© Libro N° 8690. El Niño De Madera. Lane Clifford, Lucy. Emancipación. Junio 5 de 2021.
Título
original: © El Niño De Madera. Lucy
Lane Clifford
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lucy Lane Clifford
El Niño De Madera
Lucy Lane Clifford
No había en toda Suiza un niño más vago e indolente
que Tony. Todos los de su edad trabajaban en algo: cortando leña, recogiendo
flores de montaña de las que se llaman allí «no me olvides», pastoreando
ganado, llevando paquetes a los turistas o sirviéndoles de guía en sus
excursiones. Y entre unas cosas y otras se iban ganando la vida. Pero Tony no
hacía absolutamente nada, y cada vez que su madre intentaba emplearlo en algún
menester, se mostraba tan horrorizado que ella acababa dejándolo por imposible.
Poco a poco, a medida que crecía, se le fue poniendo cara de tonto, como si los
sesos se le hubieran hecho agua. En el pueblo le pusieron de apodo «cabeza de
leño».
—¡Vaya hijo tan inútil que te ha tocado en suerte,
mujer! —le decían las vecinas a su madre—. Tiene la cabeza como un leño.
Y ella se enfadaba. Porque, aunque también a veces
se le escapara llamar a su hijo «pedazo de leño», le molestaba oírlo en boca de
los demás.
—Puede que esté pensando más de lo que parece,
aunque no lo dé a entender —solía contestar.
—¿Y por qué no lo da a entender? Un pensador que no
habla es como un letrero que no señala a ninguna parte, ni tiene escrito nada
para orientar a quien pasa —le dijo un día el viejo Gaspar.
—Primero se hacen los letreros y luego se escriben
las cosas, ¿no? Pues con el habla pasa igual: las palabras que merecen la pena
sólo se dicen después de haberlas pensado mucho. Dejen en paz a Tony, que ya
dirá algún día lo que tenga que decir.
Pero, aunque sacara siempre la cara por él, la
verdad es que la procesión iba por dentro.
—¡Cuánto te quiero, hijo de mi alma! —le decía—.
Siempre tan pálido y con esos ojos abiertos de par en par, como si estuvieras
esperando que las puertas del cielo chirriaran sobre sus goznes para dejarte
ver el interior de su reino. Pero ¿de qué te sirve mirar tanto al cielo, si
resulta que eres tonto y a nadie le sirves de nada? ¡Si hasta a tu propio padre
le agotas la paciencia!
Tony estaba sentado junto a la chimenea y miraba
cómo el fuego empezaba a crepitar y a lamer con sus llamas los costados de un
pote negro que colgaba sobre ellas. Se volvió hacia su madre.
—¿Podría estar contigo y al mismo tiempo lejos? —le
preguntó—. Me encantaría estar lejos.
—¡Válgame Dios! —exclamó su madre—. Pero ¿por qué
quieres estar lejos?
—Porque entonces me volvería pequeñito y me podrías
coger en brazos. Y nadie me estaría pidiendo que haga cosas que no puedo hacer
o que se me olvidan.
—Pero, hijo, ¿qué tiene que ver estar lejos con ser
pequeño?
—Todo el mundo se vuelve pequeño cuando se aleja
—contestó él—. Yo miro muchas veces a la gente que baja por el sendero desde la
casa grande. Según se acercan aquí, se van volviendo cada vez más grandes;
luego pasan por delante de la puerta y siguen hacia el barranco y se van
haciendo pequeñitos, pequeñitos hasta volverse del tamaño de las figuritas de
madera que esculpe papá en el invierno. Y luego cuando vuelven, otra vez
grandes, y cada vez más grandes cuanto más cerca vienen. Sí, me gustaría ser
pequeñito y estar lejos.
—¡Ay, hijo, por Dios, tú eres tonto! —le dijo su
madre—. ¿Te crees que tu padre mengua de tamaño alguna vez? Es un efecto de la
distancia, por eso te parecen pequeños los que pasan; si te acercaras verías
que no han crecido ni han menguado, siguen siendo igual.
Pero Tony meneó la cabeza, como si no estuviera
convencido.
—Pues para mí son pequeños —dijo—. Me gustaría irme
lejos y ser pequeño otra vez para ti, y así no estarías pidiéndome todo el día
que haga esto y lo otro, y enfadándote si se me olvida. Tengo tantas cosas en
la cabeza, que me bajan a los ojos y que no se pueden coger con las manos, no
sirven de nada las manos.
—Claro que sirven, si las usas —dijo ella
suspirando—. Todas las cosas tienen su razón de ser en el mundo, y los chicos
jóvenes y fuertes han nacido para trabajar, para no ser unos inútiles.
Tony se limitó a contestar:
—Pues yo un día me iré lejos de aquí y me volveré
pequeñito.
Salió de la casa y se sentó en un taburete a tomar
el sol a la puerta. Luego se puso a cantar una canción que no se sabe dónde la
habría aprendido porque nadie la conocía, de la misma manera que nadie enseña a
los pájaros a cantar y el trino les brota de su corazón solitario.
«Pobrecillo», se decía tristemente su madre
mientras lo escuchaba. «Y el caso es que no es tonto, a pesar de las tonterías
que dice. O, bueno, si es tonto tiene una voz más dulce que la de todos los
sabios juntos. Cuando la oigo, se me van todos los malos pensamientos, y hasta
puedo perdonar a la mujer de Gaspar por haberme quitado el trabajo de lavarle
la ropa a la señora inglesa. No vale la pena enfadarse por cosas tan pequeñas».
Pero todavía no les he dicho dónde vivía Tony. Su
casa de verano estaba en lo alto de la montaña, dominando un valle lleno de
pequeños prados y de caminos serpenteantes que iban a morir al pie de una
cascada. Caían las aguas de esta cascada por la ladera de la montaña y era como
un sueño que se olvida antes de despertar, porque, aunque la espuma bajaba y
bajaba, nunca llegaba a tocar fondo, espolvoreándose en la luz irisada, en la
cual se desvanecía. A Tony le gustaba mirar la cascada, hacía esfuerzos por tratar
de sentir lo que se figuraba que el agua sentiría, arrebatada por la brisa y
fugada en sus brazos. A veces incluso era casi capaz de imaginarse viajando con
ella, cada vez más lejos, hasta perder la noción de sí mismo, y se imaginaba
fundido con los grandes vientos a cuyo encuentro iba, y diluyéndose en la
lontananza sobre el océano. Por todo el valle se veían dispersos chalets de
montaña alternando con las sombrías casas de madera de los aldeanos. Algunas
estaban construidas sobre pilares, para que el ganado y quienes lo pastoreaban
encontraran allí un lugar para resguardarse de lluvias y tormentas. Otras
tenían grandes piedras encima del tejado para que los vientos fuertes no se
llevaran las tejas. Cuando Tony era pequeño, como todavía no había visto nunca
a un albañil trabajando, creía que aquellas pilastras eran las patas de madera
de las casas, y que apoyándose en ellas habían subido hasta allí cuando todo
estaba oscuro y silencioso por la noche. También creía que las dos ventanitas
de la fachada eran los ojos que les habían servido de orientación en su
ascenso. Le hubiera gustado verlas subir renqueando pasito a paso por los
senderos en zigzag. Cuando se hizo un poco mayor, casi le pareció una ofensa
enterarse de que habían sido construidas por la mano del hombre, allí en aquel
mismo sitio del valle o de la montaña donde seguían estando azotadas por los
vientos y por las lluvias que algún día acabarían con ellas. Había un montón de
escombros en uno de los lados de la montaña, y muchas veces, mirándolo, se
había preguntado de dónde habría salido eso, hasta que al fin lo entendió. Y se
quedó contemplándolo tristemente mientras pensaba en los niños acurrucados
junto al fuego y en los pastores acechando los estragos de la arrasadora
tormenta que se llevaba por delante sus viviendas, convirtiéndolas en un
recuerdo.
Justo encima del chalet de su padre, había una gran
casa de piedra que se llamaba el hotel Alpino, donde numerosos extranjeros
venían a pasar el verano. Aquellas gentes hablaban entre sí en un lenguaje que
Tony no entendía y sentían mucha curiosidad por todos los pueblos de los
alrededores, que les gustaban mucho. Continuamente hacían pequeñas excursiones
para conocer mejor aquellos contornos. A Tony le parecía muy raro que hubieran
viajado desde tan lejos para venir a ver cosas que él conocía desde que nació:
las colinas, los valles, la nieve, la flor de no-me-olvides y la luz del sol
sobre aquella calma infinita. ¿Sería posible que vinieran sólo para eso? A
veces se preguntaba qué más cosas podrían existir más allá del panorama que
contemplaban sus ojos, y qué desconocidas formas tomaría el mundo al
extenderse. Pero no le tentaban por mucho tiempo estas preguntas sobre los
extranjeros o el mundo del que venían. Silencioso y solitario, dejaba que los
días y las noches se escurrieran sobre él, como un nadador que no hace más
esfuerzos que los precisos para mantenerse a flote sin ahogarse. Parecía, en
efecto, que Tony nadaba a través del tiempo; para él, acordarse de un día
cualquiera y separarlo del anterior o del siguiente era tan difícil como
distinguir un kilómetro de otro en la superficie del mar. A veces se extrañaba
de que los extranjeros fueran gente tan floja, tan expuesta a perderse o a
matarse, porque, a pesar de lo mucho que cantaban las excelencias de la
montaña, no se atrevían a subir solos ciertos caminos o a explorar llanuras
nevadas por donde Tony podría haber deambulado hasta dormido. Pero aquella
cortedad de ánimo de los turistas tenía sus ventajas, porque gracias a eso el
padre de Tony ganaba dinero sirviéndoles de guía por los caminos de la montaña,
llevándoles comida y ayudándolos a salvar pequeños precipicios o grietas de los
que Tony ni se apercibía, cortando escalones en el hielo para que no resbalaran
sus pies y, en fin, cuidando de ellos, de aquellos turistas tan raros que
presumían de amar la montaña y al mismo tiempo le tenían tanto miedo. Mientras
su padre estaba fuera, Tony se pasaba las horas muertas sentado en el chalet,
viendo cómo su madre se afanaba fregando, limpiando y preparando la sopa para
la cena de su marido. Otras veces se sentaba a la puerta de la casa y se
entretenía escuchando el rumor de las avalanchas de nieve, mientras los cálidos
rayos del sol acariciaban su cabeza con el pelo cortado al rape.
¡Bienaventurado Tony! Los árboles dejaban dibujos que él era capaz de ver, y
entendía el lenguaje del viento. ¿No pertenecería acaso al mundo de los árboles
y los vientos, no habría formado parte de ellos en una vida anterior? ¿Para qué
molestarse entonces en trabajar? Su corazón intuía confusamente que, si se
negaba a integrarse en tareas como las que su padre y su madre llevaban a cabo,
poco a poco se iría internando en un mundo que estaba más allá, el reino de
donde venían las brumas. ¿Acaso una vez cuando era minúsculo no había salido de
allí para emprender su primer viaje? Pues algún día, cuando hubiera cumplido su
ciclo de permanencia en la montaña, volvería a perderse en la distancia y a ser
otra vez tan pequeño como entonces. Y había también otros pensamientos que
hacían presa en su corazón, en perpetua comunión con la naturaleza. Eran
pensamientos totalmente extraños y sin sentido para las gentes que rodeaban a
Tony, pero él tampoco encontraba forma de expresarlos, teniendo en cuenta,
además, que hasta las palabras más corrientes y de uso cotidiano eran difíciles
para sus labios.
Cuando llegaba la noche y acababan de cenar, se
sentaban a la puerta, y a Tony le gustaba escuchar las historias que contaba su
padre sobre lo que habían dicho y hecho los turistas. Cuando habían sido
mezquinos en el pago o antipáticos, o el día se le había dado mal por lo que
fuera, el padre de Tony venía de malhumor y protestaba de la cena o le daba por
meterse con el hijo, echándole en cara su pereza. Pero la madre siempre le
defendía.
—¡Vamos, no seas tan duro con él! —solía decir—.
Todavía es como una persona a quien despiertan demasiado pronto, antes de dar
por satisfecho su sueño, y cuyas ensoñaciones incompletas se propagan a las
horas de vigilia. Dale tiempo. Deja que siga durmiendo y soñando hasta que se
sacie, y ya verás cómo despierta hecho un hombre al mundo del trabajo.
—¡Qué tonterías! —contestaba el padre—. Todos
tenemos sueños, y no por eso nos despertamos alelados ni con tan pocas ganas de
trabajar. Di tú que canta muy bien, y eso lo salva de mis iras, ¡que si no…!
Lo más raro de la canción de Tony es que nadie
sabía dónde la había aprendido. Cantaba alguna estrofa de ella cuando bajaba de
la montaña de recoger flores de no-me-olvides. Las iba a buscar a los riscos
más altos, porque allí, entre la nieve alpina es donde surgen estas florecillas
blancas, y cuando traía unas cuantas las agrupaba en ramilletes que vendía a
los turistas. Pero esto era antes de haberse ido encerrando cada vez más en el
mutismo, como si una gran tela de araña lo atrapara en sus redes; antes de
perderse del todo dentro de un sueño que cerraba tras sí la puerta de
comunicación con el mundo de los despiertos.
Un día había vuelto con su cesta vacía.
—¿Dónde están las flores? —le preguntó su madre.
—No he encontrado ninguna —contestó él.
Se sentó junto a los leños humeantes de la
chimenea, y se puso a tararear aquella canción que sabía desde siempre, aunque
esta vez con un estribillo que su madre nunca le había oído.
—¿Y eso?
Tony no contestó.
—Digo que dónde has aprendido eso —repitió su
madre.
Pero no hubo manera de sacarle palabra del cuerpo.
—Debe de ser muy duro de aceptar tener un hijo
tonto —comentó la mujer de Gaspar.
—Mi hijo no es tonto —protestó ella.
—¿Cómo qué no? ¿Y entonces por qué no sabe dónde ha
aprendido la canción?
—La ha aprendido en las nubes, en la ladera de la
montaña, mucho más lejos y más alto de donde nosotras podríamos llegar, a
saber, lo que habrá allí, solamente los seres como Tony podrían contarlo.
Y dichas estas palabras, se quedó mirando
rencorosamente a la mujer de Gaspar, esperando a que se fuera. Pero luego,
cuando se quedó sola, suspiró tristemente.
—Ojalá no tarde en despertar a la vida —pensaba—.
Porque si no, ¿qué va a ser de él, el pobre?
Pero desde aquel día Tony se fue olvidando cada vez
más de todo lo que le decían o le mandaban hacer, y vivía tan metido en sus
sueños que se le enmarañaban con las cosas que veía y era incapaz de
diferenciar un mundo de otro.
Era sólo en el verano cuando el tiempo pasaba así.
Cuando llegaban las tormentas y la nieve empezaba a caer, se cerraban los
hoteles y chalets de la montaña, y entonces los campesinos y pastores con sus
familias y sus rebaños bajaban al valle a invernar. Tony y sus padres vivían
con otro vecino a la entrada del pueblo, todos arrebujados en una cabaña de
madera.
Llegaron las riadas y los vientos arrasadores, y
los montones de nieve se apilaron contra las ventanas hasta impedir el paso a
cualquier rendija de luz que intentase entrar en la habitación cerrada y
cargada de humo. Tony solía sentarse junto a su padre para observar su trabajo.
Con trocitos de madera que cortaba de las paredes esculpía figuritas de
animales, hombres y mujeres, como si los fuera sacando con la navaja de su
prisión uno a uno. Por lo menos es lo que le parecía a Tony. No se daba cuenta
de la precisión del ojo y la navaja de su padre al tallar aquellos juguetes, ni
entendía que el móvil de su trabajo era tenerlos listos para que su madre se
los vendiera a un comerciante que solía venir de Ginebra, o antes de que
llegara el verano, para poder sacarlos a un mostrador fuera de la casa y que se
encapricharan de ellos los primeros turistas, quienes solían comprarlos después
de regatear un poco.
Aquel invierno Tony descubrió en la madera de una
viga un nudo más oscuro que le llamó la atención. Todas las mañanas, mientras
desayunaba su tazón de leche, los ojos se le iban fascinados a aquel saliente
de la madera. Por las noches, cuando se acurrucaba aterido junto al fuego que
crepitaba en torno al caldero de sopa, seguía mirándolo fijamente y se
preguntaba qué extraño mensaje escondería. Hasta que un día su padre lo cortó
con la navaja, se puso a darle vueltas entre los dedos y, por fin, empezó a tallarlo.
Como resultado de su trabajo surgió de la madera la figurilla de una mujer
minúscula, cuyo rostro expresaba atención y alerta. Después de pulirle las
últimas virutas, el padre de Tony cogió a la mujercita y la puso frente a sí.
—Parece como si estuvieras esperando que alguien
viniera a hacerte compañía, ¿no? —le dijo cariñosamente, como si hablara con un
niño—. Pues no sé de nadie. Bueno, a no ser que Tony quiera prestarse a ello.
Tony se estremeció, porque le pareció que los ojos
de la mujer se habían vuelto hacia los suyos.
—¡Pero si no es más que un pedazo de madera, hijo!
—le dijo su madre—. ¿No comprendes que mañana mismo se la mandaremos al
comerciante de Ginebra? Y no la mires con ese susto, hombre. No hay que tener
miedo de las cosas inmóviles, ¿no ves que no se mueve? El peligro está en lo
que se mueve, en los seres vivos, pero no en un trocito de madera tallado por
la navaja de tu padre.
Pero Tony se escabulló fuera de la casa, y,
mientras paseaba al aire libre, hundiendo sus zapatos en la nieve, seguía
teniendo miedo de la mujercita de madera que yacía inmóvil con los ojos
abiertos de par en par en la estancia llena de humo.
Cuando regresó de su paseo, su madre le miró y
dijo, como si le estuviera adivinando el pensamiento:
—¿Sabes, Tony? Nuestro vecino Louis ha venido. Se
va a Ginebra a contratar mulas para el verano y le hemos dado todas las tallas
de tu padre para que las venda, la mujercita también, así que ya no te
preocupes, olvídala.
Aquello había pasado hacía más de un año, y Tony,
en efecto, había olvidado aquel trozo rugoso de madera y la mujercita que
engendró. Ahora su padre estaba haciendo nuevas tallas y con bastante prisa,
porque el comerciante, que pasaba por allí una vez al año, estaba a punto de
venir a recoger el trabajo que, durante el invierno, llevaban a cabo los
artesanos de la zona. Y las figuras que él no comprara se meterían en cajones,
en espera de la llegada de los turistas.
«Ojalá fuera yo una de estas figurillas», pensaba
Tony, mientras veía cómo las envolvían en papel de seda, «para no crecer nunca
y que me levantaran con cuidadito y me pusieran a dormir en un cajón hasta el
verano. Y luego salir y dejarme acariciar una y otra vez por la luz del sol.
Debe de ser maravilloso tener piernas que nunca duelen y manos que nunca
trabajan».
El comerciante llegó una mañana muy fría. Era un
hombre silencioso, de piel oscura, pelo muy negro y cejas pobladas.
—¿Quién es este? —preguntó, señalando a Tony.
—Es mi hijo —dijo su padre—. Pero vale para poco.
Lo único que sabe hacer es cantar.
—¿Es el chico del que cuentan los pastores que ha
aprendido su canción en las nubes?
—Tal vez —dijo el padre.
—¡Pues claro! —dijo la madre—. La canción de Tony
es famosa en todos los valles y montañas del contorno.
—Una vez vino a Ginebra un turista extranjero
—contó el comerciante—, y trató de cantar esa canción. Pero sólo sabía un
trozo.
—A Tony no le sirve de nada saberla —intervino el
padre—, porque luego ni con los pies ni con las manos es capaz de hacer nada de
provecho.
La madre saltó en su defensa.
—¡No te metas tanto con él! —dijo—. Unos han nacido
para usar los pies y las manos, y otros para sentir con el corazón y expresarse
con los labios. ¿No canta una canción que ha rescatado de las nubes? Pues que
ella viaje en vez de sus pies y haga el trabajo que no hacen sus manos.
—Con razón le llaman cabeza de leño —continuó el
padre, sin prestar atención a su mujer—. Desde luego, por un pedazo de madera
se le podría tomar si no cantara de vez en cuando. No vale para otra cosa.
—Muchas veces una canción —insistía la madre—
sobrevive a las manos que se pasan el día amasando pan y llega más allá que el
corredor más ligero.
—¡Ojalá fuera como uno de estos muñecos! —añadió el
padre señalando sus pequeñas tallas de madera.
—Pues ya ves, estaban escondidos en un bloque de
madera, ¿no?, igual que la canción de Tony se esconde dentro de su pecho —dijo
ella, mirando al hijo tiernamente.
—¡Dichosa canción! —protestó el padre—. ¡Para lo
que sirve! ¡Más le valiera soñar menos y trabajar más!
El comerciante se había quedado silencioso y
pensativo. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz lenta y persuasiva.
—¿Por qué no le dejan que se venga conmigo a
Ginebra? —preguntó—. Yo arrancaré de sus labios la canción entera y la
exportaré a todo el mundo.
—¿Quieres irte a Ginebra, Tony? —le preguntó su
padre—. Tal vez allí se cumpla tu deseo de estar lejos y volverte pequeñito.
La madre sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Pero yo he oído decir —suspiró— que el
cumplimiento de un deseo a veces no acarrea felices consecuencias. En fin, hijo
mío, el mundo es muy ancho, y no seré yo quien te prohíba recorrerlo. Vete,
pues, si quieres.
Todos los vecinos salieron a la puerta de sus casas
para ver marchar a Tony, cuando cruzó el pueblo en compañía del comerciante.
Pero Tony no los veía a ellos. Caminaba como aturdido. Los carámbanos de hielo
colgaban a manera de flecos en la cascada, y en los sitios por donde el sol los
había besado se veía como una estrella de oro. Pero Tony pasaba de largo sin
fijarse en nada. Caminaba con los ojos clavados en el largo camino recto que se
abría ante él, preguntándose si en los troncos de los abetos que lo bordeaban
no vivirían escondidos cientos de extrañas figuras como las que su padre
liberaba de la madera a golpe de navaja.
El comerciante había sacado unos alambres del
bolsillo y les daba forma habilidosamente según iban andando. Entregado a
aquella tarea, no dijo ni una sola palabra hasta que el pueblo había quedado a
sus espaldas y dejó de oírse el rumor de la cascada al deshelarse. Entonces
levantó los ojos, y exclamó:
—¡Ahora, canta!
Maquinalmente, como si fuera un muñeco al que dan
cuerda, Tony se puso a cantar, mientras el comerciante, rasgueando los
alambres, trataba de captar el tono de la melodía hasta que lo consiguió. Pero
Tony no le entendía. Una inmensa calma se había apoderado de todos sus
sentidos. Caminaba como si vislumbrara ante sí el país de sus ensueños y
estuviera a punto de empujar la verja que daba acceso a él.
—¡Tang, tang! —vibraba el alambre.
Los abetos se balanceaban al compás de la brisa, y
aquel vaivén iba en aumento a medida que iba decayendo y se acercaba la hora
del ocaso. Tony volvía la cabeza para mirarlos; le parecían viejos conocidos y
le hubiera gustado acercarse a ellos, cogerlos del brazo y continuar andando
amistosamente en su compañía, pero había algo que se lo impedía. Los árboles,
al reconocerlo, le tendían sus brazos y cuchicheaban entre sí; Tony no podía
descifrar sus palabras. Pero llegaría a entenderlas: estaba dispuesto a aprender
su idioma y penetrar sus secretos.
—¡Tang, tang! —repetía el alambre.
Los árboles ya estaban envueltos en sombras, pero
Tony no detuvo su paso. Siguió andando sin tregua, internándose en la oscuridad
hasta que también esta quedó atrás y poco a poco se fue perfilando ante él la
luz del nuevo día. A lo lejos se veía una cordillera, cuyas cimas, bajas al
principio, iban aumentando de tamaño a medida que Tony se acercaba, como si
quisieran darle la bienvenida.
—¡Sigue cantando! —ordenó el comerciante.
Pero ahora la canción de Tony era distinta. Ya no
parecía brotarle del corazón, sino simplemente de los labios, y escuchaba
aquellas notas como si las oyera repetidas por otro.
Se le escapaba la canción para ir a parar a los
alambres que pulsaba el comerciante. Pero a Tony le daba igual, no le
importaba, ningún sentimiento preciso hacía ya presa en él. Notaba las piernas
entumecidas y los pies pesados, y, sin embargo, había aumentado la ligereza de
su paso. No estaba cansado, ni alegre, ni triste; no sentía calor ni frío.
Vivía dentro de un sueño.
Los abetos habían ido quedando atrás, ahora estaban
ya lejos. Tony y su compañero habían cruzado muchos pueblos desde que salieron
de aquel donde Tony vivía. Se aproximaban a aquellas montañas que le parecieron
tan pequeñas al principio, y ante su vista apareció un gran lago azul en cuyas
aguas se reflejaba un cielo más azul todavía. Junto al lago arrancaba una larga
carretera que llegaba hasta Ginebra, la ciudad a la cual se dirigían. Pero
antes de llegar allí tuvieron que cruzar otros muchos pueblos y ciudades, unos
trepando con sus blancas casitas por la ladera de la montaña, y otros más abajo
a orillas del lago. Algunas casas tenían balconadas de madera, y otras estaban
hechas enteramente de madera. Tony se preguntaba en qué extraño bosque habrían
crecido los árboles de los cuales se sacó. Era como si cada vez tuviera una
relación más y más intensa con todos los elementos genuinos de la Naturaleza
—el cielo, el lago, los árboles—, incluso la madera inanimada que daba cobijo a
seres humanos. Los seres humanos solamente le provocaban extrañeza, como si no
fueran sus semejantes y una barrera los separase de él. Sentía, en efecto, que
estaban hechos de otra sustancia, amasados con otra carne y otra sangre, y le
parecían tan grandes que le hacían sombra. Daban zancadas grandísimas y
transportaban fardos que a él lo habrían aplastado. Y lo raro es que tampoco
los veía más grandes que su padre o su madre, sólo era al acercarse cuando se
daba cuenta de la diferencia de tamaño. Tampoco le sorprendía notar esto, porque
ya no se extrañaba de nada, nada aceleraba su pulso ni hacía latir más deprisa
su corazón. Seguía andando y andando, como un autómata.
El comerciante seguía tañendo el alambre, y la
música resultante tomaba cuerpo y se iba pareciendo cada vez más a la canción
de Tony. Pero Tony seguía adelante impasible, mirando el cielo y las aguas del
lago, a medida que el sol lo iba iluminando todo y las montañas se volvían más
grandes. Tony, según las iba viendo más cerca, tenía la impresión de que eran
sus padres o lo habían sido antaño, en un tiempo remoto, y de que ahora le
salían nuevamente al encuentro tratando de atraerlo hacia sí antes de que fuera
irremediablemente tarde. ¿Tarde para qué? Tony no lo sabía, no podía
contestarse ni a sí mismo. Su corazón se iba aquietando y latiendo más
despacio, mientras sus labios enmudecían progresivamente.
—¡Canta! —volvió a decir el hombre.
Tony abrió la boca, pero las palabras de la canción
se habían desvanecido: era incapaz de acordarse de ellas, no le salían.
Solamente le brotaban las notas, pero sin un significado que pudiera traducirse
en palabras. Cada oyente las podía interpretar de una manera distinta. Poco a
poco, en lugar de cantar se puso a escuchar, porque su canción flotaba en torno
suyo, pero ya no salía de sus labios. Era como si sonara a sus espaldas, pero
quiso darse la vuelta y no podía. Estaba apresado sin saber cómo por los
alambres de su compañero, y enredado en aquella fría maraña, seguía caminando,
rígido y ajeno como en sueños. Un brazo le colgaba a lo largo del costado, pero
no podía moverlo; tenía una mano metida en el bolsillo y no podía sacarla.
También sus ropas habían sufrido una transformación y se habían quedado tan
rígidas como él mismo, formando un todo del que no se podía separar. Solamente
los pies lograban adquirir el movimiento suficiente para permitirle seguir
avanzando. Pero eso era todo. Ya habían recorrido los últimos kilómetros que
faltaban para llegar a Ginebra, y los ruidos de la ciudad empezaban a oírse, al
tiempo que se dibujaban las hileras de casas elevadas y blancas con sus mil
ventanitas como locas parlanchinas hablando al aire o como ojos sin párpado
fijos en la gente que se movía por las calles. También había ventanas más
bajas, a ras de tierra, llenas de toda clase de objetos exhibidos para tentar a
los peatones con dinero disponible. Tony no era muy consciente de lo que veía
al pasar. Pero había visto su propia sombra y había entendido una cosa: estaba
lejos, en aquel sitio hacia donde siempre se dirigía su mirada desde la cabaña
donde vivía.
Estaba lejos y era muy pequeño.
Entendió que estaba encarcelado, que era un
prisionero, pero no le importaba, le daba igual. Todo aquello formaba parte de
una nueva vida en aquel mundo nuevo donde había ingresado. De repente se paró
en seco ante uno de aquellos grandes ventanales. Se abrió una puerta y entró.
Todo lo que le rodeaba era de madera, casas, gentes y animales, un mundo de
madera. Y por todas partes un resonar de tictac. Las manos del comerciante lo
auparon a una montañita, y vio ante él la fachada de un chalet con una escalinata
exterior que conducía a la balconada.
—¡Sube! —le dijo el comerciante.
Y poquito a poco, escalón por escalón, fue
subiendo. A cada paso que daba sentía los pies más rígidos y pesados. En la
balconada se paró a descansar. Había dos puertecitas de entrada a la casa. Se
abrieron de repente y dejaron al descubierto el cuartito que había al otro
lado. En aquella habitación estaba sentada esperando —sin duda, esperándole a
él— la misteriosa mujercita que Tony había visto tallar a su padre, sacándola
de aquel trozo nudoso de madera. Se acordó del miedo que le daba entonces, y le
pareció completamente absurdo. Ahora no había nada capaz de asustarle. Se sentó
al lado de ella y se dio cuenta de que ya nunca podrían separarse, a no ser que
sobreviniera un cataclismo. ¿Sería aquello como contraer matrimonio? Se dio
cuenta de que la mujercita era de su mismo tamaño. ¿Habría crecido ella?, ¿o
sería él quien…? No era capaz de concentrarse para pensar. Lo empujaron hacia
dentro, el alambre rechinó, las puertas se cerraron y reinó un silencio
absoluto. Estaba a oscuras, esperando también él, pero a qué ni por cuánto
tiempo no lo sabía. Todo el tiempo era igual para él, había perdido la noción
de su transcurso.
A lo lejos percibía la vibración de otros muchos
alambres, y notaba también que ahora aquella melodía que le llegaba desde
diferentes puntos, como si todo el espacio estuviera empapado de ella, era la
de su canción.
Oía cómo la gente que pasaba por la calle la iba
tarareando. Y a lo lejos, una banda de música también la tocaba. Pero no iba a
poder seguir escuchando todo aquello durante mucho tiempo, porque las cosas se
desvanecían en torno suyo, y hasta hubiera podido decir que se ensombrecían si
hubiera habido en aquel cuartito luz para verlas y distinguirlas. La vida de
Tony se había vaciado en su canción, en aquella simple cancioncilla, tan
pequeña y simple como su propia vida.
La vida no reside sólo en las cabezas que asienten,
como tampoco el trabajo en las manos y pies afanosos; hay otros muchos aspectos
de la vida.
Al cabo de un rato, Tony oyó ruidos sobre su
cabeza, a manera de golpes o martillazos, luego un sonoro e incesante tictac y,
por fin, un extraño chirrido, tras el cual una lengua de hierro emitió once
campanadas: clang, clang, clang… Cuando estaba sonando la última, las
puertecitas gemelas se abrieron, y entonces Tony y su compañera se vieron
impulsados hacia el exterior por el alambre que los unía. Se deslizaron por la
balconada hasta el remate de las escaleras por las cuales Tony había subido, y
se quedaron allí un poco los dos juntos mientras todo alrededor y por encima de
ellos se desplegaba la canción, aquella canción que nunca volvería a salir de
los labios de Tony. Delante de ellos, entre su casita y la calle, se interponía
un ventanal grande inundado de luz, y al otro lado del cristal se aglomeraba
una serie de rostros curiosos que contemplaban el espectáculo. Pero ni Tony ni
su compañera los veían. En cuanto se apagaron las últimas notas de la canción,
un tirón repentino los hizo retroceder y volvió a meterlos en el cuartito
cerrado, donde permanecieron a oscuras hasta que pasó otra hora y se repitió lo
mismo.
Desde entonces, hora tras hora, día tras día,
semana tras semana, mes tras mes, de día y de noche, en invierno y en verano,
se siguió repitiendo siempre lo mismo.
Un día, entre la gente que se agolpaba al otro lado
del escaparate, se pudo ver a una mujer y un hombre con el cansancio pintado en
el rostro. Cuando sonó la melodía, las puertecitas se abrieron y las dos
figuras de madera salieron repentinamente del reloj, la mujer exclamó:
—¿Has visto? ¡Es Tony, nuestro Tony! Y la canción
es la suya. Míralo, al lado de la mujer que tallaste tú, y él también es de
madera. ¡Se ha convertido en un niño de madera!
—Tú estás mal de la cabeza —dijo él—. Tony salió a
correr mundo, acuérdate. Ya lo encontraremos.
—¡Que no! —gritaba ella desesperada—. Su canción sí
salió a correr mundo, pero él está ahí, ¿no lo ves?, ¡ahí!
Y señalaba exaltada al reloj que se veía al otro
lado del escaparate.
—¡Es de madera! —repetía—. ¡Se ha vuelto de madera!
El hombre miraba las figuritas pensativo y en
silencio.
—Siempre tuvo la cabeza de leño —dijo al cabo, con
voz pausada—. No tiene nada de particular que luego se le fuera endureciendo
todo el cuerpo, a fuerza de no dar golpe.
Y después añadió, como tratando de consolar a su
mujer:
—En fin, mujer, qué le vamos a hacer. Acuérdate de
que Tony era una calamidad. Además, ¿no decías tú que su canción sustituiría el
trabajo de sus manos y los viajes de sus pies? Pues ahí lo tienes.
—No —dijo ella—, eso convencerá a los que no le
amaban, pero a mí no me sirve de consuelo. Yo quiero a Tony, a mi hijito Tony,
es a él a quien querría ver sentado a la puerta de casa, entonando su canción,
o junto al fuego, mirando humear los leños.
Cuando la mujer acabó de hablar, cesó también la
música y las dos figuritas de madera retrocedieron bruscamente, se metieron en
el cuarto oscuro y las puertas se cerraron tras ellas.
Ante aquel hombre y aquella mujer se extendían
varios kilómetros de fatigoso camino: el de regreso a su pueblo y sus montañas.
Lucy Lane Clifford

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