© Libro N° 6788.
Línea De Sombra. El No Sujeto De Lo
Político. Moreiras, Alberto.
Emancipación. Diciembre 21 de 2019.
Título
original: © Línea De Sombra. El No Sujeto De Lo Político. Alberto
Moreiras
Versión Original: © Línea De Sombra. El No Sujeto De Lo Político.
Alberto Moreiras
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Miranda
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El
No Sujeto De Lo Político
Alberto
Moreiras
COLECCIÓN CONTRATIEMPO
Línea de sombra
El no sujeto de lo político
Alberto Moreiras
Palinodia
3
Registro
de propiedad intelectual: N° 147.369
ISBN:
956-8438-01-7
Diseño
y diagramación: Paloma Castillo Mora
Ediciones
Palinodia
Encarnación
4352 - Maipú
Teléfono:
696 3110
Mail:
editorial@palinodia.cl
Santiago
de Chile, abril 2006
4
A
Marta, Oscar y Iara por su
amistad
en años duros.
5
6
Prólogo
La
bajada, en particular cuando los humanos han errado hacia la subjetividad, es
más ardua y peligro-sa que la subida.
Heidegger,
“Letter” 268.
Espero
que la lectora o el lector, apremiados por los rigores del argumento, no
pierdan de vista la extre-ma simplicidad de lo que este libro quiere proponer
en su insuficiencia misma: que en el mundo hay más que sujeto y objetos, y que
la instancia susceptible tanto de agencia como de patencia, activa y pasiva y
más allá de ambos órdenes, que voy a llamar el no sujeto de lo polí-tico debe
ser tomada en cuenta para cualquier concep-tualización de pensamiento. Así,
también para toda con-ceptualización que quiera ser adecuada en el orden de lo
político. No se trata por lo tanto de una teoría ni de una tipología del no
sujeto. Más bien resiste toda voluntad de teoría y aspira a una cierta sequedad
propositiva. Quiere exponer, y así también exponerse. Al final cabrá pensar que
no hay satisfacción de ningún saber a qué atenerse, pero quizá se insinúe en
ello mismo el temblor latente de una oscura figura sin la cual ninguna política
puede importar.
7
La
he tratado de buscar como un zahorí busca agua con un palo en ejercicio de
lectura a contrapelo de de-terminados textos o autores del siglo veinte, en su
ma-yoría proponentes de filosofía política, pero ni siquiera necesariamente los
más señalados, ni siquiera necesaria-mente los más decisivos. Procedo con
modestia impues-ta e inevitable desde la intuición, creo que teóricamente
inarticulable, de que hay en nosotros y más allá de no-sotros algo que excede
abrumadoramente a la subjetivi-dad, incluyendo a la subjetividad del
inconsciente. Y que ese algo cuenta, y cuenta fundamentalmente, no sólo en
nuestra experiencia cotidiana, sino también si es que alguna vez podremos
disponernos a formular un pensamiento político que escape a las trampas del
nihi-lismo pragmático y de la piedad humanista.
Instrucciones
editoriales constriñen mi espacio, así que, más que ensayar en este prólogo un
resumen de lo propuesto en las páginas que siguen, prefiero limitarme a decir
que continúo en ellas preocupaciones para mí vigentes ya en otros escritos,
irresueltas en ellos, pero ahora de forma no directamente latinoamericanista.
Mi interés original fue desarrollar un concepto teórico de subalternidad a
partir de mi trabajo en el Grupo de estudios subalternos latinoamericanos, que
coincidió en el tiempo con la redacción de The Exhaustion of Diffe-rence. Se me
hizo patente que la noción o las nociones de subalternidad que manejábamos
resultaban deficien-tes o por lo menos insatisfactorias desde las posiciones
teóricas que yo quise defender dentro del grupo1.
1Debo
sin embargo afirmar mi íntima cercanía a dos de los mejores libros escritos, ni
deficientes ni insastisfactorios en modo alguno, en la órbita del pensamiento
de la subalternidad que ensayamos entonces: Gareth Williams, The Other Side of
the Popular. Neoliberalism and Subalternity in Latin America, y Brett Levinson,
Market and Thought. Meditations on the Political and the Biopolitical.
8
La
redacción de este libro tiene mucho que ver con coyunturas de tiempo y
generación. Mi atención a Carl Schmitt, a Martin Heidegger, a Ernesto Laclau y
Judith Butler, a Slavoj Zizek y a Alain Badiou, a Michael Har-dt y Antonio
Negri, a Giorgio Agamben y a Jacques Derrida, a Max Horkheimer y Theodor Adorno
y Em-manuel Levinas es producto de intereses tópicos de la estructura
universitaria en la que he trabajado en los últimos veinte años, aunque mis
disciplinas fueran no-minalmente otras que la filosofía o la filosofía
política. Sólo José Angel González Sainz, entre los autores estu-diados,
resultará un autor poco conocido para la mayo-ría de los que adquieran este
libro —cabalmente es el más cercano a mí, en varios sentidos.
Quiero
decir con esto que esa constelación de au-tores no es una necesidad impuesta
por la temática mis-ma que quiero abordar a partir de ellos —otras
conste-laciones de textos y autores hubieran sido posibles en cuanto objetos de
interés crítico. Sin duda las contin-gencias profesionales o biográficas que me
llevaron a es-tos textos y no a otros son tan restrictivas como, espero,
posibilitadoras. Pero lamento la ausencia en este libro de un tratamiento más
atento de Walter Benjamin, y de todo tratamiento de tres pensadoras en cuya
obra estoy ahora trabajando: María Zambrano, Simone Weil y Hannah Arendt. El
calendario personal y el espacio edi-torial no me han permitido en esta ocasión
hacer lo que sin duda hubiera sido deseable. Pero habrá otras ocasio-nes, salud
mediante.
Por
lo demás este texto no pretende ser exhaustivo. Es resultado contingente de una
serie de lecturas tam-bién contingentes, pero orientadas por lo que me va
pareciendo una obsesión: encontrar la posibilidad mis-ma de formaciones de
pensamiento que puedan guiar
9
una
reflexión sobre lo político no enterrada en el subje-tivismo. El subjetivismo
está sólo a un paso del identi-tarismo, que considero desde mis años tiernos la
conci-liación contemporánea más obvia de nihilismo emba-rrado y humanismo
piadoso en todas sus formas, desde la nacionalista hasta la de sexualidad o
género, sin des-cuidar al esquizoidentitarismo tan de moda entre los
proliferantes deleuzianos norteamericanos (aunque no lo llamen así). Los
autores cuyas obras estudio, aunque en buena medida proclives a la
subjetivación de lo polí-tico, no lo hacen sin embargo identitariamente. Son
interlocutores a cuya altura espero haber podido acer-carme al menos en alguna
página. En varios casos —Derrida, Levinas, González Sainz— mi relación es
me-nos crítica que persuadida, aunque me doy cuenta de la radical insuficiencia
de mi comentario en cuanto a De-rrida y Levinas en particular. La cuenta
pendiente con el segundo de ellos, dada la relevancia de su pensamien-to, en
toda su problematicidad, para entender o perse-guir las implicaciones posibles
de la figura del no sujeto en lo político será, si no subsanada, al menos
atendida, espero, en un estudio posterior, ahora incipiente en cuan-to próximo
paso2.
En
uno de sus cuadernos de 1886-87 anotó Frie-drich Nietzsche: “Contra el
positivismo que se para en
2 La problematicidad del pensamiento de Levinas
es, sin embargo, menos obvia de lo que parece. Slavoj Zizek, por ejemplo, al
concluir su reciente ensayo sobre Levinas en “conclusión radicalmente
antilevina-siana: el verdadero paso ético es el que se toma más allá del rostro
del otro, el de suspender el enganche del rostro, el de elegir contra el
rostro, por el tercero” (183) y al decir en consecuencia que “la limita-ción de
nuestra relación ética de responsabilidad hacia el rostro del Otro que necesita
el alza del Tercero (el dominio de las regulaciones) es una condición positiva
de la ética, no simplemente su suplemento secundario” (184), llega sin darse
cuenta a posiciones claramente levi-nasianas.
10
los
fenómenos —‘Sólo hay hechos’— yo diría: no, los hechos son justo lo que no hay,
sólo hay interpretacio-nes. No podemos determinar ningún hecho ‘en sí mis-mo’:
quizás no tenga sentido querer hacer tal cosa. ‘Todo es subjetivo’, dices: pero
eso mismo es una interpreta-ción; pues el ‘sujeto’ no es algo dado sino ficción
añadi-da, incrustada. —¿Es siquiera necesario postular al in-térprete tras la
interpretación? Incluso eso es ficción, hipótesis” (Nietzsche, Writings 139;
7[60]). En tal de-molición de los derechos de la subjetividad —hay
in-terpretaciones, pero la subjetividad es una interpreta-ción más, y a partir
de cierto momento no de las más eficientes, a pesar del reaccionarismo a ella
asociado— encuentro un punto de partida no enteramente capri-choso para abordar
las páginas que siguen. La fórmula del no sujeto, en su obvia negatividad, no
pretende in-vertir la subjetividad hacia una forma alternativa de
per-sonalismo, como si el no sujeto fuera, en suma, una cla-se perfeccionada o
bien degenerada de sujeto, algo así como un sujeto tenue o un sujeto al revés.
Busca, más bien, el abandono de todo personalismo, pero no a fa-vor de ninguna
objetividad de los hechos. Tampoco quiere sustituir la ontología del sujeto,
consustancial a la filo-sofía moderna, hasta Nietzsche y después de Nietzsche,
si bien en este último caso en forma ya desesperada, por ningún tipo de ética
de la otredad. Esa no es la alterna-tiva, o es en todo caso una alternativa
falsa. El no sujeto no es siquiera fundamentalmente el otro —toda noción del
otro presupone siempre de antemano un uno esta-ble y delimitado, incluso cuando
se dice que el uno es la producción dialógica del otro. En esto también vivimos
presa de ideologías gramaticales, sin considerar que el lenguaje no es sólo
gramática. Si, por debajo de la men-ción explícita de que este libro busca
sobre todo inter-
11
venir
en un registro político, o de reflexión sobre lo po-lítico, hay aquí algún tipo
de posición ética, el horizon-te de tal posición sería algo así como la
originariedad de la ética en tanto que morada de lo humano. No vivimos en la
ética, sino que la ética es nuestra vida.
Por
otro lado, este libro no propone ningún tipo de vitalismo o naturalismo como
sostén ideológico de su investigación. Su secuencia argumental es desde el
principio abiertamente anti-biopolítica. Pero el no su-jeto no es un ideal a
alcanzar, una meta a conseguir: sólo una instancia a tomar en cuenta, sólo una
condición necesaria de todo pensamiento político que, jugado en un más que la
vida, jugado en una voluntad de política que permita regular la relación humana
a favor de un abandono del sacrificio, a favor de la idea de que no podrán
existir ni la justicia ni la igualdad ni la libertad si la justicia, la
igualdad y la libertad son excluyentes, quiera sin embargo abandonar la
santurronería sacerdo-tal —o, alternativamente, aunque no son incompati-bles,
la visión técnica del mundo— implícitas en todo subjetivismo. El subjetivismo
en política es siempre ex-cluyente, siempre particularista, incluso allí donde
el sujeto se postula como sujeto comunitario, e incluso allí donde el sujeto se
autopostula como representante de lo universal. De hecho, la reivindicación de
universa-lidad es siempre un síntoma de sacerdotismo político, pues sienta el
afuera de tal universalidad como siempre ya inhumano, y así marcado para su
conversión o liqui-dación. El límite de la universalidad en política es
siem-pre lo inhumano. ¿Y el no sujeto? ¿Es inhumano?
En
cuanto dimensión de lo humano, el no sujeto es lo sacrificial mismo, lo siempre
de antemano sacrifi-cable como conjura de lo que oscuramente amenaza. Lo que
amenaza es lo inhumano. Pero el no sujeto no ame-
12
naza:
sólo está, y no excepcionalmente, sino siempre y por todas partes, no como el
inconsciente, sino como sombra del inconsciente, como, por lo tanto, lo más
cercano, y por ello, en cuanto que más cercano, al mis-mo tiempo como lo
ineludible y como lo que más elu-de. Ese es, me temo, también su estatuto en
las páginas que siguen. De ahí su dificultad.
Este
libro está en su mayoría organizado a partir de ensayos que fueron
originalmente escritos y publica-dos en inglés3. En la traducción hube de optar
por man-tener las referencias bibliográficas a las traducciones in-glesas que
usé, o bien por remitir a los originales. Opté, por razones prácticas
relacionadas con la accesibilidad del material para los posibles lectores
interesados, por mantener las referencias a las traducciones inglesas en casi
todos los casos (si bien tras compulsar la doble tra-ducción con el original).
Debo
dar mi agradecimiento al equipo editorial de Palinodia por su gentil invitación
a preparar un ma-nuscrito para su publicación en esta serie. En cuanto al resto
de mis deudas, quiero reiterar aquí lo mucho que les debo intelectualmente a
viejos amigos y compañeros de viaje que han sido ya agradecidos con ocasión de
publicaciones anteriores. Pero en los últimos años, des-de mi libro anterior,
se me ha hecho imprescindible la alegría de compartir mi trabajo en curso con
otros ami-gos más recientes: Marta Hernández, Oscar Cabezas, Iara Díaz Araujo,
Sergio Villalobos y Bruno Bosteels. Oscar leyó y criticó versiones preliminares
de casi todo lo que sigue. A ellos, además de a Willy Thayer y a Fe-
3 Versiones preliminares de diversos capítulos
(ver Obras citadas) han aparecido en American Literary History, South Atlantic
Quarterly, positions, The Bible and Critical Theory, Rethinking Marxism,
Extremoccidente, Polygraph y New Centennial Review.
13
derico
Galende, y a Camila, Alejandro y Teresa, les de-dico este libro en lo que vale,
y no en lo que no vale.
14
Capítulo
primero
Más
allá de la línea
Mira
a los que están en la mesa. Si no ves ningún mamón, levántate y vete, porque tú
eres el mamón. (Amarillo Slim, el jugador de póker más grande del mundo)
1.
El “crac” en la coalición
La
semana de los atentados terroristas del 11-M en Madrid fue también la última
semana de campaña antes de las elecciones generales en España, que ocurrie-ron
el 14 de marzo (2004). Los sondeos habían adelan-tado una victoria
razonablemente sólida del Partido Po-pular, pues el Partido Socialista iba unos
cuatro puntos a la zaga en el último sondeo oficial del 7 de marzo. Sin
embargo, el Partido Popular fue derrotado con margen amplio y los socialistas
obtuvieron una mayoría (no ab-soluta, dada la presencia de otros partidos en la
lid) de 164 contra 148 diputados. El 16 de marzo el presiden-te norteamericano
George W. Bush dijo en la televisión que el electorado español se había
amilanado frente a los terroristas islámicos supuestamente responsables del atentado
madrileño. Esta idea resultó compartida por un buen número de comentaristas
periodísticos en los
15
Estados
Unidos y también por varios políticos partida-rios de Bush. El portavoz del
Partido Republicano en el Congreso, J. Dennis Hastert, le dijo al New York
Times que los españoles “habían cambiado de gobierno por la percepción de una
amenaza. Aquí tenemos un país que le había hecho frente al terrorismo y
tuvieron un gran atentado y eligieron cambiar de gobierno y, en un sen-tido,
aplacar a los terroristas”. El mismo artículo en el New York Times, sin
embargo, informaba de que otro miembro de la Administración Bush, Richard L.
Armi-tage, vicesecretario de Estado, adoptó la perspectiva opuesta: “el voto
que puso a los Socialistas en el poder en España ... fue una protesta de la
gente contra el ma-nejo del acontecimiento terrorista por el gobierno espa-ñol”1.
Para algunos, pues, aunque no para todos, el “ami-lanamiento” de los españoles
explicaría la retirada masi-va de apoyo electoral al Partido Popular, que
estaba com-prometido a sostener la política de la Administración Bush en Irak y
en otros lugares; y también explicaría el igualmente masivo apoyo nuevo a los
socialistas, que habían prometido mucho antes de su victoria y de los atentados
del 11-M que, si ganaban las elecciones, reti-rarían las tropas españolas de la
coalición dirigida por los Estados Unidos en Irak a menos que se obtuviera un
mandato de las Naciones Unidas antes de junio de 2004.
La
victoria socialista en España fue así denunciada por algunos conservadores como
una victoria de Al Qaeda y del fundamentalismo islámico en general. Los
espa-ñoles quedaron tildados de debiluchos y pasmados, cuya falta de
entendimiento de lo que estaba en juego en la confrontación histórica entre los
Estados Unidos y el terror mundial puso en peligro la posición occidental y
1 Sanger y Johnston, A10. Ver también Thomas
Friedman, A27.
16
abrió
el camino para muchas otras traiciones derrotis-tas. Para este sector de la
opinión mundial no parecía importar que José Luis Rodríguez Zapatero, aunque
opuesto a la guerra en Irak, hubiera dicho explícitamente que la lucha contra
el terror sería la primera prioridad de su gobierno. A la acción militar sin
mandato de las Naciones Unidas Rodríguez Zapatero prefería una co-operación
policial más intensa en Europa y con Estados Unidos y el establecimiento de una
red de inteligencia eficaz contra redes terroristas. Poco más de un año más
tarde, en junio de 2005, hubo nuevos atentados en Lon-dres, y los ataques
suicidas en Irak continúan sucedien-do de forma regular y regularmente atroz.
Pero el acon-tecimiento político español de marzo de 2004 da algu-nas razones
para la esperanza.
Los
españoles hicieron uso de su derecho político al voto para penalizar al
gobierno del Partido Popular por su arrogancia y por sus mentiras, pues su
dirección no dejó de insistir, contra evidencia creciente y hasta que se hizo
imposible, un poco demasiado pronto en su perspectiva, en que el grupo
terrorista vasco ETA estaba detrás de los atentados. Lo hicieron, suponemos, en
la esperanza de que la autoría de ETA en la masacre de Atocha beneficiaría sus
resultados electorales. Fue una apuesta calculada y la perdieron. Nunca
sabremos si una admisión franca y temprana, en los primeros momentos o días, y
antes de cualquier reivindicación o análisis con-cluyente de la evidencia, de
que no podían estar seguros de la autoría de los atentados habría producido resulta-dos
electorales diferentes, aunque cabe sospechar que sí, pues la gente hubiera
naturalmente apoyado al partido en el poder, además más visceral o
retóricamente com-prometido con el antiterrorismo. Pero el encubrimiento de
información se hizo notorio y claramente visible, y
17
los
responsables perdieron las elecciones, como cierta-mente merecían. La
democracia española no sufrió en el proceso. Los embustes cavaron la tumba del
Partido Popular más que la cobardía de los ciudadanos. Y un nuevo escenario
político se hizo plausible en los resqui-cios del evento.
El
procesamiento por parte de Baltasar Garzón del ciudadano marroquí Amer Azizi
del 28 de abril de 2004 en relación con los atentados de Atocha y con cargos
simultáneos de haber ayudado en la planificación de los atentados del 11 de
septiembre de 2001 en los Estados Unidos fue entendido como evidencia
preliminar de que Al Qaeda estaba de hecho tras los atentados madrile-ños2.
Quizás, entonces, el famoso comunicado firmado por el “portavoz militar de
al-Qaida en Europa, Abu Dujan al-Afghani”, no sea apócrifo después de todo. El
comunicado dice: “Declaramos nuestra responsabilidad por lo que ocurrió en
Madrid exactamente dos años y medio después de los ataques en Nueva York y
Was-hington. Es una respuesta a vuestra colaboración con los criminales Bush y
sus aliados. Esta es una respuesta a los crímenes que habéis causado en el
mundo y espe-cíficamente en Irak y Afganistán, y habrá otras respues-tas, si
Dios lo quiere. Amáis la vida y amamos la muer-te, lo cual da un ejemplo de lo
que dijo el Profeta Ma-homa. Si no cesáis en vuestras injusticias, fluirá más y
más sangre y estos atentados parecerán muy pequeños”3.
Aparte
el non-sequitur de la afirmada equivalencia
2 Ver María Jesús Prades, A3. “La investigación
de los ataques del 11 de marzo ha proporcionado evidencia de que los
sospechosos de los aten-tados con bombas en los trenes tenían lazos con gente
inculpada en los procesamientos del 11 de septiembre. Pero Azizi es la primera
persona vinculada a ambos ataques terroristas”.
3 Publicado bajo el título “Statement You Love
Life, We Love Death” en The Guardian Weekly 1.
18
entre
justicia y muerte, ¿fue la intención de Al Qaeda y de su subsidiario marroquí,
Ansar Al Qaeda, forzar un triunfo electoral del socialismo en España? Todo es
po-sible, por más que también dudoso. Pero el llamado “crac” en la coalición,
que fue un resultado directo de los atentados en la medida en que los atentados
radica-lizaron posiciones políticas, abrió posibilidades prácti-cas. Pensarlas,
durante estos años en que la insurgencia iraquí continúa haciendo la ocupación
norteamericana de Irak extremadamente costosa, es una tarea necesaria, aunque
complicada por la ideología. Ni siquiera es po-sible establecer un modicum de
consenso respecto de si el 11 de septiembre constituye un acontecimiento
his-tórico, más allá del americanocentrismo y del eurocen-trismo. Vivimos en su
sombra, como quizás los atenta-dos de Madrid y de Londres, tanto como la
ocupación norteamericana de Irak, insisten en recordar. Pero pue-de ser una
sombra ilusoria, desde alguna perspectiva más amplia de lucha de clases, y que
el 11 de septiembre y sus secuelas sean no más que episodios menores, aun-que
catastróficos, de una batalla más grande por el futu-ro del planeta.
Pero
constituya el 11 de septiembre un aconteci-miento histórico en el sentido
fuerte o no, todavía no hemos terminado de pensarlo en sí mismo. El 11 de
septiembre y sus secuelas constituyen un síntoma in-eludible de la necesidad de
proceder a un nuevo enten-dimiento de lo político, esto es, de la necesidad de
pro-ceder a un nuevo agrupamiento de amigos y enemigos, siguiendo la
caracterización existencial de lo político proporcionada por Carl Schmitt.
También lo son de la necesidad de una conceptualización alternativa que nos
lleve más allá de una noción de lo político, la schmittia-na, demasiado marcada
por la historia de la moderni-
19
dad
y por la historia de las formas de estado en la mo-dernidad.
2.
Legado y des-legación
Schmitt
dice en El concepto de lo político (1932): “en la orientación hacia el posible
caso extremo de una batalla real contra un enemigo real, la entidad política es
esencial, y es la entidad decisiva para el agrupamien-to amigo/enemigo; y en
esto (y no en ningún tipo de sentido absolutista) es soberana. De otra forma,
la enti-dad política es inexistente” (39). La entidad política es soberana, o
bien es inexistente en cuanto entidad polí-tica. Si la entidad política es
soberana, establece su pri-macía sobre toda determinación intrapolítica y no
reco-noce principio más alto alguno, esto es, no reconoce principio que pueda
subordinarla.
Unos
veinte años más tarde Schmitt publicó otro libro, titulado El nomos de la
tierra, en el que afirma que la historia de la modernidad registra la presencia
de tres nomoi alternativos, es decir, tres principios fundamen-tales de orden y
orientación en el mundo, siempre des-de la perspectiva europea o de la historia
europea. Para Schmitt el primer nomos es premoderno y estuvo orga-nizado
alrededor de la noción de Respublica Christiana, asociada con el papado romano
y con las nociones me-dievales de imperio. El segundo nomos empieza con la
llamada Edad de Descubrimiento e incluye el sistema interestatal que sostiene a
la modernidad propiamente hablando desde el siglo diecisiete hasta el
diecinueve y el veinte (más explícitamente, de 1648 a 1917). El se-gundo nomos
entra en crisis durante la “guerra larga” del siglo veinte, que empieza en 1914
y no termina has-
20
ta
la caída del bloque soviético en 1989. En el momen-to de terminar su libro,
hacia finales de los cuarenta o principios de los cincuenta, tras la derrota de
Alemania en la Segunda Guerra Mundial, Schmitt piensa que es necesario salir de
lo que él entiende como el nihilismo contemporáneo y moverse hacia el
establecimiento de un nuevo nomos de la tierra.
Por
los mismos años, otro pensador alemán tam-bién gravemente comprometido con la
historia del na-zismo, Martin Heidegger, publicaba su “Carta sobre el
humanismo” (1947), donde aparece usada la expresión griega nomos. Para
Heidegger, “sólo en la medida en que el hombre, ec-sistiendo en la verdad del
Ser, pertenece al Ser puede venir del Ser la asignación de las orienta-ciones
que deben hacerse ley y gobierno para el hom-bre. En griego asignar es nemein.
Nomos no es sólo la ley sino más originalmente la asignación contenida en la
dispensa del Ser. Sólo la asignación es capaz de despa-char al hombre hacia el
Ser. Sólo ese despachar es capaz de sostener y obligar. De otra forma toda ley
permanece como algo meramente fabricado por la razón humana. Más esencial que
instituir reglas de gobierno es que el hombre encuentre el camino hacia su
morada en la ver-dad del Ser” (Heidegger, “Letter” 274). El opúsculo
heideggeriano quería rendir cuenta del presente de la posguerra mundial a
través de una curiosa apuesta por un “pensar que abandona la subjetividad”
(249). No parece haberse ahondado lo bastante en ese proyecto heideggeriano, a
pesar de constituir un motivo constan-te en su pensamiento, ligado a la crítica
radical de la subjetividad trascendental hegeliana, para Heidegger
consustancial a la historia de la metafísica en su mo-mento de consumación y
agotamiento. ¿Cómo pensar contra la subjetividad? El proyecto mismo sonará
vaga-
21
mente
ridículo hoy, o más bien, sobre todo hoy, puesto que la subjetividad subyace
por todas partes como lo propiamente impensado de nuestras presuposiciones.
Contra Heidegger, la ideología contemporánea postula la subjetividad como la
verdadera casa del ser, el refugio último contra la desprotección que “está
llegando a ser el destino del mundo” (Heidegger, “Carta” 258). Pero la
subjetividad es para Heidegger la desprotección mis-ma. Pensemos por ejemplo en
el nacionalismo, todavía fundamentalmente importante en cuanto proyecto de
subjetividad comunitaria en 1947: “Todo nacionalismo es metafísicamente un
antropologismo, y así un subje-tivismo. El nacionalismo no puede vencerse
mediante el simple internacionalismo; mediante este último es más bien expandido
y elevado a sistema. El nacionalis-mo es tan poco elevado a humanitas por el
internaciona-lismo como el individualismo lo es mediante el colecti-vismo
ahistórico. Lo último es la subjetividad del hom-bre en su totalidad. Completa
la autoafirmación incon-dicionada de la subjetividad, que rehúsa ceder” (260).
El hombre, lo humano, concebido desde la subjetivi-dad, permanece atrapado en
la “ausencia esencial de morada” (260)4.
¿Cómo
puede un pensamiento antisubjetivista ser-vir a la reflexión política? En “La
palabra de Nietzsche ‘Dios ha muerto’”, de 1943, Heidegger, siguiendo a
Nietzsche, refiere a “doctrinas filosóficas fundamenta-les” (101) en cuyo
nombre se librará, dice, la lucha por el dominio del mundo. Ambas doctrinas
fundamenta-les son producto de la metafísica en su consumación —la doctrina
nietzscheana de la subjetividad incondi-cional de la voluntad de poder y el
materialismo hege-
4 Para el tratamiento de referencia de estas
cuestiones hoy ver Richard Evans, The Coming of the Third Reich y The Third
Reich in Power.
22
liano-marxista,
del que dirá en “Carta:” “La esencia del materialismo [consiste] ... en una
determinación meta-física según la cual cada ser aparece como materia del
trabajo. La esencia metafísica moderna del trabajo que-da adelantada en Hegel
... como el proceso auto-esta-bleciente de la producción incondicionada, que es
la objetificación de lo real experimentado como subjetivi-dad” (259)5.
Nietzscheanismo y materialismo hegelia-no-marxista nombran para Heidegger el
peligro, y es un peligro específicamente político. Con ambas doctri-nas el
pensamiento europeo entra, según Heidegger, en un reaccionarismo esencial, pues
queda atrás, queda re-zagado con respecto del “curso esencial de un destino
mundial auroral [o emergente] que sin embargo, en sus rasgos fundamentales ...
permanece europeo por defini-ción” (259-60). La influencia de Schmitt en
Heidegger es aquí tan notoria como inconfesada. Son palabras en alguna medida
enigmáticas, pues el desfase del pensa-miento europeo con respecto de sí mismo
parece asu-mir la culpa de una conflagración mundial: Europa no puede pensar su
propia época, y así es que Europa for-zará o propiciará una hecatombe
presumiblemente ma-yor que la que en 1947 humeaba todavía en el sur de
Alemania. En 1947 Heidegger todavía está viendo lle-
5 El marxismo, por cierto, en cuanto herramienta
de estudio del capi-talismo, permanece mientras tanto como esencial al
presente. En cuan-to a la voluntad de poder, dice Alain Badiou en su libro
sobre Gilles Deleuze que es necesario rechazar la noción del “fin de la
filosofía”, en clara referencia a Heidegger, y reafirmar los derechos de la
metafísica, que en suma son derechos directamente bajo la tutela de Nietzsche
para nuestra época. Badiou sitúa a Deleuze y se sitúa a sí mismo en la estela
de la metafísica nietzscheana. Ver por ejemplo Deleuze 12, 59,
101. Aunque tanto marxismo como nietzscheanismo
se mueven en direcciones opuestas al camino preferido por Heidegger, Heidegger
no dejó de considerarlos formas de pensamiento esencial en la historia de la
metafísica.
23
gar
el desastre, a despecho de sus reflexiones sobre el “poder de salvación”
(“Pregunta” 34) que pueda siem-pre alentar en él.
Pero
¿cuál es ese destino mundial auroral en 1946? El Tercer Reich ha sido
destruido, y lo que queda pre-sente como fuerza susceptible de dominación
política sólo es concebible como comunismo o como america-nismo. El pensamiento
heideggeriano de la historia del Ser apunta a otra cosa, hacia una tercera
opción, pero debe ser alcanzado en lo que llama un “diálogo produc-tivo” con
ambos, con el comunismo y con el america-nismo, entendidos como opciones en la
historia del mundo que están en sí producidas por la historia de la metafísica.
“Quienquiera que piense ‘comunismo’ sólo como un partido o una ‘Weltanschauung’
piensa dema-siado superficialmente, igual que los que en el término
‘americanismo’ ven, y ven con desprecio, nada más que un estilo de vida particular”
(“Letter” 259), puesto que “una experiencia elemental de lo que es propiamente
histórico habla en” ellos (259).
La
historia misma se ha encargado de eliminar de su registro de opciones al
comunismo soviético. El ter-cer nomos de la tierra, como Schmitt mismo había
temi-do, aunque prefiriéndolo a la opción de sovietización universal, se
consolida hoy como americanismo. Si el presente nomos de la tierra es
norteamericano, lo es por-que Estados Unidos ha conseguido hacer que su
retórica política pase por verdad universal. Schmitt, sin embar-go, enseña que
un orden nómico sólo alcanza validez universal no por su universalidad moral
sino mediante su carácter histórico concreto. Schmitt fecha la deca-dencia del
segundo orden nómico a partir de la Confe-rencia del Congo de 1885, en la que
un “universalismo general” impulsado por Estados Unidos vino a reempla-
24
zar
en el consenso jurídico y en el derecho internacional al hasta entonces
dominante jus publicum Europaeum. Fue entonces cuando “el nuevo Occidente
reivindicó ser el verdadero Occidente, la verdadera Europa. El nuevo Occidente,
América, sustituiría al viejo Occidente y re-orientaría el orden histórico del
viejo mundo, se conver-tiría en el centro de la tierra ... El derecho
internacional dejó de tener su centro de gravedad en Europa. El cen-tro de la
civilización se desplazó más al Oeste, a Améri-ca” (Schmitt, Nomos 290). La
demanda americana de ser considerada “la verdadera Europa” (291) tenía que ser
sostenida superficialmente mediante la demanda si-multánea de que América
vendría a apoyar “un derecho internacional universalista y sin espacio” (290)
en nom-bre de la libertad y de la justicia para todos. Pero en realidad la
reivindicación de haberse constituido en universalidad verdadera ya era el
resultado del desman-telamiento y de la sustitución del viejo orden europeo por
un principio diferente de orientación, a saber, la hegemonía imperial
norteamericana, un orden históri-co concreto en cuanto tal, el nuevo
organizador del no-mos de la tierra en su tercera configuración.
Claro
que ni a Heidegger ni a Schmitt, con su fiero por más que no particularmente
reconocido, y en el caso del Heidegger de la posguerra denegado, nacionalismo
alemán, podía gustarles este estado de cosas, aunque aceptaran que, en la
situación de la posguerra, no ha-bría retorno a un orden nómico europeo. Ambos
come-tieron su error propiamente histórico al entender el na-zismo, por lo
menos durante buena parte de los años treinta, como la grande y resuelta
repetición apropiati-va del legado alemán, síntoma y concentración de la
herencia europea, y única posibilidad de devolver el destino de Occidente como
algo otro que comunismo o
25
americanismo.
Ya en la sección 74 de Ser y tiempo (1927) Heidegger había hecho descansar la
totalidad de su ana-lítica ontológica en la noción de historicidad auténtica.
Dice Heidegger:
La
resolución, en la que el Dasein retorna a sí mismo, abre las posibilidades
fácticas del existir propio a partir del legado que ese existir asume en cuanto
arrojado. El retorno resuelto a la condición de arrojado encierra en sí una
entrega de posibili-dades recibidas por tradición, aunque no necesariamente en
cuanto tales. Si todo bien es un legado, y si el carácter de la bondad consiste
en la posibilitación de la existencia propia, entonces en la resolución se
constituye siempre la trasmisión de un patrimonio ... La finitud, cuando es
asumida, sustrae a la existencia de la infinita multiplicidad de posibilidades
de bienestar, facilidad, huida de responsabilidades, que inme-diatamente se
ofrecen, y lleva al Dasein a la simplicidad de su destino. (399-400)
El
pensamiento del legado comunitario —y ese legado nunca dejó para Heidegger de
ser muy específi-camente el legado germánico, en la medida en que para
Heidegger lo germánico constituye la periferia europea de lo imperial romano y
guarda en cuanto tal la posibi-lidad de un comienzo-otro del pensar mismo del
lega-do, un legado no curializado, un legado no automática-mente traducido a
las reglas de la hegemonía romana, como era necesariamente el caso para los
países latiniza-dos —es posiblemente la contribución más explícita-mente
política de Ser y tiempo. Pero en la hipóstasis del legado como instrumento de
una nueva política se arruina la posibilidad de pensar la política por afuera
de una subjetividad constituyente, y en tanto que constituyen-te también exclusiva.
La política de la subjetividad, en
26
la
que Heidegger recae necesariamente a partir del co-munitarismo Volkisch del
ser-ahí entendido como posi-bilidad resuelta de la afirmación de un legado,
como toda política culturalista, no puede sustraerse a su con-dición
radicalmente sacrificial. Los ídolos de la tribu reclamarán siempre sus
derechos.
La
simplicidad del destino histórico, asumida en resolución, en anticipación de la
muerte, y en la repeti-ción de un legado, en la que culmina el establecimiento
de toda posibilidad de auténtica comunidad histórico-política para Heidegger,
ignora la facticidad terrible de lo que voy a llamar des-legación. Y quiero
plantear la hipótesis fuerte de que quizá sólo un pensar de la des-legación
pueda ser un pensar propiamente democrático y antisubjetivista, en el sentido
de que sólo el pensar de la des-legación puede eventualmente lograr el
abando-no de la estructura sacrificial de la historia. El legado, incluso en su
sentido más auténtico, como otorgador de una “simplicidad de destino,” es
creador de sacrificio y entronizador de ídolos. A partir del legado, y a partir
de la finitud necesaria de todo legado, el mundo no puede sino dividirse entre
ídolos y víctimas, y las víctimas son precisamente aquellas para quienes el
acceso al legado está constitucionalmente restringido o imposibilitado6.
Con
respecto de un legado histórico, la des-lega-ción es el afuera. En el olvido de
la facticidad de la des-legación la crítica heideggeriana de la subjetividad no
puede evitar una caída política en la repetición de un comunitarismo
subjetivizante, pues basado en la inter-pelación de una memoria histórica. El
olvido de la des-legación es también clausura al Da- del Dasein, pues
6 Sobre la estructuración sacrificial de la
historia en ídolos y víctimas y su fin en la democracia, o en la promesa de la
democracia, ver María Zambrano, Persona y democracia, en particular 42 y
siguientes.
27
hay
des-legación, y no solamente en cuanto inautentici-dad. La repetición de un
legado, auténtica o no, excluye la des-legación, la des-piensa. Des-legado es
el que no puede repetir un legado, y entra así en el olvido. El abandono de la
subjetividad, el logro de un pensamien-to que abandona la subjetividad, no es
posible en la estela de la aceptación resuelta de un legado histórico —antes
bien, supone fundamentalmente pensar la des-legación, pensar el olvido en
aquello que no se deja ser recordado. ¿Y si lo repetido pudiera ser la
des-legación misma? ¿Si lo repetido pudiera ser, en el nombre de la acción
histórico-política misma, la desnominación en cuanto tal? ¿No es esta la única
forma cabal de pensar el olvido? ¿Y no sería esa posibilidad desconocida la
posi-bilidad misma de un pensamiento político de la subal-ternidad?
3.
En el nomos pero no del nomos
¿Existe
el nomos? ¿Debe regular nuestra existencia política? ¿Es el nomos mera
ideología o es el nomos, pre-cisamente, en su dura materialidad, real, y por
ello al menos en un sentido lo contrario de la ideología? El nomos, si existe,
existe en una materialidad legal deriva-da de la historia del mundo tal como es
leída por lo que Schmitt llama el derecho público europeo, fundamento del
derecho internacional. No es, por lo tanto, un asun-to meramente político.
Parecería existir en una región que la política puede tocar pero que no es en
sí política.
Si
el nomos dirige lo político, el nomos es la última norma para la acción, y la
política no es soberana. Si está subordinado a la política, entonces el nomos
debe someterse a la división amigo/enemigo, y no es sobera-
28
no,
esto es, no puede actuar como último principio de orden y orientación, como
organizador y distribuidor de poder político e impotencia política, de paz y de
justicia. En otras palabras, ¿qué hay de la que es para Schmitt la definición
última de lo político en términos de la división amigo/enemigo en relación con
la idea del nomos de la tierra? ¿Cuál es la relación entre lo político y lo
jurídico, si es que lo jurídico tiene fuerza extrapolíti-ca de vinculación?
Si
hay un nomos de la tierra, si el nomos presente, entendido, no como dominación
americana, sino más bien simultáneamente como su resultado y como su condi-ción
de posibilidad, y si ese nomos es, por definición —o incluso, si habrá siempre
sido de antemano—, mejor que la anarquía o el nihilismo, entonces el nomos de
la tierra produce sus propias determinaciones políticas, su propio espacio
político. Es así una condición de lo político, y marca en cuanto tal tanto la
política intranómica como cualquier intento de sobrepasar o negar el orden
nómico mismo. Hay dos maneras lógicas de negar el orden nómi-co: oponiéndose al
nomos actualmente existente o bien oponiéndose a todo nomos, es decir, a
cualquier nomos posible. Al nivel más alto, es decir, al nivel en el que la
confrontación política no es intranómica o sostenida den-tro de un nomos dado,
sino que cuestiona el poder mismo del nomos existente, en tanto que meramente
existente o en tanto que determinación ontológica de toda práctica política,
los amigos son los que apoyan al nomos y los enemigos los que buscan su
destrucción explícita. Por ejem-plo, en el presente occidental, los terroristas
de Al Qaeda son enemigos nómicos, pues su meta es atacar el orden nómico
presente. Pero la mayor parte de los habitantes del planeta no son ni amigos ni
enemigos del nomos, sino que habitan el nomos —si existe, si no es meramente
una
29
figura
de la imaginación schmittiana: son en el nomos pero no son del nomos. Esa
diferencia entre “en” y “de” marca un lugar especial: el lugar del
ni-amigo-ni-enemi-go. Y ese lugar puede estar emergiendo hoy como el lu-gar
propio de una nueva configuración de lo político, o del pensamiento de lo
político.
La
idea del nomos inscribe la noción de amistad. Dentro de un nomos dado, son
todavía amigos los que rompen el orden de la amistad y luchan en guerras
dis-criminatorias, en tanto que las guerras no-discriminato-rias (es decir, en
la definición de Schmitt, las guerras que no siguen las reglas de la guerra
entre contendien-tes intranómicos) están por definición situadas “más allá de
la línea”, esto es, en el límite expansivo del orden nómico, fuera del orden
nómico (Nomos 93-94). De ahí que el orden nómico sea en última instancia lo que
podríamos llamar una dictadura de amigos. Si un no-mos es orden y orientación,
hay los que cumplen el or-den y siguen la orientación, aunque puedan
encontrar-se ocasionalmente en guerras unos contra otros, y hay los que no cumplen
el orden ni siguen la orientación. Los que no lo hacen no son necesariamente
enemigos: son sólo potencialmente enemigos, pero sólo en la me-dida en que son
también potencialmente amigos —son en su mayor parte vida desnuda,
ni-amigos-ni-enemi-gos, y en esa medida el afuera. Pero la división amigo/
enemigo es peculiar al nivel más alto, que es el nivel de la configuración
nómica. Tal peculiaridad podría llegar a destruir el entendimiento de lo
político como basado fundamentalmente en la división amigo/enemigo. En el
supuesto de que el nomos exista o quiera venir a la existencia.
Schmitt
describe dos ordenes nómicos —el nomos imperial-curial de la Edad Media y el
nomos interestatal
30
de
la modernidad— y anuncia un tercer nomos, que está bajo formación alrededor de
1950. A Schmitt le pre-ocupa la formación de este nuevo nomos y encuentra para
él tres posibilidades: la primera posibilidad es la emergencia de un nuevo
“solo soberano” que “se apro-piaría de toda la tierra —tierra, mar y aire— y la
dividi-ría y la administraría según sus planes e ideas” (Sch-mitt, Nomos 354).
La segunda posibilidad es la hege-monía norteamericana, esto es, no la
soberanía norte-americana, sino algo así como un apoyo norteamericano y una
vigilancia y administración norteamericana del tipo de equilibrio interestatal
que era la estructura mis-ma del previo nomos de la tierra. Y la tercera
posibilidad es un equilibrio no regulado por la hegemonía norte-americana, sino
una división del mundo en bloques de poder diferenciados (353). Algo más de
cincuenta años más tarde todavía no sabemos si debemos confirmar la sospecha de
que la primera y la segunda posibilidad en Schmitt son una y la misma, dado el
uso creciente del unilateralismo, explícito o disfrazado, por parte de Es-tados
Unidos en decisiones de política y economía in-ternacional. La tercera opción,
el multilateralismo, ha quedado borrada por la experiencia de que no hay
mul-tilateralismo sin hegemonía, y no hay hegemonía sin tendencias soberanas.
Los
dos primeros nomoi se disolvieron bajo la pre-sión de su propio desarrollo. La
expansión imperial eu-ropea temprana llevó la configuración imperial-curial a
su final en la intensificación del poder de los Habsbur-go y de las guerras de
religión que fueron su consecuen-cia. Y el desarrollo del poder norteamericano
como mera intensificación de la influencia europea más allá de Eu-ropa llevó a
su final al sistema interestatal europeo. La idea misma del nomos, en la medida
en que es la idea de
31
un
nomos de la tierra, presupone que los enemigos nó-micos, es decir la
configuración enemiga que puede aca-bar con un nomos dado, siempre se genera
desde den-tro: los enemigos del nomos no han sido enemigos pro-piamente
externos. Esto es así, no sólo históricamente, sino quizá estructuralmente,
porque el nomos, como principio de división, como la división misma (nemein),
siempre regula de antemano, y así siempre incorpora y subsume, su externalidad:
la externalidad sólo es conce-bible desde el orden nómico, y es una función del
or-den nómico. O mejor: un principio de división, y parti-cularmente un
principio de división que abarca la tie-rra, no puede tener externalidad. Más
allá de la línea, y eso sólo puede querer decir, en la región en la que los
habitantes no se han percatado todavía de que están dentro del ámbito del
nomos, puede haber enemigos, si son atacados, pero no son enemigos nómicos, no
son enemigos del nomos de la tierra, sino que simplemente ignoran que existe.
Los fundamentalistas islámicos, por ejemplo, no están más allá de la línea:
son, precisamen-te, enemigos del nomos, lo cual significa que el nomos los
explica y así los incluye. En la medida en que el fundamentalismo islámico o
cualquier otro movimien-to de protesta contra la dominación occidental o
norte-americana de la tierra no es un fenómeno autónomo y autocontenido sino
más bien un desarrollo histórico orientado contra el nomos presente, si existe,
sus adhe-rentes deben ser considerados intranómicos. Son intra-nómicos, pero
quieren un fin del nomos (no necesaria-mente un fin de todo nomos).
Los
órdenes nómicos, como todas las formas de razón imperial, generan su propia
crítica en función de su desarrollo, y perecen, cuando lo hacen, de su propio
triunfo. Esto anuncia ya una incompatibilidad básica
32
entre
la determinación schmittiana temprana del cam-po de lo político,
“independientemente de otras antíte-sis” (Schmitt, Concept 27), como campo de
la división entre amigo y enemigo, y la noción de un orden y una orientación
espacial básica incorporados en la noción de nomos. Al nivel más alto de
práctica política, al nivel más alto de la división amigo/enemigo, allí donde
la existencia o la continuación de un nomos dado está en juego, el nomos
segrega su propia enemistad. La ene-mistad no precede al nomos: está en cada
caso produci-da por el nomos. La división amigo/enemigo es por lo tanto una
división subordinada a la división primaria nómica, producida desde sí misma.
La división amigo/ enemigo no es por lo tanto suprema: es generada por una
antítesis nómica, y por lo tanto permanece bajo ella. El nomos, si existe,
dirige lo político.
Por
lo tanto la ontología política implicada en la noción del nomos de la tierra
deconstruye la ontología política cifrada en la división amigo/enemigo, y
vicever-sa. Son mutuamente incompatibles. O bien la división amigo/enemigo es
suprema, para una determinación de lo político, o bien lo es el nomos de la
tierra. La brecha entre ambas es estrictamente inteorizable. Si la división
amigo/enemigo existe independientemente de todas las demás antítesis en tanto
políticamente primaria, entonces no hay nomos de la tierra. Si hay nomos de la
tierra, produce sus propias divisiones políticas7.
Sólo
hay una forma en la que esos dos conceptos —el concepto del nomos como
principio supremo de división, de orden y de orientación, y el concepto de lo
político como contenido por la división amigo/enemi-
7 Debo remitir al capítulo sexto de este libro
para una continuación de esta discusión, incluyendo definiciones precisas de
las nociones de ene-migo justo y enemigo injusto, a las que me refiero más
abajo.
33
go—
pueden salvarse haciéndose compatibles: a través del triunfo total de la
“primera posibilidad” schmittia-na para el tercer nomos de la tierra, es decir,
de la tiranía global norteamericana o de la tiranía global de Uno, la tiranía
global de un régimen que aglutinaría amigos y decidiría enemigos, del que
Estados Unidos es hoy ma-nifestación primaria si bien inicial e imperfecta. Una
vez que se logra un monopolio total de poder, también se logra una total
sujeción, y una total sujetificación, sin residuo. La globalización liberal, si
bien todavía no está plenamente consumada, parece ser su nombre con-temporáneo.
La globalización divide tendencialmente el mundo entre amigos y enemigos
injustos, tan fáciles de llamar terroristas internacionales. Nadie está así
fue-ra del nomos —excepto precisamente los que pueden ser matados sin asesinato
ni sacrificio, o incluso los que pueden ser matados sin guerra, los habitantes
de la vida desnuda. Contra la vida desnuda, la sujeción planeta-ria, el sujeto
único del presente, el sujeto, con tantos o tan pocos atributos identitarios
como uno quiera darle. ¿Pero podríamos decir que la sujeción total —la
conti-nua reducción del mundo a subjetividad o abyección— es siempre ya el
índice o el síntoma de un monopolio global del poder realmente existente? En la
continua sujetificación global la coincidencia del nomos consigo mismo y con el
orden de lo político en tanto tal, sin deconstrucción, es testigo de la tiranía
del Uno. Para el tirano, hay amigos y hay enemigos. O más bien, sólo hay
amigos, y todos los demás son precisamente nada: no-amigos. Los terroristas
también son figura del tira-no: el elemento cuya función es establecer un
afuera, el sitio del mal radical (que, para el practicante del terror, debe
proyectarse retrospectivamente y ser exhaustiva-mente absorbido por el Uno,
pues el terrorista nunca
34
tiene
la culpa de nada). Los terroristas, busquen un Califato global o simplemente la
destrucción de todo orden bajo el amor de la muerte, son un elemento nece-sario
en el orden nómico total entendido como el con-junto de amigos y enemigos
injustos. Pero un orden nómico que engloba amigos y para el que todo enemigo es
injusto y así absoluto es precisamente no un orden nómico —la noción misma de
nomos, cuya función fun-damental es prevenir la posibilidad de guerra total
den-tro del orden nómico, se ha puesto a sí misma más allá de la línea.
Quizá
debamos agradecer por el momento que pueda todavía ser detectada una
heterogeneidad de ca-rácter fundamental entre el orden del nomos y el orden de
lo político8. El Partido Socialista español, y con él el electorado español,
optó recientemente por tal hetero-geneidad, a través de un rechazo doble. Morar
en tal heterogeneidad, que es quizá la forma propia de lo polí-tico hoy,
implica siempre un rechazo, y un rechazo por su misma naturaleza doble, a
agotar el concepto de lo político en la división amigo/enemigo, a favor de la
vida desnuda, de lo subalterno, y de todo aquello que en nosotros y fuera de
nosotros pueda permanecer siempre más allá de la sujeción, de la
sujetificación, de la identi-dad, de la inscripción, de la línea, fuera del
tercer orden nómico schmittiano que divide al mundo entre el tira-no y su más
profunda abyección, que es la figura del terrorista global. Esta posición del
no-amigo, como la contrapartida necesaria a la exhaustiva pero imposible
8 El orden del nomos y el orden de lo político
acaban configurando la posibilidad deconstructiva del doble registro o doble
inscripción de la práctica política a la que refiere Jacques Derrida en
Espectros de Marx. Ver también capítulo 9 de mi Exhaustion, con respecto del
cual este libro pretende ser reelaboración y revisión.
35
división
del mundo entre amigos y enemigos injustos, es el nuevo lugar de la política:
un lugar sin duda en parte definido por los atentados del 11 de septiembre de
2001, o más bien, por el doble rechazo del 11 de septiembre y de sus secuelas.
Como decían algunos de los manifestantes en las protestas masivas del 12 de
marzo de 2004 en España, “ni terrorismo ni guerra”. La frase es más compleja de
lo que parece.
4.
Descolonización infinita
El
nomos que empezó a llegar a su final con la Pri-mera Guerra Mundial dio paso a
una ideología de des-colonización masiva. La descolonización como princi-pio
fue fuertemente apoyada por el hegemón norteame-ricano tras la Segunda Guerra
Mundial, y el movimien-to mundial hacia la liberación nacional-popular llegó a
constituir una de las tres ideologías políticas más im-portantes de la época
(siendo las otras dos el liberalismo demócrata y el movimiento comunista,
entendido como lucha de clases y articulación de la necesidad del fin de la
explotación capitalista). De hecho la descolonización masiva, apoyada siempre
en una ideología de desarrollo nacional postcolonial, era ya una respuesta
política a las reivindicaciones radicales del proletariado sostenidas por los
partidos marxistas de masa. Se creía que el desarrollo nacional podría
finalizar la explotación en cuanto tal, o minimizarla hasta hacerla
políticamente viable. La des-colonización, en su forma radical o infinita, sin
embar-go, iba más allá de presupuestos desarrollistas y asumía la posibilidad
de un rescate del legado precolonial en la deslegación misma. Incorporaba así
la promesa de la li-beración proletaria a un nivel fundamental, vinculando
36
la
liberación con una reapropiación de la tierra, con una nueva posibilidad de
Bodestandigkeit o enraizamiento telúrico. Por eso, quizá más que un suplemento
a la li-beración marxista, la descolonización, en su carácter
te-lúrico-cultural, sea un complemento o contrapartida, en la que los
estudiosos postcolonialistas han insistido durante la mayor parte del pasado
siglo9.
¿Es
la descolonización infinita parte del orden de lo político o parte esencial del
tercer nomos de la tierra? Quizás la descolonización, en la medida en que se
hace infinita en su demanda radical de reapropiación de un legado perdido, en
la medida por lo tanto en que es un pensar del legado más que un pensar de la
des-legación, no sea realmente descolonización sino más bien una curiosa forma
de recolonización apotropaica, que sólo descolonializa para mejor
recolonializar, siguiendo el espíritu de los tiempos. A ese espíritu se refiere
el libro
9 No todos sin embargo insisten en la
descolonización como comple-mento de la justicia social, y de ahí el problema
que fuerza estas pági-nas. Hace apenas unos días que el nuevo presidente
boliviano, Evo Morales Ayma, presentó su primer discurso presidencial,
enfatizando las reivindicaciones indígenas en Bolivia, y ya han empezado a
leerse bobadas en la prensa afirmando que Morales no es de izquierdas ni de
derechas, pues esas son categorías de la tradición política europea con la que
Morales no querría tener nada que ver. El propósito de Morales sería más bien
la descolonización total del Tawantinsuyo como proyec-to genuinamente indígena.
Bien—más vale descolonizar que colonizar. Pero el éxito (deseable) de Morales
será una función de la capacidad de su gobierno para fomentar la producción y
redistribución de la riqueza y para crear justicia social; no de la retórica,
por lo demás tan respeta-ble como cualquier otra, de Pachamama y ayllu. No es
la descoloniza-ción infinita de lo cultural lo que más importa ni lo que más le
puede importar al pueblo boliviano, sino la justicia social y la capacidad
republicana de la ciudadanía para sostener un sistema político y econó-mico
genuinamente democrático. El rechazo de la opresión cultural no es
automáticamente traducible a la deseabilidad del desarrollo de una ciencia o de
un derecho “propios,” como veremos que dice Bartolomé Clavero y con él tantos
otros postcolonialistas (ya sólo) culturalistas. Sin duda no es ese el
propósito de la nueva constitución boliviana que Morales apoya.
37
de
Bartolomé Clavero Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy
con la expresión “nuestras altu-ras”. Genocidio y justicia busca ofrecerse como
un inten-to teórico de presentar la situación de la descoloniza-ción hoy.
“Nuestras alturas” refiere a un tiempo que es más sabio, más ilustrado, más
avanzado que los tiempos anteriores, sin duda gracias a los esfuerzos de los
llama-dos descolonizadores. Pero la expresión “nuestras altu-ras” es también
indicio claro de la presencia de ideolo-gía nómica: sabemos más hoy, estamos
mejor organiza-dos, mejor dispuestos, conocemos un orden mejor, si solamente
supiéramos llevarlo a cabo. La descoloniza-ción infinita es quizá la otra cara
de la presencia abru-madora del orden nómico en nuestro mundo, y en cuanto tal
ha venido a constituir algo así como la ideología pro-gresista dominante de
nuestro tiempo, aunque más en el discurso universitario que en otros ámbitos de
discur-so. Es hoy una forma aceptable y naturalizada de iz-quierdismo, y quizás
es aceptable porque es plenamente legible para la derecha, que ha venido a
considerarla su enemigo: pero es un enemigo fácil, precisamente por-que es un
enemigo justo, e incluso demasiado justo. Kant decía que el enemigo justo es
aquel del que debe-ríamos hacer un amigo. Tales enemigos sólo pueden aca-bar
haciéndose amigos, y no precisamente porque el enemigo de nuestro enemigo sea
nuestro amigo (eso nos convierte a todos en lo que dice el Amarillo Slim de mi
epígrafe). El enemigo aquí no es el enemigo injusto de Kant o de Carl Schmitt,
el enemigo absoluto, no es el terrorista global, sino que es aquel de quien
esperamos eventual sometimiento y colaboración, que en este caso concreto
significa colaboración con el régimen de acu-mulación global que mantiene a
tantos habitantes de la tierra, en el nomos pero no del nomos, en miseria pro-
38
funda
e injusta10. No es obviamente cuestión de pro-nunciarse contra la
descolonización, que en cualquiera de sus formas será siempre preferible al
hecho brutal de la colonización, entendida como dominación. Pero sin un
compromiso claro con la justicia social y económica toda ideología de
descolonización —es decir, toda vo-luntad de resistencia a la dominación— corre
el riesgo de quedar reducida a un culturalismo cuyo carácter re-dentorista no
puede en última instancia ocultar su in-capacidad de redención. El culturalismo
es el camuflaje político del oportunismo nómico.
Clavero
dice: “Tras el presente está la historia, y tras la historia puede estar el
derecho” (82). No es una frase trivial, aunque uno la lea pensando que no hay
que ser demasiado exigentes cuando se trata de aceptar la propuesta de
separación y autonomía relativa entre la historia y el presente. Que el pasado
y el presente sean diferentes parece ser una cuestión de sentido común, dado
que por supuesto hay una diferencia, y el pasado es historia y el presente, sea
lo que sea, es precisamente no historia. El presente es, más bien, una
referencia sus-titutiva a una noción no reconocida de nomos: “tras la historia
está el derecho”.
Siguiendo
la lógica de Genocidio y justicia tenemos, por un lado, el presente, y por el
otro la historia. Si la historia y el presente no son parte de la misma
sustan-cia, si son, en otras palabras, sustancialmente diferen-tes, ¿qué teoría
del tiempo puede sostenerse sobre la base de la afirmación de una sustancia
doble de la tem-poralidad? Y si hay dos sustancias en el tiempo, ¿por qué no
tres, o muchas? O bien, si hay sólo una sustan-cia, y por lo tanto la
naturaleza de la división entre histo-
10 Ver sobre esto, por ejemplo, Bourdieu,
Misére.
39
ria
y presente es meramente accidental, meramente ane-cdótica, nunca fija, cuestión
de escribir, y de escribir rá-pido, para que se entienda, sin aspirar a la
fijación abs-tracta, bien, entonces, como decía Samuel Beckett, nada, porque
esta frase ya ha durado demasiado tiempo.
Se
pretendería entonces que usáramos o aceptára-mos una distinción que no podemos
justificar, pero se-ría una distinción que todos sentimos instintivamente como
correcta, parece pretender Clavero. La historia es una cosa, el presente es
otra, igual que el sujeto es una cosa, y el objeto otra, y sólo desde el
presente podemos hablar de historia, igual que sólo desde el sujeto es el
objeto conocible. El presente es lo que conocemos di-recta e inmediatamente, el
presente somos nosotros, el sujeto, y así sólo la historia puede ser un objeto
para nosotros. La historia y el presente, la división misma entre ellas, es la
división del sujeto, contra la que el tiem-po vive. El sujeto puede decir, el
sujeto puede siempre decir, y puede en primer lugar decir el tiempo, pues toda
forma verbal personal es siempre una modalidad del pasado, del presente, o del
futuro: yo digo, yo dije, yo habré dicho. El derecho a una clara distinción
tem-poral, entre historia y presente, es tan verdadero como el derecho a ser
sujetos. Y eso es primariamente lo que nuestro tiempo, nuestras alturas, las
alturas de nuestro tiempo han hecho posible: la sujetificación total, la
su-jetificación potencialmente total.
Todo
esto ya es bastante complicado, para una fra-se supuestamente tan práctica, tan
concreta. Y aun así, no es todo. Porque no es sólo que hay presente, y tam-bién
hay historia, y la una está detrás del otro, casi de la misma manera en que
siempre hay otro detrás de uno. Pero hay más: primero está el presente, luego
está la historia, y por fin está el derecho. O mejor dicho: pue-
40
de
estar el derecho. Derecho es en español no sólo “jus-ticia, razón,” sino
también, como dice el Diccionario de la Real Academia, “conjunto de principios,
preceptos y reglas a que están sometidas las relaciones humanas en toda
sociedad civil, y a cuya observancia pueden ser com-pelidos los individuos por
la fuerza”. El derecho, al ser justicia y razón, supone una incorporación de
todas las leyes, y rige el conjunto de las leyes, o es ley de leyes. Así que
tenemos el presente, y tras él la historia, y tras ella la justicia y la razón,
o bien un conjunto de princi-pios, preceptos y reglas, lo cual hace que el
derecho, y con él la ley, rija el tiempo. El derecho es suprahistóri-co, o
transhistórico, no en el sentido de que no tenga historia, sino en el sentido
de que rige su propia histo-ria, e incluso la historia toda, la domina, e
incluso la toma por atrás. El derecho es nómico, y no es nada sino
tendencialmente nómico. Cada ley, cada uno de sus principios, preceptos y
reglas, quiere establecer un no-mos de la tierra.
Genocidio
y justicia es un libro importante y bien intencionado que busca revisitar, en
nombre de la des-colonización universal, la llamada destrucción de las Indias,
esto es, la destrucción colonial que España im-puso en las gentes que encontró
al otro lado del océano. Busca una restitución fundamental, una restitución
in-finita, aunque aparezca vago en términos de qué es lo que busca restituir
infinitamente: un legado siempre indefinido. Restituye por lo tanto más bien el
derecho a la restitución, restituye la restitución bajo el nombre de
restitución infinita, que no es quizá otra que la restitu-ción de lo propio,
del nombre propio. Hay por supues-to mucho que discutir a propósito de la
noción de resti-tución, de la noción de lo propio, de la noción de nom-bre y de
la noción de nombre propio, como si los nom-
41
bres
pudieran en el fondo ser otra cosa que nombres comunes, supuesto que hubiera
nombres en algún prin-cipio (el principio mismo del legado o el legado como
principio). Clavero dice: “La ciencia social de matriz europea, casi toda ella,
contribuye por su parte al geno-cidio manteniendo el paradigma teórico de
cancelación de la humanidad indígena a efectos como los de historia y derecho.
Hasta el empleo usual de meros términos como indio o incluso como indígena
puede abrigar ge-nocidio cuando encubre ignorancia y desentendimien-to de la
pluralidad notable de pueblos comprendidos (...) el genocidio se permite o
encubre con la simple cancelación teórica de parte de la humanidad como su-jeto
de ciencia, historia y derecho propio” (95). Desde el punto de vista de la
descolonización estas parecerían frases incontrovertibles.
Clavero
está contra el genocidio. La única posible respuesta al genocidio, esto es, la
única respuesta no-genocida al genocidio es, para Clavero, la restitución
infinita, no del derecho a, sino de la subjetividad mis-ma, entendida como la
propiedad de la ciencia, de la historia y del derecho, a toda la humanidad,
particular-mente a la parte de la humanidad que fue privada de tal propiedad en
algún momento de la historia, o en algún momento del presente. Esto
plausiblemente quiere de-cir que hay algo que está incluso tras el derecho, y
eso es la propiedad misma, y no cualquier propiedad, sino la propiedad misma de
la subjetividad, para todos. Lo cual crea un problema difícil, pues la llamada
a la restitu-ción infinita de la subjetividad no viene de la subjetivi-dad,
sino del derecho. El derecho dice que debe haber una infinita restitución del
derecho, y con esa regla el derecho se sustrae al derecho, o se sitúa tras el
derecho. O bien la subjetividad dice que la restitución infinita
42
de
la subjetividad debe ser la ley, o el derecho, y con ello la subjetividad se
sitúa tras la subjetividad. La ley, o el derecho, y la subjetividad, o bien la
ley de la subjeti-vidad, imposiblemente entendida como la misma cosa que la
subjetividad de la ley: esa sería, para Clavero, y quizás para todos los
teóricos de la descolonización infi-nita, la ley silenciosa, no tanto de la
historia, sino de nuestro presente. Pero, puesto que la historia está tras el
presente, en algún punto medio entre el presente y el derecho, la ley del
presente es también de alguna forma la ley de la historia. De ahí que el
discurso del derecho, del derecho contra el genocidio, que es, en los términos
de Clavero, el único discurso no-genocida ante el geno-cidio, sea el punto final
del recurso histórico y el funda-mento terminal de la historia misma: “tras la
historia está el derecho” significa que la ley contra el genocidio —la ley de
descolonización, que para no ser genocida debe ser ley de descolonización
infinita— opera algo así como la muerte o vencimiento del tiempo. Es la
asigna-ción misma del tiempo en el presente, es decir, el nomos de la tierra.
Uno
podría aceptar quizá esta metafísica apresura-da como asunto de fe, y quizá esa
es la forma en la que los juristas deban en última instancia moverse: a través
de una onto-teología siempre dada por supuesta en re-lación con la cual uno
pueda o deba simplemente creer —un asunto de elección militante. Pero la fe
debe ser internamente consistente para sostener en fidelidad al sujeto de fe:
lo requiere la militancia, pues una militan-cia inconsistente no es militancia.
Esta fe inconsistente no es otra cosa que fe infiel, es decir, mera ideología.
Clavero dice: “No es el genocidio ahora una categoría retórica. Es un crimen de
derecho de gentes o de un orden internacional muy distinto, a nuestras alturas,
al
43
de
los tiempos de Las Casas, precisamente porque ahora se funda en derechos
humanos, los debidos y acredita-dos a una humanidad cumplida y entera” (94).
Algo por lo tanto se ha cumplido en las alturas de nuestro tiempo, y lo que se
ha cumplido no es otra cosa que la humanidad, “cumplida y entera”. Desde la
perspectiva de una humanidad cumplida hay genocidio y no retóri-ca. Desde que
la humanidad se cumplió, también la ley. Ahora la ley contra el genocidio es la
ley de la resti-tución infinita de la propiedad de lo propio. La ley de la
humanidad es la ley contra el genocidio, y la ley contra el genocidio pide la
restitución infinita de los derechos humanos, entendidos primariamente como los
derechos de propiedad a la propiedad, es decir, como derechos a una
subjetividad total, entendida como propiedad y au-topropiedad. El derecho a una
subjetividad plena es el derecho universal de la humanidad. El derecho a la
ple-na subjetividad es el derecho a la restitución infinita, que es el derecho
infinito a la propiedad de lo propio, que es el derecho a la subjetividad
infinita. Pero esto empieza a parecerse a un círculo vicioso, y hay que
rom-perlo, en cuanto vicioso, si no en cuanto injusto, por alguna parte: hay
que establecer un fundamento que rompa la figura del círculo y nos lleve a una
jerarquía lineal, estructurada conforme a principios.
Clavero
elige atacar, predeciblemente, por el lado de la cultura: “Con todo, la primera
dependencia que debiera tal vez afrontarse y tratar de superarse puede que no
sea la política o ni siquiera tampoco la económi-ca o cualquiera de otra índole
social más material, sino precisamente y en definitiva la cultural. No digo que
las otras no sean importantes e incluso decisivas, sino que ésta puede ser la
primaria. Me refiero ahora a la que deriva de quienes (...) se arrogan,
controlando y mani-
44
pulando
claves, la autoridad de dar nombres y señorear palabras con la pretensión no
siempre disimulada de condicionar o con la más íntima incluso de regir la libre
determinación humana” (90). La cuestión es ciertamente saber quién es el señor
de las palabras. Lo que Clavero llama “la privación radical del derecho propio”
es, pien-sa, un fenómeno cultural, la imposición cultural geno-cida de nombres
ajenos en derechos propios, y de ahí el robo del derecho propio. Contra tal
robo está la supre-ma autoridad contemporánea, esto es, la autoridad a nuestras
alturas, nuestro orden nómico, que manda res-tituir, no imponer, como el
superego nos dice que dis-frutemos. Excepto que disfrutar, cuando responde a
una ley del superego, es una forma de sufrir. Excepto que tal restitución es ya
una imposición, una imposición nó-mica, en la misma manera en que no puede
haber una ley de lo múltiple sin una unificación previa, y de la misma manera
que no puede haber una infinitud de nombres propios sin un nombre común que los
sosten-ga a todos. Pero si hay un nombre común que los sostie-ne a todos, y si
ese nombre común es la humanidad cumplida, entonces la ley de la restitución
infinita en-cuentra su excepción impasable. No es cualquier excep-ción, porque
es una excepción de lo infinito, que nece-sariamente pone un límite a la
infinitud, y hace a la infinitud finita. Y la destruye como infinitud. De la
misma forma la ley de restitución infinita se destruye como ley y no es defensa
contra el genocidio, sino pre-tensión de defensa, y en cuanto tal no constituye
herra-mienta apropiada para la liberación que dice sostener en nombre de una
descolonización de lo propio que debe seguir la ley universal.
La
película que dirigió John Huston sobre El hal-cón maltés, de Dashiell Hammet,
no hace referencia a
45
uno
de los pasajes más famosos del libro, que es el pasa-je en el que Sam Spade le
cuenta a la encantadora pero aviesa Ms. O´Shaugnessy la historia del hombre
llama-do Flitcraft. Flitcraft es el tipo que, en el medio de “una vida limpia
ordenada sana responsable” (64), tiene una experiencia que lo acerca a la
muerte y le obliga a hacer-le frente a su finitud. Flitcraft decide que, puesto
que vivimos en un universo que tiene a la muerte por real, un universo de azar
ciego y acontecimientos impredeci-bles, un universo de sinrazón, cuanto más
acogidos es-temos a la vida razonable, más lejanos estaremos de la vida tal
como es. Cuanto más sintonizados con la vida, tanto más fuera de tono; cuanto
más razonables, menos razonables. El pobre Flitcraft, una especie de Quijote
invertido, lo abandona todo, su vida, sus lealtades, su familia, su trabajo y
su dinero, y se muda a una nueva ciudad y emprende una vida nueva, sólo para
darse cuenta unos años más tarde de que no ha podido hacer otra cosa que
reproducir su vida previa en todos sus rasgos esenciales. La posición de
Clavero, que he estado lla-mando de restitución infinita, a favor de una
empresa también infinita de descolonización cultural en nom-bre de la
liberación, es similar al intento imposible de Flitcraft para escaparse de su
propia sombra. Flitcraft quiere descolonizar su vida, librarla de todo lo que
en un punto pareció ser limpio, ordenado, sano y respon-sable, pero termina en
el fracaso, porque no busca sino restituir una subjetividad que no puede evitar
caer, en cuanto subjetividad, en la limpieza, en el orden, en la cordura y en
el sentido de la responsabilidad cuyo pre-cio es siempre el de una omisión
fundamental: la omi-sión de lo real, como desconexión fundamental entre la vida
y la historia. No puede haber restitución, la resti-tución es quijotismo
imposible, y mera ideología. Ya es
46
hora
de abandonar lo que Dipesh Chakrabarty no hace tantos años llamaba “la buena
historia”11. Si la coloniza-ción infinita es en todo caso aquello que no puede
ser evitado por ninguna subjetividad, bajo el precio de de-jar de serlo, como
Flitcraft descubre cómicamente, ¿no deberíamos rehusar ser colonizados por la
pretensión opuesta?
La
radicalización de la coincidencia entre el orden nómico de la tierra y el orden
de lo político, que necesa-riamente incluye la redescripción de todos los
enemigos como enemigos injustos, y por lo tanto una tiranía del amigo (una ley
universal del amigo) como sujeto total de la humanidad, podría ser al mismo
tiempo una pro-yección imaginaria de las consecuencias de los atenta-dos del 11
de septiembre y la apertura a un entendi-miento diferente de lo político sobre
la base de la figura de quien no es ni amigo ni enemigo, el no-amigo. El crac
en la coalición representado por el voto socialista en España, cuya
consecuencia inmediata fue la retirada de las tropas españolas de Irak, inicia
un doble rechazo: un no a la guerra total, ya desde la perspectiva del orden
nómico, o de la perspectiva de los enemigos (injustos) del orden nómico. Los
enemigos injustos, en la defini-ción de Kant, son los que se excluyen de la
humanidad cumplida, del orden nómico, en la voluntad nihilista de perpetuación
de un “estado de naturaleza,” es decir, de algo que es otro que la humanidad,
de brutalitas como caos total y desorden generalizado.
La
noción de descolonización infinita, entendida como restitución total de lo
propio de la subjetividad en el presente, es consistente con la noción de
humani-dad cumplida que el tercer orden nómico de la tierra busca sostener. La
descolonización infinita, como nom-
11 Chakrabarty, 97-98.
47
bre
de la ley contra el genocidio, como única ley no genocida, es la contrapartida
del nomos global y así esen-cial a él. Ambos buscan la prioridad radical de la
sujeti-ficación, y ambos condenan a sus enemigos a un afuera radical, o incluso
a un afuera genocida. El enemigo in-justo, para los partisanos de la
descolonización infinita, es el enemigo genocida. El enemigo genocida, para los
partidarios de un tercer nomos global, es el enemigo in-justo kantiano. Hay por
lo tanto una relación funda-mental entre la noción de que es preciso buscar una
nueva configuración de lo político contra la división amigo/enemigo y la noción
de que la descolonización infinita ya no es una herramienta adecuada para la
libe-ración política o social. Pensar las implicaciones políti-cas del lugar
del no amigo debe incluir una crítica de la poderosa noción de descolonización
como palabra últi-ma de la paz y de la justicia para todos: la descoloniza-ción
no es palabra última, a despecho de todo postcolo-nialismo. Y claro que ninguna
política y ningún orden nómico que no persigan precisamente eso merecen la
pena.
48
Capítulo
segundo
Caza
preventiva:
el
nuevo partisano
-“!Pero
idiota”, dijo la tortuga. “Ahora te morirás tú también. ¿Cómo se te ocurre
hacerme esto?”. -“Es que es mi carácter”, dijo el escorpión.
I.
El partisano
Entre
2002 y 2005 nos acostumbramos a leer en la prensa descripciones de operaciones
de busca y cap-tura llevadas a cabo por la Fuerza de Tareas 121 y otras fuerzas
especiales norteamericanas, británicas, pakista-níes o incluso iraquíes.
Trataban de aprehender o des-truir a Saddam Hussein y a Osama Bin Laden, al
Mull-ah Muhammad Omar, a Ayman al-Zawahiri, a Musta-da al-Sader, y a otros
líderes de Al Qaeda, del Talibán o del Partido Baath, del Ejército del Mahdi, o
de la insur-gencia suni, todos ellos dirigentes de países o de bandas
partisanas con las que los Estados Unidos estuvieron o están formalmente en
guerra1. Su captura es una necesi-dad de la guerra en el sentido tradicional.
Pero estamos menos acostumbrados a lo que el Pentágono, según Se-ymour Hersh,
llama “la caza preventiva del hombre” (“Moving” 5) para caracterizar un tipo de
operación es-
1 Ver por ejemplo Eric Schmitt, “Finding
Hussein,” A18.
49
pecífica
desempeñada por esas fuerzas. “Caza del hom-bre” es un término aparentemente
imaginado por el Secretario de Defensa norteamericano Donald Rums-feld para
referirse a las tácticas militares apropiadas para terminar con la insurgencia
iraquí, y con otras amena-zas terroristas. Hersh cita a “un americano que ha
aseso-rado a la autoridad civil en Bagdad”: “La única manera de poder ganar es
tirarnos a lo no-convencional. Vamos a tener que jugar a su juego. Guerrilla
contra guerrilla. Terrorismo contra terrorismo. Tenemos que aterrorizar a los
iraquíes hasta la sumisión” (“Moving” 49-50). Cazar preventivamente remite a un
modo no convencional de hacer la guerra: guerra de guerrillas, guerra
partisana, desarrollada sin embargo por combatientes regulares en la coalición
aliada.
Hersh
compara esta nueva política de asesinato se-lectivo con el Programa Phoenix de
la guerra del Viet-nam, mediante el que al menos veinte mil sujetos bajo
sospecha de ser colaboradores del Vietcong fueron li-quidados. Pero el Programa
Phoenix no era preventivo por naturaleza (aunque lo haya sido tácticamente en
muchos casos). La extensión de la doctrina militar de “ataque preventivo” que
sostiene la Administración Bush a operaciones de guerrilla llevadas a cabo por
fuerzas especiales meses y años después del fin oficial de la gue-rra
convencional parece una novedad de nuestro tiem-po2. Hay sin embargo un
importante precedente: las unidades de comando israelíes Mist’aravin, altamente
eficientes, y especializadas en la captura o asesinato de “comandos suicidas
potenciales así como de la gente que los recluta y entrena” (Hersh, “Moving”
52). Las fuer-zas especiales norteamericanas parecen haber adoptado
2 Ver en “National Security” 8-11 la formulación
oficial de la doctrina de ataque preventivo.
50
el
método israelí. Su fin es la muerte del enemigo, aun-que la noción de enemigo
incluye ahora un componen-te de potencialidad basado en inteligencia previa: el
enemigo es ahora el enemigo probable, ya no solamente el enemigo seguro. Entre
los enemigos probables están los jóvenes extranjeros que merodean por las
fronteras iraquíes. Un informe del Guardian Weekly, después de afirmar que
algunos especialistas en guerrilla urbana de las Fuerzas de Defensa Israelíes
habían estado entrenan-do a fuerzas norteamericanas en Fort Bragg, Carolina del
Norte, decía que “equipos de las fuerzas especiales norteamericanas están
detrás de las líneas dentro de Si-ria tratando de matar jihadistas extranjeros
antes de que crucen la frontera, y se está estableciendo un grupo es-pecializado
en la ‘neutralización’ de dirigentes de gue-rrillas” (Borger 1).
Pero
incluso si la misión obvia (aunque clandesti-na) de esas fuerzas fuera buscar y
destruir actores poten-cialmente insurgentes de sectores militantes iraquíes o
islámicos, no está tan claro que podamos sentirnos sa-tisfechos llamando a esas
misiones “misiones asesinas”. “Cuando las Fuerzas Especiales atacan a los
[insurgen-tes] (...) no es técnicamente asesinato —son operacio-nes normales de
combate” (citado por Hersh de un ex-agente de inteligencia, “Moving” 55). Quizá
el asesina-to preventivo no sea en absoluto asesinato, puesto que todo depende
de la valencia política que haya adquirido el término “preventivo.” Ya estamos
en el territorio ima-ginario favorito del escritor de ciencia-ficción Philip K.
Dick, de cuya obra hablaremos más adelante.
Carl
Schmitt, en su Teoría del partisano, después de afirmar que la teoría del
partisano es “la clave para entender la realidad política” (Theory 65) (Schmitt
es-cribía en 1962), le dedica unas cuantas páginas al ge-
51
neral
francés Raoul Salan, jefe de la OAS durante la rebelión argelina contra la
dominación colonial fran-cesa. En Salan, dice Schmitt, “se expone un problema
político que es decisivo para el problema de los parti-sanos, el que aparece
cuando un soldado de combate convencional debe soportar una guerra no sólo
ocasio-nal sino constante con un enemigo irregular y funda-mentalmente
revolucionario” (Theory 66). La OAS bajo Salan “llevó a cabo acciones
terroristas premeditadas contra el enemigo argelino, contra la población civil
de Argel y contra la misma población francesa. Lo pre-meditado incluía métodos
de la llamada guerra psico-lógica de terror de masas” (Theory 67). Salan
abando-nó su carácter de soldado convencional para implicar-se en actividades
extra-legales que, en su opinión, apo-yaban a la causa del estado francés. La
paradoja de que un poder colonial fuerte resultara impotente para con-tener la
insurgencia argelina lo precipitó, nos dice Sch-mitt, a la plena participación
en una Irrsinnlogik o ló-gica de la sinrazón “que amargó a un hombre valeroso e
inteligente y lo llevó a buscar contramedidas” (Theory 70). Las contramedidas
que usó Salan no son todavía parte de la política norteamericana, pero el
recuento de Hersh, así como otros informes, parecen indicar que una sección del
gobierno norteamericano se mueve en la dirección de una incorporación directa
de tácticas de guerrilla a actividades regulares de combate —esta vez, sin
embargo, nadie las considera parte de una ló-gica de la sinrazón, sino que más
bien quedan raciona-lizadas como prácticas de guerra en cuanto guerra de
enemistad absoluta.
Mi
interés es explorar la noción de enemistad ab-soluta a favor de una revisión
del concepto de lo políti-co, que para mí ya no debe quedar circunscrito a la
divi-
52
sión
schmittiana amigo/enemigo3. No es mi intención pasar juicio ni moral ni
político sobre la lógica militar del ejército norteamericano. Esa lógica
quedará más bien en lo que sigue comprendida como un síntoma entre otros de la
configuración política de nuestro tiempo.
En
su clásico La filosofía política de Hobbes nota Leo Strauss que “las dos
novedades fundamentales que deben ser atribuidas a Hobbes, la subordinación de
la ley al derecho, y el reconocimiento de la significación plena de la idea de
soberanía, están íntimamente conec-tadas” (158). El poder soberano, en la
modernidad, debe concebirse no como razón, sino como voluntad, puesto que la
reivindicación de derecho soberano tiene prece-dencia sobre su legitimidad. De
ahí que en la política moderna haya una primacía de la “política exterior,” en
la medida en que el legislador “desarrolla su legislación (...) mirando a la
guerra, es decir, a la afirmación del estado contra condiciones externas”
(162). La lucha con-tra condiciones externas puede justificarse como miedo a la
muerte violenta: el estado teme su muerte a manos de sus enemigos. O puede
justificarse como lucha por el poder, que una metafísica monista tendría
todavía que considerar de naturaleza preventiva (si el miedo a la muerte es el
único principio de configuración política, todo lo demás debe poder vincularse
a ese principio). La lucha por el poder mediante la expansión del estado y de
sus reivindicaciones de derecho soberano sería no
3 Tal como fue expuesta en el ensayo de 1932, El
concepto de lo político. La división amigo/enemigo es presentada por Schmitt
como la división específicamente política: “la naturaleza inherentemente
objetiva y la autonomía de lo político se hacen evidentes en virtud de su
capacidad de tratar, distinguir y comprender la antítesis amigo/enemigo
indepen-dientemente de todas las otras antítesis” (27). Las conferencias de
1962 sobre teoría del partisano se subtitulan “Intervenciones sobre el concepto
de lo político”, y así deben ser leídas como suplemento al ensayo de 1932.
53
más
que una intensificación apotropaica de los medios para evitar la muerte
violenta del estado que lucha, ha-ciéndola menos plausible, o infinitamente
diferida. Esta es en suma la razón ofrecida por la Administración Bush para
justificar su política militar, incluyendo la práctica de unilateralismo
preventivo, tras el 11 de septiembre de 2001.
Pero
la contribución de Strauss fue señalar la am-bigüedad del monismo hobbesiano.
Para Strauss, “la idea de civilización presupone que el hombre, en virtud de su
inteligencia, puede colocarse fuera de la naturaleza, puede rebelarse contra la
naturaleza” (168). Hay pues un dualismo implícito, hombre/naturaleza,
prolonga-ble en la antítesis de status naturalis/status civilis, que estaría
para Strauss “oculto por la metafísica materialis-ta-determinista de carácter
monista que Hobbes ense-ña” (168). La lucha por el poder, en la medida en que
incorpora un retorno subrepticio al “reino de la oscuri-dad”, no puede
constituir ya una base ética de lo políti-co. En otras palabras, el miedo a la
muerte, que es parte de la hipótesis monista, no la regula totalmente, sino que
ha aparecido un exceso, y así una alternativa ya no monista, y este exceso
amenaza, no sólo el contenimien-to moral de la voluntad de poder (es decir,
toda concep-ción moral de la voluntad de poder), sino también la determinación
de lo político como abarcado por la divi-sión amigo/enemigo. En la medida en
que te defiendes contra un enemigo que amenaza destruirte, estás conju-rando la
muerte violenta. Pero luchar por el poder está en exceso de la determinación de
lo político sobre la base del temor de la muerte, y así también en exceso de la
división amigo/enemigo, puesto que el enemigo es aquél que amenaza darte
muerte, y no quien representa un límite práctico a tu acumulación de poder.
54
Si
Hobbes establece el horizonte de lo político en la negación del estado de
naturaleza y la elaboración de una filosofía de la cultura, o del status
civilis, no podría haber entonces trascendencia del horizonte liberal sin una
deconstrucción de lo cultural. La descripción o de-terminación schmittiana de
lo político como el campo de la división entre amigo y enemigo no toca la
reins-cripción necesaria de lo político en lo cultural como la esfera
propiamente soberana en el horizonte liberal, que es por supuesto el horizonte
dominante de la moderni-dad. Schmitt dice que la división amigo/enemigo es
re-lacional y siempre reactiva ante una negación existen-cial cuya verdad es la
guerra. Pero pensar la guerra como razón última de lo político borra la
pregunta acerca de la razón suficiente para la guerra misma. ¿Bajo qué
con-diciones ocurre la guerra? Si la guerra hobbesiana de todos contra todos
marca el estado de naturaleza, en-tonces, necesariamente y por definición, la
guerra entre amigos y enemigos es ya un conflicto estructuralmente mediado por
lo cultural. Si lo cultural media lo políti-co, entonces, a pesar de Schmitt,
lo político no es la instancia última de constitución de soberanía: la
políti-ca no es el campo de la decisión, si la decisión debe apelar, en cada
caso, y para poder producirse como de-cisión, a la dimensión transpolítica de
lo cultural. Sch-mitt se equivocaba, entonces, al postular la distinción
amigo/enemigo “independientemente de todas las otras antítesis” (Concept 27),
pues, en términos de Hobbes, la distinción amigo/enemigo sólo es posible sobre
la base de una supeditación del estado de naturaleza al estado de cultura.
En
política la soberanía existe en la forma relacio-nal de soberanía sin
soberanía, esto es, de una soberanía que está absolutamente limitada por la
posibilidad de
55
muerte
violenta4. La muerte es sin duda la limitación por excelencia del poder
soberano. Para Schmitt, como ya ha sido citado, “en la orientación hacia el
posible caso extremo de una batalla real contra un enemigo real, la entidad
política es esencial, y es la entidad decisiva para la polaridad amigo/enemigo;
y en esto (y no en ningún sentido absolutista) es soberana. De otra mane-ra la
entidad política es inexistente” (Concept 39). La soberanía relacional ha sido
la base del sistema interes-tatal de regulación mundial a través de la
modernidad (central y explícitamente desde la Paz de Westphalia en 1648, y
todavía más desde el fin de la Guerra de Suce-sión Española en 1713). Pero la
soberanía sin soberanía encuentra su absolutización en la postulación de la
hu-manidad como único posible sujeto político, que es para Schmitt la meta
tendencial del liberalismo: “la huma-nidad según la ley natural y las doctrinas
liberales-indi-vidualistas es un universal, es decir, es un ideal social
omniabarcador, un sistema de relaciones entre indivi-duos. Se materializa sólo
cuando la posibilidad de gue-rra queda impedida, y cuando toda división
amigo/ene-migo se hace imposible. En esta sociedad universal no habría ya
naciones bajo la forma de entidades políticas, no habría lucha de clases, ni
agrupamientos enemigos” (Concept 55). Sólo existiría la humanidad, concebida
como una. Este sujeto único de la humanidad —este sujeto humano único, la
apoteosis de la visión del mun-
4 También en Schmitt la muerte limita la
soberanía, de ahí que sea el concepto fundamental, en última instancia, para
toda posible constitu-ción de lo político: “Los conceptos de amigo y enemigo, y
de combate, reciben su significado real de la posibilidad real de la muerte
física. La guerra sigue de la enemistad. La guerra es la negación existencial
del enemigo. Es la consecuencia más extrema de la enemistad. No tiene que ser
común, normal, ideal, o deseable. Pero tiene sin embargo que permanecer como
posibilidad real mientras el concepto del enemigo continue siendo válido”
(Schmitt, Concept 33).
56
do
liberal— forma la razón suficiente de la soberanía absoluta para la modernidad.
En la humanidad como sujeto o en el sujeto de la humanidad la soberanía
mo-derna entra en plenitud de soberanía. La soberanía en-tra en soberanía
cuando el estado civil o estado de cul-tura ha invadido absolutamente el estado
de naturaleza —cuando la guerra de todos contra todos queda subsu-mida en la
guerra neutral de una humanidad encarnada en sujeto pleno, sin enemigos ni
amigos, que viene a ser metonímicamente simbolizada en nuestro mundo por el
triunfo del capitalismo liberal y la caída del bloque soviético en 1989. La
política se hace entonces relación sin relación, una condición a la que algunos
llaman “el fin de la historia”5. Bajo esta condición, pensar lo polí-tico como
relación sin relación es, por un lado, pensar un “más allá del sujeto” como
condición de posibilidad de la relación abismal del sujeto consigo mismo, ahora
absolutizado bajo la forma de totalidad vacía. Pero es también, y
simultáneamente, pensar un “más allá de lo cultural”, puesto que la cultura es
el reino liminal de la soberanía relacional cuyo fin político es el fin de lo
po-lítico como campo de división entre amigo y enemigo. Pensar más allá de la
soberanía absoluta como verdad de la historia en la globalización consumada y
pensar más allá de la soberanía relacional como la verdad (cultural) de lo
político hoy es pensar el resto enigmático, por ejemplo, en la nueva forma de
ser partisano, dentro de ella, pero también más allá de ella, en lo que el partisa-no
guarda fuera de su partisanía6.
Este
resto enigmático, la sobra oscura en la consti-
5 Me refiero al libro de Fukuyama, por supuesto,
que ha tenido muchos discípulos, confesos o inconfesos.
6 Ver capítulo cuatro para una continuación
directa de estas cuestiones en relación con la cuestión
hegemonía/subalternidad.
57
tución
del sujeto pleno de la humanidad liberal, en el contexto de la división del
campo político entre amigos y enemigos, ocupa el no lugar del no amigo —ese
espa-cio o ámbito que no entra en la relación soberana pero sólo en relación al
cual cualquier relación soberana se hace posible. En el contexto de la división
entre sobera-nía absoluta y relacional (y esta división es la relación fundante
del principio de hegemonía en la modernidad), el resto enigmático ocupa el no
lugar de la subalternidad —es decir, aquello que sólo puede experimentar la
arti-culación hegemónica como dominación, y que está por lo tanto más allá de
la hegemonía. Pensar la guerra neutra y oscura más allá de la guerra podría
quizá restaurar lo político contra lo político entendido como la dispensa-ción
contemporánea del principio de soberanía.
La
Teoría del partisano se subtitula “Intervención en el concepto de lo político.”
El subtítulo remite al ensayo de 1932 El concepto de lo político, y debe por lo
tanto ser entendido en la intención de Schmitt como un suplemento a él. En 1932
Schmitt había previsto la posibilidad de que el logro de un cierre liberal del
mun-do podría acarrear una nueva dispensa de lo político en términos que
resulta difícil no asociar a la situación con-temporánea:
Se
condena la guerra pero permanecen las ejecuciones, las sanciones, las
expediciones de castigo, las pacificaciones, la protección de los tratados, la
policía internacional, y otras medidas para asegurar la paz. El adversario ya
no merece el nombre de enemigo sino el de quien molesta la paz y queda así
designado como un criminal contra la humanidad. Una guerra peleada para
proteger o expandir el poder económico debe convertirse, con ayuda de
propaganda, en una cruzada y en la última guerra de la humanidad. Esto está
implícito en
58
la
polaridad de ética y economía, que es una polaridad asom-brosamente sistemática
y consistente. Pero tal sistema supues-tamente no político y aparentemente
incluso antipolítico sir-ve a agrupamientos de amigo/enemigo ya existentes o
nueva-mente emergentes y no puede escapar a la lógica de lo políti-co. (Concept
79)
La
investigación schmittiana del partisano debe situarse en este contexto: el
partisano es la incorpora-ción del enemigo absoluto dentro del orden moderno de
lo político, por tanto ya el síntoma de la descompo-sición de tal orden desde
el siglo diecinueve: el comba-tiente de la última guerra del orden moderno. ¿Es
el partisano un enemigo justo o injusto? ¿Cómo hay que lidiar con el partisano,
y quién debe hacerlo? ¿Es el con-trapartisano un defensor del orden político o
acaba con-virtiéndose, en su lucha por el poder, en un enemigo absoluto del
orden político?
En
la guerra ahora dada por las fuerzas especiales de la coalición pro-occidental
contra la insurgencia iraquí la teoría del partisano se hace crucial. Como dice
Schmitt, “en el círculo diabólico del terror y del contraterror el ataque a los
partisanos es a menudo una imagen especu-lar de la batalla partisana misma. El
viejo dicho atribuido a una orden del general napoleónico Lefevre del 12 de
septiembre de 1813 permanece válido: es necesario pe-lear como un partisano
dondequiera que haya partisanos” (Theory 19-20). Y las consecuencias son
incalculables, puesto que el partisano, y así el contrapartisano, ya otra
figura del partisano, se hacen los verdaderos héroes de la guerra, de toda
guerra. En la partisanía generalizada, ya no hay reglas, excepto las reglas de
la fuerza. Esto queda formalizado por primera vez en la historia, cuenta
Sch-mitt, en el edicto prusiano sobre Reservas Territoriales de
59
abril
de 1813, basado en el Reglamento de partidas y cua-drillas publicado por la
Junta Central española en 1808. Dice el edicto prusiano, en palabras sin duda
sobrecoge-doras entonces y ahora: “Todo prusiano queda encomen-dado a no
obedecer ninguna orden del enemigo, y a da-ñarlo con todos los medios a la
mano. Incluso si el enemi-go trata de establecer orden público, nadie debe
obede-cer, puesto que la obediencia facilita sus operaciones mi-litares. Queda
explícitamente afirmado que ‘los excesos de la multitud enardecida’ son menos
onerosos que el estado de cosas en el cual el enemigo pueda disponer
li-bremente de sus tropas (...) La guerra queda justificada como una necesidad
defensiva que ‘santifica todos los medios’, incluyendo el desencademiento del desorden
civil total” (47-48). En la resistencia total del partisano, y los partisanos
son ahora todos los ciudadanos sometidos a ocupación militar, pero entonces,
por implicación, en la resistencia total al partisano, llevada a cabo por
comba-tientes que deben ser ya entendidos como contrapartisa-nos, ocurre, dice
Schmitt, “una transformación decisiva (...) en el concepto de lo político”, y
el partisano se con-vierte en “una figura del espíritu-mundo” (53; 51). No es
casual que el partisano tome la forma de una figura hegeliana de la historia
mundial precisamente en la resis-tencia contra los ejércitos napoleónicos
post-revoluciona-rios. El partisano moderno (y no hay ningún partisano no
moderno, dice Schmitt) es, siempre en alguna medi-da, la incorporación de lo
que Jacques Ranciére llama la parte de la no-parte, esto es, es el
encarnamiento (un en-carnamiento parcial, y en muchos casos abyecto) del res-to
enigmático del sujeto pleno de la humanidad liberal7.
7 Para Ranciére, “de la misma forma en que el
pueblo no es realmente el pueblo, sino más bien los pobres, los pobres no son
realmente los pobres. Son más bien el lugar de una falta de posición, la
efectividad de
60
Pero
la transformación decisiva que mienta Sch-mitt afecta a la constitución de la
enemistad como ene-mistad absoluta, y todavía no al vencimiento del con-cepto
de lo político en cuanto agotado en y por la divi-sión amigo/enemigo: “En
comparación con una guerra de enemistad absoluta, la guerra limitada del
derecho internacional europeo clásico, que procede mediante reglas reconocidas,
es poco más que un duelo entre ca-balleros (...) La guerra de enemistad
absoluta no conoce límites” puesto que pone “en cuestión todo el edificio del
orden político y social” (56; 57). La enemistad ab-soluta es una negación
absoluta de comunidad, y pro-mueve “una nueva modalidad de guerra cuyo sentido
y propósito es la destrucción del orden social existente” (75). Contra el compromiso
partisano con la destruc-ción total, el compromiso contrapartisano sólo puede
ser destruir al destructor. La diferencia entre el partisa-no y el
contrapartisano es ahora precaria: el contraparti-sano quiere la preservación
de un orden, aunque el or-den a preservar se haya conseguido al precio de una
des-
una
disyunción inicial que lleva el nombre vacío de libertad, la propie-dad
impropia, la capacidad de disputar. Son de antemano la conjun-ción torcida de
lo que les es propio que no les es realmente propio y de lo común que no es
realmente común. Son simplemente el entuerto constitutivo o la torsión de la
política en cuanto tal. El partido de los pobres no incorpora sino la política
misma como el establecimiento de la parte de aquellos que no tienen parte.
Simétricamente, el partido de los ricos no incorpora otra cosa que la
antipolítica. Desde Atenas en el siglo V antes de Cristo hasta nuestros propios
gobiernos, el partido de los ricos no ha dicho nunca sino una cosa, que es muy
precisamente la negación de la política: no hay parte de los que no tienen parte”
(13-14). Para Ranciére, por lo tanto, la teoría del partisano es también la
clave de toda política. La parte de los que no tienen parte, la parte que no
es, es siempre el resto enigmático, el afuera radical de todo posible sujeto de
la humanidad o para la humanidad, y por lo tanto la posibi-lidad misma de una
política más allá del sujeto—una política del no sujeto que es, quizás incluso
para Ranciére, aunque no explícitamente, la única posible formulación propia de
la política.
61
trucción
previa, incluso si esa destrucción es meramen-te del orden de una ocupación. El
partisano busca la destrucción de un orden, en el anhelo urgente de la
reconstrucción de un orden alternativo.
Pero
supongamos que la ocupación es preventiva, y que guarda contra la posibilidad
de muerte violenta al poder ocupante y al orden social que defiende. Un
coro-lario hobbesiano sería que tal ocupación es moral en la medida en que no
lleve consigo y no esté codetermina-da por una lucha por el poder que exceda
las condicio-nes de prevención mismas. Si es así, la ocupación es
es-trictamente defensiva, e incluso telúrica, puesto que su dimensión
fundamental es la salvaguarda del territorio propio contra el enemigo. Pero la
meta de defensa telú-rica de la patria incluso en toda su radicalidad no puede
por definición trascender la dimensión de enemistad li-mitada. Hay por lo tanto
una dimensión excesiva o sal-vaje en la prevención, una entrada en el reino de
la os-curidad, cuando la prevención busca destruir los funda-mentos del orden
enemigo en su territorio mismo. El exceso preventivo es la conversión de
enemistad limita-da en enemistad absoluta, y a ello responde el partisa-no,
sólo para evocar la acción contrapartisana en el in-tercambio recíproco de lo
que Schmitt llama “el absolu-tismo de una rectitud abstracta” (26), ya no
telúrica, sino en pleno exceso con respecto de lo telúrico8. La
8 Claro que la frase misma “absolutismo de una
rectitud abstracta” introduce el problema inmenso de la relación apropiada
entre morali-dad y política. Para Schmitt, por una parte, la división
amigo/enemigo es independiente de la relación entre bueno y malo tanto en el
sentido estético como en el ético. Ver Cabezas: para el concepto de lo político
en Schmitt “nada es más ajeno que la posibilidad de moralidad” (6). Sin
embargo, en la medida en que toda polaridad amigo/enemigo proyecta al menos una
“rectitud abstracta,” si no proyecta dos o más, la división política misma
remite a asuntos morales. Incluso si el amigo queda definido como el que debe
estar conmigo ante el temor común a una
62
rectitud
abstracta ha siempre de antemano dejado atrás la noción existencial de lo
político sostenida por la divi-sión amigo/enemigo como última antítesis y
corazón de lo político. La rectitud abstracta siempre incorpora ne-cesariamente
un anhelo excesivo que pide la constitu-ción o la destrucción de un orden nuevo
de lo político —un procedimiento antipolítico, pues, al servicio del orden
mismo, ya constituido, ya constituyente.
Schmitt
desarrolla su teoría del partisano en el horizonte de la guerra fría. Los
comunistas, después de Lenin, son partisanos porque han identificado al
ene-migo de clase como enemigo absoluto. “Lo irregular de la lucha de clases
pone en cuestión no sólo la línea mili-tar sino todo el edificio del orden
político y social. En el revolucionario profesional ruso, Lenin, esta nueva
reali-dad quedó alzada a conciencia filosófica. La asociación de la filosofía
con el partisano (...) desencadenó nuevas fuerzas explosivas. Produjo nada
menos que la demoli-ción total del mundo eurocéntrico” (57). Y Stalin y Mao
Tsé-tung radicalizaron la partisanía comunista al vincu-lar el elemento
telúrico de autodefensa patriótica a ul-tranza con la rectitud abstracta de la
revolución comu-nista internacional. En particular, la lucha de Mao fue capaz
de unir varias formas de enemistad (racial, civil, colonial, de clase) en una
conciencia teórica radical de enemistad absoluta que sin embargo no pudo
conjurar una contradicción interna: la confusión de “un enemigo mundial
absoluto, global-universal, y sin espacio, el enemigo de clase para el
marxismo, con el enemigo con-creto y territorialmente específico de la defensa
sino-
muerte
violenta a manos de otro, parecería que las acciones resultantes de ese miedo
común serían a la vez políticas y morales, en doble regis-tro (morales incluso
en el sentido de que pueden exceder lo moral, transgredir las reglas o las
fronteras de la moralidad). Esta nota sólo pretende abrir el problema, no
resolverlo.
63
asiática
contra el colonialismo capitalista” (62). Es esa contradicción o confusión, que
es el mismo tiempo cons-titutiva de, y detectada en cuanto tal por, la teoría
del partisano, la que hace de la teoría del partisano “la clave para reconocer
la realidad política” en 1962, y a través de la guerra fría. Pero ya no estamos
en la guerra fría. La contradicción necesita ser redescrita hoy, al precio de
una nueva transformación en el concepto de lo político. La transformación
previa es el paso del concepto de ene-mistad limitada, propio del orden
eurocéntrico de la modernidad, al concepto de enemistad absoluta, desa-rrollado
a partir del exceso con respecto de la autode-fensa telúrica en las guerras
napoleónicas y su desenca-denamiento de la dinámica partisano-contrapartisano.
Tanto bajo la figura de enemistad limitada como bajo la figura de enemistad
absoluta lo político puede todavía concebirse como exhaustivamente delimitado
por la di-visión entre amigo y enemigo.
Schmitt
no podía adelantar acontecimientos más allá de su propio tiempo político. Sin
embargo, aventu-ra una pregunta en 1962 que parece prefigurar la com-parecencia
de la banda del 11 de septiembre: “¿Y si el tipo humano que formó al partisano
se adaptara a su nuevo ambiente tecno-industrial, aprendiera a hacer uso de
nuevos medios, y desarrollara una nueva y adaptada figura del partisano —el
partisano industrial?” (81). Esta pregunta se formula ya más allá de las
determinaciones de lo político en la guerra fría, puesto que presume la
resolución de la contradicción entre la partisanía resi-dualmente telúrica del
luchador comunista anticolonial y su compromiso abstracto. Ahora, dentro de la
conste-lación que la pregunta de Schmitt abre a la vista, y en sus términos, la
rectitud abstracta, en cuanto incorpo-ración incorpórea de la victoria radical
de la cultura so-
64
bre
la naturaleza, ha ganado, promovida por el comu-nismo, pero no en su favor. La
contradicción o confu-sión interna de la partisanía comunista y anticolonial se
despliega en el vaciamiento de su elemento telúrico in-cluso en la misma medida
en la que anuncia tiempos necesariamente postcomunistas:
Los
defensores autóctonos de la casa y la tierra, los que murie-ron pro aris et
focis, los héroes nacionales y patrióticos que se fueron al monte, todas las
fuerzas elementales y telúricas en reacción a la invasión extranjera: todo ha
venido a caer bajo un control central internacional y transnacional que provee
ayuda y apoyo pero sólo en el interés de sus propósitos inter-nacionales de
agresión distintivos. Ese control central prote-ge o abandona, según le vaya. Y
en ese momento el partisano deja de ser esencialmente defensivo. Se convierte
en una pie-za manipulada en la máquina de la agresión revolucionaria. Se le
excita, y se le roba todo aquello por lo que luchaba, todo aquello en lo que se
enraizaba su carácter telúrico, la fuente de su legitimidad como partisano
irregular. (77)
Schmitt
tiene por supuesto en la cabeza el control remoto del Comité Central del
Partido Comunista So-viético, pero los tiempos han cambiado. Hoy la idea de
control central, en lo referente a la insurgencia partisa-na, queda desplazada
al orden fantasmático-mesiánico del califato islámico, rizomático más que
arborescente, una red o “network” más que un poder articulado jerár-quicamente,
un jihadismo exaltado que pide, en Euro-pa y por doquier, la destrucción del
orden neoliberal presente y la consumación del orden del Profeta9. Sin
9 Ver por ejemplo Tyler y Van Natta, “Militants
in Europe.” En 1988 Hisham Sharabi propuso el término “neopatriarquía” para
referirse a cierto tipo de postmodernidad islámica. Para Sharabi la
neopatriarquía
65
legitimidad
política reconocible por el orden que ataca, post-comunista y
post-anticolonial, la nueva rectitud abstracta, auto-legitimada en opiniones de
carácter reli-gioso-mesiánico, depende precariamente de una legali-dad que
todavía no existe. Y sin embargo, “establecer un enemigo significa asumir la
responsabilidad de una nueva legalidad, si uno no desea seguir las
determina-ciones del régimen legal existente” (Theory 87). La nue-va legalidad
es pues un postulable “tercer partido” que pudo ser representado por el
gobierno soviético durante la guerra fría o podría ser constituido en el
presente por un orden de regularidad todavía fantasma (a menos que la sharia y
el wahabismo lo hayan delimitado ya). Pero el orden de regularidad es en todo
caso esencial al parti-sano para no hundirse en la criminalidad abismal: “El
tercer partido interesado [juega] una función esencial al conectar al partisano
a un orden de regularidad de for-ma que pueda permanecer dentro del ámbito de
lo po-
es
“una formación social entrópica caracterizada por su naturaleza transitoria y
por formas específicas de subdesarrollo y de no-moderni-dad —visible en su
economía y en su estructura de clases así como en su organización política,
social y cultural” (4); “el aspecto más avanza-do y functional del estado
neopatriarcal (...) es su aparato de seguridad interior, el mukhabarat. Un
sistema dual de estado prevalece en todos los regímenes neopatriarcales, una
estructura military-burocrática jun-to una estructura de policía secreta” (7).
La limitación de la tesis de Sharabi es su concreción al estado islámico: hace
falta expandir el concepto para dar cuenta de las estructuras islámicas
diaspóricas tales como las implicadas en el artículo de Tyler y Van Natta. Pero
su fuerza crucial es notar que los horrores de la neopatriarquía no son en
absolu-to sistémicos a las sociedades islámicas, sino más bien producidos
his-tóricamente como reacción a la modernidad capitalista: “la moderni-zación
en este contexto es en su mayor parte solo un mecanismo que promueve el
subdesarrollo y la entropía social, que a su vez producen y reproducen las
estructuras y la conciencia híbridas, tradicionales, semirracionales típicas de
la sociedad patriarcal” (7). Es necesario se-guir insistiendo en que la
consideración del jihadismo como enemigo absoluto no tiene razón alguna al
extenderse al conjunto del islamismo, menos aún a las sociedades donde la
religion musulmana es dominante.
66
lítico.
La base de lo político no es la enemistad per se, sino la distinción de amigo y
enemigo, presupone al amigo y al enemigo” (Theory 93). No puede haber
polí-tica, para Schmitt, a menos que el nuevo partisano esté sostenido en su
lucha por una legalidad, presente o po-tencial, que sería entonces constitutiva
de la amistad. La noción de amistad queda así vinculada por Schmitt a la
legalidad, dado que la legitimidad ya no es posible en el concierto global (“la
amarga alternativa entre legali-dad y legitimidad es una consecuencia directa
de la Revolución francesa” [89]).
En
la medida en que las fuerzas especiales de la coa-lición disfrutan todavía de
un régimen de amistad y lega-lidad, aunque sea una legalidad soberana sin
fundamen-to en las Convenciones de Ginebra de 1949, las fuerzas especiales de
la coalición deben ser definidas como con-trapartisanas. En cuanto
contrapartisanas, son partisanas, y no menormente en su definición de las
fuerzas insur-gentes como enemigo absoluto. Los partisanos insurgen-tes, el
enemigo, son enemigo absoluto, y así su orden de regularidad presente o
potencial debe ser destruido en su totalidad. La frase “caza preventiva del
hombre” se levan-ta ya desde una posición ideológica que no le reconoce al
enemigo orden válido alguno de amistad: lo animaliza, y lo condena con toda
certeza a un imposible estado de naturaleza del que no va a emerger a un status
civilis u orden cultural de ninguna clase. ¿Cómo lidiar con gente así
(in)definida? ¿Según el asesor citado por Hersh? (“la única manera en la que
podemos ganar es por medios no convencionales. Vamos a tener que jugar a su
juego. Gue-rrilla contra guerrilla. Terrorismo contra terrorismo. Te-nemos que
aterrorizarlos hasta la sumisión”).
Schmitt
concluye su Teoría del partisano con la si-guiente reflexión:
67
El
peligro último consiste no tanto en la presencia viva de instrumentos de
aniquilación y maldad humanas. Consiste en la inevitabilidad de un impulso
moral [el subrayado es mío]. Los hombres que usan esos medios contra otros se
ven obliga-dos a aniquilar a sus víctimas y a sus objetos, incluso moral-mente
obligados. Tienen que considerar al otro lado como enteramente criminales e
inhumanos, como totalmente in-dignos. De otra forma, ellos mismos se hacen
criminales e inhumanos. La lógica del valor y su envés, la falta total de
dignidad, despliega sus consecuencias aniquiladoras, forzan-do a
discriminaciones cada vez más profundas, a criminaliza-ciones, a devaluaciones,
hasta el aniquilamiento de la vida sin valor. (95)
El
peligro de una política hobbesiana del poder no equilibrado por la condición
del miedo, esto es, de lo que he llamado la política de la dimensión excesiva
de la prevención, es el de una lucha sin mesura por el poder, por el poder
absoluto contra un enemigo absoluto. Eso destruye el juego político como juego
dentro del estado de cultura, dentro de las fronteras de la división amigo/
enemigo. Incluso Schmitt, que permanece hasta el final de sus días comprometido
con una definición de lo po-lítico en términos de amistad y enemistad, debe
admi-tir, en este punto, que “la enemistad [podría hacerse] tan aterradora que
quizás deje de ser posible hablar del enemigo o de la enemistad, y ambas
palabras tengan que ser evaluadas y condenadas antes de que el trabajo de
aniquilación pueda comenzar” (Theory 95). Emerge la figura de una nueva
partisanía, la partisanía de la con-trapartisanía absoluta. Pero incluso ella
debe liberar una nueva posibilidad de lo político10.
10 Schmitt ya había previsto en el ensayo de
1932 la posibilidad de que la consumación de un cierre liberal del mundo
acarreara una nueva
68
2.
El contrapartisano
En
su novela Cosmópolis Don De Lillo alegoriza lo que podríamos llamar la
civilización realmente existen-te. El protagonista, Eric Packer, presencia una
acción anarquista anti-globalización y piensa que esos actores vienen de
dentro, salen de la civilización misma y resu-men su condición misma de
existencia. La guerra, in-cluso la guerra oscura y neutra más allá de la
guerra, es una fantasía inherente al proceso civilizatorio, un melo-drama
auto-civilizante. En toda guerra hay un afuera que ha sido previamente sometido
a captura. La guerra es sólo posible cuando la exterioridad del enemigo se ha
desvanecido en cuanto tal. Como consecuencia, toda guerra es guerra civil.
Existen las civilizaciones, y por ejemplo Samuel Huntington tiene razón en eso,
pero tal afirmación revela ya que las civilizaciones no son lo que solían
ser11. Pues lo cierto es que las civilizaciones
dispensación
de lo político, en términos que uno no puede dejar de asociar a la situación
presente: “la guerra se condena, pero se siguen precisando ejecuciones,
sanciones, expediciones punitivas, la protec-ción de tratados, una policía
internacional, y otras medidas para salva-guardar la paz. Al adversario, así,
ya no se le llama enemigo sino un perturbador de la paz, y se le designa como
un proscrito de la humani-dad. La guerra desencadenada para proteger o expandir
el poder eco-nómico debe convertirse, con ayuda de propaganda, en una cruzada,
en la última guerra de la humanidad. Esto está implícito en la polaridad de
ética y economía, una polaridad asombrosamente sistemática y consis-tente. Pero
este sistema supuestamente no-político o incluso aparente-mente antipolítico
sirve a divisiones existentes o nuevamente emergen-tes de amigos y enemigos y
no puede así escapar a la lógica de lo político” (Concept 79). Mi meta no es
negar la importancia de la deter-minación de lo político sobre la base de la
división amigo/enemigo, sino mostrar que puede haber un más allá de la división
no en sentido antipolítico o pospolítico, sino en un sentido político
alternativo.
11 Me refiero a la noción de Huntington de
“conflicto de civilizacio-nes,” que no sólo presupone las civilizaciones sino
que las proyecta como el lugar auténtico de lo político hoy: “Los países más
importan-tes del mundo vienen abrumadoramente de civilizaciones diferentes.
69
existen
en la estricta medida en que dejan de serlo: sólo pueden ser reconocidas en su
pérdida. La modernidad no es sino el proceso de la reducción absoluta de las
civilizaciones, no a una civilización, sino más bien a lo que cabe llamar la
traza civilizatoria, en todo caso las trazas. Si se pensó en ciertos momentos
de la historia de la modernidad que tan vasto proceso de sujeción y cap-tura
del mundo podría encarnar en un universal con-creto —la monarchia universalis
de Carlos V, la unión católica, el comunismo o la Pax Americana—, la
post-modernidad es el abandono de tales nociones a favor del pensamiento de la
traza civilizatoria, en el reconocimiento de que puede haber sólo distancia con
respecto de cual-quier proceso civilizatorio, y que todo proceso
civiliza-torio, por ejemplo, la guerra, una guerra dada, es sólo distancia con
respecto del proyecto civilizatorio mismo. Así se deriva de la intuición
nietzscheana de que, si aban-donamos la noción de un afuera, acabamos perdiendo
la noción de interioridad. Lo que resta es un espacio neutro e indiferente, un
espacio sin lugar, una claustro-fobia imposible que es el sitio de la traza y
el sitio de una infinita circulación de la traza. En la novela de De Lillo dos
hombres entran en un café con unas ratas aga-rradas por el rabo: “Entonces los
hombres empezaron a hacer girar las ratas por encima de sus cabezas, acallan-do
el ruido de la sala (...) Los animales rotaron por el aire, golpeándose y
rebotando contra varias superficies y limpiando las mesas con sus espaldas, y
de ahí su ím-
Los
conflictos locales que tienen más probabilidad de escalar a con-frontaciones
más amplias son conflictos entre grupos y estados de dife-rentes
civilizaciones. El patrón predominante de desarrollo político y económico
difiere de civilización a civilización. Los asuntos claves en el panorama
internacional implican diferencias civilizacionales. El poder está
desplazándose desde el viejo predominio de Occidente hacia civi-lizaciones no
occidentales. La política global se ha hecho multipolar y multicivilizacional”
(29).
70
petu,
dos bolas de piel lúridas, trepando paredes, emi-tiendo chillidos y pitidos, y
los hombres corrían tam-bién, llevándose su grito a la calle consigo, su
slogan, o aviso, o hechizo encantatorio” (75). Los vectores de las ratas —su
desplazamiento pánico por el ámbito del café— alegorizan los movimientos de la
traza en nues-tro mundo12.
Lo
que Huntington entiende por “conflicto de ci-vilizaciones” es un desplazamiento
ideológico condicio-nado por la crisis de soberanía del estado-nación.
Hun-tington busca una reterritorialización del sujeto nacio-nal como sujeto
civilizacional para convertir al segundo en el héroe de la historia del futuro.
Pero si hay una crisis de soberanía del sujeto nacional-popular es por-que el
sujeto nacional-popular nunca fue más que una configuración ideológica del
poder. Si el sujeto nacio-nal-popular fue lo que Louis Althusser pudo llamar un
ejemplo de conciencia melodramática (“conciencia falsa de una situación real”),
el sujeto civilizacional es a for-tiori conciencia melodramática y
encubrimiento de si-tuaciones reales13. Uno puede hablar del deseo de for-mación
de sujetos civilizacionales o continentales y es-
12 La importancia del episodio de la rata en
esta novela que anuncia que “un espectro hechiza nuestro mundo—el espectro del
capitalismo”
(96)
está enfatizada por su epígrafe, una cita de Zbigniew Herbert: “una rata se
hizo la unidad de cambio monetario.”
13 Sobre la conciencia melodramática dice
Althusser en referencia a los personajes de cierta obra de teatro: “estos
desgraciados viven su miseria dentro de los argumentos de una conciencia moral
y religiosa; en atuendos prestados. En ellos disfrazan sus problemas e incluso
su condición. En este sentido, el melodrama es conciencia extraña envetada en
condi-ción real. La dialéctica de la conciencia melodramática es sólo posible a
este precio: tal conciencia debe ser tomada prestada del afuera (del mundo de las
coartadas, la sublimación y las mentiras de la conciencia burguesa), y debe sin
embargo ser vivida como conciencia de una con-dición (la de los pobres) aunque
tal condición sea radicalmente ajena a la conciencia” (“’Piccolo’” 139-40).
71
tar
a favor de pan-europeísmos, pan-latinoamericanis-mos o pan-asianismos con el
propósito de limitar el poder del hegemón norteamericano, incurriendo en algo
así como un leninismo hungtintoniano, como lo nombra John Beverley14. Pero si
esta idea es propuesta como tác-tica puramente política, esto es, como
prescripción para una nueva manipulación biopolítica de lo político, o para una
auto-ingeniería del sujeto, el voluntarismo mismo de la propuesta destruye su
viabilidad: los suje-tos no se autoforman libremente, como ya enseñaba
Althusser15. Y si la idea leninista-hungtintoniana se ofre-ce como la
anticipación conceptual de un desarrollo es-pontáneo, y si se afirma por lo
tanto que el mundo se mueve por su propio peso hacia la formación de sujetos
firmemente reterritorializados bajo modelos civilizacio-nales o continentales
(esta es por cierto la posición de Huntington, aunque su interés sea preservar
más que contener el poder del hegemón), entonces hay que sos-pechar que lo que
lo que se profetiza como liberador es pura fuerza reaccionaria y una potencial
nueva noche del mundo. Que todos debamos someternos espontá-neamente a lo que
somos y deberíamos ser, que deba-
14 Beverley empleó esa fórmula en el curso
de una intervención suya en un panel que fue parte de la reunión de la Latin
American Studies Association en Dallas, Texas, abril de 2003.
15 Ante tantos intentos de hacer del
“sujeto” la posibilidad misma de resistencia política, una verdadera plaga del
pensamiento contemporá-neo, se pueden hacer cosas peores que volver al viejo
ensayo de Althus-ser sobre la ideología, donde aprendemos —y nadie, que yo
sepa, ha refutado esto, aunque muchos lo ignoran— que “la categoría del sujeto
(...) es la categoría constitutiva de toda ideología” y que “la categoría del
sujeto es sólo constitutiva de tal ideología en la medida en que toda ideología
tiene la función (que la define) de ‘constituir’ individuos concretos en
sujetos” (“Ideology” 171). Un discurso que “trata de romper con la ideología”
(173) es necesariamente un discurso que abandona “el sujeto” como lugar de
emancipación, y lo denuncia como noción ideológica cuya función es,
precisamente, la sujeción.
72
mos
hacer de la militancia civilizacional o continental nuestro asunto, que debamos
configurar nuestra identi-dad política sobre la base de determinaciones
histórico-culturales, cuando no religiosas o raciales —todo eso es el nombre
mismo de la opresión, primero auto-opre-sión, y luego la de otros. Deberíamos
resistir tal pesadi-lla antes que recomendarla como remedio o defensa con-tra
antagonismos realmente existentes. Cabe notar que esa pesadilla es el sueño
mismo de la teoría de la desco-lonización infinita.
Los
antagonismos determinantes son todavía an-tagonismos de clase entre ricos y
pobres. No son anta-gonismos civilizacionales, aunque la traza civilizacio-nal
traduzca en cada caso la violencia de la economía política. La neopatriarquía,
así como el neofundamen-talismo islámico, son en sí mismos reacción y
distan-cia. No son los signos de una civilización otra o alter-nativa, sino la
traza de la reducción moderna de civili-zaciones, el resultado político y
geopolítico de una pérdida de lugar en el espacio que Felipe Martínez Mar-zoa
llama el “continuo ilimitado” de la modernidad16. Dado que el continuo es
ilimitado, no tiene afuera, y por lo tanto tampoco tiene adentro. Sólo hay una
exa-cerbación claustrofóbica en lo abierto, con respecto de la cual la violencia
terrorista del 11 de septiembre, y otros ejemplos de ella, son torsiones
sintomáticas. Al-Qaeda, el Talibán, el régimen de Saddam necesitan ser
destruidos bélica más que políticamente no porque es-taban allá, más allá de
las fronteras de la civilización
16 Para la referencia al “continuo
ilimitado” ver Martínez Marzoa, Heidegger. La totalidad del libro investiga
cuidadosamente las implicaciones de la idea que para su autor define la
ontología en la modernidad. En primera definición, la totalidad de las cosas
ordinarias y normativas en sentido prefilosófico deben definirse desde un
postula-do de compatibilidad con un continuo ilimitado y sin fisuras (12).
73
occidental
o de la civilización en general, y ni siquiera porque amenazaran destruirla o
desestabilizarla, sino más bien porque ya no hay un “allá, más allá”, lo que
hace al pánico claustrofóbico —las ratas que surcan el aire del café—
intolerable. Ese pánico es universal. La guerra se hace indistinguible de la
capacidad de des-atarla, puesto que es neutra y total, la potentia se ha hecho
actus, la dynamis se ha hecho energeia, y vivimos en la entelequia consumada.
Para
Schmitt la necesidad de protegerse del ene-migo es total y no requiere
justificación alguna, pues-to que el enemigo es aquel que amenaza tu
existencia. La necesidad de auto-defensa es absoluta y estructura lo político
incluso cuando lo político se manifiesta pri-mariamente como el campo de
mediaciones relaciona-les o de negociaciones pacíficas entre enemigos. Ahora
bien, cuando el enemigo despliega su fuerza de des-trucción, y no hay duda de
que el 11 de septiembre de Nueva York y Washington o el 11 de marzo de Ma-drid
trazan una confirmación de enemistad irreversi-ble, la guerra se hace
explícita. Antes de ello, la guerra es implícita, potencial, puesto que estamos
siempre bajo la amenaza existencial del enemigo, de un enemi-go. ¿Es posible
contemplar la posibilidad de una hu-manidad sin enemigos? Sólo si pudiéramos
simultá-neamente considerar la posibilidad de una total au-sencia de amistad,
puesto que sólo hay amigos en la medida en que hay, o que pueda haber,
enemigos. La promesa del liberalismo es la promesa de la constitu-ción
antipolítica de un sujeto pleno de la humanidad, sin enemigos. Tal es también
la promesa del comunis-mo, en cuanto extensión histórica del liberalismo. El
continuo ilimitado de la temporalidad moderna se cierra sobre sí en la
constitución sin fisuras de un sujeto úni-
74
co
—el sujeto. La humanidad entra en su tiempo fi-nal, el término inimaginable de
toda política de la amis-tad, que es también el tiempo del fin de la política.
¿Es
el fin de la política la redención final de la humanidad en la paz perpetua?
Vivimos en tiempos de tránsito. La guerra es hoy difusa en cuanto guerra
neu-tra, puesto que el enemigo, ahora meramente residual, sólo abyecto, sólo
inhumano, ya no enemigo de mis amigos, sino enemigo de la humanidad en su
totalidad, debe ser destruido absolutamente. Los antagonismos políticos ya no
son reconocibles como antagonismos entre amigos y enemigos, sino entre el
sujeto sin amigos de la humanidad y las fuerzas obscenas y abyectas que
rechazan su incorporación. Vivimos en el crepúsculo o el alba de la paz
perpetua, indecidiblemente: en el mo-mento de máxima intensificación del odio
al enemigo, que es por definición la negación de su carácter de hu-mano, su
conversión en vida desnuda, para usar la ex-presión de Walter Benjamin que
Giorgio Agamben apro-pia, o en vida sin valor, en la formulación schmittiana17.
Y esa es la “inevitabilidad de nuestro impulso moral.” Positivizado, hecho
explícito, nuestro impulso moral tie-ne que materializarse en la llamada
prevención —ac-ción más que reacción. No se trata ya de defenderse ante el
ataque del enemigo, sino de destruir al enemigo antes de que se declare tal.
El
cuento “Informe minoritario” de Philip K. Dick puede servir para hacernos
reflexionar sobre las parado-jas de la prevención: “la afirmación de que este
hombre [o este estado] cometerá un crimen es paradójica. El
17 Ver Homo Sacer, de Agamben, y su
definición y clarificación extensa de la vida desnuda como la vida que puede
ser matada sin asesinato ni sacrificio. Para Agamben la vida desnuda es
constitutiva de la biopolítica contemporánea, y así de la política hoy.
75
acto
mismo de poseer tal dato lo hace espúreo” (99), dice la narración en algo así
como su resumen metacrí-tico. En el cuento John Allison Anderton, el fundador y
director de la Unidad de Precrimen, tiene que lidiar con Ed Witwer, un ayudante
que le viene impuesto por el Senado, y que muy probablemente acabe siendo su
su-cesor en el cargo. En la historia, la estrategia de Precri-men ha “atrevida
y exitosamente abolido el sistema pu-nitivo de postcrimen basado en cárceles y
multas,” que “nunca fue gran cosa como disuasorio” (72). Los mu-tantes
precognitivos pueden leer el futuro y ver en él quién necesita ser preso antes
de su (inevitable) acción criminal. La metodología del Precrimen, entiende
An-derton, incorpora un “inconveniente legal básico:” los individuos arrestados
“no han roto ninguna ley” (72) (pero seguro que la iban a romper; por otra
parte, no lo han hecho ya). Este inconveniente legal es entendible sin duda
como el resultado de una historia antigua, no adaptada en cuanto historia a las
necesidades del pre-sente: historia abolible. El resultado de tal abolición
utópica de la historia es una sociedad sin “crímenes im-portantes” pero,
lamentablemente, con “un campo de detención lleno de criminales potenciales”
(72). En el cuento de Dick este trasfondo siempre ahí del campo de
concentración para criminales putativos es la fuente misma del compromiso
político de su escritura, su in-consciente político. El cuento se escribe de
hecho desde la perspectiva implícita de uno de los habitantes del campo —que es
lo que Anderton será hacia el fin del cuento.
Pero
en su principio, mientras Anderton le mues-tra a Witwer el funcionamiento de la
maquinaria analí-tica del sistema, el ordenador produce una tarjeta y Anderton
registra su contenido: “John A. Anderton va a
76
matar
a un hombre—dentro de la próxima semana” (75). ¿Qué hacer? ¿Es falsa esa
tarjeta? ¿Resultado de una cons-piración? ¿Es una trampa tendida contra
Anderton como consecuencia de algún oscuro diseño dictatorial bajo desarrollo
en el Senado, en el Ejército, en la Policía? Anderton sabe que tiene no más de
veinticuatro horas para averiguarlo todo antes de ser arrestado.
Cuando
se prepara para escapar es secuestrado por agentes al servicio del hombre al
que se supone que An-derton iba a matar, el General Kaplan, que desea saber por
qué Anderton quiere matarlo antes, dice, de entre-gárselo a Witwer, la nueva
autoridad. La radio anuncia orden de busca y captura contra Anderton. Los
conspira-dores no han perdido ni un minuto de tiempo. Mientras Anderton lucha
por su libertad, tiene también que enca-rar el pensamiento de que la
posibilidad misma de una conspiración exitosa contra él, o en la que él sea en
todo caso una víctima más, destruye la legitimidad del sistema de Precrimen,
puesto que si una persona puede ser en-trampada de tal forma, todas pueden
serlo.
Aparecen
ahora nuevos agentes, aparentemente re-lacionados con la resistencia contra el
régimen, que se-cuestran a Anderton de los secuestradores previos, con-firman
que hay de hecho una conspiración en curso, y le dan papeles falsos y dinero
para que pueda esconder-se “hasta que demuestres tu inocencia” (83) —basta,
obviamente, que Anderton no mate al General Kaplan en el curso de una semana.
Le dan también un mensaje enigmático: “la existencia de una mayoría implica
lógi-camente la existencia de una minoría correspondiente”
(84) . Anderton debe refinar su entendimiento de
la maquinaria analítica del sistema que él mismo tanto contribuyó a crear.
El
mensaje de la Resistencia no es ostensiblemente
77
una
referencia a la división schmittiana amigo/enemi-go, sino más bien a la teoría
de múltiples futuros, según la cual “si sólo existiera un único sendero
temporal, la información precognitiva no tendría ninguna importan-cia, puesto
que tal información no otorgaría posibilidad alguna de alterar el futuro” (85).
El sistema de Precri-men funciona según una lógica estadística: dos de los tres
mutantes precognitivos deben estar de acuerdo, lo cual implica necesariamente
la posibilidad de desacuer-do para el tercero. Es imperativo, pues, que
Anderton consiga encontrar acceso al “informe minoritario” (85).
Con
ayuda de un antiguo asociado, Anderton visi-ta a Jerry, el mutante precognitivo
idiota que produjo el informe minoritario, y extrae los datos relevantes.
Se-gún el informe minoritario, para Anderton “saber del asesinato habría
cancelado el asesinato. La profilaxis ha-bría ocurrido al ser simplemente
informado. En ese momento, un nuevo sendero temporal había sido crea-do. Pero
Jerry había perdido el voto” (88). Anderton tiene ahora la prueba de que el
informe mayoritario ha-bía quedado desbordado por el hecho de que el informe
minoritario lo había incluido en sí. Pero —¿no sabe eso Witwer? ¿No es evidente
para todos?
Quizás
el General Kaplan, dado que su vida no está ya amenazada, ayudará a Anderton,
una vez que se en-tienda que, si el informe minoritario no es falso, tampoco lo
son los informes presentados por los dos miembros de la mayoría. En otras
palabras, no ha habido conspira-ción, y en todo caso Witwer siguió algo así
como la inevi-tabilidad de su impulso moral: “El cree en Precrimen. Quiere que
el sistema continúe” (90). Se presenta sin embargo otro dilema lógico: si
Witwer es realmente ino-cente, si no ha habido mala fe, si todo en el caso de
An-derson es efectivamente único dado que es dependiente
78
de
su propio acceso privilegiado a la maquinaria analítica, entonces cabe suponer
que no va a haber conflictos pos-teriores, y que el sistema merece ser
preservado. Pero la mujer de Anderton señala que ir a Kaplan va a destruir el
sistema, puesto que Kaplan hará la información pública y las repercusiones
harán al sistema políticamente insos-tenible. Así que Anderton debe elegir
entre ir a Kaplan para salvarse a sí mismo o ir a Witwer y preservar el
siste-ma. Elige salvarse, pero la Resistencia le informa de que Witwer y Kaplan
trabajan juntos. Su mujer, sin embar-go, está en desacuerdo, lo cual lleva a la
Resistencia a decir que debe ser eliminada, puesto que sin duda trabaja para
los conspiradores. Anderton la salva, y descubre que Fleming, el partisano de
la Resistencia, está en realidad trabajando para Inteligencia Militar, con
Kaplan, contra Witwer, un contrapartisano que todavía no ha llegado a enterarse
de cómo están las cosas. Anderton sabe ahora que Kaplan quiere destruir el
sistema a favor del Ejército y contra la Policía y el orden político
establecido. Y aho-ra, una vez establecido que Anderton no lo va a matar,
Kaplan puede mostrar que el sistema no funciona en cual-quier caso. “Cara o
cruz —[Kaplan] gana” (94).
¿Hay
alguna forma de evitar el triunfo de Kaplan y la destrucción del sistema? Para
descubrirla, Anderton estudia los dos informes mayoritarios, y la encuentra:
“Voy a tener que cumplir lo dicho por los informes mayoritarios. Voy a tener
que matar a Kaplan. Esa es la única manera en la que podemos prevenir nuestro
des-crédito” (96). Pero, Witwer dice, eso es imposible, puesto que “¡el informe
mayoritario quedó vencido! ¿O es el informe minoritario incorrecto?”(96). “No”,
dice An-derton, “es absolutamente correcto. Pero voy a asesinar a Kaplan de
todos modos” (96). Y lo hace, justo cuando Kaplan acaba de darse cuenta de su
destino.
79
La
verdad es que había no uno sino tres informes minoritarios, aunque el primero y
el último coincidie-ran en su profecía final de que Anderton asesinaría a
Kaplan, y así constituyeran la mayoría. Si el segundo informe inició un sendero
temporal diferente sobre la base del conocimiento que Anderton tendría de la
ac-ción profetizada, el tercer informe inauguró un tercer sendero temporal,
basado en el conocimiento de ese conocimiento. La verdad, por lo tanto, se
produjo apo-réticamente, bajo una acumulación de errores que po-dría haber
continuado indefinidamente, a través de nue-vos informes, y que habrían
cambiado la naturaleza mis-ma de la verdad. ¿Puede tal cosa volver a suceder?
Si asumimos que el conocimiento de un crimen futuro lo cambia o elimina, ¿estamos
encarcelando a individuos potencialmente inocentes, o que lo serían si tuvieran
acceso a la profecía sobre su crimen? ¿Tenemos que alte-rar radicalmente el
sistema? Anderton dice que lo que ha pasado podría siempre pasar, pero sólo
para la perso-na en posición de saber del conocimiento, y del conoci-miento del
conocimiento, esto es, podría siempre pasar, pero, en el sistema actual, sólo
podría pasarle al próxi-mo Comisario de Policía. “‘Más te vale tener los ojos
abiertos’, informó [Anderton] al joven Witwer. ‘Te po-dría pasar en cualquier
momento’” (102).
Kaplan
llegó a entender en el último instante antes de su muerte lo que le iba a
ocurrir porque hizo la infe-rencia lógica: “no puede haber conocimiento válido
del futuro. En cuanto se obtiene la información precogniti-va, se cancela a sí
misma” (99). La prevención del crimen es por lo tanto aporética y absurda. Al
mismo tiempo, sin embargo, todo sistema preventivo, al erradicar mediante su
propio silencio senderos temporales alternativos, se sustenta a sí mismo y
asegura su propia reproducción,
80
puesto
que se limita por definición a erradicar los sende-ros temporales que
prevendrían la prevención misma. Todo es cuestión de administración de
conocimiento, de una inteligencia imposible cuya única condición, cuya
con-dición suficiente y por lo tanto necesaria, es siempre de antemano la
postulación de enemistad absoluta.
El
nuevo partisano, por los dos lados, en cuanto partisano y en cuanto
contrapartisano, traza así el ho-rror de la militancia. El militante, desde el
poder hege-mónico o contra él, en la aspiración vacía (pero sobera-na) hacia
una nueva legalidad sin legitimidad, o desde una legitimidad (mesiánica) sin
legalidad, ha abando-nado ya la división amigo/enemigo a favor de una rela-ción
sin relación. El unilateralismo prevalece en la hi-póstasis total de la
subjetividad política, sea bajo la fi-gura dominante del sujeto liberal
consumado, o bajo la figura subalterna del sujeto minoritario de equivalen-cia,
que es más de lo mismo18. Buscan prevención, en el entendimiento de que la
prevención no tiene que justi-ficarse más que autorreferencialmente:
prevengamos in-cluso la posibilidad de que aquello contra lo que nos prevenimos
deje de ser amenazante. Vivamos así en la militancia absoluta. Contra ello, una
concepción de la práctica política más allá de la subjetividad no es sólo
posible, sino necesaria. Después de todo, el no amigo, el no enemigo, el no
sujeto, en la plena anonimidad del miedo a la muerte, no es meramente el afuera
de todo sistema político preventivo, esto es, de todo sistema político que se
articule sobre la base del deseo de des-trucción del enemigo. Es también,
prioritariamente, la condición incondicionada de todo sistema, y así el sue-lo
efectivo de toda política.
18 Sigo en este punto el análisis lúcido de
Alain Badiou, Saint Paul, en su primer capítulo.
81
La
soberanía absoluta ocurre en la producción in-finita de nuevos enemigos, de
nuevos proscritos, de nue-vos agrupamientos, incluso cuando o precisamente
por-que el nuevo enemigo ha entrado en el reino de lo pos-thumano o inhumano, y
porque por lo tanto ya no hay amigos. O bien: hay amigos y enemigos, pero, bajo
la dispensación de soberanía absoluta en la globalización realmente existente,
la división amigo/enemigo es insu-ficiente para capturar la especifidad
contemporánea de lo político. Así, una política del no sujeto, del resto
enig-mático, comprometida con la redención de la parte de los que no tienen
parte, ya no es política de la amistad, que es sólo otro nombre de una política
de hegemonía. ¿Cómo se puede imaginar un acto político cuya deter-minación
primaria sea moverse más allá del filocentris-mo, más allá de la comunidad, más
allá de la traduc-ción, y no contra un enemigo, sino hacia la región no
militante de la que surge toda militancia y toda moda-lidad partisana? No hacia
la neutralidad, no hacia el pacifismo, sino contra toda partisanía de la
enemistad, que es también la imposible partisanía preventiva a fa-vor del
amigo, o del que pasa por serlo (pues no hay amigos)19.
19 Ver Derrida, Politics, capítulo primero y
siguientes, para una inter-pretación sostenida de la tradición aristotélica del
“amigos, ¡no hay amigos!” Este libro debe mucho a ese texto derrideano, aunque
no lo tematice directamente.
82
Capítulo
tercero
Hijos
de la luz. Neopaulinismo y catexis de la diferencia
Me
buscaréis y no me encontraréis; y adonde yo iré vosotros no podéis seguirme.
(Juan 7:36). Siempre lo real permanece una categoría del sujeto (Badiou, L’Être
11)
1.
La gracia y lo político
Voy
a yuxtaponer dos imágenes —no imágenes cualquiera. La primera viene de
Dispatches, la memoria de Michael Herr sobre su experiencia como correspon-sal
de guerra en Vietnam. Herr dice sobre un lugar con-creto de las montañas
vietnamitas: “Estabas allí en un sitio al que no pertenecías, donde podían
verse cosas por las que tendrías que pagar y donde podían no verse cosas por
las que también tendrías que pagar, un sitio donde no jugaban con el misterio
sino en el que te ma-taban ya por colarte” (630). La segunda imagen la
ex-traigo de una conversación entre Jacques Derrida y Da-niel Bensaid. Dice
Derrida:
Creo
que es cuestión del vínculo y de la distinción entre polí-tica y estática. Y
cuestión de lo que al mismo tiempo transgrede la nación-estado singular y
permanece bajo la autoridad de la
83
figura
del Estado. Se trata quizás de pensar el acontecimiento, eso que llega, lo
acaeciente, en su singularidad. Quienquiera o lo que quiera que viene no es
necesariamente, en tanto que llega y pide hospitalidad, un ciudadano o un
sujeto político. Es por lo tanto en el límite de lo cosmopolítico que se hace
la pregunta por el acontecimiento. Creo que es posible leer en Marx (...) un
pensamiento de los límites de lo político (de lo político-estático) desde la
irrupción de aquello que llega abso-lutamente. Lo mesiánico no está
necesariamente limitado a lo mesiánico en su figura judaica o cristiana. Está
abierto a lo que quiera que llegue allí donde no es esperado o esperada, puesto
que puede venir o no venir: un visitante más que un invitado. (Derrida, “Marxisme”
122)
La
yuxtaposición presenta la impresión de una fi-gura difícil de precisar: una
figura que permanece no interpelada, de hecho más allá de la interpelación, no
porque la interpelación no la alcance, sino porque mar-ca el límite mismo de la
interpelación. En la primera imagen, es la figura que debe vivir, dentro de ese
sitio, en temor y temblor —temor y temblor de interpela-ción, puesto que sabe
que la interpelación expresa su muerte: el instante en el que la interpelación
suceda es el instante en que deja de existir. En la segunda imagen, es la
figura que llega absolutamente, más allá de las ex-pectativas o al margen de
ellas, un visitante y no un invitado, un acontecimiento que puede o no producir
temor y temblor, que puede o no producir interpela-ción, pero cuya condición de
posibilidad, cuya inma-nencia, es precisamente un desplazamiento de la
inter-pelación, un exceso con respecto de la interpelación.
Estas
dos imágenes son los dos lados, o más bien dos de los lados, de una figura que
es muchas figuras, una figura que, precisamente, no se dejará contar como
84
una:
la figura a la que llamo el no sujeto de lo político, todavía no el extraño, ni
enemigo ni amigo, más bien un no amigo absoluto, una forma infamiliar e
inquie-tante de presencia política en la medida en que perma-nece, en su
llegada y durante su llegada, como recuerdo obstinado y recordatorio duro de lo
que siempre ha es-tado ahí de antemano, más allá de la sujeción, más allá de la
conceptualización, más allá de la captura, ni si-quiera obsceno, ni siquiera
abyecto, más bien simple-mente ahí, como facticidad tenue más allá de lo
fáctico, un punctum invisible de materialidad intratable e in-eluctable,
siempre del otro lado de la pertenencia, de cualquier pertenencia.
Esta
figura o más bien esta des-figura del no sujeto de lo político importa para
analizar los usos a los que Alain Badiou y Slavoj Zizek someten a la escritura
de San Pablo porque estos últimos son esencialmente una revi-sión de la noción
moderna del sujeto de lo político1. Pero la revisión no llega suficientemente
lejos —y no llega su-ficientemente lejos porque no toma en cuenta y ni
si-quiera pretende tomar en cuenta al no sujeto de lo políti-co. Como
consecuencia la revisión permanece presa en el idealismo que dice querer
desmontar— o que desmonta, pero de forma no suficientemente radical. Las
posiciones neopaulinistas de Badiou y Zizek se ofrecen como formas de
pensamiento posthegemónico, intentos de trascender el marco de
hegemonía/contrahegemonía como horizon-te último de lo político. Si la
globalización es el nombre
1 Un ajuste de cuentas apropiado con el
neopaulinismo contemporá-neo tendría que tomar en cuenta, entre otros autores,
al Giorgio Agamben de Il tempo che resta. Un commento alla Lettera ai Romani.
Pero la reflexión de Agamben sobre la mesianicidad nihilista es heterogénea al
proyecto de Zizek y al de Badiou, que concierne a la constitución de un (nuevo)
sujeto de lo político. Así que dejaré el libro de Agamben para otra ocasión.
85
que
se le da al desvanecimiento de todo antagonismo es-tructural contra la realidad
de lo social tal como está cons-tituida en el presente (esto es, en una
constitución que está tendencialmente orientada a la constitución plena de un
sujeto de lo social sin resto, o más bien sin un resto que no sea
inmediatamente abyecto en cuanto tal, y que en cuanto resto abyecto sea, no un
enemigo dentro del campo de lo político, sino más bien el enemigo de lo humano,
y por lo tanto esté más allá de lo político), la revisión neopaulinista marca
una voluntad de reinven-ción de lo político a través de una nueva catexis de lo
social: un cambio en las coordenadas mismas de lo real. Se pretende que este
cambio en lo real no sea ya un cam-bio hegemónico, esto es, una rearticulación
hegemónica de lo social, sino más bien su radicalización a cambio
revolucionario. San Pablo se hace ejemplar de una prácti-ca teórica del afuera
de la hegemonía, la encarnación de un procedimiento de verdad revolucionario,
el testigo fiel de un acontecimiento cuya repetición podría ocasionar una nueva
catexis o captura radical de la totalidad social. Pero de San Pablo se dice que
operacionaliza su procedi-miento de verdad mediante una intervención en el
sujeto de lo político: San Pablo cambia al sujeto. ¿Puede sin embargo un cambio
en el sujeto de lo político efectuar otra cosa que un cambio hegemónico? ¿Es la
política siem-pre necesariamente y en cada caso una política del sujeto?
Cualquier
intento de adjudicar en la controversia entre Badiou y Zizek al respecto de una
conceptualiza-ción propiamente materialista del sujeto de lo político en
nuestros tiempos es posiblemente prematuro2. Ha-
2 Zizek se ha ocupado de la obra de Badiou en al
menos tres ensayos: “Psychoanalysis,” Ticklish Subject y “Is There a Politics
of Subtraction?”. Sobre la controversia Zizek/Badiou ver el magnifico ensayo
largo de Bruno Bosteels, “Alain Badiou’s Theory of the Subject”, en dos partes.
Bosteels critica la lectura y la cuasiapropriación que Zizek hace de la
86
brá
que esperar como mínimo a que se publique el libro anunciado de Badiou, Lógica
de los mundos, y la res-puesta previsible de Zizek3. Pero también hay trabajo
por hacer para entender la complejidad diacrónica del pensamiento respectivo de
Badiou y de Zizek, puesto que tal complejidad diacrónica, en la densidad de sus
alusiones genealógicas a Kant, Hegel, Marx, Heidegger, Lacan y Althusser, entre
otros, sobredetermina sus pun-tos de desacuerdo. Estos últimos también incluyen
re-ferencias a sus posiciones divergentes respecto de los acontecimientos del
Mayo de 1968 y la Revolución Cultural china, en lo que podríamos llamar
tonalidades biográficas, así como perspectivas diferentes sobre la herencia
simbólica del judaísmo, el cristianismo, la cien-cia occidental, el capitalismo
y los ya inexistentes regí-menes marxistas concretos de lo social. En cualquier
caso, mientras estos desacuerdos y posibles malentendidos se dilucidan, quizás
sea permitido el gesto un tanto frívolo de referir la disputa al cuento “Los teólogos,”
de Jorge Luis Borges —un gesto, por otra parte, que tanto Ba-diou como Zizek
han hecho todo lo posible por recla-mar, en la medida en que uno de los
momentos esencia-les de su polémica es cabalmente la interpretación teó-rica de
las contribuciones de San Pablo al pensamiento emancipatorio de la humanidad.
teoría
de Badiou en I.220-227 y II.202. Y ver la crítica de la posición de Zizek en
relación con Badiou en el también espléndido libro de Peter Hallward, Badiou. A
Subject to Truth. Sobre el materialismo paulino comenta Hallward: “Es
ciertamente porque la perspectiva de Zizek es tan cercana a la de Badiou que
las diferencias entre ambos emergen con claridad tan notable y sugerente”
(150). Quiero expresar mi admira-ción por el trabajo tanto de Bosteels como de
Hallward sobre Badiou, que se extiende por supuesto más allá de los límites de
la concepción de Badiou del sujeto de lo político. Si este trabajo aspira a un
diálogo con su objeto, mis interlocutores primarios son Bosteels y Hallward más
que Zizek y Badiou.
3 Logique está anunciado para su publicación para
marzo de 2006.
87
“Los
teólogos” cuentan la historia de la relación entre Aureliano y Juan de Panonia:
“Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón,
guerreaban contra el mismo Enemigo” (33). Ambos son prelados de la Iglesia
resueltos a combatir las desviacio-nes herejes de la ortodoxia doctrinal. Sin
embargo entre ellos se desarrolla una “batalla secreta” (33). Juan le qui-ta la
precedencia a Aureliano en la denuncia de la abo-minación de los Monótonos o
Anulares, partidarios del Eterno Retorno. Más tarde, Aureliano refuta con éxito
el horror de los Histriones, que sostienen que “el tiem-po no tolera
repeticiones” (35). La refutación menciona a Juan por haber recaído “con más
ligereza que culpa”
(36) en una confusión similar de la fe al
condenar a los Anulares. Como resultado Juan debe arder en la hogue-ra. Muchos
obsesivos años después Aureliano perece por el fuego tras una vislumbre fugaz
del Retorno. Al llegar al cielo una divinidad distraída lo confunde con Juan.
Este
capítulo se sitúa provisionalmente en algún lugar del argumento borgiano. Se
trata de cuestionar un aspecto particular de la “teología política” tanto de
Badiou como de Zizek siguiendo un cierto alineamien-to con la posición del
narrador en el cuento. Es el privi-legio del cuentista reclamar exterioridad
respecto de los personajes de su narración —pero sabemos que tal exte-rioridad
es en sí una ficción teórica. El narrador está siempre más bien en una posición
para la que conviene el concepto lacaniano de “extimidad”. No hay intimi-dad
entre el narrador y el personaje, puesto que hay distancia. Pero no hay
exterioridad, puesto que hay na-rración. Esa extimidad, o brecha constitutiva y
distan-cia necesaria en toda formulación discursiva, me permi-te también
formular la siguiente pregunta: ¿es el no su-jeto de lo político no político?
¿No es político el no
88
sujeto
de lo político? ¿Dónde está el no sujeto de lo político en la dilucidación del
sujeto de lo político?
Esta
pregunta es mimética respecto de la cuestión sobre los límites de la teología.
Cualquier cuestión de teología, puesto que su objeto es único y únicamente
elusivo, incluyendo a la teología negativa, puede enten-derse como versión del
lema freudiano que Jacques La-can coloca en el fundamento de una posible ética
psi-coanalítica: “Wo es war, soll ich werden” [Donde estaba, debo yo llegar a
estar]4. La dificultad es decidir si la pregunta sobre los límites de la
teología es en sí una pregunta teológica. U ontoteológica. Imaginemos que la
pregunta por los límites de la teología encuentra una pista, no en San Pablo,
sino en el Evangelista al que Badiou considera más lejano al pensamiento de San
Pa-blo, es decir, San Juan, que dice: “Me buscaréis y no me encontraréis; y
adonde yo iré vosotros no podéis seguir-me” (Juan 7:36). Imaginemos que Dios,
el sujeto del enunciado, puede ser traspuesto como sujeto de lo polí-tico:
“donde yo estoy, allí no llegaréis”. Donde está el sujeto de lo político, allí
no puede aparecer el no sujeto: el sujeto bloquea al no sujeto. Si toda
política que pos-tula como su referente primario la búsqueda o forma-ción de un
sujeto fuera política teológica, ¿qué le haría esa formulación a la política
teológica? Tomo como pre-suposición en lo que sigue que ése es efectivamente el
caso: que el deseo de sujeto es constitutivo de teología política tanto como de
política teológica.
La
noción de teología política que desarrolla Sch-mitt es famosa por haber
postulado que “la excepción en
4 “Wo Es War, Soll Ich Werden. Este Es, tómenlo
por la letra S. Está allí, siempre está allí. Es el sujeto. Se conoce o no se
conoce a sí mismo. Eso no es siquiera lo más importante —habla o no habla. Al
fin del análisis, es él el que debe ser llamado a hablar, y a entrar en
relación con los Otros reales. Donde estaba la S, allí debe estar el Ich”
(Lacan, Ego 246).
89
jurisprudencia
es análoga al milagro en teología” dado que “todos los conceptos de la teoría
moderna del estado son conceptos teológicos secularizados” (Political 36). A
Schmitt le ocupa una noción de soberanía que él quiere extraer del racionalismo
de la Ilustración, que “rechazó la excepción en todas sus formas” al postular
una identifica-ción entre la legalidad de la naturaleza y la legalidad
nor-mativa de las ciencias naturales (37). La democracia libe-ral, en el camino
de la secularización, se convierte en “la expresión de un relativismo político
y de una orientación científica liberadas de milagros y dogmas y basadas en el
entendimiento humano y en la duda crítica” (42). Cuan-do “la voluntad general
de Rousseau [se hace] idéntica a la voluntad del soberano”, el concepto de
voluntad gene-ral desarrolla “una determinación cuantitativa”. Como
consecuencia, “el elemento decisionista y personalista en el concepto de
soberanía” se pierde (48). Y con ello el siglo diecinueve elabora una
inmanentización creciente-mente radical de la legitimidad política, a la que
viene a hacer coincidir con la noción democrática de poder cons-tituyente y con
la identidad entre gobernante y goberna-do. El punto crucial de Schmitt no es
que en el siglo diecinueve el proceso de secularización haya terminado con la
adscripción teológica de la autoridad política. Al contrario, para Schmitt “el
corazón metafísico de toda política” todavía alienta, aunque ahora reprimido,
en la teoría democrática del estado (51). Sólo los pensadores contrarrevolucionarios
(Bonald, De Maistre, Donoso Cortés, Stahl), o pensadores revolucionarios como
Marx y Engels, Proudhon y Bakunin, fueron capaces de enten-der como pretensión,
o más bien como “extraña confu-sión panteísta” (61-62), la pretensión liberal
de que la decisión en política pudiera ser suspendida simplemente “negando que
hubiera algo susceptible de ser objeto de
90
decisión”,
puesto que en el sistema demócrata-liberal todo posible objeto de decisión
estaba ya fundamentalmente pre-decidido por el sistema de normas. Contra la
extraña confusión panteísta de los liberales tenemos que colocar al monoteísmo
del poder, que Schmitt asume libremente para su propia posición como pensador
católico pero de la que piensa que ni los pensadores revolucionarios ni los
contrarrevolucionarios pueden librarse. A nosotros nos importa saber si el
pensamiento político neopaulinista sustituye contraintencional pero
subrepticiamente el ex-traño panteísmo de la democracia radical por una
reteo-logización de lo político5.
El
sujeto decide. El sujeto de la soberanía política es el sujeto de la decisión,
que dentro de un régimen democrático es en principio la decisión hegemónica de
los ciudadanos. Pero el corazón metafísico de la política, revelado
históricamente, determina que el sujeto de la decisión política no puede
abandonar su determinación teológica. Si “el soberano es el que decide sobre la
ex-cepción” (Schmitt, Political 5), entonces el sujeto de lo
5 Jan-Werner Müller resume el libro de Reinhardt
Koselleck Crítica y crisis con palabras que podrían aplicarse al giro
radicalmente ilustrado que toma la noción de sujeto de lo político en Zizek y
Badiou. Koselleck, en la interpretación de Müller, está desarrollando una
intuición schmittiana: “Algunos de los philosophes se engañaron a sí mismos
sobre la demanda de poder que habían montado por razones aparentemente
apolíticas. Actuaban indirectamente desde dentro del espacio moral que el
estado hobbesiano había dejado al individuo y buscaban ahora abolir
completamente el estado. Este encubrimiento del encubrimien-to radicalizó
infinitamente la política de la Ilustración y llevó directa-mente a la crisis
que se desarrolló entonces como sangrienta guerra civil. El dualismo estricto
entre política y moralidad, que era el arma más afilada de la Ilustración, no
era de hecho un dualismo, sino una dialéctica: la moralidad acabó siendo la
demanda política más potente” (107). La moralidad dirige la razón para pensar el
acto ético en Zizek y la fidelidad al acontecimiento de verdad en Badiou, pero
es una moralidad denegada en cuanto tal, y presentada como algo otro, en ambos
casos.
91
político
es soberano, y sólo la soberanía es subjetividad política6. Y la soberanía,
pensada desde la capacidad de
6 Quiero indicar aquí un camino totalmente
diferente para pensar el sujeto—un camino muy precisamente abierto al no
sujeto, aunque éste último nunca apareció en el texto—, que es el de Derrida.
En particu-lar cito de la segunda edición en inglés de “Fuerza de ley,” donde
se inserta un párrafo no presente en la primera edición: “En cierta mane-ra, y
a riesgo de sorprender, se podría decir que un sujeto no puede nunca decidir
nada: un sujeto, incluso, es aquello a lo cual una decisión no le puede
sobrevenir o suceder excepto como accidente marginal que no afecta a la
identidad esencial y la autopresencia substancial que hacen al sujeto lo que es
—si la opción de la palabra sujeto no es arbitraria, al menos, y si uno confía
en lo que siempre se requiere, en nuestra cultura, por lo menos, de un sujeto”
(“Force” 253). Derrida orienta sus observaciones contra el entendimiento
teológico-político del sujeto de la decisión. En otro ensayo Derrida hace de
esta hetero-geneidad entre sujeto y decisión una condición de la democracia en
cuanto tal: “[La] autorización para decir todo (que va con la democra-cia, como
aparente hiperresponsabilidad de un sujeto) reconoce el derecho a la absoluta
no-respuesta, justo cuando puede no haber ma-nera de responder, de ser capaz de
o tener que responder. Esta no-respuesta es más original y más secreta que las
modalidades del poder y de la obligación porque es fundamentalmente heterogénea
respecto de ellos. Encontramos ahí una condición hiperbólica de la democracia
que parece contradecir cierto concepto limitado e históricamente de-terminado
de democracia, un concepto que la vincula al concepto de un sujeto calculable,
responsable, imputable, que debe rendir cuentas, un sujeto que
tiene-que-responder, tiene-que-decir la verdad, tiene que testificar según la
palabra jurada (...) ante la ley, tiene que revelar el secreto, con la
excepción de ciertas situaciones que son determinables y reguladas por la ley
(confesión, los secretos profesionales de los médi-cos (...) , secretos de
defensa nacional o secretos de estado en general (...). Esta contradicción
también indica la tarea (tarea de pensamiento, también tarea teórico-práctica)
de cualquier democracia por venir” (“Passions” 29). Algo resta más allá del
sujeto, un resto que no respon-derá. No es parte del sujeto, ni siquiera una
parte pasiva. Derrida la llama pasión, y menciona “la absoluta soledad de una
pasión sin marti-rio” (“Passions” 31), un exceso del sujeto que no es exceso
del sujeto, sino con respecto del sujeto. “No lo excede en la dirección de
alguna comunidad ideal, sino más bien hacia una soledad inconmensurable en todo
con la del sujeto aislado, un solipsismo del ego cuya esfera de pertenencia
podría dar lugar a una apresentación analógica del alter ego y a alguna génesis
constitutiva de la intersubjetividad (Husserl), o con la de una Jemeinigkeit de
un Dasein cuya soledad, nos dice Heidegger, es todavía una modalidad del
Mitsein. La soledad, el otro nombre del secreto (...) no lo es ni de la
conciencia, ni del sujeto, ni del Dasein,
92
decisión
sobre la excepción, es necesariamente trascen-dente o milagrosa: “La decisión
sobre la excepción es una decisión en el verdadero sentido de la palabra. Dado
que una norma general (...) no puede nunca dar cuenta de una excepción total,
la decisión de que existe una excepción real no puede por lo tanto ser derivada
ente-ramente de esa norma” (6). Si la decisión no deriva de la norma, sólo son
posibles dos conclusiones: o bien la ex-cepción constituye absolutamente la
decisión, lo que significa que no hay decisión, sólo excepción, o la ex-cepción
hace explícita una subjetividad siempre de an-temano trascendente, esto es, una
subjetividad enraiza-da en el poder divino, que, en la medida en que es dado a
lo humano, es carisma o gracia. ¿Constituye la gracia al sujeto de la decisión?
Badiou lo afirma explícitamen-te, y es probablemente justo decir que Zizek lo
afirma implícitamente.
A su
manera posthumanista y postalthusseriana, la búsqueda de Badiou y de Zizek de
un sujeto de lo políti-co radicaliza la noción gramsciana de hegemonía y la
lle-va contra su límite. Lo que más les importa no es produ-cir un sujeto de
hegemonía, aunque pueda a veces pare-cerlo, sino más bien al contrario,
producir un sujeto pos-thegemónico: un sujeto contra la hegemonía, o un sujeto
puro de lo político. En términos schmittianos, “la co-nexión entre el poder
real [y todo poder es el poder de decisión sobre la excepción, no hay otro] y
el poder legal-
ni
siquiera del Dasein en su auténtico ser-capaz (...) Los hace posible, pero lo
que hace posible no le pone fin al secreto. El secreto nunca se permite a sí
mismo ser capturado o encubierto por la relación al otro, por estar-con ni por
forma alguna de ‘lazo social.” Incluso si los hace posible, no responde a
ellos, es lo que no responde. No responibilidad. ¿Le llamaremos muerte? ¿la
muerte que toca? ¿la muerte que da? No veo razón para no llamarlo vida,
existencia, traza. Y no es lo contrario” (“Pasión” 30-31).
93
mente
más alto es el problema fundamental del concepto de soberanía” (Political 18).
Hay problema porque la re-lación entre poder real y poder legal está
constituida, al menos en la modernidad, como fisura. En democracia, el poder
hegemónico encarna esa fisura en la soberanía en el sentido de que la hegemonía
no resuelve, sino sólo sus-pende la diferencia entre el poder real y el poder
legal. Si la hegemonía es lo que podríamos llamar el corazón de-mocrático de la
dominación, la búsqueda política de Ba-diou y de Zizek, en el supuesto de que
apunte hacia el cierre de la fisura de la soberanía, remite al difícil
proble-ma del posible fin de la subalternidad en un régimen radicalizadamente
democrático o postdemocrático. El fin de la subalternidad presupondría la
posibilidad de un régimen político de gobierno en el que la fisura de la
soberanía ha quedado fundamentalmente cerrada; en otras palabras, un régimen en
el que la diferencia entre delibe-ración (pensar) y acción (ser) haya sido
absolutamente reducida mediante la reducción absoluta de la diferencia entre
los que gobiernan y los gobernados y la reducción absoluta o identificación
entre pensar y ser para todo su-jeto político concreto dentro del régimen. Esto
por su-puesto se acerca a la pretensión teórica del concepto de multitud como
nuevo sujeto de lo político en Antonio Negri y Michael Hardt7.
Desde
la perspectiva de la teoría de la hegemonía, y aquí hay que mencionar el
trabajo de Ernesto Laclau,
7 La multitud se entiende explícitamente como
“autoproducción del sujeto” en Empire (63). Este acto de auto-posición
inmanente (pero ¿desde dónde?) establece “una nueva posición de ser” —una
“teleología materialista” (66) que es también una supuestamente nueva
ontoteología. La multitud cierra la fisura de la soberanía en la misma medida
en que es negada por el concepto moderno de soberanía, en la opinión de Negri y
Hardt (soberanía es simple resistencia a multitud). Ver 79, 82, 87, 97.
94
el
fin de la subalternidad es una noción aporética o in-decidible, aunque
permanezca como idea regulativa o momento utópico del proyecto8. Contra la
indecidibi-lidad del fin de la subalternidad en la teoría de la hege-monía,
tanto Zizek como Badiou investigan la emer-gencia revolucionaria del sujeto
subalterno en cuanto tal: esto es, de las condiciones bajo las cuales el
abando-no de la subalternidad pueda producir la emergencia revolucionaria de un
sujeto puro de lo político. Su coin-cidencia teológica, la que podría haber
llevado al dios borgiano a rehusarles una mínima diferencia relacional, es lo
que habría que llamar la catexis de la diferencia: la sobredeterminación por
universalidad del sujeto de he-gemonía. Si la hegemonía es siempre particular,
es de-cir, si la universalidad misma de cualquier proyecto he-gemónico es
siempre una proyección de particularidad, la clave para entender la posición
anti- o posthegemóni-ca de Zizek y Badiou es su concepción del sujeto como
interrupción radical de particularidad. El sujeto de lo político es,
precisamente, nunca particular, sino más bien siempre de antemano universal.
Para Zizek, como dice en The Ticklish Subject,
8 Creo que el trabajo de Ernesto Laclau
(Emancipation(s) y Reflections), y el trabajo de Laclau con Chantal Mouffe
(Hegemony) es el replantea-miento más poderoso de la teoría de la hegemonía en
nuestro tiempo. (En el momento de cerrar estas páginas aparece el último libro
de Laclau, Populist Reason, del que no puedo ocuparme ahora). Sin embar-go, no
creo que el trabajo de Laclau lidie adecuadamente con la cues-tión del fin de
la subalternidad. ¿Sería la subalternidad la condición misma de producción de
la subjetivación hegemónica? ¿Puede la subalternidad ser evacuada o eliminada
de lo social sin resto? La teoría de la hegemonía debe responder que no hay
forma de encontrar res-puesta lógica a esas preguntas, y que esas cuestiones
están sujetas suplementariamente a una prohibición política: cualquier
respuesta posible, si la hubiera, debe ser silenciada, para no terminar con la
política. ¿Por qué? Ver el capítulo cuarto de este libro.
95
El
“sujeto” no abre un agujero en el orden pleno del Ser: “sujeto” es el gesto
contingente-excesivo que constituye el orden universal del Ser mismo. La
oposición entre el sujeto en tanto fundación ontológica del orden del Ser y el
sujeto en tanto emergencia particular es por lo tanto falsa: el sujeto es el
acto/emergencia contingente que sostiene al orden universal mismo del Ser. El
sujeto no es simplemente la hubris excesiva a través de la que un elemento
particular molesta al orden global del Ser al postularse —elemento particular—
en su centro; el sujeto es, más bien, la paradoja de un elemento particular que
sostiene la estructura universal. (160)
Y
para Badiou, el sujeto no es sino fidelidad al acontecimiento de verdad, esto
es, precisamente fideli-dad a la disolución de todo orden particular del Ser, a
la disolución de la ley, o del estado de una situación, me-diante una apelación
procedimental a la universalidad misma. El sujeto es la configuración local de
lo univer-sal. En la explicación de Bruno Bosteels:
En
circunstancias normales, el impasse estructural que es in-trínseco al estado de
la situación permanece invisible, de modo que el vacío que es su fundación
aparece cerrado. Este cierre es la operación misma que permite el
funcionamiento liso del orden establecido de las cosas —cuando todo el mundo
hace lo que es natural porque el estado de la situación se ha hecho en efecto
segunda naturaleza. Excepcionalmente, sin embar-go, un acontecimiento puede
atraer el exceso hacia lo abierto, puede exponer el vacío como la fundación de
todo ser, y marcar el posible comienzo de un procedimiento genérico de verdad.
Como observa Badiou, “lo que hace que un aconte-cimiento genuino pueda estar en
el origen de una verdad, que es lo único que es eterno y para todos, es precisamente
el hecho de que se relaciona con la particularidad de una situa-
96
ción
desde el punto de su vacío”. Un acontecimiento es siem-pre una anomalía para el
discurso de la ontología pura, en la medida en que su irrupción da testimonio
de una ruptura en la cuenta de la cuenta y así elicita lo real en la ciencia
del Ser. (Bosteels, “Badiou” II. 195)
El
sujeto decide, pero lo que decide es fidelidad al acontecimiento. El sujeto es
fidelidad al acontecimien-to. De ahí la noción de que el sujeto es raro, de la
mis-ma forma en que lo político es raro también. De hecho, tanto para Zizek
como para Badiou, el sujeto es coex-tensivo con lo político, y el sujeto y lo
político son defi-nidos como intervenciones acontecimentales en el or-den mismo
de lo real. Y el corolario es: no hay tal cosa como un sujeto no político, lo
que significa que no hay tal cosa como una política no subjetiva. Cualquier
con-cepción de una política hegemónica (es decir, tendiente a lograr una
articulación hegemónica) en Zizek o Ba-diou tendría que afirmar su carácter no
sólo subjetivo, sino también su carácter intrahorizonal, puesto que sólo puede
haber articulación hegemónica dentro de una si-tuación dada. Para ambos, la
política de hegemonía es posible pero derivativa, esto es, tendría que ser en
cada caso determinación regional, dentro de una concepción de la política que
privilegia su momento trascendente o transhegemónico: el logro del acto
auténtico en Zizek o el establecimiento y sostenimiento de un procedimien-to de
verdad en Badiou. Esta es la razón por la que Zi-zek puede decir que fue Martin
Heidegger el que, en la segunda mitad de Ser y tiempo, ofreció “la descripción
definitiva de un acto político auténtico” (Ticklish 143) para nuestro tiempo,
una afirmación consistente con el acercamiento de Badiou a la determinación de
la políti-ca como universalismo en Saint Paul. La política es his-
97
toricidad,
en el sentido heideggeriano, esto es, es siem-pre ya el establecimiento de un
horizonte epocal, den-tro del cual puede haber hegemonía, pero que en sí no
está condicionado por ninguna presión hegemónica. La verdad de lo político en
cada época es su enmarcamien-to particular de toda posibilidad de articulación
hege-mónica.
2.
Bio-Zizek
La
noción misma de una catexis transformadora de lo social, que Negri y Hardt
modelan explícitamente en la toma del Imperio Romano por el cristianismo, tiene
fuerte relación con la teoría de Louis Althusser sobre causalidad estructural y
su concepto paralelo de aconte-cimiento histórico9. Como explica Bosteels,
usando el futuro anterior en su construcción gramatical, “la teoría de
causalidad estructural (...) ya es un intento de pen-sar el problema de cómo la
estructura de una situación dada, en el proceso efectivo de hacerse histórica,
se ha-brá transformado como resultado de un acontecimiento
9 “Permítasenos (...) una (...) analogía que
refiere al nacimiento de la cristiandad en Europa y a su expansión durante la
decadencia del Impe-rio Romano. En este proceso se construyó y consolidó un
enorme potencial de subjetividad en términos de la profecía de un mundo por
venir, un proyecto quiliástico. La nueva subjetividad ofreció una alter-nativa
absoluta al espíritu del derecho imperial—una nueva base ontológica. Desde esta
perspectiva, el Imperio fue aceptado como ‘la madurez de los tiempos’ y la unidad
de la civilización conocida, pero quedó cuestionado en su totalidad por un eje
ético y ontológico com-pletamente diferente. De la misma forma hoy, dado que
los límites y los problemas irresolvibles del nuevo derecho imperial están
fijados, la teoría y la práctica pueden avanzar más allá de ellos, encontrando
una vez más una base ontológica de antagonismo —dentro del Imperio, pero
también contra y más allá del Imperio, al mismo nivel de totali-dad” (Empire
21).
98
imprevisto
e imprevisible” (“Badiou” I.213). Bosteels cita a Badiou, “la
sobredeterminación es el lugar de lo político” (I.212), para insistir en que es
la noción de sobredeterminación la que nos permite entender “cómo una
estructura captura el momento actual, cómo unos cuantos hechos aislados se
juntan literalmente para for-mar una coyuntura específica, y, así, cómo la
necesidad, lejos de realizarse o expresarse a sí misma en la historia, emerge
en acto desde la contingencia” (I.212). Tal contin-gencia requiere
absolutamente la presencia del sujeto de lo político, pues no es otra cosa que
“el sitio de una apuesta subjetiva, irreducible a la forma en la que los
individuos funcionan ideológicamente en el estado nor-mal de la situación”
(I.212). Bosteels dice en términos de Badiou (pero son términos que podrían ser
compar-tidos por Lenin, Althusser, Zizek, o el mismo San Pa-blo) que la
contingencia sobredeterminada se habrá con-vertido (pues sólo puede reconocerse
retrospectivamen-te) en “el punto en el que la estructura de una situación se
hace indiscernible, o discernible sólo mediante una intervención fiel al
acontecimiento (...) que habrá cam-biado los parámetros mismos de lo que cuenta
o no cuen-ta como discernible en el lenguaje de la situación” (I.212). El
acontecimiento, según una temporalidad de futuro anterior, se hace
indistinguible de la interven-ción subjetiva que lo determina y que es a su vez
deter-minado por ella. Es un acontecimiento sin hegemonía en el sentido preciso
de que no puede ser previsto por ninguna articulación hegemónica concreta, y su
efecto es cambiar las condiciones hegemónicas —por oposi-ción a cambiar las
condiciones dentro de la hegemonía.
Para
que una coyuntura histórica se transforme en el lugar de lo político tiene que
incorporar, o más bien esen-cialmente ser, un intervalo o vacío de ser, un
conjunto
99
vacío
que el sujeto captura o catecta tanto como habrá sido catectizado por ella.
Como intervalo del ser, es tam-bién una crisis de ser, una fisura o brecha
estructural que organiza las condiciones de cualquier posible sutura (igual que
las desorganiza, para la estructura previa).
En
los Grundrisse Marx habla de la totalidad del campo que el modo burgués de
producción constituye como totalidad orgánica que sin embargo está fisurada
internamente. Gracias a esa fisura interna puede produ-cir una crisis, en su
sentido fuerte, precisamente en el momento más alto o culminante de su
desarrollo, en el momento de su máxima tensión constitutiva, que es el momento
de su articulación final y conversión en obra —en obra histórica. Marx no
menciona la palabra “glo-balización”. Para él el término crucial es “mercado
mun-dial”. La constitución del mercado mundial es el mo-mento en el que “la
producción queda puesta como to-talidad en todos sus momentos, pero a la vez el
momen-to en el que todas las contradicciones entran en juego” (Marx 227). Como
resultado de esta tensión máxima en la estructura de contradicciones aparece la
crisis. “Las crisis,” dice Marx, “son (...) la intimación general que apunta
más allá de las presuposiciones, y el impulso que lleva a la adopción de una
nueva forma histórica” (Marx 228). La crisis interpela, y constituye el
aconte-cimiento que convoca a un nuevo sujeto histórico a su existencia. Este
nuevo sujeto, el sujeto del modo de pro-ducción futuro y comunal, es
consecuencia de la libera-ción de la “subjetividad en penuria” del trabajador
(455), una penuria que es de hecho “la única posesión de la capacidad de mano
de obra viva” (461). La crisis elimi-na la brida o muro de contención que
mantiene a la penuria subjetiva en su sitio, que es la brida que com-parte con
la producción capitalista, pues esa brida que
100
el
capitalismo, por uno de sus lados, le impone a la pro-ducción es también
responsable de mantener a la subje-tividad del trabajador en un estado de
penuria y priva-ción. Cuanto más avanza el capital, más entra en penu-ria la
subjetividad del trabajador. En un pasaje crucial dice Marx: “la plusvalía del
capital es al mismo tiempo la posibilidad real de nueva plusvalía en el trabajo
y de nueva plusvalía de capital (...) Se hace evidente que el trabajo mismo se
extiende progresivamente y da una existencia cada vez más amplia y plena al
mundo objeti-vo de la riqueza como poder ajeno al trabajo. De esa forma, en
relación a los valores creados o en relación a las condiciones reales de
creación de valor, la subjetivi-dad en penuria de la mano de obra viva forma un
con-traste cada vez más vívido. Cuanto más se objetifica el trabajo, más grande
se hace el mundo de valores objeti-vo, que es su opuesto, en cuanto ajeno —en
cuanto pro-piedad ajena” (Marx 455).
Este
“contraste cada vez más vívido” determina que, en el momento de máxima tensión,
esto es, en la post-modernidad o en el estado de globalización en cuanto tal,
la penuria del sujeto se muestra en su mayor extre-mo. Pero este es entonces,
dialécticamente, también el momento en el que se intima una inversión: la
libera-ción de la subjetividad de la mano de obra viva a favor del “intelecto
general” del modo comunal de produc-ción sólo puede suceder como consecuencia
de la trans-formación del modo de producción en cuanto tal. En otro pasaje
crucial sobre el fenómeno primario que de-termina tanto la subjetividad en
penuria de la mano de obra viva cuanto su transformación tendencial en un nuevo
sujeto de lo político dice Marx:
Hay
un límite, que no es un límite inherente a la producción
101
en
general, sino a la producción fundada en el capital. Este límite es doble, o
más bien es el mismo límite susceptible de ser mirado desde dos direcciones.
Basta aquí demostrar que el capital contiene una restricción particular de la
producción —que contradice su tendencia general a ir más allá de toda barrera a
la producción— para haber mostrado el fundamento de la sobreproducción, que es
la contradicción fundamental del capital desarrollado; para haber mostrado, más
generalmente, el hecho de que el capital no es, como piensan los economistas,
la forma absoluta para el desarrollo de las fuerzas de producción —ni la forma
absoluta para eso, ni la forma de riqueza que coincide absolutamente con el
desarrollo de las fuerzas de pro-ducción. Los estadios de producción que
preceden al capital aparecen, desde este punto de vista, como cadenas sobre las
fuerzas productivas. Pero el capital mismo, correctamente en-tendido, aparece
como la condición de desarrollo de las fuerzas de producción en la medida en
que requieren una espuela externa, que al mismo tiempo es su brida. Es una
disciplina sobre ellas, pero una disciplina que se hace superflua y pesada a
cierto nivel de su desarrollo. (Marx 415)
La
espuela externa para el desarrollo de las fuerzas de producción, esto es, el
capital mismo, bajo la forma concreta de capital de plusvalía, es también una
brida, un obstáculo, un límite inherente a la producción fun-dada sobre el
capital. Pero este límite, dice Marx, puede ser eliminado —será eliminado.
Es
precisamente aquí donde se inserta la crítica que Zizek hace de Marx. Para
Zizek postular el comu-nismo como nueva forma comunal de producción que será
consecuencia de la eliminación del límite inherente a la producción, que es
también la barrera que mantie-ne a la subjetividad del trabajador en penuria,
es un acto de fantasía: es de hecho la fantasía del capitalismo
102
mismo,
puesto que el capitalismo debe soñar con la eli-minación del límite para llevar
adelante su proyecto de acumulación. Dice Zizek: “El comunismo marxiano, esta
noción de una sociedad de pura productividad desenca-denada fuera del marco del
capital, era una fantasía in-herente al capitalismo mismo, la transgresión
inherente al capitalismo en su forma más pura, una fantasía estric-tamente
ideológica de mantener el impulso hacia la pro-ductividad generado por el
capitalismo y al mismo tiem-po librarse de los obstáculos y antagonismos que
eran (...) el único marco posible para la existencia material real de una
sociedad en permanente estado de produc-tividad autocreciente” (Zizek, Fragile
18)10.
Así
que, de manera quizás paradójica para un fer-viente partidario de Lenin, la
versión del comunismo que nos da Zizek no es muy leninista o no lo
suficiente-mente leninista: el comunismo real es para Zizek nece-sariamente
soviets sin electrificación. Esta crítica zize-kiana prepara el terreno para la
inversión de Zizek en el neopaulinismo. Ocurre sutilmente, de forma casi
secre-ta dentro de The Fragile Absolute. Sólo muchas páginas más tarde se nos
da el argumento a favor de San Pablo que constituirá el opuesto simétrico al
argumento con-tra Marx. El argumento a favor de San Pablo nos permi-
10 Ver también: “El error fundamental de
Marx fue concluir (...) que es posible un nuevo y más alto orden social (el
comunismo), un orden que no sólo mantendría sino que levantaría a un grado más
alto, y liberaría efectivamente el potencial de la espiral auto-incrementante
de produc-tividad que, en el capitalismo, en razón de su obstáculo o
contradic-ción inherente, queda impedido una y otra vez por crisis económicas
socialmente destructivas. En suma, lo que Marx no pudo ver es que (...) si
abolimos el obstáculo, la contradicción inherente del capitalismo, no obtenemos
el ímpetu plenamente desencadenado hacia la productivi-dad finalmente liberada
de su impedimento, sino que perdemos preci-samente esta productividad que
parecía ser generada y simultáneamen-te entorpecida por el capitalismo”
(Fragile 17-18).
103
te
ver, retrospectivamente, cómo Marx estaba todavía cazado en lo que Zizek
considera una fórmula de expe-riencia masculina y cuasi-judaica. Pero para San
Pablo por supuesto no hay ni hombres ni mujeres ni judíos ni griegos. El
cristianismo paulino “lucha por romper el círculo vicioso de la prohibición que
genera el deseo de transgredirla, que es el ciclo descrito en (...) Romanos
7.7” (Zizek, Fragile 135)11.
Para
Zizek el comunismo marxiano estaba todavía atrapado en el círculo vicioso de la
ley que es el espectro del judaísmo —el capitalismo, el límite inherente a la
producción que el capitalismo incorpora (y, desde cier-ta perspectiva, el
capitalismo no es sino ese límite), ge-nera la fantasía inherente de eliminar
el límite en cuan-to posibilidad constitutiva, de la misma forma que, para San
Pablo, la condición de la ley es la posibilidad de su transgresión. El
capitalismo genera la fantasía de incu-rrir en una ontología ilimitada de la
producción: onto-logía de la ilimitación, producción sin carencia. Contra ello,
la lección de San Pablo: “la dialéctica viciosa de la ley y su transgresión
elaborada por San Pablo es el tercer término invisible (...) entre la religión
judía y el cristia-nismo —su espectro los hechiza a ambos, aunque nin-guna de
las dos posiciones religiosas ocupa ese lugar: por un lado, los judíos no están
todavía allí, esto es, tratan la ley como el Real escrito que no los
comprome-te en el círculo vicioso de la culpa; por otro lado, como San Pablo
aclara, el punto básico del cristianismo au-téntico es precisamente romper el
ciclo superegoico vi-
11 El materialismo paulino de Zizek, al que
estoy llamando neopaulinismo, se desarrolla primero en The Fragile Absolute
—or, Why is the Christian Legacy Worth Fighting For? y luego se continua en The
Puppet and the Dwarf. The Perverse Core of Christianity. Este capítulo analiza
sólo el primero de los dos libros, donde se establecen las líneas fundamentales
de ese proyecto zizekiano.
104
cioso
de la ley y su transgresión” (Zizek, Fragile 145). Contra Marx, entonces, “para
liberarse eficazmente del guante de la realidad social existente, lo primero es
re-nunciar al suplemento fantasmático transgresivo que nos liga a ella” (149).
Este acto de renuncia, que Zizek va a describir como el acto auténtico
psicoanalítico y el acto auténtico ético, es un acto anti- o posthegemónico: el
acto acontecimental del sujeto de lo político que “cam-bia las coordenadas de
la situación en la que el sujeto se encuentra: al cortar amarras con respecto
del objeto pre-cioso a través de cuya posesión el enemigo lo mantenía cautivo,
el sujeto gana el espacio de la acción libre” (150), y así abandona la penuria
de la subjetividad. Se podría decir que, para Zizek, no es que el marxismo sea
una forma de cristianismo, sino que el cristianismo es una forma más
propiamente revolucionaria de marxismo —que es lo que el neopaulinismo
generalmente aduce.
De
forma consistente con su crítica de Marx y abra-zo de San Pablo, Zizek entiende
el sujeto de lo político como esencialmente femenino. El sujeto femenino ha
abandonado siempre de antemano el círculo superegoico vicioso de la ley y su
transgresión y se ha movido hacia una dimensión diferente de la existencia. De
la misma manera, “el pasaje de judaísmo a cristianismo en última instancia
sigue la matriz del pasaje de la fórmula de sexua-ción masculina a la femenina”
(143); “la extensa discu-sión lacaniana del amor en Encore debe así ser leída
en sentido paulino, contra la dialéctica de la ley y su trans-gresión: esta
segunda dialéctica es claramente fálica/mas-culina; implica la tensión entre el
Todo (ley universal) y su excepción constitutiva; en tanto que el amor es
feme-nino, e implica las paradojas del no-Todo” (147). Tal ló-gica del no-Todo,
o del síntoma universalizado o sintho-me, gobierna absolutamente la posibilidad
de formación
105
del
sujeto revolucionario en Zizek. Es tal lógica la que lleva al descubrimiento de
que no hay Gran Otro, ni ca-pitalista ni comunista —que el Gran Otro es siempre
una formación ideológica. Si no hay Gran Otro, entonces ni su destrucción ni su
construcción pueden ser actos revolucionarios. Lo que queda es una
identificación para-dójica con el síntoma en deconstitución subjetiva. Esta
renuncia a la disolución del síntoma es el amor propia-mente hablando, y es a
través del amor que se anuncia la posibilidad de un acto propiamente político:
En
el acto tradicional (premoderno), el sujeto lo sacrifica todo (todas las cosas
“patológicas”) a la Cosa-Causa que le importa más que la vida misma: Antígona,
condenada a muerte, enumera todas las cosas que ya no será capaz de disfrutar
dada su muerte prematura (...) Esta es la “mala infi-nitud” que uno sacrifica
mediante la Excepción (la Cosa por la que uno actúa, y que, precisamente, no es
sacrificada) (...) Así que Antígona es sublime en su triste enumeración de lo
que está sacrificando —esta lista, en su enormidad, indica los contornos
trascendentes de la Cosa a la que le entrega su fidelidad incondicional. ¿Es
necesario añadir que esta Antí-gona es la fantasía masculina por excelencia?
(...) En la mo-derna constelación ética, por el contrario, se suspende esta
excepción de la Cosa: uno da testimonio de su fidelidad a la Cosa al sacrificar
(también) la Cosa misma (...) Sin esta sus-pensión no hay acto ético
propiamente hablando (...) [el acto ético] toma lugar en la intersección de
ética y política, en el dominio siniestro en el que lo ético se “politiza” en
su natura-leza más esencial —cuestión de decisiones radicalmente con-tingentes,
gesto que ya no puede ser interpretado en térmi-nos de fidelidad a Causa
preexistente alguna, puesto que redefine los términos mismos de esta Causa.
(154-55)
106
El
modelo para esto es la Crucifixión entendida como acontecimiento feliz,
sacrificio que vence la es-tructura misma del sacrificio y que, al hacerlo así,
ya no puede ser entendido como acto que sostenga el estado de la situación, ni
siquiera de forma invertida. Es un acto radicalmente positivo mediante el que
se abre “Otro Espacio,” dice Zizek, “que ya no puede ser desechado como
suplemento fantasmático a la realidad social” (158). La posibilidad de una
comunidad alternativa, que será una comunidad revolucionaria puesto que se
establece radicalmente contra y más allá de la hegemo-nía, esto es, más allá de
la hegemonía presente, queda abierta: “El desenchufe cristiano no es una
instancia de contemplación interior, sino el trabajo activo del amor, que lleva
necesariamente a la creación de una comuni-dad alternativa” (138).
Robert
Miklitsch se ha referido a “la negatividad radical en el corazón del proyecto
de Zizek” sobre la base del apoyo de Zizek al concepto lacaniano de lo real
como puro antagonismo (Miklitsch 486). La teorización zize-kiana del acto
revolucionario como renuncia a la disolu-ción del síntoma no es una teorización
de abstinencia o separación de lo real. Por el contrario, Zizek piensa un
proceso de intensa violencia psíquica que debe ser enten-dido como
contraviolencia a la violencia de la fantasía. Así, el reconocimiento de la
ausencia final del Gran Otro, que apareja la necesidad consiguiente de
identificación con el síntoma universal, atraviesa un momento de locu-ra
radical a la que Zizek a veces se refiere con el término hegeliano de “noche
del mundo,” pero para el que tam-bién ha usado una analogía teórica más
provocativa: la noción heideggeriana de verdad. La analogía misma esta-blece
una equivalencia entre el acto revolucionario y la descripción heideggeriana de
un “pasar hacia el desvela-
107
miento
esencial de la verdad” en cuanto aletheia. Sugiere que la identificación con el
sinthome va más allá de la fantasía, aunque a través de la fantasía, y que
alcanza un horizonte donde “la transformación del ser del hombre en el sentido
de un desarreglo trastornante de su posición entre los entes” (Heidegger,
citado por Zizek, Fragile 82) ocurre más allá del fundamento mismo de la
subjetivi-dad hacia una forma de acuerdo o sintonía con el Ser de los entes que
ya no está determinada por la agencia sub-jetiva. Así el acontecimiento ético
en Zizek se conecta a la conceptualización heideggeriana de Ereignis como
“acon-tecimiento de des/apropiación.” Pero si, como dice Zizek en referencia a
la interpretación heideggeriana de William Richardson, el lethe heideggeriano
es el real lacaniano (81), y si “en la oposición entre fantasía y realidad, lo
Real está del lado de la fantasía” (67), entonces pasar hacia el des-velamiento
esencial de la verdad no es simplemente abra-zar la fantasía; no es solamente
atravesar “el fenómeno mismo en su más desnuda radicalidad, esto es, el
esque-ma que determina cómo nos aparecen las cosas” (85). “Identificarse con el
síntoma,” “pasar hacia el desvelamien-to esencial” son nombres aproximativos de
lo que el Hei-degger tardío llamará el intervalo del Ser, entendiéndolo no ya
como una crisis, sino más bien como el paso de los dioses, esto es, la ruptura
profunda del subjetivizar del hombre hacia una apropiación al Ser: la época de
la histo-ria del Ser marcada por la agencia humanista —la época de la
producción, la época de la tecnología, la época bio-política— habría llegado a
su fin. Y con ella la época del sujeto de lo político12.
12 Hay otra referencia a Heidegger en una de
las primeras notas en The Puppet and the Dwarf: “Quizás el vínculo entre
cristianismo y ateísmo se hace algo más claro si tomamos en cuenta el hecho
sorprendente de que el giro en Ser y tiempo de Heidegger —ese intento radical
de hacer temática la finitud insuperable de la condición humana— desde el acer-
108
Por
supuesto Zizek no dice tanto ni va tan lejos. Prefiere retener, a mi juicio
insuficientemente, su deter-minación del acto ético-político al nivel de la
constitu-ción/deconstitución subjetiva. La renuncia a la disolu-ción del
síntoma adquiere así una doble característica: como renuncia a la disolución
del síntoma el sujeto se da un golpe a sí mismo, ejerciendo la violencia
psíquica de un sacrificio que, como vimos en el ejemplo de la Crucifixión,
vence al sacrificio mismo y se abre al ad-viento de una comunidad alternativa.
Según esta carac-terística, el acto revolucionario no sutura un nuevo su-jeto
—más bien deconstituye el antiguo. Pero, como renuncia a la disolución del
síntoma, el acto es constitu-tivo y suturante. Zizek mienta la película Speed,
dirigi-da por Jan de Bont (1994), en la que el héroe dispara “no al
chantajista, sino a su propio compañero en la pierna” (149), como ejemplo de la
primera característi-ca. Twister, del mismo director y filmada en 1996, po-dría
ser ejemplo de la segunda: los protagonistas en-
camiento
ontológico ‘reificado’ a la realidad (un ‘sujeto’ que percibe ‘objetos’) hacia
el compromiso activo del ser-en-el-mundo está basado en la lectura que hizo
Heidegger de San Pablo en los tempranos años veinte. Se puede discernir aquí un
vínculo adicional inesperado entre Heidegger y Badiou: ambos se refieren a San
Pablo de la misma ambi-gua forma. Para Heidegger, el giro paulino de la
contemplación filosó-fica abstracta a la existencia comprometida de un creyente
indica cui-dado y ser-en-el-mundo, aunque sólo como modelo óptico de lo que Ser
y tiempo despliega como estructura ontológico-trascendental; de la misma
manera, Badiou lee a Pablo como el primero en mostrar la estructura formal del
Acontecimiento y del procedimiento de verdad, aunque, para él, la religión no
es un dominio propio de verdad. En ambos casos, la experiencia paulina tiene el
mismo papel de ex-timación: es la mejor ejemplificación (‘indicación formal’)
de la estructura ontológica del acontecimiento—aunque, en términos de su contenido
positivo, sea un ‘falso’ ejemplo, ajeno a ella” (173-74). Pero creo que es
apropiado señalar que Zizek no sólo reproduce sino que se apropia de la
ambigüedad misma de las referencias paulinas de Badiou y Heidegger —añadiendo o
continuando con una apropiación igualmente ambigua de Heidegger (apropiación a
distancia, asentimiento denegado).
109
cuentran
la viabilidad final de su amor en el ojo del tornado mismo, esto es, en una
identificación profunda con la cosa traumática que los había venido eludiendo
desde el comienzo del film pero que los acoge al final como recompensa a sus
denodados esfuerzos. Twister escenifica no el acto de renuncia sino más bien
sus efec-tos, esto es, su sutura en futuro anterior. Alegoriza, no la
posibilidad de una comunidad utópica postraumáti-ca, como hace Speed, sino más
bien el logro de la comu-nidad en la doma postraumática (y más bien heroica)
del trauma mismo (y conviene recordar que el pasaje de los héroes hacia su
plena subjetividad es también el so-metimiento de la naturaleza a la ciencia,
aunque sea cien-cia postmoderna y fractal)13.
13 La pregunta fundamental en Speed es cómo
no morir cuando uno está en un autobús que esconde una bomba que explotará en
el mo-mento en el que la velocidad de marcha del autobús descienda por debajo
de cierto punto no especificado. En Twister la pregunta es cómo no morir cuando
uno está ya muerto, muerto simbólicamente, en la confrontación traumática con
un real desencadenado bajo el disfraz de un fenómeno atmosférico absolutamente
salvaje e indomable. Lo que está en juego en ambas películas es la redención
del sujeto, e incluso la construcción de un sujeto al que podamos llamar vivo
—un sujeto vivo, o un sujeto viviente. Pero esta noción del sujeto vivo no
puede darse por resuelta en el presente. Fredric Jameson, en “The Ends of
Temporality”, presenta Speed como la encarnación de la tendencia alegórica (una
tendencia es siempre alegórica, pues no puede revelarse directamente a menos
que se mueva de tendencia a realidad) de la lógica cultural del postmodernismo
a efectuar reflexivamente un cierre absoluto de la temporalidad. El cierre
absoluto de la temporalidad en Speed ocurre mediante la reducción libidinal del
tiempo a la explosión multitudinaria del presente. Para Jameson la explosión
del presente es la alegoría ideológica de la desaparición de la historicidad, y
así de la temporalidad del sujeto. No hay sujeto en Speed, dice Jameson, y no
hay tampoco plenitud fenomenológica del presente —el sujeto es, como el
presente, una totalidad vacía. Así, tanto la ideología compulsiva de la agencia
subjetiva como la reducción de lo temporal a un instante incesante de tensión
exacerbada sirven en la película para revelar, en giro dialéctico, la penuria
radical de la agencia y de la temporalidad en la realidad social contemporánea.
Speed, una película postmoderna, se hace “históricamente verdadera” al darnos
una visión radicalizada aun
110
La
noción zizekiana del nuevo sujeto de lo político lo sitúa al mismo tiempo más
allá del sujeto capitalista y de su suplemento “obsceno” comunista, siguiendo
el modelo de San Pablo. La máquina crítica de Zizek bus-ca destruir el residuo
idealista en el pensamiento mar-xiano, que para él se hace material en el suelo
presu-puesto de la biopolítica. La coincidencia final de pro-ductividad
desencadenada y sujeto comunal de la hu-manidad, entendido como horizonte
utópico de la po-lítica comunista, establece la prioridad del significante. La
política marxiana, desde esta perspectiva, a través de la noción de una
intervención subjetivo/objetiva que atiende a eliminar el límite para llegar a
lograr “el movi-miento absoluto del devenir” está siempre de antemano
preordenada, es programática, y busca el desarrollo de un orden simbólico muy
esencialmente previsto desde antes. En palabras de Zizek, “¿qué viene antes, el
signi-ficante o algún atasco en lo Real? (...) Es aquí (...) que corre la línea
que separa al idealismo del materialismo: la primacía del Orden simbólico es
claramente idealis-ta; es en última instancia una nueva versión de la
inter-vención divina en el orden natural; mientras que la se-gunda versión —la
emergencia del orden simbólico como respuesta a algún exceso monstruoso en lo
Real— es la única solución propiamente materialista” (Fragile 92). Pero es
necesario formular la pregunta de si la crí-
que
alegórica del “contraste (...) vívido” entre la penuria subjetiva que es, según
Marx, “la única posesión de la mano de obra viva” y la riqueza abstracta de Los
Angeles en la modernidad tardía, que el autobús maldito cruza como uno cruzaría
los paisajes desiertos y desterritorializados del capitalismo financiero. En
términos de Marx, como dijimos, “cuanto más se objetifica el trabajo, más
grande se hace el mundo de valores objetivo, que es su opuesto, en cuanto ajeno
—en cuanto propiedad ajena”. El presente de la globalización es por lo tanto el
momento de mayor penuria subjetiva, la amenaza absoluta del fin del sujeto. Ver
continuación de esta nota en “Apéndice A.”
111
tica
materialista zizekiana de la biopolítica marxiana no será también excesivamente
biopolítica. Badiou dice: “lo real permanece una categoría del sujeto” (L’Être
11). La sutura subjetiva, esto es, la emergencia de ese nuevo or-den simbólico,
ya siga el modelo marxiano, el paulino o una combinación de ambos, es una
respuesta afirmativa a algunas de las preguntas formuladas al inicio de este
capítulo. Sí, para Marx el acontecimiento revoluciona-rio, el acontecimiento
que introduce un cambio en el modo de producción, captura efectivamente lo
social de tal manera que se da una nueva dispensación de expe-riencia mediante
una sutura en y del nuevo sujeto de lo político. Y, para Marx, esa nueva
dispensación de expe-riencia —“el absoluto desarrollo de las potencialidades
creativas”— produce una reducción tendencialmente absoluta del no sujeto de lo
político. La inversión mate-rialista de Zizek termina ofreciendo una respuesta
dife-rente pero igualmente afirmativa. Para Zizek la nueva dispensación de
experiencia no es ya el resultado del desarrollo de una ontología presupuesta,
y meramente reprimida, sino que es más bien el resultado de una nueva alianza
con lo real que determina la posibilidad de un cambio en la ontología. Pero lo
real permanece una categoría del sujeto. La identificación del horizonte
político con la constitución subjetiva es el nombre pro-pio de la biopolítica,
y no puede responder por aquello que la biopolítica siempre de antemano
excluye, a sa-ber, más allá de lo real, la presión del no sujeto de lo
político, de lo que quiera que permanece en lo humano más allá de
interpelación, no como el apoyo o suelo de la interpelación, sino más bien como
el testigo mudo y ciego de la materialidad dura de lo que siempre ha esta-do
allí, más allá del sometimiento, más allá de la suje-ción, más allá de la
conceptualización, más allá de la
112
captura,
ni siquiera obsceno, ni siquiera abyecto, más bien simplemente ahí, como
facticidad tenue más allá de lo fáctico, un punctum invisible de materialidad
intratable e ineluctable, siempre del otro lado de la pertenencia, de cualquier
pertenencia: es decir, la subalternidad.
3.
Badiou y Rumsfeld
Si
lo político es el objeto de una catexis universal sobre la base de una
diferencia de la hegemonía, una catexis que por definición cambia las
coordenadas de lo posible e inagura una nueva relación con lo real, la
cues-tión de la subalternidad reemerge tercamente. ¿Cómo se relaciona un
acontecimiento de verdad con lo que deja atrás? Si lo político está basado en
el acontecimien-to, ¿qué le pasa a lo que no tiene acontecimiento, a lo
neutral, al no sujeto? Si la subjetividad del sujeto es función de las virtudes
paulinas de fe, amor, y esperan-za, si sólo esas virtudes pueden sostener la
decisión po-lítica, como dice Badiou y acuerda Zizek, entonces la subalternidad
emerge a contrapelo de los pensamientos de Zizek y de Badiou como la posición
ocupada por los sin fe, los sin amor, los sin esperanza. ¿Son pura y
sim-plemente el enemigo? ¿Siguen sin más el camino de la muerte? ¿Son esos de
los que dice San Juan “Vosotros tenéis por padre al diablo; por eso os esmeráis
en ejecu-tar los deseos de vuestro padre. El fue homicida desde el principio, y
no se mantuvo en la verdad; pues en él no hay verdad. Cuando habla mentira,
habla como quien es, mentiroso y fautor de engaño” (Juan 8:44)?
El
numero del New Yorker del 17 de mayo de 2004 informó sobre un curioso asunto
acaecido en Hermann, Missouri. Según el periódico local, el Hermann Adverti-
113
ser-Courier,
“la policía está segura de que hay techadores en el área que pretenden ser
estafadores” (New Yorker 101). No cabe duda de que el renovado interés en la
propiedad inmobiliaria derivado de la reciente crisis eco-nómica ha aumentado
la demanda de techadores, pues alguien tiene que hacer el trabajo necesario
para que los nuevos propietarios no tengan que mudarse a sus nue-vas mansiones
con tejados en estado flagrante de decre-pitud. Así que es tanto más
extraordinario, si hemos de creer al Advertiser-Courier, que la gente se
presente a la puerta con la pretensión de ser estafadores cuando todo lo que
quieren en realidad es arreglarle a uno el tejado. Es posible que condiciones
locales insospechadas hayan forzado a los techadores a actuar con gran sigilo,
pero todo habrá de terminar bien si consiguen hacer su tra-bajo. Nos tienta
aplicarle la misma lógica al argumento de Badiou sobre santos y sacerdotes.
Para Badiou, en suma, “santo” está bien y “sacerdote” está mal. La sabi-duría
convencional dicta que uno puede esperar que se presenten curas pretendiendo
ser santos. Pero ¿qué he-mos de hacer si se nos presenta alguien con aspecto de
santo diciendo que quiere hacer cosas sacerdotales? Si fuéramos tan sagaces
como la fuerza de policía de Her-mann, Missouri, sospecharíamos inmediatamente
que su meta real es incurrir en actividades de santo (que sea en el tejado o en
algún otro lugar carece de importan-cia). Esas actividades de santo, ¿serían
reales o falsas? Sólo los santos de verdad pueden manifestar santidad
verdadera, pero todo el mundo puede fingir santidad, particularmente los curas.
De repente, tendríamos que determinar si la convicción, la certeza, y el amor
que manifiesta ese visitante un poco pálido son verdaderas virtudes. Si
decidimos que sí, todavía debemos decidir si le damos acceso a nuestra casa al
visitante o se lo nega-
114
mos.
Badiou tendría que decir que tal decisión habría sido nuestro acto político más
importante, pues es sólo la aceptación de un procedimiento verdadero, y por lo
tanto universal, la que puede poner algo de espíritu (po-lítico) en nuestros
demasiado domésticos “vasos de arci-lla” (Badiou, Saint Paul 53). Al aceptar la
buena nueva del cura santo, o del santo cura, nosotros mismos nos movemos hacia
la santidad, o hacia el sujeto, al haber cumplido las condiciones formales de
la subjetivación militante: con ellas, por ellas, ya no somos más así lla-madas
almas sin fe, sin esperanza, sin caridad. Habre-mos cumplido los requisitos de
la universalidad concre-ta, y nos habremos creado acceso a la ley de leyes, al
amor, como entrada en la infinitud de la resurrección. ¡Y eso que todo lo que
pensamos cuando oímos el tim-bre fue lo difícil que resulta leer el periódico
sin que lo interrumpan a uno!
Badiou
prefiere a los santos, pero no es claro que los santos puedan evitar
convertirse en curas. Su discu-sión de este tema, basada en el análisis de un
guión de Pier Paolo Passolini para una película sobre San Pablo que nunca se
llegó a rodar, concluye en el sombrío pen-samiento de una “traición interior”
“casi necesaria” del santo por el sacerdote:
Para
Pasolini, que está reflexionando sobre el comunismo a través de Pablo, el
partido es lo que, poco a poco, invierte la santidad en sacerdocio a través de
las demandas estrictas del militantismo. ¿Cómo puede la santidad genuina (que
Pasoli-ni reconoce sin dudarlo en Pablo) soportar la ordalía de una historia
que es a la vez fugaz y monumental, una historia en la que ella misma
constituye una excepción antes que una operación? Sólo lo puede hacer
endureciéndose, haciéndose autoritaria y organizada. Pero esa dureza, que se
supone deba
115
preservarla
de toda corrupción a manos de la historia, revela ser una corrupción esencial,
la del santo por el sacerdote. Es el movimiento cuasinecesario de una traición
interior. (38)
Para
Badiou “la santidad inmersa en (...) la reali-dad” sólo puede protegerse
“creando, con toda la severi-dad requerida, una Iglesia” (39). Y sin embargo, a
pesar de ello, o quizás incluso por ello, la santidad “emerge extrañamente
victoriosa” (39). Pero ¿es así? Quizás Ba-diou se equivoca y el problema no es
tanto el de una traición interior, condicionada por la ordalía de la his-toria
real. Quizás el problema es que la santidad es siem-pre de antemano sacerdocio,
que no hay santidad sin sacerdocio, que un santo militante nunca es otra cosa
que un cura, que el sacerdocio es el nombre verdadero del militantismo, y que
las condiciones formales de un sujeto militante de lo político son siempre
simultánea-mente las condiciones formales de la política sacerdotal. No hay
traición interna de la santidad por el sacerdo-cio, porque cada santo concreto,
cada vaso de arcilla de santidad, ha hecho siempre de antemano un pacto con el
sacerdotismo onto-histórico.
El
San Pablo de Badiou encuentra su límite en su propia traición de lo político14.
Al final del libro surgen preguntas sobre la programatización “cuasinecesaria”
de lo político mediante la universalización de la verdad que
14 Me doy cuenta de que esto puede no
constituir una crítica en los términos de Badiou o de Zizek. Aunque la
importancia política de sus diferentes proyectos teóricos es innegable —Zizek
la resume como pregunta: “¿de qué sirve estudiar los grandes textos filosóficos
y socio-teóricos en la lucha contemporánea contra el modelo neoliberal de
globalización?” Revolution 4)— se puede argüir que, en ambos casos,
considerarían el acto político como interrupción de la política: su militancia
política quiere interrumpir la dominación de lo político para abrirse a una
verdad alternativa, a una dispensación histórica alternati-va que, en el
momento de su apertura, es cualquier cosa menos política.
116
no
pueden resolverse dentro de los parámetros del li-bro. Prepararé el camino para
mostrarlo con una peque-ña fábula, siguiendo la definición de “fábula” que nos
da Badiou: “una ‘fábula’ es la parte de una narrativa que, en la medida en que
nos concierne, no llega a tocar Real alguno, a menos que sea en virtud de ese
residuo invisi-ble y sólo indirectamente accesible que se pega a todo
imaginario obvio” (4). El elemento fabuloso en la obra de San Pablo es la frase
“Jesús ha resucitado” (4). Pero Badiou dice que podemos o debemos reducir el
“fabu-loso forzamiento de lo real” en San Pablo para “restaurar lo universal a
su pura secularidad aquí y ahora” (5). Las investigaciones paulinas de Badiou
intentan determi-nar “qué ley es capaz de estructurar un sujeto vacío de toda
identidad y suspendido en un evento cuya única ‘prueba’ consiste precisamente
en haber sido declarado por un sujeto” (5). Piensa que “la conexión paradójica
entre un sujeto sin identidad y una ley sin apoyo provee el fundamento de
posibilidad de una enseñanza univer-sal dentro de la historia misma” (5). La
posibilidad de esta enseñanza histórico-universal depende de sólo una cuestión:
Pablo
es el que, al asignar a lo universal una conexión especí-fica de ley y sujeto,
se pregunta con el más extremo rigor cuál es el precio que hay que pagar por
esta asignación, por parte de la ley tanto como por parte del sujeto. Esta
interrogación es precisamente la nuestra. Suponiendo que fuéramos capa-ces de
refundar la conexión entre la verdad y el sujeto, ¿en-tonces qué consecuencias
deberíamos tener la fuerza de aguan-tar, por el lado de la verdad
(acontecimental y azarosa), así como por el lado del sujeto (raro y heroico)?
(7)
Badiou
no hace su respuesta explícita, pero pode-
117
mos
hacerlo por él: el forzamiento fabuloso de lo real, en el supuesto de que uno
quiera aguantar tal cosa. Tu elemento fabuloso, seas cristiano, comunista o
liberal-demócrata, es el precio que pagas por suturar el sujeto a la verdad.
Pero ¿qué ocurre si uno se niega a pagar ese precio, o si uno simplemente no
tiene más remedio que aguantarse en un escepticismo radical en todo lo que
concierna a cuestiones de convicción política o espiri-tual, a cuestiones de
certeza, a cuestiones de amor? ¿Que-da uno en esos casos fuera de lo político?
¿O queda uno mecánicamente situado en una posición política (o es-piritual)
abyecta, particularista y/o reaccionaria? La res-puesta que le da Badiou a esas
preguntas es que sí, de forma no tan paradójica.
De
ahí mi fábula. Parecería a primera vista que el libro de Robert Kagan Del
paraíso y el poder. América y Europa en el Nuevo Orden Mundial se sitúa en un
univer-so post-ideológico, donde no tomaría lugar ningún for-zamiento de lo
real. Al hablar del abrumador poder mili-tar de Estados Unidos dice Kagan: “Si
tienes un martillo, todos los problemas empiezan a parecerse a clavos”. Para
los europeos, sin embargo, resulta lo opuesto: “Cuando no tienes un martillo,
no quieres que ningún problema se parezca a un clavo” (27-28). Para Kagan la
fisura ideo-lógica entre Europa y Estados Unidos, el hecho de que, desde la
concentración militar para la ocupación de Iraq en 2003, ambas regiones
geopolíticas compartan cada vez menos una “’cultura estratégica’ común” (4), es
una con-secuencia directa de la diferencia entre lo que llama “es-trategias de
la debilidad” y estrategias de la fuerza (10-11). Europa no tendría más opción
que la de atenerse a estrategias de debilidad, en tanto que Estados Unidos se
comporta “como lo hacen las naciones poderosas” (11). Estados Unidos es un
sujeto de decisión política, dotado
118
desde
el acontecimiento de la Revolución norteamerica-na de convicción (fe), certeza
(esperanza) y una especie de amor a la democracia universal. Europa, sin
embargo, permanece como oscuro sujeto, si esos son sujetos, de lo que James
Joyce habría llamado el paradigma griegoju-dío, nunca un acontecimiento de
verdad, un procedi-miento de verdad, sino más bien el mero precipitado de una
situación histórica15.
En
el análisis de Kagan, Europa ocupa a la vez una posición reaccionaria y una
posición subalterna. En contraste, Estados Unidos ocupa de derecho una posición
hegemónica y una posición de progresismo activo. Es quizás medida de los
cambios en nuestra coyuntura desde la caída del bloque soviético que, desde un
punto de vista geopolítico, lo reaccionario y lo sub-alterno parezcan caminar
de la mano hoy, lo cual pare-cería indicar que la posición progresista la
ocupan los amos del mundo. El libro de Kagan nos da una vis-lumbre del que
quizás sea el estado de opinión domi-nante entre la elite política
norteamericana contem-poránea, desde luego en el lado republicano, pero no sólo
en el lado republicano. Samuel Huntington nos dio recientemente algunas cifras
estadísticas para pro-
15 “Woman’s reason. Jewgreek is greekjew.
Extremes meet. Death is the highest form of life. Ba!” (Ulysses 15.2097-2098).
Sucede que Leopold Bloom es la encarnación misma del encuentro de lo judío y lo
griego como ejemplo del hombre contemporáneo. Badiou, sin embargo, le dedica un
capítulo entero a establecer una distinción fundamental entre el discurso de
San Pablo, y los discursos griegos y judíos: “En realidad, ‘judío’ y ‘griego’
son disposiciones subjetivas. Más precisa-mente, remiten a lo que Pablo considera
que son las dos figuras intelec-tuales coherentes del mundo que él habita (...)
Pablo instituye el dis-curso ‘cristiano’ sólo al distinguir sus operaciones de
las operaciones del discurso judío y del discurso griego” (Saint Paul 41). El
discurso de San Pablo y quizás incluso el discurso de Badiou excluyen a Leopold
Bloom de su imaginario político. ¿Y si Bloom fuera la mejor traza del no sujeto
en la literatura del siglo veinte?
119
bar
que los americanos “son la gente más patriótica del mundo” (Menand 92), lo cual
es consistente con su posición de sujeto16.
Hay
en todo ello una notable inversión histórica. Europa, poder subalterno o
impoder reaccionario, se ve condenada a seguir en su práctica política y
estratégica los dictados ilustrados recomendados, por ejemplo, por Immanuel
Kant en Hacia la paz perpetua, en tanto que Estados Unidos vive, con placer, en
un mundo hobbe-siano de guerra total contra enemigos absolutos. El pro-gresismo
liberal ilustrado se ha convertido en praxis sub-alterno-reaccionaria, y la
demanda de lo que el pensa-dor español Juan Donoso Cortés solía llamar “la
dicta-dura de los sables” se presenta como práctica hegemóni-ca (Donoso,
“Dictadura” 261). Esta es una consecuen-cia directa de la división del mundo
entre naciones fuer-tes y naciones débiles. Europa vive en el resentimiento nietzscheano
porque no tiene opción, precisamente, y Estados Unidos vive en la activa
afirmación de sí mis-mo, hasta la tortura de sus enemigos reales o supuestos si
hace falta y el abandono de las Convenciones de Gi-nebra de 1949, simplemente
porque puede hacerlo. O porque piensa que puede, en cuanto sujeto de verdad
política infinita. Por supuesto que la política de poder
16 Huntington informa que “en sondeos
llevados a cabo en los últimos quince años, entre el noventa y seis y el
noventa y ocho por ciento de todos los norteamericanos dijeron que estaban
‘muy’ orgullosos o ‘bas-tante’ orgullosos de su país. Cuando se les preguntó a
los norteameri-canos jóvenes si querrían hacer algo por su país, el ochenta y
uno por ciento dijeron que sí. El noventa y dos por ciento de los
norteamerica-nos informaron de que creían en Dios. El ochenta y siete por
ciento dijeron que estaban ‘muy’ orgullosos del trabajo que hacen, y aunque los
norteamericanos trabajan más horas anualmente que otras personas de países
industrializados, el noventa por ciento dijeron que trabaja-rían aún más si
fuera necesario para el éxito de su organización. En todas estas categorías,
pocas otras naciones de tamaño y desarrollo económico comparable llegaron ni a
acercarse” (Menand 92).
120
norteamericana
contemporánea no es lo que tiene Ba-diou en la cabeza cuando teoriza el proceso
de subjeti-vación política como afirmación de un acontecimiento de verdad.
Pero, en el caso americano, la santidad se ha hecho sacerdocio (al mismo tiempo
que el sacerdotismo europeo amenaza con tornarse santidad), y es dudoso que,
bajo las circunstancias presentes, la santidad ame-ricana pueda todavía emerger
extrañamente victoriosa. Si las condiciones de emergencia del sujeto de lo
políti-co son también las condiciones de posibilidad de su hacerse despótico,
¿por qué privilegiar entonces el mo-mento constituyente de militancia? Todo
forzamiento fabuloso de lo real lleva dentro de sí la semilla de su
auto-envenenamiento.
Pero
Kagan no tiene pelos en la lengua. Olvidémo-nos de la retórica democrática
norteamericana, dice. Como cuestión de hecho histórico, una práctica políti-ca
democrática hoy podría ser mero reaccionarismo re-sentido: “Los europeos tienen
un interés profundo en devaluar y eventualmente en erradicar las leyes brutales
de un mundo hobbesiano anárquico en el que el poder es determinante último de
seguridad nacional y de éxi-to. Esto no es un reproche. Es lo que los poderes
débiles han querido desde tiempo inmemorial” (37). De ahí que el énfasis
europeo en el multilateralismo, esto es, en atenerse a procesos de decisión
colectiva para lo que podríamos llamar acción geopolítica, sea no más que un
“sustituto del poder del que carecen” (40). Predecible-mente, esto mete a Kagan
en camisa de once varas, y quiere sustraerse de ella, para que Estados Unidos
no quede representado como mero matón. Pero su subs-tracción no es muy
convincente.
Dice
que, aunque es verdad que Estados Unidos busca intensificar su poder mediante
el unilateralismo,
121
los
europeos cometen un error al tratar de contenerlo. ¿Por qué? Porque, para
Kagan, “Estados Unidos es una sociedad liberal y progresista hasta el fondo, y
en la medida en que los americanos creen en el poder, creen que debe ser un
medio de promover los principios de una civilización liberal y de un orden
mundial liberal” (41). Pero con esto el militantismo norteamericano lle-ga a la
aporía, y es aquí que afecta a la teorización de Badiou sobre lo político.
¿Cómo lidia Badiou con el amor despótico? Según Kagan, los americanos practican
la Machtpolitik, política de fuerza bruta, sin creer en ella, lo cual los hace
por supuesto desconcertantemente sim-páticos (debe de ser ese el secreto detrás
de la de otra manera enigmática sonrisa del Cabo de Primera Clase Lynndie
England en las famosas fotografías de Abu Ghraib). Los norteamericanos, en la
fábula de Kagan, creen en la fuerza bruta, pero sólo como cuestión de poder,
esto es, como práctica excepcional, como cues-tión de excepción (el poder no es
sino la capacidad de decidir sobre la excepción). Y en cambio los europeos,
quienes creen absolutamente en la Machtpolitik (ellos la inventaron), renuncian
a ella para asegurar su propio estatuto de poder, aunque sea subalterno (pero
eso me-jor que nada). Hay que notar el retruécano: en función de sus posiciones
respectivas en el nomos contemporá-neo de la tierra, los norteamericanos
practican la Ma-chtpolitik pero no creen en ella, sino que creen en el
progresismo liberal. Los europeos creen en la Machtpo-litik, pero deben
abstenerse en aras de la Machtpolitik misma, que dicta que los débiles deben,
por supuesto, disimular. La meta europea ostensible es ofrecerle al mundo “no
el poder sino la trascendencia del poder” (60), esto es, el imperio de la ley,
para así asegurar su poder, mientras que la meta norteamericana real es pre-
122
cisamente
trascender el poder, puesto que ya lo ocupan absolutamente. Y así el imperio de
la ley viene a ser el arma de la subalternidad reaccionaria, en tanto que el
progresismo hegemónico se compromete en una políti-ca de la fuerza bruta pero
sólo como cuestión de hecho, y sólo para lograr la ley más allá de la ley, la
ley de leyes. Estados Unidos aparece, en la teorización de Kagan, como la
encarnación misma de la Ilustración hoy, preci-samente en virtud de su rechazo
de la política ilustrada. La tortura en las prisiones iraquíes o en otros
reductos extraterritorializados nunca fue, por lo tanto, lo que parecía, sino
algo completamente otro: basta que uno tome la correcta perspectiva histórica.
Lo
que parece extraordinario es que la absoluta ocu-pación del poder por parte de
Estados Unidos sea pre-sentada como la condición de posibilidad para una
po-lítica del no-poder, para una renuncia al poder. Sin duda en esto Estados
Unidos podría invocar como precedente la posición de la Iglesia Católica
durante los siglos de su dominación. Estados Unidos, precisamente en su
aban-dono del cosmopolitismo kantiano, está más cerca que nadie, más cerca,
incluso, de lo que la Iglesia nunca es-tuvo, de lograr el fundamento adecuado
para una polí-tica cosmopolita del no poder, de respeto absoluto de la ley,
siempre que la ley se entienda como la ley más allá de la ley, la ley de leyes,
que Badiou define como la ley del amor paulino17. Merece la pena citar a Kagan con
alguna extensión:
17 Para Badiou la ley es “lo que constituye
al sujeto como impotencia de pensamiento” (Saint Paul 83). Pero “el pensamiento
puede ser des-separado del hacer y del poder. Hay salvación cuando la figura
dividida del sujeto mantiene al pensamiento en el poder del hacer” (84). “¿Dice
esto que el sujeto que se vincula al discurso cristiano es un sujeto
absolutamente sin ley?” (86). No. Badiou procede a determinar “la pregunta
extraordinariamente difícil que concierne a la existencia de
123
De
hecho Estados Unidos resolvió la paradoja kantiana para los europeos. Kant
había mantenido que la única solución a los horrores inmorales del mundo
hobbesiano era la creación de un gobierno mundial. Pero también temió que el
“estado de paz universal” hecho posible por el gobierno mundial fuese una
amenaza todavía más grande para la libertad hu-mana que el orden internacional
hobbesiano, en la medida en que tal gobierno, con su monopolio del poder, se
podría convertir en “el más horrible despotismo”. El problema que Kant no pudo
resolver fue cómo podrían las naciones conse-guir paz perpetua sin destruir la
libertad humana. Pero para Europa ese problema quedó resuelto por Estados
Unidos. Al proveer seguridad desde fuera, Estados Unidos hizo innece-sario que
el gobierno supranacional europeo la proveyera. Los europeos no necesitaron el
poder para lograr la paz y no necesitan el poder para preservarla. (57-58)
Como
consecuencia, para Kagan, “el nuevo orden kantiano europeo podía florecer sólo
bajo el paraguas del poder norteamericano ejercitado según las reglas del viejo
orden hobbesiano” (73). Lo cual significa que la ideología europea, en la
medida en que es democrática, multilateral y cosmopolita, depende radicalmente
de la voluntad norteamericana de confrontar y vencer median-te la fuerza bruta
a los que todavía creen en la vieja Machtpolitik. En otras palabras, Estados
Unidos paga la buena conciencia europea. El alma bella europea es un lujo que
Estados Unidos está contento de proporcionar.
una
ley transliteral, la ley del espíritu” (87). Esta es la ley del amor — la ley
sin ley que es también la ley de las leyes: “Bajo la condición de la fe, de una
convicción declarada, el amor nombra una ley transliteral, una ley que le da al
sujeto fiel su consistencia, y efectua la verdad postacontecimental en el
mundo” (87). El problema aparece cuando la ley del amor cae en manos de los
curas, por supuesto: ¿pero no ocurre siempre?
124
Por
otro lado, el coste de la subjetividad reaccionaria europea es su
no-subjetividad, la heteronomía radical entre las pretensiones europeas y las
realidades fácticas. Europa vive en falsa conciencia, en la denegada
depen-dencia de prácticas que son ajenas a su declarada creen-cia ideológica.
Kagan
pone a Europa en una posición radicalmen-te abyecta, o quizás revela la
posición abyecta europea. Dejando a un lado la falsa piedad, y hablando como si
dijéramos entre adultos maduros, cuando todos entien-den quién paga qué, y ya
no hay razón para mantener la fachada, Kagan pregunta: “¿cómo se protege Europa
sin descartar las ideas y principios que subyacen a su pacífi-co sistema?”
(74). Kagan todavía cree que está bien que haya almas bellas. Lo único
importante es que no se pongan latosas. Su solución es: “no es necesario que
haya ‘choque de civilizaciones’ dentro de lo que se solía lla-mar ‘el Oeste.’
La tarea, tanto para europeos como para norteamericanos, es reajustarse a la
nueva realidad de la hegemonía norteamericana” (97).
Kagan
pone a Europa en la posición de la amante atractiva pero algo tonta y
ciertamente pretenciosa que piensa que puede criticar las rudas maneras de su
bene-factor sin darse cuenta de que, sin el tipo de apoyo que provee el tosco
pero amante protector —de hecho, aman-te más allá de la ley, por amor del
amor—, la dama caería en el rango más bajo de la prostitución callejera. Kagan
hace decir a Estados Unidos, “mira guapa, quiero que continúes igual de bonita,
elegante y distinguida, pero para eso más vale que me confieses que no eres más
que mi mantenida. ¿Aceptas eso? ¿Quieres seguir tu vida regalada o estás
dispuesta a renunciar a ella?”.
Un
problema para Europa: si la dama acepta que es una mantenida, entonces la dama
ya no puede sen-
125
tirse
dama, todas sus ilusiones se desvanecen. Como el santo que se vuelve cura,
habrá renunciado a su vida, su tesoro, mediante la acción que trataba de
preservarlo. Y además, si acepto, entonces tú, poderoso benefactor, también
tendrás que renunciar a la pretensión de tener una amante distinguida. Cuando
todo el mundo se en-tere de que tienes concubinas y de que las chantajeas y las
reduces a ser tus esclavas, entonces, ¿no tendrás tú también que renunciar a tu
papel de proveedor de la paz perpetua, tu papel de ser el único capaz, mediante
tu fe, tu esperanza y tu caridad, sobre todo tu santa caridad, de crear un
orden mundial verdaderamente li-beral y progresista? Tu procedimiento de
verdad, algo anquilosado como estaba, habrá llegado a un fin patéti-co en su
deconstrucción.
4.Circulus
vitiosus deus
El
entendimiento de lo político en Zizek y Ba-diou, paulino quizás, aunque
divergente, reintroduce lo que Badiou llama la “cesura teórica” de San Pablo
me-diante la noción compartida de la catexis universal de lo real —“el proceso
subjetivo de una verdad es una y la misma cosa que el amor de esa verdad. Y lo
real militan-te de esa verdad es el alcance universal de lo que la cons-tituye.
La materialidad del universalismo es la dimen-sión militante de toda verdad”
(Badiou, Saint Paul 92). Dentro del pensamiento de la cesura, o del partimiento
nietzscheano de la historia en dos, habrá los que se con-vierten en hijos de la
luz, de quienes el Evangelio según San Juan dice: “Mientras tenéis la luz creed
en la luz, de suerte que seáis hijos de la luz” (Juan 12:36) (los
norte-americanos de la fábula). Y luego están los que no tie-
126
nen
suficiente fe, suficiente amor o suficiente esperan-za: los que viven en la
oscuridad (los europeos, y no sólo los europeos). No basta decir que los
últimos permane-cen fuera de lo político, o que están en lo político sólo en la
medida en que constituyen el polo no subjetivo del antagonismo. Si esta posición
fuera adoptada, en-tonces la catexis de los hijos de la luz se habría
converti-do en una nueva forma de oscurantismo (como en la fábula). Pero ¿no lo
es, al menos en ese sentido, todo leninismo, todo maoísmo, todo americanismo?
“El
pensamiento puede salir de su impotencia sólo a través de algo que excede el
orden del pensamiento. La ‘gracia’ nombra el acontecimiento como condición de
un pensamiento activo. La condición misma excede ine-vitablemente aquello que
condiciona” (Saint Paul 84-85). La noción de catexis diferencial está vinculada
a esa formulación. El sujeto en Badiou está siempre de ante-mano tomado por la
gracia. La convicción, la certeza y el amor, como condiciones necesarias de
constitución subjetiva, son nada más que las modalidades de su de-terminación.
Y su fundamento es la diferencia. “En re-lación con lo que nos ha sucedido, con
lo que subjetiva-mos mediante una declaración pública (fe), con lo que
universalizamos mediante una fidelidad (amor), y con aquello con lo que
identificamos nuestra consistencia subjetiva (esperanza), las diferencias son
indiferentes, y la universalidad de lo verdadero las destruye. En rela-ción con
el mundo en el que la verdad procede adelan-te, la universalidad debe exponerse
a todas las diferen-cias y mostrar (...) que éstas pueden darle la bienvenida a
la verdad que las atraviesa (...) las diferencias portan lo universal que llega
a ellas como gracia” (106). La gracia es el nombre paulino de la catexis de la
subjetividad que funda el sujeto como sujeto de lo universal. Esto es lo
127
que
Badiou llama la cesura teórica en San Pablo. “Teóri-ca” significa aquí muy
precisamente “formal”, en el sen-tido que le da San Pablo a “las condiciones
formales, y a las consecuencias inevitables, de una conciencia-de-ver-dad
enraizada en un acontecimiento puro, desvincula-da de cualquier asignación
subjetivista a las leyes parti-culares de un mundo o de una sociedad” (107). La
ce-sura de San Pablo es la siguiente: “no hay fidelidad [al] acontecimiento
sino en el abandono de los particularis-mos comunitarios y en la determinación
de un sujeto-de-verdad que indistingue el Uno y el Para-Todos” (108). La
fundación del universalismo en San Pablo está aquí. La cesura teórica de San
Pablo es la fundación del uni-versalismo.
Lo
fundamental es la reducción absoluta de las ex-cepciones desde el punto de
vista de los posicionamien-tos subjetivos. No hay excepciones dado que
precisa-mente todo es excepcional. San Pablo, al fundar el uni-versalismo,
funda el sujeto absoluto de la humanidad. Esta es por supuesto su teología
política, incluso en el sentido schmittiano: el universalismo es también una
reinvindicación de soberanía, y la soberanía en cuestión no puede desenredarse
de una ontología del Uno, esto es, de una mono-onto-teología cuya manifestación
con-temporánea más tangible es el régimen norteamericano del presente: “Pablo
confronta (...) la cuestión formida-ble del Uno. Su convicción genuinamente
revoluciona-ria es que el signo del Uno es el ‘para todos’ o el ‘sin excepción’
(...) El Uno es en la medida en que es para todos: ésa es la maxima de la
universalidad cuando tiene su raíz en el acontecimiento. El monoteísmo puede
en-tenderse sólo al tomar en consideración a la totalidad de la humanidad”
(76).
En
la exégesis de Badiou, el momento en el que el
128
monoteísmo
trasciende lo particular de una comunidad, el momento en el que el monoteísmo
carga en catexis todas las diferencias en la afirmación incondicional del
para-todos, ese es el momento en el que el monoteísmo se hace plenamente
redentor: nadie permanece fuera de su promesa de salvación (lo quieran o no).
La subalterni-dad ha quedado aparentemente trascendida, o depuesta, en la
inmanentización plenamente recíproca del aconte-cimiento y el sujeto de la
humanidad. La fisura de la soberanía ha quedado cerrada. Esta es la razón por
la que, para Badiou, San Pablo entiende la muerte de Cristo como
“inmanentización del espíritu” (69). La muerte de Cristo todavía no es el
acontecimiento, sólo el lugar del aconte-cimiento, un lugar de “reconciliación”
(katallage) entre lo humano y lo divino, o entre la particularidad y la
uni-versalidad, o entre la finitud y la infinitud, donde se pre-para la cesura
propiamente revolucionaria del aconteci-miento como resurrección (70).
Pero
¿qué es la resurrección? El vencimiento de la muerte: la catexis final de la
vida. La resurrección es la promesa de inmortalidad para todos aquellos que se
habrán hecho fieles al acontecimiento. Como Cristo, los fieles habrán sido
arrancados “de entre los muertos” (ek necron): “la resurrección es la
substracción afirmativa del camino de la muerte” (73). Pero el camino de la
muerte es también el camino de la impotencia y la separación. En el camino de
la muerte “el sujeto de la vida está en el sitio de la muerte y viceversa”
(83). Se sigue que, en este camino, “el conocimiento y la voluntad, por un
lado, agencia y acción, por el otro, quedan enteramente des-conectados. Esta es
(...) la esencia de la existencia según la ley (...) Se puede establecer [un]
paralelo entre este descentramiento y la interpretación lacaniana del cogi-to
(allí donde pienso, no soy, y allí donde soy, no pien-
129
so)”
(83). El hombre de la ley, que también es el hom-bre del camino de la muerte,
es aquel para quien rige una separación radical entre pensar y actuar, pensar y
ser. Si la ley “constituye al sujeto como impotencia del pensamiento” (83),
entonces la resurrección no es sino la coimplicación radical de ser y pensar,
sin separación. “Hay salvación cuando la figura dividida del sujeto man-tiene
al pensamiento en el poder del hacer. Esto es lo que (...) yo llamo un
procedimiento de verdad” (84). Y un procedimiento de verdad es para Badiou “el
correla-to de un nuevo tipo de sujeto, ni trascendental ni sus-tancial,
enteramente definido como militante de la ver-dad en cuestión” (109). No hay
sujeto sino sujeto en militancia.
La
unidad de pensar y ser, de deliberación y acción, es el fin de la (oscura)
subjetividad subalterna —la pro-mesa de cualquier acontecimiento de verdad,
como San Pablo puede haber sido el primero en determinar, y como nos recuerda
Donald Rumsfeld hoy. También es, inci-dentalmente, el sueño necesario de toda
ontoteología. Pero esta unidad presupone la substracción de la muerte, la
relegación o deposición de la muerte a la vida sin aconte-cimiento, a la vida
consignada al estado de la situación o al estado bajo la ley: vida dominada,
vida no soberana, vida sin vida. ¿Y qué pasa con esta vida sin vida?
Supo-niendo que todavía pueda escoger la salvación, puesto que la salvación
está ahora abierta universalmente, es decir, ha sido hecha accesible a todos,
¿qué pasa si esta vida escoge no escoger? En ese caso, ¿permanece fuera de lo
político? ¿O pasa a formar parte del polo indiferenciado del anta-gonismo
contra el que el acontecimiento de verdad pro-clama la captura de lo real? La
pregunta se hace aún más complicada cuando nos percatamos de que la salvación o
la resurrección no constituyen primariamente una divi-
130
sión
de la humanidad entre su sujeto y aquellos que que-dan fuera de la subjetividad
propiamente dicha: la subje-tividad es sólo el esfuerzo constante de mantenerse
en fidelidad al acontecimiento, lo cual implica la presencia permanente del no
sujeto dentro del sujeto (el no sujeto: todo aquello que pugna en la fidelidad
contra la fideli-dad; todo aquello que resiste el convencimiento, la certe-za,
el amor). El no sujeto es lo que el sujeto debe constan-temente substraer, en
una especie de auto-fundación con-tinuada en la virtud (una virtud que no por
casualidad el catecismo nombra o nombraba “teologal:” la fe, la cari-dad, la
esperanza son las condiciones necesarias y sufi-cientes del sujeto absoluto de
la vida política, que es tam-bién el sujeto absoluto de la vida espiritual).
Esto es lo que Badiou nombra la estructura non-mais: “El aconteci-miento es al
mismo tiempo la suspensión del camino de la carne mediante un problemático
‘no,’ y la afirmación del camino del espíritu mediante un ‘pero’ que marca la excepción
(...) es precisamente esta forma la que porta lo universal” (63-64). Y es
precisamente esta forma la que disuelve la distancia lacaniano-zizekiana entre
sujeto y subjetivación: “En esta ausencia de fisura, que constante-mente activa
al sujeto al servicio de la verdad, prohibién-dole descanso, la Verdad-una
procede en la dirección del todo” (81). El sujeto está por lo tanto siempre de
ante-mano dividido fácticamente: “en el sujeto dividido, la parte del
ser-para-la-muerte es la que todavía dice ‘no,’ la que no quiere dejarse llevar
por el excepcional ‘pero’ de la gra-cia, del acontecimiento, de la vida” (73).
¿Qué
hacemos entonces con esa parte de nosotros, incluso del nosotros resurrecto y
salvado, que es y per-manece para siempre sin fe, sin amor, sin esperanza?
¿Debe ser atado y reducido? ¿Depuesto o substraído? ¿Es acaso el enemigo, como
lo es, por cierto, en San
131
Pablo
y en los evangelistas? ¿Podemos amar sólo nuestra inmortalidad? ¿Puede la
soberanía ejercerse en una re-nuncia de esas tres virtudes teologales, o es, si
ése es el caso, ya no soberanía, cualquier cosa menos soberanía? La pregunta se
hace más urgente políticamente cuando ya no es cuestión del no sujeto dentro
del sujeto, de la parte dividida del sujeto interna al sujeto, sino que
re-fiere al no sujeto como al otro: ¿Qué hacemos con los que permanecen
infieles, desesperados, desamorados y despechados? ¿Los que, tras la victoria y
catexis del acon-tecimiento de verdad, insisten en ser renegados, o rehú-san
enterarse, conformando así la nueva clase subalter-na, digna sólo de
dominación, los que son expulsados del dominio porque viven y escogen vivir en la
muerte y el pecado, los que permanecen en el lado equivocado de una biopolítica
ahora universalizada? Me parece que sólo un cierto tipo de respuesta a estas
preguntas puede di-solver la noción schmittiana de que “todos los concep-tos
significativos de la moderna teoría del estado [que es también la moderna
teoría de lo político] son conceptos teológicos secularizados.” En otras
palabras, lo que está en juego aquí es la posibilidad radical de una teoría
des-teologizada de lo político.
Zizek
ha hecho referencia a la “política de la subs-tracción” en Badiou, consistente
con el momento extra-hegemónico o emergente del lugar acontecimental del
procedimiento de verdad. La política de la substracción constituye para Badiou
una modalidad particular de la “pasión de lo real” contemporánea: “La pasión de
lo Real en el siglo veinte tiene dos lados: el de la purificación y el de la
substracción. En contraste con la purificación, que trabaja para aislar el
corazón de lo Real mediante la violencia de un librarse de todo lo que lo
rodea, la subs-tracción comienza por el Vacío, por la reducción (...) de
132
todo
contenido determinado, y entonces trata de esta-blecer una diferencia mínima
entre este Vacío y un ele-mento que funciona como su sustituto” (Zizek,
“Poli-tics” 3). Badiou recibe el apoyo de Zizek: la política de la substracción
es buena política lacaniana, y Zizek ya había llegado muy cerca de teorizarla
explícitamente en cuanto tal en The Fragile Absolute, también en relación con
el pensamiento paulino, como hemos visto. Si la purificación es el nombre de
una política hegemónica de poder, por ejemplo, el norteamericanismo
contem-poráneo, la substracción es el nombre de una política de la
subalternidad, en la medida en que cifra la política insurreccional de la
“parte de los que no tienen parte,” del otro lado, o de la exclusión
constitutiva de cualquier articulación hegemónica dada o de cualquier estado de
la situación:
La
política propiamente dicha (...) siempre implica una espe-cie de cortocircuito
entre lo Universal y lo Particular: la para-doja de un singulier universel, de
un singular que aparece como el sustituto del universal, desestabilizando el
orden funcional ‘natural’ de la relación en el cuerpo social (...) la
‘diferencia mínima’ es la que hay entre el conjunto y este elemento de
plusvalía que pertenece al conjunto pero que carece de toda propiedad
diferencial que especificaría su lu-gar en el edificio: es precisamente la
carencia de una diferen-cia específica (funcional) la que lo hace encarnación
de la pura diferencia entre el sitio y sus elementos (...) lo no-social dentro
del campo de lo social. (4)
Pero
si una política de la substracción es siempre necesariamente una política de la
parte de la no parte, si puede desarrollarse como la insurrección subjetiva del
no sujeto de lo político, en la medida en que hay histo-
133
ria,
y en que el poder y la subjetivación política no per-manecen siempre bajo el
poder de un grupo, vendrá necesariamente un tiempo en el que cualquier política
de sustracción dada habrá llegado a su fin, que es tam-bién su meta: el logro
del poder, la recreación de la tota-lidad social. ¿Se convertirá entonces en
una política de la purificación? “El problema es entonces: ¿cómo conti-nuar la
política de substracción una vez que uno está en el poder? ¿Cómo evitar la
posición del alma bella, meti-da en el papel eterno de la ‘resistencia,’
oponiéndose al poder sin querer efectivamente subvertirlo?” (Zizek, “Politics”
5). La política de la verdad en Badiou parece-ría estar en la posición de
responder decisivamente a esta pregunta, en tanto que la verdad es para él “el
tra-bajo . . . de ejecutar una ley nueva en la situación,” “una transformación
forzosa de lo real” (6). Zizek cita la for-mulación que le da Bosteels a la
posición de Badiou: “una intervención subjetiva (...) conecta fielmente to-dos
los elementos posibles de la situación a este nombre que es la única traza del
acontecimiento ya desvanecido, y subsiguientemente fuerza la situación
extendida des-de la nueva verdad, como si ésta fuera ciertamente ya
generalmente aplicable” (Bosteels citado por Zizek, “Po-litics” 7). Esta es sin
embargo la crítica de Zizek: “¿Se puede imaginar una aplicación más directa de
la distin-ción kantiana entre principios constitutivos (categorías
apriorísticas que constituyen directamente la realidad) e ideas regulativas, que
sólo pueden aplicarse a la reali-dad bajo el modo del ‘como si’? (...) Cuando
Badiou afirma lo ‘innombrable’ como el punto de resistencia de lo Real, el
‘resto indivisible’ que impide que la ‘trans-formación forzosa’ concluya su
trabajo, esta aserción es estrictamente correlativa al modo del ‘como si’ del
tra-bajo postacontecimental de forzar lo real: pero gracias a
134
ese
resto el trabajo de la verdad no puede nunca aban-donar su modo condicional”
(Zizek, “Politics” 7-8). Bajo el modo del ‘como si’ una política de la
substracción no tiene medios para evitar indistinguirse de procedimien-tos de
purificación violenta.
La
idea regulativa presupone la separación radical entre pensar y actuar, en la
que la decisión viene una vez más a derivarse de la norma (y no es por tanto
decisión sino programa). Con ello volvemos a la “extraña confu-sión panteísta”
decimonónica en la identificación postde-cisional de verdad y
legalidad/legitimidad. Así se reins-tala notoriamente el corazón metafísico o
teológico de la política, y se reabre el pasaje al despotismo. Según Zizek,
quien da en ello su propia solución al problema, esto ocurre porque “en el
recuento de Badiou no hay lugar para el discurso del analista —su lugar queda
ocu-pado por el discurso místico fijado en el acontecimiento innombrable, que
resiste su elaboración discursiva como inauténtica (...) Lo que Badiou impide
es la posibilidad de tramar un discurso que tenga como principio estruc-turante
al resto indivisible que eluda la captura discur-siva, es decir, para Badiou,
cuando nos enfrentamos a tal resto, deberíamos nombrarlo, transponerlo al
dis-curso del amo, o mirarlo con reverencia mistificante (...) Badiou es
incapaz de expandir el encuentro con lo Real en discurso”. (10)
Para
Zizek el discurso del analista permanece en-ganchado en una confrontación con
lo real. Porque toca lo real, y porque afirma la imposibilidad radical de no
tocar lo real, no lo rinde en nueva consistencia, que sería ilusoria. De hecho,
para el analista, la consistencia de toda nueva verdad, que es siempre
últimamente iluso-ria, es no más que una dimensión de lo real, lo cual
significa: una dimensión con la que el sujeto de la deci-
135
sión
debe lidiar desde una perspectiva de antagonismo. Sin una reducción absoluta de
lo simbólico no puede haber decisión y la coimplicación del pensar y el ser
permanece suspendida en su separación mutua. Una política de la substracción
debe ser para Zizek precisa-mente una substracción del corazón simbólico o
teoló-gico de lo político.
¿Se
queda ahí Zizek? ¿Es su política de la diferen-cia mínima, que empezamos a
entender como política de la diferencia mínima con Badiou, siempre
suficien-temente materialista y subalternista? ¿Se mueve Zizek hacia una desteologización
radical? ¿Esta ya ahí? ¿O des-cubrirá, “en el paraíso” que “para la insondable
divini-dad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el
aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona” (Borges 37). Lo
veremos en el capítulo siguiente.
136
Capítulo
cuarto
Una
relación de pensamiento.
El
fin de la subalternidad.
La
filosofía tiene horror a las discusiones. Siempre tiene otra cosa que hacer. El
debate le resulta inso-portable, pero no porque esté demasiado segura de sí
misma. Por el contrario, son sus incertidumbres las que la llevan por otros
caminos más solitarios. (Deleuze y Guattari 29)
“No
somos sino uno.” Todo el mundo sabe, por supuesto, que dos nunca se han
transformado en uno, pero sin embargo “no somos sino uno.” La idea del amor
empieza con eso. Es verdaderamente la manera más cruda de darle a la relación
sexual, ese término que manifiestamente se nos escapa, su sig-nificado. (Lacan
47)
1.
La relación hegemonía/subalternidad
En
el año 2000 la editorial inglesa Verso publica-ba un curioso libro, resultado
de una larga conversación entre Judith Butler, Ernesto Laclau y Slavoj Zizek:
en traducción, Hegemonía, contingencia y universalidad. Diálogos contemporáneos
en/sobre la izquierda. El libro intenta establecer una relación de pensamiento
entre sus interlocutores, o más bien, desarrolla una interlocu-
137
ción
en la que lo que está por ver es precisamente si es posible establecer una
relación de pensamiento. ¿Hay una relación de pensamiento? ¿Reflexionan todos
en la estela o en la retirada de una común afirmación silen-ciosa que los elude
tanto como los llama y los atrapa? ¿O estamos ante una serie de tres, una
serialización del pensar que alternativamente encuentra y pierde
inter-secciones cuyo carácter aleatorio revela y desmiente al encuentro como lo
que (no) es? La pregunta se hace obsesiva: cuanto menos se formula, más cautiva
la lec-tura de Hegemonía. Pero hacerla no nos da resolución, dado que pregunta
por un secreto, y el secreto es estruc-tural, y nadie sabe cuál es. “Estructura
de antemano el terreno mismo en el que la multitud de contenidos parti-culares
lucha por la hegemonía” —lo estructura del mis-mo modo en que un vórtice
estructura el movimiento del agua. “La pregunta es, también y sobre todo, qué
secretos privilegios y exclusiones/inclusiones tuvieron que ocurrir para que
este lugar vacío emerja como tal en pri-mer lugar” (Zizek 320)1. En realidad,
no sólo para que emerja, sino también para que desaparezca en sí mismo. La
pregunta —¿hay una relación de pensamiento?— desaparece por todo el libro hacia
el lugar vacío que la hace posible.
El
interés de Hegemonía no deriva exclusivamente de que en él cada uno de sus
autores, tres pensadores de fuerte relevancia en el panorama de la filosofía
política contemporánea, expongan recíprocamente su pensamien-to a la crítica de
los otros. Se trata sobre todo de que en esa confrontación mutua se clarifican
las condiciones para
1 Dado que hay tres autores en el libro, citaré
de Hegemonía en este capítulo, cuando haya necesidad de clarificación, anotando
el nombre del autor al que corresponda la cita antes del número de página.
Todas las citas de Zizek, Laclau, Butler en este capítulo refieren a Hegemonía.
138
un
pensamiento de izquierda en el presente. Butler, Laclau y Zizek no son ya
pensadores ni propiamente postestructuralistas ni propiamente marxistas, pero
el postestructuralismo y el marxismo informan fundamen-talmente su obra. Su
argumentación, afilada en el diá-logo, elimina falsas opciones y conduce la
conversación hacia una nítida precipitación de resultados. Al final de la
lectura la sensación de lucidez que el libro entrega queda sólo coartada por la
niebla tenue del desacuerdo. Por otra parte, es el desacuerdo mismo lo que le
permite al lector formular su propia relación con la relación de pensamiento
que el libro traza. Butler, Laclau y Zizek no nos dan la última palabra en
relación con las posibi-lidades de pensamiento crítico de y sobre lo político.
Pero quizás ningún libro reciente se acerca tanto a la imminencia de una
revelación. Y esa revelación, de po-der llegar a producirse, sin duda afectará
nuestro modo de presencia en relación con la vieja pregunta kantiana que abre
los dos últimos siglos de reflexión filosófico-política: ?qué es posible hacer,
hoy y aquí?
El
lugar vacío de la relación de pensamiento no es indiferente. Es el afuera
constitutivo del pensamiento, lo real, que organiza tanto como desorganiza esta
con-versación particular. En términos lacanianos, al hablar sobre lo real, lo
real se hace objeto a: lo real ha siempre de antemano entrado —y dejado— la
conversación. No es por lo tanto una sorpresa que la pregunta por la rela-ción
de pensamiento haga su primera aparición, como el fantasma kantiano que
menciona Zizek (235), en el cuestionario que abre el libro: allí, Butler,
Laclau y Zi-zek hacen sus preguntas, ostensiblemente cada uno de ellos a los
otros dos, y son las mismas preguntas. Lo cual, por cierto, no responde a la
pregunta por la relación entre las preguntas. ¿Existe relación? Estas son las
pre-
139
guntas
que cada uno de los interlocutores hace a los dos restantes:
¿Puede
el recurso ahistórico a la barra lacaniana reconciliarse con la pregunta
estratégica que postula la hegemonía, o se erige como limitación
cuasi-trascendental de toda posible formación de sujeto y, por lo tanto, como
indiferente a la política? (Butler 5)
Existe
el extendido sentimiento de que ni un historicismo radical ni un
trascendentalismo pleno constituirían respues-tas apropiadas, y se postula un
tipo de respuesta que evita las trampas de los dos extremos —el
cuasi-trascendentalismo (...) ¿Cuáles serían las precondiciones para un avance
teórico en este terreno, y cuáles serían sus consecuencias para el aná-lisis
histórico? (Laclau 8-9)
¿Es
el “sujeto” simplemente resultado del proceso de subje-tivación, de
interpelación, de asumir performativamente al-guna posición fija de sujeto? ¿O
postula la noción lacaniana de “sujeto barrado” (y la noción del idealismo
alemán del sujeto como negatividad en auto-relación) una alternativa a la
metafísica identitario-sustancialista tradicional? (Zizek 9)
Mi
hilo conductor particular a las respuestas será la relación entre hegemonía y
subalternidad —aceptan-do provisionalmente, como el libro propone, que la
úl-tima sea el afuera constitutivo de la primera. Me intere-sa la
estructuralidad o historicidad de tal relación, y tam-bién si puede entenderse
bajo la noción de cuasi-tras-cendentalidad recíproca. Para lo último usaré la
defini-ción de Laclau: “Diría que la dimensión trascendental es inevitable,
pero que la trascendentalidad, en el senti-do pleno del término, es imposible
(por eso podemos hablar de los cuasi-trascendentales). ¿Por qué tal
impo-sibilidad? Porque la trascendentalidad plena requeriría,
140
para
empezar, una frontera demarcatoria nítida con res-pecto de lo empírico, que no
puede darse. No hay obje-to sin condiciones de posibilidad que lo trasciendan
(y este es el horizonte trascendental inevitable)” (76). La relación
hegemonía/subalternidad no sólo es el objeto sostenido de la conversación entre
Butler, Laclau y Zi-zek, sino que articula la relación hegemónica interna al
libro, de modo que todas las demás preguntas que el libro elicita pueden ser
leídas a través de ella.
Si,
en palabras de Zizek, “la noción de la constitu-ción trascendental de la
realidad implica la pérdida de todo acercamiento empirista directo e ingenuo a
la rea-lidad”, también implica “la prohibición de la metafísi-ca, esto es, de
toda visión del mundo generalizante y suministradora de la estructura numénica
de la totali-dad del universo” (234). Y podemos añadir que tam-bién implica la
prohibición del historicismo, si lo en-tendemos como la posibilidad de una
resolución exis-tencial a la aporía de la imposibilidad de la
trascenden-talidad plena: dado que no podemos ser trascendenta-les, ¡seamos lo
opuesto! Pero entonces todo lo que con-seguimos es cuasi-immanencia. Una
traducción fácil: “el ser humano aspira compulsivamente hacia una noción global
de la verdad, de la cognición universal y necesa-ria, pero al mismo tiempo tal
cognición es para siempre inaccesible” (Zizek 235). Para Zizek, los fantasmas
kan-tianos son “operaciones que se construyen para llenar esta fisura entre la
necesidad y la imposibilidad que es constitutiva de la condición humana” (235).
¿Pero qué ocurre cuando el fantasma mismo está bloqueado, cuan-do no hay
posibilidad de construcción, cuando la cons-trucción misma queda prohibida?
Podemos
entender las tres preguntas con las que Butler, Zizek y Laclau abren su diálogo
como preguntas
141
sobre
el carácter espectral de la subalternidad. Su dificul-tad está mediada por una
doble imposibilidad que atañe a la relación entre hegemonía y subalternidad. La
pre-gunta previa a la pregunta sobre lo políticamente posible nunca es
formulada pero resulta obsesiva en este libro: ¿es la subalternidad la
condición misma de la subjetivación hegemónica? ¿O puede la subalternidad
evacuarse, eli-minarse de lo social sin resto alguno? La doble imposibi-lidad
es la siguiente: no hay respuesta lógicamente posi-ble a tal pregunta; y no hay
respuesta políticamente po-sible tampoco. En cuanto a la imposibilidad lógica,
si respondiéramos “sí, es posible eliminar la subalternidad”, tendríamos que
basar la respuesta en la noción de que la subalternidad es un accidente
histórico, en otras pala-bras, que no hay condición estructural o trascendental
que impida su eliminación. Pero negar la trascendentali-dad en esos términos
es, necesariamente, asumir una po-sición trascendental. De tal modo que nuestra
posición en relación con la historicidad radical de lo subalterno debe
desaparecer para abrirle el camino a una plena des-trascendentalización de lo
social. Y si contestamos “no, la subalternidad es una condición necesaria de lo
histórico”, el mismo razonamiento se aplica: nuestra posición ten-dría que
desaparecer para darle a la historicidad sus dere-chos absolutos, puesto que de
otra forma la noción de historicidad quedaría fisurada internamente por su
pos-tulada necesidad trascendental.
Y en
cuanto a la imposibilidad de respuesta políti-ca: contestar afirmativamente
significa optar por la pa-rálisis política en la medida en que toda acción
política busca alterar una relación hegemónica realmente exis-tente; por lo
tanto, busca la relativa subalternización de los detentadores de poder real.
Así, una política que persiga la evacuación de la subalternidad de lo político
142
y de
lo social no tendría recurso a la acción política. Y responder que no también
es tocar el límite de lo políti-co, y abrazar su muerte, puesto que, una vez
que se re-nuncia a la universalidad incondicional de la acción política,
entonces la especificidad de lo político desapa-rece y la acción sólo puede ya
entenderse como guerra por la sumisión del enemigo.
¿Carece
de respuesta la pregunta por el fin de la subalternidad? ¿Desaparece toda
respuesta posible en el vórtice de la pregunta misma? Si la pregunta representa
la estructuración misma de aquello a lo que este libro responde, si la pregunta
es el intento mismo del libro por deshacer sus propios fantasmas, o de bloquear
su emer-gencia, y sólo puede ser contestada mediante una apertu-ra al secreto,
¿cabe establecer una relación diferente con la pregunta, es decir, una relación
con la pregunta que no pase por la exigencia de respuesta? Y: ¿hay una relación
entre Butler, Laclau, y Zizek que concierna a esa relación de pensamiento
alternativa? Hegemonía marca un diálo-go a propósito de los límites del
pensamiento político, lo que Zizek llama “las (im)posibilidades de la práctica
y del pensamiento político radical hoy” (91).
¿Pero
qué le da a la práctica política hoy una con-dición de posibilidad diferente a
la que habría tenido en cualquier otro momento histórico? ¿Y qué es lo que hace
que las condiciones de posibilidad de la práctica política hoy sean al mismo
tiempo sus condiciones de imposibilidad? La respuesta común que este libro
ofre-ce, en comunidad ambivalente y conflictiva, es que las condiciones para
una plena emancipación de lo social, entendida como una plena reconciliación de
la sociedad con su esencia, en los viejos términos hegelianos y mar-xistas, ya
no son pensables. La emancipación plena se presenta por consiguiente para el
pensamiento contem-
143
poráneo
como simultáneamente imposible y necesaria. Si la “lógica de transparencia de
la modernidad”, en los términos de Laclau, fue capaz de deducir la posibilidad
de la plena emancipación de lo social de su necesidad, la posmodernidad caída o
nihilista pretendería hoy de-ducir “la negación de su necesidad de su
imposibilidad misma” (74-75). Pero Butler, Laclau y Zizek, cada uno en sus
términos, y en diálogo, buscan pensar la doble y simultánea determinación de
necesidad e imposibilidad. La emancipación, en sus términos, es al mismo tiempo
necesaria e imposible.
Cada
uno de los interlocutores ofrece una concep-tualización maestra que en el fondo
trata de dar cuenta de tres empresas: “1) entender la lógica según la cual cada
una de las dos dimensiones [necesidad e imposibi-lidad] subvierte a la otra; 2)
considerar la productividad política de esta subversión mutua (...) 3) trazar
la ge-nealogía de esta lógica indecidible, en la forma en la que ya estaba
subvirtiendo los textos centrales de nuestra tradición política y filosófica”
(Laclau 75). ¿Cómo se relacionan mutuamente esas conceptualizaciones maes-tras,
y cuál es la productividad política de su subversión mutua? ¿Es la noción de
Zizek de acto auténtico lo su-ficientemente similar a la noción laclauiana de
decisión y a la noción de Butler de traducción cultural? No, en el sentido de
que su identidad relativa queda interrum-pida por el conflicto que impide su
respuesta a la pre-gunta que se hacen mutuamente: la pregunta acerca del fin de
la subalternidad, que es otra forma de hacer la pregunta sobre la reconciliación
plena de lo social. Pero sí, porque ese conflicto mismo, la fisura o brecha
consti-tutiva de su pensamiento, que su pensamiento temati-za, los hace capaces
de articular su pensamiento en una cadena de equivalencias definida por su
antagonismo
144
con
respecto de otros pensamientos que ignoran el con-flicto. El conflicto, en
otras palabras, genera una necesi-dad de performatividad mutuamente traductiva.
Una pregunta común, que los tres enfrentan, la cuestión de la subalternidad
como resto indivisible de lo social, es el lugar cuasi-trascendental de su
articulación, su point de capiton, o significante vacío. Inevitablemente,
entonces, el libro se dobla a sí mismo, o queda internamente divi-dido, porque
el suelo oculto que lo hace históricamente posible también es el secreto
público de su imposibili-dad. El libro está internamente bloqueado, pues no
puede ofrecer una respuesta, más allá de la pregunta misma, a la pregunta que
plantea.
Voy
a dar varios pasos relacionados. El primero buscará ofrecer el concepto de
“resto enigmático” como anticipación de un vínculo factible entre decisión en
Laclau, traducción cultural en Butler, y acto auténtico en Zizek. El segundo
continuará la discusión empren-dida antes sobre la noción de lo político en
Schmitt como campo de la división entre amigo y enemigo a partir del no amigo
como resto enigmático. Entraré en-tonces en el análisis de las máquinas
conceptuales de Butler, Zizek y Laclau, que terminaré definiendo como máquinas
que preparan respectivamente políticas del historicismo, de la historicidad y
del estado de la histo-ria. La última sección de este capítulo retoma los temas
de la relación entre hegemonía y subalternidad, de la política no-filocéntrica,
del resto enigmático, y del jue-go entre el concepto filosófico y el “plano de
inmanen-cia” que lo inscribe.
145
2.
Lo (post)político como relación sin relación
Hegemonía
no trata, sin embargo, meramente de un posible suplemento de amistad a lo que
Lacan lla-maría “la imposibilidad de establecer como tal, en cual-quier lugar
de lo enunciable, el Uno único que nos inte-resa, el Uno de la relación” que
estoy llamando relación de pensamiento (Lacan, Feminine 7). La relación de
pen-samiento encontraría su límite en un libro que interro-ga los límites de lo
político en y a través del discurso universitario. La deconstrucción está en
juego en este libro, y no mínimamente en la confrontación misma entre discurso
universitario y los límites de lo político. Pero, si la deconstrucción refiere
al discurso universita-rio (aunque no sólo a él), lo hace desde una paradójica
negatividad: la deconstrucción apunta a la recuperación última del residuo
afirmativo (o histérico) del discurso universitario en su relación con la
verdad como des/ocul-tamiento. Si la deconstrucción aparece, precisamente en su
confrontación con los límites de lo político y con lo político como límite, como
fuerza de negación, la nega-ción deconstructiva restablece, y restablece en el
senti-do nietzscheano de suspender el avance de la muerte (“lo viviente es sólo
un tipo de lo que está muerto, y un tipo muy poco frecuente” [Nietzsche, Gay
168]). Si la muerte vela la vida, la deconstrucción vela la muerte. Y este
velar es también un paradójico desvelar: en este ve-lar desvelatorio de la
operación negativa de la muerte, la negación deconstructiva de la negación de
la muerte atiende al restablecimiento del resto enigmático.
Entiendo
ese resto como figura de un irreductible, o indeconstructible: aquello que, en
toda contienda en-tre la vida y la muerte, se hurta a ambas; en otras
pala-bras, aquello por lo que y en lo que se da toda contienda
146
entre
la vida y la muerte, así como toda contienda polí-tica. El resto enigmático es
lo que hay en el cruce entre la vida y la muerte en la medida precisa en que
vida y muerte no se cruzan. Es pura irreducibilidad: lo hetero-géneo que resta
(en) el lugar de toda contienda. Aquello que está, re-está, resiste, en cuanto
pura posibilidad de que algo le ocurra, y algo ocurra: la potencialidad de que
algo ocurra. Para adelantar una formulación: el res-to enigmático es el plano
de inmanencia de la cuasi-trascendentalidad.
En
el campo de lo político la subalternidad des-pliega una tropología similar a la
tropología deconstruc-tiva en el discurso universitario. El resto enigmático es
lo que la deconstrucción comparte con la subalterni-dad. La subalternidad está
lejos de representar mera-mente el lugar de la exclusión en el par
inclusión/exclu-sión investigado, por ejemplo, por Chantal Mouffe como parte de
su teoría de democracia radical: “Sólo enten-diendo el doble movimiento de
exclusión/inclusión que es parte constitutiva de la política democrática
podre-mos lidiar con el reto que nos lanza hoy el proceso de globalización”
(Mouffe 52). La subalternidad, entendi-da radicalmente, es decir, en su fuerza
o debilidad más extrema, no es lo excluido, sino que es más bien lo que resta
(en) el lugar originario de inclusión/exclusión. La subalternidad es el resto
enigmático de toda articula-ción política; es la condición de posibilidad para
el lu-gar originario de toda inclusión/exclusión.
Hay
una política de la deconstrucción y hay un pensamiento de la subalternidad,
pero deconstrucción y subalternidad permanecen más allá de su
instrumen-talización como órdenes heterogéneos, no sólo en sí, puesto que en su
límite marcan la heterogeneidad de sus respectivos campos de discurso, son la
heterogenei-
147
dad
constitutiva de sus campos de discurso, sino tam-bién respectivamente: la
deconstrucción es la heteroge-neidad en el corazón del discurso universitario,
y la sub-alternidad es la heterogeneidad en el corazón de lo polí-tico, pero la
subalternidad es también la heterogenei-dad de la deconstrucción, y viceversa.
Deconstrucción, pues, y subalternidad —su relación sólo puede conce-birse en
términos de suplemento: la deconstrucción opera como suplemento de la
subalternidad, y la subal-ternidad opera como suplemento de la deconstrucción
en la medida en que no puede decirse “deconstrucción o subalternidad.”
Deconstrucción y subalternidad son mutuamente irreducibles, y arrojan así un
resto. Pensar la relación entre deconstrucción y subalternidad en tér-minos de
su resto —el no sujeto— es mi propósito en este libro.
Hegemonía
nos permite comenzar a pensar el resto enigmático en la relación entre
deconstrucción y subal-ternidad. Quiero formular el concepto de un pensamien-to
a la vez no-filocéntrico, intraductivo, y parahegemónico. Tal pensamiento,
meramente calificativo con respecto de la noción de resto enigmático, es a la
vez deconstructivo y subalternista: es decir, su virtualidad conflictiva y
polé-mica no podrá darse en la positividad de ninguna nueva propuesta de
comunidad, ninguna nueva propuesta de mediación traductiva, y ninguna nueva
propuesta de ar-ticulación hegemónica o contrahegemónica.
Debo
referirme otra vez al texto clásico de Sch-mitt, El concepto de lo político, de
1932, puesto que creo que nos da el terreno histórico necesario, no para
enten-der el secreto de Hegemonía, sino para entenderlo como secreto. El texto
de Schmitt está jugado enteramente en la noción de que “el pensamiento político
y el instinto político se prueban teórica y prácticamente en la capa-
148
cidad
de distinguir amigo y enemigo. Los puntos álgi-dos de lo político son
simultáneamente los momentos en los que el enemigo es, en claridad concreta,
reconoci-do como enemigo” (67). Como hemos visto, su conclu-sión apunta a una
inversión de lo político en tiempos de globalización consumada, es decir, en
tiempos de triun-fo tendencial del liberalismo como último horizonte de lo
político. Tal inversión es la siguiente: en el estado liberal el estado se ha
hecho sociedad. La conversión del estado en sociedad es consecuencia directa
del indivi-dualismo liberal, y está sostenida en un rechazo de lo político en
la medida en que lo político es una catexis de grupo —sostenida en la
modernidad por el Esta-do— a propósito de la decisión entre amigo y enemigo. En
la modernidad el estado sostiene lo político en cuan-to, en cada caso,
resolución de la distinción amigo/ene-migo. El liberalismo abandona lo político
en favor de una noción de derecho privado basada en la “polaridad recurrente de
dos esferas heterogéneas, a saber, la ética y la economía, el intelecto y el
comercio, la educación y la propiedad” (70). En el triunfo final del
liberalismo el estado cae como instancia regulativa suprema y es susti-tuido
por una “concepción humanitaria de la humani-dad” y por un “sistema
económico-técnico de produc-ción y tráfico” (72). El punto de vista político
viene a quedar subyugado por la postulación de plena autono-mía en las esferas
de la moralidad (y por lo tanto del derecho) y de la economía. Y tanto la
moralidad como la economía, convertidas en dominios autónomos, pier-den su
sujeción al estado y reclaman para sí el ámbito totalizante de lo social: la
humanidad en su conjunto.
Ahora
bien, dice Schmitt, “el concepto de huma-nidad excluye el concepto del enemigo,
puesto que el enemigo no puede dejar de ser un ser humano —y así
149
no
hay diferenciación específica en ese concepto” (54); “la humanidad, de acuerdo
con el derecho natural y las doctrinas individualistas-liberales, es un
universal, es decir, un ideal social omniabarcador, un sistema [total] de
relaciones entre individuos” (55). No hay por lo tan-to enemigo humano —sólo
podría haber, precisamen-te, un enemigo in-humano, un enemigo que, por serlo,
se sitúa, en virtud de su desplazamiento, fuera de la totalidad, es decir,
fuera de la humanidad. Para Sch-mitt, como hemos visto, se abre así la
posibilidad de una última guerra, una guerra total, entre humanidad y su
afuera, que ya no es cabalmente la guerra entre ami-gos y enemigos, sino más
bien la guerra entre la totali-dad humana y aquello que la amenaza. En la
medida en que tal adversario es siempre necesariamente fantasmal, esta guerra
es siempre de antemano irresoluble: una con-frontación sin final, puesto que lo
que se confronta es el final mismo. La guerra al final, la guerra a propósito
del fin, es así también necesariamente la última guerra.
Esta
es la inversión de lo político en Schmitt: en la autonomización contemporánea
de lo económico lo político se desplaza a una última frontera, la constitui-da
por la humanidad como sistema ético de relaciones. El desplazamiento de lo
político a su última frontera parece aniquilar o suspender lo político: no hay,
en un primer momento, enemigo alguno de la humanidad en cuanto tal, y así lo
político es incapaz de encarnamiento en una instancia concreta de politicidad,
que está siem-pre dada por la división amigo/enemigo. Pero, al hacer-se lo
político incapaz de encarnamiento, lo político no desaparece: al contrario, se
espectraliza y se disuelve en el cuerpo social en cuanto pura instancia
alterativa de la humanidad, o lugar de emergencia de lo in-humano. Lo político,
en tiempos de globalización consumada, y
150
siguiendo
la lógica de Schmitt, es la instancia adversa-rial y singularmente atópica de
una guerra neutra y monstruosa: monstruosa no por su modo de aparición, sino
más bien porque su aparición nunca le es dada (no hay lugar, fuera de la
totalidad), y neutra porque no encierra positividad ni negatividad alguna (en
tanto ambos recursos son necesariamente relacionales, y no hay relación fuera
de la totalidad). Lo político es hoy, tendencialmente, relación sin relación:
es decir, la rela-ción de lo que no tiene relación posible.
¿Cómo
pensar, políticamente, lo político en cuanto relación sin relación? Para
Schmitt lo político reside en la capacidad de “tratar, distinguir y comprender
la antítesis entre amigo y enemigo independientemente de todas las otras
antítesis”. Pero la antítesis amigo/enemigo es toda-vía una relación, y no
puede nunca entenderse, por defi-nición, más que relacionalmente: “sólo los
participantes reales pueden reconocer, entender, y juzgar correctamen-te la
situación concreta y así resolver el caso extremo de conflicto” (27). Toda
soberanía es relacional, en la medi-da en que la soberanía no es, para Schmitt,
sino la capaci-dad de decisión para resolver, no de una vez por todas, sino
precisamente en cada momento, el estatuto de la relación política misma. Merece
la pena citar una vez más el texto de Schmitt para entender cómo su
determina-ción de lo político viene a constituirse sobre la base de una
paradójica noción de soberanía, a la que podríamos darle el nombre de soberanía
sin soberanía: “la guerra, la disponibilidad a morir de los combatientes, la
muerte física de los seres humanos que están en el lado del ene-migo —todo esto
no tiene sentido normativo alguno, sino solo un sentido existencial,
particularmente en una situa-ción de combate real con un enemigo real. No
existe pro-pósito racional alguno, ninguna norma por muy verda-
151
dera
que sea, ningún programa por ejemplar que sea, nin-gún ideal social por bello
que sea, ninguna legitimación y ninguna legalidad que pueda justificar que los
hombres se maten unos a otros (...) Si la destrucción física de la vida humana
no está motivada por una amenaza existen-cial al modo de vida propio, entonces
no puede ser justi-ficada” (49).
La
amenaza existencial es la única posible base para una soberanía que, en abierta
contraposición a la sobe-ranía del monarca hegeliano analizada por Jean-Luc
Nancy, no puede postularse como absoluta precisamente porque es relacional; y
sólo puede ser relacional precisa-mente porque no es absoluta2. Pero la
soberanía sin so-beranía no nos da a pensar lo político como relación sin
relación, sino al contrario: la soberanía así entendida es el principio mismo
de lo político en tanto relación. La desautonomización de lo político en
tiempos de globa-lización consumada debe ser entendida como un tras-torno de la
soberanía. Si la humanidad asume la condi-ción de soberanía, entonces la
soberanía deja de ser rela-cional y se convierte en absoluta. Es tal absolutización
la que conmueve a lo político al retirarle toda posibili-dad de inmanencia.
Digamos que la decisión en lo polí-tico ha sido tomada de una vez por todas, y
así que ya no hay decisión: o más bien, que la decisión, tomada absolutamente,
aniquila el campo de lo político al pri-varlo de su posibilidad misma de
constitución: el encar-namiento en un campo antitético concreto entre amigo y
enemigo. Muere la relación entre amigo y enemigo, porque muere el enemigo de
una vez por todas: en la
2 Debo aprovechar mi mención del trabajo de
Jean-Luc Nancy para indicar mi deuda con él en estas páginas, en particular su
“Jurisdiction” y el trabajo elaborado con Philippe Lacoue-Labarthe, Retreating
the Political.
152
humanidad
constituida como único sujeto sólo hay amigos. Pero, si es así, también muere
el amigo, puesto que la relación de amistad sólo se conforma como tal en vista
de la amenaza existencial que presenta el enemigo. Para Schmitt sólo el
enemigo, es decir, sólo la posibili-dad de una relación de enemistad funda la
relación de amistad. En la constitución de la humanidad como ho-rizonte
político, en la globalización consumada, muere el amigo porque no hay
antagonismo que pueda entre-gar capacidad alguna de reconocimiento con respecto
de la decisión política. La relación política entre seres humanos, con respecto
de la humanidad como referen-te totalizante, es así una relación sin relación.
Y marca, por lo tanto, no el fin de lo político, sino la mutación pospolítica
de lo político hacia una región histórico-ontológica alternativa: la guerra
hobbesiana de todos contra todos, ahora no como estado de naturaleza, sino como
apoteosis de la autonomización antipolítica de lo cultural en sus polaridades
económico-técnica y mora-lista-legal.
Si
la concepción filocéntrica de lo político en Sch-mitt encuentra su límite
aporético en el triunfo final del liberalismo que él despreciaba, si Schmitt no
puede pensar el límite que él mismo detecta, quizá tenga ra-zón Leo Strauss al
advertirnos de que “la crítica del libe-ralismo en Schmitt ocurre en el
horizonte del liberalis-mo; su tendencia iliberal está restringida por la
todavía no superada sistemática del pensamiento liberal” (“No-tes” 107). Para
completar la crítica de Schmitt, habría que ganar un horizonte, como pide
Strauss, más allá del liberalismo o neoliberalismo. Y completar la crítica de
Schmitt es poder restituir lo político como relación de la no relación en
tiempos de globalización tendencial. Con respecto de la división entre amigo y
enemigo, el
153
resto
enigmático ocupa el no lugar del no amigo —aque-llo que no entra en la relación
de soberanía pero con respecto del cual toda relación de soberanía se hace
po-sible. Con respecto de la división entre soberanía abso-luta y soberanía
relacional, y esa es la relación fundante del principio de hegemonía en la
modernidad, el resto enigmático ocupa el no lugar de la subalternidad —es
decir, aquello que sólo experimenta la articulación he-gemónica como
dominación, y que es por lo tanto im-permeable a lo hegemónico. Pensar
políticamente la re-lación de lo que no tiene relación es pensar
deconstruc-ción y subalternidad como instancias mutuamente su-plementarias. No
es un pensar de la inclusión ni un pensar de la exclusión: no es un pensar que
traduce, sino cabalmente un pensar del exceso intraducible; no es un pensar ni
hegemónico ni contrahegemónico, sino más bien parahegemónico, en la medida en
que apunta a las modalidades de presencia/ausencia de todo aquello que la
articulación hegemónica debe borrar para consti-tuirse en cuanto tal; no es un
pensar del amigo ni del enemigo, sino un pensar a-filocéntrico, indiferente a
toda forma de comunidad, afirmativo de aquello que toda comunidad desmiente:
pensamiento de la guerra neu-tra y oscura, capaz, quizá, de restituir lo
político al esce-nario de lo pensable —contra la política como mera
ad-ministración de soberanía.
3. Historicismo, historicidad y el estado
de la historia
3.1
Zizek y la historicidad
¿Podemos
determinar el Uno de la relación entre los tres autores? Zizek trata de
provocar un cortocircui-
154
to
en la respuesta al llamar a Butler y a Laclau “kantia-nos secretos” (111) —como
si él mismo no lo fuera. Lo que quiere decir con ello es que la supuesta
incapacidad de sus dos interlocutores para dar cuenta de la posibili-dad de una
estructuración alternativa de lo social— en otras palabras, para imaginar una
revolución que pon-dría término a la subalternidad capitalista, tras un
plau-sible periodo de Terror necesariamente subalternizante de los capitalistas
mismos— reduce su pensamiento a una versión de kantianismo en la que la
imposibilidad de alcanzar la cosa en sí (la esfera nouménica o la pleni-tud de
la sociedad postrevolucionaria) se convierte en “la condición positiva de la
libertad” (318). Aquí está la crítica más incisiva de Zizek:
la
fantasía ideológica no es simplemente la fantasía de la im-posible plenitud de
la sociedad: no sólo es la sociedad impo-sible, esta imposibilidad misma se
representa o positiviza dis-torsionadamente dentro de un campo ideológico —ese
es el papel de la fantasía ideológica (...) Cuando esa misma impo-sibilidad es
representada en un elemento positivo, la imposi-bilidad inherente queda
transformada en obstáculo externo. “Ideología” es también el nombre de la
garantía de que la negatividad que impide que la sociedad logre su plenitud
existe de hecho, que tiene una existencia positiva disfrazada de gran Otro que
maneja los hilos de la vida social (...) En suma, la operación básica de la
ideología no es sólo el gesto deshistori-zante de transformar un obstáculo
empírico en condición eterna (las mujeres, los negros (...) están subordinados
por naturaleza, etc.), sino también el gesto opuesto de transponer la
clausura/imposibilidad a priori de un campo en obstáculo empírico. (100-02; ver
también 112)
En
términos de mi transcripción de sus preguntas
155
originarias,
Zizek sugiere que tanto Butler como Laclau transforman la reconocida
imposibilidad de responder o afirmativa o negativamente a la pregunta por el
fin de la subalternidad en una respuesta práctica pero surrep-ticia: “no”, nos
podemos imaginar que Zizek se imagina que dicen Butler y Laclau, “la
subalternidad no puede eliminarse, pero considérenlo un secreto. Mientras
tan-to, podemos todavía ocuparnos del ‘interminable pro-ceso político de
renegociar las inclusiones/exclusiones de las nociones ideológicas universales
dominantes’” (106), es decir, de la “interminable lucha por la hege-monía”
(106). Para Zizek esta respuesta es siempre de antemano ideológica, puesto que
oculta “la necesidad de distinguir más explícitamente entre contingencia y sustituibilidad
dentro de un horizonte histórico concre-to y la más fundamental exclusión o
denegación que fundamenta tal horizonte” (108), y así “ofusca la histori-cidad
concreta en cuanto cambio del mismo principio estructurante de lo social” (112)
—esto es, capitalismo en democracia liberal, o viceversa.
¿Responde
entonces Zizek —sin responder— que sí a la pregunta sobre el posible fin de la
subalternidad? Si lo hiciera, y aceptando como válida por un momento su crítica
de Butler y Laclau, entonces podría emerger una relación de pensamiento: sería
una relación basada en la “negación determinada” (272) respecto de la rela-ción
de hegemonía y subalternidad, puesto que Zizek negaría lo que los otros dos
afirmarían espectralmente y viceversa. Y Zizek habría entonces establecido su
no-kantianismo. Pero Zizek no hace tal cosa. La relación, si existe, debe
buscarse en otra parte. Aunque Zizek acu-se, surrepticiamente, a Butler y a
Laclau de responder surrepticiamente que no a un posible fin de la
subalter-nidad, él mismo no arriesga sin embargo una respuesta
156
secretamente
afirmativa. Su aparato performativo en este sentido es la noción lacaniana del
acto analítico, “un gesto”, dice Zizek, “que, por definición, toca la
dimen-sión de algún real imposible” (121). Predeciblemente, “esta noción de
acto debe concebirse contra el trasfondo de la distinción entre la mera tarea
de ‘resolver una va-riedad de problemas parciales’ dentro de un campo dado y el
gesto más radical de subvertir el principio estructu-rante del campo mismo”
(121).
Postulemos
entonces que el principio estructuran-te del campo histórico del presente sea,
no simplemen-te el capitalismo o la democracia liberal, sino más bien la
constelación particular de relaciones entre hegemo-nía y subalternidad dentro
del capitalismo, o dentro del capitalismo en democracia liberal, como horizonte
ideológico dominante. Para Zizek, “un acto auténtico no es simplemente externo
respecto del campo simbóli-co hegemónico al que amenaza: un acto sólo es un
acto respecto de algún campo simbólico, como intervención en él” (125). El acto
políticamente auténtico es por lo tanto cualquier acto que afecte el campo
mismo de con-figuración presente de la relación hegemonía/subalter-nidad, más
bien que cualquier ejemplo particular de esto último. “Y un acto amenaza el
campo simbólico en el que interviene no desde ninguna parte, sino precisa-mente
desde la perspectiva de esta imposibilidad inherente, de su piedra de
escándalo, que es su principio estructurante oculto y denegado” (125). El campo
de intervención del acto auténtico (intervención “en” y “desde”) es la
rela-ción hegemonía/subalternidad misma. Toda amenaza debe afectar a lo real de
tal relación, esto es, al principio estructurante de su constitución recíproca.
¿Pero equi-vale la amenaza a la disolución? ¿Es tocar lo real desha-cer lo
real? ¿Es llegar al secreto revelar el secreto?
157
El
contraste final que Zizek puede ofrecer entre su propia noción de acto político
y la noción ideológica o inauténtica que les atribuye a Butler o Laclau es el
si-guiente: “Por contraste con este acto auténtico que inter-viene en el vacío
constitutivo, punto de fallo —o lo que Alain Badiou ha llamado la ‘torsión
sintomal’ de una cons-telación dada— el acto inauténtico se autolegitima en
referencia al punto de plenitud substancial de una cons-telación dada (en el
terreno político: Raza, Verdadera Religión, Nación [...]): apunta precisamente
a borrar las últimas trazas de la ‘torsión sintomal’ que desequilibra esa
constelación” (125). La distinción que señala Zizek es una distinción entre
acciones políticas que intentan re-constituir la hegemonía a través del cambio,
es decir, que intentan restaurarle la salud hegemónica a una sociedad en crisis
de hegemonía; y acciones políticas cuya meta intencional sea terminar o
deshacer lo que podríamos lla-mar el estado mismo de hegemonía.
Pero
terminar el estado de hegemonía no termina la subalternidad. Concediendo que
hay una diferencia política sustantiva donde Zizek la coloca, y concedien-do
también que la mayor parte de las políticas hegemó-nicas son políticas
reformistas que sólo pueden aspirar a corregir los excesos de cualquier torsión
sintomal dada, el acto auténtico en el sentido de Zizek todavía es y sólo puede
ser un acto dentro de una política de la torsión sintomal, esto es, puede
cambiar la relación hegemo-nía/subalternidad, pero no la hará desaparecer
necesa-riamente. La importante distinción intrapolítica de Zi-zek entre una
política propiamente hegemónica y una política revolucionaria de la
subalternidad no deniega la posible observación de Butler y de Laclau de que
una política de la subalternidad todavía permanece dentro de la relación
hegemonía/subalternidad y por lo tanto
158
no
abandona la afirmación silenciosa que marca sus pre-guntas comunes.
3.2.
Butler y el historicismo
¿Cómo
articula Butler su propia relación a la rela-ción de pensamiento? Zizek acusa
tanto a Butler como a Laclau de un kantianismo secreto. Aunque no recurra a la
misma formulación, el reproche que le hace Butler a sus dos interlocutores es
el mismo. Desde la sospecha de que la cuasi-trascendentalidad que los dos
abrazan puede todavía ser demasiado trascendental, Butler se fija en dos
torsiones sintomales de sus acercamientos teóricos, a saber, el problema de la
clausura arbitraria y el problema del resto. A partir de ello, Butler ofrece su
propia propuesta, que yo voy a leer como “performativi-dad traductiva”. Como
veremos, Butler, igual que Zi-zek, apoya una política subalternista explícita,
pero está más centralmente absorta en una tematización de asun-tos históricos,
esto es, en el desmantelamiento crítico de instancias concretas de
subalternización como el colonialismo o la opresión sexual. Su posición puede
ser descrita como media (aunque no mediadora) en el eje relacional que estoy
tratando de establecer.
La
repetición de Butler contra Zizek y Laclau del mismo argumento que Zizek dirige
contra Laclau y Butler toma la forma de un comentario, no acerca de la verdad
de las determinaciones teóricas en juego, sino más bien acerca de su función
ideológica. La crítica de Zizek refería a la transposición de la apertura
estructu-ral de la articulación hegemónica en “obstáculo empíri-co” a la
transformación radical de la sociedad. Las obser-vaciones de Butler refieren a
la formulación conceptual que ofrecen Zizek y Laclau para nombrar la
posibilidad misma de clausura conceptual (respectivamente, la no-
159
ción
lacaniana de point de capiton y la noción de signifi-cante vacío): “Como
herramienta transponible de cual-quier contexto a cualquier objeto, opera
precisamente como fetiche teórico que deniega las condiciones de su misma
emergencia” (27). “Lo que al principio aparecía como un campo desorganizado de
ansiedad social que-da transformado por una cierta operación performativa [esto
es, la operación que nombra el point de capiton o el significante vacío) en un
universo ordenado con una causa identificable” (27). Tal es el suelo común o
“la común condición constitutiva” de todos los movimien-tos sociales. Pero,
Butler pregunta,
¿desde
qué perspectiva aparece ante la vista tal condición común, si aparece, y qué
papel juega esa perspectiva en en-marcar y constituir el objeto interpretativo
en cuestión? Esta pregunta se hace crucial, parece, cuando lo que se busca es
determinar si una ‘falta’ en el centro de todos los procesos identificatorios
constituye la condición común —importan-temente, una pérdida de fundamento—
para todos los pro-yectos identitarios (...) o si el proceso interpretativo
mediante el cual se les atribuye una ‘falta’ a tales movimientos como su
condición no-fundacional es en sí misma la condición común de su constitución.
La pregunta misma revela una dimensión hermenéutica de la tarea de leer
movimientos sociales que no puede (...) evitarse. La teoría que atribuye la
falta al movi-miento mismo se convierte en la condición de la falta atribui-da,
así que se hace necesario juzgar qué corresponde a la función performativa de
la teoría y qué corresponde (...) al objeto mismo. (273)
La
última es una tarea que, en la opinión de But-ler, Zizek y Laclau, demasiado
dependientes de un én-fasis (cuasifetichista) en la cuasi-trascendentalidad,
con-
160
frontarían
insuficientemente. Y es, por lo tanto, preci-samente a través de un
entendimiento de lo trascenden-tal no específicamente kantiano (pero aun así:
no no-kantiano) que Butler justificará su propio acercamien-to: “En la vena
kantiana ‘trascendental’ puede signifi-car: la condición sin la cual nada puede
presentarse. Pero también puede significar: las condiciones regulativas y
constitutivas de la presentación de cualquier objeto dado. En el último sentido
la condición no es externa al obje-to que ocasiona, sino que es su condición
constitutiva y el principio de su desarrollo y presentación. Lo trascen-dental
ofrece así las condiciones criteriales que limitan la emergencia de lo
tematizable” (147).
El
acercamiento de Butler al “resto”, que emergerá como el problema de la
subalternidad en cuanto tal, se da a través de una interpretación del
pensamiento de Hegel sobre el terror. La explicación de Butler apunta a
dilucidar la diferencia entre su propia teoría del sujeto y las de Laclau y
Zizek: los dos últimos, de forma consis-tente con su versión de
cuasi-trascendentalidad, sosten-drían que “cada sujeto se constituye
diferencialmente, y que lo que se produce como el ‘afuera constitutivo’ del
sujeto no puede convertirse en plenamente interior o inmanente al sujeto” (12).
A esto Butler prefiere lo que ella llama una teoría “más hegeliana” del sujeto
“en la que todas las relaciones externas son —al menos ideal-mente—
transformables en relaciones internas” (12). La “exclusión constitutiva” se
convierte así para Butler en el problema central alrededor del cual su
diferencia —y así su relación— con Zizek y Laclau podrá articularse. Es
también, más fundamentalmente, el problema a par-tir del cual se hace posible
para ella pensar la relación hegemonía/subalternidad. La teorización de Butler
es particularmente importante porque ancla una dinámi-
161
ca
política que se extiende al trabajo de un amplio nú-mero de influyentes
pensadores de lo postcolonial —no sólo a los obvios Stuart Hall, Homi Bhabha, y
Paul Gi-lroy, sino también a todos los pensadores de la transcul-turación y a
todos los pensadores para quienes la hibri-dez no es simplemente una noción
descriptiva sino que ofrece la posibilidad de un programa normativo. Debo dejar
en suspenso el asunto de si la teoría de Butler es realmente hegeliana, como
ella dice, o representa más bien una inflexión butleriana en el hegelianismo
(como opinará Laclau). Sobre el “resto”:
Lo
universal puede ser lo universal sólo en la medida en que permanezca no
contaminado por lo particular, concreto o individual. Así, requiere la
desaparición constante y sin senti-do del individuo, que es desplegada
dramáticamente en el reino del Terror. Para Hegel esta universalidad abstracta
no sólo requiere tal desaparición y efectúa esa negación, sino que es tan
fundamentalmente dependiente de ella que sin la des-aparición no sería nada.
Sin la inmediatez de la desaparición, podríamos decir, la universalidad misma
desaparecería (...)
La
trayectoria omni-comprensiva del término queda necesa-riamente desmantelada por
la exclusión de particularidad sobre la que descansa. No hay forma de atraer la
particulari-dad excluida a lo universal sin negar primero esa particulari-dad.
Y esa negación sólo confirmaría una vez más que la universalidad no puede
proceder sin destruir lo que promete incluir. Además, la asimilación de lo
particular a lo universal deja su traza, un resto inasimilable, que hace a la
universali-dad un fantasma de sí misma. (23; 24)
Lo
que se consigue aquí es una redescripción de la articulación hegemónica como
universalidad en desapa-rición. Esto no es necesariamente un desacuerdo con
162
Laclau
sobre hegemonía, sino más bien un enriqueci-miento potencial práctico (o
político) de su teoría: dado que la articulación hegemónica no puede nunca
vencer su propia incompletitud y hacerse dominación total, sin embargo toda
articulación hegemónica está estruc-turada hacia su totalización tendencial. El
hecho de que la dominación permanezca inestable e imposible den-tro de la
hegemonía, en otras palabras, no impide la autoproyección imaginaria de lo
hegemónico hacia el lugar de la universalidad abstracta y sus efectos
políti-cos subsiguientes. Ahora bien, cuanto más éxito tiene la autoproyección
imaginaria de lo hegemónico, tanto más se le rompen las suturas: sus
exclusiones constitutivas se hacen más visibles hasta que, finalmente, la
hegemonía es sus exclusiones constitutivas (“la universalidad no es nada sin su
desaparición, lo cual significa, en términos hegelianos, que es su desaparición
misma” [23]). Para usar la reformulación heideggeriana del movimiento
re-flejado aquí: el nihilismo consumado es la condición de posibilidad de un
comienzo otro en la historia del ser político. Cuando hegemonía y soberanía
vienen a darse como indiscernibles en la práctica, emerge como posi-ble un
pensar alternativo de la soberanía que ya no cua-lificaría como pensar
hegemónico o pensar de la hege-monía. Depende, más bien, del otro lado de la
hegemo-nía, y es un pensar de las exclusiones constitutivas de la soberanía en
tanto que soberanía, o un pensar del resto enigmático, que es pensar el no
sujeto de lo político.
Pero
Butler no está quizá preparada para ir tan le-jos. Como Zizek, establece una
distinción intrapolítica importante dentro del pensar de la hegemonía que
tie-ne que ver con enfatizar la necesidad de pensar del lado de lo subalterno y
contra las exclusiones constitutivas de las articulaciones hegemónicas
dominantes. De la mis-
163
ma
forma que Zizek proponía un aparato performativo para su deseo de “atravesar la
fantasía” (124) capitalista bajo el nombre de acto auténtico, Butler también
pro-pondrá un aparato llamado “traducción cultural” (“si la noción hegeliana de
universalidad va a probarse válida bajo condiciones de culturas híbridas y
fronteras nacio-nales vacilantes, tendrá que convertirse en una universa-lidad
forjada en el trabajo de la traducción cultural” [20]), pero para el cual (y
usando un concepto ya bien asociado con Butler) quiero sugerir el nombre más
pro-pio de “performatividad traductiva”. Antes de describir-lo adelantaré una
crítica: Butler rechaza toda considera-ción de cualquier posibilidad política
que intente algo otro que “adjudicar y componer un movimiento de
uni-versalismos en competencia parcialmente encabalgados” (169). Su énfasis en
la traducción encuentra un límite estructural en lo que vimos como
imposibilidad lógica y política de responder a la pregunta por el fin de la
subalternidad. Quiere abrir nuevas “posibilidades de-mocráticas para los
términos claves del liberalismo, ha-ciéndolos más incluyentes, más dinámicos y
más con-cretos” (14) y al mismo tiempo subvirtiendo las con-ceptualizaciones
dominantes. Quiere “resaltar las no-convergencias discursivas de forma que
puedan cono-cerse las violencias fundadoras de una episteme en las rupturas
mismas de narratividad” (37). Y quiere “des-plazar la legitimidad desde la
supuesta autoridad hacia los mecanismos de su renovación” (141). Al formular su
proyecto de esas maneras cierra la puerta que ella mis-mo había abierto con su
concepto de hegemonía consu-mada como exclusión constitutiva, y revierte a un
inten-to más tenue de expandir los límites de las articulacio-nes dominantes a
través de estrategias de inclusión. A fortiori esta crítica afecta también al
pensar el pensar
164
transculturador
y al pensar de la hibridez.
Podemos
ver ahora que la pregunta originaria de Butler a sus dos interlocutores
—“¿puede el recurso ahis-tórico a la barra lacaniana reconciliarse con la
pregunta estratégica que postula la hegemonía, o se erige como limitación
cuasi-trascendental de toda posible forma-ción de sujeto y, por lo tanto, como
indiferente a la política?” (5)— no era después de todo una pregunta, sino más
bien una afirmación disfrazada. “No”, quería decir, “la pregunta estratégica,
es decir, la aplicabilidad práctica de la teoría de la hegemonía, requiere una
his-torización plena de la ‘limitación trascendental’” (voy a llamar en lo que
sigue a tal “limitación trascendental” “forclusión,” usando un neologismo que
repite el preci-so término lacaniano). No hay ceguera en Butler, sino más bien
un intento deliberado y autoconsciente de evitar caer en el tipo de pensamiento
aporético que ella atribuye a Zizek y Laclau. Hay, dice Butler, urgencia
política en moverse más allá de la comprensión de “es-tructuras metalépticas y
aporéticas que afligen a toda performatividad en lo político” “hacia algo
nuevo” (29). El énfasis en lo cuasi-trascendental y sus múltiples re-versiones
dialécticas debe quedar suspendido en la prác-tica para “producir algo otro que
sus propias repeticio-nes estructuralmente idénticas” (29). La performativi-dad
traductiva es un recurso a la acción práctica —una política intelectual que
desplaza el énfasis hacia la “ma-nera en que el mundo social es hecho— y
emergen nue-vas posibilidades sociales —a varios niveles de la acción social a
través de una relación de colaboración con el poder” (14). Se hace posible, sin
traición y sin autotrai-ción, precisamente en la delimitación de un concepto
alternativo de la cuasi-trascendentalidad, basado en la interpretación que
Butler hace de Hegel en el sentido
165
de
un panlogicismo modificado. Si el panlogicismo es el intento de Hegel de
conseguir una filosofía sin presu-posiciones, entonces el panlogicismo
internaliza la ba-rra trascendental y así “forcluye” la forclusión misma. Para
Butler como intérprete de Hegel, la forclusión no es ya la condición de
posibilidad del sujeto en cuanto tal, sino más bien la condición de posibilidad
de cual-quier sujeto históricamente dado. Desmantelar la for-clusión histórica,
y así no la trascendental en el sentido de Laclau y Zizek, ya no reconocida en
cuanto tal —y ese es finalmente el proyecto de la performatividad tra-ductiva,
y quizás de toda la corriente pragmática en el pensamiento poscolonial y en
estudios culturales, de la que Butler opta sin duda por hacerse representante
teó-rica—, es la tarea de una política radical de traducción cultural cuyo fin,
de forma distinta al fin estatalizante del panlogicismo pleno hegeliano, debe
mantenerse abierto (y así sin final) hacia “la promesa futural de
uni-versalidad, su estatus como un rasgo ilimitable e incon-dicional de toda
articulación política” (32).
Si
lo trascendental es, simplemente, aquello que “ofrece las condiciones
criteriales que limitan la emer-gencia de lo tematizable”, entonces no hay
final para la plena historización de la forclusión. Dado que la forclu-sión es
plenamente histórica debe entenderse en cada caso como la totalización de una
perspectiva cultural dominante como patrón de medida. El imperialismo es
precisamente ese movimiento hacia la negación de la traducción, o más bien: la
reducción de la traducción a traducción a lo dominante. Pero el imperialismo es
me-ramente la hipótesis de la hegemonía en dominación: “Dado que la pureza
cultural es deshecha de antemano por una contaminación que no puede evitar,
¿cómo puede esta impureza movilizarse hacia propósitos políticos para
166
producir
una política explícita de impureza cultural?” (276). El proyecto de Butler es
el de una política de la resistencia (infinita, y así para Butler no hay
respuesta con respecto de la pregunta por el fin de la subalterni-dad) contra
el intento de traducir hegemonía a domi-nación cuyo efecto positivo es el de
una expansión abierta de las condiciones de articulación hegemónica. Pero, si
ése es el caso, no puede llegar a producir otra cosa que sus “propias
repeticiones estructuralmente idénticas”. La impureza cultural puede sólo hacer
performance de la pureza cultural —y ese parece ser, después de todo, su fin
panlógico. Butler comparte hasta cierto punto el paradójico panlogicismo de la
descolonización infinita.
Butler
no contesta sino que difiere la pregunta in-tratable teórica y políticamente
del fin de la subalterni-dad hacia una “dimensión futura” de la política
demo-crática, esto es, a la composición necesaria pero imposi-ble (y así,
futura) de una nueva universalidad en el duro trabajo de la traducción
anti-imperialista. A mí no me parece, como sí le parece a Zizek, que el
abandono de la dimensión revolucionaria de lo político sea una conse-cuencia
necesaria de la teoría de la hegemonía tal como la formula Laclau y Butler la
ajusta a su tarea. Pero, antes de examinar la posición de Laclau y llevar ese
tema un poco más adelante, quiero volver a lo que llamé antes el término de la
hegemonía en el pensamiento de Zizek y compararlo con el tipo de política
subalternista pro-movida por Butler.
Por
mi parte localizaría el desacuerdo político ra-dical entre Zizek y Butler
dentro de la dimensión de lo imposible —pues para lo imposible, entendido no
des-criptivamente, sino normativamente, como categoría constitutiva de su
pensamiento, ambos proponen dife-rentes énfasis. La imposibilidad en Butler
refiere prima-
167
riamente
a la incompletitud estructural de lo social— que lo social no puede cerrarse
sobre sí mismo, que la hegemonía no puede devenir dominación plena, que la
universalidad es siempre de antemano universalidad en desaparición. La
imposibilidad es, entonces, condición positiva de la libertad, y la
imposibilidad de lo social es precisamente la posibilidad de la emergencia de
lo sub-alterno en política: “Los que idealmente deberían estar implicados en
cualquier operación de lo universal se encuentran no sólo fuera de sus términos
sino como el mismo afuera sin el cual lo universal no podría formu-larse,
viviendo como la traza, el resto espectral que no encuentra casa en la marcha
adelante de lo universal (...) Emerge otra universalidad del lugar que sólo bor-dea
la legibilidad política: el sujeto al que no se le ha dado la prerrogativa de
ser sujeto, cuyo modus vivendi es una catacresis impuesta” (179)
La
noción de lo imposible en Zizek, sin embargo, refiere primariamente a su noción
de acto auténtico. Para Zizek, nada es imposible excepto dentro de un universo
simbólico dado. Por lo tanto, “un acto no ocurre sim-plemente dentro del
horizonte dado de lo que aparenta ser posible sino que redefine los contornos
mismos de lo que es posible (un acto consuma lo que, dentro del uni-verso
simbólico dado, aparenta ser imposible, y al ha-cerlo así cambia sus
condiciones de modo que crea re-trospectivamente las condiciones de su propia
posibili-dad” (121). Si la principal tarea teórica para Butler es dar cuenta de
la posibilidad de la emergencia de lo sub-alterno hacia la legibilidad
política, para Zizek “la prin-cipal tarea teórica es”, precisamente, “no sólo
desenmas-carar el contenido particular de las inclusiones/exclu-siones
implicado en el juego, sino dar cuenta de la emer-gencia enigmática del espacio
mismo de universalidad”
168
(104).
El espacio de universalidad es para Butler, como vimos, el espacio futural
siempre diferido e imposible de la democracia. Para Zizek, en contraste, la
universali-dad “real” sólo puede pensarse como grado pleno de la ideología. La
universalidad real es
lo
que Lévi-Strauss ingeniosamente llama “institución-cero,” una especie de
contraparte institucional del famoso mana, el significante vacío sin
significado determinado dado que sig-nifica sólo la presencia del significado
en cuanto tal, por opo-sición a su ausencia: una institución específica que no
tiene función determinada específica —su única función es la pu-ramente
negativa de señalizar la presencia y realidad de las instituciones sociales en
cuanto tales, por oposición a su au-sencia, al caos presocial. La referencia a
tal institución-cero permite a todos los miembros de la tribu experimentarse
como tales, como miembros de la misma tribu. ¿No es enton-ces esta
institución-cero la ideología en lo más puro, la encar-nación directa de la
función ideológica de proveer un espacio neutro y omnicomprensivo en el que el
antagonismo social quede obliterado, en el que todos los miembros de la
socie-dad puedan reconocerse a sí mismos? ¿No es la lucha por la hegemonía
precisamente la lucha a propósito de cómo debe sobredeterminarse tal
institución-cero, cómo debe colorearse bajo tal o cual significación
particular? (113)
La
focalización del acto político como acto de inte-rrupción de la hegemonía más
bien que como interrup-ción dentro de la hegemonía abre para Zizek la
posibili-dad revolucionaria. Su “imposibilidad” es así su único medio de
acceder a lo real: “el único prospecto ‘realista’ es fundamentar una nueva
universalidad política al op-tar por lo imposible, asumiendo plenamente el
lugar de la excepción, sin tabúes, sin normas a priori (‘derechos
169
humanos’,
‘democracia’), puesto que el respeto por ellas nos impediría ‘resignificar’ el
terror, el ejercicio impla-cable del poder, el espíritu de sacrificio” (326).
Lo
subalterno es, en cierta medida, interno a lo hegemónico —no hay externalidad
plena. Pero postular la posible plena internalidad de lo subalterno a la
arti-culación hegemónica, que es lo que debe hacer Butler para asentar su
posición respecto de la historización plena de la forclusión, significa que
toda lógica revolucionaria de equivalencia, que depende para su constitución de
la emergencia de un antagonismo radical, debería descar-tarse tendencialmente
en la medida en que el espacio social se hace más inclusivo. El argumento de
Zizek es que la plena internalidad no puede en ningún modo postularse, no sólo
porque hacerlo atenta contra la posi-bilidad misma de una política
revolucionaria, sino por-que se trata de un error conceptual —la imagen
especu-lar de la postulación de plena externalidad, que implica una
trascendentalización absoluta de lo social: “Si lo Real fuese a ser
directamente externo a lo Simbólico, enton-ces la sociedad definitivamente
existiría: para que algo exista, tiene que estar definido por su límite
externo, y lo Real hubiera servido como tal externalidad garante de la
consistencia interna de la sociedad” (121). La ple-na inmanentización de lo
social es un error conceptual porque lleva al nihilismo político y lógico de
afirmar la posibilidad de una estasis de lo social sin presupuestos: la
apertura futural de la universalidad se habría ahora transformado en la
clausura de la totalización consuma-da. Esta es la crítica radical, que
personalmente com-parto, de Zizek a Butler y a toda política de la identi-dad,
de la hibridez, de la inclusión infinita.
Para
Zizek, dado que el “resto” no es ni un ser ex-cluido que aguarda subjetivación
ni un ser internamente
170
subordinado
que no tiene acceso por lo mismo a una po-sición dominante de sujeto, sino más
bien la extimidad de la que depende toda subjetivación; dado que el sujeto no
es el resultado de la interpelación social sino más bien la consecuencia del
fallo liminar de la interpelación; y dado que la forclusión no puede
historizarse plenamente puesto que es el “punto inherente de fallo” o la fisura
de toda historización —por todas esas razones, que son una y la misma, la
historicidad se abre, y se hace posible anun-ciar la tarea propiamente política
de distinguir “entre con-tingencia/substituibilidad dentro de un cierto
horizonte histórico y la exclusión/forclusión más fundamental que le da suelo a
tal horizonte” (108). “El historicismo se ocu-pa del infinito juego de
sustituciones dentro del mismo campo fundamental de (im)posibilidad, mientras
que la historicidad propiamente dicha hace temáticos los dife-rentes principios
estructurales de esa misma (im)posibilidad” (112). Zizek pide para sí mismo una
política intelectual de historicidad y al mismo tiempo implica que Butler no
puede ir más allá de una política historicista. ¿Y Laclau? ¿Puede Laclau
adjudicar o mediar estas dos formas en competencia de lo político? ¿Puede
establecer una relación entre Butler y Zizek, que sería también una relación
entre los tres?
3.3
Laclau y el estado de la historia
La
pregunta originaria de Zizek viene a ser, como la de Butler, no una pregunta a
los otros dos, sino más bien una afirmación disfrazada. La pregunta era: “¿Es
el ‘sujeto’ simplemente resultado del proceso de subjeti-vación, de
interpelación, de asumir performativamente alguna posición fija de sujeto? ¿O
postula la noción la-caniana de “sujeto barrado” (y la noción del idealismo
alemán del sujeto como negatividad en auto-relación)
171
una
alternativa a la metafísica identitario-sustancialista tradicional?” Tanto
Butler como Zizek enmarcan su con-tribución al diálogo en términos de una
repetición o afirmación renovada de sus posiciones teóricas respecti-vas. Pero
Laclau promete hacer otra cosa. Su pregunta es: “Existe el extendido
sentimiento de que ni un histo-ricismo radical ni un trascendentalismo pleno
consti-tuirían respuestas apropiadas, y se postula un tipo de respuesta que
evita las trampas de los dos extremos —el cuasi-trascendentalismo (...) ¿Cuáles
serían las precon-diciones para un avance teórico en ese terreno, y cuáles
serían sus consecuencias para el análisis histórico?”.
Lo
que Laclau llama el “giro ‘hegemónico’ en la política emancipatoria” (47)
supone una suspensión infinita o indeterminada de la pregunta misma acerca del
fin de la subalternidad. Si, para Hegel y Marx, la emancipación verdadera
implicaba una plena reconci-liación de la sociedad consigo misma, esto es,
precisa-mente el final de la subordinación política, el descubri-miento del
vínculo hegemónico en Laclau, en la estela del trabajo de Antonio Gramsci,
representa un reto para los dos pensadores alemanes. Para Hegel y Marx, el fin
de la subalternidad es la consecuencia de la plena uni-versalización de la
sociedad —la reconciliación de la so-ciedad consigo misma, sin resto. Pero,
dice Laclau, la universalización plena es imposible, puesto que la
“uni-versalidad sólo existe encarnada en —y subvirtiendo— alguna
particularidad” (56). Esto implica que la uni-versalización sólo puede ser
consecuencia de que algún segmento particular de la sociedad venga a asumir
po-der de dominación general. Y la dominación implica necesariamente
subordinación política.
Parecería
entonces que Laclau realmente produce una respuesta a la pregunta por el fin de
la subalterni-
172
dad:
para Laclau, la subalternidad no tendría fin. Pero no es así. La pregunta queda
suspendida precisamente porque, dado que la universalización no puede llegar a
su propia clausura, “la subordinación política (...) pue-de conseguirse sólo a
través de procesos [incompletos] de universalización que hacen a toda
dominación ines-table” (47). Dado que la dominación es inestable, la
particularidad subalterna puede siempre establecer su reivindicación. Y, de la
misma manera que la universali-dad existe sólo encarnada en particularidad, “al
revés, ninguna particularidad puede hacerse política sin con-vertirse por lo
mismo en una fuente de efectos universa-lizantes” (56). Como la
universalización de las relacio-nes de representación es siempre una
potencialidad de lo subalterno, la pregunta por el fin de la subalternidad se
hace incontestable en sentido negativo en la misma medida en que no puede
responderse afirmativamente a la pregunta por el fin de la hegemonía misma.
Puede
hablarse de un “avance teórico” en este te-rreno porque el asunto tiene
dimensiones ontológicas que tienen que ver con el panlogicismo, esto es, con la
crítica de la posibilidad de una filosofía sin presupues-tos que Hegel articuló
en su noción de dialéctica. La dialéctica hegeliana piensa ser capaz de dar
cuenta de la “totalidad de las distinciones ontológicas que la tradi-ción
filosófica había discernido en lo real” (61). Y por supuesto hay un paralelo
entre la postulación política de una plena universalización de lo social y la
postula-ción filosófica de una plena racionalización de lo real. La crítica que
Laclau hace de Hegel es la siguiente: “Si la Razón, por un lado, ha
hegemonizado el reino entero de la diferencia, este último, por otro lado, no
puede evitar contaminar a la Razón” (62). La diferencia conta-mina a la Razón
al destruir la necesidad de la transición
173
dialéctica.
El resto diferencial, el hecho de que la Razón no puede mostrar que agote la
diferencia, comparable al hecho de que la dominación no puede ser total para
ser en absoluto, desorganiza la necesidad dialéctica y la con-vierte en
contingencia. De ahí, “tenemos que concluir que la lógica dialéctica es el
terreno de una retórica ge-neralizada” (63). Retórica es aquí la palabra código
no sólo para la fisura estructurante que el panlogicismo nie-ga, sino tambien
para la operación de encubrimiento que despliega. Es, en ese sentido, la
respuesta de Laclau al reproche por parte de Butler y de Zizek de
enmasca-ramiento ideológico. Cuando Zizek y Butler le dicen a Laclau que su
gesto político más eminente es ideológico puesto que transpone “la
clausura/imposibilidad a priori de un campo en obstáculo empírico”, Laclau
responde que sólo la retórica, en cuanto ideología, permite darle un rodeo a
una imposibilidad lógica para anunciarla como una condición de la política
verdaderamente eman-cipatoria.
¿Dónde
está entonces la positividad ontológica que Laclau ve en el vencimiento de la
dialéctica y cómo se traduce en un avance teórico en el terreno de una
deter-minación de lo político? Sin sorpresa la respuesta de Laclau tiene que
ver con una inversión conceptual que traspone el afecto racionalista o
panlógico (central para Butler y residual para Zizek, o quizás al revés),
implica-do en la percepción del sujeto hegemónico o barrado, y lo convierte en
un límite a la plena historicidad:
¿Es
[la barra en el sujeto, o: el vínculo hegemónico en la política] una barra cuya
función consiste en mostrar la última imposibilidad de la plena representación,
un límite en lo que puede representarse, o, más bien, expande la relación de
re-presentación (como representación fallida, por supuesto) más
174
allá
de todo límite? Si este fuera el caso, le abriría el camino a un historicismo
más radical que cualquier historicismo ancla-ble o en un sistema de categorías
trascendentales positivas o en una apelación a lo “concreto” que viva en la
ignorancia de sus propias condiciones de posibilidad . . . La no-trasparencia
del representante a lo representado, la autonomía irreducible del significante
con respecto del significado, es la condición de una hegemonía que estructura
lo social desde su mismo suelo y no la expresión epifenoménica de un
significado tras-cendental que sometería el significante a sus propios
movi-mientos predeterminados. (65-66)
Hay
una curiosa vacilación en el texto de Laclau sobre la cuestión del
historicismo. Si en la página 58 declara “pienso que el historicismo radical es
una em-presa que se destruye a sí misma”, unas páginas más tarde leeremos que
la conversación “entre la teoría laca-niana y el acercamiento a la política
basado en la hege-monía” que el mismo Laclau suscribe “abre el camino a una
serie de sustituciones indefinidas que son el suelo mismo de un historicismo
radical” (71). El historicis-mo radical aparece en esta última página, en el
medio de una consideración de las contribuciones a la ontolo-gía de la teoría
de la hegemonía, como capaz de incor-porar la posibilidad de un vencimiento de
todos los acer-camientos racionalistas, panlógicos y metafísicos a lo po-lítico.
¿Es Laclau entonces un historicista radical o no? Para Butler, no es lo
suficientemente radical; para Zi-zek, es demasiado radical; y el mismo Laclau
parece in-seguro al respecto. Pero la pregunta parecería decisiva puesto que
podría en última instancia cifrar las diferen-cias entre los tres
interlocutores y así también establecer su relación.
Vimos
que Zizek reivindicaba para sí mismo una
175
política
intelectual de historicidad cuya meta era hacer temáticos los “diferentes
principios estructurales” de lo político mientras que interpretaba los
pensamientos de Butler y Laclau en la dirección de una política del
his-toricismo cuya función última es negociar “el juego in-finito de
sustituciones” dentro de lo político. Ahora bien, las “sustituciones
indefinidas” son para Laclau también la marca de un historicismo radical, que
él le niega a Butler, puesto que esta última, según Laclau, vacila de forma
poco plausible entre “un sistema de categorías trascendentales positivas o
(...) una apelación a un ‘con-creto’ que vive en la ignorancia de sus propias
condicio-nes de posibilidad”, puesto que insiste en considerar el sujeto
barrado (o el vínculo hegemónico) como “una limitación cuasi-trascendental a
toda posible formación de sujeto” (65). Para Butler, por supuesto, es Laclau el
que nunca va lo suficientemente lejos en el juego de las sustituciones sin
final.
Para
salir de tal impasse propongo considerar la performatividad traductiva de
Butler una llamada hacia una política de historicismo radical dentro de los
térmi-nos en que se plantea tal cuestión en Hegemonía; consi-derar la noción de
Zizek de acto auténtico una apertura hacia una política de la historicidad; y
tomar prestada de Giorgio Agamben la noción de “estado de la historia” para
describir la política laclauiana. Para Agamben “Ka-fka (...) reemplaza la idea
de una historia que se despla-za infinitamente a lo largo de un tiempo vacío y
linear (y esta es la historia que compele al angelus novus [ben-jaminiano] a su
carrera imparable) con la imagen para-dójica de un estado de la historia en el
que el aconteci-miento fundamental de la condición humana está per-petuamente
tomando lugar; el continuum del tiempo linear es interrumpido, pero no crea una
apertura más
176
allá
de sí mismo. La meta es inaccesible no porque que-da demasiado lejos en el
futuro sino porque está presen-te aquí, delante de nosotros; pero su presencia
es consti-tutiva de la historicidad del hombre, de su perenne de-morarse en un
sendero inexistente, y de su incapacidad de apropiarse de su propia situación
histórica” (Agam-ben, Man 113).
Si
la traducción cultural es la máquina conceptual de Butler, y el acto auténtico
la de Zizek, ¿qué concepto de acción política traza los contornos de la
política del estado de la historia en Laclau? No será ya notable apun-tar que,
en el momento en que Laclau se prepara a ofre-cer su avance teórico en relación
con la cuasi-trascen-dentalidad, rechaza una de las críticas de Zizek sobre la
base de que “está basada en una división estricta entre lo descriptivo y lo
normativo que es en última instancia derivable de la separación kantiana entre
Razón pura y práctica” (80). La crítica kantiana de Zizek es que nada en la
teoría de la hegemonía, en su sentido descriptivo, determina necesariamente una
inversión normativa en política emancipatoria. La respuesta completa de La-clau
es su concepto de la decisión política, que no sólo fundamenta su concepto de
una política de un estado de la historia, sino que también ofrece una
refutación a la observación de Zizek de que sólo una política de la
historicidad puede dar cuenta del cambio social revolu-cionario, y de hecho
convertirse en su marco normativo.
La
acción política es para Laclau necesariamente tro-pológica (“en la medida en
que el desplazamiento no está gobernado por ninguna lógica de la necesidad
dictada por lo desplazado”) y catacréstica (“en la medida en que las entidades
constituidas en los desplazamientos no tie-nen significado literal alguno fuera
de los desplazamien-tos mismos de los que emergen”) (78). A través de la ac-
177
ción
política el sujeto político emerge como “la distancia entre la indecibilidad de
la estructura y la decisión” (79). Y la decisión es siempre de antemano ética:
esa distancia incommensurable entre estructura y decisión convierte la acción
política en “un momento de inversión que no está dictado por la naturaleza de
su objeto y que, como resultado, redefine los términos de la relación entre lo
que es y lo que debería ser (entre la ontología y la ética): la ontología está
atravesada absolutamente de ética, en la medida en que toda descripción depende
de la presencia (en su ausencia misma) de una plenitud que, siendo la condición
de toda descripción, hace toda pura descrip-ción completamente imposible” (81).
Una
acción política decisiva es así la subversión tro-pológica del orden simbólico.
Para que esta definición funcione, deben aceptarse dos consideraciones
adiciona-les: “Primero, sólo aquel aspecto de una decisión que no esté
predeterminado por un marco normativo existente es, propiamente hablando,
ética. Segundo, ningún or-den normativo es otra cosa que la forma sedimentada
de un acontecimiento ético inicial” (82). De ahí la siguiente definición de
hegemonía: “El sujeto que toma la decisión es sólo parcialmente un sujeto: es
también un trasfondo de prácticas sedimentadas que organiza un marco nor-mativo
que opera como limitación en el horizonte de opciones. Pero si este trasfondo
persiste en la contamina-ción del momento de la decisión, diría también que la
decisión persiste en la subversión del trasfondo. Esto sig-nifica que la
construcción de un trasfondo normativo co-munitario (que es una operación
política y de ningún modo meramente ética) toma lugar en la limitación de lo
ético por lo normativo y en la subversión de lo normativo por lo ético” (83).
Si la decisión estuviera plenamente predeterminada por un marco normativo, no
sólo no se-
178
ría
una decisión, sino que no merecería el adjetivo “políti-ca”. Al revés, si la
decisión no estuviera limitada por la sedimentación normativa de una sociedad
dada, tendría que autoentenderse como autopoiesis total —por lo tan-to, como un
decisionismo, adjudicable a esos “Licurgos del orden social” que ignoran el
hecho de que “el marco normativo de una sociedad dada (...) puede experimen-tar
profundas dislocaciones que requieran recomposicio-nes drásticas pero nunca
desaparece hasta el punto de requerir un acto de fundación total” (82). La
política re-volucionaria es posible para Laclau, y por extensión para Butler,
precisamente cuando las “dislocaciones profun-das” de una formación hegemónica
dada requieran su “re-composición drástica”. No son, sin embargo, el resultado
de un fiat decisionista, sino más bien el resultado de la interacción entre la
decisión ética, que siempre reivindica para sí la plenitud imposible y
necesaria de lo social, y el estado de una historia, esto es, el estado dado de
una formación social sedimentada. Sin embargo, una vez es-tablecido que nada en
la teoría de la hegemonía de La-clau impide la posibilidad de cambio
revolucionario, ¿qué hacer con la objeción de Zizek (y, también, de Butler) de
que, incluso si Laclau puede mostrar que el acto ético es una parte esencial de
su entendimiento de lo político, no puede mostrar la necesidad de que esa ética
se mueva en la dirección de la emancipación colectiva?
Para
una política del estado de la historia, las deci-siones son ni más ni menos que
“desplazamientos contin-gentes dentro de órdenes comunitarios contextuales” que
“pueden mostrar su verosimilitud a gente que vive dentro de esos órdenes, pero
no a alguien concebido como una mente pura fuera de cualquier orden” (Laclau
85). O, como Agamben lo pone, “dado que la meta ya está pre-sente y así no hay
sendero que pueda llevar a ella, solo la
179
terquedad
perennemente retrasada de un mensajero cuyo mensaje no es sino la tarea de
transmisión puede devol-verle al hombre, que ha perdido su capacidad de apro-piarse
de su espacio histórico, el espacio concreto de su acción y su conocimiento”
(Man 114). El pensamiento
de
Laclau proporciona tal espacio —mejor que el de sus interlocutores. Pero,
aunque es cierto que la per-formatividad de la traducción en Butler es
compatible y quizás ventajosamente entendida dentro de la noción de Laclau de
la decisión política, y aunque es igualmente cierto que la noción de Zizek de
acto auténtico puede leerse en los términos de desplazamiento catacréstico y
subversión del orden simbólico que propone Butler, tam-bién es cierto que nada
en el avance teórico de Laclau hacia una ontología de lo político parece pedir
un com-promiso normativo con la subalternidad de la misma manera en que lo
hacen los conceptos maestros de Zizek
o
Butler. Laclau no tiene acceso —excepto un acceso improvisado y estrictamente
político— a las dis-tinciones intrapolíticas que pueden establecer
teóricamen-te Zizek y Butler. Para Zizek, el acto auténtico permite la
distinción entre una interrupción de la hegemonía y una interrupción dentro de
la hegemonía, mientras que La-clau no puede acceder a un concepto de
interrupción de la hegemonía, puesto que para él la hegemonía es la con-dición
absoluta de lo político. Para Butler, la traducción cultural se constituyó en
la distinción entre las exclusio-nes constitutivas de las articulaciones
hegemónicas do-minantes y las articulaciones hegemónicas mismas. Pero la
decisión de Laclau, aunque por definición accesible a cualquier agente
hegemónico, permanece barrada para aquellos que por definición están excluidos
del acceso al marco normativo que fue constituido como tal mediante una
decisión ética inicial.
180
La
negativa de Laclau a pensar más allá de la cuasi-trascendentalidad hegemónica y
hacia el plano de im-manencia que lo constituye, su resto enigmático, o la
subalternidad en sí misma, es el resultado de una deci-sión política e
intelectual. A la observación de Zizek sobre la poca disposición de Laclau a
responder a la cues-tión de la historicidad (¿piensa Laclau “la estructura
nocional (...) de la práctica política específica que está emergiendo hoy tras
la retirada de la izquierda clásica”? Si es así, ¿por qué no piensa en
principios estructuran-tes alternativos de lo político? ?Por qué no pensará,
más allá de la hegemonía, en una interrupción de la hege-monía?), Laclau
contesta:
Lo
importante es romper con la falsa alternativa “trascendenta-lismo
ahistórico/historicismo radical”. Esta alternativa es falsa porque sus dos
términos coimplican al otro y por fin dicen exactamente lo mismo. Si yo postulo
un historicismo radical, mi postulación requerirá algún tipo de metadiscurso
que espe-cifique diferencias epocales que necesariamente tendrán que ser
transhistóricas. Si yo postulo un trascendentalismo duro, tendrá que aceptar la
contingencia de una variación empírica que sólo puede ser capturada en términos
historicistas. Sólo si yo acepto plenamente la contingencia e historicidad de
mi sistema de categorías pero renuncio a cualquier intento de capturar el
sentido de su variación histórica conceptualmente puedo empezar a encontrar el
camino de salida. Por supuesto esta solución no suprime la dualidad
trascendentalismo/histo-ricismo, pero al menos introduce una cierta souplesse y
multipli-ca los juegos de lenguaje que es posible jugar dentro de tal dualidad.
Hay un nombre para el conocimiento que opera bajo estas condiciones: es
finitud. (201)
La
visión de Laclau sobre la necesaria vinculación
181
de
visión y ceguera —eso es la finitud— plantea, más que borra, la pregunta sobre
qué es lo que condena a la contingencia y la historicidad de la teoría de la
hegemo-nía a no empujar sus propias determinaciones hasta el límite, allí donde
podrían abrirse a una investigación consistente de sus propias presuposiciones.
Para mí, eso pide una tematización del pensamiento del no sujeto de lo
político.
4. La absolutización de la inmanencia: un
rechazo doble
La
filosofía, dicen Gilles Deleuze y Felix Guattari, “presenta tres elementos,
cada uno de los cuales se en-garza con los otros pero debe considerarse por sí
mismo: el plano prefilosófico que debe establecer (inmanencia), la persona o
personas que debe inventar o traer a la vida (insistencia) y los conceptos
filosóficos que debe crear (consistencia). Establecer, inventar y crear
constituyen la trinidad filosófica —rasgos diagramáticos, persona-listas e
intensivos” (¿Qué es filosofía? 76-77). La relación filosófica en Hegemonía
encuentra sus rasgos intensivos en la relación entre la performatividad de
Butler, el acto en Zizek y la decisión en Laclau; y encuentra su plano de
insistencia en la relación entre las tres personas con-ceptuales que proyectan,
esto es, el pensador historicis-ta de la traducción y la transculturación en
Butler, el actor historial del cambio fundamental en Zizek, y el sujeto
histórico de la decisión en el estado de la historia en Laclau. Sin embargo,
para establecer esta relación filosófica como relación, o, en otras palabras, para
ase-gurar la posibilidad de una común afirmación silencio-sa que vincule
recíprocamente rasgos personalistas e in-
182
tensivos,
el plano de insistencia y el plano de consisten-cia, debemos hallar el plano de
inmanencia.
¿Cuál
es entonces el rasgo diagramático común, el campo inmanente de estos tres
estilos o gustos para el pensar cuyo elemento afirmado y presupuesto (afirma-do
como presupuesto) es a la vez la necesidad y la impo-sibilidad de la
cuasi-trascendentalidad? O, mejor dicho, la necesidad y la imposibilidad de la
trascendentalidad, que se traduce como cuasi-trascendentalidad. La
cuasi-trascendentalidad no rechaza o reemplaza el plano de inmanencia, sino que
lo constituye en su especificidad. Pero si de pensadores de la trascendencia
anteriores pue-de decirse que “cuando se enorgullecen de encontrar lo
trascendente en lo inmanente, todo lo que hacen es re-cargar el plano de
inmanencia con la inmanencia mis-ma” (Deleuze/Guattari 73), encontrar la
necesidad e imposibilidad de la trascendencia dentro de la inma-nencia
pertenece más bien a la constitución de lo que Deleuze y Guattari llaman “otro
plano de inmanencia:” “En el nuevo plano, es posible que el problema concier-na
ahora al que cree en el mundo, y ni siquiera en la existencia del mundo sino en
sus posibilidades de mo-vimientos e intensidades, para darle una vez más
naci-miento a nuevos modos de existencia, más cercanos a los animales y a las
rocas. Puede ser que creer en este mundo, en esta vida, se haga nuestra tarea
más difícil, o la tarea de un modo de existencia aun por ser descubier-to en
nuestro plano de inmanencia hoy. Esta es la con-versión empírica (tenemos
tantas razones para no creer en el mundo humano, hemos perdido el mundo, y eso
es peor que perder una prometida o un dios). El proble-ma en verdad ha
cambiado” (74-75).
La
relación hegemonía/subalternidad constituye el problema aporético o la
suposición prefilosófica en Hege-
183
monía.
Sienta su plano diagramático. Voy a cerrar este capítulo volviendo a su
principio y yendo hacia la posi-bilidad de redefinir la relación
hegemonía/subalterni-dad desde la perspectiva conceptual del no sujeto de lo
político. Creo que el concepto de resto enigmático, que inventa la figura del
no amigo, puede operar un tipo de “conversión empírica” en la teoría de la
hegemonía y así lograr tres resultados: 1) abrir la teoría de la hegemonía
hacia su dimensión parahegemónica constitutiva; 2) ra-dicalizar los elementos
traductivos de la performance historicista hacia su propio exceso intraductivo,
que está más allá de lo cultural y es de hecho la condición de posibilidad de
lo cultural mismo; y, 3), exponer la no-ción de acto auténtico o historial como
noción subjeti-vista o decisionista que debe ser equilibrada, y por lo tanto
corregida, mediante un correlato no-filocéntrico. No pretendo mejorar el
pensamiento político de But-ler, Laclau o Zizek, sino sólo articular su plano
de inma-nencia al exponerlos a su relación mutua —que es pre-cisamente la
ausencia de la tematización del no sujeto en su conceptualización de lo
político.
Como
antes dije que la relación hegemonía/subal-ternidad articulaba la relación
hegemónica interna en Hegemonía, debo ahora reformularlo. Es cierto que los
conceptos y las personas conceptuales de los tres dife-rentes interlocutores
articulan una cadena de equiva-lencias y establecen su identidad diferencial
respecto de una presencia antagonista; y lo que es antagónico a los tres
pensadores es la noción filosófica y política de una reconciliación plena de lo
social consigo mismo. En la medida en que la aporeticidad de la relación
hegemo-nía/subalternidad, esto es, la aporía implicada en la pre-gunta por el
fin de la subalternidad —en otras palabras, la imposibilidad y necesidad de
responder afirmativa o
184
negativamente
a las preguntas sobre si la subalternidad es la condición misma de producción
de subjetivación o sobre si la subalternidad puede ser evacuada y elimina-da de
lo social sin resto alguno —siempre niega de an-temano que la comunidad
plenamente autorreconcilia-da sea el horizonte propio de lo histórico, la
relación hegemonía/subalternidad, como relación aporética, en-tra en sí mismo
en Hegemonía a través de la misma afir-mación de que no hay relación posible
entre ella misma y su contrapartida antagónica: es decir, la relación de
antagonismo que este libro establece con la posibilidad de una reconciliación
plena de lo social consigo mismo está internamente doblada y al mismo tiempo
limitada internamente por el hecho de que la dimensión antagó-nica de la
relación hegemonía/subalternidad —el aserto de que la relación es o bien
plenamente contingente o bien plenamente necesario— no tiene sentido y no puede
por lo tanto constituir propiamente uno de los polos de una relación de
antagonismo. Por lo tanto, mi reformu-lación se refiere a que lo político en
este libro se concibe siempre de antemano como relación sin relación, y no
propiamente como relación hegemónica.
Si
la absolutización de la soberanía en la plena entra-da de la humanidad en sí
misma que pretende conse-guir la globalización liberal consumada amenaza el
sue-lo mismo de lo político al retirar de él toda posibilidad de inmanencia —lo
político ya no sería susceptible de descripción exhaustiva en apelación a la
distinción ami-go/enemigo—, podemos ahora referirnos a la de-abso-lutización
del plano de inmanencia que el pensamiento político de la
cuasi-trascendentalidad opera. La de-ab-solutización del plano de inmanencia
significa, antes que nada, un rechazo a pensar la soberanía absoluta, la
so-beranía de la soberanía, como la verdad de la historia en
185
la
era de la globalización consumada. Pero también sig-nifica, en segundo lugar,
una renuncia a pensar la sobe-ranía relacional, esto es, la soberanía sin
soberanía, la soberanía de los amigos, como la verdad de lo político hoy. Este
doble rechazo abre un nuevo plano de inma-nencia en la filosofía política, en
la filosofía como políti-ca, en el pensamiento del resto enigmático. Si la
divi-sión entre soberanía absoluta y relacional es histórica-mente la relación
fundante del principio de hegemonía en la modernidad, el resto enigmático, como
aquello que no entra en la relación soberana pero en relación con lo cual toda
relación soberana se hace posible, em-puja el principio de hegemonía hacia sus
propios lími-tes. Al establecerse como relación sin relación con la di-visión
entre soberanía absoluta y relacional, el resto enig-mático, que ocupa el no
lugar del no amigo, el no lugar de la subalternidad, piensa la relación
hegemónica como siempre ya dominación, y por lo tanto más allá de la hegemonía.
El resto enigmático es la dimensión para-hegemónica de la hegemonía —justo eso
que Laclau no parece estar dispuesto a acoger en su teoría.
Pensado
desde el resto enigmático, de la misma forma, todo principio de traducción
cultural debe arti-cularse contra el trasfondo del exceso intraductivo. Si la
traducción necesariamente envuelve la soberanía rela-cional de dos o más
lenguas, así como la relación sin relación a la soberanía absoluta del lenguaje
puro ben-jaminiano, el doble rechazo absoluto de la soberanía como verdad de la
historia y como verdad de lo político empuja la traducción hacia sus límites y
la revela como siempre ya una estrategia de soberanía cultural. Si el
imperialismo puede definirse como la reducción de la traducción a traducción a
lo dominante, el resto enig-mático es la dimensión intraductiva del pensamiento
186
anti-imperial:
no una definición de redención cultural como retraducción emancipatoria, sino
más bien la memoria de la traza de la cultura como nunca lo sufi-cientemente
redentora, puesto que siempre implicada en la derrota de la libertad
originaria. Es aquí que pen-sar el no sujeto destruye la forma misma de
articulación de cualquier teoría identitarista de descolonización y propiedad
subjetiva infinita.
Y,
pensada desde el resto enigmático, desde el do-ble rechazo de las soberanías
absoluta y relacional, una política del acto auténtico se revela como
necesariamen-te una política de la amistad para la cual la subjetiva-ción lo es
todo. Pero la subjetivación sólo puede fundar una política de la relación en la
exclusión constitutiva de la relación sin relación del fundamento del sujeto.
El resto enigmático es, más allá del resto indivisible de lo real, la dimensión
afilocéntrica que condena toda dis-tancia de lo real a ser entendida como el
precio de la proximidad al amigo: una clase de amor, es decir, la ta-padera
ideológica para el hecho de que, para el sujeto, no hay nunca tal cosa como una
relación de pensamien-to. Relación, en la medida precisamente en que puede
existir como algo otro que relación sin relación, es siem-pre sólo lo que
alcanza al no sujeto.
187
188
Capítulo
quinto
Línea
de sombra.
Hacia
la infrapolítica
El
deseo de comunidad es el espíritu y el alma del poder constituyente —el deseo
de una comunidad que sea tan completamente real como está ausente, la
trayectoria y el motor de un movimiento cuya deter-minación esencial es la
demanda de ser, repetida, empujando una ausencia. (Negri, Insurgencies 23)
1.
La metafísica del contraimperio
El
capítulo anterior mencionó las razones lógicas por las cuales la pregunta sobre
el fin posible de la subal-ternidad en lo social tiene un carácter indecidible.
Si de-cimos que la subalternidad puede eliminarse sin resto, entonces tendremos
que basar nuestra respuesta sobre la noción de que la subalternidad es un
accidente histórico, contingente, y que no hay condición trascendental o
es-tructural alguna que impida su eliminación. Pero negar la trascendentalidad
en esos términos, es decir, afirmar la presencia de una historicidad pura y sin
compromiso, una historicidad en cuanto tal, es ya asumir una posición
trascendental sobre lo social en su conjunto. Así, una posición sobre la
historicidad radical o total contingencia de la subalternidad debe desaparecer
en cuanto tal para
189
abrir
el camino a la des-transcendentalización de la histo-ria. Y si respondemos que
no, que la subalternidad es condición estructural de lo social, pues siempre
habrá en lo social hegemonía, cuya contrapartida necesaria es sub-alternidad,
se aplica el mismo razonamiento. Si la subal-ternidad es condición necesaria de
historicidad, entonces nuestra posición debería desaparecer para que la
histori-cidad pueda entenderse como historicidad —de otra manera, la noción de
historicidad se debilita al quedar radicalmente vinculada a un principio de
constitución trascendental (que hace depender a lo histórico de lo radicalmente
no-histórico).
Como
ya vimos, Hegemonía, contingencia y univer-salidad es un libro que trata
centralmente de ese tema. En él Zizek se refiere a Imperio, de Michael Hardt y
Antonio Negri, del que dice que es “modelo de un aná-lisis del capitalismo
cercano del que a mí me interesa”, en los siguientes términos:
Hardt
y Negri describen la globalización como “desterritoria-lización” ambigua: el
capitalismo global triunfante ha pene-trado todos los poros de la vida social,
hasta las esferas más íntimas, introduciendo una dinámica insólita que ya no
con-fía en formas de dominación patriarcales o jerárquicas sino que genera
identidades híbridas fluidas. Sin embargo, esta misma disolución de todos los
vínculos sociales sustanciales también deja que el genio salga de la botella:
libera los poten-ciales centrífugos que el sistema capitalista ya no podrá ser
capaz de contener. Sobre la base de su mismo triunfo global, el sistema
capitalista se hace así hoy más vulnerable que nun-ca —la vieja fórmula de Marx
todavía aguanta: el capitalismo genera sus propios enterradores. (Zizek,
Hegemony 329)
Aunque
Zizek, como hemos visto, suspende en
190
última
instancia la respuesta a la pregunta por el fin de la subalternidad en su
propio trabajo, no deja de afir-mar un tipo de praxis política que no se
contenta con la posibilidad de un cambio histórico en las relaciones humanas
sino que lucha por él: tal cambio está para Zizek vinculado a la posibilidad de
un fin del capitalis-mo. La posibilidad de un fin del capitalismo está
abier-ta, piensa Zizek, igual que dice Zizek que piensan Har-dt y Negri, por la
misma historicidad capitalista: “des-de su mismo comienzo, la globalización
capitalista —la emergencia del capitalismo como sistema mundial— implicó su
opuesto exacto: la brecha, dentro de grupos étnicos particulares, entre los que
están incluidos en esa globalización y los que están excluidos. Hoy esa brecha
es más radical que nunca” (Zizek, Hegemony 322). Una política de la
subalternidad expondría al capitalismo a su propio final al enfatizar el hecho
de que la historici-dad capitalista está sujeta a las condiciones de toda
“uni-versalidad concreta” hegeliana, es decir, a la “sobrede-terminación por la
universalidad de parte de su conte-nido” (Zizek, Hegemony 315). Así, para
Zizek, como por lo demás para Laclau y Butler, “la generalización de la forma
hegemónica de la política en las sociedades con-temporáneas” debe leerse como
el triunfo de una clase particular sobre todas las demás en la lucha de clases:
la hegemonía es el resultado de la sobredeterminación de la universalidad por
el modo de producción burgués o capitalista.
El
lugar de la universalidad política hoy depende para Zizek, no de la hegemonía y
de su estado particu-lar, sino más bien de las clases subalternas, que por lo
tanto definen, incluso por omisión, las condiciones mis-mas de la práctica
política del presente: “la existencia oscura de los que están condenados a
vivir una vida es-
191
pectral
fuera de la región del orden global, borrosos en el trasfondo, inmencionables,
sumergidos en la masa sin forma de la ´población,´ sin siquiera un sitio
particular al que puedan llamar el suyo propio” (Zizek, Hegemony 313). Para
Zizek, “en política, la universalidad se afirma cuando un agente sin lugar
propio (...) se postula como la incorporación directa de la universalidad
contra to-dos aquellos que tienen un lugar en el orden mundial. Y este gesto es
también el gesto de la subjetivación, puesto que ‘sujeto’ designa por
definición una identi-dad que no es sustancia: una entidad dislocada, una
en-tidad que carece de su lugar propio en el Todo” (Zizek, Hegemony 313). Zizek
repite con esto una posición que también hemos visto en el Capítulo tercero
como carac-terística de Badiou (y asimismo lo es de Jacques Rancié-re; y no es
lejana de la posición de Laclau).
Zizek
publicó poco más tarde otro comentario so-bre Imperio en Folha de Sao Paulo.
Allí Zizek insinúa una crítica suave al libro de Hardt y Negri, basada en el
he-cho de que, aunque estos últimos piensen, marxianamente, que el desarrollo
mismo del capitalismo ocasionará su colapso final, “el análisis fundamental [en
Imperio] de cómo el modo socioeconómico global de producción puede abrir un
espacio para medidas radicales comparable al de la revolución proletaria” es
insuficiente. El libro sería, por lo tanto, “pre-marxista” en ese sentido
(Zizek, “Empre-endimento” 13). La crítica es significativa, pues refiere a las
condiciones políticas en las que puede inscribirse, a nivel de agencia
subjetiva, el principio tendencial motor mismo del fin del capitalismo. Pero
¿puede la insuficien-cia en cuanto a economía política que Zizek encuentra en
Imperio ser el motivo más apropiado para la crítica zize-kiana de Imperio? El
apoyo fundamental de Zizek al libro de Hardt y Negri puede hacerle tragar a
Zizek más an-
192
zuelo
del que quiere, pues lo cierto es que Imperio no tiene reparos en postular el
fin absoluto de la subalterni-dad y la constitución de la democracia de la
multitud como su propio horizonte político. Y lo hace mediante una teoría de la
subjetivación que no sólo es incompati-ble con la de Zizek sino también
claramente incompati-ble con el legado hegeliano y con el pensamiento del
universal concreto a los que Zizek suscribe. La diferencia filosófica
fundamental es la postulación, en Imperio, de una inmanentización radicalizada
de lo real que no sólo disuelve la necesidad de entender lo social en términos
de la polaridad subalternidad/hegemonía que estructu-ra el pensamiento de
Zizek, sino también el entendi-miento de lo real como el resto indivisible e insimboli-zable
que genera y constituye lo social y lo político des-de un principio.
Este
capítulo tratará de efectuar una lectura crítica del libro de Hardt y Negri, no
a partir de leer a Zizek mejor de lo que Zizek se lee a sí mismo, sino más bien
a propósito de ciertas condiciones de articulación filosófi-ca de lo político
que a mí me parecen insuficientes en Imperio. Mi crítica es consistente con la
crítica ya elabo-rada a propósito de Schmitt y Heidegger y el postcolo-nialismo
de la descolonización infinita, o a propósito de Zizek y Badiou, o a propósito
de Laclau y Butler —mi intención rectora sigue siendo la elaboración apropiada,
por más que todavía simplemente preliminar, tentativa, del concepto de lo
político que puede subyacer a la in-tuición de la presencia en lo político de
un no sujeto determinante para sus condiciones de manifestación y apertura:
precisamente el no sujeto que todas esas figu-ras, y tantas otras, del
pensamiento político del siglo veinte desestiman y olvidan. Concluiré este
capítulo mediante un regreso a Heidegger y una exploración de
193
la
temática del nihilismo en la obra de Giorgio Agam-ben y de ciertos motivos en
Michel Foucault, y el plan-teamiento de una estrategia de pensamiento a la que
voy a llamar infrapolítica.
Sin
el libro previo de Antonio Negri, El poder constitu-yente (Insurgencies en la
traducción inglesa), es difícil entender suficientemente las presuposiciones
filosóficas de Imperio. Al final del libro, Negri prepara una definición de lo
político apelando al entendimiento de la “vida” en Spinoza:
En
la vida política, social y ética la multitud de los individuos reinterpreta la
lucha de la fuerza para existir hacia configura-ciones más y más comunitarias
de la vida. Los mecanismos de producción de la naturaleza construyen a los
individuos; los individuos naturales ponen en movimiento los procesos de
construcción de lo social. Aquí tenemos un primer nivel on-tológico, en el que
se inscribe el paso progresivo de las pasio-nes, la imaginación y la
inteligencia hacia grados cada vez más altos de densidad ontológica. Pero este
proceso se duplica a sí mismo, y nos hace enfrentar no sólo grados diferentes
de densidad ontológica, sino también la creatividad humana, esparcida más allá
de los límites ontológicos del proceso. Esto ocurre cuando, éticamente, el amor
y la alegría rompen el ritmo continuo del proceso ontológico. Aquí el amor
consti-tuye la divinidad, lo absoluto. De esta unión vuelve a lo social para
revivificarlo. Un segundo nivel ontológico, por lo tanto, que rompe la
continuidad genealógica del primero, ya no es una acumulación de ser, sino más
bien una de sus próstesis creativas. Cuando el amor interviene y la alegría
separa de la tristeza, entonces el ser ha sido encontrado de nuevo. El poder
constituyente se ha liberado completamen-te, en su determinación positiva, como
determinación del tejido ontológico y como su sobredeterminación creativa.
(Negri, Insurgencies 323)
194
Este
tipo de ideología de la liberación, que habla de primeros y segundos niveles
ontológicos a partir de nociones tan vacuas y quizá inintencionadamente
neo-platónicas como la creatividad humana y su relación con la divinidad a
través de la próstesis amante y alegre, que habla del poder constituyente como
emanación de lo superfluo que desborda triunfante, etcétera, no tiene lugar de
ninguna clase para la “distancia [residual] ha-cia lo real” o para la
“dislocación necesaria” que son para Zizek condiciones constitutivas de la
subjetivación. “El poder constituyente”, nos dice Negri, “es el paradigma de lo
político porque su proceso está metafísicamente definido por la necesidad”
(Insurgencies 333). Y: “Lo que nos espera es una historia de liberación, desutopía
en acción, desenfrenada y tan dolorosa como constructiva. La constitución de la
fuerza es la experiencia misma de la liberación de la multitudo. El hecho de
que en esta forma y con esta fuerza el poder constituyente no pueda sino
aparecer es irrefutable, y que no pueda dejar de imponerse como hegemónico en
el siempre renovado mundo de la vida es necesario. Es nuestra tarea acelerar
esta fuerza y reconocer su necesidad en el amor del tiem-po” (Insurgencies
336). La alegría de la inevitabilidad histórica del triunfo de la fuerza
necesaria, cruzada de amor pero no de sombras de dudas, está apoyada en una
naturalización del concepto de verdad como aque-llo que está ahí delante,
esperándonos, como cumpli-miento de los tiempos. Por eso lo que limita la libera-ción,
lo que por una parte nos hace impacientes pero por otra ha siempre ya limitado
la liberación en la his-toria de la modernidad y en la historia del modo
capita-lista de producción es la no verdad, que “opone mando a fuerza, y que
opone constitución a poder constituyen-te. Pero esta no verdad es sólo la
cortina opaca que se
195
sobreimpone
a la permanencia de lo real político, esto es, al poder constituyente en
acción” (Insurgencies 333).
La
verdad, por lo tanto, la verdad de lo “real polí-tico,” es el elemento
fundamental de la posible entrada en existencia patente del contraimperio, y la
historia, y en particular la historia del presente, consiste en una
recuperación de tal verdad, contra la no verdad de la moderna soberanía como
reducción de poder constitu-yente a dominación. Si la multitud es el verdadero
suje-to continuamente negado de la acción política, enton-ces la multitud es un
sujeto antisoberano, y el horizon-te político último de Imperio es la
restitución de la fuer-za no soberana, entendida como la restitución de un
libre sujeto de amor, próstesis de ser: “Sólo hay una con-dición correcta (y
paradójica) para una definición de soberanía vinculada a la definición de poder
constitu-yente: que exista como praxis de un acto constitutivo, renovado en la
libertad, organizado en la continuidad de una praxis libre. Pero esto
contradice la entera tradi-ción del concepto de soberanía y todos sus
significados posibles. Consiguientemente, el concepto de soberanía y el
concepto de poder constituyente están en oposi-ción absoluta” (Insurgencies
22).
¿Cómo
puede lograrse la liberación de la fuerza no soberana y libre de la multitud?
Estaría marcada por un “romper” la continuidad genealógica del “paso
progre-sivo de las pasiones, la imaginación y la inteligencia” hacia grados más
altos del ser. En las formulaciones ini-ciales de Imperio se lee: “El paso al
Imperio emerge del ocaso de la soberanía moderna” (Hardt y Negri, Empire xii).
“en la postmodernización de la economía global, la creación de la riqueza
tiende más y más hacia lo que llamaremos producción biopolítica, la producción
de la vida social misma, en la que lo económico, lo político y
196
lo
cultural se cruzan y se cargan recíprocamente de for-ma creciente” (xiii); “el
concepto de Imperio se caracte-riza fundamentalmente por su carencia de
fronteras: el gobierno del Imperio no tiene límites. Primero, (...) el concepto
de Imperio postula un régimen que efectiva-mente abarca la totalidad espacial
(...) Segundo, el con-cepto de Imperio se presenta no como régimen históri-co
que se origina en la conquista, sino más bien como un orden que suspende de
hecho la historia y así fija el estado de cosas existente para la eternidad
(...) Tercero, el gobierno del Imperio opera en todos los registros del orden
social y se extiende hasta las profundidades del mundo social (...) Imperio
presenta la forma paradig-mática del biopoder. Finalmente, aunque la práctica
de Imperio está continuamente bañada en sangre, el con-cepto de Imperio está
siempre dedicado a la paz —una paz perpetua y universal fuera de la historia”
(xiv-xv). Imperio, por lo tanto, parece constituir un primer nivel ontológico,
con un grado de densidad ontológica máxi-mamente intensificado, y de hecho
tendencialmente total. Pero el momento de su verdad máxima —y es aquí que la
teoría de Imperio se acerca al Marx de los Grundrisse para aprobación de Zizek—
es también el momento de su máxima no verdad. El Imperio emerge así como un
orden genealógico impropio y falso. Con-tra ello, no es necesario postular sino
más bien recono-cer la verdad de la próstesis ontológica—la liberación genuina
del amor y de la alegría que marcaría una inte-rrupción total del Imperio: esta
es la patencia del con-traimperio. “Las fuerzas creadoras de la multitud que
sostienen al Imperio son también capaces de construir autónomamente un
contraimperio, una organización po-lítica alternativa de flujos e intercambios
globales” (xv). ¿Cuál sería entonces la diferencia decisiva entre Imperio
197
y
contraimperio? ¿Qué significa que el amor y la alegría rompan la organización
imperial?
Para
Hardt y Negri la producción biopolítica del Imperio “funciona ya en términos
completamente posi-tivos” (13). Intentan reformular lo mismo, de forma quizás
ilegítima desde su perspectiva ideológica gene-ral, diciendo que el paso al
Imperio nos enfrenta con un “universal concreto” (19). ¿Y el contraimperio? ¿Es
el contraimperio antes que nada una negación radical del Imperio? ¿La verdadera
negación de una no verdad? En una analogía, ya mencionada previamente en este
libro, que remite “al nacimiento del Cristianismo en Europa y su expansión
durante la decadencia del Imperio Roma-no,” Hardt y Negri parecen decir que no
entienden el contraimperio de forma alguna como trabajo de lo ne-gativo. Al
revés, en el cristianismo temprano,
se
construyó y consolidó un enorme potencial de subjetivi-dad en términos de la
profecía de un mundo por venir, un proyecto quiliástico. La nueva subjetividad
ofreció una alter-nativa absoluta al espíritu del derecho imperial —una nueva
base ontológica. Desde esta perspectiva, el Imperio fue acep-tado como “la
madurez de los tiempos” y la unidad de la civilización conocida, pero quedó cuestionado
en su totali-dad por un eje ético y ontológico completamente diferente. De la
misma forma hoy, dado que los límites y los problemas irresolubles del nuevo
derecho imperial están fijados, la teoría y la práctica pueden avanzar más allá
de ellos, encontrando una vez más una base ontológica de antagonismo—dentro del
Imperio, pero también contra y más allá del Imperio, al mismo nivel de
totalidad. (Empire 21)
Se
trataría pues de entender la base filosófica de este tipo particular de
antagonismo. En términos hegelianos,
198
el
contraimperio podría entenderse como una síntesis de Imperio y su negación.
Pero la negación viene desde den-tro de la forma Imperio, esto es, no depende
de una ins-tancia radicalmente externa. Ahora bien, dado que el Imperio es
presentado por Hardt y Negri como una es-tructura “radicalmente positiva” que
depende para su for-mación de la inmanentización exhaustiva de lo real, el
Imperio rechaza de antemano toda posibilidad de nega-ción dialéctica que le
ataña. En otras palabras, si el Impe-rio pudiera encontrar en sí la posibilidad
de su propia negación, no sería Imperio —eso es lo que significa que Imperio
sea sólo positividad. Puesto que tenemos Impe-rio, incluso en la forma
tendencial del “paso al Imperio”, ¿cuál es exactamente la condición ontológica
de constitu-ción de la posibilidad de contraimperio? ¿Cómo se pro-duce la
inversión o la catexis del contraimperio en el Im-perio, como una positividad
carga otra positividad, sin negación, de tal forma que toma lugar un cambio
ontoló-gico de carácter epocal o historial y se hace posible un nuevo comienzo
de la historia comparable al que conlle-vó la conversión de Constantino?
Hace
algún tiempo el New Yorker publicó una bre-ve nota exaltando el poder innovador
de una compañía comercial gallega llamada Zara. Galicia es una región del
noroeste español que está, o estuvo hasta hace muy pocos años, entre las áreas
más crónicamente deprimi-das de Europa. Zara empezó a desarrollarse en 1975, el
año de la muerte de Franco que marca la transición es-pañola a la democracia
política, mediante una táctica de desmantelamiento de “mucha de la sabiduría
con-vencional respecto de la nueva economía global.” El re-sultado, según el
New Yorker, es:
En
lugar de facturar nuevos productos una vez por tempora-
199
da,
Zara hace entregas en cada una de sus cuatrocientas tien-das esparcidas por el
mundo (incluyendo cuatro en Man-hattan) cada pocos días. En lugar de
manufacturar doscien-tos o trescientos productos diferentes cada año, Zara
produce más de mil cien de ellos. No acumula mercancía, y los diseños que no
encuentran éxito son retirados de los estantes tras sólo una semana, de forma
que la compañía no tiene que hacer saldos. Equipados con radios manuales
vinculados directa-mente a las salas de diseño de la compañía en España, los
gerentes de Zara pueden informar diariamente de qué es lo que los clientes
compran, desprecian o piden pero no en-cuentran. Lo más importante es que la
compañía requiere sólo entre diez y quince días para ir del diseño de un
produc-to —lo cual, por cierto, con frecuencia significa el invento de un nuevo
look— hasta su venta. Esta es la combinación de velocidad, diseño y precio que
el año pasado hizo al director de modas de L.V.M.H., Daniel Piette, decir de
Zara que es “posiblemente la vendedora más innovadora y devastadora del mundo.”
(Surowiecki 74)
No
necesitamos tomarnos el texto de Surowiecki como un análisis exhaustivo y
riguroso de las proyeccio-nes político-económicas de Zara. Dentro de sus
térmi-nos periodísticos, sin embargo, y poniendo nuestra sa-biduría
convencional entre paréntesis, ¿será posible en-tender a Zara como una
herramienta del Imperio, o es más bien ya una instancia de contraimperio? La
respuesta puede parecer intuitivamente simple (“bueno, vamos a ver, puesto que
tiene que ver con producir, distribuir y vender, puesto que tiende a
perfeccionar el funciona-miento del capitalismo, puesto que lo único que hace
es remover el límite inherente del capitalismo sin borrar sus contradicciones,
¡Zara es obviamente una herramienta del Imperio!”). Pero quizás, vista desde
Imperio, la res-
200
puesta
no sea tan simple, pues al fin y al cabo el concep-to de la multitud, muy
precisamente, no implica una negación de la producción biopolítica o
bioeconómica, sino su reinversión epocal o nueva catexis por una sub-jetividad
alternativa y no explotadora. La multitud es producción biopolítica allí donde
Zara también es pro-ducción biopolítica (en cuanto instancia de acción glo-bal
para la producción de cuerpos hermosos donde “lo económico, lo político y lo
cultural (...) se cruzan y car-gan recíprocamente” mediante una praxis de deseo
so-cial), y Zara, como la multitud, puede ser entendida como una nueva forma de
productividad subalterna que hace catexis del capitalismo sin caer presa de él:
una “estructura orgánica” cuyo “negocio está enraizado en una estrategia que
rige todo lo que hacen”; “la (...) con-fección de las faldas, vestidos y trajes
queda confiada a una red de unos trescientos pequeños talleres gallegos o del
norte de Portugal [ambas áreas entre las más pobres de Europa], que funcionan
más como socios que como proveedores” (Surowiecki 74); “la compañía nunca ha
lanzado una campaña de publicidad. Los tejidos se cor-tan y tiñen mediante
robots en sus veintitrés fábricas altamente automatizadas en España” (74). En
otras pa-labras, y siempre según la interpretación de Surowiecki, en las
operaciones de Zara no hay explotación de mano de obra tercermundista, no hay
explotación de mano de obra proletaria regional, y no hay explotación de la
cre-dibilidad del consumidor global, sino que sólo hay la producción altamente
positiva y cercana del ideal de objetos que se ajustan al deseo espontáneo del
consumi-dor casi instantáneamente y con la mediación de un valor de plusvalía
altamente minimizado (lo que no impide, por cierto, que Amancio Ortega, el
fundador de la empresa, sea uno de los hombres más ricos de
201
Europa).
Zara parece ser un ejemplo, si ejemplos puede haber en el mundo de la
producción industrial en el contexto contemporáneo del Imperio, no sólo del
paso al Imperio sino también y al mismo tiempo del paso al contraimperio: el
ejemplo de una nueva economía glo-bal que se hace liminarmente indistinguible
de la pro-ducción de una economía global alternativa (una “orga-nización
política alternativa de flujos e intercambios glo-bales”) regida por la
multitud.
Quiero
usar este ejemplo controvertible y por su-puesto nada más que anecdótico para
establecer la im-portancia de la pregunta respecto a la naturaleza de la
catexis del Imperio por la multitud y la creación de un biopoder contraimperial
lleno de amor y alegría. El artí-culo del New Yorker concluye, en rúbrica que
parece darle la razón a Hardt y Negri cuando mencionan el hecho de que el paso
al Imperio “emerge del ocaso de la soberanía moderna:” “¿Por qué no copia todo
el mundo a Zara? Lo harían si pudieran” (Surowiecki 74). Si la soberanía
mo-derna, definida por Hobbes mediante la noción de la sus-titución necesaria
de la naturaleza por la cultura para evi-tar la guerra de todos contra todos,
estaba basada en la fisura constitutiva entre poder y deseo, la nueva
sobera-nía de la multitud, que no es soberanía o es no soberanía, es la unión
tendencial de poder y deseo, haciéndole eco al Marx de los Grundrisse sobre la
posibilidad de eliminar el límite inherente al capital (un límite que no es
otro que la separación entre poder y deseo, para el capital igual que para el
trabajador). “Lo harían si pudieran,” y lo ha-rán cuando puedan en cuanto se
pueda producir de he-cho la carga o catexis “plenamente positiva” de lo social,
en la que no habrá separación, carencia ni fisura: “Zara es un sistema
integrado, no una mera colección de partes” (Surowiecki 74).
202
La
reinversión catéctica de lo social por la multi-tud, del Imperio por el
cristianismo, o del capitalismo tardío por Zara es el fenómeno descrito como
“profecía de un mundo por venir, proyecto quiliástico”. En la sec-ción del
libro llamada “Manifiesto político”, Hardt y Negri construyen la profecía del
contraimperio como “teleología materialista” que es el mero resultado
nece-sario del “deseo inmanente que organiza a la multitud” (Hardt y Negri,
Empire 66). La noción de inmanencia, “una nueva posición de ser” (64), es
crucial en este li-bro. Se le acredita a Spinoza, el creador de una filosofía
que “renovó los esplendores del humanismo revolucio-nario, poniendo a la
humanidad y a la naturaleza en la posición de Dios, transformando al mundo en
un terri-torio de práctica y afirmando la democracia de la multi-tud como la
forma absoluta de la política” (77). La for-ma absoluta de la política: esto
es, la condición absoluta de lo político. ¿Y qué es la democracia de la
multitud? La democracia de la multitud es la capacidad profética de los pobres:
Este
nombre común, los pobres, es también el fundamento de toda posibilidad de
humanidad. Como señaló Nicoló Machiavelli, en la “vuelta a los principios” que
caracteriza la fase revolucionaria de la religión y las ideologías de la
moder-nidad, casi siempre se ve al pobre como dotado de capacidad profética: el
pobre no sólo está en el mundo sino que el pobre es la posibilidad misma del
mundo. Sólo el pobre vive radi-calmente el ser real y presente, en destitución
y sufrimiento, y por ello sólo el pobre tiene la capacidad de renovar el ser.
La divinidad de la multitud de los pobres no apunta a ninguna trascendencia. Al
contrario, aquí y sólo aquí en este mundo, en la existencia de los pobres, se
presenta el campo de inma-nencia, se confirma, se consolida y se abre. El pobre
es dios en
203
la
tierra (...) Hay Pobreza Mundial, pero sobre todo hay Posi-bilidad Mundial, y
sólo el pobre el capaz de ella. (Hardt y Negri, Empire 156-57)
El
campo de inmanencia, la absoluta posibilidad histórica de los pobres, es “el
terreno exclusivo de la teo-ría y práctica de la política” (377). En la
Posibilidad Mundial de los pobres el fin de la subalternidad queda diáfanamente
anunciado como el fin mesiánico de la historia —la apelación a la inmanencia no
desmonta el rango mesiánico de esta estructura, sino que la refuerza al máximo,
toda vez que la plena inmanentización coin-cide con la Posibilidad Mundial, y
la Posibilidad Mun-dial coincide con la plena inmanentización, en la re-ducción
de toda trascendencia (que es por supuesto una forma de trascendencia, desde el
momento de su enun-ciación como principio: trascendencia mesiánica.) De ahí que
no sólo es el Imperio el que emerge en el ocaso de la soberanía moderna sino
que el contraimperio sea la radicalización de la antisoberanía. ¿Cómo es esto
po-sible? ¿Cómo es que la historia ocurre de tal manera que el momento de
inmanentización absoluta del soberano —ocaso de la soberanía moderna, basada en
la trascen-dencia del poder frente al deseo—, que es el momento de la aparición
del Imperio, sea también el momento en el que el Imperio puede ceder con la
máxima facilidad a las fuerzas antagonistas que contiene (los pobres)? La
máxima no verdad sería también la posibilidad absoluta de la emergencia de la
verdad, del amor y de la alegría, de un poder constituyente ahora ya libre de
la constitu-ción misma.
Quizá
podamos enunciar ahora el principio de ca-texis: no es simplemente que el
Imperio contenga al contraimperio, sino que Imperio es la contención mis-
204
ma:
Imperio es el límite. A través de la historia, para Hardt y Negri, y en
particular en la historia de la mo-dernidad, la soberanía aparece como el
contenimiento antagonista de la multitud, el límite de la multitud. La
represión del descubrimiento de Spinoza del plano de inmanencia toma lugar en
principio en la postulación de la trascendencia absoluta de Leviatán como poder
del estado. Pero la trascendencia absoluta es precisamen-te, y no es otra cosa
que, el otro lado de la absolutiza-ción de la inmanencia que es la promesa
infinita de los pobres como Posibilidad Mundial. La historia del capi-tal debe
entenderse, en tanto producción de biopoder, como la resistencia sistemática
del poder a la presión siempre en aumento de la multitud. En otras palabras, el
poder constituido, en su absoluta positividad, es sólo el contenimiento
productivo del poder constituyente, y por lo tanto su parásito. En el
capitalismo tardío, a tra-vés de fenómenos específicos que Hardt y Negri
expli-can y que podríamos cifrar en la noción marxiana de la subsunción
absoluta de la sociedad en el capital, se com-pleta un proceso histórico que es
el de la inversión de la transcendentalización absoluta del poder a plena
inma-nentización. Esto es el Imperio. Y aquí se abre la prime-ra posibilidad de
responder a la pregunta por el con-traimperio: la cuestión real no es cómo es
que el con-traimperio hace su catexis del Imperio, sino más bien la opuesta, es
decir, cómo es que el contraimperio se libra de su propia catexis imperial,
esto es, de su no verdad esencial. El Imperio o la soberanía siempre ya de
ante-mano han actuado como el contenimiento superestruc-tural de lo real, que
es la Posibilidad Mundial del poder constituyente de la multitud de los pobres.
La
naturaleza quiliástica o profética de Imperio re-side precisamente ahí: en su
capacidad de anunciar la
205
posibilidad,
o incluso la inminente llegada, de una mu-tación mimética, que es un
acontecimiento absoluto he-cho posible porque en el capitalismo tardío o en la
globa-lización consumada, esto es, en el tiempo del paso al Imperio, ocurre la
máxima cercanía entre el contenimiento productivo y aquello que el
contenimiento productivo contiene. Así, la absolutización de la inmanencia ya
no puede presentarse bajo su fachada histórica de trascen-dencia soberana. Como
resultado, la soberanía queda lis-ta para su captura y desmantelamiento por el
poder cons-tituyente de la multitud. El momento es ocasión de una ruptura
histórica sin antecedente, el momento de un acon-tecimiento que ya no sería
propiamente historia sino que abriría nuevamente la historicidad.
Esa
es, en suma, la profecía o el poder mesiánico de Imperio, pero también es su
límite. Pues el aconteci-miento puede sólo ser anunciado en cuanto tal, y sólo
puede ser anunciado según uno de dos modos: como acontecimiento que ya ha
ocurrido (siempre de ante-mano), pues está inscrito en la soberanía del Imperio
mismo, como su espectro; o como acontecimiento que nunca podría ocurrir del
todo, que nunca podría llegar a ocurrir absolutamente, un acontecimiento serial
o un acontecimiento de capturas singulares múltiples y qui-zás infinitas de lo
social a través del que la multitud consigue mutar la soberanía en su favor, en
cada uno de sus gestos, acción a acción, y así, por último, o ya siem-pre, o
nunca. La temporalidad del contraimperio, como temporalidad mesiánica, se
convierte en un problema más bien irresoluble, pues la toma del Imperio por el
contraimperio no puede entenderse más que como pro-ceso continuo que mimetiza
pero invierte la acumula-ción primitiva: el giro, como en todos los procesos
me-siánicos, desde la distopía a la utopía (o a la desutopía,
206
como
prefiere decir Negri, es decir, a la negación de la negación del lugar de
coincidencia constituyente entre poder y deseo). En palabras de John
Kraniauskas, “his-tóricamente, la idea de la multitud emerge con el alza de la
burguesía en un momento de mutación histórica, un proceso de desposesión social
violenta generalizado y de recomposición capitalista al que Marx se refiere
llamándole ‘acumulación primitiva’. Este es el terreno atroz de la posibilidad
burguesa ilimitada, casi suicida —la guerra de todos contra todos—, donde
siempre ha-brá más capitalistas potenciales y más mano de obra que abstraer.
Para el conservador Hobbes, era la multi-tud burguesa la que tenía que ser
controlada y domada. En la espalda del rechazo [es decir, del rechazo a la revo-lución
burguesa como última revolución posible] Impe-rio se constituye como la
realización final de ese imagi-nario” (Kraniauskas 22). La posibilidad burguesa
se in-vierte en la Posibilidad Mundial de los pobres, pero tal posibilidad no
puede encontrar su momento de consu-mación: es siempre necesariamente
procesual, y así sus-ceptible de retrasos, interrupciones, contramovimien-tos,
perversiones. Con lo cual la absoluta inmanentiza-ción aparece como aquello
que, habiendo tomado siem-pre de antemano lugar en el terreno de la
posibilidad, no ejerce como acto. La posibilidad mesiánica del fin de la
subalternidad en contraimperio es lo que no toma lugar, lo que está sujeto a un
retraso infinito.
El
deseo mesiánico es el deseo de la multitud. ¿Pero cómo se hace agencia
política? ¿Cómo se convierte la multitud en “un sujeto político en el contexto
del Im-perio” (Hardt y Negri, Empire 394)? ¿Es cierto que la multitud de los
pobres pueda llevar a su realización fi-nal el imaginario burgués mediante su
inversión en el imaginario profético del contraimperio? Se hace precisa
207
una
teoría de la subjetivación que, sin embargo, Imperio no ofrece. El libro se
limita a afirmar que el sujeto, siem-pre de antemano formado en apariencia,
siempre natu-ralizado en cuanto sujeto, puede ahora asumir su posi-ción
verdadera. En ciertos pasajes de Imperio la cuestión del sujeto emerge como la
cuestión del deseo de sustan-cia plena y colonización absoluta de lo real (la
conver-sión del mundo en territorio, atribuida a Spinoza por Hardt y Negri,
implica la conversión del mundo en lo exhaustivamente apropiable, y esta es
otra instancia en la que el imaginario de la multitud de los pobres repro-duce
el imaginario burgués). En la sección titulada “Los nuevos bárbaros” Hardt y
Negri hablan de la necesaria “mutación radical” hacia el contraimperio: “la
voluntad de estar contra realmente necesita un cuerpo que sea completamente
incapaz de someterse al mando” (216); “Tenemos que llegar a constituir un
artificio político coherente, un devenir artificial en el sentido en que los
humanistas hablaron de un homohomo producido por el arte y el conocimiento, y
en que Spinoza habló de un cuerpo poderoso producido por esa forma más alta de
conciencia que está infusa de amor. Los senderos infini-tos de los bárbaros
deben formar una nueva forma de vida” (217). Ante tal anuncio, sin duda
sostenido en la noción de poder constituyente ya mencionada, la teoría del
sujeto queda sustituida por un voluntarismo de su-jeto prostético: el sujeto es
simplemente el que quiere dotarse de un cuerpo capaz de establecer una nueva
den-sidad ontológica, una nueva forma de vida. Y ante tal voluntad abrumadora
de amor sin duda puede ya pres-cindirse de los protocolos filosóficos que
enredaban la conciencia burguesa: “Con este paso [al Imperio] la fase
deconstructiva del pensamiento crítico, que de Heideg-ger y Adorno a Derrida
nos proporcionó un instrumen-
208
to
eficaz para la salida de la modernidad, ha perdido su eficacia. Ahora es un
paréntesis cerrado que nos deja enfrentados a una nueva tarea: construir, en el
no-lugar, un nuevo lugar; construir determinaciones ontológica-mente nuevas de
lo humano, del vivir: una poderosa artificialidad de ser” (217-18).
Artificialidad o artificio-sidad. En la sección titulada “Las dos ciudades”
dicen: “Cuando la multitud trabaja, produce autónomamente y reproduce el mundo
entero de la vida. Producir y re-producir autónomamente significa construir una
nueva realidad ontológica” (395); “la multitud no tiene razón alguna para mirar
fuera de su propia historia y de su propio poder productivo en el presente para
encontrar los medios necesarios para avanzar hacia su constitución como sujeto
político” (396). No hay razón siquiera para mirar fuera de Imperio, pues es más
bien una cuestión de acción, y las reglas para esa acción quedan enuncia-das en
“Senderos sin final (El derecho a ciudadanía glo-bal)” de la siguiente manera:
¿Cómo
pueden hacerse políticas las acciones de la multitud? ¿Cómo puede la multitud
organizar y concentrar sus ener-gías contra la represión y las segmentaciones
territoriales ince-santes del Imperio? La sola respuesta que podemos dar a
estas preguntas es que la acción de la multitud se hace política primariamente
cuando comienza a enfrentar directamente y con conciencia adecuada las
operaciones represivas centrales del Imperio. Es cuestión de reconocer y actuar
sobre las ini-ciativas imperiales y de no permitirles que reestablezcan
con-tinuamente el orden; es cuestión de cruzar y romper los lími-tes y
segmentaciones que vienen a ser impuestas sobre la nueva capacidad de trabajo
colectivo; es cuestión de recoger estas experiencias de resistencia y usarlas en
concierto contra los centros nerviosos del mando imperial. (399)
209
Hay
consistencia plena con el ya citado pasaje de El poder constituyente. Lo
necesario es producir una se-gunda determinación ontológica del ser a través de
la catexis del mundo de la vida por una nueva infusión de amor y alegría
(aunque a veces, quizás, el amor y la ale-gría no les resulten pasiones tan
obvias a los centros ner-viosos del mando imperial y a sus cómplices no
multi-tudinarios): la “próstesis creativa” es en Imperio la for-mación
sustitutiva de una teoría del sujeto de lo políti-co. El sujeto ha devenido
próstesis.
Para
Zizek hay hoy dos condiciones de lo político que, sin su tematización adecuada,
permitirán que el capitalismo, en su misma vulnerabilidad de crisis, y de hecho
a través de ella, continúe reteniendo su domina-ción sobre la totalidad de la
vida humana sobre la tierra. Por un lado, el entendimiento del capitalismo como
un universal concreto dentro del que la hegemonía bur-guesa sobredetermina la
totalidad de lo social de tal manera que la política de la hegemonía asume la
condi-ción de ser la única posible forma de política; en otras palabras, para
Zizek la hegemonía es el universal con-creto del presente. Por otro lado, la
segunda condición es el reconocimiento de la existencia de una multitud grande
y espectral de sujetos desubjetivados que sólo podrán producir su subjetivación
en el momento de re-clamar por y para sí mismos el lugar de la universalidad
contra sus antagonistas burgueses. Estos dos lugares de lo político parecerían
traducir lo que en los términos de Hardt y Negri son el Imperio y el contraimperio.
Y el apoyo de Zizek a Imperio parece confirmarlo. Pero ¿es realmente así?
¿Puede
la relación entre Imperio y contraimperio entenderse, no sólo como la constante
posibilidad de una interrupción genealógica dentro del Imperio, sino tam-
210
bién
como la posibilidad de una interrupción del Impe-rio mediante una
subjetivización de lo social completa-mente otra —esto es, mediante la
conversión de la no verdad social en verdad, libertad y amor democrático? Para
que el Imperio pueda ser interrumpido desde afuera una multitud espectral de
sujetos desubjetivados debería alzarse en nombre de su propia y alternativa
subjetiva-ción. Pero Hardt y Negri insisten en que no hay afuera desde el que
levantarse, y que precisamente el hecho de que no hay posición alternativa de
subjetivación es el nombre mismo del Imperio. El sujeto, el sujeto contraim-perial,
ya está siempre de antemano formado, y sólo falta que tome lo suyo. La multitud
en cuanto sujeto es la verdad del mundo que sólo espera su tiempo de
emer-gencia. El momento de máxima no verdad en la historia del mundo, esto es,
el momento del Imperio, se abre a la verdad, que es el contraimperio. El
contraimperio es una captura desde adentro, la liberación de lo social de la
ca-texis soberana. Así el contraimperio es la interrupción continua del Imperio
dentro del Imperio. ¿No está ese entendimiento contenido ya dentro de una
política he-gemónica? Para Zizek la hegemonía es el nombre de la universalidad
concreta hoy. Para Kraniauskas es una con-secuencia directa del modo burgués de
producción, que alcanza su final en una inversión absoluta del imaginario de la
acumulación primitiva.
El
contraimperio podría entenderse como el ima-ginario mesiánico de la
interrupción constante de la hegemonía dentro de la hegemonía. El fin de la
subal-ternidad se afirma mesiánica y voluntaristamente en Imperio pero no se
fundamenta teóricamente. Depen-de, no de la construcción de un plano
alternativo de lo social, no de la negación de Imperio, sino de la afirma-ción
de la venida de la plenitud de los tiempos en la
211
inmanentización
consumada. Invierte la relación del cristianismo y el Imperio Romano, pues si
el cristianis-mo vino a los romanos como irrupción de la trascen-dencia, ahora
la trascendencia es precisamente lo que debe ser reducido absolutamente en
nombre de lo com-pletamente positivo. Desde esa perspectiva, sin embar-go,
¿cómo puede decirse que Zara no es un ejemplo de contraimperio? ¿Qué puede
impedirnos pensar que fi-nalmente no hay diferencia entre Imperio y
contraim-perio, una vez que la inmanentización quede consuma-da? Digamos que el
contraimperio triunfa o va triun-fando (pues no cabe un triunfo puntual y
simultáneo en todos los frentes): una vez establecida su verdad, ¿es la verdad
del contraimperio una verdad para siempre? ¿No amenazará esa verdad, en el
momento de su máxi-mo triunfo, con volverse hacia la no verdad? ¿No estará esa
gran alegría prostética a un corto paso de la tristeza? ¿Qué va a lograr que la
libertad contraimperial no dege-nere rápidamente en sujeción hegemónica? En
otras palabras, ¿qué garantiza la temporalidad eterna de la segunda
determinación ontológica del ser? La respuesta de Imperio no es explícita pero
puede leerse: sólo la vo-luntad de la multitud es garantía de la verdad de la
multitud. Y la multitud tiene la propiedad infusa de poder mantenerse
indefinidamente en su ser multitu-dinario a favor de las próstesis de la
artificialidad onto-lógica (amor, alegría). La próstesis durará, en otras
pala-bras, hasta que se estropee.
Hay
diferencia entre Imperio y contraimperio. Se-gún Negri, esa diferencia debe ser
entendida como la diferencia entre no verdad y verdad, entre dominación y
libertad. Pero, en el momento, por otra parte imposi-ble e infijable en cuanto
momento mesiánico, en el que la plena dominación del Imperio se abre al amor
del
212
tiempo
y a la llegada de la multitud a la fuerza, en ese mismo momento la diferencia
se encuentra a sí misma y ya no hay pretextos. O ese momento es el fin del
tiem-po, o el tiempo hará su trabajo demoledor en la diferen-cia. Y eso es un
problema.
2.
Infrapolítica y reflexión inmaterial
La
posibilidad del fin del capitalismo para Zizek (o para Badiou e incluso para
Laclau) o la posibilidad del fin del Imperio en Hardt y Negri está vinculada a
una posición intelectual francamente optimista. En to-dos los casos, lo que se
afirma es la existencia de una oportunidad, entendida como condición de lo
político: la oportunidad de que se produzca un acontecimiento de subjetivación
de carácter masivo, dadas las coordena-das particulares de la situación
hegemónica en nuestro tiempo. Tal acontecimiento de subjetivación cambiaría
históricamente el universal concreto a través de una nueva reivindicación de
universalidad —que de todas maneras no podría dejar de presentarse como nuevo
universal concreto, y eventualmente como nueva síntesis hege-mónica, de ahí la
dificultad absoluta del problema del fin de la subalternidad. El problema de la
subalterni-dad es el problema del no sujeto de lo político. Cabe preguntarse si
las soluciones políticas a favor de la sub-jetivación son las más adecuadas
para dar cuenta de la problemática fundamental del no sujeto y son
conmen-surables con ella. El resto de este capítulo intenta la presentación de
una forma de pensamiento de lo políti-co, a la que llamaré infrapolítica, que
trata de evitar la sacralización de los procedimientos de subjetivación como
única opción, es decir, como condición de la prác-
213
tica
política en el presente. ¿Hay lugar para la acción o la agencia política fuera
del sujeto, en el sentido especí-fico de fuera de la acción de subjetivación?
Como
todos los autores estudiados hasta ahora, Mauricio Lazzarato trata de
establecer su concepto de pensamiento político no en abstracto sino en relación
con las condiciones políticas del presente, lo cual quiere decir en primer
lugar, en relación con el capitalismo como principio rector o verdadero nomos
de la tierra. El capitalismo avanzado procede a la sustitución de viejas formas
de trabajo por las que encuentra como más pro-pias a sus condiciones de
producción. El trabajo inma-terial es hoy, dice Lazzarato, cualitativamente más
sig-nificativo que el trabajo manual para la reproducción social. En “Trabajo
inmaterial” Lazzarato define su con-cepto como “el trabajo que produce el
contenido cultu-ral e informacional de la mercancía” (133). En cuanto a su
“contenido cultural” el trabajo inmaterial, no enten-dido como trabajo
propiamente dicho en modos de pro-ducción previos al del presente, es hoy la
tarea de una “intelectualidad de masas” que define “el papel y la fun-ción de
los intelectuales y de sus actividades dentro de la sociedad” (134). Nuestro
trabajo como intelectuales universitarios, por ejemplo, cuyo sentido es
determinar precisamente los usos de la historia en cada una de las disciplinas
o campos del saber de los que nos ocupa-mos, y así “definir y fijar standards
culturales y artísti-cos, modas, gustos, normas de consumo y, más
estraté-gicamente, opinión pública” (133), más o menos mo-destamente según las
pretensiones individuales, entra dentro de una división del trabajo que tenemos
que en-tender como establecida dentro del modo de produc-ción intelectual
propio de la contemporaneidad.
Si
es cierto, como dice Lazzarato, que, por una parte,
214
“el
concepto de trabajo inmaterial presupone y resulta en una ampliación de la
cooperación productiva que incluye la producción y reproducción de la
comunica-ción, y por lo tanto de su contenido más importante: la subjetividad”
(140), y si a la vez es cierto, por otra par-te, que “lo que buscan las
técnicas modernas de ‘mana-gement’ es conseguir que ‘el alma del trabajador se
haga parte de la fábrica’”, y por lo tanto “la personalidad y la subjetividad
del trabajador tienen que hacerse suscepti-bles de organización y mando” (134),
entonces, ante tal intensificación biopolítica en las condiciones de trabajo
intelectual en el presente, la primera pregunta perti-nente es la de hasta qué
punto cualquier intento nues-tro por elaborar una nueva subjetividad intelectual
no está ya de antemano envuelta en el auto-sometimiento a “organización y
mando” expuesto por las nuevas técni-cas de “management” universitario.
Lazzarato tiene una respuesta pesimista y una respuesta optimista. Según la
respuesta pesimista, dado que lo que es particular al tra-bajo inmaterial no es
la producción de mercancías que sean “destruidas en el acto del consumo”, sino
de mer-cancías que “agrandan, transforman, y crean el ambien-te cultural e
ideológico del consumidor”, entonces el trabajo inmaterial produce “una
relación social”, y así revela lo que la “producción material había escondido,
a saber, que el trabajo produce no solamente mercancías sino primero y sobre
todo la relación capital” (137). Lo que es pesimista aquí es por lo tanto suponer
que cual-quier posibilidad de trabajo intelectual, sometida hoy por definición
a las condiciones de producción de la intelectualidad de masas, no puede ir más
allá de pro-mover la relación social como reproducción de la rela-ción capital:
toda nueva producción de subjetividad es-taría condenada a ser no otra cosa que
respuesta aquies-
215
cente
a la “organización y mando” del sistema de pro-ducción; la próstesis
contraimperial es indiferenciable del Imperio mismo.
Pero
Lazzarato da también una respuesta optimis-ta, que consiste en proponer la
vinculación de produc-ción de subjetividad a prácticas de sentido. Para
Lazza-rato hay una posibilidad de innovación en el hecho de que cada producción
inmaterial propone una “nueva relación entre productor y consumidor” (145), y
que tal relación sólo puede ser apropiada y normalizada por el sistema de
producción, pero no puede ser predeter-minada por él. “Los elementos
innovadores y creativos están estrechamente vinculados a los valores que sólo
las formas de vida producen” (145). Así Lazzarato propone la posibilidad de que
la lucha contra el trabajo promue-va valores que sean irrecuperables por el
aparato de or-ganización y mando del sistema de producción econó-mico-social, y
que estos valores a su vez desarrollen “el ciclo social de la producción
inmaterial” (146) en for-mas que desborden la relación capital misma. Este es
también el sueño mesiánico de la teoría de la multitud.
Según
el viejo historiador Henry Charles Lea la Inqui-sición española fue un “poder
dentro del estado superior al estado mismo” (357). Ese poder es poder
biopolítico, en-tendido como el poder de captura y sometimiento de la vida al
control de lo político, o bien el poder de animación polí-tica de la vida, el
sometimiento de la vida al principio de soberanía. El poder de sometimiento de
la vida al princi-pio soberano es en cada caso el poder dentro del estado
superior al estado mismo —un exceso, una demasía de la que el estado depende, y
sin la cual no habría estado1. ¿De dónde tal exceso?
1 La History of the Spanish Inquisition, de Lea
(1906-07) es todavía una referencia extremadamente valiosa sobre la historia de
la Inquisición,
216
Una
posibilidad de contestación, supongo que pro-piamente materialista, consiste en
decir que, en la medi-da en que el poder dentro del estado es poder estatal,
aunque se exceda a sí mismo, el poder dentro del estado superior al estado
mismo viene de otro estado, en estruc-tura genealógica. Pero cierta confluencia
entre la obra de Michel Foucault y la de Martin Heidegger nos puede permitir
cerrar la regresión al infinito que tal hipótesis puede acarrear, y entender el
origen, para nosotros, de tal estructura en el mundo romano, y cabalmente —y
qui-zás de forma un tanto sorprendente— en la estructura hegemónica de
dominación imperial en Roma.
En
sus conferencias de clase del semestre de invier-no de 1942-43, en su seminario
sobre Parménides, dice Heidegger: “Pensamos lo ‘político’ como romanos, es
decir, imperialmente” (43). El diagnóstico de Heideg-ger no se limita, sería
ingenuo pensarlo, a la Alemania nazi y a la situación del Tercer Reich en el
momento del seminario (la derrota alemana en Stalingrado fue vivida por muchos
como el principio del fin del Reich), aun-que sin duda incorpora una visión
profundamente ideo-lógica del destino alemán2. Pero Heidegger se esfuerza por
proyectar su diagnóstico hacia la totalidad de la his-
pero
su erudición ha quedado inevitablemente anticuada. Joaquín Pérez Villanueva y
Bartolomé Escandrell Bonet, eds., prepararon la obra de referencia más
contemporánea. En términos de biopoder y biopolítica ver Michel Foucault,
History (135-41) y Society (253-63) entre otros textos de su obra tardía.
Giorgio Agamben retoma esos conceptos foucaultianos en Homo sacer.
2 Ver Heller para la conexión entre el Parménides
de Heidegger y la batalla de Stalingrado: “El semestre de invierno terminaba en
enero o febrero. El ejército soviético había cerrado el círculo en torno al
ejérci-to alemás en Stalingrado alrededor de la Navidad de 1942. Alemania había
perdido la guerra. Pocos lo sabían; Heidegger era uno de ellos. Esto es fácil
de descifrar en el texto de las conferencias sobre Parméni-des” (248). La
preocupación de Heidegger por Alemania se convierte en una preocupación con la
modernidad en cuanto tal en el estableci-
217
toria
de Occidente, con respecto de la cual habría llega-do a pensar que el
movimiento nazi ofrecía una posibi-lidad de redención. Si pensar lo político es
pensarlo como romanos, imperialmente, y si eso viene a convertirse, según una
genealogía nietzscheana, en la “historia de un error” (Twilight 51), entonces
se trata de encontrar una determinación no romana de lo político:
contraim-perial. Pensar una determinación no romana y contraim-perial de lo
político pasa fundamentalmente, esa es mi hipótesis, por entender la naturaleza
de ese poder den-tro del estado superior al estado mismo que Lea asocia con la
Inquisición española. Esto no es arbitrario: el mismo Heidegger lo dice, lo
dice de paso, lo dice pa-sando, sin fijarse. Pero habrá que detenerse en ello.
Estas
cuestiones no están lejos de las preocupacio-nes de Lazzarato respecto de si es
posible o no, y en qué medida, suspender el mecanismo mismo de organización y
mando a partir de un intento de producción intelec-tual no predeterminado por
la historia, sino como insur-gencia con respecto de ella. La noción
heideggeriana de “pensamiento originario,” encontrable en el Parménides, busca
una interrupción de la historia determinada, que él asocia con la dominación
del Occidente romano3. Todo
miento
de una equivalencia entre Alemania y Occidente, particular-mente tras el
fracaso del régimen nacional-socialista, que era para Heidegger ya claro a
mediados de los años treinta. Ver “Heidegger´s Interpretation” y “Philosophy,”
de Edler, para apreciar el contexto político-filosófico. También Kisiel,
“Situating,” para entender el tras-fondo político del compromiso de Heidegger
con prácticas reacciona-rias. Pero el libro crucial sobre la noción
heideggeriana de una segunda revolución dentro del Nazismo y a favor de una
filosofía de la autoctonía y el enraizamiento y el desarrollo del pensamiento
de Heidegger tras la derrota alemana es Bambach, Heidegger´s Roots. Ver también
Sluga y Fritsche. Para un uso excelente del Parménides heideggeriano en rela-ción
con el pensamiento geopolítico ver Spanos 53-63 y siguientes.
3 Sobre pensamiento originario o primordial ver
Parménides 6-10. Tam-bién Heller 249 y siguientes, y en general Bambach.
218
tiene
que ver, para Heidegger, con un acontecimiento decisivo. Heidegger lo llama, ni
más ni menos, “el acon-tecimiento genuino de la historia” (42), en el sentido
de que ningún acontecimiento tiene más importancia que ése, pero también en el
sentido de que ese acontecimien-to constituye la historia tal como la
conocemos: es el acon-tecimiento de la historia. El acontecimiento es la
latini-zación transformadora de la noción griega de verdad. “Lo que es decisivo
es que la latinización ocurre como una transformación de la esencia de la
verdad y del ser dentro de la esencia del dominio grecorromano de la historia.
Esta transformación es decisiva en que permanece oculta y sin embargo lo
determina todo de antemano” (42). Sólo unas páginas más tarde, en conexión
directa con la expli-cación de esa transformación de la esencia de la verdad,
Heidegger menciona a la Inquisición española en su se-minario, por única vez
quizás en toda su obra:
Tal
cambio es la más peligrosa pero también la más persisten-te forma de
dominación. Desde entonces el Occidente ha entendido pseudos sólo bajo la forma
de falsum. Para nosotros, lo opuesto de lo verdadero es lo falso. Pero los
romanos no se limitaron a disponer el fundamento para la prioridad de lo falso
como el sentido estándar de la esencia de la no verdad en Occidente. Además, la
consolidación de esta prioridad de lo falso sobre pseudos y la estabilización
de esta consolidación es un logro romano. La fuerza operante en este logro ya
no es el imperium del estado sino el imperium de la Iglesia, el sacerdo-tium.
Lo “imperial” emerge aquí en la forma de lo curial de la curia del papa romano.
Su dominación está igualmente basa-da en el mando. El carácter del mando reside
aquí en la esencia del dogma eclesiástico. Por lo tanto este dogma toma en
cuenta tanto lo “verdadero” de los “creyentes ortodoxos” como lo “falso” de los
“herejes” y de los “infieles”. La Inquisi-
219
ción
española es una forma del imperium de la curia romana. A través de la
civilización romana, tanto la imperial/civil como la imperial/eclesiástica, el
pseudos griego se convirtió para no-sotros en Occidente en lo “falso”.
Correspondientemente, lo verdadero asumió el carácter de lo no falso. La región
esencial del fallere imperial determina lo no falso tanto como lo falsum. Lo
no-falso, dicho a la manera romana, es lo verum. (46)
Referirse
críticamente a la Inquisición española en el semestre de invierno de Friburgo
en 1942-1943 no es particularmente intrascendente, sobre todo cuando esa
referencia crítica a la Inquisición, antecesora directa del aparato
administrativo de la “solución final” nazi en cuanto a la eliminación de un
cuerpo social enemigo entendido como “lo judío,” la presenta como síntoma del
gran error constituyente de la historia de Occiden-te, literalmente la
falsi-ficación de la esencia de la ver-dad y así también de lo político. Como
quiera, Heideg-ger está tratando de pensar una contra-falsi-ficación de lo
político en forma contraimperial y contrarromana. Si es cierto entonces que lo
imperial romano, en cuanto poder dentro del estado superior al estado mismo, es
la falsi-ficación de la verdad, es decir, el entendimiento de la verdad a
partir de lo falso, y si es cierto que tal falsi-ficación pasa esencialmente
por la captura y sometimien-to de la vida al control de lo político, si es
cierto que tal falsi-ficación es, en otras palabras, la esencia de lo
bio-político como estrategia de dominación, entonces es necesario precisar qué
es “falsi-ficación” y cuál es su rela-ción con lo que antes llamé la estructura
hegemónica de la dominación imperial. Debo resumir el análisis de Heidegger, al
que en cualquier caso remito.
Falsum
deriva de fallere, talar, cortar, derribar, oca-sionar un derribo. Heidegger
pregunta: “¿Cuál es la base
220
para
la prioridad de fallere en la formación latina de la contraesencia de la
verdad?” (44). Y contesta: “reside en que el comportamiento básico de los
romanos hacia los seres en general está gobernado por la regla del impe-rium.
Imperium dice im-parare, establecer, hacer arre-glos, (...) ocupar algo por
adelantado, y mediante esta ocupación tener mando sobre ella, tener lo ocupado
como territorio” (44). Así, en la contraposición de im-perar y derribar o talar
entendemos la esencia de lo po-lítico como poder de mando, y la falsi-ficación
de la verdad (de nuevo, el entendimiento de la verdad como mera negación de lo
falso, cortar lo falso, hacerlo caer) como principio de hegemonía.
Heidegger
no utiliza esta última palabra, y sin em-bargo, en su definición de poder
imperial no puede en-tenderse otra cosa. Se hace crucial captar que lo falso es
precisamente lo que queda talado o derribado, caído, y así eliminado del
principio de territorialización, y por lo tanto, en un sentido paradójico, no
sometido al mando —eliminado del mando, y eliminado también de la vida. En la
vida, sometida a su circunscripción imperial, sólo cabe lo no falso, y es esto
no falso lo que pasa a ser admi-nistrado según la regla hegemónica: “Ser
superior es par-te de la dominación. Y ser superior sólo es posible me-diante
un constante permanecer en la posición más alta mediante una constante
superación de los otros. Este es el actus genuino de la acción imperial. (...)
El grande y más íntimo núcleo de la esencia de la dominación esen-cial consiste
en esto: que a los dominados no se les man-tiene caídos, no son simplemente
despreciados, sino que a ellos se les permite, dentro del territorio del mando,
ofrecer sus servicios para la continuación de la domina-ción” (45). La
hegemonía romana, el principio imperial de lo político bajo el cual todavía
pensamos lo político es
221
entonces,
para Heidegger, el aparato de territorialización del mando según el cual lo que
no se hace acreedor al derribo, a la tala, a la simple eliminación es
susceptible de colaborar en su propia dominación: esta es la pasión
biopolítica, el principio de sometimiento de lo vivo a la captura soberana, la
animación de lo vivo bajo el criterio de sujeción al mando en nombre de la
falsi-ficación esen-cial de lo verdadero, cabalmente el poder dentro del
im-perio superior al imperio mismo.
En
cuanto a Foucault, quiero referirme a su pro-yecto de establecer una “historia
de la verdad,” o más bien una historia de las “políticas de la verdad” (13),
cuya traza heideggeriana no es siempre suficientemente notada4. En la serie de
cinco conferencias dictadas en la Pontificia Universidad Católica de Río de
Janeiro en mayo de 1973, luego publicadas bajo el título “Verdad y formas
jurídicas,” Foucault, hablando de campos de conocimiento, se refiere a los
tipos de inquisición que “comenzando en los siglos xiv y xv (...) buscaron
esta-blecer la verdad sobre la base de cierto número de testi-monios
cuidadosamente coleccionados de campos tales como la geografía, la astronomía y
el estudio de los cli-mas” (49). En particular, dice Foucault, es sobre la base
de estos procedimientos inquisitoriales que “apareció una técnica del viaje
—como aventura política de ejercicio del poder y como aventura de curiosidad,
dirigida a la adquisición de conocimiento— que llevó últimamente al
descubrimiento de América” (49). La conexión con los temas de Heidegger en el
Parménides se hace obvia. Para Foucault la Inquisición, que se desarrolla en la
Edad Media a través de procedimientos administrativos di-
4 Sobre la relación entre el pensamiento de
Heidegger y Foucault ver Milchman y Rosenberg eds., y en particular
Milchman-Rosenberg y Dreyfus.
222
rectamente
inspirados en la resurrección carolingia de estructuras imperiales romanas y en
procedimientos político-espirituales de la Iglesia o de la curia romana, es no
solamente el principio de la acción biopolítica propiamente dicha sino también
un grave acontecimien-to histórico: “su destino sería prácticamente coextensivo
con el destino particular de la llamada cultura ‘europea’ u ‘occidental’” (34).
Las formas jurídicas derivadas del modelo inquisitorial se hicieron
“absolutamente esen-ciales para la historia de Europa y para la historia del
mundo entero, en tanto Europa impuso violentamente su dominio sobre la entera
superficie de la tierra” (40).
La
raíz “imperial”, en el sentido heideggeriano, de las prácticas inquisitoriales
tiene que ver con la inver-sión abismal que realizan con respecto de la otra
tradi-ción de justicia existente en el corazón de la Europa medieval: la
germánica, aplicada según el principio de la prueba, y que constituye el
fundamento del derecho feudal. Para Foucault, “en la ley feudal, las disputas
en-tre dos individuos se adjudicaban mediante el sistema de la prueba. Cuando
un individuo procedía a estable-cer una reivindicación o protesta, acusando a
otro de haber matado o robado, la disputa entre ambos se resol-vía mediante una
serie de pruebas aceptadas por ambos (...) El sistema era una forma de probar
no la verdad, sino la fuerza, el peso, la importancia del que hablaba” (37);
“un procedimiento de encuesta, una búsqueda de la verdad nunca intervenía en
este tipo de sistema” (36). Mediante el sistema inquisitorial el representante
del poder abandona el sistema feudal de pruebas y procede a adjudicar justicia,
y no sólo en cuanto a actos crimina-les, sino también en todas las disputas
relacionadas con la propiedad, la renta, los impuestos y la administra-ción
económica, mediante el sometimiento absoluto de
223
las
partes implicadas a la regla de soberanía. De ahí, dice Foucault, que el poder
político en este sistema se convierta “en el personaje esencial” (45).
“Al
llegar al sitio designado, el obispo iniciaría pri-mero la inquisitio generalis
(...) preguntándole a todos los que deberían tener conocimiento —los notables,
los mayores, los más cultos, los más virtuosos— qué había pasado en su
ausencia, especialmente si había habido transgresiones, crímenes, y demás. Si
esta encuesta en-contraba respuesta positiva, el obispo pasaba a un se-gundo
estado, la inquisitio specialis, que consistía en ave-riguar quién había hecho
qué, en determinar quién era realmente el actor y cuál era la naturaleza del
hecho” (46); “este modelo —espiritual y administrativo, reli-gioso y político—
este método para administrar, super-visar y controlar las almas se encontraba
en la Iglesia: la inquisición entendida como mirada se enfocaba tanto en
posesiones y riquezas como en corazones, actos e in-tenciones. Fue este modelo
el que fue tomado y adapta-do al procedimiento judicial [por parte de la
autoridad real]” (47). Y lo que tal forma jurídica consigue es esta-blecer una
intervención decisiva para la historia política y de lo político en el nivel de
lo que Foucault hacia el final de su serie de conferencias llama “infrapoder”.
Este “infrapoder”, verdadero poder dentro del estado supe-rior al estado mismo,
refiere “no al aparato de estado, no a la clase en el poder, sino al conjunto
entero de peque-ños poderes, de pequeñas instituciones situadas en el nivel más
bajo” (86-87).
La
Inquisición como procedimiento biopolítico inicia para la incipiente modernidad
occidental un vas-to proceso de sometimiento de la vida a la gestión im-perial,
en el que en última instancia lo que está siempre en juego es asegurar que los
individuos colaboren en su
224
propia
dominación según la estructura del mando he-gemónico: todo aquel que no esté en
lo falso, y que no deba por lo tanto ser talado y derribado, matado sin
asesinato ni sacrificio, para usar la definición que da Giorgio Agamben de la
vida desnuda en Homo sacer, marginada de la operación biopolítica, está
necesaria-mente en lo no falso: es decir, en el cerco imperial de la
administración, en el auto-sometimiento como servicio a una razón entendida
como cálculo político5. En otro lugar del Parménides dice Heidegger: “Lo
imperial sur-ge de la esencia de la verdad como corrección en el sen-tido de la
garantía directiva y autoadaptante de la segu-ridad de la dominación. El ‘tomar
por verdadero’ de la ratio, de reor, se convierte en seguridad anticipatoria de
largo alcance. Ratio se hace cuenta, cálculo. Ratio es un auto-ajuste a lo que
es correcto” (50).
Foucault
llama infrapoder al aparato biopolítico de secuestro cuya misión en nuestro
tiempo, genealógi-camente condicionada por la historia heideggeriana de la
falsi-ficación imperial, es “hacerse cargo de la totali-dad de la dimensión
temporal de las vidas de los indivi-duos” (80). El infrapoder en el capitalismo
tardío de-termina, según procesos analizables históricamente y retrotraíbles a
la fundación de la modernidad mediante la expansión imperial, “la conversión
del tiempo de vida en fuerza de trabajo y de la fuerza de trabajo en fuerza
productiva” (84). Las instituciones de infrapoder son, “en un sentido
esquemático y global, (...) instituciones de secuestro” (84). Tratar de
destruir o disminuir el al-cance de estas instituciones de secuestro es atacar
el in-
5 Para Agamben “la esfera soberana es la esfera
en la que está permitido matar sin cometer homicidio y sin celebrar un
sacrificio, y la vida sagrada —esto es, vida que puede ser matada pero no
sacrificada— es la vida que ha sido capturada en ese esfera” (Homo Sacer 83).
225
frapoder,
y así moverse hacia una concepción contraim-perial de lo político, hacia una
infrapolítica, en el senti-do de que se sitúa no al nivel de la lucha
hegemónica sino por debajo de él, bajo su suelo imperial.
Dada
la indecidibilidad de las dos posiciones de-tectables en Lazzarato, a saber,
que es posible producir nuevos valores no determinados por el sistema de
pro-ducción con potencia de desborde del sistema de pro-ducción, o que no es
posible rebasar las condiciones bio-políticas que marcan toda producción de
subjetividad como subjetividad siempre normalizable por el sistema, digamos que
meditar sobre los usos de la historia, en la misma indecidibilidad de su uso,
es estar ya caído en una perspectiva nihilista. En la vieja interpretación
hei-deggeriana de las tesis sobre el nihilismo de Nietzsche, el nihilismo nunca
es uno: siempre viene en forma de dos, el primero es nihilismo imperfecto, y el
segundo es nihilismo consumado. Para Heidegger, en su glosa de los fragmentos
póstumos de Nietzsche, no hay nihilis-mo imperfecto más que desde la
perspectiva del nihilis-mo consumado; y a la vez, no puede haber nihilismo
consumado más que si postulamos un nihilismo imper-fecto6. En su ensayo
titulado “El Mesías y el soberano: el problema de la ley en Walter Benjamin”,
Agamben radicaliza esa intuición heideggeriana a partir de un curioso
intercambio entre Benjamin y Gershom Scho-lem a propósito de Kafka. Para
Agamben la diferencia
6 Para la dilucidación heideggeriana del concepto
nietzscheano del nihilismo ver el volumen 4 del Nietzsche de Heidegger. Sobre
la diferen-cia entre nihilismos ver, por ejemplo: “La metafísica de Nietzsche
es nihilismo propiamente (...) La metafísica de Nietzsche no es un venci-miento
del nihilismo. Es el último enredo en el nihilismo (...) Mediante el enredo del
nihilismo en sí mismo, el nihilismo se hace por primera vez totalmente completo
en lo que es. Tal nihilismo perfecto, total-mente cumplido, es la consumación
del nihilismo propiamente hablan-do” (203).
226
entre
uno y otro nihilismo tiene que ver precisamente con la dilucidación de “la
estructura oculta del tiempo histórico mismo” (168).
Pero
la cosa se complica mucho ya en Agamben cuando menciona, siguiendo a Benjamin y
a Scholem, que el nihilismo y el mesianismo son o vienen a ser la misma cosa.
Dice Agamben:
Si
aceptamos la equivalencia entre mesianismo y nihilismo de la que tanto Benjamin
como Scholem estaban firmemente convencidos (...) tendremos que distinguir
entre dos formas de mesianismo o nihilismo: una primera forma (a la que
po-demos llamar nihilismo imperfecto) que nulifica la ley pero mantiene la nada
en un estado de validez perpetuo e infini-tamente diferido, y una segunda
forma, un nihilismo perfec-to que ni siquiera deja que la validez sobreviva más
allá del significado sino que antes bien, como escribe Benjamin de Kafka,
“consigue encontrar redención en la inversión de la nada” (171).
La
diferencia entre ambas perspectivas sobre el ni-hilismo, entre ambos nihilismos
o ambos mesianismos, es pequeña: se trata sobre todo de hacer un “pequeño
ajuste” (174), crear un ligero desplazamiento. Enten-der “la estructura oculta
del tiempo histórico mismo” consistiría entonces en localizar, identificar,
incluso, tal vez, simplemente nombrar ese desplazamiento. El pe-queño ajuste
nos lleva a una forma de nihilismo o me-sianismo perfecto. Esto es un paso
decisivo en relación con el poder del estado superior al estado mismo, esto es,
en relación al infrapoder.
¿Marca
el trabajo inmaterial en nuestro tiempo la subsunción final del tiempo en el
trabajo? Hay dos usos de la historia de carácter fundamental, que remi-
227
ten
a las dos caras o vertientes de la posición de Lazza-rato y también a la
diferencia entre las dos caras o dos manifestaciones del nihilismo o del
mesianismo. Se-gún el primer uso, el uso habitual, el uso soberano, el uso, por
ejemplo, que permite entender la Inquisición bajo la figura de la soberanía, e
incluso de la soberanía con respecto del estado, la historia es historia
biopolí-tica, y así siempre inmersión y atrapamiento en la re-lación soberana.
Para usar una expresión de Eric Sant-ner a la que luego me referiré más
ampliamente, este uso de la historia propone el entendimiento de la his-toria,
o de la relación a la historia, como “rendimiento relacional”, en el sentido de
que uno, el sujeto, se rin-de a la relación, se rinde a la vida relacional, y
así se rinde a la soberanía (Santner 90). Esto es a la vez nihi-lismo o
mesianismo imperfecto y también la primera hipótesis de Lazzarato, que pasa por
el entendimiento de la historia como temporalización de la captura de la vida
por lo político.
Hay
un segundo uso fundamental, pero desusado, fuera de uso, un uso sin uso que ya
no sé si puede com-pararse a la segunda hipótesis de Lazzarato. El
progresi-vismo de Lazzarato está demasiado marcado por el con-cepto de
producción de nuevos valores a partir de for-mas de vida, es decir, demasiado
marcado por un con-cepto de subjetividad productiva que es estructuralmente
incapaz de sobrepasar el sistema de producción y tiene que limitarse a
establecer una relación con él. La pro-ductividad subjetiva, definida por
Lazzarato sobre la base de “formas de vida”, es siempre ya biopolítica, y
quizás lo es más que nunca cuando intenta cambiar la condi-ción dominante de la
biopolítica. A ese uso desusado podemos llamarle historia desobrada, para usar
la pala-bra puesta en circulación por Maurice Blanchot y Jean-
228
Luc
Nancy7. Este uso des-obra las determinaciones del primer uso. Si el
procedimiento característico del pri-mer uso de la historia es la captura de la
vida por lo político, la captura de la vida por la relación soberana, el
procedimiento característico de este segundo uso es la interrupción del
principio de soberanía, el desobra-miento de lo político, la des-producción del
uso de la historia. No olvidemos que incluso en este segundo uso seguimos en la
órbita del nihilismo mesiánico o del mesianismo nihilista. La “inversión” del
primer uso, esa “redención” que promete Benjamin, y que es precisa-mente, de
forma muy marcada en Benjamin, redención con respecto de la infinita
biopolitización de lo vivo, es todavía un uso, aunque sea un uso sin uso, y así
está todavía en el terreno de lo político —aunque de forma un tanto especial,
esto es, de forma infrapolítica8.
Agamben
resuelve el intercambio entre Benjamin y Scholem al ofrecer una lectura
diagnóstica de la histo-ria del presente en clave nihilista-mesiánica que
prelu-dia el abrazo del nihilismo perfecto en nombre de la necesidad de un
enfrentamiento infrapolítico con las estructuras de secuestro institucional:
Hoy,
en todas partes, en Europa como en Asia, en los países industrializados tanto
como en los del “Tercer Mundo”, vivi-mos en el cerco de una tradición que está
permanentemente en estado de excepción. Y todo poder, democrático o
totalitario, tradicional o revolucionario, ha entrado en una crisis de
legiti-mación en el que el estado de excepción, que era el fundamen-to
escondido del sistema, ha venido plenamente a la luz. Si la paradoja de la
soberanía tuvo alguna vez la forma de la propo-
7 Ver Blanchot, Unavowable y Nancy, Inoperative.
8 Agamben se refiere a este desobramiento en un
sentido algo diferente en Homo Sacer 61.
229
sición
“no hay nada fuera de la ley,” adopta una forma perfec-tamente simétrica en
nuestro tiempo, en el que la excepción se ha hecho regla: “no hay nada dentro
de la ley”; todo —todas las leyes— están fuera de la ley. El planeta entero se
ha convertido ahora en la excepción que la ley debe contener en su cerco. Hoy
vivimos en esta paradoja mesiánica, y cada aspecto de nuestra existencia
soporta sus marcas. (170)
Agamben
está por supuesto hablando desde la oc-tava tesis sobre la filosofía de la
historia de Benjamin, que dice: “la tradición de los oprimidos nos enseña que
el ‘estado de excepción’ en el que vivimos es la regla. Debemos llegar a un
concepto de historia que corres-ponda a ese hecho. Entonces tendremos la tarea
de pro-ducir un real estado de excepción” (Benjamin citado por Agamben 160). En
esa octava tesis Benjamin se refiere a la definición schmittiana de la
soberanía como el poder de decidir el estado de excepción9. Desde la frase de
Lea sobre la Inquisición, la Inquisición es cuerpo soberano precisamente en
cuanto poder dentro del estado supe-rior al estado mismo —el cuerpo soberano
tiene el po-der de suspender la ley desde la ley, y así vive simultá-neamente
dentro y fuera de la ley. Como el Mesías: tam-bién El revela la estructura
oculta de la ley, y suspende la ley indefinida o infinitamente. La Inquisición
es en-tonces verdad de nuestro tiempo, alegoría o literalidad de un estado de
excepción más legal que la ley, es decir, relación soberana que exige
absolutamente el rendimien-to a la relación. “Podemos comparar la situación de
nues-tro tiempo a la de un mesianismo paralizado o petrifica-
9 Ver Schmitt, Political 1-15. Agamben también
refiere al estado de excepción schmittiano en Homo Sacer (8-19; 26-42), pero
desarrolla sus implicaciones en Stato di eccezione. Ver siguiente capítulo para
una discusión extensa.
230
do
que, como todos los mesianismos, nulifica la ley, pero entonces la mantiene
como la nada de la revelación en un estado de excepción perpetuo e
interminable, ‘el es-tado de excepción’ en el que vivimos” (171).
Pero
Benjamin dice que cuando lleguemos a un concepto de historia que entienda y de
cuenta de esa paradoja de la soberanía que al mismo tiempo oculta y revela la
excepción de la ley, “la fundación mística de la autoridad”, en palabras de
Jacques Derrida citando a Montaigne (Derrida 239), entonces podremos llegar a
producir un “estado de excepción real”. De nuevo dos estados: el estado de
excepción “en el que vivimos”, co-rrespondiente al uso biopolítico de la
historia, y ese otro estado desusado y enigmático, “el estado de excepción
real”, del que depende la posible redención. Y entre ambos la necesidad de un
“pequeño ajuste” infrapolíti-co, sólo posible tras hacernos con una concepción
de la historia que revele su fundamento escondido.
Agamben
cita la carta de Scholem a Benjamin en la que Scholem comenta el ensayo de
Benjamin sobre Kafka. “Scholem define la relación a la ley descrita en las
novelas de Kafka como la ‘nada de una revelación’, queriendo que esta expresión
nombre ‘un estadio en el que la revelación no significa, pero todavía se afirma
por el hecho de que es válida. Donde la riqueza de la signi-ficación se ha ido
y lo que aparece, reducido, por así decirlo, al punto cero de su propio
contenido, todavía no desaparece (y la revelación es algo que aparece), allí
aparece la nada’” (169). Validez sin significación: pun-to cero del sentido de
la ley, y así también aparición de la ley en toda su fuerza mesiánica y
suspensora de la ley. La Inquisición es también validez sin significación:
ni-hilismo imperfecto. Igual que, a mi juicio, toda teoría moderna del sujeto
de lo político.
231
En
su libro Sobre la psicoteología de la vida cotidia-na Eric Santner comenta
largamente este pasaje. Si hay dos usos de la historia, y si el primer uso es
un uso petrificado a través del cual la validez sin significación de la ley
pesa como mesianismo imperfecto, pesa como pesa la Inquisición en la historia
de España y de Occi-dente, y si el segundo uso es infrapolítico y está a favor
de un nuevo y real estado de excepción, mesianismo consumado que desobra la
historia al morar en el exceso o demasía que es no sólo la condición de
posibilidad de la relación soberana sino también la condición de posi-bilidad
de su desestabilización, Santner busca el segun-do. El primero es para él
rendimiento relacional. Al se-gundo, que es desestabilización constituyente, Santner,
remitiendo a categorías lacanianas fuertemente reenfa-tizadas por Zizek, le
llama “atravesar la fantasía”, desha-cer la fantasía relacional que nos instala
y nos atrapa en el rendimiento subjetivo.
Santner
llama “éxodo” a esa posibilidad redentora de deshacer la fantasía relacional
que mantiene a la “vida capturada por la cuestión de su legitimidad” (30)10. En
diálogo con la interpretación que hace Agamben de la frase de Scholem “validez
sin significado,” piensa que “el dilema del sujeto kafkiano —exposición a una
plus-valía de validez sobre sentido— apunta (...) al lugar fun-damental de la
fantasía en la vida humana. La fantasía organiza o ‘liga’ esa plusvalía en un
esquema, una tor-sión o giro distintivo que le da color/distorsiona la for-ma
de nuestro universo, cómo el mundo se nos revela” (39). El éxodo, entonces, es
la posibilidad de recobrar o
10 Santner no menciona el trabajo de Paolo
Virno, aunque su uso del término “éxodo” es deudor de Virno, “Virtuosity and
Revolution”. Sin embargo, el uso del término “éxodo” en ambos autores es
fundamental-mente heterogéneo.
232
desligar
“el núcleo disruptor de esa fantasía y de conver-tirlo en ‘más vida’, la
esperanza y posibilidad de nuevas posibilidades” (40); o, en otras palabras, la
posibilidad de devenir “abierto a lo real dentro de la realidad” (74), y
abierto por lo tanto a la conciencia del infrapoder den-tro del poder. El éxodo
es conciencia infrapolítica, lo cual implica: sólo desde nuestro secuestro por
los apara-tos de infrapoder, que determinan el lugar individual de experiencia
de la relación soberana para cada uno de nosotros, se hace posible proceder a
un desalojo con res-pecto de ellos.
No
parecemos estar, pues, muy lejos de la segunda hipótesis de Lazzarato: “La
misma dinámica que nos ata a una formación ideológica es (...) el lugar donde
la po-sibilidad de posibilidades genuinamente nuevas puede aparecer” (Santner
81). Santner repite aquí un viejo postulado de la tradición marxista, según el
cual es el capitalismo mismo el que nos da armas para su venci-miento. Aunque
sin mencionar la lectura derrideana sobre la “hauntologie” de Marx, Santner
apela a ella para establecer que tanto en Franz Rosenzweig (el pensador que
concierne, junto con Freud, al libro de Santner) como en Marx “toda relación de
intercambio —y eso significa todos los sistemas socio-simbólicos a través de
los que un individuo adquiere una identidad o valor general y genérico— dejan
siempre un resto, una plus-valía insistente e inquietante para la que no puede
pos-tularse equivalente general alguno. Y para ambos esta inquietante plusvalía
que funciona en su mayor parte como la fuerza impulsora del sistema simbólico
puede constituirse en el sitio de una ruptura con él, el lugar en el que puede
abrirse la posibilidad de desalojarse res-pecto del dominio del soberano o del
equivalente gene-ral” (96-97). Ahora bien, en Santner, como en Benja-
233
min,
como en Marx según Derrida, esa posibilidad re-dentora y revelatoria es
posibilidad mesiánica. La inte-rrupción de la fantasía, el desligar del núcleo
traumáti-co que nos sostiene como vida distorsionada en el some-timiento a todo
infrapoder, es precisamente interven-ción mesiánica: “[esa fantasía y/o ese
núcleo traumáti-co] desaparecerá[n],” dice Benjamin, “con la venida del Mesías,
de quien un gran rabino dijo un día que no quería cambiar el mundo por la
fuerza, sino solo hacer un pequeño ajuste en él” (citado por Santner 122).
El
pasaje del nihilismo imperfecto al nihilismo consumado es cuestión, pues, de
orientación infrapolí-tica hacia el pequeño ajuste. El texto de la
deconstruc-ción insiste en ese pequeño ajuste como fundamental a su propia
estrategia. La diferencia entre el mesianismo y lo mesiánico es en Derrida la
diferencia mínima que instituye lo mesiánico como la posibilidad misma, que se
hace entonces la necesidad, de una orientación polí-tica para la
deconstrucción, y una y otra vez la base mí-nima para la decisión. En el
lenguaje de la deconstruc-ción, dado que las condiciones de posibilidad de la
jus-ticia son también las condiciones de su imposibilidad, dado que “la
imposibilidad de justicia para todos es la posibilidad misma de que exista la
justicia en absolu-to”11, y la imposibilidad de hospitalidad la única aper-tura
a la hospitalidad, la imposibilidad de amistad a la amistad, etcétera, una
orientación hacia la apertura in-frapolítica es orientación hacia la condición
incondi-cionada que rige la estructura aporética. Existe la apo-ría, es decir,
el nihilismo. La diferencia entre una expe-riencia imperfecta y una consumada
de aporía es la dife-rencia entre entender lo aporético como el fin del pen-
11 Le debo a Martin Hagglund, en
comunicación personal, esta formu-lación.
234
samiento
o entenderlo como apertura a un pensamien-to reflexivo que es también el
principio de la práctica infrapolítica allí donde la supresión de la aporía (en
todo mesianismo imperfecto) refuerza la violencia exorbitan-te de la hegemonía
imperial biopolítica.
Para
concluir, pues, ¿cómo puede afectar la rela-ción mesiánica, como orientación al
pequeño ajuste, la decidibilidad de las dos hipótesis de Lazzarato sobre la
práctica político-intelectual del trabajo inmaterial? La relación mesiánica no
es más que la promesa de que la segunda hipótesis de Lazzarato es verdadera, es
decir, de que es posible un cambio político liberador de natura-leza
fundamental —de ahí que todo mesianismo esté todavía hundido en el nihilismo;
porque sólo es prome-sa. La nada perfecta de la promesa es la otra cara de la
nada de la revelación, que constituía el nihilismo im-perfecto en la parábola
de Kafka según Benjamin. ¿Pue-de la “intelectualidad de masas” del presente
alcanzar un desobramiento tal que la posibilidad mesiánica que-de preparada en
él, mediante el desmantelamiento de todo nihilismo imperfecto? Ese sería el
movimiento ha-cia un entendimiento infrapolítico o contraimperial de lo
político. Dice Heidegger: “Pensamos lo político como romanos, esto es,
imperialmente”. El infrapoder inqui-sitorial, el poder dentro del estado
superior al estado mismo, el poder de la fantasía que ata el núcleo traumá-tico
de la dominación a nuestra propia inmersión en la auto-dominación (el problema
marrano por excelencia) —esos son los lugares para la inversión benjaminiana, y
por lo tanto los lugares donde se puede desarrollar una práctica infrapolítica
que ya pensaría lo político contra la política imperial, de forma no romana,
contra la falsi-ficación del mundo. En la falsi-ficación ya no hay el terror o
la alegría del desocultamiento sino más bien
235
rendimiento
relacional. En el rendimiento relacional la relación política no es sino una
relación de poder.
Contra
el infrapoder, la infrapolítica, del lado de aquellos y de aquello para quienes
y para que la empresa de falsi-ficación esencial de la vida, y con ello de la
muer-te y de toda la empresa de finitud creativa con ella aso-ciada, incluida
la empresa de intelectualidad de masas que determina el papel y la función y
los límites de la vida intelectual hoy, es el enemigo. Cuenta Foucault que una
de las pruebas u ordalías del viejo orden tribal germánico consistía en lo
siguiente: “se ataba la mano derecha de una persona a su pie izquierdo y se le
tiraba al agua. Si no se ahogaba perdía el caso, puesto que el agua no lo había
aceptado como debía haber hecho; si se ahogaba, ganaba, pues el agua no lo
había rechazado” (38). Pero tiene que haber una forma de ganar la ordalía más
allá de la alternativa quiasmática: si pierdes o ganas el caso, pierdes la
vida. El éxodo de la alternativa: la infrapolítica no es sino la búsqueda de un
éxodo no bio-político de tal coyuntura.
236
Capítulo
sexto
Un
dios sin soberanía.
La
decisión pasiva
Dijeron
que “se había estado creando una atmósfe-ra de ambigüedad legal como resultado
de decisio-nes de política a los niveles más altos del Pentágono. Los oficiales
de la Asesoría Jurídica (JAGC) estaban siendo eliminados del proceso de
formulación de decisiones.” Le dijeron que, con la guerra sobre el terror, una
historia de cincuenta años de aplicacio-nes ejemplares de las Convenciones de
Ginebra había llegado a su fin. (Hersh, “Gray” 42-43).
Las
acciones de Estados Unidos en Guantánamo, el caso Padilla, los incidentes de
maltrato de prisioneros de guerra que salieron a la luz en el escándalo de la
cár-cel de Abu Ghraib y el de las cárceles secretas de la CIA en territorios
fuera de la jurisdicción de Estados Unidos cuestionan la validez práctica de
las Convenciones de Ginebra de 1949. Tendemos a pensar en ello como un
desarrollo ominoso del presente. Y sin embargo ya Carl Schmitt lo había
adelantado en sus conferencias de 1962 sobre la teoría del partisano. “Las
cuatro Convenciones de Ginebra del 12 de agosto de 1949 son labor de una
conciencia humana, y un desarrollo humanitario que merece nuestra admiración.
Otorgando al enemigo una porción de humanidad y también de legitimidad en el
237
sentido
de reconocimiento, permanecen fundadas en la tradición del derecho
internacional clásico, sin el que tal humanitarismo habría sido improbable. Su
base es todavía la fundación estatista de la guerra, orientada hacia su
contenimiento, con claras distinciones entre guerra y paz, y entre guerra civil
y guerra entre estados, entre enemigo y criminal, entre militar y civil (...)
Al suavizar estas distinciones e incluso al cuestionarlas, abren la puerta para
un tipo de guerra que destruiría intencio-nalmente tan claras divisiones. En
ese punto muchas reglas de compromiso cuidadosamente formuladas em-piezan a
aparecer como puentes frágiles sobre un abis-mo que oculta metamorfosis
portentosas en los concep-tos de guerra, paz y el partisano” (Theory 37).
Podemos
estar asistiendo a las metamorfosis por-tentosas de Schmitt. ¿Han conseguido
deshacer la vali-dez presente de su teoría del partisano? ¿Es el partisano,
hoy, todavía viva “figura del espíritu-mundo,” como dice Schmitt en referencia
a la historia hegeliana (52), o ha ido a parar al basurero de la historia? Esa
“chispa que en 1808 voló al norte desde España” (53) convirtió al par-tisano
—ya como “defensor de la autoctonía de la casa” ya como “activista
revolucionario internacionalista agre-sivo”— en el verdadero héroe militar del
imaginario moderno. La militancia partisana, en las guerras de li-beración
nacional, anticoloniales o civiles en las que se combatía a favor de la
justicia revolucionaria, llegó a cobrar importancia histórica mundial tras las
invasiones napoleónicas. Pero Jacques Derrida dice en Voyous que “se prepara
una nueva violencia que en verdad ha sido desencadenada para un largo porvenir,
de forma más visiblemente suicida y autoimnunitaria que nunca. Esta violencia
ya no sale de una guerra mundial o incluso de la guerra en cuanto tal, y mucho
menos de ningunas
238
leyes
de la guerra. Y esto no es consolador: al contrario. No se trata,
esencialmente, de la guerra clásica e inter-nacional, declarada conforme al
viejo jus europeanus, ni de lo que Schmitt llama ‘guerra partisana’, pues esta
última, como el terrorismo en su denominación clásica, recurría a la violencia
y al terror con vistas a la liberación o a la fundación más o menos lejana de
alguna comuni-dad nacional-estatal territorializada, por lo tanto de al-guna
soberanía” (Voyous 214). La implicación es por su-puesto que la violencia
contemporánea partisana o con-trapartisana, ya no primariamente estatista, no
ocurre ahora en el nombre de la soberanía. Si no en el nombre de la soberanía,
¿entonces en nombre de qué? ¿De algún mesianismo, de variedad partisana o contrapartisana?
La
pregunta es entonces si, dados los trastornos de la soberanía, incluso de la
soberanía democrática, es posible hoy desarrollar una concepción de la práctica
política antipartisana y antimilitante de carácter demo-crático; y también de
carácter antimesiánico o al menos antimesianista. Aunque no pretendo tematizar
particu-larmente la noción derrideana de “mesianicidad sin mesianismo” tal como
es elaborada en Espectros de Marx, sí me parece útil anotar aquí que la
importancia del con-cepto derrideano, y de la distinción conceptual que
implica, refiere a una destrucción de todo posible me-sianismo. La
mesianicidad, en la contribución de De-rrida, es meramente lo que permanece
como afirmación y pasión de justicia más allá de toda posible sujetifica-ción o
subjetivación mesiánica. La mesianicidad es de hecho, para Derrida, la
contrapartida formal de la sobe-ranía, y por lo tanto antisoberana hasta el
fin. La me-sianicidad (sin mesianismo, cosa que tiende a olvidarse
insólitamente) es también la catexis misma de la posi-ble o imposible “decisión
pasiva” (Voyous 210) que mi
239
análisis
acabará privilegiando como posible noción-guía para una práctica política
antisoberana, antimilitante y antipartisana, y además fuera de la determinación
sch-mittiana de la política moderna como teología política1.
1.
El estado universal
Hacia
el final de su seminario de 1959-60 sobre la ética del psicoanálisis Jacques
Lacan establece la dife-rencia entre el “hombre ordinario” y “el héroe” sobre
lo que podríamos llamar la estructura de la traición (La-can, Ethics 321). El
héroe —Antígona como heroína acaba de ser presentada en el seminario como
figura ejem-plar— es aquel o aquella que “no cede en su deseo.” Dado que el
deseo es “la metonimia de nuestro ser”, la
1 Lo
mesiánico, en cuanto a la mesianicidad, refiere “a la acontecimentalidad del
acontecimiento, a la singularidad y a la alteridad del otro” (Specters 28), y
es una noción crucial en el Derrida de los noventa que también remite al
interés de Derrida en el pensamiento de Emmanuel Levinas. Quizás ninguna otra
noción haya sido tan abierta-mente ridiculizada por los adversarios de Derrida,
que deberían sin embargo admitir que no son capaces de tomarla en serio al
nivel con-ceptual. Por ejemplo, Slavoj Zizek comienza su The Puppet and the
Dwarf con una referencia vaga a la “dimensión teológica a la que se le da un
nuevo término de vida bajo el disfraz del giro mesiánico ‘postsecular’ de la
deconstrucción” (3) —lo cual resulta por lo demás sorprendente como crítica en
un autor que apenas un par de años más tarde estaría resueltamente defendiendo
la teología política en The Neighbor. Three Inquiries in Political Theology—
para no hacer más referencia a ello en el resto del libro —por fortuna, pues la
referencia es inepta. No hay nada remotamente teológico en la estructura de lo
mesiánico, que simple-mente registra el hecho de que “la venida del otro, la
singularidad absoluta e impredecible del otro” (Specters 28) es una condición
del pensamiento, y no sólo de la experiencia ética o política. Lo mesiánico es
un punto de partida para la participación política racional. Voyous hablará del
“espacio racional de una fe hipercrítica, sin dogma y sin religión, irreducible
a toda institución religiosa o implícitamente teocrática. Es lo que he llamado
el esperar sin horizonte de una mesianicidad sin mesianismo” (21).
240
estructura
ética que constituye la posibilidad existen-cial del héroe no es otra que la
perseverancia radical. Dentro del contexto de la perseverancia radical, la
trai-ción es impotente, y la definición de un héroe es por consiguiente
“alguien que puede ser traicionado con im-punidad” (321) —es decir, en mi
lectura, alguien que puede ser traicionado sin que la traición cambie su
es-tructura de comportamiento. Para el hombre ordinario, sin embargo, las cosas
son muy distintas, pues “la trai-ción que casi siempre le ocurre lo devuelve al
servicio de los bienes, pero con el proviso de que ya nunca más encontrará ese
factor que restaura un sentido de direc-ción en ese servicio” (321). Es decir,
para el hombre ordinario la traición es terminal. La pérdida de direc-ción
resulta catastrófica porque, en la antropología laca-niana, el ser del hombre
—o de la mujer, por ejemplo, Antígona— está siempre de antemano vinculado a “un
destino particular”: “ese destino demanda insistentemen-te que la deuda sea
pagada, y el deseo continúa volvien-do, continúa regresando, y nos sitúa una
vez más en un sendero dado, el sendero de algo que es específicamente nuestro
asunto” (319). La pérdida de dirección, como pérdida del camino, deja al hombre
a la deriva y desco-nectado de su ser, de su deseo.
El
hombre ordinario encuentra su sendero bloquea-do o desvanecido, y no sabe por
dónde tirar. La traición ha tomado lugar, y él o ella han aceptado la traición,
han aceptado pagar ese precio:
Lo
que llamo “ceder en el propio deseo” está siempre acompa-ñado en el destino del
sujeto por alguna traición (...) O bien el sujeto traiciona su propio camino,
se traiciona a sí mismo, y el resultado es significativo para él, o bien, más
sencillamente, tolera el hecho de que alguien con quien se ha comprometido
241
más
o menos a hacer algo traiciona su esperanza y no hace por él lo que su pacto
estipulaba (...) Algo se juega en la traición si uno la tolera, si, empujado
por la idea del bien —y por eso entiendo el bien del que acaba de cometer el
acto de trai-ción— uno cede terreno hasta el punto de renunciar a su propia
demanda y se dice a sí mismo: “Bueno, si las cosas están así, debo abandonar mi
posición; ninguno de nosotros vale mucho, y especialmente yo, así que
deberíamos volver ambos al camino común”. Pueden ustedes estar seguros de que
lo que encuentran ahí es la estructura de la cesión del deseo propio. (321)
En
suma, la estructura de la traición —de la trai-ción del deseo, pues toda
traición es para Lacan traición del deseo— regula la propia relación al ser.
“Se sabe lo que cuesta ir adelante en una dirección dada, y si no se va en esa
dirección, se sabe por qué. Uno puede incluso sentir que, si en las cuentas
propias con el deseo, no se está exactamente en números negros, es porque no se
ha podido hacer mejor, pues ese no es un camino que uno pueda tomar sin pagar
el precio” (323).
El
precio, que es el precio de la perseverancia radi-cal, que se paga, o
precisamente no se paga, por el héroe o el hombre ordinario, de formas
diferentes, se articula siempre siguiendo los varios ejes de la actividad
huma-na. En las páginas de este seminario Lacan menciona dos: el religioso y el
político. En cuanto al religioso, “ese bien que se sacrifica al deseo —y
notarán ustedes que eso significa lo mismo que ese deseo que se pierde por el
bien— esa libra de carne es precisamente lo que la reli-gión intenta recuperar.
Ese es el solo rasgo común a to-das las religiones; es coextensivo con toda
religión, con la totalidad de sentido de la religión” (322). Y, en cuan-to a lo
político:
242
Parte
del mundo ya se ha movido resueltamente en la dirección del servicio de los
bienes, de esa forma rechazando todo lo que tiene que ver con la relación del
hombre al deseo —es lo que se conoce como la perspectiva postrevolucionaria. La
única cosa por decir es que la gente no parece haberse dado cuenta de que, al
formular las cosas de esta manera, se está simplemente perpe-tuando la eterna
tradición del poder, a saber, “continuemos trabajando, y en lo que concierne al
deseo, vuelva usted más tarde”. ¿Pero qué importa? En esta tradición el futuro
comu-nista es sólo diferente del de Creón, del futuro de la ciudad, en que
asume —y esto no es negligible— que la esfera de los bienes a la que todos
debemos dedicarnos puede en algún momento abrazar la totalidad del universo. En
otras palabras, esta operación sólo se justifica en la medida en que el estado
universal está en el horizonte. (318)
La
perspectiva política postrevolucionaria, comu-nista o liberal, incorpora una
traición fundamental del deseo basado en la esperanza ontológica de lo que
Lacan llama el estado universal. El estado universal —un pa-raíso imposible de
trabajo en libertad— sustituye la pro-mesa infinitamente diferida pero siempre
presente de la coincidencia del deseo consigo mismo, sin duda una promesa del
deseo mismo, y no sólo del poder, de he-cho una promesa del deseo soberano, que
es al mismo tiempo una promesa del deseo de traición. El estado universal, dice
Lacan, “significa nada más que suponer que las cosas cambiarán al nivel
molecular, al nivel de la relación que constituye la posición del hombre ante
los varios bienes, en la medida en que hasta ahora su deseo no ha estado allí”
(318).
La
promesa o esperanza del estado universal —no hay promesa sin esperanza—, aunque
“nada indique que incluso en su límite el problema vaya a desaparecer”
243
(318),
es el horizonte político del fin de lo político. Le-jos de anticipar una
situación real en la que el reino de los bienes y el reino del deseo se habrán
convertido en idénticos, es un sustituto compensatorio de la incapaci-dad de
vivir a la altura del imperativo ético (lacaniano) de no ceder en el propio
deseo. Como abandono de la perseverancia radical en el ser propio, podría
también percibirse como abandono de la soberanía, una especie de abdicación
intencional. De hecho, las palabras de Schmitt sobre la esencia de la
existencia política resue-nan absolutamente en la noción lacaniana de
auto-trai-ción. Para Schmitt, como sabemos, “en tanto que la gente exista en la
esfera política, esa gente debe (...) determi-nar para sí la distinción de
amigo y enemigo. Ahí reside la esencia de su existencia política. Cuando ya no
posee la capacidad o la voluntad de hacer esta distinción, deja de existir
políticamente. Si permite que la decisión sea hecha por otro, entonces ya no es
más una gente políti-camente libre y queda absorbida por otro sistema
polí-tico” (Concept 49).
Pero
las cosas se complican. ¿No es el acto político implicado en el rechazo del
derecho a la determinación soberana de amigos y enemigos también un acto
políti-co? Por lo mismo, ¿no es el abandono de la posición ética de no ceder en
el propio deseo también un acto ético? En la medida en que una decisión es
inevitable también en estas situaciones límite, la decisión no pue-de abandonar
su carácter soberano en virtud de una necesidad lógica. “Sublimen tanto como
quieran; tie-nen que pagar por ello con algo. Y este algo se llama jouissance.
Tengo que pagar por esa operación mística con una libra de carne” (Lacan,
Ethics 322). La opera-ción mística de la jouissance política —cuando permito
que otro tome mi decisión, cuando abrazo o me someto
244
a la
estructura de la traición que indiferencia mi deseo y el deseo del otro, mi
traición y la traición del otro —es en sí un acto político soberano y podría de
hecho dar-nos el secreto de la estructura de la soberanía. El sujeto es, para
Lacan, nada sino esa libra de carne sacrificada, cedida en la cesión del deseo.
Y eso hace de la política de la subjetividad —la política del sujeto está
siempre basada en la eterna tradición del poder, “sigamos traba-jando, y vuelva
usted más tarde en lo que concierne al deseo”— una política siempre
necesariamente catastró-fica, en la que la dirección está de antemano perdida.
2.
Otro orden de lo político
“Il
n´y a donc plus que des États voyous, et il n´y a plus d´État voyou” (Derrida,
Voyous 150) —no hay más que estados piratas y no hay estados piratas. Si todo
estado es un estado pirata, entonces no hay estados piratas. Para Derrida esta
formulación, que cierra un orden conceptual de lo político, es necesariamente
pre-liminar a “otro orden” (150), es decir, a un orden al-ternativo, postulable
lógicamente de la consumación o acabamiento del orden anterior. Su síntoma,
dice, es precisamente el abandono de la terminología de esta-do pirata por la
Administración Clinton en Estados Unidos: “La misma gente que, bajo Clinton,
aumentó e intensificó esta estrategia retórica y abusó de la ex-presión
demonizante ‘estado pirata’, por fin, el 19 de junio de 2000, declaró
públicamente que habían de-cidido abandonar por lo menos el término. Madeleine
Albright [Secretaria de Estado con Clinton] hizo saber que el Departamento de
Estado ya no lo consideraba una designación apropiada, y que desde ese momento
245
se
diría, de manera más neutral y moderada, ‘estados preocupantes’” (150-51). El
uso al que revertiría Geor-ge W. Bush sería ya residual u obsoleto. Y esto es
por-que, en resumen, en la llamada guerra contra el terror, ya no estamos ante
una
guerra clásica internacional, dado que ningún estado la ha declarado o está en
pie de guerra en cuanto tal contra Estados Unidos, ni, puesto que no hay
estados-nación presentes en cuanto tales, estamos antes una guerra civil, ni
siquiera ante una guerra de partisanos (para usar el interesante concepto de
Schmitt), dado que ya no es cues-tión de resistencia a una ocupación
territorial, o cuestión de una guerra revolucionaria, o de una guerra de
inde-pendencia para liberar un estado colonizado o fundar otro estado. Por
estas mismas razones, el concepto de terroris-mo ya no resulta pertinente,
pues, precisamente, siempre ha sido asociado con guerras revolucionarias,
guerras de independencia o guerras de partisanos en las que el estado siempre
ha sido la apuesta, el horizonte y el terreno. (De-rrida, Voyous 150).
Son
afirmaciones más bien extraordinarias, o sobre una situación extraordinaria,
pero su verdad depende de si estamos realmente en la aurora, y no importa lo
que dure, de un orden alternativo de lo político, que Derrida colocaría
entonces, de forma insegura, bajo el signo de “un dios sin soberanía”: “nada es
menos segu-ro, seguramente, que un dios sin soberanía, nada es menos seguro que
su llegada, seguramente. Esa es la razón por la que, y de la que, hablamos”
(160). ¿Estamos de he-cho ante el fin de un orden conceptual de lo político,
que sería el orden dentro del que, según Schmitt, todo concepto significativo
es la secularización de un con-
246
cepto
teológico?2. A Derrida le preocupa esa cuestión: “A menudo me he preguntado
(...) si todo lo que vincu-la a mis ojos la democracia-por-venir con el
espectro o el fantasma de una mesianicidad sin mesianismo podría ser
reconducido o podría ser reducido a algún teologe-ma no reconocido en cuanto
tal” (155).
Veíamos
al principio de este libro que la ontología política cifrada en la noción de un
orden de lo político deconstruye la ontología política cifrada en la división
amigo/enemigo, y viceversa. Son ontologías mutuamente incompatibles. O la
división amigo/enemigo es supre-ma para una determinación de lo político o el
orden de lo político lo es. Ambas instancias no pueden ser supre-mas
simultáneamente. La fisura entre ellas —y habría que estudiar la relación entre
esta fisura y la fisura de la soberanía, que antes definimos como fisura entre
poder real y poder legal, si es que no son la misma fisura, a cierto nivel
adecuado de exégesis— es estrictamente in-teorizable. Si la división
amigo/enemigo se aguanta con independencia de todas las demás antítesis, es decir,
si es la antítesis suprema que sustenta la autonomía total de lo político con
respecto de toda otra determinación, entonces no hay orden de lo político. Si
hay un orden de lo político, entonces ese orden produce sus propias divisiones
políticas, produce amigos y enemigos y de-termina la antítesis en lugar de
supeditarse a ella.
Schmitt
se dio cuenta secretamente de esta difi-
2 Schmitt se refiere implícitamente en esa frase
al comienzo, y no sólo al comienzo, del Ensayo sobre el catolicismo, el
liberalismo y el socialismo de Juan Donoso Cortés, en donde Donoso formula el
pensamiento de que “toda gran cuestión política está siempre envuelta en una
gran cuestión teológica” (5). Schmitt dice al comienzo de un capítulo de su
Teología política que acaba con una mención de Donoso, que “todos los conceptos
significativos de la moderna teoría del estado son conceptos teológicos secularizados”
(36).
247
cultad
en la sección de El nomos de la tierra titulada “El enemigo injusto de Kant”.
No le gusta lo que encuentra en Kant, y por eso mantiene a Kant a distancia.
Por un lado, dice que Kant “formula definitivamente los resul-tados de la época
de desarrollo” del sistema interestatal en vigor en los siglos diecisiete y
dieciocho, esto es, dice que Kant formula las condiciones del entonces
prevale-ciente nomos de la tierra, el orden prevaleciente de lo político.
Schmitt cita a Kant: “Ninguna guerra entre estados independientes puede ser una
guerra de castigo ni puede ser una guerra de exterminio o de subyuga-ción”; y
“por lo tanto existe el ‘derecho a un equilibrio de poder entre todos los
estados que son contiguos y podrían actuar uno sobre otro’” (Schmitt, Nomos
168). Pero Kant, dice Schmitt, “revela dos caras” cuando “in-troduce, de manera
altamente sorprendente, el concep-to del enemigo injusto” (168). El enemigo
justo es el ene-migo intranómico, el enemigo que no quiere deshacer el orden
nómico, sino que más bien se limita a cuestio-nar determinaciones nómicas
internas desde el punto de vista del nomos mismo. Por ejemplo, después del
Tra-tado de Utrecht, que establece las consecuencias de la Guerra de Sucesión
Española a principio del siglo die-ciocho con resultados bastante dramáticos
para el poder español, España intentó reestablecer sus reivindicacio-nes sobre
territorio italiano e invadió Cerdeña y Sicilia. Inmediatamente los vencedores
de Utrecht organizaron la llamada Cuádruple Alianza contra España. Como dice
Henry Kamen, “el conflicto, que llegó a su término el año siguiente [1719], fue
una falsa guerra sin mayor propósito que el de demostrarle a España que podía
operar como poder militar sólo con el permiso de los franceses y los
británicos” (455). Los franceses y los bri-tánicos, con sus aliados,
reafirmaron su posición de do-
248
minio
nómico y pusieron a España en su sitio. Pero Es-paña fue considerada por ellos
enemigo nómico, señora respetable si bien un poco decaída y protestona, al
tiempo que España no podía sino sentir que no era lo suficien-temente poderosa
para modificar el equilibrio de poder europeo al servicio de sus propios
intereses.
¿Y
el enemigo injusto? ¿Es el enemigo injusto, por oposición al enemigo justo,
cuya definición queda ente-ramente contenida al nivel del orden nómico, un
señor respetable si bien un poco decaído y protestón, de todo principio de
orden y orientación? Schmitt dice que el concepto kantiano de enemigo injusto
podría de hecho ser ya “el presentimiento de un nuevo nomos de la tie-rra”
(169), es decir, de un nuevo orden de lo político. Ahora bien, en su definición
Kant prefigura ni más ni menos que la llegada de terroristas nihilistas, cuya
in-tención no puede ser producir una configuración nómi-ca alternativa sino más
bien, precisamente, el retorno a un imposible estado de naturaleza, un caos
asesino, des-orden y desorientación para todos. Si esto es así, el ene-migo
injusto kantiano es la intuición del fin de todo posible orden de lo político,
y por lo tanto no el presen-timiento de ningún orden nuevo ni emergente.
Para
Kant el enemigo injusto es aquel “cuya volun-tad públicamente expresa (de obra
o de palabra) revela una máxima mediante la que, si fuera convertida en re-gla
universal, se haría imposible cualquier condición de paz entre naciones, y, en
su lugar, se perpetuaría un estado de naturaleza” (Schmitt, Nomos 169).
Estricta-mente según la definición kantiana, el enemigo injusto es el enemigo
del orden de lo político: no de un orden dado, sino de toda posibilidad de un
orden de lo políti-co. Schmitt dice: “Una guerra preventiva contra tal ene-migo
tendría que considerarse incluso más que una gue-
249
rra
justa. Sería una cruzada, porque estaríamos lidiando no simplemente con un
criminal, sino con un enemigo injusto, con un perpetuador del estado de
naturaleza” (169). La noción del enemigo injusto, descubrimiento kantiano,
desmantela la presuposición misma de un or-den de lo político en un sentido
específico. Como figu-ra límite, el enemigo injusto está fuera del nomos, en el
sentido de que rehúsa reconocer la autoridad nómica misma. Pero el nomos es un
principio totalizante fuera del que, por definición, no puede haber nada:
incluso el principio de la disolución nómica sale del nomos mismo en cada caso.
El nomos, si lo es, debe producir su propia antítesis, en función de una nueva
división totalizante interna a sí mismo. La invención kantiana de la figura del
enemigo injusto hace que algo ocurra: el enemigo injusto kantiano se presenta
fuera de la jurisdicción del nomos, contra la jurisdicción del nomos. Es un
escándalo.
Pero
el escándalo se radicaliza en un sentido que Schmitt no nota. Es cierto que
cita, con gran alabanza (“es imposible entender el concepto de enemigo justo
mejor de lo que Kant lo entendió” [169]), la definición kantiana del enemigo
justo. Pero la definición kantiana del enemigo justo es en sí misma
escandalosa, y poten-cialmente desarregla la diferenciación schmittiana. Para
Kant, “un enemigo justo sería un enemigo al que yo le estaría haciendo mal al
resistirlo, pero entonces no sería mi enemigo” (citado por Schmitt, Nomos 169).
Sch-mitt nos da la definición kantiana, pero en su texto no extrae sus
implicaciones, rehúsa hacerlo, y con ello qui-zás es Schmitt mismo el que nos
ofrece dos caras. Si el enemigo justo es tan buen muchacho que sería hasta injusto
oponerse a él, entonces el enemigo justo es una imposibilidad. En otras
palabras, si el enemigo, en vir-tud de su justicia misma, es siempre de
antemano un
250
amigo,
entonces todos los enemigos, para serlo realmen-te, tienen que ser injustos.
Pero si todos los enemigos son injustos, entonces todos los enemigos quedan
fuera de la jurisdicción nómica. El orden nómico, en ese caso, manifiesta su
jurisdicción efectiva, en todo otro sentido que no sea el punitivo, sobre los
amigos. Por lo tanto, pierde su universalidad. Pierde, de hecho, más que su
universalidad: pierde su posición como concepto políti-co mismo, puesto que no
puede ya responder por, y sólo puede someterse a, la división esencial de lo
políti-co entre amigos y enemigos. En ese caso, el orden nó-mico y el estado de
cualquier política concreta se hacen incompatibles. Si hay política, no hay un
nomos vincu-lante. Si hay nomos, el enemigo injusto, es decir, cual-quier
enemigo, cae fuera del orden de lo político.
¿Preferiremos
entonces sostener la noción de or-den nómico o restringirnos a una noción
anómica y sal-vaje de lo político? ¿Tenemos tal opción?3.
Si
todos los enemigos son injustos, entonces todos los enemigos deben ser
exterminados. No hay fin y no hay límite a la guerra: la guerra es total, desde
la pers-pectiva tanto de los amigos del orden nómico como de sus enemigos
injustos. Pero la guerra total no puede ser
3 Jan-Werner Müller nota que Nomos de la tierra
“iba a permanecer la piedra de toque de todas [las] reflexiones de la
postguerra [de Schmitt] —no mínimamente porque le permitió cambiar el terreno
de la discu-sión desde el pasado alemán y la política doméstica a más elevadas
ruminaciones sobre la historia del mundo e incluso míticas. Cuando algunos de
sus admiradores quisieron publicar una colección de sus escritos políticos al
principio de los setenta, insistió en que empezaran con Nomos y publicaran sólo
escritos de la postguerra” (87). Schmitt era consciente de la opción imposible
entre un orden nómico y la anomía radical de una política salvaje de enemistad
absoluta, y esa imposibilidad se le hizo crucial, en el sentido de crucial como
enigma, e irresuelto como tal. Esto, que no puede ser de ninguna forma
desvin-culado de su comprometida historia política personal, va a marcar
también la escritura de su Teoría del partisano.
251
una
orientación fundamental y un principio de orden. La noción de guerra total,
incluso cuando es una guerra total por la defensa del orden nómico, anuncia ya
el final de todo posible reinado del orden nómico. Anun-cia también una
radicalización de lo político en la me-dida en que se abre a su determinación
más extrema como guerra total. Pero una guerra total sin nomos es una guerra
totalmente desregulada, no discriminatoria, y sin legalidad. Y una guerra bajo
tales condiciones ha generalizado ya la división amigo/enemigo hacia su
dis-rupción efectiva, pues la amistad presupone legalidad. Enfrentada a una
guerra total, que es guerra civil total, la humanidad se encuentra privada de
la amistad, en el mismo sentido en el que se encuentra privada de ene-mistad,
pues la noción de división amigo/enemigo ha dado paso a su total
indiferenciación. En el final lógico del concepto, la división política
encuentra su final efec-tivo. La guerra total es el fin de lo político. Toda
noción de un orden de lo político queda ahora más allá de la línea. La guerra
total es la amenaza absoluta.
Derrida
dice que todos los esfuerzos occidentales o norteamericanos para identificar
estados terroristas o estados piratas son “racionalizaciones destinadas a negar
más que la ansiedad absoluta, el pánico o el terror ante el hecho de que la
amenaza absoluta no viene ya ni des-cansa sobre el control de estado alguno, de
cualquier forma de lo estatal. Era necesario disimular, mediante esta
proyección identificatoria, era necesario sobre todo disimular ante uno mismo
el hecho de que el poder nuclear o las armas de destrucción masiva son
virtual-mente producidas y accesibles en lugares que ya no de-penden de estado
alguno. Ni siquiera estados piratas” (Voyous 150). El orden interestatal de lo
político ya no es la determinación primaria del estado de cosas políti-
252
co.
Derrida nota que la situación presente lleva “a su límite y a su fin” (150) el
concepto de estados piratas, que está esencialmente conectado al orden
interestatal de la modernidad política, al orden político de la sobe-ranía
estatal, o incluso de la democracia interestatal (puesto que “el derecho
internacional (...) pretende ser fundamentalmente democrático” [137]). Pero “la
sobe-ranía y la democracia son al mismo tiempo, y también una después de la
otra, indisociables y contradictorias recíprocamente” (143). La democracia
requiere de la fuerza —un orden democrático de lo político debe pos-tularse
como orden soberano, no subordinado a ningún otro orden. “Si la constitución de
esta fuerza”, sin em-bargo, “está efectivamente, en principio, destinada a re-presentar
y a proteger una democracia global, en reali-dad la traiciona y la amenaza”
(143) —por la sencilla razón de que “el abuso del poder es constitutivo de la
soberanía misma” (145).
Por
un lado, entonces, no es posible darle a la so-beranía un sentido democrático:
“conferir sentido en la soberanía, justificarla, encontrar una razón para ella,
es ya limitar su excepcionalidad sobre la decisión, some-terla a reglas, al
derecho, a una ley general, a un concep-to. Es por lo tanto dividirla,
someterla a partición, a participación, a reparto” (144). Pero, por otro lado,
no es imposible tampoco darle a la soberanía un sentido democrático, puesto que
el conferimiento de sentido continúa y nunca cesa una vez que la soberanía
queda discutida, mencionada, incluida en el lenguaje y por lo tanto compartida.
Así que “la soberanía pura no existe, siempre se postula desmintiéndose,
negándose a sí mis-ma, en un acto de autoinmunización, traicionándose al
traicionar a una democracia que, sin embargo, no pue-de vivir sin ella” (144).
253
Esta
estructura aporética de la soberanía determi-na a un tiempo para nuestra época
la retórica de estados granujas y la lleva a su final. Todo estado soberano
abu-sa de su poder y es por lo tanto un estado pirata. Derri-da considera que
es demasiado fácil, aunque legítimo por lo demás, concluir que “allí donde
todos los estados son piratas (...) ya no hay más estado pirata” (146).
Pro-pone una hipótesis más fuerte, a saber, que el fin del equilibrio de la
Guerra Fría entre dos superpoderes des-truyó el sistema interestatal a favor de
la soberanía no-minal norteamericana. Era pues cuestión de tiempo: “Con las dos
torres del World Trade Center la totalidad (lógica, semántica, retórica,
jurídica y política) del apa-rato que hacía de la denuncia de los estados
piratas algo últimamente consolador y significativo se colapsó visi-blemente”
(147). Los atentados del World Trade Cen-ter y el Pentágono fueron consecuencia
de la disolución del sistema interestatal de soberanía imposiblemente
compartida; consecuencia de la primacía imposible (den-tro de un derecho
internacional democrático) de la so-beranía norteamericana; índice de la
disolución de es-trategias de contención; del límite y del fin de un orden de
lo político largamente establecido. Si hubo trauma, entonces, no fue
primariamente el trauma o la herida de lo que llegó a ocurrir y ocurrió: fue
más bien conse-cuencia de “la aprensión inevitable de una amenaza peor y
porvenir” (148): la aprensión de la amenaza absoluta. El pánico o el terror de
la amenaza más allá del orden estatal es la clausura del orden de lo político
—es decir, de un orden de lo político. A ese orden debiera suceder-le,
inciertamente, otro orden. ¿Podría ser el orden de un principio no soberano de
salvación, el orden de un dios no soberano, lo que Derrida llama la
democracia-por-venir? Nada es menos cierto. ¿Necesitará tal nuevo or-
254
den
un partisano? ¿Es la partisanía lo que se requiere para la construcción de un
orden no soberano o antiso-berano de lo político? Derrida, como cité, dice que
éste no es el momento de una guerra de partisanos —aun-que llame “interesante”
al entendimiento schmittiano de tal noción. ¿Qué significa eso?
3.
Más allá del principio de razón política
El
libro Estado de excepción, de Giorgio Agamben, también habla del agotamiento
del orden presente y de la posibilidad de una “nueva condición” (112).
Derri-da, refiriéndose a los “estados preocupantes” de Made-leine Albright, y
notando la tropología médica de la frase, postula como posibilidad de orden
nuevo la llega-da, o la nueva llegada, de un “dios soberano” que, “tras una
Revolución de la que todavía no tenemos idea”, nos “llevará (...) hacia lo que
vino del Terror y de los Comi-tés de Salud Pública de la Revolución francesa” y
hacia “un Consejo de Seguridad muy otro” (Voyous 160-61). De forma semejante
Agamben menciona la “máquina letal” que será o ya es el resultado del “estado
de excep-ción” normativo que regula nuestro sistema político-ju-rídico (Stato
110). Si para Derrida el partisano, o más bien el contrapartisano, es el que
toma sobre sí mismo el enfrentamiento de la amenaza absoluta mediante una
intensificación del principio de soberanía que disuelve a la democracia en un
paroxismo de autoinmunidad, en Agamben emerge una noción parecida de
autoinmuni-dad a través del recurso al “terror anómico” (Stato 85) que fuerza
el desarrollo de un estado permanente de excepción radicado en la
indiferenciación “entre anomía y nomos, entre la vida y la ley, entre
auctoritas y potestas”
255
(Stato
110). “El estado de excepción (...) ha alcanzado hoy su desarrollo planetario
máximo. El aspecto nor-mativo de la ley puede por lo tanto ser borrado
impu-nemente y contradicho por una violencia gubernamen-tal que, aunque ignora
el derecho internacional en el extranjero y produce domésticamente un estado de
ex-cepción permanente, todavía pretende estar aplicando el derecho” (Stato
111). El resultado es la “guerra civil global”, una situación de hecho que,
dice Agamben, ya había sido profetizada por Schmitt en su Teoría del par-tisano
(Stato 11).
El
capítulo central de Estado de excepción invierte el “escándalo” del interés que
mostró Walter Benjamin por la teoría schmittiana de la soberanía al insistir en
que de hecho la doctrina schmittiana sólo puede enten-derse como “respuesta a
la crítica benjaminiana de la violencia” (69). En juego está la posibilidad de
algo otro que una teología política, que para Benjamin depende de la liberación
de lo que llama “violencia pura”: “el ca-rácter propio de esta violencia es que
ni pone ni preserva la ley, sino que la depone y así inaugura una nueva épo-ca
histórica” (Stato 70). Sólo tal violencia puede ser anó-mica, porque es
enteramente independiente de la ley, y por lo tanto afirma un área de
existencia que no está subordinada a la ley. Schmitt habría querido cuestionar
tal afirmación de la existencia incondicionada de la vio-lencia pura a favor de
una subordinación jurídica total de la violencia: “es para neutralizar la nueva
figura de una violencia pura, sustraída a la dialéctica de poder constituyente
y poder constituido, que Schmitt elabora su teoría de la soberanía” (Stato 71).
Si el soberano es para Schmitt el que decide la excepción, la decisión
ex-cepcional “inscribe la anomía en el cuerpo mismo del nomos” (71), y sutura
la fractura que parecía expandirse
256
en
la crítica benjaminiana entre el orden del regulamien-to jurídico y un orden
alternativo de vida libre y desata-da. Para Agamben en estos asuntos se decide
“la defini-ción misma de lo que Schmitt llamó lo político” (67). Pero la
definición que nos de Agamben de lo político será benjaminiana y no
schmittiana.
“El
documento decisivo en el dossier Benjamin-Schmitt es sin duda la octava tesis
de la filosofía de la historia, compuesta por Benjamin unos pocos meses antes
de su muerte: ‘la tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de
emergencia’ en el que vivimos no es la excepción sino la regla. Debemos
alcanzar una concepción de la historia que sea consistente con esa intuición.
Entonces nos daremos claramente cuenta de que es nuestra tarea propiciar un
estado real de emer-gencia, y esto mejorará nuestra posición en la lucha
con-tra el fascismo’” (74-75). Si el estado de excepción se hace la regla, la
teoría schmittiana según la cual la deci-sión excepcional tiene como función
primaria sostener la regla al suspender temporalmente su aplicación se hunde. La
indecidibilidad de regla y excepción hace que la regla y la excepción se
devoren a sí mismas. Lo que queda es una zona anómica “donde funciona una
vio-lencia sin ropaje jurídico de ninguna clase” (76-77). El interés de
Benjamin por salvar la existencia conceptual de una violencia pura, desnuda de
ropaje jurídico, ope-ra contra el interés de Schmitt por salvar la relación
esen-cial entre violencia y ley. La captura de la violencia por el universo de
la ley, en la dialéctica del poder constitu-yente y el poder constituido, hace
posible lo que Derri-da llamaría una política del dios soberano, mientras que
la liberación de la violencia con respecto de la ley abriría quizá la
posibilidad de una dispensación alternativa, a-teológica o a-ontoteológica.
Agamben lo hace explícito
257
en
un párrafo extraordinario: “la lucha por la anomía parece ser, para la política
occidental, tan decisiva como la gigantomachia peri tes ousías, como la batalla
de gigan-tes sobre el ser que define a la metafísica occidental. Al ser puro, a
la pura existencia como última postulación metafísica corresponde la violencia
pura como objeto político extremo, como la ‘cosa’ de lo político; a la
estra-tegia onto-teo-lógica, que intenta capturar al ser puro en la red del
logos, corresponde la estrategia de la excep-ción, que debe asegurar la
relación entre la violencia anómica y la ley” (Stato 77)4. Con ello Agamben
aclara la vinculación de la teoría schmittiana con la metafísica occidental, y
parece abrirle el camino a una formula-ción postmetafísica de lo político desde
la teoría de la violencia pura de Benjamin.
Si
la ley confía en una zona anómica para asegurar-se como fundamentación última,
el logos confía en la alógica, que debe también capturar. La liberación tanto
de la violencia pura como del ser puro establece la posi-bilidad de un
pensamiento alternativo de lo político, así como de una relación alternativa a
la ontoteología: una práctica no ontoteológica de lo político. Aquí la
4 El análisis clásico de la onto-teo-logía, de
Martin Heidegger, y la proposal de un “Schritt zurück” o paso atrás hacia lo
impensado de la filosofía, incluyendo al dios impensado (113), que “liberaría”
al ser mediante una dilucidación de la diferencia entre el ser y los seres,
puede encontrarse en “La constitución onto-teo-lógica de la metafísica”.
Heidegger desarrolló este pensamiento a lo largo de los años, y Agamben se está
refiriendo a él. Que la estructura de la metafísica sea onto-teo-lógica también
significa que la soberanía, como fundación última, ago-ta el “pensado” de la
metafísica, lo que es pensable dentro de ella. Si, por lo tanto, la política es
ontoteológica, el intento de conmover la soberanía, de encontrar una
determinación de lo político más allá de o fuera de la soberanía, es un intento
de consumar el proyecto heideggeriano de pensar lo impensado de la
ontoteología. Ver en co-nexión con esto el “envoi” al primer ensayo de Derrida
en Voyous, que es una discusión con la noción heideggeriana de un dios que
salva, o un dios más allá del Dios Uno (155-61).
258
presentación
de Agamben del trabajo político es consis-tente con la presentación de Derrida
de una democra-cia-por-venir a través de la noción de una mesianicidad sin
mesianismo. Esta es la formulación de Agamben: “Exhibir la ley en su
no-relación a la vida y la vida en su no-relación a la ley significa abrir
entre ellas un espacio para la acción humana que en un tiempo reclamó para sí
el nombre de política. La política ha sufrido un eclip-se duradero porque está
contaminada por la ley, y se concibe a sí misma en el mejor de los casos como
poder constituyente (esto es, como violencia que impone la ley), cuando no se
reduce simplemente a una negocia-ción con la ley. Verdaderamente política, en
su lugar, es sólo la acción que rescinde el vínculo entre violencia y ley”
(Stato 113)5. Es decir, la política, propiamente di-cha, es la interrupción de
la máquina biopolítica que resulta del terror anómico y que produce
incesantemente el aparato contrapartisano del poder de la excepción. Pero el
estado de excepción ha alcanzado su máxima ten-sión hoy —haciéndose norma,
también arruina su pro-pia excepcionalidad: sujeto a trastornos de
autoinmuni-dad, el dios de la soberanía ha caído en agonía mortal, y ya no
puede preservar el orden.
Puede
parecer paradójico que la noción benjami-niana de violencia pura, contra la
violencia “mítica” que constituye lo político en la alternancia implacable de
poder constituyente y poder constituido, pueda ser en-
5 El ensayo de Derrida “Fuerza de ley” analiza el
ensayo de Benjamin “Crítica de la violencia” en el contexto de la interrogación
de la diferen-cia entre ley y justicia. El interés de Derrida es también
elicitar una liberación de la violencia de la ley en nombre de la estructura
mesiánica de la justicia misma. Este ensayo probablemente marca el momento de
máxima proximidad entre los proyectos de Agamben y de Derrida. El
acontecimiento por venir, la estructura del venir marca la posibilidad de la
democracia fuera de la soberanía. Ver en este contexto Agamben, La comunidad
que viene.
259
tendida
por Agamben como la cifra de una política no ontoteológica. Después de todo,
Benjamin le llama a su violencia pura “violencia divina”6. Pero, tal como la
en-tiende, la violencia divina, al disolver el vínculo entre la violencia y la
ley, al postularse como algo absolutamen-te otro que la ley, de hecho, al
postularse como otredad absoluta, es una figura de lo incondicional —es lo
in-condicional por excelencia. En cuanto incondicional, esta violencia pura y
divina se sustrae a la lógica de la soberanía política7. Sólo lo incondicional
puede rom-
6 Para Benjamin, “la justicia es el principio de
todo hacer de fines divino, el poder el principio de todo hacer leyes mítico”
(248); “si la violencia mítica es hacer leyes, la violencia divina es destruir
leyes; si lo primero pone límites, lo segundo los destruye ilimitadamente; si
la violencia mítica trae a la vez culpa y retribución, el poder divino sólo
expía; si lo primero amenaza, lo segundo golpea; si lo primero es san-griento,
lo segundo es letal sin derramamiento de sangre” (249-50). Para Benjamin, de
forma suficientemente oscura, “una nueva época histórica” (252) depende de la
interrupción del principio de la violen-cia hacedora de leyes por la violencia
divina. Es por lo tanto extraordi-nario que, en el final mismo del ensayo,
Benjamin diga: “la violencia divina, que es el signo y sello pero nunca el
medio del despacho sagra-do, puede ser llamada violencia ‘soberana’” (252).
7 ¿Cómo puede entonces llamarse violencia
“soberana”? Ver nota ante-rior. Derrida objeta a esta determinación: “Soberana
en que se llama a sí mismo y es llamada allí donde soberanamente se llama. Se
nombra a sí misma. Soberano es el poder violento de esta apelación originaria.
Privilegio absoluto, prerrogativa infinita. La prerrogativa da la condi-ción de
toda apelación. No dice nada más, se llama a sí mismo, por tanto, en silencio.
Nada resuena, entonces, sino el nombre, la nomina-ción pura del nombre antes
del nombre. La pre-nominación de Dios —aquí está la justicia en su poder
infinito” (“Force of Law” 293). Así como “Fuerza de ley” es el momento de
máxima cercanía entre Agam-ben y Derrida, las cosas comienzan a descomponerse
justo en este punto. Dirreda encuentra la noción de violencia divina
inapropiada, precisamente porque es demasiado soberana: “es en este punto que
este texto [“Crítica de la violencia”], en toda su movilidad polisémica y todos
sus recursos de inversión, me parece finalmente demasiado cer-cano, hasta el
punto de fascinación especular y vértigo, a la misma cosa contra la que uno
debe actuar y pensar, hacer y hablar. Este texto, como muchos otros de
Benjamin, es todavía demasiado heideggeriano, de-masiado mesiánico-marxista o
arqueo-escatológico para mí” (298).
260
per,
por arriba, el vínculo entre la soberanía y la incon-dicionalidad.
Ese
vínculo no puede ser roto para Schmitt. La on-toteología schmittiana insistirá
en la subordinación jurí-dica total de la violencia precisamente para eliminar
el residuo de incondicionalidad que establece la diferencia misma entre
incondicionalidad y soberanía. En efecto, la soberanía, para ser tal, debe ser
incondicional. Pero la incondicionalidad excede a la soberanía. El acto
político, en cuanto soberano, es siempre para Schmitt, en palabras de William
Rasch, “cortar la cadena y fijar un punto de origen que sirva como norma no
derivada, o establecer procedimientos para determinar dónde cortar la cadena, o
establecer reglas discursivas para establecer procedimien-tos para determinar
dónde cortar la cadena” (Rasch, “Po-litics” 42). En otras palabras, una
política de la excepción soberana es para Schmitt entendible como la
interrup-ción de un regreso infinito cuyo último apoyo es el prin-cipio
ontoteológico de razón suficiente. Dios, el dios de la soberanía ontoteológica,
es el garante de la ley infinita de la causalidad, del infinito recurso al
principio y la fun-damentación. Nihil est sine ratione organiza una política
analógica de fuerza bajo el principio de la subordinación universal a la ley de
causalidad, esto es, bajo el principio de razón suficiente: todo debe tener una
causa, todo debe estar fundamentado8. El político soberano no es sino el
8 En El principio de razón Heidegger reflexiona
sobre lo impensado en el principio de razón como principio del ser, y en el
compromiso de Leibniz con la ontoteología. Ver también Rasch, “Conflict” 2-9, y
su análisis de la soberanía schmittiana en conexión con el principio de
Leibniz. Si “lo que Leibniz de hecho estableció fue, no la racionalidad del
mundo creado por un Dios que sirve como su razón suficiente, sino más bien la
irracionalidad de la razón misma, que, como todos los otros sistemas de
creencias que buscan su fundamentación en orígenes, re-quiere un salto de fe”
(Rasch, “Conflict” 5), la teoría schmittiana de la soberanía no es una
continuación sino más bien un intento de salvar el principio leibniziano que,
por un lado, “renuncia a toda posibilidad de
261
ocupante
analógico del principio mismo, un sustituto del dios de la causalidad, ya como
poder constituido ya como poder constituyente. De ahí que, en la determinación
clásica, lo incondicional siempre exceda a la soberanía.
Bajo
esta determinación, la violencia pura o divina es la excepción a la excepción
—la sustracción radical del regreso infinito, la afirmación de una suspensión
no sangrienta pero de todas maneras letal de la cadena sig-nificante. Como
incondicionalidad absoluta, la violen-cia pura des-condiciona la soberanía,
esto es, la desab-solutiza, y libera a lo político de lo político mismo,
abriendo la posibilidad de un entendimiento no sch-mittiano de lo político.
Otra vez en palabras de Rasch:
La
violencia divina (...) viene como si del afuera para limitar el espacio de lo
político, de hecho, para marcar ese espacio para su demolición. También
reconoce que la paradoja en el ori-gen del mundo mítico no puede resolverse
pacíficamente, pero asume que el extraño nudo de la asimetría en la fuente de
lo político puede sencillamente ser cortado por un único y simple acto de
violencia que “fundará una nueva edad histó-rica” en la que la autoexcepción
del soberano quedará anula-da y cancelada. La violencia divina no reemplaza un
orden político por otro, sino que reemplaza un orden de lo político, basado en
la autoexcepción soberana, por otra manifestación de lo político más allá de
toda excepción que faltaría por determinarse. (Rasch, “Politics” 44)
Pero
Rasch es todavía un schmittiano, y no un ben-jaminiano. Para él no es posible
ninguna interrupción del principio político de razón suficiente —del princi-pio
último del orden político, del nomos del nomos, el
dotar
a la ley de dignidad metafísica” (7), y por otro apropia y seculariza la
dignidad metafísica de la ley.
262
principio
de excepción soberana, que Rasch muestra persuasivamente que es un caso más de
la ley lógica del tercero excluido (“Politics” 38-42). Esto es, no es posi-ble
ninguna interrupción del principio político de ra-zón suficiente sin arriesgar
el colapso de lo político en una escatología del fin del mundo, que es lo mismo
que una escatología del origen radical: “quedar liberado de la estructura de la
soberanía es ser devuelto a un estado de inocencia natural” (48). Rasch
sospecha que la vio-lencia pura de Benjamin, y de Agamben, promisoria de una
“política completamente nueva” (38), podría de hecho no lograr nada sino la
exclusión de lo político mismo. Como dice en otro ensayo, “lo político no
existe para introducir la buena vida en la eliminación del an-tagonismo social;
más bien existe para servir como me-dium para un conflicto aceptablemente
limitado y por lo tanto productivo en la ausencia inevitable de toda visión
final y universalmente aceptada de la buena vida” (Rasch, “Sovereignty” 30-31).
Rasch opone una políti-ca del katechon —una política propiamente schmittia-na
de la contención del mal— a la política mesiánica del restablecimiento de la
inocencia natural que él de-tecta en el Homo sacer de Agamben9. ¿Hay, de hecho,
9 Para el katechon ver Schmitt, Nomos 59 ss., 87,
238. Pero Rasch da una explicación concisa: “la palabra katechon refiere a una
figura que causa perplejidad en la “Segunda epístola a los tesalonios” de San
Pablo, en la que Pablo intenta calmar expectativas demasiado ansiosas. El
retorno de Cristo, nos asegura Pablo, es inminente, pero estará precedido por
signos. Sólo después de que el Anticristo haya usurpado el lugar de Dios en el
templo vendrá Cristo de nuevo a reclamar lo suyo. Esperar a Cristo implica
esperar al Anticristo, aunque el tiempo de la llegada de éste último tampoco es
conocido, pues hay, dice Pablo, un katechon, un retrasador o retenedor, cuya
tarea es impedir la llegada del Maligno” (“Politics” 50). Una política del
katechon, más o menos secularizada, es una política del contenimiento de la
catástrofe: se justifica en nombre de prevenir lo peor, más bien que en nombre
de lograr lo mejor. Es una política radicalmente antiutópica, pero no
antimesiánica.
263
en
Estado de excepción, también una “apelación a la espe-ranza ontológica (...) de
la perfectibilidad última” (Ras-ch, “Sovereignty” 29)? ¿Y, a fortiori, es eso
lo que habría detrás del Voyous de Derrida? ¿Qué promete, en suma, la
mesianicidad sin mesianismo? La cuestión crucial aquí atañe a la determinación
de un entendimiento práctico de lo político más allá de toda ilusión mesiánica.
La ilusión —la estafa— mesiánica convierte a toda política en una especie de
ultra-política cuya efectividad vacila entre lo vacío y lo catastrófico. O la
pregunta alternati-va: ¿es la política ontoteológica la única posible política
de nuestro tiempo?
4.
La razón más allá de la razón
La
autoinmunidad según Derrida refiere a “esta extraña lógica ilógica por la que
un ser vivo puede des-truir espontáneamente, de forma autónoma, aquello que, en
él, está destinado a protegerlo contra el otro, a inmu-nizarlos contra la
agresión intrusiva del otro” (Voyous
173) . La autoinmunidad es por lo tanto un tipo
de pulsión de muerte que puede estar relacionada a la es-tructura de la
traición como autotraición que, como vi-mos, Lacan considera una estructura
básica de la rela-ción humana con su ser. Para Lacan el abandono del imperativo
ético de no ceder en el deseo propio es una acomodación a lo real del cual no
hay retorno posible: el camino de vuelta del hombre ordinario a sus propios
asuntos queda bloqueado una vez ha pagado el precio de su acomodo al servicio
de los bienes, y ha traicionado con ello la estructura de su deseo: “una vez
que uno ha cruzado esa frontera (...) no hay vuelta atrás. Puede ser posible
hacer alguna reparación, pero no deshacer lo
264
hecho”
(Lacan, Ethics 321). Esta traición formaliza la política, igual que formaliza
la religión, para Lacan. La política lacaniana, en la medida en que se entienda
como política del sujeto, está enmarcada en un servicio pos-trevolucionario de
los bienes, en el que una jouissance sublimada espera infinitamente, e
inútilmente, la for-mación del estado universal. ¿Hay un marco alternativo para
la política contemporánea?
Tanto
Derrida como Agamben radicalizan la in-tuición schmittiana sobre la necesidad
de transforma-ción en el concepto de lo político dado el agotamiento del orden
político de la modernidad. El orden político de la modernidad se ha agotado en
desarrollos autoin-munitarios —algo que fue anticipado por Schmitt tan-to en su
teoría del partisano, mediante la proyección de la figura del contrapartisano
total que sigue la inevitabi-lidad de una compulsión moral, y en su
investigación de la noción de un nomos de la tierra, que llega a un parón
inesperado en la noción kantiana del enemigo injusto. Si se puede decir que
tanto Derrida como Agam-ben son hasta cierto punto schmittianos, a pesar de su
antagonismo fundamental con el pensador alemán, es precisamente en la medida en
que ambos encuentran un punto de partida para sus investigaciones respecto de
la soberanía política en algunas de las teorías schmit-tianas cruciales.
Derrida, por ejemplo, lo hace muy cla-ro en una especie de reconocimiento a
regañadientes: “Uno no tenía que esperar por Schmitt para saber que el soberano
es el que decide excepcional y performativa-mente sobre la excepción, el que
guarda o se da a sí mismo el derecho de suspender la ley; o para saber que este
concepto jurídico-político, como todos los otros, seculariza una herencia
teológica” (Derrida, Voyous 211-12). Agamben, por supuesto, hace de Schmitt una
refe-
265
rencia
crucial tanto en Homo sacer como en Estado de excepción10. Ambos están
interesados, no, como Rasch, en una reafirmación de la soberanía como único
posible marco pragmático para una conceptualización de lo político hoy, sino
más bien en un desmantelamiento de las demandas de la soberanía como demandas
políticas últimas, o como últimas demandas de lo político. Quie-ren explorar
los trastornos contemporáneos de la sobe-ranía, trastornos en la soberanía —lo
que Derrida llama mal de souveraineté (Voyous 196). Estos trastornos son
trastornos autoinmunitarios: la soberanía acaba sufrien-do de sí misma, puesto
que es su acción la que la conde-na en última instancia, en una cierta
impotencia poco consoladora, a vérselas con la absoluta amenaza o el te-rror anómico
de lo real.
¿Podemos
pensar en lo político, no más allá de la soberanía, sino más bien como no
agotado en el marco de la soberanía? ¿Hay una posición propiamente políti-ca
que pueda establecer una distancia con respecto de la soberanía sin soñar, como
hace el hombre ordinario la-caniano o los recientes adeptos a la teoría de la
multi-tud, con el logro mesiánico del estado universal, cuan-do el deseo
coincida absolutamente consigo mismo, y cuando por lo tanto no habrá nada sino
el soberano, ahora bajo la forma de deseo soberano? Si hay una posi-ción, si es
posible desarrollar una posición que pueda pensar en la soberanía sin estar
absolutamente circuns-crita a la soberanía, esa posición habrá logrado
desban-car a la ontoteología. No se habrá librado de ella, como no se habrá
librado de sufrir decisiones soberanas, pero habrá desplazado a la
ontoteología, y a su traducción
10 En Estado de excepción, que es de hecho
la segunda parte de Homo sacer, Schmitt aparece en la página 8 y ya no sale más
del libro. Ver en particular 26-42.
266
política
como teoría de la soberanía, del horizonte de lo político. Derrida usa la frase
taquigráfica “dios no sobe-rano” para esta posibilidad, haciéndole eco a
Heidegger, pero también desplazando a Heidegger11. Y Agamben habla de la
liberación con respecto de la anomía, como solicitamiento e interrogación del
profundo compromi-so histórico entre la violencia y la ley.
Si
la violencia se convierte en la “cosa” de la políti-ca para Agamben, ello es
así en la medida en que la “acción humana” pueda “rescindir el vínculo entre la
violencia y la ley” para exponer la violencia de la ley, y no la legalidad de
la violencia (que sería el proyecto sch-mittiano). Pero la referencia a la
acción humana, sin duda una referencia a la obra de Hannah Arendt, pero sin
hacer de ello reflexión explícita, corre el riesgo de cons-tituir un límite en
el proyecto de Agamben12. Es cierto que la acción humana es un referente
inevitable en lo político. Pero Agamben todavía se coloca, con ello, bajo la
determinación lacaniana, si bien en el lado del héroe. Su proyecto, una
liberación de la violencia pura, es un proyecto trágico, en la medida en que
lleva al héroe ha-cia lo que Sófocles llamaba até. De até dice Lacan: “Es
11 Voyous 153-61 pone a Heidegger en el
centro de esta discusión, como ya noté. Derrida menciona brevemente en esas
páginas el libro de Heidegger, Contribuciones a la filosofía, que merecería
mucha mayor atención en este contexto. El “último dios” heideggeriano está
absolu-tamente marcado por la estructura del “por-venir,” por la
acontecimentalidad en cuanto tal. Contribuciones, libro que Heidegger insistió
en que se publicara sólo póstumamente, investiga las posibili-dades de un “otro
comienzo” fuera de la ontoteología. Cf. “el último es el que no sólo necesita
el mayor tiempo de preparación sino que tam-bién es: no el cesar, sino el
comenzar más profundo, que alcanza lo más lejano y se alcanza a sí mismo con la
mayor dificultad. Por lo tanto, el ‘último’ se aparta de todo cálculo (...)
¿Cómo podemos entonces pre-pararnos para la pista insólita del último dios?”
(285). Ver 285-93, pero necesariamente en el contexto de la interpretación
total del libro —algo todavía no hecho por la crítica.
12 Ver Arendt, Human 175-247.
267
una
palabrita irreemplazable. Designa el límite que la vida humana puede sólo
brevemente cruzar. El texto del Coro es significativo e insistente —ektos atas.
Más allá de este até, uno puede sólo pasar un breve periodo de tiempo, y ahí es
donde Antígona quiere ir (...) Se sabe del propio testimonio de la boca de
Antígona el punto que ella alcanza: literalmente no puede soportar-lo más (...)
Vive con el recuerdo del drama intolerable de aquel cuya descendencia ha sido
destruida en la figu-ra de sus dos hermanos. Vive en la casa de Creón; está
sujeta a su ley; y eso es algo que no puede aguantar” (Ethics 262-63).
Agamben,
como el héroe trágico, se sitúa “en rela-ción a la meta del deseo” (265), a
saber, en la persecu-ción sin cese de una liberación de la ley soberana que ha
creado un estado de excepción permanente: la violencia ineluctable del estado
como casa de Creón. Liberar la violencia pura para destruir la ley: de esto uno
podría decir lo que dice Lacan del héroe trágico, “sabe lo que hace. Siempre se
las arregla para hacer que las cosas le caigan encima de la cabeza” (275).
Agamben define al estado contemporáneo como un estado en el que “la norma rige,
pero no es aplicada (no tiene fuerza) y (...) actos que no tienen valor legal
adquieren la fuerza (...) El estado de excepción es un espacio anómico, donde
lo que está vigente es la fuerza de ley sin ley (...) donde el acto y el poder
están radicalmente separados” (Stato 52). Si el estado contemporáneo, la
incorporación contem-poránea de la ley, es la excepción absoluta, entendida
como opresión absoluta, y si sólo una liberación de la violencia de su captura en
la ley puede producir una política apropiada, la acción humana de esta
política, como Antígona, descansa “en una relación pura y sim-ple del ser
humano a eso de lo que milagrosamente re-
268
sulta
ser portador, a saber, el corte significante que le confiere el poder indomable
de ser lo que es ante todo lo que pueda oponérsele. Cualquier cosa en absoluto
puede invocarse en conexión con esto, y eso es lo que hace el Coro en el quinto
acto cuando evoca al dios que salva. Dionisos es este dios; de otra forma ¿por
qué iba a aparecer aquí? No hay nada dionisíaco en el acto o en el aspecto de
Antígona. Sin embargo ella empuja hacia el límite la realización de algo que
podría llamarse el puro y simple deseo de la muerte en cuanto tal. Ella encarna
ese deseo” (262). Una política del deseo heroico, en el cumplimiento
ineluctable del imperativo ético, puede concebirse como política antisoberana,
pero todavía es una política subjetiva de la catástrofe. En el límite, el héroe
no abandona el horizonte de la soberanía: el hé-roe sólo la invierte, y la pone
al servicio de una jouissance intensamente mística, “el pasaje que permite
acceso a la justicia que uno de los fragmentos póstumos de Benja-min define como
un estado del mundo en el que la jus-ticia aparece como un bien absolutamente
inapropiable e injuridificable” (Agamben, Stato 83).
La
noción del héroe aparece también en Voyous de Derrida como razón heroica o
heroísmo de la razón, vin-culada a la justicia (183-84). Pero lo que quiera que
sea heroico en la razón se hace depender, no de la equiva-lencia o de la
indisociabilidad de soberanía e incondi-cionalidad de la razón, sino más bien
de su im/posible separación: “se trata precisamente de otro pensamiento de lo
posible (del poder, del dominador y soberano ‘yo puedo,’ de la ipseidad misma)
y de un im-posible que no sólo será negativo” (Voyous 197). Derrida llama
im-posible a la disponibilidad de la razón, que es lo que la hace heroica precisamente
en su autoabandono, a través de cierta renuncia incondicional a la
incondicionalidad.
269
Esto
tiene que ver con la apertura necesariamente ab-soluta a la eventualidad o
carácter acontecimental del acontecimiento. La razón renuncia a la
incondicionali-dad en su apertura a su posibilidad heterónoma en el
acontecimiento. “El acontecimiento debe anunciarse como im-posible, debe
anunciarse sin aviso previo, anun-ciarse sin anunciarse, sin horizonte de
expectativas, sin telos, sin formación, sin forma teleológica o preforma-ción”
(198). Lo que ha de venir en el acontecimiento, en todo acontecimiento, para
serlo, es siempre una “sin-gularidad incalculable y excepcional” (203). Nada
vie-ne, en el acontecimiento, que sea de antemano espera-do, y nada viene, en
el acontecimiento, que no sea abso-lutamente singular y más allá del cálculo.
Esta
es por supuesto la estructura formal mesiáni-ca (sin mesianismo) del
acontecimiento. El reto es en-tonces pensar la razón “como experiencia de lo
que llega —evidentemente como otro, como excepción o singu-laridad absoluta de
una alteridad que no sea reapropia-ble por la ipseidad de un poder soberano y
de un cono-cimiento calculable” (203). Esta estructura es la que marca o
entrega la posibilidad, no de una incondiciona-lidad de la soberanía, sino de
“incondicionalidad sin soberanía”. Derrida lista aquí una serie de figuras
cono-cidas ya por sus escritos anteriores: hospitalidad, don, perdón, justicia,
mesianicidad. La traza de esa determi-nación, incondicionalidad sin soberanía,
no oscurece lo que es también soberano en cada una de esas figuras, sin lo cual
no podrían darse como lugar de experiencia: no hay hospitalidad sin soberanía,
pero al mismo tiempo no hay hospitalidad soberana, puesto que esta última sería
contraria a la hospitalidad; no hay justicia sin so-beranía, pero si la
justicia fuese sólo soberana no podría producirse como justicia. En cada caso,
el horizonte de
270
la
diferencia entre lo incondicional y lo soberano dentro del concepto —lo que los
abre a todos a su aconteci-mentalidad, como acontecimientos políticos, como
acon-tecimientos en lo político— es lo que organiza su valen-cia política:
“Sólo una hospitalidad incondicional pue-de dar sentido y racionalidad práctica
a todo concepto de hospitalidad” (205). Se hace necesario por lo tanto pensar a
la vez la indisociabilidad y la heterogeneidad de la soberanía y la
incondicionalidad. Pero para esta tarea la razón debe dividirse a sí misma, y
debe incorpo-rar “una pasividad” que ya la sitúa en el temblor y en el
desplazamiento de la soberanía:
Si
un acontecimiento (...) debe llegar, necesita afectar a una pasividad más allá
de todo dominio. Debe tocar una vulnera-bilidad expuesta, sin inmunidad
absoluta, sin indemnidad, en su finitud, y de manera no horizontal, allí donde
no es ya posible plantarle cara a la imprevisibilidad del otro. A este
respecto, la autoinmunidad no es un mal absoluto. Permite la exposición al otro
(...) y debe permanecer incalculable. Sin autoinmunidad, con absoluta
inmunidad, nada llegaría nun-ca. Uno esperaría por nada, por nadie, por ningún
aconteci-miento. Lo que debe pensarse aquí es esta cosa inconcebible o
inconocible, una libertad que ya no sería el poder de nin-gún sujeto, una
libertad sin autonomía, una heteronomía sin servidumbre, esto es, algo así como
una decisión pasiva. (210)
Una
política de la decisión pasiva, dada en el hiato entre la incondicionalidad
soberana de la razón y el ex-ceso de una razón abierta al acontecimiento, a la
llegada del otro, que yo me permito reconfigurar como el no sujeto para
eliminar precisamente el exceso de subjeti-vidad que la aparición del otro
siempre parece restituir en el uno —esa sería la propuesta de Derrida para una
271
política
práctica del orden nuevo de lo político. Política del dios no soberano, o
política no ontoteológica “allí donde el nombre de Dios le daría algo distinto
al pen-samiento, por ejemplo, una no soberanía vulnerable, sufriente y
divisible, mortal incluso, capaz de contrade-cirse o de arrepentirse (...), eso
sería una historia com-pletamente diferente y quizás la historia de un dios que
se deconstruye incluso en su ipseidad” (216).
Lejos
de abrirse sin más a la llegada del otro, de cualquier otro o también de
cualquier uno, pues el otro no es siempre necesariamente lo desconocido o lo
que siempre llega absolutamente, sino que esa es sólo su posibilidad límite, su
posibilidad más extrema, la polí-tica de la decisión pasiva es fundamentalmente
una crí-tica de la militancia subjetiva. En su análisis de la Teoría del
partisano schmittiana, Jan-Werner Müller nota que “el partisano era
esencialmente una reencarnación de la figura romántica del héroe —un individuo
sin egoísmo que dejaba atrás su individualidad al servicio del colec-tivo
nacional” (Müller 149). Al mismo tiempo, sin embargo, si “el partisano
revolucionario (...) marcó cla-ramente otro estadio decisivo en la destrucción
de la forma supuestamente humanitaria del conflicto inter-estatal europeo”,
“por definición, el partisano era una figura totalitaria —absorto existencial y
totalmente en su lucha” (150). La intensificación máxima de la sobe-ranía del
partisano es ipseidad partisana —el partisano lidia con el enemigo, con el
enemigo absoluto, median-te una negación existencial radical, que es el otro
lado de la autoafirmación total, no importa cuán mediada por el partido, el
estado por venir, o la comunidad na-cional. La definición de lo político en
términos de la antítesis amigo/enemigo revierte en conflicto de catás-trofes
subjetivas. Otro orden de lo político sólo puede
272
querer
decir un orden no decidido por la jouissance sub-jetiva. ¿Puede darse un paso
atrás en esto? ¿Un paso ha-cia la llegada de algo más allá del alcance del
héroe o del hombre ordinario, de aquello que ni el héroe, calcinado por até, ni
el hombre ordinario, circunscrito al servicio de los bienes en la estructura de
la traición, pueden ca-balmente entender? El no sujeto. Como decía Heideg-ger,
“la dificultad yace en el lenguaje” (“Constitución” 154). La dificultad:
establecer las condiciones teóricas para un entendimiento y una práctica de lo
político no consumibles en artes del sujeto. La subjetividad, decía Nietzsche,
es una interpretación: una interpretación catastrófica, añadimos, mediante la
que todo acceso a una práctica incondicional de justicia queda distraída y
bloqueada. Si la militancia subjetiva es el límite del or-denamiento político
de la modernidad, ¿cómo remover el límite? ¿Cómo trasponer la fantasía? El
último capí-tulo de este libro se vuelve hacia ello, en su diferencia estricta
con la filosofía.
273
274
Capítulo
séptimo An-arqueología de lo político
(Sobre
Volver al mundo, de José Angel González Sainz)
La
filosofía, en su misma diacronía, es la conciencia de la ruptura de la
conciencia. En un movimiento alterno, como el que lleva del escepticismo a la
refu-tación que lo reduce a cenizas, y de las cenizas a su renacer, la
filosofía justifica y critica las leyes del ser y de la ciudad, y encuentra
otra vez la significación que consiste en separar del absoluto uno-para-el-otro
el uno tanto como el otro.
Levinas,
Otherwise 165
Era
como si ya no emergiera ningún rostro de su cara o se hubiese producido un
eclipse. El eclipse del rostro (...) el eclipse del rostro y el despunte de la
rigidez.
González
Sainz 215
La
belleza de un rostro y la curva de una cadera no excitan la sexualidad como
hechos históricos, pura-mente naturales, sino como imágenes que compren-den
toda la experiencia social. En esta experiencia sobrevive la intención de algo
otro que la naturale-za, del amor que no está restringido al sexo.
Adorno/Horkheimer
108
275
1.
Crueldad y traición
Quizás
la noción misma de un no sujeto de lo po-lítico es una contradicción
performativa desde el punto de vista del pensador, que se ve obligado a
referirse al no sujeto como alteridad. Alteridad significa que el no su-jeto
nunca es el objeto—la alteridad del no sujeto exce-de radicalmente la objetividad,
dado que en todo caso el objeto es siempre objeto para un sujeto. El no sujeto
no está nunca a la mano, nunca accesible. El no sujeto no es el objeto, y es al
mismo tiempo nunca yo, en la misma precisa medida en que debe ser articulado en
el discurso por un lado y debe fracasar en su articulación por el otro. Como no
disponible, como instancia siem-pre en retirada, el no sujeto no puede ser
articulado. Y sin embargo no hay nada más que articular, puesto que todo lo
demás está a la mano, ha sido siempre ya articu-lado. Podría decirse incluso
que la subjetividad es la ar-ticulación misma.
Pensar
el no sujeto de lo político es incurrir en contradicción performativa: el
pensamiento, o su expre-sión, siempre formaliza una traición. Esta traición
—esta traición política del no sujeto— es la única posi-bilidad: la
articulación mata a lo articulado en su ser, y lo pone en palabras al servicio
de un procedimiento dis-cursivo. Si la traición es inevitable, uno puede
proceder a ella ciegamente, o intencionalmente, o bien uno pue-de proceder a
ella siguiendo el imperativo abrumador de contenerla, intentando entonces
traicionar la trai-ción. Contener la traición está siempre contaminado de
traición. Esta es la “indiscreción” necesaria de la filoso-fía política, para
usar el término de Emmanuel Levinas (Otherwise 7). Su alternativa es la
crueldad.
Crueldad
y traición son los temas ocultos pero más
276
prominentes
del “Excurso Dos” en la Dialéctica de la Ilustración, de Max Horkheimer y
Theodor Adorno. El excurso se titula “Juliette o la Ilustración y la
morali-dad”. De acuerdo con el proyecto del libro, intenta pen-sar “la historia
del pensamiento como órgano de domi-nación” (117), y lo hace dirigiéndose a lo
que los auto-res llaman “los escritores negros [o los ‘cronistas oscu-ros’] de
la burguesía” (117; 118), es decir, Sade y Nie-tzsche. La tesis del excurso es
simple: Sade y Nietzsche exponen la crueldad de la historia del pensamiento
como órgano de la dominación; exponen la crueldad del pen-samiento como
Ilustración; exponen la crueldad de un proceso histórico que ha llevado, en el
pensamiento, a la construcción de la figura del sujeto trascendental como
dominador del mundo. Pero traicionan tal crueldad al reconocerla en cuanto tal.
Dicen Adorno y Horkhei-mer: “De forma contraria a sus apologistas, los
escrito-res negros de la burguesía no han intentado evitar las consecuencias de
la Ilustración armonizando teorías. No han postulado que la razón formalista
está más íntima-mente aliada a la moralidad que a la inmoralidad. Mien-tras los
escritores optimistas se limitaron a negar y de-negar para proteger la unión
indisoluble de la razón y el crimen, los cronistas oscuros declararon sin
piedad la verdad traumática” (117-18). Y continúan: “No haber glosado por
encima ni suprimido sino haber trompe-teado a todos los vientos la
imposibilidad de derivar de la razón argumento fundamental alguno contra el asesi-nato
dio combustible al odio que los progresistas (pre-cisamente ellos) todavía
dirigen contra Sade y Nietzs-che” (118). La razón no conjura el crimen. Al
contrario, la razón, en una de sus caras, es crueldad esencial. No puede
minimizarse el hecho de que la razón sirve al ase-sinato, en el sentido de que
sirve a la historia de la do-
277
minación,
de que sirve a la opresión de lo humano por lo humano. Kant, que trató de
salvar a la razón de sí misma, que intentó traicionar a la razón escondiendo su
complicidad con la fuerza, aparece inevitablemente como uno de los “lacayos
moralistas de la burguesía” (119). No importa que haya sido uno de los
compasivos, pues-to que, como Nietzsche advierte, la compasión es “el mayor
peligro” de la razón (citado por Adorno/Horkhei-mer 119). La negación de la
compasión en Nietzsche es por lo tanto la negación de un subterfugio.
Nietzsche, como Sade, rehúsa la traición de la razón, o quizás trai-ciona esa
traición al redimir “la confianza inalterable en el hombre que está
constantemente amenazada por to-das las formas de tranquilizamiento que buscan
sólo consolar” (119). Sólo la razón en cuanto tal, sólo el po-der del
pensamiento y de la Ilustración, en su otra cara, puede liberar “la utopía de
una humanidad que, ya no distorsionada en sí, no tiene más necesidad de
distor-sionar” (119). Adorno y Horkheimer reconocen en Nie-tzsche y en Sade un
tipo de contradicción performativa: abrazan la crueldad de la razón, y al
hacerlo así la trai-cionan. La traición es, en sus términos, un índice o una
traza de utopía. La señal de la utopía es de hecho la contradicción performativa
misma.
Pero
esta traza de utopía —la promesa eterna de la dialéctica, incluida la
dialéctica negativa, de Platón al mismo Adorno— es precaria, desde el punto de
vista de la razón, y su contenido epistémico es quizás del orden de una fe.
¿Quién puede decirnos que la auto-consuma-ción del pensamiento, o incluso su
consumación más allá de la auto-consumación absoluta, lleva inevitable-mente al
fin de la distorsión, a la apoteosis de la verdad, y que esta verdad será menos
o más que la crueldad ab-soluta? Si uno piensa que tal afirmación puede ser he-
278
cha,
entonces el pensamiento está inevitablemente mo-delado en la fantasía del
pensamiento divino, y parte de la postulación de que la autotransparencia es
accesible. Llegar a la autotransparencia al final del camino del pen-samiento,
a través de la mediación infinita, es la prome-sa o la esperanza de la
dialéctica, pero permanece pro-mesa o esperanza.
La
autoconsumación del pensamiento es la auto-nomía total de la razón, en una
situación histórica que rehusó considerar a la razón empresa puramente huma-na.
Esta fue la definición kantiana de la Ilustración: “la emergencia del hombre de
su inmadurez autoinfligida. La inmadurez es la incapacidad de usar el propio
enten-dimiento sin la guía de otra persona” (Kant, citado por Adorno/Horkheimer
81). La madurez es el desarrollo de la razón del hombre hacia algo otro que
razón parti-cular (y heterónoma en cuanto particular). Una vez con-vertida en
sistema plenamente autónomo, la razón, en tanto que “poder abstracto del
sujeto” (90), sólo enfren-ta una resistencia indiscriminada. La reducción de
esa resistencia es la “intencionalidad sin propósito” (90) de una razón
plenamente funcionalizada, la razón como ama de la naturaleza, dominadora del
mundo. El pen-samiento dejado a su propia deriva, a su intencionali-dad
fundamental, acaba perdiéndose, cancelándose a sí mismo en la plena
autoconsumación. “Con la formali-zación de la razón, en la medida en que su
función pre-ferida es la de ser un símbolo para procedimientos neu-trales, la
teoría misma se convierte en un concepto in-comprensible, y el pensamiento
aparece como dotado de sentido sólo cuando el sentido ha sido descartado. Una
vez queda vinculada al modo de producción domi-nante, la Ilustración —que lucha
por minar todo orden que se haya convertido en represivo— se abroga a sí mis-
279
ma”
(93). La autoabrogación de la Ilustración es la ne-gación del conocimiento. En
la negación del conoci-miento el último refugio de la alteridad queda
elimina-do. La crueldad emerge entonces como lo que Adorno y Horkheimer llaman
la planificación de una sociedad totalmente administrada. Pero es entonces que
la reve-lación de lo social como administración total deja paso a la mínima
posibilidad de un éxodo respecto de la admi-nistración total. Este éxodo puede
de hecho haberse con-vertido, en la crítica adorniana explícita de la
dialéctica hegeliana, en el verdadero logro de la dialéctica: una tota-lidad
fisurada, la fisura en la totalidad, viene a ser así la marca de la utopía en
el pensamiento total.
Sade
y Nietzsche, y por implicación Adorno y Horkheimer, rehúsan traicionar al
pensamiento mediante consuelos plausibles o implausibles. Su fidelidad a la no
distorsión, en la que Adorno y Horkheimer encuentran la traza de utopía,
refiere a lo que ellos llaman una “con-fianza inalterable”. Pero ¿cuál es el
fundamento de esta confianza inalterable en un mundo del que toda refe-rencia
al imperativo categórico kantiano, a toda ley moral trascendental, a toda
fundamentación cierta de una éti-ca del pensar o del actuar ha sido eliminada?
La con-fianza debe todavía y siempre ser confianza en el poder de la razón, y
concretamente en el poder de la razón para alcanzar la verdad, incluso en el
sentido ciertamen-te restringido de verdad como no distorsión. Esa con-fianza
es por lo tanto todavía Ilustración, y necesaria-mente incorpora una fe en los
resultados redentores o benéficos de la madurez humana: una fe en el progreso
contra los progresistas, una fe en el avance del pensa-miento más allá de la
razón plenamente funcionalizada (la fe en una dialéctica más allá de la
dialéctica: dialécti-ca negativa, o dialéctica de la totalidad en fisura).
280
La
traición de la traición de la razón —el rechazo a esconder la complicidad de la
razón con la dominación— es el resultado necesario de la confianza ilustrada,
pero en sí no basta. La traición de la traición de la razón abre un camino más
allá de la razón autonomizada en abso-luto funcionalismo, una posibilidad de
éxodo. Pero éxo-do ¿adónde? La posibilidad de la no dominación debe permanecer
abierta como recurso para el pensamiento en el fin del pensamiento, no sólo
como su limitación. En el horizonte de vencimiento del nihilismo en el que se
instalan Adorno y Horkheimer deben aparecer —esa es la confianza— estrategias
para pensar más allá del mundo como resistencia indiscriminada al sujeto, y eso
significa, estrategias para pensar el mundo más allá de la división
sujeto/objeto. Volver al mundo, de José Angel González Sainz, piensa
novelísticamente algunas de esas estrategias.
2.
Micrologías y el Ab-soluto
El
argumento de la novela es fácil de resumir —la novela busca reproducir formas
estructurales arcaicas y/ o melodramáticas contra las que establecer su
posición. Una mujer austriaca, Bertha, llega de Viena a un peque-ño pueblo de
la provincia de Soria, en el noreste de Es-paña, para asistir al funeral y al
entierro de su ex-aman-te, Miguel, al que ella nunca había dejado de amar.
Miguel es un periodista conocido que había vivido en el extranjero la mayor
parte de su vida adulta pero que continuaba regresando al pueblo de su infancia
con in-sistencia grande y quizás obsesiva. En el pueblo Miguel tiene largas
conversaciones y da largos paseos con Anas-tasio y con su hija, mentalmente
disminuida de naci-
281
miento.
Miguel está apartado de su madre y obviamen-te sufre de una angustia
oscuramente vinculada a su pasado. Sus viajes al pueblo parecen ser un intento
de lidiar con tal angustia. Pero llegó a El Valle una última vez, y ahora, en
el presente de la narración, o bien ha cometido suicidio, o bien ha sido matado
en un episo-dio borroso que implica a otros dos individuos: Enrique Ruiz de
Pablo, famoso poeta y profesor, y líder político notorio de la izquierda
radical a principios de los años setenta, y Gregorio, ahora mejor conocido por
su apo-do, El Biércoles, un amigo de la niñez de Miguel ahora trastornado y
llevando la vida de un hombre salvaje en los bosques que rodean El Valle.
La
novela está estructurada en tres partes, la pri-mera y la última de las cuales
recuentan conversaciones de Bertha con Anastasio, y la segunda de las cuales
cuenta las conversaciones de Bertha con Julio, un cuarto amigo de la niñez de
Miguel. Enrique Ruiz de Pablo es unos años más viejo que Miguel, Julio,
Gregorio o Anastasio. Aprendemos que Ruiz de Pablo fue un mentor carismá-tico
para tres de los amigos, pero no para Anastasio, durante años cruciales de la
adolescencia y primera ju-ventud. Eventualmente aprendemos también que la
re-lación terminó en una grave ruptura entre los tres ami-gos y Enrique, e
incluso con la locura de Gregorio. Por fin sabremos que no ha habido suicidio:
Ruiz de Pablo mató a Miguel, fue atacado por Gregorio pero sobrevi-vió, y en el
presente de la narración está escondido.
Esos
son los aspectos sustanciales del argumento, a los que deberíamos añadir
algunos detalles importantes para el análisis que sigue. La novela nos cuenta
el reclu-tamiento de los tres jóvenes amigos, entre los cuales Miguel es el más
inteligente, por Ruiz de Pablo y para un grupo comprometido con la lucha armada
revolu-
282
cionaria
contra el estado español bajo la dictadura de Francisco Franco y en los años
inmediatamente subsi-guientes a la muerte del dictador. El grupo, cuyo
refe-rente real pueden ser los Comandos Autónomos Anti-capitalistas, ha optado
por una “línea autónoma y liber-taria en el ámbito de un nacionalismo
desestabilizador del sistema como era el del [País Vasco]” (301). Están o
estaban conectados a ETA, en su periferia, pero seguían una línea ideológica
particular cercana a la de la autono-mia italiana, y por lo tanto influida por
figuras como la de Antonio Negri, o Gilles Deleuze y Felix Guattari. “La
realización socializada del deseo —como la dialécti-ca de la inversión, la
construcción de una máquina de guerra más potente— era uno de los sustratos
ideológi-cos de una amplia gama de actividades transgresoras y delictivas que
abarcaban todos los ámbitos, desde el fa-miliar y corporal hasta el político,
mezclándolos todos en un batiburrillo pulsional donde la figura de carne y
hueso del padre o el reconocimiento de la familia era todo uno con la figura o
el reconocimiento del Estado, y las raíces del desahogo, de la proyección
estética o del impulso erótico se confundían con las de la acción polí-tica”
(413). Cuando consuman el asesinato de “un co-nocido político socialista”,
“cargaban ya a su cuenta una docena larga de asesinatos y un sinfín de
sabotajes y atentados de difícil y vaga atribución y confusa reivin-dicación”
(413). (Se piensa que los Comandos Autóno-mos Anticapitalistas mataron
alrededor de 25 personas en su agitada historia.)
Ruiz
de Pablo prepara un golpe oscuro dentro de la Organización, que pasa por un
asesinato para el que debe conseguir la ayuda de los tres amigos. Miguel debe
apretar el gatillo, pero un accidente inesperado lo retra-sa y le impide
hacerlo. Gregorio dispara por él. Este
283
episodio
desencadena una serie de acontecimientos que termina en el auto-exilio de los
tres amigos a París. Pero la Organización los localiza. Tras dos atentados
fallidos contra la vida de Julio, Gregorio, ya internamente de-vastado, cambia
la vida de sus amigos por su trabajo renovado como asesino para la
Organización. Mientras tanto, Blanca, una llegada tardía al grupo y, resulta,
no sólo enamorada de Miguel sino preñada con su hijo, sufre un accidente que le
hace perder el niño y la deja en una silla de ruedas. Ruiz de Pablo se la lleva
con él.
La
narración ocurre muchos años más tarde. Julio está de vuelta en el pueblo,
donde trabaja como guarda-bosques. Gregorio ronda por los montes y de vez en
cuando gana algo de dinero o comida como sepulturero en el pueblo. Miguel logra
gran éxito como periodista. Y Ruiz de Pablo vive en el pueblo, desde el que
conti-núa su trabajo como poeta famoso e intelectual públi-co, con una Blanca
parapléjica. Miguel empieza a volver al pueblo, buscando sin duda un camino de
regreso a su vida de juventud y a la vida de los bosques y de las montañas que
la rodearon. La pistola que Gregorio dis-paró había permanecido en manos de
Julio, y por fin Julio y Miguel consiguen que alguien les prepare un análisis
balístico que confirma con evidencia sus sospe-chas de que Gregorio no había
matado al hombre que Ruiz de Pablo había entrampado —y que por lo tanto fue
Ruiz de Pablo quien lo mató. Miguel por fin se en-frenta con Ruiz de Pablo y
descubre que Ruiz de Pablo es su hermano bastardo, lo que fuerza a Miguel a
aban-donar su plan de venganza. Pocas horas más tarde, Ruiz de Pablo mata a
Miguel, es atacado por Gregorio, so-brevive y abandona el pueblo hacia algún
escondrijo.
La
narración evoluciona pues hacia soluciones cla-ramente melodramáticas,
incluyendo la peripecia del
284
descubrimiento
de vínculos de sangre, que explica la motivación de venganza resentida en las
acciones de Ruiz de Pablo, y también incluyendo la dramática separa-ción de
Miguel y Blanca, y la locura de Gregorio. Pero estos elementos melodramáticos
sirven al propósito de enfatizar la estructura edípica general del argumento y
su igualmente obvia conexión con el viaje nostálgico de Odiseo. La narración
busca pues enmarcarse en una for-ma narrativa claramente convencional, y por lo
tanto no original, quizás tampoco ya interesante. Y sin embargo la novela tiene
una fuerza extraordinaria así como una belleza extraña y desolada. Su virtud
está fuera del argu-mento, aunque sostenida en él, en las líneas narrativas y
discursivas que hace posible. En ellas la novela establece su reivindicación
del estatuto de obra de arte, para el que no hay por qué no tomar la definición
de Horkhei-mer y Adorno: “Está en la naturaleza de la obra de arte, o de la
semejanza estética, ser lo que el acontecimiento nuevo y aterrorizante fue en
la magia del primitivo: la aparición de la totalidad en lo particular. En la
obra de arte todavía ocurre la duplicación mediante la cual la cosa aparece
como espiritual, como expresión del mana. Esto constituye su aura. Como
expresión de la totali-dad, el arte reivindica la dignidad de lo absoluto”
(Ador-no/Horkheimer 19).
La
dignidad de lo absoluto está mencionada en el título mismo de la novela: Volver
al mundo. “Mundo” refiere a la totalidad de relaciones. El aura de esta
nove-la, escrita ya muy entrada la época de la reproducción mecánica, queda
laboriosamente establecida más que adquirida mediante una duplicación ardua de
la mime-sis natural. El recurso fundamental de la novela a la con-versación, y
con ella, a decir más que a mostrar, puesto que el efecto de la conversación en
Volver al mundo no
285
depende,
como en las novelas clásicas del modernismo literario, de sus silencios sino de
sus cuidadosas revela-ciones y articulaciones, es el índice de su relación con
la filosofía y también del abandono radical de todo tipo de fetichismo
estético. La mimesis en esta novela apare-ce como el intento desesperado de
mimesis. La empresa de volver al mundo queda tematizada como pulsión for-zosa,
como motivo abrumador, como camino a la salva-ción voluntarioso y al mismo
tiempo obligado, así como exhaustivamente autorreflexivo, en un contexto en el
que la salvación no es consecuencia de seguir el camino, sino que, de lograrse,
se logrará más allá de todo proyecto de la voluntad. Esta es la dimensión
específicamente artís-tica o estética de la novela —la renuncia a toda
cons-trucción de sistema mediante el que pueda garantizarse el logro
intencional. En ella se juega la diferencia res-pecto de la filosofía. Las
conversaciones de Miguel con Anastasio, o más bien el relato de Anastasio a
Bertha de sus conversaciones con Miguel, sirven como ocasión de excursos
múltiples hacia las micrologías de la vida social y natural en el pueblo, que
no pueden ser racionaliza-das como prescripciones para la acción, aunque
sienten el fundamento de una mimesis específica si sólo poten-cialmente
política. Estas micrologías, en su pathos ex-presivo, son alegóricas de la
aparición radical de la tota-lidad en lo particular, aunque en vena
melancólica, y dan el escenario para la crítica política que la narración
ofrece1. O más bien que constituir una crítica política, la fuerza de la novela
tiene que ver con su crítica de lo político. Antes de proceder a ello,
seleccionaré tres ejem-
1 Tomo la noción de micrologías de Adorno, o más
bien del libro de Hent de Vries Minimal Theologies, que remite a Adorno.
Minimal es un texto sobre la relación entre Adorno y Levinas del que he
aprendido mucho y que me ha permitido enmarcar este capítulo.
286
plos
de los que son en mi opinión los tres hilos alegóri-cos dominantes en la
estrategia de escritura de la nove-la: la naturaleza, lo femenino y la vida
social. Uso la expresión “hilos alegóricos”, pero podría también lla-marlos
“incidentes”, según el uso que le da Alain Ba-diou a esa palabra en su
interpretación de la obra de Samuel Beckett: incidentes en la totalidad que
conmue-ven la totalidad, fisuras en la totalidad, la aparición de vestigios de
alteridad en la mismidad2.
Al
comienzo de la tercera sección Anastasio le cuen-ta a Bertha la historia de los
olmos que franqueaban el camino rural hasta la carretera y que podían ser
vistos desde la casa de Anastasio. Los grandes olmos, la delicia y el asombro
de sus variaciones cromáticas y de su pre-sencia aurática, fueron para los
amigos, dice Anastasio, “una constante de nuestra vida, casi (...) un eje, una
referencia fija” (417). Y cuenta la intimación de que, contra el trasfondo de
los ritmos lentos y repetitivos de la vida rural, “el único verdadero
movimiento fuera en el fondo el de lo que está quieto, el de esa fuerza
incom-prensible que unos períodos se adormece y otros de re-pente se despereza,
que se sume y luego estalla mientras dura lo que llamamos siempre” (478). Pero
“un buen día esos olmos empezaron a enfermar” (478). La enfer-medad que vino de
Holanda es un proceso que ataca al árbol en varios pasos, mediante varias
invasiones de in-sectos que lo debilitan y preparan para el ataque de la
grafiosis, causada por un hongo, “el verdugo final” (478): “Uno es el que
debilita, otro el que propaga e inocula, y un tercero el que mata y apuntilla
cuando los otros ya
2 Dice Badiou: “Lo que provoca al pensamiento es
la contradicción entre, por un lado, el brillo formal del incidente (su
aislamiento, su estatuto como excepción) y, por otro lado, la opacidad de su
conteni-do” (Dissymetries 19). Ver también 20, 21, 31, 56, 57.
287
han
hecho el primer trabajo de debilitamiento. Todo un proceso, un perfecto reparto
de tareas y una verda-dera simbiosis de intereses: una obra maestra de la
des-trucción” (478).
Muchas
páginas más tarde, hacia el final de la nove-la, retorna el tema de la plaga
que mató a los olmos, esta vez asociado al vacío interno de Miguel: “es un
animalillo que va a ciegas (...), insignificante y monótono a más no poder,
pero con una persistencia y una voracidad tales que es capaz de acabar con los
ejemplares más nobles, con los más esbeltos y corpulentos” (603). El gusanito
—cifra de la enfermedad de los tres pasos—queda descri-to como dotado de
intencionalidad sin propósito: “No tiene miras sino más bien una ausencia total
de miras (...) no tiene más que un instinto: corroer, carcomer, mellar y
abrirse camino en la oscuridad dejando el hueco de su paso como rastro hasta
que ya todo entorno es vacío (...) Para ellos no hay límite que valga (...),
sólo lo que convie-ne a su voracidad, y esa voracidad —esa conveniencia— es su
Dios, su amor verdadero y su infinita oquedad, y su oquedad, su Dios —el hueco
de su paso, repetía, el hue-co de su paso como rastro—, se gana royendo,
mordis-queando, desgastando” (603-04).
Si
el animalillo se opone a los aparentemente po-derosos olmos en esos pasajes, en
la descripción del ca-rácter de la madre de Julio en la sección segunda el
tras-fondo obvio no es sólo la frenética intencionalidad sin propósito del
padre de Julio, un alma amable pero un desastre de hombre que pasó su vida
persiguiendo una invención ruinosa tras otra, desperdiciando la riqueza
familiar. El trasfondo es también la atracción general que el principal
carácter masculino de la novela, Mi-guel, siente hacia su otro lado, el lado
reprimido o igno-rado que Miguel eligió eludir, como Julio y Gregorio,
288
pero
no Anastasio (y como, por lo demás, tantos otros de los hombres de la novela
hicieron con sus vidas en formas diversas), cuando los amigos decidieron
dedicar-se a seguir las enseñanzas de Ruiz de Pablo y a su acti-vismo político
radical. En algún momento Julio le cuenta a Bertha de una carta de Miguel, en
la que Miguel es-cribe (atacando algo así como el romanticismo político en
general, con palabras que se hacen eco negativamen-te del pathos hölderliniano)
de su rechazo de la subjeti-vidad heroica que había sido obligada compañera de
su vida política: “había aprendido a apreciar muchos mo-mentos como si toda la
vida estuviera concentrada cada vez en cada cosa y cada instante, y todo
pudiera ser con-tenido no ya en el ánfora sagrada del vino y del espíritu, sino
en el pequeño receptáculo de la atención. Ni hé-roes ni poetas ni almas bellas
(...) ni el vino de la fasci-nación ni el espíritu del sacrificio, sino la
vieja y desgas-tada vasija de la atención. Rescatar cada momento de todas las
ansias y todas las representaciones y fascinacio-nes, eso es salvarse (...) de
todos los miedos y todos los rencores, porque ese rescate es la única revancha
contra el tiempo (...) Sabía que aquello [la revancha contra el tiempo] no era
tampoco más que una fascinación (...) al fin y al cabo” (204-05).
La
madre de Julio, que ha alcanzado reconciliación o resignación respecto a las
actividades de su marido, “se parecía a otras muchas personas de por aquí,
sobre todo mujeres” (221). “Atender y tener cuidado” defi-nen su modo primario
de estar en el mundo (221). “Al-guien que cuida durante toda su vida que todo
esté a punto (...) que todo esté dispuesto, a disposición, las cosas y el
tiempo a disposición y no que, por no estarlo, dispongan ellas y él a su antojo
de nosotros, no puede tener mucho miedo” (223). Y es por supuesto esta cua-
289
lidad
de no tener miedo, o no mucho miedo, que revela al pánico masculino como su
contrapartida necesaria, aquello por lo que Miguel siente nostalgia. La
reconci-liación con el tiempo, con la vida, con el mundo en cuanto tal, a
través del cuidado y la atención, es precisa-mente lo que el temor del vacío,
el temor de Dios como la oquedad de una traza, hace aparecer como el verdade-ro
objeto del retorno, y el momento propiamente utó-pico de la novela; así, el
otro lado de su crítica de lo político.
Las
páginas dedicadas a la trashumancia, a la mi-gración estacional de los pastores
que durante siglos había constituido la vida infraestructural del pueblo,
forman una parte importante del tercer hilo alegórico de la no-vela, sobre la
vida social, y en este caso algo así como un contrapunto explícito a la
estructuración odiseica de la narrativa, por otra parte ya prefigurado en la
historia de los olmos y en la presentación del cuidado femenino del mundo como
antídoto al miedo. (Los incidentes narra-tivos son por lo tanto el
contramovimiento a la estruc-tura argumental, la micrología en la que se
construye la posición filosófico-estética de la novela.) Por supuesto los
pastores, definidos por su misma ausencia respecto de lo social, pueden sólo
representar lo social alegórica-mente. Apenas tienen contacto con sus vecinos
—cada uno de ellos tiene un mundo aparte. Pueden ser vistos, en su ancianidad,
después de la desaparición de su modo de vida, en el bar del pueblo. “No se
mueven, pero todo en su vida ha sido trasiego, tránsito, mudanza continua de
aquí para allí (...) Rara vez los sorprenderás a estos con gente a su
alrededor, a no ser que estén rodeados a su vez de intemperie, y el sonido
articulado de la voz humana, si se prolonga más allá de unas escuetas frases
necesarias, les parece un ruido intolerable” (367); “Ha-
290
cen
inmensos esfuerzos por estar junto a los demás, como si la vida les reservara
ahora como castigo lo que antes les había escamoteado también como castigo”
(368); “Pregúntales, habla con ellos alguna vez, y te contarán qué es pasarse
la vida caminando por otro sitio que aquel por el que todos caminan, vivir de
aquí para allí, llegar y saber que tienes que partir; te contarán qué es la
sole-dad, la intemperie, las estrellas (...) cómo se vive entre los animales
(...) qué era la noche y la nostalgia de casa lo mismo que la nostalgia luego
del camino” (370).
He
llamado a este tramado alegórico de la novela micrologías, o incidentes,
notando que, aunque preci-samente incidentales al argumento, le dan
consistencia a la estructura narrativa al formar el trasfondo contra el que
emerge una crítica de lo político3. La crítica de lo político en Volver al
mundo está por supuesto orientada hacia la militancia radical de los tres
amigos en la Orga-nización, hacia su compromiso vital con la acción, que la
novela define varias veces como asesinato: el paso a la acción, en las formas
de lucha armada revolucionaria, es el pasaje al asesinato, dice la novela, y no
es de otra manera. Una de las mujeres dice: “bailábamos, aunque bailásemos
solas, agarradas una de la otra o a la cintura de algún forastero mientras
ellos aprendían a odiar y aprendían a disparar por el monte, a matar, a ser
hom-bres aprendiendo a matar, que es lo que siempre han hecho y a lo que
siempre le han llamado ser hombre” (419). Y por lo tanto ser hombre es de
alguna forma esencial siempre menos que ser hombre. Una descrip-ción de la
mentalidad militante de la izquierda radical de los años setenta es menos
presuntuosa: “almas bellas
3 Julián Jiménez Hefferman también entiende la
novela de González Sainz como una crítica de la militancia, en el contexto de
otras novelas españolas sobre la transición postfranquista.
291
predispuestas
al entusiasmo, al fervor de una moralidad bella y auténtica, de una verdad
efectiva y poderosa que discriminara inequívocamente todas las cosas para
po-der ser yo aprisa y enérgicamente en su defensa, heroi-camente a ser
posible, y para dotarnos, de la misma for-ma inequívoca y violenta, de un
enemigo a la altura de nuestras propias convicciones. Artistas del yo,
hambrien-tos de salvación, soñadores de absoluto, temperamenta-les e ingenuos,
fascinados por la audacia y estética de la violencia, por la guerrilla de la
palabra y la conspiración contra lo más poderoso, que en el fondo no hacía sino
esconder y sublimar la pequeña conspiración casera con-tra nuestros padres para
la que no teníamos arrestos ni solvencia. Y todo ello (...) en medio del mismo
ejército de obtusos y farsantes, de hipócritas y resentidos que hay en todas
partes, pero que allí se daban licencia para matar” (317).
La
Organización, aunque ideológicamente soste-nida en las piedades filosóficas y
los pronunciamientos spinoziano/nietzscheanos asociados explícitamente con
Deleuze y Guattari y con Negri, se presenta como una mera fachada para juegos
de poder de carácter sórdido, para pasiones secretas de orden negativo/reactivo.
La pasión por la justicia y el encantamiento con la rebelión por amor de la
libertad o de la igualdad acaban inevita-blemente atrapadas en la dialéctica
del poder que es el ambiente natural de toda organización política por muy
multitudinaria o rizomática que pretenda ser, como por otra parte podrían haber
aprendido en Nietzsche. Mi-guel y Julio llegan a ver que la elocuencia fatua y
sacer-dotal de Ruiz de Pablo esconde un secreto profunda-mente repulsivo, una
necesidad convulsa de manipula-ción de lo humano basada en un deseo de
venganza, basada en el resentimiento. El culto nietzscheano de la
292
voluntad
de poder como incremento voluntarista de fuerza, como crueldad desencadenada
sobre el mundo, que, en la retórica de esta novela, es consustancial a la
filosofía de Negri y de Deleuze/Guattari de los setenta, es gemelo de un
entendimiento de la práctica de lo po-lítico como inversión revolucionaria del
mundo en sub-jetividad, ya al nivel personal o al colectivo. Pero la ven-ganza,
en el caído sentido de la venganza edípica contra los mayores, es su base. Los
hilos micrológicos de la na-rrativa constituyen todos ellos límites de la
subjetivi-dad, denuncias del sueño de control total del mundo en las que la
totalidad aparece en lo particular como aquello que no puede ser reducido a lo
particular, como de hecho lo inaprensible o ab-soluto.
No
hay conciliación de la oquedad de la destruc-ción como traza de lo divino en el
mundo; no hay con-ciliación de lo femenino en la sociedad patriarcal,
con-sumida por la práctica del ego; y no hay conciliación de la soledad y el
desraizamiento en lo social. Esos son he-chos micrológicos, olvidados por
nuestra filosofía y nues-tra práctica de lo político, con los que podemos
apren-der a vivir, estética o moralmente. La aceptación de tales hechos, como
precisamente posibilidad de construcción de un entendimiento alternativo de la
práctica de vida, y así de lo político, es lo derivable del delirio ebrio de
Miguel en la noche de su muerte, justo después de ha-ber aprendido que su peor
enemigo es también su her-mano: “El lugar en el límite como único tiempo (...)
aceptar cada uno su parte de silencio y su parte de aban-dono, su precariedad
pero también la alegría de todo ello porque ésa es la alegría; liberarse
también de la li-bertad para ser libres” (615). Esta aceptación es un aban-dono
de la crueldad. Y, le dice Julio a Bertha, “no es que me haya vuelto
reaccionario o nada por el estilo, o por
293
lo
menos lo que se suele entender normalmente por re-accionario. No te equivoques”
(346).
¿En
qué se ha convertido? ¿Cuál es la consecuencia de la traición de la militancia
política, como traición de la razón, la consecuencia de la traición de la
traición de la militancia política? ¿Es un abandono general de lo político?
3.
An-arqueología más allá de la evasión
He
propuesto que la novela de José Angel Gonzá-lez Sainz busca una crítica de lo
político como militan-cia política como traición aunque no en el nombre de
valores reaccionarios. He propuesto que la crítica se efec-túa mediante un
entramado alegórico compuesto de series cuidadosamente articuladas que
establecen inci-dentes micrológicos contra el trasfondo de un argumento cuyas
líneas maestras reproducen instancias míticas de la tradición occidental, tales
como la historia de Odiseo o la historia de Edipo. Y he propuesto que ese
entrama-do alegórico busca invertir o subvertir el fondo argu-mental mismo,
estableciendo líneas de escape o fisuras en la totalidad. El pensamiento
micrológico funciona aquí, pues, como herramienta de detección o desvela-miento
de lo que Horkheimer y Adorno llamarían tra-zas utópicas, es decir, instancias
de no dominación den-tro del pensamiento como historia de la dominación. Las
micrologías ofrecen, en términos conscientemente estéticos, la posibilidad de
una inversión ética en un regreso al mundo como totalidad de relaciones a la
vez que hacen claro que el mundo así ofrecido ya no puede ser entendido, ni
dominado, como totalidad cerrada. En lo político la filosofía del yo de la
militancia radical,
294
incluso
la camuflada en pasiones multitudinarias, cierra el mundo en totalidad al poner
a la acción, en el asesi-nato (el asesinato del enemigo aparece aquí como el
tra-bajo propio de la subjetividad, su intencionalidad sin propósito), al
servicio de una construcción total de la subjetividad, al servicio de una lucha
contra el mundo como resistencia indiscriminada. La militancia política radical
es aquí la culminación de la Ilustración en su sentido cruel, y así la
contrapartida estricta del poder biopolítico del Estado como administración
total de la vida —su otra cara o su inversión, pero no su alternati-va. El
sujeto es, en esta novela, aunque sea un sujeto opositor y anti-estatal, un
sujeto supuestamente revo-lucionario pero al servicio de la adquisición del
poder, propiamente el sujeto de lo político.
El
ciego Julián es el único testigo en la escena del asesinato de Miguel, aunque
se trate de un testigo que no ve, que sólo puede oír, pero en cuyo oído se
revela la verdad de lo que es (el juez dice: “Ya [...] ; eso es lo que usted
dice, pero usted en realidad no ha visto nada.” Julián responde: “Yo no le he
dicho lo que he visto [...] sino lo que ha sucedido” [619]). Unas palabras
dichas por Julián son anunciadas temprano en la novela como carismáticas, como
palabras que revelan la verdad de la situación. La novela sólo las mienta en su
final. Esas palabras son: “matar al hermano (...) en el fondo querer matar al
hermano y acostarse con la hermana; ser acogi-do por la madre y reconocido por
igual por el padre. Eso es, y no mucho más en el fondo” (639). Son pala-bras
para Miguel, claro, pero sería un error entender esta novela, y el final de la
novela, como historia pura-mente personal. La novela quiere referirse a toda la
ge-neración de españoles que tomaron posiciones políticas radicales hacia el
final de la dictadura de Franco —in-
295
cluyendo,
si bien sin pasar a la lucha armada, al autor mismo de la novela, José Angel
González Sainz— y tu-vieron que lidiar con las consecuencias durante la
tran-sición democrática y hasta hoy. Matar a tu hermano y acostarse con tu
hermana —ese es un diagnóstico senci-llo, que la novela reconoce y enfatiza
como tal: “¿O es que alguien se creía otra cosa?” (639). El diagnóstico, que se
aplica a Miguel como se aplica a todos esos artis-tas del yo enamorados de la
liberación social del deseo y comprometidos con la dialéctica de la inversión
revolu-cionaria a través de la construcción de máquinas bélicas cada vez más
potentes, fija finalmente la estructuración edípica de Volver al mundo de la
forma más explícita posible. Pero por supuesto esas no son las últimas
pala-bras de la novela.
Anastasio
tiene la última palabra, Anastasio, el cuar-to amigo, el que eligió no seguir
la retórica maestra de Ruiz de Pablo y en cambio eligió quedarse en el pueblo
para acabar cuidando a su hija disminuida mental. Anas-tasio dice que, al oír
esas palabras del ciego, miró a sus ojos, a los ojos del ciego, y vió algo en
ellos. Lo que vió está demasiado enredado en la narrativa, y así no es po-sible
un resumen totalmente explicativo. Debo dejar que resuenen esas palabras,
aunque tienen que ver con ojos, con la vista, la visión, e incluso con visiones
oscuras y micrológicas a las que no se les podrá dar expresión dis-cursiva —son
algo así como una segunda vista, o un segundo sentido teórico a través del que
la estructura-ción edípica de la trama explota en algo otro:
Lo
que vio Miguel en la rama del árbol antes de caer fulmina-do al agua de la
balsa aquella madrugada, lo que vio instantes después de oír aquella frase que
incluía la palabra olvido, olvidarse, siempre te olvidas de algo fundamental, y
mirar
296
inmediatamente
hacia abajo: el caño, el hueco oscuro, y el resplandor de luz que ascendía
desde el fondo, y también los ojos del ciervo, los ojos como disecados o
alucinados, alelados del ciervo antes del accidente, e igualmente los ojos del
gato montés echándose encima de estampida en el umbral del hueco del viejo
roble. Los ojos del vacío (...), los ojos ciegos que de repente se llenan de un
resplandor que se acerca a toda velocidad y se abalanza sobre ti con su espada
flamígera para expulsarte como te expulsa el olvido o el abandono; los ojos que
salen como de la corteza o la tierra de las caras apostadas ante la cristalera
del Hostal, los ojos saltones de la noche, pero también los ojos de la montaña
y los ojos verdes incluso de ella. (639-40)
Obviamente
el Edipo ciego es una referencia aquí, Miguel tras ser cegado en la visión
atroz que incluye sin embargo el repaso de todas sus micrologías de reden-ción
—naturales, sociales y femeninas. Miguel se vuelve en el delirio de su
borrachera, tras haber constatado que su peor enemigo, su asesino, es también
su hermano, un Edipo postedípico que ha abandonado ya sus com-pulsiones y vive
en la verdad de su tragedia. Por lo tan-to, también se ha movido más allá de
ella, habiéndola dejado atrás, para, como Edipo en Colona, abrir otra
narrativa. Ese “algo fundamental” que es olvidado ya no será más olvidado, ya
no, puesto que el olvido era la condición misma del destino de Edipo, ahora
consu-mado y por lo tanto vencido.
Estas
palabras también llevan a su final, y dejan en ello atrás, a las referencias
odiseicas, puesto que la nove-la interpreta a Odiseo en la luz o en la estela
de Edipo. Los que quieren “que alguien permanezca siempre en un sitio fijo a la
espera, a veces olvidada y otras anhela-da, pero en todo caso siempre ahí,
aguardando en el
297
lugar
de la casa y el árbol [recuérdese la función del árbol en la casa del héroe, al
final de la Odisea] para dar significado, para dotar de sentido a lo que no es
más que miedo y olvido o querer hacer soportable lo insuficiente de la vida y
la soledad de la pérdida en que ésta consis-te” (528), los militantes, viajeros
de la guerra, depen-den del mismo miedo y olvido que estructura su vida contra
el trasfondo de la pérdida y de la catástrofe. Vol-ver al mundo es precisamente
no volver a Itaca, puesto que Itaca es una formación sustitutiva, una formación
compensatoria que sucede en el “lapso de tiempo que transcurre entre el
abandono del miedo y la llegada de la angustia por no sentirlo” (529). No hay
retorno a Itaca sin una salida inmediata de Itaca, y esta es la es-tructura que
la novela, a pesar de basarse en ella, conde-na por fin como el envenenamiento
de la vida en la mi-litancia subjetiva. Como lo dicen Horkheimer y Ador-no en
sus páginas sobre Odiseo, “si es el orden fijo de la propiedad dependiente de
la vida asentada lo que fun-damenta la alienación humana en la que se origina
toda nostalgia de la casa y todo anhelo por el estado primige-nio del hombre,
sin embargo todo anhelo y toda nostal-gia de la casa están orientados hacia la
vida asentada y la propiedad fija (y sólo en ellas puede aparecer la noción de
patria). La definición de Novalis, según la cual toda filosofía es nostalgia de
casa, es verdadera sólo si este anhelo no se disuelve en el fantasma de una
antigüedad remota y perdida (...) La patria es el estado de haber escapado [al
nomadismo, a la desposesión]” (Adorno/ Horkheimer 78). La patria es por lo
tanto una conse-cuencia natural de la filosofía del yo, y consustancial a la
noción de militancia subjetiva. La patria es, sin em-bargo, precisamente no lo
que descubre Miguel —o des-cubren Anastasio y Bertha— en los ojos de la montaña
298
que
los miran (cf. Volver al mundo 640, últimas líneas del texto: “Y entonces
Bertha no supo si eran los ojos de Anastasio o eran a lo mejor los de la
montaña los que la miraban”.)
Pero,
si es así, no es sólo no la patria. Es esencial reparar en que la destrucción
de la posición edípica, y la destrucción del mito odiseico del retorno,
formalmente vinculados a la crítica de lo político como militancia subjetiva,
ocurren en una novela que hace de esas tres instancias de lo humano condición
misma de su enun-ciación y así de su posibilidad. Es por ello que la cruel-dad
de la novela es de forma fundamental otra versión de la crueldad que Horkheimer
y Adorno detectan en Sade y Nietzsche. Es, precisamente, la crueldad que
si-gue, y por lo tanto también precede, a una autotrai-ción. De hecho, Volver
al mundo rompe su propia tra-ma, traiciona su propia trama, al evitar
cuidadosamente la totalización de una resolución edípica u odiseica. Si la
patria es el estado de haberse escapado, Volver al mun-do, cuya principal
estructuración tiene que ver con la posibilidad y el ansia de retorno de Miguel
a su patria, a sus orígenes, al pueblo como escena fundamental o primaria de su
vida, donde está todo lo importante, in-cluyendo el espesor del tiempo, es
decir, el tiempo mismo como algo otro que la simple sucesión, evita toda
concepción final de la patria como final estable porque, al fin, no hay
posibilidad de evasión, de escape. Que no hay escape, que Edipo tiene que
acabar mirando a sus propios ojos muertos —decirlo es la crueldad de Volver al
mundo. Ahí aparece la totalidad en lo particular, pero ahora como totalidad en
fisura, como ab-soluta. Y ahí es que aparece la presentación de la práctica política
como práctica de no dominación. La historia del pensamiento concluye en esta
novela en la liquidación postdictatorial
299
de
la práctica militante como práctica también de do-minación, donde lo que está
en juego no es por cierto sancionar al poder dictatorial o al estado fáctico,
sino eliminar su mimesis invertida como práctica de libera-ción La novela nos
acerca a una traza utópica en dialéc-tica negativa —y quizá en ello lleva más
lejos que nadie hasta ahora, en los países recientemente afectados, la reforma
del pensamiento en postdictadura.
Me
referí al principio de este capítulo a la noción levinasiana de traición como
indiscreción necesaria. Antes de concluir este libro con algunas observaciones
a su respecto, que me permitirán vincular mis afirmaciones anteriores sobre el
no sujeto de lo político no sólo con la novela de González Sainz, sino con la
noción de prácti-ca política como práctica de no dominación en el senti-do que
González Sainz abre, conviene citar una referen-cia aparentemente casual de
Levinas a Odiseo. En cierto momento de De otro modo que el ser Levinas discute
la proximidad y la no indiferencia hacia el otro. Acaba de decir que “no hay
escape” en lo que respecta al otro: “al menos no hay escape posible con
impunidad” (77). La proximidad del otro viene antes que la autoconciencia, y
nos obsesiona al crear, al haber creado siempre de an-temano, una instancia de
anterioridad a la que Levinas llama el “Decir”. La organización de la
autoconciencia, como por lo demás de toda ontología —la misma onto-logía de la
que Nietzsche piensa que sólo entrega el ni-hilismo como conclusión posible—,
pertenece a lo di-cho, no al decir. El decir es la fractura de la
autocon-ciencia. Dice Levinas entonces: “La autoconciencia es un camino de
retorno. Pero la Odisea ha sido también una aventura, una historia de
innumerables encuentros. A su tierra nativa Ulises vuelve disfrazado bajo un
exte-rior falso. Las discusiones coherentes que él sabe cómo
300
llevar
disimulan una identidad que es distinta de ellas, pero cuya significación no
escapa al olfato animal” (81). Levinas apunta a algo dentro de la Odisea más
allá de la Odisea: la historia de los innumerables encuentros que interrumpen
la evasión, que interrumpen el sendero de retorno a la autoconciencia. Esos
encuentros no son se-parables del regreso a Itaca, y sin embargo no son lo
mismo. Constituyen las micrologías infinitas de la rela-ción, que, en cuanto
tales, apuntan al decir desde lo dicho.
Por
lo menos dos veces en Volver al mundo se hacen explícitos los temas
levinasianos. Cuando a Julio se le pide que mate por la Organización, después
de muchos días de observar a su víctima, un oficial del ejército ju-bilado,
Julio se dispone a matar. Se acerca mucho —su mirada se fija en la cabeza que
va a destruir: “de repente
vi su nuca. Pero no la nuca de aquel tipo
que me había señalado el compañero del bigote unos días atrás en la cafetería,
ni tampoco la que yo había visto hasta no ha-cía nada a lo lejos, la nuca de
una figura, de un bulto, la nuca de la abstracción y la injusticia de la vida,
sino una nuca que era más bien un rostro, no sé cómo decirte, que era como si
en ella hubiera irrumpido, no me digas cómo, de pronto el rostro (...) todo fue
ver esa nuca (...) y empezar a desmoronarme” (357). Después de este episodio,
en el que Julio no consuma su crimen, Julio se escapa a París para reunirse con
Miguel. La referencia a la nuca es una referencia literal a Levinas, en la
medida en que éste último menciona esa nuca que es un rostro en una de sus más
importantes entrevistas. O más bien Levinas cita a Vassily Grossman: “En Vida y
destino Gros-sman cuenta cómo en Lubyanka, en Moscú, delante de la puerta
infame a donde uno podía llevar cartas o pa-quetes a amigos o parientes
arrestados por ‘crímenes
301
políticos’
o recibir noticias de ellos, la gente formaba cola, y cada uno leía en la nuca
de la persona que estaba delante de él los sentimientos y las esperanzas de su
propia miseria (...) Grossman no está diciendo que la nuca sea un rostro, sino
que toda la debilidad, toda la mortalidad, toda la mortalidad desnuda y
desarmada del otro puede leerse en ella. No lo dice de esa manera, pero el
rostro puede asumir sentido en lo que es lo opues-to del rostro” (Is It
Righteous To Be? 208). De forma con-vergente, cuando Gregorio se une a Miguel
en París, tras haber matado por la Organización, a su llegada a la estación de
Austerlitz Miguel ve en él a un hombre cam-biado: “se había quedado hasta sin
los rasgos anteriores de la cara, hasta el punto de que era como si ya no
emer-giera ningún rostro de su cara o se hubiese producido un eclipse. El
eclipse del rostro (...) el eclipse del rostro y el despunte de la rigidez”
(215). Matar causa la pérdi-da de rostro del asesino en la misma medida en que
borra la cara del muerto. Esta es por supuesto otra for-ma de testificar de la
proximidad del otro.
Más
allá de esas referencia puntuales, sin embar-go, la significación del
pensamiento de Levinas en Vol-ver al mundo queda mejor registrada en la
tematización de la traición como indiscreción necesaria. He sosteni-do que la
traición es la única posibilidad de expresión del no sujeto dentro de la esfera
del lenguaje. La trama alegórica de la novela de González Sainz sirve ese
propó-sito. Lo que cuenta la historia de los olmos, la fenome-nología del
cuidado femenino o el relato de los pastores trashumantes es lo incontable de
lo que permanece más allá de la expresión, pues desborda la expresión. Los
in-cidentes micrológicos que socavan o destruyen la trama del encuentro edípico
de Miguel con su peor enemigo constituyen la historia de los encuentros
innumerable
302
en
el camino a Itaca, más allá de todo camino a Itaca. Apuntan así al no sujeto de
lo político como al paradó-jico y omni-importante “sujeto” de lo político. En
la ruina de lo político como práctica del yo, emerge algo otro sin lo cual
ninguna política importa: el corazón de lo político. Las micrologías son en la
novela el adelanto estético de la contradicción performativa: cómo ir más allá
de Edipo desde una estructura edípica, cómo mo-verse lejos de Odiseo en un
camino de retorno, cómo dejar el nihilismo ontológico abandonando la
ontolo-gía, cómo entrar en la política habiendo consumado la crueldad de la
militancia subjetiva.
Para
Levinas la respuesta es la traición. Odiseo, en cada uno de sus encuentros,
debe traicionar su retorno a Itaca. Ya Horkheimer y Adorno presentaron el
camino de retorno de Odiseo como no originario (pues su con-dición es la
entrada del hombre en vida sedentaria y propiedad fija o propiedad de la
tierra). Levinas se pre-gunta si es posible hallar el referente verdadero y
pre-original del retorno al preguntarse si “es posible una an-arqueología” (De
otro modo 7). An-arqueología: una cien-cia de la traición, la traición de la
patria de la subjetivi-dad: “Todo se muestra al precio de esta traición,
incluso lo indecible. En esta traición la indiscreción respecto de lo
indecible, que es probablemente la tarea misma de la filosofía, se hace
posible” (De otro modo 7). Decir lo in-decible es la tarea de la filosofía en
la medida en que nada excepto lo no dicho, incluso lo no dicho dentro de lo
dicho, merece decirse. ¿Por qué no sugerir entonces que decir el no sujeto es
al menos preparatorio para un pensamiento posible de lo político?
¿Nos
da Volver al mundo una introducción a la ta-rea misma del pensamiento en la
España postransicio-nal? ¿En el Chile o la Argentina de 2006? ¿Incurre así
303
en
la traición del arte? Pero quizás el arte hoy, o el arte de la novela, ya no es
sino su autotraición. Sin duda también yo habré incurrido en traición al
presentar esta novela, al final de mi libro, como pensamiento político, y como
lección de política.
Enero
de 2006
304
Apendice
A
El
posmodernismo, esto es, la globalización plena, es el momento de la propiedad
ajena, y así también el final de la historicidad de la experiencia. Marx
teoriza este momento como el momento de la separación en Grundrisse. Dado que
la separación en el capitalismo está intrínsecamente conectada a la noción de
límite in-herente de la producción cuyo vencimiento Zizek con-sidera la
fantasía capitalista fundamental, y dado que por lo tanto está relacionado
tanto con la noción mar-xiana del sujeto como con la crítica zizekiana, debo
ela-borarla un poco. Daré dos ejemplos del texto de Marx sobre el límite
inherente de la producción capitalista. Primer ejemplo: “El capital fuerza a
los trabajadores a ir más allá del trabajo necesario al trabajo de plusvalía.
Sólo de esa forma puede el capital realizarse, y crear va-lor de plusvalía.
Pero, por otro lado, el capital pone el trabajo necesario sólo en la medida en
que sea trabajo de plusvalía, y en que el trabajo de plusvalía pueda
rea-lizarse como valor de plusvalía. Pone el trabajo de plus-valía, entonces,
como condición del trabajo necesario, y el valor de plusvalía como límite del
trabajo objetifica-do, como límite del valor en cuanto tal. Si no puede poner
valor, no pone trabajo necesario. Dados sus fun-damentos, no puede proceder de
otra manera. Por lo
305
tanto
restringe el trabajo y la creación de valor (...) y lo hace por las mismas
razones y en la misma medida en que pone el trabajo de plusvalía y el valor de
plusvalía. Por naturaleza, por tanto, pone una barrera al trabajo y a la
creación de valor, en contradicción con su tendencia a expandirlos sin límite.
Y en la medida en que pone una barrera que es específicamente una barrera ante
sí, y al mismo tiempo desborda toda barrera, el capital es contradicción viva”
(421). Segundo ejemplo: “Dado que el valor forma los fundamentos del capital, y
dado por lo tanto que necesariamente existe como intercambio de contravalor,
así necesariamente se repele a sí mismo. Un capital universal, un capital sin
capitales ajenos que lo confronten, con los que intercambia —y desde el pun-to
de vista presente nada lo confronta sino o bien los trabajadores asalariados o
bien él mismo—, es por lo tanto una no cosa. La repulsión recíproca entre
capita-les ya está contenida en el capital como valor de cambio realizado”
(421). En el primer ejemplo, Marx ve con-tradicción en el hecho de que el poner
mismo del traba-jo de plusvalía, necesario para la creación de valor de cambio,
ya es una restricción del trabajo. Por lo mismo, poner o reclamar valor de
plusvalía es una restricción en cuanto a creación de valor. En el límite, esto
resulta en sobreproducción, esto es, en la devaluación del valor, y por lo
tanto en la devaluación del capital. En el segun-do ejemplo, el valor de cambio
sólo puede existir contra un contravalor con el que intercambia. El capital
está por lo tanto partido internamente, y no puede nunca descansar en la plena
reconciliación consigo mismo. El capital es una contradicción viva en perpetua
autocon-frontación —pero una autoconfrontación cuya fuerza aumenta en la medida
en que el capital sigue su ten-dencia a vencer sus propias barreras internas.
Esto es
306
por
supuesto esencial al análisis marxiano del capitalis-mo, a su noción de crisis
y a su noción de un venci-miento necesario del capitalismo por una economía del
tiempo alternativa, una nueva temporalización de las fuerzas productivas, y así
un nuevo estadio de lo social: en otras palabras, un vencimiento por el llamado
modo comunal de producción. Este último sería una conse-cuencia de remover el
límite, y de hacer al capital ac-tuar, no como barrera externa a las fuerzas de
produc-ción, sino más bien como espuela interna —así el sujeto en penuria de la
mano de obra viva podría florecer en expansión sin límite. Según Marx, el
capitalismo tiene una fuerza “civilizatoria” especial sobre la que “descansa la
justificación histórica y el poder contemporáneo del capital” (287) —“de la
misma forma en que la produc-ción fundada en el capital crea industriosidad
universal por un lado— esto es, trabajo de plusvalía, trabajo crea-dor de valor
—por otro lado crea un sistema de explota-ción universal de las cualidades naturales
y humanas, un sistema de utilidad general, que utiliza la ciencia misma igual
que todas las cualidades físicas y mentales, mientras nada aparece más alto en
sí mismo, nada legí-timo por sí mismo fuera de este círculo de producción e
intercambio social. Así que el capital crea la sociedad burguesa, y la
apropiación universal de la naturaleza y del lazo social mismo por los miembros
de la sociedad. De ahí la gran influencia civilizadora del capital; su
pro-ducción de un estadio de la sociedad en comparación con el cual todos los
estadios previos parecen meros de-sarrollos locales de la humanidad y mere
idolatría de la naturaleza. Por primera vez, la naturaleza se hace pura-mente
un objeto para la humanidad, puramente asunto de utilidad, y deja de ser
reconocida como poder en sí mismo. Y el descubrimiento teórico de sus leyes
autó-
307
nomas
aparece como una treta para subyugarla a las necesidades humanas, sea como
objeto de consumo o como medio de producción” (409-10). Por primera vez, desde
luego, con el capitalismo, la riqueza, en lugar de la creación de mejores
ciudadanos (487), se hace el fun-damento de la relación socioeconómica. Y dice
Marx: “La vieja perspectiva, en la que el ser humano aparece como la meta de la
producción, independientemente de su limitado carácter nacional, religioso o
político, parece muy augusta por cierto cuando se contrasta con el mundo
moderno, donde la producción es la meta de la humanidad y la riqueza la meta de
la producción. De hecho, sin embargo, cuando la limitada forma burguesa es
arrancada, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades,
placeres, fuerzas producti-vas humanas, etc., creadas mediante el intercambio
uni-versal? ¿qué es la riqueza sino el pleno desarrollo de la dominación humana
sobre las fuerzas de la naturaleza, tanto de la llamada naturaleza cuanto de la
propia na-turaleza humana? ¿el absoluto desarrollo de las poten-cialidades
creativas, sin presuposiciones que no sean las del desarrollo histórico previo,
que hace de esta totali-dad de desarrollo, esto es, el desarrollo de todos los
po-deres humanos en cuanto tales, el fin en sí mismo, y no medido en algún
metro predeterminado? ¿donde el hom-bre no se desarrolla en una especificidad,
sino que pro-duce la totalidad? ¿donde lucha no para permanece sien-do aquello
que ha llegado a ser, sino que es en el movi-miento absoluto del devenir?”
487-88). ¿Cuál es en-tonces el problema? Parecería que el modo burgués de
producción es mejor que cualquier otro modo de la his-toria. Y para Marx, por
cierto lo es. Sin embargo, es sólo relativamente mejor, y por la misma razón,
desde otra perspectiva, es sólo relativamente peor. El límite debe
308
encontrarse
precisamente en las contradicciones inter-nas del modo de producción regido por
el capital, que son también “su naturaleza y el carácter esencial de su
concepto mismo” (415). Por eso continua la cita ante-rior: “En la economía
burguesa —y en la época de pro-ducción a la que corresponde— este completo
desarro-llo del contenido humano aparece como un completo vaciarse, esta
objetificación universal como alineación total, y la destrucción de todas las
metas limitadas y unilaterales como el sacrificio del último fin humano a un
fin enteramente externo” (488). Y esto es lo que Marx vincula a su concepto de
separación. La separación vie-ne a ser un tema esencial para Marx, puesto que
es la condición misma de la historicidad, y a la que opone la propiedad. De la
separación dice: “No es la unidad de la humanidad viva y activa con las
condiciones inorgá-nicas naturales de su intercambio metabólico con la
naturaleza, y por lo tanto su apropiación de la naturale-za, lo que requiere
explicación o viene como resultado de un proceso histórico, sino más bien la
separación entre esas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta
existencia activa, separación que está completamente puesta sólo en la relación
entre trabajo asalariado y ca-pital” (489). La propiedad, por oposición a la
separa-ción, es precisamente “la relación del sujeto trabajador (productor o
autorreproductor) con las condiciones de su producción o reproducción como
suyas propias” (495). Sólo las comunidades arcaicas vivían su relación econó-mica
como relación de propiedad en ese sentido. En ellas “el ser objetivo del
individuo como propietario, por ejemplo propietario de la tierra, se presupone,
y se pre-supone además bajo ciertas condiciones que lo encade-nan a la
comunidad, o más bien forman un vínculo en su cadena. En la sociedad burguesa,
el trabajador por
309
ejemplo
está ahí puramente sin objetividad, subjetiva-mente; pero lo que está delante
de él, opuesta a él, se ha hecho ahora la verdadera comunidad, de la que se
es-fuerza por comer, pero que acaba comiéndoselo a él”
(496) (Verdadera comunidad, o Gemeinwesen, en el
sen-tido de lo que es común a todos, es hoy el dinero para Marx: queremos
apropiarnos de dinero, pero el dinero se ha apropiado de nosotros.) En
consecuencia, “la pro-ducción basada en valor de cambio y la comunidad ba-sada
en el intercambio de estos valores de cambio —incluso aunque parezcan poner a
la propiedad como consecuencia del solo trabajo, y poner a la propiedad privada
por encima del producto del propio trabajo como su condición— y el trabajo como
condición ge-neral de la riqueza, todos presuponen y producen la se-paración
del trabajo de sus condiciones objetivas. Este intercambio de equivalencias
continua; es solo la capa superficial de una producción que descansa en la
apro-piación del trabajo ajeno sin intercambio, pero con la apariencia de
intercambio. Este sistema de intercambio descansa en el capital como su
fundamento, y, cuando es contemplado separadamente del capital, como apa-rece
en su superficie, como sistema independientente, entonces es una mera ilusión,
pero una ilusión necesa-ria. Por lo tanto no queda ya ningún espacio para
asom-brarse de que el sistema de valores de cambio —inter-cambio de
equivalencias medido en trabajo— se vuelva, o más bien revele como su trasfondo
oculto —apropia-ción de trabajo ajeno sin intercambio, separación com-pleta de
trabajo y propiedad” (509). Lo que significa, y ahí queríamos llegar, que el
momento de plena auto-consumación del modo de producción basado en el
in-tercambio, es decir, el momento del mercado mundial, o el momento de la
globalización en cuanto tal, es tam-
310
bién
el momento de la absoluta apropiación del trabajo ajeno. Este es el momento del
robo absoluto del tiempo, y por lo tanto también el momento de la subjetividad
más hondamente en penuria del sujeto de la mano de obra viva. No es sorpresa
que Speed, en la interpretación de Jameson, deba concluir que la absoluta
reducción del tiempo al presente es también la reducción absoluta del sujeto a
su posición como totalidad vacía: ya no hay suje-to, solo su lugar vacío, en
plena separación.
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———.
“Psychoanalysis in Post-Marxism: The Case of
Alain
Badiou”. SAQ 97:2 (1998): 235-261.
———.
The Puppet and the Dwarf. The Perverse Core of Christianity. Cambridge: MIT
Press, 2003.
———,
ed. Revolution at the Gates. Selected Writings of Lenin from 1917. Londres:
Verso, 2002.
———.
The Ticklish Subject. The Absent Centre of Politi-cal Ontology. Londres: Verso,
1999.
———,
con Eric L. Santner y Kenneth Reinhard. The Neighbor. Three Inquiries in
Political Theology. Chicago: University of Chicago Press, 2005.
327
328
Índice
Prólogo 7
Capítulo
primero
Más
allá de la línea 1 5
1. El “crac” en la coalición 15
2. Legado y des-legación 20
3. En el nomos pero no del nomos 28
4. Descolonización infinita 36
Capítulo
segundo
Caza
preventiva: el nuevo partisano 49
1. El partisano 49
2. El contrapartisano 69
Capítulo
tercero
Hijos
de la luz. Neopaulinismo y
catexis
de la diferencia 83
1. La gracia y lo político 83
2. Bio-Zizek 98
3. Badiou y Rumsfeld 113
4.Circulus
vitiosus deus 126
Capítulo
cuarto
Una
relación de pensamiento.
El
fin de la subalternidad. 137
1. La relación hegemonía/subalternidad 137
2. Lo (post)político como
relación
sin relación 146
3. Historicismo, historicidad y
el
estado de la historia 154
3.1 Zizek y la historicidad 154
329
3.2. Butler y el historicismo 159
3.3 Laclau y el estado de la historia 171
4. La absolutización de la inmanencia:
un
rechazo doble 182
Capítulo
quinto
Línea
de sombra. Hacia la infrapolítica 189
1. La metafísica del contraimperio 189
2. Infrapolítica y reflexión inmaterial 213
Capítulo
sexto
Un
dios sin soberanía. La decisión pasiva 237
1. El estado universal 240
2. Otro orden de lo político 245
3. Más allá del principio de
razón
política 255
4. La razón más allá de la razón 264
Capítulo
séptimo
An-arqueología
de lo político
(Sobre
Volver al mundo,
de
José Angel González Sainz) 275
1. Crueldad y traición 276
2. Micrologías y el Ab-soluto 281
3. An-arqueología más allá de la evasión 294
Apendice
A 305
Obras
citadas 313

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