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domingo, 30 de noviembre de 2025

Libro N° 8940. El Feligrés. Correa, Hugo.

 


© Libro N° 8940. El Feligrés. Correa, Hugo. Emancipación. Agosto 14 de 2021.

Título original: ©  El Feligrés. Hugo Correa

 

Versión Original: © El Feligrés. Hugo Correa

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://books.google.com.co/books?id=l13cCwAAQBAJ&pg=PT169&lpg=PT169&dq=El+Feligr%C3%A9s.+Correa,+Hugo.&source=bl&ots=5W3tBXGnn8&sig=ACfU3U2_IzWPrFy9a42d1dvghXa30fMnig&hl=es-419&sa=X&ved=2ahUKEwjV9tH1rLDyAhUmSTABHagkDO8Q6AF6BAgjEAM#v=onepage&q=El%20Feligr%C3%A9s.%20Correa%2C%20Hugo.&f=false

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL FELIGRÉS

Hugo Correa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Feligrés

Hugo Correa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La lluvia ondeaba bajo el viento norte en largos jirones, que azotaban las planchas de cinc de la iglesia de El Paso. Desde una loma, al final de un camino de tierra (convertido en un pantano con el diluvio), el viejo templo dominaba la población de casas míseras, alineadas a lo largo de una calle que serpentea por los contrafuertes de la montaña.

 

«¡Qué aislados estamos del mundo!», se dijo el párroco de El Paso, encerrado en el confesionario.

 

Las pisadas de su último feligrés remataban en lejanos ecos, hendiendo la soledad de la oscura nave.

 

«¡Cualquiera cosa puede ocurrir aquí sin que nadie se entere! ¿Será cierto lo que vieron Chuma y Pancho?»

 

El día anterior, dos leñadores, que se hallaban en el interior del monte, junto a una hendidura de boscosas laderas, a la hora del crepúsculo, escucharon un zumbido sordo que provenía del cielo. Un objeto envuelto en una luz verde descendía pausadamente en el centro de la vasta quebrada. Cuando el aparato tocó tierra, la luz y el trémolo se extinguieron. Ya la noche nada permitía distinguir aún a corta distancia, y estaban muy asustados para acercarse a investigar.

 

«¡Son tantos los que han creído ver cosas de otros mundos! Pensar que Chuma y Pancho, si hubiesen tenido más valor, habrían podido ver algo más. Quizá yo me hubiese atrevido...»

 

Total: son setenta años de vida gris. El buen Dios sólo permite vivir sucesos extraordinarios a los elegidos. En cambio tú... Bueno: eres un sacerdote cumplidor. Has tenido un desempeño pasable. No debe estar descontento el obispo cuando ofreció cambiarte a una parroquia de mayor importancia. ¿Y tus feligreses? Se opusieron a tu traslado, después de tenerte treinta años de párroco. Pero no eres una persona extraordinaria. Eso no. ¡Ver una criatura de otro mundo! A lo mejor el aparato que vieron Chuma y Pancho aún sigue en la quebrada. ¡Dios Santo! Se les ocurriera asaltar el pueblo... ¡Qué tonto eres! Son los años. Te asustas como un escolar...

 

El párroco se arrellanó en el asiento duro, y empezó a rezar, sintiendo que el triscar del agua sobre la bóveda actuaba de somnífero en su organismo. A veces, por falta de fieles, el sueño lo dominaba, y permanecía allí, encerrado en el confesionario ¾una mancha oscura contra la pared enjabelgada¾ hasta que Etelvina, su cocinera, acudía a despertarlo. Ahora el viento y la lluvia, y los gemidos del envigado y del ciprés de la casa parroquial, lo arrullaban dulcemente.

 

Pero salió del aletargamiento en que se sumergía: una ventana batía ruidosa en algún rincón. Las garras de una ráfaga corrieron veloces sobre el piso, introduciéndose en todos los resquicios, arañando la piel del anciano con uñas de hielo Permaneció escuchando, sorprendido de su brusca vuelta en sí. Y comprendió que no estaba solo. Eso lo había despertado: la llegada de un fiel. Acercando el rostro a la celosía, murmuró:

 

¾Ave María Purísima.

 

En pos de la rejilla llegó un sonido ininteligible, una ristra de apagados crujidos metálicos. Luego una voz sibilante, entrecortada, a la que una curiosa distancia parecía deformar:

 

¾¿Es usted un sacerdote?

 

¾Pues... ¿Qué no conoce usted las iglesias?

 

¾Es la primera vez que entro en una. No soy de aquí.

 

¾Pero, ¿cómo es posible que una persona no haya entrado a una iglesia, aunque no sea sino por curiosidad? ¾Las voces del viento y la lluvia volvieron a subir de tono.

 

¾Un habitante de otro mundo no tendría por qué haber entrado en un templo, ¿no? ¾La voz tardaba algunos segundos antes de iniciar cada frase: previamente se oían los sonidos que el párroco escuchara por vez primera.

 

¾¿Quién se ha creído usted? ¿Se está burlando de mí?

 

¾¡No se mueva de su sitio! Ya se lo dije: soy un ser de otro mundo. No le voy a hacer daño.

 

No. No sueñas. Es tu confesionario, es tu iglesia. No hace ni cinco minutos que pensabas en seres de otros mundos. ¡La historia de Chuma y Pancho!

 

¾¿Cuándo llegó usted?

 

¾Ayer. Escuché un diálogo que sostuvo con la última persona que había aquí. Me enteré así del hecho que usted es un sacerdote, un intermediario entre el ser común y las Potencias.

 

¾¡Es un pecado gravísimo escuchar una confesión! ¾El recuerdo de la advertencia del otro lo hizo permanecer quieto.

 

¾¿Cómo iba a saber que estaba cometiendo una falta? Quise venir a dar una vuelta al pueblo, pensando que la lluvia disimularía mi presencia. Pero antes de llegar me encontré con una patrulla armada, de a caballo. Traté de hablarles. En lugar de oírme me dispararon. Desgraciadamente mis defensas son automáticas: los tres hombres y sus caballos fueron volatilizados.

 

 

¾¿Me quiere decir que mató a esa gente? ¿Cuándo? ¿Dónde?

 

¾Hace una media hora, junto a un estero que pasa cerca del pueblo. La llamarada del disparo debió ser vista por alguien. Sentí ladridos y voces. No pude volver a tomar el camino hacia mi nave, y me vi obligado a venir a refugiarme aquí. Me pareció un sitio aislado y seguro.

 

¾Pero... ¡Todo el pueblo debe estarlo buscando!

 

¾¿Por qué? Apenas quedaron algunas cenizas. ¿Usted cree que alguien va a descubrir algo? Aunque usted se los contase, no lo creerían.

 

¾¡Matar es gravísimo! Y usted... ¡No parece en absoluto arrepentido!

 

¾¿Por qué? Ellos fueron los primeros en disparar.

 

Sí: tiene razón. Pero, ¿habrías escuchado tú las explicaciones de una criatura desconocida, de aspecto quizá repugnante? ¿Quién lo habría hecho? Ni siquiera los hombres más sabios del mundo.

 

¾¿Cómo habla nuestro idioma?

 

¾Desde el espacio, mediante la radio y la televisión, es fácil aprender todo lo de la Tierra. ¾Pero, ¿de dónde viene usted?

 

¾De otro sistema solar. Había venido antes a la Tierra, aunque sólo una vez me comuniqué con un hombre. Era un tipo joven, eso sí. Porque usted es un hombre de edad, ¿no?

 

¾Sí, soy viejo. ¾Los dedos de la lluvia tamborilearon melancólicos en el cinc¾. Tengo setenta años.

 

Sí: estas viejo. Nunca te había preocupado tu vejez. Pero ahora... ¡Cómo sientes el peso de los años! ¿Qué has hecho durante tu vida como para merecer la atención de un habitante de otro mundo? Has sido un pobre sacerdote de aldea. Nada más. Y tu destino no tendrá grandes variaciones: morirás en este pueblucho, aislado del mundo, y tus huesos irán a descansar en el viejo cementerio, bajo los cipreses, junto a las tumbas ruinosas de tus fieles que se alinean en el borde de un camino disparejo, cubierto de malezas que ocultan la mitad de los nichos inferiores. Y en las noches de invierno el barro nacerá a los pies de los sepulcros, y la áspera piel del agua y del viento hará palidecer las cruces que, cansadas de vigilar a los muertos, se inclinan día a día.

 

¾En un sistema solar lejano hay un planeta poblado por una raza igual a la terrestre. Yo estuve allí hace mucho tiempo.

 

¾¿Sí? ¿Usted ha visto hombres en otro mundo? ¾El triscar de la lluvia perdió su melancolía¾. ¿Creen en Dios, en la Virgen, en la Santísima Trinidad?

 

¾No lo sé. No vi sacerdotes ni templos. Es un mundo muy evolucionado. Ha terminado con las enfermedades, el crimen, las guerras, y su gente vive durante largos años en perfecta salud y vigor. Allá usted podría recuperar su juventud y vivir plenamente un montón de años más.

 

¾¡Qué hermoso debe ser eso! ¾El viento y la lluvia se alejaron a una distancia infinita¾. Quizá sean seres no contaminados con el pecado original. Dios, en medio de su infinita sabiduría, pudo permitir la existencia de seres casi perfectos, de verdaderos ángeles. Un planeta poblado por ángeles. El paraíso terrenal seguramente.

Un mundo sin sacerdotes ni templos. ¿Para qué van a necesitarlos si son perfectos?

 

¾Volví una vez allí, a dejar un hombre.

 

¾¿Usted llevó un hombre a ese planeta?

 

¾Sí: a un inválido, que había perdido las piernas en un accidente. Le hablé de ese mundo, y me pidió que lo llevase. Allí pudo recuperar las piernas y llevar una existencia feliz.

 

Dios. A ti podría llevarte. Volverías a ser joven: llevarías una vida placentera, dotado de eterna juventud. Pero eres un sacerdote... Debes permanecer junto a tus fieles, enderezar las almas descarriadas. Si te vas traicionarías tu juramento al Hacedor. Dios mío. ¿Y si este ser de otros mundos ha sido enviado por el Altísimo para recompensarte al final de tu vida por todas tus privaciones y sacrificios, permitiéndote vivir en ese mundo paradisíaco?

 

¾Si usted quiere, podría llevarlo a ese planeta. Tendríamos que partir de inmediato, eso sí.

 

Tu madre te metió al seminario, porque te creía destinado a la santidad. Y trataste de responder a sus esperanzas. Y creciste y maduraste con las sotanas sobre los hombros, viendo a tu alrededor como la gente amaba y se enriquecía. Y tu sangre vibró con las llegadas de las primaveras. Y las primaveras se sucedieron a los inviernos, y los otoños ahogaron a los veranos. Y vino la madurez con su amarga recapitulación sobre todo lo vivido y no realizado. Y las largas noches de desesperación. Hasta que tu fuego comenzó a extinguirse como el rescoldo de una fogata dejada de alimentar. Ahora, resignado, te disponías a esperar la muerte, y que tu cuerpo fuese a engrosar las tierras sombreadas de cipreses del cementerio.

 

Pero llega este habitante de otros mundos...

 

¾Ya todos en el pueblo deben haber vuelto a sus casas. Tengo que irme.

 

Una transpiración fría empapó los viejos miembros del párroco, y por todo su cuerpo se extendió, como un fluir de arena, una intolerable comezón.

 

¾¿Sabe? Llevaré conmigo al Santísimo Sacramento. No le importa, ¿verdad?

 

El sollozo de una ráfaga murió junto al altar.

 

¾¿Para qué? ¾La respuesta llegó remota, casi inoíble.

 

¾No podría vivir sin Él. Imagínese: he sido sacerdote toda una vida.

 

La lluvia y el viento no declinaban. Pero fuera de su estrépito, en la nave reinaba una calma perfecta. Rezando, el sacerdote se puso de pie. Salió del confesionario.

 

El reclinatorio, envuelto en penumbras, estaba vacío.

 

 

F I N

 

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