© Libro N° 6456.
La Búsqueda De Los Elementos. Asimov, Isaac. Emancipación. Septiembre 14 de 2019.
Título
original: © La Búsqueda De Los Elementos. Isaac Asimov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA BÚSQUEDA DE LOS ELEMENTOS
Isaac Asimov
CONTENIDO
Introducción
El
Prodigio de los Griegos
Alquimia
y Elixires
El
Declive de la Magia
Un
Nuevo Principio
La
Era del Flogisto
El
Padre de la Química
Las
Partículas Invisibles
Descubrimientos
con Electricidad
Símbolos
y Pesos
Pistas
en el Espectro
En
Orden de Pesos Atómicos
La
Tabla Periódica
Los
Elementos que Faltaban
Más
Pequeño que el Átomo
El
Orden del Rango de los Elementos
Los
Elementos Artificiales
Epílogo
Introducción
Basta
con el título del libro, para saber el tema y objetivos del libro. Sabiendo
quien es el autor, ya está todo aclarado. Un buen libro de historia de la
ciencia. Que nos lleva por todo el desarrollo de la búsqueda de los distintos
elementos de que se compone la naturaleza, y por último del desarrollo de la
tabla periódica, poniendo orden y a cada elemento en su lugar.
En este libro, Isaac Asimov nos cuenta las investigaciones realizadas por el
hombre durante 2.600 años para identificar la materia de que está compuesto el
Universo.
Desde Tales de Mileto hasta Seaborg, de California, de la alquimia al
ciclotrón, desde la búsqueda del secreto de convertir el plomo en oro a la
fabricación de los elementos artificiales, todo ello ha constituido un
cautivador relato de descubrimientos alocados, de falsificaciones y de ideas
brillantes.
Entre todos los héroes que han luchado por poner al día nuestro saber acerca de
los elementos, podemos citar a Lavoisier, a Mendeleiev, a los Curie... Pero
también ocupan un destacado lugar los pensadores griegos; los alquimistas, con
su piedra filosofal y sus elixires de larga vida; la magia en general.
Isaac Asimov fue uno de los más grandes escritores de ciencia-ficción y de
divulgación científica de todos los tiempos. En cuanto a la ciencia-ficción, él
fue uno de los Tres Grandes , siendo los otros dos Robert
Heinlen (que falleció en 1988) y Arthur Charles Clarke. Su producción abarcó
una inmensa variedad de temas: ciencia-ficción, fantasía, misterio, astronomía,
física, química, bioquímica, biología, historia, humor, la Biblia, etc.
Siempre se destacó por su facilidad para hacer comprensibles ideas y conceptos
complejos, así como por el gran volumen de su producción, escribiendo casi 500
libros.
Asimov nació el 2 de enero de 1920 en Petrovichi (URSS). A los tres años su
familia se traslado a los Estados Unidos estableciéndose en Brooklyn. A la edad
de 19 años publicó su primer relato corto de ciencia-ficción ( Abandonados
cerca de Vesta , Amazing Stories, enero 1939) empezando una prolongada
carrera literaria.
A la edad de 28 años obtuvo su Ph.D. en Bioquímica por la Universidad de
Columbia. En 1950 se incorporó a la Universidad de Boston; sin embargo en 1958
abandonó la universidad para dedicarse íntegramente a escribir. Más tarde fijó
su residencia en Manhattan.
Asimov murió el 6 de abril de 1992 de un fallo cardíaco y hepático.
Capítulo
1
El Prodigio de los Griegos
Hace veintiséis siglos, en el año 640 a de JC, nació uno de los hombres más
notables de toda la Historia. Se llamaba Tales, y había nacido en la ciudad de
Mileto, en la costa occidental de Asia Menor, que en aquel tiempo formaba parte
de Grecia.
Tales poseía la clase de mente que se ocupa de todo, y con brillantes
resultados. Como hombre de Estado, persuadió a las diversas ciudades griegas de
la Jonia a unirse para protegerse mutuamente contra los reinos no griegos del
interior de Asia Menor. Como científico, realizó importantes descubrimientos en
Matemáticas y Astronomía. En realidad, Tales puede ser considerado el fundador
del razonamiento matemático. Elaboró un sistema para derivar nuevas verdades
matemáticas de aquellas ya conocidas. Este método, llamado deducción (del latíndeductio,
onem , que significa llevar, conducir), constituye la base de las
matemáticas modernas, por lo que Tales, puede ser considerado como el primer
auténtico matemático.
Tales aprendió Astronomía de los babilonios, cuyos estudios sobre los cielos
les permitieron confeccionar un calendario de las estaciones y explicar los
eclipses de sol.
A los pueblos antiguos, el súbito oscurecimiento de la Tierra por el eclipse
era algo que resultaba aterrador. Suponían que algún monstruo se estaba
tragando al Sol. La gente salía corriendo de sus casas hasta la plaza del
pueblo, golpeando recipientes y gritando atronadoramente para espantar al
monstruo. Dado que el Sol siempre reaparecía al cabo de unos minutos, los
golpeadores de recipientes estaban seguros de que eran sus esfuerzos los que
habían salvado al Sol.
Los astrónomos babilonios fueron los primeros en descubrir que la Luna, al
pasar delante del Sol, era responsable de los eclipses. Después de haber
calculado los movimientos de la Luna y el Sol, los astrónomos asombraban a la
gente prediciendo con exactitud cuándo tendría lugar un eclipse.
Tales, después de regresar a su país desde Babilonia, presentó la nueva
astronomía a los griegos. El año 586 a. de JC, predijo que tendría lugar, en
Jonia, un eclipse total de Sol. Cuando sucedió, el eclipse se produjo en el
momento en que los ejércitos de dos pueblos cercanos, los medos y los lidios,
estaban a punto de entrar en combate. Ambos ejércitos quedaron tan asustados
por el oscurecimiento del Sol que, inmediatamente, firmaron un tratado de
paz.
Tales fue conocido en toda Grecia como un gran estudioso. Cuando los escritores
griegos redactaron unas listas de sus «siete sabios», todos ellos pusieron a
Tales de Mileto en el primer lugar de la lista.
Fue el primer «filósofo» griego (lo cual significaba «amante de la sabiduría»).
Hubo quienes se mofaron de su inclinación filosófica y le decían: «Si eres tan
sabio, ¿por qué no eres rico?» Tales, según sigue el relato, silenció a
aquellos burlones con un perspicaz asunto de negocios. Tras deducir, conforme a
sus estudios, que el clima del próximo año sería bueno para la cosecha de
aceitunas, compró todas las prensas (empleadas para extraer el aceite de oliva)
y, después, exigió elevados precios por su empleo. Aquel golpe de audacia le
convirtió en un hombre rico. Pero pronto dejó los negocios. Como filósofo,
amaba la sabiduría más que el dinero.
También fue el original «profesor distraído». Una noche, mientras andaba por la
carretera estudiando las estrellas, se cayó en una zanja. Una criada que le
ayudó a salir de allí, se rió de él:
—He aquí un hombre que desea estudiar el Universo y que, sin embargo, no puede
ver dónde pone sus propios pies...
Y era realmente cierto lo de que Tales deseaba estudiar el Universo. En
realidad, de todas sus contribuciones a la Ciencia, quizá la más notable radicó
en el planteamiento de una sencilla pero profunda pregunta: ¿De qué está hecho
el Universo? Los hombres han estado persiguiendo la contestación a esta pregunta
de Tales durante miles de años, a partir del momento en que la planteó por vez
primera.
La historia de la búsqueda para responder a esta pregunta constituye una de las
mayores historias de detectives de la Ciencia. Y es la historia con la que este
libro se halla relacionado.
LOS ELEMENTOS GRIEGOS
Tales deseaba saber: ¿De qué materia está hecho el Sol, la Luna, las
estrellas, la Tierra, las rocas, el mar, el aire y los seres vivos sobre el
planeta? Resultaba la cosa más natural del mundo suponer (e incluso los
científicos modernos lo han supuesto así), que si se rompen todas las cosas
hasta su última naturaleza, se encontraría que todas ellas estaban formadas por
una sustancia simple, es decir, de un elemental bloque de construcción.
La palabra «elemento» procede de la palabra latina elementum .
Nadie conoce el origen de esta palabra latina. Una sugerencia es que los
romanos dijeran de algo que era «tan sencillo como L-M-N-», lo mismo que
nosotros decimos «fácil como el A-B-C». De cualquier forma, elementum llegó
a significar algo simple con el que están hechas las cosas complejas.
Tales, tras mucho pensar, decidió que el elemento del que estaba hecho todo el
Universo era el agua. En primer lugar, existe una gran cantidad de agua sobre
la Tierra, auténticos océanos de ella. En segundo lugar, cuando el agua se
evapora, aparentemente, se convierte en aire. El agua, de modo parecido, parece
volver a transformarse en agua en forma de lluvia. Finalmente, el agua que cae
al suelo puede, llegado el caso, endurecerse, pensó, y de esta manera
convertirse en suelo y rocas.
Otros griegos tomaron la interesante especulación de Tales, y llegaron a
diferentes conclusiones. Su propio discípulo, Anaximandro, pensó que el agua no
podía ser, posiblemente, el bloque edificador del Universo, porque sus
propiedades eran demasiado específicas. Los materiales que todos conocían
resultaban variados y poseían numerosas propiedades contradictorias. Algunos
eran húmedos y otros secos; algunos fríos y otros calientes. Ninguna sustancia
conocida podía combinar todas esas opuestas cualidades. Por tanto, el elemento
básico del Universo debería ser alguna misteriosa sustancia que no se pareciese
a ninguna con la que el hombre estuviese familiarizado.
Anaximandro, naturalmente, no podía describir esa sustancia, pero le dio un
nombre: apeiron . Sostuvo que el Universo se había formado de
la unión de un suministro ilimitado de apeiron . Algún día
siempre y cuando el Universo fuese destruido, todo se convertiría de nuevo
en apeiron .
La mayor parte de los filósofos griegos no estuvieron de acuerdo con esta idea.
El decir que el Universo estaba compuesto por algo que existía sólo en la
imaginación, en su opinión, no constituía una respuesta.
Anaxímenes, un joven filósofo de Mileto, vio en el elemento aire, en lugar del
agua, el principio del Universo. Dado que todo estaba rodeado por el aire,
razonó que la Tierra y los océanos estaban formados por la congelación o
condensación del aire.
Heráclito, un filósofo de Éfeso, cerca de Mileto, tuvo otra idea. Insistió en
que el último elemento era el fuego. El rasgo más importante y universal del
Cosmos, afirmó, era el cambio. El día sigue a la noche y la noche al día. Una
estación da paso a otra. La superficie de la Tierra está siendo continuamente
alterada por los ríos y los terremotos. Los árboles, y las estructuras se
elevan y después desaparecen. Incluso el hombre era efímero: nacía, crecía y,
finalmente, moría. Toda esta mutabilidad quedaba definida del mejor modo de
todos a través del fuego. Esta «sustancia», continuamente cambiante de forma,
que resplandece y luego se apaga, representaba la esencia del Universo, en
opinión de Heráclito. Así, concluyó que el Universo debía de estar hecho de
fuego en sus diversas manifestaciones.
Esta discusión hubiera durado largo tiempo, mientras una sustancia tras otra
fuese proclamada el elemento principal del Universo, si no hubiese aparecido
alguien con una idea tan hermosa que redujo al silencio a los porfiados
defensores. La idea procedió de la escuela del famoso Pitágoras.
Pitágoras, un filósofo griego que había emigrado, hacia el año 530 a. de JC, a
la ciudad de Crotona, en Italia meridional, fundó una escuela mística de
filosofía basada en el estudio de los números. La escuela realizó importantes
descubrimientos respecto de los números irracionales (como, por ejemplo, la
raíz cuadrada de dos), la naturaleza del sonido y la estructura del Universo.
El propio Pitágoras tal vez fuese el primer hombre en sugerir que la Tierra era
redonda y no plana. Naturalmente, también es famoso por el ser el autor del
teorema pitagórico, sobre el triángulo rectángulo, pero no es seguro que fuese
el primero en proponerlo.
No obstante, nuestro héroe no es Pitágoras, sino un brillante miembro joven de
su escuela llamado Empédocles. Al ponderar el problema de qué estaba hecho el
Universo, apareció con una proposición que, claramente, combinaba los puntos de
vista de los campeones de los elementos simples. ¿Por qué insistir respecto de
que todo estaba hecho sólo de un elemento? ¿No podía haber varios elementos? En
realidad, esta idea tenía mayor sentido. Explicaría las diferentes propiedades
de la materia que se observaban. Pensando en estas propiedades, Empédocles
decidió que debía de haber cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, que
representasen, respectivamente, lo sólido, lo líquido, lo vaporoso y la
mutabilidad. La mayor parte de los objetos, dijo, eran combinaciones de esos
cuatro elementos.
Tomemos un leño de madera. Dado que es sólido en su forma usual, puede
consistir, principalmente, del elemento sólido: tierra. Cuando se le calienta,
arde, por lo que contiene también el «elemento» fuego. Al arder, libera vapor,
que es una forma de aire. Parte de este vapor se convierte en gotas de agua; la
madera, pues, debe contener también agua. En resumen, la madera está hecha de
los cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Así razonaba
Empédocles.
Su idea de los cuatro elementos fue captada al instante y gozó de popularidad
entre los filósofos griegos. Fue más tarde desarrollada por Aristóteles
(384-322 a. JC), el más grande filósofo de la antigua Grecia.
Aristóteles fue un estudioso completo, un hombre enciclopédico. Contribuyó con
ideas originales a cada rama de la Ciencia de su tiempo. Sobre la noción de
Empédocles referente a los cuatro elementos, Aristóteles edificó una teoría
general acerca de la naturaleza de toda la materia del Universo.
Sugirió, entre otras cosas, que cada elemento ocupaba su propio lugar natural
en el plan general. La Tierra, según creía, pertenecía al centro de nuestro
Universo; en torno de su núcleo se encontraba el agua de los océanos; una capa
de aire, a su vez, rodeaba la Tierra y los océanos; y más allá, en las capas
superiores de la atmósfera, se encontraba el reino natural del fuego (que, a
menudo, se mostraba en forma de relámpagos). Cada elemento buscaba su propio
nivel. De este modo, una roca en el aire caería hacia la Tierra, su nivel
natural; el fuego siempre se alza hacia la región elevada del fuego. Y todo de
esta misma forma.
Aristóteles decidió que, las estrellas en los cielos, debían de pertenecer a
una categoría completamente diferente. A diferencia de la cambiante materia de
la Tierra, parecían inmutables y eternas. Además, los objetos en los cielos se
movían en una esfera fija, sin alzarse ni caerse. Por tanto, debían de estar
hechos de un elemento completamente diferente a cualquiera de la Tierra. De
este modo, Aristóteles inventó un quinto elemento, del cual creía que estaba
compuesto todo el Universo exterior a la Tierra. Lo llamó «éter»; más tarde,
los filósofos lo denominaron «quintaesencia», la forma latina de «quinta
sustancia». Dado el quinto elemento se supuso que era perfecto (a diferencia de
los elementos de la imperfecta y cambiante Tierra), todavía seguimos empleando
en nuestro idioma la palabra quintaesencia para significar la forma más pura de
cualquier cosa.
Aristóteles concibió otra noción que influyó en las opiniones de los hombres
respecto de la materia durante millares de años. Observó que lo frío y lo
caliente, lo húmedo y lo seco, parecían ser las propiedades fundamentales de
los elementos. Pero las propiedades pueden cambiar: algo frío puede ser
calentado y algo húmedo, secado. Así, pues, resultaba presumible que, al
alterar las propiedades de algún modo se podía cambiar un elemento en otro.
Esta noción, como veremos, constituyó un destello que condujo a la Química pero
hizo avanzar a los hombres con el pie izquierdo, con resultados absurdos.
Capítulo
2
Alquimia y Elixires
Muy poco después de la época de Aristóteles, la cultura griega, de repente, se
extendió ampliamente por Asia y África, gracias a las aventuras militares y
conquistas de Alejandro Magno. Llevó el idioma griego y el conocimiento griego
a Persia, Babilonia y Egipto. A cambio, los griegos recogieron una gran
cantidad de conocimientos de los babilonios y de los egipcios.
Alejandro fundó numerosas ciudades en las tierras por él conquistadas. La mayor
y más importante fue Alejandría (bautizada así por él, como es natural. Dio
comienzo al asentamiento de su población, en la desembocadura de la rama más
occidental del Nilo, en el año 332 a. de Jesucristo.
Alejandría se convirtió en la capital del nuevo reino egipcio, regido por los
descendientes de Tolomeo, uno de los generales de Alejandro. Se convirtió en
crisol de antiguas culturas: una tercera parte de su población era griega, otra
tercera parte, judía y la tercera y última, egipcia.
Tolomeo I estableció un «Museo» en Alejandría. Aquí en lo que hoy llamaríamos una
Universidad, congregó a todos los filósofos que pudo, ofreciéndoles apoyo y
seguridad. Su hijo, Tolomeo II, prosiguió su obra, reuniendo libros para el
Museo hasta que se convirtió en la biblioteca más grande del mundo antiguo.
Mientras los estudiosos acudían en tropel al Museo para poder beneficiarse de
su biblioteca y demás facilidades, Atenas declinaba como centro del saber
griego y Alejandría ocupaba su lugar. Permaneció como centro intelectual del
mundo antiguo durante setecientos años.
Los estudiosos de Alejandría continuaron en la tradición de los filósofos
jonios y de Aristóteles. Pero bajo la influencia egipcia, su pensamiento acerca
de la composición del Universo y la naturaleza de los elementos tomó una nueva
dirección. La mayoría de los pensadores griegos tan sólo habían razonado acerca
del mundo físico, sin hacer muchos intentos para observar o probar
experimentalmente sus ideas. Según el punto de vista de la filosofía griega
dominante, tal como fue expresado por Platón, lo ideal era más importante que
lo material; por ello, las verdades más importantes respecto de la naturaleza
esencial de las cosas serían descubiertas por puro pensamiento más que
dedicándose a las cosas materiales. Por el contrario, los egipcios, eran un
pueblo sumamente práctico. Trataban ciertas piedras —calentándolas con carbón
de leña, por ejemplo— para obtener metal de ellas. Fabricaron cristal de la
arena, y ladrillos de la arcilla. Prepararon tintes y medicinas y otras muchas
sustancias.
Los griegos dieron el nombre chemia a este arte de tratar
materiales con objeto de cambiar su naturaleza. Tal vez habían tomado la
palabra de « Chem », el nombre egipcio de su propio país.
Algunos pueblos creen que chemia , además, debe entenderse
como significando «magia negra». En lo que a los egipcios se refiere, llamaban
a su tierra «negra» por una muy buena razón que nada tiene que ver con el
misterio o la magia. Hacía referencia al negro y fértil suelo de su país natal
del Nilo, que contrastaba con las amarillentas arenas del desierto.
Cuando los árabes conquistaron más tarde Egipto, colocaron a chemia el prefijo
al, que equivale en árabe al artículo el, con lo que la palabra se convirtió en
al chemia y, con el tiempo, en español, en alquimia.
Los primeros artesanos que trabajaron con metales, tintes y otras sustancias
mantuvieron sus técnicas en secreto, á fin de conseguir un monopolio sobre sus
productos y ponerles unos precios elevados (una práctica no desconocida en la
actualidad). Esto se añadió al misterio que rodeaba a la alquimia. Y también
hizo crear una jerga en la mayor parte de los escritos alquímicos. De hecho, la
Alquimia fue, al principio, casi una religión, y los egipcios consideraron al
dios Tot como el dios de la Alquimia. Los griegos reservaron este honor para su
dios Hermes, que era su doble de Tot. Y por ello llamaron a la Alquimia el
«arte hermético». Aún empleamos este término en la actualidad; cuando guardamos
algo de una forma estanca (un procedimiento que los antiguos egipcios empleaban
a veces en Alquimia), decimos que está «herméticamente cerrado».
LOS ALQUIMISTAS GRIEGOS
El primer escritor griego sobre Alquimia que conocemos fue un hombre que
trabajaba los metales, llamado Bolos Demócrito, y que vivió en el siglo n.
Trató de combinar el conocimiento práctico de los egipcios con las teorías de
Aristóteles. Bolos Demócrito sabía que ciertos tratamientos pueden cambiar el
color de los metales. Por ejemplo, mezclando cobre (un metal rojo) con cinc
(otros gris), se produce una aleación amarillenta (bronce). Su color era
parecido al del oro. Bolos Demócrito razonó que el primer paso para formar el
color del oro llegaría a formar el mismo oro. Y dado que, de acuerdo con
Aristóteles, tanto el plomo como el oro estaban formados de los cuatro
elementos universales (tierra, agua, aire y fuego), ¿no podría ser transformado
en oro, simplemente, por el cambio de las proporciones de los elementos? Bolos
Demócrito empezó a experimentar con toda clase de recetas para convertir el
plomo en oro.
Éste fue el principio de un largo esfuerzo de más de dos mil años para llegar a
la «transmutación» de los metales (de una voz griega que significa «cambiar por
completo»). La idea fue adoptada, entusiásticamente, por tantas, personas, que,
en una época tan temprana como el año 300 a. JC, un alquimista llamado Zósimo
escribió una enciclopedia de Alquimia que abarca 28 volúmenes.
Casi todas las teorías alquímicas son consideradas, en la actualidad, como un
conjunto de desatinos. Pero eran tomadas tan en serio que, en tiempos del emperador
romano Diocleciano, éste ordenó que todos los libros de Alquimia fuesen
destruidos, partiendo de la base de que, si todo el mundo aprendía a fabricar
oro, se arruinaría el sistema monetario y se vendría abajo la economía del
Imperio. La destrucción de los libros que ordenó es una de las razones de que
conozcamos hoy tan poco acerca de la Alquimia griega. Tal vez si hubieran
sobrevivido más libros, encontraríamos algunas gemas de auténtica sabiduría en
medio de tantos desatinos. Por ejemplo, Zósimo describió ciertos experimentos
en los que parecía hablar de un compuesto al que hoy llamamos «acetato de
plomo».
En el siglo v, Alejandría se hundió como centro de conocimientos. Después que
el emperador Constantino hiciera el cristianismo la religión oficial del
Imperio romano, Alejandría fue atacada por los nuevos conversos como centro de
la enseñanza «pagana». Las turbas cristianas destruyeron gran parte de la gran
biblioteca y forzaron a muchos de los estudiosos a emigrar. Además,
Constantinopla, la ciudad que Constantino había fundado como su capital,
remplazó a Alejandría como depositaría del saber griego.
No obstante, durante mil años los estudiosos cristianos se dedicaron más bien a
la teología y a la filosofía moral que a la filosofía natural. El único
alquimista importante durante estos siglos, en Constantinopla, fue Calinico.
Inventó el «fuego griego», una mezcla de sustancias cuya fórmula exacta se ha
perdido. Probablemente se componía de pez y cal viva. La cal viva se hidrata,
con gran desprendimiento de calor, cuando se le añade agua, calor suficiente
como para prender fuego a la pez. Además, el fuego griego ardía con mucha
fuerza en el mar. Los ejércitos de Constantinopla lo emplearon para alejar a
las flotas invasoras.
ISLAM Y ELIXIRES
Durante el siglo siguiente a que Constantinopla se convirtiera en capital,
el Imperio romano fue invadido por tribus bárbaras procedentes del Norte. Hacia
el año 500, toda la mitad occidental del Imperio estaba por completo bajo el
dominio de los bárbaros. Y en el siglo vii, la mayor parte de la mitad
oriental, incluyendo a Siria y Egipto, que habían caído en manos de la nueva
religión, el Islam, fundada por Mahoma. Los ejércitos árabes se lanzaron sobre
Siria y Persia y luego invadieron el norte de África. Tomaron Alejandría el año
640 después de Jesucristo.
No obstante, culturalmente los árabes fueron conquistados por la tradición del
saber griego. Los mahometanos, más receptivos al conocimiento pagano que lo
habían sido los cristianos, preservaron la filosofía natural griega en centros
árabes de cultura, como Bagdad, El Cairo y Córdoba.
Bagdad, la capital del mayor de los imperios musulmanes, alcanzó la cúspide de
su poder y gloria en los siglos viii y ix. En la actualidad es la capital del
Irak. El Cairo, fundado por los musulmanes en el siglo x, se convirtió en un
gran centro cultural en el siglo xiii. En la actualidad es la capital de Egipto
y la ciudad más populosa de África. Córdoba, la capital del reino musulmán
establecido en España, en el siglo viii, declinó en su importancia tras su
reconquista por los reyes cristianos españoles en el siglo xiii, pero es aún
una importante ciudad provincial en el sur de España.
El primer alquimista árabe del que tenemos antecedentes es Yalib ibn Yazid, que
vivió del año 660 al 704. Fue hijo de uno de los primeros califas árabes y pudo
haber ascendido al trono, al no haber sido por las intrigas palaciegas.
Afortunadamente, estaba más interesado en la Alquimia que en la política; se
retiró, afortunadamente, de la vida pública y se dedicó a sus estudios. Se
supone que aprendió Alquimia de un griego alejandrino y que escribió muchos
libros acerca de este tema.
No obstante, el fundador más importante de la alquimia árabe fue Yabir. La vida
de Yabir coincidió con el apogeo de la gloria de Bagdad en el siglo viii. Fue
funcionario alquimista en la Corte del califa Harún al-Raschid y amigo personal
del visir del califa, Yafar; ambos aparecen en muchos de los cuentos de Las mil
y una noches. Después que el visir perdiera su favor y fuese ejecutado, Yabir
decidió que resultaba más sano abandonar la Corte, por lo que regresó a
al-Kufa, una ciudad a unos 160 km al sur de Bagdad, donde había nacido. Muchos
libros y tratados se atribuyen a Yabir; tantos, en realidad, que algunos de ellos
es posible que fueran escritos por otros alquimistas que pusieron el nombre del
famoso alquimista en los libros para atraer más atención hacia sus obras. En
los tiempos antiguos, esto constituía una práctica muy común.
Al parecer, Yabir fue un alquimista muy cuidadoso. Escribió las fórmulas para
producir un gran número de nuevos materiales. Además, no estaba satisfecho con
la noción de que todas las sustancias estuviesen compuestas de los cuatro
elementos de Aristóteles. Aparte de esto, se dedicó a desarrollar otras ideas
(las cuales tal vez se le habían ocurrido ya a otros alquimistas
griegos).
Yabir consideraba el hecho de que los metales y los metaloides poseían
propiedades muy diferentes. (¿Cómo podían estar ambos compuestos del mismo
elemento sólido, tierra?) Decidió que los metales debían de contener algún
principio especial, el cual, cuando se añadía a la tierra en diferentes
proporciones, producía los diversos metales individuales. Este principio, según
Yabir, debía de existir en grandes cantidades en el mercurio, porque este metal
era un líquido y, además, debía de contener poca tierra sólida.
Yabir se percató, más adelante, que algunos metaloides ardían, mientras que los
metales eran incombustibles. De nuevo razonó que debía de existir algún principio
especial, que, añadido a una sustancia, le confería la propiedad de ser capaz
de arder. Decidió que el azufre debía de contener ese principio en mayor
proporción, porque el azufre ardía con facilidad. Su principio de
inflamabilidad fue, por tanto, el azufre.
Yabir llegó a la conclusión de que todas las sustancias sólidas eran
combinaciones de «mercurio» y «azufre» (es decir, de los principios que éstos
representaban). Además, si, por ejemplo, se podía alterar la proporción de
plomo, se podría convertir éste en oro.
En el siglo ix, Bagdad produjo un segundo gran alquimista, apropiadamente
conocido como al-Razi, un nombre que después los europeos cambiaron por el de
Rhazes. Probablemente, era de descendencia persa, puesto que su nombre
significa «el hombre de Rai» (una antigua ciudad cuyas ruinas se encuentran
cerca de Teherán).
Aproximadamente a la edad de treinta años, al-Razi visitó Bagdad. Allí, según
cuenta la historia, quedó fascinado por las historias que escuchó a un
boticario acerca de medicina y enfermedades. Al-Razi decidió estudiar Medicina,
y acabó siendo jefe de los médicos del mayor hospital de Bagdad.
Al-Razi describió sus experimentos tan cuidadosamente, que los modernos
estudiosos pueden repetirlos. Describió el yeso blanco, por ejemplo, y la
manera en que podía emplearse para formar moldes que mantuviesen en su sitio
los huesos rotos. También estudió la sustancia que conocemos en la actualidad
con el nombre de antimonio.
Otro médico nacido en Persia, sin duda el más ilustre de los médicos de la Edad
Media, fue conocido como Ibn Sina. Después que sus libros fuesen traducidos al
latín, se hizo famoso entre los estudiosos europeos, con una mala pronunciación
de su nombre, que quedó en Avicena. Había nacido en Afchana, cerca de Bujará,
una ciudad al noroeste del moderno Irán y que hoy forma parte de la URSS.
Escribió más de un centenar de libros sobre Medicina (algunos de ellos muy
voluminosos) e hizo listas de centenares de medicinas y de sus usos.
Naturalmente, se convirtió en un alquimista, puesto que la mayor parte de las
drogas se obtenían por medio de procedimientos alquímicos. No obstante, fue un
alquimista fuera de lo corriente, puesto que no creía que la transmutación
fuese posible.
En esto se encontraba por delante de su tiempo. Los alquimistas seguían
persiguiendo la transmutación de los metales con creciente ansia. Cada cual
deseaba descubrir el secreto de la fácil riqueza. Persiguieron incansablemente
una misteriosa sustancia, algún polvo seco y mágico, que produciría la transformación
en «mercurio» y «azufre» y formaría oro. Los árabes llamaron a esa sustancia
mágica al-iksir, de una palabra griega que significa «seco» (lo cual,
probablemente, quiere decir que los griegos comenzaron primero la
investigación). La palabra se ha hecho de uso corriente entre nosotros como
elixir.
Los alquimistas, naturalmente, imaginaban que el maravilloso elixir que
cambiaría los metales baratos en oro también tendría otras muchas maravillosas
cualidades. Curaría, por ejemplo, la enfermedad y haría posible que los hombres
viviesen para siempre. Incluso hoy, a veces hablamos de medicinas como
«elixires» y, en fantasía literaria, hablamos de «elixir de vida», que puede
hacer inmortales a los hombres.
En siglos posteriores, los europeos, al pensar en el elixir como un material
duro y sólido, lo denominaron la «piedra filosofal».
Después de Avicena, los libros árabes sobre Alquimia no fueron otra cosa que un
puro galimatías. El poder y la cultura musulmana empezaron también a declinar,
mientras el Imperio se destruía. Pero, afortunadamente, Europa estaba empezando
a emerger de su infancia intelectual y a hacerse cargo de la antorcha de la
Ciencia.
Capítulo
3
El Declive de la Magia
Durante el período europeo más bajo, entre los años 500 y 1000 (algunas veces
se le ha denominado las «Edades oscuras»), los europeos occidentales pensaban
de los musulmanes únicamente como un pueblo diabólico con una falsa
religión.
En 1096, los caballeros de la Europa occidental se lanzaron a las Cruzadas para
recuperar Tierra Santa, que llevaba ya bajo el dominio musulmán casi 450 años.
Tomaron Jerusalén y la retuvieron durante ochenta años, pero, después de dos
siglos de continuas guerras, los cristianos fueron expulsados por completo de
Oriente Medio. Desde entonces, la mayor parte del mismo ha sido musulmán,
excepto el nuevo Estado de Israel y el parcialmente cristiano Estado del
Líbano.
Los cruzados se encontraron con que los musulmanes eran más civilizados y
eruditos de lo que habían supuesto. Regresaron con noticias acerca de nuevos
productos empleados por los árabes (tales como la seda y el azúcar) y de
avances de la Medicina y de la Alquimia que se encontraban más allá de todo lo
conocido en Europa.
Estudiosos aventureros europeos comenzaron a buscar el conocimiento musulmán en
algunos lugares como España y Sicilia, donde los árabes habían ejercido durante
mucho tiempo su dominio. Aprendieron su lengua y, con la ayuda de los
estudiosos musulmanes y judíos, empezaron a traducir los libros árabes al
latín.
El más importante de esos primitivos traductores fue un italiano, Gerardo de
Cremona (1114-1187). Viajó a Toledo, una ciudad española que había sido
recientemente conquistada a los musulmanes. Trabajando con los estudiosos del
Islam, tradujo algunos de los libros de Alquimia de Yabir y de al-Razi, y los
libros médicos de Ibn Sina. También tradujo algunas de las obras de Aristóteles
y de los grandes matemáticos griegos Euclides y Tolomeo.
Mientras esto sucedía, el renacimiento del interés por Aristóteles en Europa
Occidental fue también estimulado por los dos grandes intérpretes vivos del
filósofo griego: un estudioso musulmán, Averroes, que vivía en España, y un
estudioso judío, Maimónides, en Egipto,
El nuevamente descubierto saber árabe y los rescatados escritores griegos se
esparcieron por toda Europa. Hacia el siglo xiii, Europa Occidental había
comenzado a ponerse en cabeza como centro principal del saber, y siguió en
liderazgo hasta el siglo xx.
LOS ALQUIMISTAS EUROPEOS
Naturalmente, los estudiosos europeos adoptaron un interés inmediato por la
alquimia árabe. El primero en realizar una investigación original en este campo
fue un noble alemán, Alberto, conde de Bollstädt (1206-1280), conocido más
corrientemente como Alberto Magno. También es conocido como «Doctor Universal»
porque estudió los libros de Aristóteles y le pareció a sus estudiantes que lo
conocía todo.
Alberto Magno propuso algunas recetas para producir oro y plata. Pero lo más
importante (aunque nadie se dio cuenta de ello en aquel tiempo) fue su
descripción de un método para preparar arsénico, una sustancia grisácea con
algunas propiedades metálicas. Los minerales que contenían arsénico habían sido
conocidos por los griegos y los romanos, que los habían empleado como sustancia
colorante. No obstante, el arsénico puro era una cosa nueva. Alberto Magno fue
el primero en llamar la atención de los estudiosos europeos hacia esta
sustancia, y, tradicionalmente, se le concede el mérito de su
descubrimiento.
Alberto Magno tuvo dos discípulos particularmente famosos: Tomás de Aquino
(1225-1274), en Italia, y Roger Bacon (1214-1292), en Inglaterra. Bacon se
convirtió en un activo alquimista. Popularizó la noción de Yabir en lo
referente a los principios del «mercurio» y del «azufre». Algunos han atribuido
a Bacon la invención de la pólvora, pero, en la actualidad, se considera que el
primer europeo que fabricó pólvora fue un alquimista alemán llamado Berthold
Schwarz.
Otro de los primeros alquimistas europeos fue el español Arnau de Vilanova. Al
igual que otros muchos alquimistas, llevó a cabo un importante descubrimiento
mientras perseguía la quimera dé la transmutación. Averiguó que ciertos
vapores, al quemar carbón vegetal, eran tóxicos; lo que había descubierto
(aunque no lo supo) fue el monóxido de carbono.
También en España, hacia 1366, vivió un alquimista que escribió bajo el
seudónimo de «Geber», aparentemente para hacerse pasar por el famoso Yabir.
Hubiera sido más prudente que nos hubiese dado su auténtico nombre, puesto que
fue un auténtico descubridor cuyo nombre en la actualidad se ha perdido. Fue el
primero en describir los ácidos minerales fuertes, como el ácido sulfúrico y el
ácido nítrico.
Esos ácidos proporcionaron al alquimista nuevos instrumentos para tratar los
materiales. Pudieron disolver sustancias que no habían sido solubles con los
ácidos débiles (tales como el vinagre), conocidos ya por los antiguos. El
descubrimiento de Geber es, en la actualidad, más valioso que el oro. Los
ácidos sulfúrico y nítrico se han convertido en bases de industrias como la de
fertilizantes, explosivos, tintes y muchas más. Si todo el oro existente en el
mundo desapareciese, difícilmente nos afectaría, pero la pérdida de los ácidos fuertes
representaría una auténtica catástrofe.
En aquel tiempo, la Humanidad sólo se sentía atraída por una fórmula mágica que
permitiera obtener oro. Y hubo muchos que aseguraron haberlo conseguido. Uno de
los más famosos fue un estudioso español llamado Ramón Llull, también conocido
como Raimundo Lulio. Se supone que fabricó oro para el rey Eduardo I de
Inglaterra. Naturalmente que no hizo nada de esto; en realidad, Llull parece
haber sido uno de los alquimistas que no creían que la transmutación fuese posible.
Pero, de todos modos, la gente estaba ansiosa por creer esta fábula acerca de
su supuesta realización.
Los fraudes florecieron. Gran cantidad de monedas de «oro» (que estaban hechas
de latón o de plomo dorado) fueron escamoteadas con la pretensión de que habían
sido fabricadas mediante la alquimia. Hubo tantas falsificaciones de esta clase
que, en 1313, el Papa Juan xxii prohibió la práctica de la Alquimia por
completo, sobre la inteligente base de que esa transmutación resultaba
imposible y los alquimistas no hacían más que engañar al pueblo y lesionar la
economía.
En Inglaterra, el rey Enrique IV, y los posteriores monarcas ingleses, de forma
ocasional otorgaron algunos permisos individuales para trabajar en el problema
de la fabricación de oro, con la idea de controlar el oro por sí mismos.
Durante los dos siglos posteriores a Geber, no se realizó ningún trabajo de
auténtica importancia en la Alquimia. Casi todo fueron fraudes y galimatías.
Algunos de los, practicantes dejaron este «juego de confianza»; unos cuantos
fueron perseguidos y castigados severamente (algunos incluso ahorcados). La
misma palabra «alquimista» se convirtió en sinónimo de «falsificador».
Hubo algunos honrados, alquimistas, como es natural. Uno de ellos fue Bernardo
Trevisano, de Italia (1406-1490). Dedicó su larga vida y su fortuna a perseguir
en vano el secreto del oro.
En el siglo xvi, un nuevo espíritu comenzó a animar la filosofía natural e,
inevitablemente, ello afectó a la Alquimia. Muy notable, entre la nueva
generación de alquimistas, fue un sueco excéntrico llamado Theophrastus
Bombastus von Hohenheim (1493-1541). Su padre le enseñó medicina y él mismo
estudió minerales en las minas austriacas. Viajó por toda Europa, recogiendo
conocimientos por todas partes. Von Hohenheim se dedicó a los estudios
alquimistas para encontrar una piedra filosofal que crease medicinas para el
tratamiento de la enfermedad, más que para fabricar oro.
Uno de los más famosos escritores romanos sobre temas médicos fue Aulo Cornelio
Celso. Von Hohenheim, que rechazaba las nociones de romanos y griegos acerca de
la enfermedad, se llamó a sí mismo «Paracelso» (que se encontraba más allá de
Celso).
En 1526, como profesor de Medicina en Basilea, Suiza, Paracelso conmocionó a
los eruditos de aquel tiempo al quemar en público todos los libros de Medicina
escritos por griegos y árabes. Emprendió drásticas acciones para sacar a la
Ciencia de su marasmo. Los médicos se pusieron furiosos, pero Paracelso les
obligó a poner en tela de juicio las ideas tradicionales y pensar con una nueva
perspectiva. Consiguió curar a algunos pacientes que los otros médicos no
habían sido capaces de ayudar. Su fama aumentó. No obstante, no por ello dejó
de recurrir a algunos engaños; por ejemplo, alegó haber descubierto el secreto
de la vida eterna, aunque, como es natural, no vivió para probar su teoría...
Falleció a los cincuenta años, al parecer de una fractura de cráneo tras una
caída accidental.
Paracelso añadió un tercer principio al «mercurio» y «azufre», lo cual supuestamente
proporcionaba propiedades metálicas e inflamabilidad. ¿Pero qué cabía decir de
los metaloides que no ardían, como, por ejemplo, la sal? Decidió que un tercer
principio debería representar esta propiedad, y tomó la «sal» como su
corporización.
Paracelso fue el primero en describir el cinc. Algunos minerales que contenían
este metal habían sido empleados hacía ya tiempo para fabricar latón (una
mezcla de cobre y cinc), pero no se conocía el metal en sí, por lo que se
concede, comúnmente, la fama a Paracelso de haber sido el descubridor del
cinc.
Tabla
1
Los Elementos de los Tiempos Antiguos y Medievales
|
Elemento |
Fecha de proposición |
Propuesto por |
|
Agua |
h. 600 a. JC |
Tales |
|
Aire |
h. 550 a. JC |
Anaxímedes |
|
Fuego |
h. 550 a. JC |
Heráclito |
|
Tierra |
h. 450 a. JC |
Empédocles |
|
Éter |
h. 350 a. JC |
Aristóteles |
|
Mercurio |
h. 750 d. JC |
Yabir |
|
Azufre |
h. 750 d. JC |
Yabir |
|
Sal |
h. 1530 d. JC |
Paracelso |
Hasta el día de hoy, el nombre de Paracelso ha sido algo casi sinónimo de
alquimia. Pero actualmente no es el alquimista más famoso. Esa distinción
corresponde a un hombre que, lo cual es bastante raro, contribuyó muy poco a la
Alquimia o a la Ciencia. Fue, simplemente, un hombre, quien en su tiempo (el de
Paracelso también) consiguió una gran reputación popular como mago. La leyenda
dice que estableció un pacto con el diablo. El nombre del alquimista,
inmortalizado por Goethe, fue el de Johann Faust.
A fines del siglo xvi, la Alquimia comenzaba a realizar su transición hacia una
verdadera ciencia. En 1597, un alquimista alemán llamado Andreas Libau,
generalmente conocido con la versión latinizada de su apellido, Libavius,
preparó el terreno para ella al recopilar todo el conocimiento que los
alquimistas habían allegado. Su libro, Alquimia, puede ser considerado el
primer buen libro de texto sobre el tema. Libavius realizó una importante
contribución personal: fue el primero en describir métodos para preparar el
ácido clorhídrico. Permítasenos que resumamos, ahora las respuestas que los
hombres hasta aquel tiempo habían dado a la pregunta de Tales. ¿De qué está
hecho el Universo? Se hallan relacionadas en la tabla 1.
¡Vaya un resultado para dos mil quinientos años de pensamiento! Las nociones
del hombre acerca de la naturaleza de la materia estaban muy verdes. Nadie
había aislado un solo elemento o hallado ninguna forma racional de combinar los
elementos para formar compuestos.
Pero una revolución se había puesto en marcha. El siglo xvii llegó como un
estallido, sacudiendo las antiguas ideas y aclarando el aire para un nuevo
inicio de la Ciencia.
Capítulo
4
Un Nuevo Principio
La revolución había empezado en 1543, dos años después de la muerte de
Paracelso. En aquella fecha, el astrónomo polaco Nicolás Copérnico publicó su
desconcertante teoría de que el Sol y no la Tierra, constituía el centro del
Universo. A los estudiosos del tiempo, les llevó más de medio siglo
reconciliarse a sí mismos con este profundo cambio en el punto de vista de las
cosas. Al final, el abandono de las antiguas ideas en Astronomía también llevó
a una nueva actitud hacia la Ciencia en general.
Francis Bacon (1561-1625) fue uno de los primeros en dar una expresión formal a
la nueva forma de pensar. En 1605, publicó un libro denominado Avances en el
conocimiento. Este tratado alejó el misticismo que oscurecía la Ciencia. Luego,
en 1620, presentó un nuevo método de razonamiento en un libro titulado Novum
Organum (el título fue tomado del Organon , de
Aristóteles, un tratado acerca del razonamiento deductivo).
Bacon señaló que la deducción, el método de razonamiento partiendo de unas
presuntas verdades, era insuficiente para conocer la naturaleza del Universo
físico. Había tenido éxito en Matemáticas, pero la «filosofía natural»
(Ciencia) necesitaba una aproximación diferente. Había que estudiar la misma
Naturaleza: observar, coleccionar hechos, ponerlos luego en orden y emitir
teorías o leyes basadas en los hechos.
Pero Bacon no aplicó sobre sí mismo su método «inductivo» para la investigación
del mundo físico. Fue su gran contemporáneo, Galileo Galilei (1564-1642), quien
puso en práctica el método.
LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA
Galileo es, quizá, la primera persona, de las que he mencionado hasta ahora en
este libro, que puede ser llamado un auténtico científico. Cuando era joven
aún, comenzó a actuar extrañamente (para aquellos, tiempos). Por ejemplo, a los
diecisiete años, se percató de que un candelabro oscilante de la catedral de
Pisa, parecía emplear el mismo tiempo para completar su movimiento de balanceo,
ya fuese teste amplio o más reducido. Galileo se dirigió en seguida a su casa y
realizó algunos experimentos. Fabricó péndulos de diferentes tipos y comprobó
el tiempo de sus oscilaciones mientras el pulso le latía con fuerza. Ya
bastante seguro, su conjetura demostró ser correcta: un péndulo que cuelgue de
una cuerda de una longitud determinada, siempre oscila en la misma medida, con
independencia de su peso o de la longitud de la cuerda.
En aquella época, a la mayoría de los filósofos esa clase de conducta les
parecía algo pueril. El medir, el probar, el jugar con cuerdas y bolitas, todo
ello era impropio de un auténtico pensador. Pero, en cuanto Galileo continuó
con sus experimentos, investigando un fenómeno tras otro con los más exactos
métodos que pudo prever, impresionó a sus contemporáneos cada vez más. Al hacer
caer bolas sobre superficies inclinadas, rebatió la noción de Aristóteles de
que objetos de diferentes pesos caerían a distintas velocidades. Galileo siguió
con la construcción de un telescopio y realizó observaciones que dejaron
completamente trastornada la, en aquel tiempo, honrada descripción de los
cielos por parte de los griegos. Observó estrellas que resultaban invisibles a
simple vista; divisó montañas en la Luna y manchas en el Sol y descubrió que el
planeta Júpiter poseía cuatro pequeñas lunas.
Galileo no había sido el primer hombre en la Historia en observar, medir y
experimentar. Pero fue el primero en elevar este método a un sistema y
popularizarlo. Escribió libros y artículos acerca de sus descubrimientos (en
italiano en vez de en latín), que fueron tan interesantes y claros que los
estudiosos de Europa empezaron a ser ganados por el nuevo sistema. Por esta
razón, muchas personas sintieron que lo que realmente llamamos «ciencia» había
comenzado con Galileo. (Digamos que la palabra «ciencia» no comenzó a emplearse
hasta bien avanzado el siglo xix; hasta aquel tiempo, los científicos se denominaban
a sí mismos «filósofos naturalistas». Incluso hoy, los estudiantes que realizan
trabajos en ciencias consiguen el grado de «Doctor en Filosofía».)
La revolución científica que Galileo había iniciado, afectó a todas las
ciencias, incluyendo la Alquimia.
En 1604, un alemán llamado Thölde publicó un libro titulado El carro triunfal
del antimonio, que anunciaba el descubrimiento de dos nuevas sustancias: el
antimonio y el bismuto.
El antimonio se conocía ya desde hacía miles de años, pero no como elemento.
Los minerales que contenían antimonio habían sido empleados en los tiempos
bíblicos como «sombra de ojos»; Jezabel se suponía que se lo aplicaba cuando se
«pintaba la cara». Los alquimistas griegos tal vez incluso sabían cómo preparar
antimonio puro, y los arqueólogos han encontrado que los antiguos babilonios
empleaban utensilios hechos de antimonio.
Thölde afirmó que el libro que publicaba había sido, originariamente, escrito
por un monje del siglo xv llamado Basilio Valentín. Pero era tan avanzado que
existen serias dudas de que hubiese sido escrito en una época tan temprana, e
incluso se ha llegado a dudar de que existiese una persona como Valentín.
El propio Thölde debió de ser el autor. La nueva aproximación científica a los
temas en estudio resultó ejemplificada por Jan Baptista van Helmont
(1577-1644), un alquimista flamenco nacido cerca de Bruselas. Estaba
especialmente interesado en los vapores. Estudió los vapores que se formaban al
arder carbón vegetal y las burbujas de vapor en el jugo fermentado de las
frutas. Dado que los vapores constituían una clase de materia sin forma, en un
estado al que los griegos denominaban «caos», Van Helmont adoptó este nombre
para el vapor y, pronunciándolo a la flamenca, le llamó gas.
El único gas conocido hasta aquel tiempo era el aire. Pero Van Helmont
descubrió que el gas producido al quemar carbón vegetal tenía propiedades que
no eran las mismas del aire ordinario. Por ejemplo, una vela no podía arder en
este gas. Lo llamó «aire silvestre». Nosotros lo conocemos hoy como monóxido de
carbono.
Luego, apareció un alquimista alemán llamado Johann Rodolf Glauber que también
llevó a cabo cuidadosas observaciones. Su descubrimiento más famoso fue la «sal
de Glauber», que conocemos en la actualidad como sulfato de sodio. Glauber
conservaba en él algo de Paracelso. Decidió que su nueva sal constituía una
cura casi para todo, y la llamó sal mirabile (sal maravillosa).
ABAJO CON LOS ANTIGUOS ELEMENTOS
El primer hombre en plantearse la antigua pregunta de Tales, en el nuevo
espíritu de la Ciencia, fue un inglés llamado Robert Boyle.
Boyle (1627-1691) nació en la ciudad de Lismore, en el sur de Irlanda. Era el
decimocuarto hijo del conde de Cork. Visitó Italia en 1641, exactamente un año
antes de la muerte de Galileo. Por tanto, conoció a aquel gran hombre en pleno
trabajo, y regresó a Inglaterra con un profundo interés por la ciencia
galineana.
Al igual que Van Helmont, se llegó a interesar en especial por la conducta de
los gases y realizó numerosos experimentos. Sus estudios mejor conocidos son
aquellos que realizó con aire en un recipiente cerrado bajo diversas cantidades
de presión. Descubrió que el volumen de airease reducía en proporción directa
al incremento en la presión sobre el mismo. Este simple aunque importante
descubrimiento se ha convertido en la famosa «ley de Boyle».
En 1645, Boyle, junto con un grupo de amigos que se hallaban interesados en la
nueva ciencia, formó un club llamado el «Philosophical College». El club pronto
entró en decadencia, a causa de la rebelión popular contra la Corona y la
conducta del rey Carlos i. Boyle y sus amigos eran aristócratas, y pensaron que
sería más prudente que no les vieran durante algún tiempo. Poco después, el
pueblo restauró a Carlos ii en el trono, en 1660, y el club salió otra vez a la
luz pública. Fue ahora, bajo la protección del rey, cuando se le bautizó de
nuevo como «Royal Society». La Sociedad ha servido desde entonces como foro
para los científicos europeos.
En 1661, Boyle recogió sus descubrimientos y teorías en un libro titulado El
químico escéptico. Boyle se llamó a sí mismo «químico» (de la original voz
griega chemia), porque «alquimista» había ido adquiriendo una mala reputación.
Poco después, la Alquimia se convirtió en «Química» (por un leve cambio en la
forma de pronunciarlo Boyle).
Boyle se describió a sí mismo como un químico «escéptico», porque puso en tela
de juicio las antiguas nociones griegas de los elementos. Tuvo la sensación de
que debía realizarse un arranque totalmente nuevo en la búsqueda de los
elementos.
Había que empezar por definir con claridad qué era un elemento. Los elementos
deberían definirse como las sustancias básicas de las que estaba constituida
toda la materia. Eso significaba que un elemento no podría ser descompuesto en
unas sustancias más simples. Además, una forma de averiguar si un elemento
sospechoso era realmente un elemento, radicaba en tratar de romperlo. Otro
método de investigación fue el combinar sustancias en compuestos y luego
descomponerlo de nuevo en elementos. En resumen, la mejor forma de identificar
los elementos era a través de la experimentación de los mismos.
¿Y cómo quedaban los antiguos «elementos» de acuerdo con esta nueva forma de
ver las cosas? Empecemos con el «fuego» y la «tierra». El fuego no era, en
absoluto, una sustancia, sino sólo el brillo de una materia calentada. En lo
referente a la tierra, podía mostrarse que la tierra estaba formada de muchas
sustancias más simples. Así, pues, ninguna de las dos cosas era un elemento,
según la definición de Boyle.
El agua y el aire eran problemas más espinosos. En la época en que se escribió
el libro de Boyle, esas dos sustancias no podían descomponerse en otra más
simple, por lo que deberían ser elementos. Pero, en 1671, Boyle llevó a cabo un
experimento que, con el tiempo, constituiría una prueba de que no se trataba de
elementos, aunque en aquel momento no podía saberlo. Trató hierro con ácido y
produjo unas cuantas burbujas de gas. Pensó que el gas era únicamente aire
corriente. Pero otros químicos, descubrieron más tarde que este gas ferroso
quemaba e incluso explotaba. Y más de cien años después, descubrió que, al
arder, el gas se combinaba con parte del aire para formar agua. Esto mostraba
que el agua era un compuesto, no un elemento. A continuación, otros
experimentos llegarían a mostrar que el agua podía descomponerse en dos gases,
que podían recombinarse para formar agua. Y el hecho de que el gas explosivo
combinaba con sólo una parte de aire, también probaba que el aire era una
mezcla de sustancias.
Así que ninguno de los cuatro antiguos «elementos» griegos era, a fin de
cuentas, un elemento.
ARRIBA CON LOS NUEVOS...
Por otra parte, algunas de las sustancias que los griegos conocían, pero a las
que no llamaban elementos, llegaría el momento en que se convirtieran en
elementos. Uno de ellos fue el oro. Los alquimistas habían estado intentando lo
imposible: todo su duro trabajo no podría formar oro de otras sustancias,
porque él mismo era un elemento simple. Sólo la Alquimia moderna de los físicos
nucleares ha tenido éxito al transformar un elemento en otro.
Junto con el oro, los antiguos conocían otros seis metales que, al final,
demostraron ser auténticos elementos: plata, cobre, hierro, estaño, plomo y
mercurio. Además, conocían otros dos metaloides que, más tarde, fueron
identificados como elementos, azufre y carbono.
Para resumir, en la tabla 2 exponemos la lista de las nueve sustancias
conocidas por los antiguos, que ahora podían ser consideradas elementos según
la definición de Boyle. No contamos con una información fidedigna de cuándo o
por quién fueron descubiertos.
¿Y qué podemos decir de los elementos de los alquimistas? Pues bien, Yabir
acuñó los nombres de dos: «mercurio» y «azufre». Pero los «principios» del
mercurio y del azufre que concibió (y a partir de los cuales creía poder
fabricar oro y cristal mezclándolos en las adecuadas proporciones) no
constituían unos elementos. Las propiedades de los elementos químicos mercurio
y azufre son diferentes de los principios alquímicos de Yabir, Y en cuanto a la
«sal», el principio de Paracelso, todo colegial actual sabe que es un compuesto
de sodio y de cloro.
De todos modos, en su búsqueda de una forma para fabricar oro, los alquimistas
descubrieron varios auténticos elementos. Presentamos una relación de ellos en
la tabla 3, junto con los nombres de sus supuestos descubridores y las fechas
aproximadas.
En conjunto, pues, hacia la época de Boyle trece sustancias, que llegarían a
convertirse en elementos, habían sido ya descubiertas.
Capítulo
5
La Era del Flogisto
Aunque las trece sustancias relacionadas en el capítulo anterior son hoy
conocidas como elementos, eso no significa que fuesen consideradas
necesariamente como elementos en la época de Boyle. El químico de 1661 sólo
podía, realmente, estar seguro de que el oro, por ejemplo, no podía dividirse
en sustancias simples.
El mismo Boyle no creía que el oro fuese un elemento. Tal vez otro metal, como
el plomo, pudiese ser dividido en sustancias con las que volverse a combinar
para formar oro. En otras palabras, el plomo y el oro podían estar compuestos
de otros elementos aún más simples. Incluso Boyle persuadió a Carlos ii para
que volviese a hacer uso de la antigua ley de Enrique iv que prohibía la
fabricación de oro, porque creía que aquella ley se encontraba en el camino del
progreso científico.
Durante más de cien años después de Boyle, la tentativa de fabricar oro por
transmutación continuaba sin disminuir. En parte, esto ocurría porque la
realeza de aquel tiempo continuaba en extremo interesada en semejantes
proyectos. El Gobierno se había hecho mucho más caro que en la Edad Media, pero
el sistema de impuestos continuaba siendo medieval.
Aunque los pobres campesinos se encontraban agobiados por el índice de
tributos, la recaudación era tan ineficaz y los Gobiernos tan corruptos, que
los reyes de los siglos xvii y xviii andaban siempre muy escasos de dinero. Se
veían constantemente tentados de creer a cualquier alquimista que jurase que el
oro podía fabricarse a partir del hierro. Así, Cristian iv, rey de Dinamarca
desde 1588 a 1648, acuñó moneda con «oro» preparado por él y un alquimista. Lo
mismo hizo Fernando iii, el emperador del Sacro Imperio Romano, de 1637 a
1657.
A veces los falsificadores llegaban demasiado lejos. Uno de ellos fue atrapado
y colgado en 1686 por un margrave alemán. Otro alquimista fue ahorcado en 1709
por el rey de Prusia Federico i. Tanto el margrave como el rey habían sido
seducidos por su ansia de oro.
Tal vez el más famoso falso alquimista de todos los tiempos fue un siciliano
llamado Giuseppe Balsamo (1743-1795). En su juventud trabajó como ayudante de
un boticario y recogió ligeros conocimientos de química y medicina. También
tenía un pico de oro, un gran talento para el engaño y ninguna clase de moral.
Forjó engaños de todas clases, alegando, por ejemplo, que su vida había durado
ya miles de años, que podía fabricar oro y que poseía elixires secretos que
conferían una gran belleza y una larga vida.
Bajo el nombre de conde Alejandro de Cagliostro, operó con notable éxito en la
Francia de Luis xvi. Fundó sociedades secretas, fabricó oro falso y defraudó a
la crédula gente de toda condición. Finalmente, cometió el error de verse
envuelto en el robo de un collar valioso a un joyero, con la pretensión de que
era para la reina María Antonieta. Esto le hizo dar con sus huesos, en 1785, en
una cárcel francesa.
El «asunto del collar de la reina» representa una publicidad muy nefasta para
María Antonieta, a la que muchos supusieron implicada en aquellos engañosos
negocios (aunque, en realidad, no era así). Esto ayudó al comienzo de la
Revolución francesa, en 1789. Cagliostro había conseguido salir de la cárcel
para entonces. Pero su suerte había acabado. Fue encarcelado, en Roma, por los
manejos de una sociedad secreta y esta vez se le condenó a cadena
perpetua.
Cagliostro es un relevante personaje en varias de las novelas históricas de
Alejandro Dumas, el cual, desgraciadamente, lo trata con demasiada
simpatía.
Incluso los científicos más destacados continuaron la persecución de la investigación
del oro. El caso más desconcertante es el de Isaac Newton (1642-1727),
probablemente el científico más ilustre que haya existido nunca. Newton dedicó
una gran cantidad de tiempo a la búsqueda alquímica del secreto de la
fabricación de oro, aunque no con más éxito que las mentes menos preclaras a la
suya que lo habían probado.
La persistente fe en la Alquimia dio nacimiento a otras curiosas ideas, que se
hicieron populares. Una fue una nueva teoría acerca de la combustión. Hacia
1700, un médico alemán llamado George Ernst Stahl, siguiendo su pista de la
idea yabiriana del «principio» quemador (azufre), dio un nuevo nombre a este
principio: «flogisto», de una voz griega que significaba «inflamable». Según
Stahl, cuando una sustancia ardía, el flogisto la abandonaba y escapaba al
aire. La ceniza que quedaba ya no podía arder más porque estaba por completo
liberada de flogisto.
Stahl concibió otra idea que era más ingeniosa de lo que él suponía. Afirmó que
la oxidación de los metales constituía un proceso muy parecido al de la quema
de la madera. (Esto es verdad: en ambos casos, constituye el proceso de
oxidación.) Stahl teorizó que, cuando un metal se calentaba, el flogisto
escapaba de él y dejaba un «residuo» (al que nosotros llamaremos óxido).
Su teoría pareció explicar los hechos de la combustión, con tanta claridad, que
fue algo aceptado por la mayoría de los químicos. Casi la única seria objeción
radicaba en que el residuo de un metal oxidado era más pesado que el metal
original. ¿Cómo podía el metal perder algo (flogisto) y acabar siendo más
pesado? Pero la mayoría de los químicos del siglo xviii no se preocuparon por
esto. Algunos sugirieron que tal vez el flogisto poseía un «peso negativo», por
lo que una sustancia perdía peso cuando se le añadía flogisto y ganaba peso
cuando el flogisto la abandonaba.
NUEVOS METALES
A pesar de todas estas trampas, la «era del flogisto» produjo algunos muy
importantes descubrimientos. Un alquimista de aquel tiempo descubrió un nuevo
elemento: el primer (y último) alquimista que, de una forma definida,
identificó un elemento y explicó exactamente cuándo y cómo lo había
encontrado.
El hombre fue un alemán llamado Hennig Brand. Algunas veces se le ha llamado el
«último de los alquimistas», pero en realidad hubo muchos alquimistas después
de él. Brand, al buscar la piedra filosofal para fabricar oro, de alguna forma
se le ocurrió la extraña idea de que debía buscarla en la orina humana. Recogió
cierta cantidad de orina y la dejó reposar durante dos semanas. Luego la calentó
hasta el punto de ebullición y quitó el agua, reduciéndolo todo a un residuo
sólido. Mezcló un poco de este sólido con arena, calentó la combinación
fuertemente y recogió el vapor que salió de allí. Cuando el vapor se enfrió,
formó un sólido blanco y cerúleo. Y, asómbrense, aquella sustancia brillaba en
la oscuridad.
Lo que Brand había aislado era el fósforo, llamado así según una voz griega que
significa «portador de luz». Relumbra a causa de que se combina,
espontáneamente, con el aire en una combustión muy lenta. Brand no comprendió
sus propiedades, naturalmente, pero el aislamiento de un elemento (en 1669)
resultó un descubrimiento espectacular y causó sensación. Otros se apresuraron
a preparar aquella sustancia reluciente. El propio Boyle preparó un poco de
fósforo sin conocer el precedente trabajo de Brand.
El siguiente elemento no fue descubierto hasta casi setenta años después.
Los mineros del cobre en Alemania, de vez en cuando encontraban cierto mineral
azul que no contenía cobre, como les ocurría, por lo general, a la mena azul
del cobre. Los mineros descubrieron que este mineral en particular les hacía
enfermar a veces (pues contenía arsénico, según los químicos descubrieron más
tarde). Los mineros, por tanto, le llamaron «cobalto», según el nombre de un
malévolo espíritu de la tierra de las leyendas alemanas. Los fabricantes de
cristal encontraron un empleo para aquel mineral: confería al cristal un
hermoso color azul y una industria bastante importante creció con aquel cristal
azul.
En la década de 1730, un médico sueco llamado Jorge Brandt empezó a interesarse
por la química del mineral. Lo calentó con carbón vegetal, de la forma
corriente que se utilizaba para extraer un metal de un mineral, y, finalmente,
lo redujo a un metal que se comportaba como el hierro. Era atraído por un imán:
la primera sustancia diferente al hierro que se había encontrado que poseyera
esta propiedad. Quedaba claro que no se trataba de hierro, puesto que no
formaba una oxidación de tono pardo rojizo, como lo hacía el hierro. Brandt
decidió que debía de tratarse de un nuevo metal, que no se parecía a ninguno de
los ya conocidos. Lo llamó cobalto y ha sido denominado así a partir de
entonces.
Por tanto, Brand había descubierto el fósforo y Brandt encontrado el cobalto
(el parecido de los apellidos de los dos primeros descubridores de elementos es
una pura coincidencia).
A diferencia de Brand, Brandt no era alquimista. En realidad, ayudó a destruir
la Alquimia al disolver el oro con ácidos fuertes y luego recuperando el oro de
la solución. Esto explicaba algunos de los trucos que los falsos alquimistas
habían empleado.
Fue un discípulo de Brandt el que realizó el siguiente descubrimiento. Axel
Fredrik Cronstedt se hizo químico y también fue el primer mineralógolo moderno,
puesto que fue el primero en clasificar minerales de acuerdo con los elementos
que contenían. En 1751, Cronstedt examinó un mineral verde al que los mineros
llamaban kupfernickel («el diablo del cobre»). Calentó los residuos de este
mineral junto con carbón vegetal, y también él consiguió un metal que era
atraído por un imán, al igual que el hierro y el cobalto. Pero mientras el
hierro formaba compuestos, pardos y el cobalto azules, este metal producía
compuestos que eran verdes. Cronstedt decidió que se trataba de un nuevo metal
y lo llamó níquel, para abreviar lo de kupfernickel.
Se produjeron algunas discusiones respecto de si el níquel y el cobalto eran
elementos, o únicamente compuestos de hierro y arsénico. Pero este asunto quedó
zanjado, en 1780, también por otro químico sueco, Torbern Olof Bergman. Preparó
níquel en una forma más pura que lo que había hecho Cronstedt, y adujo un buen
argumento para mostrar que el níquel y el cobalto no contenían arsénico y que
eran, por lo contrario, unos nuevos elementos.
Bergman constituyó una palanca poderosa en la nueva química y varios de sus
alumnos continuaron el descubrimiento de nuevos elementos.
Uno de éstos fue Johan Gottlieb Gahn, que trabajó como minero en su juventud y
que siguió interesado por los minerales durante toda su vida. Los, químicos
habían estado trabajando con un mineral llamado «manganeso», que convertía en
violeta al cristal. («Manganeso» era una mala pronunciación de «magnesio», otro
mineral con el que lo habían confundido algunos alquimistas.) Los químicos
estaban seguros que el mineral violeta debía contener un nuevo metal, pero no
fueron capaces de separarlo calentando el mineral con carbón vegetal.
Finalmente, Gahn encontró el truco, pulverizando el mineral con carbón de leña
y calentándolo con aceite. Como es natural, este metal fue llamado
manganeso.
Otros discípulo de Bergman, Pedro Jacobo Hjelm, realizó mucho mejor este mismo
truco con una mena a la que llamaron «molibdena». Este nombre deriva de una voz
griega que significa «plomo», porque los primeros químicos confundieron este
material con mena de plomo. Hjelm extrajo del mismo un metal blanco argentado,
el cual, ciertamente, no era plomo. Este nuevo metal recibió el nombre de
«molibdeno».
El tercero de los discípulos de Bergman descubridores de elementos no fue
sueco. Se trataba del español don Fausto de Elhúyar. Junto con su hermano
mayor, José, estudió una mena pesada llamada «tungsteno» (palabra sueca que
significa «piedra pesada»), o «volframio». Calentando la mena con carbón
vegetal, los hermanos, en 1783, aislaron un nuevo elemento al que, en la
actualidad, según los países, se denomina tungsteno o volframio.
Bergman tuvo todavía una conexión indirecta con otro nuevo metal. En 1782, un
mineralógolo austriaco, Franz Josef Müller, separó de una mena de oro un nuevo
metal que tenía algún parecido con el antimonio. Envió una muestra a Bergman,
como hacían los más importantes mineralógolos de su época. Bergman le aseguró
que no era antimonio. En su momento, el nuevo metal recibió el nombre de
telurio, de una voz latina que significaba «tierra».
Mientras todos estos elementos habían sido descubiertos en Europa, también iba
a ser descubierto uno en el Nuevo Mundo. En 1748, un oficial de Marina español
llamado Antonio de Ulloa, cuando viajaba de Colombia a Perú en una expedición
científica, encontró unas minas que producían unas pepitas de un metal
blanquecino. Se parecía algo a la plata, pero era mucho más pesado. El parecido
con la plata (y tomando como base esta palabra española) hizo que se diese a
este nuevo metal el nombre de platino.
Al regresar a España, Ulloa se convirtió en un destacado científico y fundó el
primer laboratorio en España dedicado a la Mineralogía. También se hallaba
interesado por la Historia Natural y por la Medicina. Además, acudió a Nueva
Orleáns como representante del rey español, Carlos iii, cuando España adquirió
la Luisiana, que antes pertenecía a Francia, tras la Guerra India, en Estados
Unidos.
Incluso los antiguos metales conocidos por los alquimistas tuvieron una nueva
trayectoria en aquellos primeros tiempos de la Química moderna. En 1746, un
químico alemán, Andreas Sigismund Marggraff, preparó cinc puro y describió
cuidadosamente sus propiedades por primera vez; por tanto, se le ha atribuido
el descubrimiento de este metal.
Probablemente, Marggraff es más conocido, sin embargo, por encontrar azúcar en
la remolacha. Con un microscopio detectó pequeños cristales de azúcar en aquel
vegetal, y, al mismo tiempo, proporcionó al mundo una nueva fuente de azúcar.
Marggraff fue el primero en emplear el microscopio en la investigación
química.
Lo que Marggraff había hecho con el cinc, lo realizó un químico francés,
Claude-Francois Geoffrey, con el antiguo metal del bismuto. En 1753, aisló el
metal y describió cuidadosamente su comportamiento, por lo que, algunas veces,
se le ha atribuido el descubrimiento de este elemento.
LOS NUEVOS GASES
Sin embargo, los metales no constituyeron el interés principal del fructífero
siglo XVIII. La mayor excitación de aquel tiempo radicaba en el descubrimiento
de nuevos gases. Ya hemos mencionado el descubrimiento previo por Boyle de un
gas inflamable, mediante el tratamiento del hierro con ácido. El hombre que
llegaría a aislar ese gas (hidrógeno) fue el pintoresco químico inglés. Henry
Cavendish (1731-1810).
Cavendish fue uno de los tipos más raros en la historia de la Ciencia. Era un
excéntrico que casi llegaba a la locura. Su único interés en la vida era la
Ciencia. Vivía solo, no podía soportar el hablar a más de una persona a la vez,
e incluso ni esto lo soportaba demasiado. Nunca se casó ni llegó a mirar a una
mujer. Cuando alguna de sus criadas llegaba a insinuarse, era despedida en el
acto. Se construyó una escalera privada en su casa para no encontrarse con
nadie, por casualidad, mientras iba o venía. Incluso insistió en morir a
solas.
Como pariente del duque de Devonshire, Cavendish heredó una gran fortuna, la
cual dedicó, prácticamente toda, a sus investigaciones científicas, y luego
continuó viviendo de manera miserable cuando se quedó sin nada.
Cavendish fue uno de los experimentadores más inteligentes de todos los
tiempos. Es especialmente célebre por haber llevado a cabo una delicada
medición de la tracción de la gravedad con pequeñas bolas de plomo, que le
permitieron calcular la masa de nuestro planeta. Fue también el primer hombre
en «pesar la Tierra».
En 1776, Cavendish obtuvo un gas, lo mismo que Boyle, por la acción del ácido
clorhídrico sobre el hierro, y también al tratar otros diversos minerales con
ácidos. En cada caso, el gas era extremadamente ligero, mucho más que el mismo
aire, y ardía con rapidez con una delgada llama azul. Cavendish estaba seguro
de que todos los ejemplos eran del mismo gas. Dado que el gas ardía con tanta
facilidad y era tan ligero, Cavendish creía que había aislado al mismo
flogisto.
Mientras tanto, la composición del aire estaba siendo objeto de un muy próximo
escrutinio. Uno de los primeros en probar que contenía una mezcla de gases fue
un químico escocés, Joseph Black. Observó que una vela que ardía dentro de un
recipiente cerrado, al cabo de un tiempo se apagaba. Había agotado algún
componente del aire que favorecía la combustión, pero aún quedaba aire en el
recipiente. ¿De qué estaba formado el aire que quedaba? ¿Dióxido de carbono? No
del todo, puesto que cuando Black extrajo el dióxido de carbono, al hacer pasar
aire a través de un producto químico que absorbía dicho gas, todavía quedaba
una cantidad considerable de aire.
Black sugirió a uno de sus discípulos, Daniel Rutherford (quien, digamos de
pasada, era tío de Sir Walter Scott), que investigase aquel asunto. Rutherford
realizó varios experimentos. Vio que si se introducía un ratón dentro de una
cámara cerrada, pronto se moría, aparentemente tras haber gastado algún
componente gaseoso vital. Los ratones no podían sobrevivir en el aire restante,
aunque se hubiese extraído de él el dióxido de carbono.
¿Qué era aquel resto de aire, que mataba a los ratones y apagaba las velas?
Rutherford trató de explicarlo mediante la teoría del flogisto. Creía que el
aire en el que algo ardía o un ratón respiraba, se llenaba de flogisto. Cuando
el aire se encontraba completamente «flogistizado» (tenía todo el flogisto que
podía contener), nada ardía o vivía en él.
El «aire flogistizado» que Rutherford preparó era, naturalmente, nitrógeno (con
trazas de los gases más raros del aire). Por tanto, puede ser considerado el
descubridor del nitrógeno, aunque no supo de qué gas se trataba.
Un descubrimiento aún más excitante fue el realizado por un ministro inglés
unitario, llamado Joseph Priestley (1733-1804). Priestley llegó a interesarse
por la Ciencia después de conocer a un científico norteamericano y hombre de
Estado, Benjamín Franklin, en 1766.
La iglesia de Priestley se encontraba cerca de una fábrica de cerveza. Este
establecimiento le dio una oportunidad de estudiar gases, puesto que la
fermentación de la malta producía burbujas de gas en enormes cantidades. En
primer lugar, probó el gas para ver si podría permitir la combustión. Descubrió
que no era así; quemó a fuego lento astillas de madera. El gas demostró ser
dióxido de carbono. Priestley lo disolvió en agua y comprobó que formaba un
agua burbujeante que resultaba acida y agradable de beber. En otras palabras,
debemos dar las gracias a Priestley por la invención del «agua de soda» o «de
Seltz».
Su mayor descubrimiento derivó de algunos experimentos con mercurio. Priestley
comenzó por calentar mercurio con la luz solar concentrada a través de una gran
lupa. El calor determinaba que la brillante superficie del mercurio quedase
revestida de una capa de polvo rojizo. Quitó el polvo y lo calentó en un tubo
de ensayo. El polvo se evaporó en dos gases diferentes. Uno de esos vapores se
condensó luego en gotitas de mercurio; era, simplemente, el mercurio original
separado del gas que se había convertido en un polvo rojo. ¿Qué era, pues, el
otro gas que había salido de aquel polvo? Priestley recogió dicho gas en una
jarra e hizo pruebas con unos trozos de madera calentados a fuego lento. El gas
hizo arder aquellos ennegrecidos trozos de madera con una viva llama... Además,
una vela encendida ardía brillantemente en él. Y los ratones colocados en aquel
gas se volvían muy activos. Priestley inhaló un poco de este gas y declaró que
le hacía sentirse muy «ligero y cómodo».
Tras pensar en todo esto en los términos de la teoría del flogisto, Priestley
decidió que el gas era «aire desflogistizado», es decir, aire al que se le
hubiese quitado el flogisto. Naturalmente, aquel gas no era otra cosa que
oxígeno puro.
Por desgracia, los estudios de Priestley fueron interrumpidos por la Revolución
Francesa de 1789. Era abiertamente simpatizante de la Revolución, y esto
constituía una actitud impopular en Inglaterra, que pronto entraría en guerra
con el Gobierno revolucionario francés. En 1791, una turba de encolerizados
ingleses quemó hasta los cimientos la casa de Priestley, en Birmingham.
Consiguió escapar a Londres y, más tarde, a Estados Unidos, donde había sido
invitado por su antiguo amigo, Franklin. Priestley vivió en Pennsylvania los
diez años restantes de su vida.
Priestley, Rutherford y Cavendish, por así decirlo, dejaron flotando el asunto
de la composición del aire. Como partidarios de la teoría del flogisto, dejaron
abierta la posibilidad de que el aire fuese una sustancia simple, que cambiaba
sus propiedades sólo cuando era «flogistizado» o «desflogistizado».
Reservaremos para el capítulo próximo los descubrimientos de los gases que
forman el aire.
UN QUÍMICO MUY POCO AFORTUNADO
Hasta ahora, los gases que hemos mencionado eran todos incoloros e insípidos,
con apariencia, pues, de aire. En 1774, no obstante, fue descubierto un gas
coloreado con un olor sofocante. El hombre que lo encontró fue un químico sueco
llamado Karl Wilhelm Scheele (1742-1786). Al igual que Cavendish, dedicó toda
su vida a la Ciencia y no se casó nunca.
Scheele descendía de alemanes, pero vivió en Suecia durante toda su vida.
Séptimo miembro de una familia de once hijos, era mancebo de botica a la edad
de catorce años. En aquellos días, los farmacéuticos preparaban sus propios
medicamentos y minerales, y a menudo se convertían en fervientes investigadores
en Química.
Scheele se convirtió en el más prolífico descubridor de nuevas sustancias en la
historia de la Química. Descubrió varios ácidos débiles en el mundo de las
plantas (como, por ejemplo, el ácido tartárico, el gálico, el málico, el
cítrico y el oxálico) y un gran número de nuevos gases, como el sulfuro de
hidrógeno, el fluoruro de hidrógeno y el cianuro de hidrógeno. Esos gases daba
la casualidad que eran muy tóxicos, pero Scheele evitó morir intoxicado,
aunque, inocentemente, inhaló cianuro de hidrógeno, por ejemplo, para enterarse
de su olor. Scheele fue también el primero en demostrar que los huesos
contenían fósforo. Entre sus otros descubrimientos se encontraba el compuesto
arseniuro de cobre, el cual es aún conocido hoy día como «verde de
Scheele».
No obstante, cuando se trató de los elementos químicos, Scheele fue,
probablemente, el químico con más mala suerte de todos los tiempos. Una y otra
vez, perdió el derecho a un descubrimiento por el espesor de un cabello.
Por ejemplo, preparó oxígeno (en 1771) tres años antes que Priestley, y estudió
el nitrógeno antes que Rutherford. Llamó al oxígeno «aire de fuego», porque las
cosas ardían tan de prisa, y llamó al nitrógeno «aire viciado», porque parecía
tan consumido que no permitiría la combustión. Scheele escribió una descripción
de sus experimentos y envió el manuscrito a un editor, pero éste retrasó el
echarle un vistazo durante años. Para cuando apareció impreso, Rutherford y
Priestley ya habían informado de sus experimentos y fueron ellos los que
recibieron la fama por sus descubrimientos.
Scheele también llevó a cabo experimentos que mostraban la presencia de
manganeso, tungsteno y molibdeno en minerales. No obstante, en cada caso
alguien más había aislado el metal y conseguido que se le atribuyera el
descubrimiento. Gahn (el descubridor del manganeso) y Hjelm (el descubridor del
molibdeno) fueron muy amigos de Scheele. Los hermanos Elhúyar habían visitado a
Scheele antes de encontrar el tungsteno. Pero todo lo que Scheele consiguió de
sus fructíferos estudios de minerales fue el que diesen en su honor su nombre a
un mineral: «scheelita», un mineral con el que preparó por primera vez un
compuesto de tungsteno.
La coronación de estos casi aciertos, y por el que es mejor conocido, fue su
descubrimiento del cloro. En 1774, trató un mineral llamado «pirolusita» con
ácido clorhídrico (al que Scheele llamó «ácido marino»). La reacción química
produjo un gas verdoso con un olor sofocante y desagradable. Observó que
blanqueaba las hojas verdes y corroía los metales. Scheele pensó que este gas
se había formado al retirar el flogisto del ácido clorhídrico, por lo que llamó
al gas «ácido marino desflostigizado».
Scheele fue claramente el descubridor de este gas, que más tarde sería llamado
cloro, de una palabra griega que significa «verde». Pero no reconoció al gas
como un elemento, y, por esta razón, a veces incluso se ha visto privado de su
descubrimiento.
La insólita mala suerte de Scheele se extendió incluso a su salud. Sufrió
varios agudos ataques de reuma, probablemente agravados por las largas horas
que había dedicado al trabajo nocturno, y murió a la edad de cuarenta y tres
años.
Su muerte señala el fin de la era del flogisto. En la tabla 4 exponemos la
relación de los doce elementos descubiertos durante este período.
Capítulo
6
El Padre de la Química
Una de las razones de que la teoría del flogisto floreciera durante tanto
tiempo, radicaba en que los químicos no prestaban atención al aspecto
cuantitativo de su ciencia. Mezclaban sustancias, observaban y describían sus
polvos y sus gases con gran cuidado, pero no los medían. No les preocupaba que
esas sustancias ganasen o perdiesen peso de forma sorprendente durante sus
transformaciones. Para los primeros químicos, eso parecía tener escasa
importancia.
Pero luego apareció un hombre que declaró que la medición era lo más
importante, que debería constituir la base de todos los experimentos químicos.
Este hombre es considerado ahora el «padre de la Química». Fue Antoine Laurent
Lavoisier, de Francia (1743-1794).
Lavoisier había nacido en París, en el seno de una familia acomodada. Lo tuvo
todo. Recibió una excelente educación, consiguiendo primero licenciarse en
Derecho (su padre era abogado), luego estudió Astronomía, Historia Natural y
Química. Bien parecido y brillante, se casó con una hermosa e inteligente
joven, con quien llevó una vida muy feliz. Su mujer se interesó personalmente
por su tarea y trabajó a su lado.
Seguramente, no podría imaginarse una descripción más feliz. Sin embargo, había
un germen de tragedia en la posición de Lavoisier. Su mujer era hija de uno de
los jefes ejecutivos de La Ferme Générale , una empresa
privada que recaudaba los impuestos para el Gobierno de Luis XVI. El propio
Lavoisier era miembro de esta empresa. La Ferme Générale operaba como una
concesión y obtenía beneficios de todo lo que recaudaba por encima de la suma
fijada para pagar al Gobierno. Así, pues, extorsionaba todo lo que podía a la
gente que pagaba los impuestos, que estaba compuesta por los comerciantes de la
clase media y los campesinos, dado que la aristocracia estaba exenta de pagar
impuestos. Como es natural, los contribuyentes odiaban a La Ferme Générale,
incluso más de lo que odiaban al Gobierno del rey, y cuando dio principio la
Revolución francesa, la concesionaria de impuestos constituyó uno de sus principales
objetivos...
Pero antes de que llegara el día de rendir cuentas, Lavoisier dispuso de veinte
años de trabajo en Ciencia y Tecnología, que fue de enorme beneficio para el
pueblo francés y para la Ciencia. Se ocupó en métodos para el abastecimiento de
agua corriente a París y en la iluminación de sus calles por las noches. Ayudó
al descubrimiento de nuevas formas de fabricación de salitre, uno de los
ingredientes de la pólvora. Incluso antes de que realizara sus trabajos más
importantes en Química, Lavoisier fue admitido, a la edad de veinticinco años,
en la Academia Royale des Sciences, la más famosa sociedad científica
francesa.
Poco después, en uno de sus primeros experimentos químicos, Lavoisier demostró
la importancia de medir las cosas con precisión. Repitió un experimento clásico
de los alquimistas, que lo consideraban una clara prueba de la transmutación de
un «elemento». Cuando el agua, incluso el agua destilada, era hervida con
lentitud en una vasija de cristal, siempre quedaban algunos sedimentos en el
utensilio. Esto, según decían los alquimistas, mostraba que parte del agua se
había convertido en «tierra».
Lavoisier sospechaba que la verdadera respuesta era algo más, e imaginó una
forma de probar su punto de vista. Colocó un poco de agua de lluvia (agua que
había sido destilada por la Naturaleza) en un matraz limpio e hirvió después el
agua durante ciento un días. El recipiente había sido diseñado para que todo el
agua evaporada se condensase en la parte superior de la vasija y luego volviese
a gotear. Así, la misma agua se evaporaba y condensaba una y otra vez.
Al final de aquellos ciento un días, Lavoisier detuvo la ebullición y dejó
condensar todo el agua. Había un poco de sedimento en el fondo del matraz. Lo
rascó y ahora pesó el agua y el matraz por separado. Había pesado ambas cosas,
con la balanza de más precisión que pudo encontrar, antes de comenzar el
experimento. Ahora halló que el agua tenía exactamente el mismo peso que el
agua de lluvia colocada originariamente. Pero el matraz había perdido peso... Y
lo que es más, su pérdida de peso era exactamente igual al peso del sedimento.
Por tanto, sólo existía una posible respuesta: el agua hirviendo había disuelto
parte del cristal. El sedimento no era «tierra», sino, simplemente, cristal
disuelto que desaparecía de la solución cuando el agua se enfriaba.
POR QUÉ ARDEN LAS COSAS
Las investigaciones de Lavoisier en métodos de iluminación de las calles de
París, le habían llevado a considerar varios combustibles para las lámparas, así
como la naturaleza general de la combustión. Ahora abordó el problema de la
combustión con sus métodos cuantitativos.
Colocó un poco de estaño en un recipiente cerrado y lo pesó todo, incluido el
recipiente. Luego pesó el recipiente. Un residuo se formó en el estaño. Ya era
sabido, como hemos indicado, que el residuo de un metal es más pesado que el
metal en sí. Sin embargo, cuando Lavoisier pesó el recipiente, descubrió que la
formación del residuo de estaño no aumentaba el peso del contenido del recipiente.
Naturalmente, el residuo en sí era más pesado que el estaño original. Esto
significaba que debía de haber ganado peso a expensas de algo más en el
recipiente.
Cuando Lavoisier abrió el recipiente, el aire se precipitó dentro y el sistema
aumentó de peso. Este incremento era igual al peso extra del residuo. Así,
pues, el residuo debía de haber tomado algo del aire original.
Estos experimentos probaban un punto fundamental que Lavoisier averiguó que era
cierto en toda clase de reacciones químicas: la materia puede cambiar de forma,
pero el peso total de la materia implicada siempre sigue siendo el mismo.
Cuando una sustancia gana o pierde peso en aire, toma algo del aire y le da
algo a éste. Esto lo mostró al pesar todo el sistema, vapores incluidos. El
principio que demostró fue más tarde llamado «Ley de conservación de la
masa».
¿Qué tomaba el estaño del aire cuando formaba el residuo? Lavoisier decidió que
debía de ser el «aire desflogistizado» de Priestley, es decir, la porción de
aire que queda después de haber sido tratado para retirar el «flogisto». Para
probar su idea, Lavoisier calentó metales en «aire desflogistizado». Los
metales absorbían todo este gas.
Lavoisier concluyó que el aire estaba formado por dos gases: el «aire
desflogistizado» de Priestley, al que Lavoisier ahora llamó «oxígeno», y el
«aire flogistizado» de Rutherford, al que denominó «azoe». Oxígeno deriva de
las palabras griegas oxys = ácido, y gennao = engendrar, «que produce ácido»;
aunque Lavoisier estaba equivocado al pensar que el oxígeno se hallaba presente
en todos los ácidos, su nombre para el gas ha quedado ya para siempre. Derivó
«azoe» de las palabras griegas a, privado, y zoé = «carente de vida»; como
recordarán, los ratones no podían vivir en el «aire flogistizado». Pero esta
palabra de ázoe, aunque existe también en español, ha sido sustituida
modernamente por nitrógeno, por el mineral de nitro con el que se
prepara.
Lavoisier fue capaz de mostrar que, aproximadamente, una quinta parte del aire
corriente era oxígeno y nitrógeno las otras cuatro quintas partes.
Ahora Lavoisier presentó una nueva teoría de la combustión, para remplazar a la
más antigua del flogisto. Cuando una sustancia arde o se inflama, afirmó, se
combina con oxígeno para formar un «óxido». Al quemar carbón de madera se
formaba un óxido de carbono (bióxido de carbono). Un metal enmohecido forma un
óxido («residuo»), que tiene el peso del metal más el peso del oxígeno con el
que se ha combinado. Cuando el carbón vegetal se calienta con un óxido metálico,
restaura el metal original, no porque se añada flogisto, sino, simplemente,
porque ha eliminado el oxígeno del residuo.
Lavoisier publicó su teoría del oxígeno de la combustión en 1783. En el mismo
año se consiguió un gran impulso en el problema con un experimento de
Cavendish, el genio inglés, que estaba también tratando de probar todo lo
contrario. Cavendish, insistiendo en la teoría del flogisto, pensaba que el
«aire inflamable» que había preparado era flogisto. Si lo añadía al «aire
desflogistizado», razonaba, conseguiría «aire flogistizado». Como sabemos
ahora, lo que se proponía era quemar hidrógeno en oxígeno y, por tanto, formar
nitrógeno.
Naturalmente, no consiguió nada de todo esto. Tras quemar su «aire inflamable»
con «aire desflogistizado», y recoger el vapor producido, averiguó que se
condensaba en un líquido claro que demostró ser agua...
Cavendish informó del resultado con gran exactitud, pero no supo cómo
interpretarlo. Tan pronto como Lavoisier se enteró de ello, supo la respuesta,
y pudo confirmarla por medio de experimentos. El «aire inflamable» de
Cavendish, dijo, era un gas al que él denominaba «hidrógeno», de las voces
griegas que significaban «formador de agua». El hidrógeno y el oxígeno
combinados forman agua. El agua era el óxido del nitrógeno; o sea, su «residuo»
por decirlo así.
Este último experimento, enterró, por fin, las nociones de los antiguos griegos
respecto de los elementos. Demostró que el agua no era un elemento, sino un
compuesto de hidrógeno Y lo que es más, también acabó con la teoría del
flogisto que ya estaba moribunda. Con esas muertes, había nacido la Química
moderna.
Si Lavoisier tenía un defecto, éste era que mostraba gran ansiedad por
conseguir más renombre que el que ya se merecía. En los informes que presentó
de sus trabajos pasó por alto mencionar que conocía los experimentos de
Priestley y que ya había discutido la obra de Priestley con el propio
Priestley. Dejó la impresión de que había sido él solo quien descubriera el
oxígeno. Ni tampoco dejó claro que había llevado a cabo el experimento de la
combustión del hidrógeno poco después de enterarse de los trabajos de
Cavendish.
Priestley y Cavendish debieron de quedar resentidos por esta conducta poco
ética por parte de Lavoisier. De todos modos, ninguno de ellos aceptó la teoría
del oxígeno de Lavoisier para la combustión. Ambos siguieron convencidos de la
verdad de la teoría del flogisto hasta el día de su muerte. Pero la historia no
les ha privado de la fama por sus importantes experimentos precursores que
condujeron a la nueva química.
Aunque ya de una forma bastante rara, la Alquimia y los fraudes alquímicos
continuaron durante décadas después de Lavoisier. El emperador Francisco José,
de Austria-Hungría, un medievalista de fines del siglo xix, aún entregó dinero
a los falsificadores, en 1867, que afirmaban ser capaces de fabricar oro
partiendo de plata y mercurio. En realidad, incluso hoy día existen místicos y
chiflados que creen en la Alquimia, como algunas personas aún tienen fe en la
Astrología, en la Numerología, en la Frenología y en otras formas de
misticismo.
EL NUEVO LENGUAJE
Los servicios de Lavoisier a la Química incluyen la acuñación de un nuevo
sistema para denominar a los productos químicos. Los alquimistas habían
revestido su ignorancia (o su decepción) con un lenguaje fantasioso y poético.
Hablaban del oro como del «Sol» y de la plata como de la «Luna». De los
metales, originariamente conocidos, como «azogue» o «agua plateada», les dieron
el nombre del planeta Mercurio. Llamaron a la mezcla de ácido nítrico y ácido
clorhídrico, con la que se puede disolver el oro, «agua regia», un nombre que
todavía se sigue usando hoy.
Los químicos se hubieran encontrado desesperadamente dificultados en sus
trabajos si hubiesen continuado ofuscados por el fantasioso lenguaje de los
alquimistas. Debía producirse un nuevo arranque de las cosas, y Lavoisier,
junto con algunos otros químicos franceses, elaboró un nuevo sistema de
nomenclatura química.
Este sistema está basado en los nombres de los elementos y designa a los
compuestos de acuerdo con los elementos con que están formados. Así a la sal,
un compuesto de sodio y cloro, se la llamó «cloruro sódico». El gas formado por
hidrógeno y azufre es «sulfuro de hidrógeno». Un ácido que contenga azufre es
«ácido sulfúrico». Y todo a este tenor.
El sistema también posee nombres familiares para compuestos que contengan
diferentes proporciones de un elemento determinado. Por ejemplo, existe una
serie de cuatro ácidos compuestos de hidrógeno, cloro y oxígeno. Distribuidos
en orden al contenido creciente de oxígeno, se les denomina:
1. Ácido
hipocloroso;
2. ácido
cloroso;
3. ácido
dórico;
4. ácido
perclórico.
Si el hidrógeno de cada ácido es remplazado por el sodio, el resultado de los
compuestos es el siguiente:
1. Hipocloruro
sódico;
2. cloruro
sódico;
3. clorato
sódico;
4. perclorato
sódico.
La tendencia a una nomenclatura lógica se extendió a los mismos elementos.
Antes de 1800, los elementos habían sido denominados según la fantasía de los
descubridores y sin existir en absoluto ninguna regla. Después de 1800, se hizo
habitual denominar a todos los nuevos elementos metálicos con la terminación
«o» o «io», y los elementos no metálicos con la terminación «on» o «ina». Con
una excepción (que mencionaremos después), todos los elementos que no tengan
esas terminaciones fueron descubiertos antes de la época de Lavoisier.
En 1789, Lavoisier publicó el primer texto moderno de Química. Su título fue
Traite élémentaire de chimie (Tratado elemental de Química). En este libro,
discutió todo el conocimiento sobre Química a la luz de su nueva teoría de la
combustión y empleó su moderna nomenclatura. Hizo una lista de los elementos
conocidos en su tiempo. La lista de Lavoisier de treinta y tres «elementos»
presenta algunos curiosos apartados. Por ejemplo, incluyó la «luz» y el
«calórico» (calor) entre estos elementos. Pero veintitrés de los treinta y tres
eran auténticos elementos.
El libro de texto de Lavoisier fue traducido a muchos idiomas y extendió la
nueva química por todas partes. Pero Lavoisier no vivió para presenciar su
impacto mundial. El año 1789, el año de la publicación de su tratado, fue
también el de la Revolución francesa. Lavoisier trabajaba retirado en su
laboratorio, evitando la política, pero, en 1792, los extremistas que se habían
apoderado del mando de la Revolución, finalmente acabaron arrestándole como
«recaudador de impuestos». Lavoisier protestó que él era un científico, no un
cobrador de tributos. El oficial que le arrestó le contestó, airado: —¡La
República no tiene necesidad de científicos!
El extremista Jean Paul Marat, que se consideraba él mismo un científico,
odiaba profundamente a Lavoisier, porque el químico le había vetado cuando
Marat solicitó su ingreso en la Académie Royale des Sciences. Marat abogó
personalmente porque Lavoisier fuese condenado a la guillotina. El propio Marat
fue asesinado poco después del veredicto, pero, a pesar de ello, el 2 de mayo
de 1794, Lavoisier era decapitado.
Irónicamente, sólo diez semanas después la cordura volvió a Francia y los
extremistas fueron derrocados. La ejecución de Lavoisier continúa siendo la
mayor tragedia individual de la Revolución francesa. La Ciencia y la Química,
ciertamente, sufrieron una gran pérdida con su muerte a la aún muy fructífera
edad de cincuenta años.
Capítulo
7
Las Partículas Invisibles
La nueva química de Lavoisier hizo aún más intrigante que nunca la antigua
pregunta: ¿Qué era, a fin de cuentas, un elemento? ¿Qué distinguía a unos de
otros? Existía una larga y creciente lista de elementos, muchos de los cuales
poseían algunas propiedades comunes. Por ejemplo, el hierro, el cobalto y el
níquel eran muy similares en diversas formas, pero el hierro no podía cambiarse
en níquel o cobalto, lo mismo que el plomo no podía ser transmutado en oro. El
hidrógeno, el nitrógeno y el oxígeno eran todos ellos gases incoloros, pero los
tres se comportaban de maneras muy diferentes cuando se les calentaba, y
ninguna cantidad de tratamiento violento podía transformarlos al uno en el
otro.
Al cabo de dos décadas de la muerte de Lavoisier, el misterio de la
inmutabilidad de los elementos estaba resuelto. En realidad, la clave para todo
aquel asunto había sido conjeturada por unos cuantos inspirados griegos hacía
ya más de dos mil años.
El filósofo griego Anaxágoras parece haber sido el primero en sugerir que toda
la materia estaba hecha de pequeñas partículas. Leucipo de Mileto quedó
intrigado por la idea y la discutió con su discípulo Demócrito (al que no debe
confundirse con el alquimista Bolos Demócrito).
Demócrito desarrolló más tarde esta idea. Había nacido en una pequeña ciudad
del Egeo llamada Abdera. Los griegos consideraban a Abdera como una típica
población de palurdos, y empezó a denominar «abderitas.» a los tipos ignorantes
del campo. Demócrito fue un abderita que podía ser cualquier cosa menos ignorante.
Se convirtió en uno de los más famosos filósofos de Grecia. (Digamos de paso
que le llamaban el «Filósofo sonriente», debido a su aspecto jovial.)
Demócrito decidió que unas partículas invisibles eran las que formaban cada
elemento, y que la naturaleza del elemento dependía de la forma de las
partículas. Así, el agua debía de estar formada por esferas suaves, lo cual
explicaría el porqué el agua fluiría con tanta facilidad; las partículas de
«tierra» deberían ser cubos, lo cual estaría en relación con la dureza y
estabilidad de ese «elemento»; las partículas de «fuego» serían aguzadas y
puntiagudas, lo cual explicaría por qué el fuego lastima. De estos varios tipos
de partículas, decía Demócrito, deberían estar construidas todas las sustancias
conocidas.
Llamó a las pequeñas partículas «átomos» (de una palabra griega que significa
invisible), porque sostenía que no podían ser destruidos o desmenuzados en
otros más pequeños.
Desgraciadamente, la teoría de Demócrito fue ridiculizada por Aristóteles, el
más influyente de todos los antiguos filósofos. Además, los escritos de
Demócrito se perdieron, por lo que sus ideas sólo pudieron ser conservadas en
forma de ocasionales referencias críticas a los mismos por parte de los demás
filósofos.
Sin embargo, la teoría de los átomos no murió. Epicuro de Samos fue un acérrimo
partidario de las ideas de Demócrito. En el último siglo antes de Jesucristo,
el filósofo romano Lucrecio, un epicúreo, revivió la teoría atómica con su
famoso De rerum natura (De la naturaleza de las cosas). El libro de Lucrecio,
escrito en latín, continuó teniendo influencia a través de toda la Edad Media.
Y lo mismo sucedió con un libro de un filósofo naturalista griego del siglo
iii, llamado Herón; su obra, titulada Pneumática (Acerca del aire), describía
experimentos con el aire y explicaba los resultados en unos términos de la
teoría de que el aire estaba compuesto de átomos.
Luego, en el siglo xvii, los experimentos de Robert Boyle prestaron más apoyo a
la teoría, cuando mostró que, una cantidad dada de aire, podía ser comprimida
hasta adquirir un volumen cada vez más pequeño al incrementar la presión. Esto,
ciertamente, indicaba que el aire estaba compuesto de partículas rodeadas de
espacios vacíos.
A través de los siglos xvii y xviii, el «atomismo» alzó cada vez más interés.
El gran Isaac Newton creía en la existencia de átomos. Pero la prueba de su
existencia no se obtuvo hasta que los químicos comenzaron a estudiar sustancias
por métodos de pesada, que habían sido introducidos por Lavoisier.
En 1797, Joseph Louis Proust, un francés que trabajaba en España, alcanzó un
importante descubrimiento a partir del peso de los compuestos. Averiguó que los
elementos siempre se combinaban en ciertas definidas proporciones según el
peso. Por ejemplo, en el carbonato de cobre, un compuesto de cobre, carbono y
oxígeno, la proporción de peso era siempre de cinco partes de cobre, cuatro de
oxígeno y una de carbono, es decir, una proporción de 5 : 4 : 1.
La «ley de las proporciones definidas» de Proust fue la primera confirmación
específica de la idea atómica. Si la materia estaba hecha de indivisibles
bloques de construcción, esto era exactamente lo que uno esperaría encontrar:
elementos que se combinarían en una proporción numérica, como por ejemplo,
cinco a uno, o cuatro a uno, y nunca cinco y cuarto a uno, o cuatro y medio a
uno, porque no se puede conseguir una fracción de los átomos.
Luego se produjo una posterior observación, la cual realmente estableció la
teoría atómica. El hombre que dio aquel paso, y formuló la teoría en unos
términos comprensibles, fue John Dalton, de Inglaterra (1766-1844).
Dalton era un maestro de escuela cuáquero, en una pequeña ciudad inglesa. Se
convirtió en un entusiasta del saber, que se interesó por todas las ciencias.
Entre otras cosas, construyó instrumentos para estudiar el tiempo, trazó
cuidadosos registros diarios del tiempo, durante cuarenta y seis años, y
escribió un libro, que le permite ser considerado uno de los fundadores de la
ciencia de la Meteorología. Otro de sus logros fue el descubrimiento de la
ceguera a los colores, que aún se sigue llamando «daltonismo» en su honor.
Dalton era, personalmente, ciego a los colores. Pero este inconveniente no le
impidió dedicarse a la Química y conseguir sus mayores descubrimientos.
Dalton empezó con la ley de Proust de las proporciones definidas. Se sentía
particularmente sorprendido con el hecho de que dos elementos pudiesen
combinarse en más de una forma. Por ejemplo, había dos diferentes óxidos de
carbono: el bióxido de carbono y el monóxido de carbono (naturalmente, los
gases no eran entonces conocidos con esos nombres). En el bióxido de carbono,
la proporción del oxígeno y del carbono, por pesos, era de 8 a 3; en el
monóxido de carbono, de 4 a 3. En otras palabras, la proporción de oxígeno en
e] primer compuesto era exactamente dos veces que en el segundo. Dalton llamó a
su descubrimiento la «ley de las proporciones múltiples».
¿Y eso qué significaba? Si tomamos el caso de los óxidos de carbono, ¿qué otra
cosa podía significar, excepto que el bióxido de carbono tenía dos átomos de
oxígeno por uno de carbono, y el monóxido de carbono tenía un átomo de oxígeno
por otro de carbono?
Inmediatamente después (en 1803), Dalton se dedicó a la teoría atómica y
trabajó en ella, por primera vez, con un detalle racional. Cada elemento
consistía en una clase particular de átomo. Los átomos de varios elementos
diferían en el peso. Dado que en un compuesto de un carbono por un oxígeno
(monóxido de carbono), la proporción de carbono a oxígeno en peso era de 3 a 4,
el átomo de carbono debía de ser las tres cuartas partes del peso del átomo de
oxígeno. De este modo Dalton elaboró los pesos relativos de un gran número de
elementos. Decidió que la distinción clave entre los diferentes elementos,
radicaba en las diferencias en su peso atómico.
Aquí había una razonable explicación de por qué el plomo no podía transformarse
en oro, o el hierro en cobalto, o el hidrógeno en nitrógeno. Para convertir un
elemento en otro se necesitaba cambiar los átomos de un peso en átomos de otro
peso, una cosa que era imposible de conseguir con la química (y que sólo se
lograría con la física nuclear en el siglo xx).
Dalton publicó su teoría atómica en un libro, con el título de Nuevo sistema de
filosofía química. Su «nuevo sistema» encontró resistencia, pero la mayoría de
los químicos la aceptaron en seguida.
¿Por qué, de repente, se aceptaban con entusiasmo las opiniones de Dalton,
mientras que durante miles de años los científicos no habían tomado en serio la
sugerencia de Demócrito sobre la misma idea? Lo que ocurría es que, en
realidad, todo el telón de fondo había cambiado. Ahora se llevaba ya siglo y
medio de detalladas observaciones y experimentos para respaldar la
interpretación de Dalton. Demostró que su teoría atómica podía explicar todas
las observaciones y mediciones.
UNA VARIEDAD DE «TIERRAS»
El descubrimiento de los nuevos elementos se aceleró. Ya lo había hecho incluso
antes de que Dalton expusiera su teoría. Uno de los más activos descubridores
fue un químico alemán llamado Martin Heinrich Klaproth (1743-1817). Al igual
que Scheele, Klaproth comenzó como mancebo de botica y llegó a convertirse en
una gran autoridad en minerales y profesor de Química en la Universidad de
Berlín.
En 1789, el año de la publicación del tratado de Lavoisier, Klaproth estaba
investigando un mineral oscuro y pesado, que se había encontrado en una antigua
mina de Bohemia. Disolvió el mineral con un ácido fuerte y luego neutralizó el
ácido. Se depositó polvo amarillo. Klaproth decidió, correctamente, que aquello
era óxido del nuevo metal.
Siguiendo la pauta de los alquimistas que habían denominado a los elementos
conforme a los planetas, Klaproth asignó al metal el nombre del planeta Urano,
que había sido descubierto en los cielos apenas ocho años antes. Así que el
nuevo elemento fue llamado «uranio». En el mismo año, Klaproth extrajo el óxido
de otro nuevo metal de una piedra semipreciosa llamada circón, y denominó a
este elemento «circonio».
Klaproth era un hombre que no albergaba deseos de alcanzar fama alguna que no
le correspondiese. Anotó que, en 1782, Franz Joseph Müller había descubierto un
elemento nuevo que fuera pasado por alto y al que todavía no se le había dado
nombre (véase capítulo 5). Klaproth llamó la atención del mundo científico y
denominó al elemento «telurio» («tierra»). Tuvo cuidado de señalar que la fama
de aquel descubrimiento pertenecía a Müller.
Hizo lo mismo por otro sacerdote inglés llamado William Gregor, el cual, en
1791, descubrió el óxido de un nuevo metal en una arena negra que encontró en
su propia parroquia. La descripción de Gregor pasó inadvertida hasta que
Klaproth llamó la atención hacia ella. De nuevo sugirió un nombre para aquel
elemento —«titanio» (según los titanes de la mitología griega)—, y atribuyó a
Gregor la fama del descubrimiento.
La virtud siempre trae aparejada su recompensa. Lavoisier nunca recibió la fama
de descubridor de elementos, como tanto ansiaba. Por otra parte, Klaproth, que
hizo todo lo que pudo por evitar una fama inmerecida, sin embargo, a menudo es
considerado como el descubridor del telurio y del titanio.
Los óxidos de uranio, circonio y titanio fueron llamados «tierras» porque eran
insolubles en agua y no se veían afectados por el calor. En 1794, fue
descubierta una particularmente interesante nueva «tierra», en un mineral
obtenido en una cantera de piedra en la pequeña ciudad de Ytterby, en Suecia.
Acabó por llegar a manos de un químico finlandés llamado Juan Gadolin, otro de
los discípulos de Bergman (véase capítulo 5). Gadolin llamó al nuevo metal
«itria», por el nombre de la ciudad, y el metal en sí llegó con el tiempo a ser
conocido como «itrio». Y Gadolin consiguió se le atribuyera su
descubrimiento.
Esta nueva «tierra» era en extremo infrecuente, por lo cual se la llamó «tierra
rara». Muy pronto aparecieron otras «tierras raras».
Un muchacho sueco de quince años, llamado Wilhelm Hisinger, encontró un
interesante mineral en la finca de su padre, y lo envió a Scheele para su
análisis. El pobre y desafortunado Scheele no encontró nada desacostumbrado en
él, pero Hisinger siguió conservando su interés por el mineral y,
posteriormente, a la edad de treinta y siete años, mostró que contenía un nuevo
elemento. Lo llamó «cerio», por el asteroide Ceres, que había sido descubierto
en 1801.
En 1798, un químico francés, Louis Nicolas Vauquelin, estaba analizando un
mineral que había sido descubierto en Siberia. Consiguió del mismo unos
hermosos compuestos rojos y amarillos, que se volvían de un brillante color
verde cuando se añadían determinados productos químicos. De estos compuestos
extrajo el óxido de un nuevo metal y, calentando el óxido con carbón vegetal,
aisló trozos del metal en sí. Lo llamó cromo, de la palabra griega chroma, que
significa «color».
Al año siguiente, Vauquelin descubrió un óxido de otro nuevo metal en una gema
semipreciosa llamada berilo. Este metal sería denominado berilio.
Aproximadamente hacia el mismo tiempo, Estados Unidos contribuyó con un nuevo
elemento. Antes de la Revolución, el gobernador colonial había enviado a
Londres un mineral raro encontrado en Connecticut. En 1801, un químico inglés,
Charles Hatchett, cortó un trozo de la muestra y lo analizó. Decidió que
contenía un nuevo metal y lo llamó «columbio», por Columbia, el poético
sobrenombre de la nueva nación de Estados Unidos. Algunos años después, el
químico inglés William Hyde Wollaston, tras analizar un segundo fragmento,
declaró que el «columbio» era el mismo elemento que el «tantalio», que había
sido descubierto por un químico sueco, Anders Gustaf Ekeberg, y que le había
puesto el nombre tomado de Tántalo, uno de los personajes de la mitología
griega.
Finalmente, en 1846, el asunto fue zanjado por un químico alemán, Heinrich
Rose, el cual probó que Hatchett tenía razón y que Wollaston estaba equivocado.
El columbio era muy similar al tantalio, pero no idéntico a él. A causa de su
semejanza con el tantalio, Rose dio al columbio el nuevo nombre de «niobio»,
por Níobe, la hija de Tántalo. Durante muchos años, los europeos llamaron al
elemento niobio y los norteamericanos columbio, pero, en la actualidad, el
nombre oficial es el de niobio.
Wollaston enmendó su yerro desenterrando algunos descubrimientos genuinos. Le
gustaba trabajar con los minerales de platino, un metal muy fascinante. Al
igual que el oro, era un «metal noble», es decir, que formaba compuestos con
muchas dificultades y que, además, no se enmohecían u oxidaban. No era tan
hermoso como el oro (ningún metal lo es), pero era mucho más raro y más valioso.
Al igual que el oro, el platino podía ser disuelto en «agua regia». Pero dio la
casualidad de que también se disolvieron con él algunas de sus impurezas.
Wollaston separó esas impurezas, y en 1803, descubrió dos metales ligeros que
eran similares en comportamiento al platino, pero no «nobles». Los llamó
«paladio» y «rodio»: paladio en honor de un planetoide recientemente
descubierto, Palas, y rodio, del griego rhodon, «de color rosa», puesto que el
elemento formaba compuestos de ese color.
Otro químico inglés, Smithson Tennant (con quien Wollaston había trabajado en
un tiempo como ayudante), encontró otros dos metales en el platino, pero que
eran más «nobles» que el platino. No eran solubles en agua regia. Tennant les
llamó «osmio» e «iridio». El osmio, del griego osme, que significa «olor», dado
que uno de los compuestos del elemento tenía un aroma desagradable. El iridio
fue denominado así de la palabra griega iris, «arco iris», por el gran colorido
de sus compuestos.
Como resumen de este capítulo, en la tabla 5 presentamos una lista de los
elementos descubiertos de los siglos XVIII al XIX.
Capítulo
8
Descubrimientos con Electricidad
La lista de Lavoisier de treinta y tres «elementos» incluía varias sustancias
que algunos químicos creían que se trataba de compuestos. Éstos eran «cal»,
«magnesia», «barita», «alúmina» y «sílice».
La cal es una palabra que deriva del vocablo latino «calx». Se formaba al
calentar piedra caliza. Magnesia llevaba este nombre por la ciudad griega cerca
de la cual, de acuerdo con la leyenda, se había descubierto por primera vez.
Barita, que se obtenía de un mineral muy pesado, deriva del griego barys, que
significa «pesado». Alúmina procedía de un mineral muy corriente denominado
«alumen» y sílice del pedernal, al que los romanos habían llamado
«sílex».
Lavoisier consideraba que todos ellos eran elementos, porque no podían ser
reducidos calentándolos con carbón vegetal. Pero otros químicos sospechaban que
realmente eran óxidos, y buscaron otra forma de liberar su oxígeno y encontrar
sus elementos constitutivos. Y tuvieron éxito al hallar un medio, que fue la
electricidad.
En aquel tiempo, la electricidad era un nuevo juguete, muy excitante y popular.
Benjamín Franklin había extraído electricidad de una nube de tormenta con su
famosa cometa. Alessandro Volta, de Italia, acababa de inventar su pila
eléctrica (en 1800). Las noticias de sus trabajos se extendieron con rapidez
por el mundo científico, con un efecto tan electrizante como sus propias
corrientes.
En Inglaterra, un científico llamado William Nicholson, y su joven amigo
Anthony Carlisle, iniciaron en seguida unos experimentos químicos con
electricidad. Introdujeron dos electrodos de una batería en agua ligeramente
acidulada, y vieron que, al pasar la corriente eléctrica a través del agua
originaba burbujas de gas que aparecían en cada electrodo. El gas resultó ser
oxígeno en un electrodo e hidrógeno en el otro. En resumen, la electricidad
descomponía el agua en hidrógeno y oxígeno: dos partes de hidrógeno y una parte
de oxígeno. (Dalton, desarrollando su teoría atómica, había cometido el error
de suponer que el agua contenía un átomo de hidrógeno por uno de oxígeno y, por
consiguiente, la mayor parte de sus pesos atómicos eran incorrectos.)
El experimento de Nicholson-Carlisle demostraba que la electricidad podía
separar dos elementos de un compuesto. Pronto se derivaron hechos muy
importantes de esta demostración.
DAVY DA EN EL BLANCO
Dos jóvenes químicos siguieron por este camino. Se trataba de Jöns Jakob
Berzelius, de Suecia (1779-1848) y Humphry Davy, de Inglaterra
(1778-1829).
Berzelius, criado por su padrastro, pasó una infancia muy difícil y dura, pero
al final consiguió asistir a la Facultad de Medicina y obtuvo su licenciatura.
No obstante, no se hallaba muy interesado por los temas médicos. Lo que
realmente le interesaba era experimentar en problemas químicos. Bajo la guía de
su maestro (un sobrino del gran Bergman), emprendió investigaciones en este
campo y se convirtió en el químico más importante de su tiempo.
Como profesor de química, Berzelius fue un apasionado conferenciante. Los
estudiantes acudieron a él desde toda Europa. Sus puntos de vista acerca de
cada rama de la Química se convirtieron casi en ley, aunque, a menudo, se
equivocó... En la historia de la Química, la primera mitad del siglo xix puede
ser considerada la «era de Berzelius».
Berzelius publicó un tratado de Química (en 1808), que sustituyó al de
Lavoisier como primera autoridad en este tema. Durante casi treinta arios,
publicó también un informe anual acerca del progreso de la Química. En sus
últimos años, como un anciano estadista de la Química, el conservador profesor
Berzelius, por lo general, consiguió encontrarse siempre en el lado equivocado
de la mayor parte de las controversias acerca de las nuevas teorías. Pero
acertado o equivocado, a través de toda su vida había constituido una fuerza
estimuladora en el conjunto del excitante mundo de la Química.
Una de sus primeras contribuciones la constituyó el sugerir, después de repetir
el experimento de Nicholson-Carlisle, que los elementos llevaban cargas de
electricidad. A partir de aquí, puso en marcha una teoría de reacciones
químicas que fue ampliamente aceptada, aunque demostró ser errónea. No
obstante, la idea de las cargas eléctricas sobre los átomos, se comprobó que
era acertada casi un siglo después.
Humphry Davy también fue un muchacho pobre en sus comienzos. Al igual que otros
muchos químicos de su tiempo, trabajó como mancebo de botica. Empezó a
interesarse por la Química después de leer el tratado de Lavoisier. En 1779,
cuando tenía sólo veintiún años, de repente, se encontró con la fama al haber
descubierto algo llamado «gas hilarante o de la risa».
Este gas es un óxido nitroso, un compuesto de dos átomos de nitrógeno y uno de
oxígeno. Tan pronto como lo hubo preparado Davy, se descubrió que poseía
asombrosas propiedades. La gente que respiraba el óxido nitroso parecía perder
el dominio de sí mismo. Sus emociones se hacían ingobernables: reían, lloraban
y, por lo general, se comportaban de una forma alocada. El respirar aquella
droga se convirtió en una verdadera manía. (Hasta muchos años después no fue
adoptada por la clase médica como anestésico, para extraer dientes u otras
intervenciones menores.)
Dado el alcance de su descubrimiento, Davy se convirtió en un conferenciante
popular sobre temas químicos. La Ciencia se hallaba en pleno apogeo. La nueva
máquina de vapor y los vuelos en globo constituían los temas diarios de
conversación, lo mismo que sucedió después con los cohetes y los astronautas.
Davy era una persona bien parecida, un excelente orador y muy hábil en
espectaculares demostraciones con electricidad y con otras maravillas de la
nueva ciencia. Auténticas multitudes se reunían para escucharle.
Pero Davy estaba menos interesado en las conferencias que en los trabajos de
laboratorio. ¿Y qué pasaría si se utilizara la electricidad para disociar
aquellos compuestos tan íntimamente unidos que los químicos habían fracasado en
separar?
Davy empezó primero con la sustancia llamada «potasa». Era, literalmente, una
ceniza, obtenida al quemar ciertas plantas y luego al poner las cenizas en
remojo en un gran recipiente. Davy comenzó por hacer pasar una corriente
eléctrica a través de una solución de potasa. Todo cuanto consiguió fue
hidrógeno y oxígeno, tras descomponer el agua. Decidió que debía llevar a cabo
aquel experimento en ausencia de agua. Por tanto, mezcló potasa seca e hizo
pasar la corriente a través de una mezcla calentada. Para ello, tuvo que
fabricar unas grandes pilas capaces de suministrar unas corrientes más potentes
que la pequeña pila original de Volta.
Al instante, aparecieron pequeños glóbulos en uno de los electrodos de platino.
Davy estaba seguro de que aquella sustancia metálica era un nuevo elemento. Lo
llamó «potasio» (de potasa). Descubrió que el potasio poseía una extraordinaria
actividad química y que podía reaccionar con cualquier otra sustancia. En agua,
por ejemplo, captaba los átomos de oxígeno y liberaba el hidrógeno con tal
energía que éste se inflamaba.
Unos pocos días después, Davy intentó el mismo experimentó con sosa, también un
producto obtenido tras quemar plantas. De la sosa aisló el «sodio», un elemento
muy parecido al potasio.
Los árabes habían llamado a la sosa y a la potasa al-qili (que significa «la
ceniza»). Ésta es la razón de que se haga referencia a estas sustancias como
«álcalis», y el potasio y el sodio sean conocidos como metales alcalinos.
Tras aislar estos elementos, Davy se dedicó a tratar de separar algunos de los
«elementos» de Lavoisier, comenzando con la cal. Al principio, no consiguió
nada. Pero, llegados a este punto, Berzelius acudió en su ayuda. Berzelius
había descubierto que, cuando añadía un compuesto de mercurio a la cal, o la
barita, y hacía pasar una corriente a través del mismo, conseguía una
«amalgama» de mercurio y algún otro metal. Escribió a Davy contándole sus
resultados. Esto permitió a Davy comenzar de nuevo. Preparó la amalgama y luego
la calentó fuertemente.
El ensayo dio resultado. De la amalgama obtenida de la cal, aisló un metal al
que llamó «calcio» (de la palabra latina calx). A partir de la barita consiguió
«bario», y de la magnesia aisló el «magnesio». Siguió aplicando el mismo
tratamiento a un mineral que tenía un nombre derivado de la ciudad escocesa de
Strontian, y, a partir de él, separó otro elemento metálico: el
«estroncio».
Estos tres elementos son conocidos en la actualidad con el nombre de «metales
alcalinotérreos».
PÉRDIDAS Y GANANCIAS DE DAVY
Davy puede ser también relacionado con otros dos elementos.
En 1810, informó de unos experimentos que parecían mostrar que el gas verde que
Scheele había obtenido del ácido clorhídrico era un elemento, no un compuesto,
como Scheele había creído. Davy lo llamó «cloro» por su color verde. Durante
años, Berzelius y los químicos franceses Joseph Louis Gay-Lussac y Louis
Jacques Thénard negaron que el cloro fuese un elemento. Pero Gay-Lussac y
Thénard fracasaron en sus esfuerzos para separarlo en sustancias más simples.
(Digamos de pasada que Gay-Lussac ascendió a seis kilómetros de altura en un
globo, en 1804, para comprobar la composición del aire a grandes alturas. Fue
uno de los primeros científicos importantes en aventurarse de esta manera en la
tercera dimensión.)
Finalmente, el asunto fue resuelto de forma indirecta a través del
descubrimiento de un elemento parecido al cloro por otro químico francés,
Bernard Courtois. Estaba experimentando con las cenizas de algas, una buena
fuente de sodio y de potasio. Al tratar las cenizas con un ácido fuerte para
retirar los compuestos de azufre, Courtois se percató de que salía un vapor de
color violeta. Enfrió los cristales oscuros de una nueva sustancia. Decidió que
se trataba de un elemento y lo denominó «yodo», por la voz griega que designa
el color violeta.
El yodo demostró ser muy similar químicamente al cloro. Si el yodo era un
elemento, parecía muy verosímil que el cloro también lo fuese. Este
razonamiento convenció a Berzelius.
En 1826, se obtuvo un posterior descubrimiento que acabó de resolver el asunto.
Un químico francés llamado Antoine Jérôme Balard, que trabajaba con sales
precipitadas de agua de mar, descubrió que, al añadir ciertos productos
químicos, la volvían de color pardo. Siguió el rastro de este color pardo hasta
llegar a un nuevo elemento con un fuerte y desagradable olor. Balard lo
denominó bromo, del griego brômos, fetidez.
El bromo, el yodo y el cloro formaban todos ellos compuestos similares: por
ejemplo, las sales de bromo y yodo son muy parecidas al cloruro sódico. Por
esta razón, esos tres elementos son llamados «halógenos», de las palabras
griegas halós, sal, y gennao, engendrar, «formadores de sal».
No obstante, Gay-Lussac y Thénard vencieron a Davy en otra competición. Durante
muchos años, los químicos habían intentado aislar un nuevo elemento del bórax.
Lavoisier estaba tan seguro de que su ácido, el ácido bórico, contenía
semejante elemento que incluyó el «radical bórico» en su lista de elementos. En
1808, Gay-Lussac y Thénard decidieron arrancar una hoja del libro de Davy e ir
detrás de este elemento.
Davy había demostrado que los átomos de potasio se adherían con mucha fuerza a
los de oxígeno. Por tanto, debía de existir una afinidad más intensa hacia los
átomos de oxígeno que hacia los de carbono, porque, al calentar potasa con
carbón vegetal, no se conseguía separar el potasio del oxígeno. Por tanto,
Gay-Lussac y Thénard trataron de calentar ácido bórico con potasio, al tener la
idea de que, ya que el potasio poseía tanta afinidad hacia el oxígeno, debía
apoderarse y separar el oxígeno donde el carbono había fracasado. (Digamos, de
paso, que Napoleón Bonaparte había financiado sus experimentos, porque deseaba
una victoria científica sobre Inglaterra, con la que Francia estaba en guerra
en aquel tiempo. Como pueden ver, la rivalidad científica entre naciones, con
propósitos de propaganda, no es un nuevo fenómeno de nuestro tiempo.)
Los franceses se apuntaron una victoria. Su experimento produjo el nuevo
elemento «boro». Independientemente, Davy estaba intentando lo mismo y también
aisló el boro, pero lo logró, exactamente, nueve días después que los
franceses.
BERZELIUS SE UNE A LA CAZA
Mientras tanto, Berzelius también había comenzado a mostrarse activo en el
juego de la caza de los elementos. Contaba con un gran número de casi aciertos.
Davy le había vencido en el descubrimiento del bario y del calcio. Berzelius
trabajó durante algún tiempo con Hisinger y estuvo muy cerca de compartir la
fama por el descubrimiento del cerio, pero Hisinger lo consiguió por sí mismo
más tarde. Uno de los alumnos de Berzelius, llamado Johan August Arfvedson,
también encontró un elemento independientemente. El joven Arfvedson decidió que
cierto mineral sueco debía contener un metal químicamente activo, similar a los
metales alcalinos (sodio y potasio) que se habían encontrado en las plantas.
Llamó a este elemento nuevo litio, del griego lithión, «piedra». Arfvedson no
tuvo éxito en aislar el litio, pero Davy lo hizo más tarde.
En 1817, el mismo año en que Arfvedson encontró el litio, uno de los
estudiantes de Vauquelin, un químico alemán que se llamaba Friedrich Stromeyer,
separó un nuevo metal similar al cinc de un mineral llamado «cadmia». Así que
denomino cadmio, al nuevo elemento.
Por último, el propio Berzelius conseguiría ser un descubridor por sí mismo.
Estaba predestinado a conseguirlo, más pronto o más tarde, puesto que tenía un
dedo metido en cada pastel... En 1818, se encontraba analizando muestras de
cierto ácido sulfúrico preparado en una ciudad minera sueca, y encontró una
impureza que creyó que se trataba de un nuevo metal. Al principio, pensó que
debería tratarse del telurio, pero cuando aisló el metal, demostró ser algo
más: un nuevo elemento que se parecía al telurio. A causa de que el telurio
había sido denominado así por la tierra, Berzelius llamó al nuevo elemento
«selenio», de la palabra griega que designa a la Luna.
En 1824, Berzelius se dedicó a la sílice, una tierra en la lista de elementos
de Lavoisier, que Davy no había conseguido aún romper. Tras adoptar el método
de Gay-Lussac y Thénard, Berzelius calentó sílice con potasio. Y consiguió el
éxito al aislar el elemento silicio.
Luego se dedicó a la última «tierra» de la lista de Lavoisier: la alúmina. Davy
y Berzelius trataron ambos de aislarla por medios eléctricos, pero sin éxito.
Sin embargo, en 1827, un discípulo de Berzelius, Friedrich Wöhler, consiguió
extraer una pequeña cantidad de metal, bastante impuro, de este óxido.
Naturalmente, este metal era el aluminio. No se conseguiría un método eléctrico
para purificar el aluminio a una escala sustancial, hasta 1886, cuatro años
después del fallecimiento de Wöhler.
Berzelius añadió aún un tercer elemento a su propia lista de descubrimientos.
En 1829, en un mineral que le había enviado un ministro noruego, encontró un
metal al que llamó «torio», del nombre del dios noruego Thor.
Un año después, un discípulo de Berzelius, Nils Gabriel Sefström, descubrió
otro nuevo metal en una muestra de mena de hierro, y también lo denominó según
una antigua deidad noruega. Eligió a una diosa, Vanadis, y llamó al elemento
«vanadio».
En la tabla 6 damos una relación de los elementos descubiertos en la primera
cuarta parte del siglo dominado por Davy y Berzelius.
Capítulo
9
Símbolos y Pesos
Hacia 1830, aquella primitiva pregunta de Tales «¿De qué está hecho el
Universo?», ya había recibido una asombrosa cosecha de respuestas. Buscando las
piezas básicas del edificio del Universo, los químicos habían encontrado ya
cincuenta y cuatro elementos diferentes... Y no hay que decir los muchos más
que aún aguardaban su descubrimiento... La química se había convertido en una
selva.
Con todos estos elementos, y el vasto número de compuestos que podían formarse
con los mismos, los químicos debían de ingeniarse un sistema más sencillo de
etiquetarlos, pues, de otro modo, se perderían en una gran maraña de nombres
larguísima.
Los alquimistas habían inventado símbolos para sus elementos, pero esos, signos
cabalísticos, tomados de la astrología, aún hacían a la química más misteriosa.
Por ejemplo:
|
Oro |
|
|
Plata |
|
|
Cobre |
|
|
Hierro |
|
En
el siglo XVIII, Étienne François Geoffroy añadió más símbolos ocultos para
elementos y compuestos: una pequeña corona para el antimonio, un triángulo con
el vértice hacia arriba para el azufre, una cruz con dos puntos para el
vinagre, y todo de esta forma...
Este lenguaje carecía de sentido y era difícil de recordar. Cuando Dalton
propuso su teoría de los átomos (que representó como unas pequeñas esferas),
trató de simplificar las cosas al representar cada elemento con un círculo con
una marca distintiva: el oxígeno era un círculo blanco; el carbón, un círculo
negro; el hidrógeno, un círculo con un punto; el nitrógeno un círculo
atravesado por una línea vertical; otros elementos tenían una inicial en el
círculo, como «s» para el azufre, «g» para el oro, etcétera.
Fue Berzelius quien, al final, trazó un sistema racional. ¿Por qué no
simplificar el uso de la letra inicial del nombre de cada elemento en funciones
de su símbolo? (Para soslayar las diferencias de los idiomas, por ejemplo,
nitrógeno o ázoe era nitrogen en inglés, azote en francés y Stickstoff en
alemán, los tomó de los nombres latinos como idioma universal. De todos modos,
al ser el español un idioma neolatino es fácil rastrear la mayor parte de los
nombres, pues poseen iniciales parecidas...
Así, el oxígeno se convirtió en O; el hidrógeno en H; el nitrógeno en N; el
carbono en C, etcétera. Y cuando más de un elemento comenzaban por la misma
letra inicial, se añadía una segunda letra para evitar la confusión. Así, Ca
para el calcio, Cd para el cadmio, Cl para el cloro...
Esta forma abreviada mostraba de qué estaba formado un compuesto de una sola
ojeada. CO 2 (bióxido de carbono) nos dice que la molécula
tiene un átomo de carbono y dos de oxígeno. De un modo parecido, H 2 O,
NH 2 , CaSO 4 , y todas las demás
expresiones parecidas son muy fáciles de leer y definen de una forma unívoca
los compuestos.
El sistema lógico de Berzelius, como es natural, fue en seguida adoptado y ha
quedado ya igual desde entonces.
En las tablas 7 y 8 damos la lista de los cincuenta y cuatro elementos
conocidos en 1830, con sus símbolos. La razón de estas dos tablas es tan sólo
para mostrar que una parte de los símbolos (en la tabla 8) que están tomados de
los nombres en latín no son los mismos en español. Algunas diferencias se
observan en nombres que en español han cambiado alguna letra de su palabra
latina. Por ejemplo, Na, por sodio, procede de la voz latina natrium; Au, por
oro, es la palabra latina aurum; Fe, por hierro, de la voz ferrum, etc.
PESANDO LOS ÁTOMOS
La química tiene aún otra gran deuda con Berzelius. Tras crear un lenguaje
para los elementos, procedió a establecer sus pesos atómicos sobre unas bases
sólidas.
Dalton trató de determinar los pesos atómicos, pero se equivocó en muchos de
ellos debido a que trabajaba con poca habilidad. Berzelius se pasó más años
analizando varios miles de compuestos y pesando exactamente cuánto contenía de
cada uno. Como nivel comparativo de los pesos relativos de los elementos, al
final se basó en el peso del hidrógeno igual a 1, y midiendo a todos los demás
como múltiplos de esta unidad. Más tarde, los químicos se percataron de que
habría conseguido unos valores más exactos si hubiese utilizado el oxígeno, con
un peso atómico exacto de 16, como estándar. (Más recientemente, ha sido
elegido el carbono 12, el isótopo de carbono con un peso atómico de 12, como el
modelo más preciso disponible, y la tabla de los pesos atómicos ha sido
calculada de nuevo sobre esta base.)
Hacia 1826, Berzelius había preparado una relación de pesos atómicos, que
incluso los químicos del siglo xx la consideran muy buena. Sólo tres de sus
pesos atómicos no son correctos... Los tres equivocados correspondían a la
plata, el sodio y el potasio; sus valores para los mismos eran dos veces
superiores a las correctas. De todos modos, sus mediciones constituyeron una
indiscutible prueba de habilidad y una tarea muy dificultosa.
Para estar seguros, desde entonces los químicos han hecho gran número de correcciones
y definiciones de los datos de Berzelius, desarrollando los métodos más
delicados para estas mediciones. Para poner un ejemplo, digamos que Berzelius
encontró el átomo de azufre dos veces más pesado que el átomo de oxígeno, lo
cual daba al azufre un peso atómico de 32. Unos setenta años después, los
químicos situaron este peso en 32,06. En 1925, colocaron en la medición otro
decimal, es decir, 32,064. En 1956, lo corrigieron a 30,066. Pero pueden
observar, de todos modos, lo cercano que se encuentran estos cálculos de los de
Berzelius.
En la tabla 9 damos una lista de los cincuenta y cuatro elementos conocidos en
su tiempo, con sus pesos atómicos, sobre la base del oxígeno igual a 16,000.
Estos pesos se aproximan mucho a los de Berzelius en casi todos los
casos.
Una vez son conocidos los pesos atómicos, los pesos relativos de las moléculas
individuales pueden ser calculados con facilidad. Por ejemplo, el «peso
molecular» del carbonato de sodio, Na 2 CO 3 ,
es la suma de los dos átomos de sodio (22,991 más 22,991), un átomo de carbono
(12,011) y tres átomos de oxígeno (16,0000 más 16,0000 más 16,0000), todo lo
cual suma la cantidad de 105,993.
EL CONGRESO DE KARLSRUHE
Por extraño que parezca, la mayoría de los químicos de su época no creían mucho
en la lista de Berzelius de los pesos atómicos. Los átomos eran pequeños,
invisibles, intangibles: ¿cómo podía uno estar seguro de lo que pesaban? Los
químicos preferían calcular en términos de sus mediciones directas de las
sustancias que manejaban. Por ejemplo, averiguaron que el agua contenía ocho
partes de oxígeno por una parte de hidrógeno en peso. Por tanto, afirmaban que
el «equivalente en peso» del oxígeno era 8. Esto les parecía más significativo
que decir que el peso atómico del oxígeno era 16.
No obstante, muchos químicos empezaron a confundir peso equivalente con peso
atómico, y a menudo encasillaban el peso atómico del oxígeno como 8. Además, no
eran tan cuidadosos en distinguir entre «peso atómico» y «peso
molecular».
Como resultado de todo ello, se alzaban frecuentes desacuerdos de cómo escribir
las fórmulas de las moléculas más complicadas, particularmente aquellas en que
se hallaba implicado el carbono. Con un químico afirmando que una molécula
tendría dos átomos de oxígeno con un peso de 8 cada uno, y otro que decía que
debería tener un átomo de oxígeno con un peso de 16, pueden percatarse de que
se desperdiciaba una horrorosa cantidad de energía en esas inútiles
disputas.
Al fin, uno de los químicos más importantes de aquella época, Friedrich August
Kekule, de Alemania, propuso: ¿Por qué no convocar una conferencia de los
químicos más importantes de toda Europa y discutir el asunto?
De este modo, en 1860, se reunió el Primer Congreso Internacional de Química,
en la ciudad dé Karlsruhe, en el pequeño reino de Badén, al otro lado del Rin y
próximo a Francia. Empezó con mal pie. Los químicos hablaban y hablaban y no
parecían llegar a ninguna parte. Luego, un químico italiano llamado Stanislao
Cannizzaro, de repente, cambió todo el espíritu de la reunión.
Cannizzaro era un hombre valeroso muy acostumbrado a las controversias. Había
tomado una parte muy activa en la revolución contra Nápoles, en su Sicilia
natal, y tuvo que salir de allí a toda prisa cuando se perdió la Revolución.
Trabajando y esperando su momento oportuno, en Francia y Egipto, regresó a
Italia en 1860, cuando se estaba formando el nuevo reino de una Italia unida.
(Cannizzaro llegó a ser más adelante vicepresidente del Senado italiano.)
Ahora, en mitad de aquel desorden, aún tuvo tiempo para acudir al Congreso de
Karlsruhe.
Enfrentándose a los químicos que disputaban, Cannizzaro electrizó a la asamblea
con una ardiente defensa del punto de vista atómico en Química. Pongamos fin,
solicitó, a la confusión entre átomos y moléculas, entre pesos equivalentes y
pesos atómicos. Al concentrarse en los pesos atómicos, se podía aclarar sus
fórmulas y poner orden en todo aquel caos.
Cannizzaro convenció a los químicos. Regresaron a sus laboratorios con nueva
confianza y comenzaron a trabajar de una forma más sistemática y con
provechosos resultados.
Mientras tanto, habían ido apareciendo nuevos elementos.
Uno de los ayudantes favoritos de Berzelius, Cari Gustav Mosander, había
analizado una tierra rara llamada ceria (óxido de cerio). De una muestra del
mineral, disolvió, con un ácido fuerte, un nuevo óxido. A sugerencia de
Berzelius, Mosander lo llamó «lantana» (de una palabra griega que significaba
«escondido»), porque se había ocultado en el mineral. Constituyó el óxido un
nuevo elemento, el cual, naturalmente, fue denominado «lantano».
Dos años después, Mosander aisló otro óxido de su preparación. Este metal era
tan parecido al lantano que lo llamó «didimio» (del griego didymos, «gemelos»).
En la actualidad, el didimio no es un elemento sino una mezcla de dos elementos
casi idénticos, unos auténticos gemelos... Sin embargo, esto no se descubrió
hasta cuarenta años más tarde, mucho después de la muerte de Mosander.
Mosander se dedicó a la tierra rara «itria». Después de dos años de trabajo,
mostró que la itria podía separarse en tres óxidos. Uno, que poseía las
características propiedades de itria, era incoloro. Los otros dos formaban un
óxido amarillo, al que llamó «erbia» y otro de color rosa al que bautizó como
«terbia». Los metales fueron, respectivamente, el «erbio» y el «terbio». Así,
los tres elementos —itrio, erbio y terbio—, tiene todos nombres de la pequeña
aldea de Ytterby.
Ya hemos mencionado, al final del capítulo 7, que las menas del platino
albergaban cinco elementos.: platino, osmio, iridio, paladio y rodio. En 1844,
se descubrió un sexto «metal de platino». Karl Karlovich Klaus, un huérfano
estoniano de ascendencia alemana, y mancebo también de botica, consiguió al
final desempeñar el oficio de boticario en las estepas del Volga, donde pasó
muchos años entregado al estudio de las plantas y la vida animal. Luego se
dedicó a la investigación mineralógica y comenzó a estudiar las menas de
platino en los montes Urales. Empezó, deliberadamente, la caza de metales. Uno
por uno, separó a cada uno de los cinco metales conocidos de platino, y al
final encontró a un sexto, más raro que cualquiera de los otros cinco. Lo llamó
«rutenio», según el antiguo nombre de Rusia.
En la tabla 10 exponemos la relación de los elementos descubiertos durante la
década final de la vida de Berzelius.
En la época del Primer Congreso Internacional de Química, en Karlsruhe, el
número de los elementos conocidos ascendía ya a cincuenta y ocho.
Capítulo
10
Pistas en el Espectro
Después del Congreso de Karlsruhe, los pesos atómicos se convirtieron en un
gran factor en la investigación de los elementos, al igual que el trabajo de
cada día de los químicos. Parecía como si el peso atómico hubiese arrojado luz
en las semejanzas y diferencias entre los elementos, y pudiese conducir al
descubrimiento de otros nuevos.
Por ejemplo, teníamos el cobalto y el níquel. El peso atómico del cobalto es
58,94 y el del níquel, 58,71. Los dos elementos eran muy parecidos entre sí.
Tal vez esto significase que, cuanto más cercanos, fuesen dos elementos en peso
atómico, más similitudes tendrían.
El problema con esta teoría radicaba en que no acababa de funcionar. Los pesos
atómicos del cobre y el cinc eran muy próximos: 63,54 y 65,38, respectivamente.
Sin embargo, los dos metales no se parecían en nada. Si se consideraba el
azufre (peso atómico 32,066) y el cloro (35,457), a pesar de la proximidad de
sus pesos atómicos, químicamente representaban polos opuestos: el azufre es un
sólido amarillo y el cloro un gas verde, y ambos se comportan de forma muy
diferente en las reacciones químicas.
Por otra parte, y para hacer las cosas aún más intrigantes, los químicos
averiguaron que algunos elementos que diferían ampliamente en peso atómico,
tenían propiedades muy similares. Por ejemplo, el sodio y el potasio eran muy
semejantes, aunque el peso atómico del segundo fuese casi el doble del
primero.
¿No estaría equivocada por completo toda la especulación sobre el peso atómico?
No del todo... Ya en 1817, Johann Wolfgang Döbereiner, un químico alemán, se
había percatado de algo interesante.
Döbereiner estaba intrigado por tres elementos: el calcio, el bario y el
estroncio. Los tres eran parecidos de algún modo. ¿Y qué cabía decir de sus
diferencias? Pues el calcio se funde a una temperatura de 851° C y el bario a
710° C, mientras que el punto de fusión del estroncio queda en medio: 800
grados centígrados.
Luego había que fijarse en su actividad química. El calcio es muy activo. Un
trozo de calcio añadido al agua reacciona con el oxígeno y libera hidrógeno. El
bario es considerablemente más activo, pero su reacción con el agua es menos
vigorosa. ¿Y qué decir del estroncio? Su actividad es intermedia.
Los tres elementos forman compuestos parecidos. Por ejemplo, el sulfato cálcico
(CaSO 4 ), el sulfato bárico (BaSO 4 )
y el sulfato de estroncio (SrSO 4 ). Ahora bien, el
sulfato cálcico es moderadamente soluble en agua, el sulfato bárico apenas es
soluble, y —supongo que ya lo habrán imaginado— el sulfato de estroncio tiene
una solubilidad intermedia.
Este estado intermedio del estroncio se muestra en otras centenares de
formas.
Lo que más interesaba a Döbereiner era cómo se adecuaba todo esto con la
situación de pesos atómicos. Según las mediciones de Berzelius, el peso atómico
del calcio era 40, mientras el del bario era 137, y el del estroncio 88... Es
decir, casi exactamente la cantidad intermedia entre los dos pesos
atómicos...
En otras palabras, el estroncio, cuyo comportamiento parecía estar a mitad de
camino entre el calcio y el bario, también se hallaba en una posición
intermedia en lo referente al peso atómico.
Döbereiner abandonó este asunto durante algún tiempo. Era un hombre que
practicaba numerosas actividades. Entre otras cosas, se hizo famoso como
inventor de la «lámpara Döbereiner», que fue uno de los mecanismos conocidos
para emplear un catalizador. Con este aparato proyectó un chorro de hidrógeno
sobre un poco de platino en polvo; al incidir sobre el platino, el hidrógeno se
inflamó. Berzelius dio el nombre de «catálisis» a este proceso, en el que una
sustancia (como el platino) produce una reacción sin ser ella misma
consumida.
Döbereiner también es conocido por otra ilustre asociación: llegó a ser amigo
íntimo de Goethe y enseñó Química al gran poeta.
En 1829, Döbereiner volvió a su juego de números con tríos de elementos. Uno de
los nuevos tríos que consideró fue el azufre, el selenio y el telurio. Aquí de
nuevo había una tríada de elementos que poseían unas propiedades químicas muy
similares y un miembro —el selenio— estaba a mitad de camino entre los otros
dos en comportamiento y en peso atómico: el del azufre era de 32, el del
telurio 128 y el del selenio 79. Döbereiner encontró un tercer caso de la misma
especie. Éste se relacionaba con el cloro, el bromo y el yodo. El cloro es un
gas ligeramente coloreado y muy activo. El yodo es un sólido bastante coloreado
de oscuro y considerablemente menos activo. ¿Y el bromo? Es un líquido
medianamente oscuro con una mediana actividad. Y también es intermedio en todas
las otras cosas. (En realidad, cuando se descubrió por primera vez, algunos
químicos pensaban que era un compuesto de cloro y yodo.) Y, de acuerdo con los
valores de Berzelius, el peso atómico del cloro era de 35 ½, el del yodo 127 y
el del bromo se encontraba casi exactamente en la mitad, con sus 80.
Döbereiner quedó fascinado. Le costó sudores de muerte el informar al mundo
científico de lo que había observado en esas «tríadas» de elementos. Pero
estaba demasiado adelantado respecto de su tiempo... Los químicos de su época
no vieron utilidad en todo aquello... Pensaron que el juego de Döbereiner era
simplemente eso, jugar con números...
HUELLAS DACTILARES EN COLOR
Hacia la década de 1850, la persecución de los elementos tomó un giro
gracias al descubrimiento de una nueva técnica.
Esto era volver al viejo descubrimiento de Newton de que la luz tenía un
espectro de diferentes colores. Newton había separado aquellos colores, al
hacer pasar la luz solar a través de un prisma de cristal. Más tarde, los
químicos descubrieron que las diferentes sustancias emitían unos colores
distintivos cuando se las calentaba. Por ejemplo, en 1758, el químico alemán
Marggraff (el hombre que aisló por primera vez el cinc), se percató de que la
sosa ardía con una llama amarilla y la potasa con una llama violeta. En 1834,
un físico inglés, Henry Fox Talbot (que fue uno de los inventores de la
fotografía), llevó un paso adelante esta especie de análisis del color. Ya se
había averiguado que el litio y el estroncio ardían con una llama roja. ¿Sus
colores eran exactamente el mismo, o había pequeñas diferencias entre ellos?
Talbot pasó la luz de cada llama a través de un prisma y descubrió que los dos
espectros eran muy diferentes.
Llegado el momento, un físico de Pennsylvania, llamado David Alter, tras
estudiar la luz en numerosos gases y metales, realizó la atrevida sugerencia de
que cada elemento tenía su propio espectro.
En este momento oportuno, dos físicos alemanes, Robert Wilhelm Bunsen y Gustav
Robert Kirchhoff, se presentaron con un invento (en 1859) que era exactamente
lo que le habría encargado el norteamericano. Su invento fue el espectroscopio
(una invención más importante que aquella otra que haría famoso a Bunsen: el
mechero Bunsen). Bunsen y Kirchhoff habían ideado un instrumento simple, que
hacía pasar la luz a través de un estrecho orificio y luego por un prisma. El
prisma extendía los colores en una franja que abarcaba todo el espectro del
arco iris. La luz blanca, que contenía todos los colores, formaba una banda
continua. Pero cuando sólo ciertos colores estaban presentes en la luz, los
mismos aparecían como unas líneas brillantes (imágenes de la abertura), en los
lugares apropiados del espectro. Así, por ejemplo, la llama de sodio, mostraría
unas líneas prominentes en la región del amarillo del espectro (además de,
secundariamente, las líneas para los colores menos importantes de su
llama).
Aquí, al fin, había un medio rápido y conveniente de identificar a un elemento,
o incluso a un compuesto. Cada elemento, según averiguaron Bunsen y Kirchhoff,
tenía su propio y característico modelo de líneas espectrales, tan distintivo
como las huellas digitales... Sólo había que calentar una sustancia hasta
hacerla brillar, mirar luego su línea espectral en el espectroscopio, y ya se
podía decir, de un simple vistazo, qué elementos estaban presentes, aunque
algunos sólo apareciesen en muy pequeñas proporciones.
Y lo que es más, se podían descubrir nuevos elementos cuando unas no familiares
huellas digitales aparecían en el análisis espectral de un mineral o de
cualquier muestra de materia. Ahora, los elementos desconocidos podían ser
rastreados sistemáticamente, en vez de recurrir a la pura casualidad...
Bunsen y Kirchhoff encontraron rápidamente dos nuevos elementos. Al estudiar
algunas muestras de minerales que contenían litio, descubrieron dos líneas
extrañas, una azul y otra roja. La línea azul demostró pertenecer a un nuevo
metal alcalino, al que llamaron «cesio» (de la palabra latina cœsius, que
significa «azul»), y la línea roja pertenecía a un metal al que denominaron
«rubidio» (del latín rubidus, rubio).
EL ESPECTROSCOPIO EN LA TIERRA Y EN EL CIELO
El espectroscopio fue adoptado en seguida por los demás químicos. El mismo
año en que se descubrió el rubidio, William Crookes, de Inglaterra, encontró
otro nuevo elemento en algunas sales formadas en la fabricación del ácido
sulfúrico. Estaba particularmente interesado en el elemento selenio, pero
cuando calentó esas sales y estudió la luz por el espectroscopio, descubrió una
nueva línea verde, que no pertenecía a las líneas del selenio. Esta línea verde
reveló un nuevo elemento, al que Crookes denominó «talio», del vocablo griego
thallós, «rama verde».
A continuación, un físico alemán ciego a los colores, llamado Ferdinand Reich,
y que formaba equipo con un químico, Hieronymus Theodor Richter, añadió otro
elemento a la lista, en 1863. Se encontraban estudiando un mineral de cinc con
el espectroscopio. Richter, que no era ciego a los colores, observó una línea
de color índigo, que no correspondía a ninguna línea conocida. Asignaron a este
nuevo elemento el nombre de «indio».
Mientras tanto, el espectroscopio había sido adoptado también por los
astrónomos para observar a las estrellas. Muchos años antes de que el
instrumento fuese inventado, el físico alemán Josef von Fraunhofer había
empleado un prisma para analizar la luz solar que pasaba a través de una
abertura. Encontró centenares de líneas oscuras (que todavía siguen llamándose
«líneas de Fraunhofer») en el espectro del sol. Las líneas oscuras
constituyeron un misterio hasta la invención del espectroscopio, que hizo
posible experimentos de laboratorio que las explicasen.
El espectroscopio mostró que los elementos en estado frío (es decir, que no
brillasen) absorberían luz de la misma longitud de onda que las que emitían
cuando brillaban. Por ejemplo, el hidrógeno caliente muestra líneas brillantes
en cierta longitud de onda azul; el hidrógeno frío absorbería la luz que fuese
de esa misma longitud de onda. De este modo, cuando el espectroscopio recibe
luz que ha pasado a través de hidrógeno frío, las líneas oscuras aparecen en el
espectro de la misma longitud de onda.
Dicho todo esto, ¿qué significaban las líneas de Fraunhofer en el espectro de
la luz solar? Pues que unos gases fríos en la atmósfera solar absorbían parte
de la luz que emitía el sol. Y si esto era así, entonces las líneas oscuras
contendrían las huellas dactilares de los elementos de la atmósfera del sol. En
otras palabras, el espectroscopio le haría posible al hombre averiguar qué
elementos estaban presentes en la atmósfera de los, cuerpos celestes, no sólo
del sol, sino también de otras estrellas e incluso de los planetas.
Los astrónomos rápidamente averiguaron que los elementos de los cuerpos
espaciales eran los mismos que los de la Tierra. Aristóteles se había
equivocado por completo: el universo celeste no estaba hecho de algún «éter»
especial, o «quintaesencia», sino de la misma materia que nuestro
planeta.
De todos modos, un elemento desconocido en la Tierra apareció en el Sol. En
1868, los astrónomos observaban la atmósfera del Sol con un espectroscopio,
durante un eclipse solar, y el francés Pierre Jules César Janssen observó la
presencia de una nueva línea amarilla. Un astrónomo inglés, Norman Lockyer,
sugirió que aquello representaba un nuevo elemento; lo llamó «helio» (del
vocablo griego helios, que designaba al Sol). Los químicos no lo aceptaron en
aquella época. El helio no se añadió, oficialmente, a la lista de los elementos
hasta muchos años después, cuando se le encontró en la Tierra...
La tabla 11 facilita la relación de los cuatro elementos descubiertos con el
espectroscopio poco después de la invención de este instrumento.
La lista de los elementos había aumentado ya a sesenta y dos. Era aún sólo una
lista. Con la excepción de Döbereiner, nadie había visto ninguna clase de ritmo
o razón en esta colección de elementos. Ya era hora de que alguien los ordenase
y tratara de distribuir o clasificar a los elementos en alguna clase de orden.
Capítulo
11
En Orden de Pesos Atómicos...
Existen varios medios lógicos en que se puedan relacionar los elementos: en el
orden cronológico de su descubrimiento (ya lo hemos hecho así en la mayor parte
de las tablas que he dado), o alfabéticamente, o en el orden de su peso
atómico. Esta última disposición (véase tabla 12), por lo menos representa
algún sentido físico. Pero resulta poco atrayente desde el punto de vista de
aclarar algo respecto de las propiedades de los elementos.
En 1862, un geólogo francés llamado Alexandre Émile Béguyer de Chancourtois, se
estaba divirtiendo escribiendo la lista de los elementos en una columna
espiral. La cosa más interesante de esta divertida disposición fue que las
tríadas de Döbereiner se dispusieron en línea en un orden relacionado. Por
ejemplo, la tríada del calcio, del estroncio y del bario se encontraba en una
línea vertical, con el estroncio inmediatamente debajo del calcio y el bario
debajo del estroncio. Lo mismo resultaba cierto respecto de la tríada del
cloro, del bromo y del yodo, y asimismo en la tríada del azufre, selenio y
telurio.
Béguyer de Chancourtois llamó a su disposición «tornillo telúrico». Incluso lo
imprimió, pero nadie se fijó en ello. En primer lugar, era un escritor muy
pobre; en segundo lugar, empleó una terminología geológica y los químicos no le
entendieron; y, en tercer lugar, la publicación pasó por alto incluir el
diagrama en que se mostraba los elementos dispuestos en forma cilíndrica. Su
publicación no consiguió dejar la menor huella en el mundo de la Química.
Pero una buena idea siempre salta de nuevo, más temprano o más tarde. En 1864,
un químico inglés llamado John Alexander Reina Newlands, también se entretenía
enrollando la lista de los elementos en columna. Se percató de que, dividiendo
la lista en columnas de siete elementos cada uno (en el orden de pesos
atómicos), conseguía una pauta definida de similitudes familiares. Sus tres
primeras columnas las mostramos en la tabla 13.
(Newlands incluía el flúor porque su existencia ya era sospechada, aunque no
figurase aún en la lista oficial. Debería haber colocado el vanadio en la
tercera columna —después del titanio—, pero tenía un peso atómico erróneo para
ese elemento y, por tanto, lo situó mucho más abajo en la relación.)
LA LEY DE LAS OCTAVAS
Lancemos de nuevo una ojeada a la primera columna de Newlands y veamos qué
podemos hacer con ella.
En primer lugar aparece el hidrógeno, un gas bastante activo. A continuación,
el litio, un sólido activo. En tercer lugar, el berilio, un sólido menos
activo; luego el boro, un sólido aún menos activo; a continuación el carbono,
un sólido aún mucho menos activo. Después de éste, el nitrógeno, un gas
inactivo; finalmente, el oxígeno, un gas activo.
Hasta aquí, esto no significa mucho. Pero probemos con la segunda
columna.
En primer lugar tenemos al flúor, un gas activo; luego el sodio, un sólido
activo; el magnesio, un sólido menos activo; el aluminio, un sólido aún menos
activo y, finalmente, el silicio, que es un sólido muchísimo menos
activo.
Ahora ya hemos encontrado algo. La segunda columna repite la pauta de la
primera. Además, los parecidos, no son sólo superficiales. El flúor presenta
varias similitudes químicas con el hidrógeno, y el sodio es muy parecido
también al litio. Del mismo modo, el magnesio, el aluminio y el silicio son,
químicamente, semejantes al berilio, al boro y al carbono,
respectivamente.
Los últimos dos elementos de la segunda columna, el fósforo y el azufre, resultan
un poco decepcionantes. No son gases, como sus contrapartidas, el nitrógeno y
el oxígeno, en la primera columna. Y, sin embargo, existen semejanzas químicas.
El fósforo combina con otros elementos de una forma parecida al nitrógeno, y lo
mismo ocurre con el azufre y el oxígeno.
¿Y qué cabe decir de la tercera columna? En primer lugar tenemos al cloro, un
gas activo muy parecido al flúor. El potasio, el segundo en la columna, es un
sólido activo y un primo químico del sodio y del litio, número 2 en la primera
y en la segunda columnas, respectivamente. El calcio, el número 3 en la tercera
columna, se parece al berilio y al magnesio de las primeras dos columnas. Y
todo de una forma semejante.
Newlands estaba seguro de que había conseguido algo. Su tabla explicaba
maravillosamente las tríadas de Döbereiner. El cloro encabezaba la tercera
columna; el bromo, la quinta, y el yodo la séptima columna. A esta tríada,
ahora Newlands podía añadir el hidrógeno y el flúor, que encabezaban la primera
y la segunda columnas y que presentaban similitudes químicas con el cloro, el
bromo y el yodo.
Una vez más, la tríada de Döbereiner del calcio, el estroncio y el bario se
encontraban todos en el tercer lugar de sus respectivas columnas, y podía
añadírsele el berilio y el magnesio. Finalmente, el azufre, el selenio y el
telurio, la tercera tríada, estaban todos al final de las columnas.
Döbereiner había seguido la pista correcta, pero no sólo había llegado
suficientemente lejos. La tabla de Newland no revelaba ahora tríadas sino
quintetos, e incluso familias mayores, de elementos similares. Todo cuanto
había que hacer era encontrar familias que pudiesen leerse horizontalmente a
través de las columnas.
Newlands recordó en aquel momento las octavas de la escala musical. Al igual
que la música tenía sus octavas, así su tabla de los elementos tenía sus
intervalos de octavas, con siete elementos en cada grupo (que correspondían a
las siete notas, do, re, mi, ja, sol, la, si). Newlands denominó a su
descubrimiento «la ley de las octavas».
Por desgracia, la tabla de Newlands tenía serios defectos. Algunos de los
elementos, obviamente, no encajaban en los lugares que les había asignado. Por
ejemplo, el hierro, el último elemento de la tercera columna, era por completo
diferente, en cualquier forma, al oxígeno y al azufre, los miembros que
ocupaban el último lugar en las primera y segunda columnas; ni tampoco formaban
la misma clase de compuestos. Dediquémonos ahora a considerar los elementos del
principio de las ocho columnas de Newlands.
Hidrógeno, flúor, cloro, bromo y yodo, ciertamente, pueden todos incluirse en
la misma familia. Pero el cobalto, el níquel, el paladio, el platino y el
iridio no se corresponden con éstos Apenas cabe imaginar unos elementos más
distintos que el flúor y el iridio. El flúor es el elemento más activo de toda
la lista y el iridio, el menos activo. El flúor es un gas y el iridio, un
metal...
Además, para mantener el ritmo de las similitudes en sus octavas, Newlands tuvo
que doblar los elementos en algunas posiciones; es decir, el cobalto con el
níquel y el platino con el iridio. También debía situar algunos elementos en un
falso orden respecto del peso atómico. Por ejemplo, colocó al cromo por delante
del titanio, aunque sabía que su peso atómico era superior, porque el cromo se
parecía más al aluminio que al silicio (véase tabla 13).
|
primera columna |
hidrógeno |
|
segunda columna |
flúor |
|
tercera columna |
cloro |
|
cuarta columna |
cobalto y níquel |
|
quinta columna |
bromo |
|
sexta columna |
paladio |
|
séptima columna |
yodo |
|
octava columna |
platino e iridio |
La mayoría de los químicos ridiculizaron la tabla de Newlands, y las
publicaciones científicas se negaron a publicar su artículo en que describía la
ley de las octavas.
El hecho es que Newlands había llegado a una idea correcta, pero había cometido
un simple error que convertía a su tabla en desesperanzadamente inútil. El
defecto radicaba en su «ley de las octavas»; se había equivocado al contar en
sus columnas por grupos de siete.
ALARGANDO LOS PERÍODOS
En 1870, seis años después de la brillante aunque abortada inspiración de
Newlands, un químico alemán llamado Julius Lothar Meyer introdujo también la
nariz en este problema. Pero Meyer se aproximó de forma opuesta al intentar
disponer los elementos: en vez de tratar de colocarlos en una disposición rigurosa,
como Béguyer de Chancourtois y Newlands habían hecho, permitió que fuesen las
propiedades de los elementos las que determinasen su posición.
Meyer se concentró en una propiedad en particular: el peso. Se preguntó acerca
del extraño hecho de que los pesos específicos de los elementos (el peso de un
volumen dado de la sustancia cuando se le asignaba una escala) no eran
consistentes con sus pesos atómicos relativos. Por ejemplo, tomemos el cesio y
el bario. En volumen, el bario es casi dos veces más pesado que el cesio: el
peso específico del bario (su peso en comparación con el volumen igual de agua)
es de 3,78, mientras que el del cesio es sólo de 1,903. Sin embargo, ambos
tienen un peso atómico muy próximo: 132,91 para el cesio y 137,36 para el bario.
Esto sólo podía significar una cosa: en sus concentraciones en volumen, los
átomos del bario debían de estar unidos dos veces más próximamente que los
átomos de cesio. Para expresarlo de otra forma: el «volumen atómico» del bario
era sólo la mitad del cesio.
Meyer siguió con toda la lista de elementos, agrupando volumen atómico contra
peso atómico y consiguiendo una gráfica que tomó la forma de una serie de
ondas.
Para mostrar el resultado tan sencillo como sea posible, hemos dibujado una
forma simplificada de esta gráfica, dejando fuera el hidrógeno y comenzando con
el litio, el segundo elemento más ligero entonces conocido (véase tabla 14). El
litio tiene un cierto volumen atómico. Meyer descubrió que los volúmenes
atómicos de los elementos que siguen a éste, van descendiendo al principio (por
ejemplo, para el berilio y el boro) y luego comienzan a aumentar (como en el
carbono, el nitrógeno, el oxígeno, el flúor y el sodio, que tienen,
sucesivamente, mayores volúmenes atómicos). El sodio alcanza un ápice (más alto
que el litio); después de eso, los volúmenes atómicos comienzan a descender de
nuevo y luego se elevan hasta que alcanzan el ápice superior del potasio. Y así
continúa con toda la serie de elementos, con los volúmenes atómicos aumentando
y disminuyendo como en una serie de ondas.
Puede observarse ahora que los puestos máximos del diagrama parcial que
presentamos corresponden al litio, al sodio, al potasio, al rubidio y al cesio.
Todos ellos son metales alcalinos. Forman una auténtica y consistente pauta de
elementos muy estrechamente emparentados. Y lo mismo cabe decir de la serie de
elementos en la parte inferior de las curvas y los que se encuentran en otras
posiciones de las mismas. En otras palabras, cuando Meyer clasificó los
elementos, de acuerdo con el volumen atómico, y en relación con el peso
atómico, fue uniendo familias.
El diagrama nos muestra un hecho significativo que nos indica dónde se equivocó
Newlands. Las ondas se van haciendo mayores a medida que proseguimos con la
lista de los elementos (o hacia «arriba» de la lista, considerando su creciente
volumen atómico). Las primeras dos ondas, (del litio al sodio y del sodio al
potasio) son casi de la misma longitud; las dos siguientes son ya más de dos
veces más largas. Si Newlands hubiese hecho las siguientes columnas dos veces
más largas que las dos primeras (combinando las columnas 3 y 4, 5 y 6 y 7 y 8),
hubiera resuelto una de sus dificultades. Las cinco columnas habrían estado
encabezadas por el hidrógeno, el flúor, el cloro, el bromo y el yodo, todos
ellos productos químicos emparentados. Cobalto, níquel, paladio, platino e
iridio no hubieran aparecido en escena para estropear las cosas.
Meyer, como ya hemos indicado, publicó su gráfica en 1870. La historia debería
haber hecho de él un hombre famoso. Pero llegó exactamente un año tarde. En
1869, un químico ruso había publicado una tabla que se convertiría en la biblia
más duradera de los elementos.
Capítulo
12
La Tabla Periódica
Esta gran contribución a la Química llegada de Rusia, era de lo más
desconcertante en sí misma. En los siglos xviii y xix, la Química había sido
casi un monopolio de los países occidentales de Europa, en particular de
Alemania, Suecia, Francia e Inglaterra. Rusia se encontraba tan lejos de la
Ciencia como de las demás otras formas del conocimiento. Sus habitantes eran
dejados, deliberadamente, en el analfabetismo por los despóticos zares rusos,
que temían que la educación de los campesinos les condujese a la
revolución.
Incluso así, en el siglo xviii Rusia había producido uno de los mayores
químicos de todos los tiempos: Mijail Vasilievich Lomonósov (1711-1765). Este
hijo de un pobre pescador de aldea del extremo norte, había conseguido acudir a
Moscú para recibir educación. Se mostró tan prometedor en la escuela, que lo
enviaron a Alemania para que cursara estudios en Química.
Lomonósov se distinguió en numerosos campos; escribió alguna de las mejores
poesías en idioma ruso; reformó la lengua al simplificar su gramática y se
convirtió en el Lavoisier de Rusia. Incluso hoy día continúa siendo una de las
figuras más veneradas de la historia rusa. Entre otros honores, el nombre de
Lomonósov ha sido concedido al pueblo en donde nació y también a uno de los cráteres
de la cara oculta de la Luna, la cual fotografió un sputnik soviético, por
primera vez, en 1959.
Pero, en su propio tiempo, Lomonósov fue poco conocido fuera de Rusia. Los
científicos de los demás países no leían los informes rusos; incluso la mayoría
de ellos desconocían el idioma. (Aún siguen haciéndolo hoy, aunque a muchos de
ellos les gustaría saberlo.) Si los químicos del siglo xviii hubieran leído los
escritos de Lomonósov, se habrían enterado de que había resuelto el problema de
la química de la combustión (al llevar a cabo experimentos parecidos a los de
Lavoisier), veinte años antes que el propio Lavoisier...
Después que Lavoisier publicase su teoría de la combustión (independientemente
de Lomonósov), fue otro químico ruso, Vasili Vladimirovich Petrov, el que llevó
a cabo unos experimentos concluyentes que lo probaron. En 1797, demostró que,
en el vacío (es decir, sin oxígeno), el fósforo no ardía y los metales no
dejaban residuos. Ésta era una concluyente desaprobación de la teoría del flogisto
y una demostración de la importancia del oxígeno. Pero los químicos
occidentales tampoco se enteraron del trabajo de Petrov.
No obstante, el ruso que nos interesa ahora no son ni Lomonósov ni Petrov, sino
un tal Dimitri Ivanovich Mendeleiev.
Mendeleiev había nacido en Siberia, en la ciudad de Tobolsk. Su madre se supone
que pertenecía al pueblo mongol. Dmitri fue el menor de sus 14 ó 17 hijos (los
registros no han aclarado el número exacto). Su padre era el director de la
escuela superior del pueblo, pero se quedó ciego cuando Dmitri era muy joven.
Para mantener a una familia tan numerosa, la madre de Dmitri instaló una
fábrica de vidrio.
Cuando Dmitri tenía dieciséis años y terminó los estudios primarios, su padre
murió y la fábrica de su madre se incendió. Aquella increíblemente enérgica y
arrojada mujer, decidió que su hijo más joven y brillante debería recibir una
educación superior. Mandó a Dmitri a Moscú, a miles de kilómetros de distancia.
Pero en esto la madre fue desairada, puesto que la Universidad no admitió a
Dmitri. Rechinando los dientes, la mujer se dirigió a San Petersburgo. Allí, un
amigo de su difunto marido, consiguió que el joven Mendeleiev ingresara en la
Universidad. Una vez cumplida su misión, la señora Mendeleiev murió poco después...
Dmitri Mendeleiev sentía inclinación hacia la Ciencia, a la que había sido
atraído por su primer maestro, un exiliado político en Siberia. Acabó la
carrera universitaria el primero de su clase. Luego viajó a Francia y Alemania
para conseguir la experiencia que le era imposible alcanzar en Rusia.
En Alemania, trabajó con Bunsen, que acababa de inventar el espectroscopio.
Mendeleiev también asistió al Congreso de Karlsruhe, y debió de quedar
profundamente influido por aquel gran discurso de Cannizzaro acerca de los
pesos atómicos.
El joven siberiano regresó a San Petersburgo y, a la edad de treinta y dos
años, se convirtió en un auténtico profesor de Química.
Pronto se convirtió en el más interesante conferenciante de Rusia, y muy poco
después, en uno de los mejores de Europa. También escribió un tratado de
Química, con el título de Los principios de la Química, el cual, probablemente,
fue el mejor que se había escrito jamás en ruso.
VALENCIA Y LA TABLA
A finales, de los años 1860, Mendeleiev, como la mayoría de los químicos
anteriores a él, se había enfrentado al problema de encontrar cierta clase de
orden en la lista de los elementos. En Alemania, Meyer estaba trabajando en
aquel problema desde el punto de vista de los volúmenes atómicos. Mendeleiev,
que no estaba enterado de la labor de Meyer, enfocó el asunto desde un ángulo
diferente. Su punto de partida fue el de las «valencias» de los
elementos.
Desde hacía muchos años, era ya conocido que cada elemento tenía cierto «poder
de combinación». El átomo de hidrógeno, por ejemplo, sólo podía hacerse cargo
de otro átomo a la vez: nunca se combinaba con dos átomos de oxígeno, digamos,
para formar HO2. Por otra parte, el oxígeno, podía combinarse con dos, pero
sólo dos, de otros átomos (por ejemplo, H2O). Podríamos decir que el átomo de
hidrógeno es monógamo y el átomo de oxígeno, bígamo...
Así, pues, el hidrógeno tenía un «poder de combinación» de uno. Lo mismo le
ocurre al sodio, al flúor, al bromo, al potasio, al yodo y a otros pocos
elementos más. El oxígeno y otro cierto número de elementos tienen un poder de
enlace de dos. El nitrógeno y otros más un poder de combinación de tres (por
ejemplo, NH4). Y así por este estilo.
En 1852, un químico inglés llamado Edward Frankland acuñó el término «valencia»
(del latín valens, participio de valere, valer) para configurar esta capacidad
de combinación. Cada elemento tenía asignada una valencia, según su
comportamiento químico.
Ahora, Mendeleiev se concentró en las valencias de los elementos. ¿Mostraban
algún tipo de pauta? Hizo una lista de los elementos en orden de su peso
molecular y escribió la valencia al lado de cada elemento. La tabla 15 nos
muestra parte de esa relación.
Como puede verse, el valor de la valencia sube y baja. Empezando con 1, aumenta
hasta 4 y luego desciende hasta 1, se eleva a continuación hasta 4 y luego
desciende a 1 otra vez. A medida que aumenta la lista, las cosas no son tan
sencillas, pero la valencia continúa ascendiendo y descendiendo en ondas. No
obstante, las ondas se hacen más alargadas (lo mismo que Meyer había
descubierto en su gráfica de los volúmenes atómicos).
Sobre la base de estos ciclos, o «períodos», revelados por las valencias,
Mendeleiev compuso una «tabla periódica» de los elementos. Esta vez, toda
Europa tomó nota de la labor de un ruso. La publicación de Mendeleiev, en 1869,
fue en seguida traducida al alemán y editada por los químicos de todas
partes.
Mendeleiev siguió trabajando con su tabla y mejorándola. Después que se
publicara la gráfica de Meyer, en 1870, Mendeleiev descubrió que aclaraba
algunos puntos que la valencia había dejado confusos. Cuando Mendeleiev terminó
su tabla, ésta presentaba casi el mismo aspecto que la que los químicos emplean
todavía en la actualidad.
En la tabla 16 presentamos los elementos entonces conocidos en una disposición
cercana a la que al final alcanzó Mendeleiev. Hemos efectuado algunos cambios
para ponerla más de acuerdo con nuestras actuales ideas sobre este tema, y, por
tanto, se han incluido los valores modernos de los pesos atómicos.
Esta tabla tiene siete columnas, usualmente llamadas «primer período», «segundo
período», etc. En el primer período sólo existe un elemento: el hidrógeno. El
segundo y tercer períodos tienen siete elementos cada uno, lo mismo que en la
tabla de Newlands. Los períodos cuarto, quinto y sexto, sin embargo, son
considerablemente más largos. A fin de alinear semejantes elementos
horizontalmente, debía dejarse un intervalo a la izquierda de la sección de en
medio de los períodos más cortos. Por acuerdo, las hileras se etiquetan con
números romanos, de acuerdo con un sistema que depende de la valencia.
Ante todo, debemos observar que las tríadas de Döbereiner ya ocupaban bien su
sitio. Cloro, bromo y yodo se encuentran ahora en la misma hilera; lo mismo
sucede con el azufre, el selenio y el telurio, y también con el calcio
estroncio y el bario.
Y lo que es más, cualquier químico reconocerá que todos los elementos en una
hilera pueden ser considerados como pertenecientes a la misma familia. Por
ejemplo, litio, sodio, potasio, rubidio y cesio son ya, de manera definitiva,
similares químicamente; cobre, plata y oro son metales con muchas propiedades
en común, lo mismo cabe decir del carbón, el silicio, el estaño y el plomo que
comparten similitudes químicas.
En la hilera VIII existe una serie de tres elementos llamados «tríadas» (aunque
no son las tríadas de Döbereiner). Los miembros de cada tríada son similares, y
las triadas, a su vez, se parecen unas a otras; asimismo, las dos tríadas
rutenio-rodio-paladio y osmio-iridio-platino son denominadas todas ellas
metales del platino.
No sólo se hallan relacionados los elementos de una hilera, sino que existen
también semejanzas entre las hileras, tal como indican las hileras Ia e Ib, IIa
y IIIb, etc. El hidrógeno es un ejemplo, particularmente dramático, de relación
entre hileras: puede colocarse en la hilera VIIb, lo mismo que la Ia, en lo que
se refiere a la similitud con los otros miembros de la hilera.
Por primera vez, la tabla de Mendeleiev también proporcionaba sentido a toda la
multitud de elementos. Los organizaba en familias muy definidas. Y no se
trataba de una representación poco sistemática de coincidencias, como lo habían
sido las tríadas de Döbereiner; ni tampoco una mezcla de unas malas
coincidencias junto a otras buenas, como había ocurrido en la tabla de
Newlands. Mendeleiev presentaba a todas las familias en una disposición tan
lógica que resultaba imposible considerarlas simples coincidencias.
El mundo de la química no pudo dejar de mostrarse impresionado. Sin embargo,
los químicos no podían manifestarse dispuestos a aceptar la tabla sólo por su
apariencia externa. Era demasiado adecuada..., demasiado buena para ser
cierta... Querían pruebas...
Pero lo que acabó de poner un broche de oro al notable logro de Mendeleiev, y a
su fama, fue la asombrosa manera en que se encontró esta prueba.
LOS HUECOS EN LA TABLA
Mendéleiev tenía tanta confianza en la validez de su tabla periódica, que
no titubeó en contradecir las ideas establecidas acerca de los elementos
individuales y a realizar unas predicciones muy arriesgadas.
Al igual que Newlands, colocó al telurio por delante del yodo en su tabla, a
pesar de su más elevado peso atómico, porque ese cambio situaba a los elementos
en las hileras apropiadas con sus primos químicos. Pero Mendéleiev no hizo
juegos malabares de la misma forma con todos los elementos, tal como había
realizado Newlands, y llegado el momento se demostraría que había tenido razón
al llevar a cabo esa excepción.
Mendéleiev realizó pronto otros cambios que aún conmocionaron más a los
químicos. El berilio se suponía que poseía un peso atómico de, aproximadamente,
14. Imposible, respondió Mendéleiev; no había hueco para un elemento de aquel
peso en su tabla. Colocó al berilio en la hilera IIa junto al magnesio, al que
se parece. Esto significaba que el berilio debía quedar entre el litio y el
boro en peso atómico; es decir, su peso atómico debería ser de,
aproximadamente, 9. De manera similar, afirmó que los químicos estaban
equivocados, en sus pesos atómicos para el indio y el uranio también, y los
pesos que dio para esos dos elementos se demostró más tarde que eran
correctos.
Pero el paso precario dado por Mendéleiev pareció ser su afirmación acerca de
algunos elementos que faltaban. Para que su tabla periódica funcionase, tuvo
que dejar en ella varios huecos.
Por ejemplo, existía un hueco entre el cinc (peso atómico: 65,38) y el arsénico
(peso atómico: 74,91). El cinc pertenecía a la hilera IIb porque era muy
parecido al cadmio, y el arsénico debería encontrarse en la hilera Vb porque
era parecido al antimonio (véase tabla 15). ¿Pero qué pasaba con los lugares de
las hileras IIIb e IVb que quedaban vacíos? No se conocían elementos con pesos
atómicos entre los del cinc y el arsénico.
Naturalmente, contestaba Mendéleiev. Lo que había que hacer era buscarlos... Y
Mendéleiev insistía: Aquí existen dos elementos que se han pasado por alto, de
los cuales no existe duda alguna de que los hay en la Tierra y lo que debe
hacerse es encontrarlos...
Procedió a describir a aquellos elementos que habían hecho novillos. Uno,
afirmó, debe de tener propiedades intermedias entre las del aluminio y las del
indio, puesto que debía estar en medio de ellos en la hilera IIIb. Predijo que
este elemento, al que llamó «ekaaluminio», debería tener un peso atómico de
cerca de 68, un peso específico de, aproximadamente, 5,9 y un punto bajo de
fusión. No resultaría afectado por el aire y reaccionaría con lentitud ante los
ácidos. Formaría un compuesto de átomos de óxido de ekaaluminio y tres átomos
de oxígeno en la molécula. Mendéleiev continuó describiendo el comportamiento
del óxido y de algunos otros compuestos del ekaaluminio.
El segundo elemento desconocido, predijo, tendría unas propiedades parecidas a
las intermedias de las del silicio y el estaño (en la hilera IVb). A éste le
denominó «ekasilicio». Su peso atómico debería ser 72 y su gravedad específica
de 5,5. Se combinaría con dos átomos de oxígeno para formar un bióxido y cuatro
átomos de cloro para formar un tetracloruro. El tetracloruro, prosiguió,
herviría a una temperatura por debajo de los 100° C.
La tabla de Mendéleiev poseía una tercera vacante en el cuarto período, éste
próximo al itrio en la hilera IIIa (véase la tabla 16). Mendéleiev estaba
seguro de que un elemento se había pasado por alto allí también, y que sus
propiedades deberían ser parecidas a las del itrio y el lantano. Debería
presentar semejanza con los elementos de la hilera IIIb, a causa de que esta
familia se hallaba relacionada con la IIIa. Los elementos de la hilera IIIb,
del segundo y tercer períodos, son el boro y el aluminio. Mendéleiev ya había
denominado a uno de estos elementos perdidos como ekaaluminio, por lo que llamó
al tercero «ekaboro».
El ekaboro, predijo, tendría un peso atómico de 44 y formaría un óxido similar
al óxido de aluminio. Sus compuestos serían incoloros y tendría otras
determinadas propiedades específicas.
Un más específico, y arriesgado, desafío difícilmente podía haberse llegado a
concebir de este modo... Si los mencionados elementos se encontraban,
Mendéleiev se convertiría en un héroe y su tabla periódica quedaría verificada
más allá de toda duda... Pero si no existían, Mendéleiev se convertiría en uno
de las más ridículas pitonisas, con su bola de cristal de toda la historia de
la Química...
Capítulo
13
Los Elementos que Faltaban
Al principio, los químicos se negaron a tomar en serio las predicciones de
Mendéleiev. Ya se habían cometido demasiadas tonterías en nombre de la Química,
pero nadie había intentado aún conjurar los elementos en alas de la pura
imaginación. La gente había deducido los elementos de la muerte de ratones, por
los colores de los minerales, por las líneas de un espectro. Pero Mendéleiev no
tenía nada: sólo una tabla que había redactado y que daba la casualidad que
aparecían en ella espacios en blanco. Sin embargo, presumía poder describir,
con los detalles más nimios, unos elementos que no habían dado hasta entonces
ninguna prueba tangible de su existencia.
Mendéleiev no prestó atención a los que se burlaban de él y se limitó a
aguardar los acontecimientos. Y sucedió que no tuvo que esperar
demasiado...
Un joven químico francés llamado Paul Émile Lecoq de Boisbaudran, que trabajaba
en un pequeño laboratorio de su propiedad, quedó tan fascinado con el
espectroscopio que, año tras año, no hizo otra cosa que estudiar detenidamente
minerales con su instrumento. Un día, en 1874, detectó algunas raras líneas
espectrales en un mineral que había recibido de unas minas de cinc de los.
Pirineos. ¿Un nuevo elemento? Muy excitado, corrió a París para mostrar a los
químicos importantes lo que había encontrado. Luego regresó a seguir trabajando
en el aislamiento del elemento.
De centenares de kilos de mineral, al final consiguió unos montoncitos de un
raro metal. Fundía a la baja temperatura de 30° C: incluso se fundía lentamente
con el calor de la mano de una persona. Lecoq de Boisbaudran llamó al elemento
«galio», del antiguo nombre latino de Francia. (Algunos creen que lo denominó
así también por él mismo, dado que el apellido Lecoq significa «gallo», y la
palabra latina correspondiente es gallus).
El químico francés se sintió regocijado con su descubrimiento, pero ni la mitad
de excitado que Mendéleiev. Tan pronto como el ruso leyó la descripción del
nuevo elemento, supo que era su ekaaluminio. Había predicho que el elemento
fundiría a un punto bajo. Había estimado su peso atómico en unos 68 y el galio
tenía 69,72. También había pronosticado que su peso específico sería de 5,9 y
el galio tenía 5,94. Su comportamiento químico seguía sus predicciones. Punto
por punto, el galio se adecuaba por completo al ekaaluminio.
Aquella notable adecuación causó sensación. Los químicos tuvieron que admitir
que el galio era el ekaaluminio de Mendéleiev de forma absoluta. Tal como ahora
aparecía, su tabla periódica no era sólo unos ingeniosos garabatos en un papel.
Podía ser incluso una clave para la interpretación sistemática de los elementos
y hasta de la Química en sí...
Constituyó tal vez el momento más excitante en toda la ya larga historia de la
búsqueda de los elementos. Al fin, alguien había averiguado lo suficiente sobre
los elementos, como para predecir la existencia de uno que nadie había
sospechado nunca.
Cuatro años después, se cumplió la segunda profecía de Mendéleiev. Lars
Fredrick Nilson, un químico sueco, estaba estudiando un mineral recientemente
descubierto. De manera por completo accidental, se vio ante un óxido que no le
era familiar. Decidió que era el óxido de un nuevo elemento, y lo llamó
«escandio», en honor de Escandinavia, donde el mineral había sido encontrado.
Fue otro caza-elementos sueco, Per Teodor Cleve, quien se percató de que el
escandio se parecía a uno de los elementos perdidos de Mendéleiev. Se
comportaba tal y como Mendéleiev había predicho que le sucedería al ekaboro. De
nuevo, la descripción de Mendéleiev del elemento demostró ser casi del todo
correcta en cada detalle. El peso atómico del escandio era de 44,96 (la
predicción había sido 44); el óxido dé escandio tenía un peso específico de
3,86 (previsión: 3,5), etc.
El triunfo final de Mendéleiev llegó en 1886. Un químico alemán, Clemens
Alexander Winkler, se encontraba analizando un mineral de una mina de plata y
se le presentaron algunos problemas. Después de descomponer todos los elementos
que pudo identificar, halló que aún le quedaba un 70 por ciento de otro
mineral. Winkler decidió que éste debía de constituir un elemento desconocido.
Trabajó en él durante meses y, al final, logró extraer el elemento. Lo llamó
«germanio», por Alemania.
Ahora los químicos debían echar una ojeada al tercer elemento de Mendéleiev. El
germanio, según averiguó rápidamente Winkler, era sin duda este tercer elemento
perdido, el ekasilicio. Su peso atómico era de 72,60 (casi exactamente los
previstos 72); su peso específico era de '5,47 (la prevista: 5,5). Tal y como
Mendéleiev había dicho, el elemento formaba un tetracloruro de bajo punto de
ebullición. Mendéleiev sólo se había equivocado en un cálculo; el germanio
fundía a una temperatura menor de la que había vaticinado.
Mendéleiev había triunfado las tres veces... Su tabla periódica fue ahora
reconocida como un descubrimiento monumental...
Los dirigentes de Rusia se apresuraron a conceder honores a su prestigioso
científico. Lo enviaron en una misión a Estados Unidos (otro país muy
subestimado en aquel tiempo por los europeos occidentales) para estudiar los
yacimientos petrolíferos de Pennsylvania, a fin de tener una guía de cómo
debían desarrollarse los campos petrolíferos del Cáucaso.
Mientras, las más aristocráticas sociedades científicas de Europa también
honraban a Mendéleiev. La Royal Society, de Londres, le recompensó con la
codiciada «Medalla Davy», en 1882. Le siguieron otras medallas y
distinciones.
Mendéleiev fue también un auténtico pionero en otros campos, además de la
Química. En 1887, subió en globo para fotografiar un eclipse solar. Hay una
fotografía en la que se le ve erguido en la góndola con una gran dignidad, con
el aspecto de un patriarca bíblico, con sus flotantes cabellos y su larga
barba. Mendéleiev también habló con arrojo contra el Gobierno zarista, en
defensa de los estudiantes descontentos. Al igual que otros muchos
intelectuales rusos, quedó conmocionado y desilusionado por la derrota de Rusia
ante el Japón, en la guerra de 1904, pero no vivió lo suficiente para
presenciar la inevitable revolución contra el régimen de los zares.
El triunfo de la tabla periódica de Mendéleiev también aportó reconocimiento y
vindicación para Meyer, Newlands e incluso para Béguyer de Chancourtois. En
efecto, en 1891, una publicación científica francesa, tardíamente, imprimió el
diagrama del más perfeccionado «tornillo telúrico».
LOS ELEMENTOS SIN PREDECIR
Ahora se presentaba la tarea de acabar de rellenar la tabla. El esquema de
Mendéleiev sugería que existía un número limitado de elementos. Todo cuanto los
químicos tenían que hacer era completar sus hileras y períodos y verificar la
existencia de aquellos elementos que aún no habían sido aislados. Por lo menos,
esto era lo que parecía...
El flúor era un elemento que se había resistido tozudamente a ser aislado. Los
químicos sabían dónde encontrarlo, pero no les acompañaba la suerte a la hora
de separarlo de sus compuestos. En 1886, tras heroicos esfuerzos, un químico
francés, llamado Henri Moissan, finalmente logró atraparlo.
El flúor había desafiado a su liberación, debido a que era extremadamente
activo. Atacaba al agua, a la mayor parte de los metales, e incluso al vidrio,
por lo que el equipo de laboratorio tuvo que ser sumergido en agua en cuanto
quedó liberado. Además, también atacaba a los tejidos vivos, y Moissan resultó
gravemente intoxicado varias veces durante sus experimentos.
Al fin, consiguió hallar la estrategia adecuada. Como contenedores para
albergar el gas empleó una aleación de platino y de iridio, el más inerte de
los metales conocidos. Para enlentecer la actividad del flúor, enfrió su equipo
a la menor temperatura que le fue posible conseguir. Con esas técnicas logró,
por lo menos, atrapar un poco de flúor libre dentro de sus recipientes de metal
noble. En 1906, el año anterior a su muerte, recibió el premio Nobel de Química
por sus logros.
(Moissan consiguió otra clase de fama al anunciar que había logrado fabricar
diamantes artificiales partiendo del carbono, al disolverse en hierro fundido.
Mostró algunos pedazos de diamante para apoyar su alegación. Pero ahora sabemos
que su método no podía dar resultado. Existe la teoría de que un ayudante
deslizó algunos fragmentos de diamante en las preparaciones del profesor, como
una broma práctica.)
Después del descubrimiento del galio, del escandio y del germanio, aún quedaban
tres huecos en la tabla de Mendéleiev: uno en el quinto período y dos en el
sexto. Nadie dudó de que, eventualmente, se llenarían a través de nuevos
descubrimientos. Pero a todos los había intrigado un molesto detalle. Existían
varios elementos conocidos para los que no se había encontrado espacio en la
tabla...
El problema comenzó con tres elementos de tierras raras: cerio, erbio y terbio.
La tabla de Mendéleiev no tenía un lugar apropiado para ellos y se vio obligado
a meterlos juntos de cualquier manera. (Hemos retirado esos elementos de la
tabla 16 para evitar problemas.)
Esas patitas de mosca en un cuadro, por otra parte, tan perfecto, habían sido
pasados por alto, pero cuanto más tiempo transcurría, más embarazosos
resultaban. La lista de nuevos elementos que no encajaban en la tabla
continuaba creciendo. ..
En 1879, Lecoq de Boisbaudran, aún al pie de su espectroscopio, descubrió unas
nuevas líneas espectrales en un mineral ruso de tierras raras llamado
samarsquita. Las adscribió a un nuevo elemento al que denominó «samario».
Mientras tanto, Cleve (el químico que había reconocido al escandio como el
ekaboro de Mendéleiev), localizó otros dos elementos de tierras raras con el
espectroscopio. A una, le llamó «holmio», por Estocolmo, y a la segunda
«tulio», por Tule, el antiguo nombre latino de las tierras del lejano Norte. En
lo que se refiere al descubrimiento del holmio, un físico francés, llamado
Louis Soret, comparte la fama con Cleve, porque también observó aquellas líneas
del espectro casi al mismo tiempo.
Los elementos tierras raras siguieron multiplicándose como malas hierbas. Lecoq
de Boisbaudran encontró, en la misma mena con holmio, otro elemento al que
llamó «disprosio», de la palabra griega dysprositos, de «difícil acceso». Un
químico suizo, Jean-Charles Galissard de Marignac, encontró un nuevo elemento
al que llamó «iterbio», el cuarto en ser denominado así según el pueblo de
Ytterby. Aún consiguió descubrir otro en la mena de holmio; Lecoq de Boisbaudran,
que también lo localizó, sugirió que se llamase «gadolinio» en honor de Johan
Gadolin, el descubridor del primer elemento de las tierras raras. Y un químico
austriaco, Cari Auer Welsbach, desentrañó dos elementos casi idénticos, a los,
que llamó «praseodomio («gemelo verde») y «neodimio» («nuevo gemelo»).
Así, pues, aquí había ocho elementos más que debían añadirse a la tabla
periódica. ¿Y cómo encajarlos? En ninguna parte, por lo que todos podían ver.
Junto con el cerio, el erbio y el terbio, formaban un total de once elementos
sin hogar, para los que no existían lugares apropiados.
Lógicamente, los once pertenecían a la hilera IIIa, junto con los demás
elementos conocidos de tierras raras. Todos los elementos de tierras raras eran
muy parecidos, poseían una valencia de 3 y parecían encontrarse siempre juntos.
Pero los compartimientos de la hilera IIIa estaban ya ocupados con el escandio,
el itrio y el lantano (véase tabla 16). Y los once elementos sin hogar venían,
exactamente, detrás del lantano en peso atómico, tal y como muestra la tabla
17. Esto significaba que debían colocarse en el sexto período. El único lugar
en que encajarían en ese período, de acuerdo con sus propiedades químicas, era
en el mismo cajón, con el tierras raras del lantano. En resumen, para conseguir
que la tabla funcionase, 12 elementos debían amontonarse en el mismo
compartimiento. La tabla tan nítida de Mendéleiev se estaba convirtiendo en
algo no tan claro.
Se iban a presentar más complicaciones, como nos proponemos exponer.
Para poner al día nuestra crónica del descubrimiento de los elementos,
relacionamos en la tabla 18 los elementos descubiertos en los años que
siguieron a la publicación de la tabla de Mendéleiev. La lista de los elementos
había aumentado hasta setenta y cuatro.
LA HILERA IMPREVISTA
A fines del siglo xix, otro hecho asombroso conmocionó a los químicos. No
hacían más que sacar a luz una nueva serie de elementos que no encontraban
sitio en la tabla de Mendéleiev. Pero esta vez la solución era sencilla.
Simplemente, Mendéleiev se había olvidado una hilera completa...
Realmente, la historia comienza con el intrigante hecho que Henry Cavendish ya
había descubierto antes. Había tratado de averiguar si existían otros gases en
el aire, además del oxígeno y el nitrógeno. El retirar el oxígeno de su muestra
de aire no constituía ningún problema; consiguió desembarazarse con facilidad
de él. El nitrógeno era una cosa más difícil, porque se negaba a formar
compuestos para ser eliminado. Pero Cavendish, finalmente, consiguió forzarlo
en combinaciones con algún tipo de producto químico muy activo. Al fin, se
quedó con el 1 % de aire original y que no podía combinarse con nada. Decidió
que este gas que quedaba no podía ser nitrógeno. Debería ser incluso más inerte
que el nitrógeno. Pero no existía modo de identificar el gas, y los otros
químicos ignoraron la conjetura de Cavendish de que se trataba de un nuevo
elemento.
En la década de 1890, Robert John Strutt, el famoso físico más conocido como
Lord Rayleigh, reavivó la cuestión. Descubrió que el «nitrógeno» del aire
pesaba ligeramente más que las muestras de nitrógeno de los minerales que
contenían nitrógeno. ¿Significaba esto, quizá, que algún gas desconocido y más
pesado, se encontraba mezclado con el nitrógeno que había obtenido del aire?
Lord Rayleigh puso a un ayudante, un químico escocés llamado William Ramsay, a
trabajar en este problema.
Ramsay repitió el experimento de Cavendish, y de una manera parecida llegó al
final a un burbujeo de un gas completo inerte.
Pero ahora contaba con el espectroscopio, instrumento del que Cavendish había
carecido, para examinar este gas. Lo calentó hasta que brilló, y su espectro
mostró unas nuevas líneas. En efecto, se trataba de un nuevo elemento. Ramsay
lo llamó «argón», del griego argos, inactivo.
¿Dónde debía situarse el argón en la tabla periódica? Su peso atómico, 39,944,
quedaba entre los del potasio y el calcio, pero no había ningún puesto vacante
entre ellos. La solución de Ramsay fue situar el argón por delante del potasio,
a pesar de su levemente mayor peso atómico, porque de esta manera podía colocar
al nuevo elemento al final de la columna precedente y añadir una nueva
hilera.
Debemos recordar que Mendéleiev había confeccionado su tabla basándose en las
valencias. ¿Y cuál era la valencia del argón? Pues la valencia de un elemento
completamente inerte podía considerarse igual a cero. Esto encajaría muy bien
con el esquema de Mendéleiev, puesto que la valencia de los elementos,
inmediatamente antes e inmediatamente después del argón, era de 1. Si el cero
se colocaba entre estos unos, y se crease un nuevo escalón en cada período,
todos los períodos seguirían estando bien, dado que una nueva hilera había sido
añadida al final de la tabla.
Ramsay hizo sitio para añadir la hilera: la llamó «hilera O». El argón fue
incluido en la hilera O en la parte inferior del tercer período, debajo del
cloro. Naturalmente, aquello levantó de nuevo la veda en la caza de los
elementos. ¿Qué otros elementos deberían situarse en la nueva hilera?
Ramsay comenzó por buscarlos en el aire, razonando que, probablemente, contenía
trazas de otros gases inertes además del argón. Su intuición resultó correcta.
Con un colaborador, Morris William Travers, pronto rastreó el «neón» (al que
llamó así derivado de la palabra griega neos, que significa «nuevo»), «criptón»
(que significaba «oculto») y xenón (con significado de «extraño»). Los tres
eran gases inertes, como el argón. El neón ocupaba muy bien su lugar debajo del
flúor y al final del segundo período, el criptón debajo del bromo, en el cuarto
período, y el xenón debajo del yodo, en el quinto período.
Mientras tanto, Ramsay había tenido suerte con otro gas inerte en una zona por
completo inesperada. Un químico norteamericano, William Francés Hillebrand,
había descubierto en un mineral que contenía uranio, un gas del que pensó que
se trataba de nitrógeno. Ramsay, que seguía la exploración hacia los nuevos
gases, decidió examinarlo posteriormente. Él también halló el gas inerte en un
mineral que contenía uranio, y lo observó con el espectroscopio... ¡Eureka...!
Mostraba unas líneas que no pertenecían al nitrógeno. Y lo que resultaba más
sorprendente era que se trataba de las mismas líneas que habían sido
descubiertas en el Sol, hacía casi treinta años, y que se atribuyeron a un elemento
solar al que llamó helio el astrónomo inglés Lockyer (véase capítulo 10).
Lockyer no tenía la menor idea de qué clase de elemento debería ser, por lo que
le había dado la terminación común «io», que, por acuerdo, se aplica a los
metales. Si hubiese sospechado que se trataba de un gas, seguramente le habría
denominado «helión».
El helio, el elemento más ligero después, del hidrógeno, naturalmente, ocupó su
sitio al final del primer período. Ramsay había llenado ya los lugares en la
nueva hilera desde la primera a la quinta columnas. Por su descubrimiento de
los gases «nobles», recibió el premio Nobel de Química, en 1904.
Estos elementos, con sus pesos, atómicos, se relacionan en la tabla 19.
Elevaron el número total de los elementos conocidos hasta 79.
La tabla periódica había resistido, prácticamente, toda clase de pruebas. Su
esquema general estaba tan bien establecido, que la adición de una nueva hilera
no lo había estropeado en absoluto; en realidad, aún lo había reforzado. Pero
existía aún el espinoso problema de la bolsa repleta con los elementos de
tierras raras, que se aglomeraban con el lantano. ¿Y qué cabía decir del final
de la tabla, de más allá del sexto período? ¿Cuántos elementos más se
encontrarían allí? ¿Y qué longitud acabaría teniendo la tabla?
Capítulo
14
Más Pequeño que el Átomo
Los químicos, tenían ahora un cuadro muy bien ordenado de los elementos de que
estaba formado el Universo. Pero todos sus descubrimientos y su organización de
los elementos, les habían llevado más lejos que nunca de la respuesta a la
vieja pregunta de Tales. Éste había preguntado, de una manera muy razonable, si
existía una sustancia básica —un definitivo bloque de construcción— que
constituyese todo el material del Universo. Las decenas de diferentes elementos
que los químicos habían encontrado sólo habían incurrido en una petición de
principio. ¿De qué estaban hechos los elementos?
Ya en 1815, un físico y químico inglés, llamado William Prout, había ofrecido
una interesante respuesta. El átomo de hidrógeno. Si se le atribuye un peso
atómico de 1, cabe suponer que todos los demás elementos están hechos con ese
bloque de construcción. El carbono, por ejemplo, con un peso atómico de 12,
puede considerarse una combinación muy apretada de 12 átomos de hidrógeno; el
nitrógeno estaría compuesto de 14 átomos de hidrógeno, el azufre por 32 átomos
de hidrógeno, etc.…
Por desgracia, la «hipótesis de Prout» pronto tropezó con el hecho de que
numerosos elementos poseían un peso atómico que no era un múltiplo entero del
hidrógeno. Las mediciones de Berzelius habían mostrado que el peso atómico del
boro, por ejemplo, era de 10,8; el del cloro, 35,5, etc. ¡Esto significaría que
el boro estaba compuesto de 10,8 átomos de hidrógeno...! Se partiera como se
partiese, no se podía dividir el átomo de boro en átomos de hidrógeno (y ni
siquiera en cuartos o mitades de átomo). Y la situación aún llegaba a ser peor
a medida que los pesos atómicos de los elementos se iban midiendo con mayor
precisión. Cuando las medidas eran de una precisión refinada, como las que
efectuó el químico norteamericano Theodore William Richards a fines del siglo
xix (y por cuyo trabajo recibiría el premio Nobel de Química), éste se halló
con que los pesos atómicos debían ser expresados en fracciones, que a veces
llegaban hasta los tres decimales.
Esto, ciertamente, podía considerarse una prueba concluyente de que el átomo de
hidrógeno no podía ser el bloque de construcción de los elementos. Y luego, a
finales de la década de 1890, un físico hizo una serie de dramáticos
descubrimientos que dejaban muerta y bien muerta la premisa de Prout...
Averiguó que, a fin de cuentas, el átomo de hidrógeno no era la unidad menor de
la materia... En realidad, existían unas partículas tan pequeñas que el mismo
átomo de hidrógeno podía considerarse una estructura enorme. Y lo que es más,
la teoría de que los átomos eran individuales se derrumbaba también
completamente por su base...
Fue un físico británico, Joseph John Thomson, el que descubrió la primera
partícula «subatómica». Los experimentadores con electricidad habían averiguado
que una corriente eléctrica, en el vacío, producía una radiación brillante a la
que llamaron «rayos catódicos». Thomson mostró que esos «rayos» consistían en
partículas muy pequeñas que llevaban una carga eléctrica negativa. La masa de
la partícula era sólo 1/800 del átomo de hidrógeno. Dado que parecía la última
unidad de electricidad, se la llamó «electrón».
Mientras tanto, el físico alemán Wilhelm Konrad Roentgen, cuando estudiaba los
mismos rayos catódicos, había descubierto, accidentalmente, que podían alcanzar
una muy enérgica penetración radiactiva. Llamó a estas radiaciones «rayos X».
Muy poco después, el físico francés Antoine Henri Becquerel, realizó su famoso
descubrimiento de la radiactividad, a través del accidente de una placa fotográfica
guardada en un cajón, con algunas sales de uranio, y que fue oscurecida por la
radiación procedente del uranio. Esta radiación, llegado el momento, se
averiguó que consistía en «rayos alfa», «rayos beta» (electrones) y «rayos
gamma».
El uranio no era el único átomo que, espontáneamente, disparaba rayos y trozos
de sí mismo, como los físicos pronto descubrirían. Existían otros elementos
radiactivos. Por tanto, después de numerosos siglos de creer en la
indivisibilidad del átomo, los científicos, de repente, habían encontrado
átomos que se rompían por todas partes...
Naturalmente, siguieron tratando de ver si podían separar los átomos, o por lo
menos explorar la estructura interior del átomo. El cabecilla de esta
exploración fue Ernest Rutherford, en el famoso «Laboratorio Cavendish», en la
Universidad de Cambridge.
Empezó por bombardear átomos con partículas alfa emitidas por material
radiactivo. Las partículas alfa eran más de siete mil veces tan macizas como
las partículas beta, y viajaban a una velocidad muy elevada cuando eran
emitidas por átomos radiactivos. Rutherford montó láminas de un metal delgado
en la pista de esas pequeñas balas. La mayor parte de las partículas alfa
pasaron muy bien a través de la hoja fina metálica. Pero unas cuantas fueron
reflejadas y otras hasta saltaban hacia atrás. Tal y como observó Rutherford,
se trataba de algo tan notable como si se hubiesen disparado balas de verdad
contra una hoja de papel y algunas de ellas hubiesen rebotado.
Decidió que las partículas alfa que habían rebotado deberían haber chocado con
unos pesados y concentrados blancos en el interior de la delgada lámina de
metal. Debía de tratarse de los núcleos de los átomos metálicos. Y del hecho de
que la mayor parte de sus balas pasara a través de la lámina sin ser
reflejados, dedujo que el núcleo de cada átomo debería ser muy pequeño, tan
pequeño que sólo una de cada varios millares de sus balas, alcanzaba un núcleo.
Por tanto, la mayor parte del volumen de un átomo debía de consistir en
espacios casi vacíos poblados sólo por los ligeros electrones.
¿Y de qué estaba hecho el núcleo? Según el comportamiento de los átomos de
hidrógeno, Rutherford decidió que consistía en una o más de una partícula
cargada positivamente, a las que llamó «protones». Cada núcleo tenía tantos
protones como el átomo electrones, por lo que las cargas del protón y del
electrón se equilibraban, y el átomo, como un todo, era eléctricamente
neutro.
El átomo de hidrógeno contiene sólo un protón y un electrón. El átomo de helio
posee dos protones y dos electrones; en realidad, su núcleo es el mismo que una
partícula alfa.
Rutherford averiguó que era capaz de cambiar átomos al cortar piezas y
añadirlas en su núcleo por medio de sus proyectiles de partículas alfa. De esta
manera, transformó átomos de hidrógeno en átomos de oxígeno en 1919. Por fin se
había logrado el antiguo sueño alquímico de la transmutación, pero de una
manera en la que los alquimistas jamás habían soñado.
RADIACTIVIDAD
Thomson, Roentgen, Becquerel y Rutherford todos ellos recibieron el premio
Nobel por sus trabajos. Pero el más famoso de los galardonados con el premio
Nobel en el cambio de siglo, fue Marie Curie, nacida María Sklodowska, en
Polonia, en 1867. Marie marchó a París para proseguir su educación (en la
Sorbona), y allí conoció y se casó con un químico francés, Pierre Curie.
El descubrimiento de Becquerel de las radiaciones del uranio fascinó a Marie;
fue ella la que sugirió el término «radiactividad». Con entusiasmo e
imaginación, se sumergió en una carrera de investigación de este fenómeno.
Marie empezó por tratar de medir la fuerza de la radiactividad. Como
instrumento de medición empleó el fenómeno de la piezoelectricidad, que estaba
relacionado con el comportamiento de los cristales, y que había sido
descubierto por Pierre Curie. Pierre, percatándose quizá de que su mujer era
una científica más competente que él, abandonó sus propias investigaciones y se
unió a las de su esposa.
Mientras medían la radiactividad de muestras de uranio, averiguaron, ante su
gran sorpresa, que algunas muestras eran varias veces más radiactivas que lo
que podrían corresponderles por su contenido en uranio. Esto sólo podía
significar que estaban presentes otros elementos radiactivos. Pero si así era,
la cantidad debía de ser extremadamente pequeña, porque los Curie fueron
incapaces de detectarla por los procedimientos corrientes de análisis químicos.
Así que decidieron que debían reunir grandes cantidades, de la mena para
conseguir una cantidad apreciable de aquellas trazas de mineral, con el fin de
examinarlas. Consiguieron varias toneladas de mena de unas minas de Bohemia; el
Gobierno austriaco no tenía ningún destino que darles y quedó agradecido por
desprenderse de ellas, dado que los Curie pagaban el transporte. Esto representó
el objetivo de toda su vida.
Instalaron un almacén en un pequeño cobertizo sin calefacción y comenzaron a
trabajar con sus montañas y montañas de mena de uranio. Año tras año, fueron
concentrando la radiactividad, apartando el material inactivo y continuando sus
trabajos con el activo. (Marie incluso se tomó su tiempo para tener un hijo,
Irene, que más tarde también se convirtió en una prestigiosa científica.) Al
final, en julio de 1898, consiguieron reducir sus toneladas de mena a unos
residuos altamente radiactivos. Lo que tenían era una pizca de un polvo blanco,
que era cuatrocientas veces más radiactivo que la misma cantidad de uranio puro
lo hubiera sido. En este escaso material encontraron un nuevo elemento que se
parecía al telurio. Mendéleiev lo habría llamado «ekatelurio». Los Curie lo
llamaron «polonio», por el país natural de Marie.
No obstante, este elemento no era el causante de toda aquella radiactividad. Un
elemento aún más' activo debía ocultarse en su mena. Seis meses después,
finalmente, concentraron su elemento. Sus propiedades eran parecidas a las del
bario. El elemento se adaptaba en la hilera IIa del séptimo período de la tabla
de Mendéleiev. Fue el primer nuevo elemento descubierto en el séptimo período
desde que Berzelius había encontrado el torio, sesenta años antes.
Los Curie llamaron a este nuevo elemento «radio», debido a su poderosa
radiactividad.
Pierre Curie murió en 1906, como resultado de un accidente de circulación (en
el que estuvo implicado un coche tirado por caballos, no uno de los nuevos
coches de motor). Marie continuó desempeñando la cátedra de su marido en la
Sorbona y continuó los trabajos de investigación ella sola. Fue la primera
mujer profesora en la historia de aquella orgullosa institución. Además, ha sido
el único científico en la Historia que ha recibido dos premios Nobel: uno de
Física (compartido con su marido y con Becquerel), por sus exactas mediciones
de la radiactividad, y otro de Química, por el descubrimiento del polonio y del
radio.
Poco después de que los Curie rastreasen aquellos dos raros elementos
radiactivos, se descubrieron dos más. En 1899, un químico francés, André-Louis
Debierne, encontró un elemento que se adaptaba a la hilera IIIa, a la derecha
del lantano. Lo llamó «actinio», del griego aktís, rayo. Luego, en 1900, un
físico alemán, Friedrich Ernst Dorn, descubrió un gas sumamente radiactivo
asociado con radio. Más tarde, Ramsay mostró que era un sexto gas inerte,
perteneciente a los otros gases nobles de la hilera O. Se le llamó
«radón».
Los elementos radiactivos se habían hecho cargo del centro del escenario. Pero
los químicos aún seguían enzarzados también en la caza de los no radiactivos.
En 1901, un químico francés, llamado Eugène Demarçay, que había ayudado a los
Curie a localizar el radio con el espectroscopio, se dedicó a un nuevo elemento
de tierras raras, al que llamó «europio», por Europa. Otro químico francés,
Georges Urbain, también encontró un elemento de tierras raras para añadirlo a
la lista: lo llamó «lutecio», por el antiguo nombre romano (Lutecia) de París.
Fue el elemento de tierras raras más pesado identificado hasta aquel
momento.
En la tabla 20 presentamos la lista de los elementos descubiertos en el cambio
de siglo.
ISÓTOPOS
La mayor parte de estos elementos se adaptaban estupendamente a la tabla
periódica. El radón era un gas inerte; el radio, un elemento alcalinotérreo; el
polonio, un pariente del telurio, y el actinio, un pariente del lantano.
Quedaba un hueco exacto para cada uno de ellos. Además, ayudaban a rellenar los
períodos sexto y séptimo, y aún quedaba mucho espacio para nuevos
elementos.
Pero los elementos radiactivos introdujeron nuevos problemas en la tabla.
Constituyeron un rompecabezas de no pequeñas proporciones.
Rutherford y su ayudante, Frederick Soddy, se percataron, casi al instante, de
que los elementos radiactivos debían de estar continuamente cambiando. Cada vez
que un átomo radiactivo emitía una partícula alfa o una partícula beta, se
convertía en un átomo diferente. En otras palabras, la transmutación espontánea
estaba en funcionamiento durante todo el tiempo.
Cada uno de los elementos radiactivos tiene cierta «vida media», como
Rutherford la denominó. Ésta mide la proporción de su ruptura, es decir, el
tiempo que tardan la mitad de sus átomos en declinar hacia otros átomos. Por
ejemplo, la vida media del uranio es 4,5 mil millones de años; la del torio, de
14 mil millones de años. Esto es algo que avanza muy despacio, en toda la
historia de nuestro planeta, sólo una parte de estos elementos ha cambiado.
Pero, por otro lado, también tenemos al radio, con una vida media de sólo mil
seiscientos años; el actinio, con unos veintidós años; el polonio, con unos
cuatro meses y el radón menos de cuatro días... Ya no debería haber
prácticamente nada de estos elementos en nuestro viejo planeta. En realidad, ya
no quedarían de no haber tan pequeñas cantidades de ellos, que se forman
constantemente por la ruptura de los elementos pesados.
El rompecabezas de la tabla periódica se planteó cuando los químicos comenzaron
a fijar su atención en los productos de la decadencia de los elementos
radiactivos. Se encontraron con tres diferentes series de productos,
denominados «la serie del uranio», la «serie del torio» y «la serie del
actinio», tras el elemento inicial en cada caso. Muy pronto, los químicos
identificaron más de cuarenta «elementos» entre estos productos...
Las tres series terminaban en el plomo: éste era el elemento final y estable en
el que acababan. (Menuda ironía para los alquimistas: transmutaciones que
acababan en plomo, en vez de ser al revés...) Si el plomo era el producto
final, entonces todos los elementos transicionales formados por la decadencia
radiactiva de los elementos más pesados debería encontrarse entre el plomo y el
uranio en peso atómico. El problema radicaba en que sólo quedaban tres puestos
vacantes en la tabla periódica en ese intervalo. ¿Cómo acomodar más de cuarenta
elementos en tres vacantes?
El colega de Rutherford, Soddy, al final (en 1913) aportó la respuesta. No eran
cuarenta elementos diferentes, sino únicamente variedades de sólo unos cuantos
elementos. Un elemento singular debería tener un número de formas diferentes,
que difiriesen levemente en peso atómico y con distintas radiactividades.
Químicamente, todos pertenecían al mismo lugar de la tabla periódica. Soddy los
llamó «isótopos», del griego isos, igual, y topos, lugar: «el mismo
lugar».
El cómo podía existir un elemento con diferentes pesos atómicos no quedó claro
hasta 1932, cuando el físico inglés James Chadwick descubrió una nueva
partícula atómica. La partícula es el neutrón, que posee la misma masa que el
protón, pero no carga eléctrica. Esto aportó luz al hecho de que el núcleo de
un átomo, en casi todos los casos, contuviese tanto neutrones como
protones.
Ahora, tomando el caso más sencillo, vamos a considerar un núcleo compuesto de
un protón y de un neutrón. Dado que existe sólo una carga positiva en el
núcleo, el átomo tendrá sólo un electrón fuera del núcleo. En lo que se refiere
al comportamiento químico, el electrón es una cosa importante; el núcleo no
interviene, directamente, en las propiedades químicas del átomo. La actividad
química de cada elemento viene determinada por el número y disposición de sus
electrones; éstos dictan la clase de compuestos que pueden formarse.
Así, el hidrógeno es hidrógeno porque tiene un electrón, y de la misma forma
los restantes elementos. El átomo de hidrógeno siempre posee un protón, y
permite un electrón. Pero su núcleo puede contener también uno o dos neutrones.
La variedad corriente de hidrógeno no tiene neutrón en su núcleo.
Sin embargo, cada muestra de hidrógeno en la Naturaleza también incluye
pequeñas cantidades de dos, «isótopos» más raros, que contienen uno o dos
neutrones, respectivamente.
Esto explica por qué los elementos poseen variedades con diferentes pesos
atómicos. El isótopo de hidrógeno, con un neutrón y un protón en su núcleo,
tiene un peso atómico de 2, naturalmente, dado que el peso del neutrón es casi
igual al de un protón. De forma parecida, el isótopo de hidrógeno que contiene
dos neutrones y un protón, posee un peso atómico de 3. Lo mismo cabe decir de
las variedades de todos los demás elementos: los pesos atómicos de sus isótopos
varían de acuerdo con el número de neutrones que existen en su núcleo. La
presencia de neutrones de más, o de menos, de lo usual, no afecta las
propiedades químicas del elemento, puesto que dependen del número de
electrones., el cual, a su vez, sólo está determinado por el número de
protones.
En el caso del uranio, el núcleo de la forma común del átomo, posee 92 protones
y 146 neutrones, lo cual da un total de 238 «nucleones» (partículas nucleares),
y un peso atómico correspondiente de 238. Éste es conocido como uranio-238, o
U 238 . Su famoso hermano fisionable, el uranio-235, tiene
tres neutrones menos. Este núcleo es menos estable, o más radiactivo, por lo
que su vida media es de sólo setecientos millones de años, contra los 4,5 mil
millones de años del uranio 238.
La teoría del isótopo fue tenida en cuenta al instante para las cuarenta
especies raras, de elementos descubiertos entre el uranio y el plomo. De hecho,
eran isótopos de sólo unos cuantos elementos. Pero la teoría tiene mucho más
que ver que esto. Mostraba, por primera vez, por qué los pesos atómicos de la
mayor parte de los elementos no eran números enteros. La razón era,
simplemente, que los elementos tal y como se encuentran en la Naturaleza,
constituían mezclas de isótopos.
Los elementos radiactivos no son los únicos compuestos de isótopos. Sucede que
numerosos elementos estables están constituidos de dos o más diferentes
especies de átomos. Esto fue mostrado por un instrumento denominado
«espectrógrafo de masas», desarrollado por el físico inglés Francis William
Aston, un ayudante de Thomson. Este instrumento separa los elementos estables
de diferentes pesos al estimularlos en un campo magnético, donde toman
diferentes sendas de acuerdo con sus pesos. Con este instrumento, Aston
averiguó que, en el elemento neón, nueve partes del átomo poseían un peso
atómico de 20 y una décima parte un peso de 22. Esto explicaba el porqué el
peso promedio del neón era de 20,2. (Otro isótopo, el neón 21, fue descubierto
después, pero es tan raro que no afecta apreciablemente el peso del
elemento.)
El peso atómico del cloro de 35,5 fue aclarado de la misma forma. Las tres
cuartas partes de sus átomos poseen un peso de 35 y la otra cuarta parte pesa
37 (con dos neutrones de más).
Así, decimos que el cloro está compuesto por dos isótopos de «números de masa»
35 y 37.
En algunos casos, los isótopos no comunes son tan raros que el peso atómico del
elemento es, virtualmente, un número entero. En el nitrógeno, por ejemplo, sólo
cuatro átomos de cada 1.000 tienen un número de masa de 15: el resto es
nitrógeno 14. Por ello, el peso atómico del nitrógeno es, prácticamente, de
14.
Unos cuantos elementos tienen átomos de sólo un peso. La única variedad de
flúor encontrada en la Naturaleza, por ejemplo, es el flúor 19. Naturalmente,
el peso atómico del elemento es, exactamente, de 19.
Prout no estaba, pues, tan equivocado. Si hubiera dicho que todos los elementos
estaban hechos de núcleos de hidrógeno (el protón), hubiera estado muy cerca
del punto exacto. Lo que no reconoció, y no podía hacerlo, era el neutrón, una
partícula muy difícil de detectar que pesa lo mismo que el protón.
Capítulo
15
El Orden del Rango de los Elementos
Los descubrimientos que he expuesto en el último capítulo, empleando una
palabra popular en la actualidad, «degradaron» la importancia del peso atómico.
A fin de cuentas, esta propiedad no era tan decisiva en la identificación de
los elementos. Aquí, por ejemplo, existían tres, formas de plomo con diferentes
pesos atómicos: plomo-206, plomo-207 y plomo-208 (los estadios finales de la
degradación de las series del uranio, el actinio y el torio, respectivamente).
A pesar de sus diferentes pesos, los tres eran plomo; químicamente hablando,
forman idénticos tripletes. Así, pues, ¿qué distinguía a un elemento de otro?
¿Qué hace que acaban en plomo?
Ya hemos razonado la respuesta en el capítulo anterior: el rasgo decisivo de un
elemento es el número de protones en su núcleo. Pero en la Ciencia, nada es
evidente por sí mismo. Los descubrimientos y conocimientos se consiguen sólo
tras un duro y minucioso trabajo. A principios de la década de 1900, los
científicos atómicos tenían, sólo unas escasísimas nociones de lo que hubiese
dentro del átomo, y la existencia de neutrones ni siquiera se sospechaba.
La respuesta a la pregunta acerca de los elementos fue descubierta en lo que
podría considerarse una forma indirecta, y con lo que parecía un instrumento no
adecuado: los rayos X.
Un físico británico, llamado Charles Glaver Barkla, había averiguado que cada
elemento, al ser alcanzado por los rayos X, los dispersaba de una forma muy
particular; es decir, cada uno producía sus propios «rayos X característicos».
Esto condujo a otro joven físico británico, Henry Gwyn-Jeffreys Moseley, a
realizar un estudio sistemático de los elementos con rayos X a modo de
prueba.
Cuando continuó con la lista de elementos, Moseley descubrió que la longitud de
onda de los característicos rayos X se hacía, progresivamente, más corta a
medida que se incrementaba el peso atómico. Así, pues, decidió que la longitud
de onda reflejaba el tamaño de la órbita de los electrones en torno del núcleo
del átomo. Probablemente, los electrones eran responsables de las emisiones de
rayos X. Cuanto más cercanos estaban los electrones al núcleo, más pequeña
sería su órbita, y cuanto más estrecha fuese la órbita, más corta la longitud
de onda de los rayos X emitidos. Por lo menos, tal era su razonamiento...
Así, la longitud de onda disminuía con el peso del átomo. En los átomos más
pesados, pues, los electrones deberían encontrarse más próximos al núcleo. ¿Y
cuál era la fuerza que les hacía acercarse? Debía de tratarse de un incremento
en la carga positiva del núcleo, atrayendo a los electrones cargados
negativamente. En otras palabras, la carga nuclear debía aumentarse de un
elemento a otro a través de toda la tabla periódica. La forma más razonable
para tener esto en cuenta, radicaba en suponer que cada elemento tenía una
unidad más de carga positiva (es decir, un protón más) que el anterior.
La tabla comienza con el hidrógeno: una carga positiva. A continuación, sobre
la base de la carga, viene el helio (dos cargas, el litio (tres cargas), y así
sucesivamente. De este modo, los elementos pueden relacionarse según el «número
atómico», refiriéndose al número de cargas positivas en el núcleo.
Una vez se publicó el descubrimiento de Moseley, los químicos comenzaron a
asignar números atómicos a un elemento después del otro. La tabla 21 relaciona
todos los elementos entonces conocidos en orden del creciente número atómico.
El más pesado elemento conocido, el uranio, tenía el número 92.
El número atómico demostró en seguida ser mucho más provechoso que el peso
atómico, para organizar la tabla de los elementos. Por ejemplo, en términos de
peso atómico existía una brecha sustancial entre el hidrógeno (1,0080) y el
helio (4,003). Esto, decían, proporcionaría espacio para un elemento con un
peso atómico de cerca de 3. Pero sus respectivos números atómicos de 1 y 2, que
significaban que el átomo de hidrógeno contenía un protón y el átomo de helio
sólo dos, definitivamente, desarrollaba la posibilidad de que existiese
cualquier elemento entre ellos. Por otra parte, un número atómico pasado por
alto en la lista significaba, de una forma definida, un elemento perdido. En
resumen, el empleo de los números atómicos determinaba con precisión todos los
elementos pasados por alto, y también dejaba muy claro cuáles elementos no se
habían omitido.
Además, el sistema de número atómico resolvía el misterio de los pocos
elementos que debían ser situados en orden incorrecto de peso atómico en la
tabla periódica. Tomemos como ejemplo el telurio y el yodo. Sobre unos
antecedentes químicos, Mendéleiev había situado el telurio por delante del
yodo, aunque su peso atómico fuese mayor. Ahora, al desarrollar esto, de
acuerdo con la carga nuclear, se demostraba que Mendéleiev había tenido razón:
el telurio tiene 52 protones y el yodo, 53. La razón de que el telurio posea un
peso atómico superior es que sus isótopos cargan el elemento en el lado más
pesado. Tiene siete isótopos y el más común es el más pesado: el telurio-128.
Por otra parte, el yodo se presenta sólo de una forma: el yodo-127. Por tanto,
el telurio, tal y como se encuentra en la Naturaleza, es levemente más
pesado.
Este mismo hecho sucede con el argón-potasio y el cobalto-níquel, y sus
respectivos cambios en la tabla periódica; el argón es levemente más pesado que
el potasio, y el cobalto que el níquel, debido a un desequilibrio en los pesos
atómicos de sus isótopos.
Moseley no vivió para ver lo estupendamente que funcionaba su descubrimiento de
los números atómicos. En 1915, a la edad de veintisiete años, murió de un
balazo en la batalla de Gallipoli. Fue la trágica pérdida de uno de los mejores
cerebros de la Ciencia.
TABLA
21
Los Elementos en el Orden de su Peso Atómico
|
1 |
Hidrógeno |
24 |
Cromo |
47 |
Plata |
70 |
Iterbio |
|
2 |
Helio |
25 |
Manganeso |
48 |
Cadmio |
71 |
Lutecio |
|
3 |
Litio |
26 |
Hierro |
49 |
Indio |
72 |
|
|
4 |
Berilio |
27 |
Cobalto |
50 |
Estaño |
73 |
Tantalio |
|
5 |
Boro |
28 |
Níquel |
51 |
Antimonio |
74 |
Tungsteno |
|
6 |
Carbono |
29 |
Cobre |
52 |
Telurio |
75 |
|
|
7 |
Nitrógeno |
30 |
Cinc |
53 |
Yodo |
76 |
Osmio |
|
8 |
Oxígeno |
31 |
Galio |
54 |
Xenón |
77 |
Iridio |
|
9 |
Flúor |
32 |
Germanio |
55 |
Cesio |
78 |
Platino |
|
10 |
Neón |
33 |
Arsénico |
56 |
Bario |
79 |
Oro |
|
11 |
Sodio |
34 |
Selenio |
57 |
Lantano |
80 |
Mercurio |
|
12 |
Magnesio |
35 |
Bromo |
58 |
Cerio |
81 |
Talio |
|
13 |
Aluminio |
36 |
Criptón |
59 |
Praseodimio |
82 |
Plomo |
|
14 |
Silicio |
37 |
Rubidio |
60 |
Neodimio |
83 |
Bismuto |
|
15 |
Fósforo |
38 |
Estroncio |
61 |
|
84 |
Polonio (1) |
|
16 |
Azufre |
39 |
Itrio |
62 |
Samario |
85 |
Radón (1) |
|
17 |
Cloro |
40 |
Circonio |
63 |
Europio |
86 |
|
|
18 |
Argón |
41 |
Niobio |
64 |
Gadolinio |
87 |
|
|
19 |
Potasio |
42 |
Molibdeno |
65 |
Terbio |
88 |
Radio (1) |
|
20 |
Calcio |
43 |
|
66 |
Disprosio |
89 |
Actinio (1) |
|
21 |
Escandio |
44 |
Rutenio |
67 |
Holmio |
90 |
Torio (1) |
|
22 |
Titanio |
45 |
Rodio |
68 |
Erbio |
91 |
|
|
23 |
Vanadio |
46 |
Paladio |
69 |
Tulio |
92 |
Uranio (1) |
(1)
Radiactivos.
LOS NOVENTA Y DOS ELEMENTOS
La tabla 21 muestra que todos los elementos conocidos en la época de
Moseley, y por debajo del peso atómico 83, eran radiactivos. De esos elementos
pesados, sólo el torio y el radio tienen una larga vida. Los químicos estaban
seguros de que los elementos que faltaban, 85, 87 y 91, se demostraría que eran
radiactivos y de una vida muy breve. Que verosímilmente se trataba de productos
transitorios de la desintegración del uranio y del torio.
En 1917, el elemento 91 fue rastreado y, de una forma segura, confirmó la
predicción. Sus descubridores fueron Otto Hahn y Lise Meitner (que más tarde se
harían famosos por su descubrimiento de la fisión del uranio). Trabajando en
Berlín, esos dos científicos descompusieron pechblenda con ácido caliente para
separar sus elementos. Después de haber quitado las trazas de radio y de otros
elementos radiactivos conocidos, encontraron un residuo radiactivo que demostró
ser el elemento 91. Se desintegraba hasta el actinio, por lo que fue denominado
«protactinio». Soddy, y algunos de sus colaboradores, descubrieron,
independientemente, el protactinio, pero fueron Hahn y Meitner quienes lo
publicaron primero.
Los científicos, atómicos se sentían seguros de que los elementos de más allá
del 92 (uranio), tendrían una vida tan breve que no sobreviviría la menor traza
de ellos para encontrarlos en la Naturaleza. Así, pues, para todos los efectos
prácticos, constituía el fin de la tabla periódica. El Universo estaba hecho
sólo de 92 elementos...
Quedaban aún algunos huecos: unas pocas presas que debían ser aún desenterradas
por los cazadores de elementos... Entre los mismos parecía haber dos elementos
perdidos de tierras raras: los pesos atómicos 61 y 72.
Urbain, el descubridor del lutecio ya a principios de 1800, había pensado que
detectaba el número 72 en un material de tierras raras. Llamó a su
descubrimiento «celtio», por los celtas de la antigua Francia. Pero el análisis
con rayos X mostró que el «celtio» no era más que una mezcla de lutecio y de
iterbio. El «descubrimiento» de Urbain no fue más que la primera de una larga
lista de falsas alarmas, que no es posible explicar dada la corta extensión de
este libro...
El físico danés Niels Bohr decidió, finalmente, por sus estudios de la
disposición de los electrones en los átomos, que el elemento 72 no era, en
absoluto, un elemento de tierras raras. El número 72 pertenecía a la hilera
IVa, cerca del circonio, y debía de ser parecido a este metal. Y así fue... En
1923, el físico alemán Dirk Coster y el químico húngaro Georg von Hevesy,
trabajando en Copenhague, examinaron con los rayos X unos, aparentemente,
compuestos purificados de circonio. Los rayos X revelaron que otro elemento,
muy parecido al circonio, estaba mezclado con éste. Lo denominaron «hafnio»,
por el nombre latino de Copenhague. El hafnio no es un elemento muy raro; la
razón de que no se le identificase antes era que constituye casi un gemelo
químico del circonio.
Tres químicos alemanes, Walter Noddack, Ida Tacke y Otto Berg, llevaron a cabo
una investigación sistemática con rayos X de algunos minerales, para descubrir
nuevos elementos, y en 1925 fueron recompensados por el descubrimiento del
elemento número 75. Lo llamaron «renio», por el nombre del río Rin. No era
radiactivo y, en realidad, fue el último de los elementos estables en ser
descubierto.
La tabla 22 proporciona la lista de los nuevos elementos descubiertos en la
década siguiente a Moseley.
Así, pues, hacia 1925, la búsqueda de los elementos había descubierto ochenta y
ocho, de los cuales ochenta y uno eran estables y siete radiactivos. Sólo
faltaban cuatro: los números 43, 61, 85 y 87.
En la década siguiente, varios cazadores pensaron haber encontrado uno u otro
de estos elementos. Pero sus alegaciones demostraron ser erróneas. Los últimos
cuatro disidentes eludieron su descubrimiento hasta la llegada de lo que
llamamos «la era atómica».
CAPAS DEL ELECTRÓN
Mientras el danés Niels Bohr resolvía el secreto de la tabla periódica,
Mendéleiev, naturalmente, no tenía ni idea de por qué los elementos encajaban
en períodos, hileras y cómodos grupos familiares. Generaciones de químicos
habían tratado de encontrar la explicación. Bohr descubrió la respuesta en la
disposición de los electrones de los átomos.
Obtuvo su información de las gráficas espectrales de los elementos. Sus pautas
de líneas espectrales le sugirieron que los electrones que daban vueltas en
torno del núcleo de un átomo, estaban confinados a ciertas órbitas definidas o
«capas». Sólo había espacio para cierto número de electrones en cada capa. La
primera capa podía contener dos electrones. Así, el hidrógeno, con un electrón,
y el helio, con dos, poseía una simple capa de electrones. Una vez quedaba
cubierta esta capa, la adición de más electrones formaba una segunda capa que
contenía hasta seis electrones. Y esto podía decirse también de los siguientes
seis elementos. Luego venía una tercera capa con espacio para ocho electrones. Y
así sucesivamente.
¡Y con qué exactitud se adaptaba todo esto a la tabla periódica...! Cada capa
representaba un período. En lo que se refería a las hileras, cada una de ellas
se caracterizaba por el hecho de que todos los elementos de la misma tenían el
mismo número de electrones en la última capa, o capa exterior.
El número de electrones en esta capa más exterior es el factor más importante
para determinar el comportamiento químico de un elemento. Fija la valencia del
elemento y determina cómo el elemento puede combinar con los otros elementos.
Echemos un vistazo a la hilera la. El hidrógeno posee un electrón. El siguiente
elemento en la hilera, el litio (número atómico 3) tiene tres electrones: dos
en la primera capa y uno en la segunda. El siguiente, el sodio (número atómico
11), posee once electrones: dos en la primera capa, ocho en la segunda y uno en
la tercera. Lo mismo se cumple con los demás elementos de la hilera la: el
potasio tiene un electrón en su capa exterior (la cuarta), lo mismo que el rubidio
(en la quinta capa) y el cesio (en la sexta capa). La afinidad química de estos
elementos se manifiesta en el hecho de que, con excepción del hidrógeno (un
elemento que en muchas formas es único), todos ellos forman una familia: la de
los metales alcalinos.
De modo semejante, todos los elementos alcalinotérreos —berilio, magnesio,
calcio, estroncio, bario y radio—, poseen en común la presencia de dos
electrones en su capa más exterior. Siete electrones en la capa exterior
caracterizan a los halógenos: flúor, cloro, bromo y yodo (todos en la hilera
VIIb). Una rellena capa exterior, que contiene ocho electrones, es
característica de los gases inertes: neón, argón, criptón, xenón y radón. Y lo
mismo sucede en las otras hileras.
El modelo de Bohr de las capas de electrones se ha modificado posteriormente:
ocurrió que cada capa estaba dividida en sub-capas. Esto ayudaba a explicar
algunas rarezas: los casos de la afinidad química que parecían contradecir la
teoría de la capa de electrones. Por ejemplo, el hierro, el cobalto y el níquel
poseen la misma valencia y son químicamente diferentes, a pesar de que
contienen, respectivamente, 26, 27 y 28 electrones. ¿Cómo pueden tener el mismo
número de electrones en la capa exterior cuando cada uno de ellos sólo posee un
electrón más que el precedente? La respuesta es que los sucesivos electrones no
se añaden a la capa más exterior, sino a la sub-capa debajo de ésta. De este
modo, las tres capas exteriores son iguales en los tres casos.
Esto constituye un rasgo general de los elementos más pesados de la tabla
periódica. Mientras aumenta el número atómico, los electrones no se añaden en
un orden estrictamente regular, llenando cada capa antes de comenzar la
siguiente. Algunos pueden ir a una nueva capa exterior mientras la de debajo
aún tiene huecos. En realidad, pueden quedar agujeros en una capa dos niveles
por debajo de la más exterior. Así, en un determinado momento, electrones
adicionales comienzan a rellenar los huecos en las capas interiores, en vez de
dirigirse a la capa exterior.
Esto es lo que sucede en la serie de los elementos de tierras raras. En esos
catorce elementos, cada sucesivo electrón se añade a la capa situada dos
niveles por debajo. Por ello, los catorce elementos tienen el mismo número de
electrones en su capa más exterior. El electrón añadido, y que distingue a cada
elemento del siguiente, está enterrado tan profundamente que ejerce un efecto
muy pequeño sobre el comportamiento químico. Ésta es la razón de por qué los
catorce elementos de tierras raras, que comienzan con el lantano, sean tan
parecidos.
Capítulo
16
Los Elementos Artificiales
El hombre al fin había comprendido suficientemente bien los elementos como para
hacerlos propios. En el siglo xx, el hombre se convirtió en un alquimista que
sabía lo que estaba haciendo... hasta cierto punto...
En primer lugar, quedaba pendiente lo de aquellos cuatro elementos que aún
estaban ausentes de la tabla periódica. El hecho era que, prácticamente,
también habían desaparecido de la Naturaleza. Los científicos tuvieron que
hacer ellos mismos aquellos elementos para poder estudiarlos.
Como ya hemos mencionado, en 1919, Ernest Rutherford cambió el nitrógeno en
oxígeno bombardeando átomos de nitrógeno con partículas alfa. Esto sugirió que
lo que había que hacer para alterar un elemento artificialmente, era añadir o
sustraer partículas de su núcleo.
Así, pues, el primer isótopo completamente nuevo y artificial fue producido con
ayuda del método de Rutherford. Sus creadores fueron Irene Curie, la hija de
los famosos Marie y Pierre, y su marido Frédéric Joliot. (Para perpetuar el
apellido Curie, Joliot se cambió el suyo en Joliot-Curie, una vez casado con
Irene.
Los Joliot-Curie bombardearon aluminio con partículas alfa. Su ataque
transformó parte de los átomos de aluminio en una sustancia altamente
radiactiva. Esto demostró ser una nueva clase de fósforo. Su peso atómico era
de 30, en lugar de 31, que es el del fósforo natural. (Como el descubrimiento
del neutrón iba a mostrar más tarde, el núcleo del fósforo 30 tiene 15
neutrones en vez de los. 16 del fósforo natural.)
No era de extrañar que el fósforo 30 no se presentase en la Naturaleza; su vida
media era sólo de dos minutos y medio... A todos los eventos, los Joliot-Curie
habían producido «radiactividad artificial» por primera vez. Irene, al igual
que su madre antes que ella, recibió el premio Nobel de Física, en 1935, junto
con su marido.
RELLENANDO LOS ÚLTIMOS HUECOS
La era de la transmutación artificial comenzó realmente con la fabricación del
primer «aplasta-átomos» —el ciclotrón—, por Ernest Orlando Lawrence, de la
Universidad de California, en 1931. Con el ciclotrón, y con el enormemente más
enérgico acelerador de partículas, desarrollado más tarde, se hizo posible
abrir los núcleos de cada átomo, para añadirle partículas e incluso crear
también partículas nuevas.
El primer elemento producido de esta forma fue el perdido elemento número 43.
Se realizó en 1925, por Noddack, Tacke y Berg, los descubridores del renio.
Denominaron a este nuevo elemento número 43 «masurio» (por un distrito de la
Prusia Oriental). Pero nadie más fue capaz de encontrar el «masurio» en el
mismo material de origen, por lo que el supuesto descubrimiento quedó en el
aire. En realidad, se trató sólo de un error. En 1937, Emilio Gino Segrè, de
Italia, un ardoroso caza-elementos, identificó al auténtico número 43.
Lawrence había bombardeado una muestra de molibdeno (elemento número 42) con
protones acelerados en su ciclotrón. Finalmente, consiguió un poco de materia
radiactiva, la cual envió a Segrè, en Italia, para su análisis. Segrè y un
ayudante, C. Perrier, rastrearon parte de la radiactividad hasta un elemento
que se comportaba parecidamente al manganeso. Dado que el elemento número 43
que faltaba pertenece a una vacante, en la tabla periódica, próximo al
manganeso, estaban seguros que se trataba de éste.
Pero resultó que el elemento número 43 tenía varios isótopos. Y cosa rara,
todos ellos eran radiactivos. En este elemento no existían isótopos
estables...
Esto resultaba sorprendente. Cada otro elemento hasta el bismuto (número 83)
tenía, por lo menos, un isótopo estable. Nadie podía entender por qué un
elemento, con un número atómico tan bajo como el 43, tenía sólo formas
radiactivas.
De todos modos, los hechos eran los hechos... El elemento 43 es, en efecto,
totalmente inestable. Su isótopo de vida más larga, con un número másico de 99,
poseía una vida media de poco más de 200.000 años. Por ello, todos los
elementos que hubiesen podido formarse de forma originalmente natural, debían
de haberse ya descompuesto al principio de la historia de nuestro planeta, que
tiene una antigüedad de varios miles de millones de años.
Segrè llamó al elemento número 43 «tecnecio», de una palabra griega que
significaba «artificial», porque se trataba del primer elemento fabricado por
el hombre.
El siguiente de los elementos que quedaban por descubrir, fue el número 87.
Éste se ha descubierto en la Naturaleza. En 1939, Marguerite Perey, una química
francesa, encontró un nuevo tipo de radiación entre los productos de la
desintegración radiactiva del actinio. La radiación demostró pertenecer a un
elemento que se comportaba de igual forma que un metal alcalino. Por lo tanto,
debía de ser el elemento número 87, el miembro perdido de la familia de los
alcalinometales. Marguerite Perey lo denominó «francio».
La cantidad de francio que encontró fue sólo de una ligera traza. El elemento
se obtuvo más tarde artificialmente con un acelerador, y sólo entonces los
químicos pudieron disponer de material suficiente para realizar su detallado
estudio. Por dicha razón, el francio, por lo general, es considerado uno de los
elementos artificiales.
Fue de nuevo Segrè quien detectó el siguiente de los elementos que faltaban.
Abandonó la Italia fascista, en 1938, y pasó a trabajar en el «Laboratorio de
Radiación», de la Universidad de California. Con dos colegas de allí, D. R.
Corson y K. R. Mackenzie, bombardeó bismuto con partículas alfa. Esta maniobra
tuvo éxito al añadir a la partícula alfa dos protones del núcleo del bismuto,
formando el elemento 85. Dado que el nuevo elemento carecía de elementos
estables, se le denominó «astatinio», de una palabra griega que significa
«inestable». Más tarde, se encontraron en la Naturaleza trazas de astatinio,
como un producto de descomposición del uranio.
Así, pues, en 1940, tres de los cuatro últimos huecos habían quedado
rellenados. El elemento que aún faltaba en la tabla de 92 elementos era el
número 61. Y éste salió a luz de una manera enteramente distinta. No se produjo
de una forma deliberada, sino como un resultado más del descubrimiento de la
fisión nuclear.
Después que Chadwick encontrara el neutrón, en 1932, los físicos se percataron
al instante de que constituía un precioso instrumento para la investigación de
los núcleos atómicos y tal vez para formar nuevos elementos. Como partícula sin
carga, no sería repelida por los núcleos cargados positivamente.
Uno de los primeros en empezar a bombardear núcleos con neutrones fue el gran
físico italiano Enrico Fermi. A mediados de la década de 1930, Fermi y sus
colegas de Roma llevaron a cabo muchos experimentos con neutrones. Entre otras
cosas bombardearon uranio con partículas alfa, con la esperanza de crear
elementos más allá del uranio. Creían que sucedería algo así al hacer esto,
pero no pudieron demostrarlo. En realidad, consiguieron algunos productos que
les desconcertaron a ellos y a los demás físicos durante varios años.
El resultado de este misterio constituye ahora una historia familiar: cómo Otto
Hahn, en Alemania, descubrió que uno de estos productos era el bario, un
elemento de sólo la mitad de peso que el uranio; cómo su antiguo compañero,
Lise Meitner, que había escapado a Suecia huyendo de los nazis, llegó a
convencerse de que el bombardeo del neutrón había escindido el átomo del uranio
en dos («fisión del uranio»), y se apresuró a publicar su revolucionaria
conclusión; cómo Fermi y otros físicos., muchos de ellos refugiados en Estados
Unidos huyendo de las dictaduras europeas, llegaron al fin a producir una
fisión de reacción en cadena y la bomba atómica.
El punto que nos interesa aquí es el de que la fisión del uranio produjo
docenas de diferentes «productos de fisión», muchos de ellos nuevos isótopos
que no habían sido conocidos anteriormente. Y, en 1948, tres químicos del «Oak
Ridge National Laboratory» —J. A. Marinsky, L. E. Glendenin y C. D. Coryell—
encontraron el elemento número 61 entre los productos de fisión. Tal y como los
químicos habían sospechado, todos los isótopos del elemento demostraron ser
radiactivos; el más longevo tenía una vida media de sólo 30 años. No era de
extrañar que no hubiese sido encontrado en la Naturaleza...
Los descubridores llamaron a este elemento «promecio», por Prometeo dado que
había sido creado en el cálido fuego del horno nuclear.
Y así quedó cubierto el último hueco de la tabla periódica. Pero el promecio no
constituyó el final de la búsqueda de los elementos.
MÁS ALLÁ DEL 92
A fin de cuentas, el noventa y dos no era el límite. Fermi, que pensó que había
construido el elemento número 93 y lo denominó «uranio X», no se había
equivocado del todo. Su mezcla de productos del bombardeo del uranio incluía al
elemento 93, aunque no pudo identificarlo.
En 1940, Edwin M. McMillan, de la Universidad de California, descubrió trazas
de un elemento en los neutrones bombardeados del uranio, que pensó que debería
tratarse del número 93. ¿Qué clase de elemento sería? En el séptimo período de
la tabla periódica, el actinio (elemento 89) era conocido por ser químicamente
similar al lantano. ¿Significaba esto que comenzaba una segunda serie de
elementos de tierras raras, como las del lantano siguiente? Y si era así, el
actinio, el torio, el protactinio, el uranio y el elemento 93 serían todos
metales de tierras raras.
La química de estos elementos no era muy bien conocida en aquella época. La
única cosa con la que los químicos debían proseguir, consistía en que alguna de
las propiedades del uranio parecían asemejarse a las del tungsteno. Esto
significaría que el uranio no era una tierra rara. Y si el uranio seguía a
continuación del tungsteno en la tabla, entonces el elemento 93 sería parecido
al renio, el elemento que seguía al tungsteno en el sexto período.
McMillan pidió a Segrè que analizase su muestra de «elemento 93». Segrè
averiguó que no se parecía al renio, sino que era más bien una tierra
rara.
McMillan y su ayudante, Philip Abelson, muy pronto estableció que su sustancia
era definitivamente el elemento número 93. McMillan lo llamó «neptunio», por
Neptuno, el planeta más allá de Urano, del que el uranio había recibido su
nombre.
McMillan tuvo que abandonar su trabajo a causa de la guerra y dejó sus
investigaciones a cargo de Glenn Theodore Seaborg, en California. Seaborg muy
pronto descubrió que el neptunio radiactivo daba origen a otro elemento nuevo:
el número 94. Cuando el neptunio se desintegraba, emitía un electrón de su
núcleo, y uno de sus neutrones se cambiaba a protón. Esto elevó el número de
protones de 93 a 94, por lo que se convirtió en un nuevo elemento. El elemento
fue denominado «plutonio», por Plutón, el planeta situado más allá de
Neptuno.
Tanto el neptunio como el plutonio se comportaban químicamente igual que las
tierras raras, confirmando el que los elementos que comenzaban con el actinio
deberían formar una segunda serie de tierras raras. Para distinguir a las dos
series, el primer grupo (que comenzaba con el lantano) fue conocido como los
«lantánidos», y el segundo grupo como los «actínidos».
El isótopo del neptunio de vida más larga, con un número másico de 237, tenía
una vida media de un poco más de dos millones de años. Ya no quedaba ninguna
traza detectable del neptunio originariamente presente en la tierra. Pero
pequeñas cantidades del mismo debían de formarse, continuamente, a través de
los neutrones de rayos cósmicos que incidían sobre el uranio en el suelo y en
las rocas. Efectivamente, trazas de estos elementos han sido detectadas en las
menas de uranio.
Si el neptunio y el plutonio podían fabricarse artificialmente, ¿por qué no
producir más elementos transuránicos? Bajo la dirección de Seaborg, el grupo de
California estableció un programa sistemático para ver cuán lejos podían
llegar. Bombardearon cada elemento transuránico, sucesivamente, hasta formar
otros con números atómicos superiores. El trabajo no resultaba sencillo, y se
hacía más difícil de un elemento a otro. Las vidas medias de los sucesivos
elementos eran cada vez más y más cortas, y, por tanto, resultaba cada vez más
difícil recoger suficiente cantidad de cada elemento para poder fabricar el
siguiente.
En 1944, Seaborg y dos de sus ayudantes, R. A. James y L. O. Morgan, tuvieron
éxito en conseguir el elemento 95 al bombardear el uranio con partículas alfa.
Dado que el 95 se parecía al europio en la primera serie de tierras raras, lo
denominaron «americio», por América.
Más avanzado aquel año, Seaborg, James y A. Ghiorso rastrearon el elemento 96,
esta vez bombardeando el plutonio con partículas alfa. Como colega del tierras
raras gadolinio (llamado así por el cazador de elementos Gadolin), el número 96
fue denominado «curio», por los Curie.
En 1949, Seaborg, Ghiorso y S. G. Thompson anunciaron que, tras bombardear el
americio con partículas alfa, habían formado el elemento 97. Al año siguiente,
esos tres operarios y K. Street fabricaron el número 98 al bombardear el curio
con partículas alfa. En honor del lugar en que estos elementos se estaban
descubriendo, los números 97 y 98, respectivamente, fueron llamados «berquelio»
(por Berkeley, la ciudad universitaria) y «californio».
Los siguientes elementos aparecieron tras la terrorífica explosión de la
primera bomba de hidrógeno, en 1952. En los restos de la explosión, los
científicos detectaron trazas de lo que parecían ser los elementos 99 y 100.
Dichos elementos fueron más tarde obtenidos en el laboratorio y anunciados en
1955.
Al bautizarles, los descubridores decidieron conmemorar a Albert Einstein y a
Enrico Fermi; el elemento 99 fue denominado «einstenio» y el número 100 se
llamó «fermio».
En 1955, un equipo de químicos, entre los que se incluían Seaborg y Chiorso,
bombardearon el einstenio con partículas alfa y produjeron unos cuantos átomos
del elemento número 101. El mismo, al fin, fue denominado «mendelevio», en
honor de Mendéleiev.
En 1957, los equipos de químicos de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Suecia,
informaron del aislamiento del elemento número 102. Debido a que parte de la
tarea se había llevado a cabo en el «Instituto Nobel», en Estocolmo, fue
denominado «nobelio».
En 1961, un equipo norteamericano obtuvo el elemento 103 y sugirió que se
llamase «laurencio», por Lawrence, el inventor del ciclotrón.
El laurencio acabó de redondear la serie de tierras raras. Los científicos
siguieron en busca del elemento 104, esperando confiadamente que se pareciese
al hafnio, el primer elemento después de los lantánidos.
En la tabla 23 relacionamos los elementos artificiales. Naturalmente, todos
ellos son radiactivos. No podemos asignarles verdaderos pesos atómicos porque
no se presentan en la Naturaleza y no es conocido todavía ninguno de sus
posibles isótopos.
Así, pues, en el momento en que se escribe este libro, la lista de elementos
conocidos asciende a 103. Su disposición en la tabla periódica se muestra en la
tabla 24. (Por lo general, la tabla periódica se escribe con los períodos
transcritos horizontalmente y las hileras de una forma vertical, pero lo hemos
hecho de otra manera, con el fin de tener espacio para escribir los nombres
completos de los elementos, en vez de sólo sus símbolos.
Epílogo
La búsqueda de los elementos está a punto de completarse, excepto,
posiblemente, algunas trazas volátiles de sustancias más allá del laurencio, y
que el hombre puede aún conseguir preparar. Pero Tales sigue aguardando
respuesta a su pregunta: ¿De qué está hecho el Universo?
Al parecer, los elementos están hechos de protones, neutrones y electrones.
Hace una generación esto fue lo ofrecido como última respuesta a Tales. Pero,
en los últimos treinta años, esta clara y nítida solución se ha evaporado como
delgada voluta de humo. Los físicos, al investigar los protones, neutrones y
electrones, en una forma que incluye algunas operaciones un tanto violentas,
han dejado escapar una asombrosa y desconcertante multitud de más partículas.
Hasta hoy, se han descubierto unas treinta partículas subatómicas diferentes, y
han sido etiquetadas con nombres de toda especie, como mesón, neutrino, K,
lambda, sigma y xi. Así que los científicos continúan luchando heroicamente con
la misma antigua pregunta, pero de una nueva forma:
¿De qué están hechas las partículas subatómicas?
Los misterios del Universo y las preguntas que los científicos se han esforzado
por responder, están tocando a su final. Debemos estar agradecidos por todo
ello. Un Universo en el que no existiesen misterios para que los hombres
curiosos pudiesen reflexionar acerca de ellos, sería, en realidad, un Universo
muy insulso.

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