© Libro N° 8691. Perturbacion Solar. Clarke, Arthur C. Emancipación. Junio 5 de 2021.
Título
original: © Perturbacion Solar. Arthur
C. Clarke
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Arthur C. Clarke
Perturbacion Solar
Arthur C. Clarke
El enorme disco de la vela se hallaba tenso en su
aparejo, henchido ya por el viento que soplaba entre los mundos. Tres minutos
después iniciaría su carrera, aunque ahora John Merton se sentía más relajado,
más sosegado que en cualquier otro momento del pasado año. No importaba lo que
ocurriese cuando el comodoro diera la señal de partida, tanto si Diana lo
llevaba a la victoria, como a la derrota, habría realizado su ambición. Tras
una vida dedicada a diseñar naves para los demás, ahora se disponía a conducir
la suya propia.
—Tenemos dos minutos—dijo la radio de la cabina—
Por favor, confirmen cuando estén listos. Uno por uno respondieron los
restantes patrones. Merton reconoció todas las voces—algunas tensas; otras,
tranquilas, pues eran las de sus amigos y rivales. En los cuatro mundos
habitados apenas habían veinte hombres que pudieran manejar un yate solar. Y
allí estaban todos, en la línea de salida o a bordo de las naves de escolta, en
órbita a veintidós mil millas sobre el Ecuador.
—Número uno, Gossamar. . . ¡listo para partir!
—Número dos, Santa María. . . ¡todo dispuesto!
—Número tres, Sunbeam. . . ¡preparado!
—Número cuatro, Woomera. . . ¡todo en orden!
Merton sonrió al oír aquel eco de los días heroicos
de la astronáutica. Pero era algo que se había convertido en una tradición del
espacio y a veces el hombre necesitaba evocar el recuerdo de quienes le habían
precedido en su marcha a las estrellas.
—Número cinco, Lebedev. . . ¡estamos preparados!
—Número seis, Arachné. . . ¡en orden!
Luego le tocaba a él, el último de la fila.
Resultaba raro pensar que las palabras que pronunciaba desde su cabina iban a
ser oídas lo menos por cinco mil millones de personas.
—Número siete, Diana... ¡listo para zarpar!
—Comprobado, gracias —respondió la voz impersonal
desde la lancha del juez—. Tenemos un minuto.
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Merton apenas lo oyó, puesto que estaba efectuando
la comprobación final de la tensión del aparejo. Las agujas de los dinamómetros
estaban firmes; la inmensa vela se hallaba tirante, con su superficie de espejo
centelleando al sol.
Merton, que flotaba ingrávido entre el periscopio,
tenía la sensación de que llenaba el firmamento, y en realidad casi lo hacía...
pues eran cincuenta millones de pies cuadrados de vela los que estaban sujetos
a su cápsula por casi cien millas de aparejos. Las lonas de todos los clípers
que antaño surcaron los mares de China, cosidas a una sola vela gigantesca, no
podrían compararse con la que el Diana había desplegado bajo el Sol. Sin
embargo, era poco más consistente que una pompa de jabón porque aquellas dos
millas cuadradas de plástico aluminizado tenían un espesor de solo una
millonésima de pulgada.
—"T" menos diez segundos, en marcha todas
las cámaras filmadoras.
A la mente le resultaba difícil imaginar algo tan
enorme y delicado a la vez y más aún el que aquel frágil espejo habría de ser
el motor que impulsaría la nave lejos de la Tierra al captar la luz solar.
—... ¡cinco, cuatro, tres, dos, uno, corten!
Siete cuchillas hendieron los siete tenues cabos
que sujetaban 109 yates a las naves nodrizas que los habían reunido y atendido.
Hasta aquel momento, los yates habían ido
contorneando la Tierra en rígida formación y ahora empezaron a dispersarse a
semejanza de las semillas de polen a merced de la brisa. El vencedor sería el
primero que pasara ante la Luna.
Al parecer, a bordo del Diana nada sucedía. Pero
Merton sabía que sí; aunque su cuerpo no sintiera impulso alguno, el panel
instrumental le decía que estaba acelerando a casi una milésima de gravedad.
Aquella cifra habría sido ridícula para un cohete... pero era la primera vez
que un yate solar la había alcanzado. El diseño del Diana era perfecto, la
vasta vela cumplía de acuerdo con sus cálculos. A aquel paso, dos vueltas a la
Tierra le darían la velocidad de escape... y entonces podría poner rumbo a la
Luna, con toda la potencia del Sol respaldándole.
Toda la potencia del Sol... Sonrió veladamente al
recordar sus intentos por explicar la navegación solar a los oyentes de sus
conferencias en la Tierra. Aquel fue el único medio de conseguir dinero al
principio. Podría muy bien haber sido el diseñador-jefe de la Sociedad
Cosmodine, con toda una serie de logradas aeronaves en su haber, pero su
empresa no se había mostrado precisamente entusiasmada con su idea.
—Tiendan las manos al Sol—decía él—. ¿Qué notan?
Calor, desde luego.
Pero también hay presión... aún cuando por ser tan
leve no se percaten de ello.
En la superficie de sus manos llega a ser de una
millonésima de onza.
"Pero, allá en el espacio, hasta una presión
tan pequeña puede ser importante... ya que actuaría incesantemente, hora tras
hora, día tras día. A
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diferencia del combustible de un cohete, es libre e
ilimitada. La podemos emplear si lo deseamos; podemos construir veleros que
capten la radiación emanada del Sol.
Al llegar a aquel punto de su disertación sacaba
unos cuantos metros cuadrados de material y lo arrojaba hacia el auditorio. La
película plateada flotaba ondulante como el
humo, para elevarse luego lentamente hacia el
techo, empujada por las corrientes de aire cálido.
—Ya ven cuán ligero es este material —continuaba—.
Una milla cuadrada pesa sólo una tonelada y puede acumular cinco libras de
presión de radiación. De esta forma empezará a moverse... y podremos conseguir
que nos remolque, si sujetamos un aparejo a él.
"Desde luego, su aceleración será pequeña...
aproximadamente de una milésima de "g", lo cual, aunque no parece
mucho, veamos lo que supone: Pues que en el primer segundo nos moveremos
aproximadamente un quinto de pulgada. Como vemos, un caracol robusto podría
hacerlo mejor. Pero al cabo de un minuto habremos cubierto seis pies y
marcharemos a algo más de una milla por hora, lo cual no está nada mal para
algo impulsado únicamente por la luz solar. Al cabo de una hora nos
encontraremos a cuarenta millas de nuestro punto de partida y moviéndonos a una
media de ochenta. Como recordarán, en el espacio no existe fricción, de modo
que cuando uno comienza a moverse ya no se detiene. Quedarán sorprendidos
ustedes cuando les diga la velocidad a la que se mueve nuestra nave velera al
final de un día de recorrido. ¡Casi dos mil millas por hora! Y si parte de una
órbita circunterrestre, como desde luego ha de hacerlo— puede alcanzar la
velocidad de escape en un par de días. ¡Y todo ello sin quemar una sola gota de
combustible!
Bueno, lo cierto es que al final convenció a todos,
hasta a los de la Cosmodine. En el transcurso de los veinte últimos años había
nacido un nuevo deporte, llamado "el deporte de los
multimillonarios", lo cual era verdad... pero estaba empezando a rendir en
publicidad y televisión. En esta carrera se jugaban el prestigio cuatro
continentes y dos mundos, y tenía la mayor audiencia conocida en la historia.
La salida del Diana había sido buena; llegó el
momento de echar un vistazo a los contrincantes. El movimiento era suave. No
obstante, haber unos parachoques absorbentes entre la cápsula de mando y el
delicado aparejo, estaba resuelto a no correr riesgo alguno. Merton se colocó
ante el periscopio.
Allá estaban sus competidores, semejantes a
extrañas flores de plata, plantadas en los oscuros campos del espacio. El yate
más próximo, el Santa María, se hallaba sólo a cincuenta millas; parecía la
cometa de un niño... pero una cometa de más de una milla de lado. Más lejos, el
Lebedev, de la Universidad de Astrogrado, daba la impresión de una cruz de
Malta, al parecer las velas que formaban los cuatro brazos podían ser
inclinadas para fines de gobierno. En contraste, el Woomera, de la Federación
de Australasia, era un simple paracaídas de cuatro millas de circunferencia. El
Arachné, de la
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Sociedad General de Astronáutica, semejaba —como
indicaba su nombre— una tela de araña... y había sido construida de acuerdo con
el mismo principio, mediante lanzaderas-robot, trazando espirales desde un
punto central. El Gossamer, de la Corporación Euroespacial, era de diseño
idéntico, aunque a escala ligeramente más reducida. Y el Sunbeam, de la
República de Marte, era un anillo liso, con un boquete de media milla de
anchura en el centro, que giraba lentamente de forma que la fuerza centrifuga
le daba rigidez. Merton estaba completamente seguro de que los coloniales se
encontrarían en dificultades cuando empezaran a dar la vuelta.
Pero esto no ocurriría hasta dentro de otras seis
horas, cuando los yates hubiesen recorrido el primer cuarto de su lenta y
majestuosa órbita de veinticuatro horas. Aquí, al comienzo de la carrera, todos
marchaban en línea recta alejándose del sol... corriendo, por decirlo así,
impulsados por el viento solar. Había que cubrir la etapa mayor antes de que
los yates se ladeasen al otro lado de la Tierra y enfilaran de nuevo rumbo al
Sol.
Era el momento de hacer la primera comprobación—se
dijo Merton— cuando no existía ninguna dificultad. A través del periscopio
efectuó un minucioso examen de la vela, concentrándose en los puntos donde se
sujetaba el aparejo. Los cabos de los obenques —estrechas tiras de película
plástica— habrían resultado completamente invisibles de no
estar revestidos de pintura fluorescente. Ahora
eran tensas líneas de luz coloreada, que se desvanecía en cientos de metros en
dirección a la gigantesca vela. Cada cual tenía su
propia cabria no mucho mayor que el carrete de una
caña de pescar. Las pequeñas cabrias giraban continuamente cobrando o amollando
cabos, mientras el piloto automático mantenía la vela en ángulo correcto
respecto al Sol.
Era maravilloso contemplar el juego de la luz solar
sobre el gran espejo flexible. Ondulaba en lentas y majestuosas oscilaciones,
enviando a la periferia múltiples imágenes del Sol mientras navegaba a través
de los cielos, hasta que se desvanecían en los bordes de la vela. En aquella
vasta y tenue estructura eran de esperarse tales pausadas vibraciones; por lo
general inofensivas, aunque Merton las vigilaba cuidadosamente, ya que podía
provocar las catastróficas ondulaciones llamadas culebreos, que podían desgarrar
y destrozar una vela.
Una vez hubo comprobado que todo estaba en orden,
movió el periscopio en torno al firmamento, para comprobar de nuevo la posición
de sus rivales. Era la que esperaba: había empezado el proceso de selección y
las embarcaciones menos buenas quedaban rezagadas. Pero la prueba real
comenzaría cuando pasaran ante la sombra de la Tierra; entonces, la
maniobrabilidad contaría tanto como la velocidad.
Aunque pudiera parecer raro pensar en eso ahora que
sólo había comenzado la carrera, podría ser una buena idea echar una
cabezadita. Las tripulaciones de dos hombres de las otras embarcaciones podían
hacerlo por
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turno, pero Merton no tenía a nadie para relevarle.
Tenía que fiarse de sus propios recursos físicos... como aquel otro navegante
solitario, Eloshua Slocum, en su pequeño Spra~. El patrón americano
circunnavegando la Tierra, a buen seguro no soñaría siquiera con que dos siglos
después otro hombre navegaría sin ayuda de la Tierra hacia la Luna...
inspirado, por lo menos en parte, en su ejemplo.
Merton sujetó en torno a su cintura y piernas las
correas elásticas del asiento de la cabina y se colocó en la frente los
electrodos del inductor de sueño. Puso el despertador para dentro de tres horas
y se relajó.
Suave e hipnóticamente, las pulsaciones
electrónicas latieron en los lóbulos frontales de su cerebro. Abigarradas
espirales luminosas se expandieron bajo sus cerrados párpados, extendiéndose
hacia el infinito. Luego, nada...
El estridente tintineo metálico del timbre de
alarma lo arrancó de su dormir sin sueños; se despabiló al instante y su mirada
escudriñó el panel instrumental. Solo habían pasado dos horas... pero una luz
roja fulguraba en el acelerómetro. El impulso descendía, el Diana iba perdiendo
potencia.
Lo primero que pensó Merton fue que algo le había
ocurrido a la vela-quizás habían fallado los dispositivos estabilizadores y se
había doblado el aparejo. Comprobó rápidamente los contadores que median la
tensión en los cabos de los obenques. Era raro, en una parte de la vela su
anchura era normal... mientras que en la otra el tirón decrecía lentamente
aunque a ojos vistas.
Adivinando la verdad de pronto, cogió el
periscopio, lo enfocó con visión de gran campo v empezó a escudriñar el borde
de la vela. Sí... allá estaba la avería, y sólo podía tener una causa.
Una sombra inmensa y de recortados bordes había
comenzado a deslizarse a través de la reluciente plata de la vela. La oscuridad
iba cayendo sobre el Diana, como si una nube se cruzara entre el yate y el sol.
Y en la oscuridad, privado de los rayos que lo impulsaban, perdería toda fuerza
y derivaría sin remedio por el espacio. Pero, naturalmente, allí, a más de
veinte mil millas sobre la Tierra, no había ninguna nube. Si se proyectaba
alguna sombra tendría que ser artificial.
Merton hizo una mueca al dirigir el periscopio
hacia el Sol, después de acoplarle los filtros que le permitieron mirar de
lleno su fulgurante rostro sin quedar cegado.
—Maniobra 4-a—murmuró para sí—. Ya veremos quién
puede jugar mejor este juego.
Parecía como si un planeta gigante pasara en aquel
momento ante la cara del sol. Un gran disco negro había mordido profundamente
su borde. A veinte millas a popa, el Gossamer intentaba crear un eclipse
artificial... especialmente destinado al Diana.
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La maniobra fue perfectamente legítima en los
lejanos tiempos de las competiciones oceánicas, los patrones intentaban a
menudo taparse mutuamente el viento. Con un poco de suerte se podía dejar en
calma chicha a un rival, con sus velas colgando flácidas... y adelantándosele
antes de que pudiera reparar el daño.
Merton no pensaba en modo alguno dejarse atrapar
con tanta facilidad. Tenía aún bastante tiempo para llevar a cabo una acción
evasiva. Las cosas discurrían muy lentamente cuando se viajaba en un velero
solar. Transcurrirían por lo menos veinte minutos antes de que el Gossamer
pudiera deslizarse por completo ante el Sol y dejarle en la oscuridad.
El minúsculo computador del Diana —del tamaño de
una caja de cerillas, pero equivalente por su eficacia a mil matemáticos
humanos— consideró el problema durante un segundo y seguidamente relampagueó la
respuesta. Tenía que abrir los paneles de mando tres y cuatro, hasta que la
vela adquiriese una inclinación extra de veinte grados; luego, la presión de la
radiación le alejaría de la peligrosa sombra del Gossamer y le devolvería a
plena luz del Sol. Era una lástima interferir en el piloto automático, que había
sido cuidadosamente programado para dar el curso más rápido posible...
después de todo, para eso estaba allí. Aquello era
lo que hacía de la regata solar más deporte que una batalla de computadoras.
Los cabos de mando exteriores del uno al seis
ondulaban voluptuosos como somnolientas serpientes al perder momentáneamente su
tensión. A dos millas, los paneles triangulares empezaron a abrirse con pereza,
derramando luz solar por la vela. Sin embargo, durante largo rato nada pareció
suceder. Resultaba difícil acostumbrarse a aquel mundo de lento movimiento en
el que transcurrirían varios minutos antes de que pudieran hacerse visibles los
efectos de cualquier acción. Merton comprobó poco después que efectivamente la
vela iba inclinándose hacia el Sol... y que la sombra del Gossamer se apartaba,
su cono de oscuridad perdido en la más profunda noche espacial.
Mucho antes de que se desvaneciese la oscuridad y
se hiciera visible de nuevo el disco del Sol, invirtió la inclinación y
entonces el Diana recuperó su rumbo. El nuevo impulso le llevaría fuera del
peligro; no convenía exagerarlo, y si se hacía excesivamente a un lado
trastocaría sus cálculos. Era otra regla que resultaría difícil de aprender por
experiencia. En el espacio tan pronto como se iniciaba un movimiento había que
empezar inmediatamente a detenerlo.
Volvió a disponer la alarma para la siguiente
emergencia natural o artificial-quizás el Gossamer, o alguno de los otros
competidores, intentase de nuevo el mismo truco. Había llegado entretanto la
hora de comer, aún cuando no tenía mucha hambre. Se gastaba poca energía física
en el espacio, y era fácil olvidarse de la comida. Fácil... y peligroso, porque
si se presentaba una emergencia era posible que se careciera de las reservas
físicas necesarias para afrontarla.
Abrió el primero de los paquetes de alimentos e
inspeccionó su contenido sin entusiasmo. El nombre de la etiqueta
"Bocadillos Espaciales" invitaba ya a dejarlo para otro momento. Y
tenía serias dudas sobre la promesa que se leía
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abajo: Garantizado el no desmigajamiento. Se decía
que las migajas constituían para los vehículos espaciales un peligro mayor que
los meteoritos. Podían verse arrastradas a los sitios más inverosímiles y
provocar cortocircuitos, bloquear chorros vitales y penetrar en instrumentos
que se suponía debían estar herméticamente cerrados.
Sin embargo, las salchichas de hígado se las zampó
bastante bien, así como el chocolate y el puré de piña. El envase de plástico
con el café estaba calentándose en el hornillo eléctrico cuando el mundo
exterior irrumpió en su soledad. Le llamaba el operador de radio de la lancha
del Comodoro.
—¿Doctor Merton? Si dispone usted de tiempo, Jeremy
Blair desearia intercambiar unas cuantas palabras con usted.
Blair era uno de los más acreditados comentaristas
de noticias y Merton había intervenido varias veces en su programa. Podía
negarse a ser entrevistado, desde luego, pero apreciaba a Blair y, como es
natural, en aquel momento no podía esgrimir la excusa de estar demasiado
ocupado.
—De acuerdo—respondió.
—Hola, doctor —dijo el comentarista—. Me alegro de
que me conceda unos minutos. Y enhorabuena... por ir usted a la cabeza de la
competición.
—Es demasiado pronto para asegurarlo. El juego no
ha hecho más que empezar, como quien dice—respondió cautamente Merton.
—Dígame, doctor... ¿por qué decidió usted tripular
solo el Diana? ¿Acaso porque no se ha hecho nunca antes?
—Bueno, ¿no seria una excelente razón? Pero no ha
sido la única. —Hizo una pausa, escogiendo cuidadosamente las palabras—. Ya
sabe usted hasta qué punto el comportamiento de un yate solar depende de su
masa. Un segundo hombre a bordo, con todo su equipo, significaría otras
quinientas libras. Eso podría suponer fácilmente la diferencia entre ganar o
perder.
—¿Está usted completamente seguro de que puede
manejar solo al Diana?
—Razonablemente seguro, gracias a los mandos
automáticos que he diseñado. Mi tarea principal consiste en la supervisión y en
tomar decisiones.
—Pero... ¡dos millas cuadradas de vela! ¡No parece
posible que un hombre pueda arreglárselas con todo esto!
Merton rió.
—¿Por qué no? Esas dos millas cuadradas producen un
máximo tirón de sólo diez libras. Puedo hacer más fuerza con mi dedo meñique.
—Bien, gracias doctor. Y buena suerte.
7
Al terminar su transmisión el comentarista, Merton
se sintió algo avergonzado de sí mismo, pues su respuesta había sido sólo parte
de la verdad y estaba seguro de que Blair
era lo bastante listo como para saberlo.
Había una razón suprema por la que estaba allí solo
en el espacio. Durante casi cuarenta años había trabajado con un equipo de
cientos e incluso miles de hombres, ayudando a diseñar los vehiculos más
complejos del mundo. En los últimos veinte años había dirigido uno de esos
equipos y visto volar sus creaciones hacia los astros. Sufrió fracasos que
nunca olvidaria, aún cuando él no hubiese tenido la culpa. Era famoso con una
carrera de éxitos tras de sí. Sin embargo, nunca había hecho nada por sí mismo;
siempre había sido uno de los miembros de un ejército.
Esta era su auténtica y última oportunidad de
conseguir un éxito individual y no lo quería compartir con nadie. No habría más
competiciones de yates solares por lo menos durante cinco años, pues de momento
tocaba a su fin el período de calma del Sol y comenzaría el ciclo del mal
tiempo, con tormentas de radiación estallando a través del sistema solar. Y
para cuando, de nuevo, estuviera él en disposición de aventurarse, sería
demasiado viejo. Si es que no lo era ya...
Tiró los envases vacíos de los alimentos al
dispositivo de desperdicios y volvió de nuevo al periscopio. Al principio sólo
pudo divisar a cinco de los yates rivales; no había señal alguna del Woomera.
Tardó varios minutos en localizarlo... como un vago fantasma ocultando la luz
de las estrellas prendido en la sombra del Lebedev. Pudo imaginar los
frenéticos esfuerzos que estarían realizando los australianos para zafarse de
la sombra, y se preguntó cómo habrían podido caer en la trampa. Aquello
significaba que el Lebedev era extraordinariamente maniobrable; habría que
vigilarlo, aún cuando estuviese demasiado lejos como para amenazar al Diana por
el momento.
Entretanto, la Tierra casi se había desvanecido,
hasta convertirse en un diminuto y brillante arco luminoso que se movía
constantemente hacia el Sol. Opacamente perfilado contra aquel arco se veía el
hemisferio nocturno del planeta, con los puntos fosforescentes de las grandes
ciudades acá y allá, a través de los resquicios que dejaban las nubes. El arco
de oscuridad había ya borrado una inmensa sección de la Vía Láctea; dentro de
pocos minutos iniciaría su intrusión en el Sol.
La luz se iba amortiguando. Un halo crepuscular
púrpura —el resplandor de muchas puestas de sol a miles de millas por
debajo—tendiase la vela, al deslizarse el Diana silenciosamente hacia la sombra
de la Tierra. El Sol se desplomaba por aquel invisible horizonte. Súbitamente
cayó la noche.
Merton miró hacia atrás, a lo largo de la órbita
que había trazado, ya a un cuarto de trayecto en torno a la Tierra. Una a una
vio titilar las brillantes estrellas de los otros yates que se habían unido a
él en la breve noche. Transcurriría una hora antes de que el Sol surgiera de
aquel enorme escudo
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negro, y durante todo ese tiempo los yates
quedarían completamente desvalidos, deslizándose a la deriva, sin energía
impulsora.
Encendió el reflector exterior y barrió con su haz
la ya oscurecida vela. Los miles de acres de plástico empezaban a arrugarse y a
quedar flácidos; los cabos de los obenques se estaban aflojando y había que
procurar que no se enredaran, Pero aquello no era nada inesperado, todo
marchaba de acuerdo con lo previsto.
A cincuenta millas a popa, el Arachné y el Santa
María no tenían tanta suerte. Merton supo de sus dificultades cuando sonó la
radio en el círculo de emergencia.
—Número Dos, Número Seis... aquí Control. Marchan
en derrota de colisión. Sus órbitas se interseccionarán en sesenta y cinco
minutos. ¿Necesitan ayuda?
Se abrió una larga pausa mientras los dos patrones
digerían estas malas noticias. Merton se preguntó a quién habría que censurar;
quizás un yate había tratado de ensombrecer al otro y no había completado la
maniobra antes de entrar ambos en la oscuridad. Y no había tampoco nada que
pudieran hacer; iban convergiendo, lenta, pero inexorablemente, incapaces de
variar el rumbo ni en una fracción de grado.
Sin embargo... ¡sesenta y cinco minutos! Eso les
sacaría de nuevo a la luz del Sol, al salir de la sombra de la Tierra. Aún
tenían una ligera probabilidad, si es que sus velas podían captar la energía
suficiente para evitar la colisión. A bordo del Arachné y del Santa María sus
tripulantes debían estar entregados a frenéticos cálculos.
El primero en responder fue el Arachné y su
contestación fue exactamente la que Merton había esperado.
—Número
Seis llamando a
Control. No necesitamos
ayuda, gracias.
Resolveremos la situación nosotros mismos.
"Me extraña", pensó Merton. Pero al menos
sería interesante presenciarlo. El primer drama real de la carrera se estaba
aproximando... exactamente sobre la línea de media-
noche de la durmiente Tierra.
Durante la hora siguiente, su propia vela mantuvo a
Merton demasiado ocupado como para preocuparse del Arachné y del Santa María.
Resultaba difícil gobernar bien aquellos cincuenta millones de pies cuadrados
de plástico inmerso en la oscuridad e iluminado sólo por su pequeño reflector y
los rayos de la aún distante Luna. De ahora en adelante y durante casi media
órbita en torno a la Tierra, debía mantener toda aquella inmensa superficie
enfocada hacia el Sol. Durante las próximas doce o catorce horas, la vela sería
un estorbo inútil, porque él se hallaría proa al Sol y sus rayos únicamente
podían impulsarle hacia atrás, a lo largo de su órbita. Era una lástima que no
pudiese
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plegar completamente la vela hasta estar en
condiciones de emplearla de nuevo. Pero nadie había descubierto todavía una
manera práctica de hacerlo.
Allá abajo despuntaba la primera pincelada del
alba, a lo largo del borde de la Tierra. Dentro de diez segundos emergería el
Sol de su eclipse y los yates que iban deslizándose por el impulso adquirido
cobrarían nueva vida en cuanto la ráfaga de radiación alcanzara sus velas. Este
seria el momento de crisis para el Arachné y el Santa María... y, en realidad,
para todos.
Merton giró el periscopio hasta detenerse en las
dos sombras que marchaban a la deriva con las estrellas por fondo. Ambas
embarcaciones estaban muy juntas... quizás a una distancia entre sí de menos de
tres millas. Podría, pensó, reequilibrarse la situación.
El alba fulguró como una explosión a lo largo de la
Tierra, al levantarse el sol sobre el Pacífico. Las velas y cabos y obenques
brillaron carmesíes brevemente, para teñirse después de oro y destellar luego
con la llamarada de la pura y blanca luz del día. Las agujas del dinamómetro
empezaron a alejarse de su cero... pero sólo un poco. El Diana permanecía aún
casi ingrávido pues, con la vela apuntando al Sol, su aceleración era ahora
sólo de unas millonésimas de gravedad.
Pero el Arachné y el Santa María trataban de que su
vela ejerciera la máxima fuerza en su desesperado intento de mantenerse
separados. Ahora, a menos de dos millas entre sí, se desplegaban con angustiosa
lentitud sus nubes de plástico al sentir el primer delicado empuje de los rayos
del Sol. Casi todas las pantallas de televisión de la Tierra estarían
presenciando aquel prolongado drama y era imposible predecir, ni siquiera en el
último minuto, cuál iba a ser el desenlace.
Los patrones eran hombres obstinados. Cada uno de
ellos podría haber arriado sus velas y rezagado para dar al otro una
oportunidad; pero ninguno de los dos quería hacerlo. Se hallaba en juego
demasiado prestigio, demasiados millones y demasiadas reputaciones. Y así,
silenciosa y suavemente, como copos de nieve cayendo en una noche invernal, el
Arachné y el Santa María chocaron.
La cometa cuadrada serpenteó casi
imperceptiblemente dentro de la tela de araña circular; las largas tiras de los
cabos de los obenques se retorcieron y enzarzaron con la lentitud de un sueño.
Y hasta a bordo del Diana, Merton, ocupado en su propio aparejo, apenas pudo
apartar la vista de aquel silencioso desastre.
Durante más de diez minutos siguieron emergiendo,
en inextricable masa, las nubes ondulantes y brillantes. Luego se soltaron las
cápsulas de la tripulación y cada una se fue por su lado, separadas por
centenares de metros. Con un destello de cohetes, las lanchas de salvamento se
apresuraron a ir a recogerlas.
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"Quedamos cinco", pensó Merton. Sintió
pena de aquellos patrones que se habían eliminado mutuamente. Sólo pocas horas
después del comienzo de la carrera, pero eran jóvenes y ya tendrían otra
oportunidad.
En unos minutos los cinco se redujeron a cuatro.
Merton había dudado desde el comienzo de la capacidad viradora del Sunbeam.
Ahora se veían justificadas sus dudas.
El yate marciano había fallado en girar
adecuadamente; su giróscopo le había dado demasiada estabilidad. Su gran anillo
de vela se volvía cara al Sol, en vez de hallarse de canto. Estaba siendo
devuelto hacia atrás según su trayectoria casi a la máxima aceleración.
Era lo más desastroso que podía ocurrirle a un
patrón... peor aún que una colisión; pero sólo podía reprochárselo a sí mismo.
Mas nadie sintió mucha simpatía hacia los fracasados coloniales, cuando
desaparecieron lentamente a popa. Sus declaraciones fueron en exceso
jactanciosas antes de la carrera y lo que les pasaba tenía todo el carácter de
unajusticia poética.
Sin embargo, eso no eliminaba del todo al Sunbeam.
Con casi media milla de recorrido aún por cubrir, podía seguir adelante e
incluso en el caso de que hubiesen más bajas, ser el único en acabar la
carrera. No seria la primera vez que ocurriese.
Las siguientes doce horas transcurrieron sin
novedad; la Tierra asomaba su creciente en el firmamento. Había poco que hacer
mientras la flota derivaba en torno a la mitad sin energía de su órbita, pero
Merton no encontró el tiempo ni pesado ni enojoso. Durmió unas cuantas horas,
efectuó dos comidas, escribió su "Diario" de vuelo y fue el
protagonista de algunas entrevistas más por radio. En raras ocasiones hablaba a
los otros patrones con los que intercambiaba saludos y amistosas bromas. Pero la
mayor parte del
tiempo se sentía contento de flotar en ingrávido
relajamiento, apartado de las cuitas de la Tierra, más feliz de cuanto lo había
sido en muchos años. Era —tanto como un hombre
podía serlo en el espacio—dueño de su propio
destino, gobernaba la nave en la que había derrochado habilidad, pericia y
amor, que había llegado a convertirse en una parte de su propio ser.
El siguiente accidente se produjo cuando cruzaban
la línea entre la Tierra y el Sol e iniciaban la mitad energética de la órbita.
A bordo del Diana, Merton vio como se ponía rígida la gran vela al ladearse
para captar los rayos impelentes. La aceleración empezó a subir desde las
microgravedades, aunque pasarían aún horas antes de que alcanzara su grado
máximo.
Nunca sería alcanzado por el Gossamer. Siempre es
crítico el momento en que la energía vuelve a manifestarse, y aquella nave no
pudo sobrepasarlo.
El comentarista Blair puso en guardia a Merton con
nuevas noticias.
—¡Hola, Gossamer, está culebreando!
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Se precipitó el periscopio, pero no pudo ver nada
de particular en el gran disco circular de la vela del Gossamer. Era difícil
distinguirla, pues estaba casi de canto con respecto a él; y parecía como una
tenue elipse; luego pudo ver que aleteaba en irresistibles oscilaciones. Si la
tripulación no lograba dominar aquellas ondas, la vela se destrozaría.
Pusieron en ello todo su empeño, al cabo de veinte
minutos parecían haberlo logrado. De pronto, en alguna parte del centro de la
vela, comenzó a rasgarse la película de plástico que fue impelida lentamente al
exterior a causa de la presión de la radiación, lo mismo que ocurre con la
voluta de humo de una fogata. Y en el lapso de un cuarto de
hora sólo quedaba el delicado trazado de los
espolones radiales que habían soportado la gran trama. Vióse de nuevo un
destello de cohetes, al trasladarse una lancha a recuperar la cápsula del
Gossamer y a su abatida tripulación.
—Nos estamos quedando solos acá arriba, ¿no es así?
—oyóse una voz en la onda de comunicaciones de embarcación a embarcación.
—Usted no, Dimitri—replicó Merton—. Aún tiene
compañía allá al final del campo. Yo soy el único solitario aquí delante.
No era jactancia. Por entonces, el Diana se hallaba
a tres millas por delante de su inmediato seguidor y su ventaja aumentaría con
mayor rapidez todavía en las horas siguientes.
A bordo del Lebedev, Dimitri Markoff lanzó una
risita maliciosa. No parecía en absoluto ser hombre que se resignara a la
derrota.
—Recuerde la fábula de la tortuga y la
liebre—respondió el ruso—. En el próximo cuarto de millón de millas pueden
suceder muchas cosas.
Y, en efecto, la primera ocurrió mucho antes que
eso, cuando completaban la primera órbita a la Tierra atravesando de nuevo la
línea de salida... aunque a miles de millas más arriba, gracias a la energía
extra que les habían procurado los rayos solares. Merton se entretuvo fijando
la posición de los demás yates y puso las cifras en la computadora. La
respuesta que éste dio para el Woomera era tan absurda que efectuó
inmediatamente una nueva comprobación.
No cabía duda... los australianos estaban
adquiriendo una velocidad fantástica. Tal vez ningún yate solar podía alcanzar
tal aceleración, a menos que...
Una rápida mirada por el periscopio dio la
respuesta: el aparejo del Woomera, reducido a su mínima expresión de masa,
había cedido. Era sólo la vela, que conservaba aún su forma, la que corría
desbocada tras él, lo mismo que un pañuelo arrastrado por el viento. Pero mucho
antes de eso los australianos se habían unido ya a la incrementada tripulación
que se encontraba a bordo de la lancha del comodoro.
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Así pues, ahora quedaba campo libre entre el Diana
y el Lebedev, puesto que aunque los marcianos no habían abandonado, se
encontraban a mil millas a popa, y no supondrían ya una seria amenaza si
llegara el caso. Era difícil ver lo que podría hacer el Lebedev para sustituir
al Diana en la cabeza de la carrera. Lo cierto es que durante todo el trayecto
de la segunda vuelta—de nuevo subiendo el eclipse y el largo y lento derivar
contra el Sol—Merton sintió una creciente inquietud.
Conocía a los pilotos y diseñadores rusos. Durante
veinte años habían estado tratando de ganar aquella carrera, y, después de
todo, sería justo que lo lograsen; ¿acaso no había
sido Pyotr Nikolyevich Lebedev el primero en
detectar la presión de la luz del Sol, ya en el mismo comienzo del siglo XX?
Sin embargo, no lo habían conseguido nunca.
Y tampoco dejarían jamás de seguir intentándolo.
Dimitri estaba urdiendo algo... algo que seria espectacular.
A bordo de la lancha oficial, a mil millas detrás
de los yates concursantes, el comodoro Van Stratten miró el radiograma con
enojo y consternación. El mensaje había recorrido más de cien millones de
millas, desde la cadena de observatorios solares que colgaban sobre la ígnea
superficie del Sol, y traía las peores noticias que pudieran imaginarse.
El comodoro —título meramente honorario, ya que en
la Tierra era profesor de Astrofísica en Harvard—casi las había estado
esperando. Nunca hasta entonces se había organizado la carrera en época tan
tardía; habían sido muchas las demoras, se habían arriesgado y ahora podían
perderlo todo. Muy abajo de la superficie del Sol se estaban agrupando enormes
fuerzas. En cualquier momento podía producirse una espantosa explosión que
liberaría la energía de un millón de bombas de hidrógeno. Un invisible globo de
fuego, de muchas veces el tamaño de la Tierra, remontándose a millones de
millas por hora, brotaría del Sol y bombardearía el espacio.
Probablemente la nube de gas electrificado marraría
por completo la Tierra. Sea como fuere llegaría allí en sólo un día. Las
astronaves podrían protegerse de ello gracias a su blindaje y a su poderosa
pantalla magnética. Pero los yates solares, de ligera construcción, con sus
tenues cascos, se hallaban indefensos contra tal amenaza. Habría que sacar de
ellos a las tripulaciones y abandonar la carrera.
John Merton no sabía aún nada de esto cuando
dirigía al Diana por segunda vez en torno a la Tierra. Si todo iba bien, aquel
seria el último circuito, tanto para él como para los rusos. Había trazado una
espira de miles de millas en lo alto, tomando los rayos solares. En esta etapa
habían de escapar por completo de la Tierra... y poner rumbo al exterior,
en el largo trayecto a la Luna. A partir de aquí
sería una carrera directa. La tripulación del Sumbeam había acabado por
retirarse agotada, tras haber luchado valientemente con su vela giroscópica
durante más de cien mil millas.
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Merton no se sentía cansado; había comido y dormido
bien y el Diana se estaba comportando admirablemente. El piloto automático,
tensando el aparejo como una pequeña y laboriosa araña, mantenía la gran vela
orientada al Sol con más precisión que cualquier patrón humano. Aunque por
entonces las dos millas cuadradas de plástico habían sido acribilladas ya por
centenares de micrometeoritos, los pinchazos del tamaño de la cabeza de un
alfiler no habían conseguido aún que disminuyera su impulso
Pero le preocupaban dos cosas; La primera de ellas,
el cabo del obenque número seis, que no podía ser ya ajustado debidamente. Sin
señal previa alguna, el carrete se había atascado, a pesar de todos los
adelantos de ingeniería astronáutica, los soportes se agarrotaron en el vacío.
No podía lascar ni recoger el cabo, por lo cual habría de limitarse a navegar
lo mejor posible con los demás. Afortunadamente, ya había realizado las
maniobras más difíciles. En adelante, el Diana tendría al sol detrás y navegaría
directamente con el viento solar. Y, como los antiguos marinos dijeron a
menudo, es fácil manejar una embarcación cuando el viento sopla por encima del
hombro.
Su otra preocupación era Lebedev que seguía
pisándole los talones a trescientas millas a popa. El yate ruso había mostrado
una extraordinaria maniobrabilidad, gracias a los cuatro grandes paneles que
podían ser inclinados en torno a la vela central. Todos sus movimientos, al
circunvalar la Tierra, habían sido efectuados con enorme precisión, mas para
ganar en maniobrabilidad, había tenido que sacrificar velocidad. No podían
conseguirse ambas cosas. En el largo y recto recorrido que quedaba, Merton
debía mantener su velocidad. Sin embargo, no podría estar seguro de la victoria
hasta dentro de tres o cuatro días. El Diana pasó como una exhalación ante el
extremo opuesto de la Luna.
Y de pronto, a las cincuenta horas de carrera, a
punto de cumplirse ya la segunda órbita en torno a la Tierra, Markoff soltó su
pequeña sorpresa.
—Hola John —dijo despreocupadamente por el circuito
de embarcación a embarcación—. Me gustaría que viese esto. Podría parecerle
interesante.
Merton se volvió hacia el periscopio y le dio el
máximo aumento. Allá, en el campo visual, formando un espectáculo de lo más
inverosímil contra el fondo estrellado, se veía la reluciente cruz maltesa de
Lebedev, muy pequeña, pero muy nítida.
Mientras la contemplaba, los cuatro brazos se
despegaron del cuadro central y fueron de
espacio con todos sus espolones y aparejos. Markoff
había soltado toda la masa innecesaria, ahora estaba alcanzando la velocidad de
escape y no necesitaba ya navegar pacientemente en torno a la Tierra, ganando
ímpetu de movimiento a cada circuito. En adelante, el Lebedev sería casi
ingobernable...
pero eso no tenía importancia. Todo el velamen
había quedado tras él. Era como si un patrón de yate de los antiguos tiempos
arrojara por la borda cuanto
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le pareciese inservible, sabedor de que iba viento
en popa por un mar en calma.
—Enhorabuena, Dimitri—radió Merton—. Es un buen
arte. Pero no lo suficiente... no le bastará para darme alcance.
—¡Oh, todavía no he acabado! —respondió el ruso—.
Cuentan en mi país un antiguo relato sobre un trineo perseguido por los lobos.
Para salvarse, el conductor se va desprendiendo, uno tras otro, de todos los
pasajeros. ¿Ve usted la analogía?
Merton lo comprendió muy bien. En su etapa final,
Dimitri no necesitaba ya de un copiloto. En realidad el Lebedev podía ser
desmantelado por la acción.
—Alexis no estará muy conforme con ello—replicó
Merton—. Además, va contra las reglas.
—Desde luego, Alexis no está conforme, pero yo soy
el capitán. Sólo tendrá que esperar diez minutos por ahí hasta que el comodoro
le recoja. Y en cuanto a las reglas, no dicen
nada sobre el número de tripulantes... usted
debería saberlo.
Merton no respondió. Estaba demasiado ocupado
realizando algunos presurosos cálculos, basados en lo que sabía del diseño del
Lebedev. Al terminar. comprendió que la pelota estaba aún en el alero. El
Lebedev le alcanzaría en el momento en que él esperaba pasar ante la Luna.
Pero el resultado de la carrera empezaba a
decidirse ya, a noventa y dos millones de millas de allí.
En el Observatorio Solar Tres, muy en el interior
de la órbita de Mercurio, los instrumentos automáticos registraron la historia
de la llamarada: Cien millones de millas cuadradas de la superficie del Sol
explotaron de súbito furiosamente; la inmensa llamarada blanquiazul hizo que el
resto del disco palideciera hasta adquirir un opaco fulgor. Fuera de aquel
hirviente infierno, retorciéndose y girando como un ser viviente en los campos
magnéticos de su propia creación, se remontaba el plasma electrificado de la
inmensa llamarada. Delante de ella, moviéndose a la velocidad de la luz
marchaba el fogonazo indicador de los rayos ultravioleta y X. Aquello
alcanzaría la Tierra en ocho minutos, y era relativamente inofensivo. No así
los cargados átomos que seguían detrás, a su pausada velocidad de cuatro
millones de millas por hora...
y que, en el lapso de un día, anegarían al Diana y
al Lebedev y a su pequeña flota acompañante con una nube de radiación letal.
El comodoro aplazaba su decisión para el último
minuto. Aún cuando el chorro de plasma había sido rastreado ante la órbita de
Venus, existía una probabilidad de que no diera con la Tierra. Pero cuando
estuvo a menos de cuatro horas y fue captado por la red de radar con base en la
Luna, vio que no había esperanza alguna. Toda navegación solar quedaba ya
descartada para los próximos cinco o seis años, hasta que el Sol se calmara de
nuevo.
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Un gran suspiro de desilusión se extendió a través
del Sistema Solar. El Diana y el Lebedev se hallaban a medio camino entre la
Tierra y la Luna, en un codo a codo... y ahora nadie podría saber cuál de las
dos era la mejor. Los entusiastas discutirían el resultado durante años; la
historia simplemente: "Carrera suspendida a causa de una tormenta
solar".
John Merton, al recibir la orden, sintió una
amargura que no había conocido desde la niñez. A través de los años veía
instintivamente el recuerdo de su décimo cumpleaños. Le habían prometido un
modelo exacto, a escala, de la famosa astronave Morning Star, y durante semanas
había estado pensando en cómo la montaría y dónde la colgaría de su dormitorio.
Pero luego, en el último momento, su padre destruyó sus ilusiones. "Lo
siento, John... cuesta demasiado dinero. Tal vez el año próximo".
Medio siglo después, volvía a ser un chico con el
corazón destrozado.
Por un momento pensó en desobedecer la orden. ¿Y si
navegando hacía caso omiso de lo dispuesto? Y si aún abandonado continuara la
carrera, podría efectuar un cruce hasta la Luna que quedaría inscrito en los
anales durante generaciones.
Pero aquello sería peor que una estupidez. Seria un
suicidio... una forma muy desagradable de suicidio. Había visto a hombres morir
víctimas de la radiación, al fallar en el espacio el blindaje magnético de sus
naves. No... no merecía la pena atreverse a tanto.
Lo sintió por Dimitri Markoff tanto como por sí
mismo; ambos habían merecido ganar, y al final la Victoria no sonreiría a
ninguno de los dos. Nadie podía discutir con el Sol en uno de sus momentos de
cólera, aún cuando pudiera cabalgar sobre sus haces al borde del espacio.
Sólo a cincuenta millas a popa aparecía la lancha
del comodoro, se dibujaba junto al Lebedev, dispuesta a sacar a su patrón. Allá
fue la vela de plata, cuando Dimitri—con unos sentimientos que él compartía—
cortó el aparejo. La minúscula cápsula sería llevada de nuevo a la Tierra, para
volver a ser empleada... pero una vela se desplegaba sólo para un viaje.
Podría oprimir el botón de eyección y ahorrar a sus
rescatadores unos cuantos minutos. Pero no lo hizo. Quería permanecer hasta el
último momento a bordo de la pequeña embarcación que tan gran parte había
tenido en sus sueños en su vida. Desplegó la gran vela en ángulos rectos
respecto al Sol, lo cual le dio mayor impulso. Hacía tiempo le habían
substraído a la Tierra... y el Diana seguía aún ganando velocidad.
De pronto, atropellando todas las dudas y
vacilaciones, en un impulso intuitivo, supo lo que debía hacer. Por última vez
se inclinó ante el computador que había navegado con
él durante medio trayecto hacia ]a Luna.
En cuanto hubo terminado, empaquetó el
"diario" de vuelo y sus pocos enseres personales, y torpemente —pues
estaba desentrenado y no resultaba
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fácil tarea el hacerlo uno mismo— se embutió en el
traje espacial de emergencia. Estaba acabando de cerrar el casco cuando se oyó
por radio la voz del comodoro.
—Estaremos a su lado en cinco minutos. Corte, por
favor, su vela para que no choquemos con ella.
John Merton, primer y último patrón del yate solar
Diana, vaciló por un momento. Por última vez pasó su mirada en torno a la
cabina con sus relucientes instrumentos y sus pulcramente dispuestas palancas
de mando, cerradas ya en su posición final, y luego dijo por el micrófono:
—Estoy abandonando el yate. Dispónganse a
recogerme. El Diana puede cuidar de sí mismo.
No hubo respuesta del comodoro, lo cual agradeció
en su interior. El profesor Van Stratten supuso, sin duda, lo que estaba
ocurriendo y comprendió que deseaba estar solo en aquellos momentos finales.
No se preocupó de vaciar la cámara intermedia, y el
chorro de gas, al escaparse, lo puso en el espacio exterior. El impulso que dio
con ello al Diana era el último presente que le hacía. El yate fue reduciéndose
cada vez más en la distancia con su vela brillando espléndidamente a la luz del
Sol, aquella luz que sería suya durante los siglos. Dos días después pasaría
ante la Luna como una exhalación; pero la Luna, como la Tierra, no podría nunca
aprehenderlo. Sin masa propia que pudiera retardarlo, el yate recorrería dos
mil millas por hora en cada día de vuelo. Y en un mes estaría navegando a una.
velocidad mayor que la de cualquier astronave que el hombre pudiera construir
jamás.
Al debilitarse los rayos del Sol con la distancia,
su aceleración disminuiría. Pero, aún en la órbita de Marte, ganaría mil millas
diarias. Y mucho antes de ello, se movería ya demasiado rápidamente como para
que ni siquiera el propio Sol pudiera apresarle. Más veloz que cualquier cometa
que jamás cruzara los espacios estelares, marcharía directamente al infinito.
El centelleo de cohetes a sólo pocas millas atrajo
la mirada de Merton. La lancha estaba acercándose a una aceleración miles de
veces mayor que la que el Diana pudiera nunca alcanzar. Pero aquellos motores
sólo podían funcionar unos minutos, hasta agotar el combustible... mientras que
el Diana seguiría aumentando su velocidad, impulsado por los eternos rayos del
Sol, en épocas venideras.
—Adiós, pequeña nave—dijo John Merton—. ¿Qué ojos
te volverán a ver, y a cuántos miles de años desde ahora?
Por fin, cuando el romo torpedo de la lancha
apareció junto a él, sintióse en paz. No ganaría nunca la carrera a la Luna,
pero su yate sería la primera nave humana que se hi-
ciera a la vela en el infinito viaje a las
estrellas...

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