© Libro N° 8692. Clase Social Fracaso Escolar, Y Política Educativa. Martínez García, José Saturnino. Emancipación. Junio
5 de 2021.
Título
original: © Clase Social Fracaso
Escolar, Y Política Educativa. José Saturnino Martínez García
Versión Original: © Clase Social Fracaso Escolar, Y
Política Educativa. José Saturnino Martínez García
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CLASE SOCIAL FRACASO ESCOLAR, Y POLÍTICA EDUCATIVA
José Saturnino Martínez García
Clase Social Fracaso
Escolar,
Y Política Educativa*
Por José Saturnino Martínez
García
Departamento de Sociología, Universidad de La
Laguna
htp://webpages.ull.es/users/josamaga/
pepemart@gmail.com
* Publicado
en Viejo Topo (ISSN 02 10-2706), nº 238 pp: 44-49, noviembre 2007
El fracaso escolar, como otros muchos conceptos
intuitivos que son problemas sociales, es fácil de pensar, pero no tanto de
defi-nir. Lo que podríamos llamar la visión convencional del proble-ma
considera que el fracaso escolar se produce cuando los estu-diantes no alcanzan
un nivel mínimo de escolarización (o nivel de conocimientos). Una visión
alternativa sostiene que no hay que centrarse tanto en los estudiantes, sino
más bien en un pro-blema del sistema educativo, que no es capaz de hacer frente
a sus obligaciones.
El indicador más estándar de fracaso escolar es la
proporción de estudiantes que no obtienen el título obligatorio cuando llegan a
la edad que en teoría es necesaria para alcanzarlo. Así medido, el fracaso
escolar es alto en España. Pero eso no es una novedad, pues durante varias
décadas así ha sido.
De vez en cuando, a raíz de alguna publicación
estadística, los medios de comunicación y los políticos se rasgan las
vestiduras ante las dimensiones del problema en España. Muchos de los
profesionales dedicados a la educación aprovechan
la ocasión para recordar que el gasto público en educación, como % del PIB o
como gasto por alumno, es bajo en España, o que sus ser-vicios son más
necesarios para disminuir el fracaso escolar. Se insiste en que es un fenómeno
complejo y multicausal (Marchesi 2003), por lo que es necesario afrontarlo con
profesionales aten-tos a las necesidades de los alumnos. Pero lo cierto es que
el fra-caso escolar está en buena medida relacionado con un solo fac-tor que normalmente
se olvida: la clase social de las familias.
Hubo una época en que se criticaba con más
insistencia los efec-tos legitimadores de la escuela sobre los destinos
individuales, pues las diferencias de clase entraban en el sistema educativo y
se transformaban en diferencias individuales, debidas, aparen-temente, bien a
la capacidad, bien al esfuerzo de los alumnos, tras ocultar que ambas
cualidades guardan relación con la proce-dencia social de los niños. Estas
críticas llevaron a reformas edu-cativas, que en España se concretaron en la
LOGSE. Y parece que las críticas se acabaron, en cuanto los críticos vieron sus
sueños reformistas más o menos escuchados.
También es cierto que coincidió la reforma con la
implosión del socialismo real, y con ello, de todo discurso que denunciase las
desigualdades en términos de clase. Pero como vemos, los datos son un tanto
tozudos, y no se creen que la clase no sea importan-te para dar cuenta del
fracaso escolar. Por ejemplo, en 2007 el fracaso escolar de un joven de clases
agrarias (agricultores y jornaleros) es casi del ¡sextuple! del de un joven de
clase alta (3 1,4% vs 5,8%).
En el Gráfico 1 observamos la evolución del fracaso
escolar a lo largo de 25 años. Los datos están obtenidos mediante la
explota-ción de la Encuesta de Población Activa (EPA), elaborada por el INE, y
como indicador se ha tomado el no haber completado la enseñanza obligatoria a
los 19-20 años (indicador ligeramente distinto al normalmente empleado, pero es
el que nos permite mantener una serie homogénea en el tiempo y con información
sobre los padres). Vemos que la probabilidad de los hijos de la
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clase de servicio (así se llama a las clases
formadas por grandes propietarios y profesionales liberales) de fracaso escolar
mucho menor que los hijos de las clases agrarias o de la clase obrera. Es
importante tener en cuenta que las fechas seleccionadas hacen referencia a
estudiantes escolarizados con el sistema educativo de la Ley General de
Educación (LGE) y con la LOGSE. Quie-nes tenían entre 19 y 20 años en 2007, ya
estaban totalmente es-colarizados bajo la LOGSE, mientras que en 2001 serían
apro-ximadamente la mitad, y de 1997 hacia atrás estuvieron escola-rizados con
la LGE. Se aprecia un incremento del fracaso esco-lar a medida que se
generaliza la LOGSE, lo cual cuadra mal con la creencia de que bajó el nivel
educativo (lo cual no es cier-to (Martínez G ª 2005)), pero también con la
esperanza de que la LOGSE lo mejorase. Algo parecido se observó con el cambio
del sistema educativo previo a la LGE al paso a dicho sistema (Ca-rabaña 1999).
Esto probablemente se debe a que, al incorporar una mayor exigencia que el
sistema previo (obligan a estar más años escolarizados para lograr el nivel
mínimo requerido), el fracaso escolar es mayor. Además, se han producido otros
cam-bios en la sociedad española, como la mayor incorporación de niños
extranjeros procedentes de países con muy bajo nivel edu-cativo.
Entre los sociólogos se discute a qué se debe esta
relación entre fracaso escolar y clase social. A grandes rasgos, hay dos
fami-lias de explicaciones. Unas insisten en los aspectos culturales de la
clase (Bernstein 1989; Bourdieu y Passeron 2001), mientras que otras insisten
en las diferencias de tipo económico (Goldt-horpe 2000). No es este el lugar de
entrar con más pormenores en el debate, pero conviene tener en cuenta que los
datos dispo-nibles parecen apuntar a que el efecto del nivel cultural de los padres
parece ser mayor que los recursos puramente económicos (Nash 2003), pero éstos
también son importantes, así como la percepción de los jóvenes del mercado
laboral (Gambeta 1987; Martínez G ª 2007). Además, en lo que coinciden las
distintas líneas de explicación es en que, cuanto menor sea el nivel
edu-cativo, mayor es la influencia de la familia, pues menor es la au-
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tonomía del hijo, y, además, si la educación es
obligatoria y está prohibido que los menores trabajen, la influencia de los
factores económicos se ve muy limitada.
Si el efecto del origen social sobre el logro
educativo es tan gran-de, ¿cómo se explica su clamorosa ausencia tanto en la
agenda política como en el debate educativo? Se habla del debate de es-cuela
pública-privada, la violencia en las escuelas, de la Reli-gión, de Educación
para la Ciudadanía, de la repetición de cur-so… pero no se habla de lo
fundamental, el origen de las de-sigualdades educativas. Probablemente esto se
debe a dos moti-vos. Por un lado, debido a la forma en que se produce esta
de-sigualdad. Como ha analizado Carabaña (2001), el aula es un lugar lo
suficientemente pequeño y homogéneo como para que las diferencias entre los
niños se perciban sólo como diferencias individuales. Por otro, esta percepción
de las desigualdades edu-cativas por todos los agentes educativos (profesores,
familia, es-tudiantes, Administración…) se produce en un momento de ex-tensión
de la escolarización, por lo que las hijos superan a sus pa-dres en nivel
educativo. Esto supone una mejora absoluta de la escolarización, que oculta que
se mantengan constantes las de-sigualdades relativas. A estas dos razones
debemos añadir que la agenda mediática y política de este país está controlada
por las clases medias y altas, y para estas familias el fracaso escolar sí es
un problema individual.
Para acabar con el fracaso escolar se han propuesto
diversas po-líticas, unas más centradas en el sistema educativo, otras en los
jóvenes. Las centradas en el sistema educativo proponen diseños curriculares o
métodos didácticos para luchar contra el fracaso. Las que se centran en los
jóvenes, proponen apoyar a éstos, me-diante más recursos (como profesores de
apoyo). Pero si hacemos caso al Informe PISA, que evalúa el nivel de
conocimientos de los jóvenes de 16 años de la OCDE y de algunos otros países,
las diferencias de rendimiento de los jóvenes entre países, y den-tro de un
mismo país, se explican básicamente por el nivel social tanto de sus padres
como del centro al que asisten. Por ejemplo, para la media de la OCDE, un 50%
de la variabilidad observada
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en las pruebas de lectura está relacionada con las
características del estudiante (estatus socioeconómico de su familia, sexo,
edad, si es inmigrante y tipo de programa de estudio), un 18% por
ca-racterísticas de la escuela (básicamente, la composición socio-económica de
los alumnos que asisten al centro), y un 6%, por métodos didácticos y
diferencias entre los tipos de centros, como sus estilos de gestión o su
autonomía1 (el resto no sabemos a qué se debe). Es decir, invertimos un gran
esfuerzo en discutir sobre el 6% del fracaso escolar, y nos olvidamos del 70%
(OCDE 2005: pp. 34-3 5), que tiene que ver con problemas ajenos al sis-tema
educativo. Para el caso español, lo más llamativo de dicho informe es que
cuando se tienen en cuenta estos factores socio-económicos, el rendimiento
educativo de los adolescentes de los centros públicos es mejor al resto (Calero
y Escardíbul 2007). Por tanto, la supuesta calidad de los centros de
titularidad priva-da no es tal, sino que son los padres que mandan ahí a sus
hijos los que tienen calidad.
En EEUU tienen la suerte de contar con una amplia
serie de da-tos sobre diversas políticas educativas durante un largo periodo de
tiempo, y tras evaluarlas, están llegando a la conclusión de que su efectividad
es dudosa, o de difícil aplicación, en el mejor de los casos (como la buena
cooperación entre profesores o el lide-razgo del director del centro), y la
causalidad entre política apli-cada y logro, no está clara (Jencks y Tach
2006). A conclusión similar llega Carabaña (2006), tras observar que los países
cuyos estudiantes mejor puntúan en las pruebas de conocimiento de PISA, aplican
políticas educativas muy diferentes entre ellos, por lo que es difícil asegurar
que una es mejor a otras. Normal-
1 Los
indicadores empleados como medidas de las políticas que se desarrollan en el
centro educativo son: tiempo de instrucción, índice de monitorización del
progreso del estudiante, índice de autoevaluación de la escuela, si se
consideran los resultados académicos del estudiante cuando se admite, si el
currículo de los estudiantes de 15 años está basado en su trayectoria
académica, si es probable transferir los estudiantes de bajo nivel de estudios
a otra escuela, si la transferencia es muy probable, si se comunica a los
padres la marcha del estudiante, al director del centro y a la autoridad local,
índice de autonomía de la escuela, índice de autonomía del profesor.
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mente cualquier defensor de cualquier reforma
educativa rebati-rá la evidencia del fracaso mencionando alguna anécdota, sobre
un centro educativo en el que se aplicó la reforma que defiende, y en el que
funcionó. Como señala Martín (2004), esto obedece a que las reformas suelen
tomar como modelo a casos modéli-cos, es decir, profesores, padres y/o
estudiantes especialmente motivados, en vez de contar con las personas
promedio. Estas escuelas disfrutan de lo que el informe PISA denomina un buen
clima escolar. El problema es que no se sabe cómo generar este clima desde la
Administración. La LOGSE lo ha intentado me-diante su reificación. Es decir, ha
convertido en prácticas admi-nistrativas obligatorias (con el consiguiente
engorro de trabajo burocrático) aquellas actividades que los centros con buen
clima hacen de motu propio (y sin papeleo), como disponer de un pro-yecto de
centro, reuniones de profesores, etc. Pero no hace falta saber mucho de cómo
funciona la sociedad para saber que si los profesores se ven obligados por ley
a comportarse como s i tu-viesen un buen clima escolar, éste no se genera.
Por tanto, se copia mal a los centros que funcionan
bien, y cuan-do fracasa la reforma educativa, el problema es de los agentes
educativos, que son reales y no ejemplares. ¿Y la solución? Más reforma
idealista… A veces, incluso, se propone reformar a los padres, mediante las
escuelas de padres, que siendo una buena práctica, es excesivamente
voluntarista como para considerarla una solución general. Después de todo, la
nueva panacea social es la educación, que todo lo arregla (violencia de género,
paro, mala conducción…), además de la vida de los profesionales que se dedican
a tan variopintas formaciones del espíritu.
El panorama es un tanto desolador, pero por otro
lado, bastante sensato, frente a los idealismos reformadores y reformistas.
Vi-vimos en un mundo con desigualdad social, y si queremos aca-bar con dicha
desigualdad, no es en el sistema educativo donde debemos centrar el problema.
Es absurdo pretender que entre las muchas tareas a las que debe enfrentarse un
docente, entre ellas está acabar con la desigualdad de la sociedad capitalista.
No son misioneros laicos. Según los estudios para diversos países, la
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desigualdad educativa mejora cuando las
desigualdades sociales disminuyen claramente (Shavit y Blossfeld 1993), como en
Sue-cia. Es decir, la mejor política de lucha a favor de la igualdad de
oportunidades en la escuela es una política general a favor de una mayor
igualdad en la sociedad.
¿Son tan inútiles las políticas educativas? No del
todo, pues ya hemos dicho que disponen de un pequeño margen de efectivi-dad.
Por ejemplo, el mencionado informe de la OCDE concluye en que una mayor
autonomía a los centros educativos así como un buen clima escolar –como hemos
señalado- están relaciona-dos con el mejor rendimiento de sus alumnos, aunque
desgra-ciadamente no sabemos cómo generarlo a iniciativa del Estado. Además, al
observar la evolución del fracaso escolar a lo largo del tiempo, apreciamos dos
efectos claros. Por un lado, la exten-sión de la escolarización, en el sentido
de más plazas educativas, ha contribuido enormemente a reducir el fracaso
escolar, como vemos al observar el gran fracaso de los jóvenes de 1981,
esco-larizados a finales de la Dictadura franquista, y la comparación con los
años posteriores, cuando se incrementó el gasto público en Educación, debido a
la construcción de escuelas. O también es relevante el nivel de formación del
profesorado, que en parte explica los nefastos resultados educativos de varios
países de América Latina. Sin embargo, observamos también que, a pesar de la
reducción general del nivel de fracaso, las diferencias entre clases, en
término relativos, son más o menos constantes, aun-que se reducen las diferencias
absolutas. Y por último, aunque sea de Perogrullo, no está de más percatarse
que si aumentan los requisitos para alcanzar la educación obligatoria, el
fracaso au-menta.
No me gustaría terminar sin insistir en que las
políticas educati-vas deben orientarse según la adecuación entre los fines y
los re-sultados que se proponen, cuestión que solo puede dirimirse a través de
estudios empíricos, y no por la bondad de los valores morales en los que se
inspiran tales políticas. Ciertamente, todo dato está sujeto a errores de
medición, y además, es manipulable, pero no tanto como los son los valores que
sustentados en la autocomplacencia y el puro idealismo, ciegos a las evidencias.
Gráfico 1
FRACASO ESCOLAR POR CLASE SOCIAL
POBLACIÓN ENTRE 19 Y 20 AÑOS
Biblioteca
OMEGALFA
Bibliografía
Bernstein, B. 1989. Clases, códigos y control.
Madrid: Akal.
Bourdieu, P. y J.-C. Passeron. 2001. La
reproducción. Madrid: Edi-torial Popular. Calero, Jorge, and Josep-Oriol
Escardíbul. 2007. "Políticas educativas y ámbitos de desigualdad en la
educación española." en La sit uaci ón soci al de Esp a - ña, edited by
Vicenç Navarro. Biblioteca Nueva.
Carabaña, J. 1999. Dos estudios sobre movilidad
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Madrid: Fundación Argentaria-Visor.
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Claves 159:26-35.
Gambeta, D. 1987. They push or the jump? Oxford:
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Martín Criado, E. 2004. "El idealismo como
programa y como mé-todo de las reformas escolares." El nudo de la red
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Martínez Gª, J.S. 2005. "El nivel educativo no
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—. 2007. "Clase social, género y desigualdad
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htp://www.revistaeducacion.mec.es/re342/re342_1
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escuela en España." in XI Conferencia de Sociología de la Educación,
edited by M. García Lastra. Santander.

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