© Libro N° 11000. De La Soledad. Fernández Tresguerres, Alfonso. Emancipación. Marzo 11 de 2023
Título original: © De La Soledad. Alfonso Fernández Tresguerres
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Fernández Tresguerres
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LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE LA SOLEDAD
Alfonso Fernández Tresguerres
De La Soledad
Alfonso Fernández Tresguerres
Algunas divagaciones en torno a la soledad y sus tipos
1
Afirma Ortega y
Gasset que: «Cada cual vive por sí solo, lo que es
igual, que la vida es soledad, radical soledad.» Y aduce como prueba el hecho
de que el pensamiento que pienso, lo pienso yo solo «o yo en mi soledad», y
otro tanto sucede con lo que decido, lo que quiero o lo que siento. Ahora bien,
esto me parece enteramente discutible. Sin salirnos de sus propias coordenadas:
no es lo mismo «pensar solo» que «pensar en soledad». Sin duda, es
perfectamente posible lo segundo, pero no lo primero: se puede, desde luego, «pensar
en soledad» (el «mi» únicamente le añade un tono melodramático), pero no se
puede «pensar solo». El pensamiento que ahora pienso se configura a partir de
lo que otros han pensado antes (no necesariamente ahora, pero
sí antes: acaso se pueda pensar sin dialogar con los vivos, pero no
sin hacerlo con los muertos). Y el pensamiento que ahora pienso cristaliza y
toma forma a partir de un lenguaje que yo no he inventado; un lenguaje (las
palabras nunca son inocentes) que encierra una forma de ver, de interpretar y
hasta de sentir el mundo y la vida. Y lo mismo vale para todo lo demás: lo que
yo quiero o lo que yo decido no nacen del ejercicio de mi voluntad libérrima,
sino de la necesidad ineludible de verme obligado a optar entre un conjunto de
alternativas que yo no he establecido, sino que me han sido dadas (¿por qué no
decir incluso impuestas?) por quienes me han precedido. Y dígase otro tanto de
mis sentimientos: naturalmente que los siento yo, pero los siento de la forma
que me han enseñado a sentirlos, de la forma (otra vez) que mi lengua me
permite sentirlos. ¿O acaso cree Ortega que, si en lugar de un madrileño nacido
en 1883, hubiese sido un zulú del siglo XVII o un noble de la época de Felipe
II sus pensamientos hubiesen sido los mismos? ¿Incluidas las doctrinas del
perspectivismo y del raciovitalismo? En cualquiera de esos dos casos, es claro
que sus pensamientos, sus decisiones y sus sentimientos hubiesen sido suyos,
pero hubiesen sido únicamente aquellos que hubiesen podido ser en las
circunstancias dadas. La verdad es que todos venimos de mucho más lejos de lo
que imaginamos. Frente a las afirmaciones de Ortega, como frente a las
pretensiones de Descartes de redescubrir el mundo él solo (o a solas con una
estufa), no está de más recordar las palabras de Hegel: «Todo individuo es hijo
de su pueblo, en un estadio determinado del desarrollo de ese pueblo. Nadie
puede saltar por encima del espíritu de su pueblo, como no puede saltar por
encima de la tierra. La tierra es el centro de gravedad. Cuando nos imaginamos
un cuerpo abandonando éste su centro, nos lo representamos flotando en el aire.
Igual sucede con los individuos. Pero el individuo es conforme a su sustancia
por sí mismo. Ha de tener en sí la conciencia y ha de expresar la voluntad de
este pueblo. El individuo no inventa su contenido, sino que se limita a
realizar en sí el contenido sustancial».
Hablemos, pues, de la soledad, pero no de esas soledades radicales o
esenciales, metafísicas, a las que, no muy alejado de Ortega en este aspecto,
también nos ha acostumbrado el existencialismo. Yo cuando era joven, allá en mi
adolescencia y en mi primera juventud (pongamos hasta los 21 ó 22 años), era
existencialista; y era existencialista porque era lo que había que ser (bueno,
también había maoístas y trotskistas, algunos de los cuales son ahora
directores de banco, registradores de la propiedad y notarios); era
existencialista porque quedaba bien, y porque te daba un aire
de desamparo y de genio al borde del suicidio que a veces (sólo a veces)
despertaba el instinto maternal y protector de las muchachas (ya universitario
en Salamanca, también me inventé oscuros e inconfesables traumas, insondables
vacíos vitales y severas depresiones, con el objeto de que aplicadas
estudiantes de Psicología se interesasen en introducirse en las profundidades
(riquísimas, sin duda) de mí alma mediante el test de Rorschach. Con el tiempo,
empero, me ha sido suficiente con un poco de Epicuro y otro poco de Marco
Aurelio y de Montaigne para soportar razonablemente bien la existencia. Pero
volvamos a la soledad.
2
Y creo que debemos comenzar por insistir en una aclaración (insinuada ya
en las objeciones que antes hacía a Ortega), porque me parece que no siempre se
la tiene presente todo lo que sería menester para evitar engorrosas confusiones
y no pocos malentendidos (como sucede, seguramente, con el filósofo madrileño).
Me refiero a que de ningún modo es lo mismo estar solo que estar
a solas. Uno puede estar (o mejor, sentirse) solo entre una multitud (y
acaso ahí más que en cualquier otra parte), y, en cambio, no estar (ni
sentirse) solo estando a solas. Por ejemplo, nadie (creo yo) con una buena
biblioteca está realmente solo; y hasta dudo que pueda sentirse verdaderamente
solo. Y es que tampoco es lo mismo, quiero decir que no es lo mismo estar
solo que sentirse solo. Considero que no es peregrina esta
nueva distinción, aunque no sea más que porque (digámoslo de una vez) si bien
es perfectamente factible sentirse solo, resulta, en cambio, del todo imposible
estar solo (estar solo, claro es, en términos absolutos, no meramente estar a
solas). Tratar de concebir un hombre solo, es un absurdo, un puro sinsentido;
primero, porque no habría sobrevivido, y segundo, porque, de haberlo hecho, no
sería propiamente un hombre. El que yo me encuentre aquí, en este preciso instante,
divagando sobre la soledad, es prueba más que suficiente de que ni estuve ni
estoy solo. No lo estuve, porque, de haberlo estado, no habría conseguido
sobrevivir: alguien me cuidó y me protegió, y también me transmitió una lengua
(gracias a la cual puedo hoy pensar sobre la soledad). Pero tampoco lo estoy:
me encuentro rodeado y sirviéndome de cosas que yo no he hecho ni sabría hacer
(este ordenador, por ejemplo, en el que escribo: ¡misterio insondable para mí
donde los haya!). ¿Cómo puede decir que está solo quien dentro de un rato
saldrá de casa para comprar el periódico y el pan o para sentarse a comer en un
restaurante? Mas no se trata únicamente que utilice objetos o me beneficie de
servicios que revelan la presencia de los otros: es que en este preciso
instante en que pienso y escribo a solas, no estoy solo, al contrario, me
acompañan cientos de individuos que aguardan pacientemente en los estantes de
mi biblioteca, dispuestos a hablar en el mismo momento en que yo se lo pida; y
aun añadiría que si ellos no hubieran hablado antes y yo no los hiciera hablar
ahora, no me sería posible pensar ni tampoco escribir. Es imposible estar ni
concebirse solo. Ni siquiera Robinsón lo estaba realmente: si pudo sobrevivir
fue por lo que sabía hacer (por lo que le habían enseñado a hacer) y
sirviéndose de los restos del naufragio; y acaso principalmente pudo sobre
vivir porque conocía de la existencia de los otros y esperaba
volver algún día con ellos.
Yo creo que todo esto se aclararía muy bien si no se nos tomase por
pedante extravagancia el echar mano aquí de esa profundísima distinción que
nuestros verbos ser y estar (un lujo de la
lengua española) nos permiten establecer: el carácter definitivo, permanente e
irremediable del ser, frente a lo circunstancial, pasajero y
fortuito o azaroso del estar. No es lo mismo, en efecto, ser de
Mieres que estar en Mieres. Lo segundo es una mera
coincidencia, una circunstancia ocasional, y, sobre todo, algo efímero, ya que,
como es obvio, se puede dejar de estar allí diez minutos más
tarde; lo primero, en cambio, es un hecho irrevocable y eternamente cerrado y
concluso; tan irrevocable como que aun en el supuesto de que a partir de un
determinado día nunca más vuelva a estar en Mieres, jamás, en
cambio, podré dejar de ser de allí. Pues bien, creo que,
paralelamente, cabe decir que se puede, sin duda, estar solo, pero
resulta, por el contrario, completamente imposible ser solo (ni
en el vivir cotidiano ni el pensar, diga lo que diga Ortega). Y se puede estar
solo, bien sea por meramente estar a solas (sin por
ello sentirse solo), o bien porque uno carece, objetivamente, de la
existencia de personas queridas, y entonces tiene entera razón al sentirse
solo. Mas también puede sentirse solo alguien que no
estándolo realmente, es decir, que contando con la presencia de esas personas
que le aman, por las razones que fueren es incapaz de advertirlo y de
apreciarlo, en cuyo caso, automáticamente se convierte él mismo en un ser despreciable
e indigno de amor (salvo que su ignorancia tengo por causa la enfermedad).
Que la soledad, así entendida (como ser solo), es,
sencillamente, una imposibilidad, lo encontramos perfectamente fundamentado ya
en el Lib. I de la Política de Aristóteles, donde,
inmediatamente después de su famosa definición del hombre como politikón
zôion (animal político o social), se nos dice que «el insocial por
naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»,
vale decir, un animal o un dios. Yo nada sé de la sociabilidad o la soledad de
los dioses, pero respecto a los animales (o la mayor parte de los animales y,
por supuesto, aquellas especies filogenéticamente más próximas a la nuestra)
hay que decir que son tan sociales como nosotros mismos, y que para ellos la
soledad, en los términos absolutos en los que ahora nos referimos a ella,
resulta tan impensable como para nosotros.
3
Pero de sobra sé que cuando la gente habla de la soledad se refiere, por
lo general, a otra cosa distinta; se refiere a que alguien ésta solo cuando
carece de parientes o amigos, y, con ellos, del amor y del cariño mínimos que
cada cual necesita para que su existencia le resulte medianamente tolerable y
razonablemente feliz. La consecuencia de ello es el sentirse solo, bien
porque objetivamente lo está (en el sentido en que ahora hablamos) o bien
porque, aunque no lo esté en realidad, así es como se siente. Ciertamente, tal
situación parece que ha de resultar extremadamente dolorosa, y una vez más se
haría obligado mostrarse de acuerdo con Aristóteles cuando, en la Ética
a Nicómaco, afirma que es «absurdo hacer del hombre dichoso un
solitario». Yo imagino que cuando alguien se halla en un estado tal (similar,
tal vez, a aquello en lo que pensaba Aristóteles cuando habla de «insocial por
azar»), no le queda otro remedio que hacer de la necesidad virtud y seguir a
Montaigne, quien nos aconseja que: «Si resolvemos vivir solos y sin compañía (o
no vemos obligados a ello, matizaría yo), hagamos que nuestro contento dependa
de nosotros mismos, desatemos los lazos que nos unen a los demás y adquiramos
el poder de vivir conscientemente solos y a nuestra manera», porque «la persona
de entendimiento no ha perdido nada mientras no se pierda a sí mismo». O
también puede frecuentar Las meditaciones del paseante solitario, de
Rousseau (quien yo no sé si estaba tan solo como creía, pero que, de todas
formas, como buen paranoico, no podía por menos de sentirse así), y escucharle
cuando dice que: «no me pertenezco a mí mismo más que cuando estoy solo, fuera
de eso soy el juguete de cuantos me rodean», así que. «no atándome más a nada,
sólo me apoyo en mí». Digamos de pasada que, contrariamente a lo que opina
Montaigne, Espinosa sostendrá que el hombre que, en soledad, «sólo se
obedece a sí mismo», es menos libre que aquél que, en el Estado, «vive
según el común decreto».
Después de Aristóteles, Epicuro no dudará en afirmar, por el contrario,
que el verdadero sabio, una de cuyas notas distintivas es la autosuficiencia,
bastándose a sí mismo, no necesita amigos. Y yo quisiera, en esta ocasión,
buscar un camino intermedio entre Aristóteles y Epicuro, entre Montaigne y
Espinosa, ya que, si bien es cierto que dolorosa tiene que ser la existencia de
aquél que no conoce el cariño o el amor, o que, conociéndolos, los ha perdido
irremediablemente y para siempre (y aún más dolorosa la de éste que la del
otro), ¡pobre de aquél que no sabe estar solo y hacer que su contento dependa
de sí mismo!
Hay una afirmación con la que yo me he encontrado tres veces en tres
autores distintos. Uno es Baudelaire, y los otros dos Pascal y La Bruyère.
Algún erudito (yo no tengo vocación de tal, ¡ni lo quiera Dios!) podría dar a
luz un hermoso artículo investigando si se les ha ocurrido por separado (cosa
poco probable) o, de no ser así, cuál de ellos fue el primero en formularla (o
si acaso hay otro antes). Evidentemente, Baudelaire quedaría descartado, pero
Pascal y La Bruyère tiempo tuvieron, mientras vivían, de leerse el uno al otro.
Ahora bien si los Pensées de Pascal aparecieron póstumos (eran
piezas de una obra que nunca escribió), entonces difícilmente pudo leerlos La
Bruyère, de donde resultaría que la idea original sería suya (y a mí,
permítaseme la frivolidad, me alegraría que así fuese, porque el intenso amor
que siento por él supera con creces la tibia amistad que me une a Pascal).
Quedémonos, pues, con la formulación del autor de Les Caractères:
«Todo nuestro mal –afirma– viene de no poder estar solos». Mucha gente, en
efecto, no sabe, no ya estar sola, sino ni siquiera estar a solas.
Completamente volcados al exterior, mendigan compañía como un perro caricias.
No hablo únicamente de histriónicos o narcisistas, en busca permanente de un
público al que impresionar, sino también de pobres infelices que no saben vivir
sino con los demás (no para los demás, sino con ellos),
porque a solas se sienten perdidos, porque ni siquiera saben qué hacer con su
soledad, y no respiran ni hallan paz hasta que una mano en su espalda (la del
amigo, sí, más también la del adulador o la del gorrón, hasta la del mentecato)
les tranquiliza y les asegura que el mundo está bien. Muchos de ellos
pertenecen, al mismo tiempo, al grupo de aquellos que aseguran no tener tiempo
para nada. A tales individuos les horrorizaría oír decir a Montaigne que:
«Siempre conviene tener una estancia, secreta y propia, en la que establezcamos
nuestra verdadera libertad y nuestra principal soledad y retiro».
Yo de mí sé decir que todas las cosas que me resultan verdaderamente
divertidas y placenteras puedo hacerlas solo. Y hasta me sentiría capaz de
añadir que no puedo hacerlas más que solo... (bueno..., hay una excepción; tal
vez dos). Suele decirse que pasados los cuarenta, un hombre es responsable de
su cara. Yo añadiría que también de su felicidad o de su desdicha, y por eso (y
dejando a un lado las servidumbres impuestas por un trabajo que le da de comer
y las obligaciones éticas y morales que le ligan a los otros) tiene, no ya el
derecho, sino la obligación de vivir para sí y para su contento como le dé la
gana (otra gran expresión del español ésta de dar o no
dar la gana, tan apreciada, por cierto, por Schopenhauer, quien bebía
del español, en tanto que Eugenio D'Ors les inventaba a los alemanes palabras
alemanas; y es que, al parecer, para dar forma a su pensamiento le quedaba
pequeña la lengua de Cervantes..., y por lo que se ve también la de Goethe,
aunque lo que sí está claro es que no podía pensar más que en ésta).
Ahora bien, yo en esto de la felicidad no prejuzgo nada. Se trata de una
cuestión tan relativa, tan subjetiva y psicológicamente relativa, que entiendo
perfectamente que a su consecución concurran proyectos de vida muy distintos,
todos ellos lícitos por igual (cuando lo son, naturalmente). Pero si alguien no
es capaz de vivir más que en la plaza pública, sepa que no seré yo quien le
dispute la tribuna de oradores o un asiento al sol: ocuparse de uno mismo es
suficiente quehacer. En Walden, de Thoreau, he tropezado con
el siguiente párrafo que creo bien podría suscribir yo casi al pie de la letra:
«Me parece saludable estar solo la mayor parte del tiempo –escribe Thoreau–.
Estar en compañía, aun en la mejor compañía –añade–, pronto resulta aburrido y
una pérdida de tiempo. Me encanta estar solo. Nunca he encontrado una compañía
que acompañe tanto como la soledad. La mayor parte de las veces estamos más
solos cuando salimos a buscar la compañía de otra gente que cuando nos quedamos
en nuestra habitación».
Pero si optamos por la soledad; una soledad, desde luego, relativa; una
soledad también, a veces, ocasionalmente, compartida; si optamos por la soledad
–digo–, hagámoslo en la medida en que contribuya a nuestro gozo presente, y lo
acreciente. No seamos tan ingenuos (ni tan memos) como para repetir con Séneca
que nuestro retiro obedece a que «yo trabajo en interés de la posteridad».
Primero, porque no somos Séneca, y segundo, porque tal pretensión (incluso en
el mismo Séneca) no es sólo absolutamente vana, sino también perfectamente
ridícula. Marco Aurelio, que lo sabía y lo había comprendido con toda claridad,
sabía, asimismo, que no hay más que una buena razón para estar solos: el
cuidado de nosotros mismos. «Apresúrate, pues, al fin –aconseja–, y renuncia a
las vanas esperanzas y acude en tu propia ayuda, si es que algo de ti mismo te
importa, mientras te queda esa posibilidad.»

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