© Libro N° 8693. Clases Sociales Y Alianzas Por El Poder. Poulantzas, N. Emancipación. Junio 5 de 2021.
Título
original: © Clases
Sociales Y Alianzas Por El Poder. N. Poulantzas
Versión Original: © Clases Sociales Y Alianzas Por El
Poder. N. Poulantzas
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CLASES SOCIALES Y ALIANZAS POR EL PODER
N. Poulantzas
Clases Sociales Y Alianzas
Por El Poder
N. Poulantzas
El presente texto es copia fiel de “Clases sociales
y alianzas por el Po-der, de N. Poulantzas, editado por Zero, S.A. Máximo
Aguirre, 5. Bil-bao, en 1973.
Constituye el número 38 de la Colección “Lee y
discute”.
La portada original se debe a Lorenzo Sánchez.
La traducción fue realizada por José Lorenzo
Sánchez.
El libro circula libremente por internet, de donde
lo hemos recogido.
Se han realizado algunas modificaciones que afectan
al formato (prin-cipalmente la paginación y colocación del índice al comienzo)
aunque con respeto riguroso al contenido textual.
Verano de 2014
Demófilo
________________________________________________
INDICE
Nota del traductor 3
Prenotando 7
I. Clases
sociales y relaciones de producción 9
II. Modos de
producción y formación social 17
III. Los
criterios políticos e ideológicos: clases,
fracciones,
estratos 21
IV. Las
categorías sociales 30
V. Las clases
dominantes 37
VI. La
reproducción desarrollada de las clases sociales 46
NOTA DEL TRADUCTOR
Nicos Poulantzas viene siendo desde hace unos cinco
años apro-ximadamente uno de los pensadores marxistas más serios y de los que
están empeñados en la actualidad en abrir un futuro dentro del movimiento
socialista marxista.
Griego de origen, arraigado en Francia, comenzó a
sentir las lí-neas maestras de la interpretación estructuralista del marxismo,
si bien en la actualidad no se limita a ser un simple repetidor de las tesis de
la escuela estructuralista. Marta Harnecker, por ejemplo, otra de las
discípulas del estructuralista francés que es Louis Al-thusser, discrepa hoy
profundamente de los puntos de vista de Poulantzas en torno al tratamiento de
las clases sociales y el poder político en el estado capitalista. ¿Entre
ex-estructuralistas anda el juego?
No podemos decirlo, dado que el estructuralismo no
tiene .unos perfiles claros. Cierto que tampoco es un ortodoxo del movimien-to.
Pero mucho menos cabe pensar —como va a apreciar en se-guida el lector del
folleto que traducimos— que sea un ortodoxo del marxismo soviético. Sus
críticas a la kremlinología y a la mi-nikremlinología del Partido Comunista
Francés, así como sus feroces andanadas contra el «Tratado de Economía
Marxista» que con carácter de manual pretende servir de catecismo al gran
pú-blico marxista, son prueba clara de la negativa de Poulantzas a considerar
al marxismo como una unidad conclusa y definitiva-mente sistematizada.
Sin embargo, Poulantzas quiere revitalizar al
marxismo desde el marxismo. No se le puede aplicar la fácil etiqueta de
«revisionis-ta», que por cierto fue aplicada a Lenin mismo por los entonces
considerados «ortodoxos» de la marxología. Una y otra vez, cita a Marx, Lenin y
Mao para recabar de ellos la ratificación de orto-doxia que otros le niegan.
Los clásicos son traídos a juicio para testificar que, en realidad, los
heterodoxos son los otros.
Una vez más, surge la inevitable y hasta cargante
cuestión de los límites de la ortodoxia marxista, cuestión que ha llegado a tal
lí-mite de inflación ideológica, que ya no es posible resolver, a no ser desde
una atalaya a su vez dogmática. Sin embargo, la pregun-ta es importante a este
propósito: ¿Radica la ortodoxia en la repe-tición de lo ya envejecido, o en la
creación-recreación de lo clási-co?
Ante la insolubilidad de la cuestión, sólo podemos
remitimos a un hecho que constatan las editoriales hoy con toda evidencia: De
momento, Poulantzas gana seguidores, y sus puntos de vista son conocidos en el
mundo entero. Y aunque la verdad no se impone por la vía de la simple
extensión, la extensión también cuenta para comprender las posibilidades de
verdad.
II. Para dar
un juicio mínimamente serio del significado de la obra de Poulantzas hace falta
haber leído algo de él. Creemos que el presente estudio reúne todas las
cualidades necesarias y que, en consecuencia, llegará al gran público.
Proporciona, en primer lugar, una extensa
panorámica de las posi-ciones recientes en torno al tema. Al lado de lo que
piensan los demás marxistas, Poulantzas nos cuenta lo que él mismo cree. Es
este modo polémico de presentar las cuestiones lo que hace de la lectura de las
obras de Poulantzas una incitante necesidad.
Se trata, además, de un artículo breve, musculado,
nervioso. En él no sobra una línea, no falta una coma. Todo es aprovechable.
Por ello los lectores de la editorial Zero (más
concretamente aque-llos más necesitados de promoción) van a tener que hacer un
es-fuerzo de comprensión. Un esfuerzo inevitablemente serio: Ten-drán que
rumiarlo, rellenar cada línea con numerosas interrogan-tes y, al final,
discutirlo en equipo. Es un folleto para la discusión y puesta en común de lo
que se lleva en común. Ciertamente, hay que prevenir: no es un manjar de rápida
digestión, pero sí de una exquisita degustación y provechosa utilidad.
Su lectura puede resultar a veces despiadadamente
árida. El traductor hubiese deseado matizar acá y allá cierta terminología,
ampliar en este o aquél lugar tal o cual concepto. Pero entonces no hubiese
sido Nicos Poulantzas el autor del trabajo, y además el traductor hubiese
realizado una deficiente versión.
III. La
tesis central del folleto es que el criterio económico no es determinante en la
consideración de las clases sociales, pero es dominante en la configuración de
las mismas. Lo político y lo económico forman tal unidad, que no sin caer en
simplismos pue-de afirmarse que el marxismo sea un determinismo económico o un
voluntarismo político.
Afirmaciones simplistas como estas hacen que en
buena medida el socialismo haya muerto, y que haya muerto precisamente a manos
de los socialistas de hoy. Afirmaciones de tal simplismo están llevando a la
substitución del stajanovismo por el tayloris-mo. El desorden de ideas es en
ciertos socialistas tan grande, que interesa más el producto que el modo de
producción, y de este modo el desarrollismo está sustituyendo al antagonismo.
Por eso, el socialismo ha muerto sin haber apenas
nacido. Por esto también le están naciendo izquierdas a la izquierda, a fin de
que el socialismo se desarrolle.
La cuestión es esta: ¿Va a haber que prohibir las
nuevas izquier-das de la izquierda, o simplemente la izquierda? Para Poulantzas
puede decirse que cabe esta afirmación: el socialismo de ciertos países ha
muerto. Viva la muerte que da vida.
IV. «Una pequeña fracción de esta clase (dominante)
reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase que lleva en
sí el porvenir» (Marx, Manifiesto del Partido Comunista).
Frase clave del Manifiesto. Pero ¿sigue siendo
verdad? ¿O más bien ocurre hoy a la inversa? El proletariado, antaño
revoluciona-rio y bajo la tónica del pauperismo, ¿se ha estratificado de tal
mo-do que ya no es posible creer en su capacidad revolucionaria? ¿Ya no es la
historia de la humanidad la historia de dos clases antagónicas, sino la de las
clases medias? ¿Hacia dónde basculan éstas, qué alianzas realizan? ¿Es cierto
que el obrero se depaupera rela-tivamente al Capital a la par que se enriquece
con relación a sí mismo? ¿Y no perderá su combatividad por enriquecerse con
res-pecto a sí mismo? Por otra parte, ¿no es cada vez numéricamente más pequeña
la clase obrera no cualificada, en favor de la ascen-sión de los técnicos?
El lector se hará estas preguntas cuando lea el
folleto. Y tal vez no esté de acuerdo con Poulantzas en determinadas
soluciones. Pero lo importante es suscitar las cuestiones.
Permítasenos una distinción de la cual sólo el
traductor es respon-sable: la distinción opresión-explotación. Este binomio
creemos puede resultar fundamental, como hipótesis de trabajo: la clase obrera
estaría en situación de explotación, las clases medias, en situación de
opresión; las clases altas, serían las causantes de la explotación y la
opresión, en el sistema capitalista. Y si esto es así hoy, un poco al margen de
Poulantzas, ¿qué proletariza más, la opresión o la explotación? (Tenemos en
cuenta que el binomio no es dicotómico, y sabemos que quien —como oprimido— no
se siente de algún modo explotado, no tendrá fuerza de contestación, y que
quien —como explotado— no se siente de algún modo oprimido, no poseerá la
conciencia necesaria para la lucha). Pero ¿qué es entonces más agresivo para el
capital, la opresión o la explotación? ¿La burguesía disidente o la clase
obrera? Es aquí donde sitúa Poulantzas el problema de las alianzas.
Para algunos, al disminuir el proletariado y
aumentar los obreros técnicos e intelectuales, la clase más agresiva en el
futuro no será ya la obrera tradicional, sino que la única clase antagónica
frente al capital será la burguesa con conciencia de opresión; para otros, el
intelectual sólo será la chispa; la clase obrera la llama. Para Poulantzas...
comienza el lector a leer.
PRENOTANDO
¿Qué son las clases sociales en la teoría marxista?
Las clases so-ciales son grupos de agentes sociales, de hombres definidos
prin-cipalmente, pero no exclusivamente, por su lugar en el proceso de
producción, es decir, en la esfera económica.
Hay que señalar aquí dos puntos principales, de los
que se dedu-cen numerosas consecuencias políticas:
— El lugar económico de los agentes sociales tiene
un papel principal en la determinación de las clases sociales. Pero no debe
concluirse de aquí que este lugar baste para la determinación de las clases
sociales. En efecto, para el marxismo lo económico tiene evidentemente el papel
determinante en un modo de produc-ción y en una formación social; pero lo
político y lo ideológico, es decir, la superestructura, tienen igualmente un
papel importante. De hecho, siempre que Marx, Engels.
Lenin y Mao proceden a un análisis de las clases
sociales, no se limitan solamente al criterio económico, sino que se refieren
ex-plícitamente a criterios políticos e ideológicos.
Puede, en consecuencia, decirse que una clase
social se define por su lugar en el conjunto de las prácticas sociales, es
decir, por su lugar en el conjunto de la división del trabajo que comprende las
relaciones políticas y las ideológicas. Este lugar implica la deter-minación
estructural de las clases, es decir, la existencia de la determinación de la
estructura (relaciones de producción, de do-minación-subordinación política e
ideológica) sobre las prácticas de clase, dado que las clases no existen más
que en la lucha de clases. Todo lo cual adopta la forma de un efecto de la
estructura sobre la división social del trabajo. Pero señalemos ya que esta determinación
de las clases, que no existe así más que como lucha de clases, debe
distinguirse de la posición de clase en la coyun-tura; insistir sobre la
importancia de las relaciones políticas e ideológicas en la determinación de
las clases y sobre el hecho de
- 7 -
que las clases sociales no existen más que como
lucha de clases no ha de llevarnos a reducir, de manera «voluntarista», la
deter-minación de las clases a la posición de las clases; de aquí se si-guen
consecuencias políticas de gran importancia, que menciona-remos al examinar el
caso de los técnicos e ingenieros y el de la aristocracia obrera.
— El criterio económico sigue siendo, por tanto,
determinante. Pero, ¿qué se entiende en la concepción marxista por criterio
eco-nómico y por lo económico?
- 8 -
I
CLASES SOCIALES Y RELACIONES
DE PRODUCCION
Comencemos por este último punto:
1.1 La esfera «económica» está determinada por el
proceso de producción; y el lugar de los agentes, su distribución en clases
sociales, por las relaciones de producción.
Brevemente: en la unidad producción-consumo-
reparto del pro-ducto social, tiene la producción el papel determinante. La
distin-ción, en este nivel de las clases sociales, no es, por ejemplo, una
distinción fundada sobre la magnitud de las rentas, una distinción entre
«ricos» y «pobres», como lo creía toda una tradición pre-marxista, o incluso
hoy toda una serie de sociólogos. La distin-ción, real, en la magnitud de las
rentas no es más que una conse-cuencia de las relaciones de producción.
¿Pero qué es este proceso de producción y las
relaciones de pro-ducción que le constituyen?
En el proceso de producción está, de entrada, el
proceso de traba-jo, que designa en general la relación del hombre con la
naturale-za. Pero este proceso de trabajo se presenta siempre bajo una for-ma
social históricamente determinada. No se constituye más que en su unidad con
las relaciones de producción.
Las relaciones de producción se constituyen, en una
sociedad di-vidida en clases, por una doble relación que engloba las relaciones
de los hombres con la naturaleza en la producción material. Am-bas relaciones
son relaciones de agentes de la producción con el objeto y los medios del
trabajo, las fuerzas productivas y, así, por estas relaciones de los hombres
entre sí, de las relaciones de clase.
Estas dos relaciones conciernen:
- 9 -
a) a la
relación del no-trabajador (propietario) con el objeto y los medios del
trabajo;
b) a la
relación del productor inmediato (o del trabajador direc-to) con el objeto y
los medios de trabajo.
Estas relaciones llevan consigo dos aspectos:
a) la
propiedad económica: se entiende por tal el control econó-mico real de los
medios de producción, es decir, el poder de do-minar los medios de producción
para utilizaciones dadas y de disponer así de los productos obtenidos;
b) la
posesión, es decir, la capacidad de poner en acción los me-dios de producción.
1,2. En toda sociedad dividida en clases, la
primera relación (propietarios-medios de producción) incide sobre el primer
aspec-to: son los propietarios quienes tienen siempre el control real de los
medios de producción y, así, explotan a los trabajadores direc-tos extrayendo
de ellos, bajo diversas formas, el sobre-trabajo.
Pero esta propiedad designa a la propiedad
económica real, el control real de los medios de producción, y se distingue de
la pro-piedad jurídica, tal como está consagrada por el derecho, que es una
superestructura. Bien entendido, el derecho ratifica en general la propiedad
económica: pero puede que las formas de propiedad jurídica no coincidan con la
propiedad económica real. En este caso, es esta última la que resulta
determinante para la definición de las clases sociales.
Aportemos dos ejemplos:
a) En la
división de las clases sociales en el campo, tomemos el caso de los grandes
arrendatarios. Estos, según Lenin, pertenecen al campesinado rico, mientras que
no tienen la propiedad jurídica formal de la tierra, que pertenece al
capitalista que la arrienda. Si estos grandes arrendatarios pertenecen al
campesinado rico no es por tener altos ingresos, sino por tener el control real
de la tierra y de los medios de trabajo, es decir, que de hecho son los
propieta-rios económicos efectivos.
-10-
Esto no es más que un ejemplo; no entraremos, en
efecto, en los límites de este texto, en la cuestión de la división del
«campesina-do» que no es una clase única, en clases. Señalemos empero que la
división de los campos en grandes propietarios hacendados (agrarios),
campesinos ricos, medios y pobres, englobando en cada caso a grupos
provenientes de formas de propiedad y explo-tación diferentes no puede hacerse
más que distinguiendo riguro-samente la propiedad jurídica formal y la
propiedad económica real.
b) El segundo
ejemplo, muy discutido, pero que no puede pasar-se por alto, concierne a la
URSS y países «socialistas»: la propie-dad jurídica formal de los medios de
producción pertenece al Es-tado, considerado como Estado del «pueblo». Pero el
control real, la propiedad económica, no pertenece a los trabajadores mismos,
dado el debilitamiento de los soviets y de los consejos obreros, sino a los
«directores de empresa» y a los miembros del aparato. Se puede así sostener
legítimamente que, bajo la forma de propie-dad jurídica colectiva, se oculta
una nueva forma de propiedad económica «privada», y así, que debería hablarse
de una nueva burguesía en la URSS. En efecto, la abolición de la explotación de
clase no debería significar simplemente abolición de la propiedad jurídica
privada, sino abolición de la propiedad económica real: es decir, control por
los trabajadores mismos de los medios de pro-ducción.
Estas consideraciones, por otra parte, tienen su
importancia en cuanto a la cuestión del paso al socialismo. Si se tiene en
cuenta la distinción teórica y real, capital, entre propiedad económica y
propiedad jurídica formal, se comprenderá que la simple naciona-lización de las
empresas no es la solución panacea en que se ha creído durante tanto tiempo: y
esto no solamente porque las «na-cionalizaciones» se plegan a los intereses de
la burguesía. Es que, incluso en el caso de un cambio del poder del Estado, las
naciona-lizaciones o la estatalización de la economía no cambian más que la
forma de propiedad jurídica: ésta no consiste finalmente más que en el control
de la producción por los trabajadores mismos para modificar fundamentalmente la
propiedad económica y, así,
-11-
conducir a una abolición de las clases.
1.3. Volvamos a la segunda relación, la de los
productores direc-tos —trabajadores— con los medios y el objeto del trabajo,
rela-ción que define a la clase explotada.
Esta relación puede adoptar formas diversas, según
los diversos modos de producción.
En los modos de producción «pre capitalistas», los
productores directos (los trabajadores), no estaban enteramente «separados» del
objeto y de los medios de trabajo. Tomemos el caso del modo de producción
feudal: aunque el señor tenía a la vez la propiedad jurídica y la económica de
la tierra, el siervo tenía la «posesión» de su pedazo de tierra, protegida por
las costumbres, y del que el señor no podía desposeerle pura y simplemente. En
este caso, la explotación se hacía por la extracción directa del sobre-trabajo,
bajo forma de servicio o de tributo en especies. Allí la propiedad económica y
la posesión se distinguían en que ninguna de las dos dependía de la misma
relación propietario-medios de producción.
Por el contrario, en el modo de producción
capitalista, los produc-tores directos —la clase obrera— están totalmente
desposeídos de sus medios de trabajo, cuya misma posesión pertenece a los
capi-talistas. Es la aparición de lo que Marx designa como «trabajador
desnudo». El obrero no posee más que su fuerza de trabajo, que vende. El
trabajo mismo resulta una mercancía, lo que determina la generalización de la
forma mercancía. La extracción del sobre-trabajo, pues, no está hecha
directamente, sino por medio del tra-bajo incorporado en la mercancía, es
decir, por el acaparamiento de la plusvalía.
Consecuencias importantes se deducen de aquí:
1.3.1. Está claro que el proceso de producción no
está definido por procesos «tecnológicos» sino por relaciones de hombres con
medios de trabajo, es decir, por la unidad del proceso de trabajo y de las
relaciones de producción. En las sociedades divididas en clases no puede
hablarse de trabajo «productivo» en sí. Es «traba-jo productivo» en todo modo
de producción dividido en clases, el trabajo que corresponde a las relaciones
de producción como ta-
-12-
les, es decir, el que da lugar a una forma
específica de explota-ción. Producción, en estas sociedades, significa a la
vez, y en un mismo movimiento, división en clases, explotación y lucha de
clases.
Así, en el modo de producción capitalista, es
«trabajo productivo» el que, sobre la base continua de valor de uso, produce
valor de cambio, mercancías, o sea, plusvalía. Es esto precisamente lo que
define «económicamente», de este modo, a la clase obrera: el trabajo productivo
lanza directamente a la división de clase en las relaciones de producción.
Esto permite resolver ciertos problemas, pero
plantea otros:
1.3.2. No es el salario lo que define a la clase
obrera, pues el salario es una forma jurídica de reparto del producto por el
«con-trato» de compra y venta de la fuerza de trabajo. Si todo obrero es un
asalariado, no todo asalariado es un obrero, pues no todo asala-riado es
forzosamente trabajador productivo, es decir, productor de la
plusvalía-mercancías.
Aquí Marx nos proporciona análisis explícitos: por
ejemplo, los trabajadores de transportes (SNCF, etc.) están considerados como
trabajadores productivos pertenecientes a la clase obrera. Esto es así porque
una «mercancía» no existe más que a partir del mo-mento en que está presente en
el mercado, y lo que cuenta para la definición del trabajo productivo es la
mercancía plusvalía.
Por el contrario, Marx excluye de los trabajadores
productivos a los asalariados de comercio, de banca, de oficinas de publicidad,
de diversos servicios, etc. Es decir:
a) Que algunos
de entre ellos pertenecen a la esfera de la circula-ción.
b) Que los
demás no producen plusvalía, sino que contribuyen simplemente a la realización
de la plusvalía.
1.4. Pero, por otra parte, el problema es más
complicado en lo que concierne a los «técnicos» y los «ingenieros» en el seno y
alrededor de la producción material en las empresas: entre otros, los que
frecuentemente son designados sin razón como «portado-
-13-
res de la ciencia».
Es inútil buscar, para este caso, una respuesta
explícita en Marx: Marx aporta, en efecto, acantonándose aquí en el plano
económi-co, dos respuestas relativamente contradictorias:
1.4.1. En la Historia de las doctrinas económicas y
en los Fundamentos de la crítica de la Economía Política se refiere a la noción
de trabajador colectivo: existiendo, dice Marx, la sociali-zación progresiva de
las fuerzas productivas y del proceso de tra-bajo por una parte, y por otra la
interpenetración creciente de los trabajos que concurren en la producción de
las mercancías, la ciencia tendría que tomar en cuenta las fuerzas productivas,
y los «técnicos» deberían, en virtud del trabajador colectivo, ser
consi-derados como parte de la clase obrera. Marx renuncia, eventual-mente, a
considerarles como una «aristocracia obrera», aristocra-cia obrera que, según
Lenin, es un estrato de la clase obrera mis-ma.
1.4.2. En El Capital, Marx considera netamente que
esta cate-goría de agentes no forma parte de la clase obrera. La ciencia, nos
dice, no es una fuerza productiva directa: sólo sus aplicaciones entran en el
proceso de producción. Estas aplicaciones, por otra parte, no contribuyen más
que al aumento y la realización de la plusvalía, pero no a su producción
directa. Los agentes técnicos no forman parte de la clase obrera.
¿Qué hay que decir de esto? Es preciso comenzar por
señalar las limitaciones de ciertos criterios «económicos», que tomados
téc-nicamente, no pueden ofrecer salida.
1.4.2.1. Una división «trabajo manual-trabajo
intelectual» con-cebida de manera tecnicista, es decir, emanada de la división
téc-nica del trabajo. Ciertamente, en el nivel del proceso de produc-ción
aisladamente considerado esta división no vale, de modo intrínseco, para la
división en clases: el trabajador productivo, productor de plusvalía, no se
reduce en modo alguno solamente al «trabajador manual». Pero, por el contrario,
esta división trabajo manual-trabajo intelectual adquiere toda su importancia
si se con-sidera que ella caracteriza el conjunto de los papeles en la división
-14-
social del trabajo, determinando a las clases
sociales: en la empre-sa, autoridad y dirección del trabajo ligadas al trabajo
intelectual y al «secreto del saber», etc. La división trabajo manual-trabajo
intelectual no tiene importancia en la determinación de las clases sociales más
que por su extensión a las relaciones políticas e ideo-lógicas.
1.4.2.2. Una pretendida distinción, que se halla en
el reciente Tratado de Economía Marxista: el capitalismo monopolista de Estado,
del PC, entre trabajador colectivo y trabajador producti-vo. Este tratado se
funda, en efecto, en esta cuestión, casi exclusi-vamente sobre criterios
técnico-económicos.
La cuestión es importante, y merece la pena pararse
en ella.
Este tratado (tomo I, pp. 211 ss.) intenta definir
una noción eco-nómica del trabajador colectivo (quienes concurren
«técnicamen-te» a la producción de la plusvalía, distinguiéndola de la noción
más estricta de «trabajador productivo», o sea, quienes producen directamente
la plusvalía, la clase obrera). Se descubren así toda una serie de categorías
bastardas que, no siendo consideradas co-mo obreras, son consideradas como
parte del «trabajador colecti-vo», es decir, como casi-obreras.
Es ésta una deformación economista falsa de un
objetivo político preciso:
Deformación economista: En efecto, todas las veces
que Marx emplea la noción de trabajador colectivo es para identificarle con una
extensión de la clase obrera misma, del trabajador produc-tivo. No hay, en modo
alguno, en Marx, distinción entre trabaja-dor colectivo y trabajador
productivo: el término de trabajador colectivo sirve para designar, en Marx,
las transformaciones de la clase obrera misma. Por el contrario, es verdad que
Marx define, en El Capital, al trabajador colectivo según criterios únicamente
económicos: es, por otra parte, la razón por la cual este término está en él
desvaído y ambiguo.
De hecho, hay que añadir la proposición siguiente:
el trabajador colectivo no es otra cosa que la clase obrera, con la diferencia
de que, como veremos, este término introduce precisamente criterios
-15-
ideológicos y políticos en la delimitación de la
clase obrera y es esa su significación fundamental. Por el contrario,
distinguir entre trabajador colectivo y clase obrera, haciendo surgir estratos
de agentes «cuasi-obreros» es estar rozando el error y el mito de la «clase
salarial»: es decir, de la concepción que identifica asala-riado y clase
obrera.
Es posible, pues, preguntarse si la política de la
jerarquía de los salarios y la política con respecto a los «cuadros» de la CGT
no se nutre de estos análisis que conciernen al trabajador colectivo.
1.2. Esta cuestión nos permite, por otra parte,
avanzar en un problema importante. Habíamos dicho que el proceso de produc-ción
está compuesto por la unidad del proceso de trabajo y por las relaciones de
producción. Podemos ahora añadir una proposición suplementaria: en el seno de
esta unidad no es el proceso de traba-jo, incluyendo la «tecnología» y el
«proceso técnico», quien tiene el papel dominante: son las relaciones de
producción quienes detentan el primado sobre el proceso de trabajo y las «fuerzas
productivas».
Esto es importante en la cuestión de las clases
sociales. Su deter-minación depende de las relaciones de producción, que
remiten directamente a la división social del trabajo y a la superestructura
político-ideológica, y no de coordenadas de un «proceso técnico» cualquiera: la
división técnica del trabajo está dominada por la división social. Así, en el
caso mencionado de los trabajadores productivos, que no están delimitados como
los que participan en una «producción» entendida en sentido técnico, sino como
los que producen la plusvalía, son en consecuencia explotados, en tanto que
clase, de manera determinada: aquellos que ocupan un lugar determinado en la
división social del trabajo.
Y así, teniendo esto en cuenta, se tratará de
responder en lo que sigue a la cuestión de los «técnicos e ingenieros», con la
que se emparenta, por otro lado, la del grupo de los «vigilantes» del pro-ceso
de trabajo (agentes de maestría, etc.). La sola referencia al «proceso técnico»
y a la división técnica del trabajo no es sufi-ciente.
-16-
II
MODO DE PRODUCCION
Y FORMACION SOCIAL
Antes de seguir con los criterios políticos e
ideológicos necesarios para delimitar las clases sociales, es preciso detenerse
sobre las clases de un modo de producción y de una formación social —de una
«sociedad»— concreta.
2.1. En efecto, cuando se habla de un modo de
producción, o de una forma de producción, se sitúa a un nivel general y
abstracto: por ejemplo, los modos de producción esclavista, feudal,
capita-lista, etc. Se «aísla» de algún modo, en la realidad social, a estos
modos y formas de producción para examinarlas teóricamente. Pero, como Lenin lo
mostró en El desarrollo del capitalismo en Rusia, una sociedad concreta, en un
momento dado, se compone de varios modos y formas de producción que coexisten
combina-damente. Por ejemplo, las sociedades capitalistas de comienzos del
siglo XX estaban compuestas por elementos del modo de pro-ducción feudal, por
la forma de producción mercantil simple, y la manufactura —forma de transición
del feudalismo al capitalis-mo— por el modo de producción capitalista en sus
formas concu-rrencial y monopolista. Pero estas sociedades eran sociedades
capitalistas: es decir, que el modo de producción capitalista domi-naba. De
hecho, en toda promoción social se constata el dominio de un modo de
producción, lo que produce efectos complejos de disolución-conservación sobre
los otros modos de producción, dominio que atribuye a estas sociedades su
carácter (capitalista, feudal, etc.): con la única excepción de las «sociedades
en transi-ción» caracterizadas precisamente por un equilibrio de los diver-sos
modos de producción.
Volvamos a las clases sociales. Si nos atenemos
sólo a los modos de producción, examinados de manera «pura» y abstracta, cada
-17-
modo de producción comporta dos clases: la clase
explotadora, política e ideológicamente dominante, y la clase explotada,
políti-ca e ideológicamente dominada: amos y esclavos (modo de pro-ducción
esclavista), señores y siervos (modo de producción feu-dal), burgueses y
obreros (modo de producción capitalista).
Pero una sociedad concreta, una formación social,
lleva consigo más de dos clases, en la medida misma en que está compuesta de
diversos modos y formas de producción. En efecto, no hay forma-ción social que
no comporte más que dos clases; lo que es exacto es que las dos clases
fundamentales de toda formación social son las del modo de producción dominante
en esta formación.
Así, por ejemplo, en la Francia actual las dos
clases fundamenta-les son la burguesía y el proletariado. Pero también la
pequeña burguesía tradicional (artistas, pequeños comerciantes) que de-pende de
la forma de producción mercantil simple, la pequeña burguesía «nueva» de los
asalariados no productivos dependientes de la forma monopolista del
capitalismo, y varias clases sociales en los campos: hay allí aún «vestigios»
transformados del feuda-lismo; por ejemplo, las formas de aparcería.
2.2. Estas consideraciones son muy importantes, por
cuanto afectan a la cuestión de las alianzas de la clase obrera con las otras
clases populares. En efecto, la pequeña burguesía, las clases populares
campesinas —obreros agrícolas, campesinos pobres, campesinos medios— son clases
diferentes de la clase obrera. Pero es verdad que, en la medida en que las dos
clases fundamen-tales son la burguesía y la clase obrera, las otras clases
populares tienen tendencia a polarizarse en su reproducción ampliada, alre-dedor
de la clase obrera. Pero esta tendencia a la polarización no significa su
disolución en tanto que clases en un amasijo indife-renciado: se trata siempre
de clases sin intereses específicos. Di-cho de otro modo, los conceptos de
«clase» y de «pueblo» no son coextensibles: una clase puede o no puede,
siguiendo la coyuntu-ra, formar parte del «pueblo», sin que eso quiera decir
que cambia de naturaleza de clase.
Y en eso consiste el problema de las alianzas. Por
una parte, la
-18-
clase obrera debe, en sus alianzas, tomar a cargo
los intereses específicos de las clases que constituyen, con ella, el «pueblo»
o las «masas populares»: pensemos precisamente en la alianza
obre-ros-campesinos preconizada por Lenin. Por otra parte, no hay que perder de
vista que, como en toda alianza, existen contradicciones entre los intereses
específicos de la clase obrera en tanto que clase y los de las otras clases
populares. Reconocer estos hechos es también poner los medios para una solución
justa de las contra-dicciones «en el seno del pueblo».
Pues existen, en efecto, otras dos interpretaciones
erróneas del fenómeno.
2.2.1. Según la primera, defendida por numerosos
sociólogos, las transformaciones actuales de las sociedades capitalistas
habrían dado lugar al nacimiento de una amplia «clase intermediaria», que
engloba a todos los grupos sociales distintos de la burguesía y el
proletariado: esta «clase tercera fuerza» sería, por su importancia numérica,
el verdadero pilar de las sociedades modernas. Pero se ha constatado que se
trata allí de varias clases: nada nos autoriza actualmente a hablar, a tal
propósito, de una fusión de estas dife-rentes clases intermediarias en una
clase única.
2.2.2. La segunda interpretación errónea está
actualmente ex-puesta en el reciente Manual de Economía Marxista (tomo I, pp.
204 ss.) del PC ya mencionado. Según dicha interpretación, se asistiría
actualmente, bajo el «capitalismo monopolista de Esta-do», a un fenómeno de
polarización que daría lugar a una efecti-va disolución de todas las clases
sociales que no fuesen burguesía y proletariado: las otras clases sociales,
como campesinado, frac-ciones de la pequeña burguesía, etc., no existirían ya
en tanto que clases, sino simplemente en tanto que capas intermediarias. El hecho
merece ser subrayado, pues nunca anteriormente había sido formulada tan
explícitamente y de forma tan autorizada una atro-cidad semejante. Esta
interpretación debe ser, por otro lado, pues-ta en relación con la
interpretación atribuida al «trabajador colec-tivo»: habría así por un lado
clase obrera (trabajador productivo) y por otro «cuasi- obreros» (trabajador
colectivo) con intereses casi idénticos a los de la clase obrera, y además
capas intermedias,
-19-
que no tendrían intereses propios de clase, sino
que serían auto-máticamente reagrupa- das alrededor de la clase obrera.
Es evidente que esta interpretación abre la vía
para una alianza sin principios que puede llevar a mañanas peligrosos. Comenzar
por negar las diferencias entre los miembros de la alianza popular lleva en
consecuencia, cuando las contradicciones que no se han tratado de resolver
llegan a ser evidentes (proletariado-campesinado en la URSS bajo Stalin), a
reprimir estas contradic-ciones de forma policial, proclamando pura y
simplemente que el verdadero interés de los demás miembros de la alianza se
identifi-ca automáticamente y en todo momento con el de la clase obrera.
-20-
III
LOS CRITERIOS POLITICOS E IDEOLOGICOS:
CLASES, FRACCIONES Y ESTRATOS
El segundo eje de la cuestión consiste en
desarrollar el punto evo-cado más arriba: los criterios puramente económicos no
bastan para determinar y localizar las clases sociales, lo que está
particu-larmente claro cuando se toma en consideración una formación social
concreta. La referencia a las funciones en las relaciones ideológicas y
políticas de la división social del trabajo es absolu-tamente indispensable:
esto se verá más netamente cuando exami-nemos la cuestión de la reproducción de
las clases sociales.
3.1. Comencemos con los problemas relativos a la
delimitación de la clase obrera.
3.1.1. Es aquí donde debe buscarse la solución del
problema se-ñalado más arriba, el de los técnicos e ingenieros. En efecto, si
los criterios económicos bastan para excluir de la clase obrera a los
asalariados de comercio, banca, etc., no ofrecen respuesta en cuanto al grupo
social en cuestión. Es preciso referirse al conjunto de la división social del
trabajo. En efecto, este conjunto ocupa, en tal sentido, lugares
contradictorios: concurriendo cada vez más desde el punto de vista
económico-técnico a la producción de la plusvalía, está, a la vez, cargado de
una «autoridad» especial en la vigilancia del proceso de trabajo y su
organización despótica, está colocado «del lado» del trabajo intelectual, como
diremos luego, detentado el monopolio del saber, etc. Puede incluso decirse
que, hasta aquí al menos, este último aspecto de la «situación» general se
adelanta sobre el primero en su determinación de clase, no pu-diéndose así
considerar a los ingenieros y técnicos, en tanto que conjunto, como pertenecientes
a la clase obrera.
Esta
referencia a los
criterios ideológicos-políticos concierne,
-21-
pues, siempre a la determinación estructural de
clase de los técni-cos, a saber, su lugar en las relaciones políticas e
ideológicas: no se reduce a su posición de clase en la coyuntura. En efecto,
vista su determinación, contradictoria de clase, este conjunto puede a veces
tomar, en las huelgas por ejemplo, bien el partido de los patronos, bien el de
los obreros. Si la referencia a los criterios ideológicos-políticos se redujese
a su posición de clase, hubiera debido decirse que este conjunto forma parte de
la clase obrera en tanto toma partido por ella, y que no forma parte cuando
actúa contra ella. Lo que sería poner en cuestión la definición objetiva de las
clases por el marxismo. De hecho, no se puede perder de vista que, incluso
cuando toman partido por la clase obrera, los ingenieros y técnicos no son
obreros: se nota la importancia de esto en una política justa de alianzas.
3.2. Esta referencia a los criterios políticos e
ideológicos es igualmente indispensable en cuanto a la diferenciación de la
clase obrera misma en estratos diversos.
3.2.1. Frecuentemente, se han tratado de reducir
las diferencias en el seno de la clase obrera a diferencias
«técnico-económicas» en la organización del trabajo o incluso en la magnitud
del salario, reduciendo a este factor las diferencias ideológico-políticas en
el seno de la clase obrera (sobre todo, A. Touraine): se trata de dife-rencias
directamente reductibles a la clasificación mano de obra, especialistas, obrero
cualificado, etc., es decir, fundadas sobre la «cualificación» concebida de
manera «tecnicista», dedicando sólo un par de palabras al final acerca de la
reproducción de las clases sociales. Y ello, para llegar a generalizaciones que
muy frecuen-temente van en un sentido inverso: sea para defender que los
sim-ples especialistas, mano de obra, etc., tienen una conciencia de clase y un
potencial revolucionario más elevado que el resto de la clase obrera, sea para
sostener lo mismo para los obreros cualifi-cados.
Pero las encuestas actuales, la experiencia
histórica y los análisis sociológicos muestran que estas generalizaciones,
fundadas sobre criterios puramente «técnico-económicos» son arbitrarios. Las
diferencias en la clase obrera no inciden pura y simplemente sobre
-22-
el lugar en la organización del trabajo. Dependen
de criterios polí-ticos e ideológicos, de las formas de lucha, de las formas de
orga-nización del combate, de la tradición: criterios que poseen una autonomía
propia. Para no tomar más que el ejemplo del anarco-sindicalismo en Francia:
¿cómo explicar, por simples criterios «técnico-económicos», una forma
ideológica que se ha implanta-do por excelencia a la vez en las maniobras de
las grandes empre-sas, y también en los obreros cualificados de las pequeñas manu-facturas?
3.2.2. Segundo ejemplo: el de la famosa
aristocracia obrera. Se trata aquí, según Lenin, de un estrato de la clase
obrera, base de la social-democracia. Pero existe una versión «economista» de
la concepción de la aristocracia obrera: la preconizada especialmente por la
Tercera Internacional. Se trataría del estrato de obreros más cualificados y
los mejor pagados en los países imperialistas, con las migajas del
sobreprovecho, sacados de las colonias que los burgueses imperialistas les
distribuirían. Estos obreros constitui-rían la base del reformismo y de la
socialdemocracia.
La primera dificultad consiste, bien entendida, en
el hecho de que, en razón de la interpenetración y fusión de los capitales en
el estadio del imperialismo no pueden aún distinguirse riguro-samente los
partidos de la clase obrera que serían pagados por los sobreprovechos
imperialistas, de aquellos que serían pagados por el capital autóctono. Pero,
en cualquier manera, estudios histó-ricos y sociológicos rigurosos
concernientes a la base de clase de los adherentes y electores de los países
comunistas y socialistas (especialmente entre las dos guerras), en diversos
países capita-listas, parecen invalidar la versión economista de la
aristocracia obrera. Sobre todo los obreros más cualificados y los mejor
paga-dos por un lado, la mano de obra y los «obreros pobres» por otra, parecen
repartirse entre las dos guerras, en partes sensiblemente iguales, entre el
partido y los sindicatos comunistas, y el partido y los sindicatos socialistas.
Si existen variaciones nacionales, están lejos de ser concluyentes.
Esto no quiere decir que la noción de aristocracia
obrera sea falsa, a condición de referirse en su definición a los papeles en el
con-
-23-
junto de la división social del trabajo: papeles
por relación a la división del trabajo manual-trabajo intelectual reproducido
en el seno mismo de la clase obrera, situación eventual de ciertos agen-tes en
el seno de organizaciones «burocráticas» sindicales de cola-boración de clase,
etc.
3.2.3. En fin, se puede mencionar aquí el problema
relativo a las diferencias salariales en el seno de la clase obrera. En efecto,
incluso si es verdad que el interés común y la solidaridad efectiva de clase
dominan en el seno de la clase obrera, sobre todo agrupa-da alrededor de
organizaciones de clase, no es menos cierto que estas diferencias salariales
plantean un problema real.
No corresponden, de hecho, a simples datos
«económicos». El salario es, según Marx, una forma jurídica de reparto del
producto social, y en consecuencia, una forma en cuya composición inter-vienen
directamente elementos políticos. Los «abstracto», a los costes de reproducción
de la sociedad, y desde el punto de vista de un análisis «abstracto» a los
costes de reproducción de la fuer-za-trabajo; pero la «fuerza-trabajo» está
aquí considerada de ma-nera «general» y «abstracta». No se concluye, pues, del
todo que toda diferencia concreta del nivel salarial en el seno de la clase
obrera corresponde a necesidades «técnicas», es decir, al hecho de que la
reproducción de la fuerza-trabajo de un grupo de obreros relativamente mejor
pagados costara necesariamente tanto o más que la diferencia de los salarios,
que la de un grupo de obreros menos pagados. De hecho, todos los análisis
históricos y econó-micos tienden a mostrar que estas diferencias salariales
inciden, en una medida importante, sobre coordenadas políticas: sobre todo, una
política de la burguesía para los fines de la división de la clase obrera.
Esto bien entendido, no quiere decir del todo que
esta política burguesa logre efectivamente crear diferenciaciones políticas en
el seno de la clase obrera, y que fuera necesario considerar a los obreros
“mejor pagados” como sospechosos. Pero eso demuestra, por el contrario, la
inanidad de una cierta política sindical de de-fensa a cualquier precio de la
jerarquía de los salarios, política defendida bajo pretexto de que las
diferencias salariales serían
-24-
simples “necesidades económicas” atendiendo de
manera exhaus-tiva a diferencias reales en los costos de reproducción de la
fuer-za-trabajo. Esto sería considerar al salario, forma jurídica, como un dato
exclusivamente económico, incluso “técnico”; lo que es más, se le atribuiría
“casi” un papel análogo a las relaciones de producción. De una cierta política
de defensa a todo precio de la jerarquía de los salarios al mito de la “clase
salarial” no hay más que un paso.
3.3. La necesidad de referencia a los criterios
políticos e ideológi-cos en la determinación de clase es particularmente neta
en lo que concierne a la pequeña burguesía.
En efecto ¿existe una clase pequeño burguesa? ¿Qué
elementos la componen?
En general, se consideran parte de la pequeña
burguesía dos gran-des conjuntos de agentes, que sin embargo tienen papeles muy
diferentes en la producción:
3.3.1. La pequeña burguesía «tradicional», que
tiene tendencia a disminuir: la pequeña producción y el pequeño comercio (la
pe-queña propiedad). Se trata de formas de artesanado y de pequeñas empresas
familiares en que el mismo agente es a la vez propieta-rio de los medios de
producción y de trabajo, y trabajador directo. No hay aquí, propiamente
hablando, explotación económica, en la medida en que estas formas de producción
no emplean, o no lo hacen más que ocasionalmente, obreros asalariados. El trabajo
lo hace principalmente el propietario real o miembros de su familia, que no
están retribuidos en forma de salario. Esta pequeña pro-ducción saca provecho a
la venta de sus mercancías, y por la par-ticipación en la redistribución de la
plusvalía, pero no lo obtiene directamente del sobretrabajo.
3.3.2. La «nueva» pequeña burguesía, que tiene
tendencia a au-mentar bajo el capitalismo monopolista: la de los trabajadores
asalariados no productivos mencionados, y a la que conviene unir los
funcionarios del Estado y de sus diversos aparatos. Estos tra-bajadores no
producen plusvalía. Venden, también ellos, su fuerza de trabajo: su salario
está determinado, asimismo, por el precio de
-25-
reproducción de su fuerza de trabajo, pero su
explotación se hace por la extorsión directa del sobretrabajo y no por la
producción de la plusvalía.
Estos dos grandes conceptos ocupan en la producción
lugares diferentes, que nada tienen en común. ¿Pueden considerarse como los
constituyentes de una clase, la «pequeña burguesía»?
Caben aquí dos respuestas:
3.3.2.1. La primera hace intervenir precisamente
criterios políti-cos e ideológicos. Se puede, en efecto, considerar que estos
pape-les diferentes en la producción y la esfera económica tienen, al nivel
político e ideológico, los mismos efectos. Por un lado, la «pequeña propiedad»,
por otro lado, asalariados que no viven su explotación más que bajo forma del
«salario» y de la «competen-cia» lejos de la producción presentarían, por estas
razones econó-micas, sin embargo, diferentes, las mismas características
políti-cas e ideológicas: «individualismo» pequeñoburgués, atractivo hacia el
«statu quo» y temor a la revolución, mito de la «promo-ción social» y
aspiración hacia el estatuto burgués, creencia en el «Estado neutro» por encima
de las clases, inestabilidad política y tendencia a sostener «Estados fuertes»
y bonapartismos, formas de revuelta del tipo «arbitrario pequeñoburgués».
Estas características ideológico-políticas comunes
bastarían, si tal fuera el caso, para considerar que estos dos conjuntos, que
ocupan lugares diferentes en la economía, constituyen una clase, rela-tivamente
unificada: la pequeña burguesía.
Por otro lado, incluso en este caso, nada en contra
habría para distinguir entre «fracciones» de una misma clase. En efecto, co-mo
se verá a propósito de la burguesía, el marxismo establece igualmente
distinciones entre fracciones de una clase. Estas se distinguen de los simples
estratos pues implican diferenciaciones económicas importantes, y hasta pueden
revestir, en tanto que fracciones, un papel de fuerzas sociales importante y
relativamen-te distinto del de las otras fracciones de la clase. Podría así esta-blecerse
eventualmente que la fracción pequeñoburguesa de los asalariados no productivos
está más cercana a la clase obrera que
-26-
la de la pequeña burguesía tradicional. Se podría
igualmente, en la medida en que se trata de fracciones, hacer intervenir el
elemento de la coyuntura: una u otra fracción estaría más o menos próxima a la
clase obrera según la coyuntura (aquí intervendría notable-mente el factor
actual de «proletarización» del artesanado, etc.). Nada evitaría, por otra
parte, hacer intervenir igualmente aquí diferencias entre estratos
pequeño-burgueses refiriéndose más particularmente a las divergencias
ideológico-políticas, más allá de la posición ideológico-política
fundamentalmente común al conjunto de la pequeña burguesía: divergencias que
afectan a la situación particular de los diversos conjuntos pequeñoburgueses
desde el punto de vista de su reproducción.
Pero, en esta solución, no se olvidaría que se
trata siempre de una misma clase, la pequeña burguesía, y que sería preciso
tratar a estas fracciones y estratos, en la cuestión de las alianzas o la de la
previsión de su comportamiento político (sobre todo su inestabili-dad) en
consecuencia: es la solución que parece la más correcta.
3.3.3.2. Segunda
solución, bajo dos formas:
a) Reservar el
término de pequeña burguesía para la pequeña burguesía tradicional, y hablar a
propósito de los asalariados no productivos de una nueva clase social. Esto
plantea sin embargo problemas teóricos y reales difíciles: a menos de
considerar que el modo de producción capitalista está sobrepasado y que se
encon-traría en una cierta «sociedad postindustrial» o «tecnocrática» que
produciría esta nueva clase, ¿cómo sostener que el capitalismo mismo en su
desarrollo produce una nueva clase? Lo que es posi-ble para los ideólogos de la
«clase manager» o de la «tecnostruc-tura» es impensable para la teoría
marxista.
b) Clasificar,
siguiendo al PC, a estos asalariados no productivos no en la pequeña burguesía,
sino en los «estratos intermedios». Esto, como se ha visto, es igualmente
falso, y además por una razón suplementaria: si el marxismo habla bien de
estratos, frac-ciones y categorías a fin de designar conjuntos particulares, no
es sin embargo menos cierto que estos estratos, fracciones y ca-tegorías tienen
siempre una pertenencia de clase. La aristocracia
-27-
obrera es un estrato específico, pero un estrato de
la clase burgue-sa. Los intelectuales» o la «burocracia» son, como veremos,
ca-tegorías sociales, particulares, pero que tienen una pertenencia de clase
burguesa o pequeñoburguesa.
Esto es, entre otras cosas, lo que distingue al
marxismo de las diversas concepciones americanas de la «estratificación»
social. Mientras estas últimas definen, de manera fantástica, diversos grupos
sociales diluyendo y haciendo desaparecer las clases socia-les, el marxismo
introduce, de manera rigurosa, diferencias en el seno de la división en clases.
Las fracciones, los estratos y las categorías no están «fuera» o «al lado» de
las clases sociales; ellas mismas forman parte de las clases.
c) La
referencia a los partidos políticos e ideológicos es igual-mente importante
para la determinación de las fracciones de la burguesía.
En efecto, la burguesía se presenta
constitutivamente fraccionada en fracciones de clase. Mas algunas de estas
fracciones pueden señalarse ya al nivel económico de la constitución y de la
repro-ducción del capital: burguesía industrial, comercial y financiera, gran
capital y medio capital en el estadio del capitalismo monopo-lista
(imperialismo).
Pero en el estadio imperialista precisamente surge
una distinción que no es elucidable solamente en el nivel económico: la que
existe entre «burguesía compradora» y «burguesía nacional»
Se entiende por burguesía compradora la fracción de
la burguesía cuyos intereses están constitutivamente ligados al capital
imperia-lista extranjero, al de la principal potencia imperialista extranjera,
y que está así enteramente enfeudada, desde el punto de vista
polí-tico-ideológico, por el capital extranjero. Por burguesía nacional se
entiende la fracción de la burguesía cuyos intereses están liga-dos al
desarrollo económico nacional y que entran en relación relativa con los
intereses del gran capital extranjero. Se sabe que esta distinción, aún cuando
no vale aún más que para ciertos paí-ses, es importante: en efecto, siguiendo
las etapas, pueden, darse formas de alianza entre la clase obrera y la
burguesía nacional
-28-
contra el imperialismo extranjero y en favor de la
independencia nacional (tal fue notoriamente el caso en China bajo Mao).
Pero esta distinción «burguesía compradora» -
«burguesía nacio-nal» no deslinda enteramente posiciones económicas: en razón
de la interpenetración pronunciada de los capitales bajo el im-perialismo, la
distinción entre capitales ligados al imperialismo extranjero y capitales
nacionales aparece muy difuminada y discu-tible. Por otra parte, esta
distinción no hace menor la que existe entre gran capital y capital mediano:
pueden existir grandes mo-nopolios nacionales con intereses relativamente
contradictorios respecto a los de los monopolios extranjeros, como pueden
existir empresas medianas enfeudadas, por múltiples substratos, al capi-tal
extranjero. De hecho, se entiende por burguesía nacional la fracción de la
burguesía que, prácticamente, desde el punto de vista ideológico y político, se
opone efectivamente a la en-feudación de un país con respecto al imperialismo
extranjero.
Pero parece bien que no se pueda aún hablar, para
los países capi-talistas desarrollados, y en la fase actual, de mundialización
de las relaciones sociales de una «burguesía nacional», es decir,
prácti-camente opuesta al imperialismo americano: y esto, en razón de la
internacionalización creciente del capital, de la donación masiva del capital
americano, de la decadencia política y económica de la clase burguesa, y de la
tendencia creciente hacia una dependencia disimétrica de los «viejos centros»
del imperialismo, sobre todo de Europa, con relación a USA (lo que no quiere
decir que no se pueda hablar, a propósito de estos países, de una burguesía
inte-rior). Es más que dudoso que la política gaullista de «indepen-dencia
nacional», ficticia, haya correspondido a una cierta «bur-guesía nacional»
francesa: más bien se trataba de divergencia completamente coyuntural entre
capitales americanos y franceses, de problema interno de descolonización y de
neocolonización, y de una política plebiscitaria que buscaba un apoyo en las
masas populares.
-29-
IV
LAS CATEGORIAS SOCIALES
4.1. Pero, además de las fracciones y estratos de
clase, el mar-xismo distingue igualmente categorías sociales. El rasgo
distinti-vo de las categorías sociales por relación a las fracciones y a los
estratos es el siguiente: mientras que los criterios políticos e ideo-lógicos
intervienen de manera más o menos importante en la de-terminación de estos
últimos, estos criterios tienen siempre el papel dominante en la determinación
de las categorías sociales. Se designa, en efecto, por categorías sociales a los
conjuntos de agentes cuyo papel principal consiste en el funcionamiento de los
aparatos de Estado e ideología.
Tal es el caso, por ejemplo, de la burocracia
administrativa com-puesta por funcionarios del Estado. Tal es igualmente el
caso del grupo comúnmente designado por el término de intelectuales, y que
tiene por papel principal el funcionamiento de la ideología.
Pero es necesario repetir aquí la nota precedente.
Las categorías sociales ellas mismas tienen una pertenencia de clase: estas
cate-gorías no son grupos «al lado» o «fuera» de las clases, del mismo modo que
no son, como tales, clases sociales.
De hecho, las categorías sociales no tienen una
pertenencia de clase única, pero sus miembros pertenecen en general a clases
sociales diversas. Así, las «cumbres», el «alto» personal de la burocracia
administrativa, pertenece en general, por su modo de vida, por su papel
político, etc., a la burguesía: los miembros in-termediarios y la base de la
burocracia pertenecen a la burguesía o a la pequeña burguesía.
Estas categorías sociales tienen, pues, una
pertenencia de clase y no constituyen, por sí mismas, clases: no tienen papel
propio y
-30-
específico en la producción. Era necesario
señalarlo, pues nume-rosos sociólogos y politólogos han considerado a estas
categorías sociales como clases efectivas: este fue el caso para la
«burocra-cia», que fue frecuentemente considerada como una clase.
Notemos a tal efecto que Trostsky mismo, que ha
atribuido a la «burocracia» soviética un papel importante en la explicación de
la evolución de la URSS, no ha considerado sin embargo nunca que la burocracia
podía constituir una clase. Por otra parte, numerosos sociólogos actuales
consideran que los «intelectuales» constituyen una clase distinta: y esto,
fundándose en general sobre considera-ciones fantásticas a propósito del papel
de la «ciencia como fuerza productiva» y de los intelectuales como «portadores
de la cien-cia».
La función ideológica de estas concepciones es
neta: se acompa-ñan inevitablemente ya de la negación del papel de la lucha de
clases (burguesía, proletariado) como motor principal del proceso histórico (es
el caso para la concepción de la burocracia como clase), ya de la negación del
papel fundamental de vanguardia de la clase obrera: es el caso de los
intelectuales como clases, intelec-tuales a quienes pertenecería en adelante el
papel de vanguardia.
¿Pero si las categorías sociales no son clases y si
tienen una per-tenencia de clase, por qué tratar de dintiguirlas? Porque las
cate-gorías sociales, en su relación con los aparatos de Estado y con su
ideología, pueden frecuentemente presentar una unidad propia, pese a su
pertenencia a clases diversas. Y lo que es más, pueden presentar en su
funcionamiento político una autonomía relativa respecto a las clases a las que
sus miembros pertenecen.
Así, para la burocracia administrativa, en razón de
la jerarquía interna por delegación de autoridad que caracteriza los aparatos
de Estado, del «estatuto» particular atribuido a los «funcionarios», de la
ideología interna propia que circula en el seno mismo de los aparatos de Estado
(el «Estado neutro» y «árbitro» más allá de las clases, el «servicio de la
nación» y del «interés general», etc.), la burocracia puede presentar, en
coyunturas determinadas una uni-dad propia que suelda de algún modo el conjunto
de los miembros
-31-
burgués y pequeñoburgués. La burocracia puede así,
en su con-junto, servir intereses diferentes de las clases a las que sus
miem-bros pertenecen, según las relaciones del poder de Estado; por ejemplo, en
Inglaterra, Marx lo había señalado: las «cumbres» de la burocracia pertenecían
a la aristocracia, mientras que el conjun-to de la burocracia servía a los
intereses de la burguesía. En fin, los miembros pequeñoburgueses de la
burocracia sirven frecuen-temente intereses de «Estado», que en consecuencia sirven
a los intereses de la pequeña burguesía.
Todo ello tiene, por otra parte, como resultado,
reconocido por Lenin, que estas categorías sociales pueden a veces funcionar
como efectivas fuerzas sociales: es decir, tener un papel político propio e
importante en una coyuntura dada, papel que no es redu-cible al hecho de ir
simplemente «a la rastra» de las clases socia-les a las que sus miembros
pertenecen, o incluso fuerzas sociales fundamentales, de la burguesía y del
proletariado. Pensemos por ejemplo en el comportamiento político del «conjunto»
de la buro-cracia en el caso del bonapartismo y de los fascismos.
4.2. Estas notas son importantes, pues conducen a
dos conse-cuencias que conciernen a las alianzas de la clase obrera:
4.2.1. En la alianza, es indispensable para la
clase obrera, con los «intelectuales» y los estratos intermedios y subalternos
de los «funcionarios»; éstos deben ser considerados de manera especí-fica:
presentan frecuentemente intereses generales de la «pequeña burguesía» a la que
pertenecen. No citemos, como ejemplo, más que la importancia que reviste para
los «intelectuales» la garantía del factor de la libertad de la producción
intelectual, científica y artística, de la libertad de expresión y de circulación
de la infor-mación, etc.
4.2.2. Pero, por el contrario, la relación de las
categorías socia-les con las clases sociales no debe nunca perderse de vista.
Por una parte, en razón de la pertenencia de clase
de las categorías sociales. En efecto, está claro que pese a su unidad interna,
cortes y contradicciones se manifiestan en el seno de las categorías so-ciales,
que frecuentemente limitan pertenencias de clase diferentes
-32-
de sus miembros: cortes que toman la forma, en el
aparato admi-nistrativo, de contradicciones entre «escalones superiores»
(bur-gués) y «escalones subalternos» (pequeño burgués). Cortes que son
igualmente debidos, a veces, en el caso de los «intelectuales» claramente, a
las ideología diferentes que ellos elaboran y trans-miten. Pensemos,
simplemente, en las contradicciones que se han manifestado de manera aguda,
últimamente, en Francia en el seno del «cuerpo docente».
Por otra parte, no debe perderse de vista en
consecuencia con res-pecto a estas alianzas que los miembros del aparato del
Estado o de los intelectuales que «basculan» del lado de la clase obrera siguen
siendo, sin embargo, en su medida, y desde el punto de vista de su pertenencia
de clase (distinta del origen de clase) pe-queñoburgués. Ciertamente, esto no
debe conducir a un sectaris-mo: los casos de intelectuales que política e
ideológicamente to-man partido por la clase obrera, que militan activamente en sus
organizaciones de clase, no son raros, y por ello el criterio de per-tenencia
de clase se esfuma y hasta desaparece. Pero este proble-ma es diferente:
depende de la cuestión de la organización de la clase obrera. Sigue siendo
verdad que en la alianza con los «inte-lectuales» estos continúan, en general,
siendo pequeños burgue-ses; presentan con frecuencia los caracteres
fundamentales de la pequeña burguesía: inestabilidad política, extremismo de
izquier-da, arrivismo hacia un oportunismo de derechas, etc.
Sería necesario, por tanto, evitar aquí dos
extremos igualmente falsos y peligrosos.
4.2.2.1. Sobreestimar, a propósito de las
categorías sociales, la cuestión de su pertenencia de clase. Esto conduce a
arrojar a las tinieblas exteriores de una vez para siempre al «intelectual hijo
de burgueses» o «pequeñoburgués», prescindiendo de la importancia que tienen su
conducta práctica y sus opciones políticas e ideoló-gicas.
4.2.2.2. Subestimar la cuestión de la pertenencia
de clase tratan-do a las categorías sociales como unidades indiferenciadas «al
lado» y «fuera de» las clases.
-33-
Por cierto que también pueden darse al mismo tiempo
ambas di-recciones falsas. Es lo que ocurre en las posiciones actuales del PC y
de la CGT, e incluso en la dirección actual del SNE.SUP.
4.2.2.2.1. Con respecto a la cuestión de la
supra-valoración de la pertenencia de clase de los «intelectuales» basta con
recordar las posiciones «estudiantes - hijos de burgueses - izquierdistas -
Mar-cellin».
4.2.2.2.2. Las categorías sociales están tratadas
(a pesar de las precauciones verbales) como entidades unificadas, al lado y
fuera de las clases, abandonando las estratificaciones de clase que se
manifiestan allí. Así, por ejemplo, en el cuerpo administrativo del Estado, en
donde se da el mismo «nombre» desde las «cumbres» tecnocráticas hasta los
escalones subalternos. Como si esta cate-goría social estuviese, a excepción de
los representantes, directos del gran capital (Pompidou = banquero) unificada,
se limita a mencionar simplemente «la ideología tecnocrática» del alto
per-sonal, dejando sin tocar su pertenencia a la clase burguesa. Posi-ción
todavía más neta en lo que concierne al «cuerpo docente», en donde se suele
presentar a los profesores titulares y a los no nu-merarios
indiscriminadamente, siendo así que no forman una uni-dad irreductible, y que,
bajo la denominación general de «intelec-tuales» no pueden constituir en el
mismo sentido un aliado posible de la clase obrera.
4.2.2.2.2.1. Las categorías sociales están
incluidas, también ellas, en las famosas capas intermedias, cayendo así en los
mis-mos errores señalados anteriormente. De este modo, los «intelec-tuales», en
tanto que categoría incluida en las «capas intermedias» serían, como estas
últimas, algo al margen o fuera de las clases. El problema planteado por la
apelación completamente demagógica, a una gran alianza entre clase obrera e
intelectuales, sin discrimi-nación, implica que a la menor divergencia entre los
intelectuales que toman partido por la clase obrera y la dirección del PC, se
aplica a tales intelectuales automáticamente la etiqueta de «pe-queños
burgueses» como prueba irrefutable de la raíz de sus di-vergencias.
-34-
4.2.2.2.2.2. Dicho todo lo cual, la cuestión de la
alianza clase obrera - intelectuales se plantea actualmente en las sociedades
capitalistas avanzadas de manera particularmente aguda. Es en razón de la
extensión considerable de esta categoría entendida en sentido amplio, pero
sobre todo en razón de la crisis ideológica que precede o acompaña a la crisis
política de los burgueses impe-rialistas, por lo que son cada vez más numerosos
los «intelectua-les» que se desgajan de la ideología burguesa y son así suscepti-bles
de ser ganados para la causa de la clase obrera. Por otra parte, parece
probable que la forma de alianza tradicional «clase obrera-intelectuales»
fundada exclusivamente sobre la pertenencia de clase de los «intelectuales» y
reducida a la alianza «clase obrera-pequeña burguesía», y que en consecuencia
abandonaría la cues-tión de los intelectuales como categoría social, no basta
para re-solver el problema.
Se han propuesto soluciones diferentes: van desde
el concepto de «bloque histórico» de Garaudy, que por ello toma análisis de
Gramsci, hasta las recientes «tesis» publicadas por el grupo ita-liano del
Manifiesto.
Estas soluciones presentan puntos comunes, y
plantean igualmen-te una serie de problemas comunes:
a) En general
(pero este es también en la actualidad el caso del PC) estas soluciones
consideran que la alianza clase obrera-intelectuales en sentido amplio es
prioritaria en relación a la alianza tradicional clase obrera-campesinado pobre
y mediano. Ciertamente, los dos objetivos no son excluyentes, pero se trataría
de una readaptación, de algún modo, del antiguo esquema de la tercera
internacional: frente único obrero (en el seno de la clase obrera) en
principio, y, sobre su base, frente popular (alianza de la clase obrera con las
otras clases). Solamente aquí la alianza de «bloque» de base es la de
obreros-intelectuales, a partir de la cual se edifica la alianza entre este
bloque y el campesinado. Posición discutible si se tiene a la vez en cuenta el
«éxodo rural» y la dis-minución numérica del campesinado y que, por otra parte,
lleva consigo una serie de ideologías de los «intelectuales» como «casi
obreros» (ciencia = fuerza productiva). Señalemos por otra parte
-35-
que Gramsci veía en el «bloque histórico» la
relación fundamental obreros-campesinos.
b) El «bloque
histórico» obreros-intelectuales se distinguiría de una simple alianza:
mientras que la «alianza» implica una distin-ción y una autonomía particulares
de los miembros con intereses específicos y organizaciones propias, el bloque
histórico significa un vínculo y una soldadura orgánica de los miembros con
intere-ses idénticos a largo plazo.
Pero por una parte nada prueba que actualmente la
pequeña bur-guesía intelectual vea disolverse sus intereses propios en los de
la clase obrera, pese al hecho de que es cada vez más susceptible de colocarse
al lado de la clase obrera.
Por otra parte, si es verdad que esta solución
trata de sobrepasar la distinción obreros-intelectuales, reproducida en el seno
de las organizaciones políticas, no es menos cierto que es puramente verbal. El
debate, que no es otra cosa que el de las formas de or-ganización de la clase
obrera, queda abierto.
-36-
V
LAS CLASES DOMINANTES
Por fin, son necesarias algunas notas
concernientes, esta vez, a las clases dominantes, sobre todo la burguesía.
También sobre este campo, el marxismo establece ciertas distinciones que evitan
los análisis esquemáticos.
5.1. El problema importante concierne aquí al
funcionamiento de la burguesía industrial, comercial y financiera, al cual por
otra parte se añade, sin abolirle enteramente, el existente entre el gran
capital y el mediano bajo el capitalismo monopolista.
Pero cuando se habla de la burguesía como clase
dominante no hay que olvidar que de hecho se trata de una alianza entre varias
fracciones burguesas dominantes, que participan en la dominación política. Por
otra parte, en los comienzos del capitalismo, esta alianza en el poder, a la
que se puede designar con el término de «bloque del poder», incluía también
frecuentemente otras clases además de la burguesía: sobre todo la aristocracia
tradicional.
Pero la cuestión importante es que esta alianza de
varias clases y fracciones todas dominantes no puede funcionar regularmente más
que bajo la dirección de una de estas clases o fracciones: es la fracción
hegemónica, la que unifica, bajo la dirección de ella misma, la alianza por el
poder, garantizando el interés general de la alianza, y aquella en particular
en que el Estado garantiza, por excelencia, los intereses específicos.
Las contradicciones internas de las fracciones
dominantes, y su lucha interna por ocupar el lugar hegemónico, tienen
ciertamente un papel secundario en relación con la contradicción principal
(burguesía-proletariado), pero este papel sigue siendo importante.
-37-
En efecto, las diversas formas de Estado y formas
de régimen, como lo señaló Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, están
marcadas por cambios de la hegemonía entre las diversas fraccio-nes burguesas.
Tanto más, por otra parte, cuanto que dominación económica y hegemonía política
no se identifican necesariamente y de manera mecánica. Una fracción de la
burguesía puede tener el papel dominante en la economía, sin tener, por tanto,
la hege-monía política: este fue notoriamente el caso durante mucho tiem-po del
gran capital monopolista, dominante en la economía, pero no dominante en la
política, que pertenecía mientras tanto a tal o cual fracción del capital
medio. Esto resulta particularmente claro cuando, por ejemplo, se examina el
gaullismo.
Lo que habría de subrayarse con fuerza es que la
alianza en el poder entre clases y fracciones dominantes bajo la dirección de
una fracción hegemónica, a los intereses de la cual corresponde más
particularmente el aparato del Estado, es una coordenada permanente de la forma
de dominación burguesa. Hablar, espe-cialmente, de la fracción hegemónica no
debe hacer olvidar que ella no es la única fuerza dominante, sino solamente la
fuerza hegemónica del gran capital. Las contradicciones entre el gran y el medio
capital no son más que la forma actual de las contradic-ciones entre fracciones
burguesas dominantes.
Sería necesario subrayar este elemento, en razón de
ciertos análi-sis actuales que conciernen al «capitalismo monopolista de
Esta-do» y a la «alianza antimonopolista». En efecto, estos análisis, no
hablando casi más que de la fracción hegemónica, el gran capital, pasando en
silencio a las otras fracciones burguesas dominantes. No distinguiendo así
entre fracción hegemónica y fracciones do-minantes se llega a esto: se
considera, de algún modo, que el lugar de dominación política está ocupado
solamente por el gran capi-tal, y que las otras fracciones burguesas están
excluidas de dicha dominación.
La cuestión es de envergadura y no se ocultan las
consecuencias políticas de ahí emanadas: la preconización de una larga «alianza
antimonopolista», extensiva al capital medio y a sus repre-sentantes políticos,
bautizados para esta ocasión como «burguesía
-38-
liberal», «demócratas sinceros», etcétera,
dispuestos a despojar del poder a las «doscientas familias», consideradas como
la única fracción dominante. De este modo, las alianzas estratégicas
—cuestión completamente distinta a la de los
compromisos tácti-cos— de la clase obrera se extenderían hasta las fracciones
bur-guesas dominantes, el capital medio. Se sabe que es esta, dicho grosso
modo, la vía defendida por los PC occidentales en defensa de la «democracia
avanzada».
Ciertamente, las cosas no se presentan en general
de un modo tan brutal, pero no son menos brutales por ello, como puede verse en
el Manual de Economía Marxista de que hablamos. En efecto, cuantas veces toca
el tema de la dominación política, sólo men-ciona a los grandes monopolios. Por
el contrario, siempre que habla de un capital que no es el «gran capital»
solamente se busca la alianza en el pequeño capital. Pero es preciso entenderse
con estas palabras. Si entiende por «pequeño capital» a la pequeña burguesía
artesanal, manufacturera y comercial, la búsqueda de esta alianza es justa,
pues, en efecto, este «pequeño capital», la pequeña burguesía, no pertenece al
capital sin más, es decir, a las fracciones de la burguesía. Pero el empleo de
este término de «pe-queño capital» tiene aquí una función completamente
distinta: no hablando más que de «grandes monopolios» y de «pequeño capi-tal»,
es decir, escamoteando el «capital medio», se deja entender que todo lo que no
pertenezca a los «grandes monopolios», única fracción dominante, formaría
automáticamente parte del «peque-ño capital» susceptible de alianza con la
clase obrera, incluyendo así en este «pequeño capital» al capital medio. Por
otro lado, las raras ocasiones en que el Manual habla de capital medio (Tomo I,
p. 223) es para situarle expresamente del mismo lado que el pe-queño, en su
contradicción supuesta común al «gran capital».
5.2. Por tanto, la localización precisa de la
fracción hegemónica del bloque en el poder plantea problemas difíciles, tanto
más por cuanto que la clase o fracción hegemónica puede distinguirse de
la clase o fracción reinante.
En efecto, se entiende por clase o fracción
reinante aquella en que
-39-
está el «alto» personal de los aparatos de Estado,
el «personal político» en sentido amplio. Pero esta clase o fracción puede
dis-tinguirse de la clase o fracción hegemónica. Marx nos dio un ejemplo
primero en el caso de la Gran Bretaña a finales del siglo pasado: mientras que
es la burguesía financiera —los bancos— la que constituye la fracción
hegemónica de clase, el «alto» personal de la administración, del ejército y de
la diplomacia, etc., se reclu-ta en el seno de la aristocracia, que ocupa así
el lugar de la clase reinante. El caso puede presentarse igualmente con la
hegemonía del gran capital monopolista: frecuentemente, en este caso, el alto
personal del Estado continúa siendo reclutado en el seno del capi-tal medio, de
la burguesía media. Incluso, en casos excepcionales, este personal político es
reclutado en el seno de una clase que no forma parte del bloque del poder: tal
fue claramente el caso del fascismo en que, bajo la hegemonía del gran capital,
la pequeña burguesía, clase reinante, proporcionó, mediante el partido
fas-cista, los cuadros superiores de los aparatos de Estado.
Esta distinción entre clase o fracción hegemónica
por una parte y clase o fracción reinante por otra, que acaba finalmente en la
es-trategia de alianzas y compromisos necesaria para el estableci-miento de la
hegemonía, es importante. Si se la olvida, se llega a dos resultados:
5.2.1. A no poder explicar, bajo las apariencias de
la escena polí-tica, la verdadera hegemonía, concluyendo que la clase que ocupa
las «cumbres» del personal estatal es la clase o fracción hegemó-nica. Así, por
ejemplo, en el caso mencionado del fascismo, va-rios autores y hombres
políticos socialdemócratas han acabado considerando el fascismo como la
«dictadura de la pequeña bur-guesía»: obnubilados por el lugar de clase
reinante ocupado por la pequeña burguesía, han identificado este lugar con el
de la hege-monía real del gran capital. Pero en las otras formas de Estado
igualmente, el lugar de la fracción reinante, ocupado por la bur-guesía media,
ha enmascarado frecuentemente el hecho de que este reino recubría la hegemonía
política del gran capital (caso patente, el New Deál bajo Roosevelt en USA).
5.2.2. A
querer descubrir a cualquier precio la hegemonía políti-
-40-
ca en el hecho de que la fracción hegemónica misma
debería pro-porcionar automáticamente, de su propio seno, las «cumbres» del
aparato por los miembros mismos de los grandes monopolios. Pero esta tendencia
está lejos de ser generalizable e incluso pre-dominante: no hay más que
mencionar la hegemonía política de los grandes monopolios que, frecuentemente,
se realiza actual-mente en los gobiernos socialdemócratas (Austria, Alemania,
Suecia, Gran Bretaña bajo Wilson), es decir, bajo un personal político reclutado
ampliamente de la burguesía media e incluso pequeña, por no decir que hasta de
la misma aristocracia obrera. Se sabe por otra parte que, incluso en Francia,
en razón de la constitución particular de la burocracia y de los «cuerpos» del
Estado, y de los compromisos del tipo «jacobino» entre burguesía y pequeña
burguesía, las cumbres del aparato del Estado están aún ocupadas en gran medida
por miembros de origen de la burguesía pequeña e incluso media.
Pero lo que es importante es que este hecho, inútil
de negar, no impide el establecimiento de la hegemonía política del gran
capi-tal: en efecto, negar este hecho considerando que la hegemonía política no
puede sino identificarse en el lugar de fracción o clase reinante daría lugar a
críticas tan justificadas como inútiles. De hecho, la correspondencia entre los
intereses de la fracción hege-mónica, de los grandes monopolios en encuentro, y
de la política del Estado, no está fundada sobre una cuestión de vínculos
perso-nales: depende fundamentalmente de una serie de coordenadas objetivas
concernientes al conjunto de la organización de la eco-nomía y de la sociedad
bajo el influjo de los grandes monopolios, y el papel objetivo del Estado a tal
efecto. El Estado no constituye un simple «instrumento» que la fracción
hegemónica no podría adaptar a sus intereses más que teniéndole, en el sentido
físico, «personalmente» en mano. Por el contrario, es la razón de sus funciones
objetivas dentro del sistema social en su conjunto, la que hace que el Estado
no pueda, en una sociedad organizada bajo el influjo de los monopolios más que
servir finalmente a sus in-tereses. El problema, por otra parte, de la
diferenciación eventual entre clase o fracción reinante y la hegemónica
reproduce así la cuestión ya mencionada a propósito de las categorías sociales
tal
-41-
como la burocracia administrativa: la de su
autonomía relativa con respecto a las clases y fracciones a que pertenecen sus
miem-bros. En razón del papel objetivo del Estado, estas categorías sir-ven así
a los intereses hegemónicos, en contradicción frecuente con los de su clase o
fracción.
Eso no quiere decir, sin embargo, que el hecho de
que el alto per-sonal del Estado tenga tal o cual pertenencia de clase o
fracción de clase sea indiferente. Está claro, por ejemplo, que la
in-terpretación actual creciente entre los miembros y los agentes directos de
los monopolios y el personal del Estado tiene sus ra-zones: facilita la
aglutinación de los monopolios por el Estado. Pero hay que darse cuenta de que
esta cuestión no es la más im-portante. Así, por ejemplo, un «gobierno popular»
no podría limi-tarse a simples modificaciones en el alto personal de estado,
cre-yendo por ello que las simples buenas intenciones políticas bastan para
hacer cambiar las cosas: se trata por el contrario de transfor-mar las
estructuras mismas del Estado y las de la sociedad. Por otro lado, está claro
igualmente que estas transformaciones no pueden ser llevadas adelante con éxito
dejando al aparato y al personal estatal intactos: se sabe que las
transformaciones estruc-turales que no evitan el personal reaccionario del Estado
pueden ser perfectamente inoperantes. Uno puede comprender la impor-tancia de
este tema si relee los textos de Lenin concernientes al empleo de los
«especialistas burgueses» en el aparato del Estado obrero.
5.2.3. Por fin, añadamos algunas notas
concernientes a la forma de expresión de las contradicciones entre clases y
fracciones do-minantes, hegemónicas, reinantes en el seno del aparato de
Es-tado. Se tratará de simples notas indicativas, pues no se trata aquí, en
este texto sobre las clases sociales, de entrar en un examen del problema del
Estado, sino solamente de elucidar su papel en la reproducción de las clases
sociales.
Lo que sería necesario, en efecto, tomar en
consideración es que el Estado está compuesto por varios aparatos; dicho
brevemente, por el aparato represivo y los aparatos ideológicos, teniendo el
aparato represivo como papel principal la represión, mientras que
-42-
los aparatos ideológicos tienen como papel
principal la elabora-ción e inculcación ideológicas.
Citemos, entre los aparatos ideológicos, las
iglesias, el sistema escolar, los partidos políticos burgueses y
pequeñoburgueses, la prensa, la radio, la televisión, las editoriales, etc.
Estos aparatos pertenecen al sistema estatal en razón de su función objetiva de
elaboración e inculcación ideológica, independientemente del hecho de que,
desde el punto de vista jurídico formal, estén estati-zados —públicos— o
mantengan un carácter privado.
El aparato represivo comprende, él mismo, varias
ramas especia-lizadas', el ejército, la policía, la administración, la
magistratura, etc.
Pero ya habíamos constatado que el terreno de la
dominación po-lítica no está ocupado por la sola clase o fracción hegemónica,
sino por un conjunto de clases o fracciones dominantes. Por esto, las
relaciones contradictorias entre clases y fracciones se expresan como
relaciones de poder, en el seno de los aparatos y de sus ramas. Eso quiere
decir que estos aparatos y ramas no cristalizan, todos ellos, el poder de la
clase o fracción hegemónica, sino que pueden expresar el poder y los intereses
de otras clases o fraccio-nes dominantes. En este sentido puede hablarse de una
autonomía relativa de los diversos aparatos y ramas entre ellos, en el seno del
sistema estático, y de una autonomía relativa en el conjunto del Estado en
relación con la clase o fracción hegemónica.
Tomemos algunos ejemplos: en el caso de una alianza
o de un compromiso burguesía-aristocracia rústica en los comienzos del
capitalismo, la administración burocrática central ha constituido el asiento
del poder de la burguesía, mientras que la iglesia —la iglesia católica en
particular— ha continuado constituyendo el asiento del poder de la aristocracia
en cuestión. Desniveles seme-jantes pueden aparecer por otra parte entre las
ramas mismas y el aparato represivo: en Alemania, por ejemplo, el ejército era
el lugar del poder de los grandes campesinos; la magistratura, el lugar del
poder del gran capital, mientras que la administración estaba compartida entre
el gran y el mediano capital. En los casos
-43-
de transición hacia la hegemonía del gran capital,
son la adminis-tración y el ejército los que han constituido su asiento de
poder (el «complejo militar-industrial»), mientras que el parlamento
conti-nuaba constituyendo el lugar del poder del capital mediano: esa es, por
otro lado, una de las razones del ocaso del parlamento bajo el capitalismo
monopolista.
Más aún: en lo que concierne, en particular, a los
aparatos ideoló-gicos que, por su función, poseen una autonomía relativa más
extensa que la del aparato represivo, se constata que pueden, a veces,
constituir lugares de poder de clases que no forman parte de las clases
dominantes. Es a veces el caso de la pequeña bur-guesía, en razón de las
alianzas y de los compromisos pasados en-tre ella y el bloque dominante: en
Francia sobre todo, en donde, por razones históricas, estos compromisos han
revestido una gran importancia, el sistema escolar ha constituido durante mucho
tiempo un aparato de Estado «cedido» de algún modo a la peque-ño burguesía.
Pequeña burguesía que ha sido así, durante largo tiempo, erigida en clase que
apoyaba el sistema.
Pero eso no quiere decir, sin embargo, que el
Estado capitalista constituya un conjunto de piezas separadas que expresan una
«parte» del poder político entre diversas clases y fracciones. Muy por el
contrario, el Estado capitalista expresa siempre, más allá de las
contradicciones en el seno de sus aparatos, una unidad interna propia, que es
una unidad de poder de clase: el de la clase o fracción hegemónica. Pero eso se
hace de manera compleja. El funcionamiento del sistema estatal está en efecto
asegurado por el dominio de ciertos aparatos o ramas sobre las otras: y la rama
o aparato que domina es, por regla general, quien constituye el asiento del
poder de la clase o fracción hegemónica. Esto hace que, en el caso de una
modificación de la hegemonía, se asista a modificaciones y desplazamientos de
dominio de ciertos aparatos y ramas con respecto a otros: estos desplazamientos
determinan, por otra parte, los cambios de forma de Estado y de las formas de
régimen.
Se ve, pues, con claridad que todo análisis
concreto de una situa-ción concreta debe tomar en consideración a la vez las
relaciones
-44-
de lucha de clase y las relaciones reales de poder
en el seno de los aparatos de Estado, relaciones reales que están en general
ocultas bajo las apariencias tradicionales formales. El análisis preciso de las
relaciones de poder en el seno de los aparatos puede ayudarnos a localizar de
manera exacta la fracción hegemónica: constatando, por ejemplo, el dominio de
un aparato o de una rama sobre las otras, constatando igualmente los intereses
específicos a que sirve de modo predominante, pueden sacarse conclusiones sobre
la fracción hegemónica. Pero se trata siempre aquí de un método dialéctico: en
efecto, por otro lado, localizando, en el conjunto de las relaciones de una
sociedad, la fracción hegemónica y sus rela-ciones privilegiadas con un aparato
o una rama se pueden obtener respuestas en cuanto a la cuestión de saber cuál
es el aparato do-minante en el Estado, es decir, el aparato a través del cual
la frac-ción hegemónica maneja las palancas de mando reales del Esta-do.
Pero está igualmente claro que, en la relación
compleja estable-cida entre lucha de clases y aparatos, es la lucha de clases
la que tiene el papel principal. No son las modificaciones «institucio-nales»
las que tienen por consecuencia los «movimientos socia-les», como creen toda
una serie de sociólogos «institucionalistas», sino que es la lucha de clases la
que determina las modificaciones de los aparatos.
-45-
VI
LA REPRODUCCION DESARROLLADA
DE LAS CLASES SOCIALES
Esta última cuestión, que es de las más
importantes, volverá a salir más netamente colocándose esta vez desde el punto
de vista de la reproducción ampliada de las clases sociales. En efecto, las
clases sociales no existen más que en la lucha de clases, que tie-nen una
dimensión histórica y dinámica. La constitución, e inclu-so la delimitación
misma de las clases, de las fracciones, de los estratos, de las categorías, no
puede hacerse más que tomando en consideración esta perspectiva histórica de la
lucha de clases, que plantea de entrada la problemática de su reproducción:
sobre este punto vamos a insistir ahora.
Hace ya cierto tiempo que algunos de nosotros hemos
analizado con detención la importancia de la cuestión de la reproducción de las
relaciones sociales, cuestión que, precisamente, no podía ser correctamente
interpretada, en todo su sentido, como comprende-rá el lector, más que en la
problemática anteriormente expuesta de las clases sociales y de la lucha de
clases. Paralelamente al análisis de los problemas del poder de Estado se había
puesto el acento sobre uno de los papeles decisivos de los aparatos de Esta-do,
más en particular de los aparatos ideológicos de Estado: el que ellos juegan en
la reproducción de las clases sociales. Mi propósi-to, en estas notas finales,
no será en consecuencia volver sobre el conjunto de esta cuestión; será más
bien tratar de aclarar algunos de sus aspectos, poniendo en guardia contra
ciertas interpretacio-nes desafortunadas que pueden surgir, para lo cual
tomaremos como ejemplo privilegiado al papel del aparato escolar en esta
reproducción, ejemplo que ha merecido últimamente la atención del análisis
marxista.
6.1. Los
aparatos de Estado, y entre ellos la escuela como apara-
-46-
to ideológico, no crean la división en clases, sino
que contribuyen a esta división y así a su reproducción anterior: que no
solamente son las relaciones de producción las que determinan los aparatos sino
que tampoco son los aparatos de Estado los que presiden la lucha de clases,
como lo defiende toda la tradición institucionalis-ta; es la lucha de clases, a
todos los niveles, la que manda a los aparatos.
En efecto, es preciso atribuir la máxima
importancia al papel pre-ciso de los aparatos ideológicos en la reproducción de
las relacio-nes sociales, incluidas las relaciones sociales de producción, por
cuanto que es ella quien domina el conjunto de la reproducción, sobre todo la
reproducción de la fuerza de trabajo y de los medios de trabajo. Esto es una
consecuencia del hecho de que son las relaciones de producción en su relación
constitutiva con respecto a las relaciones de dominación-subordinación política
e ideológi-ca, las que dominan el proceso de trabajo en el seno del proceso de
producción.
6,1.1. Esta reproducción ampliada de las clases
sociales (de las relaciones sociales) lleva consigo dos aspectos que no existen
si no es en su unidad.
- La
reproducción ampliada de los lugares que ocupan los agentes. Estos lugares
designan la determinación estructural de las clases, es decir, el modo de
existencia de la deter-minación por la estructura —relaciones de producción,
domi-nación-subordinación política e ideológica— en las prácticas de clase.
Esta determinación de las clases rige por otra parte su reproducción: dicho de
otro modo, y Marx, es preciso re-petirlo, lo subrayaba: es la existencia misma
de un modelo de producción que afecta a la burguesía y al proletariado la que
entraña la reproducción ampliada de la burguesía y el pro-letariado.
- La
reproducción-distribución de los agentes mismos entre estos lugares.
-47-
Este segundo aspecto de la reproducción que plantea
la cuestión quién, cómo, en qué momento ocupa tal o cual puesto, es o llega a
ser burgués, proletario, pequeñoburgués, campesino pobre, etc,, está
subordinado al primero, es decir, a la reproducción de los lugares mismos de
las clases sociales (al hecho de que el capita-lismo, en su reproducción
ampliada, reproduce a la burguesía, el proletariado, la pequeña burguesía, bajo
forma nueva en la fase actual del capitalismo monopolista, etc., e incluso de que
elimina tendencialmente ciertas clases y fracciones de clase en el seno de las
formaciones sociales o con ocasión de su reproducción am-pliada, como los
campesinos parcelarios, la pequeña burguesía tradicional, etcétera). Dicho de
otro modo: si es verdad que los mismos agentes deben ser reproducidos
—«cualificados-sometidos» —para ocupar ciertos lugares, no es menos cierto sin
embargo que esta distribución de los agentes no viene dada por su elección o
aspiraciones, sino por la reproducción misma de estos lugares.
6.1.2. Es importante señalar ya que la distinción
entre estos dos aspectos de la reproducción, el de los lugares y el de los
agentes, no impide la distinción entre reproducción de las relaciones socia-les
por una parte y reproducción de la fuerza de trabajo por otra. Estos dos
aspectos marcan el conjunto de la reproducción en el interior de la cual domina
la reproducción de las relaciones socia-les de que estamos hablando. Pero, en
el conjunto de la reproduc-ción, incluidas allí las relaciones sociales, es la
reproducción de los lugares la que constituye el aspecto principal.
En consecuencia, el papel de los aparatos de
Estado, incluida en-tre ellos la escuela como aparato ideológico, no es el
mismo en cuanto a estos dos aspectos de la reproducción.
6.2. Ciertamente, la determinación estructural de
las clases, no estando limitada a lugares solamente en el proceso de producción
—a una situación económica de las clases en sí—,
sino exten-diéndose a todos los escalones de la división social del trabajo,
hace que estos aparatos intervengan como encarnación de las relaciones
ideológicas y políticas —de la dominación ideológica y política— en la
determinación de las clases. Estos aparatos inter-
-48-
vienen así, por su papel en la reproducción de las
clases políticas e ideológicas, en la reproducción de los lugares que definen
las clases sociales. Mencionemos, por tanto, de pasada, que el papel de la
superestructura no se limita, como se sostiene a veces, a la sola reproducción,
del mismo modo que el papel de base tampoco se limita a la simple producción y
reproducción de los productos y de los medios de trabajo (sino que se extiende
a la reproducción de las relaciones sociales); el papel de los aparatos en la
repro-ducción no puede explicarse, como es el caso de cualquier repro-ducción,
más que por su papel en la constitución misma de un modo de producción (y de
sus relaciones de producción), es decir, por su papel en la producción misma de
las relaciones sociales.
Los aparatos ideológicos de Estado intervienen, por
consiguiente, activamente en la reproducción de los lugares de las clases
socia-les. Pero, a menos de encerrarse en una visión idealista e
«institu-cionalista» de las relaciones sociales, que presenta a las clases
obreras y a la lucha de clases como el producto de los aparatos, es preciso
darse cuenta claramente de que este aspecto de la repro-ducción desborda los
aparatos y les escapa largamente asignándo-les los límites. Se puede de hecho
hablar de una reproducción primera —de una reproducción fundamental— de las
clases so-ciales en y por la lucha de clases, en donde tiene lugar la
repro-ducción ampliada de la estructura —incluida en ella las relaciones de
producción— y que preside el funcionamiento y el papel de los aparatos. Para
poner un ejemplo voluntariamente esquemático: no es la existencia de una
escuela que forma proletarios y nuevos pequeños burgueses la que determina la
existencia y la reproduc-ción (extensión, disminución, determinadas formas de
categoriza-ción, etc.) de la clase obrera y de la nueva pequeña burguesía; es,
por el contrario, la acción de las relaciones de producción, de las formas
complejas de la propiedad económica y de la posesión sobre el proceso del
trabajo, incluso el proceso de producción en su articulación respecto a las
relaciones políticas e ideológicas y,
-49-
de este modo, la lucha —económica, política,
ideológica— de las clases la que tiene como efecto esta escuela. Esto explica
por qué la reproducción por la mediación de los aparatos no se da sin lu-chas,
contradicciones y fricciones constantes en su seno. Es, en fin, de este modo
como puede comprenderse el otro aspecto de la cuestión: del mismo modo que la
reproducción ampliada de las relaciones sociales depende de la lucha de clases,
su revoluciona-miento depende igualmente de esta lucha.
Así, esta reproducción fundamental de las clases
sociales no con-cierne solamente a los lugares en las relaciones de producción,
a saber, las relaciones sociales de producción. No se trata de una
«autorreproducción económica» de las clases frente a una repro-ducción
ideológica y política por el único elemento de mediación de los aparatos. Se
trata, de una forma categórica, de una repro-ducción primera en y por la lucha
de clases a todos los escalones de la división social del trabajo. Del mismo
modo que su determi-nación estructural, esta reproducción de las clases
sociales con-cierne igualmente a las relaciones (sociales) políticas y a las
rela-ciones (sociales) ideológicas de la división social del trabajo que, en su
relación con las relaciones sociales de producción, revisten un papel decisivo.
Es por el hecho de que la división social del trabajo misma no concierne
solamente a las relaciones políticas e ideológicas, sino igualmente a las
relaciones sociales de produc-ción en cuyo seno tal división domina a la
«división técnica» del trabajo: lo que es una consecuencia de la dominación de
las rela-ciones de producción sobre el proceso del trabajo en el seno del
proceso de producción.
Decir que esta reproducción primera de las clases
sociales depen-de de la lucha de clases es decir también que sus formas
concretas dependen de la historia de la formación social: tal o cual
repro-ducción de la burguesía y de la clase obrera, de las clases campe-sinas,
de la antigua y la nueva pequeña burguesía dependen de la lucha de clases en
esta formación. No hay más que mencionar la forma y el ritmo específicos de
reproducción en Francia de la pe-queña burguesía tradicional y del campesinado
parcelario bajo el capitalismo, atendiendo a las formas específicas de su
alianza du-
-50-
rante mucho tiempo con la burguesía. El papel de
los aparatos en esta reproducción no puede ser, él mismo, situado más que por
relación a esta lucha: el papel particular, a tal efecto, de la escuela en
Francia no puede situarse, ciertamente, más que por relación a la alianza
burguesía-pequeña burguesía, que durante mucho tiem-po ha marcado la formación
social francesa.
Es decir igualmente por ello que si la reproducción
ampliada de los lugares de las clases sociales «hace apelación», sobre todo en
el campo ideológico-político, a los aparatos ideológicos de Esta-do, no se
limita a ello.
Volvamos al caso ya mencionado de la división entre
trabajo ma-nual y trabajo intelectual: esta división apropiada para la
determi-nación de los puestos en la división social del trabajo, no se limita
en modo alguno al simple dominio de la economía en donde, di-cho sea de paso,
no tiene intrínsecamente papel propio en cuanto a la división de las clases,
pues el trabajador productivo, el proleta-riado que produce la plusvalía con
las mercancías, no agota en modo alguno el trabajo manual. La división trabajo manual-trabajo
intelectual no puede ser entendida, sino tomándola en su extensión a las
relaciones políticas y a las relaciones ideológicas, a la vez que de la
división social del trabajo en la empresa (auto-ridad y dirección del trabajo
ligadas al trabajo intelectual y al se-creto del saber) y del conjunto de la
división social del trabajo, relaciones que intervienen en la circunscripción
de los estamentos de las clases sociales. Pero está claro que no es la escuela
u otros aparatos ideológicos los que crean esta división, ni son los facto-res
primeros y exhaustivos de su reproducción, aunque interven-gan en esta
reproducción apareciendo al mismo tiempo bajo for-ma capitalista como efecto de
esta división y de su reproducción en y por la lucha de las clases. Dicho de
otro modo: si la escuela reproduce en su propio seno la división entre trabajo
manual y trabajo intelectual, es que esta escuela está ya, por su naturaleza
capitalista, situada globalmente con relación a (y reproducida como aparato en
función de) una división trabajo manual-trabajo intelectual y una reproducción
de esta división, que desborda a la escuela y le asigna su papel (separación de
la escuela y de la pro-
-51-
ducción ligada a la separación y a la desposesión
del productor directo de los medios de producción).
6.4. Más aún: es preciso darse cuenta al hablar de
aparatos ideo-lógicos de que estos aparatos, del mismo modo que no crean la
ideología, tampoco son los actores primeros o exhaustivos de re-producción de
las relaciones de dominación-subordinación ideo-lógica. Los aparatos
ideológicos no hacen más que elaborar e in-culcar la ideología dominante: no es
la Iglesia, como sostenía Max Weber, quien crea y perpetúa la religión, sino la
religión quien crea y perpetúa la Iglesia. En cuanto a las relaciones ideoló-gicas
capitalistas, los análisis de Marx concernientes al fetichismo de la mercancía
que se relaciona precisamente con el proceso de valoración del capital ofrecen
un excelente ejemplo de una repro-ducción de la ideología dominante que
desborda los aparatos; de esto se daba cuenta, por otra parte, Marx hablando
frecuentemente de una «correspondencia», que implica una distinción, de las
«ins-tituciones» y de las «formas de conciencia social». En resumidas cuentas:
el papel de la ideología y de la política en la reproduc-ción ampliada de los
lugares de las clases sociales recubre aquí directamente la lucha de clases,
las clases sociales que mandan en el aparato.
En fin, en consecuencia de lo que precede, la
reproducción de los lugares en las relaciones de dominación ideológica y
política, en la medida en que hace alusión a los aparatos, hace igualmente
alusión a otros aparatos distintos de los aparatos ideológicos de Estado, sobre
todo al aparato económico mismo: una «empresa» en tanto que unidad de
producción bajo forma capitalista consti-tuye igualmente un aparato en el
sentido de que reproduce, por la división social del trabajo en su seno
—organización despótica del trabajo— las relaciones políticas e ideológicas que
concier-nen a los lugares de las clases sociales. Dicho de otro modo: la
reproducción de las relaciones ideológicas que tienen un papel capital no es
solamente asunto de los aparatos ideológicos, como si todo lo que pasara en la
«producción» no concerniese más que a lo «económico», reservándose los aparatos
ideológicos el mono-polio de reproducción de las relaciones de dominación
ideológica.
-52-
6. Vayamos
ahora al segundo aspecto de la reproducción, a la reproducción de los agentes.
Esta reproducción engloba, como momentos de un mismo proceso, la
cualificación-sometimiento de los agentes, de tal manera que puedan ocupar los
lugares, y la distribución de los agentes entre estos lugares: sólo articulando
exactamente los dos aspectos de la reproducción, el de los lugares y el de los
agentes, puede comprenderse la inanidad de la proble-mática burguesa de la
movilidad social. Los aparatos ideológicos de Estado, y sobre todo la escuela,
tienen aquí una función deci-siva, aunque haya que hacer ciertas matizaciones.
6.5.1. Es verdad que la reproducción de los
agentes, sobre todo la famosa «cualificación» de los agentes de la producción
misma, no implica una simple «división técnica», sino que constituye una
efectiva cualificación —sometimiento que se extiende a las rela-ciones
políticas e ideológicas: en efecto, esta reproducción am-pliada de los agentes
recubre aquí un aspecto de la reproducción de las relaciones sociales, que
imprime su carácter a la reproduc-ción de la fuerza de trabajo. Pero, si bien
eso implica un papel particular con respecto a este aspecto de la escuela, no
se puede perder de vista que esta cualificación —sometimiento tiene lugar como
tal, y no solamente como formación técnica «en bruto», igualmente en el seno
del aparato económico mismo, no constitu-yendo la empresa una simple unidad de
producción. Esto implica, por otra parte, el papel propio de la empresa, como
aparato preci-samente, en la distribución de los agentes en su seno. Este papel
del aparato económico es incluso dominante en cuanto a los tra-bajadores
inmigrados, pero solo les concierne a ellos. Olvidar este papel del aparato
económico y presentar a los agentes como desde ahora exhaustivamente
distribuidos en la escuela ante el aparato económico, sería caer en el mismo
tipo de explicación regresivo y unívoco que considera a estos agentes como
desde siempre y ahora exhaustivamente distribuidos en la familia antes de la
escuela. Del mismo modo que ellas no son castas de origen o herencia, las
clases capitalistas no son castas escolares. Del mis-mo modo que, en fin, esta
explicación regresiva no vale para la relación familia-escuela, en la medida en
que la familia continúa ejerciendo su acción dentro de la escuela, no vale
tampoco para la
-53-
relación escuela-aparato económico, y la escuela
sigue ejerciendo su acción mientras la actividad económica de los agentes se
reali-za. A esto se le llama púdicamente formación permanente.
6.5.2. Es preciso comprender con toda claridad que
este aspecto de la reproducción está subordinado al primero; es por y en este
aspecto de la reproducción ampliada de los lugares por lo que hay tal o cual
reproducción-distribución de los agentes entre ellos, y por lo que hay entre sí
una trabazón indisoluble. Y no debería pasarse por alto aquí que el papel
determinante en cuanto a la distribución de los agentes en el conjunto de la
formación social vuelve al mercado del trabajo como expresión de la producción
ampliada de las relaciones de producción: y ello incluso si no se trata,
propiamente hablando, de un mercado de trabajo unificado, es decir, incluso si
el mercado del trabajo ejerce su demanda en un campo ya compartimentado, en
razón entre otras cosas de la acción propia de los aparatos ideológicos de
Estado (no será un estudiante-parado quien llenará el vacío de un obrero
especializa-do). Es por esto por lo que existe, bajo el aspecto de distribución
igualmente, una relación constitutiva entre aparatos distribuidores y
relaciones de trabajo: relación que, entre otras, impone los lími-tes de la
acción de los A.I.E. en esta compartimentación del mer-cado del trabajo. Por
ejemplo, no es la escuela quien hace que sean campesinos principalmente quienes
ocupan los lugares su-plementarios de obreros. Es el éxodo de los campos, a
saber, la eliminación de las plazas en los campos que acompaña a la
repro-ducción ampliada de la clase obrera, quien representa el papel, a tal
efecto, de la escuela.
6.5.3. En fin en la medida misma en que este
aspecto de la re-producción está subordinado al primero y en que se trata de
re-producción ampliada, es preciso circunscribir los efectos directos de los
lugares mismos sobre los agentes, lo que no es otra cosa que volver a encontrar
aquí el problema de la lucha de clases sobre los aparatos. En efecto, se trata,
propiamente hablando, de agentes originalmente (pre o extraescolarmente)
«libres» y «mó-viles», «circulantes» entre estos lugares según las órdenes forma-les
de los aparatos ideológicos y según la inculcación ideológica o
-54-
la transformación que reciben. Es verdad que las
clases del M. P. C. y de una formación social capitalista no son castas, que el
ori-gen de los agentes no los liga a lugares determinados, y que el papel
propio de los distribuidores de la escuela y de los otros apa-ratos de agentes
entre estos lugares es muy importante. Pero no es menos verdad que estos
efectos de distribución se manifiestan por el hecho de que, en el medio de los
aparatos ideológicos, son pre-cisamente los burgueses quienes siguen siendo —y
sus hijos lo serán— masivamente burgueses, y que son los proletarios quienes
siguen siendo —y sus hijos lo serán— masivamente proletarios. Esto demuestra
que no es ni principal ni exclusivamente en razón de la escuela como la
distribución toma esta forma, sino en razón de los efectos de los lugares
mismos sobre los agentes, efectos que desbordan la escuela, y por otra parte la
familia misma. No se trata precisamente en este caso, como ciertos debates
actuales han podido hacerlo creer, de una alternativa familia-escuela en el
orden de causalidad: no se trata incluso de una unión familia-escuela como
fundador primero de estos efectos de distribución. Se trata, por el contrario,
de una distribución primera de los luga-res de las clases sociales: es ella
quien asigna a tal o cual aparato, o tal o cual serie, siguiendo las etapas y
las fases de la formación social, el papel rcspectivo propio que asumen en la
distribución de los agentes.
Universidad de París-Vicennes.
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Nicos Poulantzas es desde hace algunos años uno de
los pensado-res marxistas más serios y empeñados en abrir un futuro dentro del
movimiento socialista marxista. Griego de origen, arraigado en Francia, comenzó
a seguir la línea estructuralista del marxis-mo, aunque nunca como un
repetidor, ya que Poulantzas se niega a considerar a ninguno de los marxismos
como una unidad con-clusa y definitivamente sistematizada.
Su tesis en el presente trabajo es que el criterio
económico no es determinante en la consideración de las clases sociales, aunque
es dominante en la configuración de las mismas. Lo político y lo económico
forman tal unidad, que no sin caer en simplismos se puede afirmar que el
marxismo sea un determinismo económico o un voluntarismo político. Afirmaciones
simplistas como éstas hacen que en buena medida el socialismo haya muerto en
manos de los socialistas y estén surgiendo izquierdas a la izquierda, para impedir
su muerte.
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