© Libro N° 8944. La Esfera Lunar. Correa, Hugo. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
Título original: ©
La Esfera Lunar. Hugo Correa
Versión Original: © La Esfera Lunar. Hugo Correa
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://puerto-de-escape.cl/wp-content/uploads/2008/03/la_esfera_lunar_hugo_correa.pdf
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.meteorologiaenred.com/wp-content/uploads/2018/09/luna-nueva.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Hugo Correa
La Esfera Lunar
Hugo Correa
A Ray Bradbury
—¿Vladimir? ¿Vladimir?
Transcurrieron cinco eternos segundos.
—Todo en orden, profesor.
La respuesta llegó como un murmullo casi inaudible.
—¡Felicitaciones, Vladimir! ¡Felicitaciones! Todo el mundo lo felicita
por mi intermedio. Es usted el héroe máximo de la humanidad.
—Gracias, profesor. Todavía me parece prematuro. Primero tengo que
regresar, ¿no?
El hombre, luego de quitarse las correas de seguridad, se aproximó a la
ventanilla de observación. El desierto se extendía hasta lontananza, limitado a
la derecha por abruptas cordilleras oscuras. La ausencia de atmósfera acentuaba
los duros contornos del granito. Las estrellas, desafiando la luz del día,
agujereaban la profundidad de un cielo negro, y el Sol, una ardiente bola de
fuego, parecía rodar como una corona de llamas.
Un mundo árido, desnudo de toda vida, acechaba al astronauta. Agudos
picachos, en medio del polvo meteórico, como puntas de lanzas paleolíticas,
proyectaban largas y afiladas sombras. Recién comenzaba el día de dos semanas:
pronto el Mar de las Lluvias reflejaría cien grados centígrados de calor,
suficientes para hacer hervir el agua.
¿Qué habría ocurrido con las expediciones anteriores, que alunizaron
guiadas por control remoto? Todas —cada una a su turno— enmudecieron
bruscamente. ¿Fueron destruidas por bólidos? Difícil parecía que una hora
después de su arribo hubiesen sido alcanzadas por aerolitos de tamaño
suficiente para destrozarlas.
—Diríjase de inmediato a la estación autómata, Vladimir, y vea que ha
ocurrido. Está a menos de diez kilómetros de usted. Comuníquenos con la mayor
frecuencia posible el resultado de su exploración. Buena suerte. Recuerde que
los poseedores de la Luna serán los dueños del mundo.
La voz lejana del profesor añadió con un tono jocoso:
—Si se encuentra con Jack, dele nuestros saludos.
Horas antes, un cohete tripulado por un perro había descendido en la
Luna, también en el Mar de las Lluvias. Así lo afirmaron con alborozo los
realizadores de la experiencia, destacando que Jack era el primer hijo de la
Tierra en efectuar la hazaña. Pero no existían pruebas confirmando que el
animalito hubiese llegado con vida.
La gravedad, seis veces inferior a la terrestre, daba una increíble
agilidad de movimientos, a pesar del pesado equipo. El hombre partió con
veloces trancos rumbo a la estación. El polvo hollado por sus pies y que
reverberaba con inusitada cólera, debió llegar al satélite desde diferentes
puntos del Cosmos, después de atravesar el vacío durante años y tal vez siglos.
Cosas así no ocurren en la Tierra, porque la mayoría de los cuerpos celestes se
volatilizan antes de tocar los continentes. Los pocos que por su volumen logran
hundirse en la tierra son esterilizados por la capa de aire que, al
convertirlos en una masa ardiente, destruye cualquier vestigio de vida que
puedan acarrear. Pero no aquí. Seguramente los aerolitos se fragmentaban al
estrellarse, pero su naturaleza permanecía inalterable. Bajo sus pies se
desplegaba un muestrario de sustancias venidas desde los más ignotos rincones
del Universo. Si alguna forma de vida —determinados seres anaerobios que podían
existir en otros mundos— hubiese caído en la Tierra, habría perecido calcinada.
El hombre miró los solitarios y quietos contornos. A trescientos ochenta
mil kilómetros sus congéneres proseguían su existencia bajo la techumbre del
aire. Él era el primer hombre que sentía abatirse sobre sí el inmenso desamparo
del vacío interplanetario. ¿Qué habría ocurrido con los cohetes anteriores? La
interrogante se abrió paso en su mente. Se detuvo. El silencio se personificó
en los latidos de su corazón, que resonaban en sus sienes. Tuvo la inequívoca
sensación de algo que se aproximaba tras él. Se volvió; un bicho que
relampagueaba bajo el sol llegó junto al astronauta con saltos monstruosos.
Ahogó una exclamación. Petrificado vio como la bestia restregaba el cuerpo
metálico contra sus piernas revestidas por el traje protector. Sobre el lomo
del animal se distinguían un emblema y un nombre: Jack.
Incrédulo, el hombre observó la aparición. ¡El perro del país rival
acudía a darle la bienvenida!
Vladimir se inclinó sobre el animalito —un fox-terrier embutido en un
primoroso traje del espacio— y le acarició con sus guantes de acero. Le pareció
palpar la tibieza de su cuerpo. Lo alzó en sus brazos; tras el visor de la
diminuta escafandra unos ojos fieles le miraron. Se comunicó con el cohete, que
a su vez lo puso en contacto con la Tierra.
—Profesor Petrov: aquí está Jack, el primer ser viviente que ha llegado
a la Luna. Lo tengo en mis brazos. Es un héroe. Se encuentra en perfecto estado
de salud, aunque al parecer le está escaseando el oxígeno. ¿Cómo habrá
conseguido encontrarme?
—Bueno, comunicaremos la noticia a nuestros amigos. Será una gran
satisfacción para ellos. Pero usted no se distraiga demasiado con Jack. El
tiempo apremia.
Los ojos de Jack seguían observándole tras los cristales azulados.
Obedeciendo un repentino impulso, volvió al cohete. Al llegar a sus
inmediaciones sus ojos se fijaron en algo que no descubriera minutos antes. El
polvo, describiendo espirales que se estrechaban alrededor de la astronave, se
veía una huella acanalada. Parecían las ondas concéntricas generadas por una
piedra en una laguna, que luego se hubiese petrificado, quedando troqueladas en
su quieta superficie.
Jack se agitó en sus brazos, como si quisiera desprenderse. La vista del
animal se clavó en el suelo, sobre la señal. Vladimir experimentó una vaga
inquietud. La huella, luego de completar la última vuelta — con un radio de
unos cien metros respecto a la cápsula—, seguía en línea recta a través de la
planicie, perdiéndose a lo lejos. Hizo otro descubrimiento: el rastro, casi
imperceptible al lado del proyectil, se ensanchaba de manera progresiva al
alejarse de aquél. A unos cincuenta metros de allí medía por lo menos un
decímetro de ancho y medio de profundidad, con los bordes levantados y el fondo
redondo, como si lo hubiese producido un objeto esférico o cilíndrico que se
hubiese deslizado por la planicie.
Las convulsiones del perro cesaron. Se hallaba próximo a morir. El
hombre trepó al vehículo del espacio. La atención de Jack le hizo olvidar el
descubrimiento. Le dio agua y vitaminas, y cargó sus depósitos con oxígeno.
Luego volvió a adaptarle el traje espacial, y se dispuso a abandonar el cohete.
El perro pareció engrifarse. Se asomó a la puerta de la cámara neumática pero
se negó a saltar a la llanura. Vladimir se dejó caer, salvando con suavidad los
cinco metros que le separaban del suelo. Jack lo miraba desde lo alto sin
decidirse a imitarlo. ¿Estaría asustado? De nuevo el hombre reparó en los
rastros. Miró el llano: nada interrumpía la quietud. Se puso otra vez en marcha
hacia la estación.
Había caminado unos doscientos metros cuando, a sus pies, un destello
delató la presencia de Jack. El perro se lanzó a correr por el desierto a gran
velocidad. Vladimir lo siguió con la vista: Jack recorrió unos cien metros en
dirección perpendicular a la suya, con grandes y veloces saltos. Su tosca
figura, con los tubos de oxígeno sobre el lomo, le daba la apariencia de un
engendro metálico de rara agilidad. De pronto se detuvo y se volvió. El hombre
proseguía su camino. Jack repitió la maniobra. Llegó junto a Vladimir, corrió
unos metros delante para que lo viese, y partió veloz hacia la izquierda. A eso
de una cuadra se detuvo. Sólo a la tercera vez el hombre reparó en la carrera
como en algo distinto de un juego.
«¿Qué le pasa al perro?»
Volvió a detenerse. El silencio y la soledad se abatieron sobre el
hombre. Jack llegó junto a él, y, una vez más, se alejó corriendo. Entonces
Vladimir notó que siempre el perro tomaba la misma dirección: la de las
montañas del fondo. Jack frenó en el polvo, en medio de una nubecilla que se
deshizo en el abrasado yermo, la cabeza vuelta hacia el hombre.
«Quiere que le siga. ¿Qué habrá en esas montañas?»
Recordó que el animal no quiso al comienzo abandonar la cápsula, como si
le tuviese una secreta adversión a la llanura. Recordó también su inquietud al
ver la huella. ¿Conocería su origen?
—¿Qué tal, Vladimir? ¿Le falta mucho para llegar a la estación?
—Voy a mitad de camino más o menos, profesor.
—Apresúrese. En cinco horas más alunizará el cohete de abastecimiento.
Trataremos que descienda cerca del suyo, para lo cual requeriremos su
colaboración. ¿Qué hay de Jack?
—Todavía anda conmigo, profesor.
—Le levantaremos un monumento, Vladimir. Llámeme en cuanto llegue a la
estación.
Entretanto el perro completó otras tres carreras, cada vez con mayor
velocidad, como si le desesperase la frialdad del hombre.
«Lo que desea es hacerme salir de aquí. Quizás en el mar hay algún
peligro.»
Sí, el perro quería huir de la planicie. ¿Por qué? En el horizonte el
desierto parecía introducirse en la negrura del espacio. De súbito el hombre se
decidió a seguir al perro. Reflexionó de paso que desde una altura podría
descubrir con mayor facilidad los rastros de las anteriores expediciones. Jack
corría veloz hacia las montañas, deteniéndose a veces para mirarlo, y reanudar
luego sus rápidos brincos. Poco a poco el cohete quedó atrás, apoyado en sus
largas patas metálicas. Bruscamente Jack se detuvo. A pesar de su armadura, no
quedaba duda: el perro arqueaba el lomo mientras retrocedía, gacha la cabeza,
arrastrando sus patas en el polvo. Llegó junto a él; la enigmática huella
cruzaba la pradera en dirección a Timocaris, siguiendo una ruta paralela a la
que llevaba él minutos antes. Desaparecía a lo lejos en una curiosa
perspectiva: sus bordes, a pesar de la distancia, mantenían una separación
constante que, en ese punto, debía ser de medio metro. Y la razón era simple:
se ensanchaba al proseguir su derrotero.
El hombre no tuvo tiempo para meditar en el enigma. Las carreras de Jack
lo obligaron a reanudar la marcha. Ahora sus pies se movían con mayor rapidez;
un secreto terror daba celeridad a sus trancos.
Las primeras estribaciones de los Apeninos. Jack ascendió por sus
laderas con largos saltos, resbalando a veces en el granito con sus patas
metálicas. Emergía la cordillera directamente del arenal, subiendo luego en
empinada pendiente. Pronto las montañas se tornaban inaccesibles, con fieras
franjas de sombras que les daban un aspecto tétrico. Se erguían por último a
enorme altura, con verticales paredes imposibles de escalar.
Jack se detuvo únicamente cuando se consideró a una altura prudente
sobre el nivel del mar. Se veía tranquilo. Vladimir contempló la llanura.
—¿Qué hay, Vladimir? ¿Encontró el campamento?
—Todavía no, profesor...
Se interrumpió. Lejos, cerca del cohete, algo se alargaba en medio del
polvo. Como si un invisible lápiz fuese trazando una línea que se dirigía recta
hacia la astronave. Se le secó la boca.
—¡Vladimir! ¿Qué pasa?
La voz del profesor resonó como un murmullo de élitros.
—¡Profesor! Algo se dirige hacia el cohete. Un objeto invisible que deja
un enorme surco...
—¿Cómo? ¿De cuál cohete me habla? ¿Dónde se encuentra usted?
¡Explíquese!
—¡Dios! ¡El cohete se ha tumbado! ¡Desapareció en el interior de la
zanja...!
Pero el profesor no lo podía escuchar. Los auriculares enmudecieron.
Vladimir, en medio del pánico, comprendió que el proyectil estaba destruido. Ya
no retransmitía sus palabras a la Tierra.
El surco, luego de ocultar al vehículo espacial en medio del polvo,
describió una curva y enfiló hacia la montaña. ¡Se dirigía hacia donde él
estaba! Su velocidad podía estimarse en unos cien kilómetros por hora. Al
llegar a unas cinco cuadras de las primeras rocas dejó de avanzar bruscamente,
con sus oscuros bordes separados entre sí por unos cincuenta metros.
Desde el Mar de las Lluvias un gigantesco objeto invisible observaba al
hombre. Sintió la mirada del enemigo. Jack se metió entre sus piernas,
aterrorizado. Con seguridad sus sentidos le daban una idea inteligible sobre el
que allí acechaba, en medio de la más absoluta inmovilidad. Durante cinco
minutos la huella permaneció como una serpiente dormida, que se calentase en la
hirviente pradera. De pronto rompió su quietud. Describiendo una curva que la
llevó hasta el borde de la montaña, se alejó al interior del mar. Pronto se
[enangostó] y desapareció a gran distancia, detrás de un macizo rocoso.
El hombre y el perro estaban solos. Cerca del horizonte su lejano
planeta, en creciente, brillando con intensidad, flotaba en el vacío como una
inmensa esfera, todo su perímetro visible por la difusión de la luz en su
atmósfera.
Desterrados. Sombrío el hombre comprendió que no podría salir de allí:
carecía de medios para avisar a la Tierra. Cuando el cohete de abastecimiento
llegase dentro de cinco horas, ya no dispondría de aire. Y al descender en el
mar, cerca de los restos de su cohete, el invisible morador del polvo lo
destruiría sin remedio.
Miró la huella. ¿Era posible que un ser dotado de inteligencia habitase
aquel desierto? Vladimir bajó a la llanura, seguido con poco entusiasmo por
Jack. Pero iba a su zaga, demostrando que el instinto no le advertía un próximo
peligro. Sólo cuando se hubo internado algunos metros en el mar notó que el
perro se quedaba sobre una alta roca, con la apariencia de un juguete metálico
que otease [lontananza]. ¿Cuál podría ser el origen del poblador de la Luna?
Una cosa parecía clara: únicamente habitaba los mares. La zanja medía como
mínimo media cuadra de ancho, y era tan profunda que dejaba el granito al
desnudo, bajo la capa de polvo. El hombre miró en derredor y a Jack: el animal
continuaba sobre la misma roca, sin moverse, como un perfecto centinela. De un
salto Vladimir cayó al fondo de la huella. La piedra hendida: de ese detalle
podría podía colegirse el peso del objeto. Su cohete debió quedar reducido a
una delgada lámina de metal adherida a la roca; de ahí la explicación del
repentino silencio de las anteriores expediciones. Sus restos debían yacer en
el fondo de aquellas grietas, estampados en el granito. Si no hubiese sido por
Jack también él estaría reducido a una fina hoja, mezclado con los despojos de
su astronave.
Los contornos de la cuneta, de unos diez metros de alto, bien
apisonados, revelando su curvatura la forma del autor. Trató de imaginarlo. Su
esfericidad le permitiría desplazarse por algún sistema de polarización
magnética, a grandes y variables velocidades. La actual huella debía ser la
continuación de la que descubriera junto a su cápsula de viaje. Recordó que,
luego de describir innumerables espirales, se internaba en la llanura
ensanchándose progresivamente. Recordó también que en todo el territorio abarcado
por su vista desde la montaña no existían restos de la marca. ¿Por qué? Si un
ser de gran tamaño acostumbraba rodar por los mares, ¿cómo no dejó una
profusión de rastros estampados en el polvo? La explicación era simple: la
esfera sólo se originaba en determinadas circunstancias. ¿Cuándo? Cuando un
objeto desconocido caía en los mares.
En ese instante una sombra alunizó a sus pies, despidiendo destellos
metálicos: Jack. El animalito saltaba de un lado para otro, trepaba al
farallón, volvía a bajar, dando inequívocas señales de invitar al hombre a
seguirlo. Vladimir comprendió: el enemigo se aproximaba. Miró el vecino
horizonte, en dirección al lugar donde la hendidura desaparecía. Sombreada por
sus propios bordes, la grieta parecía una obra de la industria humana.
Entonces, a través de sus plantas metálicas, captó una ligera vibración, que
aumentaba con bastante velocidad. De un saltó salió del canal. En breves
segundos estuvo en la ladera de granito. Siguió alejándose; temió que la esfera
saliera del mar en su persecución. El aquietamiento del perro demostraba que
aquel temor no existía. Pero no obstante que el animal dejó de saltar y correr
en cuanto hubo abandonado la planicie, se pegó a las piernas del hombre
demostrando a las claras un indecible error. La huella seguía allí sin
variaciones aparentes. Los pies de Vladimir aún captaban la vibración, ya un
poco apagada. O sea, la esfera disminuía la velocidad. Entonces los ojos del
terrestre presenciaron un insólito hecho: lentamente la huella se bifurcó, y
una de sus ramas se alargó hacia la cordillera. El pesado e invisible objeto
abría el polvo, levantando a ambos lados dos pestañas que temblaban con
suavidad.
Por segunda vez Vladimir comprendió que algo dotado de vida —de una vida
inconcebible para los humanos— lo observaba desde la pradera. Había vuelto en
su búsqueda, utilizando la misma senda que abriera minutos antes, lo que
demostró al hombre algo más: el enemigo «supo» que él se hallaba en el mar.
Trató de sorprenderlo. Otra vez la intervención de Jack le salvó la vida.
Comprendió las causas de sus presentimientos, cuando marchaba por la planicie.
En el polvo lunar existía quizá un organismo anaerobio disgregado en células,
esparcido a través de todos los mares del satélite, capaz de detectar la
presencia de los intrusos. Aún más: aquel organismo no reaccionaba frente a los
aerolitos, o sea, distinguía un cohete de un bólido. ¿Quizá por el pausado
descenso de aquél? Vladimir imaginó la gestación de la esfera, mientras
observaba el final de la gigantesca huella, donde debía hallarse en ese
instante el enigmático ser, acechándolo desde la quietud del desierto. Al
descubrir la presencia de un cohete, cuyas radiaciones palpaban desde lejos
—los mares podían concebirse como verdaderas pieles—, las células originaban un
organismo describiendo espirales en el lugar del próximo selenizaje. Al avanzar
adquiría volumen, por la adhesión de nuevas partículas, como una bola de nieve
que se agranda al rodar por una falda nevada. Sólo cuando su tamaño y peso eran
de fenomenales proporciones, volvía al ataque para destruir a los invasores.
¿Qué armas podrían utilizar contra ella? Era otra forma de vida, sin nada en
común con la humana, con una inteligencia distinta, estimulada por otras
inquietudes; debió comprender que los cohetes fueron construidos por seres
racionales. Sin embargo los destruyó.
El cohete de Jack, tumbado junto a un empinado paredón, en plena
montaña, al fondo de un ancho desfiladero. Vladimir lo revisó con rapidez,
descubriendo a la primera ojeada que los cables que conectaban el generador con
el equipo electrónico habían sido cortados por un meteorito. La puerta —que
permitió al perro saltar a la Luna— se abría en forma automática una vez que el
vehículo aterrizaba, poseyendo para el efecto un pequeño acumulador de energía.
Vladimir comenzó la ardua tarea de volver a unir los delgados filamentos.
Realizaba la labor guiado por su instinto técnico, en medio del indescriptible
hacinamiento del sistema de cables. El oxígeno comenzó a escasearle. Sin perder
la calma prosiguió su trabajo, animado por el vital impulso que el buen éxito
de aquel daría un sentido práctico a su sacrificio. Trabajó durante una hora.
Por último, desesperado —la asfixia se anunciaba por un estado eufórico, prueba
evidente de la embriaguez del nitrógeno—, captó con su receptor de radio una
débil señal. Frenético, utilizando su propia clave, transmitió su mensaje.
Esperó. Desde la Tierra llegó una prolongada nota musical. Sus palabras habían
sido escuchadas.
El hombre, ya muy débil, recogió el cuerpo de Jack, que descansaba sin
vida entre los guijarros, y con gran ternura lo depositó en el cohete. Luego se
alejó a prudente distancia. Aguardó en posición firme. Desde la Tierra,
nerviosos dedos oprimieron un botón. Las toberas expulsaron chorros de fuego,
que
pusieron incandescente el granito. Con rapidez el pequeño cono se elevó
en el vacío. El hombre sonrió apenas. Cayó a tierra. Con un gran esfuerzo se
incorporó.
—Adiós, compañero —dijo en voz baja.
Las llamas se achicaban veloces en el espacio. Pronto se confundieron
con el fulgor de las estrellas.
F I N

No hay comentarios:
Publicar un comentario