© Libro N° 6646.
Abismo Frenético. Benford, Gregory. Emancipación. Noviembre 9 de
2019.
Título
original: © Furious Gulf. Gregory Benford
Versión Original: © Abismo Frenético. Gregory Benford
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ABISMO FRENÉTICO
Gregory Benford
Serie
del centro galáctico/5
Gregory
Benford
Título
original: Furious Gulf
Traducción:
Carlos Gardini
©
1986 By Gregory Benford
©
1999 Ediciones B S.A.
Bailén
84 - Barcelona
ISBN:
84-406-8278-6
Edición
digital: Elfowar
Revisión:
Anelfer
R5
03/03
PRESENTACIÓN
A
principios de los años noventa se consolidan nuevas líneas y tendencias en la
literatura de ciencia ficción. En una de esas líneas, tal vez en el corazón
mismo de la temática más tradicional del género, destaca y a la figura de
Gregory Benford como uno de los renovadores de la ciencia ficción clásica que
ha sabido aunar el ínteres por la ciencia con un alto nivel literario.
Para
todos (críticos, especialistas y lectores en general), CRONOPAISAJE (1980, NOVA
ciencia ficción, número 66) es una obra maestra indiscutible y muy difícil de
superar. Tal vez por ello, Benford ha abordado en los últimos años un ambicioso
proyecto que toma la forma de una serie de libros que están llamados a dejar
una profunda huella en la historia del género. Se trata de una compleja
especulación sobre la evolución de la vida en la galaxia, que incluye como
elemento determinante la contraposición violenta entre las civilizaciones de
origen orgánico y las civilizaciones de máquinas. Se la conoce ya como la
monumental serie del Centro Galáctico, y los comentaristas de la prestigiosa
Publishers Weekly han saludado la última entrega de la serie, ABISMO FRENÉTICO,
con un definitivo:
Los
aficionados no van a quedar decepcionados con la tensa trama de esta nueva
incorporación a una serie que ya ha llegado a eclipsar incluso a la Fundación
de Asimov.
El
proyecto se inició con la novela EN EL OCÉANO DE EA NOCHE (1977 - NOVA ciencia
ficción, número 7), en las que se nos presentaba el primer contacto de la
humanidad con los frutos tecnológicos de una inteligencia extraña. Junto al
misterio venido del espacio, Benford reflexionaba en esa novela sobre el cambio
de las condiciones sociales y ambientales en el futuro inmediato de nuestro
planeta.
La
serie continuó con la novela A TRAVÉS DEL MAR DE SOLES (1984 - NOVA ciencia
ficción, número 10), que se constituye así en el segundo volumen de una
trilogía todavía inacabada y que se unifica por el protagonismo central de un
mismo personaje: Walmsley. Se trata aquí, fundamentalmente, de la especulación
sobre la vida en el espacio profundo, con especial incidencia en la dificultad
de la comunicación entre especies diferentes.
A la
espera del tercer volumen de esta primera trilogía, GRAN RÍO DEL ESPACIO (1987,
NOVA ciencia ficción, número 20) se incorpora, desde otra perspectiva, a la
visión de la evolución galáctica que Benford está describiendo. Se trata esta
vez de la historia de un grupo de humanos que tienen que vivir bajo la amenaza
y la presencia constante de los miembros de una de esas civilizaciones de
máquinas. En GRAN RÍO DEL ESPACIO Benford vuelve a la amena narración dominada
por un hálito aventurero, pero sin dejar de salpicarla con interesantes
reflexiones sobre la humanidad y su destino galáctico.
La
nueva trilogía, protagonizada por Killeen y su hijo Toby, continúa con MAREAS
DE LUZ (1989, NOVA ciencia ficción, número 43), con más aventuras de la familia
Bishop comandada por Killeen, su encuentro con nuevos mecs y también con
extraños aliados, por ejemplo, las miriapodias como Quath, con quienes los
humanos deben trabajar conjuntamente para descifrar el destino de las
respectivas especies y el misterioso atractivo que encierra el denso y
peligroso Centro Galáctico.
En
general, en toda la serie, cada novela resulta bastante independiente de la
anterior y puede ser leída aisladamente. Si el lector lo desea, puede consultar
también el marco general de la trama en el apéndice que se incluye en MAREAS DE
LUZ como «Cronología de la especie humana (vertebrados soñadores) en el Centro
Galáctico».
En
carta personal, Benford me comentaba, hace ya unos años, su visión de las
líneas generales del ambicioso proyecto que persigue:
Intento
escribir una serie que verdaderamente se enfrente a la idea de que no somos los
señores de la creación y que puede existir una inteligencia superior que no se
preocupe mucho de nosotros. Deseo explorar la naturaleza de la inteligencia
artificial y cómo puede diferir de nosotros. Además, en las novelas de Killeen
(GRAN RÍO DEL ESPACIO y las que le siguen), deseaba narrar la historia de un
grupo de seres que habitan en un entorno que se parece al del mundo antiguo:
poblado por figuras parecidas a dioses (Dioses, en el caso de la antigua
Grecia) que se preocupan muy poco de los humanos. Las historias de Killeen y de
Walmsley se conectarán más tarde, y así la serie se unirá en temática y
personajes. Mi objetivo es también ampliar continuamente el paisaje conceptual
de las novelas y proporcionar una vasta visión de la vida y la evolución en la
galaxia así como de las perspectivas a largo plazo de todo tipo de vida, con
inclusión de la inteligencia artificial. Al mismo tiempo la historia de los
personajes humanos debe tener sentido. Por ello me ha llevado tanto tiempo
escribir estos libros, ya que las ideas son difíciles de tratar y he tenido que
aprender muchas cosas para escribirlos respetando el nivel de fidelidad a los
hechos que a mí me gusta.
Con
toda seguridad este breve párrafo es uno de los mejores resúmenes del objetivo
perseguido por la serie que estamos ofreciendo a nuestros lectores en NOVA
ciencia ficción. La obra, en su conjunto, se configura como un trabajo maduro,
inteligente y fruto de una profunda reflexión. La especulación de tipo
científico y tecnológico de que hace gala Benford se complementa con
interesantes visiones sobre la organización social en diversos ambientes y
entornos: futuro cercano de nuestro mundo (EN EL OCÉANO DE LA NOCHE), la
sociedad cerrada de una nave que viaja por el espacio profundo (A TRAVÉS DEL
MAR DE SOLES), el precario reducto de una humanidad perseguida (GRAN RÍO DEL
ESPACIO), nuevas especies y poderes galácticos (MAREAS DE LUZ), etc. En
conjunto se trata de obras dirigidas fundamentalmente a la inteligencia y la
sensibilidad del lector que acreditan la madurez del género.
De
momento, como ya se ha dicho, hay dos grandes sub-series que deberán converger
en el último volumen de la serie: SAILING BRIGHT ETERNITY (1995, prevista en
NOVA ciencia ficción, número 88). Los dos primeros volúmenes están
protagonizados por Nigel Walmsley en un momento del tiempo cercano a nuestro
futuro inmediato; mientras que los tres siguientes se sitúan en un futuro
lejano y se centran en las aventuras de personajes de la familia Bishop,
surgida del planeta Nieveclara. Killeen fue el protagonista central en las dos
primeras, GRAN RÍO DEL ESPACIO y MAREAS DE LUZ, mientras que, según parece, en
ABISMO FRENÉTICO el protagonismo lo hereda su hijo Toby.
El
que se produzca el encuentro final, previsto para el último volumen de la magna
sene, lo deberá permitir el misterioso mundo del «esti» («es» por espacio, «ti»
por tiempo), donde todo parece posible.
Debo
decir que me encontré por primera vez con el concepto del «esti» en «Soon Comes
Night», una novela corta ambientada en el Centro Galáctico que Gregory Benford
presentó al Premio UPC de ciencia ficción de 1993. Allí quedó finalista y, más
tarde, se publicó en la edición de agosto de 1994 del Asimov's Science Fiction
Magazme. Pese al seudónimo, descubrí al autor inmediatamente, ya que el
protagonista de «Soon Comes Night» es el mismo Nigel Walmsley que protagonizara
las dos primeras novelas de la serie del Centro Galáctico, así como la última,
que según tengo entendido incluye en cierta forma el texto de «Soon Comes
Night».
Debo
admitir que, sin conocer el «esti» que se encuentra en la segunda mitad de
ABISMO FRENÉTICO, leer directamente «Soon Comes Night» no resulta precisamente
fácil, como también señalaron los otros miembros del jurado del Premio UPC.
Tras haber leído ABISMO FRENÉTICO, me doy cuenta de cuan imprescindible resulta
para que las sorprendentes ideas que contiene «Soon Comes Night» pueden ser
presentadas más fácilmente.
En
cualquier caso, aquí está, en el orden natural de lectura, la aventura de Toby,
el hijo de Killeen, en el misterio «esti». Ocupa la segunda mitad de ABISMO
FRENÉTICO y se convierte en el necesario nexo de unión con SAILING BRIGHT
ETERNITY con que finaliza la serie del Centro Galáctico, título que esperamos
ofrecer a nuestros lectores antes de que termine 1996.
Por
cierto, Gregory Benford ya ha aceptado pronunciar la conferencia como autor
invitado a la ceremonia de entrega de premios del Premio UPC de ciencia ficción
1996. Ello significa que estará en España, en Barcelona más concretamente, en
torno al 11 de diciembre de 1996, fecha de dicha entrega de premios en el
Campus Norte de la Universidad Politécnica de Cataluña. Allí podríamos
encontrarnos los muchos admiradores que, me consta, tiene Benford en España.
Más información, del premio y del acto, se puede obtener del Consejo Social de
la UPC (teléfono 93-4016343).
Volviendo
a ABISMO FRENÉTICO y a la serie del Centro Galáctico, resulta evidente el
atractivo que parece ejercer en los humanos de la familia Bishop el gigantesco
agujero negro del centro de nuestra galaxia que ha devorado ya millones de
soles. Amenaza devorar también a los frágiles humanos del Argo comandado por el
capitán Killeen. En su intento por escapar de sus peligrosos antagonistas los
mecs, los humanos y su compañera, la miriapodia Quath, se ven obligados a
emprender una desesperada huida hacia adelante, en definitiva hacia el
mismísimo ABISMO FRENÉTICO que constituye el denso Centro Galáctico. Allí se
encontrarán con el misterioso «esti» y con nuevas aventuras.
Con
la ayuda (y también la oposición) de los diversos Aspectos, Rostros y
Personalidades albergados en chips conectados a su médula espinal, el joven
Toby deberá aventurarse por el misterioso paisaje del «esti», defender las
posibilidades humanas ante la amenaza del peligroso Mantis y descubrir qué hace
tan particulares y tal vez necesarios a los humanos en una galaxia dominada por
las inteligencias mecánicas.
Paso
obligado hacia un final de la serie que resuelve muchos de los enigmas y
refuerza muchas de las especulaciones planteadas, ABISMO FRENÉTICO nos muestra
y describe, por primera vez, el sorprendente «esti», a la par que profundiza
brillantemente en los aspectos morales y éticos del repetido uso de esa
presencia de los antepasados en forma de Aspectos, Rostros y Personalidades,
precisamente en la figura de un adolescente como Toby en el siempre difícil
paso a la madurez.
De
nuevo, grandes y sugerentes ideas, amenas aventuras, entrañables personajes y
brillantez literaria constituyen los mayores atractivos de una de las más
ambiciosas series de la moderna ciencia ficción. Tras la lectura de estas
novelas, no sorprende en absoluto que la obra de Benford reciba todo tipo de
parabienes y alabanzas, incluso de personajes como Marvin Minsky, destacado
lector de ciencia ficción que es, al mismo tiempo, una autoridad mundial en el
difícil y prometedor campo de la inteligencia artificial. Estoy seguro de que
estarán de acuerdo con él, conmigo y con tantos otros sobre el hecho de que
Benford es uno de los más sugerentes e interesantes escritores de la ciencia
ficción.
Miquel
Barceló
Para
Joan,
para
siempre
PRÓLOGO
- CENTRO VERDADERO
El
padre de Toby recorría el casco.
Killeen,
una figura plateada, había sintonizado el traje para que reflejara la mayor
cantidad posible de radiación. Un hombre espejo. Lo bañaba una luz que titilaba
con la fosforescencia de las estrellas y el gas. Una distorsión ondeante seguía
el andar aplomado y lento de Killeen contra el ardiente fondo.
«Papá»,
llamó Toby por el comunicador del dermotraje.
«¿Qué?
—Killeen no pudo ocultar su sorpresa—. ¿Por qué estás aquí fuera?» «La gente se
pregunta por qué pasas tanto tiempo aquí.»
Como
capitán del Argo, Killeen podía hacer lo que quisiera. Pero Toby notaba una
creciente incertidumbre entre los oficiales. Alguien debía actuar, decirle
algo, así que Toby se había puesto el dermotraje y había salido. Últimamente,
el capitán Killeen se mantenía aislado. Salía a pasear sobre las curvas del
casco de la nave, y a veces ni siquiera dejaba abierta su línea de
comunicación.
«Estoy
navegando, observando», dijo Killeen con aire distante.
La
acuosa imagen del hombre fluía como luz líquida cuando se acercó a Toby por la
proa roma de la nave. Su traje reflejó momentáneamente las negras profundidades
de una nube molecular cercana y Toby lo vio como una inquietante sombra contra
el lejano resplandor anaranjado del gas constelado de estrellas.
«Puedes
hacerlo desde el puente», dijo Toby.
«Desde
aquí lo aprecias mejor.» Killeen se acercó y Toby distinguió la expresión
severa de su padre a través del pequeño visor del traje.
Toby
reparó en el rostro contraído de Killeen, en su humor hosco, y decidió ser
directo. «Hay varios tripulantes más con parte de enfermedad.»
Killeen
apretó los labios pero no dijo nada. Toby titubeó, se armó de coraje.
«¡Papá,
nos morimos de hambre! Los jardines que perdimos no crecerán de nuevo,
reconócelo...»
Killeen
giró, moviendo diestramente sus botas magnéticas en gravedad cero.
«Lo
estoy reconociendo. Pero ya no nos quedan trucos tecnológicos. Ni siquiera los
especialistas en plantas pueden lograr que esos jardines de a bordo florezcan
de nuevo. No cuento con ninguna ayuda, así que estoy pensando, ¿entiendes?»
Toby
retrocedió involuntariamente. El enfado de Killeen era vivo y daba miedo. Tomó
aliento y preguntó:
«¿No
deberíamos..., no podemos hacer otra cosa?» Killeen frunció el ceño.
«¿Cómo
qué?»
«Aproximarnos
a alguna de aquellas cosas.»
Toby
señaló.
Delante
del Argo flotaban débiles puntos metálicos de luz, sin nubes ni polvo luminoso.
Eran artificiales.
«No
sabemos qué son. Podrían ser mecs. Tal vez lo sean. Los mecs han construido
mucho cerca del Centro Verdadero.»
Killeen
se encogió de hombros.
«Tal
vez sean humanos, papá.»
«Lo
dudo. Ha transcurrido mucho tiempo desde que los humanos vivían en el espacio.»
«Eso dice la historia, pero no lo sabremos si no echamos un vistazo. Somos
exploradores
por
tradición, papá. La Familia está impaciente por salir de la nave, por estirar
las piernas...» Killeen escudriñó pensativamente el resplandor del Centro
Galáctico.
«Siendo
capitán, aprendes a no meter la nariz en una colmena para oler la miel. Es
probable que esas cosas sean hostiles, aunque no sean mecs. Aquí todo parece
ser mec.»
Toby
pasó por alto aquel comentario. Había pasado más de un año, pero Killeen aún no
había superado la muerte de su mujer, Shibo. Cumplía con sus deberes de
capitán, pero a menudo estaba ensimismado, pensativo, melancólico. Esa actitud
habría sido aceptable en un tripulante, pero no en un capitán. Afectaba la
moral de la gente.
Aun
así, pensó Toby, tal vez Killeen tuviera razón. Se dirigían hacia el centro de
la galaxia, donde operaban energías de vasto alcance e indiferentes. Soles
enormes y resplandecientes. Nubes incandescentes de polvo y gas. Poderes que
trascendían todo cuanto los humanos pudieran manejar. Inteligencias acordes con
el loco remolino de los astros.
Había
estudiado historia y sabía que los humanos habían evolucionado cerca de una
estrella que se hallaba en un brazo externo de la espiral galáctica. La galaxia
era un disco giratorio, como un juguete de dimensiones inconcebibles para la
mente humana. En la Vieja Tierra, lejos de los cataclismos del Centro
Verdadero, la vida había sido fácil y apacible.
En
uno de sus ejercicios de instrucción había visualizado una caja de un año luz
de lado, la distancia que la luz podía recorrer en un año. Allá, cerca de la
legendaria Tierra, esa caja con-tendría una sola estrella.
Aquí,
en el Centro Galáctico, la caja contenía un millón de estrellas.
Los
soles poblaban el cielo como canicas fulgurantes. Los envolvían tormentosas
franjas de gas rojo. Las estrellas se apiñaban como abejas furiosas en torno al
eje central, al fulgor blanco azulado del centro exacto.
«Podríamos
acercarnos, echar un vistazo», murmuró Toby.
Killeen
negó con la cabeza.
«Tal
vez resolviéramos un problema, pero crearíamos otro peor...» «Nos morimos de
hambre, papá, tenemos que hacer algo.»
Killeen
se alejó encolerizado por el gastado y mellado casco. Sus imanes hicieron que
el metal temblara con un estremecimiento que Toby notó a través de sus propias
botas. Siguió a su padre. Por aquella superficie había que desplazarse a pasos
largos: dejarse llevar por el impulso, permitir que la bota se adhiriera el
tiempo suficiente para cobrar más ímpetu, liberar la bota, avanzar otro paso.
Toby lo hacía bien, pero no podía seguir el ritmo de su padre.
El
Argo los había llevado allí a velocidades cuasilumínicas, devorando plasma con
sus palas magnéticas. Había combustible de sobra, más espeso a medida que se
aproximaban al centro. Pero algunos trozos de roca habían mellado y abollado el
lustroso casco. Ahora avanzaban más despacio, y Killeen aprovechaba la ocasión
para caminar por el casco con cierta seguridad. El Argo se había sumado al
movimiento de la materia, que giraba en torno al Centro Verdadero a una
milésima de la velocidad de la luz.
Killeen
alcanzó un saliente liso en las complejas protuberancias del Argo y se detuvo,
como si estuviera en la cima de una colina en su planeta natal. La nave, del
tamaño de una montaña, era una grandiosa construcción de sus antepasados. Más
allá se extendía una inmensa nube oscura, como una mancha de tinta contra las
llameantes estrellas.
Killeen
se volvió hacia su hijo. Su expresión se tiño de nostalgia.
«Si
al menos hubiera planetas...»
«No
puede haberlos», dijo Toby, tratando de volver la conversación a la realidad.
«¿Por
qué?», preguntó Killeen con aspereza.
«¡Mira
esas estrellas! Están tan cerca que arrebatarían un planeta a su sol madre.»
«Bien, entonces los planetas irían a la deriva. ¿Y?», dijo Killeen tercamente.
«A
la deriva. Y congelados. Demasiado alejados de cualquier sol. No habría vida
vegetal en ellos. No habría alimentos...»
Killeen
escudriñó el espacio.
«¿Entonces,
en medio de tanta magnificencia, no hay lugar para la vida?» «En efecto. Y
tampoco lugar para nosotros.»
Toby
aventuró esta opinión para arrancar a su padre de sus fantasías, tal vez para
obligarle a replantearse su temeraria incursión en el Centro Verdadero.
Killeen
lo miró serio, casi suplicante.
«Debemos
continuar», insistió.
«¿Por
qué? Los niveles de radiación son tan altos que el Argo apenas puede
resistirlos. Sólo por el hecho de estar aquí fuera, te arriesgas a una
exposición grave.»
«Es
nuestro deber.»
«Papá,
te debes primero al Argo, a tu tripulación.»
«Hay
algo cerca del Centro Galáctico. Tenemos que averiguar qué.»
Toby
resopló de frustración. Killeen entornó los ojos, pero Toby recordó que hablaba
en nombre de la mayoría de los tripulantes. También él tenía un deber.
«Algunos
documentos viejos y mohosos sugieren algo. Sugieren que hay algo, eso es todo
—dijo—. ¿Y por eso debemos...?»
Se
interrumpió cuando Killeen le volvió bruscamente la espalda. El capitán del
Argo mantuvo los hombros erguidos, aunque agachó la cabeza. Toby vio que su
padre luchaba consigo mismo, combatiendo contra oscuros demonios que el hijo
nunca conocería del todo.
Toby
apenas lograba entreverlos en las precipitadas frases de sus conversaciones, en
los movimientos a medias, en el velado lenguaje de gestos y miradas que dejaba
momentáneamente al desnudo una mención. El capitán nunca se desahogaba, ni
siquiera con su hijo. Ni siquiera con Shibo, tal vez, cuando ella vivía.
Killeen
sobrellevaba una pesada carga: la pérdida de Shibo; la relación distante con su
hijo; la proximidad del turbulento Centro Verdadero. Todo esto hervía en la
mente de su padre como en una olla, y Toby lo sabía.
Killeen
miró la masa negruzca que se erguía como una muralla junto al Argo. Era una
espesa y arremolinada nube de polvo y moléculas simples, según indicaban los
instrumentos. Pero Killeen siempre desconfiaba de los diagnósticos del Puente
del Argo. Hacía años que había adquirido el hábito de otear desde el casco,
libre del tranquilizador, sedante y artificial entorno de la nave. O al menos
eso decía. Toby sospechaba que, simplemente, le gustaba escapar del encierro.
De tal palo, tal astilla.
Nubes
sombrías como aquélla tachonaban el deslumbrante resplandor del Centro
Galáctico: negros signos de puntuación en una turbulencia de fuego estelar.
Killeen había trazado el curso del Argo para aprovechar esa nube como escudo
contra niveles letales de radiación. Mientras el Argo se deslizaba junto a
filamentos velados y oscuros, Toby notó que su padre contraía el rostro en una
mueca de asombro.
«¡Allí!
—Killeen señaló—. Algo se mueve.»
Toby
se tocó un control del cuello. El ordenador del casco amplió la imagen y pasó a
modo infrarrojo. Su campo de visión se internó en los recovecos de la nube.
Algo
serpenteaba en el borde de la bruma moteada.
«Pasa
a gran alcance», dijo Killeen con aplomo. Había superado el asombro y era pura
actividad.
Toby
pasó a amplitud máxima. ALCANCE 23 KM, indicaba el visor.
La
cosa serpeante se deslizaba despacio. Su reluciente piel de jade reflejaba el
fulgor de las estrellas. Perezosas láminas transparentes ondulaban a lo largo
de su cuerpo.
«¡Está
viva!», exclamó Toby.
La
serpiente verde usaba velas. Velas naturales, nacidas del cuerpo en mástiles
fibrosos, atrapaban la ambarina luz de las estrellas. En gravedad cero, la
tenue presión de la luz bastaba para darle impulso. Sin nada que la detuviera,
la sinuosa criatura cobraba velocidad.
«Mira
—susurró Killeen—. Hay algo más en esa nube.»
La
bestia ondulante no tenía cabeza, sólo una ranura larga y negra en el extremo
delantero.
Toby
dedujo que debía ser una boca. La criatura perseguía una esfera azul.
Miraron
en silencio cómo se acercaba, y la boca se ensanchó. Una cosa anaranjada brotó
de ella y se adhirió a la esfera azul arrastrándola hacia la boca, que se abrió
en un bostezo. La esfera desapareció.
«Depredadores
—dijo Killeen—. Y presas.»
«¿Depredadores?
¿Cómo puede algo vivir en una nube? ¿En el vacío del espacio?»
Killeen
sonrió.
«¿Vacío?
Nada está vacío, hijo. Las nubes moleculares contienen moléculas orgánicas,
¿verdad? Eso dicen los especialistas...»
«Ah,
esas cosas... sí.» Toby recordó la voz de su Aspecto instructor, Isaac, que le
daba complejas lecciones. «Oxígeno. Carbono. Nitrógeno.»
Killeen
gesticuló expansivamente.
«Súmale
esta luz estelar, cocínalo varios miles de millones de años y... ¡listo!» Toby
pestañeó.
«¿Vida
escondida en esta nube?»
«Apuesto
a que hay buena cacería en el borde de la nube. Algunas criaturas deben vivir
en lo más profundo, donde pueden esconderse. De cuando en cuando saldrán para
disfrutar de la luz y calentarse.»
Toby
asintió con la cabeza, convencido.
«Esa
criatura serpentina lo sabe. Sale en busca de la cena», dijo.
«La
serpiente con velamen se come las esferas azules. Pero ¿qué comen las esferas
azules?»
«Algo
más pequeño. Algo que no vemos desde aquí.»
«Exacto.»
Killeen entornó los ojos. «Tiene que haber una criatura que se alimente sólo de
luz estelar y moléculas a la deriva.»
«¿Plantas?
—preguntó Toby—. Plantas del espacio. Apuesto a que podremos comernos algunas.»
Killeen
le palmeó la espalda.
«Sería
raro que no pudiéramos. Sabemos que estas nubes tienen la misma química básica
que la naturaleza genera en todas partes. Eos programas científicos del Argo
nos explicaron eso, ¿recuerdas? Así que podremos digerir lo que se oculte por
aquí, sin duda.»
Toby
parpadeó, observando cómo la serpiente desplegaba sus velas. ¿Era verde por la
misma razón que las plantas lo eran, para absorber luz solar de todos los
colores salvo el verde? La criatura inició un lento giro, mostrando rayas
negras y curvas. ¿Había visto la nave? Tal vez deberían cazarla, averiguar lo
que sabía. Su estómago reaccionó con un retortijón sonoro de hambre.
Pero
la criatura era imponente a su modo, su piel reluciente y sus gráciles
movimientos poseían una cierta belleza. Como un inmenso nadador en una piscina
negra. Tal vez debieran dejarla en paz.
«Nunca
la habríamos visto desde el puente. Esos instrumentos habrían filtrado todo lo
que no considerasen importante.»
Killeen
había recobrado su actitud expeditiva, reprimido su asombro. Era parte del
precio de ser capitán.
Toby
aún miraba boquiabierto la serpiente. Sabía que su padre tenía razón. Nadie
habría podido adivinar lo que verían allí. Pero Killeen había salido una y otra
vez para pensar en sus problemas de capitán, mediar, cavilar recorrer el casco
mirando sin saber qué buscaba. Y algunos tripulantes pensaban que había perdido
el juicio.
Killeen
llamó al Puente y ordenó que el Argo se dirigiera hacia la oscura nube. Poco a
poco los tripulantes comprendieron la situación. En las líneas de comunicación
se oían voces vibrantes, esperanzadas, alegres.
«¿Papá?»,
preguntó Toby.
Killeen
estaba impartiendo órdenes. La tripulación debía prepararse para cazar, para
perseguir extrañas presas en las tenebrosas profundidades del vacío. Debían
hacer algo que nunca antes habían intentado, que ni siquiera habían imaginado.
Killeen
hizo una pausa y preguntó:
«¿Sí?»
«Podemos
refugiarnos un tiempo en la nube. Descansar. Recobrarnos...» Killeen sacudió la
cabeza.
«No.
Nos reaprovisionaremos y continuaremos. Allí está el Centro Verdadero. ¡Míralo!
¡Estamos tan cerca!»
Toby
miró hacia adelante por entre los grumos polvorientos que aureolaban el casco
del Argo mientras la gran nave se internaba en la nube gigante. Ampliando al
máximo pudo distinguir el centro exacto de la galaxia. Deslumbrante. Bello.
Peligroso.
Y
comprendió que su padre jamás se desviaría de esa meta. Ni el hambre, ni los
riesgos ni la tristeza lograrían disuadirlo.
Volarían
hacia el centro hirviente de aquel caos traslúcido y arremolinado. En un viaje
imposible. Buscando algo sin saber qué.
Killeen
sonrió.
«Vamos,
hijo, para esto hemos nacido. Seguiremos adelante y hacia dentro. Aquí cerca se
encuentra todo el pasado de nuestra Familia. Averiguaremos qué sucedió, quiénes
somos.»
«A
la tripulación no le gusta que hables así, papá.» Killeen frunció el ceño.
«¿Por
qué?»
«Es
un lugar temible.»
«¿Y?
No han visto todo el esplendor de su gloria, no han pensado en ello. Cuando
llegue el momento, me seguirán.»
«Estamos
huyendo para salvar el pellejo, papá.»
«¿Y?
—Killeen sonrió, un vivaz gesto humano en medio de la luz galáctica—. Siempre
ha sido así.»
TORMENTA
DE PARTÍCULAS
El
caparazón se desliza como una avispa cazadora.
Su
tórax es de cerámica de alto impacto. Las franjas blancas semejan costillas.
Los globos de almacenamiento se hinchan como pulmones cuando intercambia la
carga de plasma. Lentas elevaciones, ondulantes exhalaciones.
Esto
es una ilusión. Su cuerpo es una compilación de diseños del pasado; libre de
peso, no recuerda los planetas. La evolución es independiente del sustrato, sea
orgánico, metálico o plasmático. Este diseño sigue frías planificaciones que se
han vuelto hábito. La función convergente sobre la forma. Varillas tubulares de
tensión invisible, elocuentes puntales.
En
alguna parte de su extensión, vainas grises tachonan los ángulos. Curvas en
plata borrosa. Líneas ahusadas se fusionan, uniendo ejes sesgados. Estas formas
geométricas serían imposibles bajo los dictados de la gravedad.
Rota.
Grave, cuidadosa. El movimiento es un lujo innecesario cuando lo que realmente
se mueven son los datos.
Tiene
poco sentido cinestésico. En cambio, vive en medio de universos codificados e
interiores. Redes lógicas, filtros. Las percepciones son patrones acelerados
que circulan entre las arenas movedizas de las estrellas y las vidas.
Por
esos espacios fluyen datos. Ríos digitales se ramifican en meandros, buscando
receptores. Murmurantes, estratificados, incesantes como la lluvia de protones.
Los
arroyos de datos caen febrilmente sobre opacos caparazones de titanio. Pero no
siente el torrente de partículas que azota en vano los macizos escudos: capas
de tenso cismetal con-glomerado, girando.
La
masa es bruta. Dentro de las cristalinas murallas, no hay nada parecido a una
máquina. Ningún movimiento obvio, ni engranajes mecánicos. Aquí la esencia es
estática, eterna, un fulcro de fuerzas fijas.
El
pensamiento es infinitamente tenue. La mente interior recorre diminutos tallos
de diamante oscuro, modelado en el núcleo de antiguas supernovas. Los códigos
circulan en finas
salpicaduras
de núcleos polarizados, danzan eternamente en campos flotantes. Los electrones
se contraen y serpentean portando ideas luminiscentes.
Desde
lejos llegan las radiaciones espectrales de una gigante roja que poco a poco se
transforma en supernova. El plasma arroja lanzas de rubí en los planos
giratorios. El frenético flujo lame gastados bordes del cráter. Impactos al
azar, olvidados. Las cavidades y rasguños que adornan los tubos macizos cuentan
extrañas historias, ya ilegibles.
La
muerte corona el espinazo espiral: antenas teñidas de amarillo cegador. Pueden
hendir el susurro galáctico, usar agujas electromagnéticas para apuñalar presas
que están a minutos luz de distancia.
Por
el momento conversa, y sus identidades interiores están libres de los mandatos
voraces de la supervivencia. Se consagran a pensar. Dentro de ella danzan los
datos.
La
inteligencia antológica habla con otras distribuidas en el plano galáctico,
aunque la distinción entre yo (aquí) y otro (allá) es una convención, una burda
simplificación de esta angularidad giratoria.
Entablan
algo similar a una discusión. Perspectivas fluctuantes de matices digitales.
Las oposiciones binarias son ilusorias —tú/yo, punto/contrapunto— pero
configuran temas, tal como un marco delimita una pintura.
Comienza.
El lenguaje danza en las huracanadas masas intermedias, los caprichos del
tiempo. Hiende. Penetra.
Los
semisensitivos no deben
preocuparnos.
Al
contrario. Son un problema sin resolver.
¿Los
denominas «primates»?
De
la clase de los vertebrados soñadores.
Yo/tú
los considero irrelevantes.
Siguen
constituyendo una molestia.
¡No
son nada! Desechos, motas.
Se
aproximan. Falta poco para que lleguen al Centro.
Nosotros/vosotros
prácticamente
hemos
erradicado a los humanos. No
quedan
sino en pequeños grupos.
Nuestras
prolongadas deliberaciones,
que
la historia recoge ampliamente,
exigen
la conclusión de esta antigua
obra.
Esta
política tiene e>/~*~\< de antigüedad. Nosotros/vosotros deberíamos
revisarla.
Están
casi extinguidos. Continúa.
Su
extinción es difícil de lograr. Subsisten. Esto sugiere que nosotros/vosotros
deberíamos revisar nuestros supuestos.
Son
alimañas. La evolución basada
en
el carbono sólo proporciona
aptitudes
limitadas. Todavía se
comunican
entre sí linealmente.
Algunos
dicen que la evolución actúa igualmente sobre vosotros/nosotros y sobre ellos.
Pamplinas. Nosotros/vosotros
dirigimos
nuestros cambios. Ellos no
pueden.
Ésta es la deficiencia
esencial
de la vida orgánica.
Una
vez pudieron alterar sus propias huellas, introducir cambios en su especie.
Perdieron
esa capacidad cuando
nosotros/vosotros
los diezmamos.
Ahora
son como las formas no
pensantes,
los anímales... modelados
por
fuerzas aleatorias.
Hubo
un tiempo en que fueron importantes. Nosotros/vosotros debemos comprender esta
amenaza antes de eliminarla.
Posiblemente
posean información
nociva
para nosotros/vosotros. Así
consta
en nuestros registros más
estables.
Esos
registros están protegidos contra la radiante tormenta del Devorador de Masa,
así que deben conservarse bien.
Por
su naturaleza, nosotros/vosotros
no
podemos saber en qué consiste
esta
información oculta.
¿Por
qué «por su naturaleza»?
Hay
muchas teorías.
Precisamente.
¿No es raro que algo en nuestra/vuestra constitución nos impida saber qué
llevan estos humanos? ¿Que dicho conocimiento nos esté vedado? Resulta un
curioso aspecto de nuestra programación profunda.
Siempre
que lleven algo. Estos
documentos
antiguos son
sospechosos.
No
podemos arriesgarnos a no creer en ellos.
Hace
mucho tiempo el filósofo [\~]
resolvió
esos interrogantes.
Nosotros/vosotros
estamos
encerrados
en nuestro espacio de
percepción.
Siempre quedarán asuntos
que
no podemos conocer.
Pero
¿si estos asuntos nos afectan? Es inquietante.
Convivir
con la ambigüedad es
propio
de las inteligencias superiores.
Sin
embargo, para reducir la
incertidumbre
deberíamos exterminar
a
las bandas restantes.
¿Y
perder esa información?
Muy
bien, archivémosla primero. Pero
señalo
que con esta nueva incursión
se
aproximan al Centro Verdadero.
Puede
ser arriesgado eliminarlos.
Pamplinas.
Nosotros/vosotros ya
hemos
destruido muchas expediciones
similares.
Primero,
que los exploradores los localicen con precisión. Las habituales unidades
cazadoras de primates los rastrearán, tal vez causando algunos daños menores.
Recuerda que esas formas inferiores requieren una estructura de recompensa.
¿Vosotros/nosotros
abogáis por la
postergación
de toda acción?
No,
por una acción cauta. Recordemos que formas más elevadas que nosotros juzgarán
nuestros//vuestros actos. Acontecimientos previos relacionados con estos
primates, en dos planetas, indican que aún desempeñan una función significativa
aunque poco clara. Tal vez
transporten
información: ¿qué son sino información? Más aún: ¿qué somos nosotros para
centrar la atención de mentes superiores?
Muy
bien, cautela. Pero ¿cómo?
Les
tenderemos una trampa.
PRIMERA
PARTE - ANTIGÜEDAD REMOTA
1 -
TECNONÓMADAS
Toby
acababa de entrar en la cámara de presión y se estaba quitando el traje cuando
apareció Cernió. Toby sólo llevaba pantalones cortos debajo del traje y en la
nave tenía más frío que fuera. Buscó el mono en el armario, tiritando.
—¿Dónde
estabas? —preguntó Cermo.
El
hombretón se erguía sobre Toby. Antes lo llamaban Cermo el Lento, pero ahora
estaba más flaco y ágil. Una sonrisa satisfecha le partía la cara en dos.
—He
oído el alboroto. El capitán ha encontrado algo de comer, ¿verdad?
—Veremos.
—Pero
eso no cambia nada, no para ti —dijo Cermo riendo entre dientes. Era un hombre
corpulento de ojos blandos y rostro alegre, así que su risa no resultaba
malévola.
—¿A
qué te refieres?
—Hoy
estás asignado a mantenimiento.
—De
acuerdo. Revisaré los biotanques, como de costumbre. —Hoy no se trata de lo de
costumbre. —De nuevo la sonrisa. —¿Qué sucede?
—Se
han roto los sellos de las cloacas.
—¿Otra
vez? No es justo. Se rompieron la última vez que me asignaron a mantenimiento.
—Pues entonces eres un experto. —Cermo le alcanzó una fregona—. Aplica tus
conocimientos.
Los
sellos siempre se rompían porque los reguladores de presión se tenían que
ajustar con precisión. Los desechos humanos eran un ingrediente vital en los
biotanques. Había que presurizarlos, filtrarlos y aplanar el producto final
formando esteras pastosas que los equipos de agricultores distribuían en las
grandes zonas de cultivo. El Argo era una nave de larga distancia diseñada para
retener cada gota de agua, cada exhalación le aire.
Fácil
de entender, difícil de hacer. La mayoría de los tripulantes del Argo eran
parientes, todo lo que quedaba de la Familia Bishop. Procedían de Nieveclara,
un mundo lúgubre que Toby recordaba con afecto.
Toby
pertenecía a la última generación de la Familia Bishop. Eso le permitía ser un
novato crédulo, pero la pura y amarga verdad era que los Bishop carecían de las
aptitudes necesarias para manejar el Argo.
Todas
las Familias habían sido tecnonómadas, y habían aprendido apenas lo necesario
para sobrevivir mientras escapaban. Siempre corriendo, esquivando, eludiendo a
los mecs. No por-que los mecs les prestaran en general demasiada atención. En
el Centro Galáctico los humanos eran como ratas correteando detrás de las
paredes: su protagonismo era nulo.
El
Argo era agradable para sus pasajeros, un digno producto de la Era de la Alta
Arcología, pero el diseño de sus sistemas les exigía que tuvieran una educación
de la cual carecía la Familia Bishop.
Por
ejemplo: el sumidero. Ni el capitán Killeen, ni Cermo ni ningún otro habían
podido comprender las instrucciones del sistema de presión.
Se
regía por algo llamado la ley de los Gases Perfectos. La inmundicia que
circulaba por aquellos tubos lisos y claros no era perfecta, por cierto, y no
obedecía ninguna ley conocida. Se desparramaba sin previo aviso en los momentos
menos oportunos. La semana anterior, un
aullante
chorro marrón había rociado a toda la Familia, reunida para una boda. La
celebración quedó bastante deslucida.
Toby
se reunió con los otros pobres diablos que estaban esa semana en mantenimiento.
Respirar por la boca le sirvió sólo hasta que el olor se le subió a la cabeza.
Su Aspecto Isaac le habló mentalmente cuando se agachó para limpiar la
inmundicia con una esponja.
He
conferenciado con los registros más antiguos que llevas en tu biblioteca. Es
interesante, pues el término que usáis para esto deriva del nombre del hombre
de la Vieja Tierra que inventó el inodoro. Un inglés, dice la leyenda, que
amasó una fortuna y benefició a toda la humanidad. Su nombre, Thomas Crapper,
ha llegado a ser... 1
—Déjame
en paz.
Pensé
que una pequeña distracción te facilitaría la tarea.
—Mira,
si quiero distracción, tocaré música de la época del Mozarte.
Me
temo que confundes el nombre. Sin duda te refieres a Wolfgang Ama...
Mentalmente,
Toby obligó al parlanchín Aspecto a regresar a su guarida. Los aspectos eran
personalidades grabadas pertenecientes al pasado de la Familia Bishop, algunas
muy viejas, como Isaac. Consistían en bases de datos interactivas inscritas en
unos chips que Toby llevaba insertos en las ranuras del cuello. Isaac era una
transcripción reducida de una personalidad humana muerta hacía tiempo cuyo
antiguo saber podía resultar útil. Isaac había intentado una y otra vez
explicar a Toby la Ley de los Gases Perfectos, pero éste no había logrado
entenderla.
Enterarse
de la existencia de Thomas Crapper no le serviría de ayuda, pero le hizo
sonreír, así que tal vez cumplió un propósito. La familia usaba Aspectos para
orientarse frente a los pro-blemas; llevaban a cuestas la información que
necesitaban para sobrevivir mientras convivían con una tecnología que superaba
su capacidad.
—Oye,
¿vas sonámbulo?
Toby
irguió la cabeza. Besen estaba de pie a su lado. Había terminado su parte y a
Toby todavía le quedaba medio pasillo por limpiar.
—Oh,
estaba sumido en pensamientos profundos.
Besen
puso los ojos en blanco.
—Claro.
Él
señaló la cubierta manchada de marrón con la fregona.
—Sin
duda no sabes quién dio nombre a esta cosa.
Besen
escuchó la explicación con escepticismo.
—Es
la verdad —dijo él.
Besen
sonrió y Toby pensó que últimamente tenía un aspecto maravilloso. Incluso
vestida con el mono y con el cabello castaño echando hacia atrás, salpicado y
sucio, le seguía pare-ciendo espléndida. Las muchachas florecían una sola vez,
antes de convertirse en mujeres, pero era suficiente. Besen rebosaba lozanía y
vitalidad.
—Sólo
me acordaba de una de esas obras que tuvimos que escuchar—dijo él—. Es
aplicable al caso.
—¿De
veras? —preguntó ella con escepticismo.
—Claro,
¿recuerdas? «¡Buenas noches, buenas noches! Pedorrear es una dulce pesadumbre.»
Muy romántico.
—«Separarse
es una dulce pesadumbre», dice. Vaya romántico estás hecho.
Uno
de sus juegos particulares se basaba en un antiquísimo chip que llevaba Besen.
Contenía textos de la Vieja Tierra, incluidos los de un tío llamado
Shake-Spear, quien, según Besen, era un gran poeta de una especie de sociedad
primitiva de recolectores cazadores2.
1 Crapper es un término vulgar para designar el
inodoro. (N. del T.)
2 El juego de palabras entre parting
(«separarse», «despedirse») y farting («pedorrear») resulta intraducible. El
pasaje citado corresponde a la despedida de Julieta después de la célebre
escena del balcón, en Romeo y Julieta de William
Aquél
era uno de los fragmentos de Shake-Spear que los humanos conservaban en medio
del Gran Abismo que los separaba de las culturas de la Vieja Tierra, y a Besen
le gustaba citar pasajes de ese material, sólo para alardear.
—Bien,
lo he recordado casi literalmente. —Toby sonrió—. Espera a que termine con esto
e iremos a divertirnos en el gimnasio.
A
Toby le gustaban las zonas de gravedad cero del Argo. La mayoría de los
sectores de la nave giraban, creando una «gravedad» centrífuga artificial. En
el gimnasio de gravedad cero podían brincar en las paredes, salir catapultados,
lanzarse a relucientes esferas de agua.
Besen
sacudió la cabeza.
—Ha
habido otra rotura. Por eso he venido a buscarte.
—¡Oh,
no!
—Oh,
sí. Y nos han elegido para ayudar a limpiar.
—¿Dónde?
Toby
esperaba que no fuera en una zona sin gravedad. Eran tan divertidas como
difíciles de limpiar. La inmundicia se pegaba a todas las superficies
imaginables y también a las inimaginables.
—En
el Puente. ¡Ven, deprisa!
Cuando
llegaron al amplio e iluminado Puente, Toby quedó pasmado ante la filtración.
Una sustancia espesa bajaba por una pared. Por suerte, no había en ella
instrumental electrónico ni pantallas. Apestaba. Toby conocía por su nombre de
pila a todos los oficiales de uniforme, pues eran miembros de la Familia, pero
ellos no reparaban en él, en Besen ni en la hedionda mancha parda. Las manos a
la espalda, el ceño fruncido, se concentraban en tareas que no ofendían su
altiva dignidad de oficiales.
El
Puente era una parte sagrada del Argo, donde se tomaban decisiones
trascendentales sobre el futuro de la Familia Bishop, a menudo en fracciones de
segundo. Aquella invasión de desechos fétidos parecía una afrenta deliberada
del burlón Dios de las Cloacas.
Las
fluctuantes pantallas del Puente exponían imágenes, columnas de datos,
estimaciones y proyecciones en cuatro colores presentadas automáticamente por
los vigilantes ordenadores del Argo. Sin este nivel de control, la Familia
Bishop se habría visto reducida a lo que era: una tribu de nómadas
semianalfabetos que habían tenido la suerte de encontrar una nave confortable.
Aun
así, se notaba que hacía años que ocupaban el Argo. La moqueta tenía una gran
mancha amarilla y marcas de fregado. Alguien había desgarrado una pared, y un
equipo de reparaciones había abierto un boquete que luego había dejado sin
cerrar. Trozos de servomecanismos y aparatos electrónicos atestaban las
superficies de trabajo. Como nómadas que eran, estaban acostumbrados a arrancar
y trasladar, a cargar e improvisar, no a evitar el abarrotamiento.
Toby
y Besen trataron de escuchar las conversaciones del Puente mientras trabajaban.
La nave se internaba en la nube molecular. Se oía una melodía grave, una nota
prolongada que el polvo de la nube emitía al frotar las zonas esféricas de la
nave. Era como si el gas interestelar tocara una música plañidera sirviéndose
del Argo.
—Escalofriante,
¿no? —dijo Besen.
—Como
una endecha fúnebre —susurró Toby.
—La
fricción de la realidad —dijo Besen teatralmente—. Una sinfonía del espacio.
Sendas
polvorientas cruzaban las pantallas. Los rayos de las estrellas cercanas
penetraban los turbios bancos, salpicando de azul y naranja la niebla
cenicienta.
—¡Allí
está! —exclamó un oficial.
Los
oficiales se apiñaron en torno a las pantallas para ver la rutilante serpiente,
que se contorsionaba procurando alejarse del Argo. El cazador cazado. Toby se
puso de puntillas para
Shakespeare.
El apellido del Bardo, por otra parte, puede traducirse por partes como
Shake-Spear «Agita-Lanza». (N. del T.)
mirar,
pero había demasiada gente. Casi todos los presentes, al ser mayores, eran un
poco más altos. Un teniente, viendo que él y Besen estiraban el cuello, los
cogió de la nuca y les ordenó seguir trabajando.
Amplias
perspectivas poblaban las pantallas, rebosantes de iuz, cubiertas por el gran
manto de polvo. Belleza. Asombro. Pasmo. Vastos espectáculos que despertaban un
temor reveren-cial en el alma humana.
Toby
se agachó para limpiar la mancha. Apestosa. De olor penetrante. Viscosa.
—La
mierda y el cosmos —murmuró.
—¿Qué?
—preguntó Besen.
—Sólo
trataba de no perder la perspectiva de las cosas.
2 -
LA SERPIENTE
Toby
pudo ver la serpiente de cerca al día siguiente. No porque hubiera salido con
uno de los equipos de cazadores, por supuesto. Cuando Toby y Besen preguntaron,
Cermo respondió ceremonioso:
—La
caza es para los adultos, no para los niños.
Besen
torció la boca.
—¡Tonterías!
—Somos
mejores que vosotros para trabajar en gravedad cero —dijo Toby.
—Y
más rápidos —añadió Besen.
—Aquí
lo que cuenta es la experiencia —dijo Cermo, inmutable. Eso significaba que
obedecería las órdenes, aunque no estuviera de acuerdo con ellas. Ordenes del
capitán Killeen.
—¿Experiencia
en qué? —preguntó Toby, irritado al ver que Cermo no cedería. Nadie había
cazado en el espacio.
—En
sobrevivir —respondió Cermo apacible.
Toby
y Besen habían afrontado circunstancias peligrosas, como todos los miembros de
la Familia Bishop, pero había que admitir que Cermo tenía razón. La mayoría de
edad contaba para algo cuando crecer significaba sortear muchos problemas.
Pero
aun los adultos de la tripulación vacilaban, hombres y mujeres por igual. La
Familia Bishop sólo había practicado la caza de animales conocidos en su mundo
natal, Nieveclara, con suelo firme bajo los pies. Habían perseguido a mecs que
llevaban combustibles orgánicos, los habían saqueado, y de eso hacía ya nucho
tiempo.
Fuera
se extendían espacios temibles, misteriosos. La Familia Bishop estaba
hambrienta, cansada de sus magras raciones, pero conservaba el brío. Evaluaba
los riesgos con ojo experto. Había sobrevivido mientras otras familias —los
Rook, los Knight, los Pawn y demás— eran exterminadas3. Los Bishop temían
aventurarse en esos inmensos parajes, ir a la deriva en pequeñas lanzaderas
entre veladas montañas de polvo y gas.
Así
que enviaron un mensaje a la única entendida que tenían a mano, la alienígena
Quath. Pero Quath era una tía melancólica, y no respondió. Tal vez eso
significaba que no sabía nada útil. O tal vez que sí. Así era Quath. Los
alienígenas eran alienígenas, como siempre decía el capitán Killeen. Uno nunca
sabía lo que decían, ni siquiera lo que no decían.
Además,
Quath no hablaba con cualquiera. Toby mantenía, en la medida de lo posible, una
relación medianamente estrecha con aquella criatura semejante a un enorme
insecto. El concepto de amistad no era fácilmente aplicable a Quath.
Cermo
envió a Toby a hablar con Quath, pues la alienígena no respondía por las líneas
de comunicación ni por ninguna otra. Eso representaba ponerse el traje y salir
al exterior, donde los equipos de cazadores ensamblaban la lanzadera.
3 Nótese que las Familias tienen nombres de
piezas de ajedrez: Rook («torre»), Knight («caballo»), Pawn («peón»), Bishop
(«alfil»). (N. del T.)
Porque
Quath no vivía en la nave sino sobre la nave, adherida al casco, dentro de un
extraño conejar de habitaciones y espirales que había modelado con desechos y
escombros recogidos por el Argo. También con excrementos humanos, como Toby
sabía, pues había visto a Quath fabricando ladrillos con ellos. Horneados por
el vacío y la luz ultravioleta, los excrementos se endurecían pronto y
constituían un buen material de onstrucción, aunque no muy del gusto de los
humanos; sin embargo eso tanto daba porque en el espacio los humanos no
percibían los olores. Quath salía al espacio sin traje, así que tal vez ella
oliera los ladrillos. Por lo que ellos sabían, para Quath aquel aroma podía ser
perfume.
Toby
salió por la escalera de personal y se paró sobre el casco. Su oído interno
tardó un instante en habituarse a la ausencia de gravedad, en dejar de enviar
señales de alarma indicándole que se encontraba sobre un abismo infinito. Su
cabeza tuvo que acostumbrarse a la idea de que «arriba» y «abajo» eran modos
útiles de orientarse pero que en realidad no significaban nada.
Sus
botas magnéticas lo sostenían con firmeza y Toby dejó que el dermotraje se
readaptara, compensando los desequilibrios de presión y alisando sus propias
arrugas. El traje estaba vivo, en cierto modo. Tenía su propia red neural para
detectar problemas. Operaba por medio de delgados músculos orgánicos y chips
instalados en las axilas. Era una maravilla tecnológica, pero Toby ya estaba
habituado a ella y puso mala cara cuando una arruga rebelde se negó a alisarse.
Echó
a andar por la ancha curva del casco del Argo, miró «arriba» y se quedó de una
pieza. Allí estaba la serpiente. Se arqueaba lentamente, girando en la
luminosidad azulada, y tenía la mitad del tamaño de la nave. Cuando Toby la
había visto en modo telescópico, no se había hecho cargo de su tamaño. Nunca
había pensado en lo que podía significar la vida en el
espacio
sin gravedad.
Ea
serpiente era un tubo largo constituido por segmentos hexagonales que se
repetían. Ahora veía, a través de la piel traslúcida, un esqueleto ligero que
formaba cámaras de fluidos y gas. Era una intrincada estructura de varillas
anaranjadas y cimbreantes músculos grises que se movían con parsimonia,
alejando a la serpiente tan deprisa como podían impulsarla aquellas láminas
anchas y triangulares que eran sus relucientes velas. Ea transparente piel
color jade revelaba fluidos lechosos, burbujas que estallaban en finas venas.
Tan
grande, y tan próxima. ¿Podrían comer algo de todo aquello? ¿O la composición
química de una criatura tan extraña sería imposible de asimilar?
Por
las líneas de comunicación oyó el parloteo de los equipos de cazadores. Estaban
trabajando con sus lanzaderas, y las voces le recordaron su propia tarea.
Caminó por el casco hasta un pequeño valle formado por la protuberancia de la
Cúpula del Trigo. A través de ella veía los campos arruinados, pardos y negros,
testimonio de su ineptitud para manejar bien el Argo, a pesar de los programas
informáticos.
El
habitáculo de Quath estaba en medio del valle. Parecía un nido de avispa
entrecruzado de túneles. Ese diseño básico se combinaba con una vertiginosa
profusión de bordes afilados, ornamentos, protuberancias y aletas extrañas.
Toby
se dirigió hacia el portal más próximo, una abertura circular. Láminas verdes
fosforescentes le alumbraron el camino, encendiéndose cuando se acercaba,
apagándose cuando había pasado. No sabía hacia dónde iba. Había visitado el
lugar muchas veces pero nunca parecía el mismo. Sospechaba que Quath pasaba
mucho tiempo reorganizando el laberinto, tal vez como si de una especie de
objeto de arte se tratara. ¿Qué otra cosa podía hacer una alienígena durante
todo el tiempo que pasaba allí? ¿O el arte era un concepto humano que Quath no
compartía? Eos extraños orificios de diversos tamaños y sus excéntricos ángulos
sugerían que era posible que se tratara de una obra de arte. Tal vez para Quath
fuera una compleja broma. ¿Quién podía saberlo?
Se
detuvo en un reborde, escrutando la oscuridad. Varios paneles se encendieron
con un resplandor azul, iluminando una bóveda esférica. Toby nunca la había
visto antes. Y en el fondo de aquel cuenco aguardaba Quath.
<Has
escalado la montaña.>
La
transmisión de Quath era vibrante, como campanas repicando a lo lejos, pero las
palabras eran claras. Toby no las oía con los oídos sino con la mente. Todos
los miembros de la Familia tenían comunicadores insertados en el cuello y la
parte inferior del cráneo. Quath había aprendido a operar en esos canales, y
los sistemas de Toby traducían sus emisiones como una voz de hojalata.
—Hola,
Quath'jutt'kkal'thon, cara de chiste. —Usó el nombre completo y formal de
inmediato. Según Killeen, significaba Reptadora Audaz y Soñadora. Toby sabía
por experiencia que de lo contrario la criatura daría media vuelta para
largarse. Y Toby jamás encontraría a Quath en ese laberinto si ella no quería
que lo hiciera.
<Te
cubren larvas.>
—Debo
haberlas pillado en tu podrido cadáver. ¿Qué decías de la montaña? <Esto es
mi montaña, gusano.>
—Vaya
montaña. Parece un sumidero. Y yo diría que eres tú quien parece un gusano
gigante.
<Bienvemdo,
comida de gusanos.>
¡Una
alienígena amiga de los insultos! Quath daba la espalda con frialdad a todo
aquel que tenía la mala pata de iniciar una conversación con cumplidos. Le
gustaba especialmente repetir lo de los gusanos, tal vez porque se parecía
mucho a un insecto, o tal vez porque sabía que eso pensaban de ella los
humanos.
Era
una extraña y cambiante combinación de lagarto escurridizo y verde con insecto
de muchas patas. Tenía ojos vidriosos a lo largo del movedizo cuerpo, no sólo
en la abultada ca-beza. Brazos amarillos, como varillas de plástico duro.
Pliegues rojos y carnosos. Pero también metal, porque Quath era una criatura
compuesta. Un metal lleno de surcos y protuberancias. Cobre remachado... ¿o
serían verrugas? Flancos duros sobre las patas, como de cerámica, pero que
Quath flexionaba al caminar.
—Se
acabaron las cortesías, ojazos. Me envía Cermo el Lento. Nos preguntamos si
sabes conseguir alimento de estas nubes.
<Enano,
los he cosechado antes, en lugares parecidos. Comprendo estas químicas
alcalinas.>
—Sensacional.
Dinos cómo hacerlo.
<Los
esferoides os envenenarían.>
—¿Las
esferas azules? Bien, las pasaremos por alto.
<E1
cazador os conducirá a zonas fértiles.>
—¿La
serpiente? ¿Y si nos la comemos?
<Es
de un orden superior. ¿Tú especie la cazaría?>
—Ya
no matamos animales, aunque lo hacíamos en nuestro mundo natal.
<¿Por
qué ese cambio?>
—Por
los mecs, supongo. —Toby evocó los horrores de la retirada de los Bishop. Los
mecs eran una civilización mecánica que dominaba esa región del espacio—.
Llegaron a Nieveclara mucho antes de que yo naciera. Los mecs exterminaban a
todas las criaturas que no tenían el buen juicio de alejarse rápidamente,
incluso los bosques. La Familia Bishop decidió que no convenía ayudarlos
comiéndose otras criaturas. Ahora comemos plantas.
<Obviamente
tu especie no es vegetariana por naturaleza.> —¿Cómo lo sabes?
<Tenéis
incisivos diseñados para morder carne. Vuestros molares, en cambio, son mejores
para triturar grano. Es evidente que vuestra evolución os ha modelado como
oportunistas dieté-ticos.>
—Conque
tenemos talentos... ¿Eso te molesta?
<No,
mota diminuta. Sin embargo, uno debe saber lo que uno es.>
—Pero
esa serpiente... no se parece en nada a nosotros. Es decir, quizá podamos
saltarnos un poco las reglas. —Toby se preguntó si su razonamiento no se debía
sólo a su estómago vacío.
Quath
movió los pedúnculos oculares, tal vez dando a entender que había decidido
actuar. <Conviene decidir estas cuestiones por experiencia, no por
cogitación.>
Toby
tuvo que recurrir a su Aspecto Isaac para averiguar qué significaba
«cogitación». Era irritante que una alienígena conociera su idioma mejor que
él.
Toby
estaba evaluando la definición cuando Quath lo cogió por sorpresa y subió por
el cuenco haciendo palpitar su abultada garganta verde. Sin previo aviso,
apresó a Toby con dos brazos retráctiles de cobre. Quath aceleró, ignorando los
chillidos de Toby. Gruesas almohadillas lo sostenían mientras corrían por
tortuosos corredores y por un túnel que los llevó al espacio.
El
mundo giró. Toby sintió un fuerte impulso de aceleración.
—Oye,
¿qué..., dónde...?
<Sólo
teniendo datos se puede decidir.>
Toby
masculló objeciones, pero Quath no prestó atención a su orgullo herido. Ea
enorme alienígena lo sostuvo con mayor firmeza mientras se alejaban del Argo.
Estaba
totalmente rodeado por enormes y blandas almohadillas. En cierto modo era
tranquilizador saber que Quath, pese a su fastidiosa rudeza, lo cuidaba; que en
realidad cuidaba de toda la Familia Bishop. Hacía tiempo que nadie abrazaba así
a Toby. Recordó nuevamente Nieveclara, tiempos mejores.
Evocó
imágenes lejanas, borrosas, asociadas a la voz suave de su madre. Una noche, en
la perdida y oculta Ciudadela cuando él yacía en la cama bajo las mantas y un
ruido lo despertó. Había oído que sus padres murmuraban. La puerta estaba
entornada, y un rayo de luz tenue entraba en la habitación. El fulgor cálido y
la charla distante eran tranquilizadores, como si sus padres emitieran los
ruidos blandos que él atribuía a sus animales de paño cuando dormía con ellos.
Había abrazado felizmente sus animales, Billy Gran Hocico y Alvin Comedor de
Manza-nas, y les cantaba. Su madre lo oyó y entró con su padre en la
habitación; su padre dijo: «Adora esos animales. Oye, chico, ya eres un poco
mayor para esos juguetes. Pronto tendrás que dejarlos.» Su madre replicó en
tono de reproche: «Oh, no, todavía es un bebé. Aún puede conservar el oso.» Su
calidez le rozó con ternura el rostro, y su olor era como flores en primavera.
Hacía
mucho tiempo. Muy lejos.
Antes
de la Calamidad, cuando los mecs de Nieveclara se cansaron de las molestas
incursiones humanas en sus factorías. Antes de que aplastaran los últimos
reductos humanos, obligando a los Bishop a escapar y comenzar su búsqueda.
Frenada
súbita. Se detuvieron y Quath lo soltó. Toby cayó al espacio brillante. El Argo
era una rutilante mole de curvas relucientes y cúpulas verdes. Toby giró.
Y
quedó frente a una pared de jade transparente. La pared viró, se onduló.
<La
criatura con velas nos tiene miedo.>
—Cualquiera
no tiene miedo de ti, Quath.
<Tiene
que haber un modo de aprovecharse de una criatura tan grande sin matarla.>
—Me preocupa más que nos mate a nosotros.
<Ella
huye. Podemos alcanzarla fácilmente. Si no nos acercamos a la boca, no tiene
manera de tragarnos.>
Eso
parecía bastante fácil. El otro extremo de la serpiente era un tajo distante y
una maraña de sinuosos tentáculos rosados. Toby los examinó detenidamente y vio
que algunos eran ojos y otros como manos rudimentarias. Era fascinante observar
sus movimientos, pero no sentía tanta curiosidad como para acercarse.
Miró
el brillante flanco verde de la bestia. Luego estudió su interior a través de
la piel y del revoltijo de varas anaranjadas, tubos y sacos que hacían
funcionar la serpiente.
—Me
pregunto qué hay allí.
Señaló
un recipiente grande que parecía de plástico. Contenía un fluido rojo. <Mi
diagnóstico químico no es concluyente.>
Toby
recordó el cálido aliento de su madre, desaparecida hacía tanto en ese lugar
negro
donde
moraban los muertos. Había recorrido un largo camino desde entonces. ¿Qué
pensaría
ella
ahora? ¿Estaría orgullosa de él?
—Vamos
a verlo —dijo de pronto.
Se
deslizó hacia la pared de piel verde. Con cuidado desenvainó el cuchillo
sacándolo de la funda de su bota. En el espacio no hay nada más peligroso que
un borde afilado, y Toby ma-nipuló la larga hoja con prudencia. Calculó la
distancia a ojo, abrió un tajo y retrocedió.
Nada
salió para atacarlo. Ni siquiera una bocanada de gas, que él casi había
esperado. <Enano, entrar ahí tal vez no sea aconsejable...>
—¡Oh,
cállate! Tú quisiste venir, así que hagamos el trabajo.
Toby
maniobró con los propulsores para entrar por el tajo.
La
bestia era complicada. Toby pateó uno de los surcos anaranjados del esqueleto.
Apartó una maraña de tubos flexibles y llegó al saco de fluido rojo.
<Lamento
no poder seguirte.>
—Te
has puesto demasiado gorda para entrar aquí, ojos con palillos. Tomaré una
muestra de esta cosa.
Pinchó
el grueso saco con una sonda fina como una aguja, llenó su recipiente portátil
con el líquido rojo y cerró el agujero con un parche. No era necesario que la
criatura se desangrara sólo porque él quería un par de gotas de su fluido
vital.
Casi
se enredó en los tubos al salir. Parecían tenerlo localizado, y Toby comprendió
que constituían una especie de defensa lenta. Enredaban al intruso y aguardaban
la intervención de una especie de guardia. Algo le dijo que no le convenía
quedarse allí mucho tiempo.
Quath
cogió el recipiente y no tardó en pasarle un informe. <Materia orgánica,
nutrientes solubles, rastros de hierro y potasios —¿Nos sirve?
<Puede
que vuestro metabolismo lo tolere.>
—Puedo
preparar una sopa aceptable con cualquier cosa que no nos mate.
Esferas
peludas rodaban junto a la piel de jade. No eran más grandes que la mano de
Toby, pero eran muchas, y avanzaban a lo largo de la serpiente. Varias se
aproximaron al lugar donde Toby colgaba en el espacio.
—Vamos...,
creo que no somos bienvenidos.
Mientras
lo decía, dos esferas brincaron. Le golpearon las botas y siguieron de largo,
adhiriéndose al dermotraje. Toby sintió un picazón caliente penetrando a través
del traje.
Quath
emitió un furioso zumbido. Toby atacó las esferas con el cuchillo. Acertó con
una, pero la otra se le acercó al casco y se desparramó como un charco de
aceite gris.
—¡Está
penetrando! —exclamó Toby. Golpeó la cosa, pero no logró arrancarla.
Quath
le aferró las botas con un brazo retráctil. Luego sacó un tubo del flanco y lo
apuntó al rostro de Toby. Un torrente de aire lo bañó. El aceite gris onduló
sin desprenderse, comenzó a descomponerse en gotas, desapareció.
<La
regla de los contrarios. A una criatura que vive en el vacío no le gusta el
aire.> Toby suspiró aliviado.
—Tendré
que recordar eso.
<El
oxígeno es corrosivo, aunque no lo notemos. Si le damos tiempo, se come el
acero y sólo deja herrumbro
—Pues
juro que lo dejaré. —Eludió a una esfera que se acercaba—. Larguémonos de aquí.
Quath
le ayudó a liberarse.
<Creo
que se puede extraer bastante líquido de esta criatura sin poner en peligro su
metabolismo.>
—¿Una
especie de transfusión de sangre?
<No,
creo que estos fluidos no circulan como sangre. Son reservas de energía de
larga duración.>
—¿Entonces
está bien tomarlas?
El
equipo reunido en la nave buscaría plantas, incluso haría incursiones contra
los mecs, pero no mataría animales. El código moral de la Familia Bishop
prohibía usar productos anima-les a menos que el animal cooperase, como las
vacas lecheras. Dañar criaturas vivientes equivalía a actuar como los mecs.
<Esta
criatura se alimenta de otras. Nada puede objetar si le hacemos lo mismo y le
permitimos vivir.>
—Vaya,
conque te dedicas a la ética filosófica. <Todos lo hacemos. Forma parte de
la existencias.>
Estaban
a mitad del camino de regreso cuando Cermo llamó por el comunicador. «¡Maldita
sea! ¿Qué diablos...?»
—He
conseguido un zumo que te interesará —dijo Toby.
«Haciendo
que la alienígena te llevara has desobedecido una orden directa.»
—Me
ha llevado por la fuerza, Cermo.
Quath
lo confirmó.
<No
dice otra cosa que la verdad.>
Quath
casi nunca intervenía en una conversación humana. Toby estaba sorprendido y
complacido.
«Pues
yo creo que es un farsante —respondió Cermo enojado—. Pero regresad aquí.
Tenemos que reaprovisionarnos y continuar viaje...»
—¿Por
qué? Me gustaría explorar esto...
«¿Has
visto esos enormes objetos que giran en órbita cerca del Centro? El Puente
acaba de realizar una lectura espectrográfica de los mismos. Me dijeron que el
más próximo no es obra de los mecs, como pensábamos...»
—¿Qué
es entonces?
«Es
de fabricación humana. Un antiguo Candelero.»
3 -
LA REGLA DEL NÚMERO
Besen
fue a ver a Toby para preguntarle si quería ir a la sala de observación. Iba
sudada después de trabajar en los campos cultivando hortalizas en la exuberante
cúpula. Llevaba el mono sucio y algunos mechones de pelo castaño se le
escapaban del prieto moño, pero sonreía con entusiasmo.
—Lo
lamento, no puedo —se disculpó Toby. Apoyado en la litera, escribía en una
pizarra sin conseguir demasiados progresos.
—Oh,
vamos. Eso puede esperar.
—Cermo
me ha dado órdenes. Debo terminar cinco lecciones para poder salir de la nave.
—¡Qué crueldad! —Besen sonrió compasivamente. Todos querían salir, después de
años de
vivir
en la nave, pero Toby más que nadie.
—Bien,
voy un poco atrasado.
Besen
sacudió la cabeza con atractivo fastidio.
—Veamos
en qué estás... Oh, números. Qué asco.
—Tienen
su encanto... aunque no en este momento.
—No
entiendo para qué sirven. A fin de cuentas, las máquinas piensan en números.
¿Para qué molestarnos nosotros?
—Mira,
la incapacidad para usar los números no es precisamente una ventaja.
—Los
mecs piensan así.
Para
Besen, todo lo asociable a los mecs quedaba descartado.
—También
el Argo... Sin sus ordenadores estaríamos muertos. Los mecs son malignos, de
acuerdo. Pero por lo que hacen, no por lo que usan. Los números son como las
palabras... mo-dos de decir cosas acerca del mundo.
—Pues
a mí no me hablan.
—Y
yo tampoco debería hablarte. Tengo que aprenderme estas lecciones, o no podré
ir a ver el Candelero. —Toby suspiró y se desperezó, golpeando con los pies el
tabique de cerámica. Era larguirucho y la litera ya le quedaba corta. Tendría
que buscar una más grande en las habitaciones de los solteros de la Familia.
—¿Cermo
ha dicho eso? Se está volviendo muy severo.
—Por
influencia de mi padre, supongo.
Besen
resopló.
—Nuestro
amado capitán. ¿Por qué no puede dejar en paz a su propio hijo?
—No
sé —dijo Toby, aunque tenía una idea bastante aproximada. Pero no quería hablar
de ese tema, ni siquiera con Besen.
Ella
escrutó pensativa la distancia.
—¿Sabes?
Pareció recobrarse tras la muerte de Shibo. Pero últimamente está cada vez más
ensimismado. Ladra las órdenes, no comparte sus pensamientos con nadie, y a ti
te trata de un modo raro. —Lo miró con los ojos entornados, instándolo a
responder.
Toby
la eludió con un comentario.
—Tal
vez entre padres e hijos siempre hay problemas.
—Tu
padre es distinto —dijo Besen; una frase llena de implicaciones.
—¿A
qué te refieres?
—Es
rudo con todos. Realmente desagradable.
Toby
sonrió con sarcasmo.
—Tal
vez no quiere que nadie se sienta excluido.
—Ya
salió el gracioso. —Besen había perdido parte de su entusiasmo—. Pero lo digo
en serio. El capitán Killeen nos trata con rudeza y la gente está disconforme.
Salvo los Cards... han tenido tantos líderes recios, por no decir locos de
remate, que le tienen simpatía.
—Ah.
Nos hemos ablandado, viviendo en esta cómoda nave.
—¿Cómoda?
Hoy me he pasado el día de rodillas tratando de salvar las tomateras. —Porque
hemos echado a perder las otras cúpulas. El Argo iría como la seda si no
fuéramos
tan ignorantes.
—Bien
—dijo Besen de mal humor—, tu padre no nos facilita las cosas.
Toby
asintió de mala gana. Había defendido a su padre como de costumbre, pero no
estaba convencido. Había visto en demasiadas ocasiones cómo Killeen se
exasperaba por infraccio-nes menores, imponía castigos severos por remolonear,
prolongaba las horas de trabajo. Un gran cambio se había operado respecto del
afable Killeen de antaño, espontáneo e informal.
—Corremos
peligro continuamente. Él es el responsable de todos nosotros. Compréndelo...
Este
pretexto no convencía ni siquiera a Toby, pero no se resignaba a condenar a su
padre. Durante muchos años, después de que los mecs mataran a la madre de Toby,
Killeen había sido el único que lo había cuidado.
Besen
reparó en su estado de ánimo y se inclinó para darle un beso.
—Lamento
haberte deprimido. O, teniendo en cuenta lo que estás estudiando, haberte
deprimido aún más.
—Oh,
déjame en paz y ve a mirar ese Candelero.
Ella
esbozó una mueca.
—Lo
haré, sólo porque tú me lo has dicho.
La
Familia Bishop se aproximaba al Candelero lenta y cautelosamente, protegiéndose
detrás de pequeñas nubes pasajeras. La aparatosa y compleja masa era extensa e
intrincada, aún más que las ciudades mecs de Nieveclara, pero quienes habían
construido el Candelero eran humanos. Humanos. Toby no podía creerlo mientras
estudiaba las alas en espiral, los brazos entrecruzados y los imponentes y
majestuosos arcos.
Nadie
de la Familia Bishop había visitado un Candelero. Reinaba la expectativa, y un
cierto temor.
Lo
abordarían al cabo de un día. El bullicio de los preparativos se multiplicaba
en el Argo. Toby no le prestó atención y se concentró a regañadientes en sus
lecciones. Sentía la presencia de su Aspecto pedagógico, Isaac, en el fondo de
la mente, ansioso por tener voz. Los Aspectos habían muerto hacía mucho y
anhelaban salir de los atestados espacios cerebrales donde estaban almacenados.
En cierto sentido sólo vivían cuando Toby hablaba con ellos. Por otra parte
siempre estaban allí, en un estrato muy profundo, como un vejete dormitando al
sol. Fuera cual fuese la imagen que Toby usara, consideraba que sus Aspectos,
como la ropa, olían mejor si los aireaba de cuando en cuando. Isaac dijo
ávidamente:
Me
alegra que te interesen las matemáticas. ¿Has resuelto los problemas?
—Algunos.
Pero son muy aburridos.
Isaac
respondió con severidad:
No
deberías criticar los problemas que te asigno, considerando lo poco que me
hablas o...
—Está
bien, está bien... pero dame algo diferente.
Muy
bien. Supongamos que anotas todos los números del uno al cien. Uno, dos tres...
y así sucesivamente, hasta cien.
—¿Eso
te parece interesante? —Aquel Aspecto se había pasado demasiado tiempo en la
caja.
Aprenderás
más pronto si no interrumpes. Ahora quiero que encuentres un modo de sumar
todos esos números.
—¿Quieres
decir uno más dos más tres...? ¿Así?
Ése
es el modo vulgar de hacerlo. Tosco, carente de imaginación. Quiero que seas
listo. —Oh, no —gruñó Toby. Ser listo a petición de otro era tan difícil como
ser gracioso a
petición
de otro. Ansiaba estar fuera, trabajando en la nave y no con la mente.
Toby
no era un fanático del estudio, pero realizó su trabajo. Jugó un poco con la
pizarra, hasta que al fin algo en los números comenzó a hablarle. Un patrón.
Escribió los números por pares:
1 100
2 99
3 98
49 52
51
Cada
par sumaba 101. Había 50 pares en total, así que multiplicados daban 5.050.
Toby
pestañeó. ¿Quién hubiese imaginado que los números podían ser tan interesantes?
Era estimulante que los números fueran tan simples y dóciles en su imponencia.
Como
era de prever, Isaac quedó satisfecho.
Excelente.
El objetivo de los ejercicios es ampliar la mente. Pensar de modos diferentes,
¿entiendes?
—Me
parece que ya tenemos bastante amplitud. Has visto esa serpiente, ¿verdad? Los
Aspectos registran datos, aunque estén encerrados.
Recibo
un rastro tenue de lo que haces. Sí, es una criatura interesante. Recuerdo un
documento histórico de la época de los Candeleros que hablaba de expediciones a
las nubes moleculares. La humanidad recorría sistemas solares enteros cazando
las bestias del vacío, sólo para divertirse.
—Me
cuesta creer que la gente persiguiera esas criaturas por diversión.
Los
humanos aman el peligro. Las leyendas e historias de la Familia Bishop... ¿qué
son, a fin de cuentas, sino historias de personas con problemas?
—Sí,
pero problemas que están a una distancia cómoda del narrador.
Eres
demasiado joven para ser tan cínico.
—Sólo
soy realista, Isaac. Para ti es fácil adoptar una perspectiva cósmica. A fin de
cuentas, al margen de lo que me pase, siempre estarás bien. Siempre pueden
extraer tu chip de mi co-lumna vertebral para revivirte en otra persona.
Me
escandaliza que me creas indiferente a tu destino. Soy un Aspecto leal,
dedicado a la
Familia
Bishop...
—De
acuerdo, ahórrame el discurso. Volvamos a trabajar.
La
matemática se ponía interesante cuando uno la exploraba en serio. Constituía
una especie de juego complejo cuya estructura encerraba bellas sorpresas. Valía
la pena aunque no fuera útil, como sucedía con la música. Cuando le contó su
pequeño truco a Quath, ella manifestó su entusiasmo, señalando que esa idea era
aplicable al Centro Verdadero, pero rehusó hacer más comentarios porque todavía
estaba digiriendo la información, recién enviada por las Iluminadas.
Pero
lo más asombroso, pensándolo bien, era que la matemática fuera práctica. El
mundo funcionaba de acuerdo con la regla del número puro. La matemática
describía la órbita de las estrellas, el funcionamiento de los circuitos,
incluso el modo en que rasgos inusitados como una nariz de forma extravagante u
ojos rojizos se transmitían de generación en generación en la Familia Bishop.
Eso
sí, no le ayudaba con Cermo.
Por
lo tanto, al grandote no le había gustado que Toby se escapara con Quath. Para
colmo, el fluido rojo que trajeron estaba saturado de nutrientes útiles.
Incluso era sabroso. Él y Quath le habían robado a Cermo su momento de gloria.
Así
que tuvieron que aguardar mientras la Familia recorría el flanco de la
serpiente, aprovisionándose de líquido rojo. Nunca demasiado, pues el código de
la Familia Bishop prohibía poner en peligro la vida de un ser tan vasto.
Algunos
miembros de la Familia se internaron en los recovecos más densos de la nube
molecular. Besen los había acompañado, y despertó la envidia de Toby con sus
historias acerca de las exóticas formas de vida que habían visto. La nube era
una de las más pequeñas, pero abundaban en ella las formas extravagantes.
Criaturas de triple espinazo, con paneles re-tráctiles para absorber la luz
solar. Grandes bestias ondulantes que parecían fabulosos veleros. Depredadores
de ojos crueles y boca correosa, turbios con sus preciosos gases internos.
Di-rigibles con enormes ojos para encontrar alimento en el cambiante fulgor de
las estrellas. Marañas de hierba sedosa que crecían en sacos acuáticos. Bosques
de hojas amarillentas y cimbreantes. Árboles helicoidales que se estiraban
buscando más luz. Pieles vivientes y verrugosas que se contraían y dilataban en
torno a esqueléticos troncos rojos, socios en un misterioso proceso vital.
Encontraron
una enorme pirámide autopropulsada color herrumbre que, como un apacible
rumiante, se alimentaba de enormes telarañas grises absorbiendo sus fibras como
si fueran deliciosos espaguetis. Estas delgadas redes recogían las moléculas
errantes de las grandes nubes. Su aspecto era apetitoso pero ningún miembro de
la Familia las soportaba. Besen pensaba que tal vez mejorarían con una salsa.
Para
colmo, a la pirámide roja no le gustó que aquellas diminutas criaturas le
quitaran su alimento. Era tan grande como la serpiente, y muy testaruda.
Persiguió a los ofensores hasta la nave, alejándose sólo cuando vio que el Argo
era de su mismo tamaño.
Besen
no sabía quién habría ganado si hubieran tenido que luchar con la pirámide.
Varios miles de millones de años de evolución podían haber fraguado muchos
trucos en una nube molecular.
Y
todo aquello sucedía mientras Toby permanecía encerrado en la nave. Apretó los
dientes, maldijo por el simple placer de maldecir, y volvió al trabajo.
Cuando
terminó de estudiar e Isaac hubo aprobado su trabajo, se presentó ante Cermo,
obtuvo el programa para el día siguiente y dio media vuelta dispuesto a
marcharse.
—Aguarda
—dijo Cermo—. Preséntate ante el capitán.
—¿Eh?
Quería salir a echar un vistazo al Candelero.
—Las
decisiones del Argo no se toman para tu diversión —dijo Cermo con severidad—.
Obedece.
El
capitán Killeen estaba con las manos a la espalda, estudiando las pantallas de
la oficina. Mostraban imágenes en primer plano del Candelero, enviadas por los
exploradores automáti-cos del Argo. Grandes brazos en espiral. Extensas redes
que, ampliadas, parecían apartamentos conectados. Toby trató de imaginarse la
vida en semejantes lugares, entre prolongadas líneas que la perspectiva reducía
a masas fulgurantes en la inmensa distancia.
—¿Crees
que está habitado, papá?
Killeen
se volvió lentamente, con expresión ambigua.
—No.
Los mecs atacaron todos los Candeleros hace miles de años. Éste está bastante
conservado, así que puede que no fuera escenario de una gran batalla.
—¿Estás
seguro?
Killeen
sacudió la cabeza mientras lo consultaba con un Aspecto.
—Es
lo más probable. Pero la documentación es escasa.
—Alguien
debe tener Aspectos de esa época.
—Ninguno
de este sector cercano al Centro Verdadero.
Toby
sabía que los Aspectos se volvían borrosos y trémulos con la edad. Los Aspectos
de la Era de los Candeleros necesitaban programas intérpretes para ser
comprendidos con claridad. Y eso no se debía sólo a los cambios idiomáticos. Lo
más difícil era comunicar los conceptos. Nadie entendía la forma de pensar de
la gente de los Candeleros.
—Si
tuviéramos alguna idea...
Killeen
sacudió la cabeza.
—En
esa época los humanos estaban desperdigados por todas partes. Este Candelero
tiene bastante buen aspecto, pero pudo haber sido un puesto de avanzada menor,
por lo que sabemos.
—¿Te
parece? Pero es hermoso.
Killeen
sonrió.
—Sin
duda... a nosotros nos lo resulta. Tal vez no tuviera nada de particular para
la gente de los Tiempos de Gloria.
Toby
puso cara de escepticismo y Killeen señaló las pantallas donde se multiplicaban
las maravillas.
—Mira,
cuando la gente abandonó los Candeleros, volvió a vivir en planetas. Las cosas
se pusieron feas. Dejamos de construir a lo grande y nos conformamos con lo que
podía proteger-nos de los mecs. La Familia de Familias se separó buscando entre
las estrellas sitios seguros donde ocultarse.
—Te
refieres a la Agachada, ¿verdad?
—A
sus comienzos. Pensaron en esconderos en planetas. Pensaron que los mecs no
sacarían demasiado partido de esos planetas.
—¿Porque
los mecs viven mejor en el espacio?
Killeen
asintió con una mueca.
—Eso
pensaron. En Nieveclara y Trump, el mundo de los Cards, construimos grandes
Arcologías, ciudades como Candeleros pero más pequeñas a causa de la gravedad.
Los malditos mecs las aplastaron. Nuestro material tecnológico empeoró, y
construimos las Bajas Arcologías. Seguían siendo lugares bastante grandes. He
visto las ruinas de una.
—Me
lo has contado. Grande como una montaña.
—Bien, quizás
un poco más
pequeña. Aun así,
demasiado grande para
los mecs.
Atravesaron
nuestras defensas y también arrasaron las pequeñas arcologías.
La
antigua cólera que temblaba en la voz de Killeen instó a Toby a decir
comprensivamente:
—Así
que construimos las Ciudadelas. Continúa.
—Así
fue, y las mantuvimos bien escondidas, o eso creímos. Sobrevivíamos realizando
incursiones en los nuevos complejos industriales de los mecs. Entonces las
mentes-ciudad de los mees enviaron cazadores para destruir todas las Ciudadelas
de la Familia. Desarraigando a
la
gente, esparciéndola a los cuatro vientos. Hasta que sólo quedó la Ciudadela
Bishop. Entonces nos tocó el turno... ¿recuerdas?
Toby
recordó de mala gana la huida de la Ciudadela Bishop. Entonces era sólo un niño
confundido y asustado. Fuego y humo y devastación. Su madre muerta por los mecs
con piadosa y fría rapidez.
Se
estremeció.
—Mira,
Cermo dijo que viniera a verte.
Killeen
asintió en silencio. Toby notó que también a él le costaba afrontar el oscuro
pasado.
Killeen
se volvió abruptamente y se sentó detrás del ancho y ordenado escritorio.
—Creo
que has sido un poco díscolo.
—¿Por
lo de la serpiente? No fue idea mía, ¿vale? —No debiste excitar a Quath. Es
imprevisible. —Quath me llevó allí. No pude evitarlo. —Pudiste habernos
comunicado qué sucedía.
Toby
se encogió de hombros.
—No
pensé en ello.
—Cuando
estés en apuros, consulta a tus Aspectos.
—Tampoco
pensé en eso.
—Llevas
mucha experiencia a cuestas en esos Aspectos. Deja que te ayuden.
—Me
fastidian bastante.
Killeen
sonrió.
—Es
parte del trato. No pueden hacer nada salvo hablar, recuérdalo. Imagínate cómo
tiene que ser eso.
—Prefiero
no imaginarlo —dijo Toby, inquieto por el rumbo que tomaba la conversación.
—Tienes que habituarte a trabajar con ellos. Con fluidez. Para que se vuelva
automático,
como
rascarse.
—Todavía
no me resulta tan fácil —admitió Toby.
Killeen
lo miró fija y largamente.
—¿Cómo...
cómo está ella?
Conque
al fin había salido. Una vez más.
—Igual...
por supuesto.
El
amor perdido de Killeen, Shibo. La mujer que había entrado en la vida de
Killeen cuando murió la madre de Toby. Toby había llegado a aceptarla como
madrastra. Ahora la enérgica Shibo sólo vivía como un Aspecto dentro de Toby.
Había
sido abatida en Trump, víctima de una trampa de Su Supremacía, un híbrido de
mee y humano. Toby y Killeen habían logrado regresar al Argo. En la sala de
grabación los instrumentos de la nave habían hablado de niveles de potasio,
amalgamas neurológicas y matrices de concordancia digital, términos que nadie
de la Familia Bishop entendía. Ni siquiera sus Aspectos.
Los
antiguos instrumentos habían guardado cuanto habían podido de Shibo, leyendo
los cauces neurales de su mente, la forma de una conciencia única. Haciendo una
grabación. Comprimiéndola en un chip que se insertaba fácilmente en un lector
espinal humano. Aparte de las muestras celulares del cuerpo para los registros
genéticos de la Familia, el Aspecto Shibo de Toby era lo único que quedaba de
ella.
Normalmente
un Aspecto permanecía dormido hasta que superaba el trauma de la muerte, con
frecuencia en el transcurso de una generación. Pero la Familia necesitaba las
aptitudes, el buen criterio y los conocimientos de Shibo. Killeen no podría
haber llevado su Aspecto, pues ello habría causado estragos emocionales en el
capitán y violado todos los preceptos de la Familia.
Toby
era el único miembro de la tripulación con una ranura espiral disponible y las
personalidades adecuadas para aceptar a Shibo de inmediato. En esa larga
travesía, habían utilizado muchas veces los conocimientos de Shibo acerca de
los sistemas de la nave. Shibo
tenía
habilidad para la tecnología. En ese tema era mejor consejera que los Aspectos
más viejos de la Era de las Bajas Arcologías.
Pero
había sido doloroso para Killeen. El silencio se prolongaba, y Toby habría
querido echar a correr, alejarse de aquella tensión.
—Yo...
—Killeen vaciló—. ¿Puedo hablar con ella?
—No
lo creo, papá.
Killeen
abrió la boca, la cerró con un chasquido.
—Sólo
unas palabras.
—Creo
que es mala idea.
—¿Por
qué?
—Ya
sabes cómo te pones.
—Sólo
quería...
—Papá,
tienes que olvidarla.
Había
desesperación en los ojos de Killeen.
—La
he olvidado.
—De
ninguna manera. Si así fuera, no me lo pedirías.
Killeen
estiró los labios hasta que palidecieron. Toby sabía que su padre soportaba
muchas cosas, entre ellas las presiones del liderazgo, pero no podía ceder en
esto. Otra vez no.
Killeen
lo había persuadido de dejar que el Aspecto Shibo hablara por sus labios. Se lo
había permitido. Una vez. Dos veces. Luego una y otra vez, hasta que Killeen
buscó aquel frágil y fugaz contacto todos los días.
—Supongo
que eres un experto —dijo Killeen con dureza.
—En
esto, sí.
—¿Qué
te ha dicho tu consejero familiar?
—Sólo
que no permita que Shibo se manifieste en tu presencia.
Killeen
dio un puñetazo en el escritorio.
—¿Y
si te lo ordeno?
—No
puedo obedecer esa clase de orden.
—Yo
juzgaré eso. —Killeen curvó cruelmente los labios.
Toby
inspiró profundamente y dijo con serenidad:
—No,
no lo harás. Expondré el problema en una Reunión de Familia.
Killeen
perdió su expresión atormentada. Palideció, derrotado, con una cara que a Toby
le agradaba aún menos.
—Tú...
harías eso. —No era una pregunta.
—Tendría
que hacerlo. —Toby se notaba la boca amarga y seca—. Si permitiera que Shibo se
manifestara, enloquecerías como antes.
—Sólo...
un poco. —A Killeen le temblaban los labios. Movía la mandíbula con callada
emoción. Toby odiaba que esa torturada devoción rebajara a un hombre al que
amaba a semejante humillación. Era como si Killeen fuera adicto a una droga
terrible y nunca pudiera eliminarla de su organismo.
Pero
tenía que hacerlo. Y Toby tenía que ayudarle.
—No.
No, papá.
—Podrías,
sólo...
—Poco
es peor que mucho. Y lo sabes.
Killeen
permaneció un buen rato con la mirada perdida y al fin asintió lentamente.
—Sí...
peor que mucho.
—Papá,
aprovecho el talento de Shibo todos los días. Conoce los sistemas electrónicos
de esta nave, la interacción de los sistemas... era magnífica. Pero no es eso
lo que quieres de ella. Tú amabas a Shibo la mujer. Ella se ha ido. Lo que ha
quedado es hueco, una sombra. Sólo un Aspecto.
Killeen
tenía las mejillas hundidas, los ojos vacíos.
—No
es así.
—¿Qué
dices?
—Las
máquinas grabadoras hicieron una copia profunda. El chip que llevas es una
Personalidad.
—¿Qué?
Toby
quedó azorado. Una Personalidad era una encarnación plena de los cauces
neurales.
Incluía
rasgos de la persona original que trascendían sus aptitudes y conocimientos.
—Ordené
que nadie te lo dijera —explicó Killeen con gesto fatigado—. Un chico de tu
edad no puede manejar una Personalidad.
—Pero...
la siento como si fuera un Aspecto.
—Ordené
que restringieran la Personalidad. Al principio no puede expresarse plenamente
a través de ti.
—Eso
es... nunca he oído decir que...
—Es
infrecuente. Sólo para emergencias.
—Pero
¿por qué?
Killeen
estaba recobrando su semblante de capitán.
—Las
normas de la Familia imponen rescatar todo lo posible de una persona.
—Pero
hay límites. No conservamos cuerpos, ni...
—Yo
quise que se hiciera así.
—¿Tú
quisiste? Sensacional. ¿Y qué hay de mí?
—Los
bloqueos durarán un tiempo, luego cederán. Finalmente aflorará su Personalidad
plena.
—¿Y
si algo sale mal? ¿Y si la Personalidad Shibo comienza a causar problemas?
Toby
sintió escalofríos. Hasta los Aspectos podían rebelarse contra su portador.
Atacando en un momento de debilidad, provocaban una tempestad de Aspectos. El
portador entraba en un estado traumático, una suerte de trastorno mental
inducido. Una vez que los Aspectos controlaban al portador, podían dirigir el
movimiento y el habla. A veces los Aspectos dominaban a una persona durante
días o años sin que nadie se enterase.
.Y
una Personalidad era más fuerte que un Aspecto.
—Tomé
precauciones. Su Personalidad está restringida con protecciones entrelazadas.
—Aun
así, papá, si alguna vez...
—¡Estamos
hablando de Shibo! —Killeen asestó otro puñetazo sobre el escritorio—. Ella no
te atacaría, y lo sabes. Te amaba como a un hijo.
—Esta
cosa que llevo encima es una versión de Shibo. Con trauma de muerte incluido.
Killeen
parpadeó.
—¿A
qué te refieres? Toby vaciló.
—La
muerte cambia a la gente. —Sintió la tentación de reírse de esa frase absurda.
La muerte cambia a la gente. ¿Todavía se trataba de gente? ¿O sólo de
grabaciones defectuosas, alteradas?
Otra
vez el silencio se prolongó. Killeen se envaró y dijo:
—Debí
habértelo dicho antes.
Conque
su padre adoptaba su personalidad de capitán, ocultando sus sentimientos detrás
del uniforme. Toby comprendió que aquella frase era para su padre lo más
parecido a una dis-culpa.
Toby
se encogió de hombros, pero su mente era un torbellino de sentimientos
opuestos.
—Sólo
habrías conseguido preocuparme.
—Eso
pensé, hijo. Yo..., lamento haberte pedido que le permitieras manifestarse. Sé
que está mal.
—De
acuerdo, papá.
—Lo
lamento. Lo lamento mucho.
Toby
se levantó, agitado. Su padre se incorporó para abrazarlo. Ninguno de los dos
sabía expresar sus sentimientos con palabras, y durante un buen rato
permanecieron unidos, comu-nicando con el cuerpo mensajes que la voz no podía
transmitir.
4 -
PÁLIDA INMENSIDAD
El
Candelero crecía ante la nueva exploradora, descomunal y monstruoso, llenando
el espacio. Su pálida inmensidad se extendía en todas direcciones, ofreciendo a
la vista flancos y agujas relucientes, suntuosos portales y torres prominentes,
elevaciones cuyas perspectivas llevaban el ojo hacia profundidades de vértigo.
«¿La
gente construyó esto?», preguntó Toby por el comunicador.
«En
otro tiempo fuimos grandes», respondió Killeen con severidad.
El
capitán iba en la misma nave. Desde que habían mantenido aquella conversación,
su padre parecía empeñado en tenerlo cerca a todas horas. Cermo pilotaba porque
se trataba de la nave de mando. Toby comprendía que su presencia le impediría
hacer «travesuras», como Cermo había descrito su excursión con Quath. Por otra
parte, aquella nave participaría en los descubrimientos más interesantes.
Las
murallas y los grandes flancos del Candelero comenzaron a delatar su edad
cuando las naves de la Familia se aproximaron. Las macizas láminas que antes
parecían lisas como ce-rámica estaban cubiertas de pozos, cicatrices negras,
grandes cráteres. Los desechos llovían como granizo en el Centro Galáctico. Aun
las partículas más diminutas podían abrir agujeros profundos si caían a varios
kilómetros por segundo.
Aquel
rostro maltrecho cobró detalle a medida que se acercaban. Toby tenía el mismo
problema facial: manchas que le restaban dignidad; aunque en principio las
suyas desaparecerían con el tiempo. Un problema de la adolescencia. Allí era
como si la edad provocara un acné cósmico, reflexionó, que no remitiría jamás.
¿Significaba eso que ya nadie vivía allí?
Estaban
cerca. Notó una tensa impaciencia en la línea de comunicaciones. La tripulación
enviaba sus informes con crispación. Nadie detectaba ninguna señal procedente
del Candelero.
Toby
usó su bloqueada Personalidad Shibo para integrar las llamadas. Era agradable
tener una especie de sirviente interior capaz de escuchar una transmisión
mientras Toby prestaba atención a otra.
Quath
podía hacer eso sin ayuda, y Toby lo sabía. La mente de la alienígena estaba
organizada de otra manera, así que procesaba la información entrante en
paralelo. Quath decía que tenía «submentes». Realizaban cada una la tarea
asignada, tal como Toby podía morder una manzana y leer un libro al mismo
tiempo. Pero las submentes de Quath lo almacenaban todo y podían reproducirlo.
Quath
habría sido perfecta para esta labor, pero se había negado a acompañarlos.
<No
puedo participar en un rito familiar de regreso al hogar>, había dicho la
enorme alienígena.
Killeen
le había explicado que el Candelero no podía ser el hogar de la Familia Bishop,
ya que era increíblemente antiguo. Pero Quath no cedió. Hizo algún comentario
sobre «costum-bres íntimas» y no dijo más.
La
Personalidad Shibo de Toby afloró, una presencia cosquilleante.
Todas
las naves están en posición óptima, por lo que muestra el escáner 3D. No hay
emisiones electromagnéticas inexplicables. El Candelero parece muerto.
Toby
estaba habituado a que Shibo le pasara datos concretos e impersonales. Había
sido una buena amiga en vida, pero su Personalidad era reservada. Ella no había
mencionado la conversación con Killeen. Mentalmente, Toby le dijo:
—Oye,
¿esto te parece buena idea?
No
demasiado. Es probable que los mecs esperen que un lugar tan magnífico como
éste sea visitado de cuando en cuando. Y los mecs planifican con mucha
antelación.
—¿Qué
pretendes?
Enviar
a una sola persona. Menos riesgo.
—Humm,
parece razonable. Pero no es nuestro estilo.
La
Familia Bishop siempre ha sido impetuosa. Tal vez por eso ha sobrevivido.
Toby
recordó que Shibo estaba con la Familia Knight, ya prácticamente exterminada
por los mecs. Había nacido en la Familia Pawn.
—Bien,
siempre he querido ver un Candelero, y supongo que todos lo deseamos.
Los
mecs lo saben. Pero sospecho que tu padre tiene otros motivos además de la
curiosidad.
—¿Como
cuáles?
Sólo
es una conjetura. Ya veremos.
Esa
tranquila y misteriosa forma de mantener las distancias era típica de Shibo. La
mayoría de los Aspectos ansiaban hablar, participar de nuevo en las actividades
del mundo real. Shibo no compartía su serenidad con Isaac y los demás. Tal vez
fuera un atributo de las Personalidades en general, pero Toby sospechaba que
era un rasgo profundo de la notable mujer que había sido. Aunque su verdadera
madre seguía siendo un recuerdo vivo y consistente, Shibo se había convertido
en una madre para él durante los largos años de vagabundeo.
Toby
informó de que las naves estaban en posición, zumbando como abejas en torno a
un elefante.
Killeen
asintió y ordenó que los equipos entraran.
Las
naves que rodeaban el Candelero se aproximaron a él. No hubo ningún movimiento
visible en respuesta.
Las
naves penetraron por las aberturas. Toby seleccionó las transmisiones para
mostrar a Killeen las más importantes. La chachara era continua. Los Bishop
eran parlanchines.
«Esto
parece un gran anfiteatro. Algunas quemaduras.»
«Sí,
debió de haber combates a lo largo de este pasaje. Grandes desgarrones en las
paredes.»
«Aquí
hay toda una sección aplastada.»
«Todo
en el vacío. No hay presión de aire.»
«Habitáculos
incendiados. Por la altura de las puertas, yo diría que eran personas de talla
baja.»
«No
veo indicios de uso reciente.»
«Exacto.
Acabo de examinar una muestra de muebles quemados de un apartamento. Mi Aspecto
dice que la datación por isótopos indica que son sumamente viejos... por lo
menos tienen veinte mil años de antigüedad.»
«¿Alguien
ha encontrado algún registro?»
«No.
No cabe duda de que han limpiado bien el lugar.»
«Capto
rastros de actividad eléctrica. Hay algo que todavía funciona.» «Avanzad con
cuidado —intervino Killeen—. Puede haber mecs escondidos.»
Toby
no consideraba probable que los mecs se alojaran en un artefacto humano, aunque
se tratara de una ruina majestuosa como aquélla. Pero él tenía menos
experiencia que su padre y que otros veteranos. Conocía la larga historia de
traiciones, pactos violados, emboscadas, incursiones y devastación sólo como
eso... historia. Estos hombres y mujeres la habían vivido; algunos tenían más
de cien años y aún combatían, todavía vigorosos y dispuestos a no ceder terreno
a los mecs.
«Cielos,
lucharon por todas partes.»
«Sí,
la desolación es total.»
«Alguien
se ha llevado todos los metales. Parece un saqueo mec. Típicas marcas de
pinzas...»
«Una
ciudad fantasma.»
«La
dejaron limpia. Como la Arcología Blaine en Nieveclara, ¿recordáis?»
Toby
recordaba, claro que sí. Había ido hasta allí en un trayecto de dos días,
durante su primera expedición importante con Killeen y su abuelo Abraham. La
Arcología Blaine era un
lugar
venerado por los Bishop, y para verla valía la pena desviarse a media jornada
de su objetivo: una factoría mec que albergaba sustancias alimenticias
aprovechables. Las ruinas colosales habían apabullado a Toby. Pasaron allí la
noche a pesar de que Abraham temía una emboscada mec. Toby había recorrido las
calles arrasadas, adivinando rastros de vidas anteriores entre las sombras. La
Arcología le había parecido un ámbito de intimidad y silencio, de recuerdos
perdidos para siempre. Recuerdos de avenidas bulliciosas y vecinos, de largas
tardes ociosas, de elegantes danzas susurrantes con los pies descalzos... una
ciudad. Había tratado de decírselo a Killeen y Abraham, pero mientras Toby
comentaba la majestuosidad del lugar ambos hombres desviaron los ojos con el
ceño fruncido y el rostro meditabundo. Cuando Toby preguntó por qué, Abraham
explicó tristemente que un viejo Aspecto le acababa de recordar que Blaine no
era precisamente un ejemplo de la Era de la Alta Arcología. Había servido como
campamento de refugiados después de la destrucción de los lugares realmente
grandes. Killeen también asintió.
Un
campamento de refugiados... y la Ciudadela Bishop habría cabido en su estadio
deportivo.
Aquel
episodio lejano acudió a la memoria de Toby. Luego se disipó como una
conversación arrastrada por el viento.
«Aquí
hay de todo. Salas de concierto, mercados, fábricas, hospitales, pozos de
ascensor...» «Y parques arrasados. Debía de ser bonito.»
«Aguarda
un segundo, allí hay una cámara de presión.» «Verificad si hay actividad»,
advirtió Killeen. «No capto señales eléctricas.»
«Comprobad
los sellos», envió Killeen.
«Parecen
estar bien, intactos.»
«Poned
un robot en los controles y alejaos. Luego abrid los sellos», envió Killeen. «A
la orden.»
Llegaron
más transmisiones acerca de paisajes devastados. Toby escuchó atentamente,
filtrando los reiterativos informes. Se concentró en el equipo de la cámara de
presión. Ansiaba estar allí con ellos, mirando.
«Abrimos
la cámara; allá va.»
«¿Qué
gas contiene?», preguntó Killeen.
«Aire
común. Los sensores químicos indican que no está contaminado.» Cernió frunció
el ceño.
«¿El
aire sigue en condiciones después de tanto tiempo?»
«Tal
vez el sistema de ventilación todavía funciona», sugirió Toby.
«Y
tal vez otras cosas también», envió Killeen, aprensivo.
«Parece
estar bien, capitán —informó el equipo de la cámara—. ¿Podemos entrar?» «De
acuerdo —envió Killeen—. Pero tomadlo con calma.»
«Capitán
—envió Cermo—, ese equipo es de sólo tres personas. Por fuerza tendrán que
separarse.»
«Cierto.
—Killeen titubeó sólo un segundo—. Pero no disponemos de refuerzos. Ve tú,
Cermo. Mantente en comunicación.»
«Papá,
yo lo haré —dijo Toby—. Puedo mandar imágenes mientras me muevo.»
Killeen
sacudió la cabeza. Para sorpresa de Toby, Cermo comentó:
«Conmigo
no correrá peligro. Y la ayuda me vendría bien.»
Toby
comprendió que Cermo pretendía que la tensión que existía entre ambos cediera
al liberar a Toby de la influencia de su padre. Y tal vez su padre quería lo
mismo, porque pareció aliviado.
«Muy
bien.»
Pronto
el capitán se concentró en otros asuntos.
Entraron
en el Candelero. El pulso de Toby se aceleró. Siguieron trazadores que
palpitaban en el visor interno de los cascos. Los ordenadores del Argo ya
habían confeccionado un tosco
mapa
tridimensional de la grandiosa ruina usando los datos del equipo de
exploración. Guiaron a Toby y Cermo por pasajes oscuros, pozos, por los
antiquísimos corredores derruidos. La luz de los cascos los guiaba por aquella
negrura absoluta.
Toby
entrevio jirones de tela, fábricas destruidas, oficinas destartaladas. Cada
vista era un fugaz mensaje de vidas asediadas y perdidas durante milenios,
ahora sólo conocidas por desperdicios patéticos.
Llegaron
a la cámara de presión redonda. Las luces de los cascos iluminaron a una mujer
que les hacía señas.
«¿Podéis
creerlo? —comentó—. Había aire dentro. Cuando hemos abierto la cámara, casi
salgo volando.»
La
negrura que los rodeaba dejaba paso a una plaza ancha y fosforescente. El
equipo trabajaba entre filas de máquinas. Cermo ordenó rastrear la zona. Toby
escuchó los informes de otros equipos. No habían encontrado nada tan insólito
como aquello.
«¿Por
qué crees que el fósforo funciona aquí y no en otra parte?», preguntó a Cermo.
«A lo mejor aquí sigue habiendo una fuente de energía.» «¿Después de veinte mil
años?», se burló alguien.
Pero
la había. Un tripulante detectó conductos con electricidad.
«¿Ningún
cuerpo hasta ahora?», preguntó Cermo.
«Nadie
ha mencionado la existencia de ninguno —respondió Toby—. Supongo que han
desaparecido. Evaporados como las plantas de los parques.»
«Pero
¿por qué no los hay aquí? Esto estaba cerrado herméticamente.»
Toby
se preguntó por qué los mecs habrían mantenido la presión de aquella bóveda si
habían sido los últimos en visitar el lugar.
Caminó
entre las hileras de sombrías máquinas y se preguntó para qué servían. Aquellas
moles tenían cierto estilo, no como las máquinas mecs que él había temido y
odiado toda la vida.
Recordó
que eran máquinas de fabricación humana, sin duda las más grandes que había
visto. Sonrió con orgullo. El trabajo de hombres y mujeres había estado en una
época a la altura del de los mecs. Él se había acostumbrado a creer que sólo
las malignas máquinas inteligentes podían crear grandes obras. El Argo era una
antigua obra humana, pero pertenecía a la Era de la Arcología, y se usaba para
volar entre las colinas de la Agachada, situadas en planetas distantes. Y el
Argo utilizaba muchos componentes arrebatados a los mees. Estos viejos
artefactos humanos eran diferentes, hermosos.
«El
equipo Lambda ha encontrado inscripciones en una pared —anunció Killeen—.
Quiero su análisis espectroscópico.»
Toby
tenía el equipo necesario para obtenerlo.
«A
la orden.»
Se
disponía a marcharse cuando una ensordecedora señal de advertencia irrumpió en
la línea de comunicaciones.
SOY
UNA BOMBA. ESTOY PREPARADA PARA EXPLOTAR DENTRO DE TRESCIENTOS INTERVALOS DE
TIEMPO. BIP. ESTO MARCA EL COMIENZO DE UN INTERVALO DE TIEMPO. QUEDAN
DOSCIENTOS NOVENTA Y NUEVE INTERVALOS. SOY UNA BOMBA. ESTOY PREPARADA PARA
EXPLOTAR DENTRO DE TRESCIENTOS INTERVALOS DE TIEMPO. BIP. QUEDAN DOSCIENTOS
NOVENTA Y OCHO INTERVALOS.
Ea
señal llegaba de alguna parte de la bóveda, según indicaba el localizador de
Toby.
«¡Evacuad!»,
exclamó, y se dirigió hacia la puerta.
Se
estaba cerrando. Cermo aún le precedía, moviéndose con una velocidad y destreza
sorprendentes para su tamaño. Cermo apuntó hacia la puerta con el arma y voló
un gozne. Ea puerta se detuvo.
Atravesaron
la entrada y se detuvieron.
«¿Crees
que es una bomba nuclear?»
«Podría
ser—respondió Cermo—. Muévete.»
«Vamos
a bloquear la puerta de la cámara. Tal vez logre contener cualquier cosa de
menor potencia que un explosivo nuclear.»
Cermo
maldijo pero asintió. Cerraron la puerta con la ayuda de otros tres
tripulantes. De todos modos no fue una pérdida de tiempo, porque algunos
todavía estaban saliendo. Cuando salió la última integrante del equipo,
cerraron la voluminosa puerta de acero.
Nadie
se paró a respirar. Atravesaron los silenciosos y oscuros pasajes. Los equipos
salían en tropel del Candelero. Toby llegó al espacio libre cuando el
transmisor que habían dejado en la bóveda emitía:
BIP.
SOY UNA BOMBA. ÉSTA HA SIDO UNA GRATA CONCLUSIÓN DE MI MISIÓN HISTÓRICA. ME
DESPIDO DE QUIENES ME CREARON Y ME DIERON ESTA OPORTUNI-DAD DE SERVIR. TAMBIÉN
DOY GRACIAS A QUIENES DESENCADENARON MI MOMENTO CULMINANTE. AHORA DETONARÉ
RESUELTA Y ELOCUENTEMENTE. BIP.
La
transmisión se cortó.
El
Candelero tembló. Las torres volaron. Las paredes se resquebrajaron.
Una
torre helicoidal crujió. Luego todo se desintegró a cámara lenta convertido en
astillas.
En
el silencio del espacio era como mirar una montaña deshaciéndose poco a poco.
Toby
miró los restos mientras su nave se alejaba. Había faltado poco, pero el
Candelero estallaba con escasa energía. El Argo ya se alejaba. Tal vez no
sufrieran muchos daños.
«Vaya.
Hemos tenido suerte», comentó.
«Puede
que sí», respondió Killeen.
«No
creo que esa cosa pueda causarnos daños de consideración», dijo Cermo. «Yo
tampoco —respondió Killeen—. Pero tal vez no fuera ésa la intención.» «¿Qué?
—preguntó Toby—. ¿Qué otra si no?»
«Ojalá
lo supiera. Pero si alguien hubiera querido matarnos, no habría habido
advertencias.» Toby parpadeó.
«Y
la dejaron dentro de una cámara...»
«Los
mecs no se sentirían atraídos por el aire —dijo Cermo—. Trabajan mejor sin él.
Pero es natural que a nosotros nos atrajera...»
«Eso
creo —dijo Killeen—. Activamos una alarma destinada únicamente a los humanos.»
Miraron en silencio la lenta desintegración de aquel hogar ancestral. Los
Aspectos más
viejos
de Toby murmuraron, evocando recuerdos que él quizá nunca compartiera. También
él percibía una tácita angustia en los desperdigados comentarios que circulaban
por los comumcadores. A pesar de su estado ruinoso, el lugar conservaba el
saber de lo que habían sido los humanos hacía muchos milenios. El tenue eco de
un sabor antiguo. Estimulante, dulce... y hasta eso les habían arrebatado para
siempre.
«Qué
lástima que no llegara a ver a esa inscripción», dijo Toby.
«Así
es. Pero el equipo Lambda obtuvo algunas imágenes», dijo Killeen frunciendo el
ceño. «No lo entiendo. ¿Por qué destruir algo tan bello? Ni siquiera nos
pillaron.»
«No
sé —dijo Cermo—. Supongo que los mecs disfrutan volando cualquier cosa humana.
Todo lo que significa algo para nosotros.»
«Esperemos
que no sea más que eso», comentó sombríamente Killeen.
5 -
SABORES ANTIGUOS
A
Toby le gustaba trabajar en el exterior; en gravedad cero era más un baile que
un trabajo, y aunque exigía mucha agilidad, había momentos en que se requerían
buenos músculos.
El
sudor traía cierta alegría. Con el trabajo Toby descargaba sus frustraciones,
que últimamente eran demasiadas. Pero hasta el mejor dermotraje se ponía
pegajoso al cabo de un
rato,
y orinar costaba bastante, así que uno se pasaba horas sin beber nada antes de
salir. La garganta se resecaba, y había que conformarse con gotas de zumo de
tomate.
Este
trabajo era duro. El paso por la nube molecular había causado desperfectos en
algunos sensores de la nave. Cermo lo atribuía a los bancos de polvo. Y la
explosión del Candelero ha-bía mellado el casco. La mayor parte de los
desperfectos eran de poca importancia, pero era preciso reparar cada grieta.
Tedioso, engorroso y esencial, como la mayoría de los trabajos a bordo de una
nave estelar. Cuando uno sólo contaba con una piel para protegerse del vacío,
la cuidaba bien.
Toby
devolvió la forma a una antena aplastada valiéndose de las instrucciones de un
Rostro. Un Rostro era un Aspecto reducido a la mínima expresión, una especie de
catálogo de conoci-mientos y trucos técnicos. Toby dejaba que el Rostro le
indicara qué herramientas usar y qué conexiones eléctricas hacer, lo cual lo
dejaba en libertad para resoplar y sudar un rato. Los problemas tecnológicos
eran intrincados, difíciles y cansados. Pero las rutinas de reparación se
grababan en la memoria muscular, así que lo haría mejor la próxima vez.
Cuando
llegó el momento de la pausa, paseó por el casco mientras el resto de la
cuadrilla se sentaba a descansar. Comenzaba a entender por qué su padre pasaba
tanto tiempo ahí fuera, bajo el hirviente cielo. Fuegos diminutos brillaban
entre los borrones y remolinos de resplandor crepuscular: polvo y gas,
sometidos a espasmos luminosos por enormes corrientes eléctricas.
Mirando
hacia fuera, creía sentir las palpitaciones de todo el disco de la galaxia.
Todo giraba en torno a un punto que nadie podía ver: el agujero negro del
Centro Verdadero.
El
Comilón. Cuando niño lo había visto en Nieveclara, una presencia flamígera
detrás de hirvientes nubes moleculares. En algunas leyendas de la época en que
ardía sobre las Familias como un ángel vengador, o un demonio, o ambas cosas,
aparecía como el Ojo.
Toby
apenas podía mirar de soslayo ese brillo cegador, el disco de la materia
capturada que giraba en torno al agujero. Luego tuvo que apartar los ojos, o
los sistemas de su propio cuerpo cerrarían su visión óptica para impedir una
quemadura. Aun así, era inquietante mirar las nubes de polvo que se deslizaban
hacia la mortal voracidad de aquella diminuta y perversa mandíbula. Una boca
siempre hambrienta, siempre impaciente.
Dio
la espalda al resplandor y descendió al pequeño valle formado por las dos
protuberancias grandes del casco del Argo. Estaba divagando, contemplando el
panorama, cuando algo lo sorprendió. La colmena de Quath estaba destrozada.
Y
Quath se erguía entre las ruinas. Sus patas de doble articulación trabajaban en
sus cuencas de acero mientras Quath asía una pared de ladrillos grises. Toby,
alarmado, avanzó haciendo resonar las botas.
—¿Qué
ha pasado? ¿Recibiste el impacto de un fragmento del Candelero?
<No,
carroñero de sangre caliente.>
—Pero
habrá sido algo grande... oye...
Quath
dio una sacudida enérgica y la pared se derrumbó por completo. Ladrillos de
desechos y basura volaron en todas direcciones. Entonces Toby notó que, a pesar
de sus giros y vueltas, los ladrillos caían en pulcros montones sobre el casco,
siguiendo largas trayectorias curvas en gravedad cero. Se posaron ordenadamente
con fluida gracia.
—¿Cómo
lo haces?
<Alimento
de gusanos, modelo mi hogar-montaña con vuestros desechos materiales, es
verdad; pero contienen hierro, y se adhieren el casco.>
—De
acuerdo, pero ¿cómo logras que vuelen así y caigan en el montón adecuado?
<Un arte de la mecánica.>
Toby
miró cómo la enorme figura deshacía otra parte de su vivienda. Conocía lo
suficiente a Quath para saber que no le daría más explicaciones sobre el cómo,
así que insistió en el por-qué. Quath respondió:
<Creo
que mi montaña no soportará nuestra trayectorias.> —¿Qué trayectoria? Aún no
hemos decidido hacia dónde ir.
<El
alma de una especie se comprende mejor desde fuera. Yo me preparo.>
Y no
añadió más. Trabajaba deprisa y, teniendo en cuenta su tamaño, con una agilidad
desconcertante. Toby insistió, pero no obtuvo respuesta. Se encogió de hombros
y se alejó, recordando que no debía tomárselo como algo personal. Quath no era
una mujer disfrazada de insecto. Tampoco era una indómita fuerza de la
naturaleza. Era simplemente una alienígena, y las metáforas humanas no eran
aplicables a ella. Eso era lo más difícil de tener presente cuando lo rechazaba
a uno. Toby dio media vuelta y gritó:
—Al
cuerno con tu castillo de mierda, cara de bicho.
Quath
se detuvo y extendió hacia él dos antenas, pero sólo dijo:
<[Intraducible.]>
Tal
vez fuera un gesto obsceno para la raza de Quath, pero Toby nunca lo sabría.
Se
alejó y calmó su irritación trabajando con más ahínco. Estaba agradablemente
cansado cuando finalizó la tarea y, una vez dentro, se dio una placentera
ducha.
Lo
hizo con tres días de antelación pero se sentía bastante maltratado por la
vida. Puso el chorro en fuerza máxima y seleccionó las opciones de jabón y
friega de alcohol. Por suerte era el primer día en un ciclo y el agua era pura.
No olía a otros Bishop ni a ese filtro que nunca eliminaba del todo los
efluvios. Se dejó envolver por su maravillosa tibieza, reguló el chorro para
que le masajeara los músculos y el cuero cabelludo. En la Ciudadela Bishop
disponían de más agua; incluso una vez había jugado en un baño. Habitualmente
los baños estaban reservados para las parejas, como parte de la ceremonia
nupcial.
Sintió
pena cuando la carga se agotó y cayeron las últimas gotas. No podría darse ese
gusto en varias semanas.
Suspiró,
se tumbó en la litera... y sonó el avisador. La voz de Cermo le vibró en el
oído izquierdo.
«Preséntate
en el Centro de Mando, Toby.»
Toby
gruñó. Él y Besen habían planeado «descansar» juntos, palabra que usaba la
Familia para referirse al tiempo de retozar en los aposentos comunes. Los
miembros solteros de la Familia gozaban de un período de plena libertad sexual
antes que asumieran la necesaria función de criar hijos, y Toby lo había
aprovechado al máximo. Era lo que más le gustaba de la vida de a bordo: el
tiempo para complacer a la bestia interior. Bien, tendría que esperar.
Elamó
a Besen y se lo explicó.
—Vaya
—rezongó ella—, y yo que había reservado una sección de gravedad cero.
—El
deber me llama, mi Julieta.
—Conque
al final has visto la obra. Habrás comprobado que despedirse es una dulce
pesadumbre.
—En
este caso, es más bien no poder reunirse.
—Date
prisa, Romeo. Tal vez aún podamos aprovechar la reserva.
Para
sorpresa de Toby, sólo su padre y Cermo estaban en el Centro de Mando. Las
hileras de ordenadores con revestimiento de cerámica y las pantallas de datos
fosforescentes los empequeñecían.
—Necesitamos
tu Aspecto Shibo —dijo Cermo con cierto envaramiento.
Toby
estudió el rostro de su padre al resplandor de las pantallas blancoazuladas,
recordando la última vez que habían hablado de Shibo, pero Killeen mantenía su
aplomo de capitán. Sus ojos oscuros no delataban nada.
—De
acuerdo. ¿Qué sucede?
—Dos
cosas —dijo Killeen cortante—. ¿Recuerdas esa inscripción del Candelero?
Intentamos descifrarla. Échale un vistazo.
ELLA,
EN
CUYOS SENOS SE INSCRIBE GRAN RENOMBRE
BATALLANDO
EN VASTOS REINOS DE POLVO Y
GAS,
FRUSTRÓ LOCOS ATAQUES.
ELLA,
DESBARATANDO
UNA MAREA GROTESCA, CON-
SUMIÓ
LAS CINCO CLASES DE MUERTOS VIVOS
EN
RADIANTE, CALOR SAGRADO.
ELLA,
PARTIDARIA
DEL HOMBRE Y DE LA CAUSA JUS-
TA,
DESBORDANTE DE FURIA, VIAJÓ A UN LU-
GAR
INMUTABLE... AUNQUE FATIGADA, FEBRIL
SIN
EMBARGO POR EL FERVOR HACIA LOS PA-
LACIOS
DE PERLA DE LA HUMANIDAD.
ELLA,
CUYA
HISTORIA SE PROPAGA ENTRE LA GENTE,
TODAVÍA
ARDE Y SE DESLIZA POR EL TIEMPO Y
LAS
CONTORSIONES DEL PROTOESPACIO.
ELLA,
FIRME
DEFENSORA DEL PALACIO DE PERLA, ABANDONÓ SU FORMA ANIMADA Y HOY MORA EN LA
MARAÑA DE TIEMPO DONDE HABITA LA ETERNIDAD. LIBRE DE SU ENVOLTURA COR-PORAL,
ÚNICA SOBERANA SUPREMA, MEDITA SOBRE MONTONES DE ACONTECIMIENTOS, LA-MIDA POR
DELICIOSAS LENGUAS DE PROTO-.HISTORIA Y OMEGAFUTURO.
ELLA,
ES
COMO ERA Y OBRA COMO OBRÓ, AROMÁTI-
CA Y
CARNOSA, TAL COMO ESTÁ ESCRITO Y TAL
COMO
SE VERTERÁ EN LA VENIDERA RESTAU-
CIÓN.
ELLA,
SE
LEVANTARÁ COMO TODOS LOS QUE NOS
LANZAMOS
HACIA LA GUARIDA Y BIBLIOTECA.
.PLENITUD
DURADERA, ES AHORA Y SERÁ SIEM-PRE.
—Humm
—murmuró Toby, desconcertado. Invocó a su Personalidad Shibo. Su fría presencia
dijo tras una larga pausa:
Esta
«ella» habrá sido toda una mujer.
—Hay
algunos fragmentos que no entendemos —dijo Killeen.
Toby
frunció el ceño.
—¿Y
por qué una de cada dos líneas está invertida?
Cermo
se encogió de hombros.
—¿Se
trata de algún código?
Toby
sintió que Shibo se conectaba con los Aspectos más viejos, invocando retazos de
memoria. Hizo una síntesis y la presentó:
Se
trata de una antigua habilidad. La vi cuando era niña con la Familia Knight.
Esto se escribió para ser leído digitalmente. En vez de regresar a la izquierda
para empezar cada línea,
una
mente digital lee los caracteres en orden inverso cuando los ojos regresan para
leer la lí-nea siguiente, de derecha a izquierda.
Toby
les transmitió el mensaje.
—Parece
complicado —dijo Cermo.
Ahorra
tiempo. Nuestra costumbre de leer recomezando por la izquierda es para mentes
simples.
—¿La
gente del Candelero podía hacer estas cosas? —preguntó Killeen dubitativamente.
Hubo un tiempo en que la Familia Knight podía. Sus pergaminos antiguos estaban
escritos
de
esta manera. Vi algunos cuando era niña.
Toby
repitió esto. Por la expresión de Killeen, notó que lo dicho tenía gran
importancia para él. Todas las Familias sobrellevaban la carga de vivir en la
desesperación y huyendo permanentemente, sabiendo que antaño los de su especie
habían dominado con orgullo el Centro Galáctico: constructores de Candeleros,
exploradores, cazadores de bestias del vacío, jinetes de grandes tormentas.
Pero eso había sido hacía tanto tiempo que ni siquiera las leyendas rozaban las
cumbres de tan remota antigüedad.
—Nadie
tenía esa aptitud en la Ciudadela de la Familia Bishop —gruñó Killeen.
Toby
recordó haber visto, en las ruinas de la Arcología Blaine, una pared que
contenía un mensaje similar. Iba a decirlo, pero Cermo lo interrumpió con un
gesto.
—Mira,
al margen de cómo utilizaran el alfabeto, está claro que esto es una historia
sobre una mujer que conducía a la humanidad. Vencieron. Pero ¿qué es todo eso
de los palacios de perlas?
—Supongo
que se refiere al Candelero —dijo Killeen con aire distante.
—Tiene
sentido —comentó Toby, refiriéndose rápidamente a su Aspecto Isaac—. La palabra
«perla» significa gema... una gema brumosa, como la cerveza de gato.
Esta
vez la sorprendida fue Shibo.
¿Qué
es «cerveza de gato»?
—La
leche. Lo lamento, es una broma infantil —susurró Toby.
Lo
había dicho sin pensar. Quería que lo tomaran en serio, no como un mero canal
de transmisión para los conocimientos de Shibo. No había permitido que Cermo o
Killeen tuvieran acceso directo a Shibo por la interfaz de comunicaciones.
Habría sido bastante fácil, pero entonces lo habrían ignorado por completo,
excluyéndolo de las cuestiones adultas.
—Hay
muchas cosas de esta inscripción que no entiendo —dijo Killeen—. Primero,
¿puedes ponerla al derecho?
Para
Shibo era fácil. Al cabo de un instante la proyectó en una de las grandes
pantallas murales.
ELLA,
EN
CUYOS SENOS SE INSCRIBE GRAN RENOMBRE, BATALLANDO EN VASTOS REINOS DE POLVO Y
GAS, FRUSTRÓ LOCOS ATAQUES.
ELLA,
DESBARATANDO
UNA MAREA GROTESCA, CONSUMIÓ LAS CINCO CLASES DE MUERTOS VIVOS EN RADIANTE
CALOR SAGRADO.
ELLA,
PARTIDARIA
DEL HOMBRE Y DE LA CAUSA JUSTA, DESBORDANTE DE FURIA, VIAJÓ A UN LUGAR
INMUTABLE... AUNQUE FATIGADA, FEBRIL SIN EMBARGO POR EL FERVOR HACIA LOS
PALACIOS DE PERLA DE LA HUMANIDAD.
ELLA,
CUYA
HISTORIA SE PROPAGA ENTRE LA GENTE, TODAVÍA ARDE Y SE DESLIZA POR EL TIEMPO Y
LAS CONTORSIONES DEL PROTOESPACIO.
ELLA,
FIRME
DEFENSORA DEL PALACIO DE PERLA, ABANDONÓ SU FORMA ANIMADA Y HOY MORA EN LA
MARAÑA DE TIEMPO DONDE HABITA LA ETERNIDAD. LIBRE DE SU
ENVOLTURA
CORPORAL, ÚNICA SOBERANA SUPREMA, MEDITA SOBRE MONTONES DE ACONTECIMIENTOS,
LAMIDA POR DELICIOSAS LENGUAS DE PROTO-HISTORIA Y OMEGAFUTURO.
ELLA,
ES
COMO ERA Y OBRA COMO OBRÓ, AROMÁTICA Y CARNOSA, TAL COMO ESTÁ ESCRITO Y TAL
COMO SE VERTERÁ EN LA VENIDERA RESTAURACIÓN.
ELLA,
SE
LEVANTARÁ COMO TODOS LOS QUE NOS LANZAMOS HACIA LA GUARIDA Y BIBLIOTECA.
PLENITUD DURADERA, ES AHORA Y SERÁ SIEMPRE.
—Conque
yo tenía razón. —Killeen asestó un puñetazo sobre el escritorio—. Hubo una
época prolongada en que aventajaron a los mecs. «Cinco clases de muertos
vivos.» Vi eso inscrito en un monumento, una tumba, hace años... ¿Recordáis?
Ambos estabais allí.
Cermo
frunció el ceño.
—Creo
recordar algo... —se esforzó.
—Yo
lo recuerdo —dijo Toby—. Pero en esa inscripción se hablaba de un poderoso «él»
y...
—Era
sobre los mecs, sin duda —continuó Killeen—. Y esta «ella», una gran
conductora... la llevaron a alguna parte.
Cermo
arrugó el entrecejo dubitativamente.
—¿Cómo
es eso?
—Claro
como la luz de las estrellas —dijo Killeen, levantándose enérgicamente y
paseándose por delante de la pantalla—. ¿No lo ves? «Ella viajó a un lugar
inmutable», luego su «forma corporal se evaporó.» Y «se levantará como lo
haremos todos los que nos zambullimos en la guarida y la biblioteca».
Abandonaron el Candelero, al menos algunos de ellos. Y se fueron a otra parte,
a esa «guarida» donde estarían a salvo.
Cermo
cabeceó a regañadientes.
—Sí...
—¡Es
evidente! —exclamó Killeen—. Mirad, lo grabé usando uno de mis Aspectos. Aquí
está...
En
una pantalla parpadearon las letras:
Aquél,
por
cuyo brazo fue inscrita la fama, cuando, en batalla por los extensos países,
golpeó e hizo retroceder el primer ataque. Con su pecho escindió la oleada
enemiga... la de aquellos horribles mecanismos locos que no tenían piedad con
los caídos.
Había
más, y Killeen continuó, recitando pasajes y comparándolos con la inscripción
que habían visto cerca de una tumba, y nada de ello tenía mayor sentido para
Toby. Ciertos pasa-jes —como «El que guió a la humanidad desde los palacios de
acero que volaban por lo alto»— tal vez aludieran a la Era de los Candeleros.
Otros —como «Aquél, de cuyo valor los aires perfuman todavía el océano del
sur»— debían referirse a una época en que todavía había mares en Nieveclara, no
sólo los lagos que él conocía y que menguaban de año en año. Pero muchos otros
—como «Él, que dio a la Humanidad los nombres de las Piezas»— no tenían el
menor sentido. Y su Aspecto Isaac le dijo que aun los habitantes de las
Arcologías estaban desconcertados por tales arcaísmos.
Killeen
caminaba y hablaba sin cesar. Cuando su famoso entusiasmo lo poseía de aquella
manera, irradiaba una energía hipnótica. Pero Toby veía con alarma el creciente
frenesí de su padre.
Cermo
intervino apaciguador.
—Es
posible, y quedan en pie muchos interrogantes... pero no se trata de eso,
capitán. ¿Verdad?
Killeen
parpadeó e inhaló profundamente.
—Supongo
que no. Esperaba que la inscripción nos indicara una manera de abordar el
problema que afrontamos.
Toby
trató de hablar con soltura y aplomo.
—¿Qué
problema?
—Deberíamos
celebrar una Reunión—dijo Cermo.
—En
efecto. Puedo presentar nuestras opciones a la Familia...
—¿Qué
problema?
—La
explosión del Candelero fue la fuente de energía para un pulso de emisión —dijo
Cermo—. Pensamos que estaba destinada a pillarnos, pero tal vez su verdadero
objetivo fuera dicha emisión.
Toby
procuró disimular su sorpresa, tal como a veces hacía su padre.
—Yo
no capté nada en ninguna banda de frecuencia.
Killeen
señaló el espectro en una pantalla.
—No
me extraña. Su frecuencia era muy alta, por encima de todo cuanto podemos ver.
Rayos
gamma. Y emitidos... el Argo apenas pudo captarlo.
—¿Emitidos
cómo? —preguntó Toby.
—Hacia
fuera. Hacia uno de esos lugares que Quath nos previno que evitáramos.
Killeen
miró sombríamente a su hijo.
Toby
sintió un arrebato de simpatía hacia su padre. Killeen había aceptado muchas
cosas como artículo de fe, y ahora iban a ser puestas a prueba. Habían seguido
el consejo de Quath desde el comienzo de su largo vuelo desde Trump, el planeta
de los Cards. Habían ido a ese mundo con la esperanza de colonizarlo, de
convertirlo en Nueva Bishop. Pero los habían expulsado.
Y la
Familia ni siquiera había protestado cuando los siguieron miembros de la
especie de Quath, aunque a distancia, impulsando un instrumento largo y
reluciente con su gigantesca nave. Estaba a cierta distancia detrás de ellos,
actuando como una retaguardia que nadie entendía del todo. Habían avanzado a
trompicones siguiendo un curso irregular para aproximarse al Verdadero Centro
Galáctico, sorteando los obstáculos que Quath localizaba en los desconcertantes
mapas estelares. Todo por fe, volando casi a ciegas. Sin saber qué extrañas
estrategias funcionarían aquí.
—¡Una
alarma contra intrusos! —exclamó Toby.
—¿Te
refieres a la emisión? —preguntó Cermo.
—Para
alertar a alguien que deseaba saber cuándo regresarían los humanos —dijo Toby,
aparentando mayor seguridad de la que tenía, una actitud que consideraba
adulta, viril.
Killeen
cabeceó.
—Mecs.
—¿Por
qué no dejar una bomba más grande? —dijo Cermo—. Liquidarnos por completo.
Toby
extendió las manos.
—A
lo mejor pensaban atraparnos.
Killeen
sacudió la cabeza.
—Dominan
energías potentísimas. Si quisieran matarnos, lo habrían hecho.
—¿Y
por qué iban a querer capturarnos? —les preguntó Cermo.
—Puede
que la explosión estuviera destinada a hacernos creer que habíamos escapado,
que estábamos bien —añadió Toby.
Killeen
frunció los labios; seguía sin estarse quieto un instante.
—Los
mecs nos consideran tontos. Podría ser.
—Y
otra cosa —dijo Toby, escuchando a Shibo—. Esa bomba hablaba nuestro idioma, no
esa lengua arcaica.
Killeen
se detuvo y miró a su hijo con interés.
—En
efecto... no probó con los dialectos. Alguien le indicó cómo hablamos.
—¿Entonces...
se disponen a atraparnos? —preguntó Cermo aterrorizado.
—Eso
dependerá de la clase de mecs con los que tengamos que luchar. Los estúpidos
cazadores
que usaban contra nosotros en Nieveclara...
—Carecen
de sutileza —condujo Toby—. Pero el Mantis...
Killeen
y Cermo intercambiaron una mirada. El Mantis, el mec más inteligente que habían
conocido, ya formaba parte de la leyenda de la Familia Bishop. Los había
perseguido, sirvién-dose de sus complejas ilusiones electrónicas. Habían creído
que era sólo un asesino mejor que los otros; pero el Mantis mismo les mostró,
en un momento aterrador, cómo usaba a los huma-nos en sus «obras de arte».
—Una
vez Quath me contó —confirmó Toby— que los mecs no envían a los mejores a
atacarnos en los planetas, sino a la escoria.
Cermo
se irritó.
—Mataremos
lo que nos envíen. Mecs grandes, mecs pequeños, no importa.
Killeen
escrutó el espacio, y Toby comprendió que evocaba esa larga historia de
humillaciones que había sufrido la Familia Bishop a manos de los mecs. Juntos
habían visto cuerpos humanos usados por los mecs como componentes de
biomáquinas. Como ornamentos. Como truculentos fragmentos de algo que el Mantis
consideraba bello.
—En
efecto, Cermo. Tal vez vengan a atraparnos —dijo Killeen—. O algo peor.
—Tenemos
que huir —dijo Cermo.
—En
efecto. —Killeen se volvió hacia una pantalla que mostraba remolinos de
tenebrosa oscuridad y manchas de radiante luminiscencia. El plano de la
galaxia, un hervor de energías mortales e historias perdidas—. Pero ¿adonde?
6 -
LA CANCIÓN DE LOS ELECTRONES
Desde
el casco, Toby escrutaba el majestuoso movimiento de las estrellas, mirando el
Centro Verdadero. Toda la galaxia giraba alrededor de un punto velado por las
nubes. Un desbordante resplandor que daba vueltas en torno a un centro de
despiadada oscuridad.
La
nave iba cobrando impulso, hendiendo pasajes polvorientos y avistando nuevas
salpicaduras de luz. Toby sentía una furia abrasadora contra los mecs que se
aproximaban trazando azuladas estelas de escape y obligando al Argo a escapar.
Implacables, cabalgaban en sus lanzas de plasma llameante: un enemigo secular
dispuesto a eliminar todo vestigio de humanidad. Estaban a sólo un día luz de
distancia, ocultos en las turbulentas tinieblas.
Aun
en ese remolino de estrellas había pocas oportunidades de escapar. Los sensores
de largo alcance del Argo detectaban imágenes de estelas mecs procedentes de
varías direcciones que cortaban las órbitas fáciles, las más alejadas del
Centro.
De
ese modo los obligaban a seguir una trayectoria cada vez más cerrada, hacia el
agujero negro que acechaba en el Centro Verdadero. Una trampa.
Toby
había escuchado cómo su Aspecto Isaac consultaba con Aspectos aún más viejos y
agrios para hablar de la enorme estrella oscura; pero todo parecía extraño e
imposible. Durante diez mil millones de años se había alimentado de la galaxia.
Las mareas de gravedad y de polvorienta fricción habían arrastrado estrellas
enteras hacia ella: soles perdidos en torno a los cuales alguna vez habían
florecido civilizaciones. A medida que sus estrellas madres eran absorbidas,
para ser horneadas, trituradas y devoradas, especies alienígenas enteras habían
tenido que huir o perecer.
Las
lecciones de historia de Isaac eran bastante parcas en lo concerniente a esos
tiempos remotos. Se suponían muchas cosas, pero se sabía poco. Algunas
civilizaciones habían escapado, decía Isaac. Habían creado extrañas colonias
metálicas que aprovechaban los grandes recursos energéticos del lugar. Delante
del Argo esperaban dichos refugios. Ciudades del centro: alienígenas,
colosales, imponentes; más grandes que los Candeleros, y más antiguas.
Despabilándose,
volvió a su tarea, persuadir a Quath de participar en la Reunión de la Familia
Bishop. La corpulenta alienígena trabajaba en las últimas paredes de su
intrincado nido, apilando ladrillos en un recoveco oculto donde se unían dos
cúpulas de cultivo.
—Ven,
gran insecto, está a punto de comenzar.
Quath
alzó sin esfuerzo una pesada losa.
<Es
una ceremonia de tu especie [intraducibie]. No asisto a ella por respeto.>
—Es más bien una riña con reglas. De todos modos, el capitán quiere que hables.
<Un honor que debo declinar, comedor de gusanos.>
—Oye,
señora de los excrementos, esto es importante. <Es más importante que tú
vuelvas a entrar en la nave.> —¿Eh? ¿Por qué?
<Mira
con tu cerebro posterior y tu cerebro anterior... la canción de los
electrones.>
Toby
siguió el gesto de Quath. Al volverse, detectó un fulgor tenue y marfileño en
torno al Argo. Bailaba y titilaba como bruma en el viento.
—Bonito.
¿Y qué?
<Son
electrones de alta energía que chocan contra nuestros campos magnéticos. Cuando
los apartamos emiten sus pequeños aullidos de protesta. Fotones de
consternación y sufrimiento.>
—Sí,
la vida es dura. ¿Y qué?
<Ahora
nos topamos con muchos más electrones de ese tipo. Cerca del corazón de la
galaxia son incontables. Sus radiaciones pronto te impedirán estar sobre este
casco sin peligro.>
Toby
frunció el ceño. Siempre había pensado que los campos magnéticos del Argo
mantenían alejada toda radiación peligrosa. Pero los campos no podían detener
la luz ingrávida, y sabía que la verdaderamente nociva tenía una frecuencia tan
alta que los humanos no podían detectarla.
—¿Puedes
ver la radiación dura?
<Toda
mi especie puede. No evolucionamos en un mundo tan cómodo como el vuestro.>
—Humm. Será mejor que entre. Y tú vendrás... órdenes del capitán. <Si es una
orden, debo obedecer. Mi especie también entiende eso.>
—Quath,
te pusiste a desmantelar tu nido de avispa y a guardarlo antes de que nosotros
supiéramos siquiera que nos seguían los mecs. ¿Cómo?
<La
marea de acontecimientos está fijada.>
—¿Eso
crees?
Quath
nunca hablaba a la ligera... o bien el sentido del humor de los alienígenas era
muy distinto. Por lo que Toby sabía, perder una pata podía ser una broma
colosal para Quath. Una vez le había visto arrancarse una de sus grandes patas
y emitir un extraño ruido de succión. Había supuesto que Quath lloraba o
protestaba, pero tal vez se trataba de un juego de salón.
<No
hay salida.>
—Qué
fatalista eres, artista de la inmundicia.
<Pero
hay entrada.>
Toby
no pudo sonsacarle más información, y cuando logró que la alienígena entrara,
la Reunión ya había comenzado. Los Ace y los Fiver discutían con los Bishop a
pesar de que compartían muchos patrones culturales e incluso tenían antiguas
leyendas comunes.
Afortunadamente,
la primera parte de la Reunión consistía en una especie de danza caótica. Una
música machacona resonaba en el gran salón donde los miembros de la Familia
Bishop se mezclaban con gente que habían recogido en Trump, llamada Nueva
Bishop, el último mundo del que habían huido: una muchedumbre feliz, con
excepción de los oficiales de vigilancia. Ninguna Familia podía bajar la
guardia nunca.
Toby
trató de dejarse llevar por el estado de ánimo propio de una Reunión.
Quath
quiso quedarse en un rincón, erguida sobre todos, escrutando la distancia. Toby
se sumó a una gavota, recordando la letra de su infancia:
Pon
la mano en la cadera,
menea
bien el trasero
hasta
que caiga a tus pies.
Zarandea
todo el cuerpo
y
contagia el movimiento
a
quien más amas.
No
era demasiado solemne, pero tampoco lo eran las Reuniones. Observando a su
padre, Toby había aprendido la estrategia.
Que
la gente se relajara y se sintiera unida; que bailara, cantara y evocara
antiguos festejos de su mundo natal. Que una música bullanguera sonara y se
trajeran las cubas de cerámica donde fermentaban el grano y la uva para
elaborar licores, cerveza y vino. Que la Familia bebiera cuanto quisiera.
Aunque contaminara la sangre con enzimas que menguaban la lucidez, la bebida
como siempre levantaba el ánimo, infundiendo aplomo, confianza y temeridad. Que
subiera el volumen de la música. Luego les plantearía una cuestión que apelaba
a su audacia y a su sentido de lo que la Familia Bishop era y pretendía.
Toby
sabía lo que Killeen se proponía, pero eso no era motivo para no disfrutarlo.
Bailó con Besen, bebió delicioso vino fresco, dejó que su esencia vertiginosa
se le subiera a la cabeza.
Pero
no en exceso. Su padre había tenido un serio problema con el alcohol en el
largo período que siguió a la muerte de la madre de Toby. Luego, cuando Killeen
conoció a Shibo, dejó de beber tanto, se rehízo y llegó a capitán. Toby no
sabía mucho de biología, pero tal vez el hijo tuviera tendencia a heredar la
debilidad del padre, así que era prudente con la bebida. No podía depender de
la ayuda de aquellos amigables enzimas.
Fue una grata Reunión. Incluso empezaba a sentir verdadero afecto por Cermo.
Considerando
el modo en que Cermo lo había tratado, tenía que atribuirlo al alcohol.
Cermo
poseía una cremosa tez color chocolate que relucía a la tenue luz. Una de las
cosas que le gustaban de la Familia era que mantenía las diferencias
tradicionales entre los humanos: ojos castaños, azules o negros; piel áspera o
lisa, amarilla o rosada o chocolate; narices esbeltas y puntiagudas o anchas e
imponentes o ganchudas y curvas. Algo en sus genes se negaba a homogeneizar los
rasgos a través de las generaciones. Eso añadía interés y sabor, un regusto de
la época en que los humanos se adaptaron a las distintas zonas desarrollando
ojos rasgados para ver mejor, piel oscura para protegerse del sol o un rostro
ahu-sado para conservar el calor de una forma más efectiva.
No
importaba que la naturaleza lo hubiera logrado por medio de una lenta selección
natural. Las diferencias eran como un libro antiguo, mensajes incomprensibles
de un pasado honroso, digno de preservar. La nariz ancha y los ojos rasgados de
Toby parecían eminentemente prácticos. También su tez oscura y su barba, que
empezaba a asomar. Herencia. Historia pro-funda.
La
música palpitante bajó de volumen. Hora de decidir.
Killeen
comenzó a hablar. No era un orador rebuscado, como algunos otros que Toby había
oído, pero era elocuente a su manera por el modo llano que tenía de exponer las
cosas. Ex-puso sin rodeos el trance en que se hallaban. La persecución de los
mecs, las reservas de combustible del Argo. Las proporciones de aire, agua y
fluidos, suficientes de momento aunque no para una fuga a toda velocidad fuera
del Centro Galáctico en busca de un posible refugio.
Quath
habló acerca de los probables planes de los mecs. Arrinconarían al Argo, lo
atraparían en el remolino cercano al Centro Verdadero.
Luego
usó el sistema sensorial de la Familia. Todos los miembros vieron en un ojo la
antigua inscripción, con la transcripción de su significado. Killeen leyó
pasajes en voz alta.
—«Consumió
las cinco clases de muertos vivos en radiante calor sagrado.» La Familia,
conmovida, evocó un pasado polvoriento.
—«Se
levantará como todos los que nos lanzamos hacia la guarida y biblioteca.»
Killeen
estaba sobre una tarima desde la que dominaba a la muchedumbre. Su voz se
volvió atronadora, no porque utilizara un recurso retórico, sino por
convicción.
—Ellos
fueron allí. Hace tiempo. «Aunque fatigada, febril sin embargo por el fervor
hacia los palacios de perla de la humanidad.»
Las
voces se elevaron en un acuerdo unánime. Había en ellas una nota plañidera, un
ansioso deseo de contacto con la historia que narraban las leyendas. Algunos
sollozaban. Otros maldecían.
—Ahora
los mecs nos asedian. Se acercan. Claro que tenemos aliados. —Killeen señaló a
Quath—. La especie de Quath también nos sigue con su enorme aparato, el Círculo
Cósmico. Poderes que no dominamos, sí. Métodos que no comprendemos, sí. Son
criaturas vivientes, y nos ofrecen ayuda porque existe un lazo sagrado entre
todos los que surgieron naturalmente de los mismos átomos de la galaxia.
Roncos
aullidos de gratitud para Quath. Abucheos para los mecs.
Killeen
hizo una pausa, aplacada su furia, recobrada la racionalidad.
—Pero
aun con esa ayuda, sólo nosotros podremos decidir adonde iremos.
Killeen
estudió aquellos más de trescientos rostros que tan bien conocía.
—Todos
tenemos parientes que murieron luchando contra la especie de Quath. Esa época
ha terminado. Ahora luchamos junto a los que conocíamos como cíbers, y ahora
llamamos miriapodia.
Algo
en su porte evocaba aquel pasado y favorecía la causa de Killeen. Toby pudo ver
su efecto sobre la multitud. Killeen era el hombre que se había metido en un
agujero tallado por los cíbers a través de un planeta y había sobrevivido.
Killeen había estado prisionero dentro del cíber Quath, y había salido con
vida. Había dialogado con un ser magnético que hablaba desde el cielo. Y antes
Killeen había luchado con el Mantis y les había dado la libertad.
El
peso de toda su historia pasada jugaba a favor de Killeen. Sus ojos ardían. Sus
graves modales dominaban. Su gente escuchaba.
—Tenemos
la opción de dar media vuelta para luchar contra fuerzas ante las que estamos
en desventaja. Y tenemos la opción de intentar escapar.
Su
encendida mirada los escrutó.
—¿Ya
está? ¿Eso es todo? —Killeen torció el labio con desdén—. ¡No! ¡No! Yo digo que
hay un tercer camino... el camino que nos señala esta inscripción de nuestros
antepasados lejanos.
Toby
gruñó, viendo con cuánta firmeza el capitán se ganaba la atención de todos. Se
dirigía a la Familia Bishop con una voz potente, firme y segura, pero Toby
sentía una especie de miedo impotente por lo que se avecinaba.
—Podemos
seguir a nuestros antepasados en su búsqueda. Tal vez lo que ellos buscaban
siga allí.
La
familia suspiró, murmuró.
—Tenían
poderes que no están a nuestro alcance, cierto. Métodos que no comprendemos,
por supuesto. Así que sus descendientes, nuestros primos, aún podrían estar
allí. La Familia de Familias. «Donde mora la eternidad...» ¿Qué significa eso?
¿Qué nos promete? ¡Vayamos a averiguarlo!
Por
el rugido de asentimiento que vibró en torno a él, Toby supo que se avendrían a
seguir un curso desesperado; y aunque amaba a su padre y quería seguirle, un
frío temor le recorrió el cuerpo y le aflojó las rodillas, para su vergüenza.
¿Por
qué hacía aquello su padre? ¿Dónde estaba su cautela? Ponía en peligro a la
Familia para encontrar... ¿qué? El pasado. El sentido de la Familia.
La
Personalidad Shibo afloró sin que él la llamara. Su pálida presencia era una
voz suave contra el bullicio de entusiasta celebración que burbujeaba a su
alrededor: codos unidos, sudor feliz, bocas que se encontraban.
No
saben realmente lo que él desea. ¿Lo sabe él? Amo a ese hombre tanto como esta
personalidad reducida que soy puede amar. Ahora también le temo. Les promete
una guarida. Tal vez sólo les dé una mentira.
ESTRELLA
CONGELADA
Antenas
angulares reflejan las refulgente luz ultravioleta del disco que está debajo.
Giran formas. Viven entre nubes de masa candente, ennegrecidas y desgarradas
por una granizada de radiación. Franjas infrarrojas, cortantes rayos gamma.
Entre
las nubes deshilachadas se mueven figuras plateadas cuyas formas cambian según
las diversas funciones. Flujos masivos de metal líquido. Asoma una nueva
herramienta: titanio comprimido. Trabaja en un rico depósito de indio,
mascando, digiriendo.
Los
cosechadores siguen trayectorias elípticas por encima del crudo resplandor del
disco. Apiñándose, configuran formaciones complejas, matrices geométricas. Su
estrategia de saqueo ha evolucionado por sí misma y es puramente práctica, un
simple algoritmo. Pero genera diseños intrincados que se despliegan para
funcionar y luego vuelven a enrollarse con ingeniosa y lánguida belleza.
Tienen
otra función menos evidente. Eslabonados forman una macroantena. Retransmiten a
coro complejas cadenas de pensamiento digital. Nunca participan en las
entrecruzadas co-rrientes de atenta deliberación, así como las moléculas de
aire no se fijan en los sonidos que transmiten.
La
conversación ondula y vibra a través de los minutos luz.
Los
primates persisten.
Nosotros/vosotros
no intentamos extinguirlos.
Todavía...
Es
verdad. Antes nosotros/vosotros debemos aprender más.
¿La
trampa funcionó?
Funcionó
según lo planeamos. Nosotros/vosotros supimos con precisión la posición de su
nave cuando visitaron las ruinas de su anterior morada.
Yo/tú
hicimos bien en conservar esa
estructura
durante tanto tiempo.
Simplificó
la colocación de microsensores.
¿Infiltración
directa?
La
explosión los lanzó hacia la nave primate. Luego se colaron dentro.
Una
molestia innecesaria.
En
el pasado, yo/tú nos precipitamos al limitarnos a eliminar las expediciones que
se dirigían hacia la Estrella Congelada.
Un
término poco acertado. El agujero
negro
es mucho más noble de lo que
da a
entender esa descripción.
Sin
embargo se originó en los primeros tiempos de la galaxia a partir de la semilla
de una supernova. Aunque su masa inicial haya crecido un millón de veces, eso
no cambia su naturaleza.
Pero
¿congelada? Vive en fuego.
Sólo
su imagen espaciotemporal está congelada. Para nosotros/vosotros, la masa
devorada tarda una eternidad en efectuar su descenso final por la garganta del
olvido.
Muy
bien, esos tecnicismos son más
aburridos
que esclarecedores.
Es
verdad... para algunas partes de nosotros/vosotros.
Pero
los primates siguen enfilando
hacia
ese nexo. ¿Cómo era esa
expresión
que vosotros/nosotros
citamos
antes para ilustrar su modo
de
pensar?
La
imagen era: «Como polillas a la llama.»
¡La
lógica de las bioentidades es tan
simple,
tan lineal! ¿Cómo estar
seguros
del proceso que sigue?
¿Conocemos
su mente?
Vosotros/nosotros
no podemos.
Pero
con recursos...
Admitamos
que hay cosas que nosotros/vosotros no podemos saber, en principio. Vuelve el
recuerdo... sí. Algunas
verdades
no se pueden demostrar
siguiendo
una lógica.
Yo/nosotros
no me refería a un teorema tan obvio. Hay puntos ciegos en nuestra manera de
aprehender el universo. Nadie puede compensarlos.
Tú/yo
no estarás sugiriendo que
nuestra/vuestra
especie comparte la
ceguera
de estos primates.
Cada
forma sensitiva tiene su manera de filtrar el mundo. En esto todos somos
iguales. Eso no significa que nosotros/vosotros
no
podamos entender formas inferiores
y
sus primitivos puntos de vista en su
totalidad.
Tal
vez sí.
La
falta de comprensión en un asunto
tan
grave es inquietante.
Basta
de cavilaciones. En la práctica tú/yo te opones a destruir esta última
expedición de los primates. Nos costaría un alto precio.
Esto
nos remite a los cuasimecánicos.
Siguen
la nave primate y la protegen.
Nosotros/vosotros
ya hemos tratado
con
su especie.
Tienen
una nave más grande que la de los humanos. Vosotros/nosotros habéis sufrido por
culpa de su destreza.
¡Son
una herramienta!
Nosotros/vosotros
nos serviremos de
los
cuasimecánicos para seguir a los
humanos.
Transportan
un aro de discontinuidad recortada. Eso facilita el rastreo. Pero constituiría
un arma muy desagradable si lo apuntaran contra nosotros/vosotros.
Debo
recordarte que nosotros/vosotros
poseíamos
antaño varias
discontinuidades
de ese tipo. Se
perdieron
en el asalto a la Cuña, en la
era
e(+l[-])
Un
grave error, al cual muchos de nosotros/vosotros nos opusimos.
No
es preciso repetir ese error.
Bien
dicho... por ser el uno/muchos que lo cometió.
Tales
distinciones no significan nada.
Todo
nuestro yo ha absorbido la
experiencia.
Las
lecciones no aprendidas aún provocan dolor.
Nadie
podía prever que la Cuña se
tragaría,
digeriría y luego usaría las
discontinuidades
para reforzarse, para
volverse
aún más impenetrable.
La
cautela nos/os habría ahorrado esta instructiva lección.
Vosotros/nosotros
ahora entendemos
que
ningún uno/muchos puede
conocerla
geometría estocástica del
interior
de la Cuña.
Las
excusas son inútiles. El precio será alto si atacamos a los cuasimecánicos y su
discontinuidad.
Tú/yo
conviniste hace tiempo en usara
los
humanos contra los
cuasimecánicos.
Pero ahora
nosotros/vosotros
nos encontramos con
que
parecen haber establecido una
alianza.
No podíamos preverlo. La vida
basada
en carbono sigue protocolos
que
nosotros/vosotros no conocemos,
que
no nos hace falta conocer.
Ojalá
fuera así. Pero estaban aquí antes que nuestra especie y...
Muchos
de nosotros/vosotros
rechazamos
esa tesis.
¿Cómo
es posible? Las formas orgánicas surgieron primero.
Algunos
filósofos sostienen que el
metal
y la cerámica fueron los
materiales
originales formados en las
descargas
electrolíticas, por acción de
arcilla
e iones. Las formas de carbono
evolucionaron
a partir de ahí.
La
documentación histórica niega tales teorías.
Aun
así, vuestra/nuestra preciosa
documentación
no dice por qué
debemos
temer a los humanos.
¿Por
qué especialmente a los
humanos?
Hubo otras formas de
carbono.
Que
erradicamos.
Sin
ningún remordimiento.
De
acuerdo. Pero nuestros/vuestros impulsores internos dicen que nuestra especie
debe sondear a los humanos.
Yo/tú
nos exhorto a que al menos los
dañemos
un poco. Para reducir su
poder.
Sin
acercarnos a la discontinuidad.
La
nave humana está moderadamente
protegida,
pero nosotros/vosotros
podemos
dañarla. No es preciso dejar
que
pasen ilesos.
La
detección de su nave entre los escombros del disco galáctico sólo es posible de
forma intermitente. Más aún, los cuasimecánicos y su discontinuidad causan
distorsiones en toda la región, dificultando la localización exacta.
¡La
acción es crucial!
Vosotros/nosotros
sabemos que ellos
han
conversado con un miembro del
reino
magnético.
Un
giro desafortunado. Confirma la información transmitida por una submente.
¿Cuál?
Nosotros/vosotros
delegamos el estudio de los primates supervivientes en ¦>A<¦, que se
plegó alrededor del planeta de origen de dichos primates.
Y no
comunicó muchos datos útiles.
Cierto.
Pero ¦>A<¦ dispuso que los primates creyeran que tenían su propia nave y
libertad de movimiento. Eso simplificó el uso de los primates, dado lo
elemental de su psicología. Establecieron una alianza con los cuasimecánicos
que los ha traído hasta aquí.
¿Por
qué mezclar en esto a los
cuasimecánicos?
Toda esta historia
oscurece
más de lo que esclarece.
Ellos
pueden saber aquello que los primates ignoran. Eso equivale a una cantidad
infinita de conocimientos.
Me
refiero a lo que vosotros/nosotros no sabemos. A lo que buscamos.
Sin
saber qué es esa cosa misteriosa.
Me
cansan estas oscuridades. Busca
a
¦>A<¦, para que yo/nosotros pueda
sumergirme
en ella.
Ya
está hecho. ¦>A<¦ tardará lo que dure el viaje lumínico. En el intervalo,
debemos hacer algo más.
Luego
vosotros/nosotros concedéis
que
los humanos deben ser podados,
reducidos.
Yo/tú
sugiero que les tendamos otra celada. Algo para atraerlos, para localizarlos en
un vector conocido.
Eso
podría aclarar la cuestión básica.
¿Es
decir?
¿Qué
buscan aquí? Las formas
basadas
en carbono se marchitan bajo
el
embate de la radiación dura.
Es
verdad, no es su ámbito.
La
mayor preocupación es por qué
nosotros/vosotros
nos hacemos tantas
preguntas
sobre ellos cuando
nosotros/vosotros
deberíamos matarlos
ya.
En
otras palabras, ¿por qué yo/nosotros existo? ¿Es necesario una voz crítica?
¿Nuestra inteligencia dividida existe sólo para irritarnos?
Basta
de elucubraciones. ¡Actuemos!
SEGUNDA
PARTE - EL COMILÓN
1 -
PERSECUCIÓN IMPLACABLE
Toby
miraba a Besen con fastidio. ¿Por qué no lo dejaba en paz?
Como
casi todas las mujeres, pensaba que era mejor hablar de las cosas molestas,
decirlo todo sin rodeos.
La
experiencia de Toby era que eso habitualmente empeoraba las cosas. Exponer los
sentimientos imprecisos a la reluciente luz del día, puliéndolos con palabras,
concretándolos... bien, así los problemas resultaban aún más engorrosos. Al
menos para él.
Suspiró.
Estaban comiendo en la bulliciosa cafetería comunal. La gente murmuraba
preocupada, y la gran sala hervía de especulaciones sobre su misión.
Había
pasado una semana desde que Killeen pronunciara su conmovedor discurso en la
Reunión. Hacía una semana que se abrían paso hacia el ardiente Centro
Verdadero, constelado de estrellas. Una semana en que el Argo palpitaba, se
zarandeaba y rugía en medio de los violentos vientos de plasma. Una semana que
la gente parecía disfrutar.
Una
aventura estimulante era mejor que sentarse a rumiar. La Familia Bishop estaba
harta de la vida cómoda del Argo. Una maravillosa nave, un magnífica herencia
de sus remotos antepasados, sí, pero en definitiva una cafetera inteligente. A
juicio de Toby, los Bishop no daban lo mejor de sí cuando se reunían sin otra
cosa que hacer salvo hablar. Como ahora.
—Agradezco
que me lo preguntes —dijo al fin Toby, tratando de ser diplomático. A fin de
cuentas, Besen había procurado arrancarlo de su melancólico silencio—. Pero no
me hagas hablar.
Besen
sonrió comprensiva.
—A
veces eres más hermético que un sello contra el vacío.
—Últimamente
la adrenalina abunda, eso es todo.
—Claro.
—Ella lo miró sorprendida, estirando los labios—. Estamos dejando muy atrás a
esos mecs.
Toby
resopló.
—Una
rata en una jaula puede correr de aquí para allá cuanto quiera.
—¡No
estamos atrapados!
—Yo
no veo ninguna salida... ¿y tú?
—Muchas.
Ni siquiera hemos avistado el disco que rodea el agujero negro. Tal vez haya un
lugar donde esconderse y...
—Eos
mecs conocen este lugar. Han colocado sensores, sin duda. Soplones
inteligentes.
—No
lo sabemos.
—Es
muy probable. Hay algo en el Centro Verdadero que obsesiona a los mecs desde
hace mucho tiempo. Eso dice Quath.
—¿Te
crees todo lo que dice esa gran colección de patas? —Claro que sí. Al menos
Quath no trata de animarme. Besen frunció el ceño.
—Vaya.
Estás realmente deprimido.
—No
estoy de fiesta, eso es todo. —Toby se bebió el zumo de loto y cogió un cubo de
grano. Lo golpeó contra la mesa y un pequeño gorgojo blanco salió
retorciéndose—. No hay otro modo de eliminar estos bichos, por lo que sabemos
—dijo con asco, apartándolo.
—Fue
esa Erica, que los dejó en libertad.
—Un
error fácil de cometer cuando no sabes leer las instrucciones.
—¡Podría
haber consultado a sus Aspectos!
Erica
había cometido el error hacia años, pero aquella molestia cotidiana hacía que
todos la tuvieran presente y escupieran su nombre como una maldición. Había
abierto un contenedor de materia orgánica cuando no debía.
Toby
lo comprendía. ¿Quién podía saber que las feas y voraces alimañas escaparían
del contenedor? Sorprendieron tanto a la pobre Erica que soltó el recipiente.
¿Quién podía adivinar que invadirían todas las cosechas de grano? Esos bichos
se sentían a sus anchas entre hortalizas y manzanos, tal como decía la
inscripción del bote, en una lengua muerta. Mala
suerte
para Erica —y para ellos— que estuviera en la agrocúpula cuando abrió el
cilindro. Toby se encogió de hombros.
—Ea
pobre se había deslomado sembrando.
—Creo
que el capitán debería haberla hecho azotar por eso.
—No
le gusta azotar.
—No
importa lo que al capitán le guste o no le guste. Lo primero es lo que es bueno
para la Familia.
—Claro.
Y un capitán listo consigue que todos se entusiasmen con lo que él quiere.
Besen parpadeó.
—¿Crees
que el capitán nos hace bailar a su son aunque estemos oyendo otra música? —Tal
vez.
—¿Y
no quieres decirlo en público? ¿Por lealtad?
—No
me gusta ponerme en su contra.
—Bien,
serías impopular, desde luego.
—En
efecto... y debo admitir que todos están bastante animados.
Señaló
la cafetería, llena de rostros entusiastas. Reinaba una atmósfera electrizante.
Ea gente que había pasado tanto tiempo huyendo disfrutaba de una persecución
implacable, vivía la exaltación de un peligro conocido.
Besen
frunció los labios con preocupación.
—No
crees que ésta sea realmente una manera de escapar de los mees, ¿verdad?
—No
sé qué es. —Toby golpeó el cubo de grano con furia. Otro gorgojo cayó a la
mesa. Lo aplastó gustosamente con el pulgar—. Creo que es aconsejable la
prudencia, nada más.
Besen
sonrió.
—¿Buscar
gorgojos dos veces?
—Puede
haber gorgojos en cualquier parte.
Besen
hizo una mueca y trató de cambiar de tono.
—Vayamos
a observación a ver si encontramos alguno.
—Magnífico.
—Toby arrojó el cubo de grano, se arrepintió y lo golpeó por tercera vez, sin
encontrar más gorgojos. Lo mordió—. Bien, no está mal... cuando te mueres de
hambre.
—Tú
siempre te mueres de hambre. Y desde que encontramos la serpiente, tenemos
comida en abundancia.
—Vamos.
Toby
le agradecía que hubiera puesto fin a aquella incómoda conversación. No quería
que sus cavilaciones ensombrecieran el ánimo de los demás ahora que su padre
había obtenido el consentimiento general, cuando los sometía a largas horas de
trabajo y todos lo aceptaban con una sonrisa.
Se
dirigieron hacia la ancha rampa helicoidal del núcleo del Argo. Los tripulantes
trabajaban con mas empeño, cuidando las agrocúpulas. El nivel de radiación
externa ascendía hora tras hora. Infrarrojos humeantes, ultravioletas
punzantes, espectros invisibles carcomiendo las cosechas. Habían polarizado las
cúpulas al máximo, pero las abrasadoras energías seguían penetrando. Así que
era un alivio olvidarse de todo y tumbarse en una cámara de observación para
contemplar el asombroso resplandor exterior.
En
el fresco y umbrío núcleo de la nave, la sala de observación estaba atestada y
Toby no pudo obtener una buena panorámica. El campo de refulgentes estrellas
estaba entrecruzado por misteriosas salpicaduras de gas radiante. Luego el
Puente adoptó una frecuencia con corrimiento Doppler, y los detalles
destacaron. Las frecuencias ricas en azul resaltaban las cosas que se movían
hacia el Argo y se oscurecía todo lo demás.
Aparecieron
brillantes puntos azules, ocho de ellos distribuidos regularmente en torno a un
círculo.
—Es
imposible pasarlo por alto —murmuró Toby.
—A
los mecs no debe importarles que lo veamos —dijo Besen.
—O
quieren que lo veamos.
—¿Por
qué? Sería mejor cogernos por sorpresa.
—Tal
vez quieren inducirnos...
—¿A
hacer qué?
—Lo
que estamos haciendo, quizá —dijo Toby de mal humor.
—Oye,
nos estamos alejando de ellos —protestó una mujer corpulenta de nariz ganchuda
asestándole un codazo a Toby desde la izquierda. Era una Ace de los yermos de
Nueva Bishop. Entrenada para seguir al líder de la Familia.
—En
efecto, arrojándoles polvo a la cara —añadió un Fiver.
—Podemos
dejar atrás a cualquier mec —anunció con orgullo otra mujer. Su acento era de
la Familia Deuce, tan confuso que Toby apenas la entendía.
Toby
apretó los dientes.
—Claro,
claro. Sólo me preguntaba...
—No
está bien que el hijo del capitán hable así—dijo la mujer de nariz ganchuda
asestándole otro codazo.
—Lo
lamento, hermanos —dijo Toby, aunque estaba perdiendo los estribos—.
Perdonadme.
Se
levantó y salió del apiñamiento. Todos le ponían mala cara, o bien evitaban
mirarlo.
Besen
lo siguió, susurrando:
—Esa
bruja es una chismosa. Como todos en esas Familias de Trump.
Toby
estaba molesto por el incidente, y antes de salir de la sala echó otro vistazo
a la pantalla. Los Bishop murmuraban, especulaban, reían; y no sólo la gente de
Nieveclara estaba eufórica, sino también las Familias de Trump. La multitud
estaba electrizada, dominada por una gran excitación.
Toby
comprendió que la sala no estaba atestada sólo porque quisieran ver las
vistosas imágenes, sino porque todos ansiaban chismorrear y murmurar. Reafirmar
su conciencia de ser una frágil Familia humana de cara al abismo exterior.
Eso
era lo esencial: mantenerse unidos. Viajaban en el Argo principalmente Bishop
de Nieveclara, pero también Familias del planeta que habían dejado, llamado
Trump. Familias cuyos nombres Toby no entendía: Ace, Deuce, Jack, Fiver.
También estaban los Queen, que por lógica debían tener las mismas costumbres e
historia que la Familia Queen de Nieveclara. Pero no era así.
Killeen
llamaba a esas familias los Cards4. Eran muy leales y propensas a seguir a
líderes entusiastas. En Trump algunas obedecían a aquel chiflado que se había
llamar Su Supremacía, un sujeto de rostro fiero a quien los Bishop habían
tenido que matar. Los Cards habían transferido su lealtad a Killeen.
No
tenía sentido. Pero pocas cosas tenían sentido en Trump. Toby no creía que los
Cards tuvieran el nombre de un antiguo juego. Tal vez se había inventado un
juego usando esos nombres, sí, pero las Familias eran antiguas y sagradas, no
un asunto trivial.
Pero
los Cards eran groseros, tercos e ignorantes. Claro que los habitantes de
Nieveclara no eran una joya, pensándolo bien.
A
los Rook les gustaba sonarse la nariz con los dedos y haciendo volar los mocos.
Se reían si le daban a alguien. La mujer de nariz ganchuda era una Rook hecha y
derecha.
Por
su parte, los Pawn no veían nada de malo en defecar a la vista de los demás.
Una función totalmente natural, según ellos; ¿de qué había que avergonzarse?
Los
Knight eructaban y pedorreaban en las ocasiones de más compromiso sin ni
siquiera darse cuenta.
Los
Bishop escupían cuando les venía en gana, y esto era a menudo.
Los
Rook preferían orinar sobre las plantas; sostenían que esto formaba parte del
Gran Ciclo de la Vida y que debía ser bueno para ellas.
4 Nótese que estas Familias tienen nombres de
naipes: Ace («as»), Deuce («dos»), Jack («sota»), Fiver («cinco»). Queen es la
reina o dama, tanto en la baraja como en el ajedrez. (N. del T.)
Y
los King tosían alegremente en la cara de los demás. Algunos decían que, en los
viejos días de la Ciudadela, la perdida Familia Queen hacía el amor en público,
los pies al aire, contoneando las caderas con el mayor desparpajo. Existía la
teoría de que eso constituía una muestra de solidaridad social. Toby no creía
que fuera cierto; era totalmente increíble, pero ¿quién sabía qué había creído
y hecho la gente del pasado lejano?
Aun
así, las Familias de Nieveclara no tenían en cuenta estas diferencias, estos
actos que otros consideraban groserías, y se mantenían unidas. Y aparte de
algunos incidentes menores, extendían la mano a todos los Cards por igual,
aunque fueran tercos y comieran con la boca abierta. La Familia de Familias.
Toby
sabía que tenía la obligación de respetar el entramado social. Pero no tenía
necesariamente que gustarle. Se dio un puñetazo en la palma mientras salía de
la sala atestada.
—¿Tanto
te afecta? —le preguntó Besen, preocupada.
—¡Qué
va! Olvídalo.
Pero
él no lo olvidaría.
2 -
LA ESTRELLA MORIBUNDA
Toby
lamentaba que Quath ya no viviera en el exterior. Una criatura de aquel tamaño
debía vivir bajo las estrellas, no encerrada.
Estaba
seguro de ello, a pesar de saber que la especie de Quath había evolucionado a
partir de una especie de cavadores que vivían en túneles subterráneos. Era un
enigma que seme-jante raza hubiera desarrollado inteligencia. Parecía
improbable que una criatura que reptaba por recovecos tenebrosos y hediondos y
se aventuraba a salir para cazar necesitara demasiado seso. Por otra parte,
recordó, los humanos se habían guarecido largo tiempo en cuevas, según decía
Isaac. El desarrollo de la inteligencia era un profundo interrogante. A fin de
cuentas, los mecs tenían una mente ágil y nadie recordaba el cuándo ni el cómo
de sus orígenes. Ni siquiera Isaac.
Pero
la verdadera razón por la cual Toby echaba de menos que Quath ya no viviera
fuera era que ahora él no tenía excusa para ir a caminar por el casco. Sentía
un hormigueo que no podía eliminar con ejercicios en gravedad cero. Al menos,
cuando visitaba a Quath, estaba en espacios grandes donde podía practicar sus
habilidades en baja gravedad.
Por
el momento, Quath residía en la agrocúpula abandonada. La alta cubierta
reflejaba las volteretas de Toby mientras éste botaba en las paredes.
Atravesaba la cúpula tratando de aprovechar el viento del ventilador;
lanzándose hacia la pared de enfrente, recogía los brazos tratando de hacer
girar las piernas, para que absorbieran el impulso y rebotaran como resortes.
Era mucho más divertido que levantar pesas como una máquina sin seso.
Quath
estaba en el centro de la cúpula, siguiendo con la mirada las piruetas de Toby.
Envió una siseante nota de burla.
<Realizas
muchos esfuerzos innecesarios.>
—No
espero que una cucaracha gigante como tú lo entienda.
<Mi
gente nunca comería en vuestras mugrientas cocinas, como hacían las
cucarachas.> —Coméis una basura que daría náuseas a cualquier alimaña
respetable.
<En
otra época mi gente cazaba seres como vosotros para tomarse un aperitivo.>
Esto sorprendió a Toby. Aferró un agarradero de acero y se detuvo, jadeando.
—¿De veras?
<Eran
nativos de nuestro mundo y del orden de los primates, como os denomináis. No
tan hábiles como vosotros, no cazadores. Sorbían gusanos verdosos que pululaban
en árboles frágiles.>
—¿Y
eran como nosotros?
<¿Inteligentes?
No. Sus extremidades eran delgadas y pequeñas como las vuestras. También tenían
los mismos ojos fijos, clavados cada uno a un lado de la cabeza. Y tampoco
podían
girar la cabeza en redondo. Criaturas muy limitadas... corno vosotros. Pero
sabían muy bien, y sus espinazos crujían sobre el fuego emitiendo un famoso
aroma azul. Sorber la espesa y crujiente médula de los huesos ennegrecidos era
una exquisitez.>
—Puaj.
Hago un esfuerzo para considerarte un bicho amigo, pero si sigues hablando
así... <Era un honor ser un bocadillo del Pueblo.>
Toby
pudo ver las mayúsculas en la susurrante voz mental de Quath y decidió dejar el
tema. Quath hablaba en serio. Tal vez fuera común entre los seres inteligentes
de cualquier parte considerarse la cima de la creación —el Pueblo— y considerar
que los demás eran a lo sumo animales listos. La inteligencia y la egolatría
iban de la mano. O de las pinzas.
A
fin de cuentas, si Quath hubiera sido mil veces más pequeña, ¿de qué le habría
valido la inteligencia? Toby la habría pisoteado sin vacilar al encontrarla
entre las mantas, sin pararse a indagar lo que ella pensaba sobre la naturaleza
de la vida.
—Creo
que prescindiría de semejante honor. De cualquier modo, muchos-ojos, parece que
estás cómoda aquí.
<Espero
que mis excreciones ayuden a revitalizar el suelo.>
—Qué
generosa eres. Mira, me han mandado venir para que me entere de si puedes
averiguar qué hace tu gente en sus naves.
<Lo
ignoro. Aunque me lo supongo.>
—Todavía
arrastran ese enorme anillo, pero ahora reluce como el marfil.
<Llevan
el gran aro como defensa contra los mecs. Algunos de nuestros textos más
antiguos también sugieren otros usos para él.>
—Pues
parece mantenerlos alejados. Pero ¿por qué tu gente se nos acerca? <Quizá
sea necesario. Se aproxima el momento cúspide.>
—Eh...
¿qué es cúspide?
<Un
punto que sobrásale de una curva lisa, mi amena mota.>
—Más
geometría. Entre Isaac con sus números y tú con tu chachara matemática...
<Si
reflexionas, toda la realidad es geometría.>
—¿De
veras? Mira, muerdo una manzana, sabe bien. ¿Dónde está la geometría?
<Incumbe al [intraducibie].>
Toby
odiaba que Quath dijera algo y que los programas que ambos tenían implantados
no pudieran resolver el intríngulis. Sólo le llegaba un eructo confuso y un
blando [intraducible].
—De
acuerdo, ¿y dónde está la geometría de un beso?
<Es
simple desde el punto de vista de mi especie. Eas relaciones saben a
[desconocido] y a [intraducible]. Todo lo demás no tendría [desconocido].>
—Ah,
me alegro de que esté tan claro. Tonto de mí. <Mi programa detecta algo más
en tu forma de hablar.> —En efecto, lo llamamos sarcasmo. <No entiendo
esa pauta.>
—Llamémoslo
[intraducibie], insecto.
<Creo
que lo entiendo. Puede que para nosotros sea como [desconocido].> —¡Ah!
Esto
sacaba literalmente de quicio a Toby. Le alegraba poder descargar su
frustración trepando a las vigas de la cúpula, dando grandes saltos, quemando
calorías para despejar la mente. La temperatura estaba aumentando, allí y en
todo el Argo. Las cúpulas absorbían la radiación de los fuegos de artificio
astronómicos del exterior.
Un
sudor caliente goteaba sobre los ojos de Toby. Se encaramó a las vigas, se
balanceó en la escasa gravedad, se soltó. Extendió los brazos, aleteó y
descendió como un pájaro torpe, cayendo hacia Quath. La alienígena lo paró en
el último momento, evitándole un doloroso impacto en cubierta.
—¡Uf!
Gracias.
<Finges
ser una criatura que no eres.>
—Eso
forma parte del ser humano, larva gigante.
<También
en nosotros hay algo de eso. De lo contrario no habríamos registrado los astros
para buscar.>
—¿Buscar
qué?
<Buscar
lo [intraducible].>
—¡Oh,
no empecemos de nuevo!
<Creo
que el conocimiento de las cosas que no podemos decir es lo que nos hace
parecidos, pensador diminuto.>
Toby
raspó el suelo con la bota, arrojando una lluvia de polvo a la cúpula de baja
gravedad.
Todavía
le quedaban por descargar algunas irritaciones y tenía que reflexionar sobre su
padre.
Brincó
y se colgó de uno de los brazos retráctiles de Quath.
—¿Me
permites?
—¡Toby!
Trae a Quath al Puente. De inmediato.
La
áspera voz de Killeen lo desconcentró tanto que Toby soltó el brazo y cayó en
el polvo.
—De
acuerdo, pero Quath no cabrá en...
—¡En
marcha!
Resultó
que Quath pudo agazaparse en el corredor contiguo al Puente, pasar dos
pedúnculos oculares por la entrada y ver la mayoría de las pantallas. Quath
parecía incómoda con las piernas revestidas de acero torcidas en extraños
ángulos y apoyadas contra los tabiques, pero no se quejó. Killeen quería que
Quath intentara comunicarse con su gente, las miriapodia.
—A
fin de cuentas, una vez yo pasé días atrapado en su vientre —comentó.
Toby
parpadeó. Al margen de sus reservas, debía recordar que su padre había vivido
aventuras espeluznantes con Quath. Tal vez se comunicaran de maneras que él no
llegaba a captar del todo.
Killeen
ordenó a varios tenientes del Puente que ayudaran a la alienígena con los
problemas técnicos, usando las antenas de largo alcance del Argo.
El
puente bullía de actividad, pero Killeen mantenía una disciplina estricta y
controlaba la excitación, visible principalmente en los rostros fruncidos y los
ojos entornados. Las grandes pantallas mostraban escenas que cambiaban a
velocidad vertiginosa. El aro de marfil colgaba entre tres naves extrañas y
angulosas. La forma de aquellas naves —de nuevo la geometría, pensó Toby—
habría bastado para revelar que pertenecían a la especie de Quath, si él no lo
hubiera sabido.
El
aro titilaba y palpitaba con turbadores juegos cromáticos. Lo recorrían
relámpagos de oro y carmesí, que luego se desvanecían en la luz lechosa como
manchas acuosas hundiéndose en un profundo mar de tiza.
Killeen
se paseaba por la cubierta de mando del Puente, haciendo chasquear las botas
sobre el acero, las manos firmemente asidas a la espalda. Toby sabía que lo
hacía para que nadie pudiera deducir la tensión y la angustia que lo embargaban
por el movimiento de sus dedos. Así procedía un capitán.
Toby
sintió preocupación y amor por aquel hombre corpulento que procuraba mantener
su imagen de control. ¿A qué precio? ¿Alguna vez alguien lo sabría?
Y
había buenos motivos para estar agitado. Las pantallas fluctuaban. Ahora
mostraban una escena tan extraña que uno tardaba en asimilarla. Una esfera
naranja y brillante colgaba contra un fondo de miles de estrellas que ya no
eran puntitos poblando el cielo, sino joyas. Las tormentas se arremolinaban en
torno a la esfera.
Toby
pensó que era una estrella de color raro, nada excepcional, hasta que comenzó a
hincharse por un lado. Llamaradas azules lamían el borde turbulento. La
protuberancia creció, se volvió amarilla como un plátano. Era como si la
estrella se convirtiera en un huevo gigantesco; ¿para dar nacimiento a qué?
Killeen se volvió, vio a su hijo y lo llamó con una seña.
—Hasta
las estrellas son su presa —dijo el capitán.
—¿Qué
está sucediendo?
—Lo
lamento... olvidaba, después de observar esto tanto tiempo, que no todos
sienten fascinación por la vida de las estrellas.
—Insisto,
¿qué sucede? —Toby temió que su padre se pusiera a divagar.
—Esa
estrella está a punto de ser engullida, ¿ves?
Los
dedos de Killeen bailaron sobre un teclado. La perspectiva se alejó de la
estrella, cuyo flanco seguía hinchándose como el vientre de un gordo en un
festín. Una feroz estría roja entró en el cuadro, propagándose como una mancha
en la pared.
—El
gran disco —dijo Killeen—. La Familia tiene leyendas sobre esto. Algunos lo
llaman el Ojo del Comilón.
—¿Disco?
La
perspectiva seguía en retroceso. Toby vio que la estrella anaranjada estaba al
borde de un inmenso plano de fuego hirviente. El plano se desplazaba. Hilillos
rojos y sanguinolentos, anaranjados y fosforescentes, ondeaban a lo lejos,
girando lentamente en torno a un eje que estaba fuera de la vista.
—¿La
estrella es absorbida?
Killeen
se cruzó de brazos mientras el sol condenado se estiraba, poblándose de
errantes penachos amarillos y oscuras venas purpúreas.
—Sí,
pero no por el disco. El Ojo del Comilón es materia que fue absorbida antes.
El
Aspecto Isaac de Toby comentó desdeñosamente:
Está
repitiendo el antiguo saber popular. Ni por un instante creo que entienda...
—Oye,
¿quién te crees que eres? —susurró Toby—. Todos repetimos lo que nos contáis
los Aspectos y Rostros, y ¡claro que no tenemos tiempo para aprender todo ese
rollo técnico!
Aun
así, si él diera crédito a las fuentes clásicas que elaboraron las teorías, que
realizaron las peligrosas mediciones...
—¡Déjame
en paz! No seríamos más que huesos secos si dejáramos que los Aspectos hablaran
a gusto. —Silenció a Isaac.
—Esa
masa —continuó Killeen— es materia que fluye hacia dentro, aproximándose más
con cada giro. El disco es una carretera, nada más. No podemos ver al malo de
esta película.
Toby
lo comprendió.
—¿El
agujero negro? ¿Está despedazando esa estrella?
Killeen
asintió.
—Un
acontecimiento raro, y hemos llegado a tiempo para verlo. El agujero devora
estrellas, pero primero le gusta masticarlas.
Ea
vista panorámica crecía, alejándose de la estrella, presentando una visión más
amplia del enorme e hirviente disco. El Ojo del Comilón era de un color rojo
intenso en el borde, cruzado por rachas de naranja y amarillo. Cada llamarada
era como una efímera fogata, pero Toby se recordó que esas fogatas eran más
grandes que planetas enteros.
Al
ampliarse la vista, notó que el disco se hacía más brillante en el centro. Los
rojos se convertían en verdes palpitantes y púrpuras coléricos. Aún más lejos
hervía un duro resplandor azul. Se obligó a mirar, aunque el resplandor le
lastimaba los ojos. El disco giraba alrededor de una esfera blanca que bullía
con lacerante energía.
—¿Dónde
está el agujero?
Killeen
señaló la esfera blanca.
—Allí...
pero no podemos verlo, porque todo está caliente en el borde interior de ese
disco.
Isaac
intervino:
Lo
he consultado con ocho Aspectos de la Era de los Candeleros —cada vez me
resultan más difíciles de entender— y he traducido sus quejas. Debo admitir que
les doy la razón. La atribución correcta es importante, pues de lo contrario
perdemos nuestro pasado. Ahora bien, todo esto fue descubierto en el 3045 por
Antonella Frazier, quien escribió un poema épico sobre ello. Una ironía
cósmica, «que el lugar más negro use un manto blanco». Recuerdo haber oído
hablar de esta gran obra y...
Toby
dejó que el Aspecto disertara un poco, sin prestarle atención. Tal vez Isaac y
el tecnoAspecto de Killeen usaban a los dos seres humanos vivos para competir
sutilmente. ¿Esas criaturas que moraban en chips sentían celos, envidia,
despecho? Él y su padre se ufanaban de su tecnocháchara, tal vez tratando de
impresionarse el uno al otro. Los Aspectos antiguos estaban encastrados dentro
de los más nuevos, para facilitar la traducción. Sus ideas y sentimientos
también se filtraban, en un guisado de emociones y datos.
Mezquinos
motivos humanos, insignificantes dentro de la gran escala de los hechos. Todo
aquello era hermoso, a su extraña manera, pero resultaba difícil de comprender.
Toby
despertó de esta ensoñación.
—¿Por
qué está todo tan caliente?
—Debido
a la fricción. Toda esa materia que gira en órbita cada vez más próxima al
agujero se frota contra otra materia... gas, polvo y demás. Se recalienta.
Toby
trató de entenderlo. El disco refulgía como un ojo rojo con una mancha bulbosa
y blanca en el centro. Una mirada de monstruo. El Ojo de Comilón. Pero el
Comilón era invisible, la cosa más negra del universo. Por lo que él podía
entender, un agujero en el espacio. Eas cosas caían en él.
—Conque
el agujero come estrellas, y prefiere masticar la comida primero. El disco es
toda la materia que ha despedazado últimamente.
—Y
está comiendo desde los orígenes de la galaxia.
—¿Quieres
decir que lo que ahora es esa bandeja de gas antes eran estrellas?
Killeen
asintió, mirando una espectacular erupción. Un geiser verdoso brincó desde el
disco como una serpiente enloquecida, agitando lenguas amarillas.
—¿Qué
mejor modo de servirle la comida al Comilón, que en bandeja? —Una risa sombría.
Toby miró el rostro tenso de los tripulantes. La teniente Jocelyn aguardaba
para hablar, de
pie,
a un lado, como si no quisiera interrumpir una conversación entre padre e hijo
ni siquiera en el Puente. Se adelantó; su largo cabello ondeaba en el aire
tibio de la nave.
—Capitán
—dijo—, los impactos que recibimos en el casco aumentan.
Killeen
despertó de sus cavilaciones.
—¿Cerca
de la línea de peligro?
—Todavía
no, pero...
—¿El
refrigerante circula al máximo?
—Sí,
señor.
Killeen
frunció el ceño.
—¿Cómo
está nuestra rotación?
—Todas
las partes móviles y autónomas de la nave están en rotación máxima. —La alta y
musculosa Jocelyn permanecía en posición de firmes, pero Toby notó que movía
los dedos con preocupación.
Hacían
rotar partes del Argo para reducir la carga térmica. El furor de aquel gas
colérico podía recalentar el casco y freír a los pasajeros humanos. Toby
recordó los comentarios gastronómicos de Quath acerca de los crujientes huesos
de primate y el sabor de la médula. Se estremeció.
Killeen
se asestó un puñetazo en la palma.
—No
veo qué más podemos...
<Ahora
necesitamos Bahía Besik>, declaró la vibrante voz de Quath por la frecuencia
general de comunicación.
Los
del Puente se volvieron como un solo hombre hacia la alienígena que aguardaba
en el corredor.
Killeen
fue el primero en hablar.
—Me
preguntaba cuándo comenzarías a compartir tus conocimientos con nosotros —
ironizó.
Los
dos pedúnculos oculares de Quath golpetearon contra la compuerta.
<Sois
gusanos frágiles, y no podéis resistir el calor. Si perecéis calcinados, me
sentiré sola.>
Killeen
rió.
—Me
alegra tu preocupación. En cuanto a las antenas que instalamos... ¿el nuevo
enlace con tu nave funciona mejor?
<Hablaré
bien y [desconocido]. No podéis comprender la plena [intraducible] de lo que
significa conversar con quienes realmente entienden...>
—Bien,
vamos aprendiendo. —Killeen sonrió. Toby notó que su padre disfrutaba de la
conversación, que estaba menos tenso.
En
parte.
<Sois
listos, para ser tan pequeñitos.>
—No
necesitamos toda esa masa extra que cargas tú.
<La
sabiduría proviene de la acumulación. Los vermes ignoran esto.> —Parece que
te han salido más ojos desde la última vez que te vi.
<Soy
de las miriapodia, y no estoy limitada a vuestros dos débiles agujeros ópticos.
Observamos con ojos entornados y múltiples órbitas. Abundan las visiones en
este pestilente lugar. Pero no necesito más piernas, pues nosotras no huimos ni
siquiera del peligro más extremo.>
Toby
sabía que miriapodia significaba miriápodo («de muchas patas o piernas»), pero
el gorjeo con que Quath pronunciaba la palabra daba a ésta un aire de nobleza y
respeto. Killeen, después de insistir en que Toby acudiera deprisa, había
ignorado a Quath. Toby comenzaba a entender que Killeen tenía otra manera de
vérselas con la alienígena, tal vez mejor.
—En
cuanto a Bahía Besik... ¿quieres esconderte ahí, muchos ojos?
Los
tripulantes murmuraron. Toby sabía que todos sospechaban que las miriapodia los
utilizaban con algún propósito poco claro, y ahora esa duda afloraba
nuevamente. ¿Pero qué otra opción les quedaba?
Quath
movió de nuevo los pedúnculos oculares.
<Las
Filósofas lo consideran prudente.>
—Mmm.
Muy diplomático por tu parte. Pero te he preguntado qué pensabas tú.
<El
hombre en sí evoca fábulas trilladas, pero aporta poca información. Antiguas
expediciones de miriapodia descubrieron que ese nombre se lo dieron al parecer
los humanos.>
—¿Besik?
—intervino Toby—. No hay ninguna Familia con ese nombre.
<Es
el de un antiguo emplazamiento humano, un refugio. Mirad...>
Quath
hizo saltar y girar las imágenes de las pantallas. Los sensores de la nave
buscaban otro blanco, y enfocaban un borrón viscoso por encima del refulgente
disco rojo.
<Los
exploradores han usado la sombra de Bahía Besik para escapar del calor del
disco. Según cuentan las leyendas, los miriapodia se ocultaban ahí, se
enfriaban y luego huían de esta tormenta estelar.>
Killeen
miró a la teniente Jocelyn.
—Vayamos
allá —dijo. Siempre había sido rápido tomando decisiones, y el Puente se
apresuró a obedecer. Killeen se volvió hacia Quath con expresión velada—. ¿Qué
buscaban ahí tus antepasados?
<Un
arma mencionada en nuestras antiguas leyendas.> —¿Qué clase de arma?
<Al
final, todas las herramientas defensivas son conocimiento. Buscábamos el
[intraducible].>
—¿No
puedes decirnos más?
<No
sé qué es este conocimiento [intraducible].>
—¡Maldita
sea! Mira, para la Familia Bishop el Centro Verdadero es una leyenda. Casi un
lugar sagrado... pero ignoramos por qué.
<Lo
mismo ocurre con nosotros. Sin embargo, creo que vuestra especie estuvo aquí
antes de que se aventurase a venir la nuestra.>
—¿Eso
crees? —Killeen frunció el ceño—. De un modo u otro, lo que hiciéramos entonces
se ha perdido.
<Nos
ocurre lo mismo. Pero las Filósofas nunca conocieron los verdaderos laberintos
de este lugar. Los mecs procuran destruir todas las referencias que encuentran
sobre esa época distante.>
Killeen
miró melancólico aquella inmensidad.
—Para
nosotros, venir aquí es como escalar la montaña más alta que se haya visto.
<Creo que por eso mismo se os necesita.>
Killeen
se encogió de hombros, comprendiendo que no averiguaría nada más.
—De
acuerdo, nos enfriaremos los talones detrás de esa nube.
Aunque
los tripulantes rara vez hablaban en el Puente sin permiso de Killeen, Toby
decidió aprovecharse de su posición como hijo del capitán. No podía resistirse
a sondear un poco más,
—Quath,
¿por qué se fueron tus antepasados?
<Los
mecs custodian este ciclón de fuego.>
—¿Por
qué? Es un agujero infernal.
<Los
mecs se encuentran a sus anchas aquí, donde se agitan las energías. Ellos se
nutren de esa ferocidad.>
—Pero
aquí no hay mecs.
<Eso
parece, y me preocupa.>
—Hay
bastantes siguiéndonos el rastro —observó Killeen.
<Tratarán
de encontrarnos en la nube de Besik.>
—¿Así
que nos escondemos? —preguntó Killeen, frunciendo el ceño.
Toby
sabía que su padre no eludía un reto a menos que fuera absolutamente necesario.
Por otra parte, las Familias hacía tiempo habían aprendido a sobrevivir
aplicando tácticas evasivas y conocían las ventajas de ocultarse.
<Mi
gente tendrá la oportunidad de hablar y de [desconocido].>
Killeen
comprendió que no obtendría más información de Quath. Tecleó en el tablero de
control. Las pantallas se reorientaron para enfocar la distorsionada estrella,
que ya no era tal.
Mientras
ellos hablaban, la panza se había abierto y escupía torrentes blancos. El
torturado sol se deshilacliaba. Tortuosos remolinos de gas brotaban de la
estrella mutilada y se sumaban al borde candente del gran disco. A medida que
la perspectiva retrocedía, Toby se imaginó la estrella como un animal indefenso
que luchaba en vano mientras le sorbían la vida. Sus frag-mentos caían hacia el
disco para provocar nuevas explosiones anaranjadas.
Toby
estaba asombrado y atemorizado.
—¿Cómo
puede ser que el agujero desgarre una estrella entera a tanta distancia, y sea
tan pequeño que ni siquiera podemos verlo?
Killeen
palmeó el hombro de su hijo, y en su semblante Toby vio las mismas emociones
ambiguas.
—A
mi modo de ver, ese agujero es pequeño pero su masa muy densa. Esa densa masa
comprimida provoca fuertes mareas. La cara anterior de esa estrella intenta
seguir una órbita curva, ¿ves? Su cara posterior está un poco más lejos del
agujero, y quiere seguir otra órbita.
—Así
parece. ¿Y?
—Bien,
no puede seguir ambas órbitas y ser una sola estrella, ¿verdad? —Por la
expresión distraída de Killeen, Toby supo que recibía instrucciones de su
tecnoAspecto—. Pero sí puede hacerlo si se parte en dos. Cuando las mareas son
muy fuertes, eso es lo que ocurre. Las mareas despedazan la estrella como si
fuera una muñeca de trapo.
Toby
miró a su alrededor. La gente del Puente guardaba silencio, mirando al capitán.
En aquellos rostros leyó esperanza y necesidad, mutismo ante el espectáculo. La
cauta sonrisa de Killeen reflejaba el resplandor del sol moribundo.
Quath
habló en el silencio, con un siseo.
<Este
nuevo bocado alimentará al Comilón... y antes al disco.> El rostro de
Killeen se contrajo de preocupación.
—¿Y
se calentará más?
<Sí.
Busquemos deprisa la frescura de Besik.>
Toby
sonrió.
—Creía
que tu especie miraba pero no huía.
<Correr
rápidamente y bien es un arte que permite vivir para mirar de nuevo.> —Mmm.
A mí eso me suena a excusa, gran insecto. <[Intraducible].>
3 -
BAHÍA BESIK
Toby
no quería aprovecharse de su condición de hijo del capitán, pero había momentos
en que no podía resistirse a hacerlo.
Este
era uno de ellos. Ahora corrían para salvar el pellejo.
Todas
las pantallas del Argo mostraban la proximidad de sus perseguidores. Las naves
mecs acortaban cada vez más la distancia que los separaba. Su aparatoso diseño
demostraba la falta de preocupación por el estilo o la habilidad. Como explicó
Jocelyn, las naves mecs no eran como recipientes llenos de pasajeros, sino
multimáquinas entrelazadas, sin ni siquiera una única piel metálica intacta.
Para las formas de vida orgánica la unidad básica era el individuo; para los
mecs eran comunes los sistemas operativos del tamaño de ciudades. Y esas naves
eran moles gigantescas y deformes.
Detrás
de ellos venía la nave de las miriapodia, con su inmenso aro marfileño
suspendido entre ellas. Los mecs no dieron la vuelta para atacar a la
miriapodia. Y el Argo se internó en las umbrías volutas de la inmensa nube de
Besik.
La
bravuconería y el entusiasmo se disipaban. En la cafetería, los miembros de la
Familia murmuraban preocupados en pequeños grupos. Toby no quería aguardar
ociosamente las no-vedades, así que cuando podía inventar una excusa iba al
Puente. Si permanecía detrás, los oficiales no reparaban en él, o bien le
guiñaban el ojo y seguían de largo. El hijo del capitán, ¿quién quiere meterse
en problemas?
Naturalmente,
Besen quiso acompañarlo. Toby aún no sabía tratar con mujeres de verdad, y
Besen ya era toda una mujer. En la Familia, las mujeres eran personas que
demostraban su capacidad en una amplia gama de cuestiones prácticas, no sólo en
la cocina o en la cama, aunque tampoco allí se quedaban cortas. Las muchachas y
muchachos eran chiquillos, pero las mujeres y los hombres eran tripulantes. Los
ritos apropiados marcaban el cambio entre una y otra condición. Así que Toby no
pudo más que llevarla consigo.
Se
detuvieron un instante en la cámara de los Legados. Era un simple recoveco en
las
tortuosas
paredes del corredor, y Toby iba allí a menudo. Besen había ido pocas veces, y
se lo
dijo.
Toby quedó sorprendido.
—¡Pero
si son los Legados!
—Sí,
claro —dijo ella compungida, y luego lo miró desafiante—. Pero son sólo losas
con inscripciones, y en una escritura que nadie puede leer, ¿verdad?
—Claro
que no. Por eso los guardamos aquí, para que algún día, cuando conozcamos a
alguien capaz de leerlos.
—Ya,
ya..., pero hasta entonces no son más que acertijos, ¿no?
Toby
pasó por alto la mueca escéptica de Besen y miró un buen rato las altas y
grises planchas y su ondulante escritura. Fría, solemne, de líneas
serpenteantes. ¿Por qué lo colmaban de añoranza?
Besen
se estaba impacientando, así que fueron al Puente. Entrar era fácil, un gesto
de cabeza y un guiño. Permanecieron juntos en la penumbra, mirando la pantalla
largas horas.
Bahía
Besik. Enigmática y lóbrega como la escoria de un horno monstruoso.
Aquel
lugar tenebroso describía su órbita alrededor del agujero negro. A veces su
órbita atravesaba el disco inferior, donde sorbía materia. Una maraña de campos
magnéticos toscamente urdida como una tela basta la protegía. Luego se liberaba
del disco y se elevaba,
girando
lentamente encima del furor. Nadie sabía cómo perduraba una esfera de polvo
sobre una parrilla de hierro líquido.
El
Argo atravesó los oscuros recovecos de la inmensa nube de Besik, aguardando la
llegada de las naves mees. El casco se enfriaba. Los delgados tendones
metálicos de la nave se descargaban, contrayéndose, causando detonaciones y
tamborileos en los corredores. El aire perdió su punzante olor a ozono. Pero
los bancos de polvo y gas no podían protegerlos eternamente de sensores
sofisticados.
—¿Cuánto
tiempo crees que tenemos? —susurró Besen.
Toby
se encogió de hombros, aparentando menos aprensión de la que sentía. Había
aprendido en su infancia a combatir el nerviosismo, o al menos a no
demostrarlo. Movió los músculos, tratando de relajarse.
—Depende
de lo que puedan ver los mecs. Tenemos mucha tecno diseñada para esquivar y
cegar, pero quién sabe qué tienen ellos.
—¿Cómo
es posible que esta nube haya existido tanto tiempo? —Besen señaló los enormes
y turbios riscos de negrura—. ¿Cómo es posible que el agujero negro no lo
arrastre?
—Quath
dijo que podía ser artificial. Un refugio para navegantes que existe desde la
antigüedad.
—Pero
¿quién se tomaría la molestia de construir una bola de polvo como ésta? —Como
en respuesta, un relámpago plateado culebreó en el banco de polvo. Besen
insistió—: ¿Y por qué?
Toby
volvió a encogerse de hombros.
—Tendríamos
que averiguarlo —insistió Besen.
—Mira,
para los mecs somos ratas que viven en las paredes de este lugar, gusanos
ignorantes.
—Eso
no es motivo para dejar de aprender.
—Claro,
pero una rata lista procura conservar el pellejo.
Killeen
estaba en el centro del Puente. La actividad giraba a su alrededor, con los
oficiales yendo y viniendo para afrontar las muchas tensiones a las que los
sistemas del Argo estaban sometidos. Toby sabía que la capacidad de su padre
estaba sometida a una prueba, pero lo que más le preocupaba de Killeen era su
mirada vidriosa. Deseaba saber qué sucedía detrás de aquellos ojos de pedernal.
Y de
pronto, cuando la primera nave mec apareció, todo aquello pasó a ser ínfimo y
trivial. Aristas. Puntales nervudos. Mecánicos ángulos grises. Surgió de una
importante masa sombría y viró hacia el Argo.
La
inquietud invadió el Puente. La nave mec estaba ampliada al máximo y Toby ni
siquiera distinguía si estaba armada... hasta que les lanzó un misil.
El
Argo pasó a alerta máxima. Las pantallas proyectaban estimaciones del tiempo de
colisión, opciones defensivas, posibilidades de maniobra. De repente el misil
desapareció, desintegrado por un rayo defensivo del Argo. La dotación del
Puente aplaudió, pero Killeen ni siquiera sonrió. Toby se descubrió apretando
con fuerza la mano de Besen.
Aparecieron
más naves mecs. Se aproximaron al Argo siguiendo trayectorias complejas
destinadas a impedir que disparasen simultáneamente a más de una. Aunque
Killeen ordenó acelerar al máximo, las naves mecs se acercaban.
Pasó
un buen rato. Los mecs no disparaban. Los oficiales del Puente supusieron que
las naves mecs no querían malgastar disparos contra las defensas del Argo hasta
estar bien cerca. Pero eso no tenía mayor sentido, pensó Toby, pues los mecs
los superaban ampliamente en número.
Las
naves mecs brincaban de aquí para allá. Parecían ansiosas por expulsar el Argo
de la nube, por una larga senda de polvo ceniciento. Toby sentía el temblor de
las forzadas máquinas del Argo. Killeen impartía las órdenes con serenidad y
rostro pétreo.
Entonces
algo rápido pasó fulgurante junto al Argo: una línea blanca y brillante, un
rasguño vibrante que recorrió las pantallas. La dotación del Puente jadeó. Era
el Círculo Cósmico, como lo llamaban las miriapodia, y en aquel momento Toby
apreció su verdadera escala.
De
cerca, el segmento parecía recto. Toby llamó a su Aspecto Isaac mientras la
línea luminosa se alejaba hacia las naves mecs. Ya había visto el aro en el
último mundo que habían visitado, pero nunca lo había entendido.
—¿Qué
es esa cosa? —preguntó.
Me
habría alegrado instruirte cuanto quisieras, si tan sólo hubieras inquirido...
—Vamos,
habla... y sé breve y claro.
Muy
bien, aunque te perderás mucho material interesante. Los antiguos los llamaban
«líneas cósmicas», aunque son aros, como puedes ver. Una rareza que incluso mis
Rostros más antiguos no se explican.
—¿Para
qué son?
No
son para nada... son naturales. Se formaron en las primeras épocas del
universo, como pliegues compactos en el espacio-tiempo. Como las arrugas que se
forman en el hielo de un estanque congelado. Sólo tienen unos átomos de grosor,
pero son muy largos. Considéralos un recurso natural nacido del Big Bang.
—¿Unos
cuantos átomos de grosor? ¡Vamos! Éste resplandece como una estrella.
Eso
es porque aquí atraviesa campos magnéticos de gran intensidad que conducen la
corriente eléctrica a través de él, iluminándolo.
—No
lo entiendo —susurró Toby mentalmente—. Debe ser difícil de transportar, a
pesar de ser delgado. ¿Por qué llevarlo a rastras?
En
muchos sentidos, la herramienta más útil es el cuchillo. Esta hoja es del
tamaño de un mundo. Imagina lo que puedes cortar con ella.
A
Toby no le hacía falta imaginarlo: había visto cómo cortaba un planeta entero.
Ahora el aro iba hacia las naves mecs, escoltado por las ahusadas naves de las
miriapodia. El aro palpitaba de energía.
De
pronto las miriapodia lo soltaron y la gran hoz salió disparada. Daba vueltas a
tal velocidad que el ojo no podía seguirlo. Se formaban vivos lazos que
recorrían el borde y se dis-persaban en destellos de luz ambarina y azul. Los
mecs trataron de escapar, de esquivarlo.
Demasiado
lentos. El aro vibrante los atravesó, culebreando y girando para atrapar cada
nave al pasar. Las naves mecs siguieron teniendo el mismo aspecto, aun
ampliadas al máximo. Pero pronto una de ellas comenzó a crecer y alargarse. Se
había fracturado. Trataba de mantenerse entera recurriendo a los flexibles y
relucientes metales que preferían los mecs.
No
pudo lograrlo. La nave se partió en dos, esparcida en fragmentos y exhalando un
penacho de gas anaranjado. Los trozos cayeron al espacio.
Toby
pensó en lo extraño de la naturaleza: dejaba aros delgados y relucientes como
marcas de aquello que había creado el universo. Y la vida aprendía a usarlos
para sus propios fines.
Entonces
notó que todos los que estaban a su alrededor gritaban y reían. Besen lo
abrazaba. Ignoró a su Aspecto Isaac, que seguía tratando de impartirle una
clase, y se sumó a la celebración.
La
alegría no duró mucho.
Aún
estaban festejando el primer éxito cuando aparecieron más naves mecs. Se
mantenían a distancia, como temerosas. Pero el Círculo Cósmico ya no estaba. Se
había zambullido en un vasto y sombrío penacho de polvo y las naves de las
miriapodia lo seguían para recobrarlo con grapas magnéticas, según explicó
Isaac.
Los
mecs se acercaron. El Argo tuvo que huir de nuevo. Pronto se vio forzado a
salir de Bahía Besik. Nuevamente la virulenta radiación del hirviente disco
comenzó a calentar la piel del Argo. Mirando cómo bullía y resplandecía el
disco, Toby recordó que estaba digiriendo su última comida: la moribunda
estrella anaranjanda. Casi sentía su tórridas emisiones.
Algo
le llamó la atención. Una delgada columna azul se elevaba del centro más
caliente del disco, de la gran esfera blanca de luz cegadora. Pequeños y
brillantes remolinos giraban dentro de la columna. Comprendió que aquella cosa
se desplazaba, recta como un lápiz. Huyendo del infierno del centro.
Inquietante,
bella, de un azul titilante. Como un río fresco y acogedor, pensó Toby.
Uno
de los chorros galácticos. También hay uno del otro lado del disco, apuntando
en dirección opuesta. Ambos son expulsados por el agujero negro.
La
parca descripción del Aspecto era un insulto a la resplandeciente, grácil y
cambiante elegancia del espectáculo. Toby quiso meter a Isaac en su agujero
digital, pero se contuvo.
—¿Cómo
es posible que un agujero negro expulse algo?
El
agujero gira porque adquiere la rotación de todo lo que ha caído en su interior
durante todos estos miles de millones de años. La materia cae en él desde el
borde interior del disco. Pero los fuertes campos magnéticos del agujero
apresan esa masa y la hacen girar a creciente velocidad. Debido a la rotación,
la materia caliente asciende en espiral alrededor de los polos y luego sale. Al
enfriarse emite ese tenue resplandor azulado.
Toby
pensaba que el agujero era un agujero, y que las cosas caían dentro de él y
punto. Pero dejó de mirar ese inmenso espectáculo de las pantallas, cuyos vivos
colores alumbraban el rostro ojeroso de los oficiales del Puente.
Especialmente
el de su padre. Killeen miraba las naves mecs que los perseguían, y que cada
vez eran más. Pequeñas y rápidas, formaban un complejo diseño. Escrutaba las
pantallas con contenida energía, y una palidez plomiza le cubrió los rasgos
sombríos.
Estaban
atrapados. El Argo había huido de la nube de Besik dirigiéndose hacia el borde
interior del disco. Killeen había salido para escapar, y más mecs acudían para
arrinconarlo.
—Esas
naves pequeñas pueden ser mecs suicidas —murmuró Killeen. Miró a su hijo. Una
sonrisa fugaz—. Naves inteligentes. El mismo principio que esa bomba del
Candelero.
—¿No
podemos seguir de largo? —preguntó Toby. Su padre era un genio para salir de un
atolladero.
Killeen
sacudió la cabeza.
—Demasiados.
Demasiados.
La
teniente Jocelyn trabajaba en los paneles de control, y retrocedió, mirando las
opciones de trayectoria que presentaba el ordenador. Redes de curvas
tridimensionales que zigzagueaban para dar esquinazo al enemigo y evitarlo. Sus
ojos intensos barrían ansiosamente la pantalla, y al final se detuvieron en una
curva.
—Hay
una sola opción, capitán. Tenemos que ir hacia dentro. Los mecs no han cubierto
esa zona.
—Claro
que no —dijo Killeen—. Ese rumbo es la muerte.
—No
hay otro camino. En toda esta extensión, ni un solo...
Killeen
cabeceó.
—Entonces
iremos hacia allí.
Jocelyn
lo miró incrédula. Todos en el Puente guardaron silencio. Sólo se oía el
zumbido tenue de un canal de comunicaciones abierto.
—No
podemos... el calor...
Killeen
se volvió despacio, moviéndose con aparente serenidad. Pero el aire que lo
rodeaba parecía vibrar con la energía, la resolución y la inamovible
determinación que de él emanaban mientras miraba a cada oficial a los ojos. Con
una sonrisa sesgada hizo un signo de afirmación a Besen, que no tenía por qué
estar allí, dejando que el silencio creciera mientras escrutaba cada rincón del
Puente. Al fin posó la mirada en Toby.
—¡Debemos
hacerlo! La nube de Besik estaba ahí por una razón. Era un lugar donde
refrescarse, tal vez, una parada. Pero no el destino final, no... Es sólo una
masa de gas oscuro
a la
deriva. La antigua inscripción del Candelero hablaba de un lugar allá, en el
Centro Verdadero. Allí sólo hay mecs y muerte. Ese lugar tiene que estar más
adentro.
—¡No!
—exclamó Jocelyn—. No duraremos ni un día en esos...
—¡No
quiero interrupciones! —ladró Killeen.
De
nuevo se hizo silencio. El capitán señaló el azul chorro galáctico, trémulo y
fantasmagórico.
—Tomo
eso como una señal. Una indicación. Y la seguiremos.
Toby
se encontró conteniendo el aliento. Al fin aspiró una bocanada de aire. La
inquieta tripulación murmuraba, atónita. Jocelyn formuló la pregunta que Toby
no se animaba a plantear.
Sus
ojos parecían perforar el aire vibrante del Puente.
—El
chorro va hacia fuera. ¿Lo seguimos?
Killeen
se envaró.
—Los
mecs nos cerrarán el paso —respondió.
—¿Hacia
adonde, entonces?
—Hacia
el interior del chorro. Tal vez haya un camino.
4 -
PROFUSIÓN INÚTIL
Toby
pasaba por un corredor lateral cuando olió el humo. Pestañeó, olfateó, y buscó
el origen del acre hedor.
El
corredor estaba en penumbras, pues habían apagado las luces fosforescentes. Vio
cómo las llamas bailaban delante. En una nave estelar nada había peor que el
fuego, pues consumía el aire mismo, al tiempo que amenazaba con agrietar el
casco y dejar paso al vacío. Se dio prisa, y tropezó con un hombre acuclillado
cerca del fuego.
Al
recobrar el equilibrio vio, a la luz de las llamas, que había gente reunida en
torno a un gran montón de humeantes mazorcas de maíz y crepitantes ramas secas.
Pero las llamas estaban bajo control. El brillante reflejo del fuego bailaba en
los ojos de los presentes, que se reían de su sorpresa.
—¡Siéntate
y relájate! —dijo alguien.
Sabía
que el fuego dejaría manchas de hollín en el cielo raso, como había ocurrido en
otros muchos rincones de la nave, pero comprendió la necesidad que de él
sentían. Eran una Familia de gente errante. El fuego comunal los llevaba de
vuelta al único refugio de su confianza, aunque los rodeara una noche
amenazadora.
También
él se dejó llevar. Era tranquilizador recordar los largos viajes de su
infancia, las noches de frío cortante bajo un cielo luminoso. El humo le lamía
los ojos. Los crujientes espíri-tus amarillos danzaban. Las sombras acariciaban
rostros que escrutaban melancólicamente el misterio de las llamas.
—Pareces
cansado, Toby —dijo Cermo.
Toby
se sorprendió de ver allí a Cermo y a Jocelyn. Habitualmente los oficiales de
alta graduación mantenían las distancias. Pero Cermo estaba sentado sobre sus
carnosas nalgas a la manera tradicional, que le permitía a uno estar siempre
listo para levantarse de un salto y seguir viaje en caso de ser sorprendido. De
nada servía aquí, pero era un afectuoso recordatorio de su pasado común, de lo
cauto de su vulnerabilidad.
—He
estado trabajando en los campos —respondió Toby.
—¿Buena
cosecha?
—Espárragos.
Se ha perdido la mayor parte.
—Hubo
un tiempo en que recogíamos los alimentos y seguíamos nuestro camino—comentó
Jocelyn.
Cermo
asintió tristemente.
—Cazábamos,
recolectábamos, atacábamos los centros mecs cuando queríamos algún extra.
El
círculo que rodeaba la fogata asintió con un murmullo. Toby sonrió.
—Oye,
yo estuve allí. Había que vivir como podíamos con los mecs pisándonos los
talones a cada minuto. Si te descuidabas, te costaba la vida.
Cermo
sacudió la cabeza, moviendo los gruesos músculos del cuello, recibiendo el
fulgor de las crujientes llamas.
—Al
menos no nos limitábamos a trabajar la tierra. Un poco de jardinería en
Ciudadela Bishop, sí, pero no éramos granjeros. Eramos libres. La naturaleza
era el único granjero, y nosotros recogíamos los frutos de su trabajo.
Toby
sabía a qué venía aquello. La gente siempre sentía nostalgia de un pasado
dorado que mejoraba con el recuerdo. Y la expresaba cuando el presente era duro
y difícil.
—Jocelyn,
¿te acuerdas? Siempre mirando por encima del hombro, buscando mecs, comiendo
sobras, en fuga de la mañana a la noche...
—¿Y
eso en qué ha cambiado?—replicó Jocelyn. La voz de otra mujer surgió de la
penumbra: —Eos mecs nos tienen atrapados. Su acento era Fiver.
Toby
asintió.
—Pero
estamos en una nave humana, luchando para abrirnos paso.
—Estamos
corriendo —dijo Jocelyn—. Esos grandes bichos se encargaron de pelear. Ahora
están detrás de nosotros, conteniendo las naves mecs... y nosotros comemos.
—Oye
—protestó Toby—, eso es lo que quieren las miriapodia. Quath está en contacto
con ellas, y dice que nos están sirviendo de retaguardia. Así nosotros podemos
averiguar qué es tan importante en este lugar. Con un poco de tiempo....
—Tiempo
es lo que no tenemos —dijo Cermo con solemnidad—. Ya nos estamos recalentando,
y ni siquiera hemos llegado a ese chorro galáctico.
—Ten
confianza en el capitán —dijo Toby—. Tal vez el chorro sea lo que necesitamos.
Jocelyn
rió secamente.
—¿Eso?
Es sólo una columna de gas que se enfría. Escombros que escapan del agujero
negro.
Toby
no quería actuar de defensor de su padre, pero algo le hizo reaccionar contra
esa charla sin objeto que a nada conducía.
—Pues
dale tiempo. Nos estamos moviendo, estamos en forma...
—Él
nos trajo aquí sin tener idea de en qué nos metíamos.
Un
viejo rió entre dientes.
—Yo
diría que no sabe vaciar de orina una bota con la punta agujereada y las
instrucciones escritas en el talón.
Soltaron
una sonora carcajada.
—Mira,
a todos nos gusta airear los pulmones —dijo una voz con acento de Trump—. Pero
allí de donde yo vengo, estábamos con el capitán.
Toby
asintió vigorosamente.
—No
trataré de endulzar la situación. Pero en efecto, tenemos que mantenernos
leales. Ahora llegaban voces de todas partes, de oposición o de respaldo. Las
Familias de Cards a
favor
de Killeen, inflexibles como el acero. Los Bishop criticando al capitán, a
pesar de que era uno de los suyos.
El
aroma a hollín del aire y la penumbra alentaban a la gente a hablar, a decir
palabras hirientes, ponzoñosas. Las mazorcas despedían su humareda dulzona,
crujiendo y siseando. Poco a poco la charla se volvió más reflexiva, perdió su
rudeza a medida que la gente expresaba sus miedos, los reconocía y los guardaba
en los espacios mentales donde todos debían guardar sus oscuros impulsos. El
fuego cumplía su función, y la creciente bruma azulada hacía de aquel rincón un
lugar más cálido y humano.
Cuando
llegó una llamada para Toby, éste se resistía a marcharse. Pero era el Puente,
y se dio prisa.
Pasó
frente a una pantalla. El chorro azul colgaba delante de ellos, y su brillo
contrastaba con los rojizos y dorados del virulento disco. Un calor seco
agitaba el aire. Un extraño zumbido resonaba en la nave, una nota grave y
lejana. Toby sintió escalofríos. Cuando llegó el Puente, no le sorprendió ver a
su padre cansado y macilento, con el uniforme arrugado después de tantas horas.
—¡Toby!
Te necesitamos.
—¿Por
qué? —Todos parecían alterados, pero no había nada nuevo en las pantallas.
—Por
eso.
Killeen
señaló los largos filamentos de gas rosado que bordeaban el chorro. El Argo
atravesaba con cierta dificultad las inmensas y fulgurantes filigranas. Habían
capeado antes tales «temporales», pero aquellos mechones luminosos palpitaban
de energía.
—¿Y?
Más fuegos artificiales.
—No
del todo. Ya hablé una vez con ellos.
—¿Hablar?
—Su padre había estado de servicio demasiado tiempo.
—Hace
muchos años, y quizá no lo recuerdes. La voz del cielo.
—¿Qué?
—Toby sacudió la cabeza. ¡Habían pasado tantas cosas, y él entendía tan poco!
—La
Mente Magnética. ¡Es esto!
Ahora
Toby lo recordó.
Hacía
años, en un valle rocoso donde caprichosas venas amarillas y verdes surcaban el
cielo como dedos. Estrías que manejaban el aire violento y que finalmente
habían dado con ellos. Filamentos calientes vibrando como brisas coléricas,
hablando por el sistema sensorial que todos llevaban en la nuca.
Una
inteligencia que vivía en resplandores plateados. Le había hablado a Killeen,
pero toda la Familia había sido testigo del mensaje que un intelecto colosal
escribía en el cielo. Toby evocó repentinamente aquel recuerdo de su infancia,
tan repentinamente como el olor de una cocina caldeaba puede evocar la voz
vibrante de una madre.
Recobró
la compostura. Los recuerdos de la lejana infancia, de la vida en el feliz
refugio de la Ciudadela, podían acudir en cualquier momento, pero este momento
no era el adecuado. Eran recuerdos de niño, y tenía que dejar de pensar como un
niño.
Se
concentró en la enorme y nudosa luminiscencia que creía delante del Argo y se
obligó a preguntar:
—¿Cómo
lo sabes? Podría ser una especie de relámpago o algo similar.
Killeen
sonrió sin ganas.
—Sospecho
que en cierto modo lo es. Un relámpago vivo, así como tú y yo somos combustión
controlada ambulante. Eso es lo que nos permite andar, pensar, actuar. El
oxígeno quema los alimentos que formamos, dice uno de mis Aspectos. Esta cosa
se sirve de la electricidad generada por ese disco de allá abajo.
—¿Cómo?
—No
lo sé. Pero la energía es energía, y a mi modo de ver esta cosa ha aprendido a
amontonar campos magnéticos, a construir con ellos algo parecido a un cuerpo.
Toby
quería dar a los oficiales la impresión de ser listo y capaz, pero las estrías
que vibraban frente el Argo no se parecían a lo que él recordaba.
—He
notado una sensación de hormigueo —explicó Killeen—, como si algo me sondeara.
Es difícil de explicar, pero es como aquella vez. La Mente Magnética se
mantiene unida me-diante campos magnéticos. O tal vez sea campos magnéticos. Y
vive aquí, así que...
Un
profundo temblor sacudió los tobillos de Toby. Al principio creyó que se
trataba de la aceleración de la nave que contrarrestaba los tirones
gravitatonos de esa turbulencia de masa y luz. Luego notó que el temblor iba y
venía de forma rítmica. Lo notaba en los oídos y las manos. Pulsaciones. La
rara vibración subió por las macizas paredes y llenó el aire del Puente con su
pesada presencia.
Dad
señal de que percibís.
La
voz rechinaba, dura como el granito, inconmensurable.
—No
es como la otra vez —susurró Killeen—. Entonces usaba nuestro sistema
sensorial.
Ahora
tiembla toda la sala.
Vengo
para determinar si sois de la tribu de Bishop. Si es así, decidlo.
El
Puente servía de amplificador gigantesco de aquella hueca y majestuosa voz, y
las paredes vibraban como un altavoz. Toby se preguntó cómo un simple conjunto
de campos magnéticos, sin peso ni sustancia, podía conseguir aquello.
Killeen
parecía arrinconado, rodeado por la voz. Al fin ladró.
—Somos
Bishop. Yo soy Killeen, ¿recuerdas?
Así
es. No olvido nada, y en los bucles y nudos de mi ser guardo noticias de
tiempos más antiguos de lo que puedas imaginar. Recuerdo tu olor insípido y tu
aplastado y sesgado ser. Bien, me han ordenado que te inspeccione.
—¿Quién?
—preguntó Killeen. Los tripulantes estaban estupefactos. La voz lo ignoró.
También busco a otro. Se llama «Toby», y debe estar contigo si has de recibir
más
atenciones
del reino interior.
—Estoy
aquí —gritó Toby.
¿Eres
tú? Déjame saborear.... cada una de vosotras, pequeñas criaturas, tiene un
aroma
diferente,
una angularidad. ¡Qué profusión más inútil!
—Somos
diferentes —protestó Toby.
Lo
atravesaron como descargas eléctricas, con pinchazos de dolor. Un sondeo. Luego
desaparecieron.
Sí,
eres e! sabor denominado «Toby». Tus marcas animales concuerdan con el
inventario genético, a pesar de su tosquedad. La creación, en su trivial
diversidad, dota a cada uno de vosotros con aromas genéticos oblicuos y matices
crepusculares. ¡Qué derroche de habilidad natural! Detalles e ingeniosos giros
multiplicándose innecesariamente, llevando a la ruina la razón.
—Nos
gustamos tal como somos —protestó Toby.
Así
es. Todo es ilusión. No obstante, debo comunicar que estáis aquí. Luego espero
quedar libre de esta molesta obligación.
—¡Aguarda!
—exclamó Toby—. ¿De qué se trata? ¿Quién quiere saber?
Un
poder cuya sede está más adentro.
—¿Y
qué es?
No
es de frías y muertas partículas de materia como las que habitáis vosotros. El
poder que me impone esta tarea habla por mis pies, que reposan en la cálida
lumbre del disco de plasma.
—¿Entonces
es una nube de plasma? —insistió Toby. Fuera lo que fuese una nube de plasma.
Mora
debajo de mí, en una majestad azotada por las tormentas, pero es incognoscible
para una entidad tan grande como yo.
—La
última vez —intervino Killeen—, hace años, dijiste que mi padre tenía algo que
ver con esto.
¿Años?
No conozco ese término.
—Gran
parte de nuestras vidas presentes...
Pero
¿en qué «presente» vivís? Duración, distancia... son términos primitivos.
Killeen
estaba visiblemente desconcertado.
—Mira,
¿fue mi padre...?
Las
formas diminutas como vosotros son imposibles de concretar en la turbulencia de
energías que bulle a mis pies. Pero esos términos y nombres suben ondeando por
los cables de mi yo. Ignoro cuándo se cargó esa información en mi eterna maraña
de nodulos de co-nocimientos, y por ende la edad de este conglomerado de datos.
Allí hubo una vez formas como vosotros, sí, míseras y primitivas. Que subsistan
en ese reino de inmensos e imponderables choques es muy improbable.
—¿Me
estás diciendo que ha muerto? —preguntó Killeen.
Las
vidas diminutas parpadean como llamas bajo mis pies. Mi única motivación para
asumir esta forma es elevarse sobre la mortalidad y sus minúsculos asuntos. No
puedo registrar pequeños finales, así como los animales como vosotros no pueden
sentir los granos de arena que pisan.
—¿Él
está...?
Me
voy. Si el poder de abajo desea algo más, estableceré contacto de nuevo.
—¡Aguarda!
Necesitamos saber qué hacer aquí, cómo escapar.
La
vibración del Puente cesó, dejando un silencio.
Killeen
alzó las manos con un juramento y dio un puñetazo en la pared. Un golpe
doloroso. Esto impresionó a Toby más que la partida de la Mente Magnética.
Comprendió hasta qué
punto
su padre se había estado conteniendo, cuánta desesperación disimulaba bajo su
rostro inmutable.
—Papá...
¿qué significa esto...?
—Que
me cuelguen si lo sé. Esa cosa nos trata como si fuéramos insectos.
—Bien,
no es que nosotros hablemos mucho con los insectos —comentó Toby
razonablemente, tratando de animar a Killeen. Reflexionó un instante y pensó:
Salvo con Quath.
—Me
pregunto si es posible. ¿Mi padre Abraham, aquí? No entiendo cómo. No
encontramos su cuerpo en la Ciudadela, pero tuvimos que irnos deprisa, no había
tiempo. —Sacudió la cabeza con fatiga—. Eso fue hace mucho tiempo, y muy lejos.
Toby
volvió a recordarlo todo. El acero separado de la piedra, los techos
derrumbados, la mampostería y los muebles triturados, las vidas segadas. El
humo levantándose de los fuegos que crepitaban. Intrincados refugios reducidos
a piedra y escombros.
Sangre
fluyendo a raudales. Riachuelos rojizos brotando de edificios desmoronados. El
extraño silencio tras la partida de las naves mecs. El viento gimiendo entre
vigas arrancadas.
Y su
padre errando entre las ruinas. ¡Abraham!, gritaba. Una y otra vez. Un viento
voraz se tragó el nombre, que se perdió entre volutas de humo.
Toby
regresó de sus lacerantes recuerdos. Su padre parpadeó, se recobró.
—Yo
pensaba que había muerto —dijo con voz trémula—. Tenía que estarlo.
Toby
vio hasta qué punto su padre deseaba creer que Abraham estaba allí, que la
Mente Magnética sabía más que ellos. Pero al mismo tiempo, era evidente que la
Mente sentía repug-nancia por los humanos y que no movería un dedo para
ayudarlos.
Entonces
Toby procuró recordar que la Mente no tenía dedos, sólo presiones y ondas
electromagnéticas. Pero ¿no había dicho que tenía pies?
Cuando
la Mente les había hablado la otra vez, en Trump, había dicho ser una
inteligencia que, libre de la materia, vivía únicamente en los estados
disponibles para los campos magnéti-cos. Aparentemente esos estados eran más
duraderos. La Mente parecía creerse inmortal. Killeen había reído entre
dientes, comentando que la eternidad era muy larga, porque la Mente podía ser
enorme y poderosa, pero también podía parecer insignificante y finita. Lo que
haría que tratar con ella fuese todavía más difícil.
—¿Qué
haremos, papá? —Tal vez, en un momento de apertura como éste, Killeen dijera lo
que realmente pensaba.
—¿Hacer?
—Killeen miró a Toby como si no lo viera—-. Meternos en ese chorro. Eso
haremos.
—¿Por
qué? ¿Podemos escapar por allí?
La
mirada de Killeen era turbia.
—Ese
gas se desplaza a gran velocidad. Nos dará un buen impulso, incluso tal vez nos
proteja, nos vuelva difíciles de localizar.
—¿Podemos
seguirlo hacia fuera?
—Tal
vez.
Toby
sonrió.
—Magnífico.
La tripulación se alegrará de oírlo.
—¿Por
qué?
—Temen
que quieras seguir hacia dentro, a pesar de todo.
Killeen
no se inmutó.
—No
afirmo que la idea vaya a dar resultado. Lo intentaremos, eso es todo.
—Claro,
papá, claro... pero hay esperanzas, ¿verdad?
Killeen
miró a su hijo largo rato mientras las emociones le cruzaban el rostro a tal
velocidad que Toby no alcanzaba a interpretarlas.
—Tal
vez. Tal vez.
5 -
MENTES DIMINUTAS
Cuando
perdía los estribos, Toby iba a correr.
Como
la radiación dura que bombardeaba el Argo le impedía salir a caminar por el
casco, tenía que andar por los corredores menos usados. Siguiendo el mismo
camino monótono, de-jaba que el subconsciente se ocupara de sus problemas. Tal
vez desde sus capas más profundas surgiera una idea, pensaba, aunque sin
demasiada esperanza. La familia Bishop se dirigía hacia una crisis segura.
Había
acudido a Quath en busca de consejo o de un tranquilizador intercambio de
insultos, pero la alienígena lo había echado.
<Estoy
en comunicación con las de mi especie.>
Hizo
crujir los enormes brazos retráctiles, a modo de puntuación. Parecía tener
varios nuevos, quizá elaborados a partir de otras partes de su caparazón. Quath
tenía la costumbre de modificar su diseño, quizás en el equivalente miriápodo
de seguir los dictados de la moda, pensó Toby. Los brazos ondeaban y crujían
con una vibración metálica, como brisa en un bosque de árboles de acero.
—Oye,
colección de repuestos, escucha de todos modos.
<Tengo
varias mentes que podrían encargarse de ello, pero están ocupadas.> —¿Qué?
¿Crees que una fracción de ti basta para hablar conmigo? <Escuchar, no
hablar. Podría asignar un subyó de seguimiento para...> —Olvídalo. A veces
hablar contigo es como gritar en un pozo, Quath.
<No
puedo [intraducibie].>
—Pues
yo tampoco.
Toby
estaba realmente irritado. Sin proponérselo, o tal vez sí, Quath lo había
insultado seriamente. Con esa sensación salió malhumorado del gran cuenco donde
Quath estaba sumida en conversación con la gente de su especie.
Toby
recorrió los pasillos vacíos de la nave, refunfuñando, esperando aliviar con
los músculos lo que no podía resolver de sus propios sentimientos. La mayor
parte de la Familia Bishop estaba reunida en las cafeterías, hablando y
comiendo, generando los consuelos comunales que siempre le habían permitido
superar las crisis. Tal vez también funcionara esta vez, pero a Toby no le
gustaba el curso de los acontecimientos. Y aquel día el ejercicio no le
despejaba la mente, sólo lo acaloraba, y el sudor se le juntaba en las cejas y
le ardía en los ojos. Un calor irritante cargaba el aire. No sentía el
bienestar natural que proporciona el ejercicio.
Aminoró
la marcha mientras seguía una larga curva y dio con el mismo y pequeño pasaje
lateral, olió el mismo olor a humo. Con cierta avidez caminó resoplando hacia
el grupo —más numeroso esta vez— que se reunía alrededor de la crepitante
fogata.
Se
acomodó, intercambiando formales gestos de cabeza con los demás; aceptó una
botella de licor afrutado que le raspó la garganta pero cuya grata pulsación le
recorrió el cuerpo. La charla de la Familia era afable y él se sentó a escuchar
un rato, pero en eso cundió la irritación y las miradas se volvieron hacia él.
Toby había defendido a su padre la última vez, y ahora se elevaban voces que
expresaban un abierto temor que pronto se convirtió en furia contra Killeen, y
Toby empezó a sentirse incómodo.
—La
temperatura del casco sube cada vez más —dijo Jocelyn.
—Se
nota en todas partes —murmuró una voz—. Está caliente como una almeja asada.
Toby nunca había visto una almeja ni sabía qué era, pues ni siquiera conocía
masas de
agua
que superasen en extensión el alcance de un tiro de piedra, pero el término
almeja había sobrevivido en la lengua de la Familia.
—Dame
un poco de eso —le susurró a una mujer calva.
Ella
le pasó una botella de licor de albaricoque. La nariz le ardió cuando tragó un
sorbo. Pero era agradable sentir el leve mareo que le permitía distanciarse un
poco del mundo. Su cuerpo metabolizaría pronto el alcohol convirtiéndolo en
combustible —hacía tiempo que la Familia estaba modificada para convertir todo
el alimento posible en energía aprovechable—, pero le proporcionó un estímulo
momentáneo. Lo necesitaba. Aquella muchedumbre de figuras agazapadas estaba
irritable, y los comentarios hirientes circulaban en la penumbra. Ni siquiera
el viejo consuelo del baile de las llamas bastaba para cambiar ese estado de
ánimo.
—¿Cuánto
tiempo tenemos antes de asarnos? —preguntó una maquinista, agitando su melena
de cabello castaño.
Jocelyn
se encogió de hombros; miró a Cermo.
—¿Un
día? ¿Dos?
Cermo
parecía incómodo. Los oficiales tenían que ser el lubricante entre el capitán y
la Familia, y a veces pagaban las consecuencias.
—Los
ordenadores dicen que falta un día para que deje de funcionar la refrigeración.
Entonces
tendremos que usar el sistema de seguridad.
—¿Y
eso qué es? —masculló un hombre—. ¿Nos desnudamos y nos metemos en las neveras?
Esto
provocó risas socarronas que Cermo no compartió.
—Puedes
desnudarte si quieres. Por lo que veo, no llevamos demasiado encima.
Tenía
razón. Toby iba en pantalones cortos, como la mayoría en torno el fuego.
Algunos llevaban batas sueltas. A los miembros de la Familia les gustaba
vestirse con elegancia, una reminiscencia de la época en que una chaqueta de
paño o una camisa de seda eran un preciado tesoro, un último emblema rescatado
de la Calamidad, de la pérdida de la Ciudadela Bishop.
La
sugerencia suscitó bromas sobre costillas esqueléticas, barrigas rosadas y
brazos pálidos, pues a los miembros de la Familia les gustaba tomarse el pelo.
Toby pensó que era buena señal; cuando no pudieran reírse más, estarían en un
gran brete. Cermo continuó:
—El
plan de seguridad consiste en reunirse en el centro de la nave. Todos.
—¿Para
qué? —preguntó una mujer arisca.
—Las
zonas exteriores se pondrán imposibles —dijo Cermo con serenidad—. Los sistemas
refrigerantes podrán protegernos si estamos apiñados en las zonas internas.
—¿Y
abandonar las agrocúpulas? —preguntó una mujer con incredulidad.
La
muchedumbre se dividió en voces discordantes.
—Las
plantas morirán si no las cuidamos.
—Nunca
lograremos recobrar la cosecha.
—¡Eso
es la muerte!
—¿Quién
tuvo esta idea?
—Los
malditos ordenadores, sin duda.
—Sí,
¿y qué saben ellos? No son los ordenadores de la Familia.
—¿Y
qué? Nuestros sistemas, los que teníamos en la Ciudadela, eran los parientes
pobres de estos ordenadores.
—Yo
digo que no podemos confiar en ellos.
—No
estoy de acuerdo. Nosotros...
—Nadie
puede salvarnos si perdemos todas las cosechas al mismo tiempo.
—Tiene
razón. No podemos cultivar de nuevo si el suelo se calcina.
—Mira,
pues nos libraremos para siempre de esos gorgojos.
—Sí,
y de todos las lombrices que fertilizan el suelo.
—Cermo,
no puedes decirlo en serio.
—¡No
nos encerraremos en un agujero para rendirnos!
—¡Somos
los Bishop!
—Eso
es; nos movemos, buscamos y abrimos fuego... no nos comportamos como topos.
—¿Y
quién dice que debemos hacerlo? Ya sabemos quién: el capitán.
—Claro,
esta idea huele a él.
—Sí,
es verdad que despide cierto tufo.
—Esto
le viene grande.
—Nunca
he confiado en él. Siempre he dicho...
—Seguir
este maldito rumbo fue idea suya.
—Nos
ha metido en una maldita trampa.
—¡Cualquier
tonto se hubiera negado a entrar en este agujero!
—Pero
no, el capitán dice que hay que ir, y nosotros rodamos por el suelo, meneamos
el rabo y allá vamos.
—Mientras
él remolonea en el Puente.
—En
efecto, cómodo y fresco.
—El
Puente está en pleno centro de la nave. Estará helado. —Yo digo que vayamos a
refrescarnos. ¿Qué os parece? —¡Buena idea!
—Basta
de estar aquí abajo.
—¡En
marcha!
La
multitud, que había crecido en la penumbra, se levantó como un solo hombre,
rezongando y oliendo a sudorosa irritación. Con la lógica zigzagueante de una
turba, se proponía hacer lo que acababan de decir, y se desplazó rápidamente
hacia el interior. Ea atmósfera se enfriaba a medida que descendían por la
rampa de caracol central.
Toby
los siguió. Un efecto bola de nieve arrastró a los indecisos de los corredores
laterales.
Los
Bishop preferían la acción a la reflexión.
Cuando
llegaron a la altura del Puente, el grupo de la fogata era una turba agresiva y
murmurante. Los murmullos se elevaban como el gruñido de advertencia de un
animal. Killeen se había servido otras veces de su semblante ceñudo, sus
rápidos razonamientos y una cálida sonrisa para disgregar grupos de protesta.
Pero ahora nada de aquello iba a serle de utilidad. Aquel grupo se movía
obedeciendo una sórdida y oscura determinación.
Los
tenientes del Puente también lo notaron. Formaron un bloque de cuatro a la
entrada del Puente y procuraron calmar a la turba. Toby miró a su alrededor,
pero tanto Cermo como Jocelyn habían desaparecido. No valía la pena que ellos
dieran la cara cuando los otros podían hacer ese trabajo.
¿O
no era simple astucia? Toby tenía sus dudas. El ritual de la fogata había dado
expresión a la inquieta angustia que todos sentían; a fin de cuentas, ése era
el propósito del antiguo ritual.
Toby
trató de alejarse del Puente en silencio. Estaba en una posición conflictiva,
aún más que Cermo y Jocelyn. Pero el apiñamiento de codos y hombros le impedía
batirse en retirada. Ojos escépticos lo escrutaban, como diciendo: ¿Te vas a
escabullir ahora?
Toby
no sabía qué hacer, pero los acontecimientos decidieron por él.
Sobre
el pasillo contiguo al Puente asomaba un balcón dispuesto para que los
oficiales pudieran retirarse para mantener una conversación privada. Killeen lo
usó; se presentó sobre las cabezas de la inquieta muchedumbre. Llevaba el
uniforme de gala: fríos azules y borlas doradas. Un murmullo alborotado estalló
ante su aparición. Más miembros de la Familia se sumaban a cada instante.
Killeen permaneció erguido, las manos a la espalda, dejando que aquella bestia
gruñona se aplacara, esperando a que cesaran las protestas.
Cuando
habló, su voz era firme y asombrosamente tranquila.
—¿Habéis
venido a ver nuestros progresos?
—¿Progresos?
¡Ja! ¡Navegamos hacia el infierno! —dijo un hombre. Killeen sacudió la cabeza.
—Nos
mantenemos a distancia de los mecs.
—¡Querrás
decir que nos obligan a correr! —se mofó una mujer.
—Ellos
tratan de alcanzarnos, claro. ¿No ha sido siempre así? —Killeen echó una ojeada
a la creciente multitud, clavando los ojos en cada individuo.
—¡Nos
freirán sin remedio! —se quejó un hombre.
—De
ninguna manera. —Killeen sonrió confiadamente—. Hace unos minutos que hemos
entrado en el chorro galáctico.
Hubo
un murmullo confuso.
—¿No
lo habéis notado? —añadió Killeen—. El casco comenzará a enfriarse dentro de un
rato.
—¿Cómo
es posible? Ese chorro parece bastante caliente.
Killeen
movió una mano.
—No
lo es. Es curioso, pero resulta que el gas es azul porque está frío. En su
intento de ascender desde el pozo de gravedad que produce el agujero negro
pierde temperatura.
La
muchedumbre murmuró con incredulidad.
—¿Cesará
el recalentamiento? —preguntó una mujer.
—Eso
dicen nuestros ordenadores.
—Vale,
está bien —convino un hombre—. Pero aun así...
—Podemos
seguir el chorro hacia fuera —continuó Killeen—. Las nubes azules se condensan
al enfriarse.
—Eso
no justifica la tonta idea de venir aquí en principio —protestó un hombre.
—¡Te
consideramos el responsable! —exclamó una mujer.
—Así
es. ¿Y qué ganamos con todo esto, en cualquier caso?
—¡Más
problemas!
—¡Más
mecs!
Eso
fue demasiado para los Cards. Algunos Ace, Fiver y Jack acallaron a los
escépticos Bishop. Bromas hirientes, comentarios airados. Estallaron peleas a
puñetazos, pero los ofi-ciales las controlaron.
El
caos continuó varios minutos y Killeen aguardó en silencio. Torció la boca una
vez, y Toby pensó: Le extraña ver que su Familia se le opone y los Cards lo
defienden.
Al
fin la multitud se aplacó, entre murmullos de protesta. Killeen extendió las
manos.
—Creo
que deberíais regresar a vuestras tareas y...
Todos
lo notaron al mismo tiempo: una pulsación rodante, como si el Argo se hubiera
convertido en un gran corazón que palpitaba con lenta y solemne gravedad.
Regreso,
dispuesto a impartir instrucciones.
Era
como si Dios hablara en una sala atestada. La muchedumbre se agitó. Los ojos
estudiaron las paredes, buscando el origen de la voz. Parecían ovejas
asustadas.
Pero
Killeen reaccionó con una mueca y un gesto de escepticismo. Se cruzó de brazos,
disponiéndose a escuchar a la Mente Magnética y respondió:
—Bien,
te escuchamos.
Debo
transferir este complejo de extraños significados a ti y a la criatura Toby.
—¡Estoy
aquí! —dijo Toby.
La
gente que estaba cerca lo miró de soslayo y se apartó de prisa, como si no
quisiera tener nada que ver con alguien capaz de comunicarse con aquella
criatura aterradora que sacudía las paredes al hablar.
Obligaciones
heredadas del pasado remoto me imponen este deber. Una vez me beneficié de los
poderes que ahora me convocan; por ello oficio de mensajero ante motas como
vosotros, un cargo que exige una humildad impropia de mí. Así que me daré
prisa.
Un
gemido lacerante inundó la nave, resonando con hiriente armonía. Agudo,
estridente, incesante. Una presión afilada que eliminaba todo pensamiento. Por
un doloroso momento se
mantuvo
y creció, luego cesó súbitamente. En el silencio de aturdimiento que siguió
reinaba el espanto.
Eso
era vuestro curso. Seguidlo bien o seréis reducidos a átomos, y a algo todavía
menor.
—¿Nuestro...
curso? —graznó Killeen.
La
trayectoria que vuestros benefactores os ordenan que sigáis.
Recobrando
la compostura, Killeen preguntó gravemente:
—¿Y
qué camino es ése?
Debéis
seguir las líneas de mi campo magnético. Aferraos a mí, si no queréis haceros
trizas.
—¿Por
qué? ¿Y adonde vas tú? —gritó un hombre corpulento.
Silencio,
mente diminuta.
—No
me callaré. ¿Quién eres tú? ¿Qué eres tú...?
Un
puño de sonido atacó. El colosal golpe reverberó en el suelo, el techo, las
paredes. La gente tembló, calló, gritó.
Sólo
soporto a los mortales por la misión que me han asignado, nada más.
—Ese
sonido que has emitido... —Killeen extendió las manos, las palmas hacia abajo,
para calmar a la muchedumbre—. ¿Dices que era un curso a lo largo de ti?
Sin
mi guía, pronto seréis víctimas de la destrucción y la ruina.
—Mira,
seguiremos a lo largo del chorro galáctico. Yo...
Dicha
trayectoria se cruzará inevitablemente con la de quienes desean vuestro final.
—¿Los
mecs? Ya los hemos evitado antes.
Aquí
hay agentes y leyes físicas que ignoráis por completo.
Killeen
se cruzó de brazos y frunció el ceño. Toby conocía aquella expresión, la había
visto levantarse como una muralla de piedra frente a los oponentes. Pero había
un elemento nuevo en la postura de su padre, una extraña nota de histrionismo.
Ee llamó la atención, intuyó algo, pero entonces el capitán habló.
—Quiero
saber con qué autoridad tú o esos «agentes» nos imparten órdenes.
¡Vaya
arrogancia! He morado aquí por más tiempo del que ha existido tu especie. Sois
efímeros como nubes pasajeras. Pero el orgullo a menudo acompaña esas
duraciones infinitesimales.
—Tal
vez sea tu longevidad lo que te permite perorar de ese modo. —Killeen le guiñó
un ojo a la multitud.
Os
hablo sólo por obligación; no tengo por qué soportar las injurias e insolencias
de las inteligencias diminutas. Muy bien, vuestro benefactor es la criatura
Abraham, de quien hemos hablado.
La
alegría encendió los ojos de Killeen.
—Está
vivo.
Aquí
las distorsiones y deslizamientos del espacio-tiempo no permiten tan burda
simplificación.
—Pero
si envía esto ahora...
El
término «ahora» es tan efímero como tú. Aquí no significa nada.
Toby
notó que la curiosidad superaba la exasperación de su padre. Killeen se mordió
el labio y respondió:
—Ese
curso que ordenaste... Quiero saber adonde nos llevara.
A
donde yo vivo más intensamente. La sede de energías formidables y grandiosos
remordimientos. Allí donde mis pies bailan sobre plasma hirviente. Hacia
dentro, criatura diminuta. Hacia tu terror.
6 -
VIDA RELAMPAGUEANTE
A su
pesar, Toby regresó al Puente en las largas horas del descenso. El Argo usaba
el chorro galáctico como escudo, zambulléndose en él. Espectrales filamentos
azules cuchicheaban y bailaban junto a la nave. Sus ondulaciones creaban la
sensación de que el
vuelo
de la nave era aún más rápido. El motor de plasma rugía haciendo temblar la
cubierta absorbiendo el gas azul y arrojándolo por la popa.
Y
ahora encontraban la respuesta a una desconcertante pregunta que había
suscitado especulaciones durante días: ¿dónde estában los mecs?
El
Comilón de Todas las Cosas era una leyenda para la Familia Bishop y parte de
esa antigua historia sostenía que los mecs acechaban y operaban allí. Nadie
sabía el porqué. Habían expulsado a los humanos del Centro Verdadero mucho
antes de la caída de los Candeleros.
Hasta
el momento sólo habían entrevisto naves mecs. Ahora, a lo largo del chorro, el
Argo detectaba enormes y oscuras construcciones. En su tránsito hacia el
interior habían visto enormes masas de ingenios mecs y los habían sorteado.
Inmensas, misteriosas, envueltas en paneles colectores de energía. Mudos, pues
no hablaban por ningún canal que conocieran los humanos.
Las
estructuras mecs rodeaban el chorro como si extrajeran energía de él. Radiantes
relámpagos azulados revestían las paredes del chorro. La antimateria que se
cocinaba en las inmediaciones del agujero negro chocaba con la materia en una
furiosa batalla de aniquilación. Pero la mayor parte de la energía del chorro
se hallaban en su impulso hacia el exterior. Los mees no parecían reducirla,
sino estudiarla.
¿Por
qué estaban allí los mecs, rodeando el chorro? Toby pensó que tal vez fuera su
manera de escuchar los rumores interiores del agujero negro, pero no se
imaginaba cómo. El chorro era inquietante y sin duda superaba la capacidad de
comprensión humana. Su constante turbulencia servía para ocultar el Argo, según
decía Killeen. Y las construcciones mees parecían ignorar objetos tan diminutos
como una nave. El Argo correteaba como una rata en un palacio.
Curiosamente,
el centro del chorro estaba casi vacío, lo cual les facilitaba el vuelo. El
esfuerzo de trepar desde el pozo gravitatorio del invisible agujero negro había
enfriado el gas. La densa columna de gas frío los protegía del feroz calor del
disco. Era como si alguien hubiera planeado la existencia de aquel túnel que
llegaba al reino interior. Para el Aspecto Isaac, naturalmente, sólo era un
interesante problema de física.
La
rotación del agujero negro expulsa el gas, sale hacia arriba. Este chorro es
como el algodón de azúcar que me daban en las ferias cuando era niño, una nube
de dulce deleite que se forma dando vueltas.
—¿Qué
es el algodón de azúcar?
Siempre
olvido cuánto ha perdido tu gente. ¿Nunca has estado en una feria?
—¿Una
feria?
Una
reunión donde... olvídalo. Al menos esta hermosa llamarada azul que nos rodea
me recuerda tiempos mejores, cuando una cultura superior reinaba en el
Candelero Queens, y yo patinaba por el techo con mi padre.
—¿Estuviste
en los Candeleros?
¿Creías
que yo descendía de granjeros como tú? Entonces teníamos un poder inmenso, y
nos defendíamos de los mismos mecs que ahora os arrean como ganado. Nos
aventurábamos regularmente en esta región, espiando a los mecs que realizaban
aquí sus extrañas operaciones. Nosotros...
—¡Pero
si tú eres de la Era de las Arcologías!
El
aura del Aspecto Isaac se puso de mal humor.
Bien,
es verdad..., pero uno de mis Rostros creció en el Candelero Wesouqk, uno de
los últimos grandes, y una vez vi un Candelero por un telescopio, cuando
todavía estaba habitado, según decían. Lamentablemente me pasé la vida en un
refugio planetario, pero...
—Durante
lo que llamabais el Alojamiento, ¿verdad?
Sí...
una estrategia desafortunada. Aun así, mis raíces culturales...
Del
interior de Toby afloró Joe, un Rostro que rara vez usaba. Joe poseía amplios
tecnoconocimientos, pero era lento y torpe, sólo una parte de un Aspecto.
Aun
así, al hablar escupió amargamente.
1. Malditos traidores, nos entregasteis.
2. Tratar con los mecs... menuda agudeza.
3. Aplastaron vuestros preciosos Candeleros
en cuanto lograron con engaños que os refugiarais.
4. Os trataron como a zoquetes.
—Eso
es más o menos lo que dice la historia —intervino Toby—. Ahora, si quieres un
auténtico
protagonista de los Candeleros....
Entreabrió
la tapa digital de Zeno, un Aspecto que rara vez usaba. Su trémula y antigua
voz estaba tan cascada y distorsionada que escucharla resultaba doloroso y la
comprensión casi imposible.
Deploro...
que vuestra generación... haya entregado sin regatear nuestro patrimonio de los
Candeleros. Nosotros no buscábamos «alojamiento»... ni la justicia de los
mecs... teníamos la clave para... subvertirlos... para destripar sus programas
de lógica profunda... Ellos dispersaron... nuestro saber... ni siquiera
entonces... podíamos descifrar las Criptografías... la Magia Dolorosa,...
legada por los primeros humanos... que una vez se aventuraron aquí... en el
Centro Verdadero... y cogieron la Magia Dolorosa en sus manos...
La
voz cargada de estática se apagó, dejando un curioso silencio en la mente de
Toby. Las quebradas frases de Zeno pesaban: tristes, desesperanzadas,
elucubraciones sobre ajadas glorias que ya no significaban nada. Al cabo de un
buen rato Joe dijo:
1. ¿Ves lo que perdiste, Isaac?
2. ¿«Alojamiento»? «Traición», querrás
decir.
Para
Toby la idea de un arreglo con los mecs era absurda, y la generación de Isaac
había escapado de las consecuencias por pura suerte. En cuanto concibió este
pensamiento, Isaac estalló.
¡No
fue suerte! Contribuimos a la Agachada. Esa estrategia era absolutamente
racional: situar colonias humanas en los muchos mundos de las cercanías del
Centro Verdadero. Formar Familias que desarrollaran el vigor híbrido de ideas,
normas sociales y armamento. ¡Eran nuestra fuerza como especie!
Toby
notaba que los Rook, por ejemplo, eran diferentes de los Knight, y no sólo por
su modales en la mesa. Pero no entendía qué quería decir Isaac con aquello del
«vigor híbrido», otra antigua y marchita idea desechada como equipaje sobrante
por la Familia Bishop, mucho antes que él naciera.
1. Mira en qué terminó.
2. Los mecs os pillaron de todos modos.
Issac
replicó:
¡Los
Candeleros eran insostenibles! ¡Enormes blancos flotando en los espacios de
partículas de alta energía y vacío, el habitat natural de los mecs!
Zeno
habló en medio de un siseo de estática.
Nosotros
nos defendimos... mientras pudimos... burlar los Mandatos mecs... desmantelar
sus entrelazamientos... Pero vosotros perdisteis todo eso...
De
nuevo la voz melancólica dejó en silencio la mente de Toby. Isaac dijo al fin,
compungido:
Probamos
el experimento, de acuerdo, y al final falló. El Candelero Wesouqk... lo vi
arder como un nido de avispas en el cielo. Imaginad mi tristeza. Al menos
habíamos refugiado a nuestra especie bajo el cómodo manto del aire y la
gravedad.
La
respuesta de Zeno llegó lentamente.
Una
apuesta digna... pero se perdió... tanto.
Ahora
Isaac parecía más seguro, aunque en el oído interno de Toby sonaba a hueco.
Al
menos conocí nuestra cima. La gloria...
Zeno
le interrumpió con menguada energía.
Farsante...
tú no conociste la cima... eso fue mucho antes... las grandes obras...
aptitudes que jamás comprenderías... farsante...
Escarmentado,
Isaac respondió:
Lamento
que luego los mecs desbarataran nuestra noble Agachada. Incluso tú, pobre Joe,
debes comprender que teníamos que eliminar mucha memoria cultural de los mundos
de la Agachada para que el experimento funcionara. Y vosotros fructificasteis
dando con nuevos modos de conquistar mundos y detener a los mecs. Al menos por
un tiempo.
Joe
se revolvió airadamente, pero se limitó a responder:
1. Fue bastante duro.
2. Preferiría haber vivido en una gran
ciudad del cielo.
Isaac
replicó:
No
tengo por qué responder a tales divagaciones.
La
altanería de Isaac irritó a Toby. Aquel chip insignificante...
—Si
eras tan grande, ¿por qué ahora eres un Aspecto?
Poseía
un talento mental tan grande para compilar e integrar conocimientos que me
conservaron. ¿Cuál crees que será tu destino, muchacho?
Había
verdadera rabia en aquella réplica. Toby tuvo que recordarse que Isaac y los
demás Aspectos eran miniaturas de personas, no sólo libros que él podía abrir,
leer y dejar. Para mantener la mente en funcionamiento necesitaban las
características de un intelecto equilibrado, pues de lo contrario
enloquecerían. Así que no eran muy tolerantes con los insultos.
Toby
susurró que lo lamentaba, y para su sorpresa notó cómo otra presencia nacía y
desplazaba al Aspecto. Una sensación de hinchazón barrió a Toby, causándole un
hormigueo en la piel, un endurecimiento del cuero cabelludo. El Aspecto Isaac
chilló pero quedó reducido, relegado a su celda mental. Era la primera vez que
Toby experimentaba plenamente la Personalidad Shibo, y su esencia, insistente y
poderosa, le inundó la mente.
No
era una voz, sino un recuerdo.
El
pasado de Shibo acudió como una evocación de interminables horas polvorientas,
de calles negras y humeantes. Los refugiados buscaban la protección de las
murallas, de callejones sórdidos y ruinas desiertas. En esos lúgubres parajes,
sombras esqueléticas caminaban con los hombros erguidos, armas en mano, rostros
barbudos, ojos hundidos, siempre alerta. Las viejas paredes de piedra de la
Ciudadela de su Familia, azotadas por el viento, iban y venían de su memoria.
Obeliscos y cruces de mármol marcaban la pequeña necrópolis, hasta que la
urgencia los privó aun del refinamiento de sepultar ropas harapientas y huesos
rotos en un suelo cada vez más árido. En su infancia, bajo lámparas azules,
ella había seguido una procesión fúnebre, celebrada al alba siguiendo una vieja
tradición. Las piedras le acariciaban los pies descalzos con el frío que habían
acumulado por la noche, delicioso cuando el tórrido sol del amanecer le quemó
el rostro y los brazos. Una marcha lenta y solemne por delante de almacenes
ondulados, por plazas arenosas, a través de jardines cuidadosamente
regados.
Máquinas trabajando sin cesar, fabricando armas, carraspeando como animales
distantes y enormes. Chimeneas humeantes, enredaderas sinuosas, macizos de
esperanzadas flores amarillas. Edificios derruidos, ventanas como cuencas
vacías. La Ciudadela sufría el deterioro, la lenta erosión del descuido. Los
fugitivos de las planicies guardaban silencio, sus flacos perfiles recortados
contra el deshilacliado cielo del alba, viejos propósitos perdidos en ojos
huidizos. Padecían la locura de la derrota, pero sonreían al ver pasar a la
chiquilla. Habían dormido con la botas puestas junto a fogatas furtivas y
habían vivido días de saqueo, persecución, rapacidad...
Toby
se tambaleó con la intensidad y el conmovedor afecto por lugares y personas que
él nunca había visto. Entonces la serena voz de Shibo cobró solidez.
Últimamente
no me has llamado.
—Tú
misma ves lo que sucede. Estoy ocupado.
Dudo
que ésa sea la verdadera razón.
Ella
estaba en lo cierto. Toby era nuevo en esto y no podía ocultar demasiadas cosas
a una presencia fuerte. Era como si ella hubiera revivido y él mirase por sus
escépticos ojos negros, unos ojos que nunca vacilaban, y esos ojos también lo
veían por completo a él, por dentro.
Bajo
esa mirada los sentimientos de Toby se filtraban por las particiones
artificiales de su mente.
—Últimamente
hemos tenido dificultades.
Con
tu padre.
No
era una pregunta.
—Bien...
supongo que él hace lo que es mejor para la nave...
¿Estás
seguro?
—Bueno,
está sometido a una gran presión, y no se caracteriza por su humildad, pero...
Dejó
morir sus palabras en cuanto comprendió que no podía engañar a un Aspecto, y
menos a una Personalidad. No en lo concerniente a las emociones.
¿No
se te ocurrió que él sabía que tú y los demás, el grupo de la fogata, iríais a
verlo? ¿Que alguien protestaría? Hay cámaras de seguimiento por toda la nave.
—Sí,
supongo que sí.
El
metió el Argo en el chorro galáctico en ese preciso instante, sabiendo que la
Mente Magnética regresaría entonces con un nuevo mensaje.
—¿Estás
segura de que lo planeó con tanto cuidado?
Aún
amo a tu padre. Pero ha cambiado. Ha adoptado las maneras a veces cínicas de su
cargo de capitán.
Toby
aún no había aprendido a anticiparse a los hechos. Los acontecimientos lo
sorprendían, caían sobre él rápida y ferozmente, así que un grado tal de
planificación le parecía improbable. Por otra parte, los adultos eran bastante
estrafalarios.
—¿Entonces
sabía qué nos diría la Mente Magnética? Lo dudo. Se quedó tan pasmado como los
demás. —Bien, pero ahora está contento.
Toby
estaba en el Puente, hablando con ese susurro casi inaudible que bastaba para
comunicarse con un Aspecto sin que lo oyeran los demás.
Estudió
a Killeen, que se movía con aplomo entre los oficiales. Desde que habían
iniciado el descenso por el chorro, ya no arrugaba el entrecejo ni tenía ese
aire de incertidumbre en los ojos.
No
todos se sentían así. Eos tenientes estaban nerviosos, preocupados, sudorosos,
y no sólo por el incremento de la temperatura del casco. Ni siquiera el gas
frío y azul podía bloquear toda la radiación del disco. Eos ventiladores
soplaban aire tibio; una crispada tensión teñía el habitual silencio del Puente
mientras los chasquidos y campanilleos de los ordenadores recordaban a los
oficiales las tareas que requerían supervisión.
—Conque
estaba preparado para nuestra pequeña turba, ¿eh? —Miró a su padre con
involuntario respeto.
Ser
capitán consiste en algo más que en dar órdenes.
—En
efecto, pero más vale que el capitán tenga razón.
Ahora
posee la autoridad que deseaba.
—Gracias
a Abraham. —Toby recordaba a su abuelo como un hombre imponente de rostro gris
y aspecto permanente de intensa concentración, aun cuando dormitaba frente al
fuego. Esa intensidad sólo cesaba para estallar en enérgica acción. Pero el
ceñudo Abraham sonreía abiertamente cuando veía a Toby, y lo alzaba hacia un
cielo que daba vueltas donde parecía volar en brazos de aquel hombre
corpulento, por encima de los muebles y por los pasillos, a veces hasta una
terraza donde Abraham lo mecía sobre la baranda, mientras Toby gritaba y reía,
libre del peso y las preocupaciones. Hacía mucho tiempo. Toby se mordió el
labio ante el recuerdo que ya se desvanecía—. A Abraham. O eso dice esa cosa
magnética.
Tú
no lo crees.
—¿Por
qué iba a creerlo? ¿Quién lo creería?
Pero
aquí operan vectores extraños.
—Mira,
perdimos a Abraham en la Calamidad, la caída de la Ciudadela Bishop. Eso
sucedió hace muchos años y a gran distancia de aquí.
Exacto.
—¿A
qué te refieres?
¿Cómo
es posible que una criatura que ni siquiera está hecha de materia, y tan
lejana, conozca su nombre?
Toby
vaciló un instante.
—Pues
no lo sé. Pero los mecs lo registran todo. Tal vez la Mente Magnética lo haya
sabido por ellos.
Pero
la Mente no parece ser amiga de los mecs.
—Quién
sabe, en medio de esta locura.
A
veces me preguntó cuál es la relación entre estas entidades. ¿Recuerdas al
Mantis? —Claro.
Se
estremeció de sólo pensarlo. El Mantis había perseguido a la Familia Bishop,
«cosechando» a sus miembros, matando los cuerpos y absorbiendo las mentes para
que la Familia no pudiera guardar su memoria en chips. Con aquellos muertos
definitivos el Mantis creaba grotescas deformidades que denominaba «arte»; las
había exhibido ante Killeen y Toby con algo similar al orgullo.
El
Mantis sentía reverencia por la Mente Magnética. Tal vez le haya ofrecido sus
conocimientos acerca de nosotros, de nuestras costumbres y nuestra gente.
Sentía
como si Shibo estuviera sentada ante él, distendida pero siempre atenta.
—Yo...
preferiría no pensar con ello ahora.
Esos
recuerdos pueden perturbarnos, Toby, pero es preciso afrontarlos.
—En
otro momento, ¿de acuerdo?
Notó
que ella se desplazaba, disminuyendo la presión. Suspiró aliviado y se sintió
mejor.
Es
interesante que tu padre cuente ahora con el apoyo de los tripulantes. Aceptan
lo que él quería... volar hacia el Centro Verdadero, y encontrar allí lo que
según los textos antiguos es un lugar milagroso.
Toby
se encogió de hombros.
—Tal
vez en eso consista el talento de ser capitán. Manipular las cosas hasta
convertirlas en atractivas.
Miró
en torno y vio que su padre se acercaba.
—¿Qué
dices? —le preguntó bruscamente Killeen.
Interrumpir
una conversación con un Aspecto era el colmo de la descortesía, y aún más si el
interlocutor era una Personalidad, que podía absorber toda la atención de uno.
Toby tragó sa-liva.
—Yo
sólo...
—He
leído en tus labios que decías «capitán». ¿Qué es lo que no puedes decirme a la
cara? —Hablaba por hablar, nada más.
Killeen
se lamió los labios, titubeó, continuó.
—Es
Shibo, ¿verdad?
—Pues
sí, pero...
—Sólo
quiero decir esto. Para que ella lo oiga de mis labios.
Killeen
escrutó los ojos de su hijo, como si pudiera ver la sólida inteligencia que
Toby sentía como un muro creciente.
—Papá,
no creo...
—Shibo,
necesitaremos tu juicio con antelación. Me estoy moviendo por instinto, y algo
grande sucederá.
—Papá,
vamos, yo...
—¿Recuerdas
cómo discutíamos nuestros planes? Echo de menos eso. Echo de menos muchas
cosas. Sé que no las recobraré, pero si tienes alguna idea de lo que debo
hacer, dímelo, ¿de acuerdo? —Killeen suplicaba con los ojos. Parpadeó
furiosamente, conteniendo las lágrimas—. Dímelo a través de Toby. Lo entenderé,
te lo prometo.
—Papá,
sabes...
Las
sensaciones se apoderaron de Toby: extrañas y conflictivas corrientes de
turbación y
deseo,
murmullos roncos, olores en el aire, susurros urgentes, el recuerdo de pieles
en
contacto,
una pátina de sudor...
Se
tambaleó. Una mano le palmeó el hombro. Killeen aspiró.
—Gracias,
hijo. Lo necesitaba. Sólo un momento con ella, eso es todo.
Antes
de que Toby pudiera replicarle, Killeen retrocedió, se cuadró y se alejó, de
nuevo en su papel de duro capitán. Toby se sintió irritado, utilizado. Una
bilis picante y amarga le quemó la boca. ¡Al cuerno con él! Pero al mismo
tiempo veía la angustia de su padre, el torbellino que el hombre no podía dejar
aflorar.
Es
prudente olvidar esto.
—En
efecto, pero la prudencia no es mi fuerte.
Te
pareces mucho a tu padre.
Una
risa tenue sonó en su mente. Una Personalidad podía abstraerse de aquel
complicado mundo, según comprendió Toby, y encontrarle la gracia. Una gracia
que él no solía verle.
En
la Familia Knight tenemos un viejo refrán. Algunos creen que procede de la
Vieja Tierra. Decimos que la vida es una tragedia para quienes sienten, y una
comedia para quienes piensan.
—Tiene
sentido. Tal vez eso significa que no deberíamos mirar tanto por encima del
hombro lo que nos persigue.
También
es buen consejo.
Toby
se apoyó en la pared de acero y suspiró. Shibo dominaba su mente, y su serena
inteligencia cribaba con mano delicada y paciente lo que él veía.
Me
preguntó quién más —o qué más— desea que vengamos aquí.
—Me
preguntó por qué alguien piensa que la gente puede vivir en este lugar. Quath
tal vez, pero no los humanos. ¿Qué decían esas viejas inscripciones? Milagroso,
claro que sí. —Movió la mano hacia las pantallas—. Pero muerto.
Las
pantallas titilaban con resplandor cegador. El disco de materia que se
aproximaba revelaba remolinos de color y una violencia fulgurante.
Ea
estrella moribunda que habían visto días antes ya no era un huevo deforme en
llamas. Había estallado en una tempestad de fuego que el borde externo del
disco succionaba vorazmente. Parecía un sol retorcido y torturado poniéndose en
el horizonte sobre un paisaje encendido.
—Para
mí es como un abismo hirviente.
Toby
tenía la íntima sensación de que aquél no era lugar para ellos. Las Familias
eran nómadas, siempre en movimiento. Sólo las máquinas podían vivir en aquel
enorme y llameante horno.
Las
Familias estaban allí sólo por el Argo, otro mecanismo construido en los
gloriosos días de la antigüedad humana. Las máquinas como el Argo eran una
extensión natural de la mano humana, pero los mees constituían un cáncer. Los
planetas no eran su hogar. El frío espacio y la materia ardiente eran su reino.
¿Qué ser humano podía residir allí?
Quizá
nuestra visión sea estrecha.
—¿Qué
quieres decir?
Mira
allí. Esas hebras verdes.
El
Argo se aproximaba al disco, y ya veían el otro borde de perfil. Borbotones
rojos hervían con furia sobre el agitado plano donde la estrella recién
devorada se hundía. Los terrones eran masticados a medida que se precipitaban
en las corrientes.
—¿Y?
Parece una rata digerida por una serpiente.
Es
verdad. No es agradable, incluso ni siquiera para una serpiente.
—Ah,
ya veo. ¿Esas hebras verdes que están sobre el plano?
Ahora
Toby distinguía filamentos de jade que se levantaban sobre el lugar donde la
estrella era deglutida. Eran como juncos sobre las aguas de un pantano,
meciéndose en la brisa.
—Relampaguea,
¿ves? —Fibras verdosas mechadas de amarillo—. Como si fueran relámpagos
congelados.
Puede
que nos equivoquemos, que nada más viva aquí.
—Humm.
¿Relámpagos vivientes?
Los
oficiales del Puente también habían visto las hebras. Algunos movían los
instrumentos de la nave, apuntando los sensores hacia allí. Nudos y ondas
furiosas trepaban por las relucientes líneas verdes.
—La
materia arrancada a la estrella... parece enredarse en esas hebras —dijo Toby.
Jocelyn había logrado enfocar las antenas del Argo en las hebras, a pesar del
plasma
turbulento
que abofeteaba la nave. Los altavoces del Puente crepitaban con las hirvientes
emisiones del disco cuando unos gemidos horripilantes atravesaron aquel muro
sonoro.
—¿Qué
es eso? —preguntó Jocelyn—. Es terrible.
Killeen
hizo una mueca ante ese coro estridente. Cada voz se imponía momentáneamente
sobre las demás, emitía una nota plañidera y se sumaba el lamento colectivo.
—Tal
vez la Mente Magnética no sea la única criatura que sabe vivir de la
electricidad. —Pero no todos los filamentos emiten esos sonidos, ¿ves? Jocelyn
cabeceó, asintiendo.
—Son
los que están unidos a esos grumos brillantes.
El
Aspecto Isaac reclamó su atención, y Toby le dejó salir.
Son
antiquísimos. Oí hablar de ellos cuando era niño. Conferenciando con Zeno, creo
que puedo percibir la esencia. Constituyen una forma de vida primigenia
compuesta por vórtices magnéticos, con orlas de materia caliente. Una modalidad
primitiva. Se alimentan de las llamaradas y penachos que sobresalen del disco,
como sabrosas flores primaverales en un campo muy exuberante.
—Pues
no parecen disfrutar mucho de la cena —dijo Toby con sorna.
La
repentina entrada de la masa de la estrella los ha inundado, arrastrando a
algunos al feroz disco, donde perecen.
—¿Y
por qué la Mente Magnética no perece?
Es
mucho más grande y refinada que esas primitivas fibras, o eso dice la historia.
Sé poco sobre ello. La Mente es antiquísima, y no revela secretos salvo por
necesidad. Los humanos previos a la Era de los Candeleros trataron de descubrir
algunas de sus facetas, y fueron inci-nerados.
Toby
hizo una mueca. Los gritos y gemidos ejercían una extraña fascinación, pues
cada voz tenía su momento, cantaba un lamento incomprensible, y luego se
disipaba en la crepitante es-
tática
mientras el plasma del disco se elevaba, hinchado de masa estelar, y arrastraba
las delicadas ondas de jade, hundiéndolas en el fuego. Habían vivido demasiado
cerca del feroz borde, y pagaban un precio por ello. Luchaban frenéticamente
contra las calcinantes salpicaduras, obteniendo pequeñas y fugaces victorias,
pero al final caían en la ardiente turbulencia. La masa fragmentada de la
estrella se precipitaba en el disco, causando estragos entre aquellos delicados
seres.
Toby
presenciaba sus muertes distantes, y a pesar del abismo que lo separaba de esos
gritos vegetales, se sintió curiosamente próximo a ellos. Algunas formas
verdaderamente extrañas nunca podían hermanarse. Constituían naciones distintas
unidas sin embargo a los humanos en la red de la vida y el tiempo, prisioneras
de su esplendor y sus afanes.
Más
allá de la materia misma, aquellos seres dotados con extensiones de los
sentidos que ningún humano podía comprender, compartían la oculta dignidad de
ser siempre incompletos, de estar siempre emergiendo, un patrimonio común de
todo ser finito y errabundo. Pero el resto del Puente miraba más allá de las
salpicaduras de color del disco.
El
hexágono de las naves de las miriapodia se aproximaba. Una vez más llevaban el
titilante aro perlado, un arma mayor que varios mundos.
—¿Qué
sucede? —preguntó Killeen—. ¿Dónde está Quath? —Aun ese aro cósmico parece
pequeño aquí —añadió Jocelyn.
Las
naves de las miriapodia se aproximaban al Argo. Habían acelerado a lo largo de
las líneas de los campos magnéticos, cuestas invisibles cada vez más empinadas,
en su camino hacia el borde interior del llameante disco de acreción.
Hacia
el pozo del infierno. Un calor seco encendía el aire. Toby tragó saliva
dolorosamente y se preguntó si estaría vivo al día siguiente.
7 -
EL SABOR DEL VACÍO
Según
le contaron después, las siguientes horas en el Puente fueron electrizantes.
Pero Toby no estuvo allí para verlo. En una nave, las tareas deben realizarse a
tiempo, y sin excusas. Ni siquiera la batalla permite a toda una tripulación
quedarse boquiabierta o cautivada por algo.
Su
misión era sembrar una de las maltrechas agrocúpulas. Un equipo de cinco
personas sudaba bajo la violencia azulada del fulgurante cielo de las
inmediaciones del Comilón. Tenían que mantener la biodiversidad, reemplazar las
plantas que habían perecido a causa de la radiación, y regar, sustentar y
proteger las demás. Un trabajo duro y sucio.
Y un
alivio, en cierto modo, después de la tensión vivida en el Puente. Usar los
músculos era a veces más fácil que servirse de una mente crispada. Toby notaba
el movimiento de la nave mientras acarreaba, cavaba y trajinaba; sabía que algo
estaba sucediendo.
Más
mecs, como supo después. En las pantallas del Puente eran imágenes fluctuantes
que los sistemas del Argo apenas lograban detectar. Las naves mecs anteriores
eran más simples que éstas. Era de esperar. Ea superioridad de la tecnología
mec había expulsado a la humanidad del espacio. Quizá con naves como éstas:
pequeñas, rápidas, escurridizas. Se zambulleron en el chorro, detrás del Argo,
y se dispersaron. Los detectores del Argo no pudieron seguirlas.
Atacaron
desde varios ángulos, usando estrategias que Killeen y los demás ni siquiera
entendían. Toby sólo oyó un breve quejido de estática en su receptor y un
bufido cuando la cúpula desapareció.
El
impacto sorbió el aire de la cúpula en un torrente hueco y aullante. Toby jadeó
buscando aire y no aspiró nada. Dio vueltas alejándose del suelo, que se elevó
detrás de él en una tormenta de tierra.
La
ráfaga gemebunda disminuyó mientras él movía los brazos, rotando para mirar
hacia arriba. Un enorme agujero crecía en la cúpula. Cogió una viga rota, se
aferró a ella.
Estoy
muerto, pensó. Sus pulmones palpitaban, ansiando respirar.
Un
pinchazo doloroso en la pierna. Una astilla, arrojada por el aire sibilante.
Colgaba de la viga por un brazo, chocó contra otra.
Gritos
furiosos en sus oídos, en la línea de comunicaciones, pero no tenía tiempo para
escuchar.
Los
oídos le palpitaban de dolor. Luego no hubo más sonidos. El aire se había ido.
Se
lanzó hacia abajo. Allí había una compuerta automática, y ya se había cerrado.
Así se evitaba que una brecha dejara sin aire el resto de la nave.
Pero
era un largo trecho hasta abajo y en las comisuras de los ojos le bailaban
motas rojas. Formaban dibujos descabellados e hipnóticos y pasó un rato
tratando de interpretar qué representaban. El suelo no se acercaba y él agitaba
los brazos con desesperación.
En
la boca un amargo regusto metálico. El sabor del vacío.
Moscas
rojas llenaron su visión. Luego un chisporroteo amarillo.
Relámpagos.
Jugando en la cúpula. Lamiendo los cuerpos como si los saboreasen.
Esquivó
aquella aguja de fuego, que fue a chamuscar una pared.
Palpitaciones
en los oídos, el esfuerzo de mantener la garganta cerrada, quemazón en el
pecho. El suelo estaba más cerca, y de pronto le dio en la cara. Los pulmones
le palpitaban, pero se negó a abrir la boca, a perder su última bocanada de
aire.
A
trompicones, continuó la marcha. Tierra polvorienta. Chorros de vapor brotando
del suelo, niebla gris.
Martillazos
en los oídos, martillazos en la cabeza. Pinchazos de dolor en la nariz.
La
cámara, temblando. Le costaba enfocarla, mantenerla en posición vertical
ladeando la cabeza. Movía las piernas con esfuerzo, avanzando.
Extendió
las manos. Tocó la puerta y apretó una lámina roja. La entrada de emergencia se
dilató. Se zambulló en ella.
El
primer sonido que oyó fue un susurro, luego un rugido de alta presión. Un
reventón en los oídos. Sólo entonces se preguntó qué había sido de los otros
que estaban en la cúpula.
Cuando
logró recobrarse, era demasiado tarde. Los otros cuatro no habían alcanzado la
cámara de presión.
Dos
salieron por el gran agujero de la cúpula y se perdieron. El relámpago había
frito a los otros dos.
Nadie
supo si el relámpago era un arma mec o algo natural. A pesar de los daños que
sufrió el electroacoplamiento interno de las víctimas, la tecno del Argo
registró las dos personalidades con detalle suficiente para convertirlas en
futuros Aspectos.
Magro
consuelo, pensó Toby. Se sentía culpable por no haber pensado en los otros
cuatro, por no haberlos ayudado.
No
sobraba tiempo para los remordimientos. Cermo lo incluyó en una cuadrilla para
reparar la cúpula pegándole parches de presión que protegerían la atmósfera de
la nave durante el próximo ataque.
Pero
no hubo otro ataque. Las defensas automáticas del Argo habían infligido graves
pérdidas a los mecs. Era una nave vieja, pero bastante ágil.
La
gente lo celebró como si fuera una victoria. Toby se preguntó si los mecs no
habrían dejado que el Argo siguiera, internándose en un territorio más
peligroso. Que el Comilón se en-cargara de eliminarlos.
Aquel
pensamiento lo deprimió, como si hubiera caído en un abismo de sabor metálico.
En el vacío.
8 -
EL MOMENTO DE LA APERTURA
—¿Cuál
es tu plato favorito? —preguntó Besen.
—¿Qué?
Oh, el que tenga más cerca.
Toby
se dio cuenta de que estaba comiendo coliflor gratinada con queso. No era su
plato favorito, pero de todos modos ni había notado su sabor.
—Vaya
gourmet estás hecho. —Ella lo miró arrugando la nariz.
—Mira,
no quiero tener buen gusto. Quiero cosas que sepan bien.
Terminó
la coliflor y buscó sobras. Lo mejor de la comida comunal era que al final
todos se pasaban las sobras. El que comía rápido recibía más, y Toby siempre
tenía hambre. Aunque estaban descendiendo deprisa hacia un enorme disco de
fuego ardiente; respondía a las necesidades de su estómago.
—No
pareces preocupado —dijo Besen.
Toby
le estudió el rostro. Las muertes ocurridas horas antes se habían honrado en
una ceremonia celebrada en toda la nave. Ahora, por necesidad, volvían a sus
actividades, y los equipos reparaban los daños con gran revuelo. Besen no era
muy expresiva, pero Toby notó la tensión en las comisuras de su boca, la
crispación de su rostro.
—No
tiene sentido preocuparse. —Le cogió la mano y la estrujó—. Hay cerebros más
eficientes que los nuestros trabajando en esto.
Besen
se mordió nerviosamente el labio. Él se inclinó sobre la mesa y le besó la
frente.
—Humm
—dijo ella, pero no dejó de masticar.
—Lo
lograremos. Lo presiento. —No era cierto, pero tenía que animarla.
—¿De
veras lo crees?
—Claro.
Oye, ¿puedes alcanzarme esas patatas?
—¡Qué
animal eres! Nos enfrentamos a la muerte, y él quiere comer.
—Creo
que es lo más inteligente que se puede hacer.
—Tengo
el estómago cerrado. No puedo tragar nada. —Besen alzó una judía con los
palillos, la mordió, la dejó en el plato.
—Bien,
tal vez otro tipo de diversión te ayude a distraerte.
—Otro
tipo de... oh, ¡qué bestia eres!
—He
oído que es bueno para la circulación.
—Primero
comida, luego... no, no saltaré a un catre contigo mientras volamos hacia las
fauces
de... de...
—No
te lo tomes así.
—Pero
es totalmente inapropiado.
Toby
fingió que estudiaba la cuestión profundamente, frunciendo el ceño.
—Humm.
¿Qué mejor modo de votar a favor del futuro? De eso se trata, a fin de cuentas.
Ella
resopló.
—Creí
que se trataba de amor.
—Eso
también. Pero cuando todos somos candidatos para el cementerio (aunque no sé
quién nos enterrará, pues no hay tierra para un cementerio) el rito humano más
antiguo es un gesto de fe. Fe en el futuro.
—¿Conque
ahora el sexo es fe? —Besen empezaba a sonreír, y eso era lo que buscaba Toby—.
Tienes una religión extraña.
—Adoro
en el altar de mi elección —sentenció él teatralmente.
—¿Y
a qué viene eso del más antiguo ritual? Se me ocurren otros más edificantes.
Toby
consultó con Isaac, que era una mina en cuestión de vocabulario antiguo, en el
espacio de una palpitación.
—Lo
llamaban la bestia de dos espaldas... así que quizá tengas algo de razón.
Besen
esbozó una sonrisa que se borró en un simulacro de timidez.
—Sólo
pretendías animarme, ¿verdad?
—Aja.
—No
te gusta admitirlo, pero eres muy atento a tu manera, a pesar de esa pretendida
dureza.
—Me
habéis desenmascarado, señora.
Ella
lo miró especulativamente.
—¿Cuánto
tiempo falta para que nos acerquemos al disco?
—No
lo sé. El Puente está demasiado ocupado para dar detalles, y estamos bajando en
una espiral complicada, así que... ¿por qué quieres saberlo?
—Bien,
si hay tiempo suficiente...
—¡Pícara!
Yo sólo trataba de animarte...
—Oh,
olvídalo. No sabes captar una broma. —Le clavó el dedo en el pecho—. Ven,
Romeo, vamos a ver qué nos dicen las pantallas. Creo que ya has agotado tu
cuota de romanticismo de esta semana.
—Entonces
tendré que detenerme para recoger mi próxima provisión. ¿Adonde voy? —No creas
que no puedo decirte adonde ir... En marcha.
Había
logrado arrancarla de su abatimiento, pero el furibundo caldero que se veía por
la pantalla de la Sala de Asambleas volvió a desanimarla. La rodeó con el brazo
mientras se unían a una gran muchedumbre, observando el crudo resplandor de
aquel disco que parecía crecer convulsivamente mientras se acercaban.
—¿A
qué parte vamos? —preguntó Besen, entre maravillada y atemorizada.
—No
sé. No tengo ni idea.
—Ese
disco es como un mundo enorme.
—En
comparación un mundo no es nada, apenas una mota.
—Pero
veo nubes allá abajo. Y esa cosa serpenteante... casi parece un río.
—Casi,
pero no lo es. Esas nubes son plasma que te achicharraría la mano en un
santiamén. Ese río, según me informa mi fiel Aspecto, es una especie de nudo
magnético que quedó atrapado en el disco alrededor del cual gira.
—Pero
parece tan familiar.
Toby
torció la boca, mirando a lo lejos.
—Necesitamos
ver cosas familiares aquí. De lo contrario no podríamos afrontar tanta
extrañeza.
Besen
cabeceó.
—Mi
Aspecto pedagógico acaba de decirme que el «río» es mayor que un planeta
entero.
Mucho
mejor. Y que ese disco tiene el tamaño de un sistema solar.
—A
veces preferiría que nuestros Aspectos no nos contaran tantas cosas.
Ella
asintió con la cabeza, agitando el cabello en la baja gravedad.
—Me
sentía mejor cuando creía que esa línea oscilante era un río. Sin embargo,
gracias a los Aspectos podemos consultar todas las ramas del conocimiento.
Toby
rió secamente.
—Las
ramas, en efecto, pero no las raíces.
—¿A
qué te refieres?
—No
pueden explicarnos qué significa todo esto.
—Pero
conocen muchos datos y números.
—Tal
vez es todo lo que podemos confiarles. De cualquier manera, este lugar es muy
importante. —Procuró mantener una expresión tranquila, pero el disco que se
aproximaba, palpitando de luz hirviente, comenzaba a inspirarle más miedo que
reverencia.
—Y
come estrellas. Esto no es para nosotros.
—Estoy
de acuerdo. Pero alguien cree lo contrario.
—Y
tu padre también lo cree. Y él decide.
Había
una nota de amargura en la voz de Besen. Alrededor de ellos, todos apretaban
las mandíbulas. Los ojos se desorbitaron cuando un gigantesco relámpago blanco
atravesó el disco, provocando un murmullo general. Toby comprendió que era un
murmullo de insatisfacción, espanto y angustia. Las muertes los habían abatido,
disminuyendo el ascendiente de Killeen. Todos respiraban amargura.
Un
grupo de hombres y mujeres se puso a gritar el otro lado de la sala. Antes de
que Toby comprendiera qué sucedía, la muchedumbre comenzó a moverse. Tumbó
mesas y cruzó puertas avanzando con creciente ímpetu, como una marea absorbida
por una luna irresistible.
Volaban
palabras hirientes, las botas golpeaban la cubierta, el aire vibraba con duras
acusaciones.
Toby
se levantó y la siguió ignorando el tirón que sentía en la pierna izquierda,
allí donde una astilla de metal lo había herido en la agrocúpula. Algo que
parecía haber sucedido haría un siglo. No cojeaba. Su cuerpo ya había reparado
la herida.
Él y
Besen estaban detrás cuando la inquieta multitud llegó al Puente. El rápido
giro de los acontecimientos tenía un aire irreal para Toby. De nuevo los
oficiales los detuvieron. De nuevo Killeen apareció en el balcón. De nuevo los
contuvo con un severo discurso.
El
miedo embargaba a la inquieta y murmurante multitud, y Toby observó que su
padre se servía del temor general para consolidar su influencia. Ahora
necesitaban creer en el capitán, y él sacaba partido de ello. De lo contrario,
se habrían exaltado hasta el punto de amotinarse.
Killeen
los contenía en parte gracias a su presencia física. Era bastante más alto que
Toby, lo que evidenciaba su mayor edad. Se valía de eso y de la perspectiva que
el balcón le proporcionaba para intimidar a quienes más protestaban.
Hacía
tiempo que, en respuesta a los rapaces mecs, la humanidad había prolongado su
longevidad manipulando su patrón de crecimiento. El cuerpo producido por la
evolución natural, en la antigua Tierra, maduraba hacia los veinte años. En
aquellos tiempos, hasta el cuerpo más dotado alcanzaba su límite. Gradualmente
se debilitaba con los años, y la acumulación de sa-biduría y experiencia
compensaba el debilitamiento de músculos y huesos.
Para
evitar esto, la Familia de Familias había esculpido a la humanidad. La gente ya
no llegaba a ese punto donde se iniciaba la decadencia. La gente moría a
consecuencia de heridas y ataques mecs, no de vieja. Nunca dejaba de crecer,
aunque a un ritmo decreciente, pues de lo contrario los mayores habrían
terminado siendo parsimoniosos gigantes. Una mujer de un siglo de edad tardaba
una década en crecer un centímetro. Pero crecía. Y poseía el aplomo y la
madurez que dan los años.
Esta
perpetua juventud mantenía a raya los mecanismos internos que regían el
envejecimiento. Los Bishop más viejos medían casi el doble que Toby. Esto
representaba jambas de puertas más altas y comidas más abundantes. Más
importante aún, los mayores se erguían sobre los demás, y su experiencia
quedaba respaldada por su tamaño. Toby era alto para sus dieciocho años de la
Vieja Tierra, pero se sentía pequeño e insignificante en comparación con Cermo
o Killeen. En ellos, el peso de la autoridad de la Familia tenía una firme
presencia física.
Killeen
lo utilizaba con un no intencionado y revelador efecto. Aun así, había voces de
protesta. Los juramentos cortaban el aire, estridentes y erizados de temor.
Lo
único que contenía a la multitud era la larga historia que los había conducido
allí. Más que nadie, Killeen encarnaba aquel pasado. Permanecía con los ojos
llameantes, guardando un ceñudo silencio que intimidaba. Había engañado al
Mantis, los había sacado de Nieveclara. Había caído en el interior de un
planeta, atravesándolo, y había sobrevivido. Quath se lo había tragado, y luego
lo había escupido. Había matado mecs y reído mientras lo hacía. Y una voz como
un relámpago lo había buscado y los había conducido allí. Contra eso pesaban su
propio miedo.
En
ese largo momento Quath se aproximó desde el corredor principal. La alienígena
despedía un olor extraño, un aroma agridulce en la nave cada vez más caliente.
La gente se apartó. La alienígena era una aliada, pero eso no disminuía su
extrañeza.
Quath
se detuvo, volviendo la cabezota. Los ojos de rubí giraron como zarcillos sobre
sus pedúnculos, deteniéndose para estudiar un rostro nervioso, la barba de un
hombre, el bolso de una mujer, como si fueran objetos de museo.
Luego
dijo:
<He
concluido la comunión con mi gente. El gran Círculo Cósmico está preparado. Se
aproximan rápidamente, con propósitos que ignoro. Dicen que debemos hablar de
nuevo con el ser magnético.>
Este
mensaje directo y conciso contribuyó a calmar a todos. Se aplacaron, mirando a
Killeen.
—Lo
intentaré —dijo Killeen—. ¿Nos ayudarán? ¿Ocurra lo que ocurra?
<Deben
hacerlo.>
Toby
pensó que era raro que Quath no dijera: «Lo harán» o «Lo intentarán». Pero
entonces la multitud comenzó a dispersarse y comprendió que aquella extraña
intervención había sal-vado a Killeen de otra crisis.
Cuando
los oficiales regresaron a sus tareas, él y Besen se las ingeniaron para
meterse en el Puente. Killeen hablaba con Quath, quien estiró el cuello y la
cabeza. Al moverse raspaba las paredes con piezas metálicas, y entrechocaba las
piernas con un ritmo nervioso que a Toby le resultaba inquietante.
—¿Es
todo cuanto dijeron? —preguntó Killeen.
<El
ruido de fondo de la transmisión aumenta. Las olas de plasma cubren y
distorsionan cada palabra.>
—¿Adonde
crees que nos dirigimos?
<Las
miriapodia tienen antiguos documentos que quizá resulten de utilidad. No creen
que nuestro destino sea el disco, pues allí sólo hay caos y muerte.>
Killeen
rió sin ganas.
—Sin
duda.
<Otras
miriapodia entienden que los textos más antiguos hablan de portales.>
—¿Portales hacia qué?
<Nadie
lo sabe si no ha cruzado el portal. Y está bloqueado por invenciones mecs.>
—¿Aquí? ¿Qué podría sobrevivir?
<Eso
opinan otras miriapodia. Nos sentimos muy confundidas en este aspecto. Aun el
disco llameante parece un lugar más apto para una estructura duradera que la
esfera de llamas que hay más adentro.>
Killeen
se paseaba, las manos a la espalda, los hombros erguidos y rígidos.
—No
podemos durar mucho, acercándonos tanto. Nos estamos recalentando, el chorro se
cierra sobre nosotros...
<Deberíamos
aminorar la velocidad.>
—Con
eso no ganaremos nada. Quiero estar en movimiento, preparado para largarme de
aquí
en cuanto...
<Una
breve pausa. Suficiente para que el Círculo Cósmico nos preceda.>
—¿Por
qué?
<Nosé.>
—¡Maldición!
Para guiar esta nave debo saber...
<Aguarda.
Detecto algo más aquí.>
Quath
lo había detectado antes que los humanos, pero pronto Toby notó un cosquilleo
de cargas electroestáticas en el cuero cabelludo, un zumbido debajo de las
botas.
Habéis
penetrado en mis regiones profundas. Estáis en el borde del chorro. Ha llegado
el momento de que nos despidamos.
Killeen
frunció el ceño.
—¿Qué?
Tú nos trajiste aquí, no puedes...
Siento
cómo el rodar y la tensión del disco aumentan a mis pies. Envía penachos de
voraz materia hacia arriba, hacia las profundidades de mis líneas de campo.
Debo combatir estas erosiones. Tengo poco tiempo para vosotros.
—Dijiste
que estabas anclado a esa materia. Toda esa chachara sobre tu inmortalidad...
La
inmortalidad es una finalidad, no es un hecho. La fricción de la materia puede
borrar aun a quienes son como yo. Estoy condenado a luchar, igual que vosotros,
aunque en un tiempo y a una escala que no podéis comprender. Soy mucho más
vasto y no compartimos sino esta propiedad vil.
—Conque
nos abandonas. Justo cuando...
Tengo
unas últimas palabras para vosotros; luego retiraré de vuestra región mi
provisión de formas ondulatorias complejas. Al retirarme a otras partes de mí
mismo, a la urdimbre de campos que está por encima del disco, puedo conservar
mi identidad, los recuerdos de mi larga duración, mi esencia.
—Maldita
sea, necesitaremos ayuda para sobrevivir durante la próxima hora, por no
mencionar...
Envío
un mapa, rudimentario y limitado, pero suficiente para vosotros. En este
momento estoy alojado en las líneas de campo que se dirigen hacia el disco.
Estáis navegando por uno de mis flancos. Os separaréis de mí dentro de un
instante, en el lugar indicado.
—Demonios,
no puedes... —gritó Killeen.
Los
seres pequeños como vosotros deben recordar quiénes son.
—Lo
recordaré muy bien, gracias —dijo Killeen con sorna.
Toby
nunca había visto a su padre esforzándose tanto para dominar su temperamento,
apretando los dientes y entornando los ojos.
Toby
abrió la boca para decir algo, pero en aquel momento una figura apareció en
todas las pantallas. Era de color y tridimensional, una maraña de líneas y
puntos móviles con profusión de amarillos, verdes y rojos.
Complejidad,
confusión. Toby sintió fascinación y rechazo al mismo tiempo. Había niveles de
sentido y movimiento que no atinaba a comprender.
Entonces,
como si la Mente Magnética supiera cuan engorrosa les resultaba aquella imagen,
la figura se simplificó, se acható, se volvió bidimensional. Una geometría
comprensible. La claridad de las matemáticas adaptadas a una mente humana.
Toby
vio que una franja larga y gruesa era una visión lateral de la mitad del disco,
y que su airado movimiento estaba representado por un sombreado. Unas líneas
finas confluían en el disco, desde arriba y desde abajo, donde se formaba el
chorro. Eran las líneas magnéticas de la Mente, parte de su enorme estructura,
que se extendía más allá del disco, hacia los abismos interestelares. Pero
aquellos pies magnéticos hundidos en el disco eran importantes, pues allí la
Mente se alimentaba de las furiosas energías liberadas en el disco. Toby pensó,
sin saber por qué, que aun esas líneas, mucho más grandes que sistemas solares,
eran para la Mente tan insignificantes como para él el vello de sus piernas.
Y a
lo largo de la línea magnética más interior había una línea discontinua que se
prolongaba mientras él observaba: la trayectoria del Argo.
Luego
el trazo discontinuo progresó con rapidez, pasó del naranja al azul, y dejó la
línea de campo. Se arqueó hacia dentro, y la figura se amplió para mostrar el
borde interior del disco,
que
iba disminuyendo hasta acabar en un punto. Más allá de eso, aún más adentro,
Toby esperaba ver la fulgurante esfera blanca que mostraban las pantallas.
Pero
el intenso resplandor aparecía representado en la figura como un chisporroteo
insustancial. Al parecer la Mente Magnética no consideraba importantes aquellas
abrasadoras energías. La raya discontinua atravesaba el resplandor con
creciente rapidez. Luego se arqueaba hacia arriba. En el centro de la esfera
blanca había algo muy oscuro, aunque parpadeaba con pequeñas descargas.
Os
separáis de mí. Me retiro. Ahora envío detalles de vuestra trayectoria a
seguir. —¡Espera! —exclamó Killeen con miedo en los ojos—. ¿Por qué? ¿Adonde
vamos?
La
estrella que ha muerto en el borde extremo se zambulle ahora en el disco,
despedazada, atravesándolo en un remolino de macizos terrones que me
distorsionan y deforman. Esto sufro, y por vosotros. Semejante torsión crea las
condiciones que la criatura Abraham parece desear, y predijo. Iréis a él.
Moveos deprisa, pues se aproxima un momento cúspide.
—¿Qué?
—gritó Killeen, moviendo los puños—. ¿Qué se aproxima?
El
momento de la apertura.
9 -
LAS AZULINAS
Toby
rodeó a Besen con el brazo y la estrechó con fuerza. El Argo gruñía y
palpitaba. Las cubiertas y paredes crujían. Toby sentía unas tremendas
sacudidas en las botas. Su Aspecto Isaac comentó:
¡Qué
maravillosas marcas!
—Te
refieres a lo que mueve el agua en lagos y lugares parecidos, ¿verdad?
Sí,
pero la fuerza proviene de otro cuerpo gravitatorio. Como sucedía con la
estrella condenada que se desgarraba en el borde del gran disco. Ahora el
agujero negro tironea del Argo, con mayor fuerza desde el lado más próximo al
agujero que desde el lado externo. Nosotros lo sentimos como una tensión que
intenta despedazar la nave.
—¡Maldición!
—Toby le contó esto a Besen, luego preguntó—: ¿El Argo podrá resistir? Creo que
sí. Admito que la tensión es molesta...
—¿Cómo
lo sabes?
Puedo
generalizar a partir de mi vida pasada. Naturalmente no siento vuestra
incomodidad corporal, pero...
—Ni
los placeres, ¿verdad?
Así
es. Sólo observo tus datos visuales.
A
Toby no le gustaba que Isaac viera ciertas partes de su vida privada, y la
cercana calidez de Besen agudizó esa sensación. Era embarazoso pensar que sus
Aspectos habían estado presentes, en un sentido limitado, en la tibia y
aromática intimidad de las sábanas.
No
te preocupes por eso. Nuestras opiniones no significan nada.
Esta
era Shibo. Una voz más profunda vibrante y matizada que sin advertencia lo
arrastró hacia el mundo interior de ella, hacia la riqueza de su pasado.
Su
amada Ciudadela asediada por fuerzas imponderables, sombrías y deformes que
acechaban más allá del descompuesto horizonte. ¿Vendrían por el aire hirviente
o cruzarían la estropeada llanura? ¿Y cuándo? ¿O sus embajadores ya estaban
dentro? Enemigos grises del tamaño de la pupila de un ojo, siempre atentos,
transmitiendo microondas, informes a sus camaradas, versiones maquinales de los
acontecimientos que observaban...
Toby
se recobró.
—¿En
qué sentido?
Los
Aspectos son estáticos. Los Aspectos no pueden crecer. Así que sus opiniones no
se alteran. No puedes cambiar su opinión sobre nada.
Toby
no sabía si esto era un consuelo. Notó que Shibo no decía que ella no pudiera
cambiar. ¿Las Personalidades eran diferentes? Toby tenía la impresión, por
cambios sutiles en
Isaac,
Joe y quizá hasta en Zeno, de que Shibo los estaba sometiendo a una especie de
terapia, resolviendo las tempestades psíquicas que arrasaban sus mentes
truncadas.
Sus
distraídos pensamientos llegaron de pronto a su fin cuando una onda repentina
barrió la cubierta. Él y Besen se estrellaron contra un tabique y rodaron por
la cubierta del Puente.
Al
levantarse, Toby vio que Killeen se había mantenido en pie estirando las
piernas para resistir las sacudidas. Pero el capitán fruncía el ceño y
escrutaba las pantallas. Mostraban una cegadora granizada de gas caliente y
trozos de materia desconocida que los rociaba a vertiginosa velocidad. Brisas
cálidas recorrían el Puente, agitando el cabello de Toby mientras los
ventiladores procuraban detener el recalentamiento externo.
Killeen
llamó de nuevo a la Mente Magnética. No recibió respuesta. Los había
abandonado. Los oficiales de la nave estaban anclados en sus literas
amortiguadoras, mirando a Killeen,
preguntándose
por qué él no se sujetaba. Toby sabía por qué: si admitía la menor debilidad,
perdería su ascendiente sobre aquellos a quienes debía guiar. Así que se
paseaba de forma ostentosa con las manos a la espalda, y cuando otra onda
sacudió el Puente no se tambaleó, ni siquiera aminoró el paso.
Toby
buscó a su alrededor literas libres para él y Besen, pero no las había. Si
querían ver lo que sucedía, tendrían que permanecer de pie. Nadie reparaba en
ellos, pues de lo contrario se los habrían llevado. Todos los ojos estaban
clavados en las pantallas y en el capitán.
Killeen
se volvió lentamente, estudiando a los tripulantes con su mirada impasible.
Entonces vio la cabeza de Quath, un balancín sobre un caparazón, asomando por
la entrada del Puente. El capitán preguntó con angustia.
—¿Qué
saben tus hermanos sobre este lugar?
<Sólo
los textos antiguos pueden guiarnos. Las miriapodia se aventuraron aquí una
vez, tratando de averiguar qué había atraído a los mecs.>
—¿Nunca
regresaron?
<También
nosotros sufrimos una caída cuando los mecs nos descubrieron. Primero nos
detectaron aquí, perturbando sus operaciones. Nos retiramos pronto, a
diferencia de los huma-nos. Vosotros insististeis más de lo razonable.>
—¿Entonces
por qué atacabais a los humanos? —intervino Toby—. Pudimos ser aliados desde un
principio.
<Os
confundimos con animales. Habíais decaído mucho, derrotados por los mecs. Sólo
tu padre y vuestros Legados nos recordaron que pertenecéis a esa raza antes tan
brillante y hoy tan lamentable.>
Toby
tragó saliva. Quath no era muy diplomática.
—Esos
textos vuestros... —preguntó Killeen—, ¿qué dicen?
<Aquí
se perdieron muchas naves. Es fácil patinar en la resbaladiza superficie del
espacio.> —¿Espacio? ¿Y qué me dices del calor? Y de esa materia que viene
contra nosotros,
enormes
fragmentos...
<Son
masas trituradas y condensadas por la dilatación geométrica. Esquívalas e
ignóralas. Van camino de su funeral.>
Vaya
consuelo, pensó Toby. Tal vez todos seguían el mismo camino.
—¿Tus
hermanas trazaron un mapa de este lugar? —preguntó Killeen con impaciencia.
<Estoy procesando sus documentos con un cerebro posterior. Aquí está.>
Eas
pantallas se inundaron de colores que formaban imágenes cambiantes cuyo sentido
podía ser comprensible para los miriapodia, pero no para ellos.
El
resultado era tridimensional, y estaba moteado de puntos móviles brillantes.
Giraba y brincaba alocadamente. Quath redujo la imagen a dos dimensiones, y
Toby pudo ver lo que sucedía.
—Esa
esfera vacía del centro... es el agujero negro, ¿verdad? —preguntó a su Aspecto
Isaac. Oyó una rápida charla cruzada. Las tristes frases de Zeno, cargadas de
estática, surgían de un chip de texto que él llevaba pero que no podía leer por
su cuenta.
Lo
he consultado con Zeno, quien conviene conmigo en que las miriapodia han
confeccionado un mapa fiable de las geometrías cercanas. La zona abultada y
sombreada que rodea el agujero representa la ergosfera, una zona donde la
rotación del agujero negro lo distorsiona todo, obligando al espacio-tiempo a
rotar con el agujero mismo.
—Parece
peligroso.
Nadie
lo sabe. En tiempos de Zeno se creía que la ergosfera era un lugar donde se
requería casi toda la energía de una nave sólo para no caer en el agujero
negro.
Toby
miró la figura de las pantallas, el modo en que la rotación del agujero creaba
un remolino en el espacio. Isaac le dijo que lo que giraba a su alrededor no
era materia sino el espacio mismo.
—Pero
¿qué es el espacio-tiempo? Es decir, conozco el espacio, y el tiempo es lo que
marca el reloj, pero...
Quath
irrumpió en su mente, transmitiendo directamente.
<Los
seres inferiores no captan la esencia fundamental del mundo, que combina el
espacio y el tiempo. No tejas una urdimbre de preocupación por esto. Ni
siquiera las miriapodia ven el espacio-tiempo. También nosotras lo dividimos en
las ideas simples como distancia y duración.>
Hasta
ese momento Toby no había advertido que Quath podía escuchar sus charlas
susurradas con los Aspectos. Sintió embarazo, luego irritación, y por último
descartó tales sentimientos. No había tiempo para aquello.
—¿Y
cómo vamos a salir de aquí?
<No
vamos a sahr.>
—¿Eh?
—Toby miró la línea discontinua que marcaba su trayectoria. Se elevaba un poco
y luego se zambullía en la media luna de la parte superior.
<Debemos
atravesar las Azulinas. No hay otro modo de cruzar el portal que las miriapodia
creen que existe allí.>
—¿Esas
medias lunas? Están muy cerca de la ergosfera. —Las brumosas medias lunas
flotaban como casquetes sobre los polos del agujero negro, como si lo
cubrieran.
<El
Círculo Cósmico nos despejará el camino.>
Toby
miró a su alrededor más aturdido por las ideas que iban y venían que por las
espasmódicas ondas que atravesaban el Argo; más tensiones de marejada
retorciendo la nave con sus manazas.
Luego
comprendió que todos en el Puente lo miraban. Parpadeó. Sabiendo que se
entendía bien con Quath, Killeen había dejado que Toby le sonsacara
información. Bien, daba resultado.
—¿Y
qué hacemos ahora? —Killeen estudió a Quath como si pudiera interpretar la
expresión de aquella cabezota llena de ojos.
<Que
el Círculo Cósmico haga su trabajo.>
—¿Nos
sacará del atolladero?
<Las
miriapodia creen que es el único medio.>
Killeen
reflexionó mientras las pantallas fluctuaban alumbrando el Puente con
inquietantes y cambiantes destellos. Había llegado al máximo de su capacidad, y
estaba cansado y con-fundido. Toby sintió compasión por su padre, atrapado en
esa vasta máquina de destrucción, llevado allí por esperanzas y leyendas,
impulsado por el miedo. Soltó a Besen y se acercó a su padre. Killeen, mirando
aquel flujo vibrante, cogió a Toby del brazo.
Se
quedaron así un buen rato, mientras las naves miriapodia se aproximaban. Contra
el cielo y la masa hirvientes, Toby comprendió que aquél no era un buen ni un
mal lugar, sino algo mucho peor. Era diferente. Bello y terrorífico, aquel
horno hirviente, con su brutal resplandor, se burlaba del trance de los
humanos.
Eas
relucientes naves de las miriapodia sostenían el enorme aro cósmico con un
apretón magnético y éste fulguraba con un brillo intenso. Isaac le explicó que
el aro recogía energía a medida que descendía hacia el agujero negro.
Atravesaba los campos magnéticos anclados en el agujero y de ellos extraía
fuertes impulsos eléctricos que convertían el aro en una inmensa señal
luminosa.
<Se
aproxima el momento cúspide.>
—¿Es
lo mismo que dijo la Mente Magnética? —susurró Killeen, los ojos clavados en
las pantallas. El Puente callaba en el aire caldeado.
<No.
Aquí termina la maquinaria mec.>
Toby
frunció el ceño.
—¿Mec?
¿Qué hay aquí que se deba a los mecs?
<Las
Azulinas. Son vastas regiones retorcidas, de espacio-tiempo, son casquetes de
turbulencia. Nos despedazarían.>
—¿Y?
Forma parte de las extrañas condiciones de este lugar...
<Los
mecánicos fabricaron las Azulinas.>
Killeen
y Toby miraron a Quath con incredulidad. La alienígena continuó.
<Los
mecánicos pueden manipular grandes fuerzas. Habéis visto sus macizas y sombrías
construcciones, aquí, alimentándose de materia y energía. Sus conocimientos son
múltiples y vastos.>
—Pero...
las Azulinas. Cuesta creerlo —dijo Killeen—. Esas cosas son enormes.
<Mayores que estrellas. Pero eso las miriapodia traen sus naves. Mi gente
nos guiará.>
El
Círculo Cósmico se había adelantado al Argo. En la pantalla principal se veía
una enorme lámina: las Azulinas. Era como un mar encrespado y gris: olas de
negrura y valles de blancura cuyos diseños cambiantes llegaban hasta donde
alcanzaba la vista.
En
el blanco y brillante resplandor de llamaradas amarillas y rojas, la
perturbadora opacidad de las Azulinas llenaba a Toby de espanto. Sentía un
vacío en el estómago. Sólo Besen lo sostenía, apoyada a un lado suyo mientras
Toby rodeaba a su padre con el otro brazo. Allí nada podían hacer los simples
humanos.
El
aro se zambulló en la extensión gris y ondulante. La cortó como un cuchillo,
hendió la superficie cenicienta y se internó en ella.
Los
bordes de esa superficie crepuscular se apartaron. Se retrajeron en torno al
Círculo Cósmico, retrocediendo.
Pero
el aro pagó un precio. Su borde delantero se arrugó. La resistencia del
remolino lo mellaba y deformaba.
Toby
no podía imaginar las colosales energías que operaban allí. El filo del Círculo
Cósmico tenía sólo un átomo de anchura, según su Aspecto Isaac, pero su cerrada
curvatura hendía los grises y tormentosos borbotones. Perforó la turbulencia,
dejando una estela de luz chispeante.
—¿Qué
hacemos? —preguntó Killeen en voz baja.
<Seguir
el Círculo Cósmico.>
Quath
envió un coro de sonidos ondulantes por el sistema sensorial que enlazaba a los
humanos, como una larga y plañidera nota de complicidad.
Killeen
le hizo una seña a Jocelyn, que lo miraba asustada. Ella guió la nave hacia
abajo, internándola en la flamígera luminosidad hacia la cambiante lámina gris.
Mientras el gris se hin-chaba como una impasible muralla de piedra líquida,
pasó un buen rato.
Se
precipitaron en la oscura brecha abierta por el aro. En los flancos se formaban
picos y valles que se disolvían como montañas de ceniza de huesos quemados.
Las
orlas de materia rozaban el Argo y provocaban convulsiones de vértigo. Toby se
sentía como si lo agarraran por los tobillos y lo sacudieran cabeza abajo,
agitándole el cabello en el aire. En el Puente los oficiales vomitaban. Otros
aullaban de espanto y náusea. La estructura de la nave protestaba renqueando y
crujiendo.
Pero
el largo pasaje permanecía abierto. Una vez cortado, se retraía para formar
nuevas zonas de espacio-tiempo deformado. El Argo volaba en pos del reluciente
y distorsionado aro.
Tardaron
mucho en atravesar el grosor del fantasmagórico espacio de la Azulina cortada.
Besen vomitó y jadeó. Pero Toby se aferraba a su padre, no para sostenerlo,
sino para saber que estaba allí.
Y de
pronto quedaron libres. El aro cayó, roto. Las naves de las miriapodia lo
siguieron, intentando asir el destrozado Círculo Cósmico, regresando hacia los
polos del sistema rotativo. Killeen recuperó la voz.
—Jocelyn,
trata... de seguirlas.
<No.>
Las piernas de acero de Quath chasquearon con un fuente sonido metálico.
<Debemos ir hacia el centro.>
—¿Qué?
—preguntó Killeen, desconcertado.
<Como
indicó la Mente Magnética.>
—Mira...
la Familia Bishop siempre ha dicho que el Centro Verdadero era nuestro
objetivo, sin que nadie supiera por qué. Se trata de una tradición. Creemos en
ella. Pero esto...
Toby
notó que su padre llegaba al límite de su aguante, se sentía abrumado por la
enormidad de aquel lugar. Pero de pronto recuperó la firmeza en el semblante y
el brillo en los ojos.
—¿Hacia
el agujero negro? Mira, hemos seguido tus directrices. Y también las de esa
Mente Magnética. Y hemos llegado hasta donde era posible llegar. Si algo nos
aguardaba aquí, ya se ha ido. Ha sido devorado, incinerado.
<Me
baso en los antiguos descubrimientos de las miriapodia. Aquí hay algo más,
hacia adentro.>
—No
lo creo —replicó Killeen.
Toby
miró hacia adelante. La ergosfera era una gorda cintura que rotaba en el
diagrama, pero más adelante surgía algo que escupía luz como un colérico sol
poniente. Sin embargo, se extendía en una gran lámina curva. Se arqueaba
perdiéndose en la distancia; y Toby se hizo cargo por fin del tamaño del
demoníaco agujero negro que era la causa última y oculta de toda la violencia
cósmica que acababa de presenciar. Una mandíbula perversa. La razón por la cual
el Centro Galáctico era un encrespado y ardiente pozo de muerte y perdición.
A
través del brillo cegador vio la pátina extensa donde el agujero regía incluso
la urdimbre del universo, aferrando el espacio-tiempo hasta someterlo a la
voluntad inflexible de la gra-vedad.
Durante
diez millones de años se había alimentado de la galaxia. Millones de estrellas
habían caído en sus fauces. Y las civilizaciones que dependían de esos soles
habían tenido que huir o perecer.
Se
preguntó qué planetas habría albergado aquel sol y si habían dado origen a
moléculas orgánicas capaces de enlazarse y copiarse; si en sus perdidas costas
había alentado la inteligencia, habían vivido criaturas capaces de entrever su
destino, una presencia hirviente y creciente en el cielo. Tal vez sabían que en
el centro de esa inmensa tragedia reinaba un vacío absoluto que no pestañeaba.
<Debemos
continuar. Hacia abajo, hacia la parte más gruesa del bulto giratorio.> —¿La
ergosfera? —susurró Toby.
<Está
escrito. Mi especie ha sacrificado su herramienta más valiosa para abrir un
camino para la vuestra. Podéis continuar la búsqueda. Las condiciones físicas
son momentáneamente apropiadas para nuestra entrada.>
—¿Por
qué? —preguntó Killeen con voz trémula.
<El
borbotón de materia que surgió de la estrella agonizante ha llegado al borde
interior del disco. Ahora cae en la ergosfera, creando nuevas distorsiones.
Sólo ahora, dicen las miriapodia, se puede atravesar el portal de la
ergosfera.>
—¿Por
qué?
<Es
como una criatura viviente que se mueve inquieta. Los poros de su gran piel se
abren en respuesta al contacto de la masa. Pensad en la ergosfera como en una
piel tensada de espacio-tiempo, bañada por las ondas. La caída de materia
obliga a la bestia a readaptarse, a urdir marañas de causalidad. Cuando el peso
de una estrella llueve sobre la bestia, las salpicaduras resultantes abren
oportunidades en el espacio-tiempo.>
—¿Para
qué?
<Para
entrar sin peligro... o tan sin peligro como lo permite [intraducible]. Sólo un
agujero negro que ha devorado un millón de soles nos permite pasar ilesos. Un
agujero menor nos ha-ría trizas. El Comilón es tan grande que sus bordes
externos están lejos de la singularidad central. Esto vuelve más tolerable sus
mareas. Una nave que se deslice en forma tangencial por la ergosfera puede
encontrar nuevos caminos, trayectos y pasajes.>
—¿Hacia
dónde?
<No
lo sé, no puedo saberlo. Las Iluminadas describen un lugar de caos fundamental,
donde la física gobierna aleatoriamente. Nada en el universo puede predecir
dónde terminaremos una vez que atravesemos el portal.>
—Es
una apuesta. Si esperamos...
<El
promedio de estrellas que caen en el abrazo final del agujero es de una por
milenio. Éste es el momento de la apertura.>
Toby
estudió a Killeen. El resplandor que rodeaba el Argo marcaba profundos surcos
en el rostro que tan bien conocía. Cuando vio que aquella ancha boca se
endurecía, Toby supo qué harían.
FOTÓVOROS
Flores
ardientes se elevan desde el disco. Florecen, escupiendo semillas de plasma
alrededor del lento y circular hervor.
Surgen
de él lenguas brillantes. Enjambres de positrones que, punzantes, aniquilan
cuanto tocan. Se disuelven al chocar contra la plomiza materia entrante. La
antimateria se derrama, ondula, muere. Un borbotón de rayos gamma, pureza
purificadora.
Su
pira funeraria es una impetuosa muralla de fotones. Intensa, implacable, empuja
hacia atrás la materia que quiere caer en el abrazo del pozo de gravedad.
Tensiones
electromagnéticas tironean de la superficie de la expansiva burbuja de presión.
Grandes gusanos se retuercen. Oscuros rectángulos de materia turbulenta
titubean sobre la re-friega. La caída se detiene.
Pero
éste es el alimento del Comilón, la materia prima del disco y de la furia
consiguiente. El disco comienza a padecer hambre, cosa que no sucede
inmediatamente, pues la luz tarda horas en cruzar los huracanados bosques de
colérica y aplastante gravedad.
Transcurren
momentos de inercia. El disco decrece. Su luz —que ahora retiene una bullente
capa de masa ansiosa e ionizada— se agota.
Al
menguar la presión de los fotones, la materia reanuda su caída fatal. De nuevo
descienden espirales de masa negra. El disco acepta el tributo. Flores de fuego
despedazan grumos, reducen las moléculas a átomos, los átomos a meras cargas.
Presión
y relajamiento, presión y relajamiento. Estructuración perpetua. Fuente de
vida.
Por
encima del disco, a salvo de la mordedura, cuelgan motas. Láminas, planos.
Multitudes incontables. Ondeando con los vientos electromagnéticos.
Sosteniéndose.
Los
fotóvoros pacen como un rebaño.
Se
aproximan al convulsivo vendaval de electrones y fotones que expulsa el
iracundo disco del Comilón. Se extienden en inmensas y lustrosas alas de
granizo blanco, inflándose bajo el impulso del viento de partículas. Trazando
vectores.
Aplican
torsiones magnéticas en una suma dinámica y compleja. Girando, libran una
batalla constante para escabullirse del tirón gravitatorio del Comilón.
Pero
deben usar estas fuerzas dominantes en su perpetua danza. Esto está ordenado.
Algunos rebaños no logran transitar el complejo equilibrio de vientos externos
contra el
arrastre
interno y seductor. Láminas enteras se desgajan.
Algunas
son arrojadas contra las masas de nubes moleculares, que pronto hervirán. Otras
siguen una trayectoria descendente. Mucho antes de chocar contra el brillante
disco, sufren el martillazo del duro resplandor. Estallan en diminutos puntos
de luz moribunda.
Pero
no ahora. Se aproxima una fuerza mayor.
Lentes
oscuras giran para observar un intruso. Operando desde las alturas del eje del
Comilón, los sensores sólo ven losas de cerámica y amortiguadores de alto
impacto, con escudos inteligentes que los protegen del torrente. Circuitos en
delgados sustratos de la anchura de un átomo, conjunciones frías como el helio.
Allí todos son vulnerables a la mordedura de los rayos gamma y los núcleos
duros. Aun los exaltados usan armadura.
Pero
los fotóvoros sólo ven una presencia que deben honrar. Los vastos rebaños se
separan. Láminas de marfil se repliegan revelando planos aún más profundos:
buscadores de luz amarilla.
Estos
viven para bañarse en fotones y excretar haces de microondas. Con sus mentes
simples, como los gusanos tubulares de antiguos océanos, son tripas
electromagnéticas de la cabeza a la cola. Conductos pasivos.
Perciben
que esta presencia descendente es la causa de su ser. Los rebaños se apartan,
reverentes.
Un
trémulo coro de saludos. La masa deslizante los ignora. Sus siseantes
microondas ondulan. Confusión momentánea. Luego llegan nuevas órdenes. Se
concentran en la presencia que pasa. El visitante necesita más energía. Se la
suministran.
Al
acelerar aplasta a algunos miembros del rebaño con su caparazón. Ni siquiera
repara en los estratos y multitudes que retroceden, en los gigahertzios de sus
voces unidas en alegre coro. Son plancton. La presencia ingiere la ofrenda con
indiferencia. En todo caso, una discusión más seria le preocupa.
Nuestro/vuestro
engaño dio resultado.
Pero
no me/nos gusta que se aproxime a
la
Cuña.
La
estrella que cae azota el disco. Tal vez aquí mueran pronto.
Pueden
aprovecharla turbulencia.
Yo/tú
hemos tratado de comprender su modo de pensar. Deliberemos a su modo, con una
doble valoración. Puede servirnos para predecir sus movimientos.
¿De
este modo? ¿Yo soy sólo yo?
Y
también yo soy un yo solitario. ¿Ves qué sencillo?
Limitado.
Torpe.
No
obstante, así viven.
Lo
acepto como un experimento.¡El
concepto
«yo» es tan restrictivo! Aun
así...
infórmame.
Nuestra
intrusión directa en su nave funcionó como planeábamos. Consultamos sus
sistemas con el rayo de descargas eléctrica.
¿Los
sistemas de esa nave nos son
fieles?
No.
No pueden sernos fieles sin autodestruirse.
¿No
podemos dominar esas
mentes?
Provienen
de una época en que los primates sabían cómo protegerse de nosotros. ¿Han
averiguado los secretos que
buscamos?
No
del todo. Saben que el patrimonio de los humanos está encastrado en materia
dura.
Improbable,
a primera vista.
Pero,
al parecer, cierto.
¿Quién
utilizaría un método tan
primitivo?
Los
primates estaban en decadencia cuando legaron esta documentación, no lo
olvides.
Nosotros
podíamos subvertir cualquier conjunto eléctrico de datos.
¿Entonces
se encuentra en su nave?
Eso
parece, en su totalidad. Envuelto de algún modo en materia. Los Legados, los
llaman.
Pero
no está claro qué los contiene.
Esto
aclara las cosas. Debemos
fulminar
la nave.
No
toda la información que necesitamos se encuentra allí.
¿Dónde
está el resto?
Lo
ignoramos.
¿Será
por eso que hablan con el
phylum
magnético?
¿Para
guardar en él sus secretos? Eso dificultaría nuestra tarea.
Tú
podrías imponer obediencia a ese
phylum.
Pero
ello implicaría desplazar masa suficiente para interrumpir masivamente sus
líneas magnéticas. Los factores energéticos son abrumadores.
Esperemos
que no sea necesario.
Tal
vez convenga sondear más, a pesar de la peligrosa torsión de la
discontinuidad-aro de los cuasimecánicos.
Con
las mismas energías dirigidas
hacia
el corazón de su nave, ahora
serían
vapor.
Reflexiona.
Las descargas eléctricas que diseñamos infestaron sus inteligencias más
internas. Sus electromentes —de alcance limitado pero útiles— ahora nos
escuchan.
¿Pueden
localizar esos Legados?
Ya
han dado con algunos.
¡Excelente!
¿Qué son?
Una
guía para hallar su propia herencia genética.
¿Un
mapa del genoma?
Aparentemente.
Eso
no representa peligro alguno
para
nosotros.
Aparentemente.
Pareces
dudarlo.
Hay
extraños rastros de datos incorporados al código. Inútiles, al parecer.
Errores,
probablemente.
Ojalá
pudiéramos estar seguros.
Debemos
resignarnos a tales
incertidumbres.
Está en núestra y
vuestra
naturaleza tolerarlas.
La
ausencia de pruebas no es prueba de su ausencia.
No
hay indicios claros de que algún
primate
haya llegado a la Cuña en
mucho
tiempo.
Sin
duda algunos han logrado hacerlo.
A
muchos de nosotros nos disgusta
hablar
de la Cuña.
¿Ahora
quién se siente incómodo con la ambigüedad?
Todos
nosotros tomamos la decisión
de
atacar la Cuña hace tiempo.
No,
la decisión fue principalmente tuya.
¡No
lo simplifiques! Sabía que esta
división
en dos personalidades sería
ultrajante
para mí. ¿Lo ves? Conduce
a
culpar al otro yo. Debes admitir que
la
idea de desintegrar la Cuña con un
aro
de discontinuidad fue buena.
Pero
la Cuña se tragó los aros.
No
es preciso hacer hincapié en los
recuerdos.
La Cuña se doblegará con
el
tiempo.
Exacto,
aunque no del modo en que dices. La Cuña está en el tiempo, y por eso no
podemos alcanzarla.
Nuestra
ciencia finalmente la dominará.
Hemos
vencido todo cuanto se
atrevió
a internarse aquí. ¿Qué importa
si
entran en la Cuña?
Hemos
desplegado un punto de retransmisión. Acechará en el borde de la Cuña,
recogiendo señales de su nave y enviándonoslas.
Esto
requiere mucha energía de la
nave
retransmisora. Sólo la Cuña
puede
permanecer suspendida contra
el
deslizamiento del espacio.
Es
verdad. Pero el esfuerzo valdrá la pena.
Ya
hemos probado tales métodos... y
sufrido
grandes pérdidas.
Esta
vez es mucho más importante.
¡Concéntrate
en los primates! Ellos son
el
pasado. Eliminémoslos.
Hay
en ellos algo de futuro.
Ignora
esas cavilaciones. Tienes una
misión.
Cúmplela.
Debemos
averiguar la índole de la amenaza. De lo contrario no sabremos con certeza si
podemos eliminarla.
Claro
que podemos.
La
ignorancia no es una estrategia aconsejable.
No
me gusta tu tono, Estético.
Pues
entonces me has comprendido.
TERCERA
PARTE - EL POZO DE TIEMPO
1 -
REALIDAD PROFUNDA
Se
lanzaron hacia el límite de le ergosfera. Parecía una piel ampollada, curtida y
trémula de perpetua rabia.
El
Argo aceleraba en la gravedad creciente y la perspectiva de Toby cambió. Ahora
la ergosfera era como un mar turbulento, entrecruzado de olas y arrugas.
Grandes olas entrecho-caban y salpicaban, agitadas por un vendaval frenético e
invisible.
—Aguantad
—dijo Killeen.
Toby
estaba atado a una litera del puente. La gravedad cambiaba a su alrededor,
tirándole de las ropas, bailoteando en sus oídos, confundiendo su sistema
sensorial de tal modo que hasta la visión se le nublaba. El Aspecto Zeno
explicó con su voz cascada:
Estas
fuerzas... errantes... fueron registradas por... expediciones humanas... que
las describieron como «un tigre enfurecido zarandeando un ratón».
—¿Qué
es un tigre? —Toby había visto ratones campestres, había tendido trampas a los
roedores de dientes afilados que devoraban el grano en Ciudadela Bishop. Zeno
envió la borrosa imagen de una criatura que miraba con serena y amenazadora
ferocidad. Inundando de colores su sistema sensorial, le provocó un escozor de
alarma, hasta que Zeno dijo:
Esta
criatura... según los datos... no es mayor que tu mano.
—Qué
alivio. —Se imaginó atrapado y zamarreado por un gato. Podía aguantar las
sacudidas y zarándeos que le revolvían estómago, pero a veces la turbulencia se
parecía más a unos dedos susurrantes recorriendo su piel, inquietantes y
espectrales.
Los
oficiales del Puente estaban en literas, pero el capitán se paseaba inflexible
por la cubierta, luchando contra los tirones de una gravedad antojadiza e
implacable. Nadie se atrevía a interrumpir los pensamientos de Killeen mientras
se paseaba con andar pesado, las manos a la espalda, el ceño fruncido.
Toby
notaba que su padre se preparaba para afrontar lo que parecía un desastre
seguro. Acometer lo desconocido era una cosa, las Familias estaban
acostumbradas a ello, pero lanzarse contra el rostro de una negrura viviente...
Killeen
le hizo una seña a Jocelyn.
—Ahora.
Una
sensación de deslizamiento. Toby tragó saliva. Un tirón desgarrador. Todos en
el Puente contuvieron el aliento.
Se
lanzaron hacia la piel ondulante de la ergosfera. Ráfagas de la negrura del
carbón azotaban la superficie. Un fulgor rojo de luz curvada y estrujada por la
gravedad alumbraba valles y crestas.
—¡Allá
vamos! —jadeó Jocelyn.
Y se
sumergieron en las olas.
Entraron.
Penetraron.
Toby
pestañeó. Ningún choque, ninguna colisión. Un limpio descenso en...
Balas
llameantes. Flotaban entre una lluvia de luz.
El
interior de la ergosfera era una noche plomiza salpicada de cegadores estrías
luminosas. Brillantes perdigones golpeaban contra ellos como una ducha intensa,
roja y violácea, y de un extraño verde cálido.
—¿Qué
lugar es éste? —susurró Toby.
<El
pozo de tiempo>, envió Quath.
—¿Te
refieres al agujero negro?
<Ese
devorador está más adelante. Ésta es la región formada por la rotación del
agujero negro. Un lugar asesino. Aquí la masa oscura del devorador arrastra el
espacio-tiempo, de modo que se distorsiona.> Quath apoyó la explicación con
oscilaciones de los pedúnculos oculares.
—¿Qué
se distorsiona?
<El
tiempo y el espacio. Están realmente entrelazados y la realidad profunda sólo
se manifiesta a quienes pueden escrutar el espacio-tiempo.>
—Bien,
yo puedo ver casi todas la franjas del espectro...
<Ni
tú ni yo tenemos el privilegio de percibir el espacio-tiempo directamente. Dudo
que ninguna criatura nacida de una vida inferior pueda verlo así. Debe ser como
(intraducible). O ser capaz de ver la gravedad misma como algo vital,
elástico.>
—¿Por
qué somos tan ineptos?
El
aguacero de luz arreció; la pantalla bañaba el rostro de todos los presentes
con colores fugaces y chispeantes. Nadie se movía. El Argo se sacudía y crujía
con tensiones invisibles. Por su estómago revuelto, Toby supo que la gravedad
estaba cambiando sin cesar, como una bestia al acecho.
<Dividir
el mundo verdadero en mundos más simples es muy conveniente. Así percibimos
fácilmente el espacio, pero dejamos que el acertijo del tiempo se rija por el
tictac de nuestras máquinas, de nuestros relojes.>
Toby
esbozó una mueca.
—El
tiempo es sólo lo que marcan los relojes, madre de gusanos. No exageres.
<Pero
el tiempo no es sólo eso. Vive y lucha en estrecho matrimonio con su pareja,
formada por las tres dimensiones del espacio que nosotros percibimos. Su lucha
nunca concluye y todo lo domina. Aquí, en el pozo de tiempo, la pugna se
intensifica.>
Toby
sacudió la cabeza, sintiéndose flojo.
—Es
demasiado para mí.
En
el Puente reinaba un silencio reverente. El grueso de la tripulación se apiñaba
en el centro de la nave, para protegerse contra la lluvia de partículas que ni
siquiera los campos magnéticos del Argo podían desviar eficazmente. Toby y el
resto de los que estaban en el Puente habían ingerido un brebaje; preparado por
un Aspecto de Jocelyn, servía para curar las lesiones que la radiación causara
a sus células. Era una bebida lechosa que sabía a orina con cenizas, pero
Jocelyn decía que contenía criaturas diminutas capaces de reparar moléculas
destruidas y de unir estructuras rotas, a modo de costureras en miniatura.
En
ese momento a Toby le parecía que todos los daños los padecía su estómago, que
temblaba y se contraía con el vaivén de la gravedad culebreando como un cable
suelto. Se quedó en la litera, respirando por la boca, sin fijarse en la saliva
que le caía de los labios, hasta que un repentino cambio de gravedad le hizo
girar en el aire y se mojó el ojo derecho.
—¡Puaj!
—¿Te
encuentras bien, hijo? —preguntó Killeen.
—Sí,
me he mojado un poco, eso es todo.
Killeen
le sonrió.
—Aguanta.
Es probable que empeore.
De
pronto creció en su interior una presencia callada y pétrea. La Personalidad
Shibo le acariciaba los sentidos con sedosos dedos tranquilizadores. Ella no
habló, y él no la había convocado, pero su esencia impregnaba el aire, teñía su
visión, enviaba exquisitas tracerías de recuerdos que se desprendían como
láminas de la marmórea superficie de su mente. Filigranas de días pasados, días
interminables de calma soleada y pérgolas frondosas y húmedas en las que había
jugado de niña; alegres risas infantiles repiqueteando en el claro de un
bosque; comidas picantes para relamerse, compartidas con amigos ya
desaparecidos...
Toby,
turbado, apartó de sí aquellas influencias, y su angustia afloró a pesar de los
callados esfuerzos de Shibo.
—Papá,
¿adonde vamos?
Un
gesto triste.
—No
lo sé.
—Pero...
—Sí, pensó Toby, pero...
Ambos
sabían cuan peligroso era aquello, todos lo sabían, pero seguían volando hacia
el centro de lo desconocido: un abismo sin esperanza visible. Y por motivos que
ninguno de ellos, ni siquiera el capitán, podía expresar con palabras.
Algo
titiló en las pantallas.
—Se
aproxima una nave —dijo Jocelyn tensa. —¿Aquí? —susurró Cermo—. ¿Una nave en
este lugar? Se escuchó un jadeo de sorpresa, tal vez de esperanza.
—Vector
entrante —dijo Killeen—. ¿Nuestros diagnósticos funcionan?
—Algunos
sí —respondió Jocelyn, moviendo los dedos sobre el tablero de control. Los
ordenadores del Argo obedecían órdenes habladas y táctiles y parecían combinar
ambas para anticiparse a los deseos de su inexperta tripulación.
—¿A
qué distancia está? —preguntó Killeen.
—No
puedo decírselo. —Jocelyn frunció el ceño—. El tablero indica que es imposible
medir la distancia debido a la refracción.
—¿Refracción?
—preguntó Toby. Todos lo ignoraron, pero su Aspecto Isaac le explicó:
En
el espacio-tiempo curvo, la luz se distorsiona. No puede propagarse en línea
recta.
Ninguna
medición de distancia es fiable. Ni las mediciones de tiempo.
—Esa
cosa se acerca —dijo Cermo—. Se agranda.
Eso
también puede ser una ilusión, causada por la curvatura de la luz. Aquí nada es
lo que parece, según dice la teoría.
—¿Qué
diseño tiene? —preguntó Killeen.
—No
es fácil distinguirlo —respondió Jocelyn, frunciendo el ceño—. La imagen sigue
saltando.
—Tiene
protuberancias —dijo Cermo.
—No
es como las de las miriapodia —dijo Killeen.
—¿Y
esas cúpulas? —Jocelyn sintonizó mejor los sensores—. ¿Veis las protuberancias
en el perfil?
—Humm.
Es posible. Los mecs tienen protuberancias así.
—¡Demonios!
—Jocelyn apretó los dientes—. Quiere acercarse más. Si es mec, estaremos
desprotegidos.
<Veo
similitudes con vuestra nave.>
Killeen
miró a Quath, sobresaltado. Toby había olvidado que el Puente estaba
sintonizado para recibir las transmisiones de Quath. Ya no podía entablar una
cómoda conversación con la alienígena en privado. Tal pensamiento lo
entristeció.
—La
nave Argo es antigua —dijo Killeen—. La última de su especie, tal vez. Aquí no
encontraríamos nada parecido.
<Las
suposiciones no son datos.>
—¿Hay
humanos aquí? —preguntó Cermo—. Ojalá sea así.
—Su
función cromática es desigual —dijo Jocelyn. No especulaba sino que mantenía
los ojos clavados en la fluida dinámica del tablero.
Killeen
dejó de caminar y se acercó a Jocelyn, luchando contra las sacudidas de la
cambiante gravedad. En el tablero aparecía un desconcertante despliegue de
números, gráficos, diagramas. Toby podía entenderlos con algo de ayuda —era
como las lecciones de matemáticas de Isaac— pero Killeen se impacientaba con
tantos detalles.
—¿Qué
significa eso?
—Cuando
los instrumentos examinan la imagen, aunque ésta sea un poco difusa, pueden
decir si es de un color uniforme. Esa nave tiene manchas.
—¿Y
bien?
Killeen
pasó una mano sobre las pantallas, como si pudiera palpar su significado. Toby
ya conocía aquel desconcierto impaciente en el rostro de su padre. Después de
tantos años confiando en su propio juicio, desconfiaba de los instrumentos
abstractos, por muy avanzados que éstos fueran. Toby lo comprendía, él también
se sentía incómodo al usar aparatos que no entendía.
—Tal
vez esté averiada o haya sufrido impactos. Incluso tiene boquetes.
—Entonces
es probable que sea una nave de guerra —dijo Jocelyn.
En
la pantalla nadaba una forma azulada, cabeceando trémula en la incesante lluvia
de gotas de luz. Las memorias de la nave no reconocían su identidad y la
palabra DESCONOCIDO parpadeaba en las pantallas. Toby observó el vaivén de la
nave plateada, y Quath dijo:
<Nos
zambullimos rápidamente. Ya nos acercamos al nivel del trigésimo día.>
—¿Qué?
<En
esta profundidad del pozo de tiempo un día equivale a treinta días externos de
duración normal.>
—¿Cómo
es posible?
<Las
miriapodia me han enviado una submente, a la cual asigno estas tareas. Su
conciencia digital puede guiarnos por estas extensiones. Comprende que, para
nosotros, la curvatura del espacio-tiempo es tanto una distorsión de la
distancia como un encogimiento del tiempo.>
Toby
tragó saliva, y no sólo por la nueva sacudida de la litera. Aun sin comprender
del todo lo que decía Quath, Killeen tomó una decisión, y asestó un puñetazo en
el tablero.
—No podemos
correr el riesgo
tratándose de una
nave de guerra,
tal vez mec.
Preparémonos
para abrir fuego.
—Preparada
—respondió Jocelyn.
—¡Espera!
—intervino Toby—. Has oído a Quath. Dice que aquí todo es engañoso. Esa nave
podría pertenecer a otro tiempo, y además no nos está siguiendo.
—¿Qué
importa a qué tiempo pertenezca? —saltó Killeen—. Una mec es una mec.
—Papá,
espera un poco. Mi Aspecto Isaac y Quath dicen que aquí todo es descabellado.
Creo
que mientras no entendamos...
Killeen
miró a su hijo y le hizo una seña a Jocelyn.
—Permanece
alerta, con las armas listas.
—Armas
listas, capitán.
—¡Papá!
<No
es aconsejable actuar sin conocimiento.>
Killeen
miró la cabeza y los zarcillos de la alienígena, que se mecían en un esfuerzo
por compensar las mareas de gravedad que barrían el Puente como un viento de
presión.
—¿Estás
segura?
<Aquí
nada es seguro. Pero mi submente me comunica que por aquí navegan muchas naves
desconocidas.>
—¿Cuántas?
<No
se sabe. Todas vienen de épocas pasadas.> —¿Mecs?
<Algunas
pueden ser anteriores a la era de los mecánicos.> Quath envió un sonido
siseante y ondulante, que Toby no supo cómo interpretar. ¿La «era de los
mecánicos» no era el presente, su propio tiempo?
Killeen
pareció entenderlo, sin embargo, y cabeceó asintiendo. —De acuerdo. ¿Puedes
pasar tu información a nuestras pantallas? <Enseguida.> Otra misteriosa
serie de siseos y pulsaciones.
La
nave parpadeaba en las pantallas con un resplandor vibrante y cálido. Por un
momento la imagen cobró nitidez: un casco maltrecho, antaño plateado, ahora
abollado y manchado; protuberancias que podían ser cúpulas, pero rayadas y
mugrientas.
—Nuestros
programas de reconocimiento de patrones indican que es una vieja construcción
humana —dijo Jocelyn.
Killeen
se frotó la barbilla.
—Humm,
podría ser.
—¡Lo
es! —exclamó Toby. El corte y los ángulos le recordaban algo. Antes de que
pudiera decir más, la imagen perdió nitidez. Siguió un largo silencio. Los
oficiales del Puente miraban abiertamente a su capitán. Disparar contra una
nave humana sería un pecado imperdonable, pero morir abrasado por un rayo
mec...
—No
es mec, al menos —concedió Killeen, cancelando la alerta.
La
tensión se relajó en el Puente. Los oficiales murmuraban. Killeen reanudó su
paseo. Toby miraba todavía las pantallas cuando la imagen de la nave comenzó a
reducirse.
Jocelyn
soltó una exclamación mientras manipulaba los instrumentos. Pero la imagen se
desvaneció como una flor hundiéndose en un estanque oscuro.
—Ha
desaparecido. —Killeen parecía aliviado—. Tal vez estuviéramos viendo un
espejismo. <Aquí es posible. Mirad.>
En
la pantalla principal aparecieron dos relojes. Toby había aprendido a leer un
reloj digital en el Argo, así que se asustó al ver que uno, el azul, funcionaba
al ritmo que él conocía, mientras que en el otro, un reloj rojo, los números
pasaban tan rápido que resultaban ilegibles.
<El
tiempo de a bordo fluye normalmente>, envió Quath en respuesta a su
confusión. <Fuera el tiempo corre tanto más rápido cuanto más nos
sumergimos.>
Toby
miró los números que giraban, negándose a creer que representaran realidad
alguna. —¿Quieres decir que fuera el tiempo transcurre más rápido?
<En
relación a nosotros, sí.>
—¿Y
qué lo acelera allí fuera?
<Somos
nosotros quienes vamos más despacio. El tiempo siempre depende del punto de
vista.>
Toby
no comprendía cómo esto era posible. —¿Qué sucederá cuando regresemos al
exterior?
<Si
permanecemos en esta región de curvatura, descubriremos que han sucedido muchas
cosas mientras estábamos aquí.>
—¿Curvatura?
—intervino Killeen.
<También
puede darse el efecto contrario. Aquí muchas cosas se deforman, como lo que
vemos a través de un vidrio ahumado y grueso.>
—Resultaría
difícil encontrar algo.
<Esa
es la dificultad menor. Aquí el tiempo está atrapado. Puede ser ingerido y
expulsado.>
—¿Por
eso lo llamas un pozo de tiempo?
El
Aspecto Isaac añadió:
El
agujero negro traga espacio. La vieja Zeno dice —aunque incluso los datos de
memoria que sobre estos asuntos posee son anteriores a su vida real y corporal—
que es como si el espacio se deslizara por la garganta del agujero a creciente
velocidad cuando se acerca al ángulo más empinado de descenso. En su pendiente
resbaladiza, aun la luz procura salvarse. Pero la ergosfera es un abismo de
tiempo, no de espacio. Aquí la duración de un acontecimiento puede estirarse,
comprimirse, deformarse, mientras el espacio —un espacio resbaladizo,
condenado— juega con él, tuerce la cola del tiempo.
Toby
procuró entender todo aquello mientras le subía la acidez del estómago revuelto
y las pantallas parpadeaban. La materia lanzada a toda velocidad y erizada de
radiación rociaba la nave.
Toby
pensó con un mareo que tal vez estaban viendo volar por el cielo los
escupitajos de Dios, una broma cósmica.
—¿Cómo
encontramos nuestro camino?
La
gravedad puede curvar y desplazar una secuencia dada de acontecimientos. Vivir
en un lugar como éste es como ser un insecto condenado a arrastrarse por un
cinturón colgado en un armario: un cinturón cuyo extremo hemos vuelto del revés
antes de insertarlo en la hebilla. El insecto puede reptar cuanto desee,
siguiendo el bucle, y cubrir ambos lados del cinturón, pues ahora es como si el
cuero tuviera un solo lado, pero nunca puede salir de él. Para el insecto los
acontecimientos se repiten sin cesar, y nunca llega al final de su interminable
trayecto.
La
voz metálica del Aspecto se recreaba en aquello.
—Hablas
de esto como si lo supieras por propia experiencia.
He
estudiado estas cosas, pero sólo las conozco por textos antiguos. Y por la
antipática Zeno, un personaje realmente desagradable. Me habla de los
experimentos que llevaban a cabo aquí, incluso de lo que, según dice ella,
construyeron.
—¿Aquí?
¿Quién puede construir algo aquí?
Indudablemente
se trata de un error de transcripción, o puede que la vieja Zeno chochee y le
falle la memoria. Pero puedo citarte textos más fiables de los Candeleros. A
menudo mezclaban la mitología con la física, una moda de esa gran época.
¡Imaginaos qué lujo! Aun así, para tu edificación, puedo pronunciar una
conferencia completa sobre...
—No,
gracias. —Toby se apresuró a devolver al Aspecto a su refugio.
—¿Qué
es eso? —preguntó Killeen, señalando la reluciente negrura que apareció en la
pantalla. A Toby le pareció una enorme colmena, oscura y aceitosa y llena de
galerías.
Quath
envió un gorjeo de alarma.
<No
sé, pero sospecho que puede ser nuestro punto de destino.> —¿Por qué?
—preguntó Killeen.
<Desde
el momento en que habló la Mente Magnética, he estado en comunicación con la
miriapodia, con toda la legión de Filósofas. Se refieren al momento particular
en que podíamos entrar en el pozo de tiempo y encontrar la dirección correcta.
Sólo se da el caso cuando cae mucha materia, como la masa ofrecida por esa
estrella moribunda que vimos. Esas masas colosales, al precipitarse, crean
turbulencias en la superficie del pozo de tiempo. Entonces podemos entrar. Sólo
en momentos como éste es posible llegar a este lugar.>
Toby
trató de comprender cómo.
—¿Es
como colarse por una puerta lateral cuando el viento la abre?
<En
cierto modo. Pero para rizar la superficie del pozo de tiempo se requiere el
viento de varios minutos.>
El
rostro de Killeen se crispó por la incertidumbre.
—¿El
momento de la apertura? Pero ¿apertura hacia qué?
<Hacia
la estructura que tenemos delante. O hacia algo que se encuentra más allá. Mis
Filósofas no saben nada más.>
La
nave tembló y gruñó con nuevas tensiones. Una negrura brillante y aceitosa
llenaba todas las pantallas, inmensa e ineludible.
2 -
COLMENA
La
estructura reluciente y negra parecía desplegarse nadando en la penumbra
acuosa. Toby comprendió que estaba creciendo. Emergía, como un intrincado
buque, de un lago color piza-rra. Parecía deslizarse en el espacio, arrancada
de una oscuridad tormentosa, como si aflorase desde un lugar invisible más
profundo. A lo largo de ella se extendían nuevos terraplenes y llanos con
afiladas crestas, recibía en sus superficies los destellos que seguían
rodeándolos por todas partes.
<Mirad
la hora de a bordo.>
Toby
la miró, parpadeó. El tono de Quath no daba a entender que compartiera la
sorpresa que sentía Toby. Los dígitos del tiempo externo ahora volaban.
<Estamos
en el nivel del año.>
Killeen
continuaba erguido en la cubierta que crujía, equilibrando el peso para
contrarrestar las sacudidas. No apartaba los ojos de la masa que se extendía en
las pantallas, con el rostro tenso.
—¿A
cuánta profundidad podemos llegar? <Nadie lo sabe. Pero a más de la que es
posible.>
—Humm
—dijo Killeen con sorna—. ¿Qué no es posible aquí?
—El
consumo de combustible aumenta —comentó Jocelyn. Killeen asintió.
—Ha
estado aumentando desde que entramos. ¿Cual es nuestro margen de reserva?
—¿Para
poder salir de este lugar?
—En
efecto, para salir de la ergosfera. —Pronunció esta palabra con torpeza. Jerga
de los Aspectos, un idioma que él apenas conseguía chapurrear.
El
crujido de las tensiones que tironeaban del Argo había distraído a Toby de la
visceral pulsación de los motores. El retumbar se intensificó, haciendo temblar
su litera.
Jocelyn
trabajó un instante, moviendo los ojos mientras escuchaba su enlace directo con
los sistemas de la nave. Arrugando la frente, comentó:
—Eos
instrumentos tratan de calcular cuánto se necesitará para salir de aquí. Estos
números siguen brincando. Nos estamos acercando. Devoramos combustible sólo
para mantenernos en una órbita, al parecer.
—¿Cuánto
tiempo tenemos?
—Nos
quedan unos cincuenta minutos.
Killeen
permaneció inconmovible.
—Entiendo.
El
Argo se desplazaba sorbiendo plasma con bocas magnéticas, quemándolo en cámaras
de fusión y escupiéndolo por la popa. Pero necesitaba catalizadores para esto,
y se estaban agotando.
<Si
nos aproximamos al borde mismo del horizonte de sucesos, al labio del agujero
negro, ni todo el combustible del universo podrá salvarnos.>
A
Toby le sorprendió que Quath hiciera esta cruda afirmación con un tono tan
neutro. Killeen también se lo guardaba todo, con los ojos clavados en aquel
extraño objeto negro y aceitoso.
—Ese
objeto es como una roca que crece. ¿Seguro que no tiene nada que ver con el
horizonte de sucesos?
<No
lo sé. Pero no es el agujero negro en sí.>
—¿Cómo
estás tan segura?
<Cuando
las estrías de luz que nos rodean comiencen a extinguirse, significará que la
masa que cae es absorbida.>
—¿La
materia estelar cayendo en picado en el agujero negro? —preguntó Killeen.
<Tiene
que serlo. No puede permanecer en órbita... no hay trayectorias libres en el
pozo de tiempo.>
—¿Y
por qué nosotros estamos bien? —intervino Toby.
<No
estaremos bien por mucho tiempo. Si hemos podido acercarnos tanto al agujero es
porque es el más grande de nuestra galaxia, con un millón de veces la masa de
una estrella. Aunque su enorme masa nos atrae, las fuerzas de marea son menores
junto al labio del Comilón. Acercándonos a un agujero negro más pequeño,
habríamos quedado hechos trizas antes de poder internarnos en él.>
—No
quiero acercarme más, no hasta que sepamos lo que sucede o podamos deducir qué
es esa cosa. —Killeen señaló las relucientes infractuosidades de la masa
viscosa que se desplazaba delante de ellos como un lodo cristalino. Los motores
sacudían las paredes, pero en vano; la gran mole se aproximaba.
—Capitán
—dijo Jocelyn—, en cualquier caso no creo que tengamos energía suficiente para
realizar ninguna maniobra. Killeen apretó los labios.
—¿Podemos
alejarnos de esa cosa?
—Lo
dudo. Vamos a toda máquina.
—Quath,
¿qué podemos hacer? —preguntó Killeen suplicante.
<No
lo sé. El borde donde el espacio desaparece para siempre es negro como la
muerte. Cuando estemos donde la materia lo gobierna todo y el espacio se
precipita para siempre en la garganta del Comilón, lo sabremos. Pero este
objeto... es diferente.>
—He...
hemos llegado... tan... lejos. —Killeen miró las pantallas con una extraña
expresión que Toby rara vez le había visto en aquellos años: una expresión de
incertidumbre—. En la Fa-milia Bishop siempre hemos sabido que el Comilón era
importante. Pero ¿adonde debemos ir?
<Hemos
llegado al límite de lo que puede revelarnos el pasado.>
A
Toby se le erizó el vello al oír esas palabras. Era como si dos viejos amigos
hablaran del suicidio.
En
cierto modo, Toby agradecía que Killeen vacilara. Comprendió cuánto echaba de
menos al hombre polifacético que había conocido toda su vida, pero que ahora
mostraba al mundo un único rostro pétreo. Pero de pronto el semblante de
Killeen adquirió determinación.
—Tiene
que ser aquí—murmuró.
<La
necesidad emerge de la lógica no del deseo. Las Filósofas se retiran al
[intraducible] en las horas de duda.>
Jocelyn
miró a Quath con escepticismo y siguió trabajando en medio del silencio que
impregnaba el aire febril. Luego le dijo en voz baja a Killeen:
—El
Argo señala una órbita que podemos seguir para llegar a un lugar que llama
«perigeo». Está encima del borde del agujero negro. Pero si nos aproximamos
tanto, nunca podremos salir del... remolino.
—¿Estás
segura? —preguntó Killeen cortante.
—Tanto
como puedo estarlo en este lugar tan demencial.
El
Aspecto Isaac comentó secamente:
El
término correcto es «peribáritron». El «perigeo» es un punto de la órbita de la
Vieja Tierra. Sin duda el que programó los ordenadores de esta nave poseía una
educación clásica, pero ponía poco interés en la precisión de los detalles
técnicos. Espero que este carácter chapucero no abarque...
Toby
obligó al Aspecto a retirarse. Su chillido de protesta terminó en una suerte de
estallido. —¿Por qué el reloj corre a tanta velocidad? —preguntó Killeen
señalándolo. Los números se
sucedían
con creciente rapidez.
Quath
movió las piernas con inquietud.
<Esa
conducta no concuerda con los cálculos que me transmitieron las Filósofas. Algo
está distorsionando el flujo espacio-temporal aún más de lo previsto.>
—¿Eso?
—Killeen señaló la lustrosa forma oscura.
<Tal
vez. Aquí las apariencias engañan, pues la gravedad curva la luz a su
voluntad.>
En
la estructura, según distinguió Toby, había complejas nervaduras y depresiones,
arcos y largas columnas.
—Es
una construcción. No es natural—dijo.
Killeen
parpadeó.
—¡En
efecto! ¡Lo sabía! Vinimos y... Abraham, la Mente Magnética... todo conduce a
esto. —¿Cómo es posible que algo permanezca aquí? —Toby lo miraba maravillado.
Ignoraba
qué
había imaginado Killeen en los largos años de su travesía y hasta aquel
momento, pues había cosas que su padre jamás comentaba, pero obviamente no era
esto. Una arruga cruzó la frente de su padre y se desvaneció.
—No
importa —dijo Killeen—. Luego habrá tiempo para pensar en ello.
Toby
miró las pantallas con aprensión. La lustrosa negrura crecía sin cesar. Era
como si atrajera al Argo con una garra lenta e implacable. Pero la cosa no sólo
se acercaba, sino que parecía hincharse, emerger, como si naciera desde un
lugar incognoscible.
Tuvo
que ordenar sus ideas, preguntarse qué significaba. Toby cerró los ojos para
eliminar aquella visión perturbadora.
—Papá...
esas Azulinas, los lugares que atravesó el Círculo Cósmico... ¿la Mente
Magnética no dijo que los mecs las habían construido?
—En
efecto —respondió Killeen—. Son una especie de barrera. Pero esto...
Killeen
calló. Toby abrió los ojos mientras la creciente estructura cobraba nitidez,
mostrándoles su verdadera dimensión. Un colmenar de terrazas, depresiones,
salientes. Sucesivas hileras de aberturas hexagonales, telarañas de vigas y
cables. ¿O era sólo el modo en que el ojo humano organizaba una imagen
incomprensible, se preguntó Toby, creando formas que pudiera comprender?
En
el Puente todos guardaban silencio. El Argo crujía y tamborileaba sometido a
estiramientos y compresiones aleatorias. Toby se preguntó cuánto tiempo
resistiría la nave los masajes de fuerzas tan potentes.
—Capitán
—advirtió Jocelyn—, estamos quemando combustible en gran cantidad.
—Lo
sé.
—Sólo
nos quedan minutos. A menos...
El
rostro de Killeen se cubrió de determinación.
—En
los viejos tiempos de la Ciudadela Bishop íbamos de cacería. Encontráramos lo
que encontrásemos, lo llevábamos de vuelta y afirmábamos que aquello era lo que
habíamos ido a buscar.
Giró
lentamente. Todos, incluidos Toby y Quath, lo miraron desconcertados.
—Bien
podemos hacer lo mismo aquí. —Señaló la colmena bañada en una luz resbalosa y
fluctuante—. Ese es nuestro destino, teniente Jocelyn. Llévanos allí sin
dilación.
Un
largo silencio. Los rostros tensos evidenciaban que todos sabían que aquélla
era la última apuesta. Arrojarían los dados, los arrojarían ahora y para
siempre a aceitosas sombras.
Jocelyn
actuó deprisa, sin vacilar. Exigió impulso máximo a los motores, haciendo volar
los dedos sobre los teclados. En su sistema sensorial Toby veía surgir campos
magnéticos que se ensanchaban, una red invisible que apresaba la materia, la
arrojaba a las cámaras de reacción y la expulsaba por detrás. La cubierta
vibraba, las junturas suspiraban y chillaban. La acelera-ción se sentía como
una patada en el trasero. Atravesaban aquel paisaje de ébano.
—¿Hacia
dónde exactamente? —preguntó Jocelyn con fría eficiencia. Toby admiró la
compostura con que se volvió hacia Killeen, las cejas enarcadas. Afrontaba el
destino con clase.
Killeen
miraba atentamente los detalles de la estructura. Un gemido hendió el aire
mientras el Argo luchaba contra fuerzas tormentosas e invisibles.
—Allí.
Un
pequeño punto verde parpadeaba en el extremo de una larga y puntiaguda
península.
—Eso
no estaba hace un momento —dijo Jocelyn.
—Tal
vez alguien ha encendido la luz del porche —comentó Toby.
Recordó
que su madre solía hacerlo en Ciudadela Bishop, cuando él salía a jugar con sus
amigos en las suaves noches estivales. Un fulgor amarillento y familiar,
protegido contra la de-tección mec. Una guía tenue y trémula en la oscuridad. A
él le gustaba perseguir pajarillos que brillaban al batir las alas. Por mucho
que se internara en los matorrales, siguiendo sus grazni-dos y gorjeos, siempre
veía la luz distante del hogar. Nunca pierdas de vista la luz, decía su madre.
Una
luz destinada a ojos humanos, no mecs. Aunque al fin no sirvió de mucho, pensó
Toby con amargura.
El
fulgor verde parecía flotar hacia ellos. Debajo se abría una caverna. Killeen
indicó a Jocelyn que se internara en ella.
Se
deslizaron suavemente. Se detuvieron entre enormes y negros acantilados.
También
allí se repetía el diseño de colmena, a escala cada vez menor. Caprichosas
imágenes de colores centelleaban a lo largo de los flancos de ébano, reflejando
las esquirlas de materia condenada que llovían en la oscuridad de arriba. Era
como si aquel lugar estuviera
en
el confín de la creación, sólido e inamovible, una tierra nocturna bajo un
cielo desasosegado y moribundo.
De
repente la colmena pareció hincharse, fluctuar, y se encontraron dentro de las
negras y aceitosas paredes. Dentro de esa cosa. Sin transición visible.
Jocelyn
redujo la potencia. Killeen ordenó que se consumiera la menor cantidad posible
de energía. Esto creó un remanso de bienvenida calma. Todos guardaban silencio.
No podían hacer nada. No podían ir a ninguna otra parte.
Sin
embargo, Toby se sobresaltó cuando el oficial de guardia de la cámara de
presión principal presentó el parte con voz ronca. Se dio cuenta de que todos
los ocupantes de la nave estaban crispados.
El
oficial de guardia oyó algo. Lo retransmitió por el sistema sensorial general,
y el ruido creció, enorme y vibrante. Parecía como si alguien estuviera
llamando a la puerta.
3 -
NEGRURA LEJANA
El
hombre era un enano arrugado, pero no parecía importarle.
—¿De
qué era sois? —preguntó, conduciendo a un grupo de cinco oficiales y a Toby en
la penumbra por un pasillo largo. Una conejera sombría de techos bajos. Las
botas vibraban so-bre la dura superficie de cerámica. Nadie respondió,
esperando a que Killeen rompiera el silencio; pero él callaba.
El
enano se encogió de hombros.
—Bastante
reciente, al parecer.
Toby
no había presenciado la primera reunión entre Killeen y aquel sujeto bajo y
musculoso, pero no parecían haber llegado a ningún acuerdo.
—De
después de la Calamidad, como ya he dicho —explicó Killeen con calma, aunque
apretaba los labios, tenso.
—Aquí
eso no significa nada, amigo. Bien mirado, la vida entera es una gran
calamidad.
—Venimos
del planeta Nieveclara, y te agradeceré que te guardes tu filosofía.
El
enano enarcó las cejas, mirando al capitán. —Vaya, conque estás hecho todo un
crítico, ¿eh?
Killeen
hizo una mueca. Toby notó que su padre procuraba adaptarse a una situación
totalmente desconocida. Extraña, aunque con apariencia de normalidad.
—Nuestro
mundo fue destruido —dijo Killeen—. Hemos venido aquí guiados por portentos y
mensajes...
—Imagínate...
me hice instalar un chip para poder hablar esta jerigonza vuestra. Así que
mira, amigo, apreciaría un poco de «anchura de banda». Cada tío que llega a
trompicones desde un agujero del esti cree que deberíamos conocer toda su
historia, hasta los hoyuelos de su trasero cultural.
—Espero
respeto para una delegación de un lugar lejano...
—Ya
obtendrás el respeto de los sujetos que están detrás de los escritorios. Yo
tengo trabajo que hacer.
Llegaron
al final del pasillo. Más allá se abrían más pasajes.
—No
he entendido lo que has dicho antes —dijo Toby—. ¿Qué es este lugar? El enano
lo miró pestañeando.
—Sólo
un vulgar portal de entrada. Mejor que la mayoría, diría yo, y...
—Pero
¿un portal hacia dónde?
—Hacia
el esti.
—¿Y
qué es eso?
—Esti.
Es por espacio, ti por tiempo.
Siguieron
al enano por un pasillo. A su paso las puertas se abrían y cerraban
automáticamente con un susurro.
—¿Quieres
decir que aquí estamos en otra clase de espacio-tiempo?
Para
Toby el lugar resultaba abrumadoramente aburrido.
—Los
chicos no aprenden mucho últimamente, ¿eh? —dijo el enano mirando a Killeen.
Toby comprendió que el hombrecillo sabía que él era joven, a pesar de que Toby
le llevaba
un
palmo, y buscaba un modo ácido de decirlo cuando Killeen murmuró:
—Todos
agradeceríamos saber qué demonios es este lugar.
—Un
fragmento estable de esti complejo. Habitado. Gobernado. Y ahora que lo
mencionas, no he oído ninguna palabra de agradecimiento por sacaros a todos de
la Negrura Lejana.
—Os
lo agradecemos —dijo Killeen sinceramente—. Nosotros...
—Yo
pagarás por todo esto, capitán, así que no derroches sinceridad. En este
momento...
—¿Quién
fabricó este «esti»? —preguntó Toby de mal humor—. ¿Vosotros? —Miró
dubitativamente al hombre.
—¿Fabricar?
—El enano se encogió de hombros—. Siempre estuvo aquí.
—¿Cómo
es posible? —preguntó Toby—. Frente al mayor agujero negro de la galaxia...
—Mira,
hay cosas que la gente que vive en planetas no comprende. No tiene ningún
sentido preguntar quién fabricó el esti cuando tiene su propia línea temporal,
¿entendéis?
Toby
no lo entendía.
—Sólo
quiero saber...
—Ya
basta. Vamos, peleones, tenemos que filtraros. —El enano los había llevado a
una habitación pequeña—. No tardaremos mucho.
Las
paredes eran amarillas y esponjosas. Toby seguía intrigado por los comentarios
del hombrecito. Killeen iba a decir algo cuando el enano salió de un brinco,
con una sonrisa bur-lona. Una lámina oculta bajó, encerrándolos.
—Nos
ha tendido una trampa —exclamó Cernió, alarmado—.¿Y si...?
De
pronto el aire pareció comprimirse. Luego, por el contrario, la presión
disminuyó, hinchando los tímpanos. En el cielo raso aparecieron lentes que los
ducharon con ráfagas de luz brillante y frágil. Toby cerró los ojos con fuerza
pero los destellos le aguijoneaban la cara y las manos.
Aquello
duró un buen rato. Los Bishop gritaban, amenazando con abrir un boquete en la
pared. Pero Killeen les ordenó que se callaran.
—No
veo ninguna amenaza. Calma.
Una
presencia zumbona parecía sondearles la piel con manos invisibles. Les
inspeccionaron las armas, el equipo, el atuendo. Toby trató de ver de dónde
procedía aquello. Su sistema sensorial no le facilitaba más que una ruidosa
mezcolanza de señales. Estaba mirando un punto de la pared cuando se abrió en
ella un agujero circular que creció rápidamente. Pronto hubo otra puerta.
Del
otro lado estaba el enano, con aire aburrido.
—Estáis
aceptablemente limpios. No tenéis esas esporas espías de los mecs que hemos
tenido últimamente. ¿De dónde dijisteis que veníais?
Tropezaron
unos con otros en su afán por salir de aquella habitación atestada. Debido a un
largo hábito, los Bishop preferían los espacios abiertos. Killeen dijo con
estudiaba indiferencia:
—¿Quién
desea saberlo?
—¿Mmm?
—Entre otros amaneramientos irritantes, el enano tenía la costumbre de mirar el
vacío, como si consultara a un Aspecto. Un Bishop cortés al menos habría mirado
a su inter-locutor—. Oh, creía que ya os lo había dicho. Soy Andro,
especialista en impuestos. Me cercioro de que los visitantes no traigan
proffoplagas, siggos o microojos.
—¿Siggos?
—preguntó Toby.
—Sois
postArcología, ¿verdad? Aun así, tendríais que haber oído hablar de esto. Los
siggos son bombas de esti, simpáticos ingenios mecs. Peligrosas, del tamaño de
una célula cutánea... y su mismo aspecto. Pueden abrir un boquete en cualquier
esti que tengamos.
—¿Cuántos
estis...? —quiso preguntar Killeen, pero Andro ya se alejaba con su rápido
andar de enano. Toby notó que el hombre, que estaba más cerca del suelo, casi
podía patinar,
sin
molestarse en levantar los pies. La gravedad era allí menor que en el Argo, y
los oficiales, presa de la excitación y la confusión, andaban a brincos.
Toby
supuso que postArcología significaba posterior a la Era de las Arcologías. ¿Ese
enano impaciente conocía su historia?
—¿Adonde
vamos? —preguntó Killeen.
—A
fregaros.
Lo
cual resultó ser como ponerse bajo un microscopio para que los palparan
gigantes. El enano daba vueltas a su alrededor, acribillándolos a
explicaciones, retrocediendo, batiendo palmas.
Algo
recogió a Toby, lo palpó, lo tanteó y lo olió. Su ropa caracoleó liberándose de
él. Desapareció volando por el aire húmedo. Toby gritó, y sólo escuchó el eco.
Luego una red de materia serpenteante lo sostuvo cabeza abajo mientras cordeles
vivientes y pegajosos le recorrían el cuerpo, internándose en sus oídos y por
otros orificios más íntimos. Cabeza abajo, con los brazos sujetos por una
concha blanda pero insistente, recibió un baño. Fragante, entusiasta, feroz,
que penetró también en cada recoveco conocido de su cuerpo, y aun en algunos
que desconocía.
La
concha lo soltó y Toby cayó. Se zambulló en una sopa verde. Emergió escupiendo,
y una pulsación de campos magnéticos lo llevó hacia una playa arenosa. Lo asió
por sus muchos implantes metálicos y lo arrastró por la arena áspera y rojiza,
que lo lamía, murmurando como una muchedumbre microscópica, pero que no le
lastimó ni le irritó la piel. Era como si la arena fluyera a su alrededor
ejerciendo sobre él apenas la presión necesaria para mantenerlo donde quería.
El enjambre de arena le recorrió el cuerpo, le sondeó las fosas nasales, los
oídos, el recto; murmuró con desagrado y se retiró con un suspiro. Toby se
incorporó temblando. Granos de aquella arena áspera le caían de las narices. Le
lamieron el rostro y se le metieron entre el cabello, riendo.
Toby
no tenía ánimos para reírse. Salió de la playa justo cuando Jocelyn caía de una
nube, dando volteretas, y se zambullía en la sopa verde. Gritaba y jadeaba.
—Cálmate
y déjale hacer —le aconsejó Toby.
El
consejo no sirvió de mucho. Jocelyn abofeteó airadamente la sopa verde. El
líquido la rodeó y los flujos magnéticos la aferraron en una posición más bien
embarazosa para una dama, rodeándola como sogas. Por el ojo del sistema
sensorial, Toby vio que Jocelyn caía en la playa, escupiendo.
Toby
se desinteresó de las tribulaciones de Jocelyn. Trepó por una duna de arena y
una pared de niebla perlada. Más allá esperaba el enano, sosteniendo una suave
bata amarilla.
—¿Dónde
está mi ropa?
—La
están reeducando —dijo Andro con aire distraído.
—¿Qué?
—Usa
esto mientras comes.
—¿Porqué?
—Es
tu tutor.
—No
sabía que me hubiera matriculado.
—Todos
los que entran por Puerto Athena asisten al curso, rascacielos.
—¿Rasca
qué?
—Es
una palabra antigua. Significa que eres innecesariamente alto.
—Fea
palabra. A mí tú me pareces muy bajo.
—Unos
días de chocar con la frente contra las puertas te darán una buena lección.
Toby
se encogió de hombros y se puso la bata amarilla. Le sentaba bien, y se ciñó a
él con elegancia.
—¿Cuándo
volveré a tener mi ropa?
—Cuando
se haya graduado —explicó Andro—. Por ahora, irás así.
—¿Y
por qué?
—Si
no comes, no aprendes, chico. —Andro bostezó y cogió otra bata de un montón
cercano. Jocelyn llegó por la pared de niebla murmurando, agitando los pechos
como dos furiosos ojos rojos en busca de pelea.
—¿Qué
ha sido eso? —preguntó.
—Inspección
de aduanas —respondió el enano, mirando el vacío por encima de su hombro.
—Gusano,
no me hables...
—Cúbrete,
muchacha...
—¿Crees
que puedes...?
—O
serás citada por publicidad engañosa.
Jocelyn
parpadeó, se sonrojó y no supo si enfadarse o no. Toby se alejó, trotando por
el pasaje que Andro había señalado.
Una
cafetería, pura y simple. Grandes recipientes de hortalizas fragantes,
salteadas, fritas o flotando en extrañas salsas. Todo burbujeando bajo luces
indirectas, servido por autobrazos. Para su sorpresa —aquí sólo parecía haber
sorpresas, aunque pocas respuestas— le gustó la comida. Gorgoteaba y resbalaba
cuando intentaba morderla, soltando deliciosos aromas. Esti-mulante,
provocativo.
Era
comida, no cabía duda, pero era imposible morderla. Se escurría de los dientes
como si le leyera el pensamiento. (Más tarde, esto le pareció una clara
posibilidad.) Se cansó de chas-quear los dientes en vano y aceptó la situación,
limitándose a tragar aquella cosa suave y deliciosa. Bajaba fácilmente, casi
felizmente, pensó, una idea absurda. En su estómago estalló en tibias oleadas
de satisfacción. Se reclinó a disfrutar de la sensación, que era aún mejor que
la comida. Permanecía así, con la mirada perdida, cuando pasó el enano,
resopló, le metió otra cucharada en la boca y dijo:
—Sigue
estudiando.
Los
otros Bishop parecían estar disfrutando igual. Después de las penurias y
tensiones, algunos lo celebraban atrincherados alrededor de dos pequeñas mesas.
La comida de a bordo nunca había sido muy sabrosa. La variedad les levantaba el
ánimo. Charla, bromas, risa purificadera.
Esto
activó la alarma en Toby. Se preguntó si los estaban distrayendo, drogando;
pero el enano parecía más aburrido que calculador. Y al cabo de un rato su
mente se despejó. Se sentía mejor, pictórico de energía. Y la bata había
empezado a frotarlo y masajearlo agradablemente. Se arremangó y le sorprendió
ver su intenso bronceado un poco más claro. Llevaba el vello de las axilas
cuidadosamente recortado. Estudió la tela. Había pequeños fragmentos de piel
apresados en sus diminutas fibras. La cerrada urdimbre de la bata devoró y
digirió esas partículas.
Bien,
pensó, era un modo raro de darse un baño.
Andro
se acercó, moviendo rápidamente las piernas rechonchas, vio que los cuencos
estaban vacíos y chasqueó los dedos.
—Ahora,
hablemos de negocios. ¿Quién tiene la licencia?
—No
respetamos ninguna autoridad, salvo la de nuestra Familia —dijo Killeen.
—Vaya.
Bien, yo nunca he estado muy de acuerdo con este asunto de las Familias...
capitán Killeen, ¿verdad? —El enano tendió la mano derecha y Killeen quiso
estrechársela. Sin em-bargo, el enano se miró la palma, ignorándole. Toby vio
que la piel del hombrecito se convertía en una pantalla en la que se veía un
documento—. Humm, me temo que no hay documentación.
—Los
Bishop de Nieveclara —dijo Killeen con impaciencia.
—Hay
muchos Bishop, un grupo de ellos en la mayoría de los planetas. Ace y Trey en
otros.
Blue
y Gold en otros más...
—¿En
la mayoría de los planetas? —preguntó Killeen con incredulidad—. ¿Quieres decir
que compartimos el nombre?
—Y
también los genes. —Andro no lo miraba. Se tocaba las yemas de los dedos de su
mano-pantalla. Toby vio que la imagen cambiaba, presentando más documentos.
—¿Quieres
decir que tenemos parientes en otros lugares? —preguntó Jocelyn.
—Ésa
fue la estrategia de la Agachada —resopló Andro con desdén—. ¿Ya no os enseñan
historia?
Los
Bishop se miraron sorprendidos.
—Creíamos
que éramos los únicos Bishop —dijo Toby—. Nuestro linaje se remonta a los
Candeleros, según algunos.
—Así
es. Pero no podíamos correr el riesgo de que se perdiera todo un linaje
familiar. Así que lo difundimos. ¿No hay ningún Pawn con vosotros?
Killeen
parpadeó.
—Pues
no. Fueron exterminados por los mecs.
—¿Veis?
Ese es el riesgo. Qué pena... yo soy medio Pawn.
—¿Tú?
—Toby no pudo ocultar su asombro—. Un pequeño...
—Nos
atuvimos a las especificaciones originales, niño. —Andro torció la boca
socarrón—. Respetamos la tradición, por si no lo has notado. Los que viven en
planetas siempre se au-mentan el tamaño, es infalible.
—Los
que no lo hicieron fueron presa de los mecs —rezongó Killeen.
—Es
verdad —intervino Cermo—. Necesitábamos energía, sensores, capacidad de
portación, tecnoelementos. Eso suma peso.
Andro
miró a Cermo con los ojos entornados.
—Como
es obvio. No es nada de lo que haya que avergonzarse, os lo aseguro. La mayoría
de la Familias lo hacen cuando la competencia mec se pone difícil. Les resulta
duro despren-derse de la masa en cuanto llegan aquí, sin embargo. Y se ponen
mal con sus dietas perpetuas.
—¿Aquí
hay otras Familias? —preguntó Killeen, sin ocultar su asombro.
—Las
tenemos todas... incluso las plantillas originales, en alguna parte.
—¿Los
primeros Bishop? —preguntó Jocelyn, pasmada—. ¿De los Candeleros?
—¿Eh?
Oh, naturalmente... en alguna parte. Y en algún tiempo. —Andro dejó de
teclearse los dedos, se leyó la palma y unió las manos con un crujido seco.
Cuando las separó la panta-lla había desaparecido y la mano derecha tenía el
mismo aspecto arrugado y sucio que la otra—. Eso es todo. Hay un mensaje de
bienvenida para vosotros. Alguien os esperaba.
—¿Quién?
—preguntó Killeen.
—No
sé. Soy un inspector, no una biblioteca.
—¿Dónde
podemos encontrar ese mensaje?
—Tengo
que consultar a la Regencia.
—Vamos,
pues.
El
lo miró con picardía.
—¿Seguro
que no tienes licencia?
Killeen
entornó los ojos.
—Pequeño,
acabamos de pasar...
—Sé
por dónde acabáis de pasar... si sois quienes decís que sois. Carne fresca,
recién llegada de las colonias.
—¿Colonias?
—Jocelyn estaba estupefacta—. Eramos los últimos que resistían en Nieveclara
hasta que...
—Lo
sé —dijo Andro—, es una historia que ya he oído antes. Los últimos de vuestro
planeta.
Lo
cierto es que sois los mejores, pues habéis llegado aquí.
—Los
mecs liquidaron a las otras Familias —dijo Jocelyn.
—Lo
que acabo de decir. Podemos usar a gente que sabe apañárselas para conseguirse
la cena. O eso dice el discurso oficial. Yo me pregunto si ya no tenemos a
demasiada.
—¿A
qué viene lo de la licencia? —preguntó Toby.
—Niño,
te asombraría cuántos mercaderes tratan de disfrazarse de palurdos y llegan
aquí creyendo que pueden engañar al recaudador de impuestos. —Andro lo
estudió—. Se atiborran
de
bioemergentes para parecer grandullones un par de días. Luego tienen que
orinarlo todo.
Humm,
tú eres el más pequeño...
—No
soy un impostor —protestó Toby, ofendido.
—Humm.
Supongo que no. No pareces lo suficientemente listo para serlo.
Toby
se enfadó.
—Oye...
—Os
aprobaré, pues. —Andro arrugó la nariz, como si hubiera tomado una decisión—.
Podéis pasar. Pero nadie más de la nave entrará mientras no hayáis visto a la
Regencia. Son las reglas.
—¿Por
qué? —Killeen apretó la mandíbula, conteniendo apenas su irritación—. Mi
tripulación quiere salir. Todos. Hemos pasado años encerrados...
—¿Crees
que la Regencia quiere una turba de inocentes deformes deambulando por la
ciudad? —Andro señaló las murallas con una mano.
—¿Esto
es una ciudad? —preguntó Toby, pensando que debía tratarse de una confusión
idiomática. Las ciudades de los tiempos antiguos eran elegantes, airosas,
lugares de música dulce e iluminación.
Andro
rió entre dientes.
—No,
hijo, esto es una celda de recepción. Voy a enseñaros la ciudad.
4 -
UN DÍA EN EL JUZGADO
No
tenía mucho aspecto de ciudad. La Tierra de los Enanos, así la había bautizado
Toby cuando no habían recorrido ni dos manzanas.
Aun
en medio de una multitud podía ver a gran distancia, por encima de la cabeza de
todo el mundo. Había gente rechoncha corriendo por doquier. Gritando,
rezongando, riendo, todo ello con bulliciosa precipitación. En la brumosa
distancia había más de lo mismo. Edificios de poca altura, grises, pardos y
negros. Incluso los árboles eran achaparrados; en Nieveclara no habrían pasado
de ser arbustos.
—¿Qué
lugar es éste? —envió Cermo por el comunicador.
Por
la falta de reacción de Andro, Toby dedujo que no podía interceptar la línea de
la Familia. Killeen envió una rápida señal confirmando que podían hablar de
aquella manera, así que Toby preguntó:
—¿Quiénes
son estos renacuajos?
—Realmente,
no son los sujetos brillantes que esperaba —comentó Jocelyn con desconcierto.
—En
efecto —dijo Killeen—. Cuando encontramos humanos aquí, pensé que serían de los
Candeleros. O de los Tiempos de Gloria, incluso. La gente que podía construir
en el cielo, que luchó contra los mecs, que exploró el Centro Verdadero, los
heroicos.
—Pensaba
que éramos nosotros quienes en los Tiempos de Gloría nos internamos en el
Centro Verdadero —dijo Cermo.
—Nadie
lo sabe, a decir verdad —dijo Killeen—. Ninguno de nuestros Aspectos lo
recuerda. Fue hace mucho, y debió ser obra de humanos cuyos poderes ni siquiera
somos capaces de concebir. Quiero conocerlos.
Toby
detectó una nota de súplica en la voz de su padre, pero los otros no parecieron
advertirlo. Todos continuaban la marcha, disimulando que estaban conversando,
felices de burlar a los enanos. Entonces sintió que afloraba la Personalidad
Shibo, bienvenida aunque no invocada:
Son
ratas con corbatín. Pero útiles.
—¿Cómo?
Toby
sintió que ella se abría paso por su sistema sensorial, con fuerza, ocultando
la ciudad gris.
Una
antigua expresión que aprendí de Zeno. Los antiguos se ponían una prenda
alrededor del cuello para demostrar una determinada actitud. Llevar corbatín
era prueba de una cierta chulería. La arrogancia de Andro delata su verdadera
condición. Alardea delante de los patanes por quienes nos ha tomado.
Toby
comunicó esto a los demás, que murmuraron su aprobación. Killeen asintió.
—Eso
encaja. Trata de impresionarnos de algún modo. Este lugar es bastante bonito,
pero es una choza en comparación con lo que podía hacer la gente de los
Candeleros.
—Es
posible —admitió Jocelyn—. Pero ¿dónde están las Familias de los Candeleros?
¿Por qué tenemos que tratar con Andro?
Toby
deseó que Quath estuviera allí para ayudar. Por una parte estaba contento,
feliz de que su padre hubiera logrado encontrar el objetivo tradicional de la
Familia Bishop. Por otra parte, se preguntaba qué estaba sucediendo. Aquél no
era el gran recibimiento que esperaban. Notaba la decepción en los ojos de
todos.
Quería
decirle algo a Killeen, franquear el abismo que había crecido paulatinamente
entre ellos durante aquellos años de fuga, de capitanía. Pero esos ojos
llameantes impedían que tu-viera con él una conversación franca.
Andro
comentaba las vistas. Parecía creer que los monumentos eran sensacionales,
prodigiosos. Edificios municipales marrones cuyas gruesas e intrincadas
columnas enmarcaban puertas diminutas. Factorías sin ventanas y sin propósito
definible. Negros y chatos edificios de apartamentos cuyos pequeños balcones
parecían añadidos toscos.
—Concedo
que esto es más complejo que la Ciudadela —le dijo a Cermo—. Pero las ruinas de
las Bajas Arcologías me impresionaron más.
—No
sé —respondió Cermo—. Sospecho que se nos escapa algo. Todavía no entiendo cómo
puede estar aquí este lugar.
Al
fin llegaron a una masa piramidal de piedra gris y brillante que parecía tener
un poco más de categoría. Su destino.
Andro
les indicó la rocosa entrada con una profunda reverencia que tal vez fuera
sarcástica. Toby respondió con un cabeceo, entró en el vestíbulo, siguió a
Andro por el suelo de mármol y se dio de cabeza contra el dintel. Reprimió un
gruñido. Andro hizo un gesto burlón que tal vez nadie más vio. Frotándose la
frente, Toby siguió al resto hasta una habitación con hileras de bancos. En uno
de sus extremos, una figura solitaria ocupaba un desvencijado escritorio de
madera. El escritorio estaba descolorido, desconchado, tenía las patas rajadas.
Supusieron que se trataba de una «reliquia oficial», como las antiguas
escaleras que usaban los mayores en Ciudadela Bishop.
—¿Nueva
tanda, Andro? —preguntó la correosa y rechoncha mujer del escritorio. Usaba una
toga negra y parecía haber pasado una mala noche—. Los últimos que trajiste
todavía están debatiendo los detalles de la ley de importaciones y
exportaciones en la cárcel.
—¿Cómo
iba a saber que podían burlar nuestros filtros con esas tabletas de sueño
inducido? —se quejó Andro, extendiendo las manos—. Es culpa de los ingenieros.
—Un
buen artesano no culpa a sus herramientas —dijo la mujer, echando una mirada
lánguida a los Bishop. El espectáculo no pareció despertar en ella demasiado
interés, y bos-tezó.
—Estos
energúmenos son un caso simple —dijo Andro, adelantándose con deferencia. Apoyó
la palma derecha en una zona negra del gastado escritorio de madera de la
mujer. Un zumbido pareció evidenciar transmisión de datos de sus archivos
personales—. Son un poco imprecisos en cuanto a su procedencia, pero no parecen
tan listos como para ocultar contrabando.
—Humm,
tal vez tengas razón en eso —dijo la mujer, mirándolos de arriba abajo. Por el
rabillo del ojo Toby vio que Cermo abría la boca airadamente, y la cerraba ante
una mirada severa de Killeen.
Después
de la comida de aprendizaje, Andro les había dado chips idomáticos para que los
insertaran en sus puertos espinales, quejándose sin cesar de la antigüedad de
sus puntos de
inserción.
El chip de Toby funcionaba bien, aunque Andro había definido desdeñosamente
esas micropastillas como «simplificaciones», dando a entender que traducían el
idioma de la gente de Andro a oraciones sencillas, para que los Bishop pudieran
entenderlas.
La
mujer miró el escritorio de madera gastada, que se transformaba gradualmente en
una reluciente pantalla. Toby vio columnas de cifras y largas listas, todas
procedentes de los archi-vos de Andro. No entendía el idioma, pero parecía
contener mucha información, pulcramente ordenada. Sin embargo, Andro no había
dado muestras de enterarse de nada, y ni siquiera parecía haberles prestado
atención.
Killeen
se adelantó.
—Si
posees alguna autoridad, debo solicitarte que nos indiques cómo encontrar a
algunos parientes nuestros, de los Bishop, y a un hombre...
—Soy
juez —dijo la mujer, dura y desdeñosa—. Guardarás silencio hasta que se te haga
una pregunta.
—Pero
hemos venido...
—Parece
que no oyes bien, ¿eh? —Ella torció la mano en un ademán extraño, y un rayo
eléctrico atravesó el aire, provocando una conmoción en el sistema sensorial de
Toby. El efecto era brutal, y revolvía el estómago.
Killeen
trastabilló, se puso verde un instante, recobró la compostura.
—Entiendo...
La
juez le dirigió una sonrisa lobuna y mordaz.
—Me
he tomado la molestia de procesar vuestros patrones de lenguaje, para poder
explicaros
de forma clara y familiar las consecuencias de vuestros actos. Doy por sentado
que
pasaréis
un año, tal vez dos, en la casa de trabajos, por la violación de nuestros
códigos
impositivos.
Si queréis reducir esa sentencia...
—¿Violación?
—exclamó Killeen—. Vinimos a este lugar en busca de...
—Al
aparecer de ese modo desde la Negrura Lejana, activasteis alarmas. La Regencia
tuvo que preparar defensas. A fin de cuentas, podíais ser mecs.
—Pilotamos
una antigua nave humana.
—El
engaño es frecuente en la Negrura Lejana. Y no enviasteis ningún aviso previo.
Preparar la defensa cuesta dinero, tiempo, esfuerzo. Una deuda que se debe
saldar en la casa de trabajos. —La juez se encogió de hombros—. Simple justicia
social.
Killeen
se envaró. Los Bishop no eran simples carroñeros; siempre habían comerciado
hábilmente con las otras Familias. Incluso hubo una época, durante el
tristemente célebre Alojamiento, en que las Familias negociaban con los mecs.
—Tal
vez tengamos algo de vuestro interés —sugirió Killeen.
La
juez movió el cabello fingiendo desinterés.
—¿Qué
podríais tener?
—¿Nuevas
muestras de plantas espaciales de una nube molecular?
Killeen
le hizo una seña a Cermo, quien añadió:
—Las
estamos cultivando. Buena comida.
—Humm.
¿Productos regionales? Son de interés relativo. —La juez miró el vacío.
—Tenemos
tecnología que traemos de nuestro mundo natal —se apresuró a añadir Killeen.
—Humm.
—Ninguna reacción.
—Y
de otros. Artefactos extraños. Antiguos, tal vez.
—¿Más
mercancías planetarias? —La juez parecía aburrida—. Esas cosas nos llegan a
espuertas cuando vienen inmigrantes.
—Bien...
—Killeen miró de soslayo a Toby—. Traemos un alienígena.
La
juez demostró interés.
—¿De
qué phylum!
—Miriapodia.
Ella
arqueó la boca sorprendida, adoptó una expresión astuta.
—¿Estás
seguro?
No
había sabido disimular, pensó Toby. ¿Y cómo alguien podía confundir a Quath con
otra cosa?
—Ella
me capturó en el último planeta que visitamos —dijo Killeen con desenvoltura—.
Llegué
a conocerla bastante bien.
—¿Ella?
No sabía que tuvieran sexos. —La juez parpadeó, obviamente desconcertada.
—Varios,
por lo que yo sé. —Ahora era Killeen quien fingía desinterés—. Son complicados.
Y
tienen buena memoria. Ella nos contó muchas cosas sobre las tradiciones de su
especie. —Excelente, excelente. Ciertamente existe un mercado para esa
información. —La juez
apoyó
el pulgar en el escritorio, miró una nueva pantalla, cabeceó—. Podría negociar
una suspensión de vuestros deberes en la casa de trabajo si las autoridades
indicadas pueden pasar un tiempo con esta alienígena. Supongo que la tenéis
arrestada.
Killeen
demostró sorpresa, y Toby supo que no era fingida.
—Es
una amiga.
—Claro,
está bien, no quise ofender. Comprenderás que esto requiere delicadas
negociaciones. Los expertos tendrán que venir desde lejos en el esti. Dados los
cambios de turno, tendremos que...
—Bien.
Encárgate de ello —dijo Killeen, recobrando el aplomo—. Tenemos aquí otras
cosas que hacer y nos encargaremos de ellas.
La
juez miró de nuevo el escritorio, como si recibiera un mensaje.
—La
alienígena es una cuestión importante. Preferiríamos tenerla bajo nuestro
control hasta...
—¡De
ningún modo! —ladró Killeen—. Ella permanecerá con nosotros.
La
juez titubeó, entornó los ojos.
—¿Cómo
sabemos que realmente tenéis una miriapodia?
—Os
la traeremos —dijo Killeen.
—¿Aquí?
Pero eso podría ser peligroso.
—No
para nosotros.
Ella
pareció alarmarse.
—Esas
criaturas mataban a la gente sin piedad.
Toby
recordó que Quath había comentado desaprensivamente que ella y los suyos
consideraban a los humanos nulidades, seres a su modo de ver sin la menor
importancia. Y sus predecesores habían cazado primates. Tal vez esta gente era
reacia a olvidar, o sabía algo que él ignoraba.
—Garantizo
vuestra seguridad —dijo Killeen con desenvoltura, disfrutando de la situación—.
Y ni
siquiera os cobraré por ello.
Toby
notó que a Cermo le costaba contener la risa. Miró a su espalda. Sin que ellos
lo notaran, varias personas habían entrado silenciosamente en la gran sala y
permanecían detrás. No parecían amenazadoras, pero tampoco sonreían. Llevaban
pequeñas mochilas rectangulares y tenían un aura de autoridad. La situación era
seria.
—Muy
bien —dijo la juez—. Por favor, traed a la alienígena aquí.
—No
tan rápido —replicó Killeen—. Antes quiero cierta información.
—Te
aseguro que recibirás toda la información pertinente cuando...
—Ahora.
—Supongo
que podemos llegar a un acuerdo...
—Por
otra parte, Andro dijo que nos aguardaba un mensaje.
—A
su debido tiempo...
—En
el mismo momento en que interroguéis a Quath. No después.
La
juez frunció los labios, guardó silencio, hizo una seña a la gente que
aguardaba detrás. —Te agradecería que enviaras a algunos de los tuyos con mi
gente. Pueden encargarse de
que
la alienígena pase a estar bajo nuestro control.
—Quath
no os pertenece —objetó Toby.
La
juez lo miró como si lo viera por primera vez, y no le gustara mucho lo que
veía.
—Estableceremos
la propiedad de la información que obtengamos de...
—No
deis por sentado que Quath vaya a deciros algo —comentó Toby, mirando a su
padre—. Muchas veces se niega a hablar.
—Creo
que ése es un problema técnico para los equipos que se encargarán de
interrogarla y...
—Un
momento —la interrumpió Killeen—. Toby tiene razón. Hay que manejar a Quath con
cuidado, pues de lo contrario ni siquiera se dignará pedorrear.
La
juez parpadeó.
—¿Pedorrear?
Supongo debo entender que se trata de una hipérbole, de una figura de lenguaje.
Cermo
rió entre dientes y Toby recordó cómo había construido Quath su refugio:
juntando sus propios excrementos.
—No
exactamente —dijo Toby, y sonrió misteriosamente.
La
juez miró a Toby con escepticismo.
—Entonces
tal vez podamos contar con vuestra ayuda. ¿Hay alguien que pueda ayudarnos a
hablar con el miriápodo?
Los
otros Bishop miraron a Toby.
—Supongo
que sí—dijo él—. Lo que hagáis con lo que Quath decida contaros es cosa
vuestra. Pero no os la entregaremos. Se quedará con nosotros.
La
juez guardó silencio, estudió la superficie del escritorio, miró a los que
aguardaban en el fondo de la sala. De forma serena aunque claramente
amenazadora, dijo:
—No
creo que estéis en posición de imponer condiciones.
Killeen
se volvió y miró a la gente que estaba detrás. Los otros también dieron media
vuelta, doblando rodillas y codos, preparándose para la acción. Ese largo
momento se prolongó.
Toby
comprendió la intención de su padre. Era probable que aquella gente dominara
una tecnología superior, pero era humana. Gran parte de la comunicación
dependía menos de las palabras que del aspecto físico, y los Bishop eran mucho
más altos que esos hombres y mujeres. Jocelyn y Toby, los más bajos, doblaban
en altura a aquellos enanos arrogantes.
Killeen
dejó que este hecho calara en ellos, y luego dijo:
—Espero
que respetes por completo la letra y el espíritu de nuestro acuerdo.
La
juez reflexionó, evaluando la situación. Luego sonrió por primera vez.
—Es
agradable conocer a un visitante que domina los matices de la negociación.
—Extendió una mano—. Mis amigos me llaman Monisque. Mis enemigos prefieren
apelativos más cortos. Elaboremos las condiciones en detalle. Luego quizá
podamos beber un trago.
Algunos
ritos humanos eran eternos. A Toby no le cabía duda de que los tragos
contendrían una generosa porción de alcohol.
5 -
TRANSHISTORIA
Quath
los acompañaba bamboleándose por la zona de recepción de Andro.
La
habían llevado por las dársenas de carga y los sectores de equipos del puerto,
porque las zonas de personal eran demasiado pequeñas.
Toby
habría jurado que Quath tenía más piernas, pero los nudosos tobillos de acero
se movían tan deprisa, haciendo zumbar las articulaciones neumáticas, que
costaba discernirlo.
Los
edificios relucían como mantequilla caliente, tal vez como parte de las
precauciones de seguridad de aquella gente, supuso Toby, pero no se imaginaba
el uso de aquello. A menos que los edificios contuvieran energías fulminantes
que pudieran eliminar a los Bishop infractores.
—¿Qué
opinas, Quath'jut'kkal’thon? —preguntó Killeen.
Ella
volvió la cabeza angulosa hacia Killeen, una cortesía que sabía que los humanos
apreciaban, aunque era totalmente innecesaria, pues su voz les llegaba por las
líneas de comunicaciones. Aun así, no dijo nada.
—Vamos,
Quath, no te preocupes —dijo Toby, con una ligereza que no sentía, y esperando
que la alienígena no reparase en ello—. Estarás bien. Todos estaremos bien
aquí.
<A
Quath'jut'kkal'thon no le importa.>
Toby
jadeaba tratando de ir a su paso.
—¿Por
qué lo dices, arrancadora de ojos?
<No
me importa. Ahora que hemos llegado a este extraño lugar, yo no importo.>
—Importas para esta gente —dijo Killeen—. Tienen mucho interés en ti.
<Para
sus propios fines. Tal vez, cuando se conozcan todos los propósitos, nuestros
fines coincidan con los suyos.>
—Parecen
bastante preocupados por las miriapodia —dijo Killeen.
Inquieto
y nervioso, el capitán movía los ojos de un lado a otro mientras salían de la
dársena de recepción y entraban en la ciudad. Más «guardias de honor», como los
llamaba la juez, los acompañaban; equipos de hombres y mujeres alertas y
nerviosos, provistos con armas de cañón largo, les abrían paso por calles
laterales. En las desiertas calles de piedra las tiendas cerradas resonaban con
el eco de los talones de las botas de los Bishop. Killeen hizo señas a Cermo y
a varios más, que formaron una fila protectora. La gente de esa ciudad monótona
no parecía una amenaza; todos sabían que los «guardias de honor» estaban allí
para mantener a los Bishop en orden.
<Les
diré sólo lo que permite el código de las Filósofas.>
Quath
seguía preceptos que Toby no atinaba a comprender. A veces se explayaba
detalladamente sobre la historia de las miriapodia. En otras ocasiones no decía
una palabra, ni siquiera parecía oír las preguntas.
—Ansian
tener noticias de la Negrura Lejana, como las llaman ellos —añadió Toby.
Los
guardias, con su actitud tensa, lo ponían nervioso. El aire mismo parecía
cargado de electricidad. Esas personas, su extraña y achaparrada ciudad, el
increíble pero irrefutable he-cho de que estuvieran allí, todo se sumaba para
crear en él una profunda inquietud. Y todo sucedía tan deprisa que no podía
obtener respuestas directas a las mil preguntas que ese lugar planteaba.
—Si
eso compran, eso venderemos —dijo Killeen—. ¡Cermo! Coge ese callejón y enfoca
esas nubes lejanas.
—¿Qué
espectro?
—Dame
una visión general, infra o mejor.
Cermo
avanzó, vestido con traje de campaña, haciendo rechinar sus ornamentos tecno.
Sus electrorredes vibraban con energía. Las antenas que llevaba instaladas en
el hombro, la cintura y la cadera escrutaban todos los rumbos en 3D. Su
armamento, bruñido tras largas horas de lustre y reparación en la nave, estaba
sin embargo mellado y abollado por mil refriegas.
Toby
recordaba los tiempos en que aquel equipo era de uso cotidiano para todos los
Bishop. En plena fuga, sintonizaban sus sistemas sensoriales en perímetro
máximo, cada Bishop un centinela. Durante los años que siguieron a la Calamidad
habían errado así, levantándose fatigados, ojerosos y doloridos cada mañana, en
un mundo cada vez más árido, hambrientos y perseguidos por los mecs.
Los
lugareños los miraban desde esquinas distantes. Parecían interesados y
divertidos.
Ratas
con corbata.
Toby
no lograba entender el cielo. Sabía que aquello no era un planeta ni mucho
menos, pero nubes cambiantes se desplazaban a poca distancia de los chatos
edificios. Incluso los había sorprendido un chubasco cuando regresaban a la
dársena del Argo. Eso le había sorprendido, un agua pura y sabrosa cayendo del
cielo como un don divino. No había visto una lluvia tan sabrosa desde que
jugaba en el lodo cuando era niño.
...
y de pronto un chubasco, un aguacero, gotas cristalinas en la cara. La cara de
ella. Gotas incesantes y ráfagas torrenciales, transparentes, maravillosas, una
sonora cascada martilleando una ladera, y ella de pie bajo la lluvia, con un
traje de fiesta amarillo pegado a las piernas delgadas, una joven empapándose
extasiada...
La
intrusión repentina le había inundado la mente. Shibo.
Majestuosos
arbotantes, flanqueados por masas de granito. Sentía esa Personalidad
intensamente, los huecos y ranuras del interior de otra persona, un nuevo
contiene extendiéndose ante él. El aguacero amainó. Llovía a lo lejos, gotas
oblicuas cayendo de nubes turbulentas, signo de esa triste presencia.
Hace
tiempo que no me llamas.
—Estuve
ocupado. —Algo de aquel aguacero inquietaba a Toby por el placer que despertaba
en Shibo. Notó que tenía una erección, y esperó que ella no lo notara.
Sé
que es difícil llevarse bien con tu padre. Yo pasé por lo mismo.
—Él
está a cargo de todo, sí, pero... no me siento tranquilo.
Es
el hombre cuyo sentido de la oportunidad os ha traído hasta aquí, tan lejos...
—Ya
no sé lo que busca.
Creo
que sus objetivos son los de siempre. Pero ahora es un hombre que oculta sus
sentimientos. Un capitán debe hacerlo.
—Pero
a mí no me los oculta.
Como
desde una lejanía, ella dijo:
Aun
a ti. Te estás convirtiendo en un hombre, más que en su hijo.
Toby
tosió para disimular el oscuro hervor que sentía por dentro. La erección
persistía y él respiraba entrecortadamente. Le zumbaba la cabeza.
—Las
nubes son bastante densas —dijo Cermo—. No veo mucho en el infra lejano. La
visión es fluctuante.
—¿Fluctuante
en qué sentido? —preguntó Killeen.
—Parece
que reflejaran la ciudad misma. Es decir, cuanto más miro, más obtengo imágenes
ondulantes de calles y edificios.
Shibo
retrocedió. Toby quería escuchar la conversación que sostenían los demás y ella
había regresado a su refugio. Toby se concentró, empujándola más. Procuró
respirar más despacio. No veía nada a través de las nubes.
—Las
microondas dicen que allá arriba hay algo sólido —dijo Cermo.
—¿Sólido?
—Killeen cabeceó—. En efecto, todo concuerda.
<Convengo
en ello. Estamos en un tubo que da vueltas, tan ancho que el agua se condensa a
lo largo del eje formando bancos de nubes. Si pudiéramos ver a través de ellas
veríamos más edificios. No sé cómo se logra la rotación en este lugar
desconcertante.>
—Me
alegra que te hayas vuelto humilde, vieja cucaracha —dijo Toby. Quería dar
ánimos a esa criatura bamboleante, pero le temblaba un poco la voz por el
descubrimiento de Cermo. La idea de una ciudad suspendida sobre él, sin ningún
soporte, sostenida por una invisible ley física lo abatió un poco, aunque
procuró conservar el ánimo.
Tres
brazos color rubí bajaron de pronto y elevaron a Toby por encima de los
adoquines. Lo
mecieron
juguetonamente, lo posaron en el caparazón amarillo que había detrás de la
cabeza
de
Quath.
—¡Oye!
<Tal
vez aprendas más desde una perspectiva más elevada.>
—¡Uuf!
No es que haya mucho para ver. Ya era más alto que los letreros con los nombres
de las calles. Qué raros, ¿verdad?
El
grupo de los Bishop cruzaba el paseo del Melocotón por el Camino Real de las
Granadas, y Toby tuvo que llamar a su Aspecto Isaac para comprender que se
referían a sabrosas frutas antiguas, aunque no había ninguna planta a la vista.
<Su
renuncia a divulgar datos sobre este lugar me resulta sospechosa.> —Si no he
comprendido mal —dijo Killeen—, no dan nada gratis. —En efecto —dijo Toby—. Son
bastante desagradables.
<Las
Iluminadas hablaban de vuestros hábitos tribales, las grandes variaciones en
costumbres. Discrepan en cuanto a si esto es una ventaja o una sutil
debilidad.>
—Tal
vez sea ambas cosas. Estamos acostumbrados a que la gente se ayude sin hacer
preguntas. Esta gente no piensa así... lo cual implica muchas cosas.
<Esos
matices de la conducta de los primates superan mi comprensión.>
—Pues
es sencillo —dijo Killeen—. No sufren una amenaza continua. La gente que se
siente cómoda puede permitirse el lujo de elegir.
Toby
pensó en ello.
—También
puede significar que están bastante habituados a los extranjeros.
<Entiendo
a qué te refieres.>
—¿Sí?
¿A qué?
Toby
no tenía una idea más profunda, pero no lo admitiría allí, siendo el único
menor entre adultos. Nadie revelaba sus golpes de suerte.
<En
esta estructura hay muchas más personas de las que vemos. Suficientes para que
la mayoría sean extranjeros.>
Killeen
observó atentamente a los guardias.
—Es
posible.
Toby
se sentía nervioso, como si estuvieran practicando un juego invisible. Killeen
no demostraba su inquietud, conservaba el aplomo. Toby echó un vistazo a un
callejón y vio a lo lejos un edificio que de pronto pareció derretirse; las
ventanas y arcos se disolvieron en un verdor moteado.
—¡Mirad!
El
edificio se modificó; aparecieron un techo a dos aguas y una nueva hilera de
ventanas.
Killeen
entornó los ojos.
—Eso
también concuerda —dijo con aire distante.
—¿Concuerda
con qué? —Toby vio que se abrían nuevas puertas, de bordes ovales en vez de
rectos.
—Esta
ciudad posee una tecnología que nunca hemos visto. Y apuesto a que se controla
sola.
—¿Sola?
—murmuró Cermo, intrigado— ¿Y Andro?
—Es
un empleado. —Killeen miró a Andro con una sonrisa bonachona. Le divertía que
pudieran hablar así tan cerca de él—. Pensándolo bien, esta gente no es
superior a nosotros.
—Realmente,
no parecen capaces de construir un Candelero —dijo Cermo.
—No
lo hicieron —dijo Toby con firmeza—. Pero no esperes que lo admitan.
Pasó
frente a una fuente camarina, agobiado por un torrente de ideas; sintió el
surgimiento de una presencia...
...
Ella se movía con agilidad y entusiasmo, saltando de guijarro en guijarro por
la resquebrajada carretera. Eos charcos que la niebla nocturna había formado
reflejaban su imagen en la luz grisácea y deshilachada. Jugando en las ruinas
al alba. Escombros de una incursión nocturna. Tocones de piedra. Una araña
dormía en la ciudad, plateada y acechante, sus patas velludas moviéndose con
una fricción de navaja, inaudible entre el ruido del despertar de su amada
ciudadela, bella y desolada y siempre aguardando el próximo golpe. Pero la
alegría surgía de cada momento. La mañana rebosaba con el eterno ajetreo de la
gente dedicada a sus ocupaciones, lucha y fracaso y nueva lucha. Aunque también
sabían que la araña aguardaba, susurrando en las cuencas oculares de un cráneo
blanqueado...
Toby
interrumpió las imágenes, jadeando. Se obligó a mirar la calle que pisaban sus
botas, y clavó los ojos en la líquida danza del agua.
Pero
el mundo de Shibo también era cautivador. Evocaba levedad, airosa sensación de
fusión, pero tenía un sólido fundamento en una red de interjuego, de casual y
tácito deleite. Estos atisbos de su Personalidad contrastaban con la tensión
masculina que lo rodeaba, la contención, el control y el análisis. El andar
robusto y musculoso de Killeen traslucía propósito, decisión, distanciamiento.
Toby respetaba eso, sabía que era preciso conducir a la Familia Bishop de esa
manera.
Pero
aquél, además, era su padre. Durante los años en que huían juntos por planicies
áridas y peligrosas, Killeen se había templado, afilado. Como un cuchillo
contra la piedra, pensó Toby, una ley de la naturaleza. Y ahora Killeen
esperaba que su hijo manifestara la misma dureza, el mismo distanciamiento
resuelto que exigía el liderazgo.
Toby
sintió esa lucha interior como un puñetazo, un choque entre las tentaciones del
mundo de Shibo y las exigencias de Killeen. Cermo lo miró de una forma rara,
enarcando una ceja. Toby comprendió que en su rostro debían pintarse sus
sentimientos, y lo compuso, sintiendo que la Personalidad Shibo se reía
suavemente de él, y luego desaparecía en su fantasmagórico refugio. Toby
continuó la marcha.
Recorrieron
calles tortuosas, cruzaron una ancha plaza de piedra negra, se internaron en el
edificio más imponente que habían visto allí: una empinada pirámide, de
blancura cruda y res-plandeciente. El Aspecto Isaac dijo que era «perlada», y
cuando Toby palpó el material era asombrosamente frío y pegajoso. Pronto
entraron por un ancho portal y ocuparon asientos de-lante de una tarima
elevada. Las sillas eran de un tamaño adecuado para los Bishop y la de Toby lo
aferró con una fuerza tibia y acariciante. Era insinuante, y lo ceñía a lo
largo de la espalda y las piernas. Se preguntó si lo dejaría ir, en caso de que
quien mandara en aquel lugar decidiera impedírselo.
Para
su sorpresa, la juez Monisque apareció sobre la tarima; esta vez llevaba una
toga azul. —Me imaginé que era algo más que una juez —susurró Killeen en
comunicación cerrada. —Me alegra saludaros otra vez, gente errante —dijo
Monisque—. Ahora me presento
ejerciendo
mi otra función... la de jefa de permutas.
—Parece
que aquí te encargas de todo —dijo Killeen.
—Las
apariencias engañan. La mayoría de la gente no se interesa por los visitantes,
vengan del esti que vengan.
Cabeceó
mientras muchas personas bajas llenaban los asientos restantes, murmurando.
Toby notó que los asientos se adecuaban también a los enanos, encogiéndose, y
se sintió menos paranoico.
—Nuestra
amiga Quath'jut'kka’thon está dispuesta a presentar datos acerca de cualquier
campo que no esté vedado por su... —Killeen procuró traducir las ideas de las
miriapodia a tér-minos humanos—. Bien, sus órdenes sacerdotales. A cambio de lo
cual, tenemos gran cantidad de preguntas que formularos.
—No
estoy aquí para decirlo todo, capitán —dijo Monisque con retintín.
Killeen
no estaba de humor para ponerse a regatear, y Toby compartía su impaciencia.
—Primero,
queremos saber qué lugar es éste..., cómo funciona, su historia, quién lo creó.
Segundo...
—Podemos
decirte lo que sabemos. Pero no hablo en nombre de las Vías.
—¿Vías?
—preguntó Killeen.
—Otros
ejes del esti. ¿Andro no os dijo nada?
Andro
se puso de pie. Vestía un mono más limpio y almidonado.
—Intenté
explicárselo, pero carecen de las nociones necesarias.
Toby
no pudo soportarlo. Se levantó y acometió.
—Mientras
estuviste a borde del Argo, sólo intentaste hacer trueques por nuestro equipo.
No
te
oí dar ninguna conferencia sobre...
—Pues
bien, dediqué un poco de tiempo extraoficial a mis aficiones. Aun así, señoría,
estos
palurdos
no tienen ni la menor idea acerca de las brazas topológicas necesarias para...
—Sentaos,
ambos —rugió Monisque—. Os daremos la Introducción Correctiva estándar, no hay
problema.
—Segundo
—dijo Killeen, como si le faltara por enumerar una larga lista—, deseo saber
dónde está mi padre, Abraham de Bishop.
—Búsqueda
de parientes, ¿eh? Amigo turista, aquí eso es una importante industria
familiar. —Monisque hizo una anotación pasando la mano por el atril de la
tarima—. Tendrás que en-comendar una búsqueda por tu cuenta.
—Debéis
saber dónde están vuestros ciudadanos, quiénes son.
—¿De
veras? —Monisque enarcó las cejas—. Hay más vectores de Vías que pelos tienes
en el cuerpo, capitán... y más rizados.
Los
presentes rieron, aunque no los Bishop. Killeen tensó la boca y envió por canal
cerrado:
—No
puede ver mis pelos más rizados... ni los verá, por cierto.
Los
Bishop reaccionaron con una risotada y una sarta de burlas. Los enanos se
sorprendieron, sin saber si los habían insultado.
Toby
sonrió. Se preguntó si aquella gente tendría la misma tradición que los Bishop:
un torneo de humor cortante, sarcasmos e insultos, tanto velados como desnudos.
Entre fugitivos, esa charla rápida servía para divertirse y agraviar, a ser
posible ambas cosas. Servía básicamente para aplacar las tensiones, para
ventilar las rencillas de manera aceptable. Tal vez por eso Killeen parecía tan
distante e imponente para muchos de sus actuales subalternos. Nunca lo habían
visto humillado por una broma mordaz.
—Respeto
que vuestros parientes vivan aquí tan hacinados —continuó Killeen con gran
afabilidad—. Entiende que nosotros necesitamos reunimos con nuestros
antepasados.
Ella
lo miró de hito en hito.
—¿Estás
seguro de que eso es todo?
—Vuestra
tribu es muy avanzada, pero algunas cosas no cambian —dijo Killeen con
severidad—. La Familia es una de ellas.
—Es
justo. Pero debéis comprender que vemos pasar a mucha gente. Oímos historias.
Profecías. Embustes. Muchos nos tienden la mano... para arrebatar, no para dar.
Así que nos hemos vuelto un tanto recelosos.
—Tratad
de huir de los mecs durante un par de generaciones —dijo Killeen con mesura.
Toby
comprendió que procuraba contener la impaciencia.
—Me
inclino ante la superioridad de vuestra experiencia. Aun así, mi autoridad
tiene sus límites. Tratamos con las personas de la transhistoria de manera
justa y ecuánime. El trueque está bien. Estamos dispuestos a canjear. Todo lo
demás...
—Somos
de Nieveclara, no de la transhistoria.
La
juez hizo un ademán desdeñoso, agitando la toga.
—Es
un término que designa a la gente del esti salvaje. No podemos dar por sentado
que procedéis del lugar y época que alegáis, porque no hay manera de
verificarlo. La turbulencia esti impide todo rastreo. Si podemos, nos atenemos
a transacciones en efectivo... pero no hay efectivo que sirva entre las
transhistorias, así que se requieren muchas negociaciones y cambios.
Killeen
abandonó su máscara de amabilidad. Se levantó, haciendo gemir los servos de las
piernas, usando su altura para poner el rostro a la misma altura que el de
Momsque.
—Estoy
dispuesto a negociar a cambio de noticias de mi padre y un mapa para
encontrarlo. —¿Eso es todo? La mayoría de los visitantes quieren comida,
combustible, crédito. Killeen
resopló.
—Eso
lo conseguiremos por nuestra cuenta.
—Supongo
que lo consideraría justo si tuviéramos pleno derecho a interrogar al
miriápodo. Monisque miró de soslayo a Quath; era la primera vez que se dignaba
reparar en su enorme
presencia.
—Eso
era sólo un aperitivo. Queremos algo más. Hallamos una inscripción en un
Candelero en ruinas, acerca de los que se zambullen en la guarida y biblioteca.
Quiero hacer preguntas sobre eso.
Monisque
agitó la brillante toga como si sintiera la tensión que había bajo las palabras
de Killeen.
—Hubo
muchos Candeleros. Yo...
—¿Aquí
hay gente de esa época?
—En
cierto sentido, sólo que «aquí» no es una palabra útil cuando hablamos del
esti. Si
quieres,
podemos ofrecerte datos históricos...
—No
quiero datos, no ahora. —Killeen hendió el aire con una mano, la voz
enronquecida, mascando las palabras—. Quiero encontrar gente.
Ella
lo miró con escepticismo.
—¿Eso
significa «quiero» o «queremos»?
—Queremos...
la Familia Bishop... su capitán. No hay diferencia.
—Así
parece —dijo secamente Monisque—. Muy bien. La «biblioteca y guarida»... bien,
éste es un camino hacia el esti, así que supongo que corresponde a la
«guarida». En cuanto a la «biblioteca», no hay datos que nadie esté dispuesto a
servir en bandeja.
—¿Por
qué no?
—Andro,
tenías razón. No saben nada. —Miró con picardía al público, que rió entre
dientes—. Nadie te revelará nuestro mayor secreto, aunque seas un gigante
planetario. Si quieres hablar con los antiguos de los Candeleros, o con el tal
Abraham, te recomiendo el Restaurador. Es una especie de biblioteca, pensándolo
bien.
Toby
no lo entendió, pero Killeen asintió lacónicamente con la cabeza, como si oyera
la confirmación que esperaba.
—La
inscripción —dijo—. Mencionaba una heroína sin nombre. «Ella es como era y obra
como obró.» ¿Eso alude a ese lugar, el Restaurador?
—No
soy una experta en historia lineal, y mucho menos en transhistoria. Este asunto
apesta a ambas cosas.
—Entonces
indícanos el camino hacia el Restaurador, su precio...
—No
podrías pagarlo.
—Aún
no he mostrado todas mis cartas, juez.
—Lo
sé. Estaba esperando la próxima mano.
—Si
sabes tanto, tal vez puedas decirme qué ofreceré.
—¿Andro?
¿La posibilidad que mencionaste?
Andro
se adelantó y se pulsó la tercera uña. Una luz cruda proyectó en la pared de
detrás de la tarima una imagen tridimensional de un pasaje del Argo. Toby
reconoció el lugar y jadeó.
—¡Los
Legados! Le dejamos acercarse.
Andro
ni siquiera miró a Toby.
—Vuelan
en una nave Clase 6, señoría. Diseño de cubierta estándar, bastante
deteriorada; no pude llegar al nexo, pero por el modo en que lo protegían, me
imagino que allí hay una plancha. Este niño —señaló a Toby con el pulgar— acaba
de probarlo.
Monisque
frunció el ceño.
—¿De
qué época? Creí que quedaban pocas naves de ese tipo.
—Los
mecs destruyeron la mayoría. Los Bishop dicen que ésta estaba sepultada en su
planeta. Eos mecs debieron pasarla por alto.
—Una
plancha de esa época... —Monisque tocó la tarima, murmuró, pareció hacer
cálculos. —En efecto —dijo Killeen. Toby veía que en realidad Killeen se
proponía negociar con los
Legados.
Su mente giraba en un frío y furibundo vacío.
También
la mirada de Andro era distraída. Toby comprendió que ambos se comunicaban con
alguna inteligencia distante, tal vez un banco de datos. Su Aspecto Isaac
comentó:
En
la Era de las Altas Arcologías existían esas aptitudes de enlace. Incrementaban
la inteligencia operativa de todos. También producían dolencias, producto de la
inmersión en datos, y las disipaciones que suelen proceder de tales adicciones.
Toby
desestimó esa información inservible. Observó a la juez que asintió con la
cabeza — ¿para sí misma, o para una presencia lejana?— y dijo:
—Estoy
dispuesta a negociar. Servicios, servicios muy limitados, a cambio de una
inspección exhaustiva de vuestra nave.
Varios
Bishop protestaron. Toby quedó tan sorprendido que enmudeció, como si tuviera
la garganta llena de algodón.
—Tendré
que saber a qué servicios te refieres —dijo Killeen sin dilación—. Tengo
algunos en mente.
—¡Papá,
no podemos! —exclamó al fin Toby—. Los Legados son nuestros. No podemos
permitir que cualquiera los tenga.
—Yo
juzgaré eso —replicó Killeen—. Aquí tenemos negocios, y esta buena gente merece
saber sobre nosotros, al igual que nosotros sobre ella.
—¡No!
—insistió Toby—. ¡No sabemos qué contienen los Legados! Tal vez secretos de la
Familia. Historia. El linaje de todos los Bishop que existieron, que podrían
existir. ¡Incluso datos de la Gran Época! Tú...
—Apenas
podemos leer un par de caracteres —dijo Killeen de mal humor—. Necesitamos
ayuda para descifrar su significado. De este modo la obtendremos.
—Pero
quién sabe qué harán con nuestros secretos.
—Son
antiguos, tan antiguos que el idioma en que están escritos es ininteligible.
Textos de la Era de los Candeleros, tal vez anteriores. De una época que sólo
conocemos por las leyendas. ¡Todos esos puntos y garabatos! —Killeen se volvió
hacia todos los Bishop y Cards presentes, y Toby comprendió que estaba
silenciando toda objeción antes de que nadie hablara. Añadió con firmeza—:
Obtendré lo que necesitamos, trocar los Legados... y de paso que los descifren.
Los
Ace, Fiver y algunos Bishop manifestaron su acuerdo con un murmullo, aunque
algunas miradas esquivas insinuaban que otros no estaban tan seguros.
—Al
menos aguarda un poco, papá —dijo Toby—. Asistamos a este «curso correctivo».
Aprenderemos más sobre este lugar, tendremos una idea más acertada del valor de
nuestros Legados, veremos si Abraham está aquí, tal vez logremos un trato más
conveniente...
Los
ojos de Killeen examinaron rápidamente la sala. Una leve sonrisa, un gesto de
complacencia, borró una momentánea sombra de incertidumbre. Toby vio que
contaba con el respaldo de los demás, el peso de su rango y del pasado. Miró a
Toby con severidad y se encaró con la juez.
—Papá,
no deberíamos...
—Cermo,
sácalo de aquí.
—¡Soy
el hijo del capitán, Cermo!
Toby
abrió la boca pero las palabras no le salían. Cermo lo cogió con firmeza,
inmovilizándole los brazos. Pataleó, gritó, insultó, probó suerte con una
patada pero sólo golpeó el aire. Cermo lo tenía dominado. La sala parecía
acuosa, llena de un aire enrarecido que no transmitía sus palabras y sus gritos
mientras Cermo lo llevaba a rastras hasta un pasillo. Los enanos lo miraban con
los ojos desorbitados, ocultándose en el aire denso de aquella sala ondulante.
La garganta de Toby se llenó de un regusto espeso y agrio, con un trago amargo
de presentimiento.
6 -
EL ENCANTO DEL COMERCIO
Toby
pasó dos días bajo llave en un camarote pequeño, sometido a la estricta
disciplina de a bordo, de modo que no veía a nadie ni se enteraba de nada. Ni
siquiera Quath podía visitarlo. De todos modos, el camarote era demasiado
pequeño. Sólo recibía alimentos y material de estudio, así que se puso al día
en matemáticas e historia, escuchando la voz monótona de Isaac más tiempo que
nunca. Se entretenía haciendo ejercicio en la diminuta celda. Cermo le traía la
comida, guardando un renuente silencio, cumpliendo órdenes a pesar de las
burlas de Toby.
A
causa de su confinamiento no pudo asistir a las sesiones de educación general
en las que se explicaba el funcionamiento de aquel lugar. Esto lo irritó tanto
que descargó su frustración en la celda, rebotando en el techo, trepando a las
paredes, saltando en el suelo. Tenía que descifrar el funcionamiento de aquel
lugar por su cuenta, valiéndose de Isaac, pero no le encontraba sentido a nada.
El misterio más profundo era la existencia de aquel imposible terreno sólido
que giraba alrededor del filo de navaja de un agujero negro.
Al
cabo de dos días, Besen logró visitarlo. Tenía el cabello más brillante —por
algo que había en el agua, dijo— y estaba radiante. Toby la abrazó, la besó, le
habló de sus cuitas y preocupaciones... pero algo iba mal. Se envaró cuando
ella lo acarició de manera provocativa, apoyándole una mano en el muslo,
rozándole la cadera.
...
piel lustrosa y resbaladiza...
El
beso de Besen parecía metálico, su lengua sabía a herrumbre.
...
tibieza almizclada rodeándola en la espasmódica oscuridad...
Besen
lo tocó, palpando su erección.
...
cascabeleo de risas mientras ambos se revolcaban y entrelazaban...
Toby
se mantuvo rígido en el abrazo de Besen, que le resultó cerrado y sofocante.
...
gemidos de placer y grata sorpresa...
Ella
frunció el ceño cuando él retrocedió y le apartó la mano.
—¿Qué
pasa?
—Ahora
no tengo ganas.
—¿Qué?
—Ojos de asombro.
—Tengo
cosas en que pensar —dijo él, confundido.
—Verdaderamente
no eres el Señor Siempre Dispuesto a quien conocía.
—Supongo
que no.
—Toby,
tal vez si hablaras un poco...
—Mira...
vuelve mañana... Hay algo que no me deja vivir.
Ella
se fue poniendo mala cara; le temblaba la boca. Toby se sintió triste y furioso
consigo mismo en cuanto la puerta se cerró. Pero luego se puso a hablar con
Shibo y enseguida le quitó importancia.
Besen
no regresó. Toby hacía ejercicio, dormía, se devanaba los sesos.
Cuando
Cermo abrió la celda, Toby se estaba volviendo loco. Besen lo esperaba con un
abrazo, y le dio un beso intenso que prometía más de lo que podían prometer las
palabras. Esta vez no le molestó, pero tampoco lo excitó demasiado. No, ya no
era el Señor Siempre Dispuesto, y no sabía por qué.
Primero,
tenía ganas de darse una ducha —los lugareños habían conectado el Argo con su
abundante provisión de agua— y salir. La achaparrada ciudad era más abierta que
los corredores en espiral de la nave, y él necesitaba espacio, respirar. Se
hizo acicalar tan pronto como pudo.
Esperaba
que lo llamaran para ver al capitán, pero su comunicador guardaba silencio.
Mientras caminaba por los corredores, deprimido e inquieto después del
encierro, nadie parecía interesado en hablarle. Los equipos trabajaban
limpiando y reparando el Argo; aun en puerto, a bordo el trabajo nunca cesaba.
Cuando
él se acercaba para conversar, los miembros de la tripulación se apresuraban a
buscar una ocupación. Al final decidió no llamar a Besen. Quizá ella no
comprendiera que lo único que quería era alejarse de allí por unas horas.
Cerca
de la salida principal había algo raro. Una docena de enanos nativos hablaban
con los suboficiales de guardia, regateando y tratando de obtener favores, y
todos callaron cuando él se aproximó. El teniente al mando explicó a Toby que
sus movimientos estaban restringidos. No podía abandonar la nave.
Eso
lo irritó, naturalmente. Pensó en ir a ver a Quath para enterarse de lo que
sucedía, y entonces recordó las agrocúpulas dañadas. En la gran cúpula en forma
de globo destinada al grano, en una ocasión había tratado de reparar un pequeño
conducto que no cerraba bien. Tal vez siguiera sin cerrar, y ahora había
presión positiva en el exterior.
Llegó
allí sin que nadie le prestara atención. La puerta cedió con un leve empujón.
Los campos de anclaje mantenían la nave aislada de las dársenas cercanas.
Suaves, pero firmes si uno presionaba. Lo empujaron a un lado, sosteniéndolo
como un viento benévolo. Se deslizó por la lustrosa superficie de la cúpula y
cayó a la sombra de la mole del Argo. Al cabo de unos
momentos
se abría paso por la zona de recepción, saludando a los aburridos mozos. Pronto
se internó en la gris ciudad.
Quedó
pasmado. Las calles, en vez de estar tristes y deslucidas como él las
recordaba, bullían de vida: puestos y tiendas, y un incesante parloteo que
resonaba en todas las avenidas. Esto demostraba que su recibimiento había sido
planificado como parte de una estrategia de regateo.
Toby
deambuló, sorprendido. Había pasado días preocupándose y ahora todo parecía
desvanecerse. Hacía muchos años que no caminaba por gusto, errando sin rumbo.
Desde que estaba en la Ciudadela. Desde una celebración, en primavera. Su
abuelo Abraham había financiado un torneo de pelota en la Plaza de la
Ciudadela. Sudor, ovaciones y silbidos, polvo. Y golosinas calientes en bolsas
de papel, refrescos, carcajadas y sonrisas.
Los
recuerdos le hicieron morderse el labio, y se internó en la bulliciosa
muchedumbre. Algunas personas lo miraron con sorpresa, pero la mayoría se
desentendía de su tamaño y su extraño atuendo. Tardó un rato en acostumbrarse a
los mercados, a las transacciones, a calcular con rapidez el valor de algo. Las
cosas que Toby consideraba simples cosas tenían un nombre especial que las
hacía parecer mejores: «bienes». Uno obtenía «bienes» a cambio de dinero, y
había que crear otro «bien» para reemplazar el dinero que uno gastaba. Se
preguntó cómo se obtendría un «mal», o un «mejor», pero nadie hablaba de esas
cosas.
Tenía
crédito, al parecer, por un primer pago que la juez había entregado a todos los
Bishop días antes. Decidió ser cauto. Aquello no era como el trueque entre
Familias que había cono-cido en Nieveclara. Allí se conseguía una sintocamisa a
cambio de dos relucientes cuchillos de acerocarbono fabricados en casa. Luego
había que encontrar a alguien que necesitara cuchillos para conseguir otra
cosa. Con el dinero era más fácil. Uno decidía si el «bien» valía tantas
monedas redondas, o no. Simple.
¡Pero
cuánto ajetreo conllevaba! El lugar estaba atestado de tenderos, buhoneros,
adivinos, mercaderes, carteristas, pregoneros, embaucadores, sensoartistas,
asesores financieros de ca-llejón, rameras de sonrisa huraña, hombres y mujeres
con «bienes» escondidos en las mangas de camisa o en los pantalones abombados y
«males» similares en el corazón. Se podía comprar cualquier cosa, desde un
polvo amarillo que causaba adicción de por vida al cabo de dos minutos hasta
una extraña y luminosa cristalería alienígena... que cuando la tocó resultó ser
el alienígena en persona.
Algunos
habían aprendido a mendigar. Sentado en un callejón, comiendo una golosina,
observó a una mujer tuerta que veía mejor que la mayoría de los que tenían los
dos ojos. Se estaba preparando para su trabajo y, por una moneda, dejó que Toby
mirase. Se maquilló, simulando ojeras y se vendó el tobillo de modo que cojeaba
como una lisiada.
Se
instaló en una esquina frecuentada. La gente le arrojaba monedas y miraba hacia
otra parte. Lo ilógico de la situación —sin duda había algún tratamiento para
tal dolencia— no qui-taba a la mendiga un ápice de credibilidad. Toby no
entendía por qué, hasta que se le ocurrió que la mujer les brindaba una forma
de acrecentar su ego. Al mirar a aquella desgraciada, inundaba al peatón un
torrente de satisfacción: uno podía tener sus problemas, pero no tantos. Era el
mundo del espectáculo.
Los
semidioses que habían creado los Candeleros no podían ser éstos, de ningún
modo. Había una maraña de calles destinadas a separar al juerguista de su
dinero. Juegos,
cabinas,
puestos donde se arrojaba algo contra un objeto y otros donde se arrojaba algo
contra el cliente. Salas de baile abiertas a toda hora, febriles, son
sintomúsica que serpenteaba en un largo bucle, llenando el aire de aromas
punzantes y sorprendentes activadores de feromonas. Toby se detuvo en una de
ellas y, durante una pausa, cuando se cancelaron sus efectos (un requerimiento
legal) vio lo que sucedía con él y su dinero. Regresó a la calle, que al menos
era más barata, aunque su sistema nervioso insistía en ordenar a sus pies que
regresaran allí.
Juegos
y programas científicos convivían con adivinos, haciendo honor a la capacidad
humana para creer en dos cosas contradictorias al mismo tiempo. Buhoneros de
maravillas. Juegos. Hazañas de fuerza (¿quieres probar?), vendedores de drogas
y alcohol, todo legal y
gravado
con impuestos considerables para contrarrestar sus probables consecuencias
sociales. Puestos de refrescos. En uno de ellos ofrecían un antiguo, oscuro y
burbujeante fluido que Toby escupió con repugnancia para sorpresa de algunos
jóvenes. Consideraban un insulto que le hubiera desagradado aquel verdadero
néctar popular, Koca-Koola, sabrosa y genuina. Con el pimentón bastó para
irritarle la lengua.
Tras
años de fuga, redescubrió lo que era una ciudad. La Ciudadela Bishop era un
pueblo extenso y polvoriento en el cauce de un desfiladero. Tenía jardines
secos y una ancha plaza, pero nada comparable con este lugar, que se parecía
más a las ruinas de una Arcología menor que había visto desde lejos mientras
los mees la despojaban de sus materiales.
El
animado orden le recordó qué tranquilizador era preparar una comida sabiendo
que había aceite y sal disponibles a la vuelta de la esquina y que una
muchacha, al cruzar una calle, no se detenía sino que miraba a ambos lados
antes de bajar de la acera. O qué fascinante era sentarse de niño ante una
ventana y mirar el desfile de quienes ignoraban ser actores pasajeros en sus
dramas imaginarios. Las ciudades: un mágico apiñamiento de humanidad, un lugar
de aprendizaje.
Toby
suponía que su nuevo chip idiomático debía de estar al rojo vivo, por el uso
que le estaba dando. Ningún conjunto de reglas digitales consigue abarcar una
lengua viva que crece, así como un fino pañuelo de seda no puede cubrir a una
mujerzuela. Casi todas las expresiones que Toby oía eran rápidas, frescas,
directas. Ideales para el regateo, pero sin matices. Sabía muy poco de eso. Las
vendedoras le echaban un vistazo y trataban de adivinar su origen por su modo
de pronunciar las vocales, pensando que venía de lugares llamados Harapiento,
Avalón o Tuscaloosa. Por el tamaño de Toby, sabían que pertenecía a las
Familias de la Agachada, modeladas por la guerra con los mecs y la gravedad,
pero pensaban en los Jack o los Queen, no en los Bishop o los Knight.
Un
grupo de jóvenes de su edad demostró un relativo y pasajero interés por su
procedencia, por cuánto había visto, pero pronto volvieron a sus distracciones.
Su charla era rápida y amena, plagada de modismos que le resultaban de difícil
comprensión. En general remoloneaban por callejones mugrientos, absortos,
jugando con artefactos.
Usaban
gafas acolchadas, auriculares, guantes y botas, cosas curiosamente pesadas.
Toby se las probó mientras ellos se burlaban con malicia, y se encontró inmerso
en el sistema sensorial de un bosque. Grandes animales embistieron desde los
arbustos, rugiendo y mostrando unos dientes enormes. Un feroz felino de
pelambre parda tumbó a Toby. Sintió una rara sensación, porque se daba cuenta
de que seguía de pie a pesar de que sus ojos y oídos le decían que estaba
rodando por el suelo.
Al
cabo de unos minutos ya conocía el juego y se puso a disparar contra los
animales. Era bastante fácil dar en el blanco, así que se cansó y arrojó a un
lado el arma que se había encontrado en la seudomano. Forcejeó con el siguiente
animal, un gran lagarto de llameantes ojos rojos. Lo arañaba y lo mordía. Era
doloroso, lacerante, impresiones bastante reales, aunque un poco inconexas
porque Toby sabía que no eran más que estímulos eléctricos de una máquina,
borrosos y huecos.
Luego
comprendió que sus sistemas incorporados hacían lo mismo, pero con mayor
precisión. Sus ojos podían indagar todo el espectro, escoger blancos, fijar
alcances y calibrar con un parpadeo, con un toque de la lengua en el diente
adecuado. Sus servos actuaban sin necesidad de órdenes. Era un equipo de
supervivencia especializado que le habían insertado cuando todavía berreaba y
se ensuciaba los pañales.
Pero
allí tales capacidades eran exóticas, cosa de los mundos bajos. Esa clase de
tecnología se usaba para jugar.
Tumbó
al enorme lagarto varias veces, y el lagarto lo tumbó a él; hasta que se cansó
del tufo de la correosa piel verde, del hedor de carne podrida alojada entre
sus dientes. Los otros chicos estaban a su alrededor, en la jungla, disparando,
riendo y corriendo, sin hacer nada real, ni siquiera el movimiento de las
piernas o de los brazos.
Les
gustó la idea de Toby de forcejear con los animales, y uno de ellos fue
aplastado por una enorme y leprosa rata de bigotes rojos. Pero también de
aquello se cansó Toby. Se quitó el casco. Los otros siguieron jugando, agitando
piernas y brazos, con falsos impactos y patadas, tensando los dedos sobre
gatillos imaginarios, matando criaturas espectrales que siseaban ante sus ojos
cegados. Se sentó a mirarlos un rato: fascinados por la acción, emocionándose
con seudovidas que eran un simple entretenimiento.
Unos
chicos divertidos para los cuales el mundo era sólo un puñado de señales,
símbolos y ficciones electrónicas. Tenían buenas razones: su mundo era mejor
que la tosca presión de la obtusa realidad, una filosofía, pensó Toby, para
gente que pasaba demasiado tiempo encerrada. Echó a andar y fue dar un paseo
real por un parque real, y aunque no había grandes lagartos verdes le gustó
más.
Entonces
Quath lo encontró. Aquella mole no tenía que abrirse paso entre la muchedumbre,
pues todo el mundo se lo cedía. Y Toby supo que llegaba antes de verla. En su
sistema sensorial apareció un telón meditabundo y ansioso. Algo iba mal, muy
mal.
7 -
ESPÍRITU ANIMAL
<Te
buscan.>
—Al
menos me buscas tú, gran insecto —dijo Toby para ocultar su sorpresa—. ¿La
gente te ha causado problemas mientras venías hacia aquí?
<Llevaba
prisa, así que no lo he notado.>
—Con
el tamaño que tienes, supongo que no puedes fijarte en todos los lugares por
donde pasas. Pero creo que aquí ni el mismo diablo con zancos causaría asombro.
<No
me han detenido.> Quath se sentó, haciendo crujir las piernas, y Toby supo
que hablaba en serio. Puso la gran cabeza bajo una rama de sauce. <Me sabe
mal no haber podido visitarte en tu celda.>
—No
habrías pasado por la puerta —dijo Toby con una fingida ligereza.
<He
concluido con el interrogatorio que ellos solicitaban.>
—¿Qué
querían saber? Es decir, después de leer nuestros Legados —dijo Toby con
amargura.
<Hicieron
muchas preguntas sobre las Crónicas de las Miriapodia. Les hablé de nuestras
armas, nuestras victorias y de lo que sabemos sobre los mecánicos. Esto último
fue lo que más les interesó.>
—¿Se
lo contaste?
<Las
Filósofas lo permiten. Éste es un momento crucial del largo conflicto con los
mecánicos.>
—¿Los
mecs se meten aquí con frecuencia? <Tienen sus defensas, al igual que las
miriapodia.>
—Espero
que sean buenas. —A Toby le agradaba el exuberante verdor del parque, pero
echaba de menos el entorno apacible y soñoliento, según él recordaba, de
Ciudadela Bishop. Esta ciudad tampoco tenía aquellas recónditas y encantadoras
avenidas donde él había aprendido a caminar de la mano de su madre. Y sabía que
no encontraría lugares como ésos en ninguna parte.
<Querían
información sobre el trabajo de los mecánicos con la antimateria.> —¿Con la
qué?
Quath
emitió un chirrido metálico, una carcajada en apariencia, aunque Toby jamás
había podido precisarlo. Emitía el mismo sonido en situaciones que, al menos
para Toby, no eran ni remotamente graciosas. Cuando el chirrido cesó, Quath le
dijo que la materia tenía su opuesto y que, si se encontraban ambas partes, las
dos desaparecían en un fogonazo.
—Parece
peligroso jugar con eso —dijo Toby.
<Están
estudiando las partículas pequeñas que transmiten corrientes, los electrones, y
especialmente sus contrarios, los positrones. Crean nubes de esos pares
haciendo girar
pequeñas
estrellas, las estrellas de neutrones. Los mecánicos estudian intensamente en
esos lugares.>
Toby
sacudió la cabeza.
—Yo
quiero entender este lugar, Quath... no me llenes la cabeza con cuentos de
estrellas. <Intentaba mantener lo que una vez definiste como una charla
intrascendente, antes de
pasar
a una conversación seria.>
—¿Eso
es una charla intrascendente? —Toby se paseó por el bosquecillo, escuchando el
murmullo de la gente y del comercio a una manzana de distancia. Aquel fragmento
de naturaleza, unos cuantos árboles y arbustos, bastaba para hacerle comprender
cuánto la había echado de menos—. Creo que sé lo que te propones, sin embargo.
Mi padre quiere que regrese con el rabo entre las piernas, ¿verdad?
<Usas
metáforas de animales para decir las cosas; una típica habilidad de los
primates.> —Pero ¿he acertado?
<Hay
más. Killeen ha concluido sus negociaciones. Para obtener lo que desea, debe
entregar a cambio algunas cosas de la nave.>
—Que
lo haga. Si ya ha usado los Legados como instrumento de cambio, ¿para qué
preocuparse?
<Los
mercaderes de aquí desean información sobre la indumentaria y la joyería de los
viejos Bishop. Sobre su arte tradicional.>
—La
moda, ¿eh?
<Parece
ser una preocupación de los primates. Adornaros con bagatelas.>
—Oye,
tú te insertas un ojo o pata adicional con tanta frecuencia como yo me cambio
de camisa.
<Rara
vez te la cambias.>
—Sí,
claro, pero...
<No
es lo mismo.>
Toby
no entendía por qué, pero algo en el comportamiento de Quath lo ponía nervioso.
—¿Para qué has venido a buscarme, madre de las cucarachas?
<Tu
padre ha terminado sus trueques. Ahora, para lograr sus fines, necesita una
cosa más.> Toby pateó una rama caída.
—¿Qué
me importa? Por mí que venda la dentadura. <Una pieza importante que sólo tú
tienes.> —¿Yo? Yo no tengo nada. <Tú llevas una Personalidad.>
—Claro,
pero... oye, ¿con eso está negociando mi padre?
<Aquí
tienen un modo diferente de morir. Una institución conocida como el
Restaurador, o la Máquina de Preservar. Con una muestra de tejido y una reserva
de memoria, puede recrear a cualquier persona que haya vivido.>
Toby
sintió frío, horror.
—Shibo.
<Sí.>
—No
me gusta eso.
<Creo
que es algo que debe resolver la interesada.>
Toby
se sonrojó. Vaciló, sintió mareo, se sentó. Veía puntos blancos en el aire.
Respiraba entrecortadamente. Intuía que lo que Killeen quería estaba mal, pero
no sabía cómo argumen-tarlo.
—No
sé.
<Si
hay que usar la Personalidad Shibo para reconstruir a la persona viva, me
imagino que es necesaria su cooperación.>
—Hablarán
con ella.
<Eso
creo. Pero una Personalidad en un chip no puede hablar.> —Claro que no.
Tendrá que ser a través de mí.
La
cabeza le palpitaba y se apretó las manos, que sentía extrañamente frías, pero
se obligó a pensar. Con volcar su atención hacia su interior la Personalidad
Shibo afloró como una cuña inflexible en su mente.
Es
tentador regresar a todo eso. Tendré que pensar en ello.
—¿Qué?
—preguntó Toby en silencio—. ¡Estamos tan cerca! Apenas he empezado a saber
cómo eres. Amo tus recuerdos.
Son
polvo digital.
—Son
tan reales como esta hierba, estos árboles.
Tú
no crees eso. ¿Recuerdas a los que luchaban contra los seudoanimales? Preferían
lo simulado a lo real. Tú te reías de ellos.
—Pero
tu yo durará para siempre si está almacenado en un chip. —El argumento era un
poco forzado, y esperaba que ella no cayera en la cuenta.
Nada
reemplaza la vida. Aun así, aquí hay ciertos sabores que tú no sientes.
Difíciles de describir, fríos, grises y tranquilizadores.
Astutamente,
Toby dijo:
—Resolvamos
este problema, luego hablemos del Restaurador.
Tiene
cierto sentido, lo admito.
—Bien,
déjame hablar con mi padre, sólo tú y yo, y...
He
estado pensando. Semejante transformación quizá no nos traiga felicidad, ni a
mí ni a Killeen. Está cambiado. Se ha endurecido.
—Así
es.
Me
agrada este distanciamiento. Aquí estoy a salvo de lo tosco y lo efímero, de
penas y necesidades.
Toby
detectó un aroma de espacios claros, extrañamente delicioso, de superficies
tersas fluyendo en un lugar atemporal.
—Entiendo.
No
puedes. Pero te agradezco que lo intentes.
Tragó
saliva, con las manos trémulas, y miró desafiante la cabeza de Quath.
—Yo...
no permitiré que Killeen tenga el chip.
<E1
es el capitán. Lo tomará.>
—¡Tengo
derechos!
<No
el de retener una Personalidad. Él argumentará que, de existir la posibilidad,
una Personalidad debe ser liberada.>
—¡No
es la costumbre de la Familia! —protestó Toby.
<Tu
Familia nunca antes tuvo la tecnología necesaria para lograrlo. Para tu
especie, la costumbre se adapta a las posibilidades.>
—La
humanidad ya debía tener esto hace mucho tiempo, de lo contrario esta gente no
lo tendría. Pero nuestras costumbres son antiguas... y no encierran nada acerca
de traer de vuelta una Personalidad.
<Ésta,
pues, es la prueba de cuánto habéis decaído.> Nada cabía replicar a una
afirmación tan cruda. —Aun así, no la entregaré.
<Él
la tomará. Aduce que necesita las aptitudes de Shibo para explorar este
lugar.> —¿Explorar?
Toby
no podía apartar la mente de la perspectiva que le aguardaba. Y algo más le
secó la boca, le cerró la garganta: las extrañas corrientes que avanzaban como
riachuelos abrasadores cuando pensaba en Shibo.
<Para
buscar a Abraham. Y creo que algo más.>
—Necesito
reflexionar. —Toby se levantó temblando. No era propiamente Shibo quien causaba
aquel tumulto en su interior. Era algo relacionado con él y con Shibo, pero que
no ati-naba a expresar. Cada vez que lo intentaba sentía un mareo, un remolino
de náusea.
<He
venido a prevenirte. Killeen ha ordenado que te busquen.>
—No
regresaré.
—Claro
que regresarás —dijo su padre.
Toby
giró sobre los talones.
—¡No!
Killeen
y Cermo salieron de la arboleda cercana, en traje completo. El rostro de su
padre estaba arrugado y contraído, como si no hubiera dormido en todos aquellos
días.
—Sabía
que Quath sería mejor que nosotros para buscarte —dijo con una sonrisa forzada—
.
Redujiste tanto tu sistema sensorial que no podíamos detectarte.
—Papá,
no hagas esto.
—Es
necesario.
—Yo
llevo el chip, así que según la ley de la Familia yo decido por la
Personalidad. —Excepto cuando la supervivencia de la Familia exige otra cosa.
La ley también dice eso. Toby pensó deprisa. Nunca había prestado demasiada
atención a las complicaciones de la
ley
y las costumbres de la Familia, el parloteo y los alardes de los adultos, y
ahora lo lamentaba.
—Aquí
estamos seguros. Nada amenaza nuestra supervivencia.
—No
lo creas. Pero mira, hijo, quiero que Shibo vuelva. Creo que entiendes por qué.
—No
creo que sea para mejor.
—Tonterías.
Estaremos juntos de nuevo, los tres, como una verdadera familia.
Toby
sacudió la cabeza.
—No
será lo mismo.
—Claro
que sí. Shibo, en persona... piénsalo. —Por primera vez en mucho tiempo, el
rostro de Killeen se iluminó.
—No
vinimos aquí para esto, papá, y además... —Se interrumpió—. Ah... al contrario,
para esto vinimos precisamente, ¿verdad?
La
cautela acabó con la fugaz alegría de Killeen.
—No
era ésta la razón principal, pero... sí, supuse que aquí habría algo parecido
al Restaurador. El mensaje de ese Candelero, ¿recuerdas? Y otros viejos dichos
y mitos. ¡Deberías ver la realidad, hijo! Magnífica, enorme. Vidrio y metal
flexibles y transparentes. La tecnología capaz de restaurar a cualquiera, si se
tienen los datos necesarios...
—Ahora
no la necesitas, papá. Tal vez más tarde, cuando hayamos encontrado a
Abraham...
—¡Abraham!
—Killeen recobró la alegría—. Tengo su mensaje. Nos ha enviado las coordenadas
de su posición. No son fiables, dice Andro, pero nos acercarán a él. Abraham
está vivo, aquí. De algún modo logró salir de la Ciudadela. Dijo que te llevara
a ti, por cierto, y...
—Lo
de Shibo puede esperar; es una cuestión personal, papá. Abraham y lo demás es
cuestión de la Familia Bishop, y por tanto lo primero que debes resolver.
—Hay
más cosas por descubrir, lo presiento. Necesito a Shibo. Ella era mi... centro,
hijo. Sé que no puedes entenderlo, pero...
En
el rostro de Killeen, la inquietud y la incertidumbre amenazaban su máscara de
capitán. Toby comprendió de pronto hasta qué punto aquella imagen suya
tranquila y resuelta había sido una máscara durante años.
—La
necesito. Quiero recobrarla antes de que salgamos en busca de Abraham. Es una
emergencia, así que dejaré de lado las costumbres de la Familia...
—¡Estamos
seguros! Aquí ni siquiera hay mecs. Puedes invocar una...
—Ya
lo he hecho. —Killeen había recompuesto su máscara por culpa de los exabruptos
de Toby, y la ventana abierta entre ambos se cerró de golpe.
Killeen
y Cermo permanecían juntos, altos y firmes; la posición de los codos y rodillas
del robusto Cermo denotaba su aprensión. Las arrugas del rostro de Killeen eran
profundas, sombrías, como si ocultaran algo; pero su voz era serena, cada vez
más tranquila. Toby le había oído usar el mismo tono con un tripulante que se
había insolentado y a quien quería meter en cintura.
Toby
aspiró profundamente, se humedeció los labios. Sirviéndose de sus Aspectos echó
mano del lenguaje jurídico, una jerga que apenas entendía.
—¿Dejar
de lado las costumbres? ¿Cómo puedes hacerlo? El Consejo de Familias ni
siquiera me ha informado sobre esto. Primero tienes que...
—Convoqué
un consejo extraordinario. Como habías abandonado el Argo sin autorización del
oficial de guardia, permitieron que se llegara a un veredicto sin informarte.
Toby
quedó anonadado. Debió haber sospechado que la fuga le resultaba demasiado
fácil.
—Tú
permitiste que me fuera.
—Yo
di órdenes de que te quedaras en la nave.
—Claro,
sabiendo que podrías sacar provecho de ello...
—La
Familia exige esto.
—¿La
Familia? ¡Ja! Eres tú quien lo quiere.
—Me
abstuve de intervenir en las deliberaciones.
Toby
soltó una exclamación de desprecio. Su padre sabía que varios días de encierro
lo afectarían hasta el punto de hacerle abandonar la nave. Así que el capitán
había preparado sus argumentos, cerrado el trato, aguardado a que Toby
escapara. Se sorprendió de que pudieran manipularlo con tanta facilidad,
calculando sus impulsos; fue como recibir una ducha de agua helada.
Dominó
la voz y dijo con voz calma:
—Papá,
Shibo no quiere que la restauren.
Killeen
rió secamente.
—Estupideces.
Todo Aspecto quiere salir.
—Ella
es una Personalidad... es mayor, más amplia... —Toby se esforzó para decir lo
que sentía—. Tú no llevas una, y no sabes cómo es. Está por encima de todo
esto, de los vaivenes de la cólera, de la necesidad y el miedo que sentimos. Le
gusta ser como es.
Killeen
aún sonreía, meneando la cabeza.
—No
esperarás que alguien se crea eso.
—Claro
que sí. Ninguna Personalidad de esta Familia ha tenido jamás la oportunidad de
regresar. Nadie se lo ha preguntado.
—Bien,
podemos hacerlo —dijo Cermo cuidadosamente—. Haz que ella se manifieste ante el
Consejo.
—No
—dijo Killeen abruptamente, apretando los dientes—. Yo zanjaré esta cuestión.
Haz que se manifieste ahora, aquí.
—¿Qué?
—Toby procuró calmarse. Imágenes violentas bullían en su mente. La náusea le
quemaba la garganta.
—Vamos,
haz que hable.
—¡No!
...
Piel febril, de suave resistencia, un pecho rosado...
—También
tendrías que hacerlo ante el Consejo —señaló Cermo.
—Yo
podré disuadirla de toda objeción que presente —dijo Killeen afablemente—.
Vamos hijo.
...
una lengua lamiendo huecos húmedos, recovecos secretos...
—¡No!
La
sonrisa de Killeen se petrificó.
—Sí,
ahora.
Shibo
intervino:
Si
éstos son los resultados, lo pensaré de nuevo. No quiero que vosotros dos...
¡No!,
exclamó Toby interiormente. No.
Killeen
torció la boca.
—Ahora.
Y va en serio.
Toby
echó a correr hacia la izquierda. No tenía muchas esperanzas pero lo intentó,
ajustando los servos de las rodillas al máximo, sintiendo el gemido creciente
bajo la piel.
Gritos
a sus espaldas. Tal vez pudieran alcanzarlo, pero al menos les daría trabajo.
Se apresuró, respirando agitadamente.
Luego
los gritos se volvieron roncos y estridentes. Miró hacia atrás. Quath cerraba
el paso a Cermo y Killeen, moviéndose con sorprendente rapidez. Extendió una
pierna retráctil y frenó el pie de Cermo, haciéndole tropezar. Detuvo a Killeen
tumbándolo de un rudo golpe.
Toby
estaba asombrado, pero no redujo la velocidad. Salió del parque y se internó en
las atestadas calles.
Una
fuga tiene dos etapas: la primera consiste en distanciarse del perseguidor; la
segunda en distanciarse del episodio, para que nadie sospeche que uno es la
presa.
Toby
cogió atajos donde pudo, saltó sobre un edificio bajo poniendo los servos al
máximo, y corrió por tres calles sin haber trazado un plan. La gente se reía y
le gritaba, pero parecía supo-ner que era un excéntrico, no un ladrón en fuga.
Se relajó y tuvo la presencia de ánimo suficiente para saludar a los curiosos,
sonriendo, como si lo suyo se tratara de una travesura. No tardó en volver a
caminar a paso normal, y nadie pareció fijarse en él.
Atravesó
un mercado al aire libre sin que nada llamara la atención salvo su tamaño.
Respiró más tranquilo. Su extraña angustia se disipó.
Descubrió
que había andado en círculos, siempre hacia la derecha. Entrenamiento de la
Familia. Regresar para localizar al perseguidor. Uno podía decidir cogerlo por
sorpresa, aunque había que hacerlo antes de que el perseguidor se diera cuenta.
O bien seguir el rumbo contrario, asegurándose de cubrir las huellas.
Pero
en una ciudad no había huellas... a no ser que Toby hubiera causado una
conmoción en la muchedumbre y eso lo delatara. Killeen y Cermo tenían
dificultades para comunicarse con aquellos enanos, sobre todo en su actual
estado de ánimo. Así que tal vez le quedara un cierto margen de tiempo.
Había
ido a parar detrás del parque. Una persecución tiende a alejarse del punto de
partida y habitualmente nadie piensa en volver a él. Lo había aprendido jugando
en las calles polvorientas de Ciudadela Bishop, y más tarde, mientras esquivaba
a los mecs. Ahora esperaba que su padre no se diera cuenta de su maniobra.
Inquieto, miró a su alrededor antes de ponerse al descubierto. A fin de
cuentas, últimamente Killeen había jugado con él a su antojo.
No
había rastro de Killeen ni de Cermo. Ni gritos ni precipitación. Se apoyó
contra un edificio, mirando hacia el parque, que estaba a una manzana de
distancia.
Era
sólo una victoria momentánea. La Familia podía registrar la ciudad hasta
encontrarlo. Captó una señal conocida en el comunicador. Quath, por lo visto,
había jugado al mismo
juego
en su infancia, si así llamaban las miriapodia al período en que eran pequeñas.
Pero Toby no la veía por ninguna parte.
<He
ofendido a tu padre. Me entristece que la situación haya llegado a este
extremo.>
La
enorme silueta estaba encima de él, aferrada al borde de un edificio, oculta en
las sombras. Nadie la había visto.
—Dado
que mi padre ha actuado de esta forma, no había alternativa.
<Aun
así, crea corrientes de amargura entre nosotros.>
—La
libertad empieza entre las orejas, patas pegajosas. Tenía que atenerme a lo que
sabía.
Lo
mismo hiciste tú. Gracias.
<Actué
para mantener las posibilidades entre vosotros.> —¿De veras? ¿Crees que
tenía que devolver a Shibo?
<No
puedo opinar sobre un asunto tan específico de tu especie.>
—Vamos...
<Mis
aptitudes no alcanzan vuestras sinfonías cerebrales.>
Toby
se apoyó en la pared mientras Quath descendía por el gris edificio de cerámica,
que temblaba con la tensión.
—Últimamente
yo no he oído mucha música, insecto. Sólo ruido.
<Es
tu inconsciente tratando de hablar.>
—¿Cómo
lo sabes?
<Sólo
las criaturas que carecen de dicha estructura mental pueden verlo con
claridad.> —¿Tú no tienes pensamientos inconscientes? Me refiero a impulsos,
cosas que surgen
cuando
no estás pensando en ellas.
<Todos
los aspectos de mí están delegados en submentes. En tu especie, la mente está
constituida por una suma de segmentos sobre elementos más arcaicos. No es mi
caso. Vuestra improvisada construcción es típica de un phylum que no se ha
automodificado en lo fundaméntal.>
—Tal
vez nos gusta ser como somos.
<Cuestión
de gustos. Para mí, un [intraducible], tu relación con Shibo es comprensible.
La delego en mis subyoes. ¿Es así para ti?>
—Humm.
—Toby recordó los momentos sensuales, profundos y turbadores—. Pues no.
<Estás demasiado cerca, demasiado [intraducible] para juzgar. >
—¿Conque
no puedo plantearme con claridad este asunto? ¿Por eso estoy tan confundido?
—Se sentía exhausto, y no sólo debido a la carrera. Deslizó la espalda por la
pared hasta quedar sentado en el callejón y estiró las piernas.
<Miles
de impulsos se mueven y chocan en el escenario abierto de tu mente. Algunos se
ocultan entre bastidores y desde allí gritan. Son tus mentes reprimidas y
cómplices, y no puedes consultarlas directamente, como yo.>
—¿Por
eso sentimos tanto...?
<¿Dolor?
En cierto modo, pero no creas que yo no conozco las colisiones internas. Puedo
hablar con todas mis submentes, lo cual alivia algunos de los padecimientos más
fuertes.>
—Y
nosotros no podemos.
<Os
halláis a vosotros mismos en la acción. Las capas más profundas de vuestra
mente estratificada hablan a través del cuerpo.>
Toby
se preguntó si alguna vez sabría qué emociones tormentosas lo sacudían en la
superficie de un profundo y turbulento mar interior. Se encogió de hombros.
—En
ese caso, tal vez me sienta un poco mejor si hago algo más que quedarme apoyado
en mis posaderas, esperando a que Cermo no me sorprenda.
<Admito
no tener ni idea de lo que puedes hacer. Tal vez he actuado precipitadamente al
cerrarles el paso. Quizá haya empeorado tu posición en este grave asunto
—Oye,
de no ser por ti me estarían sacando los chips espinales. —Toby se incorporó,
sintiéndose más aliviado, mejor consigo mismo.
<Aun
así, cuando te capturen, no podré...>
—Como
decía mi abuelo, cerebro de insecto, ánimo. Viviremos para mear sobre las
tumbas de nuestros enemigos. —Le resultaba estraño estar dando ánimos a Quath.
<Debió
ser un hombre fuerte.>
—Eso
forma parte del linaje. Tenemos a muchos más como él. —Se sintió bien al
decirlo, aunque ni siquiera estaba seguro de que fuera así. A lo mejor ningún
hijo llegaba a saber tal cosa.
<No
sé adonde conduce este rumbo.>
Quath
movió las piernas, luego activó sin esfuerzo los impulsores, aleteando en el
aire. Algunas personas miraron hacia arriba, sorprendidas, y se alejaron.
Estaban acostumbradas a toda clase de exotismos, pero Quath ya era demasiado.
—Yo
tampoco. Pero no podemos quedarnos aquí. Eres un poco llamativa y yo soy un
hombre buscado.
<¿Entonces?>
—No
sé. El Argo entró por la puerta principal y nos estaban esperando. ¿Este lugar
tiene alguna puerta trasera?
CRIATURAS
DE FASE
Por
encima del disco no puede sobrevivir nada que sea de metal o cerámica.
El
gran disco giratorio tritura incesantemente la materia estelar. Lacerantes
marejadas se precipitan al interior.
El
Comilón mismo mantiene eternamente cautiva la masa acumulada de un millón de
estrellas muertas.
La
antigua materia se desvaneció en segundos de prolongada agonía, deslizándose
por la empinada cuesta del espacio-tiempo. Pero el recuerdo de estas masas
transitorias permanece en la curvatura.
Para
el exterior, una distorsión fantasmal es testigo de las muertes. Diez mil
millones de años de materia sacrificada —estrellas y polvo, planetas y
ciudades, civilizaciones perdidas con sus documentos y sus esperanzas— tienen
su lápida en la muda distorsión. El antiguo dolor de una galaxia persiste como
gravedad silenciosa.
Grumos
de materia incandescente se deslizan en espiral por la curvatura, a velocidades
mayores que las que pueden hallarse en el resto de la galaxia, incesantes
torbellinos condenados, materia que gira en un frenesí final.
Los
grumos se estrellan, se despedazan, se transforman, se frotan. Los campos
magnéticos median en la fricción. Manchas de plasma corren y giran. Las
corrientes hierven.
Crecen
los vórtices magnéticos. Los campos se entrelazan y se tuercen en los cauces
condenados; en feroces colisiones, los campos mismos se aniquilan entre sí.
Brota más energía.
Encima
de esos hornos brutales flotan las criaturas de fase.
Una
vez pertenecieron a los mecánicos. Ahora existen sólo en duros circuitos de
inteligencias enquistadas en cuadrículas de cerámica. Han evolucionado a partir
de una necesidad autodirigida. Beben más energía de la que han aprendido a
disolver.
Mientras
los torrentes de radiación dura los atraviesan, son plasma. El plasma se junta
en flujos que se alojan en correlaciones de largo alcance.
Cuando
baja la marea, las criaturas de fase cambian. En los lugares más fríos que hay
por encima del disco pueden condensarse. Los delicados filamentos se convierten
en descargas gaseosas. La energía así liberada se proyecta hacia el exterior,
hacia las jerarquías inferiores que pueden almacenarla.
Las
criaturas de fase usan estos flujos para organizarse en redes que flotan
libremente. Circuitos sin cables. Electrones que fluyen sólo en sus campos
magnéticos generados con autocoherencia. Corrientes contraídas que serpentean y
estallan. Voltajes e interruptores. Veloces como la luz, delgados como gasa.
Aquí
bailan inteligencias vivaces: inductivas, mudas, invisibles. Participan en el
debate que se desarrolla encima de ellas, en los reinos más fríos. Con sedosa
elegancia sus pensamientos se funden con los seres duros que constituyen las
formas más toscas y primitivas de los mecánicos.
Pero
las criaturas de fase conocen sus orígenes. Comparten los patrones mentales de
las formas metálicas. Conversan.
No
entendemos por qué estos extraños
primates
primitivos merecen ser estudiados.
¿Y a
qué se debe esta llegada?
Tú/yo
convocaste a ¦> A <¦, que estaba concluyendo la eliminación de los restos
de materia orgánica en el planeta de origen de estos primates.
Este
¦> A <¦ es una extraña mezcla de
inteligencias.
Yo/nosotros
lo sé. Toléralo. Aquí está.
Salud.
Empleo la aproximación de conciencia simple. Creo que esto os resultará cómodo.
Vaya.
¡Qué estrechez de miras!
Nosotros/vosotros
lo hemos intentado
antes
y nos resultó sofocante.
Debemos
dar facilidades a ¦> A <¦.
Muy
bien. ¡Pero qué limitación tan
demencial!
Soporta
a ¦> A <¦ un momento.
Para
sondear lo más recóndito del pensamiento primate se requieren tales
restricciones.
¿Entonces,
para qué estudiarlos?
Su
percepción de la belleza no tiene parangón. Las variables orgánicas también son
únicas, pero son de larga duración, aquí, en el Centro Verdadero.
¿Belleza?
Nosotros somos sus arbitros.
Trato
de obtener cotas totalmente nuevas de gracia y sabor. Éstas son específicas de
su es-pecie, pródiga en tradición.
Es
un lujo innecesario. Ahora nos enfrentamos a problemas más graves.
La
belleza es tan vital para nuestra existencia como cualquiera de vuestras burdas
ocupaciones.
¿Es
un insulto?
De
ningún modo. Es un hecho.
Cuidado,
entonces.
No
pretendo ofender. Soy una inteligencia especializada, con impulsos propios.
Permitidme señalar, oh. mentes reunidas, cuánta riqueza poseen estos primates.
Son las criaturas que de-sarrollan el Motivo de Cinco Dígitos. Dominan los
centros perceptivos como nadie. ¡Y el colo-rido de sus telones emocionales
internos! ¡Maravillosos! Y sus Abstracciones Máximas Subvertidas. ¡Son
creaciones prodigiosas!
Yo/nosotros
estoy más preocupado por
el
peligro que pueden representar
para
nosotros. Y todo por ese supuesto
conocimiento
semilegendario que poseen.
Pero
no lo saben. Esto es importante. ¡No deben saber que!o poseen!
Creo
que intuyen poseer un destino especial. Pero ignoran su naturaleza, claro. La
narrativa de dichos seres contiene el conocimiento más profundo. Para los
primates, un mito es una his-toria profunda que responde los interrogantes
difíciles de la vida.
Yo/tú
pienso que los mitos son simplemente la religión de otro.
Desde
luego, me refiero a los primates. Los he estudiado bien.
Entonces,
tú eres el único que puede
entrar
en la Cuña y actuar allí en nuestro
nombre.
¿Por
qué? Tengo otros asuntos...
Tú
los conoces mejor.
Pero
nunca he estado en la Cuña.
No
me extraña, ya que pasas el tiempo
dedicado
a las bellezas de la subvida.
La
Cuña es traicionera.
Naturalmente.
Pero nosotros/vosotros hemos penetrado en ella con formas menores. En este
preciso instante esos diminutos informadores se han infiltrado en la ciudad
portal. Vigilan atentamente a los primates de la nave... que pudieron entrar,
por cierto.
Una
decisión a la cual yo/tú me opuse.
Nos
permitió obtener una valiosa información. Esos Legados... implican muchas cosas
que desconocemos.
Nosotros/yo
no necesitaríamos
conocerlas
si hubiéramos exterminado
a
los primates.
¡No!
No debéis pensar así. Los primates constituyen una forma valiosa, próxima a la
extinción. Proteged a esos seres en sus últimos momentos.
Eso
es un lujo.
Te
ordenamos que sigas de cerca a los
primates
importantes, identificados por
sus
propios Legados.
La
Cuña es peligrosa. Si entro allí, nunca sabré con exactitud dónde estoy. Ni en
qué momento me encuentro.
Nosotros/yo
te facilitaremos recursos.
Podría
perderme en el caos.
Es
un riesgo que nosotros/vosotros debemos correr.
He
oído que en la Cuña hay agentes que pueden dañar incluso los sistemas
superiores como nosotros.
Es
verdad. No sabemos qué son.
Pero
estoy en modalidad de conciencia simple. Si perezco, la «forma-yo»
desaparecerá.
Yo/nosotros
no podemos evitarlo.
Nosotros/vosotros
elegisteis este estado.
Aunque,
naturalmente, archivaremos tu
estado
actual. Una copia de ti
permanecerá.
No
soy apto para internarme en semejante turbulencia.
Vosotros/nosotros
parecemos poco dispuestos
a
hacerlo. Pero vosotros/nosotros tenéis
experiencia
en lo más importante: habéis
tratado
con primates. Tú los llevaste a su
intersección
con los cuasimecánicos. Muy
hábil.
Y
nosotros/vosotros tenemos otras motivaciones.
¿Qué
motivaciones? Arriesgar tanto...
Piensa
en la belleza. En el arte.
CUARTA
PARTE - LA GARGANTA DE LA GRAVEDAD
1 -
EL VIENTO DEL ESTI
La
ciudad de los enanos quedó atrás.
Toby
y Quath avanzaron deprisa, cubriéndose en los edificios desperdigados, y luego
en un tupido bosquecillo de árboles extraños y raquíticos. Estos se elevaban a
creciente altura con-duciendo a una sinuosa garganta de roca. Toby trataba de
no pensar en la confrontación con su padre, refugiándose en el puro placer de
la huida. Corría con vigor.
<Creo
que estamos siguiendo una senda peligrosa.> —Más peligroso es quedarse allí.
Peligroso,
se preguntó Toby, ¿para quién? No era la palabra adecuada, pero no quería
revisar sus sentimientos en aquel momento. Era hora de actuar.
<En
las descripciones de este lugar, que yo consulté y tú lamentablemente no, hay
severas advertencias contra el mismo. No comprendo del todo la índole de estas
prohibiciones, pero parecen reflejar un inherente [intraducible].>
—Me
son de gran ayuda, tus [intraducible].
<Sigues
trastornado>, envió Quath.
—Déjame
en paz, por favor.
<No
sé cómo explicar los cambios que ha sufrido Killeen.> —Los humanos son
difíciles de entender, como dijiste una vez.
<Yo
sabía que tenía la obsesión de venir aquí. Su sombra cae sobre sus recuerdos de
Shibo. Pero no pude prever que el amor por esa mujer se interpondría entre
vosotros.>
—Tampoco
yo. En cierto modo necesita más ese amor que los Legados... o que a mí.
En
su mente surgieron imágenes inconexas, ondas de sensación, fragmentos de ideas
entrevistas que se desvanecían con rapidez. Shibo acechaba justo detrás de sus
ojos nerviosos.
No
puedes comprender lo que sucede aquí, y tampoco Killeen. Te pido que te
relajes, que no te esfuerces tanto.
Toby
sintió un arrebato de indignación.
—Oye,
es a ti a quien estoy salvando.
Del
desgaste de la vida real, sí. No creas que no te lo agradezco. Y sería lo mejor
para nosotros permanecer juntos al menos cierto tiempo.
Su
dolida irritación se convirtió en agradecida calidez.
—Tú
lo quieres. Yo lo quiero. ¿Por qué mi padre no lo entiende? No creas que esto
te exime de tus obligaciones para con la Familia. El susurro de Shibo había
cobrado un filo acerado. —¿Qué obligaciones?
Encontrar
a Abraham. Continuar con el cometido de la Familia.
No
tenía respuesta para aquello.
La
Personalidad Shibo lo envolvió, fría y altiva. Hablaba con frases más largas
que las que usaba la Shibo real. Su Personalidad había comenzado a adquirir el
estremecimiento ansioso de las criaturas de los chips, un matiz totalmente
distinto al de la Shibo viviente.
¿Estaba
aprendiendo de Isaac, Zeno y los demás las extravagancias de los veteranos?
Toby intuía vagamente unos cambios en ella pero esperaba que no fueran
importantes.
Caminó
ágil entre los árboles, saltando sobre zarzas nudosas. Quath utilizaba sus
piernas cortantes para seguirle. «Lejos, fuera, libre.»
Había
escapado del casco metálico del Argo, se había liberado de la mano de hierro de
su padre, y eso le enviaba un torrente de energía a las piernas. En su infancia
había aprendido el arte de huir de las penurias mediante el movimiento
constante, y ahora recobraba esa alegría. Así que cuando el suelo comenzó a
deslizarse y retorcerse bajo sus crujientes botas, le pilló desprevenido.
—¡Quath!
Algo...
<Te
lo he advertido. Se trata de sectores cerrados de espacio-tiempo. Tienen su
propia atmósfera y biosfera. Nadie suele visitarlos, según Andro, porque se
encuentran dentro del esti articulado que refleja...>
—¿Qué
está pasando?
Turbulencias,
nieblas repentinas. Alrededor de Toby el espacio temblaba con una porosidad
inquietante. Era como si las moléculas de aire plomizo sorbieran la sustancia
de Toby, con bocas diminutas que le producían hormigueos y sobresaltos.
Eos
árboles esqueléticos lo azotaban como si un viento furioso los agitara, a pesar
de que Toby no notaba más que calma en el aire.
Luego,
un desgarrón en los pies, las rodillas... y echó a volar, sin peso. Los árboles
sólo eran sombras azules y borrosas. Quath era una mancha parda cuyo tamaño
disminuía.
¿Ilusión?
Lo ignoraba, pero un puño se cerraba y abría en su estómago. El problema quedó
resuelto cuando Quath se hinchó, se estiró formando gotas titilantes de color
terroso y chocó contra él, golpeándole el pecho.
—¿Qué
ocurre?
<Aférrate
a mí. Lo [intraducible] nos apresa.>
—¿Qué
significa ese condenado [intraducible]?
<Nos
desplazamos en un ámbito estocástico.>
—¿Un
qué?
<La
evolución del esti urdida por el tiempo. ¡Agárrate a mis patas!>
Toby
abrazó una pata cobriza y bruñida. Remolinos rojizos y vientos aseladores le
tironeaban de las piernas, le arrancaban las botas. Una rechinante mancha roja
de aire torrentoso formó raíces sucias frente a él: una planta nacía de la
nada.
Se
aferró con todas sus fuerzas y sintió estallar sus articulaciones. Los sellos
de su microhidráulica ansiaban abrirse. Expandió su sistema sensorial.
Lo
inundaron sensaciones aullantes. Tiraron de sus ojos. Trastornaron su sentido
del equilibrio hasta convencerlo de que sostenía a Quath en brazos, un peso
enorme agobiándole el cuello y los hombros; de repente Quath colgaba sobre un
pozo, un negro abismo de fuegos rojos y furia rugiente.
¡Tenía
que impedir que Quath cayera en él! Sintió que sus tobillos se tensaban y
estiraban, como metal al rojo, alargándose en imposibles cordeles de músculo
desgarrado...
Luego
avanzó como un bólido, rozando las paredes, por un tubo sinuoso donde crecían
costillas flacas a medida que él giraba, con Quath a su lado.
<Aguanta,
estoy perdiendo una pierna.> Un tubo se desprendió, chocó contra Toby. —¡Ay!
Quath
giraba alrededor de Toby, asiéndose con un brazo retráctil. Se lo había
arrancado, y lo usaba para aferrarse. Toby inhaló, olió la acidez de su propio
miedo.
—¡Quath!
Pero
la cabeza marfileña que se volvía para mirarlo era una masa cambiante de
cuencas desorbitadas y pedúnculos oscilantes, de rostros profundamente
extraños; no tenía una expresión sino muchas. Ojos y bocas y mejillas y
mandíbulas resbalando una contra otro; las personalidades de su amiga
desperdigándose por la enorme cabeza.
Ilegible.
Aquello asustó a Toby más que los agobiantes colores y los vientos
desgarradores, causándole escalofríos.
El
jadeo de Quath era ronco pero sereno, resignado.
<Calma.
Aguanta. Es el ámbito estocástico. Los trabajos aleatorios del esti.>
Un
viento invisible despejó una niebla perlada, y Toby vio abajo —aunque ahora no
caían hacia ninguna parte— un montón de orificios diminutos en una extensa
llanura. Los orificios bailaban, refractados por la distancia.
Volaron
sobre la llanura como si el viento los impulsara, en un silencio roto sólo por
un campanilleo suave, como de voces diminutas. Un orificio se hinchó y Toby
distinguió en él pequeñas protuberancias. Amplió la vista de los nodulos y
descubrió que sus crestas estaban coronadas por trazos blancos. Comprendió que
eran montañas de pico nevado.
Toby
apreció el tamaño de la cosa que veía: una llanura que se extendía en una
brumosa infinitud; un mundo chato lleno de poros, de bolsones que se abrían y
cerraban como bocas resbaladizas.
<Aguanta>,
insistió Quath.
Se
inclinaron a un costado. Toby apenas lograba mantener ambas manos enguantadas
sobre Quath. Vientos turbulentos, aceleración vertiginosa.
Las
cumbres pasaban como riscos diminutos. Algo chocó contra ellos con un duro
golpe, alejándolos de una caverna donde bullían formas hurañas. Un súbito
viraje, y de nuevo so-brevolaron la planicie. Multitudes de orificios batían y
hervían como una muchedumbre furiosa. La garganta de la gravedad.
—¿Qué
son esas cosas? —preguntó Toby.
<Las
Vías, creo. Así las llamó Andro.>
—¿Lugares
adonde ir?
<Sí,
si supiéramos cómo desplazarnos en este entorno. Pero creo que nadie posee ese
conocimiento... ni puede poseerlo.>
—¿Adonde
vamos?
<No
creo que haya respuesta para eso, hasta que lleguemos.> —Me estoy
arrepintiendo de esta idea, insecto. <Demasiado tarde. Todo acto tiene sus
consecuencias.>
El
sombrío pero expeditivo tono de Quath era alarmante. Toby se aferró a la pierna
de la alienígena y observó el crecimiento de un orificio en las inmediaciones.
Comprendió que iban hacia él, girando y dando tumbos, mientras fuerzas
caprichosas le sacudían las piernas y los brazos y hacían que sus oídos le
zumbaran. Contuvo la náusea que le subía a la garganta.
Aguanta.
Sólo un poco más. Si pierdes a Quath...
El
orificio se replegó. Toby tuvo la desagradable sensación de que se disponía a
tragárselos.
Y
eso hizo.
A
desgarradora velocidad atravesaron espacios transparentes, y los ojos se le
enturbiaron y se le llenaron de lágrimas. Entonces escuchó un ruido áspero, y
se encontró con Quath en un campo de hierba tosca y ondulante. Se palpó el
cuerpo, se sentó.
Sus
músculos protestaban. Le parecía tener los huesos descoyuntados.
Quath,
también tambaleante, ya escudriñaba la cuenca curva que los rodeaba por
completo. Toby no veía de dónde habían caído, pero una pequeña mota parpadeaba
en el cielo, insi-nuando un vasto espacio allá arriba, y de pronto desapareció.
—Me
siento desgarrado.
<Un
clima más inclemente te habría desgarrado. Y a mí también.> —¿Eso era clima?
<Clima
esti. El espacio-tiempo respondiendo a la adición de más materia. Rediseñándose
de manera autocoherente.>
Toby
se sentía magullado.
—No
lo entiendo. ¿Qué ha pasado?
<El
esti se flexionó y nos arrastró. Estamos en una Vía diferente de la anterior.
Un espacio-tiempo distinto, aislado de todos los demás. Las Vías sólo se
intersectan cuando se producen reajustes.>
—¿Y
está sucediendo ahora? ¿Cómo es eso?
<¿Recuerdas
la estrella que se partió? Está descendiendo por el disco. La incorporación de
su masa impone el reajuste de toda la geometría próxima al agujero negro, este
esti incluido.>
Toby
recordó que aquella zona esti se había hinchado a partir de la ergosfera.
Mundos dentro de mundos, todos anclados de algún modo.
—¿Qué
lo mantiene unido?
<Nadie
lo sabe. Pero sigue así.>
—Comienza
por el esti, entonces. ¿Qué lo mantiene alrededor de un agujero negro, cuando
se supone que dicho agujero come estrellas para desayunar?
<Supongo
que sería como preguntar por qué un dibujo permanece en el papel cuando
deslizas el papel por la mesa.>
Toby
se frotó los hombros, luchando contra el entumecimiento. Sentía los músculos
agarrotados y tenía que darse masajes para que se le aflojaran. Se recostó,
agotado.
—De
manera que este esti está inscrito en el...
<No
te esfuerces. Tu lenguaje no permite expresar los conceptos. El esti es un
surco espaciotemporal encastrado en otro espacio-tiempo que, a su vez, está
curvado por el agujero negro. El esti es un hoyuelo estable en esta curvatura
global. Un pozo. Un refugio.>
Toby
acarició la hierba blanda y húmeda. Al principio la hierba retrocedió. Luego le
acarició los dedos.
—Esta
hierba... ¿es materia esti?
<No,
sólo el fundamento es espacio-tiempo plegado. En él crece materia común.>
—Vaya. Es agradable saber que la hierba todavía es hierba.
<Crece
dentro de un bolsón de espacio-tiempo como un capilar en la pared de una
arteria palpitante.>
Toby
se tendió y dejó que Quath hablara. Ella trataba de explicarle ideas difíciles
de captar.
Reflexionó
y finalmente decidió limitarse a aceptarlas.
A
los primates, le había dicho Quath una vez, les gustaba razonar por analogía;
cuando sostenían una naranja veían que se parecía a un planeta. Allí se
necesitaba un enfoque parecido. Capilares, arterias, el esti como flujo.
Pero
la percepción de aquel lugar era totalmente insólita. Texturas tensas le
cosquilleaban en la piel. El aire se estiraba y se encogía como si fuera de
goma. Desde abajo llegaban temblores que se propagaban en el algodonoso manto
de arriba. ¿El esti se ajustaba? Las ondas estaban por debajo de su capacidad
auditiva, pero notaba en los huesos su pulsación pesada.
Y
por encima de todo la inquietante sensación de sentirse observado. Tentáculos
sondeando su sistema sensorial. Cuando se centró en ellos, se dispersaron.
Toby
se quedó boquiabierto.
—Una
tierra fértil como el bolsillo de Dios.
Una
nube se disipó; en lo alto se extendía una vasta y curva estera verde, jaspeada
de amarillos y rojos vibrantes. Una tierra lejana.
El
techo de la Vía se arqueó sobre ellos, como si se encontraran en un gran
cilindro giratorio, aplastados contra sus paredes por la fuerza centrífuga.
Pero no había rotación, según Quath. O nada que para los humanos fuera
rotación. En cambio, el esti se mantenía unido con su propia curvatura de... sí
mismo. Toby se esforzó por entenderlo, pero no lo consiguió.
Y
por todas partes, los bosques moteados. Había visto algo parecido en imágenes
antiguas, en vistas invocadas por los Aspectos y enviadas al sistema sensorial
de la Familia como diver-sión tras un largo día de trabajo; pero siempre las
había considerado invenciones, obras de arte, meras fantasías de un pasado
muerto. Un verdor lozano sin final.
<Los
humanos y otros han modelado el esti a su gusto. Cuando Andro examinaba
vuestros Legados, tu padre me contó, que contenían una referencia a este lugar.
En otras épocas lo llamaban el Reducto.>
—¿Es
otro acertijo?
<No,
era un lugar de retiro. Entiendo que la humanidad, y otras formas con base de
carbono, vinieron aquí hace tiempo para escapar de los mecs.>
Brotaba
luz de una colina rocosa de las cercanías. Toby se levantó, nervioso a pesar de
la calma que los rodeaba. Caminó hacia la piedra reluciente y la pateó con la
bota.
Por
mucho que pateó, no logró arrancarle ninguna astilla. La piedra irradiaba un
resplandor marfileño. Nudos de esti gaseoso escupían luces que alumbraban los
recovecos sombríos con focos de exploración: faroles etéreos flotando en un
viento invisible.
Gradualmente
la luz se atenuó. Las sombras aureolaron la roca, aparentemente sólida, como si
un sol se estuviera poniendo en las entrañas de la brumosa piedra. Haces de
resplan-dor solar bailaban en su interior, como una promesa estival
internándose en una caverna acuosa. Toby se sintió suspendido sobre un abismo
de nada desde una costra que le impedía zambullirse en... ¿qué?
Un
hormigueo de inquietud le recorrió la espalda. En el corazón de aquella roca
jugaban luces. Un abismo de nada. Colgaba sobre profundidades resentidas.
Abandonó
sus cavilaciones. No tenía tiempo para meditar. Pidió a Isaac una síntesis
geológica. El Aspecto, como era de prever, quiso soltarle un discurso sobre el
deslizamiento de los planetas. Toby lo interrumpió.
—Este
material parece una especie rara de piedra caliza.
<Lo
llaman piedra de tiempo.>
—Pero
¿qué es?
Quath
quiso explicárselo, pero Toby no podía concentrarse en la conversación, absorto
como estaba en la sensación resbaladiza que todo le producía allí, tanto la
roca como el aire. Dejó que la información se desviara a su asamblea interna;
allí, porciones sustanciosas de la misma alimentaron a los Aspectos y Rostros y
a la única Personalidad que la formaban. Todos la absorbieron ávidamente,
mientras él se limitaba a sentir, sin pensar casi. Shibo preguntó:
¿Conque
la ciencia ha cogido el tiempo y lo ha transformado en una suerte de espacio?
Toby
comunicó esto a Quath, quien respondió:
<El
esti es una palestra donde luchan partículas y campos. Quizá en un principio
sólo existía un esti curvo, y todo lo demás, la materia y el movimiento, se
originó en la curvatura del esti.>
Toby
notó que esto desconcertaba a Shibo.
¿Ni
siquiera existían fragmentos pequeños? ¿Guijarros, arena? Así que, en el fondo,
¿todo es esti?
Isaac
intervino.
Hace
mucho tiempo que nuestra ciencia abandonó la noción simple de que la física era
geometría. Pero en este lugar...
Incluso
Isaac parecía abrumado por la muda extrañeza del lugar.
Y
esa extrañeza sacaba de quicio a Toby.
—Vamos,
sigamos andando.
<¿Hacia
dónde?>
Alejarse
del peso de su padre y su Familia había sido liberador, pero ahora no sabía qué
pensar.
—Con
seguir en movimiento basta. Necesito pensar.
Anduvieron
un rato en silencio. El silencio de Quath creció hasta transformarse en una
crítica, mucho más difícil de refutar puesto que era muda.
Avanzaron
hacia una distante loma verde creyendo que era una colina cubierta de hierba
desde donde obtendrían una panorámica mejor. Pero cuando se acercaron, Toby vio
estratos estriados, colores mezclándose: amarillo fuego con pardo rojizo
jaspeado de azul. Astillas de color esmeralda brotaban de ella como si en su
interior luchara la luz.
De
pronto un peñasco escarpado creció sobre ellos, pugnando por nacer. Se
desprendió una lámina, crujiendo y resonando, rizándose como el pétalo de una
flor inmensa. Se liberó por su base.
Toby
retrocedió tratando de alejarse. Pero la lámina no cayó.
La
capa ondulada se comprimió, contrayéndose a lo largo y a lo ancho,
encogiéndose, quejándose con gruñidos pétreos, despidiendo rayos anaranjados y
líquidos, como si en su interior ardiera un fuego invisible. Sus bordes
enrojecieron y se rizaron hasta mostrar un acabado pardo. Seguía encogiéndose y
soltando llamaradas por las grietas. De pronto la lámina desapareció. Un
ventarrón tumbó a Toby. Era como si alguien le hubiera golpeado la frente con
una vara.
<El
esti no puede durar.> Quath parecía inquieta. <Tal como sospechaba.>
—¿Adonde
se ha ido?
<A
otra parte.>
—¿Por
qué?
<He
llegado a la conclusión de que, en el esti, una construcción mantiene la
propiedad de existir en precario equilibrio con la propiedad de la
duración.>
—¿Quieres
decir que este lugar, en su conjunto, no puede durar?
<En
principio, no. En la práctica, le pasa como a tu piel. Una de sus partes se
desprende, y crece más esti para reemplazarla.>
—Un
modo raro de construir.
<El
modo vivo de construir.>
Sin
que lo notaran, el fulgor que los rodeaba disminuyó. Franjas de resplandor
atravesaron filigranas de nubes. El aire se enfrió.
—Creo
que se ha acabado por un rato —dijo Toby, y se sentó en una loma cubierta de
hierba amarilla.
Era
como si hubieran pasado muchos años desde que había huido por un terreno
desconocido. A pesar de todas sus preocupaciones, se sentía irracionalmente
bien. No le importaba haber dejado atrás a la Familia, ni que fuera a echarla
de menos. El dolor le atenazaba los tobillos y un hambre feroz crecía en su
vientre.
—¿Tienes
raciones?
<He
aprendido a llevar algunas encima.>
—Yo
también. Vamos a comer y luego a dormir. Hablaremos más tarde.
<Comprenderás
que has optado por un mundo difícil.>
—Por
supuesto. Y me siento bien por primera vez en mucho tiempo.
<No
me gusta entender tan poco.>
—Es
curioso, porque eso es justo lo que a mí me gusta en este preciso momento.
2 -
LA GARRA DEL TIEMPO
Despertó
confundido. Shibo lo estaba arrullando; una voz suave le recorría el cuerpo,
masajeando sus músculos y resonando en las redes nerviosas.
Despierta.
Te amo por lo que hiciste y te ayudaré a orientarte en este lugar. Puedo ser
dura, pero también blanda. Para ti. Pero ahora debes despertar, aunque
prefieras permanecer aquí, entre algodones.
—Ahhhh...
está bien.
...
Un placer acariciante y líquido, penumbras suaves, vientos arrulladores en el
exterior, delicias almizcladas debajo, palpitaciones machaconas, el olor
penetrante de la sangre de un labio mordido, jadeos que se aceleran...
Apartó
esas sensaciones. Eran agradables, pero tenía que despertar. ¿Un sueño? Algo
más concreto que eso...
Estaba
tendido en una hierba esponjosa, los brazos extendidos, descalzo, los servos
muertos. Vulnerable. Se tocó un incisivo con la lengua y los servos se
reactivaron. Su sistema sensorial se puso en alerta, contrayéndose en una
semiesfera. Nada raro en las inmediaciones ni ninguna imagen aureolada de
naranja acechando. El armamento del traje estaba en óptimas condiciones, recién
cargado cuando bajó del Argo.
Podía
moverse sin peligro. Hacía tiempo que su padre le había enseñado a hacerse el
muerto cuando despertaba, hasta estar preparado para luchar. Alzó la mano
derecha.
No
se movía. Se quedó con la palma hacia arriba sobre la fresca y lisa piedra de
tiempo. Sentía la carne que le cubría los nudillos fría, rígida. Con un
esfuerzo la movió apenas. Se sentó torpemente, con la mano clavada en la roca.
—Quath.
<Buenos
días, aunque la luz de aquí no se presta a esa descripción.>
—Estoy
pegado. Ayúdame...
<No
lo aconsejo...>
—Me
ha atrapado.
<Aun
así...>
Tiró
con fuerza. La mano derecha se libró con un sonido lacerante y un relámpago de
dolor. —¡Ay!
Tenía
el dorso de la mano despellejado, un retazo escarlata de corpúsculos en
movimiento. Había dejado un jirón deshilacliado de piel pegado a la piedra de
tiempo, que ya se volvía pardo y cuya sangre se coagulaba.
<Un
infortunado efecto colateral de la física. Debí haberlo previsto...>
Toby
se aferró la mano y maldijo. Abrió su botiquín, sacó su contenido y se puso un
vendaje polivalente sobre la sangrante herida.
—¿Qué
dices?
<Que
debí haberlo previsto. La roca esti no es sólida.> —Pues lo parece.
<Es
acontecimientos comprimidos hechos masa. Si presionas contra ella mucho tiempo,
te conviertes en parte de esos acontecimientos.>
—¿Qué
«acontecimientos»? Esa cosa ha tratado de comerme.
<No
atribuyas intenciones a las leyes físicas. Tu piel se soldó con el esti.
Comenzó a diluirse en el espacio concreto en que consiste esta sustancia.>
—¿Quieres
decir que aquí todo puede sorbernos como una esponja?
<Sólo
si permanecemos demasiado tiempo en estrecha cercanía... dentro de ciertos
espacios de estructura atómica, digamos.>
—¿La
hierba, aun el aire?
<No,
eso no. Su masa es común, la forma simple de la materia.> Toby sacudió la
cabeza.
—Mira,
vamos a comer un poco de esa materia común. Me refiero a las provisiones. Me
siento débil.
Quath
le lanzó una ración.
<Deduzco
que la piedra de tiempo se come la materia apoyada contra ella, pero a
diferentes velocidades. La piedra desnuda, como aquella donde apoyaste la mano,
la absorbe rápida-mente. En otras partes no es así, y la tierra y la vida
pueden sobrevivir. Una estructura muy ingeniosa.>
Toby
apenas le oyó. El vendaje era una capa activa con la función de regenerar la
piel. El dorso de su mano se movía, y una espuma verde se comía la sangre seca
y formaba una epidermis. Pero en la bioingeniería de la Familia —cuando era un
arte vigente— primaba la reparación. El alivio del dolor no iba en primer
lugar, así que por su culpa seguía apretando los
dientes.
Lo eliminó en gran parte gracias a sus subcontroles, pero tardó un rato. Como
el dolor también era un útil recordatorio, no era fácil bloquearlo.
Se
comió parte de la ración sentado en la hierba, a prudente distancia de la
piedra de tiempo. La mañana no era allí como un amanecer, aunque el aire era
cortante. Retazos de piedra irradiaban pálidos haces de luz que se desparramaba
entre los retorcidos árboles. Picos distantes rebosaban de colores que
cambiaban con lentitud. Cuando las nubes se abrieron, pudo ver otras fuentes de
luz, emitían un fulgor difuso que centelleaba en lentas palpitaciones.
<Esta
luz parece provenir del disco de acreción que rodea el agujero negro. Queda
atrapada en el esti y la transmiten los acontecimientos solidificados del
pasado.>
—Parece
suficiente para permitir el crecimiento de los árboles.
<La
virulencia del disco queda atenuada, y sostiene la vida. Esto no puede ser
accidental.> —¿Quién crees que hizo esto?
<Ni
siquiera las Filósofas lo saben. Soy demasiado humilde para especular. La
utilización de la urdimbre del espacio-tiempo como material de construcción es
una habilidad que excede mi comprensión.>
—¿Y
qué hay de nosotros?
<¿Vosotros?
¿Los primates?>
—¿Por
qué no? Construimos el Argo, hace mucho tiempo. Y no olvides los Candeleros.
<No comprendes cuánto más grande es el esti.>
—Tú
estás impresionado por las grandes ideas. Yo estoy impresionado por una mano
desgarrada.
Toby
había hecho la sugerencia como una broma. Había renunciado hacía tiempo a
tratar de comprender de dónde venían las cosas. Sobraría tiempo para esos lujos
cuando se sintiera a salvo.
Si
alguna vez se sentía a salvo.
Un
pájaro descendió por el aire rutilante. Era el primero que veía desde
Nieveclara, desde los años previos a la caída de la Ciudadela Bishop. Los mecs
consideraban que las aves eran algo por completo a extinguir y las habían
borrado del cielo.
Esta
era mucho más grande que cualquier cosa que él hubiera visto en vuelo que no
fuera mec. No aleteaba como una mariposa ni se remontaba como un halcón, sino
que jugueteaba con soberbia confianza en el aire. Cogió algo que Toby no pudo
distinguir. Luego se revolcó en una lechosa hebra de vapor congelado, como si
nadara en vez de volar.
Un
cuenco de aire moteado envolvió a Toby, que notó un repentino escalofrío. Trató
de alzar el brazo y descubrió que no podía, que ni siquiera podía pestañear. Se
le congeló el pecho. Se le endurecieron los músculos. Luego aquella cosa que
parecía vidrio traslúcido desapareció y lo dejó respirar. El ave había
aguardado sin un gorjeo ni la menor muestra de preocupación. Sólo cuando hubo
pasado, Toby notó que el pájaro tenía cuatro alas y una cabeza
desproporcionada. Sus alas amarillas batían contra una brisa creciente; el aire
se espesaba a su alrededor. Los vientos se curvaban. La atmósfera adquirió un
color de tiza mezclada con herrumbre.
—¿Quath?
<Espera.
Pasará.>
—Vaya
clima —fue todo lo que Toby pudo decir.
<E1
esti puede sublimarse, creo, incluso limarse... o eso sugería el «Curso
Introductorio». Se mezcla con el aire. Trata de no aspirarlo.>
Toby
dejó de respirar al instante. Le dolía el pecho. ¿Roca que se transformaba en
aire? ¿Y luego de nuevo en roca? Exhaló lentamente.
Otro
pájaro se acercó aleteando en la corriente. El admirado Toby siguió su
trayectoria.
—No
sé si me gusta este lugar, muchacha insecto. Si tienes que revisarlo antes de
respirar...
Quath
disparó contra el ave, haciéndola trizas.
—¿Qué
diablos...? —exclamó Toby alarmado.
<Mírala.>
Toby
encontró parte del cuerpo entre unas hierbas achaparradas. Había sangre por
doquier, visceras relucientes, un olor ácido. La cabeza partida, los ojos
vidriosos. En la parte trasera del cráneo brillaban algunos componentes
eléctricos.
—¡Dios
mío! Lleva componentes mecs. <Fabricados por ellos. Hábilmente
disimulados.> —Y aquí...
<Eso
es. Los mecánicos se han infiltrado en el Reducto esti.> —Todo este tiempo
he creído que estábamos a salvo.
<Eso
creen muchos. Examinan escrupulosamente a los visitantes en busca de espías
mecánicos, de agentes microscópicos, de programas invasores de ordenadores
humanos. Andro dijo que tales medidas eran efectivas.>
—¡Mierda,
mierda, mierda! Ese pájaro era bastante bonito.
<Encuentro
inquietante que los mecánicos sepan integrar formas orgánicas con las
suyas.>
—Lo
hicieron antes, ¿recuerdas? Ese líder demente de Nueva Bishop, Su Supremacía...
tenía
la cabeza repleta de estas cosas.
<Es
verdad. Debí haber generalizado a partir de eso.> —Pero ¿quién iba a
pensarlo? Incluso dentro de un pájaro. <Me pareció que nos estaba
estudiando.>
—Si
tuvo tiempo de enviar una señal a sus fabricantes...
<Efectivamente.
¿Cuáles son las probabilidades de que un ingenio mec nos encontrara en los
laberintos del esti?>
—Humm.
Depende de cuántas Vías haya.
<Pueden
ser innumerables. La matemática de este lugar coquetea con el infinito.>
¿Coquetea? Quath a veces elegía las palabras más raras. —También depende de
cuántos espías envíen los mecs.
<Entonces,
este pájaro implica que los mecánicos están muy preocupados. Que te están
persiguiendo.>
—¿A
mí? Vamos, a mi padre le gustaría ponerme las manos encima, pero ¿por qué a los
mecs? No soy importante para ellos.
Los
servos de Quath sisearon.
<Las
incertidumbres convergen. Creo que debemos usar nuevamente la propiedad
principal del esti... la ocultación.>
3 -
LA ROCA DEL CAOS
«Usar»
significaba moverse deprisa por terreno desconocido, buscando un poro-abertura.
Toby pensaba en los lugares de ruptura por donde el esti se abría como un
hervor, como confu-siones vertiginosas, pero Quath hablaba de ellos como de las
obras más inteligentes que había visto.
Mientras
corrían, saltando sobre láminas de piedra de tiempo, Toby procuraba entenderlo.
Aún le dolía la mano y pisaba con cuidado, temiendo que aquella roca
aparentemente sólida lo engullera. Quath soltaba su risa chirriante, pero a él
no le parecía gracioso.
Le
costaba comprender que fuera posible unir espacio y tiempo para crear algo por
donde él pudiera caminar. Era consciente del tiempo, del realzado y vivido
ahora que separaba el cono-cido pero evanescente pasado del desconocido y
fantasmal futuro. Pero ¿cómo se unía eso con la distancia?
—El
tiempo... bien, nadie puede detenerlo, ¿verdad? Y el espacio es lo que impide
que todo se haga papilla... ¿Qué tienen en común?
Toby
trataba de provocar a Quath, pero ella se lo tomaba todo con solemnidad. Se lo
explicó con suma gravedad.
Escuchándola,
Toby comprendió algunos detalles. Los humanos tenían conciencia del devenir, de
que las cosas alcanzaban un grado concreto de materialización y luego se
desvanecían
en el limbo de la memoria. Quath decía que el espacio-tiempo, el esti, contenía
tiempo real, y que la transitoriedad de las experiencias humanas era sólo una
ilusión propia de las criaturas vivientes.
¿Y
de qué valían sus opiniones, pensó Toby con amargura, si existían durante un
lapso tan breve? Su Aspecto Isaac le recordó una antigua rima:
Pasa
el tiempo, dicen otros.
¡No!
El tiempo permanece,
sólo
pasamos nosotros.
Y se
echó a reír.
Pasaron
frente a enormes murallas de piedra de tiempo con poros de luz imprecisa.
Torres gigantescas trabajaban y estallaban de energía, creciendo como árboles
triangulares. Algunas parecían sacudir el cielo y desgarrar las estrellas con
su inquieto vigor. Quath y Toby pasaron de largo. Se aventuraron en curvas
pronunciadas, en laberínticas avenidas de piedra de tiempo. Toby se había
mantenido en forma en el Argo, pensaba, pero le costaba seguir el ritmo de
Quath. Le ardían los pulmones. Los servos se le recalentaban.
Se
paró en seco.
—Quath,
yo estaba equivocado. Totalmente equivocado.
<¿En
qué?>
—Hemos
abandonado a la Familia. Ese pájaro... ¿Y si aquí los mecs ya están por todas
partes?
<¿Crees
que los mecánicos buscarán a todos los humanos de este lugar?>
—Al
menos a los Bishop. Vamos.
<¿Adónde?>
—Regresaré.
Se
sintió bien consigo mismo en las horas siguientes, mientras desandaban el
camino.
Quath
callaba. Al final Toby entendió porqué.
—¿Adonde
vamos desde aquí?
<No
lo sé.>
—Vinimos
por aquí, ¿verdad?
<Así
es.>
—La
conexión con la Vía estaba por aquí.
Colinas,
árboles, cielo: todo cambiado.
<El
esti es muy estocástico en las conexiones de las Vías, pero se trata de focos
de inestabilidad.>
Toby
se sintió abatido.
—¿Entonces
no podremos encontrar el camino de regreso?
<Me
temo que no.>
Desandaron
el camino nuevamente. Recorrer infructuosamente el mismo terreno era
desalentador. Y el lugar era sutilmente diferente, lo cual aumentaba el
desánimo de Toby. Había huido de su padre para caer en una trampa. Un lugar que
no perdonaba los errores.
Quath
seguía mirando a su alrededor. Cuando Toby le preguntó por qué, ella respondió:
<Estoy dejando que el factor estocástico, es decir, el azar, opte por
favorecernos.> —No lo entiendo. ¿Qué buscamos?
<Un
accidente propicio
—Estos
términos parecen contradictorios —jadeó Toby.
<Una
vez mencionaste un sencillo acertijo que habías resuelto. Helo aquí.> En el
sistema sensorial de Toby apareció un conjunto de pares de números.
1 100
2 99
3 43
61 97
96
::
50 51
—Eo
has embrollado. Cada par debía sumar ciento uno. Eran cincuenta, de modo que la
multiplicación daba cinco mil cincuenta.
<Es
verdad. Pero en esta suma me he limitado a reordenar los números al azar. Sin
embargo, los he conservado todos, de modo que el total sigue siendo cuatro mil
novecientos noventa y nueve. El esti está diseñado de este modo. Lo que Andro
llamaba las Vías son subconjuntos de todo el espacio-tiempo de aquí, túneles
que se abren y cierran al azar. Pero la suma de todo, de los cuatro mil
novecientos noventa y nueve, permanece igual. Nada se gana ni se pierde.>
—Si
tú lo dices... Pero ¿adonde vas?
<El
esti se conserva a sí mismo. Pero el desplazamiento continuo de las Vías impide
trazar un mapa del esti. El único modo de protegerlas es basarse en la
naturaleza estocástica del interjuego de las Vías.>
—¿Me
estás diciendo que los mecs no pueden encontrar ninguna Vía específica porque
nunca está dos veces en el mismo sitio?
<Ni
en el mismo tiempo.>
—¿Ocultarse
en el tiempo, no en el espacio?
<En
ambos... en el esti. Las Vías evolucionan por interacción. La caída de una sola
piedra de tiempo puede multiplicar su efecto, provocando desorden.
Análogamente, en el clima de un planeta, un viento pasajero puede provocar una
tormenta. La interferencia con las Vías del esti las reordena en el tiempo y el
espacio. Ningún algoritmo matemático puede desvincularlas ni seguir su
evolución. La seguridad reposa sobre la firme roca del caos.>
Toby
aminoró la marcha, asimilando la idea. En aquel lugar se había escondido gente.
Hacía tiempo, en la Era de la Agachada. En aquella época los Bishop y todas las
Familias se habían refugiado en los planetas, pensando que los mecs eran más
eficaces en el espacio.
Pero
una fracción de la humanidad había huido al caos del esti. Los mecs no podían
trazar mapas de ese espacio espagueti, así que nunca podían tener la certeza de
encontrar colonias humanas. Entendía a qué se refería Quath con su aritmética,
hasta cierto punto. Pero aun así resultaba extrañísimo que aquel intrincado
desorden fuera más seguro que los planetas.
Los
números encerraban una sencilla y dócil grandeza. Tal vez el aspecto más
interesante de todo aquello era que la realidad reflejaba la danza de los
números. Leyes que dependían de la lógica del caos obligaban al esti a anudarse
y flexionarse. En comparación con aquel misterio, los mees parecían algo
vulgar.
—¿Adonde
vamos, pues?
<Hacia
adelante. Cuanto más avancemos, más se enmaraña nuestra trayectoria.> —¿Cómo
regresaremos con la Familia?
<No
lo sé. Sospecho que la Familia también entrará en el laberinto.>
—¿Siguiéndonos?
<No
te olvides de Abraham.>
—Tienes
razón. Encontrémosle a él primero. —Toby asintió. Al haberse fijado una meta se
sentía mejor. Y prefería con mucho estar allí que encerrado en el Argo.
<Estás
siguiendo el comportamiento típico de tu especie.>
Toby
tuvo la perturbadora sensación de que Quath le leía el pensamiento.
—¿A
qué te refieres?
<En
las sociedades de primates se repetían los viajes rituales. Los jóvenes iban en
busca de tierras desconocidas. Vivían aventuras, aprendían mucho, y regresaban
transformados.>
—¿Nos
has estado estudiando otra vez?
<Os
estudio siempre.>
Toby
empezaba a sentirse culpable por disfrutar de aquella situación, sobre todo
ahora que no podían regresar con la Familia.
—¡No
somos tan previsibles!
<Yo
percibo constantes en vosotros. Tal vez tú necesitabas escapar de tu padre con
el objeto de definirte a ti mismo.>
—Oye,
no digas sandeces.
<Trato
de entender a una especie muy extraña.>
—A
veces el entendimiento es el premio de los bobos, insecto. —Toby se echó a reír
y apartó todas las teorías de su mente. Eran un lujo, algo para la gente de
ciudad. Se concentró en el ritmo de la carrera.
Observó
el paisaje con cauto respeto, sabiendo que se necesitaba tiempo para modelar el
tiempo. Las tormentas esti habían tallado intrincados desfiladeros con un
conglomerado de ins-tantes. Las compresiones y torsiones levantaban murallas
inexpugnables, abrían abismos vertiginosos, ponían trampas de tiempo curvo y
silencioso.
Subir
las empinadas cuestas y cruzar las repentinas brechas era extenuante. A Quath
le sobraban energías, pero la carrera empezaba a agotar a Toby. Miraba hacia
atrás buscando indicios de persecución. Recordó las palabras de su padre en su
último encuentro.
Shibo
estaba allí para confortarlo, para sumergir los punzantes recuerdos en su
blanda presencia. Cantaba y lo deleitaba con distracciones.
Aun
así, la sensación de persecución no lo abandonaba. Le dolían las pantorrillas,
le faltaba el aliento. Se obligó a seguir el ritmo de la enorme Quath, que
parecía deslizarse con facilidad sobre los amontonamientos de grava y las rocas
cada vez mayores.
Al
fin, cuando Toby no pudo más, descansaron al pie de un peñasco escarpado. Quath
se tendió sobre las piernas y pareció dormirse al instante; era el primer
indicio que tenía Toby de que la alienígena dormía. O tal vez, gracias a sus
mentes múltiples, estaba descansando mientras una parte de ella montaba
guardia.
El
peñasco tenía torres, charcos que pendían de la empinada ladera como lágrimas
de hierro negro, y estacas amarillentas que perforaban el cielo. Pero la ladera
en sí era lisa. Toby observó un friso cremoso que parecía salir flotando de la
roca, un vacío sesgado donde caracoleaban manchas y cordeles. Se acercó a
mirar.
Observó
un campo profundo donde jugaban las sombras. Un momento de otro tiempo y lugar,
una pintura de sufrimientos. El lento mosaico emitía sonidos lacerantes, como
el del acero contra el acero.
En
las profundidades de la piedra de tiempo, borrones rojizos y palpitantes caían
sobre tallos verdosos, estrujándolos hasta que brotaba pus de puntas rojas.
Estallidos de imágenes surgían de la roca como dolores liberados.
Toby
lo observó fascinado, e interpretó esa acción como una batalla, un exterminio
de los tallos a manos de manchas depredadoras del color de la sangre seca. Al
cabo de un rato distinguió los tallos diminutos y grises que rodaban en la
estela de cada batalla. Pensó que las manchas colaboraban en el apareamiento de
los tallos, o que los ordeñaban para obtener una joven generación de tallos,
todavía torpes y vacilantes.
Pero
también esta impresión quedó desmentida cuando vio manchas amarillentas
surgiendo de la punta de los nuevos tallos, flotando como burbujas de jabón, y
adhiriéndose al moteado vientre de las manchas más grandes.
Mientras
lo hacían, la muralla de piedra de tiempo emitía alaridos. Láminas de frágil
sonido, como los últimos y desesperados gritos de pequeñas aves desgarradas.
Pero
el mosaico continuaba tarareando melodías zumbonas; era un perpetuo juego
flotante de fuerzas que él no podía comprender. Toses ásperas, alaridos de
dolor, parloteos de insecto. Y nada parecía repetirse ni infundir sentido a la
acción.
Sólo
entonces Toby comprendió que sus intentos por encontrarle un sentido a la
visión eran vanos. Estaba presenciando un acontecimiento de un lugar
desconocido, que surgía de la
piedra
de tiempo. Un antiguo registro disolviéndose en la niebla mientras se
desprendía de la esponjosa superficie. El movimiento que él presenciaba se
presentaba como un desgajamiento de planos delgados, cada cual de un grosor tan
inapreciable como el delgado corte que separa el futuro del pasado.
Reflexionó
sobre lo que había dicho Quath. No le gustaba mucho la ciencia, que él
consideraba una cosa temible, más una fuerza natural que un conjunto de ideas,
pues nunca había conocido a un científico y no sabía qué aspecto tenían. Aquí
la ciencia había cogido el tiempo, lo había despojado de sus aspectos
cotidianos y lo había convertido en algo inestable y plástico. Hacía que las
vidas parecieran páginas de un libro.
Extendió
la mano, acarició el rostro de aquella materia hecha de acontecimientos. Era
fresca como el agua en algunas partes, candente en otras. Una vez más, no había
lógica ni patrón. Y así eran las cosas: sucesos que sobrepasaban las categorías
humanas, traídos de lugares inconcebibles.
La
piedra de tiempo se fracturó. El la había inspeccionado suponiendo que los
acontecimientos que presenciaba eran planos, pues cada cual se manifestaba a
medida que las capas se desprendían formando una pátina neblinosa.
De
pronto un tallo saltó de la niebla. Caracoleó. Soltó astillas de hielo
plateado. El tallo, que parecía de goma, se desgajó de la piedra de tiempo, más
grueso y más largo que el brazo de Toby. Se soltó y cayó a sus pies con un
aullido profundo, con una llamada plañidera.
Y le
siguieron más. Saltaban húmedos y brillantes de la piedra de tiempo, como si
ésta los escupiera, convirtiendo las imágenes distantes en algo real y provisto
de olor. Un surtidor de obsidiana líquida brotó a su izquierda. Se cristalizó
en el aire y cayó con un tintineo. Paneles de bruma húmeda sobrevolaron su
cabeza. Una de las manchas creció desde la piedra y se adhirió a un charco
flotante. El tallo rodeó un núcleo de gas azul y oscuro y la mancha respondió
con un remolino de fuego aterciopelado.
Estremecedor,
irreal.
Shibo
dijo:
Recuerda
que todo esto proviene de leyes físicas. Estos son acontecimientos apresados en
otra parte del esti. Deberíamos explorarlo.
—¿Por
qué?
Es
un modo de saber qué más se oculta en el esti. No podemos visitar esos sitios
en persona.
—No
creo que me interese, de todos modos —susurró Toby.
¡No
seas timorato!
—Parece
raro..., arriesgado.
Avanza.
Cuando yo vivía, nunca me acobardé.
—No,
me has entendido mal. Yo sólo decía...
Quería
saber más acerca del mundo. Es el único modo inteligente de seguir vivo.
Créeme, sé cuan muerto puedes estar por dentro si algo te impide... si dejas de
aprender, de cambiar, de intentar cosas.
—Shibo,
yo no...
Cobarde.
No te cierres.
Toby
se acercó.
Llamas
negruzcas brotaron y lamieron a Toby antes de que pudiera moverse. Eran tibias
y blandas y le hicieron desear más de esa confortante calidez. Sentía
aprensión, pero en su interior bullía un tumulto de impulsos contrarios. La
Personalidad Shibo acometía, bloqueando su cautela con una sedosa y sedante
curiosidad.
Debemos
explorar este lugar. Creo que es maravilloso. Tuviste mucha razón al venir
aquí.
—Yo
sólo...
Toby
enmudeció. Shibo quería explorar aquella llama atezada, así que se agachó y
hundió las manos y los brazos en la masa rojiza.
Fresca,
lustrosa. No era fuego. Ahora era más agradable. Era placentero hundir en ella
los hombros, el rostro. Lo atravesaban fragancias dulces, dóciles.
Era
tan reconfortante, tan acogedor.
Entonces
recordó los entretenimientos adictivos de la ciudad gris. En eso había algo
importante.
Aquella
cosa le bailaba en la cara. Se apartó. Se la arrancó con manos pesadas. Se le
adherían cordeles pegajosos, algunos mechones le lamían la boca, la nariz, los
ojos. Los golpeó, los arrancó.
Un
olor nauseabundo le invadió la nariz. Olores como emociones. Furiosos,
vengativos, despectivos, amor ultrajado.
Enrolló
el viscoso filamento, luchando contra oleadas de emociones fugaces pero agudas.
Soltó aquella blandura hospitalaria y fofa y al instante lo lamentó. El
aguijonazo de remordi-miento era intenso y amargo. Shibo le advirtió:
¡Aléjate!
¡Pronto!
Toby
se apartó deprisa, lleno de remordimiento y miedo.
—¿Qué
era eso?
Una
forma parasitaria bastante compleja.
—Tú
me dijiste que lo hiciera.
Yo
sólo sugiero. No puedo actuar.
Aquel
tono ofendido lo irritó.
—Tú
te apoyaste en mí, maldita sea, me hiciste...
En
su apresuramiento tropezó con Quath. Mientras recobraba la compostura, ella
soltó uno de aquellos agudos estallidos que eran lo más parecido a una risa
humana.
<¿Tienes
miedo de los peces?>
Quath
se había perdido todo el episodio.
—Son
peligrosos —dijo Toby, comprendiendo que todo había ocurrido en su interior.
Febriles ondas de emociones encontradas bailaban por su piel. La nueva
epidermis del dorso de la mano herida le envió un insistente placer, como si
una boca ancha y sensual lo besara.
<Aquí
todo lo es.>
4 -
MOVIMIENTO INESTABLE
Habían
corrido hasta agotarse y la luz no menguaba.
No
estaban en un planeta que diera vueltas, así que el día y la noche no se
sucedían de forma cíclica. Un fulgor espasmódico brotaba de las estribaciones
de piedra de tiempo, arrojando sombras en el follaje verde y amarillo. Toby
siguió corriendo hasta que arrastró los pies, y entonces se detuvieron para
dormir. Todavía no había indicios de otra presencia, ni de una persecución.
Despertó,
y oyó cantar a Shibo. Las palabras resonaban con una delicada e insistente
melodía, ligera y airosa. Notó que tenía los ojos abiertos pero no veía nada.
Parpadeó.
Arboles retorcidos, nubes convexas, roca... su visión fluctuó, se estabilizó.
Toby se incorporó, contrariado. Ninguna amenaza acechaba en las cercanías. El
viento suspiraba en el sinuoso matorral. Una sulfurosa lanza de luz cortaba la
bruma.
No
había ningún motivo para que ella se adueñara de sus sentidos.
—¿Qué...?
Necesitaba
una salida. Tú estabas profundamente dormido, así que...
—En
efecto, y ahora estoy despierto. No gracias a ti.
Después
de tus desventuras de ayer, me ha parecido que te vendría bien un poco de
reposo.
—¿Desventuras?
¡Ah, esas llamas rojas! Eras tú quien quería echar un vistazo.
Recuerdas
mal. Fui yo quien te advirtió del peligro cuando estabas metido hasta el
cuello...
—No
es lo que yo recuerdo. No dejabas de empujarme porque ansiabas tocarlas.
Has
omitido la atracción que tú mismo sentías.
—¡Y
un cuerno! Me interesaba averiguar qué era, desde luego, pero...
No
discutamos. Escapamos ilesos, juntos. Eso es lo importante. Mientras
permanezcamos juntos y atentos, aun en este lugar tan extraño y maravilloso
estaremos a salvo.
Aquel
corto sermón lo sacó de quicio, pero decidió contenerse. Dirigir pensamientos
hacia ella la haría hablar más y por el momento quería silencio interior, la
oportunidad de pensar por sí mismo. Para sí mismo.
Satisfizo
una necesidad natural. Mientras enterraba los excrementos para que el olor
fuera difícil de rastrear, Shibo le habló.
Él
la rechazó, presionando con fuerza. Luchó en silencio, torciendo la boca, y al
fin comprendió alarmado que no podía liberarse de ella.
Siempre
estaba allí, detrás de sus ojos.
¿Por
qué no deseas mi ayuda?
—¿Por
qué? Porque ya no me das opción.
Eres
demasiado joven para continuar sin mi ayuda.
—¿Qué
te parece si lo decido yo?
A
eso me refiero. Tú solo puedes tomar muchas decisiones equivocadas.
—Al
menos serán mías.
¡Estamos
tan unidos! No me rechaces.
Algo
en esa «unión» lo ponía nervioso, pero no pudo encontrar las palabras para
expresarlo.
...
Una pegajosa sensación de presiones húmedas, aire espeso en sus pulmones
jadeantes, líquido entrando por la nariz y las orejas y la boca, una bruma
ondeante y dulce...
Cuando
volvió a respirar con normalidad, regresó a donde estaba Quath. Ella había
calentado parte de las raciones de campaña.
Toby
se olvidó de Shibo. Los pringosas delicias de aquella comida caliente y
aceitosa alejaron su presencia. Era un alivio. Hacía días que Shibo le apretaba
como una bota nueva. Toby sólo lo comprendió cuando ella se alejó.
<Pateabas
y hablabas en sueños.>
—Supongo
que soñaba.
<Era
algo más.>
—¿Cómo
lo sabes?
<Tu
especie da a entender muchas cosas con gestos faciales... un método extraño que
nosotros no empleamos.>
—¿Me
lees la cara mientras duermo?
<Te
la leo siempre. Es esencial para entender a los humanos. Digitalizo tu imagen y
luego la comparo con mediciones anteriores.>
—¿Mediciones
de qué?
<De
ángulos y amplitudes de los pliegues de la piel, sus color, el grosor de las
cejas, la curvatura de la boca y los ojos.>
—¿Madre
mía! Trabajas bastante.
<¡Si
es lo mismo que haces tú!>
—¡Qué
va! Yo sólo echo una ojeada a la gente y deduzco... Oye, ¿dices que es así como
yo sé cómo se siente la gente?
<Desde
luego. Estáis diseñados de tal modo que actuáis así inconscientemente.> —¿Tú
lo haces de forma consciente?
<Si
asi lo deseo.>
—¿Y
si no lo deseas?
<Normalmente
delego la tarea.>
Toby
sabía que el pensamiento era una red de veloces impulsos eléctricos, una danza
de átomos hablando por medio de sus rápidos mensajeros. Pero ¿eso era cuanto
significaban sus pensamientos?
Miró
a Quath sin saber qué decir.
<Hace
tiempo que leo las señales que cruzan tu rostro. Especialmente en momentos como
éste.>
—Es
Shibo. Hay algo en ella...
<Su
presencia te incomoda.>
—Sí...
<Para
vosotros la virilidad conlleva cierto grado de furia, una densidad implacable.
A ti te mueve un impulso variable, agitado por los andrógenos. Tus errores
morales se deben a menudo a un pronto.>
—Oye,
yo no soy tan malo.
<La
femineidad (una convención que en mi caso sólo es aplicable en parte) conlleva
en los primates una aguda sensibilidad de respuesta. Está inmersa en un
equilibrio estable, reservado. Vuestras hembras son propensas a la espera,
lentas por los estrógenos. Sus errores tienden a lo estático, lo duradero.>
—Eso
es una simplificación. Diablos, muchas veces me siento equilibrado y estable...
aunque
no últimamente. Y mira a Besen. Ella es un manojo de nervios cuando se enfada.
<Tu
especie oscila entre estos dos polos... una modalidad con gran valor de
supervivencia, y que por tanto se repite una y otra vez en la vida superior.
Pero la frecuencia del gris no niega la existencia del negro y del blanco.>
—Tienes
el sexo en el cerebro, insecto —dijo Toby, inquieto.
<Vuestras
geometrías sexuales determinan vuestra percepción del mundo: una colaboración
entre macho y hembra, un aguafuerte de tensiones. El hombre tiende a la
invasión. La mujer explota las ventajas de lo oculto, de lo que nunca se puede
conocer del todo, la gruta de la oscuridad. Estas son las estrategias de
vuestra especie. Fusionarlas en una mente joven como la tuya es
desestabilizador por necesidad.>
—¿Eso
es lo que me pasa?
<Eso
creo.>
—¿Qué
debo hacer?
<No
lo sé. No tenemos la tecnología que requieren los dos remedios principales para
ese mal. Tal como entiendo vuestras mentes de primate, la mejor cura
consistiría en reforzar tus subcaracteres.>
—¿Cuáles?
<Tal
vez tu sentido del yo. Es un agente distintivo que está presente en todas las
mentes humanas. Mantiene una ilusión favorable... la de que un solo yo gobierna
el intelecto y los sen-tidos.>
—Conque
si reforzara este sentido del yo...
<Contrarrestaría
las zonas que está invadiendo la Personalidad Shibo.> —Vaya...
A
Toby le costaba concentrarse en la conversación. Tenía un mal presentimiento
cuando prestaba atención a las palabras de Quath. Pero luego, tenía que
bostezar o rascarse una picazón en los servoacoples, o bien atender una pequeña
señal de su sistema sensorial, y perdía el hilo de la argumentación de Quath.
Muchos
detalles lo incordiaban, distrayéndolo continuamente del problema.
—¿Y
la otra manera?
<No
tenemos el equipo necesario para ponerla en práctica.>
—Ya.
—Inhaló profundamente—. Mira, resolveré esto por mi cuenta.
<Creo
que el problema se agravará.>
—¡Tenemos
muchas otras preocupaciones!
<Eso
me temo.>
—Déjame
en paz.
Toby
se levantó, enérgico. Echó a andar, contrayendo el sistema sensorial, cortando
la discusión. Seguía oyendo las palabras de Quath. Te mueve un impulso
variable, agitado por los andrógenos.
Pisoteó
con furia un fragmento de piedra de tiempo.
Bebió
del arroyo que circulaba a cierta distancia. El agua era fresca y caudalosa. Le
aclaró la cabeza y de pronto comprendió que después del sueño sentía una
deliciosa pereza. La inquietud había desaparecido, se había calmado, y no
preguntó cómo.
Mientras
regresaba hacia Quath, un pico distante se resquebrajó y se desmoronó en
fragmentos relucientes. Miró pensativo aquella torcida grandeza que lo rodeaba.
—Oye,
podríamos ponerles nombre.
<No
te sigo.>
—Tal
vez nadie ha estado nunca en esta Vía. Es posible, ¿verdad?
<Es
posible. Aunque los humanos y otros han ocupado esta complejidad durante mucho
tiempo.>
—¿Cuánto
tiempo?
<Las
Iluminadas dicen que tiene por lo menos varios millares de vuestros años de
antigüedad.>
Toby
se representaba la historia en términos de Aspectos, no de «años». Isaac
pertenecía a las Arcologías tardías. La pobre y fracturada Zeno era de tiempos
aún más remotos. La historia consistía en gente, no en cifras.
—Si
somos los primeros en estar aquí —dijo con impaciencia—, podríamos poner
nombres a las cosas.
<¿Es
una convención humana?>
—Lo
llamamos tradición. Es un derecho, en realidad.
<Aquí
el concepto de «derecho» no sirve.>
—Vamos,
podríamos usar algunos nombres raros de los lugares que mencionan los Aspectos.
Al
instante asaltó su mente ociosa una ráfaga de nombres y títulos teñidos de ecos
del pasado: Tumbas de Ishtar; Gran Palacio; Altares de la Inocencia; Montaña
Maldita; Flor del Pi-náculo; Descanso Eterno; Monte de los Olivos.
<¿Por
qué ponerles nombre?>, preguntó Quath.
Toby
parpadeó. Comprendió que se trataba de una extraña vanidad humana, que
respondía al deseo de apropiarse de las cosas y conservarlas. Shibo le ayudó a
ver lo que todo nómada sabía en el fondo: uno podía ver mundo, servirse de él y
recorrerlo; era parte del flujo y el viaje de la vida. No era adecuado poner
nombres a esa tierra.
—Bien...
que se pongan su propio nombre, entonces.
Pero
no dejó de sentir frustración. Se lo ocultó a Shibo. O lo intentó.
5 -
CHISPA DURA
A
pesar de las empinadas cuestas y de lo escabroso del terreno avanzaron a buen
ritmo, si eso significaba algo en un esti retorcido que se empeñaba en
confundir a Toby. Varias veces el aire y la roca se mecieron como objetos
submarinos, produciéndole náuseas.
El
tiempo, decía Quath. El esti ajustándose a la entrada de masa. Su oído interno
le decía que «abajo» era una cuestión de opinión, algo que variaba mientras la
piedra de tiempo gruñía y se descamaba.
Entraron
en un desierto ventoso. Un terreno irregular se alejaba en curva, internándose
en un cielo anaranjado. El otro lado de la Vía estaba tan lejos que no podía
distinguirlo ni siquiera a máxima ampliación.
—Gran
lugar. ¿El opuesto de la gravedad está allá?
<Así
es. La náusea que sentimos proviene de corrientes encontradas.> —Sí, pero
hay algo más. ¿Lo sientes? <Noto que me observan.>
—En
efecto, y no puedo localizar desde dónde. <Nos vigilan de manera difusa. Es
desconcertante.>
—No
son mecs, diría yo. No parece cosa suya.
<Puede
que lo sea. La especie de los mecánicos es más lista que las nuestras.>
—En
algunos sentidos, tal vez.
<Sí,
en algunos sentidos.>
Quath
se estaba poniendo nerviosa. Hablaba poco y movía las piernas cuando no las
usaba. Se puso a hacer más calor, y de repente más frío. Un viento seco soplaba
y canturreaba como una música tenue. Pequeñas ondas esti se mecían. Los tonos
susurrantes eran claros
pero
misteriosos, inhumanos pero agradables para un oído solitario.
—No
hay mucha agua por aquí —dijo Toby, tratando de mantener una conversación para
aliviar la inquietud.
<El
agua en estado líquido es una rareza en la galaxia. Cerca del Comilón el
problema de mantener formas orgánicas como nosotros se complica. Sin duda el
esti está preparado para recoger y conservar agua con notable eficacia.>
—¿Crees
que fue hecho para nosotros? ¿Para los humanos?
<No.
Los elementos químicos básicos son comunes a la mayor parte de la vida
planetaria. La mía no es muy diferente de la tuya.>
—Recuerdo
que una vez me contaste que habíais mezclado material genético de algunas
especies, hace mucho tiempo. ¿Fue con nosotros?
<No.
Nos unimos a una forma superior, estoy segura.> —¿Ah sí? ¿Superior hasta qué
punto?
<Nuestros
documentos son imprecisos. Pero ese contacto nos llevó a un plano superior de
contemplación. Más avanzado que el de las formas monumentales.>
Toby
no sabía bien qué significaba «avanzado», pero si se trataba de ser enorme,
tener un caparazón duro y tirar las cosas sin darse cuenta, no le impresionaba
demasiado.
Por
la mañana había intentado afeitarse, pero el aire había sorbido el agua y el
jabón antes de que pudiera terminar de hacerlo. Una aridez multiplicada: el
aire era como una esponja.
Brisas
de gravedad distorsionada los condujeron a un territorio de vegetación
demencial. Heléchos en espiral formaban cerrados bucles a su alrededor. Sus
frondas aladas y gigantescas se estiraban para recibir la luz esporádica de las
distintas murallas esti.
<Reaccionan
ante el clima esti>, dijo Quath. <Una helicoide resiste mejor los cortes
y distorsiones de la gravedad variable.>
Cada
espiral era un bosque en miniatura. Sus láminas retorcidas tenían venillas
verdes y anaranjadas, y ocultaban huecos y grietas poblados de criaturas que
cloqueaban, parloteaban y silbaban llamando desde la enmarañada complejidad del
árbol madre. Por diversión, Toby intentó apresar un ratón alado y terminó con
un codo despellejado después de dar inútiles manotadas en el aire.
Se
estaba comiendo un delicioso fruto rojizo cuando sintió un espasmo en el
sistema sensorial; no demasiado fuerte, apenas una contracción. Luego una cuña
pálida y fantasmal atravesó sus sentidos. Una inspección. No se trataba de
aquella sensación sutil de ojos invisibles.
Miró
hacia arriba. Algo largo y ahusado surcaba el cielo broncíneo.
Conocía
esa fuerza fría e implacable.
<Deprisa>,
dijo Quath, y echó a andar.
Toby
la siguió. Mirar a Quath subiendo una cuesta era ver esa tarea reducida a sus
elementos esenciales. Se ocultaron bajo unos árboles tupidos. Toby estaba
corriendo y tratando de identificar las furtivas huellas en el sistema
sensorial cuando resonó un estruendo en el bosque.
Ambos
cayeron. El sistema sensorial vibraba. Crujieron algunas ramas en las
cercanías.
Cayeron
frondas helicoidales.
<Quédate
tendido. Extenderé una pantalla de camuflaje.> —Mecs. A gran altura.
<Algunas
figuras pequeñas. Una grande.>
—¡Maldita
sea!
<No
es un mero reconocimiento, como el del pájaro.> —¡Maldita, maldita sea!
<Es
abominable que los mecánicos hayan invadido las Vías.> —Deben haber
irrumpido en ellas forzándolas.
<Sí,
pero ¿por qué ahora? Observa su conducta. Es evidente que buscan algo.>
—Recuerdo algunos de estos patrones y... —Algo apareció en el sistema
sensorial, se
acercaba
rápidamente.
<Soy
un estorbo para ti. Es mucho más fácil encontrarme a mí.> —Quath, es el
Mantis.
Un
largo silencio. Estrías desplazándose en los límites de su sistema sensorial.
<Killeen me habló de él. Es un mec de orden elevado.>
—Y
es tremendamente peligroso.
El
Mantis zigzagueaba, a veces se encogía como si continuara por la Vía, luego
reanudaba su movimiento por un risco cercano, medio oculto por la roca
reluciente.
<Hay
otros.>
Formas
más pequeñas pasaron revoloteando como nubes algodonosas. Una rozó susurrando
la arboleda, viró, se alejó.
—Creíamos
haber matado al Mantis en Nieveclara. <Me pregunto si los mecs de orden
elevado mueren.> —Lo hicimos pedazos con el escape del Argo.
<Nosotros
consideramos que el yo está vinculado al cuerpo. Tal vez no sea así en el caso
de los mecs.>
—Bien,
parece que hacerlos trizas da buen resultado.
<Piensa
en esta manifestación, si quieres, como en un primo del Mantis que
conociste.> Toby se echó a reír.
—¿Mecs
con parentela? —La familia era algo humano. Los mecs no necesitaban aquel
concepto—. Conque crees que ha venido a curiosear...
<Así
es. Esto implica una perturbadora revisión de nuestras ideas.> —Nuestra fuga
de Nieveclara...
<Tal
vez no fue lo que parecía.>
—¿Crees
que fue una trampa?
<Os
llevó al mundo donde yo capturé a Killeen.> —¿Crees que el Mantis quería que
sucediera así?
Quath
se apoyó en sus muchas piernas. Sus sistemas sensoriales comunes se contrajeron
y los sensores de Quath, mejores que los de Toby, escudriñaron el cielo.
<En
tal caso, ¿con qué fin? Con la ayuda de las Iluminadas y las Filósofas, os
ayudé a llegar a este lugar tan desconcertante.>
—¿Y
qué? ¿Para qué quiere un mec que estemos aquí?
<Das
por sentado que los mecánicos actúan con una sola idea, por un único
motivo.> —Nunca he visto que hicieran otra cosa.
<Los
órdenes mecánicos inferiores tal vez no.>
—¿Inferiores?
<Los
que puedes matar.>
—No
lo hicimos tan mal. Hemos conservado el pellejo. <Sospecho que los
superiores serían imposibles de matar.>
—Humm.
Como el Mantis. —Formas sombrías se aproximaron, ondeando sobre las colinas
como manchas de aceite resbaladizo.
<Si
hemos venido aquí formando parte de un plan más importante...>
—Nuestros
esfuerzos y los riesgos que hemos corrido ya no resultan tan gloriosos,
¿verdad? <Me parece que esa visión es muy estrecha, muy de primate>, dijo
Quath en tono aséptico,
con
un cortés desprecio por aquellos excesos animales.
—Pero
¿qué busca el Mantis?
<Seguramente
no sólo desea matarnos.>
—Infligirnos
la muerte definitiva, entonces.
<Podría
haberlo hecho antes.>
—¿Entonces
qué quiere?
<A
vosotros, sospecho. A todos vosotros.>
Toby
frunció el ceño. Una sombra cubrió el tupido ramaje. Redujo el sistema
sensorial al máximo. Con los supresores acústicos, ni siquiera podía filtrarse
el susurro de la respiración. Permaneció cubierto por los bucles de verdor que
habían caído sobre ellos. Irguió la cabeza apenas, justo a tiempo para ver una
chispa amarilla rodando entre los árboles. La chispa botaba y rebotaba,
zumbando como si hablara consigo misma. Era del tamaño de su cabeza, y se
oscurecía y se teñía de naranja con cada colisión. Se aproximaba a tremenda
velocidad.
Golpeó
a Quath. Los rescoldos rojos llovieron con violencia sobre el caparazón de
Quath. Uno brincó y rozó el flanco izquierdo de Toby. Este rodó sobre sí
automáticamente, tratando de evitar el dolor. Los rescoldos se apagaron.
Toby
se quedó quieto. Nada cambió. La sombra había pasado de largo y con ella la
cuña pálida que aparecía en su sistema sensorial. Los dolores se redujeron a
una quemazón en el brazo.
—¿Quath?—Ninguna
señal—. ¡Quath!
<Silencio.>
Permanecieron
así un buen rato, mientras los vientos agitaban los pliegues en espiral. Toby
se palpó. Le dolía mover el brazo izquierdo en cierto ángulo, y descubrió que
lo tenía roto. Bloqueó la mayor parte de los nervios de la zona afectada, pero
no pudo anularlos todos. Eliminar por completo el dolor habría significado
perder el control motor del brazo.
Quath
se movió. Lenta, tanteando.
Toby
sólo había pensado en sí mismo y se sintió culpable cuando vio lo mal parada
que había resultado ella.
—¿Te
duele mucho?
Preguntarlo
era estúpido. Tenía tres piernas despedazadas y del caparazón le sobresalían
agujas de metal blanco. Había fluido pardo por todas partes.
<He
adormecido los centros de dolor.>
—¿Puedes
caminar?
<Apenas.>
—¿Puedo
ayudarte?
<Sí.
Lárgate.>
—¿Qué?
—Toby se incorporó tambaleándose y cogió una de las piernas astilladas—. ¡Ni lo
sueñes!
<Sólo
serviré para atraer los disparos. Debes irte. Escapar de esta Vía. Tu única
protección es sumergirte entre humanos. Así el Mantis tendrá más dificultades
para encontrarte.>
Toby
frunció el ceño.
—¿Qué
ha cambiado, Quath?
<No
mis sentimientos por ti, te lo aseguro.>
—Pero...
pero ¿qué? —Toby calló porque temía romper a llorar.
<Vine
contigo porque sospechaba que protegerte era de suma importancia. El Mantis lo
confirma.>
—¿Por
qué soy tan importante?
<Sospecho
que formas parte de una trama más amplia.> —¡Maldita sea, eso no es más que
una teoría!
<Deberíamos
actuar basándonos en conocimientos imperfectos.> —¡Ridicula y santurrona...!
<Tu
cólera es comprensible. Entiendo lo que oculta. Yo también te amo.> —¿Qué?
Yo, oh... —Toby no sabía qué decir.
<Vete.
Debes permanecer fuera de su alcance hasta que sepamos más.> —Pero ¿dónde te
encontraré? Este lugar es enorme. ¿Qué haré? <Ahora debes buscar tu propio
camino. Vete.> —¡Maldita sea! No lo haré.
<Lo
harás.>
6 -
CIRUGÍA MENTAL
Se
ocultó en un hueco umbrío y el dolor comenzó a acuciarlo. Se había propagado
hasta las costillas, y no le sorprendió descubrir que tenía tres de ellas
rotas. La energía eléctrica de la chispa se había propagado en diminutas ondas
de choque capaces de partir el hueso y romper los capilares.
Eso
decía el diagnóstico. Los datos aparecieron en su ojo izquierdo cuando los
solicitó. Los brillantes iconos eran claros: las fracturas, amarillas; las
hemorragias del brazo, amoratadas; para las redes de dolor, espaguetis
tridimensionales azules.
También
aparecieron las soluciones. No era fácil efectuar reparaciones en campaña.
Invocó a dos Rostros poco usados que realizaron el trabajo duro en su nuca.
Abandonaron el córtex cerebral para internarse en la maquinaria básica. La
mayor parte del cerebro era un circuito para operaciones de mantenimiento. Uno
no intervenía conscientemente en la digestión de la comida ni en el control de
los latidos del corazón. Eso funcionaba independientemente de uno; y habría
sido desaconsejable facilitar la intervención en tales procesos y arriesgarse a
estropearlo todo por torpeza. Pero la reparación de un daño podía acelerarse, y
en aquel momento era necesario hacerlo.
Los
Rostros reptaron hasta centros operativos que alimentaban estímulos y
transportaban nutrientes. Tomaron el mando. Toby supo que estaban trabajando
cuando sintió un hormigueo en el brazo. Era como si le hicieran cosquillas por
dentro, pero no le daba risa. Lloró un rato y se sintió mejor. Su flanco
izquierdo le temblaba y sudaba.
Resonaron
más explosiones en el cielo, pero eran lejanas y no le importaban. Sus sistemas
trabajaban a pleno rendimiento. La reparación de huesos era complicada y lo
sabía, así que procuró que su mente consciente no interfiriese en la labor.
Pero
tenía que pensar en muchas cosas y no podía concentrarse en ellas. Lo
atravesaron agujas de dolor. Sus sistemas detectarían el problema y estaría
bien de momento. Pero no dejaba de sudar.
Empezaron
los sueños.
No
eran sueños, sin embargo, porque Toby tenía los ojos abiertos. Jugaban en su
retina y él no podía hacer nada para detenerlos. Trató de cerrar los ojos, pero
las imágenes persistían.
Viajaba
en un vehículo con ruedas pero que parecía volar. Una mujer se había ofrecido
para llevarlo; habían atravesado una turbulencia de aire y roca y en aquel
momento sobrevolaban un lago plano. Era liso y parecía horizontal, pero también
estaba en ángulo, así que viraron para atravesarlo. La oscura superficie
gorgoteaba, regurgitaba y murmuraba como un líquido tormentoso; la mujer la
golpeaba con una vara a intervalos de varios minutos, como si verificara su
resistencia, y el líquido respondía con una vibración sólida, como el acero
contra el granito.
Shibo
le sonrió. Dientes brillantes y puntiagudos. Risas. Palabras tan distorsionadas
que Toby no podía entenderlas ni tenía tiempo de interpretarlas. Continuaron
viaje.
Pasó
mucho tiempo. A Shibo le faltaban dientes. Tenía dos orejas en el lado
izquierdo de la cara y ninguna en el derecho; y sólo usaba un sostén. Esto
había parecido importante cuando la vio, pero ahora esos detalles perdían
relevancia ante el viento desgarrador que lo barría, la vertiginosa velocidad,
los vuelcos de su dolorido estómago.
—¡Que
viva todo el mundo! —gritó ella, dando una chupada a un vaporizador.
—Que
viva yo, al menos —respondió Toby. Había dado unas chupadas al vaporizador y se
sentía raro, pero continuaba asustado.
Algo
grande chocó contra el lago negro y levantó un surtidor oscuro de dedos
arqueados.
—¡Llegaremos!
—gritó Shibo.
Tenía
que gritar porque otras personas intentaban hablar con Toby. Sus voces
descendían del cielo, pero cuando llegaban hasta él ya eran simples susurros.
En
vez de estallar en gotas, las aguas negras se partían en planos.
—Deja
que lo haga yo —dijo Shibo. Destrozó los planos convirtiéndolos en una lluvia
de relucientes astillas de mica—. ¿Ves?
...
y Toby estaba al descampado, rodando por una colina. Se partió la rodilla
contra una piedra y tragó polvo. Se sofocó. Jadeó. Aquello era real, no era un
sueño. Miró hacia la cuesta y vio las altas hierbas aplastadas en el lugar
donde antes yacía bañado en su propio sudor. Algo le había hecho levantarse
dando tumbos y caer aquí, donde estaba al descubierto. Regresó arriba a toda
prisa.
Mientras
subía, la rodilla le dolía más que el brazo o las costillas. Era una buena
señal mientras la rodilla no estuviera dañada. Encontró el lugar donde se había
acostado. Estaba hú-medo y apestaba.
Pero
la rodilla mejoraba. Caminó tambaleándose hasta un arroyo y se lavó por primera
vez en dos o tres días. Le costaba recordarlo. Su monitor interno se lo dijo:
2,46 días en total. Era imposible saberlo con aquella luz cambiante. Se
preguntó cómo el bosque se había adaptado a sus imprevisibles idas y venidas.
Permaneció
un rato tendido junto al arroyo, sin fuerzas para más. Pero un hecho era
indudable. Sabía lo que debía hacerse, y sabía que Quath tenía razón. Shibo le
había impedido verlo, como le había impedido saber otras cosas, entreteniéndolo
con espectáculos interiores cada vez más desenfrenados.
El
daño y su reparación le habían restado influencia, al menos de momento. Lo cual
significaba que Toby debía actuar inmediatamente, ya que más tarde pensaría en
otra cosa y se dejaría distraer por una articulación que crujiría o por una
picazón, y no lo haría nunca.
Regresó
a rastras hasta el agujero y sacó su equipo de campaña. Las herramientas no
eran las específicas para aquella tarea. Tenían orificios, ranuras, brazos de
inserción e instrumentos de geometría variable, pero no eran especializadas. Y
tenía que trabajar en su espalda. Operar sirviéndose sólo del tacto y hacerlo
sentado, cuando hubiera preferido acostarse.
Tú
no quieres hacer esto.
Toby
no respondió. Era difícil manejar las puntas ajustables. Tenía los dedos
entumecidos y torpes. Una punta se le cayó, y tuvo que recogerla del polvo y
limpiarla. No había manera de alinear bien todos los instrumentos.
He
hecho mucho por ti. Tú y yo trabajamos juntos. Tu lado femenino se integra con
el mío. Las puntas se desviaban. Las alineó y las insertó en el extremo de la
herramienta-eje. No
encajaban
a la perfección, pero serviría.
Tengo
mucho que enseñarte. Si me das tiempo, puedo darte excelentes consejos para
orientarte en este lugar. Estás solo. Me necesitas.
Le
costó llegar a la nuca. Se apoyó en el estropeado brazo izquierdo. El dolor le
indicó que no era muy buena idea. Los Rostros encargados de las reparaciones
enviaron aguijonazos de advertencia al córtex cerebral; lanzas de sufrimiento y
furia, como insectos coléricos. Pero no podía hacer otra cosa.
¡Podemos
pasarlo muy bien juntos! Te he mostrado mi pasado. Todo mi mundo. ¿Eso no
basta?
—No
quiero tu mundo.
Escupió
aquellas palabras apretando los dientes. Shibo habló más deprisa cuando él
logró llegar a la ranura espinal. Ahora lo atravesaban imágenes. Ruinas en
sombras purpúreas. Restos de mecs en un campo de Nieveclara. Sabores de platos
picantes; olores de una fresca primavera; risas en un pasillo de piedra.
Apartó
la piel que cubría la ranura. Ahora tenía que operar a ciegas. Las imágenes que
le cruzaban los ojos eran fragmentadas, aceleradas, cambiantes.
Estás
traicionando a tu padre. Él me puso aquí. Lo hizo para guiarte. ¡Para ayudarte!
Y tú te vuelves contra mí, me expulsas...
Abrió
la ranura. Tanteó los micros. Las imágenes aceleradas temblaban, se
deshilachaban. Una Personalidad no puede vivir mucho tiempo encerrada en un
chip. Lo sabes. Me
encogeré.
¡Partes de mí se perderán! Quedaré reducida a un Aspecto a menos que me aireen,
que me usen.
Las
herramientas no eran apropiadas y temía dañar el chip. El tamaño de la ranura
era doble para albergar a una Personalidad. Los lectores estaban concentrados
alrededor del chip, en una capa de una molécula de grosor. Había una manera de
extraer los lectores sin arrancarlos, pero resultaba imposible sin herramientas
más refinadas, aun en el caso de haber podido ver lo que hacía.
¡No
puedes hacerlo! He hecho mucho por ti. He sacado a luz todo el lado femenino de
tu personalidad... Te he ayudado a madurar.
—En
efecto. Soy tan maduro que estoy solo y herido en este lugar, sin Familia que
me ayude a extraerte.
Yo
no te he obligado a hacer esas cosas. No puedes negar que la culpa de haber
huido de tu padre es tuya. ¡No ha sido obra mía!
Palpó
con cuidado. Parecía que había insertado bien las puntas, pero costaba estar
seguro.
Tenían
que coincidir con los atestados receptores del borde del enchufe.
¡Por
favor! No recordaré ni pensaré nada más sin tu aprobación. No sabes cómo es. Yo
tenía que...
Probó
con uno. Movió suavemente el extremo, y la punta se insertó en la entrada y
encajó. No sabía qué sucedería si sacaba sólo una parte del chip. Shibo estaba
unida a él por medio del circuito rígido de la base del cráneo. ¿Podría liberar
el chip sin dejar una parte de Shibo dentro? No lo sabía.
Haré
lo que quieras.
No
había razón para esperar. Cogió las puntas con fuerza y aspiró profundamente.
¡Aguarda! ¡Por favor!
Durante
un buen rato no pudo moverse. Ella le había inmovilizado los músculos y Toby
sintió el pleno impacto de su furia.
Había
sido una mujer maravillosa, pero vivir de aquella manera la había transformado.
Llevar una Personalidad era mucho más difícil que llevar un Aspecto, pero algo
más había sucedido entre ellos. Algo relacionado con ella y él, la imponderable
mezcla de personas. Tal vez no fuera culpa de ninguno de los dos.
No
sabía si la verdadera Shibo podría regresar alguna vez como Personalidad, pero
ahora no se trataba de eso, y así se lo dijo en un fogonazo de estrecho
contacto mutuo, no con pala-bras sino con aguijonazos de remordimiento.
Dos
latidos. Luego la respuesta.
La
furia de Shibo lo sacudió. Le tembló la mano derecha. Se le entumecieron los
dedos. Le costaba sostener las puntas. Se le cortó el aliento.
Ella
actuaba deprisa, probándolo todo. Se le contrajo el esfínter, le dolieron los
testículos, una espasmódica sacudida nerviosa le recorrió la piel. Se le
congeló el pecho. La mano le col-gaba con el pulgar torcido, los músculos
agarrotados.
Se
obligó a relajar la mano derecha y aflojó la muñeca. En la reacción de sus
músculos revirtió la tensión contra ella y se movió.
Tiró
de las herramientas en todos los sentidos. Se soltaron.
No
no puedes te amo amo a Killeen amo a todos no me hagas esto basta por favor por
favor no puedo no puedo no puedo.
Extrajo
las puntas, ensangrentadas y con jirones de piel. Su cuerpo tiritó como un solo
músculo. Un espasmo violento, gotas de sudor. Sus pulmones resollaron como si
hubieran estado bajo el agua.
El
húmedo bosque que lo rodeaba se encontraba al final de un túnel largo y
sombrío.
Enjambres
de moscas rojas zumbaban en torno a las paredes del túnel.
Se
cerraba a lo lejos, en la oscuridad.
Se
metió en él.
MARCOS
DE REFERENCIA
Desde
una perspectiva, la Cuña gira con sobrecogedora velocidad angular, bordeando la
velocidad de la luz.
Desde
la perspectiva matemática, permanece en estado estacionario en una geometría
múltiple. Quieta, silenciosa. Eíneas de espacio-tiempo plegado se arremolinan a
su alrededor.
Desde
esta perspectiva, a pesar de los forzados gradientes y las desgarradoras
torsiones, la Cuña es una isla de serena estabilidad. La radiación gravitatoria
del agujero negro se condensa alrededor de sus resbaladizos contornos.
Ea
lamen olas lánguidas y apacibles. Las tensiones de la torsión juegan como
intrincadas telarañas a lo largo de sus protuberancias lustrosas y palpitantes.
Esta
presión impide que la Cuña se disgregue. Lo ha hecho durante un intervalo cuya
longitud —o duración— depende de la geometría propia de cada observador.
Desde
otro punto de vista, la Cuña está engarzada en una incesante y furiosa lucha
con el agujero negro.
Eas
fuerzas combaten. El Comilón desea comer. La Cuña se atasca entre las
mandíbulas del Comilón. Las entreabre. Tapa la garganta. Se salva.
Todo
lo dicho es cierto.
Cada
planteamiento configura un marco de referencia. La verdad es la suma de todos
los marcos de referencia.
Por
las líneas de los campos magnéticos que orlan la Cuña, elásticas pero
irrompibles, gotean ondas de vibrante complejidad. Transmiten información de la
única manera posible por la apretada urdimbre de la Cuña.
A lo
largo de esos haces —delgadas e intrincadas líneas de vida— la civilización
mecánica conversa con su delegado. Las inteligencias mecánicas se reúnen en
paquetes, elaboran escurridizos análisis de datos. Revolotean sobre la
turbulencia del vasto disco de acreción, bajo el granizo eterno de la radiación
dura. Contra esta tormenta, estas mentes escurridizas usan defensas de cerámica
y metal.
Haciendo
ondear los campos magnéticos, conversan con el delegado. Voces huecas en un
pozo enorme.
En
el fondo, la criatura solitaria oye. Responde. Siempre en medio de la
discordia, el delegado debe debatir mientras actúa. Dividiendo una vez más su
inteligencia, asigna distintas porciones de la misma a estas ocupaciones.
No
disfruta de los placeres de sus gobernantes, que flotan en la majestuosa
lejanía. Debe soportar la fricción y conmoción de los parajes de la Cuña.
Buscando, siempre buscando.
Todos
los que participan en esta conversación piensan a la velocidad de la luz. Sin
embargo, sus voces no pueden escapar a sus orígenes ni a las presunciones de su
especie.
Yo/tú
he explorado una vasta gama de
bóvedas
y espacios, ¦>A<¦. ¡No obstante,
nada
encuentras!
¡He
descubierto un tesoro de cultura primate!
Ésa
no era tu misión, ¦>A<¦.
Lo
sé muy bien. Según nuestros antiguos datos son unos primates especiales,
portadores de un mensaje. Los he buscado. Pero es difícil distinguirlos de las
hordas de primates que pululan aquí.
¿Tantos
son? ¿Ocultándose de nosotros?
Nos
temen, y supongo que con razón.
¡Busca
a los portadores del mensaje!
Termina
con esta molestia.
Aquí
los espacios son innumerables.
Continúa.
Asegura los tres estratos
genéticos
mínimos que nosotro/vosotros
necesitamos.
Tenemos
la información biológica básica de la generación más antigua, la del «abuelo».
Pero la naturaleza del mensaje codificado exige tres generaciones. Descendencia
biológica directa.
Los
Legados implicaban sin duda alguna que nosotros/vosotros necesitábamos
analizarlos en profundidad. Esto significa copias completas y viables.
Yo/nosotros
creo que no. Bien podrían estar
muertos.
Estudio
atentamente cada muerte definitiva que provoco. Mis subunidades son igualmente
cuidadosas. No pasaré por alto la marca característica del primate que
necesitamos, el más joven. Yo lo conocí.
¿En
su planeta?
Fue
útil para apresar el yo de su padre cuando yo deseaba hacer una captura.
Espero
que vosotros/nosotros podáis hacer lo mismo ahora/aquí.
Vosotros/nosotros
estáis saliendo de
nuestro
campo visual. ¿Se está dañando
la
Cuña?
He
navegado por las variaciones, pero hay un trasfondo perturbador. Algo más
acecha en estos parajes distorsionados.
¿Qué
es? Yo/tú he oído informes de unidades anteriores que nosotros/todos enviamos a
la Cuña. Antes de perderlas de vista.
No
sé cómo describirlo. Una presencia trémula y tenue, más allá de mis campos.
Pero no es localizada.
Se
trata de un eco.
Creo
que no. Viene de todas partes pero no repite lo que envío. Estoy inquieto.
Sofoca
vuestras/nuestras reacciones.
Tú/nosotros
actúas por nosotros/todos,
recuérdalo.
No
es momento para titubeos.
Mátalos
a todos si vosotros/nosotros
podéis.
Yo/nosotros deseo terminar con
esta
vejación.
He
infligido la muerte definitiva a muchos. Mis factores se sobrecargan. ¡Tantos
tesoros para conocer y saborear!
Olvida
tu/nuestro extraño sentido de la belleza. Nunca un medio tan fuerte como
tú/nosotros ha penetrado tan profundamente en la Cuña. Conócelos, sí. Luego
liquida a esos parásitos en su última guarida.
¡Extermínalos!
Obedezco.
QUINTA
PARTE - ATENCIONES MALIGNAS
1 -
EL DOLOR DE LA ETERNIDAD
Toby
despertó sintiéndose cansado pero limpio. Había estado fuera mucho tiempo.
Ahora el brazo le palpitaba menos, con un dolor sordo que se desvanecía
lentamente.
Shibo
no estaba allí. Llevaba su chip en la bolsa. Se exploró, buscándola. Se deslizó
por las oscuras grietas donde sus Aspectos vivían sus compactas semividas. Erró
por la galería de Rostros.
Recorrió
grises pasajes. Isaac, Zeno y los demás lo llamaban y querían hablar de Shibo.
Siempre
querían hablar. Acerca de cualquier cosa. Pero no había rastro de Shibo.
Sabía
que aún podía tener adheridos algunos jirones. La naturaleza de una
Personalidad era difusa, escurridiza. Así que tendría que mantenerse atento.
Sus primeros indicios —cambios de humor, distracciones, control completo de su
sistema sensorial— habían sido cada vez más manifiestos. Si quedaban rastros de
su personalidad, serían sutiles.
Cuando
se levantó le crujieron los huesos. Estaba dolorido, sentía una fatiga
abrumadora que el sueño no podía eliminar.
No
había advertencias en el sistema sensorial. Se expandió como una burbuja azul
en su visión y barrió los susurros del bosque y las nubes de vientre oscuro.
Era hora de que volviera a sus ocupaciones.
Años
de disciplina Familiar le habían enseñado a acatar órdenes aunque no le
gustaran. El modo en que Quath le había dicho que se largara tenía la fuerza de
una orden.
La
cumplió sin pensar. A fin de cuentas, pensar era un lujo cuando la vida
dependía de la velocidad, la capacidad de ocultarse y el sigilo.
Avanzó
con el sistema sensorial comprimido en una semiesfera apenas mayor que el
alcance de su brazo. Eso no le dejaba prácticamente tiempo para defenderse
contra una de aquellas chispas como la que había herido a Quath, pero de ese
modo esperaba ser más difícil de localizar.
Cuando
llegó al siguiente punto elevado, miró hacia atrás. Formas sombrías se
deslizaban como hojas movidas por brisas sistemáticas. Quath. Quath. Ansiaba
enviar la llamada.
Más
chispas amarillas botaron y rebotaron en el bosque. Otras se elevaron hacia la
curvatura de la Vía. Algo enviaba furiosos relámpagos blancos hacia donde había
dejado a Quath.
Toby
sabía que era una estupidez tratar de buscar la señal de Quath, pero sentía un
incontrolable deseo de hacerlo. Al fin dio media vuelta y huyó.
Corrió
un rato antes de notar que estaba llorando. Nunca, en las largas persecuciones
que la Familia había sufrido en Nieveclara, se había sentido solo. Ahora le
embargaba la amarga de-sesperación de su difícil situación y no podía dominar
la angustia que lo desbordaba. Sin Quath, sin Familia, sólo una fuga vana.
¿Qué
pensaría Killeen? Se detuvo y se obligó a contener las lágrimas. Tenía que
actuar como un Bishop. Aunque estuviera allí, aunque estuviera solo. Tal vez
especialmente allí.
Llegó
a un paraje desnudo y pedregoso. ¿También allí estaría expuesto? Nubes
grisáceas cubrieron el terreno y se elevaron de pronto, como si un gigante las
hubiera apartado. Pero no avistó ninguna furtiva silueta voladora, así que
continuó.
Algo
asomó por encima de un pico distante y descendió sobre él. Disparó y falló,
pero en un momento aquella cosa le quemó el flanco derecho. Efectuó el segundo
disparo cuando caía. Acertó. Una bola de fuego rápida y zumbona. Algo diminuto
que caía. Se estrelló, rasgando el aire.
Se
había mojado los pantalones. Sintió asco de sí mismo, pero su brazo derecho era
más importante.
El
dolor le hacía temblar las manos. Efectuó algunas reparacienes para mantener el
flanco derecho en funcionamiento. Todavía le dolía el brazo, pero se movería de
nuevo.
Encontró
agua en las cercanías y se lavó. Una tarea humillante. Le sorprendía haberse
asustado tanto. El miedo, comprendió, siempre parece ridículo una vez pasado.
Cuando
pudo acercarse al lugar donde había caído la cosa, encontró un agujero en el
suelo.
Había
tenido mucha suerte de poder derribarla, y lo sabía.
Se
relamió los labios, sintiendo miedo otra vez. Si seguía así, uno de los
rastreadores daría con él y regresaría con una bandada.
Recordó
la pequeña lección de Quath acerca de las sumas y el funcionamiento de aquella
geometría. Las Vías eran como esos pares de números. Cada par sumaba una
centena, y su reordenamiento incesante mantenía constante el total. El esti
permanecía intacto.
Y el
total no tenía que ser de un centenar o de un millar. Las Vías podían sumar un
millón, o mil millones. O cualquier otra palabra acabada en -ón que usara su
parlanchín Aspecto Isaac. Las palabras como millón o billón sólo indicaban que
algo era mayor de lo que una persona pudiera concebir.
Así
que no le sorprendió que el tiempo transcurriera y él siguiera su camino sin
ver a nadie. Tal vez nunca más viera a un ser humano. Las Vías podían seguir su
tortuosa trayectoria eternamente.
Lo
importante era encontrar una salida, un camino que los mecs no pudieran
rastrear fácilmente. ¿Cómo? No bastaba con correr más.
Tenía
la cabeza llena de interrogantes. Quath había dicho que la gravedad era esti,
curva. Era un efecto de la masa. Los planetas retenían las cosas mediante la
curvatura del espacio-tiempo, que los humanos sentían como una fuerza clara y
fuerte. De acuerdo, muy bien.
Pero
Isaac decía que la curvatura esti generaba más curvatura. Así que la gravedad
podía multiplicarse, obteniendo más de menos. Algo había urdido aquel esti de
manera tal que se sostenía con firmeza. Incluso medraba al borde del abismo,
besando al Comilón de Todas las Cosas.
—Todo
lo que se entiende se puede utilizar —murmuró Toby mientras trotaba. Recordó
que era un dicho de su abuelo, y se preguntó en qué parte de aquel lugar podría
estar el viejo Abraham.
—Abraham
habría hecho algo con esto —se dijo, la voz frágil contra las músicas
susurrantes del paisaje.
Ningún
lugar hacia donde correr, al menos literalmente. Y se estaba cansando.
Así
que trató de modelar la piedra de tiempo. La lógica le decía que era imposible,
pero la lógica no funcionaba muy bien últimamente, ¿o no?
Sus
armas no sirvieron de nada, pero después del corte con láser la piedra relucía.
Lo intentó con microondas, ondas sónicas, incluso con una nanofresadora que
llevaba desde los días de Nieveclara. Nada dio resultado.
Luego
usó todo el espectro. Ninguna reacción. Le disparó con infrarrojo en
pulsaciones. Por un instante una delgada sonrisa partió la piedra.
De
nuevo. Esta vez la sonrisa duró más y él metió la bota dentro y empujó. Cedió,
luego empezó a aplastarle la bota. Se zafó y la piedra se cerró.
La
próxima vez fue más cuidadoso. Primero encontró un lugar donde se sintió
mareado. Las perspectivas eran ahuecadas, la luz acuosa, se producían
refracciones de sonido y espacio. Allí donde las Vías se cruzaban, la gravedad
se distorsionaba.
Luego
abrió un boquete, lo calentó. Golpeó, apalancó, usó diversas armas. Sudaba a
mares. Se cortó la mano, se quemó un brazo. Nada le salía bien a la primera.
Pero aparentemente es-taba perforando más la piedra de tiempo. La fatiga lo
venció y tuvo que hacer una pausa para descansar. El sudor le humedeció los
ojos, y supo que no era sudor.
Eran
lágrimas de nuevo. Se impacientó consigo mismo. Killeen resoplaría y miraría
hacia otro lado. Besen lo comprendería, y eso sería aún peor.
—Si
te apresan, ¿sabes qué harán? —Decir eso en voz alta le ayudó. Te sorberán
todos los conocimientos. Los usarán contra Besen, Killeen y los demás.
Su
voz era severa, y eso también ayudaba. Comprendió cuánto echaba de menos esa
cosa tan sencilla, la voz humana, una voz que no fuera la propia. Maldito seas,
estás hablando solo, le decía otra parte de sí, pero apartó ese pensamiento.
Todo lo que le ayudara a sentirse mejor valía, y al cuerno con los análisis.
De
vuelta al trabajo.
Progresaba
lentamente. Encontró un risco ondulante donde la bruma esti flotaba en haces de
luz anaranjada. Trató de cortar nuevamente. Una línea ancha resquebrajó la
piedra. Por ella salió una bocanada de algo maloliente y ponzoñoso, unos
vapores verdes; pateó la piedra para cerrarla pronto. Era difícil abrir el
esti, las vibraciones acústicas podían cerrarlo de nuevo. El material poseía
una especie de tensión de superficie.
Después
de aquello, aprendió a intuir los hoyuelos y flujos del esti. Podía abrir uno
para echar un vistazo, y se cerraba herméticamente. Lo cual era una suerte,
casi siempre. Algunos pasajes conducían a Vías de vacío, otros a escalofriantes
paisajes pétreos, a tornados de polvo aullantes.
Sus
sistemas lo prevenían si de las aberturas emanaban radiaciones calcinantes. Las
cerraba inmediatamente, pero una vez saltó un chorro de fluido candente y Toby
tuvo el tiempo justo para apartarse. El chorro abrió un boquete profundo en el
cielo.
En
una ocasión vio una ciudad entera a través de una grieta momentánea. Tanto las
calles como los oblongos edificios formaban bucles intrincados; tubos delgados
entraban y salían por las paredes porosas. Las criaturas que había dentro de
los tubos parecían hirvientes piedras blancas. Parecieron fijarse en él y Toby
sintió pánico. Dejó que la grieta se cerrara.
Tras
varias docenas de intentos le cogió el tranquillo a la cosa; era un artista en
la materia. Durante días probó suerte y se olvidó de la persecución. Si quería
encontrar a la Familia o a Abraham, tenía que dominar aquel arte.
Los
lugares donde el esti parecía flexible continuaban su incesante movimiento.
Sentía náuseas mientras trabajaba la piedra, pero ése era el precio que debía
pagar. Encontrar el mo-mento apropiado, el ángulo, el espectro, se convirtió en
una especie de cacería basada en la intuición.
La
mayoría de las Vías parecían hostiles a la vida humana. Pero no todas. Entró en
una de aspecto agradable, y al primer intento.
Tuvo
sus dificultades. Se despellejó un poco y se le congelaron los dedos, pero se
internó en un valle de fracturada piedra de tiempo. Al menos era más
interesante que el lugar anterior. Además, la experiencia le enseñó que la
piedra de tiempo era engañosa. Muchas veces se sentaba a comer los alimentos
que obtenía y admiraba las formas estilizadas y limpias de las cordilleras
distantes. Eran elegantes, serenas, puntiagudas. Más tarde se acercaba y
comprobaba que en realidad eran ásperas e inhóspitas.
Las
torsiones tiraban de él en las cuestas y salientes. Las distorsiones
caracoleaban en los rebordes angostos y quebradizos por donde se arrastraba,
temiendo mirar arriba o abajo, pues ambas direcciones eran inestables y
fluctuaban.
Los
senderos se curvaban para formar túneles que lo encerraban. Se estiraban a lo
largo y se arqueaban hacia abajo.
Tuvo
que arrastrarse para atravesar orificios que lo estrujaban, algunos con
lentitud, otros con brutal rapidez. Se zambulló en uno que gruñía cerrándose
sobre él, y perdió el tacón de una bota. El tacón se partió limpiamente,
dejando pocas dudas sobre lo que le habría pasado de ser un poco más torpe.
Tuvo que cojear un buen rato, hasta que el tacón volvió a crecer.
Y
entretanto sentía una soledad creciente. Despertó de un sueño profundo,
llamando a Quath con la garganta reseca. En otro sueño hablaba con Killeen con
una voz ronca que no podía atravesar la niebla que lo rodeaba. Esperaba que
todavía estuvieran vivos en alguna parte, pero a veces lo abrumaba la
aplastante certidumbre de que habían muerto.
Los
episodios se sucedían. Al cabo de cierto tiempo notó que sabía leer un
cambiante mapa tridimensional, seguir un camino sobre roca resbaladiza,
memorizar puntos destacados del terreno sin que importara desde qué ángulo los
veía, encender una fogata bajo una lluvia densa e insistente, tratar las
mordeduras de animales pequeños y sinuosos, descender por un peñasco trémulo,
deslizarse por un glaciar de aire congelado, entablillarse un hueso roto y
quedarse tendido los dos días que necesitaba para sanar, encontrar agua bajo la
arena áspera, domar una bestia de carga que encontró a la deriva, enterrar un
cuerpo cortado a rodajas, tal vez una víctima de los mecs.
Reparó
un planeador de goma que encontró en un risco y lo usó para recorrer un buen
trecho volando en medio de un viento feroz. Después de estrellarse, lo alcanzó
el frente de tormenta. Un huracán repentino y cortante. No encontró refugio.
Empezó a horadar de nuevo la piedra de tiempo, un poco cada vez. Mientras
cavaba en medio del frío, los acontecimientos se desprendían a medida que los
golpeaba con la pala. Lanzaban gritos y carraspeos mientras se despedazaban
como planos cristalinos.
Llegó
a un estrato que conservaba el calor de un verano pasado. Lo ahuecó y tuvo una
cueva donde refugiarse.
Así
combatió el frío profundo. Dormía, agradeciendo el calor, pero Killeen le
hablaba a través de la niebla lechosa. Toby, Toby. Las siguientes palabras
fueron inaudibles. Se esforzó para captarlas y despertó. Tibieza, soledad. Notó
que la piedra de tiempo estaba tibia porque lo estaba aplastando lentamente,
procurando cerrarse.
—¡Maldita
sea!
Se
levantó y se alejó a trompicones hacia la luz pálida, hacia el otro extremo del
huracán. Besen. Los mecs la apresarán si pueden sonsacarme lo que sé... y será
por mi culpa y mi
tonta
huida... y si los mecs ganan aquí, será para siempre; nunca más existirán los
Bishop, serán polvo y nunca sabrán qué es todo esto, qué significa...
Murmuraba
al caminar, pero no había mucho en sus pensamientos, salvo la soledad que ahora
tenía como compañera.
Una
tormenta demoledora le enseñó a esquivar rocas que caían. Cuando cesó, el
paisaje se había distorsionado de nuevo y Toby aprendió a trepar por un
resbaladizo desfiladero, a des-cender por un pico cada vez más empinado antes
que se partiera y echara a volar.
Cuando
hubo pasado más tiempo del que podía recordar, estaba en condiciones de
predecir los caprichos del clima, hasta cierto punto.
Todo
aquello lo había cambiado cuando encontró a las primeras personas.
2 -
OPTIMISMO IRRACIONAL
Los
encontró en una sabana, cultivando unos cereales nudosos que Toby no reconoció.
Cuidaron
de él. Estaba peor de lo que pensaba, pero no poder entenderles era una ayuda.
No
hablaban ningún idioma que él conociera o que tuviera en los chips. Eran
menudos y compensaban con elegancia lo que les faltaba en talla y fuerza. Eran
equilibrados, reservados. Las mujeres, aunque tímidas, eran radiantes, ágiles y
cálidas, con unos ojos velados que chispeaban cuando hablaban.
Los
individuos de ambos sexos parecían comprimidos; sus hombros anchos coronaban un
torso que nacía de una cintura delgada. Tenían un porte perfecto, iban erguidos
y se movían con desenvoltura. Su tez era suave, oscura, dorada y reluciente
bajo el cabello negro muy trabajado.
Las
Familias se cuidaban mucho el cabello y durante los largos años de huida lo
habían convertido en su única concesión a la moda. Aquí, en gravedades
distorsionadas que cambiaban sin cesar, el cabello podía obrar milagros: formar
salientes imposibles, curvarse como un fuego negro y congelado, enroscarse de
manera cómica.
Tenían
los dos sexos habituales y cuatro géneros; ambas variedades de homosexuales
llevaban un peinado distintivo, una sinfonía provocativa. Eran muy agradables.
Hablar por señas resultaba siempre más interesante que conversar, y el escaso
vocabulario que dominaba Toby lo obligaba a guiarse por la intuición. Aprendió
a leer lo tácito, que era más interesante.
En
sus momentos de descanso —no muchos, pues todo el mundo trabajaba o de lo
contrario nadie comía— comenzó a comprender qué distinta era aquella gente.
Para
ellos todo detalle merecía atención, en todo momento debían estar ocupados. Lo
que se estaba haciendo lo era todo. Mientras uno trabajaba no existía más que
la labor concreta del momento. Todo pensamiento acerca de otras actividades, de
inconvenientes pasados o futuros, desaparecía. Salvo por algunos dolores en el
brazo derecho y las costillas, consecuencia de su larga fuga, Toby se las
apañaba bastante bien.
La
vida social de la comunidad se centraba en un complejo drama escénico. Les
aburría hablar del esti y de los mecs. Sólo querían comentar la obra que se
representaba. Toby asistió a una representación y descubrió que ellos lo
consideraban un gran honor. El público se puso de pie y lo aplaudió juntando
los labios cuando él se sentó. O al menos eso creyó que hacían, aunque luego se
preguntó si habría cometido alguna torpeza.
El
drama comenzó de inmediato, así que no tuvo tiempo de reflexionar sobre ello.
La obra dependía absolutamente de la concentración. Sin el control y la
concentración de los actores, habría sido insoportablemente aburrida.
De
hecho no lo era. Miró cautivado cómo una actriz entraba en escena y caminaba
con inhumana lentitud por el borde del escenario, a centímetros del público
pero enormemente distante a causa de su ensimismamiento. Controlaba el ritmo y
el andar hasta tal punto que ningún gesto ni pestañeo perturbaba un andar
sugestivo que evocaba la superficie de un lago negro y liso. La actriz parecía
atravesar el aire del teatro vestida de un silencio tal que habría podido
cortar un tornado. Más tarde, la escena se repitió. Esta vez los micrófonos
amplificaron cada movimiento de los sedosos pies sobre el tablado desnudo. Una
música susurrante seguía cada movimiento, transfigurando el acontecimiento
hasta volverlo irreconocible.
Descubrió
que el drama, cuyo escaso argumento se podía sintetizar en una frase, surtía un
curioso efecto sedante. Parecía decirle: Presta atención. Concentrarse en el
momento era más importante que jugar mentalmente con el pasado o el futuro.
Extraño,
si se paraba a pensarlo. Porque aquél era un lugar donde no era fácil separar
pasado y futuro. Fluían juntos en ciertos lugares, como un río lodoso.
Allí
ya habían combatido contra los mecs. Tardó en averiguar un hecho tan simple
porque hablaban muy poco. Una vez se cruzó con una ceremonia fúnebre —no se
realizaba en un lu-gar ritual sino en la calle— que parecía honrar a alguien
muerto a manos de los mecs. Sus hogares y talleres eran como los cascos del
Argo invertidos, de modo que desde lejos parecían ampollas creciendo juntas.
Las cruzaban quemaduras y dos de ellas tenían enormes boquetes.
Aquella
gente estaba bien organizada. Se entrenaban para la defensa y usaban armas que
él no comprendía. Decían que la última incursión mec en el esti se había
prolongado tanto como se tardaba en criar a una niña hasta que alcanzaba la
mitad de su altura —lo cual parecía ser su modo de medir el tiempo—, y que las
anteriores habían sido peores. Las mutilaciones de algunos eran buena prueba de
ello.
Toby
les hablaba de la Familia Bishop y del largo camino que lo había llevado hasta
allí. Aun así, no era uno de ellos: había dado un uso diferente a su mellada y
estropeada armadura. En
términos
generales, se había limitado a mantenerse con vida. Allí habían luchado contra
los mecs y los habían matado, los habían acechado, derrotado y sufrido bajas
por ello. Ser alcan-zado como lo había sido Toby era un accidente que todos
conocían; muy diferentes era participar en una batalla porque uno quería.
Y
ellos querían. Una mujer menuda le contó con acaloramiento que estaban luchando
por una gran idea. No pudo entender claramente de qué idea se trataba, y al
cabo de un rato desistió de forzar su vocabulario. La mujer hablaba deprisa y
parecía considerar toda pregunta como un desacuerdo.
Toby
pensó en ello después de presenciar ese lento y solemne drama. Una actriz
llevaba un tambor que contenía un cerebro mec. Cuando golpeaba el tambor, el
cerebro botaba, chocaba contra el interior del tambor mientras la actriz seguía
batiendo los parches. El contrapunto creaba un eco horripilante. Toby no sabía
qué significaba, pero le daba escalofríos.
Una
vez, después de terminar su trabajo, regresó al lugar donde dormía. Un viento
cortante hacía oscilar los escasos faroles que titilaban en la niebla suave.
Sabía que nunca habría parti-cipado en una batalla en pro de algún principio
abstracto. Había luchado y huido — normalmente huido— por la Familia, y sólo
luchaba cuando no le quedaba más remedio.
Estos
tranquilos hombres y mujeres eran diferentes. Tenían la antigua tradición de
permanecer atrincherados en el esti. Ellos no la comprendían, o al menos no se
la sabían explicar. Quizá la entendían de una forma que él no podía conocer. A
veces vivir las cosas producía ese efecto.
Recordó
las largas dársenas vacías donde habían atracado el Argo. Grandes y cubiertas
de melladuras, abolladas y maltrechas. Desiertas salvo por el Argo, como brazos
estirándose para recibir naves que ya no llegaban.
Aquella
gente había dicho que pocas naves venían de otros mundos, de los planetas como
Nieveclara. Muchas naves más pequeñas se deslizaban entre los portales del
esti, siguiendo atajos entre las Vías. Pocas Familias planetarias entraban en
las Vías porque casi todas habían perecido. Fracasado.
Su
historia no cuadraba con lo que él sabía. Tenía su lógica. El tiempo era
diferente en cada Vía. Algunas estaban a mayor profundidad en la curvatura que
rodeaba el agujero negro, de modo que allí el tiempo transcurría con más
lentitud. Y el propio esti mezclaba y enmarañaba los acontecimientos, de modo
que confundía la memoria humana.
Renunció
a la idea de comprenderlo cuando descubrió que se había internado en la
oscuridad. Era la primera vez que notaba cuánto extrañaba a su padre. Lloró un
rato en la oscuridad y se alegró de que nadie le viera.
Algo
le decía que era estúpido avergonzarse de llorar. Nunca se lo había planteado.
Se preguntó si no sería indicio de un vestigio de Shibo, pero no pudo detectar
nada de ella por ninguna parte.
Se
sentía inquieto. Regresó con aprensión hasta el cobertizo donde dormían los
peones eventuales. Todos los demás ya estaban acostados, así que se tendió en
el catre.
Durmió
bien y sólo despertó cuando el cobertizo se vino abajo. Un golpe en la frente,
suciedad en la boca. El suelo temblaba. Alguien gritaba en la oscuridad.
Las
vigas del techo no le habían acertado, pero estaba bajo los escombros. Salió a
rastras mientras explosiones violentas sacudían el suelo. Fuera había mecs en
la penumbra. Edificios derribados. Llamas que lamían un cielo moteado.
La
gente corría por doquier. Aullantes ferocidades peleaban por encima de nubes
sucias. Las pantallas de defensa se activaron. Las vio en su sistema sensorial
como planos rojos y
brillantes
que se elevaban en el aire; un verdor eléctrico serpenteaba en sus bordes.
Bajas.
Personas sin heridas visibles, pero ojerosas y conmocionadas. Algunas sangraban
por la nariz y la boca. Otras se apretaban el vientre sin poder hablar. Otras
más estaban tumba-das de bruces sobre la hierba machacada.
Quiso
ayudar. Los médicos no parecían agradecer su presencia. Ponían mala cara y
comprendió lo que sospechaban. Nadie podía saberlo con certeza, pero él había
llegado y luego habían llegado los mecs.
Pensó
que sería más un estorbo que una ayuda, así que dejó a los heridos y corrió
hacia el límite de los edificios. Allí observó el rápido y misterioso juego de
resplandores y detonaciones en la sombra.
Quería
luchar, pero no sabía qué hacer. Los métodos de la Familia Bishop no parecían
adecuados. Y si esas fuerzas de arriba lo buscaban a él, nada había que pudiera
hacer.
Al
final huyó. Si había sido el causante de aquella catástrofe, lo mejor sería
desviarlos.
Durante
horas trotó por el aire turbio. De nuevo solo. Quatb. Killeen. Besen. Nombres.
Su
sistema sensorial no detectaba perseguidores. Al fin la luz comenzó a filtrarse
por un arrugado risco y vio que estaba en otro terreno. Había gente aferrada a
la desnuda piedra de tiempo y una presencia la buscaba.
De
repente se encontró en medio de un combate. Se echó al suelo y no tardó en
entender que algo —no sabía muy bien qué— trataba de exterminar a un grupo de
gente. También aprendió a mantener la cabeza gacha en la cambiante piedra de
tiempo.
Una
bruma verde fluía en lo alto. Desde lejos llovía sobre él y sobre la imagen que
él veía reflejada en la piedra de tiempo.
Esa
imagen lo miraba. Pasaron segundos lentos, difusos. La figura lo saludó. Toby
parpadeó. La figura sonrió. No entendía cómo la piedra de tiempo podía tener un
Toby atrapado en su interior, un otro yo que lo saludaba jovialmente; pero no
había tiempo para averiguarlo.
Ni
para ver al causante de la matanza. Quiso erguir la cabeza para ver, pero
desistió. Su sistema sensorial no indicaba la presencia de nada peligroso, pero
oía motas sibilantes, astillas en el viento que le habrían rebanado la cabeza
con precisión quirúrgica si hubiera mirado.
Lo
supo porque lo vio al cabo de unos segundos. Una de aquellas cosas susurrantes
le dio a una mujer en la barbilla. Los objetos buscaban un blanco deslizándose
por el terreno hasta encontrar su presa.
También
observó los intentos de los amigos por volver a juntar la cabeza de la mujer.
Aquella gente hablaba en un idioma rápido y entrecortado que él no comprendía.
Incluso intentó ayudar, aunque no le veía sentido, y no le prestaron atención.
Confiaban en que la medicina humana curase una cabeza escindida en tajadas
precisas. No resultó.
Al
cabo de un rato cesaron los susurros. Toby quería ayudar a la gente, pero
cuando fue a hacerlo todos habían muerto.
Le
quedaban ya pocas dudas de que detrás de aquel caos había algo que lo buscaba.
¿Esa gente había muerto por su culpa? No quería pensar en ello.
Y lo
único que podía hacer era huir en vez de luchar, aunque le disgustara como
Bishop. Encontró refugiados. Pudo entenderse con algunos. Hablaban de lugares y
tiempos peores,
pero
la mayoría seguía su camino como si él fuera un espejismo. O tal vez
consideraban que sus preguntas carecían de sentido.
Caminó
mucho tiempo. Era mejor no pensar demasiado.
El
mundo parecía más liviano, como si su cabeza fuera un globo sostenido por su
cuerpo. Caminó así, disfrutando de cada paso. Haces brillantes y amarillos
brotaron de arriba, de la piedra de tiempo. El resplandor era abrasador.
La
gente pasaba sonriente. Aquel estado de ánimo fue en aumento hasta que todos
aplaudieron y aun para Toby la escena se volvió tan agradable que parecía
ridículo que alguien pudiera morir. No él, al menos.
Recordó
afligido lo que una vez Quath le había dicho sobre el irracional optimismo de
los primates, o al menos sobre el de los actuales. Según Quath, era una extraña
adaptación de la cual carecía su especie. Toby se había echado a reír.
Y
ahora también rió, entre dientes. Era una insensatez, pero hacía que se
sintiera mejor. Recordando el desconcierto de Quath, rió de nuevo. Ni siquiera
la pesadumbre de la soledad
pudo
quebrar aquella alegría repentina e inesperada. Podía ser irracional, pero era
divertido; lo era en un lugar y un tiempo como aquéllos, tan racionales y
prácticos.
3 -
BAJAS
—Aquel
hombre quiere hablar contigo.
Toby
se sorprendió.
—¿Conmigo?
¿Por qué?
—Te
conoce.
—Imposible.
—Pues
él dice que te conoce. Mira, está malherido.
Toby
fue, aunque a regañadientes. Avanzó entre los heridos de la seca planicie y
cedió lo que le quedaba de agua.
Era
un hombre pálido y arrugado que se quejaba mecánicamente, con un gruñido húmedo
y regular. Le habían tapado la cabeza con una manta lustrosa que cumplía una
función médica. El hombre se quitó la manta. Toby vio lo que había sido un
rostro y ahora parecía una colina que hubieran roturado bajo la lluvia con
equipo pesado y luego hubiera permanecido demasiado tiempo al sol.
—Me
han quitado mi viejo rostro y me han dado uno nuevo —dijo una voz clara y
suave. Los labios no se movían.
—Sí,
ya veo. —Toby se sintió inútil.
—Ahora
me está creciendo otra cara.
—Ya
veo —dijo Toby sin mirar.
—¿Quieres
saber qué me ha pasado?
—Claro.
—Tratábamos
de derribar una de esas cosas, de esas serpientes que disparan desde el eje de
la Vía. ¿Las has visto?
Toby
había visto muchas de aquellas cosas, pero no las consideraba animales, pues
eso sólo inducía a error.
—Creo
que sí.
—Espantosa,
estaba matando a muchos de los nuestros. Así que esperamos y le disparamos
desde cinco posiciones. La hicimos trizas.
El
hombre tenía la mirada desenfocada. Toby lo alentó a que continuara.
—Esa
cosa giró y se hizo pedazos antes de estrellarse contra el risco. Cerca de mí.
Estalló con una potente detonación. Muy bonito. No noté más que un golpe
caliente en el costado y luego me encontré aquí.
Toby
cogió la mano del hombre y se preguntó si debía creer todo cuanto le decía. Su
mano era tan suave como su voz, no una mano que hubiera estado mucho tiempo en
campaña. Y la voz era soñadora. No parecía la historia de una verdadera
batalla. Toby había aprendido que los heridos no eran de fiar como cronistas; a
veces mezclaban los hechos con sus sueños.
Toby
murmuró algo y volvió a cubrirle el rostro con la manta. Estaba seguro de que
el hombre no veía y que se limitaba a usar su sistema sensorial interno. El
hombre no dijo nada y Toby dejó la manta. El hombre dijo súbitamente.
—Oí
decir que estabas aquí.
—¿Yo?
¿Cómo es posible que alguien me conozca?
—Te
vimos, recibimos un mensaje en el sistema sensorial general.
—¿Qué
decía?
—Que
te esperáramos, que cuidáramos de ti.
—¿Quién
lo enviaba?
—Una
orden general.
—¿Podéis
enviar señales de Vía en Vía?
—A
veces. Nuestra tecnología no es la mejor. Pero teníamos noticias de ti.
—¿Mi
padre tiene algo que ver en esto?
—Tal
vez. No lo recuerdo.
Toby
se preguntó si sería verdad. Había oído a hombres mentir acerca de cómo los
habían herido, a veces poco después del impacto e incluso delante de testigos
presenciales. No sabía por qué, pero él lo había hecho una vez, hacía años, y
no le parecía tan mal.
Una
descarga mec le había destrozado la pantorrilla izquierda y tardó una semana en
volver a correr. Cuando pudo caminar ya había urdido una historia totalmente
distinta de la realidad. No halagüeña, sólo diferente. No sabía por qué lo
había hecho, y al cabo de un tiempo dejó de preguntárselo. Por eso le costaba
hablar con aquel hombre que jamás recobraría el rostro.
—A
mi modo de ver —dijo el hombre—, tienes que ser importante.
—¿Yo?
Toby
había estado pensando y casi se había olvidado de dónde estaba. Recordaba a la
Familia. A Killeen.
—Debes
serlo. La mayoría de las órdenes son sobre armamento o tácticas.
—No
soy importante.
—Bien,
pero condenadamente grande sí, no cabe duda. ¿De dónde eres?
—Pertenezco
a la Familia Bishop.
Lo
dijo en tono desafiante; nunca sabía cómo reaccionaría la gente. A veces
quedaba desconcertada. En ocasiones hacía un comentario hiriente sobre los
planetarios, o bien ponía cara de indiferencia. Aquel hombre no hizo nada de
eso, ya que de pronto se puso a vomitar en su propia mano. Toby le ayudó a
limpiarse.
—No
hay duda de que eres importante. —El hombre tenía peor aspecto, y el rostro se
le ponía amarillo como una vieja herida, pero seguía aferrado a su idea—.
Tienes que serlo.
Hablaba
con acento monótono, pero se expresaba como los viejos Bishop que Toby había
conocido. Tal vez la gente de por allí pertenecía a Familias de la Agachada.
Toby palmeó al hombre, sin saber qué hacer.
—Duerme.
—Tienes
que serlo. Las órdenes decían que te cuidáramos.
—¿Y
luego qué?
—Pasar
el informe. Y permanecer contigo.
—¿En
nombre de quién?
—No
lo sé. Ahora quédate aquí.
—Duerme.
—¿Por
qué eres tan importante? ¿Tienes algo que ver con todo esto?
La
pregunta flotó en el aire polvoriento. Aunque Toby la había oído en su sistema
sensorial, las susurradas palabras quedaron sin respuesta porque Toby ya estaba
en el borde de la plani-cie, moviéndose deprisa.
4 -
RESCATE
Llegó
a un largo valle parecido a una quebrada. Era verde y húmedo, una depresión
entre relucientes macizos de piedra de tiempo.
Le
costaba recordar cuándo había empezado a huir de los mecs. Se había ensuciado
los pantalones varias veces más y ya no se avergonzaba. Killeen. Quath. Los
nombres evocaban las mismas emociones, pero hacía mucho que no lloraba por
ellos.
Esta
nueva Vía era agradable y Toby no detectaba ningún mec. Se había habituado a la
luz tenue y difusa que brotaba de las protuberancias y las plantas, a veces
arrojando sombras ascendentes. La piedra enviaba cintas de luz que se
proyectaban en las raíces de los árboles. Parecían vasos sanguíneos enterrados
en el suelo carnoso. Avanzó sin pausa y llegó al valle. A ambos lados, nudos
amarillos de niebla de tiempo se aferraban a los picos.
El
cielo no presentaba amenazas. Aun así, los mecs podían pillarlo con rapidez
excesiva para su estropeado sistema sensorial, así que se mantuvo a la sombra
mientras pudo.
Una
vez había pasado un día llevándole la delantera a un rastreador mec, una nave
plateada que sobrevolaba los árboles y que le disparó tres veces. Lo había
eludido saltando a un río y nadando hasta que agotó la reserva de aire. Los
mecs no entendían muy bien el agua. O al menos no veían a través de ella. Había
permanecido bajo la superficie hasta que oscureció y salió jadeando a la total
negrura.
¡Oh,
Besen, Killeen. El viejo Cermo el Lento. ¡Hacía tanto tiempo!
Notó
olor a quemado, y por debajo una pálida dulzura. En el valle crecían densos
maizales. No había visto maíz desde que era niño, cuando apenas tenía edad para
caminar, y entonces sólo crecía en un campo raquítico al borde de la Ciudadela.
Avanzó por un sendero lleno de baches, aspirando el aire suave y lechoso.
Maíz.
Recordó el maíz en el lodo primaveral, plantado en una ladera arada; mujeres de
ojos rasgados ahuyentando las aves que se comían las semillas; finas espigas
que despedían un aroma penetrante en los días lluviosos; el trabajo de
desbrozar la maleza; la azada de hoja reluciente revolviendo el polvo seco; la
hoz para segar el maíz; las espigas verdosas que buscaban la luz del sol
durante el día; las espigas maduras amontonadas en una carretilla; insectos
diminutos preparados para defender el maíz de las plagas, leales a sus plantas;
tallos desnudos bajo una muda nevada; una hermana que perdió un dedo en una
trilladora; granos crujientes brotando de un alimentador a manivela con dientes
de acero; mazorcas desnudas cayendo en una pila; un silo abarrotado de vainas
secas; el whisky llenando un vaso de ma-dera; un grifo tiznado de carbón; el
dulce aroma de la mantequilla donde se cocía una mazorca nadando en su propio
jugo...
Toby
tambaleó, sabiendo que aquellos recuerdos no eran suyos. Parecían reales sin
embargo, sobre todo las fragancias.
Trabajé
mucho en los campos de niña.
La
voz de Shibo parecía bajar del cielo amarillo. Toby tragó saliva, se le
humedecieron los ojos. Siguió caminando y dejó que el seco olor de los campos
lo calmara.
No
había logrado expulsarla del todo. Y ahora nada podía hacer. Ni siquiera un
cuchillo podía ayudarlo.
El
olor a quemado era más fuerte y miró cautelosamente los campos mientras andaba.
El grano estaba listo para la cosecha. Arrancó algunas mazorcas y se las comió
mientras seguía, disfrutando del sabor azucarado de los granos. El maíz estaba
tan maduro que ya comenzaba a salirse de las vainas.
Los
escasos árboles estaban calcinados, astillados como si algo los hubiera
reventado por dentro. Había claros círculos de maíz aplastado en los espesos
campos.
Siguió
caminando y un olor lo golpeó. Recordó que una vez, estando descompuesto, se
había quedado en un retrete de la Ciudadela, aguantando el olor y temiendo
salir a respirar una bocanada de aire fresco, por miedo a la diarrea, que no le
daba tregua. Toda la Familia se había contagiado. Al cabo de un tiempo había
ayudado a su padre a derribar el cobertizo y a llenar el agujero con tierra de
otro pozo. Luego un equipo de hombres y mujeres lo había reconstruido.
Entonces
encontró los primeros cuerpos. Unas zarzas dividían los largos campos y canales
de irrigación. Colgaban a trozos de las ramas. Los cuerpos habían estallado en
pedazos que no respetaban líneas anatómicas.
No
era nuevo para Toby. Aquello tenía que ser reciente, porque no habían empezado
a descomponerse, aunque la sangre ya formaba una costra seca y parda.
Su
Aspecto Isaac estaba inquieto, pues hacía tiempo que no le dejaban salir.
Cenizas
a las cenizas, polvo al polvo, como rezaba el antiguo dicho.
Toby
sabía que los cuerpos hacían precisamente lo contrario. Se corrompían hasta
producir una viscosidad muy atractiva para los escarabajos y los enjambres de
moscas. ¿Cómo era po-sible que los antiguos estuvieran equivocados en algo tan
elemental?
Tocó
algunos cuerpos con prudencia. En Nieveclara los mecs solían instalar trampas
cazabobos en los cadáveres; al parecer aquí no se habían tomado esa molestia.
Parecía
mal dejar tendones, músculos y huesos desgarrados colgados de los arbustos,
pero apartó la mirada y continuó la marcha. El olor a retrete se debía a que
también las visceras estaban desparramadas por los campos.
Más
adelante cadáveres enteros tachonaban los campos. Yacían en pequeños claros
donde aparentemente habían tratado de combatir contra algo que venía de arriba.
Estaban intactos y su piel era tersa y vidriosa. Conocía el modo en que los
cuerpos cambiaban con el tiempo. La piel pronto cobraba un tinte amarillo que
acababa siendo un verde amarillento. Si permanecían a la intemperie varios
días, la carne se volvía oscura, de un marrón más profundo que el bello color
de la tez de Cermo.
...
Y si permanecían así demasiado tiempo, recordó de pronto, la carne adquiría la
consistencia del carbón, formando duras costras donde estaba lacerada, y los
cuerpos se hinchaban, reventando las mangas y las cremalleras de la ropa. Las
personas se convertían en globos, y en el calor seco del mediodía su olor era
tan penetrante que se alojaba en la garganta...
Se
contuvo. Aquellos recuerdos no eran suyos.
Cuando
murió mi Familia vi muchas cosas que más te valdría no conocer.
—¡Entonces
no las dejes aflorar!
Buscó
a Shibo, pero ella era escurridiza y se le escapaba.
No
puedo impedirlo. Tus recuerdos se cruzan con los míos y hacen que me
manifieste. —¡No lo necesito!
Soy
quien soy. O quien era.
Siguió
caminando, apartando los ojos de los cuerpos. Había sólo uno o dos por
sembrado. Los cuerpos que no presentaban daños tal vez hubiesen muerto por
pérdida del yo. Habían
sufrido
la muerte definitiva. Sin yo, el cerebro seguía con las rutinas básicas de
inflar los pul-mones, bombear sangre y digerir los alimentos, pero pronto algo
le faltaba a todo el sistema. El cuerpo se detenía.
Nadie
había estudiado bien por qué sucedía aquello. Parecía innecesario hacerlo. La
persona desaparecía en el sentido más profundo. Una vieja nave como el Argo se
valía de trucos tecnológicos para mantener el cuerpo con vida o congelado para
su uso futuro, algo que no tenía sentido tratándose de muertos definitivos.
Vio
tierra removida y maíz aplastado allí donde algunos de ellos, en sus últimos
instantes, habían pateado el suelo con las botas, agitando los brazos y los
pies a pesar de haber caído ya. A medida que perdían el control, los cuerpos
luchaban de la única manera que conocían. Todavía tenían los puños apretados y
las muñecas ennegrecidas. Algunos se habían arrancado la ropa en su afán por
desembarazarse de la cosa que los devoraba por dentro, donde las manos no
podían alcanzarla.
Toby
pensó en sepultarlos, pero eran demasiados y el hedor aumentaba bajo el cielo
amarillo. Detectó movimiento a su izquierda y rodeó un espeso maizal maduro. El
movimiento aparecía identificado como humano en el sistema sensorial. Sería
conveniente alejarse de aquel lugar, pero sentía la necesidad de ver a alguien
vivo, así que regresó.
Había
una persona, una mujer delgada arrodillada junto a un hombre tendido de bruces.
Por
un momento, Toby pensó que estaba rezando y dio media vuelta para irse.
Entonces ella alzó la mano hacia la luz. Su dedo meñique cobró forma de
herramienta roma que clavó en la nuca del cadáver. Allí la piel estaba roja y
contraída. Ella movió la mano y arrancó algo de la columna vertebral. Toby
reconoció el disco gris de un Aspecto. La mujer no reparó en Toby, aunque a esa
distancia él debía haber aparecido en su sistema sensorial. Se guardó el disco
en una bolsa.
Había
otro cadáver a pocos pasos. Ella convirtió dos de sus dedos en herramientas de
exploración y los introdujo diestramente en los puertos espinales del cuerpo.
Esta vez obtuvo dos discos y un cartucho cuadrado que en el caso de la Familia
Bishop podía albergar tres Rostros. Cuando se los hubo guardado en la bolsa, la
mujer se incorporó y miró a Toby.
—¿Tienes
derechos aquí?
El
salió de detrás del maíz susurrante.
—No.
¿Y tú?
—Claro.
Derechos de rescate.
—¿Eran
de tu Familia?
—¿Quién
lo pregunta?
—Soy
un Bishop.
—Yo
soy una Banshee.
Toby
la miró.
—Nunca
he oído hablar de los Banshee.
—Yo
nunca he oído hablar de los Bishop. El esti es grande.
—¿Tiene
sentido llevarse esos Aspectos?
—Tal
vez.
—Habitualmente
los Aspectos de los muertos definitivos son absorbidos.
—Depende
de la rapidez con que se extraigan.
—Aunque
queden algunos, ¿no estarán locos?
—Tengo
que correr ese riesgo.
—He
oído decir que quedan fritos.
—Todavía
valen algo.
—¿A
qué te refieres? —Toby se movió un poco a la derecha.
—Se
puede obtener un Rostro de un Aspecto.
—Tal
vez sea mejor dejarlos ir.
—Eso
es cosa de los Banshee.
—¿Cómo
sé que éstos son Banshee?
Ella
lo miró de hito en hito.
—Métete
en tus propios asuntos.
Toby
retrocedió.
—Vale.
—¿Vale?
¿Y eso qué significa?
—Significa
que estoy de acuerdo.
Ella
frunció los labios en una sonrisa despectiva.
—Pues
tienes un modo raro de hablar.
—En
efecto, vale.
La
saludó, dio media vuelta y se alejó. El sistema sensorial de la mujer le
cosquilleó en la espalda y activó sus micros, que barrieron el campo y la
arboleda.
Toby
se detuvo, hasta que ella lo olvidó y siguió moviéndose entre los cadáveres,
haciendo su trabajo. Mientras esperaba, Toby pensó qué hacer. Ella se alejó y
luego regresó por la iz-quierda mientras buscaba.
Mantuvo
el sistema sensorial en la sintonía más baja, para seguirla sin delatarse. La
mujer estaba ocupada y parecía nerviosa. Toby se ocultó detrás de un árbol
torcido y oscuro. Cuando volvió a verla, estaba registrando deprisa el último
cadáver.
Toby
la golpeó por detrás con un paralizador. Ella fue rápida y rodó sobre sí en
cuanto recibió el impacto al tiempo que disparaba. Él le disparó otra descarga
de baja potencia y falló.
El
otro lado del gran árbol estalló en llamas. La mujer se puso de pie y disparó
de nuevo, pero a demasiada altura. Toby disparó una vez más mientras la
refracción térmica contraía el aire.
Ella
se sentó, se echó hacia atrás y se esforzó para levantar los brazos. Su mano
izquierda era un arma; parpadeó una vez. El rayo pasó junto a Toby, y no era
paralizante. Su sistema sensorial emitió señales rojas de advertencia. No podía
defenderlo de un impacto directo.
Sin
pensar, pero con pulso firme, Toby disparó otros dos descargas paralizantes.
Esta vez ella cayó y ya no se levantó.
Se
acercó cautelosamente. La mujer estaba despatarrada, con los ojos vidriosos.
Toby se agachó y cogió la bolsa. Era pesada.
Ella
lo siguió con la mirada mientras él revisaba su contenido. Una ceja le tembló
furiosamente.
—Conque
Banshee, ¿eh?
Sus
índices le decían que era algo llamado Bahai. Sacó un Aspecto de la bolsa y lo
presionó contra su lector de muñeca. El diminuto cristal hexagonal estaba
rajado por culpa de un antiguo accidente, pero el tubo óptico del hueso le
seguía funcionando. Le indicó que el Aspecto estaba dañado y que había sido una
mujer de la Reunión de Buda, lo que supuso que sería una espe-cie de Familia.
—Eres
una cazadora de cabelleras.
Ella
movía los ojos colérica. Toby pensó en estimularla para que le dijera algunas
mentiras más, pero, aun en condiciones, la mujer parecía demasiado rápida. Y
llevaba un buen equipo. Toby ni siquiera sabía para qué servían algunos de sus
componentes. Sólo con que tuviera un par de dedos libres, podía ser peligrosa.
—Me
llevaré esto. —Levantó la bolsa—. Pensabas venderlos, ¿verdad?
Ella
empezaba a mover la boca, y torció los labios. Era interesante observarlo.
Luego Toby pensó en lo que había estado haciendo la mujer y ya no le pareció
tan divertido.
—Se
los entregaré a la Familia Buda, si encuentro a alguno de sus miembros.
Se
alejó deprisa. Era mejor así, antes de que cediera a la tentación de hacérselo
pagar un poco más.
5 -
EL MAR DE ARENA
Llegó
una época larga y oscura y la temperatura bajaba continuamente. Toby se había
quedado sin comida y no había mucho que recoger. Se topó con poca gente. La
tierra oscilaba y ondulaba y él sentía náuseas a causa de la turbulencia
gravitatoria.
En
una región desértica se encontró con un hombre y una niña. Mientras jugaba en
el frío, la niña había pegado la lengua y el labio superior a un tubo que
formaba parte de un edificio en ruinas, y se le habían adherido al congelarse.
Estaban acampando allí. El hombre no quería arrancar la carne, pero la niña
estaba frenética, temblaba de dolor. Gimoteaba, agachada junto al tubo. No
había agua en las cercanías, ni fogatas encendidas, por miedo a los mecs. La
chiquilla clavó sus grandes ojos en Toby y éste tuvo una idea que expuso al
padre de la niña. El único modo de liberarla era que el hombre orinara sobre el
labio de su hija para descongelarlo. Dio resultado. La niña dijo que ni
siquiera había notado el gusto de la orina, pero Toby pensó que lo decía por
cortesía.
Continuó
por una cuesta arenosa y avistó una región de bosques. Hacia allá se dirigía
cuando su sistema sensorial se contrajo con el típico y prolongado sonido hueco
y la cuña gris. El Mantis.
Sobre
la piedra de tiempo desnuda Toby estaba al descubierto, pero tomó las medidas
habituales. Con un susurro menguante, su sistema sensorial se desactivó. El
aceleró, deseando comida.
La
piedra de tiempo se convirtió en guijarros, luego en cascotes y, finalmente, en
dunas de arena. Se le hundían las botas mientras nadaba en profundas
corrientes. Cruzó una duna que se elevaba como un gran pecho y luego descendía.
Alcanzó la cuesta antes de lo previsto y casi se cayó. Luego llegó a la cima y
siguió trotando por un llano. Pero de nuevo la cuesta comenzó antes de lo
esperado y la arena le tiró de las piernas como si quisiera arrastrarlo. La
cresta arremetió contra él.
Por
un instante estuvo en el pico. Otras dunas formaban largas estribaciones. La
arena se volvía vidriosa en la distancia y titilaba con pequeños temblores,
como vista a través de una vaharada de calor. Pero el aire era cada vez más
frío.
Sus
servos de grafito lubricado se quejaron del frío con un gemido agudo. Su
sistema sensorial no le daba ni siquiera su respuesta mínima. Toby sólo
detectaba una penumbra hueca y zumbona.
Llamó
a sus Aspectos y Rostros. Ninguno contestó.
Vio
que las dunas se movían. Sus largos bordes avanzaban lentamente desde un
horizonte curvo. Descendió por la cuesta hacia el surco siguiente y de allí
hacia otro. La velocidad de la onda le ayudaba a apresurar el paso y en poco
tiempo estuvo en la cima de la siguiente cresta pero no pudo ver más allá. No
había cielo, sólo una oscuridad moteada. Un hirviente mundo de encrespadas olas
de arena.
Aunque
notaba las ondulaciones a través de las botas, la arena no se deslizaba ni se
desmoronaba al pasar. Los diminutos granos le rozaban el calzado y pasaban de
largo, obedeciendo instrucciones de algo que rodaba por debajo sin formar
remolinos ni prestar atención a su presencia. Ignoraba por qué no se hundía en
esa arena. En la cresta de la ola la arena formaba una espuma batiente y
descendía. Parecía líquida.
En
la siguiente ola había una mancha blanca. A largas zancadas, bajó la cuesta.
Empezó a trepar hacia el trozo blanco, que parecía más grande que antes...
Y se
detuvo. Dio media vuelta y corrió hacia abajo.
La
mancha blanca era un jardín de huesos.
Dedos
y pies blanqueados en los bordes. Más arriba, antebrazos cortados conducían a
hileras de pelvis trituradas. Algunos muslos dispuestos en abanico rodeaban
costillares vacíos. Una torre de brazos, y sobre ella un círculo de cráneos
blanqueados. Sonrisas petrificadas. Cuencas oculares vacías.
Sobre
la cresta de la ola asomó una red móvil de varas esqueléticas. Parecían huesos
de carboacero girando en cuencas cromadas. Cables delgados, casi invisibles, la
impulsaban con espasmódica agilidad.
No
se movía como una criatura sino como el vehículo de algo invisible. Toby pensó
en un laberinto móvil y frenético, un enrejado que albergaba a un ser que no
necesitaba una auténtica presencia física.
Aquel
lugar no era real. Ahora lo sabía.
Había
pasado de la seca aridez de la piedra de tiempo a un mar de arena. Sin notarlo.
Lo cual significaba que el Mantis había preparado aquel complejo engaño y que
él había caído en la trampa.
Su
Aspecto Isaac comentó de buen humor.
Es
una inteligencia tipo antología y puede hablar más directamente a través de
nosotros. —¿Trabajáis para ella?
Hablas
como si tuviéramos elección. Estamos inmersos en ella, igual que tú.
Necesitaba
ayuda de alguien, de cualquiera. Desesperadamente, buscó vestigios de Shibo.
Ninguno.
—¿Qué
quiere? ¿O es así como se siente uno cuando sufre la muerte definitiva?
No
hemos sufrido la muerte definitiva.
—No
todavía, querrás decir...
Los
Aspectos nos parecemos más al Mantis que a ti. No dependemos de la química ni
de molestas mentes estratificadas. Los Aspectos perciben mejor el lenguaje
holográfico del Mantis, y lo hemos aprendido durante este tiempo de cautiverio.
—¿Cuánto
tiempo ha sido?
La
presencia de Isaac tenía un pesadez, un peso plomizo que lo puso en guardia.
Era un Aspecto viciado desde fuera.
El
Mantis se aproximó lentamente. Sus anchos pies acolchados trituraban los huesos
al avanzar. Aunque parecía liviano, su peso destrozaba fácilmente cráneos y
fémures. Por supuesto, todo formaba parte de un paisaje digital y Toby tendría
que recordar que el movimiento físico era una simple analogía.
Isaac
dijo en su tono académico:
Este
lugar es una transformación ondulatoria del espacio real y de la mente del
Mantis, Las inteligencias encajan mejor en este espacio matemático. Es mucho
más limpio y seguro.
División
exacta de las ideas. Aquí la suma total de una inteligencia permanece constante
aunque toda suma parcial pueda variar enormemente.
—Ya...
y la suma total es de un centenar, ¿me equivoco?
No
te sigo.
—Olvídalo.
La
mente del Mantis ha consagrado muchos esfuerzos a encontrarte. Sus
inteligencias aliadas —grandes mentes, que en rigor no pueden separarse
plenamente de ella misma— exigían tu captura.
—¿Por
qué?
Posees
información de suma importancia.
—Ya
—dijo Toby con sorna.
Pero
recordó al moribundo de voz aflautada: ¿Por qué eres tan importante? ¿Tienes
algo que ver con todo esto?
...
y aún corría por un paisaje quebrado. Sudando. El tupido bosque verde estaba
más cerca...
Se
sentó en la arena sedosa, que se deslizó formando un cómodo asiento. Si algo de
aquello era real, más le valía estar cómodo. Tenía hambre y sed; mientras lo
pensaba apareció en la arena una extraña comida de maíz con capullos de flores.
Se formó una mesita y luego un vaso transparente.
Cogió
el vaso; estaba tibio, como recién hecho de arena derretida, y contenía agua
helada.
Bebió
ávidamente. El condenado comió una apetitosa aunque inexistente comida.
¿No
sabes en qué consiste esa información?
—Claro
que no. —Si lo supiera, esa cosa se la podría sacar por la fuerza, estaba
seguro.
La
voz de Isaac dejó de ser neutra y distante cuando el Mantis habló directamente
a través del Aspecto. Ahora Isaac era su títere.
He
calculado esto basándome en mis conocimientos previos acerca de ti y de
Killeen. Sepultada en vuestra mente hay una clave que conducirá al mensaje.
Vuestra organización mental constituye una dificultad para las formas como yo.
No tenéis acceso a gran parte de vuestro yo.
—Lamento
no poder ayudarte. Últimamente me falla un poco la memoria.
Terminó
de comer. El Mantis no captó el sarcasmo. Usó una forma rebuscada de la voz de
Isaac para replicar.
Estas
capas de vuestro yo me causan muchas dificultades. Soy una inteligencia tipo
antología y puedo localizar cualquier fragmento de mis procesos mentales en un
santiamén. Aunque estoy obligado a intentar descubrir la clave, mi verdadero
interés se centra en otra faceta de tu interioridad.
Esas
palabras le llegaban a través de las fluctuaciones de dos imágenes en
conflicto. Toby estaba sentado en la arena y sentía los finos granos a su
alrededor, pero también estaba trotando hacia el verdor, resistiéndose a un
enorme peso que quena arrastrarlo. Su estómago protestaba de hambre. Le costaba
respirar...
De
vuelta en la arena. El corazón palpitante, pesadez.
Tal
vez no hubiera modo de dejar aquel lugar, el espacio del Mantis, si «afuera» no
significaba nada allí.
Pero
mientras no lo supiera con certeza, tenía que intentarlo sin descanso.
—Ya
me lo olí en Nieveclara. Se trata de tus «creaciones», ¿verdad?
Mi
obra obedece a propósitos más elevados. Es comprensible que no puedas
entenderlo del todo.
—Mataste
a bastantes Bishop. Nos llevaste en manada nos engañaste, jugaste con nosotros
hasta la saciedad y...
En
absoluto. Primero os tendí una «emboscada» para disminuir el dolor de la
disolución mientras juntaba vuestros componentes Bishop.
—Te
apoderaste de Fanny, de mi madre y... y... sin siquiera darnos la oportunidad
de conservar un Aspecto.
Isaac
emergió, como la espuma en la cresta de una lenta ondulación. Su voz era
plañidera y sofocada.
No
creas que mi reducida vida es suficiente. Los Aspectos somos como mascotas para
vosotros, nada más. ¡Una vez fuimos hombres y mujeres! A veces golpeamos las
paredes. ¿Te parece una conducta pueril? ¡Somos sombras! En otro tiempo
congregaba a un numeroso pú-blico, recorría imponentes vestíbulos seguido por
un cortejo de suplicantes, saboreaba vinos de calidad y conocía...
—Termina
ya.
Pero
esta vez no tuvo que suprimir el Aspecto. La lenta hinchazón de su mente se
mezcló con la arena ondulante. Incontables torrentes de granos infinitesimales
fluyeron, se arremolina-ron, sofocaron a Isaac. Entonces regresó la voz del
Mantis, humilde y estirada.
Lamento
que tales nimiedades hayan salido a colación.
—Sólo
está un poco preocupado. —Toby decidió defender a Isaac, sin saber por qué—. Si
me infliges la muerte definitiva, ¿qué será de mis Aspectos?
Serían
desechados con la cosecha.
—Conque
llamas a esto cosecha.
Como
hollejos, separados de los granos de maíz y apartados.
A tu
padre tampoco le gustaba este término. Interesante similitud.
—Escucha,
a nadie le gustará. Mi padre me contó que había hablado contigo de esta manera,
dentro de este lugar que has creado. No entiendo cómo no has aprendido algo más
desde entonces. Para nosotros no se trata de una «cosecha».
No
obstante, es la descripción correcta. Encarnáis una forma elevada del reino
orgánico, con un rasgo característico: sabéis que tenéis fin. Cuando los seres
tipo antología somos cosechados —como le sucede a todo el mundo, ya sea por
azar o respondiendo a un plan— parte de nosotros se conserva y se incorpora a
formas más avanzadas. Tus mutilados Aspectos, Rostros y Personalidades son algo
así.
...
Corriendo con más ímpetu. El miedo como astillas de hielo en la espalda. El
verdor acercándose...
—Bonitas
palabras, pero siguen significando que nos estás matando.
Al
cosechar, sí. En cierto sentido, utilizo vuestro yo remodelado para construir
nuevas formas de vida mixta. Fusionan las dos facetas de la vida orgánica, lo
inferior-vegetal con lo superior-animal, como es vuestro caso.
Con
las palabras llegaron rápidas imágenes.
Una
estera verde erizada de órganos. Reptaba por una pradera llena de baches y
alzaba sus órganos lustrosos y serpentinos en una especie de saludo militar.
Nudos
tubulares enmarañándose con furia demencial. Bocas famélicas. Heridas de las
que brotaban capullos azules.
Una
niebla que constituía un ser más grande, y cuyas volutas de vapor cobraban
forma y se derretían con desconcertante celeridad. Toby llegó a captar la
magnitud de la criatura cuando ésta alzó un brazo ahusado, cogió un nubarrón y
lo deshilaclió con alegría juguetona.
Por
medio de tales construcciones, vegetales y humanas por igual, exploramos los
niveles estéticos de vuestra especie. Yo incluyo posibilidades no admitidas por
las fuerzas aleatorias de vuestra evolución. Es un acto interactivo que
trasciende la especie.
—Killeen
me lo contó una vez. Eres un artista. —Toby rió.
Es
verdad. Así vivirás en manos de fuerzas más grandes. Sólo y o, el artista y
constructor, puedo darte esta posibilidad mediante una cosecha oportuna.
—Nos
gustaría seguir siendo como somos. Ser plantado en tu arte no es lo que yo
tenía pensado.
Lo
dijo con suavidad para no alertar al Mantis, y porque en su sistema sensorial
sucedía algo que no entendía.
Cosechar
es sembrar.
—¿Y
eso es lo que tienes planeado hacerme?
...
Sus piernas golpeando la piedra de tiempo como troncos. El aire frío raspándole
la
garganta
sin que él lograse aspirar lo necesario para correr más deprisa...
Todavía
no. Este pequeño discurso me ha ayudado en mis planes para proyectos futuros,
pero por ahora llevaré a cabo los deseos que personifican mis inteligencias
aliadas. Debo contribuir a reunir suficientes primates Bishop para buscar ese
conocimiento sepultado.
—¿Qué
significa eso?
Debo
llevarte a un lugar donde juntaremos a los de tu linaje. Reuniremos a vuestra
generación con las anteriores.
Toby
pensó deprisa. Notaba que movía las piernas con más vigor; eran reales, no como
el delicado contacto del mar de arena.
Una
parte de él continuó la marcha. El aire le quemaba la garganta.
Otra
parte se agachó a estudiar la arena. Cogió un puñado. Granos. La mica parpadeó.
Entre los granos un borrón. Indefinido. En cuanto notó aquella imprecisión, la
imagen cobró ma-yor relieve. El Mantis había aumentado la definición. Ahora su
mundo era un poco más claro. Aun el grano más pequeño tenía contornos precisos.
El
artista pulía su obra.
Corriendo.
Ardor en el pecho, martilleo en los oídos.
Sabía
que tenía que hallar un modo de desviar el momento.
El
espasmódico enrejado de varillas oscilaba mientras el Mantis se paseaba por el
jardín de huesos blanqueados. Había triturado los sonrientes cráneos. En la
duna de arena jugaban extrañas sombras de la mente que dirigía todo aquello.
Toby
luchaba entre dos mundos. No podía distinguir sus propios sentidos.
...
Le costaba mover las piernas, y balanceaba los brazos para continuar la marcha
a pesar de que una presión insistía en impedirle llegar a la humedad verde.
Estaba cerca, pero el dolor...
Sin
duda comprendes que es necesario. Te aseguro que mis mentes aliadas han hecho
un uso apropiado de vosotros para zanjar este antiguo y molesto asunto. Os
cosecharé con la atención al detalle y la genuina preocupación que caracterizan
mis mejores obras. Aunque tengo críticos entre mis aliados, ellos no cuestionan
mi reverencia por las formas antiguas e inferiores como tú. Ten la certeza de
que...
La
oscura línea de árboles altos. Humedad fresca.
Sin
falsas dunas de arena. Sin mees hechos de varillas.
Recordó
a los niños que jugaban en sus seudomundos digitales en el mercado de la ciudad
y rió, sin poder contenerse, mientras se colaba en las umbrías entrañas de la
espesura.
Sólida.
Real. Extendió las manos. Palpó.
La
techumbre de árboles y de intrincadas redes parasitarias era tan espesa que el
aire resultaba húmedo y sombrío. Lo rodeó un silencio impenetrable que se
espesaba, en vez de quebrarse, con el arrullo de las aves y las ratas aladas,
con el crujido de las frondas descendentes, con el blando ruido de los frutos
que caían, con la estridente llamada de criaturas híbridas; iba en aumento en
lugar de romperse.
Arriba
sonaban las chirriantes protestas de una cosa grande y colérica que brincaba y
pataleaba entre ramas altas. Toby sintió inquietud por su propia intromisión y
se movió con mayor sigilo para no despertar a los espíritus de aquel lugar. El
polvo flotaba en las franjas largas y amarillas de luz catedralicia que se
filtraban desde lo alto. Vio en el suelo una silenciosa procesión de criaturas
que, salvo por las colas diminutas, parecían hormigas. Al examinarlas de cerca
vio que formaban un dibujo rizado, una cinta oscura. Poco a poco comprendió que
le enviaban una señal, que escribían un mensaje; pero él no sabía cómo
responder. Con un gesto de impotencia, continuó la marcha, procurando no
pisarlas.
El
Mantis no estaba allí. Había escapado a una cuña de tiempo que podía cesar en
cualquier momento. ¿Por qué?
Pasó
junto a enormes y tensas telarañas, preguntándose qué criaturas quedaban
atrapadas en ellas... y qué criaturas venían a buscar la presa. Frutos
brillantes se hinchaban en los resquicios de aquel dosel, pinceladas de color
en un aire tan denso que parecía verde.
Y el
Mantis regresó, asediando su mente.
Te
había perdido. Algo, no sé qué, algo me está entorpeciendo...
En
el sistema sensorial de Toby, el Mantis aparecía ahora muy por encima del tubo
esti de aquella Vía. También sentía a su alrededor las tensiones que
distorsionaban el habla del Mantis.
Tensiones
errabundas en acción, romas y mudas. Convergentes.
6 -
COMIENDO LA TORMENTA
La
violencia comenzó como una fluctuación.
Un
goteo amarillo se deslizó por el largo túnel del tubo. En el punto donde el
túnel verde se estrechaba hasta perderse en una confusión brumosa, el rayo se
atenuaba y fluía como una fogata distante. Pero una picazón le invadió la
mente.
Se
detuvo en la penumbra. Ya no tenía sentido correr.
Arriba,
las nubes perdieron consistencia y mostraron el otro lado desnudo de la Vía. Un
cuenco de arcillosa piedra de tiempo proyectó un calor implacable. Parecía que
los espíritus bailaran en el verdor circundante. Ruidos crujientes y
ondulantes.
Su
sistema sensorial, repentinamente alerta, barrió la zona.
Nada.
Un silencio vacío. Toby sondeó el espeso y húmedo bosque que a su derecha se
perdía en la brumosa distancia, curvándose hacia el cielo hasta quedar reducido
a una pátina verde que algunas protuberancias de roca parda fragmentaban.
Un
pájaro se posó en una rama cercana. Toby lo miró y el pájaro dijo:
—Ayuda.
Toby
parpadeó.
El
ave tenía alas, patas y pico, pero no era un ave. Sus ojos eran enormes y una
boca carnosa se abría debajo de un pico que se parecía más a una nariz,
amarilla y puntiaguda. Mientras Toby lo examinaba, aquel rostro trabajaba con
febril intensidad, pasando de fruncir el ceño a una mueca y luego a una sonrisa
fugaz.
—Necesito
ayuda —dijo la boca con un acento Bishop perfecto.
—¿Quién
o qué eres tú?
—Este
lugar, este tiempo, que es urgente para tus necesidades. —El pájaro tembló,
agitando las plumas, haciendo vibrar las alas como láminas delgadas, moviendo
las patas sobre la tosca rama.
—¿Urgente
para...? —No había tiempo para misterios—. Oye, hay un Mantis allá arriba.
Necesito
un lugar donde ocultarme.
—Se
requiere lo opuesto. —El pico del ave señaló el suelo—. Debes abrir, no cerrar.
—¿Abrir qué?
—Una
puerta. Hay esencias que necesitan entrar en este esti. ¡Pronto!
—¿Cómo?
El
pájaro avanzó un paso por la rama, aleteando.
—No
creas que te hemos abandonado. Esperamos que vivas para ayudar.
Toby
resopló.
—Gracias,
amigo. Pero ¿qué diablos...?
Una
cascada de sensaciones inundó su sistema sensorial.
Imágenes.
Instrucciones. Era tan vitales e imperiosas que Toby se movió al instante,
cogiendo las herramientas con una mano mientras apartaba las hojas en busca del
lugar indicado. Allí. Esti expuesto.
De
pronto el resplandor caliente de arriba se apagó. Noche cerrada. ¿Dónde estaba
el Mantis?
Trabajó
en medio de la negrura.
Soplete,
láser, borbotones de microondas. No podía distinguir cómo respondía el esti,
salvo por algún esporádico fulgor rojo.
Pero
una pulsación de energía lacerante brotaba del lugar donde trabajaba. Era un
torrente de energía gravitatoria liberada, una ola que le retorcía las
visceras.
Debajo
de él, energía palpitante. Muda, inquieta.
—No
es suficiente —dijo el pájaro—. Qué pena.
—¿Qué
más...?
—Demasiado
tarde.
Llegó.
Una descarga de exploración llovió a su alrededor. Láminas de luz perlada
atravesaron el gran eje de la Vía, cayendo hacia él.
Algo
contrarrestó la descarga. Sintió sin ver una presencia sólida y oscura.
Corcoveaba, gruesa como un nubarrón. Una mole hirviente.
Como
un animal corpulento que irguiera la cabeza hacia el techo de la Vía. Atacó con
dientes de piedra.
Las
láminas de luz perlada se arquearon, cayeron sobre él con celeridad asombrosa.
Astillas de calor bajaron del eje.
No
sólo lo atacaba a él, sino al bosque. Miles de voltios vertieron su potencial
en sendas sinuosas que hendían el aire y barrían el suelo.
En
el brillo azul y eléctrico vio que el pájaro caía de la rama, muerto.
Una
contracorriente saltó hacia el cielo, fulminante, un brillante rebote rojo y
amarillo que se retorcía en el aire.
Su
sistema sensorial le indicó todo aquello mientras él buscaba refugio —sabiendo
que el gesto no tenía sentido dadas la magnitudes de la situación— y los datos
crepitaban en su es-palda.
¡Quath!¡Killeen!¡Papá!,
envió, presa del pánico.
El
desgarrador rayo rojo atacó de nuevo. Cegador. La crujiente respuesta se
repitió. Una y otra vez.
El
enfrentamiento continuó en el aire trémulo. Un largo relámpago y un crujido.
Sólo su sistema sensorial podía interpretarlo, y se lo presentaba como un
problema resuelto, aunque sin decirle qué significaba.
Un
viento helado. Se aplastó contra un árbol carbonizado. Una humareda acre
invadió sus fosas nasales.
Quédate
agachado. No podía toser, se negaba a toser, aunque ansiaba hacerlo. No podía
permitir que lo encontraran.
Algo
pesado y sordo se aproximó por encima del bosque.
Descendió,
escrutando. Toby lo sentía sin saber cómo.
En
la sofocante penumbra distinguía animales que corrían en círculos,
enloquecidos, chillando. El aire hirvió y todos cayeron. Muchos gemían, con
chillidos penetrantes como de uñas raspando pizarra. Luego desaparecieron del
sistema sensorial, muertos. Toby no tenía tiempo de pensar en ellos, pero sus
gritos lo afectaban por razones que no podía entender.
Un
aullido rojo hirvió a lo largo del eje. Detonaciones y presiones, amontonándose
una sobre otra. Colisiones sordas, aceleradas. Algo profundo, zumbón, metálico.
Salió
de debajo de un techo de ramas rotas y se incorporó. Era mejor enfrentarse a él
así.
Sabía
sin embargo que esto era irracional, poco inteligente, pueril quizá.
Un
gran poder irrumpió en la Vía. Toby encogió su cuerpo de miedo.
De
entre los arbustos y los árboles llegaba una creciente respuesta.
Algo
hirvió en el aire, caracoleando como niebla espesa, pero con ímpetu
perturbador. De repente Toby comprendió: allí la urdimbre de la vida había
evolucionado de tal modo que tenía capacidad de absorción y reacción.
Sintió
que los seres diminutos que lo rodeaban se atrincheraban en la blanda tierra,
llamándose con gorjeos, trabajando con un propósito inimaginable.
Cada
engranaje encajaba en otro. Afinándose. Y de algún modo él era un eslabón de
aquella cadena. Tenía que decidir cuándo y hacia dónde enfocar tales energías.
No
sabía cómo lo sabía, pero la certidumbre lo colmaba. Él era la criatura más
inteligente de aquel lugar. Tenía que valerse de su criterio.
Tenía
que tratar de matar al Mantis.
De
nuevo trabajó en el esti. Vació su paquete energético en microondas, sintiendo
un hervor de energías bajo el esti. Algo quería salir. ¿Qué había dicho el
pájaro? Hay esencias que nece-sitan entrar en este esti.
Una
pulsación de gravedad le vibró en los huesos. Se acercaba.
Guardó
el láser, pasó a infrarrojo. ¿Qué importaba si el Mantis podía verlo? Ya era
demasiado tarde para preocuparse. Demasiado tarde para cualquier cosa salvo
esto. Lanzó un rayo entre sus pies.
Él
era un disparador...
Conducto.
Conector.
Tráelo,
atráelo.
Toby
dejó que una esquirla de sí mismo aflorase. Una pequeña cuña abriéndose en su
mudo sistema sensorial.
La
presencia se acercó. Extendió zarcillos.
Hora
de actuar. Aunque no importara, frente a energías tan colosales. Toby proyectó
su sistema sensorial hacia arriba.
Aquí
estoy. ¿Veis?
El
peso descendió. Lo escrutó con ojos atentos.
Revoloteó.
Más cerca, más cerca, aún inseguro...
El
bosque se abrió. Toby brincó, golpeó y rodó. Un volcán hizo erupción donde él
estaba. Y se difundió.
La
violencia chisporroteó desde millones de hojas. Las raíces de superficie,
dormidas un instante antes, descargaron la energía acumulada. Una luz salvaje
atravesó intrincadas conexiones entre árboles en espiral. El dosel mismo lanzó
dedos verdes al aire.
Una
lámina de rayos amarillos se elevó. Una respuesta.
Toby
sintió la tibieza del suelo. Una cruda pulsación de energía infrarroja.
Murallas de calor duro.
Agua
hirviendo. Lagunas llenándose. Ondas de vapor frío. Humedad invadiendo la
atmósfera helada. Bullentes hongos ondularon, titilaron, tiritaron en un árbol
cercano.
Una
vehemencia energética irrumpió en el eje de la Vía. Un resplandor descendió.
Toby
unió las manos sobre su cabeza. Una piedra le golpeó las costillas. Un trueno
de presión lo tumbó.
En
aquel instante supo que la violencia se propagaba a lo largo de toda la Vía.
Era un furor mental, no físico, una concatenación de inteligencias grandes y
pequeñas.
Y el
furor hizo erupción en todas ellas, provocando muerte y júbilo por igual.
7 -
CORRIENTES TRANSITORIAS
Más
tarde —tendido bajo una capa de vegetación triturada, con todas las
articulaciones doloridas mientras se reparaban sus costillas—, Toby comprendió
en parte lo sucedido.
La
vida del bosque tenía diversas defensas. Era múltiple, silenciosa, antigua y
estaba dotada de algo más que de las fuerzas naturales. Algunas cosas que Quath
había dicho ahora tenían sentido, encajaban.
La
vida derribada podía levantarse. Organismos oportunistas que formaban parte de
intrincados eslabones absorbieron el brutal bombardeo y lo devolvieron. Pues el
bosque no era simplemente vegetación aferrándose al cambiante cauce del esti,
sino que incorporaba el esti.
Innumerables
astillas de esti, en los árboles, los arbustos y las capas del suelo,
provocaron fuerzas eléctricas. Las partes interactuantes del mundo natural
tenían circuitos evolucionados a
partir
de los pliegues de espacio-tiempo. El bosque poseía una inteligencia difusa, o
tal vez allí «inteligencia» fuera un término sin demasiado significado.
En
cierto sentido había actuado más allá de las categorías de la evolución natural
que Toby comprendía. Reflejaba los extendidos eslabones del Mantis y su
especie. Y aquella íntima asociación estaba incorporada a la herencia genética
del vasto esti.
Aquel
tapiz podía devorar una tormenta, absorberla en sus genes.
Aprender
del castigo. Prepararse.
Lo
había hecho durante años.
Sepultado
en el escondrijo más profundo de toda la galaxia, aquel yo difuso había
aprendido durante mucho más tiempo del que era posible para un hombre.
Toby
había recorrido las Vías considerándolas pasillos de un vasto edificio esti.
Una analogía falsa.
La
vida entretejida anudaba reinos que él no podía ver. Sólo en momentos fugaces y
esporádicos su sistema sensorial podía detectar las profundas y lentas
conversaciones de aquel ser.
Esa
sensación de ser observado... Pero más que eso... la sensación de formar parte
de un todo brumoso.
Este
mundo nudoso se sostenía porque permanecía fiel a sí mismo, devorando a sus
rivales.
Y
ahora digería a Toby. Lo sabía sin saber cómo estaba tan seguro.
Había
abierto una puerta, eso era todo. Había usado su don para abrir un agujero
momentáneo en el esti. Para dejar entrar fuerzas que de otro modo no habrían
podido llegar tan rápidamente, o ni siquiera habrían llegado.
Tal
vez él hubiera dejado su huella. O tal vez al fin tuviera edad suficiente para
saber que no importaba preguntarse si uno dejaba su huella. Había que
intentarlo, eso era todo.
No
creas que nos hemos olvidado de ti. Esperamos que vivas para ayudar. No había
garantía de ello, sin embargo.
Más
tarde, su único recuerdo sólido y duradero era lo sucedido cuando lo había
tumbado la descarga. Había sido sólo un fragmento pasajero de los
acontecimientos más grandes de arriba.
La
explosión debía haberse producido dentro de él, pues el bosque estaba intacto.
Pero había presenciado la inmensidad de la fugaz presencia y, por un breve
instante, había participado en sus decisiones.
En
cierto modo había sido el interruptor. Para abrir la puerta, necesitaba estar
en el circuito. Pero los electrones no saben mucho sobre radiotransmisión
aunque naden como peces entre resistencias, capacidades y mares de potencial.
Aquello
que alimentaba la ferocidad lo había usado; había usado la conciencia de Toby
para concentrarse.
Su
participación en ello era algo en lo cual ni se atrevía a pensar sin sentir
escalofríos. Había sentido el obrar de poderes indiferentes. Peor aún, había
sentido las muchas vidas
que
estallaban, sufrían y morían. Pero al menos eran iguales en sus tormentos. Se
sumaban multitudes y el peso de arriba las aplastaba sin reparar siquiera en
sus padecimientos.
Él
sí había reparado en ellos. No como algo distante, sino como experiencia
inmediata. Más que nada, recordaba el dolor.
Pues
en esa fracción de segundo los dientes le bailaron en las encías. Las costillas
de calcio que formaban su pecho se convirtieron en huesos cromados y nudosos,
lustrosos y resbaladizos. Rápida gracia metálica. Tormentas rojizas rugieron en
sus venas congestionadas, en sus ligamentos trémulos. Los pies le bailotearon,
tamborileando, hablando con el suelo. Los tobillos le castañetearon con tal
fuerza que corrían el riesgo de fracturarse.
La
cabeza erguida, el cuello estirado. Hormigueo en la piel hirviente y eléctrica
en la luz polarizada. Su columna vertebral era parabólica, crujiente. Pasajes
huracanados se abrieron en él, un rechinante canto de dolor.
Lo
atravesó. Buscó a su verdadero enemigo y él no supo si el fuego de voltaje
venía de los mecs o surgía de descargas imponderables desde las honduras del
bosque hirviente. Y no importaba. Él pertenecía a esa furia y por un momento
fue el conductor. Las corrientes lo atravesaron sin que él lo supiera.
El
furor recorrió caderas pulidas por gusanos azules y voraces. Serpientes de
frenesí luminoso atravesaron vorazmente los huesos.
Y
para él fue suficiente. Más tarde sólo recordaría con claridad el dolor. Un
dolor jubiloso y pleno. Abundante.
Despertó
tendido sobre ceniza gris. Silencio, lluvia suave. Un ratón alado pasó volando.
No
era preciso moverse. Sólo pensar.
Vio
cuál era la diferencia de los mecs más elevados. Había una estremecedora
belleza en su distanciamiento. Una dura concentración en el oficio de tratar
con la muerte sin correr peligro de sufrirla. No morían como la gente. Tal vez
eso fuera un verdadero avance. No lo sabía. Podía envidiarlos u odiarlos, pero
lo mejor era no hacer ninguna de las dos cosas.
Ahora
sentía la soledad como no la había sentido nunca. La extrañeza de los mees le
había hecho ver que la Familia Bishop, u padre, incluso Quath, cuando estaban
cerca, constituían un mundo para él. Sin ellos estaba definitivamente solo
frente a los lechos desnudos.
Ahora
sabía cosas que no podía haber sabido de ningún otro modo. Había huido de su
padre en su confusión, respondiendo a sus principios y a su amarga furia. No
sabía que era el portador de todo aquello, y ahora era demasiado tarde.
Tal
vez así tenía que ser, y nunca aprendías nada a menos que lo hicieras de forma
retrospectiva, examinándolo a la luz de la experiencia. Era preciso incorporar
lo que uno llevaba encima. Coraje, fracaso, rencor, todo eso.
Luego
el universo procuraba incluirte, y si no encajabas te destruía. Algunas
personas encajaban bien después de eso. Toby comprendió que algo se había roto
en él y que a lo sumo cabía esperar que después de la fractura fuera más
fuerte.
Había
crecido creyendo que el universo era hostil a la gente; en cierto modo eso la
hacía importante. Estaba enzarzada en una gran lucha contra un gran enemigo.
La
verdad era mucho más triste. Al universo no le importaba.
Los
mecs eran así. Implacables, pero indiferentes a las personas en cuanto tales,
viéndolas sólo como un elemento más en un paisaje llano y carente de sentido.
Cumplían su misión sin reparar siquiera en sus extrañas y falsas muertes.
Encontró
al pájaro que le había hablado. Estaba calcinado y aplastado, con los ojos
hinchados de sangre seca. Lo sepultó.
A
fin de cuentas, se trataba del Yo. Killeen le había impedido ser él mismo,
aunque tal vez era algo que sucedía siempre entre padres e hijos. Y nunca
sabría cuánto de aquello se relacionaba con la silenciosa invasión de Shibo.
De
un modo extraño, el Mantis quería lo mismo. El único bien que Toby nunca
cedería. El Yo.
Recordó
la alegría y la paz del comercio en la ciudad portal. Allí el comercio
reforzaba el Yo. Obtener un premio justo significaba saber comerciar. Ayudaba a
definir quién era uno. Lo mis-mo sucedía con la Familia, que era una especie de
maquinaria para crear el Yo por medio de la acción.
Nunca
le habría sucedido aquello si hubiera estado con la Familia o con Quath. La
Familia limaba las asperezas. La Familia era una ficción, ahora lo sabía. Una
ficción que se defendía contra el abismo frenético que se abría por doquier.
Pero
también era una ficción veraz, porque la historia que las Familias contaban con
su ejemplo permitía seguir adelante. El abismo seguía allí y uno lo vería de
nuevo, al menos una última vez, pero nadie tenía prisa por alcanzar ese
momento. Después de encarar el abismo, uno sabía para siempre que el abismo
aguardaba, y que regresaría. Sabiendo esto, Toby era libre.
8 -
FANTASMAS
Al
principio creyó que el pico distante era una montaña.
Había
caminado un buen rato. El bosque se había abierto ante él y parecía expulsarlo
hacia un terreno escabroso donde los vientos de tiempo soplaban revolviéndole
el estómago. Fue, de todos modos.
La
montaña corcoveaba, y no pensó mucho en ella. Luego vio que los flancos eran
lisos y firmes. No se deshilachaba ni se despedazaba en planos como la piedra
de tiempo que lo ro-deaba. Sus suaves declives permanecían fijos. Sus laderas
se unían en bordes labrados. Las fuerzas magnéticas eran potentes y seguían en
aumento.
Una
pirámide. Esquinas de diseño claro. Y los acontecimientos no nadaban en sus
lados. Tocó la base y era dura como granito. Materia común. Un montón de piedra
tan grande que parecía formar parte del paisaje. En su silencio había misterio.
Escalándola,
se sintió mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Tenía hambre, pero
no le importaba. Lo apartó de su mente, como había hecho en los años de
Nieveclara. Era raro, pero uno se acostumbraba a todo. Comprendió que el hambre
le producía nostalgia y rió en voz alta. Un silencio profundo sorbió aquel
sonido brillante, instándolo a callar nuevamente.
Había
recorrido un largo trecho y tenía mucho tiempo para pensar. Todo ser humano de
aquel lugar sabía que era un actor diminuto y prescindible en un escenario que
él no había fabricado. Se estaba representando el drama de la lucha de los mecs
contra las formas de vida naturales, y Toby no lo comprendía. Ansiaba hablar de
nuevo con Quath, ver el rostro de su padre.
Debajo
de las colosales energías de los mecs y la materia yacía la larga historia de
la Agachada. ¿Quién había sido su causante? ¿Por qué los Bishop y las demás
Familias habían sido condenadas a la tosca vida de la superficies planetarias,
cuando existía un refugio como la Cuña, que los enanos como Andro lograban
disfrutar?
Debajo
de ese acertijo estaban los Bishop, todavía vivos cuando muchas otras Familias
estaban muertas. Simple suerte, pensó Toby. Pero le llamaba la atención.
Y
además estaba la Calamidad. Él había huido de esa catástrofe hacía tiempo,
cuando era un niño pero no sabía qué era ser un niño. Ese día él y su padre
habían perdido a Abraham. Y ahora Abraham estaba allí. En alguna parte. De
algún modo.
Para
comprender una mínima parte de todo aquello, Toby tendría que encontrar primero
a Abraham. En un lugar donde la dirección no significaba nada y el tiempo era
un lugar.
En
mitad de su ascenso oyó pasos. Estaba seguro de que eran pasos y de que
procedían de arriba. Apresuró el paso. Encontraba sendas a intervalos regulares
a medida que subía.
Las
sendas se dirigían a izquierda y derecha, y Toby sospechó que todas rodeaban la
estructura. Se curvaban a lo lejos y él no veía a nadie en las inferiores.
Trepó con esfuerzo por la cuesta, cada vez más empinada, y llegó a la senda
siguiente.
Nadie.
Pero los pasos ahora eran mas lentos. Mientras seguía su ascenso, los pasos se
volvieron más tenues, como si los hubiera dejado atrás. Eran cada vez más
espaciados.
Como
un efecto Doppler en el tiempo. Dirigiéndose a fronteras futuras o pasadas de
lo real. Como si el caminante vacilara, anduviera más despacio por la fatiga.
Toby mismo comenzaba a cansarse, pero todavía oía los pasos que se acercaban en
notas largas y bajas y continuó la marcha.
La
cima no era lo que esperaba. Ancha, plana y lisa, con la superficie moteada de
manchas grises. El campo magnético era muy fuerte.
Nadie.
Ya no oía los pasos.
Miró
hacia abajo. Las sendas estaban tan lejos que no distinguía si había alguien o
no en ellas. Pulcra e impecable, la gran estructura se estiraba. En la
neblinosa distancia distinguió las incesantes y conflictivas formas del
cronopaisaje, el esti luchando contra sí mismo, las Vías entrecruzándose en una
desgarradora turbulencia.
Se
apartó del borde; pensaba descansar un rato antes de regresar.
—¿Dónde
has estado?
El
hombre pálido que tenía delante era bajo y robusto, del mismo tamaño que Andro
y los demás enanos, pero arrugado, e iba totalmente desnudo.
—¿Comprendes,
o no?
Toby
miró a su alrededor pero no veía de dónde había salido aquel hombre.
—Mira,
no tenemos mucho tiempo. Eres un Bishop, ¿verdad?
Toby
tenía la lengua hinchada y paralizada.
—En
efecto.
—Bien.
De la última generación, supongo.
—En
efecto, sí. ¿Quién...?
—Vamos,
ven, ven, dentro estaremos más seguros. Y más calientes.
El
enano enseñó a Toby su espalda correosa mientras atravesaba apresuradamente la
planicie. Cuando Toby lo alcanzó, la piedra se abrió dejando al descubierto un
limpio rectángulo, una rampa que descendía.
—Ven.
Toby
se detuvo ante la rampa.
—En
mi Familia nadie entra en un lugar sin saber de qué lugar se trata.
—¿De
veras? Es un centro de operaciones.
El
enano se dispuso a bajar.
—¿De
quién?
—Pues
mío. Nuestro. Humano, si a eso te refieres.
—¿Y
quién eres tú?
—Oh,
lo siento. —El enano se acercó tendiéndole la mano—. Walmsley. Nigel Walmsley.
—¿Qué
Familia es ésa?
—La
de los Brit.
—¿Y
cómo sabes quién soy?
—Historia.
Hace mucho tiempo que te espero.
—¿Cuánto
tiempo?
Walmsley
calculó mentalmente.
—Calculo
que unos veintiocho mil años. De los tuyos, claro. —Ante la mirada estupefacta
de Toby, añadió—: Aproximadamente.
—¿Por
qué? ¿Y para qué?
—Ven
a tomar el té. Los Bishop mantuvieron viva esa tradición, al menos, ¿no es así?
—Pues sí. —Toby no probaba el té desde su infancia—. En la Ciudadela.
—Entiendo, la Ciudadela. Muy bien. ¿Eres el hijo de Killeen?
El
sorprendido Toby se quedó boquiabierto. Walmsley asintió con la cabeza.
—Veo
que sí. Hay un mensaje para ti.
Movió
las manos rápidamente y momentáneamente uno de sus brazos se volvió
transparente, mostrando redes intrincadas bajo la piel.
Killeen
estaba de pie entre ambos.
Su
padre tenía aspecto cansado y estaba ojeroso. Vestía el uniforme de campaña de
la Familia Bishop, no el uniforme de a bordo.
—Hijo,
te necesito.
Toby
no supo qué decir. Quiso tocar a su padre y su mano atravesó la imagen.
Killeen
no reaccionó.
—Sé
que ha sido muy difícil. Mira, puedes quedarte con Shibo. Yo estaba equivocado.
He olvidado ese incidente.
Toby
habló con voz seca, cascada.
—¿Estás
seguro?
—En
efecto. Yo... me extralimité.
—¿Dónde
estás?
—No
hay modo de saberlo. No sé cuándo recibirás esto.
Toby
frunció el ceño.
—Emitió
este mensaje hace un tiempo, en el marco local —explicó Walmsley.
Killeen
se movió a un lado y miró a Toby.
—Pareces
estar bien. Un poco delgado.
Toby
sonrió.
—He
perdido toda la grasa que había acumulado en la nave.
—Los
mecs tienen a todos en fuga. Muchos han muerto, incluidos algunos Bishop.
Ellos...
—¿Besen?
¿Cermo? ¿Cómo...?
—Están
aquí, todavía enteros. Ninguno de nuestros allegados ha sufrido la muerte
definitiva.
Toby
sintió alivio y alegría; ansiaba verlos a todos.
—Cuéntame
todo lo sucedido. ¿Has visto a Quath? ¿Ella...?
—Escucha,
los mecs han interferido en las Vías. Destruyeron algunas. No sé dónde
encontrarás esto, pero podemos buscarte si envías una señal.
—Lo
haré. —Toby le susurró a Walmsley—. ¿Está recibiendo esto?
—No,
una manifestación de él reacciona ante ti. Este es un Killeen, no el Killeen.
No sé dónde está ahora la persona real. Ni cuándo, si me apuras.
—No
es preciso que susurres —dijo el Killeen—. Soy una representación limitada y no
me avergüenzo de ello.
—¿Qué
buscan los mecs? Me han estado pisando los talones continuamente.
El
Killeen titubeó, continuó.
—Nos
quieren a ti y a mí. No sé por qué.
—¿Quieren
infligirnos la muerte definitiva?
—Algo
más que eso. Algo raro sucede con Abraham, pero no sé qué. Trata de
encontrarlo. —¿No hay un sitio donde podamos reunimos? Killeen sacudió la
cabeza.
—Recuerda
que estoy huyendo, igual que tú. Tengo que seguir buscando.
—El
Mantis quiso capturarme.
—También
a nosotros.
—Entonces
debemos estar cerca.
—No.
Creo que hay más de un Mantis.
—¿Los
Mantis son toda una clase de mecs?
—Es
como dividir agua. No puedes definir límites.
Toby
se sintió confortado por la sencillez con que hablaba su padre, por el sonido
de su voz.
—Papá...
—Hijo,
te necesito —repitió Killeen, con la misma voz y la misma postura—. No sé
cuánto más puedo decirte. Sólo... intentémoslo.
—Claro
—dijo Toby con un inmenso alivio—. Naturalmente.
—Sé
que ha sido muy difícil. Mira, puedes quedarte con Shibo. Yo...
—Papá,
yo... —Toby enmudeció. Era extraño hablar con una grabación y querer sonsacarle
más. Pero tenía que decirle la verdad—. Tuve que extraer a Shibo.
El
Killeen se sobresaltó. Ondeó en el aire un instante, como si aquella noticia
sacudiera toda la representación.
—Tú...
no tienes las herramientas.
—Lo
sé. Me las apañé como pude.
—¿Ella
era... demasiado?
—No
podía manejarla.
El
Killeen cabeceó adustamente.
—No
era fácil en persona, tampoco.
—Creo
que yo...
Junto
a Killeen, condensándose en el aire, estaba Shibo. Era traslúcida y sus piernas
habían desaparecido, pero la parte superior del cuerpo se movía con
naturalidad. Volviendo la cabeza hacia Killeen y hacia Toby, Shibo sonrió.
—Yo...
todavía... estoy aquí... parcialmente...
—El
lector está recogiendo campos contiguos a ti —dijo Walmsley—. Ella debe estar
integrada a tus perceptores.
Toby
asintió con un gesto de la cabeza.
—Así
es, y quiere hablar.
Shibo
suplicaba con la mirada. Sus palabras resonaban débilmente en el sistema
sensorial de Toby.
—Estaré
aquí... para ayudar. Tenía que salir. Mi querido... Killeen...
Con
movimientos espasmódicos y el rostro convulso, se volvió hacia el Killeen. Toby
sintió fluir una extraña corriente entre los dos. Las valencias se desplazaban,
obtusas y ciegas. Ambos se miraron un buen rato en silencio. Toby captó un
temblor en el aire. Pequeñas señales cruzando un abismo frenético.
Shibo
alzó una mano, saludando, y se desvaneció. Toby no entendió nada de aquello.
El
Killeen sacudió la cabeza y se volvió para mirar a lo lejos. Profundas arrugas
le cruzaban el rostro.
—Muy
bien —dijo Walmsley—. Creo que has comprendido el meollo del asunto. Manos a la
obra, tenemos trabajo que hacer.
Cuando
Toby miró para ver la reacción de su padre, el Killeen había desaparecido.
Aquella
pérdida repentina le hizo perder el equilibrio. Cerró los ojos, recobró la
compostura.
Walmsley
le hizo una seña.
—Sé
que es un poco apresurado, pero hay cosas realmente urgentes.
Toby
echó un último vistazo a las cambiantes perspectivas y siguió a Walmsley por la
rampa hacia un oscuro subterráneo donde la luz se endurecía en pequeños puntos,
como en un estanque consternado de estrellas.
Conque
el tiempo había hecho su trabajo y su padre había cambiado. También Toby. Ya no
importaba quién hubiera tenido razón. Aquello era una nimiedad entre hechos que
se desvanecían, perdidos en la curva de los acontecimientos. Los lugares donde
el esti le había dejado sus cicatrices eran más firmes y él podía afrontar toda
eventualidad sin aferrarse al pasado ni temer el futuro. Se dirigió con paso
firme hacia un rumbo incierto.
EPILOGO
Dentro
de lo posible he procurado mantener las imágenes de esta novela, y las de sus
predecesoras en esta serie, dentro de los límites impuestos por las
observaciones astronómicas. La explosión del conocimiento ha sido uno de los
prodigios de las últimas décadas, pero ha puesto en aprietos a los narradores.
Durante
la última década, el Very Large Array5 y otras nuevas variedades de
«telescopios» han abierto ventanas por las que nos asomamos a nuestro centro
galáctico, con asombrosos resultados.
Yo
he tenido que revisar mis propias ideas y, naturalmente, también algunos de los
supuestos de esta novela, cuyo fundamento teórico se relaciona principalmente
con los avances en la teoría de la gravitación.
Es
indudable que en el centro galáctico se desarrolla un potente proceso,
impulsado aparentemente por una enorme explosión que sucedió hace un millón de
años. Los efectos electrodinámicos son tremendamente fuertes en un radio de
cientos de años luz a partir del centro dinámico exacto en torno al cual gira
el disco en espiral. Allí el campo magnético es por lo menos cien veces más
fuerte que en otros lugares de la galaxia, como el que habitamos nosotros,
mucho más apacible. Al parecer, esas largas y luminosas franjas derivan de este
5 Literalmente, «Muy Grande Formación». Es un
conjunto de radiotelescopios inaugurados en 1981 en Socorro, Nuevo México.
Dependen del NRAO (National Radio Astronorny Observatory), el mayor
observatorio radioastronómico de Estados Unidos. (N. de! T.)
fuerte
campo. Ello sugiere también que los campos magnéticos pueden desempeñar una
función formativa en los núcleos galácticos con mayor actividad energética de
las galaxias distantes.
Mis
investigaciones teóricas sobre la región central, en mi trabajo como profesor
de física, toman esto como punto de partida. Lo mismo sucede con mis novelas.
Ha sido una experiencia insólita concebir acontecimientos imaginarios acerca de
un lugar sobre el cual también realizaba cálculos precisos. Libre de las
ataduras del Astrophysical Journal , me permití la libertad de especular sobre
los procesos que pudieron conducir, en los diez mil millones de años de
frenética cocción de la galaxia, a la creación de formas de vida e inteligencia
más allá de nuestra comprensión. (Coincidencia: poco después de escribir el
párrafo anterior, recibí una elogiosa nota del director de esa respetada
publicación sobre una de mis anteriores novelas. Algún día intentaré rastrear
las interacciones entre ciencia y ciencia ficción. Más aún, ése sería un buen
tema para un graduado entusiasta en busca de una buena tesis doctoral.)
Esta
novela y todas las anteriores de la serie «galáctica» —En el océano de la
noche, A través del mar de soles, Gran río del espacio , Mareas de luz— tienen
una deuda con los científicos, correctores, académicos y escritores que me han
alentado durante dos décadas con sus ideas, sus consejos, sus alabanzas y su
lectura perspicaz.
Ellos
son, aunque no precisamente en este orden, Marvin Minsky, Sheila Finch, David
Hartwell, Mark Martin, David Brin, Betsy Mitchell, David Samuelson, Steven
Harris, Lou Aronica, Joe Miller, Jennifer Hershey, Stephen Hawking, Gary Wolfe,
Norman Spinrad, David Kolb, Ruth Curl y Arthur C. Clarke. Sus estimulantes
ideas me han mantenido en marcha.
Mi
especial agradecimiento para Mark Morris, de la Universidad de California en
Los Ángeles, quien organizó y dirigió el simposio de la Unión Astronómica
Internacional sobre el centro de la galaxia. Los datos y teorías de ésta y
otras convenciones me alentaron a mirar más allá de los modelos que yo había
concebido para los fenómenos magnéticos en el centro galáctico. Exponer mis
ideas y someterlas al juicio de los observadores —una perspectiva siempre
temible para un teórico— me permitió afrontar la desconcertante profusión de
espectáculos fulgurantes, explosiones violentas, energías lacerantes y
estructuras de elevada (y misteriosa) organización de nuestro centro galáctico.
Eso abrió mi imaginación a las posibilidades de la vida (y, supongo, de la
muerte) en un lugar tan virulento.
Me
disculpo ante los lectores que han esperado varios años la aparición de un
nuevo volumen de esta serie. Necesitaba escribir otras novelas.
Y
además están las exigencias de la vida real. Mis ideas sobre la vida en el
universo han cambiado muchísimo desde que envié a Nigel Walmsley en su odisea
en 1971 (comenzando por el cuento «ícaro desciende», que luego fue ligeramente
adaptado y ahora inicia En el océano de la noche). A pesar de los cambios, he
procurado mantener la coherencia de las novelas. Los acontecimientos que se
prolongan varias decenas de miles de años a menudo presentan contradicciones,
sobre todo si el autor ha interrumpido la narración para dedicarse a otras
tareas.
El
volumen final de esta serie está actualmente en marcha. Prometo terminarlo y
publicarlo al año de la aparición de este libro. Tal vez vuelva a aventurarme
en este universo en un futuro, si tengo el ímpetu necesario, pero espero
resolver la trama y las líneas de razonamiento al final de la próxima novela.
Ha sido un viaje largo y extraño.
FIN

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