Libro N° 6645. Alto Abismo. Benford, Gregory.
© Libro N° 6645.
Alto Abismo. Benford, Gregory. Emancipación. Noviembre 9 de
2019.
Título
original: © Alto Abismo. Gregory Benford
Versión Original: © Alto Abismo. Gregory Benford
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://190.186.233.212/filebiblioteca/Ciencia%20Ficcion%20-%20Fantasia%20-%20Terror%20-%20Policiales/Gregory%20Benford%20-%20Alto%20abismo.doc
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://media-cdn.tripadvisor.com/media/photo-s/0d/c4/74/a7/cachoeira-do-abismo-agua.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Gregory
Benford
Alto Abismo
Gregory Benford
No
había sabor más dulce que el de la batalla ganada, reflexionó Lambda.
Abajo, las
tropas se arremolinaban y
bramaban, con los
cuerpos fornidos atravesados de
lado a lado por halos de celebración: gotas color oro quemado, azules
penetrantes y calientes. Habían matado legiones de Doctrinarios en una
aterradora masacre.
Ahora defendían
su posición en las sierras formando
filas compactas, un muro viviente que le hacía frente al
pasado moribundo. El triste velo de la historia ya estaba cerrándose sobre los
Doctrinarios, pensó Lambda, mientras los observaba emprender la retirada,
desbaratadas sus filas, por la llanura colmada de cicatrices. Pero el Mundo
Madre seguía funcionando,
indiferente a las
iras mezquinas que
surgieran en su superficie. La irradiación penetró en los
extendidos pies disco de Lambda. Durante un pacífico momento, se relajó,
desparramando las mullidas plantas para absorber nuevas energías de la Madre.
Lambda había agotado gran parte de sus reservas eléctricas y necesitaba
reaprovisionarse. Con un hormigueo, las
voluptuosas oleadas ascendieron por sus piernas huesudas.
—¡Victoria!
—se escuchó gritar abajo—. ¡Verdad!
Lambda se regodeaba
en el momento, pero, como
siempre, lo que captaba su atención era la grandiosidad natural del
Mundo. Después de todo, en el fondo seguía siendo un científico. Al pie de las
montañas de es
coria,
los glaciares avanzaban. Se deslizaban
destellando, como grandes barcos
cuyas proas partían en dos la granulosa llanura anaranjada. Sus grietas
escupían Aqua Vita a borbotones, riachuelos rojos que la emprendían contra las
paredes de cristal.
Derretirse
era un éxtasis. Comer era todo. Lambda sintió una extraña emoción al
contemplar eso: el pausado
e imponente avance del Mundo,
mientras los ejércitos, como una
mancha que se
iba extendiendo, caminaban
lentamente por sus promontorios y llanuras.
Enfermedad
del entendimiento.
—¡Oh
Profeta! —Lambda se puso en cuatro patas y observó que se acercaba el
subcomandante. Detrás de él marchaba la guardia completa y, bajo su brusca
custodia, un prisionero que avanzaba a los tropezones.
—Bien
hecho —dijo Lambda—. Ningún Doctrinario osará volver a arrojarse sobre nuestras
filas.
—¡A
ti todo el homenaje! —ex
clamó
el comandante.
—Dices demasiado
—respondió Lambda, imprimiendo
al saludo formal
el apropiado toque de santidad.
—¡Tu
estrategia funcionó gloriosamente!
—No,
tu estrategia.
—Profeta, tú
nos señalaste que
al tomar el
control de estas
elevaciones obligaríamos a los Doctrinarios a atacar Transversalmente.
—Era
una cuestión obvia.
—Organizaste
nuestras columnas con gracia magistral.
Lambda se
cansó del formal
intercambio de halagos.
Ciertos modales de los
militares eran más abrumadores que los combates.
—Una
vez que este pico volcánico hizo
erupción y vimos la manera de llevar a cabo nuestro experimento aquí, el resto
se desarrolló con naturalidad.
—¡Lucharon
tanto contra los vientos inerciales de la Transversal! Deberías haber visto cómo trataban de pelear con antorchas y chispas por igual, mientras nadaban como
átomos indefensos!
Desganado,
Lambda entrechocó dos patas: el gesto ritual de asentimiento. Había sido
testigo, por cierto, de las legiones de Doctrinarios lanzadas a combatir contra
la curvatura del Mundo, que soplaba sobre ellos como un amargo ventarrón.
Lambda se había asqueado con
la masacre, aun
cuando el resultado
de las afiebradas escaramuzas, lacerantes y azules
de sangre, se inclinaba a su favor. La demostración de un teorema, pero sin
placer.
El
Movimiento Recto se extendía a lo largo del eje natural del Mundo, por
supuesto, y Recto se seguía extendiendo hasta el infinito... como lo habían
demostrado las expediciones, con sus
desgarradoras marchas épicas
por el eje,
en una y otra
dirección. Moverse por la Transversal implicaba pagar el precio de una pesada
faena y, en toda la historia, eran muy pocos los que habían invertido esfuerzos
en tales labores. Hacía muy poco que los científicos y aventureros habían
demostrado la verdadera naturaleza de la Madre. El Mundo se podía circunnavegar
por su eje Transversal únicamente si se ejercía una fuerza ininterrumpida en
sentido Transversal.
Esas
dos verdades básicas, la del Movimiento Recto y el Transversal, le habían
proporcionado a Lambda el gran indicio. Y, por supuesto, lo habían hecho
víctima del sarcasmo y el escarnio, y luego de las persecuciones, inclusive en
los callados pasillos del
Collegium. Después, largos
períodos de estudio
y experimentación, de concentración intensa en asuntos que
trastornaban a la mayoría de las mentes y que ofendían a
las demás. Más
tarde, la expulsión
del Collegium, refriegas,
e incluso golpizas en los
discursos públicos.
Seguidos
por una época larga y dolorosa en la que Lambda había tenido que vivir y
trabajar en secreto, reuniendo adherentes. Para que aceptaran las ideas que
ahora se propagaban aceleradamente, Lambda había tenido que adoptar el manto
del Profeta. Reunir a sus seguidores, formar ejércitos, aprender las artes de
la astucia.
Todo
por la revelación. Su especie había vivido mucho tiempo en una miasma
oscurantista, abrazándose a la calidez y a la chispeante riqueza de la Madre
sin pensar en la ampliación de la mente, en los alcances del intelecto...
—¡También
tenemos una presa! —dijo el co-comandante, interrumpiendo los reflexiones
submentales de Lambda.
—Llévenselo... —Lambda
agitó dos brazos,
el gesto ritual
para indicar que se
retiraran, pero entonces
vio quién era
el que se
tambaleaba entre las
hileras de guardias.
—¡Épsilon!
El
co-comandante, con expresión radiante, hizo trotar a la presa hacia adelante,
acicateándola con un cruel estilete.
—Capturamos a Épsilon en el campamento de altos oficiales Doctrinarios. Tuvo miedo de correr, según mi parecer.
—Los
insultos no le sientan bien al victorioso. —La voz de Épsilon tenía un dejo
sardónico, pero flotaba ligera en el aire exuberante.
—Es
cierto.—Lambda avanzó a paso largo para enfrentar al viejo adversario—¿Y
nosotros
te insultamos al perdonarte la vida, quizás? Por fin salen verdades de tu boca.
Soportar tu compañía es
realmente
una tortura.
El co-comandante estiró
una lanza y
se la clavó
a Épsilon, pinchándole
la caparazón. —¡Insecto! Pagarás el precio de tus palabras.
Lambda
apartó la lanza de un manotazo.
¡Nada de venganzas! Confundes
batalla con palabras, co-comandante. No es una invitación a lo físico, al grosero
roce del filo y la punta. El viejo Épsilon está a favor de las estocadas
verbales.
—Acotación:
estaría a favor de las lanzas si sirvieran para demostrar mejor lo que quiero
decir concedió Épsilon con
sobriedad.
—Y
hoy no lo has demostrado. Tus legiones huyen.
—Ustedes nos superaron
en el reino de lo concreto y sólo
por el momento. El futuro hará que
vuestras herejías se vuelvan sobre sí mismas, perforándolos como no pudieron
hacerlo nuestras lanzas.
Lambda
se permitió un ladrido de risa.
—Ustedes, los
Doctrinarios, nunca pueden
digerir la verdad,
¿eh? Perdieron porque están
equivocados.
—Lo acertado
no tiene correlación
con lo feroz
—dijo Épsilon serenamente. Ustedes, los Escépticos, ganaron
porque están locos. La fiebre aumenta el coraje.
La guardia
de honor eructó
con desprecio ante
este comentario; sus
gases carmesíes explotaron en el aire brillante. Si Épsilon seguía así,
lo empalarían ni bien Lambda les diera la espalda.
Mejor
calmarlos; Lambda ya había visto suficiente salvajismo insensato.
—¿Nosotros, impulsados
por una fe
demencial? —Lambda levantó
los cuatro brazos para aquietar a
los guardias, que ya se habían formado en cuadro, listos para perforar a Épsilon
por todos lados—.
Pero debemos demostrar
que estamos en lo cierto.
—¡Los
ciegos nada ven!
—Épsilon
hizo esta última y amarga declaración y, abruptamente, tropezó hacia adelante.
Se
estrelló contra el suelo. Jadeó.
—¡Atrás!
—Algunos guardias se habían lanzado sobre él, temiendo una trampa. Lambda se
agachó y tomó la cabeza de Épsilon. Desde el cuello ascendían corrientes de
desgaste de energía, un olor fétido. Las ranuras de respiración de Épsilon
estaban blancas, superadas por el calor y el agotamiento.
El
panorama de este viejo adversario, ahora
reducido a tan poco, lo henchía de orgullo y a la vez le provocaba un
sentimiento atenuante de lástima.
Lambda
gorjeó:
—Tu
tarea está terminada. Abandona la lucha cuando ésta deja de tener sentido.
¿Lo recuerdas?
Porque, claro, este
era un comentario que el propio
Épsilon había hecho en una
conferencia, hacía mucho tiempo, cuando Lambda recién comenzaba a sentir la
fuerza de sus
propias ideas sin
dejar de comprender
la sabiduría de los
ancianos. Quizás aún la comprendía. Pero la edad y el peso del tiempo no
constituían un argumento válido. Sólo la razón, auxiliada por el conocimiento
del mundo, lo era. Por más grosero que fuera su sarcasmo...
Condujo
a Épsilon colina arriba, a los terraplenes de la sierra de picos irregulares
que las tropas de Lambda
habían defendido tan bien. Ni un solo Doctrinario había logrado llegar al escarpado labio de
roca pálida. Sus cuerpos rotos estaban regados por las laderas. Allí, Lambda le
dio ropa y le permitió una pausa para descansar. El aire
se
sentía ligero entre las piedras inclinadas, formando cremosas lagunas
condensadas de calma estratificada.
Épsilon
extendió su mullidos pies y bebió de la Madre. El Mundo los alimentaba a todos;
sus energías atemporales manaban con rebosante plenitud. Lo que la Raza no
usaba, ni las criaturas salvajes aprovechaban, ascendía en forma de espigadas
irradiaciones hacia la Bóveda de arriba.
Épsilon
tuvo un escalofrío de éxtasis mientras se cargaban sus baterías.
—No
te has olvidado de la bondad.
—De
ti aprendí algo más que falsa Fysika.
—¿Crees
que la herejía es mera Fysika? —El famoso brillo pétreo se encendió en los ojos
penetrantes de Épsilon—. ¡Tú serías capaz de destruir la unidad del Mundo!
—Si
en el Todo hay algo más
que
el Mundo, ¿no deberíamos co nocerlo?
—El
Todo es el Mundo.
—Una
hipótesis.
Con
esfuerzo, Épsilon se levantó, despegando dolorosamente las plantas de la
resplandeciente roca-sol.
—¡Una
verdad! La Unidad dio a luz Su Creación...
—Lo
que sea que eso signifique, precisamente...
—...con
la única geometría que la naturaleza ensalza. Tú, con esas ideas estériles, vas
a desquiciar todo el orden que nuestra Raza se esforzó tanto en construir.
Vivimos exacta y claramente según los principios del Camino Recto y del Camino
Trans
versal;
los imperativos mora les...
—Ahórrame
la invocación a la plegaria. Tengo cosas que hacer.
Lambda empujó
a Épsilon hacia atrás,
no sin delicadeza, para
que el agotado pudiera absorber
más de las energías que restallaban a lo ancho de la roca-
sol.
La irradiación ascendía como una flecha resplandeciente, para pintar las nubes
oscuras de la Bóveda eterna. Épsilon entrechocó las patas en señal de protesta,
pero finalmente se dejó caer con agradecida tristeza.
Las
batallas rara vez arrojan resultados impecables. La victoria había llegado con
tanta premura como
una marcha en
sentido Recto, impetuosa
y alegre. Su consecuencia era como llevar una pesada
carga colina arriba y en sentido Transversal.
Lambda pasó
mucho tiempo resolviendo
detalles: los heridos,
la cacería del enemigo, los criterios a aplicar con los
prisioneros. Por todas partes, las tropas lo vitoreaban. Cuando
Lambda pasaba, muchos
asesinaban Doctrinarios para
rendirle tributo. La sangre
de intenso color
azul siseaba en
la roca-sol. Los
cuerpos se contraían, las
piernas se sacudían
por última vez.
Lambda tenía que
fingir que disfrutaba de todo
eso.
Sin
embargo, el fervor y el vivificante aroma de la victoria ejercían sus efectos.
Con este último giro del destino, Lambda sentía el poder de sus convicciones.
Ahora, con Épsilon bajo custodia y los Doctrinarios dispersados, se renovaba el
anhelo de hacer realidad la demostración final de su revelación. El experimento
lo llamaba.
Cuando
Lambda retornó al risco, la Bóveda se había puesto oscura. Ascendiendo por su
escarpado declive, luchando contra el espesamiento Transversal
del aire que había mantenido a la Raza mentalmente unida durante toda la
historia, Lambda sintió un temblor. Al principio, le pareció una simple
ondulación en la viscosidad del espacio. Luego, las cosas empeoraron. Lambda
resbaló, cayó.
El
suelo se sacudió. Lambda
ascendió gateando —las
tropas no debían ver al Profeta desparramado en el suelo, con
las piernas abiertas— y luego se irguió sobre sus miembros
vacilantes. Enderezó las
rodillas, asumiendo la
postura apropiada gracias a la
intensa práctica previa.
Temblores. La roca se partía, los vapores se elevaban a
borbotones. Placas de masa verde
convertidas en velos de telaraña. La roca-sol humeaba, exhalando momentáneos
rizos espumosos. La masa estallaba, se convertía en rocío y oleaba. Se hizo
menos densa, de granos finos e hirvientes, encerrando a Lambda en su halo. De
algún modo, el rocío captó y, por un instante, reflejó su cuerpo angular en la
bruma, como si el
Profeta estuviese allí
y también revoloteando
por los alrededores
y fundiéndose con ellos,
entremezclado con rayos sesgados,
para luego desaparecer entre miasmas refractivas.
Las montañas
eran las que
más sufrían los
enderezamientos, según sabía Lambda.
A medida que
la geometría del
Camino Recto se
alteraba, perdiendo curvatura a
medida que el Todo se expandía, la corteza del Mundo se desplazaba. Las grietas
eructaban caliente Aqua Vita, cuyos ardientes riachuelos traían dolor y muerte
a los desprevenidos.
Hasta en el
desastre acechaba el conocimiento. Estos
terremotos eran el gran indicio que había conducido a Lambda
hasta la Profecía.
Las
cumbres se hicieron peda
zos,
los cañones se hundieron. La inevitable
evolución del universo continuó
su curso, indiferente a las amargas batallas y las angustiosas muertes
de sus diminutos habitantes. Lambda reflexionó
sobre esto, sumido
en una momentánea meditación. Para los Doctrinarios, tales
enderezamientos no eran más que efectos del clima, insignificantes.
Para
Lambda, sacudido por un temblor durante un aterrador momento durante su estadía
en el Collegium, lo que avalaban esos extraviados eran abstracciones arteras
que le daban a la geometría una realidad muscular. Una verdad sólida construida
sobre terremotos.
Pasó.
Lambda y su escolta continuaron sus labores. La lucha contra las inercias
Transversales provocaba una punzante fatiga en las articulaciones de Lambda,
pero un Profeta debía mantener
una postura de estoica indiferencia.
La Raza común podía evitar las tensiones compactadas que el
espacio imponía a quien se moviera por la Transversal por medio de astutas
fintas o dejándose resbalar por las pendientes con ayuda de la gravedad.
Los
suboficiales se apresura ron a ofrecer su colaboración.
Por
dignidad, Lambda estaba impedido de aceptar el más leve auxilio. Resolló y
empalideció, al tiempo que superaba el último risco.
La
guardia especial que había dejado para proteger a Épsilon dio un paso atrás al
ver Lambda se
aproximaba. Las armas
de cuatro brazos
dispararon al aire
para saludarlo. Más vítores, que a estas alturas no hacían más que
agotar a Lambda. Los matemáticos no sentían inclinación por el incesante agobio
del liderazgo.
Épsilon estaba
todavía echado, pálido
e indiferente, pero
visiblemente mejor. Lambda estaba
complacido y dejó que Épsilon se embebiera de más irradiación del Mundo.
Un
suboficial se acercó tímidamente mientras Lambda contemplaba la llanura de
abajo, donde los caprichosos fuegos y la acostumbrada tortura a los vencidos se
propagaban aceleradamente. Lambda les mandó la orden de detenerse y se dio
vuelta para recibir un nuevo mensaje, el que más anhelaba.
—El
Aqua Vita se agita, oh
Profeta
—dijo el suboficial.
—¿Está
lista la gran bolsa?
—Con
doble capa, como tú ordenaste.
—Prepárense
para el lanza miento.
—Sí,
Profeta. El piloto, Eta,
cree
que esta vez el experimento puede funcionar.
—Lo
mismo creyó Eta la vez anterior.
El
suboficial hizo una pausa. El personal de Lambda, estólido y confiable, nunca
sabía muy bien cómo tomar esos cambios de humor y esas ironías. Bastante
comprensible; ninguno era, en el fondo, un matemático.
Este suboficial
optó por la
típica evasiva, ignorando
lo que Lambda
pudiera implicar.
—Eta
desea ir solo, puesto que hay peligro y...
—No.
Yo iré con Eta. Y un pasa jero, además.
Los
suboficiales se inquieta- ron, alarmados.
—¡Pero
Profeta! ¡Tu persona no debe ser...!
—¡Cállense!
—ordenó Lambda—. Dedíquense a la celebración de la victoria. Yo iré a la
caldera.
Un
oficial que se destacaba por sus dotes diplomáticas avanzó ruidosa y
apresuradamente y aventuró:
—Pero...
¡No debes
hacerlo!
Eres demasiado importante, incluso para tan sagrada misión. El peligro...
—Silencio.
Deseo ver confirmadas nuestras ideas con mis propios ojos... y ser el primero
en verlo.
Lambda se
alejó de ellos
a paso firme,
con una impetuosa
sensación de realización.
Derrotar a los Doctrinarios en un majestuoso esfuerzo y, en el mismo
momento, llevar a cabo
el gran experimento... que
coronaría una vida
dedicada al servicio de la
verdad. Sí, hacerlo. Y el golpe final sería forzar a los villanos vencidos a
ser testigos, con sus propios ojos, de la derrota de las ideas antiguas. Sí,
sí.
Los
soldados obligaron a Épsilon a levantarse... Cansado, herido, miró a Lambda con
incredulidad.
—Tú...
¿vas a hacerlo? ¡Llévame!
—Ven.
Soy un empírico. Te demostraré cuán fútiles son tus ideas.
Un
solo gesto y los guardias rodearon a Épsilon; todos siguieron a Lambda, que
comenzó a avanzar por el jubiloso campamento. En cada senda y en cada colina,
las tropas vitoreaban vigorosamente a su Profeta. Las fogatas llameaban,
cocinando abundantes banquetes. Los
soldados blandían sus
lanzadores de tres
manos apuntando a Épsilon, proferían
maldiciones. Uno se precipitó
hacia Épsilon con una multi-maza, con los ojos de lunático
rebosando
de odio, y los guardias tuvieron que golpearlo.
Emergieron
en el borde de la gran caldera. Épsilon se quedó sin aliento al ver las turbias
lenguas de calor blanco que se debatían debajo.
—Yo...
nunca la vi tan...
—Precisamente.
Ocupamos estas sierras porque sabíamos que el Aqua Vita tenía que brotar de
aquí.
—Ya
se me había ocurrido. ¡Pero tanta ferocidad!
—Nuestra
causa esperaba esta oportunidad. Esta Aqua Vita es la mayor fuente de energía
que podemos reunir. La única esperanza de demostrar nuestros dogmas.
—Tus
retorcidas nociones, querrás decir.
—Confundes
naturaleza con verdad. —Tal como Lambda había aprendido hacía mucho tiempo,
Épsilon nunca se
daba por vencido
en una discusión
abstracta. El Mundo dilataba los
objetos en sentido Recto, los comprimía
en sentido Transversal. Las cosas con libertad de movimiento se orientaban naturalmente en sentido Recto. Toda la filosofía había
visto en eso un orden natural. El orden moral derivaba de esa dilatación, de
esa desventaja del sentido Transversal. Sin embargo, Lambda se había dado cuenta
de que la Gran Lección no existía. Era geometría. Un argumento audaz,
abstracto, pero... ¿cómo demostrarlo? Sólo sumergiéndose en el Mundo... y
abandonándolo.
La
humeante caldera bostezó
como
una enorme boca, abriéndose con ira hacia el cielo ardiente.
Las furibundas
pústulas de abajo
eructaban gases. Las
energías del lugar provenían de lo profundo de las
entrañas del Mundo. Alrededor del borde, los poderes
de
la Madre bailaban formando cintas, se ampollaban cuando reventaban las
burbujas. Los mesones barboteaban, manchando el aire con sus mensajes de
agonía.
El
Aqua Vita era la materia prima que daba origen a las rocas-sol, alimentando a
la Raza de la Madre y al pletórico y verde Mundo entero. Ahora crecía un
profundo y grave murmullo de escoria y
rescoldos ardientes enfurecidos, hablando con voces acústicas que surgían de
debajo de sus pies. Ascendieron con dificultad, avanzando
Transversalmente, con gran esfuerzo,
hacia el inestable globo posado en el labio del gran abismo
humeante. El experimento colgaba
del borde más
bajo de la caldera, sobre un suave
labio de cerámica recientemente formado al enfriarse el Aqua Vita.
Por
encima del horizonte lleno de vapores, Lambda veía los bordes aserrados de los
riscos superiores, el cráter extendiéndose por la Recta, a lo largo de los
riscos. La bolsa de gas,
cuidadosamente cosida y
aislada, se bamboleaba
con los vientos aullantes, aparentemente lista, por
fin, para remontarse en las corrientes de aire ascendentes y desaparecer en el
cielo jaspeado, enloquecido por ventarrones furiosos, atezados.
Eta
corrió a su encuentro.
—¡La
Vita circula más de lo que jamás he visto!
—Excelente.—Lambda
aguijo
neó
a Épsilon para que avanzara.
Eta
reculó al ver a Épsilon, jadeó, pero por respeto no dijo nada. A través del
aire lleno de grumos, se oyeron unos sonidos pesados, profundos.
La
dotación de tierra también estaba perpleja; hicieron una pausa durante un crudo
momento y luego volvieron a los preparativos. Los cabrestantes chirriaron y la
góndola con forma de caja se separó del piso, mientras la bolsa pujaba por
ascender.
Por
encima del susurro del Aqua Vita, Eta gritó:
—No
estoy seguro de poder controlar la nave
con tanta turbulencia. Quizás, oh
Profeta,
si ascendiera primero yo solo...
—¡No!
Lo veré. Ahora.
Las
pesas y cabrestantes que mantenían en tierra a la enorme y emparchada bolsa
apenas alcanzaban. Los cables gruñían para mantenerla abajo, mientras el calor
de la caldera hacía que
el globo se
dilatara visiblemente, como
un órgano inmenso
e hinchado digiriendo un festín.
Lambda escudriñó
la vasta curvatura
del globo, orgulloso
de su logro.
Las prolongadas labores y la diestra mano de obra le habían dado forma:
aislamiento y amortiguación
intrincadamente entretejidas, para permitir que se elevara sin reventar por
las costuras ni rasgarse en la superficie. El suyo sería un viaje épico
memorable, atravesaran la Bóveda o no. Pero la atravesarían... debían hacerlo.
Para coronar esta victoria con otra victoria mayor, en un solo...
Lambda
no vio el dardo que golpeó su caparazón. Sintió la mordedura de un dolor
penetrante, intenso... y cayó, rodando indefenso. Para cuando logró detenerse,
los atacantes estaban a medio camino del labio rocoso.
Doctrinarios.
Una banda com
pacta,
corriendo a paso corto. Un dardo zumbó por encima de Lambda y por poco acertó
en Eta.
—¡Una
emboscada! —exclamó
Eta—.
Si escapamos...
—¡No
escaparemos! —gritó Lambda—. Ese Épsilon... ¿Dónde está el reo?
Silenciosamente, Épsilon había
rodeado la góndola.
Lambda corrió pendiente
arriba,
mientras Eta disparaba dos rápidos proyectiles a los Doctrinarios.
La
dotación de tierra, que había quedado paralizada, comenzó a soltar los
cabrestantes de los cables del globo. La góndola crujió y se elevó un poco más.
Épsilon
era viejo, lento. Lambda aferró a Épsilon y lo estrelló contra el áspero
entramado de la góndola.
—¿Tienes
implantado un rastreador, verdad? Épsilon respondió mansamente.
—Por
supuesto.
—Para
que un comando sui cida...
—...pudiera
detener este loco intento. Quizás incluso detener al omnisciente Profeta.
Lambda
se maldijo por no haberse detenido a pensar cuál era el motivo de que Épsilon
se hubiera dejado capturar. Un pequeño grupo comando, escondido aquí, en los
pliegues sulfurosos, listo para dar el zarpazo cuando el experimento estuviera
cerca de su culminación. Alertados por las instrucciones de Épsilon, que había
fingido fatiga.
La
victoria había cegado al victorioso. Épsilon dijo, rápidamente:
—Ríndete
ahora y te perdonaré la vida. Desiste...
—¡Cállate! —Lambda
disparó contra los Doctrinarios
con la honda manual, más para
ganar tiempo que para infligirles heridas. En realidad, nunca había aprendido a
dominar las artes de la violencia. Una lanza cortó uno de los cables de la
góndola. La soga deshilachada reventó y la góndola se sacudió y quedó
inclinada. Los Doctrinarios se estaban
acercando velozmente. Unos
pocos disparos de honda
del personal de tierra eran lo
único que detenía su esforzado ascenso por la pendiente rocosa. Ampliamente superados en número, Eta, Lambda y la
aterrada dotación de tierra no podían contener el ataque.
Lambda
se inclinó, envolvió
con
sus brazos a su enemigo y gruñó:
—¡Adentro!
Lambda
arrojó a Épsilon al interior de la góndola; luego lo siguió.
—¡Eta,
ven!
Eta se introdujo
torpemente. Un sibilante
dardo Doctrinario cortó
otro cable. La góndola emitía
ruidos sordos cuando
los proyectiles hacían
impacto contra los laterales. Eta preparó los poquísimos
instrumentos del interior, gritando órdenes a la dotación de tierra.
—¡Suéltenla!
Los
cables se soltaron. El globo se precipitó hacia el cielo y la aceleración
aplastó a sus tres ocupantes contra el piso de la góndola. Los proyectiles se
estrellaban contra la parte inferior, sacudiendo el piso bajo los pies de
Lambda. Crudos vientos los azotaban por todas partes.
Los
Doctrinarios de abajo menguaron su ataque. Al ver que el globo se elevaba, su
furia se transformó en locura. Se precipitaron sobre la dotación de tierra y
Lambda tuvo que apartar la vista.
Después,
silencio. Repentina calma, mientras se lanzaban hacia el cielo entre los
vientos punzantes.
—¡Traicionaste
mi clemencia! —gritó Lambda. Épsilon estaba extrañamente
tranquilo.
—Hice
mi última ju
gada.
Por desgracia, fracasó.
A Lambda
no se le
ocurrió nada más
que decir. Épsilon
estaba de pie
en la estrecha góndola, estólido,
escudriñando hacia afuera.
Eta
dijo:
—Estamos en
una termal rápida.
Creo que podemos
compensar los cables cortados con las pesas. Después, si...
—Hazlo.
Tiempo
para concentrarse. Lambda había aprendido a eliminar de su mente los incidentes
más perturbadores para poder concentrarse en el presente.
Miró
hacia abajo. Nunca había visto una violencia tan fogosa como la de los lívidos
ríos de abajo. Burbujas anaranjadas que explotaban, transformándose en un rojo
rocío ascendente. Quarks que
borboteaban, surgidos de la furia
bajo tierra. Llamaradas bífidas que
ascendían hacia ellos,
como lenguas de
bocas enajenadas. El
viento rugiente, seco, aterrador incluso para una mente preparada.
Eta
estaba ocupado con las pesadas bolsas dispuestas a lo largo de la red de la
góndola.
—Quizás
pueda orientarla, tratar de remontar una de las corrientes superiores y...
—¡Adelante! ordenó Lambda.
Si
Eta se detenía en los detalles, perderían la oportunidad. El Aqua Vita podía
menguar, como a menudo lo hacía. En verdad, a lo largo de la Historia de la
Raza, estas hirvientes energías habían ido disminuyendo paulatinamente... otro indicio que había llevado
a Lambda a
su nueva revelación,
la de un
Mundo que estaba evolucionando, enderezando su
geometría Recta, lo que a su vez sugería espacios aún más grandes más allá de
la Bóveda. Espacios de los que el Mundo no era más que una parte...
Lambda
miró hacia arriba, hacia el túnel que el calor del Aqua Vita ya había abierto
en la
Bóveda. El manto
perpetuo que colgaba
encima del Mundo
era plomizo, aletargado, excepto
donde lo perforaba la espira de gases calientes. Allí acechaba una bruma
jaspeada, oscura. Ya Lambda podía avizorar lo que había más arriba de la
humeante caverna de nubes, más lejos de lo que cualquiera de la Raza había
visto jamás.
—¡Es
una locura hacer esto! —gritó Épsilon por encima del caliente rugido de la
caldera—. Pereceremos por el calor. ¡Y sin llegar a nada!
Lambda
apretó a Épsilon con tra los cables de amarre.
—Mira
hacia
arriba y serás testigo. Entonces nunca más podrás negarlo. ¡Mira!
Se
lanzaron hacia arriba, hacia el lúgubre túnel, una caverna vertical entre nubes
incandescentes. La Bóveda era una
consecuencia necesaria del eterno calor y de los
voltajes
crepitantes, vivificantes, de la Madre... una capa de polvo fino y gas que el
flujo de energía de abajo mantenía en el aire.
También era
una manta que asfixiaba
todo conocimiento de lo que
había más arriba. Épsilon y los
Doctrinarios sostenían que nada existía más allá de la Bóveda, que ésta era la
frontera natural impuesta por el Creador a un Mundo Madre perfectamente
cilíndrico. Colgaba como una mortaja, marcando el límite de las dimensiones
Transversales: una corona apropiada para la sabiduría de la Raza.
Pero,
para demostrar sus poderes, el Creador no había puesto límites en el eje
Recto. Allí la distancia era infinita, permitida, claramente señalada por el
Creador. La Raza podía viajar
en la Recta eternamente, expandiéndose
hacia nuevos territorios según sus necesidades o
ambiciones. Sólo los inconformistas como Lambda pensaban en desplazarse en el
más contrario de los sentidos, peor todavía que el movimiento Transversal:
elevarse y atravesar de la Bóveda. Perforar los cielos.
Lambda
escupió y observó a las gotitas descender hacia los vientos brutales.
Para
Lambda, cuyos cálculos demostraban que la materia misma era un suflé de espacio
vacío y furiosas probabilidades, tales creencias antiguas no eran mejores que
las cavilaciones de los niños.
—¡Mira
el Mundo! —increpó Lambda a Épsilon—. Nadie de la Raza se ha elevado así jamás.
Es una nueva perspectiva, ¿no es cierto?
La
caldera se extendía debajo
de ellos
en toda su
extensión. La tierra
generosa resplandecía con
la eterna irradiación que fluía
como un arroyo de energías eléctricas y fotónicas, el alimento de la raza.
Exhalaba belleza por todos lados. Los escarpados riscos ya no parecían más que
diminutas huellas de
pies. Se veían
ejércitos completos, cuyas
filas semejaban delgadas líneas
bordadas.
Épsilon
dijo con amargura:
—La
eterna maldición caerá sobre ti por esto, por este acto de...
—Lo
único eterno es el cambio. El enderezamiento
del eje Recto, la merma de
Aqua
Vita... todo apunta a ello.
—No
son más que sucesos pa sajeros. El Creador puede orga nizar nuestro Mundo como
quiera.
—Apropiadamente
religioso, pero no una teoría.
—¿Teoría?
Hablo de la única geometría natural... la cilíndrica. Asimilamos su
hermosura en forma
directa. Existe eternamente
porque es la más perfecta
de las formas, expresando al Creador en...
—Eso
me contaron cuando era pequeño.—Con un gesto brusco, Lambda apartó a Épsilon a
un costado para ver mejor las perspectivas que se extendían más allá de la
pequeña góndola. Un
áspero calor remolineaba
a su alrededor, siseando entre
los cables.
Con
su mejor voz de pontí
fice,
Épsilon devolvió el golpe:
—Seguro
que no puedes desafiar a la geometría ideal que percibimos a cada paso que
damos, los senderos del Camino Recto y del Camino Transversal.
—Claro
que puedo. ¡Mira ha cia arriba!
Épsilon
estiró los cuellos para observar la bolsa que los arrastraba, que ahora
fulguraba con un tétrico color rojo debido a los ardientes vientos. Arriba,
detrás de la bolsa, no había nada más que una masa gris. Las paredes de la
góndola los protegían de los peores efectos del calor, pero Lambda sentía una
abrasadora presión en la caparazón. ¿Cuánto podrían soportar esto? ¿Y a dónde
los llevarían las afiebradas corrientes? La teoría callaba.
Épsilon
dijo:
—No
entiendo
lo
que quieres demostrar.
—La
bolsa. ¡La esfera! Segu ramente, es una forma más per fecta.
—¿Perfecta?
Es la perfección de lo rudimentario, de lo inge nuo.
—Sin
embargo, es el camino hacia el mundo verdadero, el más amplio.
—¡Tonterías! Transversal,
Recto: esos dos
caminos nos enseñan
que cualquier mundo que tenga
sentido debe ser cilíndrico.
—Me
dejé guiar por las mate
máticas, Épsilon,
y no al
revés. Construí ecuaciones
que demuestran que es
posible que el uni
verso
favorezca lo esférico.
—¡Ja!
¿Piensas que puedes determinar los alcances de la filosofía matemática tú solo?
Yo fui el que te enseñó esa ciencia, ¿recuerdas?
—Y
lo hiciste bien... aunque me pusiste obstáculos cuando quise dar el siguiente
paso. Yo generalicé tus ecuaciones, encontré soluciones que se aplican a una
visión mucho más grandiosa.
En
los ojos gemelos de Épsilon se agitaron olas de desprecio.
—¿Tan
grandiosa que necesitas subir a la Bóveda aterradora para verla?
—Para
demostrarla, sí. Pero está frente al ojo de la mente, si te dignas a echarle un
vistazo.
—La
Bóveda es sagrada. El límite del Creador...
—La
Bóveda es como el clima. No es fundamental. Incluso...
El
globo viró hacia el costado. Un candente ventarrón los golpeó e hizo
trastabillar a Lambda. El viejo Épsilon
jadeó y se aferró de la red que sujetaba la góndola
al enorme vientre. Entonces
Épsilon cayó al
suelo. Una parte
de Lambda moría
por contarle a su
maestro de las
visiones que estaban
encerradas en las
ecuaciones formales, secas. Y entonces, por fin, Lambda dejó salir sus
sentimientos, sus sueños, en un torrente que no fue menos salvaje que los
flagelantes vientos que los envolvían.
Lambda se
arrodilló junto a
Épsilon y habló
rápidamente, casi como
en una apología. Lambda habló de
un universo dominado por una fuerza aparentemente trivial: la mera gravedad. De
ese universo expandiéndose, enfriándose como un gas simple y, sin embargo,
flaqueando a medida que crecía.
—¡Como
hielo congelándose en un charco! —gritó Lambda cuando vio que Épsilon no
parecía conmoverse. El hielo nunca era liso, porque contenía pequeños canales y
capas superpuestas más densas que crecían al dilatarse el espaciotiempo. Todo
error y mal alineamiento quedaba comprimido dentro de un perímetro pequeño.
Pliegues compactados en el
espaciotiempo, revoltijos de topología que se alisaban a medida que se
expandían.
—El
enderezamiento, ¿no ves? —gritó Lambda.
—Con
el correr del tiempo, nuestra geometría se está volviendo casi perfecta —
respondió
Épsilon con rigidez—. La Recta disminuye su ya muy leve curvatura. Si los
temblores
originan montañas y terremotos, que así sea. Es la voluntad del Creador, no de
tus ecuaciones.
Por
lo tanto, Lambda habló de cuerdas que se expandían con la integridad del Todo,
haciéndose más largas
y más grandes a
medida que crecían
junto al reino mayor, el
espaciotiempo curvo que se extendía a lo ancho del Todo, cohesionándolo.
—¡Por
eso tenemos esta geometría! El cilindro es una soga que mantiene unido al
Todo,
una banda que cruza la simetría esférica que subyace a nuestro Mundo!
Lambda
terminó de hablar, jadeando. En sus oídos, el aullido del viento parecía
mofarse de él, mientras una arruga se dibujaba entre los ojos de Épsilon.
Finalmente,
Épsilon dijo:
—¿Nos
convertirías en habitantes de una
cuerda? Cuando Lambda oyó que esa voz antes amada, antes temida, ahora
albergaba tanto desprecio latente, ácido, supo que Épsilon estaba más allá de
su alcance.
La
revelación de Lambda era grandiosa: ser parte de algo esférico, perfecto e
inmensamente más grande que los límites impuestos por la Bóveda hirviente y
oscura.
Y,
sin embargo, lo único que Épsilon veía en eso era una Raza que correteaba de
aquí para allá, confinada en una hebra de un tapiz que convertía a la Raza en
algo insignificante.
Lambda
había temido ese fracaso. Lo que no había anticipado era el golpe que
Épsilon
le lanzó a la caparazón.
—¡No
lograrás dar vida a esto! Épsilon golpeó fuertemente a Lambda. Se le desprendió
una antena.
Azorado,
Lambda cayó contra un aparejo. Eta se apresuró a ayudarlo. Épsilon lo soltó y
comenzó a forcejear con la red que sostenía la góndola.
—Ya verás.
¡Terminaré con esto!
—Épsilon trepó por
la parte exterior
de la góndola, indiferente a los
tórridos vientos que pasaban rugiendo, chamuscándole los órganos sensitivos.
Eta
dijo:
—Dejémoslo
ir. De todas formas, acabará por caerse solo.
—No.
No podemos contar con eso. —Lambda vio cuál era su plan. Si Épsilon alcanzaba
el globo, con un solo corte podía ponerle fin a la expedición. Fin a sus vidas.
Lambda subió. Se aferró de la red con todas las piernas y luchó contra el
balanceo de la góndola. Se estaban elevando por la torre abierta por el calor;
las tormentosas nubes remolineaban muy cerca... ahora más cerca. Sin embargo,
más arriba no se veía nada salvo la masa oscura.
—¡No
lo hagas! —Lambda no tenía esperanzas de disuadir a Épsilon, pero podía
distraer al enemigo, entorpecerlo...
Las
piernas que le arrojaban puntapiés desde arriba hicieron una pausa por un
momento y Épsilon respondió:
—¡No
te veré partir en dos al mismísimo cielo... para regresar con conocimientos
falsos!
—¡Morirás
por nada!
—No,
tú morirás por nada. Yo moriré por mis convicciones.
—Tú
me enseñaste a estudiar, a aprender del mundo...
—Acabaré
mis días muy feliz, sabiendo que he peleado para de fender al Creador.
—Tal
vez el Creador no nece sita de tu ayuda.
Lambda
casi había alcanzado a Épsilon. En el aire que lo rodeaba surgían oleadas de
calor que lanzaban puntiagudos cuchillos contra su caparazón. Aspiró el aire
enrarecido. La Bóveda era granulosa; sus magros vapores lo raspaban. Lambda
trepó aún más rápido.
Pero Épsilon
estaba en su
embestida final contra
la parte inferior
de globo refulgente. Se colgó de
la red y desplegó su miembro proyector. Estaba viejo y oxidado, pero tenía la
punta afilada. Suficiente para hacer un tajo en el globo.
Mientras
Épsilon seguía subiendo con esfuerzo, Lambda vio cómo destellaba esa punta.
Centelleaba, prometiendo la muerte con un solo golpe. Lambda se lanzó hacia
arriba, apresurándose para tratar de
aferrar las piernas de Épsilon y apartarlas de la red. Ahora
no habría piedad. Arrojaría a este enemigo al rocío;
lo observaría caer, rumbo a la
muerte brutal que lo aguar- daba allá abajo.
Recién entonces,
Lambda advirtió que el polvoriento remolino
de la Bóveda se estaba dispersando.
A su alrededor, las nubes se pusieron
pálidas. Se dejaron ver unos andrajosos parches de oscuridad.
Después, toda la mortaja comenzó a rasgarse y Lambda vio que volaban por encima
de una planicie amplia, de color marfil.
Una
planicie... y después un plano, una lisa superficie matemática. No hecha de
sustancia, sino de vapor y sombras. La cima de la Bóveda.
Las
nubes grumosas se disipaban. A lo largo de la Recta, la bóveda se ahusaba hasta
el infinito, angostándose hasta formar una cinta que se arqueaba hacia arriba y
se alejaba. Apenas se percibía su curvatura antes de que se perdiera en la
negrura. Y en la Transversal, la Bóveda
se curvaba escarpadamente, terminando
en una nada negra como la tinta. Alcances sombríos, inimaginablemente
inmensos...
La
mente de Lambda se sacudió al ver lo que esto implicaba. Un abismo de nada, un
espacio totalmente vacío y sin sentido, rodeándolo todo...
¿Este
era el resultado de sus ecuaciones? ¿Que
el Mundo era una grieta en la nada? No... no podía existir semejante vacío. Una
frontera que separara dos aburridas vacuidades no tendría propósito, ni
belleza, ni grandiosidad, ni diseño.
Épsilon
lanzó un alarido. La angustia del grito estremeció a Lambda, pero Lambda
estaba concentrado, escudriñando
la negra nada,
esforzándose por comprender. Entonces fue recompensado.
Vio.
La
dura negrura había sor
prendido
a Lambda. Lo que atestiguó a continuación le hizo sentir una puñalada de
terror.
Unas...
cosas... que estaban ahí, suspendidas en huecos sombríos.
Se escuchó
un segundo alarido
de Épsilon, más
desesperado, amargo y penetrante, que sobresaltó a Lambda...
mezcla de miedo furia, y finalmente de atormentada desesperación. Un
aullido de absoluta
finalidad, porque el
anciano científico sentía que la cómoda tela de sus creencias se estaba
desgarrando. Épsilon gimió. Todavía tomado de la red, se dio vuelta para
contemplar la enormidad que los rodeaba y su grito lastimero se convirtió en
chillido.
Lambda
vio entonces por qué Épsilon se había opuesto tan enérgicamente a la Profecía.
Por un terrible miedo, por un terror pánico a encontrarse con un abismo
exactamente igual a este. Demasiado grande de contemplar, incluso a través de
las etéreas abstracciones de las matemáticas.
Y
entonces Épsilon se soltó. Cayó con las piernas abiertas.
Por un
momento, casi pareció
que por fin se sentía
liberado, volando hacia
la cómoda cubierta de nubes que se había cerrado debajo del globo que no
cesaba de subir. Después, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció.
Lambda podría
haber soportado la
negrura vacía y dura
que había aterrado
a
Épsilon.
En realidad, muchas veces había reflexionado sobre tales alcances.
Lo
que no podía desentrañar eran los puntos brillantes que moraban allí.
Lambda
necesitó reunir todas sus fuerzas para permanecer sujeto a la red. Para
permanecer sujeto a
sus convicciones y
no seguir a
Épsilon en su
largo giro descendente. Por algún
motivo, nunca se le había ocurrido que el Mundo podía ser una simple cosita
en un universo
repleto de otras
presencias. Un cielo
salpicado de refulgentes esferas
de energías actínicas, frágiles puntos de luz completamente alienígena.
Los
más cercanos y brillantes
eran
discos redondos. La esfericidad lo dominaba todo, en todos lados, en todo su
esplendor.
Arriba, las estrellas se
acercaban.
Y Lambda vio que las esferas imperaban en este vasto espacio... que eran las
gobernantes de este universo, reduciendo al Mundo de Lambda a la condición
de simple línea
divisoria, rodaja de
la nada, a
medida que el
espaciotiempo se expandía.
El
gemido de Lambda fue dife
rente al de
Épsilon. Aunque Lambda
gritara, en estado de shock
y de extraño éxtasis, igual se sentía triunfante. Un toque final de
autoconocimiento, mezclado con dolor y
orgullo... porque él había buscado y encontrado esta grandeza, esta enormidad,
y por lo tanto era, ahora y para siempre, parte de ella.
El
Mundo Madre era una simple anotación al margen, una imper fección.
Era
una cuerda. Cósmica, pero no más que una cuerda.
FIN

Comentarios
Publicar un comentario