© Libro N° 7231.
El Ciclista del San Cristobal (Antología Narrativa). Skármeta, Antonio. Emancipación.
Abril 25 de 2020.
Título
original: © El
Ciclista del San Cristobal (Antología Narrativa). Antonio Skármeta
Versión Original: © El Ciclista del San Cristobal
(Antología Narrativa). Antonio Skármeta
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Miranda
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EL CICLISTA DEL SAN
CRISTOBAL
(Antología Narrativa)
Antonio Skármeta
(Antología Narrativa)
Antonio Skármeta
Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)
El Ciclista del San Cristobal
“...y abatíme tanto, tanto
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance...”
San Juan de La Cruz
Además
era el día de mi cumpleaños. Desde el balcón de la Alameda vi cruzar
parsimoniosamente el cielo ese Sputnik ruso del que hablaron tanto los
periódicos y no tomé ni así tanto porque al día siguiente era la primera prueba
de ascensión de la temporada y mi madre estaba enferma en una pieza que no
seria más grande que un closet. No me quedaba más que pedalear en el vacio con
la nuca contra las baldosas para que la carne se me endureciera firmeza y
pudiera patear mañana los pedales con ese estilo mio al que le dedicaron un
articulo en “Estadio”. Mientras mamá levitaba por la fiebre, comencé a pasearme
por los pasillos consumiendo de a migaja los queques que me habla regalado la
tía Margarita, apartando acuciosamente los trozos de fruta confitada con la
punta de la lengua y escupiéndolos por un costado que era una inmundicia. Mi
viejo salla cada cierto tiempo a probar el ponche, pero se demoraba cada vez
cinco minutos en revolverlo, y suspiraba, y después le metía picotones con los
dedos a las presas de duraznos que flotaban como náufragos en la mezcla de
blanco barato, y pisco, y orange, y panimávida.
Los dos
necesitábamos cosas que apuraran la noche y trajeran urgente la mañana. Yo me
propuse suspender la gimnasia y lustrarme los zapatos; el viejo le daba vueltas
al gula con la probable idea de llamar una ambulancia, y el cielo estaba
despejado, y la noche muy cálida, y mamá decía entre sueños “estoy
incendiándome”, no tan débil como para que no la oyéramos por entre la puerta
abierta.
Pero
esa era una noche tiesa de mechas. No aflojaba un ápice la crestona. Pasar la
vista por cada estrella era lo mismo que contar cactus en un desierto, que
morderse hasta sangrar las cutículas, que leer una novela de Dostoiewski.
Entonces papá entraba a la pieza y le repetía a la oreja de mi madre los mismos
argumentos inverosímiles, que la inyección le bajarla la fiebre, que ya
amanecía, que el doctor iba a pasar bien temprano de mañana antes de irse de
pesca a Cartagena.
Por
último le argumentamos trampas a la oscuridad. Nos valimos de una cosa lechosa
que tiene el cielo cuando está trasnochado y quisimos confundirla con la
madrugada (si me apuraban un poco hubiera podido distinguir en pleno centro
algún gallo cacareando).
Podría
ser cualquier hora entre las tres y las cuatro cuando entré a la cocina a
preparar el desayuno. Como si estuvieran concertados, el pitido de la tetera y
los gritos de mi madre se fueron intensificando. Papá apareció en el marco de
la puerta.
—No me
atrevo a entrar —dijo.
Estaba
gordo y pálido y la camisa le chorreaba simplemente. Alcanzamos a oír a mamá
diciendo: que venga el médico.
—Dijo
que pasaría a primera hora en la mañana —repitió por quinta vez mi viejo.
Yo me
habla quedado fascinado con los brincos que iba dando la tapa sobre las patadas
del vapor.
—Va a
morirse —dije.
Papá
comenzó a palparse los bolsillos de todo el cuerpo. Señal que quería fumar.
Ahora le costaría una barbaridad hallar los cigarrillos y luego pasaría lo
mismo con los fósforos y entonces yo tendría que encendérselo en el gas.
—¿Tú
crees?
Abrí
las cejas así tanto, y suspiré.
—Pásame
que te encienda el cigarrillo.
Al
aproximarme a la llama, noté confundido que el fuego no me dañaba la nariz como
todas las otras veces. Extendí el cigarro a mi padre, sin dar vuelta la cabeza,
y conscientemente puse el meñique sobre el pequeño manojo de fuego. Era lo
mismo que nada. Pensé: se me murió este dedo o algo, pero uno no podía pensar
en la muerte de un dedo sin reírse un poco, de modo que extendí toda la palma y
esta vez toqué con las yemas las cañerías del gas, cada uno de sus orificios,
revolviendo las raíces mismas de las llamas. Papá se paseaba entre los extremos
del pasillo cuidando de echarse toda la ceniza sobre la solapa, de llenarse los
bigotes de mota de tabaco. Aproveché para llevar la cosa un poco más adelante,
y puse a tostar mis muñecas, y luego los codos, y después otra vez todos los
dedos. Apagué el gas, le eché un poco de escupito a las manos, que las sentía
secas, y llevé hasta el comedor la cesta con pan viejo, la mermelada en tarro,
un paquete flamante de mantequilla. Cuando papá se sentó a la mesa, yo debía
haberme puesto a llorar. Con el cuello torcido hundió la vista en el café
amargo como si allí estuviera concentrada la resignación del planeta, y
entonces dijo algo, pero no alcancé a oírlo, porque más bien parecía sostener
un incrédulo diálogo con algo intimo, un riñón por ejemplo, o un fémur. Después
se metió la mano por la camisa abierta y se mesó el ensamble de pelos que le
enredaban el pecho. En la mesa habla una cesta de ciruelas, damascos y duraznos
un poco machucados. Durante un momento las frutas permanecieron vírgenes y
acunadas, y yo me puse a mirar a la pared como si me estuvieran pasando una
película o algo. Por último agarré un prisco y me lo froté sobre la solapa
hasta sacarle un brillo harto pasable. El viejo nada más que por contagio
levantó una ciruela.
—La
vieja va a morirse —dijo.
Me sobé
fuertemente el cuello. Ahora estaba dándole vueltas al hecho de que no me
hubiera quemado. Con la lengua le lamí los conchos al cuesco y con las manos
comencé a apretar las migas sobre la mesa, y las fui arrejuntando en
montoncitos, y luego las disparaba con el índice entre la taza y la panera. En
el mismo instante que tiraba el cuesco contra un pómulo, y me imaginaba que
tenía manso cocho en la muela poniendo cara de circunstancia, creí descubrir el
sentido de por qué me habla puesto incombustible, si puede decirse. La cosa no
era muy clara, pero tenía la misma evidencia que hace pronosticar una lluvia
cuando el queltehue se viene soplando fuerte: si mamá iba a morirse, yo también
tendría que emigrar de¡ planeta. Lo del fuego era como una sinopsis de una
película de miedo, o a lo mejor era puro blá-blá mío, y lo único que pasaba era
que las ¡das al biógrafo me habían enviciado.
Miré a
papá, y cuando iba a contárselo, apretó delante de los ojos sus mofletudas
palmas hasta hacer el espacio entre ellas impenetrable.
—Vivirá
—dije—. Uno se asusta con la fiebre.
—Es
como la defensa del cuerpo.
Carraspeé.
—Si
gano la carrera tendremos plata. La podríamos meter en una clínica pasable.
—Si
acaso no se muere.
Escupí
sobre el hombro el cuesco lijadito de tanto meneallo. El viejo se alentó a
pegarle un mordiscón a un durazno harto potable. Oímos a mamá quejarse en la
pieza, esta vez sin palabras. De tres tragadas acabé con el café, casi
reconfortado que me hiriera el paladar. Me eché una marraqueta al bolsillo, y
al levantarme, el pelotón de migas fue a refrescarse en una especie de pocilla
de vino sólo en apariencia fresca, porque desde que mamá estaba en cama las manchas
en el mantelito duraban de a mes, pidiendo por lo bajo.
Adopté
un tono casual para despedirme, medio agringado dijéramos.
—Me
voy.
Por
toda respuesta, papá torció el cuello y aquilató la noche.
—¿A qué
hora es la carrera? —preguntó, sorbiendo un poco del café.
Me
sentí un cerdo, y no precisamente de esos giles simpáticos que salen en las
historietas.
—A las
nueve. Voy a hacer un poco de precalentamiento.
Saqué
del bolsillo las horquetas para sujetarme las bastillas, y agarré de un tirón
la bolsa con el equipo. Simultáneamente estaba tarareando un disco de los
Beatles, uno de esos psicodélicos.
—Tal
vez te convendría dormir un poco sugirió papá—. Hace ya dos noches que...
—Me
siento bien —dije, avanzando hacia la puerta.
—Bueno,
entonces.
—Que no
se te enfríe el café.
Cerré
la puerta tan dulcemente como si me fuera de besos con una chica, y luego le
aflojé el candado a la bicicleta desprendiéndola de las barras de la baranda.
Me la instalé bajo el sobaco, y sin esperar el ascensor corrí los cuatro pisos
hasta la calle. Allí me quedé un minuto acariciando las llantas sin saber para
dónde emprenderla, mientras que ahora si soplaba un aire madrugado, un poco
frío, lento.
La
monté, y de un solo envión de los pedales resbalé por la cuneta y me fui
bordeando la Alameda hasta la Plaza Bulnes, y le ajusté la redondela a la
fuente de la plaza, y enseguida torcí a la izquierda hasta la boite del Negro
Tobar y me ahuaché bajo el toldo a oír la música que salía del subterráneo. Lo
que fregaba la cachimba era no poder fumar, no romper la imagen del atleta
perfecto que nuestro entrenador nos habla metido al fondo de la cabeza. A la
hora que llegaba entabacado, me olla la lengua y pa' fuera se ha dicho. Pero
además de todo, yo era como un extranjero en la madrugada santiaguina. Tal vez
fuera el único muchacho de Santiago que tenía a su madre muriéndose, el único y
absoluto gil en la galaxia que no habla sabido agenciarse una chica para
amenizar las noches sabatinas sin fiestas, el único y definitivo animal que
lloraba cuando le contaban historias tristes. Y de pronto ubiqué el tema del
cuarteto, y precisamente la trompeta de Lucho Aránguiz fraseando eso de “No
puedo darte más que amor, nena, eso es todo lo que te puedo dar”, y pasaron dos
parejas silenciosas frente —al toldo, como cenizas que el malón del colegio
habla derramado por las aceras, y había algo lúgubre e inolvidable en el
susurro del grifo esquinero, y parecía surgido del mar plateado encima de la
pileta el carricoche del lechero, lento a pesar del brío de sus caballos, y el
viento se venia llevando envoltorios de cigarrillos, de chupetes helados, y el
baterista arrastraba el tema como un largo cordel que no tiene amarrado nada en
la punta shá-shá-dá-dá- y salió del subterráneo un joven ebrio a secarse las
narices traspirado, los ojos patinándole, rojos de humo, el nudo de la corbata
dislocado, el pelo agolpado sobre las sienes, y la orquesta le metió al tango,
sophisticated, siempre el mismo, siempre uno busca lleno de esperanzas, y los
edificios de la Avenida Bulnes en cualquier momento podían caerse muertos, y
después el viento soplarla descoyuntador, haría veletas de navío, barcazas y
mástiles de los andamiajes, haría barriles de alcohol de los calefactores
modernos, transformarla en gaviotas las puertas, en espuma los parquets, en
peces las radios y las planchas, los lechos de los amantes se incendiarían, los
trajes de gala los calzoncillos los brazaletes serían cangrejos, y serían
moluscos, y serían arenilla, y a cada rostro el huracán le darla lo suyo, la
mascara al anciano, la carcajada rota al liceano, a la joven virgen el polen
más dulce, todos derribados por las nubes, todos estrellados contra los
planetas, ahuecándose en la muerte, y yo entre ellos pedaleando el huracán con
mi bicicleta diciendo no te mueras mamá, yo cantando Lucy en el cielo y con
diamantes, y los policías inútiles con sus fustas azotando potros imaginarios,
a horcajadas sobre el viento, azotados por parques altos como volantines, por
estatuas, y yo recitando los últimos versos aprendidos en clase de castellano,
casi a desgano, dibujándole algo pornográfico al cuaderno de Aguilera,
hurtándole el cocaví a Kojman, clavándole un lápiz en el trasero al Flaco
Leiva, yo recitando, y el joven se apretaba el cinturón con la misma parsimonia
con que un sediento de ternura abandona un lecho amante, y de pronto cantaba
frívolo, distraído de la letra, como si cada canción fuera apenas un chubasco
antes del sereno, y después bajaba tambaleando la escalera, y Luchito Aránguiz
agarraba un solo de de uno en trompeta y comenzaba a apurarlo, y todo se hacia
jazz, y cuando quise buscar un poco del aire de la madrugada que me enfriase el
paladar, la garganta, la fiebre que se me rompía entre el vientre y el hígado,
la cabeza se me fue contra la muralla, violenta, ruidosa, y me aturdí, y
escarbé en los pantalones, y extraje la cajetilla, y fumé con ganas, con
codicia, mientras me iba resbalando sobre la pared hasta poner mi cuerpo contra
las baldosas, y entonces crucé las palmas y me puse a dormir dedicadamente.
Me
despertaron los tambores, guaripolas y clarines de algún glorioso que daba
vueltas a la noria de Santiago rumbo a ninguna guerra, aunque engalanados como
para una fiesta. Me bastó montarme y acelerar la bici un par de cuadras, para
asistir a la resurrección de los barquilleros, de las ancianas míseras, de los
vendedores de maní, de los adolescentes lampiños con camisas y botas de moda.
Si el reloj de San Francisco no mentía esta vez, me quedaban justo siete
minutos para llegar al punto de largada en el borde del San Cristóbal. Aunque a
mi cuerpo se lo comían los calambres, no habla perdido la precisión de la
puntada sobre la goma de los pedales. Por lo demás habla un sol de este volado
y las aceras se velan casi despobladas.
Cuando
crucé el Pío Nono, la cosa comenzó a animarse. Noté que los competidores que
bordeaban el cerro calentando el cuerpo, me piropeaban unas miradas de reojo.
Distinguí a López del Audax limpiándose las narices, a Ferruto del Green
trabajando con un bombín la llanta, y a los cabros de mi equipo oyendo las
instrucciones de nuestro entrenador.
Cuando
me uní al grupo, me miraron con reproche pero no soltaron la pepa. Yo aproveché
la coyuntura para botarme a divo.
—¿Tengo
tiempo para llamar por teléfono?
El
entrenador señaló el camarín.
—Vaya a
vestirse.
Le pasé
la máquina al utilero.
—Es
urgente expliqué—. Tengo que llamar a la casa.
—¿Para
qué?
Pero
antes de que pudiera explicárselo, me imaginé en la fuente de soda del frente
entre niños candidatos al zoológico y borrachitos pálidos marcando el número de
casa para preguntarle a mi padre... ¿qué? ¿Murió la vieja? ¿Pasó el doctor por
la casa? ¿Cómo sigue mamá?
—No
tiene importancia —responda—. Voy a vestirme.
Me
zambullí en la carpa, y fui empiluchándome con determinación. Cuando estuve
desnudo proceda a arañarme los muslos y luego las pantorrillas y los talones
hasta que sentí el cuerpo respondiéndome. Comprimí minuciosamente el vientre
con la banda elástica, y luego cubrí con las medias de lanilla todas las
huellas granates de mis uñas. Mientras me ajustaba los pantaloncillos y
apretaba con su elástico la camiseta, supe que iba a ganar la carrera.
Trasnochado, con la garganta partida y la lengua amarga, con las piernas tiesas
como de mula, iba a ganar la carrera. Iba a ganarla contra el entrenador,
contra López, contra Ferruto, contra mis propios compañeros de equipo, contra
mi padre, contra mis compañeros de colegio y mis profesores, contra mis mismos huesos,
mi cabeza, mi vientre, mi disolución, contra mi muerte y la de mi madre, contra
el presidente de la república, contra Rusia y Estados Unidos, contra las
abejas, los peces, los pájaros, el polen de las flores, iba a ganarla contra la
galaxia.
Agarré
una venda elástica y fui prensándome con doble vuelta el empeine, la planta y
el tobillo de cada pie. Cuando los tuve amarrados como un solo puñetazo, sólo
los diez dedos se me asomaban carnosos, agresivos, flexibles.
Salí de
la carpa. “Soy un animal”, pensé cuando el juez levantó la pistola, “voy a
ganar esta carrera porque tengo garras y pezuñas en cada pata”.El pistoletazo y
de dos arremetidas filudas, cortantes sobre los pedales, cogí la primera cuesta
puntero. En cuanto aflojó el declive, dejé no más. que el sol se me fuera
licuando lentamente en la nuca. No tuve necesidad de mirar muy atrás para
descubrir a Pizarnick del Ferroviario, pegado a mi trasera. Sentí piedad por el
muchacho, por su equipo, por su entrenador que le habría dicho “si toma la
delantera, pégate a él hasta donde aguantes, calmadito, con seso, ¿entiendes?”,
porque si yo quería era capaz ahí mismo de imponer un tren que tendría al
muchacho vomitando en menos de cinco minutos, con los pulmones revueltos,
fracasado, incrédulo. En la primera curva desapareció el sol, y alcé la cabeza
hasta la virgen del cerro, y se veía dulcemente ajena, incorruptible. Decidí
ser inteligente, y disminuyendo bruscamente el ritmo del pedaleo, dejé que
Pizarnick tomara la delantera. Pero el chico estaba corriendo con la biblia en
el sillón: aflojó hasta ponérseme a la par, y pasó fuerte a la cabeza un
muchacho rubio del Stade Francais. Ladeé el cuello hacia la izquierda y le
sonreí a Pizarnick. “¿Quién es?”, le dije. El muchacho no me devolvió la
mirada. “¿Qué?”, jadeó. “¿Quién es?”, repetí. “El que pasó adelante.” Parecía
no haberse percatado que íbamos quedando unos metros atrás. “No lo conozco”,
dijo. ¿Viste qué máquina era?” “Una Legnano” repuse. “¿En qué piensas?” Pero
esta vez no conseguí respuesta. Comprendí que habla estado todo el tiempo
pensando si ahora que yo había perdido la punta, debía pegarse al nuevo líder.
Si siquiera me hubiese preguntado, yo le habría prevenido; lástima que su
biblia transmitía con solo una antena. Una cuesta más pronunciada, y buenas
noches los pastores. Pateó y pateó hasta arrimársele al rucio, y casi con
desesperación miró para atrás tanteando la distancia. Yo busqué por los
costados a algún otro competidor para meterle conversa, pero estaba solo a unos
veinte metros de los cabecillas, y al resto de los rivales recién se les
asomaba las narices en la curvatura. Me amarré con los dedos el repiqueteo del
corazón, y con una sola mano ubicada en el centro fui maniobrando la manigueta.
¡Cómo podía estar tan solo, de pronto! ¿Dónde estaban el rucio y Pizarnick? ¿Y
González, y los cabros del club, y los del Audax Italiano? ¿Por qué comenzaba
ahora a faltarme el aire, por qué el espacio se arrumaba sobre los techos de
Santiago, aplastante? ¿Por qué el sudor hería las pestañas y se encerraba en
los ojos para nublar todo? Ese corazón mío no estaba latiendo así de fuerte
para meterle sangre a mis piernas, ni para arderme las orejas, ni para hacerme
más duro el trasero en el sillín, y más coces los enviones. Ese corazón mío me
estaba traicionando, le hacia el asco a la empinada, me estaba botando sangre
por las narices, instalándome vapores en los ojos, me iba revolviendo las
arterias, me rotaba en el diafragma, me dejaba perfectamente entregado a un
ancla, a mi cuerpo hecho una soga, a mi falta de gracia, a mi sucumbimiento.
—¡Pizarnick! —grité—. ¡Para, carajo, que me estoy muriendo!
Pero
mis palabras ondulaban entre sien y sien, entre los dientes de arriba y los de
abajo, entre la saliva y las carótidas. Mis palabras eran un perfecto círculo
de carne: yo jamás había dicho nada. Nunca había conversado con nadie sobre la
tierra. había estado todo el tiempo repitiendo una imagen en las vitrinas, en
los espejos, en las charcas invernales, en los ojos espesos de pintura negra de
las muchachas. Y tal vez ahora —pedal con pedal, pisa y pisa, revienta y
revienta— le viniera entrando el mismo silencio a mamá —y yo iba subiendo y
subiendo y bajando y bajando— la misma muerte azul de la asfixia —pega y pega
rota y rota— la muerte de narices sucias y sonidos líquidos en la garganta —y
yo torbellino serpenteo turbina engranaje corcoveo— la muerte blanca y
definitiva —¡a mi nadie me revolcaba, madre!— y el jadeo de cuántos tres cuatro
cinco diez ciclistas que me irían pasando, o era yo que alcanzaba a los
punteros, y por un instante tuve los ojos entreabiertos sobre el abismo y debí
apretar así duramente fuertemente las pestañas para que todo Santiago no se
lanzase a flotar y me ahogara llevándome alto y luego me precipitara,
astillándome la cabeza contra una calle empedrada, sobre basureros llenos de
gatos, sobre esquinas canallas. Envenenado, con la mano libre hundida en la
boca, mordiéndome luego las muñecas, tuve el último momento de claridad: una
certeza sin juicio, intraducible, cautivadora, lentamente dichosa, de que si,
que muy bien, que perfectamente hermano, que este final era mío, que mi
aniquilación era mía, que bastaba que yo pedaleara más fuerte y ganara esa
carrera para que se la jugara a mi muerte, que hasta yo mismo podía administrar
lo poco que me quedaba de cuerpo, esos dedos palpitantes de mis pies,
afiebrados, finales, dedos ángeles pezuñas tentáculos, dedos garras bisturíes,
dedos apocalípticos, dedos definitivos, deditos de mierda, y tirar el timón a
cualquier lado, este u oeste, norte o sur, cara y sello, o nada, o tal vez
permanecer siempre nortesudesteoestecarasello, moviéndome inmóvil, contundente.
Entonces me llené la cara con esta mano y me abofeteé el sudor y me volé la
cobardía; ríete imbécil me dije, ríete poco hombre, carcajéate porque estás
solo en la punta, porque nadie mete finito como tú la pata para la curva del
descenso.
Y de un
último encumbramiento que me venía desde las plantas llenando de sangre linda,
bulliciosa, caliente, los muslos y las caderas y el pecho y la nuca y la
frente, de un coronamiento, de una agresión de mi cuerpo a Dios, de un curso
irresistible, sentí que la cuesta aflojaba un segundo y abrí los ojos y se los
aguanté al sol, y entonces sí las llantas se despidieron humosas y chirriantes,
las cadenas cantaron, el manubrio se fue volando como una cabeza de pájaro,
agudo contra el cielo, y los rayos de la rueda hacían al sol mil pedazos y los
tiraban por todas partes, y entonces oí, ¡oí Dios mío!, a la gente avivándome
sobre camionetas, a los muchachitos que chillaban al borde de la curva del
descenso, al altoparlante dando las ubicaciones de los cinco primeros puestos;
y mientras venía la caída libre, salvaje sobre el nuevo asfalto, uno de los
organizadores me baldeó de pé a pá riéndose, y veinte metros adelante,
chorreando, riendo, fácil, alguien me miró, una chica colorina, y dijo “mojado
como un joven pollo”, y ya era hora de dejarme de pamplinas, la pista se
resbalaba, y era otra vez tiempo de ser inteligente, de usar el freno, de ir
bailando la curva como un tango o un vals a toda orquesta.
Ahora
el viento que yo iba inventando (el espacio estaba sereno y transparente) me
removía la tierra de las pupilas, y casi me desnuco cuando torcí el cogote para
ver quién era el segundo. El Rucio, por supuesto. Pero a menos que tuviera
pacto con el diablo podría superarme en el descenso, y nada más que por un
motivo bien simple que aparece técnicamente explicado en las revistas de
deportes y que puede resumiese así, yo nunca utilizaba el freno de mano, me limitaba
a plantificar el zapato en las llantas cuando se esquinaban las curvas. Vuelta
a vuelta, era la única fiera compacta de la ciudad con mi bicicleta. Los
fierros, las latas, el cuero, el sillín, los ojos, el foco, el manubrio, eran
un mismo argumento con mi lomo, mi vientre, mi rígido montón de huesos.
Atravesé la meta y me descolgué de la bici sobre la marcha. Aguanté los
palmoteos en el hombro, los abrazos del entrenador, las fotos de los cabros de
“Estadio”, y liquidé la Coca-Cola de una zampada. Después tomé la máquina y me
fui bordeando la cuneta rumbo al departamento.
Una
vacilación tuve frente a la puerta, una última desconfianza, tal vez la sombra
de una incertidumbre, el pensamiento de que todo hubiera sido una trampa, un
truco, como si el destello de la Vía Láctea, la multiplicación del sol en las
calles, el silencio, fueran la sinopsis de una película que no se darla jamás,
ni en el centro, ni en los biógrafos de barrio, ni en la imaginación de ningún
hombre.
Apreté
el timbre, dos, tres veces, breve y dramático. Papá abrió la puerta, apenitas,
como si hubiera olvidado que vivía en una ciudad donde la gente va de casa en
casa golpeando portones, apretando timbres, visitándose.
—¿Mamá?
—pregunté.
El
viejo amplió la abertura, sonriendo.
—Está
bien —me pasó la mano por la espalda e indicó el dormitorio—. Entra a verla.
Carraspeé que era un escándalo y me di vuelta en la mitad del pasillo.
—¿Qué
hace?
—Está
almorzando —repuso papá.
Avancé
hasta el lecho, sigiloso, fascinado por el modo elegante con que iba echando
las cucharadas de sopa entre los labios. Su piel estaba lívida y las arrugas de
la frente se le habían metido un centímetro más adentro, pero cuchareaba con
gracia, con ritmo, con... hambre.
Me
senté en la punta del lecho, absorto.
—¿Cómo
te fue? —preguntó, pellizcando una galleta de soda.
Esgrimí
una sonrisa de película.
—Bien,
mamá. Bien.
El chal
rosado tenía un fideo cabello de ángel sobre la solapa. Me adelanté a
retirarlo. Mamá me suspendió la mano en el movimiento, y me besó dulcemente la
muñeca.
—¿Cómo
te sientes, vieja?
Me pasó
ahora la mano por la nuca, y luego me ordenó las mechas sobre la frente.
—Bien,
hijito. Hazle un favor a tu madre, ¿quieres?
La
consulté con las cejas.
—Ve a
buscar un poco de sal. Esta sopa está desabrida.
Me
levanté, y antes de dirigirme al comedor, pasé por la cocina a ver a mi madre.
—¿Hablaste con ella? ¿Está animada, cierto?
Lo
quedé mirando mientras me rascaba con fruición el pómulo.
—¿Sabes
lo que quiere, papá? ¿Sabes lo que mandó a buscar?
Mi
viejo echó una bocanada de humo.
—Quiere
sal, viejo. Quiere sal. Dice que está desabrida la sopa, y que quiere sal.
Giré de
un envión sobre los talones y me dirigí al aparador en busca del salero. Cuando
me disponía a retirarlo, vi la ponchera destapada en el centro de la mesa. Sin
usar el cucharón, metí hasta el fondo un vaso, y chorreándome sin lástima, me
instalé el liquido en el fondo de la barriga. Sólo cuando vino la resaca, me
percaté que estaba un poco picadito. Culpa del viejo de mierda que no aprende
nunca a ponerle la tapa de la cacerola al ponche. Me serví otro trago, qué iba
a hacerle.

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