobutsuna, gobernador de Izu (1596-1662), Abe Tadaaki (1602-1675), gobernador de Bungo, y Abe Shigetsugu (1598-1615), gobernador de Tsushima, eran los miembros del consejo de ancianos del sogunato (rōjū). <<

[89] Corresponde a la franja horaria entre las 3 y las 5 de la tarde. Normalmente, a efectos de traducción, se considera el término medio, es decir, las cuatro de la tarde (ver Apéndice II). <<

[90] O-sen no kata (1597-1649). <<

[91] Ogasawara Hidemasa (1569-1615). <<

[92] El sinograma mitsu (光) significa «luz». <<

[93] Puesto que nació en 1619, en 1641 debía de tener 22 años, no 17. <<

[94] Tsuruchiyo (1635-1685), Taien (1588-1653) fue el 39.º abad del Myōshinji, Matsunosuke (1637-1680), Katsuchiyo (1641-1703), Fujihime

(1634-1698), Matsudaira Tadahiro (1631-1700), Takehime (1637-1694), Gyōbu Okitaka (1617-1679), Nagaoka Shikibu Yoriyuki (1617-1666), Tarahime (1588-1614), Inaba Kazumichi (1587-1641), Nenehime (1620-

1636). <<

[95] Sansai Sōryū era el nombre budista de Hosokawa Tadaoki (1563-1645) cuando se retiró del mundo. <<

[96] La puerta exterior de la esquina suroccidental del castillo de Kumamoto.

<<

[97] Keishitsu (1597-1666). <<

[98] Takuan (1573-1645). <<

[99] Las pollas de agua (en japonés, ban; Gallinula chloropus) son aves gruiformes con plumaje de color negro en la parte superior y grisáceo por el pecho y el vientre. Tienen una longitud total de unos 30 centímetros y viven en lagos, estanques, marismas y arrozales. <<

[100] Junshi es el acto de seguir al señor en la muerte. <<

[101] El Festival de los Niños se celebra el 5 de mayo. Antiguamente se adornaban los aleros de las casas con cálamos olorosos. <<

[102] El Sanzu o Río de los Tres Vados, cada uno de los cuales es más hondo, lo cruzan las almas de los difuntos el séptimo día después de la muerte. <<

[103] Siddharta Gautama, también llamado Buda y Sakyamuni, fue el fundador del budismo. <<

[104] Naitō Chōjūrō Mototsugu (1625-1641). <<

[105] Los dos caracteres de Fuji (不ー) significan: «sin par», «sin igual»,

«ausencia de dualidad». <<

[106] Los dioses sintoístas se llaman kami (神) en japonés y los budistas, hotoke (仏). «Camis y fotoques» decían los misioneros ibéricos en las cartas y documentos que se intercambiaron durante los siglos XVI y XVII. <<

[107] El kaishakunin era el compañero o ayudante que le cortaba la cabeza; en definitiva, el ejecutor de la decapitación, dado que es muy difícil morirse enseguida cortándose el vientre. <<

[108] Katō Yoshiaki (1563-1631), un famoso general de Toyotomi Hideyoshi en el periodo Azuchi-Momoyama. Luego sirvió a Tokugawa Ieyasu. <<

[109] En 1592. <<

[110] Gotō Mototsugu (1560-1615) sirvió primero a la casa Kuroda, luego se independizó y luchó al lado de Hideyoshi en el asedio al castillo de Osaka en 1615, donde murió en combate. <<

[111] Katō Kiyomasa (1559-1611) fue un vasallo de Hideyoshi. Luego fue nombrado señor del castillo de Kumamoto. <<

[112] Katō Tadahiro (1598-1653), hijo de Kiyomasa, un aliado de Hideyoshi, fue hecho señor del castillo de Kumamoto en 1600. <<

[113] Esto es, se hicieron rōnin (al pie de la letra, «hombre errante»), que significa que dejaron de depender de un señor para pasar a independizarse. En el Japón de los Tokugawa, muchos de estos guerreros se quedaron sin amo a quien servir debido a que el sistema establecido obligó a los cerca de 200 feudos a prescindir de muchos de ellos. <<

[114] El probador de comida, salva, predegustador o maestro de sala (del latín praegustator) era el criado probador de la comida y la bebida. En español tenemos la expresión «hacer la salva», que significa «probar la comida». <<

[115] Esta prenda de vestir consiste en un quimono corto que se lleva sobre las demás prendas. <<

[116] El O-Kiku monogatari, «El relato de O-Kiku», escrito en 1615, es una historia que describe la vida de una muchacha de 20 años dentro de la fortificación en el momento del asedio al castillo de Osaka. Después se añadió al O-An monogatari y se publicó en 1637. <<

[117] Dejarse la capucha puesta era una señal de máxima confianza. <<

[118] Ver nota 113. <<

[119] Error, debe decir trescientos. <<

[120] El seppuku es el acto de abrirse el vientre, un ceremonial de autoinmolación más conocido en Occidente por el nombre de «haraquiri». <<

[121] El kamishimo, literalmente «arriba y abajo», era una prenda que se llevaba sobre el kosode. Constaba de dos piezas. La inferior se llamaba hakama y era una especie de falda pantalón que se ataba en la cintura («calzones o zaragüelles», dice el Vocabulario de Japón, escrito por Jacinto Esquivel en 1630). La superior, kataginu, era una especie de chaleco con unas hombreras exageradas hechas con barba de ballena. El de cáñamo o lino era el que se usaba en las ceremonias. El kamishimo podía ser largo, en cuyo caso se llamaba nagagamishimo, o corto, hangamishimo. El primero, de etiqueta, estaba reservado para los cargos importantes (daimios, la nobleza), mientras que el segundo, de uso diario, era para la gente común y la nobleza baja. <<

[122] Lo que se conoce en japonés con el nombre de kozuka, una cuchilla que se llevaba en la vaina del sable pequeño. <<

[123] La daga o sable pequeño era el wakizashi. <<

[124] Ten’yū (?-1600), hijo de un mercader que se convertiría en uno de los generales de más alto rango de Toyotomi Hideyoshi. Junto con Katō Kiyomasa sofocó la rebelión de Higo en 1587 y, como recompensa, fue nombrado señor de la mitad de ese reino. Después fue derrotado y decapitado en la batalla de Sekigahara en 1600. <<

[125] En japonés, sobamonogashira. <<

[126] Los cerramientos de las casas constan de shōji y fusuma, es decir, puertas correderas enrejadas con papel para separar estancias o cubrir armarios empotrados. <<

[127] Hosokawa Takakuni (1484-1531), Shimamura Danjō Takanori (?-1531).

<<

[128] En 1585. <<

[129] Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), el Taicosama o príncipe, como lo llamaban los españoles y portugueses a partir de 1591, fue un reconocido daimio que llegó a ser uno de los tres unificadores de Japón, siendo los otros dos Oda Nobunaga y Tokugawa Ieyasu. Fue el jefe supremo del Gobierno nipón entre 1585 y 1598. Aunque el micado (soberano celeste o emperador) le dio el cargo de kanpaku o regente, debido a su origen humilde no pudo ser nombrado sogún. A su muerte le sucedió su hijo Hideyori pero, debido a su corta edad, instituyó un régimen provisional de gobierno formado por cuatro gobernadores, el más importante de los cuales era Tokugawa Ieyasu, señor de Kantō, con quien empezó la dinastía de los Tokugawa. <<

[130] Es lo que se conoce con el nombre de jinbaori. <<

[131] Palacio que estaba situado en la actual Seúl. <<

[132] En 1600. <<

[133] Portador de sandalias o zōritori. Este es el puesto que desempeñó en sus comienzos Toyotomi Hideyoshi cuando servía a Oda Nobunaga. <<

[134] Es decir, el que llevaba la lanza de su señor o yarimochi. <<

[135] Tachibana Muneshige (1569-1642) fue un guerrero que primero sirvió a Hideyoshi y luego a Ieyasu en el asedio al castillo de Osaka en 1615 y, por fin, a Iemitsu en el asedio al castillo de Hara, en Shimabara, en 1638, como se cuenta en la historia. <<

[136] Parece que Ōgai confundió este nombre por el de Kanemoto, el maestro de sexta generación de los Seki, una famosa familia de espaderos de Akasaka, en Mino, durante el periodo Muromachi. <<

[137] Es decir, unos 55 centímetros, ya que un shaku equivale a 30,3 cm y 1

sun son 3,03 cm. <<

[138] Ver nota 41. <<

[139] Masamori (正盛) era una famosa marca de espadas creadas en el reino de Higo entre 1510 y 1520. La medida es equivalente a 74 centímetros. Un bu mide 1,515 cm. <<

[140] Gamō Katahide (1524-1584) era un valiente guerrero que sirvió a Oda Nobunaga. <<

[141] El 21 de octubre de 1600. <<

[142] Yoichirō Tadataka (1580-1646). <<

[143] En japonés, nyūdō o monjes budistas seglares. La palabra significa

«camino de entrada». <<

[144] Hankyū era un arco pequeño, por contraposición a daikyū. <<

[145] Entre 70 y 90 centímetros. <<

[146] Sobre las dos de la tarde. Ver Apéndice «El cómputo del tiempo». <<

[147] Es decir, unos 109 metros. <<

[148] Shinmen Miyamoto Musashi (1584-1645) fue un legendario espadachín llamado al servicio de Hosokawa Tadatoshi en 1640. En 1643 escribió el celebérrimo El libro de los cinco anillos (Gorin no sho), un tratado sobre la estrategia militar en Japón ampliamente traducido al español. <<

[149] De esta forma, el muchacho se casaría con la hija y el apellido de la familia no se extinguiría. <<

[150] Las eras Genki y Tenshō abarcan los años entre 1570 y 1592. En esa época estuvieron activos Nobunaga y Hideyoshi. <<

[151] El arresto domiciliario o heimon era uno de los castigos del periodo Edo consistente en confinar a guerreros o bonzos en su vivienda cerrando puertas y ventanas. <<

[152] El original lo nombra como Hōtaikō, uno de los títulos honoríficos que adquirió Toyotomi Hideyoshi cuando renunció al cargo de regente o kanpaku al cedérselo a su hijo Hidetsugu en 1591. <<

[153] Sō Yoshitoshi (1568-1615). Daimio que durante la batalla de Sekigahara luchó en el bando de Ieyasu contra el gobernador Ishida Mitsunari, leal vasallo de los Toyotomi, por lo que, tras la victoria, fue nombrado fudai daimyo, o sea, uno de los 176 señores feudales que se reconocieron vasallos de Ieyasu antes de la citada contienda bélica. El clan de los Sō dominaba la isla de Tsushima, situada entre la isla de Kiushu y la península de Corea. Uno de sus miembros, Sadamori, había firmado dos tratos comerciales con Corea en 1443 y posteriormente el clan fue el encargado de conceder permisos a los barcos comerciales que operaban entre los dos países. <<

[154] La comitiva llegó a Kioto el 27 del duodécimo mes. <<

[155] En realidad, solo Song Un era monje. <<

[156] La actual ciudad de Shizuoka. Ieyasu dejó el cargo de sogún el cuarto mes del décimo año de Keichō (1599), aunque siguió ejerciendo su influencia.

<<

[157] Las once de la mañana. <<

[158] Honda Kōzuke no suke Masazumi (1566-1637), uno de los más cercanos vasallos de Ieyasu, fue desposeído de sus dominios al violar el tratado de paz al final de la campaña de invierno de Osaka (en 1614). <<

[159] Yi Yeon (1567-1608). <<

[160] Este saludo formal consistía en hacer una reverencia, incorporarse, hacer otra reverencia con un cetro y terminar con media inclinación. <<

[161] En esos momentos, el castillo de Sunpu estaba siendo sometido a importantes reformas, así que no se podían hacer grandes dispendios. <<

[162] El kan era una moneda que estuvo en uso entre los periodos Edo (1603- 1868) y Meiji (1868-1912). Tenía un orificio en medio por el que se pasaba un cordel para ir ensartándolas. <<

[163] El citado castillo se terminó de construir en 1588. Ieyasu ocupó el cargo de gobernador de Mikawa en 1566. Matsudaira Nobuyasu (1559-1579) fue el primogénito de Ieyasu. <<

[164] Lo que a partir del periodo Momoyama se llamó daishō que, literalmente, quiere decir «grande y pequeño», esto es, la combinación de un sable largo (uchigatana) y uno corto (wakizashi). <<

[165] Amari era un poderoso vasallo del rival de Ieyasu, Takeda Katsuyori (1546-1582). <<

[166] Uesugi Kenshin (1530-1578) y Takeda Shingen (1521-1573) fueron dos de los más destacados guerreros en el periodo de reunificación de Japón bajo el liderazgo de Tokugawa Ieyasu. Los incidentes de dicho periodo de reunificación, así como numerosas referencias a ambos personajes, se narran en la obra de esta misma colección titulada El samurái barbudo de Kōda Rohan (Gijón, Satori, 2012). <<

[167] Ieyasu se vio obligado a ordenar a su hijo Nobuyasu que se suicidara porque el suegro de este, Oda Nobunaga (1534-1582), sospechaba que tanto él como la dama Tsukiyama, la mujer de Ieyasu, conspiraban en su contra con Takeda Katsuyori, que, en esa época, era enemigo tanto de Ieyasu como de Nobunaga, así que en el séptimo año de Tenshō (1579) le pidió a un vasallo que la matara. Nobuyasu huyó del castillo de Okazaki y fue obligado a quitarse la vida. <<

[168] Después, como Hidetada, se convertiría en el segundo sogún Tokugawa.

<<

[169] Akechi Mitsuhide (1528-1582) fue un vasallo de Oda Nobunaga y el primer gran general del periodo Sengoku. <<

[170] Honda Heihachirō (1528-1610) luchó con Ieyasu en más de cincuenta batallas. <<

[171] Mizuno Tōjūrō Katsunari (1563-1651) era hijo de Mizuno Tadashige (1541-1600), un guerrero que sirvió a Hideyoshi en varios cargos de importancia. <<

[172] De origen desconocido. <<

[173] Aquí se refiere al padre de Jingorō, Yoshimi, no al protagonista de la historia. <<

[174] La secta Ikkō de la rama budista Jōdo Shinshū, cuyo bastión estaba en Osaka, participó en una serie de revueltas armadas durante los hechos que se narran en la historia. <<

[175] Colección de ensayos históricos escrita en 1821. <<

[176] Kakei Matazō (1526-1600). <<

[177] Donde se narran las crónicas de los enviados a Corea desde 1607 hasta 1682. <<

[178] Se puede consultar, por ejemplo, el capítulo 32 del Genji Monogatari (La historia de Genji), de Murasaki Shikibu, escrito en torno al año 1008, que se titula «Umegae» («La rama de ciruelo»). En la versión de la editorial Atalanta (Girona, 2005, vol. I), traducida del inglés por Jordi Fibla, corresponde a las páginas 655-666. <<

[179] A este respecto, existe un artículo en el que se analiza el filme en profundidad: «Historical uses and misuses: The Janus face(s) of the Abe Clan», de Darrell William Davis (Indiana University Press, 1995, Film History, vol. 7, núm. 1, Asian Cinema, págs. 49-68). <<



FIN

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