© Libro N° 8943. Carrusel. Correa, Hugo. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
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Carrusel. Hugo Correa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Hugo
Correa
Carrusel
Hugo Correa
—¿Listo, señor Kachur?
—Sí, coronel.
—¡Fuego!
Al cabo de siglos de quieta soledad las rojas arenas recibieron el
cuerpo del hombre. Declinaba el día:
un sol pequeño esparcía luz sobre las dunas.
—Sáquenle la ropa y sepúltenlo. El traje nos puede servir. Los espero en
la base.
Las botas hollaron el arenal, haciendo el camino de regreso. Los otros
dos pares de botas se aproximaron al caído. Removieron el desierto marciano
hasta hacer una oquedad suficiente para contener el cadáver. Luego la roja
mortaja envolvió los despojos, empujada por el invasor.
—La cara que puso cuando el coronel lo desenmascaró. Es la primera vez
que he visto la desesperanza en una persona. Era un niño, casi.
—Se lo merecía este traidor. Pasaremos tres meses abandonados aquí.
Ilya, con un poco de habilidad, estaba en condiciones de asesinarnos a todos, y
esperar tranquilo el regreso de los cohetes. El único sobreviviente de
cualquiera fingida calamidad. Habría regresado en calidad de héroe y, antes que
lo descubriesen, tendría ocasión de escaparse para ir a dar cuenta a sus
amigos.
Un montículo señalaba la tumba del ajusticiado. El sol se ponía en esos
instantes; se alargaron las sombras de las dunas y pasaron sobre el túmulo como
un parpadeo. Los hombres emprendieron la vuelta a la base. A lo lejos se
recortaban contra el cielo las primeras colinas del extremo meridional de la
Gran Syrte, la mancha verde del planeta.
El frío de la noche marciana se abatió sobre el yermo. Se recubrió el
arenal de gemas: gotículas de agua rápidamente congeladas. Una túnica púrpura,
recamada de brillantes, rodeó la Gran Syrte. Deimos asomó un cuerno en
lontananza, y se lanzó en raudo vuelo por encima de las constelaciones. Los
despojos del muchacho descansaban envueltos en la mullida piel del planeta. Ya
no sangraban las heridas, obturadas por el polvo: el sedimento le insufló al
cadáver su milenario calor. Lo impregnó con su decantación eónica. Se removió
el montículo, y surgió de él una mano que se agitó bajo el resplandor astral,
seguida de inmediato por una faz enrojecida, por cuyas mejillas resbaló la
arena. Los revividos dedos limpiaron los ojos, las narices y los labios. Ilya,
enterrado hasta la cintura, abrió los ojos y oteó, sorprendido, el panorama.
Una frescura a tierra añosa y a hielo nocturno dilató sus narices. Respiró a
pleno pulmón la etérea atmósfera. Se sacudió el pelo y, con un pequeño
esfuerzo, se puso de pie. Miró su sepultura con cierta extrañeza, como si se
tratara del recién dejado lecho. Entonces recordó.
—Me mataron. Sin embargo... ¿Y las heridas?
Los cinco orificios causados por las balas eran manchas ligeramente
oscuras, apiñadas sobre el corazón. Los dedos comprobaron que la piel, en esa
zona, permanecía lisa y suave al tacto, sin hendiduras ni asperezas.
—El coronel se salió con la suya. ¿Cómo se las arreglaría? Con seguridad
se valió de mis viajes al extranjero. Tiene buenos amigos en la policía
secreta. ¡Qué le vamos a hacer! Si me dirijo al campamento los mataría a todos
con la impresión. Pobres. Los hombres son débiles: necesitan trajes del espacio
y una presión adecuada para resistir este ambiente. Y yo, ¿qué soy? ¿He dejado
de ser hombre?
Contempló el desierto: una alfombra escarlata, salpicada de luces
iridiscentes, ligeramente sombreadas por las mórbidas dunas. El veloz Deimos
rasgaba la inmensidad como un puñal malayo esgrimido por una mano invisible.
Las enormes, rutilantes estrellas, lo saludaron alegres. Un aerolito cruzó el
firmamento: su radiante cola permaneció largo rato deshaciéndose contra la
galaxia.
—No, no soy un hombre. Soy un neomarciano.
Dio un prodigioso salto y aterrizó con la desenvuelta ligereza de un
bailarín, levantando una tenue nube de polvo. Siguió brincando y desplazándose
sobre la fulgente arena, sin cuidarse de tomar un rumbo determinado, sino con
la despreocupación de quien ejecuta una danza en un escenario ilimitado, al
compás de una melodía que se acomoda a los pasos del danzarín.
—Ya has brincado bastante, ¿no?
Una voz a sus espaldas: una voz humana, sonora, que se esparció sobre
las dunas con un eco diáfano, hendiendo de pronto la quietud. Ilya se volvió.
Un hombre lo observaba desde la cresta de una duna. No llevaba ropas y su piel
desprendía una leve luminosidad.
—¿Quién eres? —indagó Ilya. Notó que su voz, como la del aparecido,
surgía con extraordinaria potencia y se quedaba vibrando, haciendo tintinear el
congelado rocío.
De un salto el otro estuvo junto a él. Lo examinó con tranquila
curiosidad. Los rasgos de su rostro parecían poco firmes. Cambiaban
constantemente, como la imagen reflejada por una laguna de suave oleaje.
—Un marciano. Pero de los viejos marcianos: No un neomarciano como tú.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te vi llegar.
—¡Me viste llegar! —exclamó Ilya—. Pero, ¿dónde estaban ustedes? Este
planeta no tiene habitantes.
—Eso creen los hombres. Pero estoy aquí, ¿no es así?
Ilya se dejó caer al suelo, confuso. El marciano se sentó frente a él.
—No trates de explicártelo. Somos una raza vieja; dominamos las
dimensiones, ¿ves? Desde hace siglos, en previsión de una posible visita
extramarciana, nos cambiamos a la dimensión vecina para que no nos viesen.
Elemental.
Asió un puñado de arena y la hizo deslizarse entre sus dedos: cayó a
tierra como una cascada radiante.
Ilya lo imitó.
—Has de saber que mis compatriotas me mataron. Alguien llamó desde la
Tierra y me acusó de traidor al coronel.
El marciano le hizo un alegre guiño.
—Estás vivo; es decir, naciste a la vida marciana con tu muerte
terrestre. La vitalina te resucitó.
—¿La vitalina? ¿Qué es eso?
Por toda respuesta el otro tomó un puñado de arena y la engulló, dando
muestras de gran deleite.
—Hemos recubierto el planeta con esta substancia, la cual ahora se
regenera sola bajo la influencia de la energía cósmica. Deseábamos tener un
planeta confortable. Únicamente en el desierto, donde están tus ex congéneres,
no hay vitalina.
—¿Desierto? ¿Así llamas a la Gran Syrte, la zona verde más extensa del
planeta?
—Es el desierto, la única región estéril que nos queda. Pronto será
también productiva.
—¿Y qué piensan hacer con los hombres? ¿No van a decirles que aquí hay
gente?
—No tenemos tiempo. Si tuviésemos que explicarle a cada habitante de
otro mundo cómo vivimos, esto sería el infierno. Por eso los dejamos venir y
hacer lo que quieran. Es asunto de ellos.
—Me parece un egoísmo sin nombre. Ustedes son iguales a nosotros...
—¿Iguales? —El marciano se puso a reír—. ¿Lo dices por mi apariencia?
Para hablar contigo me he visualizado como hombre. Pero no soy así.
Dicho lo cual la humana forma se hinchó y se convirtió en segundos en un
cuerpo ovoide, de ambarinos destellos y ligeramente translúcido. Dio dos o tres
saltos en el desierto —una pelota liviana y flexible que rebotaba—, y prosiguió
con una voz susurrante, suave y adormecedora:
—No somos muy parecidos que digamos, ¿verdad?
Ilya tragó saliva.
—Y tus compatriotas, ¿no me harán el vacío por mi aspecto?
—En absoluto —replicó el huevo—. No juzgamos por el físico. Mal que mal
somos civilizados. Y, sinceramente, hay formas peores que la humana en esos
mundos.
Señaló el cielo con un apéndice que surgió y desapareció veloz de su
parte superior. En seguida, se alejó dando ágiles botes.
—¡Espera! —gritó Ilya—. Espera. Todavía tengo preguntas que hacerte.
Volvió el ovoide.
—¿Qué quieres?
—¿Hay ciudades en Marte?
—¿Ciudades? —Trataba de recordar; el esfuerzo se traducía en rápidos
cambios de color que abarcaban toda su nacarada superficie—. ¡Ah! Ciudades...
Se estremecía entero, como si de un momento a otro fuese a deshacerse y
desparramarse por el suelo.
—¡Qué gracioso! ¡Ciudades!
—¡No veo dónde está lo gracioso! —exclamó Ilya, amoscado—. La ciudad es
el símbolo de la civilización.
—De la civilización primitiva, querrás decir. No; aquí no hay ciudades.
Hace miles de años, en la Era de la Forma Constante, existieron.
—¿Qué Era es ésa?
—Cuando los marcianos tenían que conformarse con la figura dada por la
naturaleza. Como comprenderás, eso es antiquísimo. Es paralelo a las ciudades,
a la democracia, a la igualdad, al comunismo, etc.
—Pero, ¿qué régimen político impera hoy en Marte?
—El Nomadismo Libre. Cada uno hace lo que le place, va donde le place y
se queda donde le place. Anarquía Racionalizada, en otras palabras. En un
sistema así no pueden existir las ciudades, como comprenderás. El Universo es
demasiado amplio como para quedarse mucho tiempo en una parte determinada. Y
menos desde que dominamos la teleportación. Ya aprenderás todo eso. A
cualquiera le puedes preguntar.
Se elevó a gran altura. Ilya esperó su caída y el próximo rebote. Pero
el huevo se desvaneció en el aire.
El desierto recuperó su soledad.
Ilya se encontró con el segundo ovoide cuando creía hallarse cerca de
sus compatriotas. Ahí estaba la Gran Syrte; pero ni rastro de las
instalaciones.
—Vaya, ¿cómo las vas a ver si te encuentras en otra dimensión? Tienes
que aprender primero a teleportarte. Entonces estarás en condiciones de ir al
Marte de ahora, del pasado y del futuro. Y todo esto dentro de sus infinitas
dimensiones paralelas. Porque has de saber que cada mundo posee infinitos
estratos dimensionales. ¿A qué hombres quieres ver?
—A mis compatriotas. Llegué a Marte con tres hombres como yo.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—El marciano vive en el presente. Espacio-tiempo-continuo con
discontinuidad-extratempórea-hiperespacial, es decir, teleportación. Para tu
comodidad hablemos de presente-menos y de presente-más. Es una aberración, por
cierto. Pero es lo único asimilable al ayer y al mañana, esos arcaicos
conceptos. En un presente-menos llegaste a Marte. Perfecto. Pero, ¿cuánto
habría que restarle al presente para tener tu hora de llegada?
—Eso es fácil —replicó Ilya—. Llegué de día: el sol estaba alto en el
cielo cuando aterrizamos. Bajó el sol y llegó «esta» noche.
A lo que el marciano observó con displicencia:
—Vas a tener que buscarte a otro para que te aclare tus problemas. Desde
que nací evito los días. Me teleporto de noche a noche. No me gusta el sol,
¿ves? Y vengo llegando recién de Pólux.
Ilya empezó a impacientarse.
—Por favor —rogó—. ¿Cómo puedo aprender a teleportarme?
—Es muy sencillo: entiérrate en la vitalina pensando en la
teleportación. Vas a perder la conciencia.
Cuando la recuperes sabrás teleportarte.
Continuaba la noche. Ahora era Fobos, el satélite, que recorría su
vertiginosa órbita. Deimos estaba por hundirse en el rielante horizonte.
—Teleportación. Basta pensar en una época o en un lugar cualquiera y
estaré ahí. Necesito ir donde los hombres y enseñarle estos prodigios. Me
convertiré en el máximo benefactor de la humanidad. El coronel se pondrá verde
de envidia.
Aspiró el fresco aire a bocanadas.
—Hola, neomarciano —le dijo alguien a su lado.
Un ovoide le observaba, lanzando suaves destellos.
—He aprendido a teleportarme —le comunicó él, con orgullo.
—Cuídate. Es un deporte peligroso.
—¿Por qué?
—Careces de la propiedad nuestra para cambiar de formas. Nosotros
adoptamos la de los pobladores de cualquier mundo visitado para no despertar
desconfianza. Por ahora confórmate con viajar a planetas habitados por seres de
tu especie.
—Quiero ver a los hombres. Creo estar en condiciones de ayudarlos.
—Renuncia a los hombres; nada te une a ellos. Eres un neomarciano.
—¿Y qué saco con trasladarme a todas las épocas y a un millón de mundos
si nunca podré ser de utilidad a mis semejantes?
—Tus semejantes te mataron, ¿no es así? O sea, no necesitaban tus
servicios. Con el tiempo aprenderás que nuestros semejantes nunca nos
necesitan.
—¡Qué escéptico eres! —exclamó Ilya, irritado—. Los hombres serían
felices con mis descubrimientos. Tengo que comunicárselos. ¡Ya sé cómo hacerlo!
El muchacho se puso de pie, entusiasmado con la repentina ocurrencia.
—¿Cómo lo harás?
—Me trasladaré a la época en que recién llegué a Marte. ¿Ves? Cambiaré
el curso de la historia.
—Eso es imposible. Nuestro poder es limitado.
—Sé que lo puedo hacer.
—Volver a esa época, sí. Pero lo otro no. Perderás el tiempo.
—Ustedes son marcianos; nunca comprenderán al hombre. En cambio, yo sé
que idioma puedo hablarles.
—¿Sí? En fin, ¿a qué momento preciso piensas volver?
—Cuando el coronel me acusó de traición. Ahora me defenderé con buenos
argumentos y compartiré con ellos mis secretos.
El huevo se convirtió en una sola faz, contraída por una irónica
sonrisa.
—¿A todos los hombres les falta lógica?
Y se desvaneció. Ilya se echó a reír.
—Ellos no están en mi caso. ¿Cómo me van a entender? Si voy al futuro me
tomarán por un impostor, un loco o un aparecido. En cambio en el pasado...
Claro que el coronel, que es tan ambicioso, puede hacerme una jugarreta. ¡La
cara que va a poner cuando le hable de la teleportación!
Se concentró en el momento preciso de la acusación que lo llevara al
patíbulo.
Ilya se encontró bruscamente marchando por el arenal, entre Iván y
Volodia. En sus oídos, dentro de la escafandra, se oía la voz sarcástica del
coronel.
—Desgraciadamente, señor Kachur, no estamos en condiciones de mantener
prisioneros. Son noventa días de abandono en este desierto, ¿comprende? Por el
buen éxito de esta expedición, usted debe morir.
—Soy víctima de una calumnia, coronel. ¡Nunca he sido un traidor!
No se le ocurrían otros argumentos. Ante sus ojos se desplegaba el vasto
arenal rojo. El sol estaba por desaparecer tras los lomajes, cuyas sombras
crecían a ojos vistas.
—Tampoco podemos seguirle un juicio hecho y derecho, señor Kachur.
Estado de emergencia. En todo caso, usted ocupará un lugar destacado en la
historia de esta conquista: el primer hombre muerto en Marte por causas no
naturales.
Iván y Volodia no lo miraban. Evidentemente, mantenían esa actitud para
disimular su emoción. Debía ser ingrato para ellos cumplir la tarea. Lo
soltaron frente a una duna y, alejándose seis pasos, lo encañonaron con sus
fusiles. Ilya se armó de valor: hinchó el pecho y levantó la cabeza, tratando
de sonreír dentro de la escafandra.
—¿Listo, señor Kachur?
—Sí, coronel.
—¡Fuego!
F I N

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