© Libro N° 6784.
La Idea Del Comunismo. Badiou, Alain. Emancipación. Diciembre 21 de 2019.
Título
original: © La
Idea Del Comunismo. Alain Badiou
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LA IDEA DEL COMUNISMO
Alain Badiou
LA IDEA DEL COMUNISMO1
(Traducción y establecimiento al español: A. Arozamena)
ALAIN BADIOU
Mi
objetivo es, hoy, el de describir una operación intelectual a la cual daré el
nombre de Idea del comunismo –y ello por razones que, eso espero, serán
convincentes. Sin duda, el momento más delicado de esta construcción es el más
general, aquél en el que se trata de decir lo que es una Idea, no solamente con
respecto a las verdades políticas (y en ese caso, la Idea es la del comunismo),
sino con respecto a una verdad cualquiera (y en ese caso, la Idea es una
reanudación contemporánea de lo que Platón intentaba transmitirnos bajo los
nombres de eidos, o de idéa, o incluso más precisamente de Idea del Bien).
Dejaré implícita una buena parte de esta generalidad2, para ser tan claro como
sea posible en lo que concierne a la Idea del comunismo.
La
operación “Idea del comunismo” requiere de tres componentes constitutivas:
una
componente política, una componente histórica y una componente subjetiva.
Primero,
la componente política. Se trata de lo que yo llamo una verdad, una verdad
política. A propósito de mi análisis de la Revolución cultural (una verdad
política donde las haya), un comentarista del periódico británico Observer
creía poder
1 Capítulo IV de L’Hypothese Communiste,
Circunstances 5. Nouvelles Éditions Lignes, 2009. En el preámbulo dice Badiou:
“Nos encontramos, ahora, comprometidos en volver a poner en circulación la
palabra “comunismo” junto con la hipótesis general que puede desarrollar los
procedimientos políticos efectivos de ello. Del 13 al 15 de Marzo tuvo lugar,
en Londres, una conferencia bajo el título general “La Idea del comunismo”. A
propósito de esta conferencia se pueden hacer dos notas esenciales. En primer
lugar, además de sus dos iniciadores (Slavoj Zizek y yo mismo), los grandes
nombres de la verdadera filosofía contemporánea (quiero decir, aquella que no
se reduce a ejercicios académicos o al sostenimiento del orden dominante)
estaban fuertemente representados. En efecto, a estas tres jornadas se invitó a
Judith Balso, Bruno Bosteels, Terry Eagleton, Peter Hallward, Michael Hardt,
Toni Negri, Jacques Rancière, Alessandro Russo, Alberto Toscano, Gianni
Vattimo. Jean-Luc Nancy y Wang Hui, que habían dado su acuerdo, no puderon
venir por circunstancias exteriores. Todos ellos habían leído bien la condición
puesta para la participación: sea cual sea la aproximación, se debía sostener
que la palabra “comunismo” puede y debe reencontrar un valor positivo. La
segunda nota es que el Instituto Birbeck para las Humanidades, refugio
providencial de esta manifestación, tuvo que reservar un gigantesco anfiteatro
con un aforo de mil personas para alojar al público, masivamente compuesto por
jóvenes. Esta conjunta solicitud, de los filósofos y de su audiencia alrededor
de una palabra prácticamente condenada a muerte por la opinión dominante desde
hace por lo menos treinta años, sorprendió a todo el mundo. Hizo síntoma, de
eso no hay duda. A este dossier sobre la hipótesis comunista añado, al final de
este volumen, mi propia intervención a esta conferencia”. Pàg, 32.
2 El
motivo de Idea es un motivo que, en mi obra, aparece de manera progresiva. Sin
duda esta ya presente hacia el fin de los años ochenta, desde que, en
Manifiesto por la filosofía, designara mi empresa como un “platonismo de lo
múltiple”, lo que hace necesaria una reanudación de la meditación sobre lo que
es una Idea. Esta meditación toma, en Lógicas de mundos, una forma imperativa:
la “verdadera vida” es pensada como vida según la Idea, contra la máxima del
materialismo democrático contemporáneo que nos ordena vivir sin Idea. Examino
más de cerca la lógica de la Idea en Segundo Manifiesto por la filosofía, donde
se introduce la noción de ideación y, por tanto, el valor operatorio o activo
de la Idea. Todo ello se sostiene mediante un compromiso multiforme del lado de
un renacimiento del uso de Platón. Citaremos: mi seminario que, desde hace dos
años, lleva por título: “Para hoy: ¡Platón!”; el proyecto de una película “La
vida de Platón” y la traducción integral (que yo llamo “hipertraducción”) de la
República, renombrada “Del(o) común(ismo)”, reestructurada en nueve capítulos,
que espero acabar y publicar en 2010.
1
decir
que, con solamente constatar mi relación positiva con este episodio de la
historia china (para él, naturalmente, un siniestro caos asesino), se
felicitaba de que la tradición empirista inglesa hubiera “vacunado [a los
lectores del Observer] contra toda complacencia hacia el despotismo de la
ideocracia”. En suma, se congratulaba de que, hoy, el imperativo dominante en
el mundo sea “Vive sin Idea”. Comenzaré, para darle un gusto, por decir que,
después de todo, a una verdad política también se la puede describir
empíricamente: es una secuencia concreta y datada donde surgen, existen y
desaparecen una práctica y un pensamiento nuevos de la emancipación colectiva3.
Incluso se pueden dar ejemplos: Revolución francesa entre 1792 y 1794; la
guerra popular en China entre 1927 y 1949; el bolchevismo en Rusia entre 1902 y
1917; y – desafortunadamente para el Observer, aunque supongo que tampoco le
gustarán mucho mis otros ejemplos- la Gran Revolución Cultural Proletaria, en
todo caso entre 1965 y 1968. Dicho esto, formalmente, es decir filosóficamente,
nosotros hablamos aquí de un procedimiento de verdad, en el sentido que yo le
doy a este término desde El ser y el acontecimiento . Pronto volveremos a ello.
A continuación, señalaremos que todo procedimiento de verdad prescribe un
Sujeto de esta verdad, Sujeto que, incluso empíricamente, no es reducible a un
individuo.
Acto
seguido, la componente histórica. La datación lo demuestra: un procedimiento de
verdad se inscribe en el devenir general de la Humanidad, bajo una forma local,
cuyos soportes son espaciales, temporales y antropológicos. Epítetos como
“francés” o “chino” son los índices empíricos de esta localización. Aclaran el
hecho de que Sylvain Lazarus (cf. nota precedente) hable de “modos históricos
de la política” y no de “modos” sin más. Hay, en efecto, una dimensión
histórica de una verdad, aunque en última instancia sea universal (en el
sentido que yo doy a esta palabra en mi Ética por ejemplo, o en mi San Pablo o
la fundación del universalismo) o eterna (como prefiero decir en Lógicas de
mundos o en Segundo Manifiesto por la filosofía). Se verá, en particular que,
en el interior de un tipo determinado de verdad (política, pero también
amorosa, artística o científica), la inscripción histórica incluye a las
relaciones entre verdades diferentes, y por tanto situadas en puntos diferentes
del tiempo humano general. En particular, existen efectos retroactivos de una
verdad sobre otras verdades que fueron creadas antes de ella. Todo ello exige
una disponibilidad transtemporal de las verdades.
Y,
en fin, la componente subjetiva. Se trata de la posibilidad para un individuo
(definido como animal humano, y claramente distinguido de todo Sujeto) de
decidir4 convertirse en (devenir) una parte de un procedimiento de verdad
política. Convertirse en (devenir), para ser breves, un militante de esa
verdad. En Lógicas de mundos, y más simplemente en Segundo Manifiesto para la
filosofía , describo esta decisión como una incorporación: el cuerpo individual
y todo lo que entraña con él de pensamientos, afectos, potencialidades
actantes, etc., se convierte en (deviene) uno de los elementos de
3 La existencia rara de la política, bajo la
forma de secuencias que están condenadas a una cesación inmanente, es muy
fuertemente articulada por Sylvain Lazarus en su libro Antropología del Nombre.
Él llama a estas secuencias “modos históricos de la política”, definidos por un
tipo de relación entre una política y su pensamiento. Mi elaboración filosófica
de lo que es un procedimiento de verdad es muy diferente en apariencia (los
conceptos de acontecimiento y de genericidad están totalmente ausentes del pensamiento
de Lazarus). Sin embargo, he explicado en Lógicas de mundos el porqué de que mi
empresa sea compatible con la de Lazarus, que propone un pensamiento de la
política hecho desde el punto de la política misma. Señalaremos que también
para él, evidentemente, la cuestión de la datación es muy importante.
4
Este aspecto de decisión, de elección, de voluntad (the Will), donde la Idea
envuelve un compromiso individual, está cada vez más presente en los trabajos
de Peter Hallward. Es característico el que, de golpe, las referencias a las
revoluciones francesas y haitianas, donde esas categorías son más visibles,
atraviesen ahora sus trabajos.
2
otro
cuerpo, el cuerpo de verdad, existencia material en un mundo dado de una verdad
en devenir. Este es el momento en el que un individuo pronuncia que se pueden
franquear los límites (del egoísmo, de la rivalidad, de la finitud…) impuestos
por la individualidad (o la animalidad, es lo mismo). Y se puede en la medida
en que, aunque siga siendo el mismo individuo que es, deviene también, por
incorporación, una parte actante de otro Sujeto. Llamo a esta decisión, a esta
voluntad, una subjetivación5. De manera más general, una subjetivación es
siempre el movimiento por el cual un individuo fija el lugar de una verdad con
respecto a su propia existencia vital y del mundo donde esta existencia se
despliega.
Llamo
“Idea” a una totalización abstracta de los tres elementos primitivos, un
procedimiento de verdad, una pertenencia histórica y una subjetivación
individual. Inmediatamente, se puede dar una definición formal de Idea: una
Idea es la subjetivación de una relación entre la singularidad de un
procedimiento de verdad y una representación de la Historia.
En
el caso que nos ocupa, se dirá que una Idea es la posibilidad, para un
individuo, de comprender que su participación en un proceso político singular
(su entrada en un cuerpo de verdad) es también, en un cierto sentido, una
decisión histórica. Junto con la Idea, el individuo, en tanto que elemento del
nuevo Sujeto, realiza su pertenencia al movimiento de la Historia. La palabra
“comunismo” ha sido durante aproximadamente dos siglos (desde la “Comunidad de
los Iguales”de Babeuf hasta los años ochenta del último siglo) el nombre más
importante de una Idea situada en el campo de las políticas de emancipación, o
políticas revolucionarias. Sin duda, ser un comunista, era ser un militante de
un Partido comunista en un país determinado. Pero, ser un militante de un
Partido comunista, era ser uno de los millones de agentes de una orientación
histórica de la Humanidad entera. La subjetivación ataba, en el elemento de la
Idea del comunismo, la pertenencia local a un procedimiento político y el
inmenso dominio simbólico de la marcha de la Humanidad hacia su emancipación
colectiva.
Se
comprende, por otra parte, por qué la palabra “comunismo” no puede ser un
nombre puramente político: ata, en efecto, para el individuo de quien sostiene
la subjetivación, el procedimiento político a algo más que a sí mismo. Tampoco
puede ser una palabra puramente histórica. Pues, sin el procedimiento político
efectivo, del que veremos que ella detenta una parte irreductible de
contingencia, la Historia no es más que un simbolismo vacío. Y, en fin, tampoco
puede ser una palabra puramente subjetiva, o ideológica. Pues la subjetivación
opera “entre” la política y la historia, entre la singularidad y la proyección
de esta singularidad en una totalidad simbólica, y, sin estas materialidades y
estas simbolizaciones, ella no puede llegar al régimen de una decisión. La
palabra “comunismo” tiene el estatuto de una Idea, lo que quiere decir que, a
partir de una incorporación y, por tanto, desde el interior de una
subjetivación política, esta palabra denota una síntesis de la política, de la
historia y de la ideología. Por ello, se comprenderá mejor como una operación
que como una noción. La Idea comunista no existe más que a orillas del
individuo y del procedimiento político, como esta componente de la
subjetivación que se sostiene de una proyección histórica de la política. La
Idea comunista es lo que constituye el devenir- Sujeto-política del individuo
como siendo, también y al mismo tiempo, su proyección en la Historia.
5 En mi Teoría del sujeto, publicada en 1982, la
pareja de la subjetivación y del proceso subjetivo juega un papel fundamental.
Signo suplementario de que, como sostiene Bruno Bosteels en sus trabajos
(incluida su traducción al inglés, también publicada con un notable comentario,
de esta Teoría…), vuelvo poco a poco hacia ciertas de las intuiciones
dialécticas de ese libro.
3
Creo
que sería clarificador, y no sólo se trataría de desplazarme hacia los
territorios especulativos de mi amigo Slavoj Zizek6, el formalizar la operación
de la Idea en general, y de la Idea comunista en particular, en el registro de
las tres instancias del Sujeto según Lacan: lo real, lo imaginario y lo
simbólico. En primer lugar, se planteará que el procedimiento de verdad mismo
es lo real en lo que se sostiene la Idea. Se convendrá, acto seguido, que la
Historia sólo tiene existencia simbólica. En efecto, ella no sabría aparecer.
Para aparecer hay que pertenecer a un mundo. Pero la Historia, en tanto que
supuesta totalidad del devenir de los hombres, no tiene ningún mundo que pueda
situarla en una existencia efectiva. Es una construcción narrativa a posteriori
. Y, se acordará, por fin, que la subjetivación, que proyecta lo real en lo
simbólico de una Historia, no puede ser sino imaginaria, por la razón capital
de que ningún real se deja simbolizar tal cual. Lo real existe en un mundo
determinado, y bajo condiciones muy particulares sobre las cuales volveré. Pero
es, como Lacan dijo una y otra vez, insimbolizable. Por tanto, lo real no se
puede proyectar “realmente” en la narrativa simbólica de la Historia. Sólo
imaginariamente, lo que no quiere decir, ni muchísimo menos, que ello sea
inútil, negativo, o sin efecto. Muy al contrario, es en la operación de la Idea
donde el individuo encuentra el recurso de consistir “en Sujeto”7. Así pues, se
sostendrá lo siguiente: la Idea expone una verdad en una estructura de ficción.
En el caso particular de la Idea comunista, operatoria cuando la verdad de la
que se trata es una secuencia política emancipadora, se dirá que “comunismo”
expone esta secuencia (y, por tanto, a los militantes de esta secuencia) en el
orden simbólico de la Historia. O aún más: la Idea comunista es la operación
imaginaria por la cual una subjetivación individual proyecta un fragmento de lo
real político en la narración simbólica de una Historia. En este sentido, es
acertado decir que la Idea es (¡nos lo esperábamos!) ideológica8.
Hoy
es esencial comprender bien que “comunismo” ya no puede ser el adjetivo que
califique a una política. Este cortocircuito entre lo real y la Idea ha dado
expresiones de las que hizo falta un siglo y medio de experiencias a la vez
épicas y terribles para comprender que estaban mal formadas, expresiones como
“Partido comunista” o –y este es un oxímoron que la expresión “Estado
socialista” intentaba evitar- “Estado comunista”. En este cortocircuito, se
puede ver el efecto a largo plazo de los orígenes hegelianos del marxismo. Para
Hegel, en efecto, la exposición histórica de las políticas no es una
subjetivación imaginaria, es lo real en persona. Pues el axioma crucial de la
dialéctica tal y como él la concibe es “lo Verdadero es el devenir de sí
mismo”, o, lo que viene a ser lo mismo, “el Tiempo es el ser-ahí del Concepto”.
Desde entonces, al parecer, se tiene fundamento para pensar que la inscripción
histórica, bajo el nombre de “comunismo”, de las secuencias políticas
revolucionarias o de los
6 Slavoj Zizek es, probablemente, el único
pensador hoy que puede mantenerse simultáneamente más cerca de los aportes de
Lacan y sostener con constancia y energía el retorno de la Idea del comunismo.
Y es que su verdadero maestro es Hegel, del que da una interpretación
completamente nueva, puesto que deja de subordinarla al motivo de la Totalidad.
Digamos que hay dos maneras de salvar hoy en día la Idea del comunismo en
filosofía: renunciar a Hegel, dolorosamente por lo demás, y al precio de
repetidos exámenes de sus textos (es lo que yo hago), o proponer un Hegel
diferente, un Hegel desconocido, que es lo que hace Zizek a partir de Lacan (el
cual fue de lejos, nos dirá Zizek, y lo fue explícitamente primero y
secretamente después, un magnífico hegeliano).
7
Vivir “en sujeto” se toma en dos sentidos. El primero es como en el “vivir en
Inmortal”, máxima traducida de Aristóteles. “En” quiere decir “como si se
fuera”. El segundo es topológico: la incorporación significa en efecto que el
individuo vive “en” el cuerpo-sujeto de una verdad. Estos nudos son aclarados
mediante la teoría del cuerpo-de-verdad con la cual se concluye Lógicas de
mundos, conclusión decisiva, pero, debo confesarlo, todavía compacta y bastante
difícil.
8 En
el fondo, para entender bien la cansada palabra de “ideología”, lo más sencillo
es quedarse lo más cerca posible de su formación: es “ideológico” lo que
depende de una Idea.
4
fragmentos
dispares de la emancipación colectiva, revela su verdad, que es la progresar
según el sentido de la Historia. Esta subordinación latente de las verdades a
su sentido histórico entraña que se pueda hablar “en verdad” de políticas
comunistas, de partidos comunistas y de militantes comunistas. Pero, como
veremos, nosotros creemos que es preciso guardarse muy mucho de esta
adjetivación. Para combatirla, muchas veces, he tenido que afirmar que la
Historia no existe, lo que concuerda con mi concepción de las verdades, a
saber, que ellas no tienen ningún sentido, ni sobre todo el sentido de una
Historia. Pero, hoy, me es necesario precisar este veredicto. Ciertamente, no
hay ningún real de la Historia, y, por tanto, es verdadero, trascendentalmente
verdadero, que ella no puede existir. Lo discontinuo de los mundos es la ley
del aparecer, y por tanto de la existencia. Sin embargo, lo que hay, bajo la
condición real de la acción política organizada, es la Idea comunista,
operación ligada a la subjetivación intelectual, y que integra a nivel
individual lo real, lo simbólico y lo ideológico. Debemos restituir esta Idea
desligándola de todo uso predicativo. Debemos salvar la Idea, pero también
liberar lo real de toda coalescencia inmediata con ella. Por Idea comunista
sólo pueden ser señaladas, como potencia posible del devenir-Sujeto de los
individuos, políticas de las que, en definitiva, sería absurdo decir que son
comunistas.
Por
tanto, hay que comenzar por las verdades, por lo real político, para
identificar la Idea en la triplicidad de su operación: real-político,
simbólico-Historia, imaginario-ideología.
Comienzo
por recordar algunos de mis conceptos usuales, bajo una forma muy abstracta y
muy simple.
Llamo
“acontecimiento” a una ruptura en la disposición normal de los cuerpos y de los
lenguajes tal que existe para una situación particular (El ser y el
acontecimiento (1988) o Manifiesto por la filosofía (1989)) o tal que aparece
en un mundo particular (Lógicas de los mundos (2006) o Segundo manifiesto para
la filosofía (2009)). Lo importante, aquí, es señalar que un acontecimiento no
es la realización de una posibilidad interna a la situación, o dependiente de
las leyes transcendentales del mundo. Un acontecimiento es la creación de
nuevas posibilidades. Se sitúa no simplemente al nivel de los posibles
objetivos, sino al de las posibilidades de los posibles. Lo que puede decirse
así: con respecto a la situación o al mundo, un acontecimiento abre a la posibilidad
de lo que, desde el estricto punto de vista de la composición de esa situación
o de la legalidad de ese mundo, es propiamente imposible. Si nos acordásemos
aquí de que, para Lacan, siempre tenemos la ecuación real = imposible, veríamos
enseguida la dimensión intrínsecamente real del acontecimiento. También se
podría decir que un acontecimiento es la llegada de lo real en tanto que
posible futuro de sí mismo.
Llamo
“Estado” o “estado de la situación”, al sistema de restricciones que,
precisamente, limitan la posibilidad de los posibles. Se dirá, también, que el
Estado es quien prescribe, en una situación dada, lo imposible propio de esa
situación, a partir de la prescripción formal de lo que es posible. El Estado
es siempre la finitud de la posibilidad, y el acontecimiento es la
infinitización. ¿Qué es lo que constituye a día de hoy al Estado con respecto a
los posibles políticos? Pues bien, la economía capitalista, la forma
constitucional del gobierno, las leyes (en el sentido jurídico) que conciernen
a la propiedad y la herencia, el ejército, la policía… Se ve cómo, a través de
todos estos dispositivos, de todos estos aparatos, incluidos, naturalmente,
aquellos que Althusser llamaba “aparatos ideológicos de Estado” –y que se se
podrían definir por un objetivo común: prohibir que la Idea comunista designe
una posibilidad-, el Estado organiza y mantiene, a menudo por la fuerza, la
distinción entre lo que es posible y lo que no lo es.
5
Así,
resulta claramente que un acontecimiento es algo que llega en tanto que
sustraído a la potencia del Estado.
Llamo
“procedimiento de verdad”, o “verdad”, a una organización continuada, en una
situación (en un mundo), de las consecuencias de un acontecimiento.
Seguidamente, se señalará que un azar esencial, el de su origen
acontecimiental, copertenece a toda verdad. Llamo “hechos” a las consecuencias
de la existencia del Estado. Se hace notar que la necesidad integral está
siempre del lado del Estado. Se ve, pues, que una verdad no puede estar
compuesta de puros hechos. La parte no factual de una verdad depende de su
orientación, y se la llamará subjetiva. Se dirá también que el “cuerpo”
material de una verdad, en tanto que está subjetivamente orientado, es un
cuerpo excepcional. Usando, sin ningún complejo, una metáfora religiosa, digo,
y de muy buena gana, que el cuerpo-de-verdad, porque no se deja reducir a los
hechos, puede ser llamado cuerpo glorioso. En relación a este cuerpo, que en
política es el de un nuevo Sujeto colectivo, una organización de múltiples
individuos, se dirá que participa de la creación de una verdad política.
Tratándose del Estado del Mundo en el cual esta creación es activa, se hablará
de hechos históricos. La Historia como tal, compuesta de hechos históricos, no
se sustrae, de ningún modo, a la potencia del Estado. La Historia no es ni subjetiva
ni gloriosa. Más bien, habría que decir que la Historia es la historia del
Estado9.
Ahora,
podemos volver a nuestro propósito relacionado con la Idea comunista. Si una
Idea es, para un individuo, la operación subjetiva por la cual una verdad real
particular es imaginariamente proyectada en el movimiento simbólico de una
Historia, podemos decir que una Idea presenta la verdad como si fuera un hecho.
O aún más: que la Idea presenta ciertos hechos como símbolos de lo real de la
verdad. Así es como la Idea del comunismo pudo permitir que se inscribiera la
política revolucionaria y sus Partidos en la representación de un sentido de la
Historia en la que el comunismo era el fin necesario. O que se haya podido
hablar de una “patria del socialismo”, lo que volvería a simbolizar la creación
de un posible, frágil por definición, gracias a la masividad de un poder. La
Idea, que es una mediación operatoria entre lo real y lo simbólico presenta
siempre al individuo algo que se sitúa entre el acontecimiento y el hecho. Y
esta es la razón por la que las interminables discusiones que conciernen al
estatuto real de la Idea comunista no tienen salida. ¿Se trata de una Idea
reguladora, en el sentido de Kant, sin eficacia real, pero capaz de fijar en
nuestro entendimiento finalidades razonables? ¿se trata de un programa que poco
a poco hay que realizar mediante la acción en el mundo de un nuevo Estado
pos-revolucionario? ¿es una utopía, una utopía incluso peligrosa, criminal? ¿O
es el nombre de la Razón en la Historia? No se sabría llevar a buen puerto este
tipo de discusión, por la razón de que la operación subjetiva de la Idea es
compuesta, y no simple. Desarrolla, como su condición real absoluta, la
existencia de secuencias reales de la política de emancipación, pero supone
también el desarrollo de una diversificación de hechos históricos aptos para la
simbolización. No dice (lo que sería someter el procedimiento de verdad a las
leyes del Estado) que el acontecimiento y sus consecuencias políticas
organizadas sean reducibles a hechos. Pero tampoco dice que los hechos sean
ineptos a toda trans-inscripción (para jugar, como Lacan, con las palabras)
histórica de los caracteres típicos de una verdad. La Idea es una fijación
histórica de lo que hay de fugitivo, de sustraído, de inaprensible
9 Que la Historia sea la historia del Estado es
una tesis introducida en el campo de la intelectualidad política por Sylvain
Lazarus, pero todavía no se han publicado todos sus desarrollos. Aquí todavía
se debe decir que mi concepto ontológico-filosófico del Estado, tal y como se
introdujo en medio de los años ochenta, está marcado por una procedencia
(matemática) diferente y un destino (metapolítico) diferente. Sin embargo, la
compatibilidad se mantiene sobre un punto capital; ningún procedimiento de verdad
política puede, en su propia esencia, ser confundido con las acciones
históricas de un Estado.
6
en
el devenir de una verdad. Pero no lo es mientras no reconozca como su real esta
dimensión aleatoria, fugitiva, sustraída e inaprensible. Y esa es la razón por
la que le corresponde a la Idea comunista responder a la cuestión “¿De dónde
vienen las ideas justas?” como lo hace Mao: las “ideas justas” (entendemos: lo
que compone el rasgo de una verdad en una situación) vienen de la práctica. Se
comprende, evidentemente, que práctica es el nombre materialista de lo real.
Entonces, convendremos en decir que la Idea que simboliza en la Historia el
devenir “en verdad” de las ideas (políticas) justas, o sea la Idea del
comunismo, viene, pues, in fine, de la práctica (de la experiencia de lo real)
y, sin embargo, no puede reducirse a ella. Y es que es el protocolo, no de la
existencia, sino de la exposición de una verdad activa.
En
fin, todo ello explica, y en cierta medida justifica, que se haya podido llegar
hasta la exposición de las verdades de la política de emancipación en la forma
de su contrario, o sea en la forma de un Estado. Dado que se trata de una
relación ideológica (imaginaria) entre un procedimiento de verdad y hechos
históricos, ¿por qué dudar en llevar esta relación hasta su término? ¿por qué
no decir que se trata de una relación entre acontecimiento y Estado? El Estado
y la revolución, tal es el título de uno de los más famosos textos de Lenin.
Muy bien, pues en realidad es del Acontecimiento de lo que trata. Sin embargo
Lenin, siguiendo a Marx en este punto, tiene muchísimo cuidado de decir que el
Estado de después de la Revolución deberá ser el Estado de la desaparición del
Estado, el Estado como organizador de la transición al no-Estado. Digamos,
pues, lo siguiente: la Idea del comunismo puede proyectar lo real de una
política, siempre sustraída a la potencia del Estado, en la figura histórica de
“otro Estado”, siempre que la sustracción sea interna a esta operación
subjetivante, en el sentido de que “el otro Estado” está también sustraído a la
potencia del Estado, por tanto a su propia potencia, en tanto que es un Estado
cuya esencia es desaparecer.
Es
en este contexto en el que es preciso pensar y aprobar la importancia decisiva
de los nombres propios en toda política revolucionaria. Y, en efecto, esta
importancia es espectacular y paradójica. Por una parte, en efecto, la política
de emancipación es esencialmente la de las masas anónimas, es la victoria de
los sin nombre10, aquellos que son tenidos por el Estado en la más monstruosa
insignificancia. Por otra parte, toda política revolucionaria está marcada de
principio a fin por nombres propios, que la identifican históricamente, que la
representan, mucho más fuertemente que en el caso de las otras políticas. ¿Por
qué esta consecución de nombres propios? ¿por qué este glorioso Panteón de los
héroes revolucionarios? ¿Por qué Espartaco, Thomas Münzer, Robespierre,
Toussaint-Louverture, Blanqui, Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Mao, Che Guevara,
y tantos otros? Porque todos estos nombres simbolizan históricamente, en la
forma de un individuo, de una pura singularidad del cuerpo y del pensamiento,
la red a la vez rara y preciosa de las secuencias fugitivas de la política como
verdad. El formalismo sutil de los cuerpos-de-verdad es aquí legible en tanto
que existencia empírica. El individuo cualquiera encuentra a individuos
gloriosos y típicos como
10 Los “sin nombre”, los “sin parte”, y, a
fin de cuentas, la función organizadora de los obreros “sin papeles” en todas
las acciones políticas contemporáneas, todo ello depende de una presentación
negativa, o más bien privativa, del territorio humano de las políticas de
emancipación. En el campo de la filosofía, sobre todo ha sido Jacques Rancière
el que ha puesto en evidencia, singularmente a partir de un profundo estudio de
estos motivos en el siglo XIX, la carga democrática de la no pertenencia a una
clasificación dominante. De hecho, esta idea se remonta, por lo menos, al Marx
de los Manuscritos de 1844, que define al proletariado como humanidad genérica,
dado que por sí mismo no posee ninguna de las propiedades por las cuales la
burguesía define al Hombre (decente, o normal, o “integrado” diríamos hoy).
Ella está en el fundamento de la salvación que Rancière intenta asegurar a la
palabra “democracia”, como se ve en su ensayo El odio a la democracia. Por lo
que a mi respecta, yo no estoy tan seguro de que se pueda salvar esta palabra
tan a la ligera, o digamos que, en todo caso, pienso que el rodeo a través de
la Idea de comunismo es inevitable. La discusión ya se ha entablado, y
continuará.
7
mediación
de su propia individualidad, como prueba de que se puede ganar a la finitud. La
acción anónima de millones de militantes, de insurgentes, de combatientes, por
sí misma irrepresentable, es reunida y contada por uno en el símbolo fuerte y
poderoso del nombre propio. Así, los nombres propios participan de la operación
de la Idea, y aquellos que hemos citado son componentes de la Idea del
comunismo en sus diferentes etapas. No dudaremos en decirlo: la condena de
Kruschev, a propósito de Stalin, del “culto a la personalidad” no era oportuna,
y anunciaba, bajo la cobertura de la democracia, la desaparición de la Idea del
comunismo a la que asistimos en las décadas siguientes. La crítica política de
Stalin y de su visión terrorista del Estado debería haber sido llevada a cabo
de manera rigurosa, desde el punto de vista de la política revolucionaria
misma, y Mao ya lo esbozó en varios de sus textos11. Kruschev, al contrario,
que defendía de hecho al grupo dirigente del Estado estalinista, no dio un sólo
paso en esa dirección, y se contentó, al hablar del Terror ejercido bajo el
nombre de Stalin, con una crítica abstracta del papel de los nombres propios en
la subjetivación política. Fue, así, él mismo, quien hizo la cama en la que se
acostarían unas décadas más tarde los “nuevos filósofos” del humanismo
reactivo. De todo ello se desprende una preciosa enseñanza: si bien las
retroacciones políticas pueden exigir que un nombre particular sea destituido
de su función simbólica, no se puede, sin embargo, eliminar esta función misma.
Pues la Idea -y, singularmente porque se refiere a lo infinito popular, la Idea
comunista- tiene necesidad de la finitud de sus nombres propios.
Recapitularemos
de la manera más simple que sea posible. Una verdad es lo real político. La
Historia, aquí comprendida como reserva de nombres propios, es un lugar
simbólico. La operación ideológica de la Idea del comunismo es la proyección
imaginaria de lo real político en la ficción simbólica de la Historia,
comprendida aquí bajo la forma de una representación de la acción de las masas
innombrables mediante lo Uno de un nombre propio. La función de esta Idea es la
de sostener la incorporación individual en la disciplina de un procedimiento de
verdad, la de autorizar, asimismo, al individuo para exceder las obligaciones
estatales de la supervivencia deviniendo en una parte del cuerpo-de-verdad, o
cuerpo subjetivable.
Ahora,
uno podría preguntarse: ¿por qué es necesario el recurso a esta operación
equívoca? ¿Por qué el acontecimiento y sus consecuencias deben, también, ser
expuestos bajo la forma de un hecho, y muchas veces de un hecho violento, al
que acompañan variantes del “culto a la personalidad”? ¿Por qué esta asunción
histórica de las políticas de emancipación?
La
razón más simple es que la historia común, la historia de las vidas
individuales, se tiene en el Estado. La historia de una vida es, por sí misma,
y aquí no hay elección ni decisión que valga, una parte de la historia del
Estado, cuyas mediaciones clásicas son la familia, el trabajo, la patria, la
propiedad, la religión, las costumbres… La proyección heroica, pero individual,
de una excepción a todo ello – como es un procedimiento de verdad- quiere estar
también en repartición con los otros, quiere mostrarse no solamente como
excepción sino también como posibilidad ahora común a todos. Y esta es una de
las funciones de la Idea: proyectar la excepción en lo común de las
existencias, cumplir lo que no hace sino existir como una dosis de inaudito.
Convencer a mis entornos individuales, esposo o esposa, vecinos y amigos,
colegas, convencerles de que también hay la fabulosa excepción de las verdades
en devenir, de que no estamos condenados al formateado de nuestras existencias
por las
11 Para los textos de Mao sobre Stalin se
trasladará al librito Mao Tse-tung y la construcción del socialismo, claramente
subtitulado “Modelo soviético o vía china”, traducción y presentación de Hu
Chi-si (ed. francesa en Paris, Seuil, 1975). He dado un comentario, orientado
por la idea de la eternidad de lo Verdadero , en la abertura de Lógicas de
mundos.
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obligaciones
del Estado. Por su puesto que, en última instancia, sólo la experiencia
desnuda, o militante, del procedimiento de verdad, forzará la entrada de tal o
cual en el cuerpo-de-verdad. Pero para llevar a alguien hasta el punto donde se
da esta experiencia, para hacerle espectador, y por tanto actor a medias, de lo
que importa en una verdad, la mediación de la Idea, el compartir de la Idea, es
casi siempre necesario. La Idea del comunismo (sea cual sea el nombre que se le
dé, puesto que apenas importa: ninguna Idea es identificable con su nombre) es
a través de lo que puede hablar el proceso de una verdad en el lenguaje impuro
del Estado, y desplazar así, por un tiempo, las líneas de fuerza por las cuales
el Estado prescribe lo que es posible y lo que es imposible. El gesto más
común, en esta visión de las cosas, es llevar a alguien a una verdadera reunión
política, lejos de él, lejos de su casa, lejos de sus parámetros existenciales
codificados, en una residencia de obreros malienses, por ejemplo, o a la puerta
de una fábrica. Llegado al lugar del que una política procede, él decidirá su
incorporación o su retirada. Pero para llegar al lugar, es preciso que la Idea
–y desde hace dos siglos, o quizás desde Platón, esa Idea es la Idea del
comunismo- lo pre-desplace en el orden de las representaciones, de la Historia
y del Estado. En necesario que el símbolo venga imaginariamente en apoyo de la
fuga creadora de lo real. Es necesario que hechos alegóricos ideologicen e
historicen la fragilidad de lo verdadero. Es necesario que una pobre, simple y
decisiva discusión con cuatro obreros y un estudiante en una sala oscura sea
momentáneamente engrandecida en las dimensiones del Comunismo, y que, así,
pueda ser, a la vez, lo que es y lo que habrá sido en tanto que momento de la
construcción local de lo Verdadero. Es necesario que se haga visible, mediante
en engrandecimiento del símbolo, el que las “ideas justas” vienen de esta
práctica casi invisible. Es preciso que la reunión de cinco personas en un
suburbio perdido sea eterna a guisa de su precariedad. Y esta es la primera
razón por la cual lo real debe exponerse en una estructura de ficción.
La
segunda razón es que todo acontecimiento es una sorpresa. Si no lo es, es que
habría sido previsible en tanto que hecho, y de golpe se inscribiría en la
historia del Estado, lo que es contradictorio. Entonces, podemos formular el
problema del siguiente modo: ¿cómo prepararnos para tales sorpresas? Y esta vez
el problema existe, incluso si actualmente ya somos militantes de las
consecuencias de un acontecimiento anterior, incluso si estamos incluidos en un
cuerpo-de-verdad. Nosotros, ciertamente proponemos el despliegue de nuevos
posibles. Pero el acontecimiento que llegue posibilitará lo que, incluso para
nosotros, sigue siendo todavía imposible. Para anticipar, al menos ideológica o
intelectualmente, la creación de nuevos posibles, debemos tener una Idea. Una
Idea que desarrolle, por supuesto, la novedad de los posibles que el
procedimiento de verdad del que somos militantes pone al día, y que son los
posibles-reales, pero que desarrolle también la posibilidad formal de otros
posibles, para nosotros todavía insospechados. Una Idea es siempre la
afirmación de que una nueva verdad es históricamente posible. Y dado que el
forzamiento de lo imposible en dirección de lo posible se hace por sustracción
a la potencia del Estado, se puede decir que una Idea afirma que este proceso
sustractivo sea infinito: formalmente siempre es posible que la línea de
partición fijada por el Estado entre lo posible y lo imposible sea una vez más
desplazada, tan radicalmente como puedan haber sido sus precedentes
desplazamientos, incluido en el que nosotros participamos actualmente como
militantes. Esta es la razón por la que uno de los contenidos de la Idea
comunista hoy -y ello contra el motivo del comunismo como fin a esperar por el
trabajo de un nuevo Estado- y es que la desaparición del Estado es sin duda un
principio que deber ser visible en toda acción política (y esto es lo que
expresa la fórmula: “política a distancia del Estado”, como rechazo obligado a
toda inclusión directa en el Estado, a toda petición de créditos al
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Estado,
a toda participación en las elecciones, etc,), pero también es una tarea
infinita, pues la creación de verdades políticas nuevas desplazará siempre a la
línea de partición entre los hechos estatales, y por tanto históricos, y las
consecuencias eternas de un acontecimiento.
Eso
nos permite concluir sobre las inflexiones contemporáneas de la Idea del
comunismo12. El balance actual de la Idea del comunismo, como ya dije, es que
la posición de la palabra no puede ser la de un adjetivo, como en “Partido
comunista”, o “regímenes comunistas”. Tanto la forma-Partido, como la de
Estado-socialista, ahora, son inadecuadas para asegurar el sostenimiento real
de la Idea. Por lo demás, este problema ha encontrado una primera expresión
negativa en dos acontecimientos cruciales de los años sesenta y setenta del
último siglo: la Revolución cultural en China, y la nebulosa llamada “Mayo del
68” en Francia. Después de ellos, fueron experimentadas todavía algunas formas
políticas más, formas políticas todas ellas que dependían de la política sin-partido13.
A escala de conjunto, sin embargo, la forma moderna (llamada “democrática”) del
Estado burgués, cuyo soporte es el capitalismo mundializado, puede presentarse
como sin rival en el campo ideológico. Durante tres décadas, la palabra
“comunismo” ha sido completamente olvidada, o sea prácticamente identificada
con empresas criminales. Es la razón por la que la situación subjetiva de la
política ha llegado a ser confusa en todas partes. Sin Idea, la desorientación
de las masas populares es ineluctable.
Sin
embargo, múltiples signos, y en particular esta conferencia, indican que este
período reactivo se acaba. La paradoja histórica es que, en cierto sentido,
estamos más próximos a problemas examinados en la primera mitad del siglo XIX
que a los que heredamos del siglo XX. Como en las cercanías de 1840, nos
enfrentamos a un capitalismo cínico, seguro de ser la única vía posible de
organización razonable de las sociedades. Por todas partes se insinúa que los
pobres tienen la culpa de ser pobres, que los africanos están atrasados y que
el porvenir pertenece o bien a los burgueses “civilizados” del mundo
occidental, o bien a aquellos que, a semejanza de los japoneses, seguirán el
mismo camino. Como en esa época, hoy, nos encontramos con zonas muy extensas de
miseria extrema en el interior mismo de los países ricos. Nos encontramos,
tanto entre países como entre clases sociales, desigualdades monstruosas y
crecientes. El corte subjetivo y político entre los campesinos del tercer
mundo, los parados y asalariados pobres de nuestras sociedades “desarrolladas”
por un lado y las clases medias “occidentales” por otro es absoluto, y está
marcado por una especie de odiosa indiferencia. Más que nunca el poder
político, como lo demuestra la crisis actual con su única consigna de “salvar
los bancos”, no es más que un apoderado del poder del capitalismo. Los
revolucionarios están desunidos y débilmente organizados, amplios sectores de
la juventud popular han sido ganados por una desesperación nihilista, la gran
mayoría de los intelectuales son serviles. Oponiéndonos a todo eso, tan
aislados como Marx y sus amigos en el momento del retrospectivamente famoso
Manifiesto del partido comunista de 1848, somos más y más numerosos, sin
embargo, a la hora de organizar procesos políticos de tipo nuevo en las masas
obreras y populares, y a la hora de buscar todos los medios para sostener en lo
real las formas renacientes de la Idea comunista. Como a principios del siglo
XIX, la cuestión no es la de la victoria de la
12 Sobre las tres etapas de la Idea del
comunismo, particularmente aquella (la segunda) que vio a la Idea del comunismo
intentar ser directamente política (en el sentido del programa, del Partido y
del Estado), se trasladará a los capítulos conclusivos de mi Circunstancias 4,
titulado ¿De qué es Sarkozy el nombre?
13Las
experiencias de nuevas formas políticas han sido numerosas y apasionadas en
estos últimos treinta años. Citaremos: el movimiento Solidarnosc en Polonia en
los años 1980-1981; la primera secuencia de la revolución iraní; la
Organización política en Francia; el movimiento zapatista en México; los
maoístas en Nepal... No se trata de ser exhaustivos.
1
Idea,
como será el caso (y demasiado imprudente y dogmáticamente) en el siglo XX. Lo
que importa ante todo es su existencia y los términos de su formulación. En
primer lugar, dar una fuerte existencia subjetiva a la hipótesis comunista, tal
es la tarea de la que se absuelve a su manera nuestra asamblea de hoy. Y es,
quiero decirlo, una tarea excitante. Combinando las construcciones de
pensamiento, que son siempre globales y universales, y las experimentaciones de
fragmentos de verdad, que son locales y singulares, pero universalmente
transmisibles, podemos asegurar la nueva existencia de la hipótesis comunista,
o más bien la de la Idea del comunismo, en las conciencias individuales.
Podemos abrir el tercer período de existencia de esta Idea. Podemos y, por
tanto, debemos.

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