© Libro N° 13430. Los Jardines De La Guerra. Zweig, Stefan. Emancipación.
Enero 25 de 2025
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Los Jardines De La Guerra. Stefan Zweig
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Los Jardines De La Guerra. Stefan Zweig
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Stefan Zweig
Los Jardines De La Guerra
Stefan
Zweig
Los Jardines De La Guerra
Stefan Zweig
1939
Entre tantos europeos como poseen el triste privilegio de haber vivido
con los sentidos despiertos también una segunda guerra mundial, me tocó la rara
situación de ver cada uno de los dos conflictos desde un frente distinto. Vi la
primera lucha desde Alemania, desde Austria; la segunda desde Inglaterra. Por
esta razón, el observar se torna para mí instintivamente en constante comparar,
y no solamente las constelaciones de ambas, sino los dos pueblos en guerra
también.
Ya el primer día sentí la inmensa diferencia. En 1914, la declaración de
guerra en Viena fue una embriaguez, un éxtasis. Habíamos conocido la guerra
solamente en los libros, la creíamos imposible para siempre en una época
civilizada. De pronto estábamos en guerra, y como no sabíamos cuán cruel y
homicida llegaría a ser, la fantasía, repentinamente excitada, estremecíase
infantilmente curiosa como si se tratara de una aventura romántica. Masas
enormes salían como ríos de las casas, de las tiendas, a las calles y se
ordenaban en entusiasmadas columnas; de pronto aparecían banderas, sin que se
supiera de donde, y músicas, y se cantaba en coro, se gritaba de alegría,
jubilosamente, sin saber exactamente por qué. Los jóvenes se apiñaban en las
oficinas para alistarse; sólo temían ser llamados demasiado tarde y perder la
oportunidad de la gran aventura. Y, sobre todo, cada uno sentía la necesidad de
hablar, de hablar de aquello que excitaba al mismo tiempo a todo el mundo.
Aunque no se conocieran unos a otros, todos se hallaban en la calle; en las
oficinas públicas se olvidaba la tarea, en las tiendas, el comercio; se
telefoneaba sin cesar de una casa a otra, para descargar en la palabra la
tensión interior; los restaurantes, los cafés de Viena, se llenaban por la
noche durante semanas enteras, de parroquianos que discutían, exaltados,
nerviosos, pero todos hablando y hablando constantemente, convertido cada uno
en estratego, en gran maestro de ciencias económicas, en profeta.
Tal quedó para mí, inolvidable, el aspecto de la Viena de 1914. Y
después, la Inglaterra de 1939, en un contraste igualmente inolvidable.
En 1939, la guerra no fue una sorpresa inesperada, sino un recelo
convertido en realidad. En todos los países se la vio llegar desde el momento
en que Hitler tomó el poder, cada vez más apremiante; se había hecho todo para
alejarla, porque se conocían sus horrores. Por experiencia, por observación
directa, se sabía que no era un romántico monstruo fabuloso, sino una máquina
gigantesca, armada con todas las artes diabólicas de la técnica, que en su
largo curso gasta todos los días enormes multitudes humanas, enormes cantidades
de dinero. No cabía la ilusión. Nadie gritaba jubilosamente, todos se
asustaron, todos supieron que para su patria, para el mundo, llegarían entonces
años de devastación. Se aceptó la guerra porque había que aceptarla como algo
inevitable.
Así fue en 1939. Pero aunque lo sabía y esperaba esta postura estoica
como la única lógica y natural, Inglaterra fue para mí una sorpresa y aprendí
acerca del pueblo inglés en los días de la guerra, más que antes en largos
años. La primera experiencia la tuve el primer día. Hube casualmente de
realizar una diligencia en una oficina pública; el empleado estaba redactando
un documento para mí, cuando de pronto se abrió la puerta y entró otro
empleado, anunciando:
-Alemania acaba de invadir a Polonia. Es la guerra. I have to leave at
once.
Lo dijo con voz completamente tranquila, como si hiciera una
comunicación oficial sin importancia. Y mientras mi corazón se detenía y -¿por
qué avergonzarme?- mis dedos temblaban, el primer empleado concluyó
tranquilamente el documento y me lo entregó con una leve y amable sonrisa
inglesa. ¿No habría comprendido? ¿No creería en la noticia? Luego salí a la
calle. Había calma completa, la gente no marchaba ni más de prisa ni más
excitada. Todavía no lo saben, pensé una vez más. Si lo supieran, no podrían caminar
tan tranquilos, tan concentrado cada uno en sus asuntos. Pero ya llegaron los
diarios como una blanca llamarada. La gente los compraba, leía y continuaba su
camino. Nada de grupos sobresaltados; en las tiendas mismas, nada de reuniones
nerviosas. Y así transcurrieron todas las semanas, cada uno hizo su tarea con
calma, con sosiego, ni uno solo visiblemente excitado, todos calmosamente
resueltos y callados: si hubiesen faltado ciertas señales exteriores, como el
oscurecimiento o la abundancia de uniformes militares, desacostumbrada en
Inglaterra, nadie hubiera podido suponer por la simple conducta de la gente que
aquel país estaba librando una de las guerras más difíciles y decisivas de su
historia.
Esta intrepidez, precisamente en momentos de excitación, de arrebato, de
nerviosismo, que estalla incontenible en las demás naciones, sigue siendo para
los que no somos ingleses lo misterioso del temperamento británico. Se ha
intentado muchas veces explicar psicológicamente este dominio de sí como efecto
de una innata resistencia nerviosa o del sistema de educación que acostumbra ya
al niño a ocultar sus sentimientos o, por lo menos, su expresión visible. Pero
creo yo que se subestima un factor más profundo: la constante vinculación con
la naturaleza, que transfiere invisiblemente a cada ser humano algo de su
perfecta serenidad, cuando el hombre vive en permanente diálogo con ella.
Por mucho tiempo -como la mayoría-, creí que el culto y la preferencia
del inglés se concretan a su casa. En realidad, en cambio, tienen por objeto su
jardín.
Alguien calculó recientemente en Inglaterra que en esta tierra hay tres
millones y medio de jardines; casi todas las casas y aun las casitas tienen el
suyo, y muchos de los habitantes de las grandes ciudades o los de la capital
que moran en las casas de pisos londinenses, poseen una casa para el fin de
semana, en la que ansían estar todos los días de la semana por el jardín y por
las flores que allí cuidan. Por eso, millones de británicos, estos seres
aparentemente tan antirrománticos, trabajan en el jardín o en el jardincito
todos los fines de semana o después de su labor principal: por la tarde por la
mañana, el obrero, el empleado, el ministro, el estudiante y el sacerdote toman
sus utensilios de jardinería, cavan la tierra, podan los arbustos y cuidan sus
flores. En esta diaria ocupación de jardinería (gardening), que no es deporte,
ni trabajo, ni juego, sino todo esto junto en transición de matices, son
solidarios todos los ingleses, todas las diferencias sociales desaparecen, toda
distancia entre rico y pobre queda eliminada. Hasta el baronet y el duque, que
da ocupación a una docena de jardineros, está ligado íntimamente con su jardín
tanto como el maquinista ferroviario con el diminuto rectángulo verde detrás de
su casa. Y esta hora diaria o esta media hora entre flores, plantas y frutos,
entre las cosas eternas de la naturaleza, este lapso de total disociación de
los acontecimientos y los negocios, me parece que origina con su poder de
alivio -su relaxing- aquella maravillosa calma del inglés, que no logramos
comprender o, por lo menos, alcanzar. En un mundo modable y destructible, deben
recordar todos los días que lo esencial del mundo en que vivimos, su belleza,
su serenidad, no pueden ser rozadas por el desvío de las guerras y las locuras
de la política; cuando comienzan el día o lo terminan, en este contacto han
recibido fuerza y calma, que, sumadas en millones de seres, aparecen en toda la
nación como carácter, como temperamento; estos incontables jardincitos,
reducidos y modestos, que se adhieren hasta a la casa más pobre con un par de
arbustos, una corona de flores y su verde servicial, son el gran paliativo de
este pueblo contra la nerviosidad, la inseguridad y la parlería en voz alta.
Por ellos día por día se renueva la constante tranquilidad y la permanente
serenidad individual, para los no ingleses casi inconcebible, como energía de
toda la nación; con ello los británicos nos proporcionan un grandioso
espectáculo de firmeza espiritual, casi tan grandioso como aquel que nos brinda
la naturaleza.
FIN

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