© Libro No. 497. Matrimonio de
Sabuesos. Agatha Christie. Colección E.O. Octubre 5 de 2013.
Títulos originales: © Matrimonio de Sabuesos. Agatha Christie
Versión Original: © Matrimonio de Sabuesos. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Matrimonio de
Sabuesos
Agatha Christie
Índice
Cáp. 1 El Hada Madrina
Cáp. 2 El Debut
Cáp. 3 El
Caso De La Perla Rosa
Cáp. 4 El
Caso De La Perla Rosa (Continuación)
Cáp. 5 La
Aventura Del Siniestro Desconocido
Cáp. 6 La Aventura Del Siniestro... (Continuación)
Cáp. 7 Mutis Al Rey
Cáp. 8 El
Caballero Disfrazado De Periódico (Continuación)
Cáp. 9 El
Caso De La Mujer Desaparecida
Cáp. 10 Jugando
a La Gallina Ciega
Cáp. 11 El
Hombre De La Niebla
Cáp. 12 El
Hombre De La Niebla (Continuación)
Cáp. 13 El Crujidor
Cáp. 14 El
Crujidor (Continuación)
Cáp. 15 El
Misterio De Sunningdale
Cáp. 16 El
Misterio De Sunningdale (Continuación)
Cáp. 17 La
Muerte Al Acecho
Cáp. 18 La
Muerte Al Acecho (Continuación)
Cáp. 19 Coartada
Irrebatible
Cáp. 20 La Hija
Del Clérigo
Cáp. 21 El
Misterio De La Casa Roja
Cáp. 22 Las
Botas Del Embajador
Cáp. 23 El
Número
16, Desenmascarado
Matrimonio
de Sabuesos Agatha
Christie
Cáp. 1 El Hada Madrina
Mistress Beresford cambió de postura en el diván y miró
melancólica a través de la ventana de su departamento. El panorama no era en
realidad extenso. Se limitaba a un bloque de pisitos como el suyo, situado al
otro lado de la calzada. Mistress Beresford lanzó un suspiro. Después bostezó.
—Me gustaría que sucediese
algo imprevisto —dijo.
Su marido la miró con aire de reproche. —Cuidado, Tuppence, este
inmoderado afán que de pronto te ha entrado por el sensacionalismo vulgar
acabará por alarmarme.
Tuppence volvió a suspirar y cerró los ojos en actitud meditativa.
—De modo que Tommy y
Tuppence se casaron para vivir felices el resto de sus vidas —declamó—, y por lo que veo llevan
camino de conseguirlo.
»Pero es extraordinario —prosiguió, después de detenerse unos instantes— lo diferente que son las
cosas de tal como una se las forjó.
—Un pensamiento profundo,
Tuppence, pero carente de originalidad. Poetas eminentes y aun grandes
predicadores lo han dicho ya repetidamente y, si me apuras, con bastante más ingenio
del que tú has empleado para su evocación.
—Hace seis años —continuó Tuppence— hubiese jurado que con
suficiente dinero para comprar cuatro chucherías y un marido como tú, la vida
hubiese sido un eterno canto, como dice un poeta que a ti tanto parece
entusiasmarte.
—¿Es la falta de dinero, o
es tu marido lo que te produce ese desaliento? —preguntó fríamente Tommy.
—Desaliento no es
exactamente la palabra que pueda describir mi estado de ánimo. Es simplemente
que estoy acostumbrada a otro modo de vivir. Del mismo modo que nadie se da
cuenta de la bendición que supone respirar por la nariz hasta que no ha cogido
un fuerte resfriado que le prive de hacerlo.
—¿No crees que sería
conveniente que te descuidara un poco? —sugirió Tommy—. ¿Que
me fuera a los clubes nocturnos en compañía de otras mujeres?
—¿Para qué? —respondió, indiferente,
Tuppence—. ¿Para que me encontraras
allí en compañía de otros hombres? Y con una diferencia a mi favor: yo estaría
segura de que a ti no te gustarían las otras mujeres, mientras que tú no
podrías decir lo propio con respecto a mí.
—Bueno, ¿quieres decirme
de una vez qué es lo que te pasa? ¿A qué vienen ahora esas vehemencias y ese
descontento?
—No lo sé. Quiero que
sucedan cosas. Algo espeluznante. ¿No te gustaría, Tommy, que volviésemos a
salir a la caza de espías alemanes? ¿Te acuerdas qué días más emocionantes
aquéllos? Claro que me contestarás que, directa o indirectamente, sigues
relacionado con el servicio secreto; pero no ya como agente activo, sino como
chupatintas.
—¿Quieres decirme que te
gustaría que me mandasen otra vez a Rusia disfrazado de contrabandista
bolchevique, o algo por el estilo?
—Eso no resolvería mi
situación —dijo Tuppence—. No me dejarían ir
contigo, y soy yo precisamente quien desea las emociones. Algo en qué emplear
mi tiempo. Es lo que vengo dicién-dome día tras día.
—¡Bah, cabezonadas tuyas! —contestó Tommy, agitando
en el aire una de sus manos.
—Con veinte minutos de
trabajo después del desayuno puedo dejar la casa como una patena. ¿Tienes
alguna queja de mí en cuanto a orden y limpieza?
—Al contrario. Tus
menesteres como ama de casa son tan perfectos que casi resultan monótonos.
—¡Me gusta el
agradecimiento! Tú, como es natural, tienes tu trabajo —prosiguió—; pero dime, Tommy: ¿no
sientes nunca un deseo ardiente por algo inesperado, por algo que rompiese esa
monotonía, como tú dices, de nuestras vidas?
—No —contestó Tommy—, porque esas cosas que
con tanto afán buscas quizá no fuesen tan agradables ni tan interesantes como
supones.
—¡Qué prudentes son los
hombres! —exclamó Tuppence,
lanzando un suspiro—. ¡Y qué
poco imaginativos!
—¿Quieres decirme qué
clase de novela folletinesca has estado leyendo? —preguntó Tommy.
—¿Has pensado en la
emoción que experimentarías —prosiguió Tuppence, haciendo caso omiso de la sátira— si alguien llamase de
pronto a la puerta y al abrir te encontrases con un cadáver que entrase
tambaleándose y se desplomase de pronto a tus pies?
—Los cadáveres no se
tambalean. —Tú sabes lo que quiero
decir.
—Bueno, bueno. Te aconsejo
un curso de Schopenhauer o de Kant.
—Eso para ti —replicó Tuppence—, que empiezas ya a engordar
y a buscar las delicias de un ancho y confortable sillón.
—Eso no es verdad —gritó indignado Tommy—. Eres tú la que hace
ejercicios para adelgazar.
—Eso lo hacemos todas las
mujeres —replicó ella impertérrita—. Pero al decir que
engordabas no me refería precisamente a la materialidad de la panza, sino a ti
en general. Que estabas acostumbrándote con exceso a la prosperidad y a la
remolonería. —No sé qué mosca te ha
picado hoy. —Es el espíritu de
aventura que bulle dentro de mí —murmuró Tuppence—, siempre mejor que el de ansias amorosas, ¿no te parece? Por más que a
veces... ¡a qué negártelo!, siempre he sentido el deseo de encontrarme con un
hombre verdaderamente apuesto y gallardo.
—¿No me has encontrado ya
a mí? ¿O es que no te basto? —Un hombre tostado por el sol, fuerte, que monte a caballo y sepa manejar
el lazo...
—Sí, y lleve zahones de
piel y sombrero de vaquero —intercaló sarcásticamente Tommy.
—... y que haya vivido en los
bosques —continuó Tuppence—. Me gustaría que se
enamorase perdidamente de mí. Claro que yo, fiel a mis votos, y aunque el
corazón se me fuera tras él, le rechazaría virtuosamente.
—También yo —dijo Tommy— he sentido a veces el
deseo de que una mujer de extraordinaria belleza y temperamento de fuego se
enamorase desesperadamente de mí. Sólo que a diferencia de ti, no estoy muy
seguro de que... vamos, ya me entiendes. —Tommy, eres un sucio.
—Pero ¿quieres decirme de
una vez lo que te pasa? Nunca me has hablado así.
—Lo sé, pero es algo que
desde hace tiempo está bullendo en mi cerebro. Como sabes, es muy peligroso eso
de acostumbrarse a tener cuanto uno quiere, incluyendo el suficiente dinero
para satisfacer cualquier capricho. Menos sombreros, como es natural.
—¿Sombreros? Pero si
tienes más de cuarenta. Y todos iguales, por añadidura.
—Eso es lo que a ti te
parece. Pero son distintos. Precisamente he visto uno precioso esta mañana en
casa de Violette.
—Bien; si no tienes nada
mejor que hacer que ir por ahí comprando sombreros...
—Tú lo has dicho —intercaló rápidamente
Tuppence—. No tengo nada mejor, de
momento. Ojalá lo tuviera. ¡Oh, Tommy! Quisiera que sucediese algo que nos
sacara de este enervamiento. Creo... creo que sería beneficioso tanto para ti
como para mi. Si al menos se nos apareciese una de esas hadas de las que tanto
se habla en los cuentos...
—¿Un hada? —exclamó Tommy—. Es curioso que hayas
mencionado esa palabra.
Se levantó y atravesó rápidamente la sala. Abrió un cajón del escritorio
y de allí extrajo una pequeña fotografía que entregó a su esposa.
—¡Oh! —dijo Tuppence—. Resulta que las has
mandado revelar. ¿Cuál es ésta, la que tú sacaste o la que yo saqué de la
habitación?
—La que saqué yo. La tuya,
como siempre, salió velada. Le das demasiada exposición.
—¡Qué galante eres al
suponer que siempre haces las cosas mejor que yo!
—¡No es eso lo que yo he
dicho, pero... En fin, lo que yo
quería enseñarte era eso.
Señaló una especie de pequeña mancha que había en la fotografía.
—Eso debe ser una
rascadura de la película —dijo Tuppence.
—No. Eso, Tuppence, y
aunque a primera vista no lo parezca, es un hada. —¡Tonto!
—Fíjate bien —dijo, entregándole una
lente de bastante aumento.
Tuppence la cogió y estudió detenidamente la copia. Vio con sorpresa
que, en efecto, la mancha representaba una pequeña criatura con alas posada
sobre el guardafuegos de la chimenea.
—¡Que curioso! —exclamo con jubilo
Tuppence—. ¡Un hada madrina en
nuestro piso! ¿Qué te parece si le escribiéramos a Conan Doyle y le
comunicásemos nuestro hallazgo? ¡Oh, Tommy! ¿Crees que nos concedería algo si
se lo pidiésemos?
—Pronto lo sabremos —contestó Tommy—. Has estado deseando
toda la tarde que sucediese algo y... ¿quién sabe?
En aquel momento se abrió la puerta y un joven alto, de unos quince años
de edad, de aspecto entre paje y soldado, inquirió respetuosamente:
—¿Puedo saber si la señora
recibe hoy? Acaba de sonar el timbre de la puerta.
—Quisiera que Albert no
fuese tan a menudo al cine —dijo Tuppence con un suspiro después que aquél se hubo retirado al
recibir una señal de asentimiento—. Ahora está tratando de imitar los modales de un mayordomo de Long
Island. Gracias a Dios que le he curado de la costumbre de pedir las tarjetas a
los visitantes y traérmelas en una bandeja.
La puerta se abrió de nuevo y con solemnidad casi palaciega anunció
Albert: —Míster Cárter.
—¡MÍ jefe! —balbuceó Tommy con
sorpresa. Tuppence se levantó de un salto y se adelantó a recibir a un hombre
alto, de cabellos grises, ojos penetrantes y sonrisa cansada que acababa de
aparecer.
—¡Míster Cárter! —dijo—. No sabe usted lo que me
complace su visita.
—En ese caso la
complacencia es mutua, mistress Beresford. Y ahora quisiera que me contestase a
la siguiente pregunta: ¿cómo van sus asuntos? —Bien. —¿Y la vida? —Un poco triste por lo
general.
—¡Aja! Entonces espero
hallarles en la mejor de las disposiciones.
—Esto parece interesante —exclamó Tuppence. Albert,
personificando aún al mayordomo de Long Insland, trajo el té. Cuando completó
esta operación sin el menor contratiempo y la puerta se hubo cerrado tras él,
Tuppence estalló de nuevo:
—Usted ha querido
significar algo, ¿no es verdad, míster Cárter? ¿Intenta usted acaso enviarnos
en comisión de servicio a algún rincón de la sombría Rusia?
—No es eso exactamente —replicó mister Cárter. —Pero hay algo de lo que
digo, ¿no es así? —Algo
hay, es cierto, y no creo equivocarme al suponer que no son ustedes personas de
las que tiemblan ni reculan ante el peligro.
Los ojos de Tuppence brillaron con extraño fulgor. —Hay un trabajo que
preciso llevar a cabo en colaboración con el Departamento y pensé que quizá
pudiese convenirles a ustedes dos. —Continúe —dijo
Tuppence.
—Veo que están suscritos
al Daily Leader—prosiguió mister Cárter, cogiendo el periódico que había sobre la mesa.
Buscó la sección de anuncios, señaló uno con el dedo y pasó el diario a
Tommy. —Lea usted eso —dijo. Tommy obedeció.
—Agencia Internacional de
Detectives. Theodore Blunt, gerente. Investigaciones privadas. Plantel
competente de agencias. Discreción absoluta. Consultas gratuitas. Calle
Halchan, número 118, W. C.
Levantó la vista y miró interrogativamente a Cárter. Éste asintió con un
movimiento de cabeza.
—Esa agencia de
investigación ha estado haciendo una serie de equilibrios durante los últimos
meses —explicó—. Un amigo mío la ha
comprado por una bicoca y estamos pensando en hacer una prueba de digamos seis
meses para ver si conseguimos volver a ponerla de nuevo en marcha. Como es
natural, durante ese tiempo necesitaremos los servicios de un gerente.
—¿Y qué hay de mister
Theodore Blunt? —preguntó
Tommy.
—Me temo que mister Blunt
no mostró la discreción que su cargo exigía y Scotland Yard se vio obligado a
intervenir en el asunto. Hoy está hospedado a expensas del Gobierno de Su Majestad,
y no creo que logremos extraer de él algunas informaciones, que por cierto nos
interesaría grandemente conocer.
—Comprendo —dijo Tommy—. O al menos, pretendo comprender.
—Sugiero que curse usted
una instancia solicitando seis meses de vacaciones. Por razones de salud. Y
como es natural, yo no sabré nada de que usted dirige, con el nombre de
Theodore Blunt, una agencia de detectives privados. Tommy se quedó mirando
fijamente a su jefe.
—¿Hay alguna instrucción
especial? —preguntó. —Tengo entendido que
míster Blunt mantenía correspondencia con el extranjero. Vigile unos sobres
azules con sellos de Rusia. Son de un comerciante de jamones ansioso de
encontrar a su esposa, que vino aquí como refugiada hace algunos años.
Humedezca el sello y encontrará usted el número dieciséis impreso bajo él.
Haga copia de estas cartas y mándeme los originales al Yard. Y si alguien se
presenta haciendo cualquier referencia al número dieciséis, también comuníquemelo
inmediatamente.
—Comprendido, señor —dijo
Tommy—. ¿Algo más? Míster Cárter
recogió los guantes que había dejado sobre la mesa y se dispuso a partir.
—Puede usted llevar la
agencia como mejor le parezca. Se me ocurre también —terminó haciendo un
picaresco guiño— que
quizá tampoco le disgustaría a mistress Beresford que le diera una oportunidad
de probar sus dotes de sabueso.
Cáp. 2 El
Debut
Míster y mistress Beresford tomaron posesión de las oficinas de la
Agencia Internacional de Detectives unos días después. Estaban emplazadas en el
segundo piso de un edificio bastante ruinoso, por cierto, de Bloomsbury. En la
diminuta dependencia exterior, Albert abandonó su papel de mayordomo de Long
Island para convertirse en un mensajero de la oficina, cargo que, al parecer,
sabia desempeñar a la perfección. Una bolsita de papel llena de caramelos,
manos manchadas de tinta y una cabeza desgreñada era el concepto que él tenía
del personaje.
Dos puertas comunicaban esta especie de salita de espera con las
oficinas interiores. En una de ellas se leía «Empleados». En la otra «Privado».
Tras esta última había una pequeña, pero confortable habitación amueblada con
una enorme mesa de despacho, unos archivadores artísticamente rotulados,
vacíos todos, y unos cuantos sillones de piel. Tras la mesa se sentaba el supuesto
míster Blunt tratando de dar la impresión de no haber hecho otra cosa en su
vida que dirigir agencias de investigación. Como es natural, había un teléfono
al alcance de la mano. Tuppence había ensayado varios efectos telefónicos y
Albert tenía también sus correspondientes instrucciones.
En la habitación adjunta estaba Tuppence con una máquina de escribir, un
montón de mesas y sillas de clase inferior a las que había en el despacho del
gran jefe, y una cocinilla de gas para hacer el té.
Nada faltaba en realidad, excepto los clientes. Tuppence, en el primer
éxtasis de su iniciación, abrigaba lisonjeras esperanzas.
—Será maravilloso —declaró—. Atraparemos a los
asesinos, descubriremos los lugares en que se esconden joyas familiares
desaparecidas misteriosamente, encontraremos personas secuestradas y
desenmascararemos a los impostores.
Al llegar a este punto de sus divagaciones, Tommy se creyó en el deber
de intervenir.
—Cálmate, Tuppence —dijo—, y procura olvidar esas
novelas folletinescas a las que eres tan aficionada. Nuestra clientela, si
llegamos a tenerla, constará exclusivamente de maridos que querrán que
vigilemos a sus esposas y de esposas que querrán que vigilemos a sus maridos.
Obtención de pruebas para un divorcio será casi la única misión de nuestra
agencia.
—Pues yo —contestó Tuppence
arrugando la nariz en una mueca de fastidio— no aceptaría ningún caso
de divorcio. Hemos de elevar el valor material y moral de nuestra profesión. —¿Ah, sí? —respondió Tommy con aire
de duda. Una semana después de instalarse volvieron apenadamente a hacer un
resumen de sus más que pobres y ridículos progresos.
—Total, tres neuróticas
cuyos maridos acostumbran a pasar el fin de semana fuera de sus respectivas
casas —suspiró Tommy—. ¿Ha venido alguien
mientras yo estaba fuera comiendo?
—Sí, un viejo con una
mujer poco enamorada, por lo visto, de las delicias del hogar —respondió Tuppence con
desaliento—. Hace años que he venido
leyendo en la prensa el alarmante incremento de los casos de divorcio, pero
hasta esta última semana no me había dado cuenta de la gravedad del asunto.
Estoy ya harta de estar diciendo a cada momento: «No, señor, no admitimos casos
de divorcio».
—Lo hemos hecho constar
así en nuestros anuncios —le recordó su esposo— y espero que no vuelvan a molestarnos en lo sucesivo.
—¡Quién sabe! —respondió Tuppence con un
tono de melancolía en su voz—. De todos modos estoy decidida a no dejarme vencer. Seré yo quien
cometa el crimen, si es preciso, y así podrás tú hacerte cargo de su
investigación.
—¿Y qué saldríamos ganando
con ello? Pienso en nú desesperación cuando tuviera que darte mi beso de
despedida en la puerta de la cárcel.
—Tú estás pensando en
nuestros días de noviazgo —replicó ella con ironía—. De todos modos —prosiguió—, es
preciso que hagamos algo. Aquí estamos tú y yo cargados de talento y de grandes
ideas y sin la menor oportunidad de ejercitar el uno y de llevar a la práctica
las otras.
—Me admira tu optimismo,
Tuppence. ¿De modo que estás segura de tu capacidad mental?
—¡Claro que lo estoy! —estalló Tuppence abriendo
unos ojos como platos.
—Y, sin embargo, no tienes
la más mínima experiencia en esta clase de asuntos.
—He leído todas las
novelas policíacas que se han publicado en los últimos diez años.
—También yo —dijo Tommy—, y no sé por qué, pero
tengo la idea de que de muy poco nos va a servir el haberlo hecho.
—Siempre has sido un
pesimista, Tommy. Fe en sí mismo, ésa es la base del triunfo.
—Y tú, por lo visto, la
tienes.
—¡Naturalmente! Claro que
en las novelas detectivescas la solución es fácil, puesto que el autor basa sus
deducciones en el proceso inverso que ha seguido para llegar a ellas. Quiero
decir que si uno conoce la solución de antemano es fácil establecer después las
pistas que le han de conducir a ella. Y ahora que pienso...
Se detuvo frunciendo pensativamente el entrecejo.
—Di...
—Se me ha ocurrido de
pronto algo que... —prosiguió
Tuppence—. Todavía no consigo darle
forma, pero... Se levantó resueltamente.
—Creo que debo ir a
comprar aquel sombrero del que te hablé el otro día.
—¡Otro sombrero! —exclamó Tommy con
desesperación.
—Si, una verdadera obra de
arte —respondió ella con dignidad.
Y a continuación abandonó la estancia con un gesto de determinación
retratado en su semblante.
Al día siguiente Tommy trató de inquirir acerca de la misteriosa idea
de su esposa, pero en vano. Ésta se limitó a mover la cabeza pensativamente y a
pedirle que le concediera tiempo para madurar debidamente su plan.
Al fin, y en una gloriosa mañana, llegó el tan ansiado primer cliente.
Todo lo demás fue echado en el olvido.
Hubo una llamada en la puerta exterior de la oficina y Albert, que
acababa de colocarse un caramelo de limón entre los labios, gruñó un
displicente «adelante». El deleite y la sorpresa que le produjo lo que vio a
continuación le dejó de momento sin habla.
Un joven alto, exquisitamente ataviado, se detuvo indeciso en el umbral.
«Un petimetre», se dijo Albert para sí. Su juicio en esta materia no
carecía de exactitud. El joven en cuestión debería tener unos veinticuatro años
de edad, pelo meticulosamente planchado y echado hacia atrás, tendencia a la
coloración rosácea del círculo que rodeaba sus ojos y prácticamente ausencia
absoluta de mentón.
En un éxtasis, Albert oprimió el botón que había bajo su mesa y casi a
continuación se dejó oír un furioso tableteo que procedía de la habitación de
«Empleados». Se veía que Tuppence había acudido presurosa a su puesto frente a
la máquina de escribir. El efecto que en el joven causó esta sensación de
actividad fue sorprendente.
—¿Es ésta —prosiguió cohibido— la Agencia Internacional
de Detectives?
—¿Desea usted hablar con
míster Blunt en persona? —preguntó Albert con aire de duda en cuanto a la consecución del
propósito.
—Pues... sí, jovenzuelo.
Ésa es mi idea... si es posible.
—Por lo que veo, no tiene
usted visita concertada.
—A decir verdad, no.
—Pues siempre es
aconsejable tenerla. Míster Blunt es un hombre terriblemente ocupado. En este
momento está conversando por teléfono con Scotland Yard. Una consulta urgente.
El joven quedó profundamente impresionado. Albert bajó el tono de voz y, en
forma amistosa, se avino a hacer partícipe al visitante de una pequeña
información.
—Un importante robo de
documentos en una de las oficinas gubernamentales. Desean que míster Blunt se
encargue del caso.
—¿Qué me dice?
—Como lo oye.
El joven se sentó en una de las sillas, ignorante del hecho que dos
pares de ojos le observaban atentos desde agujeros astutamente disimulados
entre los objetos que adornaban las paredes, los de Tuppence, en intervalos de
descanso de su frenético teclear, y los ojos de Tommy, en espera del momento
oportuno de la admisión del anhelado cliente.
Poco después, un timbre sonó ruidosamente en la mesa de Albert.
—El jefe está libre. Voy a
ver si puede recibirle —dijo Albert encaminándose en dirección a la puerta señalada con el
nombre de «Privado». Reapareció casi inmediatamente.
—¿Quiere usted pasar,
caballero?
El visitante fue introducido en el despacho del gerente y un joven de
rostro placentero, pelo rojo y aire de suficiencia se adelantó a recibirle.
—Siéntese, por favor.
¿Desea usted consultarme alguna cosa? Soy mister Blunt.
—¿Ah, si? Perdone mi
sorpresa, pero le creía más viejo.
—Los días de los hombres
de edad se han terminado —dijo Tommy, agitando una de sus manos—. ¿Quiénes fueron los causantes
de la guerra? Los viejos. ¿Quiénes los responsables del presente desempleo? Los
viejos. ¿Y de todo lo malo que siempre ocurre? Los viejos, y sólo los viejos.
—Creo que tiene usted
razón —contestó el cliente—. Conozco a un muchacho
que es poeta, al menos así lo dice él, que afirma exactamente lo mismo que
acaba usted de decir tan convencido.
—Permítame que le diga que
ni uno de los miembros que componen mi eficiente plantel de agentes pasa un
solo día de los veinticinco años. Ésta es la verdad.
Ya que el eficiente plantel quedaba reducido a las personas de
Albert y Tuppence, la declaración no carecía de veracidad.
—Y ahora los hechos —dijo mister Blunt.
—Quiero que encuentre usted a alguien que acaba de desaparecer —articuló bruscamente el
joven. —Bien. ¿Quiere hacer el
favor de contarme los detalles?
—Eso ya es un poco
difícil. Quiero decir que se trata de un asunto delicadísimo y que si la
interesada llega a enterarse de este paso que doy... En fin, no sé cómo
explicárselo.
Miró desesperadamente a Tommy, que empezó a dar muestras de
impaciencia. Había estado a punto de salir a comer y preveía que la operación
de extraer los datos que necesitaba iba a tomar más tiempo que el que su vacío
estómago estaba dispuesto a concederle.
—¿Desapareció por su
propia voluntad o sospecha usted de un rapto? —preguntó con hosquedad. —No lo sé —contestó el joven—. No puedo decírselo.
Tommy cogió un bloque de papel y lápiz.
—Primero de todo, ¿quiere
tener la bondad de decirme su nombre? El muchacho que recibe a las visitas
tiene instrucciones de no preguntar el nombre a nadie. De ese modo las
consultas se hacen en forma muy confidencial.
—Excelente idea —dijo el joven—. Me llamo... me llamo
Smith.
—No, no —exclamó Tommy—. El nombre verdadero, por
favor.
Su visitante le miró desconcertado.
—Saint Vincent —dijo, después de titubear
unos instantes—. Lawrence Saint Vincent.
—Es curioso el hecho —aclaró Tommy— de que son muy pocas las
personas que realmente se llaman Smith. Personalmente le diré que no conozco a
nadie con ese nombre. Sin embargo, nueve personas de cada diez acostumbran a
dar el de Smith. Estoy escribiendo una monografía sobre el particular.
En aquel momento, un zumbador que había sobre su mesa dejó oír su
amortiguado tintineo. Eso quería decir que Tuppence solicitaba permiso para
tomar cartas en el asunto. Tommy, cuyo estómago daba ya señales de inquietud y
sentía una profunda antipatía contra el joven Saint Vincent, acogió gustoso la
transferencia de poderes.
—Perdóneme —dijo cogiendo el
auricular del teléfono. Su cara reveló rápidos y consecutivos cambios:
sorpresa, consternación, júbilo contenido.
—No me diga —dijo fingiendo una gran
sorpresa—. ¿El primer ministro en
persona? No, no, en ese caso iré inmediatamente.
Volvió a colgar el auricular y se volvió a su cliente. —Caballero, quisiera
rogarle que me perdone. Se trata de una llamada urgente. Si quiere tener la
bondad de dar los detalles a mi secretaria confidencial, ella le atenderá
cumplidamente.
Se levantó y abrió la puerta que comunicaba con la habitación contigua.
—Miss Robinson.
Tuppence, grave y pulcra, con pelo negro liso, y cuello y puños de
inmaculada blancura, entró con paso rítmico y solemne. Tommy hizo las
presentaciones de rigor y partió apresuradamente.
—Tengo entendido que una
dama, por la que al parecer usted se interesa, acaba de desaparecer, ¿es eso,
mister Saint Vincent? —dijo Tuppence con voz aterciopelada mientras recogía el bloque y el
lápiz de su jefe y se sentaba frente al visitante—. ¿Era joven?
—Bastante —contestó mister Saint
Vincent—. No sólo joven sino
bonita y con todo cuanto pudiera pedirse de una mujer.
—¡Dios mío! —murmuró ella—. Espero que...
—¿Cree usted que haya
podido pasarle algo? —preguntó
Saint Vincent presa de verdadero sobresalto.
—Supongo que no —contestó Tuppence con una
forzada sonrisa que acabó por deprimir aún más al asustadizo indagador.
—Escuche usted, miss
Robinson. Haga cuanto esté en su mano para encontrarla. No vacile en incurrir
en cuantos gastos crea usted necesarios. Daría mi vida para que nada le hubiese
sucedido. Parece usted comprensiva y no vacilo en confiarle que besaría con gusto
la tierra que ella pisase. Es única en el mundo, miss Robinson, única.
—Tenga la bondad de
decirme su nombre y cuanto sepa acerca de ella.
—Se llama Janet, no
conozco su apellido. Trabaja en una tienda de sombreros, en casa de madame
Violette, en la calle Brook; pero le garantizo que es una mujer tan seria y
decente como pueda serlo la primera. Como de costumbre, fui ayer a esperarla,
pero no la vi salir. Después me enteré de que no había acudido al trabajo ni
había enviado mensaje alguno. Madame estaba furiosa. Conseguí que me diera la
dirección de la casa en que se hospeda y allí acudí. Tampoco sabían nada de
ella. No se había retirado la noche anterior. Creí volverme loco. Mi primera
idea fue acudir a la policía, pero temí que Janet se enfadara si como espero,
nada le ha ocurrido, y su ausencia se debe sólo a motivos que más tarde podrán
ser explicados con la mayor naturalidad. Después recordé que ella misma me
había enseñado uno de los anuncios publicados por esta oficina, y añadió que,
según una de sus parroquianas, se había hecho lenguas de la discreción y la
habilidad con que llevan ustedes a cabo sus investigaciones. Así, pues, decidí
consultarles, y aquí estoy.
—Bien —contestó Tuppence—, ¿cuál es la dirección de
que usted me ha hablado? El joven se la dio.
—Creo que esto es todo —dijo Tuppence después de
pensar unos instantes—; es decir, ¿debo presuponer que está usted prometido a esa joven dama?
Saint Vincent se quedó rojo como una amapola. —Pues, en realidad, no, no
es eso precisamente. Hasta hoy nada le he dicho, pero le juro que en cuanto
vuelva a verla, y Dios quiera que así sea, lo primero que haré será pedirle que
me conceda su mano.
Tuppence volvió a dejar el bloque de papel que tenía entre las manos.
—¿Quiere usted nuestro
servicio especial de veinticuatro horas? —preguntó en tono
comercial.
—¿Y qué es eso?
—Los honorarios son
dobles, pero dedicaremos al caso cuantos agentes tengamos disponibles. Míster
Saint Vincent, si esa mujer está viva, mañana a estas horas podremos darle
noticias definitivas del lugar en que se encuentra en la actualidad.
—¿Qué? ¡Eso es admirable!
—Sólo empleamos a gente
experta, y garantizamos resultados positivos. Y a propósito, todavía no me ha
dado usted las señas de esa señorita.
—Tiene el cabello más
maravilloso que pueda usted concebir, un rojo oscuro y radiante como la puesta
de sol, eso es, del color de una puesta de sol. Es raro, pero hasta hace poco
nunca se me había ocurrido fijarme en una puesta de sol.
—Pelo rojo —dijo Tuppence
sin inmutarse y haciendo la correspondiente anotación—. ¿Qué altura diremos que
tiene la señorita?
—No lo sé exactamente,
pero es más bien alta que baja, y ojos rasgados, creo que de un azul oscuro. Ah... y un andar resuelto y airoso
capaz de quitarle el resuello al más pintado.
Tuppence escribió unas cuantas palabras más, cerró su libro de notas y
se puso en pie.
—Si viene usted mañana a
las dos, creo que podré darle ya algunas noticias sobre el particular. Buenos
días, mister Saint Vincent.
Cuando volvió Tommy encontró a Tuppence consultando unas páginas del Dehrell.
—Tengo todos los detalles
—dijo sucintamente—.
Lawrence Saint Vincent es el sobrino y heredero del conde de Cheriton. Si
logramos resolver satisfactoriamente este caso lograremos una grande y muy
provechosa publicidad en las altas esferas. Tommy leyó detenidamente las notas
escritas en su bloque. —¿Qué es lo que crees que en realidad le ha pasado a esa
muchacha? —preguntó a continuación.
—Creo —contestó Tuppence— que ha huido siguiendo
los dictados de su corazón. Quería a este joven demasiado bien y necesitaba un
poco de paz para su acongojado espíritu.
Tommy la miró dubitativo.
—Sabía que eso se hacia en
las novelas —dijo—, pero no en la vida real.
—¿Ah, no? —replicó Tuppence—. Bien, quizá tengas
razón. Pero casi me atrevo a afirmar que Lawrence Saint Vincent se tragará con
facilidad esa píldora. Está en este momento lleno de románticos anhelos y, a
propósito, he garantizado resultados positivos en el plazo de veinticuatro
horas, servicio especial.
—¡Tuppence! ¡Idiota de
nacimiento! ¿Qué ventolera te ha dado para hacer una promesa así?
—Fue una idea que me vino
de pronto a la cabeza. Creía, al menos, que sonaba bien. No te preocupes. Deja
el asunto en manos de Mamá. Mamá sabe muy bien lo que tiene que hacer. Salió
dejando a Tommy desorientado. Al poco tiempo se levantó, lanzó un profundo
suspiro y salió decidido a hacer algo que enmendara en parte los graves errores
cometidos por su esposa.
Cuando a las cuatro y media volvió a presentarse mustio y apenado,
encontró a Tuppence extrayendo una bolsa de galletas de su escondrijo en uno de
los archivadores.
—Pareces un alma en pena —observó—, ¿qué has estado haciendo?
Tommy dejó escapar un sordo gemido.
—Haciendo un recorrido por
todos los hospitales con la descripción que me has dado de esa muchacha.
—¿No te dije acaso que
dejaras ese asunto en mis manos? —preguntó Tuppence.
—¿Cómo vas a poder
encontrar a esa muchacha, sola y antes de las dos de la tarde?
—No sólo puedo
encontrarla, sino que te digo que la he encontrado ya.
—¿Qué dices?
—Muy sencillo, Watson, muy
sencillo.
—¿Y dónde está?
Tuppence señaló con el pulgar en dirección a su espalda.
—En mi oficina.
—¿Qué hace allí? Tuppence se echó a reír.
—Con una marmita, un
hornillo de gas y media libra de té —explicó Tuppence mirándole provocativamente a la cara—; la conclusión es
sumamente fácil de predecir.
»Los almacenes de madame Violette —prosiguió Tuppence con
dulzura— era de donde yo me
proveía de sombreros, y el otro día, entre las empleadas, me encontré con una
antigua amiga y compañera de fatigas del hospital. Había abandonado la
profesión de enfermera y empezó por cuenta propia un negocio también de
sombreros. Fracasó y tuvo que aceptar un puesto en la casa de madame Violette.
Entre las dos convinimos en llevar a cabo este plan que estoy desarrollando.
Ella se encargaría de refregar nuestro anuncio por las narices de Saint
Vincent antes de desaparecer. Eficiencia admirable de los brillantes
detectives de la Agencia Blunt, publicidad para nosotros y un papirotazo que
haga que el Joven Saint Vincent se decida de una vez a plantear su proposición
matrimonial. Janet estaba ya cansada de esperar.
—¡Tuppence! —estalló Tommy cuando
aquélla hubo terminado—. Esto es lo más inmoral que he oído en toda mi vida. No sólo ayudas,
sino que patrocinas los amores de un Joven con una muchacha que no es
ciertamente de su clase.
—Tonterías. Janet es una
muchacha como pocas, y lo curioso del caso es que está que echa las muelas por
ese majadero con pantalones que vino a vernos esta mañana. Ahora verás lo que
verdaderamente necesitan algunas de esas empingorotadas familias que tanto se
jactan de su exclusivismo y de su distinción. Una buena inyección de sangre
roja y reconfortante. Janet será para ese bobo una especie de ángel tutelar.
Cuidará de él, pondrá coto al abuso de «combinados» y de visiteos nocturnos a
los clubes y cabarés y hará de él un hombre equilibrado y fuerte que es, hoy
por hoy, lo que más falta le hace a nuestro país. Ven conmigo y te la
presentaré.
Tuppence abrió la puerta que comunicaba con la habitación contigua y
entró en ella seguida de Tommy.
Una muchacha alta, de cara atrayente y una magnífica cabellera de un
color pardo rojizo, dejó la tetera que tenía entre las manos y se volvió con
una sonrisa que ponía al descubierto dos blancas hileras de dientes.
—Espero que me perdonarás,
enfermera Cowley, quiero decir, mistress Beresford. Supuse que, como yo,
estarías ansiosa por tomar una taza de té y... Fueron muchas las veces que
hiciste lo propio por mí en el hospital y a horas intempestivas de la madrugada.
—Tommy —dijo Tuppence—, permíteme que te
presente a mi buena y antigua amiga, la enfermera Smith.
—¿Has dicho Smith? ¡Es
curioso! —respondió Tommy
estrechando la mano que aquélla le tendía—. ¿Eh? No, nada, una
monografía que estoy a punto de escribir.
—No te pongas nervioso,
Tommy —suspiró Tuppence en su
oído, al tiempo que le servia una taza de té—. Ahora bebamos juntos —terminó—, y brindemos por la
prosperidad de la Agencia Internacional de Detectives y porque nunca llegue a
conocer los sinsabores del fracaso.
Capítulo 3 El Caso De La Perla Rosa
Qué demonios estás haciendo? —preguntó Tuppence al entrar en el santuario interior de la Agencia
Internacional de Detectives, alias Brillantes Detectives de Blunt, y
ver a su amo y señor tirado en el suelo y casi cubierto por un montón de
libros. Tommy se levantó haciendo un gran esfuerzo.
—Estaba tratando de
arreglar esto en el estante superior del armario cuando de pronto la silla
cedió y todo se vino abajo.
—¿De qué tratan estos
libros, si puede saberse? —preguntó Tuppence tomando uno de los volúmenes—. El
perro de los Baskerville. ¡Hombre!, no me
disgustaría volverlo a leer otra vez.
—¿Comprendes la idea? —dijo Tommy sacudiéndose
cuidadosamente el polvo—. Media hora con los maestros,
etcétera, etcétera. Comprenderás, Tuppence, que no puedo por menos de
comprender que somos hasta cierto punto un par de aficionados y que necesitamos
mejorar nuestra técnica. Estos libros son historias detectivescas escritas por
verdaderos maestros de la literatura. Intento emplear diferentes sistemas y
comparar después los resultados.
—Hum... —gruñó Tuppence—. Me gustaría saber cómo
se habrían comportado todos esos detectives en la vida real —cogió otro volumen y
prosiguió—: encontrarás dificultades
en pretender convertirte en un Thorndyke. No tienes experiencia médica y menos
legal, ni tampoco he oído que la ciencia haya sido nunca tu punto fuerte.
—Quizá no —dijo Tommy—. Pero de todos modos me
he comprado una buena cámara fotográfica y me dedicaré a tomar fotografías de
toda clase de huellas y hacer después las correspondientes ampliaciones.
Ahora, amiga mía, haz uso de la poca materia gris que te debe quedar en el
cerebro, ¿qué es lo que esto te trae a la memoria?
Señaló el estante inferior del armario. En él había una bata de diseño
un tanto cubista, unas babuchas turcas y un violín.
—Evidente, Watson —contestó Tuppence
haciendo un mohín.
—Exactamente —repuso Tommy—. Las características de
nuestro inmortal Sherlock Holmes.
Cogió el violín e hizo resbalar perezosamente el arco sobre sus cuerdas
con gran consternación de Tuppence.
En aquel momento sonó el zumbador de la mesa, señal que indicaba la
llegada de un cliente a la oficina exterior y de que era recibido y atendido
por Albert, el cancerbero de la agencia.
Tommy devolvió apresuradamente el violín al lugar que antes ocupaba y
empujó con el pie el montón de libros ocultándolos tras la mesa.
—No es que tengamos gran
prisa —observó—. Ya Albert se habrá
encargado de distraer a quien sea, contándole la consabida historia de mi
conferencia telefónica con Scotland Yard. Vete a tu oficina, Tuppence, y
empieza a teclear. Ese ruido le da cierta importancia a nuestra oficina.
Espera. No. Es preferible que esta vez aparezcas tomando notas taquigráficas.
Vamos a echar un vistazo desde nuestro observatorio antes de que Albert se
decida a hacer pasar a la víctima.
Se acercaron a la mirilla. El cliente, esta vez, era una muchacha de
una edad aproximada a la de Tuppence, alta, morena y con cara más bien
macilenta y ojos retadores.
—Vestidos baratos y
llamativos —observó Tuppence—. Hazla entrar, Tommy.
Un minuto después la joven estrechaba la mano del supuesto míster Blunt,
mientras Tuppence tomaba asiento a su lado, con un cuaderno y un lápiz entre
los dedos.
—Mi secretaria
confidencial, miss Robinson —manifestó Tommy señalándola con la mano—. Puede usted hablar ante
ella con entera libertad.
Después se recostó perezosamente sobre el respaldo de la silla y
prosiguió con ojos medio entornados y voz que daba la sensación de un gran
cansancio:
—Debe usted encontrar un
tanto incómodo el tener que tomar el autobús a esta hora del día.
—He venido en taxi —contestó la muchacha.
—¡Ah! —repuso Tommy un tanto
apesadumbrado. Sus ojos se posaron en señal de reproche sobre un billete azul
de autobús que asomaba por entre los pliegues de uno de los guantes. La
muchacha siguió la mirada y acabó de sacarlo sonriente.
—¿Se refiere usted a esto?
Lo recogí en la acera. Un niño de la vecindad hace colección de ellos. Tuppence
tosió y Tommy le echó una angustiosa mirada.
—Vayamos a lo que importa —dijo de pronto—. Veo que necesita usted
de nuestros servicios, señorita...
—Kingston Bruce —se apresuró a contestar
la visitante—. Vivimos en Wimbledon.
Ayer noche una dama que se aloja invitada en nuestra casa perdió una valiosa
perla rosa. Mister Saint Vincent, que se hallaba también entre los comensales,
mencionó encomiásticamente el nombre de su firma durante la cena, y mi madre me
envió aquí para preguntarle si querría usted encargarse del asunto. Esa
pérdida es un trastorno.
La muchacha hablaba toscamente. Casi con disgusto. Se veía claramente
que no había habido un perfecto acuerdo entre la madre y la hija. Venía contra
su voluntad.
—¿Han llamado ustedes por
casualidad a la policía?
—¡No, por Dios! —replicó miss Kingston
Bruce—. Hubiese sido ridículo
llamar a la policía y descubrir después que la dichosa perla no hubiese hecho
sino rodar debajo de un mueble o algo por el estilo.
—¡Ah, vamos! —dijo Tommy—. Entonces cabe la
posibilidad de que la perla se haya extraviado simplemente.
Miss Kingston Bruce se encogió de hombros.
—Hay personas que por lo
visto se complacen en armar un caramillo por cualquier cosa —murmuró.
Tommy carraspeó como tratando de aclarar su garganta.
—Así es —replicó sin gran
convencimiento en la voz—. En fin, yo estoy extremadamente ocupado en estos momentos...
—Comprendido —comentó la muchacha
levantándose. Hubo un súbito destello de satisfacción en sus ojos que no escapó
a la penetrante mirada de Tuppence.
—Sin embargo —continuó Tommy—, creo que podré componérmelas
para ir a Wimbledon. ¿Quiere usted hacer el favor de darme su dirección?
—The Laurels. Calle
Edgeworth.
—Tome nota de ello, miss
Robinson.
Miss Kingston Bruce titubeó unos instantes y en forma muy poco
ceremoniosa añadió:
—Entonces le esperaremos.
Buenos días.
—¡Qué muchacha mas rara! —dijo Tommy—. No he tenido tiempo de
darme cuenta exacta de su verdadera personalidad.
—No me extrañaría que
fuese ella misma quien hubiese robado la perla —observó Tuppence
quedándose pensativa unos instantes—. Vamos, Tommy —dijo
casi a continuación—, pongamos
en orden todos estos libros. Después saca el coche y vamos a Wimbledon sin
perder un momento. A propósito, ¿insistes en querer personificar a Sherlock
Holmes?
—No. Para eso tendría que
hacer un poco más de práctica. Estuve un tanto desafortunado en la cuestión del
billete de autobús, ¿no te parece?
—Si —contestó Tuppence—. Yo en tu lugar no
intentaría nada con esa muchacha. Es más lista que el hambre, y desdichada por
añadidura. ¡Pobrecilla!
—No querrás decirme que
con sólo haberle visto la forma de la nariz —dijo Tommy con sarcasmo—, ya conoces su carácter y
hasta su vida y milagros.
—Te diré mi idea de lo que
vamos a encontrar en The Laurels —prosiguió ella inconmovible—. Una familia de esas del «quiero y no
puedo», pero ansiosas siempre de moverse entre lo más selecto de la sociedad.
El padre, si es que lo hay, con seguridad ostenta algún grado militar. La
muchacha se aviene a esta clase de vida por no contradecir a sus padres, aunque
ello no signifique tener que despreciarse por su debilidad.
Tommy echó una última mirada a los libros, cuidadosamente ordenados ya
en el estante.
—Me parece que habré de
decidirme por hacer hoy el papel de Thorndyke —dijo después de haberse
quedado pensativo unos segundos.
—No creía que hubiese nada
médico legal en el asunto —observó Tuppence.
—Quizá no, pero tengo unas
ganas locas de probar mi nueva cámara. Me han dicho que tiene el objetivo más
fantástico del mundo.
—Sí, conozco esa clase de
objetivos. Para cuando hayas conseguido ajustar el obturador y calculado el
tiempo de exposición, te habrán saltado los sesos y estarás pidiendo, a voz en
cuello, que te vuelvan a dar una de nuestras sencillas Brownies.
—Sólo un alma desprovista
de ambición es capaz de contentarse con una de esas sencillas Brownies que
mencionas.
—Te garantizo que yo
obtendré mejor resultado con ellas que tú con las tuyas.
Tommy hizo caso omiso del reto.
—Debería de comprar una
botella de Compañero del Fumador —dijo pesarosamente—. Me gusta-ría saber dónde
las venden.
—Al menos tenemos el
sacacorchos patentado que la tía Araminta nos regaló por las Navidades pasadas —concluyó Tuppence
tratando de secundar la emoción de su marido.
—Es verdad —contestó Tommy—. Un cachivache que yo
tomé al principio por una máquina infernal, y que resultaba humorístico por
proceder de una tía que jamás supo qué gusto tenía una copa de licor.
—Yo seré Polton —propuso Tuppence. Tommy
la miró con desdén.
—Conque Polton, ¿en? No
tienes siquiera idea de lo que dices.
Recogieron el sacacorchos y se dirigieron al garaje. Sacaron el coche y
se pusieron en marcha en dirección a Wimbledon.
The Laurels era un caserón de aspecto medieval. Tenía el aire de haber
sido pintado recientemente y estaba rodeado de pulcros jardines llenos de
geranios escarlata.
Un hombre alto, de bigote blanco y recortado y un exagerado porte
marcial abrió la puerta antes de que Tommy hubiera podido tocar el timbre.
—Hace rato que le estoy
esperando —dijo ruidosamente—. Supongo que es a mister
Blunt a quien tengo el gusto de dirigir la palabra. Yo soy el coronel Kingston
Bruce. ¿Quiere usted venir a mi despacho?
Le condujo a una pequeña habitación situada en la parte posterior de la
casa.
—El joven Saint Vincent me
ha contado cosas admirables acerca de su agencia. He visto también el anuncio
que han puesto en los periódicos. Ese servicio de veinticuatro horas que
ustedes mencionan debe de ser algo maravilloso. Es precisamente lo que
nosotros necesitamos.
Anatematizando en su interior a Tuppence por su irresponsabilidad al
inventar este brillante detalle, Tommy replicó:
—Está bien, coronel.
—Todo el caso es en sí
desagradable, caballero, verdaderamente desagradable...
—¿Sería usted tan amable
de hacerme una relación de los hechos? —interrumpió Tommy con un dejo de impaciencia en la voz.
—Claro que lo haré, ahora
mismo. Tenemos en este momento residiendo con nosotros a una antigua y buena
amiga nuestra, a lady Laura Barton, hija del difunto conde de Carrownay. El
conde actual, su hermano, pronunció un brillante discurso en la Cámara de los
Lores el otro día. Como digo, lady Laura es una antigua y buena amiga nuestra.
Unos cuantos estadounidenses amigos míos que acababan de llegar, los Hamilton
Betts, tenían muchas ganas de conocerla. «Nada más fácil —les dije—. Se hospeda en mi casa en
estos momentos. Vengan a pasar el fin de semana conmigo.» Usted sabe la
debilidad que los estadounidenses sienten por los títulos nobiliarios.
—No sólo ellos, coronel
Kingston Bruce.
—¡Verdad, caballero,
verdad! No hay nada que yo deteste más que el esnobismo. Pues como decía, los
Betts vinieron a pasar el fin de semana. Ayer noche estábamos jugando al bridge,
cuando se rompió el cierre de uno de los pendientes que llevaba mistress
Betts. Se lo quitó y lo dejó sobre una mesa que había a su lado, con el
propósito de recogerlo de nuevo antes de retirarse a sus habitaciones. Por lo
visto se olvidó de hacerlo. Debo explicarle, mister Blunt, que el pendiente
consistía en dos pequeños diamantes laterales de los que colgaba una perla
rosa. El pendiente fue encontrado esta mañana en el mismo sitio en que mistress
Betts lo dejara, pero la perla, una perla por lo visto de un gran valor, había
sido arrancada de él.
—¿Quién encontró el
pendiente?
—La doncella, Gladys Hill.
—¿Hay algún motivo para
sospechar de ella?
—Lleva con nosotros unos
cuarenta años y hasta la fecha no hemos tenido queja alguna. Sin embargo, eso
no quiere decir nada.
—Exactamente. ¿Quiere
usted describirme la dependencia y decirme quiénes estaban presentes en la cena
de ayer?
—Tenemos una cocinera que
lleva sólo dos meses en la casa, pero no creo que haya podido tener oportunidad
de acercarse a la sala, y lo mismo podríamos decir de su ayudanta. Además,
tenemos una criada, Alice Cummings. También ha estado con nosotros algunos
años. Y la doncella de lady Laura, como es natural. Es francesa.
El coronel Kingston Bruce dijo esto último con cierta solemnidad.
Tommy, indiferente por la revelación de la nacionalidad de la doncella, dijo:
—Bien. ¿Y los comensales?
—Mister y mistress Betts,
nosotros, mi esposa, mi hija y yo, lady Laura y el joven Saint Vincent. Mister
Rennie estuvo un rato en la casa después de la cena.
—¿Quién es mister Rennie?
—El hombre más pestilente
que pueda usted imaginarse. Socialista rabioso. Buena figura, eso sí, y con
fuerza persuasiva en la argumentación. Pero un hombre, no me importa decírselo
a usted, a quien no confiaría ni siquiera la cabeza de un alfiler. Un hombre
peligroso, en suma.
—¿Es entonces de ese
mister Rennie de quien usted sospecha? —preguntó Tommy con
sequedad.
—Sí, señor, ¿a qué
negarlo? Estoy seguro, por los puntos que calza, de que es un hombre sin
escrúpulos. ¿Qué le hubiese costado, en el momento en que todos estábamos
absortos en el juego, arrancar la perla y guardársela en el bolsillo?
—Todo cabe en lo posible —admitió Tommy—. Y dígame una cosa, ¿cuál
fue la actitud de mistress Betts durante todo ese quid pro quol
—Quería que yo llamase a
la policía —contestó el general un
tanto reacio a abordar el tema—. Quiero decir, después de que nos hubiésemos convencido de que la perla
no había rodado por debajo de alguno de los muebles.
—¿Fue usted quien la
disuadió de su idea?
—Yo era contrario a esta
clase de publicidad, así como también mi esposa y mi hija. Después mi esposa
recordó que el joven Saint Vincent había mencionado en el curso de la velada su
agencia y su servicio especial de veinticuatro horas. A Tommy le dio un vuelco
el corazón.
—Como usted ve —prosiguió el coronel—, no ha habido ningún mal
en hacer lo que hemos hecho. Si mañana llamamos a la policía, puede suponerse
que nuestro retraso en hacerlo se debió a la duda de que la perla pudiera
meramente haberse extraviado. A propósito, esta mañana no se le ha permitido a
nadie salir de la casa.
—Con excepción de su hija,
como es natural —dijo
Tuppence, abriendo la boca por primera vez.
—Es verdad, excepto mi
hija —asintió el coronel—, que se ofreció
voluntariamente a someter el caso a su consideración. Tommy se levantó.
—Haremos cuanto
humanamente nos sea posible para satisfacer sus deseos —dijo—. Ahora quisiera ver la
sala y la mesa en que se depositó el pendiente. También desearía hacer unas
cuantas preguntas a mistress Betts. Después de eso, mi ayudante, miss
Robinson, se encargará de interrogar a la servidumbre.
El coronel Kingston Bruce les condujo a lo largo del vestíbulo.
Mientras caminaban, llegó claramente a sus oídos una observación hecha por una
persona que estaba en la habitación a la cual se acercaban. La voz era la misma
que la de la joven que había ido a verles aquella mañana a la agencia.
—Tú sabes muy bien, mamá,
que trajo a casa una cucharita
escondida en el manguito.
Un instante después fueron presentados a mistress Kingston Bruce, una
mujer patética, de modales lánguidos, que les recibió con una ligera
inclinación de cabeza. Su cara en estos momentos era más hosca que nunca.
Mistress Kingston Bruce era voluble. —... pero sé, o al menos me figuro, quién debió cogerla —terminó diciendo—; ¿quién va a ser sino ese
condenado socialista? Está enamorado de los rusos y de los alemanes y detesta a
los ingleses. ¿Qué otra cosa puedes esperar de un hombre así?
—¡Eso no es cierto! —replicó la joven con
firmeza—. Le estuve observando
toda la noche y no es posible que se me pasara un detalle como ése. Miró
retadora a todos los presentes.
Tommy cortó la tensión reinante solicitando venia para ver a mistress
Betts. Cuando hubo salido mistress Kingston Bruce acompañada de su esposo e
hija en busca de mistress Betts, Tommy lanzó un apagado silbido.
—Me gustaría saber —dijo con intención— quién es esa que trajo una cucharita escondida en el
manguito.
—En eso mismo estaba yo
pensando —replicó Tuppence.
Mistress Betts, seguida de su marido, irrumpió en la habitación. Era
gruesa y de aspecto decidido y resuelto. Su marido era el reverso de la
medalla. Seco y pusilánime.
—Tengo entendido, mister
Blunt, que es usted un investigador privado y por lo visto poco amigo de
andarse por las ramas.
—Así es, mistress Betts. Y
ahora que sabe quién soy, ¿me permite que le haga unas cuantas preguntas?
Las cosas se sucedieron rápidamente. Tommy vio el pendiente, la mesa en
que fue dejado, y mister Betts salió de su taciturnidad para hacer mención del
valor, en dólares, de la desaparecida perla.
A pesar de todo, Tommy tenía la irritante certeza de no haber logrado
hacer todavía el menor progreso en ningún aspecto.
—Creo que esto es todo —dijo al fin—. Miss Robinson, ¿quiere
usted tener la bondad de traer la máquina especial que dejé en el vestíbulo?
Tuppence hizo lo que le pedían.
—Es un pequeño invento mío —explicó Tommy—. En apariencia, como
ustedes ven, es como otra cámara cualquiera.
Experimentó una ligera satisfacción al ver el efecto que sus palabras
habían producido en los Betts.
Retrató el pendiente y la mesa, y tomó varias vistas generales de la
habitación. Después «miss Robinson» fue delegada para interrogar a las criadas,
y en vista de la expectación reflejada en los semblantes del coronel Kingston
Bruce y de mistress Betts, Tommy se creyó obligado a emitir su autorizada
opinión sobre el particular.
—La posición, como ustedes
ven —dijo—, es la siguiente: o bien
la perla está todavía en la casa o no lo está.
—Es cierto —afirmó el coronel con más
respeto quizá que el que merecía una perogrullada semejante.
—Si no está en la casa,
puede estar en cualquier parte;
pero si lo está, ha de estar forzosamente oculta en alguna parte...
—Y se impone un registro —intervino exaltadamente
el coronel—. Sí, sí, le doy carta
blanca, mister Blunt. Revuelva la casa, desde el desván hasta el sótano.
—¡Oh, Charles! —murmuró llorosa mistress
Kingston Bruce—. ¿Crees que es prudente
llevar a cabo lo que dices? Los criados pueden tomarlo a mal y abandonar el
servicio.
—Sus habitaciones serán
registradas las últimas —añadió Tommy, tratando de complacerla—. Es seguro que el ladrón
habrá escondido la alhaja donde uno menos hubiera podido imaginarse.
—Creo que yo he leído algo
acerca de esto último que acaba usted de decir —asintió el coronel.
—Es posible. ¿Recuerda
usted el caso de Rex
contra Bailey, que fue el que creó ese precedente?
—¿El caso de...? Sí, sí...
creo recordar...
—Y el lugar, a mi juicio,
en que a nadie se le ocurriría mirar es en las habitaciones de la propia
mistress Betts.
—¡Sería realmente
ingenioso! —exclamó admirada la aludida.
Y sin añadir comentario adicional alguno, condujo a Tommy a sus habitaciones,
donde éste hizo uso una vez más de su aparato especial para tomar fotografías.
Poco después se le incorporó Tuppence.
—Espero que no pondrá
objeción mistress Betts, a que mi ayudante eche una mirada a sus armarios. —¡Claro que no! ¿Me
necesita usted para algo más? Tommy le aseguró que no había ya motivo alguno
para su retención. Así es que mistress Betts se marchó, dejando el campo
enteramente a disposición de los investigadores.
—No tenemos más remedio
que proseguir con la farsa —dijo Tommy—, pero
maldita la confianza que pueda yo tener en encontrar lo que buscamos. Y de
esto nadie tiene la culpa sino tú y tu dichoso servicio de veinticuatro horas.
—Escucha, Tommy. No creo
que sean las criadas las que hayan cometido el robo, pero me las he compuesto
para tirarle un poco de la lengua a la camarera francesa. Según ésta, lady
Laura pasó aquí también unos días el año pasado y al volver de tomar té en casa
de unos amigos del coronel Kingston Bruce, parece ser que se le cayó, en
presencia de todos, una cucharita de plata que llevaba escondida dentro del
manguito. Todos creyeron al principio que se trataba meramente de uno de tantos
accidentes fortuitos. Pero hablando de robos similares he conseguido ampliar
mi informa-ción. Lady Laura no tiene ni un céntimo y le gusta siempre pasar
confortables temporadas con gentes para quienes un título tiene todavía una
gran significación. Quizá sea una coincidencia, o quizá no lo sea, pero lo
cierto es que cinco robos han tenido lugar en cinco sitios diferentes, en que
ella se ha hospedado, unos de objetos insignificantes, y otros de joyas de gran
valor.
Tommy dejó escapar de sus labios un prolongado y agudo silbido.
—¿Dónde está el cuarto de
esa pájara? —preguntó.
—Frente por frente de este
en que estamos.
—Entonces creo que lo
mejor será que echemos un vistazo a esas habitaciones.
Por la puerta entornada se podía ver un espacioso departamento con
muebles esmaltados y cortinas de un raso brillante. Una puerta interior
comunicaba con el cuarto de baño y frente a ésta se hallaba una muchacha morena
y delgada, vestida con gran pulcritud.
Tuppence vio la expresión de estupor que su súbita entrada hizo aparecer
en las facciones de la sirvienta.
—Soy Elise, mister Blunt —dijo tratando de dibujar
una de sus más encantadoras sonrisas—. La doncella de lady Laura.
Tommy cruzó el umbral de la puerta que separaba la alcoba del cuarto de
baño y quedó sorprendido del lujo y modernismo que reinaba en su interior. Se
puso a curiosear las diferentes instalaciones con objeto de disipar la mirada
de sorpresa que había aparecido en el rostro de la sirvienta.
—Parece que está usted muy
entretenida con sus quehaceres, ¿verdad, mademoiselle Elise?
—Sí, monsieur, estaba
limpiando el baño de milady.
—¿Podría usted ayudarme
unos instantes a tomar unas cuantas fotografías? Tengo aquí una cámara
especial y deseo retratar con ella los interiores de todas las habitaciones de
la casa.
Fue interrumpido por el estrépito que produjo la puerta al cerrarse de
pronto. Elise dio un respingo. —¿Qué ha sido eso?
—Debe haber sido el viento —contestó Tuppence. —Volvamos a la alcoba.
Elise se adelantó para abrirla, pero por más esfuerzos que hizo sólo
consiguió arrancar del pomo unos débiles chirridos.
—¿Qué pasa? —preguntó Tommy.
—Ah, monsieur, alguien
debe haber cerrado desde fuera —contestó Elise. Tomó un trapo y lo volvió a intentar. Esta vez el pomo
giró con facilidad y consiguió abrir—. Voilá ce qui est curieux. Debió de haberse
atascado. No había nadie en el dormitorio.
Tommy recogió su aparato y se puso a manipularlo ayudado por Tuppence y
por la doncella. De vez en cuando no podía por menos de dirigir una furtiva
mirada a la misteriosa puerta.
—Tengo curiosidad por
saber —se dijo entre dientes— qué demonios le ha
pasado a esa puerta.
La examinó detenidamente, abriéndola y cerrándola repetidas veces. La
manecilla funcionaba rápidamente y a la perfección.
—Bueno, una fotografía más —exclamó acompañando la petición
con un suspiro—. ¿Quiere usted hacer el
favor de descorrer un poco esa cortina, mademoiselle Elise? Gracias. Manténgala
así unos segundos.
Sonó el clic familiar.
Tommy entregó la placa a Elise, y a Tuppence el trípode, mientras él reajustaba
y cerraba cuidadosamente la cámara. Se valió de un fútil pretexto para alejar
a Elise, y cuando ésta hubo partido, cogió de un brazo a Tuppence y le habló
rápidamente:
—Escucha, Tuppence, tengo
una idea. ¿Puedes permanecer aquí unas cuantas horas más? Registra los cuartos
uno por uno, esto te dará tiempo. Trata de tener una entrevista con esa pájara,
ya sabes a quién me refiero, a lady Laura, pero ¡por Dios!, no la alarmes
innecesariamente. Dile que sospe-chamos de la camarera. Y hagas lo que hagas,
no permitas de ningún modo que abandone la casa. Yo me voy con el coche y
trataré de estar ausente el menor tiempo posible.
—Está bien —dijo Tuppence—, pero no des por tan
seguras tus conclusiones. Te has olvidado de una cosa.
—¿De qué?
—De miss Kingston Bruce.
Hay algo en ella que no acabo de comprender. Escucha. Me he enterado de la hora
en que salió de aquí esta mañana. Tardó dos horas en llegar a nuestra oficina.
¿No te parece una exageración? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo?
—Si, parece que hay algo
de sentido en lo que dices —admitió su marido—. Bien, tú sigue la pista que quieras, pero vuelvo a repetirte que bajo
ningún concepto permitas que lady Laura salga de la casa. ¿Qué es eso?
Su fino oído había captado un leve crujido que venía del descansillo.
Salió al corredor, pero no vio a nadie.
—Bueno, hasta la vista —dijo despidiéndose—. No tardaré.
Capítulo 4 El
Caso De La Perla Rosa (Continuación)
Al ver partir a su marido, Tuppence quedó pensativa. Tommy parecía estar
muy seguro de cuanto hacía, y ella, en cambio, no. Había una o dos cosas que, a
su juicio, aún quedaban por poner en claro.
Se hallaba todavía junto a la ventana contemplando distraída la calzada
cuando vio de pronto que un hombre salía de una de las puertas, cruzaba la
calle y hacía sonar la campana de la puerta.
Como un relámpago, Tuppence salió del cuarto y bajó rápidamente las
escaleras. Gladys Hill, la camarera, iba a contestar a la llamada, pero
Tuppence le obligó con un gesto autoritario a que se retirara. A continuación
se dirigió a la puerta y la abrió de par en par.
Un joven larguirucho, con ropas de un corte bastante deplorable y ojos
ávidos y oscuros, apareció en el umbral. Titubeó un instante y después
preguntó: —¿Está miss Kingston
Bruce? —¿Quiere usted tener la
bondad de entrar? Se retiró a un lado para dar paso al joven. —Mister Rennie, ¿no es
así? —preguntó con dulzura. —Sí, el mismo.
—¿Quiere usted venir por
aquí?
Abrió la puerta del despacho, que volvió a cerrar una vez hubieron
entrado ambos. Estaba vacío.
—Quiero ver a miss
Kingston Bruce —dijo Rennie volviéndose
a ella y frunciendo el entrecejo.
—No estoy muy segura de
que pueda conseguirlo —respondió Tuppence con voz sosegada.
—Oiga, ¿quién demonios es
usted? —preguntó Rennie con
rudeza.
—Agencia Internacional de
Detectives —respondió lacónicamente
Tuppence.
Al ver el efecto que sus palabras habían causado en su interlocutor
prosiguió:
—Tenga la bondad de
sentarse, mister Rennie. Empezaré diciendo que todos estamos enterados de la
visita que miss Kingston Bruce le hizo esta mañana.
El tiro, disparado al azar, había dado en el blanco. Dándose cuenta de
la consternación de su víctima, prosiguió sin pausa:
—Es la recuperación de la
perla lo que en estos momentos les interesa a todos, mister Rennie, no la
publicidad. Creo que podríamos llegar a un arreglo. El joven se la quedó
mirando fijamente.
—No sé exactamente dónde
quiere usted ir a parar —dijo pensativamente—. Déjeme pensar un momento.
Hundió la cabeza entre las manos; después hizo una pregunta tan curiosa
como inesperada.
—¿Es cierto que el joven
Saint Vincent va a casarse pronto?
—Lo es. Conozco a la
novia.
A partir de aquel momento Rennie se hizo más comunicativo.
—He sufrido mucho —confesó—. Han estado invitándole
aquí mañana, tarde y noche, y metiéndo-le a Beatrice por las narices. Y todo
porque no ha de tardar en heredar un título. Si las cosas cambian, como
espero...
—Bien, no hablemos de
política —se apresuró a interponer
Tuppence—. ¿Tendrá usted algún
inconveniente en decirme, mister Rennie, por qué cree usted que fue miss
Kingston Bruce quien robó la perla?
—Yo no lo he creído nunca.
—No intente negarlo —replicó Tuppence con
calma—. Espera usted escondido
a que se marche el detective y cuando usted cree que el campo está libre,
viene y pide permiso para ver a la muchacha. Todo está claro como el agua. De
haber sido usted el autor del robo, no estaría ni la mitad de preocupado de lo
que está en estos momentos.
—Su conducta era tan
extraña... —comenzó a hablar el joven—. Vino a verme esta
mañana, antes de ir a no sé qué agencia de detectives y me explicó lo del robo.
Parecía como ansiosa de decir algo, sin encontrar la forma de hacerlo.
—Bueno —añadió finalmente
Tuppence—. Todo cuanto yo quiero es
la perla. Más vale que ahora vaya y hable con ella.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció el coronel Kingston
Bruce.
—La comida está preparada,
miss Robinsón. Espero que nos honrará usted aceptando un asiento en nuestra
mesa. El... Se detuvo, mirando fijamente al indeseado visitante.
—Por lo que veo —dijo mister Rennie—, no se decide usted a
extenderme esa misma invitación. Está bien, me voy.
—Vuelva más tarde —susurró Tuppence en su
oído al pasar junto a sí.
Tuppence siguió al coronel Kingston Bruce, que aún continuaba
mascullando imprecaciones contra la desfachatez de ciertas gentes, a un
espacioso comedor, donde se hallaba ya congregada la familia. Sólo una de las
personas presentes le era desconocida a Tuppence.
—Ésta, lady Laura, es miss
Robinsón, que está también prestando su ayuda en el esclarecimiento del
dichoso caso de la perla.
Lady Laura hizo una ligera inclinación de cabeza y se quedó mirando
fijamente a Tuppence a través de las gafas. Era una mujer alta, delgada, de
sonrisa triste, de voz suave y ojos duros y astutos. Tuppence le devolvió la
mirada sin pestañear.
Al terminar la comida, lady Laura entró en la conversación con aire de
simple curiosidad. ¿Qué tal seguía la investigación? Tuppence puso un gran
énfasis en sus sospechas por la camarera, ya que la persona de lady Laura no
entraba en sus cálculos. Lady Laura podría esconder cucharillas y otras
chucherías por el estilo entre sus ropas, pero no una perla como ésta.
Poco después, Tuppence prosiguió con el registro de la casa. El tiempo
iba pasando sin que Tommy, y lo que aún era peor, Rennie, dieran señales de
vida. De pronto, al salir de una de las alcobas, se dio de bruces con Beatrice
Kingston, que, completamente ataviada, se encaminaba en dirección a la
escalera.
—Me temo —le dijo Tuppence— que no va usted a poder
salir a la calle en estos momentos.
—Eso no es asunto de usted —respondió la joven con
altanería.
—Quizá no, pero sí lo es
el telefonear a la policía en el caso de que se decida a contravenir mis
órdenes.
La muchacha se quedó pálida como un muerto.
—No, no, a la policía
no... Haré lo que usted diga, pero no llame a la policía.
Extendió los brazos en ademán de súplica.
—Mi querida miss Kingston
Bruce —dijo Tuppence con sonrisa
compasiva—, este caso lo he visto
claro como la luz desde su comienzo. Cuando...
No terminó la frase. El incidente le había absorbido de tal manera que
no oyó lo que abajo ocurría. De pronto y con gran sorpresa, vio a Tommy subir
apresuradamente las escaleras, mientras en el vestíbulo sonaba una voz recia
que decía:
—Soy el inspector Marriot,
de Scotland Yard. Con un giro, Beatrice se apartó de Tuppence y descendió rápidamente
a tiempo de ver abrirse de nuevo la puerta y aparecer en ella la figura de
Rennie.
—Ahora sí que lo has estropeado todo —rugió Tuppence con rabia.
—¡Ah, sí! —replicó Tommy sin
detenerse. Entró en la habitación de lady Laura, pasó al cuarto de baño y salió
a los pocos instantes con una gran pastilla de jabón entre las manos. El
inspector llegaba en aquel momento al descansillo.
—No ha opuesto la menor
objeción a su arresto —anunció—. Es una antigua cliente
del Departamento, y sabe muy bien cuándo el juego está perdido. ¿Qué hay de la
perla?
—No sé por qué —dijo Tommy entregándole
la pastilla—, pero me figuro que va
usted a encontrarla aquí dentro.
El inspector la observó apreciativamente.
—Un viejo truco, y bueno —contestó el inspector—. Cortar la pastilla en
dos, escarbar un pequeño hueco para el objeto y volver a juntar los pedazos
alisando bien las junturas con agua caliente. Un buen trabajo por parte de
usted y de la agencia.
Tommy aceptó agradecido la lisonja. Al descender después las escaleras
acompañado de su esposa, se encontró con el coronel Kingston Bruce, que le
estrechó calurosamente las manos.
—Caballero —exclamó—. No sé cómo darle las
gracias no sólo en mi nombre, sino también en el de lady Laura.
—Oh, de nada, de nada. Lo
único que nos complace es saber que están ustedes satisfechos de nuestro
trabajo, y ahora nos vamos. Tengo una cita muy urgente. Con un miembro del
Gabinete.
Salió apresuradamente de la casa, con Tuppence pisándole los talones, y
ambos se metieron en el automóvil.
—Pero, Tommy —observó ella—; después de todo no han
arrestado a lady Laura.
—¿Ah, no te lo he dicho? —contestó su marido—. No, no arrestaron a lady
Laura. A quien arrestaron fue a la camarera Elise.
» Verás —prosiguió mientras
Tuppence se sentaba dando muestras del más vivo estupor—. He intentado a menudo
abrir una puerta con las manos llenas de jabón. Es imposible hacerlo, las manos
resbalan. Así, pues, me pregunté: ¿qué es lo que Elise habría estado haciendo
para tener las manos tan enjabonadas? Como recordarás, cogió después una toalla
y con ella limpió las huellas de jabón que hubiesen podido quedar en el pomo.
Pero se me ocurrió que si tú hubieses sido una ladrona profesional, no habría
sido un mal plan el de convertirte en camarera de una dama sospechosa de
cleptomanía y que se pasaba grandes temporadas en las casas de los demás. Le
tomé una fotografía a Elise con el pretexto de sacar una vista general, la
induje a que cogiera entre los dedos una de las placas y lo llevé todo, sin
pérdida de tiempo, a Scotland Yard. Un rápido revelado del negativo, identificación
de las huellas dactilares, y luego una foto. Elise resultó ser una antigua
conocida. Para referencias, a Scotland Yard.
—Y pensar —dijo Tuppence cuando al
fin pudo articular unas palabras— que esos dos idiotas de Beatrice y Rennie han estado sospechando el uno
del otro de esta forma ridícula que sólo se hace en las novelas. Pero, ¿por qué
no me dijiste lo que tenías entre manos cuando saliste de la casa?
—En primer lugar, porque
sospeché que Elise estaba escuchando desde el descansillo, y en segundo...
—En segundo,¿qué?
—Mi inteligente secretaria
parece haber perdido la memoria —dijo Tommy con intención—. Thorndyke nunca dice nada hasta el último momento. Además, Tuppence,
recuerda que tú y tu amiguita Janet Smith me jugasteis no hace mucho una mala
pasada. Estamos sencillamente en paz, querida, en paz.
Capítulo
5 La Aventura Del Siniestro
Desconocido
Qué día más aburrido! —dijo Tommy bostezando desesperadamente.
—Es casi la hora de tomar
el té —contestó Tuppence, haciendo lo propio.
La Agencia Internacional de Detectives no daba muestras de una gran
actividad. La esperada carta del comerciante ruso de jamones no había llegado
aún y los casos dignos de ser tenidos en cuenta brillaban por su ausencia.
Albert, el mensajero de la oficina, entró con un paquete sellado que
dejó sobre la mesa.
—El misterio del paquete
sellado —dijo Tuppence—. ¿Contendrá acaso las
fabulosas perlas de la gran duquesa rusa? ¿O se trata quizá de una máquina
infernal encargada de hacer volar a los brillantes agentes de Blunt?
»A decir verdad —aclaró Tuppence poniendo al descubierto el contenido—, se trata de mi regalo de
boda a Francis Haviland. ¿Verdad que es bonito?
Tommy cogió la fina pitillera de plata que aquélla le alargaba, se fijó
en la fina inscripción: «A Francis, de Tuppence», que había en la tapa, la
abrió, la cerró e hizo un gesto de aprobación.
—Veo que te gusta tirar el
dinero —observó—. La próxima vez que yo
cumpla años, que será dentro de un mes, me pienso comprar una pitillera como
ésta, sólo que de oro. Me extraña que hagas esos despilfarros tratándose de
Francis Haviland, que, como sabes, nació, es y morirá burro.
—Olvidas que yo fui su
chofer cuando él era general durante la guerra. ¡Ah, qué días aquellos!
—¡Y que lo digas! —asintió Tommy—. Mujeres hermosísimas,
venían a estrechar mi mano en el hospital. Pero, ¡vaya!, no se me ha ocurrido
pensar que por ello me viera obligado a enviarles regalo de boda a todas
ellas. No creo que la novia te agradezca mucho el presente, Tuppence.
—No me dirás que no es
bonito.
—No, no —dijo Tommy, metiéndoselo
tranquilamente en el bolsillo—. ¡Hombre! Aquí viene Albert con el correo de la tarde. Posiblemente la
duquesa nos confíe la misión de encontrar a su desaparecido pequinés.
Entre los dos revisaron la correspondencia. De pronto Tommy lanzó un
prolongado silbido.
—Una carta azul con un
sello de Rusia —exclamó—. ¿Recuerdas lo que el
jefe nos dijo? Que
estuviésemos siempre a la expectativa, por si llegaba alguna precisamente con
estas señas.
—¡Oh, qué emocionante!
¡Por fin ha ocurrido algo! —gritó Tuppence—. Ábrela y mira si el contenido está de conformidad con lo que nos
dijeron. Un fabricante de jamones, ¿no era eso? Espera. Necesitaremos un poco
de leche para el té. Se olvidaron de dejarla esta mañana. Voy a enviar a Albert
a que compre un poco.
Al volver de dar sus órdenes al mensajero, se encontró a Tommy leyendo
una hoja de papel, también azul.
—Como nos figurábamos,
Tuppence —observó—. Casi palabra por
palabra, lo que dijo el jefe.
Estaba redactada en un inglés pulcro y era, al parecer, de un tal Gregor
Feodorsky, que estaba ansioso por tener noticias de su esposa. Se urgía a la
Agencia Internacional de Detectives a no escatimar gasto alguno en su búsqueda.
Le era imposible salir en aquellos momentos de Rusia debido al gran descenso
experimentado en el mercado de la carne de cerdo.
—Me gustaría saber lo que
todo esto significa —dijo
Tuppence dejando la carta sobre la mesa y tratando de alisar sus arrugas con
la palma de la mano.
—Supongo que estará
escrita en clave —respondió
Tommy—. De todos modos, eso ya
no es asunto nuestro. Nuestras instrucciones son copiarla y mandar el original
inmediatamente a Scotland Yard. Mejor será que comprobemos si debajo del sello
aparece, como nos dijeron, el número dieciséis. —Está bien —contestó Tuppence—, pero creo que... Se
detuvo en seco y Tommy, sorprendido por la súbita pausa, levantó la vista y vio
la figura de un hombre alto y fornido que bloqueaba completamente la puerta de
comunicación con la oficina exterior.
El intruso era un hombre de aspecto dominante, cuadrado, de cabeza
redonda y un mentón sólido y agresivo que revelaba una gran fuerza de voluntad.
Su edad debería de oscilar entre los cuarenta y cuarenta y cinco años.
—Les ruego me perdonen —dijo el desconocido
avanzando hacia el interior de la habitación, sombrero en mano—. Encontré vacía la sala
de espera y abierta esta puerta, así que me aventuré a entrar. Supongo que
ésta es la Agencia Internacional de Detectives, ¿me equivoco?
—No, no se equivoca.
—¿Es usted quizá mister
Blunt? ¿Mister Theodore Blunt?
—En efecto, soy mister
Blunt. ¿Desea usted consultarme alguna cosa? Permítame que le presente a mi
secretaria, miss Robinson.
Tuppence inclinó graciosamente la cabeza, pero continuó observando al
recién llegado a través de sus casi entornados párpados. Se preguntaba a sí
misma cuánto tiempo podría haber estado aquel hombre esperando en la puerta y
cuánto podría, más o menos, haber visto u oído. No se escapó a su perspicacia
el hecho de que mientras hablaba con Tommy sus ojos no cesaban de dirigirse al
papel azul que su marido tenia en aquel momento entre las manos.
La voz de Tommy, con una nota de advertencia en ella, le hizo recordar
las necesidades del momento.
—Miss Robinson, sírvase
estar preparada. Y usted, caballero, tenga la bondad de explicarme el motivo
de su visita. Tuppence se apresuró a coger su lápiz y libro de notas.
—Me llamo Bower —principió el hombre con
voz ronca—. Doctor Charles Bower.
Vivo en Hampstead, donde tengo mi consultorio. He venido a verle, mister Blunt,
porque desde hace algún tiempo me están ocurriendo cosas extrañas.
—Prosiga.
—Una o dos veces, en el
curso de la última semana, me han llamado por teléfono para un caso de
urgencia. En ambas ocasiones comprobé que la llamada había sido falsa. La
primera vez creí que se trataba simplemente de una broma de dudoso buen gusto,
pero al retirarme a la casa la segunda vez, me encontré con que en mi ausencia
alguien había andado curioseando entre mis papeles confiden-ciales. Hice un
detenido examen de todos ellos y llegué a la conclusión de que todos mis
cajones habían sido abiertos y los documentos devueltos apresuradamente a sus
respectivos lugares.
El doctor Bower se detuvo y miró a Tommy.
—¿Qué me dice usted,
mister Blunt?
—¿Y usted qué cree, mister
Bower? —replicó el joven, dibujando
una sonrisa.
—Pues en realidad no lo
sé, y espero que usted me lo cuente.
—Veamos primero los
hechos. ¿Qué es lo que guarda usted en los cajones?
—Ya se lo he dicho: mis
papeles confidenciales.
—Bien, ¿y en qué
consistían esas confidencias? ¿Qué valor podrían tener esos papeles para un
ladrón vulgar o una persona cualquiera en particular?
—Para un ladrón vulgar
creo que ninguno, pero tratándose en ellos de ciertos alcaloides, llamémosles, tenebrosos,
podrían tenerlo para cualquiera que poseyera suficiente conocimiento técnico en
la materia. Hace años que vengo haciendo estudios sobre ese particular. Estos
alcaloides son venenos activísimos y de difícil descubrimiento, pues no dejan
rastro alguno de su presencia ni de su acción.
—¿Cree usted entonces que
el conocimiento de ese secreto podría reportar algún beneficio material a su
poseedor?
—Si es falto de
escrúpulos, sí.
—¿Y sospecha usted de
alguien? El doctor se encogió de hombros.
—Puertas y ventanas
estaban intactas, lo cual me hace suponer que el atentado no procedía del
exterior. Sin embargo... Se detuvo de pronto. Después prosiguió:
—Mister Blunt, quiero
hablarle con entera franqueza. No me atrevo a encomendar el caso a la policía.
De mis tres sirvientes estoy completamente seguro. Todos llevan en mi casa un
largo tiempo y me han servido siempre con fidelidad. Comprendo, no obstante,
que... En fin, ya me entiende usted. Tengo, además, conmigo a mis dos sobrinos,
Bertram y Henry. Henry es un buen muchacho, muy buen muchacho, que jamás me ha
proporcionado el más mínimo disgusto. Trabajador y servicial como ninguno.
Bertram, siento tener que decirlo, es el reverso de la medalla, ingobernable,
extravagante y gandul.
—Comprendo —dijo Tommy pensativamente—. Usted sospecha que su
sobrino Bertram tiene algo que ver en todo este asunto y yo pienso precisamente
lo contrario. Yo sospecho del bueno de Henry. —¿Por qué?
—Por tradición. Por precedentes.
—Tommy agitó una mano con
gesto enigmático—. En mi
opinión, los individuos sospechosos son por lo general inocentes y viceversa.
Sí, decididamente sospecho de Henry.
—Perdóneme usted, mister
Blunt —dijo Tuppence, interrumpiendo
respetuosamente—. ¿He de
entender que el doctor Bower guarda estas notas sobre esos alcaloides que
mencionaba mezcladas con los demás papeles en un cajón de su mesa?
—Las guardo en la misma
mesa, mi distinguida señorita, pero en un cajoncito secreto cuya existencia
sólo yo conozco y que ha desafiado siempre cualquier intento de registro.
—¿Y qué es exactamente lo
que usted quiere que yo haga, doctor Bower? —preguntó Tommy—. ¿Ha querido darme a entender
que anticipa la posibilidad de otra nueva visita del misterioso merodeador?
—Así es, mister Blunt.
Tengo motivos para temerlo. Esta tarde recibí un telegrama de uno de mis
pacientes que envié no hace mucho a Bournemouth. El telegrama decía que mi
paciente estaba en estado crítico y me suplicaban acudiera sin perder un
instante. Sospechando ya por los aconteci-mientos que habían precedido, decidí
mandar personalmente un telegrama, contestación pagada, a mi paciente en
cuestión. Como supuse, me enteré de que estaba en perfecto estado de salud y
de que no me había enviado aviso de ninguna clase. Se me ocurrió que, si fingía
haber dado crédito al mensaje y haber salido para Bournemouth, tendríamos una
gran oportunidad de agarrar a nuestros malandrines con las manos en la masa.
Quien sea esperará indudablemente a que se haya retirado la servidumbre para
empezar sus operaciones. Sugiero que nos encontremos esta noche, a las once,
en los alrededores de mi casa y que investiguemos juntos el asunto con todo
cuidado y calma.
Tommy repiqueteó pensativo en la mesa con la contera de un pisapapeles.
—Su plan me parece
excelente, doctor Bower —dijo al fin—. Veamos, su dirección es...
—Los Pinos, avenida
Hangman, un lugar, por cierto, bastante retirado pero con vistas soberbias.
—Así es, conozco el sitio.
El visitante se puso en pie.
—Entonces le espero esta
noche, mister Blunt. Junto a Los Pinos a... ¿digamos a las once menos cinco
para estar más seguros?
—Conforme. A las once
menos cinco. Adiós, doctor Bower. Tommy se levantó, oprimió un botón que había
bajo la mesa y Albert apareció para acompañar hasta la puerta al cliente. El
doctor cojeaba visiblemente al caminar, pero su fortaleza era evidente a pesar
de este pequeño defecto.
—Un cliente difícil de
manejar —se dijo Tommy para sí—. Bien, Tuppence, encanto,
¿qué me dices de todo esto?
—Te contestaré con una
sola palabra —respondió su esposa—. «Patizambo».
—¿Qué?
—He dicho patizambo. No en
vano me he dedicado al estudio de los clásicos. Tommy, esto me huele a
chamusquina. Conque alcaloides tenebrosos, ¿eh? Jamás he oído una
paparrucha semejante.
—Tampoco a mí me ha
parecido una historia muy convincente —admitió su marido.
—¿Te fijaste cómo miraba
la carta? Tommy, ése es uno de la cuadrilla. Le han informado de que tú no eres
el verdadero mister Blunt y vienen en busca de nuestras cabezas.
—En ese caso —dijo Tommy abriendo el
armario lateral, e inspeccionando las filas de libros almacenados en él— nuestro papel es fácil
de colegir. Seremos los hermanos Okewood. Yo seré Desmond —añadió con firmeza.
Tuppence se encogió de hombros.
—Está bien. Como quieras.
Yo haré de Francis. Recordarás que Francis es el más inteligente de los dos.
Desmond acaba siempre por meterse en callejones sin salida y Francis es quien
siempre aparece en el momento oportuno para salvar la situación.
—No olvides que yo pienso
ser una especie de «super-Desmond». En cuanto llegue a Los Pinos...
—Pero, ¿es que piensas ir
a Hampstead esta noche?
—¿Y por qué no he de ir?
—Pero, ¿es que vas a ir a
esa trampa que te tienden con los ojos cerrados?
—No, hija mía, no. Iré a
esa trampa, eso sí, pero no con los ojos cerrados como tú dices, sino abiertos,
muy abiertos. Ya verás la sorpresa que se va a llevar nuestro querido amigo el
doctor Bower.
—No me gusta nada todo
esto —replicó Tuppence—. Tú sabes lo que ocurre
cuando Desmond desobedece las órdenes y actúa por su propia cuenta. Las
nuestras fueron clarísimas. Enviar las cartas e informar inmediatamente sobre
cualquier incidente que ocurriese.
—No lo has entendido bien.
Debemos informar inmediatamente, en el caso de que alguien venga y mencione el
número dieciséis. Hasta este momento nadie lo ha hecho.
—Eso es una sutileza tuya —observó Tuppence. —Pues, aunque tú creas que
lo es, pienso llevar este asunto sólito y en la forma que crea más conveniente.
No temas nada, querida esposa. Iré armado hasta los dientes. —Tommy, ese hombre es
fuerte como un gorila. —¿Y qué? ¿Acaso no lo es también mi automática? Se abrió la puerta que
comunicaba con el despacho y entró Albert. Después de cerrarla tras de sí, se
acercó con un sobre entre sus manos.
—Un caballero desea verle —anunció—. Cuando empecé a contarle
mi monserga habitual sobre su conferencia con Scotland Yard, me dijo que no me
molestara. Que se sabía de memoria el disco, puesto que era precisamente de
donde él venia. Después escribió algo en una tarjeta, la puso dentro de este sobre
y me suplicó que se la entregara.
Tommy tomó el sobre y lo abrió. Al leer el contenido una sonrisa se
dibujó en su semblante.
—Ese caballero, Albert, se
divirtió a tu costa diciendo la verdad. Hazle pasar.
Entregó la tarjeta a Tuppence. Llevaba el nombre del inspector
Dymchurch y escritas en lápiz, aparecían las siguientes palabras: «Un amigo de
Marriot».
Un minuto después el detective de Scotland Yard penetró en la oficina
interior. En apariencia tenía una gran semejanza con el inspector Marriot.
Ambos eran bajos, rechonchos y con ojos astutos y observadores.
—Buenas tardes —dijo el detective
campechanamente—. Marriot ha salido para el sur de Gales y me ha suplicado que venga a
echar un vistazo a todo esto. Oh, no se preocupe —se apresuró a añadir al
ver el gesto de sorpresa que se dibujó en la cara de Tommy—, estamos enterados de todo, pero no acostumbramos
a inmiscuirnos en nada que no afecte directamente a nuestro Departamento.
Alguien, sin embargo, parece haberse dado cuenta de que no todo es lo que
parece. No hace mucho que un caballero ha estado aquí a verles, ¿no es así? No
sé qué nombre habrá dado, no me importa, puesto que lo desconozco en realidad.
No obstante, sé algo acerca de él y me gustaría ampliar, a ser posible, la
información. ¿Les ha dado acaso una cita para esta noche?
—Me lo figuré. ¿En el
número dieciséis, Westerham Road, parque de Finsbury?
—No —respondió Tommy con una
sonrisa—. Se equivoca. En Los
Pinos, Hampstead, lo cual es muy distinto.
Dymchurch pareció sorprenderse. No esperaba, por lo visto, esta
respuesta.
—No lo comprendo —murmuró—; debe de ser algún nuevo
plan. ¿Dice usted que en Los Pinos, Hampstead?
—Sí. Hemos de encontrarnos
allí a las once menos cinco.
—Si quiere seguir mi
consejo, no vaya.
—¿Lo ves? —interrumpió Tuppence.
Tommy se puso encarnado como una cereza.
—Si usted cree, inspector,
que... —empezó a decir acaloradamente.
Pero el inspector hizo un gesto como tratando de calmarle.
—Le daré mi opinión,
mister Blunt, si me lo permite —añadió—. El lugar en que debe
usted estar a esta hora es precisamente aquí, en esta oficina.
—¿Qué? —exclamó asombrado.
—Lo que oye, aquí en esta
oficina. No le importe saber cómo me he enterado, a veces los departamentos se
extienden más allá de sus jurisdicciones respectivas, pero sé que una de esas
cartas «azules» ha llegado hoy a su poder. Es posible que ese pájaro que acaba
de salir ande tras ella. Le atrae a usted con cualquier pretexto a Hampstead,
se asegura así de su ausencia en estos alrededores y al llegar la noche viene
tranquilamente y se entrega al registro sin que nadie pueda molestarle en lo
más mínimo.
—¿Y por qué ha de pensar
que guardo la carta aquí? ¿No sería más lógico suponer que la llevo encima o
que la he remitido ya a su destino?
—Eso es precisamente lo
que él no puede saber. Lo más probable es que se haya enterado de que usted no
es el auténtico mister Blunt, sino un hombre que, lleno de buena fe, se ha
hecho cargo del negocio. En este caso creerá que la carta no tiene para usted
más significación que la estrictamente comercial, y que sería archivada en
esta oficina junto con todas las demás.
—Comprendo —dijo Tuppence.
—Es preciso que siga
creyéndoselo. Será el modo de que podamos sorprenderle esta misma noche en
plena operación.
—Entonces, ¿ése es el
plan? —replicó Tuppence.
—Así es. Ahora son las
seis. ¿A qué hora acostumbran ustedes a salir de la oficina?
—Más o menos a ésta.
—Entonces háganlo como de
costumbre y volvamos pasado algún tiempo. No creo que vengan antes de las once,
pero tampoco está de más el tomar ciertas precauciones. Ahora voy a echar una
mirada por los alrededores para ver si hay moros en la costa.
Tan pronto como salió Dymchurch, Tommy y Tuppence iniciaron una
acalorada discusión que duró unos instantes.
Al fin, Tuppence hubo de capitular.
—Está bien —dijo—. No hablemos más. Me iré
a casa y allí me sentaré como una buena niña mientras tú te entretienes a jugar
a los ladrones. Pero me las pagarás. No te olvides de lo que te digo.
Dymchurch volvió en aquel momento.
—Parece que el campo está
libre. Salgamos.
Tommy llamó a Albert y le dio instrucciones para que cerrara.
Después, los cuatro se dirigieron al cercano garaje donde acostumbraban
a dejar el coche. Tuppence se sentó al volante con Albert a su lado. Tommy y el
detective se acomodaron en el asiento posterior.
Poco después quedaron detenidos por el tráfico. Tuppence miró por encima
del hombro haciendo una seña. Tommy y el inspector abrieron una de las
portezuelas y saltaron en medio de la calle Oxford. Al cabo de uno o dos
minutos, Tuppence y Albert prosiguieron solos su camino.
Capítulo 6 La Aventura Del Siniestro... (Continuación)
Mejor será que no vayamos todavía —dijo Dymchurch al tiempo
de entrar presuroso en la calle Haleham—. ¿Tiene usted la llave
consigo?
Tommy asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Qué le parece si
fuésemos primero a tomar un bocadillo? Es temprano y conozco un lugar desde
donde, al mismo tiempo, podemos vigilar cómodamente la casa. Lo hicieron tal
como había sugerido el inspector, quien para Tommy resultó un compañero
expansivo y agradable, por demás. La mayor parte de su trabajo oficial parecía
haber sido realizada entre espías y contó relatos que dejaron maravillado a su
sencillo oyente.
Permanecieron en el restaurante hasta las ocho, hora en que Dymchurch
aconsejó ponerse en movimiento y seguir su plan.
—Es ya de noche, y cerrada —explicó—; así que podemos entrar
sin que nadie note nuestra presencia.
Atravesaron la calle, echaron una rápida mirada a los alrededores y
penetraron resueltamente en el portal. Subieron las escaleras y Tommy sacó la
llave y la insertó en la cerradura de la pequeña salita exterior.
Al hacerlo oyó un silbido a su espalda que él creyó procedía de
Dymchurch.
—¿Por qué silba? —preguntó con aspereza.
—¿Quién, yo? —contestó el inspector
mostrando sorpresa—. Creí
que era usted el que había
silbado.
—Bueno, pues alguien... —empezó a decir Tommy. No
terminó la frase. Unos brazos fornidos le sujetaron por detrás y antes de que
pudiera emitir el más ligero grito sintió que una almohadilla empapada de un
líquido dulce y sofocante era aplicada fuertemente contra su nariz y boca.
Luchó violentamente, pero fue en vano. El cloroformo empezó a dejar
sentir sus efectos. Parecía que todo giraba vertiginosamente a su alrededor y
que la tierra le faltaba bajo los pies.
Luego, una ligera sensación de ahogo... Después... la inconsciencia.
Volvió dolorosamente en sí y en plena posesión de todas sus facultades.
La dosis de anestésico había sido, por lo visto, insignificante. La precisa
para poder ponerle una mordaza y evitar así una posible alarma.
Cuando recuperó el conocimiento se encontró en el suelo, medio recostado
contra una de las paredes de su propio despacho. Dos hombres estaban
febrilmente ocupados en revolver el contenido de los cajones de la mesa y los
estantes de los armarios. Mientras lo hacían no dejaban de lanzar toda suerte
de imprecaciones.
—Que me maten si aquí está
lo que busca, jefe —dijo el
más alto de los dos, con voz aguardentosa.
—Pues ha de estar —respondió el otro
volviéndose de pronto—. Encima no la lleva.
La sorpresa de Tommy no tuvo límites al reconocer en el merodeador al
propio Dymchurch, quien al ver su estupor se sonrió burlonamente.
—Parece que mi buen amigo
ha vuelto a despertarse —dijo—, y por lo visto, bastante
estupefacto; sí, sí, he dicho bien, estupefacto. Y sin embargo, la cosa es
simple por demás. Sospechamos que algo ocurría en la Agencia Internacional de
Detectives. Me presto voluntariamente a investigar. Si mister Blunt, me digo,
es, como supongo, un espía, sospechará, y, por lo tanto, no estaría de más el
enviar por delante a mi antiguo y querido amigo Cari Bauer. Cari es instruido
para comportarse en forma de poder inspirarles confianza contando una historia
a todas luces inverosímil. Así lo hace, y entonces aparezco yo en escena
haciendo uso del nombre del inspector Marriot para ganar así su confianza. Lo
demás no creo que necesite ya de explicación.
Tommy rabiaba por poder decir cuatro cosas, pero la mordaza que llevaba
sobre la boca se lo impedía. También rabiaba por hacer otras cuantas más, especialmente con manos y pies, pero,
¡oh desdicha!, también ese detalle había sido tenido en cuenta por los
salteadores, y una fuerte cuerda hacía imposible el más insignificante intento
de hacer uso de sus extremidades.
El hecho que más llamó su atención fue el sorprendente cambio producido
en el hombre que ahora se encontraba ante él. Como inspector Dymchurch,
cualquiera le hubiera tomado por un sajón de pura cepa. Ahora, a las claras se
veía que no era sino un extranjero de esmerada educación que hablaba el inglés
correctamente y sin dejo especial alguno.
—Coggins —ordenó el falso detective
dirigiéndose a su rufianesco acompañante—. Saque su «salvavidas» y
monte guardia al lado del prisionero. Voy a quitarle la mordaza. Comprenderá,
mi querido mister Blunt, que sería una criminal locura por su parte exhalar el
menor aullido. Es usted bastante inteligente para su edad y espero que no
olvidará mi consejo.
Con gran habilidad extrajo el pañuelo que taponaba su boca y dio un paso
atrás.
Tommy movió de un lado a otro la mandíbula inferior, recorrió con la
lengua la cavidad bucal y tragó saliva dos o tres veces, pero no dijo nada.
—Le felicito por su
cordura —se expresó el otro—. Veo que se hace usted
perfecto cargo de la situación. Y ahora recuerde bien y piense si tiene algo
que decirnos.
—Lo que yo haya de decir
me lo reservo. No creo que la espera pueda perjudicarme en lo más mínimo.
—Pero a mí, sí. En
resumidas cuentas, mister Blunt, ¿dónde está esa carta?
—Para contestar a esa
pregunta sería preciso primero que yo lo supiera. Yo no la tengo, como usted
habrá tenido ocasión de comprobar. Siga buscando. Me gusta verle a usted y al
amigo Coggins jugando juntos al escondite. La cara del otro se ensombreció.
—Parece, mister Blunt, que
encuentra usted un placer en decir impertinencias —replicó el otro—. ¿Ve usted aquella caja
cuadrada que hay sobre la mesa? En ella hay una infinidad de objetos muy
interesantes para los que, como usted, se resisten a hablar. Vitriolo..., sí,
vitriolo..., hierros que pueden ser calentados al fuego y aplicados luego a
partes sensibles... Tommy movió tristemente la cabeza.
—Un error en la diagnosis —murmuró—. Tuppence y yo habíamos
catalogado mal esta aventura. No es una historia de Patizambo, sino una de
Bull Dog Drummond, y usted es el inimitable Cari Peterson.
—¿Qué tonterías está usted
diciendo?
—¡Ah! —prosiguió Tommy—. Veo que está usted poco
familiarizado con los clásicos. ¡Qué lástima!
—Oiga, imbécil, ¿quiere
usted decir de una vez lo que le pido o prefiere que diga a Coggins que saque
sus herramientas y le haga una pequeña demostración de sus habilidades?
—No sea tan impaciente —exclamó Tommy—. Claro que haré lo que me
pidan, siempre y cuando se dignen decirme primero lo que es. No creerá usted
que me complace la idea de verme hecho filetes como un lenguado o asado a la
parrilla como un lechón.
Dymchurch le echó una mirada desdeñosa.
—Good!. ¡Qué cobardes son estos ingleses!
—Cuestión de sentido
común, querido amigo. Deje quieto el vitriolo y vamos a lo que importa.
—Quiero esa carta.
—Ya le he dicho que no la
tengo.
—Pero sabe, como también
lo sabemos nosotros, quién es la única persona que podría tenerla: la
secretaria.
—Posiblemente tenga razón —asintió Tommy—. Quizá se la metiera en
el bolso cuando su compinche Cari nos asustó con su súbita aparición.
—Menos mal que no lo
niega. Entonces me hará el favor de escribir a Tuppence, como usted la llama,
diciendo que venga con ella inmediatamente.
—No puedo hacer eso —empezó a decir Tommy.
—¿Ah, no? —interpuso Dymchurch sin
dejarle terminar la frase—. Vamos a verlo. ¡Coggins!
—Oiga, no sea impaciente y
déjeme terminar. Decía que no puedo hacerlo a menos que me dejen libres los
brazos. No soy ningún fenómeno de esos que pueden escribir con la nariz o con
los codos.
—¿Entonces está usted
dispuesto a escribirle? —¡Claro! Si es lo que vengo diciéndole desde el principio. Mi afán es
complacerles en todo cuanto pueda. Espero que tengan con Tuppence toda clase
de consideraciones. ¡Es tan buena!
—Nosotros lo único que
queremos es la carta —dijo
Dymchurch con sonrisa maliciosa.
A una señal suya, Coggins se arrodilló para desatar los ya casi
entumecidos brazos de Tommy.
—Estoy ya mejor —dijo alegremente—. ¿Quiere ahora el amable
Coggins hacer el favor de alcanzarme mi pluma estilográfica. Creo que está
sobre la mesa, junto con otros objetos de mi propiedad.
Con gesto torvo, el rufián trajo lo que Tommy le pedía, añadiendo
asimismo un pedazo de papel. —Mucho cuidado con lo que escribe —advirtió Dymchurch
ominosamente—.Eso lo dejamos a su
elección, pero no olvide que el fracaso significa muerte, y muerte lenta por
añadidura. —En ese caso —respondió Tommy—, procuraré esmerarme.
Reflexionó unos momentos y luego se puso a escribir con asombrosa rapidez.
—¿Qué le parece esto? —preguntó entregando la
terminada epístola. Decía así:
Querida Tuppence:
¿Puedes venir en seguida y traer contigo la carta azul?
Queremos descifrarla sin perder un instante. Espera con ansia,
FRANCIS
—¿Francis? —inquirió el fingido
inspector enarcando las cejas—. ¿Es así como ella le llama?
—Como usted no estuvo
presente en mi bautizo, no sabrá nunca si éste es o no mi verdadero nombre.
Pero creo que en la pitillera que me sacaron del bolsillo encontrará una prueba
convincente de que digo la verdad.
El otro se dirigió a la mesa, tomó la pitillera y leyó la dedicatoria
que en ella había grabada. «A Francis, de Tuppence.» Sonrió.
—Me alegro de que se haya
decidido a obrar cuerdamente —dijo—. Coggins, déle esta nota
a Vassiley. Está montando guardia en la puerta. Dígale que la lleve en seguida.
Los veinte minutos siguientes pasaron con lentitud abrumadora. Luego
otros que casi podrían calificarse de desesperantes. Dymchurch se paseaba a lo
largo de la habitación con una cara que se le iba oscureciendo por momentos.
Una vez se volvió amenazadoramente a Tommy.
—Como nos haya
traicionado... —gruñó.
—Si tuviésemos unas cartas —tartajeó Tommy tratando
de echarlo a broma—,
podríamos echar una partidita de picquet. A las mujeres siempre les
gusta hacerse esperar. Le pido que no se muestre severo con Tuppence cuando
llegue.
—¡Oh, no! —contestó Dymchurch—. Procuraremos que vayan
ustedes al mismo sitio... juntos.
—¿Conque sí, eh, canalla? —murmuró Tommy entre dientes.
De pronto se oyó un pequeño ruido en la salita exterior y un hombre a quien
Tommy no había visto aún asomó la cabeza y dijo unas cuantas palabras en ruso.
—Bien —respondió Dymchurch—. Dice que ya viene... y
sola.
Por un momento la ansiedad hizo latir violentamente el corazón de
Tommy.
Un minuto después oyó la voz de Tuppence que saludaba con la mayor
naturalidad.
—Hola, inspector
Dymchurch. Aquí tengo la carta. ¿Dónde está Francis?
De pronto, Vassiley saltó sobre ella, la sujetó y le tapó la boca con
una de sus descomunales manazas. Dymchurch le arrancó con violencia el bolso
que llevaba entre las manos y vació nerviosamente todo su contenido sobre la
mesa.
De pronto lanzó una exclamación de júbilo y agitó en el aire un sobre
azul con un sello de Rusia sobre él. Coggins dejó escapar también una especie
de aullido.
Pero en aquel mismo instante de triunfo, la puerta que comunicaba con
el despacho de Tuppence se abrió silenciosamente y el inspector Marriot con dos
agentes, todos con sus correspondientes pistolas, irrumpieron en la habitación
al grito unánime de:
—¡Arriba las manos!
No hubo lucha. El trío fue sorprendido en deplorable desventaja. La
automática de Dymchurch reposaba tranquilamente sobre la mesa. Los otros dos no
iban armados.
—Una bonita redada —dijo el inspector Marriot
acabando de poner el último par de esposas— que espero iré
engrosando a medida que pase el tiempo.
—¿Conque ha sido usted,
viborilla, la autora de todo esto, eh?
—No tanto, inspector, no
tanto. Claro que algo me olí cuando mencionó usted esta tarde el número
dieciséis. Pero fue la nota de Tommy la que acabó de abrirme los ojos. Así,
pues, decidí telefonear al inspector Marriot, mandé a Albert para que le
entregara un duplicado de la llave de mi despacho; y yo me vine aquí trayendo
el famoso sobre vacío, como es natural. La carta, siguiendo las instrucciones,
había sido remitida a su destino tan pronto como me separé de ustedes esta
tarde.
Una sola palabra había llamado la atención del fingido detective.
—¿Tommy? —preguntó.
Éste, que acababa de ser desprovisto de sus ligaduras, se acercó al
grupo.
—Buen trabajo, hermano
Francis —dijo tomando entre las
suyas las manos de su esposa. Después se dirigió a Dymchurch—: Ya le dije a usted,
querido amigo, que debería leer con más frecuencia a los clásicos.
Capítulo 7 Mutis Al Rey
Era un día gris para la Agencia Internacional de Detectives. Tuppence
dejó caer indolentemente un número del Daily Leader que tenía entre las
manos.
—¿Sabes lo que he estado
pensando, Tommy?
—No lo sé. Acostumbras a
pensar en muchas cosas, y con frecuencia en todas a la vez.
—Creo que ya es hora de
que pienses en llevarme a algún baile.
Tommy recogió apresuradamente el periódico que había en el suelo.
—Nuestro anuncio se diría
que está dando el golpe, ¿no te parece? —observó tratando de
cambiar el tema de la conversación—. ¡Los brillantes detectives de Blunt! ¿Se te ha ocurrido pensar alguna
vez, Tuppence, que tú y sólo tú resumes en tu persona a todos los brillantes
detectives de Blunt? Toda la gloria es para ti, como diría Humpty Dumpty.
—Yo estaba hablando de
baile —insistió Tuppence.
—Y hay un punto curioso
que he observado en estos periódicos —añadió Tommy sin dar su brazo a torcer—. No sé si te habrás dado
cuenta de ello. Toma, por ejemplo, estos tres números del Daily Leader.
¿Puedes decirme qué diferencia existe entre uno y otro? Tuppence los cogió con
curiosidad.
—Es muy fácil —respondió después de
inspeccionarlos unos instantes—. Uno es de hoy, otro de ayer y el otro de anteayer.
—Una contestación
verdaderamente conmovedora, querida Watson. Pero no me refería a eso
preci-samente. Fíjate bien en el encabezamiento, The Daily Leader.
Compara los de los tres y dime si ves en ellos alguna diferencia.
—No la veo. Es más, no veo
que exista.
—Me lo figuraba. Y sin
embargo, lees los periódicos igual que yo, más si me apuras. Sólo que yo
observo y tú, por lo visto, no. Si te fijas en el número de hoy, veras que en
el centro del trozo vertical de la D de DAILY hay un pequeño circulito blanco y
otro en la L de la misma palabra. Pero en la edición de ayer los dos circulitos
blancos aparecen en la letra L de LEADER, y en la de anteayer los dos en la D
de DAILY. En realidad el círculo, o círculos, aparecen siempre en lugares
diferentes.
—¿Y por qué? —preguntó Tuppence.
—¡Ah! Eso es un secreto
periodístico.
—Lo cual quiere decir que
no lo sabes ni puedes imaginártelo siquiera.
—Yo digo meramente que eso
es una práctica corriente en toda la prensa diaria.
—¡Qué listo eres, Tommy! —dijo Tuppence con sorna—. Sobre todo en el arte
de querer cambiar el curso de una conversación. Volvamos ahora sobre lo que
hablábamos antes.
—¿De qué hablábamos?
—Del baile en Las Tres
Copas.
—No, no, Tuppence; al
baile de Las Tres Copas, no. No soy lo bastante joven para ir a un sitio como
ése. Te aseguro que he pasado ya de la edad.
—Cuando yo era una niña
inocente —dijo Tuppence— me enseñaron a creer que
los hombres, en especial los maridos, eran unos entes disolutos, amigos del
baile y de la bebida y de permanecer en los clubes y lugares de recreo hasta
altas horas de la noche. De que hacían falta esposas de excepcionales dotes y
belleza para mantenerlos recluidos en sus casas. ¡Otra ilusión mía que se ha
desvanecido! Todas las esposas que yo conozco están suspirando por salir y
bailar y tienen la desgracia de tener maridos que todavía usan gorros de
dormir y se acuestan siempre antes de las diez de la noche. ¡Y tú, Tommy, que
bailas tan bien...!
—Coba no, ¿eh?
—A decir verdad —prosiguió Tuppence—, no es sólo placer lo que
yo busco en ese baile. Estoy interesada por este anuncio.
Recogió de nuevo el Daily Leader y leyó en voz alta lo que
acababa de mencionar:
—«Aceptaría subasta con
tres corazones. 12 bazas. As de espadas. Imprescindible achicarse al Rey.»
—Un modo un poco raro de
aprender a jugar al bridge —fue todo el comentario que se le ocurrió hacer a Tommy.
—No seas burro. Esto no
tiene nada que ver con el bridge. Precisamente comí ayer con una amiga
en El As de Espadas. Es una especie de tugurio subterráneo que hay en Chelsea y
al que, según dice mi amiga, acuden muchos de los que asisten a esos bailes,
para tomar huevos fritos con beicon o un plato de conejo al estilo gales.
Comida bohemia toda ella. Está lleno de reservados discretamente ocultos de
las miradas de los curiosos. En fin, chico, un lugar estupendo para una
recalada.
—¿Y tu idea del anuncio
es...?
—Que «los tres corazones»
pudieran referirse al baile de Las Tres Copas (corazones o copas representan lo
mismo); «12 bazas», a las doce de
la noche, y el «As de Espadas», al restaurante que hace unos instantes te he
mencionado.
—¿Y qué hay de
«imprescindible achicarse al Rey»?
—No lo sé; eso es
precisamente lo que trataremos de averiguar.
—No sé por qué, Tuppence,
pero me figuro que estás proponiéndome una tontería. ¿Quién eres tú para
meterte en mensajes secretos de los enamorados?
—No pienso meterme.
Lo que yo propongo es simplemente algo interesante en nuestra labor.
Necesitamos un poco de práctica.
—¡Práctica! ¿Por qué no
dices claramente que lo que tú quieres es juguetear? Tuppence se echó a reír
desvergonzada. —Sé
complaciente una vez en la vida, Tommy, y procura olvidar que tienes treinta y
dos años y una cana en la ceja izquierda.
—Bien, bien. Nunca he
sabido negarme a una súplica de mujer. ¿Qué quieres? ¿Que haga el tonto
embutido en uno de esos ridículos trajes de máscaras? ¿Eso sólo deseas? —preguntó.
—Exacto, pero eso déjalo
de mi cuenta. Tengo una idea genial.
Tommy la miró con recelo. Sentía verdadero terror por las «genialidades»
de su esposa.
Cuando volvió al piso la noche siguiente, Tuppence salió presurosa a
recibirle.
—Ya ha venido —anunció gozosa.
—¿Y qué es lo que ha
venido?
—El disfraz. Ven a verlo.
Tommy la siguió. Extendido sobre la cama había un uniforme de bombero,
sin olvidar el reluciente casco.
—¡Dios mío! —aulló Tommy—. ¿Habrás tenido el humor
de inscribirme como voluntario en la brigada de incendios de Wembley?
—Vuelve a pensar —replicó Tuppence—. Veo que todavía no has
comprendido mi idea. Usa esa poca materia gris que aún te queda en el cerebro, mon
ami. ¡Centellea, Watson! Sé un toro que lleva ya más de diez minutos en la
arena.
—Espera un momento. Parece
que empiezo a comprender. Hay algo siniestro en todo esto. ¿Qué traje piensas
tú llevar, Tuppence?
—Un traje viejo tuyo, un
sombrero de fieltro y unas gatas de armazón de concha.
—Burdo, pero comprendo su
finalidad. McCarty de incógnito; yo, Riordan.
—Lo acertaste. Creí que
debíamos practicar un poco los métodos americanos de averiguación. Por una vez
voy a ser yo la estrella y tú mi humilde ayudante.
—No te olvides —le advirtió Tommy— de que es una simple
observación hecha por el inocente Denny lo que pone a McCarty sobre la
verdadera pista. Tuppence, saturada de euforia, se limitó a reír. Fue una noche
inolvidable. El gentío, la música, los trajes fantásticos, todo conspiró para
que la joven pareja se divirtiera de lo lindo. Tommy acabó por olvidarse de su
papel de marido gruñón que a la rastra se deja llevar por las veleidades de una
esposa caprichosa y asaz divertida.
A las doce menos diez agarraron el coche y se dirigieron al famoso, o
ignominioso. As de Espadas. Como había dicho Tuppence, era un antro
subterráneo, de aspecto ordinario e indigno, pero, no obstante, atestado de
parejas, todas con su correspondiente disfraz, muchas de ellas alojadas en el
sinnúmero de reservados colocados a lo largo de las paredes y cuyas puertas corredizas
se cerraban casi invariablemente después de dar acceso a sus alegres ocupantes.
Tommy y Tuppence lograron hacerse con uno de éstos y se sentaron, dejando las
suyas entreabiertas con objeto de no perder de vista lo que en el exterior
ocurría.
—Me gustaría saber dónde
está nuestra parejita de marras —dijo Tuppence—. ¿Qué
te parece aquella Colombina escoltada por el flamante Mefistófeles?
—Yo creo más bien que son
aquel Mandarín y la señorita vestida de Acorazado, de Crucero Ligero diría yo,
que le acompaña.
—¡Lo que hace el vino!
¡Ah, aquí se acerca una disfrazada de Reina de Copas! Bonito disfraz, ¿verdad?
La muchacha en cuestión se dirigió al reservado contiguo ocupado por
nuestro matrimonio, seguida de cerca por «el caballero vestido con papel de
periódico» de Alicia en el País de las Maravillas. Ambos llevaban el
rostro cubierto por un antifaz y, por la seguridad con que se movían, debían
ser asiduos clientes del As de Espadas.
—Estoy segura de que
estamos en un verdadero antro de iniquidad, Tommy. Escándalos por todas
partes. ¡Y qué griterío!
Un chillido como de protesta partió del reservado adjunto, chillido que
fue rápidamente sofocado por una estruendosa carcajada que lanzó el caballero.
La cosa no pareció tener importancia alguna. Todos reían y vociferaban allí.
—¿Qué te parece aquella
Pastora? —preguntó Tommy—. La que va con el que
parece un francés de opereta. Quizá sean los que buscas.
—¡Quién sabe! Pero lo
gracioso es que, por la razón que fuere, esto parece divertirme mucho más de lo
que nos figurábamos.
—Con otro traje me
divertiría más. Pero no tienes idea de lo que estoy sudando con ese que me has
dado.
—No digas eso, Tommy. Te
advierto que estás monísimo.
—¿Ah, sí? Pues siento no
poder decir lo mismo de ti. Tú pareces una rata sabia o un pajarito acabado de
freír.
—Habla con un poco más de
respeto a tu jefe. ¡Caramba! El caballero empapelado parece que abandona a su
dama. ¿Dónde crees que va?
—Seguramente donde yo
terminaré por ir. A encargar unas bebidas.
—Parece que tarda un poco
más de lo debido —dijo
Tuppence, después que hubieron pasado unos cuatro o cinco minutos—. Tommy, quizá me tomes
por una tonta pero... Se detuvo.
De pronto se puso en pie como movida por un resorte.
—Bien, llámame entrometida
si quieres, pero yo me voy a ver qué es lo que pasa allí al lado.
—Escucha, Tuppence. No
debes...
—Tengo el presentimiento
de que algo extraño está ocurriendo en estos momentos. Lo sé. No intentes detenerme. Salió
precipitadamente seguida de Tommy y se dirigió al reservado inmediato. Sus
puertas estaban cerradas, pero consiguió abrirlas sin gran dificultad.
La muchacha vestida con el disfraz de Reina de Copas aparecía sentada
en un rincón, con el cuerpo grotescamente apoyado contra el hueco formado por
la pared y una de las mamparas. Sus ojos les contemplaban con fijeza a través
de la máscara, pero no hacía el menor movimiento. Su disfraz, de un atrevido
diseño de rojo y blanco, mostraba en la parte izquierda más cantidad de rojo
que el que naturalmente señalaban las líneas del dibujo.
Con un grito Tuppence se abalanzó hacia la postrada figura y se
arrodilló a su lado. El pomo de una enjoyada daga sobresalía por debajo del
punto en que debía estar el corazón.
—Pronto, Tommy. Aún
respira. Vete a ver al gerente y dile que llame inmediatamente a un médico.
—Está bien. Procura no
tocar la empuñadura de ese puñal, Tuppence.
—Así lo haré. ¡Corre!
Tommy salió disparado, cerrando las puertas tras sí. Tuppence rodeó el
cuerpo de la herida con uno de sus brazos. Ésta hizo un ligero gesto, que
Tuppence interpretó como de deseo de quitarse el antifaz, y así lo hizo, y
descubrió una cara angelical y unos ojos grandes y azules en los que estaban
retratados el terror, el sufrimiento y una especie de aturdimiento doloroso.
—Hija mía —dijo Tuppence con dulzura—, ¿puede usted hablar? Y
en tal caso, ¿quiere decirme quién es el que ha hecho esto?
La muchacha clavó en su cara una mirada vidriosa, acompañada de
profundos y palpitantes suspiros que presagiaban un próximo y fatal desenlace.
Después entreabrió los labios.
—Fue Bingo —susurró con voz casi
imperceptible. Al terminar de pronunciar estas palabras dobló la cabeza, que
fue a caer pesadamente sobre el pecho de Tuppence.
Entró Tommy acompañado de dos hombres. El más corpulento de los dos se
adelantó con aire autoritario como si la palabra «doctor» estuviese escrita
por todo su cuerpo.
—Creo que ha muerto —dijo Tuppence con voz
grave y depositando suavemente en el suelo su carga. El doctor hizo un rápido
examen.
—Sí —comenzó—, nada podemos hacer ya
por ella. Mejor será dejar las cosas tal cual están hasta que llegue la
policía. ¿Cómo ocurrió esto?
Tuppence lo explicó, omitiendo, como es natural, las razones que le
habían impulsado a inmiscuirse en el asunto.
—Es curioso el caso —comentó el doctor—. ¿Y dice usted que el
hombre llevaba un disfraz? ¿Podría reconocerle si por casualidad se lo
encontrara de nuevo? ¿Sería posible?
—Me temo que no. ¿Y tú,
Tommy?
—Tampoco. Sin embargo,
tenemos la pista de su disfraz —contestó Tommy.
—Lo primero que debe
hacerse es tratar de identificar a esta pobre mujer —suspiró el doctor—. Pero, en fin, este
asunto corresponde a la policía dilucidarlo. No creo que el caso presente
ninguna dificultad. ¡Hombre, parece que aquí vienen!
Capítulo 8 El Caballero Disfrazado De Periódico
Eran ya más de las tres cuando el matrimonio, cansado y mohíno, llegó a
su casa. Pasaron horas antes de que Tuppence lograra conciliar el sueño. La
imagen de aquella muchacha con el horror pintado en sus pupilas no podía
borrarse de su memoria.
Por fin quedó dormida. Despertó bien entrada la mañana sólo para
encontrar a su esposo ya vestido y en pie junto a la cama.
—Despierta, preciosidad.
El inspector Marriot y otro señor desean verte con urgencia.
—¿Qué hora es?
—Cerca de las once. Voy a
llamar a Alice para que te traiga una taza de café.
—Sí, hazlo, por favor. Y
dile al inspector que estaré con él dentro de diez minutos.
Un cuarto de hora después entró presurosa en el saloncillo. El inspector
Marriot, que estaba sentado con gran seriedad, se levantó para saludarla.
—Buenos días, mistress
Beresford. Aquí le presento a sir Arthur Merivale.
Tuppence estrechó la mano que le tendía un caballero alto y delgado de
esquiva mirada y cabello gris.
—Se trata del triste
incidente de ayer noche —dijo el inspector—. Quiero que sir Arthur oiga de sus propios labios lo que ayer me contó.
Las palabras que la pobre señora pronunció antes de morir. Sir Arthur es un
hombre difícil de convencer.
—No puedo creer —dijo el otro—, ni creeré jamás que
Bingo Hale haya tocado un solo pelo de la ropa de Veré.
—Hemos hecho algunos
progresos desde anoche, mistress Beresford. Primero de todo logramos
identificar el cadáver. Se trata de lady Merivale. Inmediatamente nos pusimos
en contacto con sir Arthur, que se presentó en el depósito y reconoció el
cuerpo al instante y quedó, como es natural, horrorizado. Después le pregunté
si conocía a alguien con el nombre de Bingo.
—Tenga en cuenta, mistress
Beresford —dijo sir Arthur—, que el capitán Hale,
conocido entre sus amistades con el nombre de Bingo, es el mejor amigo que yo
tengo. Puede decirse que vive con nosotros. Estaba en mi casa cuando le
arrestaron esta mañana. Estoy seguro de que han cometido ustedes un error; que
no fue su nombre el que pronunciara mi esposa.
—No hay equivocación
posible —replicó Tuppence con dulzura—. Recuerdo muy bien sus
palabras: «Fue Bingo».
—¿Lo ve usted, sir Arthur?
El desgraciado marido se desplomó sobre una de las sillas y se cubrió el
rostro con las manos.
—Es increíble —exclamó—. ¿Qué motivo pudo haberle
obligado a cometer un acto así? ¡Oh!, sé lo que usted piensa, inspector
Marriot. Cree que Hale era el amante de mi esposa. Pero aunque así fuera, cosa
que no admito ni por un solo momento, ¿qué razones pudo tener Bingo para
matarla?
—No es muy correcto lo que
voy a decir, pero me consta que el capitán Hale ha estado, durante estos
últimos tiempos, haciendo la corte a una joven estadounidense, poseedora de
una gran fortuna, por cierto. Si lady Merivale hubiese querido mostrarse desagradable,
hubiese podido fácilmente estropear esa boda.
—Esto es un insulto —dijo sir Arthur
poniéndose súbitamente en pie.
El otro trató de calmarle con un gesto.
—Le ruego que me perdone,
si Arthur, pero sé muy bien lo que me digo. Me dice que usted y el capitán Hale
decidieron asistir a esa fiesta. Su esposa estaba ausente, según creo, en uno
de sus tantos visiteos, y usted no tema la menor idea de que pudiera
encontrarse allí presente.
—Así es.
—¿Quiere usted, mistress
Beresford, enseñarle el anuncio de que me habló?
Tuppence hizo lo que le pedía.
—Esto, a mi juicio, está
claro como el agua. Fue insertado por el capitán para llamar la atención de su
esposa. Habían ya convenido de antemano en encontrarse allí. Pero usted decidió
hacerlo solo el día anterior, así es que hubo necesidad de advertirla. Esto
explica la frase de «imprescindible achicarse al rey». Usted encargó su disfraz
a última hora en una ropería de teatro, mientras que el del capitán Hale
consistía en uno de manufactura completamente casera. Iba de «caballero
disfrazado de periódico». ¿Sabe usted, sir Arthur, lo que encontramos entre los
crispados dedos del cadáver de su esposa? Un pequeño fragmento arrancado de
uno de los periódicos. He dado orden a uno de mis hombres para que vaya a su
casa y se hagan con el disfraz del capitán. Con toda seguridad estará ya en
Scotland Yard cuando yo vuelva. Si en él encontramos un desgarro que encaje
perfectamente con el pedazo que nosotros tenemos, querrá decir que el caso ha
tocado a su fin.
—No lo encontrarán —afirmó categóricamente
sir Arthur—. Conozco muy bien a Bingo
Hale.
Después de presentar sus disculpas por las molestias que hubieran
podido ocasionar, ambos visitantes se despidieron de Tuppence.
En la noche de aquel mismo día volvió a sonar el timbre de la puerta, y
al abrir, y con gran sorpresa del matrimonio, vieron aparecer en ella a la
conocida figura del inspector Marriot.
—Supuse que a los
brillantes detectives de Blunt les interesaría estar al tanto de los últimos
detalles de la investigación —dijo dibujando algo que por lo visto quería parecer una sonrisa.
—Así es —contestó Tommy—. ¿Un traguito? Colocó
hospitalariamente botella y vaso al alcance de la mano del inspector.
—Éste es uno de esos casos
que no admite duda —explicó
después de haberse metido entre pecho y espalda una buena dosis de licor—. La daga era propiedad de
la señora, y la idea, evidentemente, era de hacer pasar el hecho como un
suicidio. La presencia de ustedes, sin embargo, en el lugar del crimen, echó
por tierra todo este bien premeditado plan. Hemos encontrado cartas en
abundancia, lo cual quiere decir que el affaire, con el marido en la
clásica higuera, como de costumbre, no es reciente ni mucho menos. Al fin hemos
dado con el último eslabón...
—¿Con el último qué? —preguntó Tommy. —Con el último eslabón de
la cadena, el fragmento del Daily Leader. Encaja perfectamente con el
disfraz que hemos encontrado. Ya lo he dicho, un caso claro como la luz. Y a
propósito, he traído conmigo unas fotografías del pedazo de la hoja de la que
fue arrancado, con la seguridad de que habría de interesarles. Es raro
encontrar un caso en que todas las pruebas parezcan señalar al asesino.
—Tommy —dijo Tuppence después de
que su marido volviera de acompañar hasta la puerta al representante de
Scotland Yard—, ¿por qué crees tú que el
inspector Marriot no cesa de repetir que el caso este es de los más claros que
pueda darse?
—No lo sé. Quizá por
presunción.
—Nada de eso. Está
tratando con ello de picarnos el amor propio. Tú sabes, Tommy, que los
carniceros conocen muy bien lo que es la carne.
—¡Claro! Pero, ¿qué tiene
eso que ver con...?
—Y los verduleros las
verduras y los pescadores el pescado, ¿verdad? —prosiguió Tuppence para
no perder el hilo de su razonamiento—. Pues bien, los detectives, me refiero a los profesionales, saben muy
bien todo lo referente al crimen y saben distinguir perfectamente entre lo
verdadero y lo falso. La experiencia y los conocimientos de Marriot le dicen
claramente que el capitán Hale no es ningún asesino. Y, sin embargo, todas las
pruebas parecen estar en su contra. Como último recurso, Marriot trata de pincharnos
para ver si conseguimos recordar algún otro detalle que pudiera lanzar un poco
más de luz sobre el estado en que actualmente se encuentran las cosas. Tommy,
¿por qué no puede ser un suicidio, después de todo?
—No olvides lo que ella
misma te dijo.
—Sí, es cierto, pero trata
de enfocar el asunto desde otro punto de vista. De que quizá fuera la conducta
de Bingo lo que la impulsó a quitarse la vida.
»Vamos a ver esas fotografías de Marriot. Me olvidé de preguntarle
cuáles eran las declaraciones que había hecho Hale sobre el asunto.
—Se lo pregunté yo en el
vestíbulo hace un momento. Hale declaró no haber hablado con lady Merivale en
aquella fiesta. Dice que alguien le puso un papel en la mano en el que había
escrito: «No intentes hablarme esta noche; Arthur sospecha». No pudiendo mostrar
dicha nota, la declaración carece por completo de verosimilitud. Además, tú y
yo sabemos muy bien que ambos estuvieron juntos en El As de Espadas,
puesto que les vimos.
Tuppence hizo un gesto de asentimiento y se puso a contemplar
atentamente las fotografías. Una era la de un pequeño fragmento de papel con
el título de DAILY LEA... (el resto de las letras habían sido separadas por el
desgarrón). La otra era la de la página frontal del mismo diario en cuya parte
superior aparecía el hueco que dejara el fragmento separado. Fragmento y hueco
parecían encajar a la perfección.
—¿Qué son esas marcas que
aparecen en uno de los lados? —preguntó Tommy.
—Nada. Puntos de costura
donde unas hojas se empalman con las otras.
—¡Ah! Creía que sería
alguna otra combinación de circulitos como los que ayer te enseñé —dijo Tommy.
Al ver a Tuppence callada, con los labios entreabiertos y la mirada fija
en el vacío, experimentó un ligero sobresalto.
—Tuppence —le habló con dulzura,
sacudiendo ligeramente uno de sus brazos—, ¿qué te pasa? Parece que
te vaya a dar algo.
Pero Tuppence continuó inmóvil. Después exclamó con voz inexpresiva.
—Denis Riordan.
––¿Qué?
—Lo que tú dijiste. Una
inocente observación y... Tommy, tráeme todos los Daily Leader de esta
semana.
—¿Qué te propones?
—Ahora voy a ser McCarty.
He estado dándole vueltas al asunto como una tonta, pero al fin creo que he
dado con la clave. Ésta es la página frontal de la edición del martes. Creo
recordar que precisamente en los diarios de dicho día aparecían dos circulitos
en la L de LEADER. Éste tiene uno en la D de DAILY... y uno también en la L.
Tráeme esos periódicos que te he dicho y trataremos de asegurarnos.
Hicieron ansiosamente las comparaciones. Tuppence tenía la edición del
martes.
—Pero, por Dios, Tuppence,
no tenemos una absoluta seguridad. Podía haberlo sido de números
pertenecientes a dos ediciones diferentes.
—Es posible, pero al menos
me ha dado una idea. No puede ser coincidencia, de eso estoy segura. Sólo puede
ser una cosa así, como creo, que no estoy equivocada. Telefonea a sir Arthur,
Tommy. Pídele que venga en seguida. Dile que tengo algo importante que
comunicarle. Después localiza a Marriot. Scotland Yard te dará su dirección en
el caso de que se haya ya retirado a casa.
Sir Arthur Merivale, interesado por la llamada, llegó al pisito apenas
media hora después. Tuppence salió a recibirle.
—Debo pedirle perdón —le dijo— por haberle molestado a
una hora tan intempestiva, pero mi marido y yo hemos descubierto algo que hemos
creído un deber ponerlo en su conocimiento. Siéntese, por favor. Luego,
Tuppence prosiguió:
—Estará usted ansioso,
¿verdad?, por no poder probar la inocencia de un buen amigo como, según usted
mismo ha dicho, lo era el capitán Hale para usted.
—Lo estaba, pero aun yo
mismo he tenido que rendirme ante la evidencia de lo contrario.
—¿Qué diría usted si la
casualidad hubiese colocado en mis manos una prueba que eliminara de pronto
cualquier sospecha que pudiera recaer sobre el capitán Hale?
—Que me alegraría en
extremo, mistress Beresford.
—Suponga usted —prosiguió Tuppence— que me hubiese
encontrado con una muchacha que bailó con el capitán en cierto lugar y
precisamente a las doce, hora en que, según los hechos, debía haber estado
presente en El As de Espadas.
—Sería maravilloso —exclamó sir Arthur—. Ya sabía yo que se había
cometido algún error. La pobre Veré debió de haberse suicidado.
—No es probable. Se olvida
usted del otro hombre.
—¿Qué hombre?
—El que mi marido vio
salir del reservado. Como usted ve, sir Arthur, debió haber un segundo hombre
en el baile, vestido también, como el capitán Hale, de periódico. Entre
paréntesis, ¿cuál era el disfraz que usted llevaba?
—¿El mío? Yo iba de
verdugo del siglo diecisiete.
—Muy apropiado —dijo Tuppence con
intención.
—¿Apropiado, mistress
Beresford? ¿Qué ha querido usted decir con apropiado?
—Me refiero al papel que
usted ha desempeñado en todo este drama. ¿Quiere que le diga cuál es mi idea
sobre el particular? Un disfraz de papel de periódico es fácilmente superpuesto
sobre uno de verdugo. Con anterioridad, una nota ha sido puesta en la mano del
capitán Hale que dice que no trate de acercarse a la dama aquella noche. Pero
ésta, que nada sabe de aquella estratagema, se dirige a El As de Espadas a la
hora convenida y allí ve a la persona con quien había de encontrarse. Entran
en un reservado. Él la toma en sus brazos. Le da un beso, el beso de Judas, y
al hacerlo, hunde en su pecho un agudo puñal. Ella lanza un apagado grito que
es sofocado por la algazara y una sonora carcajada que lanza su acompañante. Él
se va tranquilamente mientras ella muere con la dolorosa impresión de haber
sido herida, sin ningún motivo, por el hombre a quien amaba.
Sir Arthur permanecía impasible. Tuppence prosiguió:
—Pero ella ha conseguido
arrancar un fragmento del disfraz de su asaltante. El asesino se da cuenta de
ello (es hombre que presta una gran atención al detalle) y para hacer el caso
completamente claro en contra de su víctima, el pedazo que falta debe aparecer
como arrancado del disfraz del capitán Hale, y después quema el suyo y se
dispone a hacer el papel del amigo del alma. Tuppence se detuvo.
—¿Qué dice usted, sir
Arthur?
—Que no está mal —respondió— para la fogosa
imaginación de una linda joven que por lo visto dedica una gran parte de su
tiempo a la lectura de novelas policíacas.
—¿Usted cree? —interpuso Tommy.
—O de un marido que vaya
siempre a la rastra de lo que diga su esposa. No creo que encuentre usted a
nadie en absoluto que dé crédito a semejante patraña. Soltó una carcajada que
hizo estremecer a Tuppence.
—Es la segunda vez que
oigo esa inconfundible risa —añadió—. La primera fue ayer
noche en El As de Espadas. Y con respecto a nosotros, creo que incurre usted en
una pequeña equivocación. Nuestro nombre es Beresford, es cierto, pero tenemos
otro que quiero tener el gusto de poner en su conocimiento.
Tomó una tarjeta que había sobre la mesa y se la entregó a sir Arthur.
—Agencia Internacional de
Detectives... —leyó éste con voz trémula—. ¿De modo que son ustedes
detectives? ¿Y que fue por eso por lo que Marriot me trajo aquí esta mañana?
Vamos... una trampa.
Se encaminó en silencio hacia la ventana.
—Veo que disfrutan ustedes
de hermosas vistas desde aquí —dijo después de asomarse a ella un breve instante.
—¡Inspector Marriot! —chilló Tommy. Una puerta
de comunicación se abrió de pronto y en ella apareció la inconfundible figura
del aludido. Una ligera sonrisa apareció en los labios de sir Arthur. —Me lo figuré —dijo—; pero me temo que no
logre cogerme esta vez, inspector. Yo también tengo mi propio procedimiento de
hacer justicia.
Y antes que nadie pudiese siquiera tratar de impedirlo, apoyó las manos
en el antepecho y se lanzó al vació.
Tuppence dio un grito y se tapó los oídos con las manos como tratando de
amortiguar el ruido que indudablemente habría de producir el cuerpo al
estrellarse contra el pavimento. Marriot masculló un taco entre dientes.
—Debiéramos haber pensado
en esa ventana —dijo—; pero, en fin, lo hecho,
hecho está, y yo me vuelvo a la oficina a poner en orden todo este asunto. De
no haber cometido esa locura, creo que nos hubiera sido difícil probar la
culpabilidad de sir Arthur.
—¡Pobre hombre! —comentó Tommy—. Después de todo, y si en
realidad estaba enamorado de su esposa...
Pero el inspector le interrumpió con un bufido.
—¿Enamorado de su esposa?
Ni mucho menos. Estaba a la última pregunta y no sabía ya a quién acudir en
busca de dinero. Lady Merivale tenía una gran fortuna, y con su muerte todo hubiera
pasado a su poder.
—¡Ah! Conque era eso, ¿eh?
—¡Claro! Desde el
principio me di cuenta de que sir Arthur era un granuja y que nada tenía que
ver el capitán Hale con el asesinato. Sabemos perfectamente quién es quién en
el Yard, aunque siempre resulta difícil luchar contra un montón abrumador de
pruebas circunstanciales. Y no les molesto más. Yo, en su caso, mister
Beresford, le daría a mi mujer una buena copa de coñac. Creo que la necesita.
—Verduleros —musitó Tuppence cuando la
puerta se hubo cerrado después de marcharse el inspector—, carniceros, pescadores,
detectives... ¿Ves como yo tenía razón? Lo sabía.
Tommy, que había estado ocupado manipulando botellas en uno de los
aparadores, se acercó a Tuppence con un gran vaso en la mano.
—Bébete esto.
—¿Qué es? ¿Coñac?
—No, un combinado
preparado ex profeso por tu marido para el triunfador McCarty. Sí, tenías
razón. Marriot estaba enterado de todo. Una atrevida jugada por parte de sir
Arthur.
—Pero le salió el tiro por
la culata.
—Y como consecuencia,
resultó imprescindible el «mutis» del Rey.
Capítulo 9 El Caso De La Mujer Desaparecida
El timbre que había sobre la mesa de mister Blunt (Agencia Internacional
de Detectives, gerente, Theodore Blunt) dejó oír su sonido que daba la señal de
alarma. Al instante, Tuppence y Tommy corrieron a sus respectivos agujeros de
observación desde donde podía verse lo que ocurría en la oficina exterior.
Albert, fiel a su consigna, se dedicaba a su tarea de entretener a los
posibles clientes con artísticas y elaboradas historietas.
—Voy a ver, caballero —decía—; pero me temo que mister
Blunt estará muy ocupado en este instante. Tiene una conversación telefónica
urgente con Scotland Yard.
—Bien, en ese caso
esperaré —contestó el visitante—. No tengo en este momento
ninguna tarjeta mía. Dígale usted que me llamo Gabriel Stavansson.
El cliente era un magnífico ejemplar de masculinidad con una altura de
poco más de metro ochenta, cara bronceada, en la que se veían claramente las
huellas inconfundibles de los elementos, y unos ojos azules que hacían un
marcado contraste con el color moreno subido de la piel.
Tommy tomó rápidamente una determinación. Se puso el sombrero, cogió los
guantes y abrió la puerta deteniéndose en el umbral.
—Este caballero desea
verle, mister Blunt —dijo
Albert. Tommy frunció ligeramente las cejas y consultó su reloj de pulsera.
—Debo estar con el duque a
las once menos cuarto —replicó.
Después se quedó mirando fijamente al recién llegado.
—Puedo concederle todavía
unos minutos. Tenga la bondad de pasar —añadió. El visitante hizo lo que le indicaban y entró en el despacho
interior donde Tuppence le esperaba, tiesa como un huso y con un grueso bloque
de papel y un lápiz entre las manos.
—Mi secretaria
confidencial, miss Robinson —manifestó, haciendo la presentación—. Ahora, caballero, le
agradecería me explicara el objeto de su visita. Aparte del hecho de que es urgente,
de que ha venido en taxi y de que ha estado usted recientemente en el Ártico,
o en el Antártico, no sé nada de usted.
—¡Maravilloso! —contestó, sorprendido, el
visitante—. Creí que los detectives
sólo hacían estos alardes en los libros. Su mensajero no ha tenido siquiera
tiempo de darle mi nombre.
—Eso no tiene importancia.
Esas mismas deducciones podía haberlas hecho un niño cualquiera de la escuela.
Los rayos del sol de medianoche en el Ártico tienen una acción especial sobre
la piel debido a su gran cantidad de rayos aclínicos. No tardaré mucho en
publicar una monografía sobre el particular. Pero veo que nos estamos alejando
de nuestro punto. ¿Qué es lo que le ha traído hasta aquí en ese estado de
depresión en que ahora se encuentra?
—Para empezar, mister
Blunt, le diré que me llamo Gabriel Stavansson...
—¡Ah, vamos! ¿El conocido
explorador que, según creo, acaba de llegar de una excursión por los helados
parajes del Polo Norte?
—Sí; hace tres días que
desembarqué en Inglaterra. Un amigo que estaba navegando por los mares del
Norte me trajo en su yate. De otro modo habría tardado quince días más en
regresar. Ahora debo decirle, mister Blunt, que antes de zarpar para esta
última expedición, de esto hace ya dos años, tuve la gran fortuna de entrar en
relaciones formales con mistress Maurice Leigh Gordon...
—Mistress Leigh Gordon era
antes de su primer matrimonio...
—La honorable Hermione
Crane, segunda hija de lord Lancaster —concluyó diciendo Tuppence, como muchacho que recita una lección—, que murió, si no me
equivoco, en la última guerra.
Tommy le echó una mirada de complacida sorpresa. Stavansson hizo una
señal de asentimiento e inmediatamente prosiguió:
—Exacto. Como decía,
Hermione y yo estábamos comprometidos. Yo le ofrecí renunciar a dicha
expedición, pero ella, ¡Dios la bendiga!, no quiso aceptar lo que para mí
hubiese constituido un verdadero sacrificio. Es, sin duda, la clase de mujer
que en realidad corresponde a un explorador. Pues bien, mi primer pensamiento
al desembarcar fue el de ver a Hermione. Le envié un telegrama desde
Southampton y me vine aquí en el primer tren. Sabía que estaba viviendo en
estos momentos con una tía suya, lady Susan Clonray, en la calle Pont, y allí
me dirigí. Con gran desencanto supe que Hermy se hallaba de visita en casa de
unos amigos de Northumberland, y que no regresaría hasta dentro de unos días.
Como ya le dije, mi vuelta no era esperada hasta la quincena siguiente. Al
preguntar por la dirección de dichos amigos observé que la vieja tartamudeaba
sin acertar a decir exactamente el nombre de la familia con que Hermy se había
ido a vivir temporalmente. Debo confesarle, mister Blunt, que lady Susan es una
mujer con quien no he llegado nunca a congeniar. Es gorda, cosa que por
idiosincrasia me molesta ya sobremanera en cualquier mujer, y tiene una papada
absurda que le cuelga casi hasta la mitad del pecho. No lo puedo remediar;
detesto la obesidad.
—Y la moda parece estar
conforme con sus apreciaciones, mister Stavansson —asintió Tommy—. Todos tenemos nuestra
particular aversión. La de lord Roberts dicen que eran los gatos.
—Tenga presente que no he
querido decir con ello que lady Susan no sea para los otros una mujer
encantadora. Eso, no; pero no lo es para mí. Siempre he tenido la sensación de
que desaprobaba nuestras relaciones y de que no perdía ocasión de intrigar en
mi contra en el ánimo de Hermy. Esto se lo digo a título de comentario y déle
el valor que usted estime justo. Llámele prejuicio, si quiere. Y prosiguiendo
con mi historia le diré que soy terco y que no salí de la calle Pont hasta
lograr dos o tres direcciones de personas en cuyas casas, y a juicio de lady
Susan, podría encontrarse Hermy. A continuación tomé el tren correo del Norte.
—Por lo que veo, es usted
un hombre de acción, mister Stavansson —replicó Tommy, sonriente.
—El resultado de mi viaje
fue como una bomba para mí. Mister Blunt, ninguna de las personas a quienes
visité sabía nada de Hermy. Me volví a Londres a toda prisa y me dirigí de
nuevo a casa de lady Susan. En honor a la verdad le diré que ésta pareció
sobresaltarse. Admitió que no tenía idea de dónde podría estar Hermy en
realidad. De todos modos se opuso tenazmente a todo intento de notificarlo a la
policía. Adujo como razón que Hermy no era ya una niña, sino una mujer
independiente, amiga de hacer su santa voluntad. Estaría, sin duda, llevando a
cabo alguno de sus innumerables planes.
»Era perfectamente admisible que Hermy no tuviese que dar cuenta a lady
Susan de sus pasos, pero no pude por menos de sentirme preocupado. Tenía ese
vago presentimiento que se apodera de nosotros, cuando algo malo ocurre a
nuestro alrededor. Me disponía a partir cuando llegó un telegrama dirigido a
lady Susan. Después de leerlo con expresión de alivio me lo entregó. Decía así:
«He cambiado de planes. Salgo para Montecarlo, donde permaneceré una
semana. Hermy». Tommy tendió una mano.
—¿Tiene usted el telegrama
consigo?
—No; pero fue puesto en
Maldon, Surrey. Me fijé en este detalle y, la verdad, me chocó. ¿Qué estaría
haciendo Hermy en Maldon? Jamás oí hablar de que tuviese amigos en ese rincón.
—¿Y no pensó en ir a
Montecarlo?
—Sí, pero desistí de
emprender ese viaje. Como usted comprenderá, mister Blunt, yo no estaba tan
satisfecho del telegrama como lady Susan parecía estarlo. Me extrañó esa
insistencia de Hermy en telegrafiar. Podía haber puesto siquiera un par de líneas
de su puño y letra y de ese modo habría yo sabido a qué atenerme. Pero, ¿un
telegrama...? Un telegrama nada dice, puesto que, al fin y al cabo, puede ser
firmado por cualquiera. Al fin decidí marcharme a Maldon. Eso fue ayer noche.
Es un pueblo bastante grande, con un buen campo de golf y dos hoteles. Indagué
por todas partes, pero nadie supo darme razón de una mujer que respondiese a
las señas de Hermy. Volviendo en el tren leí su anuncio y pensé que lo mejor
sería encomendar el asunto en sus manos. Si Hermy se ha marchado en realidad a
Montecarlo, no quiero poner a la policía sobre su pista y provocar un
escándalo. Pero tampoco quiero continuar corriendo como un loco de un lado para
otro.
Permaneceré en Londres a la espera de que se produzcan los
acontecimientos.
—¿Qué es lo que usted
sospecha en realidad?
—No lo sé, pero me temo
que algo malo ha debido de ocurrirle.
Con un movimiento rápido Stavansson sacó su cartera y mostró a Tommy
una fotografía que guardaba en su interior.
—Ésa es Hermione —dijo—. Lo demás corre de su
cuenta, mister Blunt.
El retrato representaba a una mujer gruesa pero de cara agraciada,
sonrisa franca y mirada atrayente.
—Ahora, mister Stavansson,
¿está usted seguro de no haber omitido nada?
—Seguro.
—¿Ningún detalle, por
pequeño e insignificante que pudiera parecerle?
—Creo que no.
Tommy lanzó un profundo suspiro.
—Eso hará el trabajo
dificultoso en extremo —añadió—. Habrá usted observado,
mister Stavansson, que un pequeño detalle es a menudo la clave para el
esclarecimiento de un misterio policíaco. Este caso, desgraciadamente, no
presenta ninguna característica de relieve que pudiera servirnos de punto de
partida. Creo que, prácticamente, tengo el caso resuelto, pero..., no estará
de más el esperar a que el tiempo confirme mis sospechas.
Tomó un violín que había sobre la mesa e hizo correr una o dos veces el
arco sobre las cuerdas. Tuppence cerró con fuerza los párpados y aun el propio
explorador dio un pequeño respingo. El ejecutante volvió a dejar el
instrumento en el sitio que antes ocupaba.
—Son unos acordes
Mosgovskensky —murmuró muy serio—. Déjeme su dirección,
mister Stavan-sson, para que pueda comunicarle cualquier progreso que
realicemos.
Al abandonar la oficina el visitante, Tuppence cogió el violín y lo
encerró bajo llave en uno de los armarios.
—Si quieres hacer el papel de Sherlock Holmes —le dijo—, te traeré una jeringa y
una botella en la que ponga «cocaína», pero por lo que más quieras no se te
ocurra volver a tocar el violín. Si ese explorador no hubiese sido un infeliz,
se habría dado perfecta cuenta de que tú no eras un detective, sino un mentecato.
¿Insistes todavía en seguir haciendo el papel de Sherlock Holmes?
—Creo que hasta la fecha
no lo he hecho del todo mal —respondió Tommy con un dejo de compla-cencia en sus palabras—. No me negarás que las
deducciones que hice fueron del todo acertadas. Hube de arriesgarme a mencionar
lo del taxi porque después de todo es la forma más natural de locomoción para
venir a un lugar tan apartado como éste.
—Lo que ha sido una gran
suerte es que se me ocurriese leer las notas de sociedad en el Daily Mirror
y enterarme de la formalización de sus relaciones con esa señora —observó Tuppence. —Sí, sí, no te lo niego.
Ése fue un golpe teatral para levantar
el prestigio de los brillantes detectives de Blunt. Éste es decididamente
un caso para Sherlock Holmes. No es posible que ni aun tú hayas podido dejar de
ver la similitud que existe entre este caso y la desaparición de lady Francés
Carfax.
—¿Esperas, acaso,
encontrar el cuerpo de mistress Leigh Gordon en algún sarcófago?
—Lógicamente, la historia
acostumbra a repetirse. En realidad..., ¿qué es lo que crees tú?
—Pues te diré —respondió Tuppence—. La explicación más
plausible parece ser la de que, por la razón que fuere, Hermy, como él la
llama, teme encontrarse con su prometido y de que lady Susan, también con sus
motivos, es la patrocinadora de ese misterioso juego al escondite.
—Eso mismo se me ha
ocurrido a mi —dijo Tommy—, pero creí conveniente
hacer ciertas compro-baciones antes de ir a Stavansson con una explicación así.
¿Qué te parece si nos diésemos un salto a Maldon, encanto? Tampoco estaría de
más llevarnos unos cuantos palos de golf.
Habiendo aceptado Tuppence, la Agencia Internacional de Detectives quedó
bajo el exclusivo cuidado del joven y despejado Albert.
Maldon, si bien considerado como un excelente lugar de residencia, no
se distinguía precisamente por su extensión. Tommy y Tuppence, después de hacer
cuantas indagaciones su ingenio pudiera sugerirles, se encontraron con que no
habían conseguido adelantar un solo paso en su misión. Fue ya al decidirse a
volver a Londres cuando a Tuppence se le ocurrió una idea genial.
—Tommy, ¿por qué pusieron
Maldon, Surrey, en el telegrama?
—¿Por qué lo habrían de
poner, idiota? Porque Maldon está en Surrey.
—Veo que el idiota eres
tú; no era eso lo que yo quise decir. Si tú recibes un telegrama de..., digamos
Hastings o Torquay, nunca ponen el Condado tras el nombre de la ciudad. Pero,
en cambio, cuando es Richmond ponen siempre Richmond, Surrey. ¿Por qué? Porque
hay dos Richmond —contestó
Tuppence.
Tommy, que es quien iba al volante, aminoró la marcha del coche.
—Tuppence, creo que hay
algo de cierto en lo que acabas de decir. Vamos a hacer algunas averiguaciones
en la próxima estafeta.
Se detuvieron frente a un pequeño edificio que había en medio de la
calle principal de la villa. Pocos minutos fueron suficientes para aclarar el
hecho de que en realidad había dos Maldon: Maldon Surrey y Maldon Sussex. Este
último, si bien menor que el anterior, provisto de su correspondiente oficina
de telégrafos.
—¿Lo ves? —dijo, excitada, Tuppence—. Stavansson sabía que
Maldon estaba en Surrey. Así es que apenas si miró la palabra que empezando
también en S seguía después de Maldon. —Mañana —añadió Tommy— iremos a Maldon Sussex.
Maldon Sussex era totalmente diferente de su homónimo de Surrey. Estaba a algo
más de seis kilómetros de la estación del ferrocarril y tenía dos tabernas, dos
pequeñas tiendas, oficina postal y telegráfica combinada con la venta de
tarjetas postales y dulces de todas clases, y unas seis o siete no muy
espaciosas ni lujosas viviendas. Tuppence se encaminó a las tiendas mientras
Tommy lo hacía en dirección al bar El Gallo y el Gorrión. Media hora después
volvieron a encontrarse.
—Buena cerveza —contestó Tommy—, pero ninguna información.
—Más vale que pruebes en
el otro bar. Yo me vuelvo a la oficina de correos. Hay allí una vieja bastante
áspera, pero he oído que la llamaban para comer.
Al llegar allí se puso a curiosear las tarjetas. Una muchacha jovencita,
de cara sonrosada, masticando aún, apareció en la puerta que comunicaba con la
trastienda.
—De momento quiero estas
tres —dijo—. ¿Tienes la bondad de
esperar un momento? Quisiera llevarme unas cuantas más. Mientras lo hacía no
cesaba de hablar.
—¡Qué pena que no me hayan
podido ustedes dar la dirección de mi hermana! —se lamentó—. Sé que vive por estos alrededores,
pero he perdido la carta en que estaban sus señas. Su nombre es Leigh Gordon.
La muchacha movió la cabeza en sentido negativo.
—No, no recuerdo ese
nombre. Y no será porque aquí recibamos muchas cartas. Aparte de La Granja, no
hay casas aquí que estén habitadas por forasteros.
—¿Qué es La Granja? —preguntó Tuppence—. ¿Y a quién pertenece?
—Es una especie de clínica
del doctor Horriston. Para casos nerviosos, en su mayoría. Hay señoras que
vienen aquí para esas curas que llaman de reposo. Y eso sí que pueden hacerlo
porque no hay una villa en todo el Condado tan tranquila como ésta.
Tuppence seleccionó al azar unas cuantas postales, pagó y se disponía a
marchar cuando oyó decir a la muchacha:
—Ese coche que viene hacia
aquí es el del doctor Horriston. Tuppence se acercó presurosa a la puerta en el
momento en que pasaba frente a ella un pequeño coupé guiado por un hombre
de barba negra bien recortada y una cara de facciones duras y expresión
desagradable por demás. El coche se dirigía calle abajo.
En aquel momento Tommy la cruzaba en dirección a Tuppence.
—Tommy —le dijo tan pronto éste
llegó a su lado—, creo
que tengo lo que buscamos. La clínica del doctor Horriston.
—He oído hablar acerca de
ella en el bar La Cabeza del Rey, pero si crees que ha tenido un ataque
nervioso o algo por el estilo, lo más probable es que su tía o alguna de sus
otras amistades estuviesen enteradas de ello.
—Claro, pero no quise
decir eso. Tommy, ¿te has fijado en el hombre que iba sentado al volante? —Si, un tío con una cara
de bruto que no se podía tener.
—Ése era el doctor
Horriston. Tommy lanzó un agudo silbido.
—Pues parece muy atareado.
¿Qué dirías, Tuppence, si nos fuéramos a echarle un vistazo a esa Granja?
Lograron encontrar el sitio, un inmenso caserón rodeado de terreno
inculto y una alberca que corría a lo largo de la parte posterior del edificio.
—¡Qué clínica más tétrica! —dijo Tommy—. Me dan escalofríos de
verla. No sé por qué, pero tengo la idea de que esto va a resultar un asunto
más serio de lo que nos figurábamos.
—Sí, si, creo, como tú,
que esa mujer está corriendo un grave peligro en estos momentos.
—Bien, pero trata de
sujetar esa imaginación tan fogosa que tienes.
—No lo puedo remediar.
Desconfío de ese hombre. ¿Qué hacemos? Creo que no sería mala idea la de que yo
fuera sola primero y preguntase por mistress Leigh Gordon. La cosa sería
perfectamente natural y así podríamos ver qué respuesta nos dan. Tuppence llevó
a cabo su plan. Tocó el timbre. La puerta se abrió casi inmediatamente,
apareciendo en ella un criado con cara de pocos amigos.
—Deseo ver a mistress
Leigh Gordon, si es que está lo suficientemente bien para recibirme.
Creyó ver un momentáneo destello en los ojos del sirviente, pero no
tardó en responder:
—Aquí no hay nadie con ese
nombre, señora.
—¡Qué raro! ¿No es ésta
acaso La Granja, la clínica del doctor Horriston?
—Sí, señora; pero le
repito que no tenemos ninguna paciente que se llame Leigh Gordon.
Chasqueada, Tuppence creyó prudente batirse en retirada y celebrar una
nueva consulta con su marido, que la esperaba fuera del cerco.
—Quizá dijera la verdad.
Al fin y al cabo nada sabemos con certeza.
—Pues yo estoy segura de
lo contrario. De que mentía.
—Esperemos hasta que
vuelva el doctor —sugirió
Tommy—. Después me presentaré yo
como un periodista ansioso de discutir su nuevo sistema de cura de reposo. Eso
me dará oportunidad de penetrar en el interior y estudiar la topografía del terreno.
El doctor volvió media hora más tarde. Tommy esperó cinco minutos más,
al final de los cuales se acercó a su vez a la puerta principal. Como Tuppence,
hubo de volver con el rabo entre las piernas.
—Dicen que el doctor está
ocupado y que no puede recibir a nadie. Mucho menos a un periodista. Tuppence,
creo que tienes razón. Hay algo en este establecimiento que no me acaba de
gustar. Está idealmente situado, de eso no hay duda, pero, ¡qué sé yo!, me
huele a misterio todo lo que en su interior ocurre.
—Vamos —dijo con determinación.
—Voy a saltar por el muro
e intentaré acercarme a la casa sin que nadie se entere.
—Está bien. Yo voy
contigo.
La alta maleza del jardín les proporcionó abundantes lugares de refugio.
Tommy y Tuppence se las compusieron para deslizarse sin ser vistos hasta la
parte trasera del edificio.
Aquí había una amplia terraza con grandes cristaleras y una escalinata
un tanto derruida ya por la acción del tiempo. No se atrevían a salir al
descubierto y las ventanas bajo las cuales se hallaban agazapados eran
demasiado altas para poder atisbar, desde donde se encontraban, su interior.
Parecía que su atrevida exploración no había de dar resultado alguno. De pronto
una mano de Tuppence se crispó sobre el hombro de Tommy.
Alguien hablaba en la habitación situada precisamente encima del lugar
que ellos ocupaban. La ventana estaba abierta y a sus oídos llegó claramente el
siguiente fragmento de una conversación:
—Entre, entre y cierre la
puerta —dijo, irritada, la voz de
un hombre—. ¿Dice usted que hace una
hora vino una mujer aquí preguntando con cierto interés por mistress Leigh
Gordon?
La voz que contestó fue reconocida al instante por Tuppence. Era la del
impasible sirviente.
—Sí, señor.
—Respondería usted, como
es natural, que no se encontraba aquí.
—Sí, señor.
—¡Y ahora nos viene este
periodista! —bufó el otro asomándose
un instante a la ventana.
Atisbando por entre las matas, los dos de abajo reconocieron en él al
doctor Horriston.
—Es la mujer la que más
importa —continuó el doctor—. ¿Qué aspecto tema?
—Joven, bastante agraciada
y elegantemente vestida, señor. Tommy dio un pequeño codazo a su mujer.
—Exactamente —replicó el doctor entre
dientes—. Como me lo temía. Alguna
amiga, sin duda, de mistress Leigh Gordon. El asunto se va haciendo difícil por
momentos. Será preciso dar los pasos necesarios...
La frase quedó sin terminar. Tommy y Tuppence oyeron el ruido que
produjo una puerta al cerrarse. Después reinó el silencio.
Con gran cautela el matrimonio inició la retirada. Al llegar a un
pequeño claro, ya mi tanto lejano del edificio, habló Tommy:
—Tuppence, encanto mío,
parece que esto se está poniendo serio. Aquí hay gato encerrado y lo mejor que
podríamos hacer es volvernos a la ciudad e ir a ver inmediatamente a mister
Stavansson.
Con gran sorpresa de Tommy, Tuppence se limitó a mover negativamente la
cabeza.
—No, no. Hemos de
quedarnos aquí —añadió—. ¿No le oíste decir «que
iba a dar los pasos necesarios»? Quizá quiso decir algo con ello.
—Lo peor de todo es que ni
siquiera puede decirse que tenemos un caso para la policía.
—Escucha, Tommy, ¿por qué
no telefoneas a Stavansson desde la villa? Yo me quedaré por estos alrededores.
—Posiblemente tengas razón —asintió su marido—; pero oye, Tuppence...
—¿Qué?
—Ten mucho cuidado.
—Claro que lo tendré,
tonto. Vamos, lárgate ya. Transcurrieron dos horas antes de que Tommy estuviese
de vuelta. Tuppence le esperaba junto a la puerta trasera del jardín.
—No pude comunicarme con
Stavansson. Llamé a lady Susan y también estaba fuera. Después se me ocurrió
llamar a Brady para pedirle que buscase el nombre del doctor Horriston en esta
especie de consultorio médico que ellos tienen.
—¿Y qué dijo Brady?
—Recordó al instante el
nombre. Me dijo que hubo un tiempo en que éste había sido un doctor de los que
pudiéramos llamar «de buena fe», pero que después se descarrió dedicándose a
prácticas de carácter dudoso. Según Brady, se ha convertido en un curandero
sin escrúpulos y cualquier cosa sería de temer en él. La cuestión ahora está en
determinar pronto lo que vamos a hacer.
—Quedarnos aquí —respondió resueltamente
Tuppence—. Tengo el presentimiento
de que algo va a ocurrir esta noche. A propósito, el jardinero ha estado
cortando la hiedra que hay pegada a las paredes de la casa, y he visto dónde ha puesto la escalera.
—Bien, Tuppence —dijo su marido con
satisfacción—. Entonces esta noche...
—En cuanto oscurezca...
—Veremos...
—Lo que haya que verse.
Le tocó el turno a Tommy de vigilar mientras Tuppence se dirigía al
pueblo a tomar un pequeño refrigerio.
Cuando volvió, prosiguieron juntos la guardia. Al dar las nueve,
decidieron que era ya lo suficiente de noche para comenzar las operaciones.
Lograron dar una vuelta completa a la casa sin la menor dificultad.
De pronto Tuppence se detuvo, sujetando con fuerza el brazo de su
marido.
Volvió a oírse distintamente el ruido que le había producido tal alarma.
Era un quejido de mujer. Doloroso. Tuppence señaló en dirección a una ventana
que había en el piso superior.
—Vino de esa habitación —murmuró. De nuevo el
quejido volvió a romper el silencio de la noche. Los dos escuchas decidieron
poner en práctica su plan original. Tuppence guió la marcha hasta el sitio en
que estaba la escalera y entre los dos la transportaron al lugar de donde,
según su opinión, había partido el lamento. Todas las ventanas del entresuelo
se hallaban cerradas, pero no así la del cuarto que precisamente había
despertado su interés.
Tommy apoyó la escalera sin hacer ruido sobre el costado de la casa.
—Yo subiré —murmuró Tuppence—. Tú quédate abajo. A mí
me es más fácil encaramarme por este artefacto y en cambio a ti te será más
fácil que a mí sujetarlo. Además, y en caso de que al doctor se le ocurriese
asomar las narices por el jardín, tienes mejores puños que yo para proceder a
ajustarle las cuentas.
Tuppence trepó con ligereza los primeros peldaños, luego se detuvo unos
instantes, y después prosiguió lentamente la ascensión. Permaneció Junto a la
ventana unos cinco minutos y volvió a descender.
—Es ella —dijo casi sin aliento—. Pero, ¡oh, Tommy!, es horrible.
Está tumbada en la cama quejándose como un niño y volviéndose constantemente
de un lado para otro. Al llegar a la ventana vi entrar a una mujer vestida de
enfermera que le puso una inyección y volvió a salir sin pronunciar una
palabra. ¿Qué hacemos?
—¿Está inconsciente?
—Creo que no. Es decir,
estoy casi segura de que no lo está. En lo que no me fijé fue en si estaba
amarrada a la cama. Voy a subir otra vez y, como pueda, me meto en la
habitación.
—Oye, Tuppence...
—No tengas cuidado,
chillaré si ocurre algo. Hasta luego. Y para evitar más consideraciones unió la
acción a la palabra. Tommy vio cómo llegaba a la ventana y la levantaba suavemente.
Un segundo después había desaparecido a través de ella.
Los minutos que a continuación siguieron fueron de verdadera agonía
para Tommy. Al principio nada consiguió oír. «Tuppence y mistress Leigh Gordon
deben estar hablando en voz baja», pensó. Poco después llegó a sus oídos un
confuso murmullo. Respiró. De pronto todo volvió a quedar en silencio.
—¿Qué estarán haciendo?
De pronto una mano se posó sobre su hombro y de las sombras brotó la
voz de Tuppence que decía: —¡Vamonos!
—¡Tuppence! ¿Cómo has
llegado hasta aquí?
—Saliendo por la puerta
principal. Vamonos.
—¿Que nos vayamos?
—Eso es lo que he dicho.
—Pero... ¿y mistress Leigh
Gordon?
En tono de indescriptible amargura, Tuppence replicó:
—¡Adelgazando!
Tommy la miró, sospechando que una reveladora ironía se encerraba en
aquella palabra.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído. Adelgazando, desengrasando, reduciendo. Como lo
quieras mejor. ¿No oíste a Stavansson que ha estado ausente? Su Hermy se ha
echado encima unos cuantos kilos de más. Sintió pánico al enterarse del súbito
regreso de aquél y se apresuró a someterse a un nuevo tratamiento del doctor
Horriston. Se trata de no sé qué inyecciones, que él las guarda en el mayor
secreto, y por las que carga a sus pacientes unas cantidades fabulosas. Es un
charlatán, no hay duda, pero con suerte, puesto que aún hay gente que está
convencida de la eficacia de su sistema. Stavansson se presenta en Londres con
dos semanas de anticipación, cuando ella hacía sólo unos días que había
empezado el tratamiento. Lady Susan, que había jurado guardar el secreto,
desempeña a maravilla su papel de confidente y henos aquí a nosotros como dos
tontos, haciendo el más espantoso de los ridículos.
Tommy aspiró el aire con fuerza.
—Creo, Watson —dijo con dignidad—, que mañana hay un
magnífico concierto en el Queen's Hall, y que estamos aún a tiempo de conseguir
unas buenas localidades. En cuanto a lo ocurrido, te agradeceré borres este
caso de nuestros registros. Le falta, ¿cómo te diré yo?, clase, carácter distintivo.
Capítulo
10 Jugando a La Gallina Ciega
––Bien —dijo Tommy colgando de
nuevo el teléfono. Después se volvió a Tuppence.
—Era el jefe. Me ha
comunicado algo de sumo interés para nosotros. Parece ser que los sujetos tras
los cuales vamos se han enterado de que no soy, en realidad, el verdadero
Theodore Blunt, y es posible que ocurra algo serio de un momento a otro. El
jefe te pide, como favor especial, que te vayas a casa y te quedes allí
tranquila sin mezclarte más en este asunto. Aparentemente el avispero que hemos
puesto en conmoción es más grande de lo que en principio nos imaginamos.
—Dile a tu jefe que no
estoy dispuesta a concederle el favor que me pide —contestó Tuppence con
decisión—. Conque quedarme en
casa, ¿eh? ¿Y quién cuidaría entonces de ti, monada? Además, sabes que soy
partidaria de la emoción. El negocio ha estado bastante paralizado durante esta
última temporada.
—Supongo que no
pretenderás que tengamos asesinatos y robos a diario —replicó Tommy—. Sé razonable y escucha
mi plan. Cuando el negocio flojea lo que deberíamos hacer es un poco de
ejercicio.
—¿Ah, si? ¿Tumbarnos de
espaldas y echar las piernas al aire? ¡Qué bonito!
—No seas tan literal en tu
interpretación. Cuando hablo de ejercicios me refiero a los que exige nuestra
profesión. Reproducciones de los grandes maestros. Por ejemplo... —Hizo una breve pausa.
Del cajón que había a su lado Tommy extrajo una formidable visera de un
color verde oscuro, que se ajustó. Después sacó el reloj que tenia en el
bolsillo.
—Rompí el cristal esta
mañana —observó—. Eso allanó el camino
para que mis sensitivos dedos pudiesen palpar con facilidad su esfera.
—¡Cuidado! —dijo Tuppence—. Has estado a punto de
arrancar una de las saetas.
—Dame tu mano —le pidió Tommy, que a
continuación hizo ademán de tomarle el pulso. Escuchó con atención.
—¡Ah! —prosiguió—. ¡Prodigios del sexto
sentido! ¡Esta mujer no padece
del corazón!
—¡Supongo —dijo Tuppence— que estás tratando de
imitar a Thorniey Colton!
—Exactamente. El ciego
problemático. Y tú eres la recogida, la secretaria de negros cabellos y
mejillas color de manzana. Y Albert, Honorarios,
alias El Camarón.
Apoyado en la pared, junto a la puerta, está el fino y hueco bastón que sujeto
entre mis sensitivos dedos, tanto habrá de decirme.
No hizo más que levantarse cuando se dio de bruces contra una silla.
—¡Demonio! —exclamó—. Me había olvidado de que
esa silla estaba allí.
—Debe de ser horrible el
ser ciego —comentó Tuppence con
pena.
—Bastante. Y más lo siento
por los pobres que perdieron su vista en la guerra que por otro cualquiera.
Pero dicen que viviendo en las tinieblas es cuando se desarrollan los sentidos
especiales, que es precisamente lo que yo deseo probar. Sería interesante
poder ser de utilidad desde las sombras. Ahora, Tuppence, procura ser un buen
Sydney Thames. ¿Cuántos pasos hay desde aquí hasta donde está el bastón?
Tuppence hizo un cálculo precipitado.
—Tres de frente y cinco a
la izquierda. Tommy avanzó incierto y Tuppence le hizo detener con un grito. Un
paso más y se daría de cara contra la pared.
—Es difícil —explicó Tuppence— calcular exactamente los
pasos que deben darse.
—Pero interesante —arguyó Tommy—. Dile a Albert que venga.
Voy a tocaros las manos y ver si puedo decir quién es quién.
—Está bien —respondió Tuppence—, pero Albert tendrá que
lavárselas primero. Con toda seguri-dad las llevará pringadas de tanto caramelo
como come.
Albert, introducido en el juego, mostró un vivísimo interés. Tommy,
después de un leve palpa-miento, sonrió complacido.
—El sexto sentido nunca miente —murmuró—. La
primera era de Albert, la segunda tuya, Tuppence.
—Conque el sexto sentido
no engaña, ¿eh? ¡Estás tú bueno! Te dejaste guiar
por mi anillo de boda, pero yo tuve la precaución de colocarlo en el dedo de Albert.
Se llevaron a cabo nuevos experimentos con resultados, en general, poco
satisfactorios.
—Todo se andará —declaró Tommy—. No
podemos esperar un éxito absoluto en la primera prueba. ¿Sabes lo que te digo?
Que es hora de comer. ¿Qué te parece si nos fuéramos al Blitz, Tuppence? El ciego con su lazarillo. Creo que
así podemos hacer experimentos bastante más interesantes.
—Por Dios, no te metas en
ningún lío, Tommy.
—No tengas cuidado. Me
portaré como un buen niño. Pero te aseguro que vas a quedarte asombrada de mis
deducciones.
Media hora más tarde el matrimonio se hallaba instalado en un
confortable rincón del Salón Dorado del Blitz. Tommy posó ligeramente los dedos
sobre la minuta.
—Filetes de lenguado y
pollo al horno para mí —murmuró. Tuppence hizo su elección y el camarero se retiró.
—Hasta ahora todo va bien —dijo Tommy—.
Probemos ahora algo de mayor envergadura. ¡Qué bonitas piernas tiene esa mujer
de la falda corta que acaba de entrar!
—¿Cómo lo has sabido, Tom?
—Las piernas bonitas
transmiten una vibración particular al suelo, que es recogido por este bastón
hueco que llevo en la mano. O, hablando seriamente, se supone que en cualquier
restaurante hay siempre una muchacha de piernas bonitas en la puerta a la
espera de unos amigos, y con faldas lo suficientemente cortas para sacarle el
mejor provecho posible a su privilegiado don. Empezaron a comer.
—Me figuro que el hombre
que está sentado a dos mesas de la nuestra es un rico especulador. Y si me
apuras, judío por añadidura.
—No está mal —convino Tuppence—. ¿Cómo
lo has sabido?
—No esperarás que cada vez
satisfaga tu curiosidad. Me echarías a perder el número. El maítre está sirviendo champaña en una mesa que
hay a mi derecha y una mujer gorda, vestida de negro, está a punto de pasar a
nuestro lado.
—¡Tommy! Pero ¿cómo es
posible que...? —¡Aja! Ya empiezas a darte cuenta de lo que es capaz de
hacer tu marido. Una muchacha preciosa con traje pardo acaba de levantarse de
la mesa que está situada detrás de ti.
—¡Pifia! —dijo Tuppence—. Es un
joven vestido de gris.
—¡Oh! —exclamó desconcertado momentáneamente Tommy.
En aquel preciso instante dos hombres que se hallaban sentados no lejos
del lugar ocupado por el matrimonio y que habían estado observándoles
detenidamente se levantaron, cruzaron el comedor y se acercaron a la pareja.
—Perdone —dijo el más viejo de los
dos, un hombre alto, elegantemente ataviado, con monóculo y bigotito gris pulcramente recortado, dirigiéndose a
Tommy—.
Alguien me ha dicho que era usted mister Theodore Blunt, ¿es esto
cierto?
Tommy, después de titubear unos momentos, inclinó la cabeza en señal de
asentimiento y respondió:
—En efecto. Yo soy mister
Blunt.
—Entonces, ¡qué gran
suerte la mía! Precisamente pensaba telefonearle en este instante. Estoy en un
apuro, en un grave apuro. Pero, dispense, ¿le ha ocurrido a usted algún
percance en los ojos?
—Señor mío —contestó melancólicamente—, soy
ciego, completamente ciego.
—¿Qué?
—¿Se sorprende usted?
Supongo que no ignorará que existen detectives ciegos.
—En ficción, sí; pero no
en la vida real. Además, nunca oí que fuese usted ciego.
—Son pocos los que conocen
este detalle y hoy he decidido ponerme esta visera para protegerme los ojos
contra el brillo de luces. Sin ella, son pocos los que llegan a darse cuenta de
mi enfermedad, si así queremos llamarla. Y dejando
aparte este tema, ¿quiere usted que vayamos a mi oficina, o prefiere usted
darme los detalles de su caso aquí? Creo que esto último sería lo más
conveniente para ambos.
Un camarero acercó dos sillas extras y los dos caballeros tomaron asiento. El otro, que hasta ahora no había pronunciado
ni una palabra, era más bajo, fornido y muy moreno.
—Es un asunto sumamente
delicado —dijo el primero bajando
confidencialmente la voz y mirando desconfiadamente en dirección a Tuppence.
—Permítame que primero le
presente a mi secretaria confidencial, miss Ganges —se adelantó a responder
Tommy como adivinando los temores de aquél—. La recogí siendo aún
niña, abandonada en las riberas de un caudaloso río en la India. Es una triste
historia. Podría decir que los de miss Ganges son, en realidad, los únicos ojos
que yo poseo. Me acompaña siempre dondequiera que yo vaya.
El extraño acogió la presentación con una ligera inclinación de cabeza.
—En ese caso hablaré con
entera libertad. Mister Blunt, mi hija, una muchacha de dieciséis años, ha sido
raptada en circunstancias un tanto especiales que me impidieron ponerlo en
conocimiento de la policía. Lo descubrí hará sólo una media hora y preferí
llamarle a usted. Alguien me dijo que había salido a comer y que no volvería
hasta las dos y media; así es que decidí venir en compañía de mi amigo el
capitán Harker...
El aludido saludó con una violenta contorsión de cabeza y murmuró entre
dientes palabras que no llegaron siquiera al oído de ninguno de los presentes.
—He tenido la gran fortuna
de que acudieran ustedes al mismo restaurante que yo acostumbro a venir. No
perdamos tiempo. Volvamos a mi casa inmediatamente.
Pero Tommy, cautelosamente, trató de demorar la invitación.
—Podré estar con usted
dentro de media hora. Debo, primero, volver a la oficina.
El capitán Harker, volviéndose para mirar a Tuppence, debió
sorprenderse de ver la media sonrisa que de pronto pareció dibujarse en los
labios de la muchacha.
—No, no, de ningún modo.
Usted ahora debe venir conmigo. El caballero de pelo gris sacó una tarjeta de
su bolsillo y la puso en manos de Tommy, que la palpó unos instantes.
—Mis dedos no están
suficientemente sensibilizados para poder leer una cosa así —dijo pasando sonriente la
tarjeta a Tuppence.
—El duque de Blairgowrie —leyó ésta en voz baja y
mirando luego con gran interés al nuevo cliente. El
duque de Blairgowrie era conocido como uno de los más altaneros e inaccesibles
títulos de la nobleza, que se había casado con la hija de uno de los grandes
carniceros de Chicago, mucho más joven que él y dotada de un carácter vivaz y
frívolo que nada bueno vaticinaba para la armonía conyugal. Circulaban ya
rumores de una posible ruptura.
—Vendrá usted en seguida, ¿no es verdad, mister Blunt? —insistió el duque
poniendo un leve tono de acritud en sus palabras.
Tommy hubo de ceder ante lo inevitable.
—Miss Ganges y yo iremos
con usted —replicó serenamente—. Espero que perdonará si
me detengo el tiempo preciso para tomarme una buena taza de café. Lo traerán
inmediatamente. Padezco de fuertes dolores de cabeza, consecuencia, sin duda,
de mi mal, y el café consigue aplacar mis nervios.
Llamó a un camarero y dio la orden correspondiente. Después habló,
dirigiéndose a Tuppence.
—Miss Ganges, almuerzo
aquí mañana con el prefecto de la policía de París. Sírvase tomar nota del menú
y déselo al maítre con instrucciones de reservarme mi mesa habitual.
Estoy ayudando a mi camarada en una importante investigación. Los honorarios... —hizo una pausa después de
recalcar la palabra— son de
cuidado.
—Puede usted empezar —dijo Tuppence sacando su
estilográfica.
—Empezaremos con una
ensalada de camarones —nuevo recalque—, que es un plato especial de la casa. A esto seguirá, eso es, seguirá
una tortilla a la Blitz y quizás un par de tournedos á 1'étranger. ¡Oh,
sí! Soufflé en surprise. Creo que es todo. Es un hombre muy interesado,
este prefecto francés. Quizá lo conozca alguno de ustedes. ¿No es así?
Los otros respondieron negativamente mientras Tuppence se levantaba y
salía al encuentro del maítre. Volvió al mismo tiempo que llegaba el
café.
Tommy paladeó el contenido y se lo bebió a pequeños sorbos. Después se
levantó.
—Mi bastón, miss Ganges.
Gracias. Instrucciones, por favor. Fue un momento difícil, de angustiosa agonía
para Tuppence.
—Uno a la derecha y
dieciocho hacia delante. Al quinto paso encontrará un camarero sirviendo una
mesa de la izquierda.
Moviendo el bastón con viveza, Tommy se puso en marcha. Tuppence se
situó Junto a él con objeto de poderle guiar. Todo fue bien hasta el momento de
atravesar la puerta principal de salida. Un hombre entró precipitadamente y
antes de que Tuppence pudiese advertir al ciego mister Blunt del peligro que
corría, éste había chocado ya con violencia contra el recién llegado.
Siguieron explicaciones y frases de disculpas. En la puerta del Blitz esperaba
un elegante coche berlina. El propio duque ayudó a mister Blunt a penetrar en
el lujoso vehículo.
—¿Ha traído usted su
automóvil, Harker? —preguntó
mirando por encima del hombro.
—Sí; está a la vuelta de
la esquina.
—Pues tenga la bondad de
llevar en él a miss Ganges. Sin dar tiempo a cruzar palabra adicional alguna,
saltó ligero dentro del vehículo y se sentó junto a Tommy. El coche se puso
suavemente en movimiento.
—Se trata de un asunto
delicadísimo. Pronto podré darle toda clase de detalles. Tommy se llevó una
mano a la cabeza.
—Creo ya innecesario el
seguir usando esta visera —observó complacido—. Era sólo el resplandor de las luces artificiales lo que me obligaba a
su uso.
Pero una mano le obligó a bajar el brazo sin miramiento alguno. Al
mismo tiempo sintió que algo duro y redondo se apoyaba con fuerza contra sus
costillas.
—No, querido mister Blunt —dijo la voz del duque,
voz, sin embargo, completamente diferente a la que antes oyera—. No se quite usted esa
visera. Quédese como estaba, sin hacer, a ser posible, el más mínimo
movimiento. ¿Entendido? No quisiera tener la necesidad de hacer uso de la
pistola que llevo en la mano. Como usted podrá comprender, no soy en realidad
el duque de Blairgowrie. Escogí este nombre por considerarlo muy a propósito
para la ocasión, sabiendo que no se negaría usted a acompañar a tan distinguido
cliente. Yo soy algo más prosaico, un comerciante de jamones que ha perdido a
su esposa.
Sintió el ligero estremecimiento que corrió por el cuerpo del otro.
—Parece que esto le dice
algo —añadió riendo—. Querido joven, ha
cometido usted una gravísima equivocación, y me temo que no podrá en lo
sucesivo seguir dedicándose a sus actividades. Poco después el coche aminoró la
marcha hasta detenerse. —Un momento —dijo el
falso duque. Retorció un pañuelo y se lo introdujo diestramente en la boca, que
cubrió después con otro de seda que llevaba al cuello.
—Es para evitar que cometa
usted la torpeza de pedir auxilio —le explicó con suavidad.
La puerta del automóvil se abrió y apareció el chofer en actitud
expectante. Entre él y su amo cogieron a Tommy y se lo llevaron casi en
volandas por las escaleras de una casa cuya puerta se cerró tras ellos.
Había en el ambiente un rico olor a perfume oriental. En el suelo una
mullida alfombra en la que los pies de Tommy se hundieron. Del mismo modo que
antes, fue obligado a subir más de prisa un tramo de peldaños y a entrar en un
cuarto que, a su juicio, estaba en la parte posterior de la casa. Aquí los dos
hombres le amarraron las manos a la espalda. Salió el chofer y el otro le
quitó la mordaza.
—Puede usted hablar ya con
entera libertad —le
anunció complacido—.
Supongo, joven, que tendrá muchas cosas que decirme.
—Espero que no me hayan
perdido el bastón —dijo
Tommy después de aclararse la garganta—. Me costó mucho dinero el conseguir que lo ahuecasen.
—No sé si creer que es
usted un pobre loco o un caradura de lo más grande que he visto en mi vida. ¿No
comprende que está usted completamente en mi poder? ¿Qué es muy posible que
ninguno de sus conocidos vuelva a verle de nuevo... con vida?
—¡Oh, por Dios! Dejemos la
parte melodramática. ¿O es que espera que yo exclame: «Villano, te haré apalear
por esto»?
—¡Ah! ¿Lo toma usted a
broma? ¿Y la muchacha?, ¿no se le ha ocurrido pensar en ella?
—Pensando durante mi
forzado silencio —dijo
Tommy— llegué a la conclusión
de que ese a quien usted llamó Harker es su compinche y que mi infortunada
secretaria, por lo tanto, no tardará en incorporarse a esta agradable reunión.
—Su conclusión ha sido
acertada en lo que respecta a master Harker. En cuanto a mistress Beresford, ya
ve que estoy bien enterado de su personalidad, no será traída aquí como usted
dice. Es una pequeña precaución que juzgué oportuno tomar. Se me ocurrió que
quizás alguno de sus amigos de los altos cargos estaría vigilándole y lo he
organizado de modo que le sea imposible seguir la pista de ambos a la vez. A
usted me lo he reservado para mí; conque ¡ya puede empezar! Se detuvo al
abrirse la puerta. Entró el chofer y dijo:
—Nadie nos ha seguido,
señor. El campo está libre.
—Bien. Puede marcharse,
Gregory. Volvió a cerrarse la puerta.
—Hasta este instante, todo
parece salir a pedir de boca —añadió el «duque»—. Y ahora, mi querido míster Beresford Blunt, ¿qué es lo que cree que voy
a hacer con usted?
—Lo primero, quitarme esta
maldita visera —contestó Tommy.
—Nada de eso. Sin ello
podría usted ver tan bien como yo, y eso no conviene para el pequeño plan que
tengo preparado. Porque tengo un plan, ¿no lo sabe? Usted es muy amigo de las
emociones, míster Blunt, y este juego que usted y su esposa estaban llevando a
cabo hoy lo prueba. Pues bien, yo he dispuesto asimismo otro pequeño
entretenimiento, algo que, en cuanto se lo explique, verá que no carece de
ingenio.
»Sepa usted que el suelo sobre el que se halla en estos momentos es de
metal y que desparramados en su superficie existen una serie de contactos. Sólo
hay que dar a una palanca, así. Se oyó el inconfundible clic de un conmutador.
—Ya está dada la
corriente. Pisar ahora en uno de esos pequeños botoncitos que sobresalen en el
suelo significa... ¡el adiós a la vida! ¿Me comprende bien? Si usted pudiese
ver... la cosa sería sencilla por demás. Pero así... En fin, ya conoce usted el
juego, la gallina ciega... Con la muerte. Si consigue llegar a salvo a la
puerta, significa su libertad. Así, pues, en marcha.
Se acercó a Tommy y le desató las manos. Después le entregó el bastón
haciéndole una cómica reverencia.
—Veamos si el ciego
problemático puede resolver este problema. Yo me quedo aquí con la pistola en
la mano. Como levante una mano intentando quitarse la visera, disparo. ¿Está
claro?
—Clarísimo —respondió Tommy
palideciendo, pero con gesto de determinación—. A propósito, ¿me permite
que fume un cigarrillo? El corazón me da unos saltos que parece querer
salírseme del pecho.
—Si no es más que eso... —dijo el «duque»
encogiéndose de hombros—; pero cuidado con intentar treta alguna. No olvide que tengo el dedo en
el gatillo.
Tommy extrajo un cigarrillo de la pitillera. Después se palpó los
bolsillos tratando de buscar su caja de fósforos.
—No crea que intento sacar
un revólver —dijo—. Sabe bien que no voy
armado. De todos modos quiero decirle que ha olvidado usted un punto muy
importante. —¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si
puede saberse? Tommy sacó un palito de la caja y lo acercó al raspador. —Yo estoy ciego y en
cambio usted ve. Admito que la ventaja está de su parte. Pero ¿qué haría si
los dos estuviésemos a oscuras? ¿Cuál sería su ventaja entonces?
Aplicó el fósforo al raspador y lo encendió. El «duque» se echó a reír
despectivamente. —¿Piensa
usted acaso disparar contra el interruptor de la luz y dejarnos a oscuras?
Pruébelo si quiere.
—No —replicó Tommy—. Ya sé que es imposible.
Pero ¿y si diera más luz?
Al decir estas palabras acercó la llama a algo que tenía entre los dedos
y que dejó caer rápidamente al suelo. Un brillo cegador iluminó de pronto la
habitación. Durante unos segundos, cegado por la intensidad del resplandor, el
«duque» cerró los ojos, cubriéndoselos con la mano que empuñaba el arma.
Al volverlos a abrir sintió que algo agudo se clavaba dolorosamente en
su pecho.
—Suelte esa pistola —ordenó Tommy—. ¡Pronto! Sabía que un
palo hueco no habría de servirme de gran utilidad en un caso como éste. Así que
decidí cambiarlo por un bastón estoque. ¿Qué le parece la idea? Tan útil,
quizá, como lo fue hace un momento un pequeño alambre de magnesio. ¡He dicho que suelte esa pistola!
Obediente ante la amenazadora punta de aquella espada, el falso noble
dejó caer el arma que tenía entre sus manos. A continuación dio un salto hacia
atrás soltando una triunfante carcajada.
—Aún sigo siendo el más
fuerte de los dos —dijo—, porque yo aún veo y en
cambio usted no.
—Ése es precisamente el
detalle al que antes hice referencia y que por lo visto no entró en sus
cálculos, pero que ahora puedo revelárselo sin temor alguno. Veo perfectamente.
Esta visera no es opaca como, para fines de mi comedia, pretendía hacer creer a
Tuppence. Podría haber llegado fácilmente a la pared sin tropezar con ninguno
de esos contactos que tan hábilmente ha diseminado usted por el suelo. Pero no
creí nunca en su buena fe y sabía que mi intento hubiera resultado inútil. No
habría salido con vida de esta habitación... ¡Cuidado!
Esta exclamación le salió de los labios al ver que el «duque», ciego de
furia y sin mirar dónde ponía los pies, se había lanzado imprudentemente en su
dirección.
Sonó un chasquido acompañado de una brillante llamarada azul. Se
tambaleó unos instantes y al fin dio pesadamente con su cuerpo en tierra. Un
fuerte olor a ozono mezclado con otro tenue de carne quemada se esparció por
toda la habitación.
Tommy lanzó un agudo silbido y se secó el frío sudor que de pronto había
perlado su frente.
Luego se movió cauteloso tomando toda suerte de precauciones, llegó a
la pared e hizo girar el interruptor que había visto manipular al «duque».
Después cruzó la habitación, abrió la puerta y miró cautelosamente en
todas direcciones. No había nadie. Bajó las escaleras y salió sin perder un
solo segundo.
Ya a salvo en la calle, miró a la casa sin poder reprimir un
estremecimiento de horror y anotó su número. A continuación se dirigió a la
cabina telefónica más próxima.
Hubo un momento de angustiosa espera, pasado el cual respondió la voz
que con tanta ansia esperaba escuchar.
—¡Bendito sea Dios,
Tuppence! ¿Conque eres tú?
—Sí, hombre, soy yo —contestó la voz—. Entendí lo que me
quisiste decir: «Honorarios, Camarón, venga al Blitz y sigo a los dos
extraños». Albert llegó a tiempo y al ver que nos separábamos optó por
seguirme a mí, vio dónde me conducían y telefoneó inmediatamente a la
jefatura.
—No cabe duda que Albert
es un buen muchacho —dijo
Tommy—; y caballeresco al
haberse decidido por ti. Pero estaba preocupado. Voy en seguida, pues tengo
muchas cosas que contarte. Y lo primero que haré cuando llegue es extender un
bonito cheque para el pobre Saint Dunstan. No sabes, Tuppence, lo horrible que
debe ser verse privado de un don tan preciado como es el de la vista.
Capítulo 11 El Hombre De La Niebla
Tommy no estaba satisfecho de la vida. Los brillantes detectives de
Blunt habían experimentado un revés que les afectó tanto al bolsillo como a su
orgullo personal. Llamados profesionalmente a dilucidar el misterio del robo
de un collar de perlas en Adlington Hall, Adlington, los brillantes detectives
de Blunt fracasaron en la empresa. Mientras Tommy, disfrazado de pastor
protestante, seguía la pista de una condesa muy aficionada por cierto a la
ruleta y al bacará y Tuppence a un sobrino de la casa, el inspector local, sin
grandes esfuerzos, había arrestado a uno de sus lacayos, pájaro bien conocido
en jefatura y que al instante admitió su culpabilidad.
Tommy y Tuppence, por lo tanto, hubieron de retirarse mohínos y
apenados y se hallaban ahora tomando sendos combinados en el salón de bebidas
del Hotel Adlington. Tommy llevaba aún su disfraz de clérigo.
—Veo que esto de
representar al padre Brown —dijo éste con lúgubre acento— tiene también sus problemas.
—Naturalmente —respondió Tuppence—. Lo que hace falta es
saber crearse una atmósfera apropiada desde el principio. Obrar con
naturalidad. Los acontecimientos vienen después por sí solos. ¿Comprendes la
idea?
—Sí. Bien, creo que es
hora ya de que volvamos a la ciudad. ¡Quién sabe si todavía el destino nos
deparará alguna sorpresa antes de que lleguemos a la estación!
El contenido del vaso que había acercado a sus labios se derramó
súbitamente bajo el impulso de una fuerte palmada que alguien, inopinadamente,
le había dado por la espalda, mientras una voz, que hacía perfecto juego con la
acción, le saludaba ruidosamente.
—¡Pero si es Tommy!
¡Tuppence! ¿Dónde demonios os metéis que, según mis cálculos, hace varios años
que no os veo?
—¡Bulger! —exclamó Tommy con
alegría, dejando en la mesa lo que había quedado de su combinado y volviéndose
para mirar al intruso, hombre de unos treinta años, corpulento y vestido con
ropa de jugar al golf.
—Oye, oye —dijo Bulger (cuyo nombre,
diremos de paso, no era Bulger, sino Mervin Estcourt)—; no sabia que te hubieses
ordenado. La verdad, me sorprende verte con esa ropa.
Tuppence soltó una carcajada que acabó por desconcertar a Tommy. De
pronto, ambos se dieron cuenta de la presencia de una cuarta persona.
Era una joven alta, esbelta, de cabello rubio y ojos grandes y azules,
llamativamente hermosa, vestida con elegante contraste de raso negro y pieles
de armiño, y largos pendientes cuajados de valiosas perlas. Sonreía con esa
complacencia que da la seguridad de ser quizá la mujer más admirada de
Inglaterra. Tal vez del mundo entero. Y no es que fuese vana, no. Simplemente,
lo sabía. Eso era todo.
Tommy y Tuppence la reconocieron al instante. La habían visto tres veces
en El secreto del corazón y otras tantas en su gran éxito Columnas de
fuego. No había actriz en Inglaterra que tuviese la habilidad de cautivar
al auditorio como Gilda Glen. Estaba considerada como la mujer más hermosa de
Inglaterra. También se rumoreaba que su belleza corría parejas con su estupidez.
—Antiguos amigos míos,
miss Glen —dijo Estcourt con un
matiz de disculpa en su voz por haberse, siquiera por un solo instante,
olvidado de tan radiante criatura—; Tommy y mistress Tommy, permítanme que les presente a miss Gilda Glen.
El timbre de orgullo que había en su voz era inconfundible. El mero
hecho de ser visto en compañía de la famosa artista debía parecerle un honor,
el más grande.
—¿Es usted verdaderamente
sacerdote? —preguntó la joven.
—Pocos, en realidad, somos
lo que aparentamos ser —contestó Tommy cortésmente—. Mi profesión no difiere grandemente de la sacerdotal. No puedo dar
absoluciones, pero sí escuchar una confesión. Yo...
—No le haga caso —interrumpió Estcourt—. Se está burlando de
usted.
—No comprendo entonces por
qué razón viste de ese modo. A menos que...
—No —se apresuró a declarar
Tommy—. No soy ningún fugitivo
de la justicia, sino todo lo contrario.
—¡Oh! —exclamó ella frunciendo
el ceño y mirándole con ojos de sorpresa.
«No sé si me habrá entendido», se dijo Tommy para sí. Y añadió en voz
alta, cambiando de conversación:
—¿Sabes a qué hora pasa el
próximo tren para Londres, Bulger? Tenemos que salir sin pérdida de tiempo.
¿Cuánto hay de aquí a la estación?
—Diez minutos a pie. Pero
no tengas prisa. Son las seis menos veinte y el próximo no pasará hasta las
seis treinta y cinco. Acabamos de perder uno.
—¿Por dónde se va a la
estación?
—Primero tomas a la
izquierda y después... espera, sí, lo mejor es que vayas por la avenida
Morgan...
—¿La avenida Morgan? —interrumpió miss Glen con
violencia y mirándole con ojos espantados.
—Ya sé en lo que piensa —dijo Estcourt, riendo—. En el fantasma. La
avenida Morgan linda por uno de sus lados con el cementerio y existe la leyenda
de que un policía que falleció de muerte violenta sale de su tumba y monta su
guardia como de costumbre a lo largo de la avenida Morgan. Será una ridiculez,
pero lo cierto es que hay muchas personas que juran haberlo visto.
—¿Un policía? —preguntó miss Glen
estremeciéndose—. Pero, ¿es que hay todavía quien crea en semejante tontería?
A continuación se levantó y se despidió dando un vago y general adiós.
Durante toda la conversación había hecho caso omiso de Tuppence, y al
marcharse ni siquiera se dignó echar una mirada en su dirección.
Al llegar a la puerta se tropezó con un hombre alto, de cabellos grises
y cara arrebolada, que lanzó una exclamación de sorpresa al verla. Posó una
mano sobre el brazo de la actriz y ambos salieron, charlando animadamente.
—Hermosa criatura, ¿no te
parece? —dijo Estcourt—. Pero
con menos sesos que un mosquito. Corre la noticia que va a casarse con lord
Leconbury. Ese con quien precisamente acaba de encontrarse.
—No es ningún tipo como
para enloquecer a nadie —observó Tuppence. Estcourt se encogió de hombros.
—No, pero tiene un título
y es rico por añadidura —comentó—. ¿Qué
más puede pedir una mujer así? Nadie conoce su pasado ni a qué clase social
pertenece. Hay quien supone que viene del arroyo. Su presencia en este lugar es
un tanto misteriosa. No se hospeda en el hotel y al preguntarle yo dónde lo
hacía, me contestó con modales propios de una verdulera, por lo visto los
únicos que ella ha aprendido. ¡Que me maten si la entiendo!
Estcourt se encogió de hombros. Consultó su reloj y lanzó una
exclamación.
—Tengo que marcharme.
Vaya, me alegro de haberos visto y espero que volvamos a encontrarnos una noche
en la ciudad. ¡Hasta pronto!
No hizo más que despedirse, cuando se presentó un botones con una
bandeja y un sobre en ella. No llevaba dirección alguna.
—Es para usted, señor —dijo a Tommy—. De parte de miss Gilda
Glen. Tommy lo rasgó y leyó con curiosidad su contenido. Decía
No estoy segura de ello, pero creo que podría ayudarme. Ya que va usted
camino de la estación, ¿sería tan amable de pasar por la Casa Blanca de la
avenida Margan a las seis y diez? Su afectísima,
GILDA GLEN
Tommy hizo una señal afirmativa al botones, que partió. Después pasó la
nota a Tuppence.
—Extraordinario —comentó ella—. Quizá siga creyendo que
eres un sacerdote.
—No —dijo Tommy pensativamente—. Yo creo que es precisamente
porque ha adivinado que no lo soy. ¡Hombre! ¿Quién es éste?
«Éste» era un joven de cabellos rojizos, mentón firme y contraído,
aspecto belicoso y vestimenta deplorablemente descuidada y sucia. Había
entrado en el salón y se paseaba de arriba abajo, murmurando entre dientes
palabras ininteligibles.
De pronto se dejó caer sobre una silla que había junto a la joven pareja
y la contempló fijamente durante unos instantes.
—¡Al cuerno con todas las
mujeres! —exclamó mirando ferozmente a Tuppence—. ¡Sí, señora, lo digo yo!
¿Tiene usted algo que objetar? ¿Por qué no llama a un camarero y dice que, me
echen del hotel? No seria la primera vez que lo han hecho. ¿Acaso no ha de
poder uno decir nunca lo que piensa? ¿Por qué hemos de ser unos meros autómatas
y hablar siempre como hablan los demás? ¿Por qué tratar de parecer cortés y
afable cuando mi mayor satisfacción ahora sería la de agarrar a alguien por el
cogote y oprimírselo hasta que exhalara su último suspiro? Se detuvo.
—¿Se refiere usted a
cualquiera o a alguien en particular? —le preguntó sonriente Tuppence.
—A alguien en particular —respondió el Joven con
mirada torva.
—Eso me suena a algo
interesante —insistió Tuppence—; ¿por qué no nos dice algo
más de lo que pasa?
—Me llamo Reilly —prosiguió el malhumorado
muchacho—, James Reilly. Quizás
hayan oído ustedes hablar de mí. Escribí un pequeño volumen de poemas
pacifistas, no del todo malos, aunque me esté mal el decirlo.
—¿«Poemas pacifistas»? —interrogó Tuppence.
—Sí, ¿por qué no? —interrogó agresivamente
mister Reilly.
—¡Oh, no, no, por nada...! —se apresuró a contestar Tuppence.
—He sido siempre
partidario de la paz —añadió
mister Reilly con fiereza—. ¡Al demonio con todas las guerras! ¡Y con las mujeres también!
¡Mujeres! ¿Vio usted una muchacha que no hace mucho salió por esta puerta? Dice
llamarse Gilda Glen. ¡Gilda Glen! ¡No sabe usted cómo he querido a esa mujer! Y
ella a mí, se lo aseguro. Si le queda un solo
vestigio de corazón, ha de ser mío por fuerza, y como intente vendérselo a ese
mamarracho de Leconbury le juro que la mato, como
me llamo Reilly.
Al acabar de decir estas palabras volvió a levantarse y abandonó el
salón de la misma forma como había entrado. Tommy enarcó las cejas.
—¡Vaya un caballero más
excitable! —murmuró—. Bueno,
Tuppence, ¿nos vamos?
Al salir del hotel, una densa bruma iba extendiéndose lentamente por
todos los alrededores. Siguiendo las instrucciones de Estcourt, se dirigieron a
la izquierda, y a los pocos minutos llegaron a un
cruce con un poste indicador que decía: «Avenida Morgan».
Al lado izquierdo de la avenida se alzaban los altos muros del cementerio.
A su derecha, una hilera de pequeñas casas seguidas por un crecido seto que se
perdía en la niebla.
—Tommy —dijo Tuppence—, empiezo a estar
nerviosa. ¡Esa neblina y este silencio...! Me hace el efecto de que estamos en
un desierto.
—No te preocupes —le contestó Tommy—. Es consecuencia de no
poder ver con claridad.
Tuppence asintió con un ligero movimiento de cabeza.
—¿Qué es eso? —preguntó de pronto.
—¿El qué?
—Me pareció oír unos pasos
detrás de nosotros.
—Como no contengas esos
nervios, no tardarás en ver el alma del policía ese que nos contaba Bulger.
Cálmate, mujer. ¿Temes acaso que se presente y te agarre de pronto por la espalda?
Tuppence emitió un agudo chillido.
—¡Por lo que más quieras,
Tommy, no vuelvas a mencionar a ese fantasma!
Volvió la cabeza tratando de penetrar el espeso sudario que en blandos
jirones parecía amenazar envolverles.
—¡Otra vez los pasos! —susurró como temerosa de
oír el sonido de su propia voz—. No, ahora los oigo por delante. ¡Oh, Tommy, no me digas que tú no los
oyes!
—Sí, sí que los oigo; pero
no delante, sino detrás. Quizás alguien que, como nosotros, vaya camino de la
estación. Me gustaría...
Se paró de pronto, escuchando atentamente, mientras Tuppence sofocaba
el grito que estuvo a punto de salírsele de la garganta.
La cortina de bruma que había frente a ellos se abrió de pronto como por
arte de encantamiento y a seis metros apareció la gigantesca figura de un
policía. Después, y a medida que iba acentuándose el desgarro producido en el
blanco velo, pudieron ver a la derecha los vagos contornos de una casa pintada
de blanco.
—Vamos, Tuppence —dijo Tommy—. Como ves, no hay nada
que temer.
Pero al ir a ponerse en movimiento, un nuevo rumor de pasos les obligó a
prolongar su quietud unos instantes. Un hombre pasó de largo no lejos del lugar
en que ellos se encontraban, abrió la verja de hierro de la casa blanca, subió
los pocos escalones que conducían hasta la puerta y la golpeó ruidosamente con
la aldaba que colgaba de ella. Le fue permitida la entrada en el momento que el
matrimonio llegaba junto al policía que, al parecer, había también observado
con curiosidad la escena.
—El caballero, por lo
visto, tiene mucha prisa —comentó el agente de la ley.
Hablaba con voz reposada, como si encontrase dificultad en coordinar sus
pensamientos.
—Sí, es de esos que
parecen llegar siempre tarde a todas partes —observó Tommy.
La mirada del policía, lenta y suspicazmente, fue a posarse en la cara
de Tommy.
—¿Amigo suyo, por
casualidad? —preguntó con intención.
—No —respondió aquél—. No es amigo mío, pero da
la circunstancia de que le conozco. Se llama Reilly.
—¡Ah! —exclamó el policía—. Bien, voy a continuar mi ronda.
—¿Puede usted decirme
primero cuál es la Casa Blanca?
—Esa misma —dijo acompañando las
palabras con un gesto de la cabeza—. La casa habitada por mistress Honeycott.
Se detuvo y añadió, evidentemente con la idea de dar una valiosísima
información:
—Es una neurasténica.
Siempre soñando con ladrones y pidiéndome que vigile la casa. Cuando las
mujeres llegan a cierta edad se vuelven insoportables.
—¿Dice usted que de cierta
edad? ¿Y no sabe usted si hay alguna joven con ella?
—¿Una joven? —contestó el policía,
reflexionando unos instantes—. No..., no recuerdo a ninguna en este momento.
—Quizá no vive aquí, Tommy —interpuso Tuppence—. De todos modos, es
posible que no haya llegado todavía. Salió del bar casi al mismo tiempo que
nosotros.
—¡Ah! —dijo de pronto el policía—. Ahora que me acuerdo...
Sí, una joven entró hace poco por esa puerta. La vi en el preciso momento en
que tomé esta dirección. Hará de esto unos tres o cuatro minutos.
—¿Recuerda usted si
llevaba unas pieles de armiño? —preguntó Tuppence con ansiedad.
—Sí, llevaba algo así como
una piel de conejo blanco alrededor del cuello.
Tuppence se echó a reír. El policía se alejó por donde había venido y la
pareja se dispuso a franquear la verja de hierro de la Casa Blanca.
De pronto se oyó un apagado grito que partía del interior de la casa y
casi inmediatamente después se abrió la puerta y apareció Reilly, que bajó
apresuradamente los escalones que daban acceso a la misma. Tema las facciones
desencajadas y un extraño fulgor brillaba en sus pupilas.
Pasó tambaleándose junto a Tommy y Tuppence, al parecer sin verles, y
mascullando asustado para sí:
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
¡Dios mío!
Se apoyó unos instantes en la verja y después, como impulsado por un
súbito terror, echó a correr en la dirección que tomara antes el policía.
Capitulo 12 El Hombre De La Niebla (Continuación)
Tommy y Tuppence se miraron, sorprendidos.
—Algo ha sucedido en esa
casa —dijo Tommy— para haberse asustado de
ese modo nuestro amigo Reilly.
Tuppence pasó distraídamente un dedo por los barrotes de la verja.
—Ha debido mancharse la
mano con pintura encarnada en alguna parte —observó.
—¡Hum! —gruñó Tommy—. Creo que lo mejor será
que entremos inmediatamente. No me gusta nada ese asunto.
En la puerta de la casa una sirvienta con blanca cofia permanecía muda
de indignación.
—¿Ha visto usted una cosa
semejante, padre? —estalló
con furia en el momento que Tommy ascendía los escalones—. Ese hombre viene aquí,
pregunta por la señorita y, sin esperar a que le dieran permiso, se lanza
escaleras arriba. De pronto, oímos un grito, ¿qué otra cosa podía haber hecho
la pobre niña al ver a un lunático así?; y vemos que baja de nuevo, esta vez pálido
como un difunto. Que Dios me castigue si entiendo lo que significa todo esto.
—Aquí está la señora —anunció inmediatamente
Ellen. Se hizo a un lado y Tommy se encontró frente a frente con una mujer de
mediana edad, cabellos grises, ojos azules e inexpresivos y cuerpo enjuto
vestido de negro, salpicado de abalorios del mismo color.
—Mistress Honeycott —dijo Tommy—, he venido a ver a miss
Glen.
Mistress Honeycott miró primero a Tommy y después a Tuppence, a ésta
con más detenimiento y como tomando buena nota de los detalles de su apariencia
personal.
—¿Ah, sí? —respondió—. Entonces tengan la
bondad de pasar. Les condujo a lo largo del vestíbulo hasta una habitación
situada en la parte posterior de la casa. Daba al jardín y, aunque de tamaño
mediano, parecía más pequeña debido al número de mesas y sillas esparcidas en
ella. Un gran fuego ardía en la chimenea. El papel que cubría las paredes era
de color gris con un festón de rosas que circundaba su parte posterior. Una
gran cantidad de grabados y cuadros colgaban de las paredes.
Era una salita imposible de asociar con la lujosa personalidad de miss
Gilda Glen.
—Siéntense —indicó mistress Honeycott—. Comenzaré diciendo que
no me sorprende la presencia de un sacerdote en mi casa, sobre todo en estos
momentos. Gilda, falta quizá de sólidos principios, ha escogido un mal camino.
Dios ilumine su cerebro.
—Tengo entendió, mistress
Honeycott, que miss Glen está aquí.
—Así es. Tenga presente
que yo no apruebo su conducta. Un casamiento es un casamiento y el marido es
siempre el marido. Y quien siembra vientos, acabará tarde o temprano por
recoger tempestades.
—No comprendo bien lo que
me dice —replicó Tommy un tanto
confuso.
—Me lo figuro. Por eso les
hice pasar a esa habitación. Podrá usted ir a ver a Gilda después de que les
haya puesto en antecedentes. Vino a mí, ¡figúrese, después de tantos años!, y
me pidió que la ayudara. Quería que yo fuese a ver a ese hombre y le
convenciera sobre la necesidad de aceptar un divorcio. Le dije, sin embargo,
que nada tenía yo que ver con esa cuestión. El divorcio es un pecado. Sin
embargo, era mi hermana y no pude por menos que recibirla en mi casa.
—¿Su hermana? —exclamó Tommy.
—Sí. ¡Gilda es mi hermana!
¿No se lo ha dicho acaso? Tommy se quedó con la boca abierta. La cosa parecía
fantásticamente imposible. Después recordó que aquella belleza angélica de
Gilda Glen había estado en boga durante un buen número de años. Él mismo había
sido llevado a verla cuando aún era un niño. Sí, era posible. Pero ¡qué
contraste! ¿De modo que era de esta sencilla, pero respetable, familia de donde
Gilda procedía? ¡Qué bien había sabido guardar el secreto!
—Aún no entiendo
claramente lo que acaba de decir —dijo Tommy—. ¿Dice
usted que su hermana está casada?
—Se escapó para casarse
cuando aún no había cumplido los diecisiete —explicó sucintamente
mistress Honeycott—. Un muchacho
vulgar muy por debajo de su condición. ¡Y teniendo por padre, como tenía, un
pastor! ¡Una verdadera desgracia! Después abandonó el domicilio conyugal para
dedicarse a las tablas. ¡Una cómica! ¡Qué vergüenza! No recuerdo haber pisado
un teatro en mi vida. Y ahora, después de transcurridos tantos años, quiere
divorciarse del hombre a quien volunta-riamente escogió como compañero para casarse,
según dice, con uno de esos vejancones de la nobleza. Pero el marido sigue
firme en sus trece. No se aviene a componendas de esa clase y no seré yo quien
trate de disuadirle de su determinación. Al contrario; se lo apruebo.
—¿Cómo se llama el marido,
señora? —preguntó de pronto Tommy
—Pues... no me acuerdo.
Hace ya cerca de veinte años que no he vuelto a oír su nombre. Mi padre
prohibió que fuese pronunciado en esta casa.
—¿No sería, acaso, Reilly?
—Pudiera ser, pero no lo
afirmo. Se me ha ido de la memoria.
—Me refiero al hombre que
acaba de salir.
—¿Quién? ¿Ese desquiciado?
No, por Dios. Yo había estado en la cocina dando órdenes a Ellen. Acababa de
entrar en esta habitación cuando se me ocurrió pensar en Gilda. «¿Habrá vuelto
ya?», me pregunté. No necesitaba llamar, puesto que llevaba consigo su llave.
De pronto, oí sus pasos. Debió detenerse uno o dos minutos en el vestíbulo y
después prosiguió escaleras arriba. Unos tres minutos después hubo una especie
de conmoción. Alguien aporreaba violentamente la puerta. Salí al vestíbulo a
tiempo de ver a un hombre subir apresuradamente las escaleras. Luego sonó un
grito y segundos más tarde vi bajar al intruso, pálido como un difunto, y salir
disparado como alma que lleva el diablo. Tommy se levantó.
—Mistress Honeycott, creo
que debiéramos enterarnos de lo que sucede. ¿Hay algo pintado recientemente de
rojo en la casa?
—No, nada.
—Me lo temía... —dijo Tommy con gravedad—. Por favor, no perdamos
tiempo y llévenos a las habitaciones de su hermana.
Silenciada momentáneamente, mistress Honeycott hizo lo que le pedían.
Subió las escaleras seguida de Tommy y de Tuppence y abrió la primera puerta
que daba al rellano. De pronto emitió un agudo chillido y retrocedió,
espantada. Una figura inmóvil, vestida de negro, yacía tendida grotescamente
en el sofá. Su cara estaba intacta, cerrados los ojos como si durmiese un
apacible sueño. La herida, con fractura del cráneo, aparecía a un lado de la
cabeza y había sido producida, sin duda, por un objeto liso y romo. Un charco
de sangre manchaba el suelo y una parte de la alfombra que había extendida
bajo el sofá.
Tommy examinó conmovido la postrada figura.
—Después de todo —murmuró—, no la ha estrangulado
como decía.
—¿Qué quiere usted dar a
entender? ¿Quién dijo eso? —preguntó extrañada mistress Honeycott—. ¿Está muerta acaso?
—Sí, mistress Honeycott,
está muerta. Asesinada. Y la pregunta es: ¿Por quién? No es que existan
grandes dudas, pero nunca me figuré que un hombre tan exaltado y vocinglero
Fuese capaz de cometer un acto así.
Se detuvo unos instantes. Después se volvió a Tuppence con decisión.
—Vete a buscar a un
policía o telefonea al prefecto desde cualquier parte.
Tuppence asintió. Estaba intensamente pálida. Tommy condujo de nuevo a
mistress Honeycott al piso inferior.
—No quiero que exista la
más mínima equivocación acerca de lo que voy a preguntarle —dijo—. ¿Recuerda usted con exactitud
la hora en que vino su hermana?
—Si, la recuerdo
perfectamente, porque fue en el momento en que, como todos los días, acostumbro
a poner en hora el reloj del comedor. Siempre adelanta unos cinco minutos. El
mío, que es un verdadero cronómetro, marcaba las seis y ocho minutos.
Tommy hizo un gesto afirmativo. Concordaba perfectamente con lo dicho
por el policía. Éste había visto a la mujer de las pieles blancas atravesar la
puerta de la verja unos tres minutos antes de que
él y su esposa llegasen a su lado. También recordaba haber consultado su
propio reloj y haber anotado que pasaba un minuto de la hora de la cita.
Había también la remota posibilidad de que alguien hubiese estado
esperando en el cuarto de Gilda. Pero, de ser así, era forzoso que siguiera
oculto en algún rincón del mismo. Con excepción de Reilly, no se había visto
salir de él a nadie. Volvió a subir las escaleras e hizo un detenido examen de
la habitación. No había nadie.
Más tarde comunicó la noticia a Ellen, quien después de hacer infinidad
de aspavientos e invocar a todos los santos del calendario, se avino a
contestar algunas preguntas.
¿Si aquella tarde había venido alguien
preguntando por miss Glen?
No, nadie. ¿Si había estado ella en las habitaciones superiores? Como siempre, a
descorrer las cortinas. Serían las seis, o minutos después de esta hora. De
todos modos, siempre antes de que aquel loco viniese a turbar la paz de la casa
con sus aldabonazos. Fue ella quien contestó a la
llamada. ¿Qué le parecía el escandaloso visitante? Un asesino de pies a cabeza.
Tommy renunció a seguir el interrogatorio. Sentía una curiosa piedad
por Reilly, una repugnancia al admitir su culpabilidad. Sin embargo, nadie
sino él podía haber asesinado a Gilda Glen, con excepción, muy improbable por
cierto, de Ellen y de mistress Honeycott.
Oyó un rumor de voces en el vestíbulo y, al salir, se encontró con
Tuppence acompañada del policía que encontraron rondando por los alrededores.
Éste sacó su libro de notas y un despuntado lápiz que se llevó a los labios.
Subió a la habitación y examinó a la víctima. No hizo más observación que la de
no querer tocar el cadáver, por temor, decía, a una seria repulsa de su jefe.
Escuchó las confusas e histéricas explicaciones de miss Honeycott, haciendo de
vez en cuando una breve anotación.
Tommy logró que saliera al rellano y habló con él unos minutos.
—Escuche —dijo
Tommy—; usted
ha afirmado que vio a la víctima entrar por la puerta de la verja, ¿no es así?
—Sí.
—¿Está seguro de que iba sola?
—Segurísimo. No había
nadie con ella.
—Y en el espacio de tiempo
que medió entre ese momento y el de encontrarnos a nosotros, ¿vio usted a
alguien salir de la casa?
—A nadie.
—De haber salido, forzosamente tendría usted que haberlo visto, ¿no es
así?
—Naturalmente. Sólo vi al
loco ese de quien me hablaron ustedes.
La majestad de la ley descendió gravemente las escaleras. Salió y se
detuvo breves instantes frente a los blancos barrotes de la puerta del jardín,
en los que claramente se veía la impresión sangrienta de una mano.
—No cabe duda que es un
novato —dijo compasivamente—. ¡Miren
que dejar tras sí una huella como ésta...!
A continuación se alejó, dispuesto a comunicar su mensaje a la jefatura.
El día siguiente del crimen, Tommy y Tuppence continuaban en el Gran
Hotel, si bien Tommy había juzgado conveniente desprenderse de su disfraz
clerical.
James Reilly había sido arrestado y se hallaba bajo la custodia de la
policía. Su abogado, mister Marvell, acababa de terminar una larga conversación
con Tommy acerca de lo ocurrido.
—Nunca hubiese creído una
cosa así de James Reilly —dijo—. Siempre ha sido violento
en el modo de hablar, lo admito; pero no un asesino. Tommy asintió.
—Es verdad. Quien se va
mucho de la lengua no acostumbra a tener energías para la acción. Lo que sí veo
es que me obligará a testificar en su contra. Aquella conversación que tuvo
conmigo poco antes de que ocurriera el crimen le perjudica considerablemente.
Y a pesar de todo no puedo negar que me es simpático, y que si lográsemos
encontrar otro sospechoso, no vacilaría en declararle inocente. ¿Cuál ha sido
su versión de los hechos?
—Declara que, al llegar
él, la mujer estaba ya muerta. Pero eso es imposible, como es natural. Ha
echado mano de la primera mentira que le ha venido a la cabeza. De otro modo,
habría que suponer que fue mistress Honeycott la responsable de esa muerte, lo
cual me parece fantástico en extremo. No, no cabe duda, él es el culpable.
Recuerde, además, que la doncella oyó gritar a miss Glen.
—¿La criada...? ¡Ah, sí!
Tommy quedó silencioso unos instantes. Después dijo, pensativamente:
—¡Qué crédulos somos, en
realidad! Aceptamos las pruebas como si éstas fueran el evangelio. ¿Y qué son, a fin de cuentas? Sólo una
impresión llevada al cerebro a través de los sentidos. ¿Y si ésta fuese
errónea? El abogado se encogió de hombros.
—Sí, todos sabemos que hay
testigos poco dignos de crédito, testigos que van recordando nuevos, detalles a
medida que pasa el tiempo y que, sin embargo, no tienen intención alguna de falsear
la situación.
—No me refería sólo a
ésos. Me refería a todos nosotros en general, que decimos cosas que difieren de
la realidad sin darnos siquiera cuenta de ello. Por ejemplo, usted y yo, sin
duda, habremos oído un doble golpe de aldaba y el crujido que produce un papel
al pasar por la abertura del buzón. De diez veces, nueve tendríamos razón:
sería el cartero; pero posiblemente la décima sería sólo un golfillo que había
querido gastarnos una broma. ¿Comprende lo que quiero decir?
—Sí, sí —contestó mister Marvell
arrastrando las palabras—. Pero, ¿adonde quiere usted ir a parar con su razonamiento?
—Creo que ni yo mismo lo
sé. No obstante, parece que empiezo a ver las cosas con mayor claridad. Es
como lo del bastón, Tuppence. ¿Recuerdas? Un extremo señala en una dirección,
el otro en la contraria. Todo consiste en que lo agarres por el lado que más
convenga. Las puertas se abren, pero también se cierran. La gente acostumbra a
subir las escaleras, pero también suele bajarlas.
—¿Y qué quieres decirme
con todo ello? —inquirió Tuppence.
—Es muy fácil —respondió Tommy—; y, sin embargo, hace
sólo un instante que se me ha ocurrido. ¿Cómo sabes que una persona ha entrado
en tu casa? Porque oyes abrir y cerrar una puerta, y si además la esperas,
estarás convencida de que es ella. Pero, ¿quiere esto decir que, en realidad, alguien
ha entrado? ¿No podía haber sido todo lo contrario? ¿Que alguien hubiese salido? —Pero miss Glen no salió.
—No, ya lo sé. Pero pudo
muy bien haberlo hecho el asesino.
—¿Y cuándo entró ella?
—Cuando mistress Honeycott
hablaba con Ellen en la cocina. No la
oyeron entrar. Mistress Honeycott volvió a la sala y, en el momento en
que se disponía a poner en hora el reloj, le pareció oír ruido en la puerta y
creyó que era su hermana que acababa de llegar. Y después, así lo creyó también, la oyó subir
las escaleras.
—Tú mismo lo acabas de
decir. Oyó que alguien subía
las escaleras.
—Sí, pero no fue Gilda,
sino Ellen, la que subió a correr las cortinas de las otras habitaciones.
Recordarás que mistress Honeycott dijo que su hermana se había detenido unos
instantes antes de empezar a subir. Esa pausa fue precisamente el tiempo que
Ellen necesitó para venir desde la cocina hasta el vestíbulo. De un pelo estuvo
que ésta no viera salir al asesino.
—Pero, Tommy —exclamó Tuppence—, ¿y el grito que ella
dio?
—El grito lo dio James
Reilly. ¿No te fijaste en lo chillona que éste tiene la voz? En momentos de
gran emoción son muchos los hombres que gritan exactamente igual que una
mujer.
—Pero, ¿y el asesino?
Tendríamos que haberlo visto.
—Y le vimos. Y hasta hablamos con él. ¿Recuerdas la forma
súbita en que apareció el policía? Eso fue porque acababa de salir de la verja
y en el preciso momento en que se hacía un claro en la niebla. Te acordarás de
que nos dio el gran susto. Al fin y al cabo, y aunque nunca pensemos en ellos
como tales, son hombres como nosotros. Aman y odian como los demás. Se casan
y...
»Yo creo que Gilda Glen encontró a su marido en la misma puerta del
jardín. Le hizo entrar para resolver de una vez el asunto que entre ambos había
pendiente. Debieron reñir. Acuérdate de que no es hombre de palabras violentas
como Reilly. Debió ofuscarse. La porra que llevaba en la mano debió entrar en
juego y...
Capitulo 13 «El Crujidor»
Tuppence —dijo
Tommy—, tenemos que cambiarnos a
una oficina mayor.
—¡Bobadas! —contestó ésta—. Se te ha subido el humo
a la cabeza y te crees un millonario sólo porque has resuelto un par de casos
de pacotilla y con una suerte que verdaderamente no te mereces.
—¿Por qué no le llamas
talento en vez de suerte?
—Claro que si te figuras
que eres un Sherlock Holmes, un Thorndyke, un McCarty, unos hermanos Okewood, o
un compendio de todos a la vez, no tenemos más que hablar. Personalmente te
diré que prefiero la suerte a toda la sabiduría del mundo.
—Quizá no hayas dicho
ninguna tontería —admitió
Tommy—. Necesitamos varios
centenares de metros más en estanterías si queremos que Edgar Wallace esté
representado como se merece.
—Pero si todavía no hemos
tenido ningún caso del corte de Edgar Wallace.
—Ni creo que lleguemos a
tenerlo. Si te fijas bien, no da al detective aficionado la más mínima
oportunidad. Todos son asuntos para un Scotland Yard. Nada de pacotillas.
Albert, el mensajero de la oficina, apareció en la puerta.
—El inspector Marriot
desea verle —anunció.
—El hombre misterioso de
Scotland Yard —murmuró Tommy.
El inspector avanzó hacia ellos con cara radiante de satisfacción.
—Qué, ¿cómo anda el
negocio? —preguntó sonriente.
—No del todo mal —respondió Tuppence.
—Bien, Marriot, ¿qué
viento le trae hoy por aquí? —inquirió Tommy—. Supongo que no habrá venido para enterarse sólo del estado de nuestros
nervios.
—No —dijo el inspector—. He venido a traer
trabajo al brillante mister Blunt.
—¡Ja! —contestó Tommy—. Permítame que responda
también con mi brillante monosílabo.
—He venido a hacerle una
proposición, mister Beresford. ¿Qué le parece la idea de hacer una redada a una
distinguida banda de malhechores?
—¿Banda? Pero, ¿es que
existen todavía cosas de esas en el mundo?
—¿Cómo que si existen?
—Creí que eso de las
bandas era exclusivo de las novelas policíacas, como los ladrones de levita y
los super-criminales.
—El ladrón de levita no es
corriente en estos días —convino el inspector—, pero lo que es bandas de maleantes, las hay a centenares.
—No sé qué papel haré yo
en eso de las bandas —comentó
Tommy—. El crimen vulgar, el
crimen que se desarrolla en el seno de una familia corriente y tranquila, ahí
es donde yo me luzco. En dramas de profundo interés doméstico. Ésa es mi especialidad,
con Tuppence a mi lado para proporcionar esos pequeños detalles femeninos que
son tan importantes y tan frecuentemente olvidados por el profundo cerebro del
varón.
Su elocuencia fue interrumpida por el impacto de un almohadón que
Tuppence lanzó certeramente contra su cabeza.
—Parece que les ha hecho
gracia mi oferta —dijo
Marriot sonriendo paternalmente—. Y si no lo toman a ofensa les diré que me place ver a dos jóvenes
disfrutando de la vida como ustedes lo hacen.
—¿Cree usted que nos
divertimos? —replicó Tuppence mirándole
sorprendida—. A decir verdad no
habíamos pensado en ello. Pero puede que tenga usted razón... quizá nos estamos
divirtiendo.
—Bien, volviendo a lo de
la banda —dijo Tommy—. A pesar de mis muchas
obligaciones con duquesas, millonarios y lo más selecto del gremio de
cocineras, quizá me decida a echarle una mano. No me gusta ver a Scotland Yard
en apuros. Usted dirá. —Como dije antes, pueden seguir divirtiéndose. El asunto es el siguiente:
hay en este momento una cantidad enorme de billetes falsos de la Tesorería en
circulación, millares de ellos. Y además verdaderas obras de arte. Aquí tiene
usted uno de ellos. Sacó del bolsillo un billete de una libra y se lo entregó a
Tommy.
—¿Verdad que parece bueno?
Tommy examinó el billete con gran interés. —Nunca hubiese sospechado
que este billete fuera falso —exclamó.
—Y a muchos les ha
ocurrido lo mismo. Ahora compárelo usted con este otro, que es genuino. —Parecen idénticos.
—Yo le diré la diferencia
que hay entre ambos. Es casi insignificante, pero aprenderán a conocerla sin
dificultad. Tome usted esta lente de aumento.
Cinco minutos de adiestramiento bastaron para convertir a Tommy y a
Tuppence en dos verdaderos expertos en la materia.
—¿Y qué quiere usted que
hagamos, inspector? —preguntó
Tuppence—. ¿Esperar a que algunos
de esos billetes lleguen a nuestras manos?
—Algo más mistress
Beresford. Tengo fe en ustedes y sé que sabrán llegar con éxito al fondo de
este escabroso asunto. Hemos descubierto que estos billetes salen a la
circulación procedentes del West End. Alguien que por lo visto se mueve en las
altas esferas es quien se encarga de su distribución y posiblemente de hacerlos
pasar también al otro lado del Canal. Hay una persona que nos interesa muy
especialmente. Un tal comandante Laidlaw, quizás hayan oído ya mencionar su
nombre.
—Me parece que sí —contestó Tommy—. ¿No es alguien muy
relacionado con las carreras de caballos?
—El mismo. Su nombre
parece muy familiar en todos los hipódromos. Nada tenemos en realidad contra
él, pero existe la impresión general de que se las ha pasado de listo en dos o
tres transacciones de carácter un tanto dudoso. Personas que al parecer están
al corriente de ellas, sonríen significativamente al oír pronunciar su nombre.
Nadie sabe con certeza quién es ni de dónde viene. A su esposa, una linda
francesita, se la ve en todas partes acompañada siempre de una cohorte de
admiradores. Estos Laidlaw parecen gastar mucho dinero, y Scotland Yard tiene
interés por saber de dónde procede.
—Posiblemente de esta
cohorte de admiradores que acaba usted de citar —sugirió Tommy.
—Ésa es la idea general.
Particularmente no estoy muy seguro de ello. Quizá sea una mera coincidencia,
pero un buen número de billetes parecen proceder de un elegante club de juego
que suele ser muy frecuentado por el matrimonio y su camarilla.
—¿Y que quiere usted que
hagamos?
—Lo siguiente. Tengo
entendido que son ustedes muy amigos de Mr. y Mrs. Saint Vincent. Éstos, a su
vez, están en buenas relaciones, o al menos lo estaban no hace mucho, con la
pareja Laidlaw. No les será difícil, a través de ellos, entrar en buenas
relaciones con ese grupo; en cambio a ninguno de nosotros nos seria posible
intentarlo sin despertar las correspondientes sospechas. No creo que con
ustedes ocurra lo mismo.
—¿Y qué es exactamente lo
que nosotros hemos de averiguar?
—De dónde consiguen ese
dinero, si es que en realidad son ellos los que lo hacen circular.
—Entendido —dijo Tommy—. Mister Laidlaw sale con
una maleta vacía. Al regresar, ésta viene llena hasta los topes de billetes de
la Tesorería. ¿Cómo se verifica el milagro? Eso es lo que precisa averiguar.
¿No es así?
—Más o menos. Pero no
descuiden a la mujer, ni al padre de ésta, mister Heroulade. Recuerden que los
billetes circulan a ambos lados del Canal.
—¡Mi querido mister
Marriot! —exclamó Tommy en tono de reproche—. Los brillantes
detectives de Blum desconocen el significado de la palabra «descuidarse». El
inspector se levantó.
—Buena suerte —dijo, y
abandonó la estancia.
––¡Oh, Tommy! —aulló,
entusiasmada. Tuppence—. ¡Por fin tenemos un caso a lo Edgar Wallace!
—Y que lo digas. Estamos
tras las huellas del Crujidor y hemos de dar con él, pese a quien pese.
—¿Crujidor? ¿Qué palabra
es ésa?
—Una nueva palabra que he
inventado yo. que describe a la persona que pone en circulación billetes
falsos. ¿No cruje el billete cuando se le manosea? Pues eso, el que lo hace
crujir, es un crujidor.
—No está mal, pero a mi me
hubiera gustado más el de «Buscavidas». Es más gráfico y si quieres hasta
mucho más siniestro.
—No —dijo Tommy—. Yo dije primero «El
Crujidor» y ése es el que vale.
—Como quieras. ¡Ay, cómo
me voy a divertir, Tommy! ¡Figúrate! ¡Clubes nocturnos a montones! ¡Y bebidas!
Tendré que comprarme rimel para las pestañas.
—¡Pero si las tienes ya
suficientemente negras! —objetó Tommy.
—No importa, así lo
estarán más. ¡Ah y una barra de labios color cereza! ¡La clase más brillante,
la mejor!
—¡Tuppence! —dijo su marido—. Eres una descocada. Menos
mal que has tenido la suerte de casarte con un hombre sobrio y de experiencia
como yo.
—Ya veremos lo que te dura
la sobriedad cuando hayas estado unas cuantas veces en el Club Python.
Tommy sacó de un aparador botellas, copas y un mezclador de combinados.
—Pues empecemos ahora
mismo —dijo—. Vamos tras de ti, Crujidor—añadió—;
conque, ¡prepárate!
Capítulo 14 El Crujidor
(Continuación)
Trabar conocimiento con los Laidlaw fue lo más sencillo del mundo. Tommy
y Tuppence, jóvenes, bien trajeados, ansiosos de vivir y aparentemente con
dinero que gastar, pronto se hicieron amigos de todas las camarillas frecuentadas
por los Laidlaw.
El comandante Laidlaw era un hombre alto y rubio, de apariencia
típicamente inglesa y modales desenvueltos. Sin embargo, la dureza y las
líneas que bordeaban sus ojos y una mirada inquieta y aviesa, no acababan de
combinar con su supuesta personalidad.
Tenía fama de ser un habilísimo jugador de cartas, y Tommy observó que
rara vez, en especial si las apuestas eran elevadas, se levantaba perdiendo de
la mesa.
Marguerite Laidlaw era algo totalmente diferente. Una criatura
encantadora, grácil como las ninfas de los bosques y una cara digna de un
Greuze. Su exquisito chapurreo del inglés añadía un nuevo encanto a los muchos
que ya poseía. No era, pues, de extrañar que la mayor parte de sus admiradores
se convirtiesen gustosos en sus esclavos. Parecía haber sentido, desde el
principio, una viva simpatía por Tommy, quien, fiel a su consigna, no vaciló
en adherirse al numeroso grupo de ardientes seguidores.
—Mi querido Tommy —solía decir—. Positivamente no puedo
estar sin mi querido Tommy. Su pelo es del color de una puesta de sol, ¿no les
parece?
Su padre, en cambio, era una figura que tenía algo de siniestra. Muy
correcto, muy estirado, con su barba negra y recortada y ojos cerrados y
observadores.
Tuppence fue la primera en registrar una victoria. Se acercó a Tommy con
diez billetes de una libra en la mano.
—Échale un vistazo a esto.
Son falsos, ¿no es verdad? Después de examinarlos, Tommy confirmó el
diagnóstico de Tuppence.
—¿De dónde los has sacado?
—Del joven Jimmy
Fauikener. Marguerite Laidlaw se los dio para que apostara por ella en una de
las carreras de caballos. Le dije que yo necesitaba billetes pequeños y se los
cambié por uno de diez.
—Todos nuevos y crujientes —dijo Tommy pensativamente—. Se ve que no han pasado
por muchas manos. Supongo que el joven Fauikener está a salvo de toda sospecha.
—¿Quién, Jimmy? Es un
encanto de muchacho y somos ya los más grandes amigos.
—Sí, ya lo he visto —respondió fríamente Tommy—. ¿Crees tú que se
necesita tanta aproximación?
—Oh, esto no es oficial,
Tommy —replicó alegremente Tuppence—. Esto es mero
entretenimiento. Es muy bueno y estoy contentísima de librarle de las garras de
esa mujer. No tienes idea del dinero que le está costando.
—Me da la impresión de que
se está convirtiendo en un pegote, Tuppence.
—Hay veces que hasta a mí
se me ocurre lo mismo, pero, ¿qué quieres? Es siempre agradable el saber que
una es todavía joven y atractiva, ¿no te parece?
—Tuppence, tu sentido
moral es deplorablemente bajo. Miras estas cosas desde un punto de vista
equivocado.
—Hace tantos años que no
me divierto, Tommy —añadió
ella con tono de descaro—; y de todos modos, ¿qué has de decir de ti? Me paso los días enteros
viéndote pegado, como lo estás, a las faldas de Marguerite Laidlaw.
—Es mi trabajo —replicó secamente Tommy.
—Pero no me negarás que es
atractiva.
—No es mi tipo.
—¡Embustero! —dijo Tuppence riendo—. De todos modos creo que
me casaría antes con un embustero que con un loco.
—Supongo —contestó Tommy— que no es imprescindible
que un marido haya de ser ninguna de las dos cosas.
Entre el séquito de admiradores de mistress Laidlaw había un sencillo
pero opulento caballero. Se llamaba Hank Ryder.
Mister Ryder venía de Alabama, y desde el primer momento se mostró
dispuesto a hacer de Tommy su gran amigo y confidente.
—Es una mujer estupenda,
caballero —dijo Ryder siguiendo a
Marguerite con ojos embelesados—. No se puede con la gaie France. Cuando estoy cerca de ella me
parece que el resto del mundo no existe ya para mí.
Al compartir Tommy cortésmente con él sus sentimientos, Ryder se creyó
obligado a ampliar su información.
—Es una vergüenza que una
criatura así haya de tener inquietudes de carácter monetario.
—¿Acaso cree usted que las
tiene?
—¿Que si lo creo? Estoy
seguro. Tiene miedo a su marido. Ella misma me lo ha dicho. Ni siquiera se
atreve a ponerle al corriente de sus pequeñas cuentas.
—¿Está usted seguro de que
son pequeñas?
—¡Cuando yo se lo digo!
Después de todo, a una mujer le gusta lucir vestidos, y no es justo que ande
por ahí con modelos de la temporada anterior. La suerte tampoco parece acompañarle
en el juego. Anoche perdió conmigo cincuenta libras esterlinas.
—Pero había ganado
doscientas de Fauikener la noche anterior —añadió Tommy.
—¿Ah, sí? Entonces eso
sirve para tranquilizar un tanto mi conciencia. Y a propósito, parece que hay
un gran número de billetes falsos circulando por su país en estos momentos.
Ingresé un fajo de ellos en el banco esta mañana y el cajero me informó que veinticinco
eran falsos.
—Una cantidad bastante
elevada, ¿no le parece? ¿Sabe usted si eran nuevos?
—Recién salidos de la
imprenta. Y si no me equivoco eran del montón que recibí anoche de mistress
Laidlaw. Posiblemente vendrían de alguna de las ventanillas de pago del
hipódromo.
—¿Sí? Muy probablemente —contestó Tommy.
—Sepa usted, mister
Beresford, que esto es algo completamente nuevo para mí. Puede decirse que
hace sólo unos días que conozco a todas estas personas. Vine a Europa con el
único objeto de disfrutar de esta clase de vida tan llena de atractivos.
Mientras tanto, y por segunda vez, Tommy tuvo la prueba de que los
billetes circulaban en sus propias narices y de que Marguerite Laidlaw era, sin
duda, una de las encargadas de su distribución.
La noche siguiente hubo una selecta reunión en el lugar mencionado por
Marriot. Aunque el pretexto era el baile, la verdadera atracción la
constituían dos grandes salas de juegos veladas al público por regios
cortinajes y en las que grandes sumas cambiaban diariamente de manos con
prodigiosa celeridad.
Marguerite Laidlaw, levantándose para salir de ellas, pasó a Tommy un
montón de billetes de pequeña cuantía.
—Por favor, Tommy —dijo—, tenga la bondad de
cambiármelos por uno grande. Fíjese. No caben en mi pequeño bolso.
Tommy le entregó el billete de cien libras que le pedía. Después, en un
solitario rincón, examinó detenidamente el lote. Como esperaba, más del
veinticinco por ciento eran falsos.
¿De dónde sacaría aquella mujer esta morralla?, se preguntó sin lograr
encontrar respuesta satisfactoria. ¿Del comandante Laidlaw? Imposible. Albert
vigilaba sus más insignificantes movimientos y nada encontró en él que pudiera
dar lugar a tal sospecha.
Tommy pensó a continuación en el melancólico mister Heroulade. Éste
hacía frecuentes viajes al continente. ¿Qué trabajo le costaría traerse cada
vez un buen cargamento de billetes con los baúles y maletas? ¿Cómo? Un discreto
doble fondo y...
Salió del club absorto en estos pensamientos, cuando algo inesperado
distrajo su atención. En la calle, y en un estado que ciertamente no podía
calificarse de sobrio, estaba mister Hank P. Ryder tratando de colgar su
sombrero en el radiador de un coche.
—Esta condenada percha,
esta condenada percha —decía en tono lastimero—, no es como las que tenemos en los Estados Unidos. Allí puede uno colgar
su sombrero todas las noches, sí, señor, todas las noches. ¡Hombre! ¿Por qué
lleva usted dos sombreros?
—Seguramente porque tendré
también dos cabezas —respondió
gravemente Tommy.
—Pues es verdad —replicó Ryder—. Es la primera vez que
veo a un hombre con dos cabezas. Bueno, vamos a tomarnos un combinado.
Cualquiera. El que más rabia le dé. De coñac, de ginebra, de vermut... Los
mezclamos todos en una jarra de cerveza... y ¡adentro! ¿Qué? ¿Cree usted que
yo no puedo? Pues le apuesto...
Tommy le interrumpió tratando de calmarle.
—No, no; le creo, pero,
¿qué le parece si nos fuéramos a casa?
—Yo no tengo casa —dijo Ryder echándose a
llorar.
—Bueno, ¿en qué hotel se
hospeda?
—Yo no puedo ir a casa —prosiguió Ryder—. He de ir a la caza del
tesoro. Buena ocupación, ¿verdad? Pero no soy yo. Es ella quien la hace. En
Whitechapel, ¿sabe usted?
—Bien, bien, dejemos eso —interrumpió nuevamente
Tommy—. ¿Dónde quiere usted...?
Ryder pareció resentirse por la poca atención que Tommy prestaba a sus
palabras. Se irguió de pronto y con un milagroso y perfecto dominio de sus
palabras, añadió:
—Joven, escuche usted lo
que le digo. Fue Marguerite quien me llevó. En su coche. A la caza del tesoro.
Todos los de la aristocracia inglesa lo hacen. Está bajo unos guijarros.
Quinientas libras. ¿Lo oye? Se lo digo porque ha sido bueno para mí y quiero
que participe de este gran hallazgo. Nosotros los estadounidenses...
—¿Qué es lo que ha dicho? —preguntó Tommy poco ceremoniosamente—. ¿Que mistress Laidlaw le
llevó en su coche?
El estadounidense movió la cabeza afirmativamente, con la solemnidad de
un búho.
—¿A Whitechapel? Nuevo movimiento de la cabeza.
—¿Y dice que encontró allí
quinientas libras?
—No, yo no —corrigió—. Ella. A mi me dejaron
fuera. En la calle. Como siempre.
—¿Sabría volver a ese
sitio?
—¡Claro! Hank Ryder nunca
olvida su rumbo. Tommy se lo llevó casi a empellones, lo metió en el coche y
salió a toda prisa en dirección al Este. El aire fresco de la noche pareció
reanimarle. Después de haber permanecido unos instantes recostado sobre el
hombro de Tommy se irguió con la cabeza despejada.
—Eh, joven, ¿dónde
estamos? —preguntó.
—En Whitechapel. ¿Fue aquí
donde usted vino esta noche con mistress Laidlaw?
—Si, sí; el sitio me es
familiar —admitió Ryder mirando a
su alrededor—. Me parece que torcimos a
la izquierda en una de esas calles. Ah, sí, en aquélla.
Tommy obedeció mientras Ryder continuaba dando sus instrucciones.
—Sí, ésta es. Ahora a la
derecha. ¡Uf, qué peste hace aquí! Siga usted y pare en la esquina que hay
después de esa taberna. Tommy se apeó y ayudó a Ryder a hacer lo propio.
Después avanzaron a lo largo de un oscuro callejón a cuya izquierda daban las
traseras de una fila de ruinosas viviendas, la mayor parte de las cuales tenían
puertas que comunicaban con el pasadizo. Mister Ryder se detuvo frente a una de
ellas.
—Aquí es —declaró sin titubear—. Me acuerdo perfectamente.
—Es extraño, porque todas
me parecen iguales —dijo
Tommy—, y me trae a la memoria
el cuento del soldado y la princesa. ¿Recuerda que tuvieron que marcar con una
cruz la puerta para poder reconocerla después? ¿Qué le parece si hiciéramos
ahora lo mismo?
Riéndose sacó una tiza del bolsillo e hizo lo que acababa de sugerir.
Después se puso a observar una hilera de pequeñas sombras que se paseaban en
lo alto de los muros lanzando escalofriantes maullidos.
—Parece que abundan los
gatos por esta localidad —comentó.
—Por lo visto —respondió Ryder—. ¿Qué? ¿Entramos?
—Sí, pero adoptemos las
debidas precauciones. Miró primero a ambos lados del callejón y se encontraron
frente a un oscuro patio que Tommy inspeccionó unos instantes con ayuda de una
linterna eléctrica que previsoramente se había echado al bolsillo.
—Parece que oigo pasos en
el callejón —dijo Ryder retrocediendo
de pronto.
Tommy permaneció inmóvil unos segundos, y al no ver confirmadas las
sospechas de Ryder, prosiguió su camino atravesando el patio hasta llegar a
otra puerta, ésta ya de comunicación con el interior y que, como la primera,
nadie, por lo visto, se había tomado la precaución de cerrar con llave.
La abrió suavemente y una vez dentro volvió a detenerse escuchando con
atención.
De pronto sintió que unos brazos le envolvían y le arrojaban al suelo
con violencia.
Al encenderse un pequeño mechero de gas, Tommy vio cuatro caras
patibularias que le miraban amenazadoras.
—Ah, vamos —dijo complacido después
de haber echado una rápida ojeada a su alrededor—; por lo visto, me
encuentro en el cuartel de los excelentes artistas de la imprenta.
—Cierre el pico —aulló uno de sus feroces
aprehensores.
La puerta se abrió tras Tommy y una voz harto conocida dijo:
—Conque por fin le habéis
echado el guante, ¿eh? Vaya, vaya. Ahora, señor polizonte, se dará cuenta de la
tontería que ha cometido al venir aquí.
—¡Caramba! ¡Si es mi
simpático amigo, mister Hank Ryder! ¡Esto sí que es una sorpresa!
—No se esfuerce en
convencerme. Le creo. ¡Si supiera lo que me he reído viéndole venir aquí como
un cordero! Conque tratando de engañarnos, ¿eh? Yo supe quién era usted desde
el primer momento, y, sin embargo, le dejamos incluso alternar con nuestro
grupo. Pero cuando se le ocurrió sospechar seriamente de la linda Marguerite,
me dije: «Creo que ya es tiempo de darle una pequeña lección». Me temo que esta
vez sus amigos tardarán bastante tiempo en tener noticias de usted.
—¿Planean acaso
liquidarme?
—No, por Dios. Somos
enemigos de procedimientos radicales. Nos limitaremos a retenerlo en nuestro
poder el tiempo que creamos conveniente.
—¿Ah, sí? Pues no sabe
usted lo que me molesta el que me retengan contra mi voluntad.
Mister Ryder sonrió displicentemente mientras de lo lejos llegaba el
melancólico eco de un concierto de voces gatunas.
—¿Está usted especulando
sobre el resultado que le ha de dar la cruz que dibujó en la puerta trasera? —le dijo—. No se preocupe. Yo
también conozco la historia del soldado y la princesa, y cuando volví al
callejón hace un rato, lo hice sólo para representar el papel de un enorme
perro con los ojos tan grandes como ruedas de carro. Si pudiese salir un
momento vería que todas las puertas están marcadas con una cruz idéntica a la
que puso en la nuestra. Tommy dejó caer la cabeza con desaliento.
—Se creyó usted muy listo,
¿no es verdad? —preguntó Ryder.
Acababa de pronunciar estas palabras cuando se oyó fuera una fuerte
conmoción, un ruido desacostumbrado.
—¿Qué es eso? —preguntó asustado. Un
asalto simultáneo se estaba verificando a ambos lados de la casa. La puerta
trasera cedió sin gran esfuerzo y a los pocos instantes la figura del inspector
Marriot apareció en el umbral de la habitación ocupada por Ryder y sus secuaces.
—Acertó usted, Marriot —dijo Tommy—. Éste es el distrito.
Aquí tengo el gusto de presentarle a mister Hank Ryder, que al parecer conoce
unas historias muy interesantes para Scotland Yard.
»Como usted ve, mister Ryder —prosiguió—, yo
también tenía mis sospechas acerca de usted. Albert, mi mensajero, no sé si le
conocerá, tenia órdenes de seguirme en motocicleta si a mí se me ocurría la
idea de salir de paseo en su compañía. Y mientras ostentosamente, y para llamar
su atención, marcaba con una cruz blanca la puerta del patio, no se dio usted
cuenta que derramaba en el suelo el contenido de un frasco que llevaba escondido
en la mano. Era esencia de valeriana, que, aunque no huele muy bien, es un
manjar para los gatos, e hizo que todos los de la vecindad se congregaran
frente a esta casa, dando así su posición exacta para cuando llegara la
policía.
Contempló unos instantes al sorprendido mister Ryder y después se puso
en pie.
—Prometí, «Crujidor», que
caería usted en mis manos —dijo—, y he cumplido mi
palabra.
—¿De qué demonios está
usted hablando? —preguntó
Ryder—. ¿Qué quiere usted decir
con Crujidor?
—Lo sabrá cuando salga el
próximo diccionario de criminología —contestó Tommy—. Etimología dudosa.
Miró a su alrededor con cara radiante de felicidad y añadió:
—Buenas noches, Marriot.
Debo marcharme al dulce hogar, donde generalmente terminan los cuentos. No hay
recompensa como el amor de una buena mujer, y ésta es la que a mí me espera en
casa. Vamos, me lo figuro, porque en estos tiempos modernos no puede uno
fiarse de nada ni de nadie. Ésta ha sido una misión un poco peligrosa para mí,
Marriot. ¿Conoce usted al capitán Jimmy Fauikener? ¡Baila maravillosamente, y
en cuanto a su gusto por los combinados...! Le repito, Marriot, ha sido una
misión demasiado peligrosa para mí.
Capítulo 15 El
Misterio De Sunningdale
Sabes dónde vamos a ir a comer hoy, Tuppence?
Mistress Beresford reflexionó unos instantes.
—¿Al Ritz? —respondió.
—Vuelve a pensar.
—¿A aquel rinconcito del
Soho?
—No —dijo Tommy dándose
importancia—. Si te he de decir la
verdad, a una de las tiendas del ABC. A esta misma que aquí ves, para ser más
exacto.
La condujo diestramente al interior del establecimiento y se sentaron
frente a una mesa de mármol situada en un apartado rincón.
—Como ves, el lugar es
inmejorable —dijo Tommy con satisfacción—. ¿Se puede pedir algo
mejor?
—Oye, oye —preguntó su esposa—. ¿Cómo te ha entrado tan
de repente ese amor por la simplicidad?
—Tú
sabes ver, Watson, pero no observar. Ahora quisiera saber si
alguna de esas altivas damiselas se digna fijar su atención en nuestras
humildes personas. Ah, si, veo que una se dirige hacia aquí. Parece
angustiada, pero estoy seguro de que en su subconsciente siguen bullendo las
ideas de los huevos fritos y de los potes de té. Señorita, tenga la bondad de
traer unas chuletas con patatas fritas para mí y una taza grande de café, un
panecillo, mantequilla y una ración de lengua para la señora.
La camarera empezó a repetir desdeñosamente la orden, pero fue
interrumpida por la voz de Tuppence, que le dijo:
—No, no, nada de chuletas
con patatas fritas. Al caballero tráigale una tarta de queso y un vaso de
leche.
—Una tarta de queso y un
vaso de leche —repitió la camarera en
tono más desdeñoso aún que la vez anterior.
—No era absolutamente
preciso que me pusieras en ridículo —observó fríamente Tommy.
—Ya lo sé, pero no me
negarás que tengo razón. ¿No has dicho que ahora eres «el viejo del rincón»?
¿Dónde tienes el pedazo de cuerda?
Tommy sacó de uno de sus bolsillos un enmarañado cordón e hizo dos nudos
en él.
—Como ves, completo hasta
el último detalle —murmuró.
—Sin embargo, cometiste un
pequeño error al ordenar tu comida.
—Las mujeres sois tan
literales en vuestro modo de discernir... —añadió Tommy—. Si hay algo que odio en
este mundo es la leche y las tartas de queso. Las dos cosas tienen la virtud de
revolverme la bilis.
—Sé un artista, Tommy, y
contémplame cómo ataco a este plato de fiambre. No cabe duda de que la lengua
es estupenda. Bien, ahora ya me tienes dispuesta a hacer el papel de Polly
Burton. Haz otro nudo algo más grande y empieza.
—Antes de nada —dijo Tommy—, y hablando estrictamente
en el terreno no oficial, permíteme que haga unas pequeñas divagaciones. El
negocio no anda muy bien últimamente, y si éste no viene a nosotros, tendremos
que ser nosotros quienes vayamos a él. Fijemos nuestras mentes en uno de los
grandes misterios públicos del momento; en el Sunningdale, pongo por caso.
—¡Ah! —exclamó Tuppence con
profundo interés—. ¡El
misterio de Sunningdale!
Tommy sacó del bolsillo un arrugado recorte de periódico y ]o extendió
sobre la mesa.
—Éste es el último retrato
del capitán Sessle tal como apareció en el Daily Leader. Muy borroso,
por cierto. Y al llamarle antes «misterio» me equivoqué. Debía haber dicho el presunto misterio de Sunningdale.
Quizá lo sea para la policía, no lo niego, pero no para una persona que se
precie de inteligente.
—Vuelve a tejer otro nudo —le aconsejó Tuppence.
—No sé hasta qué punto
recordarás el caso —prosiguió
reposadamente Tommy.
—Me lo sé de memoria —replicó sonriente
Tuppence—. Pero no quiero
interrumpir tu elucubración.
—Hará poco más de tres
semanas —empezó a relatar Tommy— que tuvo lugar el
fúnebre hallazgo en las pistas de un famoso club de golf. Dos miembros del
mismo se hallaban jugando a primera hora de la mañana, cuando de pronto se detuvieron
horrorizados ante el cuerpo de un hombre que yacía boca abajo en el séptimo tee[1] Aun
antes de darle la vuelta habían reconocido en él al capitán Sessle, figura bien
conocida de todos y que siempre llevaba una llamativa chaqueta de brillante
color azul.
»Era frecuente ver al capitán Sessle practicando en las pistas a primera
hora de la mañana y la creencia original fue que había muerto instantáneamente,
víctima de una afección cardiaca. Pero un examen detenido del doctor reveló el
hecho siniestro de haber sido asesinado, apuñalado en el corazón con un
estilete muy significativo, el alfiler
de un sombrero de mujer. También se comprobó que llevaba muerto más de
doce horas.
»Esto dio un aspecto completamente diferente a la cuestión; no tardaron
en aparecer nuevos datos que arrojaron un poco más de luz sobre el asunto.
Prácticamente la última persona que vio con vida al capitán Sessle fue mister
Hollaby, su amigo, y socio en la Compañía de Seguros Porcupine, que relató la
historia de la forma siguiente:
»Sessle y él habían jugado juntos una ronda completa horas antes del
suceso. Después de tomar el té, aquél sugirió la idea de jugar unos cuantos
agujeros más antes de que oscureciese, cosa a la que Hollaby accedió. Sessle
parecía de excelente humor y estaba en magnífica forma para el juego. Hay una
vereda pública que cruza las pistas y se hallaban ya en la sexta meseta cuando
Hollaby se dio cuenta de la presencia en ella de una mujer que se encaminaba
en dirección al lugar en que ellos se encontraban. Era alta y vestía un traje
de color marrón. Era todo cuanto podía recordar, ya que, a su juicio, ni él ni
el capitán prestaron gran atención a su persona.
»La vereda en cuestión cruza frente al séptimo tee —continuó Tommy—. La mujer había pasado de
largo y se detuvo a cierta distancia como en actitud de espera. El capitán
Sessle fue el primero en llegar al tee, pues Hollaby se había dirigido
al agujero a reponer este espigón. Cuando este último se dirigió al tee se
sorprendió al ver que Sessle y la mujer discutían animadamente. Cuando se
encontró más cerca, ambos se volvieron de pronto y Sessle chilló por encima del
hombro: "Estaré de vuelta dentro de un minuto".
»Dice que a continuación se alejaron caminando juntos y enfrascados en
una acalorada conversación. La vereda deja allí el terreno de juego y pasando
por entre dos estrechos setos que bordean unos jardines viene a salir al camino
de Windiesham.
»Fiel a su promesa y con gran satisfacción de Hollaby, reapareció el
capitán Sessle en el momento en que otros dos nuevos jugadores se acercaban
tras él y la visibilidad iba haciéndose cada vez menor. Reanudaron el juego y
al punto Hollaby se dio cuenta de que algo grave debió haber ocurrido a su
compañero. No sólo fallaba lamentablemente las tiradas, sino que en su cara se
manifestaban síntomas de una fuerte inquietud y apenas si se dignaba contestar
a las observaciones que con toda la buena fe se dignaba hacerle su compañero.
»Completaron el séptimo y octavo agujero y después el capitán Sessle
declaró de modo brusco que no veía y que deseaba retirarse a su casa. Del sitio
en que entonces se hallaba partía una especie de atajo que conducía
directamente a la carretera de Windiesham, y Sessle lo tomó para llegar antes a
su pequeña residencia. Hollaby habló con el comandante Barnard y mister Lecky,
que eran los otros dos jugadores a quienes antes he hecho referencia, y les
mencionó el súbito cambio que se había operado en su amigo. También éstos le
habían visto hablar con la mujer del vestido color marrón, pero no estuvieron
lo suficientemente cerca para poder verle la cara. Como aquél, se preguntaban
qué motivos podría haber tenido Sessle para haberse trastornado de aquel modo
tan incomprensible como radical.
»Regresaron juntos a la "Casa Club" y, por lo que se ha podido
deducir, fueron las últimas personas que vieron con vida al difunto capitán.
Ocurrió ello en un miércoles, que es el día en que expiden los billetes
económicos para Londres. El matrimonio que se encargaba de la casita de campo
de Sessle había ido a la ciudad según su costumbre y no volvieron hasta ya bien
entrada la noche. Entraron en la casa, y, creyendo dormido a su amo, se
retiraron tranquilamente a sus habitaciones. Mistress Sessle, su esposa, se
encontraba en aquellos momentos ausente.
»Durante nueve días, el asesinato del capitán fue la comidilla de muchos
hogares. Nadie podía sugerir un motivo plausible para el crimen. La identidad
de una mujer alta con el vestido color marrón continuaba siendo un misterio. La
policía, como siempre, fue acusada de negligencia. El tiempo, sin embargo, vino
a probar lo contrario. Una semana después, una muchacha llamada Doris Evans fue
arrestada y acusada de haber asesinado al capitán Sessle.
»Pocas eran las pruebas que la policía logró aportar para el
esclarecimiento de la verdad. Un pelo rubio encontrado entre los dedos del
difunto, y unas cuantas hilachas de lana color rojizo, prendidas en uno de los
botones de su chaqueta azul. Indagaciones hechas en la estación del ferrocarril
y otros puntos aportaron los siguientes datos:
»Una muchacha vestida con chaqueta y falda de color rojizo había llegado
por tren a eso de las siete de la noche y había preguntado por el camino que
conducía a la casa del capitán Sessle. La misma mañana reapareció en la
estación dos horas más tarde. Traía el sombrero ladeado y la cabellera en
desorden y parecía hallarse presa de una viva agitación.
»En muchos aspectos nuestra policía es admirable. Con tan escasas
referencias, consiguieron arrestar a la muchacha e identificarla como una tal
Doris Evans. Se le acusó de asesinato advirtiéndole que cualquier cosa que
dijera podría ser usada en su contra. Ella, no obstante, persistió en hacer una
declaración que, con insignificantes variantes, fue la misma que repitió en
otros interrogatorios.
»Su versión fue la siguiente: era mecanógrafa de profesión. Trabó
conocimiento una tarde en el cine con un hombre bien vestido que, al parecer,
se había prendado de ella. Su nombre, dijo, era Anthony, y sugirió que le fuese
a visitar a su casita de campo de Sunningdale. No tenía la menor idea de que
este hombre fuese casado. Habían convenido en que ella iría el miércoles, día,
como recordarás, en que criados y esposa estarían ausentes. Por fin le confesó
que su nombre completo era Anthony Sessle y le dio asimismo el nombre y señas
de su casa.
»Se presentó en ella el día prefijado y fue recibida por Sessle, que
acababa de llegar del campo de golf. Trató, dijo Doris, de mostrarse afable y
cortés, pero había algo extraño en sus modales que casi le hizo arrepentirse
de haber efectuado el viaje.
»Después de una comida frugal, preparada ya de antemano, Sessle sugirió
la idea de un paseo. La muchacha consintió y juntos salieron a lo largo de la
carretera internándose por el atajo que habría de conducirles a los campos de
golf. De pronto, y cuando cruzaban frente al séptimo tee, dice que
Sessle sacó un revólver y lo agitó amenazador en el aire.
»Todo ha terminado para mí, exclamó. Estoy arrumado, vencido, loco.
Debo desaparecer, y tú conmigo. Mañana encontrarán nuestros cuerpos...
»Y así una serie de estupideces más. Había sujetado a Doris Evans por un
brazo, y, comprendiendo ésta que se las había con un demente, hizo esfuerzos
desesperados por librarse de sus garras, o, en su defecto, de apoderarse del
arma que llevaba en las manos. En la lucha debió perder alguna hebra de sus
cabellos, así como hilachas de su vestido, que quedarían prendidas en los
botones de la chaqueta de Sessle.
»Finalmente, y con un esfuerzo supremo, dice que logró desasirse de sus
brazos y correr como una loca a través de las pistas en espera siempre de la
bala que habría de poner fin a sus esperanzas de salvación. Cayó dos veces de
bruces sobre la hierba, pero logró rehacerse y llegar ilesa a la estación sin
ser objeto, como temía, de alguna nueva persecución.
ȃsta es la historia relatada por Doris Evans y que, sin grandes
variantes, ha repetido cuantas veces ha sido interrogada. Niega obstinadamente
haber hecho uso de arma alguna en propia defensa, cosa que hubiese sido
natural, dadas las circunstancias, y si me apuras, lo que más hubiese podido
aproximarse a la verdad. En apoyo de su historia se ha encontrado un revólver
entre unas matas que había no lejos del lugar en que fue encontrado el
cadáver. Ninguna bala del mismo había sido disparada.
»No tardará en celebrarse el juicio, pero el misterio sigue siendo tan
impenetrable como antes. Si hemos de creer en su declaración, ¿quién apuñaló al
capitán Sessle? ¿La otra mujer? ¿La del vestido color marrón que tanto pareció
contrariarle? Hasta ahora nadie ha podido explicarse la relación que esta desconocida
pudiera tener con el caso. Apareció como por arte de encantamiento por una de
las veredas que cruzan las pistas y luego desapareció con Sessle por el atajo,
sin que haya vuelto a saberse nada de ella. ¿Quién era? ¿Una residente de la
localidad? ¿Una visitante de Londres? Y si fue esto último, ¿cómo llegó aquí?
¿En automóvil? ¿En tren? No había nada de extraordinario en ella con excepción
de su estatura, ni nadie puede aportar ningún dato adicional. No podía haber
sido Doris Evans, puesto que, como todos sabemos, ésta es pequeña y además acababa
de llegar en aquel preciso momento a la estación.
—¿La esposa? —sugirió Tuppence—. ¿Qué me dices de la
esposa?
—Es la primera sobre la
que, como es natural, recaen las sospechas. Pero no olvides, Tuppence, que
mistress Sessle es asimismo pequeña. Además, Hollaby la conoce muy bien, sin
contar, como ya hemos dicho, que se hallaba ausente en dicho día. Hay algo,
sin embargo, que ha trascendido al público y que es muy digno de tenerse en
cuenta. La Compañía de Seguros Porcupine está en quiebra. El examen de los
libros revela una escandalosa apropiación indebida de fondos, lo cual parece
confirmar las palabras que Doris Evans oyó de labios del capitán Sessle. Ni
mister Hollaby ni su hijo tenían conocimiento de dicha sustracción. Se dice que
están prácticamente arruinados.
»El caso, pues, puede presentarse como sigue: el capitán Sessle estaba
arruinado y a punto de ser descubierto. Un suicidio hubiera sido la solución
más natural, pero el carácter de la herida descarta toda sospecha en ese
sentido. ¿Quién lo mató? ¿Fue Doris Evans? ¿Fue la mujer del traje color
marrón?
Tommy se detuvo, tomó un sorbo de leche, torciendo el gesto, y mordió
cautamente un pedazo de tarta de queso.
Capítulo 16 El
Misterio De Sunningdale (Continuación)
Claro —murmuró Tommy— que me doy perfecta
cuenta de cuál es la principal dificultad del caso. —¿Ah, si? —preguntó ansiosa
Tuppence.
—Si. Pero lo que no acabo
de encontrar es la solución. ¿Me preguntas que quién mató al capitán? Pues no
lo sé.
Sacó del bolsillo nuevos recortes de periódico.
—Aquí tienes los retratos
de mistress Sessle, de Hollaby, de su hijo y de Doris Evans.
Tuppence estudió detenidamente el último de los citados
—No creo que esta mujer
haya cometido el asesinato —comentó—. Al
menos con un alfiler de sombrero, como dicen.
—¿Cómo puedes estar tan
segura?
—Ah, un detalle a lo lady
Molly. Sencillamente, porque lleva el pelo muy corto. Sólo una mujer, de cada
veinte, usa esa clase de alfileres en estos días, lleve o no largo el cabello.
Los sombreros hoy se adaptan perfectamente sin necesidad de prendedor alguno.
—Pero, ¿quién sabe si ella
lo llevaba?
—¡Mi querido Tommy, las
mujeres no acostumbramos a llevar esas cosas como si fuesen recuerdos de
familia! ¿Qué demonios pensaría hacer ella con esa aguja en Sunningdale?
—Entonces no nos queda
otro remedio que achacar el crimen a la del vestido marrón.
—De haber sido ésta baja,
yo hubiera dicho que se trataba de su mujer. Siempre he sospechado de las
esposas que están ausentes cuando algo les ocurre a los maridos. Si ella
hubiese encontrado al suyo conversando amigablemente con otra muchacha, es
posible que hubiese sido ella la que hubiese echado mano de un arma como la que
acabamos de mencionar.
—Por lo que veo tendré que
andar con sumo cuidado —observó Tommy.
Pero Tuppence se había metido en profundos pensamientos y no quería que
por ningún motivo se la distrajera.
—¿Cómo son los Sessle? —preguntó de pronto—. ¿Qué es lo que la gente
dice acerca de ellos?
—Por lo que he podido
comprobar, son muy populares. Y por lo visto, un matrimonio perdidamente
enamorado el uno del otro. Eso es lo que hace la actuación de esta muchacha un
poco sospechosa. Es lo último que hubiera podido esperarse de un hombre como
Sessle. Como sabes, era un ex soldado. Recibió al retirarse una buena cantidad
de dinero y lo invirtió en el negocio de seguros. ¿No te parece extraño que un
hombre así se convierta en un ladrón de la noche a la mañana?
—¿Hay pruebas irrefutables
de que sea un ladrón? ¿No podrían haber sido los otros dos los que hicieron la
sustracción?
—¿Los Hollaby? Dicen que
están arruinados.
—Si, si, eso es lo que
ellos dicen. ¿Y quién me asegura que no tienen su dinero en algún banco y bajo
nombre supuesto? Sé que es arriesgado esto que acabo de decir, pero... ¿tú me
entiendes, verdad? Supongamos que hubiesen estado especulando con el dinero de
la Compañía sin saberlo Sessle, como es natural, y que lo hubiesen perdido. ¿No
crees que la muerte de Sessle, en el momento en que ocurrió, les habría
favorecido grandemente?
Tommy golpeó el retrato de los Hollaby con uno de sus dedos.
—¿Te das cuenta de que
estás acusando a este caballero de haber asesinado a su socio y amigo? ¿Te
olvidas de que se separó de Sessle a la vista de Barnard y Lecky y de que pasó
con ellos la noche en el Hotel Dormy? Además, te olvidas también del pequeño adminículo.
—¿Qué adminículo?
—El alfiler.
—Oh, vete a paseo. ¿Tú
crees que ese alfiler delata el hecho de que el crimen fuese cometido por una
mujer?
—Naturalmente. ¿Y tú no lo
crees?
—¡No! Los hombres son
siempre dados a lo arcaico. Tardan años en desprenderse de ideas preconcebidas.
Asocian siempre los alfileres de sombrero y los de gancho con el sexo débil y
los llaman «armas femeninas». Quizá lo fueran en el pasado, pero están ya en
desuso en la actualidad. No recuerdo haber llevado uno de esos alfileres en los
últimos cinco años.
—¿Entonces tú crees...?
—Que fue un hombre
quien mató a Sessle. El alfiler lo utilizan para hacer recaer las sospechas
sobre una mujer.
—Hay algo de cierto en lo
que acabas de decir, Tuppence —dijo pausadamente Tommy—. Es extraordinario cómo cambian de aspecto las cosas a medida que van
desmenuzándose.
Tuppence asintió con un movimiento de cabeza.
—Todo ha de ser
perfectamente lógico si lo miramos desde un punto de vista perfectamente
natural. Y recuerda lo que cierta vez dijo Marriot acerca del punto de vista
del detective aficionado: que tenía cierta nota de intimidad. Conocemos algo acerca de las personas como el
capitán Sessle y su esposa. De lo que son capaces de hacer y de lo que no lo
son de ninguna manera. Tommy se echó a reír.
—¿Quieres decir —preguntó— que eres suficiente
autoridad para saber lo que una mujer de pelo corto puede llevar consigo y de
lo que una esposa es capaz de sentir en un momento determinado? —Algo por el estilo.
—¿Y de mí? ¿Qué es lo que
yo puedo saber acerca de los maridos? ¿De que escogen muchachas para sus
escarceos y...?
—No —respondió gravemente
Tuppence—. Tú conoces bien el
terreno en que se cometió el crimen. Has estado en él, no como detective en
busca de pruebas, sino como jugador de golf. Conoces bien el juego y sabes, por
lo tanto, que algo grave debió ocurrir para que aquel hombre cambiara de pronto
su forma de juego y decidiera por fin abandonar el terreno.
—Efectivamente, algo muy
grave debió ser. Sessle tiene un handicap de dos agujeros, y desde el
séptimo tee dicen que jugó como un principiante.
—¿Quiénes lo dicen?
—Barnard y Lecky. Venían
jugando tras él, como recordarás.
—Sí, eso fue después de
encontrarse con aquella mujer, la del vestido color marrón. Le vieron también
hablar con ella, ¿verdad?
—Sí..., o por lo menos.
Tommy se calló de pronto y se quedó mirando fijamente el pedazo de
cuerda que tenía entre las manos.
—Tommy, ¿qué te pasa? —le preguntó sorprendida
Tuppence.
—No me interrumpas —dijo aquél—. Estoy jugando el sexto
agujero de Sunningdale. Sessle y Hollaby están sin avanzar en la plataforma del
sexto agujero que hay frente a mí. Empieza a anochecer, pero distingo
claramente la brillante chaqueta azul de Sessle. Y en la vereda que hay a mi
izquierda veo acercarse a una mujer. No viene de la derecha. Y cosa rara, ¿cómo
apareció de súbito sin que antes la viera, estando en el quinto tee, pongo
por caso? Se detuvo unos instantes.
—Acabas de decir que yo
conocía el terreno. Pues bien, tras el sexto tee hay una especie de
choza o refugio subterráneo en el que cualquiera podría haber esperado hasta el
momento que él juzgase oportuno y en el que fácilmente podía uno, caso de
creerlo necesario, hacer un cambio radical en su aspecto exterior. Quiero
decir..., oye, Tuppence, y ahora es cuando necesitamos de nuevo tus
conocimientos especiales sobre ciertas cosas. ¿Sería muy difícil para un hombre
el caracterizarse de mujer y luego volver de nuevo a su indumentaria original?
¿Podría, por ejemplo, ponerse unas faldas sobre los pantalones bombachos?
—¡Claro que sí! La mujer
parecía un tanto corpulenta, pero nada más. Digamos una falda larga color
marrón, un jersey del mismo color y de corte análogo al que usan los hombres,
un sombrero de señora, de fieltro, y unos montoncitos de rizos cosidos en éste
a modo de peluca. Eso sería todo cuanto haría falta; me refiero, como es
natural, para producir un relativo efecto a distancia que supongo que es a lo
que tú quieres referirte.
—¿Y el tiempo requerido
para la transformación?
—De mujer a hombre, un
minuto y medio escaso, quizá menos. De hombre a mujer, un poco más. Tendría
que arreglarse un poco el sombrero y los rizos, y estirarse la falda, que, como
es natural, tendería a pegarse a los pantalones de golf.
—Eso no me preocupa. Lo
que me interesa es el tiempo que tardaría para lo primero. Como te decía, estoy
jugando en el sexto agujero. La mujer del traje color marrón ha llegado ahora
al séptimo tee. Lo cruza y espera. Sessle, con su chaqueta azul, se
dirige al sitio en que está ella. Hablan durante un minuto y luego se alejan
juntos y desaparecen por el atajo que conduce a la carretera de Windiesham.
Hollaby permanece solo en el tee. Pasan dos o tres minutos. Ahora ya
estoy en el césped. Regresa el hombre de la chaqueta azul y reanuda su juego,
esta vez en forma torpe e inconcebible. La luz se hace cada vez más escasa...,
mi compañero y yo proseguimos la partida... y el hombre vuelve a desaparecer,
esta vez definitivamente, por el atajo. ¿Qué le ocurrió para que así cambiara
su juego y diera la impresión de ser un hombre totalmente diferente?
—Quizá la solución esté en
la mujer, o en el hombre, si, como tú supones, era un hombre vestido con un
traje de color marrón.
—Exactamente. Recuerda,
además, que el sitio por donde se retiraron primero es un lugar oculto a la
vista de cualquier curioso, y de que en él hay unas matas de tojo donde
fácilmente se puede esconder un cadáver hasta el momento oportuno de poder
efectuar su traslado a un lugar conveniente.
—¡Tommy! ¿Crees que fue
entonces cuando...? Pero, ¿cómo es que nadie oyó...?
—¿Oyó qué? Todos los
doctores convienen en que la muerte fue instantánea. He visto morir a muchos
así en la guerra. Nunca gritan, por lo general. Sólo oyes un apagado estertor,
un gemido, quizá sólo un suspiro, una débil tos. Sessle viene en dirección al séptimo
tee y la mujer se adelanta y habla con él. Éste la reconoce y se
sorprende de ver a un hombre bajo semejante disfraz. Curioso por saber el
motivo de aquella mascarada, se deja conducir fuera del alcance de la vista
del resto de los jugadores. Un pinchazo en el corazón con la mortífera aguja y
Sessle se desploma, muerto. El otro oculta el cuerpo bajo las matas. Se
desprende rápidamente de sus atavíos de mujer. Los esconde. Se pone la conocida
chaqueta azul y vuelve de nuevo al tee. Le bastaron tres minutos para
realizar todo el programa. Los jugadores que vienen detrás no pueden ver bien
su cara, pero sí, en cambio, su clásica prenda de vestir. No dudan de que sea
Sessle, pero todos convienen en que su forma de jugar es la de un hombre
totalmente diferente. Y nada de particular tenía esta apreciación, puesto
que en realidad lo era.
—Pero...
—Punto número 2. Su acción de llevar a la
muchacha a aquel lugar es también la acción de un hombre diferente. No
fue Sessle quien se encontró con Doris en la puerta del cine y quien la indujo
a ir a Sunningdale. Era un hombre que decía llamarse así. Recuerda que Doris
Evans jamás llegó a ver el cadáver. De haberlo visto habría sorprendido
a la policía con la declaración de que aquel hombre no era el mismo que la
llevara a las pistas de golf la noche de autos y que en forma tan vehemente le
hablara de suicidarse. Se trataba de un plan preconcebido con sumo cuidado.
Invitar a la muchacha a casa de Sessle el miércoles (día en que ésta estaría
vacía), y ejecutar después el crimen con el objeto que haría indudablemente
desviar las sospechas en dirección a una mujer. El asesino se encuentra con la
muchacha, la lleva a la quinta, le da de cenar y después la saca de paseo hasta
llegar a la escena del crimen, donde, mediante una bien ideada pantomima,
consigue ponerla en fuga. Una vez ella ha desaparecido, todo cuanto tiene que
hacer es sacar el cuerpo de la víctima y dejarlo boca abajo en un sitio en que
más tarde fuera encontrado. El revólver lo tira bajo unos arbustos. Después
envuelve cuidadosamente falda y sombrero, y ahora he de admitir que lo que
sigue es una mera conjetura, se dirige con toda probabilidad a Woking, que está
sólo a ocho o nueve kilómetros del lugar, y de allí se vuelve de nuevo a la
ciudad.
—Un momento —dijo Tuppence—. Hay una cosa que todavía
no has explicado. ¿Qué se hizo de Hollaby?
—¿De Hollaby?
—Sí. Admito que los
jugadores que venían detrás no pudieron comprobar si se trataba en realidad de
Sessle. Pero no me dirás que un hombre que estuvo constantemente a su lado quedara
hipnotizado por la chaqueta hasta el extremo de no ver siquiera las facciones
de aquel suplantador de Sessle.
—Querida Tuppence —le contestó Tommy con
aire triunfal—. Ahí es donde sin duda
alguna está la clave del misterio. Hollaby sabía muy bien quién era el
impostor. Como ves, estoy adoptando tu teoría, la de que Hollaby y su hijo eran
en realidad los desfalcadores. El asesino debía de ser alguien que tenía acceso
a la casa y conocía perfectamente sus usos y costumbres. Así se comprende lo de
la elección del día y de que, asimismo pudiera obtener con facilidad una copia
de la llave de la entrada. Creo que Hollaby hijo responde casi por entero a la
descripción. Tiene más o menos la misma edad y estatura que Sessle y ambos
llevan la cara totalmente rasurada. Es posible que Doris Evans haya visto
alguna de las fotografías del difunto publicadas por los periódicos, pero, como
tú misma pudiste observar, lo borroso de la copia hacía poco menos que
imposible la identificación. —¿Y no vio nunca a Hollaby en el juzgado?
—El hijo no apareció para
nada en el caso. ¿Y para qué, si no tenía declaración alguna que hacer? Fue el
viejo Hollaby quien dio la cara durante todo el curso del proceso. Nadie hasta
la fecha se ha preocupado en inquirir acerca de los movimientos del hijo en
dicha tarde.
—Sí, sí, todo lo que has
dicho me parece lógico y natural —admitió Tuppence—. ¿Por qué no vas y se lo cuentas todo a la policía?
—Porque no me escucharían.
—¿Quién ha dicho que no? —preguntó inesperadamente
una voz a su espalda.
Al volverse, Tommy se encontró cara a cara con el inspector Marriot,
que, en la mesa próxima, hacía los honores a su suculento plato de huevos
fritos con jamón.
—Vengo a menudo a comer
aquí—explicó Marriot—. Como le decía, tendremos
mucho gusto en escucharle. A decir verdad, hace rato que lo estoy haciendo. No
me importa decirle que jamás hemos estado conformes con los balances
presentados por la Sociedad de Seguros Porcupine. Aunque sin pruebas en que
basarnos, teníamos también sospechas de los Hollaby, padre e hijo. Este
asesinato vino a enmarcar un tanto nuestras ideas, pero gracias a lo que acabo
de oír de ustedes, la posición de todos se ha aclarado considerablemente.
Enfrentaremos al joven Hollaby con Doris Evans para ver si ésta lo reconoce. Lo
más probable es que sea así. Ha sido muy ingeniosa su idea acerca de lo
ocurrido con la chaqueta y procuraré que los brillantes detectives de Blunt
tengan por ello el honor que se merecen.
—¡Oh, es usted muy amable,
inspector! —dijo agradecida Tuppence.
—Se sorprenderían si
supieran el alto concepto que tenemos de ustedes dos en el Yard —replicó el impasible
agente de la ley—. Y,
ahora, una pregunta: ¿podría decirme, mister Beresford, el significado de esa
cuerda que tiene usted entre las manos?
—¡Oh, ninguno! —contestó Tommy,
metiéndosela apresuradamente en uno de los bolsillos—. Rarezas mías. En cuanto
a la tarta de queso y a la leche, es que estoy a dieta. Dispepsia nerviosa. Ya
sabe usted que todos los hombres atareados adolecemos de este mal.
—¡Ah, vamos! —replicó el detective—. Yo creí que había usted
estado leyendo... En fin, no tiene importancia.
El inspector hizo un malicioso guiño con uno de los ojos y prosiguió con
su interrumpido refrigerio.
Capítulo 17 La
Muerte Al Acecho
¿Qué...? —empezó
a decir Tuppence, pero se detuvo de pronto.
Acababa de entrar en el despacho privado del gerente de la oficina de
los brillantes detectives de Blunt y quedó sorprendida al ver a su dueño y
señor con un ojo pegado a la secreta mirilla desde donde podía verse con
claridad cuanto ocurriese en la salita de espera adjunta.
—¡Chist...! —dijo Tommy aplicándose un
dedo a los labios y hablando en voz queda—. ¿No has oído el timbre?
Es una muchacha, bonita por cierto, o al menos a mí me lo parece. Albert le
está contando la consabida historia de mis compromisos con Scotland Yard.
—Déjame echar un vistazo —le pidió Tuppence. Aunque
reacio a hacerlo, Tommy hubo de ceder a los deseos de su esposa, quien a su vez
se puso a inspeccionar a la recién llegada por el disimulado orificio de
observación.
—No está mal —admitió—. Y su vestido es
sencillo, pero elegante.
—¿Cómo que no está mal?
Está estupenda, querrás decir. Es una de esas mujeres que nos describe Masón en
sus obras. Ya sabes a cuáles me refiero. Esas tan simpáticas, y guapas, y de
inteligencia nada común, sin llegar a sabihondas. Creo que..., mejor dicho,
estoy seguro de que esta mañana tendré que hacer el papel de Hanaud.
—¡Hum...! —gruñó Tuppence—. ¿Sabes lo que estás diciendo?
Ese detective es precisamente el reverso de tu medalla. ¿Puedes acaso hacer
esos cambios relámpago que él hace? ¿Ser lo comediante que él es?
—Yo sólo sé una cosa —dijo Tommy—. Que soy el capitán de la
nave y que, por lo tanto, a ti te toca sólo obedecer. ¿Estamos? Ahora voy a
recibir a esa joven.
Oprimió el timbre que había al alcance de su mano y al poco rato entró
Albert, precediendo a la cliente.
La muchacha se detuvo indecisa en el umbral. Tommy se adelantó,
diciendo:
—Pase usted, mademoiselle,
y sírvase tomar asiento. Tuppence emitió un ruido como de haberse atragantado y
Tommy se volvió a ella con súbito cambio en sus modales. El tono de su voz era
amenazador:
—¿Decía usted algo, miss
Robinson? Me figuro que no, ¿verdad?
Tras añadir una furibunda mirada, reanudó su interrumpida entrevista.
—Prescindamos de todo
formulismo —dijo—, y hábleme de ello.
Después estudiaremos el modo de poderla ayudar.
—Es usted muy amable —contestó—. Perdóneme la pregunta.
¿Es usted extranjero?
Nuevo azoramiento de Tuppence seguido de otra mirada incendiaria de su
marido por el rabillo del ojo.
—No, exactamente —dijo con dificultad—; pero he estado algunos
años trabajando en Francia. Los métodos que yo sigo son los mismos que emplea
la Sureté. La muchacha pareció impresionarse. Era, como Tommy había
indicado, encantadora. Joven y esbelta, con un dorado mechón rebelde que
aparecía bajo el ala de su pequeño sombrero de fieltro, y un par de hermosos y
límpidos ojos azules.
Que estaba nerviosa, saltaba a la vista. Se retorcía los dedos con
impaciencia y no cesaba de manipular el cierre de su elegante bolso de laca
encarnada.
—Primeramente, mister
Blunt, debo decirle que me llamo Lois Hargreaves y que vivo en un vetusto
caserón conocido por el nombre de Thurnly Grange y situado en plena campiña. Tenemos
la aldea de Thurnly en las cercanías, pero ésta es pequeña e insignificante. No
obstante, el tenis en verano y las cacerías en invierno hacen que no
experimentemos soledad ni tedio alguno en nuestro aislamiento. Hablando
sinceramente, he de admitir que prefiero nuestra vida a la de la ciudad.
»Le digo esto para que comprenda que en un lugar tan pequeño y apartado
como el nuestro cualquier cosa que ocurra reviste siempre caracteres de
sensacional. Hará una semana recibí una cajita de chocolatinas por correo. Nada
en ella hacía indicar su procedencia. Como yo no soy nada aficionada a las
golosinas pasé la caja a los demás de la casa con el resultado de que cuantos
comieron dulces cayeron enfermos, quejándose de fuertes dolores de estómago.
Enviamos a buscar al doctor, quien después de hacer varias indagaciones,
resolvió llevarse las chocolatinas que quedaban a fin de que fueran sometidas a
un análisis. Míster Blunt, ¡aquellas chocolatinas contenían arsénico! No lo
suficiente para matar a una persona, pero sí para que ésta se sintiera
alarmantemente mal.
—¡Extraordinario! —comentó Tommy.
—El doctor Burlón se
mostró preocupadísimo. Era la tercera vez que un caso así ocurría en la
localidad y siempre en residencias de personas que pudiéramos llamar
acomodadas. Parecía como si alguien, de muy bajos instintos, se entretuviese en
gastar una absurda broma que nada tenía de humana, por cierto.
—Así es, miss Hargreaves.
—El doctor Burlón lo
atribuyó, absurdamente, a mi modo de entender, a algún movimiento de agitación
socialista. Pero lo cierto es que hay uno o dos descontentos en la villa y nada
tendría tampoco de particular que éstos supiesen algo del asunto. El doctor
Burlón se empeñó en que pusiera el caso en manos de la policía.
—Una sugerencia muy
natural —dijo Tommy—; pero por lo visto usted
no lo ha hecho, ¿verdad, miss Hargreaves?
—No —replicó ésta—. Odio la publicidad y el
escándalo, y además conozco la forma como actúa nuestro inspector de distrito
en materia de investigación criminal. He leído a menudo sus anuncios y he
tratado de convencer al doctor Burton sobre la conveniencia de contratar los
servicios de un detective privado.
—¡Oh!
—He visto también que
mencionan, con gran profusión por cierto, la palabra «discreción». ¿He de
entender por ello que... que nada se ha de hacer público sin mi consentimiento?
Esta vez fue Tuppence quien hizo uso de la palabra.
—Creo —dijo sin mover un solo
músculo de la cara— que lo
mejor sería que miss Hargreaves contara primero cuanto tenga que decir.
El énfasis que puso en las últimas palabras hizo sonrojar nerviosamente
a Lois Hargreaves.
—Sí —asintió Tommy—. Miss Robinson tiene
razón. Debe usted decirnos cuanto sepa acerca del particular en la
seguridad de que lo consideraremos como
declaración estrictamente confidencial.
—Gracias. Le advierto que
vine ya decidida a hablar con entera franqueza. Tengo una razón para no haber
acudido, como me pidieron, a la policía. Mister Blunt, aquella caja de
chocolatinas había sido enviada por alguien que vive en mi propia casa.
—¿Cómo lo sabe usted,
mademoiselle? —Muy sencillamente. Tengo
el hábito infantil de dibujar tres peces entrelazados en cualquier pedazo de
papel que caiga en mis manos. Hará unos días llegó de Londres un paquete que
contenía medias de seda. Estábamos desayunando. Acababa de resolver un
crucigrama que venía en el periódico de la mañana y, sin darme cuenta, y antes
de abrirlo, me puse a dibujar los dichosos pececillos en la etiqueta que venía
pegada en la parte superior. No volví a acordarme de la ocurrencia hasta que
al fijarme en el papel que envolvía las chocolatinas observé en él la punta de
una etiqueta, el resto había sido arrancado, al parecer, y sobre ella, casi
entero, mi ridículo dibujo. Tommy acercó su silla.
—Es muy serio lo que acaba
de referir —dijo—. Crea, como usted ha
dicho bien, una fuerte sospecha de que el remitente de los dulces es alguien
que vive sin duda bajo su propio techo. Sin embargo, le ruego me perdone si
insisto en decirle que no veo todavía motivo alguno que justifique su decisión
de no acudir a la policía.
Lois Hargreaves le miró durante unos instantes serenamente a los ojos.
—Yo se lo diré, mister
Blunt. Quizá necesite mantener este asunto en el más absoluto secreto.
—En ese caso —respondió Tommy,
volviéndose a alejar—, ya veo que no está dispuesta a hacernos partícipes de sus sospechas.
—No sospecho de nadie en
particular —dijo—. Admito sólo que existe
la posibilidad.
—Bien. Ahora, ¿quiere
usted hacerme el favor de describirme detalladamente a todos cuantos hoy viven
en la casa?
—Los sirvientes, con
excepción de la doncella, son antiguos criados que han permanecido en la
familia un gran número de años. Debo explicarle, mister Blunt, que he crecido
junto a mi tía lady Radcliffe, cuyo marido le dejó al morir una inmensa fortuna.
Fue él quien compró Thurnly Grange, pero a su muerte, ocurrida dos años después
de haberse establecido allí, mi tía envió a buscarme y decidió que me quedase
a vivir con ella. Al fin y al cabo, era yo el único pariente que le quedaba con
vida. El otro huésped de la casa era Dennis Radcliffe, sobrino de su marido, y
a quien siempre he llamado primo, no obstante no ligarme a él lazo alguno de
consanguinidad. Tía Lucy tenía el propósito, con excepción de una pequeña suma
destinada a atender mis gastos, de dejar todo su dinero a Dennis. Era dinero de
los Radcliffe, decía, y a un Radcliffe, por lo tanto, debía ir a parar. Sin
embargo, al cumplir Dennis los veintidós años, hubo una violenta disputa entre
tía y sobrino, según creo por ciertas deudas que éste había contraído, y al
morir tía Lucy un año después quedé sorprendida al enterarme de que,
contrariamente a lo que en principio decidiera, había testado a mi favor. Fue,
lo sé, un gran golpe para Dennis y nadie como yo sintió tanto lo ocurrido.
Quise hacer una declaración de renuncia, pero Dennis no la aceptó. No obstante,
y cuando llegué a la mayoría de edad, me apresuré a hacer un testamento,
poniéndole todo de nuevo a su nombre. Es lo menos que podía hacer por él. Así,
si algo me ocurre, volverá Dennis a disfrutar de lo que en justicia le pertenece.
—Y..., ¿cuándo cumplió
usted su mayoría de edad, si puede saberse?
—Hace exactamente tres
semanas.
—¡Ah! —exclamó Tommy—. ¿Quiere usted darme
ahora toda clase de particularidades acerca de los que viven en la casa en
estos momentos?
—¿Criados o...?
—De todos.
—Los sirvientes, como he
dicho, y con una sola excepción, llevan muchos años en la casa. Está la vieja
mistress Holloway, cocinera, y su sobrina Rose como ayudanta. Luego hay dos
criados, también de edad, y Hannah, que lo fue de mi tía y que a mí me tiene
un gran afecto. La doncella se llama Esther Quant, y parece una buena muchacha.
En cuanto a no sirvientes, están miss Logan, que fue compañera de tía Lucy y
que prácticamente es la que lleva la casa; Dennis, el capitán Radcliffe, de
quien ya le he hablado, y una joven llamada Mary Chilcott, amiga mía del
colegio, que ha venido a pasar una temporada con nosotros.
Tommy quedó pensativo unos instantes.
—Bien, todo parece estar
claro, miss Hargreaves —dijo después—. Admito
que no tenga usted un motivo especial para dudar de alguien en particular,
pero..., ¿no es verdad también que existe en usted el temor de que no haya sido
precisamente un criado quien haya tenido la mala ocurrencia de enviar esas
chocolatinas?
—Eso es cierto, mister
Blunt; pero sigo sin tener la menor idea de quién pudo haber sido el que empleó
el pedazo de papel al que antes he hecho referencia.
—Entonces sólo queda una
cosa por hacer, y es que yo me persone en el lugar del suceso. La muchacha le
miró sorprendida.
—Sugiero —prosiguió Tommy después
de pensar unos momentos— que prepare usted el camino para la llegada a su casa... digamos de Mr.
y Mrs. Van Dusen, amigos suyos de Estados Unidos. ¿Podrá hacer esto sin
despertar sospechas?
—¡Claro! ¿Cuándo vendrán
ustedes? ¿Mañana... o pasado?
—Mejor mañana. No conviene
que perdamos tiempo.
—Entonces, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
La muchacha se levantó y tendió una mano en señal de despedida.
—Una pequeña advertencia,
miss Hargreaves. Ni una palabra a nadie, ¿me entiende usted bien?, a nadie,
acerca de nuestra verdadera personalidad.
—¿Qué te parece todo esto,
Tuppence? —preguntó Tommy después de
haber acompañado a la visita hasta la puerta.
—Que no me gusta —respondió decididamente
Tuppence—. En especial lo de que las
chocolatinas hayan tenido esa cantidad tan pequeña de arsénico.
—¿Qué quieres decir?
—¿Pero no lo ves, acaso?
Todas esas chocolatinas las está distribuyendo alguien para dar la sensación de
que hay un maníaco en la localidad. Así, cuando la muchacha fuese envenenada,
que lo será tarde o temprano, todos creerían que se trataba meramente de la
obra de un irresponsable. A no ser por ese pequeño detalle de los peces,
¿quién se habría imaginado que el envío de los dulces se había hecho desde la
propia casa?
—Tienes razón. ¿Crees
entonces que se trata de un complot contra la muchacha?
—Me temo que sí. Recuerdo
haber leído algo acerca del testamento de lady Radcliffe y de la enorme
cantidad de dinero que se relacionaba con él. Esa muchacha ha entrado en
posesión de una inmensa fortuna.
—Si, y ya la has oído.
Hace sólo tres semanas que testó en favor del capitán Radcliffe. ¿No te parece
algo sospechoso? Éste es el único que sale ganando con su muerte.
Tuppence asintió con un movimiento de cabeza.
—Y lo malo es que, por lo
visto, ella lo sabe. Así se comprende que no haya querido poner el asunto en
manos de la policía. Debe de estar muy enamorada de él para obrar en la forma
que lo ha hecho.
—En ese caso —dijo Tommy, pensativo—, ¿por qué diablos no se
casa con ella? La solución sería más sencilla y más segura.
Tuppence le miró fijamente unos segundos.
—Creo que has dicho una
gran verdad —observó. —¡Claro! ¿Por qué apelar
al crimen cuando hay un medio legal de conseguir el mismo fin? Tuppence quedó
pensativa.
—Ya lo tengo —anunció de pronto—. Con toda seguridad se
habría casado con alguna camarera durante su estancia en Oxford. Esto explica
asimismo el motivo de la riña con su tía.
—Entonces, ¿por qué no
haber enviado también unos cuantos dulces a la camarera? —sugirió Tommy—. Habría sido lo más
práctico. Por lo que más quieras, Tuppence, no tengas esa mala costumbre de
establecer conclusiones antes de tiempo.
—No son conclusiones —replicó Tuppence con
dignidad—. Son deducciones. ¡Cómo se
ve que ésta es tu primera corrida, queridísimo esposo! Cuando lleves, como yo,
algún tiempo en la arena...
Tommy le tiró a la cara el primer almohadón que halló a mano.
Capítulo 18 La
Muerte Al Acecho (Continuación)
Oye, Tuppence, ven en seguida. Era la hora del desayuno de la mañana
siguiente. Tuppence abandonó apresuradamente sus habitaciones y se presentó en
el comedor. Tommy se paseaba nervioso a lo largo de la estancia con un
periódico entre las manos.
—¿Qué ocurre?
Tommy le entregó el diario señalándole uno de los encabezamientos de la
primera plana. Decía así:
CASO MISTERIOSO DE ENVENENAMIENTO MUERTES PRODUCIDAS POR INGERIR
EMPAREDADOS DE PASTA DE HIGOS
Tuppence leyó al detalle la noticia. Esta misteriosa intoxicación por
tomainas había ocurrido precisamente en Thurnly Grange. Los informes de las
muertes ocurridas hasta el momento de la publicación se referían a miss Lois
Hargreaves, la dueña de la casa, y a la camarera, Esther Quant. También decía
que un tal capitán Radcliffe y una cierta miss Logan se hallaban en estado
grave. La causa del cataclismo se atribuía a la pasta de higos empleada para la
confección de unos emparedados. Una tal miss Chilcott, que se había abstenido
de comerlos, no experimentó molestia alguna.
—Debemos salir al instante
para Thurnly Grange —dijo
Tommy—. ¡Esa muchacha!
¡Pobrecilla! ¿Por qué no se me habría ocurrido ir ayer en vez de hoy?
—De haberlo hecho —replicó Tuppence—, seguramente te habría
dado la mala idea de probar los emparedados y estarías ya en el otro mundo.
Bueno, no lo pensemos más. Aquí dice que Dennis Radcliffe es otro de los que
resultaron intoxicados.
—¡El muy cochino...! No te
quepa duda de que está haciendo una comedia.
Llegaron a Thurnly Grange casi al mediodía, y una mujer entrada en años
y con los ojos enrojecidos por el llanto, salió a abrirles la puerta.
—Óigame —se adelantó a decir Tommy—, no soy ningún periodista
ni nada que se le parezca. Miss Hargreaves fue a visitarme ayer y me suplicó
que viniese. ¿Hay alguien en la casa con quien yo pudiera entrevistarme?
—Si quiere usted hablar
con el doctor Burton —contestó
la mujer, muy recelosa—, está aquí en estos momentos. También está miss Chilcott. Ella es la que
se encarga de recibir las visitas. Pero Tommy optó por la primera invitación.
—Prefiero hablar con el
doctor Burton —dijo con acento autoritario—. Y, a ser posible, al
instante.
La criada le condujo a un pequeño saloncito. Cinco minutos después se
abrió la puerta y entró un hombre alto, canoso, de hombros encorvados y una
honda preocupación reflejada en el rostro.
—¿Doctor Burton? —inquirió Tommy,
entregándole su tarjeta profesional—. Miss Hargreaves me visitó ayer con referencia a unas chocolatinas
envenenadas y vengo a investigar el asunto a requerimiento suyo. Demasiado
tarde, por lo que tengo entendido.
El doctor Burton le miró con fijeza.
—¿Es usted el propio
míster Blunt?
—Sí. Y ésta es mi
ayudante, miss Robinson.
El doctor hizo una ceremoniosa reverencia a Tuppence.
—En las presentes
circunstancias, no creo necesario recurrir al empleo de la reticencia. De no
ser por el episodio de las chocolatinas, yo hubiese dicho que las muertes se
debieron a una fuerte intoxicación por tomainas; tomainas, dicho sea de paso,
de un carácter en extremo virulentas. En todos los casos hay una gran
inflamación intestinal, seguida de hemorragias. Antes de hacer mi dictamen, he
decidido llevarme la pasta de higos para proceder a su debido análisis.
—¿Sospecha usted de
intoxicación por arsénico?
—No. El veneno, si es que
en realidad lo hay, es algo mucho más activo y de acción rápida. Más bien
parece una potente toxina vegetal.
—¡Ah! Quisiera
preguntarle, doctor Burton, si está usted seguro de que el capitán Radcliffe
sufre los efectos de una intoxicación análoga a la que usted acaba de citar.
El doctor le miró fijamente unos instantes.
—El capitán Radcliffe no
sufre ya los efectos de ninguna clase de envenenamiento.
—¡Ah! —exclamó Tommy—. Ya me...
—El capitán Radcliffe
murió esta mañana a las cinco.
Tommy se quedó de una pieza.
—¿Y la otra víctima, miss
Logan? —añadió el detective al
ver que el doctor se disponía a partir.
—Habiendo sobrevivido
hasta este momento, tengo todas las razones para creer que se repondrá
totalmente. Siendo como es ya vieja, parece que el veneno no ha actuado con
tanta virulencia. Ya le comunicaré el resultado del análisis, míster Blunt,
mientras tanto, espero que miss Chilcott podrá ponerle al corriente de todo
cuanto desee.
Al acabar de pronunciar esas palabras se abrió de nuevo la puerta y en
ella apareció una joven. Era alta, con piel quemada por el sol y grandes y
profundos ojos azules. El doctor hizo las necesarias presentaciones.
—Me alegro de que haya
usted venido, míster Blunt —dijo Mary Chilcott—. Esto ha sido algo horrible. ¿Puedo serle de utilidad?
—Sí. ¿Se sabe de dónde
vino esa pasta de higos?
—De Londres. Es una clase
que, según parece, la piden aquí con frecuencia. Nadie sospechó que este tarro
en particular difiriese en lo más mínimo de los demás que hasta ahora se han
venido recibiendo. A mí personalmente me desagrada el sabor del higo. A ello se
debe realmente mi inmunidad. Lo que no puedo comprender es cómo pudo resultar
afectado Dennis habiendo salido precisamente a tomar el té fuera de casa. A no
ser, claro que cabe en lo posible, que se le ocurriese tomar un emparedado a
la vuelta.
Tommy sintió en el brazo la presión de los dedos de Tuppence.
—¿A qué hora regresó? —preguntó.
—No lo sé exactamente,
pero en seguida puedo averiguarlo.
—No hace falta, miss Chilcott. Muchas gracias. ¿Tendría usted
inconveniente de que ahora interrogara a los criados?
—¡Claro que no! Puede
usted hacer cuanto guste, míster Blunt. Y siento no poder ayudarle como
quisiera, porque estoy deshecha. Dígame, usted no cree que haya habido aquí...,
¿cómo le diré...?, una mano criminal, ¿verdad?
—No sé qué pensar. Pronto
lo sabremos.
—Sí, he oído decir al
doctor Burton que piensa mandar analizar la pasta...
Dando una excusa, salió por el ventanal para dar unas órdenes a los
jardineros.
—Tú ocúpate de los
criados, Tuppence, mientras yo voy a echar un vistazo a la cocina. ¡Ahí, oye,
miss Chilcott dijo que estaba «deshecha», pero a mi no me lo pareció. ¿Y a ti?
Tuppence hizo un gesto de duda, pero se marchó sin responder.
Marido y mujer se reunieron media hora más tarde.
—Ahora confrontemos
nuestros resultados —dijo el
detective—. Los emparedados fueron
servidos con el té y la camarera se comió uno de ellos. Todos sabemos cuáles
fueron las consecuencias. La cocinera está segura de que Dennis Radcliffe no
había vuelto a la hora en que salió a recoger el servicio. Qué extraño,
¿verdad? ¿Cómo pudo entonces haberse envenenado?
—Dennis llegó a las siete
menos cuarto —añadió Tuppence—. La criada le vio desde
una de las ventanas. Tomó un combinado antes de cenar, en la biblioteca. Hace
sólo un momento que iban a retirar la copa, pero afortunadamente llegué a
tiempo y se la quité a la criada de las manos. Dicen que fue después de tomar
el combinado cuando Radcliffe empezó a sentirse mal.
—Bien —dijo Tommy—. Se la llevaremos al
doctor Burton dentro de un momento. ¿Algo más?
—Me gustaría ver a Hannah,
la criada de confianza de lady Radcliffe. He oído decir que es un poco rara.
—¿Rara? ¿En qué sentido?
—En que no anda muy bien
de la cabeza.
—Bueno, vamos a verla.
Subieron al primer piso, donde Hannah tenía su propio saloncito de
descanso. Allí la encontraron sentada en un amplio sillón de alto respaldo y
con una Biblia abierta sobre las rodillas. Ni siquiera alzó la mirada al entrar
los dos desconocidos. Continuó leyendo para sí, aunque esta vez en voz alta.
—Dejad que ascuas
encendidas caigan sobre sus cabezas y los sepulten en el Averno para que no
puedan volver a levantarse jamás.
—¿Puedo hablar con usted
unos minutos? —preguntó Tommy.
Hannah hizo un impaciente gesto con la mano.
—No es el momento oportuno —respondió—. El tiempo apremia. Seguiré
a mis enemigos y no me volveré hasta haberlos alcanzado y destruido. Así
está escrito. La palabra del Señor ha llegado hasta mí. Soy el azote del Señor.
—¿No te lo he dicho? —murmuró Tuppence al oído
de su marido—. Loca como un cencerro.
Tommy cogió un libro que yacía abierto y boca abajo sobre una mesa. Miró
el título, lo cerró y se lo puso tranquilamente en el bolsillo.
De pronto la vieja se levantó y se volvió a ellos en actitud
amenazadora.
—¡Salgan de aquí! ¡La hora
se acerca! El viento sopla hacia donde él quiere. Así destruyo yo. Perecerán
los impíos. Ésta es la morada del mal, ¡del mal, lo digo yo! ¡Guardaos de la
cólera del Señor, cuyo instrumento soy!
Avanzó furiosa y Tommy, juzgando prudente no llevarle la contraria, optó
por retirarse. Desde la puerta la vio sentarse de nuevo y continuar con la
lectura.
—Me gustaría saber si esta
vieja ha estado siempre así—dijo pensativo al abandonar la estancia.
De pronto sacó el libro que había guardado en el bolsillo y se lo
entregó a Tuppence, diciendo:
—Fíjate en eso, y dime si
no es lectura un tanto extraña para una criada ignorante.
—Materia Médica —leyó Tuppence—. Por Edward Logan. Un
libro relativamente antiguo. ¿Qué te parece si nos fuésemos a ver a miss Logan?
Dijo el doctor que se hallaba fuera de todo peligro.
—¿Quieres que se lo
digamos a miss Chilcott?
No. ¿Para qué? Más vale que nos hagamos anunciar por medio de una cita.
Después de una breve espera, les anunciaron que miss Logan estaba
dispuesta a recibirles. Entraron en una espaciosa alcoba cuyas ventanas daban
al jardín. En la cama estaba acostada una anciana de blancos cabellos y una
cara de facciones delicadas en las que se veían las huellas de un prolongado
sufrimiento.
—He estado muy enferma —dijo con voz débil—, y no puedo hablar mucho
tiempo. Ellen me dice que son ustedes detectives. Eso quiere decir que Lois fue
a consultarles, ¿verdad? Me dijo que pensaba hacerlo.
—Es cierto, miss Logan —respondió Tommy—. Seremos lo más breves
posible, pero quisiéramos que contestara a unas cuantas preguntas. ¿Cree usted
que la criada Hannah está en sus cabales?
—¡Naturalmente! Quizá
peque de un exceso de religiosidad, pero... nada más.
Tommy mostró el libro que había encontrado en el cuarto de aquélla.
—¿Es esto suyo, miss
Logan?
—Sí. Perteneció a mi
padre, que era un eminente doctor. Fue uno de los introductores de la
sueroterapia. En la débil voz de la anciana vibraba una nota de orgullo.
—Ya decía yo que recordaba
ese nombre —mintió piadosamente
Tommy—. ¿Se lo dejó usted a
Hannah por casualidad?
—¿Yo? ¿A Hannah? —replicó la anciana
irguiéndose con altivez—. ¿Acaso lo habría entendido? Todo cuanto hay en él es eminentemente
técnico.
—Sí, ya lo he visto. Pero
lo cierto es que lo encontré en las habitaciones de Hannah.
—¡Es una vergüenza! —añadió miss Logan—. Les tengo dicho que no
me gusta que los criados anden tocando mis cosas.
—¿Dónde cree usted que
debería estar?
—En el estante de mi
saloncito de descanso. Espere... Es posible que me lo pidiera Mary. Esta
muchacha ha sido siempre muy aficionada a la herboristería. Ya lleva hechos uno
o dos experimentos en mi pequeña cocina. Porque tengo mi cocinilla propia, ¿no
lo sabe?, donde acostum-bro a hacer licores y conservas según la antigua
usanza. La querida Lucy, me refiero a lady Radcliffe, estaba enamorada de una
tisana que yo preparaba para sus resfriados. La pobre Lucy era muy propensa a
los constipados. Y también Dennis. ¡Pobre Dennis! Su padre era primo hermano
mío.
Tommy interrumpió súbitamente esta clase de divagaciones.
—¿Dice usted que esa
cocinilla es suya? ¿Hay alguien más que la use, aparte de miss Chilcott y de
usted, como es natural?
—Sí, Hannah acostumbra a
hacer aquí nuestro té matinal.
—Gracias, miss Logan —dijo Tommy—. Es cuanto tengo que
preguntarle de momento y espero no haberla fatigado en exceso.
Abandonaron la alcoba y descendieron de nuevo al piso inferior.
—Aquí hay algo que no
acabo de comprender —dijo
Tommy frunciendo el ceño.
—A mí me da miedo la casa —contestó Tuppence, que no
pudo reprimir un involuntario estremecimiento—. Más vale que salgamos a
ver si el aire puro nos despeja un poco y podemos pensar con mayor claridad.
Tommy asintió, y el matrimonio se puso en marcha. Fueron primero a casa
del doctor, donde dejaron la copa en que Dennis bebió su último combinado.
Después se dedicaron a caminar a campo traviesa, discutiendo punto por punto
todos los aspectos del caso.
—No sé por qué —arguyó Tommy—, pero me siento un poco
culpable de lo ocurrido.
—¡Niñerías! —respondió Tuppence—. ¿Acaso no has hecho lo
que has podido? ¿No recomendaste a Lois Hargreaves que pusiera el asunto en
manos de Scotland Yard? De no haber venido a nosotros, puedes tener la
seguridad de que tampoco hubiese hecho nada.
—Y el resultado habría
sido el mismo. Sí, tienes razón, Tuppence. Es morboso reprocharse a sí mismo
cosas que en realidad no se pueden evitar. Lo único que ahora quisiera es dar
con la clave de este misterio.
—Lo cual no es tan fácil
como parece.
—Tú lo has dicho. Son
muchas las posibilidades, pero ninguna consigue llegar a la categoría de
probable. Una de ellas, por ejemplo, la de que hubiese sido Dennis Radcliffe
quien pusiera el veneno en los emparedados. Sabía de antemano que no iba a
estar presente en el té. Todo perfectamente admisible, ¿verdad?
—Sí —replicó Tuppence—, pero contra eso hay el
hecho de que él mismo resultó envenenado, lo cual le elimina por completo de
la lista de sospechosos. Hay una persona, sin embargo, que no debemos olvidar
ni por un momento, y ésta es Hannah.
—¿Hannah?
—Hay personas que cometen
toda suerte de rarezas cuando están atacadas de manía religiosa.
—Es cierto, y creo que
debiéramos poner nuestras dudas en conocimiento del doctor Burton.
—Pero, según miss Logan —prosiguió Tuppence—, nunca, con seguridad,
había dado muestras de perturbación mental.
—Es así precisamente cómo
esta enfermedad se manifiesta en cierta clase de sujetos. A lo mejor se pasan
años sin mostrar más síntomas que el de cantar himnos, pongo por caso, encerrados
en sus habitaciones, y de pronto y sin causa justificada alguna, se tornan
violentos y cometen toda suerte de atrocidades.
—Existen, en realidad, más
pruebas contra Hannah que contra cualquier otra —dijo pensativa Tuppence—; pero tengo una idea. Se
detuvo.
—Di... —le animó a proseguir
Tommy.
—No es totalmente una
idea. Se trata más bien de un prejuicio.
—¿Un prejuicio contra
alguien?
Tuppence asintió con un significativo movimiento de cabeza.
—Tommy, ¿te gustó Mary Chilcott? Tommy reflexionó unos
instantes.
—Creo que si —respondió—. Me dio la sensación de
ser una muchacha cabal y práctica, quizá demasiado práctica, pero digna de toda
confianza.
—¿No te extrañó un poco
verla tan tranquila y como si nada hubiese ocurrido?
—Sí, pero eso más que
perjudicarla la favorece. De haber hecho algo, sin duda se habría mostrado más
inquieta y preocupada.
—También yo lo creo así —dijo Tuppence—. De todos modos, no veo
qué ventaja podría haber sacado de esa masacre.
—Supongo que las criadas
nada tendrán que ver con este asunto.
—No creo. Lo que sí me
gustaría saber es cómo era Esther Quant, la camarera. Oye, ¿te fijaste en una
serie de manchitas encarnadas que miss Logan tenía en el brazo?
—No. ¿Qué tienes que decir
de ellas?
—Nada, sino que parecían
señales de inyecciones hipodérmicas —contestó Tuppence.
—Se las habrá puesto, sin
duda, el doctor.
—¿Tantas? —¿Por
qué dices «tantas»?
—Porque eran por lo menos
treinta o cuarenta.
—Quién sabe si es
aficionada a los estupefacientes... —sugirió Tommy.
—Fue en lo primero que
pensé —respondió Tuppence—, pero en los ojos no tenía
ese extraño fulgor que generalmente acompaña al uso de la cocaína o de la
morfina. Además, no me parece el tipo apropiado para esa clase de
degeneraciones.
—Es verdad —convino Tommy.
—Esto está resultando más
difícil de lo que me figuré —dijo Tuppence—. Hemos
hablado y hablado, pero no adelantamos un solo centímetro de terreno. Lo mejor
es que pasemos ahora mismo por la casa del doctor.
Al llegar a ella abrió la puerta un joven larguirucho de unos quince
años de edad.
—¿Míster Blunt? —inquirió—. Sí, el doctor ha salido;
pero dejó esta nota para usted.
Le entregó un papel que Tommy abrió sin perder un instante. Decía así:
Querido míster Blunt:
Hay motivos para creer que el veneno fue el ricino, foxal-bumosa vegetal
de gran potencia. Sírvase guardar reserva sobre este particular de momento.
—¿Ricino? —murmuró—. ¿Sabes algo de él,
Tuppence? Tú estabas versada en todas estas materias.
—¿Ricino? —se preguntó ella,
pensativa—. Sí, creo que se extrae
del aceite del mismo nombre.
—Y que, dicho sea de paso,
no fue nunca santo de mi devoción —comentó Tommy—. Y con
lo que acabo de enterarme, mucho menos.
—El aceite está bien; pero
el ricino en sí puede extraerse directamente de las mismas semillas de la
planta. Creo haber visto algunas de éstas en el jardín esta mañana, unas
plantas grandes con hojas muy lustrosas y brillantes.
—¿Quieres decir que
alguien se entretuvo en extraer el veneno en esta misma casa? ¿No habrá sido
Hannah? Tuppence movió negativamente la cabeza.
—No, es demasiado
ignorante para intentar hacer una cosa así.
De pronto, Tommy lanzó una exclamación.
—¡El libro! —dijo—. ¿Lo tendré todavía en el
bolsillo? Sí, aquí está.
Lo sacó y se puso a hojear ansiosamente las páginas.
—¿Puedes descifrar algo de
estos jeroglíficos que hay aquí? —preguntó—. Yo,
no.
—Sí, hombre, está tan
claro como el agua —contestó
Tuppence.
Se puso a caminar abstraída en la lectura y con una mano sobre el hombro
de Tommy, que le servía como de lazarillo. Después de un buen rato cerró el
libro con estrépito. Habían llegado de nuevo a la casa.
—Tommy, deja este asunto
en mis manos. Por una vez quiero ser el toro que lleva ya más de veinte minutos
en la arena. Tommy asintió.
—Bien. Tú serás la
capitana de la nave —dijo
con seriedad—. Es preciso llegar pronto
al fondo de este misterio.
—Primeramente —explicó Tuppence al mismo
tiempo que cruzaban el umbral de la fatídica morada—, deja que entre sola a
hacerle unas cuantas preguntas a miss Logan.
Subió las escaleras seguida de Tommy, que se detuvo en el descansillo.
Después de golpear con los nudillos en la puerta, Tuppence penetró
resueltamente en la estancia.
—¡Ah!, ¿es usted, querida? —exclamó la enferma—. ¿No le parece que es
demasiado joven y bonita para desempeñar un cargo tan repulsivo como el de
detective? ¿Ha encontrado usted algo?
—Sí —contestó Tuppence—, bastante.
Miss Logan la miró expectante.
—De bonita sé muy bien que
no tengo nada —comentó Tuppence—, y aunque joven, debo
decirle que he prestado servicios como enfermera durante la guerra y conozco,
por lo tanto, algo acerca de la sueroterapia. Sé, por ejemplo, que cuando el
ricino es inyectado hipodérmicamente, y en pequeñas dosis, en el organismo, se
consigue la inmunización del sujeto sometido al experimento. Usted también lo
sabe, miss Logan, y por eso se ha estado inyectando ricino durante algún
tiempo. Para poder someterse sin peligro al mismo envenenamiento que sufrieron
los demás. Usted ayudaba a su padre en su trabajo y conocía las propiedades del
ricino y hasta el modo de extraerlo de las semillas de la planta. Usted
escogió precisamente el día en que Dennis salió a tomar el té fuera de casa.
¡Claro! No convenía que fuese envenenado al mismo tiempo que los demás por
temor a que su muerte ocurriese antes que la de Louis Hargreaves. Muriendo
ella primero, él heredaba una fortuna que a su muerte, pasaría, indudablemente, a poder de su
pariente más próximo. ¿Quién? No se olvide que usted misma nos dijo esta mañana
precisamente el parentesco que le unía con los Radcliffe.
La anciana se quedó mirando a Tuppence con ojos centelleantes.
De pronto, una figura siniestra apareció en el umbral de la puerta que
comunicaba con la habitación contigua. Era Hannah, que llevaba en la mano una
antorcha encendida que agitaba amenazadora-mente.
—La verdad ha hablado. Ésa
es la malvada. La vi leyendo un libro, sonreírse para sí, y supuse lo que
estaba pensando. Encontré después libro y página, que nada decían para mí. Pero
la voz del Señor ha sonado en mi oído. Esta mujer odiaba a mi señorita Lois.
Pero los réprobos han de perecer consumidos por el fuego, y aquí estoy para
cumplir las órdenes del Señor.
Dando un salto se dirigió presurosa al lecho ocupado por la anciana, la
cual, asustada, empezó a proferir aullidos de espanto.
—¡Llévensela de aquí,
llévensela! —gritó—. ¡Es cierto lo que dice,
pero llévensela!
Tuppence se lanzó sobre la iracunda Hannah, pero antes de que
consiguiese arrancar la antorcha de sus manos y apagarla contra el suelo, ésta
había conseguido prender fuego a los cortinajes que pendían sobre la cama. Sin
embargo, la conmoción llegó a oídos de Tommy, que penetró rápidamente en la
estancia y, arrancando las colgaduras, consiguió evitar que el fuego se
propagara al resto de los objetos que había en la alcoba. Después acudió en
ayuda de Tuppence y entre los dos lograron subyugar a Hannah en el momento en
que el doctor, advertido del estrépito, subía apresuradamente las escaleras.
Pocas palabras fueron suficientes para ponerle al corriente de los
hechos.
Corrió al lado de miss Logan, pero al tomarle el pulso lanzó una pequeña
exclamación.
—El choque del fuego ha
sido demasiado fuerte para su corazón. Ha muerto. Después de todo, y dadas las
circunstancias, creo que es lo mejor que le podía haber sucedido. Se detuvo
unos instantes y luego añadió:
—Había cierta cantidad de
ricino también en el vaso que me enviaron.
—Ha dicho bien el doctor —dijo Tommy después de
haber dejado a Hannah bajo el cuidado de Burton, y como se encontrara de nuevo
a solas con su mujer en el descansillo de la escalera, añadió—: Es lo mejor que podía
haberle ocurrido. Tuppence, has estado como de costumbre, sencillamente maravillosa.
—Como has visto, no ha
habido necesidad de representar el papel de Hanaud —replicó Tuppence.
—No, el asunto era muy
serio para andarse con teatralerías. Pero vuelvo a repetirte: has estado
inconmensurable. Empleando una cita muy inteligente, te diré: «Que es una gran
ventaja la de ser inteligente sin parecerlo».
—Tommy —le contestó Tuppence, echándole una mirada de basilisco—, eres un perfecto animal.
Capítulo 19 Coartada
Irrebatible
Tommy y Tuppence estaban entretenidos en leer su correspondencia. De
pronto, Tuppence lanzó una exclamación y pasó a su esposo la carta que en
aquel momento tenía entre las manos.
—Un nuevo cliente —dijo con orgullo.
—¡Ja! —respondió Tommy después
de haberse enterado de su contenido—. ¿Qué consecuencia podemos sacar de su lectura, Watson? Muy poca, con
excepción del hecho de que mister..., ¿cómo dice que se llama? ¡Ah, si!,
Montgomery Jones, es un educado a lo rico, a juzgar por su deplorable
ortografía.
—¿Montgomery Jones...? —se preguntó Tuppence—. ¿Qué es lo que sabemos
acerca de alguien que se llame Montgomery Jones? ¡Ah, sí, ahora me acuerdo!
Creo haber oído mencionar este nombre a Jane Saint Vincent. Su madre era una
tal lady Aileen Montgomery, muy encopetada y llena de condecoraciones, que se
casó con un hombre muy rico.
—Vamos, la vieja historia.
¿A qué hora dice que quiere vernos este mister J.M.? ¡Ah!, a las once y media.
Exactamente a la hora indicada, un joven muy alto, de aspecto amable e
ingenuo, entró en el recibidor y se dirigió a Albert, el mensajero de la
oficina.
—Escuche, jovencito.
¿Puedo ver... a mister Blunt?
—¿Tiene usted alguna hora
convenida previamente para verle? —preguntó Albert.
—Pues... le diré. Si, creo
que sí. Quiero decir que le escribí una carta y...
—¿Cuál es su nombre,
caballero?
—Míster Montgomery Jones.
—Voy a comunicárselo a
mister Blunt. Volvió después de un breve intervalo.
—Dice que tenga la bondad
de esperar unos instantes. Míster Blunt está ahora ocupadísimo con una
importante conferencia.
—Bien, bien. Esperaré.
Habiendo, así lo esperaba, impresionado suficientemente a su cliente,
Tommy oprimió el pulsador que había en su mesa y Albert condujo a mister
Montgomery Jones al despacho privado de su jefe.
Tommy se levantó y, después de estrechar calurosamente la mano del
visitante, le hizo señas de que tomase asiento.
—Ahora, mister Montgomery
Jones, usted dirá a qué debo el honor de su agradable visita —añadió Tommy vivamente.
Mister Montgomery Jones dirigió una inquieta mirada en dirección al
tercer ocupante de la habitación.
—Ésta es mi secretaria
confidencial, miss Robinson —dijo Tommy—, y
puede usted hablar delante de ella con entera libertad. Supongo que el asunto
que le trae aquí es familiar y de naturaleza un tanto delicada, si me permite
calificarlo así.
—Pues... no, no es eso
exactamente —contestó mister Montgomery
Jones.
—Me sorprende —replicó Tommy—. Espero que no se trate
de algún grave aprieto personal. —¡Oh, no!
—En ese caso le
agradecería se sirviera exponerme los hechos con la mayor sencillez posible.
Esto, sin embargo, era algo que, aparentemente, mister Montgomery Jones
no sabía hacer.
—Es algo enrevesado lo que
tengo que comunicarle —dijo con cierto titubeo—, y no sé cómo empezar a relatárselo.
—Quiero poner en su
conocimiento que no nos dedicamos a asuntos en que vaya involucrado el divorcio —advirtió Tommy.
—¡Oh, no!, no se trata de
nada de eso. Se trata simplemente de... no sé cómo llamarlo... de una especie
de... broma.
—¿Alguna broma pesada de
carácter un tanto misterioso?
—No, tampoco.
—Entonces —añadió Tommy batiéndose
discretamente en retirada— tómese el tiempo que crea conveniente y díganos después de qué se
trata. Hubo una pausa.
—Pues —prosiguió al fin mister
Jones— el caso ocurrió durante
una cena. Yo estaba sentado al lado de una muchacha.
—Muy bien —añadió Tommy tratando de
alentarle.
—Ella es, no sé cómo
describirla, es la mujer más simpática y desenvuelta que he conocido en mi
vida. Venía de Australia y comparte con una amiga un pisito de la calle
Clarges. No puedo explicar la impresión tan profunda que esa muchacha llegó a
producir en mí.
—Nos la podemos imaginar,
mister Jones —intercaló Tuppence.
Veía claramente que era inútil tratar de extraer nada definitivo del
joven Montgomery sin añadir un toque femenino al método tosco y materialista
empleado por su marido.
—Sí, le comprendemos
perfectamente —añadió.
—Como les digo, todo
ocurrió sin que ni siquiera me diese cuenta de cómo ni por qué. Había en mi
vida otra muchacha, mejor dicho, dos. Una era alegre y festiva, pero con una
barbilla que no me acababa de gustar. Bailaba maravillosamente, eso sí. La otra
era una artista del Frivolity. Muy simpática, muy cariñosa, pero del corte de
las que producen grandes fricciones en el seno de una familia como la mía. No
es que en realidad tuviese yo ganas de casarme con ninguna de ellas, pero...,
¿qué quería usted? Seguí disfrutando de su amistad hasta que un día, como por
arte de encantamiento, me encontré sentado Junto a la joven a que antes hice
referencia y...
—No siga —interrumpió Tuppence—. Un nuevo mundo pareció
surgir ante sus ojos.
Tommy se agitó impaciente en su silla. Estaba un tanto aburrido de oír
aquella insípida historia de los amores del joven Montgomery.
—Usted lo ha dicho,
señorita —respondió éste—. Es exactamente lo que
yo sentí en aquel momento. Sólo que... ella no pareció fijarse mucho en mí. Era
natural. ¿Quién era yo para una mujer tan encantadora como aquélla? Ésta es la
razón por la que he decidido seguir adelante con este asunto. Es mi única oportunidad.
Se trata de una señorita incapaz de echarse atrás en su palabra.
—Bien, tenga la seguridad
de que le desearemos toda la suerte del mundo en su empresa —insistió Tuppence con amabilidad—, pero..., ¿se puede saber
qué es lo que quiere que hagamos nosotros?
—¡Ah!, ¿no lo he dicho?
—Que yo sepa, no —contestó Tommy.
—Pues es lo siguiente.
Estábamos un día hablando de historias policíacas. Una, así se llama la joven,
es una gran aficionada a este género de novelas. Discutimos acerca de una cuyo
argumento giraba alrededor de una coartada. Después dije, no ella, mejor dicho,
no recuerdo, no sé con seguridad quién de los dos...
—No importa quién lo
dijera. Siga usted —interpuso
Tuppence.
—Yo decía que la coartada
era una cosa sumamente difícil de preparar. Ella opinaba lo contrario. Llegamos
a acalorarnos y de pronto ella exclamó: «No se hable más del asunto. Voy a
hacer una proposición un tanto arriesgada para mi. ¿Qué se apuesta a que soy
capaz de forjar una coartada que nadie pueda rebatir?».
»—Lo que usted quiera —contesté.
»—No. Le concedo el derecho
de elección.
»—Pues bien. Lo que usted
pide contra... contra su mano. ¿Acepta?
»Ella se echó a reír.
»—No sé si sabrá que vengo
de familia de jugadores —dijo—. Acepto.
—¿Y bien...? —insinuó Tuppence al ver
que aquél se detenía y la miraba con ojos de súplica.
—¿Acaso no ven lo que
quiero decir? El asunto está ahora en mis manos y es la única oportunidad que
tengo de conseguir a una mujer como ésa. No tienen ustedes idea de lo decidida
que es. El verano pasado salió a pasear en lancha con unos amigos y alguien apostó
a que no se atrevería a lanzarse vestida al mar y nadar hasta la orilla. Pues
lo hizo.
—Es una proposición muy
curiosa —dijo Tommy—, pero todavía no acabo
de comprender su alcance.
—No puede ser más sencilla —añadió Montgomery Jones—. Se trata de algo que
estarán ustedes cansados de hacer a diario. Destruir coartadas.
—Sí, sí, claro —contestó Tommy—. Ésa es una de las fases
de nuestro trabajo.
—Alguien ha de hacerlo por
mí, porque yo, señores, me siento completamente incapaz de resolver problemas
de esta naturaleza. Para ustedes esto no pasa de ser un mero juego infantil.
Para mí, en cambio, es asunto de suma importancia. Pagaré, como es natural,
toda suerte de gastos en que incurran, y si los resultados son satisfactorios,
cualquier cantidad que se dignen ustedes estipular.
—Está bien —dijo Tuppence—. Creo que mister Blunt se
encargará de su caso.
—Sí, sí —corroboró Tommy—. Me haré cargo de él.
Mister Montgomery Jones soltó un suspiro de alivio, sacó un montón de
papeles del bolsillo y separó uno.
—Aquí está —dijo—. Es de ella y reza así:
«Le envió una prueba de cómo logré estar en dos sitios diferentes al mismo
tiempo. Según una de las versiones, yo comí sola en el restaurante Bon Temps,
del Soho, y fui al teatro Duke y cené en el Savoy con mister Le Marchant. Pero
también estuve en el Hotel Castle, en Torquay, y no volví a Londres hasta
primera hora de la mañana siguiente. A usted le corresponde probar cuál de las
dos historias es la verdadera y el modo como me las compuse para llevar a cabo
la otra».
»Bien —prosiguió Montgomery
Jones al terminar de leer—. Supongo que sabe ya lo que tiene que hacer.
—Sí, sí —respondió Tommy—. Es un problema reconfortante,
y de lo más ingenuo que pueda darse, por añadidura.
—Aquí tiene usted un
retrato de Una. Le será muy útil llevarlo consigo.
—¿Cuál es el nombre
completo de la joven? —inquirió Tommy.
—Miss Una Drake. Y sus
señas, calle Clarges, numero180.
—Gracias —dijo Tommy—. Tenga la seguridad de
que pondré todo mi empeño en su caso y espero que no he de tardar en poder comunicarle algo
satisfactorio.
—Muchísimas gracias —respondió Montgomery Jones le-yantándose
y estrechándole la mano—. No sabe usted el peso que me ha quitado de
encima.
Después de acompañar hasta la puerta a su cliente, Tommy volvió al
despacho interior, donde encontró a Tuppence, atareada
en revisar detenidamente los clásicos de la biblioteca.
—Inspector French —dijo Tuppence.
––¿Eh?
—Nada. Que es un caso a
propósito para el inspector French. Siempre anda ocupado en la destrucción de
coartadas. Conozco su sistema. Hemos de leer detenidamente los detalles y luego
comprobarlos uno por uno. Por muy naturales que nos parezcan. no resisten, por lo general, un
escrupuloso análisis.
—No creo que tengamos gran
dificultad en resolver este jeroglífico —asintió Tommy—. Quiero
decir que, sabiendo que una de las historias es falsa, tenemos ya un buen punto
de partida. Pero hay una cosa que me preocupa.
—¿Cuál?
—La muchacha. Vamos a
obligarla a casarse con ese hombre, lo quiera o no.
—Entonces, veo que eres
todavía un perfecto pipiolo. Las mujeres no son nunca lo arriesgadas que
pretenden aparentar. De no haber estado dispuesta a casarse con ese hombre, por
muy calabacín que pueda parecerte, jamás habría aceptado una proposición así.
Créeme, Tommy, ella se casará con él con más entusiasmo y respeto si gana la
apuesta, que esperando un arranque que jamás ha de llegar. —Cualquiera diría que eres
doña Sabelotodo.
—Pues lo soy, aunque tú no
lo creas.
—Está bien. Ahora
examinemos nuestros datos —dijo Tommy recogiendo los papeles—. Primero la fotografía.
¡Hum! Estupenda muchacha, y estupenda reproducción.
—Debes llevar también las
de otras muchachas.
—¿Las de otras muchachas?
¿Para qué?
—Para enseñárselas todas
juntas a los camareros y ver si consiguen reconocer a la verdadera.
—¿Y esperas que lo hagan? —preguntó Tommy.
—Al menos eso es lo que
ocurre casi siempre en los libros.
—Es una pena que la vida
real sea tan diferente de la ficción. Pero sigamos. ¿Qué es lo que tenemos
aquí? Ah, sí, éste es el lote de Londres. Comió en el Bon Temps a las siete
treinta. Fue al teatro Duke y vio el Delphiniums Bine. Incluye la
entrada. Cenó en el Savoy con mister Le Marchant. Creo que podríamos
entrevistarnos con mister Le Marchant.
—¿Para qué? —objetó Tuppence—. ¿No comprendes que si es
un amigo de ella forzosamente habrá de seguirle el juego? Descartemos cuanto
éste pueda decir de momento.
—Bien, entonces vamos al
capítulo de Torquay. A las doce tomó el tren en Paddington, comiendo en el
vagón restaurante. Adjunta recibo del mismo. Se hospedó en el Hotel Castle durante
la noche. También incluye la cuenta correspondiente.
—Todo esto me parece poco
consistente. Cualquiera puede comprar una entrada de teatro sin acercarse
siquiera a él. La muchacha se limitó a ir a Torquay. Todo el asunto de Londres
es una farsa.
—Si es así, tenemos tarea
para rato —contestó Tommy—. Insisto en que veamos
primero a ese mister Le Marchant.
Éste resultó ser un joven campechano y jovial que no mostró sorpresa
alguna al verse objeto de la atención del matrimonio.
—Sí, es cierto que Una se
trae algo entre manos —repuso—. ¿Qué? No lo sé.
—Tengo entendido, mister
Le Marchant —inquirió Tommy—, que miss Drake cenó con
usted en el Savoy el martes pasado.
—Es cierto. Recuerdo que
fue el martes porque Una lo recalcó y hasta me lo hizo escribir en mi librito
de notas.
Con cierto orgullo mostró un pequeño apunte hecho con lápiz que decía
así: «Cenando con Una, Savoy, martes, 19».
—¿Sabe usted dónde estuvo
miss Drake antes de esa hora?
—Sí, viendo una función
que se llamaba Pink Peonies o algo por el estilo. Un desastre, según
ella misma me confesó.
—¿Está usted completamente
seguro de que miss Drake estuvo con usted la noche que he mencionado? Le
Marchant le miró sorprendido.
—¡Hombre, qué pregunta!
¿No le acabo de decir que sí?
—Quizá lo dijera usted por
mera insinuación de ella —intercaló Tuppence.
—No. lo que he dicho es la
pura verdad. Ahora bien, en el curso de la cena ocurrió algo que me llamó
verdaderamente la atención. Me dijo algo así como: «Tú crees que estás cenando
ahora conmigo, ¿verdad, Jimmy? Pues en realidad yo estoy cenando en estos
momentos a trescientos kilómetros de aquí. En Devonshire». ¿No les parece a
ustedes algo raro todo esto? Y lo gracioso es que un amigo mío que estaba allí
precisamente, un tal Dicky Rice, dice haberla visto esa misma tarde.
—¿Quién es ese míster
Rice?
—Ya le he dicho, un amigo
mío. Había ido a Torquay, a casa de una tía suya. Una anciana que hace años que
se está muriendo, pero que no acaba de morirse. Dicky había ido allí para
desempeñar el papel de pariente abnegado y cariñoso. Al volver me dijo: «He
visto a esa muchacha australiana que dicen que se llama Una. Quise hablar con
ella, pero mi tía no me dejó». Y yo le pregunté: «¿Cuándo fue eso?». «Ah, el
martes, a la hora del té», me contestó. Le dije, como es natural, que se había
equivocado, pero..., ¿no encuentra usted un poco raro todo esto después de lo
que me dijo Una?
—Si, muy raro —contestó Tommy—. Dígame, míster Le
Marchant, ¿había algún conocido suyo cerca, la noche que cenaron juntos en el
Savoy?
—En la mesa inmediata a la
nuestra estaba la familia de los Ogiander.
—¿Conocen a miss Drake?
—Si.
—Bien, si no tiene usted
nada más que contarnos, míster Le Marchant, sólo nos resta darle las gracias y
despedirnos.
—O ese joven es un
solemnísimo embustero y un artista consumado —dijo Tommy al llegar a la
calle—, o habría que admitir que
es verdad cuanto acaba de contar.
—SÍ—hubo de reconocer
Tuppence—. He cambiado de opinión.
Ahora tengo casi la seguridad de que Una Drake cenó aquella noche con Le
Marchant en el Savoy.
—Bueno, vamos al Bon Temps
y echemos un poco de lastre en los estómagos que falta nos hace. Pero primero
tratemos de encontrar esos otros retratos de que me hablaste.
Esta tarea resultó un poco más difícil de lo que en principio se creyó.
El fotógrafo a quien acudieron se negó rotundamente a acceder a su ruego y los
despidió con cajas destempladas.
—¿Por qué todas estas
cosas han de ser tan fáciles en los libros y en cambio no lo son en la vida
real? —se lamentaba Tuppence—. ¿Has visto cómo nos
miraba ese mamarracho? ¿Qué creería él que íbamos a hacer con las fotografías
en nuestro poder? Lo mejor será que vayamos a ver a Jane.
Ésta, al menos, los recibió complacida y les permitió seleccionar unos
cuantos retratos de antiguas amigas, arrinconados en uno de los cajones de su
armario.
Armados con esta galaxia de bellezas femeninas se dirigieron al Bon
Temps, donde nuevos y más costosos contratiempos les aguardaban. Tommy hubo de
entrevistarse separadamente con cada uno de los camareros y enseñarles los
retratos. Los resultados fueron desoladores. Por lo menos tres de las
muchachas fueron señaladas como presentes en el restaurante en la noche del
martes. Volvieron a la oficina y Tuppence se enfrascó en la lectura de una guía
de ferrocarriles.
—Paddington a las doce.
Torquay a las tres treinta y cinco. Ése es el tren que debió tomar para que el
amigo de Le Marchant, míster como se llame, la viera allí a la hora del té.
—No olvides que no hemos
comprobado todavía esta declaración —dijo Tommy—. Si,
como tú dijiste al principio. Le Marchant es amigo de Una Drake, es muy
posible que haya sido él quien inventara esa historia.
—Bien, tratemos de
encontar a ese amigo de Le Marchant, porque tengo el presentimiento de que
cuanto éste ha dicho es verdad. No, lo que ahora trato de compaginar es lo
siguiente.
Una sale de Londres en el tren de las doce, toma el tren de vuelta y
llega a Londres a tiempo para asistir al Savoy. Hay un tren a las cuatro
cuarenta que la deja en Torquay, y alquila una habitación en el hotel. Después
llega a Paddington a las nueve y diez.
—¿Y después? —preguntó Tommy.
—Después —añadió Tuppence
frunciendo el ceño— la
cosa vuelve a ponerse difícil. Hay un tren que llega de Paddington a las doce
de la noche, pero... No creo que hubiese podido tomar ése.
—¿Y qué me dices de haber
hecho la travesía en un coche, un coche potente y rápido?
—¡Hummm! —gruñó Tuppence—. Son por lo menos trescientos
kilómetros.
—He oído decir que los
australianos son muy temerarios conduciendo.
—Sí.... es posible. De ese
modo habría llegado allí a eso de las siete.
—Pero, oye, ¿tú crees que
a esa hora haya podido llegar al Hotel Castle y se haya metido en la cama sin
que nadie la viera?
—Tommy —dijo Tuppence—, somos unos idiotas. No
tuvo necesidad de volver para nada a Torquay. Lo único que sin duda haría es
mandar a un amigo para que recogiera el equipaje y pagase la cuenta. Así se
explica lo del recibo fechado y firmado por el administrador del hotel. ¿Qué te
parece?
—Que la teoría, en
conjunto, no carece de lógica —respondió Tommy—. Lo inmediato ahora es tomar mañana el tren de las doce que sale para
Torquay y comprobar allí nuestras brillantes conclusiones.
Provistos de una cartera que contenía las fotografías, Tommy y Tuppence
se instalaron a la mañana siguiente en el tren y reservaron dos asientos para
el segundo turno del vagón restaurante.
—Lo más probable es que
los sirvientes del comedor no sean los mismos que los del último martes —observó Tommy—, y que tengamos que
repetir el viaje, vete a saber cuántas veces, para encontrarlos.
—Este asunto de la
coartada va a acabar por convertirse en algo fastidioso —contestó Tuppence—. Y lo gracioso es que en
los libros se resuelve todo en un abrir y cerrar de ojos.
La suerte, sin embargo, pareció favorecerles esta vez. El camarero que
los servía resultó ser el mismo que había estado de turno el martes precedente.
Después entró en acción el «golpe», como le llamaba Tommy, de los diez chelines
y Tuppence sacó a relucir su cartera.
—Quiero saber —dijo Tommy— si alguna de estas
señoritas comió aquí el martes pasado.
En forma complaciente, digna de la mejor ficción detectivesca, el hombre
escogió sin titubear la fotografía de Una Drake.
—Sí, señor, recuerdo haber
visto a esta señorita, como también recuerdo que fue el martes, pues ella
insistió en dicho detalle diciendo que era precisamente el día de suerte para
ella.
—Hasta ahora todo está en
regla —dijo Tuppence al encontrarse
de nuevo en el compartimiento—; y probablemente nos encontraremos con que en realidad se inscribió en
el libro de registro de hotel. Lo difícil de comprobar va a ser su vuelta a
Londres, aunque quizás alguno de los mozos de estación la recuerde.
Aquí la cosa no fue tan bien. Después de un reparto preliminar de
medias coronas a todos los empleados, sólo dos de éstos consiguieron escoger
fotografías que, a su juicio, tenían una vaga semejanza con dos personas
que tomaron el tren de las cuatro cuarenta para Londres en la mencionada
tarde. Ninguna de las dos resultó ser la que buscaban con tanto afán.
—Esto no quiere decir nada —dijo Tuppence después de
salir de la estación—. Es posible que haya viajado en dicho tren y que nadie se haya dado
cuenta de su presencia.
—O también que subiera en
Torre, que es la siguiente estación —observó Tommy.
—También —asintió Tuppence—. En fin, espero que todo
esto lo podamos resolver cuando lleguemos al hotel.
El Hotel Castle era un hermoso edificio situado al borde mismo de la
playa. Después de haber solicitado una habitación y firmado en el registro,
Tommy hizo al desgaire la siguiente observación:
—Si no me equivoco, creo
que una amiga nuestra estuvo aquí el martes pasado; ¿no es así? Miss Una Drake.
La joven que atendía la recepción dibujó una de sus más encantadoras
sonrisas.
—Sí —contestó—; la recuerdo muy bien;
australiana, ¿verdad?
A una señal de Tommy, Tuppence sacó a relucir la consabida fotografía.
—¿Qué le parece este
retrato?
—¡Oh, magnífico! Es ella,
no hay duda.
—¿Permaneció aquí mucho
tiempo?
—No, sólo una noche. Salió
a la mañana siguiente en el expreso de Londres. Por lo visto a estas
australianas no les asustan las distancias.
—Si, son muy amigas de la
aventura —respondió Tommy—. ¿Fue aquí donde salió a
cenar con unos amigos y donde el coche en que iban cayó en una zanja y les
impidió regresar hasta la mañana siguiente?
—No —respondió la empleada—. Miss Drake cenó aquí, en
el hotel.
—¿Esta usted segura? —preguntó Tommy—. Quiero decir, ¿cómo lo
sabe usted?
—Porque la vi.
—Lo preguntaba porque
tenía entendido que cenó con unos amigos en Torquay.
—No, señor, cenó aquí —replicó la joven
ruborizándose ligeramente—. Recuerdo que llevaba un precioso traje de muselina de margaritas.
—Tuppence, esto echa por
tierra todas nuestras teorías —dijo Tommy al hallarse a solas con su esposa en el cuarto que les habían
destinado.
—Así parece —respondió Tuppence—. Claro que también es
posible que esa mujer se haya equivocado. Se lo volveremos a preguntar luego al
camarero. No creo que haya habido aquí mucha gente en esta época del año.
Al llegar la hora de cenar fue Tuppence quien inició el ataque.
—¿Puede usted decirme —dijo al camarero que se
acercó a servirles— si el
martes cenó aquí una amiga mía? Se llamaba Una Drake y vestía un traje con
adornos de flores, creo que margaritas.
Al propio tiempo le enseñó la fotografía.
—Ésta es la señorita a
quien me refiero —añadió.
El camarero rompió al instante en almibaradas sonrisas de reconocimiento.
—Sí, sí, miss Drake. Lo
recuerdo muy bien. Me dijo que venía de Australia.
—¿Cenó aquí?
—Sí. El martes último. Me
preguntó después si había en el pueblo algo digno de verse.
—¿Ah, sí?
—Sí. Le dije que el
teatro, el Puvilion, pero al final optó por quedarse en el hotel oyendo nuestra
orquesta. Tommy masculló entre dientes una interjección.
—¿Recuerda usted a qué
hora cenó? —interrogó Tuppence.
—Creo que un poco tarde.
Debió ser a eso de las ocho.
—¡Maldita sea nuestra
estampa! —dijo Tuppence cuando ella
y Tommy se encontraron fuera del comedor—. Parece que el mundo
entero se haya confabulado totalmente contra nosotros.
—Ya podías suponerte que
esto no sería cuestión de coser y cantar.
—¿Hay algún tren que
hubiese podido tomar después de esa hora?
—Sí, pero no para llegar a
tiempo de ir al Savoy.
—Bien. Como último recurso
aún queda el de interrogar a la camarera. Una Drake tuvo su cuarto en el mismo
piso en que estamos nosotros.
La camarera resultó ser una mujer voluble e informadora. Sí, recordaba
perfectamente a miss Drake. Muy simpática y muy charlatana. Le había hablado
mucho de Australia y de los canguros. Sí, la fotografía era de un parecido
extraordinario.
Había tocado el timbre a eso de las nueve y media para pedir que le
cambiaran la botella de agua caliente de la cama y que la llamasen a las siete
y media de la mañana, con servicio de café en vez de té.
—Cuando usted la llamó,
¿estaba en la cama?
La camarera la miró sorprendida.
—Naturalmente que sí,
señora.
—No, lo decía porque hay
gentes que se levantan temprano para hacer un poco de ejercicio —se excusó Tuppence.
—Bien —dijo Tommy cuando se hubo
marchado la camarera—. Creo que ya no nos queda nada que hacer en Torquay. El asunto está
claro como el agua y sólo puede sacarse de él una conclusión. La de que todo lo
de Londres es una pura farsa.
—Quizá míster Le Marchant
sea más embustero de lo que en principio creímos.
—Hay un modo de comprobar
sus declaraciones. Dijo que sentados junto a ellos había una familia que
conocía ligeramente a Una Drake. ¿Cómo dijo que se llamaban? Ah, sí, los
Ogiander. Tenemos que encontrarles y hacer también una visita al pisito de la
calle Clarges.
A la mañana siguiente pagaron la cuenta del hotel y salieron un tanto
decepcionados del resultado de sus gestiones.
Localizar a los Ogiander fue empresa fácil con la ayuda de una guía
telefónica. Esta vez Tuppence asumió el papel de representante de una revista
ilustrada. Visitó a mistress Ogiander y le pidió detalles de la «distinguida»
cena que había tenido lugar el martes precedente en el Savoy. Mistress Ogiander
satisfizo complacida su curiosidad. En el momento de despedirse, Tuppence
añadió mecánicamente sin tratar de darle más importancia que la de mera rutina
al asunto:
—Perdone la curiosidad.
¿No estaba miss Una Drake sentada a una mesa cercana a la de ustedes? ¿Es
cierto el rumor de que va a casarse con el duque de Perth? Supongo que conoce a
la persona de quien hablo, ¿verdad?
—Sí, la conozco
superficialmente —respondió
mistress Ogiander—.
Encantadora muchacha. En efecto, estaba sentada a la mesa inmediata a la
nuestra, con míster Le Marchant. Mis hijas podrían darle más detalles que yo.
—No, no hace falta,
mistress Ogiander. Muchísimas gracias. El siguiente punto de llegada fue el
pisito de la calle Clarges. Aquí fue recibida por miss Marjory Leicester, la
amiga con quien Una Drake compartía alojamiento.
—¿Querría usted ser tan
amable de explicarme lo que significa todo ese jeroglífico? —preguntó miss Leicester—. Hace días que, en
efecto, parece que Una se trae algún juego entre manos. Pero sí, sí, durmió
aquí el martes por la noche.
—¿La vio usted en el
momento en que ella llegaba?
—No. Ella tiene su llave y
yo me había acostado ya. Creo que vino a eso de la una de la madrugada. —¿A qué hora fue cuando
usted la vio?
—A las nueve de la mañana
siguiente, o quizá ya cerca de las diez.
Al abandonar la estancia, Tuppence se dio casi de bruces con una mujer
alta y delgada que al parecer tenía la intención de entrar.
—Perdone, señorita —dijo ésta. —¿Trabaja usted aquí? —preguntó Tuppence.
—Sí, señorita, vengo todos
los días a encargarme de la limpieza y a hacer otros varios menesteres. —¿A qué hora suele usted
venir por la mañana?
—Mi hora es a las nueve,
señorita.
Tuppence deslizó una moneda de media corona en manos de la sirvienta y
añadió:
—¿Estaba aquí miss Drake
el martes, cuando usted llegó?
—Naturalmente que sí. Y
dormía como un tronco. No sabe usted lo que me costó despertarla cuando le
traje el té.
—Gracias —contestó Tuppence, y se
alejó desconsoladamente escaleras abajo.
Había convenido con Tommy en que se reunirían a la hora de comer en un
pequeño restaurante del Soho y que allí compararían sus hallazgos respectivos.
—He visto a ese muchacho.
Rice —dijo Tommy—. Es verdad que vio a Una
Drake a cierta distancia en Torquay.
—Bien —respondió Tuppence—. Entonces puede decirse
que hemos comprobado una por una todas las alegaciones de esta charada. Ahora
dame un lápiz y un pedazo de papel. Vamos a poner en orden los hallazgos como
corresponde a detectives de nuestra categoría.
1,30 Una
Drake es vista en el vagón restaurante del tren.
4,00 Llega
al Hotel Castle.
5,00 Es
vista por míster Rice.
8,00 Es
vista cenando en el hotel.
9,30 Pide
una botella de agua caliente.
11,30
Vista en el Savoy con míster
Le Marchant.
7,30 a.m. Es llamada por el camarero en el Hotel
Castle.
9,00 Es
llamada por la sirvienta en su piso de la calle Clargues.
Se miraron el uno al otro.
—Tengo la idea —dijo Tommy— de que los brillantes detectives
de Blunt están haciendo en este momento el más espantoso de los ridículos. Me
temo que esta vez irá mal.
—No, Tommy, no hay que
desesperarse. Alguien miente en
todo este embrollo, y es preciso que lo encontremos.
—Discrepo de tu teoría,
Tuppence. Yo, por el contrario, creo que todos han dicho la verdad.
—Y, sin embargo, tiene que
haber un enigma. ¿Cuál es? No lo sé. He pensado hasta en el empleo de
aeroplanos, pero esto tampoco nos da la solución.
—Yo estoy dispuesto ya a
creer en la teoría de la proyección astral.
—Lo mejor será que nos
acostemos esta noche y pensemos en ello —observó Tuppence—. El subconsciente trabaja
mejor durante el sueño.
—¡Humm! —replicó Tommy—. Si en el plazo de esta
noche consigues que tu subconsciente te dé una respuesta satisfactoria a este
galimatías, tendré que quitarme el sombrero ante ti como muestra de
consideración y respeto.
Permanecieron en silencio durante toda la tarde. Una y otra vez Tuppence
repasó aquella incomprensible correlación de hechos. Hizo anotaciones en
pedazos de papel. Murmuraba palabras incoherentes, comparando interesada los
horarios de todo el servicio de ferrocarriles. Al final se levantaron
convencidos de lo inútil de sus elucubraciones.
—Esto es de lo más
desesperante que puede verse —dijo Tommy.
—Es la tarde más horrible que recuerdo haber pasado en toda mi vida —añadió Tuppence.
—Debiéramos haber ido a
algún teatro de variedades —observó el primero—. Unos cuantos buenos chistes acerca de las suegras, de los hermanos
gemelos y de las botellas de cerveza, quizá nos hubiesen servido para disipar
un tanto nuestro malhumor.
—No, tú verás cómo este
esfuerzo de concentración que estamos haciendo acabará por dar sus frutos.
¡Verás lo ocupados que estarán nuestros subconscientes durante las próximas
ocho horas!
Y alimentando esta efímera esperanza, decidieron entregarse al
descanso.
—Bien —dijo Tommy al levantarse
a la mañana siguiente—. ¿Qué tal ha trabajado ese subconsciente?
—Tengo una idea —respondió Tuppence.
—¿Ah, sí? ¿Qué clase de idea?
—Una que quizá te parezca
un poco rara y que en nada se parece a las que por lo general traen las novelas
policíacas. Y si te he decir la verdad, fuiste tú quien me la metió en la cabeza.
—Ah, pues debe ser buena.
Venga, desembucha.
—No, ahora, no. Primero he
de mandar un cable para comprobarla.
—Entonces —dijo Tommy— me voy a la oficina. No
conviene dejarla desatendida. Y ya lo sabes, dejo este asunto en manos de mi
encantadora y eficiente secretaria.
Cuando Tommy volvió aquella tarde a eso de las cinco y media, encontró
a Tuppence eufórica.
—Lo conseguí, Tommy. He
resuelto el misterio de la coartada. Ya puedes preparar una sustanciosa cuenta
a míster Montgomery Jones y decirle al propio tiempo que puede empezar a
disponerlo todo para los esponsales.
—¿Cuál es la solución? —preguntó impaciente
Tommy.
—La más sencilla que
puedas imaginarte. Gemelas.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que oyes. Era la única
solución. Te dije ya que fuiste tú quien me dio la idea al mencionarme anoche
lo de las suegras, las botellas de cerveza y los hermanos gemelos. Cablegrafíe a Australia y obtuve la
información que buscaba. Una tiene una hermana gemela. Vera, que llegó de
Australia el último lunes. A eso se debió el que pudiera hacer la apuesta tan
espontáneamente. Pensó sin duda que era un excelente modo de atormentar a su
apocado pretendiente. Su hermana fue a Torquay mientras ella permanecía en
Londres.
—¿Y no crees que la
pérdida de la apuesta pueda exacerbar el amor propio de esa mujer?
—No. Te di ya mis puntos
de vista sobre esta cuestión. Ella acabará por conceder todo el mérito del
descubrimiento a nuestro buen amigo, míster Montgomery Jones. Siempre he
creído que el respeto y admiración por la habilidad del marido es el verdadero
fundamento para la armonía conyugal.
—No sabes lo que me alegra
inspirarte esas ideas, Tuppence.
—No creas que, en
realidad, sea una solución muy satisfactoria —observó Tuppence—. Al menos no es de la
talla que corresponde a un hombre como el inspector French.
—¿Quién te lo ha dicho?
¿Te fijaste acaso en la forma como presenté yo las fotografías a todos los
camareros?
—Sí, pero tuvimos
necesidad de emplear una infinidad de monedas de media corona y de billetes de
diez chelines para lograr nuestro objetivo.
—No te preocupes. Se las
cargaremos, con intereses, al afortunado Montgomery Jones. Ten la seguridad de
que estará en un estado tal de éxtasis amoroso, que no pondrá objeción a nuestros
honorarios, por exorbitantes que le puedan parecer.
—Y es lo que le
corresponde hacer. ¿No han terminado acaso los brillantes detectives de Blunt brillantemente el asunto? ¡Oh, Tommy,
creo que somos unos portentos!
—El próximo caso lo resolveremos al estilo Roger Sheringham, y tú,
Tuppence, serás Roger Sheringham.
—Tendré que hablar
muchísimo —dijo ésta.
—Magnífico. Así no tendrás necesidad de esforzarle —replicó el marido—,
Y ahora sugiero que llevemos a cabo mi fallido programa de ayer noche y nos
vayamos a un salón de variedades, donde oigamos toda clase de chistes acerca
de las suegras, las botellas de cerveza, y, muy en especial, de los hermanos o
hermanas gemelas.
Capítulo 20 La
Hija Del Clérigo
Me gustaría —dijo
Tuppence paseándose pensativamente a lo largo del despacho— que pudiésemos proteger
o amparar a la hija de algún clérigo.
—¿Por qué? —preguntó Tommy.
—Quizás hayas olvidado el
hecho de que yo precisamente fui una de ellas. Y recuerdo perfectamente lo que
esto significó para mí. Así comprenderás ese impulso altruista que yo siento
por las de los otros; ese...
—Veo que estás ya
dispuesta a convertirte en Roger Sheringham, y si me permites una pequeña
crítica, te diré que es posible que hables tanto como él, pero nunca tan bien.
—Al contrario —repuso Tuppence—, hay en mis palabras
sutileza, un artificio, un no sé qué, que ningún varón puede aspirar a poseer.
Tengo, además, fuerzas desconocidas para mi prototipo. ¿He dicho prototipo? Las
palabras en sí no tienen ningún valor. A menudo suenan bien, pero significan
lo contrario de lo que uno piensa.
—Sigue —dijo amablemente, Tommy.
—Iba a hacerlo. Me detuve
sólo para tomar aliento. Haciendo uso de estos poderes, es mi deseo el de
poder ayudar hoy mismo a la hija de algún clérigo. Tú verás, Tommy, como la primera
que se enrole solicitando la ayuda de los brillantes detectives de Blunt, ha
de ser precisamente lo que yo digo.
—Te apuesto lo que quieras
a que no.
—Aceptada la apuesta —contestó Tuppence—. Sisst. Cada uno a su
puesto. ¡Oh, Israel! ¡Aquí viene una!
Un furioso tableteo de máquinas de escribir dio la sensación de que las
oficinas estaban en plena actividad.
Albert abrió de pronto la puerta y anunció:
—Mistress Mónica Deane.
Una Joven delgada, de pardos cabellos y un tanto pobre en el vestir, entró y se
detuvo vacilante. Tommy se adelantó a recibirla.
—Buenos días, miss Deane.
¿Quiere tener la bondad de sentarse y decirnos lo que desea? A propósito,
permítame que le presente a mi secretaria confidencial, miss Sheringham.
—Encantada de conocerla,
miss Deane —dijo Tuppence—. Su padre pertenecía a la
Iglesia, ¿no es verdad?
—Sí, ¿cómo lo sabe?
—Oh, tenemos nuestros
métodos para averiguarlo. Espero que no se habrá molestado al ver que me meto
donde quizá no me corresponde. Pero a míster Blunt le gusta oírme hablar de vez
en cuando. Dice que acostumbra a sacar buenas ideas de mi charla.
La muchacha se la quedó mirando con ojos que revelaban una gran
ansiedad.
—¿Quiere usted contarnos
su historia, miss Deane? —preguntó Tommy.
Ésta se volvió a él dibujando una triste sonrisa.
—Es una larga historia que
quizá le parezca un poco rara —comentó la muchacha—. Me llamo Mónica Deane y mi padre fue rector de Littie Hampsley en
Suffolk. Murió hace tres años dejándonos a mi madre y a mí poco menos que en la
miseria. Yo me puse a servir de gobernanta pero quedó inválida mi madre y hube
de regresar a casa para atenderla. Estábamos ya casi al borde de la
desesperación cuando un día recibimos una carta de un notario participándonos
la existencia de un legado que una tía de mi padre había hecho, al morir, a mi
favor. Años atrás había oído hablar de esta tía, de sus peleas con mi padre y
de que ocupaba una posición bastante desahogada. Creí que aquella herencia
habría de poner fin a nuestros apuros, pero no fue así. Heredé, en efecto, la
casa en que había vivido, pero dinero no hubo más que el estrictamente
necesario para pagar derechos y gastos generales ocasionados por el papeleo.
Supongo que lo perdería durante la guerra o que se había visto precisada a
vivir del capital. No obstante, teníamos la casa de la que no tardamos en
recibir una proposición de compra, por cierto bastante aceptable. Algo, sin
embargo, que todavía no he podido explicar, me obligó a rechazar la oferta.
Como el departamento en que vivíamos era en extremo reducido, decidí
trasladarme a La Casa Roja, era así como se llamaba la propiedad, y donde
además de mayor comodidad para mi madre disponíamos de suficientes habitaciones
cuyo alquiler habría de proporcionarnos dinero suficiente para ayudar a los
gastos.
»Llevé a cabo mi plan, a pesar de una nueva oferta hecha por el mismo
caballero que pocos días antes había hecho la proposición de compra. Al
principio todo fue bien. Llovieron huéspedes contestando al anuncio que mandé
insertar en los periódicos, y entre la vieja sirvienta de mi tía, que había
decidido también continuar sus servicios con nosotras, y yo podíamos llevar a
cabo todos los menesteres. De pronto empezaron a ocurrir cosas inexplicables.
—¿Qué cosas?
—No sé. La casa parecía
estar encantada. Se caían los cuadros de las paredes, volaban objetos de loza
por el aire y luego se rompían, y una mañana encontré que todos los muebles,
sin excepción, habían sido cambiados de lugar. Al principio creí que se trataba
de una broma, pero no tardé en desechar la posibilidad de esa explicación. Un
día en que todos estábamos sentados a la mesa, oímos un terrible estrépito en
el piso superior. Subimos y no encontramos a nadie. Sólo un mueble se
encontraba fuera de su sitio y había sido arrojado al suelo con violencia.
—¡Ah! —exclamó Tuppence con
interés—. Eso debe ser lo que los
espiritistas llaman un poltergeisl.
—Sí, eso mismo fue lo que
dijo el doctor 0'Neill, aunque yo no sé en realidad lo que es.
—Una especie de espíritu
maligno que se entretiene en molestar a las personas —explicó Tuppence que, a
decir verdad, tampoco entendía gran cosa acerca de esa clase de cuestiones.
—Bien, de todos modos, el
efecto fue desastroso. Nuestros huéspedes abandonaron la casa tan pronto como
les fue posible y lo mismo ocurrió con sus sucesores. Yo estaba ya desesperada,
y para colmo de desdichas, nuestras pequeñas rentas cesaron de pronto debido a
la quiebra de la compañía en la que habíamos depositado nuestros pequeños
ahorros.
—¡Pobrecilla! —exclamó Tuppence,
compasiva—. ¡Qué malos ratos ha
debido usted pasar! ¿Quería usted, acaso, que mister Blunt se encargara de
investigar esas cosas raras que ocurren en su casa?
—No es eso, precisamente.
Hace unos días vino a visitarme un caballero que dijo llamarse doctor 0'Neill.
Nos dijo que era un miembro de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, que
había oído hablar de las curiosas manifestaciones que tenían lugar en nuestra
casa y que estaba dispuesto a comprarla para hacer en ella sus propios
experimentos. Al principio me entusiasmó la idea. Parecía el único modo de
poder salir del apuro en que nos hallábamos. Sin embargo...
––¿Qué?
—Quizá me crean ustedes
una soñadora. Y tal vez lo sea, pero... ¡No, no, estoy segura de no haberme
equivocado! ¡Era el mismo hombre!
—¿Qué hombre?
—El mismo que había
querido comprarla con anterioridad. ¡Oh, estoy completamente segura de todo lo
que digo!
—¿Y qué razón se figura
usted que había para que no lo fuera?
—Se lo diré. Los dos
hombres eran completamente diferentes. El primero era joven, moreno y
elegantemente vestido. El doctor 0'Neill, si no los ha cumplido, ronda los
cincuenta años, tiene barba gris, lleva lentes y camina un tanto encorvado.
Pero al hablar con él observé que en uno de los dientes llevaba una corona de
oro y que, por cierto, sólo la enseña cuando se ríe. Recordé que el otro hombre
llevaba también un diente de oro, exactamente en el mismo lugar, y se me
ocurrió mirarle las orejas. Menciono este detalle porque las del primero eran
de una forma muy peculiar y carecían de lóbulo. Las del doctor 0'Neill eran
idénticas. ¿No les parece que esto era mucha coincidencia? Estuve pensando y
pensando y al fin decidí contestarle dándole largas al asunto. Yo había leído
ya uno de los anuncios de míster Blunt, a decir verdad en un viejo periódico
que usé para forrar uno de los cajones de la cocina, así es que, sin pensarlo
ni un momento más, lo recorté y me vine con él a la ciudad, para confiar a
ustedes mi caso.
—Muy bien hecho —dijo Tuppence moviendo
vigorosamente la cabeza—. Es asunto que vale la pena de investigar.
—Un caso muy interesante,
miss Deane —observó Tommy—. Lo estudiaremos con
verdadero cariño, ¿no es verdad, miss Sheringham?
—Sí, sí —repuso ésta—, y tenga la seguridad de
que, más tarde o más temprano, llegaremos al fondo de este aparente misterio.
—Creo haber entendido,
miss Deane —prosiguió Tommy—, que los moradores de la
casa consisten en usted, su madre y una vieja criada, ¿verdad?
—Así es.
—Bien. ¿Podría usted darme
algunos detalles acerca de esta criada?
—Se llama Crockett, y ha
estado al servicio de mi tía durante mas de diez años. Es ya bastante vieja,
desagradable en sus modales, pero buena sirvienta. Siente cierta inclinación
en darse importancia porque, según dicen, una hermana que tiene se casó con un
hombre de posición muy superior a la suya. Crockett tiene un sobrino a quien
siempre designa con el pomposo nombre de «un perfecto caballero».
—¡Hum...! —gritó Tommy sin saber qué
decir de momento.
Tuppence, que había estado observando detenidamente a miss Deane, habló
de pronto con súbita determinación.
—Creo que el mejor plan
que en este momento se me ocurre, miss Deane, es el que nos fuéramos a comer
juntas. Así tendrá usted tiempo para darme toda clase de detalles.
—Excelente —repuso Tommy.
—Perdone mi curiosidad —dijo Tuppence después que
se hubieron sentado a la mesa en un pequeño restaurante de la vecindad—. ¿Existe alguna razón
especial por la que usted quisiera ver este asunto resuelto?
Monica se sonrojó.
—Pues... le diré...
—Cuéntemelo sin miedo.
—Hay dos hombres que...,
que al parecer quieren casarse conmigo.
—Vamos, la eterna
historia. Uno rico, el otro pobre, pero es a éste a quien usted quiere en
realidad. —¿Cómo lo sabe usted?
—No se asuste, es una
especie de ley de la naturaleza —explicó Tuppence—. Es lo que les sucede a todas. Lo que me sucedió a mi, sin ir más
lejos.
—Como usted ve, ni aun
vendiendo la casa tendríamos suficiente para vivir. Gerald es buenísimo, pero
pobre como una rata, si bien hay que admitir que es un ingeniero muy
inteligente y que, de haber tenido un pequeño capital, con gusto le habrían
aceptado como socio en la compañía en que trabaja. Pero...
—No siga usted —le interrumpió
cariñosamente Tuppence—. La comprendo. Podría usted estar enumerando todo un día sus virtudes
sin que eso le sirviera para adelantar un ápice en el terreno de la solución.
Monica movió la cabeza afirmativamente.
—Bien —dijo Tuppence—. Lo mejor será que
vayamos después a su casa y estudiemos el asunto sobre el terreno. ¿Cuál es su
dirección?
––La Casa Roja, Stourton
sobre el Marsh.
Tuppence escribió las señas en su
libro de notas.
––No le he preguntado —empezó a decir Monica— acerca de... de sus honorarios.
Se ruborizó ligeramente al pronunciar las anteriores palabras.
—El pago se hace siempre según los resultados —contesto gravemente
Tuppence—. Si la solución del
secreto de la Casa Roja es remunerativo, y así lo espero a juzgar por el ansia
que hay en adquirir esa propiedad, cobraremos un pequeño porcentaje. De otro
modo, absolutamente nada.
––Muchísimas gracias —contestó la muchacha
agradecida.
––Y ahora —dijo
sonriente Tuppence—, no vuelva a pensar en ello. Disfrutemos de la comida y
hablemos de cosas más amenas, que todo saldrá bien, ¡se lo aseguro!
Capítulo 21 El
Misterio De La Casa Roja
Bien —dijo Tommy asomándose a
una de las ventanas de la hostería de La Corona y el Ancla—. Ya estamos en las
quimbambas, o como quieras llamarle a este dichoso pueblacho.
—¿No te parece que
deberíamos hacer un pequeño análisis del caso? —sugirió Tuppence.
—Si, sí, claro —respondió Tommy—. Para empezar y dando,
como me corresponde, la opinión preliminar, te diré que sospecho de la madre
inválida. —¿Por qué?
—Mi idolatrada esposa, ten
en cuenta que todo eso del poltergeist no es más que un infundio que
alguien ha hecho correr con objeto de persuadir a la muchacha de que debe
vender la casa. Ésta dice que todos estaban presentes cuando ocurrieron esas
cosas, menos la madre, que, como inválida que es, se quedaría en sus
habitaciones.
—Si, pero siendo inválida
como acabas de decir, no veo cómo se las compondría para tirar y cambiar de
sitio los muebles.
—¿Y si fuera fingido lo de
la invalidez?
—¿Con qué objeto?
—¡Ah! A eso ya no puedo
contestarte —confesó al fin Tommy—. Me limitaba a seguir el
bien conocido principio de sospechar de aquellos en quienes, por lo general,
nadie fija su atención.
—Déjate de bromas, Tommy —dijo Tuppence con severidad—. Debe de haber algo que hace que esas personas estén
tan ansiosas de poder conseguir la casa, y si a ti no te importa llegar hasta
el fondo de este asunto, a mi, si. Me gusta esa muchacha y haré todo lo que
esté en mi mano para ayudarla.
—Y yo también —repuso Tommy poniéndose
serio de pronto—, pero
sabes que me gusta hacerte rabiar de vez en cuando. Si, no cabe duda de que
algo raro está ocurriendo en esa casa. Ese afán por comprarla indica que algo
oculto y difícil de encontrar hay en ella. Qué es, no lo sé, ¿quién sabe si se
trata de alguna mina de carbón en las entrañas del jardín?
—¡Por Dios, Tommy! ¡Una
mina de carbón!, ¿no te parece más romántico la idea de un tesoro escondido en
algún rincón del jardín?
—¡Quién sabe! En ese caso
lo mejor será que me vaya a ver al gerente del banco local, le explique que
pienso quedarme aquí hasta las Navidades, que posiblemente me decida a comprar
la casa, y le pregunte el modo de hacer una transferencia a su sucursal.
—Pero...
—Tú déjame hacer a mí.
Al cabo de media hora, Tommy estaba de vuelta. Los ojos le brillaban de
satisfacción.
—¡Avanzamos, Tuppence,
avanzamos! —dijo—. Nuestra entrevista
versó sobre los temas que ya te indiqué, y como quien no quiere la cosa, le
pregunté si habían recibido muchos pagos en oro de los pequeños agricultores
que, como sabes, tienen la inveterada costumbre de esconderlo por todos los
rincones. De ahí, pasamos a hablar de las chocheces de ciertas viejas. Tuve que
inventar una tía que, al estallar la guerra, se fue con su coche a los
almacenes del Ejército y de la Armada y no paró hasta volverse con veinte
buenos Jamones de York. Inmediatamente me mencionó él a cierta cliente del
banco que había insistido en sacar hasta el último penique de su cuenta
corriente, en oro a ser posible, y quiso que se le entregaran todos sus cupones
y demás títulos de valor, dando como razón que estarían más seguros bajo su
propia custodia. No tardó en confesarme que se trataba precisamente de la
antigua propietaria de La Casa Roja. ¿Comprendes, ahora, Tuppence? Sacó su
dinero y lo escondió en alguna parte. Recuerda que Deane misma se sorprendió
de la insignificante cantidad en metálico que aparecía en el legado. Sí, no
cabe duda de que el tesoro está en La Casa Roja y hay alguien, te diré su
nombre si me apuras, que está perfectamente enterado del hecho.
—¿Quién?
—La vieja Crockett. ¿No te
parece que lo probable es que estuviese al tanto de todas las peculiaridades de
su ama?
—¿Quién era, entonces, el
doctor 0'Neill?
—¿Quién va a ser sino su
«distinguido» sobrino? Pero, ¿dónde demonios lo habrá escondido? Tú, como
mujer, quizá pudieras darme una idea.
—¡Qué sé yo! Como no fuera
entre medias o enaguas o debajo de los colchones.
Tommy asintió con un movimiento de cabeza.
—Puede que tengas razón,
pero..., ¿no crees que, de haber estado en un sitio así, la Crockett lo habría
hallado con facilidad? Sin embargo, tampoco puedo imaginarme a una pobre vieja
levantando las tablas de los suelos o cavando fosas en el jardín. De que está
en algún rincón de La Casa Roja no hay la menor duda, como tampoco de que la
Crockett y su sobrino están enterados y de que, si logran comprar la
propiedad, no dejarán piedra sin remover hasta encontrar lo que buscan. Es
preciso ganarles el juego por la mano, Tuppence. Vamonos ahora mismo a La Casa
Roja.
Monica Deane salió a recibirles y, para justificar un recorrido de todas
las habitaciones, dependencias y jardín, les presentó a su madre y a Crockett,
como presuntos aspirantes a la compra de la mansión. Tommy nada dijo a Monica
acerca de las conclusiones a que habían llegado y se limitó a hacer varias
preguntas que él consideraba de sumo interés. Se enteró de que algunas de las
ropas y objetos personales de la difunta se habían dado a Crockett, y otros
fueron repartidos entre familias pobres de la vecindad. El registro en este
sentido podía considerarse como completo.
—¿Había algunos papeles?
—La mesa estaba llena de
ellos, así como también uno de los cajones de su cómoda, pero nada encontramos
que dijese lo más mínimo sobre el particular.
—¿Los tiraron?
—No, mi madre es muy
contraria a desprenderse de esas cosas. Había entre ellos antiguas recetas de
dulces y licores que, según me dijo, tiene intención de probar.
—Bien —dijo Tommy dando muestras
de aprobación. Después, señalando a un viejo que trabajaba en el jardín,
preguntó:
—¿Es ése el jardinero que
estaba allí en vida de su tía?
—Sí, antes venía tres
veces por semana, pero ahora lo hace sólo una vez. Es todo cuanto nos permiten
nuestros escasos medios.
Tommy guiñó un ojo a Tuppence como para indicarle que permaneciese al
lado de Monica mientras él se alejaba en dirección a donde trabajaba el
jardinero. Después de unas cariñosas frases de encomio a su labor y de inquirir
sobre el tiempo que llevaba al servicio de la casa, le preguntó:
—¿No es cierto que por
orden de la señora enterró usted hace algún tiempo una caja en este jardín?
—¿Yo? ¿Y Para que había de
enterrarla? No, nunca he hecho nada de lo que dice.
Tommy movió la cabeza preocupado y regresó a la casa frunciendo el
entrecejo. De no encontrar nada entre los papeles de la anciana, el problema no
presentaba grandes garantías de solución. La casa en sí era vieja, pero no
tanto como para suponer que existían en ella cuartos o pasadizos secretos.
Antes de partir, Monica les trajo una gran caja de cartón amarrada con
un recio bramante.
—Aquí están todos los
papeles que he podido encontrar —dijo—. Si quieren pueden
llevárselos a su casa y así los podrán ustedes examinar detenidamente. Sin
embargo, creo que perderán el tiempo. No hay entre ellos uno solo que pueda
arrojar la más mínima luz en este...
Sus palabras fueron interrumpidas por un gran estrépito que procedía de
la habitación situada directamente encima de sus cabezas. Tommy subió sin
perder tiempo. Un jarro y una palangana yacían hechos pedazos en el suelo,
pero el cuarto estaba desierto.
—Parece que el fantasma ha
vuelto a sus antiguos ardides y continúa haciendo de las suyas —murmuró, sonriente.
Regresó pensativo al lugar en que dejara a su esposa y a miss Deane.
—¿Podría interrogar unos
instantes —preguntó, dirigiéndose a
esta última— a la sirvienta Crockett?
—Claro que sí. Espere un
momento que voy a llamarla.
Al volver en compañía de la persona solicitada, dijo Tommy con
amabilidad:
—Estamos pensando en
comprar la casa y mi esposa desea saber si estaría usted dispuesta a continuar
a nuestro servicio —le
preguntó.
La cara de Crockett no registró emoción alguna.
—Le agradezco su atención —contestó—, pero quisiera que me
diese tiempo para reflexionar. Tommy se volvió a Monica.
—Me encanta la casa, mis
Deane, y estoy dispuesto a pagar cien libras más de lo que, según usted misma
ha dicho, ha ofrecido el otro comprador.
Monica murmuró unas cuantas palabras de las que acostumbraban a decirse
en momentos como aquél, y el matrimonio Beresford se despidió.
—Tenía yo razón —exclamó Tommy al tiempo
que cruzaban el jardín en dirección a la puerta—. La vieja está en el ajo.
¿Te fijaste que estaba casi sin aliento? Pues eso era de resultas de la carrera
que acababa de dar por la escalera de servicio después de romper el jarro y la
palangana. Es muy posible también que, secretamente, haya introducido a ratos a
su sobrino en la casa y que éste se haya encargado de hacer las veces de duende
mientras ella permanecía inocentemente al lado de sus amos. Ya verás como 0'Neill
enmienda su oferta antes de que finalice el día. Tengo ese presenti-miento.
Como confirmación a esta sospecha, recibieron después de comer una nota
de Monica que decía así:
Acabo
de recibir noticias del doctor 0'Neill. Dice que eleva su oferta en ciento
cincuenta libras.
—¿Lo ves? Este hombre
tiene dinero por lo que veo —comentó Tommy. pensativo—. Y añadiré otra cosa, Tuppence. Lo que buscan es algo que. sin duda
alguna, vale la pena.
—¡Ay. si pudiéramos
encontrarlo!
—Pues manos a la obra.
Examinaron todos los papeles que, sin ningún orden ni concierto,
estaban acumulados en la caja que se llevaron consigo, y cada cuatro o cinco
minutos se detenían a discutir los hallazgos.
—¿Qué novedades hay,
Tuppence?
—Dos viejas cuentas
pagadas, tres cartas sin importancia, una receta para conservar las patatas
nuevas y otra para hacer pasteles de limón y queso. ¿Y las tuyas?
—Una cuenta, una poesía a
la primavera, dos recortes de periódico: «Por qué las mujeres compran perlas.
Excelente inversión» y «El hombre de las cuatro mujeres. Historia
sensacional», y otra receta además sobre el modo más apropiado de guisar una
liebre.
—Esto es desesperante —exclamó Tuppence
volviendo de nuevo a la carga.
Al fin quedó vacía la caja y el matrimonio se miró con desconsuelo.
—Pongo esto aparte —dijo Tommy separando una
pequeña hoja de papel—, porque es lo único que ha conseguido llamar un poco mi atención. No
tengo, sin embargo, esperanzas de que tenga relación alguna con lo que
buscamos.
—Veamos. Oh, es una de
esas cosas raras que creo le llaman anagramas, charadas o algo por el estilo.
Se puso a leerlo en voz alta:
Prima-prima es cual total
La prima-tres no he
metido
Lo que dos-una la
charada
Prima-dos-tres siempre ha sido
—¡Hum...! —gruñó Tommy, rascándose
la cabeza—. Como poesía es bastante
mala.
—No veo qué es lo que has
podido encontrar de particular en esta paparruchada. Hace cincuenta años, no te
digo que no. Entonces acostumbraban a coleccionarlas y eran el gran entretenimiento
de invierno cuando la familia se reunía alrededor del hogar.
—Fíjate primero en la nota que hay escrita al pie de la charada. Son
esas palabras las que verdaderamente nos han llamado la atención.
—San Lucas. XI, 9 —leyó Tuppence—. Eso
hace referencia a un texto de la Biblia.
—Precisamente. ¿No te
extraña que una mujer tan religiosa como, según parece, era la tía de Monica se
entretuviese, sin ningún motivo, en hacer una anotación de esa índole?
—Sí, es raro —respondió Tuppence,
quedándose pensativa.
—Supongo que tú, como
buena hija de un clérigo que eres, tendrás alguna Biblia a mano.
—Pues la tengo. No te
esperabas esa respuesta, ¿verdad? Un momento.
Se dirigió a una maleta, extrajo de ella un pequeño volumen con
cubiertas encarnadas y acto seguido volvió a la mesa. Después de hojearlo unos
instantes se detuvo.
—Aquí está —dijo—. San Lucas, capítulo XI, versículo 9. ¡Oh, Tommy, mira!
Tommy se inclinó sobre el libro y miró donde el pequeño dedo de Tuppence
acababa de señalar.
—Busca y encontrarás.
—Eso es —aulló Tuppence con
alegría—. ¡Por fin lo tenemos!
Resuelve el criptograma y el tesoro será nuestro; mejor dicho, de Monica.
—Bueno, vamos a trabajar
en el criptograma, como tú lo calificas. «Prima-prima es cual total.»
¿Qué palabras tenemos de dos silabas repetidas que lo expresan todo?
—Hombre, no muchas.
Tenemos papá, mamá, bebé...
—Bueno, ya veremos cuál ha
de escogerse. Sigamos. «La prima-tres no he metido.» ¿Qué querrá decir
con eso? «Lo que dos-una la charada, prima-dos-tres siempre ha
sido.» Pues no caigo.
—Trae acá, hombre. ¡Si es
muy fácil...! Tuppence se apoltronó en uno de los sillones y se puso a musitar
palabras que, a su parecer, carecían de coherencia.
—No, no, ya veo que es muy
fácil —murmuró irónicamente
Tommy después que hubieron pasado más de treinta minutos.
—¡No cacarees tanto! Lo
que pasa es que no somos de la generación que se dedicaba a esta clase de
pasatiempos. ¿Qué te apuestas a que voy a una cualquiera de nuestras momias y
nos lo resuelve en menos que canta un gallo?
—Bien, vamos a intentarlo
una vez más. Fueron interrumpidos por la aparición de una menuda sirvienta que
anunció que la cena estaba servida.
—Miss Rumiey desea saber
únicamente —añadió— si quieren ustedes las
patatas fritas o simplemente hervidas con su piel. Tiene preparadas de las dos
clases.
—Hervidas —replicó
rápidamente Tuppence—. Me
encantan las patatas...
Se detuvo de pronto con la boca abierta de par en par. —¿Qué te pasa, Tuppence? —preguntó, asustado, Tommy—. Parece que hayas visto
un fantasma.
—Tommy —gritó Tuppence—. ¡Ya lo tengo! La palabra
quiere decir ¡Patata! Prima-prima es cual total: papa: papa. Sin acento.
La prima-tres no he metido pata. Lo que dos-una la charada:
tapa. Prima-dos-tres siempre ha sido: ¡pa-ta-ta!
—Tuppence, eres una
lumbrera, de eso no hay duda, pero creo que hemos estado perdiendo
lastimosamente el tiempo. «Patata» no parece encajar en nada que se refiera al
desaparecido tesoro. Pero... espera, espera. ¿Qué es lo que leíste hace un
momento cuando revisábamos los papeles de esa caja? Algo acerca del modo de
conservar las patatas nuevas.
—Si, acuérdate. Busquemos
esa receta. Quién sabe si en ella encontraremos algo que complete esa idea sin
sentido de la patata.
Revolvieron de nuevo los papeles hasta que al fin Tommy encontró lo que
deseaba.
—Aquí está —dijo—: «MODO DE CONSERVAR LAS PATATAS NUEVAS. Pónganse las
patatas nuevas en latas y entiérrense éstas en el jardín. Aun en mitad del
invierno sabrán igual que si se hubiesen recientemente extraído».
—¡Ya lo tenemos! —exclamó agitadamente
Tuppence—. El tesoro está en el
jardín enterrado en una lata.
—Pero el caso es que ya se
lo he preguntado al jardinero y éste dice que él no ha enterrado nada en el
jardín.
—Sí, lo sé; pero es debido
a que la gente nunca contesta en realidad a lo que tú preguntas sino a lo que
ellos se figuran que has querido decir. Él sabía que no había enterrado nada
que saliese de lo corriente. Volveremos a verle mañana y esta vez le
preguntaremos directamente dónde ha enterrado las patatas.
El día siguiente era la víspera de Navidad. A fuerza de inquirir
consiguieron encontrar la choza en que vivía el viejo jardinero. Tuppence
abordó el asunto después de unos minutos de conversación.
—Me gustaría tener unas
cuantas patatas nuevas para las Navidades. ¿Verdad que saben bien con el pavo?
¿No acostumbra la gente de por aquí a enterrarlas en latas? Dicen que se conservan
muy bien.
—Y que lo diga —respondió el viejo—. La vieja miss Deane
acostumbraba a enterrar siempre tres latas en La Casa Roja, pero a veces se
olvidaba de volverlas a sacar.
—Supongo que lo haría en
el jardín, ¿verdad?
—No, al pie del abeto que
hay junto al muro del huerto. Habiendo obtenido la información que deseaban, se
despidieron del viejo después de darle cinco chelines como aguinaldo de
Pascuas.
—Y ahora vamonos a ver de
nuevo a Monica —ordenó Tommy.
—Tommy, tú no tienes
sentido dramático. Déjame este asunto a mí, que tengo ya concebido un gran
plan. ¿Crees que podrás componértelas para pedir prestados o robar una pala y
un azadón?
Fuese como fuese, lo cierto es que Tommy logró encontrar lo que su
esposa pedía, y aquella noche, y a hora ya avanzada, dos figuras se deslizaron
furtiva y silenciosamente en el jardín de La Casa Roja. El lugar indicado por
el jardinero fue fácil de localizar y en él se puso Tommy a cavar con todas
sus fuerzas. No tardó la azada en dar contra un objeto, que emitió un sonido
metálico. Siguió con cuidado y a los pocos minutos logró extraer una gran caja
de hojalata de las que corrientemente se emplean como envase para la venta de
bizcochos y galletas. La tapa estaba sellada con una fuerte banda de
esparadrapo que Tuppence se apresuró a abrir valiéndose de un pequeño
cortaplumas que llevaba su marido. A continuación lanzó un suspiro de desaliento.
La lata apareció llena de patatas. Vació, en previsión, todo su contenido,
pero... ¡nada! ¡patatas... y más patatas!
—Sigue cavando, Tommy.
Pasó algún tiempo antes de que la aparición de una nueva lata premiase
otra vez sus esfuerzos.
—¿Bien...? —preguntó con ansia Tommy.
—Nada —respondió Tuppence
después de abrirla—. ¡Otra
vez patatas!
—¡Maldita sea! —exclamó Tommy, reanudando
con furia su labor.
—A la tercera va la
vencida —dijo Tuppence tratando de
animarle.
—Yo creo que todo esto del
tesoro es pura fantasía morisca —replicó Tommy sin cesar de dar golpes de azadón—; pero... Una tercera lata
hizo su aparición.
—¡Otra vez pata...! —empezó a decir Tuppence,
pero se detuvo de pronto—. ¡Oh, Tommy, al fin lo encontramos! Las patatas ocupan sólo un pequeño
espacio en la parte superior. ¡Mira!
De su mano colgaba un bolso de terciopelo encarnado.
—Márchate a casa en
seguida —gritó Tommy—, porque aquí hace un frío
que pela. Yo me quedaré unos instantes para poner otra vez esta tierra en su
lugar. Llévate el bolso, pero no olvides que como se te ocurra abrirlo antes de
que yo llegue, ¡te retuerzo el pescuezo!
—No tengas cuidado, te
esperaré. Bien, adiós, porque si tardo un minuto más en irme tendrías que
llevarme en calidad de sorbete.
Al llegar a la hostería no tuvo que esperar largo tiempo. Tommy iba casi
pisándole los talones, y sudando pese a lo poco apacible e intensamente fría
que se mostraba en aquellos momentos la temperatura.
—Vaya —dijo Tommy—. No podrán quejarse de
los brillantes detectives de Blunt. Ahora, mistress Beresford, puede usted
empezar a descubrir el botín.
Dentro del bolso había un paquete forrado en seda engomada y un pesado
maletín de piel de ante. Abrieron éste primero. Estaba lleno de libras
esterlinas. Doscientas en total.
—Seguramente era la
asignación máxima en oro que podía hacer el banco. Ahora el paquete.
Éste estaba lleno de billetes apilados con sumo cuidado. Tommy y
Tuppence se entretuvieron en contarlos. Ascendían exactamente a veinte mil
libras.
—¡Fiu...! —silbó Tommy—. ¿No crees que Monica
tiene suerte de que ambos seamos ricos y honrados? ¿Qué es eso que está
envuelto en papel de seda?
Tuppence deshizo el pequeño bulto y de él extrajo un magnífico collar
de perlas.
—No soy muy entendido en
alhajas —dijo Tommy—. pero me figuro que éste
ha de valer por lo menos otras cinco mil libras. Fíjate en el tamaño y en el
oriente de las perlas. Ahora comprendo el porqué de aquel anuncio que hablaba
de las perlas como una buena inversión. Debió haber vendido todos sus títulos
negociables y los convirtió en joyas y dinero contante y sonante.
—¡Oh, Tommy! ¿No crees que
es admirable lo que acabamos de hacer? ¡Pobre Monica! Ahora podrá casarse con
el hombre a quien ama y vivir tan feliz como vivo yo.
—Eso me gusta. Tuppence.
¿Eres feliz conmigo?
—Que conste que se me ha
escapado sin querer, ¿en? Pero sí, te lo confieso con toda sinceridad, lo soy.
—Si en realidad me
quieres, demuéstramelo contestando a una pregunta que te voy a hacer.
—Hazla, pero sin
triquiñuelas.
—¿Cómo supiste que Deane
era la hija de un clérigo?
—Oh, muy fácilmente —replicó Tuppence
echándose a reír—. Abrí
la carta en que solicitaba la entrevista. Leí la firma y recordé que un
teniente cura de mi padre se llamaba Deane y que también tenía una hija, unos
cinco años más joven que yo, y con el nombre de Monica.
—¡Tuppence, eres una
desvergonzada al pretender engañar de esa manera a un marido tan amable y
confiado como yo! ¡Caramba! Están dando las campanadas de las doce.
¡Felicidades, Tuppence!
—¡Felicidades. Tommy! Y
también serán unas felices Pascuas para Monica, ¿no lo crees así? ¿Me creerás,
Tommy, si te digo que cuando pienso en ella se me hace un nudo en la garganta?
—¡Querida Tuppence! —dijo Tommy abrazándola
con fuerza.
—Oh, Tommy, ¿no crees que
nos estamos volviendo un poco sentimentales?
—La Navidad sólo se da una
vez al año —respondió sentenciosamente
aquél—. Es lo que acostumbraban
a decir nuestras abuelas, y creo que había un gran fondo de verdad en esta afirmación.
Capítulo 22 Las
Botas Del Embajador
Randolph Wilmott, el embajador estadounidense —dijo Tommy leyendo la
carta que acababa de entregarle su mujer—. ¿Qué querrá?
—No lo sé. Ya nos lo dirá
cuando venga mañana a las once. A la hora anunciada, mister Randolph Wilmott,
embajador estadounidense en la Corte de Saint James, fue introducido en forma
que debía serle habitual y dijo:
—He venido a hablar con
usted, mister Blunt. Es decir, supongo que es mister Blunt a quien tengo el
honor de dirigirme en estos momentos.
—En efecto —contestó Tommy—. Yo soy mister Blunt. El
director de esta empresa.
—Como iba diciendo, mister
Blunt, el asunto que aquí me trae me tiene un tanto preocupado. Como creo que
se trata de una simple equivocación, no me ha parecido prudente poner el asunto
en manos de Scotland Yard. Sin embargo, hay algo en todo ello que me gustaría
poner en claro.
Hizo un relato un tanto lento de los hechos y oscurecido por la
constante tendencia a la exageración en el más pequeño detalle.
—Vamos a ver —dijo Tommy tratando de
hacer un resumen—. Si no
he entendido mal, nuestra posición es ésta: usted llegó hará aproximadamente
una semana en el trasatlántico Nomadic. Por la razón que fuese, y dado
el hecho de que su maletín de mano y el de mister Ralph Westerham son
idénticos y llevan además las mismas iniciales, hubo una pequeña confusión.
Usted se llevó por equivocación el de él, y viceversa, él el de usted. Mister
Westerham, tan pronto se dio cuenta del error, se apresuró a hacer todo lo que
usted me acaba de decir ¿cierto?
—Exactamente. Yo mismo no
me di cuenta de lo ocurrido hasta que me lo advirtió mi criado y mister
Westerham, senador y hombre por el que yo siento una verdadera admiración, hizo
la correspondiente enmienda a su precipitada maniobra.
—Bien, entonces no veo...
—Ahora lo verá. Eso es
sólo el principio de la historia. Ayer, por casualidad, me encontré en la calle
al senador Westerham y se me ocurrió mencionarle el incidente. Con gran
sorpresa me enteré de que desconocía por completo el hecho. Aun más. Lo
consideró completamente irrealizable, puesto que ningún maletín de mano
aparecía entre la lista de artículos de su equipaje.
—¡Sí que es raro!
—Lo es. Si alguien hubiese querido
robar mi maletín, podía haberlo hecho sin necesidad de recurrir a esa clase de
maniobras. Por otra parte, y admitiendo que se tratara de una equivocación,
¿porqué habían usado el nombre del senador Westerham? Supongo que no pasará de
ser una tontería, pero tengo curiosidad por llegar al fondo de todo ese asunto.
¿Cree usted que el caso vale la pena de ser investigado?
—Sí, sí, ya lo creo. Es un
pequeño problema que, como usted dice, puede tener una inocente solución.
Pero... ¡quién sabe! Lo primero que hemos de averiguar es el motivo de esa inexplicable
sustitución. ¿Dice usted que no faltaba nada del maletín cuando éste fue
devuelto?
—Mi criado, que es quien
lo sabe, dice que no.
—¿Qué había en él, si es
que puede saberse?
—En su mayor parte, botas.
—¿Botas? —contestó desconcertado
Tommy.
—Sí, botas. Es extraño,
¿verdad?
—Perdone usted mi pregunta —dijo Tommy—, pero..., ¿no llevaba
algún papel secreto en la suela o en el tacón? La pregunta pareció recrear al
embajador.
—Creo que el secreto
diplomático no ha tenido todavía necesidad de descender a esa clase de
procedimientos.
—En ficción, sí —replicó Tommy con sonrisa
y gesto de querer enmendar su poco acertada deducción—. Dígame, ¿quién fue a
recoger el maletín, el otro, me refiero?
—Supongo que uno de los
sirvientes de Westerham. Un hombre corriente, por lo que oí decir al mío.
—¿Sabe usted si lo
llegaron a abrir?
—No puedo decírselo. ¿Por
qué no se lo pregunta a mi criado? Él podrá darle toda clase de detalles. —Creo que será lo más
acertado, mister Wilmott.
El embajador escribió unas cuantas líneas en una de sus tarjetas y se
la entregó a Tommy.
—Supongo que preferiría
usted ir a la Embajada y hacer allí su interrogatorio, ¿verdad? En caso
contrario, enviaré a mi hombre, se llama Richards, al sitio que usted me
designe.
—No, gracias, mister
Wilmott; es mejor que yo vaya a la Embajada.
El embajador echó una rápida mirada a su reloj.
—¡Demonios! —dijo levantándose—. Voy a llegar tarde a una
cita. Adiós, mister Blunt. Queda-mos, entonces, en que usted se encargará del
asunto.
Después que hubo desaparecido, Tommy miró a Tuppence, que, durante todo
aquel tiempo, había permanecido muy seria tomando apuntes en su cuaderno de
notas.
—¿Qué opinas? —preguntó.
—Que no tiene ni pies ni
cabeza.
—Exacto. Y es de ahí
precisamente de donde han de partir nuestras deducciones. O mucho me equivoco,
Tuppence, o algo muy profundo se encierra en esa, al parecer, insignificante
equivocación.
—¿Tú lo crees así?
—Es una hipótesis muy
aceptable por lo general.
—Pero, ¿acaso puede
sacarse alguna deducción de unas botas?
—¿Y por qué no?
—¡Qué sé yo! ¿Quién puede
desear calzarse las botas de otro?
—Podían simplemente
haberse equivocado de maletín —sugirió Tommy.
—Sí, cabe en lo posible.
Pero si eran papeles lo que ellos buscaban, lo más lógico sería que se
hubiesen equivocado de cartera, no de maletín. Insisto en que las botas nada
tienen que ver con este asunto.
—Bien —dijo Tommy exhalando un
profundo suspiro—. Nuestro primer paso ha de ser el de entrevistarnos con el amigo
Richards. Quizás él pueda arrojar un poco de luz en este misterio.
Al presentar la tarjeta de mister Wilmott, Tommy fue admitido en uno de
los saloncitos de la Embajada, donde poco después se presentó un joven pálido
y de modales respetuosos que, con voz apagada, hizo su presentación y se
dispuso a ser sometido a un interrogatorio.
—Yo soy Richards,
caballero. El sirviente de mister Wilmott. Me ha dicho mi señor que deseaba
usted interrogarme.
—Sí, Richards. Míster
Wilmott fue a visitarme esta mañana y me sugirió que le hiciese unas cuantas
preguntas acerca de cierto incidente ocurrido con un maletín.
—Sé que mister Wilmott
está algo preocupado por el caso, pero no sé por qué. Que yo sepa, nada se ha
perdido. Por el hombre que vino a hacer el cambio supe que el suyo pertenecía
al senador Westerham.
—¿Cómo era ese hombre?
—De unos cuarenta y cinco
o cincuenta años, pelo gris y de aspecto bastante distinguido. Creo que era el
ayuda de cámara del senador.
—¿Llegó usted a abrir la
maleta?
—¿Cuál, señor?
—Me refería a la que trajo
usted del barco, pero no estará de más que también me dé usted algunos detalles
acerca de la de mister Wilmott. ¿Cree usted que ésta llegó a ser desempaquetada?
—No lo sé. Su aspecto era
de que no. Estaba tal cual yo la dejé en el barco. Seguramente el caballero, o
quienquiera que fuese, la abrió, y al ver que no era la suya volvió a cerrarla
y la trajo sin pérdida de tiempo.
—¿No faltaba nada? ¿Ni el
más insignificante artículo?
—No.
—Ahora vamos a la otra.
¿Llegó usted a abrirla?
—A decir verdad estaba a
punto de hacerlo cuando se presentó el ayuda de cámara, o lo que sea, del
senador Westerham.
—Pero, ¿llegó usted a
abrirla?
—Lo hicimos entre los dos
para convencernos de que esta vez no habría ya equivocación posible. El hombre
dijo que estaba bien, volvió a cerrarla y se la llevó.
—¿Qué había dentro? ¿Botas
también?
—No, señor. Artículos de
tocador en su mayor parte. Entre ellos una gran lata de sales para el baño.
Tommy decidió, de momento, cambiar el tema de la conversación.
—¿Recuerda usted haber
visto a alguien curioseando entre los objetos personales de mister Wilmott?
—No, señor.
—¿Algo sospechoso, de acto
o de palabra? El hombre pareció titubear.
—Ahora que recuerdo... —comenzó.
—Sí, sí, diga...
—No creo que tuviese que
ver nada con lo que hablamos, pero... Ocurrió algo, una vez, con una joven que
venía en el mismo barco.
—¿Una joven? A ver, a ver,
cuente.
—Una señorita muy
simpática. Creo que se llamaba Eileen 0'Hara. No muy alta, elegante y de
cabellos negros. Su aspecto era más bien el de una extranjera.
—¿Ah, sí? ¡Hombre, esto
parece interesante! —dijo
Tommy preparándose a escuchar con atención.
—Le dio una especie de
desvanecimiento precisamente frente a la puerta del camarote de mister Wilmott.
La hice entrar y la dejé recostada en un sofá mientras yo iba apresuradamente
en busca del doctor. Tardé algunos minutos en dar con él, y al volver en su
compañía encontramos a miss 0'Hara ya casi repuesta de su ligera
indisposición.
—¡Oh! —dijo Tommy. —Supongo que no creerá
usted que...
—Es muy difícil saber
exactamente lo que debe uno creer —respondió Tommy sin dar aparentemente gran importancia a lo que acababa
de decir—. ¿Sabe usted si viajaba
sola miss 0'Hara?
—Creo que sí, señor.
—¿La ha vuelto usted a ver
desde que desembarcaron?
—No, señor.
—Bien —dijo Tommy después de
quedarse breves momentos entregado a profundas reflexiones—. Creo que esto es todo.
Gracias, Richards.
—Gracias a usted, señor.
De vuelta a la oficina, Tommy explicó a Tuppence la conversación
sostenida con Richards. Ésta escuchó el relato con la mayor atención.
—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó al fin.
—Que ese desmayo me huele
a algo sospechoso. Tan oportuno como injustificado. Y ese nombre de Eileen
0'Hara, ¿no te dice nada? Casi imposible tratándose de una irlandesa.
—Al menos tenemos ya algo
en qué fundamentar nuestras pesquisas. ¿Sabes lo que voy a hacer, Tuppence?
Poner un anuncio.
—¿Qué?
—Sí, un anuncio
solicitando informes sobre el paradero de una tal Eileen 0'Hara, pasajera del Nomadic
en fecha tal y tal. Si es mujer de ley acudirá en persona, y si no, no faltará
quien nos traiga las noticias que necesitamos.
—Pero no olvides que con
eso conseguirás también ponerla en guardia.
—Sí, pero, ¿qué quieres?
Es preciso correr el riesgo.
—Todavía no acabo de
comprender la finalidad de todo esto —dijo Tuppence—. Si una
cuadrilla de ladrones se apodera de una de las maletas del embajador, la
retiene una o dos horas en su poder y después la devuelve, sin haber hecho
ningún uso de lo que había dentro, ¿qué han salido ganando con todo ello?
Tommy la miró fijamente unos instantes.
—Tienes razón —dijo al fin—, y aunque no lo creas,
acabas de darme una idea.
Pasaron dos días, Tuppence había salido a comer y Tommy, solo en el
austero despacho de mister Blunt, trataba de ampliar sus conocimientos leyendo
lo más selecto de entre las últimas novelas de misterio.
Se abrió la puerta de la oficina y en ella apareció la conocida figura
del joven Albert.
—Miss Cicely March desea verle. Dice que viene en respuesta a su reciente anuncio en los diarios.
—Hazla pasar —gritó Tommy, escondiendo
el libro en uno de los cajones.
Un minuto más tarde Albert introducía en el despacho a la recién
llegada. Acababa apenas Tommy de apreciar que ésta era rubia y extremadamente
bonita, cuando ocurrió algo extraordinario.
La misma puerta por la que había entrado Albert se volvió a abrir con
violencia y en el umbral apareció la pintoresca figura de un hombre fuerte y
moreno, latino al parecer, con una corbata de color rojo fuego lo más
escandalosamente llamativa que podía uno imaginarse. Tenía las facciones
contraídas por la rabia, y en la mano empuñaba una reluciente pistola.
—¿Conque ésta es la
oficina de ese metomentodo a quien llaman Blunt? —dijo en perfecto inglés.
Su voz era amenazadora y silbante—. ¡Arriba las manos o disparo!
La orden tenía todas las características de ser llevaba a la práctica si
no se obedecía; así es que Tommy hubo, muy a disgusto suyo, de extender los
brazos en dirección al techo. La joven se acurrucó contra la pared después de
lanzar un apagado grito de terror.
—Esta señorita se vendrá
conmigo —prosiguió el hombre- . Sí, sí, amiga mía. Usted
no me ha visto en su vida, pero eso no hace al caso. No puedo permitir que mis
planes corran el peligro de frustrarse por un pequeño detalle así. Además, creo
recordar que usted estaba entre los pasajeros del Nomadic. ¿A qué ha
venido aquí? A contar, sin duda, algo de lo que viera en el barco, ¿eh? Es
usted muy listo, mister Blunt, pero da la circunstancia de que yo también
acostumbro a leer la sección de anuncios y me he podido enterar así de este
pequeño juego.
—Me interesa sobremanera
lo que está usted diciendo, caballero, y le suplico que continúe —dijo Tommy.
—Me gusta su tupé, mister
Blunt, pero debo advertirle que no le va a servir de nada. Desde este momento
está usted señalado. Renuncie a meterse donde no le llama nadie, y todo irá
bien. De lo contrario... Dios tenga piedad de su alma. La muerte no tarda en
llegar para aquellos que se empeñan en cruzarse en nuestro camino.
Tommy no contestó. Miraba por encima del hombro del intruso como quien
viera un alma en pena, algo irreal.
Y a decir verdad vio algo que le causó más impresión que la que le
hubiese producido la presencia de un fantasma. Hasta ahora no se le había
ocurrido pensar en Albert como factor decisivo en la solución del conflicto.
Le suponía tendido en el suelo, sin sentido, víctima de la asechanza del
siniestro visitante.
Sin embargo, y sin saber cómo, Albert había logrado escapar a la
atención del intruso. Pero en vez de ir a buscar un policía como en su lugar
hubiese hecho cualquier inglés normal, optó por tomar cartas directamente en el
asunto. La puerta situada tras el extraño personaje se abrió lentamente y
Albert se mantuvo en la abertura con un gran rollo de cuerda colgado del
brazo.
Un angustioso grito de protesta iba a salir de los labios de Tommy, pero
ya era tarde. Albert, loco de entusiasmo, había lanzado su lazo sobre la cabeza
del asaltante y con un violento tirón le hizo perder el equilibrio y caer
pesadamente cuan largo era.
Y sucedió lo inevitable. Retumbó la pistola y una bala fue a incrustarse
en la pared después de rozar peligrosamente una de las orejas de Tommy.
—¡Lo cacé, señor! —gritó Albert ebrio de
entusiasmo—. De algo había de servir
un deporte que he venido practicando desde hace tiempo en mis ratos perdidos.
¿Quiere usted ayudarme? Este hombre es en demasía violento y no puedo con él.
Tommy se apresuró a acudir en auxilio de su fiel ayudante, pero resuelto
a privarle en lo sucesivo de la mayor cantidad posible de ratos perdidos.
—¡Idiota, más que idiota! —dijo—. ¿Por qué no te fuiste a
buscar a un policía? Has estado a punto, con tus impertinencias, de que este
hombre me metiera con toda facilidad una bala en mitad de la cabeza.
—Pero no me negará que mi
lazada ha sido impecable —continuó el jovenzuelo sin dar su brazo a torcer—. Es admirable lo que esos
vaqueros pueden llegar a hacer en las praderas.
—Sí, sí, pero ten en
cuenta que no estamos en las praderas, sino en una ciudad civilizada.
—Y ahora, mi querido amigo —añadió, dirigiéndose a la
postrada figura—, vamos a ver lo que hacemos con usted.
Un torrente de imprecaciones en lengua extranjera fue su única
respuesta.
—No comprendo una palabra
de lo que dice —replicó Tommy—, pero me da en la nariz
que son palabras indignas de ser pronunciadas en presencia de una dama. Usted
me perdonará señorita... ¿cómo ha dicho usted que se llamaba?
—March —contestó la muchacha, que
continuaba pegada a la pared, pálida y temblorosa.
Al fin se adelantó, y, poniéndose junto a Tommy, se dedicó a mirar al
extraño con recelosa curiosidad.
—¿Qué van ustedes a hacer
con él? —preguntó.
—Si quiere usted, ahora es
cuando podría ir a buscar a un guardia —dijo Albert, dirigiéndose a su jefe.
Pero Tommy, al levantar la vista, vio el leve movimiento negativo de
cabeza que hizo la muchacha y exclamó:
—Vamos a dejarle marchar
por esta vez. Pero no sin antes darme el placer de echarle a patadas escaleras
abajo, aunque sólo sea para enseñarle el modo cómo debe de comportarse en
presencia de una dama.
Le quitó la cuerda que llevaba al cuello y, poniéndole en pie sin
grandes miramientos, se lo llevó a empujones hasta la misma puerta exterior de
la oficina.
Se oyeron unos gritos agudos seguidos de un batacazo sordo como el que
produce un bulto al caer desde cierta altura. Tommy volvió a entrar satisfecho
y sonriente.
La muchacha le miraba con ojos desmesuradamente abiertos.
—¿Le... le ha hecho usted
daño? —preguntó.
—Creo que sí, pero no
estoy muy seguro. Esos rufianes siempre acostumbran a chillar antes de que se
les toque. ¿Quiere usted que entremos de nuevo en mi despacho, miss March, y
que prosigamos nuestra interrumpida conversación? No creo que nadie venga a
estorbarnos de nuevo.
—Y si viene ya sabe que
aquí estoy yo con mi lazo —observó Albert.
—Guarda esas cuerdas —le ordenó su jefe con
seriedad. Pasaron a la oficina interior, donde Tommy se sentó ante su mesa
después que la visitante lo hiciera frente a él.
—Verdaderamente no sé por
dónde empezar —dijo la muchacha—. Como acaba de oír a ese
hombre, yo era una de las pasajeras del Nomadic. También lo era miss
0'Hara, a quien usted hace referencia en su anuncio.
—Eso lo sabemos ya —interrumpió Tommy—, pero sospecho que usted
debe conocer algo acerca de los movimientos de miss 0'Hara en el barco, pues de
otro modo el caballero que acabo de echar no se habría dado tanta prisa en
visitarme.
—Le diré cuanto sé. El
embajador estadounidense se encontraba a bordo. Un día, al pasar yo frente a
su camarote, vi a una mujer dentro que hacia algo tan extraordinario que me
obligó a detenerme y a observar. Tenía una bota de hombre entre las manos...
—¿Una bota? —gritó excitado Tommy—. Perdone, señorita.
Prosiga.
—Sí, una bota, en cuyo
fondo, y con ayuda de unas tijeras, logró esconder algo que a la distancia a
que yo me hallaba era imposible de precisar. En aquel momento el doctor y otro
hombre se acercaban a lo largo del corredor y vi cómo ella se desplomaba
sobre el sofá, lanzando débiles gemidos. Esperé y por lo que pude oír de la
conversación comprendí que el desmayo era fingido y se trataba de una simple
comedia. Tommy asintió con un movimiento de cabeza.
—Siga usted —dijo.
—Me da vergüenza explicar
lo que a continuación sucedió. Sentí curiosidad. Había estado leyendo algunas
de esas novelas que hoy están en boga y me figuré que habría puesto una bomba o
alguna aguja envenenada en la bota de mister Wilcott. Comprendo que es absurdo
lo que digo, pero fue tal como lo pensé.
De todos modos, al pasar de nuevo frente al camarote, no pude resistir
la tentación, penetré en él y me puse a examinar la mencionada bota. De su
forro extraje un pedazo de papel cuidadosamente doblado que me llevé
apresuradamente para estudiarlo en mi cuarto con mayor detenimiento. Mister
Blunt, en él no había escrito sino unos cuantos versículos de la Biblia.
—¿Versículos de la Biblia? —repitió Tommy, extrañado.
—Por lo menos, y aunque no
los entendí, es lo que a mí me parecieron. Creyendo que era obra de una maníaca
religiosa, no consideré imprescindible su devolución ni volví a acordarme de él
hasta ayer, que se me ocurrió convertirlo en un barquito para que jugara un
sobrino mío en su bañera. Al humedecerse el papel observé que cambiaba de
color y un extraño dibujo aparecía en su superficie. Lo saqué de la bañera,
deshice el juguete y volví a alisarlo cuidadosamente. El agua había actuado de
revelador y puso a la vista el escondido mensaje. Era algo así como un calco
que representaba la boca de una bahía. Tommy se levantó de la silla como movido
por un resorte.
—Esto que dice usted es
muy interesante. Ahora lo veo claro. Ese calco que usted dice es sin duda el
plano de alguna importante defensa costera, robado, sin duda, por esa mujer. Debió
temer que alguien siguiera su pista, y no atreviéndose a esconderlo entre sus
propias prendas, buscó un sitio que se acomodara más a las circunstancias. Más
tarde consiguió apoderarse del maletín, sólo para encontrar que el misterioso
papel había desaparecido. ¿Lo trae usted consigo, miss March? La muchacha movió
la cabeza negativamente.
—Está en mi
establecimiento. No sé si sabrá usted que tengo un instituto de belleza en la
calle Bond. En realidad soy agente en exclusiva de los productos Cyclamen, de
Nueva York. Ésa es la razón de que tuviera que hacer un viaje allí. Creí que el
papel era importante y decidí guardarlo en la caja fuerte hasta mi vuelta. ¿No
cree usted que deberíamos ponerlo en conocimiento de Scotland Yard?
—Sin duda alguna.
—Entonces lo mejor será
que nos vayamos a mi tienda, lo saquemos y lo llevemos inmediatamente a
jefatura.
—Tengo mucho trabajo esta
tarde —dijo Tommy adoptando la
clásica postura y consultando su reloj—. El obispo de Londres me espera para tratar de la desaparición de
ciertos ornamentos religiosos de gran valor, no sólo intrínseco, sino
extrínseco.
—En ese caso —contestó miss March,
levantándose—, iré yo sola.
Tommy levantó una mano en señal de protesta.
—No me ha dejado usted
acabar. Iba a decir que el obispo no tendrá más remedio que esperar. Dejaré
unas cuantas líneas a Albert. Estoy seguro, miss March, que hasta que el papel
no esté a salvo en las oficinas de Scotland Yard, corre usted un gravísimo
riesgo.
—¿Cree usted eso? —preguntó la muchacha
dudando. —No es que lo crea, es que
estoy seguro. Permítame un instante.
Escribió unas cuantas palabras en el bloque de papel que había frente a
él, separó la hoja y se la entregó a Albert dándose aire de gran señor.
—Me llaman para un caso
muy urgente —dijo—. Explícaselo así a Su
Ilustrísima, si es que se decide a venir. Aquí están mis instrucciones para
miss Robinson.
—Muy bien, señor —contestó Albert,
siguiendo el Juego—. ¿Y qué hay de las perlas de la duquesa? Tommy agitó airadamente ambas
manos.
—Eso también puede esperar —chilló. En la mitad del
tramo de la escalera se encontró con Tuppence, a quien dijo con brusquedad y
sin detenerse.
—¡Otra vez tarde, miss
Robinson! He de salir para un caso urgente.
Tuppence se quedó mirando cómo se alejaban. Después enarcó las cejas y
prosiguió su marcha ascendente.
Al llegar la pareja a la calle, un taxista se acercó solícito a ofrecer
sus servicios. Tommy, casi a punto de tomarlo, pareció cambiar de opinión.
—¿Le gusta a usted andar,
miss March? —preguntó quedándose
serio de pronto.
—Sí, pero mejor sería que
tomásemos un taxi, ¿no le parece? Llegaríamos más aprisa.
—Es cierto, pero... ¿no se
ha fijado usted en el taxista ese? Acaba de rehusar un pasajero poco antes de
acercarnos nosotros. Por lo visto nos esperaba. Mucho cuidado, miss March. Sus
enemigos vigilan y creo que lo más prudente es que caminemos hasta la calle
Bond. No se atreverán a intentar un golpe en un lugar tan concurrido como éste.
—Bien —asintió la muchacha.
Como había dicho Tommy, las calles de aquel sector estaban abarrotadas
de gente. El avance era lento. De pronto se detuvo, y apartando a un lado a la
muchacha, la miró unos instantes compungido.
—Lleva aún impresas en la
cara las huellas del susto que acaba de pasar —le dijo—. ¿Qué le parece si
entráramos aquí un momento y nos tomásemos una buena taza de café? Y hasta una
copita de coñac, ¿eh?
—No, no, coñac no.
—Bien. Entonces café. Yo
creo que en este establecimiento no corremos el riesgo de que nos envenenen.
Tomaron lo pedido con toda calma y a continuación reanudaron la marcha,
esta vez a paso más rápido que el anterior.
—Estoy absolutamente
seguro de que hemos acabado por despistar a nuestros seguidores —comentó Tommy después de
haber echado una rápida mirada a su alrededor por encima del hombro.
Cyclamen, Compañía Limitada era un pequeño establecimiento enclavado en
la calle Bond, con cortinas de tafetán de un rosa pálido y uno o dos tarros de
pasta facial y una pastilla de jabón como adorno para el escaparate.
Allí entró Cicely March seguida de Tommy. El interior era de lo más
diminuto que podía darse. A la izquierda había un mostrador con preparados de
tocador y tras él una mujer de mediana edad, pelo gris y cutis de adolescente
que acogió la entrada de Cicely March con una leve inclinación de cabeza antes
de proseguir la conversación con la cliente a quien estaba atendiendo.
La parroquiana era una mujer baja y morena a la que, por su posición de
espaldas, no podía vérsele la cara. Hablaba el inglés con gran dificultad. A
la derecha había un sofá, dos sillas y una mesa en la que aparecían esparcidas
unas cuantas revistas. Las sillas estaban ocupadas por dos hombres, dos
aburridos y resignados maridos, sin duda, en espera de sus respectivas esposas.
Cicely March cruzó la diminuta estancia y desapareció por una puerta que
había al fondo y que mantuvo entreabierta a fin de que Tommy pudiese seguirla.
Al ir a entrar éste la parroquiana exclamó: «¡Ah, pero si es un amigo mío!», y corrió tras
ellos insertando su pie en la abertura para evitar que la puerta volviese a
cerrarse. Al mismo tiempo los dos hombres se pusieron en pie. Uno pasó a la
trastienda mientras el otro se dirigía a la empleada y le tapaba la boca con
una de sus manos para sofocar un grito de sorpresa y terror que estuvo a punto
de brotar de su garganta.
Mientras tanto, en el interior los acontecimientos se sucedieron con
sorprendente rapidez. Al pasar Tommy sintió que un trapo empapado en sofocante
narcótico era aplicado con fuerza contra su cara obligándole a aspirar su
emanación. Un instante después un agudo chillido de la muchacha hizo que el
asaltante abandonara precipitadamente su presa.
Tommy tosió repetidas veces mientras trataba de hacerse cargo de la
situación. A su derecha estaba el misterioso personaje que poco antes arrojara
de la oficina, y a su lado, entregado a la rutinaria tarea de sujetarle unas
esposas, uno de los «aburridos maridos» que poco antes viera sentados en la
tienda. Frente a él, Cicely March hacía esfuerzos desesperados por librarse de
la tenaza que los brazos de la parroquiana habían logrado echar alrededor de
su cintura. Al volverse ésta y desprenderse el velo que cubría su cara, Tommy
reconoció al instante las inconfundibles facciones de su adorado tormento.
—Bien hecho, Tuppence —dijo adelantándose—. Déjame que te ayude. Yo
en su lugar abandonaría la lucha, miss 0'Hara, ¿o prefiere usted que siga
llamándola miss March?
—Éste es el inspector
Graves, Tommy —explicó Tuppence—. Tan pronto como leí la
nota que dejaste, telefoneé a Scotland Yard, que me envió al inspector Graves y
a uno de sus agentes.
—Me alegro de haber podido
echar el guante a este caballerete —añadió el inspector—. Hacía tiempo que le andábamos buscando, pero vamos, jamás se nos había
ocurrido pensar que tuviese algo que ver con el establecimiento. Creíamos que
se trataba de un verdadero instituto de belleza.
—Y ahora se explica —prosiguió Tommy—, el porqué esos señores
tuviesen tanta prisa en recuperar el maletín que, durante dos horas, había
estado entre los efectos personales del embajador. ¡Claro! Sabían
perfectamente que el equipaje de un diplomático no está sujeto, como los
otros, al denigrante proceso de una inspección aduanera. ¿Motivo del cambio?
Contrabando. Pero, ¿contrabando de qué? De algo que no abultase. Y al instante
pensé en los estupefacientes. Después, aquella pintoresca comedia que tuvo lugar
en mi despacho. Habían leído mi anuncio y pensaron en amedrentarme, o en
apelar a procedimientos más drásticos si fracasaban en su intento. Pero dio la
circunstancia de que me fijé en el espanto que se reflejó en los hermosos ojos
de esa señorita cuando Albert se le ocurrió hacer aquella exhibición de su
destreza en e] manejo del lazo. Esto, por lo visto, no había entrado en sus
cálculos. El ataque de este pistolero de opereta se hizo con el solo objeto de
asegurar mi confianza en ella. Yo desempeñé el papel de crédulo polizonte,
hice ver que me tragaba su descabellada historia e hice que me trajera aquí
después de haber dejado instrucciones precisas a Tuppence sobre el modo de
resolver la situación. Valiéndome de varios pretextos, retrasé mi llegada para
darles a todos tiempo sobrado de llegar aquí antes que yo.
Cicely March lo estaba mirando fijamente con expresión de esfinge.
—Está usted loco —dijo—. No sé qué es lo que va a
encontrar aquí.
—Recordando que Richards
vio una lata con sales para el baño, ¿qué le parece, inspector, si comenzáramos
por examinar éstas?
—Que no es mala idea —contestó el aludido. Tomó
una y vació su contenido sobre la mesa. La muchacha se echó a reír.
—Cristales genuinos,
¿verdad? —dijo Tommy—. Sin embargo, nada tan
mortífero como el carbonato de sosa.
—Busquen en la caja fuerte —sugirió Tuppence.
Había una de éstas en uno de los rincones con la llave puesta en la
cerradura. Al abrirla, Tommy no pudo reprimir un grito de satisfacción. El
fondo de la caja se abría a su vez, dando acceso a una cámara excavada en el
muro y llena de las mismas elegantes latas de sales que había en el primer
compartimiento. Tomó una y levantó la tapa. Bajo una delgada capa de cristales
rosa apareció un polvo blanco. El inspector dejó escapar una sonora
interjección.
—Creo que hemos encontrado
lo que tanto buscábamos —dijo—. Apuesto diez contra uno
a que esa lata está llena de cocaína pura. Sabíamos que había alguien que se
dedicaba a la distribución de esa droga en el West End, pero jamás pudimos
localizarle. Buen golpe el suyo, mister Beresford.
—¡Más bien un buen golpe
de los brillantes detectives de Blunt! —susurró Tommy al oído de Tuppence después que hubieron salido a la calle—. Es una gran cosa esto de
estar casado. Tus persistentes lecciones me han enseñado al fin a reconocer
el peróxido sobre todo cuando éste se aplica al cabello de una mujer. Hoy no
hay rubia postiza que me la pegue a mí.
Y ahora, vamos a redactar una carta para el embajador diciéndole que su
asunto ha quedado resuelto satisfactoriamente. Después... ¿qué te parece,
Tuppence, si nos fuéramos a tomar una buena taza de té acompañada de tostadas
bien untadas de mantequilla?
Capítulo 23 El Número
16, Desenmascarado
Tommy y Tuppence estaban encerrados con el jefe en el despacho privado
de éste. Su elogio había sido caluroso y sincero.
—Han llevado el caso
admirablemente —dijo—. Gracias a ustedes hemos
conseguido atrapar a no menos de cinco importantes personajes y obtenido una
valiosísima información. Pero debo advertirles que por fuentes fidedignas nos
hemos enterado de que en el cuartel general de malhechores en Moscú hay una
gran alarma por la falta de noticias de sus agentes. Creo que, a pesar de todas
nuestras precauciones, han empezado a sospechar que algo raro ocurre en lo que
pudiera llamarse su centro de distribución, las oficinas de mister Theodore
Blunt. La oficina internacional de detectives.
—Bien —respondió Tommy—; era de esperar que tarde
o temprano acabarían por darse cuenta de ello.
—Así
es, era de esperar. Pero estoy un poco
inquieto por su esposa, Tommy.
La contestación del matrimonio fue rápida y simultánea.
—Yo me ocuparé de ella —dijo él; y ella—: Soy capaz de cuidarme a
mí misma.
—jHummm! —gruñó mister Cárter—. El exceso de confianza
en sí mismos ha sido siempre la característica de ustedes dos, y si su
inmunidad hasta este momento se ha debido a la suerte o a su gran capacidad y
tacto, es cosa que aún no me he parado a considerar. No olviden que la fortuna
es veleidosa y que... en fin, no insisto más. Del extenso conocimiento que
tengo sobre mistress Beresford deduzco que será completamente inútil pedirle
que se mantenga al margen de los acontecimientos durante las dos o tres próximas
semanas.
El silencio de ésta le dio a entender que no se había equivocado en su
disposición.
—Entonces, lo único que me
resta por hacer es darles cuanta información tengo sobre el particular. Tenemos
motivos para creer que un agente especial ha salido de Moscú en dirección a
este país. No sabemos ni el nombre bajo el cual viaja, ni cuándo llegará. Lo
único que sabemos es que nos dio mucho quehacer durante la guerra y que es un
sujeto con el don, al parecer, de la ubicuidad, puesto que siempre aparece
donde menos se le espera. Es ruso de nacimiento y un acabado lingüista que le
permite adoptar seis nacionalidades distintas, incluyendo la suya. Es también
un experto en el arte de la caracterización. Y tiene talento. Fue él quien
ideó esa clave con el número dieciséis.
»Cuándo aparecerá, no lo sé, pero no ha de tardar. Lo único cierto es
que no conoce personalmente a míster Blunt. Probablemente se presentará en su
oficina bajo cualquier pretexto y tratará de identificarle mediante el uso de
santos y señas previamente convenidos. El primero de ellos, y como ustedes no
ignoran, es la mención del número dieciséis, que debe ser contestada con otra
frase en la que asimismo aparezca dicho número. El segundo, del que hace sólo
unos días nos hemos enterado, será el de inquirir si han pasado ustedes el
Canal. A esto deberá contestar: "Estuve en Berlín el trece del mes
pasado". Y creo que eso es todo. Sugiero que para ganar su confianza,
conteste usted lo más correctamente que pueda. Prolongue la farsa cuanto tiempo
sea preciso y aunque le vea dudar aparentemente, manténgase en guardia.
Nuestro amigo es muy astuto y sabe hacer el doble juego tan bien o mejor que
cualquiera de nosotros. De todos modos espero que no ha de tardar en caer en el
garlito. Desde hoy he decidido adoptar medidas especiales. Un micrófono fue
instalado ayer noche en sus oficinas para que uno de mis hombres pueda oír
desde abajo cuanto ocurre en su despacho. De esta forma yo estaré en constante
contacto con él y podría acudir en su auxilio a la menor indicación de
peligro.
Después de unas cuantas instrucciones adicionales y de una discusión
general sobre tácticas, partió la joven pareja y se encaminó rápidamente en
dirección a la oficina de los brillantes detectives de Blunt.
—Es tarde —dijo Tommy consultando su
reloj—. Las doce. Hemos estado
mucho tiempo con el jefe. Bien, creo que no habrá quedado descontento de
nuestra actuación.
—En conjunto —respondió Tuppence—, no lo hemos hecho del
todo mal. El otro día hice un resumen de todas nuestras actividades. Hemos
resuelto cuatro misteriosos casos de asesinato, apresado una banda de
falsificadores y otra de contrabandistas.
—En total, dos bandas.
Esto de «bandas» suena muy bien. ¿No te parece? -
—Un caso de robo de
alhajas —prosiguió Tuppence haciendo
uso, en el recuento, de sus dedos—, dos casos de muerte violenta, un caso de desaparición de una dama que
trataba meramente de reducir sus voluminosas formas, otro de protección de una
joven desamparada, una coartada destruida y (¿por qué no reconocerlo?) también
un espantoso fracaso. El resultado, como promedio, es altamente satisfactorio.
Hay que reconocer, pues, que somos verdaderamente
inteligentes.
—Por lo que veo te lo has
creído —le dijo Tommy—. Siempre te oigo repetir
lo mismo. Sin embargo, yo tengo la convicción de que en una o dos ocasiones ha
sido la suerte quien ha representado el papel principal.
—Tonterías —replicó Tuppence
señalándose la frente—. Todo se ha debido a esa cantidad de materia gris que tenemos aquí
dentro.
—¿Ah, si? ¿Y qué dices de
cuando Albert le dio por hacernos aquella exhibición de lazo? ¿Tampoco querrás
admitir que fue suerte, y no poca, la que tuve al escapar de un balazo en mitad
de la cabeza? Pero oye, Tuppence, parece como si hablases ya de cosas pasadas.
—Y lo son —contestó bajando la voz—. Ésta es nuestra última
aventura. Cuando hayamos atrapado a ese super espía por las orejas, los dos
grandes detectives se dedicarán a la cría de abejas en gran escala o a la
siembra de calabacines.
—¿Estás cansada ya de esa
vida?
—Si... sí, creo que lo
estoy. Además, temo que un día u otro cambie la suerte y...
—Pero, ¿no decías hace un
momento que la suerte en nada había influido en nuestros éxitos?
En aquel momento entraban por la puerta del edificio en que estaban
instaladas las oficinas de la Agencia Internacional de Detectives y Tuppence,
con extraordinaria habilidad, eludió la respuesta.
Albert montaba guardia en el saloncito exterior y entretenía su ocio
tratando de hacer equilibrios con una regla que se había colocado
perpendicularmente encima de su chatita nariz.
Lanzándole una despectiva mirada de reproche, el grave mister Blunt pasó
de largo y penetró en su despacho particular. Desprendiéndose del abrigo,
abrió el armario sobre cuyos estantes reposaban los tomos de su clásica
biblioteca de grandes maestros en la ficción.
—La elección va haciéndose
cada vez más difícil —murmuró
Tommy—. ¿A quién trataré de
personificar hoy?
La voz de Tuppence, y más que la voz su extraña entonación, le hizo
volverse súbitamente.
—Tommy —dijo ella—, ¿te acuerdas a qué día
del mes estamos hoy?
—Espera... a once... ¿Por
qué lo preguntas? —Mira el
calendario.
Colgado de la pared había uno de esos calendarios en los que hay que
arrancar a diario una de las hojas. La que ahora aparecía señalaba el domingo,
día dieciséis.
—¡Qué extraño! ¡Como no
sea Albert quien se haya entretenido en hacer esa mamarrachada!
—No creo, pero podemos
preguntárselo. Al ser interrogado aquél, quedó tan sorprendido como el matrimonio.
Juró que sólo había arrancado una, la del día anterior. Su declaración fue
sustanciada por el hecho de que la hoja se encontró hecha un ovillo tras el
guardafuegos, mientras las sucesivas yacían limpiamente en el fondo de la
papelera.
—¡Vaya! Un criminal, por
lo visto, metódico y cuidadoso —comentó Tommy—. ¿Quién
ha venido aquí esta mañana? ¿Algún cliente, quizá?
—Sí, una enfermera que
parecía sobresaltada y muy ansiosa de verle. Dijo que esperaría hasta que
llegase usted y le hice pasar a la sección de «Empleados» para que estuviese
allí más caliente.
—¡Claro! ¡Y para que
pudiera pasar a mi despacho sin que nadie la viese! ¿Cuánto tiempo hace que se
marchó la tal enfermera?
—Una media hora, señor.
Dijo que volvería con toda seguridad esta misma tarde. Era una mujer de
aspecto verdaderamente maternal.
—Conque maternal, ¿eh?
¡Quítate ahora mismo de mi vista!
Albert se retiró, ofendido.
—¡Qué principio más raro! —comentó Tommy—. Y al parecer sin
finalidad alguna. Bien. Estemos en guardia. Supongo que no habrá ninguna bomba
escondida en la chimenea o en alguno de esos rincones.
Después de inspeccionar detenidamente toda la habitación, se sentó a la
mesa y se dirigió a Tuppence.
—Mon ami —dijo—, hacemos frente a un
asunto de suma gravedad. ¿Recuerdas el hombre que aplastamos como una cascara
de huevo, con la ayuda de fuertes explosivos, bien entendido, y que
decía llamarse el número cuatro? Pues bien, éste es nuestro hombre actual,
corregido y aumentado. Es el número dieciséis. Avez-vous compris?
—Perfectamente. Estás
haciendo en estos momentos el papel de Hércules Poirot.
—Exactamente. Sin bigotes,
pero con una cantidad enorme de materia gris.
—Tengo el presentimiento
de que esta aventura habrá de llamarse «El triunfo de Hastings».
—Eso si que no. Hay que
seguir siempre una pauta en todos estos asuntos. Y a propósito, mon ami,
¿no podrías hacerte la raya en medio en vez de a un lado, como la llevas? El
efecto presente es deplorable y carente en absoluto de simetría.
Sonó el zumbador que había en la mesa de Tommy. Al devolver la señal
apareció Albert en la puerta con una tarjeta en la mano.
—El príncipe Vladiroffsky —leyó Tommy en voz baja.
Después miró a Tuppence y añadió: —¿Quién será? Hazle pasar, Albert. El hombre que entró era de estatura
regular, movimientos elegantes, barba poblada rubia y de unos treinta y cinco
años de edad.
—¿Míster Blunt? —preguntó. Su inglés era
perfecto—. Me ha sido usted
altamente recomendado y quisiera que se encargase de un caso que tengo entre
manos.
—Si es usted tan amable de
darme los detalles... son necesarios...
—Ciertamente. Se refiere a
la hija de un amigo mío que ahora tiene dieciséis
años. Quisiéramos, en lo posible, evitar el escándalo, ¿me comprende?
—Caballero —respondió Tommy haciendo
una reverencia—, los dieciséis años de éxito
ininterrumpido de esta firma se deben precisamente a la estricta atención que
siempre hemos dado a este detalle.
Le pareció ver que un ligero destello iluminaba, por una fracción de
segundo, las pupilas del visitante.
—Tengo entendido que
tienen ustedes sucursales al otro lado
del Canal.
—¡Oh, si! A decir verdad —pronunció estas palabras
de un modo ponderativo— yo mismo estuve en la agencia
de Berlín el trece del mes pasado.
—En ese caso —añadió el recién llegado—, huelga todo rodeo y
podemos, por lo tanto, descartar a la hija de mi amigo. Ustedes saben quién
soy, o por lo menos veo que han tenido aviso de mi llegada.
Señaló con la cabeza el lugar ocupado por el calendario.
—Así es —contestó Tommy.
—Amigos míos, he venido a
hacer una pequeña investigación. ¿Qué es lo que ha estado ocurriendo aquí?
—Alguien nos ha
traicionado —exclamó Tuppence, incapaz
ya de seguir guardando silencio por más tiempo.
—¡Aja! —dijo—. ¿Conque una traición?
Habrá sido Sergius por supuesto.
—Creo que sí —replicó Tuppence con la
mayor desvergüenza.
—No me sorprendería. Pero
supongo que sobre ustedes no habrá sospecha alguna, ¿verdad?
—Oh, no. Llevamos una
cantidad muy grande de negocios perfectamente en regla. El ruso asintió con un
movimiento de cabeza. —Muy buena idea. De todos modos sería conveniente que yo no volviese a
aparecer por aquí. Me hospedo temporalmente en el Blitz y allí me llevo ahora a
Marise, ¿no es acaso Marise, la señorita?
Tuppence asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Y aquí cómo la llaman?
—Miss Robinson.
—Muy bien, miss Robinson,
vendrá usted conmigo y comeremos juntos en el Blitz. Después nos encontraremos
todos en nuestro cuartel general a las tres en punto. ¿Entendido? Al decir esto
último miró a Tommy.
—Entendido —respondió éste interesado
por conocer dónde podría estar ese cuartel general.
Pensó que, sin duda, sería el mismo punto que el inspector Cárter tenía
tanta ansia por descubrir.
Tuppence se levantó y se puso el largo abrigo negro con cuello de piel
de leopardo. Después, gravemente, anunció que estaba preparada para acompañar
al príncipe.
Al quedar solo Tommy empezaron a asaltarle los más extraños
pensamientos. ¿Y si el dictáfono, por la razón que fuese, no hubiese
funcionado? ¿No podía la misteriosa enfermera haber tenido noticia de su
instalación y buscado el modo de inutilizarlo?
Cogió el teléfono y marcó un determinado número. Después de unos breves
momentos de espera respondió una voz bien conocida:
—Todo va bien. Póngase
inmediatamente en camino para el Blitz.
Cinco minutos más tarde Tommy y Cárter se encontraban en el patio de las
palmeras del hotel. El jefe trató de animarle diciendo:
—Lo han hecho ustedes
maravillosamente. Ahora están en el comedor, pero no se inquiete. Allí están
dos de mis hombres actuando de camareros. Sospeche o no, yo me inclino a creer
lo segundo, y le tenemos como quien dice en zurrón. Hay dos más arriba con instrucciones
de vigilar las habitaciones y otros dos con el de seguirles donde quiera que
fuesen. Vuelvo a repetirle que no se preocupe por su esposa. Esta vez he
decidido no correr riesgo alguno y he ordenado que no la pierdan de vista.
De vez en cuando un agente del servicio secreto venia a comunicar su
informe. La primera vez fue uno de los mismos camareros que había recibido el
encargo de servirles unos combinados. La segunda, una joven elegantemente
vestida que, al parecer, se paseaba ociosa por las diversas dependencias.
—Van a salir —dijo Cárter—. Ocultémonos tras aquel
pilar por si se les ocurre sentarse en alguno de estos sillones. Lo más
probable es que se la lleve con él arriba. ¿Lo ve? Tal como yo decía.
Desde su puesto de observación Tommy vio al ruso y a Tuppence cruzar el
vestíbulo y entrar en uno de los ascensores.
Pasaron unos cuantos minutos y Tommy empezó a sentirse inquieto.
—¿No cree usted que...
Quiero decir... solos en esa habitación...?
—Uno de mis hombres estará
dentro, escondido detrás del sofá. Calma muchacho, calma. Un camarero se acercó
a míster Cárter.
—Me dieron la señal de que
subían, señor, pero todavía no han aparecido. ¿Está todo bien, señor?
—¿Eh? —contestó Cárter,
volviéndose súbitamente—. Yo mismo les vi entrar en el ascensor. ¿Y dice usted que...?
El ascensor había vuelto a bajar en aquel preciso instante y Cárter
interrogó al botones.
—¿No ha subido usted al
segundo piso, hará de esto sólo unos pocos minutos, a un caballero de barba
rubia y a una dama?
—No al segundo, señor. El
caballero me pidió que les dejara en el tercero.
—¿Quééé...?
Cárter se metió dentro, haciendo seña a Tommy de que le siguiera.
—Subamos al tercer piso,
por favor —murmuró en voz baja—, pero no pierda los
estribos. Tengo todas las salidas del hotel vigiladas y también otro hombre en
el tercero, en cada uno de los pisos para ser más exactos. Ya le he dicho que
no quiero correr esta vez riesgo alguno.
La puerta del ascensor se abrió al llegar al punto solicitado y los dos
hombres se precipitaron corriendo a lo largo del pasillo. A mitad de camino,
otro agente disfrazado de camarero les salió al encuentro.
—Todo bien. jefe —explicó—. Están en el número 318.
Cárter lanzó un suspiro de satisfacción.
—¿Tiene esta habitación
alguna otra salida?
—Es un departamento. Sólo
dos puertas dan a este corredor. Para salir de él tendrían forzosamente que
pasar frente a nosotros.
—Está bien. Telefonee a la
Dirección y pregunte quién es el ocupante de esas habitaciones.
El camarero regresó después de uno o dos minutos.
—Mistress Cortiandt van
Snyder, de Detroit —dijo.
Cárter se quedó pensativo.
—¿Será mistress Van Snyder
un cómplice o...?
Dejó la frase sin terminar.
—¿No ha oído usted ningún
ruido extraño en el interior? —preguntó de pronto.
—Nada. Las puertas son
macizas y encajan muy bien —respondió el agente—; por tanto es muy difícil que se pueda oír nada desde fuera.
Míster Cárter pareció tomar una súbita determinación.
—No me gusta nada este
asunto —dijo—. Será mejor que entremos.
¿Ha traído consigo la llave maestra?
—Sí.
—Pues llame a Evans y a Clydesiy.
Reforzado por estos dos hombres, avanzó en dirección a la puerta del
departamento que se abrió sin ruido al insertar la ganzúa en la cerradura.
Se encontraron con un pequeño vestíbulo a cuya derecha estaba el cuarto
de baño y enfrente el recibidor. A la izquierda había una habitación cerrada,
de donde partían unos apagados quejidos. Cárter abrió la puerta y entró.
Era un dormitorio con una gran cama matrimonial cubierta por una
magnifica colcha rosa y oro. Sobre ella, amarrada de pies y manos, con una
fuerte mordaza en la boca y unos ojos que parecían querer saltarse de las
órbitas, yacía una mujer de mediana edad y elegantemente ataviada.
A una lacónica orden de míster Cárter los agentes se distribuyeron por
los distintos cuartos de que constaba el departamento. Sólo Tommy y su jefe
permanecieron en la alcoba. Mientras se dedicaban a la tarea de deshacer los
nudos, la mirada de Cárter recorría inquieta todos los rincones de la estancia.
Con excepción de una enorme cantidad de artefactos de viaje genuinamente
estadounidenses y esparcidos desordenadamente por el suelo, nada había en ella
digno de mención. Ni rastro del ruso ni de Tuppence.
Pasado un minuto volvió apresuradamente el camarero a informar que nada
se había encontrado en el resto de las habitaciones. Tommy se asomó a la
ventana, pero hubo de retirarse de ella con un gesto de desaliento. No había
escalerilla de escape.
—¿Está usted seguro de que
es aquí donde entraron? —preguntó Cárter perentoriamente.
—Segurísimo —respondió con firmeza el
agente—. Fuera de...
Hizo un gesto con la mano, señalando a la mujer que había en la cama.
Con la ayuda de un cortaplumas, Cárter logró seccionar la pañoleta que
amenazaba con sofocarla, y una vez libre de sus trabas se vio que los
padecimientos no consiguieron privar a mistress Cortiandt van Snyder del uso de
la palabra.
Pasados los primeros momentos de excitación, Cárter juzgó prudente
intervenir.
—¿Quiere usted decirnos
exactamente lo que ha sucedido, señora? Desde el principio, a ser posible.
—Esto ha sido un atropello
sin nombre. Un atentado del que haré responsable al hotel. Estaba yo buscando
mi botella de Killagrippe, cuando un hombre saltó sobre mí por la espalda, rompió
una pequeña ampolla de cristal bajo mis narices y antes de darme siquiera
cuenta de lo que ocurría sentí que perdía el conocimiento. Al volver en mí me
encontré, como vio, tendida en esa cama. ¡Dios sabe lo que habrán hecho con mis
alhajas!
—No se inquiete, señora —dijo Cárter con sequedad—, no eran alhajas lo que
buscaba esa gente. Se volvió a recoger algo que brillaba en el suelo.
—¿Era aquí donde estaba
usted cuando la atacaron?
—Aproximadamente —respondió mistress Van
Snyder. Se trataba de un fragmento de cristal fino que Cárter, después de
olfatearlo unos instantes, se lo entregó a Tommy.
—Cloruro de etilo —murmuró—. Anestésico instantáneo,
pero cuya acción dura sólo unos cuantos segundos. Seguramente ese hombre
estaría todavía en la habitación cuando usted volvió en sí, ¿no es cierto
mistress Van Snyder?
—¿No es eso acaso lo que
estoy diciendo? Creí volverme loca al verle salir y no poder hacer nada para
impedirlo.
—¿Salir? —preguntó Cárter—. ¿Por dónde?
—Por otra puerta —señaló una que había en
la pared opuesta—. Iba
con una muchacha que se tambaleaba como si también hubiese sido narcotizada.
Cárter echó una mirada interrogadora a su subordinado.
—Comunica con el próximo
departamento, señor. Pero es doble puerta y se supone que tiene el pestillo
echado por ambos lados.
Míster Cárter la examinó. Después se volvió en dirección a la cama.
—Mistress Van Snyder—dijo reposadamente—. ¿Insiste usted en
afirmar que el hombre salió por esa puerta?
—Claro que sí. ¿Y por qué
no había de salir?
—Porque se da la
circunstancia de que tiene el pestillo echado por este lado —dijo Cárter con sequedad.
Para corroborar sus palabras hizo girar repetidas veces el pomo.
Una expresión de asombro se reflejó en la cara de mistress Van Snyder.
—A menos que alguien la
cerrara después, es imposible que esa puerta hubiese podido quedar así.
Se volvió a Evans, que en aquel momento acababa de entrar en la
habitación.
—¿Está usted seguro de que
no hay nadie escondido en el departamento?
—Nadie.
—¿Alguna otra puerta de
comunicación?
—Ninguna.
Cárter echó una mirada en todas direcciones. Abrió el armario, miró
bajo la cama, en la chimenea y tras todas las cortinas. Finalmente se le
ocurrió una súbita idea, y sin hacer caso de los gritos de protesta que
profería mistress Van Snyder, abrió el baúl guardarropa e inspeccionó
rápidamente lo que había en su interior.
De pronto, Tommy, que había estado examinando la puerta de paso, lanzó
una exclamación.
—Venga y mire esto, míster
Cárter. Ahora veo que es posible que salieran por aquí.
El pestillo aparecía seccionado por una sierra muy fina, sin duda a la
altura del casquillo, dando así la impresión de que estuviese encajado.
Salieron de nuevo al pasillo y con ayuda de la llave maestra penetraron
en el departamento contiguo. Estaba desocupado. Al llegar a la puerta de paso
vieron que una operación análoga había tenido allí efecto. El pestillo estaba
seccionado en la misma forma que el otro y la puerta cerrada con llave, ésta retirada
para dar mayor viso de realidad a la maquinación. Pero por ningún lado se
encontraba rastro de Tuppence o del barbudo ruso que la acompañaba.
—No hay otro acceso al
corredor que el de la puerta por donde hemos entrado —dijo el agente disfrazado
de camarero— y es totalmente imposible
que salieran a través de ella sin que yo les viera.
—¡Entonces habrá que
admitir que se han desvanecido como el humo! —exclamó agitado Tommy.
Cárter, sereno, sopesaba en su cerebro todos los pros y los contras de la situación.
—Telefoneen abajo y
pregunten quién o quiénes fueron los últimos ocupantes de este departamento y
fecha en que lo abandonaron.
Evans, que les había acompañado, dejó a Clydesly de guardia en el otro
departamento y se dirigió a cumplimentar la orden. A los pocos momentos dejó el
aparato.
—Un jovenzuelo francés,
inválido, llamado Paúl de Vareze, acompañado de una enfermera del hospital.
Salieron esta misma mañana.
—¿Un... muchacho inválido? —tartamudeó palideciendo—. ¿Una enfermera...? Pues
sí... se cruzaron hace unos minutos conmigo en el pasillo. Nunca pude
imaginarme que tuvieran nada que ver con este asunto. Les he visto merodear con
frecuencia por estos alrededores.
—¿Está usted seguro de que
eran los mismos de las veces anteriores? —gritó Cárter—. ¿Seguro? ¿Les miró usted
bien?
—Sí he de decir la
verdad... no. Toda mi atención estaba concentrada en los otros, en la muchacha
y el hombre de la barba rubia.
—Sí, sí, comprendo —replicó Cárter con un
gruñido—. Con seguridad contaban
ya con ello.
Tommy se inclinó de pronto y de debajo del sofá extrajo un pequeño bulto
negro que al ser extendido se vio que consistía en el abrigo largo que Tuppence
había usado en dicho día, sus ropas de calle, su sombrero y unas barbas rubias.
—Ahora lo veo claro —dijo con amargura—. ¡Se la han llevado, se han llevado a la pobre Tuppence! Ese demonio
ruso nos ha tomado el pelo miserablemente. La enfermera del hospital y el
muchacho eran sus cómplices. Se instalaron en el hotel durante un par de días
sólo para acostumbrar a la gente a la idea de su presencia. El hombre debió
comprender a la hora de la comida que estaba atrapado y no perdió el tiempo en
llevar a cabo su plan. Probablemente contaba ya con que estas habitaciones
estarían vacías, y aprovechó esa circunstancia para preparar, en la forma que
vimos, los pestillos. De todos modos, no sé cómo se las compuso para enmudecer
a la ocupante del departamento contiguo y a Tuppence, traer a ésta aquí,
vestirla con las ropas del inválido, alterar su apariencia personal y salir
tranquilamente como si nada hubiese ocurrido. Las ropas estarían ya preparadas
de antemano. Pero lo que no puedo comprender es cómo Tuppence se sometió sin
lucha a secundarle en esta farsa.
—Yo sí lo comprendo —dijo Cárter, agachándose
a recoger un pequeño objeto que brillaba en el suelo y que resultó ser una
aguja hipodérmica—, porque
fue narcotizada previamente.
—¡Dios mío! —exclamó Tommy—. ¡Y ese hombre habrá podido
escapar!
—Eso todavía no lo sabemos —replicó rápidamente Cárter—. Recuerde que todas las
salidas del hotel están vigiladas.
—Sí, al acecho de un joven
y de una muchacha. No de una enfermera y de un joven inválido. ¿Qué se apuesta
a que ya no están en el hotel? La sospecha de Tommy resultó ser cierta. Al
indagar, se enteraron de que la enfermera y su paciente habían tomado un taxi
hacía sólo unos cinco minutos.
—Escuche, Beresford —dijo Cárter—. Sabe usted bien que
removeré cielo y tierra si es preciso para encontrar a su mujer, pero, ¡por lo
que más quiera!,
procure conservar la calma. Ahora me vuelvo a la oficina. Dentro de cinco
minutos pondré en función a toda la maquinaria criminalista del departamento,
y los encontraremos aunque se escondan en los mismos infiernos.
—¡Mire que ese ruso es muy
listo! Basta con ver cómo ha llevado a cabo ese golpe. Sin embargo, confío en
usted y... ¡Dios quiera que no lleguemos demasiado tarde!
Salió del Blitz y merodeó algún tiempo como atontado sin saber, en
realidad, hacia donde dirigir sus pasos. Se sentía paralizado.
Sin darse cuenta se encontró en Green Park y allí se dejó caer
pesadamente sobre uno de los bancos. En su abstracción ni siquiera se dio
cuenta de que alguien se había sentado al otro extremo del mismo hasta oír una
bien conocida voz que le decía:
—Hola, señor.
—Hola, Albert —contestó tristemente.
—Estoy enterado de todo,
señor, pero yo en su lugar no me lo tomaría tan a pecho.
—¿Que no te lo...? ¡Ah,
Albert, qué fácil es decir eso!
—Piense, señor, en los
brillantes detectives de Blunt, a quienes nadie hasta ahora ha conseguido
hacer morder el polvo de la derrota. Y si usted me lo permite le diré que oí lo
que discutía esta mañana con la señora acerca de Poirot y de sus células de
materia gris. ¿Por qué no hacer uso de ellas ahora y analizar fríamente lo que
se podría hacer?
—Es más fácil usar materia
gris en la ficción que en la vida real, Albert.
—Bien —insistió el adolescente
casi con agresividad—. Pero
no creo que haya nadie en el mundo capaz de poner a la señora fuera de combate
con la facilidad que usted supone. Ya sabe cómo es; como esos huesos de goma
que se compran para que los muerdan los perritos, ¡indestructibles!
—Albert —dijo conmovido—, eres realmente
alentador.
—Entonces, ¿qué le parece
si usamos un poco nuestras células grises?
—¿Sabes que eres terco,
Albert? Bien, procuraré darte gusto. Trataremos, pues, de ordenar los hechos
con un poco de serenidad y método. A las dos y diez, exactamente, nuestro
sujeto entra en el ascensor. Cinco minutos después hablamos con el ascensorista
y al oír lo que dice resolvemos subir al tercer piso. A las dos y... digamos
diecinueve minutos entramos en el departamento de mistress Van Snyder. Vamos a
ver, ¿hay algo en todo esto que pudiera llamarnos especialmente la atención?
Hubo una pausa.
—¿No había por casualidad
algún baúl por los alrededores?
—Mon ami —replicó Tommy—. Veo que no comprendes la
psicología de una mujer estadounidense que acaba de regresar de París. Había
por lo menos dieciocho o veinte baúles en la habitación.
—Lo que yo quise decir es
uno con suficiente capacidad para esconder en él el cuerpo de una persona. No
vaya a figurarse que me refiero al de la señora, ¿eh?
—Miramos en los dos únicos
que realmente podían haber contenido un cuerpo. Bueno, ¿qué hecho significativo
le sigue en orden cronológico?
—Ha pasado usted por alto
uno, cuando la señora y el ruso disfrazado de enfermera se cruzaron con el
camarero en el corredor.
—Sí, un golpe atrevido,
por cierto. Podían haberse dado de bruces conmigo en el vestíbulo. Y rápido,
porque... Tommy se detuvo de pronto.
—¿Qué le pasa, señor? —preguntó Albert.
—Espera, mon ami,
espera. No hables. Acabo de tener una pequeña idea, estupenda, colosal, de esas
que tarde o temprano acuden a la mente de Poirot. Pero si es así... si es como
me figuro... ¡quiera Dios que no lleguemos demasiado tarde!
Echó a correr seguido de Albert, que, casi sin aliento, no cesaba de
preguntarle:
—Pero, ¿qué es lo que
pasa, señor? No comprendo. Al llegar de nuevo al Blitz, Tommy buscó ávidamente
a Evans, quien, como siempre, montaba su guardia a lo largo del vestíbulo.
Hablaron breves instantes y a continuación entraron en el ascensor acompañados de
Albert, que por lo visto no quería perder los incidentes -del final de tan
emocionante drama.
Se detuvieron frente al departamento número 318, cuya puerta volvió a
abrir Evans con ayuda de la consabida ganzúa. Sin una sola palabra de aviso
penetraron en la alcoba de mistress Van Snyder, que seguía tumbada, si bien
envuelta esta vez en un magnífico salto de cama. Quedó sorprendida ante lo inesperado,
tanto como silencioso, del asalto.
—Perdone nuestra
incorrección, señora —dijo Tommy, imprimiendo un marcado acento irónico a sus palabras—. Vengo en busca de mi
esposa. ¿Quiere hacer el favor de bajarse de esa cama?
—¿Se ha vuelto usted loco
acaso? —aulló mistress Van
Snyder.
Tommy se la quedó mirando con curiosidad, con la cabeza inclinada
significativamente hacia un lado.
—Es usted muy lista, señora, pero el juego ya toca
a su fin. Antes miramos debajo
de la cama, pero no en ella. Recuerdo haber usado de niño ese mismo escondrijo.
Y el baúl, como es natural, preparado para recibir en él, y en el momento
oportuno, el cuerpo de la víctima. Todo muy bien planeado. Pero esta vez hemos
sido nosotros quienes nos movimos con una rapidez que ustedes no esperaban. Sus
cómplices de al lado tuvieron la oportunidad de narcotizar a Tuppence y
ponerla bajo las almohadas y amordazar y amarrarla a usted, eso si. Pero cuando
más tarde me detuve a reflexionar acerca de ello, ya con orden y método, vi que
había algo que no concordaba, y eso era el factor tiempo. ¿Cómo es posible,
pensé, que se amordace y amarre a una mujer, se narcotice y se ponga ropas de
hombre a otra y cambie un tercero su apariencia personal en el breve espacio
de unos cinco o seis minutos? Absurdo. Y, sin embargo, había una explicación
lógica. El paciente y la enfermera actuaban meramente en calidad de reclamo
para que nosotros siguiéramos su pista mientras la pobre mistress Van
Snyder quedaba sola y dueña completamente de la situación. Evans, ¿lleva usted
preparada su automática? Bien, ayude usted, con un poquito de cuidado, a la
señora a bajarse de la cama.
A pesar de las ruidosas protestas de mistress Van Snyder, Evans la
obligó a abandonar su lugar de aparente reposo. Tommy retiró rápidamente la
colcha y levantó las almohadas.
Allí, tendida horizontalmente a través de la cabecera, estaba Tuppence,
con los ojos cerrados y la cara cubierta por mortal palidez. Siguió un momento
de dolorosa angustia hasta que Tommy pudo comprobar, por la palpitación y el
rítmico ascenso y descenso de la cavidad torácica, que su adorada esposa seguía
con vida. Estaba narcotizada, no muerta. Entonces se volvió a Albert y a Evans.
—Y ahora, messieurs —dijo dramáticamente—. ¡El coup final!
Con un gesto rápido e inesperado asió a la mistress Van Snyder por su elaborada
cabellera y dio un fuerte tirón. Con gran asombro de todos ésta se desprendió,
y quedó colgada de su mano.
—Como me figuré —exclamó—. Señores, tengo el gusto
de presentarles a nuestro escurridizo número
dieciséis.
Media hora más tarde Tuppence abrió los ojos y vio inclinadas sobre
ella las figuras de Tommy y del doctor.
Sobre la escena que a renglón seguido tuvo lugar hubo precisión de
correr un pudoroso velo. Pasado el momento sentimental el doctor se despidió,
asegurando que su presencia allí era ya totalmente innecesaria.
—Mon ami, Hastings —dijo
amorosamente Tommy—, no
sabes lo que me alegro de que hayamos podido llegar a tiempo para salvarte.
—¿Conseguimos atrapar al
número dieciséis?
—¿Y lo dudas? Le hemos
aplastado como si se tratase de una cáscara de huevo. En otras palabras. Cárter
lo tiene ya en su poder. ¡Materia gris que tiene uno! Y a propósito, voy a
hacerle un buen regalo a Albert.
—¿Ah, sí? A ver, cuéntame.
Tommy le hizo una breve narración, omitiendo, como es natural, ciertos
detalles.
—Debías de estar furioso
contra mí. ¿verdad, cariño?
—No. Furioso no. ¿Por qué?
Sabes muy bien que los detectives debemos siempre conservar la calma.
—¡Embustero! Si todavía se
te conoce en la cara.
—Bueno, atormentarme sí,
creo que llegaste a preocuparme. Oye, querida, ¿no te parece que es hora ya de
que abandonemos esta arriesgada ocupación?
—Lo que tú quieras, mi
vida.
Tommy exhaló un profundo suspiro de satisfacción.
—Estaba segura de que
después del golpe que acabas de recibir...
—Eres un hueso de goma,
como decía Albert: ¡indestructible!
—Tengo algo mejor en que
pensar —continuó diciendo Tuppence—. Algo mucho más
interesante y lleno de emoción. Algo...
—Te lo prohíbo. Tuppence.
—No puedes. Se trata de
algo sujeto a la ley natural.
—Pero..., ¿de qué estás
hablando?
—Te hablo —contestó Tuppence con
solemnidad— de nuestro hijo. Las
esposas de nuestros días ya no pronuncian este nombre entre suspiros
entrecortados. Ahora lo proclamamos con toda la fuerza de nuestros pulmones.
¡NUESTRO HIJO! ¡Oh, Tommy! ¿No es verdad que esto es algo maravillo-so que hará
cambiar completamente el curso de nuestras vidas?
Fin
[1] Tee.
Lugar en que se hacen los saques de golf, tras colocar la bola sobre un
montoncito de arena.


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