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Libro N° 14943. El Hombre De La Situación. Retratos Históricos. Payno, Manuel.


© Libro N° 14943. El Hombre De La Situación. Retratos Históricos. Payno, Manuel. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © El Hombre De La Situación. Retratos Históricos. Manuel Payno

 

Versión Original: © El Hombre De La Situación. Retratos Históricos. Manuel Payno

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL HOMBRE DE LA SITUACIÓN

Retratos Históricos

Manuel Payno


El Hombre De La Situación

Retratos Históricos

Manuel Payno

Manuel Payno poseía una clara inteligencia, viveza y naturalidad de narración, de estilo llano y pintoresco, lo que lo caracterizó como periodista, novelador, historiógrafo, orador y aun más como estadista. Él con la palabra cautivaba y con la pluma seducía.

El hombre de la situación es un cuadro admirable de las costumbres coloniales de fines del siglo XVIII y de los primeros años de nuestra vida independiente y en la que este escritor reveló su ingenio para trazar las aventuras del protagonista, que fueron las de otros muchos que vivieron en aquellos tiempos, tan hábilmente descritas, que con un solo rasgo, con una sola ironía, con una sola burla, lograron interesar.

Retratos históricos incluye personajes y acontecimientos trascendentales para el país, desde Moctezuma II hasta Ignacio Comonfort.

Manuel Payno

El Hombre De La Situación.

Retratos Históricos

Moctezuma II. Cuauhtémoc. La Sevillana. Alonso de Ávila. Don Martín Cortés. Fray Marcos de Mena. El tumulto de 1624. La familia Dongo. Allende. Mina. Guerrero. Ocampo.

Comonfort

ePub r1.0

Titivillus 20.08.2023

Título original: El hombre de la situación, 1861. Retratos históricos, 1871 Manuel Payno, 1861

Prólogo: Luis González Obregón

Editor digital: Titivillus ePub base r2.1

Índice de contenido

Cubierta

El hombre de la situación. Retratos históricos Prólogo

Cronología

El hombre de la situación Proemio

I. Dase cuenta de la ilustre prosapia de don Fulgencio, y de cómo vino de España en compañía del virrey

II. Del viaje y arribo a Veracruz de Fulgencio el chico, y de cómo no quiso continuar con el virrey, para tener el gusto de recoger el oro y tirar la plata a los indios y a los esclavos

III. De cómo hizo Fulgencio el camino de Veracruz a México, recogiendo muchas piedras de oro, y de la queja que dio al virrey contra unos arrieros que lo trajeron montado en una mula, hasta cerca de Puebla

IV. De las sabrosas frutas que comió Fulgencio en la ciudad de México, y de cómo halló acomodo en la casa de los hermanos Aguirrevengurren

V. Donde se dice quién era Aguirrevengurren y su dependiente; de cómo hacían el comercio, y de la vida metódica y arreglada que tenían los ricos de otro tiempo

VI. De cómo Fulgencio fue puesto en la escuela, y del sistema humanitario que usaban para la enseñanza de la juventud los caritativos padres betlemitas

VII. De los adelantos rápidos de Fulgencio, de su viaje al interior, de la muerte del hermano Vengurren de Manila, el sermón de horas, y de otras cosas curiosas que sabrá el lector, si tiene la paciencia de leer este capítulo

VIII. De los pesares que experimentó Vengurren, de su muerte y de cómo nombró a Fulgencio heredero de sus calzones de paño y de todo su dinero

IX. De la nueva vida de Fulgencio, del lujo con que establece su casa, y de cómo adquiere una capitanía por el módico precio de quinientos mil pesos

X. Dase cuenta de cómo Fulgencio se encontró repentinamente pobre, de su viaje a la Nueva Vizcaya y de su casamiento con doña Ana de Gibraltar

XI. De los aprovechamientos que hizo en el colegio Fulgencio el chico, de su entusiasmo por la libertad, de su entrada triunfante en la capital, y de la muerte de su madre y de su padre

XII. Dase cuenta del lugar apartado en que vivía don Fulgencio, de la familia y de la interesante conversación que, al hacerse la barba, tuvo con el «Maestro Pimpinela»

XIII. Del proyecto de viaje a México, de las festividades que por amor al pueblo dispone don Fulgencio en su hacienda, y de cómo fía a Pimpinela el éxito de sus aspiraciones políticas

XIV. De cómo don Fulgencio resultó electo diputado por la voluntad del pueblo, y de su viaje a la ciudad de México

XV. De la llegada de don Fulgencio el grande, a México, y de cómo su hijo que venía de Londres encuentra a su familia en un estado completo de barbarie

XVI. De las agradables excursiones que hacen don Fulgencio y su familia en la ciudad de México, y de cómo comienza Fred la obra trabajosa de civilizar a los de su casa

XVII. De cómo don Fulgencio tiene necesidad de ser un luminar de la República y de la nueva vida que adopta en la capital

XVIII. De las visitas que hace don Fulgencio a los establecimientos públicos de la capital, y de los honores y condecoraciones que se tributaron a sus méritos y a su talento

XIX. De los profundos conocimientos de don Fulgencio en Bellas Artes, de los honores tributados es el extranjero a su mérito, y de otras cosas que verá el curioso lector

Retratos históricos

Moctezuma II Cuauhtémoc La Sevillana

Alonso de Ávila Don Martín Cortés

Fray Marcos de Mena El tumulto de 1642 La familia Dongo

Ignacio M. de Allende Javier Mina

Vicente Guerrero

Notas

Melchor Ocampo Ignacio Comonfort

PRÓLOGO

La última vez que vi a don Manuel Payno, fue el año de 1894, recién llegado de Europa, en donde había desempeñado sucesivamente el Consulado de México en Santander, en Barcelona y en París.

Residía entonces en San Ángel, y en su físico era una verdadera ruina, pues a la sazón contaba ochenta y cuatro años de edad y estaba casi ciego y achacoso. No era ni sombra de aquel apuesto joven, que en el invierno de 1843, visitaba Veracruz y de él se prendaban las hermosas jalapeñas, por las amorosas miradas de sus ojos y por su cabellera peinada a la romántica.

Esta última vez que le vi, su espíritu rebosaba ilusiones y abrigaba proyectos literarios. Tenía esperanzas firmes de que le operarían los ojos, de que le reducirían la hernia, de que le curarían del estómago, y de que, ya libre de dolencias y medicamentos, se consagraría a sus estudios favoritos.

Escribiría sus Memorias, los recuerdos de una vida tan larga como azarosa y peregrina.

Nos narraría en ellas casi completa la historia de México independiente, porque habiendo nacido en 1810, nos contaría los episodios de su niñez, refrescados por los relatos de su anciano padre, que le darían tela de sobra para bordar en ella los sucesos acaecidos desde el año memorable de 1821. Y después, todos los sucesos en que él había tomado parte activa durante su agitada existencia de meritorio en la Aduana, de diputado, de diplomático, de cronista de teatros, de ministro de Hacienda, de senador, de catedrático; de conspirador patriota y político, en las guerras de invasión norteamericana y francesa, y en las luchas fratricidas.

Cuando aquel bondadoso anciano nos comunicaba sus proyectos literarios, estábamos admirados de su clara inteligencia, de la viveza y naturalidad de su narración, que tuvo siempre desde joven como periodista, como novelador, como historiógrafo, como orador y aun como estadista, en sus informes y memorias hacendarías.

Payno había sido descuidado en la forma, incorrecta hasta lo inverosímil hasta incurrir en faltas ortográficas; pero siempre se había dejado oír con atención en la tribuna y se había dejado leer en sus libros, porque con la palabra cautivaba y con la pluma seducía, por el estilo llano y pintoresco, aunque ayuno de oscuras exquisiteces académicas.

Aquella mañana, que estuvimos con él en la casa que habitaba en el bello pueblecillo de San Ángel, nos dijo también que pensaba continuar la novela contenida en el presente volumen pues El hombre de la situación tenía en nuestro país larga descendencia, «y la novelita tuvo buena acogida cuando la publiqué en 1861, en la imprenta de Juan Abadiano; y llegó a ser tan rara, que durante mi estancia en Europa encargué a varios amigos míos me la buscaran y enviaran, pero en vano, hasta que vino a París Bernardo Couto, hijo, y me aseguró que en la biblioteca de su padre existía un ejemplar, y que de regreso a México me lo enviaría, como en efecto me lo envió, y este ejemplar será el que me sirva para proseguir mi narración».

Pero por desgracia no fue el autor el que terminó la obra, sino la muerte la que concluyó con el autor.

No obstante ello, don Manuel León Sánchez ha hecho muy bien en reimprimir esta novela, que es un cuadro admirable de las costumbres coloniales de fines del siglo XVIII y de los primeros años de nuestra vida independiente y en la que don Manuel Payno reveló su ingenio para trazar las aventuras del protagonista, que fueron las de otros muchos que vivieron en aquellos tiempos, tan hábilmente descritas, que con un solo rasgo, con una sola ironía, con una sola burla, logra interesar más que otros noveladores, que en vano sudan y se afanan para intentar seducir con sobra de minucias y pujos de estilistas rebuscados y cansados.

«Manuel Payno —nos decía don José María Roa Bárcena— tenía mano fácil para escribir y a ello se debe que todas sus obras son divertidas y leídas». En efecto, lo mismo nos hacen pasar horas incansables El fistol del diablo o Los bandidos de Río Frío, que la Memoria sobre el maguey o el folleto sobre el golpe de Estado de don Ignacio Comonfort.

El hombre de la situación, tiene, en fin, a nuestro juicio, otro mérito: escrita en 1861, cuando la novela de intriga entretenía tanto a nuestros abuelos, Payno se adelantaba a otros escritores y sobresalía como ameno costumbrista, que seduce por el realismo de los personajes que retrata y por la fidelidad con que describe lo que hace que este libro sea un documento histórico y humano.

Luis GONZÁLEZ OBREGÓN

México, D. F., 14 de marzo de 1929.

CRONOLOGÍA

Manuel Payno Historia nacional Historia mundial

1810. Nace en la ciudad de México, el 21 de junio, Manuel Payno Flores. Estaba emparentado, por la línea paterna, con el general Anastasio Bustamante. Su padre, de familia acomodada, fue empleado del Virreinato 

1813 Movimiento de independencia del padre Hidalgo. El Congreso de Chilpancingo proclama la independencia de México. Agustín de Iturbide, emperador de Movimientos de independencia en las colonias españolas. Francia se anexiona, Holanda y varios Estados alemanes. Goya: Los desastres de la guerra.

Guerras de liberación en Europa. Fernando VII regresa a España. Independencia de Brasil. Descifra México; será fusilado dos años más Champollión los 1822

1831

tarde, a poco de promulgarse la Constitución de México y de instaurarse el régimen presidencial.

Fusilamiento de Vicente Guerrero. Zavala: Ensayo histórico de las revoluciones de México.

jeroglíficos egipcios. Heine, Delacroix, Schubert.

Leopoldo I, rey de Bélgica. Stendhal: Rojo y negro.

Bellini: Norma. Pellico: Mis prisiones.

1832

1833

1834. En su educación, acaso no pasó de la instrucción primaria porque entró muy joven como meritorio en la Aduana de México, en donde se distingue.

1835

Anastasio Bustamante, presidente. Lafragua: Netzula. Fernández de Lizardi: Don Catrín de la Fachenda.

Reformas eclesiástico-militares de Gómez Farías y Mora. Fundación de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

Antonio López de Santa Anna, presidente, invalida las reformas del año anterior. Se funda el colegio de Medicina.

Gral. Miguel Barragán presidente. Gómez de la Cortina: La calle de don Juan Manuel. José J. Pesado: El inquisidor de México. Esteban de Antuñano abre la primera fábrica moderna de tejidos.

Muere Walter Scott en Abbotsford, Inglaterra. Otón de Baviera, rey de Grecia. Larra: El pobrecito hablador.

Isabel II, reina de España; revueltas carlistas. Fin de la guerra egipcio- turca; Turquía pierde Siria. Los mormones en los Estados Unidos.

China cierra sus puertas al comercio europeo. José Espronceda: Sancho Saldaña.

Ranke: Historia de los Papas.

Bancroft: Historia de los Estados Unidos.

Lamennais: Palabras de un creyente.

Fernando IV, emperador de Austria. En Argentina comienza la dictadura de Rosas.

Tocqueville: La democracia en América. Gogol: Almas muertas.

1836

Lic. José Justo Corro, presidente. Texas se declara independiente. Mora: México y sus revoluciones. José Ma. Lacunza, Guillermo Prieto y Juan Manuel Tossiat

Rivas: Don Álvaro.

Comienza el movimiento cartista a favor del sufragio universal en Inglaterra.

Código telegráfico de Morse. Musset:

fundan la Academia de San Juan de Confesiones de un

1837. Es enviado, con Guillermo Prieto y Ramón I raiza Alcaraz, a establecer la Aduana en Matamoros, Tamaulipas.

1838

1839

Letrán.

Bustamante, presidente. Rodríguez Galván: La hija del inquisidor.

Guerra de los pasteles: la escuadra francesa bombardea Veracruz.

Sublevaciones federalistas. Rodríguez Galván: Muñoz, visitador de México.

Santa Anna, Nicolás Bravo y Bustamante se alternan como presidentes. Tratado de paz con Francia.

hijo del siglo. Dickens: Pickwick.

Victoria, reina de Inglaterra. Guerra entre Chile y Perú. Dumas: Filosofía química. Waldeck: Viaje pintoresco y arqueológico en la provincia de Yucatán.

América central se divide en cinco repúblicas. Nace la teoría celular con los trabajos botánicos de Scheleiden.

Soulié: Las memorias del diablo.

Termina la guerra carlista. Guerra del opio en China.

Blanc: Organización del trabajo. Stendhal: La cartuja de Parma. Goodyear introduce la vulcanización del

caucho. Procedimiento fotográfico de Daguerre.

1840. Secretario del general Mariano Arista. Pasó como jefe de sección al ministerio de la guerra, con el grado de teniente coronel.

1841. Administrador

Pronunciamientos federalistas obligan a Bustamante a dejar la capital. Se alternan como presidentes interinos Santa Anna y Bravo. Se comienza a publicar El Siglo XIX.

Nicolás Bravo a cargo del

Federico Guillermo IV rey de Prusia.

Gobierno parlamentario en Canadá. Proudhon:

¿Qué es la propiedad? Espronceda: El diablo mundo.

Con la victoria de Ingavi queda asegurada la independencia de Bolivia.

Feuerbach: La de rentas del estanco

Ejecutivo. Se prohíbe la circulación esencia del de tabacos.

1842. Marcha a Sudamérica como Secretario de Legación. Realiza su primer viaje a Europa. Llega a Francia cuando está triunfando la novela de folletín.

de moneda de cobre. Rodríguez Galván: El privado del virrey.

Se forma una Junta de Notables. Se clausura el Banco de Avío.

Mariano Otero: Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que agita a la República Mexicana.

cristianismo. Carlyle: Los héroes. Stephens: Incidentes de viaje en la América Central, Chiapas y Yucatán.

Termina la guerra del opio; Hong Kong pasa a Inglaterra. Guerra entre Argentina y Uruguay. Comte: Positivismo. Marx y Engels: El mercurio del Rin. Sue: Los misterios de París.

Los ingleses

1843. Con Guillermo Se redactan las «Bases de

conquistan Sind en

Prieto conservó siempre amistad, y de él recibe este año unas cartas

organización política de La República». Tratado con Yucatán que desde 1840 se había separado. Aparece El Museo mexicano,

la India. Joule mide el equivalente mecánico del

describiendo un viaje revista científica y literaria. que hizo a Veracruz.

calor. Mili:

Lógica. Balzac: Las ilusiones perdidas.

1844. De regreso a México fue enviado a los Estados Unidos para estudiar el sistema penitenciario en Nueva York y en Filadelfia.

1845. Publica, con Prieto y con Ramírez, Don Simplicio. Aparece El Fistol del diablo.

1846. Presencia en Nueva York el

Santa Anna, José Joaquín de Herrera y el general Canalizo ocupan la presidencia. Comienza a circular El Monitor Republicano. Escobedo: Farmacopea Mexicana. Alamán: Disertaciones sobre la historia de la República Mexicana.

Santa Anna es desterrado. Pronunciamiento de Paredes y Arrillaga en San Luis Potosí.

Paredes y Arrillaga toman el poder. Guerra de castas en Yucatán.

Guerra franco- marroquí.

Kierkegard: El concepto de angustia. Dumas: Los tres mosqueteros. Sué: El judío errante.

Gran hambre en Irlanda.

Sarmiento: Facundo. Poe: El cuervo. Balzac: Los parientes pobres. Humboldt: Cosmos.

Pío IX, papa.

embarque de tropas Mariano Salas asume la presidencia Primera

del general Taylor y convoca a un Congreso; se pone intervención como preludio de la en vigor la Constitución de 1824 y quirúrgica con

guerra de 1847. se nombra a Santa Anna presidente. anestesia.

Vuelve rápidamente a informar al general Paredes.

1847. Se le encarga, cuando la ocupación norteamericana, de establecer un servicio secreto de

El presidente norteamericano Polk declara la guerra a México.

Comienza a aparecer El Tiempo.

El 15 de septiembre el ejército norteamericano ocupa la ciudad de México. El gobierno se traslada a

Descubrimiento visual de Neptuno.

Francia se apodera de Argel. Con patronazgo yanqui se funda la República independiente de Liberia. Se

correos entre México Querétaro; Manuel Peña y Peña es descifra la

y Veracruz.

nombrado presidente.

escritura cuneiforme; nace la asiriología.

1848. Colabora en la obra Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, en la que Su Alteza Serenísima no queda bien parado.

1849

1850. Ministro de Hacienda durante la administración del general José Joaquín Herrera. Celebra ventajoso convenio con los acreedores de Londres.

1851

Se firma el tratado de Guadalupe Hidalgo, que pone fin a la guerra con Estados Unidos. José Joaquín Herrera toma posesión de la presidencia. Rebeliones indígenas en muchas partes del país.

Lucas Alamán funda el Partido Conservador. Sublevación de indios en Guerrero. Introducción del telégrafo.

Invasión de filibusteros norteamericanos en Baja California y Sonora. Epidemia de cólera en la capital. Se funda el Liceo Hidalgo.

Mariano Arista, presidente electo. Durango es invadido por indios

Abdica Luis Felipe y se declara la República en Francia; Luis Napoleón, presidente.

Movimientos liberales en Austria, Hungría, Italia y Alemania. Se descubre oro en California. Marx- Engels: Manifiesto Comunista.

Maculay: Historia de Inglaterra.

Alianza austro- rusa contra los húngaros. Ruskin: Las siete lámparas de la arquitectura.

Se inicia la era Mei-Ji en el Japón. Paz de Berlín.

Expedición de Barth al África central. Emerson: Los hombres representativos.

Golpe de Estado en Francia; Luis Napoleón, presidente vitalicio. Primera Exposición

nómadas. Se crea el Liceo Artístico Universal

y Literario.

(Londres). Melville: Moby Dick.

1852

Conforme al Plan del Hospicio se desconoce a Arista y se llama a Santa Anna. Raousset de Boulbon invade Sonora. Alamán concluye su Historia de México.

Napoleón III, emperador. Se declara la independencia de Montenegro.

Termina la dictadura de Rosas en Argentina.

Dumas: La dama de las camelias.

Comienza la

1853. Perseguido por Arista renuncia a la presidencia.

guerra de Crimea

Santa Anna se refugia en los Estados Unidos. Aparece Memorias e impresiones de un viaje a Inglaterra y Escocia.

1854. Toma parte en la revolución de Ayutla, tanto porque era contrario a Santa Anna cuanto por su amistad con Conmonfort.

1855. Ocupa la cartera de Hacienda en el gobierno de Comonfort. Celebra diversos arreglos

Santa Anna sube al poder; se le declara Alteza Serenísima. Venta de La Mesilla. Restablecimiento de la Compañía de Jesús; se les entrega el Colegio de San Gregorio.

Se proclama el Plan de Ayutla. Juan Álvarez encabeza la rebelión. Se reinstala la Academia de la Lengua. Frías y Soto: Los mexicanos pintados por sí mismos.

Juan Álvarez, presidente interino, designa a Comonfort presidente sustituto. Se expide la «Ley

entre Rusia y Turquía, Gobineau: Ensayo sobre la desigualdad de las razas. Liszt: Rapsodias húngaras.

Inglaterra y Francia intervienen en la guerra de Crimea. Primeros tratados comerciales entre el Japón y los países occidentales.

Mommsen:

Historia de Roma.

Alejandro II, zar de Rusia.

Exposición internacional de

sobre la deuda exterior y desestancó el tabaco.

1856. Confiere el 

Juárez», sobre la administración de la Justicia.

Apertura del Congreso

París. Thoreau: Walden o la vida en los bosques.

La paz de París pone fin a la guerra de Crimea.

cargo de Director de

Constituyente. Se expide la llamada Hallazgo de los

Correos a Guillermo Prieto.

1857. Es uno de los principales responsables del golpe de estado de Comonfort, por lo que se le seguirá proceso y será eliminado de la política. Este episodio es decisivo en la vida política de Payno.

1858

1859. Se dedica a labores literarias, entre ellas la

«Ley Lerdo» sobre desamortización de los bienes del clero. Conspiraciones clericales. Se crea la escuela de Artes y Oficios.

Se promulga la Constitución. Comonfort es elegido presidente y Juárez vicepresidente. Félix Zuloaga proclama el Plan de Tacubaya. Golpe de Estado de Comonfort. Zarco: Historia del Congreso Extraordinario Constituyente.

Zuloaga destituye a Comonfort. Juárez asume el poder y traslada su gobierno a Guanajuato. Principia la guerra de Reforma. Arroniz: Manual del viajero en México.

Miramón es nombrado presidente por los conservadores. Los Estados Unidos reconocen a Juárez como

restos humanos de Neanderthal. Se logra la fabricación de un colorante de anilina.

Sublevación de mahometanos en Delhi. Flaubert: Madame Bovary. Baudelaire: Las Flores del mal.

En Rusia se liberan los siervos del dominio imperial. En Conchinchina Francia inicia la ocupación.

Virchow: Patología celular. Rumania se

convierte en

Estado independiente. Se inicia la construcción del

preparación de una nueva edición de El Fistol del Diablo.

1860. Ve la luz su Memoria sobre la revolución de diciembre de 1857 y enero de 1858.

1861. Termina de escribir y publica El hombre de la

presidente. Se promulgan en Veracruz las leyes de Reforma. Roa Bárcenas: Poesías líricas.

Miramón es derrotado en Calpulalpan; termina la Guerra de Tres Años. Las tropas liberales entran en la capital.

Juárez regresa a la capital.

canal de Suez. Primera extracción de petróleo en Estados Unidos.

Darwin: El origen de las especies.

Lincoln es electo presidente de Estados Unidos. Carolina del Sur se separa de la Unión. Dictadura de López en Paraguay.

Víctor Manuel II es nombrado rey

situación. Ignacio M. Asesinato de Melchor Ocampo.

de Italia.

Altamirano, con su Convención de Londres; Inglaterra, Comienza la

acostumbrada

Francia y España deciden invadir

Guerra de

vehemencia, ataca en México. Desembarca la armada

Secesión en

un discurso en el Congreso a Payno y pidió la cabeza de éste y la del general Félix Zuloaga.

1862. Escribe su estudio México y sus cuestiones financieras con la Inglaterra, la España y la Francia.

1863. Es encarcelado

española en Veracruz. Aparece La Orquesta. Couto: Diálogo sobre la Historia de la pintura en México.

Llegan las tropas francesas e inglesas a Veracruz. Convenios de La Soledad. Se inicia la guerra con Francia. Batalla del 5 de mayo.

Muere el general Zaragoza. Roa Bárcena: Catecismo elemental de la historia de México.

Estados Unidos. Bachofen: El matriarcado.

Bismarck, primer ministro de Prusia. Garibaldi ataca Roma sin éxito.

Hugo: Los Miserables. Turgueniev: Padres e hijos.

Lassalle funda la Asociación de los

por las fuerzas

Puebla es tomada y Juárez se dirige Trabajadores

conservadoras. Será puesto en libertad a

a San Luis. La Junta de Notables vota por la monarquía García

Alemanes. Abolición de la esclavitud en

la llegada de Maximiliano.

Cubas: Carta general de la República Mexicana.

Estados Unidos. Renan: La vida de Jesús.

1864. Conoció las prisiones de Santiago y de San Juan de Ulúa. Al salir vuelve a México y tiene la

Maximiliano y Carlota llegan a México y son coronados. Juárez da una concesión para la colonización

Prusia y Austria en guerra contra Dinamarca.

Fundación de la primera internacional de

debilidad de

de Baja California. Orozco y Berra: trabajadores en

reconocer a Maximiliano.

1865. Forma parte, aunque sólo unos días, del Ayuntamiento de la ciudad de México. Vida, aventuras, escritos y viajes del Dr. D. Servando Teresa de Mier.

1866

Geografía de las lenguas y Carta etnográfica de México.

Rendición de Porfirio Díaz y caída de Oaxaca. Ley penal del 3 de octubre. Se funda el Banco de Londres. Inclán: Astucia.

Comienza el retiro de las tropas francesas de algunas plazas; al terminar el año se embarca la mayor parte del ejército francés. Carlota viaja a Europa en busca de apoyo de las potencias. Sosa: Manual de biografía yucateca.

Vigil: Flores del alma.

Londres. Fundación de la Cruz Roja.

Tolstoi: La guerra y la paz.

Fin de la guerra de Secesión.

Asesinato de Lincoln. Wagner: Tristán e Isolda.

Prusia declara la guerra a Austria y a los estados alemanes. Italia declara la guerra a Austria. Batalla de Sadowa. Paz de Praga y de Viena; Venecia pasa a Italia. Los rusos en el Turquestán.

Conflicto de España con Chile. Mendel: Experimentos sobre híbridos.

1867. Restaurada la República es elegido diputado por el Cantón Militar de Tepic. Ocupa ese cargo en la IV Legislatura y en las

Maximiliano se dirige a Veracruz; llega hasta Orizaba pero decide atrincherarse en Querétaro.

Fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía. Juárez entra a la capital y convoca a elecciones

Garibaldi ataca Roma sin éxito. Se constituye la monarquía austro- húngara. Estados Unidos compra Alaska a los rusos. Mutsu - Hito, emperador del

tres siguientes.

generales; como resultado Juárez es Japón. Descubren

Colabora en La Orquesta.

elegido presidente. Levantamientos en varias partes del país.

Publica Vicente Riva Palacios tres novelas: Calvario y Tabor, novela histórica y de costumbres. Monja y casada, virgen y mártir, historia de

diamantes en Sudáfrica. Nobel inventa la dinamita. Carlos Marx: El Capital.

Revolución en España; dictadura

1868 los tiempos de la Inquisición. Martín Garatuza, Memorias de la Inquisición. Muere Juan Álvarez.

Se celebran las «veladas literarias» de Prim. Sarmiento, presidente de

Argentina.

dirigidas por Altamirano. Peón Contreras: Poesías. Mateos: El Cerro de las Campanas, memorias de un guerrillero y El sol de mayo. Las dos emparedadas y Los Piratas del Golfo, novelas de Riva Palacio. Comienza la cirugía antiséptica. Lautréamont: Los cantos de Maldoror.

Se erige el estado de Hidalgo. Inauguración del Canal de Suez.

Primer ferrocarril transcontinental en

1869 Inauguración del ferrocarril

México-Puebla. Mateos: Sacerdote Estados Unidos.

Primera Tabla

y caudillo y Los insurgentes. Altamirano: Clemencia. periódica de los elementos de Mendeleiev Verlaine: Las

fiestas galantes.

1870. Colabora con Vicente Riva Palacio, Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre en El libro rojo. En él se propusieron

Encuentros armados entre los federales y grupos rebeldes en San Luis, Zacatecas y Tamaulipas.

Fundación del Conservatorio

Guerra franco- prusiana; capitulación de los franceses en Sedán. Caída de Napoleón.

Schlieman

consignar «el funesto Nacional de Música y

comienza las

fin de hombres célebres y distinguidos en las

Declamación. Nace Amado Nervo. excavaciones en Ley de Amnistía por delitos Troya.

políticos. Roa Bárcena: Compendio Construcción del

edades de nuestra historia». Mateos dirá que es una galería de retratos históricos.

1871. Ve la luz Tardes nubladas, colección de novelas breves.

de historia profana.

Pronunciamientos en Tampico y el Distrito Federal. El Congreso declara presidente, por falta de mayoría absoluta en las elecciones, nuevamente a Benito Juárez. Plan de la Noria contra la reelección de Juárez. Levantamientos por todo el país; sin embargo, Juárez inicia su nuevo periodo. Prieto: Lecciones elementales de Economía Política.

primer dinamo de corriente continua.

Paz de Francfurt; Alsacia y Lorena pasan a Alemania. La Comuna en París; Thiers jefe del gobierno francés. Stanley y Livingstone se encuentran en Tanganica.

Bécquer: Rimas.

Muere en julio Benito Juárez; como Tercera Guerra

1872. Imparte por estos años la cátedra de historia patria en la Escuela Nacional Preparatoria.

presidente de la Corte Lerdo asume la presidencia. Aparece La sombra de Guerrero, periódico creado con el objeto de apoyar la candidatura de Vicente Riva Palacio a la presidencia de la Corte. Éste publica Memorias de un impostor.

Inauguración del Ferrocarril Mexicano (México-Veracruz).

carlista en España. Nietzsche: El origen de la tragedia.

Hernández: Martín Fierro.

La República en España. Pérez Galdós: Episodios

Levantamiento frustrado de Manuel nacionales.

1873

Lozada «el Tigre de Alica». Nacen Emiliano Zapata y Francisco I.

Spencer:

Sociología

Madero. Sierra: El ángel del porvenir. Peza: Poesías.

descriptiva. Maxwell: Tratado de electricidad y magnetismo.

Golpe de Estado en España;

El presidente Lerdo pierde apoyo popular en la capital y los Estados.

1874 Eduardo Gallo edita: Hombres ilustres mexicanos. Vigil: Ensayo histórico del Ejército de Occidente.

Levantamiento reaccionario pro- católico en Michoacán. Se funda la Alfonso XII, rey Fundación de la Unión Postal Universal.

Rimbaud: Las

iluminaciones.

Strauss: El

murciélago.

Se decretan las

leyes que aseguran

la forma

republicana en

Francia. In glaterra

adquiere las

1875 Academia Mexicana de la Lengua.

Mateos: Sor Angélica. Malanco:

Escritos sobre varias materias. acciones del Canal de Suez. Taine: Los orígenes de la

Francia

contemporánea.

Bizet: Carmen.

Fin de la guerra

carlista en España.

Revolución en Oaxaca, Jalisco y Serbia y

Nuevo León. Iglesias declara Montenegro en

fraudulenta la elección de Lerdo y guerra contra

asume la Presidencia. Porfirio Díaz Turquía.

expide el Plan de Palo Alto, Disolución de la

reformando el de Tuxtepec; tras el Primera

1876 triunfo de Tecoac avanza sobre la Internacional.

capital y se hace cargo del Mallarmé: La

Ejecutivo. Lerdo abandona el país. siesta de un fauno.

Iglesias se resiste en Guadalajara Bell inventa el

pero termina por salir al extranjero. teléfono. Primer

motor de 1877

Chavero: Calendario Azteca. Peza:

Horas de pasión.

Díaz es ratificado como presidente en las elecciones. Inauguración del Observatorio Astronómico Nacional de Tacubaya. Prieto: Viaje a los Estados Unidos.

Mateos: Historia parlamentaria de los Congresos mexicanos de 1821 a 1857. Sosa: El episcopado mexicano.

Se inicia la construcción del

combustión interna de uso práctico.

La reina Victoria emperatriz de la India. Inglaterra se anexa el Transvaal. Guerra ruso-turca. Edison inventa el fonógrafo.

Brahms: Primera sinfonía.

Francia ocupa Tahití. Fundación de la Compañía del Canal de Panamá. Túnel de San Gotardo.

1880

ferrocarril Sud-Pacífico de México. Rodin: El

Se empieza a edificar la estación de pensador. Fabre:

1881. Es electo senador en el

Buenavista. Es electo presidente Manuel González.

Comienza la construcción del edificio de Comunicaciones.

Recuerdos entomológicos. Ibsen: Casa de muñecas: Inventa Edison la lámpara incandescente.

Alejandro III, zar de Rusia.

Comienza la construcción del Canal de Panamá.

gobierno de Manuel

Fallece el general González Ortega. Pasteur comprueba

González.

Orozco y Berra: Historia antigua de la conquista de México.

Se establece la Dirección General de Estadística. Pugna entre

el principio de la inmunidad.

Menéndez Pelayo: Heterodoxos españoles.

Formación de la

1882. Es enviado a

positivistas y krausistas. Ipandro

Triple Alianza:

París como agente de Acaico traduce a Píndaro. Malanco: Austria, Alemania

colonización.

1883

Viajes a Oriente. Riva Palacio colabora en La República con el seudónimo de «Cero».

Muere Ezequiel Montes. Prieto:

Musa callejera. Sosa: Efemérides

e Italia. Inglaterra ocupa Egipto.

Martí: Ismaelillo.

Francia ocupa Madagascar. Dilthey: Introducción a las

históricas. Roa Bárcena: Recuerdos ciencias del

1884

1886. Es nombrado Cónsul con residencia en Santander y, después, Cónsul general en Barcelona.

1888. Durante su estancia en España ha estado trabajando en la redacción de su famosa novela Los bandidos de Río Frío. También ha

de la invasión norteamericana.

Reelección de Porfirio Díaz. Escribe en prisión Riva Palacio la mayor parte del México a través de los siglos. Peza: Cantos del hogar.

Ley de supresión de garantías individuales a los salteadores de caminos. Peza: Poemas completos. García Icazbalceta: Bibliografía mexicana del siglo XVI.

Segunda reelección de don Porfirio Díaz.

espíritu. Maupasant: Una vida.

Fundación de la Guinea británica. Guerra franco- china. Fundación de la colonia alemana del suroeste africano. Meyer: Historia de la antigüedad.

Disturbios obreros en Chicago. Se descubre oro en el Transvaal.

Stevenson: El extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde.

Morcas: Manifiesto simbolista.

Abolición de la esclavitud en Brasil. Comprueba Hertz la existencia

recorrido diversos países europeos en los tiempos libres de sus labores oficiales.

1891. Aparece Los bandidos de Río Frío

«el estudio costumbrista más amplio que existe en la literatura mexicana». Escribió esta novela a

Ley reglamentaria de la instrucción

de las ondas electromagnéticas.

Encíclica Rerum novarum de León

XIII. Comienza la construcción del ferrocarril

instancias del editor

pública en el Distrito Federal. Peza: transiberiano.

español Juan de la Fuente Parres, amigo suyo, quien, según nos informa, le sugirió el título.

Debe haber sido escrita «por entregas».

1892. Es elegido senador, después de su regreso a México.

1894. Es electo Presidente del Senado para el mes de noviembre, lo cual le confería el carácter de Vicepresidente de la República. Pero enfermó de pulmonía el 28 de octubre y

Honor y patria.

Cuentos del General, de Riva Palacio. Manifestaciones contra la reelección de Díaz. Arresto de Sarabia y Flores Magón. Peza: Recuerdos y esperanzas.

Ley de tierras. Fallece don Joaquín García Icazbalceta. Nace Lázaro

Renan: El porvenir de la ciencia.

Wilde: El retrato de Dorian Gray. Frazer: La rama dorada.

El Conflicto ruso- afgano. Funda Martí el Partido Revolucionario en Cuba Uganda, colonia inglesa.

Las islas Hawai, protectorado de Estados Unidos.

Nicolás II, zar de Rusia. Italia invade Abisinia. Proceso Dreyfuss en Francia.

falleció en San Ángel el 4 de noviembre cuando contaba 84 años y cuatro meses de edad.

Kipling: El libro de la selva.

EL HOMBRE DE LA SITUACIÓN

PROEMIO

La vida es un vasto teatro; y el mundo con sus anchos mares, con sus elevadas montañas, con sus cielos ya claros y diáfanos o ya melancólicos y brumosos, con sus palacios soberbios y sus chozas humildes, es el escenario donde todos nos apresuramos a tomar lugar y a desempeñar nuestro papel: los unos de reyes y conquistadores, los otros de patricios esclarecidos, los de más allá de anacoretas, de varones santos, de sabios profundos, de liberales sinceros, de políticos sagaces, de fanáticos intratables, de mercaderes sin conciencia, de saltimbanquis y polichinelas, en fin, porque la ambición y la vanidad humana no conocen límites y desean desde lo más noble y elevado, hasta lo más abyecto y absurdo. Todos estos actores, apenas entran en escena, apenas comienzan a posesionarse de su elevado papel, cuando la muerte, con su risa descarnada, va reduciendo a polvo las púrpuras rojas de las dinastías, los gorros encarnados de las repúblicas, las togas negras del foro, los trenes relucientes de la riqueza, y los actores van desapareciendo, desapareciendo, como las sombras fugitivas de una linterna de fantasmagoría. Pulvis et umbra sumus, decía Horacio.

Pero de todos estos grandes y pequeños actores quedan, a veces, en las galerías, los retratos de su personal físico; pero de sus costumbres, de su parte moral, de su vanidad, de su miseria, no hay quien hable. Apenas esas páginas aduladoras y apasionadas que llaman históricas, nos dan idea de las fisonomías de los hombres y de los siglos que van pasando y cambiando, como cambian y pasan la mayor parte de los seres y aun de las cosas materiales de esta vida.

Si al paso corto por el sendero del mundo, se puede dejar un bosquejo, una caricatura siquiera de los reyes de grandes narices, de los políticos de obtuso cerebro, de los encorvados y humildes caritativos que han encerrado buenas economías en sus cofres, de las notabilidades literarias que han robado a la fama su gran trompeta y sus tendidas alas, si se logra hacer menos malos con un pintarrajo a los demás cómicos que arrebatan de grado o por fuerza sus papeles en los dramas sociales, se habrá conseguido al

menos… ¿qué? Nada, absolutamente nada… El mundo quizá fuera mejor con menos libros, con menos maestros, con menos soldados y con menos gobernantes… Las generaciones, en su rápido tránsito sobre la tierra, sólo necesitan un poco de pan y un poco de paz; todo es efímero y perecedero cuando no ridículo y perjudicial; todo termina en breve, todo pasa como sombra; libros, saber, ingenio, virtud, hipocresía, maldad; todo se reduce en pocos instantes a la nada, al olvido, al polvo. Horacio dice muy bien: Pulvis et umbra sumus.

¿Será este libro lúgubre, melancólico, casi incomprensible como son las líneas de este prólogo? No, seguramente no; al menos no es mi intención otra que tomar de las cosas, de los tiempos, de los hombres, algunas semejanzas, y reunir el concepto en unas cuantas hojas de papel. ¿Es necesario retratar exactamente a una o más personas? Tampoco: el grupo saldrá mejor y más grotesco tomando la vanidad del uno, el candor del otro, la arrogancia o la malicia del de más allá: o lo que es lo mismo, para formar un todo hermoso, tomaremos los ojos de un ciego, las piernas de un cojo, los brazos de un manco, el vientre de un hidrópico, la dentadura de un octogenario. ¡Qué figura! ¡Qué libro! A propósito: y contestemos de una vez a preguntas que siempre hacen los aficionados a la lectura: ¿el libro es bueno? En esta vida no hay bueno ni malo; todo es relativo; pero de seguro el autor no cree tan malo su libro. Cuando lo dan a la estampa los autores que dicen mansa e hipócritamente lo contrario, mienten; o más bien, es de creerse que tienen su buena dosis de vanidad encerrada, pero mal escondida. ¿Qué contiene este libro? Palabras tras de palabras, como todos; las unas peor hiladas que las otras. ¿De qué trata este libro? De todo y de nada. Son borrones que un aficionado al dibujo traza en un pliego de papel. ¿Este libro es novela, es historia, o es cuento? El autor quiso, fue su intención al menos, dar una idea de algunas de las costumbres de nuestros abuelos, de nuestros padres y de nosotros mismos. ¿Ha desempeñado bien el asunto? Esto está por ver, eso queda a la calificación de los lectores, eso merece un detenido examen; por lo demás, historias contemporáneas tenemos que parecen cuentos que son verdaderas historias; pero que no se pueden escribir más que dándoles el carácter frívolo de la novela.

El hijo, pues, feo o hermoso, una vez que ha nacido, tiene que salir a luz y confiar su suerte a la benevolencia del público: si muere en su temprana edad, nada se habrá perdido, y no habrá hecho otra cosa que seguir la suerte de todas las cosas humanas. Pulvis et umbra sumus.

CAPÍTULO I

DASE CUENTA DE LA ILUSTRE PROSAPIA DE DON FULGENCIO, Y DE CÓMO VINO DE ESPAÑA EN COMPAÑÍA DEL VIRREY

La mayor parte de los lectores saben que Julio César fue un célebre capitán, un elocuente orador y un gran calavera; que entre otros defectillos o virtudes, que todo es lo mismo cuando se trata de altos personajes, tenía la de ser un tanto ojialegre, y donde ponía los ojos, allí hacía una herida, como suele decirse.

Tocóle la suerte, en una de sus muchas aventuras, de pasar a la península española; y allí, no obstante sus ocupaciones guerreras y sus peligros continuados, tuvo ocasión de ver en un cierto lugar de aquellas tierras una muchacha que, por su hermosura y gracia, no desmentía la bien merecida fama que desde entonces alcanzaron entre la gente de buen gusto las mujeres españolas. El buen Julio y la virtuosa española se entendieron de tal manera, que a los tantos meses resultó un cesarito, que quedó al cuidado de su madre, mientras su padre pasaba el Rubicón, se enamoraba en Egipto de la reina Cleopatra, se dejaba dar de puñaladas por el patriota Bruto, y corrían, finalmente, otras pequeñas aventurillas de ese género que, según el buen entender de la gente piadosa, habrá continuado quizá en las tierras calientes del otro mundo.

El Julito creció, y no queriendo dejar atrás la fama de su padre, tuvo otro Julito, y a su vez este Julio tuvo otro, y el otro a otro, hasta que el tiempo y la fortuna, que siempre favorece a los calaveras, vino a colocar en el solio gótico a un vástago del gran dictador romano. Este rey godo se llamaba Agila, y a los cinco años de su reinado fue asesinado por sus vasallos, teniendo el gusto de correr la misma suerte que su antecesor en el senado de Roma.

Este crimen nefando, que solían cometer muy a menudo los buenos y dóciles pueblos de la antigüedad, no extinguió la raza, pues al cabo de cierto número de años, otro vástago del gran Julio, y pariente muy inmediato del desgraciado Agila, subió al trono con el nombre de Sisenando, el que tuvo el

gusto de hacer la segunda colección de las Leyes Godas y, con el título de Fuero Juzgo, dio a luz un libro que desde entonces hasta ahora ha sido, en unión de otras preciosas y divertidas obrillas de este género, gran recurso para llenar las bolsas de los abogados y curiales y dejar vacías las de los menores, viudas, herederos y acreedores.

La muerte no fue bastante poderosa para acabar con una tan ilustre y noble raza; antes bien, aumentada de siglo en siglo con enlaces ilustres, resultó en el curso de los años una serie de Garcías, todos parientes, todos colocados en la cumbre del poder. Don García Jiménez, don García Iñíguez Reyes de Sobrarbe, don Sancho García y don García Sánchez, reyes de Aragón. Todos eran, como quien dice, una misma cosa, y los autores de los nobiliarios habían ya probado hasta la evidencia, con la historia en la mano y, más que todo, con los blasones y campos rojos y azules, que Julio César no se había llamado así, sino a causa de la rudeza y barbarie de los escritores romanos; pero que su verdadero nombre era Julio García, deduciéndose, como consecuencia necesaria, que Bruto, en vez de ser un esclarecido patriota como lo describen los rectores a los muchachos de los colegios, había sido un solemne caballo, un verdadero bruto, supuesto que él creyó matar a un César, y éste no era César, sino García.

Desde que falleció don Ramiro Sánchez, el cristianismo, hasta la época en que comienza esta verídica narración, la familia había conservado su clara y limpia nobleza y transmitido tan preciosa herencia de padres a hijos con una fidelidad tal, que ni una sola portezuela de tan dorados blasones se había empañado.

La noble familia que había sucedido en el cargo de conservar tan precioso depósito, se componía de un viejo curro andaluz llamado Fulgencio, el cual tenía que mantener cosa de diez muchachos de todas estaturas, gruesos y tamaños, con sólo el producto de un cortijo, cuyos linderos podía medir con la vista un miope, sin necesitar de anteojos.

Don Fulgencio había gastado las economías de muchos años, como constaba en su antigua ejecutoria y con todas sus pruebas al canto, lo que en compendio hemos procurado indicar en las líneas anteriores. La ejecutoria tenía además, pintado en la carátula, un escudo dividido en cuatro cuarteles, coronado de un casco con su cimera y rodeado de un mote que decía:

«DE GARCÍA ARRIBA, NADIE DIGA».

Las nobles aspiraciones del tío Fulgencio no se limitaban a conservar sus pergaminos, a enseñárselos a cuantos amigos lo visitaban y a platicar

constantemente de sus antepasados; sino que pretendía que, además de ser descendiente de Julio César, lo era también de Adán; pero no del Adán de los anticuarios de donde proceden los indígenas de las Américas, ni del Adán negro de donde nacieron todos los esclavos, según creen los cultivadores de caña, sino de un Adán andaluz, más guapo, más valiente, más noble que cuantos adanes han dado origen al resto del género humano.

Sin embargo de todos estos grandes títulos, suficientes para que hubiesen llamado la atención de soberanos menos bruscos y bárbaros que los soberanos españoles, el tío Fulgencio, con diez descendientes de Adán y de Julio César, se moría literalmente de hambre, pues el producto de tres vacas, de ocho carneros y de dos docenas de olivos, no era suficiente ni para el gazpacho y el chocolate, que ya en esa época era la bebida favorita y casi indispensable de todo español bien nacido y descendiente de Julio García.

El tío Fulgencio necesitaba tomar una resolución enérgica; pero ella no era difícil, supuesto que ahí estaban las Américas empedradas de oro y plata, donde no había más que llegar y tomarse el trabajo de inclinarse, para reunir una gran fortuna y volver a la Península a tomar el título de conde, duque o marqués.

Fijo ya en este pensamiento, el tío Fulgencio se dirigió un día al puerto de Cádiz, en compañía de su hijo Fulgencio el chico, con el intento de enviarlo a América a que hiciese fortuna; pero como el tío Fulgencio no quería viajase así, como viaja una gente vulgar, y al mismo tiempo no tenía un cuarto, no hallaba en su noble cabeza el medio de salir del atolladero. Paseándose por las cercanías de la ribera encontró al tío Paco, otro andaluz, como él viejo y como él noble.

—¡Compadre Fulgencio!

—¡Compadre Paco! El Dios más grande, que es el Dios de los andaluces, me ha deparado a su merced.

—¿En qué puede servirle mi mucha nobleza? —contestó el tío Paco.

—Friolera, compadre; en enviar a este pimpollo a la América, a que recoja un poquillo de oro.

—¡Que ni mandao hacer, compadre! Conforme, y venga el muchacho.

—Bien entendío, compadre, que el muchacho ha de dir como quien es; no se diga que un nieto de Julio García y de Adán va ansí, como quiera.

—Ni por pienso, compadre. Cabalito que no dilata ni una hora en marcharse el virrey de México.

—Pues al lance compadre; con el virrey de México —dijo el tío Fulgencio dando una palmada con el reverso de la mano izquierda en la palma de la

mano derecha.

—Un momento, compadre —interrumpió el tío Paco—; ¡cabalito, que va de piloto del barco el señor Cristóbal Colón, y en dos palabras el chico Fulgencio se va con el virrey, y ya verá usted, compadre!: ¡hasta capitán no ha de pará!

—¡Viva por Jesú, compae! Mientras yo le digo cuatro cosa a Fulgencio el chico, y le doy la bendición.

El compadre Paco corrió a bordo del barco que se iba a hacer a la vela para Veracruz, y donde estaba ya embarcado el muy noble don Joaquín de Monserrat, marqués de Cruillas, que venía a México a desempeñar el cargo de virrey.

En un momento se halló tío Paco a bordo, y de manos a boca con el segundo piloto.

—Oye tú, Cristóbal —le dijo— me vas a hacer un favor: entre el pescao salao y entre los cachivaches de la cocina, te vas a llevar al muchacho del compadre Fulgencio. Ya sabes en que ha dao que es pariente de Julio García y de nuestro padre Adán, y quería que fuera en la misma cámara del virrey. Conque quitémono de ruío y métete a Fulgencio en la bodega; y si en el camino te dice algo o quiere decir que es pariente de Julio García, le das muy duro, y cuando llegues a la tierra, lo pones en la playa, y que lo ayude Dios y su pariente Julio García. Conque te lo traigo, y no hablemos más.

El segundo piloto consintió en la proposición, porque nada podía negar al compadre Paco, que le cuidaba a su familia siempre que él hacía sus largos viajes, y ambos, muy contentos, se estrecharon varias veces la mano.

El compadre Paco se dirigió a donde había dejado a Fulgencio.

—Servio, compadre, como uté lo desea. El muchacho se va con el señó virrey, regalao, mimao, como si fuera hijo de su mare: ya le dije a Cristóbal lo que tenía que hacer.

—Compadre, me ha quitao usté la Giralda que me bailaba en el corazón. Fulgencio será, como uté dice, capitán, y traerá mucha plata a la familia, y todo deberemo una fortunilla al compadre Paco. Venga un abrazo, compadre, y a bordo. Ante le diré cuatro palabras a Fulgencio.

El compadre Fulgencio abrazó por dos o tres veces al compadre Paco, y luego se dirigió a su hijo, que era un muchacho como de catorce a quince años, de anchas espaldas, de gruesos y colorados carrillos, de nariz chata y ojillos verdes, y que había estado entretenido jugando con otros camaradas, sin sospechar que los dos compadres habían, en un abrir y cerrar de ojos, improvisado su viaje de una manera tan singular.

—Escucha, Fulgencio —le dijo.

Fulgencio cruzó los brazos y se colocó delante de su padre.

—¿E verdá que yo te he dao una educación conforme a tu nacimiento?

—E verdá —dijo el muchacho.

—¿E verdá que no sabe leer de corrío, ni tampoco ecribí?

—E verdá —volvió a contestar el muchacho.

—Pero, e que nomá lo reye y lo virreye saben ecribí eso que apena se le entiende; pero eso no hace al caso: tú sabe sacá agua de una noria y regá los olivos y enjaezá un caballo: ¿no e verdá?

—E verdá —dijo otra vez el muchacho.

—Pue hombre sin hombre, no vale na: tú te va a la América.

El muchacho, que no aguardaba esta conclusión, llevó los brazos a la cara y se limpiaba con las mangas de una tosca camisa algunas lágrimas que salían de sus ojos.

—No hay que llorá: te va con el virrey: todito se lo debe al compadre Paco.

El muchacho se repuso algo en cuanto oyó el nombre del virrey; pero seguía, sin embargo, limpiándose las lágrimas.

—No hay que llorá: te va a México a coge oro y plata. Tan luego como llegue, si el señor virrey te lo permite, va mirando donde pisa; la piedra que veas de oro, te la guardas; la de plata la deja pa lo criado y pa lo marinero. Conque portarse bien, y acuérdate de tu agüelo Julio García, y haz dinero y sé honrao, pa que de «García arriba, naide diga». Cuando sepa ecribí, pon cuatro palabra a tu pare, que con darte la bendición te da cuanto tiene.

El compadre Fulgencio no dejó de enternecerse al decir estas últimas palabras, y sus ojos se llenaron de lágrimas al extender su mano para echar una bendición al muchacho, mientras con la otra se quitaba el sombrero, y alzando la vista al cielo, decía:

—Allá va el muchacho a las Indias. ¡Dios lo ayude!

Fulgencio el chico fue arrebatado del brazo por el compadre Paco, y antes de que pudiera hacer resistencia, antes de que pensase en despedirse de sus hermanos y reflexionar en lo que le sucedía, ya estaba embarcado en un falucho que lo condujo a bordo del buque en que se hallaba el virrey.

—¡No hay que olvidar lo dicho, Cristóbal! —gritó el compadre Paco al piloto—. Si el muchacho chista, duro, que así se hacen los hombres.

Tan luego como Fulgencio el chico saltó a bordo, Cristóbal lo hizo bajar a la bodega y lo colocó entre unas pipas de vino y unos barriles de aceitunas. A poco comenzó a moverse el barco y Fulgencio, desvanecido y perdiendo la

cabeza, cayó casi sin sentido entre los víveres y la humedad de su oscura habitación.

El compadre Fulgencio, pasado su primer movimiento de ternura, se pavoneaba muy satisfecho al día siguiente, contando a todo Cádiz que ya había hecho la fortuna de su hijo, el cual había marchado de capitán a México, al lado del virrey.

CAPÍTULO II

DEL VIAJE Y ARRIBO A VERACRUZ DE FULGENCIO EL CHICO, Y DE CÓMO NO QUISO CONTINUAR CON EL VIRREY, PARA TENER EL GUSTO DE RECOGER EL ORO Y TIRAR LA PLATA A LOS INDIOS Y A LOS ESCLAVOS

Luego que se alejó algunas millas de Cádiz el buque que conducía a su bordo al señor marqués de Cruillas, comenzó a soplar un viento fresco. La mar se puso gruesa y a los dos días se declaró una recia tempestad que hizo mover a la nave en todas direcciones, como si fuese una cáscara de nuez. Durante los diez días del temporal, Fulgencio permaneció atacado violentamente del mareo y sin aliento ni aun para tomar las escudillas de caldo que le bajaba el cocinero a la bodega, por orden del acreditado y famoso piloto Cristóbal Colón; pero tan luego como el viento calmó y la mar recobró su tranquilidad, desapareció el malestar del muchacho, su vacío estómago sintió un hambre devoradora, que saciaba con cuantos manjares buenos o malos le presentaban. En seguida comenzó a reflexionar en su situación. Tan pronto se veía en las calles de Cádiz jugando con sus amigos, como creía dormitar en el camaranchón que poseía en el cortijo paternal, o tomar el cubo para sacar agua de la noria y regar los olivos; pero un movimiento de la nave, a la que batían las olas por el costado, le recordaba su presente situación; la cabeza se le iba y se juzgaba ya de nuevo acometido por el mareo. Sin embargo, en medio de todos estos pensamientos, que algunas veces se presentaban con un carácter de duda en su cabeza, tenía bien fijas y clavadas en su memoria tres cosas: primera: que era de la noble y antigua descendencia de Julio García; segunda: que viajaba con el virrey; y tercera y principal, que tan luego como llegase a América, debería comenzar a recoger oro y plata. Con este oro, pues la plata era tan poca cosa, que ya estaba convencido que la dejaría para los criados, para los indios y para los esclavos, se proponía regresar dentro de algunos meses a España y comprar las inmensas posesiones que habían pertenecido en otros tiempos a la esclarecida familia de García. Un campo espacioso lleno de olivos; un rebaño numeroso de carneros; una manada de

las más lucidas yeguas andaluzas; en fin, todo esto y otras mil cosas, serían propiedad suya y de su familia; y todavía podía dejar como cosas inservibles, y olvidadas, algunos montecillos de oro.

No deben parecer exagerados estos pensamientos a los que sepan lo mucho que se ponderaban las riquezas minerales de las Américas y las pingües fortunas con que en efecto regresaban a España los que se dedicaban a trabajar algunos años en estas entonces benditas y magníficas tierras.

Disipada por estas halagüeñas ilusiones la tristeza que en medio de sus pocos años causó a Fulgencio la separación repentina de su patria y de su familia, salió a cubierta una mañana muy temprano, se lavó la cabeza en la proa del barco con unas cuantas cubetas de agua del mar, y muy erguido y satisfecho del alto destino que tenía que llenar en las Américas, se dirigió al segundo piloto, que se llamaba Cristóbal de Antúnez, y a quien, por los muchos viajes que había hecho a las Antillas, le nombraban en el puerto de Cádiz: Cristóbal Colón.

—Diga, señor Cristóbal, ¿dónde está el señor virrey? —dijo Fulgencio—. Quiero saludarle y darle las gracias en nombre de mi padre, por haberme traído en su compañía.

Antúnez se quedó un momento admirando el aire marcial y despejado de Fulgencio, y no sabiendo si reírse o ponerse serio, tomó al fin en la mano un pedazo de rebenque que, por lo gastado de sus puntas, se conocía que había servido ya para vapular las espaldas de algunos marineros, y le dijo:

—Mira, currillo; tu señor padre es cierto que te ha mandado con el señor virrey; pero mi compadre Paco me encargó mucho que, sobre todo, cuidara de hacerte hombre, y sabes que los hombres no se hacen si no es con los trabajos, con los peligros y también con algunos cariños de este instrumentillo; conque comienzo a cumplir el encargo del compadre Paco.

Esto diciendo, aplicó dos o tres latigazos en las anchas y robustas espaldas de Fulgencio el chico.

—Señor Cristóbal, esto es demasiado, y si mi padre lo viera, ¡vive Dios que lo agarraría por el fondillo e iría su mercé a remanecer a los cuernos de la luna!

—El peligro que tú corres, currillo, es que si el virrey o el comandante saben que vienes a bordo, sí que te mandan coger por el fondillo y te arrojan a la mar, porque no eres más que un polizón. Conque si quieres evitarme una buena reprimenda, lo mejor será que comiences a hacer tu servicio de marinero.

—Bien, bien, no me opongo —dijo Fulgencio—, ¿pero cuánto reale diario tengo que ir ganando?

—Vanidoso, mentecato —le contestó Cristóbal— ¿qué más quieres ganar que la comida y el transporte? Además, ¿qué sabes tú de marinero para que pretendas ganar algo?

—Pue entonce, ¿por qué diablo vengo con el virrey? ¡Tanto me valía verme quedao en mi casa! Capitulemo, tío Cristóbal —continuó—. Yo tengo acá mi modo de manejar el negocio. Me dará uté un vaso de vino todo lo día, y algún pecao, en lugar de esa mala chanfaina que me ha hecho volver hata lo hígado; y entonce veré, pensaré a ver si puedo jacer algo por uté; y eso, de látima que el virrey no lo mande agarrá por lo fondillo y echar al charco. Conque, negocio concluío, tío Cristóbal.

El piloto iba a responder y quizá a aplicar con alguna más fuerza nuevas latigazos a las espaldas de Fulgencio; pero éste no le dio tiempo, sino que arrojándose a su cuello, lo estrecho tres o cuatro veces con efusión, y después, mirándole frente a frente con los ojillos más alegres del mundo, prosiguió:

—No hay que poné mala cara, tío Cristóbal, que al fin uté sale ganando en gastar ese vino ante que se le tuerza o se lo beba toíto el virrey. No hay cuidao, que dentro de un mes veré si le puedo ayudar en algo.

Cristóbal iba a descargar toda su furia contra Fulgencio; pero como era un buen hombre en el fondo, se contuvo.

—¡Bah! —dijo—. Estos andaluces son como Dios los crió, y es fuerza hacer algo por el compadre Paco, que es el padre de todos mis hijos cuando yo ando por estos mares. Daremos a este tunante su ración de vino y pescado; pero en llegando al puerto, tengo que darle una felpa, que ha de acordarse de mí el resto de su vida.

El piloto volvió a donde lo llamaban sus ocupaciones, y Fulgencio se encaramó en el palo de bauprés y comenzó a mirar la mar azul y serena y a pensar en el venturoso momento de que, en llegando a las Indias, comenzaría a recoger montones de oro.

Ningún incidente particular hubo en la navegación. El piloto, que era muy querido de todos los jefes de la marina española, declaró que había un polizón a bordo que, por recomendación de un amigo íntimo, conducía a América, sin que por esto se le siguiese perjuicio alguno; y el polizón, por su parte, no perdonaba la ración de vino y de pescado, ocupándose solamente en ver la mar y dormir, decidido, como él decía, a hacer a Cristóbal algún favor para evitarle que el virrey lo mandase echar a la mar.

En la época en que comenzamos esta narración, que era el principio de la de Carlos III, los virreyes venían a México, por lo común, en lo que se llamaba la flota. La flota era la reunión que hacían en Cádiz los comerciantes, de muchos barcos cargados de efectos para las Indias. Estos barcos eran escoltados por buques de la marina real y hacían la travesía tan juntos, para defenderse de los corsarios y piratas según lo permitían los vientos, que no pocas veces solían dispersar enteramente la escuadrilla.

Luego que llegó la flota a la sonda de Campeche, el virrey hizo que una embarcación menor, que sirviese de correo o aviso, se adelantara conduciendo pliegos a Veracruz y a México, para anunciar su llegada al sucesor; y esperó a que en aquellas aguas tranquilas se hiciese la reunión de todos los barcos que se habían dispersado por las corrientes y los vientos. A los setenta y seis días de haber salido de Cádiz la flota con la capitana que conducía al virrey, fondeó en el costado del castillo de San Juan de Ulúa, cuyas obras de fortificación no se concluyeron y perfeccionaron sino algunos años después.

Luego que los cañonazos del castillo, que fueron contestados por los buques de guerra, anunciaron la categoría y dignidad del personaje que venía a tierra, el Ayuntamiento en cuerpo, presidido por el gobernador, se presentó en el muelle y recibió a tan ilustre huésped con las mayores muestras de acatamiento. El gobernador le presentó en una bandeja de plata colocada en un cojín de terciopelo carmesí, las llaves de la ciudad, que el virrey tomó por ceremonia, volviéndolas a dejar en seguida, diciendo: que «parando en manos tan fieles como las del gobernador», los intereses de S. M. estaban muy bien guardados, y la ciudad completamente segura. Una sonrisa de satisfacción y de orgullo vagó en los labios del gobernador, e indicando el camino a su comitiva, el virrey y todo su séquito marcharon entre una valla de soldados hasta la puerta de la parroquia, donde el cura esperaba con capa pluvial, para cantar un solemne Te Deum. Concluido este acto religioso, el virrey, con el mismo lucido acompañamiento, se dirigió a la habitación que se le tenía designada, donde estaban ya preparadas las literas y avío para el camino y, además, bandejas y azafates llenos de chocolate, de dulces y de bizcochos; sin faltar tampoco unas frasqueras de los más exquisitos y escogidos vinos. Todos estos regalos eran del virrey don Francisco Cajigal de la Vega, el cual acababa su periodo en el virreinato, y del Ayuntamiento y comercio de Veracruz, que competían en generosidad y magnificencia al obsequiar a los gobernantes que los reyes españoles enviaban a la Nueva España.

Ocupado Cristóbal el piloto con la maniobra de la entrada, con el desembarco de los equipajes y con otra multitud de atenciones del momento,

no se acordó del polizón que venía a bordo; pero éste, que conocía su negocio, como él decía, se dio su buen baño de agua salada, se puso una camisa limpia que tomó del equipaje de Cristóbal, y se embarcó en el mismo bote en que el virrey vino a tierra, mezclándose en la procesión y en las demás ceremonias, sin que nadie le dijese una sola palabra, porque todos lo suponían de la servidumbre del ilustre personaje; así es que gozó de todo, comió perfectamente, bebió magníficos vinos y recibió todo género de atenciones de los veracruzanos, que no habiendo podido mirar y conversar con el virrey, se creían muy dichosos con tratar siquiera a uno de sus inmediatos superiores. Fulgencio recibió con un aplomo y con una seguridad tal todos estos obsequios, que nadie dudó que era por lo menos el lacayo favorito del marqués.

Por la tarde, al tiempo que el virrey salía al corredor de la casa a tomar el fresco, Fulgencio se le presentó.

—Conque, señor marqués, me voy, porque yo sé mi negocio, y para eso me mandó mi padre a las Indias; pero antes he querido darle las gracias por la compañía.

—¡Insolente! —dijo el virrey de pronto.

Pero como Fulgencio se lo quedaba mirando con sus ojillos alegres y con un aire completo de tranquilidad, se calmó y, sonriéndose, le preguntó quién era.

—Señor marqués, yo soy, en primer lugar, descendiente de Julio García, y en segundo, de Adán; pero de Adán el de Andalucía.

—Antes de haberlo oído hablar hubiera yo apostado que era andaluz — dijo el virrey, y luego, dirigiéndose al muchacho, continuó preguntándole—: Y bien, ¿dónde viniste?

—En ese barco que está junto al castillo —dijo Fulgencio—. El señor marqués tuvo la bondad de acompañarme, vamos, y a fuerza tengo que decirle alguna cosilla por la compañía.

—¿Y a qué vienes a México? —le preguntó el virrey sonriendo.

—Mi señor padre me dijo: «Hombre… ve, recoge un poquillo de oro, y dentro de unas semanas te vuelves a tu casa…». Conque ya ve usted, señor marqués, que tengo algún quehacercillo.

—A eso vinieron también Cortés, Alvarado y Guzmán —dijo en voz baja el marqués— y a eso, en sustancia, vengo yo también —y luego, dirigiéndose a Fulgencio, continuó—: Supuesto que a eso te mandó tu padre, no hay más que obedecerlo. Toma, y ve con Dios, y estoy seguro de que con ese taco y

esa confianza que tienes en la fortuna, dentro de algunos años has de ser uno de los hombres más ricos de la Nueva España.

Puso en las manos de Fulgencio algunos escudos de oro, y le hizo seña para que se marchase.

Fulgencio se dirigió al muelle para buscar medio de volver a bordo y despedirse del piloto Cristóbal; pero éste, con el rebenque en la mano, registraba cabalmente con la vista a toda la gente, para observar si entre ella estaba el recomendado de su compadre Paco.

—Una hora llevo de buscarte, maldecido muchacho —le dijo en cuanto lo vio.

—Nos han recibío grandemente, Cristóbal —le contestó Fulgencio—. El gobernador me entregó las llaves, el cura me cantó en la iglesia, y toditos me han traído en las palmas de las manos. Ya le dije cuatro cosas al virrey, y le dejo que se marche, porque yo tengo que atender a mi negocio.

—Bueno; me alegro de todo —le respondió el piloto, riéndose de la vanidad del muchacho—. Pero como el compadre Paco me encargó que no dejara de hacerte hombre, tengo que cumplir su encargo. Ven por acá, y nos despediremos, porque yo tengo que volverme a bordo.

Cristóbal y Fulgencio, se dirigieron a un lugar solitario fuera de las murallas.

—Mira, Fulgencio —le dijo el piloto señalándole la dirección de México

—, por allí es tu camino; sé trabajador y hombre de bien, y harás fortuna. Toma esta poca ropa y estos cuartos, con lo que te bastará para el camino, que en llegando a la ciudad, no faltará un paisano que te dé la mano. Y le entregó una maleta que previamente había sacado del barco, con unas cuantas piezas de ropa y algunas monedas de plata.

—Ahora —continuó—, para que te acuerdes de mí y del tío Paco, toma, porque es preciso enseñarte a ser hombre.

Y al decir esto, aplicó media docena de golpes en las espaldas de Fulgencio, de manera que, cuando éste trató de escapar, dando de gritos, ya Cristóbal, con la mayor serenidad, le tendía la mano en señal de amistad.

—¡Mal rayo!… —dijo Fulgencio dándole la mano.

—Estos latigazos, hijo mío, te harán hombre. Conque, adiós, y cuando puedas, da noticias de ti en el puerto, que yo, como los pájaros de la mar, suelo visitar estas playas todos los años en la buena estación.

El piloto se entró en la ciudad, y Fulgencio, rascándose las espaldas, que tenía todavía medio dormidas a causa de las «caricias», y echándose su maleta al hombro, tomó el camino a México a pie, sin recomendaciones, sin

parientes, sin saber un oficio, sin más elementos que los que encontraban en esta tierra de promisión la multitud de polizones que venían de España, como Fulgencio el chico, sin más capital que la bendición de sus padres.

CAPÍTULO III

DE CÓMO HIZO FULGENCIO EL CAMINO DE VERACRUZ A MÉXICO, RECOGIENDO MUCHAS PIEDRAS DE ORO, Y DE LA QUEJA QUE DIO AL VIRREY CONTRA UNOS ARRIEROS QUE LO TRAJERON MONTADO EN UNA MULA, HASTA CERCA DE PUEBLA

Como del examen que hizo Fulgencio del terreno por donde caminaba, resultó que en vez de oro no había más que pesados arenales semejantes a otros que había visto en las playas de Andalucía, asaz mohíno y disgustado siguió andando hasta que, lleno de fatiga, se atrevió a pedir alojamiento en una choza, que sin duda pertenecía al pueblecillo que hoy se llama de Santa Fe. Cenó lo que le dieron, y echándose en un cuero de toro que le designaron como cama, colocó la cabeza sobre su maleta y, en breve, el sueño y el cansancio hicieron que cerrase los ojos y durmiese profundamente, hasta que la luz del nuevo día, entrando por la puerta de la choza, que, como es costumbre en la costa, había quedado abierta, le anunció que era hora de levantarse y de continuar su peregrinación. Pagó, pues, su módigo escote, adquirió algunas señas y pormenores del rumbo que debía seguir, y despidiéndose de aquellas buenas gentes, que estaban ya habituadas a ver pasar todos los días multitud de polizontes y aventureros, continuó su camino, con la esperanza de que sería más feliz que el día anterior.

Una llanura interrumpida sólo por pantanos y ciénagas, en parte revestida con un césped tostado por el sol y en parte eriaza y arenosa, no indicaba a Fulgencio ni la más remota esperanza de encontrar el oro que con ansia buscaba con los ojos, haciendo y deshaciendo camino para examinar todo lo que parecía reflejar el brillo del codiciado metal. En esta fatiga pasó la mayor parte del día, hasta que el calor del sol y el cansancio pudieron más que su exaltada imaginación y su robusta y juvenil contextura. Ya entrada la tarde, divisó unas chozas y, sin pensar más que en concluir la jornada y en saciar el apetito, se dirigió hacia ellas.

Como la hospitalidad de todos los habitantes de México ha sido tradicional, y con especialidad la de los veracruzanos, Fulgencio ninguna

dificultad tuvo en encontrar alojamiento y cena, compuesta ésta de un sabroso arroz blanco y unos trozos de excelente ternera asada. La colación no escasa con que refrigeró su estómago, disipó en parte su malhumor y le dio fuerzas para continuar al día siguiente. Muy de madrugada, y evitando la compañía de algunos pasajeros que seguían el mismo rumbo, se puso en marcha; de manera que, cuando el sol salió, comenzaba a entrar en un país montañoso, donde seguramente debería encontrar la fortuna. En efecto: lleno de asombro, comenzó a notar piedras que ya relucían con un brillo opaco, o ya contenían partículas amarillas y algo rojizas.

—A Dios gracias —dijo sentándose en una peña— que no me acompaña ya el virrey. ¡Vaya un viejo tacaño e insufrible! ¡Darme unos cuantos escudos en esta tierra, donde toditas las piedras son de oro! ¡Bien podía haberme llenao el saco de doblone, pa jacer el camino montao en un mulo! Vamo, vamo, Fulgencio, que tú no tiene necesidá de naide. A recoger piedra y a seguir el camino.

Se levantó lleno de animación, se restregó las manos, miró con sus ojillos alegres la perspectiva de riqueza que tenía delante, y comenzó a trepar por la serranía.

A cada dos o tres pasos se detenía y levantaba piedra tras piedra. Las que eran calizas y de un color blanco, las tiraba diciendo: «Éstas las dejaremos para los mexicanos». Y las de granito, que según él tenían muchas partículas de oro, las echaba en su maleta y decía: «Eto e nuetro, y toíto ete oro e pa lo españole».

Preocupado enteramente con el penoso, pero para él productivo trabajo, se desvió del camino real, de manera que, ya cerca de la noche, con los pies ampollados, rendido de fatiga, sin saber qué rumbo tomar, observó con terror que las sombras crecían, que extraños aullidos de fieras se escuchaban por las cavernas de la sierra y que, en toda la extensión que su vista podía abarcar, no encontraba ni un ser viviente ni vestigios que le indicasen la cercanía de alguna habitación. Sin fuerzas y sin ánimo para nada, se dejó caer y, volviendo los ojos al cielo, se le presentó por primera vez, con toda su viveza, el recuerdo de su florida Andalucía, de su pequeño jardín, y del pobre pero cómodo camaranchón que tenía en el cortijo paternal.

—¿Pa qué diablo jui yo a salir del castillo de lo García —dijo— y vine a eta soledá, donde acostao en el oro me pueden comer lo tigre y lo leone?

¡Dios perdone a mi padre y a la mala yerba del tío Paco, que me mandaron con el virrey, y mala bomba aplaste al virrey que me ha dejao venir solito!

Comenzaba ya a desesperar de un salvación y a llenársele los ojos de lágrimas, cuando escuchó el tin, tin, agudo de una campanilla y, a poco, una yegua torda fue asomando su largo y flaco pescuezo por la quiebra de la montaña; tras de la yegua venían unas mulas rollizas y lozanas, cargadas cada una con un par de barriles de aguardiente, y, tras de la recua, caminaban cuatro arrieros, muy alegres, cantando y chiflando cancioncillas del país, muy semejantes a las de Andalucía.

El corazón de Fulgencio se abrió a la esperanza; y haciendo un esfuerzo, se puso en pie y comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Paisano, paisanito, eh, paisano, duélase de un viajero extraviao y rendío e fatiga!

Los arrieros torcieron la rienda a sus mulas y se dirigieron al lugar de donde venía la voz.

—¿Qué demonios está haciendo el paisano en este lugar tan extraviado — le dijeron— y por donde no pasan más que los hatajos de las haciendas de Tezumapa? Esta vereda sólo nosotros la conocemos, y aun cuando se corta el camino, nadie se atreve a pasarla, por las muchas barrancas y precipios que tiene.

—Vengo e Veracrú, paisano; y rejuntando por curiosidad una piedrecilla, trepé de cerro en cerro y perdí el camino; pero aquí etá ya el hijo e mi mare, y les hará el favor de acompañarlo pa que na les suceda.

El que parecía mayordomo de los arrieros se echó a reír al notar el garbo y desparpajo del muchacho, y mandando traer una mula que venía sin carga, lo colocó en el aparejo y así siguieron caminando todavía un largo rato, hasta que ya muy entrada la noche hicieron alto en una cañada que formaban dos grupos de cerros. Fulgencio prosiguió su camino en compañía de los arriegos, hasta las cercanías de Puebla, mejor avenido con el ancho aparejo de la mula que le había designado, que con la ruda fatiga que en el principio de su viaje había tenido, andando a pie leguas que le parecieron de doble dimensión que las de su tierra. No por venir en compañía de los nuevos amigos, se descuidó de su principal ocupación, pues mientras éstos ordenaban el hato y echaban de comer a sus mulas, el muchacho, se hacía el perdedizo por un momento, y regresaba con los bolsillos llenos de piedras, de manera que, en pocos días, su maleta se había llenado completamente. Los arrieros, a su vez, se divertían con escuchar las historias que el muchacho les refería del valor y la nobleza de su padre, del gran influjo que ejercía en el puerto de Cádiz el tío Paco, y de los agasajos que el virrey y el piloto Cristóbal le habían hecho en la navegación.

—El señor virrey en personita —decía Fulgencio— cuidaba todito los días, de darme mi vaso de vino y mi lonja de pescao.

Poco antes de llegar a Puebla, Fulgencio se encaró con el mayordomo de los arrieros y, metiendo sus dos manos en los bolsillos, y meneando a compás la cabeza y la pierna derecha, le dijo:

—Tío Marcelo, ya nos hemos tragao muchas leguas, ¿no e verdá?

—Y todavía nos falta la tercera parte del camino —le contestó el arriero.

—Pue bien: ¿le paece juto que arreglemo nuestra cuenta?

Marcelo creyó que el muchacho quería pagarle el flete de la mula en que había caminado y la comida de que había participado, y como jamás fue su intención el cobrarle nada, le volteó la espalda con desenfado.

—¿Qué cuentas hemos de arreglar Fulgencio? No es nada, pues estamos acostumbrados a esto los que hacemos viajes de México a Veracruz.

—No hay que volver la asentadera, tío Marcelo, ni que echarla de guapo.

—¡Bah! Dejemos eso, Fulgencio; no hay en esto generosidad, sino costumbre.

—¡Cómo! Explíquese bien, tío Marcelo. ¿Conque se acostumbra en la India no pagá el trabajo? Diga, diga sin andarse con delicadeza ¿cuánto reale me debe?

Marcelo volvió la cara lleno de asombro.

—¿Cómo? ¿Qué dices Fulgencio? —le preguntó.

—Lo dicho, tío Marcelo: ¿cuánto reale me ha de pagá?…

—¿Yo pagarte? —interrumpió Marcelo.

—¡Clarito! ¿Pue cuánto vengo yo ganando por venir enroquetao en el mulo?

—¡Tuno bribón! —dijo Marcelo.

—Mi trabajo y na ma: clarito —replicó Fulgencio acercándose a Marcelo.

—Mira, no te doy de palos, porque sé que eres andaluz y, como todos ellos, desagradecido y papalón. Pero ahora mismo te marchas de aquí con tu talega de piedras, que le ha hecho ya una matadura a una de mis mejores mulas. ¡Largo, largo antes que yo haga una de las mías!

Fulgencio vio tan enojado y decidido al arriero, que cargó su maleta y echó a andar por el camino real.

—¡Canalla de indio y de negro! Con toíta razón son eclavo —dijo en cuanto se alejó un poco—. Me contuve; pero si me he dejao llevar de mi genio, de una mordía acabo con lo arriero y con toíto el hatajo. Depué que le he hecho el favor de caminar en su mula, no me ha querío pagá y me ha robao el indino. ¡Ya se lo diré al señor virrey!

Ese día, Fulgencio tuvo que hacer su jornada a pie, cargando su maleta llena de piedras; pero como no había gastado sus escudos, fácil le fue encontrar alojamiento y comida.

Al día siguiente del tremendo pleito con el tío Marcelo, una nube de polvo y mucho ruido anunció a Fulgencio que una gran cabalgata venía por el camino.

Se hizo a un lado y observó que era la comitiva del virrey. Gritó hasta desgañitarse; pero por el ruido de los caballos y por la violencia con que iban todos los caminantes, no pudo ser escuchado. Pasó la cabalgata sin hacerle caso, y él tuvo que continuar su camino a pie pensando, a pesar de la fatiga que experimentaba, que los arrieros le habían robado el precio del enorme trabajo que había emprendido al hacerles el favor de caminar en la mula que le habían prestado. Fijo en esta idea, hizo cuantos esfuerzos pudo y, en efecto, llegó al mismo paraje donde se había detenido el virrey para hacer su entrada pública en Tlaxcala. En la noche le fue imposible acercarse a la noble persona del marqués; pero en la mañana siguiente, con un aire de desembarazo y de confianza, como si fuese de la casa, logró acercarse al virrey al tiempo mismo que éste montaba en el coche para continuar su camino.

—¡Justicia, señor virrey! —dijo doblando una rodilla, quitándose una vieja y raída casqueta e inclinando la cabeza con el aire más compungido y sumiso.

—Vamos, retírate, no estorbes el paso —dijo el virrey algo amostazado.

—¡Justicia, señor virrey, justicia! —volvió a exclamar Fulgencio.

—¿Qué se te ofrece? ¿Quién eres? Levántate y habla.

—Soy el mismo de Cádiz y el mismo de Veracruz, señor virrey.

—Singular respuesta —dijo éste dirigiéndose al Justicia Mayor del pueblo, que permanecía junto al estribo del coche.

—El mismo que vino en compañía de ucencia —prosiguió Fulgencio, poniéndose en pie y levantando la cabeza.

—Vaya —dijo el virrey con buen humor—, debí haberte reconocido por el traje y la voz. Tú eres el andaluz pariente de Adán, que se me presentó en Veracruz… Bien… Despáchate pronto… ¿Qué se te ofrece?

—¡Me han robao, me han robao!

—¡Pobre muchacho! Te quitarían acaso los escudos que te di, ¿no es verdad? ¿Qué decís de esto, señor Alcalde? —prosiguió—. Apenas acabo de entrar en el reino, cuando ya comienzo a oír quejas de los desórdenes.

¡Contad con que en el momento que llegue a México, mandaré que os

reduzcan a prisión y, si el caso lo requiere, que os ahorquen si no parecen los ladrones que han robado a este muchacho!

—Señor Virrey —contestó el alcalde poniéndose pálido—, si vuecencia me manda ahorcar, obedecerá, pues soy fiel súbdito de su majestad; pero podría jurar que no hay un solo ladrón desde el real puerto de Veracruz a esta ciudad: oro molido se puede tirar con la más completa seguridad.

—Pues el Justicia dirá lo que quiera, señor virrey; pero a mí me han robao

—interrumpió Fulgencio.

—¿Y quién te ha robado? Habla, explícate —continuó el virrey—, porque este es un caso muy grave y yo no permitiré…

—Uno arriero.

—¿Unos arrieros? —interrumpió el alcalde—. ¡Imposible! ¡Si es la gente más honrada de todo el reino! Conducen dinero, alhajas y toda clase de efectos muy valiosos, y en cuarenta años que hace que resido en el país, no he oído decir que los arrieros se hayan robado ni una sola hebra de seda.

—Pue toíto eso será muy cierto —insistió Fulgencio—, pero a mí me han robao, señor virrey.

—No lo dudo, no lo dudo, señor alcalde —dijo el virrey, con mucha seriedad—. Este muchacho no puede mentir, y ya veremos cómo parecen no sólo los ladrones, sino también el robo. En el acto mandará usted, señor alcalde, que sean detenidos y reducidos a prisión todos los arrieros que se encuentren en el camino.

—Pero señor virrey —dijo el alcalde con la voz muy cortada—, es imposible que los arrieros hayan robado ni a este muchacho ni a nadie. Las personas que están aquí pueden decir si los arrieros son o no la gente de más confianza y seguridad de la Nueva España. Tenga vuestra excelencia la bondad de ordenar que este muchacho nos refiera algunos pormenores y nos diga en qué consistió su robo, y yo prometo, a fe de Pedro Carrasco, que antes que V. E. llegue a México, los ladrones estarán castigados.

—Nada más justo señor alcalde —respondió el virrey—. Vamos, muchacho; explícate y cuenta con franqueza lo que te ha pasado.

Fulgencia se rascó la cabeza, miró a toda la concurrencia que había acompañado al virrey hasta el estribo del coche y, haciéndose el ánimo de hablar clarito, como él decía, se encaró con el alcalde.

—Por el nombre de Fulgencio García que me dio mi señor padre, que lo que digo es la purita verdá. Verá uté, señor virrey. Yo estaba recostado debajo de un árbol, cuando vi llegar una yegua torda y tras de la yegua torda unos mulos, y tras de los mulos otros mulos, que eran los arrieros. Yo nadita les

pedí y ellos me montaron en un mulo aparejao y día con día he venío trabajando hasta aquí cerca.

—¿Y en qué has venido trabajando? —le preguntó el alcalde Carrasco.

—¡Toma! en venir encima del mulo; pero acabaré mi queja. Como decía, señor virrey, aquí cerca les pedí que me pagaran.

—¿Que te pagaran? Y ¿por qué? —preguntó el alcalde.

—¡Toma! señor alcalde, ¡toíto lo que he ganao por venir montao en el mulo! No quisieron darme na, y me han robao: ahí está el cuento.

—¿Y esa es toda tu queja? —le preguntó el virrey conteniendo la risa.

—¿Y qué más, señor virrey?

—Señor alcalde, me pone usted en el acto en la cárcel a este muchacho por embustero y calumniador; y si lo encuentra usted justo, como lo encontrará, puede usted mandar que le den veinticinco azotes

—Señor virrey —observó el alcalde— he oído que se llamaba García, y como los García son nobles, la pena de azotes… vuecencia sabe, que por las paternales y benéficas leyes de nuestros amados y augustos soberanos, el castigo de azotes es sólo para los indios y para los plebeyos.

—Es verdad —contestó el virrey—, pues entonces es necesario imponerle otro castigo.

—Señor virrey —interrumpió Fulgencio—, lo mejor será, salvo el parecer de ucencia…

—¿Qué será mejor, terco embustero?

—Que ucencia me lleve a México y allá…

—Y allá vayas a querer que te pague yo por el trabajo que voy a darte de caminar en coche.

—Señor virrey, la cosa no es lo mismo; los arrieros y los plebeyos deben pagar hasta por dar los buenos días a los que nos llamamos García; y los García, debemos servir de rodilla al virrey.

—En el fondo dice bien este muchacho —repuso el virrey—, pero la ocurrencia ha sido peregrina.

Sonrió al decir esto, y el alcalde y los demás asistentes tuvieron que sonreír también. Se despidió de todos y montó en el coche. Al partir las mulas, sacó la cabeza por las portañuelas y dijo:

—Que acomoden por ahí a ese muchacho, en la tablita de uno de los coches de mi comitiva.

CAPÍTULO IV

DE LAS SABROSAS FRUTAS QUE COMIÓ FULGENCIO EN LA CIUDAD DE MÉXICO, Y DE CÓMO HALLÓ ACOMODO EN LA CASA DE LOS HERMANOS AGUIRREVENGURREN

Fulgencio, sin separarse de su pesada maleta de piedras, fue acomodado en la hamaca de uno de los carruajes que componían la comitiva del virrey, y cernido, magullado y confundido entre las cajas de vinos y tompeates de víveres, llegó a la Villa de Guadalupe, donde toda la servidumbre debía hacer alto hasta que el marqués llegase y fuese recibido según la costumbre y el ceremonial de entonces. Por más esfuerzos que hizo Fulgencio, le fue imposible que los criados consintieran en que permaneciese allí, sino que lo despacharon a México, temiendo, sin duda, que el buen carácter del polizón llamara la atención del marqués y lo convirtiera acaso en su favorito, con perjuicio de los que desde España venían haciendo méritos en solicitud de tal favor. El muchacho, negando, echando rayos y prometiendo pedir justicia al virrey, tuvo que obedecer, y se puso en camino cargando su tesoro, resuelto a comenzar en las Indias una vida espléndida e independiente.

Luego que llegó a la ciudad, recorrió sus principales calles y se dedicó a comprar lo que necesitaba.

—Paisano —dijo al entrar en una tienda de ropa— deseo lo mejor que haya para un vestido completo, porque éste se me ha gastado un poquillo con el viaje.

El tendero se le quedó mirando y dudaba si entraría o no en trato; pero al fin pensó que, pues el muchacho pedía con tanto garbo los efectos, tendría lo bastante para pagarlos.

—Vaya, paisano; aquí tiene usted diversos efectos.

—Nada, nada —dijo Fulgencio—, toíto eso no vale un ardite. Paño, paño de San Fernando es lo que necesito, y que sea igualito al de la capa de mi padre.

El tendero no sabía qué hacer ni qué pensar; pero al fin se resolvió a bajar una pieza de un paño verde botella.

—Café, café oscuro —dijo Fulgencio—, ¿no he dicho que lo quiero igualito a la capa de mi padre?

—Paisano, como yo no sabía de qué color era la capa de su padre… Pero ahí tiene usted una pieza como la desea… Vale cuarenta duros la vara.

—¿Y qué tenemos con eso? Corte usted lo que sea necesario para un vestido completo.

—Aunque supongo que tendrá usted con qué pagar… bueno será… todo ello importará unos ciento cuarenta duros.

—Como usted guste, paisano, lo mismo me da a mí…

Fulgencio se inclinó a su maleta, que había colocado en el suelo, la abrió, y sacando tres o cuatro piedras, las echó con garbo sobre el mostrador diciendo:

—Páguese usted, paisano con esas piedrecillas de oro; y si algo sobra, deme vueltos algunos cuartos.

Los cajeros se agruparon y soltaron la carcajada.

—¡Cómo! ¿Es posible que haya creído el paisano los cuentos que refieren en la Península?

—¡Qué cuentos ni qué alforjas! —dijo Fulgencio mohíno—. Ni sé que esto sea cosa de risa. Yo he recogido en el camino algunas piedras de oro.

—Pues esas piedras no son más que piedras comunes que nada valen, paisano. En México hay, en verdad, piedras de oro y de plata; pero esas están en los minerales, a mucha profundidad, debajo de la tierra, y es menester sacarlas, beneficiarlas y después amonedar la plata y el oro que resulta de ellas.

Fulgencio quedó como petrificado con esta explicación.

—¿Conque es decir —exclamó— que todo este talego nada vale?

—Si todas las piedras son como éstas, nada vale.

—¿Me hace usted el gusto de ver todo el talego?

—Y como que sí, paisano.

Fulgencio alzó la maleta y la vació en el mostrador. Entre las piedras había, efectivamente, algunas que brillaban mucho, y los tenderos las voltearon de todos lados y las miraron contra la luz.

—Algunas de estas piedras tienen cobre, paisano; pero las demás son lo mismo que las que están en los empedrados de las calles.

—¿Conque es decir —volvió a exclamar Fulgencio— que yo na tengo y he venío cargando de balde este maldito talego?

—Paisano, usted acaba de llegar de España, ¿no es verdad?

—Hace un cuarto de hora, paisano.

—¿Y a quién conoce usted en México?

—A nadie.

—¿Y a quién viene recomendado?

—A nadie.

—¿Y tiene usted algunas monedas?

—Unos cuantos cuartos.

Fulgencio sacó del bolsillo las monedas de oro y plata que le quedaban.

—¡Bah! —dijo el cajero—. Con menos de eso viví yo un mes cuando vine hace diez años. No hay que afligirse, paisano, Dios es grande y la América rica. Lo que hay que hacer es gastar muy poco, mientras se encuentra acomodo.

—¿Y dónde tengo que buscar ese acomodo?

—En el comercio. No hay más que ir de puerta en puerta, que ya saben que los polizontes son gentes de honra y provecho. Entre tanto, es menester buscar un mesón para pasar algunos días.

Fulgencio, abatido, descoyuntado como si hubiese recibido un golpe eléctrico, bajaba la cabeza y los ojos y no tenía ni aliento para responder. Todas sus ilusiones respecto a las riquezas fabulosas de las Américas se habían desvanecido en un momento, y sus sueños de oro se le habían convertido en un montón de tierra y de piedras, que los cajeros tiraban a la calle sacudiendo el mostrador y guardando sólo cuatro o cinco trozos que tenían algunas partículas relucientes de cobre.

—Conque a fuer de españoles —dijo Fulgencio mirando que tiraban las piedras a la calle— ¿nadita vale todo esto?

—Nada, paisano —le contestaron los cajeros— y no piense más en ello. Vale más que cobre ánimo y que, antes de que se le acaben esas monedas, camine a buscar en qué ganá la torta. Aquí somos muchos y el amo no recibirá ya más gente; pero no será así en otras tiendas.

—Paisano, gracias, gracias —dijo Fulgencio tristemente…—. Pero, ¡qué diablo! —exclamó después recobrando todo su brío y buen humor—. ¡Quién dice miedo! Ya veremos, paisano, cómo llego con el tiempo a tener montones de piedras de verdadero oro… Que Dios os guarde, paisano, y hasta más ver.

—A todos los que venimos nos sucede este chasco —dijo el cajero a sus compañeros—. En España creen que no es más que llegar a América y recoger montones de oro, cuando lo cierto es que cuesta mucho trabajo ganar la torta y guardar unos cuantos maravedís.

Fulgencio se salió de la tienda, y muy tranquilo y conforme ya con el cambio repentino de su situación pensó en buscar un acomodo. Se dirigió

maquinalmente al Parián y, entrando por una de sus callejuelas, alzó la cara, y lo primero que vio fue un letrero arriba de dos puertas que decía:

«Aguirrevengurren hermanos». Como hemos dicho que Fulgencio no sabía leer de corrido, comenzó a deletrear, sin quitar la vista del rótulo, hasta que a fuerza de trabajo y de paciencia, logró saber lo que decía.

—Vaya un nombre facilito —dijo—. Naíta ha faltao para que me lleve toíto el día deletreando.

—¿Quería algo, paisano? —dijo desde la puerta alguno que oyó el soliloquio de Fulgencio.

—Paisano, ¿usté es el dueño de la tienda?

—Yo no, paisano; pero no tardará en bajar el amo.

Fulgencio esperó. A poco bajó a la tienda un hombre gordo, muy entrado ya en los cincuenta, de muy baja estatura, con una nariz que terminaba en una media esfera encarnada; ojos muy pequeños, sombreados por unas espesas y negras cejas, que parecían dos retazos de un cepillo de botas. Un birrete negro, encajado hasta las orejas, le cubría una espaciosa calva; mas a pesar de lo tosco y aun deforme de sus facciones, su boca rasgada, con un par de hileras de dientes todavía blancos, expresaba la bondad y franqueza, que también se habría podido notar en los ojos, a no impedirlo la sombra que proyectaban en ellos las erizadas cejas y sus gruesas pestañas.

—¿Qué quiere este mentecato? —dijo el amo luego que vio a Fulgencio.

—Paisano, si uté no lo lleva a mal, quiero un acomodo —contestó Fulgencio.

—¿Acomodo? ¿Y de qué? —preguntó el amo con una voz un poco áspera y regañona.

—De lo que uté guste, paisano.

—¿Sabes escribir?

—Vea uté: lo que es eso, no he comenzao toavía.

—¿Sabes leer?

—La verdá… no sé toavía leer muy de corrío; pero con algún trabajillo, leeré too lo que uté quiera… ¡Toma! he leío ese nombre que está arriba de la puerta… Y con eso se dice tóo.

—El nombre, el nombre —gruñó el amo— es el mío, y ninguno tiene que ver si es largo o si es corto. Ese fue el nombre de mi padre y basta. Y tú,

¿cómo te llamas?

—Fulgencio García, y con decir García se dice tóo. Entre nuestra familia ha habido más condes y reyes que el pelo que tiene usted en las cejas.

—¡Demonio! —exclamó Aguirrevengurren riendo.

—Como uté oye —prosiguió Fulgencio.

—¿Y de dónde eres tú?

—De Andalucía, para servir a uté; casi del merito Cádiz.

—¡Demonio! —volvió a decir el amo—. Todos los andaluces son el diablo de habladores y de vanidosos. Bueno, si quieres quedarte en la casa…

¿Qué dices Romero? —continuó, dirigiéndose al dependiente, que era la persona que había hablado primeramente con Fulgencio.

Romero tenía una figura que formaba un contraste marcado con la de su amo. Era alto, seco, pálido, con muy escasas cejas, con tres o cuatro dientes en la boca y más de sesenta primaveras en todo su enjuto cuerpo.

—Patrón tenemos necesidad de un muchacho que barra la tienda y que traiga la comida, y este pillo parece fuerte y bueno; pero si no es bueno, lo podremos enderezar con unos cuantos palos.

—Ya ves, Romero se encarga de ti, y puedes quedarte desde hoy si gustas; tendrás cuatro duros cada mes, la casa y la comida.

—Paisano, hablemo claro. Yo me quedaré y tendrá uté un mozo que no lo encontrará mejor ni mandao jacer; pero he de ganar lo menos diez duros cada mes y un vaso de vino en la comida. Si la perla acomoda, bien; y si, no, a noramala, no hay naa perdió, que al fin, luego que venga el virrey…

—¡Insolente, avariento! Apenas llegas y ya quieres ganar diez duros.

¿Qué dices, Romero?

—Que es un avariento —repitió Romero.

—En cuanto al vino… ¡bah! Te daré un poco y cinco duros —dijo el amo.

—Paisano, hasta más ver —dijo Fulgencio dando la vuelta y siguiendo su camino por la callejuela.

—¡Pícaro! —exclamó Aguirrevengurren—. Apenas pisa la tierra, y ya quiere juntar montones de dinero. ¡Diez duros! ¡No los valen él ni toda su generación! ¿Qué dices, Romero?

—El muchacho es fuerte; y si él quisiera acomodarse por seis pesos, el patrón haría bien en tomarlo.

—Él volverá, él volverá; porque acomodos de a seis duros no se encuentran fácilmente en México.

Fulgencio, confiado en las monedas que tenía, fuese a buscar un mesón, decidido a pasear unos cuantos días a sus anchas, y esperar, entre tanto, la entrada del virrey, con cuya amistad y protección creía contar. Confiando con una fe digna de los primeros apóstoles, en su porvenir de riqueza, el muchacho andaluz, en vez de economizar, como se lo aconsejaron sus paisanos los cajeros de la tienda, comenzó a gastar a sus anchas su

pequeñísimo capital, perdiendo la mayor parte de él en jugar a la pelota con otros polizontes que, por ociosos y altaneros, corrían la luna en la ciudad y no habían podido encontrar colocación. A los ocho días de holganza, no quedándole ya más que unos cuantos cuartos, se decidió a aceptar el salario de cinco pesos que le habían ofrecido los hermanos Aguirrevengurren, y se encaminó al Parián, entrando antes y como de paso al mercado del recaudo y de la fruta. Comenzó a recorrer los puestos y a hacer preguntas a los indios vendedores, hasta que llamó su atención un puesto que tenía frutas para él desconocidas: eran piñas, aguacates y ciruelas. Compró una piña, sacó una gran navaja que le había regalado entre su equipaje el piloto Cristóbal, y se sentó en un poste a comer grandes tajadas; los que pasaban y observaban al andalucito, comiendo con un verdadero placer una piña con cáscara, sonreían, porque estaban ya acostumbrados a ver a los peninsulares cometer estos equívocos gastronómicos; pero no faltó un alma caritativa que advirtiera a Fulgencio que lo mejor era quitar la cáscara a la fruta, y comer lo de adentro.

—Gracias, paisano —contestó Fulgencio—. Es verdad que me escuece un poco el labio; pero ya remediaremos el mal.

Compró entonces ciruelas, engulló con todo y la carne, comenzó a cortar tajaditas del hueso, y a mascarlas con su fuerte y blanca herramienta.[*]

—¡El diablo de la frutilla! No es muy agradable —dijo tirando al suelo hueso y carne— y es mejor comer todo lo que Dios ha criao, sin quitarle nada.

Compró entonces ciruelas engulló con todo y hueso algunas de ellas, y se encaminó en seguida para la casa de Aguirrevengurren.

—Patrón, estamos conformes y arreglaos —dijo entrando en la tienda—. Me tiene uté toíto entero y serviré a uté de rodilla: conque cinco duros, el vino y buena ración de comía.

—¿Qué diablos te ha sucedido, que tienes la boca que ya te revienta? —le preguntó el patrón luego que lo vio.

—No es naa; una maldita frutilla muy dulce; pero algo picantilla, que comí en el mercao.

—Este muchacho tiene la boca hinchada. ¿Qué te parece, Romero? Romero se acercó a Fulgencio, le examinó la boca y, volviéndose a su amo, con la mayor gravedad respondió:

—El muchacho tiene la boca hinchada.

—Bien; ya me figuraba yo que debías venir —continuó Aguirrevengurren satisfecho con la aprobación de Romero y respecto al estado que guardaba la boca de Fulgencia— porque no están muy abundantes en América los

destinos de a cinco duros cada mes. Te quedarás desde ahora. ¿Qué te parece, Romero?

Romero hizo seña con los ojos que le parecía bien, y desde ese momento quedó recibido en la famosa casa de comercio, en calidad de criado de escoba, el muy noble e ilustre vástago de la casa de García.

Ese día, como había pasado ya la hora de la comida, Romero dio una peseta a Fulgencio para que fuese a comer a la calle, y le previno que volviera a las siete de la noche. Éste se fue a la calle, gastó su peseta en nuevas y dañosas golosinas, y a las siete de la noche volvió a la tienda; pero llegó con trabajo.

—¡Me muero, me muero; no sé qué siento! —dijo, dejándose caer en un tercio de jerga que estaba junto al mostrador.

—¡Demonio! —exclamó Aguirrevengurren, saltando del mostrador y dirigiéndose a donde estaba el muchacho que, hipando y lleno de fatiga, parecía tener ya muy pocos momento de vida—. Suda frío y no puede respirar

—dijo el amo tentándole la frente y los carrillos—. ¿Qué te parece, Romero? Romero, a su vez, saltó del mostrador, reconoció al paciente y,

volviéndose a su amo, con su seriedad de costumbre, le contestó:

—Suda frío y se muere.

—¡Demonio! Corre por el doctor y ven con él antes de que reviente este muchacho.

Romero tomó su sombrero y salió en busca del médico. A poco rato regresó acompañado del doctor, que venía, como era de costumbre, montado en su mula, vestido de negro y con su espadín ceñido.

—¿Quién es el enfermo? —preguntó.

—Este diablo de mancebo, que se ha rellenado de fruta en la plaza. El doctor pulsó al paciente y le reconoció el vientre.

—Pronto, papel y tintero, porque está muy grave.

Recetó, Romero corrió con cuanta velocidad se lo permitían sus flacas piernas y su pacífico carácter, y el doctor se retiró diciendo:

—Si para cuando venga ese vomitivo, no ha reventado, hay esperanza.

—¡Demonio! ¿Pues qué va ya a reventar? —preguntó alarmado Aguirrevengurren—. No hay que separarse de aquí, doctor, esperaremos que venga Romero.

Romero tardó menos de lo que era de esperarse y, habiéndosele administrado en la trastienda el vomitivo al desgraciado Fulgencio, al fin, con un trabajo tal que hasta el doctor mismo lo tuvo por muerto, logró arrojar las cáscaras de una piña entera, los fragmentos de un hueso de aguacate y algunas

docenas de huesos y ollejos de ciruela. El muchacho quedó con esto sosegado, y a poco concilio un macizo sueño del que no despertó sino a la mañana siguiente.

CAPÍTULO V

DONDE SE DICE QUIÉN ERA AGUIRREVENGURREN Y SU DEPENDIENTE; DE CÓMO HACÍAN EL COMERCIO, Y DE LA VIDA METÓDICA Y ARREGLADA QUE TENÍAN LOS RICOS DE OTRO TIEMPO

No será por demás dar al lector alguna idea de los comerciantes que había en la metrópoli de la Nueva España, en la época en que llegó en busca de fortuna nuestro noble polizón.

Los hermanos Aguirrevengurren eran, aunque de apellido vizcaíno, nacidos en Galicia, a donde había ido su padre en calidad de mayoral de una dehesa, y su madre en la de nodriza de una familia rica. Los hermanos Aguirrevengurren eran gemelos, o cuates, como decimos nosotros. El uno se llamaba José Pascasio, y el otro Pascasio José. Ambos tenían la misma nariz encarnada, las mismas cejas y pestañas cerdosas, el mismo cuerpo y la misma gordura: dos gotas de agua no se parecerían más.

Apenas tuvieron veinte años, cuando el padre, que ya estaba viejo y achacoso, no quiso dejar a su prole sin carrera ni educación, y los envió a las Indias, que ésta fue por muchos años la educación y la carrera que infinidad de familias pobres daban a sus hijos. En cuanto a los que tenían valimiento, acomodaban a sus hijos de escribanos, de curas, de canónigos, de lo que podían.

Desde el portero de oficina, hasta el virrey, todo había de venir de España, y esta es una de las quejas que con más razón han exhalado los oradores cívicos por muchos años en el glorioso dieciséis de septiembre. El león de las Españas era, en efecto, tan voraz, que no dejaba ni un hueco para la flaca águila de los aztecas.

Los dos gemelos, como hemos dicho, recibieron como único haber para su viaje la bendición paternal, y todavía, más mimados que nuestro pobre García, que vino a la buena de Dios, trajeron una carta para un canónigo, que era su pariente lejano. En cuanto llegaron a México, éste proporcionó destino a sus dos parientes: al uno lo envió en la nao de Filipinas, y al otro lo puso de

cajero en una tienda mestiza. Al separarse los dos hermanos, celebraron una compañía y quedó estipulado que, si algún día, como esperaban, llegaban a ser ricos, la mitad de lo que cada uno tuviese sería del otro; que la firma sería, Aguirrevengurren hermanos y que, si tenían tienda, cualquiera que fuesen los efectos que se vendiesen, y el capital que se girase, había de tener un letrero que dijese: «Aguirrevengurren hermanos». Con estas condiciones y un estrecho abrazo, José Pascasio marchó para Acapulco y Pascasio José para la tienda de la esquina de Provincia; todo ello con gran placer del viejo canónigo, que se vio desembarazado del incómodo cargamento que de improviso le había llegado de la Península.

Al cabo de treinta años de paciencia, de trabajo y de economía, José Pascasio se hallaba establecido en el puerto de Cavite, en Filipinas, donde tenía una famosa tienda con un rótulo que decía: «Aguirrevengurren hermanos», y Pascasio José poseía, en el lugar más concurrido del Parián, una tienda de ropa, quizá la mejor surtida de México; y como hemos visto, tenía también su correspondiente letrero, que con tanto trabajo leyó el polizón andaluz, que es el primer héroe o, mejor dicho, el padre y origen de otros héroes que verá el curioso lector figurar en esta verídica historia, si tiene la paciencia de ir leyendo los capítulos que seguirán.

A los que todavía tienen crédito procedentes de los daños causados por la demolición del Parián, dejo el cuidado de que escriban algunas investigaciones arqueológicas; a mí me basta indicar que, en cierto tiempo, ocurrió no sé a quiénes la idea de desfigurar la magnífica y espaciosa Plaza Mayor, construyendo un edificio cuadrado o cuadrilongo, de un piso y medio, que daba uno de sus frentes al Portal de Mercaderes; otra al palacio; de sus dos costados, el uno daba a las casas municipales y el otro a la ancha avenida que forman el Empedradillo, y la catedral, y que se conocía con el nombre de Plazuela del Marqués del Valle.

Este edificio, que contenía dentro de él otro cuadrado, con dos órdenes de tiendas, una calle en el centro, y otras más angostas en los laterales, era donde, a semejanza de lo que se acostumbra en Manila y algunos puertos de China, se había concentrado todo el comercio español. Nada de aparadores, ni de grandes cristales, ni de elegantes mostradores de caoba, ni de bufetes para escribir de pie y con incomodidad, ni enrejados, ni reglas de rodillo, ni navajas para raspar, ni enormes letras con las esquinas de latón; todo eso que forma hoy la parte cómica del comercio, no se conocía en los tiempos de bienandanza de que vamos hablando. Las tiendas, por lo común de dos puertas, tenían un tosco mostrador de cedro y unos armazones de madera de

pino o de oyamel, sin pinturas, dorados, ni vidrieras, donde estaban colocados con orden y simetría los diversos géneros que se vendían. En el centro del armazón, y en la parte más elevada, regularmente había un cuadro de madera con embutidos de concha o de plata, que contenían una imagen de la Virgen de Guadalupe, del Señor San José, de San Cayetano o de otro santo de la devoción del propietario. Cada día del mes señalado para conmemorar al santo patrono de la tienda, se le encendían dos velas de cera, que se colocaban en dos arbotantes, y se adornaba el marco con algunas flores de papel, que constituyen todavía en el mercado del Portal, por lo raro de ellas, otras tantas especies nuevas, que ni Lineo ni De Candolle habrían podido clasificar.

En lugar de los dependientes almibarados, de retorcido bigotillo, de reloj de Lozada y de sacos de Charricué y de Godard, que se recrean con las lindas marchantes y les trasladan el almacén entero a los coches, a pesar de cuantos peligros ha encontrado en esto el sabio viajero Chevallier, no se encontraban entonces sino mocetones rollizos, con unos carrillos encarnados, con una dicción cerrada a veces ininteligible, con sus grandes chaquetones de paño burdo, sus zapatos de becerro a raíz del pie y sus camisas de cotonada, que, tiesos, con una vara de medir en la mano, parecida a una viga de escantillón, esperaban a los compradores más bien con aire de conquistadores, que no con el de obsequiosos comerciantes. Eso sí (dicen todavía nuestros viejos conservadores), ¡qué honradotes y qué campechanos! Pan, pan; vino, vino; y no daban el paño ni la sarga podridas. Y el paño de San Fernando, de que quería vestirse nuestro polizón, valía por todos los Bonjeans y Malatrofs que hoy nos encajan los franceses a peso de oro. Además, las señoras y las niñas podían ir al comercio con toda seguridad. Ya se habría guardado entonces un cajero polizón de decir a una niña ¡qué lindos ojos tienes!, porque a China habría ido a contar el cuento. En fin, esos tiempos eran, como todos los pasados, mejores, y son el recuerdo a la vez que la pesadilla de los pocos viejos que todavía los alcanzaron.

El cajón, pues, de los hermanos Aguirrevengurren era el de más fama en el Parián; todo lo que se necesitaba para el lujo de entonces se encontraba allí de la mejor calidad. Era tan popular el establecimiento mercantil, que cuando se cansaban las gentes de buscar un efecto y no lo encontraban en otras tiendas, decían: «No hay que cansarse, vamos a casa de los Vengurren, y encontraremos todo lo que se necesite». En el frente del armazón estaban colocadas las telas de seda, los tejidos de lama de oro y plata y los damascos de China; en la derecha, los anascotes, las estameñas, los rompecoches y las sempiternas; y en la izquierda, los listados de Flandes, las estopillas, los

caserillos, los cañamazos, los bramantes, los floretes y otros y otros muchos lienzos blancos, o pintados, que son hoy totalmente desconocidos en el comercio.

En los rincones de la tienda, por apéndice o adición había algunos frascos de azogue, algunas barretones de fierro de Vizcaya y unos cuantos tercios de jerga y perguetilla del país. Un Señor San José, de la primera época de Murillo, engastado en un ancho marco de plata, era el patrono de la tienda, y el hermano José Pascasio tenía otro absolutamente igual en la tienda de Cavite.

Aunque el edificio del Parián era de un solo piso, Aguirrevengurren hermanos, como acaudalados y pudientes que eran, habían logrado levantar un poco el techo y hacer una trastienda y un tapanco, con cuyas mejoras tenían cuanto habían menester. El otro hermano había hecho igual cosa en la tienda de Cavite.

Pascasio José Aguirrevengurren, o Vengurren, como por abreviatura le decían sus marchantes y le diremos nosotros en lo adelante tenía en el local que hemos descrito, su hogar, su tienda, su caja, su palacio, su recreo, su mundo todo entero y verdadero con cuanto de bueno y de maravilloso se encierra de uno a otro polo.

Policarpo Romero, que era su dependiente, hacía veinte años que le servía en el cajón de ropa con el sueldo, primero, de diez, luego de quince, treinta y, finalmente, de ochenta pesos cada mes, que era extraordinario, casi fabuloso en aquellos tiempos: dependiente y patrón habían congeniado de tal manera, que en todo ese tiempo ni un sí ni un no, como se dice vulgarmente, había habido entre ellos.

El equipaje de Romero se componía de un colchón de lana, dos pares de sábanas, dos pares de camisas y cuatro pañuelos paliacates. Mientras se ensuciaba una muda en el espacio de quince días, iba la otra a la lavandería. A este equipaje, que de día permanecía guardado debajo del mostrador, le añadía un par de toscos zapatos de becerro, que le renovaba un remendón, poniéndoles ya la puntera, ya un parche en el juanete, ya una media suela o ya los tacones nuevos, hasta que, al cabo de seis u ocho meses, era ya necesario comprar unos absolutamente nuevos; un chaquetón y unos calzones de pañete ordinario azul claro, que se remendaban y recosían también durante doce meses; y al fin, de zapatos, chaqueta y pantalón viejos, Romero, antes de estrenar otras nuevas prendas, precisamente el día de su santo, sacaba sus doce o catorce reales.

Habiendo descrito el equipaje del dependiente, es inútil mencionar el de Vengurren: era absolutamente igual, sin más diferencia que el paño de su vestido era un poco más fino y azul oscuro, que tenía un par de camisas y un par de sábanas más y una docena de paliacates, porque tomando polvos le era necesario cambiar con más frecuencia.

Los muebles de Vengurren eran un par de inmensas cajas de madera de cedro, con relieves y labores primorosamente talladas, y en la tapa y costados el águila austríaca de dos cabezas. Cada una de estas cajas tenía tres enormes llaves y en cada caja había siempre ochenta o noventa talegas de pesos, y cuatro o cinco mil onzas de oro. Junto a las cajas había siempre un par de pipas de vino de la Rioja, para el consumo diario del amo y del dependiente. En el tapanco, a donde no se podía penetrar sino en tres dobleces, había unos tres o cuatro sillones, una mesa de cedro, un cántaro con agua y un lebrillo de barro con un zacate; un pan de jabón ordinario y un trozo de cotense de abrigo, que servía de toalla.

La vida de Vengurren era uniforme, igual el primer día que el último del año. Se levantaba en verano a las cinco y en invierno a las seis. En cuanto despertaba, tosía quince o veinte veces y, después de expectorar gritaba con una voz fuerte y sonora.

—Romero, las cinco: alabado sea Dios.

—Las cinco, señor amo —contestaba Romero.

Y ambos, al son armonioso de las campanas que daban el toque de alba, se ponían a rezar. Amo y criado se vestían en menos de cinco minutos. Romero abría la puerta de la tienda, cogía la escoba y comenzaba a barrer y a sacudir: Vengurren se ponía un birrete negro, de seda, que le cubría la frente y las orejas, tomaba un sombrero y su capa y se marchaba paso a paso a la Profesa; allí oía dos o tres misas de las más largas, pues las cortas no le satisfacían, rezaba dos o tres novenas, muchos padrenuestros, credos y salves a diversos santos, hasta que oía las campanadas de las ocho, a cuya hora precisa se retiraba, y dando dos vueltas por los cuatro costados de la catedral, terminaba su paseo y sus oraciones recalando en la puerta de la tienda, donde le gritaba por segunda vez a Romero, sin que un solo día faltase a esta costumbre.

Romero tenía ya preparados un par de pozuelos de china copados de espumoso chocolate: el amo sobre una de las cajas de dinero, y el dependiente sobre el mostrador y con el ojo pendiente a la calle, saboreaban el maracaibo, concluyendo con sorberse dos grandes jarros de Tonalá, de agua fresca y cristalina, pues la dejaban al sereno a poca distancia de la puerta.

Concluido el desayuno, se arreglaban los efectos para la venta del día, se abrían algunos tercios, se doblaban en el mejor orden algunos retazos, y comenzaba el despacho. Hemos dicho que la tienda de Vengurren era una de las más acreditadas del Parián; así, no tenían tiempo ni de mirarse, ni lo perdían en vanas palabras: los precios eran fijos, los efectos de primera calidad, y la buena fe no le permitía al propietario hacer más ganancia que la que había calculado, sin prevalerse de la ignorancia ni de la riqueza de sus compradores: los géneros podridos, averiados o de mala calidad, los ponían de un lado y no los vendían sino a los mercaderes del interior, a precios convencionales: la moneda falsa la clavaban en el mostrador; la lisa, la separaban para mandarla fundir en la real casa de moneda; y el oro y la plata nuevos iban a aumentar el caudal de los cofres, ya bien repletos. El mismo sistema, sin variar una línea, seguía el hermano Aguirrevengurren, de Cavite.

Al primer toque de las doce, todo trabajo se suspendía para rezar «el ángel del Señor», etcétera, al que hacían coro los piadosos marchantes de esa hora, Romero cerraba una de las puertas, mientras por la otra entraba un mocetón con una gran cesta. Era la hora solemne de la comida y, en esos momentos, Vengurren no atendía a nadie, ni vendía, ni hacía otra cosa más que comer. Un gran plato de arroz con jamón, chorizos, garbanzos, trozos de huevo; un par de pollos cocidos; una lonja de tocino y otra de ternera; un poco de melado de Tierra Caliente; algunas piezas de fruta y una botella de vino de la Rioja: tal era, día por día, la comida de nuestros dos gallegos. Cuando Vengurren estaba desganado, apenas se acababa el pollo; pero cuando los dos tenían el apetito en corriente, que era lo que solía suceder en veintinueve días de los treinta que tiene el mes, entonces los pollos, las tajadas de tocino y de ternera, desaparecían devoradas por las quijadas y las dentaduras todavía fuertes de los dos gallegos: acabada la comida, se limpiaban los labios con una miga de pan sobrante y los dientes con unos popotes. Romero colocaba los trastos en el cesto, despachaba al mancebo, barría las migajas y se salía a dar vuelta, mientras Vengurren, sentado en una banquilla y recargado en el mostrador, dormitaba una media hora. A las cuatro, Romero sacaba una silla fuera de la tienda, donde se sentaba el amo a tomar el fresco, a sorber otro gran pozuelo de chocolate, con el mismo apetito que si no hubiera tomado nada en veinticuatro horas, y a platicar con los vecinos de enfrente, sobre la llegada de la nao de China; sobre el precio del cacao, del fierro y del azogue; sobre la función de iglesia de tal o cual archicofradía y sobre la enfermedad o la muerte de algún oidor, o de algún canónigo. ¡Qué tiempos! La política era obedecer al rey y a la Inquisición, comer y dormir con descanso y refundir

talegas de pesos. En este intervalo, Romero, que quedaba solo en la tienda, echaba de vez en cuando sus cabeceadas, si no le interrumpía algún marchante esta inocente ocupación.

Todo se hacía antes con método y al toque del reloj. En cuanto daban en la catedral las oraciones, se cerraba la tienda. Romero se dedicaba a arreglar de nuevo los retazos y piezas que se habían sacado para el despacho, y el amo a contar el dinero, separando el menudo del duro y el oro de la plata; hecha esta operación, sacaba de un cajón un gran tintero de plomo y un libro forrado de badana encarnada, y con una mala letra apuntaba en una hoja:

Vendido el 30 de octubre 857

Pasaba algunas hojas del libro y continuaba sus apuntes: Prestado al vecino Litigurrea 2000

Gastos de la casa 6

Ganado entre ayer y hoy 269

Sin necesidad de toda esa jerigonza de letras a cobrar y varios a varios y caja a Bretaña y acreedores a caja, que se usa hoy, quizá con el laudable objeto de que pocos lo entiendan, Vengurren, en dos plumadas, hacía las cuentas y sabía poco más o menos que, gastando seis pesos, ganando sobre doscientos y no debiendo ni un centavo a alma nacida, los asuntos mercantiles no habían de caminar mal. Sobre todo, las cajas se abrían todas las noches, se introducía en ellas el importe de la venta, y nunca dejaba el amo de hacer estas preguntas a su dependiente.

—¿Cuánto tenemos, Romero?

—Ciento veinte mil pesos, señor amo.

—¿Cuánto debemos?

—Veinte mil pesos al hermano de Cavite, y veinte mil en Cádiz.

—¿Cuánto nos queda?

—Ochenta mil pesos.

—Bueno: ¡bendito sea Dios!

Vengurren, al decir esto, echaba una mirada a sus cofres, acomodaba bien algunos talegos, cerraba y guardaba el libro, llaves, y tintero en el cajón y, tomando la capa y su sombrero, se salía a dar vueltas por el empedradillo y los cuatro costados de la catedral, hasta las ocho y media. Romero, entretanto, se paseaba a lo largo de la callejuela del Parián, en compañía de uno o dos dependientes de las tiendas vecinas. A cosa de las ocho y media, el mancebo,

con la cestilla de la cena, y Vengurren embozado en su capa, llegaban casi al mismo tiempo; la cena era menos abundante que la comida; pero el amo nunca dejaba de engullir medio capón asado, un plato de frijoles y su botella de vino. Acabada la cena, amo y criado cerraban su puerta, rezaban hincados de rodillas el rosario y hacían sus camas, Romero en el mostrador y Vengurren sobre una de las cajas de dinero; ambos se puede decir que dormían a pierna suelta sobre la fortuna. El sábado en la tarde la tienda se cerraba más temprano: era el día consagrado al aseo. Entraba el barbero y, primero rasuraba al amo y en seguida al criado, llenándolos de polvo blanco hasta los ojos; después del barbero, seguía la lavandera con la ropa limpia. En la trastienda se mudaban alternativamente la camisa, entregando la muda sucia, pintaban con un palito con tinta las desolladuras y lacras que había tenido el calzado durante la semana, y se lavaban las manos con zacate y jabón, restregándolas todo lo posible para que durasen limpias los siete días siguientes. Romero se bañaba cada año, el día de San Juan, y Vengurren decía que no había, en el curso de su vida, recibido en la cabeza más agua que la del bautismo.

El domingo, día de diversión y de gorja. Vengurren era no sólo hermano, sino bienhechor de tres o cuatro cofradías; así, desde las siete de la mañana hasta cerca de las doce, estaba ocupado. En una iglesia tomaba un enorme pendón y presidía una procesión; en otra tenía necesidad de asistir con un enorme escapulario al cuello a la misa cantada y en el sermón; y en la de más allá, tenía de por fuerza que ayudar a la misa. Fatigado de tanto rezar y de tanto estar arrodillado, venía a su tienda; eso sí, con más apetito y a gustar, además de lo ordinario, un buen plato de bacalao o un trozo de pámpano de Veracruz. Desde las tres de la tarde, Romero y Vengurren, sin chaqueta y como si tuviesen veinte años de edad, hacían prodigios en el juego de pelota. Al oscurecer, Vengurren se dirigía a la Profesa a visitar al padre Clavijero, y el dependiente, a una doña Quiñones, dueña de cincuenta primaveras y de toda confianza de la antigua casa de los marqueses del Valle.

Este era el único desliz amoroso que se le conocía a Romero; y en cuanto a Vengurren, a pesar del par de capones diarios que engullía, y de los tres cuartillos de Rioja con que los humedecía, no se sabía que tuviese amores ni extravíos algunos, aunque malas lenguas decían que era el padrino de tres chicas, cuyas madres eran unas nobles indígenas del pueblo de Coyoacán.

Tal era, pues, la casa donde se colocó en calidad de dependiente nuestro orgulloso polizón.

CAPÍTULO VI

DE CÓMO FULGENCIO FUE PUESTO EN LA ESCUELA, Y DEL SISTEMA HUMANITARIO QUE USABAN PARA LA ENSEÑANZA DE LA JUVENTUD LOS CARITATIVOS PADRES BETLEMITAS

Luego que el nobilísimo Fulgencio García recobró completamente la salud, comenzó el desempeño de sus funciones, algunas de ellas muy delicadas y comprometidas, como la de barrer la tienda y la calle; pesaba sobre Romero, pero éste, con más patriotismo y desprendimiento que muchos de nuestros hombres políticos, las delegó en el nuevo dependiente, como muestra humilde que rendía a sus talentos, a sus anchos pulmones y gordas muñecas. Fulgencio, además de esto, tenía que comprar la leche y el chocolate y traer el almuerzo y la cena. Andaluz voluntarioso y no muy experto en el difícil arte de llevar en peso una de las más respetables casas de la época, solía quebrat las vasijas, derramar la leche y mezclar el arroz con el pollo, lo cual le costaba duras reprimendas, particularmente de parte de Romero, que se adelantaba hasta a darle algunos pescozones.

Una noche, que quebró todos los trastos y los dos viejos gallegos estuvieron a pique de quedarse sin cenar, Romero se quedó mirando al amo y, después de una larga meditación, le dijo:

—Señor amo: me ocurre que es menester darle todos los días de cuatro a cinco palos a Fulgencio.

El amo se quedó meditando a su vez y, pasando un momento, le respondió.

—Vaya cuatro; pero que sea a la hora de levantarse, a las cinco en punto de la mañana.

Desde aquel momento Romero buscó una estaca a propósito para que, sin romper a Fulgencio las costillas, se le sentaran bien los palos en los lomos, y la suerte del noble andaluz quedó decidida. Amaneció el día siguiente, y apenas se había atado Romero los calzones y acabado su «Magníficat», cuando descargó los cuatro palos en los lomos de Fulgencio que,

desperezándose y soñoliento, salía de debajo del mostrador, donde tenía señalado su aposento.

—Así tendrás para todo el día, y te harás hombre —le dijo Romero respondiendo a los lloros del muchacho—. Y si dices una palabra, el amo irá a ver al virrey y te enviará al presidio de Manila.

Durante tres días se repitió la operación, hasta que al fin Vengurren, compadecido del muchacho y haciéndole prometer que en lo adelante tendría más cuidado con los trastos, derogó la terrible orden. Fulgencio, sin embargo de esta vida, estaba en el fondo satisfecho, y los domingos, cuando con su chaqueta nueva y sus toscos zapatos pintados de tinta se juntaba con otros polizones, nunca dejaba de contarles que era el favorito de la casa Aguirrevengurren hermanos y que, en cuanto se muriera el viejo, lo que no tardaría en suceder, él sería el heredero de todas las talegas. En fin, el muchacho sufrió palos y regaños, porque había reflexionado ya que la plata no estaba tirada en los caminos, como le había dicho su padre en Cádiz, sino encerrada en los cajones de cedro del viejo gallego, y que había de llegar un día en que todo ese tesoro fuera suyo. La paciencia es una gran virtud. Como Romero se iba haciendo viejo pesado, flojo y regañón, y además tenía ya ahorrados sus veinticinco o treinta mil pesos, Vengurren, que tenía simpatía por Fulgencio, pensó educarlo para que, con el tiempo, llegase a ocupar el lugar de Romero; y al efecto, se decidió a ponerlo en la escuela para que aprendiera a leer bien, escribir y las cuatro reglas.

Los padres Betlemitas eran, por no decir los tigres, los leones de esa época. No se hablaba de otra cosa en las casas principales de México. Todo el mundo estaba maravillado del simple a la vez que portentoso descubrimiento que habían hecho los sabios religiosos. Su teoría era la más sencilla, la más admirable y la más humanitaria del mundo: «La letra con sangre entra». Todas las tiernas madres se habían apresurado a aprovecharse de la maravillosa invención, y acudían en tropel a hacer que las posaderas de sus adorados hijos recibieran ese bautismo y que les entrara el saber por una parte absolutamente distinta del cerebro.

—Lo raja usted vivo, padre, y me lo entrega muerto —le decían—, pero que sepa escribir, porque lo primero que debe tener el hombre, es una buena letra.

Ya se ve: costaba tanto trabajo leer la firma de algunos virreyes, que no era extraño que se hiciesen grandes sacrificios por obtener una mejora social tan notable. ¡Oh, y qué discípulos y qué letras! Redondas, perfectas, propias para que las leyera un ciego, y no estas garrapatitas, borroneadas con plumas

de acero, que se oxidan al cuarto de hora y rasgan el papel al echar el rasgo final con que concluyen las firmas de huacalito. Dejemos a nuestros viejos consolarse con el recuerdo de su edad de oro, y volvamos a nuestro noble y esclarecido héroe.

Un día se presentó Vengurren en el edificio de los Betlemitas, que todavía existe en nuestros tiempos. En la puerta había un grande escudo campo azul, con una estrella de plata iluminando tres coronas de oro; todo este emblema recordaba la venida de los Reyes Magos al portal de Belén.

Fulgencio, que no sabía la suerte que le aguardaba ni con qué varones caritativos tenía que habérselas, se dejó conducir sin hablar una palabra: llegaron a la puerta de la escuela. Era un salón amplio, pintado de blanco con cal. En el fondo había una, gran mesa y, sentado en un sillón un religioso grueso, de ojos negros, de una barba espesa y cerrada que le bajaba hasta el pecho. Vestía un saco de sayal pardo oscuro, y en el lado derecho tenía un escudo con el nacimiento de Jesús pintado en miniatura: su pesado sayal estaba ceñido en la cintura con una cuerda. En el frontis de la pared estaban colgadas muchas disciplinas de cuerda y de cuero de diversas formas y tamaños; algunas con los ramales erizados y manchados de sangre. Como variante de estos adornos, había algunas palmetas gruesas y delgadas, chicas y grandes, que alternaban en una espantosa simetría con las disciplinas.

Raro era el muchacho a quien no se le erizaban los pelos de la cabeza al mirar aquellos instrumentos de suplicio, cuyo horror se aumentaba con la negra barba del fraile y sus ojos severos e inflexibles. En los laterales y centro del salón había unas bancas con unas mesitas donde estaban más bien doblados que no inclinados los muchachos, procurando con todas sus potencias copiar los primores caligráficos de las muestras y trasladar íntegras, sin la menor falta ni equivocación, las sentencias terribles que contenían:

El rigor es el manjar con que se debe alimentar a la juventud.

Los maestros son tan respetables en la tierra, como el mismo Dios. La sabiduría no se adquiere sino a fuerza de castigos.

El niño que desobedece a su maestro, se hace reo de las penas del infierno.

La pereza es un vicio que no se destierra sino con los azotes.

Los azotes, aunque lastiman un poco el cuerpo, dan salud al alma.

Seguían otras sentencias tan claras y consoladoras como las que acabamos de citar, y los pobres muchachos, al mismo tiempo que copiaban estas frases horribles, alzaban la vista y veían las disciplinas moverse, temblar y venir,

aun sin la mano del fraile, a herir sus cuerpos con sus duros y encarrujados ramales.

Luego que Vengurren entró por la puerta de la escuela, tomó a Fulgencio de una oreja y lo condujo hasta la mesa del padre betlemita.

Los muchachos, sin levantar la cabeza, miraron a hurtadillas a la nueva víctima.

—Buenos días, mi padre fray Rodrigo —dijo Vengurren.

—Buenos y santos días, mi amigo Vengurren —contestó el padre, levantándose de su asiento.

Este era fray Rodrigo de la Cruz, encargado en esa época de la dirección de los niños y hombre de una virtud sólida y de una mansedumbre y bondad a toda prueba. Como Vengurren era uno de esos españoles que tenían la mano franca para hacer caridades y donativos de consideración a las comunidades religiosas, no había fraile que lo dejase de tratar con todas las muestras de la mayor benevolencia.

—Aquí traigo a la santa dirección de su paternidad un muchacho que quiero mucho, y que deseo se le dé educación.

Al decir esto, Vengurren apretaba la oreja de Fulgencio y éste bailaba en un pie, sin atreverse a decir una palabra, aterrado con el aspecto del fraile.

—Aquí, amigo Vengurren —prosiguió fray Rodrigo, arrimando un taburete para que se sentase— se les enseña a los niños la doctrina cristiana, la lectura, las cuatro reglas y una buena forma de letra; además, se les trata con toda suavidad, pues yo más bien quiero ser su padre que su maestro.

—Bien, bien; ya lo sé padre Rodrigo; y por eso he traído a este tunante aquí.

—Verá usted los adelantos de los discípulos. Ortuño 1.º —gritó el fraile con una voz hueca y que parecía el eco de una tempestad lejana.

Ortuño 1.º, que era un muchacho flaco, de ojos hundidos, al oír su nombre, que salía de entre el espeso bigote y barba de su maestro, se levantó de la banquilla como si lo hubiesen tocado con una máquina galvánica.

—La plana —continuó el maestro.

—No la he acabado, señor —respondió Ortuño con una voz temblorosa.

—La plana he dicho —repuso fray Rodrigo.

Ortuño, al tomar la plana, echó tres borrones en ella; los brazos se le cayeron descoyuntados y se puso pálido, como si acabase de cometer un asesinato.

—La plana —repitió el fraile con voz más fuerte.

Ortuño 1.º, como si pasara abrojos, se dirigió a la mesa del maestro y le presentó la plana.

—Amigo Vengurren, este muchacho no lleva más que dos años de escritura y vea usted ya qué carácter de letra tan magnífico.

Vengurren, en efecto, sentado ya en el taburete y habiendo dejado la oreja de Fulgencio, que quedó roja como un tomate, caló sus antiparras y examinó la plana que estaba a medio acabar. Era una gallarda letra de palomares, con sus cortes dados con maestría, con sus letras mayúsculas de un mismo tamaño, sin una equivocación ni falta de ortografía. Satisfecho el gallego, devolvió al padre la plana.

—Bien, bien, padre Rodrigo: de esta letra quiero que se le enseñe a Fulgencio.

Ya se retiraba Ortuño 1.º tranquilo a su banquilla, cuando le ocurrió examinar de nuevo la plana, y observó los tres borrones, que eran pequeños como las suciedades de una araña.

—¿Qué es esto? —preguntó al muchacho fijamente y señalándole los tres borroncitos.

Ortuño 1.º, apenas podía respirar y temblaba de pies a cabeza. En el salón había un silencio tan profundo, que podía escucharse el aleteo de una mosca.

—¿Qué es esto? —volvió a repetir el padre, dando a Ortuño un tirón de los cabellos.

—La, la… la pluma… el tin tin, tintero, la ma, mano señor, yo…

—Yo te daré tintero y mano —dijo el padre descolgando una palmeta.

—¿Cuántos borrones son?

—Tres —contestó el muchacho— pe, pero…

—Tiende la mano —rugió el fraile.

Ortuño presentó la palma de una mano larga y descarnada, y el fraile levantó el instrumento escolar tanto como se lo permitía su brazo y descargó un palmetazo. Ortuño dio un salto de dolor, y volvió a presentar la mano. No se hizo esperar el segundo golpe, y al tercero Ortuño lanzó un grito de dolor, que pareció tranquilizar el alma caritativa de fray Rodrigo.

Ortuño se retiró a su asiento, limpiándose los ojos con la manga de la chaqueta.

—Calixto 2.º —gritó el padre. Calixto se levantó inmediatamente.

—Vamos a ver cómo estamos de doctrina: ¿quién es Dios?

—La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo —contestó Calixto 2.º, con las quijadas caídas de miedo.

—No hay que tener miedo, que yo no trato mal a nadie, y más bien los quiero y los enseño como si fueran mis hijos… Vamos, ¿cuántos dioses hay?

—Siete, el primero…

—¡Blasfemo! —gritó el padre—. Seis azotes por blasfemo.

Una nube oscureció la vista de Calixto 2.º, y se dejó caer en el banquillo.

Dos muchachos de más edad se apoderaron de él; en un momento le bajaron los calzones, y uno de ellos lo cargó en las espaldas mientras fray Rodrigo escogía de entre su colección de disciplinas la más dura y la de mayor número de ramales.

Calixto 2.º, más muerto que vivo, no oponía resistencia alguna; pero al primer azote que le descargó el reverendo, comenzó a dar sin interrupción dolorosos gritos. Al sexto azote escurrían ya por sus muslos algunas gotas de sangre. Acabada la ejecución y sofocado el llanto de la criatura con las miradas cortantes y significativas del maestro, tocó su vez a otro desgraciado muchacho.

—Abraham 3.º, ven acá, y dime algo de aritmética.

Abraham 3.º se acercó con la convicción de que su suerte no sería mejor que la de sus compañeros.

—¿Cuatro y ocho? —preguntó el padre.

—Doce —respondió en voz baja.

—Recio, recio —dijo el padre tirándole de los cabellos—, quiero que te oiga el señor. ¿Quince y quince?

—Treinta.

—¿Tres por ocho?

—Veinticuatro.

—¿Nueve veces nueve?

—Ochenta y cuatro.

—¡Caballo! Ochenta y uno —dijo el padre dándole un fuerte coscorrón—.

Dos horas hincado de rodillas y lección doble por desaplicado.

Abraham 3.º, aturdido del coscorrón, fue a ponerse de rodillas en medio de la sala.

—Va usted a ver a mi predilecto, señor Vengurren —continuó el fraile, haciendo seña a un muchachito como de ocho años.

—Epifanio, di la doctrina sin miedo, ya sabes que te quiero y que sé que no eres flojo ni desaplicado.

Epifanio bajó los ojos, cruzó los brazos y comenzó a recitar de un hilo y como un perico todo el catecismo, sin turbarse ni un punto.

—Bien, bien, padre Rodrigo —dijo Vengurren—, así quiero que aprenda la doctrina Fulgencio. Toma, niño, toma —continuó el gallego sacando una peseta, y dándosela a Epifanio, el cual no sabía si rehusarla o tomarla.

—Dale las gracias al señor —dijo el padre tirando de una oreja a su favorito.

—¡Ay! —gritó el muchacho.

—¡Silencio y a su asiento! Y como no es bueno que tengan dinero, te guardo la peseta para de aquí a dos años que sepas escribir.

El predilecto del padre Rodrigo se retiró con la oreja encarnada y con las manos vacías.

—Ya ve usted, señor Vengurren, cómo me manejo con estas criaturas.

Creo que ni ellos ni sus padres tendrán de qué quejarse.

—Ni por pienso, ni por pienso, padre Rodrigo.

—Todos están muy contentos en la escuela; y si no, va usted a ver; ellos mismos lo van a decir.

—¿Quién no está contento en la escuela?

—Ninguno, ninguno —contestaron en coro.

—¿A quién quieren más después de su padre y madre?

—A nuestro maestro —volvieron a repetir en coro.

—Ya ve usted: me aman y me respetan; y si los castigo una que otra vez, es porque ya sabe usted que «la letra, con sangre entra».

—Bien, bien, mi padre Rodrigo —dijo Vengurren—, ¿en cuánto tiempo puede usted enseñar a escribir a este mancebo?

—Como tiene buenas espaldas y buenas posaderas en qué resistir los azotes, creo que podré enseñarlo en tres años.

—¡Oh, sí; muy bueno, muy bueno, padre Rodrigo! Puede usted fajarle duro, sin temor de que la cuarta tropiece con un hueso; pero supuesto que el mancebo tiene buenas posaderas, ¿no podría mi padre Rodrigo, enseñarle en año y medio?

—¿Cómo? —preguntó el padre Rodrigo.

—¡Toma! Azotándole dos veces al día, en lugar de una.

—¿Sabe usted, amigo Vengurren, que es buena idea? No había ensayado ese método. Pero experimentaremos con Fulgencio y con todos los muchachos que sus padres quieran que aprendan en menos tiempo.

—Entonces, estamos arreglados: dos pelas diarias, y en año y medio el muchacho sabrá leer, escribir y contar, y se volverá a la tienda; en fin, será hombre, y a eso lo mandaron sus padres a la América.

—Ni más ni menos, en año y medio tendrá usted un hombre cristiano — contestó el padre— que sabrá ganar el pan.

—Pues entonces, se lo dejo de una vez, mi padre Rodrigo —respondió el gallego levantándose del escabel en que estaba sentado, y tomando de nuevo a Fulgencio de una oreja.

—Será mejor que me lo traiga usted pasado mañana, que hay ahorcado — replicó el padre Rodrigo.

—¿Y qué tiene que ver el ahincado con Fulgencio?

—Tiene que ver con Fulgencio y con todos los discípulos; porque siempre que la justicia de nuestro rey y señor cae sobre un malvado, aprovecho la ocasión para hacer a todos mis discípulos una corrección paternal, que no debe desperdiciar Fulgencio el día memorable de su entrada en la escuela.

—Eso es otra cosa, padre Rodrigo; yo sé de vender los trebejos de la tienda; pero no me puedo comparar con la sabiduría de sus paternidades. Fulgencio vendrá pasado mañana muy temprano, antes de que el ahorcado se marche al otro mundo. Conque hasta más ver, mi padre Rodrigo, y lo que se ofrezca, en la tienda de Vengurren, que hay confianza y lo dice de corazón un gallego, que nunca miente.

Vengurren estrechó la mano del betlemita, la llevó a sus labios, y le tronó un beso; y tomando de la oreja a Fulgencio, salió de la escuela.

El día fijado, muy de mañana se presentó de nuevo Vengurren con su víctima, la que esforzó cuanto pudo su ingenio para evitar la suerte que le aguardaba; pero no hubo medio. Vengurren le puso a escoger entre los betlemitas o Manila, y Fulgencio se decidió a recibir los azotes y aprender a escribir lo más pronto posible, con la halagüeña esperanza de heredar a su rico protector.

Después de los saludos y cumplimientos de costumbre, Vengurren se retiró, y el temible y virtuoso fray Rodrigo de la Cruz quedó dueño y señor absoluto de las posaderas de aquellos desgraciados muchachos.

Reinaba en la escuela un silencio profundo: los muchachos no podían leer, ni escribir, ni pensar en otra cosa más que en el lance amargo que se les preparaba con motivo del ahorcado.

El padre Rodrigo se paseó como un cuarto de hora con la vista baja y la mano en la barba, después se fue al frontis de la pared, tosió, echó una mirada siniestra a los discípulos, que apenas se atrevían a respirar, y comenzó a reconocer con una especie de placer las disciplinas que estaban colgadas en la pared. Acabado esto, se volvió a los muchachos:

—¡Alabado sea el dulce nombre de nuestro Salvador!

Los muchachos repitieron en coro:

—Que nació en Belén, debajo de un portal, pobre, desnudo y sin más calor que el aliento de un buey y de una mula que se acercaron a su sagrada cuna.

Como el trozo era largo, los muchachos no pudieron repetirlo íntegramente, e hicieron una vocería confusa en la que sobresalía la voz de Fulgencio con su acento andaluz. Así que se serenó esta especie de tempestad, el padre continuó.

—Van dentro de pocas horas a ajusticiar a Pedro Caralampio. Este hijo desnaturalizado jamás quiso obedecer a sus padres, ni recibir la enseñanza de sus maestros. Este impío, dejado de la mano de Dios, robó primero un par de pollos, ¿lo entendéis? Después, las planchas de una lavandera; y así, de crimen en crimen, su empedernido corazón lo condujo hasta el grado de atacar en la calle de don Juan Manuel a un ilustre hidalgo español, quitándole no sólo el reloj, sino también la espada que llevaba. Por tan atroz delito fue buscado por la justicia, la cual, para escarmiento de los plebeyos y para evitar que en lo sucesivo los hidalgos sean privados de la espada que llevan en el cinto para su defensa, ha mandado que sea montado en un burro, reciba veinticinco azotes al llegar a cada una de las cuatro esquinas del palacio, y después sea ahorcado por mano del verdugo; ¿lo entendéis?

El padre, después de esta narración, continuó ya en un tono más elevado:

—Vosotros todos sois unas fieras: vosotros no escucháis los consejos paternales de mi boca; vosotros venís a perder el tiempo en conversaciones ociosas y en bagatelas, en vez de aprovecharlo en rezar la doctrina y en escribir; vosotros, en fin, empedernidos, endurecidos, en el pecado, vais corriendo a vuestra ruina y a vuestra perdición. No fue otra la conducta de ese diabólico Pedro Caralampio, y vosotros, repito, que parece que seguís sus pasos y que bebéis sus alientos, pararéis en las manos del verdugo y seréis ahorcados.

Los muchachos abrían tamaños ojos y escuchaban con la boca abierta el terrible sermón del fraile. Éste dulcificando la voz y blandiendo una disciplina que había tomado en su mano, continuó:

—No, hijos míos; Dios no permitirá que tengáis ese paradero porque os ha dado un maestro que vela por la pureza de vuestra vida. El árbol desde tierno se endereza, y todos vosotros sois árboles torcidos, que yo me encargo de enderezar; sois lámparas apagadas que yo tengo obligación de encender para la vida eterna; sois la cizaña revuelta con el trigo, como dice el Evangelio, que yo me encargo de separar. Es preciso que este día quede grabado

eternamente en vuestra memoria; es preciso que recordéis durante el curso de vuestra vida que, cuando hay en la ciudad ahorcado, dentro de la escuela hay también castigo; que la justicia del maestro, más clemente que la del rey, sólo os da un aviso paternal para corregir la depravación de vuestras costumbres, vuestras malas inclinaciones.

Las pobres criaturas, aterradas, y que no podían comprender, en su edad, que fuesen dignos de castigo sólo porque el rey mandaba ahorcar a uno de tantos ladronzuelos, cayeron de rodillas llorando, pidiéndole al reverendo perdón de los crímenes que no habían cometido y prometiendo enmienda de faltas y delitos que, en su edad y en su inocencia, ignoraban todavía. El maestro fue inflexible; llamó con un acento decisivo a cuatro de los muchachos más grandes y más fuertes, y comenzó la operación de azotar a todos los discípulos. A los más chicos, aplicaba seis, a los de mayor edad, doce; y si la víctima pataleaba, se resistía o mordía a los que la cargaban, la dosis subía a veinticinco: las disciplinas estaban ardientes y sangrientas; los lloros y lamentos llenaban la sala y aun se oían en las calles. Ninguno de los muchachos tenía el pulso firme ni para hacer la plana, y muchos no podían sentarse, porque las banquillas les parecían de abrojos.

Todo el día se empleó en la vapulación, y el padre Rodrigo no recobró la calma y la tranquilidad, sino cuando ya no había muchacho a quien azotar y vinieron a avisarle que el mentecato de Juan Caralampio estaba ya colgado de una cuerda y dando vueltas en el aire. Era la costumbre que por mucho tiempo se observó en las escuelas de los betlemitas, y todo el mundo lo sabía: día de ahorcado, pela general.

En cuanto a Fulgencio, como era fuerte y todo el día estuvo, ya cargando a sus condiscípulos, ya azotándolos en los intervalos en que el padre Rodrigo tomaba su polvo, salió bien librado con unos cuantos cuerazos que, por no faltar a la fórmula, le aplicó el padre Rodrigo sobre su burda chaqueta de paño.

CAPÍTULO VII

DE LOS ADELANTOS RÁPIDOS DE FULGENCIO, DE SU VIAJE AL INTERIOR, DE LA MUERTE DEL HERMANO VENGURREN DE MANILA, EL SERMÓN DE HORAS, Y DE OTRAS COSAS CURIOSAS QUE SABRÁ EL LECTOR, SI TIENE LA PACIENCIA DE LEER ESTE CAPÍTULO

No hubo, pues, remedio: Fulgencio quedó instalado en la escuela del reverendo fray Rodrigo de la Cruz, y allí tuvo que comenzar por los palotes.

¡Qué palotes! Era un positivo escándalo, una profanación: salían siempre de la pauta y aparecían tirados en todos sentidos, como si estuviesen padeciendo convulsiones: literalmente eran unos palotes epilépticos. Lleno el padre de unción y de caridad, y deseoso, por otra parte, de cumplir la palabra que había empeñado al amigo Vengurren, menudeaba los castigos a Fulgencio; pero para variar en algo la monotonía, unas veces eran palmetazos; otras golpes sobre la chaqueta y pantalón; otras, reglazos repetidos sobre las uñas; otras, tirones de cabellos; ¡así lo hacía el padre con sus discípulos más predilectos! Los sábados, como era día de doctrina nadie se escapaba de la golpiza a calzón quitado. Fulgencio todo lo sufría con paciencia, y se consolaba en la noche, de los castigos del día, con ver el oro y la plata que refundía Vengurren; oro y plata que él consideraba ya como de su propiedad. ¡Qué paciencia y qué constancia tan ejemplar la de los españoles del otro tiempo!

Antes de dos años Fulgencio sabía sumar, restar, multiplicar y partir: el catecismo de cuerito a cuerito, y tenía una clara y arrogante letra. Vengurren, que día por día concebía por el muchacho mayor afección, le señaló veinte pesos de sueldo al mes, sin más obligación que barrer la tienda, estar todo el día de pie detrás del mostrador, llevar los apuntes del libro y escribir, bajo el dictado del amo, las cartas que se ofrecían para Manila, Cádiz, San Luis Potosí y las Colonias, donde tenía el viejo sus relaciones mercantiles.

A los tres años de tener veinte pesos y dormir siempre debajo del mostrador, Fulgencio había adquirido un conocimiento completo de los asuntos de la casa y cortándole el ombligo, como suele decirse, al amo.

—Oye, tunante —le dijo un día Vengurren.

—Como siempre, señor Vengurren, su esclavo y su siervo. ¿En qué puedo servirle? —contestó García.

—No se te acaba de quitar lo vanidoso, ni lo hablador, ni lo andaluz; pero sin embargo, eres buen muchacho en el fondo.

—Mil gracias, señor amo; gracias.

—Romero —prosiguió Vengurren— ha trabajado ya mucho, está viejo, y es ya tiempo de que gire por sí solo y sea el amo de su casa. Se va a San Luis, a poner su tienda, y tú te quedarás en su lugar: casa, comida y ochenta pesos al mes. ¿Te acomoda?

—De balde, con tal de no salir jamás del lado de usted. Siempre recuerdo que me puso bajo la dirección de ese buen fraile, y a él y a usted después de Dios, debo de ser hombre. Todito se lo escribí yo a mi señor padre, mandándole, como usted sabe, algunos cuartos.

—Bien, bien, Fulgencio. Esta noche dormirás ya como un patriarca sobre el mostrador, en lugar de dormir debajo. En cuanto a los ochenta pesos, los dejarás en la casa, y de aquí a veinte años, si te portas bien, tendrás, como Romero, un capitalito con que manejarte por ti solo; ¿lo entiendes?

—Naíta hay que decir, señor Vengurren: estamos arreglaos.

Romero, efectivamente, desde ese mismo día sacó debajo del brazo su equipaje, compró una capa, la primera que se ponía en su vida, y, provisto de treinta sacos llenos de plata y de las mejores cartas de recomendación, se marchó a San Luis, en donde estableció una tienda con el rótulo de «Romero y Aguirrevengurren», su antiguo amo ponía en la sociedad otros treinta sacos, con la condición de que ninguno de los socios se había de casar, ¡y a fe que eran ya viejos para el lance! y que se habían de dejar mutuamente de herederos.

En cuanto a Fulgencio, quedó ya con el título de cajero mayor, y otro polizón vino a su vez a sustituirlo en el barrido de la calle y en los mandados. El traje del nuevo cajero no varió; parecía que, aunque más rejuvenecida, Romero había dejado su efigie en la tienda.

Tenemos que pasar un lapso de algunos años, durante los cuales la vida del amo y del criado corría con la misma monótona lentitud. La misma comida, los mismos pozuelos de chocolate, la misma distribución, sin faltar una sola vez a las devociones y a los paseos alrededor de la catedral; sólo los toneles de vino de la Rioja se vaciaban a medida que las cajas de cedro rebosaban de dinero. Fulgencio, un poco descorazonado al observar la salud robusta de Vengurren, que no llevaba trazas de quererse morir, y mirando

muy lejana la perspectiva de su independencia mercantil, se aventuró una noche a proponer a su amo el que lo habilitase para hacer una compra en el puerto de Veracruz y caminar en seguida a Guanajuato, a Zacatecas y a Chihuahua, con la pacotilla, hasta realizarla. Este era el modo como se hacía años atrás el comercio en el interior y como también hacían grandes fortunas los que se dedicaban a este tráfico.

—¡Demonio! —dijo Vengurren en cuanto oyó la pretensión del andaluz

—. ¿Tan pronto te quieres emancipar?

—¡Ni lo permita Dios! Sólo quiero trabajar unos cuantos meses y que mi amo me dé la mano con generosidad.

—¡Bien, bien! ¿Cuánto necesitas?

—Lo que mi amo quiera prestarme.

—Bien; escribe una carta para Olavarrieta, de Veracruz, que te dé cincuenta o sesenta mil pesos. Tienes seis meses de licencia; pero si vuelves a los seis meses y un día, no te recibiré más en la casa.

Con estas palabras quedó concluido el avío, y Fulgencio, en el mes de diciembre, marchó a Veracruz, hizo su compra, se dirigió al interior, recorrió las provincias de la Nueva Galicia y la Nueva Vizcaya, y antes de los seis meses ya estaba de regreso en el cajón de ropa de «Aguirrevengurren Hnos.», habiendo realizado el capital y un beneficio de más de quince mil pesos, lo cual añadió a lo que tenía ahorrado, y que formaba una suma muy bonita para girar con entera independencia. Pero no quitaba la vista de las cajas de cedro, y se proponía a toda costa heredar al amo; era una apuesta con la muerte que el andaluz tenía probabilidad de ganar, fiado en su constitución robusta y en su juventud.

Además, Fulgencio estaba enamorado. En una de sus excursiones había permanecido cosa de dos semanas en una hacienda del interior, que era propiedad de un judío portugués. Este judío, esperando todavía como muchos otros, la venida del Mesías, no se había descuidado en hacer su negocio lejos de la Inquisición y de la corte virreinal, en donde tal vez podía ser conocido. Viudo de una gaditana, le había quedado una hija preciosa, que él, en secreto, llamaba Esther; pero que en la vecindad de la hacienda era conocida por doña Ana de Gibraltar. Retirada la pobre Esther en la soledad de una hacienda, su corazón se inflamó con ese fuego que la naturaleza enciende en el corazón de las mujeres cuando llegan a los 16 años de edad, luego que vio al mancebo, de no mala figura, con la salud de un roble, con una elevada alcurnia y una fortunilla independiente. Éste, por su parte, se informó por cuanta minuciosidad le fue posible, no de las cualidades buenas o malas de Esther,

sino de la cantidad de pesos que podría tener el padre, y satisfecho de sus indagaciones, continuó como cosa muy secundaria examinando los ojillos negros y brillantes de la novia, su boca purpurina y la frescura de la virginidad esparcida en toda su graciosa fisonomía. Fulgencio pensó que la novia le convenía, y decidió casarse. Mientras que el judío leía, allá en el secreto de su recámara, los salmos en hebreo, el par de enamorados deletreaba en buen castellano los coloquios amorosos, de los que resultó decidido el casamiento; pero un casamiento no era cosa fácil en los tiempos de que vamos hablando. Vengurren se hubiera escandalizado de que a un dependiente que apenas llevaba unos cuantos años de estar de pie detrás del mostrador se le ocurriese, ni por mal pensamiento, tomar estado; y el judío, por su parte, habría desheredado a su hija; por lo que quedó convenido que el uno aguardaría la muerte de su amo, y la otra a que falleciese su padre. ¡Así se fundan la mayor parte de las esperanzas humanas! Se necesita a veces la miseria, el sufrimiento y la destrucción de unos seres, para el placer, la alegría y el bienestar de otros.

Fulgencio, pues, rico de amor, de esperanzas, y más que todo de dinero, como hemos dicho, volvió a la acreditada tienda del Parián, resuelto a ejercitar de nuevo la paciencia, y observar si pasaba por entre alguna de las arrugas de la fisonomía del buen gallego el dedo de la muerte. ¡Haga usted beneficios y espere la gratitud!

Un día, el menos pensado quizá, se recibió en México la correspondencia de la nao de China, que llegaba periódicamente al puerto de Acapulco, y con ella una agradable noticia para Fulgencio: la de la muerte de José Pascasio Aguirrevengurren, de Manila, el cual dejaba heredero a su hermano Pascasio José, de México, de una fortunilla de seiscientos mil pesos. Poco faltó para que Fulgencio saltara de gusto; pero lo contuvo la fisonomía compungida del gallego que, al acabar de leer la carta, se quitó los anteojos, se limpió las lágrimas que habían asomado a sus párpados, y exclamó:

—¡Demonio, qué noticia! Parece que José Pascasio estaba rico. ¡Dios lo haya perdonado; era un buen hombre!

Las puertas de la tienda estuvieron entrecerradas durante nueve días, y Pascasio José cabizbajo y tristón con la muerte de José Pascasio; pero concluidos los nueve días, salió del Parián y se fue a casa de sus paisanos para arreglar la manera de liquidar las cuentas del difunto de Manila y recoger sus tecolines.

Además, dispuso que se dotaran cinco niñas huérfanas, con 300 pesos cada una; reservó fondos para dotes de una docena de monjas; destinó 40 000

pesos para capellanías, con la obligación, de que diariamente dijeran los capellanes una misa por el alma de José Pascasio.

En el curso del tiempo, lo más probable es que las huérfanas no se casaran; que las monjas se olvidaran en sus oraciones del bienhechor difunto; que las capellanías fueran a dar al bolsillo de nobles estudiantes, que en todo pensaron menos en las penas que sufría en el purgatorio el comerciante de Cavite, y que todo, en fin, viniera con el tiempo a hundirse en la vorágine de la desamortización; mas sea de esto lo que fuere, el caso es que el hermano cumplió como se cumplía en aquel tiempo, en que a fuerza de dinero se trataba de ensalzar las virtudes, o de disminuir las culpas de los que se veían forzados por la muerte a hacer el largo y peligroso viaje al mundo de la eternidad y de los misterios.

Vengurren no quedó satisfecho, sino que quiso que se hiciesen unas honras solemnes, y como el padre fray Rodrigo, el mismo que tan maravillosamente había enseñado a leer y escribir al noble andaluz, pasaba por un hombre elocuente, se dirigió a él para encargarle el sermón.

—Mi padre fray Rodrigo —le dijo besándole la mano como de costumbre

— el hermano de Cavite ha muerto; y como era rico, es necesario hacerle unas buenas honras y predicar un sermón donde se digan todas las virtudes de ese buen hombre.

El padre fray Rodrigo que, como siempre, tenía una disciplina en la mano, y ejercía sin interrupción su paternal justicia con los nuevos discípulos que a cientos entraban en la escuela, se levantó e hizo mayores cumplidos que de costumbre al rico mercader, y quedó convenido que las honras serían muy solemnes en la iglesia de los betlemitas.

El día señalado fueron entrando las comunidades religiosas: cuarenta dominicos, sesenta franciscanos, veinte juanitos, diez Camilos, treinta carmelitas, otros tantos agustinas; después, todo el comercio del Parián, de gran etiqueta, es decir, de chaqueta unos, de capa otros, y los que eran ya millonarios, de grandes casacones negros y camisas muy almidonadas, de estopilla. No faltaron algunos doctores de la Universidad y uno que otro letrado de Castilla, cuya majestad se dignó honrar los funerales de un rico mercader. Vengurren era querido y estaba bien relacionado en la ciudad, así es que ninguno rehusó su convite.

Después de la vigilia, y como de costumbre, antes del Evangelio subió el padre fray Rodrigo a la cátedra del Espíritu Santo. Y comenzó el sermón:

«Amados oyentes míos…

«Omnis enim homo, qui comedit et bibit bonum de labore suo hoc donum Dei est.

»Porque todo hombre que come y bebe el bien de su trabajo: este es don de Dios. (Palabras tomadas del Eclesiastés, capítulo 3.º, versículo 13).

»Sí, católicos: de uno de los Libros Sagrados he tomado el resumen de la vida del hombre más justificado que hoy lloramos. Comió y bebió de su trabajo. Omnis enim homo, etcétera.

»Aunque de una ilustre alcurnia, pues era descendiente en línea recta de los condes de Barcelona, desde su temprana edad sus padres lo dedicaron en Galicia, su patria, a la honrosa profesión del comercio: su caridad y su estricta conciencia se manifestaron desde los primeros pasos de su vida: un día vendió a una beata unas cuantas varas de sayal y, habiendo recibido una moneda de oro en vez de la de plata, buscó a la compradora para advertirla la equivocación; y no habiéndola encontrado, resolvió dar la mitad del valor de la moneda a los pobres, y reservarse únicamente para sí la otra mitad. Este solo rasgo pinta la vida cristiana, y la conciencia estricta de nuestro malogrado Pascasio».

El hermano Vengurren alzaba de cuando en cuando la cara para ver al predicador, pues no había llegado a su noticia que sus parientes habían sido los ya difuntos condes de Barcelona, ni mucho menos que su hermano hubiese vendido en Galicia pocas ni muchas varas de sayal a las beatas; sin embargo, como el padre Rodrigo lo decía, y no como quiera, sino en el púlpito, el hermano escuchaba con mucha unción, y creía a pie juntiñas todo lo que el religioso iba diciendo.

»Sí, católicos —continuó fray Rodrigo— sin que ofenda a la verdad, puedo asegurar que ese cadáver que veis encerrado en este catafalco mortuorio, o mejor dicho, que reposa en la apartada tierra de las Filipinas, era un dechado de virtudes, humano, caritativo, obediente a su rey y amante a su familia. Era, como dice el Nacianceno, el modelo perfecto del hombre feliz.

»Sus amantes padres, que lo que deseaban era la felicidad de sus hijos, los enviaron a América, para que el virtuoso y elocuente canónigo que tenían por tío, les diera una educación cristiana propia de su noble cuna; pero como el comercio les llamaba la atención, siguieron en América y en Filipinas esta profesión, formando caudales cuantiosos que, más bien que de ellos, son de las huérfanas, de las monjas y de los religiosos a quienes socorren.

»Decretado estaba por el Altísimo que habían de comer y beber de su trabajo y que habían de recibir en sus riquezas el don de Dios. Omnis enim Homo, etcétera.

»Al poco tiempo de haber llegado a esta noble e imperial ciudad de México, los dos hermanos tuvieron que seguir su destino y separarse, marchándose el virtuoso Pascasio José a Filipinas, quedándose solo y aislado en este valle de lágrimas, el hermano José Pascasio. ¡Oh momentos crueles de la separación! ¿Por qué no os abristeis, oh mares, como dice Tertuliano? ¿Por qué no os oscurecisteis, sol, como añade el sabio Orígenes? ¿Por qué, como exclamaba el profeta, no fueron sepultados juntos en los abismos del horrendo báratro, los dos tiernos pimpollos, antes de consentir en una separación que fue eterna?».

Vengurren, que no estaba muy conforme, a pesar de su fe, con la opinión que ningún profeta pudo dar respecto de los pimpollos gallegos, se movió un poco de su asiento, tosió, sacó un pañuelo paliacate, lo desdobló con cuidado y se limpió las rojas narices y las gotas de sudor que, con el calor de los cirios y la mucha concurrencia, brotaban de su frente.

El padre Rodrigo tomó un trago de vino, tosió a su vez, se limpió el sudor (todas las comunidades hicieron lo mismo); y restablecido el silencio, que sólo interrumpía el chisporroteo de los cirios de la tumba, el panegírico del difunto gallego siguió su curso.

«Nuestro difunto se encaminó a Acapulco (sería un verdadero milagro que un difunto se encaminara a Acapulco; pero como fray Rodrigo lo decía, todos los oyentes lo creyeron) nuestro difunto, repito, se encaminó al puerto de Acapulco y, después de mil trabajos y padecimientos, hubo de embarcarse en la nao. ¡Qué tormentas en la mar! ¡Qué rayos! ¡Qué centellas! El firmamento estaba conmovido, como decía Isaías, y nuestro difunto, sereno y firme, sin pensar siquiera salir de la combatida nave hasta que llegase al puerto de Cavite. Llegó por fin, por intercesión del santo apóstol patrono de Galicia y enemigo encarnizado de los pueblos idólatras de América, y llegó conduciendo a nuestro difunto Pascasio José, el cual, apenas se repuso de las fatigas de su viaje, cuando, cumpliendo con la misión que el Señor le había impuesto en la Tierra, entró a servir en una tienda de comercio de las más acreditadas de aquellas tierras: su admirable constancia, su incansable paciencia, su mansedumbre en sufrir las muchas impertinencias de sus amos, le granjearon el afecto de éstos, porque era, como dice el Gregoriano, el varón justo.

»¿Para qué he de cansaros con una narración minuciosa de sus virtudes? Basta deciros que, al vender el terciopelo morado, recordaba a Jesucristo en la cárcel; al doblar el damasco carmesí, hacía conmemoración de los azotes; y al medir la sempiterna negra, no podía menos sino enternecerse con los dolores

que sufrió al pie de la cruz nuestra Madre Santísima. ¡Qué piedad, qué unción, qué ejemplo tan saludable para todo el comercio, que en cada uno de los lienzos despreciables que vende para satisfacer los caprichos del lujo de los grandes de la tierra, tiene un motivo para recordar los misterios de nuestra santa religión! Os digo como el gran padre San Agustín: “imitad las virtudes del varón justo, y no caigáis en la tentación”.

»Los últimos años de la vida del difunto presentan el ejemplo de la tranquilidad más perfecta: dedicado a aumentar su caudal por medio del trabajo, jamás se le vio ese lujo y ese fausto que con mucha razón han condenado en América, en algunas épocas, las severas reales órdenes de S. M. Una modesta chaqueta; un pantalón que no se mudaba sino cada seis meses; un calzado el más común y el más barato; una camisa de tela gruesa, este era todo el equipaje de uno de los más opulentos mercaderes de Manila, que tenía en su tienda las más ricas telas del oriente, del occidente, del septentrión y hasta del Polo Ártico. Imitad, católicos, su ejemplo, como manda el precepto de nuestro gran padre San Agustín.

»Pocos días antes de su muerte tuvo un sueño misterioso. Soñó que, mecido en una cuna de rosas, era llevado por los ángeles a un jardín muy ameno, donde se encontró con una orquesta completa de serafines que acompañaban unos melodiosos y dulcísimos cantos a otro coro de arcángeles. Cuando despertó, al día siguiente, había esparcidas por su cuarto multitud de flores que exhalaban un aroma delicioso. Desde ese momento se preparó a la muerte, aprovechándose de este aviso del cielo. En efecto, a los pocos días falleció de una enfermedad desconocida que lo privó del uso del habla; y fue tan resignado y tan cristiano en su último fin, que no quiso ya hablar ni una palabra. Puedo aseguraros, hermanos y oyentes míos, que murió en olor de santidad.

»¡Pascasio ha muerto! —prosiguió el padre levantando la voz—, pero nosotros vivimos para llorarlo. Me había equivocado: Pascasio no ha muerto, porque vive en el corazón de todos nosotros y en el caudal que ha dejado para la religión y para los pobres; pero sí, ¡ah!, ¡oh dolor!, ¡oh agonía!, ¡oh tormento cruel! Pascasio ha muerto y no podemos dudarlo, puesto que tenemos delante de los ojos esta fúnebre tumba. Lloremos, sí, lloremos al comerciante honrado, al hermano tierno, al hombre casto y económico, al varón justo, como decía nuestro gran padre San Bernardo. Derramemos, católicos, abundantes y copiosas lágrimas sobre este catafalso mortuorio; vistamos de luto nuestra alma, como decía el profeta Ezequiel, por la pérdida

que ha tenido la corona de un súbdito tan fiel, y nosotros de un amigo tan sincero».

Las comunidades religiosas tuvieron que sacar sus pañuelos y limpiarse las lágrimas: la elocuente deprecación del predicador había producido su efecto, y, además, era preciso llorar por un difunto al que, aunque nadie lo conocía en México, había dejado un grueso capital. Vengurren, que al fin era su hermano, se enterneció, sus narices se encendieron un poco más y dos lágrimas silenciosas fueron escalonándose y deteniéndose en las arrugas de su cara. Cuando terminó la fúnebre ceremonia, acompañado de Fulgencio despidieron a las comunidades y asistentes y se dirigieron a la sacristía, con un ramo de flores de papel muy mal hechas; pero que tenía una docena de onzas de oro muy bien acuñadas, y se lo presentaron al reverendo.

—Bien, bien, mi padre Rodrigo —le dijo Vengurren—. Nadie sabía, ni yo, lo que su paternidad predicó del hermano; nunca me ha escrito eso. Era buen hombre. Gracias, gracias, padre Rodrigo.

El padre tomó el obsequio y no quiso entrar en materia, porque temió afligir más a Vengurren. Lo exhortó a la conformidad y a la resignación y le dio su bendición.

Amo y dependiente se fueron de nuevo a la tienda del Parián, y todo y todas las cosas volvieron a su curso ordinario. Sólo en el libro encarnado del mercader había una alteración pequeña. Habiendo entrado 600 000 pesos más, había sido necesario llenar otras dos cajas de cedro, y apilar en un rincón las talegas sobrantes.

CAPÍTULO VIII

DE LOS PESARES QUE EXPERIMENTÓ VENGURREN, DE SU MUERTE Y DE CÓMO NOMBRÓ A FULGENCIO HEREDERO DE SUS CALZONES DE PAÑO Y DE TODO SU DINERO

A pesar del elogio que hizo en el púlpito el padre Rodrigo, y a pesar de las talegas de la herencia, Aguirrevengurren de México clavó el pico, como suele decirse. Desde que murió el Aguirrevengurren de Manila, no hablaba una palabra, dormía más de lo de ordinario y, lo que era peor síntoma, había suprimido el chocolate por la tarde, y en la comida, con trabajo podía acabarse medio pollo. Fulgencio veía la destrucción de este viejo edificio con una especie de complacencia mezclada de temor. ¿Lo dejaría o no de heredero? En último resultado, si no lo dejaba de heredero, nunca se olvidaría de él, y doscientas talegas que le tocaran, era algo para comenzar.

Otra noticia funesta acabó por entristecer al viejo mercader: Romero, el fiel Romero, a los setenta y cinco años, es decir, en la flor, en la fuerza de la edad, y cuando comenzaba a hacer su fortuna independiente, había fallecido de resultas de un constipado, de una caída de un caballo cojo que montaba, y de una fiebre que le sobrevino por cobrar una cuenta de tres reales tres cuartillas, que le había quedado debiendo un peón en una hacienda distante de la ciudad.

Según y como había pactado con su amo y socio, tenía hecho su testamento, y lo dejaba heredero de todas sus economías, con las cuales apenas había tenido valor de comprarse una capa, como hemos dicho; y con esto le parecía que había echado la casa por la ventana. El resultado de la muerte de Romero fue otra partida de 110 000 pesos en el libro de badana de Vengurren, y nuevos sacos de dinero arrumbado contra la pared de la trastienda. ¡Qué tiempos!

La tristeza de nuestro amigo el buen gallego no conocía límites. Se pasaba las mañanas en la iglesia y, cuando volvía a la tienda, no hablaba ni una palabra. Toda su sociedad la había reducido al padre Clavijero, que era su

director espiritual y el hombre a quien tenía más respeto y más amor en el mundo.

Una noche volvió más temprano que de costumbre. Luego que Fulgencio lo vio, corrió alarmado a quitarle la capa de los hombros y a sostenerlo, porque vacilante y como si hubiese bebido una pipa de catalán, apenas podía pasar de los umbrales de la tienda.

—¿Qué es esto, señor Vengurren, qué ha sucedido? Traeré agua, vino, un médico… Por el amor de Dios, ¿qué ha sucedido, señor amo?

Vengurren se sentó en el sillón en que acostumbraba tomar su chocolate, bajó la cabeza y no habló una palabra en más de un cuarto de hora, hasta que repentinamente se levantó y, encendido en cólera, dio una puñada tremenda en el mostrador, que hizo temblar el armazón y retroceder a Fulgencio.

—¡El rey es un pícaro, Fulgencio! —gritó lleno de cólera—. Ha desterrado a los jesuitas y a ese padre Clavijero, que era el mejor mexicano de toda Nueva España.

—¡Señor amo!

—¡El rey es un pícaro! —volvió a gritar el viejo; y luego, como aterrorizado de la blasfemia que acababa de pronunciar, se quedó un rato con los ojos fijos y la boca entreabierta, se quitó el sombrero y volvió a caer en la silla diciendo entre dientes—: Es menester conformarse con la voluntad del rey. ¡Pobre Clavijero!

La conmoción de Vengurren fue tan grande, que al día siguiente no pudo levantarse de la cama, y continuó así malo, triste, y cayendo y levantando, como suele decirse, hasta que al fin de quince días, un golpe de sangre al cerebro lo privó del habla y del uso de sus miembros, y murió al día siguiente, con la gran felicidad de que los doctores de espadín y gualdrapa que había entonces, no lo quemaron con fierros ardiendo, ni le administraron buenas dosis de croton tiglium, como lo habrían hecho hoy los de carretela y caballos ingleses.

Aquí las dudas, la apuración y la zozobra de Fulgencio, y mucho más cuando ocurrió inmediatamente el oidor don Celestino Conejo de la Conejera y, a título de amigo del difunto y de letrado profundo, se apoderó de todos los papeles y constituyó a Fulgencio depositario del dinero y efectos que había en la casa.

Un entierro y unos funerales magníficos en San Francisco, anunciaron a la afligida México la pérdida de uno de sus comerciantes más ricos; y otro panegírico del padre Rodrigo, que no copiamos por no fastidiar al lector, probó la nobleza y las virtudes del difunto, el cual fue sepultado en el costado

izquierdo de la nave de la iglesia de los betlemitas, colocándose encima del sepulcro una estatua de piedra chiluca, hincada de rodillas en un cojín de ladrillo, que representaba la vera efigie del difunto.

Los nueve días parecieron eternos a Fulgencio, y casi no dormía dos horas escasas, devorando en su mollera los proyectos más descabellados. ¿Habría hecho o no testamento el difunto? Y, en caso de haberlo hecho, ¿quién sería el heredero? Si el duelo se hubiera prolongado una semana más, Fulgencio pierde el juicio. Expirado que hubo el plazo, fuese a la morada del oidor, con sus inventarios debajo del brazo, y ambos se dirigieron ante el alcalde de corte y, en presencia del escribano y testigos de asistencia, se quitaron las cintas y los plomos con que estaba atado y asegurado un bultito de papeles.

Fulgencio no respiraba; pero creyó caer desvanecido cuando, habiendo roto la cubierta el escribano, apareció a sus ojos un letrero escrito con letras gordas, aunque mal hechas, que decía:

MI TESTAMENTO

—Pascasio Aguirrevengurren era un santo —pensó Fulgencio— puesto que no ha cometido la horrible maldad de morir intestado.

Quedaba por resolver la segunda cuestión.

¿Quién era el heredero? El oidor Conejo de la Conejera daba por seguro que él sería el dueño de todos los patacones del difunto. Fulgencio dudaba, y una palidez mortal cubría su rostro. Se abrió el testamento, y se encontró que todo era de puño y letra de Vengurren. ¿Cuándo lo había hecho y dónde? Fulgencio lo ignoraba; pero suponía que en las escapadas que el amo se daba a visitar al padre Clavijero, había trabajado esta interesantísima obra. La lectura comenzó:

«En el nombre de Dios, etcétera.

»Soy cristiano viejo, y creo en todo lo que enseña nuestra fe católica, etcétera.

»Primero. Tengo un millón doscientos mil cincuenta pesos en oro y plata acuñada, y ochenta mil doscientos treinta y seis pesos y seis maravedís en géneros en la tienda. No debo a nadie nada».

Fulgencio saltó de la silla alborozado: el testamento era muy moderno, puesto que contenía exactamente las cifras del último balance que se había hecho, y que había variado bien poco en los tres días transcurridos.

El escribano, calándose bien los anteojos, continuó la lectura.

«Dejo para veinte mil misas por mi alma, veinte mil pesos.

»Dejo para limosnas a los pobres, diez mil pesos.

»Dejo para el colegio de Mondoñedo, veinte mil pesos.

»Dejo para un hospital en Filipinas, treinta mil pesos.

»Dejo para que las monjas capuchinas de México acaben su convento, quince mil pesos.

»Dejo para una función a Santiago, con misa cantada, seis mil pesos.

»Dejo para fundar cuatro capellanías, con obligación de que los capellanes digan los viernes de cada semana una misa por mi alma, doce mil pesos.

»Dejo para dotes de niñas que entren al convento que quieran, cuarenta mil pesos.

»Dejo al convento de Jesús María sesenta mil pesos, para que compre unas casas.

»Dejo para una función el día 19 de cada mes al señor San José, en el convento de Regina, ocho mil pesos.

»Dejo al mancebo que sirve en la tienda, cien pesos».

—Ese es vuestra merced —dijo el oidor a Fulgencio.

—No hay tal cosa, señor oidor, el mancebo es Iturguieta, así se llama, y yo soy Fulgencio García. Adelante.

«Dejo cien pesos a María Jacinta, cien a Antonieta y otros cien a su marido».

—Esos son los de Coyoacán —dijo Fulgencio.

—Adelante —exclamó el oidor, que ya rabiaba de impaciencia por oír lo que le dejaba su difunto amigo.

»Dejo al señor y mi amigo don Celestino Conejo de la Conejera, un libro viejo de las Cédulas del doctor Puga.

»Item, le dejo una espada de taza y cruz, de la fábrica de Toledo.

»Item, una docena de pañuelos paliacates…».

Fulgencio no pudo menos de taparse la boca para no soltar la carcajada y el oidor, que lo notó, se le quedó mirando con una expresión feroz.

El notario continuó:

«Dejo a Fulgencio mis calzones de paño viejos».

El oidor Conejera se echó a reír en los bigotes del andaluz y, con un aire burlón, dijo:

—Prosiga usted, prosiga usted, señor escribano, que esto promete mucho para el amigo Fulgencio.

Fulgencio bajó los ojos y dejó caer los brazos; el escribano continuó:

«Item, en prueba de mi afecto, le dejo dos camisas usadas.

»Item, mis zapatos y mi capa.

»Item, dejo también a Fulgencio todo el resto de mi dinero, y todos los géneros de la tienda».

Cómo si un golpe eléctrico hubiese herido a los competidores, ambos cayeron de la silla, el uno a causa del inmenso placer de considerarse millonario, y el otro de cólera de verse desheredado de lo que creía ya suyo.

El escribano se quitó los anteojos, pidió agua, les ayudó a reponerse en su asiento, y continuó la lectura poco interesante. Como Napoleón, y como Hernán Cortés, el gallego seguía disponiendo en favor de diversas personas, de sus gregüescos, de sus chalecos, de sus sombreros viejos, y dejando legaditos a multitud de ancianos, de veinte a treinta pesos.

—¡Este testamento es nulo! —gritó el oidor, cuando se repuso de la sorpresa.

—Perfectamente legal, hecho en sana y cabal salud, en el pleno uso de todas las facultades mentales del difunto y autorizado no por uno, sino por dos escribanos a mayor abundamiento —contestó el escribano dando vuelta a las hojas, examinándolas y quitándose las gafas y limpiando alternativamente con las puntas de un pañuelo encarnado, ya lo vidrios naturales que la edad había empañado en sus ojos, ya los artificiales que había oscurecido un poco el calor.

—¿Conque no hay remedio? —volvió a preguntar Conejera.

—Ninguno, más que recibir —dijo el escribano— las reliquias que os ha dejado el difunto.

—¡Bien lo había yo pensado! Ese hombre era un ingrato, un estúpido, un falso amigo sobre todo; porque mil veces me aseguró que, si él moría antes que yo, me dejaría un recuerdo.

—¡Y por Cristo que lo cumplió! —interrumpió Fulgencio—. ¿Qué más quiere vuestra merced que un famoso cedulario, donde están las reales órdenes de S. M., y una buena espada para defenderse de los pillastres que atacan a la gente honrada? No hay que poner esa cara triste, señor oidor, venga esa mano, y aquí tiene vuestra merced un amigo que, si se muere antes, no lo olvidará, como no lo olvidó mi difunto amo.

El oidor rehusó estrechar la mano que el andaluz le tendía, y salió, rojo de cólera, de la sala.

CAPÍTULO IX

DE LA NUEVA VIDA DE FULGENCIO, DEL LUJO CON QUE ESTABLECE SU CASA, Y DE CÓMO ADQUIERE UNA CAPITANÍA POR EL MÓDICO PRECIO DE QUINIENTOS MIL PESOS

Una nueva era se abría en la vida de Fulgencio. Heredero a los 27 años de edad de los calzones viejos de paño de su amo y, por apéndice, de todo su dinero, no sabía ni qué hacer ni por dónde comenzar. Si él hubiera sido gallego, las cosas habrían pasado sin ruido y sin dificultad, porque se hubiese conformado con seguir la misma vida y ejemplo del difunto; pero andaluz, vanidoso y, sobre todo, dueño y señor absoluto de una fortuna inmensa, el mundo le parecía estrecho y al virrey lo veía ya como un grano de mostaza. En los primeros días continuó en la tienda recibiendo los agasajos y cumplidos de todos los paisanos y vecinos; pero luego que tuvo un buen dependiente, le entregó la negociación, ascendiendo al mancebo Iturguieta al rango de dependiente, con veinte pesos al mes, con el privilegio de dormir, no debajo, sino sobre el mostrador, de la misma manera que el difunto Vengurren lo había elevado a él a tan alto puesto.

Buscó una gran casa en la entonces aristocrática calle de Cordobanes, y la amuebló con todo el esplendor de la época. En los balcones y en las ventanas había vidrieras, lujo que entonces se permitían sólo los millonarios y los títulos de Castilla; la sala estaba adornada con un friso o rodastrado de damasco de China, encarnado, y muebles flamencos con las águilas austríacas grabadas en la madera e incrustados de concha nácar y de marfil: en las paredes estaban colocadas unas pantallas de espejos venecianos, y del centro del techo pendía una gran araña de plata para veinticuatro bujías.

El comedor de la casa era lo que había que ver. Una mesa cuadrilonga de dos varas de largo y vara y media de ancho, formada de una sola plancha de caoba; dos esquineros con sus alambrados llenos de la más primorosa porcelana de China, y en medio un tosco aparador con cabezas de peones y esfinges de oloroso cedro en los remates, todo lleno, de arriba a abajo, de platos y de vasijas. No había una sola cosa en la casa que no fuese de plata:

candeleras, platos, vasos, y hasta ciertas cacerolas para el servicio de la cocina, eran de este exquisito metal. Surtió su bodega de los vinos más añejos, y su despensa de los más exquisitos comestibles de la madre patria, e instalado así, sin que pudiese faltarle nada de lo que en aquel tiempo servía para el lujo y el regalo, sentóse encima de sus talegas con más aplomo que el mismo Carlos III en su elevado trono.

—Si el difunto Vengurren resucitara y viera esto —decían algunos— se volvería a morir de pesar.

Pero otros tenían a mucha prez y honor el recibir siquiera el saludo del andaluz; y ¡por Dios que jamás hombre más hinchado ni más vanidoso había sentado sus reales en la ciudad de Moctezuma!

Luego que concluyó sus arreglos de casa, que no fueron largos, supuesto que el dinero todo lo allana y facilita, escribió a su padre, a Cádiz.

Amao pare:

Con mi última le remití unos cuantos maravedí; ahora le mando cien talega de peso para vos y lo hermano, y para que se vaya a la corte a conseguí para mi mucha nobleza, el título de conde de Soto Alegre, aunque bastante feo era y será todavía el de nuestra noble casa. No hay que perdé tiempo, soy muy rico, y lo que necesito ora es ser conde, y si se puee, virrey. Con que… treinta cosa a lo currito.

»Va esta misiva con el reverendo que me ponía en la escuela como un crucifijo. Le he dao alguno maravedí, para que pase alegre lo último día de su vida en su convento de España, ya que tanto ha pelao las nalga de lo muchacho de esta tierra.

»Pasarla bien, y un día de esto daré un brinco al condado de Soto Alegre. No hay que desmayé. Todito el dinero que sea necesario en la corte, se pagará a la letra vista. Quedar con Dios, y él vos guarde come lo desea vuestro noble y amante hijo.

Don Fulgencio

Hecho esto, Fulgencio, que lo que deseaba era figurar entre los hidalgos y los títulos de México, abrió su casa a los canónigos, a los oidores, a los alcaldes de mesta y a los oficiales reales, y no faltaba ni el contador de tributos, ni el juez balanzario de la Casa de Moneda, ni el inquisidor mayor. Se tomaba en casa de don Fulgencio García un buen chocolate, se rezaba el rosario y la estación a las ocho de la noche, y hasta las diez se jugaba a las cartas o se platicaba de las profesiones de las monjas, de los capítulos que los frailes celebraban para elegir Provincial, a de las guerras tremendas que sostenía el augusto Carlos III con todas las pérfidas y bárbaras naciones de la Europa. Don Fulgencio era un gran personaje; no había cofradía de que no fuese hermano, ni iglesia que lo dejase de contar en el número de sus bienhechores. Afortunadamente, y a pesar de sus exorbitantes gastos, sus negocios iban perfectamente, pues la antigua tienda del Parián, de Aguirrevengurren

hermanos, conservaba su nombre y su crédito, y las utilidades eran tan pingües como antes.

Las cartas de España no eran de lo más satisfactorias. Su padre le escribía que, por más pasos que había dado en la corte, no le había sido posible otra cosa que gastar una buena parte de los duros; pero que le juraba que todo saldría bien.

«Cuando la muerte venga —le escribía el viejo andaluz— le diré: ¡atrás, aguarda un poco bellaca, deja que el chico don Fulgencio sea conde de Soto Alegre, y después no haremo triza y veremo quién puee ma!».

En estas alternativas y fluctuaciones estaba el asunto del condado, cuando estalló de nuevo la guerra entre Inglaterra y España.

Era entonces virrey el buen don Antonio Bucareli y, amante de su patria como el que más, deseaba ayudar de una manera positiva a su soberano y humillar, por su parte, al pérfido inglés. Había pensado reunir una junta de los ricos y nobles de la ciudad para pedirles un donativo, y remitir a España la mayor cantidad posible de dinero; mas no había encontrado una oportunidad hasta que, para sacarlo de este empeño, llegó cuando menos se aguardaba a Veracruz, la fragata «Covadonga», con pliegos muy importantes, que un extraordinario caminando con la velocidad del rayo apenas pudo traer a la capital al cabo de cuatro días.

El virrey convocó entonces una junta en palacio. Por supuesto que ninguno mandó decir que estaba enfermo; ni mucho menos envió como rasgo de esmerada educación a su dependiente, sin instrucción ninguna; por el contrario: todos los citados se vistieron con sus grandes casacones y sus chalecos de lama de oro, sus diamantes de gran precio en los vuelos de la camisa y tuvieron a mucho honor el que el virrey tuviese la señalada bondad de pedirles algo para ayudar a la real tesorería de su muy amado soberano.

El bailío era hombre de muy buenos modales; digno sin orgullo y amable sin estudio ni afectación; su gran nariz, un poco encorvada, sus ojillos pequeños; pero mansos y serenos, y su boca grande; pero franca, daban a su fisonomía un aire de bondad y de honradez tal, que cautivaban a todos los que lo trataban. Además, su alto carácter y el respeto con que entonces era mirada la autoridad, contribuyeron a que la junta tuviese mejor resultado.

La recepción se hizo con el ceremonial y caravanas de la época, y después que hubo saludado a todos los concurrentes, les dijo:

—Señores: acabo de recibir pliegos de la corte. La guerra con esa traidora potencia con quien, para desgracia de la España, ha tenido alianza y amistad en otras ocasiones, ha estallado de nuevo.

—Con la Inglaterra, por supuesto —objetó bruscamente un comerciante gordo y encarnado.

—Con la Inglaterra —continuó el virrey, reprendiendo dulcemente con una mirada al que lo había interrumpido—, pero los despachos de S. M. me anuncian que ya el inglés traidor ha llevado su merecido castigo.

Un murmullo de entusiasmo interrumpió al virrey; éste dejó desahogar un momento esa explosión de patriotismo, y prosiguió:

—Decía que el inglés traidor ha sido castigado, y que la real marina española, como siempre, no sólo ha dejado bien puesto el honor, sino que ha hecho prodigios inauditos; en una palabra, os haré saber que, habiéndose trabado un combate, ha sido tomado al abordaje el navío inglés llamado «El Ardiente», de 64 cañones: aquí están los despachos de S. M. que no dejan duda de lo que digo.

El virrey dio los pliegos que tenía en la mano a la persona que estaba más inmediata, y así fueron pasando de mano en mano; unos los besaron, otros quedaban tan complacidos y admirados, que parecía que no era un papel, sino el mismo navío con sus 64 cañones, el que pasaba por las manos de aquella patriótica y respetable asamblea.

El virrey creyó que la conserva estaba ya de punto, como suele decirse, y continuó:

—Fácilmente pensaréis que lo que S. M. necesita son prontos auxilios de dinero, y que todo lo espera de sus fieles vasallos de Nueva España y…

No pudo concluir, porque el personaje que estaba a su derecha lo interrumpió, diciendo en voz alta:

—El consulado de México se suscribe con cien mil pesos.

El virrey hizo con la cabeza una cortesía al generoso cónsul, e indicó que siguiera la suscripción, no teniendo, como en efecto no tenía necesidad de ponderar más las victorias de la marina española. La suscripción continuó.

—El conde de Peñón Blanco, cincuenta mil pesos.

—El marqués de Sierra Azul, la misma suma.

—El duque del Rosario, cien mil pesos.

—El Tribunal de Minería, doscientos mil —dijo otro con cierto orgullo.

—Por la archicofradía de San Homobono —dijo un clérigo apergaminado, y que tosía frecuentemente— ofrezco ciento cincuenta mil.

—Por la señora marquesa de la Agua Fría, ofrezco treinta mil pesos — dijo un abogado con voz muy suave y temblorosa, de manera que casi nadie lo oyó.

—¿Qué suma? —preguntó el virrey.

—Treinta mil pesos —volvió a repetir el representante de la marquesa, avergonzado de su pequeñez y miseria.

Fulgencio no pudo aguantar ya.

—Señor virrey —dijo— creo que en esta junta no se viene a insultar a

V. E., ni mucho menos al rey.

Cuando mencionó al rey, toda la concurrencia hizo una cortesía e inclinó la cabeza.

—Yo soy clarito, zeñó virrey —continuó Fulgencio— y veo que aquí se etán ofreciendo cantidades que no alcanzan ni pa un falucho. Se trata de aniquilé pa siempre la marina de ese perro hereje, y eso se jace con dinero. Yo ofrezco una fragata entera y verdadera de 64 cañone. Veremos si es andaluza o realidá. Con permiso, señor virrey.

Se acercó a una mesa, tomó una pluma y un pedazo de papel, y con uno de los porteros envió una carta. A poco se presentó el dependiente Iturguieta seguido de una multitud de cargadores con talegas llenas de pesos.

—Creo que habrá con medio millón de peso pa una fragata, ¿no e verdá, zeñó virrey?

El virrey y los demás asistentes se quedaron maravillados de la excentricidad del sucesor de Vengurren; pero como fuerza es admirar y aun imitar esas grandes cosas, la suscripción subió a tal grado, que sólo de ella envió el virrey tres millones a la Península. En cuanto a Fulgencio, al día siguiente recibió un par de divisas de capitán. Estaba loco, no sentía ni el hueco que en su caudal había dejado el donativo. Le bastaba con ser el capitán don Fulgencio García Julio.

CAPÍTULO X

DASE CUENTA DE CÓMO FULGENCIO SE ENCONTRÓ REPENTINAMENTE POBRE, DE SU VIAJE A LA NUEVA VIZCAYA Y DE SU CASAMIENTO CON DOÑA ANA DE GIBRALTAR

Tan luego como Fulgencio pudo ponerse un chupín azul con su solapa encarnada, peinarse de polvo dejándose una larga coleta, portar al cinto un espadín y llamarse ya sin riesgo ni contradicción alguna el señor capitán don Fulgencio García, se volvió materialmente loco. Cerró la tienda, se retiró del comercio y comenzó realmente la vida espléndida de un gran señor. Todos los días eran donativos para la corona, para los hospitales, para los conventos. Vengurren había cumplido con este deber de usanza en esos tiempos, con la esperanza de que su ánima estuviese menos años en el Purgatorio. Fulgencio, su sucesor en el caudal, se contentaba con recibir su recompensa en esta vida, y esta recompensa se reducía a que, el día de su santo, las madres le mandasen de cuelga panecitos, velas benditas y platones de crema adornados con flores de camelote y de listón de granada; pero sobre todo, lo que sacaba de quicio a Fulgencio, era verse retratado de cuerpo entero en las porterías y en los claustros con un letrero que decía: «Verdadero retrato del muy noble e ilustre don Fulgencio García Julio, capitán de los reales ejércitos de S. M., Caballero del hábito de Santiago, Tesorero de la Muy Ilustre Archicofradía de San Emigdio, Mayordomo Perpetuo de la vela encarnada, socio fundador de la Congregación de los Niños Andaluces y Patrono de la Real Capilla de Santa Efigenia virgen y mártir».

Cada retrato de estos le costaba poco más o menos tan barato como la capitanía; pero satisfecho con esto y con el hábito de Santiago, que era todo lo que se había podido conseguir en la corte de España, después de haberse agotado la mayor parte de los escudos que mandó a su padre, vivía tan satisfecho y descuidado del porvenir, como si fuesen suyas las ricas minas de Pachuca. Iturguieta, que había continuado en su servicio, se le presentó un día.

—Señor capitán, tengo que dar a usted un mal rato: el dinero se está acabando y todo lo que queda ya en la bodega son unos diez o doce mil pesos.

—¡Bribón! ¡A mí venirme con ese cuento! —exclamó Fulgencio—. Eso no es cierto; no puede ser cierto. Yo soy rico, muy rico; millonario, ¿lo entiendes? ¡Millonario!

—Si el señor capitán tiene en otra parte el dinero, eso es otra cosa; pero lo que es en la casa, repito que no hay más que esa suma.

Fulgencio inclinó la cabeza y, por primera vez después de su arribo a la América, pasó por su frente una nube de profunda tristeza. Era ya pobre. Doce mil pesos, los muebles de la casa, la plata labrada y algunas alhajas, esto era todo lo que quedaba en poco tiempo de la inmensa fortuna, fruto de tantos años de privaciones y de fatigas de los difuntos hermanos Aguirrevengurren.

—¿Quiere el señor capitán ver las cuentas?

—¡Qué cuentas ni qué alforja! —dijo Fulgencio dando una palmada en la mesa y dejando caer la cabeza con desconsuelo—. ¡Bah! Trae el libro; veremos siquiera cómo se consumió esa fortuna.

Iturguieta lo trajo, forrado de terciopelo con broches de oro.

El libro mugroso y forrado de badana encarnada que llevaba Vengurren, representaba el orden y la economía; era el libro de crédito: el lujoso volumen de Fulgencio representaba el desorden, el despilfarro y el débito de esta partida doble que había principiado hacía más de cincuenta años con el económico gallego, y terminaba con el vanidoso y pródigo andaluz.

—Vamos, Iturgieta, lee algo de ese maldecido libro.

Iturguieta destrabó los broches de oro del lujoso volumen y comenzó a leer:

«Fecha tantas, etc., etc. Donativo a S. M., para una fragata de sesenta y cuatro cañones

$ 500 000

—¡Los sesenta y cuatro quisiera que dispararan sobre mi cabeza por borrico!

—exclamó Fulgencio—; pero continúa, continúa y veremos que se puee cobrar de todito ese desbarajuste.

«Gastos de la construcción de la capilla de Santa Efigenia virgen y mártir $ 60 000

Donativo para construir el coro y capilla de los sepulcros 35 000

Perdido en los plees de la pelota desde tantos de marzo 10 000

Mandado a España para el pleito del Condado de Soto Alegre 150 000

Gastos anuales de la casa $ 35 000, en seis años 210 000

Por valor de las perlas, esmeraldas y topacios comprados para bordar el manto de San Emigdio

85 000

Fulgencio no pudo aguantar ya y se puso de pie, decidido a cometer cualquier violencia.

—Mira, Iturguieta —le dijo—, si tú y tu maldecido libro no se me quitan de delante, los hago polvo, y ¡vive Dios, que si no fuera yo capitán de los reales ejércitos de S. M., iba yo a quitarle la capa bordada de perla que le di a San Emigdio, ma que lo diablo se lo llevasen de frío!

Iturguieta salió más que de prisa y Fulgencio cayó en cama del pesar que le había causado el tomar a ser pobre de la noche a la mañana.

No le quedaba más remedio que solicitar un empleo y abandonar la capital, pues no podía vivir económicamente en el teatro mismo de sus prodigalidades y de su elevada fortuna. Esta deidad inconstante parece que no lo abandonaba del todo. Al tercer día de su encierro, pues no había consentido que lo viese nadie más que las criadas que le servían el alimento, se presentó Iturguieta.

—Traigo una carta, señor capitán, que ha conducido un propio y viene de la Nueva Vizcaya.

—Dámela y vete —contestó el andaluz.

—El propio quiere mañana volverse a poner en camino con la contestación.

—Vete, y sonaré la campana si te necesito.

Iturguieta salió de la alcoba. Fulgencio abrió la carta. Venía fechada de un lugar que no le era desconocido, y que le despertaba los recuerdos de los primeros trabajos y goces de la juventud.

«Mi padre ha muerto, y soy dueña de mi mano y de mi fortuna. Si vuestra merced es un caballero español que sabe cumplir con su palabra, venga inmediatamente a recibir el corazón de doña Ana de Gibraltar».

Fulgencio sonó la campanilla, e Iturguieta entró en el acto.

—Dispón toas las cosa, porque mañana a la madrugada marchamo a la Nueva Vizcaya.

—Supongo que el viaje será en coche; y si es así, os faltan mulas.

—Te he dicho que disponga too lo necesario para el viaje. Toma el dinero que necesite y que naa falte pa mañana a las cinco en punto.

Iturguieta salió a cumplir las órdenes del amo y Fulgencio vio el cielo abierto. Un casamiento con una mujer hermosa y rica, le proporcionaba la ocasión de salir airosamente de México, de reparar su fortuna y de figurar con más esplendor entre los hidalgos de la provincia donde iba a radicarse.

Dirigióse a la casa de su paisano y amigo el contador de tributos; le encargó que traspasase su casa, que vendiese los muebles y la plata labrada y le enviase el dinero en la primera oportunidad, a la hacienda donde iba a residir. Esa noche dio no un té, que es moda inglesa y entonces no se conocía, sino un chocolate a sus viejos amigos, y les participó que tenía que marcharse a cumplir ciertos compromisos de honor que había contraído con una dama de la Nueva Vizcaya, de mucha nobleza y de gran mérito; pero que una vez casado, volvería con ella a residir a la corte mexicana.

La noche terminó con caravanas, apretones de mano, ofrecimientos que son tan del uso y agrado de la raza española, y al día siguiente rodaba ya sobre las calzadas don Fulgencio a nuevas y lejanas tierras.

Bien despacio se camina hoy en la república; pero mucho más se caminaba hace ochenta años; así es que Fulgencio tardó cosa de dos meses en llegar a su destino; pero al fin llegó alborozado, alegre, contento como un niño. El propio, que se había adelantado algunas jornadas, previno a la ama, y ésta salió a recibirlo. Fulgencio se apeó del coche y, con los brazos abiertos, buscaba a su adorada presunta; pero en vez de la fresca hermosura que en otro tiempo había conocido, se le presentaba una figura toda arrugada, maltratada, cocida y recocida, como si el cutis de la cara se hubiese formado de un pedazo remendado del hábito de una capuchina. Fulgencio retrocedió, volvió de nuevo a preguntar, dudó, vaciló, hasta que al fin tuvo que arrojarse en brazos de aquella figura informe. Doña Ana de Gibraltar, víctima de las viruelas, había escapado milagrosamente de la muerte mientras Fulgencio venía en camino; pero su frescura, su belleza, su fisonomía toda, si así puede decirse, había sido arrancada por la mano terrible de la epidemia. Lágrimas, lloros, protestas de parte de la víctima; duda, desaliento, vacilación por parte del novio. Por fin, don Fulgencio, habiendo reflexionado que en definitiva se casaba con una rica y salía de una situación difícil, aceptó la mano de la nueva y fea doña Ana, y las bodas se celebraron con la pompa y solemnidad que se acostumbraba entre las familias nobles y ricas.

CAPÍTULO XI

DE LOS APROVECHAMIENTOS QUE HIZO EN EL COLEGIO FULGENCIO EL CHICO, DE SU ENTUSIASMO POR LA LIBERTAD, DE SU ENTRADA TRIUNFANTE EN LA CAPITAL, Y DE LA MUERTE DE SU MADRE Y DE SU PADRE

«Estados mudan costumbres», dice, según creo, un refrán. Sucedióle a don Fulgencio. Retirado, económico, trabajador, parecía un hombre enteramente diverso del que había, por ostentación, tirado en México una pingüe fortuna. Doña Ana por su parte, aunque fea por demás, era una mujer que procuraba no sólo complacer, sino adivinar los pensamientos de su marido. De esta unión resultó a los dos años un vigoroso heredero que recibió en el bautismo el nombre de Fulgencio; circunstancia precisa para que, de generación en generación, fuese transmitiéndose no sólo la nobleza, sino también el nombre del primogénito y heredero de la ilustre casa de los García Julios. Encantados el padre y la madre con el pimpollo que resultó de la mezcla de la sangre andaluza y judía, no pensaban en otra cosa que en celebrar las gracias y aumentar la fortuna que debería un día formar la renta del nuevo conde de Soto Alegre, pues Fulgencio no perdía la esperanza de ganar el pleito comenzado en España; y tanto para esto, como para auxiliar a su padre, que ya juraba en falso, como suele decirse, no dejaba de hacer sus remesas a la madre patria, consumiendo no sólo el resto de su vajilla, sino también una parte de los productos de la finca. La manía de la ostentación y de la nobleza era incurable en Fulgencio.

Transcurrieron así en esta vida monótona del campo años y años, hasta que el nuevo vástago tuvo edad bastante para entrar en el colegio. En ese tiempo, todavía para la gente de noble alcurnia no había más que dos carreras: la iglesia o el foro; de manera que Fulgencio el chico, que así designaremos al hijo de nuestro andaluz, debería ser o canónigo de la catedral, o alcalde del crimen cuando menos, si no era que llegaba a oidor de la audiencia de México o de Guadalajara. Don Fulgencio, que hacía años no pisaba la corte, volvió a poner en movimiento la complicada y pesada máquina que entonces se

llamaba coche, y empleando otros dos meses en el camino, llegó a la metrópoli acompañado de su hijo, al que puso en el más antiguo colegio de San Juan de Letrán y Comendadores Juristas de San Ramón, dejándolo muy bien recomendado y encargándole a su amigo, el contador de tributos, que pagase la pensión y ministrase ropa y todo lo demás de que tuviese necesidad el noble mancebo.

Don Fulgencio el grande consiguió en su viaje el nombramiento de subdelegado de Villerías, pueblecito cercano a la hacienda, y con este título regresó satisfecho, entretanto le venía el de conde de Soto Alegre.

No puede negarse que la civilización recorre velozmente su camino en este pícaro mundo. El padre había venido solo y descalzo a la América, y había comenzado su carrera con la escoba en la mano; el hijo, vestido de paño fino y de telas de lino, entraba con su Nebrija debajo del brazo a la república de las letras. Ya iremos observando en este libro los progresos de la raza, de la familia y de la civilización misma.

Fulgencio el chico, hizo en el colegio lo que todos los colegiales. Masticaba en las horas de estudio, envuelto en su turca negra y con sus zapatos rotos, el musa musae y el bonus bona, y lo demás del tiempo lo empleaba, en compañía de los muchachos de su edad, en inventar maldades y diabluras, como dicen todavía los estudiantes. Unas veces se trataba de robarle la cena al rector, y no había poder humano que pudiese evitarlo: alambres para retirar las cazuelas; clavos para abrir las cerraduras; hilos y cuerdas para lazar el canastillo; en fin, el rector se quedaba sin cenar muchas noches, y esto costaba un encierro o una golpiza a los que se presumía que eran los autores del atentado. Como en política, sucedió que las más veces los culpables se quedaban riendo, y los inocentes eran los que sufrían el castigo.

Como Fulgencio el chico era noble, se pasó por alto sobre su ignorancia en el latín, sus exámenes fueron brillantes: pasó a filosofía, y sucedió otro tanto; en fin: era ya un bachiller de tomo y lomo en la época en que el cura Hidalgo, con su famoso grito, había trastornado los cimientos del antiguo sistema colonial. La idea de libertad e independencia había cundido no sólo en los campos, sino también en los colegios y en el asilo venerable de los Comendadores Juristas de San Ramón. Se respiraba ya esa atmósfera infectada con las doctrinas de lo que entonces se llamaba herejía, traición a la patria y al rey, crimen nefando y blasfemo. La política tenía horcas y la Inquisición bartolinas para castigar a todos los rebeldes. ¡Cuánto y en qué poco tiempo mudan los tiempos y las costumbres!

Para un muchacho encerrado en su colegio, sujeto a la monotonía de la vida del estudiante y al capricho y malhumor de los catedráticos, la idea de libertad era seductora e irresistible. Correr por los campos seguido de una turba de patriotas; entrar a las poblaciones y disponer de las buenas mozas, de los briosos caballos, y de las frescas mantequillas y aromáticas frutas, sin tener que pedir licencia a nadie ni pagar un maravedí, era una vida bien distinta de la que se llevaba en las mansiones del oscurantismo, donde era preciso levantarse a ciertas horas, estudiar, comer lo que al déspota cocinero le daba la gana, y obedecer al tirano catedrático cuando hacía repetir la lección.

Fulgencio, seducido enteramente con una perspectiva de goces, de holganza y de libertad, comunicó su proyecto a un condiscípulo de la misma edad que se llamaba Espiridión Lanzagorta, y ambos resolvieron marcharse en la primera oportunidad con los insurgentes.

No tardó en presentárseles ocasión. Don Fulgencio el grande, satisfecho por los informes del contador de tributos de la sabiduría que su hijo había adquirido, y resuelto a inclinarlo a la carrera de la iglesia, obteniendo para él una prebenda, resolvió que las vacaciones las pasase en la hacienda y, al efecto, envió el avío a la capital; es decir, ocho o diez mozos con otros tantos caballos de mano y un chinchorro de mulas de carga. Los hacendados caminaban así en esos tiempos.

Fulgencio el chico y su íntimo amigo Espiridión, se despidieron tiernamente de sus maestros, de sus condiscípulos y del Real Contador de Tributos, montaron a caballo y, en vez de dirigirse a la hacienda, «pintaron el venado» como quien dice, y se fueron a reunir con la partida de insurgentes con que primero toparon. De los mozos que vinieron de la hacienda, unos siguieron a Fulgencio el chico y otros regresaron al lado de Fulgencio el grande, con una carta en que el hijo le decía al padre que, siendo primero la patria que la familia y el colegio, había resuelto ponerse en campaña y defender la independencia hasta triunfar o morir. Un rayo en la coronilla de la cabeza no hubiera hecho más efecto en don Fulgencio que la lectura de la carta. ¡Él, realista hasta las uñas de los pies; noble no como quiera, sino desde los tiempos de Roma; subdelegado de un pueblo, capitán y futuro conde de Soto Alegre, tener un hijo desnaturalizado, pervertido e impío, corriendo por esos campos y buscando con el sable a los de su propia sangre y raza! Esto era impasible; el andaluz no lo creía, no lo quería creer, y leía y volvía a leer la carta; y tan pronto se le venían las lágrimas a los ojos, como echaba chispas por ellos y espuma por la boca, de la rabia, el despecho y la desesperación.

Fulgencio desde ese mismo momento sacó la espada, que había estado enmohecida en la vaina desde que el virrey lo hizo capitán, y juró defender al rey hasta morir. Reunió, en efecto, cuantos criados y gente pudo, y antes de un mes estaba ya en campaña en el interior, unido a otras partidas numerosas de realistas, como su hijo lo había hecho con otras de insurgentes. ¡Quizá estaban a poca distancia el padre y el hijo; quizá los tiros de los arcabuces se habían ya cambiado! ¿Quién sabe? El caso es que la pobre doña Ana, en menos de dos meses se vio privada del apoyo del marido y del amor del hijo, y sola y traspasado de dolor el corazón, los veía en los peligros y aventuras de la guerra, armado el uno contra el otro. Este pesar profundo alteró su salud de tal manera, que a los pocos meses murió, privada del consuelo de que asistieran a sus últimos momentos las únicas personas que formaban en la tierra toda su familia.

Ni Fulgencio el grande ni Fulgencio el chico eran de la talla de los Federicos ni de los Napoleones; así es que no hicieron el menor ruido, que no se habló una palabra de ellos, que no tomaron ninguna ciudad ni fortificación, y que, de consiguiente, el realista de nada sirvió a su amado Fernando, y el insurgente mucho menos al gran Morelos o al intrépido Galeana. Resultó que, muerta doña Ana, los rancheros del pueblo donde tan dignamente desempeñaba don Fulgencio las funciones de subdelegado, se volvieron insurgentes de la noche a la mañana, y calculando realistas a las vacas y a las ovejas, dieron tras de ellas, y en poco tiempo no dejaron ni uno solo de estos temibles enemigos. Cuando en una de sus excursiones don Fulgencio visitó su hacienda, se encontró sin mujer, sin ganado, con una tierra inculta y abandonada y una casa medio quemada y medio destruida. Volvióse a México tan pobre como el día en que entró con el virrey; pero destrozado el corazón de rabia y de encono. El Contador de Tributos, que era su sincero amigo y un tanto riquillo, lo recibió en su casa y le proporcionó un rincón en qué dormir, y un pedazo de pan en su mesa.

Triste, abatido, cabizbajo pasó don Fulgencio toda la época terrible de la independencia. Fulgencio el chico ni se indultó ni siguió con las armas. Se quitó el bigote y las barbas, cambió de traje, y como se dice vulgarmente, se sumió, y ni el gobierno, ni su padre, ni los insurgentes volvieron a saber de él. La tierra se lo había tragado. Apareció Iturbide y apareció también Fulgencio. Eran dos astros que tenían que brillar juntos. ¿De dónde salió don Fulgencio tan rollizo, tan gordo, tan guapo, montado en un excelente caballo y con las bolsas bien provistas de dinero?

Eso es lo que ahora no sabemos, pero que tal vez tendremos necesidad de indagar en el curso de esta historia, el caso es que se incorporó al ejército trigarante y que hizo su entrada triunfal en México como tantos que se salieron entonces, se han salido después y se saldrán siempre de la capital a reunirse con los vencedores, para merecer con ellos los honores del triunfo y la magnificencia de las recompensas.

Don Fulgencio el grande, disfrazado, casi fuera de sí, salió de la casa del contador de tributos el día de la solemne entrada del ejército. Para él, todo eso era ilegal, pasajero como una sombra. El legítimo soberano era Fernando, y todas las batallas ganadas y el hecho mismo de la independencia no significaba nada en aquel momento de triunfo a la colonia sumisa y pacífica, como en los tiempos del buen bailío don Antonio Bucareli. Estaba loco, y locos en verdad son todos los políticos para quienes los sucesos y las historias de la vida son nada. Preocupado con estas ideas, don Fulgencio, embebido en el quicio de una puerta, veía pasar soldados y más soldados, y oficiales y más oficiales. Entre un grupo distinguió una figura… luego dicen que el corazón no es noble. El de don Fulgencio lo era al menos, pues le latió fuertemente al reconocer, a pesar del polvo, del gran sombrero y de los arreos militares, a su hijo, al fruto de sus entrañas, al malogrado Fulgencio el chico.

Quiso dirigirse hacia donde estaba, colgarse de las crines del caballo y arrancar los empolvados bigotes al campeón de la independencia; quiso por lo menos hablar, maldecirlo… en fin, quiso hacer tanto, que no hizo nada, y arrimándose a la acera, con el paso vacilante y la vista turbada, se dirigió a la casa del Contador de Tributos. En la noche no quiso cenar, y se recogió temprano. Al día siguiente, cuando la recamarera le llevó el chocolate, estaba muerto. La expulsión de los jesuitas costó la vida de Vengurren; la entrada del ejército trigarante, con el auxilio de sesenta y siete primaveras, se llevó al otro mundo a Fulgencio el grande.

CAPÍTULO XII

DASE CUENTA DEL LUGAR APARTADO EN QUE VIVÍA DON FULGENCIO, DE LA FAMILIA Y DE LA INTERESANTE CONVERSACIÓN QUE, AL HACERSE LA BARBA, TUVO CON EL

«MAESTRO PIMPINELA»

Tenemos que echar el telón. La época pasó, los actores desaparecieron; amigos y enemigos, tiranos y oprimidos, duermen ya bajo la misma tierra. Hemos querido echar una rápida ojeada a las costumbres antiguas, y realmente los capítulos que han precedido, no son más que el prólogo.

Los pesados muebles de caoba, con las cabezas de león y las águilas austríacas esculpidas en los respaldos; las grandes arañas de plata que decoraban aquellos salones tétricos, oscuros, de la nobleza mexicana; las pelucas y las coletas; los casacones de tisú y las hebillas de oro y diamantes, todo ha desaparecido; pero más que todo esto, de lo que aún se encuentran reliquias y vestigios, han desaparecido las costumbres y los nombres. ¿Dónde están los hidalgos que dejaban empeñado su bigote en una tienda por diez o doce mil pesos, y que a veces no volvían por él? ¿Dónde aquellos varones que, como Fulgencio hacían grandes obras de caridad y fundaban monasterios, contentándose por única recompensa con verse retratados con su peluca y su espadín? ¿Dónde, en fin, aquellos comerciantes que no sabían qué hacer con las talegas apiladas y que, como Vengurren, morían sin deber un peso a nadie? ¡Vaya usted ahora a prestar a interés sobre bigotes; vaya usted a liquidar una casa de comercio; vaya usted a buscar un peso! Ni en las Californias se encuentra ya; pero, repetimos, el telón tiene que caer sobre estas escenas, de las que acaso nos ocuparemos en otro libro y en otra vez. Vamos, no a lo nuevo, no a lo de ahora, que ya es también ese tiempo medio, en que no había ni el silencio virreinal ni el ruido de la reforma; a ese tiempo que nos arranca a veces suspiros a los que nos vamos haciendo viejos, y nos parece mejor, como a nuestros padres parecerá, lo pasado más que lo presente.

En una hacienda situada en un estado de la federación mexicana, y cuyo nombre poco importa saber, vivía una familia compuesta del esposo, la cara mitad, dos niñas ya casaderas, un pimpollo que había sido enviado a recibir su educación a Inglaterra, y otro varoncito que estaba ya madurándose para hacer su viaje.

La hacienda era un vergel: frente a la casa, de antigua construcción española, pasaba un ancho y cristalino río; a la derecha se descubrían unas montañas altas y cubiertas de ocotes y de pinos, y a la izquierda un extenso valle por demás fresco y florido, con la fecunda vecindad de las transparentes y caudalosas aguas. En este lugar, que no hubiese desdeñado ser la primera cuna de nuestros padres, habitaba la respetable familia.

El padre era un hombre de cerca de cincuenta años de edad, grueso, de gran boca, ojos chiquitos, ceja muy poblada, nariz un tanto inclinada al sur, y cabello negro y lacio. Era una fisonomía vulgar, como la de tantas otras gentes, en la que el pintor, el novelista o el escultor no pueden descubrir, por más esfuerzos que hagan, nada de noble. Este patriarca, dueño de grandes rebaños de carneros y autor de la prole a que nos hemos referido, se llama don Fulgencio, hijo legítimo de nuestro amigo y noble capitán del mismo nombre y de la bella doña Ana de Gibraltar.

La madre era una persona morenita, de baja estatura, de inflados carrillos, de formas más bien cuadradas que esbeltas ni torneadas; buena dentadura, buenos ojos, cabello ralo y escaso y la cara llena de paño, pues en cada parto habían aumentado las manchas, hasta el grado de que casi tenía una tercera o cuarta epidermis y con más exactitud podría decirse que su fisonomía, como los árboles, era una sucesión de capas corticales. Tampoco, salvo este defecto que le hacía aparecer más morena de lo que en sí era, tenía la buena señora nada de particular que pudiese servir para el estudio de un artista. Se llamaba Anastasia, y los criados y los campesinos la llamaban Nastasita.

Seguía el primogénito que, como su padre, su abuelo y su bisabuelo, se llamaba también Fulgencio. Cuando regrese de la altiva Albión, donde estaba bebiendo los alientos a los ingleses, tendremos la ocasión de conocerlo.

Ocupémonos de Pancha y de Marica, que eran las dos hermanas; y en cuanto al «xocoyote», como llamamos en azteca al menor de la familia, era una criatura que no cumplía los siete años, sin más particularidad que ser travieso y voluntarioso, como todos los muchachos de su edad.

Pancha era una guapa muchacha: de un envidiable color rosado, de unos ojos negros como dos azabaches, de unas madejas de cabello fino que le

cubrían la espalda; torneada, redonda, de cutis suave y de blancos dientes, ostentaba toda la lozanía de sus dieciocho años.

María era más fina; más delicada, más humilde; y aunque más simpática, menos hermosa que su hermana.

Pancha, garbosa para andar, viva y hasta inteligente en sus miradas y en los movimientos de su fisonomía, llamaba la atención desde el primer momento. María era tan recogida y tan modesta, que era necesario observarla cuidadosamente para encontrar en ella la dulce expresión de sus ojos y la modesta sonrisa de una boquita de carmín.

Cómo de la santa unión conyugal de don Fulgencio y de Nastasita había resultado tan hermoso par de muchachas, es lo que no se puede explicar; pero pues que el hecho había venido a echar por tierra todos los cálculos de los vecinos y de las comadres, contentémonos con respetar los secretos de la naturaleza y admirar sus maravillas.

Formaban también parte integrante de la familia, «Diana», «Corina», una cotorra, dos canarios, una jaca vieja y dos perros cascarrientos y ordinarios.

«Corina» era una perrita chihuahueña; pertenecía a Pancha. «Diana», más pulida y más fría, era de la propiedad de Marica, así como la cotorra y los canarios; la jaca vieja era la antigua servidora y compañera de doña Nastasita, y los dos perros formaban la idolatría y el encanto de don Fulgencio. Cuando hablaba de su familia, siempre decía: «mis hijas, mis perros y mi mujer». De la misma manera cuando Pancha platicaba, decía: «fuimos todos juntos, “Corina”, mi papá y mi mamá». Sólo María sabía hacer la distribución debida entre los animales y su familia, y esto le había valido la nota de cruel y desnaturalizada. Tales eran, pues, los habitantes de este retirado castillo enclavado en la augusta soledad de las montañas y rodeado de cuantos encantos tiene la naturaleza salvaje de América.

Cualquiera creerá que esta familia rica, independiente y retirada del bullicio, se pasaba una vida llena de aquellas delicias pastoriles que tan perfectamente nos ha pintado el dulce Garcilaso; nada de eso; por el contrario, no había existencia más monótona ni más fastidiosa.

En vez de levantarse temprano a gozar del ambiente perfumado de los campos, los rayos dorados del sol, que entraban por las hendiduras de las puertas, iban haciendo despertar a las ocho a don Fulgencio, y todavía se desperezaba, bostezaba y solía voltearse del otro lado, como si fuesen las tres de la mañana. Luego que se incorporaba sus hijas, que poco antes se habían levantado, se presentaban en la recámara con el cabello suelto, los trajes desabrochados, y a veces sin medias y chapaleando el fino calzado de seda;

seguían a las niñas, que venían a saludar la aurora con su papá, dos criados con los chocolates, eso sí, en mancerinas de plata, resto de la riqueza del malogrado andaluz. Rodeábanse de la cama del papá, y éste, poniéndose una almohada en las piernas, que le servía de mesa, comenzaba a dar el ejemplo, y se formaba una agradable reunión que completaba la mamá, que siempre entraba al último, moviendo con una mano (a derecha e izquierda) una gran taza de atole blanco, mientras que con la otra llevaba a la boca un taco de tortilla untado con chile colorado.

¿De qué se platicaba en esta tertulia de familia? De nada, porque las gentes que viven juntas muchos años, concluyen por no tenerse que decir ni una palabra; sin embargo, los animales domésticos que ya hemos mencionado, y que eran parte integrante de la casa, daban materia para una conversación cortada y siempre monótona.

A las dos horas, es decir, a cosa de las diez que terminaba la tertulia, don Fulgencio se vestía, salía a la asistencia, arrimaba una silla y ponía los pies al sol, como si no se los hubiese calentado bastante con las ropas de la cama; y las muchachas y la madre se entretenían en levantar las recámaras y en peinarse. En esto y en regañar, en sacar el maíz para la molendera y las especias para la cocinera, daba la una del día. A esas horas se ponía la mesa y, cerca de las dos, la familia volvía a reunirse. Mucha y abundante comida, como es de estilo en las haciendas; pero pésimamente sazonada. Un caldo con una nata amarilla de gordura por encima, una sopa de fideos nadando en manteca, un puchero abundante, propio para saciar el hambre de un regimiento mexicano en campaña, y un guisado de especias, en cuya salsa se podían contar las vigas del comedor; tortillas, queso, mantequilla y leche a discreción.

Como a las tres y media, los manteles se levantaban, las puertas se cerraban y todos dormían su siesta hasta las cuatro o cinco. A esas horas las muchachas se salían al patio de la haciendo con su costura, y la madre se ponía a leer el Padre Parra. Don Fulgencio montaba a caballo, daba una vuelta por los potreros y echaba una ojeada a las ovejas, que se multiplicaban como por encanto, y a sus sementeras de maíz, que crecían solas de una manera admirable. Así que oscurecía, se iba al cuarto de raya y allí fumaba, oía las relaciones de los vaqueros, volvía a fumar y volvía a oír otra docena de necedades, hasta que le avisaban las muchachas que el chocolate estaba en la mesa. Vasos y mancerinas de plata, profusión de bizcochos deleitables y de conservas; conserva de melón, de membrillo, de higo, de durazno, de tejocote, de pancololote, de todas las frutas, en fin, que se producían en la huerta. La

mesa se quitaba, los criados traían unos cartones, unas barajas y unas talegas de nueces y comenzaba la lotería hasta las once de la noche. Eso sí, para que no hubiese fastidio, se alternaban las diversiones. Una noche era lotería, otra entripado, y otra treinta y uno, y luego se variaba también comenzando con treinta y uno, siguiendo con entripado y concluyendo con la lotería. A las once y media, la cena. Un cazuelón de ensalada que parecía un llano sembrado de trigo, tres o cuatro pollos asados, mole de pecho y frijoles en abundancia. Las muchachas, con los ojos encarnados y soñolientos, apenas probaban bocado y una a una desfilaban y, dejando caer las ropas en el tránsito, llegaban más dormidas que despiertas a echarse en su cama a descansar de las fatigas del día. Don Fulgencio daba las buenas noches a la señora, que casi nunca se las podía responder, y se retiraba a su alcoba a leer los periódicos que recibía de México por el correo, y a escribir una que otra carta que se le ofrecía. Los domingos variaba algún tanto la monotonía de la vida. Desde temprano se ponía el coche y toda la familia iba al pueblecillo cercano. Pancha y Marica se ponían sus túnicas de seda, sus tápalos de China y sus aretes y anillos de diamantes; don Fulgencio, con chaqueta de paño y buena calzonera, se llenaba las bolsas de pesos y de onzas.

Pancha y Marica llamaban la atención en la misa de la parroquia, y al salir recibían siempre los cumplimientos y recogían las toscas flores de los rancheros, administradores y dependientes de las haciendas y ranchos comarcanos y, como las princesas de las mil y una noches, iban dejando encantados y hechos una estatua a los enamorados galanes que encontraban en su tránsito de la iglesia a la casa de algunas de las familias principales del pueblo, donde iban de visita. Don Fulgencio se dirigía a la casa del alcalde, donde se formaba un «encierrito» y los ricachos del campo se pelaban mutuamente buenas pesetas. A la noche montaba la familia en el coche y regresaban a la hacienda, donde el resto de la semana se pasaba la vida de la manera que hemos descrito y que, como se ve, está muy lejos de ser parecida a la que se rapaban Galatea y Nemoroso.

Se nos había pasado decir que los domingos, a las siete en punto de la mañana, llegaba con la mayor regularidad a la hacienda un personaje muy importante, montado en un flaco caballo rucio. Este personaje era el «Maestro Pimpinela», barbero acreditado del pueblo de Villerías.

Pimpinela era chaparro, trigueño, con un ojo totalmente apagado y el otro bizco; boca que podríamos llamar satírica, chato, y con un bigotillo y una perilla bien recortados, como sargento novel de un batallón de guardia nacional. Había nacido y vivido casi toda su vida en el pueblo, y su más

extenso viaje fue cuando tuvo que irle a poner, a la capital del estado, unas sanguijuelas al Gobernador, sanguijuelas especiales, como lo son las de los pueblos, y que es preciso hacerlas venir hasta las capitales. Sabía leer, aunque con un poco de sonsonete, y escribía con mucha corrección, como por ejemplo: «Quenta de las sajihuelas que leché al Governador de a rial, caduna»; pero por lo demás, era vivaracho, inteligente, decidido por el chisme y por la política; suscriptor perpetuo de El Siglo XIX y de El Monitor; amigo de indagar cuanta historia casera había en el pueblo y cuanta ocurrencia pasaba no importe en qué lugar del mundo; influyente con los rancheros, a quienes por medio real quitaba cada ocho días no sólo las barbas, sino también muchos trozos de pellejo de la cara; fandanguista y buen tocador de guitarra; en fin, el hombre de más importancia no sólo en su pueblo, sino en muchas leguas en contorno.

Un buen día, uno de tantos domingos como éstos, «Maestro Pimpinela», como de costumbre, entró a la recámara del amo de la hacienda, con su bacía ya lista debajo del brazo y su estuche de navajas.

—¡Por el amor de Dios, maestro —le dijo don Fulgencio luego que lo vio entrar— si traes la misma navaja con que me desollaste la cara el domingo pasado, prefiero no rasurarme!

—¡Ni Dios que lo permita, amo don Fulgencio! —contestó el barbero—. Tengo una navaja separada para los carrillos de su merced. El domingo pasado me equivoqué, es verdad, y cogí la navaja destinada a don Julián el mayordomo, que tiene «la cutis» dura como el pellejo de un novillo de tres años; pero ya verá su merced ahora…

—¡Mastuerzo! ¡Rasurarme a mí con la misma navaja que a Julián! —dijo don Fulgencio echando fuera de la cama dos piernas mal hechas y forradas en un ajustado calzón de lana—. ¿A que me has peinado también con el mismo peine con que desenredas las greñas de los rancheros?

—Eso no, amo don Fulgencio, ni por pienso; y aunque, como dice el Zurriago «El peine que más raspa, es el mejor para quitar la caspa», no uso con su merced más que el de carey; y para los demás, hasta para el señor cura, cuerno, y nada más que cuerno.

—No dejas de tener tus puntos de malicioso y de literato —le dijo don Fulgencio—; pero, manos a la obra, y veremos qué tal lo haces hoy.

Se sentó en una silla, y el barbero, con una sonrisa de satisfacción, amarró al pescuezo del hacendado un enorme paño y, en un abrir y cerrar de ojos le llenó de espuma de jabón la cara.

—Tengo un proyecto que comunicar al amo don Fulgencio —dijo asentando su navaja en un pedazo de cuero negro y viejo.

—Tus proyectos de siempre. Te desvives por ser alcalde; no estás contento con ser ya regidor del Ayuntamiento y manejar, no sé cómo, las tierritas de la Archicofradía de San Homobono.

—¡Vaya, señor don Fulgencio! ¡Apuesto a que son falsos que me ha levantado el cura!…

—Verdaderos que te levanta todo el mundo… Pero ¡qué diablos!… ¡Me has llenado de jabón hasta los ojos! Límpiame, dale otra pasada en la correa a tu navaja y dime tu proyecto.

—¿Cuánto tiempo hace que su merced no va a México?

—¡Hum!… A México… Yo te diré; el año de… de… cuando don Guadalupe… que era muy mi amigo.

—¿Quién, el Presidente?

—El mismo, don Guadalupe Victoria.

—Entonces desde el año de 28 no ha vuelto su merced.

—Espera, espera un poco… que volví… Sí, cabal… estaba don Anastasio.

—¿El Presidente don Anastasio Bustamante?

—El mismo; no era mi amigo, pero en fin, ¿qué tiene que ver eso con tu proyecto?

—Allá voy: ¿querría su merced hacer un viaje dentro de poco tiempo a México?

—Hombre… no tengo a qué. Por otra parte, detesto a ese México tan corrompido, tan lleno de cortesanos, de aduladores, de aspirantes. La vida del campo, la vida del campo, «Maestro Pimpinela», es la vida inocente. Aquí se come bien, se duerme con tranquilidad, se divierte la familia a su modo.

¡México! ¿Qué voy a hacer a México yo, que he olvidado hasta cómo se pone un frac?… Pero, ¡tonto de mí!, que te estoy dando razón de cosas que no te importan… Vamos, ¿y por qué me has preguntado si quería yo hacer un viaje a México?

—Porque es muy fácil que lo haga su merced y que lleve a las niñas a que den un paseo sin que le cueste nada; y antes ganando quizá alguna cosa; pero, dígame su merced: ¿cómo es México, cómo son los presidentes, cómo son los ministros? Porque yo nada de esto he visto. Leo los periódicos de cuerito a cuerito, y se me figura todo muy grande. Un Presidente debe ser un hombre muy formal, y muy viejo, y muy gordo; porque para llegar a Presidente se necesita mucho mucho. El Presidente sabrá hablar en griego, como habla don Gustavo el de la fábrica, y tendrá el uniforme más bordado que el del señor

Gobernador… Vaya, si no sé qué se me figura a mí cuando leo: «El excelentísimo señor Presidente honró la función de teatro con su asistencia, y el pueblo entusiasmado lo saludó con vivas de júbilo». Desde luego el pueblo se entusiasma en cuanto ve al Presidente… Y entre paréntesis: dígame usted, señor amo, ¿por qué no se entusiasman los de por acá cuando ven al Gobernador, sino que es fuerza pagar a los muchachos para que salgan a gritar vivas y mueras, y se mande por el alcalde que se echen a vuelo las campanas?

—Hablarás todo el día y nunca me acabarás de decir tu proyecto —le interrumpió don Fulgencio.

—Pues es claro, las «eliciones» van ya a ser orita y su merced puede ser diputado; y entonces le dan para su viaje y allá le pagan cada mes porque eche discursos y todo lo demás, y esta es una ganga que no debe dejar escapar su merced, o no me llamo Pimpinela; pero desde ahora nomás le ruego a su merced que me lleve.

—La idea no es mala —contestó don Fulgencio después de un rato de meditación, y mientras el barbero le recortaba los pelillos de la nariz—; pero no hallo cómo… porque…

—Lo más fácil. Contando conmigo, está todo; porque yo cuento con todos los rancheros y no habrá más que decir esta boca es mía, y el amo don Fulgencio saldrá de diputado, aunque rabie el señor Gobernador. De una cólera se puso malo el otro día, y quizá con esto le echaré las cuatro.

—Yo sé, «Maestro Pimpinela», que eres un hombre fiel y adicto a mi persona; pero te aconsejo que no te mezcles en nada. No estoy bien con ese bárbaro que tenemos por Gobernador, y es probable que tus trabajos no produzcan fruto alguno. Por otra parte, yo no deseo mezclarme en la política; vivo contento, retirado en mi rancho y no deseo salir de este rincón.

—Vamos al decir —contestó Pimpinela— y de todo esto será lo que Dios quiera; pero si por casualidad… En fin, si por los méritos y talento de su merced sucediese que ganásemos las «eliciones», ¿me llevaría a México?

—¿Bah! Ni lo vuelvas a decir. ¿Dudas acaso de mi protección? ¿Qué ocasión has ocurrido a mí en que no te haya servido como lo haría tu padre mismo?

—¿Conque es cosa arreglada que iré a México?

—Ni duda; pero te encargo, te recomiendo mucho que no hagas nada, absolutamente nada, porque no será con mi aprobación.

—Convenido, señor don Fulgencio. Nada haré sin la voluntad de su merced; pero, o no me llamaré en lo de adelante Toribio Pimpinela, o tengo

de estar en México antes de tres meses y ya verá su merced lo que es un gran teatro para mí.

El maestro limpió sus navajas y su bacía, y salió a continuar raspando carrillos en todos los ranchos de las cercanías.

CAPÍTULO XIII

DEL PROYECTO DE VIAJE A MÉXICO, DE LAS FESTIVIDADES QUE POR AMOR AL PUEBLO DISPONE DON FULGENCIO EN SU HACIENDA, Y DE CÓMO FÍA A PIMPINELA EL ÉXITO DE SUS ASPIRACIONES POLÍTICAS

El paseo de costumbre, el encierrito, la conversación y la fatiga del día, hicieron que don Fulgencio olvidase un poco las indicaciones de su barbero; pero cuando se recogió en la noche en su cuarto, desdobló las enormes hojas de El Siglo XIX y las recorrió, enterándose de tantos y tantos sucesos. Vio en letras de molde los nombres de los ministros, de los magistrados, de los generales, de los poetas, de los secretarios y presidentes de la Compañía Lancasteriana, de la Sociedad de Geografía y Estadística, en fin: de tantos hombres de importancia y de cuenta como figuran en las fugaces líneas de un periódico de la capital, y entonces le vino, por primera vez después de muchos años, el deseo de ser todo esto y más todavía, y de verse impreso, reimpreso y reproducido sin cesar en todas las publicaciones periodísticas de la república. El monstruo de la ambición, que había permanecido tanto tiempo pequeño como una simiente en su corazón, creció de improviso y pocos le parecían todos los empleos, cargos y comisiones de la nación.

—Después de todo, este «Maestro Pimpinela» tiene su poca de chispa — dijo paseándose y fumando un cigarro— pues él ha descubierto en, mí una capacidad política que yo mismo no sospechaba. Si soy general graduado y tengo la cruz de primera época, ¿por qué razón no he de ser diputado, después senador, después ministro… y después Presidente…? Sí, Presidente; ¿y por qué no?… ¿No han sido presidentes y ministros tantos insurgentes viejos que apenas eran sargentos cuando yo era coronel? Lo malo de todo esto es que, de seguro, el Gobernador ganará las elecciones, y como yo estoy de cuernos con él, es claro que van a salir diputados hasta los escribientes de su secretaría y yo me quedo plantado… Pero, ¡pecho al agua! No hay que desmayar. Pimpinela es vivaracho; sobre todo, esta es la vez de invocar el nombre del pueblo, ese nombre mágico que nos sirve para muchas cosas en esta vida y,

una vez sentado en la curul, ya veremos cuál es el viento que sopla en la corrompida Babilonia… Manos a la obra —continuó, arrojando el cabo de su cigarro y restregándose las manos—. No hay peor diligencia que la que no se hace. Si… una visita al Gobernador con un canasto de las mejores mantequillas y el mejor caballo; el domingo siguiente, herradero, y toros, y comedia casera en la hacienda… y ¿qué más, qué más? ¡Dios mío! ¡Ah! Los veinte pesos que hace un mes me pidió «Maestro Pimpinela» para reponer su bacía y su estuche de navajas… sí, cabal… y ponerles el monte a los amigos y dejarse ganar unos cuantos pesos… Todo esto haré, y lo demás que sea necesario…

Volvióse don Fulgencio a restregar las manos y entrecerró los ojos con una especie de placer, figurándose que ya tronaba su voz en las cámaras y que sus manos toscas y callosas tocaban las barandillas de caoba del augusto recinto de los legisladores. Metióse en la cama y, por más esfuerzos que hizo removiéndose de uno a otro lado, no pudo conciliar el sueño. La ópera, el palacio, el paseo, la política, los honores, las consideraciones de que iba a verse rodeado, todo esta perspectiva de encanto, de vida, de movimiento, bullía en su cerebro y se presentaba delante de sus ojos con atractivos más dorados que los que en realidad tiene, y únicamente se preguntaba a sí mismo cómo había podido vivir tantos años en aquella soledad, retirado de las fuentes y de los manantiales de la vida.

Cuando sus hijas entraron como de costumbre con el chocolate, don Fulgencio no había probado el sueño; sin embargo, las recibió con un semblante en que estaba retratado el gozo.

—¿Qué les parecería —les dijo— si yo dentro de poco las llevara a dar un paseo a México?

Las muchachas estuvieron a punto de tirar al suelo las tazas de chocolate.

—¡A México, a México! —repetían en coro—. ¿Cómo, cuándo, por qué?… ¿De veras, papá? ¿No nos engaña usted?

—Ni por pienso, hijas. ¿Por qué razón las había de engañar? De hoy en quince días saldremos probablemente de aquí. Conque si están contentas, no hay más que ir disponiendo todas las cosas.

—Pero ¿cómo papá? Cuéntenos usted qué santo ha hecho este milagro.

—Lo que es un santo, no; pero el pueblo, que es en la tierra tan poderoso como un santo, me obliga a ir a representar sus derechos hollados y ultrajados, y yo no puedo negarme a una demanda tan justa.

—De verdad que no entiendo lo que usted me dice, papá —interrumpió Pancha—, que parecía la más entusiasmada por el viaje.

—Pues es muy fácil, hija: el pueblo me va a nombrar diputado.

—¡Diputado! —exclamaron las dos muchachas.

—¡Diputado! —exclamó también doña Anastasia, que entraba a ese tiempo.

—Ni más ni menos, muchachas.

—¿Y qué hacen los diputados, papá? —interrogó Pancha.

—¡Oh!… Los diputados son los padres del pueblo, los que defienden sus intereses, los que hacen leyes todos los días, los que todo lo alcanzan; pero las mujeres no pueden entender de todas estas cosas, y ustedes lo único que deben saber, es que irán a la ópera, y al paseo, y que tendrán muchas visitas; en fin: que mientras su pobre padre trabaja por el bien de la patria, ustedes, mocosuelas, se divertirán y gastarán el dinero.

La conversación de esa mañana fue viva y animada como no lo había sido en muchos años. Cada muchacha preguntaba, y el padre y la madre procuraban satisfacer de la mejor manera su curiosidad Lo que más les llamaba la atención era el coliseo, el Caballito de Troya y el bosque de Chapultepec, a ellas que se puede decir vivían en el centro de un bosque primitivo y magnífico.

Tan luego como el desayuno concluyó, las muchachas y la madre más alborotada todavía que ellas, comenzaron a vaciar roperos y a disponer las cosas, como si al día siguiente hubiesen de ponerse en camino. Don Fulgencio escribió a su hijo a Londres, para que en el acto tomase el paquete y viniese a esperarlo a México y, mandando poner un carruaje ligero, que parecía una araña zancona, lo cargó de mantequillas y de quesos, mandó a un criado que tomase el «Zanganito», que era un hermoso corcel alazán dorado, de la raza de Guanamé, y se encaminó para la ciudad, diciendo a sus hijas que a los tres días estaría de vuelta, pues tenía que arreglar en el pueblo multitud de asuntos de la mayor importancia.

El fruto de este viaje improvisado fue la reconciliación más sincera con el Gobernador. Se habló de la patria, del pueblo, de la beneficencia pública, del desprecio con que México, veía a los estados, de la necesidad de imponer con energía la ley a la capital; en fin: de todo, menos de la diputación; pero don Fulgencio tuvo maña para hacer entender al Gobernador al ponderarle el brío y las nobles cualidades de «Zanganito», que el pueblo estaba muy empeñado en colmarlo de favores; que como él no aspiraba a nada, ni quería mezclarse en la política, había rehusado decididamente; pero que siempre tenía intención de marchar a la capital, donde lo llamaban asuntos de intereses: un pleito ante la Suprema Corte de Justicia, el cobro de algunas sumas, el arreglo de la

testamentaría de su difunto padre; en fin, multitud de cosas, las cuales, aunque con sentimiento, no le dejarían tiempo para ocuparse de la defensa del pueblo y de los intereses de su Estado. El Gobernador le contestó llenándolo de cumplimientos, llamándolo patriota desinteresado y liberal sincero, y ambos, estrechándose muchas veces la mano, se despidieron.

—Este ranchero quiere ser diputado —dijo el Gobernador luego que se alejó don Fulgencio—; pero buen chasco se llevará, porque yo tengo las elecciones en mi mano y ninguno de estos orgullosos hacendados ha de ir a México a darse importancia y a contar chismes al Gobierno.

—Te prometo, buena alhaja —dijo don Fulgencio al trasponer las puertas del palacio gubernamental— que si yo salgo diputado y voy a México, poco has de durar en este puesto.

La entrevista, a pesar de que, como hemos dicho, fue de lo más cordial, no satisfizo a don Fulgencio; y en vez de detenerse en la ciudad, regresó inmediatamente a la hacienda, desconfiando ya mucho del favor del pueblo; pero fiando el éxito de la empresa a la corrida de toros y a la actividad del

«Maestro Pimpinela».

Llegó ya muy noche, con gran sorpresa de la familia y, a pesar de todo, mandó inmediatamente llamar al barbero.

—«Maestro Pimpinela» —le dijo— acabo de venir de la ciudad. El Gobernador estaba empeñado tenazmente en que yo saliera diputado. Yo, que no quiero deber nada al poder y sí todo al pueblo y a mis amigos, rehusé; él insistió, tuvimos una zambra de dos mil demonios, y poco faltó para que me metiese en la cárcel. Para evitar que se supiera todo esto en la ciudad y tal vez se sublevara la población en contra del Gobernador, sin querer detenerme ni aun para tomar un bocado, monté en la carretela, y ya estoy aquí. ¡Por Dios que nadie sepa una palabra de esto! Yo, repito, no quiero ser nada, absolutamente nada; pero ya esta es una cuestión de amor propio, «Maestro Pimpinela». Aunque sea ocho días quiera estar en México; después, renuncio a la diputación y echo al diablo al Gobernador y al pueblo.

—¿Está usted decidido a todo? —preguntó «Maestro Pimpinela».

—A todo, aunque me cueste la vida.

—Entonces no hay que desconfiar. Apostaría mis dos orejas a que sale su merced diputado.

Don Fulgencio estuvo a punto de arrojarse a los brazos del barbero y darle tiernos besos, al estilo de los franceses; pero su futura dignidad lo contuvo. Desde el día que «Maestro Pimpinela» había hecho el importante descubrimiento de que don Fulgencio era un talento político, don Fulgencio

se respetaba, se consideraba a sí mismo y, naturalmente, procuraba que lo respetasen y lo considerasen los demás; contentóse, pues, con sacar los consabidos veinte pesos y manifestar al barbero que sólo una distracción había podido ocasionar que quedasen en la gaveta de la mesa algunos días.

Pimpinela se manifestó sorprendido.

—¿Cómo, señor? ¿No recuerda su merced que fueron doscientos y no veinte los que le pedí? Su merced había disminuido un cero nada más.

—¡Hombre! —contestó tartamudeando don Fulgencio—. No recuerdo… pero… ya, ya caigo, es verdad… te había prometido… En fin, no disputaremos por eso, con tal de que trabajes sin descanso.

Don Fulgencio reflexionó que, en resumen, una «curul» no era cara por doscientos pesos, y valía la pena de entrar en una lotería semejante; así, no disputó ya con el modesto barbero, sino que le dio el dinero y ambos se separaron, pensando lo más pésimamente posible el uno del otro.

—¡Pícaro, estafador! —decía en voz baja don Fulgencio—. Se ha valido de la ocasión para ponerme una banderilla.

—¡Tonto, ambicioso y mezquino! —decía Pimpinela—. ¡Se figuraba que ser diputado le había de costar la friolera de veinte pesos! ¡Se verá quién es Maestro Pimpinela así que lleguemos a México!

Don Fulgencio, preocupado con el herradero y con los toros, comida y demás funciones que debía dar en la hacienda para que el pueblo lo adorase y lo hiciese subdelegado y representante en la gran Babilonia, no cuidó ya ni de volver a ver al Gobernador, ni de escribirle, ni de mover otros resortes. Todo lo fiaba en su mérito personal y en la actividad del barbero.

Las funciones en la hacienda fueron magníficas, espléndidas, y no había memoria de que en muchos años hubiese habido otras mejores en veinte leguas a la redonda. Un ranchero se quebró el brazo, coleando; dos payos que se contrapuntearon al capotear a los novillos, se dieron de machetazos; el uno quedó con la nariz de menos, y el otro con una tajada de más en el pulmón; el tablado se vino abajo con todo y las familias del mayordomo y del caporal, y se hizo una confusión de pedazos, de tabla, de reatas, de piernas desnudas, de caballeras sueltas y de rebozos y zapatos. El novillo se encargó de descifrar este logogrifo animado, y envió con las astas, por un lado, a la hija del caporal y por el otro a la mujer del mayordomo, quedándose como trofeo de la victoria con las enaguas de castor de ambas, en las llaves. Pancha, la divina Pancha, como le llamaban sus amartelados del pueblo, corrió un grave peligro: acababa de quitarse del tablado cuando éste crujió y arrastró en su caído a tanta rolliza hermosura. Todos rieron a carcajadas a costa de las

pobres víctimas, y exclamaron que era un milagro patente de la Providencia el que se hubiesen caído y raspado las espinillas las pobres campesinas, salvándose la hija más linda del amo de la hacienda.

Siguió la más humana, la más inocente de todas las diversiones: la de los gallos. El pinto alimboyole de don Pifanio el vaquero, mató más de cuatro adversarios, hasta que, al fin, a su vez fue víctima de un colorado de raza de Tequisquiapan. Los dueños de los gallos, que ya tenían algo espirituoso en la cabeza, se hicieron de razones y en breve llegaron a las manos, siendo necesario que don Fulgencio hiciera el sacrificio de perder su dignidad y repartiera entre los contendientes unos cuantos palos para hacerlos entrar al orden por este medio suave y persuasivo. En la noche fue lo mejor. Como no había comedia impresa ni manuscrita, se echó mano de una pastorela, tanto más, cuanto que si no era precisamente Noche Buena, poco faltaba. Los pastores y pastoras eran de lo mejor de la ranchería y el teatro se puso en una troje, formando los telones con sobrecamas y sábanas de la casa de la hacienda. El diablo, que parecía más inteligente y sagaz que el ídem mismo, hizo la paz con los hombres; pero no pudiéndose reconciliar con las mujeres, se llevó en cuanto pudo a las más bonitas de ellas. —¡Cuidado, lectoras, que siempre el diablo tiene esa mala costumbre!— Señor San José, a pesar de su ejemplar modestia y paciencia, no pudo ya tolerar al diablo y, volviendo su vara de azucena por lo más gordo, dio tras de Satanás, el que tuvo que quitarse los cuernos y enviárselos a la cara al casto Patriarca.

Todos aplaudían: Marica y la madre reían a carcajadas; pero Pancha, nerviosa y delicada, se asustó mucho, quiso desmayarse, pero no pudo, aunque siempre pidió vinagre para oler y se tapó la cara con su rebozo. En esto, una de las mechas que formaban el alumbrado interior comunicó su fuego a un telón, y en momentos ardieron dos sobrecamas de cuadritos, obra de la paciencia y de la habilidad de Pancha y de Marica. Todos los concurrentes se alarmaron y ya no hubo más que confusión y gritos. El diablo, que es el enemigo malo, debe suponerse que aprovechó la ocasión, mientras el patriarca y los pastores se ocupaban de apagar el fuego. Poco faltó para que se quemase la troje; pero don Fulgencio tenía grandes y elevadas miras: no quería perder su dignidad ni disgustar al pueblo que lo iba a nombrar su representante; así, borracheras, pleitos, incendio, todo lo sufrió sin que se quitase de sus labios una sonrisa de amabilidad. Quizá los lectores habrán ya maliciado que el alma de todas estas festividades, el que desató las cuerdas con que estaba ligado el tablado, el que puso de uñas a los galleros y el mismo que con la autoridad de diablo emprendió camorra con San José, no era otro

que «Virola», como le llamaban los muchachos del pueblo, y «Maestro Pimpinela», como le llamamos nosotros.

CAPÍTULO XIV

DE CÓMO DON FULGENCIO RESULTÓ ELECTO DIPUTADO POR LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, Y DE SU VIAJE A LA CIUDAD DE MÉXICO

Después que pasó el bullicio, que los amigos y visitas se retiraron y que don Fulgencio observó los desórdenes y destrozos materiales que habían causado las pasadas fiestas, no dejó de disgustarse; pero más que por todo esto, por el ningún resultado que habían producido con respecto a su elección. Así, en el fondo, aunque se hacía ruido, no contaba con más apoyo que el del barbero; y si éste fracasaba, no había más remedio que quedarse como años antes, hundido en la mayor oscuridad, caso que en verdad no podía soportar desde que había reconocido su gran capacidad política.

El domingo terrible de las elecciones llegó por fin. El Gobernador era un hombre de principios, inflexible, indomable y que no transigía cuando se trataba del pueblo. Así es que lo dejó en libertad para que escogiese sus representantes; y para que no hubiese ni el más leve motivo de murmuración, se estuvo encerrado en su palacio, jugando con sus chicuelos, haciendo de caballo para que lo montaran, y el pueblo y los electores lo encontrasen como ciertos embajadores encontraron a cierto rey de Francia. Solamente que, como era preciso conservar el orden y vigilar escrupulosamente el cumplimiento de la ley electoral, el mandatario, que para esto de celoso y exacto se pintaba solo, mandó que su secretario, que era uno de los hombres más valientes, aunque estaba procesado por cobarde, saliese y, reuniendo algunos hombres armados de puñales sólo por mera precaución, desbaratase las casillas de los que en virtud del derecho que les daba su boleta habían tenido el atrevimiento de formar la mesa. Como también acontecía que algunos patriotas esclarecidos no sabían leer ni escribir, el Gobernador, que se desvelaba por la salud de los ciudadanos, había distribuido comisiones para que, recogiendo boletas en blanco y aumentando todas las que fueran necesarias, por aquello de que «lo que abunda no daña», hicieran que la elección recayera en patricios dignos de desempeñar tan alta misión. Todo pasó, en efecto —salvo

estas pequeñas diferencias—, con la mayor tranquilidad. Conforme a la ley y con arreglo a la voluntad del pueblo salieron de diputados el secretario del Gobernador, el primo del Gobernador, el cuñado del Gobernador y el Gobernador mismo, en favor de quien se había dispensado la ley, atendiendo su mucho patriotismo y la libertad en que dejó al pueblo para elegir a sus funcionarios.

En la población donde se hallaban nuestros héroes no pasaron las cosas de la misma manera. En vano el Gobernador quiso que reinara la libertad más completa, amenazando al prefecto con destituirlo si no salía de diputado el personaje que se le indicaba en una tirita de papel; en vano hubo amenazas y puñales ocultos: la energía y el valor de «Maestro Pimpinela» fue superior a todo. Prometió a los rancheros rasurarlos de balde y darle el domingo siguiente un real encima; convocó a todos los muchachos para que hicieran ruido y silbaran a los partidarios del Gobernador; metió en la villa a tres o cuatro matones para que asustaran al prefecto; echó una peroración al pueblo; duplicó y triplicó boletas; los criados, las criadas, las niñas, hasta don Fulgencio se votó a sí mismo, y el resultado fue el más brillante. Don Fulgencio salió, por una mayoría inmensa, electo diputado. Una comisión con tambor, chirimía y cohetes, presidida de Pimpinela, fue a participarle la noticia y a darle la enhorabuena, y don Fulgencio abatió su dignidad hasta el grado de tomar una copa y brindar con sus comitentes. A poco, seguida de todos los indios de las aldeas vecinas, llegó la música del pueblo tocando el himno de Riego; después, los ricachos dueños de los tendejones; en seguida, mujeres y muchachos, y todos comenzaron a gritar: «¡Viva la República, viva don Fulgencio!». Naranjas, cohetes, cacahuates, y algo de lo que se mete debajo de la nariz, fue el banquete de obsequio que el distinguido patriota dio a aquella multitud sencilla y entusiasmada, que había asegurado su porvenir y su felicidad nombrando su representante al más desinteresado, al más patriota de todo el estado. No debemos olvidar, que «Virola» era el autor de todo este entusiasmo; pero don Fulgencio, más cuerdo que nosotros, lo olvidó, como siempre lo hacen los grandes hombres, el día mismo de su triunfo.

—Hijas mías —les dijo a sus pimpollos— ya ven que apenas me atreví a indicar que no era mi voluntad salir del oscuro rincón de la hacienda, cuando el pueblo todo en masa se ha empeñado en premiar mi escaso talento, y me ha nombrado diputado, conforme se los anuncié. Así, no hay más que resignarse y admitir; conque pasado mañana nos ponemos en camino a México.

—Parece —dijo Pancha— que el «Maestro Pimpinela» ha tomado mucha parte.

—Es un alborotador, un escandaloso —contestó don Fulgencio—. Sin necesidad me ha hecho aparecer como enemigo del Gobernador; pero el buen sentido del pueblo y mis escasos méritos han triunfado, a pesar de las torpezas de ese tinterillo entrometido.

—¡Qué malvado! —exclamó doña Anastasia—. ¿Pretender que a él le debes tu elección?

—¡Qué embuste, qué calumnia! —interrumpió Pancha.

—Miserias de estas gentes —prosiguió don Fulgencio—. Pero es menester tomar las cosas con calma y tolerarlas mientras no se pueda hacer otra cosa. En cuanto llegue a México, haré una iniciativa de ley para que, bajo penas muy severas, se prohíba a los barberos mezclarse en las cosas políticas…

—Pues que te sirva de gobierno, papá —interrumpió Pancha— que Pimpinela dice que a él se lo debes todo.

—Si no fuera por no perder mi dignidad —exclamó colérico don Fulgencio— yo haría entender a ese tuno… pero no hay que perder los estribos; el cargo público que ejerzo, hija, y la misión que el pueblo me ha confiado, exigen mucha prudencia y circunspección; así, doblemos la hoja, y hagan ustedes sus últimos preparativos, mientras yo escribo a México.

Cualquiera creería que, en cambio de la vida solitaria y monótona que devoraba lentamente la existencia de la familia de don Fulgencio, reinaba una paz profunda. Nada de eso: una guerra civil encarnizada había tronado en el recinto de aquel hogar doméstico, de algún tiempo a esta parte. El ingreso de

«Diana» y «Corina» fue origen de graves y prolongados disturbios. Cada vez que la perrita de Pancha mordía a la de María, había un fuerte altercado entre las hermanas, y de feas y chocantes no se bajaban un punto: las dos se quejaban a la mamá, la mamá al papá y, de palabra en palabra, las cosas paraban en que el padre reñía con las hijas, las hijas con las perras y la madre con todos. María, humilde y buena, era siempre la víctima y se retiraba con los ojos llorosos a curar los verdugones a «Corina». Ese día no se comía ni se cenaba a derechas, los cartones de la lotería quedaban vacíos y don Fulgencio concluía por echar al diablo cartones, bolas y barajas, y encerrarse en su cuarto a leer los periódicos.

Como si no bastaran «Diana» y «Corina» para tener la casa en más borrascosa anarquía, vinieron «Coyote» y «Milón». Eran estos dos sujetos de un carácter atrabiliario y caprichoso. Ladraban porque una mosca se moviese; mordían a todo el que entraba a la casa; nada podía haber limpio ni en orden

con ellos; y con la misma facilidad se acostaban en el corral, que en las camas de las niñas, las que los hacían desalojarlas a escobazos.

Don Fulgencio, como todos los grandes hombres, tenía sus caprichos, y uno de ellos era preferir sus perros a todos, lo mismo que hacía Federico el Grande con su perrita. Entre las lágrimas de sus hijas y los aullidos de sus perros, nunca vacilaba don Fulgencio, y daba la razón, como era debido, a los pobres animales que, no pudiendo hablar, no podían defenderse tampoco. Las muchachas, siguiendo esta lógica, siempre creían que «Corina» y «Diana» tenían más razón que su papá y su mamá. A estos elementos disolventes que carcomían esa sociedad, se reunía otro, y era la existencia de Juanito. Las horas en que no estaba ocupado en aprender a escribir con un pedagogo del pueblo, las empleaba de la manera más tormentosa. Ya amarraba a las dos hermanas de la trenza mientras cosían; ya echaba al tanque a «Diana» o a

«Corina»; ya amarraba una saca de carbón a la cola de «Milón»; ya prendía alfileres en las almohadas de las camas y llenaba de agua las sábanas; en fin, el muchacho era la misma piel de Judas, y no valían ni consejos, ni amonestaciones, ni pescozones que, tanto la madre como el padre, le solían dar a menudo, siempre por causa de «Coyote» y «Milón».

El día del viaje fue el día del juicio, y jamás había habido una campaña tan formidable. Don Fulgencio se empeñó en que «Coyote» y «Milón» habían de ir dentro del coche; y las muchachas, en que habían de colocarse en el carretón. El padre o, mejor dicho, los perros, ganaron, y las muchachas se bebían las lágrimas.

Después se empeñó Pancha en que la perrita de Marica se había de quedar en la hacienda. Marica declaró que primero la matarían que dejar a su ídolo, al que tomó en brazos y cubrió de besos, mezclando las lágrimas a las caricias. Nuevo regaño de la madre y nuevo altercado. Por fin, y para no cansar al lector, a cosa de medio día la salida se organizó. El tren se componía del coche antiguo, de forma esférica y parecido a un gran globo de lotería. Como era tan viejo, fue menester amarrarlo con reatas y tiras de cuero de toro, hasta el punto de que apenas quedaban descubiertos pedazos muy pequeños de la madera. En las varas del juego se formó una hamaca, y en ella se colocó a la cocinera y a una criada, con una colección de cazuelas, platos, aventadores, cubiertos, ollas con manteca, tompeates con huevos, pollos vivos y asados; en fin, la cocina entera.

Dentro del carruaje entraron el señor diputado, su esposa y sus dos hijas;

«Diana», «Corina», «Coyote» y «Milón»; el canario y el perico en sus jaulas; dos macetas, una con tomillo y otra con albahaca; una sombrerera; la caja de

los peines; una licorera; la escopeta, el jorongo y las pistolas; tres bultos con mudas de ropa; un anteojo de larga vista; el retrato del capitán don Fulgencio y todavía otras mil bagatelas que sería largo enumerar. Al último venía Juanito, con la pretensión de que entrasen también dentro del coche su chivo y su carnero, con sus respectivos arneses; pero como realmente esto era ya exagerado, la familia toda se puso en contra de él y tuvo que entrar solo al coche, aunque dando lastimeros sollozos y poniendo a sus hermanas de oro y azul.

En la delantera y trasera del coche estaban liados colchones envueltos en pieles de cíbolo; baúles, petacas, envoltorios zarandeándose por todas partes y en todas direcciones. Toda esa enorme mole estaba cubierta con una camisa blanca de lona, y como en el centro del techo del coche estaba colocado el sombrero de uno de los criados, parecía el conjunto una gran pirámide de Egipto, que se movía lentamente con el empuje de nueve mulas lozanas y rollizas.

Delante del coche y levantando una nube de polvo, caminaba la remuda, y detrás de un carro con los equipajes, pues la familia, creyendo sin duda que nada se encontraría en México, había levantado hasta el metate y el almirez. Al carro de equipajes seguía la carretela predilecta de don Fulgencio, de media vuelta, con unas enormes ruedas, una caja como nicho antiguo y unas sopandas erizadas con los pelos de la piel de toro con que estaban reforzadas. Era, como hemos dicho, una enorme araña zancona, que parecía entre el polvo del camino querer alcanzar y tropezarse con la gran pirámide. Así salió de sus posesiones feudales, la Pascua de Navidad, el invicto don Fulgencio, sin haber tenido el comedimiento de despedirse de sus comitentes, ni de invitar siquiera por ceremonia al diligente y activo Pimpinela; pero éste, que no se ahogaba en un vaso de agua, devoró su resentimiento, hizo de tripas corazón y, ensillando su caballo rucio, y con su bacía amarrada con una pañuelo en las espaldas y su estuche de navajas colgado en la cabeza de la silla, se echó a andar, y a la segunda jornada alcanzó al tren de su querido patrón.

—Me echó usted tierra, señor amo —dijo el barbero acercándose a la portezuela del coche.

—¡Pimpinela! —exclamó don Fulgencio poniéndose rojo como un granate.

—El mismo, en cuerpo y alma; y sabe Dios los trabajos que he tenido para arreglar mi viaje; pero no he querido abandonar a mi patrón y a mi protector.

—Te busqué por todas partes el día de la marcha —dijo don Fulgencio tragando saliva—. Y luego, la fatiga, y el ajigolón… En fin, ya estás aquí… y tengo mucho gusto… Vaya… llévate en la mano la jaula del canario, porque aquí no nos podemos mover de tanto estorbo, y nos ahogamos de calor.

En efecto: el interior del coche parecía más bien una almoneda de la calle de la Canoa, que no un vehículo propio para caminar.

«Maestro Pimpinela» tomó a revientacinchas el canario, y continuó galopando al costado del coche, dejando algunas veces deslumbradas a la señora y a María con el cardillo que con el sol formaba su reluciente bacía. En cuanto a Pancha abrazada de su perrita y envuelta la cara con su rebozo, dormía o, mejor dicho, soñaba con las delicias de la corte, a donde la llevaban su estrella y los relevantes méritos de su papá.

¡Qué de fatigas, qué de contratiempos en el camino! ¡Qué enormes sacrificios por la patria! En la tercera jornada, una rueda se desgranó y fue menester que la familia anduviese a pie un par de leguas, mientras el coche, todo desencuadernado, se dirigía a un villorio cercano a reparar su avería.

¿Qué había sucedido con la famosa carretela? Una friolera: mientras el cochero que la conducía se bajó a tomar un trago de pulque, los machos, que eran cerreros, arrancaron, y échales un galgo… Después de buscarlos dos horas, los encontraron paciendo tranquilamente la yerba en un vallecito ameno y con sólo unos fragmentos de la lanza y del molinete. Don Fulgencio, con esta ocurrencia, se vio acometido de un acceso tal de cólera, que no sólo riñó a sus hijas, sino que se propasó a dar unos cuantos puntapiés a «Coyote» y a «Milón».

Reparadas en lo posible esas desgracias, continuó el camino; pero a la sexta jornada, los cocheros tomaron una vereda, los carreros otra y la remuda otra; y anda y anda como se dice en los cuentos de los niños, y ni asomo de encontrar posada ni población, y la noche sorprendió en un llano a la noble familia, sin la esperanza, consoladora de los viajeros, de vislumbrar una lejana luz. Una lluvia menuda y fría, casi de invierno, comenzó a caer, y la oscuridad de la noche era tan profunda, que fue necesario resolverse a acampar en medio de un llano y contentarse con cenar unas cuantas tortillas duras y una pierna de pollo, que fue en su mayor parte distribuida entre

«Milón» y «Coyote». «Corina» y María, «Diana» y Pancha, se morían de miedo, de hambre y de frío; la señora estaba acatarrada y don Fulgencio comenzaba ya a conocer los peligros y fatigas de la vida política.

A la mañana siguiente, cosa de las diez, la desolada familia divisó, con el mayor placer, al «Maestro Pimpinela», con la jaula del canario toda rota y ya

sin canario, y su reluciente bacía, con la que enviaba de intento a los ojos de la madre deslumbradores reflejos. La venganza de Pimpinela comenzaba ya; pues él y no otro era el que había hecho que el tren se desperdigase y los cocheros equivocasen el camino. En fin, se volvió a andar de nuevo, y fue menester un descanso de tres días para reparar tantos desastres. En los siguientes, ya fueron frioleras. Tres mulas asoleadas; un baúl con las camisas de Pancha, extraviado; «Corina» mordida por el mastín de un mesón; un cochero a quien un macho le echó de una patada media dentadura fuera; Pancha rabiando del dedo de un pie; la señora con una tos que no la dejaba hablar: «Coyote», cojo de resultas de una campaña amorosa; don Fulgencio, en fin, aburrido y renegando del día y hora en que el pueblo fijó sus ojos en él. Después de sesenta y dos días de haber abandonado los patrios lares, la pesada máquina que conducía a la familia fue entrando majestuosamente por las puertas del Mesón del Chino, con gran asombro y curiosidad de los muchachos de México.

CAPÍTULO XV

DE LA LLEGADA DE DON FULGENCIO EL GRANDE, A MÉXICO, Y DE CÓMO SU HIJO QUE VENÍA DE LONDRES ENCUENTRA A SU FAMILIA EN UN ESTADO COMPLETO DE BARBARIE

El día mismo en que don Fulgencio el grande, que así llamaremos a nuestro diputado, entraba majestuosamente en el Mesón del Chino, Fulgencio el chico, su hijo, que venía de Londres, se apeaba de la diligencia y ponía los pies en uno de los cuartos del mejor hotel del centro de la ciudad. ¡Qué diferencia de costumbres! ¡Qué camino tan rápido hacen en México las mejoras sociales! El abuelo había venido a pie desde Veracruz, y alojándose debajo del mostrador de una tiénda; el padre llegaba acompañado de un pesado tren, y se apeaba en uno de los antiguos mesones, donde las camas eran de piedra y las velas de sebo; y el nieto ya venía en una rápida diligencia conducida por nueve caballos fogosos, y establecía su residencia provisional en un hotel, en donde se tiene la pretensión de comer a la francesa y se alumbran las alcobas con cabitos de estearina. El abuelo había venido sin un cuarto; el padre con la fortuna muy menguada, y el nieto, por apéndice, lo único que tenía de positivo era algunos acreedores que había dejado bruscamente en la orgullosa Albión Aquí surge de improviso una grave cuestión filosófica; ¿qué cosa es mejor y más preferible: el gazpacho y los chorizos de Extremadura, del tiempo virreinal; los chiles rellenos y la carne frita de la independencia, o las papas al vapor y la Carlota rusa de la República? Tened muy en cuenta, lectores, que estos manjares representan tres edades, tres épocas distintas, y que simbolizan quizá la paciencia de los antiguos, el ardor y constancia de nuestros padres y el desorden y vanidad nuestra. Mientras que con toda la sabiduría que pide el examen de tan delicada materia resolvéis estas cuestiones, seguiremos la pista a nuestros amigos.

Fulgencio el chico se había marchado hecho un ranchero de su pueblo, y regresaba inglés: grandes y burdos zapatos de dos suelas, al estilo de lord

Palmerston; over coat (sobretodo), de mezclilla, ordinario como el hábito de los fernandinos; sombrero con la copa de dos tercias de alto y el ala de una pulgada de ancho; chaleco tan corto, que apenas le cubría las costillas; y la garganta metida en una altísima corbata azul oscuro, de donde salía un cuello tieso, blanco y tan almidonado, que parecía de mármol o de estuco. Fulgencio el chico venía acompañado desde Londres de un buen amigo, hábil y travieso como lo podremos demostrar en el curso de esta verídica historia, y no se separaban los dos un momento. Luego que se quitaron el polvo del camino, que no era poco, a juzgar por la oscuridad instantánea que sobrevino en el cuarto, se echaron a buscar en los hoteles el alojamiento de don Fulgencio el grande que, según las cartas que el hijo había recibido, debería hallarse ya en la ciudad. Cuanta diligencia hicieron fue inútil, hasta que preguntando a uno de los criados de la posada, éste les dijo que había oído decir a otro, que también lo oyó, que un diputado, con muchas mulas, muchos criados, y en un coche muy extraño, había llegado al Mesón del Chino.

—¡Mi padre en un mesón! —exclamó Fulgencio—. ¡Imposible! Esa es una calumnia de esta gente estúpida de México. Eso no puede ser. Un hombre de su importancia y de su dinero, no puede alojarse en un mesón. Yo no conozco los mesones; pero deben ser mansiones muy bajas. Sin embargo, vamos, Rich, a emprender una peregrinación al Mesón del Chino.

Tomando Rich y Fulgencio sus gruesos bastones ingleses de a tres peniques la pieza, salieron de nuevo a la aventurada peregrinación, y aunque andando doble camino, llegaron por fin al Mesón del Chino. ¡Qué confusión, qué vergüenza para Fulgencio el chico, que un hombre tan civilizado como su amigo el extranjero, encontrara a su familia en tan desordenada negligée!

Don Fulgencio, tirado en el suelo en un cíbolo, con un cabo de vela al lado, leía un interesante opúsculo que acababa de publicarse en la ciudad, titulado: «Justificación completa de los atentados cometidos por el Gobernador del Distrito, en el patriótico desempeño de sus facultades extraordinarias». La señora, junto a su marido, echaba unas puntadas a una bata de indiana achocolatada, y Pancha y Marica, con un plato de tamales comprados expresamente en la Ribera de San Cosme, delante, y unas tazas de atole de leche en la mano, saboreaban, en unión de «Diana» y «Corina», los deliciosos manjares nacionales.

Luego que las visitas se presentaron en la puerta del cuarto, obstruido por multitud de reatas, de cajones, de colchones y de otros estorbos, los dos perros y las dos perras se lanzaron ladrando y acometiéndoles como unas fieras. Fulgencio y Rich tuvieron que sostener algunos minutos un combate,

mientras que se pusieron de pie Pancha, Marica y Juanito y, habiendo reconocido, aunque con trabajo, a su hermano, a causa de su extraña figura y de sus ridículas patillas, cayeron en sus brazos con los ojos húmedos, exclamando:

—¡Fulgencio! ¡Gracias a Dios que llegaste sin novedad! Danos otro abrazo, hermano Fulgencio.

El padre botó el folleto, la madre la bata achocolatada y toda la familia se precipitó sobre Fulgencio el chico, quedando, entre tanto, Rich aprisionado en una red de cabestros y temiendo siempre un nuevo ataque de los perros, que gruñían sin cesar y no lo dejaban avanzar ni un paso.

Así que el desorden causado por la ternura fraternal y filial se calmó un tanto, y que Fulgencio pudo descartarse de los muchos brazos con que su familia descomponía su corbata y ajaba el tieso cuellos de su camisa, tuvo que proceder, como es de rigor en Inglaterra, a la presentación oficial.

—Presento a usted, papá, a Mr. Ricardo Raymundo Ricochi, banquero, comerciante y agricultor, muy rico y hombre instruido y, sobre todo, amigo mío. Hemos hecho juntos el viaje a Suiza.

Mr. Ricardo Raymundo Ricochi se inclinó, no sin peligro de caer y de ser mordido por «Coyote» y por «Milón», que no lo veían con buenos ojos.

—Rich, presento a usted a miss Pancha, mi hermana, a miss Marica, mi hermana también, y a lady Anastasia, mi respetable madre.

—Unas criadas de usted —exclamaron las muchachas.

Fulgencio se puso encarnado de la llaneza de sus hermanas; la vieja apenas gruñó unas palabras confusas, y Mr. Ricardo hizo su segunda y grave reverencia.

Don Fulgencio el grande, loco de gusto de verse ya en la capital y en compañía de su hijo, procuró formar estrado con unas sillas de paja desvencijadas y rengas.

—Vaya, sin cumplimientos, siéntense y descansen… No… no hay cuidado por los perros, que no muerden más que a los indios; y aunque el traje de ustedes es algo extraño…

—¡Papá!

—Lo dicho, Fulgencio, el traje, particularmente el tuyo, me parece muy singular; y si conforme estás en México, estuvieses en nuestro pueblo, los muchachos te tirarían con las cáscaras de las naranjas.

—Es un traje rigurosamente inglés —contestó Fulgencio con mucha serenidad—. Yo no gusto de esas modas ridículas de París. Y para evitar que

estos sastres bárbaros de México me vistan de una manera ridículo, he traído un surtido de ropa para dos años.

—¡Pero si esos chalecos apenas le vienen a tu hermano! —replicó don Fulgencio riendo—. Vaya… es una moda singular; pero dejemos esto a un lado y dime: ¿Qué tal te ha ido en tus viajes? ¿Estás muy adelantado en tus estudios? ¿Hablas bien el inglés, el francés, el ruso, el griego? ¿A qué podemos dedicarte en México?… Porque al fin estamos en la capital, y supuesto que el pueblo me nombró espontáneamente diputado, no quiero perder la ocasión de proporcionarte una carrera lucida, como merecen los sacrificios que he hecho por tu educación… Pero ¡vaya, si estás guapo, rollizo, con la barba muy crecida!… Venga, venga otro abrazo, con permiso del caballero, que no llevará a mal que un padre esté contento cuando ve así a un hijo tan aprovechado.

—¿Cómo si lo llevaré a mal? ¡Ni por pienso!

—¡Cáspita! ¡Y qué bien habla míster Ricochi el castellano!

—He residido en Cuba mucho tiempo y he viajado por España y por las Américas. Hace algunos años que vine a México, y como este es un país encantador, aunque los caminos son pésimos y los ladrones y los mendigos pululan por todas partes, me hice el ánimo de acompañar a mi amigo Fred.

—¿A mi amigo quién? —preguntó azorado don Fulgencio, mirando fijamente a míster Ricochi.

—Fred, papá, Fred, que quiere decir Federico. Como el nombre de Fulgencio era de muy difícil pronunciación y algo raro, tomé mi segundo nombre, que era Abundio, que pareció detestable a los camaradas de la escuela y dieron en que me había de llamar Federico, y, por abreviatura como se acostumbra en Inglaterra, me llamaban Fred.

—¡Vaya bribonzuelo! ¡Si ya decía yo que había de hacer carrera! ¡Oh! ¡Si es mucha la educación de esa Europa! ¡Hasta los nombres se cambian sin necesidad del bautismo!

Fred, que era grave, serio, civilizado, en fin, un inglés hecho y derecho, encontraba que en el fondo su familia estaba sumergida en la barbarie. Sus hermanas, de rebozo y desmelenadas; su mamá cosiendo una bata; su padre,

¡su padre, que era todo un diputado!, tirado a la bartola en un cíbolo. ¡Qué espectáculo tan disgustante! Un color se le iba y otro se le venía, porque todo esto pasaba delante del ilustrado don Raymundo Ricochi, que era también el tipo del hombre de buen tono. Se propuso obrar enérgicamente y civilizar de una manera decisiva a su familia; pero por de pronto, lo que hizo fue cortar la conversación, abrazar de nuevo a sus hermanas y retirarse con su amigo el

extranjero, prometiendo a su familia que volvería al día siguiente muy temprano.

CAPÍTULO XVI

DE LAS AGRADABLES EXCURSIONES QUE HACEN DON FULGENCIO Y SU FAMILIA EN LA CIUDAD DE MÉXICO, Y DE CÓMO COMIENZA FRED LA OBRA TRABAJOSA DE CIVILIZAR A LOS DE SU CASA

Como míster Ricochi y Fulgencio el chico salieron del Mesón del Chino y se dirigieron al teatro, donde había un beneficio, y es costumbre que en estas funciones se dé al público mucho, pero muy malo, imposible le fue, habiendo conciliado su primer sueño a las dos de la mañana, levantarse a buena hora para comenzar la grande obra de civilizar a su familia; así es que, después de mediodía, atravesando con miles de trabajos y peligros por entre la multitud de burros y de mulas que llenaban el patio del mesón, subió al prosaico alojamiento de su padre y tuvo el disgusto de encontrar sólo a dos o tres rancheros durmiendo boca arriba en la puerta, roncando como unos marranos. Volvió una, dos y tres veces, hasta que aburrido determinó esperar al día siguiente. La familia, que no se acordó de que debería venir el hermano, luego que amaneció Dios pensó en pasear por la ciudad, donde el papá serviría de cicerona, aunque muchas cosas las encontraba bien diversas de como las había dejado hacía más de veinte años. A las ocho de la mañana ya estaba en la puerta del mesón un coche simón, con un par de mulas flacas y correosas y un cochero aguardentoso y medio destrozado con un grueso chicote en la mano, lo que probaba, por lo menos, que los animales eran de la misma recia y dura condición que los muchachos que aprendían en la escuela de los betlemitas.

Antes de salir hubo camorra. Primer puntó: ¿habían de ir o no los perros? Después de un largo altercado se determinó que los mastines del diputado se quedasen encerrados en un cuarto, y que los perros falderitos de las niñas participasen de las delicias del paseo.

Segundo punto: a dónde habían de ir. Juanito, llorando amargas lágrimas, insistía en que habían de ir al coliseo; su papá, el diputado, trataba de persuadirlo de que las comedias o la ópera no comenzaban a los ocho de la

mañana, sino a las ocho de la noche; pero todo era en vano, y siempre suspirando y gimiendo, pedía que lo llevaran al coliseo. Marica era de opinión que el paseo debía comenzar por la catedral; y Pancha, que por la Alameda. Don Fulgencio terminó la cuestión nombrando al cochero una especie de tercero en discordia, y dejando a su voluntad el conducirlos a donde mejor creyera que se habían de divertir. El auriga tomó las calles del Rastro y San Camilo y metió a la familia en la augusta soledad de las calzadas de la Viga. No era tiempo de paseo: las canoas diarias que conducen la verdura habían ya pasado, así es que, con excepción de uno que otro coche con las vidrieras misteriosamente echadas, y en cuyo fondo oscuro se podía adivinar una venturosa pareja, no encontraron ni un alma, aunque tuvieron la oportunidad de contemplar la belleza del paisaje y la vista lejana y soberbia de los volcanes.

Así que el cochero, o mejor dicho, las mulas se cansaron de dar vueltas por aquellas largas calzadas, regresaron a la ciudad y en la puerta de la Universidad se paró el fiacre, su conductor abrió majestuosamente la portezuela y dijo: «Aquí está el caballito de Troya».

Como si efectivamente hubiese sido el mismo animal que en su vientre introdujo en la heroica ciudad multitud de heroicos guerreros, de un salto Juanito y las muchachas se pusieron de puertas adentro del antiguo y monárquico claustro, que ha producido tan insignes doctores.

Más de una hora estuvieron admirando las gruesas pantorrillas de Carlos IV, las enormes pezuñas y la espesa crin del caballito, y de allí pasaron a la rejita de madera, parecida a la de un gallinero, desde donde se descubren las enormes piedras en que nuestros antepasados sacaban el corazón de las víctimas destinadas al sacrificio. Don Fulgencio, a falta de conservador del museo, a quien siempre se le encuentra en su casa, explicó en tono dogmático a sus hijos, que aquellas piedras se habían sacado de la laguna, y que la plata y oro que también arrojaron en ella los indios, no se había podido sacar; pero que en el momento que él estuviese ya ejerciendo sus funciones en la cámara, estaba decidido a que se autorizase al gobierno para invertir hasta trescientos mil pesos en sacar los grandes tesoros que deberían estar en el fondo de las aguas, y que con ellos se reorganizaría la hacienda pública, repartiendo entre los estados todo lo que se sacase. Después entró ya en el examen de materias más elevadas, diciendo que, con arreglo a las máximas de la civilización, ya no se saca el corazón a los indios, sino que solamente se les aprieta el pescuezo, y así mueren con mayor comodidad. Que los antiguos mexicanos adoraban esos ídolos que, según las tradiciones de los anticuarios, les habían

venido de China, y que Cortés había hecho el gran servicio de derribarlos y de matar a todos los que se oponían, y también a todos los que no se oponían, con lo cual las cosas habían quedado perfectamente en regla. Las muchachas pasaron casi embelesadas algunas horas, oyendo de la boca de su padre estas y otras importantes historias, mientras Juanito, habiendo podido salvar el obstáculo de la rejita, cabalgaba sobre las duras espaldas del dios Huitzilopoxtli. ¡Sombra venerable de don Carlos Bustamante, vuélvete a tu sepulcro para no presenciar las profanaciones que los hombres de este tiempo cometen en las antigüedades mexicanas!

Como ya era tarde, don Fulgencio propuso que almorzaran en una fonda, y el cochero fue encargado de conducir a la familia a la más famosa de la ciudad. Simón, que conocía a la gente, los plantó en pocos minutos en la antigua fonda de la Estrella. ¿Qué habrían dicho Fred y Rich si hubiesen visto a las muchachas tronando las tostaditas, tirándose de la boca las largas hebras de queso y saboreando un picante mole, rodeadas de payos con ancho sombreros, que almorzaban en las otras mesas no sólo con los cinco, sino con los diez dedos? Habríanse muerto de vergüenza y de rubor. ¡Vulgarizar hasta ese grado la representación nacional! ¡Ofender así a la etiqueta y al buen tono!

Como nadie conocía a la familia del hacendado, y como tampoco al hijo inglés era posible, ni por mal pensamiento, que le ocurriera tomar pulque de pifia y quesadillas, el almuerzo, bien sabroso por cierto, pasó con la mayor tranquilidad, y mientras que el papá fumaba un cigarrito, se determinó por unanimidad de votos que, en cuanto regresara el cochero, que había ido a remudar, aprovecharían el tiempo para visitar el comercio, comprar ropa y algunas otras cosas indispensables, que necesitaban mientras se ponía la casa.

En efecto, guiados siempre por el cochero, lo primero que hizo don Fulgencio fue comprar sombrero; ¡qué sombrero! Formaba un positivo contraste con el de su hijo, y el mercader había aprovechado la oportunidad para salir de un repelo de la moda pasada que, mediante un par de pesos de ribete, había dejado allí uno de nuestros elegantes. Montingne ha dicho —o si no él algún otro— que «el estilo es el hombre». Nosotros podremos decir con más exactitud, que el sombrero es el hombre; ¡hasta Juanito se rió de la figura de su papá con la nueva adquisición que había hecho su cabeza! Satisfecha esta necesidad, el cochero paró en un almacén donde había cien mil camisas y cien mil piezas de ropa hecha. ¡Qué almacén tan seductor! Allí se habilitó don Fulgencio de taima, de levitas, de chalecos, de pantalones y de corbatas, y por apéndice, vistió de redondo a Juanito. Más o menos arrugas no eran del caso;

la moda había pasado hacía dos años; pero esto no importaba. Don Fulgencio y las muchachas lo encontraban todo del mejor gusto. De este almacén pasaron a los cajones de ropa. No hubo mula de que no salieran los comerciantes a costa del candor que revelaba el acento provinciano y el traje sencillo de los marchantes. En cuanto concluyeron las compras, se determinó ir a depositar todos los efectos al mesón y volver a salir a continuar el paseo. Don Fulgencio, que no quería ser visto en la ciudad con su traje de ranchero, que en verdad no le sentaba mal, se vistió al momento de cortesano. Su sombrero de ala ancha y copa muy chiquita, estilo Alcorta; un gran frac color de café, con botón liso dorado; un pantalón flor de romero con una ancha cenefa en los costados; chaleco de seda carmelita, con florones encarnados; guante amarillo y bota de charol. La madre y las niñas estrenaron también sus tápalos de seda, morado y azul, verde y amarillo; y la familia, elegante y con esencia de rosa en los pañuelos, salió de nuevo al paseo de Bucareli, donde todos los concurrentes cotidianos se daban con un canto en el pecho y no podían adivinar quién era ese par de muchachas tan bonitas y tan rollizas; pero adornadas de una manera tan rara y singular. En cuanto se oscureció, el cochero, sin que le dijeran una palabra, detuvo su descascarado vehículo en las puertas de «La Gran Sociedad».

Un mozo salía del iluminado y espacioso salón, y en un momento llenó el coche de vasos de nieve de leche, y de rosa, y de platos de soletas y mostachones. Don Fulgencio estaba encantado: las gentes de México le adivinaban los pensamientos. Juanito hizo una mezcla de nieve de leche, de rosa y de limón, y comió tanta soleta, que sólo por un milagro dejó de reventar. Las muchachas llenaron sus pañuelos de bizcochos y de dulces que un oficioso vendedor les había proporcionado desde por la tarde y, más fatigadas que en los días más penosos del camino, regresaron al Mesón del Chino.

Llenos todos los estómagos de agua fría y de la masa indigesta de los mostachones, estaban a punto de cerrar la puerta y de recogerse, cuando llegó Fred, con el más grande disgusto pintado en su semblante.

Tomó una de aquellas sillas inválidas y se sentó cabizbajo y pensativo, apoyando la barba en el puño del burdo, pero confortable bastón inglés.

—Vaya, Fulgencio —dijo Pancha— estás inconocible. Esos ingleses deben ser sin duda más tontos que nuestros payos de la hacienda. ¿Qué te sucede, que no hablas una palabra?

—Fred me llamo, y no Fulgencio —replicó el joven secamente.

—Pues bien, Fred —dijo Marica pasándole cariñosamente las manos por la cortada patilla—, dinos qué tal te ha parecido México porque cuando te mandó papá, hace ocho años, a educar a Europa, según se dijo en casa, sólo una noche estuviste en la ciudad.

—Sí, cuéntanos algo —interrumpió la madre— antes de que el sueño nos venza, porque nosotras estamos cansadas de tanto pasear

—Lo que es México… uf… no es malo; pero ¡qué policía, qué calles, qué empedrados!… En Londres todas las calles… Pero vamos, si yo no puedo aguantar esto…

—Sí, en efecto, las calles no están del todo buenas —exclamó don Fulgencio, pujando en un rincón, a causa de los esfuerzos que hacía para quitarse las botas de charol—. Pero deja que esté yo en el Congreso, y haré una iniciativa para que se le exija la responsabilidad al ayuntamiento; pero dejemos por ahora eso, y que te cuenten tus hermanas todo lo que hemos andado hoy.

—Fuimos a la Viga —dijo Pancha.

—Y al caballito de Troya —añadió Juanito.

—Y almorzamos en «La Estrella» —interrumpió Marica.

—Y tomamos nieve y soletas en la nevería.

—¡La fonda de «La Estrella»!, ¡la nevería!, ¡la Viga! Pero ¿cómo ha permitido usted esto, papá? —preguntó Fred—. ¿Qué dirán las gentes si lo saben? ¿Cómo ha de hacer usted una buena figura en el Congreso? Pero ¡qué veo! ¡Pantalones flor de romero! ¡Tápalos azules! ¿Dónde han comprado tanta ridiculez?

—¡Toma! En las tiendas, en el comercio… —dijo el diputado.

—¿Me hace usted favor de ponerse el sombrero y la levita, papá? — interrumpió Fred sin hacer caso de sus hermanas, que le metían los efectos por los ojos.

Don Fulgencio obedeció ya desembarazado de las botas de charol, que había sustituido con sus holgados zapatones de gamuza, y poniéndose el sombrero y la levita, se colocó frente a su hijo el inglés.

—¿Y así va usted a salir a la calle? —exclamó Fred, casi a punto de soltar la carcajada.

—¿Y por qué no? Así salí esta tarde al Paseo de Bucareli con tus hermanas.

—¿Y lo vio a usted la gente?

—¡Perfectamente!

—¿Y no se rio?

—¡Botarate! —dijo el papá—. Más debe haberse reído con tus ridículas patillas y con tu enorme sombrero.

—Me va usted a permitir, papá, que lo civilice un poco…

—¡Cáspita! ¡Esto es ya demasiado —interrumpió el padre algo incómodo

—, y puede padecer la dignidad de un diputado!… Pero vaya… vaya… Tú has aprendido en Europa lo que yo no sé y es justo que veas por el buen nombre de tu padre.

—Entonces, ¿me da usted facultades? —preguntó muy contento Fred.

—Para todo, papá, para todo —dijeron las muchachas—. ¡Fulgencio viene de Inglaterra!

—Fred me llamo, ¿lo entienden?

—Pues bien —continuó Pancha—, Fred viene de Inglaterra, y él debe saber la moda y todo lo demás. Cuéntanos, ¿qué nos traes?

—Ya verán cuando llegue mi equipaje todo lo que les traigo —contestó Fred—, si no se lo llevan los ladrones en el camino; pero una vez que papá me da licencia, es menester que yo les diga que estaba triste, porque, en verdad, he encontrado a mi país, a mi familia, en el más completo estado de barbarie…

—¿Cómo? Eso no es posible —interrumpió la señora.

—Lo dicho, mamá; y es menester comenzar por cambiar hasta los nombres…

—En eso no entro yo —interrumpió el papá—. Fulgencio se llamó mi padre, y Fulgencio me he de llamar hasta que me muera. Respecto de tus hermanas, haz lo que quieras, con tal de que ellas lo consientan,

—Bien —repuso el mancebo— ahora sí nos vamos entendiendo, En primer lugar, es menester mudarnos a una buena casa.

—Convenido —contestó el diputado.

—Y comprar muy buenos muebles. Acordado.

—Y llamar a las mejores modistas y a los mejores sastres.

—En cuanto a eso… Pero, vaya; tus hermanas decidirán ese punto.

—Lo decidimos desde luego —dijeron las hermanas.

—Y buscar dos o tres carruajes. Un lando, un faetón y un tílburi.

—¡Pero, hombre!

—No hay remedio, papá. Usted tiene que entrar en la sociedad, que figurar en el gobierno, y ¡qué sabemos si con el tiempo no podra usted subir más alto en este país de estúpidos!

Don Fulgencio sonrió: la vanidad y la ambición que despertó en su corazón el «Maestro Pimpinela», se sublevaba más fuertemente con la perspectiva de lujo y de engrandecimiento que le presentaba su hijo el inglés.

—Bien, Fred, perfectamente. Quedas facultado para todo. Yo seré el hombre de la política, y tú serás el hombre de la casa.

Las muchachas rodearon a Fred y lo abrazaron.

—¿Conque nos compras tres coches? —preguntó Pancha.

—¿Y nos traes mañana a la modista, y tomas una buena casa? — interrumpió Marica.

—Todo se hará, y muy pronto. Entre yo y mi amigo Rich sacaremos a ustedes en pocos días de esta pocilga, supuesto que papá consiente en todo. Comencemos por cambiar de nombres. Pancha se llamará Sara, y Marica Elizabeth o Eloísa simplemente. ¿Qué les parece?

—¿Pero cómo ha de ser posible, si nos llamamos ya de otra manera? — preguntaron candorosamente las muchachas.

—¡Tontas! Aquí nadie las conoce todavía. ¿Quién ha de hacer caso de unas muchachas que se llaman como las tortilleras: Pancha y Marica? No, eso no puede tolerarse, es menester nombres ingleses serios, y al mismo tiempo, sonoros.

Don Fulgencio abría la boca y se extasiaba con la sabiduría y la previsión de su hijo.

—Yo prometo —continuó el joven— civilizar en pocos días hasta a mi mamá, con tal de que me obedezcan. Es menester desterrar esas comidas indigestas de México: chiles rellenos, envueltos, mole de pecho. ¡Qué horror!

¿Qué persona bien educada pone ya en su mesa tales guisotes? Un buen trozo de rosbif; unas papas al vapor; su taza de té, con un par de gotas de crema de leche, cuando más; una rebanada de jamón de Westfalia; frutas secas y un buen vino de Oporto; he aquí un almuerzo sano, elegante, y… vamos… el mismo que se sirve todos los días a la reina Victoria.

—¿De veras? —preguntaron las muchachas.

—Como si lo estuviesen viendo.

—¿Y la comida?

—La comida, ¡oh!, eso es otra cosa. Se sirve en tiempo de frío la sopa, que se suprime cuando hace calor; después, unas papas cocidas al vapor; después un trozo de rosbif, mantequilla, encurtidos, pastel de ruibarbo y vino de Oporto.

—¿Entonces es lo mismo que el almuerzo?

—Por supuesto; y no faltaba más sino que volviésemos ahora al caldo con el chilito verde y las tortillas calientes que nos daban en la hacienda. ¡Eso es bárbaro, eso no se usa ya entre la gente de buen tono!

Pancha estaba encantada; pero Marica meneaba la cabeza y parecía que no le gustaba la mejora gastronómica.

—En Inglaterra —continuó Fred— nunca andan las señoras con la cabeza descubierta y con esos zapatitos de seda tan mal hechos.

Marica, que tenía un pie pulido, que era todavía más primoroso con el calzado mexicano, rechazó vigorosamente la idea; pero Pancha aceptó con el mayor entusiasmo el gorro, los zapatos de cuero y las medias de hilo de algodón.

—En Inglaterra jamás entran los hombres, ni mucho menos si son extraños a la familia, a las recámaras de las señoritas. En México todo el mundo, a la segunda visita, se considera con el derecho de penetrar por todos los rincones. Así, en la nueva casa que hemos de habitar, dispondré que las recámaras estén completamente separadas y que las visitas sólo entren al salón de recibir.

—Conformes en todo —dijeron las dos muchachas— y es moda que adoptamos enteramente. Cuando una persona está levándose o vistiéndose, y la recámara tirada, no es conveniente que gentes extrañas entren a juzgar, a criticar y a ver cosas que no les importa.

Fred no pudo contenerse, y abandonando su frialdad inglesa, se lanzó por primera vez al cuello de sus hermanas y las abrazó con ternura.

—Veo que me van comprendiendo, y que dentro de pocos días mi familia llamará la atención en la ciudad. Conque les agrada, ¿no es verdad? En Inglaterra las señoras, aunque es verdad que a causa de la lluvia que cae todo el año, se levantan los vestidos y se cubren con ellos la cabeza, dejando al viento unas enaguas muy limpias y unas pantorrillas no siempre gordas y torneadas, jamás pronuncian sus labios ciertas frases ordinarias y hasta escandalosas, como por ejemplo: pierna de pollo, camisa, sábanas.

—En cuanto a eso poco se nos da; y puesto que aquí no hablamos inglés, no será necesario que…

—¿Es decir, que ustedes quieren siempre ser rancheras, burdas y gente común del pueblo?… En ese caso, en nada me mezclaré —interrumpió Fred con visible mal humor.

—No, no es para tanto, y con tal de que nos compres los gorros y los coches, nos sujetaremos a lo que tú quieras —contestó Pancha—; pero la

dificultad consiste en que, cuando se nos dé la gana de comer pierna de pollo, o de hablar de nuestra camisa, no sabremos qué hacer.

—¡Valiente dificultad! —repuso Fred—. Se conoce que vienen del rancho. ¿Qué cosa más fácil hay que decir, el lado del pollo, y el lienzo blanco, en lugar de esas palabras groseras, de pierna y de camisa?

Marica, como de costumbre, movió la cabeza; pero decidida a llevar el barreno a su hermano, no le contradijo; aunque pensó, naturalmente, que lienzo blanco era una cosa muy distinta de camisa, y que el lado del pollo era no sólo la pierna, sino acaso el alón y parte de la pechuga.

—En Inglaterra —continuó Fred— no se recibe a las visitas a todas horas, sino que una o dos veces a la semana, se da un té.

—Esto sí que no consiento —dijo la madre, que había estado callada escuchando toda la lección—. ¿Yo dar agua puerca caliente a las visitas? ¡Ni por pienso! Vale más una buena merienda de chongos y atole, o de fiambre y frijoles gordos, que no unas tazas de té. ¡Vayan en horamala los ingleses con sus bebistrajos! En cuanto a la buena casa y a los coches, me conformo, supuesto que Dios nos ha dado comodidades y Fulgencio tiene necesidad de darse importancia; pero en lo demás, no, mil veces no. Yo no he de beber té, y a mis hijas se les ha de llamar doña Mariquita y doña Panchita, y nada más.

—¡Mamá, por San Jorge, que me ha descompuesto usted mi plan enteramente!

—Entonces, hagan lo que quieran, y sean la mofa y el vilipendio de estas gentes orgullosas de México; pero no hay ya que disputar. Lo que papá decida eso se hará.

—Anastasia —dijo gravemente don Fulgencio— la educación de este muchacho me ha costado mucho dinero, y es muy puesto en el orden que yo trate de aprovecharme de lo que sabe. Algunas de las cosas que dice me parecen insignificantes; pero puesto que tenemos que vivir algún tiempo en México, y que mi posición de diputado me obligará a tratar con los diplomáticos, con los ministros, y con el Presidente, fuerza es darse un poco de tono, y ninguno mejor que Fulgencio puede…

—Fred, papá, Fred me llamo.

—Y ninguno mejor que Frey —prosiguió don Fulgencio— puede encargarse de todos estos pormenores. Conque no hay que desanimarlo, y ya verás cómo a todos nos deja contentos. Conque te repito, hijo mío, que estás plenamente facultado para todo: busca casa desde mañana, compra muebles y, por ahora, un coche decente, y no pierdas tiempo, porque dentro de pocos días

se abren las Cámaras, y quiero comenzar a hacer mis visitas y preparar mis trabajos.

Apenas oyó esto Fred cuando salió del cuarto, sin querer ya entrar en nuevas explicaciones. Quería reducirlo todo, como nuestros gobiernos, a hechos.

CAPÍTULO XVII

DE CÓMO DON FULGENCIO TIENE NECESIDAD DE SER UN LUMINAR DE LA REPÚBLICA Y DE LA NUEVA VIDA QUE ADOPTA EN LA CAPITAL

Justamente a los dos meses de haber entrado don Fulgencio en el Mesón del Chino, apareció en uno de los diarios más acreditados de la ciudad, el siguiente parrafillo:

Tenemos el gusto de anunciar que acaba de llegar a esta capital el señor don Fulgencio García Julio, diputado al Congreso general. Es una persona acomodada y notable en su estado. Literato, economista y agricultor, posee cuantos conocimientos son necesarios para desempeñar con acierto su delicada misión. Además, sabe cosa de cien idiomas de las tribus indígenas que existían en el país y otros cien dialectos de tribus que no han existido jamás. En la maquinaria, en la industria y en la ciencia difícil de organizar nuestra hacienda, su opinión es de gran peso y, en una palabra: ninguno de los conocimientos humanos es extraño para este distinguido ciudadano que, después de servir a su patria en la lucha gloriosa de nuestra independencia, se retiró a sus fincas de campo y se consagró al estudio. El señor García Julio seguramente será un luminar de la Cámara, y felicitamos cordialmente a la República por el ingreso al vasto y hermoso campo de la política de un ciudadano tan benemérito e ilustrado.

Don Fulgencio, a quien Fred llevó el periódico, leía y releía tan repentina laudatoria, y no volvía en sí de la sorpresa. En cuanto a sus conocimientos en los idiomas indígenas, estaba enteramente satisfecho, pues ninguno lo había de examinar, a no ser que la desgracia hiciera que se presentara intempestivamente en la capital una embajada de «Mangas Coloradas», o de otro personaje fronterizo de esa categoría; pero en cuanto a lo demás, no dejaba de remorderle la conciencia, pues en su vida había abierto más libros que el Calendario de Galván.

—En verdad, Fulgencio, que…

—¡Fred, papá, Fred, por el amor de Dios! —interrumpió el muchacho.

—En verdad, Fred, que estoy confundido y no merezco tantos elogios. No sé cómo salir del empeño en que estos renglones me ponen.

—Todo se lo debe usted a mi amigo Ricochi —contestó el joven—. Como está muy bien relacionado en la ciudad, y los editores de la mayor parte de los

periódicos son sus amigos, le fue fácil que se hiciera justicia a los méritos de usted, y ya verá como toda la prensa ilustrada de la República se convierte en el eco de su fama.

¿Cómo había salido a luz un párrafo tan expresivo y tan completo en honor de don Fulgencio? Vamos a saberlo: Mr. Raymundo Ricardo Ricochi, que ya había vivido en México y conocía cuán fácil es introducirse en las casas, en las redacciones y en los palacios con sólo tener un poco de maña, un poco de aplomo y una corta dosis de ese sentimiento que hace venir en los hombres delicados el color rojo a los carrillos, era íntimo amigo de uno de los redactores de un diario, al cual le ponderó la riqueza, la generosidad y el buen carácter del personaje, y le sonrió con la esperanza de que más adelante podría serles de grande utilidad. El redactor, sin conocer a nuestro hombre y sin más antecedentes que éstos, escribió su párrafo y lo dejó en la imprenta entre la multitud de noticias falsas y ciertas, de chismes, de difamaciones injustas y de injustos elogios de que se compone ese pozo sin fondo, esa vorágine que se traga diariamente cuanto se escribe bueno y malo, y que en el mundo se conoce con el nombre de periódico.

Al día siguiente, los demás periodistas, para llenar su gacetilla, copiaron el párrafo; lo mismo hicieron los papeles de los departamentos, así es que, en más de un mes, no se habló de otra cosa en la República que del luminar don Fulgencio García Julio y de todo lo que la patria le debía ya y tendría que quedar a deber a tan insigne varón. No es esto nuevo: en Europa se ocupan meses enteros las cortes y los potentados de un jugador de ajedrez, o de la pirueta de una bailarina; así, nada extraño es que en México se ocuparan de celebrar el famoso hallazgo de un talento que había estado escondido entre los vellones de las ovejas y las cornamentas de las vacas.

La vida de don Fulgencio había cambiado totalmente. Durante dos meses estuvo casi oculto en el mesón, las muchachas salían a hurtadillas, y siempre con la voluntad de Fred, y éste y Ricochi hicieron maravillas. Tomaron casa en una de las calles más principales de México, que se encargó de decorar y amueblar uno de los tapiceros de más fama, al menos por lo carero; se compró una calesa de muelles de telégrafo para las niñas, con su par de tordillos frisones, y una carretela, con caballos del país, para el niño inglés; se ajustó un cocinero, un portero de esos que gruñen y apenas se dignan saludar a las visitas; en fin, se montó la casa enteramente a la inglesa, y hecho todo esto, en lo cual ganó el buen amigo Ricochi su par de talegas de pesos, se condujo a don Fulgencio a su nueva habitación. Y parecido a una vieja bailarina que, arrugada, flaca y olvidada, sale repentinamente con pantorrillas postizas,

colorete, encajes y punto por todas partes, y arranca a los que no la conocen aplausos de admiración, así apareció nuestro personaje con el prestigio de su caudal, de su gran casa y de su profunda sabiduría, arrancando desde luego a toda la prensa las más unánimes y cumplidas alabanzas. La prensa, en realidad, no sabía lo que hacía y, en último caso, aplaudía a una vieja y arrugada bailarina.

En cuanto a las muchachas, la transformación se había operado como por encanto, y Fred había triunfado completamente en su sistema de educación. No salían si no era de gorro; tomaban té y rosbif a todas horas —bien que a escondidas saboreaban sus tacos de tortilla—; vestían a la manera inglesa; pero con muy buenos trajes; y, por último, los nombres de Pancha y de Marica habían quedado suprimidos, y una se llamaba Sara y la otra Elizabeth. Una vez arregladas todos estos pormenores que, como se ve, eran de la mayor importancia, la familia salió a la luz pública. Jamás México había tenido en su fértil valle muchachas más hermosas ni galanas. Los ojos de Sara y los pies de Elizabeth traían locos a los elegantes, y cuando se retiraban del paseo, venían hasta la puerta de la casa seis u otro caballeros que, a guisa de ayudantes, escoltaban el carruaje sin separarse de él ni por los aguaceros, ni por la lluvia, ni por el polvo que suele abundar en nuestras calzadas. La madre estaba encantada con estas adoraciones, y en cuanto a las niñas, ni se diga: día por día aumentaba su orgullo; no por adarmes, sino por arrobas. Cada noche de teatro era un nuevo vestido, y pronto aprendieron ese lujo de las mexicanas que se desdeñan de ir a la ópera con el mismo traje que el público les vio dos

meses antes.

Don Fulgencio tenía, como al principio hemos dicho, una figura común; pero como era de cuerpo alto y de carrillos llenos, daba la pala, como suele decirse, y adquirió en breve toda la importancia que en la política tiene un figurón grande y marcado. ¡Qué trabajo cuesta a los flacos y desmedrados hacer carrera! Para la política se requiere en México facha y nada más que facha, y don Fulgencio daba realce a la que Dios le había dado, con un prendedor de brillantes, con una cadena monstruosa de oro, colgada de los botones del chaleco; con un lente con el cual examinaba antes de hablar la fisonomía de los que se acercaban; con un acento campanudo y sentencioso que había adquirido para dar más realce a su dignidad; y, por último, con los millones de capital que le suponía el público ligero y amigo de saber lo que no le importa.

En cuanto a Fred, era la maravilla de México. Presentado a todas las legaciones, no trataba más que con los attachés, no hablaba más que inglés o

francés, y no hacía más que lo que hacían los ministros extranjeros; así, decía con un aplomo admirable: «Vamos a reclamar fuertemente al Gobierno; vamos a pedir la escuadra; vamos a bloquear los puertos; vamos a poner de vuelta y media al Ministro de Relaciones; vamos a hacer una tertulia diplomática». Si un ministro andaba en la calle con grandes espuelas, Fred al momento compraba unas iguales y se metía hasta en la iglesia con ellas; si observaba que un diplomático acortaba el chaleco, Fred lo acortaba más; si los diplomáticos no hablaban, Fred cerraba sus labios; si un attaché reía, Fred de por fuerza tenía que soltar la carcajada; en una palabra: Fred estudiaba todos estos incidentes y los seguía con una exactitud inglesa. Estos talentos precoces llamaron la atención del Gobierno, y un día el Ministro de Relaciones, pensando que la República recibiría un gran honor con aprovecharse de los talentos de un joven tan elegante, lo nombró secretario de una legación.

Fred aceptó; pero don Fulgencio, que quería que su hijo comenzase su carrera de Ministro Plenipotenciario, se opuso, y una comedida renuncia fue la contestación. Nuevo motivo de elogios, nueva laudatoria de la prensa. Al día siguiente de la renuncia salió en el más acreditado periódico este párrafo:

DESPRENDIMIENTO. El que ha tenido el muy apreciable e ilustrado don Fulgencio García Julio, es digno de los mayores elogios. Nombrado su hijo mayor secretario de una de nuestras legaciones, sin solicitarlo, y sólo por el conocimiento que el sabio Ministro de Relaciones, que dignamente preside el gabinete, tenía de los adelantos en el arte de la diplomacia de este joven estudioso, manifestó en una atenta comunicación, que renunciaba en nombre de su hijo, y que quería dedicarlo mayor tiempo al estudio para que se consagrara al servicio de su patria. Rasgos como este no necesitan comentarios, y deben pasar a la posteridad.

La madre se dio tal infatuada, que se volvió bachillera y tan vanidosa, que nadie la podía soportar.

—Como García Julio es tan generoso —decía— no hay canalla de estos mexicanos que no le deba algo.

—Como García Julio tiene tanto talento, no hay asunto que no le consulten, y diariamente lo mortifican los ministros.

—Como García Julio es de tan buen corazón, a todas estas gentes de México las llena de favores.

—Como García Julio es hombre infatigable, trabaja día y noche en favor de la patria, para que nadie se lo agradezca.

Luego de su marido pasaba a las hijas:

—Como Sara es tan hermosa, se mueren por ella todos los mexicanos; pero se quedarán con sus deseos, porque Sara no se ha de casar sino con un hombre de proporciones, que la merezca y que la sepa hacer feliz.

—Como Elizabeth es tan amable y tiene esa sonrisa tan graciosa, todas las mujeres de aquí, que son tan envidiosas, se mueren de celos.

—Es mucha la gracia de mis hijas. ¡Y qué talento, qué educación, qué trato tan fino! ¡Todas las visitas se quedan encantadas! Como al fin García ha de mandar en México, es menester que aprovechen mis pobres hijas la posición de su padre, para divertirse y pasarse buena vida; pero nada es comparable a mi Fred. Habla en lenguas, que es un primor. El español lo habla un poco mal; pero el inglés, ¡vaya si da gusto, aunque yo no puedo entender ni una palabra de él! Además, habla turco, latín, apache, cuanto hay;

¡si es un prodigio! ¡Y qué bien relacionado! ¡Y cómo lo adoran en todo México! ¡Y cómo se perecen las muchachas por él! No tendría más que abrir la boca, y se pelearían las más ricas y más bonitas de México por casarse con mi Fred; pero él se divierte con todas, y hace bien el pobrecito; ¡al fin es joven y le viven sus padres!

Cuando no hablaba la señora de sus virtudes y de las prendas de su familia, era porque tenía que ponderar sus riquezas, lo hermoso de sus haciendas, el clima de su tierra y la gordura de la carne de sus carneros. En esto sí se parecía a los ingleses y a sus hijos los americanos, que siempre creen que ellos y sus cosas son los primeros hombres y las mejores cosas de la tierra.

—Vivo aburrida en este México —decía—. ¡Qué calor tan insoportable, qué viento, qué polvo, qué hedor el de las calles! En nuestras haciendas se respira el aire puro y fresco; se vive, se come una carne sabrosa y gorda; pero aquí, hasta la fruta es mala, hasta el cielo lo veo medio morado, medio quién sabe cómo. Siempre le digo a Fulgencio que no se alucine, que la patria le ha de pagar mal, y que lo mejor que podríamos hacer es volvernos a nuestras fincas; pero él, nada; todo lo sacrifica a su patria, eso sí. Porque Fulgencio más quiere a su patria que a su mujer, que a sus hijas y que a todo el mundo; debía ser Presidente, según lo que se muere por todo lo que es política.

Las visitas, como se debe suponer, no tenían más remedio que hacer una buena dosis de paciencia para sufrir a la señora y añadir algunos elogios a los muchos que ella hacía de su persona, de su familia, de su casa, de sus haciendas, y hasta de «Diana» y «Corina». La capital de la República estaba, en su concepto, muy honrada con sólo la residencia de las dos perritas en el recinto de sus fosos y murallas.

A Juanito, aunque lo hemos dejado para lo último, no lo hemos olvidado;

¿ni cómo habríamos podido olvidar a tan preciosa alhaja? Luego que la familia estuvo establecida en su nueva habitación ducal, todo fue entrando al

orden. Se pensó en que Juanito continuase su brillante educación, y se escogió uno de esos colegios científico-industrio-económico-morales y prácticos que abundan en la capital, y cuyos cartelones leen con una especie de asombro los payos. Colegios monstruos, colegios donde se enseña historia, frenología, numismática, cálculo infinitesimal, equitación, psicología, obstetricia, mecánica, astronomía, canto llano, griego y árabe, y en donde, como salen los discípulos tan sabios, descuidan la lectura, la gramática española y la moral cristiana, porque esas son cosas vulgares que las puede enseñar en la casa la mamá, mientras para los otros ramos se necesita de la asistencia de sabios profundos que, por diez o quince pesos cada mes, enseñan las ciencias exactas y las lenguas muertas a más de ochenta diablillos.

Como Juanito era de una familia rica y distinguida, iba al colegio económico-industrial a las once y salía antes de las doce; las tardes lluviosas, porque no se enfermase, la madre prefería que se fuese con sus hermanas al paseo. Sin embargo, como la criatura tenía un talento prodigioso, a los seis meses ya sabía decir bon jour, en francés; un par de docenas de palabras que no se pueden escribir, en castellano; chupar sus cigarritos y hacer sus mimos amorosos a unas muchachitas que vivían frente al famoso establecimiento. La madre, como estaba encantada con todo lo que le pertenecía, cuando no hablaba de sus cameros, ponderaba los adelantos y el talento prodigioso de su hijo. Éste, engreído, voluntarioso y un poco bellaco, abusaba de su posición, y tan luego como iba a la casa una visita se apoderaba del bastón, del paraguas o del sombrero, y se ponía a jugar con ellos como si lo hiciese con una de esas figuras de goma elástica, que se pueden estrujar impunemente; pedía medio a su mamá, para que la visita le diera por lo menos una peseta, y no despreciaba ninguno de los dulces y chucherías que le regalaban las apasionadas de sus hermanas.

—¡Qué gracioso! —decía la mamá—. Este niño, aunque le faltaran sus padres y no le quedara dinero, no se moriría de hambre

Era verdad.

La vida que tenía la familia era la vida de lo que aquí llamamos gran tono. Se levantaban todos tarde, almorzaban y recibían visitas. En la tarde se ponía el coche, y las niñas y la mamá se iban al paseo, a dar vueltas y vueltas entre las nubes de polvo que levantaban los caballos de los enamorados. En la noche, al teatro, cuando lo había, y los domingos, de gran toilette a la iglesia más concurrida, a ser vistas por la fila de todos los papanatas que se ponen en la puerta a ver salir y entrar a las lindas y piadosas mexicanas.

CAPÍTULO XVIII

DE LAS VISITAS QUE HACE DON FULGENCIO A LOS ESTABLECIMIENTOS PÚBLICOS DE LA CAPITAL, Y DE LOS HONORES Y CONDECORACIONES QUE SE TRIBUTARON A SUS MÉRITOS Y A SU TALENTO

La fama de don Fulgencio crecía todos los días, ¡cosa singular!, con el silencio. Desde que las Cámaras se instalaron, los diputados noveles se habían desatado pronunciando discursos sobre todo y sobre todas las cosas, mientras don Fulgencio estaba reducido a menear una que otra vez la cabeza, a soltar una que otra palabra, tan misteriosa que nada quería decir, y a votar cerradamente con la oposición.

—¡Qué comándulas! —decían unos.

—¡Qué reposo y qué moderación! —decían otros.

—¡Qué profunda sabiduría encierra ese perpetuo silencio! —añadían los de más allá—. Este hombre sabe mucho; este hombre no habla, porque quiere estudiar bien las cuestiones. Este es el diputado que maneja la Cámara; este es el caudillo que puede echar abajo al ministerio el día que abra la boca.

—Pero no la abrirá —replicaban otros.

A buen seguro; ¡no se va de ligero como esos muchachos barbilampiños que vienen de los estados y entregan la carta al momento que piden la palabra!

—¡Oh! No se puede negar —convenían todos—, que tenemos en México hombres de estado, y que aquí nos sobra todo; hasta nosotros sobramos también.

Don Fulgencio, a cuyos oídos no dejaban de llegar de cuando en cuando estas palabras de nivel, se ponía como un pavo de esponjado, y daba gracias a Dios de que sus compañeros hubiesen descubierto que uno de los caracteres más marcados de los grandes hombres es hablar poco o no hablar nada.

Con el contacto con las gentes de gobierno y de comercio, don Fulgencio adquirió no sólo muchas relaciones, sino también clientes y tuvo el gusto de hacer otro nuevo descubrimiento: el de que era abogado. Nadie es profeta en

su tierra, y es verdad, porque donde conocen a los profetas, no hay quien les crea ni el Padrenuestro.

Un rico mercader de tequezquite fue el primero que lo eligió por patrono. En seguida, un fabricante de bujías que no daban luz, le entregó todos sus intereses. Como éstos debían ventilarse en las cámaras, donde ambos tenían pendientes reclamaciones, eligieron naturalmente a un licenciado diputado, que podía colocar indudablemente su bufete, ya en su casa, ya en la Cámara. Como nadie se cuidó de pedir el título al nuevo abogado, ni mucho menos se hubieran atrevido a exigir que se presentase a examen un hombre de tanta importancia y tan lleno de ciencia, don Fulgencio comenzó a ejercer su profesión, no ante los juzgados, sino ante los ministros, convirtiéndose en el agente de cuantos querían, con cualquier pretexto, aumentar sus bienes con una partecilla de los fondos públicos. Otro motivo de fama y de popularidad. Los periódicos volvieron a hacer sonar la ruidosa trompeta:

JUSTICIA SECA. Aunque no somos amigos personales del hábil y acreditado jurisconsulto don Fulgencio García Julio, debemos un homenaje al talento y a la justicia. El ruidoso pleito de los tequezquites ha concluido como debía concluir, conforme a la justicia y a la conveniencia pública, despojándose a todos los pueblos detentadores y entregándose todos los productos al contratista que, aunque es verdad que todo lo ha pagado en papeles al gobierno, es en créditos que valen cinco por ciento para la nación sin dinero efectivo. El ilustre García Julio ha sostenido victoriosamente este punto, y esos inquietos indígenas, engañados con las ideas destructoras del comunismo, han recibido una lección severa.

Este golpe dado contra el pueblo por el talento de nuestro diputado, aumentó su popularidad de una manera tan prodigiosa, que él mismo se asombraba y no podía menos de reconocer el talento del «Maestro Pimpinela», que era el que había hecho el descubrimiento de su capacidad política.

En menos de una semana recibió cuantos títulos y consideraciones podían dispensarle los necios y patrióticos habitantes de la Babilonia, y el lector quizá tendrá la paciencia de acompañar a don Fulgencio a algunas de sus excursiones.

Un sábado se presentó a su casa una comisión de jóvenes, mezclados con algunos cotorrones. Todos venían en grand tenue a anunciar que la Compañía Lancasteriana, sabiendo que el señor don Fulgencio era una persona apasionada por los adelantos de la juventud, y que había hecho considerables servicios a la enseñanza pública, manteniendo a su costa a un maestro de escuela en su hacienda (el pedagogo de Juanito), lo habían nombrado vicepresidente, por unanimidad, y se le invitaba para la distribución de premios que se haría en la mañana del domingo.

Don Fulgencio obsequió con un buen vino de Madera a la comisión; se hizo mucho de rogar; ponderó lo insignificante de sus servicios; añadió que su vida estaba consagrada a la filantropía, y concluyó por hacer el gran sacrificio de aceptar una distinción tan honrosa.

Como había quedado convenido, al día siguiente tuvo lugar la filantrópica función y no faltó un filántropo a la solemnidad. En el mísero lugar donde el mísero padre de Fulgencio recibía sendos azotes y temblaba sólo de ver menearse la barba del betlemita, allí la libertad había sentado su imperio, y multitud de niños pobres, que no sabían leer, iban a ser vicepresididos por Fulgencio el grande, que dominaba, como Cicerón, en la tribuna, y que recibía de los ilustrados filántropos la recompensa de su talento.

Las sillas y bancas estaban llenas y algunas lindas filántropas alegraban con sus frescas caras de rosa aquella solemnidad, que lo que tenía de tierna, era la pobreza, y aun puede decirse la miseria de la multitud de hijos y de nietos de la libertad, a quienes se hacía entrar en las puertas del saber con el admirable sistema de Lancaster.

La solemnidad comenzó. Don Fulgencio, sentado en la cabecera del salón, en su poltrona de terciopelo, tocó la campanilla de plata, y una música militar aturdió a la concurrencia con sendos tamborazos, haciendo retemblar la sala con el sonido de sus muchos instrumentos de bronce.

Don Fulgencio volvió a tocar la campanilla, y al momento el silencio se restableció, las señoras y señores se acomodaron como pudieron, las unas sentadas y los otros en pie, y comenzaron los discursos y las poesías.

Un poeta sacó un gran cuaderno del faldón de su casaca y, tomando un aire de Demóstenes, comenzó:

«Señor de la Compañía Lancasteriana: ya veis la deuda sagrada que tenéis con la patria».

Los niños, que no sabían una palabra de semejante deuda, alzaban la cara para ver al orador, y seguían jugando con sus popotes y sus cárceles de nuez, donde encerraban a cuantas moscas podían atrapar al vuelo.

«El hombre, ¡qué digo!, todos los hombres son unas fieras dañinas».

Don Fulgencio, como acostumbraba en la Cámara, movía la cabeza y abría tamaños ojos.

«Sí, hijos míos, mis hermanos, mis compatriotas. Os hablo con el acento de la filantropía, y no os engaña mi corazón. El hombre es una fiera; pero la educación da vigor a su cuerpo, mantiene en su alma el santo respeto a los derechos del hombre y a las garantías de la sociedad.

»Hijos mimados de una gran República, como lo es la de México, cuyo poder desafía al mundo y cuyos productos codicia el ambicioso extranjero, vosotros seréis su apoyo y su sostén; y un día, el día terrible de la prueba, demostraréis en los campos de batalla que sois los nietos valientes de Hidalgo y de Morelos».

El auditorio no pudo contenerse; un estrepitoso aplauso cubrió la voz sonora y elocuente del orador, y muchos sombreros de los filántropos más entusiastas volaron por el aire.

«Sí, conciudadanos —continuó el orador latiéndole fuertemente el pecho como a las damas de teatro de la escuela romántica—; sí, conciudadanos: este día es el más grande de mi vida, porque veo crecer en los jardines de la Lancasteriana los claveles de la instrucción; éste es el día más feliz, porque las plantas tiernas que hoy con trabajo crecen bajo el invernáculo de los socios beneméritos de la compañía, mañana serán los sabinos gigantes de Chapultepec, que darán sombra a mi adorada patria, a la patria opulenta de los Allendes y de los Abasolos.

»Sí, conciudadanos: démonos el parabién de que personas tan ilustradas y que han dedicado toda su existencia a proteger a la juventud, como nuestro digno vicepresidente el señor don Fulgencio García Julio, estén al frente de esta republicana institución, que con el tiempo ha de regenerar al poderoso imperio de Moctezuma y de Guatimoc. —Dije».

Los aplausos se repitieron; la música volvió a dar, no al viento sino al techo de la sala, sus ruidosos acentos; el orador sacó un pañuelo blanco con encajes de cambray, prenda de su Dulcinea, se limpió el sudor, hizo una caravana a don Fulgencio y se salió del salón a chupar un cigarro. Detrás de él salieron multitud de personas a darle sus medios nuevos.

—¡Bien, muy bien, Cirilo! ¡Has quedado como siempre!

—¡Si se remontó a las nubes! —decía otro—. El discurso fue corto; pero sublime. Tiene renglones que con mucho gusto firmarían Lamartine o el autor de Atala.

—¡Qué diablo de muchacho! —murmuraban otros en voz tan baja, que se pudiera oír perfectamente—. Tiene su chispa, y promete mucho. ¡Oh! Éste, con el tiempo, debe dar muchos días de gloria a la patria.

La campanilla de plata del vicepresidente volvió al orden y a sus asientos a la concurrencia, y se levantó otro orador que, con voz entre lúgubre y temblona, comenzó una dulcísima poesía.

BARCAROLA

Dadme una lira, si tenéis, de pronto, dadme también inspiración ardiente, dadme con ella un corazón latiente

para cantar.

Dadme un cesto de primorosas flores, dadme un vergel para cantar sonoro, dadme unas harpas de carmín y de oro

para cantar.

Como el poeta pedía liras, cestones de flores, harpas, vergeles sonoros y también corazón e inspiración, el auditorio, aunque benigno e ilustrado, consideró que faltaban muchas cosas al poeta, y no sabía qué hacerse, particularmente don Fulgencio, que ya estaba por tocar la campana y darle más música, ya que no podía ofrecer de pronto, al vate, todos los trebejos que necesitaba.

La ansiedad del público cesó al fin, cuando el poeta tomó un partido decisivo y continuó:

Pero nada me déis, bardo inspirado, siento correr el fuego por mis venas, y mis suaves y dulces cantilenas entonará mi pecho y mi laúd.

La patria de mis padres me reclama, esta patria infeliz que espera tanto;

que espera ya el remedio a su quebranto de la temprana y nueva juventud.

Hubo, ya con esta tirada del poeta, un silencio profundo y parecían todos persuadidos, lo mismo que el autor, de que sus melodías eran suaves y dulces. Animado con esta muda pero significativa aprobación, siguió variando metros con una facilidad que asombró a la concurrencia.

Mi patria volando cantando triunfará.

Y al momento

el tirano inhumano caerá.

Como acaba el humo, que leve

se mueve.

Al impuesto terrífico del viento, y lanza lastimero último acento

la víctima que arrastra el huracán.

Ya la aurora colora

con su luz la cortina matutina.

Que se levanta del risueño Oriente, y muestra del Señor Omnipotente la suprema y terrible voluntad.

Así vuelan las delicias y la vida ya perdida se nos va

como vuela la humareda, sólo queda su capuz,

así vamos a la tumba,

cuando zumba Zus

Puf Uf.

Leída en honor de las escuelas de la Lancasteriana. —Dije.

Nuevos y ruidosos aplausos y aprobación completa del vicepresidente, que estaba encantado de la facilidad de la versificación y de los profundos y filosóficos pensamientos que contenía la barcarola y, sobre todo, de lo mucho que se ocupaba, aunque en un sentido conceptuoso, de la festividad del día. Don Fulgencio no pudo contenerse, y perdiendo algo de su dignidad, se levantó de su asiento y abrazó al bardo, y a su ejemplo lo mismo hicieron otros y otros, abrazando también a don Fulgencio, como protector de la juventud, y abrazándose mutuamente, llenos de entusiasmo y de júbilo.

La campanilla terminó esta tiernísima escena y, restablecido el silencio, otro astro del Parnaso se levantó y leyó el siguiente soneto:

«Dedicado a los ilustres sabios y a los filantrópicos niños de las escuelas.

Atended a mi voz, oíd el eco,

que la sagrada inspiración me inspira, y que de este recinto un sólo hueco no quede sin oír mi sacra lira.

No en mi cantar el corazón reseco a enaltecer la juventud aspira,

sí a dar rienda al dolor, que el pecho seco en mi azarosa situación respira.

Hijo soy de las musas: soy el bardo que en los campos eternos de Helicona ceñí la frente de jazmín y nardo.

Hoy que la fama, mi saber pregona, de aquesta noble juventud aguardo acepte de mis sienes la corona.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaron todos los que estaban agrupados en la puerta del salón, y la música, sin necesidad de la señal del vicepresidente, comenzó una estrepitosa diana.

El triunfo del poeta fue completo. En seguida, un doctor, que había alcanzado los buenos tiempos clásicos, que había cursado las aulas y que había sido borlado en la Nacional y Pontificia Universidad, caló sus anteojos, sacó su discurso, y comenzó:

«Señores:

En segundo lugar, reflexionemos que, como decía el padre de la elocuencia romana, las repúblicas no se constituyen si su juventud es ociosa y divagada; y por esa causa os había ya significado que era necesario, urgente, indispensable, que hombres del saber y del patriotismo que adornan al vicepresidente que habéis elegido, se hiciesen cargo de proteger los establecimientos de educación pública que existen en nuestra patria, y que fundadas hace miles de años por el distinguido griego Lancaster, han llegado a la completa perfección bajo nuestras instituciones.

Tucídides, Xenofonte, Fidias y todos los que, como estos hombres heroicos, han dedicado toda su vida a la enseñanza de los niños, ya en Inglaterra, ya en las ardientes montañas de la Suiza, o ya en las márgenes heladas del Ganges, han recogido laureles puros y limpios que la posteridad ha negado a Murillo, a Velázquez, a Miguel Ángel y a otros guerreros feroces, que han pasado su vida en los campos de batalla derramando la sangre de sus infelices hermanos.

Sí, mexicanos; seguid su ejemplo, y marcharéis por la senda de la civilización; aprended las lecciones de la experiencia y no os dejéis seducir por el aparato engañador de una libertad que os conducirá a la ruina. La institución, la enseñanza de la juventud y la paz, es lo único que os puede hacer felices como a los babilonios, ilustrados como a los persas, y generosos como a los israelitas.

Felicitémonos, compatriotas queridos; prestemos nuestro talento y nuestros estudios para ilustrar a esta juventud en la peligrosa carrera que ha emprendido, y la patria premiará con larga mano nuestros afanes, como ya ha premiado, aunque no como se merece, los talentos y, sin adulación, la sabiduría de nuestro digno vicepresidente. —Dije».

Como el discurso fue severo y clásico, no arrancó esos bravos ni entusiastas aplausos que por fuerza coronan el éxito de una poesía romántica; pero sí, todos quedaron convencidos de la lógica que campeaba en el escrito, y sorprendidos con la corrección y severidad del estilo.

—Este doctor tiene la historia en las uñas —dijo uno de los prosecretarios al oído de don Fulgencio.

—¡Admirable, admirable! —contestó éste—. Y cuidado que las poesías tienen su mérito.

—¡Asombran los progresos literarios de México!

—¡Oh! Ésta es una juventud temible. Su fuego patrio y su inteligencia de lumbre nos van a llevar quién sabe dónde —contestó el vicepresidente, y tocó de nuevo la campanilla para que otro de los prosecretarios leyera el informe o memoria, y en efecto, comenzó así:

«Señor vicepresidente:

Los progresos y adelantos que ha hecho en el último año la compañía han sido asombrosos: aunque es verdad que de cuarenta escuelas que existían, se han cerrado veinte; pero la justicia y la verdad me obligan a decir que, aunque esto ha sido por falta de fondos con qué pagar a los preceptores, no ha dependido del gobierno.

El gobierno digno e ilustrado que preside los destinos de la nación, deseoso de proteger a la juventud, ha dado las órdenes más terminantes para que se ministren algunos fondos, a fin de que no haya necesidad de cerrar las otras veinte escuelas; pero hasta ahora, a pesar de los muchos pasos de nuestro activo y patriótico tesorero, no ha podido conseguir más que los recursos bastantes para comprar tinta y papel, careciéndose en la actualidad de plumas.

Pero estos inconvenientes, que son consecuencia forzosa de nuestro estado social y de la encarnizada lucha de los partidos, lejos de desanimar a los socios, los han estimulado a formar proyectos gigantescos, que dentro de pronto darán sus resultados.

Se establecerán, además de las escuelas que hay actualmente, otras doscientas en México y doscientas en los estados, dotándose a los maestros competentemente y comprándose, si es necesario, edificios elegantes y cómodos que sean propiedad de la Compañía. También se van a hacer grandes reparaciones en el edificio, construyendo un salón nuevo, adecuado para el noble objeto de la compañía. Se establecerán asimismo premios anuales, no sólo para los niños, sino también para los maestros; en fin, el plan es grandioso y, si se lleva a efecto, podrá repentinamente transformar a la República. Verdad es que para llevarlo a cabo se necesitan trescientos mil pesos; pero una comisión está encargada de formular un plan de recursos, otra de revisarlo, otra de aprobarlo, otra de presentarlo al gobierno, y otra de recomendarlo a S. E. el presidente de la República. En el corto espacio de seis meses que hace que las comisiones trabajan con la mayor actividad, no han podido concluir sus importantes trabajos; pero a estas horas está muy adelantada la discusión del artículo 1.º. ¡Loor eterno a tanta actividad y a tan patrióticos esfuerzos!

Éste es el informe que puedo presentar a tan ilustrada reunión, y por él podrán notarse los rápidos adelantos y los grandes esfuerzos que han hecho los socios, las autoridades y el Supremo Gobierno en favor de la instrucción de la juventud. Me lisonjeo de que, con el ingreso del nuevo vicepresidente, la patria tendrá que felicitarse, y dentro de poco México estará a nivel de París o de Londres, donde todos los que saben leer y escribir, escriben y leen cuando se les ofrece; lo que no hace nuestro pobre pueblo, hundido en la barbarie y el oscurantismo a que lo redujera la nefanda dominación colonial. —Dije».

—Éste sí que no se ha andado con flores, como nuestros poetas —dijo un viejo a otro que estaba a su lado—, sino que ha dicho verdades como puños.

—¡Oh! Y si se realizan los vastos proyectos que ha anunciado, vamos a ver una escuela magnífica en cada calle.

—Y como que se realizarán; si este hombre es de una energía asombrosa.

La conversación se interrumpió, porque don Fulgencio, que era el que debía terminar la solemnidad con su discurso, se puso en pie.

La sala entera se conmovió y hubo un silencio profundo.

—Señores —dijo don Fulgencio—, las palabras del idioma castellano no son bastantes para expresar lo que mi alma siente… pero, ¡oh, nunca!… El espectáculo de esta desvalida juventud, ¡el patriotismo!, la… el cuando, el corazón generoso revienta. ¡Oh!… Señores, el llanto embarga mi voz, no puedo continuar.

Y se dejó caer en el sillón, como acometido de un vahído, y llevó el pañuelo a los ojos.

Éste fue su triunfo más completo: las señoras se enternecieron, los hombres sonaban las manos y todos decían:

—¡Este hombre es sublime! ¡Qué sentimientos! ¡Qué corazón! ¡Qué palabras tan sentidas! Es lástima que la emoción no le haya permitido acabar su discurso, porque habría sido el mejor de todos; pero esto vale más, es la elocuencia del alma.

Al día siguiente, la fama de don Fulgencio había aumentado un ciento por ciento. No sólo era sabio y político, sino también filántropo y elocuente; era, en una palabra, el sol a cuyo derredor giraban los hermosos planetas de la poesía y de la elocuencia. Los diarios, que siempre tienen la santa misión de ensalzar el verdadero mérito, se ocuparon con entusiasmo del suceso.

«Ayer —decía un periódico de oposición— ha tenido la patria un día de gloria. La inauguración del esclarecido don Fulgencio García Julio como vicepresidente de la instrucción pública, va a marcar el progreso de nuestra juventud. La solemnidad no dejó qué desear; nuestros poetas cantaron dulcísimas trovas en honor de la instrucción y se trató de proyectos grandiosos; de manera que dentro de poco vamos a ver difundida la instrucción pública con tanta rapidez, como el sol que alumbra el hermoso suelo de nuestra patria. ¡Quiera Dios que sacrificios tan costosos como los que ha hecho el señor García Julio, no se estrellen en la apatía de nuestros gobernantes, que sólo piensan en sostenerse en el poder y en perseguir a los que de veras aman a su país! Esperamos que el ministro verá este negocio con la atención que se merece, y aprontará todos los fondos necesarios para el establecimiento de escuelas, en vez de estarlos gastando en sostener tantos soldados, que son la plaga y el azote de la nación.— E. E.».

CAPÍTULO XIX

DE LOS PROFUNDOS CONOCIMIENTOS DE DON FULGENCIO EN BELLAS ARTES, DE LOS HONORES TRIBUTADOS ES EL EXTRANJERO A SU MÉRITO, Y DE OTRAS COSAS QUE VERÁ EL CURIOSO LECTOR

En la semana que siguió a la solemnidad de que acabamos de hablar, don Fulgencio recibió muchas y nuevas visitas; y todos, aunque no habían oído el discurso, lo felicitaban por la oportunidad y, sobre todo, por la elocuente ternura que revelaban los sentimientos de su corazón, como si se hubiesen podido ver a través de un cristal. Sucesivamente fue recibiendo también comunicaciones muy atentas. En una se le nombraba individuo de una mesa de la Congregación de San Juan Evangelista; en otra, tesorero de la Junta de Árbitros, y en la de más allá, miembro de la junta consultiva de monopolios y gabelas. Su fama no se redujo a los estrechos límites de la República, sino que voló al extranjero, y los anticuarios de Filadelfia lo nombraron socio honorario; y los abolicionistas, Presidente Perpetuo del Instituto de África.

Satisfecho, aunque no del todo, con tantos honores, continuó sus excursiones, y no dejó hospital, hospicio ni casa de beneficencia que no visitara, dejando caer en todas ellas esas medias palabras que constituyen el talento de un grande hombre, y que son recogidas cuidadosamente por los profanos, como si fuesen el maná de la inteligencia y del alma.

En una de sus visitas fue a dar, a instancias de varias personas muy caracterizadas, a la academia de San Carlos. Lo primero que llamó su atención, fueron las dos burdas estatuas de mármol que están al pie de la escalera, sin duda para que sirvan a sus discípulos como de un modelo o tipo acabado.

Don Fulgencio, al ver aquella América tan rolliza, retrocedió dos pasos.

—Romana, no cabe duda, ésta es obra romana: de a leguas se conoce el trabajo de los Camilos y de los Scipiones.

Los que le acompañaban repitieron en coro.

—Romana; el señor don Fulgencio atinó inmediatamente.

Subieron las escaleras y entraron a la galería de los principiantes Don Fulgencio recogía su mano, formando con ella un anteojito y, retirándose a una distancia artística, se quedaba extasiado contemplando los pedazos de piernas y de brazos, y las caras de sayones que sirven de muestra a los muchachos.

—Dibujos de Miguel Ángel —dijo con tono magistral, pasando al salón de los yesos.

Allí sí que tuvo su gusto por las artes campo basto para recrearse. Contemplando al gladiador moribundo exclamaba:

—¡Qué formas! ¡Qué piernotas! ¡Qué cara tan seria! Este hombre era igual al mayordomo que tenía mi padre en la hacienda.

Los que lo acompañaban, sonreían, porque pensaban que éstas eran las agudezas de un hombre de talento.

El Apolino cautivó su atención. Lo encontraba igual a Juanito su hijo, cuando era más chico y salía casi desnudo a jugar con las ovejas.

Cuando llegó delante del grupo de Laoconte, se quedó un momento pensativo, y después, lanzando un suspiro, dijo:

—A este pícaro viejo lo ahorcaron por infanticida; pues para que ustedes se lo sepan, él tuvo la culpa de todo lo que pasó. Es una historia rara y curiosa, que encontré en uno de los libros de mi padre.

Del salón de los yesos pasaron a la sala de pinturas, y allí sí que lució sus conocimientos en el arte.

—¡Este es original, original, no cabe duda! —exclamaba en el momento que veía algún cuadro viejo y maltratado—. ¡Qué valentía en el dibujo! ¡Qué colorido! Y luego, vean ustedes las gradaciones de la luz… Allá en el fondo… uf… apenas se ve la figura de un angelito, y abajo… if… ¡Si casi no se distingue nada!… ¡Oh! ¡Esto es obra maestra!

—Dicen que es de Velázquez —hacía notar alguno de los amigos que lo acompañaban.

—Seguramente… ¡Oh! Velázquez era mucha cosa… Primo de mi abuelo, porque era, si mal no recuerdo, Velázquez García Julio… ¡Famoso, famoso!

¡Y tiraba la espada perfectamente!

—Aquí tiene usted otro cuadro magnífico —le decía algún otro—. Se asegura que es un original de Españoleto.

—Españolito dirá usted, porque este pintor, según he leído en uno de los curiosos libros de mi padre, era muy bajo de cuerpo, muy bien parecido y muy amigo de las buenas mozas, y le llamaban todos El Españolito. ¿No saben ustedes la historia de una Venus del Españolito?

—No, no sabemos nada.

—Pues se las contaré aquí de paso. Una noche pasaba El Españolito por una de las calles de España, y una dama encubierta se asomó a un balcón y lo llamó. El Españolito, que era valiente, entró a una pieza oscura, y luego a otra donde había luz: allí estaba la dama que lo había llamado, que era hermosísima.

—Señor Españolito —le dijo—, yo sé que usted es muy buen pintor, y como mi marido quiere que me retraten, lo he llamado.

—Pero señora —les respondió el pintor— no tengo pinceles ni colores.

—Aquí está todo —respondió la dama— y también el modelo de donde se puede sacar la Venus más hermosa.

El Españolito comenzó a pintar, y cuando estaba ya acabando el pecho, la dama dijo:

—Se me había olvidado decirle, señor pintor, que mi marido ha prometido que el pintor que me retrate tendrá que morir; y mi marido ya va a venir dentro de cinco minutos: conque es tiempo de escoger: o acabar el retrato, o marcharse.

—Señora —respondió el pintor con calma— sois tan hermosa, que prefiero quedarme y acabar de pintar tan soberana imagen. Rogad, pues, a vuestro marido, que me mate; pero que conserve la existencia de mi pintura.

—Este rasgo de valor salvó al Españolito, pues el marido llegó y quedó tan complacido de la obra, que en vez de matar al artista, lo abrazó y lo llenó de honores.

Toda la corte que seguía a don Fulgencio en su visita quedó pasmada con el conocimiento que el distinguido personaje tenía de las pinturas originales, con la exactitud de su juicio para criticar los defectos y con la certeza de su ojo al distinguir las bellezas artísticas; pero sobre todo, la narración de las aventurillas de los pintores fue lo que acabó de convencerlos de que no era un hombre vulgar el que había honrado con su presencia la muy noble y distinguida academia fundada por Carlos III; y más de un pintor o artista, como se llaman a sí mismos hasta los que barnizan los coches de providencia, creyó a pie juntiñas la aventura del Españoleto y, con diversas añadiduras y comentarios, la referían a los que no la habían oído bien.

De los salones de pintura pasaron a los mármoles. Los blancos trozos de las canteras de Carrara habían, bajo el cincel de los artistas, convertídose en bustos de nuestros grandes hombres; y las armas, las letras, la historia, la política y, sobre todo, la pintura y la escultura, habían querido que la imagen augusta y soberana de los hombres que tanto habían ilustrado a su patria,

quedasen eternamente en aquellos salones, para la admiración y el ejemplo de todos, nacionales y extranjeros. ¡Qué majestad la de César Borgia; qué nobleza en la frente de Marco Aurelio; qué facciones las de Cincinato! ¿Por qué el escultor había retratado con el disfraz de los romanos a tanto mexicano ilustre, cuyos méritos quizá se rebajaban con la corona de laurel del emperador?

Sin duda la modestia y la humildad habían sugerido a algunos de los distinguidos académicos, que tienen todo el año a los discípulos ocupados en hacer los retratos de las personas importantes, el aparecer con el modesto disfraz de un personaje histórico. Don Fulgencio no pudo resistir a la tentación de verse reproducido en el mármol, en el lienzo, en el barro, en el yeso, en el daguerrotipo; aun en las sombras chinescas, si le hubiera sido posible. Citó para su casa a los discípulos y escultores más adelantados, y escogió desde luego un trozo de mármol.

A los pocos días fue nombrado académico de número y declarado protector de las Bellas Artes, conocedor consumado del arte divino de la pintura, y protector de todos los artistas. Su casa, en cuyas paredes sólo había colgado Fred cuadros con perros galgos, con diligencias y caballerizas inglesas, se transformó en un verdadero museo.

En la antesala había un retrato de don Fulgencio sentado en un sillón. Una mano la tenía en una esfera, aunque no sabía palabra de geografía, y la otra puesta sobre un libro (que jamás había pensado escribir) que decía:

«Instrucción Pública.—Beneficencia».

Entrando a la sala se encontraba otro retrato de cuerpo entero de don Fulgencio, vestido con uniforme de coronel de caballería y el pecho lleno de cruces de todos tamaños, figuras y colores. A los pies de don Fulgencio había cañones desmontados, espadas rotas, clarines abollados. En el lado izquierdo, un león enorme; pero en el estado más lastimoso: una águila le había destrozado la barriga, le había sacado los ojos, y estaba a punto de dejarlo sin un colmillo. ¡Daba lástima el pobre animal!

En el lado derecho del cuadro se veía un cerro con una fortificación formidable; coronada de cañones que arrojaban metralla y fuego, y don Fulgencio, en tamaño de miniatura, asaltaba solo, a caballo, la fortaleza, mientras la tropa que lo seguía se dispersaba por los breñales. Era un cuadro histórico y un conjunto acabado digno de que no lo olvidasen los imparciales cronistas de la independencia.

En el estudio de don Fulgencio —así le llamaba él—, la escena cambiaba. Era un cuadro de familia. Don Fulgencio ocupaba el centro, joven, fresco,

elegante, con unos hermosos colores en las mejillas y un pelo sedoso y magnífico, tenía amorosamente puesta la mano en la espalda de su esposa, cuya hermosura sorprendía: a los lados resaltaban las figuras de Sara y Elizabeth y en el fondo se descubría a Fred, con su traje y su casquete de cazador inglés, y a Juanito vestido de escocés, como el príncipe de Gales. Este cuadro era la delicia de la familia y la admiración de las visitas.

En las recámaras estaba, en un lado de la pared, el retrato de medio cuerpo de don Fulgencio en el traje de Dux de Venecia, y en el otro el de lady Anastasia, la princesa napolitana.

En el comedor había otro retrato de don Fulgencio a caballo, en la misma posición en que Van Dyck retrató a uno de los reyes Stuardos.

En el baño, en la despensa y en los cuartos de las niñas, había otros cuatro o seis retratos más de don Fulgencio, ya acostado, ya de frente, de militar y de diplomático; los unos en daguerrotipo, los otros a la acuarela; en fin, por todas partes se hallaba reproducido la interesante figura del gran hombre de México.

Cuando llegó la época de la exposición de pinturas de la academia, toda ella se componía de don Fulgencio y de su mujer. No había salón donde no hubiese un don Fulgencio o una doña Anastasia, alternando su interesante retrato con la cocina de los cartujos o el cuadro del burrito y del paraguas. Nuestros Murillos y Rafaeles, en vez de ejercitar su pincel en pintar vírgenes y serafines, se habían ocupado de estudiar los botones de la casaca de don Fulgencio, el lustre del paño de sus pantalones, los pormenores de su gruesa cadena de reloj, y todos los plebeyos que entran en determinados días a nuestra aristocrática y magnífica exposición, se quedaban horas enteras sentados delante de don Fulgencio y de su cara mitad, admirando los bordados de su casaca y la verdad del gros tornasolado del vestido de la buena señora, a quien el pintor había hecho el gran servicio de quitarle como veinte años de edad, y trasladarla al lienzo con la suave encarnación y los frescos colores de una doncella. En cuanto a las niñas, figuraban en el gran cuadro de la familia que hemos ya descrito, y don Fulgencio no quiso que se expusieran porque… en fin, razones… Temió que sus hijas lo hiciesen olvidar de los curiosos, y lo que quería era reinar sin rival en la solemnidad artística de nuestra academia.

El artista encargado del busto trabajó también con tal empeño, que en pocos días don Fulgencio se halló formando parte de la familia de sabios y de hombres distinguidos que están reunidos en el salón misterioso, silenciosos, quietos, fríos; más útiles quizá en su pedestal de mármol, que lo que algunos

de ellos fueron en el mundo durante su vida; por eso la posteridad comenzó para ellos cuando, como don Fulgencio, pudieron mandar hacer su retrato y colocarlo en el templo de las artes, de modo que la fama póstuma nada tuviese que decir de ellos después de la muerte.

Toda esta pompa, todo este fausto artístico, dio un resultado absolutamente lógico. Como estaba ya probado que don Fulgencio era hombre inteligente en el arte de la pintura; como sabía multitud de anécdotas de los pintores; y como ya estaba tratado en mármol, con una nariz romana y una multitud de protuberancias que constituían su cráneo en uno de los primeros cráneos de México, el gobierno pensó que todas estas circunstancias probaban evidentemente, que nuestro amigo debería tener profundos conocimientos en la náutica; y el ministro, en un día de campo en que reinó la mayor armonía y cordialidad, lo nombró Intendente de Marina.

Don Fulgencio tuvo necesidad de otro retrato con uniforme de marino, una playa lejana y en lontananza un combate naval. Esta fue la obra maestra que coronó su fama, y desde este momento vamos a ver cómo fue el verdadero Hombre de la situación.

RETRATOS HISTÓRICOS

MOCTEZUMA II[1]

I

Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del imperio azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se retrataban en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la ciudad.

Un gallardo mancebo que hacía veces de una divinidad, y que por esto le llamaban Izocoztli; velaba silencioso y reverente en lo alto del templo del dios de la guerra.

Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostándose en una piedra labrada misteriosa y simbólicamente, tiene un sueño siniestro. Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni aun explicarse confusamente lo que le ha pasado. Sale a la plataforma del templo, levanta la vista a los cielos, y observa asombrado en el oriente una grande estrella roja con una inmensa cauda blanca que cubría al parecer toda la extensión del imperio. Apenas ha mirado este fenómeno terrible en el firmamento, cuando cae con la faz contra la tierra, y así, casi sin vida, permaneció hasta que los primeros rayos del sol doraron las torres del templo. Alzó entonces el Izocoztli la vista a los cielos, y la estrella había desaparecido.[2]

II

Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del emperador. «Señor temible y poderoso —le dijo—, anoche he visto una grande estrella de fuego en los cielos».

Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él mismo permaneció en observación en la azotea de su palacio, y a cosa de las once vio

aparecer repentinamente la fatal estrella roja.

Al día siguiente mandó llamar a todos los adivinos y hechiceros de la ciudad. Ninguno había vista nada. Nadie se atrevía a interpretar la aparición misteriosa de los cielos.

Moctezuma mandó llamar a los justicias.

Encerrad —les dijo—, a todos estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les daréis de comer ni de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.

Marchad después por todos los lugares de mi reino y hacer que las casas de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme arrastrando del cuello por las calles a todos los que teniendo la obligación de observar los cielos y de interpretar las señales de los dioses, nada han visto, ni nada han dicho a su rey.

La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de hambre y de sed en las jaulas, y a los pocos días los muchachos de las escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello a los adivinos de las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos sangriendos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y poderoso señor Moctezuma II.[3]

III

Una tarde, quizá con la intención de ir a la corte de Texcoco, el emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron a agitarse y a hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.

Moctezuma se retiró a su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar la cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que había ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por el puente de Xoloco, construido de intento con fuertes maderos, crujió repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose consigo al sumo sacerdote y a la mayor parte de los que la conducían.

En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol, el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima de la

ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.

Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al sabio rey de Texcoco.

Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una entrevista solemne.

Netzahualpilli era un rey anciano lleno de justicia, de bondad y de sabiduría, e interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente a él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.

—Señor —dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio—, ¿has visto la grande estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?

—La he visto —contestó el rey de Texcoco.

—¿Anuncia hambre, peste o nuevas guerras?

—Otra cosa todavía más terrible —dijo gravemente el rey texcocano.

Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una palabra.

—Esa señal de los cielos ya es vieja —continuó con voz solemne el rey de Texcoco—, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era precursora de la otra más funesta.

—¿Qué anuncia, pues, la estrella? —preguntó Moctezuma con una voz que apenas le salía de la garganta.

—Habrá en nuestras tierras y señoríos —continuó el de Texcoco—, grandes calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión del Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del aire y del fuego.

Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó a llorar, diciendo:

¡Oh, Señor de lo creado!, ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitáis la vida!,

¿cómo habéis permitido que habiendo pasado tantos reyes y señores poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? ¿Adónde huir?, ¿adónde esconderme?

—En vano el hombre quiere escapar —contestó tristemente el rey de Texcoco— de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu

tiempo, y lo has de ver. En cuanto a mí, será la postrera vez que nos hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya a mi reino moriré.

Los dos reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre cosas graves, y a la noche se separaron con gran tristeza.[4] Netzahualpilli murió en efecto el año siguiente.[5]

IV

El 8 de noviembre de 1519 fue un día de sorpresa, de admiración y de extraños sucesos en la gran ciudad de México.

A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, a caballo los unos, a pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de acero, y armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y a la cabeza de esta tropa, seguida de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y terrible capitán don Hernando Cortés.

Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la multitud, estrujándose y aun exponiendo su vida por mirar de cerca a los hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.

Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de oro, acompañado de sus nobles, salió a recibir al capitán Hernando Cortés y le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio espacioso, varios torreones y un baluarte o piso alto en el centro. Era el palacio de su padre Axayácatl. Moctezuma, después de haber cumplimentado a su huésped, se retiró a su palacio. Al día siguiente mandó que se hiciese en la montaña un sacrificio a los dioses Tlaloques. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraban más irritados. Se estremeció la Mujer Blanca, y desde la azotea de su palacio pudo contemplar asustado el emperador azteca los penachos de nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del Anáhuac.

V

A los ocho días de estar Hernando Cortés en México, los aztecas, irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y con las demasías que cometían los soldados españoles, dieron muestras visibles de hostilidad y de disgusto. Cortés no sabía si permanecer, si abandonar la capital o situarse en las calzadas. Dos días estuvo sombrío y pensativo, y al tercer día llamó a sus capitanes. «He resuelto prender al emperador Moctezuma —les dijo—, y traerle a este palacio. Su vida responde de la nuestra; lo demás que siga, está encomendado a la guarda de Dios y de Santiago».

A la mañana siguiente, después de oír toda la tropa española una misa, de rodillas y con ejemplar devoción, Cortés tomó la palabra y dijo:

Vamos a acometer hoy una de nuestras mayores hazañas, y es prender al monarca en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los españoles somos un puñado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero están Dios y la Virgen con nosotros. He escogido a vuesas mercedes para que me ayudéis a dar cima a esta arriesgada aventura.

Esto diciendo, señaló a Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lugo, Velázquez de León y Alonso de Ávila, y estos caballeros, seguidos de algunos soldados, cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron al palacio del emperador de México.

VI

Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y de que saliesen prontamente de la ciudad.

El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba reclinado entre cojines, y a su derredor había algunos nobles y una muchacha como de dieciséis años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y que sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y parejas hileras de dientes.

Los españoles se presentaron en ese momento.

Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en el pavimento, el aire feroz e imponente que tenían, y el verlos seguidos de algunos soldados, inspiró temor a Moctezuma; se puso algo pálido, pero dominó su emoción y saludó a Cortés y a sus capitales con la sonrisa en los

labios. «Voy a ensayar el último arbitrio», pensó entre sí; y dirigiéndose a Cortés, le dijo:

—Malinche, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran, y pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades de mi reino para ofrecértelas.

Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron a Cortés unas bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos, serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas, conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte indígena.

Cortés, preocupado, apenas miró los objetos e inclinó la cabeza maquinalmente.

Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez estaba más alarmado.

Olid, Sandoval y Alonso de Ávila examinaron con más atención los presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño de sus espadas.

El monarca dominó su orgullo.

—Malinche —dijo—, tengo para ti reservada una joya de más valor que el oro de todo mi reino. La joya que te voy a dar es mi corazón.

Y al decir esto se levantó, tomó por la mano a la linda muchacha y la presentó a Cortés. —Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una prenda de mi fe y de mi cariño.

Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la ternura que le inspiraron las palabras del rey, pero reflexionó un momento y cambió de resolución.

—Señor y rey —dijo el capitán inclinándose respetuosamente—, mi religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en Cuba. Os doy gracias y os devuelvo a vuestra hermosa hija.

Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió bruscamente de tono.

—He venido, señor —le dijo con semblante torvo—, a deciros que mis soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido de muerte, y todo por la traición de Cuauhpopoca, que es vuestro súbdito, y así he resuelto que entretanto viene ese traidor y se le impone el castigo que merece, os llevaré a mis cuarteles, donde permaneceréis bajo mi guarda.

Moctezuma se puso pálido; pero a poco, acordándose que era rey, encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:

—¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio para rendirse prisionero en manos de extranjeros?

Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:

—¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.

Todos entonces pusieron mano a la espada o al pomo del puñal.[6] Cortés los contuvo.

Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—Vamos —dijo Marina que le había explicado, aunque suavemente, las amenazas de los españoles.

Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.

VII

Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos. Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era Cuauhpopoca, el mismo que había matado a los soldados españoles y derrotado a Juan de Escalante.

La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y a poco salió y entró con la misma pompa al palacio de Axayácatl, donde Cortés tenía todavía sus cuarteles.

Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste, cabizbajo y vestido de una grosera túnica de henequén.

—Cacique —le dijo Cortés con voz terrible—, ¿eres tú súbdito de Moctezuma?

—¿A qué otro señor podía servir? —contestó el cacique.

—Basta con eso —contestó secamente Cortés; y dirigiéndose a los soldados, les dijo—: Atad a esos paganos y preparad las hogueras. Las flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de leña. Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes y a poco diez y siete hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera había

uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba enfrente de su hijo.

Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar en el horrendo suplicio.

Cortés se dirigió entonces a la pieza donde estaba Moctezuma.

—Monarca —le dijo con acento feroz—, mereces la muerte; pero quiero castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia cometida con los españoles. Soldado, ejecuta la orden que te he dado.

Un soldado que había seguido a Cortés, se acercó a Moctezuma y le puso bruscamente un par de grillos en los pies.

Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al rey y salió del aposento.

Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las hogueras. Se oía el crujido de las carnes y de los huesos que se tostaban. Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.

Los españoles con el arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano, presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos, deformes, negros, calcinados.

VIII

A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de todos fue la llegada de Pánfilo de Narváez a Veracruz.

Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la guarda de Moctezuma y de la ciudad a Pedro de Alvarado, Tonatiuh (el sol), como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro de su rival. En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta, que llamaban Texcalt, en memoria de la traslación del dios de la guerra al templo mayor. Se dirigieron a Tonatiuh, quien les dio licencia, con la

condición de que no llevasen armas ni hiciesen sacrificios humanos.

Cosa de seiscientos nobles concurrieron a la ceremonia, ataviados con sus más ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y areitos, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados a la alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta soldados armados.

—¡Tonatiuh cae sobre nosotros; Tonatiuh nos mata! —exclamaron varias voces. Todos echaban a huir y querían salir; pero eran recibidos por las picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos mataban a diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre corría y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los españoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos de la nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo a sus cuarteles. Toda la población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta a acabar con sus asesinos.

IX

Hernando Cortés, después de haber vencido a Narváez, hécholo prisionero e incorporado a sus tropas, regresó a México y salvó a Alvarado, que estaba ya a punto de sucumbir.

Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacían salidas, barrían con la artillería a las masas compactas de indígenas, que volvían a cerrase y a cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más furor. Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían frenéticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles volvieron a encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados a los ídolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban a desconfiar, a murmurar contra su capitán.

Cortés requirió a Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y cesara la guerra.

—¿Qué tengo que hacer yo con él, Malinche? —respondió despechado, dejándose caer sobre sus almohadones.

Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y Olid interpusieron su influjo y le persuadieron a que se mostrase y hablase a su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje real, y subió al baluarte o piso principal del palacio, y se dejó ver en la parte más saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su monarca, cuando cesó el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra. Hubo un silencio profundo. Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse, que manifestarse el amigo de los españoles, que interceder por ellos. Esto cambió súbitamente al pueblo; su furor redobló, y le gritaron con rabia:

«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo momento».

Un noble azteca, vestido fantásticamente como un ave de rapiña, se acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al rey. Ésa fue la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la nuca por una piedra, cayó desmayado en la azotea.

X

Moctezuma fue recogido por dos soldados del terrado del cuartel y conducido a su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como su señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una venda que le habían puesto, y buscó un arma con qué acabar con sus días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores físicos y morales que le atormentaban, y a poco cayó en un abatimiento sombrío, sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios, que se habían abierto para pedir únicamente la muerte a los dioses, y no volvió a proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para que recibiese el bautismo.

En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vio llevar en brazos, muerto al parecer, al rey, su rabia cambió en pavor. Los oficiales que habían tirado sobre él arrojaron las armas, otros se prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida, se fue dispersando lentamente por las calles.

Cortés se dirigió a Olid. «La muerte de Moctezuma —le dijo—, ha llenado de miedo a estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra».

Olid convocó a todos los oficiales, y mientras quedaban unos a la guarda de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.

El consejo fue tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave que va a naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día o de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir una mirada fiera a los más insolentes oficiales.

En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el astrólogo, levantó la voz: «Señor capitán —dijo—, os anuncio que os veréis reducido al último extremo de miseria; pero después tendréis grandes honores y fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá ser de noche».

La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple soldado.

—Saldremos esta noche precisamente —dijo Cortés—. Haced, pues, vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habéis tenido para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que queráis; pero cuidado, que podréis ser víctima del mismo peso del oro que carguéis.

Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al tesoro; y encontraron el oro amontonado en el suelo, comenzaron a llenar sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.

XI

En la tarde, el horizonte se fue nublando gradualmente, y una masa de nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.

Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho, más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie a su derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un odio profundo.

La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad, descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron a caer en los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y entraban instantáneamente por una ventana estrecha a dar un lívido color al triste cuadro que presentaban el emperador y sus caciques, esperando silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.

El padre Olmedo dijo una misa, a la que asistieron todos los capitanes y soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y a las doce de la noche del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y su indómito valor.[7]

XII

—¿Qué haremos con los prisioneros? —preguntó uno de los oficiales a Cortés.

—Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta empresa, que quede con vida el que ha sido el rey de estos idólatras, ni ninguno de los que se llaman nobles o caciques.[8]

Tonatiuh con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y a intervalos por una hoguera de ocote medio apagada.

—Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y echadlos por la azotea a la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos estorben el paso.

Los indios se estremecieron y quisieron huir; ¿adónde? Se pusieron en pie y esperaron la muerte resueltamente. El emperador apenas levantó la cabeza.

Los soldados sacaron los estoques y comenzaron a herir a todos los que allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas.[9] Concluida la matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.

CUAUHTÉMOC

I

LOS TRES REYES

Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable Noche Triste, se comenzó a notar en los barrios de la ciudad una horrorosa enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso de cuantas plantas benéficas conocían, y de cuantos sortilegios les sugería la superstición y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían en el cuerpo las unas a las otras, como los botones de una pifia, y en breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro ardiendo hubiesen los verdugos marcado a la víctima. La mayor parte morían a los cuatro o cinco días devorados por una fiebre ardiente, y dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que como el primero y más funesto presente de Europa, regalaba a la raza indígena, un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narváez.

Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron a elegir emperador, y recayó el mando en su hermano Cuitláhuac, bravo joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la matanza que hizo Alvarado en el templo mayor, y vencido a Hernán Cortés, arrojando a los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un gran ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de Tlaxcala, fue atacado de las viruelas y murió después de un corto reinado. Igual suerte le tocó al rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores fúnebres que eran de costumbres. La población estaba verdaderamente consternada.

A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los últimos combates, debió Cuauhtémoc su elevación, y fue elegido emperador. Era hijo del rey Ahuízotl y de una princesa heredera del señorío de Tlatelolco. Tenía de 20 a 23 años; era gallardo y bien proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban a la vez que una dulce melancolía una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera, negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la raza noble del Nuevo Mundo. A las funciones de general del ejército reunía Cuauhtémoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le mirasen como una divinidad.

La noticia de su elección voló de boca en boca por toda la tierra mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades, la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.

Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que parecían repentinamente animarse y devorar a los que pretendían poner el pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba una gran pirámide orientada a los cuatro puntos cardinales, y una escalera casi vertical de cien escalones conducía a la plataforma. Cerca estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de la guerra.

Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío, manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante. Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos. Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas columnas de

humo oloroso. Después la nobleza y al último sobresalía, como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo emperador de los aztecas, con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra o diadema real de los emperadores aztecas. A su derecha iba Cohuanacoxtzin, rey de Texcoco, y a su izquierda Tetlepanquetzal, rey de Tlacopan.

A los tres reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles, tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y por las barbas largas y espesas, que daban a su fisonomía un aire imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía danzar a los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey o puntas de pedernal. Así fue subiendo las difíciles gradas del templo toda la numerosa concurrencia, hasta que llegó a la plataforma. Los prisioneros se colocaron en dos hileras a los lados de la piedra de sacrificios. Los tres reyes entraron al templo de Huitzilopoztli, cuya fisonomía deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.

Los sacerdotes desnudaron a los reyes, los vistieron con una especie de túnica (xicolli) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se les cubrieron con un velo verde. Así se acercaron al dios, y los reyes comenzaron a incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los reyes vistieron de nuevo sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban Tlacochalco, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer penitencia.

El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación de un nuevo rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los españoles, cuando vieron aproximarse a los terribles sacerdotes, se estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes. Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron a la piedra

convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y las manos. El sacrificador, con una navaja de obsidiana le hizo una profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano profunda y sacó entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la víctima, y entró a ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros desbarrancaban el cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero se hizo con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados a las provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los oficiales aztecas: «Estos son los hijos del sol». Sus cabezas fueron clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse a Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias religiosas, se dirigió a su palacio, y allí con los reyes, los senadores y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.

—El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan a hacernos de nuevo la guerra —les dijo—, y yo, el día que he recibido la corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los extranjeros.

Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo y juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.

A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la ciudad. El emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles, ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se hiciese un gran acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó embajadores y oficiales a todas las provincias, con proposiciones de paz y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía para arrojar a los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y esclavos. En poco tiempo el reino, abatido y casi al perecer, volvió a cobrar ánimo y se dispuso a recibir resuelta y valientemente a los enemigos.

II

EL SITIO Y EL ASALTO

Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente a chocar, y de este choque debería resultar un río de sangre humana donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana; el carácter de acero de Cuauhtémoc, contra el carácter de fierro del capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban a entrar en acción y en un combate a muerte.

Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido de la artillería, ni los presagios, intimidaron el ánimo fuerte de Cuauhtémoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste ni los riesgos y aventuras de la empresa… Era la lucha nunca vista en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de la cordillera del Anáhuac.

El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del nacimiento del Salvador del mundo del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus fuerzas de la república de Tlaxcala y se dirigió rumbo a México. El día último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de 86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes 3 cañones gruesos de fierro, 15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la república de Tlaxcala había puesto a sus órdenes y 20 o 25 mil cholultecas y huexotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se aumentaron a 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio formal, y finalmente el asalto de la ciudad. Cuauhtémoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron o vencidos antes por los españoles o defeccionaron por el influjo de Ixtlilxóchitl, bravo y terrible auxiliar, que fue, como se dice, el brazo derecho de Cortés en esta guerra. Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando el agua de Chapultepec,

impidiendo la entrada de víveres y atacando las calzadas para penetrar en la ciudad. Fue a los cinco meses de su llegada a Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Coyoacán al centro, la mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en Ixtapalapa, la confió a Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de la marina, pero después lo confirió a Rodríguez Villafuerte. La fuerza naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa de 16 000 canoas.[1]

El primer combate de importancia fue en las aguas. Cortés pasó en un bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se levantaba solitario e imponente en medio de lago (el Peñón Viejo). Un alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín, desembarcó con la tripulación y comenzó a subir por el escarpado cerro. Gruesas piedras rodaban arrastrando a los asaltantes, y las flechas y otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y mataron a todos los soldados, perdonando a las mujeres y a los niños que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable. Cuando Cortés volvió a bordo, el lago estaba cubierto de canoas tripuladas por los mejores guerreros aztecas que avanzaban remando resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron a pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se cogieron prisioneros fuero ahorcados en los palos y en la jarcia de los bergantines que se retiraron a su fondeadero, balanceándose entre las brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.

Cuauhtémoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés, que tenía acampadas sus tropas a la intemperie, resolvió dar un asalto, y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se organizaron, y Cortés, pie a tierra, se puso a la cabeza de la infantería. Atacadas sucesivamente por los

españoles las fortificaciones aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado de Tlatelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto, repentinamente se escuchó la corneta terrible de Cuauhtémoc, que sonaba desde lo alto de un teocalli. Los mexicanos, como la avalancha de un volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitaban sobre los enemigos, pelean cuerpo a cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan a los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una masa sangrienta y confusa de hombres, empujada por otra, caía en el lago, y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza irresistible. Cortés fue cogido por seis guerreros y derribado por tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo al emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros y trabajes logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.

En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subían las gradas sangrientas del templo para ser enseguida sacrificados. En la noche se encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.

Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en la mano estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá tendrían igual suerte que sus compañeros.

Cuauhtémoc permanecía grave, callado, triste quizá, en lo alto de su palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho Cortés. La guerra no estaba concluida con esta derrota. Cortés estaba vivo, y la hambre y la peste devoraban ya a la ciudad. Los cadáveres estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas discurrían a los pocos días de esta victoria como sombras en las calles, arrancando las cortezas de los árboles, cazando a las sabandijas para mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.

Los grandes y negros ojos de Cuauhtémoc se humedecieron un momento: su corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles a quienes Cortés había enviado a rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor, nuestros dioses y nuestra ciudad». La guerra y el hambre continuaron.

Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con auxilio de nuevos aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la ciudad, al menos de los escombros.

Un día Cuauhtémoc vio desde la torre del templo de Tlatelolco su ruina; pero su ánimo no desfalleció ni un momento.

Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La artillería las batía primero, y después los aliados con grandes maderos acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos, los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subían a los cielos. El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba a intervalos los lamentos. Cuauhtémoc personalmente salía a combatir y a contestar la destrucción: los soldados, sin fuerzas por el hambre y la sed, se arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción. Así que con los escombros se llenaron los canales, y Cortés concibió que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería, emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtémoc recibió nuevas propuestas de paz, y resuelto a defenderse hasta la último extremidad, no contestó sino con atacar de nuevo a los enemigos. Tomados los templos y los palacios y destruida en su mayor parte la ciudad, se retiró al barrio de Coyonacazco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la Papantzin, llevando a la princesa su mujer y a los reyes de Texcoco y Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García de Holguín, que mandaba el más velero de los bergantines, dio caza a la canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtémoc en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó prisionero. «Haced de mí lo que queráis, pero respetad a la princesa», dijo a Holguín, y subió sereno y arrogante a la nave española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y a la hora de vísperas, fue llevado ante el conquistador el último emperador de los aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles fenómenos de

la naturaleza. Esa noche comenzó a soplar un violento huracán, el viento del infierno, como le llamaban los aztecas. Los edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran arrancados, y el lago furioso se salía de su seno, inundaba los barrios, y sus olas venían a estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos alumbraban a la ciudad desolada, a los muertos sangrientos y los templos derribados, y después todo volvía a entrar en la oscuridad y el silencio. Cortés y Cuauhtémoc permanecieron mudos y aterrados ante esas fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.

III

EL TESORO Y EL TORMENTO

Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró a Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliadas, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas a montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtémoc, a quien tenía prisionero en Coyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar a la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona tomó la demanda por su cuenta.

—¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente? —dijo a Cortés antes de saludarle.

Cortés fingió no comprender nada y preguntó fríamente: «¿Qué se dice?».

—Se dice —prosiguió Alderete con firmeza y encarándose a Cortés—, que vuestra merced, de acuerdo con el Guatemuz, ha ocultado los inmensos tesoros de la corona azteca, y que…

—¡Por Santiago! —exclamó Cortés como buscando una arma—; yo cortaré la lengua a quien tal diga.

—Vos podéis cortar la lengua a vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España —contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una

profunda reverencia.

Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad:

—Lo que se dice en efecto es grave; ¿pero qué hacer para acallar esas murmuraciones?

—Hay un medio que os justificará a los ojos de vuestros soldados y de su majestad. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega sujetadlo al tormento, y en último caso mandadlo ahorcar.

—No, nada de eso —contestó resueltamente Cortés—. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta a ella.

—Se cumple la palabra que se da a un castellano, pero no la que se ofrece a un infiel y a un bárbaro. Acordaos del martirio de los sesenta y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.

—No —replicó Cortés secamente.

—Como gustéis —dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose—; pero acordaos de que un amigo os ha venido a tender una mano cuando estabais en el borde del abismo. Perderéis vuestra gloria y vuestra conquista, y apareceréis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.

Cortés se puso pálido, se mordió los labios y volviendo las espaldas dijo:

—Os entrego al Guatemuz, hacer con él lo que os agrade.

Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden a los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que debían dar al infortunado prisionero.

Llamaron al conciliábulo al maestre Juan que era el médico, a Murcia que era el boticario, al barbero Llerena y a otro llamado Santa Clara, y dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron a la habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron a Cuauhtémoc y al rey de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos unos maderos.

—¿Adónde está el tesoro de los emperadores? —les preguntó Alderete. Cuauhtémoc vio aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba,

sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba a las interpelaciones de Alderete, el cual, furioso con este desprecio, ultrajó con palabras soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los reyes, los ataron fuertemente a los maderos, y el barbero comenzó a bañarles los pies con aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas encendidas.

—Señor, ¿no veis cómo sufro? —gritó retorciéndose el rey de Tacuba.

—¿Estoy acaso en un lecho de rosas? —contestó con firmeza el emperador azteca.

El rey de Tacuba se fortificó con esta heroica resolución de Cuauhtémoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron a murmurar contra Alderete.

—No os canséis —dijo Cuauhtémoc—, que el que ha resistido la hambre, la muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como una débil mujer: el tesoro de los reyes de México lo he hundido en la laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontraréis jamás.

El padre Olmedo, a quien se había llamado para exhortar y amonestar a los reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo a poco en compañía de Cortés.

El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas, dirigió una mirada terrible a los verdugos, y dijo con un acento que no admitía réplica: «Desatad a esos hombres y conducidlos con cuidado a su habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando».

El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de los emperadores aztecas parece que le cuida todavía.

IV

LOS TRES AHORCADOS

El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto a castigar severamente al infiel capitán.

Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos de sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundían con todo y jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías encrucijadas. Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías que le condujesen a su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.

Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como siempre a su lado a Cuauhtémoc y a los dos reyes de Tacuba y Texcoco.

Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un pueblecillo que nombraban Izancaxac. No había más que unas cuantas chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del templo, y los reyes se alojaron a poca distancia en una choza de palmas. El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.

Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el sueño, y se levantó y escuchó que los reyes platicaban alegremente, procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal, le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su espada, pero al sacarla reconoció a Cristóbal Mexicalcin.

—¿Qué quieres a estas horas? —le dijo severamente Cortés.

—Señor, los caciques y Cuauhtémoc tienen urdida una trama infernal: vos y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.

—¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos perros —exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las ruinas penetró en la choza donde estaban los reyes, Cerván Bejarano y Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido despiertos, se lanzaron detrás de él.

—Llamad —les dijo— al padre Varilla. Voy a ahorcar a estos bárbaros que han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.

Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero vio los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era más que una esclava.

Cuando Cuauhtémoc fue sacado de la cabaña por los soldados que Cortés había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increíble y le dirigió la palabra. «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios te pedirá cuenta de mi muerte».

Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del rey, y lo mismo hicieron con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.

Eran las tres de la mañana del segundo día de carnaval del año de 1525. La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se retiró cabizbajo y pensativo a su aposento. Allí permaneció un momento fijo y de

pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de locura, de arrepentimiento quizá, midió a largos pasos la estancia y salió con la espada desenvainada a cortar los lazos corredizos donde pendían los cuerpos de los reyes. Era ya tarde: Cuauhtémoc y el rey de Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.

Al abandonar el pequeño ejército de Cortés al día siguiente el solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.

LA SEVILLANA

I

LA TEMPESTAD

En una hermosa tarde del mes de octubre del año de 1550, una barca pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera. Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso personaje vestido con un largo gabán o pelliza oscura, y un sombrerillo arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el piloto hizo señal a los remeros de que bogaran más despacio, y se dirigió al hombre gordo.

—¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos a Cádiz o al Puerto de Palos?

—Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos.

El hombre gordo se puso en pie, sacó de un estuche de vaqueta un anteojo, lo graduó a su vista y se puso a registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió a sentar en la barca y le dijo al piloto:

—Adelante, Antón, porque no tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.

—¿Qué horas son? —preguntó el piloto.

—Las cinco —contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.

—Pues a las seis o a las seis y media tendremos una tempestad. La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un viento caliente como si viniese del desierto de África, y en el horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas volvieron a tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la superficie de las aguas.

Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió a ponerse en pie, a tomar su anteojo y a registrar el horizonte; y volviéndose después al piloto le

dijo:

—Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?

—Digo, mi señor don Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo, lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la última escalera de las aguas, o yo no me llamo Antón de Peralta: pero antes que nosotros lleguemos a la Covadonga, y la Covadonga al puerto, ya soplará recio, y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan llegar a los arrecifes.

—¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?

—Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas amarillas, sin que a poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros borrasca desecha. Mirad.

El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que naturales, formadas o arregladas de intento. Las ráfagas de viento caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.

—Ni una sola vez, cuando el cielo está así a la hora de ponerse el sol, ha dejado de haber tempestad —dijo el piloto—. Si tenéis grande interés en hablar a la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser machucados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo con una bota de tinto, en vez de exponerse a que los pescados se cenen el vientre de vuesa merced.

—Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruiz de la Mota, tiene ya sus barruntos de que el rey mandará un visitador con cartas y provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes. Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.

—Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar a la Covadonga, que el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su oficio.

—No, no, Antón —dijo el hombre gordo—; tampoco a mí me gustan ni esas nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla

caliente a poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, a tomar un trago de vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.

Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa a Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol, combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde parecía que comenzaba o se apagaba un incendio; el viento irregular soplaba por intervalos al sur y al sudeste, las ondas se iban bordando de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.

—Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca —dijo el piloto.

—Al puerto, bogas, al puerto —dijo don Jerónimo—, y tendrá cada uno un tonel de vino.

Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella cáscara de nuez que se hundía y volvía a aparecer entre la espuma como si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo. Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el piloto y los bogas saltaron a tierra llenos de agua y de sudor. La Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la tempestad que había estallado al entrar en el puerto.

En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas, moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro, despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro, el viento nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban y chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban a estrellarse y a hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el embarcadero.

La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua ni la fatiga, ni el cansancio, estaba fijo y mirando las maniobras de la embarcación.

Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz a proa y tiró un cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil pedazos.

II

DOÑA BEATRIZ

La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez a los arrecifes, estuvo a pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa dio fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, a pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento a otro vendría a la costa; y se aprestaban a dar todo el socorro posible a los náufragos. Don Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto, y volvió a la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento a otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.

El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco a poco fueron disminuyendo, de modo que a medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon a la nave española.

No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos a que nos referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así, en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y uno de los primeros que subió la escala fue nuestro conocido don Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y el personaje distinguido a quien buscaba.

—Viene nada menos —contestó el piloto—, que un visitador; pero su esposa ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada o tal vez muerta en la cámara.

Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su mirada fue a una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular palabra ni moverse en algunos minutos.

Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable a una mujer española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la admiración de don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la cámara,

y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de abandono, todo cooperaba a aumentar la belleza de esa mujer.

Cuando don Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al personaje que estaba cercano a esa Venus que parecía que había dormido entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.

—Señor —dijo—, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy encargado por mi primo Jerónimo Ruiz de la Mora, de ofreceros mi casa, mi persona y mis servicios.

El visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena, de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba a su fisonomía un aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin contestar a don Jerónimo se acercó con afección a la dama desmayada, le compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el corazón, y después le acarició suavemente la frente.

—Es sólo un desmayo —dijo dirigiéndose al hombre gordo—. El temporal ha sido fuerte, y hemos estado a punto de naufragar. Los peligros y las aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más a propósito…

—Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que se portó ayer muy bien, pues salí con ella a encontrar a la Covadonga, y de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de hablar con…

—El licenciado Vena, visitador de México.

—Por muchos años —contestó inclinándose el hombre gordo—; y su señoría dispondrá lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se incorporó. Nueva admiración de don Jerónimo. Aquellos grandes ojos negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo se mordía los labios, mientras el licenciado envolvía en unas ropas a la encantadora mujer que había llegado a las Indias en medio de la más deshecha tormenta.

III

EL VISITADOR

El licenciado Vena y doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron en la casa de nuestro don Jerónimo, que era un rico comerciante y que aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía a los empleados y personajes influyentes que llegaban de España a la colonia.

Doña Beatriz volvió a caer en un desmayo al llegar a la habitación; pero los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía don Jerónimo, y más que todo, una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron a la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación desde donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al licenciado Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

—Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! Creo que si pienso más en ella me volveré loca.

El licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar. Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo al través de la luz.

—No sé por qué —dijo—, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me cierre el corazón.

—Todo esto pasará, Beatriz —le contestó el licenciado saliendo de su distracción y procurando poner un semblante muy afable—. Dentro de pocos meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.

—Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría…

—¿Estar con tu marido, acaso? —repuso violentamente el licenciado.

—Con mi marido no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una garantía segura de que nunca volveré ni a mirarle. Una sevillana ama, pero no perdona.

Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.

—Bien, bien —dijo Vena—, no hay que traer a la memoria recuerdos amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

—¿Traes tus cartas y tus provisiones? —le preguntó Beatriz.

—Precisamente las cartas del rey, no; pero bastan por ahora las instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar…?

Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el ayuntamiento quería felicitar al visitador y ponerse a sus órdenes. En menos de media hora el licenciado y doña Beatriz salieron elegantemente vestidos a la sala a recibir a la concurrencia.

Los miembros del ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata. Una comisión del comercio que llegó después, le presentó a doña Beatriz,

en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas a otras, y cada persona llevaba al visitador o a su esposa un objeto de valor o alguna curiosidad. Terminó la ceremonia, y el visitador y Beatriz pasaron al comedor, donde nuestro grueso y buen don Jerónimo tenía dispuesta una suculenta mesa.

Un correo se despachó a México avisando que el licenciado Vena, con cartas y provisiones del rey, muy importantes y secretas, había llegado a Veracruz, y dentro de pocos días pasaría a la capital.

En esa época era virrey don Antonio de Mendoza, hombre que poseía la confianza de la corte, que había gobernado perfectamente la Nueva España y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron a Cortés más de una ocasión en el ánimo del soberano; así, la llegada de un visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto a la audiencia, era otra cosa. Los oidores quizá no tenían tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero que trataron y convinieron entre sí, fue ganarse la confianza y protección del personaje.

IV

LA AUDIENCIA

Vena y doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas jinetas. El camino fue una perpetua ovación. Los caciques, los justicias, los vecinos principales salían a recibir a los nobles personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado a México se alojó en una de las casas principales que los oidores le habían preparado, y a los tres días le mandaron respetuosamente pedir sus provisiones para darles cumplimiento.

El licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no había traído las provisiones, porque el virrey Velasco que estaba para llegar, las tenía, y entonces serían vistas y cumplidas por todos los vasallos de su majestad.

La audiencia se dio por satisfecha: llamó al licenciado Vena a sus estrados, le dio asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando cuenta e instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes, procurando inspirarle una resolución favorable.

Las horas en que el licenciado acabada esos importantes quehaceres las empleaba en su casa en recibir a las personas más distinguidas. Los encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la visita le llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y perlas para doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el visitador a México ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México; pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El licenciado Vena la tranquilizaba y le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y se embarcarían en la misma Covadonga que aún no se daba a la vela.

Un día, como de costumbre, el licenciado se fue a los estrados de la audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que avisaba que el virrey don Luis Velasco había llegado.

Al escuchar esta noticia el licenciado se puso pálido, y un ligero temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y él tuvo tiempo de reponerse.

—Qué me place —les dijo—, que el buen don Luis haya llegado, y sin la tormenta que a mí me trajo a tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré a encontrar al virrey y a

tomar las cartas y provisiones que me traerá, para que podamos continuar la visita para bien de su majestad y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al visitador, y despidiéronse de él

cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le tenían enteramente de su parte.

El licenciado salió de la audiencia precipitadamente, se dirigió a su casa y entró buscando a Beatriz.

—¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo? —le preguntó Beatriz.

—Más me valiera haber muerto —contestó el licenciado—. Corremos un gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.

V

LOS AZOTES Y LA LOCA

Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar violentamente el correo a Veracruz para que preguntara al nuevo virrey lo que había.

Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que a su salida de España la corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así ese licenciado Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que él no traía para tal personaje cartas ni provisiones algunas.

Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como ellos, burlados y robados por un miserable!

El virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fue víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló a los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.

Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de marcharse al licenciado Vena y a la linda sevillana, y los trajo a buen recaudo a México. El licenciado fue encerrado en la cárcel; la dama en una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les habían regalado, devolviéndose a sus dueños.

En breves días se instruyó la causa, y el licenciado Vena fue condenado a diez años de galeras, y a recibir antes cuatrocientos azotes.

La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó a ver la entrada solemne de la noble e interesante pareja, llenó las calles y los balcones para presenciar la cruel ejecución.

Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.

El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Ésta es la justicia que el rey manda hacer en el licenciado Vena, por embaidor, por embaidor.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de complacencia. Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al suelo, y

algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina una hermosa mujer apareció, encontrándose frente a frente con el azotado. Abrió los ojos, llevó la mano a los cabellos, y empujando a la multitud corrió por las calles dando lastimeros gritos. El licenciado la miró espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

La historia no dice si el licenciado Vena murió en el suplicio o fue al fin llevado a galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.

Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que a las doce de la noche se aparecía la sevillana y corría por las calles dando gemidos tan dolorosos, que partían el corazón.

ALONSO DE ÁVILA

I

PRÓLOGO. LA CONFESIÓN

En una noche oscura y lluviosa de fin de julio de 1564, víctima el virrey don Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba una aguda enfermedad, entregaba su alma a Dios. A ese mismo tiempo, y entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un manojo de rayos de luz que fueron a iluminar las espesas y mojadas barbas del que tocaba.

—¿Quién es el imprudente que turba a estas horas el reposo de este convento, y qué quiere? —preguntó desde adentro el lego portero con visible mal humor.

—Su paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al muy reverendo padre fray Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.

—Eso es otra cosa, Pero —dijo el lego—, y todo lo que sea para la salud de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece que llueve fuerte.

El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de ellas en la chapa, y en pocos momentos el rechinido de la enorme puerta anunció que el criado de don Fortún tenía expedita la entrada del sombrío e inmenso monasterio.

—No hay que perder tiempo —dijo el lego, acomodando en la cintura el manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz rojiza—; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español, no hay que dormirse ni que perder tiempo.

Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron a la celda de fray Domingo, tocaron, y al escuchar el reverendo padre el nombre de Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca o sayal negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa del moribundo y penado caballero.

Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas tendido en su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de escapularios. Luego que fray Domingo entró, todas las mujeres que asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon a su derredor y le besaron la mano. El reverendo mandó apagar algunas de las velas y retirar a todas las rezanderas.

—Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? Os creía, al contrario, muy aliviado… quizá Dios todavía hará un milagro —dijo fray Domingo acercándose a la cama del enfermo.

—¿Traéis los santos óleos? —respondió el enfermo con una voz trabajosa.

—No; y a fe que no os cría tan grave, y quizá…

—Dios me ha permitido —interrumpió el enfermo— que viva el tiempo necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del infierno. Bendita sea su divina misericordia.

—Confiad en Dios —replicó fray Domingo; y quitándose su negra capa, arrimó junto a la cama un tosco sillón y se dispuso a oír la confesión del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y se acercó lo más posible al confesor.

—¿Creéis que su divina majestad me perdonará? —preguntó el enfermo después de haber confesado sus culpas.

—Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios perdona los más grandes pecados.

—¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco que Dios me ha dado en esta tierra?

—Seguramente —contestó fray Domingo—. Todo eso es grato y meritorio a los ojos de Dios.

—Es que —continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya de la garganta— tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.

—No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de Dios, que es infinita —interrumpió el padre con entusiasmo—. Vamos, no hay que tener empacho ni vergüenza a la hora de la muerte. Decid, depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.

El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en voz muy baja.

—¡Jesús! —exclamó fray Domingo dando involuntariamente un salto del sillón—; ¿y todo ello es verdad?

—Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de, comparecer ante la presencia de Dios.

—Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo —y en esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.

—¿No me absolvéis? ¿Me cerráis las puertas del cielo? ¿He de morir así como un hereje, sin esperanza ninguna? —dijo el enfermo con las lágrimas en los ojos.

—Es verdad, es verdad —dijo fray Domingo—; pero os absuelvo con una condición.

El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras. Después con toda solemnidad le dio la absolución, y apenas hubo tiempo, pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado, sus ojos se cerraron y su alma voló a la eternidad.

Fray Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el moribundo, apenas acertó a rezarle las últimas oraciones de la Iglesia, avisó a los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras el reverendo salió a la sala y se comenzó a pasear hablando solo y haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había vuelto loco.

Luego que amaneció se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie salió precipitadamente a la calle, se dirigió al palacio y encontró allí una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el virrey había muerto casi a la misma hora que Fortún del Portillo.

—No hay otro remedio —dijo en voz baja fray Domingo—, sino dirigirse inmediatamente al visitador Valderrama. Y sin entrar en su convento tomó el rumbo donde vivía este célebre e importante personaje.

II

EL MARQUÉS DEL VALLE

En la época en que va a comenzar la acción del drama histórico que en compendio vamos a referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y reducido a polvo a los personajes que por un momento hemos animado en nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama muerte, y que a cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, a la víctima y al verdugo. El gran Tonatiuh había muerto desbarrancado en Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Guatemala; el conquistador don Hernán, aislado y despreciado de la corte, había exhalado como cualquier miserable su postrer suspiro en un pueblacho solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano.[1]

En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupo a los habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también a los indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante, que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya tradición era respetada de los indios mexicanos.

Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora doña Juana de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la batalla de San Quintín, regresaba a su patria a disfrutar de los honores y de las riquezas que

le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de Toluca, de Tuxtla, y a tantos bienes y vasallos reunía el título de marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquitador, y el estar enlazado con doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vio, si no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y respetable imagen.

El marqués puso además de su parte cuanto le fue posible para sostener esta reputación y esta grandeza. Su casa era a la vez un palacio y un castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas e indias nobles que servían a doña Ana con el mismo respeto que a una reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza hacían la guardia. Cuando el marqués salía a la calle lo hacía regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus habitaciones a contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al rico y poderoso marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad de México, a medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy, según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y benévolos lectores.

III

LOS HERMANOS

Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se formaban de

cabeza y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo, estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no había balcones o puertas. En el fondo había una imagen de Cristo crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía asertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de habitación profana dedicada a los saraos y banquetes.

En este salón se hallaba el marqués paseándose de un extremo a otro, con la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija le preocupaba. A pocos momentos se presentó don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la hermosa doña Marina, llevando en su ferreruelo la roja Cruz de Santiago. Detrás de don Martín Cortés se entraron silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era don Luis Cortés, hijo también del conquistador y de doña Antonia Hermosilla, y el otro Alonso de Ávila. Era éste un mancebo de cosa de veinticinco años, hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que tenía una capucha a la usanza morisca para cubrir la cabeza, un corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de terciopelo negro.

Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo, observando la distracción del marqués se quedaron en pie y guardaron silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.

—¡Hermanos! ¡Alonso! ¿Sabéis ya la buena noticia?

—Precisamente nos han dicho…

—Que la marquesa acaba de dar a luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no es verdad?

—Me habían dicho que uno sólo —interrumpió Alonso.

—Dos, por el beneficio de Dios —contestó el marqués—, y ya veremos para después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre. Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y que…

—Reales son todas vuestras cosas, marqués —interrumpió Alonso de Ávila—, y reales las hemos de volver de tal manera, que las majestades reales queden asombradas de lo que aquí va a pasar.

—Quedo, quedo —dijo el marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando la puerta; y luego, dirigiéndose a los caballeros, continuó—: Sentaos y evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal tendréis siempre a mi fiel amigo Alonso de Ávila.

Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se sentaron a departir con la mayor confianza.

—¿Sabes, marqués —dijo Alonso—, que tengo un gran cuidado?, es decir, de los cuidados que me dan risa y que a veces tomo en placeres con mi espada.

—¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo? —preguntó el marqués.

—Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la conjuración.

—Nada es más cierto —repuso el marqués—, pero no te inquietes por eso; mi enemigo el virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia a la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal manera que ni se acuerda del asunto.

—¿Y la audiencia, sabrá algo? —preguntó el hijo de doña Marina.

—Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el oidor Ceynos cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está pasando

—interrumpió don Luis Cortés.

—Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas —exclamó don Alonso—. ¡Por Santiago! Que entre mi hermano Gil y yo acabaremos a estocadas con esos viejos pergaminos.

—Calma —contestó el marqués—, y ocupémonos del bautismo de los gemelos, porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que el padre quiso dar al rey, el hijo no lo quiere confirmar.

—No hay que perder momentos —dijo don Luis Cortés—, y sepamos cómo tienen de pasar esas fiestas del bautismo.

—En primer lugar… —contestó el marqués.

En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían favor.

Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano todo fue uno. El marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos hasta la calle de Martín de Aberraza, donde ya reñían furiosamente los dos hermanos Bocanegra y Hernando de Córdova de una parte, y Alonso de Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta de la otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento a Cervantes que había caído atravesado de una estocada. El marqués tomó la defensa de los Bocanegra, y la pendencia habría comenzado de nuevo, a no ser porque los alguaciles rogaron al marqués y a los amigos que evitasen un disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el marqués y sus hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente a la casa, y se dedicaron a discutir y fijar lo que ahora llamaríamos el programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.

IV

EL BAUTISMO

Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las que aún falta que contar.

El palacio actual fue edificado por Cortés en el mismo lugar donde estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se llamaban del Estado.

La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con dos baluartes. En la plaza que es hoy del mercado, había una construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de Coyoacán cuando venían a verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de Diligencias. Los portales de las flores, el

de la fruta y otros dos pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa. El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en las esquinas y almenas en las azoteas.

La catedral actual se comenzó a edificar posteriormente, y entonces había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina frente al castillo del marqués parece que había una torre aislada que llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de Cervantes estaba la casa de Alonso de Ávila, formada en su mayor parte con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que estaban situados a poco más o menos en donde es hoy la calle de Santa Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos a las casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el bautismo de los dos gemelos.

Él aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, Se desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fue el señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro varas de alto y Seis u ocho de ancho, por donde podía pasar todo el acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la Iglesia Mayor. Los padrinos fueron don Luis de Castilla y doña Juana de Sosa su mujer, y echó la agua a los gemelos el deán don Juan Chico de Molina. Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado a la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada a la multitud por el brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las armas.

La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados, liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros cazadores vestidos a la usanza indígena organizaron una partida de caza que divertía a todo lo más granado de la nobleza que en los balcones gozaba de la extraña novedad de

este espectáculo. En la puerta principal de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros daban de beber a todo el pueblo, que entrando al patio cortaba en seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso entusiasmado y sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se volverán a ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad, los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria, favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de esta continua orgía solían aparecer tres bustos silenciosos envueltos en negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las hienas, amenazantes miradas a la juventud alegre, bulliciosa y elegante que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño a estas tres sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible los arrebatara repentinamente por los aires.

V

LA ORGÍA Y LA CONSPIRACIÓN

Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al interior de la casa del marqués y asistamos a uno de los espléndidos banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus trozos de toro asado.

El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la pared, casi hasta el labrado artesón.

Entraron al comedor en una de esas noches, don Martín y don Luis, que eran hombres por temperamento quietos, pero que a la sazón tenían que seguir la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia que su hermano llegase a ser el rey y señor de la Nueva España. Tras de ellos fueron entrando sucesivamente don Luis y don Lorenzo de Castilla, don Lope de Sosa, don Hernán Gutiérrez de Altamirano, don Diego Rodríguez Orozco,

don Bernardino Pacheco de Bocanegra, don Fernando de Córdova y otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del marqués. Aún no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando entró éste.

—Extraña sorpresa —dijo, echando una mirada a la espléndida mesa que estaba ya puesta y aderezada.

—Seguramente es invención de Alonso de Ávila —dijo don Martín—, y no sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.

—Por Dios —exclamó don Hernán Gutiérrez—, que esta vajilla con ser de tierra no es menos curiosa que la de plata.

El marqués y sus amigos se pusieron a examinar la vajilla que por orden de Ávila se había construido, y era toda de barro tan primorosamente labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituido al de plata del marqués que se hallaba distribuido en los aparadores, con excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona, y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa en que debía sentarse el marqués del Valle.

Cada uno decía algo a propósito del servicio indígena, cuando se presentó un paje que habló al oído del marqués y salió inmediatamente.

—Por mi fe, caballeros —dijo el marqués—, que no sé lo que Ávila tiene dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos sentemos a la mesa, y debemos obedecerle.

Todos los caballeros que hemos mencionado, el deán Chico de Molina y otros más que habían entrado tomaron sus asientos y comenzaron a comer y a catar los ricos y exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas del palacio.

Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y casi al instante fue entrando al comedor el emperador Moctezuma, los reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con tal propiedad, que si don Hernán hubiese resucitado, trabajo le habría costado reconocer a los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de Ávila desempeñaba el papel del emperador azteca y sus amigos el de los reyes y nobleza mexicana.

Saludaron al marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus vasallos, le reconocieron como a su único y legítimo soberano. El fingido Moctezuma puso en el cuello del marqués un sartal de flores y de joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del marqués y de la marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de laurel, y luego en coro

toda aquella loca y alegre mascarada azteca dio un grito diciendo: «¡Oh! ¡Qué bien les están las coronas a vuestras señorías!».

Acabada esta ceremonia se incorporaron a los convidados y se sentaron a comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las conversaciones no tuvieron freno.

—No hay que perder un momento más —dijo Ávila—; días y semanas han transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.

—Al infierno con ellos —interrumpió Gutierre.

—¿Todos son de los nuestros? —preguntó don Luis de Castilla.

Alonso de Ávila se levantó, recorrió uno a uno a los convidados, y luego volvió a sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la familia del marqués.

—¿Por fin se ha convenido en algún plan? —interrogó Nuño de Chávez.

—Está definitivamente fijado, y voy a explicarlo en dos palabras, pero con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de México.

Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en el palacio. El marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos y dijo a su compadre Castilla que estaba junto de él:

—Es todo una chanza, un juego, una diversión de mis amigos…

—Veamos el plan —dijeron varios.

—Silencio —dijo Ávila—, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de la Iglesia sobre el que revele a los enemigos una sola palabra de lo que aquí va a decirse.

Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su espada.

Alonso de Ávila hizo sentar a los convidados, y él en pie comenzó a hablar:

—Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van a ver perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas veneran la memoria del conquistador y aman al marqués; la juventud y la nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales cosas contamos,

¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la dependencia de España? Hagámonos señores de la tierra que nuestros padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos a todos esos virreyes, oidores y visitadores que vienen a poner el pie en nuestros cuellos. ¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!

Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón, y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con estrepitosos aplausos.

—Aún no he concluido —gritó Alonso de Ávila así que se hubo restablecido el silencio—. Todo está fijado para el día de San Hipólito mártir, en que sale del palacio la procesión del Pendón. Se está construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío estará como el caballo de Troya, preñado de soldados, y también meteremos unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la esquina de esta casa donde está la torre, don Martín descenderá como para atacar a los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal o a la plaza. Una campanada del templo mayor avisará a los hombres de armas que tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte a don Luis y a don Francisco de Velasco, a los oficiales reales y a todas las personas que se opongan a la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del palacio el licenciado Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y a ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y a todas las oficinas para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.

Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus frentes ya ardorosas por el licor.

—¿Tendremos miedo? —preguntó fieramente Alonso de Ávila encarándose con los convidados.

La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la escena.

Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el marqués.

¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y retirados del centro de la ciudad?

El deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del marqués, diciéndole: «¡Qué bien que le está a la cabeza de vuestra señoría!».

—Chanzas, chanzas todas —dijo el marqués dirigiéndose de nuevo a su compadre don Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la cabeza, la llenó de vino y bebió.

—A las chanzas pesadas —dijo don Luis de Castilla, y bebió también.

El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron a caballo y formaron una rica y costosa Encamisada recorriendo y alborotando la ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con alcancías, que eran unas bolas de barro rellenas de harina o ceniza.

De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué, un ligero calosfrío.

VI

LOS OIDORES

Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la ciudad volvió a su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque desapareció de la plaza, y la casa del marqués era únicamente visitada por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Ávila. Su hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una encomienda.

Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores, que eran en ese tiempo el doctor don Francisco de Ceynos, don Pedro de Villalobos y don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la audiencia, que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas daban a los sucios albañales que había donde después se construyó el mercado y la Universidad.

—Supongo que todo lo sabéis —dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas, despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.

—Todos los fieles vasallos de su majestad hemos presenciado el escándalo de los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra —dijo Orozco—; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y a los encomenderos y a los mismos indios de su parte? Nosotros realmente somos impotentes y estamos odiados.

—No hay más remedio que ahorcarlos a todos —interrumpió Villalobos.

—Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así, y

salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo —contestó el doctor Ceynos—. Desde que el reverendo fray Domingo de la Anunciación me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del marqués y de los Ávila, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de Villanueva.

—Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído a esos insolentes borrachos que se regalaban en casa del marqués; pero repetimos,

¿cómo hacerlo?

—Voy a decirlo; y si tenéis valor, fe en la justicia y amor a nuestro soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo contrario, un día u otro seremos asesinados.

—Seguiremos la suerte de nuestro presidente —dijeron los dos oidores.

—Ha llegado un navío a Veracruz con pliegos de España.

—Lo sabemos.

—Pues no hay más camino, sino llamar al marqués hoy mismo a la audiencia, diciéndole que el rey manda que ciertos pliegos se abran en su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.

Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta audacia.

—Y le degollaremos en seguida, lo mismo que a todos los demás. Aquí tenéis la lista de los conjurados, todos deben reducirse a prisión en un mismo día y a una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.

—¿Tenéis gente dispuesta? —preguntó Villalobos.

—Poca, pero decidida y bien pagada —contestó Ceynos— y además cuidan del lance enemigos personales de los Ávila, de los Bocanegra y del marqués; no nos faltarán.

—Entonces manos a la obra —respondió Villalobos— y no hay que pensarlo mucho.

Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste o ajeno de la celada que se le tendía, o demasiado confiado, acudiera inmediatamente.

Luego que se presentó en la sala le ofrecieron con mucha cortesía un asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.

Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:

—Mandad lo que deba hacerse.

El doctor Ceynos se volvió resueltamente al marqués, y le dijo con voz amenazadora: «Daos preso por el rey».

—¿Por qué tengo de ser preso? —contestó don Martín levantándose de su asiento y mirando a las puertas.

—Por traidor a su majestad —replicó Ceynos.

—¡Mentís! —interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano a su estoque—; yo no soy traidor al rey, ni los ha habido en mi linaje.

Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y fiera en el marqués, e hizo seña a los soldados que se acercasen.

El marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte, entregó sus armas.

—Un momento —dijo—, y estoy a vuestras órdenes.

Retiróse a un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una plegaria. Fue la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de comer a un número de presos ese mismo día de cada año. El marqués fue llevado a una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por Ceynos.

A la misma hora fueron aprehendidos don Martín y don Luis Cortés y todos los convidados alegres a quienes hemos conocido en el magnífico comedor de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal, el deán Chico de Molina, que fue reducido a una estrecha prisión en la torre del arzobispado.

VII

LOS DEGOLLADOS

El 3 de agosto de 1566, víspera de Santo Domingo, a las siete de una oscura y lúgubre noche, una comitiva fúnebre se dirigía a la plaza mayor. Alonso de Ávila iba montado en una mula con unos grillos en las manos; estaba vestido de negro, y una ropa o turca de damasco pardo, con gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en el cuello. Su hermano Gil González, ajeno a la conspiración, como hemos dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, precedía muy de cerca a los presos.

Junto a las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de paño negro, y alumbrado con la trémula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba la

gente de la audiencia, y al derredor la población entera, amigos y enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombríos el desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Ávila subieron al tablado. Alonso confesó allí ser cierta la conspiración, con palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las últimas oraciones no terminaban cuando el verdugo levantó en el aire su terrible hacha, la que zumbando trozó la cabeza del apuesto y gallardo joven, y lo mismo pasó con el inocente Gil González, quedando aquel paño fúnebre humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del marqués del Valle.

Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres, a la luz de un opaco cirio, a la iglesia de San Agustín, y las cabezas amanecieron al siguiente día clavadas en unas picas en lo alto de los torreones de la Diputación.

DON MARTÍN CORTÉS

Mandaré decapitar

a todos los sospechosos, con suplicios espantosos haré a México temblar.

RODRÍGUEZ GALVÁN, Muñoz

I

LA FLOTA

En alguno de los artículos anteriores hemos dicho que la entrada de un barco al puerto de Veracruz, que era el único por donde se hacía el comercio en la Nueva España, era un acontecimiento. La llegada de las flotas que comenzaron a venir con regularidad desde 1561, llenaba de júbilo a los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto territorio por telégrafo, como hoy, pero sí por medio de correos indígenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de manera que podemos considerarlos como los telégrafos humanos; y difícilmente en cualquiera otro país del mundo las comunicaciones han de haber sido tan rápidas y tan seguras como en México desde el tiempo de los reyes aztecas, que tenían sistemado de una manera notable el servicio de los correos.

Luego que a todo escape llegaba el correo a las poblaciones con la noticia de que la flota había llegado con toda seguridad a Veracruz, el corregidor, subdelegado o justicia mayor del pueblo, se vestía con todo el lujo posible, el ayuntamiento se reunía en cabildo pleno, el cura aseaba y llenaba de

gallardetes y de cirios la iglesia, y los comerciantes y labradores salían llenos de júbilo de su casa y se reunían en la plaza a referirse mutuamente las noticias que sabían, ya de la salud de los reyes, ya de las aventuras que habían corrido los barcos en una tan larga y peligrosa navegación, ya de las mercancías que tenían que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se repicaban a todo vuelo, y los viejos vinos de España circulaban con profusión entre los buenos y honrados mercaderes. El día era de holgorio y de completa alegría. En México, por supuesto, todo se hacía con más pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse, temblaban a la llegada de cada flota; porque las provisiones de la corte no siempre eran conformes con los deseos de los que aquí gobernaban.

La alegría en la época a que vamos a referirnos fue mayor para la generalidad de los habitantes de México, aunque al mismo tiempo inspiró el más grande sobresalto a la audiencia y a sus partidarios, que como hemos visto en la narración anterior, habían mandado degollar a los hermanos Ávila, y tenían reducidos a prisión y encausados al marqués del Valle y a la mayor parte de los nobles y caballeros ricos e influyentes de la ciudad.

Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo general don Pedro de las Roelas había llegado a Veracruz con la Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto personaje, que era nada menos que don Gastón de Peralta, marqués de Falces, nombrado virrey de la Nueva España.

Los amigos del marqués que veían su vida en peligro no economizaban ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga o embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose a Veracruz con el fin de trasladarse a España.

Al tiempo que la flota llegó, dos jóvenes amigos del marqués y de los Ávila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para Campeche, se dieron a la mar y abordaron antes a la Capitana, logrando ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.

—¿Qué noticias me dais del reino? —les preguntó el marqués, pasadas las ceremonias y saludos de costumbre.

—No podemos darlas muy buenas —dijo uno de ellos quitándose con sencillez y respeto el sombrero—. La tierra toda anda revuelta, y los oidores han ultrajado a la mitad de la nobleza, han degollado a los Ávila, que eran los

jóvenes más apuestos y más queridos de México, van a degollar al noble marqués del Valle, y van a degollar a los Bocanegra, y van a degollar a Castilla, y van a degollar a los Sotelo, y van a degollar al deán Chico de Molina, y van a degollar a doce padres de San Francisco y a dos de Santo Domingo, y van…

—Esos monstruos —interrumpió el marqués— van a degollar a toda la Nueva España; pero ¿es cierto? ¿O tratáis de burlaros del virrey?

—¡Dios nos defienda! —dijeron los dos muchachos—; nosotros somos mercaderes que hacemos viajes a Yucatán, y no nos atañen ninguna de estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Ávila y sabemos todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es muy posible que también los oidores quisieran…

—Degollarme a mí también, ¿no es verdad? —interrumpió el marqués retrocediendo un paso.

—Salvo el parecer de su señoría —contestó el más atrevido de los muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.

Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la conversación, dio una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al marqués.

—Creo —le dijo— que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo quizá estos muchachos dicen la verdad: será mejor que permanezcáis a bordo hasta recibir mejores noticias.

—Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa —les dijo el marino, y los despidió.

El marqués de Falces se quedó efectivamente a bordo, y allí recibió cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el reino. Al cabo de seis días se decidió a ponerse en camino para México, adonde no llegó sino después de un mes, acompañado de veinticuatro alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.

II

DE LO VIVO A LO PINTADO

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, tercer virrey de México, era hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y estaba dispuesto a perdonar cualquier falta que sus descendientes hubiesen cometido.

Cuando llegó a México, los oidores, asustados con su propia obra tenían la artillería abocada contra la ciudad, tercios armados recorrían los barrios, y la policía vigilaba hasta las acciones de los muchachos que andaban en la calle. Todas las noches temían que estallase una nueva conspiración y que ellos corrieran la misma suerte que habían deparado a los simpáticos jóvenes a quienes degollaron.

Don Gastón mandó retirar inmediatamente la artillería y las guardias, comenzó a conocer en todas las causas pendientes, calmó la cólera de la nobleza y volvió a los ánimos de los moradores su perdida tranquilidad.

El proceso del marqués del Valle se seguía por los oidores con actividad, el fiscal Céspedes de Cárdenas pidió la confiscación de los bienes, el virrey la negó; pero el miedo, que los hacía más crueles, los inclinaba a sentenciarle a muerte. El marqués del Valle, el hijo más querido de Cortés, podía ser degollado frente de la Diputación, en el mismo patíbulo que los Ávila.

Don Gastón recibió, al sentarse a la mesa, informe del estado de las causas; no acabó de comer, sino que se retiró silencioso y pensativo a su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llamó a su secretario Gordián Casasano.

—Id a la prisión del marqués con esta orden, sacadle de ella y traedle a mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.

El secretario volvió antes de una hora con un hombre embozado hasta los ojos en un ferreruelo negro. Era el marqués del Valle.

—Don Gastón —dijo conmovido—, jamás mi casa olvidará lo que os debe.

—Guardad, marqués, para otra ocasión esos cumplidos —le contestó el virrey tendiéndole la mano—, y tratemos de concluir definitivamente todos estos enojosos procesos. ¿Sabéis que los oidores os condenarán a muerte?

—Me habrían ya degollado, a no haberlo impedido tan oportunamente el noble don Gastón.

—Es verdad, marqués, es verdad; esos hombres están sedientos de sangre.

Han condenado a muerte a don Luis Cortés.

—¡Villanos! —dijo el marqués exaltado—; el más inocente, el mejor de los hijos de mi noble y valiente padre. ¡Pero eso no es posible!

Don Gastón sonrió tristemente y contestó al marqués:

—Todo es posible en esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy a hacer en este momento me puede costar la vida, o cuando menos el virreinato. No importa. Quiero salvar el nombre histórico de los españoles. Tres viejos miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patíbulo a los hijos del capitán más grande que ha tenido la Europa. Os salvaré…

—Don Gastón —interrumpió el marqués del Valle—, os explicaré…

—Nada tenéis que explicarme… traidores no los ha habido en vuestro linaje, vos lo habéis dicho… tampoco quiero obligaros. Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de español. Firmaré la sentencia de don Luis, pero en revisión será condenado sólo a la confiscación y a servir a su costa diez años en Orán. En cuanto a vos, partiréis para España en la flota de Juan de Velasco. Si el rey os mata allá, morid como cristiano y como caballero, que el rey sabrá por qué mancha su manto con la sangre del que dio a Castilla el vasto reino de Nueva España: si os perdona, buena pro os haga. Todo está dicho, y ni una palabra más.

Don Gastón tocó la campanilla y el secretario entró.

—Iréis a casa de los oidores y los traeréis al palacio, diciéndoles que el servicio de su majestad los llama inmediatamente.

El secretario salió y el marqués del Valle y el virrey quedaron platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las cosas de España.

Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqués del Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisión.

—No podemos tratar ni hablar —dijo Ceynos indicando al marqués—, mientras una persona que debía estar en la prisión se halla en…

Don Gastón tomó todo el aire resuelto e imperioso de quien tiene fijada en la conciencia una resolución irrevocable.

—El virrey sí puede hablar, y hablará pocas cosas, pero serán decisivas — dijo encarándose, y sin darles asiento—. La sentencia de muerte de don Luis está firmada, pero en revisión sólo tendrá la pena de servir diez años a su costa en Orán, y quedará confirmada la confiscación de sus bienes.

—Su señoría reflexionará —murmuró Ceynos…

—He reflexionado ya, señor licenciado Ceynos —contestó el virrey secamente; y continuó:

—El marqués del Valle saldrá para España donde continuará su causa, y uno de vosotros le custodiará hasta entregarle al comandante de la flota. ¿Lo entendéis? Y vuestra cabeza responde de la seguridad del prisionero. Id con Dios.

—Señor virrey —dijo Ceynos—, yo no me encargaré por todo el oro de las Indias, de conducir a un preso semejante. Sus muchos partidarios nos atacarían en el camino y nos matarían.

—Ni yo —dijo el otro oidor.

—Ni yo —interrumpió el tercero.

—Entonces yo me encargaré —dijo el virrey—, y ya veréis de qué manera.

—Marqués del Valle —continuó—, vos saldréis de México el día que yo os diga, os embarcaréis en la nao de Felipe Boquín, llamada la Esterlina, iréis a San Lúcar de Barrameda o a otro puerto de España, y a los cincuenta días os presentaréis al consejo de Indias, avisándome de todo esto por los primeros navíos de la próxima flota. Dadme la mano y prestad pleito-homenaje ante mi secretario Gordián Casasano y el caballero de Calatrava don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.

—Señor virrey —dijeron los oidores—, el reo se fugará sin remedio; protestamos que…

El marqués del Valle, lleno de enojo quiso contestar al inicuo Ceynos, pero el noble don Gastón le contuvo, y dijo con una dignidad y una admirable firmeza: «Príncipes, galeras, fortalezas y oficios se entregan a caballeros con pleito-homenaje. Id con Dios, señores oidores, y sabed que con el marqués va también don Luis su hermano y el deán Chico de Molina».

El virrey saludó con dignidad a los oidores y dijo a su secretario Gordián: acompañad al marqués a la casa y hacedle los honores debidos. Los demás presos fueron puesto en libertad al día siguiente; la ciudad quedó tranquila.

El virrey siguió después ocupándose con afán de los asuntos de la colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde mandó pintar la batalla de San Quintín, en la cual había tal número de figuras que según las gentes decían, pasaban de treinta mil.

Los oidores furiosos escribieron cartas a España acusando al virrey de complicidad con los conjurados y diciendo, que tenía treinta mil hombres para alzarse con la tierra, y otras muchas calumnias de esa especie, al mismo tiempo que procuraron, por medio del soborno, que los despachos que el mismo virrey remitió a España, fuesen robados y no llegasen por consiguiente al conocimiento de Felipe II. Todas las gentes, al ver la mudanza que se originó en el reino, se deshacían en elogios al virrey, y decían comparándole con la audiencia. Esto sí que es de lo vivo a lo pintado; pero los oidores, cuando platicaban entre sí regocijándose del triunfo que iban a obtener en la corte, decían también: todos los soldados que ha mandado pintar don Gastón en el palacio, los hemos considerado como de carne y hueso en el informe que hemos dado a España. Esto sí es verdaderamente de lo vivo a lo pintado.

III

EL VISITADOR MUÑOZ

Felipe II, alarmado con las noticias que recibió de la audiencia de México y con el silencio de don Gastón de Peralta, le removió del virreinato y mandó de visitadores a los licenciados Jarava, Carrillo y Muñoz. Eran tres fieras y no tres hombres; Jarava murió afortunadamente durante la navegación. Carrillo y Muñoz llegaron a México repentinamente. Don Gastón de Peralta, sorprendido de las bruscas disposiciones de la Corte, levantó una información y se retiró a San Juan de Ulúa.

El licenciado Alonso de Muñoz era hombre de más de 65 años; alto, seco, acartonado, de color de aceituna, de ojos torvos y hundidos, de una boca tosca y antipática; sus facciones todas salientes y duras sus barbas gruesas como las cerdas de un jabalí, y que le salían en desorden por toda la cara hasta cerca de los ojos, lo hacían parecer más bien un animal feroz que un ser humano; todo, en fin, revelaba su altanería, su crueldad y su orgullo.

Luego que descansó un par de días se presentó en la audiencia, y toda la hostilidad que los oidores hacían al buen marqués de Falces, se convirtió en bajeza y adulación tratándose de Muñoz.

—Mil perdones tenemos que pediros humildemente —le dijeron—; quizá el alojamiento no ha sido digno de una tan grande persona.

—Yo no he venido aquí a alojarme bien o mal, sino a castigar a los traidores. ¿Qué habéis hecho para defender el trono de nuestro monarca Felipe y para atajar la cobardía, o quizá también la traición de ese virrey débil?

—Señor, nosotros degollamos…

—Ya lo sé; degollasteis a dos mancebos calaveras. ¡Gran cosa, vive Dios!

Pero no tuvisteis valor para degollar al marqués y a sus hermanos.

—Señor…

—Ya veréis; vengan acá esos papeles que llamáis procesos, y esta noche temblará México.

El secretario, sin poder andar de miedo, y con la boca seca de manera que no pudo responder una palabra a las diversas interpelaciones de Muñoz, llevó unas resmas de papel escrito que contenían las causas que les habían instruido a los conjurados con motivo del bautismo de los gemelos del marqués del Valle.

Muñoz caló unas grandes gafas, tosió estrepitosamente hasta hacer estremecer la sala; hizo recorrer los estoques y armas contra su acerada cota

de malla interior, para dar a conocer que a todo estaba prevenido, y comenzó a hojear las causas. Durante una hora ni las moscas turbaron el silencio.

—Que entre el fiscal Sande —dijo Muñoz después de cerrar los legajos

con una especie de cólera. El fiscal Sande entró.

—Cobardía, infamia, traición, eso es lo que saco en limpio de estos papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras cabezas.

Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso a escribir.

—¿Qué escribís, Sande? —le preguntó Muñoz.

—Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y leerá, pues creo haber adivinado su intento.

Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia. Cuando Sande acabó presentó a Muñoz lo que había escrito.

Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la noche.

—Se decreta —dijo Muñoz— la confiscación de bienes del marqués del Valle, de don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra, de Nuño Chávez, de Luis Ponce de León, de Agustín de Soto mayor, de Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todos éstos quedarán reducidos a una estrecha prisión.

—Volved la hoja —le dijo el fiscal.

Muñoz volvió la hoja y preguntó al secretario de la audiencia:

—¿Tendremos cárceles bastantes para más de doscientas personas?

—Con perdón de su señoría, después de los que se hallan en prisión, apenas habrá para veinte.

—Entonces, sin dilación, es menester construir todas las prisiones que sean necesarias. Serán estrechas, incómodas, y se colocarán en los lugares más malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de regalar a los traidores a su rey. ¿Me entendéis? Quiero que tengan fama en la historia, y que todos se acuerden en México, dentro de dos siglos de los calabozos de Muñoz.

Muñoz se levantó, y sin quitarse la gorra ni saludar, salió de la audiencia.

En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada, recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por los corrales, todas las

casas designadas, y arrancaron de su lecho y de los brazos de sus esposas a las víctimas, secuestrando la ropa, los papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.

Amaneció el día siguiente, y la consternación y el llanto se veían en todos los semblantes. Nadie se atrevía a hablar, y todos temblaban cuando veían pasar a los siniestros satélites del visitador de México.

Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hirió a las más principales y nobles familias, Muñoz fue el dueño y el árbitro de la ciudad de México. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerró en su habitación sin dejarse hablar ni ver más que por sus secuaces. Las causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.

El día 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gómez de Victoria y Cristóbal de Oñate. Esa noche ninguna de las familias de los presos durmió, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios a los santos para que libertasen de la muerte a sus deudos.

El ayuntamiento, entretanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la llegada del visitador y la justicia que hacía en nombre del rey.

El día 9 recorrió las calles una fúnebre procesión. Dos nobles ricos y principales caballeros, don Baltasar y don Pedro de Quesada, atados de pies y manos, en sendas mulas, aparecían custodiados por numerosos y feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detenía y gritaba con toda la fuerza de sus pulmones: «Esta es la justicia que manda hacer su majestad a este hombre, por traidor; mándanle degollar por ello; quien tal hace que tal pague». Llevados de este modo hasta el centro de la plaza pública (donde hoy están los jardines) el verdugo les cortó la cabeza.

Diego Arias, Baltasar de Sotelo, Pero Gómez de Cáceres, Juan Valdivieso, Antonio Ruiz de Castañeda, y García de Albornoz, fueron sacados violentamente, de noche, y conducidos a Veracruz para ser embarcados para España. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas sumas de dinero, que a título de sueldos se repartían Muñoz, Carrillo, los oidores y los demás satélites del tirano. Carrillo firmaba todo lo que Muñoz decretaba.

La consternación y el miedo se cambió en rabia. Aseguran las tradiciones que una buena parte de la gente principal se reunía en un barrio que se llamó por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que había (donde hoy es la imprenta de don Ignacio Cumplido) conspiraban, resueltos a matar a Muñoz,

a Carrillo y a los oidores, y a liberarse a toda costa de la más horrenda y sangrienta tiranía.

IV

EL TORMENTO

Martín Cortés, actor principal después de su hermano en este sangriento drama, era el mejor y más amable de los hombres. Hijo de la hermosa Marina y del conquistador don Hernando, por un error de la naturaleza no había heredado ni la fortaleza y brío personal de su padre, pero sí la melancolía y la dulzura de la raza indígena, representada en los ojos, en la fisonomía, en las maneras de la mujer más bella y más célebre que pueda registrar la historia. Débil, extenuado, enfermizo, condescendiente por carácter, fiel y amante con su hermano, había seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado como un hidalgo a sufrir heroicamente todas las consecuencias. Ya que el marqués había escapado, Muñoz quería vengarse en el hermano.

Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos referido, en el interior de las casas reales tenía lugar uno de esos actos bárbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.

Don Martín Cortés había sido condenado a sufrir el tormento de la agua y de los cordeles, y los españoles pagaban así en el hijo los servicios que la madre había prestado en la obra laboriosa y difícil de la conquista.

A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que había padecido, fue llevado a la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era húmeda y sombría, pues recibía una escasa luz por una alta ventana guarnecida con gruesas barras de hierro.

Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por donde pasaban las cuerdas y unos tomos para apretarlas.

Don Martín, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente a sus verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron gradualmente para arrancarle una declaración.

No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos, muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el torniquete hasta el punto

que las cuerdas se le entraban en la carne y los dedos de los pies estaban a punto de arrancársele.

En esto entraron don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla don Antonio Morales, pues siendo don Martín caballero del hábito de Santiago, conforme a los estatutos de la orden debían asistir dos caballeros al suplicio.

Don Martín volvió indignado la vista hacia el obispo, y nada contestó. Entonces Muñoz, que desde la puerta vigilaba la ejecución del tormento,

mandó que se le echase un jarro de agua.

Nada dijo tampoco don Martín. Muñoz ordenó otro jarro de agua.

Don Martín estuvo a punto de ahogarse, e hizo, a pesar de su debilidad, un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.

Muñoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.

Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada a Muñoz y al obispo.

—Otro jarro de agua —gritó Muñoz.

Con esfuerzo, porque don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar a pesar de tener una trabilla que se lo impedía.

—Confesad —le dijeron los verdugos.

—He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir —dijo el desgraciado.

—Otro jarro de agua —gritó Muñoz.

—Puede morir —observó el verdugo.

—Otro jarro, otro jarro, y aunque muera —replicó Muñoz.

Otro jarro fue administrado en efecto, pero el infeliz don Martín moría, y con voz desfallecida exclamó: Ya he dicho la verdad, y por el sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí que me muera.

El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndole muerto, suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado a su prisión. Algunos días después don Martín fue condenado a destierro perpetuo de todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la península, donde murió a poco tiempo a consecuencia de sus martirios y pesares.

V

LA JUSTICIA DEL REY

La tiranía de Muñoz no conoció ya límites desde que empuñó definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido desde entonces para España, si el rey, escuchando las muchas y justas quejas de sus vasallos de México, no hubiese puesto un remedio. Los licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que había dispuesto y mandado a Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con amplias facultades para remediar todos los males que a causa del gobierno de Muñoz aquejaban a la Nueva España.

El martes santo entraron secretamente a la ciudad, con sus cartas y provisiones que mostraron únicamente a la audiencia; pero los oidores estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisión de notificar a Muñoz la cédula de su majestad.

Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.

Muñoz, para darse más importancia y para hacer alarde de un acto de hipócrita devoción, se había retirado a pasar la semana santa al convento de Santo Domingo, y en la iglesia había mandado poner un alto tablado con un dosel de terciopelo carmesí, todo recamado de oro, un sitial y un cojín. Allí asistía a los oficios y ceremonias, rodeado de una compañía de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos e influyentes entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres o cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una manera extraña. Acabados los oficios, Muñoz atravesaba con una estudiada gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda a pensar a quiénes robaría los bienes y a quién encerraría en sus inmundos calabozos.

Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse la alma a las espaldas, y el miércoles santo muy de mañana, acompañados del secretario Sancho López de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron en el convento. Encontráronse con el paje del servicio, pero rehusó formalmente despertar a Muñoz, por más instancias que le hicieron; así, tuvieron que esperar más de una hora hasta que otro paje se resolvió, y de puntillas y vacilando, como quien a cometer un crimen, avisó a su amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendían besarle la mano. Muñoz despidió al audaz paje con una torva mirada, y no se dignó contestar.

Pasó otra media hora, y entonces Muñoz se vistió e hizo entrar a su dormitorio a los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones antiguos,

de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo galoneados de oro.

Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortésmente, y como se

acostumbraba, preguntaron por su salud.

—La noche fue mala —contestó Muñoz sin darles asiento ni quitarse la gorra— y la salud no es buena; pero sería mejor si gente atrevida e importuna no viniese desde la madrugada de Dios a turbar el sueño y el descanso en días tan santos y tan solemnes.

Estas palabras encendieron la cólera de los oidores, que se cubrieron al instante la cabeza. Muñoz quería levantarse a reprenderles sin duda, pero le hicieron una señal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era el más resuelto, sacó del seno la privisión real, y dijo con firmeza:

—Señor secretario, leed esta cédula y notificadla al licenciado Muñoz. Agurto, alentado y colérico también, tomó el papel, se acercó al visitador,

desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenzó a leer. A los primeros renglones Muñoz se quitó la gorra; a los segundos recogió sus piernas y se puso en una postura decente; a la mitad de la cédula perdió el color; al fin de ella el hombre estaba tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes había sido soberbio, altanero y cruel.

—Señor Muñoz —le dijo Villanueva—, están sonando las ocho en el reloj del convento. Dentro de tres horas saldréis de la ciudad.

—Asistiré a los oficios —murmuró Muñoz, queriendo ganar un poco de tiempo.

—Dentro de tres horas —repitió Villanueva.

—Dentro de tres horas —dijo Puga.

—¡Dentro de tres horas! —gritóle Agurto, y los tres, seguidos de su alguacil, volvieron la espalda a Muñoz, y sin saludarle salieron de la celda.

Muñoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran degollar, recogió el oro que pudo, y disfrazado, a pie, sin custodia ninguna y acompañado sólo de Carrillo, que era su favorito, abandonó por la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran las once en el reloj, y tomó el camino de Veracruz.

Cuando los reverendos padres entraron a la celda a ofrecerle sus servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y ropas y muebles en desorden. El visitador se había marchado, y difundida la noticia en un momento, la ciudad se llenó de júbilo, y las gentes salían de sus casas como si se hubiesen repetido las espléndidas fiestas del marqués.

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, que estaba, por falta de un buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muñoz el viaje de mar. Una sola vez trató Muñoz de saludarle y de trabar conversación con él, sin embargo de las esperanzas que tenía de que su conducta fuera aprobada.

—Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra —dijo el de Falces con dignidad— con un asesino y con un hombre vil. Si mis palabras os mortifican, os haré la merced, llegando a España, de daros razón con la punta de mi espada. Muñoz devoró el insulto, pensando vengarse más adelante.

Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del rey. Falces fue muy bien recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retiró a su casa contento y satisfecho.

Cuando llegó su turno a Muñoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo saludó, ni alzó siquiera la vista para mirarle. Muñoz comenzó a hacer la relación de sus servicios y de sus méritos. Felipe se levantó entonces, le miró fijamente, y le dijo con enfado: «No os envié a las Indias a destruir, sino a gobernar», y volviéndole las espaldas, se retiró a otro aposento.

Muñoz quedó petrificado como una estatua; a poco pudo moverse, y salió de los aposentos reales. Con dificultad llegó a su casa, vacilante y como ebrio, y apenas acertó a cerrar la puerta para que nadie le viese.

Al día siguiente, los pajes que entraron a servirle el desayuno le encontraron muerto, sentado en un sillón, con una mano en la mejilla y la fisonomía descompuesta y hundida; parecía la de un cadáver que después de una semana se hubiese sacado de la tumba.

Así se cumplió la justicia de Dios y del rey.

FRAY MARCOS DE MENA

PRIMERA PARTE

Lo que vamos a referir sería para novela exagerado, y sin embargo es exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos años a las polvosas librería de los conventos, tiene episodios que darían materia para escribir muchos y divertidos volúmenes. Conocida y popular, si se quiere, es la historia de los conquistadores españoles, pero están olvidadas las aventuras verdaderamente románticas de los muchos religiosos que, movidos del espíritu evangélico y de esa rara heroicidad de convertir a la fe cristiana a los idólatras, no conocían ni distancias, ni temían a las tormentas, ni les asustaba ningún género de peligro, y cuando les sobrevenían algunos de esos contratiempos tan comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por todas partes de peligros, todo lo referían a Dios, y morían, no con el indómito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila serenidad del verdadero creyente que ve en su última hora abiertas las eternas y diamantinas puertas de los cielos.

Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver más de una vez a este tema, porque las flotas que de la península española venían a México y regresaban, eran las más veces o el principio o el fin de sucesos importantes o de raras aventuras.

Cincuenta años después de la conquista, el comercio era ya muy activo en México, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua, y cada cierto periodo los comerciantes de todas las ciudades españolas ya fundadas, se reunían y emprendían con sus criados, y muchas veces con sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que después han sido célebres, comenzaban a derramar sus raudales de plata, y aunque La Santa Hermandad había limpiado los caminos de ladrones, los aventureros que venían en busca

de la fortuna, y funcionarios de la corona que eran enviados de España, o regresaban, atravesaban los caminos seguidas de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y a veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo este movimiento se aumentaba con la llegada o con la salida de una flota del puerto de Veracruz.

A mediados del año de 1553 una flota estaba para darse a la vela. La Capitana era el navío de mayor porte, ya armado en guerra, o ya perteneciente a la marina real. Además de la Capitana había siempre otros barcos con algunos cañones y tropa, y ellos servían de custodia a todos los buques mercantes que se reunían para hacer entonces una larga e incierta navegación, ya porque así sucede siempre en barcos de vela de muy poco porte, y ya también porque los marinos españoles, aunque atrevidos y resueltos, no conocían como hoy se conocen con tanta precisión las corrientes, los cayos y los arrecifes de que está sembrado todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por demás en la cruel estación del invierno.

Quizá en ninguna otra época como esta vez bajó tanta gente a Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de cuatro mil personas, que tenían por principal objeto comprar, vender y cambiar mercancías. Los que tenían conocimientos se alojaron en las casas, gozando de esa franca hospitalidad española, que tan generosamente sabían dar a sus amigos los comerciantes de Veracruz, regalándolos con excelente pescado y con los más exquisitos vinos. La gente de menos relaciones y valía formó barracas y campamentos en las afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.

Durante el día, el calor devorante mantenía a todos los huéspedes dentro de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas mansas comenzaban con un monótono ruido a lamer aquellas arenas de fuego, y cuando la brisa arrojaba, por intervalos esas ráfagas perfumadas y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo comenzaba a animarse y a tomar un aspecto de alegría y de movimiento. Las luces se encendías en todas las barracas, y comenzaba la música, el baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada anunció que sólo esperaba un buen viento para darse a la mar. No hemos podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún autor hemos leído el nombre de Corso; pero poco interés tiene esta indagación histórica para lo demás de nuestra narración.

Después de esperar varios días amaneció uno hermoso y despejado; a poco sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron a levantar, las velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían estado sombríos y tristes, balanceándose junto a Ulúa con el impulso de la marea, parecía que repentinamente se transformaban en una alegre y blanca parvada de aves marinas.

La agitación en el puerto fue sobre toda ponderación. Más de mil personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose a caer en el agua saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron a despedirse a los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y caricias y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se interesen por su suerte.

Entre las personas que había en la playa casi todos fijaron su atención en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda, como si fuese a asistir a un baile, la garganta y los dedos de sus manos llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era ella, morena, de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó, separando imperiosamente con la mano a los que le estorbaban el paso, a una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en pie y saludaron, saltando algunos a tierra para despejar el campo y ayudarla a embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dio resueltamente un paso, a pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza a uno de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle la dama se sentó en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán». La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los obligaban a guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo se esparció la voz de que

aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta, podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron a bordo de las naves esa idea supersticiosa y la comunicaron a los demás pasajeros.

El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco a poco y una tras otras fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas rojizas del crepúsculo.

En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que regresaban a México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros iban cinco religiosos, que eran fray Hernando Méndez, fray Diego de la Cruz, fray Juan de Mena, fray Juan Ferrer y fray Marcos de Mena, todos del convento de Santo Domingo de México.

Mientras que navegan los bajeles rumbo a La Habana, tenemos que decir dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado nuestra atención.

La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en Veracruz, se llamaba doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones e influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en Tecama.

En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de plata, tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían a todas las festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se contaba la de don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y principal, medio calavera y guapo, que portaba

siempre, como la mayor parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fue muy amigo del marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores. Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra a la casa del encomendero de Tecama no eran muy inocentes, y además los hijos que Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las leyendas, no veían de buen ojo a doña Catalina. Sea de esto lo que fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los años de 1550 a 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó con sus conjeturas y sospechas.

Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni ninguna otra visita había llegado, doña Catalina llamó a un negro esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba Francisco, nombre común que se ponía a los africanos en México, y era de toda su confianza.

—Te voy a hacer un encargo —le dijo—; y a ningún otro lo haría más que a ti, porque sé cuánto me quieres.

—Yo querer mucho mi ama —contestó el negro—; mi ama mandar y Francisco dar vida y todo por ella.

—Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento, no digas ni una sola palabra.

El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror a los habitantes, se quedó callado.

—Toma —le dijo doña Catalina dándole un puño de monedas de plata—; quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te necesito, y puedes retirarte.

Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro, conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su ama.

—Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.

—Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera bobada. Cuando don Bernardino Bocanegra esté de visita, tú estarás pegado a la puerta del zaguán, no dejarás entrar a nadie si yo no te lo mando, y cuando yo te lo diga abrirás prontamente y dejarás salir a Bocanegra. ¿Has entendido?

—Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.

—Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto, nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de confesar nada.

El negro prometió de nuevo a su ama que haría cuanto le tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la cárcel y darle tomento por solo abrir y cerrar la puerta de la casa de su ama.

Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa exactitud las órdenes de doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta, Francisco inmediatamente decía:

—Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.

Apenas doña Catalina le hablaba cuando Francisco, listo, abría la puerta a don Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención y le recordaba el tormento, era que su amo don Juan Ponce de León entraba a su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que don Bernardino Bocanegra salía a las dos o las tres y a veces a las cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:

—Dormir dos, pues dormir o platicar tres.

Una noche, poco después de las doce, doña Catalina salió al corredor y gritó a Francisca con una voz visiblemente temblorosa y cortada: «Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por la calle». Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden, abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió a cerrar, diciendo:

—Calle sola y negra.

—Abre, pues, a don Bernardino.

Francisco abrió y don Bernardino salió embozado hasta los ojos y vacilando como si hubiese bebido vino.

—Don Bernardino emborrachar —dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó a un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la imagen de una virgen, y notó que era sangre.

—Dar tormento a Francisco —dijo espantado el negro—. De tres, morir uno. Ama no, don Bernardino no. Amo Ponce sí —y sin poder articular una palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.

La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura. Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio desnuda,

con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.

—Mira, esclavo de Lucifer —le dijo blandiendo el estoque—, si gritas o si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por el contrario, si me obedeces te daré dinero, mucho dinero.

Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó a la escasa luz del farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.

—No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy a decir.

Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.

—El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y que a ti te han herido.

—No herir a mí.

—Sí; lo verás —dijo doña Catalina, y le rajó con el estoque una mejilla.

El negro dio un grito y llevó la mano a la cara.

—No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.

La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó efectivamente.

—Bien —dijo doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna—. Ahora lo demás —y esto diciendo, se dirigió a la puerta, la abrió un poco y se asomó a las espesas tinieblas de la noche, comenzando a dar gritos y a pedir el favor de la justicia.

En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se podía, a las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.

Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que antes de media hora los gritos de doña Catalina habían sido escuchados, y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban a la puerta.

—Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor, favor, señores! —gritó doña Catalina; y como hemos dicho que su traje era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se apresuraron a favorecerla y a creer cuanto les dijese. Entraron a la casa y encontraron en el

descanso tirado a Francisco en un charco de sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron a la recámara y encontraron en la cama a Juan Ponce de León cosido a puñaladas y nadando en sangre. Una espada y un estoque tirados en el suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.

Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro; pero habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron de pronto al cargo y responsabilidad de doña Catalina, que como dama hermosa y principal, fue tratada con las mayores consideraciones.

Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, doña Catalina y Dios.

¿Riñeron Ponce y Bocanegra, o entre el amante y la dama mataron al marido? Eso fue lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.

Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión en la ciudad, doña Catalina vistió de luto a todos los criados, y ella se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su cortada, quedó en la casa por súplicas de doña Catalina, obligado sólo a presentarse a la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron a hacer pesquisas, y durante muchas semanas todo fue inútil.

Ocurrióle al alcalde que dio auxilio a doña Catalina, preguntar por Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso no se le había vuelto a ver en la calle. Diose orden de prenderle, y no se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar nada se le dio tormento, y durante él confesó lo que había pasado con relación a la puerta, pero nada más. La justicia comenzó a obrar con actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican a los poderosos, doña Catalina, a fuerza de dinero, consiguió que terminara la causa, sentenciándola a destierro de las Indias, y a entregar diez mil pesos a cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama que con dirección a España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.

Seguramente el viaje de la flota fue en los terribles y peligrosos meses de septiembre u octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo, y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo, pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de catorce días a La Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos pasajeros, se embarcaron otros, y a las grandes riquezas que llevaban los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que poblaban entonces las islas.

Antes de salir la flota de La Habana, Farfán se entró al camarote de la dama.

—Doña Catalina —le dijo—, desde que salimos de Veracruz hemos traído un tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré más a bordo. No me obliguéis a deciros los motivos Vamos, es una idea.

Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino fue inflexible, y llegó a decirle que si al volver a la mar continuaba el tiempo malo, si ella estaba a bordo la mandaría arrojar al agua. La orgullosa mujer mandó a uno de sus negros a buscar pasaje, y en dos o tres embarcaciones le fue rehusado, hasta que a ruego de los cinco padres dominicos fue admitida en el mismo barco en que ellos iban.

SEGUNDA PARTE

Salió por fin la flota de la hermosa bahía de La Habana sin que el tiempo mejorase; dio vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador. Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía, al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente, como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, a la vez que las olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La Capitana hizo señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas

rápidas del Gulf strem, otros se quedaron con la vela mayor, y otros atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos como los alciones comenzaron a hundirse y a salir sucesivamente de los abismos que ya con el recio del viento comenzaban a formarse. El canal de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas bajas y engañosas, y el peligro era que cerrando la noche y arrastrados por las olas y el viento, viniesen los barcos a dar en algún escollo. La noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que salen del agua, o los vapores que caen del cielo; el caso es que materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda e interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La Capitana encendió un farol a popa y otro a proa, los demás barcos sólo encendieron uno a proa, y un cañonazo anunció que cada momento se aproximaba más el peligro.

La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de nubes e iluminó la superficie agitada del océano, de ese océano inmenso que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América, y las arenas abrasadoras de la costa de África. Todos los barcos habían conservado hasta cierto grado una distancia conveniente, y se podía con el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al nordeste, y era fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron a desplegar sus velas. Sólo la nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte, alarmaron a los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el viento a palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco en que iban los padres dominicos parecía visiblemente empujado a los arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa de las once de la noche el viento se desencadenó y comenzó a soplar con una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que estaban armados comenzaron a poner señales y a tirar, conforme a las ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir a los demás el peligro.

No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de los que estaban a bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños, esclavos,

y también algunos indios que en calidad de sirvientes acompañaban a sus amos a España. En la nave en que iban los religiosos dominicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que doña Catalina era el diablo en persona, o al menos la causa de la tormenta, bajaron al camarote y encontraron a la dama presa del mareo y del terror de una muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron a cubierta, resueltos a arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó a los que la conducían y corrió a buscar refugio cayendo a los pies y abrazando las rodillas de fray Marcos de Mena, que sereno, y resignado en medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los vientos.

Fray Marcos acogió con bondad a doña Catalina, con palabras suaves y persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que todos estaban entregados a la voluntad divina, y que ningún influjo maléfico ejercía doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La furia de la tempestad no dio por lo demás lugar a más conversación. Una ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta a fray Marcos, a doña Catalina y a cuantos estaban cerca, y destrozando una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen a la estrecha cámara. Allí los religiosos comenzaron a rezar, y todos cayeron de rodillas implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.

Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que gobernaran mal; el caso fue que las naos cada vez se juntaban más, y se podían oír los lamentos, los juramentos y los gritos que daban mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que parecía empujada por Satanás a estrellarse contra la de los dominicos, pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el océano se había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto a cerrar devorando la presa. Los religiosos que habían subido un momento a cubierta, lanzaron un grito de horror y comenzaron a absolver a los náufragos y a encomendar sus almas a la clemencia de Dios.

El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras fueron a embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta tremenda noche, a las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de Corso y otras cuatro o cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con destreza y energía, y se salvaron.

Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer la flota, pues así que todos los buques o habían encallado o se habían hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo, y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural. El sol del nuevo día alumbró a los náufragos que habían sobrevivido, y encontráronse a poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados, pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes, aunque mojados, y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que tocaron tierra, contamos a los cinco religiosos dominicos, a doña Catalina y a su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fue que no se encontró entre los pasajeros.

El peligro de la mar que era más próximo, no dio tiempo a que reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos, se presentó a su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado. Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras e indomables, y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta; sin embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó de pronto a la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se dedicaron a reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse

de las maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban a consolarse con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al concluir la semana, se presentó a gran distancia una numerosa reunión de indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero a medida que se fueron acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían a los náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado, fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron a tomar los pescados, y haciendo lumbre comenzaron a guisarlos y a tostarlos en las brasas, e indios y blancos en la mejor armonía se sentaron a regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo a los hombres más animosos, les dio las armas que se habían salvado, que consistían en dos ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de mujeres y de niños inermes. El general, a la cabeza de los españoles armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que encontraban, cooperaron a la defensa. Después de cerca de una hora de combate en el que todo fue gritos y confusión, los salvajes huyeron y se internaron en las selvas, dejando maltratadas a varias personas, y cargando ellos con sus heridos y muertos.

Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos comenzaron a pensar y a discutir seriamente en el partido que deberían tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta Pánuco (Tampico), que creían firmemente que estaría a tres días de camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa, les parecía el alarido fatal de los

bárbaros, y lo que querían era huir a toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron a huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y otros llevándolos a pie, sin que de nada valieran las órdenes del general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos dominicos. El maestro Agustín Dávila Padilla dice: Todos iban a pie, los más descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños sentían más el camino, y la ocasión les obligaba a que alargasen todos el paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena, y había fuego en la cabeza y fuego en los pies. Lloraban los niños, enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas, procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa para descubrirla.

Cinco o seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir a la patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el apostólico varón autor de la Historia de la provincia de Santiago de México. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron a perseguir a los desventurados tirándoles de flechazos e incomodándolos de cuantas maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos dominicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento. Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo. Trabajaban todo el día, alentaban a los cansados, consolaban a las desgraciadas mujeres, cargaban en brazos a los niños largos trechos, ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros religiosos, fue investido de autoridad por todos los peregrinos, de manera que después del general era el único a quien obedecían y respetaban. En el centro se colocaron a las mujeres, niños y ancianos, y la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes las ballestas y las armas. Los negros e indígenas mexicanos que formaban parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas

con troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban a todos servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser sorprendidos. Cualquiera, con sólo la lectura de estos renglones, en que se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas, tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad, heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo de sed; pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres que encontraban.

Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron a las orillas de un caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una manera definitiva. Llamaron a este río Bravo, y seguramente no puede ser otro más que el Mississippi; y la creencia de que una vez pasado ese río encontrarían a poca distancia el Pánuco, les dio nuevo vigor y esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor extraño, alentados por el general, y sobre todo por fray Marcos de Mena, comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas en qué atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente poniendo trampas a las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose económicamente estos recursos Los indios hacía algunos días que habían desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya muy cerca de Pánuco habrían prescindido sus enemigos de la idea de molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía, arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos a unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los diferentes servicios que habían hecho. Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían a distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los salvajes lo

habían hecho en sus canoas.

Durante dos días los enemigos se mantuvieron a cierta distancia, pero cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios, cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos a una mota de arbustos que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su cintura, y comenzaron a martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas al derredor de las víctimas, y se pusieron a bailar haciendo gestos y contorsiones diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas, sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían a cabo de un rato a comenzar su baile infernal y a atizar las hogueras, y terminado el baile intentaban cortar la lengua o los brazos de sus prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba a la vista de los peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni a moverse ni a proferir una palabra.

Doña Catalina, a quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado, durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje, aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que muchos de los que podían conservar el resto de buen humor, la llamaban la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor verdaderamente heroico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto a los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dio un diamante del tamaño de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, a cambio de las piedras preciosas, servir a doña Catalina al pensamiento, esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado Pánuco. Cuando doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en lágrimas cayó a los pies de

fray Marcos, le confesó todos sus pecados e hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes a los pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días a la penitencia y a la oración.

—Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida —le dijo con una voz suave fray Marcos dándole la bendición—. Si está determinado que suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para nosotros las puertas del cielo.

Otras muchas personas imitaron el ejemplo de doña Catalina, y aquellos buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas, estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del nuevo día vino a alumbrar este cuadro de horror y de desolación.

TERCERA PARTE

Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenía aliento ni para proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su seno a sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presas de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron a aparecer a los dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de atarlos y conducirlos al martirio los comenzaron a desnudar, y así que los dejaron como Adán los despidieron, sin hacerles otro daño. Fue una luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio de la vida, no era nada.

Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos les hicieron señas de si querían la ropa, a lo que también por señas contestaron afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los pantalones; pero no fue posible que de grado les entregara una jaqueta encarnada que tenía. Los

salvajes se pusieron furiosos, le dispararon muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo trizas la jaqueta y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres, mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un pañuelo con que cubrirse.

Qué lástima tan extraña (dice el maestro Dávila Padilla), sería ver aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza les enseña la naturaleza.

Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron completamente desnudos a todos los peregrinos, y comenzaron a vestirse con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos de seda a una india que a su vez se desnudó y se engalanó de una manera ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte, pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.

Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad de la tierra.

Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, a poco más o menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más espantosa, era la lluvia; pero o no caía del cielo, o cuando caía les era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes sorbían las gotas que a ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed, y los otros de las

heridas y de las llagas que los piquetes de los insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río, se arrojaron voraces a beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los mismos que los habían perseguido desde la Florida, u otros, pues toda esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles nunca pudieron ni conquistar ni reducir a la vida civilizada. La descarga de flechas y de golpes fue tal, y la debilidad de las mujeres tan extremada, que a orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por los indios, o de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron y los pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los mutuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los bosques, tratando de salvar su vida o de acabar con ella prontamente.

No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los personajes que más han figurado en esta narración.

Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban a España a asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, a agenciar las facultades y los medios de convertir a los infieles y de civilizarlos. La providencia quiso poner a prueba su fortaleza, y sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la última hora la mano de Dios.

Fray Diego de la Cruz era español, y fray Hernando Méndez era mexicano, joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron a los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos quisieron defender a las mujeres y especialmente salvar al menos del martirio, a los niños; así, con un valor que no lo da más que la verdadera virtud, se arrojaron a contener y a exhortar a los bárbaros; pero todo fue inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida a su conocimiento la conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando

un reguero de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar a un lugar solitario donde morir.

—Hermano —dijo fray Hernando Méndez—, tenemos pocas horas de vida. Es necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros pecados, y los míos son muy grandes, porque en esta triste jornada, última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he dudado de su clemencia y amparo.

—La vida, hermano —contestó con una voz apagada fray Diego—, es un valle de lágrimas. No hemos venido a ella para gozar, sino para sufrir, y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia infinita.

Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un árbol corpulento, comenzaron a derramar lágrimas de arrepentimiento y a sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de su cuerpo.

Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mutuamente su confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.

—Hermano —dijo fray Hernando Méndez—, mientras que nuestras fuerzas lo permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras almas.

Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron a cavar sus sepulturas.

El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban al derredor de aquellos dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y silencio cavando sus sepulcros.

Las fuerzas de fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó a su hermano en brazos, le rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso tronco, ya sin fuerzas, a esperar su última hora. Repentinamente apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y

considerado en México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta visita como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele a otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y el seglar le enterró como pudo.

Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que arranca la común desgracia sobre aquella santa e ignorada sepultura, en vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la muerte, tuvo la increíble energía de emprender el regreso hasta el punto del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón, pues a los dos o tres días, un barco, enviado por el gobierno de México para socorrer a los náufragos, le recogió y le condujo a Veracruz, desde donde se dirigió a la capital. De las narraciones de este personaje está sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del lector. Fray Juan de Mena, fray Ignacio Ferrer y fray Marcos de Mena, consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las gentes que habían sobrevivido, resueltos a auxiliarlas hasta que las fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, a un río que está antes del Pánuco, dice la crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares; pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los enemigos y hasta los insectos contribuían a aumentar el horror.

Llegados al río, al caer una tarde, los religiosos se sentaron en una orilla, y mirándose unos a otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus pies destrozados y sin más fuerzas y apoyo que el que les inspiraba su alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio a derramar lágrimas. Miraban la corriente ancha e impetuosa del río, y no concebían cómo lo pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí. Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso a sus compañeros, todos se embarcaron y comenzaron a bogar con dirección a un peñón negrusco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una isla. Abordaron a ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y pensar a qué punto de la orilla

opuesta se dirigirían, para evitar un nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua brotaron de aquello que habían tomado por una roca.

Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta el maestro Dávila,

las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los colodrillos, se fueron río abajo a la mar.

Fray Ignacio fue socorrido por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día llegaron a la orilla del río, y dejando la embarcación emprendieron explorar el terreno hasta encontrar a la desventurada gente en cuya demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían ánimo para pedir agua.

Aquella noche (dice nuestro cronista), quedaron los tres religiosos entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después de media noche comenzaron a caminar con gran prisa, siguiendo cerca de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron a los demás españoles que se habían adelantado y excusado por eso, hasta entonces, de la muerte Prosiguieron su camino todos juntos, la playa siempre en la mano, sustentándose de sólo el marisco muy miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios, aunque hallaban algunos españoles flechados y otros muertos, porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron al fin los frailes y la demás gente a un río grande que está antes del de Pánuco, y comenzaron a dar orden cómo pasarle en balsas, muy descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les llevaban de ventaja.

El resultado de esta maniobra de los indios fue un combate terrible y tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos o ramas nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos, sin tener ya posibilidad de salvar ni aun de auxiliar a sus compañeros, trataron de ocultarse entre unos matorrales. El primer espectáculo que se presentó a la vista de fray Marcos fue doña Catalina, traspasado su cuerpo de flechas, y sus hermosos ojos y su seno carcomidos por los buitres. Apartó la vista el religioso de este espectáculo horrible, y en unión de sus compañeros se refugió en un espeso matorral donde no pudiesen los indios descubrirlos, aunque dando voces y

alaridos pasaron muy cerca. Al cabo de una hora comenzaron a sentir agudos piquetes de hormigas, y un momento después estos animales voraces acudían en un número tal, que cubrieron el cuerpo de los religiosos, y no bastaban el continuo esfuerzo que hacían para quitárselas con ramas y hojas de las plantas. Las mismas plantas estaban cubiertas también de gruesas capas de estos animales. Su martirio llegó a tal grado, que prefirieron entregarse a las flechas de los indios, y salieron de aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron a la agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos. Cuando salieron del baño encontraron inmediatamente una bandada de indios que los habían espiado y los esperaban. A fray Juan de Mena le dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; a fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso de árbol, y a fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre, cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron buscando a los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías, matando a todos los que encontraron.

Así pasó ese funesto días, y los salvajes se retiraron creyendo haber acabado su misión sangrienta.

El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra parte; el caso fue que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron cautelosamente a explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes lágrimas y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados, les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración y encomendándose ellos mismos a Dios, continuaron su peregrinación, en demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.

En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fue pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, fray Marcos de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir dolores,

experimentaba, por el contrario, una especie de consuelo como si hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le habían cubierto la piedad de sus amigos. Miró a todos lados y no observó sino cadáveres sangrientos y desfigurados que comenzaban a ser ya pasto de las aves de rapiña. Se encomendó a Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con vida, y él ayudaría a que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia, había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un vigor desconocido y sobrenatural animaba a su ya descarnado y sangriento esqueleto. Uno por uno examinó a sus tendidos e insepultos compañeros, entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de cansancio se habían quedado muertas estrechando a sus hijos en sus brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados e insepultos a quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el dolor y la desesperación, habrían infundido miedo a cualquier otro hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos deberes, y dio sepultura a cuantos pudo, para que los restos de los cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas fúnebres y solitarias tumbas.

Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse qué comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen a inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del país un sitio donde exhalar el último suspiro.

Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación exuberante de aquella costa. Había un mullido leche de musgo, y algunos árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no podía dar un paso más, resolvió quedarse allí, y dio gracias al Señor porque le había

llevado a aquel paraje, donde bendiciendo las obras de la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar a la vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fue uno. Quién sabe cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este tiempo, tan pronto había creído oír en la gloria melodías dulcísimas y desconocidas, como tener delante de sí al demonio

«proponiéndole, con locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino engaño de los cristianos».

Cuando despertó de su sueño vio delante de sí una figura extraña, y de pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos, reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al religioso sus aventuras, que eran parecidas a las de los demás. Hambre, frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen religioso, había experimentado un placer igual al que le produjo la vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.

La negra corrió a la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos mariscos. En efecto, durante doce o quince días la negra aparecía con exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía a desaparecer, ocupándose, en las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, a duras penas, podía arrancar a aquella naturaleza salvaje.

Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no apareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la noche sin que la negra se presentase. A los dos días, perdiendo toda esperanza, fray Marcos, urgido por la hambre y por los dolores e inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió a tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección a Pánuco, a ese Pánuco fabuloso

que había visto cerca desde el día de su naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma a Dios. Abrió en aquellos momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban desnudos, no tenían arcos ni flechas.

Hízoles una señal, último esfuerzo de que fue capaz, y clavó su rostro en tierra, no pudiendo ya ni aun soportar la fuerza de la luz. Los mancebos saltaron a una barca que estaba en el río, sacaron de ella una sábana blanca, levantaron del suelo a fray Marcos, le envolvieron en ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con dirección a un pueblo de españoles que estaba a trece leguas de distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le dieron agua y una «torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy bien sazonada», le cubrieron bien con la sábana, e indicándole la población, que distaba solamente algunos pasos, le dijeron:

«Tampico, Tampico» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que sólo por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.

Fue acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la pequeña ciudad española. Él refirió sus aventuras y bendijo a las familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino a México, adonde llegó a tocar a las puertas de su santo convento, dejando a los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y a todos persuadidos de que sin la especial intervención de la providencia, era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir a las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los desiertos que había atravesado.

Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de jara y de pedernal, que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el virrey don Martín Enríquez salió de Nueva España para el virreinato del Perú, le acompañaron el maestro fray Bartolomé de Ledesma y fray Marcos de Mena. El primero fue electo obispo de Oaxaca, fray Marcos de Mena no quiso ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.

EL TUMULTO DE 1642

Pasó al virreinato del Perú el marqués de Guadalcázar, y le sucedió en el gobierno de México don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.

El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni a los caminos ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban a ruidosas cuestiones y a complicadas intrigas para obtener los puestos elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes, decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se originaban entre los españoles, criollos e indígenas. El marqués de Gelves, enterado de la mala situación de la colonia a los pocos meses de llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó a ahorcar a los ladrones, a poner a raya a los provinciales de los conventos, a destituir a los empleados infieles, e intervenir, poniéndose del lado de los pobres, en las inicuas sentencias de los jueces, y aun a refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y cuestiones de las familias.

Al papel siempre peligroso de reformador, el marqués de Gelves añadió mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad eclesiástica representada en el arzobispo don Juan Pérez de la Serna que había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.

El prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir los medios de menguar la autoridad del virrey y dominarle, no dejaba escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la ocasión.

El marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de Acalhuacan (Cuautitlán). La estación lluviosa fue benigna y pasó sin novedad y con gran contento del virrey, pero repentinamente en el mes de diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la anegó completamente.

A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maíz que llegó a valer cuarenta reales, siendo su precio común en esos tiempos el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó a su colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo del virrey, había monopolizado todo el maíz y el trigo y le vendía a precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas lenguas dijeron que el marqués tenía compañía con Mejía y ambos se habían embolsado grandes ganancias, obtenidas a costa de la hambre y de la miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal avenido con el carácter tremendo del virrey, y no era necesario más que un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la guerra entre las dos autoridades.

No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, don Melchor Pérez de Varáez, se hallaba procesado, y usando de los recursos que entonces como ahora se usaban, recusó a su juez. El virrey le nombró otro, y Varáez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus bienes y papeles, le aprendieron y le encerraron en una estrecha celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una guardia de doce arcabuceros.

Varáez se dio trazas de elevar un memorial al arzobispo, reclamando la intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento de ponerse frente a frente con el virrey, otorgó la protección al preso, y de pronto excomulgó a los arcabuceros que le custodiaban. El virrey ocurrió al delegado del papa en Puebla, y éste mandó al arzobispo que levantase la excomunión. Éste no obedeció, y el virrey recabó duras providencias en contra del prelado. Tal fue el principio y origen del terrible tumulto de 1624.

El virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad civil, y estaba resuelto a emplear la fuerza y la violencia para conseguirlo. El arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase sin contradicción y por su parte estaba resuelto a esgrimir todas las armas de la Iglesia.

Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varáez, y que sería largo el referir, el virrey mandó llamar a un clérigo, el cual, con consentimiento del arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su secretario.

Luego que los vio el virrey, montado en cólera preguntó:

—¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?

—Soy el secretario de su ilustrísima, y esta otra persona es el eclesiástico que su señoría ha mandado venir.

—Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid antes que… y vos, clérigo, aguardad.

El secretario salió más que de prisa y fue a referir al arzobispo lo que había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó en la antesala a esperar que le llamase el virrey. Cerca de las ocho de la noche el virrey asomó la cabeza por una puerta. «¿Está todavía ese clérigo que mandé llamar esta mañana?», dijo a un ujier que hacía la guardia.

El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de resignación se acercó al virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron en el gabinete secreto.

—¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado a todo lo que os pregunte? —dijo el virrey con voz áspera.

El clérico, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza, y entonces el virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y capciosas, a las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que pudo.

—¿Estáis dispuesto a que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra firma? —le dijo el virrey.

El clérico tuvo que revestirse de energía y le contestó que por miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero que nada firmaría sin licencia de su prelado.

—Por última vez, ¿no firmáis? —preguntó colérico el de Gelves. El clérico, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:

—¡No, no señor, nada firmaré!

—¡Armenteros! —gritó el virrey.

Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus armas se presentó por la puerta del costado.

—Tomad un caballo, y con buena escolta y a buen recaudo mandad en el acto a este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.

El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del brazo y le sacó del gabinete.

—Otro tanto he de hacer con el arzobispo, si se descuida —dijo entre dientes el marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.

Al día siguiente el arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar a su clérigo, manifestando al virrey que había incurrido en las censuras de la bula de la cena.

—Decidle al arzobispo que mande por su clérigo a San Juan de Ulúa, y que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.

El arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de aniquilar al virrey con las armas espirituales, y el virrey por su parte reunió a varios letrados para consultarles si podía ser excomulgado. Los oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el virrey los echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el virrey la imagen del rey, no podía ser excomulgado.

Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos que había en la iglesia, subió al altar mayor a notificar un auto del virrey al arzobispo. Éste resistió, los fieles se alborotaron, el padre predicador no pudo continuar, y la misa acabó a toda prisa. Figúrese el lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.

El virrey, observando que en nada cedía el arzobispo, acudió al juez legado de Puebla, y éste comisionó a un clérigo, sacristán de monjas, atrevido y resuelto, que vino a México, y empezó a ejecutar todas las órdenes del virrey, comenzando por entrar al arzobispado, echar a todos los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.

El arzobispo mandó tocar entredicho, y el son pausado y grave de las campanas llenaba de terror a los habitantes de la ciudad, anunciándoles la discordia entre el príncipe de la Iglesia y el representante de su majestad el rey de España.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes bien dio a sus providencias un carácter más enérgico. El arzobispo, mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de manos ante la audiencia, y allí significó a los oidores que no se movería hasta obtener justicia.

Los oidores dejaron solo en el salón al arzobispo y se dirigieron a contar el caso al virrey, volviendo al cabo de tres o cuatro horas un escribano llamado Osorio, con este recado:

—El señor virrey me manda decir a su ilustrísima que se vuelva inmediatamente al palacio arzobispal, desde donde podrá pedir justicia; y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil ducados, y saldrá además desterrado del reino.

El arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse a tan atroz tiranía, y que no volvería a su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán poblano.

El virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:

—¡Armenteros!

Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado, armado hasta los dientes.

—En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis, de grado o por fuerza, del arzobispo don Juan Pérez de la Serna, y le llevaréis a San Juan de Ulúa a que haga compañía al clérigo insolente.

—¿Le llevaré a pie, a caballo o en coche? —preguntó Armenteros.

—A pie, como se pueda, en una mula, de cualquier manera, con tal que demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que se debe a la autoridad; pero no… no deseo que vaya a morirse… Disponed mi coche de camino y partid en el acto.

Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de arcabuceros, y acompañado del licenciado Terrones, alcalde del crimen, del alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió a la sala de audiencia, donde el arzobispo, sentado en su silla de manos, esperaba todavía que le hicieran justicia los oidores.

—Es desagradable —le dijo Terrones—, tener que ejecutar providencias tan duras; pero su ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.

—Espero que se me concederán dos o tres días para… pues… porque…

El arzobispo se ahogaba de la cólera.

—Ni una hora —contestó Terrones.

—Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago y… mis males —murmuró el arzobispo.

—Ni un minuto —interrumpió Armenteros—. El coche está ya listo y los caballos de la escolta impacientes.

—Ni un segundo —añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después un coche a escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y conducía a su destierro al más temible y poderoso señor de Tenochtitlán.

Los partidarios y amigos del arzobispo tuvieron modo de enviarle recados y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura a Armenteros, que era un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.

La audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del virrey, el cual en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el calabozo a los oidores, a los relatores y a los demás dependientes del tribunal, y envió un correo con instrucciones a Armenteros para que envolviese al arzobispo en un colchón o en un petate, supuesto que estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase violentamente de los límites del arzobispado.

En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del 14 de enero, y en las que comunicaron sus partidarios a don Juan Pérez de la Serna eran más pormenorizadas e importantes, de manera que se resolvió a dar a su vez un golpe terrible y a jugar el todo por el todo. En la misma noche proveyó y despachó a México dos edictos. Uno de ellos excomulgaba al virrey, y el segundo intimaba la cesación a divinis.

En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese tan acelerado como el virrey se lo había ordenado, el arzobispo logró escabullirse y entrar a la iglesia de San Francisco. Allí revistió los atavíos pontificiales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en el altar mayor.

Armenteros buscó a su prisionero para acompañarle a que subiera al coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la iglesia

decidido a desobedecer la autoridad del virrey.

El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó la espada, y echando un terrible juramente se metió como un furioso al templo, resuelto a atravesar de parte a parte al prelado, y en efecto llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del arzobispo, su semblante sereno aunque resuelto, y el temor y el respeto que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas suplicándole que encerrase la hostia sagrada en su tabernáculo, que de buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes dé soldado, que tenía forzosamente que cumplir.

El arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron a dar muestras de disgusto tomando decididamente el partido del arzobispo, el capitán no se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente a un motín popular, despachó un correo a México y prometió al prelado que con tal que sosegase a la gente, él mismo se interesaría para que el virrey le mandase volver a la capital en vez de continuar rumbo a Veracruz.

El 15 de febrero de 1624 fue uno de los más notables y terribles de que hay memoria en los anales de la colonia. El provisor don José Portillo, muy de mañana comenzó a cumplir punto por punto el edicto del arzobispo.

Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido o el diablo les había hecho algo sordos. Dirigiéronse a misa y encontraron una iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la cabeza por el cuadrante y decían a los conocidos palabras alarmantes y misteriosas, algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos crecía por momento, y pronto se propagó la noticia de que el virrey estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la puerta misma de la catedral.

La gente se agolpó a leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momento el escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos, atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros esclavos, y a ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole reconocido le gritaron ¡Muera el hereje! ¡Muera el excomulgado! grito que fue repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar a los muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron a tirar rábanos, zapotes y manzanas a la cara de los negros. Las demás gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor a la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos acudieron al costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.

El virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y quiso salir a castigar a los insolentes, pero le contuvo el almirante Cevallos que estaba a su lado y era hombre de prudencia y de juicio.

—Bueno, no saldré en este momento, pero, ¡voto a Dios!, que he de castigar a todos estos malvados y rebeldes y he de poner más horcas que árboles hay en la montaña.

Esto diciendo salió a la azotea con un clarín que comenzó a dar toques que llamaban entonces rebato. La alarma se difundió por toda la parte de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos acontecimientos, y pronto se vio la plaza y las avenidas principales llenas de gente que secundaba los gritos de ¡Muera el hereje, abajo el luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia! Al toque siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los días de la conquista, acudieron al palacio las autoridades, los empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al marqués, especialmente el oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que levantase el destierro al arzobispo y lo trajese a México, con lo cual todo quedaría sosegado. El virrey accedió, aunque con visible repugnancia, y el inquisidor mayor salió de palacio con un papel que contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver a su palacio al temible don Juan Pérez de la Serna, a quien hemos dejado en la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada custodia.

Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver a la lucha.

El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las iglesias se abrieran y que se diese libertad a los presos de la cárcel pública; el virrey, que a nada de esto podía acceder, mandó traer algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba a media legua de la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de palacio, armó a los criados y dependientes que pudo reunir, y a la cabeza de esta tropa subió a la azotea, y desde allí intimó sumisión y obediencia a los conjurados. Éstos, en vez de obedecer contestaron su amonestación con silbidos y mueras, y comenzaron a tirar pedradas a los balcones. El virrey, enfurecido, mandó hacer fuego a la tropa y más de cien personas cayeron muertas o heridas en la plaza mayor.

El marqués del Valle y el marqués de Villa Mayor habían hecho grandes esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo ofrecieron que irían a encontrar al arzobispo, a darle parte de que estaba en libertad y a suplicarle que influyese en calmar las pasiones, ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud reunida en las calles, y a galope tendido se dirigieron rumbo a San Juan Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al arzobispo, sino el arzobispo quien los traía no sólo presos sino anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde México hasta San Juan se habían levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían a arrojarse a las plantas del arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento era necesario que la comitiva se detuviese y que don Juan Pérez de la Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos a su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del arzobispo, un concurso inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud de personas, salió con hachones a esperarlo a la Villa de Guadalupe, donde llegó a las once de la noche. A cosa de las doce llegó a la capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos e iluminados, las campanas se soltaron con un repique general a vuelo, cohetes y bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez embriagado, gritaba vivas a la religión, y los cléricos y todos se estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del arzobispo para recibir su bendición.

Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar el fuego que comenzaba en las puertas del palacio, corrían en busca de don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos que cayeron víctimas de las balas disparadas por el virrey, y la vista de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del marqués de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza, provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el marqués subido con sus hombres en la azotea del palacio y el pueblo aglomerado en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta refriega.

El gran recurso del marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase a dar auxilio al palacio que estaba ya completamente sitiado.

El virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fue enarbolar la bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los arcabuces.

—Bien, muy bien, ¡voto a Dios! —exclamó el marqués luego que vio la actitud respetuosa del pueblo—; no se atreverán a atacar la bandera del rey, y

entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, o llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría a toda esta canalla.

Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como prisionero del arzobispo.

La inacción y el respeto del pueblo no se escapó a un clérigo que dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.

En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría, entró a la catedral y sacaron a poco una grande escalera que aplicaron al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño crucifijo, y gritando vivas a la religión comenzó con admiración de todos a subir los escalones.

El marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:

—¡Fuego! ¡Fuego al clérico, que se atreve a asaltar el palacio del rey! El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.

Los arcabuceros del marqués apuntaron al clérigo.

El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y con la otra presentando cada vez que podía el crucifijo.

—¡Fuego, soldados! —gritó de nuevo el virrey.

Los soldados no se atrevieron a tirar, y el clérigo subió hasta el balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en brazos de la multitud.

El tumulto llegó en ese momento a su apogeo. Grandes partidas de conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por frailes o clérigos, que en una mano tenían un arcabuz o una espada y en la otra un crucifijo, y alentaban a la multitud al asalto. Gruesas piedras iban a estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral, trataban de romper las puertas del palacio. Los frailes, con una voz de estentor, alentaban a los combatientes y gritaban:

¡Muera el luterano! ¡Muera el hereje, y viva la religión del Jesucristo!

Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos; cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida, el resultado de esta ruidosa cuestión.

Las puertas de palacio no cedían a los golpes de las vigas y piedras, y entonces una voz gritó: ¡fuego al palacio! Y todas las voces repitieron este

eco siniestro, y las campanas de las iglesias hasta entonces mudas, comenzaron a tocar a rebato. El más horrible frenesí se apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes fueron aplicadas a las puertas, que pocos momentos después crujieron, comenzaron a arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama rojiza que fue saludada con júbilo por la multitud.

El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad, echaba rayos por sus ojos.

«¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado a balazos a ese infame clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada». Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de Gelves, comenzaron a hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el palacio sin respetar ni a los frailes ni al crucifijo con que incitaban al exterminio y a la matanza.

El incendio, animado con un viento que comenzó a soplar, progresaba; las puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las casas de los que eran o suponían enemigos del arzobispo.

El marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo a palmo el terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle a las llamas.

El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la conjuración, con un arcabuz hacía fuego, y se le encontraba por todas partes guiando a los incendiarios. El fuego llegaba a la prisión, y los criminales iban a perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que comunicaba con el palacio, corrió a ella, exhortó a los criminales para que se liberaran, y éstos con la desesperación que da el peligro hicieron pedazos la puerta, salieron a los patios de palacio y se dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando alhajas y destrozando cuanto encontraban.

El marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado, sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, a los criminales y al arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro. Probablemente al almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que esperar, ni gloria que recoger, y

ambos, embozados, salieron por la puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se dirigieron al convento de San Francisco, donde el virrey permaneció retraído hasta que salió para España.

LA FAMILIA DONGO

Al conde Gálvez imitas, pues entiéndelo al revés. Que el conde libertó a tres, y tú a tres a la horca citas.

Pasquín del año de 1789

Por renuncia de don Manuel Flores fue nombrado virrey de México don Juan Vicente Güemes Horcasitas y Aguayo, conde de Revillagigedo, segundo de este título, y muy conocido y popular hasta hoy entre los mexicanos, por las muchas y enérgicas medidas que tomó para el arreglo de la administración de la colonia, y por los excelentes reglamentos de policía que puso en planta, que subsisten actualmente, y que forman la base de las ordenanzas y de las disposiciones municipales.

Llegó este célebre gobernante a México el 8 de octubre de 1789, a poco se presentó un suceso en que acreditó su actividad y su energía.

Vivía en la casa número 13 de la calle de Cordobanes un rico español, comerciante y propietario, llamado don Joaquín Dongo. El día 24 a las siete y tres cuartos de la mañana se dio parte por el alcalde don Agustín Emparan de que la casa se hallaba abierta y tirado en el patio y nadando en su sangre el propietario de ella. Del reconocimiento judicial que se hizo resultó que once personas que componían la familia y criados, habían sido asesinadas de la manera más cruel y más violenta, pues todos tenían numerosas heridas y los cráneos hechos pedazos, y que faltaban veintidós mil pesos que habían sido robados de las cajas.

El conde de Revillagigedo no durmió desde el momento que tuvo noticia del crimen cometido, y dictó toda clase de providencias, aun las que menos se pensaba que podrían dar un resultado satisfactorio. Un relojero de la calle de San Francisco observó en la calle de Santa Clara que de dos personas decentes que platicaban, una de ellas tenía una gota de sangre en la cinta del pelo; porque es menester recordar que entonces los hombres tenían un peinado con trenzas entretejidas con cinta. Don Felipe Aldama, que era el que tenía la mancha, fue reducido a prisión, y poco después dos de sus amigos íntimos, don José Joaquín Blanco y don Baltasar Quintero. Los tres eran personas decentes y aun nobles, como en esos tiempos se decía. El 7 de noviembre, Blanco, Aldama y Quintero fueron ahorcados en un tablado tapizado de balleta negra, que se colocó entre la puerta principal del palacio y la cárcel de corte. Los machetes y varas de la justicia de que usaron para cometer el crimen, fueron quebradas por la mano del verdugo.

En un documento que se publicó consta la narración de este horrible crimen; y como no podríamos añadirle ni quitarle nada sin alterar la verdad histórica, le copiamos a continuación:

Entre cuantos ejemplares de excesos y delitos ha manifestado la experiencia desde la creación y fundación de esta imperial corte mexicana, no se ha experimentado otro más atroz, más alevoso ni más desproporcionado, así por sus cualidades y circunstancias, como por las extraordinarias disposiciones de la ejecución, que el que sucedió la noche del día 23 de octubre de 1789, en esta ciudad, en la calle de los Cordobanes, en la casa de uno de los republicanos de mejor nota, vecino honrado de este comercio, prior que fue del real tribunal del consulado, don Joaquín Dongo, por tres personas europeas, de noble y distinguido nacimiento, quienes en un proviso fueron la destrucción suya, y de toda su familia, sin reserva, limitación ni excepción alguna, robándoles su vida y hacienda con la mayor inhumanidad.

Es el caso, que el día subsecuente sábado 24, como a las seis de la mañana, vio un dragón cerca de su cuartel en el barrio de Tenexpa, un coche solo, sin quien lo dirigiese y cuidase; con el que daba cuenta a su jefe, le ordenó éste solicitase a su amo, y no faltando prontamente quien lo conociese, asegurando ser de Dongo, ni quien por granjear alguna dádiva o gratificación le pasase noticia, fue un cochero cerca de las ocho a participárselo a Dongo; pero encontrando la puerta cerrada pasó a la de la cochera, y empujándola se le puso a la primera vista el horrendo espectáculo de Dongo y sus criados

cosidos a puñaladas, sembrados todos por el patio, con lo que retirado inmediatamente llevó por gratificación aquel asombroso encuentro, que al instante comunicó al alcalde de barrio de aquel recinto, don Ramón Lascano, quien instruido de ello, pasó a participarlo al señor don Agustín de Empáran, del consejo de su majestad, alcalde de corte de esta real audiencia, juez de provincia y del cuartel mayor número 4, comprensivo a dicha casa, quien con su notorio celo y eficacia, pasó inmediatamente, y por ante don Rafael Lucero, secretario del oficio de cámara más antiguo de esta real sala, procedieron respectivamente al más prolijo reconocimiento de los cadáveres, a la fe de aquellas atroces heridas, y a la más exacta observación de cuantos indicios, fragmentos y resquicios podía ofrecer la contingencia para inferir luces al descubrimiento de los agresores.

Entrados en la casa por la cochera, se encontró a primera vista bajo la escalera del almacén un xacastle de varias vituallas y trastos de camino, que según se informó era del indio correo, de la hacienda de doña Rosa, propia del difunto, que había de haber salido aquella mañana; a corta distancia un candelero de plata; a la derecha se reconoció el zaguán, y la puerta principal que se hallaba cerrada con llave, y en el suelo unos cordeles delgados del mismo con que parecía estar atados los porteros. Más adelante, en la misma derecha, como a distancia de dos varas de la escalera principal estaba don Joaquín Dongo, tirado en el suelo, envuelto en su capa y sombrero, con varias y atroces heridas, así en la cabeza como en el pecho y manos, y de una de las cuales tenía separados dos dedos enteramente; la del pecho penetrante hasta la espalda, y la cabeza abierta de medio en medio, sin hebillas, charreteras y reloj. A sus pies el lacayo, reclinado a la derecha, con fuertísimas heridas en la cabeza: dividido el cráneo. En la covacha que está bajo de dicha escalera, se vio en medio de ella tirado boca abajo, atadas las manos por detrás, al portero jubilado, que le llamaban el Inválido, revolcado en su sangre, con la cabeza igualmente destrozada. En la puerta de la bodega el cochero con iguales heridas. En el cuarto del portero actual, se halló dentro al indio correo, tirado en la misma forma, con la oreja derecha separada, y destrozada la cabeza. A los pies de éste el portero actual, con las manos atadas por detrás, con igual número y clase de heridas.

Reconocido el segundo patio, sus cuartos y caballerizas, y demás piezas interiores, no se encontró novedad digna de reparo.

Pasado a reconocer el entresuelo, se encontró en la primera pieza un baúl descerrajado o abierto, del que faltaron cincuenta pesos a don Miguel Lanuza, cajero y sobrino de Dongo, según éste expresó últimamente. A la tercera se

halló en su cama desnudo a don Nicolás Lanuza, padre de dicho cajero, con una fuerte herida en la cabeza, la que igualmente le dividió el cráneo; otra en la cara hacia el lado derecho; otra en la mano derecha que en el todo tenía separada, con otras varias de igual consideración; el que estaba boca arriba con las piernas encogidas, con una escopeta en la cabecera, inclinada hacia abajo, en acción de que había intentado usar de ella, y los calzones encima de la cama, como que los había querido tomar de su pretina.

Entrando en el almacén se encontraron de menos (según se reconoció por dicho don Miguel Lanuza), varios papeles de medias, y como nueve mil pesos que estaban en plata bajo del mostrador. La siguiente pieza se encontró descerrajada, y aun quebrados los barrotes de la puerta; en medio de ella unos papeles quemados, los que según se reconoció, eran de marca, blancos, y una arca o caja, descerrajada, en que había catorce mil pesos efectivos en plata, y encima de la mesa una vela de cera, que demostraba haberles servido a los agresores en su empresa.

Habiendo subido a las piezas principales y tomado el camino a la derecha hacia el pasadizo de la cocina, se encontró a la puerta de ella a la galopina (que estaba recién entrada, como de quince a veinte años) tirada boca abajo, con la cabeza igualmente destrozada, en grado que los sesos se hallaban por el suelo y los cabellos esparcidos, tan bien cortados que parecía haber sido con tijeras.

En la cocina estaba la cocinera boca arriba, con la cara y cabeza destrozada. Entrando para las piezas principales se halló en la anteasistencia a la lavandera, tirada en la misma forma, con dos heridas penetrantes en la espalda, otra en el brazo derecho, quebrado y dividido el hueso, y varias en la cabeza. En la asistencia se encontró a la ama de llaves en la misma disposición, en el estrado, y con la misma especie de heridas en la cabeza y brazos. En la siguiente pieza, que es la recámara, se halló descerrajado el ropero y un baúl de carey y concha grande. En las salas de recibir no se encontró novedad en el ajuar, que era de plata, ni en la labrada que andaba suelta. En el gabinete del difunto se encontraron descerrajados dos cofres, y en el suelo algunos géneros y calcetas nuevas. Una escribanía abierta con una gaveta menos que se encontró encima del mostrador del almacén. Reconocida la azotea y demás interiores de los altos, no se encontró más novedad que unas gotas de sangre en la escalera que subía a ella, que se supone ser de los sables ensangrentados con que subirían a registrarla, recelosos de no haber sido vistos o sentidos, y asegurarse más para su intento.

En este mismo acto procedieron de orden de su señoría los maestros profesores en cirugía don José Vera y don Manuel Revillas, a la inspección y reconocimiento práctico de los cadáveres con la mayor prolijidad y esmero.

Evacuada esta diligencia, mandó su señoría se pasasen los cadáveres de los criados a la real cárcel de corte, donde fueron conducidos en tablas y escaleras, por medio de los comisarios de su señoría, a lo que fue indecible el numeroso concurso que asistió, quedando en la casa Dongo y don Nicolás Lanuza, los que a la noche pasaron a la iglesia del convento de Santo Domingo, donde al día siguiente por la tarde se sepultaron, con asistencia de dos de sus agresores (según se dice).

Inmediatamente se proveyó auto cabeza de proceso, dictándose las providencias más severas y rigurosas órdenes, expidiéndose en el acto las cordilleras correspondientes, hasta para caminos extraviados, previniéndose en ellas las reglas y método con que debían manejarse los respectivos justicias del Departamento a que se dirigían para su puntual observancia; oficio al capitán de la Acordada para la solicitud y aprehensión de los que pudiesen descubrirse culpados: órdenes a los capitanes de la sala, para que previniesen en todas las garitas lo conducente, por si pasase o hubiese pasado alguno o algunos fugitivos con carga o sin ella, los que aprehendiesen y dieran cuenta, como de cualesquiera ocurrencia o indicio o presunción que se advirtiese, con otras varias al caso conducente. A los hospitales, por si ocurriese algún herido. A los mesones para tomar razón individualmente de los que estaban posando, quiénes, de dónde, con qué fin y destino se hallaban en esta ciudad, si la noche del suceso habían salido, o quedádose fuera alguno de ellos. Al cuartel de dragones, por los soldados que hubiesen faltado la misma noche. A los plateros con la muestra semejante a la de las hebillas que faltaban al difunto, por si ocurriesen a venderlas o tasarlas. Al Baratillo y Parián por lo que pudiese importar. A las concurrencias públicas y demás diversiones, por las luces que pudieran producir. A los alcaldes de barrio y sus comisarios, para que por su parte practicasen las más vivas y exactas diligencias. A los demás justicias del distrito, con otras muchas que no tienen número ni ponderación.

No cesando el infatigable celo de su señoría, con cuantos arbitrios le dictó la prudencia, procedió, a consecuencia de lo determinado, a la pesquisa, examinando a los que dieron cuenta del suceso, a los vecinos, y cuantos se consideraron útiles a la calificación y descubrimiento de los homicidas.

En este acto se proveyó para entregar las llaves a don Miguel Lanuza, y don Francisco Quintero, de esta vecindad y comercio, a quien se nombró de

depositario con las debidas formalidades: se sacó el testamento, que se entregó a la parte de la ilustre cofradía de nuestra señora del Rosario, para que procediese a poner en ejecución las disposiciones del testador, como su albacea y heredera, y que corriesen los inventarios por cuerda separada, como asunto civil e incompatible a esta pesquisa.

En el siguiente domingo 24 se examinaron a cuantos amoladores fueron habidos, por las armas que hubiesen amolado. A los cirujanos que se encontraron, por los heridos que hubiesen curado. A los vecinos de por Santa Ana y calle de Santa Catarina Mártir, sobre un coche que se decía haber pasado la misma noche y hora del suceso, con precipitación, y no consiguiéndose otra cosa que un mar de confusiones; sin embargo, se continuaron haciendo muchísimas extraordinarias en ronda, registrando asesorías sospechosas, cateando casas, vigilando concurrencias, vinaterías y demás parajes de esta clase, hasta que en este cúmulo de confusiones, en que el público y su señoría se hallaban, dio Dios a luz, por un vehemente indicio, a uno de los agresores.

El jueves 25 del mismo ocurrió a su señoría cierta persona de distinción, denunciándole privadamente: Que el sábado anterior, yendo por el cementerio de Santa Clara, como a las tres y media de la tarde, se puso a parlar con un amigo, y que a corta distancia estaba igualmente parado en conversación don Ramón Blasio, con una persona que no conoció, a quien le advirtió en la cinta del pelo una gota de sangre, que aún la conservaba fresca en aquel acto, y vacilando sobre esto, por si acaso pudiese ser alguno de los delincuentes, lo había consultado con personas de juicio y prudencia, con cuyo acuerdo lo participaba a su señoría.

En vista de esta noticia, que tuvo a las cinco y media de la tarde, mandó inmediatamente por el expresado don Ramón, relojero de la calle de San Francisco, quien examinado sobre el particular, dijo: Que el sujeto con quien había conversado en el cementerio de Santa Clara el sábado anterior, era don Felipe María Aldama y Bustamante, el que vivía en la Alcaicería; lo que oído por su señoría, dio inmediatamente orden para que lo fuesen a aprehender, y habiendo ido el capitán Elizalde, don Ramón Blasio y los ministros de asistencia de su señoría, no encontrándolo en su casa, se mantuvieron ocultos en ella hasta como a las ocho y media de la noche, que llegó con la ronda de la Acordada, diciendo era reo suyo, pues iba con él, sobre lo que se ofreció disputa y competencia entre ambos, hasta el grado de haber pasado dicho capitán de la Acordada a ver a su señoría, a cuyo tiempo llegó el señor juez originario, y lo mandó pasar a la real cárcel de corte, donde quedó a su

disposición en una bartolina, y cuando volvió de ver a su señoría, dicho capitán se halló con él en la cárcel.

Algunos dicen que iba con Aldama para que entregara a Blanco por querella de su tía, y otros que iba a catearles la casa por algunos indicios que tenía sobre este particular.

El martes 27, a las siete y media de la mañana, pasó su señoría a la real cárcel, donde habiendo puesto entre otros reos decentes, en una pieza reservada al citado Aldama, hizo entrar al denunciante para identificar la persona, quien al punto lo conoció y entresacó de todos.

Recibídole juramento a Aldama y preguntándole sus generales, expresó ser natural de San Juan Bautista Quesama, provincia de Álava, en el señorío de Vizcaya, soltero, sin ocupación en aquella actualidad, por estar siguiendo una incidencia en la causa criminal que se le siguió en la Acordada, acumulándole un homicidio de que había salido indemne dejándole su derecho a salvo, de que tenía documento, y que cerca de diez años ha que había venido al reino, de edad de treinta y dos años, ser noble notorio hijodalgo, cuya calidad justificaría, y para ello exhibía un documento que se le devolvió con reserva de su derecho para que lo presentase en tiempo oportuno. Preguntado dónde había andado el viernes anterior, con quiénes, y en qué forma, dijo: Que como a las tres y media de la tarde fue a la Plaza de Gallos donde se mantuvo hasta cerca de la oración, que regresado a su casa, llegó a poco rato don Joaquín Antonio Blanco, con quien fue a la casa de su tía a reconciliarlo con ella, por cierta desavenencia; que no habiéndola encontrado se restituyó a su posada, donde se quedó a dormir Blanco, hasta que a la mañana siguiente salió a buscar a su tía. Preguntado dónde y cuándo tuvo noticia del suceso de la casa de Dongo, dijo: Que estando el sábado como a las ocho de la mañana en la esquina del Refugio con don Rafael Longo, llegó con la noticia un galleguito, y hablando con Longo, Aldama le dijo: hombre, dicen que han matado a Dongo y toda su familia, y que el comercio está alborotado; que asombrados del caso se separaron los tres, y Aldama se fue para la Acordada a participarlo a su capitán. Preguntado con quién estuvo en la calle de Santa Clara aquella tarde, qué trataron, y adónde se dirigió después, respondió que con el relojero don Ramón Blasio, con quien conversó sobre el suceso de que trata la causa; luego pasó a la calle de Águila a la casa de Quintero, y no encontrándole se pasó a los Gallos. Héchosele cargo sobre la mancha de sangre que tenía la cinta del pelo, que reconoció, dijo: Que como iba a los gallos donde los que mataban solían para sacarlos pasarlos por las cabezas de los concurrentes, no ponía duda en que le hubiese caído alguna gota. Preguntado de qué se mantenía con la decencia que se advertía, dijo: que de las libranzas que le mandaba de Querétaro su primo el marqués del Villar del Águila, y otros sujetos que le prestaban; que desde el último junio había recibido más de mil y seiscientos pesos por mano de don Joaquín Antonio Yermo, a más de que de los gallos solía adquirir algunos reales.

Para la justificación de si había dormido el viernes en su casa con Blanco, hizo su señoría comparecer a la criada cocinera de Aldama, y a su hermana María Guadalupe Aguiar, quienes preguntadas si conocían a Blanco dijeron que con motivo de visitar a su amo lo conocían; el que había dormido el sábado y domingo de la semana anterior, en su casa. Que su amo Aldama estaba pronto a sus horas en especial de noche; que la del viernes no salió, y a pedimento de ellas había estado tocando en flauta hasta muy tarde que se

durmieron. Que el sábado se recogió temprano y que el domingo muy tarde en la noche se había ido a la comedia.

En virtud de la cita hecha a Blanco se libró oficio al juez de la Acordada, para su remisión, al que habían aprehendido la misma noche que a Aldama en una vinatería, por la dicha queja de su tía, el que habiendo comparecido se le tomó su declaración inquisitiva, en la que expresó llamarse Joaquín Antonio Blanco, natural de la Villa de Segura, provincia de Guipúzcuoa, soltero, de edad de veintitrés años, sin oficio; y examinado acerca de dicha cita discordó en esto, diciendo que había dormido la noche del viernes a casa de su tía; en cuyo acto se careó con Aldama y las criadas de su casa, y al cabo de varias disputas hubieron de convenir todos en que ambos habían dormido aquella noche en la casa de Aldama diciendo Blanco que había discordado falsamente, consternado de que no se le atribuyese algún delito por la falta de su tía, la que no se encontraba en su casa; en cuya virtud se restituyó a la Acordada.

El día siguiente 28 se proveyó auto para el embargo de la hacienda de doña Rosa, y comparecencia de su administrador en esta ciudad, cuyo despacho se expidió por la estafeta del día.

El día 29, en prosecución de la pesquisa y con noticia de ser don Baltasar Dávila y Quintero, uno de los amigos de Aldama, lo hizo comparecer por medio del sargento mayor de la plaza, quien expresó llamarse como dicho es, natural de la isla de Hierro en las de Canarias, capitán de mar, y subteniente de milicias provinciales de dicha isla: quien preguntado por el conocimiento de Aldama, y si el viernes había estado con él, respondió conocerle, y que en efecto el citado día fue a visitar al declarante que estaba enfermo en cama, entre cuatro y cinco de la tarde, de suerte que no salió de ella en todo aquel día, ni en la noche. Preguntado de qué se mantenía, respondió: que a expensas de la caridad de don Jacinto Santiesteban y don Manuel Pineda, quienes le habían hecho varios suplementos, como constaría de su libro. Preguntado si conocía a don Joaquín Dongo, o tenía noticia del suceso y de sus agresores, dijo: Que ignoraba enteramente la pregunta, y que aunque se hablaba con mucha variedad de los agresores, el declarante no podía dar razón por no concurrir a las mesas de trucos, ni juegos públicos, donde solían tratarse asuntos de esta naturaleza, recogiéndose como se recogía a su casa a las siete de la noche. Preguntado si el sábado por la mañana salió de su casa a comunicar a Aldama, o éste fue a visitarlo, o practicó alguna diligencia que le hubiese encomendado, dijo que no hacía memoria, aunque una mañana que no tenía presente, lo encontró y le había dicho se llegase a la vinatería de la Alcaicería y dijera a su dueño que fuera a su casa de Aldama que quería hablarle.

En este estado, habiéndose hecho comparecer a don Ramón Garrido, administrador de la referida pulquería, se examinó sobre la cita y expresó:

que el sábado 24 (día en que amaneció la desgracia) a las seis y media de la mañana, le llevó Quintero recado de Aldama, diciéndole le llevase una libranza que tenía en su poder para que le diese los cincuenta pesos en que la tenía empeñada con una capa blanca con galón, que inmediatamente pasó y saliendo a recibirlo al medio de la sala, ya con los cincuenta pesos en la mano se los dio, y despidió, observando estaba vistiéndose de limpio: preguntado dónde había vivido aquellos últimos días, y dónde al presente, respondió que en la calle de la Águila en un cuarto interior, y para componerlo se había pasado a la accesoria de la misma casa, y habría como quince días que volvió al referido cuarto (constando de la casera que aquella misma noche había vuelto al dicho cuarto), diciendo tenía miedo no lo mataran en la accesoria por robarlo.

En vista de tan claras y manifiestas contradicciones, le tomó su señoría la espada, y lo mandó aprehender por medio de un piquete de soldados que tenía prevenidos, quienes habiéndolo atado le registraron las faldriqueras, y le encontraron veinte pesos en un pañuelo: con este hecho lo bajaron públicamente como a las diez del día a la real cárcel de corte, y en seguida su señoría,

estando en dicha real cárcel, a efecto de continuar la declaración de Aldama, sobre los nuevos particulares que habían ofrecido una mera contingencia, lo hizo parecer ante sí, quien sin embargo de las exquisitas y estudiosas preguntas que le hizo, para venir a dar al objeto del desempeño de la capa y libranza; contestó categóricamente Aldama con el mayor desenfado, concordando en lo declarado por el cajero: diciendo, que los cincuenta pesos había pagado de más de ochenta que había ganado en los gallos, como lo podrían declarar los encomendaderos Villalva y Peredo, los que examinados aseguran haber ganado como diez y seis o veinte onzas: pero que al fin salió perdido, y aunque en la ganancia de este dinero hubo algunas variaciones, con un genio tan astuto y vivo, al instante persuadía, y quería hacer ver lo contrario.

En este estado trajeron la dicha capa blanca que estaba en su casa, y un sombrero negro salpicado de sangre, con una gota de cera en la orilla del casco; y puéstoselo de manifiesto, lo reconoció todo por suyo, y héchosele cargo de aquella sangre, dijo: que como había ido a la procesión de desagravios a San Francisco en que había habido azotados de sangre, lo habían salpicado, y aún en la cara le habían caído dos gotas que con la mano se limpió, sobre que se le hicieron fuertes cargos, y se mantuvo con su dicho. Igualmente se le hizo otro acerca de la gota de cera, por haberse alumbrado en la facción de los homicidios y robo con vela de cera, dijo: que como había ido a alumbrar al Señor de la Misericordia el día de la ejecución de Paredes en la Acordada, y como era natural ir con el sombrero en la mano y la vela ardiendo, le cayó la que se le demostró, como otras muchas en la capa que se había quitado el mismo día, con una cuchara con una brasa, por no tener plancha. Reconvenido por su señoría por una mancha de sangre que le advirtió, como medio peso, en el terciopelo de la vuelta de la capa que tenía puesta, dijo que era de las narices, como lo acreditaba con el pañuelo que tenía en la bolsa, que igualmente estaba ensangrentado; y a mayor abundamiento, para mejor prueba, fuesen a ver debajo del petate de la bartolina donde estaba su colchón, la porción que había vertido de las narices el día anterior.

En este estado se suspendió la diligencia.

Inmediatamente el señor juez, en vista de las contradicciones de Quintero, de las mutaciones que le advirtió en el semblante y la ambigüedad con que declaraba y se retractaba. En seguida mandó se reconociera la accesoria en que había vivido y el cuarto que en la actualidad tenía interior.

Pasado inmediatamente su señoría y el escribano actuario, acompañados del capitán Elizalde y los comisarios extraordinarios de su asistencia; se reconoció la puerta de la accesoria que estaba manchada de sangre, asegurando los reos no haber habido motivo para que la hubiese, pues ninguno salió herido ni llevaron cosa que la manchara, y abierta ésta, se encontró descombrada sin trasto alguno, y levantándose a mano derecha al pie de la ventana la primera viga, se percibieron las talegas, y levantadas todas, se hallaron 21 634 pesos un real efectivo, incluso ochenta que había con otra

porción en un pañuelo. Un envoltorio en otro pañuelo con siete pares de medias de seda, cuatro pares de calcetas, cuatro camisas, una usada y tres nuevas, y una pieza de saya-saya carmesí; en una bolsita de mecate se hallaron las hebillas y charreteras del difunto, dos rosarios y un reloj de plata antiguo, lo que, sacado públicamente, se pasó a reconocer el cuarto interior y levantando sus vigas, no se encontró novedad alguna debajo de ellas; pero sí en la ropa, pues se encontró un chupín rociado de sangre, dos sombreros manchados de lo mismo, que después se verificó ser uno de Quintero y el otro de Blanco; tras de la puerta, de mano derecha, estaba una tranca gruesa con muchas señales de tajarrazos con machete o sable amolado, como que en ella habían hecho experiencia y prueba de su corte o fortaleza. Un belduque bajo un colchón. Todo lo cual se condujo en un carro al real palacio, custodiado de soldados, con más, unas medias de color gris ensangrentadas que estaban debajo de las vigas de la accesoria; y depositándose en cajas reales el dinero, lo demás se pasó a la sala de justicia para el reconocimiento y convencimiento de los reos, a quienes al instante se les puso un par de grillos más.

Como a las cuatro y media de la tarde del mismo jueves se procedió a tomar confesión a los reos, previo al auto correspondiente; que se proveyó, y nombramiento de curador a Blanco por ser menor, el que se hizo en don José Fernández de Córdoba, procurador del número de esta real audiencia.

Habiendo su señoría hecho comparecer a Quintero, le recibió el juramento de estilo y generales acostumbradas, y héchosele el fuertísimo cargo de lo que resultaba y ministraban los autos sobre ser el agresor principal de los homicidios de Dongo y su familia, contestó con gran resolución: que no sabía quiénes fuesen, y mucho menos que él tuviese el más mínimo participio ni complicidad en ellos; y puéstosele de manifiesto las alhajas y ropa robada, demostrándosele cosa por cosa, se le preguntó si las conocía: dijo que no conocía nada; se le reconvino que si conocía tantas talegas que se habían sacado de debajo del envigado de su accesoria, y quería verlas: dijo que no sabía ni conocía cosa alguna. Preguntándole si conocía el chupín, el belduque, los sombreros, la tranca y demás que se encontró en un cuarto, dijo: que sólo eso conocía por suyo, pero que lo de la accesoria no sabía, y algún enemigo, por hacerle daño, lo introduciría en ella; héchosele cargo de la sangre que tenía el chupín, dijo: que eran polvos que tomaba y expelía por las narices. Héchole cargo sobre la tranca y sobre su negativa en caso tan físico y palpable, el que se le iba formando con la mayor severidad, dijo en este acto: señor, ya no tiene remedio; no quiero cansar más la atención de vuestra señoría, pues Dios lo determina y me han hallado el robo en mi casa; ¿qué

tengo que decir sino que es cierto todo? Que me alivien las prisiones ya que he dicho la verdad: fuerza es pagar, Aliviándole éstas, le preguntó su señoría quiénes eran los cómplices, cuántos, dónde vivían, y cuanto condujo al caso. Respondió que don Felipe María Aldama y don Joaquín Antonio Blanco, que estaba preso en la Acordada, quienes lo habían insistido a tal desastre, y como necesitado y frágil había accedido a tan horrendo delito; que aunque se recató, no lo pudo conseguir, pues lo vituperaron y trataron de un collón; que viéndose precisado, hubo de entrar en la casa en su compañía, a las ocho y media de la noche del viernes 23, haciendo Aldama de juez, con el bastón del confesante, el que le tomó al tocar la puerta; que habiéndole respondido, dijo: abre, y empuñando el bastón, se metió con Blanco, y el confesante se quedó cuidando la puerta: que no había hecho muerte alguna: que ellos podrían dar razón, pues no quiso ver aquella atrocidad, porque se le partía el corazón, y suplicaba que respecto a que sabía que había de morir presto, se le diese término para disponerse, dándole la muerte conforme a su ilustre nacimiento, lo que haría constar. Héchosele las demás preguntas conducentes, dijo que los otros lo declararían por extenso.

Habiéndose hecho inmediatamente comparecer a Aldama, puesto ante su señoría con un semblante modesto y compasivo, tiró la vista hacia todos, y con un tierno suspiro, dijo: señor; ya ha llegado el día de decir las verdades; y compungido con lágrimas del corazón, significó que la fragilidad y la miseria humana lo habían conducido a tan horrendo sacrificio, estimulado de su necesidad, ya violentado y estrechado de sus acreedores, ya de sus escaseces, tan extraordinarias, y ya de lo principal, que fue su triste y desgraciada suerte; y pues para Dios no había cosa oculta, y era su voluntad pagase sus atroces delitos, estaba pronto a declarar cuanto ocurrió en el caso.

Recibídole juramento en forma de derecho, y héchole las preguntas acostumbradas acerca de sus generales, que reprodujo, se le formó el riguroso cargo que ministraban los autos, y el cuerpo del delito acerca de los homicidios, y robo de Dongo y su familia, a efecto de que expresase quién promovió el proyecto, entre cuántos, qué día, en qué disposición, y con qué armas, en qué lugar; con los demás que se tuvo por conveniente para la aclaración de tantas dudas y confusiones, en cuya vista dijo: que había un mes que estrechado Quintero de sus indigencias y necesidades, le propuso el pensamiento de que, siendo don Juan Azcoiti hombre de conocido caudal, y sólo podían matarlo y quedar remediados; a lo que resistió bien por su honor, y por estar muy distante de este pensamiento, contestándole ásperamente sobre que pensase en otra cosa. Que al cabo de pocos días insistió con dicho

pensamiento, y ya más sagaz le contestó que lo pensaría, con la intención de no hacer aprecio y prescindir de ello. Que vuelto tercera vez a insistirlo, le dijo: que no había de quién fiarse, pues él no se valía ni de su padre; y proponiéndole Quintero inmediatamente a un primo suyo, quedó de verlo para el efecto; y habiéndolo solicitado, y sabido que estaba ausente en destino, le propuso a Blanco, quien le dijo estaba recién venido de presidio, y como quiera que había servido a Azcoiti, era más a propósito para el caso, a lo que creía no se excusaría; que le contestó lo viese en hora buena. Que habiendo caído malo el confesante, fue a visitarlo Quintero, llevando ya a Blanco, y al entrar le dijo: ve a quien te traigo acá: ahora le puedes decir lo tratado, a que le contestó Aldama: hazlo tú si quieres, que yo no estoy para eso; a poco rato se fueron: recuperado Aldama ya de su enfermedad pasó a ver a Quintero, donde halló a Blanco a quien había hablado ya Quintero, y tratando del asunto entre Aldama y Quintero, acabaron de seducir a Blanco; y habiendo determinado el pasar a verificar su intento, vieron ocupadas las piezas vacías con una familia que vino de fuera, con lo que se les frustraron sus proyectos. Y puesto inmediatamente el pensamiento en Dongo entre los tres, ofreció Aldama el instruirse de la casa, diciendo Blanco que tenía más de trescientos mil pesos en oro, con lo cual salían de penas: que al día siguiente fue Aldama a ver a Dongo con el pretexto de que él vendiese una poca de haba, con lo que observó la poca familia que le parecía tenía, y convencidos todos, quedaron de acuerdo para acecharlo en sus entradas y salidas de noche, a ver cómo y con quiénes salía, y cómo volvía: que el miércoles 21 del mismo octubre dio Aldama cinco pesos a Quintero para que comprase y dispusiese las armas con que habían de ir; quien compró dos machetes de campo, uno de más de tres cuartas que llevó Quintero, otro más mediano que llevó Aldama, y otro más chico que llevó Blanco, los que amolaron por la calle de Mesones: que a la noche fueron a observar la primera salida de Dongo, y no aguardaron a que volviese: que a la siguiente noche del jueves fueron y estuvieron hasta que regresó a las nueve y media Dongo. Que instruidos ya en la forma que salía y entraba, determinaron asaltarlo a la siguiente noche del viernes: que en efecto fueron dicha noche como a las ocho y media, y tomando Aldama el bastón de Quintero, tocó la puerta, y respuéstole quién era, respondió: abre; y habiendo abierto el portero jubilado o inválido, le dijo: ¿tú eres el portero? Le respondió éste: no, señor; está en el entresuelo dando de cenar a don Nicolás: pues llámalo; y entrando para dentro, lo esperó que bajase, y estando presente, le dijo: pícaro, ¿qué es de los dos mil pesos que has robado a vuestro amo? Y sin aguardar respuesta, lo mandó atar por detrás, y meterlo en su mismo

cuarto, donde puso a Blanco que lo guardase; y volviéndose al inválido, le dijo: y tú, ¿qué razón das de este dinero? Ata a éste también, y en la misma forma lo metieron en la covacha, donde puso a Quintero de guardia, y revolviendo al zaguán, tomó al indio correo del brazo, quien estaba en compañía del inválido, y lo pasó al cuarto del portero, donde estaba Blanco, y entre ambos mataron al indio y al portero, en tales términos y con tal prontitud, que no dieron una voz: de ahí pasaron a la covacha, donde estaba Quintero con el inválido, y examinando a éste sobre la demás gente que había arriba, entre Aldama y Quintero lo mataron en la misma forma: que luego pasaron al entresuelo Aldama y Quintero, dejando a Blanco cuidando la puerta, para que avisase de cualquiera contingencia, y entrando con la vela en la mano, saludando a don Nicolás; ya que se vieron cerca, le habían acometido ambos a un tiempo, y dejándolo muerto, pasaron al instante a las piezas superiores, y preguntando a las criadas: hijas, ¿cuántas son ustedes? Con sencillez les respondieron ser cuatro, y entonces se volvió Aldama a Quintero, y le dijo: usted meta a esas mujeres en la cocina, y custodíelas, ínter yo las voy examinando una por una. Que inmediatamente las metió Quintero en la cocina, y quedó en la puerta de ella custodiándolas: entonces tomó el confesante a la ama de llaves de la mano, y se la llevó a la asistencia donde la mató: que inmediatamente volvió por la lavandera, y en la anteasistencia la mató; y habiendo vuelto, le dijo a Quintero: dos han quedado: una tú, y otra yo; y tomando el confesante a la galopina, y Quintero a la cocinera, las dejaron en el puesto con la mayor crueldad. Que acabada esta facción bajaron al zaguán a incorporarse con Blanco para aguardar a Dongo, donde se estuvieron sentados hasta después de las nueve y media que oyeron el coche que se acercaba a la puerta; que entonces se pusieron tras de ella y la abrieron cuando llegó, a semejanza del portero, y apeándose del coche, éste entró con su lacayo por detrás con una hacha en la mano, y se le apersonó el confesante, diciéndole con el sombrero en la mano: Caballero, usted tiene su lugar; dispense el atrevimiento que se ha tenido de perder los respetos a su casa. Súbase usted con estos caballeros, que yo tengo que hacer con los criados de usted, y echando mano al lacayo, le contestó el caballero urbanamente; pero al subir la escalera debió de recelar, por ver los cuartos cerrados donde estaban los difuntos, y haciendo que metía mano, lo mataron entre Quintero y Blanco; y viendo el confesante que ya estaban matando a Dongo, mató él al lacayo que tenía de la mano: en este intermedio dio vuelta el coche, y el confesante fue a abrir la cochera para que entrase, y luego que entró cerró la puerta, y estando en esto, ya los otros habían bajado de las mulas al cochero y

entre todos tres lo mataron, y fueron a esculcar al difunto; le sacaron las llaves de la bolsa, un rosario, el reloj, hebillas y charretera de oro, de que no supo el confesante. Que habiendo subido arriba, habían tenido mil aflicciones para ver dónde venían; que encontrando en el gabinete una escribanía, le hizo una de ellas, de donde sacaron una gabeta con las del almacén; que descerrajaron un ropero y varios cofres, de donde sólo tomaron la ropa que se les encontró, lo que no había sido con su consentimiento. Que habiendo bajado al almacén, no encontrando el oro que buscaban, tomaron nueve talegas que estaban bajo del mostrador y unos cuantos papeles de medias nuevas. Que de ahí pasaron a descerrajar la pieza siguiente, en la que quemaron los papeles de las medias porque les abultaban, y comenzando a tomar el pulso a las cajas que había, viendo que entre todas una pesaba más, la descerrajaron y sacaron catorce mil pesos, sin tocar la de las alhajas de su mujer, ni una fortísima de hierro que no pudieron descerrajar. Que puesto el dinero sobre el mostrador, de allí lo bajaron al coche, y montando de cochero Aldama, con gran trabajo, por no poderlo retroceder ni sacar, por ser difícil aun a los de profesión, como por la gran carga que llevaba, el que cimbró de tal modo (que expresó), que sueños de bronce que hubieran tenido los vecinos, se hubieran alborotado sólo del estruendo que hizo al salir, y que de un viaje lo condujeron todo después de las once, por la calle de Santo Domingo a torcer por la de los Medinas hasta la accesoria de Quintero, donde bajaron la carga, dejando a Quintero con ella, y el confesante y Blanco fueron a dejar el coche por Tenexpa; y aunque el primero quería llevarlo por Santa Ana, no quiso Blanco, por decir que arriba había guardas y podían ser conocidos; que dejado el coche, arrojaron en el puente de Amaya dos de los machetes, y regresados en casa de Quintero, tomaron una talega que tenía cuatrocientos pesos, y distribuidos entre los tres, les cupo como a ciento y treinta pesos que tomaron para sus prontas urgencias, y el demás dinero, alhajas y ropa, metieron debajo de las vigas; luego se retiró el confesante con Blanco, y al pasar por el puente de la Mariscala tiraron el otro sable que les había quedado, y de ahí pasó el confesante a dejar a Blanco a su casa, quien vivía por el Salto de la Agua, en casa de su tía, y no encontrándola en casa se fueron para la del confesante. En el camino le dijo Blanco que allí llevaba el reloj de oro del difunto, y habiéndolo corregido seriamente, hizo lo echara en el caño de la agua de la esquina de la Dirección del Tabaco. Llegados a la casa del confesante se acostaron, diciendo en la casa que habían ido a un baile. Que al día siguiente mandó sacar sus prendas, como tiene dicho, y a las nueve llevó la noticia a la Acordada, y después se fue a los gallos. En este estado y respecto a que sabía

breve había de morir, suplicaba rendidamente a la justificación de su señoría, se sirviese, con atención a la nobleza notoria de su estirpe, se le diera la muerte correspondiente, no por él, pues merecía morir tenaceado y sufrir cuantos martirios se imaginasen, sino por su pobre familia; y mandádose retirar por ser las nueve de la noche, suplicó se le llamasen unos padres del colegio de San Fernando, para que lo fuesen disponiendo a su muerte, lo que así se le ofreció y cumplió.

Inmediatamente mandó su señoría que los capitanes de esta real sala fuesen a sacar los machetes y reloj, que expresó Aldama haber echado Blanco en el caño referido.

En virtud de orden de su señoría se mandó por Blanco a la Acordada, quien hasta esta hora llegó, y estando presente ante su señoría, previo el mismo juramento, se le hizo cargo de sus delitos, quien sin embargo de haberle puesto todo el cuerpo del delito de manifiesto, negó, diciendo no saber de tal cosa ni haber incurrido en semejante atrocidad; que si lo creía su señoría de él; que si fuera cierto lo confesara, como había confesado en la Acordada cuando robó a su amo: en esto se mantuvo hasta cerca de las once de la noche que se mandó retirar, sin embargo de los fortísimos cargos y convencimientos que se le hicieron.

Al siguiente día viernes se hizo comparecer a Quintero, en virtud de la discordancia que hubo entre él y Aldama, sobre haber sugerido éste a aquél, y aquél a éste, y estando puestos rostro a rostro, previo su juramento, se les hizo cargo de las discordancias de sus deposiciones en esta materia, y de los homicidios; a que contestó Quintero: que era cierto que él había sugerido y propuesto el pensamiento a Aldama: que era cierto cuanto decía, y que él también mató al igual de todos, y dudoso sobre si él había propuesto primero el pensamiento a Blanco y Aldama; que quería disponerse, para lo cual quería también padres de San Fernando, lo que se le cumplió.

A este acto se hizo comparecer a Blanco, y puesto (previo nuevo examen que se le hizo) rostro a rostro, se le hizo cargo de su negativa, quien ratificándose en ella, lo comenzaron a persuadir dijese la verdad, que perdía tiempo, el que era muy precioso: que qué tenía que negar a una cosa tan palpables como aquélla: que no había de tener más resistencia que ambos, y viéndose convencidos declararon la verdad: que viera sus mismas medias ensangrentadas, con que le hacían cargo: que de todos modos había de ser lo mismo; con otras muchas expresiones de esta naturaleza, sin embargo de las cuales insistió en su negativa. Recibídole declaración a la tía de Blanco, sobre con qué medias había salido de su casa, expresó que con unas de color gris,

que son las mismas ensangrentadas; y habiéndose hecho comparecer a ésta, luego que se le puso delante, dijo: no es necesario, todo es cierto: yo los acompañé y cometí los mismos delitos, y me remito en todo a la declaración de Aldama. Que le trajeran padres, que quería confesarse y disponerse, lo que también se le cumplió; y todos unánimes y conformes reconocieron las armas que se les pusieron delante, y dijeron ser las mismas que fueron la destrucción de todos; con lo que se suspendió el acto de la diligencia.

En la misma tarde, como a las cuatro, hubo acuerdo extraordinario, con asistencia de los señores regente y fiscal, que duró hasta después de las once de la noche, en el que se determinó se recibiese a prueba por tres días, en los cuales se ratificaron los reos y los testigos sumarios; se entregasen los autos dentro del oficio al licenciado don Manuel Navamuel, a quien se nombró defensor por veinte horas, y concluidas se pasasen al relator.

En la misma hora se hicieron las citaciones correspondientes, y al día siguiente se comenzaron a ratificar los testigos, y como a las diez y media los reos respectivamente, en que añadió Blanco que Quintero lo había seducido, y Quintero se mantuvo en su duda anterior.

El lunes 2 de noviembre produjeron los reos sus pruebas sobre la identificación de sus ejecutorias de nobleza, con tres testigos cada uno.

El mismo día se presentó escrito por el defensor, sobre que le permitiese ver los autos en su casa, a lo que habiéndose accedido, ratificados los cuarenta y seis testigos, se le pasaron los autos por el capellán Elizalde, el mismo lunes a las nueve y media de la noche en que se cumplieron los tres días, y le empezaban sus veinte horas. El martes a las siete y media, que se le cumplieron, pasó dicho Elizalde por ellos, y los condujo al relator por sólo aquella noche.

En este estado declaró Aldama en descargo de su conciencia, que la muerte que se le acumulaba, y por la que había estado preso en la Acordada, de un mulato, criado de Samper, era cierta, y que él la había hecho por robarle dos mil pesos de su amo, los que en efecto le quitó, al que arrastró y echó en una cueva de mina vieja, yendo él mismo al reconocimiento del cadáver cuando le dieron la denuncia, como teniente general que era de aquella jurisdicción de Cuautla de Amilpas.

Y Quintero expresó haber hecho una muerte en Campeche a un pasajero, a quien le robó seiscientos pesos, lo que también declaró en descargo de su conciencia.

A las ocho de la mañana del día miércoles se comenzó a relatar la causa y se siguió a la tarde, con asistencia del señor regente, el señor fiscal y los reos,

cuya relación se concluyó después de la oración, finalizando el relator Echeverría con las causas de Aldama y Quintero, de que se le hizo cargo y vinieron de la Acordada.

Relatada la de Blanco, resultó que el año de 87 se procesó en aquel tribunal por cinco robos que ejecutó en compañía de don Juan Aguirre su paisano, y cajero que fue de la vinatería de don Manuel Pineda, en la casa de Azcoitia, donde servía también de cajero dicho reo, extrayéndole más de tres mil pesos, y cinco que hizo en Guanajuato, en la tienda de su amo Alemán; el uno de varias ropas y los otros dos de reales hasta seiscientos pesos, lo que resultó justificado, por lo que fueron condenados a ocho años de presidio en Puerto Rico, y que de allí fuesen conducidos bajo partida de registro, a la casa de contratación de Cádiz, de donde se dirigieran a los lugares de su origen: que indultado éste por el excelentísimo señor Flores, se vino a esta ciudad desde San Juan de Ulúa, donde desertó.

Por el expediente pasado, con oficio de 2 del corriente, por el excelentísimo señor virrey, se advierte hallarse Quintero, por decreto de la misma fecha, declarado no gozar fuero alguno de guerra, cuya declaración fue expedida de resultas de la instancia que en el superior gobierno seguía sobre goce y restitución del fuero militar, de que se había antes despojado por la causa que se le siguió en la Acordada, a querella de la viuda de su primo, quien le imputaba haberle extraído como cuatro mil pesos, en la que tuvo absolución de la instancia en 13 de mayo último; y fue puesto en libertad con reserva de su derecho.

Después de dicha relación, informó el abogado de los reos muy sucintamente, en que pidió, que conociendo los graves delitos de los reos, ya que en el estado presente por lo mismo eran dignos de compasión, se mirasen con piedad y se les aplicase la muerte con atención a las circunstancias de su nacimiento, fundando la menos culpa y complicidad de Blanco, por lo que, y por su menor edad, era digno de más indulgencia.

Después siguió el señor fiscal, quien sin embargo de no haberle pasado los autos ni tener más instrucción de ellos que la relación que se hizo por el relator, hizo una oración de las más prolijas y exquisitas, en la que concluyó pidiendo, que respecto a los extraordinarios delitos de los reos, a su gravedad y circunstancias, merecían extraordinarias penas y un castigo ejemplar, por los cuales habían perdido el goce y fuero de sus privilegios; pero atendiendo a ciertas leyes y a la probanza que de su nobleza habían dado, condescendía «en que se les diese garrote saliendo de la cárcel, y el verdugo delante con el bastón y armas con que cometieron los delitos, y siendo regular ser una de las

calles acostumbradas la en que vivía Dongo, el pasar por ella, los entrasen por la puerta principal, y estando un rato en ella saliesen por la cochera, por donde salieron triunfantes con el robo, salieran a pagar con sus vidas; que llegados al patíbulo, puestas en alto las armas y bastón al tiempo de la ejecución, verificada ésta se destruyeran en el mismo tablado y que se mantuviesen los cadáveres por tres días en el suplicio para escarmiento y desagravio de la vindicta pública».

Por ser ya las ocho de la noéhe no se votó, y se reservó para el jueves siguiente, en el que se pronunció la sentencia, que relativamente es la siguiente:

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Hecha la relación acostumbrada de los excesos y delitos de los reos, hallaron que eran de condenar, y condenaron, a que de la prisión en que se hallaban saliesen con ropa talar y gorros negros, en mulas enlutadas, a son de clarín y voz de pregonero que manifestase sus delitos, por las calles públicas y acostumbradas; y llegados al suplicio se les diese garrote poniendo el bastón y armas a la vista del público, y verificada la ejecución se destrozasen y rompiesen por mano del verdugo, separándoseles las manos derechas: que se fijasen dos en dos escarpias donde habían cometido los homicidios, y la otra donde se halló el robo, en la parte superior de la pared, todo con ejecución, sin embargo de suplicación y de la calidad; y que el dinero depositado y demás del robo se entregara a la parte de la archicofradía heredera, como se ejecutó, y esta sentencia fue dada, presente el señor fiscal.

De la que dada parte a su excelencia a las doce de este día, en su consecuencia pasó el escribano Lucero a la primera pieza del entresuelo de la cárcel, y haciéndolos traer a su presencia se las hizo saber y notificó: quienes postrados de rodillas la obedecieron conformes, y asistidos de los padres fernandinos y del rector de las cárceles bachiller don Agustín Montejano, pasaron a la capilla, quien les hizo las mayores exhortaciones de consuelo y conformidad, y postrados ante el altar hicieron una deprecación la más tierna y lastimosa, de donde tomaron sus respectivos lugares, que abrigaron con biombos.

En estos tres días se dispuso el cadalso o tablado, en medio de la plaza principal del real palacio y la de la cárcel, con el alto de más de tres varas, diez de largo y cinco de ancho, todo entapizado y guarnecido de bayetas negras, hasta el piso y palos.

El día sábado, 7 de noviembre, entró el teniente de corte y demás ministros de justicia, y tras ellos los hermanos de la caridad, quien les dijo:

Ya es, hermanos, la hora de ver a Dios; y levantándose se arrodillaron delante del altar, y auxiliados a gritos pidieron misericordia, haciendo muchos actos de cristiandad, y puéstoles los hermanos las ropas fueron acompañados de muchas personas eclesiásticas y condecoradas, y tropa, por las calles acostumbradas, hasta el suplicio: subiendo primero Quintero, como capitán de ello, se colocó en el palo de en medio, Aldama en el derecho y Blanco al izquierdo. Se quebraron las armas y bastón, cuya ejecución se concluyó a la una de la tarde, durando a la vista por orden superior hasta las cinco que se pasaron a la real cárcel, y separadas las manos derechas se fijaron como se mandó, las que se quitaron el jueves 17 del mismo año, y con los hábitos de San Fernando se amortajaron y depositaron en la capilla de los Talabarteros, hasta el siguiente domingo que los hermanos de la Santa Veracruz en su parroquia hicieron un decente entierro con misa de cuerpo presente, que cantaron los fernandinos, y costó doscientos veintisiete pesos.

Éste fue todo el infeliz suceso de los desgraciados agresores de Dongo y su familia.

Per misericordiam Dei, requiescant in pace. Amén.

Al concluir este artículo debemos llamar la atención de nuestros lectores. El crimen que se ha referido fue, como se ve, cometido por tres españoles, de una condición y clase no común. En ochenta años que van trascurridos no se ha vuelto a perpetrar en la capital otro atentado tan atroz de que sea víctima una familia entera. Esto da una idea del carácter de las gentes que habitan la capital, entre las que no podemos negar que haya algunas de costumbres bien depravadas; y demuestra también que la civilización, aunque lentamente, adelanta entre nosotros, y esto lo prueban bastante las narraciones históricas que llevamos publicadas.

IGNACIO M. DE ALLENDE

I

Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas. Las unas eran rojas como el pudor de la mujer a los diez y seis años, las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca a otra, colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis visto al insecto dorado besar amoroso a las flores y sacar su néctar y llevarse su polen?… Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en medio de los rayos del sol, las montañas unas tras otras, altas, azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas plantadas por la mano de la naturaleza…

Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta vereda, me condujo a una de esas mesas interminables de la Sierra Madre, donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba a percibir la vista: era el verdadero desierto de la Siria.

II

¡Qué encanto! ¡Qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan agradable! El desierto desaparece repentinamente, se transforma, se hunde a mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un jardín, y dentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del grande y excelso Jardinero del mundo.

Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande, dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves o con sus manojos de flores.

San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo a la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande, otras, de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.

San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.

III

Allende fue el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus balas a la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo conocieron lo describen

como un hombre alto, bien hecho, hermoso, fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques, excelente militar para su época, y hombre de previsión. No siempre se siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra de Independencia no terminó en el primer periodo en que hizo el mismo empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.

La idea de la independencia y de la libertad aparece depositada en el cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fue el verdadero autor de la idea, o el colaborador de Hidalgo? Parece que lo primero es más probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras e inexorables para los dos.

Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó a ser capitán de dragones de la reina. Sirvió en San Luis a las órdenes de Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.

En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de su cuerpo, habían pensado en la independencia, y que de todo esto tenía conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño, de Guanajuato, manda prender a todos los que según la denuncia estaban comprometidos; pero Allende interceptó por una rara casualidad la orden, manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega a las doce de la noche a Dolores, despierta a Hidalgo, hablan los dos un momento, se deciden a arrojarse a lo desconocido de las aventuras, a lo lúgubre y sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran su ataúd, al saludar a la libertad dicen adiós a la vida, se despiden de la bella naturaleza, y dan con cuatro o cinco miserables del pueblo el tremendo e histórico grito de Dolores, el 16 de septiembre de 1810. He aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica, sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.

IV

Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han conocido

tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan, se arrojan a una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese obstáculo de fierro que se llama lo imposible.

De Dolores marcharon Hidalgo y Allende a San Miguel el Grande. Lo primero que hicieron fue entrar a una iglesia y sacar el lábaro al derredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado. De San Miguel, la marcha fue a Celaya. Ya no eran seis los personajes, sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal asombrosa y nunca vista.

Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas distinciones poco importaban entre masas que no podían tener organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir a la capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió a Guanajuato.

En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero la primera cosa verdaderamente terrible que se vio en Nueva España, fue el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga a las playas, el huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo de sus lavas. La revolución arrebata a la autoridad y la destroza. Las fuerzas todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad, una alianza con el orden moral. Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron a romper con sus pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancervero, a la entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta pedrería acumulada por

la paz y arrancada a las entrañas de la tierra durante tres siglos.

En la peregrinación a que nos referimos al escribir este artículo, nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo. Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda, la barranca, la vereda o la loma nos daban materia para pensar en todos aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron a nuestra existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda y de hacienda en pueblo llegamos a Guanajuato, y no volviendo de pronto la vista ni a las tahonas que molían el metal, ni a las minas profundas ni a los tejos de plata que caminaban a la Casa de Moneda, nos detuvimos delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la mano y con muchos testigos a

nuestro lado, que nos contaban las cosas como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aquí para que formen parte de esta gran colección donde hemos resumido las misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los hombres y de los pueblos.

No olvidemos que estamos el 28 de septiembre de 1810, delante de Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.

V

Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la conmoción fue grande; aquellas calles angostas y pendientes de Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fue forzoso que quedaran los que no tenía posibilidad de huir, o los que demasiado entusiasmados por la causa del rey, creían en la victoria.

Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre, sobreponiéndose al peligro y aun a sus opiniones privadas e íntimas, no hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente a la ciudad. Éste era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más brillantes, tanto físicas como morales. Hombre de instrucción, de experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos, como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años más o menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; mas español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos e increíbles que seguían a Gonzalo de Córdoba, en los momentos de peligro

acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito del deber, que como primer funcionario público le obligaba a defender al gobierno, se preparó a una obstinada resistencia, calculando que el resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió; Riaño trazó el plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico a esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo de honor y de virtudes. Mas volvamos a nuestra narración.

Riaño, con una actividad increíble, mandó abrir fosos en las calles, construir trincheras, animó a los moradores ya decaídos y abatidos, y puso sobre las armas cuantas fuerza le fue posible. Ejecutadas estas medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una sola al descanso, pasó revista a sus tropas y aguardó más tranquilo los acontecimientos. Una circunstancia vino a alarmar al jefe y a los propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era corta para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes se derramarían por algunas calles, entregándose a la matanza y al saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con éxito. La medida no hubiera sido del todo mala si Granaditas no se hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida. Inmediatamente comenzó a transportarse dinero, plata y oro en pasta, baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuerte y depositando los tesoros en la salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea concluida, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las puertas, y esperaron al enemigo.

Éste no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo que haría, tanto más, cuanto que también tenía un caudillo esforzado que lo guiara. Éste era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio, ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi prodigiosos. Luego

que el cura Hidalgo se aproximó a Guanajuato, el atrevido muchacho salió a reconocer la clase y número de gente de que se componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas veces excede a los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el negocio iba a ser funesto a los guanajuatenses. En consecuencia, el muchacho se dirigió a Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó a gritar: «afuera muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no comprendían absolutamente el sentido de estas palabras; mas el muchacho les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como defacto entraría vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del pueblo». Desde aquel momento no hubo más que una voz: afuera muchachos: a Granaditas. Aquellos hombres, ya preparados a la furia y a la matanza, abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio. Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San Miguel y a diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que esperar más auxilio que el de Dios.

El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al fuerte y hablar verbalmente a Riaño, se le vendaron los ojos, y en esta forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de guerra, se discutía lo que sería conveniente resolver. Abasolo no quiso aguardar, y se retiró al campo insurgente.

—Estáis en disposición de hablar, señor coronel —dijo Riaño a Camargo con voz afable y serena—; decid el objeto de vuestra comisión.

Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó a Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego, volviéndose a los que componían la junta les dijo:

—El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la libertad, un numeroso pueblo lo sigue…

Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió, prosiguió con calma:

—Hidalgo quiere evitar la efusión de sangre, y nos amonesta para que nos rindamos, garantizando nuestras vidas y propiedades: leed.

El oficio se leyó en voz alta por un individuo; un silencio profundo sucedió; ni el aleteo de una mosca se escuchaba, y si acaso sólo se oía el tenue ruido que provenía del latido del corazón de aquellos hombres cuyos rostros lívidos y descompuestos, cuyas miradas tristes y descarriadas anunciaban que estaban poseídos de espanto y de pavor.

Riaño, que notó estos sentimientos, continuó con voz tan tranquila y dulce como si estuviera en una conversación familiar:

—Mi deber como magistrado me ha obligado a tomar algunas medidas de defensa; pero esto no quiere decir que ustedes deban sacrificarse a mis ideas, a mis caprichos. El ejército de Hidalgo puede ser muy numeroso; traerá sin duda artillería, y en este caso la resistencia es inútil y pereceremos…

—Es verdad —dijeron dos o tres voces.

—En ese caso vale más rendirse que no hacer una necia resistencia… Hubo un silencio de algunos instantes, durante los cuales Riaño y

Camargo cambiaron una mirada de alegría, hasta que una voz ronca y firme gritó:

—No, nada de capitulación, nada: vencer o morir.

—Sí, vencer o morir —clamaron también los demás, animándose súbitamente…

—¿Conque estáis decididos? —preguntó Riaño tristemente…

—Sí, enteramente…

—Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí. —Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y levantándose la dio al coronel Camargo, sin que una sola facción de su rostro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura, sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de aquel hombre que veía ya el sacrificio muy cercano.

—¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? —dijo Camargo.

—Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles más instancias: dirían que soy un cobarde.

Camargo fue llamado a almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando hubo concluido se dirigió a Riaño:

—Conque por fin…

—Está ya dada la respuesta —le dijo Riaño— pero añadid a Hidalgo, que a pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la diferencia

de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad, y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.

Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.

—Ahora —dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en la inacción—, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir como buenos españoles.

Inmediatamente dio sus disposiciones y formó a toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; a los que tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra porción la destinó a la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se comunicaba con Granaditas y dominaba la calzada.

En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fue el de «mueran los gachupines», y aquella masa enorme de hombres armados con picas, palos y machetes, comenzó a moverse. Era una larga serpiente la que retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que dominan a Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules, amarilla y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes a cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron a tres indios. Esta sangre fue como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fue reproduciéndose desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.

El ejército se dividió en dos trozos; uno de ellos se dirigió al cerro del Cuarto y a las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y silenciosos el principio de este sangriento festín, se levantaron como impulsados por una máquina, y corrieron a reunirse con los insurgentes y a hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería se dirigió a las prisiones, puso a los criminales en libertad, y recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba a su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la Alhóndiga. En cuanto a las gentes temorosas y pacíficas, se habían encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y

trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este horrible drama.

Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato. Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente, gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar después de la explosión de las armas de fuego que disparaban los enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan lanzando mil rayos.

En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz, de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que a sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de fantástico… A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su fuerza: las descargas de piedras no cesaban, y continuamente se veía en el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En cuanto a los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar a cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después cuando el frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso, rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos los españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato. Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban, recorría los puntos de mayor peligro, animaba a los defensores del fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó a

hacer fuego. Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.

El cuerpo de Riaño fue conducido al interior del fuerte, y retirándose también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la atrincheraron cuando fue posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte. Luego que vio el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se arrojó a abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas quejas, y luego, acometido de un furor inaudito, quiso exprimirse una pistola en el cráneo.

—¿Qué hacéis? —le dijo uno—; vale más que antes de morir venguéis a vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza calmarán vuestro dolor.

—Decís bien, decís bien —contestó soltando la arma—: necesito sangre, necesito venganza. —Al acabar estas palabras se dirigió a la azotea, desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.

El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes e imponentes en los corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha hablado al principio, le dijo:

—Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pipila.

—Ya se ve que sí —contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en sus labios.

—Pues la patria necesita de tu valor…

Pipila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fue acercando a la puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto a los del fuerte, hicieron caer una lluvia de balas sobre Pipila; pero todas se estrellaban en la losa, de suerte que llegó a la puerta y arrimó la tea.

En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto, hicieron fuego. Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes se agolparon a la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer a pedazos.

Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y salones, comenzó a ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes, pedían a Dios

misericordia y sucumbían traspasados a puñaladas. Los que guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían destruido un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron a la noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.

A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo de los cadáveres. En cuanto a las riquezas que había encerradas, fácil es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de Guanajuato.

En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de las tiendas los barriles de licores y entregándose a todo género de excesos.

Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes con que se anunció la independencia de México. Como si el pueblo en aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba de una manera inaudita.

VI

Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días, salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fue posible, y en el mes de octubre todo ese grande ejército independiente, que en su mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió a la capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana, Ixtlahuaca y Toluca.

En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir una división de tres mil hombres que puso al mando de don Torcuato Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número sólo le agobiaba, y a medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español retrocedía, hasta que en el Monte de las Cruces tomó posiciones que la naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió a esperar.

Fue en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal. Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y a poco fue ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba los días de la conquista,

se arrojaban sobre las tropas españolas, y eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino irritar y hacer más tenaz a la raza indígena. Era, a poco más o menos, el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de México en 1521. Es un hecho bien averiguado que los indios de Hidalgo llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus sombreros de palma las bocas de los cañones.

Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en vano, de organizar el ataque y de reducirlo a las reglas de la táctica española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la metralla.

En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice a los que le rodean:

—Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme.

Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas a su caballo, y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que cubría la verdura de los árboles.

Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!

VII

¡Viva México!, grita Allende que había escapado de la metralla; y de un salto llega adonde están las piezas, les tira el lazo, y lo mismo hacen los rancheros; amarran a la cabeza de la silla, ponen la espuela a los caballos y se llevan la artillería, dejando a los soldados españoles atónitos, con la mecha, el estopín y las balas en la mano.

La batallar se gana completamente; todos los oficiales y soldados españoles quedan tendidos en el campo, y Trujillo, merced a su caballo, se escapa y se presenta como una fantasma sangrienta a anunciar la catástrofe al virrey.

Allende da la orden de marchar inmediatamente a la capital; Hidalgo se opone, los dos caudillos se disgustan, y el ejército victorioso se retira en desorden, en las mismas puertas de México. Era necesario nueva sangre y nuevas victorias para que se consumara la obra y el sacrificio de los caudillos, para que quedase santificada con su propia sangre. Las naciones necesitan su bautismo antes de recibir su nombre social.

El ejército se retiró y fue a estrellarse en una desgracia, Aculco, y a desbaratarse en una fatalidad, Calderón.

Los dos caudillos disgustados, porque la desgracia hace a los hombres injustos y enemigos, lucharon algunos días más. Allende fue todavía favorecido por la victoria derrotando en el Puerto del Carnero al comandante español; pero la desorganización había ya destruido la fuerza de los independientes. El huracán que comenzó a soplar en Dolores y se desató terrible en Guanajuato y las Cruces, comenzaba a perder su fuerza.

Los jefes resolvieron, con los restos del ejército y el dinero que pudieron reunir, marchar a los Estados Unidos, y allí disciplinar sus tropas, disponer la campaña y volver de nuevo a recoger seguros laureles, terminando la obra difícil que habían comenzado.

Lo que llamamos suerte, y que no son más que los acontecimientos negros y desconocidos que vienen de un caos profundo, dispuso las cosas de otra manera.

VIII

Hemos comenzado nuestra historia en el pequeño verjel de San Miguel, que después tomó el nombre de Allende, y vamos a terminarla al cabo de seis meses en un lugar triste, solitario y desierto. En Acatita de Baján.

Los independientes caminaban lentamente en dirección a la frontera del norte. Llevaban cerca de medio millón de pesos en dinero y plata labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por tropas insurgentes hasta Monclova.

El capitán español Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su poder cuantos componían la comitiva.

Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito: Ríndanse al rey. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó a tierra, amartilló su pistola e hizo fuego al oficial español que estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó su pistola sobre Allende, y gritó «fuego» a la tropa que lo seguía: una nube de balas vino a romper los vidrios y las maderas del carruaje. El hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron maniatados y entregados a la rigurosa custodia de un oficial. Así que Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella a Monclova.

De este lugar se condujeron los presos a Chihuahua, y allí fueron juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y conducidas a Guanajuato fueron colocadas en unas jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.

JAVIER MINA

I

En este libro hemos consignado el fin trágico que la suerte reservó a los primeros caudillos de la Independencia mexicana. Sin experiencia en las armas, sin elementos para la guerra, y educados en la sedentaria y tranquila carrera de la Iglesia, su mérito y su gloria han consistido más bien en su abnegación y en su amor a la libertad, que no en el éxito de sus expediciones militares.

Después del suplicio de Morelos, de ese hombre singular a quien sus mismos enemigos no pueden negar ni el talento natural para la guerra, ni la constancia ni el valor, comenzó la fortuna a mostrar su faz hosca y sañuda a la mayor parte de los caudillos mexicanos que habían conservado las armas en la mano, y que llenos de fe en la causa de la patria, habían visto con desdén los ofrecimientos de perdón y aun las más lisonjeras promesas de parte del gobierno español. Todo parecía concluido. Las partidas de insurgentes que habían quedado, siendo ya poco numerosas y escasas de elementos para la campaña, no inspiraban ya temor al gobierno, y el virrey creyó por un momento que había ya recobrado plenamente el dominio en la antigua colonia.

Repentinamente un suceso inesperado sacude en sus cimientos a la Nueva España, y el fuego de la independencia, que parecía completamente apagado, se encendió de nuevo para no extinguirse nunca, pues se encuentra aún vivo y ardiente en el pecho de los mexicanos.

Mina fue el relámpago que un momento iluminó el horizonte de la revolución, y desapareció en esa insondable eternidad que no podemos comprender.

Era labrador, pero labrador en la montaña, no en la llanura. Los montañeses tienen que habituarse a la vida aventurera y casi salvaje. Los

fenómenos todos de la naturaleza parece que se desarrollan de una manera más imponente en la montaña, y esto y el ejercicio de la caza preparan a esa clase de hombres a la vida militar.

Napoleón I hizo del labrador montañés un guerrillero.

Mina peleó por la independencia de su patria y llegó a ser jefe de la Navarra, provincia donde vio la luz en fines del año de 1789.

Terminada la invasión, Mina se encontró con otro enemigo, el despotismo, y basta para personificarlo nombrar a Fernando VII, soberano tan repugnante que ni aun ha tenido la consideración para los españoles más sumisos y monarquistas. Mina, en unión de su tío Espoz y Mina, conspiró en Navarra para restablecer la Constitución. Desgraciado en esta tentativa, tuvo que huir para salvar la vida, y emigró a Francia y pasó poco tiempo después a Inglaterra.

Encontró allí un personaje al que no hemos dado todavía todo el honor y la celebridad que merece. Este personaje era el doctor don Servando Teresa de Mier. Este padre fue el primero en propagar las ideas de la desamortización eclesiástica y de la separación de la Iglesia y del Estado. Sus obras no las mejoraría en ciertas capitales el progresista más exaltado de 1870.

Un fraile y un proscrito sin un cuarto en la bolsa, el uno con su entusiasmo y el otro con su espada, intentan, a más de dos mil leguas de distancia, derribar un gobierno que había triunfado de los más valientes y esforzados caudillos mexicanos. Desde este momento comienza una serie de aventuras, propias más bien para un romance.

El mismo día que resolvió Mina hacer una expedición a México, alentado por los consejos y entusiasmo del padre Mier, se presentó resueltamente en la casa de dos o tres comerciantes ingleses.

Quizá una semana después, a las tres de la tarde (y hay sobre esto un canto popular), el guerrillero español abandonaba las costas inglesas, y surcaba los mares en un barco mercante que tomó a flete, y fue el principio de su escuadrilla. Le acompañaban el infatigable padre Mier y treinta hombres terribles y desalmados, que dieron prueba más adelante de una energía indomable. La primera idea de Mina fue poner directamente la proa a las costas de México; pero varió de resolución, y para proveerse de más gente y recursos, se dirigió a los Estados Unidos del Norte, donde reclutó, en efecto, más de doscientos soldados aventureros, que indistintamente habían servido con los ingleses y con los franceses en las últimas guerras. Con estas fuerzas, y con otros buques aunque pequeños, organizó su expedición y se dirigió a

Puerto Príncipe, donde se encontró con que un terrible huracán le había destruido uno de los buques que mandó con anticipación, y con que muchos de los aventureros enganchados se habían desertado.

De Puerto Príncipe salió a la mar la expedición con dirección a Texas, con el fin de reunirse con el comodoro Aury, jefe de unos cuantos piratas que había reunido bajo sus órdenes. El vómito prieto se declaró a bordo de la improvisada escuadrilla, y comenzaron a morir oficiales y marineros. En el estado más triste llegaron a la isla del Caimán. Las frescas brisas y una pesca abundante de tortugas volvieron la vida y las fuerzas a los enfermos. Mina, resistiendo a las enfermedades y a todo género de contratiempos, llegó por fin a Galveston, donde abrazó al pirata Aury, refrescó los víveres, estableció su campamento, se dedicó a formar sus regimientos, a preparar la expedición, y publicó un manifiesto que circuló poco tiempo después en México, y reanimó el entusiasmo por la Independencia.

II

Las aguas de la costa del Nuevo Santander (hoy Tamaulipas) estaban por lo común solitarias, y una que otra barca de pescador rompía aquellas olas cansadas de rodar en las calientes arenas de la playa.

El tiempo había estado borrascoso. Recios vientos habían soplado sin duda más lejos, pues venían las olas todavía gruesas y enojadas a azotarse contra la costa. Se observó el palo de una embarcación. Empujada por una fuerte brisa que hinchaba sus velas, en breve llegó al puerto, y se pudo reconocer que era un barco grande armado en guerra. En efecto, era la Cleopatra, y a bordo venía el general don Francisco Javier Mina.

El desembarco se hizo sin dificultad y sin experimentar resistencia ninguna el 15 de abril de 1817.

El 22 salió Mina para Soto la Marina. Caminaba a pie, con su espada en la mano, al frente de la tropa. Tres días anduvo perdido en los bosques, pero al fin llegó a la población, donde fijó su cuartel general. Sus buques quedaron en la costa. Un marino español salió de Veracruz a atacarlos. La goleta Elena, que era muy velera, escapó a la vista del enemigo; las tripulaciones de la Cleopatra y del Neptuno vinieron a tierra, y en este estado, el marino español que montaba la fragata Sabina, se encaró fieramente con la escuadrilla silenciosa del aventurero capitán.

El marino español rompió un vivo fuego de cañón. La Cleopatra no contestaba, y esto irritaba al enemigo.

—Que redoblen el fuego —gritó con voz de trueno.

El cañoneo continuó más fuerte. La Cleopatra, siempre silenciosa, parecía resistir las balas sin que le hicieran un daño visible.

—¡Esta es una asechanza sin duda! —exclamó el jefe español—, se tratará de que nos acerquemos, para echarnos una andanada y sumergirnos en el agua. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje! Y no hay que perdonar a nadie. Hombres, mujeres, niños, que todos sean pasados a cuchillo.

Los botes, tripulados con un buen número de gente provista de escalas, garfios, picas y demás instrumentos propios para el abordaje, se desprendió de la Proserpina y resueltamente se dirigió a la Cleopatra. El mismo silencio, la misma terrible inmovilidad.

—¡Ánimo, marinos! —gritó el jefe que mandaba los botes—; acordáos que sois españoles y que estáis en la tierra de Cortés. ¡Arriba! ¡A ellos! Y no haya misericordia.

Los marinos españoles se lanzaron como leones.

Un gato, único defensor que había quedado a bordo, corrió por la cubierta, y mirándose atacado por los marinos de la Proserpina, corrió sobre cubierta, se precipitó, sin saber dónde, cayó sobre la cara del comandante, se afianzó con las uñas de sus barbas y carrillos, y al grito de sorpresa y de dolor del bravo marino, el gato cayó en el agua y desapareció entre las ondas. Los asaltantes tuvieron que soltar una carcajada.

Sin embargo, el brigadier don Francisco de Beranger, que mandaba esta expedición, dio a su regreso a Veracruz un parte en que describía una terrible batalla naval y un sangriento abordaje. El virrey los recomendó a España, y decretó que llevaran en el brazo derecho un escudo con el siguiente epígrafe: Al importante servicio en Soto la Marina.

III

Mina no perdió su tiempo. Construyó un fuerte regular en Soto la Marina, y resolvió expedicionar en el interior del país.

La mañana del 24 de mayo, Mina, ya con su espada ceñida, estaba en la plaza al frente de sus tropas, que eran las siguientes:

General y su Estado Mayor 11

Guardia de honor al mando de Young 31

Caballería 124

Regimiento del mayor Sterling 56

Primero de línea 64

Artillería 5

Criados 12

Ordenanzas 5

TOTAL: 308

Era ridícula esta expedición. Mejor dicho, era sublime. El comandante tenía en sus ojos la victoria.

Mina llamó al mayor Sardá.

—Te dejo cien hombres, mayor. Con esta fuerza te defenderás hasta el último extremo. Te han de sitiar, sin duda alguna; pero no haya cuidado, yo volveré y haré a balazos que te dejen quieto. —Mina estrechó la mano del mayor, y espada en mano, salió de la plaza de Soto la Marina, tambor batiente y bandera desplegada.

Después de tres días de marcha por aquellos desiertos faltos de víveres y de agua, la tropa comenzaba a fatigarse y a murmurar.

—No hay cuidado, mis amigos; antes de algunas horas tendremos víveres frescos, y habitación magnífica, y dinero.

En efecto, Mina, burlando con la rapidez de su marcha la vigilancia del jefe don Felipe de la Garza, sorprendió una hacienda y se apoderó de una buena cantidad de efectos y provisiones que repartió entre sus soldados.

Ninguna de las muchas combinaciones militares que hizo el gobierno con una actividad sorprendente, pudo detener la marcha de Mina. Derrotó a Villaseñor en el Valle del Maíz, y el 14 se hallaba instalado en los magníficos edificios de la hacienda de Peotillos, que en esa época pertenecía a los carmelitas. Los dependientes y mozos habían huido, llevándose todas las provisiones. La tropa, cansada y hambrienta, se acostó sin cenar. No habían cerrado los ojos, cuando el enemigo se presenta. Armiñán y Rafols, con fuerzas considerables, tocan, como quien dice, a las puertas de la hacienda.

Mina recibe el aviso de sus avanzadas, se ciñe la espada, sube a la azotea del edificio y observa entre el polvo y la ardiente reverberación del campo, una fuerza de infantería como de 1000 hombres, seguida a cierta distancia por una numerosa caballería.

—Amigos —dice a sus soldados, que habían salido en seguimiento de su jefe—; vamos a ser atacados dentro de pocos momentos. Si nos encerramos

en las casas, pereceremos, si no por las balas, sí de hambre. No hay más recurso que salir al campo y atacar al enemigo antes de que se acerque más.

La respuesta de esta tropa denodada fue un ¡hurra! estrepitoso, y cosa de 170 hombres formaron en momentos y se dirigieron a paso veloz al encuentro de la formidable columna española.

Mina, a los pocos momentos de comenzada la acción, se vio envuelto por la caballería, y sus escasas fuerzas diezmadas por las balas enemigas. En este trance supremo, con los pocos que le quedaban, formó un cuadro, hizo una descarga a quemarropa a la caballería que se le venía encima, mandó calar bayoneta y se lanzó con espada en mano, haciendo un agujero sangriento en la masa compacta de enemigos. El pánico se apoderó de ellos, comenzaron a vacilar y a desorganizarse, y concluyeron con abandonar el campo y echar a correr. El coronel Piedras, de las tropas realistas, no paró hasta Río Verde. Rafols se escapó en las ancas del caballo de su corneta de órdenes, y Armiñán se retiró a San José. Esta fue la célebre acción de Peotillos dada el 15 de junio.

Mina, con el puñado de hombres que le había quedado, resolvió seguir al interior del país, y al día siguiente se puso en camino, no deteniéndose sino delante del Real de Pinos, cuya plaza estaba fortificada y defendida por trescientos hombres y cinco cañones.

Para Mina no había dificultades, y a todo trance necesitaba apoderarse de este mineral. Mina intimó rendición a la plaza, y habiendo recibido una respuesta altanera, se decidió a obrar. Llamó a quince de sus más atrevidos soldados, les indicó una tapia, y con una escalera subieron sin ser sentidos a las azoteas de las casas. Descendieron a la plaza, sorprendieron la guardia y se apoderaron de la artillería. Mina entonces asaltó la ciudad, y no habiendo resistido ya los defensores, entró a ella, permitiendo el saqueo para castigarla de su resistencia. El 24 de junio Mina se hallaba en el corazón del país, y posesionado del fuerte del Sombrero, que mandaba el jefe independiente don Pedro Moreno.

A los cuatro días, y cuando apenas sus soldados comenzaban a descansar de una marcha de más de 250 leguas por un país desierto, se supo que el jefe español Ordóñez, con una fuerza de 700 a 800 hombres, se dirigía sobre el fuerte. Mina, rápido en sus concepciones, resolvió atacarlo, y acompañado de Moreno y del Pachón (Encarnación Ortiz), se puso en marcha, y a la media noche llegó a las ruinas de una hacienda, donde encontró 400 insurgentes armados con unos cuantos fusiles inútiles. Al día siguiente muy temprano continuó su marcha, y algunas horas después se hallaba frente del enemigo

con dos columnas de cien hombres, y en menos de ocho minutos Mina derrotó a los españoles, y regresó al fuerte con los cañones, fusiles y dinero ganados en esta batalla donde murieron los jefes realistas Ordóñez y Castañón.

IV

En poco tiempo Mina llenó con su nombre toda la Nueva España. Las gentes, cuando pasaba por algún pueblo, salían a verle con admiración, y el virrey, al acostarse y al levantarse tenía en sus oídos este nombre fatal.

El gobierno colonial desplegó la mayor actividad, reuniendo en Querétaro un cuerpo de tropas escogidas que puso a las órdenes del mariscal Liñán, y apeló, además, a los medios de costumbre, que fueron declarar al héroe de Peotillos traidor, sacrílego y malvado. Ya en fines de julio, Mina tenía sobre sí en la provincia de Guanajuato a Liñán, Orrantia, Negrete, Villaseñor, Bustamante (don Anastasio), y cuantos otros jefes se consideraron capaces de afrontar el ataque rápido y terrible de los atrevidos aventureros que militaban bajo sus órdenes. Las fuerzas españolas se fueron colocando en puntos convenientes, hasta que al fin se acercaron y establecieron un sitio al fuerte del Sombrero. Este lugar dista de Guanajuato 18 leguas, y 6 de la ciudad de León. Mina, con cosa de mil hombres mal armados y unas viejas piezas de artillería, se resolvió a esperar y defenderse hasta el último extremo.

El 1.º de agosto el enemigo rompió el fuego de cañón, que continuó sin interrupción durante cuatro días. Creyendo Liñán que los defensores estarían ya acobardados, dispuso un asalto por cuatro puntos, y por todos ellos fue rechazado. Entonces se hicieron a Mina proposiciones muy lisonjeras, que rehusó constantemente.

El fuego de cañón comenzó otra vez con más fuerza; la escasa agua que había en un algibe del fuerte se acabó, y las nubes derramaban en las cercanías frescas y abundantes lluvias, mientras los hombres del fuerte morían de sed. Mina, entonces, para contener la desesperación de sus soldados, hizo una salida sobre el campo de Negrete, le mató mucha gente y le tomó un reducto, pero tuvo que retirarse y volverse a encerrar en aquellas rocas secas y fatales.

El 15, Liñán hizo un terrible empuje y arrojó todas sus columnas sobre el fuerte, pero fue rechazado, perdiendo más de 200 hombres que quedaron tirados en las barrancas.

Los independientes no podían, sin embargo, sostener la posición. La sed los hacía rabiosos, y la peste los diezmaba. Resolvieron en una noche oscura abandonar el fuerte, pero al atravesar la barranca fueron sentidos, y las tropas españolas cayeron sobre ellos, y hubo en la oscuridad una horrible matanza de que pocos escaparon. Liñán ocupó el fuerte el 20, y su primera disposición fue mandar fusilar a los enfermos y heridos que habían quedado abandonados en esa noche triste de la Independencia mexicana.

Mina, protegiendo la salida, animando a los débiles, recogiendo a los dispersos, sostuvo la posición hasta lo último; pero ya rodeado de tropas españolas, no le quedó más arbitrio que abrirse paso con cien caballos, logrando escapar de la fuerza enemiga y llegar al fuerte de los Remedios, en el cerro de San Gregorio.

El 27, Liñán con todas sus tropas se presentó delante del fuerte de los Remedios. Mina, dejando sus buenas tropas en esta posición, expedicionó por el Bajío con cerca de 900 insurgentes de caballería. Se posesionó a viva fuera de la hacienda del Bizcocho y de San Luis de la Paz. Fue rechazado de la Zanja y derrotado por Orrantia en la hacienda de la Caja. No pierde, sin embargo, el ánimo, y con veinte hombres que le quedaron, se dirige a Jaujilla a conferenciar con la Junta, y empeñado en auxiliar a los sitiados en el fuerte de los Remedios, vuelve otra vez a Guanajuato, reúne a los insurgentes, toma la mina de la Luz, penetra en las calles, y allí desorganizadas las tropas que eran colecticias, bisoñas e insubordinadas, es completamente derrotado. Con 40 infantes y 20 caballos pasa la noche cerca de la mina de la Luz, y al día siguiente se dirige al rancho del Venadito, cuyo dueño era su amigo don Mariano Herrera.

Por las noticias que Orrantia adquirió en Guanajuato, supo el lugar donde Mina debería encontrarse, y a las diez de la noche salió con 500 caballos, dejando la infantería en Silao. Mina, a quien había venido a ver Moreno en la confianza de estar seguro en un lugar tan oculto con las precauciones que había tomado, se propuso descansar, y por primera vez después de muchas noches se quitó el uniforme y permitió que desensillasen sus caballos.

Al amanecer del 17, Orrantia llegó al rancho, y su avanzada de caballería rodeó la casa y sorprendió a los que todavía dormían tranquilos. Moreno murió defendiéndose, y Mina, hecho prisionero y llevado delante de Orrantia, fue insultado por éste y maltratado de una manera villana, hasta el extremo de darle de cintarazos.

El 11 de noviembre, a las cuatro de la tarde, fue conducido Mina al Cerro del Bellaco, donde fue fusilado por la espalda, a la vista de los campamentos español e insurgente, que suspendieron las hostilidades para presenciar la

muerte del indomable aventurero, que aún no cumplía veintinueve años, y que hizo temblar al antiguo virreinato de la Nueva España.

VICENTE GUERRERO

I

Si Mina fue la tempestad y el rayo que hizo templar al virrey en la silla dorada, Guerrero fue la luz de la Independencia. Encendida siempre en las ásperas y ricas montañas del sur, los mexicanos siempre tuvieron un punto adonde dirigirse, una esperanza que invocar y un representante que abogase siempre por la causa justa, pero al parecer perdida, por las victorias de las armas españolas. Si Guerrero hubiese sido uno de esos romanos que desde la oscuridad del campo se solían elevar hasta la gloria de la República, Tácito le habría consagrado un envidiable escrito como el que le dedicó a Julio Agrícola.

II

No vamos a escribir la biografía de Guerrero. Su vida fue un tejido de aventuras y una serie de rasgos heroicos, que están íntimamente unidos con nuestra guerra de once años. Sería necesario escribir la historia entera, pues Guerrero tuvo la fortuna de sobrevivir a su obra, y la desgracia de ser jefe de la República y de morir a manos de sus mismos compatriotas.

Nació Guerrero por los años 1783, en Tixtla. Su familia era de pobres labradores, restos escapados de la conquista, y que desde esos tiempos quizá buscaron una poca de libertad en las montañas del sur. Los años primeros de Guerrero se pasaron en la fatiga y en el trabajo. ¿Qué educación, qué literatura, qué ciencias podían penetrar en esas apartadas montañas y en la casa rústica del campesino? El hombre era natural, el árbol con la corteza, la flor con todo y las espinas, el oro con el cuarzo. Pero la alma era en efecto de

oro, y la aptitud moral, la inspiración de lo bueno, bastó para conducirle por el camino de la gloria y de la honra, hasta los grados superiores de la milicia y hasta el primer puesto de la República.

III

En 1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la independencia en Dolores. En 1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la inspiración patriótica, figuraba como capitán, y servía a las órdenes inmediatas de don Hermenegildo Galeana.

El hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En febrero de 1812, Guerrero ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente a frente con los jefes españoles, ya alcanzaba en Izúcar una victoria sobre las tropas regulares que mandaba el brigadier Llano; ya, en fin, sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había, sin embargo, escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es lo que se llama genio. Mientras menos son los elementos primitivos, mientras más inculta es la educación, mientras más oscura es la personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre las puertas de la sociedad, y grita a los tiranos con la justicia en el corazón y con la espada en la mano: ¡Aquí estoy!

En 1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el sur de Puebla, había militado a las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas aventuras y peligros, y era ya por fin uno de los jefes de la Independencia; pero se hallaba en una singular situación. Los azares de la guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido a un soldado asistente, a un fusil sin llave y a dos escopetas. Con estas terribles fuerzas emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos esos hombres, es fuerza que tengan algo del hidalgo de la Mancha en el cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizo Guerrero, entierra las escopetas, despide al soldado, y se encierra en su casa.

Sin embargo, salió a los pocos días de su situación, de una manera inesperada.

Se presentó por el rumbo una fuerza española al mando de don José de la Peña, de cosa de 700 a 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la Providencia le deparaba un armamento y un material de guerra, tal cual se lo había figurado.

En lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de Papalotla, despertó a los indígenas, los armó con palos; esas armas son fáciles de

encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en silencio las humildes chozas del pueblecillo, hasta la orilla del río. Allí, Guerrero dio el ejemplo, y todos se arrojaron al agua, y aquel cardumen de extraños peces dio en la orilla opuesta, sin haber hecho el menor ruido. El campamento del enemigo estaba a poca distancia. Guerrero cae sobre él, y los soldados de España son despertados a garrotazos, quedando algunos muertos, otros atarantados, y los más, presas del pánico, pues no acertaban ni a concebir, cómo tan de repente tenían a los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.

IV

En la larga campaña que hizo Guerrero en el sur, había necesidad de llenar un volumen si nos pusiéramos a referir todos los rasgos de su valor personal. Citaremos, sin embargo, otro, quizá más notable que el anterior.

Un día llegó con una corta fuerza al pueblo de Jacomatlán, y observando que un alto cerro dominaba la población, prefirió ocupar esa posición militar, como lo hizo en efecto, estableciendo su campamento. La tropa estaba cansada; en su larga marcha por las asperezas, se había mantenido con raíces y frutas silvestres, y además, tenía necesidad de bañarse, pues las enfermedades comenzaban a desarrollarse entre aquel puñado de valientes.

Guerrero no pudo desentenderse de estas necesidades, y así, accedió a las súplicas de la tropa, y les permitió que pasasen al pueblo a proveerse de algunos víveres para surtir el campamento, donde pensaba permanecer una o dos semanas, y los que se hallaban enfermos, se bañasen en un arroyo que a la sazón tenía una hermosa corriente de agua. La tropa, pues, descendió del cerro, se diseminó entre las casas del pueblo, y otra parte de ella se dirigió al arroyuelo. Guerrero quedó solo con el tambor de órdenes y el centinela que cuidaba el armamento.

Así, a las seis de la tarde y cuando Guerrero dormitaba en el recodo de una peña que le había proporcionado alguna sombra, un muchachuelo llegó casi sin aliento.

—Señor, el enemigo ha entrado al pueblo y está matando y haciendo prisioneros a los soldados y a todas las gentes.

Guerrero da un salto, monta en su caballo que tenía ensillado deja al centinela con orden de dejarse matar antes de entregar las armas, monta a la

grupa al tambor, armado dé un fusil, y se lanza a todo escape por aquellos breñales.

Pero en vez de huir, como el tambor lo había pensado, Guerrero entra a las calles del pueblo. El tambor se apea y comienza a tirar de balazos sobre los enemigos. Guerrero, con espada en mano, se lanza sobre ellos, y asustados de la intrepidez de un hombre, que se atreve solo y tan denodadamente a pelear, dejan el botín que estaban recogiendo, sueltan a los prisioneros y huyen. Guerrero reúne entonces a los soldados, y con algunas armas que los españoles habían dejado tiradas, los persigue y los derrota completamente.

Guerrero había peleado contra 400 hombres mandados por un jefe valiente que se llamaba don Félix Lamadrid.

En pocos días se encontraron dos veces Guerrero y Lamadrid en el campo de batalla, y en Xonacatlán la lucha fue a la bayoneta y cuerpo a cuerpo, como en las guerras de la antigüedad. Guerrero, aunque con fuerzas inferiores, salió siempre vencedor.

Después de estas campañas, Guerrero había aumentado mucho sus tropas, porque su nombre, su fortuna y su trato amable le granjeaban amigos por todas partes. Tenía, pues, necesidad de vestuario, de municiones, de armamento y de multitud de otras cosas necesarias para tener en orden y en servicio a su gente. No tenía más arbitrio sino proveerse a costa de sus enemigos.

Sin dar cuenta a nadie de su designio, se dirigió con mucho sigilo al cerro del Alumbre, y allí, al parecer permaneció ocioso y sin objeto durante muchos días. Una noche puso en movimiento su tropa y la situó convenientemente en la cañada del Naranjo. Una madrugada salió personalmente de Acatlán, a la cabeza de una fuerza, toda decidida y valiente, y antes de que amaneciera el día sorprendió un rico convoy que don Saturnino Samaniego conducía de Oaxaca para Izúcar, haciendo huir al jefe y a los soldados, que escaparon.

Samaniego se reunió en Izúcar con Lamadrid, el eterno antagonista de Guerrero, y volviendo juntos a la carga, atacándole furiosamente en Chinantla. La acción duró desde que rompió el día hasta muy entrada la noche; pero Guerrero quedó vencedor, y Lamadrid y Samaniego, llenos de rabia, huyeron, dejando en el campo cuantos pertrechos y equipajes tenían.

Guerrero, que al día siguiente examinó todo el botín, volviéndose a sus soldados, les dijo: «Nuestros almacenes están ya bien provistos, y nuestros enemigos nos traen los efectos hasta la puerta de nuestra casa, y ni aun el flete tenemos que pagar».

V

El amor propio de Lamadrid se hallaba excitado al más alto punto; así que buscó nuevos encuentros con Guerrero; pero en todas ocasiones salió derrotado, teniendo a veces que huir, a uña de caballo como suele decirse.

Los últimos sucesos de esta especie de desafío a muerte entre el jefe español y el caudillo insurgente, fueron en los años de 1815 y 1816. Lamadrid estaba en la orilla izquierda del río Xiputla, y Guerrero llegó y ocupó la derecha. Desde las dos orillas, las tropas se estuvieron tiroteando y prodigando durante dos días toda clase de improperios. Guerrero, en una noche oscura pasó el río, dio furiosamente sobre el campo enemigo y destrozó a su rival. En Piaxtla y Huamustitlán, corrió una suerte igualmente adversa Lamadrid a mediados de 1816.

La prisión y muerte de Morelos, y el indulto a que se acogieron algunos jefes notables, arruinó por ese tiempo la causa de la Independencia. Guerrero era ya un hombre formado en la guerra y en las fatigas, atrevido para las sorpresas e impetuoso para el ataque. El gobierno español conoció su importancia, y llamó al padre de nuestro héroe, le puso un indulto amplio y completo en la mano, facultándole para que hiciese a su hijo todo género de promesas, ya de empleos, ya de dinero.

El anciano se encaminó hacia el rumbo donde creía encontrar a su belicoso hijo, hasta que al fin dio con él.

Abrazó Guerrero con efusión al autor de sus días; pero así que se enteró de su misión, tomó la mano del anciano, la besó respetuosamente, y acaso la humedeció con una lágrima; recibió el papel en que estaba escrito su perdón, quedó un rato pensativo, y después le dobló y le entregó tristemente a su padre.

—He jurado que mi vida sería de mi patria; y no sería el digno hijo de un hombre honrado, si no cumpliera mi palabra.

El viejo abrazó a su hijo, le bendijo y se retiró silencioso, tomando de nuevo el camino, para poner en conocimiento del virrey el mal éxito de su comisión.

En el año de 1817 Mina desembarcó en Soto la Marina, y en pocos días hizo la brillante campaña de que hemos dado idea en nuestro anterior artículo; pero una vez fusilado este caudillo, el desaliento más completo se apoderó del ánimo de los mexicanos.

Un párrafo de la biografía del general Guerrero, que escribió el señor Lafragua, pinta perfectamente este periodo, y da una idea de cuánta era la

energía moral del caudillo del sur.

La muerte de Morelos, Matamoros y Mina; la prisión de Bravo y Rayón y el indulto de Terán y otros jefes, habían derramado el desaliento y el pavor en toda la Nueva España, que aunque más cercana que nunca a la libertad, gemía más que nunca atada a la metrópoli…

Un hombre solo quedó en pie, en medio de tantas ruinas: una voz sola se oyó en medio de aquel silencio. Don Vicente Guerrero, abandonado de la fortuna muchas veces, traicionado por algunos de los suyos, sin dinero, sin armas, sin elementos de ninguna especie, se presenta en ese periodo de disolución, como el único mantenedor de la santa causa de la Independencia…

Solo, sin rival en esa época de luto, Guerrero, manteniendo entre las montañas aquella chispa del casi apagado incendio de Dolores, trabajaba sin tregua al poder colonial, cuyos sangrientos himnos de victoria eran frecuentemente interrumpidos por el eco amenazador de los cañones del sur.

Lindero de dos edades, Guerrero era el recuerdo de la generación que acababa, y la esperanza de la que iba a nacer.

VI

En el año de 1820, Guerrero era ya un general habituado a la metralla, familiarizado con la sangre de las batallas, heredero legítimo del valor, de la constancia y del genio militar del gran Morelos. Triunfante, al fin, aunque lleno de cicatrices, levantaba la cabeza como los colosos de los Andes, para anunciar a las Américas la buena nueva de la independencia:

Fue en ese año cuando pudo conocerse la grandeza de su alma y la elevación del carácter del hombre oscuro que vio la luz en un pobre pueblecillo de las montañas.

Nombrado don Agustín de Iturbide comandante del sur, salió de México el 16 de noviembre de 1820, resuelto a proclamar la Independencia. El general español Armijo atacaba a Guerrero; y éste, recobrando su buena estrella, salía siempre triunfante como años antes del desgraciado Lamadrid.

Iturbide creyó que era necesario contar de todas maneras con un hombre de tanta importancia, y le dirigió una carta realmente diplomática. Guerrero le escribió otra llena de franqueza, que se resumía en estas palabras: Libertad, Independencia o Muerte.

Esta correspondencia dio por resultado una entrevista de los dos caudillos en el pueblo de Acatempan. Se hablaron, se explicaron, se dieron un sincero y estrecho abrazo. A pocos meses la sangrienta lucha había cesado, la Independencia estaba consumada, México tenía un gobierno nacional.

Guerrero en la campaña había sido valiente. En Acatempan fue grande; se inscribió, por la generosa inspiración de su alma, en el catálogo de los

hombres ilustres de Plutarco. Entregó el mando de las fuerzas a Iturbide, y puso el sello con este acto raro de confianza, de modestia y de abnegación, a la independencia de su patria.

VII

El destino de algunos hombres ilustres, es como el de ciertos astros brillantes que recorren la bóveda del cielo, y parece que al amanecer el día se hunden y mueren en un horizonte sangriento.

Hemos sólo, a grandes rasgos, apuntado las cualidades militares de Guerrero. Los partidos trataron de manchar con mil calumnias y cuentos malévolos este gran carácter, que en lo familiar era sencillo como un niño, consecuente con sus amigos, humilde en la prosperidad, generoso con los enemigos, y grande y noble con la patria. Llegó feliz a los linderos de la independencia, y tuvo la fortuna de ver a la patria libre, pero no dichosa. Apenas terminó la lucha de independencia, cuando comenzó la guerra civil que todavía no cesa. Guerrero fue arrastrado en sus muchas y tenebrosas combinaciones. Herido y abandonado en una barranca, en enero de 1823, por defender el principio republicano, vuelve a aparecer en la escena en 1828. La elección presidencial fue uno de los acontecimientos más notables de esa época, y en la cual los partidos trabajaron y combatieron terriblemente, divididos y perfectamente marcados por los ritos masónicos escoceses y yorkino.

Don Manuel Gómez Pedraza, que era el caudillo de los escoceses, salió electo legalmente presidente de la joven y turbulenta república. El partido yorkino no se dio por vencido ni por derrotado, apeló a las armas y colocó en la presidencia a su jefe, que era el general Guerrero, el cual entró a funcionar con este alto carácter en abril de 1829.

En esa época los españoles invadieron a Tampico. Santa Anna y Terán triunfaron, y la independencia se consolidó; pero la seguridad del país exigía un ejército cerca de la costa, y se estableció un cantón en Jalapa, a las órdenes del general don Anastasio Bustamante, que era vicepresidente.

Bustamante se pronunció contra Guerrero, con las tropas que mandaba.

¡Extrañas anomalías de la historia, y funestas inconsecuencias de las república! Guerrero, que había sido capaz de hacer la independencia, fue declarado incapaz, por el Congreso; Bustamante entró a gobernar, y el caudillo del sur volvió desengañado, triste, enfermo de sus heridas, a sus

montañas del sur, donde tuvo que tomar las armas para defenderse de la venganza y de la negra y ponzoñosa saña de sus enemigos.

VIII

Ninguna fuerza pudo vencer a Guerrero en las montañas, en tiempo de la colonia; ningunas fueron bastantes tampoco en tiempo de la República. Fue necesario apelar a la más negra y la más odiosa de las traiciones. «La historia de México tiene algunas páginas oscuras». Ésta es negra; y ni los años, ni el polvo del olvido, serán bastantes para borrarla.

A principios del año de 1831 se hallaba fondeado en la hermosa bahía de Acapulco el bergantín genovés Colombo. Era su capitán Francisco Picaluga, amigo íntimo de Guerrero, y quizá de toda su confianza. Un día apareció un magnífico banquete preparado a bordo del bergantín. Guerrero fue convidado, y sin recelo ni sombra de desconfianza, pasó a bordo. La comida fue alegre y espléndida; y concluida, los convidados salieron sobre cubierta a respirar las brisas de la magnífica bahía. Picaluga, con una sangre fría que honraría a Judas, declaró a su huésped que estaba preso, levó las anclas y se dio a la vela, dirigiéndose al puerto de Huatulco, donde entregó a Guerrero por sesenta mil pesos que le había dado el traidor y feroz ministro de la Guerra, don José Antonio Facio. Guerrero fue conducido por el capitán don Miguel González a Oaxaca, y juzgado en consejo de guerra ordinario.

El caudillo de la Independencia, el mantenedor del fuego sagrado de la libertad, el hombre que tenía destrozado su cuerpo por las balas y las lanzas españolas, fue condenado a muerte por unos miserables oficiales subalternos, y fusilado en el pueblo de Cuilapa el 14 de febrero de 1831.

Picaluga fue declarado enemigo de la patria, y condenado a muerte por el almirantazgo de Génova, en 28 de julio de 1836; pero bergantín y capitán desaparecieron como si un monstruo del océano los hubiera devorado. La existencia de Picaluga es en efecto un misterio. Unos dicen que se le ha visto años después, en las calles de México; otros que se hizo mahometano y vive en un serrallo de Turquía, y otros aseguran que varios mexicanos le han visto en un convento de la Tierra Santa, con una larga barba y un tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expirar en esta tierra el horrendo crimen que cometió, y que el Señor misericordioso pueda a la hora de su muerte abrirle las puertas del cielo.

MELCHOR OCAMPO

I

Una noche, cerca de las once, don Melchor Ocampo salía de la casa de una persona con quien tenía íntima y respetuosa amistad, y que entonces vivía en la calle de…

Cuando cerró tras sí la pesada puerta del zaguán, un hombre, embozado hasta los ojos con un capotón negro, pasó rápidamente, y después otro. Ocampo no hizo caso, y siguió lenta y tranquilamente hasta la esquina. Atravesó la bocacalle, y entonces advirtió que los dos embozados se habían reunido y marchaban delante a pocos pasos, a la vez que otros dos venían detrás, a algunas varas de distancia. Comprendió, aunque tarde, que había caído en una emboscada. Si retrocedía a la casa de donde salió, o seguía a la suya, se hallaba siempre en el centro. Registró maquinalmente sus bolsas, y encontró que no tenía armas; pero sí un reloj de oro, unas cuantas monedas y un lapicero. Siguió su camino derecho, pero muy despacio y sin dar muestras ningunas de que había observado a los que le seguían, y decidido a entregarles el reloj y el poco dinero que traía.

¡La rara casualidad! En todo el largo tránsito que la vista podía abarcar, no había ningún sereno, ni una alma se encontraba en la calle. En este orden, Ocampo y los embozados caminaron dos o tres calles, y Ocampo se creyó en salvo cuando divisó ya a pocos pasos la luz de su habitación. Llegó por fin a la puerta, tocó, y con la prontitud que acostumbraba el portero, le abrió; pero notó, con la poca luz que pudo entrar de la calle, que el portero estaba también embozado. Esto podía ser una casualidad. Ocampo vivía solo, y aunque preocupado y curioso, subió a su habitación sin miedo alguno. Al entrar en el pequeño salón encendió una luz y se encontró sentados en el sofá a otros dos embozados. Ocampo sonrió entre resignado y colérico.

—Señores; si es para broma, basta ya —les dijo—. Yo no he gastado bromas con nadie; pero bien se puede permitir a los amigos que se diviertan alguna vez; y si es alguna otra cosa, acabemos también. La casa y todo está a disposición de los que no tienen valor para descubrirse la cara.

Al decir esto, echó a los pies de los embozados un manojo de llaves pequeñas, arrimó un sillón y se sentó.

Uno de los embozados se inclinó, tomó las llaves, encendió otra vela y se dirigió a la alcoba y a las demás piezas de la casa. A este tiempo los embozados de la calle se presentaron en la puerta del salón.

—Lo había adivinado —dijo Ocampo con voz firme—. Éste es un golpe de mano, de acuerdo con el portero. Lo siento, porque le tenía yo por hombre honrado. Advertiré a ustedes —continuó dirigiéndose a los embozados—, que sin duda han recibido malos informes de mi portero, y se han pegado un buen chasco. Yo no soy hombre rico, y aunque lo fuera, aquí no tengo gran cosa. Encontrarán ustedes cincuenta o sesenta pesos, alguna ropa que no vale mucho, y libros que no han de servir a ustedes de nada, porque si tuviesen amor a la lectura, seguramente no tendrían afición al robo. Acaben, pues no vale la pena de que pierdan así su tiempo ni me desvelen. Tengo sueño.

Los embozados contestaron con una respetuosa cortesía, y se sentaron; sólo uno de ellos se dirigió a las otras piezas. Al cabo de algunos minutos, los dos hombres que habían entrado a registrar salieron con un baulito de viaje y un legajo de papeles.

Ocampo volvió a sonreír.

—Otra equivocación tal vez —les dijo—. Creerán que yo tengo papeles reservados. ¡Qué error! Todo lo que ustedes traen no contiene más que apuntes sobre diversas plantas de Michoacán, y sentiré mucho que se extravíen.

Los embozados, al oír esto, descansaron el baúl en el suelo, le abrieron y metieron cuidadosamente los papeles.

—Esto sí es singular —pensó Ocampo; y luego, dirigiéndose a ellos, les dijo—: Como habrán ustedes observado, no soy hombre que tengo miedo, ni menos trato de armar escándalos ni de procurar que la policía intervenga. Esto sería lo más molesto para mí. Desea únicamente que ustedes me digan lo que tengo yo que hacer, y que ustedes hagan breve lo que les convenga, y me dejen en paz. Les aseguro que en el acto que se marchen, me acuesto en mi cama y no vuelvo a ocuparme más de lo que ha pasado.

Uno de los embozados se descubrió. Era un hombre de una fisonomía dura, y se podía reconocer al momento, que lo que dijese lo llevaría a cabo

irremediablemente. Ocampo le examinó de pies a cabeza con mucha sangre fría, y no pudo reconocer quién era, si bien recordaba haber visto quizá esa misma figura en alguna otra ocasión.

—Supongo que no me he equivocado, y que usted es el señor don Melchor Ocampo —le dijo el hombre misterioso.

—Jamás he negado ni negaré mi nombre en ninguna circunstancia de mi vida; pero ahora me permitiré saber por qué razón me veo asaltado por gentes que se cubren el rostro. ¿Se trata de algún atentado?

—Tiempo hemos tenido para cometerlo —le respondió el desconocido con alguna dureza.

—¿Pues entonces?

—Aquí están las llaves de los roperos. Hemos encontrado un baúl a propósito, y hemos únicamente acomodado en él la ropa necesaria. El dinero que estaba en una tabla del ropero, y todo lo demás, queda en el mismo estado, y tendríamos mucho gusto si el señor Ocampo pasa a cerciorarse de que lo que digo es la verdad.

—Me doy por satisfecho.

—Entonces —dijo el hombre misterioso—, el señor Ocampo tendrá la bondad de seguirme.

—Y si no es mi voluntad, ¿qué sucederá? —preguntó Ocampo con calma.

—No quisiera yo que llegáramos a ningún extremo, y sentiría de veras hacer cualquiera cosa que pudiera ofender a usted.

Ocampo se puso un dedo en la boca, bajó la cabeza y se quedó pensando un rato, y luego dijo:

—Creo comprender perfectamente, y como un caballero protesto que sin oponer resistencia alguna estoy decidido a seguir con toda calma esta aventura. Vamos… supongo que se me permitirá tomar un abrigo.

—Había ya pensado en ello, pues que la noche está un poco fría — respondió el hombre presentándole una capa que tenía en el brazo.

Ocampo se embozó en ella, entró a sacar a su ropero el dinero que tenía, y tomando la delantera bajó el primero. En el patio estaban los otros hombres embozados, y el cuarto del portero oscuro y silencioso.

Echaron a andar por las calles solas y lúgubres, desperdigándose y colocándose a ciertas distancias los embozados, mientras el hombre con quien Ocampo había tenido el diálogo que acabamos de bosquejar, le tomó del brazo y marchaba unido con él, como si fuera su íntimo amigo. Así llegaron hasta el barrio escampado y triste de San Lázaro, sin haber atravesado una sola palabra en todo el camino. Cerca de la garita estaba un coche con un tiro

de mulas. La portezuela se abrió, y Ocampo, el hombre misterioso, y dos más, subieron al carruaje. Contra las prevenciones usuales de la policía y de la aduana, las puertas de la garita se abrieron y el coche pasó, tomando el camino de Veracruz. En el tránsito Ocampo recibió todo género de atenciones de sus compañeros, que se descubrieron naturalmente, pero a los cuales no pudo reconocer. Los alimentos eran buenos, dormían en las mejores posadas; pero evitaron la entrada a Puebla y a Jalapa. Llegaron a las afueras de Veracruz una tarde a la hora del crepúsculo. Se dirigieron a pie al muelle, e inmediatamente se trasladaron a una barca que estaba ya con las velas henchidas y el piloto a bordo. Antes de anochecer sopló un viento favorable, y a la media noche apenas distinguían ya el faro de San Juan de Ulúa. A los sesenta y cinco días llegaron a Burdeos.

—Antes de que nos separemos —dijo el hombre misterioso a Ocampo—, quiero pediros perdón. He tenido que cumplir un encargo difícil, y lo he hecho de la mejor manera posible. Ninguno de nosotros ha traspasado los límites de la buena educación, y me atrevo a creer que nuestra compañía no ha sido tan molesta como era de esperarse, atendida la situación rara en que nos hemos encontrado.

—Los viajes y los matrimonios deben hacerse repentinamente —dijo Ocampo con cierto acento irónico—; pero en verdad, yo no estoy enfadado con ninguno de ustedes. Me resta preguntar qué es lo que me falta que hacer, y si la compañía de ustedes debe aún continuar algún tiempo más.

—Aquí nos debemos separar, y sólo espero que en cambio de nuestros cuidados nos prometa usted no pasar a tierra sino hasta que haya salido aquel barco que cabalmente comienza a levantar sus anclas. Aquí está una cartera que suplico a usted reciba y no abra ni examine hasta que se halle instalado en la posada que elija en Burdeos.

—Prometí seguir lo que los mahometanos llaman el destino, y a nada me opongo, contestó.

Los hombres estrecharon cordialmente la mano de Ocampo, y con sus ligeros equipajes se trasladaron al barco que habían indicado, el cual antes de dos horas había ya salido del puerto y perdídose entre las ondas y el horizonte de la mar. Ocampo entonces desembarcó y se dirigió al hotel que le pareció más modesto y apartado del centro. Allí abrió la cartera y se encontró con una orden de una casa de comercio de México a otra de París, para que pudiese disponer de una mesada equivalente a 250 pesos. La cartera, además, tenía otro papel de una letra que quizá no fue desconocida para Ocampo, en que se le aconsejaba que viajase, que observase el mundo y que no volviese a

México sino cuando personas que se interesaban sinceramente por él, se lo indicasen.

Esta aventura la refirió a mi padre una persona respetable y formal, y yo no he hecho más que evocar recuerdos que, aunque de época lejana, se conservan frescos y vivos en mi memoria. No salgo garante de la verdad, y de la cual tuve el mayor empeño en cerciorarme.

Muchos años después, y platicando yo familiarmente con Ocampo, hice rodar la conversación sobre los viajes, y me atreví a preguntarle si era cierto lo que había oído referir respecto a su primer viaje a Europa. Ocampo sonrió de la manera triste y sarcástica que le era peculiar, y desvió la conversación preguntándome si conocía yo una flor que, aunque se la daban por nueva, era originaria de México y muy conocida de todo el mundo. Comprendí que no debía instarle más; pero sí me llamó la atención el que no me dijese que era una fábula lo que se contaba; así, ni negó ni confirmó la narración.

El hecho fue que Ocampo permaneció muchos meses en Francia, que probablemente no hizo uso de la carta de crédito, pues vivió no sólo con economía, sino hasta con miseria, y se dedicó a estudiar las ciencias naturales, y con especialidad la botánica, en lo que fue muy notable.

Otra anécdota ha llegado a mi noticia; y quien pudo conocer el carácter de Ocampo, no dudará de ella. Entró una noche en Burdeos a un café donde acostumbraba tomar un frugal alimento. Sabía ya y entendía perfectamente el francés, y habiendo oído decir algo de México, fijó la atención en un grupo que se hallaba a poca distancia. Entre otras cosas graves e injurias relativamente a México, uno de los tertulianos fijó esta proposición general: Los mexicanos todos son ladrones.

Ocampo se levantó de su asiento, y dirigiéndose al grupo, dijo en muy buen francés:

«Señores, alguno de ustedes ha dicho que todos los mexicanos son ladrones. Yo soy mexicano, y con mi conciencia les aseguro que no soy ladrón; en consecuencia, el que ha sentado tal proposición, ¡miente!».

Ocampo se retiró lenta y tranquilamente a su asiento y siguió tomando su café.

Entre los del grupo hubo un momento de silencio y de estupor; pero a poco comenzaron a discutir y a vociferar. Ocampo les volvió la espalda en señal del más soberano desprecio. Ya no pudieron sufrir, y uno se levantó, y dirigiéndose a Ocampo, le dijo:

—Espero que mañana, antes de las seis, os presentaréis aquí con vuestros testigos.

—Ahora mismo, es mucho mejor, y dos de los señores serán mis testigos.

Dos de los concurrentes se levantaron, estrecharon la mano a Ocampo y se pusieron a su disposición.

—¿Cuáles son vuestras instrucciones?

—Todo lo que queráis convenir lo acepto sin observación ninguna.

Al día siguiente, en un lugar aislado y apartado de Burdeos, tuvo lugar el duelo. Ocampo, que era menos diestro en la esgrima, salió herido y tuvo que estar en cama cerca de un mes. Su adversario le visitó y le satisfizo amplia y públicamente. Otros refieren que hubo un segundo encuentro, en que el adversario recibió una herida grave; pero de una manera o de otra, Ocampo dejó bien puesto su honor y el de la patria. No vaya a creerse que era espadachín, pero sí hombre muy pundonoroso y delicado, y cuando creía tener razón y obrar conforme a su conciencia y a su deber, no conocía el miedo.

II

Algo más hay que contar de la vida privada de Ocampo. Tocóle en herencia una grande y productiva hacienda de campo en el estado de Michoacán, que se llamaba Pateo. Era aún muy joven, y de pronto no se le juzgó a propósito para la dirección de sus propios negocios. A los pocos días de haber recibido sus bienes, dio pruebas evidentes de su aptitud, y más que todo de su rara probidad.

La finca era extensa y valiosa; pero reportaba muchos gravámenes, y había, además, una cantidad de deudas pequeñas que satisfacer. La primera providencia de Ocampo fue llamar a todos sus acreedores.

—Esta hacienda —les dijo—, es más bien de ustedes que no mía. Examínenla a su gusto, y convengamos en la parte de ella que cada uno quiera tomar para pagarse su deuda.

La mayoría de sus acreedores consentían en renovar las escrituras. Ocampo rehusó y quiso pagar. Los acreedores eligieron convencionalmente las fracciones que les pareció, y quedó a Ocampo un potrero sin casa ni oficinas. Sus acreedores se mostraron satisfechos y fueron pagados, y él comenzó materialmente la vida ruda y laboriosa del colono.

Fijó su residencia debajo de un grande y frondoso árbol, que todavía existe, y ayudado personalmente de los sirvientes que le eran adictos, comenzó a levantar una casa pequeña, a cavar las zanjas, a formar las cercas,

a establecer las tierras de labor, a formar, en una palabra, de una tierra salvaje una hermosa propiedad, que literalmente regó con el sudor de su frente. En el discurso de pocos años había ya una casa modesta, pero cómoda; un jardín cubierto de las flores más exquisitas, y unas tierras de labor benditas por Dios, y abonadas con el sudor y el trabajo de un hombre honrado, y no solamente admirador de la naturaleza, sino muy inteligente en la agricultura. A esta nueva propiedad le puso por nombre Pomoca, anagrama de su apellido.

III

Vulgarmente se decía: «Ocampo es un hombre raro». En efecto, no era común, y en este sentido había razón para calificarle así. Tenía un sistema de filosofía peculiar que no pertenecía realmente a ninguna de las escuelas antiguas ni modernas. Era el conjunto de todas ellas, modelado en su propio cerebro, con independencia de toda preocupación. Ocampo pensaba en la misión del hombre sobre la tierra, y para él, esta misión era la de hacer el bien y propagar la libertad en toda su mayor y más aceptable latitud; así, la política tenía necesariamente que formar parte de sus creencias íntimas. ¡Pueden proporcionar una suma de libertades tan apetecibles y preciosas! El constituir una parte de esa entidad que podía dispensar los más grandes beneficios a la sociedad, era para un ciudadano un grande honor y un motivo de legítima aspiración. He aquí el aspecto bajo el cual Ocampo miró siempre las cosas públicas; y no hacemos más sino recordar hoy muchas de las conversaciones que tuvimos con él.

Con unos precedentes tan sinceros y generosos, jamás pudo entrar, ni aun remotamente, en sus ideas, ni la consideración de un sueldo, no el deseo del mando, ni la necia vanidad de figurar. Desde el momento que se persuadía que no podía hacer el bien en un puesto público, lo dejaba positivamente, y omitía esas fórmulas y esas ceremonias propias de los que no obran con la firmeza de una conciencia ajena de todo interés.

Ocampo escribió para el público menos que Otero, que Rosa, que Morales y que otros muchos hombres distinguidos del partido liberal, y sin embargo, ejerció en su época mayor influjo que ellos en la marcha de las cosas políticas. Cuando se establecía en México el gobierno conservador y dictatorial, Ocampo, o era perseguido y desterrado, o desaparecía de la escena pública y se encerraba en su hacienda a leer o estudiar, y a cuidar sus pocos intereses, que tenía en un perfecto estado de orden. Cuando triunfaba el

partido liberal, inmediatamente era llamado a ocupar algún puesto distinguido. Se prestaba a servir los cargos populares o políticos; jamás quiso recibir ningún empleo, aun cuando le instaron para que aceptara muchos y muy buenos, entre ellos el de director del Montepío.

Así, fue gobernador de Michoacán, cuyo estado ha añadido el nombre de Ocampo a su antigua denominación tarasca. Gobernó bien, estableció prácticamente sus doctrinas de libertad; fue, como en todos los actos de su vida, nimiamente honrado y delicado, y se puede asegurar que jamás tomó un solo peso que no fuese adquirido con su personal trabajo.

Fue llamado al ministerio de Hacienda en marzo de 1850, durante la administración del general Herrera.

En octubre de 1855 entró a desempeñar el ministerio de Relaciones, siendo presidente el general don Juan Álvarez.

En 1858 volvió a desempeñar el mismo ministerio, siendo presidente el señor Juárez, y en 1859 y 1860 estuvo encargado al mismo tiempo de los ministerios de Guerra y Hacienda. Fue en esta última época cuando desplegó Ocampo toda la energía de que era capaz, y participando de los inconvenientes y peligros de toda la época tormentosa de la guerra de la Reforma, firmó en Veracruz el célebre manifiesto del gobierno constitucional, y las leyes se expidieron una tras otra hasta completar la serie de providencias y circulares necesarias para consumar la obra que había costado tanta sangre y tantos trastornos en los últimos años.

IV

Triunfante el gobierno del señor Juárez, volvió con él a México el señor Ocampo; pero a pocos días fue organizado otro gabinete, y el infatigable ministro de la Reforma, sin ninguna aspiración, sin llevar un solo peso, sin pretender, y antes bien rehusando todas las posiciones que se brindaron, se retiró a su hacienda de Pomoca, donde se ocupaba de poner en orden sus negocios, y en cultivar sus hermosas flores, que fueron el encanto de su vida.

Llevó a su hogar sus manos limpias. Ni el dinero ni la sangre les habían impreso algunas de aquellas manchas que, como dice Shakespeare, no pueden borrar todas las aguas del océano.

Los restos del ejército reaccionario, pasados los primeros momentos, volvieron a aparecer con las armas en la mano; y en la república, que por un momento pareció tranquila, volvió a aparecer la guerra civil.

En la hacienda de Arroyozarco había un español llamado Lindoro Cajiga. Por motivos más o menos fundados, que no es del caso calificar, se separó del servicio de los señores Rosas, y reuniéndose con una colección de hombres desalmados, formó una de esas temibles guerrillas que han sido espanto de las poblaciones pequeñas y de las haciendas de campo.

Un día, el menos pensado, se presentó Cajiga en Pomoca y encontró a Ocampo desprevenido, inerme, confiado y tranquilo, en medio de sus hijas y de sus sirvientes. Bruscamente le intimó que se diera por preso; y a pie, y según se dijo con generalidad, tratándole de una manera indigna, le condujo hasta donde había una fuerza mandada inmediatamente por don Leonardo Márquez, y que también estaba a las órdenes de don Félix Zuloaga, que se decía presidente de la República. ¿Lindoro Cajiga obró de su propia cuenta, o fue enviado expresamente por Márquez o Zuloaga? El caso fue que, apenas este hombre respetable cayó en manos de estos jefes militares, cuando determinaron que fuese fusilado.

Ocampo no suplicó, no pidió gracia, ni aun algunas horas para disponer sus negocios; recibió con una completa calma la noticia de su próximo suplicio.

Pidió únicamente una pluma y una hoja de papel, y escribió, en pocas líneas, el testamento que ponemos a continuación, con una mano tan firme y un carácter de letra tan regular y tan correcta como si en medio de su vida tranquila del campo hubiese estado describiendo las maravillas de la naturaleza.

Fue fusilado y colgado en un árbol el día 3 de julio de 1861, frente a la hacienda de Jaltengo.

TESTAMENTO

Próximo a ser fusilado, según se me acaba de notificar, declaro que reconozco por mis hijas naturales a Josefa, Petra, Julia y Lucila, y que en consecuencia las nombro mis herederas de mis pocos bienes.

Adopto como mi hija a Clara Campos, para que herede el quinto de mis bienes, a fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad y distinguidos servicios de su padre.

Nombro por mis albaceas a cada uno in solidum et in rectum a don José María Manso de Tajimaroa, a don Estanislao Martínez, al señor licenciado

Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría y cumplan esta mi voluntad.

Me despido de todos mis buenos amigos y de todos los que me han favorecido en poco o en mucho, y muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno.

Tepeji del Río, junio 3 de 1861. M. Ocampo.

Firman éste, a mi ruego, cuatro testigos, y lo deposito en el señor general Taboada, a quien ruego lo haga llegar a mis albaceas o a don Antonio Balbuena, de Maravatío.

En el lugar mismo de la ejecución, hacienda de Jaltengo, como a las dos de la tarde, agrego, que el testamento de doña Ana María Escobar está en un cuaderno en inglés, entre la mampara de la sala y la ventana de mi recámara.

Lego mis libros al Colegio de San Nicolás de Morelia, después de que mis señores albaceas y Sabás Iturbide tomen de ellos los que les gusten.

M. Ocampo. J. I. Guerra. Miguel Negrete. Juan Calderón. Alejandro Reyes.

Así terminó su carrera, a la edad de 54 a 56 años, uno de los hombres más distinguidos, más honrado y mejores de la República.

IGNACIO COMONFORT

I

La sincera amistad que le profesamos en vida, y el pesar y respeto que nos causó su muerte trágica y prematura, harán quizá que no seamos enteramente imparciales al consagrarle unas líneas en esta publicación donde hemos consignado el funesto fin de hombres célebres y distinguidos en las edades de nuestra historia. No es una biografía la que vamos a escribir, sino el recuerdo familiar de algunos de los rasgos más marcados de un personaje que, de todas maneras, tendrá que figurar en nuestra historia contemporánea.

II

Puebla pasa por uno de los estados donde ha penetrado con más trabajo la civilización. No tengo esa creencia, y me parece simplemente que el apego religioso a sus antiguas costumbres y creencias, da motivo a una crítica que tiene mucho de injusta y de apasionada. Los hombres distinguidos que ha producido, bastarían para destruir en parte esta preocupación. Comonfort era originario de un pueblo del sur de ese estado. Sus primeros años fueron, como es común, dedicados a la escuela y al colegio, donde fue condiscípulo de don Antonio de Haro y Tamariz, que murió el año pasado en Roma con el hábito de jesuita.

Nada se encuentra en los años de la juventud de Comonfort que revelara el alto destino que debía ocupar en la república, y la marcada influencia que debía ejercer en los negocios públicos. Los empleos que desempeñó en los primeros momentos de su carrera política, fueron subalternos y de la esfera política. Después vivió algunos años reducido al círculo privado, y dedicado

al cultivo de una propiedad que tenía en el campo, situada entre México y Puebla, y la cual enajenó en los últimos días de su gobierno.

III

Hubo una época en que una tertulia de hombres eminentes y distinguidos gobernó a México. Esta era la tertulia que se reunía en la casa de don Mariano Otero.

Otero era redactor en jefe del Siglo XIX, senador, después ministro. Yáñez era diputado, después fue ministro. Lafragua, diputado varias veces, después también ministro. No había persona de las que concurrían habitualmente, que no ejerciese un importante cargo público, y un influjo más o menos eficaz en los asuntos del gobierno. El alma de toda esta reunión era don Manuel Gómez Pedraza, que jamás en su delicadeza y respeto por los demás, pretendió constituirse en director o jefe; pero que se complacía en los últimos años, de ejercer su influjo y de tener íntima amistad con personas cuyos talentos él más que nadie sabía estimar. A esta reunión de liberales moderados pertenecía Comonfort, y fue verdaderamente la época en que se colocó en una esfera de acción y comenzó a tomar más o menos parte en la política.

Antes había ya dado una prueba de patriotismo y de valor personal. Había sido militar, como muchos mexicanos, de milicias nacionales; pero no era su profesión: sin embargo, cuando las fuerzas americanas llegaron al valle de México, y el general Santa Anna se puso al frente del nuevo ejército que formó, Comonfort ofreció sus servicios y desempeñó el cargo de ayudante de toda la campaña del valle, atravesando por entre las balas y la metralla, y dando pruebas de una serenidad y una calma, en medio del peligro, que le captó las simpatías de los antiguos oficiales que servían en los cuerpos de las tropas de línea. Concluida la campaña, volvió Comonfort a su vida quieta y a sus ocupaciones privadas.

En la tertulia de Otero, Comonfort era verdaderamente querido de todos. De un carácter extremadamente complaciente y suave, de unas maneras insinuantes, de unos modales propios de una dama, como decía Pedraza, no había persona que le tratase, aunque fuese un cuarto de hora, que no quedase prendado de su amabilidad. Así sucedió constantemente durante su gobierno, y más de un enemigo que hubiese querido aniquilarle, se reconcilió con sólo una media hora de conversación. Decían que Maximiliano era en su trato verdaderamente seductor. Yo no he conocido otro hombre más agradable, por

sus maneras, que Comonfort. La finura y cortesía del gentilhombre francés de los buenos tiempos, estaba personificada en él.

IV

Comonfort se hallaba en 1854 de administrador de la Aduana de Acapulco. Santa Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio pequeño de una gran revolución social que se llamó de la Reforma, y que se ha enlazado posteriormente con sucesos tan importantes como fueron los de la Intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la dinastía de los Bonaparte.

Comonfort fue el verdadero promovedor y autor del plan que proclamaron en Ayutla los generales Álvarez, Moreno y Villarreal, que se reformó en Acapulco, en 11 de marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar. Fue realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban repentinamente de cualquier parte, en los últimos años de la dominación española.

Santa Anna, que por política o por carácter había sido el amigo de todos los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez que gobernó el país fue perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel. Esta tiranía, y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó generalmente a los mexicanos; así, que en los últimos días del año 1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el reguero de pólvora estaba ya tendido de uno a otro extremo del país. Los gobiernos personales han sido frecuentes en la república: como el gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en toda la república, como en efecto le tuvo el de Ayutla.

Santa Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer, multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno de sus generales, o

creyendo conquistar fácilmente una gloria militar, se puso a la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al sur.

Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa Anna llegó frente al puerto de Acapulco el 19 de abril de 1854.

La gloria de Santa Anna se apagó para siempre en esta jornada, y Comonfort comenzó a ser el hombre de la revolución y el personaje distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el oro. Santa Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y dinero de don Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta expedición.

Santa Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su ejército en las ásperas montañas del sur, levantó el sitio de Acapulco y regresó a la capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.

El dinero que recibió Santa Anna por el Tratado de La Mesilla, prolongó por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el sur y se propagó por Michoacán y Tamaulipas.

Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco pasó a Nueva York, y allí encontró a don Gregorio Ajuria. Era hombre especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó a Comonfort sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La revolución triunfó, y Ajuria fue pagado, y más adelante arrendó en compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.

El lance fue atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó a Acapulco el 7 de diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución tomó un carácter más positivo y más serio. Comonfort pasó al estado de Michoacán con el carácter de general en jefe de las tropas de aquel estado, y Santa Anna por su parte salió también de la capital con un ejército, a combatir a su enemigo; pero regresó el 8 de junio de 1855, sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.

V

El 13 de agosto de 1855 fue día de holgorio y de fiesta revolucionaria para el pueblo de la capital. Los bustos de mármol del ministro don Manuel Díaz de Bonilla, los libros de pastas blancas italianas, el piano, los retratos del personaje, los muebles, todo volaba de los balcones a la calle, donde la plebe furiosa se arrojaba sobre los destrozos del menaje del que representaba la aristocracia pocos días antes, y lo entregaba a las llamas. Por otras calles conducía una multitud frenética los coches de Santa Anna, untados de brea y ardiendo como unos hornos o fraguas ambulantes. El aspecto de la ciudad, llena de gentes de los barrios dispuestas a la venganza y próximas al furor y al desbordamiento, hicieron que los habitantes cerraran sus casas y tiendas, y que los hombres que habían hasta ese momento gobernado, se pusieran en salvo.

¿Qué cosa había ocasionado este movimiento?

Santa Anna, cansado ya de luchar, y persuadido de que no podía dominar la revolución, abandonó el gobierno, y a las tres de la mañana del 9 de agosto salió para Veracruz, donde llegó pocos días después y se embarcó con dirección a La Habana.

Como los reyes, dejó en un pliego cerrado nombrados los gobernantes que debían de sucederle; pero la revolución avanzaba a grandes pasos al centro.

Comonfort continuaba sus hazañas militares, y se hacía a la vez temer y amar de los pueblos por donde pasaba.

Obraba ya con unas tropas medianamente regularizadas, y en un extenso estado como el de Jalisco, Zapotlán era una plaza fuerte, guarnecida con fuerzas del gobierno. Comonfort la atacó, asaltó personalmente una fortificación y llegó hasta la plaza, precediendo a mucha distancia a sus soldados. Este triunfo, puede decirse personal, le granjeó la admiración de todas esas poblaciones, y cuando se dirigió a Colima, la ciudad le abrió sus puertas, y en lugar de balas y pólvora, hubo banquetes, bailes y regocijos.

En la capital se organizó una presidencia interina que ocupó el general Carrera; pero no siendo reconocido por la revolución, las fuerzas que desde entonces podían llamarse liberales, se avanzaron a la capital, y cosa de cincuenta mil hombres de línea que había dejado Santa Anna, o se disolvieron o fueron tomando parte en el movimiento.

VI

El general Álvarez, patriarca centenario del inexpugnable sur, fue también el jefe de una revolución. Vino a Cuernavaca, y allí una junta, como era de esperarse, lo eligió presidente. Álvarez eligió a Comonfort para su ministro de la Guerra, y con este carácter vino a la capital, después de derrocado Santa Anna. La revolución era en el sentido liberal, pero no progresista. El partido moderado, teniendo por principio no hacer peligrosa innovaciones, era en ese sentido antagonista del partido rojo. Comonfort, representante de esa revolución y de ese partido moderado, fue elegido presidente sustituto al 12 de diciembre de 1855, no sin haber tratado de impedirlo el partido liberal exaltado.

A los pocos días y cuando apenas acababa la revolución llamada de Ayutla, brotó otra nueva en Zacapoaxtla. Todas las tropas de que podía disponer el gobierno, le abandonaron; mientras que los pronunciados, a cuya cabeza estaba don Antonio Haro, se posesionaron de Puebla con una gran fuerza, y amagaban la capital.

Fue necesario reclutar nuevas tropas, armarlas, vestirlas y enseñarles hasta los primeros rudimentos del arte militar; pero con la actividad y energía que desplegó la administración en esos momentos supremos, se vencieron todos los obstáculos, y en el mes de marzo de 1856 Comonfort se hallaba frente de Puebla con cerca de 16 mil hombres.

Dotado Comonfort, como se dice vulgarmente, de un buen ojo militar y de un valor sereno e inalterable, arriesga una batalla en Ocotlán, contra los mejores jefes del ejército de línea, que mandaban las fuerzas contrarias, y triunfa completamente el 8 de marzo; estrecha sus operaciones sobre Puebla, toma la plaza, y habiendo dominado la más formidable de todas las revoluciones que han estallado contra los gobiernos de México, regresa triunfante a la capital, donde es recibido con unas festividades y unos banquetes populares nunca vistos hasta entonces.

Aunque las fiestas que se hicieron se llamaron de la paz, la paz no duró sino unos cuantos días. En Puebla hubo otra sublevación y otro sitio, y en San Luis estalló otro pronunciamiento. De todos estos peligros salió Comonfort airoso, y logró vencer y tener en su poder a todos sus enemigos.

Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la administración, y la reforma tenía que comenzar. Don Miguel Lerdo de Tejada ocupó el ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25 de junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito, hacía algunos años, por don Valentín Gómez Farías, el doctor Mora y el licenciado don Juan José Espinosa de los Monteros.

Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo de la violencia, lleno de bondad, no sólo con sus amigos sino con sus enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna. Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para llevar a cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado fuertes y superiores a su organización. Valiente por naturaleza, ni el temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban; pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido conservador, a quienes siempre trató con una grande consideración. Lo que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en la noche el partido conservador, y venía a quedar en ese término moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero peligroso e inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que sufrir a su vez y en determinado tiempo toda las naciones. Quería la reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. ¡Esto era imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna injerencia de la autoridad civil!

Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces enérgicas y decisivas, y otras débiles e ineficaces. El 5 de febrero de 1857 se promulgó la Constitución.

La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante. ¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y revolucionaria. Este fue el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo triunfo sobre la intervención europea. El tiempo, la experiencia y los hechos, hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco a poco la justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente, vivo e innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de diciembre de 1857, tendríamos la Constitución republicana, pero no tendríamos la Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias

entre sí, y el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma. Que por los medios lentos que el mismo código señala hubiera hecho todo lo que hizo el gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido sino a costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.

VII

Comonfort fue la víctima. Su carácter, su posición y los acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le condujeron al destierro.

Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador don Manuel Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo el globo

Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma, vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort trató de volver a su país, de abrirse camino con nuevos servicios a la patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro, el que suele recorrer toda la línea concluida. Así en la política, el que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros, las amarguras y los desengaños, y otros fueron los que recogieron la fama, los honores y el poder.

El señor Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las puertas de la patria, por donde ya el infortunado don Santiago Vidaurri le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía en su residencia en la frontera, una nueva revolución y un amago a la constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la capital.

Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados a luchar en la frontera con los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y se colocó en la línea de México a Puebla.

Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas a la plaza de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y municiones. Se necesitaba a toda costa introducir un convoy, y esta operación imposible se encargó al general Comonfort, y en verdad, de los que la sugirieron, los unos obraron por patriotismo y otros por venganza. La muerte o la derrota eran inevitables. Comonfort no podía tener ni la más remota probabilidad de vencer a un número más que triple de las tropas regulares y bien armadas que mandaba el general Bazaine. Con efecto, el día 8 de mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desorden a nuestras tropas acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para restablecer la acción que definitivamente fue ganada por el mismo mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada batalla de San Lorenzo, fue ocupada por los franceses cuyo general era el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro de San Juan, y no se atrevió a entrar a Puebla sino cuando ya habían ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, que merecía ser destituido y condenado lo menos por diez años a un castillo, recibió sin embargo el bastón de mariscal.

Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto, y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el enemigo, la suerte hubiera sido igual a la de Puebla, donde la historia no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede llamar heroica. El gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el señor Juárez. El 16 de octubre de 1863 fue nombrado Comonfort general en jefe del ejército que se trataba de reorganizar

para resistir sin descanso a la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que profesaban los señores Juárez, Lerdo y Núñez a Comonfort, sino porque reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le había dotado la naturaleza, fue el origen conocido y visible de su fin trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que escapan a la indagación de la inteligencia humana, muriese oscuramente a manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del enemigo extranjero, empuñando la bandera de la independencia y de la libertad.

No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor los últimos sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y valiente, copiamos lo que el general Rangel, que fue siempre su íntimo y fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera variación.

El general Comonfort fue nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme a dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del presidente Juárez y por las agencias de su ministro H. Núñez.

El día 8 salió de Querétaro para San Luis el general Comonfort, en compañía del señor Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el teniente coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del señor Comonfort, el comandante Velázquez. El día 9 llegó a San Luis, alojándose en la casa del señor Lerdo, y el día 10 recibió libranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.

El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el coronel Rul, ayudante del presidente.

Poco antes de llegar a La Quemada, alcanzó a la diligencia un extraordinario, por medio del cual el presidente mandaba decir al general Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla qué le quería salir al encuentro.

El día 12 llegaron a comer a San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el señor Comonfort tomar caballos,

para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del presidente, el coronel Rul.

En San Miguel tuvo aviso el general Comonfort, de que los Troncoso, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras a un oficial de policía.

El día 13 el general Comonfort salió de San Miguel como a las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.

Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al señor Comonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él se rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.

A esta población llegó como a las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.

Desde allí mandó un correo extraordinario a Ignacio Echeagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría a Celaya.

Este extraordinario fue interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza, y cuál era la calidad de ésta, a fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.

Como a las dos de la tarde salió de Chamacuero el señor Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección a Querétaro. El coronel Cerda se ofreció a montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.

Los demás señores del séquito montaron a caballo, colocándose el señor Cañedo junto a la carretela al lado del señor Comonfort, del otro lado el señor Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al señor Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeron que era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fue su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que a poca distancia se encontraban en acecho fuerzas

enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos o para batirlos, si era necesario.

Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del general, le indicaron que había una vereda a la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada saliendo al llano, adonde podría defenderse con éxito, y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba al general. Éste aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.

El comandante de la escolta dispuso que el alférez José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores a formar la descubierta, a cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.

El coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió lo comunicó al general, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.

A poco andar se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. El coronel Cerda detuvo el carruaje; el general montó a caballo, mandó cargar a la escolta, y después de dar esta orden mandó al general Cañedo que avanzasen los infantes que venían a retaguardia, para que apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la caballería. A este mismo tiempo y habiendo deshecho la corta descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y envolvieron a los jefes y a la escolta, haciéndola sucumbir, a pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos al derredor del general Comonfort, el comandante Velázquez, el teniente coronel Vergara, y el coronel Cerda gravemente herido.

El general Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara, desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún su pistola, ya descargada, para intimidar a los muchos cosacos que le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún, alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su lanza en ristre, arma común a toda su fuerza, y deteniéndose delante del general Comonfort, bien fuera por el respeto que éste infundía, o por asestarle

un golpe seguro, le dio lugar para dirigirle la palabra y le dijo: «Amigo, no me mate usted, y le ofrezco hacerle una bonita fortuna». Aguirre, lejos de aplacarse, le contestó: «Que no venía a robar sino a cumplir con las órdenes de su general», dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividió el corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el general Comonfort.

En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra que de desvalijar el carruaje y aun a los muertos que habían quedado en el campo.

El general Cañedo se encontraba a alguna distancia queriendo someter a los llamados infantes para que fueran a batirse, conforme a las órdenes del general Comonfort, y que hasta allí habían venido custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y corrieron para el monte.

Al día siguiente fue conducido a Chamacuero el cadáver del general Comonfort.

Cualesquiera que hayan sido los errores que como gobernante cometió Comonfort, su memoria debe ser grata para los mexicanos, porque era valiente, honrado, sencillo, afectuoso, franco, generoso y bien intencionado; y representaba en conjunto la parte buena, amable y noble de la raza mexicana.

NOTAS

[*] Al que parezca esto exagerado, puede consultar un diccionario formado por varios literatos españoles, e impreso en Madrid, que al definir el aguacate, entre otras cosas dice que «es una fruta de América, muy sabrosa, que se pela y, quitándole toda la parte carnosa, se come el almendro». <<

[1] La narración de los últimos días de este infortunado monarca, se refiere en este artículo enteramente ajustada a las historias y crónicas antiguas. <<

[2] La aparición de este cometa que tanto miedo causó a los mexicanos, parece que es la que señala Arago en su Catálogo en el año de 1514. <<

[3] Historia de las Indias de Nueva España por fray Diego Durán, publicada por don José Fernando Ramírez. <<

[4] Fray Diego Durán. <<

[5] Torquemada, Monarquía Indiana. <<

[6] Prescott, Historia de la Conquista. <<

[7] Prescott, Historia de la Conquista. <<

[8] Se ha adoptado para finalizar este escrito la tradición más probable de la muerte de Moctezuma, y puede verse en el tomo 10 del Boletín de Geografía y Estadística la disquisición histórica hecha por el señor don Fernando Ramírez. <<

[9] Fray Diego Durán. <<

[1] Torquemada y Sahagún. <<

[1] Los datos están tomados de Torquemada, el padre Cabo, y especialmente de la curiosa noticia histórica escrita por don Manuel Orozco y Berra. Algunos de los pormenores se encuentran esparcidos en las crónicas antiguas de los conventos; así, en estos estudios no hacemos sino animar a los personajes y ponerlos por un instante de bulto ante el lector, pero conservando en todo la verdad histórica. <<


FIN

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