© Libro N° 8689. El Mirón Subrepticio. Barbusse, Henri. Emancipación. Junio 5 de 2021.
Título
original: © El Mirón Subrepticio. Henri
Barbusse
Versión Original: © El Mirón Subrepticio. Henri Barbusse
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://plumasuma.com/el-miron-subrepticio-de-henri-barbusse/
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://plumasuma.com/wp-content/uploads/2020/06/El-mir%C3%B3n-subrepticio-845x359.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Henri Barbusse
El Mirón Subrepticio
Henri Barbusse
¿Te das cuenta que no hay nadie?
Y una mano señaló la cama destendida, los percheros
sin prendas, la mesa desierta: esa devastación cuidada que muestran las
habitaciones vacías.
Después, frente a mis ojos, esa mano se puso a
temblar como una hoja. Yo podía escuchar los latidos acelerados de mi corazón.
Las voces susurraron:
—Estamos solos… Nadie nos ha visto.
—Se diría que es la primera vez que estamos solos.
—No obstante nos conocemos desde siempre…
Se escuchó una risita.
Daba la impresión que tuvieran urgencia de su
soledad, primera etapa de un misterio al que se encaminaban juntos. Se habían
escapado de los otros, se los habían quitado de su rededor. Estaban
construyendo una soledad prohibida. Pero bien se veía, que, luego de hallar la
soledad, ya no sabían qué más buscar.
Entonces escuché un balbuceo desolado, casi un
sollozo:
—Nos queremos tanto…
Luego subió hasta mi mirilla una frase tierna,
jadeando, ensayando las palabras, poco segura, como un pájaro pequeñito:
—Quisiera quererte más.
Contemplándolos así inclinados uno hacia otro, en
la cálida sombra que los envolvía y velaba las edades en sus rostros, se
hubiera podido pensar en dos amantes que se acercaban.
¡Dos amantes! Eso era lo que soñaban ser, sin saber
bien qué significaba aquello.
Uno de los dos dijo: la primera vez. Era la primera
vez que les parecía estar solos, no obstante haber crecido juntos…
Se incorporaron de repente y el delgado rayo de sol
que los recorría hasta caer a sus pies, dibujó su forma, les iluminó la cara y
el pelo, de manera que su presencia le dio claridad al cuarto.
¿Se irían, me dejarían abandonado? No volvieron a
sentarse y todo se sumió otra vez en la penumbra, en el misterio, en su verdad.
Al observarlos experimentaba una mezcla confusa de
mi pasado y del pasado del mundo. ¿Dónde estaban? En todas partes, ya que
estaban… Ellos están a orillas del Nilo, del Ganges, del Cydno, al borde del
eterno curso de las edades. Son Dafnis y Cloe, junto a un matorral de mirto,
arropados en la luz griega, iluminados por un verde reflejo del follaje
mientras sus rostros se reflejan el uno en el otro. Su balbuceo confuso zumbaba
como el batir de alas de abejas, junto al frescor de las fuentes y frente al calor
que calcina los campos, cuando en la lejanía se mueve un carro rebosante de
gavillas y de azul.
El mundo se abre otra vez, la verdad descarnada
aflora. Están desasosegados, les atemoriza la posibilidad de una aparición
brusca de alguna deidad; son desventurados y dichosos, están lo más cerca
posible pues se han ofrecido uno a otro cuanto pueden. Pero ni siquiera
sospechan lo que se brindan. Son demasiado pequeños, demasiado jóvenes; todavía
no existen, cada uno es para él mismo un oscuro enigma.
Al igual que todos los seres, que yo, que nosotros,
quieren lo que no tienen, mendigan. Pero piden limosna a ellos mismos, piden
ayuda a sus presencias, a sus personas.
Él, un hombre, y ya empobrecido por su compañera,
arrastrándose hacia ella, le tiende los brazos inseguros y torpes, y no se
atreve a mirarla.
Ella, mujer en su plenitud ha echado hacia atrás su
cara en la que se destacan sus ojos brillantes, es un tanto regordeta y
sonrosada. La piel de su cuello, satinada y tensa, palpita: es, entre su cara y
su seno, el punto preciso y delicado de su pulso. Medio cerrada, un poco
voluptuosa por lo que ya está emanando de ella, parece una rosa que se respira
a sí misma.
Se ven sus piernas torneadas hasta las rodillas,
lleva medias amarillas de hilo; el vestido que envuelve su cuerpo le da la
apariencia de un ramillete.
Y yo no podía apartar la vista de sus gestos, y
bebía ese espectáculo, con el ojo pegado al agujero, como un vampiro.
Al cabo de un largo silencio, él inquirió:
—¿Quieres que nos tratemos de usted?
—¿Por qué?
Parecía absorto en el esfuerzo de concentrar la
atención.
—Para volver a empezar —dijo al fin.
E insistió:
—¿Quiere usted?
Ella tembló visiblemente ante esta nueva manera de
hablarse, de ese usted que asumía la forma de primer beso.
Se aventuró a decir:
—Parece que fuera una cosa que nos cubría y que de
pronto nos quitan…
Ahora él fue un poco más atrevido:
—¿Quiere usted que nos besemos en la boca?
Ella se sintió sofocada y no pudo sonreír del todo.
—Quiero —dijo.
Se abrazaron. Alargaron los labios y se llamaban en
voz baja, como en un gorjeo de pájaros.
—Juan…
—Elena…
Era lo primero que inventaban. ¿Besar no es acaso
la caricia más tiernamente menuda que se puede hacer y que anuda los lazos más
estrechos?
Otra vez me pareció que ese par ya no tenía edad.
Al tomarse las manos, juntar los rostros, trémulos y ciegos en la sombra del
beso, caían en el estereotipo de todos los amantes.
Pero se detuvieron de pronto, se apartaron de la
caricia que no sabían usar todavía.
Tornaron al diálogo inocente de antes. ¿De qué
hablaban? Del pasado, tan próximo y breve todavía.
Estaban saliendo del paraíso de la infancia. De su
dorado no saber. Conversaron sobre la casa y el jardín donde habían residido.
Esa casa los preocupaba. Se levantaba en medio de un jardín cercado por una
tapia, de suerte que desde el camino, solamente se veía lo alto del tejado y
las habitaciones quedaban al abrigo de las miradas de los transeúntes.
Susurraron:
—Qué grandes eran las alcobas en la casa de nuestra
infancia…
En el jardín, tan cuidado y tranquilo, sólo
pensaban en las flores… Todavía ayer en aquel jardín eran como hermano y
hermana. Con la vista abarcaban la alberca, la alameda cubierta y el cerezo,
que en invierno, cuando el césped está blanco, tiene demasiadas flores.
De pronto ella se irguió y dijo:
—No quiero acordarme más.
Él comentó:
—No quiero que nos parezcamos. Ya no deseo que
seamos hermanos.
Lentamente abrieron los ojos.
—¡No tocarse más que las manos! —murmuró él con un
ligero temblor en la voz.
—Ser hermanos no es nada.
Al fin estaban en la hora de las grandes
decisiones, de morder los frutos prohibidos. Era el momento de hacer de ellos
lo que quisieran, de responder a la voz ancestral del deseo.
Pocos días antes, al caer la tarde habían saboreado
ya las mieles de la desobediencia, cuando salieron al jardín, contra el veto de
los mayores.
—Yo tomé su mano —rememoró el muchacho, y percibí
su emoción.
Volvieron a juntar sus labios. Sus bocas y sus ojos
eran los de Adán y Eva eternizados en la primera experiencia amorosa de todos
los mortales. Vagaban en la luz brillante del paraíso sin saberlo; eran sin
ser. Cuando —por el efecto del triunfo de la curiosidad prohibida nada menos
que por Dios en persona— llegaron a descubrir el secreto, conocieron la
separación acariciante y vislumbraron la poderosa voluntad de la carne, el
cielo se oscureció. Cayó sobre ellos la certidumbre de un porvenir de dolor. Los
ángeles, como buitres, los arrojaron del edén. Rodaron por la tierra, día a
día. Habían creado el amor y sustituido la riqueza divina por la pobreza de ser
el uno para el otro.
Esos dos adolescentes ocuparon ahora su lugar en el
eterno drama. Hablaban dándole al tuteo la importancia reconquistada.
—Quisiera quererte más, con más fuerza, pero no sé
cómo… Quisiera hacerte daño y tampoco sé…
No conversaban más, como si hubieran agotado las
palabras. Estaban al borde de ellos mismos y yo alcanzaba a percibir el temblor
de sus manos. Se dejaban llevar por la inspiración de sus manos, iban a tientas
hacia la dicha extraña y trágica, hacia el pecado delicioso que se comete al
mismo tiempo, hacia el enlace por el cual dos seres vuelven a nacer,
íntimamente confundidos, como un solo ser informe.
No podía distinguirlos… Me pareció que él tendía
las manos hacia ella, mientras ella le aguardaba con los ojos resplandecientes.
Vislumbraba que, en la ardiente sombra que los envolvía, él estaba a medio
vestir y que entre la confusión de las ropas, se erguía triunfante su desnudez…
flor inusual, que es la misma cosa que su entraña, que toda su carne, que su
corazón… Y que los enlaza como un misterio vivo…
Sin duda, él le había quitado la falda porque hasta
mi escondite llegó esta frase exhalada muy bajo, confundida en el silencio
terrible:
—Es tu boca de verdad.
Y yo me estremecía por encima de ellos, sintiendo
un amor sin límites por la verdad que despedazaba mi cuerpo sobre la pared… Y
como si mi aliento los quemara… se levantaron atemorizados. Habían terminado. Y
la ardiente aventura cuyo preludio, por casualidad había presenciado,
continuaría en otra parte y en otro lugar culminaría.
Se habían incorporado apenas cuando se abrió la
puerta. La abuela estaba ahí asomándose. Como si llegara de la oscuridad del
pasado. Escudriñaba el cuarto. Los llamaba a media voz, con infinita dulzura.
—¿Están ahí, muchachos?
—¿Qué hacen? Vengan rápido que los están buscando.
Henri Barbusse

No hay comentarios:
Publicar un comentario