© Libro N° 8952. Contra el Posmodernismo. El Reino del Conformismo Generalizado. Castoriadis, Cornelius. Emancipación.
Agosto 21 de 2021.
Título original: ©
Contra el Posmodernismo. El Reino del
Conformismo Generalizado. Cornelius Castoriadis
Versión Original: © Contra el Posmodernismo. El Reino del Conformismo
Generalizado. Cornelius Castoriadis
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El
Reino del Conformismo Generalizado
Cornelius
Castoriadis
Contra el Posmodernismo
El Reino del Conformismo Generalizado
Cornelius Castoriadis
Contra el Posmodernismo 1
El Reino del Conformismo Generalizado.
Cornelius Castoriadis
Traducción: Hernán Charosky
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El período “moderno” (1750-1950, para fijar las ideas) puede ser el
mejor definido por la lucha, pero también la contamina-ción mutua y el
encabalgamiento de dos significaciones ima-ginarias: autonomía de un lado,
expansión ilimitada del “d o-minio racional” del otro, mantienen una
coexistencia ambigua bajo el título común de la “Razón”.
A pesar de estas contaminaciones recíprocas, el carácter esen-cial de la
época se encuentra en la oposición y la tensión entre las dos significaciones
nucleares: autonomía individual y so-cial de un lado, expansión ilimitada del
“dominio racional” del otro lado.
La expresión efectiva de esta tensión se encuentra en el des-pliegue y
la persistencia del conflicto político, social e ideoló-gico. Como intenté
mostrar en otro lugar, ese conflicto ha sido, en sí mismo, la fuerza motriz del
desarrollo dinámico de la sociedad occidental durante esta época, y la
condición sine qua non de la expansión del capitalismo y de la limitación de
las irracionalidades de la “racionalización” capitalista. Es una sociedad
turbulenta -realmente turbulenta, intelectualmente turbulenta y espiritualmente
turbulenta- que ha constituido el medio que permitió la febril creación
cultural y artística de la época “moderna”.
_______________
1 Este texto es un fragmento del artículo homónimo del libro “El Mundo
Fragmentado” C.C. coedición de Nordan-Altamira.
La retirada al conformismo
Las dos guerras mundiales, la emergencia del totalitarismo, la derrota
(?) del movimiento obrero (a la vez resultado y condi-ción del corrimiento
catastrófico hacia el leninismo/stalinismo), el declinamiento de la mitología
del progreso, marcan la entra-da de las sociedades en una nueva fase.
Considerada aprés coup desde el punto de vista del cual uno se puede
situar al final de los años ochenta, el período que sigue a 1950, es
centralmente caracterizado por la evanescencia del conflicto social, político e
ideológico. Es cierto, el totalitaris-mo comunista está siempre allí, pero
aparece cada vez más como una amenaza externa, y su “ideología” sufre una
pulve-rización sin precedentes. Es cierto también, que los cuarenta últimos
años han visto nacer movimientos importantes de efec-tos durables (mujeres,
minorías, estudiantes y jóvenes). Estos movimientos, sin embargo, han terminado
casi jaqueados; nin-guno de ellos ha podido proponer una nueva visión de la
so-ciedad, ni afrontar el problema político global como tal.
Después de los movimientos de los años sesenta, el pro yecto de
autonomía parece sufrir un eclipse total. Se puede conside-rar esto como una
evolución conjetural, de corto plazo. Pero esta interpretación parece poco
probable, ante el crecimiento de la privatización, de la despolitización, y del
“individualis-mo” en las sociedades contemporáneas. Un grave síntoma
concomitante es la atrofia completa de la imaginación política.
La pauperización intelectual de los “socialistas” como de los
“conservadores” es aterradora. Los “socialistas” no tienen na-da que decir, y
la calidad intelectual de los portavoces del libe-ralismo económico de los
últimos quince años habrían hecho aullar en sus tumbas a Smith, Constant o a
Mill.
Intentar establecer los lazos causales entre los diversos aspec-tos y
elementos de la situación sería un sinsentido. Pero he señalado más arriba la
concomitancia entre la turbulencia so-cial, política e ideológica de la época
1750-1950 y las explo-siones creadoras que la caracterizan en el campo del arte
y la cultura. Para el período presente, basta con notar los hechos. La
situación después de 1950 es la de una decadencia mani-fiesta de la creación
espiritual. (En filosofía, el comentario y la interpretación textual e
histórica de los autores del pasado jue-gan el rol de sustitutos del
pensamiento). Esto comienza con el segundo Heidegger y ha sido teorizada, de
manera aparente-mente opuesta pero conducente a los mismos resultados, como
“hermenéutica” y “deconstrucción”. Un paso suplementario ha sido la reciente
glorificación del “pensamiento débil” (pen-siero debole).
Toda crítica será aquí desplazada; se estará obligado a admirar el
candor de esta confesión de impotencia radical, si ella no se acompañara de
“teorizaciones” espumosas. La expansión científica continúa, evidentemente,
pero se puede preguntar si no se trata de la continuación inercial de un
movimiento lan-zado hace mucho tiempo. Las explosiones teóricas del primer
tercio del siglo -relatividad, quanta- no tienen paralelo desde hace cincuenta
años. (La tríada de las teorías de los fractales, del caos y las catástrofes,
quizá sean la excepción). Uno de los campos más activos de la ciencia
contemporánea, donde se esperan resultados de una inmensa significación, es la
cosmología; pero el motor de esta actividad es la explosión técnica
observacional, mientras en su marco teórico permanece la rela-tividad y las
ecuaciones de Friedmann, escritas al principio de los años veinte.
Tan sorprendente es la pobreza de elaboración teórica y filosó-fica de
las implicaciones formidables de la física moderna (que ponen en cuestión, como
se sabe, la mayor parte de los postu-lados del pensamiento heredado). Pero el
progreso técnico continúa e incluso se acelera.
Si el período moderno, tal como fue definido más arriba, pue-de ser
caracterizado, en el dominio del arte, como la investiga-ción consciente de
ella misma en formas nuevas, esta investi-gación es ahora explícita y
categóricamente abandonada. El eclecticismo y la retirada hacia las obras del
pasado han ad-quirido la dignidad de programas.
Cuando Donald Barthelme escribió que “el collage es el prin-cipio
central de todo arte en el siglo XX”, él se equivocaba sobre las fechas
(Proust, Kafka, Rilke, Matisse no tienen nada que ver con el “collage”), pero
no se equivocaba en el sentido del “postmodernismo”.
El arte “postmoderno” ha dado un servicio verdaderamente inmenso: hacer
ver cuán grande fue el arte moderno.
El posmodernismo
A partir de las diferentes tentativas para definir y defender el
“postmodernismo” y con una cierta familiaridad con el Zeit-geist, se puede
hacer derivar una descripción sumaria de los artículos de fe teóricos o
filosóficos de la tendencia contem-poránea. Tomo prestados los elementos para
tal descripción de las excelentes formulaciones de Johann Arnason:
1- Rechazo de la visión global de la Historia como progreso o
liberación. En sí mismo, este rechazo es correcto. No es nuevo y, entre las
manos de los “postmodernistas”, no sirve sino para eliminar la pregunta:
¿resultan todos los períodos y todos los regímenes históricos-sociales
equivalentes? Esta eliminación conduce al agnosticismo político o bien a
divertidas acrobacias en las cuales se liberan los “postmodernistas” o sus
hermanos cuando se sienten obligados a defender la libertad, la democra-cia, los
derechos del hombre, etc.
2- Rechazo de la idea de una razón uniforme y universal. Aquí, en sí
mismo, el rechazo es correcto; está lejos de ser nuevo; y no sirve sino para
ocultar la pregunta abierta por la creación greco-occidental del logos y de la
razón: ¿qué debe-mos pensar? ¿Son todas las maneras de pensar equivalentes o
indiferentes?
3- Rechazo de la diferenciación estricta de las esferas cultura-les (por
ejemplo, filosofía y arte) que se fundaría en un princi-pio subyacente único de
racionalidad o de funcionalidad. La posición es confusa, y mezcla
desesperadamente muchas cues-tiones importantes. Por nombrar sólo una: la
diferenciación de las esferas culturales (o su ausencia) es, cada vez, una
creación histórico-social, esencial de la institución del conjunto de la vida
por la sociedad considerada. Esta diferenciación no puede ser ni aprobada ni
rechazada en abstracto. Y tampoco el proce-so de diferenciación de esferas
culturales en el segmento gre-co-occidental de la historia, por ejemplo, no ha
explicado las consecuencias de un principio subyacente único de racionali-dad
cualquiera sea el sentido de esta expresión. Rigurosamente hablando, no es sino
la construcción (ilusoria y arbitraria) de Hegel. La unidad de esferas
culturales diferenciadas, en Ate-nas como en Europa occidental, no se encuentra
en un principio subyacente de racionalidad o funcionalidad, sino en el hecho de
que todas las esferas encarnan, cada una a su manera y en el modo mismo de su
diferenciación, el mismo núcleo de significaciones imaginarias de la sociedad
considerada.
Estamos ante una colección de verdades a medias pervertidas en
estratagemas de evasión. El valor del “postmodernismo” como teoría es que
refleja servilmente y entonces fielmente las tendencias dominantes.
Su miseria es que suministran sólo una simple racionalización detrás de
una apología que se quiere sofisticada y que no es sino la expresión del
conformismo y de la banalidad. Se rego-cijan con las charlatanerías a la moda
sobre el “pluralismo” y el “respeto a la diferencia”, empalma la glorificación
del eclec-ticismo, el recubrimiento de la esterilidad, la generalización del
principio de “no importa qué” que Feyerabend ha oportu-namente proclamado en
otro dominio. Sin duda la conformi-dad, la esterilidad y la banalidad, el no
importa qué, son los trazos característicos del período.
El “postmodernismo”, la ideología que lo decora con una “completamente
solemne justificación”, presenta el caso más reciente de intelectuales que
abandonan su función crítica y se adhieren con entusiasmo a lo que está allí,
simplemente porque está allí. El “postmodernismo”, como tendencia histórica
efec-tiva y como teoría, es seguramente la negación del modernis-mo.
Porque en efecto, en función de la antinomia ya discutida entre las dos
significaciones imaginarias nucleares de la autonomía y del “dominio racional”,
y a pesar de sus contaminaciones recíprocas (la crítica de las realidades
instituidas no había jamás cesado durante el período “moderno”). Y es
exactamente eso lo que está desapareciendo rápidamente, con la bendi-ción
“filosófica” de los “postmodernistas”.
La evanescencia del conflicto social y político en la esfera “real”
encuentra su contrapartida apropiada en los campos intelectual y artístico con
la evanescencia del espíritu intelec-tual crítico auténtico. Como ya se dijo,
este espíritu no puede existir sino en y por la instauración de una distancia
con lo que es, la cual implica la conquista de un punto de vista más allá de lo
dado, un trabajo de creación. El período presente es, así, bien definible como
la retirada general en el conformismo.
Conformismo que se encuentra típicamente materializado cuando centenas
de millones de teleespectadores sobre toda la superficie del globo absorben
cotidianamente las mismas ba-nalidades, pero también cuando los “teóricos” van
repitiendo que no se puede “quebrar la clausura de la metafísica
greco-occidental”.
No basta entonces con decir que “la modernidad es un proyec-to
inacabado” (Habermas). En tanto que la modernidad ha en-carnado la
significación imaginaria capitalista de la expansión ilimitada del (pseudo)
dominio (pseudo) racional, ella está más viva que nunca, comprometida en un
torso frenético que con-duce a la humanidad hacia los peligros más extremos.
Pero, en tanto que ese desarrollo del capitalismo ha estado decisiva-mente
condicionado por el despliegue simultáneo del proyecto de autonomía social e individual,
la modernidad está acabada. Un capitalismo que se desarrolla estando forzado a
afrontar una lucha continua contra el statu quo sobre las cadenas de
fabricación tanto como en las esferas de las ideas o del arte, y un capitalismo
en el que la expansión no encuentra ninguna oposición interna efectiva, son dos
animales histórico-sociales diferentes. El proyecto de autonomía mismo no está
ciertamente acabado. Pero su trayectoria durante los dos últimos siglos ha
probado la inadecuación radical, para decirlo con moderación, de los programas
en los que se encarnó, sea la república liberal, o el “socialismo”
marxista-leninista.
Que la demostración de esta inadecuación en la experiencia histórica
efectiva sea una de las raíces de la apatía política y de la privatización
contemporáneas, no necesita ser subrayado. Para el resurgimiento del proyecto
de autonomía son necesa-rios nuevos objetivos políticos y nuevas actitudes
humanas, de los que, por el momento, los signos son raros. ■
Agosto de 1989

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