© Libro N° 6787.
Elogio Del Amor. Badiou, Alain. Emancipación. Diciembre 21 de 2019.
Título
original: © Elogio Del Amor. Alain Badiou con Nicolas Truong
Versión Original: © Elogio Del Amor. Alain Badiou con Nicolas Truong
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ELOGIO DEL AMOR
Alain Badiou
con Nicolas Truong
Alain
Badiou
con Nicolas Truong
Elogio
del amor
Traducción y establecimiento al español: Alejandro Arozamena
Café Voltaire
Flammarion
Para
Helena
(de
A. Arozamena)
“El
amor está por reinventar, ya se sabe”
Arthur
Rimbaud, Una temporada en el infierno, Delirios I
PRESENTACIÓN
Es
importante que el filósofo recuerde las innumerables circunstancias de la vida
en las cuales no se distingue de ningún otro. Por lo demás, si se olvida de
ello la tradición teatral (y particularmente la comedia) tendrá que volver a
metérselo, quizás un poco rudamente, en la cabeza. En efecto, sobre la escena
está un tipo bien definido como es el del filósofo enamorado, donde se ve que
toda su sabiduría estoica, toda su desconfianza argumentada con respecto a las
pasiones, se hacen añicos cuando una mujer radiante entra en el salón, porque
por ella habrá sido fulminado para siempre.
Hace
tiempo que yo he tomado la delantera, tanto en la vida como en el pensamiento.
He planteado que el filósofo (y bajo está palabra, que se entiende en neutro,
se encuentra también la filósofa) sin duda debe ser un científico advertido, un
aficionado a los poemas y un militante político, pero también que debe asumir
que el pensamiento jamás es separable de las violentas peripecias del amor.
Científico(a), artista, militante y amante, tales son los papeles que la
filosofía exige de su sujeto. Y, a eso, es a lo que he llamado las cuatro
condiciones de la filosofía.
Por
ello, respondí “sí” cuando Nicolas Truong me convidó a un diálogo público sobre
el amor, en la serie “Teatro de las ideas” que organiza con el Festival de
Avignon. Esta mezcla de teatro, de multitud, de diálogo, de amor y de filosofía
tenía algo embriagador. Además era el 14 de Julio (2008) y yo me alegraba de
que el amor, esa fuerza fuerza cosmopolita, turbia, sexuada, que transgrede
fronteras y estatutos sociales, fuera celebrada en lugar del Ejército, de la
Nación y del Estado.
Fanfarroneemos
un poco: Nicolas, el preguntador, y yo mismo estábamos en forma, y fue
todo
un éxito. Que no se dude: un éxito considerable.
Las
ediciones Flammarion tuvieron la buena idea de hacerse eco de este éxito,
primero bajo forma sonora (un CD de la sesión), y después en forma escrita (un
libro). El texto que se va a leer es un redesplegamiento de lo que se dijo
aquel día. Guarda el ritmo improvisado, la claridad, el élan, pero es más
completo, más profundo. Verdaderamente creo que es, de cabo a rabo, lo que su
título dice que es: un elogio del amor, propuesto por un filósofo que, como
Platón, al que siempre cito, piensa que “quien no comience por el amor, jamás
sabrá lo que es la filosofía”. Por tanto, aquí es el filósofo-amante Alain
Badiou el que aguanta el asalto del preguntador advertido, filósofo también, y
amante por supuesto, Nicolas Truong.
I
EL
AMOR AMENAZADO
En
un libro que se ha convertido en célebre, ¿De qué es Sarkozy el nombre?, usted
sostiene que “el amor debe ser reinventado pero también, simplemente,
defendido, porque se encuentra amenazado en todas partes”. ¿Amenazado por
quién? Y ¿en qué sentido los viejos matrimonios acordados de hoy revisten,
según usted, hábitos nuevos? Creo que una reciente publicidad para un sitio de
encuentros por Internet le ha impresionado particularmente...
Es
cierto, París ha sido cubierto de carteles de la página web de encuentros
Meetic, carteles cuyos títulos me han interpelado. Puedo citar un cierto número
de eslóganes de esta campaña publicitaria. El primero dice -y se trata de la
tergiversación de una cita de teatro- “¡Encuentre el amor sin el azar!”. Y
luego, hay otra: “¡Se puede estar enamorado sin caer enamorado!”. Así pues,
nada de caída, ¿no es eso? Y, después, también está el de: “¡Usted puede
perfectamente estar enamorado sin sufrir!” Y todo ello gracias a la página de
encuentros Meetic... que nos propone -la expresión me pareció absolutamente
notable- un “coaching amoroso”. Tendremos, pues, un entrenador que va a
prepararnos para afrontar la prueba. Pienso que esta propaganda publicitaria
depende de una concepción securitaria del “amor”. Es el amor asegurado a todo
riesgo: usted tendrá el amor, pero como un asunto tan bien calculado, habrá
seleccionado tan bien a su compañero cliqueando en Internet -evidentemente
tendrá su foto, sus gustos en detalle, su fecha de nacimiento, su signo
astrológico, etc.- que al término de esta inmensa combinación usted podrá
decir: ¡ahora ya, con todo esto, no puede fallar... después de todo esto va a
funcionar... ahora ya no hay ningún riesgo!” Y eso es propaganda, es teniendo
interés como la publicidad se hace en ese registro. Ahora bien, obviamente yo
estoy convencido de que el amor, en tanto que es un gusto colectivo, en tanto
que es, para casi todo el mundo, la cosa que da a la vida intensidad y
significación, yo pienso que el amor, en la existencia, no puede ser ese don
que se hace a la ausencia total de riesgos. Me parece un poco como la
propaganda por la guerra “cero muertos” que en algún momento hizo el ejército
norteamericano.
Según
usted, ¿habría una correspondencia entre la guerra “cero muertos” y el amor
“cero riesgos” de la misma manera que existe, para los sociólogos Richard
Sennett y Zygmunt Bauman, una analogía entre el “yo no te comprometo” que dice
el agente del capitalismo financiero al trabajador precarizado y el “yo no me
comprometo” que pronuncia a su compañero o compañera el “amante” indiferente,
en un mundo en el que los vínculos se hacen y se deshacen en beneficio de un
libertinaje protegido y consumerista?
Todo
ello es un poco el mismo mundo. La guerra “cero muertos”, el amor “cero
riesgos”, nada de azar, nada de encuentro, ahí es donde yo veo, con los medios
de una propaganda general, una primera amenaza sobre el amor, que yo llamaría
la amenaza securitaria. Después de todo, no
está
lejos de ser un matrimonio acordado o arreglado. No lo es en nombre del orden
familiar, mediante padres despóticos, sino en nombre de la seguridad personal,
mediante un acuerdo previo que evita todo azar, todo encuentro, y finalmente
toda poesía existencial, en nombre de la categoría fundamental de la ausencia
de riesgos. Y después, la segunda amenaza que pesa sobre el amor, es la de
denegarle toda importancia. La contrapartida de esta amenaza securitaria no es
más que una variante del hedonismo generalizado, una variante de las figuras
del goce. Se trata, así, de evitar cualquier prueba inmediata y profunda de la
alteridad, donde el amor se teje. Añadamos, por lo mismo, y no pudiéndose nunca
eliminar el riesgo para lo bueno, la propaganda de Meetic, como la de los
ejércitos imperiales, consiste en decir que ¡el riesgo será para los otros! Si
está usted bien preparado para el amor, según los cánones de la seguridad
moderna, sabrá usted mandar a paseo al otro, que no está conforme con su
confort de usted. Si él sufre es asunto suyo ¿no es eso? Es que él no está en
la modernidad. Sucede de la misma manera que con el “cero muertos” de los
militares occidentales. Las bombas que tiran desde el aire matan a cantidad de
gente que tiene la mala suerte de vivir debajo. Pero son afganos, palestinos...
No son modernos, claro. El amor securitario, como todo aquello cuya norma es la
seguridad, es la ausencia de riesgos para todo aquel que tiene un buen seguro,
un buen ejército, una buena policía, una buena psicología del goce personal, y
es todo riesgo para aquel que tiene en frente. Se notará que por todas partes
se nos explica que las cosas se hacen “para nuestra comodidad y nuestra
seguridad”, desde los agujeros en las aceras hasta los controles de policía en
los pasillos del metro. En el fondo, tenemos ahí a los dos enemigos del amor:
la seguridad del contrato de seguros y la comodidad de los goces limitados.
Así
pues, ¿habría una especie de alianza entre una concepción libertaria y una
concepción liberal del amor?
En
efecto, creo que liberal y libertario convergen en la idea de que el amor es un
riesgo inútil. Y que se puede tener por un lado una cierta conyugalidad
preparada que se proseguirá en la dulzura del consumo y, por el otro, acuerdos
o arreglos sexuales placenteros y llenos de goce, haciendo economía de la
pasión. Desde este punto de vista, realmente pienso que el amor, en el mundo
tal cual es, se encuentra en ese asedio, en ese cerco y que está, a este
respecto, amenazado. Y creo que es una tarea filosófica, entre otras,
defenderlo. Lo que probablemente supone, como lo diría el poeta Rimbaud, que
también deba ser reinventado. Y ello no puede ser una ofensiva por la simple
conservación de las cosas. En efecto, el mundo está lleno de novedades y el
amor debe ser también comprendido en esa innovación. Hay que reinventar el
riesgo y la aventura contra la seguridad y la comodidad.
II
LOS
FILÓSOFOS Y EL AMOR
A
Rimbaud es a quien usted le toma prestada la fórmula “El amor está por
reinventar” y se apoya además, en su concepción del amor, en otros numerosos
poetas o escritores. Pero antes de llegar ahí, quizás, sea necesario interrogar
a los filósofos. Ahora bien, usted se ha asombrado por el hecho de que muy
pocos de entre ustedes, los filósofos, se hayan interesado seriamente en el
amor y, cuando lo han hecho, muy generalmente lo han hecho en desacuerdo con su
concepción. ¿Por qué razones?
La
cuestión de la relación de los filósofos con el amor es, en efecto, complicada.
El libro escrito por Aude Lancelin y Marie Lemonnier, Los filósofos y el amor.
Amar, de Sócrates a Simone de Beauvoir, lo demuestra. Y este libro es tanto o
más interesante en cuanto que combina sin ninguna vulgaridad ni vulgarización
el examen de las doctrinas con la investigación acerca de los filósofos. En
este sentido, prácticamente no hay precedentes. Lo que este libro pone en
evidencia es que la filosofía oscila entre dos extremos sobre el amor, incluso
cuando hay tantos otros puntos de vista intermedios. Por un lado está la
filosofía “anti-amor”, siendo Arthur Schopenhauer el representante más
flagrante. Éste explica, particularmente, que no perdonará jamás a las mujeres
el haber tenido la pasión del amor, porque ¡así es cómo ellas han hecho posible
la perpetuación de esta especie humana que, sin embargo, no valdría nada! Eso,
es un extremo. Y luego, en el otro extremo, tenemos a los filósofos que hacen
del amor uno de los estadios supremos de la experiencia subjetiva. Es el caso
de Sören Kierkegaard, por ejemplo. Para Kierkegaard, hay tres estadios de la
existencia. En el estadio estético, la experiencia del amor es la de la
seducción vana y la de la repetición. El egoísmo del goce y el egoísmo de este
egoísmo animan a los sujetos, cuyo arquetipo es el Don Juan de Mozart. En el
estadio ético, el amor es verdadero, experimenta su propia seriedad. Se trata
de un compromiso eterno, dirigido hacia lo absoluto, del que tuvo experiencia
Kierkegaard en su larga corte a una jovencita llamada Regina. El estadio ético
puede hacer de transición hacia el estadio supremo, el estadio religioso, si el
valor absoluto del compromiso está sancionado mediante el matrimonio. El
matrimonio es, entonces, concebido no del todo como una consolidación del
vínculo social contra los peligros de la errancia amorosa, sino como lo que
vuelve al amor verdadero hacia su destino esencial. Existe esa posibilidad de
transfiguración final cuando “el yo se sumerge a través de su propia
transparencia en la potencia que lo plantea”, lo que se puede entender como:
cuando, gracias a la experiencia del amor, el yo se enraíza en su proveniencia
divina. El amor es entonces, más allá de la seducción y en la mediación seria
del matrimonio, un medio de acceder a lo suprahumano.
Como
se ve, la filosofía estaría dispuesta, pues, a una gran tensión. Por un lado,
un espacio de sospecha racional aplicado sobre el amor como extravagancia
natural del sexo. Por el otro, una apología del amor por lo general muy próxima
del élan religioso. Teniendo como segundo plano al cristianismo, que es, cuando
menos, una religión del amor. Nótese bien que esta tensión es casi
insoportable.
Así, Kierkegaard no pudo soportar la idea de desposar a Regina, y rompió con
ella. Finalmente, acabo encarnando al seductor estetizante del primer estadio,
la promesa ética del segundo estadio y el fracaso del pasaje, via la seriedad
existencia del matrimonio, al tercer estadio. En cualquier caso, atravesó todas
las figuras de la reflexión filosófica sobre el amor.
¿No
está contenido el origen de su propio interés por esta cuestión en el gesto
inaugural de Platón que hace del amor una de las modalidades de acceso a la
Idea?
Lo
que Platón dice sobre el amor es muy preciso: dice que hay en el élan amoroso
un germen de universal. La experiencia amorosa es un élan hacia algo que él va
a llamar la Idea. Así, incluso cuando simplemente estoy admirando un cuerpo
bello, lo quiera o no, estoy ya de camino hacia la idea de lo Bello. En otros
términos, por supuesto, yo pienso algo del mismo orden, es decir que, en el
amor, hay la experiencia del pasaje posible de la pura singularidad del azar a
un elemento que tiene un valor universal. Teniendo como punto de partida algo
que, reducido a sí mismo, no es más que un encuentro, casi nada, se aprehende
que se puede experimentar el mundo a partir de la diferencia y no solamente de
la identidad. E incluso se pueden aceptar pruebas, se puede aceptar sufrir por
eso. Ahora bien, en el mundo de hoy, la convicción más ampliamente extendida es
que cada uno no siga sino su propio interés. Y entonces el amor es una
contraprueba. Si no se concibe como el único intercambio de beneficios
recíprocos, o si no se calcula ampliamente de antemano como una inversión
rentable, el amor es verdaderamente esta confianza hecha al azar. Nos lleva a
los parajes de una experiencia fundamental de lo que es la diferencia y, en el
fondo, nos lleva hacia la idea de que se puede experimentar el mundo desde el
punto de vista de la diferencia. Y es en ello en donde hay una carga universal,
que es una experiencia personal de la universalidad posible, y que es
filosóficamente esencial, tal y como, en efecto, Platón tuvo la primera intuición.
Igualmente
en diálogo con Platón, el psicoanalista Jacques Lacan, que según usted es uno
de los más grandes teóricos del amor, sostenía que “no hay relación sexual”.
¿Qué quería decir con esto?
Es
una tesis muy interesante, derivada de la concepción escéptica y moralista pero
que desemboca en un resultado contrario. Jacques Lacan nos recuerda que en la
sexualidad, en realidad, cada uno está, en gran parte, a lo suyo, por decirlo
así. Por supuesto, está la mediación del cuerpo del otro, pero a fin de
cuentas, el goce será siempre el goce de uno. Lo sexual no une, separa. Que uno
esté desnudo (a), pegado (a) al otro, es una imagen, una representación
imaginaria. Lo real es que el goce te arrastra lejos, muy lejos del otro. Lo
real es narcisista, el vínculo es imaginario. Por tanto, no hay relación
sexual, concluye Lacan. Fórmula que formó un escándalo, puesto que justo en esa
época era cuando todo el mundo hablaba de las “relaciones sexuales”. Y si no
hay relación sexual en la sexualidad, el amor es lo que viene a suplir a la
falta de relación sexual. Lacan no dice, en absoluto, que el amor sea el
disfraz de la relación sexual, dice que no hay relación sexual, que el amor es
lo que viene al lugar de esta no-relación. Es mucho más interesante. Esta idea
le conduce a decir que, en el amor, el sujeto intenta abordar el “ser del
otro”. Es en el amor donde el sujeto va más allá de sí mismo, más allá del
narcisismo. En el sexo, a fin de cuentas, uno está en relación con uno mismo en
la mediación del otro. El otro te sirve para descubrir lo real del goce. En el
amor, en cambio, la mediación del otro vale por sí misma. Y eso es el encuentro
amoroso: uno parte al asalto del otro, a fin de hacerle existir con uno, tal
como es. Se trata de una concepción mucho más profunda que la concepción
absolutamente banal según la cual el amor no sería más que una pintura
imaginaria sobre lo real del sexo.
De
hecho, también Lacan se instala en los equívocos filosóficos concernientes al
amor. Decir que el amor “suple a la falta de la relación sexual” puede, en
efecto, comprenderse de dos maneras diferentes. La primera, la más banal, es
que el amor viene a tapar imaginariamente el vacío
de
la sexualidad. Después de todo, bien es verdad que la sexualidad, por muy
magnífica que sea (y puede serlo), se termina en una suerte de vacío. Y, desde
luego, esa es la razón por la cual está bajo la ley de la repetición: hay que
recomenzar una y otra vez, y volver a empezar otra vez más. ¡Todos los días,
cuando se es joven! Entonces el amor sería la idea de que algo permanece en ese
vacío, de que los amantes están ligados, vinculados por algo más, alguna otra
cosa que esa relación que no existe. Siendo yo muy joven me impresionó, casi me
asqueó, un pasaje de Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo , donde describe,
después del acto sexual, el sentimiento que gana al hombre de que el cuerpo de
la mujer es aburrido y bochornoso, y el sentimiento simétrico de la mujer es el
de que el cuerpo del hombre, excepto el sexo erguido, es generalmente
desgraciado, incluso un poco ridículo. En el teatro, la farsa nos hace reír
mediante un uso constante de estos pensamientos tristes. El deseo del hombre es
el del Falo cómico, vientre gordo e impotencia, y la mujer vieja y desdentada
con los senos caídos es el porvenir real de toda belleza. La dulzura amorosa,
cuando uno se duerme en brazos del otro, sería como un manto de Noé echado
sobre estas desagradables consideraciones. Pero Lacan piensa también lo
contrario, a saber que el amor tiene un alcance que se puede decir ontológico.
Mientras que el deseo se dirige en el otro, y de manera siempre un poco
fetichista, hacia determinados objetos, hacia objetos elegidos como los senos,
las nalgas, la verga..., el amor se dirige al ser mismo del otro, al otro tal y
como surgió, totalmente armado de su ser, en mi vida tan rota y recompuesta.
En
suma, usted dice que sobre el amor hay concepciones filosóficas muy
contradictorias.
Discierno
tres, principalmente. Primero, la concepción romántica, que se concentra en el
éxtasis del encuentro. Después, y nosotros hemos hablado un poco de ella a
propósito del sitio de encuentros Meetic, la concepción que se puede llamar
comercial o jurídica, según la cual el amor sería finalmente un contrato. Un
contrato entre dos individuos libres que declaran que se aman, pero prestando
atención a la igualdad de la relación, al sistema de ventajas recíprocas, etc.
Igualmente, hay una concepción escéptica, que hace del amor una ilusión. Lo que
yo intento decir en mi propia filosofía es que el amor no se reduce a ninguna
de esas tentativas, y que es una construcción de verdad. Y un o se preguntaría:
¿verdad sobre qué? Pues bien, verdad sobre un punto muy particular, a saber:
¿qué es lo que se experimenta a partir de lo Dos y no de lo Uno?¿Qué es el
mundo examinado, practicado y vivido a partir de la diferencia y no de la
identidad? Yo pienso que el amor es eso. Es el proyecto, que incluye
naturalmente el deseo sexual y sus pruebas, que incluye el nacimiento de un
niño, pero que incluye igualmente otras mil cosas, a decir verdad, no importa
qué a partir del momento en el que se trata de vivir una prueba desde el punto
de vista de la diferencia.
Dado
que el amor es, según usted, una manera de hacer la experiencia del mundo a
partir de la diferencia, ¿por qué no comparte usted la concepción de Emmanuel
Levinas, según el cual el amante ama en la persona amada no “una cualidad
diferente de todas las demás, sino la cualidad misma de la diferencia”? ¿por
qué el amor no es para usted una experiencia del otro?
Creo
que es esencial comprender que la construcción de un mundo a partir de una
diferencia es absolutamente otra cosa que la experiencia de la diferencia. La
visión de Levinas parte de la experiencia irreductible del rostro del otro,
epifanía cuyo soporte, en definitiva, es Dios como “lo totalmente-Otro”. La
experiencia de la alteridad es central, pues ella funda la ética. Y concluye,
siguiendo a una gran tradición religiosa, que el amor es por excelencia un
sentimiento ético. A mi juicio no hay nada especialmente “ético” en el amor
como tal. A decir verdad, es que a mi no acaban de gustar del todo estas
rumiaciones teológicas a partir del amor, incluso aún sabiendo que tienen
grandes efectos en la historia. En ellas veo la revancha última de lo Uno
contra lo Dos. En verdad, para mí existe el encuentro con el otro, pero
precisamente el encuentro no es una experiencia, es un acontecimiento que
seguirá siendo totalmente opaco y no tiene realidad más que en sus
consecuencias multiformes en el mundo real. Tampoco veo al amor como una
experiencia “oblativa”, es decir, una experiencia en la cual yo me olvido en
beneficio del otro, en sí mismo
modelo
en este mundo de aquello que en ultimidad me relaciona con lo totalmente-Otro.
Ya Goethe decía, al final del Fausto, que “el eterno femenino nos lleva hacia
lo Alto”. Y éstas son expresiones que, discúlpenme, yo encuentro ligeramente
obscenas. El amor no me lleva hacia “lo de Arriba”, ni tampoco, por lo demás,
hacia “lo de Abajo”. El amor es una proposición existencial: construir un mundo
desde un punto de vista descentrado respecto a mi simple pulsión por
sobrevivir, o sea, respecto a mi interés. Yo opongo, aquí, “construcción” a
“experiencia”. Digamos que si, apoyado sobre la espalda de aquella a quien amo,
veo la paz de la tarde en lugar montañoso, la pradera de un verde dorado, la
sombra de los árboles, los corderos con hocicos negros inmóviles detrás de los
setos y el sol a punto de ponerse detrás de las rocas, y sé, no por su rostro,
sino en el mundo mismo tal y como es, que aquella a quien amo ve el mismo
mundo, y que esta identidad forma parte del mundo, y que el amor es justamente,
en ese momento mismo, esta paradoja de una diferencia idéntica, entonces el
amor existe y promete existir todavía. Y es que ella y yo somos incorporados a
ese único Sujeto, el Sujeto de amor, que intenta el desplegamiento de un mundo
a través del prisma de nuestra diferencia, de modo que este mundo advenga,
nazca, en lugar de ser sólo lo que llena mi mirada personal. El amor es siempre
la posibilidad de asistir al nacimiento del mundo. Por lo demás, el nacimiento
de un niño, si es en el amor, es uno de los ejemplos de esta posibilidad.
III
LA
CONSTRUCCIÓN AMOROSA
Llegamos
ahora a su propia concepción del amor. Ya hemos dicho que Rimbaud quería
reinventar el amor. Pero, ¿a partir de qué pensamiento del amor se puede, pues,
reinventarlo?
Pienso
que es necesario abordar la cuestión del amor a partir de dos puntos que
corresponden a la experiencia de cada uno. Primero, en el amor se trata de una
separación o una disyunción, que puede ser la simple diferencia de dos personas
con su subjetividad infinita. Esta disyunción es, en la mayoría de los trazos,
la diferencia sexual. Y, cuando no es el caso, el amor impone a pesar de todo
que se confronte a dos figuras, a dos posturas de representación diferentes.
Dicho de otro modo, en el amor, uno tiene un primer elemento que es una
separación, una disyunción, una diferencia. Tenemos un Dos. En el amor se
trata, ante todo, de un Dos. El segundo punto, es que, precisamente porque se
trata de una disyunción, en el momento en que lo Dos se va a mostrar, a entrar
en escena como tal y experimentar el mundo de manera nueva, no puede tomar más
que una forma azarosa o contingente. Es lo que se llama el encuentro. El amor
se inicia siempre en un encuentro. Y a este encuentro yo le doy el estatuto, de
alguna manera metafísico, de un acontecimiento, es decir de algo que no entra
en la ley inmediata de las cosas. Los ejemplos literarios o artísticos que
ponen en escena este punto de partida del amor son innumerables. Muchos relatos
y novelas han sido consagrados a casos en los que lo Dos es particularmente
pronunciado, en los cuales los dos amantes no pertenecen a la misma clase, al
mismo grupo, al mismo clan o al mismo país. Romeo y Julieta siguen siendo,
evidentemente, la alegoría de esta disyunción, puesto que pertenecen a mundos
enemigos. Este lado diagonal del amor, que pasa a través de las dualidades más
poderosas y las separaciones más radicales, es un elemento absolutamente
importante. El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo
contingente, algo sorprendente, como “las sorpresas del amor” (el teatro, una
vez más). A partir de este acontecimiento, el amor puede ser iniciado o
introducido. Es el primer punto, absolutamente esencial. Esta sorpresa pone en
marcha un proceso que es fundamentalmente una experiencia del mundo. El amor,
no es simplemente el encuentro y las relaciones cerradas entre dos individuos,
es una construcción, es una vida que se hace, no ya desde el punto de vista de
lo Uno, sino desde el punto de vista de lo Dos. Es lo que yo llamo la “escena
de lo Dos”. Personalmente, siempre estoy interesado en la cuestiones de la
duración y el proceso, y no solamente en las cuestiones del comienzo.
Según
usted, el amor no se resume al encuentro, sino que se realiza en la duración.
¿por qué razones rechaza la concepción fusional del amor?
Creo
que hay una concepción romántica del amor todavía muy presente, que, de
cualquier
manera,
lo consume en el encuentro. Es decir, que el amor se quema, se consuma y se
consume al mismo tiempo, en el encuentro, en un momento de exterioridad mágica
en el mundo tal cual es. Ahí, algo llega que es del orden del milagro, una
intensidad de existencia, un encuentro fusional. Pero cuando las cosas se
despliegan así ya no estamos ante la “escena de lo Dos”, sino ante la “escena
de lo Uno”. Es la concepción fusional del amor: los dos amantes se han
encontrado y algo así como un heroísmo de lo Uno tiene lugar contra el mundo.
Se notará que, generalmente, en la mitología romántica, este punto de fusión
conduce a la muerte. Hay un vínculo íntimo y profundo entre el amor y la
muerte, cuya cumbre es sin duda el Tristán e Isolda de Wagner, porque el amor
se ha consumido en el momento inefable y excepcional del encuentro y porque
después ya no puede entrar en el mundo que sigue siendo exterior a la relación.
Es
una concepción radicalmente romántica, y creo que debe ser rechazada. Es de una
belleza artística extraordinaria, pero, a mi juicio, tiene un inconveniente
existencial muy grave. Creo que hay que tenerla por un poderoso mito artístico
pero no por una verdadera filosofía del amor. Porque, después de todo, el amor
tiene lugar en el mundo. Es un acontecimiento que no era previsible o
calculable según las leyes del mundo. Nada permite arreglar el encuentro -ni
siquiera Meetic, ¡aún habiendo, antes, chateado muchísimo!- porque, finalmente,
en el momento en que se ve se ve, y lo que se ve es eso: ¡que es irreductible!
Pero el amor no puede reducirse al encuentro; pues es una construcción. El
enigma del pensamiento del amor es la cuestión de esta duración que cumple. En
el fondo, el punto más interesante no es la cuestión del éxtasis de los
comienzos. Por supuesto que existe el éxtasis de los comienzos, pero un amor es
ante todo una construcción duradera. Digamos que el amor es una obstinada
aventura. El lado aventurero es necesario, pero no lo es menos la obstinación.
Dejarse caer al primer obstáculo, a la primera divergencia seria, en los
primeros aburrimientos, no es sino una desfiguración del amor. Un amor
verdadero es aquel que triunfa duraderamente, a veces duramente, sobre los
obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le proponen.
¿Y
cuál es la naturaleza de esta construcción?
Se
sabrá que en los cuentos no se nos dice gran cosa. En los cuentos se dice:
“Ellos se casaron y tuvieron muchísimos niños”. Sí, pero ¿el amor es casarse?
¿es tener niños? Esa explicación es demasiado escasa y estereotipada. La idea
de que el amor se acaba o se realiza exclusivamente en la creación de un
universo familiar no es satisfactoria. No porque el universo familiar no forme
parte del amor -mantengo que forma parte del amor-, sino porque no se puede
reducir a ello. Es necesario comprender cómo el nacimiento de un niño forma
parte del amor, pero no hay que decir que la realización del amor sea el
nacimiento de un niño. La cuestión de la duración es lo que me interesa del
amor. Precisemos: por “duración” no hay que entender principalmente que el amor
dure, que se ame siempre o para siempre. Hay que entender que el amor inventa
una manera diferente de durar en la vida. Que la existencia de cada uno, en la
prueba del amor, se confunde con una temporalidad nueva. Ciertamente, para
hablar como el poeta, el amor es también el “duro deseo de durar”. Pero, más
todavía, es el deseo de una duración desconocida. Porque, como todo el mundo
sabe, el amor es una reinvención de la vida. Y reinventar el amor es reinventar
esta reinvención.
En
su obra Condiciones usted rechaza ciertas ideas tenaces sobre el amor,
particularmente la concepción del sentimiento amoroso como ilusión, muy querida
por la tradición pesimista de los moralistas franceses, según la cual es amor
no es más que “el semblante ornamental por donde pasa lo real del sexo” o bien
que “el deseo y el goce sexual son el fondo del amor”. ¿Por qué critica esta
concepción?
Esta
concepción moralista pertenece a una tradición escéptica. Y esta filosofía
pretende que en realidad el amor no existe y que no es más que el oropel del
deseo. Según esta visión, el amor no es más que una construcción imaginaria
pegada sobre el deseo sexual. Esta concepción, que tiene
una
larga historia, nos invita a desconfiar del amor. Por ello, pertenece ya al
registro securitario, porque consiste en decir: “Escucha, si tienes deseos
sexuales, realízalos. Pero no te hagas ilusiones con la idea de que es
necesario amar a alguien. ¡Prescinde de todo eso y ve derecho al objetivo!”
Pero en este caso, yo simplemente diría que el amor es descalificado -o
deconstruido, si se quiere-en nombre de lo real del sexo.
Sobre
este punto quisiera hacer valer mi experiencia viva. Yo conozco, y creo que un
poco como todo el mundo, la insistencia del deseo sexual. Mi edad no me lo ha
hecho olvidar. También sé que el amor inscribe en su devenir la realización de
este deseo. Y es un punto importante porque, como toda una literatura muy
antigua nos dice, el cumplimiento del deseo sexual funciona también como una de
las raras pruebas materiales, absolutamente ligada al cuerpo, de que el amor es
algo más que una declaración. La declaración del tipo “te amo” sella el
acontecimiento del encuentro, y es fundamental: compromete. Pero liberar
nuestro cuerpo, desnudarnos para el otro, cumplir los gestos inmemoriales,
renunciar a todo pudor, criar, toda esta entrada en escena del cuerpo vale como
prueba de un abandono al amor. Y, por lo mismo, se trata de una diferencia
esencial con la amistad. La amistad no tiene prueba corporal, resonancia en el
goce del cuerpo. Y ello porque es el sentimiento más intelectual, de ahí que
aquellos filósofos que desconfían de la pasión lo hayan preferido siempre. El
amor, sobre todo en la duración, tiene todos los rasgos positivos de la
amistad. Pero el amor se relaciona con la totalidad del ser del otro, y el
abandono del cuerpo es el símbolo material de esta totalidad. Se dirá: “¡Pero
no! Es el deseo y sólo él quien funciona, entonces.”. Yo sostengo que, en el
elemento del amor declarado, es esta declaración, incluso si es todavía
latente, la que produce los efectos de deseo, y no directamente el deseo. El amor
quiere que su prueba envuelva el deseo. La ceremonia de los cuerpos es entonces
el testimonio material de la palabra, es eso a través de lo que pasa la idea de
que la promesa de una reinvención de la vida será sostenida, y primera a ras de
cuerpo. Pero los amantes saben, hasta en el más violento delirio, que el amor
está ahí, como un ángel guardián de los cuerpos, en el despertar, en la mañana,
cuando la paz desciende sobre la prueba de que los cuerpos han entendido la
declaración de amor. He ahí la razón por la cual el amor no puede ser, y creo
que no lo es para nadie sino para los ideólogos interesados en su pérdida, un
simple revestimiento del deseo sexual, una astucia complicada y quimérica para
que se cumpla la reproducción de la especie.
IV
VERDAD
DEL AMOR
Precedentemente
ha recordado que Platón ya había atendido al particular vínculo entre amor y
verdad. Pero, según usted, ¿en qué es el amor un “procedimiento de verdad”?
En
efecto, sostengo que el amor es lo que, en mi jerga de filósofo, yo llamo un
“procedimiento de verdad”, es decir, una experiencia en la que un cierto tipo
de verdad se construye. Esta verdad es muy simplemente la verdad sobre lo Dos.
La verdad de la diferencia como tal. Y pienso que el amor -lo que yo llamo la
“escena de lo Dos”- es esta experiencia. En este sentido, todo amor que acepta
la prueba, que acepta la duración, que acepta justamente esa experiencia del
mundo desde el punto de la diferencia produce a su manera una verdad nueva
sobre la diferencia. Esta es la razón por la que todo amor verdadero interesa a
la humanidad entera, por muy humilde que pueda ser en apariencia, por muy
escondida que parezca. ¡Sabemos bien que las historias de amor apasionan a todo
el mundo! El filósofo debe preguntarse por qué nos apasionan. ¿Por qué todos
esos filmes, todas esas novelas, enteramente consagradas a historias de amor?
Tiene que haber algo universal en el amor para que todas esas historias
interesen a un público tan inmenso. Lo que hay de universal es que todo amor
propone una nueva experiencia de verdad sobre lo que es ser dos y no uno. Que
el mundo pueda ser encontrado y experimentado de otro modo que mediante una
conciencia solitaria, he ahí de lo que cualquier amor nos da una nueva prueba.
Y esta es la razón por la que nosotros amamos el amor, tal y como lo decía San
Agustín, amamos amar, pero amamos también que otros amen. Simplemente, porque
amamos las verdades. Ahí está lo que da todo su sentido a la filosofía: la
gente ama las verdades, incluso cuando no saben que las aman.
Esa
verdad parece tener que ser dicha, usted ha hablado de amor “declarado”. Según
usted, en el amor necesariamente hay una etapa de la declaración. ¿Por qué es
tan importante el hecho de tener que decir el amor?
Porque
la declaración se inscribe en la estructura del acontecimiento. Primero,
tenemos un encuentro. Ya he dicho que el amor comienza por el carácter
absolutamente contingente y azaroso del encuentro. Es, verdaderamente, el juego
del amor y del azar. Y son ineluctables. Existen siempre, a pesar de la
propaganda de la que hemos hablado. Pero el azar, en un momento dado, debe ser
fijado. Debe comenzar una duración, justamente. Es un problema, cuasi
metafísico, muy complicado: ¿cómo un puro azar en el punto de partida va a
devenir en el punto de apoyo de una construcción de verdad? ¿cómo esa cosa que
no era previsible y parecía ligada a las imprevisibles peripecias de la
existencia, sin embargo, va a convertirse en el completo sentido de dos vidas
mezcladas, emparejadas, que van a hacer la experiencia prolongada del constante
(re)nacimiento del mundo por mediación de la diferencia? ¿Cómo se pasa del puro
encuentro a la paradoja de un sólo
mundo
en el que se descifra que somos dos? En realidad es todo un misterio, Y, por
otra parte, ello alimenta también el escepticismo con respecto al amor. ¿Por
qué, se dirá, hablar de gran verdad a propósito del hecho, banal, de que
alguien, manos a la obra, haya encontrado a su compañero o compañera? Ahora
bien, es justamente eso lo que es preciso sostener: una acontecimiento de
apariencia insignificante, pero que en realidad es un acontecimiento radical de
la vida microscópica, es portador, en su obstinación y en su duración, de una
significación universal. Es verdad, sin embargo, que el “azar debe ser fijado”.
Es una expresión de Mallarmé: “El azar al fin es fijado...” Él no lo dice a
propósito del amor, lo dice a propósito del poema. Pero también se puede
aplicar al amor y a la declaración de amor, con las terribles dificultades y
angustias diversas que se le asocian. Bien mirado, las afinidades entre poema y
declaración de amor son bien conocidas. En los dos casos, hay un riesgo enorme
que se endosa al lenguaje. Se trata de pronunciar una palabra cuyos efectos, en
la existencia, pueden ser prácticamente infinitos. Y este es, también, el deseo
del poema. Las palabras más simples se cargan entonces de una intensidad casi
insostenible. Declarar el amor es pasar del acontecimiento encuentro al
comienzo de una construcción de verdad. Es fijar el azar del encuentro bajo la
forma de un comienzo. Y, por lo general, lo que ahí comienza dura tanto tiempo,
está tan cargado de novedad y de experiencia del mundo que, retrospectivamente,
no del todo como contingente y azaroso, como sucede con todo principio, sino
prácticamente como una necesidad. Así que el azar es fijado: la absoluta
contingencia del encuentro con alguien que no conocía acaba por tomar la altura
de un destino. La declaración de amor es el paso del azar al destino, y es esa
la razón por la que es tan peligrosa, tan cargada de una especie de angustia
espantosa. La declaración de amor, por otra parte, no sólo tiene lugar una
única vez, puede ser larga, difusa, confusa complicada, declarada y
re-declarada, y abocada a ser re-declarada una vez más. Es el momento en que el
azar es fijado. Donde uno se dice: lo que ha pasado aquí, este encuentro, los
episodios de este encuentro, yo se los voy a declarar al otro. Le voy a
declarar que aquí ha pasado algo que, al menos para mí, me compromete. Y ahí
está: yo te amo. Si “yo te amo” es una astucia para acostarse con alguien, y lo
que puede llegar tampoco es una astucia, entonces, ¿qué es? ¿Qué es lo que se
dice ahí? No es del todo simple decir “te amo”. Se tiene la costumbre de
considerar este pequeño miembro de la frase como absolutamente usado e
insignificante. Por otro lado, a veces, para decir “te amo” se prefieren
emplear otras palabras menos usadas o más poéticas. Pero siempre es para decir:
de lo que era un azar yo voy a sacar otra cosa. Voy a sacar una duración, una
obstinación, un compromiso, una fidelidad. Entonces, fidelidad es una palabra
que yo empleo aquí en mi jerga filosófica retirándola de su contexto habitual.
Significa justamente el paso de un encuentro azaroso a una construcción tan
solida como si hubiese sido necesaria.
A
propósito de esto, es importante citar el hermoso libro de André Gorz, Lettre à
D. Histoire d'un amour, declaración de amor del filósofo a su mujer, Dorine,
relato de un amor que, si puedo decirlo, duró desde siempre. He aquí las
primeras líneas: “Vas a cumplir ochenta años. Has empequeñecido seis
centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y siempre eres bella, graciosa y
deseable. Hace cincuenta y nueve años que vivimos juntos y te amo más que
nunca. De nuevo llevo en el hueco de mi pecho un vacío devorador que sólo calma
el calor de tu cuerpo contra el mío”. ¿Qué sentido da usted a la fidelidad?
¿No
tiene la fidelidad un sentido mucho más considerable que la sola promesa de no
acostarse con algún otro? ¿No muestra esto precisamente que el “yo te amo”
inicial no tiene necesidad de ninguna consagración particular, el compromiso de
construir una duración, a fin de de que al encuentro se le libre de su azar?
Mallarmé veía el poema como “el azar vencido palabra por palabra”. En el amor,
la fidelidad designa esta larga victoria: el azar del encuentro vencido día a
día en la invención de una duración, en el nacimiento de un mundo. ¿Por qué,
generalmente, se dice : te amaré siempre? A condición de que no sea una
astucia, desde luego. Y, obviamente, los moralistas son demasiado cínicos,
diciendo que en realidad jamás es verdad. Pues bien, hay gente que se ama
siempre, y son muchos más de los que se cree, y muchos más de los que se dicen.
Y todo el mundo sabe que decidir, sobre todo unilateralmente, el final de un
amor es siempre un desastre, sean cuales
sean
las excelentes razones que se pongan por delante. El abandonar un amor sólo
llegó una vez en mi existencia. Era mi primer amor y, progresivamente, he ido
siendo tan consciente de que este abandono era una falta que he vuelto hacia
ese amor inaugural, aunque tarde, demasiado tarde -se aproximaba la muerte de
la amada- pero con una intensidad y una necesidad incomparables. Después de
esto, jamás he renunciado. Ha habido dramas, desgarrramientos e incertidumbres,
pero jamás he abandonado un amor. Y creo estar bien seguro, desde el punto de
aquellas a quien he amado, de que realmente ha sido parta siempre. Así pues,
íntimamente, sé que la polémica escéptica es inexacta. Y, segundo, si el el “te
amo” es siempre, en muchos aspectos, un “te amo para siempre” es que, en
efecto, fija el azar en el registro de la eternidad. ¡No tengamos miedo de las
palabras! La fijación del azar es un anuncio de eternidad. En cierto sentido,
todo amor se declara eterno: la eternidad está contenida en la declaración...
Todo el problema está en inscribir, después, esta eternidad en el tiempo.
Porque, en el fondo, el amor es eso: una declaración de eternidad que debe
realizarse o desplegarse como pueda en el tiempo. Una irrupción de la eternidad
en el tiempo. Y es por esta razón por la que es un sentimiento tan intenso.
Entiendo que los escépticos más bien nos hacen reír porque si se intenta
renuncia al amor, no creer más en él, sería un verdadero desastre subjetivo, y
todo el mundo lo sabe. La vida, hay que decirlo, ¡sería absolutamente
descolorida! Por tanto, el amor sigue siendo una potencia. Una potencia
subjetiva. Una de las raras experiencias en las que, a partir de un azar
inscrito en el instante, uno tiene una proposición de eternidad. “Siempre” es
la palabra por la cual, de hecho, se dice la eternidad. Porque no se puede
saber lo quiere decir este “siempre” ni cual es su duración. “Siempre” quiere
decir “eternamente”. Simplemente es un compromiso en el tiempo, porque habría
que ser Claudel para creer que dura más allá del tiempo, en el fabuloso mundo
de después de la muerte. Pero la eternidad sí que puede existir en el tiempo
mismo de la vida, y el amor, cuya esencia es la fidelidad en el sentido yo le
doy a esta palabra, es lo que viene a probarlo. ¡La felicidad, en suma! Sí, la
felicidad amorosa es la prueba de que el tiempo puede albergar la eternidad.
Como también son pruebas el entusiasmo político cuando se participa en una
acción revolucionaria, el placer que liberan las obras de arte y la alegría
casi sobrenatural de la que una da prueba cuando al fin se comprende, en
profundidad, una teoría científica.
Pongamos
que el amor es el acontecimiento de lo Dos como tal, la “escena del Dos”. ¿Y el
niño? ¿No viene el niño a alterar o romper esta “escena de lo Dos”? ¿No es el
Uno que conjunta al Dos de los amantes, pero igualmente un Tres que puede
prolongarlos pero también separarlos?
Esa
una cuestión absolutamente profunda e interesante. Un amigo, Jérôme Bennaroch,
que es un Judío del estudio, acepta mi tesis sobre el amor hasta un cierto
punto. Siempre me dice: sí, vale, el amor es la prueba de lo Dos, es su
declaración, su eternidad, pero hay un momento en que debe probarse en el orden
de lo Uno. Es decir, que debe volver a lo uno. Y la figura a la vez simbólica y
real de este Uno es el niño. El destino verdadero del amor es cuando se tiene
al niño como la prueba de lo Uno. Yo opongo a su objeción muchas constataciones
empíricas, en particular, el hecho de que, en ese caso, haya que denegar el
carácter amoroso a las parejas estériles, homosexuales, etc. Después, más
profundamente, le digo: en efecto, el niño forma parte del espacio del amor en
tanto que es lo que, en mi jerga, yo llamo un punto. Un punto es un momento
particular sobre el cual un acontecimiento se estrecha, donde, de alguna
manera, debe volver a reinterpretarse el acontecimiento, como si volviera bajo
una forma desplazada, modificada, pero obligándonos a “redeclararlo”. En suma,
un punto es cuando las consecuencias de una construcción de verdad, ya sea
política, amorosa, artística o científica, generalmente nos obligan a rehacer
una elección radical, como al principio de todo, cuando aceptamos y declaramos
el acontecimiento. Tenemos que volver a decir de nuevo “yo acepto este azar, lo
deseo y lo asumo”. En el caso del amor hay que rehacer su declaración, y a
menudo con toda urgencia. Se podría decir: hay que (re)hacer el punto. Pienso
que el niño, el deseo del niño, el nacimiento, es eso. Forma parte del proceso
amoroso, es evidente, bajo la forma de un punto para el amor. Se sabe que para
toda pareja hay una prueba alrededor del nacimiento, que es a la vez un milagro
y una dificultad. Alrededor del niño, y precisamente porque ves uno, va a
desplegarse lo Dos. Lo Dos no va a poder continuar experimentándose en el mundo
tal
y
como lo hacía antes de que tuviera que confrontarse con este punto. En absoluto
niego que el amor sea secuencial, o dicho de otro modo que no ruede solo. Hay
puntos, pruebas, tentaciones, apariciones nuevas y, cada vez, es necesario
reinterpretar la “escena de lo Dos”, encontrar los términos de una nueva
declaración. Inauguralmente declarado, el amor también debe ser “re-declarado”.
Y esta es la razón por la cual el amor también está en el origen de las crisis
existenciales violentas. Como todo procedimiento de verdad. Por cierto, desde
este punto de vista la proximidad entre la política y el amor es asombrosa.
V
AMOR
Y POLÍTICA
¿Por
qué la política es un pariente del amor? ¿Será que hay, igualmente,
acontecimientos, declaraciones, fidelidades?
A mi
juicio, la política es un procedimiento de verdad, pero que se refiere a lo
colectivo. Es decir, que la acción política hace verdad de aquello que lo
colectivo es capaz. Por ejemplo, ¿es capaz de igualdad? ¿es capaz de integrar
lo que le es heterogéneo? ¿de pensar que no hay más que un solo mundo? Y cosas
por el estilo. La esencia de la política está contenida en la cuestión: ¿de qué
son capaces los individuos cuando se unen, se organizan, piensan y deciden? En
el amor se trata de saber si son capaces, de a dos, de asumir la diferencia y
hacerla creadora. En la política se trata de saber si son capaces, como número,
incluso como multitud, de crear la igualdad. Y, lo mismo que en el horizonte
del amor para socializar la gestión está la familia, igualmente en el horizonte
de la política para reprimir el entusiasmo está el poder, está el Estado. Entre
la política como pensamiento-práctica colectivo y la cuestión del poder o del
Estado como gestión y normalización hay la misma relación difícil que entre la
cuestión del amor como invención salvaje de lo Dos y la familia como célula de
base de la propiedad y el egoísmo.
En
el fondo, la familia podría ser definida como el Estado del amor, jugando con
la palabra “estado”. Uno experimenta, por ejemplo en la participación en un
gran movimiento político popular, que entre la cuestión “¿de qué es capaz lo
colectivo?” y la cuestión de la autoridad y del poder de Estado hay una tensión
muy importante. La cuestión es que el Estado casi siempre decepciona a la
esperanza política. ¿Voy a sostener aquí que la familia casi siempre decepciona
al amor? Se verá que la cuestión se plantea. Y sólo se puede tratar punto por
punto, decisión por decisión. Está el punto de la invención sexual, el punto
del niño, el punto de los viajes, el punto del trabajo, el de los amigos, el de
las salidas, el de las vacaciones, y todo lo que se quiera. Y mantener todos
esos puntos en el elemento de la declaración de amor no es tan simple. Del
mismo modo, en política, están los puntos del poder de Estado, de las
fronteras, de las leyes, de la policía, y mantenerlos en el interior de un
punto de vista político abierto, igualitario, revolucionario, nunca es fácil.
Así
pues, en los dos casos, tenemos procedimientos de verdad, punto por punto, y
eso era, a fin de cuentas, lo que yo le objetaba a mi amigo religioso. No
confundir la prueba con la finalidad. La política, probablemente, no pueda
hacerse sin el Estado, pero eso jamás quiere decir que el poder sea su
objetivo. Su objetivo es saber de qué es capaz lo colectivo, no es el poder. De
la misma manera, en el amor, el objetivo es experimentar el mundo desde el
punto de la diferencia, punto por punto, no es asegurar la reproducción de la
especie. Un moralista escéptico verá en la familia una justificación de su
pesimismo, la prueba de que, finalmente, el amor nunca es más que una astucia
de la especie para perpetuarse, y una astucia de la sociedad para asegurar la herencia
de los
privilegios.
Pero yo no estaría de acuerdo con eso. Y tampoco estaría de acuerdo con mi
amigo Bennaroch que, en definitiva, cree que la espléndida creación de la
potencia de lo Dos por el amor está obligada a inclinarse ante la majestad de
lo Uno.
Entonces
¿por qué no considerar una “política del amor” tal y como Derrida esbozó una
“política de la amistad”?
Es
que yo no pienso que amor y política puedan confundirse. A mi juicio, “política
del amor” es un expresión vacía de sentido. Pienso que cuando uno empieza a
decir “amaos los unos a los otros”, eso puede servir para hacer una especie de
moral, pero no hace una política. En primer lugar, en política, hay gente que
no se ama. Eso es irreductible. No se nos puede pedir amarlos.
Contrariamente
al registro del amor, ¿la política sería, pues, ante todo un enfrentamiento
entre enemigos?
A
ver, en el amor, la diferencia absoluta que existe entre dos individuos, que,
por lo mismo, es una de las más grandes diferencias que se puedan representar,
porque es una diferencia infinita, pues bien, un encuentro, una declaración y
una fidelidad pueden cambiarla en una existencia creadora. En política, no
puede producirse nada de este género en lo que concierne a las contradicciones
fundamentales, lo que, en efecto, hace que existan enemigos designados. Una
cuestión muy importante del pensamiento político, muy difícil de abordar hoy
-en parte a causa del elemento democrático en el cual nos encontramos -, es la
de los enemigos. Es la cuestión: ¿es que hay enemigos? Aquel del que uno
acepta, aunque taciturno y resignado, que regularmente tome el poder únicamente
porque mucha gente ha votado por él, no es un verdadero enemigo. Es únicamente
alguien cuya presencia en la cima del Estado nos da pena, quizás porque
habríamos preferido a su contrincante. Y tendremos que esperar nuestro turno
durante cinco o diez años, o más. Pero, ¡un enemigo es otra cosa! Es a alguien
que le soportamos de ninguna manera que decida lo que nos concierne. Entonces,
¿existe o no un verdadero enemigo? Habrá que empezar por ahí. En política, ésta
es una cuestión absolutamente vital, y que se ha tenido un poco la costumbre de
olvidar. Ahora bien, la cuestión del enemigo es totalmente extraña a la
cuestión del amor. En el amor uno encuentra obstáculos, uno es acechado por
dramas inmanentes, pero no hay enemigos propiamente hablando. Se me dirá: ¿y
los rivales?¿aquel a quien mi amante prefiere a mí? Pues bien, eso no tiene
nada que ver. En política, la lucha contra el enemigo es constitutiva de la
acción. El enemigo forma parte de la esencia de la política. Cualquier
verdadera política identifica a su verdadero enemigo. Mientras que el rival es
absolutamente exterior, no entra de ningún modo en la definición del amor. Es
un punto capital de desacuerdo con aquellos que piensan que el goce es
constitutivo del amor. El más genial de entre ellos es Proust, para quien
verdaderamente el goce era el verdadero contenido, intenso y diabólico, de la
subjetividad amorosa. A mi juicio, ésta no es más que una variante de la tesis
moralista y escéptica. El goce es un parásito artificial del amor y no entra de
ninguna manera en su definición. En primer lugar, ¿es que cualquier amor para
declararse, para comenzar, debe identificar a un rival exterior? ¡Pues
entonces! En realidad, es a la inversa: las dificultades inmanentes del amor,
las contradicciones internas a la escena de lo Dos pueden cristalizar sobre un
tercero, rival real o supuesto. Las dificultades del amor no se sostienen en la
existencia de un enemigo identificado. Son internas a su proceso: el juego
creador de la diferencia. Es el egoísmo y no el rival quien es el enemigo del
amor. Se podría decir: el principal enemigo de mi amor, aquel a quien debo
vencer, no es al otro, es a mí mismo, al “yo” que quiere la identidad contra la
diferencia, que quiere imponer su mundo filtrado y reconstruido en el prisma de
la diferencia.
Entonces,
el amor puede ser la guerra...
Habría
que recordar que, como muchos procedimientos de verdad, el procedimiento
amoroso no siempre es pacífico. Comporta violentas peleas, verdaderos
sufrimientos, separaciones que se superan o no. Es una de las experiencias más
dolorosas de la vida subjetiva, ¡hay que reconocerlo1 Es por esta razón por la
que algunos hacen su propaganda de “seguro a todo riesgo”. Ya lo he dicho, a
veces incluso produce muertos, el amor. Hay muertes de amor y muertos
enamorados, suicidas amorosos. A decir verdad, a su escala, el amor no es más
pacífico que la política revolucionaria. Una verdad no es algo que se construya
en rosa bombón ¡Jamás! El amor también tiene su propio régimen de
contradicciones y violencias. Pero la diferencia es que en política uno se
tropieza con la cuestión de los enemigos, verdaderamente, mientras que en amor
uno lo hace con la de los dramas. La de los dramas inmanentes, internos, que
verdaderamente no definen enemigos, sino que, a veces, hacen entrar en
conflicto a la pulsión de identidad con la diferencia. El drama amoroso es la
experiencia más clara del conflicto entre la identidad y la diferencia.
A
pesar de todo, ¿es posible relacionar amor y política sin caer en el moralismo
de una política del amor?
Hay
dos nociones políticas, o filosófico-políticas, que pueden relacionar de manera
puramente formal las dialécticas presentes en el amor. Primero, en la palabra
“comunismo” hay esa idea de que lo colectivo es capaz de integrar toda
diferencia extrapolítica. El que la gente sea eso o eso otro, que vengan de
otra parte o hayan nacido aquí, que hablen o no tal o cual lengua, que tengan
tal o cual cultura, todo ello no debe impedir su participación en el proceso
político de tipo comunista, y tampoco las identidades son por sí mismas
obstáculos para la creación amorosa. Sólo la diferencia propiamente política
con el enemigo es, como decía Marx, propiamente “irreconciliable”. Y esto no
tiene ningún equivalente en el procedimiento amoroso. Y, después, está la palabra
“fraternidad”. “Fraternidad” es el más oscuro de los tres términos del lema
republicano. La “libertad”, se puede discutir, pero se ve bien de qué se trata.
“Igualdad”, se puede dar una definición bastante estricta. Pero, ¿que será la
“fraternidad”? Sin duda, toca a la cuestión de las diferencias, de su
copresencia amistosa en el seno del proceso político, teniendo como límite
esencial el enfrentamiento con el enemigo. Y es una noción que puede ser
recubierta por el internacionalismo, pues, si lo colectivo es realmente capaz
de asumir su propia igualdad, entonces eso quiere decir que también puede
integrar las separaciones diferenciales más grandes y controlar severamente la
empresa de la identidad.
Al
principio de nuestro diálogo usted habló del cristianismo como una “religión
del amor”. Ahora nos interesarían los avatares del amor en las grandes
ideologías. Según usted ¿cómo ha sabido el cristianismo captar esta
extraordinaria potencia del amor?
Pienso
que el cristianismo estuvo muy preparado por el judaísmo en este plano. La
presencia del amor en el Antiguo Testamento es considerable, tanto en las
prescripciones como en las descripciones. Sea cual sea el sentido teológico, el
canto de amor que es El Cantar de los cantares es una de las celebraciones del
amor más potentes que jamás se hayan escrito. El cristianismo es el ejemplo
supremo de una utilización de la intensidad amorosa en la dirección de una
concepción trascendente de lo universal. El cristianismo nos dice: si nos
amamos los unos a los otros el conjunto de esta comunidad de amor va a
orientarse hacia la fuente última de todo amor que es la transcendencia divina
misma. Por tanto, hay la idea de que la aceptación de la prueba del amor, de la
prueba del otro, de la mirada hacia el otro, contribuye a ese amor supremo que
es a la vez el amor que debemos a Dios y el amor que Dios nos da. Y, por
supuesto que eso ¡es una genialidad! El cristianismo ha sabido captar en
beneficio de su Iglesia -su avatar estatal- esa potencia que le permite, por
ejemplo, obtener la aceptación del sufrimiento en nombre de los intereses
supremos de la comunidad y no simplemente en nombre de la supervivencia
personal. El cristianismo ha
comprendido
perfectamente que, en la aparente contingencia del amor, hay un elemento que no
es reducible a esa contingencia. Pero, ese es el problema, enseguida lo
proyectó hacia la trascendencia. Ese elemento universal, que yo mismo
reconozco, yo lo considero como inmanente. Pero el cristianismo, de alguna
manera, lo ha sobrelevado y recentrado en una potencia trascendente. Movimiento
que, en parte, ya estaba presente en Platón a través de la Idea del Bien. Es
una primera y genial instrumentación de esta potencia del amor que nosotros
tenemos ahora que traer sobre la tierra. Es decir, tenemos que demostrar que,
en realidad, hay un potencia universal del amor pero que simplemente es la
posibilidad para nosotros de hacer una experiencia positiva, afirmativa y
creadora de la diferencia. El Otro, sin duda, pero sin el “Totalmente-Otro”,
sin el “Gran Otro” de la trascendencia. Al final de los finales no es del amor
de lo que hablan las religiones. Pues ellas sólo están interesadas en su
recurso de intensidad, en el estado subjetivo que sólo el amor sabe crear, y
todo ello para orientar esa intensidad hacia la fe y hacia la Iglesia, para
disponer ese estado subjetivo en favor de la soberanía de Dios. El efecto es
que, por otra parte, al amor combatiente del cual hago yo aquí el elogio,
creación terrestre del nacimiento diferenciado de un mundo, felicidad arrancada
punto por punto, el cristianismo substituye un amor pasivo, devoto, postrado.
Un amor arrodillado para mí no es un amor, incluso si, a veces, en el amor tenemos
la pasión de entregarnos a aquél o aquella a quien amamos.
Usted
ha trabajado con Antoine Vitez, y particularmente cuando el trabajaba en su
famosa puesta en escena del Solier de satin de Paul Claudel. ¿Todavía hoy es de
actualidad para nuestros contemporáneos tan ampliamente descristianizados el
pensamiento del amor, totalmente impregnado de cristianismo, del autor de
Partage de midi?
Claudel
es un gran hombre de teatro de amor. Le Soulier de satin y Partage de midi
están enteramente consagradas a esta cuestión. Pero, ¿qué es lo que puede
interesarnos en Claudel ahora que no estamos directamente motivados por la
comunión de los santos, la reversibilidad de los méritos y la salvación en el
más allá? Pienso sobre todo en esta frase del final de Partage de midi:
“Distantes, dejando de pesar el uno para el otro, ¿llevaremos nuestras almas
como trabajo?” Claudel es particularmente sensible al hecho de que el amor
verdadero franquea siempre un punto de imposibilidad: “Distantes, dejando de
pesar el uno sobre el otro”... El amor, propiamente hablando, no es una
posibilidad sino, más bien, el franqueamiento de algo que puede parecer como
imposible. Existe algo que no tiene razón de ser, que no nos está dado como una
posibilidad. También es por esta razón por la que la propaganda de Meetic es
falaz. Hace como si, para la seguridad de nuestro amor nos llevará a examinar
las posibilidades para elegir la mejor. ¡Pero no sucede así en la existencia!
No es como en los cuentos, con el desfile de pretendientes. Es el
franqueamiento de una imposibilidad que es el comienzo del amor y Claudel es un
gran poeta de lo imposible, por ejemplo a través del tema de la mujer
prohibida. En él, no obstante, los dados están un poco trucados, por el hecho
de que esta imposibilidad, al ser terrestre, es relativa. Hay en él, si pue4do
decirlo, dos “escenas de lo dos” en lugar de una. Una primera que es la
experiencia de su imposibilidad terrestre. Una segunda en la que lo Dos va a
reconciliarse en el universo de la fe. Es interesante reparar en las
operaciones poéticas mediante las cuales, a partir de la potencia de la primera
escena, alimenta a la segunda, todo ello con una lengua magnífica. Y todo esto
es cristianismo. Hacer su propaganda con la potencia terrestre del amor,
diciendo: “Sí, ciertas cosas son imposibles a pesar de esta potencia, pero no
nos inquietemos pues lo que aquí abajo es imposible no lo será necesariamente
ahí arriba”. Una propaganda muy elemental pero muy fuerte.
Esta
voluntad de hacer venir el amor a tierra, de pasar de la trascedencia a la
inmanencia, era la del comunismo histórico. ¿En qué será la reactivación de la
hipótesis comunista una manera de reinventar el amor?
Ya
he dicho más arriba lo que pienso de estos usos políticos de la palabra amor, y
que son tan desviados como los usos religiosos. Por lo demás, es notable que en
ellos también se aboque a una
captación
de la potencia del amor por una trascendencia. Ya no es la de Dios, sino la del
Partido, y a través del Partido, la de su dirigente supremo. La expresión
“culto a la personalidad” nombra también este género de transferencia colectiva
sobre una figura política. Los poetas también cayeron en ello, que se vean si
no los cantos de Eluard a Stalin, los cantos de Aragon al retorno de Maurice
Thorez a Francia después de su enfermedad... Pero lo que más interesa es el
culto del Partido como tal. Y ahí, una vez más, Aragon es sintomático: “Mi
Partido me ha dado los colores de Francia”, etc. Uno puede reconocer aquí la
tonalidad del amor. Destinadas al Partido o a Elsa Triolet, las palabras son
casi idénticas. Es verdaderamente interesante ver a la forma partido, de la que
se podría pensar que sólo es un instrumento transitorio de la emancipación
obrera y popular, convertirse así en un fetiche. Y yo no me voy a burlar de
todo aquello, porque fue una época de pasión política que nosotros no podemos
continuar, de la que debemos asumir la crítica, pero que fue intensa y cuyos
actores fieles se contaban por millones. Sin embargo, lo que sí tenemos que
decir aquí es que, cuando nuestro tema es el amor, no hay que mezclarlo con la
pasión política. El problema político es el del control del odio, y no el del
amor. Y el odio es una pasión que activa casi inevitablemente la cuestión del
enemigo. Diremos pues: en político, donde existen enemigos, uno de los papeles
de la organización, sea cuál sea, es el de controlar, incluso anular, todo
efecto de odio. Lo que no quiere decir “predicar el amor”, sino, y es un
problema intelectual mayor, dar del enemigo político la definición más precisa
y la más restringida posible. Y no, como el fue el caso en casi todo el siglo
precedente, la definición más vaga y más amplia posible.
¿Conviene
separar el amor de la política?
Una
buena parte del trabajo contemporáneo del pensamiento es la de separar lo que
fue indebidamente mezclado. Del mismo modo que la definición del enemigo debe
ser controlada, limitada, llevada a su mínimo, del mismo modo el amor, como
aventura singular de una verdad de: su la diferencia, debe ser rigurosamente
separado de la política. Cuando yo hablo de la hipótesis comunista, quiero
decir lo siguiente: las formas futuras de la política de la política de la
emancipación deberán inscribirse en una resurrección, un relevo, de la idea
comunista, la idea de un mundo que no esté librado a los apetitos de la
propiedad privada, de un mundo de la asociación libre y de la igualdad. Para
decir todo eso nosotros tenemos nuevos instrumentos filosóficos y experiencias
políticas localizadas, cuyo pensamiento es nuevo. En este cuadro, el amor
debería estar más contento de su reinvención que del furor capitalista. Porque
es cierto que nada de lo que es desinteresado es del gusto de ese furor. Ahora
bien, el amor, como todo procedimiento de verdad, es esencialmente
desinteresado: su valor no reside sino en sí mismo, y este valor está más allá
de los intereses inmediatos de los dos individuos que están en él
comprometidos. Lo que se contiene en la palabra “comunismo” no está en una
relación inmediata con el amor. Sin embargo, esta palabra comporta para el amor
nuevas condiciones de posibilidad.
Hay
otra dimensión posible de los avatares del amor en la política comunista. Son
las historias de amor que se construyen sobre el fondo de las huelgas u otros
movimientos sociales. Usted ha insistido a menudo sobre esta dimensión, dado
que permite a la transgresión del amor arrimarse a la transgresión política del
momento. ¿cuál es la especificidad de estos amores de combate?
Soy
tanto o más sensible a este aspecto de cosas como que he consagrado una buena
parte de mi actividad de novelista o dramaturgo a ellas precisamente. Es así
como en mi pieza L'Écharpe rouge la historia trata ampliamente de los amores
distantes de un hermano y una hermana en todos los avatares de un vasto
movimiento político, que comporta guerras populares, huelgas, meetings...
En
mi novela Calme bloc ici-bas -cuya trama formal es la de los Miserables de
Hugo-, el fresco revolucionario envuelve el amor de un obrero chiíta, Ahmed
Aazami, por una terrorista, Élisabeth
Cathely,
y después el del hijo de Élisabeth, Simon, adoptado después de la muerte de la
terrorista por Ahmed, el amor de Simon, decíamos, por Claude Ogasawara, poeta e
hija de un conocido reaccionario. En cualquiera de los casos, se trataba de
poner en evidencia no del todo la similitud entre el amor y el compromiso
revolucionario, sino una suerte de resonancia secreta, que se produce, al nivel
más íntimo de los sujetos, entre la intensidad que la vida adquiere cuando es
de parte a parte compromiso bajo el signo de la Idea y la intensidad
cualitativamente diferente que le confiere el trabajo de la diferencia en el
amor. Es como dos instrumentos de música completamente distintos en su timbre y
en su fuerza, pero qué, convocados por un gran músico en el mismo fragmento,
convergen misteriosamente. ¿Se me permitirá una moderada confidencia? En esas
obras he inscrito, ciertamente, un balance esencial de mi vida en los “años
rojos”, entre Mayo 68 y los años 80. En aquellos años fue cuando forjé la
convicción política a la cual he seguido siendo implacablemente fiel, y de la
cual “comunismo” no es más que uno de los nombres posibles. Pero, también fue
en esos años cuando estructuré mi vida futura alrededor de procesos amorosos de
alguna manera definitivos. Lo que vino más tarde, en el mismo orden, fue
aclarado por ese origen y por la duración de ese origen. En particular, como ya
he dicho, la convicción, tan amorosa como la política, de que no hay que
renunciar jamás. Por tanto, aquel fue el momento en que, entre política y amor,
mi vida encontró el acuerdo musical que aseguraba la armonía.
VI
AMOR
Y ARTE
En
El Siglo, usted comenta un texto de André Breton, Arcano 17, a través del cual
muestra cómo el siglo XX fue una gran época de la promoción del amor como
figura de verdad. Pero, ¿qué quiere decir Breton cuando, en Pez soluble,
deseaba reducir “el arte a su más simple expresión, que es el amor”?
La
proposición surrealista central fue de la que hablamos al principio, es decir,
según la consigna de Rimbaud, reinventar el amor. Y, para los surrealistas,
esta reinvención era indisolublemente un gesto artístico, un gesto existencial
y un gesto político. Ellos no hacen separación entre los tres. Hay un punto muy
potente en el arte, y es que rinda justicia al acontecimiento. Incluso ésta es
una de sus definiciones posibles: el arte es lo que, en el orden del
pensamiento, rinde completamente justicia al acontecimiento. En política, los
acontecimientos son catalogados por la historia a posteriori. Pero sólo el arte
restituye o intenta restituir completamente su potencia intensiva. Sólo el arte
restituye la dimensión sensible de lo que son un encuentro, una sublevación,
una emoción. El arte, bajo todas sus formas, es el gran pensamiento del
acontecimiento como tal. Una gran pintura es la comprensión, por los medios que
le son propios, de algo que no es reducible a lo que es mostrado. El
acontecimiento latente, si se puede decir, viene a agujerear lo que se muestra.
Breton recuerda que, desde este punto de vista, el vínculo es muy íntimo con el
amor, dado que éste, en el fondo, es el momento en que un acontecimiento viene
a agujerear la existencia. Es esto lo que explica “el amor loco”. Porque el
amor es irreducible a toda ley. No hay ley del amor. Generalmente ha sido el
arte quien ha representado el carácter asocial del amor. Después de todo, como
dice la máxima popular, “los amantes están solos en el mundo”. Son los únicos
depositarios de la diferencia a partir de la cual experimentan el mundo. El
surrealismo exalta el amor loco como potencia acontecimiental fuera de la ley.
El pensamiento del amor es, ahí, ese pensamiento que se hace contra todo orden,
contra la potencia del orden de la ley. Los surrealistas, ahí, encuentran con
qué alimentar su voluntad de una revolución poética en la lengua pero también,
insisto, en la existencia. Desde este punto de vista, los surrealistas, se
interesaron muchísimo en el amor, en la sexualidad como principio, como soporte
posible de una revolución en la existencia. En cambio, no se interesaron
demasiado en la duración. Sobre todo propusieron el amor como poema del
encuentro de manera magnífica. Por ejemplo en Nadja, que ilustra de manera
espléndida el encuentro incierto y misterioso de lo que, por la calle entera,
va a ser un amor loco. Ahí, verdaderamente, se está en el exacto opuesto de un
amor calculado, se está en el encuentro puro. Pero no verdaderamente en el
registro de la duración, ni tampoco en la dimensión de eternidad. Algunos
filósofos, sin embargo, han sostenido que la eternidad era un instante. Es una
idea que ya se encuentra en el pensamiento griego. La única dimensión temporal
de la eternidad sería el instante. Lo que daría la razón a Breton. Por
supuesto, el instante del milagroso encuentro promete
la
eternidad del amor. Pero lo que yo intento proponer es una concepción de la
eternidad menos milagrosa y mucho más laboriosa, es decir una construcción de
la eternidad temporal, de la experiencia de lo Dos, tenaz, punto por punto.
Admito el milagro del encuentro, pero pienso que depende de la poética
surrealista si se le aisla, si no se le orienta hacia el laborioso devenir de
una verdad construida punto por punto. “Laborioso”, aquí, debe ser tomado
positivamente. Hay un trabajo del amor, y no solamente existe el milagro. Hay
que estar en la brecha, hay que ponerse en guardia, hay que reunirse, con uno
mismo y con el otro. Hay que pensar, actuar, transformar. Y entonces sí, como
recompensa inmanente del trabajo, está la felicidad.
Es
extraño que, a propósito del amor, usted refiera muy a menudo a Samuel Beckett.
Pues, en efecto, no se puede decir que la obra de Beckett esté orientada hacia
la felicidad. Según usted, ¿en qué trabaja esta obra, manifiestamente pesimista
y nihilista, esa “escena de lo Dos” que es el amor?
Tal
y como ya he dicho, habría, relativamente, poca cosa que concierna a la prueba
de la duración en la literatura sobre el amor. Y ello es sorprendente. Tomemos,
por ejemplo, el teatro. Si miramos las obras que tratan de los enredos de los
jóvenes amantes contra el despotismo del universo familiar -un tema
absolutamente clásico-, todas ellas se podría subtitular con uno de los títulos
de Marivaux: El triunfo del amor. Sobre este modelo, muchas son las obras que
cuentan cómo estos jóvenes, generalmente con la ayuda de sirvientes u otros
cómplices, van a dársela a los viejos y, finalmente, conseguir sus fines, a
saber, van a casarse, o sea, que el fin es el matrimonio. Se ve: uno tiene aquí
el triunfo del amor pero no su duración. Uno tiene lo que justo podría llamarse
la intriga del encuentro. Las obras importantes, las grandes novelas por lo
general se construyen sobre lo imposible del amor, su prueba, su tragedia, su
distancia, su separación, su fin, etc. Sobre la duración positiva no hay gran
cosa. Se puede incluso observar que la conyugalidad no ha suscitado
prácticamente ninguna gran obra. Es un hecho el que no haya debido de inspirar
demasiado a los artistas. Ahora bien, precisamente hay en Beckett, del que se
dice que es un escritor de la desesperación, de lo imposible, hay en él algo
muy particular con respecto a este tema: es también un escritor de la
obstinación del amor. Tomemos como ejemplo la pieza ¡Oh los hermosos días! ,
que es la historia de una pareja de viejos. Se ve que la mujer, el hombre está
reptando detrás de la escena, está totalmente deteriorada, a punto de hundirse
en el suelo, pero dice: “¡Qué hermosos días han sido!”. Y lo dice porque el
amor siempre está ahí. El amor es ese poderoso e invariante elemento que
estructuró su, en apariencia, catastrófica existencia. Y el amor es la
escondida potencia de esa catástrofe. En un textito espléndido que se llama
Basta, Beckett cuenta la errancia, en una especie de decorado un poco montañoso
y a la vez desértico, de una pareja muy vieja. Y el relato es el del amor, el
de la duración de esta anciana pareja, que, sin embargo, no esconde nada del
desastre de los cuerpos, de la monotonía de la existencia, de la grandiosa
dificultad de la sexualidad, etc. El texto cuenta todo esto, pero sitúa el relato
bajo el régimen de la potencia finalmente espléndida del amor, y de la
obstinación por durar que lo constituye.
Dado
que habla usted de teatro, quisiera abordar ese amor tan singular que no ha
abandonado desde su infancia: el amor por el teatro. Antes de escribir la
trilogía de los Ahmed, que ponen en escena una especie de Scapin contemporáneo,
usted interpretó este papel principal de los Enredos de Scapin en su juventud.
¿Cuál es la naturaleza de ese amor indefectible que tiene usted por el teatro?
En
mí, el amor por el teatro es un amor muy complicado, y absolutamente original.
Probablemente sea más poderoso que el amor por la filosofía. El amor por la
filosofía llegó mucho más tarde, más lenta y más difícilmente. Creo que lo que
me fascinó en el teatro, cuando era joven y porque había estado en escena, es
el sentimiento inmediato de que algo de la lengua y del poema, de manera casi
inexplicable, está ligado al cuerpo. En el fondo, el teatro quizás ya era para
mí una
figura
de lo que sería el amor más tarde, porque ese momento en que el pensamiento y
el cuerpo son de algún modo indiscernibles. Están expuestos a lo otro de manera
tal que uno no puede decir: “eso es un cuerpo” o “eso es una idea”. Hay una
mezcla de los dos, una aprehensión del cuerpo por el lenguaje, exactamente como
cuando se dice a alguien “te amo”: se lo decimos a él o a ella, vivos, ante
nosotros, pero se dirige también a algo que no es reducible a esa presencia
material, algo que está más allá y en ella, al mismo tiempo, absolutamente.
Ahora bien, eso es el teatro y de una manera muy original: el teatro es el
pensamiento como cuerpo, el-pensamiento-en-cuerpo. O, se podría añadir en otro
sentido: el pensamiento una vez más. Porque, y lo sabemos, en el teatro hay
repeticiones: “ Retomemos una vez más”, “volvamos a hacerlo una vez más”, etc.,
dice siempre el director de escena. El pensamiento no llega al cuerpo
fácilmente. Es complicada la relación de un pensamiento con el espacio y con
los gestos. Hace falta que a la vez sea inmediato y calculado. Y también es lo
que sucede en el amor. El deseo es una potencia inmediata, pero el amor además
pide cuidados, reanudaciones. El amor conoce el régimen de las repeticiones.
“Dime otra vez que me amas”, y también muy a menudo: “dímelo mejor”. Y el deseo
siempre recomienza. Bajo la caricia se puede escuchar, si está encantada por el
amor, “¡Más! ¡Una vez más!”, punto en que la exigencia del gesto se sostiene
por la insistencia de la palabra, de una declaración siempre nueva. Se sabe
bien que en teatro la cuestión del juego amoroso es decisiva, y que todo el
asunto está, justamente, en la declaración. Y es también porque hay ese teatro
del amor, ese juego de amor y de azar, por lo que es tan poderoso, al menos
para mí, el amor por el teatro.
Esa
es, por otra parte, la posición defendida por el dramaturgo Antoine Vitez, que
puso notablemente en escena la ópera de usted La bufanda roja, en 1984. en el
festival de Avignon, con una música de George Aperghis. “Siempre fue eso lo
quise dar en escena: hacer ver la fuerza violenta de las ideas, cómo hacen
doblarse y atormentan a los cuerpos”, escribía Vitez. ¿Retoma usted ese
programa por cuenta propia?
Absolutamente.
En alguna parte, el poeta portugués Pessoa dice: “El amor es un pensamiento”.
Es un enunciado muy paradójico (en apariencia) porque siempre se ha dicho que
el amor es el cuerpo, es el deseo, es el afecto, es todo lo que precisamente no
es la razón o el pensamiento. Y él dice: “El amor es un pensamiento”, Creo que
tiene razón, pienso que el amor es un pensamiento y que la relación entre este
pensamiento y el cuerpo es totalmente singular, y siempre está marcada, como lo
decía Antoine Vitez, por una ineluctable violencia. Y nosotros experimentamos
esa violencia en la vida. Es muy cierto que el amor puede hacer doblarse a
nuestro cuerpo, inducir inmensos tormentos. El amor, se ve todos los días, no
es ningún afluir largo y tranquilo. No se puede olvidar el número, espantoso
después de todo, de los amores que conducen al suicidio o a la muerte, En el
teatro, no es solamente, ni principalmente, el vodevil del sexo, o la
galantería inocente. Es también la tragedia, la renuncia, el furor. La relación
entre el teatro y el amor también es la exploración del abismo que separa a los
sujetos, y la descripción de la fragilidad de este puente que el amor tiende
entre dos soledades. Siempre es necesario volver a ello: ¿qué es un pensamiento
que se expone como yendo y viniendo entre dos cuerpos sexuados? Al menos hay
que decir, y es lo legitima tu cuestión precedente, que si no hubiera amor uno
se tendría que preguntar de qué habla el teatro. Pues bien, el teatro, si no
hubiera amor, hablaría (y ha hablado abundantemente) de la política. Entonces,
digamos que el teatro es la política y el amor, y más generalmente, el
entrecruzamiento de los dos. Por otra parte, esa es una de las posibles
definiciones de la tragedia: decir que es el cruce de la política y el amor.
Pero el amor por el teatro y el amor del teatro, es también (y muy fuertemente)
el amor del amor, porque sin las historias de amor, sin la lucha de la libertad
amorosa contra el contrato familiar, el teatro no es gran cosa. Tanto las
comedias antiguas como las de Molière nos cuentan, de manera esencial, cómo
unos jóvenes que se han encontrado por azar deben desbaratar la intriga del
matrimonio arreglado por los padres. El conflicto teatral más corriente, el más
explotado, es la lucha del amor azaroso contra la ley necesaria. Más finamente,
es la lucha de los jóvenes, ayudados por los proletarios (esclavos y siervos),
contra los viejos, ayudados por la Iglesia y el Estado. Ahora se me dirá: “La
libertad ha
ganado,
no hay matrimonio arreglado, la pareja es una creación pura”. Pero, ello no es
totalmente seguro. ¿La libertad, qué libertad exactamente? ¿A qué precio? Sí,
es una verdadera pregunta: ¿qué precio ha pagado el amor por el aparente
triunfo de su libertad?
En
su amor por el teatro -porque es preciso recordar que usted ha vivido la vida
de compañía de teatro, en medio de comediantes y de técnicos-, ¿es que no hay
amor por lo colectivo, por una comunidad, por un conjunto? ¿No es el teatro
portador de un amor que dependería del orden de la fraternidad?
Sí,
ese amor existe, ¡por supuesto! El teatro es lo colectivo, es la forma estética
de la fraternidad. Es por ello que yo sostendría que, en ese sentido, hay algo
de comunista en cualquier teatro. Y entiendo aquí por “comunista” todo devenir
que haga prevalecer el en-común sobre el egoísmo, la obra colectiva sobre el
interés privado. Dicho sea de paso, el amor es comunista en este sentido, si se
admite, como yo, que el verdadero sujeto de un amor es el devenir de la pareja
y no la satisfacción de los individuos que la componen. Otra, una más,
definición posible del amor: ¡el comunismo mínimo! Por volver al teatro, lo que
me asombra es hasta qué punto la comunidad de una gira teatral es precaria.
Pienso en esos momentos totalmente singulares, desgarradores, en que la
comunidad se deshace: se ha hecho una gira, se ha vivido en conjunto durante un
mes y medio y después, en un momento dado, uno se separa. El teatro es,
igualmente, esta prueba de la separación. Hay una gran melancolía en esos
momentos en que la fraternidad en el acto de interpretar y sus entornos se
deshace. “Toma mi número de móvil. Llámame sin falta ¿eh?”: todos conocemos ese
rito. Pero no se llamará, o no verdaderamente. Es el fin, uno se separa. Ahora
bien, la cuestión de la separación es tan importante en el amor que casi se
puede definir el amor como una exitosa lucha contra la separación. La comunidad
amorosa es también precaria, y para mantenerla y desplegarla es necesario mucho
más que un número de teléfono.
Y,
desde el interior, es decir, desde el punto de vista del actor que usted ha
sido y que quizás quisiera volver a ser al retomar en escena algunos monólogos
sacados de Ahmed el sutil o Ahmed filósofo, ¿qué es el amor por el teatro?
Es
el amor singular de exponer el propio cuerpo para ser presa de la lengua, para
ser presa de la idea. Como se sabe, todo filósofo es un comediante, sea cuál
sea su hostilidad hacia la interpretación y el semblante. Dado que, desde
nuestros grandes ancestros griegos, nosotros hablamos en público. Por tanto,
hay parte de exposición de uno mismo en la filosofía, que hace que la dimensión
oral de la filosofía -y este es un punto de controversia que yo tenía con
Jacques Derrida, que luchaba contra la oralidad en nombre de lo escrito, aunque
él mismo hacía magníficas demostraciones de comediante- sea una aprehensión
mediante el cuerpo, una operación de transferencia. Al filósofo se le ha
reprochado mucho el ser un ilusionista, que capta a la gente por medios artificiales
y la lleva hacia verdades improbables por los caminos de la seducción. En el
libro V de La República de Platón (ese libro gigantesco del que próximamente yo
voy a proponer una “traducción” íntegra muy particular), hay un pasaje
sorprendente. Sócrates intenta definir lo que es un verdadero filósofo. Y
bruscamente, parece cambiar de tema. He aquí mi versión de este pasaje
(Sócrates a la palabra):
“-
¿Tengo que recordarte aquello cuya reminiscencia debería ser extremadamente
viva en ti? Cuando hablábamos de un objeto de amor, planteábamos que el amante
ama ese objeto como totalidad. No admitíamos que su amor seleccionara una parte
y rechazara otra.
Los
dos jóvenes parecen estupefactos y es Amantha quien toma la responsabilidad de
expresar su desorientación:
–
¡Querido Sócrates! ¿Qué relación hay entre esta excursión del lado del amor y
la definición del filósofo?
–
¡Ah, helos aquí a nuestros jóvenes enamorados! Incapaces de reconocer que, como
dijo el gran poeta portugués Fernando Pessoa, “el amor es un pensamiento”. Os
lo digo, jóvenes: el que no comience por el amor jamás sabrá lo que es la
filosofía.”.
¡Y
sí! Debemos seguir a nuestro viejo maestro. Hay que comenzar por el amor.
Nosotros, filósofos, no tenemos ningún medio, si se nos retira el de la
seducción estaremos verdaderamente desarmados, Por tanto, ¡a ser comediantes!
¡Eso es! Seducir en nombre de algo que, finalmente, es una verdad.
PARA
CONCLUIR
Quisiera
volver a ese amor por reinventar y por defender. En ¿De qué es Sarkozy el
nombre? usted sostiene que la reinvención del amor es uno de los puntos
posibles de resistencia a la obscenidad del mercado y a la actual desbandada
política de la izquierda. ¿Cómo podría el amor constituir alguna resistencia en
un mundo del que el presidente francés es según usted el emblema?
Creo
que es muy importante comprender que Francia es simultáneamente el país de las
revoluciones y una gran tierra de la reacción. Se trata de un elemento
dialéctico de comprensión de lo que puda ser Francia. A menudo discuto con mis
amigos extranjeros, porque continúan sosteniendo esa Yamitología de una Francia
maravillosa siempre en la brecha de las invenciones revolucionarias. Y, ahora,
se han sorprendido grandemente por la elección de Sarkozy, que no se inscribe
del todo en este registro... Así que, yo les respondo que lo que ellos hacen es
una historia de Francia en la que se suceden los filósofos de las Luces,
Rousseau, la Revolución francesa, Junio del 48, la Comuna de París, el Frente
Popular, la Resistencia, la Liberación y Mayo de 68. Muy bien. Pero el problema
es que hay otra Francia: la Restauración de 1815, los Versalleses, la Sagrada
Unión durante la guerra del 14, Pétain, las horribles guerras coloniales... y
Sarkozy. Así pues, hay dos historias de Francia, enredadas una en la otra. Allí
donde, en efecto, las grandiosas histerias revolucionarias se da libre curso,
las reacciones obsesivas les responden. Desde este punto de vista, pienso que
el amor también está en juego. Por otra parte, el amor siempre estuvo ligado a
los acontecimientos históricos. El romanticismo amoroso estuvo ligado a las
revoluciones del siglo XIX. Andre Breton también es el Frente Popular, la
Resistencia, el combate antifascista. Mayo de 68 fue una gran explosión de
tentativas de nuevas concepciones de la sexualidad y del amor. Pero cuando el
contexto es depresivo y reaccionario, lo que se intenta poner a la orden del
día es la identidad. Y Sarkozy no se ha privado de ello. Blanco número uno; los
obreros de procedencia extranjera. Instrumento: legislaciones feroces y represivas.
La represión ya la ha había ejercido antes cuando era ministro del Interior. El
discurso en vigor identifica francés e identidad occidental. No vacila en hacer
un número colonial sobre el “hombre africano”. La proposición reaccionaria es
siempre defender “nuestro valores” e hundirnos en el molde general del
capitalismo mundializado como única identidad posible. La temática de la
reacción es siempre una temática identitaria brutal, bajo una forma u otra.
Ahora bien, cuando lo único que importa es la lógica de la identidad, el amor
está amenazado. Se pondrá sobre el tapete su atracción por la diferencia, su
dimensión asocial, su lado salvaje, habitualmente violento. Se hará propaganda
de un “amor” con toda seguridad, en perfecta coherencia con todos los demás
planteamientos securitarios. Por tanto, defender el amor en aquello que es
transgresor y heterogéneo con respecto a la ley es una tarea del momento. En el
amor, mínimamente, uno tiene confianza en la diferencia en lugar de sospechar
acerca de ella. Y en la reacción se sospecha siempre de la diferencia en nombre
de la identidad; es su máxima filosófica general. Y si, al contrario, lo que
queremos es abrirnos a la diferencia y a lo que ella implica, es decir, que lo
colectivo sea capaz de ser de todo el mundo entero, uno de los puntos de
experiencia
individual
practicables es la defensa del amor. Al culto identitario de la repetición hay
que oponer por lo que difiere, por lo que es único, por lo que no se repite,
por aquello que es errático y extraño. En 1982, yo escribía en Teoría del
Sujeto: “Ama lo que jamás verás dos veces”.
Por
otro lado, es lo que, en este sentido, Elogio del amor, el film de Godard, abre
cinematográficamente e inspira en forma de cantata al título de nuestro
diálogo, estableciendo una aproximación, una correspondencia entre amor y
Resistencia...
¡Desde
luego! Godard siempre ha inscrito en sus filmes, momento histórico tras momento
histórico, lo que él estimaba ser los puntos de resistencia, los puntos de
creación también, y más generalmente todo lo que a su juicio merecería entrar
en la composición de una imagen. Sobre el amor, esencial para él, me parece que
lo distribuye entre una concepción fuerte y a la vez puritana de la sexualidad,
y una tensión propiamente amorosa de la que las mujeres son principalmente
depositarias, hasta el punto de reunirlos, o aceptar la autoridad en este
punto, de lo que para todo hombre es una prueba. Yo acabo de trabajar con él en
su próximo film donde, quizás, interprete el el papel del filósofo
conferenciante de un crucero en un barco de lujo, se trataría sólo de un
pasaje, o quizás no, pues ¿quién sabe lo que este artista al final va a hacer
de todo aquello de lo que fue rodado? Admiro muchísimo su exactitud, su
exigencia, única. Y casi siempre es del amor de lo que se trata. Sin embargo,
la diferencia que vería entre él y yo sobre la conexión entre el amor y la
resistencia sería la melancolía que en Godard es el color de todas las cosas.
Yo estoy incurablemente alejado, incluido por supuesto el amor, de ese colorido
subjetivo.
Según
usted, la fascinación por la people y esas nuevas divinidades del Olimpo
televisivo, ¿depende únicamente de la engañifa política o testimonia una
atracción por las historias de amor que dependería de un saber popular de la
intensidad amorosa?
Ese
fenómeno puede ser leído de dos maneras diferentes. En un cuadro político,
rápidamente ya has concluido que se trata de una impostura. Se divierte a la
gente, se la fascina con esas historias y eso la disuade absolutamente de
llegar al fondo del asunto. En política, ¿qué interés puede tener que Carla
suceda a Cecilia? Evidentemente, ninguno. Pero también podemos intentar leer la
publicidad hecha a esos episodios preguntándonos: ¿Por qué eso funciona? Es
porque hay un interés genérico por las historias de amor. Siempre se ha visto
que los amores de la gente de arriba estaban puestos en escena para la gente de
abajo. Pero, ¿por qué? Para esta cuestión la respuesta es doble. Uno puede
alegar directamente la universalidad del amor. Incluso Sarkozy puede sufrir,
esperar desesperadamente un texto que no llega. El enemigo político, si se
cambia la medida de escala, si pasara de las verdades políticas a las verdades
amorosas acabaría, cuando menos, por unírsenos, lo que no siendo glorioso es
tranquilizante. Que un rey pueda sufrir de amor, en un cierto sentido, le hace
comunicarse con el villano. A esta escala, el villano también es rey. Es el
lado romántico de la cosa, el amor está siempre y por todas partes. Pero, y es
la segunda lectura, esta aparente comunidad en la pasión demuestra también que
no hay nada de extraordinario en el rey, el Presidente, el Führer, el Padrecito
de los pueblos. Y, por tanto, no hay razón esencial ni para venerarlos ni para
tenerles miedo. Por ahí nos reencontramos con la política, o al menos con su
sustrato subjetivo.
En
política, como ya hemos dicho, hay enemigos. Así pues, no vamos a preocuparnos
por sus sufrimientos de amor. Porque ¡tampoco ellos van a hacerlo! Si uno es
lúcido políticamente dirá que el hecho de que Sarkozy haya sido o no engañado
por su mujer, francamente, es su problema. Pero en otro registro, el de un
saber difuso que concierne a las virtudes del amor, un registro que por otra
parte ha sido cimentado por el cristianismo, tendremos a bien reconocer que eso
interesa a la visibilidad del amor. Y, finalmente, esa visibilidad forma parte
del campo sin bordes donde se da forma, con materiales impuros, a la valentía
política, la cual parte siempre de que los enemigos no
tienen
ninguna significación sobrenatural, ni ninguna fuerza trascendente. Yo sueño
-por no acantonarnos en las mediocridades sarkozianas- con un ejemplo de amor
intenso, sublime, de nuestra historia: aquel del tiempo de la Fronda, que ligó
a la Regenta Ana de Austria a ese político genial, corrupto y retorcido que era
Mazarin. Desde el punto de vista de los amotinados ese amor fue,
indisolublemente, un terrible obstáculo (la regenta jamás soltará a su hombre)
y un alimento esencial de la polémica popular, que representaba a Mazarin como
un cerdo perverso. Mejor no se sabría decir que entre política y amor no
existen más que relaciones ambiguas, una suerte de separación porosa, o de
pasaje prohibido, del que sólo el teatro tiene los recursos para darle razón.
¿Comedia? ¿Tragedia? Las dos. Amar es reñir, más allá de toda soledad, con todo
lo que en el mundo puede animar a la existencia. Y en ese mundo yo veo
directamente la fuente de la felicidad que el ser con el otro me dispensa. El
“te amo” se convierte en: hay en el mundo la fuente que tú eres para mi
existencia. En el agua de esa fuente yo veo nuestra alegría, y la tuya primero.
Veo que, como en el poema de Mallarmé:
En
la linfa tú te conviertes
en
tu júbilo desnudo.

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