© Libro N°
13429. Algunas Preguntas Y Respuestas Sobre El Fin De La URSS. Ferrero, Ángel. Emancipación.
Enero 25 de 2025
Título Original: ©
Algunas Preguntas Y
Respuestas Sobre El Fin De La URSS. Ángel Ferrero. Público 08/12/2016.
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Algunas Preguntas Y Respuestas Sobre El
Fin De La URSS. Ángel Ferrero
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
ALGUNAS PREGUNTAS
Y
RESPUESTAS
SOBRE EL FIN DE LA URSS
Ángel Ferrero
Algunas Preguntas
Y Respuestas
Sobre El Fin De La URSS
Ángel
Ferrero
¿Cuándo se terminó
exactamente la Unión Soviética?
¿Cuándo comenzó su
fin?
En cualquier caso,
es claro que después del intento de golpe de Estado contra Mijaíl
Gorbachov el proceso de desintegra-ción se aceleró. El tratado de Belavezha,
firmado el 8 de di-ciembre de 1991, fue su acta de defunción, aunque la URSS
existió de facto hasta el 26 de diciembre ─el día anterior Mijaíl Gorbachov
había dimitido y traspasado sus poderes al presi-dente de la Federación Rusa,
Borís Yeltsin─, cuando el Soviet de las Repúblicas del Soviet Supremo de la
URSS firmó su propia disolución y se arrió simbólicamente la bandera roja del
Kremlin.
Reunidos en la
reserva natural de Belavézhskaya Pushcha tal día como hoy hace veinticinco
años, el presidente de Rusia, Borís Yeltsin, el de Ucrania, Leonid Kravchuk, y
el de Bielo-rrusia, Stanislav Shushkiévich, declararon la disolución de la URSS
y el establecimiento en su lugar de la Comunidad de Es-tados Independientes
(CEI), una organización cuya natura-leza quizá haya descrito mejor el
historiador estadounidense Stephen Kotkin al escribir que no es “ni
un país, ni una alianza militar ni una zona de libre comercio, sino un signo de
interrogación”.
El tratado de
Belavezha fue justificado en su momento como una formalidad imprescindible para
declarar de jure el fin de la URSS. Sin embargo, el
historiador Stephen Cohen lo ha calificado de “segundo golpe”. Si
era necesario poner formalmente fin a la URSS, escribe
Cohen, “Yeltsin podría ha-ber expuesto abiertamente el caso y haberse dirigido
a los pre-sidentes o los legislativos de las repúblicas que aún
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permanecían en la
Unión, o incluso al pueblo en un referendo, como hizo Gorbachov nueve meses
antes”.
En el referendo del
17 de marzo, que tuvo una participación del 80%, un 77% de los ciudadanos
soviéticos se expresó a fa-vor de conservar la URSS “en una federación renovada
de re-públicas soberanas” ─el referendo fue boicoteado en Arme-nia, Estonia,
Letonia, Lituania, Georgia (excepto en Abjasia y Osetia del sur) y Moldavia
(excepto Transnistria y Gagau-zia)─. A juicio de Cohen, “Yeltsin actuó
ilegalmente, haciendo por completo caso omiso a una constitución que llevaba
años en vigor, en un, como él mismo admitió, 'secretismo absolu-to', y por
miedo a ser detenido”.
Es más, “como
medida de precaución, los conspiradores de Belavezha […] se reunieron en la
frontera con Polonia”, lo que indica que Yeltsin, Kravchuk y Shushkiévich habrían
consi-derado seriamente la posibilidad de tener que huir de la URSS de haber
salido mal las cosas.
Borís Yeltsin y
Stanislav Shushkiévich firman el tratado
de Belavezha, el 8
de diciembre de 1991. - AFP
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El propio premier de
la URSS se enteró de la disolución de la entidad que presidía por teléfono.
“Lo hicieron todo
muy deprisa, alejados de los ojos del mundo. Desde allí no se filtró noticia
alguna a nadie. […] A toro pasado, esa misma noche me llamó Shushkiévich
por te-léfono para comunicarme el fin de la URSS y el nacimiento de la
Comunidad de Estados Independientes. Pero antes, Bo-ris Yeltsin había informado
al presidente de EEUU George Bush”, narró Gorbachov en una entrevista
reciente con el dia-rio italiano La Repubblica.
¿Por qué (no)
terminó la URSS?
Por qué se terminó
la URSS es, y no sólo para muchos anti-guos ciudadanos soviéticos, la madre de
todas las preguntas. Los 74 años de poder soviético son lo que Eric Hobsbawm ha
llamado el corto siglo XX, en contraposición al largo siglo XIX
(1789-1914). El mundo, como escribió el historiador britá-nico, fue moldeado
“por los efectos de la Revolución rusa de 1917” y “todos estamos marcados por
él”. Y cabe aún añadir: y por su desaparición.
A pesar de tratarse
de un acontecimiento de enorme magni-tud histórica, tanto los medios de
comunicación como una historiografía perezosa, en el mejor de los casos, y
sesgada ideológicamente, en el peor, siguen reproduciendo toda una
serie de lugares comunes sobre la URSS y su fin con escasa base histórica. Son
generalizaciones y simplificaciones que atraviesan ya todo el
espectro ideológico, como que el fin de la URSS era “inevitable” porque el
Estado soviético era “irre-formable”, motivo por el cual “implosionó” o,
incluso, “cayó por su propio peso”. En las versiones cuasirreligiosas más
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extremas, la URSS
estaba “condenada” a su desaparición por su orientación comunista.
Las causas de la
desaparición de la URSS son múltiples y des-bordan la extensión de un artículo
de estas características, pero una manera de comenzar a responderse la pregunta
es preguntándose por qué no terminó la URSS. ¿Era el fin de la URSS “inevitable”?
En Soviet Fates And Lost Alternatives. From Stalinism To The New Cold
War (2011), Stephen Cohen ha calificado este tipo de
argumentos de “teológicos”, una muestra más de rechazo ideológico que de rigor
histórico.
La URSS, por
ejemplo, no era “irreformable” sin más, como demuestra su propia historia: al comu-nismo de
guerra (1918-1921) lo sucedió la Nueva Política Eco-nómica (NEP) (1921-1928), a
éste una industrialización a gran escala promovida por Iósif Stalin e
interrumpida por la Se-gunda Guerra Mundial (1928-1953), seguida por “el
deshielo” de Nikita Jrushchov (1953-1964) y el conocido como “período de
estancamiento” de Leonid Brezhnev (1964-1982), el pri-mer intento de reforma
bajo Yuri Andropov (1982-1984) y, fi-nalmente, la perestroika de Gorbachov
(1985-1991). Del mismo modo, la URSS tampoco “fue víctima de sus propias
contradicciones”, un argumento que, como el anterior, no ex-plica por sí solo
su desintegración, pues ¿cuántos Estados hasta el día de hoy no presentan
contradicciones ─en ocasio-nes incluso más que la URSS─ y cuántos de ellos han
logrado evitar su desintegración de un modo u otro?
Responsabilizar del
fin de la URSS exclusivamente a Mijaíl Gorbachov, bien por su acción o por su
inacción, no resulta menos banal, y por ello resulta tanto más curioso que éste
sea uno de los argumentos recurrentes del actual Partido Comu-nista de la Federación
Rusa (PCFR), más aún siendo como es un choque frontal con una visión
materialista de la historia.
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¿No escribió el
propio Karl Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte que los
hombres “hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo
circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con
que se en-cuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el
pasado”?
¿La sociedad civil
contra el Estado?
El papel jugado por
la sociedad civil ─entendida invariable-mente como algo exterior y opuesto al
Estado─ ha sido no me-nos magnificado. La nomenklatura soviética
se destacó cier-tamente por su rigidez y secretismo, pero como escribe Kotkin
en el prefacio a su Uncivil Society: 1989 And The Implosion Of The
Communist Establishment (2009), “la mayoría de analistas
continúan centrándose de manera desproporcio-nada, e incluso de manera
exclusiva, en la 'oposición', que fan-tasean como 'soviedad civil'” sólo
porque ésta se imaginaba a sí misma como tal.
El uso de este
término, añade el historiador estadounidense, se extiende hasta nuestros días,
utilizado por numerosas or-ganizaciones no gubernamentales, algunas de ellas
con fines menos altruistas de lo que aseguran públicamente. La noción de
'sociedad civil', explica Kotkin, “se convirtió en el equiva-lente conceptual
de la 'burguesía' o 'clase media', esto es, un actor social colectivo vagamente
definido y que parece servir a todos los propósitos”.
“¿Cómo unos
cientos, y en ocasiones sólo decenas de miem-bros de una oposición con un
puñado de asociaciones ilegales hostigadas por las autoridades y publicaciones
clandestinas (samizdat) podían ser de algún modo la 'sociedad civil'?”, se
pregunta el historiador. “¿Y ello ─continúa─ mientras cientos
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de miles de
funcionarios del partido y del Estado, agentes e informantes de la policía,
oficiales del Ejército […] no forma-ban parte de la sociedad en absoluto?”
Esta
historiografía, asegura, orilla a muchos ciudadanos de la URSS que, a pesar de
su deseo de una mayor liberalización en la política o la cultura y mejores
estándares de vida, aprecia-ban el hecho de tener una vivienda o atención
médica garan-tizada.
Un hombre
disfrazado de Stalin en el centro de Moscú. AFP
El factor báltico
En paralelo a las
generalizaciones sobre la “sociedad civil” se encuentra el argumento de que las
tensiones nacionalistas de-cantaron decisivamente la balanza en la
desintegración de la URSS. Sin embargo, este argumento acostumbra a centrar
toda su atención en el caso de las tres repúblicas bálticas y, en menor grado,
Transcaucasia (Georgia, Armenia y Azerbaiyán) y Moldavia, y olvida por completo
Asia Central.
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En aquellas
repúblicas soviéticas el independentismo era marginal y, en palabras de la
especialista en la región Martha Brill Oscott,“hasta el último minuto casi
todos los líderes de Asia Central mantuvieron la esperanza de que la Unión
pu-diese salvarse”, como demuestra su vacilación a la hora de de-clarar su
independencia, algo que no hicieron hasta diciembre y sólo después de que lo
hubieran hecho Rusia, Ucrania y Bie-lorrusia.
“No fue el
nacionalismo per se, sino la estructura del Estado soviético, con
sus quince repúblicas nacionales, lo que se de-mostró fatal para la URSS”,
señala Kotkin en Armaggedon Averted: The Soviet Collapse 1970-2000 (2008).
Ante todo, debido a
la indefinición de términos como 'sobera-nía' y “a que nada se hizo para evitar
el uso y abuso de aquella estructura”, que facilitaba la secesión si la
cohesión del con-junto ─la URSS─ se debilitaba, como ocurrió en los ochenta.
Por comparación, EEUU era y es una “nación de naciones” compuesta por cincuenta
estados cuyas fronteras no las mar-can grupos nacionales.
Las reformas de
Gorbachov, explica el historiador, “implica-ban la devolución expresa de
autoridad a las repúblicas, pero el proceso fue radicalizado por la decisión de
no intervenir en 1989 en Europa oriental y por el asalto de Rusia contra la
Unión”. Como recuerda Kotkin, las únicas intervenciones de la URSS en contra de
las tensiones nacionalistas ─en Georgia en 1989 y Lituania en 1991─ palidecen
en comparación con el asesinato de miles de separatistas en la India en los
ochenta y noventa, los cuales, además, se realizaron “en nombre de pre-servar
la integridad del Estado, con apenas o ningún coste para la reputación
democrática de ese país”.
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¿Efecto dominó o
castillo de naipes?
Del fin de la Unión
Soviética puede decirse, a grandes rasgos, que fue una mezcla de efecto dominó
y castillo de naipes. Efecto dominó porque el colapso de las llamadas “democra-cias
populares” en Europa oriental acabó golpeando a la pro-pia URSS, y
castillo de naipes porque los dirigentes de la pe-restroika, al
retirar determinadas cartas en la base, alteraron un equilibrio más
delicado de lo que aparentaba y acabaron provocando el derrumbe de todo el
edificio.
Uno de esos naipes
era la presencia de dos estructuras para-lelas que se superponían: las del
Estado y el Partido Comu-nista de la Unión Soviética (PCUS). Éstas “ejercían
esencial-mente las mismas funciones: la gestión de la sociedad y la eco-nomía”,
escribe Stephen Kotkin. “Por supuesto ─continúa─, si se eliminaban las
estructuras redundantes del partido, uno se quedaría no sólo con la burocracia
del Estado central sovié-tico, sino también con una asociación voluntaria de
repúblicas nacionales, cada una de las cuales podía legalmente decidir
retirarse de la Unión. En suma, el Partido Comunista, admi-nistrativamente
innecesario para el Estado soviético y a pesar de todo decisivo para su
integridad, era como una bomba de relojería en el seno de la Unión”.
Los sucesivos
intentos de reformar el sistema buscaron justa-mente solucionar ese
solapamiento, incrementando la auto-nomía de las repúblicas soviéticas sin
alterar en lo fundamen-tal la estructura del aparato federal. Pero con el
intento de im-plementar en paralelo las políticas de perestroika (cambio)
y glasnost (transparencia), el PCUS perdió el control sobre la vida
política y la economía centralizada, y lo hizo al mismo tiempo que su credo
político se veía desacreditado por los me-dios de comunicación, dos procesos
que además se reforzaban
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mutuamente, acelerando
las tendencias desintegradoras en toda la URSS.
Cuando Gorbachov se
dio cuenta e intentó dar marcha atrás, en el último año de la URSS, era ya
demasiado tarde.
Boris Yeltsin y
Mijaíl Gorbachov, en el Parlamento ruso,
el 23 de agosto de
1991. - AFP
Competencia desleal
Siendo como era una
superpotencia, los procesos políticos en la Unión Soviética no ocurrían en un
vacío internacional, pero además el desarrollo de la industria petrolífera y
gasística en los sesenta, que convirtió a la URSS en una superpotencia
energética, conectó al país con la economía mundial, expo-niéndola a
sus shocks. El descenso de la producción de petró-leo en los ochenta ─superada
la crisis del 73 y el embargo de los países árabes─ y una caída internacional
de los precios pronto se notaron en el país. Aunque la gestión económica, que
se llevaba a cabo mediante un sistema planificado
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fuertemente
centralizado, permitía pese a todo mantener los programas sociales y el sector
industrial, convertía la diversi-ficación e informatización de la economía en
un reto.
“La gente necesita
pan barato, un piso seco y trabajo: si estas tres cosas se cumplen, nada puede
ocurrirle al socialismo”, dijo en una ocasión el presidente de la RDA,
Erich Honecker. El envejecimiento de las cúpulas dirigentes en los Estados
socialistas, sin embargo, les impedía ver que sus habitantes ya no comparaban
sus condiciones de vida con el capitalismo occidental anterior a la Segunda
Guerra Mun-dial, resultado de la Gran Depresión, y tampoco con la situa-ción de
sus aliados en el Tercer Mundo, sino con la de sus ve-cinos en Europa
occidental, a los que se sentían más próximos histórica y culturalmente. (Todo
esto obviamente no está exento de ironía, pues la clase media y el Estado del
bienestar en Occidente eran producto, entre otros motivos, de un pacto entre
capital y trabajo que el temor a la URSS propició, y cuya imagen llegaba al
campo socialista distorsionada por los me-dios de comunicación y la industria
cultural occidentales.)
Además, a
diferencia de los países occidentales, la URSS es-taba moralmente comprometida
a apoyar a las economías no sólo del bloque socialista, sino del Tercer
Mundo, lo que su-ponía una carga adicional a su presupuesto. Sirva el
ejemplo que ofrece Stephen Kotkin del conflicto entre Somalia y Etio-pía,
durante el cual “la Unión Soviética decidió transportar tanques pesados a
Etiopía, pero debido a que los aviones de carga a larga distancia sólo podían
transportar un único tan-que, el transporte excedía el coste de los costosos
tanques unas cinco veces”.
-11-
“En los ochenta, la
economía de la India se encontraba posi-blemente en peor situación (por
diferentes razones), pero la India no estaba atrapada en una competición
mundial entre superpotencias con los Estados Unidos (aliados con Alemania
occidental, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Japón)”, valora
Kotkin. Esta rivalidad, precisa, era “no solamente económica,
tecnológica y militar, sino también política, cul-tural y moral.
Una seguidora del
Partido Comunista ruso con una bandera con la imagen de Vladímir Ilich Uliánov,
alias Lenin, durante una manifestación en Moscú. - AFP
Desde su comienzo,
la Unión Soviética afirmó ser un experi-mento socialista, una alternativa
superior al capitalismo para el mundo entero. Si el socialismo no era superior
al capita-lismo, su existencia no podía justificarse.” En suma, las cúpu-las
dirigentes se enfrentaban al mismo problema que los polí-ticos occidentales:
garantizar a sus poblaciones una mejora constante de su nivel de vida, pero, a
diferencia de éstos, no contaban con los mismos recursos, se enfrentaban a
cargas adicionales y estaban atrapados en un sistema político-
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económico que los
hacía a ojos de su población únicos respon-sables de la situación.
La banca siempre
gana
Uno de los aspectos
menos mencionados por la historiografía oficial ─por motivos que requieren poca
aclaración─ es cómo, para hacer frente a esta situación, varios Estados
socialistas recurrieron a la deuda externa con bancos occidentales. Poco sorprendentemente,
Europa oriental pronto se vio atrapada en una espiral de deuda, ya que su
objetivo era “utilizar los préstamos para comprar tecnología avanzada con la
cual fa-bricar bienes de calidad para su exportación con los cuales...
pagar los
préstamos”, escribe Kotkin. Pero para eso necesi-taba una demanda constante en
Occidente ─para la cual había que combatir constantemente contra campañas de
boicot y la mala fama de sus productos─ y bajas tasas de interés, además de la
buena voluntad de los banqueros.
Según cifras de
Kotkin, esta deuda pasó globalmente de los 6.000 millones de dólares en 1970 a
los 21.000 millones en 1975, los 56.000 millones en 1980 y los 90.000 millones
en 1989. La mayor ironía es que, de haber declarado el cese de pagos de manera
simultánea, el campo socialista habría pro-pinado un formidable golpe al
sistema financiero global con el que, al menos, habría conseguido renegociar su
deuda. Pero rehenes de sus propios sistemas, la mayoría de dirigentes de Europa
oriental mantuvo esta política. La única excepción fue Nicolau
Ceaușescu, quien se propuso satisfacer la deuda ex-terna de Rumanía (10.200
millones de dólares en 1981) en una década. Para conseguirlo, Rumanía redujo
drásticamente las importaciones y los gastos en programas sociales, au-mentó
las exportaciones de todo lo posible, reintrodujo el ra-cionamiento de
alimentos y los cortes en electricidad y
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calefacción. El
resultado de esta política de “devaluación in-terna” ─por utilizar una
expresión actual─ fue un retroceso de todos los estándares de calidad de vida y
un descontento po-pular soterrado que terminó por estallar en 1989, acabando
con el propio régimen.
Que estos préstamos
no eran una mera transacción financiera lo demostró la apertura de la frontera
entre Austria y Hungría el 27 de julio de 1989, que sirvió de paso para la
huida de ciu-dadanos de la RDA hacia Alemania occidental. La deuda ex-terna de
Hungría pasó de los 9.000 millones en 1979 a los 18.000 millones de dólares en
1989, lo que significaba que el país necesitaba un superávit en exportaciones
de mil millones solamente para satisfacer los intereses de su deuda.
Según recoge
Kotkin, el primer ministro húngaro, Miklós Né-meth, y su ministro de
Exteriores, Gyula Horn, volaron antes de la apertura de la frontera a Bonn para
negociar la concesión de un crédito de mil millones de marcos alemanes con el
que mantener a flote su economía, un acuerdo que se anunció el 1 de
octubre, “mucho tiempo después de la reunión secreta, para que no
pareciese el soborno que era”.
Durante años la
URSS había subvencionado a Europa oriental con materias primas, sobre todo
hidrocarburos, a un precio muy por debajo del mercado. A cambio, recibía
mercancías de baja calidad ─las restantes se destinaban a la exportación a
mercados occidentales con el fin de conseguir divisa fuerte─, por lo que,
teniendo en cuenta el desequilibrio, el Kremlin no descartó planes de
desconectarse de ellas desde mediados de los ochenta. El socialismo realmente
existente en la URSS, como escribe Kotkin, “era letárgicamente estable y podría
ha-ber continuado por algún tiempo, o quizá podría haber inten-tado un
repliegue en clave de realpolitik, dejando de lado sus ambiciones
de superpotencia, legalizando e institucionali-
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zando la economía
de mercado para revivir sus fortunas y manteniendo de manera firme el poder
central utilizando la represión política”. Pero estando conectada a sus
Estados sa-télite, la URSS se vio arrastrada por ellos en su competición
geopolítica. Poco sorprendentemente, el fin de la Unión So-viética
sigue estudiándose en China hasta el día de hoy. Con todo, como recuerda
Kotkin, a diferencia de China, “la Unión Soviética era un orden global
alternativo, un estatus que no podía abandonar sencillamente”. Y en esa maraña
de razones, se vino abajo. ■

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