© Libro N° 13432. La Decadencia De La
Mentira. Wilde, Oscar. Emancipación.
Enero 25 de 2025
Título Original: ©
La Decadencia De La Mentira. Oscar Wilde
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La Decadencia De La Mentira. Oscar Wilde
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Oscar Wilde
La Decadencia De La Mentira
Oscar
Wilde
La Decadencia De La Mentira
Oscar Wilde
Personajes: CYRIL y
VIVIAN;
Lugar de la escena: Biblioteca de una casa de campo en el condado de
Nottingham.
CYRL: (Entrando por la puerta al balcón abierta de la terraza): No esté
usted encerrado todo el día en la biblioteca, mi querido Vivian. Hace una tarde
encantadora y el aire es tibio. Flota sobre el bosque una bruma rojiza como la
flor de los ciruelos. Vayamos a tumbarnos sobre el césped, a fumar cigarrillos
y a gozar de la Naturaleza.
VIVIAN: ¡Gozar de la Naturaleza! Tengo el gusto de comunicarle que he
perdido esa facultad por completo. Dicen las gentes que el Arte nos hace amar
aún más a la Naturaleza, que nos revela sus secretos y que una vez estudiados
estos concienzudamente, según afirman Corot Constable, descubrimos en ella
cosas que antes escaparon a nuestra observación. A mi juicio, cuanto más
estudiamos el Arte, menos nos preocupa la Naturaleza. Realmente lo que el Arte
nos revela es la falta de plan de la Naturaleza, su extraña tosquedad, su
extraordinaria monotonía, su carácter completamente inacabado. La Naturaleza
posee, indudablemente, buenas intenciones; pero como dijo Aristóteles hace
mucho tiempo, no puede llevarlas a cabo. Cuando contemplo un paisaje, me es
imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte
para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que en otro caso no
existiría el Arte. El Arte es nuestra enérgica protesta, nuestro valiente
esfuerzo para enseñar a la Naturaleza cuál es su verdadero lugar. En cuanto a
eso de la infinita variedad de la Naturaleza, es un puro mito. La variedad no
se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la imaginación, en la
fantasía, en la ceguera cultivada de quien la contempla.
CYRIL: Bueno, pues no mirará usted el paisaje. Se tumbará sobre el
césped para fumar y charlar, exclusivamente.
VIVIAN: ¡Es que la Naturaleza es tan incómoda! La hierba dura y húmeda
está llena de asperezas y de insectos negros y repulsivos. ¡Por Dios! El obrero
más humilde de Morris sabe construir un sillón perfectamente cómodo como no
podrá hacerlo nunca La Naturaleza. Y ésta palidece de envidia ante los muebles
de la calle «que de Oxford tomó el nombre», como dijo feamente ese poeta
favorito de usted. No me quejo de ello. Con una Naturaleza cómoda, la Humanidad
no hubiera inventado nunca la arquitectura; y a mí me agradan más las casas que
el aire libre. En una casa se tiene siempre la sensación de las proporciones
exactas. Todo en ella está supeditado, dispuesto, construido para uso y goce
nuestros. El propio egoísmo, tan necesario para el sentido auténtico de la
dignidad humana, proviene en absoluto de la vida interior. De puertas afuera se
convierte uno en algo abstracto e impersonal, nuestra individualidad
desaparece. Y, además, ¡es tan indiferente y tan despreciativa la Naturaleza!
Cada vez que me paseo por este parque me doy cuenta de que le importo lo mismo
que el rebaño que pace en una ladera o que la bardana que crece en la cuneta.
La Naturaleza odia a la inteligencia; esto es evidente. Pensar es la cosa más
malsana que hay en el mundo, y la gente muere de ello como de cualquier otra
enfermedad. Por fortuna, en Inglaterra al menos, el pensamiento no es
contagioso. Debemos a nuestra estupidez nacional el ser un pueblo físicamente
magnífico. Confío en que seremos capaces de conservar durante largos años futuros
esa gran fortaleza histórica aunque temo que empezamos a refinarnos demasiado;
incluso los que son incapaces de aprender se han dedicado a la enseñanza. Hasta
eso ha llegado nuestro entusiasmo cultural. Entre tanto, mejor hará usted en
volver a su fastidiosa e incómoda Naturaleza y dejarme corregir estas
pruebas.
CYRIL: ¡Ha escrito usted un artículo! No me parece muy consecuente
después de lo que acaba usted de decir.
VIVIAN: ¿Y quién necesita ser consecuente? El patán y el doctrinario,
esa gente aburrida que lleva sus principios hasta el fin amargo de la acción,
hasta la reductio ab absurdum de la práctica. Yo, no. Lo mismo que Emerson,
grabo la palabra «capricho» sobre la puerta de mi biblioteca. Por lo demás, mi
artículo es realmente una advertencia saludable y valiosa. Si se fijan en él,
podría producirse un nuevo Renacimiento del Arte.
CYRIL: ¿Cuál es su tema?
VIVIAN: Pienso titularlo "La decadencia de la mentira".
Protesta.
CYRIL: ¡La mentira! Creí que nuestros políticos la practicaban
habitualmente.
VIVIAN: Le aseguro que no. No se elevan nunca por encima del nivel del
hecho desfigurado y se rebajan hasta probar, discutir, argumentar. ¡Qué
diferente esto con el carácter del auténtico mentiroso, con sus palabras
sinceras y valientes, su magnífica irresponsabilidad, su desprecio natural y
sano hacia toda prueba! Después de todo, ¿qué es una bella mentira? Pues,
sencillamente, la que posee su evidencia en sí misma. Si un hombre es lo
bastante pobre de imaginación para aportar pruebas en apoyo de una mentira,
mejor hará en decir la verdad, sin ambages. No, los políticos no mienten. Quizá
pudiera decirse algo en favor de los abogados; éstos han conservado el manto
del sofista. Sus fingidas vehemencias y su retórica irreal son deliciosas.
Pueden hacer de la peor causa la mejor, como si acabasen de salir de las
escuelas Leontinas y fueran populares por haber arrancado a unos jurados
huraños una absolución triunfal de sus defendidos, hasta cuando éstos, cosa que
sucede con frecuencia, son clara e indiscutiblemente inocentes. Pero el
prosaísmo lo cohíbe y no se avergüenzan en apelar a los precedentes. A pesar de
sus esfuerzos, ha de resplandecer la verdad. Los mismos diarios han denegado;
se les puede conceder una absoluta confianza. Se nota esto al recorrer sus
columnas. Siempre sucede lo ilegible. Temo que no pueda decir gran cosa en
favor del hombre de ley y del periodista. Además, yo defiendo la Mentira en
arte. ¿Quiere usted que le lea lo que he escrito? Le hará mucho bien.
CYRIL: Desde luego, si me da usted un cigarrillo...
...VIVIAN (Leyendo con voz clara.): "La decadencia de la mentira.
Protesta". Una de las principales causas del carácter singularmente vulgar
de casi toda la literatura contemporánea es, indudablemente, la decadencia de
la mentira, considerada como arte, como ciencia y como placer social. Los
antiguos historiadores nos presentaban ficciones deliciosas en formas de
hechos; el novelista moderno nos presenta hechos estúpidos a guisa de
ficciones. El Libro Azul se convierte rápidamente en su ideal, tanto por lo que
se refiere al método como al estilo. Posee su fastidioso documento humano, su
mísero coin de la création (rincón de la creación), que él escudriña con su
microscopio. Se lo encuentra uno en la Biblioteca Nacional o en el Museo
Británico, buscando con afanoso descaro su tema. Ni siquiera tiene el valor de
ideas apenas; con reiteración va directamente a la vida para todo, y, por
último, entre las enciclopedias y su experiencia personal, fracasa
miserablemente, después de bosquejar tipos copiados de su círculo familiar o de
la lavandera semanal y de adquirir un lote importante de datos útiles de los
que no puede librarse por completo, ni aun en sus momentos de máxima
meditación. Sería difícil calcular la extensión de los daños causados a la
literatura por ese falso ideal de nuestra época. Las gentes hablan con ligereza
del "mentiroso nato" igual que del "poeta nato". Pero en
ambos casos se equivocan. La mentira y la poesía son artes -artes que, como
observó Platón, no dejan de tener relaciones mutuas-, y que requieren el más
atento estudio, el fervor más desinteresado. Poseen, en efecto, su técnica,
igual que las artes más materiales de la pintura y de la escritura tienen sus
secretos sutiles de forma y de color, sus manipulaciones, sus métodos
estudiados. Así como se conoce al poeta por su bella musicalidad, de igual modo
se reconoce al mentiroso en ricas articulaciones rítmicas, y en ningún caso la
inspiración fortuita del momento podría bastar. En esto, como en todo, la
práctica debe preceder a la perfección. Pero en nuestros días, cuando la moda
de escribir versos se ha hecho demasiado corriente y debiera, en lo posible,
ser refrenada, la moda de mentir ha caído en descrédito. Más de un muchacho
debuta en la vida con un don espontáneo de imaginación, que alentado y en un
ambiente simpático y de igual índole, podría llegar a ser algo verdaderamente
grande y maravilloso. Pero por regla general, ese muchacho no llega a nada o
adquiere costumbres indolentes de exactitud...»
CYRIL: ¡Amigo mío!
VIVIAN: No me interrumpa en la mitad de una frase, "...o adquiere
costumbre indolentes de exactitud o se dedica a frecuentar el trato de personas
de edad o bien informadas". Dos cosas que son igualmente fatales para su
imaginación -lo serían para la de cualquiera-, y así, en muy poco tiempo,
manifiesta una facultad morbosa y malsana a decir la verdad, empieza a
comprobar todos los asertos hechos en su presencia, no vacila en contradecir a
las personas que son mucho más jóvenes que él y con frecuencia termina
escribiendo novelas tan parecidas a la vida que nadie puede creer en su
probabilidad. Este no es un caso aislado, sino simplemente un ejemplo tomado
entre otros muchos; y si no se hace algo por refrenar o, al menos, por
modificar nuestro culto monstruoso a los hechos, el arte se tornará estéril y
la belleza desaparecerá de la Tierra.
EL ARTE DE LA FANTASÍA Y EL FRACASO DEL ARTE
...VIVIAN (Leyendo.): "El Arte comienza con una decoración
abstracta, por un trabajo puramente imaginativo y agradable aplicado tan sólo a
lo irreal, a lo no existente. Esta es la primera etapa. La Vida, después,
fascinada por esa nueva maravilla, solicita su entrada en el círculo encantado.
El Arte toma a la Vida entre sus materiales toscos, la crea de nuevo y la
vuelve a modelar en nuevas formas, y con una absoluta indiferencia por los
hechos, inventa, imagina, sueña y conserva entre ella y la realidad la
infranqueable barrera del bello estilo, del método decorativo o ideal. La
tercera etapa se inicia cuando la Vida predomina y arroja al Arte al desierto.
Esta es la verdadera decadencia que sufrimos actualmente. Tomemos el caso del
dogma inglés. Al principio, en manos de los frailes, el arte dramático fue
abstracto, decorativo, mitológico. Después tomó la Vida a su servicio, y
utilizando algunas de sus formas exteriores creó una raza de seres
absolutamente nuevos, cuyos dolores fueron más terribles que ningún dolor
humano y cuyas alegrías fueron más ardientes que las de un amante. Seres que
poseían la rabia de los Titanes y la serenidad de los dioses, monstruosos y
maravillosos pecadas, virtudes monstruosas y maravillosas. Les dio un lenguaje
diferente al lenguaje ordinario, sonoro, musical, dulcemente rimado, magnífico
por su solemne cadencia, afinado por una rima caprichosa, ornado con pedrerías
de espléndidas palabras y enriquecido por una noble dicción. Vistió a sus hijos
con ropajes magníficos, les dio máscaras, y el mundo antiguo, a su mandato,
salió de su tumba de mármol. Un nuevo César avanzó altivamente por las calles
de Roma resucitada, y con velas de púrpura y remos movidos al son de las
flautas, otra Cleopatra remontó el río, hacia Antioquía. Los viejos mitos y la
leyenda y el ensueño tomaron nuevamente forma. La Historia fue escrita otra vez
por entero y no hubo dramaturgo que no reconociese que el fin del Arte es, ni
la simple verdad, sino la belleza compleja. Y esto era completamente cierto. El
Arte representa una forma de exageración, y la selección, es decir, su propia
alma, no es más que una especie de énfasis. Pero muy pronto la Vida destruyó la
perfección de la forma. Incluso en Shakespeare podemos ver el comienzo del fin.
Se observa en la dislocación de verso libre en sus últimas obras, en el
predominio de la prosa y en la excesiva importancia concedida a la
personificación. Los numerosos pasajes de Shakespeare en que el lenguaje es
barroco, vulgar, exagerado, extravagante, hasta obsceno, se los inspiró la
Vida, que buscaba un eco a su propia voz, rechazando la intervención del bello
estilo, a través del cual puede únicamente expresarse. Shakespeare está lejos
de ser un artista perfecto. Le agrada demasiado inspirarse directamente en la
Vida, copiando su lenguaje corriente. Se olvida de que el arte lo abandona todo
cuando abandona el instrumento de la Fantasía. Goethe dice en alguna parte:
"Trabajando en los límites es como se revela el maestro". Y la
limitación, la condición misma de todo arte, es el estilo. Sin embargo, no nos
detengamos más en el realismo de Shakespeare. La tempestad es la más perfecta
de las palinodias. Todo cuanto deseo demostrar es que la obra magnífica de los
artistas de la época isabelina y de los Jacobitas contenía en sí el germen de
su propia disolución, y que si adquirió algo de su fuerza utilizando la Vida
como material, toda su flaqueza proviene de que la tomó como método artístico.
Como resultado inevitablemente de sustituir la creación por la imitación, de
ese abandono de la forma imaginativa, surge el melodrama inglés moderno. Los
personajes de esas obras hablan en escena exactamente lo mismo que hablarían
fuera de ella; no tienen aspiraciones ni en el alma ni en las letras; están
calcados de la vida y reproducen su vulgaridad hasta en los menores detalles;
tienen el tipo, las maneras, el traje y el acento de la gente real; pasarían
inadvertidos en un vagón de tercera clase... ¡Y que aburridas son esas obras!
No logran siquiera producir esa impresión de realidad a la que tienden y que
constituye su única razón de ser. Como método, el realismo es un completo
fracaso. Y esto, que es cierto tratándose del drama y de la novela, no lo es
menos en las artes que llamamos decorativas. La historia de esas artes en
Europa es la lucha memorable entre el orientalismo, con su franca repulsa de
toda copia, su amor a la convención artística y su odio hacia la representación
de las cosas de la Naturaleza y de nuestro espíritu imitativo. Allí donde
triunfó el primero, como en Bizancio, en Sicilia y en España por actual
contacto, o en el resto de Europa por influencia de las Cruzadas, hemos tenido
bellas obras imaginadas, donde las cosas visibles de la vida se convierten en
artísticas convenciones, y las que no posee la Vida son inventadas y modeladas
para su placer. Pero allí donde hemos vuelto a la Naturaleza a la Vida, nuestra
obra se hecho siempre vulgar, común y desprovista de interés. La tapicería
moderna con sus efectos aéreos, su cuidada perspectiva, sus amplias extensiones
de cielo inútil, su fiel y laborioso realismo, no posee la menor belleza. Las
vidrieras pintadas de Alemania son por completo detestables. En Inglaterra
empezamos a tejer tapices admirables porque hemos vuelto al método y al
espíritu orientales. Nuestros tapices y nuestras alfombras de hace veinte años,
con sus verdades solemnes y deprimentes, su vano culto a la Naturaleza, sus
sórdidas copias de objetos visibles, se han convertido, hasta para los
filisteos, en motivos de risa. Un mahometano culto me hizo un día esta
observación. "Ustedes, los cristianos, están tan ocupados en interpretar
mal el sentido del cuarto mandamiento, que no han pensado nunca en hacer una
aplicación artística del segundo." Tenía por completo razón, y la
concluyente verdad sobre este tema es que la verdadera escuela de arte no es la
Vida, sino el Arte."
LA VIDA COMO ESPEJO DEL ARTE
VIVIAN: El arte encuentra su perfección en sí mismo y no fuera de él. No
hay que juzgarlo conforme a un modelo interior. Es velo más bien que un espejo.
Posee flores y pájaros desconocidos en todas las selvas. Crea y destruye mundos
y puede arrancar la luna del cielo con un hilo escarlata. Suyas son las
"formas más reales que un ser viviente", suyos son los grandes
arquetipos de que son copias imperfectas las cosas existentes. Para él la
Naturaleza no tiene leyes ni uniformidad. Puede hacer milagros a voluntad, y
los monstruos salen del abismo a su llamada. Puede ordenar al almendro que
florezca en invierno y hacer que nieve sobre el campo de trigo en sazón. A su
voz, la helada coloca su dedo de plata sobre la boca ardorosa de junio, y los
leones alados de montañas Lidias salen de sus cavernas. Cuando pasa, las
dríades lo espían en la espesura y los faunos bronceados le sonríen
extrañamente. Lo adoran dioses con cabezas de halcón, y los centauros galopan
junto a él."
CYRIL: Eso me gusta. Puedo verlo. ¿Es el final?
VIVIAN: No. Hay otro párrafo, aunque puramente práctico, y que sugiere
simplemente algunos medios para resucitar el arte perdido de la Mentira.
CYRIL: Bien, pues antes que usted me lo lea quisiera hacerle una
pregunta. Dice usted que la "pobre, la probable, la poco interesante vida
humana" intentará copiar las maravillas del Arte. ¿Qué quiere usted decir
con ello? Comprendo muy bien que se oponga usted a que el Arte sea considerado
como un espejo, porque el genio quedaría reducido así a una simple luna
partida. Pero no creerá usted seriamente que la Vida imita al Arte, que la Vida
es el espejo del Arte.
VIVIAN: Pues lo creo. Aunque ello parezca una paradoja (y las paradojas
son siempre peligrosas), no es menos cierto que la Vida imita al Arte mucho más
que el Arte imita a la Vida. Todos hemos visto estos últimos tiempos en
Inglaterra cómo cierto tipo de belleza original y fascinante, inventado y
acentuado por dos pintores imaginativos, ha influido de tal modo sobre la vida,
que en todos los salones artísticos y en todas las exposiciones privadas se
ven: aquí, los ojos místicos del ensueño de Rossetti, la esbelta garganta
marfileña, la singular mandíbula cuadrada, la oscura cabellera flotante que él
tan ardientemente amaba; allí la dulce pureza de La escalera de oro, la boca de
flor y el lánguido encanto del Laus Amoris, el rostro pálido de pasión de Andrómeda,
las manos finas y la flexible belleza de Viviana en el Sueño de Merlín. Y
siempre ha sido así. Un gran artista inventa un tipo que la Vida intenta copiar
y reproducir bajo una forma popular, como un editor emprendedor. Ni Holbein ni
Van Dyck encontraron en Inglaterra lo que nos han legado. Trajeron con ellos
sus tipos, y la Vida, con su aguda facultad imitativa, empezó a proporcionar
modelos al maestro. Los griegos, con su vivo instinto artístico, lo habían
comprendido; colocaban en la estancia de la esposa la estatua de Hermes o la de
Apolo para que los hijos de aquella fuesen tan bellos como las obras de arte
que contemplaba, feliz o afligida. Sabían que la Vida, gracias al Arte,
adquiere no tan sólo la espiritualidad, hondura de pensamiento y de sentimiento,
la turbación o la paz del alma, sino que puede adaptarse a las líneas y a los
colores del Arte y reproducir la majestad de Fidias lo mismo que la gracia de
Praxiteles. De aquí su aversión por el realismo.... Sólo el Arte produce
belleza, y los verdaderos discípulos de un gran artista no son sus imitadores
de estudio, sino los que van haciéndose semejantes a sus obras, ya sean estas
plásticas, como en tiempos de los griegos, o pictóricas, como en nuestros días.
En una palabra: la Vida es el mejor y el único discípulo del Arte.
EL ARTE Y EL MODELO SUPERIOR DE LA MÚSICA
VIVIAN: ... El Arte no expresa nunca más que a sí mismo. Es el principio
de mi nueva estética, principio que hace, más aún que esa conexión esencial
entre la forma y la sustancia, sobre la cual insiste mister Pater, de la
música, el tipo de todas las artes. Naturalmente, las naciones y los
individuos, con esa divina vanidad natural que es el secreto de la existencia,
se imaginan que las musas hablan de ellos e intentan hallar, en la tranquila
dignidad del Arte imaginativo, un espejo de sus turbias pasiones, olvidando así
que el cantor de la Vida no es Apolo, sino Marsias. Alejado de la realidad,
apartados los ojos de las sombras de la caverna, el Arte revela su propia
perfección y la multitud sorprendida que observa la florescencia de la
maravillosa rosa de pétalos múltiples sueña que es su propia historia la que le
cuentan y que es su propio espíritu el que acaba de expresarse bajo una nueva
forma. Pero no es así. El Arte superior rechaza la carga del espíritu humano y
encuentra mayor interés en un procedimiento o en unos materiales inéditos que
en un entusiasmo cualquiera por el arte, que en cualquier elevada pasión o que
en cualquier gran despertar de la conciencia humana. Se desarrolla puramente,
según sus propias líneas. No es simbólico de ninguna época. Las épocas son sus
símbolos. Aun aquellos que consideran el Arte como representativo de una época,
de un lugar y de un pueblo, reconocen que cuanto más imitativo es el arte,
menos representa el espíritu de su tiempo.
LOS PRINCIPIOS DE LA NUEVA ESTÉTICA
CYRIL: (Y entonces...) para evitar todo error, le ruego que me resuma en
pocas palabras las doctrinas de la Nueva Estética.
VIVIAN: Helas aquí brevemente. El Arte no se expresa más que a sí mismo.
Tiene una vida independiente, como el pensamiento, y se desarrolla puramente en
un sentido que le es peculiar. No es necesariamente realista en una época de
realismo, ni espiritualista en una época de fe. Lejos de ser creación de su
tiempo, está generalmente en oposición directa con él, y la única historia que
nos ofrece es la de su propio progreso. A veces vuelve sobre sus pasos y
resucita alguna forma antigua, como sucedió en el movimiento arcaico del último
arte griego y en el movimiento prerrafaelista contemporáneo. Otras veces se
adelanta en absoluto a su época y produce una obra que otro siglo posterior
comprenderá y apreciará. En ningún caso representa su época. Pasar del arte de
una época a la época misma es el gran error que cometen todos los
historiadores. La segunda doctrina es ésta . Todo arte malo proviene de una
regresión a la Vida y a la Naturaleza y de haber querido elevarlas a la altura
de ideales. La Vida y la Naturaleza pueden ser utilizadas a veces como parte
integrante de los materiales artísticos: pero antes deben ser traducidas en
convenciones artísticas. Cuando el arte deja de ser imaginativo, fenece. El
realismo como método, es un completo fracaso, y el artista debe evitar la
modernidad de forma y la modernidad del asunto. A quienes vivimos en el siglo
diecinueve, cualquier otro siglo, menos el nuestro, puede ofrecer un asunto
artístico apropiado. Las cosas bellas son las que nos conciernen. Citando
gustoso, diré que precisamente porque Hécuba no tiene nada que ver con
nosotros, es por lo que sus dolores constituyen un motivo trágico adecuado.
Además, lo moderno se torna anticuado siempre. Zola se sienta para trazarnos un
cuadro del Segundo Imperio. ¿A quién le interesa hoy el Segundo Imperio? Está
pasado de moda. La vida avanza más de prisa que el Realismo; pero el
Romanticismo precede siempre a la vida. La tercera doctrina es que la Vida
imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida. Lo cual proviene no sólo del
instinto imitativo de la Vida sino del hecho de que el don consciente de la
Vida es hallar su expresión, y el Arte le ofrece ciertas formas de belleza para
la realización de esa energía. Esta teoría, inédita hasta ahora, es
extraordinariamente fecunda y arroja una luz enteramente nueva sobre la
historia del Arte.
De ello se deduce, como corolario, que la Naturaleza exterior imita
también al Arte. Los únicos efectos que puede mostrarnos son los que habíamos
visto ya en poesía o en pintura. Este es el secreto del encanto de la
Naturaleza y asimismo la explicación de su debilidad.
La revelación final es que la Mentira, es decir, relato de bellas cosas
falsas, es el fin mismo del Arte. Pero creo haber hablado de esto lo
suficiente. Salgamos ahora a la terraza, donde "el pavo real blanco
desfallece como un fantasma", mientras la estrella de la noche "baña
de plata el cielo gris". Al caer la tarde, la Naturaleza es de un efecto
maravillosamente sugestivo y no carece de belleza, aunque quizá sirva
principalmente para ilustrar citas de poetas.
¡Venga usted! Ya hemos conversado bastante.
FIN

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