© Libro N° 8941. El Ataque De Los Selenitas. Correa, Hugo. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
Título original: ©
El Ataque De Los Selenitas. Hugo Correa
Versión Original: © El Ataque De Los Selenitas. Hugo Correa
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://www.cuentocuentos.org/cuento/1824/el-ataque-de-los-selenitas.html
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://cdni.rt.com/actualidad/public_images/aea/aea2ef04b133df8b6a7e9d5f070ac0c8.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Hugo
Correa
El Ataque De Los Selenitas
Hugo Correa
—En nombre de la Unión de las Repúblicas...
Los hombres, embutidos en los trajes acorazados, escuchaban al profesor
Blazov, allí, en el hirviente Mare Ibrium. No muy lejos de ahí, las cumbres de
los Apeninos lunares, recortadas en el vacío, no difuminaban su aridez por
atmósfera alguna. El sol en descenso acentuaba la dureza topográfica, nunca
desgastada por la erosión, de los filos y picos de las cumbres, y las aristas
de las laderas cortadas a plomo. Y el anillo pétreo de Aristillus, como una
muralla construida por un arquitecto inverosímil, proyectaba sombras hasta las
inmediaciones del cohete, que se erguía en el centro de una zona carbonizada
por los chorros de sus toberas. En las proximidades, las cúpulas y las antenas
de la estación autómata, armada por control remoto durante los años que precedieron
al envío de seres humanos. Un tractor rodó sobre sus orugas al encuentro de los
recién llegados, dirigido desde la base por el siempre eficiente instrumental,
no deteriorado durante su largo abandono en el océano de piedra. El vehículo se
detuvo junto a los hombres, luego de recorrer los aledaños de la estación
durante un trienio, mediante instrucciones radiales impartidas desde la Tierra,
acudía ahora a darles la bienvenida.
—¿Qué hay del Luna II?
—Dentro de dos horas aluniza, profesor.
—Usted, Dimitri, hará el primer turno a bordo, y será relevado dentro de
cuatro horas. Avísenos cuando el Luna II sea visible para presenciar su
descenso. —Añadió—: Éste es el momento más grande de la historia humana. Nadie
nos podrá disputar este satélite, Vania. Somos los primeros en llegar a
instalarnos aquí y, por lo tanto, somos los amos y señores.
Los expedicionarios se dirigieron a la estación, hollando un suelo
áspero entre cuyas fisuras el polvillo meteórico, impalpable como fina arena,
acumulado allí durante milenios por la constante lluvia de aerolitos, reposaba
sin que una brisa perturbase su quietud. Todo allí era ajeno a la vida,
distinto a todo cuanto el hombre acostumbra a elegir como morada. Hasta el aire
sería necesario traerlo desde la Tierra. ¡Pero, qué agilidad y soltura de
movimientos, a pesar de las pesadísimas armaduras, que no otra cosa eran los
trajes lunares!
Las antenas del campamento, de radio y radar, giraban enviando mensajes
a la Tierra. Las cámaras televisoras del tractor y la estación transmitían, en
esos mismos instantes, las escenas de arribo, para que nadie en el mundo se
perdiese detalles de la histórica hazaña.
En la casamata central los hombres se despojaron de sus equipos. Todo
funcionaba a la perfección, como si las instalaciones hubiesen sido montadas
por hombres y no por máquinas; los generadores solares, incansablemente,
acumulaban energía durante el día de dos semanas, garantizando así la fuerza
motriz para las interminables noches.
—¡Qué distinta es esta toma de posesión comparada con las de los
primitivos conquistadores! —No obstante en algo hemos procedido como ellos.
—¿En qué?
—Durante la ceremonia invocamos un poder superior.
—Con una pequeña variante, eso sí: Dios ha sido reemplazado.
El sol, en su lenta marcha hacia el horizonte, besaba ahora con sus
bordes llameantes, el límite de Ibrium y Procellarum.
—Espero que la Luna nos entregue sus secretos durante este primer viaje,
¿no, profesor Blazov?
Al cabo de las primeras horas de sueño en el satélite, los hombres
dieron comienzo a la segunda jornada.
—La bomba atómica nos hará conocer las entrañas de este mundo, Vania.
—Exactamente. Lo que sólo era un arma se convertirá en nuestra mejor
herramienta de trabajo.
—¡Cambiaremos la cara de la Luna, Vania! Le daremos una nueva fisonomía.
Afuera la planicie, entrecruzada de sombras, presagiaba la inminencia de
la noche lunar. En el cielo, estrellas palpitantes, cada vez más luminosas.
—¿No les parece sentir un olor a azufre?
El ruido de las seis narices husmeantes pobló la habitación.
—Sí, hay un olor a azufre.
—¡Pronto! ¡Colóquense los trajes! Aunque no ha sido registrada actividad
volcánica en esta zona... ¡Mantengan la calma!
Ni resquicios o fisuras de ninguna especie. Al cabo de una búsqueda
estéril; los hombres se despojaron de sus trajes. El aire, renovado por el
equipo purificador, no guardaba señales del olor.
—Hay que descartar la existencia de solfataras: ya las habríamos
descubierto.
—¿Y entonces?
Iván Staniewsky se dirigió al laboratorio automático.
—Había azufre en la atmósfera, profesor. El laboratorio lo detectó.
Blazov fue a su turno al laboratorio.
—Es verdad. Una cantidad pequeña. ¿De dónde pudo provenir? ¿Se le ocurre
algo, Iván?
—Sólo que es azufre terrestre. O sea, se escapó de aquí.
En la sala de muros metálicos, resonaba el ruido susurrante, como una
prolongada respiración, de los acondicionadores de aire.
—Pero no pudo generarse espontáneamente, Vania.
—Eso significa que alguien lo preparó, profesor.
Los cuatro ayudantes sintieron los ojos desconfiados de sus jefes, que
los auscultaban.
—¿Fue alguno de ustedes?
Los cuatro protestaron al unísono. ¿Con qué objeto iban a hacer algo
semejante?
—El olor lo sentimos cuando estábamos todos juntos, Vania. Cualquiera
que en ese instante lo hubiera estado preparando se habría delatado.
—Quizás usted no se fijó, Blazov —dijo Staniewsky con lentitud—, pero
también quedó bi-col registrado en el detector, esa sustancia que se desvanece
en el aire sin dejar rastro. Alguien confeccionó una vasija de bi-col,
calculando su espesor para que durase el tiempo necesario, la llenó de azufre
gaseoso y esperó que, una vez disuelta, liberara el gas. ¿Ven?
—¿Qué pretende insinuar, Vania? ¿Qué alguien se dio el trabajo de hacer
todo eso...?
—Hay un hecho evidente, Blazov. El azufre existió materialmente. Si bien
el asunto no tuvo consecuencias, no podemos desentendernos de un hecho que
podría eventualmente entrañar un peligro: alguien, entre nosotros, miente.
Hasta el latir de los seis corazones habría podido escucharse,
agudizando el oído.
—Estamos en la Luna, iniciando una expedición de conquista, y si
empezamos con engaños, no podremos llegar muy lejos. ¡No culpo a nadie en
particular! —añadió, al ver algunos rostros tornarse hoscos.
—¿En qué momento cree usted que pudo hacerse el frasco de bi-col?
—preguntó uno de los ayudantes—. Leonid y yo, además de usted, sabemos lo
suficiente de química para hacerlo. Pero, ¿en qué momento?
Staniewsky fue a una ventanilla y, antes de contestar, estuvo observando
el panorama oscuro.
—Mientras dormíamos.
—Entonces, profesor... ¿Usted sospecha de Leonid o de mí?
—¡Yo no culpo a nadie! Confío en cada uno de ustedes como en mí mismo.
Pero existe un estado del hombre cuando duerme que es incontrolable: el de
sonambulismo.
En la sala estalló una algarabía.
—Mire, Vania: estamos perdiendo el tiempo con esta discusión. Hagamos
algo mucho más práctico que
hacer suposiciones: sometámonos al detector de mentiras. ¿Están todos
dispuestos?
La creciente tensión se relajó de inmediato. Pero la consulta al
detector dio una respuesta negativa.
—Dimitri no pudo ser —dijo alguien—. Habría tenido que entrar mientras
dormíamos, y la alarma lo habría delatado.
—¿Qué me dice, Staniewsky?
—Esto confirma lo del sonambulismo, simplemente. Nos hallamos en un
mundo nuevo, Blazov, y hemos estado en contacto con substancias desconocidas,
cuyos efectos en nuestro organismo, y quizás en nuestra propia psiquis,
desconocemos.
—¿Qué sugiere usted?
—De ahora en adelante, uno de nosotros deberá permanecer despierto, en
tanto los otros duermen.
—Es una razonable idea —dijo Blazov, mirando a los demás—. ¿Les parece
aceptable?
Los ayudantes abandonaron el refugio, dejando solos a los dos
profesores.
—¿Tiene usted alguna explicación para esto, Iván?
—Nada concreto, profesor. Pero el olor a azufre se vincula con ciertos
arquetipos que aún sobreviven en el subconsciente humano. ¿Ve? Y que por
fantásticos que nos parezcan, no podemos despreciarlos, menos aun cuando
enfrentamos un mundo nuevo. «Hay más cosas entre el cielo y la tierra,
Horacio...» Frase consabida, pero siempre cierta, ¿no es así?
Los trabajos de la jornada y el zarpe del Luna I hicieron olvidar el
incidente. Los hombres montaron una base de lanzamientos balísticos, para
dominar la Tierra con comodidad desde el satélite. Se construyó también una
nueva casamata para guardar bombas nucleares. En cuanto el Luna I tocase
Tierra, emprendería vuelo rumbo al satélite el Luna III, estableciéndose así el
puente lunar. Entretanto, en la base autómata, el Luna II aguardaba el momento
de integrar la posta.
El sol se puso en el cercano horizonte. Pero las estrellas y la Tierra,
en creciente, derramaron una fría claridad sobre el mar petrificado. En aquel
desierto nunca ocurría nada. En la Tierra, aun en las más desoladas regiones,
siempre pasan cosas, aunque no sea sino una tempestad. Pero aquí ni un soplo
remueve el polvo meteórico. Las rocas, en un paulatino proceso de enfriamiento,
esperaban que el calor tórrido del día fuera reemplazado por el frío glacial de
la noche.
Con todo lo desolado de aquella masa granítica, que se desplegaba contra
el cielo negro, el incidente del azufre seguía en el misterio. ¿Sería posible
que la psiquis experimentara trastornos en la Luna? De las diversas muestras
examinadas, ninguna parecía distinta en exceso de las sustancias terrestres.
Como para descartar casi con un ciento por ciento de certeza la posibilidad de
alguna suerte de vida albergada en el desierto lunar. Pero también tanta
desolación, agregada al incontrastable suceso del azufre, tornaba más irritante
el incidente.
Concluida la segunda jornada, los hombres se reunieron a presenciar un
espectáculo revisteril especialmente preparado para ellos desde la Tierra.
Afuera las estrellas relucían con la potencia de grandes bujías, encabezadas
por la Tierra, que flotaba majestuosa sobre los Apeninos. Nuevamente el suceso
del azufre latió en las conciencias de los expedicionarios. A menudo se
sorprendían escudriñándose a hurtadillas. Pero nadie lo mencionó. Por último se
retiraron a dormir, excepto Anastas, que fue designado para montar guardia.
Ilia, el ingeniero nuclear, fue el primero en abandonar la casamata al
iniciarse la tercera jornada.
—¿Qué me dice del asunto de ayer, Vania?
—Nada, profesor. Y si sigue sin ocurrir nada, cosa que espero, podremos
relegarlo al montón de sucesos sin explicación, que siempre acaecen entre los
hombres, y que no por eso les quitan el sueño en exceso.
—¡Vaya! Ilia vuelve. ¿Qué habrá ocurrido?
De la cámara neumática salió Ilia, aún con la escafandra puesta. Dos
hombres le quitaron el casco: su rostro demudado apareció a los ojos de los
demás.
—¿Qué ocurre, Ilia?
—Frente a la entrada, grabada en la roca, hay una pisada humana.
Un gran temor acometía al ingeniero. Como si hubiese visto alguna
aparición o una alimaña feroz retozando sobre el rocoso llano. Iván y Blazov,
los primeros en reaccionar, se pusieron sus trajes lunares y salieron.
A un metro de la puerta, perfectamente visible bajo la luz de la Tierra,
se destacaba nítida la huella de un pie descalzo, con cinco dedos rematados en
agudas garras.
—Esto fue hecho con un soplete. ¿Qué me dice, Vania?
Ambos profesores, de vuelta en la cámara neumática, esperaban que las
presiones se nivelasen para despojarse de sus trajes.
—Tenemos que descubrir al autor, Blazov.
—¿Por qué grabar una huella? El autor tiene una imaginación bastante
truculenta.
—No tanto, Blazov. Esa pisada gigantesca, con dedos en forma de garra, y
grabada a fuego en una roca... También corresponde a un arquetipo, lo mismo que
el olor a azufre.
—¿Cree usted que ambas cosas las hizo la misma persona?
—No lo sé, Blazov. Es posible.
Los profesores fueron despojados de sus escafandras.
—Anastas: usted se quedó de guardia anoche. ¿Qué tiene que decir?
—Pues... Le juro que nadie se movió de aquí, profesor.
—¿Seguro que no se quedó dormido?
—En ningún momento, profesor.
—Espere, Blazov —interrumpió Staniewsky—. Acuérdese de Alexis: está sólo
en el cohete.
—¡Es cierto! Llamémoslo. El pudo hacer la huella sin que nadie se
percatase.
Blazov llamó a la astronave.
—¡No contesta!
Se precipitó a la ventanilla: el Luna II había desaparecido.
Jamás pareció tan desolada la llanura lunar.
El granito despedía reflejos sangrientos en medio de la claridad
terrestre, aún enrojecido por el calor de los chorros. Las brasas no tardarían
en extinguirse por falta de oxígeno.
—¡Ha sido una negligencia imperdonable!
—Sí, debimos dejar dos hombres de guardia en el cohete.
—¡Ese traidor no llegará muy lejos! —Blazov alzó sus grotescos brazos
enfundados en metal al cielo solitario.
—¿Por qué traidor? Estoy seguro que todo lo hizo en estado de
sonambulismo. Alexis estaba con nosotros cuando olimos el azufre. Y el detector
no lo delató.
Staniewsky miró la extensa llanura: en el horizonte refulgía una cumbre
diamantina; era Copérnico, con sus enigmáticas rayas luminosas. Tanta soledad y
falta de vida se le antojaron de súbito falsas. Algo latía allí, en aquel vasto
desierto, algo cuya sola concepción escapaba a la inteligencia humana.
—¿Detectaron algo? —preguntó Staniewsky a la base.
—¡El radar no funciona, profesor! ¡Destruyeron las antenas!
Por un instante ambos profesores permanecieron inmóviles, en medio de la
pálida luminosidad terrestre, sin atinar a decir nada. Una llamarada
enceguecedora surgió de las casamatas.
—¡Dimitri! ¡Ilia! ¡Algo está ardiendo cerca de ustedes! ¡Salgan con los
extintores!
Ambos hombres se precipitaron al campamento.
—Es Alexis, Blazov, no se fue en el cohete. Anda con un lanzarrayos.
¡Puede destruirlo todo!
—¡No tenemos armas contra él, Vania!
—¡Llamémoslo! Tal vez consigamos despertarlo.
Alexis no contestó. Los reflejos del lanzarrayos cesaron de pronto.
—¡Vámonos por detrás! Si nos enfrenta nos carboniza en un santiamén. Ése
está loco, Vania. No sonámbulo.
Dos siluetas, encerradas en armaduras, salieron retrocediendo de la
construcción. Un súbito chorro de fuego surgió de la noche y fue a estrellarse
en una nube de chispas contra las figuras. Éstas dieron un brinco prodigioso:
una cayó y rebotó en las rocas, una brasa que saltaba enloquecida. La otra
aterrizó sobre sus pies, se tambaleó un segundo, y los cuatro hombres pudieron
ver que sostenía entre sus manos un largo cañón de acero. Un rayo de fuego
emergió de aquél: una extraordinaria claridad tras la casamata reveló el
impacto. En seguida, la incandescente figura cayó al suelo.
Staniewsky, conminando a los demás que aguardasen, se adelantó. Se
detuvo frente a los caídos.
—¡Vengan! Alexis ha muerto. También Ilia y Dimitri.
Alexis, valiéndose del lanzarrayos y de algunas herramientas, destrozó
antenas, cortó cables y fundió generadores. Tractores y vehículos, semifundidos
con sus orugas, aún irradiaban calor. Solamente la casamata central resultó
indemne. Dotada de generador y radiotransmisor propios, los sobrevivientes
estaban en condiciones de pedir auxilio.
—¡Qué desastre! —Blazov observaba las ruinas enrojecidas—. Tres hombres
muertos y casi todo el material destruido. Por suerte no alcanzó a emprenderlas
contra el depósito de bombas. ¿Qué explicación podemos dar, Staniewsky? ¿Un
ataque de locura?
La difusión de la luz en su atmósfera revelaba todo el perímetro de la
Tierra, a pesar que el Sol solamente la iluminaba a medias.
—No nos queda otra, Blazov. La idea del sonambulismo parecería
descabellada.
—¿Sigue usted creyendo en eso?
Blazov se puso en marcha hacia el refugio central.
—Por cierto, Blazov, todo está relacionado. Empezamos con el olor a
azufre, seguimos con la huella, y hemos terminado con este desastre. Si es que
hemos terminado.
—¿Qué quiere decir? —Bajo los rayos de la Tierra, la armadura de Blazov
brillaba alegremente. Detrás de él los Apeninos, desgarradas sus abruptas
laderas por largas sombras. El cráter de Aristillus crecía en la llanura como
un atezado paredón.
—Que esta expedición, Blazov, ha fracasado. Deberemos volver a Tierra, y
someternos a nuevos tests y entrenamientos. No podemos seguir arriesgándonos.
—Me parece que usted exagera, Iván. No niego la gravedad de lo ocurrido,
todos estuvimos a punto de perecer. Pero el culpable fue Alexis, no cabe duda,
y ahora está muerto.
—No estoy tan seguro, profesor. El que liberó el azufre no fue Alexis,
porque no tenía suficientes conocimientos de química. Y aunque usted lo dude,
el olor a azufre está vinculado a lo demás.
Llegaban en ese instante a la casamata central.
—¿Y qué habrá sido del Luna II? ¿Por qué Alexis lo lanzó al espacio y él
se quedó aquí?
Una idea repentina iluminó la mente confusa de Staniewsky.
—¿Dónde va, Ivan?
—Después le cuento, Blazov. Espéreme en la casamata. Y llame de
inmediato a la Tierra.
Staniewsky se dirigió a la cabina de las armas nucleares, milagrosamente
salvada de las depredaciones de Alexis. Una de las bombas había desaparecido.
El terror inmovilizó al hombre. Observó a sus compañeros: dos de ellos aún
recorrían el campamento, tratando de rescatar los elementos escapados de la
destrucción. ¿Daría la alarma? La noticia podría desatar el pánico, con fatales
consecuencias.
—¡Blazov! ¿Avisó a la Tierra?
—Todavía no. Acabo de quitarme el casco. Pero ahora mismo llamo, Vania.
—¿Sabe, Blazov? Llame a los demás. Es necesario que descansen estos
muchachos. Bueno, déjeme a Feodor. Me basta con él. Yo vuelvo en algunos
minutos.
Tendría que arriesgarse a comunicar el hecho a Feodor. Staniewsky esperó
que Anastas desapareciera en el interior de la casamata.
—Feodor: no haga comentarios. Necesito de todo su valor. De ello
dependen quizás nuestras vidas.
Una de las bombas ha desaparecido: es necesario encontrarla.
De la garganta de Feodor emergió un ruido extraño, que resonó apagado en
los audífonos de Iván.
—¡Feodor! ¡Espere! No sea idiota...
Pero el hombre, con extraordinarios saltos, se convirtió en pocos
segundos en una figura minúscula que brincaba en la claridad terrestre. Pronto
era engullida por las sombras de los montes.
Calmoso Staniewsky, comenzó a recorrer la estación, tratando de
reconstruir los pasos de Alexis. Escudriñó los escombros, cada protuberancia
del terreno, cualquiera hendidura que pudiese albergar la bomba. A pesar de su
peso, la poca gravedad la tornaba maniobrable como una granada.
—Vania. —La voz de Blazov reflejaba alivio—. El Luna I acaba de
aterrizar. Pronto zarpará el Luna
III y antes de diez horas estaremos
a salvo. ¿Cómo anda eso? —En algunos minutos más vuelvo.
En cualquier momento podía volar pulverizado por la furia atómica: en la
próxima fracción de segundo sus pies quizás se apoyasen en una masa
desintegrada por una flamígera visión.
Trataba de distraerse pensando en Alexis. ¿Qué hizo con el Luna II? En
medio del sonambulismo conectó la partida automática y el cohete salió
disparado. ¿Hacia dónde? No tenía importancia, la cuestión era dejarlos
abandonados. ¿Y después? ¿Por qué cogió el lanzarrayos? ¿Qué lo movió a
delatarse y arriesgar su vida? ¿Por qué no se limitó a hacer estallar la bomba?
Entre la multitud de acosadoras reflexiones el hombre trataba de
desentrañar la verdad. Los expedicionarios estuvieron, desde su arribo, en
contacto con substancias y minerales extraños. ¿Se habrían contaminado con
alguna forma de vida que, para destruirlos, se valía de ellos mismos? ¿Por qué
no atacó a las máquinas cuando estuvo tres años a solas con ellas? Ello
demostraba su evidente premeditación. Nada hizo al equipo mecánico, de manera
que los hombres, alentados por los inocentes informes transmitidos por la
estación autómata, se decidieron a viajar, convencidos que la conquista de la
Luna no representaba peligros. O sea, el invisible morador de los desiertos
lunares aguardó a los hombres para actuar.
Staniewsky, agotado, se detuvo; mirando a su alrededor lanzó un suspiro
de derrota.
—¡Iván! ¡Iván! —El tono despavorido de Blazov lo sacó de sus
reflexiones—. ¡Estamos perdidos! Una explosión atómica destruyó la Ciudad de
las Estrellas. ¡Todo destrozado! Los cohetes, las instalaciones, los equipos...
La voz del profesor jefe se quebró en un estertor.
—¿Cuándo? ¿Cómo?
—¡Recién! Estamos captando mensajes de todas partes. ¡Es un sabotaje!
¡Traidores! —La furia distorsionaba la voz de Anastas—. ¡Esto es obra de
nuestros enemigos! ¡Canallas! ¡Pero seremos vengados! ¡Seremos vengados!
Anastas estalló en una risa histérica.
«¡La bomba desaparecida! ¡Fue colocada en el Luna I para que explotase
cuando aterrizara!»
Y gritó, al mismo tiempo que se lanzaba hacia la casamata:
—¡Blazov! ¡Blazov! Avise a la Tierra que eso no ha sido obra de ningún
terrestre. ¡Que los culpables son...!
Algo le hizo interrumpirse. Tal vez una sombra que se interpuso por una
milésima de segundo. O un presentimiento. Alzó la vista. En una fugaz visión
distinguió, agrandándose contra las estrellas, un objeto plateado que descendía
con la celeridad de un bólido.
Con la lucidez que precede a la muerte, Staniewsky comprendió que el
Luna II, sabiamente dirigido, se precipitaba certero contra el campamento.
F I N

No hay comentarios:
Publicar un comentario