© Libro N° 8695. Literatura Y Estética. Mariátegui, José Carlos. Emancipación. Junio 5 de
2021.
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original: © Literatura Y Estética. José
Carlos Mariátegui
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Mariátegui
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José Carlos Mariátegui
Literatura Y
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José Carlos Mariátegui
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americano, a fin de revalorarlo críticamente con la perspectiva de nuestros
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Literatura y
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Presentación, selección y notas
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PRESENTACIÓN
LITERATURAY POLÍTICA
SE DA POR SENTADO que la producción intelectual de
José Carlos Mariátegui (1894-1930) se divide en dos etapas. La primera de ellas
corre desde 1911 –cuando da a conocer sus primeros escritos– hasta 1919, año
marcado por su viaje a Europa (proviene de sí la idea de calificar ese período
como su “edad de piedra”); la segunda, va desde 1923, cuando regresa al Perú,
hasta el momento de su muerte. El interregno que cubre 1919-1923 los consideró
sus años de aprendizaje.
Fue una vida dedicada a una intensa producción en
diferentes campos: como periodista, puso atención en las transformaciones
políticas, sociales y culturales generadas en el planeta a raíz de la
Revolución Mexicana, la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa; como
fundador del Partido Socialista Peruano y de la Confe-deración General de
Trabajadores del Perú (CGTP) le correspondió labores de dirigencia y
organización que lo llevaron incluso a la cárcel, y como teórico de un
socialismo ajustado a las condiciones históricas propias de nuestro continente,
que para él no podía ser “calco y copia sino creación heroica”, dio aportes que
todavía en el presente mueven el interés de los estudiosos de su obra. Ese
desem-
BIBLIOTECA AYACUCHO VII
peño que señalo en vuelo rasante, lo convierten en
una de las figu-ras ineludibles a la hora de estudiar el desarrollo de un
pensamien-to crítico e integrador de nuestro continente.
Pero también colocó el Amauta –como lo llamaban sus
cerca-nos colaboradores a raíz de la aparición de la revista cultural de
idéntico nombre que publicó en los años finales de su vida (1926-1930)– mucha
atención, tiempo y esfuerzo a la materia que tiene que ver estrictamente con
cuestiones literarias y culturales. Tanto como se dedicó al estudio de la
literatura y el arte, incursionó en sus años juveniles en el trabajo de
creación: en 1915 escribe con Julio de la Paz una pieza teatral que llamó Las
tapadas, en 1916 publica con Abraham Valdelomar el poema dramático La mariscala
y da forma al soneto “Elogio de la celda ascética”, en 1917 concibe la idea de
reunir en un libro que se llamaría Tristeza todos sus poemas. En la actualidad
esa producción ha sido reunida en los ocho volú-menes que conforman sus
Escritos juveniles. Así que, con absoluta propiedad puede señalarse que, en su
caso, primero fue la literatu-ra y el arte y, después, la política.
A su regreso de Europa en 1923 sigue el cultivo de
la materia literaria y cultural, tanto en la escritura de una novela que tituló
Siegfried y el profesor Canella, y alguna que otra página impregna-da de fuerte
lirismo (una de cuyas muestras incluyo en esta selec-ción bajo el número 17),
como en el trabajo reflexivo en torno a la estética y la literatura, el más
notorio por ser para él motivo recu-rrente de atención.
No obstante el inocultable interés que tuvo para
Mariátegui la indagación sobre materia estética-literaria, se ha tendido a
subesti-mar la importancia que tiene en su pensamiento crítico. Ya en una
oportunidad el investigador y crítico alemán Adalbert Dessau seña-laba esta
circunstancia al apuntar que la obra escrita del peruano, referida a cuestiones
literarias, abarca el 40% del total de su pro-
VIII LITERATURAY
ESTÉTICA
ducción1. Quizás no se trate de llevar el hecho a
cifras exactas pero, en realidad, un simple recorrido por los índices de los
volúmenes que conforman su obra completa permite advertir la significativa
atención que le mereció al Amauta la realidad estética.
DEL PERÚ A EUROPA
Pero cuando Mariátegui se inicia como periodista
tuvo asig-naciones precisas en los medios impresos para los cuales trabaja-ba,
es decir, no siempre tuvo libertad para elegir la noticia que ofrecería a sus
lectores. Si bien se le permitió escribir sobre arte y literatura, una de las
tareas que debió cumplir no parecía avenirse con su inclinación estética, pues
también le fue encomendada la sección policial. Sin embargo, ello no le impidió
cultivar uno de los signos caracterizadores de su escritura: una carga
impregnada de lirismo, incluso en temas tan alejados de sus gustos más íntimos
como podía ser el homicidio/suicidio de dos adolescentes. (Esa tragedia
personal, humana, es el tema que origina la escritura de las páginas que indico
como documento número 4). Uno de los estudiosos de esa producción del joven
Mariátegui,Alberto Tauro, ha señalado otro rasgo definidor de esas
colaboraciones de tema detectivesco. Dice el investigador peruano que Juan
Croniqueur (seudónimo empleado por el novel escritor): “De acuerdo con un
enfoque renovador, que muy pronto halló una excepcional acogi-da entre los
lectores, abandonó el tono despectivo que a la sazón se aplicaba a los delitos
y los delincuentes”2.
1.Adalbert Dessau, “Literatura y sociedad en las
obras de José Carlos Mariátegui”, Casa de las Américas (La Habana), v. 14, No
84, (1974), p. 22.
2. Alberto Tauro, “Estudio preliminar, compilación
y notas”, Escritos juveniles, José Carlos Mariátegui, Lima, Biblioteca Amauta,
1991, t. II, p. XVII.
BIBLIOTECA AYACUCHO IX
Por lo que dice relación con las crónicas centradas
en el tema literario y estético que, como indiqué con antelación, también
cul-tivó en esos tiempos, son textos que muestran una tendencia al
decadentismo, al individualismo, al apoliticismo, a lo que él mismo llamaría el
“dandismo” en literatura. El sentido autocrítico que lo definía le permitió
tener conciencia del sello de su escritura de esos tiempos juveniles cuando, en
el último de los ensayos que conforman su obra capital (7 ensayos de interpretación
de la reali-dad peruana), al referirse al grupo colónida, definiera la actitud
de los integrantes de esa promoción, a la cual perteneció, en estos tér-minos:
“[los ‘colónidos’] tendieron a un gusto decadente, elitista, aristocrático,
algo mórbido”3. Una muestra de esos trabajos perte-necientes a su “edad de
piedra” son las crónicas que señalo en esta selección con los números 1, 2, 3 y
5. En ellos es fácil advertir una tendencia a los señalamientos biográficos del
autor que se comen-ta, así como la fascinación por el tema del suicidio y la
muerte.
Pero es sostenible decir que en esas crónicas de
juventud mues-tra ya la madurez de un estilo periodístico que había abandonado
las amplias cláusulas oracionales que fueron propias del período ante-rior.
Muestra también el apoyo en el párrafo rápido y en la idea sucinta que, sin
lugar a dudas, era concebida de esa manera para atrapar la atención de un
lector expuesto a sufrir distracción en el bullicio callejero, en los
apretujamientos del tranvía o en el movi-miento del cuerpo que copiaba el ritmo
musical recibido a través de la radio.
Mariátegui permaneció en Europa desde octubre de
1919 hasta marzo de 1923. Fue enviado a Italia como agente de propaganda del
Perú por el gobierno de Leguía (una manera de disimular la deportación impuesta
por el régimen, alejamiento que veía como
3. Obras completas, Lima, Biblioteca Amauta, 1968,
v. 2, p. 282.
X LITERATURAY
ESTÉTICA
impostergable ante el giro socialista que mostraban
sus escritos sobre asuntos sociales desde la fundación de la revista Nuestra
Época en 1918 y del diario La Razón en 1919). A partir de ese mo-mento lo
fundamental de su producción va a estar marcada por un intento de explicar los
cambios generales ocurridos en la concien-cia de Occidente, después de la
segunda década del siglo XX.
Durante ese tránsito europeo, si bien ha adoptado
una modula-ción intelectual que lo inclina a favor de un pensamiento de
ten-dencia marxista, prevalece en sus formulaciones estéticas una fuer-te carga
de esa ligereza propia de sus años juveniles. Para que se compruebe ese aserto
incluyo aquí el artículo de 1921 titulado “Los amantes de Venecia”, que escribe
en Europa y envía para su publi-cación a un periódico limeño.
De acuerdo con lo ya indicado, en Europa lo
apasiona el deba-te político. Ese interés se manifiesta en la serie de
colaboraciones recogidas en sus Obras completas bajo el título de Cartas de
Italia. En ese volumen que compila cuarenta y seis artículos, sólo cuatro,
además de uno que se incluye en el volumen 9 de esas Obras completas, se
dedican a la materia estético-literaria. Pa-reciera que la necesidad de formar
un pensamiento crítico que le permita entender los cambios en diverso orden
ocurrido en Occidente, no da lugar a una exigencia mayor. Son pocas sus
incursiones en el tema estético durante esa permanencia europea. Además de los
artículos “Mujeres de letras en Italia”, “Los aman-tes de Venecia” y “Aspectos
viejos y nuevos del futurismo” –todos de 1921 y los tres incluidos en esta
selección– se centran en la esté-tica sus aportes, “D’Annunzio, después de la
epopeya”, “La últi-ma película de Francisca Bertini” y “La pintura italiana en
la últi-ma exposición”4.
4. Ibid., v. 15, pp. 94-96; v. 9, pp. 193-196; v.
15, pp. 224-227, respectivamente.
BIBLIOTECA AYACUCHO XI
En los dos primeros escritos periodísticos que
inserto (bajo los números 6 y 7, respectivamente) es evidente la persistencia
de la intención biográfica y cierta tendencia a la frivolidad, sobre todo en
“Los amantes de Venecia”, como indiqué (y los primeros párrafos de “La última
película de Francisca Bertini”). Sin embargo, “Aspectos viejos y nuevos del
futurismo” marca una separación en relación con la concepción precedente,
porque aquí se advierte la intención –que desarrollará plenamente en propuestas
posteriores– de estudiar el fenómeno estético dentro de las coordenadas
histórico-culturales que determinan la aparición del autor, obra o movimiento
sujeto al ojo crítico del examinador.
A los pocos meses del regreso al Perú los lectores
habituales de Mariátegui conocieron su “Máximo Gorki y Rusia” (octubre 27 de
1923). Si alguien había seguido con atención el tipo de comentarios como el que
había sostenido el 3 de agosto de 1921 (me refiero a “Aspectos nuevos y viejos
del futurismo” –documento 8 de esta selección– donde, por vez primera, la obra
literaria era mirada como expresión ideológica, de lo que resulta su obvia
vinculación con la experiencia colectiva) y esperaba mayor ahondamiento sobre
ese punto, sin duda alguna se llevó una sorpresa porque se encontró con un tipo
de enfoque que bien pudo haber expresado en sus años juveniles: “A los
intelectuales, a los artistas, les falta habi-tualmente la fe necesaria para
enrolarse facciosa, disciplinada, sec-tariamente, en los rangos de un partido.
Tienden a una actitud per-sonal, distinguida y arbitraria ante la vida”5.
Es evidente que ni él mismo estaba convencido de la
contunden-cia de sus valoraciones y, más aún, queda claro que, contrario a
tanta certeza, estaba en un proceso de revisión de esos conceptos, porque el 7
de noviembre de ese año de 1924 publica “La torre de marfil”
5. Ibid., v. 1, p. 173.
XII LITERATURAY ESTÉTICA
(incluido como documento 15). Nos encontramos aquí
con un ensa-yo muy importante en este sentido. Es un escrito que introduce
dudas sobre lo que había venido expresando sobre esa materia –dudas que todavía
no le bastan para dejar atrás las posiciones que había venido sosteniendo– y en
el cual llega a convicciones fértiles para sus refle-xiones futuras: “Ningún
gran artista ha sido extraño a las emociones de su época. Dante, Shakespeare,
Goethe, Dostoievsky, Tolstoy y todos los artistas de análoga jerarquía ignoraron
la torre de marfil. No se conformaron jamás con recitar un lánguido soliloquio.
Quisieron y supieron ser grandes protagonistas de la historia”6.
Como se advierte, hay aquí una enorme distancia
valorativa en relación con la opinión que recitara en 1921 en “Aspectos nuevos
y viejos del futurismo”, cuando aludía a la “actitud personal, distin-guida y
arbitraria” de los intelectuales. Es decir, al lado de aquellas posiciones que
negaban en forma tajante la participación del inte-lectual en procesos de
transformación colectivas, estaban las que se identificaban con lo manifestado
en la reflexión de agosto del 21 sobre el futurismo. Son propuestas que comienzan
a repetirse a par-tir de 1924 y que, definitivamente, apuntan en otra
dirección, una dirección que entra en choque frontal con las que había
considera-do en un principio. Es lo que sucede en, por ejemplo, “La revolu-ción
y la inteligencia. El grupo ‘Clarté’”, publicado en abril 5 de 1924 (documento
No 12). Lo dicho tiene fundamento porque en él introduce una consideración que
quiebra su escepticismo de un comienzo al diferenciar, ahora sí, entre dos
grupos de intelectuales: los de “verdadera filiación revolucionaria”7 y los
“intelectuales estacionados en el ideario liberal y democrático”8. A partir de
aquí
6. “La torre
de marfil”, pp. 75-76 de la presente selección.
7. “La
revolución y la inteligencia. El grupo ‘Clarté’”, p. 58 de la presente
selección.
8. Ibid., p.
57.
BIBLIOTECA AYACUCHO XIII
podemos deducir que ya está en vías de superar lo
que, en cierta medida, era un signo torremarfilista. Es decir, no todos los
intelec-tuales tenían “una actitud distinguida y personal ante la vida”.
IMAGINACIÓN, TRADICIÓNY RECEPCIÓN
Es sabido que una de las tareas que se impone
Mariátegui a su llegada a Europa en 1919 tuvo que ver con la difusión en el
Perú, a través de sus colaboraciones periodísticas, de la producción artísti-ca
y literaria que se producía en ese continente. Podemos suponer que cuando se
planteó ese reto de explicar a sus lectores en qué con-sistía la novedad (y el
valor) del arte moderno (sobre todo de la pin-tura), se vio frente a un
conflicto. Conflicto que derivaba tanto del hecho de ser expresiones artísticas
escasamente conocidas por sus lectores, como porque se enfrentaba a un público
que ofrecía resis-tencia a este tipo de novedad estética.
Para hacer inteligible sus planteamientos concibió
una táctica de inequívoco potencial didáctico: se apoyó en la experiencia
humana más cotidiana, la que se vincula con la percepción senso-rial. De esa
manera logró una explicación tan clara como las maña-nas caribeñas, la que se
aprecia en esta conclusión definitiva: “Esos artistas [los de vanguardia]
aprenden a ver y copiar la naturaleza de una manera nueva”9. Una vez lanzado
ese juicio, que no por lacóni-co es menos profundo, vuelve a insistir en el problema
relativo a la percepción en el siguiente párrafo: “Los artistas sienten y ven
las cosas de otra manera”10.
Adviértase en las dos últimas afirmaciones
transcritas la recu-rrencia al verbo “ver”. Para advertir sobre el problema de
la per-
9. “Post-Impresionismo
y Cubismo”, p. 41 de la presente selección.
10. Ibid.,
p. 42.
XIV LITERATURAY ESTÉTICA
cepción utilizó la pintura, arte en el cual se hace
más evidente la importancia de la recepción sensorial de índole visual. En ese
mo-mento le significaba un conflicto mayor –quizás porque todavía él mismo no
lo tenía claro– explicar el problema de las representacio-nes mentales a través
de la literatura, donde se hace menos eviden-te la hegemonía de la mirada.
Esta idea, poco desarrollada en esas notas, es
ampliada pocos días más tarde (el 2 de febrero) en “El expresionismo y el
dadaís-mo” (documento No 10). Allí vuelve a insistir en el problema de la
percepción, que había lanzado a consideración de sus lectores en el texto
“Post-impresionismo y cubismo” (documento No 9). Pero también se aprecia que
este asunto sólo se vincula con la naturale-za, todavía no se toma en cuenta la
representación de los procesos sociales por mediación de la palabra. En
“Algunas ideas, autores y escenarios del teatro moderno” (documento 11), vuelve
a cuestio-nar a la escuela realista porque ha pretendido “obligar a los
artistas a buscar sus modelos y sus temas sólo en la Naturaleza y en la Vida
tales como los perciben los sentidos”11. Pero todavía no aborda la cuestión
relativa a los procedimientos que existen para superar las mordazas impuestas
por la escuela realista.
Pero al finalizar 1924 (en diciembre) da a conocer
un material reflexivo que, a mi modo de ver, es el complemento de las tesis que
había venido desarrollando, cuando hablaba de la importancia de la percepción.
El artículo en cuestión es clave para entender muchos aspectos de la reflexión
mariateguiana posterior –y no me estoy refiriendo aquí solamente al arte y a la
literatura–. Se trata de “La imaginación y el progreso” (documento 16).
11. “Algunas
ideas, autores y escenarios del teatro moderno”, p. 53 de la presente
selección.
BIBLIOTECA AYACUCHO XV
Si, como había expresado en los textos que versaron
sobre esta tesis a lo largo de 1924, el realismo decimonónico había ordenado (y
condicionado) las coordenadas de la percepción, en esta época de cambio, y, en
general, en cualquier época de transformación revo-lucionaria, de lo que se
trata es de desarrollar las potencias intelec-tuales (imaginativas, las llama)
que hicieran posible la concepción de un mundo otro (imaginado, posible) que
fuera concebido como “una realidad potencial, una realidad superior, una
realidad imagi-naria”12. El ejemplo que elige para dar satisfacción a su afán
didác-tico es el de la generación de los Libertadores de América.
Hacer comprensible su tesis a un lector
(probablemente un letrado en ciernes), tomando como ejemplo a Bolívar y a la
victoria de Ayacucho, era de un acierto mayúsculo porque rompía de entra-da
cualquier resistencia u oposición en contra de su predicamento. ¿Quién iba a
manifestar renuencia si el modelo que se tomaba per-tenecía a la selecta élite
de triunfadores de América?, cuando se lee el razonamiento, se aprecia la
rotunda densidad de esa argumenta-ción. Al traer el recuerdo de la generación
de Libertadores, se pre-gunta en qué consiste su genialidad y contesta lo que
nadie, en su sano juicio, podía rebatirle, en haber sido “imaginativos.
Insur-gieron contra la realidad limitada, contra la realidad imperfecta de su
tiempo”13. Nótese la gracia de la sindéresis y el aplomo rotundo de la certeza.
De esa manera no es posible pensar en una
imaginación arbi-traria. El hombre imagina para modificar sus circunstancias,
para “modificar lo que vé [sic] y lo que siente; no lo que ignora”14. La
imaginación, entonces, entendida en esos términos no es arbitraria,
12 . “La Imaginación y el Progreso”, p. 78 de la
presente selección.
13. Ibid.
14. Ibid.,
p. 79.
XVI LITERATURAY ESTÉTICA
no es ilimitada. En este punto de la reflexión
adelanta la afirmación tantas veces citada por los estudiosos de su obra: “En
realidad, la imaginación es asaz modesta. Como todas las cosas humanas, la
imaginación tiene también sus confines. En todos los hombres, en los más
geniales, como en los más idiotas, se encuentra condicio-nada por
circunstancias de tiempo y de espacio”15.
Se trata, en suma, de luchar a favor de lo que él
mismo califica-ba de utopía o, dicho en otras palabras (no ajenas a su fraseo)
a favor de un proyecto de transformación revolucionaria. Mariátegui no fue
ajeno a las enormes implicaciones de estas afirmaciones que proponía: “Esta
tesis sobre la imaginación, el conservatismo y el progreso, podría conducirnos
a conclusiones muy interesantes y originales”16. Eran unas líneas que incluía
en el último párrafo de ese texto por lo que, cabe suponer, no tuvo posibilidades
en ese momento de obtener las conclusiones que se derivaban de él. En verdad le
tomó cierto tiempo llegar a una de esas conclusiones: vin-cular la tesis de la
imaginación con la labor del escritor revolucio-nario. Por lo pronto le había
dado salida a uno de los retos que se le venían planteando: había logrado unir
su propuesta sobre la imagi-nación con la que hablaba del asalto a la
mentalidad conservadora en al artículo titulado “La revolución y la
inteligencia. El grupo ‘Clarté’”. Así, pues, la única posibilidad de aprehender
el mundo con una mirada despojada de condicionamientos, era a través de la
fantasía, de la imaginación.
Y no se trataba de que abjurara de la razón, como
parece insinuar César Germaná cuando sostiene que Mariátegui considera “el
cono-cimiento de la realidad no sólo como resultado de la razón (…). Para tener
un conocimiento completo de la sociedad consideraba indis-
15. Ibid.,
p. 79.
16. Ibid.,
p. 80.
BIBLIOTECA AYACUCHO XVII
pensable el papel de la imaginación”17. De lo que
se trata es de una propuesta que postula otra racionalidad, otros mecanismos
que rijan la percepción y, en consecuencia, otra estrategia del conocimiento.
En lo que se refiera a la literatura, será
imaginativa (suprarre-alista, como la define Mariátegui) una realización
discursiva que abjure de la tendencia descriptiva impuesta por la estética
realista, para favorecer el imperio de la imaginación y la fantasía que
pos-tula el suprarrealismo. A grandes rasgos, será suprarrealista el texto que
supere el individualismo de raíz romántico18; que vaya más allá de la
inclinación a idealizar y a mitificar la conducta y la psiquis humana19; que,
contra la manida tendencia a la idealiza-ción de los sentimientos, sepa
incorporar planteamientos pocas veces tomados en cuenta, como, por ejemplo, el
tema sexual20 y que, en consecuencia, rompa con el código de moral sexual
deci-monónica21; que sepa estimular los sentimientos de libertad y jus-ticia22;
que rechace el sentimentalismo humanitarista23; que tenga una nueva concepción
filosófica e histórica del hombre24; que vaya más allá del individualismo
decimonónico para dar preeminencia a la multitud y que sepa insuflar esperanzas
en el colectivo; que ali-mente la idea del mito, de la “gran ficción”25; que,
en suma, supere la concepción tradicionalista (aferrada a un pasado inmóvil) en
17. El
“Socialismo Indo-americano” de José Carlos Mariátegui: Proyecto de
reconstitución del sentido histórico de la sociedad peruana, Lima, Empresa
Editora Amauta, 1995.
18. OC,
v. 6, pp. 173 y 175.
19. Ibid.,
v. 7, p. 111.
20. Ibid., v, 3, p. 192.
21. Ibid.,
p. 168.
22. Ibid.,
v. 6, 147.
23. Ibid.,
pp. 152 y 157.
24. Ibid.,
v. 12, p. 75.
25. “La
realidad y la ficción”, p. 95 de la presente selección.
XVIII
LITERATURAY ESTÉTICA
aras de un proyecto que coloca el énfasis en la
transformación: en el futuro revolucionario.
Por esa razón se deben incorporar en la nómina de
los supra-rrealistas escritores de tan variada procedencia como el
estado-unidense Waldo Frank, el rumano Panait Istrati, el italiano Luigi
Pirandello, el ruso Boris Pilniak, el irlandés James Joyce, etc. En sus obras
se evidencian un anhelo de justicia (como el relato de Istrati que publica en
Amauta26). “Había que soltar la fantasía, libertar la ficción de todas sus
viejas amarras, para descubrir la rea-lidad”27 lo decía en julio 20 de 1928. La
proyección de este plantea-miento sobre la imaginación en el terreno de la
producción estética se recoge, fundamentalmente, en el artículo que enuncia
como “La realidad y la ficción” (documento No 19).
Y la incapacidad de producir un arte nuevo está, en
su opinión, consustanciado con la incapacidad de ejercitar la imaginación. El
arte nuevo, dice, no se limita a una exploración formal, a aventuras
exteriores. El arte nuevo también supone una mentalidad nueva. Estas ideas las
expresa tempranamente en su propuesta de 1924 “Poetas nuevos y poesía vieja”
(documento No 13), pero les dará un acabado definitivo dos años más tarde en
“Arte, revolución y deca-dencia” (documento No 22) cuando sostenga que: “No podemos
aceptar como nuevo un arte que no nos trae sino una nueva técnica. Eso sería
recrearse en el más falaz de los espejismos actuales. Ninguna estética puede
rebajar el trabajo artístico a una cuestión de técnica. La técnica nueva debe
corresponder a un espíritu nuevo también. Si no, lo único que cambia es el
paramento, el decorado. Y una revolución artística no se contenta de conquistas
formales”28.
26. “Spilca,
el monje”, Amauta (Lima), No 1, (1926), pp. 17-19; No 2, (1926), pp. 34-36; No
3 (1926), p. 26.
27. OC,
v. 7, p. 86.
28. “Arte,
revolución y decadencia”, p. 104 de la presente selección.
BIBLIOTECA AYACUCHO XIX
He ahondado en noticias referidas a la imaginación
porque me parece uno de los temas más fructíferos (y poco atendidos) del
Amauta. Sin embargo, están presentes otros motivos de preocupa-ción que
atraparon la atención del Mariátegui adulto y que, en mi opinión, van de la
mano. La cuestión relativa a la tradición fue uno de ellos: los artículos
“Reivindicación de Jorge Manrique” (docu-mento No 23) y “Heterodoxia de la
Tradición” (documento No 24) recogen en buena parte esta inquietud. La que se
refiere al proble-ma de la recepción, es el otro y también se aborda en el
documen-to No 23.
Sostiene el Amauta que no se debe confundir la
tradición con los tradicionalistas (a quienes también llama pasadistas). Los
tra-dicionalistas, asegura, ven el pasado como una reliquia fija, inerte. Es
característico en ellos la incapacidad de valorar el pasado y de hacer de éste
el fundamento, el pilar, para la construcción de lo porvenir, del futuro. De
ahí que advierta en “Pasadismo y futuris-mo” (documento 14) que “La capacidad
de comprender el pasado es solidaria de la capacidad de sentir el presente y de
inquietarse por el porvenir”29. Dice más al respecto en las mismas líneas
perio-dísticas: “La nostalgia del pasado es la afirmación de los que repu-dian
el presente”30 para concluir ese mismo artículo con esta refle-xión definitiva:
“El pasado nos enemista. Al porvenir le toca darnos unidad”31. En realidad esta
preocupación por el pasado fue constante en su pensamiento a partir de 1924 y
lo registró en muchos de sus ensayos periodísticos, los que selecciono para
esta muestra son sólo demostraciones dispersas de las muchas que podría
ofrecer.
29. “Pasadismo
y Futurismo”, p. 70 de la presente selección.
30. Ibid.,
p. 67.
31. Ibid.,
p. 71.
XX
LITERATURAY ESTÉTICA
Lo mismo sucede con el problema de la recepción.
Piensa Mariátegui que es frecuente en los cultores de un pasado entendido en
términos de inamovilidad, de rigidez, de fórmula siempre fija y sin
posibilidades de cambio, una tendencia a leer las obras del ayer para
justificar sus propias convicciones y valoraciones de mundo. “Reivindicación de
Jorge Manrique” apunta a señalar este proble-ma y es una preocupación que
también se va a encontrar, entre otros registros mariateguianos, en “El proceso
de la literatura” (docu-mento 28), sobre todo en el parágrafo dedicado a las
Tradiciones de Ricardo Palma.
No fueron éstos los únicos temas que ganaron la
atención del peruano. Al leer los ensayos seleccionados se advertirá que hay
otros motivos de reflexión que captaron su interés. Otro de esos motivos de
indagación tiene que ver con la función del escritor, en su caso, el trabajo
del periodista que se asume como vocación docente. De ahí que se reconociera
como cultivador de un ejercicio del periodismo que lo distancia de la labor del
cronista del siglo XIX. En ese sentido, puede ser de utilidad para el lector conocer
de sus indagaciones al respecto en el documento No 25 (“Gómez Carrillo”)32.
En mi opinión, los temas que señalo le permitieron
consolidar una mirada crítica que lo colocan como uno de los estudiosos de la
literatura y la estética en nuestro continente cuyos aportes siguen teniendo
plena vigencia. Es oportuno el momento para señalar que la lectura que ofrezco
de los textos reunidos en estas páginas, se limita a destacar sólo un aspecto
del caudaloso potencial de comu-nicación que guarda cada uno de esos escritos.
32. Sobre
la distancia que separa al cronista decimonónico del periodista que con-sagra
el siglo XX, puede verse de mi autoría: “La propuesta crítico-literaria de José
Carlos Mariátegui: de la crónica al ensayo”, Actualidades (Caracas), No 13
(2005), pp. 233-255.
BIBLIOTECA AYACUCHO XXI
PERÚ, AMÉRICAY EUROPA
Probablemente llame la atención que haya incluido
en esta muestra un ensayo de las dimensiones del documento que señalo con el
número 27 (“El proceso de la literatura”). Tres razones me llevaron a incluirlo
en esta compilación. La primera de ellas se refiere al hecho de ser el escrito
que cierra su obra capital los 7 ensayos de interpretación de la realidad
peruana, aparecido en 192833; es el que se dedica exclusivamente a cuestiones
literarias34. La segunda tiene que ver con el sentido valorativo que despliega
su autor al abordar las obras y los autores que selecciona para organi-zar su
discurso35. La tercera se apoya en su valor a la hora de histo-riar la crítica
literaria en América Latina. De manera que su inclu-sión en estas páginas me
parece indiscutible. Quiero señalar al
33. En
una consulta efectuada en septiembre de 1991 entre intelectuales,
investi-gadores y artistas del Perú, se pudo determinar que en ésa, como en
anteriores encuestas, sigue figurando José Carlos Mariátegui como el autor más
estudiado del Perú. Le seguían en orden decreciente: Ricardo Palma, Vallejo,
Arguedas, el Inca Garcilaso, Bryce Echenique, Jorge Basadre, Vargas Llosa,
Julio Ramón Ribeyro, Gustavo Gutiérrez, Haya de la Torre (Anuario Mariateguiano
[Lima], No 3, [1991], p. 155).
34. Los
seis ensayos precedentes son: 1) Esquema de la evolución económica, 2) El
problema del indio, 3) El problema de la tierra, 4) El proceso de la
instrucción pública, 5) El factor religioso y 6) Regionalismo y centralismo.
35. Si
dejamos al margen algunas valoraciones del autor con las cuales el lector
actual tiene inmediata reacción de repudio. Me refiero, desde luego, a las
aprecia-ciones racistas en contra de africanos, chinos y sus descendientes en
el Perú. Quizás por lo inexplicable de esa valoración mariateguiana –por cuanto
desdice de un autor que defendió culturas tan avasalladas históricamente como
lo fueron y han sido las indígenas, a quien dedica buena parte de su obra de
madurez– este asunto ha sido poco estudiado por los interesados en la obra del
Amauta. Roland Forgues se acerca al asunto en un artículo donde concluye que
“con propiedad Mariátegui se expresa más en términos de exclusión social y
política que en térmi-nos de exclusión racial y cultural”, en: “Mariátegui y la
cuestión negra”, Anuario Mariateguiano (Lima), v. 6, No 6 (1994), p. 144.
XXII
LITERATURAY ESTÉTICA
respecto que no voy a abundar aquí en lo referido
al valor y signifi-cación de ese aporte mariateguiano, porque no quiero repetir
lo que ya he expresado en aportes precedentes36.
No pierdo de vista que se corre el riesgo, al ver
la extensión de ese ensayo, de que se tienda a pensar que la literatura y la
cultura peruanas concitaron mayormente la atención de José Carlos Mariá-tegui.
Para deshacer esa impresión debo comenzar por decir que no fue ajena al
pensador peruano la realidad continental, de ahí que me decidiera a incluir
aquí su propuesta encabezada como “¿Existe un pensamiento hispano-americano?”
(documento 17). Esa valora-ción, junto con el entusiasta elogio que prodiga a
su colega domini-cano en “Seis ensayos en busca de nuestra expresión, por Pedro
Henríquez Ureña” (documento 28), despejan toda duda en lo que se refiere a este
aspecto.
Por otro lado, las coincidencias intelectuales
entre ambas figu-ras son inocultables37, por lo que la lectura de esa reflexión
sobre la obra del dominicano no podía faltar en esta selección. De hecho, si me
pidieran precisar el valor actual de las propuestas del peruano le aplicaría a
él las palabras que escribiera para honrar a su colega
36. Además
del indicado en la nota 25, tomo en cuenta “La Teoría y la Crítica Literaria en
América Latina: significación y vigencia de José Carlos Mariátegui”, Anuario
Mariateguiano (Lima), v. VI, No 6 (1994), pp. 209-214; “Problemas de
periodización literaria en ‘El proceso de la literatura’ de José Carlos
Mariátegui”, Memorias de JALLA Tucumán 1995. Ricardo J. Kaliman; ed., Tucumán
(Argentina): Universidad Nacional de Tucumán, 1997, pp. 733-740; “Una ‘tabla de
valores’ para recuperar la tradición: Pedro Henríquez Ureña en ‘El proceso de
la literatura’ de José Carlos Mariátegui”, Territorios intelectuales, Javier
Lasarte Valcárcel; coord., Caracas, La Nave Va, 2001, pp. 305-319.
37. Antonio
Melis, uno de los más reputados conocedores de la obra del Amauta, ha trabajado
este aspecto en “La fundación de la historia literaria: Pedro Henríquez Ureña y
José Carlos Mariátegui”, Anuario Mariateguiano (Lima), v. 9, No 9 (1997), pp.
35-40; publicado también en Leyendo Mariátegui, Lima, Empresa Editora Amauta,
1999, pp. 261-268.
BIBLIOTECA AYACUCHO XXIII
dominicano en esos “Seis ensayos en busca de
nuestra expresión, por Pedro Henríquez Ureña”. Esas líneas dicen así:
En Henríquez Ureña se combinan la disciplina y la
mesura del críti-co estudioso y erudito con la inquietud y la compresión del
animador que, exento de toda ambición directiva, alienta la esperanza y las
ten-tativas de las generaciones jóvenes. Henríquez Ureña sabe todo lo que valen
el aprendizaje escrupuloso, la investigación atenta, los ins-trumentos y
métodos de trabajo de una cultura acendrada; pero apre-cia, igualmente, el
valor creativo y dinámico del impulso juvenil, de la protesta antiacadémica y
de la afirmación beligerante. Su simpatía y su adhesión acompañan a las
vanguardias en la voluntad de supera-ción y en el esfuerzo constructivo. De
ninguna crítica me parece tan necesitada la actividad literaria de estos países
como de la que Pedro Henríquez Ureña representa con tanto estilo individual.38
De vuelta a nuestro asunto, debo recordar aquí que
el espacio otorgado por el Amauta a cuestiones del continente, llevó a los
edi-tores de sus Obras Completas a organizar un tomo (el No 12) titu-lado,
justamente, Temas de nuestra América, dado el caudal de esas reflexiones39.
Tanto como escribió sobre el Perú y sobre
Latinoamérica, lo hizo sobre el pensamiento estético y las manifestaciones
literarias y culturales de Europa. Esto que señalo queda expresado en un número
significativo de sus escritos. “James Joyce” (documento 18), “El freudismo en
la literatura contemporánea” (documento 20) y “Esquema de una explicación de
Chaplin” (documento 26), así como otros aportes periodísticos recogidos en esta
muestra son sólo algunas pruebas de ello.
38. “Seis
ensayos en busca de nuestra expresión…”, pp. 236-237.
39. Antonio
Melis se ha interesado en esta relación en “La visión de América Latina en José
Carlos Mariátegui”, op. cit., pp. 216-222.
XXIV
LITERATURAY ESTÉTICA
Sorprende la lucidez y la clarividencia del peruano
para penetrar en el valor y la significación del escritor irlandés. Lo hacía en
momen-tos en los cuales la verdadera trascendencia de esos aportes estéticos
era ignorada por buena parte de la crítica europea de entonces, cuando no
enfrentaba fuerte oposición por parte de sectores acaloradamente empeñados en
ir en su contra. Sobre esto último me ahorro mayores demostraciones porque el
mismo Mariátegui se cuidó de incluir pala-bras de Joyce donde identifica las
fuerzas que le adversaban.
Decidí incluir aquí “El freudismo en la literatura
contemporá-nea” porque me parece que no podemos olvidar a un Mariátegui lector
de Freud. El psicoanálisis lo maravilló. Tanto este ensayo periodístico como
las varias páginas que dedica a la teoría que re-volucionó la manera de
estudiar los procesos psíquicos en su revis-ta Amauta dan fe de ello. Desde la
primera entrega de este mensua-rio limeño se abren las páginas a esta propuesta
con un artículo del autor de la teoría, Sigmund Freud, “Resistencias al psicoanálisis”,
traducido especialmente para esa publicación40.
De paso a otro asunto. Mariátegui fue conocedor y
estudioso de las diversas manifestaciones estéticas de su tiempo. Quien revise
la colección de la revista Amauta, así como las colaboraciones perio-dísticas
que envió constantemente a la prensa limeña (eran su fuen-te de ingresos para
el sostén familiar) y que se compilan en las Obras completas, se encontrará con
trabajos dedicados a la pintu-ra, la música, la escultura, la arquitectura, la
literatura, etc. Siendo así, ¿podemos creer que el arte que se considera
invención del siglo XX, el cine, podía serle ajeno? Ésa, como razones derivadas
de la trascendencia mundial de la figura sobre la cual reflexiona, me han
parecido motivos suficientes para recoger aquí este “Esquema de una explicación
de Chaplin”.
40. Amauta (Lima), No 1, (1926), pp. 9-11.
BIBLIOTECA AYACUCHO XXV
ACOTACIONES FINALES
Estas acotaciones tienen que ver con los criterios
de edición tomados en cuenta para la preparación del presente volumen. Los
artículos han sido dispuestos en orden cronológico. El documento indicado con
el No 27 (“El proceso de la literatura”) pudo haber sido colocado al principio
o al final porque ese ensayo resultó de un proceso de ‘ensamblaje’, como lo
calificó el mismo Mariátegui, de una serie de artículos escritos para Mundial
entre 1924 y 192841. Por cuanto el libro donde fue incluida esa versión (7 ensayos
de inter-pretación de la realidad peruana) apareció el último año mencio-nado,
opté por tomar ésa como fecha de referencia. Contrario a los otros documentos,
no indico la procedencia de esas páginas porque se puede ubicar en cualquier
edición de los 7 ensayos… Hay nume-rosas reediciones de ese volumen traducido a
más de diez idiomas. En Venezuela es conocida la edición de Biblioteca Ayacucho
(Colección Clásica, v. 69, con prólogo de Aníbal Quijano).
Las cinco crónicas periodísticas del joven
Mariátegui han sido tomadas de la edición de sus Escritos juveniles (Lima,
Biblioteca Amauta, t. 1, 1987; t. 8, 1994). Se juntan en esos ocho volúmenes
tanto su obra de creación como sus colaboraciones periodísticas en la prensa
limeña. A fin de facilitar la lectura se acude a la simplifi-cación EJ al
mencionarlos. Para los trabajos producidos en su etapa de madurez (los
documentos 6 al 28) se buscó apoyo en la edición popular de Obras completas en
20 volúmenes (Lima, Biblioteca Amauta, hay varias reediciones de cada volumen).
Con preferencia cito de esta edición, que resumo como OC, por ser la más
conocida.
41. Me
he referido a ese trabajo de reelaboración de Mariátegui en “Una ‘tabla de
valores’ para recuperar la tradición: Pedro Henríquez Ureña en ‘El proceso de
la literatura’de José Carlos Mariátegui”, op. cit., pp. 305-307.
XXVI
LITERATURAY ESTÉTICA
Finalmente, al pie de cada documento remito también
a los dos volúmenes de Mariátegui total (MT), lujosa publicación que reco-ge la
producción de EJ, OC y los dos tomos de la Correspondencia de Mariátegui (Lima,
Biblioteca Amauta, 1984) y que ha sido publicada en Lima por la Empresa Editora
Amauta en 1994, con prólogo de Antonio Melis.
En los textos seleccionados,indico con asterisco
(*) las notas que provienen de las Obras completas y las que son de mi autoría.
Las notas de José Carlos Mariátegui se señalan con numeración arábiga.
BIBLIOTECA AYACUCHO XXVII
NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN
Los ensayos agrupados en este volumen siguen el
orden cronológi-co de publicación y para su preparación fueron consultadas y
con-frontadas las ediciones de 7 ensayos de interpretación de la reali-dad
peruana (Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1979); las Obras completas
(Lima: Biblioteca Amauta); y, Escritos juveniles (Lima: Biblioteca Amauta,
1987).
B.A.
BIBLIOTECA AYACUCHO XXIX
Literatura
y estética
1
EL FIN DE UNA POETISA*
TERRIBLEMENTE CONMOVEDOR y doloroso es el suceso
que nos dice hoy el cable. Ha sido un drama intenso, un drama triste, de
aquellos que sólo pueden ser concebidos por imaginaciones apa-sionadas y
violentas, y que reviven pasados tiempos de romanticis-mos y de fiereza.
Envuelta en un ropaje de tragedia, ha muerto
Delmira Agustini, la joven y brillante intelectual uruguaya, cuyo nombre
traspasara los estrechos límites de la nacionalidad. Fue Delmira Agustini, una
poetisa llena de sentimientos y robusta de inspiración. Con María Eugenia Vaz
Ferreyra, aquella otra mujer excepcional y talentosa, compartía la admiración
que suscitaran en su país y fuera de él los más elevados exponentes de la
intelectualidad femenina.
A los 18 años era ya una triunfadora. En las
revistas y periódi-cos se había revelado como poetisa sentimental y soñadora y
se abrió para Delmira Agustini, una senda prometedora y venturosa. Nada le
dijera que el destino acechaba traidoramente en ella.
Hermosa y juvenil, talentosa y buena, se rindieron
a sus pies muchos y muy fervientes admiradores, enamorados de su bondad
* La Prensa
(Lima), (9 de julio de 1914); EJ, v. 2, pp. 152-153; MT, t. II, pp. 2341-2342.
BIBLIOTECA AYACUCHO 3
y su belleza muchos, de su gracia e inteligencia
todos. Y de entre ellos hubo uno que mereciera el don de su mano blanca y fina.
¿Fue acaso el escogido, el esperado que fingiera en sus ensueños de amor y de
vida?
Pero, para la poetisa, toda sentimiento y toda
imaginación, no bastaban la dicha y el regalo del vivir hogareño. Su espíritu
inquie-to y raro, ansiaba quizás distinta recompensa. Buscaba, quién sabe, que
la vida se le brindara en toda su emoción y en toda su violencia, como no era
posible en la vulgar, apacible y monótona tranquilidad del hogar. Y tras un
incidente cualquiera vino el divorcio, la sepa-ración definitiva entre la
poetisa y su esposo, demasiado vulgar, demasiado bueno o demasiado enamorado,
que todo ello sería defecto igual.
El espíritu de Delmira Agustini no encontró en su
libertad la satisfacción buscada. En el torbellino de su labor intelectual
buscó un aturdimiento para la nostalgia de lo ido. En la senda florecida y
misteriosa de su vida, estaba ausente el amor, que en distinto cami-no la
reclamaba anhelante. Y fue éste un torcedor angustioso y terrible en la vida de
la poetisa sentimental y joven.
En un día cualquiera el hastío doloroso de esta
vida sin razón y sin recompensa, reclamó con exigencia imperiosa un remedio
defi-nitivo, un término que ha llegado con el tremendo drama que nos cuenta el
cable. Delmira buscó otra vez al esposo, al amado de otros días que tantas
lozanas primaveras de vida inspirara, pero no para revivir la pasada
tranquilidad de su nido de amor, sino para encon-trar en sus brazos el final
violento que anhelaba febrilmente su espíritu inquieto. Y la poetisa y su
esposo, se inclinaron reverentes al caprichoso querer del destino y le hicieron
la ofrenda de sus vidas en flor, junta y voluntariamente.
Así ha terminado la historia breve y sentida de
esta mujer excepcional. Ayer no más naciera a la vida y germinó desde ese ins-
4 LITERATURAY
ESTÉTICA
tante en su espíritu un ansia invencible de
sentirla en toda su inten-sidad y en toda su fuerza. En sus rimas palpitaba el
anhelo de cosas intangibles y soñadas. Decían una melancolía abrumadora y una
desesperanza que aqueja a todos los que sienten y comprenden la miseria
dolorosa de la vida.
Al pensar en este drama, rugiente de pasión,
tremendo de dolor, cabe preguntarse si no fue una equivocación del destino,
dotar a Delmira Agustini de una sensibilidad tan exquisita y de una
imagi-nación tan grande. Y puede agregarse que mejor le hubiera estado nacer
sencilla, humilde, y pobre de espíritu. Así habría cifrado sus expectativas
para el porvenir en casarse bien y regalarse mejor y habría encerrado sus
anhelos de dicha en los límites estrechos de un hogar dulce y tranquilo,
alegrado sólo por el alborotador bullicio de unos cuantos chiquillos y los
trinos de un canario enjaulado.
BIBLIOTECA AYACUCHO 5
2
RECORDANDO AL PRÓCER*
ES MARIANO MELGAR, el dulce y romántico poeta de
los yaraví-es y el esforzado y joven paladín de los patriotas, uno de los más
bizarros próceres de la magna epopeya libertadora.
A sus laureles de bardo soñador se suman los que
conquistara en el campo de batalla, cuando se produjeron los primeros
estalli-dos de la reacción patriótica. Y en las páginas que historian la
gue-rra de la Independencia sugestionan hondamente los arrestos gene-rosos de
este enamorado de bellos ideales, que erigiera en su Apolo a Tirteo.
Hoy se celebra el centenario de la muerte heroica
de este patriota. Hoy la patria rinde el homenaje ferviente de su admiración a
la memoria del gallardo revolucionario que sacrificara en los campos de
Humachiri la ferocidad de un capitán de los virreyes. Hoy vibra en todos los
corazones y florece en todos los labios un recuerdo sincero y cariñoso para el
que, empujado por los ímpetus de su lozano idealismo hiciera a la causa de la
independencia el sacrificio de su vida fecunda.
* La Prensa
(Lima), (12 de marzo de 1915); EJ, v. 2, pp. 190-192; MT, t. II, pp. 2359-2361.
6 LITERATURAY
ESTÉTICA
Al lado de la noble figura del poeta, se agiganta
la gloriosa del soldado. Y por eso el cronista, el mísero cronista de las cosas
cuoti-dianas, que ha sabido admirar hondamente, profundamente, ena-moradamente,
las bizarrías romancescas de Melgar, quiere trazar estas líneas para loar el
heroísmo del poeta que se irguiera en un gesto denodado junto a los que echaron
la simiente de la nacionali-dad peruana y para loar el idealismo del guerrero
que escribiera con la punta de su espada el más intenso y sentido de los
poemas.
Melgar fue un verdadero poeta y fue ante todo un
poeta perua-no. No fue la suya la lira majestuosa de los épicos, sino la
triste, la dolorida, la quejumbrosa quena de los indios pastores. En la
lamen-tación amarga, en el llanto angustiado de sus elegías y de sus yara-víes,
palpitan todas las melancolías del alma indígena, toda la deso-lación de los
dormidos panoramas de la puna, toda la augusta e imponente serenidad de las
noches andinas. La voz de una raza sen-timental y humilde, que siente a veces
ansias de redención, parece que vibrara en sus estrofas.
Precursor del romanticismo en Sudamérica, sus
versos son suaves, sencillos, armoniosos, sin ampulosidades, sin
altisonan-cias, sin donosos artificios. Su inspiración se desborda como la
clara linfa de un arroyo y así en la pureza argentina de sus cancio-nes hay
frescura y transparencias de agua soterraña.
Lírico, profundamente lírico, sólo cabe contar sus
inquietudes y sus desvelos, sus amores y sus ansias, la delicadeza de sus
senti-mientos intensos y apasionados.
Un amor inmenso al cual consagrara todas sus
devociones, toda su alma, amor de romántico, amor de trovador, ocupa por
ente-ro la vida del poeta. Lo canta en sus endechas, lo exalta en sus
can-ciones, lo llora en sus yaravíes. Y la visión de la amada, de la amada
dulce y bella, aparece en cada verso. Silvia absorbió sus ideales, ocupó sus
pensamientos, cautivó su imaginación. Él cantaba, sen-
BIBLIOTECA AYACUCHO 7
tía y soñaba sólo por Silvia. Y fue su musa. La
musa tangible, la musa consoladora, que pusiera la luz de sus amores en la vida
de los grandes líricos, de los grandes románticos que como Bécquer y como
Musset iluminaron la senda de sus idealismos con perfuma-das caricias de mujer.
Pero Melgar sufrió también el sino de los grandes
líricos, de los grandes románticos. No supo ser comprendido. A la frágil
cabecita de su amada, no se alcanzaba la intensidad de esta pasión, el fervor
de este culto. Y un buen día los desvíos y los desdenes de su amada, pusieron
un doloroso torcedor en la vida del prócer. Sus versos dicen toda la angustia
de su desolación y de su olvido que le hinojaban a las plantas de Silvia, en
demanda de su gracia. Más tarde se tornan desesperados y reflejan la intensidad
de su pena. Serénanse luego y son dulcemente melancólicos. Hasta que sus
nacientes ideales de libertad, los inflaman de fuego patriótico y les dan
sonoridades épicas.
Sin embargo, aun cuando canta a estos ideales,
Melgar sigue siendo dulce, apacible, tranquilo. Él no sabe arrebatar con sus
estrofas muchedumbres batalladoras, él no sabe despertar bélicas ansias, él no
sabe hacer sentir la grandeza majestuosa de un paisaje de la cordillera nevada
ni la lujuriosa exuberancia de la selva vir-gen. Su poesía, sencilla, suave,
doliente, llega mejor al alma del pastor lunático que dice sus tristezas en el
silencio sonoroso de las noches claras.
La primera llamarada revolucionaria prendió en el
sur. Melgar, se sintió inflamado por el fuego romancesco de los caba-lleros
andantes, que cada día resulta más exótico, más raro, más loco. Se armó paladín
de la santa causa. Cambió la musa real, la musa de carne y hueso, la musa
amada, por la otra incorpórea y severa de la libertad. La musa dulce y buena
por la musa imperiosa y guerrera.
8 LITERATURAY
ESTÉTICA
La epopeya del primer ejército patriota, fue
cruenta y ruda. Los reveses afligieron unos tras otro a los libertadores.
Melgar se dio cuenta del fin inminente y fue a él consciente y valeroso. Tal
vez los dolores de su pasión, las inquietudes de su alma superior, lo
deci-dieron más aún al sacrificio.
Y sobrevino la derrota definitiva, completa en los
campos de Humachiri el 11 de marzo de 1815. Al siguiente día, en un amane-cer
nublado y frío, el poeta de los grandes heroísmos, el soldado de los amados
ensueños y de las locas quimeras, caía fusilado. Y quién sabe si en la calma
augusta de la mañana, cuando el panorama silen-cioso recobraba su plácida
serenidad campesina, el lamento de una quena quejumbrosa sonó como una oración.
Este fue el prócer que hoy recuerda la patria
reverente.
BIBLIOTECA AYACUCHO 9
3
PIERRE LOTI EN LA GUERRA*
SI AL EXQUISITO NOVELISTA de Las desencantadas, al
dulce pintor de las cosas orientales, al artista enamorado del poético encanto
de las odaliscas, le hubiesen dicho hace unos años que su deber militar le
llevaría a batirse contra los otomanos y a regular el tiro de un cañón de su
nave contra una ciudad oriental, tal vez se habría sonreído incrédulo o tal vez
le habría asaltado la inquietud de que el vaticinio llegase a ser una dolorosa
realidad. Pierre Loti, no pensaría que una exigencia del destino pusiese la
proa de su buque guerrero hacia la costa serena y aromada del amado país de sus
recuerdos. Pero la ironía amarga de la vida nos obsequia hoy también con esta
mueca sarcástica. Ayer apenas nos dijo el cable _este cable bendito de las
diarias sorpresa_ que Pierre Loti estaba al mando de una cañonera y actuaba con
ella en el bombardeo de los Dardanelos.
Sabe el lector que este gran Pierre Loti, se llama
a la verdad Julien Viaude. Sabe también el lector, que como yo ha saboreado la
delicada y sugestiva belleza de sus libros de Oriente y como yo le ha admirado,
que este célebre Pierre Loti o, más bien, este semi-ignorado Julien Viaude es
oficial de la marina francesa. En misión
* La Prensa
(Lima), (20 de marzo de 1915); EJ, v. 2: 198-200; MT, t. II, pp. 2363-2364.
10 LITERATURAY
ESTÉTICA
de su país o sin ella, ha viajado muchas veces por
los países isla-mistas de la Europa y del Asia y ha permanecido años tras años
en su adorado y plácido refugio de Estambul. Y si Julien Viaude es tan sólo un
oficial de marina que se confunde en la anónima multitud de las playas mayores,
Pierre Loti es un mágico novelista de las cosas, de los paisajes y de las almas
musulmanes.
Espíritu refinado, sensitivo, armonioso, supo gozar
toda la intensa seducción de la vida de Oriente, adoró el misterio de triste-za
y de sensualidad de los harenes, amó el encanto infinito de los ojos de las
odaliscas, se embriagó en el perfume de gomas terebín-ticas y experimentó la
exquisita voluptuosidad de sentirse musul-mán, de creer en Mahoma, de orar en
sus mezquitas y soñar en el fabuloso paraíso del Corán.
Estambul le brindaba junto al efluvio acariciador
de sus perfu-mes, a la fantástica policromía de sus galas, al prodigio de
armonía de sus paisajes y a la secreta seducción de sus liturgias, una intensa,
una adorable vida de recuerdo y de evocación. Pierre Loti se aco-daba a la
ventana de sus añoranzas y sentíase asomado al panorama dormido de lo
pretérito. Este pueblo místico y sensual, estos fastos asiáticos, estos
palacios aladinescos, estos tapices suntuosos, le sugerían amables visiones del
pasado, y tendían a su vista el cuadro pleno de luz y de color, de poéticas
costumbres que la civilización sacrifica, que la civilización ahoga en el
vértigo de sus monumen-tos y de sus especulaciones y la vocinglería de sus
automóviles rau-dos. Sentía el encanto de esta vida oriental en un rincón de
Europa, de una raza decadente, como el último refugio del islamismo en el viejo
continente en que domina victoriosa la cruz.
Y vistió como los otomanos y vivió como ellos y
como ellos pensó. Como ellos dio al amor la mitad de su vida, como ellos gus-tó
el agotamiento del placer y buscó en las caricias cálidas de las mujeres del
oriente, la sedante laxitud de sus efluvios.
BIBLIOTECA AYACUCHO 11
Tal grande artista, tal virtuoso de las emociones
exóticas, tal encantado peregrino, que es también literato cultísimo y un
pulcro estilista, sabéis cómo aprisionó sus sensaciones de amor, de
volup-tuosidad y de misterio, en las páginas de libros admirables. Al artífi-ce
de la palabra, al mago del color, se unía el fino psicólogo, el obser-vador
sutil que llegó al íntimo santuario de muchas almas y se adentró en la vibrante
agitación de intensas pasiones. Y en sus nove-las puso toda su devoción por las
cosas musulmanas. Parece que en ellas se encontrase ecos de fervientes
plegarias bajo la sonoridad abovedada de las mezquitas, rumor de besos y de
confesiones en el fondo penumbroso de los harenes, aromas de encendidos
pebeteros.
Pierre Loti, dio prueba siempre de su amor por el
viejo impe-rio semicaduco y especialmente por Constantinopla. Cuando la última
guerra de los Balkanes, su pluma condenó las atrocidades de los invasores
búlgaros que destruían a su paso irrespetuosos e iconoclastas cosas y
costumbres que para el novelista eran relica-rios de recuerdos. Dijo el crimen
que sería destruir Constantinopla, asesinar su encanto y turbar la población de
los serrallos.
Es este enamorado del Oriente y de sus fastos, este
enamorado de Estambul y sus mansiones, el que hoy combate contra los turcos y
pone la puntería de sus cañones contra las para él queridas már-genes del
Helesponto. El deber patriótico, ese deber que en Francia sabe inspirar los
mayores sacrificios y los mayores heroís-mos, lo obliga a esta irónica
contradicción. Ese deber ha acallado todos los sentimentalismos.
Yo pienso en las aflicciones que turbarán a Pierre
Loti, literato, y que ahogará Julien Viaude, marino. Pienso en este choque de
los sentimientos del artista y la convicción sagrada del patriotismo y del
deber.
Quizá cuando los fuegos de la marina aliada dominen
el paso de los dardanelos y sus disparos saluden los primeros minaretes de
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ESTÉTICA
Estambul, Pierre Loti, cumplido ya su deber de
patriota, llorará sobre el puente de su nave de combate, la profanación y el
desga-rramiento del país de sus ensueños.
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CAUSERIE SENTIMENTAL*
TÚ, LECTOR INQUIETO, que recorres ansioso las
columnas de los diarios buscando la nota sensacional ávidamente; tú, lector
ama-ble, que los lees regalado y sereno como una distracción de sobre-mesa; tú,
lector práctico, a quien sólo atraen las noticias en que se refleja la fiebre
de las especulaciones diarias; tú, lector despreocu-pado, para quien esta
revisión ritual de la prensa es un frívolo pasa-tiempo, te detuviste quizá ante
el relato de ese doloroso, de ese tris-te drama pasional que anteayer pusiera en
la grotesca y jocunda bufonada de la crónica de policía una trágica nota de
guignol.
Y tal vez, tú lector inquieto, tú lector amable, tú
lector práctico, tú lector despreocupado, encontraste demasiado vulgar el drama
y doblaste la página del diario en busca de otra que dijese algo más
interesante, algo más sugestivo, algo que mejor satisficiese tus curiosidades y
mejor calmase tu sed de emoción.
Es que día a día, sólo suspenden el espíritu, sólo
cautivan la atención, los hechos, las cosas y los crímenes que están tocados de
los refinamientos del siglo y en que laten –¡oh irónica paradoja!– las
pulsaciones de la civilización. Madamas Stendhal en cuyos
* La Prensa
(Lima), (9 de abril de 1915); EJ, v. 2, pp. 213-215; MT, t. II, pp. 2370-2371.
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ESTÉTICA
semblantes hay un rictus macabro de sensualidad y
de muerte; aventureros rocambolescos en quienes el frac disfraza salpicaduras
de sangre; nihilistas neuróticos que urden en la penumbra cómpli-ce de un
sótano la fantasía enfermiza de sus rencores y de sus odios. Se diría una
sarcástica aristocracia del delito que tiene la extraña virtud de sugestionar a
los hombres y de marearlos con el vértigo de los crímenes en que hay voces de
automóviles, rumores de sedas, puñales blandidos por manos enguantadas, hálito
voluptuoso de vida mundana. Romeo y Julieta se pierden en el olvido y en la
lápi-da triste de su recuerdo, el tiempo difumina los nombres y marchi-ta las
siempre-vivas.
Por esto, acaso nada te dijo la intensa, la sentida
tragedia que se esconde tras el crimen oscuro que han registrado los diarios en
sus crónicas de policía y que en medio de su vulgaridad tiene un sello de dulce
aristocracia y de romántico exotismo. Ese delito, ese vul-gar delito que es de
los que aún se repiten aislada y cada vez más lejanamente, me ha dicho cómo
todavía se mata y se muere por amor y cómo el amor que es poesía, que es
simiente, que es renova-ción, que es vida, no pierde del todo en momentos de
utilitarismo frío su divino ropaje sentimental y sabe despertar en espíritus
inge-nuos y sencillos, resoluciones heroicas.
La leyenda romántica y caballeresca de edades
lontanas tiene un grato, un risueño florecimiento en este pobre suceso
callejero. El lirismo de las almas otrora infinito revive fugazmente y es en el
yermo desolado de la vida como un lozano brote en tronco añoso y milenario. Y
es éste el significado amable que el cronista descubre en el rapto pasional que
ha sido una noticia nueva en la información diaria de la prensa y un delito más
para el lector ávido y curioso.
Ya sabéis cómo –y esto es quién sabe lo único que
os ha con-movido de veras–, los protagonistas del acerbo drama fueron dos
adolescentes, dos niños casi. La juventud rimaba en ellos un fra-
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gante, un florecido poema de vida y de amor.
Miradas acariciado-ras, confidencias entrecortadas, besos furtivos, fueron
acaso los eslabones en este quebradizo engarce del idilio. Pero se interpuso de
pronto entre ellos la primera barrera, el primer tropiezo y poco a poco el
destino fue tronchando el idilio, truncando el poema y sem-brando en sus
espíritus la desesperanza y el desencanto.
Ella fue la primera en rendirse ante la imposición
de la suerte. Tal vez la apenó un momento, tal vez abrió en su pecho virgen una
temprana lacería, pero débil, inconstante, mujer, olvidó por otro la pena y
anestesió la temprana lacería. Y poco a poco, un día tras otro, el amor pasó a
ser sólo un recuerdo. Otros amoríos le sonreían y ella no supo ser indiferente
ante su seducción. Casquivana y locuela, el sentimiento de cariño por su galán
de otra época fue esfumándose, fue desapareciendo. Una sonrisa, una coquetería,
un melindre, brindados con inconsciencia como recompensa a requiebros y
galanteos ajenos, fueron otros tantos crueles golpes para él. Y él le dijo tal
vez toda la angustia de sus anhelos, toda la creciente inten-sidad de su
pasión. Ella se quedaría muy pensativa, muy triste y hablaría sólo para inferir
un nuevo dolor al enamorado. No era culpa suya, seguía queriéndolo, lo querría
siempre; pero mejor sería que la olvidase, era vano perseguir un imposible. Las
palabras de la muchacha, caerían lacerantes, desgarradoras en el alma del mozo.
La idea del crimen se arraigó en ese cerebro joven,
trastornado por el mal de amor. ¡Oh el mal misterioso que en las imaginaciones
apasionadas siembra terribles locuras, el mal que enciende en los labios
anhelantes la fiebre de los besos, el mal que es como una eterna simiente de
dolor y de crimen! El criterio razonador y auste-ro de la ciencia lo define
enfermedad, y estudia el proceso compli-cado del delirante desvarío.
El fin trágico del pobre amorío, fue inevitable. Él
quiso arreba-társela al destino, desposar con la muerte las vírgenes purezas de
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ESTÉTICA
aquel cuerpo núbil y hacerle a su amor el
sacrificio de su vida, de su vida que era inútil, que era triste, que era
infecunda desde que la soñada quimera huyó.
Lector que me seguiste a través de esta ingenua, de
esta plañi-dera divagación, escrita al margen del drama vulgar y triste, haz la
limosna de un recuerdo al truncado idilio, sé un momento románti-co, sé un
momento sentimental y escribe un epitafio compasivo sobre la tumba de los
amantes muertos. Sea un dulce coloquio de elegías el que no lo pudo ser de
madrigales…
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D’ANNUNZIO Y LA GUERRA*
EL INMENSO ARTISTA, el poeta selecto, el novelista
mágico, nos sorprende en este instante con un gesto que por suyo es magnífico.
Fueron siempre soberbias y aristocráticas las actitudes de este genial italiano
que ha escrito en la suave eufonía de su nombre lite-rario de Gabriel
D’Annunzio, la más delicada expresión de su selección artística y de su
latinidad. Sacerdotal, majestuoso, las subrayó siempre con ademán de exegeta y
en su deseo novador de cenobita, del arte y la belleza revistió siempre sus actos
de una sere-nidad abacial.
El cable de ayer consigna la noticia de esta última
actitud que quiero glosar. Dice así: “El novelista Gabriel D’Annunzio, que se
halla incorporado a un regimiento de caballería, como reservista, ha pedido al
gobierno que lo traslade a la marina, en caso de que estalle la guerra. Dice
que cuando la batalla de Lissa,Austria admi-tió a bordo de la escuadra a un
historiador, para que escribiese la derrota de Italia. Ahora él quiere escribir
la victoria”.
Cuantos han seguido, a través de sus salientes
manifestacio-nes, la vida de D’Annunzio –vida intensa y febril– saben cómo el
* La Prensa
(Lima), (27 de abril de 1915); EJ, v. 2, pp. 232-234; MT, t. II, pp. 2379-2380.
18 LITERATURAY
ESTÉTICA
gran escritor ha hecho del arte la profesión de fe
de su vida. Su culto por la armonía, su religión de lo bello, le hicieron
abominar de ese nombre duro y prosaico que se descubriera como el suyo propio,
y en las liturgias de ese culto y de esa religión inspiró el ritmo de su vida y
sus ideales. Detestaría a la manera griega el furor de las pasiones que altera
la serenidad de las fisonomías y destruye la euritmia de los movimientos.
D’Annunzio tendrá siempre la virtud de esquivar un tropiezo vulgar y de que a
ninguno de sus actos falte la elevación y la superioridad que es norma en sus
ideales. La vul-garidad repugna a la altísima aristocracia de su genio.
Advertisteis tal vez que por eso, en todas sus
obras o en casi todas, puso tal excelsitud de ideas, tal pureza de forma, que
deja siempre algo virgen, algo impoluto a la exploración epidérmica de los
intelectos mediocres. Para llegar hasta la cumbre de sus ideales, para
adentrarse en la urdimbre laberíntica de sus sutilezas, para escuchar la música
sagrada que en el jardín de sus ensueños toca en su pífano encantado este fauno
nuevo, hace falta una diafanidad que deja llegar hasta el fondo de las almas como
una caricia de luz las sensaciones del poeta.
Y así fueron sus gestos. Serenos, reposados,
caprichosos o enigmáticos. Los que no los comprendieron hablaron de poseur. De
ellos sólo puede decirse en justicia y con razón que trasuntaban los anhelos
del artista. D’Annunzio quiso sólo que respondiesen al ritmo de su vida.
Consagrada con reverente y universal admiración su
gloria, D’Annunzio, como todos los grandes espíritus se ha detenido cau-tivado
ante el inquietante problema de la muerte y ha sentido la tris-teza y la
esterilidad de esta vida de dolor y de angustia. A su alma de selecto han
tocado furtivamente los mismos anhelos que sembraron la desesperanza en las
almas de Leopardi y de Manfredo. Y fue así que un día la prensa universal dio
la noticia de que D’Annunzio
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había resuelto suicidarse. Pero suicidarse en una
manera original. El gran poeta era dueño de una fórmula para apagar las
pulsaciones de su vida, lenta, gradualmente, experimentando la intensa
volup-tuosidad de sentirse poseído poco a poco por la muerte que llega. Su
cuerpo se iría consumiendo, reduciendo, evaporando casi, al influ-jo de un
filtro misterioso como de un sortilegio conjuro cabalístico. Sería un pausado,
un extático desposorio con la muerte que iría anestesiando progresivamente los
órganos de la vida con la caricia sedante de sus besos. ¿Fue una fantasía
morbosa del poeta o una invención a esa misma fantasía? Exquisita
voluptuosidad, de todos modos, ésta de irse dando a la muerte lentamente, de ir
sintiendo segundo tras segundo su halago extenuante, de ir dispendiando la vida
inútil e infecunda pero amada por todos los que tienen un cobarde temor al más
allá de hallarse envuelto en el hálito misterio-so de lo infinito, de lo
enigmático, de lo incognoscible. Sentirnos asomados a la muerte, en plena
existencia, cuando aún sentimos los latidos de nuestra carne y nos aturde el
torbellino del mundo.
D’Annunzio busca hoy la emoción de la vida de
soldado, quie-re embriagarse con el olor de la pólvora y la sangre y aturdirse
con la orquestación terrible del combate. Y se ha hecho soldado. El cable no lo
cuenta en el breve despacho que he transcrito. Pero su inquietud tornadiza y
vehemente, ha modificado sus anhelos. Sus ideales de gloria, renacen en esta
hora intensa que le devuelve ansias de vida y aletarga el cansancio y el hastío
de las jornadas vencidas con la promesa de nuevas sensaciones. La majestad de
las luchas navales le seduce y ha pedido que se le incorpore a la mari-na.
Igual que en otras épocas Austria alistó en su flota a un historia-dor para que
escribiese la derrota de Italia, él quiere que Italia le embarque hoy en la
suya para escribir la victoria.
El novelista poeta, en quien los sentimientos de
latinidad tie-nen noble arraigo, ha escuchado las pulsaciones de su pueblo y ha
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ESTÉTICA
sentido sus anhelos de redención. Por eso quiere
que la actitud de Italia en este momento responda a la voz clamante de la raza
y sume el esfuerzo de la nación del mediodía al que ejercita Francia para
abatir el osado imperialismo teutón. Y ofrece su pluma –la misma que apresara
en páginas admirables las errantes libélulas de sus ideas– para escribir el
triunfo de Italia en los mares.
Quiere ser nauta de su flota. Igual que la de ese
divino visiona-rio de Cristóbal Colón, ¿la figura de este hombre genial será a
mo-do de talismán que conduzca por la ruta de la victoria a la armada de
Italia?
Acaso, enamorado de la gloria de don Miguel de
Cervantes en Lepanto, Gabriel D’Annunzio quiere que en la historia su nombre
rubrique la epopeya naval de la Italia de hoy.
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MUJERES DE LETRAS DE ITALIA*
EN EL ELENCO de la literatura italiana
contemporánea figuran varias mujeres. Y, afortunadamente, para gloria del arte
y regalo de la humanidad inteligente esas mujeres son, en su mayoría, artistas
auténticas, pur sang, algo no muy frecuente en las mujeres que escriben. La
literatura es, como se sabe, uno de los sectores artísti-cos más asaltados por
el diletantismo femenino. El diletantismo masculino no es menos osado y
abundante; pero tiene la ventaja de ser mucho menos peligroso. La acción
higiénica de las leyes de selección depura de él automáticamente, sin ningún
embarazo, el organismo literario. Los hombres no disponen de las seducciones ni
de los privilegios de las mujeres para resistir la acción de estas leyes.
Mientras tanto el diletantismo femenino se presenta al combate armado de todas
las prerrogativas acordadas a la mujer por la tradi-ción, la galantería, etc.,
etc. Mediocrísimas escritoras igualan en reputación y notoriedad,
transitoriamente por lo menos, a escritores selectísimos, por razón de su sexo,
que no de sus prosas ni de sus versos. En la literatura francesa tenemos,
vecino aún, el caso de Luisa Colet. Una vulgarísima poetisa que conquistó largo
renombre
* El Tiempo,
(Lima), (12 de octubre de 1920); OC, v. 15, pp. 190-196; MT, t. I, pp. 808-811.
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ESTÉTICA
no por escribir mal cincuenta volúmenes desabridos
sino por cono-cer bien la alcoba de todos los literatos ilustres que tenían
alcoba.
El caso Luisa Colet no es un caso típico y regional
de la literatu-ra francesa. Es un caso endémico en casi todos los climas
literarios. Pero las diletantes tipo Luisa Colet de aptitudes y características
esencialmente galantes, no son tan numerosas como las diletantes de aptitudes y
características esencialmente domésticas y caseras. Como las diletantes líricas
que toman la literatura como un “ador-no” y que piensan con mentalidad de
señorita de diez y ocho años, que para ella no se necesita capacidad mayor que
para el crochet o el pirograbado. A esta segunda angelical jerarquía pertenecen
las diletantes del parnaso criollo redimido por sólo una que otra verda-dera
mujer de letras. Por ejemplo aquella a quien están dedicadas estas líneas.
La más interesante de las mujeres de letras de
Italia es Ada Negri. Esta Ada Negri es un valor artístico digno de ser tan
alta-mente cotizado como la condesa de Noailles y la Rachilde, las dos más
extraordinarias mujeres de letras de la Francia contemporánea.
Ada Negri fue en su juventud maestra de escuela.
Una peque-ña maestra de escuela elemental. Una “maestrina” de escasa ido-neidad
pedagógica, que soñaba vagamente, con la mirada en la pizarra gris y con la
mano sobre la rizada testa de su “bambino” pre-dilecto. Sus primeros versos
fueron pobres y desvaídos de forma; pero brillaba ya en ellos la divina chispa
sagrada. De la enseñanza elemental pasó Ada Negri a la poesía. De la poesía
pasó al matri-monio. Se casó con un rico industrial lombardo. Pero su matrimo-nio
duró pocos años. El marido de Ada Negri era, probablemente, un perfecto
industrial lombardo de alma fenicia, burguesa y adipo-sa. Dios me libre, sin
embargo, de la huachafería de agobiar de atri-butos prosaicos la figura
milanesa de este marido para dar una explicación lírica a la incompatibilidad
de caracteres y a la separa-
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ción subsiguiente. Prefiero creer, simplemente, que
Ada Negri y su marido se cansaron de amarse, ya que también el marido de una
poetisa tiene el derecho a cansarse de amar a su mujer.
Los libros de Ada Negri son numerosos. Les titulan
Fatalitá (1892), Tempeste (1894), Maternitá (1906), Dal profondo (1910), Eliseo
(1914), La solitarie (1918), Il libro di Mara (1919). Este últi-mo es uno de
los que más placen, emocionan y sorprenden.
Una nota biográfica decía hace poco que a Ada Negri
puede llamársela gran poeta en vez de gran poetisa. Y, en verdad, Ada Negri
merece la distinción. Su poesía ha sido siempre la poesía de una mujer; pero no
ha sido la poesía de una poetisa. Parece, pues, más expresivo de su
superioridad el título de poeta que el título de poetisa.
Y es que los versos de las poetisas generalmente no
son versos de mujer. No se siente en ellos sentimiento de hembra. Las poetisas
no hablan como mujeres. Son, en su poesía, seres neutros. Son artistas sin
sexo. La poesía de la mujer está dominada por un pudor estúpido. Y carece por
esta razón, de humanidad y de fuerza. Mientras el poeta muestra su “yo”, la
poetisa esconde y mistifica el suyo. Envuelve su alma, su vida, su verdad, en
las grotescas túnicas de lo convencional.
En la novela la mujer vale más que en la poesía. Y
es que la mujer cuando es objetiva, suele ser natural y atrevida. Cuando es
subjetiva, no. Ama la verdad cuando describe las sensaciones aje-nas; se
avergüenza de ella, cuando describe las sensaciones propias. Las desfigura, las
oculta, las calla. No tiene el valor de sentirse artis-ta, de sentirse
creadora, de sentirse superior a la época, a la vulgari-dad, al medio. Se
siente, por el contrario, una mujer dependiente como las demás de su tiempo, de
su sociedad y de su educación.
Y, precisamente, es todo lo que hay en ella de
mujer lo que una poetisa debía poner en su arte.
24 LITERATURAY
ESTÉTICA
Il libro di Mara presenta este aspecto de la
personalidad de Ada Negri. Es el libro de la mujer que llora al amante muerto.
Pero que lo llora no en versos plañideros, ni en elegías románticas. No. El
duelo de esta mujer no es el duelo de siemprevivas, crespones y epi-tafios.
Esta mujer llora la viudez de su corazón, la viudez de su exis-tencia, y la
viudez de su cuerpo. El Libro de Mara, al mismo tiem-po que un libro de dolor,
es un libro de pasión y de voluptuosidad. De una voluptuosidad mística que el
dolor espiritualiza. Todo es puro, todo es casto, todo es inmaterial en el
lenguaje, en las imáge-nes, en los ritmos.
Las primeras voces son voces de angustia y de
opresión que reclaman al amado muerto. Luego estas voces se apagan. La poeti-sa
no se quejará más. En espera del día en que se abrirán para ella las puertas
del misterioso reino donde se unirá con el esposo, vivi-rá sólo para evocarlo,
para evocar sus besos, para evocar su amor. Para sentirse como antes, besada
por su boca, tocada por sus manos, llamada por su voz y mirada por sus ojos.
Para vivir de nuevo los días pasados, en un divino delirio de la fantasía y de
los sentidos. Para continuar, poseída, amada, acariciada.
En Il libro di Mara sobresale otro aspecto de la
personalidad de Ada Negri: su potencia dramática. Ada Negri, que es una
intérpre-te profunda de la vida, es una intérprete profunda del dolor. Este
genio dramático es atributo de la mujer italiana. Pensemos en Eleonora Duse, la
trágica ilustre de ayer. Pensemos en María Me-lato, la trágica ilustre de hoy.
Algunas poesías de Il libro di Mara, llegan a un
grado extraor-dinario de intensidad. Son extrañamente obsesionantes y
misterio-sas. Quiero copiar aquí una de las más bellas, “Il muro”. Y no me
atrevo, por supuesto, a traducirla. Hela aquí:
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Alto è il muro che fiancheggia la mia strada, e la
sua nudità rettilinea si prolunga ell’infinito.
Lo accende il sole come un rogo enorme, lo imbianca
la luna come un sepolcro.
Di giorno, di notte, pesante, inflessibile, sento
il tuo passo di là del muro.
So che sei lì, e mi cerchi e mi vuoi, pallido del
pallore marmoreo que avevi l’ultima volta ch’io ti vidi.
So che sei lì: ma porta non trovo o da schiudere,
breccia non posso scavare.
Parallela al tuo passo io cammino, senz’altro
udire, senz’altro seguire che questo solo richiamo:
sperando incontrarti alla fine, guardarti beata nel
viso, svenirti beata sul cuore.
Ma il termine sempre è piu lungi, e in me non v’è
fibra che non sia stanca;
ed il tuo passo di là dal muro si scande a martello
sul battito delle mie arterie.
Esta poesía es admirable, el símbolo posee en todo
instante una fuerza maravillosa. Se ve el “muro”, ese “muro” que el sol
en-ciende y “que la luna emblanquece como un sepulcro” y pegada se ve marchar a
una mujer pálida, magra y enlutada. Y se siente los pasos de alguien que marcha
también al otro lado. De alguien que está muy cerca y muy lejos a un tiempo.
Tan cerca que se per-ciben sus pasos. Tan lejos que no se puede escuchar su
voz, ni ver su rostro espectral. El “muro”, esta vez como todas, parece infi-nito.
No se sabe dónde ni en qué momento acabará; pero se sabe que acaba. Se sabe,
porque, como dicen los versos de Ada Negri,
26 LITERATURAY
ESTÉTICA
se oyen los pasos de los que avanzan del otro lado
paralelamente a nosotros.
La poesía de Ada Negri ha evolucionado mucho de su
primera época a su época actual. A medida que se ha perfeccionado y puri-ficado
como forma. Su temperamento ha encontrado expresión cada día más desenvuelta y
musical en el verso libre que en el verso clásico. Ada Negri es hoy una de las
cultoras más finas de la forma modernista.
Otras dos interesantes mujeres de letras son Grazia
Deledda y Amalia Guglielminetti.
Grazia Deledda es novelista. Pero una novelista de
alma rica-mente poética. Tiene una dulzura muy femenina su visión de la vida.
Ha publicado muchos libros de cuentos y novelas, entre otras Colombi e
Sparvieri, Canne al vento, La colpe altruit, Marianna Sirca. Sus obras son en
total veinte, editadas entre el año 1900 y el año último. Han sido traducidas a
diversas lenguas.
Amalia Guglielminetti es una escritora de
personalidad más compleja, más moderna, más siglo veinte. Refleja la mujer de
su tiempo. Entre 1904 y 1919 ha publicado diez libros. Casi todos libros de
versos, uno que otro de cuentos y una comedia. Se reprue-ba la frivolidad que
frecuentemente domina en sus páginas; pero esa frivolidad es sugestiva y
característicamente femenina.
Además, la Guglielminetti es otra de las poetisas
que vierten en versos, sin timidez ni hipocresía, sus sensaciones de mujer.
Algunas de sus composiciones serán, sin duda alguna, audaces para las gentes
gazmoñas. Me acuerdo de una titulada “Ilattini”. En ella evoca una mañana de
abril. No sabe si fue en el año en que dejó las monjas de su convento, si fue
el año anterior, si fue el año siguiente. Esa mañana, abril se despertó en el
alma ligera, ella con su pequeño corazón opreso. La noche los había mecido a
abril invierno, a ella niña. Y de esa mañana ella cuenta: “Io aprile ciglia
BIBLIOTECA AYACUCHO 27
fatta giovinetta, tu apristi i cieli fatto
primavera”. Y de esa mañana ella agrega: “Ormai ero colei que sa ed aspetta e a
qualche avido sguardo sussultavo”.
Estas mujeres de letras no son tan conocidas entre
nosotros como Carolina Invernizio. Y es natural. Para Carolina Invernizio hay
un enorme y permanente público de cocineras en todas partes del mundo. Para Ada
Negri no hay ni puede haber, ni aun dentro de las señoritas de “élite”, un
público igualmente apasionado. Las señoritas de “élite” están, por lo común,
muy ocupadas con la lec-tura de Ricardo León que escribe bonito y de Paul
Bourget que escribe en francés. Pero a Ada Negri le basta para ser inmortal que
haya en la tierra un alma capaz de comprenderla. Un verso de Valdelomar, uno de
los muchos bellos versos de Valdelomar, dice que “para salvarnos del olvido
basta que un alma nos comprenda”. Y es cierto.
28 LITERATURAY
ESTÉTICA
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LOS AMANTES DE VENECIA*
SOBRE EL AMOR de Alfredo de Musset y Jorge Sand se
ha escrito muchos libros. Los primeros fueron, naturalmente, uno de Alfredo de
Musset y otro de Jorge Sand. Pero ni éstos, por razones obvias, ni los demás
que los han seguido, por razones abstrusas, son una historia completa y
verídica del famoso amor. El único libro que parece serlo es Los amantes de
Venecia de Charles Maurras, que acaba de ser reeditado.
En una estancia de un hotel del Lido, con las
ventanas abiertas al panorama de Venecia y a la música de góndolas de la
Laguna, he leído esta novísima edición de la obra de Maurras. Ha sido ésta una
lectura casual. Pero yo he resuelto imaginármela intencionada. Porque es
absolutamente necesario que, en estos días de septiem-bre, en que Venecia está
poblada de gentes que vienen a veranear a la playa del Lido, y que no se
preocupan de la historia de la repúbli-ca de los Dux**, algún peregrino más o
menos sentimental se acuerde de los pobres amantes que aquí vivieron los
capítulos más intensos de su novela.
* El Tiempo,
(Lima), (11 de enero de 1921); OC, v. 7, pp. 68-74; MT, t. I, pp. 816-818.
** Príncipe
Magistrado Supremo en las repúblicas de Génova y Venecia (n. de OC).
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El autor de Los amantes de Venecia es el mismo
Charles Maurras que dirige L’Action Française, el mismo escritor manco-munado
con el insoportable chauvinista León Daudet en la literaria empresa de predicar
a los franceses la vuelta a la monarquía. Es, por ende, un tipo a quien
habitualmente detesto. Pero esta vez me resulta simpático. Su libro es
agradable. Tan agradable que, le-yéndole, se olvida uno del editorialista de la
absurda L’Action Française.
Los otros biógrafos de Los amantes de Venecia no
han sabido ser imparciales. Charles Maurras sabe serlo en su libro. No
defien-de ni detracta a ninguno de los amantes. Su justicia, al hablar de uno y
otro, es tal que los mussetistas lo acusan de admirador de Jorge Sand y los
sandistas de partidario de Musset.
La historia de amor de Musset y Jorge Sand apasiona
todavía a mucha gente de Francia. Y en otros tiempos, como es sabido,
apa-sionaba a más gente aún. Tiempos ha habido en que se polemizaba
calurosamente sobre los más íntimos particulares del ilustre me-nage; de un
lado se sostenía, por ejemplo, cosas como ésta: que Musset y Jorge Sand no
debían ser llamados los amantes de Ve-necia, porque en Venecia, si bien habían
estado juntos, no habían sido efectivamente amantes. Y de otro lado, como es
natural, se sos-tenía lo contrario. Y se citaba testimonios que acreditaban
que, en Venecia, Musset y la Sand habían compartido el mismo lecho más de una
noche. Charles Maurras, precisamente, habla de una carta de Jorge Sand, en que
se alude al día “en que fue cerrada la puerta que comunicaba su dormitorio con
el de Musset”, para demostrar que esa puerta había estado abierta en un
principio.
El libro de Maurras, lo repito, relata con mucha
imparcialidad los diversos episodios del célebre amor. Pero el autor no puede
evi-tar que su obra pruebe que Musset hizo lamentablemente el ridícu-lo. Y que,
mientras Jorge Sand aparece en su obra como una mujer
30 LITERATURAY
ESTÉTICA
inteligente y simpática, al par que pérfida y
aviesa, Alfredo de Musset aparezca como un adolescente candelejón y tonto.
La novela de Alfredo de Musset y Jorge Sand puede
sintetizar-se así:
Jorge Sand fue amante de Musset antes de separarse
oficial-mente de su marido, el barón de Dudevant. Había sido ya amante de Jules
Sandeau y de Merimée. Esta pluralidad de amantes no quiere decir, por supuesto,
que Jorge Sand fuese una hetaira. Quiere decir que Jorge Sand tenía el corazón
demasiado grande, generoso y hos-pitalario, esto es “casi incapaz del
sentimiento que la generalidad de las gentes llaman amor”. “Dos clases de
personas _escribe Maurras_ parecen ser inadaptadas al amor, las primeras por una
falta de sensibilidad, las segundas por un exceso de este don de sen-tir y de
seguir el sentimiento”.
Desde el primer capítulo aparecieron en la novela
de amor de Musset y madame Dudevant las querellas y los pleitos. Cuando se
dirigieron a Venecia –después de haber saboreado el amor metropo-litanamente en
París y geórgicamente en Fontainebleau– no fue en viaje de luna de miel ni
mucho menos. Como que hay quienes ase-guran que habían ya dejado de ser amantes
y que no eran sino dos buenos amigos. Venecia, como se sabe, ejercitó todo su
encanto en el espíritu de Jorge Sand. Su inquieto corazón estaba, pues, muy
pro-penso a palpitar por el primer veneciano plácido que se le aproxima-se.
Este veneciano fue el doctor Pagello, llamado a asistir a Alfredo de Musset,
atacado por una impertinente enfermedad. El doctor Pagello era un vigoroso y
joven ejemplar de la fauna de Venecia. Jorge Sand, aunque sinceramente
preocupada por la mala salud de su amante y fatigada por las vigilias pasadas
al pie de su lecho, no podía dejar de apreciar estas cualidades. Y, como
tampoco podía limitarse a apreciarlas, se enamoró de ellas. Fue así como Jorge
Sand, al mismo tiempo que moría de ansiedad por Musset, moría de
BIBLIOTECA AYACUCHO 31
amor por el doctor Pagello. El pobre Musset,
delirante en su cama, no estaba en aptitud de advertirlo. Ni aun el doctor
Pagello, cuya temperatura y clarividencia eran normales, supo advertirlo
oportu-namente. Jorge Sand tuvo que declarársele en la forma más explíci-ta
posible. Su declaración no fue verbal sino escrita. No por ser la declaración
de una escritora, sino por ser la declaración de una mujer que apenas hablaba
el idioma del hombre amado.
Hay que felicitarse de que esta carta de Jorge Sand
haya sido dada a luz, porque constituye, sin duda alguna, su página más
maravillosa. “Tú eres extranjero –dice en sustancia Jorge Sand a Pagello–, tú
no entiendes mi lengua y yo sé demasiado mal la tuya para que podamos
comprendernos. Y, siendo de patria, de razas, de costumbres diferentes, aunque
pudiésemos comunicar nuestro pensamiento por el lenguaje, nuestros corazones
continuarían siempre distantes el uno del otro”. Luego ella le interroga con
vehe-mencia: “¿Quién eres tú? ¿Qué puedes ser para mí? Se te ha educa-do quizá
en la convicción de que las mujeres no tienen corazón. ¿Sabes tú que tienen
también uno? ¿Eres tú, cristiano, musulmán, civilizado, bárbaro? ¿Eres tú un
hombre? ¿Qué hay en ese pecho masculino, en ese ojo de león, en esa frente
soberbia?”. El cuestio-nario se hace después más concreto. Jorge Sand pregunta
a Pagello si es idealista o carnal en amor, bruto o poeta; si, cuando su amante
se duerme entre sus brazos, sabe quedar despierto para mirarla, rogar a Dios y
llorar; si los placeres del amor lo dejan jadeante y embrutecido o si lo
arrojan en un éxtasis divino. En seguida ella le agrega: “Yo no sé de tu vida
pasada, de tu carácter, ni lo que los hom-bres que te conocen piensan de ti. No
importa. Yo te amo sin saber si yo podré estimarte, y yo te amo porque tú me
gustas”.
Pero donde están encerradas toda la belleza, toda
la poesía, toda la emoción inmensas de la carta, es en las frases siguientes:
“Si tú fueses un hombre de mi patria, yo te interrogaría y tú me res-
32 LITERATURAY
ESTÉTICA
ponderías, pero yo sería tal vez más desventurada
todavía, porque entonces tú podrías engañarme. Tú, tú, como eres, no me
mentirás, no me harás vanas promesas ni falsos juramentos. Tú me amarás como tú
puedes amar. Lo que yo he buscado en vano en los otros, no lo encontraré quizá
en ti, pero podré creer que tú lo posees. Las miradas y las caricias de amor,
que me han mentido siempre, tú me las dejarás explicar como yo quiera, sin
añadir a ellas palabras mentirosas. Yo podré interpretar tu ensueño y hacer hablar
elo-cuentemente tu silencio. Yo atribuiré a tus acciones la intención que yo te
desearé. Yo no quisiera saber tu nombre. ¡Escóndeme tu alma! ¡Que yo pueda
creerla siempre bella!”. Esta carta fue escrita por Jorge Sand en presencia de
Pagello. Pagello la miraba escribir ner-viosa y apasionadamente sin comprender.
Y cuando ella metió las hojas dentro de un sobre en blanco, y sin decirle una
palabra, puso el sobre en sus manos, Pagello preguntó a quién debía entregarlo.
Entonces Jorge Sand le quitó el sobre de las manos para escribir encima: “Al
estúpido de Pagello”.
Consecuencia natural de esta carta fue que Jorge
Sand y el médico de Venecia se entendieran no sólo en el terreno sentimental
sino en otros terrenos limítrofes. Musset, en tanto, mejoraba, lo que,
probablemente, eliminaba de la conciencia de Madame Dudevant y de Pagello todo
remordimiento. Después de todo –pen-saban acaso– sea cierto que traicionaban a
Musset; pero era no menos cierto que lo traicionaban después de haberle salvado
la vida con su amor y desvelos. Pero, con la salud, Musset recuperó la facultad
de darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Un día notó que al pasar tras
un biombo Jorge Sand y Pagello se demora-ban, el tiempo necesario a dos
amantes, para abrazarse furtivamen-te. Otro día sorprendió a Jorge Sand
escribiendo a escondidas una carta. Otro día se fijó que en el saloncito donde
Jorge Sand y Pa-gello habían tomado té, la noche anterior, sólo había una taza.
Lo
BIBLIOTECA AYACUCHO 33
que indicaba, inequívocamente, que habían bebido
amartelada-mente de una misma taza de té. Estas cosas pusieron terriblemen-te
celoso al convaleciente poeta. Pero Jorge Sand se dio maña para convencerlo de
que ella era una mujer adorable y de que él era un loco y un miserable al dudar
de su lealtad. Y de que debía pedirle perdón de rodillas. Jorge Sand consiguió
finalmente que Alfredo de Musset se marchase solo a Francia y la dejase gustar
libremen-te la virilidad de Pagello. Más todavía, parece que Alfredo de Musset,
alma cándida y buena, en una escena preparada por Jorge Sand con refinada
astucia, unió antes de partir las manos de su ex amante y de su médico,
diciéndoles: “Ustedes se aman. Sean feli-ces”. Lo cierto es que, después de su
regreso a Francia, Musset mantuvo tierna correspondencia con Jorge Sand, quien
le encargó que le mandase de París un frasco de Patchouli, su perfume
prefe-rido. Muy tarde comprendió Musset el rol que Jorge Sand le había hecho
jugar. Antes, los amantes de Venecia cambiaron muchas car-tas de recíprocas y
románticas acusaciones. En las suyas Jorge Sand negó siempre haberse entregado
a Pagello primero que Musset partiese. Se empeñó, además, en presentar a Musset
como el que había arrancado a Pagello la confesión de su amor a ella. Y
sostuvo, especialmente, que fue muy dueña de hacer lo que hizo, porque había
dejado de pertenecer a Musset cuando abrió los bra-zos a Pagello. En una de sus
cartas se encuentra esta pregunta: “¿Era yo tuya entonces?”.
Yo creo que las gentes ilustres tienen, sin duda
alguna, el mismo derecho de las gentes anónimas para que se respete la puer-ta
de su corazón y de su dormitorio. Yo creo que no basta para des-cubrir así las
intimidades espirituales y físicas de dos amantes la excusa de que se trata de
dos escritores famosos. Pero carezco de la austeridad necesaria para
abstenerme, por mi parte, de contribuir con un artículo de periódico a la
notoriedad de esas intimidades.
34 LITERATURAY
ESTÉTICA
8
ASPECTOS VIEJOS Y NUEVOS DEL FUTURISMO*
EL FUTURISMO ha vuelto a entrar en ebullición.
Marinetti, su sumo sacerdote, ha reanudado su pintoresca y trashumante vida de
conferencias, andanzas, proclamas, exposiciones y escándalos. Algunos de sus
discípulos y secuaces de las históricas campañas se han agrupado de nuevo en
torno suyo.
El período de la guerra produjo un período de
tregua del futu-rismo. Primero, porque sus corifeos se trasladaron unánimemente
a las trincheras. Segundo, porque la guerra coincidió con una crisis en la
facción futurista. Sus más ilustres figuras –Govoni, Papini, Palazzesch– se
habían apartado de ella, menesterosos de libertad para afirmar su personalidad
y su originalidad individual. Y estas y otras disidencias habían debilitado el
futurismo y habían compro-metido su salud. Mas, pasada la guerra, Marinetti ha
podido reclu-tar nuevos adeptos en la muchedumbre de artistas jóvenes, ávidos
de innovación y ebrios de modernismo. Y ha encontrado, natural-mente, un
ambiente más propicio a su propaganda. El instante heroico es revolucionario en
todo sentido.
Esta vez el futurismo se presenta más o menos
amalgamado y confundido con otras escuelas artísticas afines: el expresionismo,
* El Tiempo
(Lima), (3 de agosto de 1921); OC, v. 9, pp. 56-59; MT, t. I, pp. 822-823.
BIBLIOTECA AYACUCHO 35
el dadaísmo, etc. De ellas lo separan discrepancias
de programa, de táctica, de retórica, de origen o, simplemente, de nombre. Pero
a ellas lo une la finalidad renovadora, la bandera revolucionaria, todas estas
facciones artísticas se fusionan bajo el común denomi-nador de arte de
vanguardia.
Hoy, el arte de vanguardia medra en todas las
latitudes y en todos los climas. Invade las exposiciones. Absorbe las páginas
artísticas de las revistas. Y hasta empieza a entrar de puntillas en los museos
de arte moderno. La gente sigue obstinada en reírse de él. Pero los artistas de
vanguardia no se desalientan ni se soli-viantan. No les importa ni siquiera que
la gente se ría de sus obras. Les basta que se las compren. Y esto ocurre ya.
Los cua-dros futuristas, por ejemplo, han dejado de ser un artículo sin
cotización y sin demanda. El público los compra. Unas veces porque quiere salir
de lo común. Otras veces porque gusta de su cualidad más comprensible y
externa: su novedad decorativa. No lo mueve la comprensión sino el snobismo.
Pero en el fondo este snobismo tiene el mismo proceso del arte de vanguardia.
El hastío de lo académico, de lo viejo, de lo conocido. El deseo de cosas
nuevas.
El futurismo es la manifestación italiana de la
revolución artística que en otros países se ha manifestado bajo el título de
cubismo, expresionismo, dadaísmo. La escuela futurista, al igual que esas
escuelas, trata de universalizarse. Porque las escuelas artísticas son
imperialistas, conquistadoras y expansivas. El futu-rismo italiano lucha por la
conquista del arte europeo, en concu-rrencia con el cubismo hilarante, el
expresionismo germano y el dadaísmo novísimo. Que a su vez viene a Italia a
disputar al futu-rismo la hegemonía en su propio suelo.
La historia del futurismo es más o menos conocida.
Vale la pena, sin embargo, resumirla brevemente.
36 LITERATURAY
ESTÉTICA
Datan de 1906 los síntomas iniciales. El primer
manifiesto fue lanzado desde París tres años más tarde. El segundo fue el
famoso manifiesto contra el conocido “claro de luna”. El tercero fue el
manifiesto técnico de la pintura futurista. Vinieron en seguida el manifiesto
de la mujer futurista, el de la escultura, el de la literatu-ra, el de la
música, el de la arquitectura, el del teatro. Y el programa político del
futurismo.
El programa político constituyó una de las
desviaciones del movimiento, uno de los errores mortales de Marinetti. El
futurismo debió mantenerse dentro del ámbito artístico. No porque el arte y la
política sean cosas incompatibles. No. El grande artista no fue nunca
apolítico. No fue apolítico el Dante. No lo fue Byron. No lo fue Víctor Hugo.
No lo es Bernard Shaw. No lo es Anatole France. No lo es Romain Rolland. No lo
es Gabriel D’Annunzio. No lo es Máximo Gorki. El artista que no siente las
agitaciones, las inquie-tudes, las ansias de su pueblo y de su época, es un
artista de sensi-bilidad mediocre, de comprensión anémica. ¡Que el diablo
con-funda a los artistas benedictinos, enfermos de megalomanía aristocrática,
que se clausuran en una decadente torre de marfil!
No hay, pues, nada que reprochar a Marinetti por
haber pensa-do que el artista debía tener un ideal político. Pero sí hay que
reírse de él por haber supuesto que un comité de artistas podía improvisar de
sobremesa una doctrina política. La ideología política de un artista no puede
salir de las asambleas de estetas. Tiene que ser una ideología plena de vida,
de emoción, de humanidad y de verdad. No una concepción artificial, literaria y
falsa.
Y falso, literario y artificial era el programa
político del futu-rismo. Y ni siquiera podía llamarse legítimamente futurista,
porque estaba saturado de sentimiento conservador, malgrado su retórica
revolucionaria. Además, era un programa local. Un programa esencialmente
italiano. Lo que no se compaginaba con algo esen-
BIBLIOTECA AYACUCHO 37
cial en el movimiento: su carácter universal. No
era congruente juntar a una doctrina artística de horizonte internacional con
una doctrina política de horizonte doméstico.
Errores de dirección como éste sembraron, el cisma
en el futu-rismo. El público creyó, por ello, en su fracaso. Y cree en él hasta
ahora. Pero tendrá que rectificar su juicio.
Algunos iniciadores del futurismo –Papini, Govoni,
Palazzes-chi– no son ya futuristas oficiales. Pero continuarán siéndolo a su
modo. No han renegado del futurismo; han roto con la escuela. Han disentido de
la ortodoxia futurista.
El fracaso es, pues, de la ortodoxia, del
dogmatismo; no del movimiento. Ha fracasado la desviada tendencia a reemplazar
el academicismo clásico con un academicismo nuevo. No ha fraca-sado el fruto de
una revolución artística. La revolución artística está en marcha. Son muchas
sus exageraciones, sus destemplan-zas, sus desmanes. Pero es que no hay
revolución mesurada, equi-librada, blanda, serena, plácida. Toda revolución
tiene sus horro-res. Es natural que las revoluciones artísticas tengan también
los suyos. La actual está, por ejemplo, en el período de sus horrores máximos.
38 LITERATURAY
ESTÉTICA
9
POST-IMPRESIONISMO Y CUBISMO*
ESTA ÉPOCA de compleja crisis política es también
una época de compleja crisis artística. Aparecen en el arte conceptos y formas
totalmente adversos a los conceptos y formas clásicos. El gusto del vulgo los
rechaza irritados. Los recibe como una majadería o una extravagancia. Pero la
aparición de estas escuelas es un fenómeno natural de nuestra época. No
envejecen únicamente las formas políticas de una sociedad y una cultura;
envejecen también sus for-mas artísticas. La decadencia y el desgaste de una época
son inte-grales, unánimes.
Veamos la interpretación spengleriana del arte
moderno. Oswald Spengler dice que en la etapa final de una cultura “la
existencia no tiene forma interior; el arte de la gran urbe es una costumbre,
un lujo, un deporte, un excitante; los estilos se ponen de moda y varían
rápidamente (rehabilitaciones, inventos capri-chosos, imitaciones); no tienen
ya contenido simbólico”. Esta tesis de Spengler define muy bien las
características del arte actual. Es casi un cuadro sintomatológico. En
realidad, el arte se
* Variedades
(Lima), (26 de enero de 1924); OC, v. 6, pp. 60-64; MT, t. I, pp. 570-571.
BIBLIOTECA AYACUCHO 39
encuentra en un período de modas. En un período de
imitaciones de motivos arcaicos y exóticos. El gusto de los artistas europeos
es más versátil y tornadizo que nunca. Y se complace en la imita-ción de
modelos remotos o de modelos extranjeros. La pintura y la música, por ejemplo,
están impregnadas de orientalismo. Los colores y los ritmos rusos invaden París
y Berlín, Londres y Roma. La pintura japonesa ejerce una extensa influencia
sobre varios sectores del arte contemporáneo. Simultáneamente, otros sectores
se tiñen densamente de primitivismo. Muchos artistas buscan a sus maestros y
sus dechados entre los últimos pre-rena-centistas. Otros se remontan a Cimabue
y a Ghiotto. Sandro Bo-tticelli, Fra Filippo Lippi, Pier della Francesca
resultan extraña-mente actuales. Asistimos a una valorización de su arte y sus
obras. Y esta valorización no es artificial ni arbitraria. A mí, ver-bigracia,
un cuadro de Botticelli me impresiona y place mucho más que un cuadro de
Rafael. Si hubiese nacido hace cien años me habría acontecido lo contrario. En
la escultura se nota una acentuada corriente de arcaísmo. Las estatuas modernas
son, generalmente, hieráticas, rígidas, sintéticas. Acusan una marca-da
influencia de la escultura egipcia. En suma, las escuelas son múltiples; la
inquietud de los artistas es infinita; la moda es fu-gaz; la búsqueda es
insaciable. ¿Hay que ver en todo esto, como Spengler, más que ninguna otra
cosa, un síntoma del tramonto de la civilización occidental?
Uno de los leaders del arte de vanguardia, Francis
Picabia, dice que la historia del arte se condensa en períodos de revolución y
de conservación. A un período romántico sigue un período clási-co. Un período
romántico es tempestuoso, desordenado, caótico. Es, sincrónica y revueltamente,
de destrucción y de construcción. Un período clásico, en cambio, es sereno,
regular, apacible. En-cierra un trabajo de pacífica elaboración y desarrollo de
un estilo.
40 LITERATURAY
ESTÉTICA
Actualmente atravesamos un período romántico y
revolucionario. Los artistas buscan una meta nueva. Las escuelas modernas son
vías, rumbos, exploraciones.
En un artículo de La Revista de Occidente, Eugenio
D’Ors conduce a sus lectores a otro punto de vista. Remarca la similitud y el
parentesco que existe entre unas marqueterías de Fra Giovanni de Verona y
muchos cuadros de ahora. Fra Giovanni de Verona, cuya lejana inspiración tenía
raíces góticas, copiaba grupos de objetos del mundo inorgánico: un compás, un
frasco, unos libros; una vihuela, un cono, unas gafas; una copa, una arena, un
cráneo. Ahora se cultiva también, apasionadamente, la “naturaleza muer-ta”. La
“naturaleza muerta” de estos tiempos es menos austera, menos ascética que la de
los tiempos de Fra Giovanni de Verona. Alguna vez el grupo se compone de una
pieza de caza, un haz de espárragos, una botella. Pero, generalmente, el grupo
es más sim-ple: una botella, una manzana, un vaso. Picasso ha pintado varias
veces una vihuela sobre una silla o sobre una mesa. ¿Qué buscan los artistas
actuales en esta persistente producción de “naturalezas muertas”? Sería
estólido atribuirles limitadamente una frívola adhesión a una moda. Esos
artistas aprenden a ver y copiar la natu-raleza de una manera nueva.
Las botellas, los vasos y las manzanas no han
variado en cinco siglos; pero la sensibilidad de los hombres sí. Y el mundo
exterior de un artista de hoy no se parece casi al mundo exterior de un
artis-ta del Renacimiento. La vida actual tiene elementos físicos
absolu-tamente nuevos. Uno de ellos es la velocidad. El hombre antiguo marchaba
lentamente, que es, según Ruskin, como Dios quiere que el hombre marche. El
hombre contemporáneo viaja en automóvil y en aeroplano. Una época está separada
pues de otra por hondas diferencias mentales, espirituales y físicas. Las
escuelas artísticas actuales son un producto genuino de esta época y de su
ambiente.
BIBLIOTECA AYACUCHO 41
Algunos críticos asignan un rol a la velocidad en
la generación del impresionismo. Es absurdo, es cretino pretender que se pinte
hoy como en los días del Tintoretto. Los artistas sienten y ven las cosas de
otra manera. Las pintan, por eso, diversamente. Una necesidad superior, un
mandato íntimo mueve a los artistas a la búsqueda de una forma y una técnica
nuevas. Los leaders, los creadores de las escuelas extremistas dominan la
técnica y los recursos académi-cos. Picasso tiene dibujos más puros y clásicos
que los de Ingres y los de Rafael. Los más grandes artistas contemporáneos son,
sin duda, los artistas de vanguardia. Archipenko, cuyas obras descon-ciertan y
contrarían al vulgo, representa en la historia del arte mucho más que cualquier
Benlliure, cuyas obras emocionan y satisfacen a ese mismo vulgo. Ningún artista
ortodoxo de los últi-mos tiempos es comparable a Van Gogh, a Franz Marck, a
Matisse, a Picasso y a otros artistas arbitrarios.
El proceso del arte moderno es, de otro lado, un
proceso cohe-rente, lógico, orgánico, bajo su apariencia desordenada y
anárqui-ca. El impresionismo, que dio al arte una orientación realista, exal-tó
el valor del color y de la luz y desconoció el valor de la línea. Las figuras y
las cosas perdieron su contorno. El cubismo, desde este punto de vista,
representó una reacción contra la vaguedad y la incorporeidad de las formas
impresionistas. Se preocupó exclusi-vamente de los planos y de la línea. El
post-impresionismo rectifi-ca el error del impresionismo. Su esencia es la
misma del impre-sionismo; pero su técnica no. Es una técnica corregida,
revisada, que concede a la línea la misma categoría plástica que al color. El
post-impresionismo, además, es sintetista. Es una de las manifes-taciones de
esa tendencia a la estilización y a la síntesis que domi-na el arte de hoy y
que resucita algunas formas arcaicas.
Los artistas de las academias, los artistas
oficialmente glorio-sos, miran con un aire un poco desdeñoso el extremismo de
estas
42 LITERATURAY
ESTÉTICA
escuelas y de estas sectas. Muchos de ellos, sin
embargo, emplean en su arte elementos creados por esas sectas y esas escuelas.
Sus obras contienen, más o menos diluido, algún ingrediente impre-sionista,
cubista o sintetista. El gusto común rechaza hoy la Venus de Archipenko, como
rechazó en otro tiempo la Olimpia de Manet y el Balzac de Rodin. El arte es
sustancial y eternamente heterodo-xo. Y, en su historia, la herejía de hoy es
casi seguramente el dogma de mañana.
Spengler sostiene que para que una verdad sea
comprendida es indispensable una generación que nazca dotada de las
disposicio-nes necesarias. Ortega y Gasset, en un remarcable artículo sobre la
actitud de la generación actual ante el arte de vanguardia, llega, por otro
camino, a la misma tesis. Dice que es natural que el público no comprenda
absolutamente este arte. Se trata de un arte nuevo e insólito en su espíritu y
en su materia, en su contenido y en su forma. El público, por eso, no lo
discute: lo repudia integralmente.
BIBLIOTECA AYACUCHO 43
10
EL EXPRESIONISMO Y EL DADAÍSMO*
EL VULGO no cree que el arte dadaísta sea un arte
defectuoso o un arte equivocado. Cree, radicalmente, que no es arte. Le niega
todo derecho de ser calificado y clasificado como arte. El gusto del público
está adaptado a una concepción más o menos clásica del arte; y el arte
ultramoderno brota de una concepción absolutamen-te diversa. He citado,
anteriormente, en mis notas relativas al post-impresionismo y cubismo, un
certero juicio de Ortega y Gasset sobre este tema. Ortega y Gasset observa que,
mientras el artista antiguo, ejercía el arte, hierática, religiosa y
solemnemente, el artista nuevo lo ejerce alegre y gayamente. El artista antiguo
se sentía un hierofante, un sacerdote. El artista nuevo se siente, más bien, un
jugador, un juglar. El arte de nuestro tiempo tiende a asi-milarse al espíritu
del deporte. Los dadaístas piensan que la obra de una civilización, “el arte de
la gran urbe es una costumbre, un lujo, un deporte, un excitante”.
El arte ultramoderno quiere ser un arte sustancial
y absoluta-mente nuevo. Un teórico del dadaísmo asegura que “el arte, tal vez,
comienza hoy”. Sostiene que el arte ha tenido hasta ahora una
* Variedades
(Lima), (2 de febrero de 1924); OC, v. 6, pp. 64-69; MT, t. I, pp. 572-574.
44 LITERATURAY
ESTÉTICA
base práctica, consonantemente con la cultura y la
educación utili-tarias que lo han engendrado. Reclama para el arte una base
pura-mente espiritual. Propugna un método abstracto, un método no práctico.
Siente el arte “como una elaboración desinteresada, ema-nada de una conciencia
superior del individuo, extraña a las crista-lizaciones pasionales y a la
experiencia vulgar”.
Esto aparecerá muy grave, muy serio y muy
filosófico. Pero es que esto pertenece a la teorización del dadaísmo; no a su
ejercicio. El arte dadaísta es fundamentalmente humorista. Y es, al mismo
tiempo, agudamente escéptico. Su escepticismo y su humorismo son dos de sus
componentes sustantivos. Bajo este aspecto, el arte ultra-moderno no es sino
una fase del fenómeno relativista. El dadaísmo es festiva e integralmente
nihilista: no cree en nada; no tiene ninguna fe ni siente su falta. Ribemont
Dessaignes dice: “Dadá duda de todo”. Uno de los manifiestos de Francis Picabia
contiene estas frases: “Dadá no es nada, nada, nada. Dadá es como vuestras
esperanzas: nada. Como vuestro paraíso: nada. Como vuestros ídolos: nada. Como
vuestros hombres políticos: nada. Como vuestros héroes: nada. Como vuestros
artistas: nada. Como vuestras religiones: nada”. Y el poeta Tristán Tzara,
leader y fun-dador del dadaísmo, agrega: “Dadá se transforma, afirma, dice al
mismo tiempo lo contrario, grita, pesca con caña. Dadá es el cama-león del
cambio rápido e interesado. Dadá está contra lo futuro. Dadá ha muerto. Dadá es
idiota. ¡Viva Dadá! Dadá no es una escue-la literaria”.
Este lenguaje, lector, en primer lugar, te parecerá
incoherente y, en segundo lugar, no te parecerá circunspecto. Y bien, el
dadaís-mo es incoherente y no es circunspecto. Tú añadirás que el dadaís-mo es,
además, infantil, insensato y estúpido. Y los dadaístas no tendrán el menor
inconveniente en suscribir tu opinión. La oposi-ción al dadaísmo tiene esta
ventaja. En la época de advenimiento
BIBLIOTECA AYACUCHO 45
del romanticismo, del realismo, etc., los fautores
de estas revolu-ciones polemizaban ardorosamente con sus adversarios. Los
cori-feos del dadaísmo, en cambio, se complacen en dar la razón a los suyos:
“¿No comprendéis, verdad, lo que nosotros hacemos? Y bien, nosotros lo
comprendemos menos todavía”. La incoherencia, verbigracia, no es en el dadaísmo
un defecto ni un exceso, sino un ingrediente, un elemento, un factor casi
básico y esencial. No se puede ser dadaísta sin ser incoherente. La coherencia
es propia de un método práctico. La coherencia se inspira en razones de
como-didad y de utilidad. Y los dadaístas se proponen no subordinar a la
comodidad ni a la utilidad su actividad estética.
El dadaísmo se complace, pues, en la incoherencia y
en el desorden. Una greguería* –llamémosla así– de Picabia dice: “Los sentidos
huelen a cebolla en las tardes”. Y otra dice: “El más bello descubrimiento del
hombre es el bicarbonato de soda”.
Y veamos un ejemplo de poesía dadaísta:
Je suis dadá, a-dada-anada, anana.
Amanda n’avait q’un defaut…**
Todo esto es demasiado insólito, demasiado nuevo,
demasiado disparatado. Pero todo esto es, asimismo, muy propio de nuestro
tiempo. Este género de arte es como la música negra, como el box y como otras
cosas actuales, un síntoma y un producto legítimos, peculiares y espontáneos de
una civilización que se disuelve y que decae. El arte se vuelve deporte, se
torna juego. Una poesía no tiene hoy más importancia que un tango. La poesía y
el jazz band suelen
* Pensamiento
breve de sentido humorístico. La paternidad de las greguerías se atribuye a
Ramón Gómez de la Serna (n. de OC).
** Traducción
literal:Yo soy dada, a-dada-anada, anana. Amanda no tenía más que un defecto
(n. de OC).
46 LITERATURAY
ESTÉTICA
acompañarse muy bien en este tiempo. Yo he oído en
Roma a un poeta recitar sus versos acompañado al piano con música de fox-trot.
Y el efecto de esta melopea snobista era bastante agradable.
No es sensato, por estos varios motivos, enfadarse
dramática-mente contra los dadaístas. El hecho de no comprenderlos no auto-riza
a declararlos locos. El dadaísmo es un fruto de la época. No es una invención
de Tristán Tzara y Francis Picabia. Muchas cosas, muchos elementos del dadaísmo
son anteriores a la aparición ofi-cial del dadaísmo, que no data sino de 1918.
Muchas greguerías de Gómez de la Serna, por ejemplo, tienen un marcado sabor
dadaís-ta. El dadaísmo no es una consecuencia de los dadaístas. Los lea-ders
del dadaísmo, además, son gentes de talento, cuyo arte, en sus dosis mínimas,
ha empezado ya a ser administrado al público por librerías y revistas. (La
Revista de Occidente aloja, frecuentemen-te, la firma de Jean Cocteau).
Internémonos más profundamente en el sentido del
arte de hoy. Veamos, ante todo, qué es lo que separa el arte del siglo XIX y el
arte del siglo XX. La característica del arte del siglo XIX es su orientación
naturalista. El artista de esa orientación se sentía desti-nado a copiar la
naturaleza, tal como la veía, sin dramatizarla y sin idealizarla. El arte se
purgó, en esa época, de la retórica y la teatra-lidad antiguas. La escuela
central del siglo XIX es la escuela impre-sionista, y el impresionismo es esencialmente
naturalista y objeti-vista. Para el impresionismo, la obra de arte es una
impresión de la naturaleza. El expresionismo tiene un punto de vista
radicalmente antagónico y antitético. No es objetivista, sino subjetivista. El
mundo de un artista expresionista es un mundo abstracto. Jorge Simmel, en su
interesante ensayo sobre El conflicto de la cultura moderna, define hondamente
la antítesis entre el impresionismo y el expresionismo. El tema de la obra de
arte impresionista es lo que el modelo sugiere, lo que el modelo suscita en el
espíritu del artis-
BIBLIOTECA AYACUCHO 47
ta. El modelo, en el arte expresionista, deja de
ser específicamente un modelo. Pasa de su categoría primaria y única a una
categoría secundaria. En el expresionismo el eje del arte se desplaza del
objeto al sujeto. El impresionismo es sólo impresión. El expresio-nismo es sólo
expresión. Aquí reside toda la diferencia, toda la oposición entre uno y otro
arte. Dentro del concepto vigente del arte, la forma es la expresión del
contenido. Dentro del concepto novísimo, la forma es todo: es forma y es contenido
al mismo tiem-po. La forma resulta el único fin del arte.
Muchos cuadros de estas escuelas no intentan ser
sino una armonía de colores y líneas. No representan absolutamente nada. No
reproducen ninguna figura, ningún objeto. Son tan sólo, repito, una composición
caprichosa de líneas y de colores. ¿Anuncian e inician la tendencia a crear una
pintura exclusivamente pictórica? A la pintura han estado, más o menos,
mezcladas siempre la arqui-tectura, la poesía, la literatura. Es probable que
ahora la pintura trate de ser únicamente pintura. ¿No se advierte, acaso, el mismo
rumbo en la ciencia: en la historia, la biología, la física? Las nue-vas
corrientes artísticas son, como la teoría de la relatividad, un fruto de esta
estación histórica.
Varias fases del arte ultra-moderno concuerdan con
otras fases del espíritu y la mentalidad contemporáneas. El dadaísmo, por
ejemplo, propugna la siguiente tesis artística: “Asesinemos la inte-ligencia si
queremos comprender la belleza”. Desde este punto de vista, el dadaísmo resulta
un fenómeno congruente con otros fenó-menos actuales. Constituye una reacción
contra el intelectualismo del arte de los últimos tiempos. El arte, a causa de
la influencia del período racionalista, llegó a este siglo demasiado
intelectualizado. Y el arte no debe ser pensamiento, sino sentimiento; no debe
ser creación consciente, sino creación subconsciente. El dadaísmo, en el
lenguaje ultraísta y extremista que le es propio, arremete contra
48 LITERATURAY
ESTÉTICA
toda servidumbre del arte a la inteligencia. Y este
movimiento coincide con el tramonto del pensamiento racionalista.
La raíz de esta extraña flora artística es,
evidentemente, la misma de la nueva flora científica y metafísica. Un hombre de
pen-samiento no puede, pues, recibir únicamente con una risa idiota las
extravagancias y los disparates del arte de vanguardia. Aunque tenga todo el
aire de cosas grotescas, se trata, en realidad, de cosas serias.
BIBLIOTECA AYACUCHO 49
11
ALGUNAS IDEAS, AUTORES Y ESCENARIOS DEL ARTE
MODERNO*
EL ESCENARIO TEATRAL es uno de los escenarios más
atrayentes y más vastos de esta época y de sus conflictos. Todas las
inquietu-des, los contrastes y los problemas de la historia contemporánea se
reproducen en el mundo del teatro. El teatro, como el arte en gene-ral, carece
actualmente de un estilo, de un rumbo, de un espíritu único. Se descompone,
como la fatigada civilización occidental, en diversos estados de ánimo. Se
fragmenta en numerosas escue-las, formas y tendencias. Semeja una inmensa feria
cosmopolita donde toda moda es precaria, toda filosofía es efímera y todo color
es tornadizo.
No se puede encerrar dentro de dos o tres
definiciones el carácter de este teatro. Y es que no tiene un carácter sino
varios que se repelen y se confunden, se mezclan y se excluyen. Hay que
explorar, una por una, sus facetas. Aunque entonces se corre el riesgo de
extraviarse en un laberinto de teorías y de búsquedas y de senderos: teatro
sintético, teatro experimental, teatro de color, etc.
Pero, entre tanta complejidad y tanta movilidad,
aparece siempre algún porfiado elemento esencial, alguna línea persisten-
* Variedades
(Lima), (22 de marzo de 1924); OC, v. 6, pp. 183-188; MT, t. I, pp. 589-591.
50 LITERATURAY
ESTÉTICA
te, alguna nota constante. El humor y el
pensamiento de la humani-dad occidental son los mismos en el teatro que en la
física y la meta-física. A Pirandello, por ejemplo, se le clasifica como un
relativis-ta. Por el teatro, como por la filosofía, pasa actualmente una onda
de escepticismo, de subjetivismo y de humorismo. El gesto del tea-tro moderno
es predominantemente burlón, irónico, agridulce, satírico; su lenguaje es
paradójico; su actitud es sofista. Sus ingre-dientes mentales son negativos,
corrosivos, disolventes.
Un vínculo espiritual, invisible pero evidente, une
el teatro de Pirandello y las coordenadas de Einstein. Las novelas y las
come-dias pirandellianas contienen todas las fases de la filosofía del punto de
vista. La novedad de la actitud estética de Pirandello resi-de en su
relativismo y en su subjetivismo radicales. Los novelistas y dramaturgos
realistas, al darnos sus obras, nos aseguraban graves y un poco hieráticos:
“Así es la vida”. Pirandello, en cambio, nos dice dubitativo: “Así es, si os
parece” (Cosí é se vi pare).
Pirandello, al mismo tiempo, nos conduce a una
revisión de nuestras ideas sobre la ficción y la realidad. En su literatura,
los confines entre la realidad y la ficción se borran mágicamente. Pirandello
se obstina en convencernos de la realidad de la ficción y, sobre todo, de la
ficción de la realidad. Los personajes de la fanta-sía no son menos reales que
los personajes de carne y hueso. Son a veces más reales, más interesantes, más
trascendentes. “¡Se nace a la vida de tantos modos!” –dice un personaje pirandelliano.
“La naturaleza se sirve del instrumento de la fantasía humana para pro-seguir
su obra de creación. Y quien nace merced a esta actividad creadora que tiene su
sede en el espíritu del hombre, está destinado por naturaleza a una vida mucho
más dilatada que la del que nace en el regazo mortal de una mujer. Quien nace
personaje, quien tie-ne la ventura de nacer personaje vivo, puede mofarse hasta
de la muerte porque no muere jamás. Morirá el hombre, el escritor, ins-
BIBLIOTECA AYACUCHO 51
trumento mortal de la creación; pero la criatura es
imperecedera. Y para vivir eternamente no tiene apenas necesidad de prendas
extra-ordinarias ni de consumar prodigios. ¿Quiere usted decirme quién era
Sancho Panza? ¿Quiere usted decirme quién era don Abundio? Y, no obstante,
viven eternos porque –gérmenes vivos– tuvieron la ventura de hallar una matriz
fecunda, una fantasía que supo criar-los y nutrirlos”.
Para Unamuno –cuya afinidad con Pirandello no es
sino esté-tica– Don Quijote es tan real como Cervantes, Hamlet y Macbeth tanto
como Shakespeare. Pirandello y Unamuno nos enseñan que el personaje es el
objeto central de la novela y del teatro. La vida está en el personaje, no en
su ambiente, ni en otras cosas circun-dantes y externas. El personaje vivo,
palpitante, anima la obra que lo contiene y el mundo que lo rodea. Un personaje
puede parecer arbitrario e inverosímil y ser verdadero. La fortuna y el acierto
del teatro no consisten en la creación de personajes aparentemente humanos y
verosímiles, sino en la creación de personajes vivos. El teatro, la literatura
en general, están, por esto, poblados de fanto-ches y de sombras. La duración
de esos fantoches y de estas som-bras es efímera y contingente. Depende de una
moda, una costum-bre o alguna onda pasajera. Los personajes que consiguen vivir
son, en cambio, eternos. Y eternizan a los hombres que los imagi-naron. Hay
también personajes abortados, personajes frustrados. El señor de Pigmalión de
Jacinto Grau, me parece uno de éstos. En esta pieza de Jacinto Grau –que acabo
de leer a propósito de haber flotado su nombre en algunas críticas españolas
acerca del teatro pirandelliano– el personaje es un personaje frustrado y, por
ende, el drama es un drama frustrado también. Todo es ahí larvado. Se trata,
tal vez, de un personaje y de un drama en busca de autor.
A través de estos autores y estas obras se constata
en el teatro moderno un hecho esencial: la defunción de la escuela realista. La
52 LITERATURAY
ESTÉTICA
orientación naturalista y objetivista no ha tenido
un largo dominio sobre el arte. Ha pretendido mantener en un injusto ostracismo
a la fantasía y obligar a los artistas a buscar sus modelos y sus temas sólo en
la naturaleza y en la vida tales como las perciben sus sentidos.
El realismo ha empobrecido así a la naturaleza y a
la vida. Por lo menos ha hecho que los hombres las declaren limitadas,
monó-tonas y aburridas y las desalojen, finalmente, de sus altares para
restaurar en ellos a la fantasía. Oscar Wilde sostenía que la vida y la
naturaleza son discípulas del arte; que el arte es el modelo de natu-raleza y
de la vida. Su bizarra tesis estética era precursora de las tesis actuales. Hoy
la ficción reivindica su libertad y sus fueros. La ficción no es anterior ni
superior a la realidad como sostenía Oscar Wilde; ni la realidad es anterior ni
superior a la ficción como que-ría la escuela realista. Lo verdadero es que la
ficción y la realidad se modifican recíprocamente. El arte se nutre de la vida
y la vida se nutre del arte. Es absurdo intentar incomunicarlos y aislarlos. El
arte no es acaso sino un síntoma de plenitud de la vida.
Los errores del realismo, en el teatro como en la
novela, han sido graves. Pero un balance exclusivamente negativo y pasivo de la
escuela realista sería incompleto e injusto. El realismo ha renovado la técnica
y el método teatrales. En la mayoría de las obras realistas subsiste la técnica
vieja. El eje de la obra es un “asunto”. La inten-sidad del asunto aumenta a
medida que las escenas transcurren. Y culmina en la escena final que es la
escena del desenlace. Este método era propio del viejo teatro clásico. El
teatro realista lo con-servó, sin embargo, durante mucho tiempo. Los temas y
los mate-riales del teatro fueron sustituidos; su arquitectura no. El proceso,
los personajes, el mundo de una pieza teatral seguían subordinados a un método
artificial. Más, ahora que el realismo está agotado y superado, aparecen una
técnica y un método verdaderamente rea-listas. En el teatro moderno, las
escenas tienen vida aislada. Un
BIBLIOTECA AYACUCHO 53
drama, una comedia, son un conjunto de episodios
desconectados y desligados. La vida de un personaje no absorbe ni anula la vida
de los demás. En la ficción, como en la realidad, cada personaje, cada
individuo vive su propio drama. En un drama, por consiguiente, se mezclan y
combinan los elementos de varios dramas más o menos simultáneos y tangentes. El
teatro ha ganado así en agilidad y movilidad. Las obras transcurren más rápida
y animadamente. Cada uno de sus fragmentos, cada una de sus partículas parece
poseer interés independiente. Todo esto, de otra parte, coincide con las
exigencias de la sensibilidad moderna. El hombre contemporá-neo no resiste las
viejas facturas teatrales. Necesita un espectáculo más excitante, más fluido.
Le gustan la estilización y la síntesis. Se acentúa y se extiende en el teatro,
con este motivo, la tendencia a lo esquemático. Los futuristas han inventado un
género sintético. Las obras de este género son verdaderos “comprimidos”
teatrales. No pasa en el teatro sintético, como en el guignol, que la acción se
desarrolla fulminante y cinematográficamente, sino que la acción en sí es
breve, instantánea.
El teatro no sólo se renueva radicalmente en su
literatura y en su técnica literaria, sino también en sus elementos y en su
técnica escénicas. Junto con el concepto de la creación se rectifica el
con-cepto de la interpretación. El regisseurs* adquiere tanta importan-cia y
dignidad artísticas como el autor. Los nombres de Copeau, Max Reinhardt y
Stanislawsky no son menos mundiales que los de Bernard Shaw y Wedekind. Y el
teatro de algunos países tiene mejores regisseurs que autores. Francia, por
ejemplo, está repre-sentada en la historia del teatro contemporáneo por Antoine
Co-peau más que por Capus o Bataille. Ningún autor francés ocupa aún
* Director (n. de OC).
54 LITERATURAY
ESTÉTICA
el rango de Shaw, de Pirandello, de Chejov. El
teatro francés apare-ce construido con materiales deleznablemente temporales.
Es un teatro burgués por antonomasia. Sus elementos esenciales son el
adulterio, el dinero, los negocios. El adulterio, sobre todo, ha preo-cupado
obstinadamente a los autores de París. Una de las nuevas y últimas piezas
francesas –Le cocu magnifique*, de Crommelynk– anuncia, finalmente, una
reacción del teatro francés contra los cuernos, como motivo dramático. El
personaje de esta obra es un marido que, exasperado por la duda y el temor de
que su mujer lo engañe, quiere que lo engañe al menos con su conocimiento y por
su voluntad. Pero a este marido le toca una mujer honesta, sin dis-posiciones
espirituales ni físicas para la infidelidad. Y, llena de náu-sea de su marido y
de sus amantes, se escapa con un boyero, con un hombre rústico, primitivo y
palurdo a quien suplica: “Prométeme que te podré ser fiel”. Esta comedia y esta
frase marcan, evidente-mente, en el teatro, el principio de un período de
decadencia del adulterio.
* El cornudo estupendo (n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 55
12
LA REVOLUCIÓN Y LA INTELIGENCIA.
EL GRUPO CLARTÉ*
LOS DOLORES y los horrores de la gran guerra han
producido una eclosión de ideas revolucionarias y pacifistas. La gran guerra no
ha tenido sino escasos y mediocres cantores. Su literatura es pobre, ramplona y
oscura. No cuenta con un solo gran monumento. Las mejores páginas que se han
escrito sobre la guerra mundial no son aquéllas que la exaltan, sino aquéllas
que la detractan. Los más altos escritores, los más hondos artistas han
sentido, casi unánime-mente, una aguda necesidad de denunciarla y maldecirla
como un crimen monstruoso, como un pecado terrible de la humanidad occidental.
Los héroes de las trincheras no han encontrado canto-res ilustres. Los
portavoces de su gloria, desprovistos de todo gran acento poético, han sido
periodistas y funcionarios. Poincaré –un abogado, un burócrata– ¿no es acaso el
cantor máximo de la victo-ria francesa? La contienda última –contrariamente a
lo que dicen los escépticos– no ha significado un revés para el pacifismo. Sus
efectos y sus influencias han sido, antes bien, útiles a las tesis paci-fistas.
Esta amarga prueba no ha disminuido al pacifismo; lo ha aumentado. Y, en vez de
desesperarlo, lo ha exasperado. (La gue-
* Variedades
(Lima), (5 de abril de 1924); OC, v. 1, pp. 152-156; MT, t. I, pp. 989-991.
56 LITERATURAY
ESTÉTICA
rra, además, fue ganada por un predicador de la
paz: Wilson. La victoria tocó a aquellos pueblos que creyeron batirse porque
esta guerra fuese la última de las guerras). Puede afirmarse que se ha
inaugurado un período de decadencia de la guerra y de decadencia del heroísmo
bélico, por lo menos en la historia del pensamiento y el arte. Ética y
estéticamente, la guerra ha perdido mucho terreno en los últimos años. La
humanidad ha cesado de considerarla bella. El heroísmo bélico no interesa como
antes a los artistas. Los artis-tas contemporáneos prefieren un tema opuesto y
antitético: los sufrimientos y los horrores bélicos. El fuego quedará,
probable-mente, como la más verídica crónica de la contienda. Henri Barbusse
como el mejor cronista de sus trincheras y sus batallas.
La inteligencia ha adquirido en suma, una actitud
pacifista. Pero este pacifismo no tiene en todos sus adherentes las mismas
consecuencias. Muchos intelectuales creen que se puede asegurar la paz al mundo
a través de la ejecución del programa de Wilson. Y aguardan resultados
mesiánicos de la Sociedad de las Naciones. Otros intelectuales piensan que el
viejo orden social, dentro del cual son fatales la paz armada y la diplomacia
nacionalista, es impotente e inadecuado para la realización del ideal pacifista.
Los gérmenes de la guerra están alojados en el organismo de la socie-dad
capitalista. Para vencerlos es necesario, por consiguiente, des-truir este
régimen cuya misión histórica, de otro lado, está ya ago-tada. El núcleo
central de esta tendencia es el grupo clartista que acaudilla, o, mejor dicho,
representa Henri Barbusse.
Clarté, en un principio, atrajo a sus rangos no
sólo a los inte-lectuales revolucionarios sino también a algunos intelectuales
estacionados en el ideario liberal y democrático. Pero éstos no pudieron seguir
la marcha de aquéllos.
Barbusse y sus amigos se solidarizaron cada vez más
con el proletariado revolucionario. Se mezclaron, por ende, a su actividad
BIBLIOTECA AYACUCHO 57
política. Llevaron a la Internacional del
Pensamiento hacia el camino de la Internacional Comunista. Ésta era la
trayectoria fatal de Clarté. No es posible entregarse a medias a la revolución.
La revolución es una obra política. Es una realidad concreta. Lejos de las
muchedumbres que la hacen, nadie puede servirla eficaz y váli-damente. La labor
revolucionaria no puede ser aislada, individual, dispersa. Los intelectuales de
verdadera filiación revolucionaria no tienen más remedio que aceptar un puesto
en una acción colec-tiva. Barbusse es hoy un adherente, un soldado del Partido
Co-munista Francés. Hace algún tiempo presidió en Berlín un congre-so de
antiguos combatientes. Y desde la tribuna de este congreso dijo a los soldados
franceses del Ruhr que, aunque sus jefes se lo ordenasen, no debían disparar
jamás contra los trabajadores ale-manes. Estas palabras le costaron un proceso
y habría podido cos-tarle una condena. Pero pronunciarlas era para él un deber
político.
Los intelectuales son, generalmente, reacios a la
disciplina, al programa y al sistema. Su psicología es individualista y su
pensa-miento es heterodoxo. En ellos, sobre todo, el sentimiento de la
individualidad es excesivo y desbordante. La individualidad del intelectual se
siente casi siempre superior a las reglas comunes. Es frecuente, en fin, en los
intelectuales el desdén por la política. La política les parece una actividad
de burócratas y de rábulas. Ol-vidan que así es tal vez en los períodos quietos
de la historia, pero no en los períodos revolucionarios, agitados, grávidos, en
que se gesta un nuevo estado social y una nueva forma política. En estos
períodos la política deja de ser oficio de una rutinaria casta profe-sional. En
estos períodos la política rebasa los niveles vulgares e invade y domina todos
los ámbitos de la vida de la humanidad. Una revolución representa un grande y
vasto interés humano. Al triun-fo de ese interés superior no se oponen nunca
sino los prejuicios y
58 LITERATURAY
ESTÉTICA
los privilegios amenazados de una minoría egoísta.
Ningún espíri-tu libre, ninguna mentalidad sensible, puede ser indiferente a
tal conflicto. Actualmente, por ejemplo, no es concebible un hombre de
pensamiento para el cual no exista la cuestión social. Abundan la
insensibilidad y la sordera de los intelectuales a los problemas de su tiempo;
pero esta insensibilidad y esta sordera no son normales. Tienen que ser
clasificadas como excepciones patológicas. “Hacer política –escribe Barbusse–
es pasar del sueño a las cosas, de lo abstracto a lo concreto. La política es
el trabajo efectivo del pensa-miento social; la política es la vida. Admitir
una solución de conti-nuidad entre la teoría y la práctica, abandonar a sus
propios esfuer-zos a los realizadores, aunque sea concediéndoles una amable
neutralidad, es desertar de la causa humana”.
Tras de una aparente repugnancia estética de la
política se disi-mula y se esconde, a veces, un vulgar sentimiento conservador.
Al escritor y al artista no les gusta confesarse abierta y explícitamente
reaccionarios. Existe siempre cierto pudor intelectual para solida-rizarse con
lo viejo y lo caduco. Pero, realmente, los intelectuales no son menos dóciles
ni accesibles a los prejuicios y a los intereses conservadores que los hombres
comunes. No sucede, únicamente, que el poder dispone de academias, honores y
riquezas suficientes para asegurarse una numerosa clientela de escritores y
artistas. Pasa, sobre todo, que a la revolución no se llega sólo por una vía
fríamente conceptual. La revolución más que una idea, es un senti-miento. Más
que un concepto, es una pasión. Para comprenderla se necesita una espontánea
actitud espiritual, una especial capacidad psicológica. El intelectual, como
cualquier idiota, está sujeto a la influencia de su ambiente, de su educación y
de su interés. Su inte-ligencia no funciona libremente. Tiene una natural
inclinación a adaptarse a las ideas más cómodas; no a las ideas más justas. El
reaccionarismo de un intelectual, en una palabra, nace de los mis-
BIBLIOTECA AYACUCHO 59
mos móviles y raíces que el reaccionarismo de un
tendero. El len-guaje es diferente; pero el mecanismo de la actitud es
idéntico.
Clarté no existe ya como esbozo o como principio de
una Internacional del Pensamiento. La Internacional de la Revolución es una y
única. Barbusse lo ha reconocido dando su adhesión al comunismo. Clarté
subsiste en Francia como un núcleo de intelec-tuales de vanguardia, entregado a
un trabajo de preparación de una cultura proletaria. Su proselitismo crecerá a
medida que madure una nueva generación. Una nueva generación que no se contente
con simpatizar en teoría con las reivindicaciones revolucionarias, sino que
sepa, sin reservas mentales, aceptarlas, quererlas y actuar-las. Los
clartistas, decía antes Barbusse, no tienen lazos oficiales con el comunismo;
pero constatan que el comunismo internacional es la encarnación viva de un
sueño social bien concebido. Clarté ahora no es sino una faz, un sector del
partido revolucionario. Significa un esfuerzo de la inteligencia por entregarse
a la revolu-ción y un esfuerzo de la revolución por apoderarse de la
inteligen-cia. La idea revolucionaria tiene que desalojar a la idea
conserva-dora no sólo de las instituciones sino también de la mentalidad y del
espíritu de la humanidad. Al mismo tiempo que la conquista del poder, la
Revolución acomete la conquista del pensamiento.
60 LITERATURAY
ESTÉTICA
13
POETAS NUEVOS Y POESÍA VIEJA*
LOS JUEGOS FLORALES me han comunicado con la nueva
genera-ción de poetas peruanos. Mis andanzas y mis estudios cosmopolitas me
tenían desconectado de las cosas y de las emociones que aquí se riman. Hoy no
me creo todavía muy enterado de la calidad ni del número de los poetas jóvenes;
pero sí de la temperatura y del humor de su poesía. Naturalmente los juegos
florales no han atraído a todos los poetas nuevos. Los más íntimos, los más
recatados, los más ori-ginales, les han rehusado hurañamente su contribución.
Parcialmente comprendo y comparto el sentimiento
que los ha alejado de la fiesta. Los juegos florales son una ceremonia
provin-ciana, cursi, medioeval. Aquí resultan, además, una costumbre extranjera
y postiza. Me explico que su coreografía anacrónica no seduzca a todos los
poetas. El fallo del jurado último no debe ser tomado, por consiguiente, como
un juicio sumario sobre la poesía de la última generación.
Fuera de los juegos florales he conocido varios
poetas que merecen ser tratados de otra suerte. Sobre ninguno de ellos se puede
decir aún una palabra definitiva. Sus personalidades están en
* Mundial,
(Lima), (24 de octubre de 1924); OC, v. 11, pp. 15-19; MT, t. I, pp. 285-287.
BIBLIOTECA AYACUCHO 61
formación. Pero nos han dado ya algunas
anticipaciones muy nobles de su porvenir. Luis Berninzone posee una fantasía
podero-sa que no necesita sino encontrar una forma menos retórica y un gusto
menos ornamental. Armando Bazán, que apenas si ha tenido algún furtivo contacto
con el público, es ya un intérprete hondo del sentimiento trágico de la vida.
Juan María Merino Vigil acusa en sus versos y en su prosa un temperamento
lírico y panteísta de insólitos matices. Juan Luis Velásquez, niño-poeta o
poeta-niño, tiene la divina incoherencia de los inspirados. Hay en su pequeño
libro algunos bellos disparates y dos o tres notas admirables. Jacobo Hurwitz
no debe ser juzgado por su incipiente libro, que contiene, sin embargo, algunas
emociones originales y sutiles. Magda Portal es algo muy raro y muy precioso en
nuestra literatu-ra: una poetisa. Mario Chávez gusta del funambulismo agresivo
y pintoresco de los futuristas. Su poesía es un cohete de luces polí-cromo y
estridente. En torno mío se habla mucho y muy bien de Juan José Lora, inédito
hasta ahora. Y, probablemente, el número de los poetas de esta generación es
mayor aún. Yo no intento enu-merarlos ni calificarlos a todos en mi elenco.
No nos faltan poetas nuevos. Lo que nos falta, más
bien, es nueva poesía. Los juegos florales reunieron, sobre la mesa del jurado,
un muestrario exiguo de baratijas sentimentales, de ripios vulgares y de trucos
desacreditados. La monotonía de este paisaje poético movió, sin duda, a Luis
Alberto Sánchez a negar en su vigoroso discurso que la tristeza sea el elemento
esencial de nues-tra poesía. Esta poesía, dice Sánchez, no es triste sino
melancólica. Triste es Vallejo; pero no Ureta. Yo agrego que, más que melancó-lico,
el tono de nuestra poesía es hipocondríaco. Pero no acepto la tesis de que
estos versos sean extraños al ambiente. No es cierto que nuestra gente sea
alegre. Aquí no hay ni ha habido alegría. Nuestra gente tiene casi siempre un
humor aburrido, asténico y
62 LITERATURAY
ESTÉTICA
gris. Es jaranera pero no jocunda. La jarana es una
de las formas de su astenia. Nos falta la euforia, nos falta la juventud de los
occi-dentales. Somos más asiáticos que europeos. ¡Qué vieja, qué can-sada,
parece esta joven tierra sudamericana al lado de la anciana Europa! No es
posible saberlo, no es posible sentirlo, sino cuando, en un ambiente
occidental, confrontamos nuestra psicología con la psicología europea. El
europeo tiene una espontánea aptitud orgá-nica para creer que la vida es bella;
nosotros para suponerla triste, aburrida, pesada. “La vita e bella e degna di
essere magnificamen-te vissuta” dice D’Annunzio y su frase refleja el optimismo
de su pueblo apasionado, voluptuoso y panteísta. El criollo es insensible a la
ingenuidad de los lieder alemanes y escandinavos. No entien-de la efusión, la
plenitud con que el europeo se entrega íntegro, sin reserva a la alegría y al
placer de una fiesta. Tampoco sabe que el europeo con la misma efusión y la
misma plenitud se da entero a la vida. Aquí la embriguez es melancólica o
pendenciera y los borra-chos, sin saber por qué, lloran o riñen. Aunque una
convención lite-raria y ridícula nos anexe a la raza latina –¡latinos,
nosotros!– nues-tra alma amarilla o cetrina no fraternizará jamás con el alma
blonda de los occidentales. Nunca comprenderemos el valor eufórico del cielo
azul ni de los verdes racimos del Latium. Hasta la voluptuosi-dad, hasta el
placer son aquí un poco malhumorados y desconten-tos. Eros es regañón y
agridulce. Nuestra gente, parece, casi siem-pre fastidiada, desalentada,
nostálgica. Flotan los chistes sobre una laguna enferma, sobre una palude de
tedio.
La tristeza, como todas las cosas, tiene sus
calidades y sus jerarquías. Nuestra gente padece de una tristeza superficial e
insí-pida. Por eso, Luis Alberto, la llamamos melancolía. Por la litera-tura y
la vida europeas ha pasado una gélida ráfaga de pesimismo y de desesperanzas.
Andreiev, Gorki, Block, Barbusse, son tristes. El mismo Pirandello, en su
actitud escéptica y relativista, también
BIBLIOTECA AYACUCHO 63
lo es. El humorismo y el escepticismo
contemporáneos son amar-gos. Aparecen como la sonrisa de un alma desencantada.
Pero los criollos no son tristes así. No son tampoco desesperada, trágica,
wertherianamente tristes. Nuestra poesía no ha destilado, por eso, el acre
zumo, las “gotas amargas” de la poesía de José Asunción Silva; las raíces de la
melancolía criolla, sobre todo de la melanco-lía limeña, no son muy profundas
ni muy excelsas. Sus gérmenes son la pobreza, la anemia, la limitación, el
provincianismo del ambiente. La gente tiene aquí muy modestos horizontes
espiritua-les y materiales. Y es, en parte, por esta causa trivial, que se
aburre y bosteza. Está además demasiado nutrida de malas lecturas espa-ñolas.
Abundan en nuestra poesía mediocres rapsodias de motivos musicales flamencos o
castellanos. El clima y la meteorología deben influir también en esta crónica
depresión de las almas. La melancolía peruana es la neblina persistente e
invencible de un tró-pico sin gran sol y sin grandes tempestades. El Perú no es
sólo Lima; en el Perú hay como en otros países, ortos y tramontos sun-tuosos,
cielos azules, nieves cándidas, etc. Pero Lima da el ejem-plo e impone las
modas. Su irradiación sobre la vida espiritual de las provincias es intensa y
constante. Sólo los temperamentos fuer-tes –César Vallejo, César Rodríguez,
etc.– saben resistir a su influencia mórbida. Finalmente, y no será acaso esta
meláncolía un simple producto biliar? “En el amor y en otras cosas de menor
cuantía todo depende de la digestión” dice Luis C. López. Lo evi-dente es que
vivimos dentro de un círculo vicioso. La poesía melancólica aburre a la gente y
el aburrimiento de la gente segrega poesía melancólica. A algunos de nuestros
poetas les convendría confesarse con un médico y, como en los versos de Silva,
decirle: “Doctor, un desencanto de la vida, etc.”. El médico les daría,
tam-bién como en los versos de Silva, varios consejos higiénicos y un
diagnóstico doloroso.
64 LITERATURAY
ESTÉTICA
Es cierto que el mundo moderno anda neurasténico y
un poco cansado, pero la neurastenia de las grandes urbes es de otro género y
es además muy compleja, muy honda y muy pintoresca. La neu-rastenia de nuestra
gente es artificial y monótona. Su cansancio es el cansancio de los que no han
hecho nada.
Y no es el caso de hablar de modernismo. El
modernismo no es sólo una cuestión de forma, sino, sobre todo, de esencia. No
es modernista el que se contenta de una audacia o una arbitrariedad externas de
sintaxis o de metro. Bajo el traje huachafamente nuevo, se siente intacta la
vieja sustancia. ¿Para qué trasgredir la gramáti-ca si los ingredientes
espirituales de la poesía son los mismos de hace veinte o cincuenta años? “Il
faut être absolument moderne”, como decía Rimbaud; pero hay que ser moderno espiritualmente.
Aquí se respira, generalmente, en los dominios del arte y la inteli-gencia, un
pasadismo incurable y enfermizo. Nuestros poetas se refugian, voluptuosamente,
en la evocación y en la nostalgia más pueriles, como si su contorno actual
careciese de emoción y de interés. No osan domar la belleza sino cuando la
suponen suficien-temente doméstica. El futurismo, el dadaísmo, el cubismo, son
en las grandes urbes un fenómeno espontáneo, un producto genuino de la vida. El
estilo nuevo de la poesía es cosmopolita y urbano. Es la espuma de una
civilización ultrasensible y quintaesenciada. No es asequible por ende a un
ambiente provinciano. Es una moda que no encuentra aquí los elementos
necesarios para aclimatarse. Es el perfume, es el efluvio lírico del espíritu
humorista, escéptico, rela-tivista de la decadencia burguesa. Esta poesía, sin
solemnidad y sin dramaticidad, que aspira a ser un juego, un deporte, una
pirueta, no florecerá entre nosotros.
No es tampoco el caso de hablar de decadencia de la
poesía peruana. No decae sino lo que alguna vez ha sido grande. Y una rápida
investigación nos persuadirá de que la poesía de ayer no era
BIBLIOTECA AYACUCHO 65
mejor que la poesía de hoy. Los poetas de hoy no
usan como los de ayer, unas melenas muy largas y unas camisas muy sucias. Su
higiene y su estética han ganado mucho. Las brisas y los barcos de occidente
traen un polen nuevo. Algunos artistas de la nueva gene-ración comprenden ya
que la torre de marfil era la triste celda de un alma exangüe y anémica.
Abandonan el ritornello gris de la me-lancolía, y se aproximan al dolor social
que les descubrirá un mundo menos finito. De estos artistas podemos esperar una
poesía más humana, más fecunda, más espontánea, más biológica.
66 LITERATURAY
ESTÉTICA
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PASADISMO Y FUTURISMO*
LUIS ALBERTO SÁNCHEZ y yo hemos constatado
recientemente que uno de los ingredientes, tanto espirituales como formales, de
nuestra literatura y nuestra vida es la melancolía. Bien. Pero otro, menos
negligible tal vez, es el pasadismo. Estos elementos no coin-ciden arbitraria o
casualmente. Coinciden porque son solidarios, porque son consustanciales,
porque son consanguíneos. Son dos aspectos congruentes de un solo fenómeno, dos
expresiones man-comunadas de un mismo estado de ánimo. Un hombre aburrido, hipocondríaco,
gris, tiende no sólo a renegar el presente y a deses-perar del porvenir sino
también a volverse hacia el pasado. Ninguna ánima, ni áun la más nihilista, se
contenta ni se nutre úni-camente de negaciones. La nostalgia del pasado es la
afirmación de los que repudian el presente. Ser retrospectivos es una de las
con-secuencias naturales de ser negativos. Podría decirse, pues, que la gente
peruana es melancólica porque es pasadista y es pasadista porque es
melancólica.
Las preocupaciones de otros pueblos son más o menos
futuris-tas. Las del nuestro resultan casi siempre tácita o explícitamente
* Mundial
(Lima), (31 de octubre de 1924); OC, v. 11, pp. 20-24; MT, t. I, pp. 287-289.
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pasadistas. El futuro ha tenido en esta tierra muy
mala suerte y ha recibido muy injusto trato. Un partido de carne, mentalidad y
traje conservadores fue apodado partido futurista*. El diablo se llevó en hora
buena a esa facción estéril, gazmoña, impotente. Mas la pala-bra “futurista”
quedó desde entonces irremediablemente desacre-ditada. Por eso, no hablamos ya
de futurismo sino, aunque suene menos bien, de porvenirismo. Al futuro lo hemos
difamado teme-rariamente atribuyéndole relaciones y concomitancias con la
acti-tud política de la más pasadista de nuestras generaciones.
El pasadismo que tanto ha oprimido y deprimido el
corazón de los peruanos es, por otra parte, un pasadismo de mala ley. El
período de nuestra historia que más nos ha atraído no ha sido nunca el período
incaico. Esa edad es demasiado autóctona, de-masiado nacional, demasiado
indígena para emocionar a los lán-guidos criollos de la república. Estos
criollos no se sienten, no se han podido sentir, herederos y descendientes de
lo incásico. El respeto a lo incásico no es aquí espontáneo sino en algunos
artis-tas y arqueólogos. En los demás es, más bien, un reflejo del inte-rés y
de la curiosidad que lo incásico despierta en la cultura euro-pea. El
virreinato, en cambio, está más próximo a nosotros. El amor al virreinato le
parece a nuestra gente un sentimiento distin-guido, aristocrático, elegante.
Los balcones moriscos, las escalas de seda, las “tapadas”, y otras tonterías,
adquieren ante sus ojos un encanto, un prestigio, una seducción exquisitas. Una
literatura decadente, artificiosa, se ha complacido de añorar, con inefable y
huachafa ternura, ese pasado postizo y mediocre. Al gracejo, a la coquetería de
algunos episodios y algunos personajes de la colo-nia, que no deberían ser sino
un amable motivo de murmuración,
* El Partido
Nacional Democrático, conocido como “futurista”, es fundado por Jesús de la
Riva Agüero en 1915 (n. de M.A.).
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ESTÉTICA
les ha sido conferidos por esa literatura un valor
estético, una jerarquía espiritual, exorbitantes, artificiales, caprichosos.
Los temas y los dramatis personae del virreinato no han sido abando-nados a los
humoristas a quienes pertenecían, por antonomasia, sus motivos cómicos y sus
motivos galantes y casanovescos. Don Ricardo Palma hizo de ellos un uso
adecuado e inteligente, con-tándonos con su malicia y su donaire limeños, las
travesuras de los virreyes y de su clientela. La calesa de la Perricholi, que
Antonio Garland ha traducido con fino esmero y gusto gentil es otra pieza que
se mantiene dentro de los mismos límites discretos. Toda esa literatura estaba
y está muy bien. La que está mal es esa otra lite-ratura nostálgica que evoca
con unción y gravedad las aventuras y los chismes de una época sin grandeza. El
fausto, la pompa colo-nial son una mentira. Una época fastuosa, magnífica, no
se impro-visa, no nace del azar. Menos aún desaparece sin dejar huellas.
Creemos en la elegancia de la época “rococó” porque tenemos de ella, en los
cuadros de Watteau y Fragonard, y en otras cosas más plásticas y tangibles,
preciosos testimonios físicos de su existen-cia. Pero la colonia no nos ha
legado sino una calesa, un caserón, unas cuantas celosías y varias supersticiones.
Sus vestigios son insignificantes. Y no se diga que la historia del virreinato
fue demasiado fugaz ni Lima demasiado chica. Pequeñas ciudades italianas
guardan, como vestigio de trescientos o doscientos años de historia medioeval,
un conjunto maravilloso de monumentos y de recuerdos. Y es natural. Cada una de
esas ciudades era un gran foco de arte y de cultura.
Adorar, divinizar, cantar el virreinato es, pues,
una actitud de mal gusto. Los literatos e intelectuales que, movidos por un
aristo-cratismo y un estetismo ramplones, han ido a abastecerse de mate-riales
y de musas en los caserones y guardarropías de la colonia, han cometido una
cursilería lamentable. La época “rococó” fue de
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una aristocracia auténtica. Francia, sin embargo,
no siente ningu-na necesidad espiritual de restaurarla. Y las escenas de la
revolu-ción jacobina, la música demagógica de la Marsellesa, pesan mucho más en
la vida de Francia que los melindres y los pecados de Madame Pompadour. Aquí,
debemos convencernos sensata-mente de que cualquiera de los modernos y
prosaicos buildings de la ciudad, vale, estética y prácticamente, más que todos
los solares y todas las celosías coloniales. La “Lima que se va” no tiene nin-gún
valor serio, ningún perfume poético, aunque Gálvez se esfuer-ce por
demostrarnos, elocuentemente, lo contrario. Lo lamentable no es que esa Lima se
vaya, sino que no se haya ido más de prisa.
El doctor Mackay, en una conferencia, se refirió
discretamen-te al pasadismo dominante de nuestra intelectualidad. Pero empleó,
tal vez por cortesía, un término inexacto. No habló de “pasadismo” sino de
“historicismo”. El historicismo es otra cosa. Se llama historicismo una notoria
corriente de filosofía de la histo-ria. Y si por historicismo se entiende la
aptitud para el estudio his-tórico, aquí no hay ni ha habido historicismo. La
capacidad de comprender el pasado es solidaria de la capacidad de sentir el
pre-sente y de inquietarse por el porvenir. El hombre moderno no es sólo el que
más ha avanzado en la reconstrucción de lo que fue, sino también el que más ha
avanzado en la previsión de lo que será.
El espíritu de nuestra gente es, pues, pasadista;
pero no es his-tórico. Tenemos algunos trabajos parciales de exploración
históri-ca, mas no tenemos todavía ningún gran trabajo de síntesis. Nuestros
estudios históricos son, casi en su totalidad, inertes o fal-sos, fríos o
retóricos.
El culto romántico del pasado es una morbosidad de
la cual necesitamos curarnos. Oscar Wilde, con esa modernidad admira-ble que
late en su pensamiento y en sus libros, decía: “El pasado es lo que los hombres
no habrían debido ser; el presente es lo que no
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ESTÉTICA
deberían ser”. Un pueblo fuerte, una gran
generación robusta no son nunca plañideramente nostálgicos, no son nunca
retrospecti-vos. Sienten, plenamente, fecundamente, las emociones de su época.
“Quien se entretenga en idealismos provincianos –escribe Oswald Spengler, el
hombre de mayor perspectiva histórica de nuestro tiempo– y busque para la vida
estilos de tiempos pretéri-tos, que renuncie a comprender la historia, a vivir
la historia, a crear la historia”.
Una de las actitudes de la juventud, de la poesía,
del arte y del pensamiento peruano que conviene alentar es la actitud un poco
iconoclasta que, gradualmente, van adquiriendo. No se puede afir-mar hechos e
ideas nuevas si no se rompe definitivamente con los hechos e ideas viejas.
Mientras algún cordón umbilical nos una a las generaciones que nos han
precedido, nuestra generación segui-rá alimentándose de prejuicios y de
supersticiones. Lo que este país tiene de vital son sus hombres jóvenes; no sus
mestizas antiguallas. El pasado y sus pobres residuos son, en nuestro caso, un
patrimo-nio demasiado exiguo. El pasado, sobre todo, dispersa, aísla, sepa-ra,
diferencia demasiado los elementos de la nacionalidad, tan mal combinados, tan
mal concertados todavía. El pasado nos enemista. Al porvenir le toca darnos
unidad.
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LA TORRE DE MARFIL*
EN UNA TIERRA de gente melancólica, negativa y
pasadista, es posible que la Torre de Marfil tenga todavía algunos amadores. Es
posible que a algunos artistas e intelectuales les parezca aún un retiro
elegante. El virreinato nos ha dejado varios gustos solarie-gos. Las actitudes
distinguidas, aristocráticas, individualistas, siempre han encontrado aquí una
imitación entusiasta. No es ocio-so, por ende, constatar que de la pobre Torre
de Marfil no queda ya, en el mundo moderno, sino una ruina exigua y pálida.
Estaba hecha de un material demasiado frágil, precioso y quebradizo. Vetusta,
deshabitada, pasada de moda, albergó hasta la guerra a algunos linfáticos
artistas. Pero la marejada bélica la trajo a tierra. La Torre de Marfil cayó
sin estruendo y sin drama. Y hoy, malgra-do la crisis de alojamiento, nadie se
propone reconstruirla.
La Torre de Marfil fue uno de los productos de la
literatura decadente. Perteneció a una época en que se propagó entre los
artis-tas un humor misántropo. Endeble y amanerado edificio del deca-dentismo,
la Torre de Marfil languideció con la literatura alojada dentro de los muros
anémicos. Tiempos quietos, normales, buro-
* Mundial
(Lima), (7 de noviembre de 1924); OC, v. 6, pp. 25-29; MT, t. I, pp. 556-558.
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ESTÉTICA
cráticos, pudieron tolerarla. Pero no estos tiempos
tempestuosos, iconoclastas, heréticos, tumultuosos. Estos tiempos apenas si
res-petan la torre inclinada de Pisa, que sirvió para que Galileo, a causa tal
vez del mareo y el vértigo, sintiese que la tierra daba vueltas.
El orden espiritual, el motivo histórico de la
Torre de Marfil aparecen muy lejanos de nosotros y resultan muy extraños a
nues-tro tiempo. El “torremarfilismo” formó parte de esa reacción romántica de
muchos artistas del siglo pasado contra la democra-cia capitalista y burguesa.
Los artistas se veían tratados desdeñosa-mente por el capital y la burguesía.
Se apoderaba, por ende, de sus espíritus una imprecisa nostalgia de los tiempos
pretéritos. Recordaban que bajo la aristocracia y la Iglesia, su suerte había
sido mejor. El materialismo de una civilización que cotizaba una obra de arte
como mercadería los irritaba. Les parecía horrible que la obra de arte
necesitase réclame, empresarios, etc., ni más ni menos que una manufactura,
para conseguir precio, comprador y mercado. A este estado de ánimo corresponde
una literatura satu-rada de rencor y de desprecio contra la burguesía. Los
burgueses eran atacados no como ahora, desde puntos de vista revoluciona-rios,
sino desde puntos de vista reaccionarios.
El símbolo natural de esta literatura, con náusea
del vulgo y nostalgia de la feudalidad, tenía que ser una torre. La torre es
genuinamente medioeval, gótica, aristocrática. Los griegos no necesitaron
torres en su arquitectura ni en sus ciudades. El pueblo griego fue el pueblo
del demos, del ágora, del foro. En los roma-nos hubo la afición a lo colosal, a
lo grandioso, a lo gigantesco. Pero los romanos concibieron la mole, no la
torre. Y la mole se diferencia sustancialmente de la torre. La torre es una cosa
solita-ria y aristocrática; la mole es una cosa multitudinaria. El espíritu y
la vida de la Edad Media, en cambio, no podían prescindir de la torre y, por
esto, bajo el dominio de la iglesia y de la aristocracia,
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Europa se pobló de torres. El hombre medioeval
vivía acorazado. Las ciudades vivían amuralladas y almenadas. En la Edad Media
todos sentían una aguda sed de clausura, de aislamiento y de incomunicación.
Sobre una muchedumbre férrea y pétrea de murallas y corazas no cabía sino la
autoridad de la torre. Sólo Florencia poseía más de cien torres. Torres de la
feudalidad y to-rres de la Iglesia.
La decadencia de la torre empezó con el
Renacimiento. Eu-ropa volvió entonces a la arquitectura y al gusto clásicos.
Pero la torre defendió obstinadamente su señorío. Los estilos arquitectó-nicos
posteriores al Renacimiento readmitieron la torre. Sus torres eran enanas,
truncas, como muñones; pero eran siempre torres. Además, mientras la
arquitectura católica se engalanó de motivos y decoraciones paganas, la
arquitectura de la Reforma conservó el gusto nórdico y austero de lo gótico.
Las torres emigraron al norte, donde mal se aclimataba aún el estilo
renacentista. La crisis defi-nitiva de la torre llegó con el liberalismo, el
capitalismo y el maqui-nismo. En una palabra, con la civilización capitalista.
Las torres de esta civilización son utilitarias e
industriales. Los rascacielos de Nueva York no son torres sino moles. No
albergan solitaria y solariegamente a un campanero o a un hidalgo. Son la
colmena de una muchedumbre trabajadora. El rascacielos, sobre todo, es
democrático en tanto que la torre es aristocrática.
La torre de cristal fue una protesta al mismo
tiempo romántica y reaccionaria. A la plaza, a la usina, a la bolsa de la
democracia, los artistas de temperamento reaccionario decidieron oponer sus
torres misantrópicas y exquisitas. Pero la clausura produjo un arte muy pobre.
El arte, como el hombre y la planta, necesita de aire libre. “La vida viene de
la tierra”, como decía Wilson. La vida es circulación, es movimiento, es marea.
Lo que dice Mussolini de la política se puede decir de la vida. (Mussolini es detestable
como
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ESTÉTICA
condottiere* de la reacción, pero estimable como
hombre de inge-nio). La vida “no es monólogo”. Es un diálogo, es un coloquio.
La Torre de Marfil no puede ser confundida, no
puede ser iden-tificada con la soledad. La soledad es grande, ascética,
religiosa; la Torre de Marfil es pequeña, femenina, enfermiza. Y la soledad
misma puede ser un episodio, una estación de la vida; pero no la vida toda. Los
actos solitarios son fatalmente estériles. Artistas tan aristocráticos e
individualistas como Oscar Wilde han condenado la soledad. “El hombre –ha
escrito Oscar Wilde– es sociable por naturaleza. La Tebaida misma termina por
poblarse y aunque el cenobita realice su personalidad, la que realiza es
frecuentemente una personalidad empobrecida”. Baudelaire quería, para compo-ner
castamente sus églogas, coucher aupres du ciel comme les astrologues**. Mas
toda la obra de Baudelaire está llena del dolor de los pobres y de los
miserables. Late en sus versos una gran emo-ción humana. Y a estos resultados
no puede arribar ningún artista clausurado y benedictino. El “torremarfilismo”
no ha sido, por consiguiente, sino un episodio precario, decadente y morboso de
la literatura y del arte. La protesta contra la civilización capitalista es en
nuestro tiempo revolucionaria y no reaccionaria. Los artistas y los
intelectuales descienden de la torre orgullosa e impotente a la llanura
innumerable y fecunda. Comprenden que la torre de marfil era una laguna
tediosa, monótona, enferma, orlada de una flora palúdica o malsana.
Ningún gran artista ha sido extraño a las emociones
de su época. Dante, Shakespeare, Goethe, Dostoievsky, Tolstoy y todos los
artistas de análoga jerarquía ignoraron la Torre de Marfil. No se conformaron
jamás con recitar un lánguido soliloquio. Quisieron y
* Caudillo de
soldados mercenarios (n. de OC).
** Acostarse
cerca del cielo como los astrólogos (n. de OC).
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supieron ser grandes protagonistas de la historia.
Algunos intelec-tuales y artistas carecen de aptitud para marchar con la
muche-dumbre. Pugnan por conservar una actitud distinguida y personal ante la
vida. Romain Rolland, por ejemplo, gusta de sentirse un poco au dessus de la
melée*. Mas Romain Rolland no es un agnós-tico ni un solitario. Comparte y
comprende las utopías y los sueños sociales, aunque repudie, contagiado del
misticismo de la no-vio-lencia, los únicos medios prácticos de realizarlos. Vive
en medio del fragor de la crisis contemporánea. Es uno de los creadores del
teatro del pueblo, uno de los estetas del teatro de la revolución. Y si algo
falta a su personalidad y a su obra es, precisamente, el impul-so necesario
para arrojarse plenamente al combate.
La literatura de moda en Europa –literatura
cosmopolita, urbana, escéptica, humorista–, carece absolutamente de
solidari-dad con la pobre y difunta torre de marfil, y de afición a la
clausu-ra. Es, como ya he dicho, la espuma de una civilización ultrasensi-ble y
quintaesenciada. Es un producto genuino de la gran urbe.
El drama humano tiene hoy, como en las tragedias
griegas, un coro multitudinario. En una obra de Pirandello, uno de los
perso-najes es la calle. La calle con sus rumores y con sus gritos está
pre-sente en los tres actos del drama pirandelliano. La calle, ese perso-naje
anónimo y tentacular que la Torre de Marfil y sus macilentos hierofantes
ignoran y desdeñan. La calle, o sea, el vulgo; o sea, la muchedumbre. La calle,
cauce proceloso de la vida, del dolor, del placer, del bien y del mal.
* Por encima de la contienda, al margen del
conflicto (n. de OC).
76 LITERATURAY
ESTÉTICA
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LA IMAGINACIÓN Y EL PROGRESO*
ESCRIBE LUIS ARAQUISTÁIN que “el espíritu
conservador, en su forma más desinteresada, cuando no nace de un bajo egoísmo,
sino del temor a lo desconocido e incierto, es en el fondo falta de
imagi-nación”. Ser revolucionario o renovador es, desde este punto de vista,
una consecuencia de ser más o menos imaginativo. El con-servador rechaza toda
idea de cambio por una especie de incapaci-dad mental para concebirla y para
aceptarla. Este caso es, natural-mente, el del conservador puro, porque la
actitud del conservador práctico, que acomoda su ideario a su utilidad y a su
comodidad, tiene, sin duda, una génesis diferente.
El tradicionalismo, el conservatismo, quedan así
definidos como una simple limitación espiritual. El tradicionalista no tiene
aptitud sino para imaginar la vida como fue. El conservador no tiene aptitud
sino para imaginarla como es. El progreso de la huma-nidad, por consiguiente,
se cumple malgrado al tradicionalismo y a pesar del conservadorismo.
Hace varios años que Oscar Wilde, en su original
ensayo El alma humana bajo el socialismo, dijo que “progresar es realizar
* Mundial
(Lima), (12 de diciembre de 1924); OC, v. 3, pp. 36-39; MT, t. I, pp. 505-506.
BIBLIOTECA AYACUCHO 77
utopías”. Pensando análogamente a Wilde, Luis
Araquistáin agre-ga que “sin imaginación no hay progreso de ninguna especie”. Y
en verdad, el progreso no sería posible si la imaginación humana sufriera de
repente un colapso.
La historia les da siempre razón a los hombres
imaginativos. En la América del Sur, por ejemplo, acabamos de conmemorar la
figura y la obra de los animadores y conductores de la Revolución de la
Independencia. Estos hombres nos parecen, fundadamente, geniales. ¿Pero cuál es
la primera condición de la genialidad? Es, sin duda, una poderosa facultad de
imaginación. Los libertadores fueron grandes porque fueron, ante todo,
imaginativos. Insur-gieron contra la realidad limitada, contra la realidad
imperfecta de su tiempo.
Trabajaron por crear una realidad nueva. Bolívar
tuvo sueños futuristas. Pensó en una confederación de estados indo-españoles.
Sin este ideal, es probable que Bolívar no hubiese venido a com-batir por
nuestra independencia. La suerte de la independencia del Perú ha dependido, por
ende, en gran parte, de la aptitud imagina-tiva del Libertador. Al celebrar el
centenario de una victoria de Ayacucho se celebra, realmente, el centenario de
una victoria de la imaginación. La realidad sensible, la realidad evidente, en
los tiempos de la Revolución de la Independencia, no era, por cierto,
republicana ni nacionalista. La benemerancia de los libertadores consiste en
haber visto una realidad potencial, una realidad supe-rior, una realidad
imaginaria.
Esta es la historia de todos los grandes
acontecimientos huma-nos. El progreso ha sido realizado siempre por los
imaginativos. La posteridad ha aceptado, invariablemente, su obra. El
conserva-tismo de una época, en una época posterior, no tiene nunca más
defensores o prosélitos que unos cuantos románticos y unos cuan-tos
extravagantes. La humanidad, con raras excepciones, estima y
78 LITERATURAY
ESTÉTICA
estudia a los hombres de la revolución francesa
mucho más que a los de la monarquía y la feudalidad entonces abatida. Luis XVI
y María Antonieta le parecen a mucha gente, sobre todo, desgracia-dos. A nadie
le parecen grandes.
De otro lado, la imaginación, generalmente, es
menos libre y menos arbitraria de lo que se supone. La pobre ha sido muy
difama-da y muy deformada. Algunos la creen más o menos loca; otros la juzgan
ilimitada y hasta infinita. En realidad, la imaginación es asaz modesta. Como
todas las cosas humanas, la imaginación tiene tam-bién sus confines. En todos
los hombres, en los más geniales como en los más idiotas, se encuentra
condicionada por circunstancias de tiempo y de espacio. El espíritu humano
reacciona contra la realidad contingente. Pero precisamente cuando reacciona
contra la realidad es cuando tal vez depende más de ella. Pugna por modificar
lo que vé [sic] y lo que siente; no lo que ignora. Luego, sólo son válidas
aquellas utopías que se podrían llamar realistas. Aquellas utopías que nacen de
la entraña misma de la realidad. Jorge Simmel escribía una vez que una sociedad
colectivista se mueve hacia ideales indi-vidualistas y que, inversamente, una
sociedad individualista se mueve hacia ideales socialistas. La filosofía
hegeliana explica la fuerza creadora del ideal como una consecuencia, al mismo
tiempo, de la resistencia y del estímulo que éste encuentra en la realidad.
Podría decirse que el hombre no prevé ni imagina sino lo que ya está
germinando, madurando, en la entraña obscura de la historia.
Los idealistas necesitan apoyarse sobre el interés
concreto de una extensa y consciente capa social. El ideal no prospera sino
cuando representa un vasto interés. Cuando adquiere, en suma, caracteres de
utilidad y de comodidad. Cuando una clase social se convierte en instrumento de
su realización.
En nuestra época, en nuestra civilización, no ha
habido nunca utopías demasiado audaces. El hombre moderno ha conseguido
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casi predecir el progreso. Hasta la fantasía de los
novelistas ha resultado, muchas veces, superada por la realidad en un plazo
breve. La ciencia occidental ha ido más de prisa de lo que soñó Julio Verne.
Otro tanto ha acontecido en la política. Anatole France vaticinó la revolución
rusa para fines de este siglo, pocos años antes de que esta revolución
inaugurase un capítulo nuevo en la historia del mundo.
Y justamente en la novela de Anatole France, que,
intentando predecir el porvenir, formula estos agüeros –Sur la pierre Blance–,
se constata cómo la cultura y la sabiduría no confieren ningún poder
privilegiado a la imaginación. Galión, el personaje de un episodio de la
decadencia romana evocado por Anatole France, era un ejemplar máximo de hombre
culto y sabio de su época. Sin embargo, este hombre no percibía absolutamente
la decadencia de su civilización. El cristianismo se le antojaba una secta
absurda y estúpida. La civilización romana a su juicio no podía tramontar, no
podía perecer. Galión concebía el futuro como una mera prolonga-ción del
presente. Nos aparece por esto, en sus discursos, lamen-table y ridículamente
falto de inspiración. Era un hombre muy inteligente, muy erudito, muy refinado;
pero tenía la inmensa des-gracia de no ser un hombre imaginativo. De ahí que su
actitud ante la vida fuese mediocre y conservadora.
Esta tesis sobre la imaginación, el conservatismo y
el progre-so, podría conducirnos a conclusiones muy interesantes y origina-les.
A conclusiones que nos moverían, por ejemplo, a no clasificar más a los hombres
como revolucionarios y conservadores sino como imaginativos y sin imaginación.
Distinguiéndolos así, co-meteríamos tal vez la injusticia de halagar demasiado
la vanidad de los revolucionarios y de ofender un poco la vanidad, al fin y al
cabo respetable, de los conservadores. Además, a las inteligencias
universitarias y metódicas, la nueva clasificación les parecería
80 LITERATURAY
ESTÉTICA
bastante arbitraria, bastante insólita. Pero,
evidentemente, resulta muy monótono clasificar y calificar siempre a los
hombres de la misma manera. Y, sobre todo, si la humanidad no les ha encontrado
todavía un nuevo nombre a los conservadores y a los revoluciona-rios, es
también, indudablemente, por falta de imaginación.
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17
¿EXISTE UN PENSAMIENTO HISPANO-AMERICANO?*
I
HACE CUATRO MESES, en un artículo sobre la idea de
un congre-so de intelectuales iberoamericanos, formulé esta interrogación**. La
idea del congreso ha hecho, en cuatro meses mucho camino. Aparece ahora como
una idea que, vaga pero simultáneamente, latía en varios núcleos intelectuales
de la América indo-íbera. Como una idea que germinaba al mismo tiempo en
diversos cen-tros nerviosos del continente. Esquemática y embrionaria todavía,
empieza hoy a adquirir desarrollo y corporeidad.
En la Argentina, un grupo enérgico y volitivo se
propone asu-mir la función de animarla y realizarla. La labor de este grupo
tiende a eslabonarse con la de los demás grupos íbero-americanos afines.
Circulan entre estos grupos algunos cuestionarios que plantean o insinúan los
temas que debe discutir el congreso. El grupo argentino ha bosquejado el
programa de una “Unión Latino-Americana”. Existen, en suma, los elementos
preparatorios de un debate, en el discurso del cual se elaborarán y se
precisarán los fines y las bases de este movimiento de coordinación o de
organi-
* Mundial
(Lima), (1o de mayo de 1925); OC, v. 12, pp. 22-26; MT, t. I, pp. 417-419.
** El artículo
lo tituló “Un congreso de escritores hispano-americanos” y también se incluyó
en Mundial, (Lima), (1o de enero de 1925), (n. de M.A.).
82 LITERATURAY
ESTÉTICA
zación del pensamiento hispano-americano como, un
poco abs-tractamente aún, suelen definirlo sus iniciadores.
II
Me parece, por ende, que es tiempo de considerar y
esclarecer la cuestión planteada en mi mencionado artículo. ¿Existe ya un
pensamiento característicamente hispano-americano? Creo que, a este respecto,
las afirmaciones de los fautores de su organización van demasiado lejos.
Ciertos conceptos de un mensaje de Alfredo Palacios a la juventud universitaria
de Íbero-América han induci-do, a algunos temperamentos excesivos y tropicales,
a una estima-ción exorbitante del valor y de la potencia del pensamiento hispa-no-americano.
El mensaje de Palacios, entusiasta y optimista en sus aserciones y en sus
frases, como convenía a su carácter de aren-ga o de proclama, ha engendrado una
serie de exageraciones. Es indispensable, por ende, una rectificación de esos
conceptos dema-siado categóricos.
“Nuestra América –escribe Palacios– hasta hoy ha
vivido de Europa y teniéndola por guía. Su cultura la ha nutrido y orientado.
Pero la última guerra ha hecho evidente lo que ya se adivinaba: que en el
corazón de esa cultura iban los gérmenes de su propia disolu-ción”. No es
posible sorprenderse de que estas frases hayan esti-mulado una interpretación
equivocada de la tesis de la decadencia de Occidente. Palacios parece anunciar
una radical independiza-ción de nuestra América de la cultura europea. El tiempo
del verbo se presta al equívoco. El juicio del lector simplista deduce de la
frase de Palacios que “hasta ahora la cultura europea ha nutrido y orientado” a
América; pero que desde hoy no la nutre ni orienta más. Resuelve, al menos, que
desde hoy Europa ha perdido el dere-cho y la capacidad de influir espiritual e
intelectualmente en nues-
BIBLIOTECA AYACUCHO 83
tra joven América. Y este juicio se acentúa y se
exacerba, inevita-blemente, cuando, algunas líneas después, Palacios agrega que
“no nos sirven los caminos de Europa ni las viejas culturas” y quie-re que nos
emancipemos del pasado y del ejemplo europeos.
Nuestra América, según Palacios, se siente en la
inminencia de dar a luz una cultura nueva. Extremando esta opinión o este
augurio, la revista Valoraciones habla de que “liquidemos cuentas con los
tópicos al uso, expresiones agónicas del alma decrépita de Europa”.
¿Debemos ver en este optimismo un signo y un dato
del espíri-tu afirmativo y de la voluntad creadora de la nueva generación
his-pano-americana? Yo creo reconocer, ante todo, un rasgo de la vieja e
incurable exaltación verbal de nuestra América. La fe de América en su porvenir
no necesita alimentarse de una artificiosa y retórica exageración de su
presente. Está bien que América se crea predes-tinada a ser el hogar de la
futura civilización. Está bien que diga: “Por mi raza hablará el espíritu”*.
Está bien que se considere elegi-da para enseñar al mundo una verdad nueva.
Pero no que se supon-ga en vísperas de reemplazar a Europa ni que declare ya
fenecida y tramontada la hegemonía intelectual de la gente europea.
La civilización occidental se encuentra en crisis;
pero ningún indicio existe de que resulte próxima a caer en definitivo colapso.
Europa no está, como absurdamente se dice, agotada y paralítica. Malgrado la
guerra y la post-guerra conserva su poder de creación. Nuestra América continúa
importando de Europa ideas, libros, máquinas, modas. Lo que acaba, lo que
declina, es el ciclo de la civilización capitalista. La nueva forma social, el
nuevo orden político, se están plasmando en el seno de Europa. La teoría de la
decadencia de Occidente, producto del laboratorio occidental, no
* Lema creado
por José Vasconcelos para la Universidad Nacional de México (n. de OC).
84 LITERATURAY
ESTÉTICA
prevé la muerte de Europa sino de la cultura que
ahí tiene sede. Esta cultura europea, que Spengler juzga en decadencia, sin
pronosti-carle por esto un deceso inmediato, sucedió a la cultura greco-romana,
europea también. Nadie descarta, nadie excluye la posibi-lidad de que Europa
renueve y se transforme una vez más. En el panorama histórico que nuestra
mirada domina, Europa se presen-ta como el continente de las máximas
palingenesias. Los mayores artistas, los mayores pensadores contemporáneos, ¿no
son todavía europeos? Europa se nutre de la savia universal. El pensamiento
europeo se sumerge en los más lejanos misterios, en las más viejas
civilizaciones. Pero esto mismo demuestra su posibilidad de con-valecer y
renacer.
III
Tornemos a nuestra cuestión. ¿Existe un pensamiento
carac-terísticamente hispano-americano? Me parece evidente la exis-tencia de un
pensamiento francés, de un pensamiento alemán, etc., en la cultura de
Occidente. No me parece igualmente eviden-te, en el mismo sentido, la
existencia de un pensamiento hispano-americano. Todos los pensadores de nuestra
América se han edu-cado en una escuela europea. No se siente en su obra el
espíritu de la raza. La producción intelectual del continente carece de rasgos
propios. No tiene contornos originales. El pensamiento hispano-americano no es
generalmente sino una rapsodia compuesta con motivos y elementos del
pensamiento europeo. Para comprobarlo basta revistar la obra de los más altos
representantes de la inteli-gencia indo-íbera.
El espíritu hispano-americano está en elaboración.
El conti-nente, la raza, están en formación también. Los aluviones
occi-dentales en los cuales se desarrollan los embriones de la cultura
BIBLIOTECA AYACUCHO 85
hispano o latino-americana, –en la Argentina, en el
Uruguay, se puede hablar de latinidad– no han conseguido consustanciarse ni
solidarizarse con el suelo sobre el cual la colonización de América los ha
depositado.
En gran parte de Nuestra América constituyen un
estrato super-ficial e independiente al cual no aflora el alma indígena,
deprimida y huraña, a causa de la brutalidad de una conquista que en algunos
pueblos hispano-americanos no ha cambiado hasta ahora de méto-dos. Palacios
dice: “Somos pueblos nacientes, libres de ligaduras y atavismos, con inmensas
posibilidades y vastos horizontes ante nosotros. El cruzamiento de razas nos ha
dado un alma nueva. Dentro de nuestras fronteras acampa la humanidad. Nosotros
y nuestros hijos somos síntesis de razas”. En la Argentina es posible pensar
así; en el Perú y otros pueblos de Hispano-América, no. Aquí la síntesis no
existe todavía. Los elementos de la nacionalidad en elaboración no han podido
aún fundirse o soldarse. La densa capa indígena se mantiene casi totalmente
extraña al proceso de formación de esa peruanidad que suelen exaltar e inflar
nuestros sedicentes nacionalistas, predicadores de un nacionalismo sin raí-ces
en el suelo peruano, aprendido en los evangelios imperialistas de Europa, y
que, como ya he tenido oportunidad de remarcar, es el sentimiento más
extranjero y postizo que en el Perú existe.
IV
El debate que comienza debe, precisamente,
esclarecer todas estas cuestiones. No debe preferir la cómoda ficción de
declarar-las resueltas. La idea de un congreso de intelectuales
íbero-ameri-canos será válida y eficaz, ante todo, en la medida en que logre
plantearlas. El valor de la idea está casi íntegramente en el debate que
suscita.
86 LITERATURAY
ESTÉTICA
El programa de la sección Argentina de la
bosquejada Unión Latino-Americana, el cuestionario de la revista Repertorio
Ame-ricano de Costa Rica y el cuestionario del grupo que aquí trabaja por el
congreso, invitan a los intelectuales de nuestra América a meditar y opinar
sobre muchos problemas fundamentales de este continente en formación. El
programa de la sección Argentina tiene el tono de una declaración de
principios. Resulta prematuro indudablemente. Por el momento, no se trata sino
de trazar un plan de trabajo, un plan de discusión. Pero en los trabajos de la
sección Argentina alienta un espíritu moderno y una voluntad renovadora. Este
espíritu, esta voluntad, le confieren el derecho de dirigir el movimiento.
Porque el congreso, si no representa y organiza la nueva generación
hispano-americana, no representará ni organiza-rá absolutamente nada.
BIBLIOTECA AYACUCHO 87
18
JAMES JOYCE*
EL CASO JOYCE se presenta con la misma repentina y
urgente resonancia del caso Proust o del caso Pirandello. James Joyce nació
hace cuarenticuatro años. Pero hasta hace pocos años su existencia no había
logrado aún revelarse a Europa. Su descomu-nal novela Ulysses, perseguida en
Inglaterra por un puritanismo inquisitorial, apareció en París en 1922. El
manuscrito de Dedalus está fechado en Trieste en 1914. Joyce vivía en ese
tiempo en Trieste como profesor de lenguas extranjeras. De Trieste escribía al escritor
italiano Carlos Linati sobre su Ulysses antes de conse-guir verlo impreso: “Es
la epopeya de dos razas (Israel-Irlanda) y, al mismo tiempo, el ciclo del
cuerpo humano, y también la peque-ña historia de una jornada… Hace siete años
que trabajo en este libro! Es igualmente una obra de enciclopedia. Mi intención
es interpretar el mito sub specie temporis nostri permitiendo que cada aventura
(esto es cada hora, cada órgano, cada arte conexa y consustanciada con el
esquema del todo) cree su propia técnica. Ningún impresor inglés ha querido
imprimir una palabra de esta obra. En Norte América, la revista que la ha
publicado ha sido
* Variedades
(Lima), (29 de mayo de 1926); OC, v. 3, pp. 147-150; MT, t. I, pp. 674-675. (El
artículo se refiere a Dedalus o la adolescencia de James Joyce, M.A.).
88 LITERATURAY
ESTÉTICA
suprimida cuatro veces. Ahora se prepara un gran
movimiento con-tra su publicación de parte de puritanos, imperialistas
ingleses, republicanos, irlandeses y católicos. ¡Qué alianza!”.
La divulgación de Joyce en el mundo latino empezó
hace dos años en la traducción francesa de Dedalus y la traducción italiana de
Exiles. Pero la notoriedad de su nombre era ya extensa. Esta notoriedad se
alimentaba, ante todo, del escándalo suscitado por Ulysses. Y, en segundo
lugar, del estrépito con que descubrían a Joyce algunos críticos cosmopolitas,
pescadores afortunados de novedades extranjeras. Valery Larbaud, uno de estos
críticos, de-cía: “Mi admiración por Joyce es tal que yo no temo afirmar que si
de todos los contemporáneos uno sólo debe pasar a la posteridad, será Joyce”.
He aquí que hoy llega Joyce al español con menos
retardo del que España nos tiene habituados a sufrir en la traducción de los
libros contemporáneos. Y está bien entrar a James Joyce por el laberinto de
Dedalus. Dedalus es la mejor introducción posible en Ulysses. Ahí está ya, sin
duda, –aunque larvada todavía–, la técni-ca del artista. No aparece aún el
“monólogo interior”, con su com-plicado caos de imágenes, palabras, símbolos,
sin puntos ni pausas. Pero en Dedalus el artista, en el fondo, monologa únicamente.
No se comenta; se retrata. La sola imagen que encontramos en la nove-la es,
verdaderamente, la suya. Las demás imágenes no hacen sino reflejarse en ella
como para contrastar su existencia y, sobre todo, su desplazamiento. Valery
Larbaud escribe, apologéticamente, que Dedalus es un gran libro y Joyce “toda
la literatura inglesa en este momento”. Y, con entusiasmo exaltado, agrega: “En
verdad,Yeats no será considerado mañana sino como la más grande figura del
Renacimiento irlandés antes de Joyce. Dedalus es de la estirpe de L’Educación
Sentimentale y de la trilogía de Vallés. Es la historia del esfuerzo del
espíritu por superarse, por superar su medio social,
BIBLIOTECA AYACUCHO 89
su educación y aun su nacionalidad. Y es por esto
que, siendo pro-fundamente irlandés, Joyce es también un gran europeo. Es
com-parable a los santos intelectuales de la antigua Irlanda que han jugado un
rol tan grande en la cristiandad”.
Joyce, en esta novela, nos conduce por los
intrincados cami-nos de su adolescencia. Uno de los más logrados intentos del
libro me parece el de enseñarnos las estaciones y las jornadas de esta
adolescencia reviviéndolas, con su música íntima, con su armonía subjetiva, en
toda su virginidad, sin que se sienta el viaje. El artis-ta nos descubre su
pasado como nos descubriría su presente. No se mezcla a los acontecimientos
ningún elemento que delate que lo actual en el relato ha dejado de ser actual
en la vida. Ningún ele-mento de crítica o de opinión con sabor retrospectivo.
Las impre-siones de la adolescencia de Stephen Dedalus conservan intactas su
inocencia.
Stephen Dedalus estudia en un colegio de jesuitas.
Y la novela no deforma ni al estudiante, ni al colegio, ni a los jesuitas.
Todas las cosas, todos los tipos nos son presentados con candor. El artista no
los juzga. Stephen Dedalus, buscándose a sí mismo, conoce el pecado y el
arrepentimiento, conoce la fe y la duda. Pero, final-mente, las supera. En su
peregrinación descubre el arte. El arte que no es aún una meta, sino sólo una
evasión.
Joyce nos da una versión, única acaso en la
literatura, de la cri-sis de conciencia de un adolescente, con espíritu
religioso y sensi-bilidad acendrada en un colegio católico. El capítulo en que
su adolescencia, con el sabor del pecado carnal en los labios tímidos, pasa por
la prueba de unos “ejercicios espirituales”, es un capítulo maravilloso. Joyce
da la impresión de conducirnos con lentitud por este atormentado y proceloso
episodio. Los hechos transcu-rren con una morosidad deliberada. Las pláticas del
“retiro” están puntualmente y minuciosamente repetidas. Y sin que falte ni una
90 LITERATURAY
ESTÉTICA
palabra, ni un gesto del predicador. Y, sin
embargo, no hay nada demás en el relato. Como lo observa el distinguido crítico
español Antonio de Marichalar, este episodio que fluye en el mismo tiem-po que
ocuparía en la realidad, “conserva su misma naturaleza”.
Y no todo es lentitud ni minucia en Dedalus. Las
últimas jor-nadas del viaje están servidas en comprimidos. Las cosas pasan a
prisa. Joyce reproduce las notas de un diario que no aprehende sino su esencia.
He aquí una muestra de su procedimiento: “22 de marzo. En compañía de Lynch,
seguido una enfermera volumino-sa. Iniciativa de Lynch, Abomino esto. Dos
flacos lebreles faméli-cos detrás de una ternera”.
Y dejamos así a Joyce en la estación en que,
evadiéndose de su adolescencia, como de un laberinto, se embarca en el tren de
las aventuras. En su viaje sin itinerario, lo aguardaba en Trieste, antesala de
su celebridad, un oscuro pupitre de profesor de idio-mas extranjeros.
BIBLIOTECA AYACUCHO 91
19
LA REALIDAD Y LA FICCIÓN*
LA FANTASÍA recupera sus fueros y sus posiciones en
la literatu-ra occidental. Oscar Wilde resulta un maestro de la estética
con-temporánea. Su actual magisterio no depende de su obra ni de su vida sino
de su concepción de las cosas y del arte. Vivimos en una época propicia a sus
paradojas. Wilde afirmaba que la bruma de Londres había sido inventada por la
pintura. No es cierto, decía, que el arte copia a la naturaleza. Es la
naturaleza la que copia al arte. Massimo Bontempelli, en nuestros días, extrema
esta tesis. Según una bizarra teoría bontempelliana, sacada de una medita-ción
de verano en una aldea de montaña, la tierra en su primera edad era casi
exclusivamente mineral. No existían sino el hombre y la piedra. El hombre se
alimentaba de sustancias minerales. Pero su imaginación descubrió los otros dos
reinos de la natura-leza. Los árboles, los animales fueron imaginados por los
artis-tas. Seres y plantas, después de haber existido idealmente en el arte,
empezaron a existir realmente en la naturaleza. Amueblado así el planeta, la
imaginación del hombre creó nuevas cosas. Apa-recieron las máquinas. Nació la
civilización mecánica. La tierra
* Perricholi,
(Lima), (25 de marzo de 1926); OC, v. 6, pp. 22-25; MT, t. I, pp. 555-556.
92 LITERATURAY
ESTÉTICA
fue electrificada y mecanizada. Mas, después de que
el maquinis-mo hubo alcanzado su plenitud, el proceso se repitió a la inversa.
Minerales, vegetales, máquinas, etc., fueron reabsorbidos por la naturaleza. La
tierra se petrificó, se mineralizó gradualmente hasta volver a su primitivo
estado. Esta evolución se ha cumplido muchas veces. Hoy el mundo está una vez
más en su período de mecánica y de maquinismo.
Bontempelli es uno de los literatos más en boga de
la Italia contemporánea. Hace algunos años, cuando en la literatura italiana
dominaba el verismo, su libro habría tenido una suerte distinta. Bontempelli,
que en sus comienzos fue más o menos clasicista, no los habría escrito. Hoy es
un pirandelliano; ayer habría sido un d’annunziano.
¿Un d’annunziano? ¿Pero en D’Annunzio no
encontramos también más ficción que realismo? La fantasía de D’Annunzio está
más en lo externo que en lo interno de sus obras. D’Annunzio vestía fantástica,
bizantinamente sus novelas; pero el esqueleto de éstas no se diferenciaba mucho
de las novelas naturalistas. D’Annunzio tra-taba de ser aristocrático; pero no
se atrevía a ser inverosímil. Pirandello, en cambio, en una novela desnuda de
decorado, sencilla de forma, como El difunto Matías Pascal, presentó un caso que
la crítica tachó en seguida de extraordinario e inverosímil, pero que, años
después, la vida reprodujo fielmente.
El realismo nos alejaba en la literatura de la
realidad. La expe-riencia realista no nos ha servido sino para demostrarnos que
sólo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía. Y esto ha
producido el suprarrealismo que no es sólo una escuela o un movimiento de la
literatura francesa sino una tendencia, una vía de la literatura mundial.
Suprarrealista es el italiano Pirandello. Su-prarrealista es el norteamericano
Waldo Frank, suprarrealista es el rumano Boris Pilniak. Nada importa que trabajen
fuera y lejos del
BIBLIOTECA AYACUCHO 93
manípulo suprarrealista que acaudillan, en París,
Aragón, Breton, Eluard y Soupault.
Pero la ficción no es libre. Más que descubrirnos
lo maravillo-so, parece destinada a revelarnos lo real. La fantasía, cuando no
nos acerca a la realidad, nos sirve bien poco. Los filósofos se valen de
conceptos falsos para arribar a la verdad. Los literatos usan la ficción con el
mismo objeto. La fantasía no tiene valor sino cuan-do crea algo real. Ésta es
su limitación. Éste es su drama.
La muerte del viejo realismo no ha perjudicado
absolutamen-te el conocimiento de la realidad. Por el contrario, lo ha
facilitado. Nos ha liberado de dogmas y de prejuicios que lo estrechaban. En lo
inverosímil hay a veces más verdad, más humanidad que en lo verosímil. En el
abismo del alma humana cala más hondo una farsa inverosímil de Pirandello que
una comedia verosímil del señor Capus.Y El estupendo cornudo del genial
Fernando Crommelynk vale, ciertamente, más que todo el mediocre teatro francés
de adul-terios y divorcios a que pertenecen El adversario y Ña Falena.
El prejuicio de lo verosímil aparece hoy como uno
de los que más han estorbado al arte. Los artistas de espíritu más moderado se
revelan violentamente contra él. “La vida –escribe Pirandello– para todas las
descaradas absurdidades, pequeñas y grandes, de que está bellamente llena,
tiene el inestimable privilegio de poder prescindir de aquella verosimilitud a
la cual el arte se ve obligado a obedecer. Las absurdidades de la vida tienen
necesidad de pare-cer verosímiles porque son verdaderas. Al contrario de las
del arte que para parecer verdaderas tienen necesidad de ser verosímiles”.
Liberados de esta traba, los artistas pueden
lanzarse a la con-quista de nuevos horizontes. Se escribe, en nuestros días,
obras que, sin esta libertad, no serían posibles. la Jeanne d’Arc de Joseph
Delteil, por ejemplo. En esta novela, Delteil nos presenta a la donce-lla de
Domremy dialogando, ingenua y naturalmente, como con dos
94 LITERATURAY
ESTÉTICA
muchachas de la campiña, con Santa Catalina y Santa
Margarita. El milagro es narrado con la misma sencillez, con el mismo candor
que en la fábula de los niños. Lo inverosímil de esta novela no pretende ser
verosímil. Y es, así, admitiendo el milagro _esto es lo maravillo-so_ como nos
aproximamos más a la verdad sobre la Doncella. El libro de Joseph Delteil nos
ofrece una imagen más verídica y vivien-te de Juana de Arco que el libro de
Anatole France.
De este nuevo concepto de lo real extrae la
literatura moderna una de sus mejores energías. Lo que la anarquiza no es la
fantasía en sí misma. Es esa exasperación del individuo y del subjetivismo que
constituye uno de los síntomas de la crisis de la civilización occidental. La
raíz de su mal no hay que buscarla en su exceso de ficciones, sino en la falta
de una gran ficción que pueda ser su mito y su estrella.
BIBLIOTECA AYACUCHO 95
20
EL FREUDISMO EN LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA*
EL FREUDISMO en la literatura no es anterior ni
posterior a Freud: le es simplemente coetáneo. Ortega y Gasset considera
segura-mente el freudismo como una de las ideas peculiares del siglo XX. (Más
preciso sería tal vez decir intuiciones en vez de ideas). Y, en efecto, el
freudismo resulta incontestablemente una idea novecen-tista. El germen de la
teoría de Freud estaba en la conciencia del mundo, desde antes del advenimiento
oficial del psicoanálisis. El freudismo teórico, conceptual, activo, se ha propagado
rápidamen-te por haber coincidido con el freudismo potencial, latente, pasivo.
Freud no ha sido sino el agente, el instrumento de una revelación que tenía que
encontrar quien la expresara racional y científi-camente, pero de la que en
nuestra civilización existía ya el presen-timiento. Esto no disminuye
naturalmente el mérito del des-cubrimiento de Freud. Por el contrario lo
engrandece. La función del genio parece ser, precisamente, la de formular el
pensamiento, la de traducir la intuición de una época.
La actitud freudista de la literatura contemporánea
aparece evidente, mucho antes de que los estudios de Freud se vulgarizaran
entre los hombres de letras. En un tiempo en que la tesis de Freud
* Variedades
(Lima), (14 de agosto de 1926); OC, v. 6, pp. 36-42; MT, t. I, pp. 561-563.
96 LITERATURAY
ESTÉTICA
era apenas notoria a un público de psiquiatras,
Pirandello y Proust –por no citar sino dos nombres sumos– presentan en su obra,
ras-gos bien netos de freudismo.
La presencia de Freud en la obra de Pirandello no
aparece como resultado del conocimiento de la teoría del genial sabio vie-nés,
sino en lo que Pirandello ha escrito en su estación de drama-turgo. Pero
Pirandello antes que dramaturgo es novelista y, más específicamente, cuentista.
Y en muchos de sus viejos cuentos, que ahora reúne en una colección de
veinticuatro volúmenes, se encuentran procesos psicológicos del más riguroso
freudismo. Pirandello ha hecho siempre psicología freudista en su literatura. No
es por un mero deporte anti-racionalista que su obra constituye una sátira
acérrima, un ataque sañudo a la antigua concepción de la personalidad o psiquis
humana. En el propio Matías Pascal, publi-cado hace veinticinco años, se
percibe una larvada tendencia freu-dista. El protagonista pirandelliano, que ha
muerto, como Matías Pascal, para todos, por la equivocada identificación de un
cadáver que tenía toda su filiación, y que quiere aprovechar este engaño para
evadirse realmente del mundo que lo sofocaba y acaparaba, no consigue morir
como tal para sí mismo. Adriano Meis, el nuevo hombre que quiere ser, no tiene
ninguna realidad. No consigue librarse de Matías Pascal, obstinado en continuar
viviendo. La infancia y la juventud del evadido gravitan en su conciencia más
fuertemente que la voluntad. Y Matías Pascal regresa, resucita. Para volver a
sentirse alguien real, el desventurado personaje pirandelliano, necesita dejar
de ser la ficticia criatura surgida por artificio de un accidente.
En las últimas obras de Pirandello, este freudismo
se torna consciente, deliberado. Ciascuno al suo modo*, por ejemplo,
* Cada uno a su manera (n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 97
acusa la lectura y la adopción de Freud. Uno de los
personajes, Doro Pallegari, ha hecho en una tertulia distinguida la defensa de
una mujer, cuyo nombre no puede ser pronunciado en la buena sociedad sino para
repudiarlo. Esta conducta es comentada con escándalo, al día siguiente, en la
casa de Doro Pallegari, en mo-mentos en que éste llega. Interpelado, Doro
responde que ha pro-cedido por reacción contra las exageraciones de su amigo
Francisco Savio. No está convencido de lo que ha dicho defen-diendo a Delia
Morello. Todo lo contrario. Uno de los presentes, Diego Cinci, le sostiene
entonces la tesis de que su verdadero sen-timiento es el que ha hecho explosión
la víspera. Quiero reprodu-cir textualmente este pasaje:
“Diego. —Tú le das la razón ahora a Francisco
Savio. ¿Sabes por qué? Por reaccionar contra un sentimiento que alimentabas
dentro sin saberlo.
Doro. —¡Pero no, absolutamente! Tú me haces reír.
Diego. —¡Sí, sí!
Doro. —Me haces reír te digo.
Diego. —En el hervor de la discusión de anoche te
ha salido a flote y te ha aturdido y te ha hecho decir ‘cosas que no debes’.
Claro. Creer no haberlas pensado jamás, y en tanto, las has pensa-do, las has
pensado!
Doro. —¿Cómo? ¿Cuándo?
Diego. —A escondidas de ti mismo. ¡Querido mío!
¡Como existen los hijos ilegítimos existen también los pensamientos bas-tardos!
Doro. —¡Los tuyos sí!
Diego —¡También los míos! Tiende cada uno a
desposar para toda la vida una sola alma, la más cómoda, aquélla que nos aporta
en dote la facultad más apropiada para conseguir el estado al cual aspiramos;
pero después, fuera del honesto techo conyugal de
98 LITERATURAY
ESTÉTICA
nuestra conciencia, tenemos relaciones y comercio
sin fin con todas nuestras otras almas repudiadas que están abajo, en los
sub-terráneos de nuestro ser, y de donde nacen actos, pensamientos que no
queremos reconocer, o que, forzados, adoptamos o legitimamos con
acomodamientos, reservas y cautelas. Ahora, rechazas tú este pobre pensamiento
tuyo que has encontrado. ¡Pero míralo bien en los ojos: es tuyo! Tú estás
enamorado de veras de Delia Morello. ¡Como un imbécil!”.
En el resto de la comedia no se razona ni se
teoriza más. Pero, en cambio, la acción misma y el desarrollo mismo son
patética-mente freudianos. Pirandello ha adoptado a Freud con un entusias-mo
que no se constata en los psicólogos y psiquiatras italianos, entre los cuales
prevalece todavía una mentalidad positivista, que por lo demás se acuerda
bastante con el temperamento italiano y latino. (Me referiré, a propósito,
entre mis recientes lecturas, a una obra en dos gruesos volúmenes del profesor
Enrico Morselli –La psicanalisi, 1926, Fratelli Bocca, Turín– para apuntar,
marginal-mente, que el eminente psiquiatra italiano, cita con distinción los
trabajos del profesor peruano Honorio Delgado, a quien señala como uno de los
mejores expositores de la doctrina de Freud).
El caso de Proust es más curioso aún. El parentesco
de la obra de Proust, con la teoría de Freud, ha sido detenidamente estudiado
en Francia –otro país donde el freudismo ha encontrado más favor en la
literatura que en la ciencia– por el malogrado director de la N.R.F.* Jacques
Riviére, quien, con irrecusable autoridad, afirma que Proust conocía a Freud de
nombre solamente y que no había leído jamás una línea de sus libros. Proust y
Freud coinciden en su desconfianza del yo, en lo cual Riviére los encuentra en
oposición
* Nouvelle Revue Française (Nueva Revista Francesa,
n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 99
a Bergson, cuya psicología se funda a su juicio en
la confianza del yo. Según Riviére, Proust “ha aplicado instintivamente el
método definido por Freud”. De otro lado, “Proust es el primer novelista que ha
osado tener en cuenta, en la explicación de los caracteres, el factor sexual”.
El testimonio de Riviére, establece, en suma, que Freud y Proust,
simultáneamente, sincrónicamente, el uno como artista, el otro como psiquiatra,
han empleado un mismo método psicológico, sin conocerse, sin comunicarse.
En la actualidad, el freudismo aparece difundido a
tal punto entre los literatos que Jean Cocteau, que no se escapa tampoco a la
influencia psicoanalista, propone a los jóvenes escritores la siguiente
plegaria: “¡Dios mío, guárdame de creer en el mal del siglo, protégeme de
Freud, impídeme escribir el libro esperado!”. François Mauriac, a quien la
Academia Francesa, acaba de pre-miar por su novela Le desert de l’amour,
constata con un cierto orgullo que la generación de novelistas a la que él
pertenece escri-be bajo el signo de Proust y de Freud, agregando en cuanto le
res-pecta: “Cuando yo escribí Le baiser au lepreux y Le fleuve de feu, no había
leído una línea de Freud y a Proust casi no lo conocía. Además, yo no he
querido deliberadamente que mis héroes fuesen tales como son”.
Esta corriente freudista, se extiende cada día más
en todas las literaturas. El espíritu latino parece el menos apto para entender
y aceptar las teorías psicoanalistas, a las cuales sus impugnadores italianos y
franceses reprochan su fondo nórdico y teutón, cuando no su raíz judía. Ya
hemos visto, sin embargo, cómo los dos litera-tos más representativos de
Francia y de Italia se caracterizan por su método freudiano y cómo la nueva
generación de novelistas franceses se muestra sensiblemente influida por el psicoanálisis.
La propagación –y en algunos casos la exageración– del freudis-mo en las otras
literaturas, no puede, por consiguiente, sorpren-
100 LITERATURAY ESTÉTICA
dernos. Juzgándola por lo que conozco –mis otros
estudios y lectu-ras no me consienten demasiada pesquisa literaria– señalaré a
Waldo Frank, autor de la novela Rahab sobre la cual publiqué una rápida
impresión*, como el escritor que en la literatura norteameri-cana cala más
hondamente en la subconsciencia de sus personajes. Judío, Waldo Frank, pone en
el mecanismo espiritual de éstos, al lado de un misticismo mesianista, un
sexualismo que se podría lla-mar religioso. Y para no detenerme siempre en
casos demasiado ilustres y notorios, escogeré, como última estación de mi
itinerario, en la lejana ribera de la nueva literatura rusa, casi desconocida
hasta ahora en español, el caso de Boris Pilniak. El factor sexual tiene un rol
primario en los personajes de este escritor. Y pertenece a uno de ellos –la
camarada Xenia Ordynina– la siguiente tesis pan-sexualista: “Karl Marx ha
debido cometer un error. No ha tenido en cuenta sino el hambre física. No ha
tenido en cuenta el otro factor: el amor, el amor rojo y fuerte como la sangre.
El sexo, la familia, la raza: la humanidad no se ha equivocado adorando al
sexo. Sí, hay un hambre física y un hambre sexual. Pero esto no es exacto: se
debe decir, más bien, hambre física y religión del sexo, religión de la sangre.
Yo siento a veces, hasta el sufrimiento físico, real, que el mundo entero, la
civilización, la humanidad, todas las cosas, las sillas, las butacas, los
vestidos, las cómodas, están penetrados de sexualidad –no, penetrados no es
exacto…– y también el pueblo, la nación, el Estado, ese pañuelo, el pan, el
cinturón. Yo no soy la única que pienso así. La cabeza me da vueltas a veces y
yo siento que la Revolución está impregnada de sexualidad”.
Freud, en un agudo estudio sobre Las resistencias
al psicoaná-lisis, examina el origen y el carácter de éstas en los medios
científi-
* Se recoge en el v. 7 de sus OC, no se incluye en
esta selección (n. de M.A.).
BIBLIOTECA AYACUCHO 101
cos y filosóficos. Entre los adversarios del
psicoanálisis señala al filósofo y al médico. Monopolizado por la polémica,
Freud se olvi-da en este ensayo de dedicar algunas palabras de reconocimiento a
los poetas y a los literatos. Aunque las resistencias al psicoanálisis no son,
según Freud, de naturaleza intelectual, sino de origen afec-tivo, cabe la
hipótesis de que, por su inspiración subconsciente, por su proceso irracional,
el arte y la poesía tenían que comprender, mejor que la ciencia, su doctrina.
102 LITERATURAY ESTÉTICA
21
LA VIDA QUE ME DISTE*
RENACÍ EN TU CARNE cuatrocentista como la de la
Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas, porque te sentí la más diversa y
la más distante. Estabas en mi destino. Eras el designio de Dios. Como un batel
corsario, sin saberlo, buscabas para anclar la rada más serena. Yo era el
principio de muerte; tú eres el principio de vida. Tuve el presentimiento de ti
en la pintura ingenua del cuatro-cientos. Empecé a amarte antes de conocerte,
en un cuadro primi-tivo. Tu salud y tu gracia antiguas esperaban mi tristeza de
suda-mericano pálido y cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron
mi primera fiesta. Y tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi
alma una serpentina de alegría.
Por ti, mi ensangrentado camino** tiene tres
auroras***. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus
antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida que te falta es la vida
que me diste.
* Poliedro
(Lima), (20 de septiembre de 1926); OC, v. 4, pp. 93-94; MT, t. I, p. 1379.
(Dedicado a Anita Chiappe, su esposa. M.A.).
** Se refiere,
tal vez, a la amputación de una de sus piernas por razones médicas (M.A.).
*** Sus
tres hijos mayores (Sandro, José Carlos y Sigfrido), el último, Javier, nacería
poco después (n. de M.A.).
BIBLIOTECA AYACUCHO 103
22
ARTE, REVOLUCIÓN Y DECADENCIA*
CONVIENE APRESURAR la liquidación de un equívoco
que deso-rienta a algunos artistas jóvenes. Hace falta establecer,
rectifican-do ciertas definiciones presurosas, que no todo el arte nuevo es
revolucionario, ni es tampoco verdaderamente nuevo. En el mundo contemporáneo
coexisten dos almas, las de la revolución y la decadencia. Sólo la presencia de
la primera confiere a un poema o un cuadro valor de arte nuevo.
No podemos aceptar como nuevo un arte que no nos
trae sino una nueva técnica. Eso sería recrearse en el más falaz de los
espe-jismos actuales. Ninguna estética puede rebajar el trabajo artístico a una
cuestión de técnica. La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo
también. Si no, lo único que cambia es el paramen-to, el decorado. Y una
revolución artística no se contenta de con-quistas formales.
La distinción entre las dos categorías coetáneas de
artistas no es fácil. La decadencia y la revolución, así como coexisten en el
mismo mundo, coexisten también en los mismos individuos. La conciencia de arte
es el circo agonal de una lucha entre los dos
* Amauta
(Lima), (3 de noviembre de 1926), pp. 3-4; OC, v. 6, pp. 18-22; MT, t. I, pp.
553-554.
104 LITERATURAY ESTÉTICA
espíritus. La comprensión de esta lucha, a veces,
casi siempre, escapa al propio artista. Pero finalmente uno de los espíritus
preva-lece. El otro queda estrangulado en la arena.
La decadencia de la civilización capitalista se
refleja en la ato-mización, en la disolución de su arte. El arte, en esta
crisis, ha per-dido ante todo su unidad esencial. Cada uno de sus principios,
cada uno de sus elementos ha reivindicado su autonomía. Secesión es su término
más característico. Las escuelas se multiplican hasta lo infinito porque no
operan sino fuerzas centrífugas.
Pero esta anarquía, en la cual muere,
irreparablemente escin-dido y disgregado el espíritu del arte burgués, preludia
y prepara un orden nuevo. Es la transición del tramonto al alba. En esta crisis
se elaboran dispersamente los elementos del arte del porvenir. El cubismo, el
dadaísmo, el expresionismo, etc., al mismo tiempo que acusan una crisis,
anuncian una reconstrucción. Aisladamente cada movimiento no trae una fórmula;
pero todos concurren –apor-tando un elemento, un valor, un principio–, a su
elaboración.
El sentido revolucionario de las escuelas o
tendencias contem-poráneas no está en la creación de una técnica nueva. No está
tam-poco en la destrucción de la técnica vieja. Está en el repudio, en el
desahucio, en la befa del absoluto burgués. El arte se nutre siempre,
conscientemente o no –esto es lo de menos– del absoluto de su época. El artista
contemporáneo, en la mayoría de los casos, lleva vacía el alma. La literatura
de la decadencia es una literatura sin absoluto. Pero así, sólo se puede hacer
unos cuantos pasos. El hom-bre no puede marchar sin una fe, porque no tener fe
es patiner sur place*. El artista que más exasperadamente escéptico y nihilista
se confiesa es, generalmente, el que tiene más desesperada necesidad de un
mito.
* Patinar sobre el mismo sitio (n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 105
Los futuristas rusos se han adherido al comunismo:
los futuris-tas italianos se han adherido al fascismo. ¿Se quiere mejor
demos-tración histórica de que los artistas no pueden sustraerse a la
gravi-tación política? Massimo Bontempelli dice que en 1920 se sintió casi
comunista y en 1923, el año de la marcha a Roma, se sintió casi fascista. Ahora
parece fascista del todo. Muchos se han burlado de Bontempelli por esta
confesión. Yo lo defiendo: lo encuentro sin-cero. El alma vacía del pobre
Bontempelli tenía que adoptar y acep-tar el Mito que colocó en su ara
Mussolini. (Los vanguardistas ita-lianos están convencidos de que el fascismo
es la Revolución).
Vicente Huidobro pretende que el arte es
independiente de la política. Esta aserción es tan antigua y caduca en sus
razones y motivos que yo no la concebiría en un poeta ultraísta, si creyese a
los poetas ultraístas en grado de discurrir sobre política, economía y
religión. Si política es para Huidobro, exclusivamente, la del Palais Bourbon*,
claro está que podemos reconocerle a su arte toda la autonomía que quiera. Pero
el caso es que la política, para los que la sentimos elevada a la categoría de
una religión, como dice Unamuno, es la trama misma de la historia. En las
épocas clá-sicas, o de plenitud de un orden, la política puede ser sólo
admi-nistración y parlamento; en las épocas románticas o de crisis de un orden,
la política ocupa el primer plano de la vida.
Así lo proclaman, con su conducta, Louis Aragón,
André Breton y sus compañeros de la revolución suprarrealista –los mejores
espíritus de la vanguardia francesa–marchando hacia el comunismo. Drieu La
Rochelle que cuando escribió Mesure de la France y Plainté contre inconnu,
estaba tan cerca de ese estado de ánimo, no ha podido seguirlos; pero, como
tampoco ha podido
* Nombre del
palacio donde se reúne, actualmente, la Cámara de Diputados de Francia (n. de
OC).
106 LITERATURAY ESTÉTICA
escapar a la política, se ha declarado vagamente
fascista y clara-mente reaccionario.
Ortega y Gasset es responsable, en el mundo
hispano, de una parte de este equívoco sobre el arte nuevo. Su mirada así como
no distinguió escuelas ni tendencias, no distinguió, al menos en el arte
moderno, los elementos de revolución de los elementos de deca-dencia. El autor
de La deshumanización del arte no nos dio una defi-nición del arte nuevo. Pero
tomó como rasgos de una revolución los que corresponden típicamente a una
decadencia. Esto lo condujo a pretender, entre otras cosas, que “la nueva
inspiración es siempre, indefectiblemente, cósmica”. Su cuadro sintomatológico,
en gene-ral, es justo; pero su diagnóstico es incompleto y equivocado.
No basta el procedimiento. No basta la técnica.
Paul Morand, a pesar de sus imágenes y de su modernidad, es un producto de
de-cadencia. Se respira en su literatura una atmósfera de disolución. Jean
Cocteau, después de haber coqueteado un tiempo con el dadaísmo, no sale ahora
con su rappel a l’ordre*.
Conviene esclarecer la cuestión, hasta desvanecer
el último equívoco. La empresa es difícil. Cuesta trabajo entenderse sobre
muchos puntos. Es frecuente la presencia de reflejos de la deca-dencia en el
arte de vanguardia, hasta cuando, superando el subje-tivismo, que a veces lo
enferma, se propone metas realmente revo-lucionarias. Hidalgo, ubicando a
Lenin, en un poema de varias dimensiones, dice que los “senos salomé” y la
“peluca a la garçon-ne” son los primeros pasos hacia la socialización de la
mujer. Y de esto no hay que sorprenderse. Existen poetas que creen que el
jazz-band es un heraldo de la revolución.
Por fortuna quedan en el mundo artistas como
Bernard Shaw, capaces de comprender que el “arte no ha sido nunca grande, cuan-
* Llamado al orden (n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 107
do no ha facilitado una iconografía para una
religión viva; y nunca ha sido completamente despreciable, sino cuando ha
imitado la iconografía, después de que la religión se había vuelto una
supers-tición”. Este último camino parece ser el que varios artistas nuevos han
tomado en la literatura francesa y en otras. El porvenir se reirá de la
bienaventurada estupidez con que algunos críticos de su tiempo los llamaron
“nuevos” y hasta “revolucionarios”.
108 LITERATURAY ESTÉTICA
23
REIVINDICACIÓN DE JORGE MANRIQUE*
DESDE QUE EL PASADISMO de la nostalgiosa literatura
colonia-lista convirtió en un lema la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, me
visita frecuentemente la idea de romper una lanza por la justa fama del poeta
de las Coplas, pero no he sentido hasta ahora la urgencia de esta
reivindicación –que me parece de la específica competencia de la historiografía
literaria– porque un rápido exa-men del asunto me conducía siempre a la
conclusión de que Jorge Manrique no resultaba realmente comprometido por dicho
lema. El “todo tiempo pasado fue mejor” de los post-románticos, no era ya su
verso, era un lugar común amamantado por todas las nostalgias, así prosaicas
como poéticas. Era una frase propia del pasadismo. No por cierto una frase
nueva sino una frase vieja –de otro modo carecería de título para presidir el
vocabulario pasadista–, pero en ningún caso la misma de Jorge Manrique, un
lugar común que está en una de sus coplas, sin expresar y mucho menos condensar
su poesía. Y que en esa copla tiene un subsidiario oficio dialéctico.
Pero la crítica no se conforma con un lema anónimo.
Y además se complace en suponer a cada cosa una genealogía preclara. Entre
* Mundial
(Lima), (18 de noviembre de 1927); OC, v. 6, pp. 126-130; MT, t. I, pp.
648-649.
BIBLIOTECA AYACUCHO 109
sus hábitos mentales se cuenta todavía el de no
poder prescindir de la búsqueda del precursor. Y así sucede que si el
pasadismo, o tra-dicionalismo, no invoca ni reclama a Jorge Manrique, el juicio
público le atribuye esta filiación.
Nomenclatura apresurada, clasificación errónea, que
sancio-na sin embargo la cátedra. Luis Alberto Sánchez llama ya
jorge-manriquismo a este tradicionalismo, al cual él, Jorge Manrique, es
absolutamente extraño.
La necesidad de la rectificación deviene por tanto
apremiante. Hoy no cabe duda de que la poesía española de Jorge Manrique está
cubriendo un grueso contrabando de prosa criolla. Este con-trabando primero le
tomó un verso; ahora, el nombre.
Es tiempo de protestar contra el capcioso conato,
exonerando a Jorge Manrique de la responsablidad que una posteridad memo-rista,
aunque de mala memoria, más pegada siempre a la letra que al espíritu de los
libros y de los autores, pretende echarle encima.
Hay que comenzar por la cita cabal de la copla a la
cual perte-nece el calumniado verso:
Recuerde el alma dormida
Avive el seso y despierte
Contemplando
Cómo se pasa la vida,
Cómo se viene la muerte
Tan callando:
Cuan presto se va el placer,
Cómo, después de acordado,
Da dolor,
Cómo a nuestro parecer
Cualquier tiempo pasado
Fue mejor.
110 LITERATURAY ESTÉTICA
Caducidad de lo terreno, reza el epígrafe que Jorge
Manrique puso a estos versos, escritos en memoria y alabanza de su padre, el
maestre D. Rodrigo. Palabras que explicarían toda la filosofía de las coplas,
si en estas mismas no estuviera clara y entera. Con acen-drado pesimismo
cristiano, el poeta nos previene contra la falacia de las ilusiones, lo mismo
de hoy que de ayer. La frase “todo tiem-po pasado fue mejor” no afirma nada.
Está enteramente subordina-da al verso anterior: “cómo a nuestro parecer”. No
tiene ninguna autonomía. Nada más artificioso, por consiguiente, que arrancarla
del texto en el cual tiene una función negativa, para imponerle valor propio y
calidad sustancial.
Jorge Manrique, no era en su tiempo –tan lejano del
nuestro– pasadista ni tradicionalista. Su filosofía era rigurosamente la de un
místico medioeval. Era la filosofía de la España Católica que resis-tió el
Renacimiento y la Reforma, y reafirmó intransigente su orto-doxia en la
Contrarreforma. Filosofía que ignora la vanidad del presente como la vanidad
del pasado, porque concibe la vida terre-na como preparación para la vida
eterna. Pesimismo integral y acti-vo que renuncia a la Tierra, porque ambiciona
el cielo. Ninguna nostalgia pesarosa del pasado puede alentar el que escribió
estos versos:
Dellas deshace la edad,
dellas casos desastrados
que acaecen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallecen.
Decidme: la hermosura
la gentil frescura y tez
de la cara,
BIBLIOTECA AYACUCHO 111
la color y la blancura,
cuando viene la vejez
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza,
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.
Pues la sangre de los godos,
el linaje y la nobleza
tan crecida,
¡Por cuantas vías y modos
se pierde su gran alteza
en esta vida!
Unos por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!
Y otros, por no tener,
con oficios no debidos
se mantienen.
Los estados y riqueza,
que nos dejan a deshora
¿quién lo duda?
No les pidamos firmeza,
pues que son de una señora
que se muda.
Que bienes son de Fortuna,
que revuelve con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
112 LITERATURAY ESTÉTICA
ni estar estable ni queda
en una cosa.
La poesía de Jorge Manrique se enlaza por estos
versos con esa mística que, como lo proclama Unamuno, es acaso la única
genui-na filosofía española. La única que vive porque vivió y, como escri-be
también el maestro de Salamanca, “lo que ha vivido vivirá”. Filosofía a la que
no se puede sospechar de pasadismo, no sólo por-que más que idea era acto, sino
porque miraba a la inmortalidad. Actitud ambiciosa y futurista, porque ¿qué
futurismo más absolu-to que el del místico, desdeñoso del presente y del pasado
por amor de lo divino y de lo eterno?
Jorge Manrique no es responsable sino de su poesía.
No le imputemos ningún lema ajeno a su verdadero pensar. Releamos sus versos
sin atenernos a especiosos fragmentos, ficticiamente recor-tados. Con su poesía
tiene que ver la tradición, pero no los tradicio-nalistas, viva y móvil. La
crean los que la niegan, para renovarla y enriquecerla. La matan los que la
quieren muerta y fija, prolonga-ción del pasado en un presente sin fuerzas,
para incorporar en ella su espíritu y para meter en ella su sangre.
BIBLIOTECA AYACUCHO 113
24
HETERODOXIA DE LA TRADICIÓN*
HE ESCRITO al final de mi artículo “La
reivindicación de Jorge Manrique”**: Con su poesía tiene que ver la tradición,
pero no los tradicionalistas. Porque la tradición es, contra lo que desean los
tradicionalistas, viva y móvil. La crean los que la niegan para reno-varla y
enriquecerla. La matan los que la quieren muerta y fija, pro-longación de un
pasado en un presente sin fuerzas, para incorporar en ella su espíritu y para
meter en ella su sangre.
Estas palabras merecen ser solícitamente recalcadas
y expli-cadas. Desde que las he escrito, me siento convidado a estrenar una
tesis revolucionaria de la tradición. Hablo, claro está, de la tradi-ción
entendida como patrimonio y continuidad histórica.
¿Es cierto que los revolucionarios la reniegan y la
repudian en bloque? Esto es lo que pretenden quienes se contentan con la
gra-tuita fórmula: revolucionarios iconoclastas. Pero, ¿no son más que
iconoclastas los revolucionarios? Cuando Marinetti invitaba a Italia a vender
sus museos y sus monumentos, quería sólo afirmar la potencia creadora de su
patria, demasiado oprimida por el peso
* Mundial
(Lima), (25 de noviembre de 1927); OC, v. 11, pp. 117-120; MT, t. I, pp.
324-326.
** Incluido en
esta selección, ver artículo anterior (n. de M.A.).
114 LITERATURAY ESTÉTICA
de un pasado abrumadoramente glorioso. Habría sido
absurdo tomar al pie de la letra su vehemente extremismo. Toda doctrina
revolucionaria actúa sobre la realidad por medio de negaciones intransigentes
que no es posible comprender sino interpretándolas en su papel dialéctico.
Los verdaderos revolucionarios, no proceden nunca
como si la historia empezara con ellos. Saben que representan fuerzas históri-cas,
cuya realidad no les permite complacerse con la ultraísta ilu-sión verbal de
inaugurar todas las cosas. Marx extrajo del estudio completo de la economía
burguesa, sus principios de política socialista. Toda la experiencia industrial
y financiera del capitalis-mo, está en su doctrina anticapitalista. Proudhon,
de quien todos conocen la frase iconoclasta, mas no la obra prolija, cimentó
sus ideales en un arduo análisis de las instituciones y costumbres sociales,
examinando de sus raíces hasta el suelo y el aire de que se nutrieron. Y Sorel,
en quien Marx y Proudhon se reconcilian, se mostró profundamente preocupado no
sólo de la formación de la conciencia jurídica del proletariado, sino de la
influencia de la organización familiar y de sus estímulos morales, así en el
meca-nismo de la producción como en el entero equilibrio social.
No hay que identificar a la tradición con los
tradicionalistas. El tradicionismo –no me refiero a la doctrina filosófica sino
a una acti-tud política o sentimental que se resuelve invariablemente en mero
conservantismo– es, en verdad, el mayor enemigo de la tradición. Porque se
obstina interesadamente en definirla como un conjunto de reliquias inertes y
símbolos extintos. Y en compendiarla en una receta escueta y única.
La tradición, en tanto, se caracteriza precisamente
por su resis-tencia a dejarse aprehender en una fórmula hermética. Como
resul-tado de una serie de experiencias –esto es de sucesivas transfor-maciones
de la realidad bajo la acción de un ideal que la supera
BIBLIOTECA AYACUCHO 115
consultándola y la modela obedeciéndola–, la
tradición es hetero-génea y contradictoria en sus componentes. Para reducirla a
un concepto único, es preciso contentarse con su esencia, renuncian-do a sus
diversas cristalizaciones.
Los monarquistas franceses construyen toda su
doctrina, sobre la creencia de que la tradición de Francia, es
fundamental-mente aristocrática y monárquica, idea concebible únicamente por
gentes enteramente hipnotizadas por la imagen de la Francia de Carlo Magno.
René Johannet, reaccionario también, pero de otra estirpe, sostiene que la
tradición de Francia es absolutamente bur-guesa y que la nobleza, en la que
depositan su recalcitrante espe-ranza Maurras y sus amigos, está descartada
como clase dirigente desde que, para subsistir, ha tenido que aburguesarse.
Pero el cimiento social de Francia son sus familias campesinas, su artesa-nado
laborioso. Está averiguado el papel de los descamisados en el período
culminante de la revolución burguesa. De manera que si en la praxis del socialismo
francés entrara la declamación nacio-nalista, el proletariado de Francia podría
también descubrirle a su país, sin demasiada fatiga, una cuantiosa tradición
obrera.
Lo que esto nos revela es que la tradición aparece
particular-mente invocada, y aún ficticiamente acaparada, por los menos aptos
para recrearla. De lo cual nadie debe asombrarse. El pasa-dista tiene siempre
el paradójico destino de entender el pasado muy inferiormente al futurista. La
facultad de pensar la historia y la facultad de hacerla o crearla, se
identifican. El revolucionario, tiene del pasado una imagen un poco subjetiva
acaso, pero anima-da y viviente, mientras que el pasadista es incapaz de representár-selo
en su inquietud y su fluencia. Quien no puede imaginar el futuro, tampoco
puede, por lo general, imaginar el pasado.
No existe, pues, un conflicto real entre el
revolucionario y la tradición, sino para los que conciben la tradición como un
museo o
116 LITERATURAY ESTÉTICA
una momia. El conflicto es efectivo sólo con el
tradicionalismo. Los revolucionarios encarnan la voluntad de la sociedad de no
petrificarse en un estadio, de no inmovilizarse en una actitud. A veces la
sociedad pierde esta voluntad creadora, paralizada por una sensación de
acabamiento o desencanto. Pero entonces se consta-ta, inexorablemente, su
envejecimiento y su decadencia.
La tradición de esta época, la están haciendo los
que parecen a veces negar, iconoclastas, toda tradición. De ellos, es, por lo
me-nos, la parte activa. Sin ellos, la sociedad acusaría el abandono o la
abdicación de la voluntad de vivir renovándose y superándose incesantemente.
Maurice Barrés legó a sus discípulos una definición
algo fúne-bre de la patria: “La Patria es la tierra de los muertos”. Barrés
mismo era un hombre de aire fúnebre y mortuorio, que, según Valle Inclán,
semejaba físicamente un cuervo mojado. Pero las genera-ciones post-bélicas
están frente al dilema de enterrar con los des-pojos de Barrés su pensamiento
de paysan solitario dominado por el culto excesivo del suelo y de sus difuntos
o de resignarse a ser enterrada ella misma después de haber sobrevivido sin un
pensa-miento propio nutrido de su sangre y de su esperanza. Idéntica es su
situación ante el tradicionalismo.
BIBLIOTECA AYACUCHO 117
25
GÓMEZ CARRILLO*
UN ENTERO CAPÍTULO del periodismo hispanoamericano,
el del apogeo del cronista, principia y termina con Enrique Gómez Carrillo.
Capítulo concluido con la guerra, que desalojó de la pri-mera plana de los
diarios los tópicos de miscelánea, a favor de los tópicos de historia. Con su
fin vino un período de decadencia, no precisamente de la crónica, sino del
cronista. La crónica ha pasado a manos más graves, o más finas:Araquistáin o
Gómez de la Serna. El cronista tiene ahora un lugar subsidiario.
La opinión pública, “emperatriz nómade” como la
llama Lucien Romier, condecoró a Gómez Carrillo con el título de “prín-cipe de
los cronistas”. Coronación honoraria, parisiense, demo-crática, efímera, con
algo de la reina de carnaval. Gómez Carrillo ejerció su principado con la
alegría bohemia de una griseta. Tenía para todo, la maleabilidad y el mimetismo
del criollo, su pasta blanca del mundano innato.
Pertenecía literariamente a una época en que el
alma de la América española se prendó de un París finisecular y en que la prosa
y la poesía hispano-americanas se afrancesaron algo versa-
* Variedades
(Lima), (3 de diciembre de 1927); OC, v. 7, pp. 126-128; MT, t. I, pp. 650-651.
118 LITERATURAY ESTÉTICA
llescamente. Rubén Darío, hijo del trópico como
Gómez Carrillo, aunque como gran poeta más americano, menos deraciné*,
con-densa, reúne y preside este fenómeno a través del cual nuestra América no
asimiló tanto a la Sorbona como al boulevard. Boulevard arriba, boulevard
abajo, caminaba todavía Fray Candil, cuando, en 1919, me instalé yo por primera
vez en la terraza de un café de París a pocos pasos del Café Napolitano, donde
Gómez Carrillo completaba una peña instable y compósita. Pero ya ni el boulevard
ni Fray Candil interesaban como antes. Por el boulevard habían pasado la
guerra, el armisticio, la victoria. Y a la América española le había nacido un
alma nueva.
A las generaciones post-bélicas, Europa le sirve
para descubrir y entender a América. Tramonta, cada día más, esa literatura de
“emigrados” que, en la crónica, representa Gómez Carrillo. El cos-mopolitismo
–que puede parecer a algunos un rasgo común de una y otra época literaria– nos
conduce al autoctonismo. Además el cosmopolitismo de ahora es distinto del de
ayer, también cosa de boulevard, emoción de París. Gómez Carrillo visitó
Jerusalén y el Japón, sin abandonar sentimental ni literariamente su café pari-siense.
Con él viajaban siempre sus recuerdos literarios, sus clichés sentimentales. No
nos dio nunca por esto una visión directa y pro-funda de las ciudades, de los
pueblos. Amó y sintió a los paisajes, según su literatura. No descubrió jamás
un tópico origen, un senti-miento inédito. Por esto, ignoró siempre a América.
Su nomadis-mo intelectual prefería el último exotismo de moda en un París más
Henri Bataille que Paul Bourget. Jerusalén la Tierra Santa, El Japón heroico y
galante, Flores de penitencia son otras tantas esta-ciones del itinerario
sentimental de un burgués parisiense de su tiempo. Tiempo de voluptuoso y
crepuscular esnobismo que se
* Desarraigado (n. de OC).
BIBLIOTECA AYACUCHO 119
enamoraba versátil lo mismo de Mata Hari que de San
Francisco. Anatole France, Gabriel D’Annunzio, diversos pero no contrarios,
resumen su espíritu: culto galante de la “mujer fatal” sobre todas las mujeres,
epicureísmo, humanismo y donjuanismo burgueses; helenismo de biblioteca y
misticismo de menopausia; libídine fati-gada y lujo industrial y rastacuero; La
Falena y El martirio de San Sebastián. Una decadencia no es siquiera la
exasperada y frenéti-ca de La noche de Charlotemburgo. Porque no es todavía la
noche sino el crepúsculo.
Gómez Carrillo, partía de un cabaret a la Tebaida.
De su viaje libresco –literatura– no imaginación, regresaba con sus
artificiales “flores de penitencia”. Sabía que un público de gustos inestables
se serviría sus morosos y ficticios éxtasis cristianos con la misma gana que su
última crónica sobre un escándalo del demi-monde*. Cortesano de los gustos de
su clientela, Gómez Carrillo, esquivó lo difícil, se movió siempre sobre la
superficie de las cosas que era casi siempre lisa y brillante como un azulejo.
La forma en Gómez Carrillo no era estructura ni volumen; no era sino
superficie, y a lo sumo esmalte. El rasgo de la “crónica” de su tiempo era la
facili-dad. Rasgo característico. Nuestro tiempo ama y busca lo difícil; no lo
raro. La literatura difícil, como lo observa Thibaudet, con-quista por primera
vez la popularidad, el mercado.
El “cronista” típico carece de opiniones. Reemplaza
el pensa-miento con impresiones que casi siempre coinciden con las del público.
Gómez Carrillo era sobre todo un impresionista. Esto era lo que en él había de
característicamente tropical y criollo. Impre-sionismo, he allí el rasgo más
peculiar de la América española o mestiza. Impresionismo: color, esmalte,
superficie.
* Mundo de la llamada “alta sociedad” (n. de OC).
120 LITERATURAY ESTÉTICA
26
ESQUEMA DE UNA EXPLICACIÓN DE CHAPLIN*
EL TEMA CHAPLIN me parece, dentro de cualquiera
explicación de nuestra época, no menos considerable que el tema Lloyd George o
el tema Mac Donald (si le buscamos equivalentes en sólo la Gran Bretaña).
Muchos han encontrado excesiva la aserción de Henri Poulaille de que The Gold
Rush (“En pos del oro”, “La qui-mera del oro” son traducciones apenas
aproximadas de ese título), es la mejor novela contemporánea. Pero –localizando
siempre a Chaplin en su país– creo que, en todo caso, la resonancia humana de The
Gold Rush sobrepasa largamente a la del Esquema de his-toria universal de Mr.
H.G. Wells y a la del teatro de Bernard Shaw. Este es un hecho que Wells y Shaw
serían, seguramente los prime-ros en reconocer. (Shaw exagerándolo bizarra y
extremadamente, y Wells atribuyéndolo algo melancólico a la deficiencia de la
ins-trucción secundaria).
La imaginación de Chaplin elige, para sus obras,
asuntos de categoría no inferior al regreso de Matusalén o la reivindicación de
Juana de Arco: el oro, el circo. Y, además, realiza sus ideas con mayor
eficacia artística: el intelectualismo reglamentario de los
* Variedades
, (Lima), (6 y 13 de octubre de 1928); Amauta, Lima, (18, octubre de 1928), pp.
66-71; OC, v. 3, pp. 55-62; MT, t. I, pp. 514-517.
BIBLIOTECA AYACUCHO 121
guardianes del orden estético se escandalizará por
esta proposi-ción. El éxito de Chaplin se explica, según sus fórmulas mentales,
del mismo modo que el de Alejandro Dumas o Eugenio Sué. Pero, sin recurrir a
las razones de Bontempelli sobre la novela de intriga, ni suscribir su
revaluación de Alejandro Dumas, este juicio sim-plista queda descalificado tan
luego se recuerda que el arte de Chaplin es gustado, con la misma fruición, por
doctos y analfabe-tos, por literatos y por boxeadores. Cuando se habla de la
univer-salidad de Chaplin no se apela a la prueba de su popularidad. Chaplin
tiene todos los sufragios: los de la mayoría y las minorías. Su fama es a la
vez rigurosamente aristocrática y democrática. Chaplin es un verdadero tipo de
élite, para todos los que no olvida-mos que élite quiere decir electa.
La búsqueda, la conquista del oro, el gold rush ha
sido el capí-tulo romántico, la fase bohemia de la epopeya capitalista. La
época capitalista comienza en el instante en que Europa renuncia a encontrar la
teoría del oro para buscar sólo el oro real, el oro físico. El descubrimiento
de América está, por esto sobre todo, tan íntima y fundamentalmente ligado a su
historia. (Canadá y California: grandes estaciones de su itinerario). Sin duda,
la revolución capi-talista fue, principalmente, una revolución tecnológica: su
prime-ra gran victoria es la máquina; su máxima invención, el capital
financiero. Pero el capitalismo no ha conseguido nunca emanci-parse del oro, a
pesar de la tendencia de las fuerzas productoras a reducirlo a un símbolo. El
oro no ha cesado de insidiar su cuerpo y su alma. La literatura burguesa ha
negligido, sin embargo, casi totalmente este tema. En el siglo décimo nono,
sólo Wagner lo siente y lo expresa en su manera grandiosa y alegórica. La
novela del oro aparece en nuestros días: L’Or de Blaise Cendrars, Tripes d’Or
de Crommelynk, son dos especímenes distintos pero afines de esta literatura.
The Gold Rush pertenece, también, legítima-
122 LITERATURAY ESTÉTICA
mente, a ella. Por este lado, el pensamiento de
Chaplin y las imá-genes en que se vierte, nacen de una gran intuición actual.
Es inmi-nente la creación de una gran sátira contra el oro. Tenemos ya sus
anticipaciones. La obra de Chaplin aprehende algo que se agita vivamente en la
subconsciencia del mundo.
Chaplin encarna, en el cine, al bohemio. Cualquiera
que sea su disfraz, imaginamos siempre a Chaplin en la traza vagabunda de
Charlot. Para llegar a la más honda y desnuda humanidad, al más puro y callado
drama, Chaplin necesita absolutamente la pobreza y el hambre de Charlot, la
bohemia de Charlot, el romanticismo y la insolvencia de Charlot. Es difícil
definir exactamente al bohe-mio. Navarro Monzó –para quien San Francisco de
Asís, Diógenes y el propio Jesús serían la sublimación de esta estirpe espiritual–
dice que el bohemio es la antítesis del burgués. Charlot es antibur-gués por
excelencia. Está siempre listo para la aventura, para el cambio, para la
partida. Nadie lo concibe en posesión de una libre-ta de ahorros. Es un pequeño
Don Quijote, un juglar de Dios, hu-morista y andariego.
Era lógico, por tanto, que Chaplin sólo fuera capaz
de intere-sarse por la empresa bohemia, romántica del capitalismo: la de los
buscadores de oro. Charlot podía partir a Alaska, enrolado en la codiciosa y
miserable falange que salía a descubrir el oro con sus manos en la montaña
abrupta y nevada. No podía quedarse a obte-nerlo, con arte capitalista, del
comercio, de la industria, de la bolsa. La única manera de imaginar a Charlot
rico era ésta. El final de The Gold Rush –que algunos hallan vulgar, porque preferirían
que Charlot regresara a su bohemia descamisada– es absoluta-mente justo y
preciso. No obedece mínimamente a razones de téc-nica yanqui.
Toda la obra está insuperablemente construida. El
elemento sentimental, erótico, interviene en su desarrollo como medida
BIBLIOTECA AYACUCHO 123
matemática, con rigurosa necesidad artística y
biológica. Jim McKay encuentra a Charlot, su antiguo compañero de penuria y de
andanza, en el instante exacto en que Charlot, en tensión amorosa, tomará con
una energía máxima la resolución de acompañarlo en busca de la ingente mina
perdida. Chaplin, autor, sabe que la exal-tación erótica es un estado propicio
a la creación, al descubrimien-to. Como Don Quijote, Charlot tiene que
enamorarse antes de emprender su temerario viaje. Enamorado vehemente y bizarra-mente
enamorado, es imposible que Charlot no halle la mina. Ninguna fuerza, ningún
accidente, puede detenerlo. No importaría que Jim McKay, oscurecido su cerebro
por el golpe que borró su memoria y extravió su camino, se engañase. Charlot
hallaría de todos modos la mina fabulosa. Su pathos le da una fuerza
suprarre-al. La avalancha, en vendaval, son impotentes para derrotarlo. En el
borde de un precipicio, tendrá sobrada energía para rechazar la muerte y dar un
volatín sobre ella. Tiene que regresar de este viaje, millonario. ¿Y quién
podía ser, dentro de la contradicción de la vida, el compañero lógico de su
aventura victoriosa? ¿Quién, sino este Jim McKay, este tipo feroz, brutal,
absoluto, de buscador de oro que, desesperado de hambre en la montaña, quiso un
día asesi-nar a Charlot para comérselo? McKay tiene rigurosa, completa-mente,
la constitución del perfecto buscador de oro. No es excesi-va ni fantástica la
ferocidad que Chaplin le atribuye, famélico, desesperado. McKay no podía ser el
héroe cabal de esta novela si Chaplin no lo hubiese concebido resuelto, en caso
extremo, a devo-rar a su compañero. La primera obligación del buscador de oro
es vivir. Su razón es darwiniana y despiadadamente individualista.
En esta obra, Chaplin, no sólo se ha apoderado
genialmente de una idea artística de su época, sino que la ha expresado en
términos de estricta psicología científica. The Gold Rush confirma a Freud.
Desciende, en cuanto al mito, de la tetralogía wagneriana. Ar-
124 LITERATURAY ESTÉTICA
tística, espiritualmente, excede, hoy, al teatro de
Pirandello y a la novela de Proust y de Joyce.
El circo es espectáculo bohemio, arte de bohemio
por excelen-cia. Por este lado, tiene su primera y más entrañable afinidad con
Chaplin. El circo y el cinema, de otro lado, acusan un visible paren-tesco,
dentro de su autonomía de técnica y de esencia. El circo, aun-que de manera y
con estilo distintos, es movimiento de imágenes como el cinema. La pantomima es
el origen del arte cinematográfi-co, mudo por excelencia, a pesar del empeño de
hacerlo hablar. Chaplin, precisamente, procede de la pantomima, o sea del
circo. El cinema ha asesinado al teatro, en cuanto teatro burgués. Contra el
circo no ha podido hacer nada. Le ha quitado a Chaplin, artista de cinema,
espíritu de circo, en que está vivo todo lo que de bohemio, de romántico, de
nómada hay en el circo. Bontempelli ha despedi-do sin cumplimientos al viejo
teatro burgués, literario, palabrero. El viejo circo, en tanto, está vivo,
ágil, idéntico. Mientras el teatro necesita reformarse, rehacerse, retornando
al “misterio” medioe-val, al espectáculo plástico, a la técnica agonal o
circense, o acer-cándose al cinema con el acto sintético de la escena móvil, el
circo no necesita sino continuarse: en su tradición encuentra todos sus
elementos de desarrollo y prosecución.
La última película de Chaplin es,
subconscientemente, un re-torno sentimental al circo, a la pantomima. Tiene,
espiritualmente, mucho de evasión de Hollywood. Es significativo que esto no
haya estorbado sino favorecido una acabada realización cinematográfi-ca. He
encontrado en una sazonada revista de vanguardia1, reparos a El circo, como
obra artística. Opino todo lo contrario. Si lo artís-tico, en el cinema, es
sobre todo lo cinematográfico, con El circo Chaplin ha dado como nunca en el
blanco. El circo es pura y abso-
1. Pulso (Buenos Aires), Director: Alberto Hidalgo
(n. del autor).
BIBLIOTECA AYACUCHO 125
lutamente cinematográfico. Chaplin ha logrado, en
esta obra, ex-presarse sólo en imágenes. Los letreros están reducidos al
míni-mum. Y podría habérseles suprimido totalmente, sin que el espec-tador se
hubiese explicado menos la comedia.
Chaplin proviene, según un dato en que insiste
siempre su bio-grafía, de una familia de clowns, de artistas de circo. En todo
caso, él mismo ha sido clown en su juventud. ¿Qué fuerza ha podido sus-traerlo
a este arte, tan consonante con su ánima de bohemio? La atracción del cinema,
de Hollywood, no me parece la única y ni siquiera la más decisiva. Tengo el
gusto de las explicaciones histó-ricas, económicas y políticas y, aún en este
caso, creo posible intentar una, quizá más seria que humorística.
El clown inglés representa el máximo grado de
evolución del payaso. Está lo más lejos posible de esos payasos muy viciosos,
excesivos, estridentes, mediterráneos, que estamos acostumbra-dos a encontrar
en los circos viajeros, errantes. Es un mimo ele-gante, mesurado, matemático,
que ejerce su arte con una dignidad perfectamente anglicana. A la producción de
este tipo humano, la Gran Bretaña ha llegado –como a la par del pur sang de
carrera o de caza–, conforme a un darwiniano y riguroso principio de selec-ción.
La risa y el gesto del clown son una nota esencial, clásica, de la vida
británica; una rueda y un movimiento de la magnífica máquina del Imperio. El
arte del clown es un rito; su comicidad, absolutamente seria. Bernard Shaw,
metafísico y religioso, no es en su país, otra cosa que un clown que escribe.
El clown no consti-tuye un tipo, sino más bien una institución, tan respetable
como la Cámara de los Lores. El arte del clown significa el domestica-miento de
la bufonería salvaje y nómada del bohemio, según el gusto y las necesidades de
una refinada sociedad capitalista. La Gran Bretaña ha hecho con la risa del
clown de circo lo mismo que con el caballo árabe: educarlo con arte capitalista
y zootécnico,
126 LITERATURAY ESTÉTICA
para puritano recreo de su burguesía manchesteriana
y londinense.
El clown ilustra notablemente la evolución de las
especies.
Aparecido en una época de exacto y regular apogeo
británico, ningún clown, ni aún el más genial Chaplin, habría podido desertar
de su arte. La disciplina de la tradición, la mecánica de la costum-bre, no
perturbadas ni sacudidas, habrían bastado para frenar auto-máticamente
cualquier impulso de evasión. El espíritu de la severa Inglaterra corporativa
era bastante en un período de normal evolu-ción británica, para mantener la
fidelidad al oficio, al gremio. Pero Chaplin ha ingresado a la historia en un instante
en que el eje del capitalismo se desplazaba sordamente de la Gran Bretaña a
Norte América. El desequilibrio de la maquinaria británica registrado
tempranamente por su espíritu ultrasensible, ha operado sobre sus ímpetus
centrífugos y secesionistas. Su genio ha sentido la atrac-ción de la nueva
metrópoli del capitalismo. La libra esterlina bajo el dólar, la crisis de la
industria carbonera, el paro en los telares de Manchester, la agitación
autonomista de las colonias, la nota de Eugenio Chen sobre Hankow, todos estos
síntomas de un afloja-miento de la potencia británica, han sido presentidos por
Chaplin –receptor alerta de los más secretos mensajes de la época–, cuando de
una ruptura del equilibrio interno del clown, nació Charlot, el artista de
cinema. La gravitación de los Estados Unidos, en veloz crecimiento capitalista,
no podía dejar de arrancar a Chaplin a un sino de clown que se habría cumplido
normalmente hasta el fin, sin una serie de fallas en las corrientes de alta
tensión de la historia bri-tánica. ¡Qué distinto habría sido el destino de
Chaplin en la época victoriana, aunque ya entonces el cinema y Hollywood
hubiesen encendido sus reflectores!
Pero Estados Unidos no se ha asimilado
espiritualmente a Chaplin. La tragedia de Chaplin, el humorismo de Chaplin,
obtie-nen su intensidad de un íntimo conflicto entre el artista y Norte
BIBLIOTECA AYACUCHO 127
América. La salud, la energía, el élan de Norte
América retienen y excitan al artista; pero su puerilidad burguesa, su
prosaísmo arribista, repugnan al bohemio, romántico en el fondo. Norte América,
a su vez, no ama a Chaplin. Los gerentes de Hollywood, como bien se sabe, lo
estiman subversivo, antagónico. Norte América siente que en Chaplin existe algo
que le escapa. Chaplin estará siempre sindicado de bolchevismo, entre los
neo-cuáque-ros de la finanza y la industria yanquis.
De esta contradicción, de este contraste, se
alimenta uno de los más grandes y puros fenómenos artísticos contemporáneos. El
ci-nema consiente a Chaplin asistir a la humanidad en su lucha contra el dolor
con una extensión y simultaneidad que ningún artista alcanzó jamás. La imagen
de este bohemio trágicamente cómico, es un cuotidiano viático de alegría para
los cinco continentes. El arte logra, con Chaplin, el máximo de su función
hedonística y libertadora. Chaplin alivia, con su sonrisa y su traza dolidas,
la tris-teza del mundo. Y concurre a la miserable felicidad de los hombres, más
que ninguno de sus estadistas, filósofos, industriales y artistas.
128 LITERATURAY ESTÉTICA
27
EL PROCESO DE LA LITERATURA
I. TESTIMONIO
DE PARTE
LA PALABRA PROCESO tiene en este caso su acepción
judicial. No escondo ningún propósito de participar en la elaboración de la
historia de la literatura peruana. Me propongo, sólo, aportar mi testimonio a
un juicio que considero abierto. Me parece que en este proceso se ha oído hasta
ahora, casi exclusivamente, testi-monios de defensa, y que es tiempo de que se
oiga también testi-monios de acusación. Mi testimonio es convicta y
confesamente un testimonio de parte. Todo crítico, todo testigo, cumple cons-ciente
o inconscientemente, una misión. Contra lo que barata-mente pueda sospecharse,
mi voluntad es afirmativa, mi tempera-mento es de constructor, y nada me es más
antitético que el bohemio puramente iconoclasta y disolvente; pero mi misión
ante el pasado, parecer ser la de votar en contra. No me eximo de cumplirla, ni
me excuso por su parcialidad. Piero Gobetti, uno de los espíritus con quienes
siento más amorosa asonancia, escribe en uno de sus admirables ensayos: “El
verdadero realismo tiene el culto de las fuerzas que crean los resultados, no
la admiración de los resultados intelectualísticamente contemplados a priori.
El realista sabe que la historia es un reformismo, pero también que el proceso
reformístico, en vez de reducirse una diplomacia de iniciados, es producto de
los individuos en cuanto operen
BIBLIOTECA AYACUCHO 129
como revolucionarios, a través de netas
afirmaciones de contras-tantes exigencias”1.
Mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica, si
la verdadera crítica puede serlo, cosa que no creo absolutamente. Toda crítica
obedece a preocupaciones de filósofo, de político, o de moralista. Croce ha
demostrado lúcidamente que la propia crítica impresio-nista o hedonista de
Jules Lemaitre, que se suponía exenta de todo sentido filosófico, no se
sustraía más que la de Saint Beuve, al pen-samiento, a la filosofía de su
tiempo2.
1. Piero
Gobetti, Ópera crítica, parte prima, p. 88. Gobetti insiste en varios pasajes
de su obra en esta idea, totalmente concorde con el dialecticismo marxista, que
en modo absoluto excluye esas síntesis a priori tan fácilmente acariciadas por
el oportunismo mental de los intelectuales. Trazando el perfil de Domenico
Giuliotti, compañero de Papini en la aventura intelectual del Dizionario
dell’uomo salvati-co, escribe Gobetti: “A los individuos tocan las posiciones
netas; la conciliación, la transacción es obra de la historia tan sólo; es un
resultado” (op. cit., p. 82). Y en el mismo libro, al final de unos apuntes
sobre la concepción griega de la vida, afirma: “El nuevo criterio de la verdad
es un trabajo en armonía con la responsabilidad de cada uno. Estamos en el
reino de la lucha (lucha de los hombres contra los hom-bres, de las clases
contra las clases, de los Estados contra los Estados) porque sola-mente a
través de la lucha se tiemplan fecundamente las capacidades y cada uno,
defendiendo con intransigencia su puesto, colabora al proceso vital”.
2. Benedetto
Croce, Nuovi saggi di estetica, ensayo sobre la crítica literaria como
filosofía, pp. 205 a 207. El mismo volumen, descalificando con su lógica
inexora-ble las tendencias estetistas e historicistas en la historiografía
artística, ha eviden-ciado que “la verdadera crítica de arte es ciertamente
crítica estética, pero no por-que desdeñe la filosofía como la crítica
pseudoestética, sino porque obra como filosofía o concepción del arte; y es
crítica histórica, pero no porque se atenga a lo extrínseco del arte, como la
crítica pseudo-histórica, sino porque, después de haberse valido de los datos
históricos para la reproducción fantástica (y hasta aquí no es todavía
historia), obtenida ya la reproducción fantástica, se hace historia,
determinando qué cosa es aquel hecho que ha reproducido en su fantasía, esto es
caracterizando el hecho merced al concepto y estableciendo cuál es propiamente
el hecho acontecido. De modo que las dos tendencias que están en contraste en
las direcciones inferiores de la crítica, en la crítica coinciden; y ‘crítica
histórica del arte’y ‘crítica estética’son lo mismo”.
130 LITERATURAY ESTÉTICA
El espíritu del hombre es indivisible; y yo no me
duelo de esta fatalidad, por el contrario, la reconozco como una necesidad de
plenitud y coherencia. Declaro, sin escrúpulo, que traigo a la exé-gesis
literaria todas mis pasiones e ideas políticas, aunque, dado el descrédito y
degeneración de este vocablo en el lenguaje corriente, debo agregar que la
política en mí es filosofía y religión.
Pero esto no quiere decir que considere el fenómeno
literario o artístico desde puntos de vista extraestéticos, sino que mi
concep-ción estética se unimisma, en la intimidad de mi conciencia, con mis
concepciones morales, políticas y religiosas, y que, sin dejar de ser
concepción estrictamente estética, no puede operar indepen-diente o
diversamente.
Riva Agüero enjuició la literatura con evidente
criterio “civi-lista”. Su ensayo sobre “el carácter de la literatura del Perú
inde-pendiente”3 está en todas sus partes, inequívocamente transido no
3. Aunque es
un trabajo de su juventud, o precisamente por serlo, el Carácter de la
literatura del Perú independiente traduce viva y sinceramente el espíritu y el
sen-timiento de su autor. Los posteriores trabajos de crítica literaria de Riva
Agüero, no rectifican fundamentalmente esta tesis. El Elogio del Inca Garcilaso
por la exalta-ción del genial criollo y de sus Comentarios reales podría haber
sido el preludio de una nueva actitud. Pero en realidad, ni una fuerte
curiosidad de erudito por la his-toria inkaica, ni una fervorosa tentativa de
interpretación del paisaje serrano, han disminuido en el espíritu de Riva
Agüero la fidelidad a la Colonia. La estada en España ha agitado, en la medida
que todos saben, su fondo conservador y virrei-nal. En un libro escrito en
España, El Perú histórico y artístico. Influencia y des-cendencia de los
montañeses en él. Santander: [s.l.], 1921, manifiesta una consi-deración
acentuada de la sociedad inkaica; pero en esto no hay que ver sino prudencia y
ponderación de estudioso, en cuyos juicios pesa la opinión de Garcilaso y de
los cronistas más objetivos y cultos. Riva Agüero constata que: “Cuando la
Conquista, el régimen social del Perú entusiasmó a observadores tan
escrupulosos como Cieza de León y a hombres tan doctos como el licenciado Polo
de Ondegardo, el oidor Santillán, el jesuita autor de la Relación Anónima y el
P. José de Acosta. Y, ¿quién sabe si en las veleidades socializantes y de
reglamenta-ción agraria del ilustre Mariana y de Pedro de Valencia (el discípulo
de Arias Montano) no influiría, a más de la tradición platónica, el dato
contemporáneo de
BIBLIOTECA AYACUCHO 131
sólo de conceptos políticos sino aun de
sentimientos de casta. Es simultáneamente una pieza de historiografía literaria
y de reivin-dicación política.
El espíritu de casta de los “encomenderos”
coloniales, inspira sus esenciales proposiciones críticas que casi
invariablemente se resuelven en españolismo, colonialismo, aristocratismo. Riva
Agüero no prescinde de sus preocupaciones políticas y sociales, sino en la
medida en que juzga la literatura con normas de precep-tista, de académico, de
erudito; y entonces su prescindencia es sólo aparente porque, sin duda, nunca
se mueve más ordenadamente su espíritu dentro de la órbita escolástica y
conservadora. Ni disimula demasiado Riva Agüero el fondo político de su
crítica, al mezclar a sus valoraciones literarias consideraciones
antihistóricas respecto al presunto error en que incurrieron los fundadores de
la indepen-dencia prefiriendo la república a la monarquía, y vehementes
impugnaciones de la tendencia a oponer a los oligárquicos partidos
tradicionales, partidos de principios, por el temor de que provoquen combates
sectarios y antagonismos sociales. Pero Riva Agüero no podía confesar
explícitamente la trama política de su exégesis: pri-mero, porque sólo
posteriormente a los días de su obra, hemos aprendido a ahorrarnos muchos
disimulos evidentes e inútiles;
la organización inkaica, que tanto impresionó a
cuantos la estudiaron?”. No se exime Riva Agüero de rectificaciones como la de
su primitiva apreciación de Ollantay, reconocido haber “exagerado mucho la
inspiración castellana de la actual versión en una nota del ensayo sobre el
Carácter de la literatura del Perú independiente” y que, en vista de estudios
últimos, si Ollantay, sigue apareciendo como obra de un refundidor de la
Colonia; “hay que admitir que el plan, los pro-cedimientos poéticos, todos los cantares
y muchos trozos son de tradición incaica, apenas levemente alterados por el
redactor”. Ninguna de estas leales comproba-ciones de estudioso, anula empero
el propósito ni el criterio de la obra, cuyo tono general es el de un
recrudecido españolismo que, como homenaje a la metrópoli, tiende a reivindicar
el españolismo “arraigado” del Perú.
132 LITERATURAY ESTÉTICA
segundo, porque condición de predominio de su clase
–la aristocra-cia “encomendera”– era, precisamente, la adopción formal de los
principios e instituciones de otra clase –la burguesía liberal– y, aun-que se
sintiese íntimamente monárquica, española y tradicionalista, esa aristocracia
necesitaba conciliar anfibológicamente su senti-miento reaccionario con la
práctica de una política republicana y capitalista y el respeto de una
constitución demoburguesa.
Concluida la época de incontestada autoridad
“civilista”, en la vida intelectual del Perú, la tabla de valores establecida
por Riva Agüero ha pasado a revisión con todas las piezas filiares y anexas4.
Por mi parte, a su inconfesa parcialidad “civilista” o colonialista enfrento mi
explícita parcialidad revolucionaria o socialista. No me atribuyo mesura ni
equidad de árbitro: declaro mi pasión y mi beligerancia de opositor. Los
arbitrajes, las conciliaciones se ac-túan en la historia, y a condición de que
las partes se combatan con copioso y extremo alegato.
II. LA
LITERATURA DE LA COLONIA
Materia primaria de unidad de toda literatura es el
idioma. La literatura española, como la italiana y la francesa, comienzan con
los primeros cantos y relatos escritos en esas lenguas. Sólo a partir de la
4. Discuto y
critico preferentemente la tesis de Riva Agüero porque la estimo la más
representativa y dominante, y el hecho de que a sus valoraciones se ciñan
estu-dios posteriores, deseosos de imparcialidad crítica y ajenos a sus motivos
políti-cos, me parece una razón más para reconocerle un carácter central y un
poder fecundador. Luis Alberto Sánchez, en el primer volumen de La literatura
peruana, admite que García Calderón en Del romanticismo al modernismo, dedicado
a Riva Agüero, glosa, en verdad el libro de éste; y aunque años más tarde se
documentara mejor para escribir su síntesis de La literatura peruana, no
aumenta muchos datos a los ya apuntados por su amigo y compañero, el autor de
La historia en el Perú, ni una orientación nueva, ni acude a la fuente popular
indispensable.
BIBLIOTECA AYACUCHO 133
producción de obras propiamente artísticas, de
méritos perdurables, en español, italiano y francés, aparecen respectivamente
las litera-turas española, italiana y francesa. La diferenciación de estas
len-guas del latín no estaba aún acabada, y del latín se derivaban
direc-tamente todas ellas, consideradas por mucho tiempo como lenguaje popular.
Pero la literatura nacional de dichos pueblos latinos nace, históricamente, con
el idioma nacional, que es el primer elemento de demarcación de los confines
generales de una literatura.
El florecimiento de las literaturas nacionales
coincide, en la historia de Occidente, con la afirmación política de la idea
nacio-nal. Forma parte del movimiento que, a través de la Reforma y el
Renacimiento, creó los factores ideológicos y espirituales de la revolución
liberal y del orden capitalista. La unidad de la cultura europea, mantenida
durante el Medioevo, por el latín y el Papado, se rompió a causa de la
corriente nacionalista, que tuvo una de sus expresiones en la individualización
nacional de las literaturas. El “nacionalismo” en la historiografía literaria,
es por tanto un fenó-meno de la más pura raigambre política, extraño a la
concepción estética del arte. Tiene su más vigorosa definición en Alemania,
desde la obra de los Schlegel, que renueva profundamente la críti-ca y la
historiografía literarias. Francesco de Sanctis –autor de la justamente célebre
Storia della letteratura italiana, de la cual Brunetière escribía con fervorosa
admiración, “esta historia de la literatura italiana que yo no me canso de
citar y que no se cansan en Francia de no leer”– considera característico de la
crítica ochocen-tista “quel pregio de la nazionalitá, tanto stimato dai critici
mo-derni e pel cuale lo Schlegel esalta il Calderón, nazionalissimo spagnuolo e
deprime il Metastasio non punto italiano”5.
La literatura nacional es en el Perú, como la
nacionalidad misma, de irrenunciable filiación española. Es una literatura
es-crita, pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en
134 LITERATURAY ESTÉTICA
la sintaxis y prosodia del idioma, la influencia
indígena sea en algunos casos más o menos palmaria e intensa. La civilización
autóctona no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente
a la literatura, o más bien, ésta se detuvo en la etapa de los aedas, de las
leyendas y de las representaciones coreográfi-co-teatrales. La escritura y la
gramática quechuas son en su origen obra española y los escritos quechuas
pertenecen totalmente a lite-ratos bilingües como El Lunarejo, hasta la aparición
de Inocencio Mamani, el joven autor de Tucuípac Munashcan6. La lengua
caste-llana, más o menos americanizada, es el lenguaje literario y el
ins-trumento intelectual de esta nacionalidad cuyo trabajo de defini-ción aún
no ha concluido.
En la historiografía literaria, el concepto de
literatura nacional del mismo modo que no es intemporal, tampoco es demasiado
con-creto. No traduce una realidad mensurable e idéntica. Como toda
sistematización, no aprehende sino aproximadamente la movili-dad de los hechos.
(La nación misma es una abstracción, una ale-
5. Francesco
de Sanctis, Teoria e storia della letteratura, v. I, p. 186. Ya que he citado
los Nuovi saggi di estetica de Croce, no debo dejar de recordar que,
repro-bando las preocupaciones excesivamente nacionalista y modernista,
respectiva-mente, de las historias literarias de Adolfo Bartels y Ricardo
Mauricio Meyer, Croce sostiene: “que no es verdad que los poetas y los otros
artistas sean expresión de la conciencia nacional, de la raza, de la estirpe,
de la clase, o de cualquiera otra cosa símil”. La reacción de Croce contra el
desorbitado nacionalismo de la histo-riografía literaria del siglo diecinueve,
al cual sin embargo escapan obras como la de George Brandes, espécimen
extraordinario de buen europeo, es extremada y excesiva como toda reacción; pero
responde, en el universalismo vigilante y gene-roso de Croce, a la necesidad de
resistir a las exageraciones de la imitación de los imperiales modelos
germanos.
6. Véase en
Amauta, Nos 12 y 14, las noticias y comentarios de Gabriel Collazos y José
Gabriel Cossio sobre la comedia quechua de Inocencio Mamani, a cuya ges-tación
no es probablemente extraño el ascendiente fecundador de Gamaliel Churata.
BIBLIOTECA AYACUCHO 135
goría, un mito, que no corresponde a una realidad
constante y pre-cisa, científicamente determinable). Remarcando el carácter de
excepción de la literatura hebrea, De Sanctis constata lo siguiente:
“Verdaderamente una literatura del todo nacional es una quimera. Tendría ella
por condición un pueblo perfectamente aislado como se dice que es la China
(aunque también en la China han penetrado hoy los ingleses). Aquella
imaginación y aquel estilo que se llama hoy orientalismo, no es nada de
particular al Oriente, sino más bien es del septentrión y de todas las
literaturas barbáricas y nacientes. La poesía griega tenía de la asiática, y la
latina de la griega y la ita-liana de la griega y la latina”7.
El dualismo quechua-español del Perú, no resuelto
aún, hace de la literatura nacional un caso de excepción que no es posible
estudiar con el método válido para las literaturas orgánicamente nacionales,
nacidas y crecidas sin la intervención de una conquista. Nuestro caso es
diverso del de aquellos pueblos de América, donde la misma dualidad no existe,
o existe en términos inocuos. La indi-vidualidad de la literatura argentina,
por ejemplo, está en estricto acuerdo con una definición vigorosa de la personalidad
nacional.
La primera etapa de la literatura peruana no podía
eludir la suerte que le imponía su origen. La literatura de los españoles de la
Colonia no es peruana; es española. Claro está que no por estar escrita en
idioma español, sino por haber sido concebida con espí-ritu y sentimiento
españoles. A este respecto, me parece que no hay discrepancia. Gálvez,
hierofante del culto al Virreinato en su literatura, reconoce como crítico que
“la época de la Colonia no produjo sino imitadores serviles e inferiores de la
literatura espa-ñola y especialmente la gongórica de la que tomaron sólo lo
hin-chado y lo malo y que no tuvieron la comprensión ni el sentimien-
7. De Sanctis, op. cit., pp. 186 y 187.
136 LITERATURAY ESTÉTICA
to del medio, exceptuando a Garcilaso, que sintió
la naturaleza y a Caviedes que fue personalísimo en sus agudezas y que en
ciertos aspectos de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser
considerado como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz
Soldán”8.
Las dos excepciones, mucho más la primera que la
segunda, son incontestables. Garcilaso, sobre todo, es una figura solitaria en
la literatura de la Colonia. En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos
culturas. Pero Garcilaso es más inka que conquistador, más quechua que español.
Es, también, un caso de excepción. Y en esto residen precisamente su
individualidad y su grandeza.
Garcilaso nació del primer abrazo, del primer
amplexo fecun-do de las dos razas, la conquistadora y la indígena. Es,
histórica-mente, el primer “peruano”, si entendemos la “peruanidad” como una
formación social, determinada por la conquista y la coloniza-ción españolas.
Garcilaso llena con su nombre y su obra una etapa entera de la literatura
peruana. Es el primer peruano, sin dejar de ser español. Su obra, bajo su
aspecto histórico-estético, pertenece a la épica española. Es inseparable de la
máxima epopeya de España: el descubrimiento y conquista de América.
Colonial, española, aparece la literatura peruana,
en su origen, hasta por los géneros y asuntos de su primera época. La infancia
de toda literatura, normalmente desarrollada, es la lírica9. La literatu-
8. José
Gálvez, Posibilidad de una genuina literatura nacional, p. 7.
9. De Sanctis,
en su Teoria e storia della letteratura (p. 205) dice: “El hombre, en el arte
como en la ciencia, parte de la subjetividad y por esto la lírica es la primera
forma de la poesía. Pero de la subjetividad pasa después a la objetividad y se
tiene la narración, en la cual la conmoción subjetiva es incidental y
secundaria. El campo de la lírica es lo ideal, de la narración lo real: en la
primera, la impresión es fin, la acción es ocasión; en la segunda sucede lo
contrario; la primera no se disuel-ve en prosa sino destruyéndose; la segunda
se resuelve en la prosa que es su natu-ral tendencia”.
BIBLIOTECA AYACUCHO 137
ra oral indígena obedeció, como todas, esta ley. La
Conquista tras-plantó al Perú, con el idioma español, una literatura ya
evolucio-nada, que continuó en la Colonia su propia trayectoria. Los espa-ñoles
trajeron un género narrativo bien desarrollado que del poema épico avanzaba ya
a la novela. Y la novela caracteriza la etapa lite-raria que empieza con la
Reforma y el Renacimiento. La novela es, en buena cuenta, la historia del
individuo de la sociedad burguesa; y desde este punto de vista no está muy desprovisto
de razón Ortega y Gasset cuando registra la decadencia de la novela. La novela
renacerá, sin duda, como arte realista, en la sociedad prole-taria; pero, por
ahora, el relato proletario, en cuanto expresión de la epopeya revolucionaria,
tiene más de épica que de novela pro-piamente dicha. La épica medioeval, que
decaía en Europa en la época de la Conquista, encontraba aquí los elementos y
estímulos de un renacimiento. El conquistador podía sentir y expresar
épica-mente la Conquista. La obra de Garcilaso está, sin duda, entre la épica y
la historia. La épica, como observa muy bien De Sanctis, pertenece a los
tiempos de lo maravilloso10. La mejor prueba de la irremediable mediocridad de
la literatura de la Colonia la tenemos en que, después de Garcilaso, no ofrece
ninguna original creación épica. La temática de los literatos de la Colonia es,
generalmente, la misma de los literatos de España, y siendo repetición o
conti-nuación de ésta, se manifiesta siempre en retardo, por la distancia. El
repertorio colonial se compone casi exclusivamente de títulos que a leguas
acusan el eruditismo, el escolasticismo, el clasicismo trasnochado de los
autores. Es un repertorio de rapsodias y ecos, si
10. “Son
los tiempos de lucha –escribe De Sanctis– en los cuales la humanidad asciende
de una idea a la otra y el intelecto no triunfa sin que la fantasía sea
sacu-dida: cuando una idea ha triunfado y se desenvuelve en ejercicio pacífico
no se tiene más la épica, sino la historia. El poema épico, por tanto, se puede
definir como la historia ideal de la humanidad en su paso de una idea a otra”
(ibid., p. 207).
138 LITERATURAY ESTÉTICA
no de plagios. El acento más personal es, en
efecto, el de Caviedes, que anuncia el gusto limeño por el tono festivo y
burlón. El Lu-narejo, no obstante su sangre indígena, sobresalió sólo como
gon-gorista, esto es en una actitud característica de una literatura vieja que,
agotado ya el Renacimiento, llegó al barroquismo y al cultera-nismo. El
Apologético en favor de Góngora desde este punto de vista, está dentro de la
literatura española.
III. EL
COLONIALISMO SUPÉRSTITE
Nuestra literatura no cesa de ser española en la
fecha de la fun-dación de la República. Sigue siéndolo por muchos años, ya en
uno, ya en otro trasnochado eco del clasicismo o del romanticismo de la
metrópoli. En todo caso, si no española, hay que llamarla por luengos años,
literatura colonial.
Por el carácter de excepción de la literatura
peruana, su estudio no se acomoda a los usados esquemas de clasicismo,
romanticismo y modernismo, de antiguo, medioeval y moderno, de poesía popu-lar
y literaria, etc. Y no intentaré sistematizar este estudio confor-me la
clasificación marxista en literatura feudal o aristocrática, burguesa y
proletaria. Para no agravar la impresión de que mi ale-gato está organizado
según un esquema político o clasista y con-formarlo más bien a un sistema de
crítica e historia artística, puedo construirlo con otro andamiaje, sin que
esto implique otra cosa que un método de explicación y ordenación, y por ningún
motivo una teoría que prejuzgue e inspire la interpretación de obras y autores.
Una teoría moderna –literaria, no sociológica–
sobre el proce-so normal de la literatura de un pueblo distingue en él tres
períodos: un período colonial, un período cosmopolita, un período nacional.
Durante el primer período un pueblo, literariamente, no es sino una colonia,
una dependencia de otro. Durante el segundo período, asi-
BIBLIOTECA AYACUCHO 139
mila simultáneamente elementos de diversas
literaturas extranje-ras. En el tercero, alcanza una expresión bien modulada su
propia personalidad y su propio sentimiento. No prevé más esta teoría de la
literatura. Pero no nos hace falta, por el momento, un sistema más amplio.
El ciclo colonial se presenta en la literatura
peruana muy pre-ciso y muy claro. Nuestra literatura no sólo es colonial en ese
ciclo por su dependencia y su vasallaje a España; lo es, sobre todo, por su
subordinación a los residuos espirituales y materiales de la Colonia. Don
Felipe Pardo, a quien Gálvez arbitrariamente consi-dera como uno de los
precursores del peruanismo literario, no repudiaba la república y sus
instituciones por simple sentimiento aristocrático; las repudiaba, más bien,
por sentimiento godo. Toda la inspiración de su sátira –asaz mediocre por lo
demás– procede de su mal humor de corregidor o de “encomendero” a quien una
revolución ha igualado, en la teoría si no en el hecho, con los mes-tizos y los
indígenas. Todas las raíces de su burla están en su ins-tinto de casta. El
acento de Pardo y Aliaga no es el de un hombre que se siente peruano sino el de
un hombre que se siente español en un país conquistado por España para los
descendientes de sus capi-tanes y de sus bachilleres.
Este mismo espíritu, en menores dosis, pero con los
mismos resultados, caracteriza casi toda nuestra literatura hasta la
genera-ción “colónida” que, iconoclasta ante el pasado y sus valores, acata,
como su maestro, a González Prada y saluda, como su precursor a Eguren, esto es
a los dos literatos más liberados de españolismo.
¿Qué cosa mantiene viva durante tanto tiempo en
nuestra lite-ratura la nostalgia de la Colonia? No es por cierto únicamente el
pasadismo individual de los literatos. La razón es otra. Para descu-brirla hay
que sondear en un mundo más complejo que el que abar-ca regularmente la mirada
del crítico.
140 LITERATURAY ESTÉTICA
La literatura de un pueblo se alimenta y se apoya
en su subs-tractum económico y político. En un país dominado por los
des-cendientes de los “encomenderos” y los oidores del Virreinato, nada era más
natural, por consiguiente, que la serenata bajo sus bal-cones. La autoridad de
la casta feudal reposaba en parte sobre el prestigio del Virreinato. Los
mediocres literatos de una república que se sentía heredera de la Conquista no
podían hacer otra cosa que trabajar por el lustre y brillo de los blasones virreinales.
Única-mente los temperamentos superiores –precursores siempre, en todos los
pueblos y en todos los climas, de las cosas por venir– eran capaces de
sustraerse a esta fatalidad histórica, demasiado impe-riosa para los clientes
de la clase latifundista.
La flaqueza, la anemia, la flacidez de nuestra
literatura colo-nial y colonialista provienen de su falta de raíces. La vida,
como lo afirmaba Wilson, viene de la tierra. El arte tiene necesidad de
ali-mentarse de la savia de una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en
el Perú la literatura no ha brotado de la tradición, de la histo-ria, del
pueblo indígenas. Nació de una importación de literatura española; se nutrió
luego de la imitación de la misma literatura. Un enfermo cordón umbilical la ha
mantenido unida a la metrópoli. Por eso no hemos tenido casi sino barroquismo y
culteranismo de clérigos y oidores, durante el coloniaje; romanticismo y
trovado-rismo mal trasegados de los bisnietos de los mismos oidores y
clé-rigos, durante la República.
La literatura colonial, malgrado algunas solitarias
y raquíticas evocaciones al imperio y sus fastos, se ha sentido extraña al
pasado inkaico. Ha carecido absolutamente de aptitud e imaginación para
reconstruirlo. A su historiógrafo Riva Agüero esto le ha parecido muy lógico.
Vedado de estudiar y denunciar esta incapacidad, Riva Agüero se ha apresurado a
justificarla, suscribiendo con compla-cencia y convicción el juicio de un
escritor de la metrópoli. “Los
BIBLIOTECA AYACUCHO 141
sucesos del Imperio Incaico –escribe– según el muy
exacto decir de un famoso crítico (Menéndez Pelayo) nos interesan tanto como
pudieran interesarnos a los españoles de hoy las historias y conse-jas de los
Turdetanos y Sarpetanos”. Y en las conclusiones del mismo ensayo dice: “El
sistema que para americanizar la literatu-ra se remonta hasta los tiempos
anteriores a la Conquista, y trata de hacer vivir poéticamente las
civilizaciones quechua y azteca, y las ideas y los sentimientos de los
aborígenes, me parece el más estre-cho e infecundo. No debe llamársele
americanismo sino exotismo. Ya lo han dicho Menéndez Pelayo, Rubio y Juan
Valera; aquellas civilizaciones o semicivilizaciones murieron, se extinguieron,
y no hay modo de reanudar su tradición, puesto que no dejaron lite-ratura. Para
los criollos de raza española, son extranjeras y pere-grinas y nada nos liga
con ellas; y extranjeras y peregrinas son tam-bién para los mestizos y los
indios cultos, porque la educación que han recibido los ha europeizado por
completo. Ninguno de ellos se encuentra en la situación de Garcilaso de la
Vega”. En opinión de Riva Agüero –opinión característica de un descendiente de
la Conquista, de un heredero de la Colonia, para quien constituyen artículos de
fe los juicios de los eruditos de la Corte– “recursos mucho más abundantes
ofrecen las expediciones españolas del XVI y las aventuras de la Conquista”11.
Adulta ya la República, nuestros literatos no han
logrado sentir el Perú sino como una colonia de España. A España partía, en pos
no sólo de modelos sino también de temas, su imaginación domestica-da. Ejemplo:
la Elegía a la muerte de Alfonso XII de Luis Benjamín Cisneros, que fue sin
embargo, dentro de la desvaída y ramplona tropa romántica, uno de los espíritus
más liberales y ochocentistas.
11. José
de la Riva Agüero, Carácter de la literatura del Perú independiente, Li-ma,
1905.
142 LITERATURAY ESTÉTICA
El literato peruano no ha sabido casi nunca
sentirse vinculado al pueblo. No ha podido ni ha deseado traducir el penoso
trabajo de formación de un Perú integral, de un Perú nuevo. Entre el Inkario y
la Colonia, ha optado por la Colonia. El Perú nuevo era una nebu-losa. Sólo el
Inkario y la Colonia existían neta y definidamente. Y entre la balbuceante
literatura peruana y el Inkario y el indio se interponía, separándolos e
incomunicándolos, la Conquista.
Destruida la civilización inkaica por España,
constituido el nuevo Estado sin el indio y contra el indio, sometida la raza
abori-gen a la servidumbre, la literatura peruana tenía que ser criolla,
cos-teña, en la proporción en que dejara de ser española. No pudo con esto
surgir en el Perú una literatura vigorosa. El cruzamiento del invasor con el
indígena no había producido en el Perú un tipo más o menos homogéneo. A la
sangre ibera y quechua se había mezcla-do un copioso torrente de sangre
africana. Más tarde la importación de coolíes debía añadir a esta mezcla un
poco de sangre asiática. Por ende, no había un tipo sino diversos tipos de
criollos, de mesti-zos. La función de tan disímiles elementos étnicos se
cumplía, por otra parte, en un tibio y sedante pedazo de tierra baja, donde una
naturaleza indecisa y negligente no podía imprimir en el blando producto de
esta experiencia sociológica un fuerte sello individual.
Era fatal que lo heteróclito y lo abigarrado de
nuestra compo-sición étnica trascendiera a nuestro proceso literario. El orto
de la literatura peruana no podía semejarse, por ejemplo, al de la litera-tura
argentina. En la república del sur, el cruzamiento del europeo y del indígena
produjo al gaucho. En el gaucho se fundieron perdu-rable y fuertemente la raza
forastera y conquistadora y la raza abo-rigen. Consiguientemente la literatura
argentina –que es entre las literaturas iberoamericanas la que tiene tal vez
más personalidad– está permeada de sentimiento gaucho. Los mejores literatos
argen-tinos han extraído del estrato popular sus temas y sus personajes.
BIBLIOTECA AYACUCHO 143
Santos Vega, Martín Fierro,Anastasio el Pollo,
antes que en la ima-ginación artística, vivieron en la imaginación popular. Hoy
mismo la literatura argentina, abierta a las más modernas y distintas
influencias cosmopolitas, no reniega su espíritu gaucho. Por el contrario, lo
reafirma altamente. Los más ultraístas poetas de la nueva generación se
declaran descendientes del gaucho Martín Fierro y de su bizarra estirpe de
payadores. Uno de los más satura-dos de occidentalismo y modernidad, Jorge Luis
Borges, adopta frecuentemente la prosodia del pueblo.
Discípulos de Listas y Hermosillas, los literatos
del Perú inde-pendiente, en cambio, casi invariablemente desdeñaron la plebe.
Lo único que seducía y deslumbraba su cortesana y pávida fantasía de
hidalgüelos de provincia era lo español, lo virreinal. Pero España estaba muy
lejos. El Virreinato –aunque subsistiese el régimen feu-dal establecido por los
conquistadores– pertenecía al pasado. Toda la literatura de esta gente da, por
esto, la impresión de una literatura desarraigada y raquítica, sin raíces en su
presente. Es una literatura de implícitos “emigrados”, de nostálgicos
sobrevivientes.
Los pocos literatos vitales, en esta palúdica y
clorótica teoría de cansinos y chafados retores, son los que de algún modo
traduje-ron al pueblo. La literatura peruana es una pesada e indigesta
rap-sodia de la literatura española, en todas las obras en que ignora al Perú
viviente y verdadero. El ay indígena, la pirueta zamba, son las notas más
animadas y veraces de esta literatura sin alas y sin vérte-bras. En la trama de
las Tradiciones ¿no se descubre en seguida la hebra del chispeante y chismoso
medio pelo limeño? Esta es una de las fuerzas vitales de la prosa del
tradicionista. Melgar, desde-ñado por los académicos, sobrevivirá a Althaus, a
Pardo y a Sala-verry, porque en sus yaravíes encontrará siempre el pueblo un
vis-lumbre de su auténtica tradición sentimental y de su genuino pasado
literario.
144 LITERATURAY ESTÉTICA
IV. RICARDO PALMA, LIMAY LA COLONIA
El colonialismo –evocación nostálgica del
Virreinato– preten-de anexarse la figura de don Ricardo Palma. Esta literatura
servil y floja, de sentimentaloides y retóricos, se supone consustanciada con
las Tradiciones. La generación “futurista”, que más de una vez he calificado
como la más pasadista de nuestras generaciones, ha gastado la mejor parte de su
elocuencia en esta empresa de acapa-ramiento de la gloria de Palma. Es este el
único terreno en el que ha maniobrado con eficacia. Palma aparece oficialmente
como el máximo representante del colonialismo.
Pero si se medita seriamente sobre la obra de Palma
confron-tándola con el proceso político y social del Perú y con la inspira-ción
del género colonialista, se descubre lo artificioso y lo conven-cional de esta
anexión. Situar la obra de Palma dentro de la literatura colonialista es no
sólo empequeñecerla sino también deformarla. Las Tradiciones no pueden ser
identificadas con una literatura de reverente y apologética exaltación de la
Colonia y sus fastos, absolutamente peculiar y característica, en su tonalidad
y en su espíritu, de la académica clientela de la casta feudal.
Don Felipe Pardo y don José Antonio de Lavalle,
conservado-res convictos y confesos, evocaban la Colonia con nostalgia y con
unción. Ricardo Palma, en tanto, la reconstruía con un realismo burlón y una
fantasía irreverente y satírica. La versión de Palma es cruda y viva. La de los
prosistas y poetas de la serenata bajo los bal-cones del Virreinato, tan grata
a los oídos de la gente ancien régi-me, es devota y ditirámbica. No hay ningún
parecido sustancial, ningún parentesco psicológico entre una y otra versión.
La suerte bien distinta de una y otra se explica
fundamental-mente por la diferencia de calidad; pero se explica también por la
diferencia de espíritu. La calidad es siempre espíritu. La obra pesa-
BIBLIOTECA AYACUCHO 145
da y académica de Lavalle y otros colonialistas ha
muerto porque no puede ser popular. La obra de Palma vive, ante todo, porque
puede y sabe serlo.
El espíritu de las Tradiciones no se deja
mistificar. Es dema-siado evidente en toda la obra. Riva Agüero que, en su
estudio sobre el carácter de la literatura del Perú independiente, de acuer-do
con los intereses de su gens y de su clase, lo coloca dentro del colonialismo,
reconoce en Palma, “perteneciente a la generación que rompió con el
amaneramiento de los escritores del coloniaje”, a un literato “liberal e hijo
de la República”. Se siente a Riva Agüe-ro íntimamente descontento del espíritu
irreverente y heterodoxo de Palma.
Riva Agüero trata de rechazar este sentimiento,
pero sin poder evitar que aflore netamente en más de un pasaje de su discurso.
Constata que Palma “al hablar de la Iglesia, de los jesuitas, de la nobleza, se
sonríe y hace sonreír al lector”. Cuida de agregar que “con sonrisa tan fina
que no hiere”. Dice que no será él quien le reproche su volterianismo. Pero
concluye confesando así su ver-dadero sentimiento: “A veces la burla de Palma,
por más que sea benigna y suave, llega a destruir la simpatía histórica. Vemos
que se encuentra muy desligado de las añejas preocupaciones, y que, a fuerza de
estar libre de esas ridiculeces, no las comprende; y una ligera nube de
indiferencia y desapego se interpone entonces entre el asunto y el escritor”12.
Si el propio crítico e historiógrafo de la
literatura peruana que ha juntado, solidarizándolos, el elogio de Palma y la
apología de la Colonia, reconoce tan explícitamente la diferencia fundamental
de sentimiento que distingue a Palma de Pardo y de Lavalle, ¿cómo se
12. Ibid., p. 155.
146 LITERATURAY ESTÉTICA
ha creado y mantenido el equívoco de una
clasificación que vir-tualmente los confunde y reúne? La explicación es fácil.
Este equí-voco se ha apoyado, en su origen, en la divergencia personal entre
Palma y González Prada; se ha alimentado, luego, del contraste espiritual entre
“palmistas” y “pradistas”. Haya de la Torre, en una carta sobre Mercurio
Peruano, a la revista Sagitario de la Plata tiene una observación acertada:
“Entre Palma que se burlaba y Prada que azotaba, los hijos de ese pasado y de
aquellas castas doblemente zaheridas prefirieron el alfilerazo al látigo”13.
Pertenece al mismo Haya una precisa y, a mi juicio, oportuna e inte-ligente
mise au point sobre el sentido histórico y político de las Tradiciones.
“Personalmente –escribe–, creo que Palma fue tradi-cionista pero no
tradicionalista. Creo que Palma hundió la pluma en el pasado para luego
blandirla en alto y reírse de él. Ninguna ins-titución u hombre de la Colonia y
aun de la República escapó a la mordedura tantas veces tan certera de la ironía,
el sarcasmo y siem-pre el ridículo de la jocosa crítica de Palma. Bien sabido
es que el clero católico tuvo en la literatura de Palma un enemigo y que sus
Tradiciones son el horror de frailes y monjas. Pero por una curiosa paradoja,
Palma se vio rodeado, adulado y desvirtuado por una troupe de gente
distinguida, intelectuales, católicos, niños bien y admiradores de apellidos
sonoros”14.
No hay nada de extraño ni de insólito en que esta
penetrante aclaración del sentido y la filiación de las Tradiciones venga de un
escritor que jamás ha oficiado de crítico literario. Para una inter-pretación
profunda del espíritu de una literatura, la mera erudición literaria no es
suficiente. Sirven más la sensibilidad política y la
13. Sagitario,
No 3, (1926); y en Por la emancipación de la América Latina (Buenos Aires),
(1927), p. 139.
14. Op.
cit., p. 139.
BIBLIOTECA AYACUCHO 147
clarividencia histórica. El crítico profesional
considera la literatu-ra en sí misma. No percibe sus relaciones con la
política, la econo-mía, la vida en su totalidad. De suerte que su investigación
no llega al fondo, a la esencia de los fenómenos literarios. Y, por
consi-guiente, no acierta a definir los oscuros factores de su génesis ni de su
subconsciencia.
Una historia de la literatura peruana que tenga en
cuenta las raíces sociales y políticas de ésta, cancelará la convención contra
la cual hoy sólo una vanguardia protesta. Se verá entonces que Palma está menos
lejos de González Prada de lo que hasta ahora parece15.
Las Tradiciones de Palma tienen, política y
socialmente, una filiación democrática. Palma interpreta al medio pelo. Su
burla roe risueñamente el prestigio del Virreinato y el de la aristocracia.
Traduce el malcontento zumbón del demos criollo. La sátira de las Tradiciones
no cala muy hondo ni golpea muy fuerte; pero, precisamente por esto, se
identifica con el humor de un demos blando, sensual y azucarado. Lima no podía
producir otra litera-tura. Las Tradiciones, agotan sus posibilidades. A veces
se exce-den a sí mismas.
Si la revolución de la Independencia hubiese sido
en el Perú la obra de una burguesía más o menos sólida, la literatura
republica-na habría tenido otro tono. La nueva clase dominante se habría
expresado, al mismo tiempo, en la obra de sus estadistas, y en el verbo, el
estilo y la actitud de sus poetas, de sus novelistas y de sus críticos. Pero en
el Perú el advenimiento de la República no repre-sentó el de una nueva clase
dirigente.
15. En
una carta a Amauta (No 4), Haya, impulsado por su entusiasmo, exagera, sin
duda, esta reivindicación.
148 LITERATURAY ESTÉTICA
La onda de la revolución era continental: no era
casi peruana. Los liberales, los jacobinos, los revolucionarios peruanos, no
cons-tituían sino un manípulo. La mejor savia, la más heroica energía, se
gastaron en las batallas y en los intervalos de la lucha. La República no
reposaba sino en el ejército de la revolución. Tuvimos, por esto, un
accidentado, un tormentoso período de interinidad militar. Y no habiendo podido
cuajar en este período la clase revolucionaria, resurgió automáticamente la
clase conservadora. Los “encomende-ros” y terratenientes que, durante la
revolución de la Independencia oscilaron ambiguamente, entre patriotas y
realistas, se encargaron francamente de la dirección de la República. La
aristocracia colo-nial y monárquica se metamorfoseó, formalmente, en burguesía
republicana. El régimen económico-social de la Colonia se adaptó externamente a
las instituciones creadas por la revolución. Pero la saturó de su espíritu
colonial.
Bajo un frío liberalismo de etiqueta, latía en esta
casta la nos-talgia del Virreinato perdido.
El demos criollo o, mejor, limeño, carecía de
consistencia y de originalidad. De rato en rato lo sacudía la clarinada
retórica de algún caudillo incipiente. Mas, pasado el espasmo, caía de nuevo en
su muelle somnolencia. Toda su inquietud, toda su rebeldía, se resolvían en el
chiste, la murmuración y el epigrama. Y esto es pre-cisamente lo que encuentra
expresión literaria en la prosa socarro-na de las Tradiciones.
Palma pertenece absolutamente a una mesocracia a la
que un complejo conjunto de circunstancias históricas no consintió
trans-formarse en una burguesía. Como esta clase compósita, como esta clase
larvada, Palma guardó un latente rencor contra la aristocracia antañona y
reaccionaria. La sátira de las Tradiciones hinca con fre-cuencia sus agudos
dientes roedores en los hombres de la Re-pública. Mas, al revés de la sátira
reaccionaria de Felipe Pardo y
BIBLIOTECA AYACUCHO 149
Aliaga, no ataca a la República misma. Palma, como
el demos limeño, se deja conquistar por la declamación antioligárquica de
Piérola. Y, sobre todo, se mantiene siempre fiel a la ideología libe-ral de la
Independencia.
El colonialismo, el civilismo, por órgano de Riva
Agüero y otros de sus portavoces intelectuales, se anexan a Palma, no sólo
porque esta anexión no presenta ningún peligro para su política sino,
principalmente, por la irremediable mediocridad de su propio elenco literario.
Los críticos de esta casta saben muy bien que son vanos todos los esfuerzos por
inflar el volumen de don Felipe Pardo o don José Antonio de Lavalle. La
literatura civilista no ha produci-do sino parvos y secos ejercicios de
clasicismo o desvaídos y vulga-res conatos románticos. Necesita, por
consiguiente, acaparar a Palma para pavonearse, con derecho o no, de un
prestigio auténtico.
Pero debo constatar que no sólo el colonialismo es
responsa-ble de este equívoco. Tiene parte en él, –como en mi anterior
artí-culo lo observaba–, el “gonzález-pradismo”. En un “ensayo acer-ca de las
literaturas del Perú” de Federico More, hallo el siguiente juicio sobre el
autor de las Tradiciones: “Ricardo Palma, represen-tativo, expresador y
centinela del Colonialismo, es un historizante anecdótico, divertido narrador
de chascarrillos fichados y anaque-lados. Escribe con vista a la Academia de la
Lengua y, para contar los devaneos y discreteos de las marquesitas de pelo
ensortijado y labios prominentes, quiere usar el castellano del siglo de
oro”16.
More pretende que de Palma quedará sólo la “risilla
chocarrera”. Esta opinión,para algunos,no reflejará más que una notoria
oje-riza de More, a quien todos reconocen poca consecuencia en sus amores, pero
a quien nadie niega una gran consecuencia en sus oje-
16. Federico
More, “De un ensayo sobre las literaturas del Perú”, El Diario de la Marina (La
Habana) (1924); y El Norte (Trujillo), (1924).
150 LITERATURAY ESTÉTICA
rizas. Pero hay dos razones para tomarla en
consideración: 1a) La es-pecial beligerancia que da a More su título de
discípulo de González Prada. 2a) La seriedad del ensayo que contiene estas
frases.
En este ensayo More realiza un concienzudo esfuerzo
por esclarecer el espíritu mismo de la literatura nacional. Sus asercio-nes
fundamentales, si no íntegramente admitidas, merecen ser aten-tamente
examinadas. More parte de un principio que suscribe toda crítica profunda. “La
literatura –escribe– sólo es traducción de un estado político y social”. El
juicio sobre Palma pertenece, en suma, a un estudio al cual confieren
remarcable valor las ideas y las tesis que sustenta; no a una panfletaria y
volandera disertación de sobre-mesa. Y esto obliga a remarcarlo y rectificarlo.
Pero al hacerlo con-viene exponer y comentar las líneas esenciales de la tesis
de More.
Ésta busca los factores raciales y las raíces
telúricas de la lite-ratura peruana. Estudia sus colores y sus líneas
esenciales; pres-cinde de sus matices y de sus contornos complementarios. El
méto-do es de panfletario; no es de crítico. Esto da cierto vigor, cierta
fuerza a las ideas, pero les resta flexibilidad. La imagen que nos ofrece de la
literatura peruana es demasiado estática.
Pero si las conclusiones no son siempre justas, los
conceptos en que reposan son, en cambio, verdaderos. More siente el dualis-mo
peruano. Sostiene que en el Perú “o se es colonial o se es inkai-co”. Yo, que
reiteradamente he escrito que el Perú hijo de la Conquista es una formación
costeña, no puedo dejar de declararme de acuerdo con More respecto al origen y
al proceso del conflicto entre inkaísmo y colonialismo. No estoy lejos de
pensar como More que este conflicto, este antagonismo, “es y será por muchos
años, clave sociológica y política de la vida peruana”.
El dualismo peruano se refleja y se expresa,
naturalmente, en la literatura. “Literariamente –escribe More–, el Perú
preséntase, como es lógico, dividido. Surge un hecho fundamental: los andinos
BIBLIOTECA AYACUCHO 151
son rurales, los limeños urbanos. Y así las dos
literaturas. Para quienes actúan bajo la influencia de Lima todo tiene
idiosincrasia iberafricana: todo es romántico y sensual. Para quienes actuamos
bajo la influencia del Cuzco, la parte más bella y honda de la vida se realiza
en las montañas y en los valles y en todo hay subjetividad indescifrada y
sentido dramático. El limeño es colorista: el serra-no musical. Para los
herederos del coloniaje, el amor es un lance. Para los retoños de la raza
caída, el amor es un coro trasmisor de las voces del destino”.
Mas esta literatura serrana que More define con
tanta vehe-mencia, oponiéndola a la literatura limeña o colonial, sólo ahora
empieza a existir seria y válidamente. No tiene casi historia, no tiene casi
tradición. Los dos mayores literatos de la República, Palma y González Prada,
pertenecen a Lima. Estimo mucho, como se verá más adelante, la figura de
Abelardo Gamarra; pero me parece que More, tal vez, la superestima. Aunque en
un pasaje de su estudio conviene en que “no fue, por desgracia Gamarra, el artista
redondo y facetado, limpio y fulgente, el cabal hombre de letras que se
necesita”.
El propio More reconoce que “las regiones andinas,
el inkaís-mo, aún no tienen el sumo escritor que sintetice y condense, en
ful-minantes y lucientes páginas, las inquietudes, las modalidades y las
oscilaciones del alma inkaica”. Su testimonio sufraga y confirma, por ende, la
tesis de que la literatura peruana hasta Palma y González Prada es colonial, es
española. La literatura serrana, con la cual la confronta More, no ha logrado,
antes de Palma y González Prada, una modulación propia. Lima ha impuesto sus
modelos a las pro-vincias. Peor todavía: las provincias han venido a buscar sus
mode-los a Lima. La prosa polémica del regionalismo y el radicalismo
pro-vincianos descienden de González Prada, a quien, en justicia, More, su
discípulo, reprocha su excesivo amor a la retórica.
152 LITERATURAY ESTÉTICA
Gamarra es para More el representativo del Perú
integral. Con Gamarra empieza, a su juicio, un nuevo capítulo de nuestra
litera-tura. El nuevo capítulo comienza, en mi concepto, con González Prada que
marca la transición del españolismo puro a un europeís-mo más o menos
incipiente en su expresión pero decisivo en sus consecuencias.
Pero Ricardo Palma, a quien More erróneamente
designa co-mo un “representativo, expresador y centinela del colonialismo”,
malgrado sus limitaciones, es también de este Perú integral que en nosotros
principia a concretarse y definirse. Palma traduce el crio-llismo, el
mestizaje, la mesocracia de una Lima republicana que, si es la misma que aclama
a Piérola –más arequipeño que limeño en su temperamento y en su estilo–, es
igualmente la misma que, en nues-tro tiempo, revisa su propia tradición,
reniega su abolengo colonial, condena y critica su centralismo, sostiene las
reivindicaciones del indio y tiende sus dos manos a los rebeldes de provincias.
More no distingue sino una Lima. La conservadora,
la somno-lienta, la frívola, la colonial. “No hay problema ideológico o
senti-mental –dice– que en Lima haya producido ecos. Ni el modernis-mo en
literatura ni el marxismo en política, ni el símbolo en música ni el dinamismo
expresionista en pintura han inquietado a los hijos de la ciudad sedante. La
voluptuosidad es tumba de la inquietud”. Pero esto no es exacto. En Lima, donde
se ha constituido el primer núcleo de industrialismo, es también donde, en perfecto
acuerdo con el proceso histórico de la nación, se ha balbuceado o se ha
pro-nunciado la primera resonante palabra de marxismo. More, un poco
desconcertado de su pueblo, no lo sabe acaso, pero puede intuirlo. No faltan en
Buenos Aires y La Plata quienes tienen título para enterarlo de las
reivindicaciones de una vanguardia que en Lima como en el Cuzco, en Trujillo,
en Jauja, representa un nuevo espíritu nacional.
BIBLIOTECA AYACUCHO 153
La requisitoria contra el colonialismo, contra el
“limeñismo” si así prefiere llamarlo More, ha partido de Lima. El proceso de la
capital –en abierta pugna con lo que Luis Alberto Sánchez deno-mina
“perricholismo”, y con una pasión y una severidad que pre-cisamente a Sánchez
alarman y preocupan–, lo estamos haciendo hombres de la capital17. En Lima,
algunos escritores que del este-ticismo d’annunziano importado por Valdelomar
habíamos evo-lucionado al criticismo socializante de la revista España, funda-mos
hace diez años Nuestra Época, para denunciar, sin reservas y sin compromisos
con ningún grupo y ningún caudillo, las respon-sablidades de la vieja
política18. En Lima, algunos estudiantes, portavoces del nuevo espíritu,
crearon hace cinco años las univer-sidades populares e inscribieron en su
bandera el nombre de Gon-zález Prada.
Henríquez Ureña dice que hay dos Américas: una
buena y otra mala. Lo mismo se podría decir de Lima. Lima no tiene raíces en el
pasado autóctono. Lima es la hija de la Conquista. Pero desde que, en la
mentalidad y en el espíritu, cesa de ser sólo española para vol-verse un poco
cosmopolita, desde que se muestra sensible a las ideas y a las emociones de la
época, Lima deja de aparecer exclusi-vamente como la sede y el hogar del
colonialismo y españolismo. La nueva peruanidad es una cosa por crear. Su cimiento
histórico tiene que ser indígena. Su eje descansará quizá en la piedra andina,
mejor que en la arcilla costeña. Bien. Pero a este trabajo de creación, la Lima
renovadora, la Lima inquieta, no es ni quiere ser extraña.
17. Véase
el ensayo “Regionalismo y Centralismo”; 7 ensayos de interpretación de la
realidad peruana, Caracas: Biblioteca Ayacucho (Col. Clásica), 1979.
18. De
Nuestra Época (julio de 1918) se publicaron sólo dos números, rápida-mente
agotados. En ambos números, se esboza una tendencia fuertemente influenciada
por España, la revista de Araquistáin, que un año más tarde, reapare-ció en La
Razón, efímero diario cuya más recordada campaña es la de la Reforma
Universitaria.
154 LITERATURAY ESTÉTICA
V. GONZÁLEZ
PRADA
González Prada es, en nuestra literatura, el
precursor de la transición del período colonial al período cosmopolita. Ventura
García Calderón lo declara “el menos peruano” de nuestros litera-tos. Pero ya
hemos visto que hasta González Prada lo peruano en esta literatura no es aún
peruano sino sólo colonial. El autor de Páginas libres, aparece como un
escritor de espíritu occidental y de cultura europea. Mas, dentro de una
peruanidad por definirse, por precisarse todavía, ¿por qué considerarlo como el
menos peruano de los hombres de letras que la traducen? ¿Por ser el menos
espa-ñol? ¿Por no ser colonial? La razón resulta entonces paradójica. Por ser
la menos española, por no ser colonial, su literatura anuncia precisamente la
posibilidad de una literatura peruana. Es la libera-ción de la metrópoli. Es,
finalmente, la ruptura con el Virreinato.
Este parnasiano, este helenista, marmóreo, pagano,
es históri-ca y espiritualmente mucho más peruano que todos, absolutamen-te
todos, los rapsodistas de la literatura española anteriores y pos-teriores a
él, en nuestro proceso literario. No existe seguramente en esta generación un
sólo corazón que sienta al malhumorado y nos-tálgico discípulo de Lista más
peruano que el panfletario e icono-clasta acusador del pasado a que
pertenecieron ese y otros letrille-ros de la misma estirpe y el mismo abolengo.
González Prada no interpretó este pueblo, no
esclareció sus problemas, no legó un programa a la generación que debía venir
después. Mas representa, de toda suerte, un instante –el primer ins-tante
lúcido–, de la conciencia del Perú. Federico More lo llama un precursor del
Perú nuevo, del Perú integral. Pero Prada, a este res-pecto, ha sido más que un
precursor. En la prosa de Páginas libres, entre sentencias alambicadas y
retóricas, se encuentra el germen del nuevo espíritu nacional. “No forman el
verdadero Perú –dice
BIBLIOTECA AYACUCHO 155
González Prada en el célebre discurso del Politeama
de 1888– las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de
tierra situada entre el Pacífico y los Andes; la nación está formada por las
muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera”19.
Y aunque no supo hablarle un lenguaje desnudo de
retórica, González Prada no desdeñó jamás a la masa. Por el contrario,
rei-vindicó siempre su gloria oscura. Previno a los literatos que lo seguían
contra la futilidad y la esterilidad de una literatura elitis-ta. “Platón –les
recordó en la conferencia del Ateneo– decía que en materia de lenguaje el
pueblo era un excelente maestro. Los idiomas se vigorizan y retemplan en la
fuente popular, más que en las reglas muertas de los gramáticos y en las
exhumaciones prehistóricas de los eruditos. De las canciones, refranes y dichos
del vulgo brotan las palabras originales, las frases gráficas, las
construcciones atrevidas. Las multitudes transforman las lenguas como los
infusorios modifican los continentes”. “El poeta legíti-mo –afirmó en otro
pasaje del mismo discurso– se parece al árbol nacido en la cumbre de un monte:
por las ramas, que forman la imaginación, pertenece a las nubes; por las
raíces, que constitu-yen los afectos, se liga con el suelo”. Y en sus notas acerca
del idioma ratificó explícitamente en otros términos el mismo pensa-miento.
“Las obras maestras se distinguen por la accesibilidad, pues no forman el
patrimonio de unos cuantos elegidos, sino la herencia de todos los hombres con
sentido común. Homero y Cervantes son ingenios democráticos: un niño les
entiende. Los talentos que presumen de aristocráticos, los inaccesibles a la
muchedumbre, disimulan lo vacío del fondo con lo tenebroso de
19. González Prada, Páginas libres.
156 LITERATURAY ESTÉTICA
la forma”. “Si Herodoto hubiera escrito como
Gracián, si Píndaro hubiera cantado como Góngora, ¿habrían sido escuchados y
aplaudidos en los juegos olímpicos? Ahí están los grandes agita-dores de almas
en los siglos XVI y XVIII, ahí está particularmente Voltaire con su prosa,
natural como un movimiento respiratorio, clara como un alcohol rectificado”20.
Simultáneamente, González Prada denunció el
colonialismo. En la conferencia del Ateneo, después de constatar las
consecuen-cias de la ñoña y senil imitación de la literatura española,
propug-nó abiertamente la ruptura de este vínculo. “Dejemos las andaderas de la
infancia y busquemos en otras literaturas nuevos elementos y nuevas
impulsiones. Al espíritu de naciones ultramontanas y mo-nárquicas prefiramos el
espíritu libre y democrático del siglo. Vol-vamos los ojos a los autores
castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua;
pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España
signifi-caría para nosotros la definida prolongación de la niñez”21.
En la obra de González Prada, nuestra literatura
inicia su con-tacto con otras literaturas. González Prada representa
particular-mente la influencia francesa. Pero le pertenece en general el
méri-to de haber abierto la brecha por la que debían pasar luego diversas
influencias extranjeras. Su poesía y aun su prosa acusan un trato íntimo de las
letras italianas. Su prosa tronó muchas veces contra las academias y los
puristas, y, heterodoxamente, se complació en el neologismo y el galicismo. Su
verso buscó en otras literaturas nuevos troqueles y exóticos ritmos.
Percibió bien su inteligencia el nexo oculto pero
no ignoto que hay entre conservantismo ideológico y academicismo literario. Y
20. Ibid.
21. Ibid.
BIBLIOTECA AYACUCHO 157
combinó por eso el ataque al uno con la
requisitoria contra el otro. Ahora que advertimos claramente la íntima relación
entre las sere-natas al Virreinato en literatura y el dominio de la casta
feudal en economía y política, este lado del pensamiento de González Prada
adquiere un valor y una luz nuevos.
Como lo denunció González Prada, toda actividad
literaria, consciente o inconscientemente refleja un sentimiento y un interés
políticos. La literatura no es independiente de las demás categorías de la
historia. ¿Quién negará, por ejemplo, el fondo político del concepto en
apariencia exclusivamente literario, que define a González Prada como el “menos
peruano de nuestros literatos”? Negar peruanismo a su personalidad no es sino
un modo de negar validez en el Perú a su protesta. Es un recurso simulado para
des-calificar y desvalorizar su rebeldía. La misma tacha de exotismo sirve hoy
para combatir el pensamiento de vanguardia.
Muerto Prada, la gente que no ha podido por estos
medios socavar su ascendencia ni su ejemplo, ha cambiado de táctica. Ha tratado
de deformar y disminuir su figura, ofreciéndole sus elogios comprometedores. Se
ha propagado la moda de decirse herederos y discípulos de Prada. La figura de
González Prada ha corrido el peligro de resultar una figura oficial, académica.
Afortunada-mente la nueva generación ha sabido insurgir oportunamente con-tra
este intento.
Los jóvenes distinguen lo que en la obra de
González Prada hay de contingente y temporal de lo que hay de perenne y eterno.
Saben que no es la letra sino el espíritu lo que en Prada representa un valor
duradero. Los falsos gonzález-pradistas repiten la letra; los verdaderos
repiten el espíritu.
El estudio de González Prada pertenece a la crónica
y a la crí-tica de nuestra literatura antes que a las de nuestra política.
González Prada fue más literato que político. El hecho de que la
158 LITERATURAY ESTÉTICA
trascendencia política de su obra sea mayor que su
trascendencia literaria no desmiente ni contraría el hecho anterior y primario,
de que esa obra, en sí, más que política es literaria.
Todos constatan que González Prada no fue acción
sino verbo. Pero no es esto lo que a González Prada define como literato más
que como político. Es su verbo mismo.
El verbo, puede ser programa, doctrina. Y ni en
Páginas libres ni en Horas de lucha encontramos una doctrina ni un programa
pro-piamente dichos. En los discursos, en los ensayos que componen estos
libros, González Prada no trata de definir la realidad peruana en un lenguaje
de estadista o de sociólogo. No quiere sino sugerirla en un lenguaje de
literato. No concreta su pensamiento en proposi-ciones ni en conceptos. Lo
esboza en frases de gran vigor panfleta-rio y retórico, pero de poco valor
práctico y científico. “El Perú es una montaña coronada por un cementerio”. “El
Perú es un organis-mo enfermo: donde se aplica el dedo brota el pus”. Las
frases más recordadas de González Prada delatan al hombre de letras: no al
hombre de Estado. Son las de un acusador, no las de un realizador.
El propio movimiento radical aparece en su origen
como un fenómeno literario y no como un fenómeno político. El embrión de la
Unión Nacional o partido radical se llamó “Círculo Literario”. Este grupo
literario se transformó en grupo político obedeciendo al mandato de su época.
El proceso biológico del Perú no necesitaba literatos sino políticos. La
literatura es lujo, no es pan. Los literatos que rodeaban a González Prada
sintieron vaga pero perentoria-mente la necesidad vital de esta nación
desgarrada y empobrecida. “El ‘Círculo Literario’, la pacífica sociedad de
poetas y soñadores –decía González Prada en su discurso del Olimpo de 1887–,
tiende a convertirse en un centro militante y propagandista. ¿De dónde nacen
los impulsos de radicalismo en literatura? Aquí llegan ráfa-gas de los
huracanes que azotan a las capitales europeas, repercu-
BIBLIOTECA AYACUCHO 159
ten voces de la Francia republicana e incrédula.
Hay aquí una ju-ventud que lucha abiertamente por matar con muerte violenta lo
que parece destinado a sucumbir con agonía inoportunamente larga, una juventud,
en fin, que se impacienta por suprimir los obs-táculos y abrirse camino para
enarbolar la bandera roja en los des-mantelados torreones de la literatura
nacional”22.
González Prada no resistió el impulso histórico que
lo empu-jaba a pasar de la tranquila especulación parnasiana a la áspera
batalla política. Pero no pudo trazar a su falange un plan de acción. Su
espíritu individualista, anárquico, solitario, no era adecuado para la
dirección de una vasta obra colectiva.
Cuando se estudia el movimiento radical, se dice
que González Prada no tuvo temperamento de conductor, de caudillo, de
condo-tiero. Mas no es ésta la única constatación que hay que hacer. Se debe
agregar que el temperamento de González Prada era funda-mentalmente literario.
Si González Prada no hubiese nacido en un país urgido de reorganización y
moralización políticas y sociales, en el cual no podía fructificar una obra
exclusivamente artística, no lo habría tentado jamás la idea de formar un
partido.
Su cultura coincidía, como es lógico, con su
temperamento. Era una cultura principalmente literaria y filosófica. Leyendo
sus discursos y sus artículos, se nota que González Prada carecía de estudios
específicos de economía y política. Sus sentencias, sus imprecaciones, sus
aforismos, son de inconfundible factura e ins-piración literarias. Engastado en
su prosa elegante y bruñida, se descubre frecuentemente un certero concepto
sociológico o histó-rico. Ya he citado alguno. Pero en conjunto, su obra tiene
siempre el estilo y la estructura de una obra de literato.
22. Ibid.
160 LITERATURAY ESTÉTICA
Nutrido del espíritu nacionalista y positivista de
su tiempo, González Prada exaltó el valor de la ciencia. Mas esta actitud es
peculiar de la literatura moderna de su época. La Ciencia, la Razón, el
Progreso, fueron los mitos del siglo XIX. González Prada, que por la ruta del
liberalismo y del enciclopedismo llegó a la utopía anarquista, adoptó
fervorosamente estos mitos. Hasta en sus versos hallamos la expresión enfática
de su racionalismo.
¡Guerra al menguado sentimiento!
¡Culto divino a la Razón!
Le tocó a González Prada enunciar solamente lo que
hombres de otra generación debían hacer. Predicó realismo. Condenando los
gaseosos verbalismos de la retórica tropical, conjuró a sus contem-poráneos a
asentar bien los pies en la tierra, en la materia. “Acabemos ya –dijo– el viaje
milenario por regiones de idealismo sin consistencia y regresemos al seno de la
realidad, recordando que fuera de la Naturaleza no hay más que simbolismos
ilusorios, fantasías mitológicas, desvanecimientos metafísicos. A fuerza de
ascender a cumbres enrarecidas, nos estamos volviendo vaporosos, aeriformes:
solidifiquémonos. Más vale ser hierro que nube”23.
Pero él mismo no consiguió nunca ser un realista.
De su tiem-po fue el materialismo histórico. Sin embargo, el pensamiento de
González Prada, que no impuso nunca límites a su audacia ni a su libertad, dejó
a otros la empresa de crear el socialismo peruano. Fracasado el partido
radical, dio su adhesión al lejano y abstracto utopismo de Kropotkin. Y en la
polémica entre marxistas y baku-ninistas, se pronunció por los segundos. Su
temperamento reaccio-naba en éste como en todos sus conflictos con la realidad,
confor-me a su sensibilidad literaria y aristocrática.
23. Ibid.
BIBLIOTECA AYACUCHO 161
La filiación literaria del espíritu y la cultura de
González Prada, es responsable de que el movimiento radical no nos haya legado
un conjunto elemental siquiera de estudios de la realidad peruana y un cuerpo
de ideas concretas sobre sus problemas. El programa del Partido Radical, que
por otra parte no fue elaborado por González Prada, queda como un ejercicio de
prosa política de “un círculo literario”. Ya hemos visto cómo la Unión
Nacional, efectivamente, no fue otra cosa.
El pensamiento de González Prada, aunque
subordinado a todos los grandes mitos de su época, no es monótonamente
positi-vista. En González Prada arde el fuego de los racionalistas del siglo
XVIII. Su Razón es apasionada. Su Razón es revolucionaria. El posi-tivismo, el
historicismo del siglo XIX representan un racionalismo domesticado. Traducen el
humor y el interés de una burguesía a la que la asunción del poder ha tornado
conservadora. El racionalismo, el cientificismo de González Prada no se
contentan con las medio-cres y pávidas conclusiones de una razón y una ciencia
burguesas. En González Prada subsiste, intacto en su osadía, el jacobino.
Javier Prado, García Calderón, Riva Agüero,
divulgan un positivismo conservador. González Prada enseña un positivismo
revolucionario. Los ideólogos del civilismo, en perfecto acuerdo con sus
sentimientos de clase, nos sometieron a la autoridad de Taine; el ideólogo del
radicalismo se reclamó siempre de pensa-miento superior y distinto del que,
concomitante y consustancial en Francia con un movimiento de reacción política,
sirvió aquí a la apología de las oligarquías ilustradas.
No obstante su filiación racionalista y
cientificista, González Prada no cae casi nunca en un intelectualismo
exagerado. Lo pre-servan de este peligro su sentimiento artístico y su exaltado
anhe-lo de justicia. En el fondo de este parnasiano, hay un romántico que no
desespera nunca del poder del espíritu.
162 LITERATURAY ESTÉTICA
Una de sus agudas opiniones sobre Renán, el que ne
dépasse pas le doute, nos prueba que González Prada percibió muy bien el riesgo
de un criticismo exacerbado. “Todos los defectos de Renán se explican por la
exageración del espíritu crítico; el temor de enga-ñarse y la manía de creerse
un espíritu delicado y libre de pasión, le hacían muchas veces afirmar todo con
reticencias o negar todo con restricciones, es decir, no afirmar ni negar y
hasta contradecirse, pues le acontecía emitir una idea y en seguida, valiéndose
de un pero, defender lo contrario. De ahí su escasa popularidad: la multi-tud
sólo comprende y sigue a los hombres que franca y hasta bru-talmente afirman
con las palabras como Mirabeau, con los hechos como Napoleón”.
González Prada prefiere siempre la afirmación a la
negación, a la duda. Su pensamiento es atrevido, intrépido, temerario. Teme a
la incertidumbre. Su espíritu siente hondamente la angustiosa necesidad de
dépasser le doute. La fórmula de Vasconcelos pudo ser también la de González
Prada: “pesimismo de la realidad, opti-mismo del ideal”. Con frecuencia, su
frase es pesimista: casi nunca es escéptica.
En un estudio sobre la ideología de González Prada,
que forma parte de su libro El Nuevo Absoluto, Mariano Iberico Rodríguez define
bien al pensador de Páginas libres cuando escribe lo si-guiente: “Concorde con
el espíritu de su tiempo, tiene gran fe en la eficacia del trabajo científico.
Cree en la existencia de leyes uni-versales inflexibles y eternas, pero no
deriva del cientificismo ni del determinismo, una estrecha moral eudemonista ni
tampoco la resignación a la necesidad cósmica que realizó Spinoza. Por el
con-trario su personalidad descontenta y libre superó las consecuencias lógicas
de sus ideas y profesó el culto de la acción y experimentó la ansiedad de la
lucha y predicó la afirmación de la libertad y de la vida. Hay evidentemente
algo del rico pensamiento de Nietzsche
BIBLIOTECA AYACUCHO 163
en las exclamaciones anárquicas de Prada. Y hay en
éste como en Nietzsche la oposición entre un concepto determinista de la
reali-dad y el empuje triunfal del libre impulso interior”24.
Por estas y otras razones, si nos sentimos lejanos
de muchas ideas de González Prada, no nos sentimos, en cambio, lejanos de su
espíritu. González Prada se engañaba, por ejemplo, cuando nos predicaba
antirreligiosidad. Hoy sabemos mucho más que en su tiempo sobre la religión
como sobre otras cosas. Sabemos que una revolución es siempre religiosa. La
palabra religión tiene un nue-vo valor, un nuevo sentido. Sirve para algo más
que para designar un rito o una iglesia. Poco importa que los soviets escriban
en sus affiches de propaganda que “la religión es el opio de los pueblos”. El
comunismo es esencialmente religioso. Lo que motiva aún equívocos es la vieja
acepción del vocablo. González Prada pre-decía el tramonto de todas las
creencias sin advertir que él mismo era predicador de una creencia, confesor de
una fe. Lo que más se admira en este racionalista es su pasión. Lo que más se
respeta en este ateo, un tanto pagano, es su ascetismo moral. Su ateísmo es
religioso. Lo es, sobre todo, en los instantes en que parece más vehemente y
más absoluto. Tiene González Prada algo de esos ascetas laicos que concibe
Romain Rolland. Hay que buscar al verdadero González Prada en su credo de
justicia, en su doctrina de amor; no en el anticlericalismo un poco vulgar de
algunas pági-nas de Horas de lucha.
La ideología de Páginas libres y de Horas de lucha
es hoy, en gran parte, una ideología caduca. Pero no depende de la validez de
sus conceptos ni de sus sentencias lo que existe de fundamental ni de
perdurable en González Prada. Los conceptos no son siquiera lo
24. M. Iberico Rodríguez, El Nuevo Absoluto, p. 45.
164 LITERATURAY ESTÉTICA
característico de su obra. Como lo observa Iberico,
en González Prada lo característico “no se ofrece como una rígida
sistematiza-ción de conceptos _símbolos provisionales de un estado de
espíri-tu–; lo está en un cierto sentimiento, en una cierta determinación
constante de la personalidad entera, que se traducen por el admira-ble
contenido artístico de la obra y por la viril exaltación del esfuer-zo y de la
lucha”25.
He dicho ya que lo duradero en la obra de González
Prada es su espíritu. Los hombres de la nueva generación en González Prada
admiramos y estimamos, sobre todo, el austero ejemplo moral. Estimamos y
admiramos, sobre todo, la honradez intelectual, la noble y fuerte rebeldía.
Pienso, además, por mi parte que González Prada no
recono-cería en la nueva generación peruana una generación de discípulos y
herederos de su obra si no encontrara en sus hombres la voluntad y el aliento
indispensables para superarla. Miraría con desdén a los repetidores mediocres
de sus frases. Amaría sólo una juventud capaz de traducir en acto lo que en él
no pudo ser sino idea y no se sentiría renovado y renacido sino en hombres que
supieran decir una palabra verdaderamente nueva, verdaderamente actual.
De González Prada debe decirse lo que él, en
Páginas libres, dice de Vigil. “Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan dignas
de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos, puede
tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin,
derribarse todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una cosa
permanecerá invulnerable y de pie, el hombre”.
25. Ibid., pp. 43 y 44.
BIBLIOTECA AYACUCHO 165
VI. MELGAR
Durante su período colonial, la literatura peruana
se presenta, en sus más salientes peripecias y en sus más conspicuas figuras,
como un fenómeno limeño. No importa que en su elenco estén representadas las
provincias. El modelo, el estilo, la línea, han sido de la capital. Y esto se
explica. La literatura es un producto urbano. La gravitación de la urbe influye
fuertemente en todos los proce-sos literarios. En el Perú, de otro lado, Lima
no ha sufrido las con-currencias de otras ciudades de análogos fueros. Un
centralismo extremo le ha asegurado su dominio.
Por culpa de esta hegemonía absoluta de Lima, no ha
podido nuestra literatura nutrirse de savia indígena. Lima ha sido la capi-tal
española primero. Ha sido la capital criolla después. Y su litera-tura ha
tenido esta marca.
El sentimiento indígena no ha carecido totalmente
de expre-sión en este período de nuestra historia literaria. Su primer
expre-sador de categoría es Mariano Melgar. La crítica limeña lo trata con un
poco de desdén. Lo siente demasiado popular, poco distin-guido. Le molesta en
sus versos, junto con una sintaxis un tanto callejera, el empleo de giros
plebeyos. Le disgusta, en el fondo, el género mismo. No puede ser de su gusto
un poeta que casi no ha dejado sino yaravíes. Esta crítica aprecia más cualquier
oda sopo-rífera de Pando.
Por reacción, no superestimo artísticamente a
Melgar. Lo juzgo dentro de la insipiencia de la literatura peruana de su época.
Mi juicio no se separa de un criterio de relatividad.
Melgar es un romántico. Lo es no sólo en su arte
sino también en su vida. El romanticismo no había llegado, todavía,
oficialmen-te a nuestras letras. En Melgar no es, por ende, como más tarde en
otros, un gesto imitativo; es un arranque espontáneo. Y éste es un
166 LITERATURAY ESTÉTICA
dato de su sensibilidad artística. Se ha dicho que
debe a su muerte heroica una parte de su renombre literario. Pero esta
valoración disi-mula mal la antipatía desdeñosa que la inspira. La muerte creó
al héroe, frustró al artista. Melgar murió muy joven. Y aunque resulta siempre
un poco aventurada toda hipótesis sobre la probable tra-yectoria de un artista,
sorprendido prematuramente por la muerte, no es excesivo suponer que Melgar,
maduro, habría producido un arte más purgado de retórica y amaneramiento clásicos
y, por consi-guiente, más nativo, más puro. La ruptura con la metrópoli habría
tenido en su espíritu consecuencias particulares y, en todo caso, diversas de
las que tuvo en el espíritu de los hombres de letras de una ciudad tan
española, tan colonial como Lima. Mariano Melgar, siguiendo el camino de su
impulso romántico, habría encontrado una inspiración cada vez más rural, cada
vez más indígena.
Los que se duelen de la vulgaridad de su léxico y
sus imágenes, parten de un prejuicio aristocratista y academicista. El artista
que en el lenguaje del pueblo escribe un poema de perdurable emoción vale, en
todas las literaturas, mil veces más que el que, en lenguaje académico, escribe
una acrisolada pieza de antología. De otra parte, como lo observa Carlos
Octavio Bunge en un estudio sobre la literatura argentina, la poesía popular ha
precedido siempre a la poesía artística. Algunos yaravíes de Melgar viven sólo
como frag-mentos de poesía popular. Pero, con este título, han adquirido
sus-tancia inmortal.
Tienen, a veces, en sus imágenes sencillas, una
ingenuidad pastoril, que revela su trama indígena, su fondo autóctono. La
poesía oriental se caracteriza por un rústico panteísmo en la me-táfora. Melgar
se muestra muy indio en su imaginismo primitivo y campesino.
Este romántico, finalmente, se entrega
apasionadamente a la revolución. En él la revolución no es liberalismo
enciclopedista.
BIBLIOTECA AYACUCHO 167
Es, fundamentalmente, cálido patriotismo. Como en
Pumacahua, en Melgar el sentimiento revolucionario se nutre de nuestra propia
sangre y nuestra propia historia.
Para Riva Agüero, el poeta de los yaravíes no es
sino “un momento curioso de la literatura peruana”. Rectifiquemos su jui-cio,
diciendo que es el primer momento peruano de esta literatura.
VII. ABELARDO GAMARRA
Abelardo Gamarra no tiene hasta ahora un sitio en
las antolo-gías. La crítica relega desdeñosamente su obra a un plano
secun-dario. Al plano, casi negligible para su gusto cortesano, de la
lite-ratura popular. Ni siquiera en el criollismo se le reconoce un rol
cardinal. Cuando se historia el criollismo se cita siempre antes a un
colonialista tan inequívoco como don Felipe Pardo.
Sin embargo, Gamarra es uno de nuestros literatos
más repre-sentativos. Es, en nuestra literatura esencialmente capitalina, el
escritor que con más pureza traduce y expresa a las provincias. Tiene su prosa
reminiscencias indígenas. Ricardo Palma es un criollo de Lima; El Tunante es un
criollo de la sierra. La raíz india está viva en su arte jaranero.
Del indio tiene El Tunante la tesonera y sufrida
naturaleza, la panteísta despreocupación del más allá, el alma dulce y rural,
el buen sentido campesino, la imaginación realista y sobria. Del criollo, tiene
el decir donairoso, la risa zumbona, el juicio agudo y socarrón, el espíritu
aventurero y juerguista. Procedente de un pueblo serrano, El Tunante se asimiló
a la capital y a la costa, sin desnaturalizarse ni deformarse. Por su
sentimiento, por su entonación, su obra es la más genuinamente peruana de medio
siglo de imitaciones y balbuceos.
Lo es también por su espíritu. Desde su juventud,
Gamarra militó en la vanguardia. Participó en la protesta radical, con verda-
168 LITERATURAY ESTÉTICA
dera adhesión a su patriotismo revolucionario. Lo
que en otros cori-feos del radicalismo era sólo una actitud intelectual y
literaria, en El Tunante era un sentimiento vital, un impulso anímico. Gamarra
sentía hondamente, en su carne y en su espíritu, la repulsa de la aris-tocracia
encomendera y de su corrompida e ignorante clientela. Comprendió siempre que
esta gente no representaba al Perú; que el Perú era otra cosa. Este
sentimiento, lo mantuvo en guardia contra el civilismo y sus expresiones
intelectuales e ideológicas. Su segu-ro instinto lo preservó, al mismo tiempo,
de la ilusión “demócrata”. El Tunante no se engañó sobre Piérola. Percibió el
verdadero senti-do histórico del gobierno del 95. Vio claro que no era una
revolu-ción democrática sino una restauración civilista. Y, aunque hasta su
muerte guardó el más fervoroso culto a González Prada, cuyas retóricas
catilinarias tradujo a un lenguaje popular, se mostró nos-talgioso de un
espíritu más realizador y constructivo. Su intuición histórica echaba de menos
en el Perú a un Alberdi, a un Sarmiento. En sus últimos años, sobre todo, se
dio cuenta de que una política idealista y renovadora debe asentar bien los
pies en la realidad y en la historia.
No es su obra la de un simple costumbrista
satírico. Bajo el ani-mado retrato de tipos y costumbres, es demasiado evidente
la pre-sencia de un generoso idealismo político y social. Esto es lo que coloca
a Gamarra muy por encima de Segura. La obra del Tunante tiene un ideal; la de
Segura no tiene ninguno.
Por otra parte, el criollismo del Tunante es más
integral, más profundo que el de Segura. Su versión de las cosas y los tipos es
más verídica, más viviente. Gamarra tiene en su obra –que no por azar es la más
popular, la más leída en provincias–, muchos atisbos agudísimos, muchos
aciertos plásticos. El Tunante es un Pancho Fierro de nuestras letras. Es un
ingenio popular; un escritor intuiti-vo y espontáneo.
BIBLIOTECA AYACUCHO 169
Heredero del espíritu de la revolución de la
Independencia, tuvo lógicamente que sentirse distinto y opuesto a los herederos
del espíritu de la Conquista y la Colonia. Y, por esto, no diploma ni breveta
su obra la autoridad de academias ni ateneos. (“¡de las Academias, líbranos
Señor!”, pensaba seguramente, como Rubén Darío, El Tunante). Se le desdeña por
su sintaxis. Se le desdeña por su ortografía. Pero se le desdeña, ante todo,
por su espíritu.
La vida se burla alegremente de las reservas y los
remilgos de la crítica, concediendo a los libros de Gamarra la supervivencia
que niega a los libros de renombre y mérito oficialmente sanciona-dos. A
Gamarra no lo recuerda casi la crítica; no lo recuerda sino el pueblo. Pero
esto le basta a su obra para ocupar de hecho en la his-toria de nuestras letras
el puesto que formalmente se le regatea.
La obra de Gamarra aparece como una colección
dispersa de croquis y bocetos. No tiene una creación central. No es una
afina-da modulación artística. Éste es su defecto. Pero de este defecto no es
responsable totalmente la calidad del artista. Es responsable también la
insipiencia de la literatura que representa.
El Tunante quería hacer arte en el lenguaje de la
calle. Su intento no era equivocado. Por el mismo camino han ganado la
inmortalidad los clásicos de los orígenes de todas las literaturas.
VIII. CHOCANO
José Santos Chocano pertenece, a mi juicio, al
período colo-nial de nuestra literatura. Su poesía grandílocua tiene todos sus
orí-genes en España. Una crítica verbalista la presenta como una tra-ducción
del alma autóctona. Pero este es un concepto artificioso, una ficción retórica.
Su lógica, tan simplista como falsa, razona así: Chocano es exuberante, luego
es autóctono. Sobre este princi-pio, una crítica fundamentalmente incapaz de
sentir lo autóctono,
170 LITERATURAY ESTÉTICA
ha asentado casi todo el dogma del americanismo y
el tropicalismo esenciales del poeta de Alma América.
Este dogma pudo ser incontestable en un tiempo de
absoluta autoridad del colonialismo. Ahora una generación iconoclasta lo pasa
incrédulamente por la criba de su análisis. La primera cuestión que se plantea
es ésta: ¿lo autóctono es, efectivamente, exuberante?
Un crítico sagaz, extraño en este caso a todo
interés polémico como Pedro Henríquez Ureña, examinando precisamente el tema de
la exuberancia en la literatura hispano-americana, observa que esta literatura
en su mayor parte, no aparece por cierto como un producto del trópico. Procede,
más bien, de ciudades de clima tem-plado y hasta un poco otoñal. Muy aguda y
certeramente apunta Henríquez Ureña: “En América conservamos el respeto al
énfasis mientras Europa nos lo prescribió; aún hoy nos quedan tres o cua-tro
poetas vibrantes, como decían los románticos. ¿No se atribuirá a influencia del
trópico la que es influencia de Víctor Hugo? ¿O de Byron, o de Espronceda o de
Quintana?”. Para Henríquez Ureña la teoría de la exuberancia espontánea de la
literatura americana es una teoría falsa. Esta literatura es menos exuberante
de lo que pare-ce. Se toma por exuberancia la verbosidad. Y “si abunda la
pala-brería es porque escasea la cultura, la disciplina y no por peculiar
exuberancia nuestra”26. Los casos de verbosidad no son imputables a la
geografía ni al medio.
Para estudiar el caso de Chocano, tenemos que
empezar por localizarlo, ante todo, en el Perú. Y bien, en el Perú lo autóctono
es lo indígena, vale decir lo inkaico.
Y lo indígena, lo inkaico, es fundamentalmente
sobrio. El arte indio es la antítesis, la contradicción del arte de Chocano. El
indio
26. Pedro
Henríquez Ureña, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, pp. 45-47.
BIBLIOTECA AYACUCHO 171
esquematiza, estiliza las cosas con un sincretismo
y un primitivis-mo hieráticos.
Nadie pretende encontrar en la poesía de Chocano la
emoción de los Andes. La crítica que la proclama autóctona, la imagina
úni-camente depositaria de la emoción de la “montaña”, esto es de la floresta.
Riva Agüero es uno de los que suscriben este juicio. Pero los literatos que sin
noción ninguna de la “montaña”, se han apre-surado a descubrirla o reconocerla
íntegramente en la ampulosa poesía de Chocano, no han hecho otra cosa que tomar
al pie de la letra una conjetura de poeta. No han hecho sino repetir a Chocano,
quien desde hace mucho tiempo se supone “el cantor de América autóctona y
salvaje”.
La “montaña” no es sólo exuberancia. Es,
sustancialmente, muchas otras cosas que no están en la poesía de Chocano. Ante
su espectáculo, ante sus paisajes, la actitud de Chocano es la de un espectador
elocuente. Nada más. Todas sus imágenes son las de una fantasía exterior y
extranjera. No se oye la voz de un hombre de la floresta. Se oye, a lo más, la
voz de un forastero imaginativo y ardoroso que cree poseerla y expresarla.
Y esto es muy natural. La “montaña” no existe casi
sino como naturaleza, como paisaje, como escenario. No ha producido toda-vía
una estirpe, un pueblo, una civilización. Chocano, en todo caso, no se ha
nutrido de su savia. Por su sangre, por su mentalidad, por su educación, el
poeta de Alma América es un hombre de la costa. Procede de una familia
española. Su formación espiritual e intelec-tual se ha cumplido en Lima. Y su
énfasis –este énfasis que, en últi-mo análisis, resulta la única prueba de su
autoctonismo y de su ame-ricanismo artístico o estético– desciende totalmente
de España.
Los antecedentes de la técnica y los modelos de la
elocuencia de Chocano están en la literatura española. Todos reconocen en su
manera la influencia de Quintana, en su espíritu la de Espronceda.
172 LITERATURAY ESTÉTICA
Chocano se reclama de Byron y de Hugo. Pero las
influencias más directas que se constatan en su arte son siempre las de poetas
de idioma español. Su egotismo romántico es el de Díaz Mirón, de quien tiene
también el acento arrogante y soberbio. Y el modernis-mo y el decadentismo que
llegan hasta las puertas de su romanti-cismo son los de Rubén Darío.
Estos rasgos deciden y señalan demasiado netamente
la verda-dera filiación artística de Chocano quien, a pesar de las sucesivas
ondas de modernidad que han visitado su arte sin modificarlo abso-lutamente en
su esencia, ha conservado en su obra la entonación y el temperamento de un
supérstite del romanticismo español y de su grandilocuencia. Su filiación
espiritual coincide, por otra parte, con su filiación artística. El “cantor de
América autóctona y salva-je” es de la estirpe de los conquistadores. Lo siente
y lo dice él mismo en su poesía, que si no carece de admiración literaria y
retó-rica a los inkas, desborda de amor a los héroes de la Conquista y a los
magnates del Virreinato.
Chocano no pertenece a la plutocracia capitalina.
Este hecho lo diferencia de los literatos específicamente colonialistas. No
con-siente, por ejemplo, identificarlo con Riva Agüero. En su espíritu se
reconoce al descendiente de la Conquista. (Y Conquista y Virreinato social y
económicamente constituyen dos fases de un mismo fenómeno, pero espiritualmente
no tienen idéntica catego-ría. La Conquista fue una aventura heroica; el
Virreinato fue una empresa burocrática. Los conquistadores eran, como diría Blaise
Cendrars, de la fuerte raza de los aventureros; los virreyes y los oidores eran
blandos hidalgos y mediocres bachilleres).
Las primeras peripecias de la poesía de Chocano son
de carác-ter romántico. No en balde el cantor de Iras santas se presenta como
un discípulo de Espronceda. No en balde se siente en él algo de romanticismo
byroniano. La actitud de Chocano es, en su juven-
BIBLIOTECA AYACUCHO 173
tud, una actitud de protesta. Esta protesta tiene a
veces un acento anárquico. Tiene otras veces un tinte de protesta social. Pero
care-ce de concreción. Se agota en una delirante y bizarra ofensiva ver-bal
contra el gobierno militar de la época. No consigue ser más que un gesto
literario.
Chocano aparece luego, políticamente enrolado en el
pierolis-mo. Su revolucionarismo se conforma con la revolución del 95 que
liquida un régimen militar para restaurar, bajo la gerencia provi-soria de don
Nicolás de Piérola, el régimen civilista. Más tarde, Chocano se deja incorporar
en la clientela intelectual de la pluto-cracia. No se aleja de Piérola y su
pseudo-democracia para acer-carse a González Prada sino para saludar en Javier
Prado y Ugarteche al pensador de su generación.
La trayectoria política de un literato no es
también su trayec-toria artística. Pero sí es, casi siempre, su trayectoria
espiritual. La literatura, de otro lado, está como sabemos íntimamente permeada
de política, aun en los casos en que parece más lejana y más extra-ña a su
influencia. Y lo que queremos averiguar, por el momento, no es estrictamente la
categoría artística de Chocano sino su filia-ción espiritual, su posición
ideológica.
Una y otra no están nítidamente expresadas por su
poesía. Tenemos, por consiguiente, que buscarlas en su prosa, la cual, ade-más
de haber sido más explícita que su poesía, no ha sido esencial-mente
contradicha ni atenuada por ella.
La poesía de Chocano nos coloca, primero, ante un
caso de individualismo exasperado y egoísta, asaz frecuente y casi
carac-terístico en la falange romántica. Este individualismo es todo el
anarquismo de Chocano.
Y en los últimos meses, el poeta, lo reduce y lo
limita. No renuncia absolutamente a su egotismo sensual; pero sí renuncia a una
buena parte de su individualismo filosófico. El culto del Yo se
174 LITERATURAY ESTÉTICA
ha asociado al culto de la jerarquía. El poeta se
llama individualis-ta, pero no se llama liberal. Su individualismo deviene un
“indivi-dualismo jerárquico”. Es un individualismo que no ama la libertad. Que
la desdeña casi. En cambio, la jerarquía que respeta no es la jerarquía eterna
que crea el Espíritu; es la jerarquía precaria que imponen, en la mudable
perspectiva de lo presente, la fuerza, la tra-dición y el dinero.
Del mismo modo doma el poeta los primitivos
arranques de su espíritu. Su arte, en su plenitud, acusa –por su exaltado
aunque retó-rico amor a la naturaleza–, un panteísmo un poco pagano. Y este
panteísmo –que producía un poco de animismo en sus imágenes–, es en él la sola
nota que refleja a una “América autóctona y salvaje”. (El indio es panteísta,
animista, materialista). Chocano, sin embargo, lo ha abandonado tácitamente. La
adhesión al principio de la jerarquía lo ha reconducido a la iglesia romana. Roma
es, ideológicamente, la ciudadela histórica de la reacción. Los que peregrinan
por sus coli-nas y sus basílicas en busca del evangelio cristiano regresan
desilu-sionados; pero los que se contentan con encontrar, en su lugar, el
fas-cismo y la Iglesia –la autoridad y la jerarquía en el sentido romano–,
arriban a su meta y hallan su verdad. De estos últimos peregrinos es el poeta
de Alma América. Él, que nunca ha sido cristiano, se confie-sa finalmente
católico. Romántico fatigado, hereje converso, se refugia en el sólido aprisco
de la tradición y del orden, de donde creyó un día partir para siempre a la
conquista del futuro.
IX. RIVA AGÜEROY SU INFLUENCIA.
LA GENERACIÓN “FUTURISTA”
La generación “futurista” –como paradójicamente se
le apo-da–, señala un momento de restauración colonialista en el pensa-miento y
la literatura del Perú.
BIBLIOTECA AYACUCHO 175
La autoridad sentimental e ideológica de los
herederos de la Colonia se encontraba comprometida y socavada por quince años
de predicación radical. Después de un período de caudillaje mili-tar análogo al
que siguió a la revolución de la Independencia, la clase latifundista había
restablecido su dominio político pero no había restablecido su dominio
intelectual. El radicalismo, alimen-tado por la reacción moral de la derrota
–de la cual el pueblo sentía responsable a la plutocracia–, había encontrado un
ambiente favo-rable a la propagación de su verbo revolucionario. Su propaganda
había rebelado, sobre todo, a las provincias. Una marejada de ideas avanzadas
había pasado por la República.
La antigua guardia intelectual del civilismo
envejecida y debi-litada, no podía reaccionar eficazmente contra la generación
radi-cal. La restauración tenía que ser realizada por una falange de hombres
jóvenes. El civilismo contaba con la Universidad. A la Universidad le tocaba
darle, por ende, esta milicia intelectual. Pero era indispensable que la acción
de sus hombres no se contentase con ser una acción universitaria. Su misión
debía constituir una reconquista integral de la inteligencia y el sentimiento.
Como uno de sus objetivos naturales y sustantivos, aparecía la recuperación del
terreno perdido en la literatura. La literatura llega adonde no llega la
Universidad. La obra de un solo escritor del pueblo, discí-pulo de González
Prada, El Tunante, era entonces una obra mucho más propagada y entendida que la
de todos los escritores de la Universidad juntos.
Las circunstancias históricas propiciaba la
restauración. El dominio político del civilismo se presentaba sólidamente
consoli-dado. El orden económico y político inaugurado por Piérola el 95 era
esencialmente un orden civilista. Muchos profesionales y lite-ratos que en el
período caótico de nuestra post-guerra, se sintieron atraídos por el campo
radical, se sentían ahora empujados al
176 LITERATURAY ESTÉTICA
campo civilista. La generación radical estaba, en
verdad, disuelta. González Prada, retirado a un displicente ascetismo, vivía
desco-nectado de sus dispersos discípulos. De suerte que la generación
“futurista” no encontró casi resistencia.
En sus rangos se mezclaban y se confundían
“civilistas” y “demócratas”, separados en la lucha partidista. Su advenimiento
era saludado, en consecuencia, por toda la gran prensa de la capital. El
Comercio y La Prensa auspiciaban a la “nueva generación”. Esta generación se
mostraba destinada a realizar la armonía entre civilistas y demócratas que la
coalición del 95 dejó sólo iniciada. Su líder y capitán Riva Agüero, en quien
la tradición civilista y plu-tocrática se conciliaba con una devoción casi
filial al “Califa” demócrata, reveló desde el primer momento tal tendencia. En
su tesis sobre la “literatura del Perú independiente”, arremetiendo contra el
radicalismo dijo lo siguiente: “Los partidos de principios, no sólo no
producirían bienes, sino que crearían males irremedia-bles. En el actual
sistema, las diferencias entre los partidos no son muy grandes ni muy hondas
sus divisiones. Se coaligan sin dificul-tad, colaboran con frecuencia. Los
gobernantes sagaces pueden, sin muchos esfuerzos, aprovechar del concurso de
todos los hom-bres útiles”.
La resistencia a los partidos de principios
denuncia el senti-miento y la inspiración clasistas de la generación de Riva
Agüero. Su esfuerzo manifiesta de un modo demasiado inequívoco el pro-pósito de
asegurar y consolidar un régimen de clase. Negar a los principios, a las ideas,
el derecho de gobernar el país significaba fundamentalmente, reservar ese
derecho para una casta. Era preco-nizar el dominio de la “gente decente”, de la
“clase ilustrada”. Riva Agüero, a este respecto, como a otros, se muestra en riguroso
acuerdo con Javier Prado y Francisco García Calderón. Y es que Prado y García
Calderón representan la misma restauración. Su
BIBLIOTECA AYACUCHO 177
ideología tiene los mismos rasgos esenciales. Se
reduce en el fondo, a un positivismo conservador. Un fraseario más o menos
idealista y progresista disimula el ideario tradicional. Como ya lo he
observado, Riva Agüero, Prado y García Calderón coinciden en el acatamiento a
Taine. Riva Agüero para esclarecernos más su filiación, nos descubre en sus
varias veces citada tesis –que es incontestablemente el primer manifiesto
político y literario de la generación “futurista”– su adhesión a Brunetière.
La revisión de valores de la literatura con que
debutó Riva Agüero en la política, corresponde absolutamente a los fines de una
restauración. Idealiza y glorifica la Colonia, buscando en ella las raíces de
la nacionalidad. Superestima la literatura colonialista exaltando enfáticamente
a sus mediocres cultores. Trata desdeño-samente el romanticismo de Mariano
Melgar. Reprueba a Gon-zález Prada lo más válido y fecundo de su obra: su
protesta.
La generación “futurista” se muestra, al mismo
tiempo uni-versitaria, académica, retórica. Adopta del modernismo sólo los
elementos que le sirven para condenar la inquietud romántica.
Una de sus obras más características y peculiares
es la organi-zación de la Academia correspondiente de la Lengua Española. Uno
de sus esfuerzos artísticos más marcados es su retorno a España en la prosa y
en el verso.
El rasgo más característico de la generación
apodada “futuris-ta” es su pasadismo. Desde el primer momento sus literatos se
entregan a idealizar el pasado. Riva Agüero, en su tesis, reivindica con
energía los fueros de los hombres y las cosas tradicionales.
Pero el pasado, para esta generación, no es muy
remoto ni muy próximo. Tiene límites definidos: los del Virreinato. Toda su
pre-dilección, toda su ternura, son para esta época. El pensamiento de Riva
Agüero a este respecto es inequívoco. El Perú, según él, des-ciende de la
Conquista. Su infancia es la Colonia.
178 LITERATURAY ESTÉTICA
La literatura peruana deviene desde este momento
acentuada-mente colonialista. Se inicia un fenómeno que no ha terminado todavía
y que Luis Alberto Sánchez designa con el nombre de “perricholismo”.
En este fenómeno –en sus orígenes, no en sus
consecuencias– se combinan y se identifican dos sentimientos: limeñismo y
pasa-dismo. Lo que, en política, se traduce así: centralismo y conser-vantismo.
Porque el pasadismo de la generación de Riva Agüero no constituye un gesto
romántico de inspiración meramente literaria. Esta generación es
tradicionalista pero no romántica. Su literatura, más o menos teñida de
“modernismo”, se presenta por el contrario como una reacción contra la
literatura del romanticismo. El roman-ticismo condena radicalmente el presente
en el nombre del pasado o del futuro. Riva Agüero y sus contemporáneos, en
cambio, acep-tan el presente, aunque para gobernarlo y dirigirlo invoquen y
evo-quen el pasado. Se caracterizan, espiritual e ideológicamente, por un
conservatismo positivista, por un tradicionalismo oportunista.
Naturalmente, ésta es sólo la tonalidad general del
fenómeno, en el cual no faltan matices más o menos discrepantes. José Gálvez,
por ejemplo, individualmente escapa a la definición que acabo de esbozar. Su
pasadismo es de fondo romántico. Haya lo llama “el único palmista sincero”,
refiriéndose sin duda al carácter literario y sentimental de su pasadismo. La
distinción no está netamente expre-sada. Pero parte de un hecho evidente.
Gálvez –cuya poesía des-ciende de la de Chocano, repitiendo, atenuadamente unas
veces, desteñidamente otras, su verbosidad– tiene trama de romántico. Su
pasadismo, por eso, está menos localizado en el tiempo que el del núcleo de su
generación. Es un pasadismo integral. Enamorado del Virreinato, Gálvez no se
siente, sin embargo, acaparado exclusiva-mente por el culto de esta época. Para
él “todo tiempo pasado fue mejor”. Puede observarse que, en cambio, su
pasadismo está más
BIBLIOTECA AYACUCHO 179
localizado en el espacio. El tema de sus
evocaciones es casi siempre limeño. Pero también esto me parece en Gálvez un
rasgo romántico.
Gálvez, de otro lado, se aparta a veces del credo
de Riva Agüe-ro. Sus opiniones sobre la posibilidad de una literatura
genuina-mente nacional son heterodoxas dentro del fenómeno “futurista”. Acerca
del americanismo en la literatura, Gálvez, aunque sea con no pocas reservas y
concesiones, se declara de acuerdo con la tesis del líder de su generación y su
partido. No lo convence la aserción de que es imposible revivir poéticamente
las antiguas civilizaciones americanas. “Por mucho que sean civilizaciones desaparecidas
y por honda que haya sido la influencia española –escribe–, ni el material
mismo se ha extinguido, ni tan puros hispanos somos los que más lo fuéramos,
que no sintamos vinculaciones con aquella raza, cuya tradición áurea bien
merece un recuerdo y cuyas ruinas imponentes y misteriosas nos subyugan y nos
impresionan. Pre-cisamente porque andamos tan mezclados y son tan encontradas
nuestras raíces históricas, por lo mismo que nuestra cultura no es tan honda
como parece, el material literario de aquellas épocas definiti-vamente muertas
es enorme para nosotros, sin que esto signifique que lo consideremos primordial
y porque alguna levadura debe haber en nuestras almas de la gestación del
imperio incaico y de las luchas de las dos razas, la indígena y la española,
cuando aún nos encoge el alma y nos sacude con emoción extraña y dolorida la
música temblorosa del yaraví. Además, nuestra historia no puede partir sólo de
la Conquista y por vago que fuese el legado psíquico que hayamos recibido de
los indios, siempre tenemos algo de aque-lla raza vencida, que en viviente
ruina anda preterida y maltratada en nuestras serranías, constituyendo un grave
problema social, que si palpita dolorosamente en nuestra vida, ¿por qué no
puede tener un lugar en nuestra literatura que ha sido tan fecunda en
sensaciones históricas de otras razas que realmente nos son extranjeras y pere-
180 LITERATURAY ESTÉTICA
grinas?”27. No acierta Gálvez, sin embargo, en la
definición de una literatura nacional. “Es cuestión de volver el alma –dice– a
las rumo-rosas palpitaciones de lo que nos rodea”. Mas, a renglón seguido,
reduce sus elementos a “la historia, la tradición y la naturaleza”. El
pasadista reaparece aquí íntegramente. Una literatura genuinamente
nacionalista, en su concepto, debe nutrirse sobre todo de la historia, la
leyenda, la tradición, esto es del pasado. El presente es también historia.
Pero seguramente Gálvez no lo pensaba cuando escogía las fuentes de nuestra
literatura. La historia, en su sentimiento, no era entonces sino pasado. No
dice Gálvez que la literatura nacional debe traducir totalmente al Perú. No le
pide una función realmente crea-dora. Le niega el derecho de ser una literatura
del pueblo. Po-lemizando con El Tunante, sostiene que el artista “debe desdeñar
altivamente la facilidad que le ofrece el modismo callejero, admira-ble muchas
veces para el artículo de costumbres, pero que está dis-tante de la fina
aristocracia que debe tener la forma artística”28.
El pensamiento de la generación futurista es, por
otra parte, el de Riva Agüero. El voto en contra o, mejor, el voto en blanco de
Gálvez, en este y otros debates, no tiene sino un valor individual. La
generación futurista, en tanto, utiliza totalmente el pasadismo y el
romanticismo de Gálvez en la serenata bajo los balcones del Virreinato,
destinada políticamente a reanimar una leyenda indis-pensable al dominio de los
herederos de la Colonia.
La casta feudal no tiene otros títulos que los de
la tradición colonial. Nada más concordante con su interés que una corriente
literaria tradicionalista. En el fondo de la literatura colonialista, no existe
sino una orden perentoria, una exigencia imperiosa del impulso vital de una
clase, de una “casta”.
27. Gálvez,
op. cit., pp. 33 y 34.
28. Ibid.,
p. 90.
BIBLIOTECA AYACUCHO 181
Y quien dude del origen fundamentalmente político
del fenó-meno “futurista” no tiene sino que reparar en el hecho de que esta
falange de abogados, escritores, literatos, etc., no se contentó con ser sólo
un movimiento. Cuando llegó a su mayor edad quiso ser un partido.
X. “COLÓNIDA”Y
VALDELOMAR
“Colónida” representó una insurrección –decir una
revolu-ción sería exagerar su importancia– contra el academicismo y sus
oligarquías, su énfasis retórico, su gusto conservador, su galante-ría
dieciochesca y su melancolía mediocre y ojerosa. Los colóni-das virtualmente
reclamaron sinceridad y naturalismo. Su movi-miento, demasiado heteróclito y
anárquico, no pudo condensarse en una tendencia ni concretarse en una fórmula.
Agotó su energía en su grito iconoclasta y su orgasmo esnobista.
Una efímera revista de Valdelomar dio su nombre a
este movi-miento. Porque “Colónida” no fue un grupo, no fue un cenáculo, no fue
una escuela, sino un movimiento, una actitud, un estado de ánimo. Varios
escritores hicieron “colonidismo” sin pertenecer a la capilla de Valdelomar. El
“colonidismo” careció de contornos defi-nidos. Fugaz meteoro literario, no
pretendió nunca cuajarse en una forma. No impuso a sus adherentes un verdadero
rumbo estético. El “colonidismo” no constituía una idea ni un método. Constituía
un sentimiento ególatra, individualista, vagamente iconoclasta, im-precisamente
renovador. “Colónida” no era siquiera un haz de tem-peramentos afines; no era
al menos propiamente una generación. En sus rangos, con Valdelomar, More,
Gibson, etc., militábamos algunos escritores adolescentes, novísimos,
principiantes. Los “colónidos” no coincidían sino en la revuelta contra todo
academi-cismo. Insurgían contra los valores, las reputaciones y los tempera-
182 LITERATURAY ESTÉTICA
mentos académicos. Su nexo era una propuesta; no
una afirmación. Conservaron sin embargo, mientras convivieron en el mismo
movi-miento, algunos rasgos espirituales comunes. Tendieron a un gusto
decadente, elitista, aristocrático, algo mórbido. Valdelomar, trajo de Europa
gérmenes de d’annunzianismo que se propagaron en nuestro ambiente voluptuoso,
retórico y meridional.
La bizarría, la agresividad, la injusticia y hasta
la extravagancia de los “colónidos” fueron útiles. Cumplieron una función
renova-dora. Sacudieron la literatura nacional. La denunciaron como una vulgar
rapsodia de la más mediocre literatura española. Le propu-sieron nuevos y
mejores modelos, nuevas y mejores rutas. Atacaron a sus fetiches, a sus íconos.
Iniciaron lo que algunos escritores cali-ficarían como “una revisión de
nuestros valores literarios”. “Coló-nida” fue una fuerza negativa, disolvente,
beligerante. Un gesto espiritual de varios literatos que se oponían al
acaparamiento de la fama nacional por un arte anticuado, oficial y pompier.
De otro lado, los “colónidos” no se comportaron
siempre con injusticia. Simpatizaron con todas las figuras heréticas,
heterodo-xas, solitarias de nuestra literatura. Loaron y rodearon a González
Prada. En el “colonidismo” se advierte algunas huellas de influen-cia del autor
de Páginas libres y Exóticas. Se observa también que los “colónidos” tomaron de
González Prada lo que menos les hacía falta. Amaron lo que en González Prada
había de aristócrata, de parnasiano, de individualista; ignoraron lo que en González
Prada había de agitador, de revolucionario. More definía a González Prada como
“un griego nacido en un país de zambos”. “Colónida”, además, valorizó a Eguren,
desdeñado y desestimado por el gusto mediocre de la crítica y del público de
entonces.
El fenómeno “colónida” fue breve. Después de
algunas esca-ramuzas polémicas, el “colonidismo” tramontó definitivamente. Cada
uno de los “colónidos” siguió su propia trayectoria personal.
BIBLIOTECA AYACUCHO 183
El movimiento quedó liquidado. Nada importa que
perduren algu-nos de sus ecos y que se agiten, en el fondo de más de un
tempera-mento joven, algunos de sus sedimentos. El “colonidismo”, como actitud
espiritual, no es de nuestro tiempo. La apetencia de reno-vación que generó el
movimiento “colónida” no podía satisfacer-se con un poco de decadentismo y otro
poco de exotismo. “Colónida” no se disolvió explícita ni sensiblemente porque
jamás fue una facción, sino una postura interina, un ademán provisorio.
El “colonidismo” negó e ignoró la política. Su
elitismo, su individualismo, lo alejaban de las muchedumbres, lo aislaban de
sus emociones. Los “colónidos” no tenían orientación ni sensibili-dad
políticas. La política les parecía una función burguesa, buro-crática,
prosaica. La revista Colónida era escrita para el Palais Concert y el jirón de
la Unión. Federico More tenía afición orgáni-ca a la conspiración y al
panfleto; pero sus concepciones políticas eran antidemocráticas, antisociales,
reaccionarias. More soñaba con una aristarquía, casi con una artecracia.
Desconocía y despre-ciaba la realidad social. Detestaba el vulgo y el tumulto.
Pero terminado el experimento “colónida”, los
escritores que en él intervinieron, sobre todo los más jóvenes, empezaron a
inte-resarse por las nuevas corrientes políticas. Hay que buscar las raí-ces de
esta conversión en el prestigio de la literatura política de Unamuno, de
Araquistáin, de Alomar y de otros escritores de la revista España; en los
efectos de la predicación de Wilson, elo-cuente y universitaria, propugnando
una nueva libertad; y en la sugestión de la mentalidad de Víctor M. Maúrtua
cuya influencia en el orientamiento socialista de varios de nuestros
intelectuales casi nadie conoce. Esta nueva actitud espiritual fue marcada
tam-bién por una revista, más efímera aún que Colónida: Nuestra Época. En
Nuestra Época, destinada a las muchedumbres y no al Palais Concert, escribieron
Félix del Valle, César Falcón, César
184 LITERATURAY ESTÉTICA
Ugarte, Valdelomar, Percy Gibson, César A.
Rodríguez, César Vallejo y yo. Éste era ya, hasta estructuralmente, un
conglomerado distinto del de Colónida. Figuraban en él un discípulo de Maúrtua,
un futuro catedrático de la Universidad: Ugarte; y un agitador obre-ro: del
Barzo. En este movimiento, más político que literario, Valdelomar no era ya un
líder. Seguía a escritores más jóvenes y menos conocidos que él. Actuaba en
segunda fila.
Valdelomar, sin embargo, había evolucionado. Un
gran artista es casi siempre un hombre de gran sensibilidad. El gusto de la
vida muelle, plácida, sensual, no le hubiera consentido ser un agitador; pero,
como Oscar Wilde,Valdelomar habría llegado a amar el socia-lismo. Valdelomar no
era un prisionero de la torre de marfil. No renegaba su pasado demagógico y
tumultuario de billinghurista. Se complacía de que en su historia existiera ese
episodio. Malgrado su aristocratismo, Valdelomar se sentía atraído por la gente
humilde y sencilla. Lo acreditan varios capítulos de su literatura, no exenta
de notas cívicas. Valdelomar escribió para los niños de las escuelas de Huaura
su oración a San Martín. Ante un auditorio de obreros, pro-nunció en algunas
ciudades del norte durante sus andanzas de con-ferencista nómade, una oración
al trabajo. Recuerdo que, en nues-tros últimos coloquios, escuchaba con interés
y con respeto mis primeras divagaciones socialistas. En este instante de
gravidez, de maduración, de tensión máximas, lo abatió la muerte.
No conozco ninguna definición certera, exacta,
nítida, del arte de Valdelomar. Me explico que la crítica no la haya formulado
toda-vía. Valdelomar murió a los treinta años cuando él mismo no había
conseguido aún encontrarse, definirse. Su producción desordenada, dispersa,
versátil, y hasta un poco incoherente, no contiene sino los elementos
materiales de la obra que la muerte frustró. Valdelomar no logró realizar
plenamente su personalidad rica y exuberante. Nos ha dejado, a pesar de todo,
muchas páginas magníficas.
BIBLIOTECA AYACUCHO 185
Su personalidad no sólo influyó en la actitud
espiritual de una generación de escritores. Inició en nuestra literatura una
tendencia que luego se ha acentuado. Valdelomar que trajo del extranjero
influencias pluricolores e internacionales y que, por consiguiente, introdujo
en nuestra literatura elementos de cosmopolitismo, se sintió, al mismo tiempo,
atraído por el criollismo y el inkaísmo. Buscó sus temas en lo cotidiano y lo
humilde. Revivió su infancia en una aldea de pescadores. Descubrió, inexperto
pero clarividen-te, la cantera de nuestro pasado autóctono.
Uno de los elementos esenciales del arte de
Valdelomar es su humorismo. La egolatría de Valdelomar era en gran parte
humo-rística. Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público
tomaba en serio. Las decía pour épater les bourgeois. Si los burgueses se
hubiesen reído con él de sus “poses” megaloma-níacas, Valdelomar no hubiese
insistido tanto en su uso. Valde-lomar impregnó su obra de un humorismo
elegante, alado, ático, nuevo hasta entonces entre nosotros. Sus artículos de
periódicos, sus “diálogos máximos”, solían estar llenos del más gentil
donai-re. Esta prosa habría podido ser más cincelada, más elegante, más
duradera; pero Valdelomar no tenía casi tiempo para pulirla. Era una prosa
improvisada y periodística29.
Ningún humorismo menos acerbo, menos amargo, menos
acre, menos maligno que el de Valdelomar. Valdelomar caricaturizaba a
29. El
humorismo de Valdelomar se cebaba donosamente en las disonancias mes-tizas o
huachafas. Una tarde, en el Palais Concert, Valdelomar me dijo: “Ma-riátegui, a
la leve y fina libélula, motejan aquí chupajeringa”. Yo, tan decadente como él
entonces, lo excité a reivindicar los nobles y ofendidos fueros de la
libé-lula. Valdelomar pidió al mozo unas cuartillas. Y escribió sobre una mesa
del café melifluamente rumoroso uno de sus “diálogos máximos”. Su humorismo era
así, inocente, infantil, lírico. Era la reacción de un alma afinada y pulcra
contra la vul-garidad y la huachafería de un ambiente provinciano y monótono.
Le molestaban los “hombres gordos y borrachos”, los prendedores de quinto de
libra, los puños postizos y los zapatos con elástico.
186 LITERATURAY ESTÉTICA
los hombres, pero los caricaturizaba piadosamente.
Miraba las cosas con una sonrisa bondadosa. Evaristo, el empleado de la botica
alde-ana, hermano gemelo de un sauce hepático y desdichado, es una de esas
caricaturas melancólicas que a Valdelomar le agradaba trazar. En el acento de
esta novela de sabor pirandelliano se siente la ternu-ra de Valdelomar por su
desventurado, pálido y canijo personaje.
Valdelomar parece caer a veces en la desesperanza y
en el pesi-mismo. Pero estos son desmayos pasajeros, depresiones precarias de
su ánimo. Era Valdelomar demasiado panteísta y sensual para ser pesimista.
Creía con D’Annunzio que “la vida es bella y digna de ser magníficamente
vivida”. En sus cuentos y paisajes aldeanos se reconoce este rasgo de su
espíritu. Valdelomar buscó perennemente la felicidad y el placer. Pocas veces
logró gozarlos; pero estas pocas veces supo poseerlos plena, absoluta, exaltadamente.
En su Confiteor –que es tal vez la más noble, la
más pura, la más bella poesía erótica de nuestra literatura– Valdelomar toca el
más alto grado de exaltación dionisíaca. Transido de emoción erótica,el poeta
piensa que la naturaleza, el Universo, no pueden ser extraños ni indi-ferentes
a su amor. Su amor no es egoísta: necesita sentirse rodeado por una alegría
cósmica. He aquí esta nota suprema de Confiteor:
MI AMOR ANIMARÁ EL MUNDO
¿Que haré el día en que sus ojos
tengan para mí una mirada de amor?
Mi alma llenará el mundo de alegría,
La Naturaleza vibrará con el temblor de mi corazón,
todos serán felices:
el cielo, el mar, los árboles, el paisaje… Mi
pasión pondrá en el universo, ahora triste,
las alegres notas de una divina coloración;
cantarán las aves, las copas de los árboles entonarán una balada; hasta el
panteón
BIBLIOTECA AYACUCHO 187
llegará la alegría de mi alma
y los muertos sentirán el soplo fresco de mi amor.
¿ES POSIBLE SUFRIR?
¿Quién dice que la vida es triste?
¿Quién habla de dolor?
¿Quién se queja?… ¿Quién sufre?… ¿Quién llora?
Confiteor es la ingenua confidencia lírica de un
enamorado exultante de amor y de felicidad. Delante de la amada, el poeta
“tiembla como un junco débil”. Y con la cándida convicción de los enamorados,
dice que no todos pueden comprender su pasión. La imagen de su amada, es una
imagen prerrafaelista, presentida sólo por los que han “contemplado el lienzo
de Burne Jones donde está el ángel de la Anunciación”. En el amor, ninguno de
nuestros poe-tas había llegado antes a este lirismo absoluto. Hay algo de allegro
beethoveniano en los versos transcritos.
A Valdelomar, a pesar de El hermano ausente, a
pesar de Confiteor y otros versos, se le regatea el título de poeta que en
cam-bio se discierne por ejemplo, a don Felipe Pardo. No cabe Valde-lomar
dentro de las clasificaciones arbitrarias y ramplonas de la vieja crítica. ¿Qué
puede decir esta crítica de Valdelomar y de su obra? Los matices más nobles,
las notas más delicadas del tempe-ramento de este gran lírico no podrán ser
aprehendidas nunca por sus definiciones. Valdelomar fue un hombre nómade, versátil,
inquieto como su tiempo. Fue “muy moderno, audaz, cosmopoli-ta”. En su
humorismo, en su lirismo, se descubre a veces linea-mientos y matices de la
moderna literatura de vanguardia.
Valdelomar no es todavía, en nuestra literatura, el
hombre mati-nal. Actuaban sobre él demasiadas influencias decadentistas. Entre
“las cosas inefables e infinitas”, que intervienen en el desarrollo de
188 LITERATURAY ESTÉTICA
sus leyendas inkaicas, con la Fe, el Mar y la
Muerte, pone el Crepúsculo. Desde su juventud, su arte estuvo bajo el signo de
D’Annunzio. En Italia, el tramonto romano, el atardecer voluptuoso del
Janiculum, la vendimia autumnal, Venecia anfibia –marítima y palúdica–, exacerbaron
en Valdelomar las emociones crepusculares de Il Fuoco.
Pero a Valdelomar lo preserva de una excesiva
intoxicación decadentista su vivo y puro lirismo. El humour, esa nota tan
frecuen-te de su arte, es la senda por donde se evade del universo
d’annunzia-no. El humour da el tono al mejor de sus cuentos: Hebaristo, el
sauce que se murió de amor. Cuento pirandelliano, aunque Valdelomar acaso no
conociera a Pirandello que, en la época de la visita de nues-tro escritor a
Italia, estaba muy distante de la celebridad ganada para su nombre por sus
obras teatrales. Pirandelliano por el método: iden-tificación panteísta de las
vidas paralelas de un sauce y un boticario; pirandelliano por el personaje:
levemente caricaturesco, mesocráti-co, pequeño burgués, inconcluso;
pirandelliano por el drama: el fra-caso de una existencia que, en una tentativa
superior a su ritmo sór-dido, siente romperse su resorte con grotesco y risible
traquido.
Un sentimiento panteísta, pagano, empujaba a
Valdelomar a la aldea, a la naturaleza. Las impresiones de su infancia,
transcurrida en una apacible caleta de pescadores, gravitan melodiosamente en
su subconsciencia. Valdelomar es singularmente sensible a las cosas rústicas.
La emoción de su infancia está hecha de hogar, de playa y de campo. El “soplo
denso, perfumado del mar”, la impreg-na de una tristeza tónica y salobre:
y lo que él me dijera aún en mi alma persiste; mi
padre era callado y mi madre era triste y la alegría nadie me la supo enseñar.
(“Tristitia”)
BIBLIOTECA AYACUCHO 189
Tiene, empero, Valdelomar la sensibilidad
cosmopolita y via-jera del hombre moderno. Nueva York, Times Square, son
motivos que lo atraen tanto como la aldea encantada y el “caballero carme-lo”.
Del piso 54 de Woolworth pasa sin esfuerzo a la yerbasanta y la verdolaga de
los primeros soledosos caminos de su infancia. Sus cuentos acusan la movilidad
caleidoscópica de su fantasía. El dandysmo de sus cuentos yanquis y
cosmopolitas, el exotismo de sus imágenes chinas u orientales (“mi alma tiembla
como un junco débil”), el romanticismo de sus leyendas inkaicas, el
impresionis-mo de sus relatos criollos son en su obra estaciones que se
suceden, se repiten, se alternan en el itinerario del artista, sin transiciones
y sin rupturas espirituales.
Su obra es esencialmente fragmentaria y escisípara.
La exis-tencia y el trabajo del artista se resentían de indisciplina y
exube-rancia criollas. Valdelomar reunía, elevadas a su máxima potencia, las
cualidades y los defectos del mestizo costeño. Era un tempera-mento excesivo,
que del más exasperado orgasmo creador caía en el más asiático y fatalista
renunciamiento de todo deseo. Simul-táneamente ocupaban su imaginación un
ensayo estético, una divagación humorística, una tragedia pastoril (Verdolaga),
una vida romancesca (La mariscala). Pero poseía el don del creador. Los
gallinazos del Martinete, la Plaza del Mercado, la riñas de gallos, cualquier
tema podía poner en marcha su imaginación, con fructuosa cosecha artística. De
muchas cosas, Valdelomar es des-cubridor. A él se le reveló, primero que nadie
en nuestras letras, la trágica belleza agonal de las corridas de toros. En
tiempos en que este asunto estaba reservado aún a la prosa pedestre de los
inicia-dos en la tauromaquia, escribió su Belmonte, el trágico.
La “greguería” empieza con Valdelomar en nuestra
literatura. Me consta que los primeros libros de Gómez de la Serna que
arriba-ron a Lima, gustaron sobremanera a Valdelomar. El gusto atomístico
190 LITERATURAY ESTÉTICA
de la “greguería” era, además, innato en él,
aficionado a la pesquisa original y a la búsqueda microcósmica. Pero, en
cambio,Valdelomar no sospechaba aún en Gómez de la Serna al descubridor del
Alba. Su retina de criollo impresionista era experta en gozar voluptuosamen-te,
desde la ribera dorada, los colores ambiguos del crepúsculo.
Impresionismo: ésta es, dentro de su variedad
espacial, la filia-ción más precisa de su arte.
XI. NUESTROS “INDEPENDIENTES”
Al margen de los movimientos, de las tendencias, de
los cená-culos y hasta de las propias generaciones, no han faltado en el
pro-ceso de nuestra literatura casos más o menos independientes y soli-tarios
de vocación literaria. Pero en el proceso de una literatura se borra lentamente
el recuerdo del escritor y del artista que no dejan descendencia. El escritor,
el artista, pueden trabajar fuera de todo grupo, de toda escuela, de todo
movimiento. Mas, su obra entonces no puede salvarlo del olvido si no es en sí
misma un mensaje a la posteridad. No sobrevive sino el precursor, el
anticipador, el susci-tador. Por esto, las individualidades me interesan, sobre
todo, por su influencia. Las individualidades, en mi estudio, no tienen su más
esencial valor en sí mismas, sino en su función de signos.
Ya hemos visto cómo a una generación o, mejor, a un
movi-miento radical que reconoció su líder en González Prada, siguió un
movimiento neo-civilista o colonialista que proclamó su patriarca a Palma. Y
cómo vino después un movimiento “colónida” precur-sor de una nueva generación.
Pero eso no quiere decir que toda la literatura de este largo período
corresponda necesariamente al fenómeno “futurista” o al fenómeno “colónida”.
Tenemos el caso del poeta Domingo Martínez Luján,
bizarro espécimen de la vieja bohemia romántica, algunos de cuyos versos
BIBLIOTECA AYACUCHO 191
señalarán en las antologías algo así como la
primera nota rubenda-riana de nuestra poesía. Tenemos el caso de Manuel
Beingolea, cuentista de fino humorismo y de exquisita fantasía que cultiva, en
el cuento, el decadentismo de lo raro y lo extraordinario. Tenemos el caso de
José María Eguren, que representa en nuestra historia literaria la poesía
“pura”, antes que la poesía simbolista.
El caso de Eguren, empero, por su excepcional
ascendiente, no se mantiene extraño al juego de las tendencias. Constituye un
valor surgido aparte de una generación, pero que deviene luego un valor
polémico en el diálogo de dos generaciones en contraste. Desconocido, desdeñado
por la generación “futurista” que aclama como su poeta a Gálvez, Eguren es
descubierto y adoptado por el movimiento “colónida”.
La revelación de Eguren empieza en la revista
Contempo-ráneos sobre la que debo decir algunas palabras. Contemporáneos marca
incontestablemente una fecha en nuestra historia literaria. Fundada por Enrique
Bustamante y Ballivián y Julio Alfonso Hernández, esta revista aparece como el
órgano de un grupo de “independientes” que sienten la necesidad de afirmar su
autono-mía del cenáculo “colonialista”. De la generación de Riva Agüero, estos
“independientes” repudian más la estética que el espíritu. Contemporáneos se
presenta, ante todo, como la avanzada del modernismo en el Perú. Su programa es
exclusivamente literario. Hasta como simple revista de renovación literaria, le
falta agresi-vidad, exaltación, beligerancia. Tiene la ponderación parnasiana
de Enrique Bustamante y Ballivián, su director. Mas sus actitudes poseen de
todos modos un sentido de protesta. Los “independien-tes” de Contemporáneos
buscan la amistad de González Prada. Este gesto afirma por sí solo una
“secesión”. El poeta de Exóticas, el prosador de Páginas libres, que entonces
no colaboraba sino en algún acre y pobre periódico anarquista, reaparece en
1909 ante el
192 LITERATURAY ESTÉTICA
público de las revistas literarias, en compañía de
unos indepen-dientes que estimaban en él al parnasiano, al aristócrata, más que
al acusador, más que al rebelde. Pero no importa. Este hecho anuncia ya una
reacción.
La revista Contemporáneos, desaparecida después de
unos cuantos números, intenta renacer en una revista más voluminosa, Cultura.
Bustamante y Ballivián se asocia para esta tentativa a Valdelomar. Pero antes
del primer número los codirectores, riñen. Cultura sale sin Valdelomar. El
primer y único número da la impre-sión de una revista más ecléctica, menos
representativa que Con-temporáneos. El fracaso de este experimento prepara a
Colónida.
Pero estos y otros intentos revelan que si la
generación de Riva Agüero no pudo desdoblarse y dividirse en dos bandos, en dos
gru-pos antagónicos y definidos, no constituyó tampoco una genera-ción uniforme
y unánime. En ninguna generación se presentan esta uniformidad, esta
unanimidad. La de Riva Agüero tuvo sus “inde-pendientes”, tuvo sus heterodoxos.
Espiritual e ideológicamente, el de más personalidad y significación fue sin
duda Pedro S. Zulen. A Zulen no le disgustaban únicamente el academicismo y la
retóri-ca de los “futuristas”; le disgustaba profundamente el espíritu
con-servador y tradicionalista. Frente a una generación “colonialista”, Zulen
se declaró “pro-indigenista”. Los demás “independientes” –Enrique Bustamante y
Ballivián, Alberto J. Ureta, etc.– se con-tentaron con una implícita secesión
literaria.
XII. EGUREN
José María Eguren representa en nuestra historia
literaria la poesía pura. Este concepto no tiene ninguna afinidad con la tesis
del Abate Brémond. Quiero simplemente expresar que la poesía de Eguren se
distingue de la mayor parte de la poesía peruana en que
BIBLIOTECA AYACUCHO 193
no pretende ser historia, ni filosofía ni
apologética sino exclusiva y solamente poesía.
Los poetas de la República no heredaron de los
poetas de la Colonia la afición a la poesía teológica –mal llamada religiosa o
mística– pero sí heredaron la afición a la poesía cortesana y diti-rámbica. El
parnaso peruano se engrosó bajo la República con nuevas odas, magras unas,
hinchadas otras. Los poetas pedían un punto de apoyo para mover el mundo, pero
este punto de apoyo era siempre un evento, un personaje. La poesía se
presentaba, por con-siguiente, subordinada a la cronología. Odas a los héroes o
hechos de América cuando no a los reyes de España, constituían los más altos
monumentos de esta poesía de efemérides o de ceremonia que no encerraba la
emoción de una época o de una gesta sino ape-nas de una fecha. La poesía
satírica estaba también, por razón de su oficio, demasiado encadenada al
evento, a la crónica.
En otros casos, los poetas cultivaban el poema
filosófico que generalmente no es poesía ni es filosofía. La poesía degeneraba
en un ejercicio de declamación metafísica.
El arte de Eguren es la reacción contra este arte
gárrulo y retórico, casi íntegramente compuesto de elementos temporales y
contingentes. Eguren se comporta siempre como un poeta puro. No escribe un solo
verso de ocasión, un solo canto sobre medida. No se preocupa del gusto del
público ni de la crítica. No canta a España, ni a Alfonso XIII, ni a Santa Rosa
de Lima. No re-cita siquiera sus versos en veladas ni fiestas. Es un poeta que
en sus versos dice a los hombres únicamente su mensaje divino.
¿Cómo salva este poeta su personalidad? ¿Cómo
encuentra y afina en esta turbia atmósfera literaria sus medios de expresión?
Enrique Bustamante y Ballivián que lo conoce íntimamente nos ha dado un
interesante esquema de su formación artística: “Dos han sido los más
importantes factores en la formación del poeta dotado
194 LITERATURAY ESTÉTICA
de riquísimo temperamento: las impresiones
campestres recibidas en su infancia en “Chuquitanta”, hacienda de su familia en
las inme-diaciones de Lima, y las lecturas que desde su niñez le hiciera de los
clásicos españoles su hermano Jorge. Diéronle las primeras no sólo el paisaje
que da fondo a muchos de sus poemas, sino el profundo sentimiento de la
Naturaleza expresado en símbolos como lo siente la gente del campo que lo anima
con leyendas y consejas y lo puebla de duendes y brujos, monstruos y trasgos. De
aquellas clásicas lec-turas, hechas con culto criterio y ponderado buen gusto,
sacó la afi-ción literaria, la riqueza de léxico y ciertos giros arcaicos que
dan sabor peculiar a su muy moderna poesía. De su hogar, profunda-mente
cristiano y místico, de recia moralidad cerrada, obtuvo la pureza de alma y la
tendencia al ensueño. Puede agregarse que en él, por su hermana Susana, buena
pianista y cantante, obtuvo la afición musical que es tendencia de muchos de
sus versos. En cuanto al color y a la riqueza plástica, no se debe olvidar que
Eguren es un buen pintor (aunque no llegue a su altura de poeta) y que comenzó
a pintar antes de escribir. Ha notado algún crítico que Eguren es un poeta de
la infancia y que allí está su virtud principal. Ello segura-mente ha de tener
origen (aunque discrepemos de la opinión del crí-tico) en que los primeros
versos del poeta fueron escritos para sus sobrinas y que son cuadros de la
infancia en que ellas figuran”30.
Encuentro excesivo o, más bien, impreciso,
calificar a Eguren de poeta de la infancia. Pero me parece evidente su calidad
esencial de poeta de espíritu y sensibilidad infantiles. Toda su poesía es una
versión encantada y alucinada de la vida. Su simbolismo viene, ante
30. Boletín
Bibliográfico de la Universidad de Lima, No 15 (1915). Nota crítica a una
selección de poemas de Eguren hecha por el bibliotecario de la Universidad,
Pedro S. Zulen, uno de los primeros en apreciar y admirar el genio del poeta de
Simbólicas.
BIBLIOTECA AYACUCHO 195
todo, de sus impresiones de niño. No depende de
influencias ni de sugestiones literarias. Tiene sus raíces en la propia alma
del poeta. La poesía de Eguren es la prolongación de su infancia. Eguren
con-serva íntegramente en sus versos la ingenuidad y la rêverie del niño. Por
eso su poesía en una visión tan virginal de las cosas. En sus ojos deslumbrados
de infante, está la explicación total del milagro.
Este rasgo del arte de Eguren no aparece sólo en
las que espe-cíficamente pueden ser clasificadas como poesías de tema infantil.
Eguren expresa siempre las cosas y la Naturaleza con imágenes que es fácil
identificar y reconocer como escapadas de su subcons-ciencia de niño. La
plástica imagen de un “rey colorado de barba de acero” –una de la notas
preciosas de Eroe, poesía de música rubendariana– no puede ser encontrada sino
por la imaginación de un infante. “Los reyes rojos”, una de las más bellas
creaciones del simbolismo de Eguren, acusa análogo origen en su bizarra
compo-sición de calcomanía:
Desde la aurora
combaten dos reyes rojos
con lanza de oro.
Por verde bosque
y en los purpurinos cerros
vibra su ceño.
Falcones reyes
batallan en lejanías
de oro azulinas.
Por la luz cadmio,
airadas se ven pequeñas
sus formas negras.
196 LITERATURAY ESTÉTICA
Viene la noche
y firmes combaten foscos
los reyes rojos.
Nace también de este encantamiento del alma de
Eguren su gusto por lo maravilloso y lo fabuloso. Su mundo es el mundo
in-descifrable y aladinesco de “la niña de la lámpara azul”. Con Eguren aparece
por primera vez en nuestra literatura la poesía de lo maravilloso. Uno de los
elementos y de las características de esta poesía es el exotismo. Simbólicas
tiene un fondo de mitología escandinava y de medioevo germano. Los mitos
helenos no asoman nunca en el paisaje wagneriano y grotesco de sus cromos
sintetistas.
Eguren no tiene ascendientes en la literatura
peruana. No los tiene tampoco en la propia poesía española. Bustamante y
Balli-vián afirma que González Prada “no encontraba en ninguna litera-tura
origen al simbolismo de Eguren”. También yo recuerdo haber oído a González
Prada más o menos las mismas palabras.
Clasifico a Eguren entre los precursores del
período cosmopo-lita de nuestra literatura. Eguren –he dicho ya– aclimata en un
clima poco propicio la flor preciosa y pálida del simbolismo. Pero esto no
quiere decir que yo comparta, por ejemplo, la opinión de los que suponen en
Eguren influencias vivamente perceptibles del simbolismo francés. Pienso, por
el contrario, que esta opinión es equivocada. El simbolismo francés no nos da
la clave del arte de Eguren. Se pretende que en Eguren hay trazas especiales de
la influencia de Rimbaud. Mas el gran Rimbaud era, temperamental-mente, la
antítesis de Eguren. Nietzscheano, agónico, Rimbaud habría exclamado con el
Guillén de Deucalión: “Yo he de ayudar al Diablo a conquistar el cielo”. André
Rouveyre lo declara “el proto-tipo del sarcasmo demoníaco y de blasfemo
despreciante”. Mílite de la Comuna, Rimbaud tenía una psicología de aventurero
y de
BIBLIOTECA AYACUCHO 197
revolucionario. “Hay que ser absolutamente
moderno”, repetía. Y para serlo dejó a los veintidós años la literatura y
París. A ser poeta en París prefirió ser pioneer en África. Su vitalidad
excesiva no se resignaba a una bohemia citadina y decadente, más o menos
verle-niana. Rimbaud, en una palabra, era un ángel rebelde. Eguren, en cambio,
se nos muestra siempre exento de satanismo. Sus tormen-tas, sus pesadillas son
encantada e infantilmente feéricas. Eguren encuentra pocas veces su acento y su
alma tan cristalinamente como en “Los ángeles tranquilos”:
Pasó el vendaval; ahora
con perlas y berilos,
cantan la soledad aurora
los ángeles tranquilos.
Modulan canciones santas
en dulces bandolines;
viendo caídas las hojosas plantas
de campos y jardines.
Mientras el sol en la neblina
vibra sus oropeles,
besan la muerte blanquecina
en los Saharas crueles.
Se alejan de madrugada
con perlas y berilos
y con la luz del cielo en la mirada
los ángeles tranquilos.
El poeta de Simbólicas y de La canción de las
figuras repre-senta, en nuestra poesía, el simbolismo; pero no un simbolismo. Y
mucho menos una escuela simbolista. Que nadie le regatee origi-nalidad. No es
lícito regatearla a quien ha escrito versos tan abso-luta y rigurosamente
originales como los de “El Duque”:
198 LITERATURAY ESTÉTICA
Hoy se casa el duque Nuez;
viene el chantre, viene el juez
y con pendones escarlata
florida cabalgata;
a la una, a las dos, a las diez;
que se casa el Duque primor
con la hija de Clavo de Olor.
Allí están, con pieles de bisonte,
los caballos de Lobo del Monte,
y con ceño triunfante,
Galo cetrino, Rodolfo Montante.
Y en la capilla está la bella,
mas no ha venido el Duque tras ella; los magnates
postradores, aduladores
al suelo el penacho inclinan;
los corvados, los bisiestos
dan sus gestos, sus gestos, sus gestos; y la turba
melenuda
estornuda, estornuda, estornuda.
Y a los pórticos y a los espacios
mira la novia con ardor…
son sus ojos dos topacios
de brillor.
Y hacen fieros ademanes,
nobles rojos como alacranes;
concentrando sus resuellos
grita el más hercúleo de ellos:
¿Quién al gran Duque entretiene?
¡ya el gran cortejo se irrita!…
Pero el Duque no viene;…
se lo ha comido Paquita.
BIBLIOTECA AYACUCHO 199
Rubén Darío creía pensar en francés más bien que en
caste-llano. Probablemente no se engañaba. El decadentismo, el precio-sismo, el
bizantinismo de su arte son los del París finisecular y verleniano del cual el
poeta se sintió huésped y amante. Su barca, “provenía del divino astillero del
divino Watteau”. Y el galicismo de su espíritu engendraba el galicismo de su
lenguaje. Eguren no presenta el uno ni el otro. Ni siquiera su estilo se
resiente de afran-cesamiento31. Su forma es española; no es francesa. Es
frecuente y es sólito en sus versos, como lo remarca Bustamante y Ballivián, el
giro arcaico. En nuestra literatura, Eguren es uno de los que repre-sentan la
reacción contra el españolismo porque hasta su orto, el españolismo era todavía
retoricismo barroco o romanticismo gran-dilocuente. Eguren, en todo caso, no es
como Rubén Darío un ena-morado de la Francia siglo dieciocho y rococó. Su
espíritu des-ciende del medioevo, más bien que del setecientos. Yo lo hallo
hasta más gótico que latino. Ya he aludido a su predilección por los mitos
escandinavos y germánicos. Constataré ahora que en algu-nas de sus primeras
composiciones, de acento y gusto un poco rubendarianos, como “Las bodas
vienesas” y “Lis”, la imagina-ción de Eguren abandona siempre el mundo dieciochesco
para partir en busca de un color o una nota medioevales:
Comienzan ambiguas
añosas marquesas
sus danzas antiguas
y sus polonesas.
31. No
escasean en los versos de Eguren los italianismos. El gusto de las palabras
ita-lianas –que no lo latiniza–, nace en el poeta de su trato de la poesía de
Italia, fomen-tado en él por las lecturas de su hermano Jorge que residió
largamente en ese país.
200 LITERATURAY ESTÉTICA
Y llegan arqueros
de largos bigotes
y evitan los fieros
de los monigotes.
Me parece que algunos elementos de su poesía –la
ternura y el candor de la fantasía, verbigratia– emparentan vagamente a veces a
Eguren con Maeterlinck –el Maeterlinck de los buenos tiempos. Pero esta
indecisa afinidad no revela precisamente una influencia maeterlinckiana.
Depende más bien de que la poesía de Eguren, por las rutas de lo maravilloso,
por los caminos del sueño, toca el misterio. Mas Eguren interpreta el misterio
con la inocencia de un niño alucinado y vidente. Y en Maeterlinck el misterio
es con fre-cuencia un producto de alquimia literaria.
Objetando su galicismo, analizando su simbolismo,
se abre de improviso, feéricamente, como en un encantamiento, la puerta secreta
de una interpretación genealógica del espíritu y del tempe-ramento de José M.
Eguren.
Eguren desciende del Medioevo. Es un eco puro
–extraviado en el trópico americano– del Occidente medioeval. No procede de la
España morisca sino de la España gótica. No tiene nada de árabe en su
temperamento ni en su espíritu. Ni siquiera tiene mucho de latino. Sus gustos
son un poco nórdicos. Pálido personaje de Van Dyck, su poesía se puebla a veces
de imágenes y reminiscencias flamencas y germanas. En Francia el clasicismo le
reprocharía su falta de orden y claridad latinas. Maurras lo hallaría demasiado
tudesco y caótico. Porque Eguren no procede de la Europa rena-centista o
rococó. Procede espiritualmente de la edad de las cruza-das y las catedrales.
Su fantasía bizarra tiene un parentesco carac-terístico con la de los
decoradores de las catedrales góticas en su afición a lo grotesco. El genio
infantil de Eguren se divierte en lo grotesco, finamente estilizado con gusto
prerrenacentista:
BIBLIOTECA AYACUCHO 201
Dos infantes oblongos deliran
y al cielo levantan sus rápidas manos y dos rubias
gigantes suspiran
y el coro preludian cretinos ancianos.
Y al dulzor de virgíneas camelias
va en pos del cortejo la banda macrovia y rígidas,
fuertes, las tías Adelias,
y luego cojeando, cojeando la novia.
(“Las bodas vienesas”)
A la sombra de los estucos
llegan viejos y zancos,
en sus mamelucos
los vampiros blancos.
(“Diosa ambarina”)
Los magnates postradores
aduladores
al suelo el penacho inclinan;
los corvados, los bisiestos
dan sus gestos, sus gestos, sus gestos; y la turba
melenuda
estornuda, estornuda, estornuda.
(“El Duque”)
En Eguren subsiste, mustiado por los siglos, el
espíritu aristo-crático. Sabemos que en el Perú la aristocracia colonial se
trans-formó en burguesía republicana. El antiguo “encomendero” reem-plazó
formalmente sus principios feudales y aristocráticos por los principios
demoburgueses de la revolución libertadora. Este sen-
202 LITERATURAY ESTÉTICA
cillo cambio le permitió conservar sus privilegios
de “encomende-ro” y latifundista. Por esta metamorfosis, así como no tuvimos
bajo el Virreinato una auténtica aristocracia, no tuvimos tampoco bajo la
República una auténtica burguesía. Eguren –el caso tenía que darse en un poeta–
es tal vez el único descendiente de la genuina Europa medioeval y gótica.
Biznieto de la España aventurera que descubrió América, Eguren se satura en la
hacienda costeña, en el solar nativo, de ancianos aromas de leyenda. Su siglo y
su medio no sofocan en él del todo el alma medioeval. (En España, Eguren habría
amado como Valle-Inclán los héroes y los hechos de las gue-rras carlistas). No
nace cruzado –es demasiado tarde para serlo–, pero nace poeta. La afición de su
raza a la aventura se salva en la goleta corsaria de su imaginación. Como no le
es dado tener el alma aventurera, tiene al menos aventurera la fantasía.
Nacida medio siglo antes, la poesía de Eguren
habría sido romántica32, aunque no por esto de mérito menos imperecedero.
Nacida bajo el signo de la decadencia novecentista, tenía que ser simbolista.
(Maurras no se engaña cuando mira en el simbolismo la cola de la cola del
romanticismo). Eguren habría necesitado siem-pre evadirse de su época, de la
realidad. El arte es una evasión cuan-do el artista no puede aceptar ni
traducir la época y la realidad que le tocan. De estos artistas han sido en
nuestra América –dentro de sus temperamentos y sus tiempos disímiles– José
Asunción Silva y Julio Herrera y Reissig.
Estos artistas maduran y florecen extraños y
contrarios al penoso y áspero trabajo de crecimiento de sus pueblos. Como diría
Jorge Luis Borges, son artistas de una cultura, no de una estirpe.
32. Una
buena parte de la obra de Eguren es romántica, y no sólo en Simbólicas sino en
Sombras y aún en Rondinelas, las dos últimas jornadas de su poesía.
BIBLIOTECA AYACUCHO 203
Pero son quizá los únicos artistas que, en ciertos
períodos de su his-toria, puede poseer un pueblo, puede producir una estirpe.
Valerio Brussiov,Alejandro Blok, simbolistas y aristócratas también,
repre-sentaron en los años anteriores a la revolución, la poesía rusa. Venida
la revolución, los dos descendieron de su torre solariega al ágora
ensangrentada y tempestuosa.
Eguren, en el Perú, no comprende ni conoce al
pueblo. Ignora al indio, lejano de su historia y extraño a su enigma. Es
demasiado occidental y extranjero espiritualmente para asimilar el
orientalis-mo indígena. Pero, igualmente, Eguren no comprende ni conoce tampoco
la civilización capitalista, burguesa, occidental. De esta civilización, le
interesa y le encanta únicamente, la colosal jugue-tería. Eguren se puede
suponer moderno porque admira el avión, el submarino, el automóvil. Mas en el
avión, en el automóvil, etc., admira no la máquina sino el juguete. El juguete
fantástico que el hombre ha construido para atravesar los mares y los
continentes. Eguren ve el hombre jugar con la máquina; no ve, como
Rabin-dranath Tagore, a la máquina esclavizar al hombre.
La costa mórbida, blanda, parda, lo ha aislado tal
vez de la his-toria y de la gente peruanas. Quizá la sierra lo habría hecho
dife-rente. Una naturaleza incolora y monótona es responsable, en todo caso, de
que su poesía sea algo así como una poesía de cámara. Poesía de estancia y de
interior. Porque así como hay una música y una pintura de cámara, hay también
una poesía de cámara. Que, cuando es la voz de un verdadero poeta, tiene el
mismo encanto.
XIII. ALBERTO HIDALGO
Alberto Hidalgo significó en nuestra literatura, de
1917 al 18, la exasperación y la terminación del experimento “colónida”.
Hi-dalgo llevó la megalomanía, la egolatría, la beligerancia del gesto
204 LITERATURAY ESTÉTICA
“colónida” a sus más extremas consecuencias. Los
bacilos de esta fiebre, sin la cual no habría sido posible tal vez elevar la
tempera-tura de nuestras letras, alcanzaron en el Hidalgo, todavía provin-ciano
de Panoplia lírica, su máximo grado de virulencia. Valde-lomar estaba ya de
regreso de su aventuroso viaje por los dominios d’annunzianos, en el cual
–acaso porque en D’Annunzio junto a Venecia bizantina está el Abruzzo rústico y
la playa adriática–, descubrió la costa de la criolledad y entrevió lejano el
continente del inkaísmo. Valdelomar había guardado, en sus actitudes más
ególatras, su humorismo. Hidalgo, un poco tieso aún dentro de su chaqué
arequipeño, no tenía la misma agilidad para la sonrisa. El gesto “colónida” en
él era patético. Pero Hidalgo, en cambio iba a aportar a nuestra renovación
literaria, quizá por su misma bronca virginidad de provinciano, a quien la urbe
no había aflojado, un gusto viril por la mecánica, el maquinismo, el
rascacielo, la velo-cidad, etc. Si con Valdelomar incorporamos en nuestra
sensi-bilidad, antes estragada por el espeso chocolate escolástico, a
D’Annunzio, con Hidalgo asimilamos a Marinetti, explosivo, tre-pidante,
camorrista. Hidalgo, panfletista y lapidario, continuaba, desde otro punto de
vista, la línea de González Prada y More. Era un personaje excesivo para un
público sedentario y reumático. La fuerza centrífuga y secesionista que lo
empuja, se lo llevó de aquí en un torbellino.
Hoy Hidalgo es, aunque no se mueva de un barrio de
Buenos Aires, un poeta del idioma. Apenas si, como antecedente, se puede hablar
de sus aventuras de poeta local. Creciendo, creciendo, ha adquirido efectiva
estatura americana. Su literatura tiene circula-ción y cotización en todos los
mercados del mundo hispano. Como siempre, su arte es de secesión. El clima
austral ha temperado y robustecido sus nervios un poco tropicales, que conocen
todos los grados de la literatura y todas las latitudes de la imaginación. Pero
BIBLIOTECA AYACUCHO 205
Hidalgo está –como no podía dejar de estar– en la
vanguardia. Se siente –según sus palabras–, en la izquierda de la izquierda.
Esto quiere decir, ante todo, que Hidalgo ha
visitado las diver-sas estaciones y recorrido los diversos caminos del arte
ultramo-derno. La experiencia vanguardista le es, íntegramente, familiar. De
esta gimnasia incesante, ha sacado una técnica poética depura-da de todo rezago
sospechoso. Su expresión es límpida, bruñida, certera, desnuda. El lema de su
arte es este: “simplismo”.
Pero Hidalgo, por su espíritu está, sin quererlo y
sin saberlo, en la última estación romántica. En muchos versos suyos,
encon-tramos la confesión de su individualismo absoluto. De todas las
tendencias literarias contemporáneas, el unanimismo es, evidente-mente, la más
extraña y ausente de su poesía. Cuando logra su más alto acento de lírico puro,
se evade a veces de su egocentrismo. Así, por ejemplo, cuando dice: “Soy
apretón de manos a todo lo que vive./ Poseo plena la vecindad del mundo”. Mas
con estos versos empieza su poema “Envergadura del anarquista” que es la más
sin-cera y lírica efusión de su individualismo. Y desde el segundo verso, la
idea de “vecindad del mundo” acusa el sentimiento de secesión y de soledad.
El romanticismo –entendido como movimiento
literario y artís-tico, anexo a la revolución burguesa– se resuelve, conceptual
y sen-timentalmente, en individualismo. El simbolismo, el decadentismo, no han
sido sino estaciones románticas. Y lo han sido también las escuelas modernistas
en los artistas que no han sabido escapar al subjetivismo excesivo de la mayor
parte de sus proposiciones.
Hay un síntoma sustantivo en el arte
individualista, que indi-ca, mejor que ningún otro, un proceso de disolución:
el empeño con que cada arte, y hasta cada elemento artístico, reivindica su
autonomía. Hidalgo es uno de los que más radicalmente adhieren a este empeño,
si nos atenemos a su tesis del “poema de varios
206 LITERATURAY ESTÉTICA
lados”. “Poema en el que cada uno de sus versos
constituye un ser libre, a pesar de hallarse al servicio de una idea o de una
emoción centrales”. Tenemos así proclamada, categóricamente, la autono-mía, la
individualidad del verso. La estética del anarquista no podía ser otra.
Políticamente, históricamente, el anarquismo es,
como está averiguado, la extrema izquierda del liberalismo. Entra, por tanto, a
pesar de todas las protestas inocentes o interesadas, en el orden ideológico
burgués. El anarquista, en nuestro tiempo, puede ser un revolté, pero no es,
históricamente, un revolucionario.
Hidalgo –aunque lo niegue– no ha podido sustraerse
a la emo-ción revolucionaria de nuestro tiempo cuando ha escrito su Ubi-cación
de Lenin y su Biografía de la palabra revolución. En el pre-facio de su último
libro Descripción del cielo, la visión subjetiva lo hace, sin embargo, escribir
que el primero “es un poema de exalta-ción, de pura lírica, no de doctrina” y
que “Lenin ha sido un pre-texto para crear como pudo serlo una montaña, un río
o una máqui-na”, y que “Biografía de la palabra revolución, es un elogio de la
revolución pura, de la revolución en sí, cualquiera que sea la causa que la
dicte”. La revolución pura, la revolución en sí, querido Hidalgo, no existe
para la historia y, no existe tampoco para la poe-sía. La revolución pura es
una abstracción. Existen la revolución liberal, la revolución socialista, otras
revoluciones. No existe la revolución pura, como cosa histórica ni como tema
poético.
De las tres categorías primarias en que, por
comodidad de cla-sificación y de crítica, cabe, a mi juicio, dividir la poesía
de hoy –lírica pura, disparate absoluto, y épica revolucionaria–, Hidalgo
siente, sobre todo, la primera; y aquí está su fuerza más grande, la que le ha
dado sus más bellos poemas. El poema a Lenin es una creación lírica. (Hidalgo
se engaña sólo en cuanto se supone ajeno a la emoción histórica). Este poema,
que ha salvado íntegramente
BIBLIOTECA AYACUCHO 207
todos los riesgos profesionales, es a la vez de una
gran pureza poé-tica. Lo trascribiría entero, si estos versos no bastasen:
En el corazón de los obreros su nombre se levanta
antes que el sol.
Lo bendicen los carretes de hilo
desde lo alto de los mástiles
de todas las máquinas de coser
Pianos de la época las máquinas de escribir tocan
sonatas en su honor.
Es el descanso automático
que hace leve el andar del vendedor ambulante
Cooperativa general de esperanzas
Su pregón cae en la alcancía de los humildes
ayudando a pagar la casa a plazos
Horizonte hacia el que se abre la ventana del pobre
Colgado del badajo del sol
golpea en los metales de la tarde
para que salgan a las 17 los trabajadores
Su lirismo salva a Hidalgo de caer en un arte
excesivamente cerebral, subjetivo, nihilista. No es posible dudar de él, capaz
de recrearse en este “Dibujo del Niño”:
Infancia pueblo de los recuerdos
tomo el tranvía para irme a él.
La evasión de las cosas se inicia con terquedad de
aceite que
[se esparce
El suelo no está aquí
Pasa una nube y borra el cielo
Desaparecen aire y luz y esto queda vacío.
208 LITERATURAY ESTÉTICA
Entonces sales de un brinco del fondo inabordable
de mi olvido
Fue en el recodo de una tarde señalado de luz por
tu silueta
Una emoción sin nombre tenía encadenadas nuestras
manos
Tus miradas convocaban mi beso
Pero tu risa río entre los dos corría separándonos
niña
Y yo desde mi orilla te postergué hasta el sueño.
Ahora tengo treinta años menos de los que me
entregaron para darte Si tú has muerto yo guardo este paisaje de mi corazón
pintado en ti.
El disparate, –si enjuiciamos la actualidad de
Hidalgo por Descripción del Cielo–, desaparece casi completamente de su
poe-sía. Es, más bien, uno de los elementos de su prosa; y nunca es, en verdad,
disparate absoluto. Carece de su incoherencia alucinada: tiende, más bien, al
disparate lógico, racional. La épica revolucio-naria –que anuncia un nuevo
romanticismo indemne del individua-lismo del que termina– no se concilia con su
temperamento ni con su vida, violentamente anárquicos.
A su individualismo exasperado, debe Hidalgo su
dificultad para el cuento o la novela. Cuando los intenta, se mueve dentro de
un género que exige la extraversión del artista. Los cuentos de Hi-dalgo son
los de un artista intravertido. Sus personajes aparecen esquemáticos,
artificiales, mecánicos. Le sobra a su creación, hasta cuando es más
fantástica, la excesiva, intolerante y tiránica presen-cia del artista, que se
niega a dejar vivir a sus criaturas por su pro-pia cuenta, porque pone
demasiado en todas ellas su individualidad y su intención.
XIV. CÉSAR VALLEJO
El primer libro de César Vallejo, Los heraldos
negros, es el orto de una nueva poesía en el Perú. No exagera, por fraterna
exaltación,
BIBLIOTECA AYACUCHO 209
Antenor Orrego, cuando afirma que “a partir de este
sembrador se inicia una nueva época de la libertad, de la autonomía poética, de
la vernácula articulación verbal”33.
Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza. En
Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento
indí-gena virginalmente expresado. Melgar –signo larvado, frustrado– en sus
yaravíes es aún un prisionero de la técnica clásica, un gre-gario de la
retórica española. Vallejo, en cambio, logra en su poe-sía un estilo nuevo. El
sentimiento indígena tiene en sus versos una modulación propia. Su canto es
íntegramente suyo. Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer
una técnica y un len-guaje nuevos también. Su arte no tolera el equívoco y
artificial dualismo de la esencia y la forma. “La derogación del viejo
anda-miaje retórico –remarca certeramente Orrego– no era un capricho o
arbitrariedad del poeta, era una necesidad vital. Cuando se comienza a
comprender la obra de Vallejo, se comienza a com-prender también la necesidad
de una técnica renovada y distinta”34. El sentimiento indígena es en Melgar
algo que se vislumbra sólo en el fondo de sus versos; en Vallejo es algo que se
ve aflorar ple-namente al verso mismo cambiando su estructura. En Melgar no es
sino el acento; en Vallejo es el verbo. En Melgar, en fin, no es sino queja
erótica; en Vallejo es empresa metafísica. Vallejo es un crea-dor absoluto. Los
heraldos negros podía haber sido su obra única. No por eso Vallejo habría
dejado de inaugurar en el proceso de nuestra literatura una nueva época. En
estos versos del pórtico de Los heraldos negros principia acaso la poesía
peruana. (Peruana, en el sentido de indígena).
33. Antenor
Orrego, Panoramas, ensayo sobre César Vallejo.
34. Orrego,
op. cit.
210 LITERATURAY ESTÉTICA
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el
rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros
atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de
alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las
crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos
quema.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo
lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Clasificado dentro de la literatura mundial, este
libro, Los heraldos negros, pertenece parcialmente, por su título verbigracia,
al ciclo simbolista. Pero el simbolismo es de todos los tiempos. El simbolismo,
de otro lado, se presta mejor que ningún otro estilo a la interpretación del
espíritu indígena. El indio, por animista y por bucólico, tiende a expresarse
en símbolos e imágenes antropomór-ficas o campesinas. Vallejo además no es sino
en parte simbolista. Se encuentra en su poesía –sobre todo de la primera
manera– ele-mentos de simbolismo, tal como se encuentra elementos de
expre-sionismo, de dadaísmo y de suprarrealismo. El valor sustantivo de Vallejo
es el creador. Su técnica está en continua elaboración. El procedimiento, en su
arte, corresponde a un estado de ánimo. Cuan-
BIBLIOTECA AYACUCHO 211
do Vallejo en sus comienzos toma en préstamo, por
ejemplo, su método a Herrera Reissig, lo adapta a su personal lirismo.
Mas lo fundamental, lo característico en su arte es
la nota in-dia. Hay en Vallejo un americanismo genuino y esencial; no un
americanismo descriptivo o localista. Vallejo no recurre al folklo-re. La
palabra quechua, el giro vernáculo no se injertan artificiosa-mente en su
lenguaje; son en él producto espontáneo, célula pro-pia, elemento orgánico. Se
podría decir que Vallejo no elige sus vocablos. Su autoctonismo no es
deliberado. Vallejo no se hunde en la tradición, no se interna en la historia,
para extraer de su oscu-ro substractum perdidas emociones. Su poesía y su
lenguaje ema-nan de su carne y su ánima. Su mensaje está en él. El sentimiento
indígena obra en su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera.
Uno de los rasgos más netos y claros del
indigenismo de Va-llejo me parece su frecuente actitud de nostalgia. Valcárcel,
a quien debemos tal vez la más cabal interpretación del alma autóc-tona, dice
que la tristeza del indio no es sino nostalgia. Y bien, Vallejo es
ascendradamente nostálgico. Tiene la ternura de la evo-cación. Pero la
evocación en Vallejo es siempre subjetiva. No se debe confundir su nostalgia
concebida con tanta pureza lírica con la nostalgia literaria de los pasadistas.
Vallejo es nostalgioso, pero no meramente retrospectivo. No añora el Imperio
como el pasa-dismo perricholesco añora el Virreinato. Su nostalgia es una
pro-testa sentimental o una protesta metafísica. Nostalgia de exilio; nostalgia
de ausencia.
Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce
Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la
sangre, como flojo cognac, dentro de mí.
(“Idilio muerto”, Los heraldos negros)
212 LITERATURAY ESTÉTICA
Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa, donde nos
haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá nos
acariciaba: “Pero hijos…”
(“A mi hermano Miguel”, Los heraldos negros)
He almorzado solo ahora, y no he tenido madre, ni
súplica, ni sírvete, ni agua, ni padre que en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido
(XXVIII, Trilce)
Se acabó el extraño, con quien, tarde
la noche, regresabas parla y parla.
Ya no habrá quien me aguarde,
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.
Se acabó la calurosa tarde;
tu gran bahía y tu clamor; la charla
con tu madre acabada
que nos brindaba un té lleno de tarde.
(XXXIV, Trilce)
Otras veces Vallejo presiente o predice la
nostalgia que vendrá:
Ausente! La mañana en que a la playa del mar de
sombra y del callado imperio, como un pájaro lúgubre me vaya, será el blanco
panteón tu cautiverio.
(“Ausente”, Los heraldos negros)
BIBLIOTECA AYACUCHO 213
Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.
(“Verano”, Los heraldos negros)
Vallejo interpreta a la raza en un instante en que
todas sus nos-talgias, punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban. Pero
–y en esto se identifica también un rasgo de alma india–, sus recuerdos están
llenos de esa dulzura de maíz tierno que Vallejo gusta melancólicamente cuando
nos habla del “Facundo ofertorio de los choclos”.
Vallejo tiene en su poesía el pesimismo del indio.
Su hesitación, su pregunta, su inquietud, se resuelven escépticamente en un
“¡para qué!”. En este pesimismo se encuentra siempre un fondo de piedad humana.
No hay en él nada de satánico ni de morboso. Es el pesi-mismo de un ánima que
sufre y expía “la pena de los hombres” como dice Pierre Hamp. Carece este
pesimismo de todo origen lite-rario. No traduce una romántica desesperanza de
adolescente turba-do por la voz de Leopardi o de Schopenhauer. Resume la experien-cia
filosófica, condensa la actitud espiritual de una raza, de un pueblo. No se le
busque parentesco ni afinidad con el nihilismo o el escepticismo
intelectualista de Occidente. El pesimismo de Vallejo, como el pesimismo del
indio, no es un concepto sino un sentimien-to. Tiene una vaga trama de
fatalismo oriental que lo aproxima, más bien, al pesimismo cristiano y místico
de los eslavos. Pero no se confunde nunca con esa neurastenia angustiada que
conduce al sui-cidio a los lunáticos personajes de Andreiev y Arzibachev. Se
podría decir que así como no es un concepto, tampoco es una neurosis.
Este pesimismo se presenta lleno de ternura y
caridad. Y es que no lo engendra un egocentrismo, un narcisismo, desencanta-
214 LITERATURAY ESTÉTICA
dos y exasperados, como en casi todos los casos del
ciclo románti-co. Vallejo siente todo el dolor humano. Su pena no es personal.
Su alma “está triste hasta la muerte” de la tristeza de todos los hom-bres. Y
de la tristeza de Dios. Porque para el poeta no sólo existe la pena de los
hombres. En estos versos nos habla de la pena de Dios:
Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad…
Pero yo siento a Dios. Y hasta parece que él me
dicta no sé qué buen color. Como un hospitalario, es bueno y triste; mustia un
dulce desdén de enamorado: debe dolerle mucho el corazón.
Oh, Dios mío, recién a ti me llego, hoy que amo
tanto en esta tarde; hoy que en la falsa balanza de unos senos, miro y lloro
una frágil Creación.
Y tú, cuál llorarás… tú, enamorado
de tanto enorme seno girador...
Yo te consagro Dios, porque amas tanto; porque
jamás sonríes; porque siempre debe dolerte mucho el corazón.
Otros versos de Vallejo niegan esta intuición de la
divinidad. En “Los dados eternos” el poeta se dirige a Dios con amargura
ren-corosa. “Tú que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu crea-ción”.
Pero el verdadero sentimiento del poeta, hecho siempre de piedad y de amor, no
es éste. Cuando su lirismo, exento de toda coerción racionalista, fluye libre y
generosamente, se expresa en
BIBLIOTECA AYACUCHO 215
versos como éstos, los primeros que hace diez años
me revelaron el genio de Vallejo:
El suertero que grita “La de a mil”
contiene no sé qué fondo de Dios.
Pasan todos los labios. El hastío
despunta en una arruga su yanó.
Pasa el suertero que atesora, acaso
nominal, como Dios,
entre panes tantálicos, humana
impotencia de amor.
Yo le miro el andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón;
pero la suerte aquella que en sus manos aporta,
pregonando en alta voz, como un pájaro cruel, irá a parar adonde no lo sabe ni
lo quiere este bohemio dios.
Y digo en este viernes tibio que anda a cuestas
bajo el sol:
¡por qué se habrá vestido de suertero la voluntad
de Dios!
“El poeta –escribe Orrego– habla individualmente,
particula-riza el lenguaje, pero piensa, siente y ama universalmente”. Este
gran lírico, este gran subjetivo, se comporta como un intérprete del universo,
de la humanidad. Nada recuerda en su poesía la queja egolátrica y narcisista
del romanticismo. El romanticismo del siglo XIX fue esencialmente
individualista; el romanticismo del novecientos es, en cambio, espontáneo y
lógicamente socialista, unanimista. Vallejo, desde este punto de vista, no sólo
pertenece a su raza, pertenece también a su siglo, a su evo35.
216 LITERATURAY ESTÉTICA
Es tanta su piedad humana que a veces se siente
responsable de una parte del dolor de los hombres. Y entonces se acusa a sí
mis-mo. Lo asalta el temor, la congoja de estar también él, robando a los
demás:
Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!
Y en esta hora fría, en que la tierra trasciende a
polvo humano y es tan triste, quisiera yo tocar todas las puertas, y suplicar a
no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón…!
La poesía de Los heraldos negros es así siempre. El
alma de Vallejo se da entera al sufrimiento de los pobres.
Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor.
La Hacienda Menocucho
cobra mil sinsabores diarios por la vida
35. Jorge
Basadre juzga que en Trilce, Vallejo emplea una nueva técnica, pero que sus
motivos continúan siendo románticos. Pero la más alquitarada “nueva poesía”, en
la medida en que extrema su subjetivismo, también es romántica, como obser-vo a
propósito de Hidalgo. En Vallejo hay, ciertamente, mucho de viejo romanti-cismo
y decadentismo hasta Trilce, pero el mérito de su poesía se valora por los
grados en que supera y trasciende esos residuos. Además, convendría entenderse
previamente sobre el término romanticismo.
BIBLIOTECA AYACUCHO 217
Este arte señala el nacimiento de una nueva
sensibilidad. Es un arte nuevo, un arte rebelde, que rompe con la tradición
cortesana de una literatura de bufones y lacayos. Este lenguaje es el de un
poeta y un hombre. El gran poeta de Los heraldos negros y de Trilce –ese gran
poeta que ha pasado ignorado y desconocido por las calles de Lima tan propicias
y rendidas a los laureles de los juglares de feria– se presenta, en su arte,
como un precursor del nuevo espíritu, de la nueva conciencia.
Vallejo, en su poesía, es siempre un alma ávida de
infinito, sedienta de verdad. La creación en él es, al mismo tiempo,
inefa-blemente dolorosa y exultante. Este artista no aspira sino a expre-sarse
pura e inocentemente. Se despoja, por eso, de todo ornamen-to retórico, se
desviste de toda vanidad literaria. Llega a la más austera, a la más humilde, a
la más orgullosa sencillez en la forma. Es un místico de la pobreza que se
descalza para que sus pies conoz-can desnudos la dureza y la crueldad de su camino.
He aquí lo que escribe a Antenor Orrego después de haber publicado Trilce: “El
libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la
responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás, siento gravitar
sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de
artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás. Siento
que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad. Me doy en
la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios sabe
hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios sabe cuánto he sufri-do
para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertina-je! ¡Dios
sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, col-mado de miedo, temeroso
de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!”. Éste es
inconfudiblemente el acento de un verdadero creador, de un auténtico artista.
La confesión de su sufrimiento es la mejor prueba de su grandeza.
218 LITERATURAY ESTÉTICA
XV. ALBERTO GUILLÉN
Alberto Guillén heredó de la generación “colónida”
el espíritu iconoclasta y ególatra. Extremó en su poesía la exaltación
paranoi-ca del yo. Pero, a tono con el nuevo estado de ánimo que maduraba ya,
tuvo su poesía un acento viril. Extraño a los venenos de la urbe, Guillén
discurrió, con rústico y pánico sentimiento, por los cami-nos del agro y la
égloga. Enfermo de individualismo y nietzscha-nismo, se sintió un superhombre.
En Guillén la poesía peruana renegaba, un poco desgarbada pero oportuna y definitivamente,
sus surtidores y sus fontanas.
Pertenecen a este momento de Guillén Belleza
humilde y Prometeo. Pero es en Deucalión donde el poeta encuentra su
equi-librio y realiza su personalidad. Clasifico Deucalión entre los libros que
más alta y puramente representan la lírica peruana de la primera centuria. En
Deucalión no hay un bardo que declama en un tinglado ni un trovador que canta
una serenata. Hay un hombre que sufre, que exulta, que afirma, que duda y que
niega. Un hombre henchido de pasión, de ansia, de anhelo. Un hombre, sediento
de verdad, que sabe que “nuestro destino es hallar el camino que lleva al
Paraíso”. Deucalión es la canción de la partida.
¿Hacia dónde?
¡No importa! La vida esconde
mundos en germen
que aún falta descubrir:
Corazón, es hora de partir
hacia los mundos que duermen!
Este nuevo caballero andante no vela sus armas en
ninguna venta. No tiene rocín ni escudero ni armadura. Camina desnudo y grave
como el “Juan Bautista” de Rodin.
BIBLIOTECA AYACUCHO 219
Ayer salí desnudo
a retar el Destino
el orgullo de escudo
y yelmo el de Mambrino
Pero la tensión de la vigilia de espera ha sido
demasiado dura para sus nervios jóvenes. Y, luego, la primera aventura, como la
de Don Quijote, ha sido desventurada y ridícula. El poeta, además, nos revela
su flaqueza desde esta jornada. No está bastante loco para seguir la ruta de
Don Quijote, insensible a las burlas del desti-no. Lleva acurrucado en su
propia alma al maligno Sancho con sus refranes y sus sarcasmos. Su ilusión no
es absoluta. Su locura no es cabal. Percibe el lado grotesco, el flanco cómico
de su andanza. Y, por consiguiente, fatigado, vacilante, se detiene para
interrogar a todas las esfinges y a todos los enigmas.
¿Para qué te das corazón,
para qué te das,
si no has de hallar tu ilusión
jamás?
Pero la duda, que roe el corazón del poeta, no
puede aún pre-valecer sobre su esperanza. El poema tiene mucha sed de infinito.
Su ilusión está herida; pero todavía logra ser imperativa y perento-ria. Este
soneto resume entero el episodio:
A mitad del camino
pregunté, como Dante:
¿sabes tú mi destino,
mi ruta, caminante?
Como un eco un pollino
me respondió hilarante,
pero el buen peregrino
me señaló adelante;
220 LITERATURAY ESTÉTICA
luego se alzó en mí mismo
una voz de heroísmo
que me dijo: —¡Marchad!
Y yo arrojé mi duda
y, en mi mano, desnuda,
llevo mi voluntad!
No es tan fuerte siempre el caminante. El diablo lo
tienta a cada paso. La duda,a pesar suyo,empieza a filtrarse sagazmente en su
con-ciencia, emponzoñándola y aflojándola. Guillén conviene con el dia-blo en
que “no sabemos si tiene razón Quijote o Panza”. Mina su voluntad una filosofía
relativista y escéptica. Su gesto se vuelve un poco inseguro y desconfiado.
Entre la Nada y el Mito,su impulso vital lo conduce al Mito. Pero Guillén
conoce ya su relatividad. La duda es estéril. La fe es fecunda. Sólo por esto
Guillén se decide por el cami-no de la fe. Su quijotismo ha perdido su candor y
su pureza. Se ha tor-nado pragmatista. “Piensa que te conviene/ no perder la
esperanza”. Esperar,creer,es una cuestión de conveniencia y de comodidad. Nada
importa que luego esta intuición se precise en términos más nobles: “Y, mejor,
no razones, más valen ilusiones que la razón más fuerte”.
Pero todavía el poeta recupera, de rato en rato, su
divina locu-ra. Todavía está encendida su alucinación. Todavía es capaz de
expresarse con una pasión sobrehumana:
Igual que el viejo Pablo
fue postrado en el suelo,
me ha mordido el venablo
del infinito anhelo:
por eso, en lo que os hablo,
pongo el ansia del vuelo
yo he de ayudar al Diablo
a conquistar el Cielo.
BIBLIOTECA AYACUCHO 221
Y, en este admirable soneto, grávido de emoción,
religioso en su acento, el poeta formula su evangelio:
Desnuda el corazón
de toda vanidad
y pon tu voluntad
donde esté tu ilusión;
opón tu puño, opón,
toda tu libertad
contra el viejo aluvión
de la Fatalidad;
y que tus pensamientos,
como los elementos
destrocen toda brida,
como se abre el grano
a pesar del gusano
y del lodo a la vida.
La raíz de esta poesía está a veces en Nietzsche, a
veces en Rodó, a veces en Unamuno; pero la flor, la espiga, el grano, son de
Guillén. No es posible discutirle ni contestarle su propiedad. El pensamiento y
la forma se consustancian, se identifican totalmen-te en Deucalión. La forma es
como el pensamiento, desnuda, plás-tica, tensa, urgente. Colérica y serena al
mismo tiempo. (Una de las cosas que yo amo más en Deucalión es, precisamente,
su prescin-dencia casi absoluta de decorado y de indumento; su voluntario y
categórico renunciamiento a lo ornamental y a lo retórico). Deu-calión, es una
diana. Es un orto. En Deucalión parte un hombre, mozo y puro todavía, en busca
de Dios o a la conquista del mundo.
Mas, en su camino, Guillén se corrompe. Peca por
vanidad y por soberbia. Olvida la meta ingenua de su juventud. Pierde su ino-
222 LITERATURAY ESTÉTICA
cencia. El espectáculo y las emociones de la
civilización urbana y cosmopolita enervan y relajan su voluntad. Su poesía se
contagia del humor negativo y corrosivo de la literatura de Occidente. Guillén
deviene socarrón, befardo, cínico, ácido. Y el pecado trae la expiación. Todo
lo que es posterior a Deucalión es también infe-rior. Lo que le falta de
intensidad humana le falta, igualmente, de significación artística. El libro de
las parábolas y La imitación de Nuestro Señor Yo encierran muchos aciertos; pero
son libros irre-mediablemente monótonos. Me hacen la impresión de productos de
retorta. El escepticismo y el egotismo de Guillén destilan ahí,
acompasadamente, una gota, otra gota. Tantas gotas, dan una pági-na; tantas
páginas y un prólogo, dan un libro.
El lado, el contorno de esta actitud de Guillén más
interesante es su relativismo. Guillén se entretiene en negar la realidad del
yo, del individuo. Pero su testimonio es recusable. Porque tal vez, Guillén
razona según su experiencia personal: “Mi personalidad, como yo la soñé, como
yo la entreví, no se ha realizado; luego la personalidad no existe”.
En La imitación de Nuestro Señor Yo, el pensamiento
de
Guillén es pirandelliano. He aquí algunas pruebas:
“Él, ella, todos existen, pero en ti”. “Soy todos
los hombres en mí”. “¿Mis contradicciones no son una prueba de que llevo en mí
a muchos hombres?”. “Mentira. Ellos no mueren: como nosotros que morimos en
ellos”.
Estas líneas contienen algunas briznas de la
filosofía del Uno, ninguno, cien mil de Pirandello.
No creo, sin embargo, que Guillén, si persevera por
esta ruta, llegue a clasificarse entre los especímenes de la literatura
humoris-ta y cosmopolita de Occidente. Guillén, en el fondo, es un poeta un
poco rural y franciscano. No toméis al pie de la letra sus blasfe-mias. Muy
adentro del alma, guarda un poco de romanticismo de
BIBLIOTECA AYACUCHO 223
provincia. Su psicología tiene muchas raíces
campesinas. Per-manece, íntimamente, extraña al espíritu quintaesenciado de la
urbe. Cuando se lee a Guillén se advierte, en seguida, que no con-sigue manejar
con destreza el artificio.
El título del último libro de Guillén Laureles
resume la segun-da fase de su literatura y de su vida. Por conquistar estos y
otros laureles, que él mismo secretamente desdeña, ha luchado, ha sufri-do, ha
peleado. El camino del laurel lo ha desviado del camino del cielo. En la
adolescencia su ambición era más alta. ¿Se contenta ahora de algunos laureles
municipales o académicos?
Yo coincido con Gabriel Alomar en acusar a Guillén
de sofocar al poeta de Deucalión con sus propias manos. A Guillén lo pierde la
impaciencia. Quiere laureles a toda costa. Pero los laureles no per-duran. La
gloria se construye con materiales menos efímeros. Y es para los que logran
renunciar a sus falaces y ficticias anticipacio-nes. El deber del artista es no
traicionar su destino. La impaciencia en Guillén se resuelve en abundancia. Y
la abundancia es lo que más perjudica y disminuye el mérito de su obra que, en
los últimos tiempos, aunque adopte en verso la moda vanguardista, se resiente
de cansancio, de desgano y de repetición de sus primeros motivos.
XVI. MAGDA PORTAL
Magda Portal es ya otro valor-signo en el proceso
de nuestra literatura. Con su advenimiento le ha nacido al Perú su primera
poetisa. Porque hasta ahora habíamos tenido sólo mujeres de letras, de las
cuales una que otra con temperamento artístico o más específicamente literario.
Pero no habíamos tenido propia-mente una poetisa.
Conviene entenderse sobre el término. La poetisa es
hasta cierto punto, en la historia de la civilización occidental, un fenó-
224 LITERATURAY ESTÉTICA
meno de nuestra época. Las épocas anteriores
produjeron sólo poe-sía masculina. La de las mujeres también lo era, pues se
contenta-ba con ser una variación de sus temas líricos o de sus motivos
filo-sóficos. La poesía que no tenía el signo del varón, no tenía tampoco el de
la mujer –virgen, hembra, madre–. Era una poesía asexual. En nuestra época, las
mujeres ponen al fin en su poesía su propia carne y su propio espíritu. La
poetisa es ahora aquella que crea una poe-sía femenina. Y desde que la poesía de
la mujer se ha emancipado y diferenciado espiritualmente de la del hombre, las
poetisas tienen una alta categoría en el elenco de todas las literaturas. Su
existencia es evidente e interesante a partir del momento en que ha empezado a
ser distinta.
En la poesía de Hispano-América, dos mujeres,
Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou, acaparan desde hace tiempo más atención
que ningún otro poeta de su tiempo. Delmira Agustini tiene en su país y en
América larga y noble descendencia. Al Perú ha traído su mensaje Blanca Luz
Brum. No se trata de casos solita-rios y excepcionales. Se trata de un vasto
fenómeno, común a todas las literaturas. La poesía, un poco envejecida en el
hombre, renace rejuvenecida en la mujer.
Un escritor de brillantes intuiciones, Félix del
Valle, me de-cía un día, constatando la multiplicidad de poetisas de mérito en
el mundo, que el cetro de la poesía había pasado a la mujer. Con su humorismo
ingénito formulaba así su proposición: “La poesía deviene un oficio de
mujeres”. Ésta es sin duda una tesis extrema. Pero lo cierto es que la poesía
que, en los poetas, tiende a una acti-tud nihilista, deportiva, escéptica, en
las poetisas tiene frescas raíces y cándidas flores. Su acento acusa más élan vital,
más fuer-za biológica.
Magda Portal no es aún bastante conocida y
apreciada en el Perú ni en Hispano-América. No ha publicado sino un libro de
BIBLIOTECA AYACUCHO 225
prosa: El derecho de matar (La Paz, 1926) y un
libro de versos: Una esperanza y el mar (Lima, 1927). El derecho de matar nos
pre-senta casi sólo uno de sus lados: ese espíritu rebelde y ese mesia-nismo
revolucionario que testimonian incontestablemente en nuestros días la
sensibilidad histórica de un artista. Además, en la prosa de Magda Portal se
encuentra siempre un jirón de su magní-fico lirismo. “El poema de la cárcel”,
“La sonrisa de Cristo” y “Círculos violeta” –tres poemas de este volumen–
tienen la cari-dad, la pasión y la ternura exaltada de Magda. Pero este libro
no la caracteriza ni la define. El derecho de matar, título de gusto anar-coide
y nihilista, en el cual no se reconoce el espíritu de Magda.
Magda es esencialmente lírica y humana. Su piedad
se empa-renta –dentro de la autónoma personalidad de uno y otro– con la piedad
de Vallejo. Así se nos presenta, en los versos de “Ánima absorta” y “Una
esperanza y el mar”. Y así es seguramente. No le sienta ningún gesto de
decadentismo o paradojismo novecentistas.
En sus primeros versos Magda Portal es, casi
siempre, la poe-tisa de la ternura. Y en algunos se reconoce precisamente su
liris-mo en su humanidad. Exenta de egolatría megalómana, de narci-sismo
romántico, Magda Portal nos dice: “Pequeña soy…!”.
Pero, ni piedad, ni ternura solamente, en su poesía
se encuen-tra todos los acentos de una mujer que vive apasionada y
vehe-mentemente, encendida de amor y de anhelo y atormentada de ver-dad y de
esperanza.
Magda Portal ha escrito en el frontispicio de uno
de sus libros estos pensamientos de Leonardo de Vinci: “El alma, primer
manantial de la vida, se refleja en todo lo que crea”. “La verdadera obra de
arte es como un espejo en que se mira el alma del artista”. La fervorosa
adhesión de Magda a estos principios de creación es un dato de un sentido del
arte que su poesía nunca contradice y siempre ratifica.
226 LITERATURAY ESTÉTICA
En su poesía Magda nos da, ante todo, una límpida
versión de sí misma. No se escamotea, no se mistifica, no se idealiza. Su
poe-sía es su verdad. Magda no trabaja por ofrecernos una imagen ali-ñada de su
alma en toilette de gala. En un libro suyo podemos entrar sin desconfianza, sin
ceremonia, seguros de que no nos aguarda ningún simulacro, ninguna celada. El
arte de esta honda y pura líri-ca, reduce al mínimo, casi a cero, la proporción
de artificio que necesita para ser arte.
Esta es para mí la mejor prueba del alto valor de
Magda. En esta época de decadencia de un orden social –y por consiguiente de un
arte– el más imperativo deber del artista es la verdad. Las únicas obras que
sobrevivirán a esta crisis, serán las que constituyan una confesión y un
testimonio.
El perenne y oscuro contraste entre dos pincipios
–el de vida y el de muerte– que rigen el mundo, está presente siempre en la
poe-sía de Magda. En Magda se siente a la vez un anhelo angustiado de acabar y
de no ser y un ansia de crear y de ser. El alma de Magda es un alma agónica. Y
su arte traduce cabal e íntegramente las dos fuerzas que la desgarran y la
impulsan. A veces triunfa el principio de vida; a veces triunfa el principio de
muerte.
La presencia dramática de este conflicto da a la
poesía de Magda Portal una profundidad metafísica a la que arriba libremen-te
el espíritu, por la propia ruta de su lirismo, sin apoyarse en el bas-tón de
ninguna filosofía.
También le da una profundidad psicológica que le
permite registrar todas las contradictorias voces de su diálogo, de su
com-bate, de su agonía.
La poetisa logra con una fuerza extraordinaria la
expresión de sí misma en estos versos admirables:
Ven bésame!…
qué importa que algo oscuro
BIBLIOTECA AYACUCHO 227
me esté royendo el alma
con sus dientes?
Yo soy tuya y tú eres mío… bésame!… No lloro hoy…
Me ahoga la alegría, una extraña alegría
que yo no sé de dónde viene.
Tú eres mío… ¿Tú eres mío?…
Una puerta de hielo
hay entre tú y yo:
tu pensamiento!
Eso que te golpea en el cerebro
y cuyo martillar
me escapa…
Ven bésame… ¿Qué importa?…
Te llamó el corazón toda la noche,
y ahora que estás tú, tu carne y tu alma
qué he de fijarme en lo que has hecho ayer?… ¡Qué
importa!
Ven, bésame… tus labios,
tus ojos y tus manos…
Luego… nada.
Y tu alma? Y tu alma!
Esta poetisa nuestra, a quien debemos saludar ya
como a una de las primeras poetisas de Indoamérica, no desciende de la
Ibarbourou. No desciende de la Agustini. No desciende siquiera de la Mistral,
de quien, sin embargo, por cierta afinidad de acento, se le siente más próxima
que de ninguna. Tiene un temperamento ori-ginal y autónomo. Su secreto, su
palabra, su fuerza, nacieron con ella y están en ella.
En su poesía hay más dolor que alegría, hay más
sombra que claridad. Magda es triste. Su impulso vital la mueve hacia la luz y
228 LITERATURAY ESTÉTICA
la fiesta. Y Magda se siente impotente para
gozarlas. Éste es su drama. Pero no la amarga ni la enturbia.
En “Vidrios de amor”, poema en dieciocho canciones
emocio-nadas, toda Magda está en estos versos:
con cuántas lágrimas me forjaste?
he tenido tantas veces
la actitud de los árboles suicidas
en los caminos polvorientos y solos–
secretamente, sin que lo sepas
debe dolerte todo
por haberme hecho así, sin una dulzura para mis
ácidos dolores
de dónde vine yo con mi fiereza
para conformarme?
yo no conozco la alegría
carroussel de niñez que no he soñado nunca
ah! – y sin embargo
amo de tal manera la alegría
como amarán las amargas plantas
un fruto dulce
madre
receptora alerta
hoy no respondas porque te ahogarías hoy no
respondas a mi llanto casi sin lágrimas
hundo mi angustia en mí para mirar
la rama izquierda de mi vida
que no haya puesto sino amor
al amasar el corazón de mi hija
BIBLIOTECA AYACUCHO 229
quisiera defenderla de mí misma
como de una fiera
de estos ojos delatores
de esta voz desgarrada
donde el insomnio hace cavernas
y para ella ser alegre, ingenua, niña como si todas
las campanas de alegría sonaran en mi corazón su pascua eterna.
¿Toda Magda está en estos versos? Toda Magda, no.
Magda no es sólo madre, no es sólo amor. ¿Quién sabe de cuántas oscuras
potencias, de cuántas contrarias verdades está hecha un alma como la suya?
XVII. LAS CORRIENTES DE HOY. EL INDIGENISMO
La corriente “indigenista” que caracteriza a la
nueva literatura peruana, no debe su propagación presente ni su exageración
posi-ble a las causas eventuales o contingentes que determinan común-mente una
moda literaria. Y tiene una significación mucho más profunda. Basta observar su
coincidencia visible y su consangui-nidad íntima con una corriente ideológica y
social que recluta cada día más adhesiones en la juventud, para comprender que
el indige-nismo literario traduce un estado de ánimo, un estado de concien-cia
del Perú nuevo.
Este indigenismo que está sólo en un período de
germinación –falta aún un poco para que dé sus flores y sus frutos– podría ser
comparado –salvadas todas las diferencias de tiempo y de espa-cio– al
“mujikismo” de la literatura rusa pre-revolucionaria. El “mujikismo” tuvo
parentesco estrecho con la primera fase de la agitacion social en la cual se
preparó e incubó la revolución rusa. La literatura “mujikista” llenó una misión
histórica. Constituyó un
230 LITERATURAY ESTÉTICA
verdadero proceso del feudalismo ruso, del cual
salió éste inapela-blemente condenado. La socialización de la tierra, actuada
por la revolución bolchevique, reconoce entre sus pródromos la novela y la
poesía “mujikistas”. Nada importa que al retratar al mujik –tam-poco importa si
deformándolo o idealizándolo–el poeta o el nove-lista ruso estuvieran muy lejos
de pensar en la socialización.
De igual modo el “constructivismo” y el “futurismo”
rusos, que se complacen en la representación de máquinas, rascacielos, aviones,
usinas, etc., corresponden a una época en que el prole-tariado urbano, después
de haber creado un régimen cuyos usu-fructuarios son hasta ahora los
campesinos, trabaja por occiden-talizar Rusia llevándola a un grado máximo de
industrialismo y electrificación.
El “indigenismo” de nuestra literatura actual no
está desco-nectado de los demás elementos nuevos de esta hora. Por el
contra-rio, se encuentra articulado con ellos. El problema indígena, tan
presente en la política, la economía y la sociología no puede estar ausente de
la literatura y el arte. Se equivocan gravemente quienes, juzgándolo por la
insipiencia o el oportunismo de pocos o muchos de sus corifeos, lo consideran,
en conjunto, artificioso.
Tampoco cabe dudar de su vitalidad por el hecho de
que hasta ahora no ha producido una obra maestra. La obra maestra no flore-ce
sino en un terreno largamente abonado por una anónima u oscu-ra multitud de
obras mediocres. El artista genial no es ordinaria-mente un principio sino una
conclusión. Aparece, normalmente, como el resultado de una vasta experiencia.
Menos aún cabe alarmarse de episódicas
exasperaciones ni de anecdóticas exageraciones. Ni unas ni otras encierran el
secreto ni conducen la savia del hecho histórico. Toda afirmación necesita
tocar sus límites extremos. Detenerse a especular sobre la anécdo-ta es
exponerse a quedar fuera de la historia.
BIBLIOTECA AYACUCHO 231
Esta corriente, de otro lado, encuentra un estímulo
en la asi-milación por nuestra literatura de elementos de cosmopolitismo. Ya he
señalado la tendencia autonomista y nativista del vanguar-dismo en América. En
la nueva literatura argentina nadie se siente más porteño que Girondo y Borges
ni más gaucho que Güiraldes. En cambio quienes como Larreta permanecen
enfeudados al clasi-cismo español, se revelan radical y orgánicamente incapaces
de interpretar a su pueblo.
Otro acicate, en fin, es en algunos el exotismo
que, a medida que se acentúan los síntomas de decadencia de la civilización
occi-dental, invade la literatura europea. A César Moro, a Jorge Seoane y a los
demás artistas que últimamente han emigrado a París, se les pide allá temas
nativos, motivos indígenas. Nuestra escultora Car-men Saco ha llevado en sus
estatuas y dibujos de indios el más váli-do pasaporte de su arte.
Este último factor exterior es el que decide a
cultivar el indi-genismo aunque sea a su manera y sólo episódicamente, a
literatos que podríamos llamar “emigrados” como Ventura García Calde-rón, a
quienes no se puede atribuir la misma artificiosa moda van-guardista ni el
mismo contagio de los ideales de la nueva genera-ción supuestos en los
literatos jóvenes que trabajan en el país.
El criollismo no ha podido prosperar en nuestra
literatura, como una corriente de espíritu nacionalista, ante todo porque el
criollo no representa todavía la nacionalidad. Se constata, casi
uni-formemente, desde hace tiempo, que somos una nacionalidad en formación. Se
percibe ahora, precisando ese concepto, la subsis-tencia de una dualidad de
raza y de espíritu. En todo caso, se con-viene, unánimemente, en que no hemos
alcanzado aún un grado elemental siquiera de fusión de los elementos raciales
que convi-ven en nuestro suelo y que componen nuestra población. El criollo no
está netamente definido. Hasta ahora la palabra “criollo” no es
232 LITERATURAY ESTÉTICA
casi más que un término que nos sirve para designar
genéricamen-te una pluralidad, muy matizada, de mestizos. Nuestro criollo
ca-rece del carácter que encontramos, por ejemplo, en el criollo argen-tino. El
argentino es identificable fácilmente en cualquier parte del mundo: el peruano,
no. Esta confrontación, es precisamente la que nos evidencia que existe ya una
nacionalidad argentina, mientras no existe todavía, con peculiares rasgos, una
nacionalidad peruana. El criollo presenta aquí una serie de variedades. El
costeño se dife-rencia fuertemente del serrano. En tanto que en la sierra la
influen-cia telúrica indigeniza al mestizo, casi hasta su absorción por el
espíritu indígena, en la costa el predominio colonial mantiene el espíritu
heredado de España.
En el Uruguay, la literatura nativista, nacida como
en la Ar-gentina de la experiencia cosmopolita, ha sido criollista, porque ahí
la población tiene la unidad que a la nuestra le falta. El nativis-mo, en el
Uruguay, por otra parte, aparece como un fenómeno esen-cialmente literario. No
tiene, como el indigenismo en el Perú, una subconsciente inspiración política y
económica. Zum Felde, uno de sus suscitadores como crítico, declara que ha
llegado ya la hora de su liquidación. “A la devoción imitativa de lo extranjero
–escri-be– había que oponer el sentimiento autonómico de lo nativo. Era un
movimiento de emancipación literaria. La reacción se operó; la emancipación
fue, luego, un hecho. Los tiempos estaban maduros para ello. Los poetas jóvenes
volvieron sus ojos a la realidad nacio-nal. Y, al volver a ella sus ojos,
vieron aquello que, por contraste con lo europeo, era más genuinamente
americano: lo gauchesco. Mas, cumplida ya su misión, el tradicionalismo debe a
su vez pasar. Hora es ya de que pase, para dar lugar a un americanismo lírico
más acorde con el imperativo de la vida. La sensibilidad de nuestros días se
nutre ya de realidades, idealidades distintas. El ambiente platense ha dejado
definitivamente de ser gaucho; y todo lo gau-
BIBLIOTECA AYACUCHO 233
chesco –después de arrinconarse en los más huraños
pagos– va pasando al culto silencioso de los museos. La vida rural del Uruguay
está toda transformada en sus costumbres y en sus carac-teres por el avance del
cosmopolitismo urbano”36.
En el Perú, el criollismo, aparte de haber sido
demasiado espo-rádico y superficial, ha estado nutrido de sentimiento colonial.
No ha constituido una afirmación de autonomía. Se ha contentado con ser el
sector costumbrista de la literatura colonial sobreviviente hasta hace muy
poco. Abelardo Gamarra es, tal vez, la única excepción en este criollismo
domesticado, sin orgullo nativo.
Nuestro “nativismo”, –necesario también
literariamente como revolución y como emancipación–, no puede ser simple
“criollis-mo”. El criollo peruano no ha acabado aún de emanciparse
espiri-tualmente de España. Su europeización –a través de la cual debe encontrar,
por reacción, su personalidad– no se ha cumplido sino en parte. Una vez
europeizado, el criollo de hoy difícilmente deja de darse cuenta del drama del
Perú. Es él precisamente el que, recono-ciéndose a sí mismo como un español
bastardeado, siente que el indio debe ser el cimiento de la nacionalidad.
(Valdelomar, criollo costeño, de regreso de Italia, impregnado de
d’annunzianismo y de esnobismo, experimenta su máximo deslumbramiento cuando
des-cubre o, más bien, imagina el Inkario). Mientras el criollo puro con-serva
generalmente su espíritu colonial, el criollo europeizado se rebela, en nuestro
tiempo, contra ese espíritu, aunque sólo sea como protesta contra su limitación
y su arcaísmo.
Claro que el criollo, diverso y múltiple, puede
abastecer abun-dantemente a nuestra literatura –narrativa, descriptiva,
costumbris-ta, folklorista, etc.–, de tipos y motivos. Pero lo que
subconsciente-mente busca la genuina corriente indigenista en el indio, no es
sólo
36. Estudio sobre el nativismo en La Cruz del Sur
(Montevideo).
234 LITERATURAY ESTÉTICA
el tipo o el motivo. Menos aún el tipo o el motivo
pintoresco. El “indigenismo” no es aquí un fenómeno esencialmente literario
como el “nativismo” en el Uruguay. Sus raíces se alimentan de otro humus
histórico. Los “indigenistas” auténticos –que no deben ser confundidos con los
que explotan temas indígenas por mero “exo-tismo”– colaboran, conscientemente o
no, en una obra política y económica de reivindicación –no de restauración ni
resurrección.
El indio no representa únicamente un tipo, un tema,
un motivo, un personaje. Representa un pueblo, una raza, una tradición, un
espí-ritu. No es posible, pues, valorarlo y considerarlo, desde puntos de vista
exclusivamente literarios, como un color o un aspecto nacional, colocándolo en
el mismo plano que otros elementos étnicos del Perú.
A medida que se le estudia, se averigua que la
corriente indi-genista no depende de simples factores literarios sino de
complejos factores sociales y económicos. Lo que da derecho al indio a
pre-valecer en la visión del peruano de hoy es, sobre todo, el conflicto y el
contraste entre su predominio demográfico y su servidumbre –no sólo
inferioridad– social y económica. La presencia de tres a cuatro millones de
hombres de la raza autóctona en el panorama mental de un pueblo de cinco
millones, no debe sorprender a nadie en una época en que este pueblo siente la
necesidad de encontrar el equilibrio que hasta ahora le ha faltado en su
historia.
El indigenismo, en nuestra literatura, como se
desprende de mis anteriores proposiciones, tiene fundamentalmente el sentido de
una reivindicación de lo autóctono. No llena la función pura-mente sentimental
que llenaría, por ejemplo, el criollismo. Habría error, por consiguiente, en
apreciar el indigenismo como equiva-lente del criollismo, al cual no reemplaza
ni subroga.
Si el indio ocupa el primer plano en la literatura
y el arte perua-nos no será, seguramente, por su interés literario o plástico,
sino porque las fuerzas nuevas y el impulso vital de la nación tiende a
BIBLIOTECA AYACUCHO 235
reivindicarlo. El fenómeno es más instintivo y
biológico que inte-lectual y teorético. Repito que lo que subconscientemente
busca la genuina corriente indigenista en el indio no es sólo el tipo o el
motivo y menos aún el tipo o el motivo “pintoresco”. Si esto no fuese cierto,
es evidente que el “zambo”, verbigratia, interesaría al literato o al artista
criollo –en especial al criollo– tanto como el indio. Y esto no ocurre por
varias razones. Porque el carácter de esta corriente no es naturalista o costumbrista
sino, más bien, líri-co, como lo prueban los intentos o esbozos de poesía
andina. Y porque una reivindicación de lo autóctono no puede confundir al
“zambo” o al mulato con el indio. El negro, el mulato, el “zambo” representan,
en nuestro pasado, elementos coloniales. El español importó al negro cuando
sintió su imposibilidad de sustituir al indio y su incapacidad de asimilarlo.
El esclavo vino al Perú a ser-vir los fines colonizadores de España. La raza
negra constituye uno de los aluviones humanos depositados en la costa por el
colo-niaje. Es uno de los estratos, poco densos y fuertes, del Perú
sedi-mentado en la tierra baja durante el Virreinato y la primera etapa de la
República. Y, en este ciclo, todas las circunstancias han concu-rrido a
mantener su solidaridad con la Colonia. El negro ha mirado siempre con
hostilidad y desconfianza la sierra, donde no ha podi-do aclimatarse física ni
espiritualmente. Cuando se ha mezclado al indio ha sido para bastardearlo
comunicándole su domesticidad zalamera y su psicología exteriorizante y
mórbida. Para su antiguo amo blanco ha guardado, después de su manumisión, un
senti-miento de liberto adicto. La sociedad colonial, que hizo del negro un
doméstico –muy pocas veces un artesano, un obrero– absorbió y asimiló a la raza
negra, hasta intoxicarse con su sangre tropical y caliente. Tanto como
impenetrable y huraño el indio, le fue ase-quible y doméstico el negro. Y nació
así una subordinación cuya primera razón está en el origen mismo de la
importación de escla-
236 LITERATURAY ESTÉTICA
vos y de la que sólo redime al negro y al mulato la
evolución social y económica que, convirtiéndolo en obrero, cancela y extirpa
poco a poco la herencia espiritual del esclavo. El mulato, colonial aún en sus
gustos, inconscientemente está por el hispanismo, contra el autoctonismo. Se
siente espontáneamente más próximo de España que del Inkario. Sólo el
socialismo, despertando en él conciencia clasista, es capaz de conducirlo a la
ruptura definitiva con los últi-mos rezagos de espíritu colonial.
El desarrollo de la corriente indigenista no
amenaza ni parali-za el de otros elementos vitales de nuestra lliteratura. El
“indige-nismo” no aspira indudablemente a acaparar la escena literaria. No
excluye ni estorba otros impulsos ni otras manifestaciones. Pero representa el
color y la tendencia más característicos de una época por su afinidad y
coherencia con la orientación espiritual de las nuevas generaciones,
condicionada, a su vez, por imperiosas nece-sidades de nuestro desarrollo
económico y social.
Y la mayor injusticia en que podría incurrir un
crítico, sería cualquier apresurada condena de la literatura indigenista por su
falta de autoctonismo integral o la presencia, más o menos acusada en sus
obras, de elementos de artificio en la interpretación y en la expresión. La
literatura indigenista no puede darnos una versión rigurosamente verista del
indio. Tiene que idealizarlo y estilizarlo. Tampoco puede darnos su propia
ánima. Es todavía una literatura de mestizos. Por eso se llama indigenista y no
indígena. Una litera-tura indígena, si debe venir, vendrá a su tiempo. Cuando
los propios indios estén en grado de producirla.
No se puede equiparar, en fin, la actual corriente
indigenista a la vieja corriente colonialista. El colonialismo, reflejo del
senti-miento de la casta feudal, se entretenía en la idealización nostálgi-ca
del pasado. El indigenismo en cambio tiene raíces vivas en el presente. Extrae
su inspiración de la protesta de millones de hom-
BIBLIOTECA AYACUCHO 237
bres. El Virreinato era; el indio es. Y mientras la
liquidación de los residuos de feudalidad colonial se impone como una condición
elemental de progreso, la reivindicación del indio, y por ende de su historia,
nos viene insertada en el programa de una Revolución.
Está, pues, esclarecido que de la civilización
inkaica, más que lo que ha muerto nos preocupa lo que ha quedado. El problema
de nuestro tiempo no está en saber cómo ha sido el Perú. Está, más bien, en
saber cómo es el Perú. El pasado nos interesa en la medi-da en que puede
servirnos para explicarnos el presente. Las gene-raciones constructivas sienten
el pasado como una raíz, como una causa. Jamás lo sienten como un programa.
Lo único casi que sobrevive del Tawantinsuyo es el
indio. La civilización ha perecido; no ha perecido la raza. El material
bioló-gico del Tawantinsuyo se revela, después de cuatro siglos,
indes-tructible, y, en parte, inmutable.
El hombre muda con más lentitud de la que en este
siglo de la velocidad se supone. La metamorfosis del hombre bate el récord en
el evo moderno. Pero éste es un fenómeno peculiar de la civili-zación
occidental que se caracteriza, ante todo, como una civili-zación dinámica. No
es por un azar que a esta civilización le ha tocado averiguar la relatividad
del tiempo. En las sociedades asiá-ticas –afines si no consanguíneas con la
sociedad inkaica–, se nota en cambio cierto quietismo y cierto éxtasis. Hay épocas
en que parece que la historia se detiene. Y una misma forma social perdura,
petrificada, muchos siglos. No es aventurada, por tanto, la hipótesis de que el
indio en cuatro siglos ha cambiado poco espiritualmente. La servidumbre ha
deprimido, sin duda, su psi-quis y su carne. Le ha vuelto un poco más
melancólico, un poco más nostálgico. Bajo el peso de estos cuatro siglos, el
indio se ha encorvado moral y físicamente. Mas el fondo oscuro de su alma casi
no ha mudado. En las sierras abruptas, en las quebradas lon-
238 LITERATURAY ESTÉTICA
tanas, a donde no ha llegado la ley del blanco, el
indio guarda aún su ley ancestral.
El libro de Enrique López Albújar, escritor de la
generación radical, Cuentos andinos, es el primero que en nuestro tiempo
explora estos caminos. Los Cuentos andinos aprehenden, en sus secos y duros
dibujos, emociones sustantivas de la vida de la sierra, y nos presentan algunos
escorzos del alma del indio. López Albújar coincide con Valcárcel en buscar en
los Andes el origen del senti-miento cósmico de los quechuas. “Los tres jircas”
de López Albújar y “Los hombres de piedra”37 de Valcárcel traducen la misma
mitología. Los agonistas y las escenas de López Albújar tie-nen el mismo telón
de fondo que la teoría de las ideas de Valcárcel. Este resultado es
singularmente interesante porque es obtenido por diferentes temperamentos y con
métodos disímiles. La literatura de López Albújar quiere ser, sobre todo,
naturalista y analítica; la de Valcárcel, imaginativa y sintética. El rasgo
esencial de López Albújar es su criticismo; el de Valcárcel, su lirismo. López
Albújar mira al indio con ojos y alma de serrano. No hay parentesco espiri-tual
entre los dos escritores; no hay semejanza de género ni de esti-lo entre los
dos libros. Sin embargo, uno y otro escuchan en el alma del quechua idéntico
lejano latido38.
37. Luis
E. Valcárcel, De la vida inkaica (Lima), (1925).
38. Una
nota del libro de López Albújar que se acuerda con una nota del libro de
Valcárcel, es la que nos habla de la nostalgia del indio. La melancolía del
indio, según Valcárcel, no es sino nostalgia. Nostalgia del hombre arrancado al
agro y al hogar por las empresas bélicas o pacíficas del Estado. En “Ushanam
Jampi” la nostalgia pierde al protagonista. Conce Maille es condenado al exilio
por la justi-cia de los ancianos de Chupán. Pero el deseo de sentirse bajo su
techo es más fuer-te que el instinto de conservación. Y lo impulsa a volver
furtivamente a su choza, a sabiendas de que en el pueblo lo aguarda tal vez la
última pena. Esta nostalgia nos define el espíritu del pueblo del Sol como el
de un pueblo agricultor sedentario. No
BIBLIOTECA AYACUCHO 239
La Conquista ha convertido formalmente al indio al
catolicis-mo. Pero, en realidad, el indio no ha renegado sus viejos mitos. Su
sentimiento místico ha variado. Su animismo subsiste. El indio sigue sin
entender la metafísica católica. Su filosofía panteísta y materialista ha
desposado, sin amor, al catecismo. Mas no ha renunciado a su propia concepción
de la vida que no interroga a la Razón sino a la Naturaleza. Los tres “jircas”,
los tres cerros de Huánuco, pesan en la conciencia del indio huanuqueño más que
el ultratumba cristiano.
“Los tres jircas” y “Cómo habla la coca” son, a mi
juicio, las páginas mejor escritas de Cuentos andinos. Pero ni “Los tres
jir-cas” ni “Cómo habla la coca” se clasifican propiamente como cuentos.
“Ushanam Jampi”, en cambio, tiene una vigorosa contex-
son ni han sido los quechuas, aventureros ni
vagabundos. Quizá por esto ha sido y es tan poco aventurera y tan poco
vagabunda su imaginación. Quizá por esto, el indio objetiva su metafísica en la
naturaleza que lo circunda. Quizá por esto, los jir-cas, o sea los dioses lares
del terruño, gobiernan su vida. El indio no podía ser monoteísta.
Desde hace cuatro siglos las causas de la nostalgia
indígena no han cesado de mul-tiplicarse. El indio ha sido frecuentemente un
emigrado. Y, como en cuatro siglos no ha podido aprender a vivir nómadamente,
porque cuatro siglos son muy poca cosa, su nostalgia ha adquirido ese acento de
desesperanza incurable con que gimen las quenas.
López Albújar se asoma con penetrante mirada al
hondo abismo del alma del que-chua. Y escribe en su divagación sobre la coca:
“El indio, sin saberlo, es schopen-hauerista. Schopenhauer y el indio tienen un
punto de contacto, con esta diferen-cia: que el pesimismo del filósofo es
teoría y vanidad y el pesimismo del indio, experiencia y desdén. Si para uno la
vida es un mal; para el otro no es ni mal ni bien, es una triste realidad, y
tiene la profunda sabiduría de tomarla como es”.
Unamuno encuentra certero este juicio. También él
cree que el escepticismo del indio es experiencia y desdén. Pero el historiador
y el sociólogo pueden percibir otras cosas que el filósofo y el literato tal
vez desdeñan. ¿No es este escepticismo, en parte, un rasgo de la picología
asiática? El chino, como el indio, es materialista y escéptico. Y, como en el
Tawantinsuyo, en la China, la religión es un código de moral práctica más que
una concepción metafísica.
240 LITERATURAY ESTÉTICA
tura de relato. Y a este mérito une “Ushanam Jampi”
el de ser un precioso documento del comunismo indígena. Este relato nos ente-ra
de la forma como funciona en los pueblecitos indígenas, a donde no arriba casi
la ley de la República, la justicia popular. Nos encon-tramos aquí ante una
institución que declara categóricamente a favor de la tesis de que la
organización inkaica fue una organiza-ción comunista.
En un régimen de tipo individualista, la
administración de jus-ticia se burocratiza. Es función de un magistrado. El
liberalismo, por ejemplo, la atomiza, la individualiza en el juez profesional.
Crea una casta, una burocracia de jueces de diversas jerarquías. Por el
contrario, en un régimen de tipo comunista, la administración de justicia es
función de la sociedad entera. Es, como en el comunis-mo indio, función de los
yayas, de los ancianos39.
39. El
prologuista de Cuentos andinos, señor Ezequiel Ayllón, explica así la justi-cia
popular indígena: “La ley sustantiva, consuetudinaria, conservada desde la más
oscura antigüedad, establece dos sustitutivos penales que tienden a la
reinte-gración social del delincuente, y dos penas propiamente dichas contra el
homici-dio y el robo, que son los delitos de trascendencia social. El Yachishum
o Ya-chachishum se reduce a amonestar al delincuente haciéndole comprender los
inconvenientes del delito y las ventajas del respeto recíproco. El
Alliyáchishum tiende a evitar la venganza personal, reconciliando al
delincuente con el agravia-do o sus deudos, por no haber surtido efecto
morigerador el Yachishum. Aplicados los dos sustitutivos cuya categoría o
trascendencia no son extraños a los medios que preconizan con ese carácter los
penalistas de la moderna escuela positiva, pro-cede la pena de confinamiento o
destierro llamada Jitarishum, que tiene las pro-yecciones de una expatriación
definitiva. Es la ablación del elemento enfermo, que constituye una amenaza
para la seguridad de las personas y de los bienes. Por últi-mo, si el
amonestado, reconciliado y expulsado, roba o mata nuevamente dentro de la
jurisdicción distrital, se le aplica la pena extrema, irremisible, denominada
Ushanam Jampi, el último remedio, que es la muerte, casi siempre, a palos, el
des-cuartizamiento del cadáver y su desaparición en el fondo de los ríos, de
los despe-ñaderos, o sirviendo de pasto a los perros y a las aves de rapiña. El
derecho proce-sal se desenvuelve públicamente y oralmente, en una sola
audiencia, y comprende la acusación, defensa, prueba, sentencia y ejecución”.
BIBLIOTECA AYACUCHO 241
El porvenir de la América Latina depende, según la
mayoría de los pronósticos de ahora, de la suerte del mestizaje. Al pesi-mismo
hostil de los sociólogos de la tendencia de Le Bon sobre el mestizo, ha
sucedido un optimismo mesiánico que pone en el mestizo la esperanza del
continente. El trópico y el mestizo son, en la vehemente profecía de
Vasconcelos, la escena y el protago-nista de una nueva civilización. Pero la
tesis de Vasconcelos que esboza una utopía, –en la acepción positiva y
filosófica de esta palabra– en la misma medida en que aspira a predecir el
porve-nir, suprime e ignora el presente. Nada es más extraño a su espe-culación
y a su intento, que la crítica de la realidad contemporá-nea, en la cual busca
exclusivamente los elementos favorables a su profecía.
El mestizaje que Vasconcelos exalta no es
precisamente la mezcla de las razas española, indígena y africana, operada ya
en el continente, sino la fusión y refusión acrisoladoras, de las cuales
nacerá, después de un trabajo secular, la raza cósmica. El mestizo actual,
concreto, no es para Vasconcelos el tipo de una nueva raza, de una nueva
cultura, sino apenas su promesa. La especulación del filósofo, del utopista, no
conoce límites de tiempo ni de espacio. Los siglos no cuentan en su
construcción ideal más que como momentos. La labor del crítico, del
historiógrafo, del político, es de otra índole. Tiene que atenerse a resultados
inmediatos y con-tentarse con perspectivas próximas.
El mestizo real de la historia, no el ideal de la
profecía, consti-tuye el objeto de su investigación o el factor de su plan. En
el Perú, por la impronta diferente del medio y por la combinación múltiple de
las razas entrecruzadas, el término mestizo no tiene siempre la misma
significación. El mestizaje es un fenómeno que ha produci-do una variedad
compleja, en vez de resolver una dualidad, la del español y el indio.
242 LITERATURAY ESTÉTICA
El Dr. Uriel García halla el neo-indio en el
mestizo. Pero este mestizo es el que proviene de la mezcla de las razas
española e indí-gena, sujeta al influjo del medio y la vida andinos. El medio
serrano en el cual sitúa el Dr. Uriel García su investigación, se ha asimilado
al blanco invasor. Del brazo de las dos razas, ha nacido el nuevo indio,
fuertemente influido por la tradición y el ambiente regionales.
Este mestizo, que en el proceso de varias
generaciones, y bajo la presión constante del mismo medio telúrico y cultural,
ha adqui-rido ya rasgos estables, no es el mestizo engendrado en la costa por
las mismas razas. El sello de la costa es más blando. El factor espa-ñol, más
activo.
El chino y el negro complican el mestizaje costeño.
Ninguno de estos dos elementos han aportado aún a la formación de la
naciona-lidad valores culturales ni energías progresivas. El coolí chino es un
ser segregado de su país por la superpoblación y el pauperismo. Injerta en el
Perú su raza, mas no su cultura. La inmigración china no nos ha traído ninguno
de los elementos esenciales de la civiliza-ción china, acaso porque en su
propia patria han perdido su poder dinámico y generador. Lao Tsé y Confucio han
arribado a nuestro conocimiento por la vía de Occidente. La medicina china es
quizá la única importación directa de Oriente, de orden intelectual, y debe,
sin duda, su venida, a razones prácticas y mecánicas, estimu-ladas por el
atraso de una población en la cual conserva hondo arrai-go el curanderismo en
todas sus manifestaciones. La habilidad y excelencia del pequeño agricultor
chino, apenas si han fructificado en los valles de Lima, donde la vecindad de
un mercado importante ofrece seguros provechos a la horticultura. El chino, en
cambio, parece haber inoculado en su descendencia, el fatalismo, la apatía, las
taras del Oriente decrépito. El juego, esto es un elemento de rela-jamiento e
inmoralidad, singularmente nocivo en un pueblo pro-penso a confiar más en el
azar que en el esfuerzo, recibe su mayor
BIBLIOTECA AYACUCHO 243
impulso de la inmigración china. Sólo a partir del
movimiento nacionalista, –que tan extensa resonancia ha encontrado entre los
chinos expatriados del continente–, la colonia china ha dado seña-les activas
de interés cultural e impulsos progresistas. El teatro chino, reservado casi
únicamente al divertimiento nocturno de los individuos de esa nacionalidad, no
ha conseguido en nuestra litera-tura más eco que el propiciado efímeramente por
los gustos exóti-cos y artificiales del decadentismo. Valdelomar y los
“colónidas”, lo descubrieron entre sus sesiones de opio, contagiados del
orien-talismo de Loti y Farrère. El chino, en suma, no transfiere al mesti-zo
ni su disciplina moral, ni su tradición cultural y filosófica, ni su habilidad
de agricultor y artesano. Un idioma inasequible, la cali-dad del inmigrante y
el desprecio hereditario que por él siente el criollo, se interponen entre su
cultura y el medio.
El aporte del negro, venido como esclavo, casi como
merca-dería, aparece más nulo y negativo aún. El negro trajo su sensuali-dad,
su superstición, su primitivismo. No estaba en condiciones de contribuir a la
creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente
influjo de su barbarie.
El prejuicio de las razas ha decaído; pero la
noción de las dife-rencias y desigualdades en la evolución de los pueblos se
han ensan-chado y enriquecido, en virtud del progreso de la sociología y la
his-toria. La inferioridad de las razas de color no es ya uno de los dogmas de
que se alimenta el maltrecho orgullo blanco. Pero todo el relati-vismo de la
hora no es bastante para abolir la inferioridad de cultura.
La raza es apenas uno de los elementos que
determinan la forma de una sociedad. Entre estos elementos,Vilfredo Pareto
dis-tingue las siguientes categorías: “1o El suelo, el clima, la flora, la
fauna, las circunstancias geológicas, mineralógicas, etc.; 2o Otros elementos
externos a una dada sociedad, en un dado tiempo, esto es las acciones de las
otras sociedades sobre ella, que son externas
244 LITERATURAY ESTÉTICA
en el espacio, y las consecuencias del estado
anterior de esa socie-dad, que son externas en el tiempo; 3o Elementos
internos, entre los cuales los principios son la raza, los residuos o sea los
sentimientos que manifiestan, las inclinaciones, los intereses, las aptitudes
al razonamiento, a la observación, el estado de los conocimientos, etc.”.
Pareto afirma que la forma de la sociedad es determinada por todos los
elementos que operan sobre ella que, una vez determina-da, opera a su vez sobre
esos elementos, de manera que se puede decir que se efectúa una mutua
determinación40.
Lo que importa, por consiguiente, en el estudio
sociológico de los estratos indio y mestizo, no es la medida en que el mestizo
here-da las cualidades o los defectos de las razas progenitoras sino su aptitud
para evolucionar, con más facilidad que el indio, hacia el estado social, o el
tipo de civilización del blanco. El mestizaje necesita ser analizado, no como
cuestión étnica, sino como cues-tión sociológica. El problema étnico en cuya
consideración se han complacido sociologistas rudimentarios y especuladores
ignoran-tes, es totalmente ficticio y supuesto. Asume una importancia
des-mesurada para los que, ciñendo servilmente su juicio a una idea acariciada
por la civilización europea en su apogeo, –y abandona-da ya por esta misma
civilización, propensa en su declive a una concepción relativista de la
historia–, atribuyen las creaciones de la sociedad occidental a la superioridad
de la raza blanca. Las aptitu-des intelectuales y técnicas, la voluntad
creadora, la disciplina moral de los pueblos blancos, se reducen, en el
criterio simplista de los que aconsejan la regeneración del indio por el
cruzamiento, a meras condiciones zoológicas de la raza blanca.
Pero si la cuestión racial –cuyas sugestiones
conducen a sus superficiales críticos a inverosímiles razonamientos
zootécnicos–
40. Vilfredo Pareto, Trattato di sociologia
generale, t. III, p. 265.
BIBLIOTECA AYACUCHO 245
es artificial, y no merece la atención de quienes
estudian concreta y políticamente el problema indígena, otra es la índole de la
cuestión sociológica. El mestizaje descubre en este terreno sus verdaderos
conflictos; su íntimo drama. El color de la piel se borra como con-traste; pero
las costumbres, los sentimientos, los mitos, –los ele-mentos espirituales y
formales de esos fenómenos que se designan con los términos de sociedad y de
cultura– reivindican sus dere-chos. El mestizaje, –dentro de las condiciones
económico-sociales subsistentes entre nosotros–, no sólo produce un nuevo tipo
huma-no y étnico sino un nuevo tipo social; y si la imprecisión de aquél, por
una abigarrada combinación de razas, no importa en sí misma una inferioridad, y
hasta puede anunciar, en ciertos ejemplares feli-ces, los rasgos de la raza
“cósmica”, la imprecisión o hibridismo del tipo social, se traduce, por un
oscuro predominio de sedimentos negativos, en una estagnación sórdida y
morbosa. Los aportes del negro y del chino se dejan sentir, en este mestizaje,
en un sentido casi siempre negativo y desorbitado. En el mestizo no se prolonga
la tradición del blanco ni del indio: ambas se esterilizan y contras-tan.
Dentro de un ambiente urbano, industrial, dinámico, el mesti-zo salva rápidamente
las distancias que lo separan del blanco, hasta asimilarse la cultura
occidental, con sus costumbres, impulsos y consecuencias. Puede escaparle –le
escapa generalmente– el com-plejo fondo de creencias, mitos y sentimientos, que
se agita bajo las creaciones materiales e intelectuales de la civilización
europea o blanca; pero la mecánica y la disciplina de ésta le imponen
auto-máticamente sus hábitos y sus concepciones. En contacto con una
civilización maquinista, asombrosamente dotada para el dominio de la
naturaleza, la idea del progreso, por ejemplo, es de un irresis-tible poder de
contagio o seducción. Pero este proceso de asimila-ción o incorporación se
cumple prontamente sólo en un medio en el cual actúan vigorosamente las
energías de la cultura industrial.
246 LITERATURAY ESTÉTICA
En el latifundio feudal, en el burgo retardado, el
mestizaje carece de elementos de ascensión. En su sopor extenuante, se anulan
las vir-tudes y los valores de las razas entremezcladas; y, en cambio, se
imponen prepotentes las más enervantes supersticiones.
Para el hombre del poblacho mestizo –tan
sombríamente des-crito por Valcárcel con una pasión no exenta de preocupaciones
sociológicas– la civilización occidental constituye un confuso espectáculo, no
un sentimiento. Todo lo que en esta civilización es íntimo, esencial,
intransferible, energético, permanece ajeno a su ambiente vital. Algunas
imitaciones externas, algunos hábitos sub-sidiarios, pueden dar la impresión de
que este hombre se mueve den-tro de la órbita de la civilización moderna. Mas,
la verdad es otra.
Desde este punto de vista, el indio, en su medio
nativo, mien-tras la emigración no lo desarraiga ni deforma, no tiene nada que
envidiar al mestizo. Es evidente que no está incorporado aún en esta
civilización expansiva, dinámica, que aspira a la universali-dad. Pero no ha
roto con su pasado. Su proceso histórico está dete-nido, paralizado, mas no ha
perdido, por esto, su individualidad. El indio tiene una existencia social que
conserva sus costumbres, su sentimiento de la vida, su actitud ante el universo.
Los “residuos” y las derivaciones de que nos habla la sociología de Pareto, que
con-tinúan obrando sobre él, son los de su propia historia. La vida del indio
tiene estilo. A pesar de la conquista, del latifundio, del gamo-nal, el indio
de la sierra se mueve todavía, en cierta medida, dentro de su propia tradición.
El “ayllu” es un tipo social bien arraigado en el medio y la raza41.
41. Los
estudios de Hildebrando Castro Pozo, sobre la “comunidad indígena”, consignan a
este respecto datos de extraordinario interés, que he citado ya en otra parte.
Estos datos coinciden absolutamente con la sustancia de las aserciones de
Valcarcel en Tempestad en los Andes, a las cuales, si no estuvieran confirmadas
BIBLIOTECA AYACUCHO 247
El indio sigue viviendo su antigua vida rural.
Guarda hasta hoy su traje, sus costumbres, sus industrias típicas. Bajo el más
duro feudalismo, los rasgos de la agrupación social indígena no han llegado a
extinguirse. La sociedad indígena puede mostrarse más o menos primitiva o
retardada; pero es un tipo orgánico de sociedad y de cultura. Y ya la
experiencia de los pueblos de Oriente, el Japón, Turquía, la misma China, nos
han probado cómo una sociedad autóctona, aun después de un largo colapso, puede
encontrar por sus propios pasos, y en muy poco tiempo, la vía de la
civilización moderna y traducir, a su propia lengua, las lecciones de los
pueblos de Occidente.
XVIII. ALCIDES SPELUCÍN
En el primer libro de Alcides Spelucín están, entre
otras, las poesías que me leyó hace nueve años cuando nos conocimos en Lima en
la redacción del diario donde yo trabajaba. Abraham Valdelomar medió
fraternalmente en este encuentro, después del cual Alcides y yo nos hemos
reencontrado pocas veces, pero hemos estado cada día más próximos. Nuestros
destinos tienen una esencial analogía dentro de su disimilitud formal.
Procedemos él y yo, más que de la misma generación, del mismo tiempo. Na-cimos
bajo idéntico signo. Nos nutrimos en nuestra adolescencia literaria de las
mismas cosas: decadentismo, modernismo, estetis-mo, individualismo,
escepticismo. Coincidimos más tarde en el doloroso y angustiado trabajo de
superar estas cosas y evadirnos
por investigaciones objetivas, se podría suponer
excesivamente optimistas y apo-logéticas. Además, cualquiera puede comprobar la
unidad, el estilo, el carácter de la vida indígena. Y sociológicamente la
persistencia en la comunidad de los que Sorel llama “elementos espirituales del
trabajo”, es de un valor capital.
248 LITERATURAY ESTÉTICA
de su mórbido ámbito. Partimos al extranjero en
busca no del se-creto de los otros sino en busca del secreto de nosotros
mismos. Yo cuento mi viaje en un libro de política; Spelucín cuenta el suyo en
un libro de poesía. Pero en esto no hay sino diferencia de aptitud o, si se
quiere, de temperamento; no hay diferencia de peripecia ni de espíritu. Los dos
nos embarcamos en la “barca de oro en pos de una isla buena”. Los dos en la
procelosa aventura, hemos encontrado a Dios y hemos descubierto a la humanidad.
Alcides y yo, puestos a elegir entre el pasado y el porvenir, hemos votado por
el porvenir. Supérstites dispersos de una escaramuza literaria, nos sentimos
hoy combatientes de una batalla histórica.
El libro de la nave dorada es una estación del
viaje y del espí-ritu de Alcides Spelucín. Orrego advierte de esto al lector,
en el pre-facio, henchido de emoción, grávido de pensamiento, que ha escri-to
para este libro. “No representa –escribe– la actualidad estética del creador.
Es un libro de la adolescencia, la labor poética primi-genia, que apenas rompe
el claustro de la anónima intimidad. El poeta ha recorrido desde entonces mucho
camino ascendente y gozoso; también mucha senda dolorosa. El espíritu está hoy
más granado, la visión más luminosa, el vehículo expresivo más rico, más
agilizado y más potente; el pensamiento más deslumbrado de sabiduría; más
extenso de panorama; más valorizado por el acu-mulamiento de intuiciones; el
corazón más religioso, más estreme-cido y más abierto hacia el mundo. Es
preciso marcar esto para que el lector se dé cuenta de la penosa precocidad del
poeta que cuando escribe este libro es casi un niño”42.
42. El libro de la nave dorada, Trujillo, Ediciones
de El Norte (1926).
BIBLIOTECA AYACUCHO 249
Como canción del mar, como balada del trópico, este
libro es en la poesía de América algo así como una encantada prolonga-ción de
la “Sinfonía en Gris Mayor”. La poesía de Alcides tiene en esta jornada ecos
melodiosos de la música rubendariana. Se nota también su posterioridad a las
adquisiciones hechas por la lírica hispano-americana en la obra de Herrera y
Reissig. La huella del poeta uruguayo está espléndidamente viva en versos como
éstos:
Y ante un despertamiento planetario de nardos
bramando lilas tristes por la ruta de oriente se van los vesperales, divinos
leopardos.
(“Caracol bermejo”).
Pero esta presencia de Herrera y Reissig y la del
propio Rubén Darío no es sensible sino en la técnica, en la forma, en la
estética. Spelucín tiene del decadentismo la expresión; pero no tiene el
espíritu. Sus estados de alma no son nunca mórbidos. Una de las cosas que
atraen en él es su salud cabal. Alcides ha absorbido muchos de los venenos de
su época, pero su recia alma, un poco rústica en el fondo, se ha conservado
pura y sana. Así, está más viviente y personal en esta plegaria de acendrado
lirismo.
¿No me darás la arcilla de la cantera rosa donde
labrar mi base para gustar Amor? ¿No me darás un poco de tierra melodiosa donde
plasmar la fiebre de mi ensueño, Señor?
Alcides se asemeja a Vallejo en la piedad humana,
en la ternu-ra humilde, en la efusión cordial. En una época que era aún de
ego-latrismo exasperado y bizantinismo d’annunziano, la poesía de Alcides tiene
un perfume de parábola franciscana. Su alma se caracteriza por un cristianismo
espontáneo y sustancial. Su acento
250 LITERATURAY ESTÉTICA
parece ser siempre el de esta otra plegaria con
sabor de espiga y de angelus como algunos versos de Francis Jammes:
Por esta dulce hermana menor de ojos tan suaves…
Esta claridad, esta inocencia de Alcides, son
perceptibles hasta en esas “aguas fuertes” de estirpe un poco bodeleriana, que,
asu-miendo íntegra la responsabilidad de su poesía de juventud, ha incluido en
El libro de la nave dorada. Y son tal vez la raíz de su socialismo que es un
acto de amor más que de protesta.
XIX. BALANCE PROVISORIO
No he tenido en esta sumarísima revisión de
valores-signo el propósito de hacer historia ni crónica. No he tenido siquiera
el pro-pósito de hacer crítica, dentro del concepto que limita la crítica al
campo de la técnica literaria. Me he propuesto esbozar los linea-mientos o los
rasgos esenciales de nuestra literatura. He realizado un ensayo de
interpretación de su espíritu; no de revisión de sus valores ni de sus
episodios. Mi trabajo pretende ser una teoría o una tesis y no un análisis.
Esto explicará la prescindencia deliberada de
algunas obras que, con incontestable derecho a ser citadas y tratadas en la
cróni-ca y en la crítica de nuestra literatura, carecen de significación
esencial en su proceso mismo. Esta significación, en todas las lite-raturas, la
dan dos cosas: el extraordinario valor intrínseco de la obra o el valor
histórico de su influencia. El artista perdura real-mente, en el espíritu de
una literatura, o por su obra o por su des-cendencia. De otro modo, perdura
sólo en sus bibliotecas y en su cronología. Y entonces puede tener mucho
interés para la especu-lación de eruditos y bibliógrafos; pero no tiene casi
ningún interés para una interpretación del sentido profundo de una literatura.
BIBLIOTECA AYACUCHO 251
El estudio de la última generación, que constituye
un fenóme-no en pleno movimiento, en actual desarrollo, no puede aún ser
efectuado con este mismo carácter de balance43. Precisamente en nombre del
revisionismo de los nuevos se instaura el proceso de la literatura nacional. En
este proceso como es lógico, se juzga el pasado; no se juzga el presente. Sólo
sobre el pasado puede decir ya esta generación su última palabra. Los nuevos,
que pertenecen más al porvenir que al presente, son en este proceso jueces, fisca-les,
abogados, testigos. Todo, menos acusados. Sería prematuro y precario, por otra
parte, un cuadro de valores que pretendiese fijar lo que existe en potencia o
en crecimiento.
La nueva generación señala ante todo la decadencia
definitiva del “colonialismo”. El prestigio espiritual y sentimental del
Virrei-nato, celosa e interesadamente cultivado por sus herederos y su
clientela, tramonta para siempre con esta generación. Este fenó-meno literario
e ideológico se presenta, naturalmente, como una faz de un fenómeno mucho más
vasto. La generación de Riva Agüero realizó, en la política y en la literatura,
la última tentativa para salvar la Colonia. Mas, como es demasiado evidente, el
lla-mado “futurismo”, que no fue sino un neocivilismo, está liquidado política
y literariamente, por la fuga, la abdicación y la dispersión de sus corifeos.
En la historia de nuestra literatura, la Colonia
termina ahora. El Perú, hasta esta generación, no se había aún independizado de
la metrópoli. Algunos escritores, habían sembrado ya los gérmenes de otras
influencias. González Prada, hace cuarenta años, desde la tribuna del Ateneo,
invitando a la juventud intelectual de entonces
43. Reconozco,
además, la ausencia en este ensayo de algunos contemporáneos mayores, cuya obra
debe aún ser estimada más o menos susceptible de evolución o continuación. Mi
estudio, lo repito, no está concluido.
252 LITERATURAY ESTÉTICA
a la revuelta contra España, se definió como el
precursor de un perí-odo de influencias cosmopolitas. En este siglo el
modernismo rubendariano nos aportó, atenuado y contrastado por el colonialis-mo
de la generación “futurista”, algunos elementos de renovación estilística que
afrancesaron un poco el tono de nuestra literatura. Y, luego, la insurrección
“colónida” amotinó contra el academicismo español –solemne pero precariamente
restaurado en Lima con la instalación de una Academia correspondiente–, a la generación
de 1915, la primera que escuchó de veras la ya vieja admonición de González
Prada. Pero todavía duraba lo fundamental del colonia-lismo: el prestigio
intelectual y sentimental del Virreinato. Había decaído la antigua forma; pero
no había decaído igualmente el anti-guo espíritu.
Hoy la ruptura es sustancial, El “indigenismo”,
como hemos visto, está extirpando, poco a poco, desde sus raíces, al
“colonialis-mo”. Y este impulso no procede exclusivamente de la sierra.
Val-delomar, Falcón, criollos, costeños, se cuentan, –no discutamos el acierto
de sus tentativas– entre los que primero han vuelto sus ojos a la raza. Nos
vienen, de fuera, al mismo tiempo, variadas influen-cias internacionales.
Nuestra literatura ha entrado en su período de cosmopolitismo. En Lima, este
cosmopolitismo se traduce, en la imitación entre otras cosas de no pocos
corrosivos decadentismos occidentales y en la adopción de anárquicas modas
finiseculares. Pero, bajo este influjo precario, un nuevo sentimiento, una
nueva revelación se anuncia. Por los caminos universales, ecuménicos, nos vamos
acercando cada vez más a nosotros mismos.
BIBLIOTECA AYACUCHO 253
28
SEIS ENSAYOS EN BUSCA DE NUESTRA EXPRESIÓN, POR
PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA*
DIVERSOS SIGNOS anuncian la liquidación inminente
de la demagogia superamericanista, de la declamación ultraísta, en que han
coincidido en nuestra América el mesianismo de algunos reformadores políticos y
sociales improvisados en las jornadas de la insurrección universitaria y el
futurismo de otros tantos poetas, provincianamente persuadidos de la
originalidad y criolledad de sus mediocrísimas rapsodias de los “ismos”
europeos. Esta liqui-dación nos exonerará del tributo de uno que otro tácito
“maestro de la juventud”, de gestos y palabras estrictamente entonados a la más
confusa exaltación post-bélica; pero nos conducirá, en cambio, a una estimación
exacta, a una ponderación útil de los hombres que verdaderamente ejercen en
Latino América una función crítica y docente. Pedro Henríquez Ureña, el autor
de estos Seis ensayos en busca de nuestra expresión que quiero señalar hoy a la
atención de mis lectores, es sin duda uno de los escritores que con más sentido
de responsabilidad y mayores dotes de talento y cultura cumplen esa función.
* Mundial
(Lima), (28 de junio de 1929); OC, v. 12, pp. 73-78; MT, t. I, pp. 460-462.
254 LITERATURAY ESTÉTICA
En Henríquez Ureña se combinan la disciplina y la
mesura del crítico estudioso y erudito con la inquietud y la compresión del
ani-mador que, exento de toda ambición directiva, alienta la esperanza y las
tentativas de las generaciones jóvenes. Henríquez Ureña sabe todo lo que valen
el aprendizaje escrupuloso, la investigación aten-ta, los instrumentos y
métodos de trabajo de una cultura acendrada; pero aprecia, igualmente, el valor
creativo y dinámico del impulso juvenil, de la protesta antiacadémica y de la
afirmación beligeran-te. Su simpatía y su adhesión acompañan a las vanguardias
en la voluntad de superación y en el esfuerzo constructivo. De ninguna crítica
me parece tan necesitada la actividad literaria de estos paí-ses como de la que
Pedro Henríquez Ureña representa con tanto estilo individual.
En su nuevo libro, que agrega un título más a la
selectísima biblioteca argentina dirigida por Samuel Glusberg, Henríquez Ureña
reúne trabajos dispersos –artículos, conferencias, prólogos– que no obedecen en
parte a la intención central de la obra.
Los ensayos “Hacia el nuevo teatro” y “Veinte años
de la lite-ratura en los Estados Unidos”, excelentes como panorama de uno y
otro tópico, podían formar parte de otro libro. No diré que son aje-nos al
espíritu mismo de estas meditaciones “en busca de nuestra expresión”, pero sí
que pertenecen con más propiedad a otro grupo de ensayos del autor. Han sido
incluidos en estos “seis ensayos” por la dificultad editorial acusadora de
nuestra pobreza de organi-zar en volúmenes autónomos la investigación de un ensayista
como Henríquez Ureña.
Los dos primeros ensayos: “El descontento y la
promesa: en busca de nuestra expresión” y “Caminos de nuestra historia
litera-ria”, contienen lo más esencial del libro. En esos dos nutridos y
sólidos escritos, Henríquez Ureña logra un planteamiento de los problemas de
nuestra literatura y de su orientación, mucho más
BIBLIOTECA AYACUCHO 255
eficaz y hondo que el que embrollada o vagamente
esbozan, sin tan precisos resultados, enteros volúmenes de historiografía y
crí-tica literaria. Las conclusiones de Henríquez Ureña son, como todas,
susceptibles en muchos puntos de desarrollo y rectifica-ción; pero revelan algo
que no es frecuente en nuestra crítica: un criterio superior y seguro.
Henríquez Ureña tiene las cualidades del humanista moderno, del crítico
auténtico. Sus juicios no son nunca los del impresionista ni los del
escolástico. La consistencia de su criterio literario, no es asequible sino al
estudioso que al don innato del buen gusto une ese rumbo seguro, esa noción
integral que confieren una educación y un espíritu filosóficos. Henríquez Ureña
confirma y suscribe el principio de que la crítica literaria no es una cuestión
de técnica o gusto, y de que será siempre ejercida, subsidiaria y
superficialmente, por quien carezca de una concep-ción filosófica e histórica.
El hedonismo tanto como el eruditismo y el preceptivismo, están definitivamente
relegados a una condi-ción inferior en la crítica. No es posible el crítico sin
tecnicismo y sin sensibilidad específicamente literarios, pero se clasificará
invariablemente en una categoría secundaria al crítico que con la ciencia y el
gusto no posea un sentido de la historia y del universo, una weltanschauung*.
Henríquez Ureña reacciona contra el
superamericanismo de los que nos aconsejan cierta clausura o, por lo menos,
cierta resis-tencia a lo europeo, con mística confianza en el juego exclusivo y
excluyente de nuestras energías criollas y autóctonas. “Todo aisla-miento es
ilusorio remarca el autor de 6 ensayos en busca de nues-tra expresión. La
historia de la organización espiritual de nuestra América, después de la
emancipación política, nos dirá que nues-
* Concepción del mundo (n. de OC).
256 LITERATURAY ESTÉTICA
tros propios orientadores fueron, en momento
oportuno, europei-zantes: Andrés Bello, que desde Londres lanzó la declaración
de nuestra independencia literaria, fue motejado de europeizante por los
proscriptos argentinos veinte años después, cuando organizaba la cultura
chilena; y los más violentos censores de Bello, de regreso en su patria, habían
de emprender, a su turno, tareas de europeiza-ción, para que ahora se lo afeen
los devotos del criollismo puro”. Pero Henríquez Ureña reconoce, al mismo tiempo,
la función de “la energía nativa”. Más aún, la reivindica como factor primario
de toda creación americana. Formamos parte del mundo latino y, por ende, del
occidental; pero los lazos que supone esta filiación “no son estorbos
definitivos para ninguna originalidad, porque aquella comunidad tradicional
afecta sólo a las formas de la cultura mien-tras que el carácter original de
los pueblos viene de su fondo espiri-tual, de su energía nativa”. Y esta
energía quizá en ningún america-no actúa tanto como en los que pugnan por
europeizar u occidentalizar América. “No creo –declara Henríquez Ureña– en la
realidad de la querella de Fierro contra Quiroga. Sarmiento, como civilizador,
urgido de acción, atenaceado por la prisa, escogió para el futuro de su patria
el atajo europeo o norteamericano en vez del sendero criollo, informe todavía,
largo, lento, interminable tal vez o desembocando en callejón sin salida; pero
nadie sintió mejor que él los soberbios ímpetus, la acre originalidad de la
barbarie que aspiraba a destruir. En tales oposiciones y en tales decisiones
está el Sarmiento aquilino: la mano inflexible escoge; el espíritu amplio se
abre a todos los vientos. ¿Quién comprendió mejor que él a España, la España
cuyas malas herencia quiso arrojar al fuego, la que visitó ‘con el santo
propósito de levantarle el proceso verbal’, pero que a ratos le hacía agitarse
en ráfagas de simpatía?”.
¿A qué atribuir la imperfección, la incipiencia, la
pobreza de nuestra literatura? Henríquez Ureña no busca la explicación en la
BIBLIOTECA AYACUCHO 257
raza, ni en el clima, ni en los modelos, ni en el
demonio del roman-ticismo o del europeísmo. El arte y la literatura no florecen
en sociedades larvadas o inorgánicas, oprimidas por los más elemen-tales y
angustiosos problemas de crecimiento y estabilización. No son categorías
cerradas, autónomas, independientes de la evolu-ción social y política de un
pueblo. Henríquez Ureña se coloca a este respecto en un terreno materialista e
histórico. Distingue dos Américas, la buena y la mala. La primera es la que ha
conseguido organizar aproximadamente su existencia, según las reglas de la
civilidad occidental; la segunda es la que se debate aún en la con-tradicción,
entre las formas y exigencias de esta cultura y los den-sos rezagos tribales o
feudales de la América primitiva o colonial. Y la literatura no escapa a una u
otra influencia. “Las naciones serias van dando forma y estabilidad a su
cultura y en ellas las letras se vuelven actividad normal, mientras tanto, en
‘las otras nacio-nes’, donde las instituciones de cultura, tanto elemental como
superior, son víctimas de vaivenes políticos y del desorden econó-mico, la
literatura ha comenzado a flaquear. Ejemplos: Chile, en el siglo XIX, no fue
uno de los países hacia donde se volvían con mayor placer los ojos de los
amantes de las letras; hoy sí lo es. Venezuela tuvo durante cien años,
arrancando nada menos que de Bello, literatura valiosa, especialmente en la
forma: abundaba el tipo del poeta y del escritor dueño del idioma, dotado de
facundia. La serie de tiranías ignorantes que vienen afligiendo a Venezuela
desde fines del siglo XIX –al contrario de aquellos curiosos “des-potismos
ilustrados” de antes, como el de Guzmán Blanco– han deshecho la tradición
intelectual: ningún escritor de Venezuela menor de cincuenta años disfruta de
reputación en América”.
Henríquez Ureña discurre con admirable lucidez
sobre la naturaleza de los problemas literarios y artísticos. “Nuestros
ene-migos –escribe– al buscar la expresión de nuestro mundo, son la
258 LITERATURAY ESTÉTICA
falta de esfuerzo y la ausencia de disciplina,
hijos de la pereza y la incultura, o la vida en perpetuo disturbio y mudanza,
llena de pre-ocupaciones ajenas a la pureza de la obra: nuestros poetas,
nuestros escritores, fueron las más veces, en parte son todavía, hombres
obligados a la acción, la faena política y hasta la guerra, y no faltan entre
ellos los conductores e iluminadores de pueblos”. Pero más certera y magistral
es su diagnosis en estas palabras finales del libro: “En el pasado nuestros
enemigos han sido la pereza y la igno-rancia; en el futuro, sé que sólo el
esfuerzo y la disciplina darán la obra de expresión pura. Los hombres del ayer,
en parte los del pre-sente, tenemos excusa: el medio no nos ofrecía sino
cultura atrasa-da y en pedazos; el tiempo nos lo han robado empeños urgentes,
unas veces altos, otras humildes. Y, sin embargo, hasta fines del siglo XIX
nuestra mejor literatura es obra de hombres ocupados en ‘otra cosa’:
libertadores, presidentes de república, educadores de pueblos, combatientes de
toda especie. La calamidad han sido los ociosos: esos poetas románticos, cuyo
único oficio conocido era el de hacer versos, pero que eran incapaces de poner
seriedad en la obra. Y lo que antes se veía en los románticos, ¿no se ve ahora
en sus descendientes bajo designaciones distintas?”. Es difícil comentar el
libro de Henríquez Ureña sin ceder, a cada paso, a la tentación de citar
textualmente sus palabras. He descrito, hasta ahora, párrafos que dan una idea
precisa del mérito y del contenido de su última obra. Si estas transcripciones
contribuyen a despertar el interés del público sobre tan excelente libro, habré
alcanzado lo que me propongo en este rápido comentario.
BIBLIOTECA AYACUCHO 259
ÍNDICE
LITERATURAY ESTÉTICA
Presentación por Mirla Alcibíades . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .VII Nota a la presente
edición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . .XXIX
1. El fin de una poetisa . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
.3
2. Recordando al prócer . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .6
3. Pierre Loti en la guerra . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .10
4. Causerie sentimental . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .14
5. D’Annunzio y la guerra . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .18
6. Mujeres de letras de Italia . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .22
7. Los amantes de Venecia . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .29
8. Aspectos viejos y nuevos del futurismo . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .35
9. Post-impresionismo y cubismo . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .39
10. El expresionismo y el dadaísmo . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .44
11. Algunas ideas, autores y escenarios del arte
moderno . . . . . . . . . . . . . .50
12. La revolución y la inteligencia. El grupo
Clarté . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .56
13. Poetas nuevos y poesía vieja . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .61
14. Pasadismo y futurismo . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .67
15. La Torre de Marfil . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .72
16. La imaginación y el progreso . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .77
BIBLIOTECA AYACUCHO 261
17. ¿Existe un pensamiento-hispanoamericano? . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .82
I
.......................................................................82
II
......................................................................83
III
.....................................................................85
IV
.....................................................................86
18. James Joyce . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
.88
19. La realidad y la ficción . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .92
20. El freudismo en la literatura contemporánea . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .96
21. La vida que me diste . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .103
22. Arte, revolución y decadencia . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .104
23. Reivindicación de Jorge Manrique . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .109
24. Heterodoxia de la tradición . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .114
25. Gómez Carrillo . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .118
26. Esquema de una explicación de Chaplin . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .121
27. El proceso de la literatura . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .129 I.
Testimonio de parte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . .129 II. La literatura de la Colonia . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .133 III. El
colonialismo supérstite . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .139 IV. Ricardo Palma, Lima y la Colonia . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .145
V. González Prada . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .155
VI. Melgar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .166
VII. Abelardo Gamarra . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .168
VIII. Chocano . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .170
IX. Riva Agüero y su influencia. La generación
“futurista” . . . . .175 X. “Colónida” y Valdelomar . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .182 XI. Nuestros
“independientes” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .191 XII. Eguren . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .193 XIII. Alberto
Hidalgo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .204 XIV. César Vallejo . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .209 XV. Alberto
Guillén . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . .219 XVI. Magda Portal . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .224 XVII. Las
corrientes de hoy. El indigenismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .230
XVIII. Alcides Spelucín . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .248
262 LITERATURAY ESTÉTICA
XIX. Balance provisorio . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .251
28. Seis
ensayos en busca de nuestra expresión,
por Pedro Henríquez Ureña . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .254
BIBLIOTECA AYACUCHO 263
Este volumen de la Fundación Biblioteca Ayacucho,
se terminó de imprimir el mes de agosto de 2007, en los talleres de Altolitho,
Caracas, Venezuela.
En su diseño se utilizaron caracteres romana, negra
y cursiva de la familia tipográfica Times, en cuerpos 8, 9, 10, 11 y 12. En su
impresión se usó papel Hansa mate 60 gr.
La edición consta de 2.250 ejemplares.
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El Amauta, José Carlos Mariátegui (Perú,
1894-1930), figura clave del pensamiento crítico e inte-grador latinoamericano,
legó al continente una vas-ta obra sociológica, periodística, política y
literaria de trascendencia universal. A través de sus escritos, con una gran
agudeza interpreta la realidad ameri-cana, evidenciando la función social de la
literatu-ra, pues considera que ésta no es independiente de las demás
categorías de la historia y que está ínti-mamente permeada de política. En este
volumen, que la Biblioteca Ayacucho ofrece al lector, el en-sayista alerta
sobre la necesidad de crear un arte nuevo –acorde con el futuro revolucionario
que avizora– no limitado a simples exploraciones y conquistas formales ni a
describir la realidad me-diante los parámetros decadentes de la estética
rea-lista; en consecuencia, propone la insurgencia de una estética
suprarrealista donde impere la imagi-nación y la fantasía.

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