© Libro N° 8942. Cuando Pilato Se Opuso. Correa, Hugo. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
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Cuando Pilato Se Opuso. Hugo Correa
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Miranda
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Hugo Correa
Cuando Pilato Se Opuso
Hugo Correa
El Tierra, alto como un rascacielos de cuarenta pisos, se erguía
imponente entre las dunas del desierto azul. Al norte una cordillera, cuya
dentada cumbre hendía el cielo, se extendía a lo largo del horizonte hasta que
sus últimas estribaciones, en forma de mano, penetraba en el arenal como
quietas garras afiladas. Por el oeste y el sur solamente el yermo que, a la luz
del sol, despedía iridiscentes destellos.
Tras la cordillera, sobre sus faldeos septentrionales, en cuevas
revocadas con barro aglutinado, disimulados sus accesos por hirsutos bosques,
vivían los dumis. Desde la sala de mando, situada bajo la aguzada proa, el
capitán Ortúzar ¾hombre robusto, bajo y cejijunto, con una expresión colérica
troquelada en su rostro, sin la cual sus aplastados rasgos habrían parecido
faltos de relieve¾, repantigado en su asiento, observaba en la pantalla del
televisor diversas escenas de las poblaciones dumis, que el explorador autómata
¾un minúsculo helicóptero teledirigido¾ captaba y transmitía al cohete.
¾¡Qué mezcla de reptiles e insectos! Jamás podríamos convivir con ellos.
¾Es una imposibilidad social ¾apoyó Murchinson, el ingeniero de vuelo
estelar.
¾Y en la Tierra todavía se atreven a mencionar la incomunicabilidad de
los espíritus. Debemos felicitarnos de nuestra condición humana.
¾Bueno, imagino que los dumis también se dirán lo mismo, pero a la
inversa.
¾Sí, el optimismo es la calidad esencial de lo viviente. Sin embargo
creo que esos bichos se sienten avergonzados de su aspecto y costumbres: las
investigaciones de Rossi lo confirman.
¾Mm. Eso está por verse, capitán. Su imprevisto servilismo bien puede
ser una estrategia. Me parece una actitud exagerada.
Porque múltiples y contradictorias fueron las reacciones ante el arribo
del hombre. Empezaron con el asesinato a mansalva de Véliz: una de sus
venenosas lancetas traspasó al radioperador y su cuerpo, que se hinchó
horrorosamente hasta reventar, fue devorado en medio de una gran algarabía. No
conformes con eso, se lanzaron contra el cohete en un mal urdido ataque. El
Tierra ¾una inexpugnable fortaleza, cuyas alarmas descargaban automáticamente
su artillería¾ repelió la agresión en medio de un chirriar de carnes correosas
y bocanadas de rojo humo. La totalidad de los pueblos dumis habría sido incapaz
de tomarse la astronave, aunque hubiese contado con algún rudimento de
organización militar.
Y ocurrió lo inesperado: los dumis depusieron sus armas y, con el más
abyecto servilismo, ofrecieron a los hombres el gobierno de sus territorios;
reconocían así la superioridad humana.
Treinta días deberían permanecer los expedicionarios en el nuevo mundo
antes de volver a la Tierra. La oportunidad de asegurarse la conquista decidió
al capitán Ortúzar, jefe de la expedición, a aceptar la oferta, siempre que los
dumis se mantuvieran lejos del Tierra, pues su repulsivo aspecto y fetidez
natural
los hacían vecinos poco gratos. La condición fue aceptada con humildad.
Desde esa fecha los hombres pudieron circular libremente entre aquellos seres,
recibiendo además su colaboración en los estudios e investigaciones.
¾¿Estrategia? No, Murchinson. Si usted llama así al terror, le acepto la
idea. Nos temen, Murchinson. Eso es todo. No pueden olvidar esa noche en que un
centenar de ellos fue achicharrado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Hay
estrategia que valga frente a una técnica infinitamente superior? Multiplique
por mil la diferencia entre los conquistadores españoles y los aborígenes
americanos: aún así se quedaría corto en la relación hombre-dumi.
El televisor enfocaba a Rossi, el arqueólogo, parado ante una
construcción similar a una torre trunca.
¾Capitán, esto es el paraíso de la amoralidad: canibalismo, anarquía,
política, hurto legalizado y otras cosillas del mismo corte. Y, ¿sabe una cosa?
Están muy felices así. Sólo un aspecto de la civilización humana les ha llamado
la atención. Usted se va a reír: les ha impresionado la historia de Cristo.
Jamás han tenido un redentor.
¾¿Cree usted que les ha hecho falta? En ese sentido su evolución no se
ha visto entorpecida.
¾¡Pero este es un pueblo antiquísimo, capitán! Y usted ve que su
civilización es nula.
¾Bueno; también puede haber mucho de cretinismo congénito, ¿no?
¾Podría ser, aunque meses antes de nuestro arribo había aparecido un
profeta.
¾¿Un profeta?
¾Sí, vive en el desierto, se dice hijo de un ser superior, y algunos
dumis acuden todos los días a escucharlo. ¿Qué le parece?
Descendió la noche, anunciada por las sombras de los vecinos montes, las
que reptaron sobre las dunas hasta tocar el cohete. Millones de luces
perforaron la inmensidad: el Tierra, aislado baluarte de otro mundo, despedía
metálicos reflejos en la penumbra turquesa. Una estrella enorme, que se
destacaba nítida de sus vecinas, derramó una pálida luz desde el cenit.
¾Es una nova, como creíamos. Apareció hace treinta años, precisamente la
noche en que nació el profeta ¾informó Rossi, en la sala de mando. Una brisa
tibia, saturada de efluvios minerales, se arrastró por el desierto¾. Esa sería
la nueva estrella de Belén, capitán. También se supone que fue una nova.
¾Al menos nosotros no somos los reyes magos, ¿verdad, Rossi? ¾agregó con
indiferencia¾: ¿Estos engendros vinculan la aparición de esa estrella con la
llegada del profeta?
El arqueólogo se quedó mirando las tenebrosas montañas del fondo, morada
de los dumis.
¾No se explayan mucho sobre el tema. Si no hubiesen conocido la historia
de Cristo, de seguro que habrían guardado silencio. Aún así son parcos.
¾Nada en común tienen los hombres con estas hediondas alimañas, Rossi.
Son subproductos de la naturaleza. Así como me he negado a mostrarles el
cohete, me niego a considerarlos mis semejantes.
¾Cuesta aceptarlo, capitán ¾apoyó Nasokov, el astrogador jefe.
¾Y esa profecía, ¿qué ecos ha despertado entre estas bestias?
¾Sólo expectación, la que fue interrumpida por nuestra llegada.
La mayoría de los dumis encontraban ridícula la historia. Pero como el
traductor electrónico captaba a medias las voces de su infernal idioma, lo
averiguado por Rossi, llenando los vacíos con conjeturas, hacían un todo vago.
La doctrina del profeta parecía similar a la del Mesías terrestre: amor al
prójimo, humildad, rechazo de los bienes materiales en beneficio de la vida
eterna, etcétera. También realizó algunos portentos que podían considerarse
milagros: profetizó el arribo del Tierra y se opuso al ataque del cohete. Se acarreó
así la enemistad de la mayoría; ahora nada querían saber de él. Incluso se
hablaba de eliminarlo, para que dejase de perturbar al pueblo dumi.
¾Cuenta con algunos fieles, además de un grupo de discípulos, pero tan
apáticos que estoy seguro que a la primera lo abandonarán.
¾A estos bichos nadie los hará entender, Rossi. Los desequilibrados,
esos que creen poder arreglar el mundo, existen en todas partes, así sean
gusanos los pobladores de un planeta. Pero los dumis nunca podrán comprender ni
los más mínimos principios de convivencia. ¡Se comen entre ellos!
¾Sí ¾asintió Rossi¾, arreglan sus malos entendidos en combates
singulares, y el vencedor, luego de elegir las presas más apetitosas, deja el
resto a la «colectividad». Y se va solo a banquetearse.
¾Desconocen la ley y la política. ¾El capitán acompañaba sus palabras
con enérgicos movimientos de sus cortos brazos¾. Sólo se unieron para
atacarnos, pero sin elaborar ningún plan previo, porque ni para eso les da.
¾Pero en más de una ocasión han venido a solicitar su juicio, capitán.
Eso ya es algo: toman en serio su papel de súbditos.
¾Porque no quieren hacer frente a ninguna responsabilidad. Hemos
reemplazado sus rudimentos de gobierno en forma ventajosa para ellos: siguen
disfrutando de su libertad, haciendo todas las fechorías que les place, a
sabiendas que no intervendríamos en sus asuntos así decidieran devorarse
mutuamente en una sola orgía. Lo cual sería una espléndida solución, ¿no?
Porque he de decirles una cosa: durante la colonización de este planeta no va a
quedar ni un dumi vivo. Estamos procediendo en forma humanitaria porque todavía
no ha llegado el momento de poner las cosas en su lugar. Pero cuando los
hombres vengan en busca del espacio vital que está faltando en nuestro mundo,
comenzará la matanza. Supervivencia, muchachos, nada más. El hombre no va a
compartir con el dumi este magnífico planeta, susceptible de colonizar sin
recurrir a costosos métodos artificiales.
Las palabras del capitán resonaron con un eco definitivo. Una de la
lunas ¾inmensa como una rueda de molino¾, con sus llanuras festoneadas de rojo
y gualda, desérticas como las del satélite terrestre, emergía en esos instantes
del arenal. Su luz tornasolada envolvió al Tierra con un gélido manto.
¾¿Qué ocurre?
En la pantalla apareció el rostro de uno de los hombres que montaban
guardia.
¾El centinela ha detectado un grupo de dumis que se dirige hacia acá,
capitán. ¿Qué hacemos?
El capitán pareció asombrado.
¾Yo les hablaré.
En breves segundos el explorador, sostenido por su silencioso rotor, se
detuvo sobre los dumis. Un haz de luz deslumbró a los monstruos. Retrocedieron
agitando sus múltiples brazos.
¾¿Qué desean? ¡No deben aproximarse ni un metro más!
El traductor irradió las palabras de Ortúzar por medio del parlante del
autómata. Uno de los dumis ¾que en nada se distinguía del resto¾ silbó su
respuesta, la cual fue captada por los micrófonos del helicóptero.
¾Hemos capturado a un individuo que se hace pasar por profeta. Como ha
conseguido engatuzar a una parte de nuestro pueblo, deseamos que usted nos
autorice para sacrificarlo ante el peligro que separe al pueblo dumi y acarree
una guerra.
¾¿Desde cuándo están tan melindrosos? ¾preguntó el capitán a Rossi¾. ¿No
se matan a diario entre ellos para almorzarse sin consultarnos?
¾Únicamente por razones personales, o cuando tienen mucha hambre,
capitán. Nunca ha habido guerras entre los pueblos dumis.
¾Ah, tienen sus principios.
Permaneció pensativo unos instantes. La muchedumbre, enfocada por el ojo
electrónico, esperaba inmóvil la sentencia.
¾¿Y si de verdad fuese el redentor? ¾exclamó el arqueólogo.
¾¿Y qué?
¾Pues significaría, ni más ni menos, que usted estaría haciendo el papel
de Poncio Pilato, capitán.
Ortúzar se mordisqueó las uñas y miró a sus hombres, que guardaron
silencio.
¾¿Y qué más da después de todo? Ellos sabrán lo que hacen.
¾No es tan simple, capitán ¾replicó Rossi¾. Por mucho que pertenezca a
una especie repulsiva, ese profeta trata de predicar buenas cosas. Quizá su
doctrina cambie a este pueblo. Yo que usted no daría un juicio así a la ligera.
¾Sí, es cierto. Me están poniendo en un aprieto.
¾Dígales que esperen unos minutos.
El capitán Ortúzar, por primera vez en sus cuarenta años de vida,
vacilaba. Pero se decidió a seguir el consejo de Rossi. Los dumis contestaron
que esperarían allí su decisión.
Ortúzar comenzó a pasearse por la sala de mando. Observó el instrumental
reluciente, los complejos cuadrantes, las palancas y botones policromos, las
pantallas de radar y televisión, todo el maravilloso instrumental capaz de
conducir la astronave a través del Cosmos sin la intervención humana.
«Están condenados. Cualquiera sea mi decisión, en nada alterará su
futuro. Les haría un favor si me opusiese al sacrificio de ese profeta. Si una
astronave hubiera llegado a la Tierra en vísperas del Gólgota, y su capitán
hubiese evitado la Crucifixión, la humanidad no hubiera tenido que esperar
tanto tiempo la llegada de la tecnología.»
Se detuvo frente a la biblioteca y, presionando un botón, susurró el
nombre de Poncio Pilato ante el micrófono. Una voz impersonal reseñó la
biografía del tetrarca.
«¡Qué estúpido! Por eludir responsabilidades perdió la oportunidad de
convertirse en el más grande benefactor de la humanidad. ¡Una lavada de manos
que sumergió al mundo en quince siglos de tinieblas! Que desencadenó un período
de estúpidas guerras religiosas para imponer cosas abstractas, sin ningún
resultado positivo.»
Miró el televisor: en la pantalla, el sombrío grupo.
«¡No hay escapatoria para vosotros! En dos siglos más seréis
destruidos.»
Se asomó a la ventana. La luz, alta sobre el horizonte, interponía una
cortina invisible sobre las nacientes estrellas, tornándolas tenues, casi
imperceptibles. Sólo la gran estrella, la nova, mantenía su radiante fulgor.
Muy pronto el segundo satélite haría su aparición; en el horizonte un
resplandor rojizo, como un gigantesco domo transparente, anunciaba su salida.
«Si Dios existe, no cabe duda que se olvidó de los dumis. Y si es que
espera mi sentencia en Su Hijo, es evidente que llegó demasiado tarde. ¡Nada
podrá hacer para salvar a su pueblo! Sin embargo...»
El capitán se golpeó la frente.
«¡Casi se me va! No debo permitir que ese profeta muera.»
El arqueólogo, Murchinson, y los dos astrogadores se aproximaron al
capitán.
¾Señores, me opondré al sacrificio de ese profeta.
Se produjo un corto silencio, que interrumpió Rossi:
¾¿Está seguro de lo que hace, capitán?
¾No se ponga suspicaz, Rossi ¾rió el capitán¾. ¿Cree que trato de hacer
una sutileza teológica? No. Soy práctico ante todo: la doctrina de ese profeta
convertiría a los dumis en seres mansos y humildes. Y
todavía en la Tierra quedan espíritus retrógrados que, por ese motivo,
se opondrían a su exterminio. Sería fatal: los dumis, a la larga, como hijos
autóctonos de este mundo, podrían llegar a asimilar nuestros conocimientos y
reducir a los hombres, que tendrían en su contra el hecho de ser trasplantados.
¿Han comprendido? Supervivencia, señores. Debemos mirar más adelante y no
conformarnos con la labor de meros exploradores. Mi decisión será trascendental
para la raza humana, porque no les dejaremos irritantes problemas.
De nuevo fue el arqueólogo el que habló, en vista del silencio de los
demás:
¾¿No le parece que extrema su acuciosidad, capitán?
¾Yo creo que el capitán tiene razón ¾terció Murchinson¾: me parece una
idea excelente.
¾A mí también ¾dijo Nasokov.
Los otros asintieron por turno.
¾¿Y qué piensa hacer con el profeta y sus discípulos? ¾preguntó Rossi.
¾Encerrarlos en la bodega y llevarlos a la Tierra, simplemente. Servirán
de muestra. Es la única manera de garantizar su supervivencia.
¾Es que en la Tierra se formarían una excelente impresión de los dumis
con esa muestra, capitán ¾insinuó Rossi.
Ortúzar montó en cólera:
¾¡Yo mando aquí, Rossi! Si es preciso mataré a esos bichos una vez que
nos encontremos en el espacio para evitar lo que usted dice. ¿O piensa que no
lo había previsto?
El capitán se dirigió al televisor y habló con voz seca:
¾Mi sentencia es ésta: debéis entregarme al profeta de inmediato.
La respuesta pareció irritada, aunque temerosa:
¾¿Podríamos conocer los motivos de esa decisión?
¾No; esa es mi sentencia, y debéis acatarla.
¾Señor, en este caso especial creemos que usted debe explicar al pueblo
dumi las razones que lo movieron a dar ese juicio.
¾¿Qué me dicen ustedes? ¾El capitán se volvió a sus hombres entre
divertido y amoscado¾. ¿Darles explicaciones a esos engendros? ¡Tienen cada
ocurrencia!
Y añadió, dirigiéndose a los monstruos:
¾En este caso especial, queridos dumis, se hará lo que yo ordene. Y juro
que si no obedecéis os exterminaré a todos. ¿De acuerdo?
Los dumis cambiaron palabras en voz baja. El capitán no perdía de vista
al profeta, el cual se distinguía por un raro adorno que surgía de su cabezota.
¾Usted manda, señor ¾la voz llegó incolora a través del parlante¾.
Creemos que esto es una arbitrariedad porque...
¾¡Basta! ¾rugió el capitán¾. Hagan avanzar al profeta y sus discípulos.
Y ustedes, a retroceder. ¡Cuidado con intentar una traición!
De mala gana el grupo se abrió para dejar paso a los condenados.
¾¡Apúrense! ¡Antes que me arrepienta!
Los quince dumis se alejaron de sus captores, y avanzaron en desordenado
tropel hacia el cohete.
¾Capitán ¾tartamudeó Rossi¾, dé contraorden. Está cometiendo un error...
Rossi tropezó con una saliente del panel de instrumentos y perdió el
equilibrio. Al tratar de recuperarlo dio la impresión de abalanzarse sobre
Ortúzar. Nasokov, el más próximo, reaccionó en un abrir y cerrar de ojos:
resonó un golpe seco, y Rossi, alcanzado en el mentón, cayó al suelo. Hizo un
débil esfuerzo por incorporarse y volvió a desplomarse pesadamente.
¾Déjenlo ahí ¾ordenó el capitán. Y mandó a los que montaban guardia en
la cámara de acceso¾:
Apréstense a recibir al Hijo de Dios. En cuanto haya entrado, tráiganlo
a mi presencia.
Agregó, dirigiéndose a los otros:
¾Trataré de contener el asco en vista a la personalidad que nos visita.
El grueso de la tripulación dormía. La monstruosa criatura ingresó
bamboleándose en el recinto. Recordaba a los arácnidos y lagartos,
paralelamente. Cabeza grande, poliédrica, de donde surgían, por cuatro lados,
otros tantos ojos de múltiples facetas y raras antenas vibrátiles. Numerosos
tentáculos articulados, rematados en extrañas garras afiladas, recubiertos de
cerdas, entre los cuales relucían gotículas verdosas, como rocío en el pasto,
emergían del informe cuerpo. Placas de una substancia durísima, parecidas a
élitros, protegían sus flancos, pecho y espaldas. Caminaba semierguido,
apoyándose en un haz de patas cortas y delgadas. La oscura tonalidad del
monstruo contribuía a acentuar su fealdad.
Sucesivamente penetraron en el cohete los catorce discípulos, y el
dantesco grupo, en el centro de la cámara, ofreció un aspecto que habría podido
denominarse de humildad, de haber sido posible asimilar sus actitudes a las
humanas. Un olor acre y repulsivo se esparció por el ambiente, a pesar del aire
acondicionado.
¾Que el profeta, ese que tiene adorno en la cabeza, suba ¾ordenó el
capitán¾. Los demás deben esperar ahí hasta nueva orden.
Rossi fue arrastrado fuera de la sala de navegación: aún no recuperaba
el conocimiento. Los otros
mantenían los ojos fijos en el ascensor: se abrió la puerta de corredera
e hizo su entrada el dumi. Avanzó
con cierta majestad, desplazándose con esa curiosa manera de sus
congéneres, que parecían caminar al sesgo. Los hombres tuvieron que reprimir un
gesto de pavor. El capitán lo conminó a detenerse a una prudente distancia.
¾Bueno, imagino que usted estará agradecido con nosotros por haberlo
salvado de una muerte segura.
Al decir esto el capitán hizo un rápido guiño a Murchinson, diciéndole
entre dientes:
¾¿Hablará en parábolas esta alimaña?
¾Ciertamente ¾replicó el profeta. Es decir, emitió una serie de silbidos
y chirridos, mezclados con un vagido prolongado, que rebotó en los rincones de
la sala. El traductor cumplió su misión en una milésima de segundo y una voz
humana, opaca y metálica, retransmitió la respuesta¾. No esperábamos menos de
la bondad humana.
¾¡Ah! ¾exclamó el capitán. Ahora fueron voces electrónicas, capaces de
reproducir con mucha fidelidad la fonética dumi, las que salieron por el
parlante. El esperpento torció cómicamente la cabeza para escuchar mejor¾:
Significa eso que mi intervención no ha contrariado sus planes.
¾Hace mil años ¾replicó el dumi¾ se hizo una profecía en nuestro pueblo:
que los dumis serían redimidos el día que llegaran unos seres del más allá. La
primera parte de esa profecía se ha cumplido: los hombres llegaron a nuestro
mundo.
¾¿La conocía usted, Rossi? ¾preguntó el capitán, buscando al arqueólogo
con la vista. Sólo entonces recordó que aquél dormía en su camarote. Hizo un
gesto de contrariedad, y volvió a interpelar al profeta¾: ¿Qué más decía esa
profecía?
¾Que esos seres, pertenecientes a una raza superior, ya redimida,
arribarían a nuestro planeta precisamente por la época en que yo estaría
predicando mis doctrinas. También se ha cumplido esa parte.
El capitán se puso nervioso. Algo marchaba mal. ¿Por qué tenía que estar
conversando con aquél fétido bicho? Ya había cumplido su propósito: estaba en
su poder.
¾Por último ¾prosiguió el dumi¾, que esos seres tratarían de evitar
nuestra redención, oponiéndose a que yo fuese sacrificado.
¾¡Oliveira, Fresnay! ¾rugió el capitán, asaltado por una repentina
sospecha.
No alcanzó a completar la orden: el profeta se precipitó sobre él.
Ortúzar sacó la pistola e hizo fuego. El monstruo reventó en una nube de humo
rojo. Tosieron los hombres, asfixiados por el nauseabundo hedor. Cayeron a
tierra, donde se quedaron inmóviles, esfumados sus cuerpos tras la niebla
escarlata.
El capitán volvió en sí: se encontró maniatado en una silla. Ante sus
ojos, semivelados aún por el narcótico, adquirió forma uno de los dumis. Ahogó
un gemido. Varios monstruos deambulaban por la vasta sala, examinando curiosos
el panel de instrumentos. No lo tocaban: se limitaban a mirarlo, intercambiando
comentarios por lo bajo, que el traductor electrónico no alcanzaba a captar.
Persistía en el ambiente el hedor del dumi volatilizado, aunque el
acondicionador de aire seguía funcionando. Una garra informe,
velluda, saturada de gotícula, se agitó ante sus ojos. Ortúzar echó la
cabeza atrás para alejarse de la bestia. Al mirar en derredor, en busca de
auxilio, pudo ver a sus compañeros, también atados, que empezaban a recuperar
la conciencia. Pero no tuvo tiempo de seguir observando. Algo le rozó el
cuerpo: una lanceta roja, larga como un florete, surgida de una de las
extremidades del dumi, se proyectaba sobre su pecho. Sintió la aguzada punta
del aguijón presionándolo con suavidad. En sus oídos resonaron simultáneamente
las sibilantes palabras del engendro, y la voz metálica del traductor.
¾Desconecte las alarmas y abra las puertas.
La orden no admitía réplica ni dilación. Ortúzar se dirigió al panel, y
accionó varias palancas. Apoyada contra su columna vertebral sentía el extremo
del punzón. Las ataduras le permitían mover las manos con cierta desenvoltura.
Vagamente cruzó por su imaginación la idea de poner en marcha los reactores: la
aceleración del cohete reduciría a la impotencia a sus captores, aunque también
los hombres sufrirían los efectos de la inercia. Pero comprendió que la lanceta
lo atravesaría antes que el Tierra, impulsado por el chorro atómico, comenzara
a elevarse.
¾Vuelva a su sitio ¾ordenó el dumi.
Otro dumi se asomó al ventanal para avisar a los de afuera que las
escotillas estaban abiertas.
¾Habéis mirado en menos a los dumis, hombres ¾dijo entonces el que hacía
las veces de jefe, el mismo que amenazara al capitán, sin duda uno de los
apóstoles¾. Si bien desconocemos los secretos científicos y técnicos de los
humanos, somos grandes sicólogos. ¿Qué mejor que hacerles creer a los hombres
que el Hijo de Dios había llegado a predicar sus doctrinas entre nosotros? El
hombre no perdería la oportunidad de burlarse de Dios: en su retorcida mente
nacería la ocurrencia de oponerse al sacrificio del Redentor. ¡Una demostración
que el Hacedor había sido superado! Porque aquél que usted mató, capitán, no
era profeta ni el Hijo de Dios; era sólo un dumi corriente. Él y nosotros, sus
«discípulos», ingerimos ciertas plantas que, de ser volatilizados nuestros
cuerpos por vuestras malditas armas, esparcirían un gas que os reducirían a la
impotencia, pero sería inofensivo para nosotros. El éxito superó nuestras
expectativas: vuestros ingeniosos sistemas de ventilación llevaron rápidamente
ese gas a todo el cohete antes de purificarlo, y todos los tripulantes quedaron
a nuestra merced en cosa de segundos. Como ustedes ven, el que murió nos ha
redimido.
¾¿Redimido? ¿Qué quieres decir? ¾tartamudeó el capitán.
¾Nos ha redimido de ustedes. Escuchen: dentro de doscientos años
terrestres, cuando los hombres, cansados de vuestro silencio, lleguen aquí,
estaremos en condiciones de hacerles frente. Porque ustedes nos enseñarán todos
sus conocimientos y nos convertiremos en un pueblo altamente civilizado. E
impediremos que la especie humana pise nuestros territorios.
¾¿Y la profecía?
¾No conocíamos profetas ni redentores. Venid.
El grupo de prisioneros fue conducido a la ventana de observación. Miles
de dumis ¾fieras siluetas que se movían bajo la luz policroma de las lunas¾
rodeaban al Tierra; muchos entraban en su interior a través de las abiertas
escotillas.
¾Capitán ¾balbuceó Rossi¾, cuando Nasokov me golpeó quería advertirle
una cosa. ¾¿Qué?
¾Según las tradiciones bíblicas, la redención, debido a su origen
divino, no puede ser impedida por nadie.
Ya en descenso la gran nova, opacada por las lunas, cintilaba tenue
sobre el desierto.
F I N

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