© Libro N° 7232.
Basketball. Skármeta, Antonio.
Emancipación. Abril 25 de 2020.
Título
original: © Basketball.
Antonio Skármeta
Versión Original: © Basketball. Antonio Skármeta
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Miranda
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Antonio Skármeta
Antonio Skármeta
Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)
Basketball
a Loreto Herman
El tango me
venía de un tío incierto que asediaba los jueves en la casa cuando caía algún
dinero y a los tallarines a la yugoslava se agregaba carne mechada, suavemente
fibrosa, y ciruelas y queso.
En los
malones me hacía el orillero; tenía afable comercio con los empapelados de los
rincones; era un poco Nat King Cole en mi modo de aterciopelar la voz para
hablar con las muchachas, y consuetudinario comedor de queques.
El
entrenador del equipo del colegio me había dado calabazas. Aunque mi puntería
era fiera; aunque fuese capaz de encestar desde afuera de la bomba con la misma
nitidez con que una paloma va a posarse sobre el alero de la iglesia, o con el
mismo chasquido suavecito con que uno se pone los calcetines de lana, me jodía
el prestigio esa cosa de actor de cine, ese afán de complacer mi vanidad sin
tregua, de acordarme de un dribling de fantasía cuando faltaban tres minutos e
íbamos perdiendo. El entrenador me palpaba el hígado, y me decía te duele aquí
parece que estás enfermo. Cuando me sorprendió una noche chupando cerveza con
los colizones del Bier Hall, tramó una entrevista con mis padres. Pero mi viejo
estaba trabajando firme en el partido, los pacos le habían molido un cacho de
cabeza, y andaba con un tajo de este vuelo. Así que no hizo su epifanía, y
hasta yo mismo comencé a acostumbrarme a hacer de la cimarra una fiesta. Pero
nada muy alegre, compañero, puro darle vueltas y vueltas por el centro, puro
meterme a las diez de la mañana con un membrillo y un pan con mantequilla a
Radar o Rolec a oír discos de Gatica y los primeros temas de Ray Charles, que
eran el acabóse. Claro que el viejo de gimnasia entró en componendas con el
profesor jefe, que nos enseñaba filosofía y que me tenía entre ojo y ojo porque
yo me había leído a Kafka y usaba el pelo un poco demasiado largo y todo eso.
Cuando me cachó colocando un afiche de Fidel en el diario mural del colegio,
llevó el caso al consejo de la escuela, de donde salí eximido con honores.
La
música que se oía entonces era la de unos negros calugas, Los Platters que les
llamaban, Giolito tenía un trío más desabrido que un domingo sin fútbol, y el
club de jazz quedaba en Merced, cerca del Teatro Santiago, y ahí tenía yo mi
oxigeno y mi sangre, aunque nunca una muchacha; allí las chicas tenían esos
vestidos de talle largo que les ponían la cintura lijadita y cualquier aspereza
se la limaban las manos encolleradas de los pitucos que tenían billullo para
meterle al gin con gin, a las primeras partidas de marihuana, y sobre todo, a
esa cosa tan inaccesible, tan remota, tan próxima a la dicha imposible, que se
llama motoneta.
Conclusión, que mi amigo Jaime, que primero soplaba a Brahms valiéndose
de un ensordecedor pito fabricado con sus nudillos, se había agenciado un
clarinete, o tal vez la pura boquilla, y que si uno le ponía buena voluntad a
la oreja, podía identificar como “Basin Street” la bazofia que sonaba, y que yo
me hinché tanto de darles a las cacerolas, y visto que como vocalista no iba a
ningún lado, porque el chico calvo me había prestado el long-play de Billy
Eckstine, comprendí que no había nada más que hacerle, paciencia. Entonces me
enamoré perdidamente de una muchacha de Quinta Normal, muy espiritual la chica,
como que no quería nada con la cama, tuve una iluminación patafísica
(perdónenme), de lo que era el je ne saias quois del basketball, y descubrí que
amaba el pellejo más que cualquier cosa en esta galaxia. No me quedaba otra
cosa que ser escritor, qué crestas. Así que me puse la bufanda larga de mi
abuelo, rompí definitivamente mis relaciones con la peluquería, y convencí a
Jaime que nos inscribiéramos en el Deportivo Flecha de la calle General
Velásquez.
Ahí nos
agarró un chico inspirado del que se han perdido la mitad de la vida si no
oyeron hablar de él, se llamaba Jaramillo el carajo. Cuando me vio la corpada y
estudió mis manos me dijo: “te meto de centrodelantero”. Y en efecto, yo podía
maromear con la bola en la mano derecha delante de los más pintados defensas
dejando el cuerito en un equilibrio incólume. Me pusieron de rivales al Tito
Salazar, al tenor Yancoli, por último al Flaco Alcayaga, y nada mi alma, los
mareaba con el olor del cuero. Apretada a mis falanges la pelota era tan dócil
como un pulmón, me latía entregada hecha una gata, las fibras duras al tacto se
me hacían entre los dedos un plumaje; yo no hacía nada, la mano mandaba, me
torcía el dorso, me contraía el esfinter, las piernas se me apretaban y
soltaban como si yo apenas fuera una sombra; en cualquier momento estaba libre
de rivales y salía disparando mi pájaro, mi alondra, mi palomita de mierda, a
embocarse suavemente en el canasto. Durante los entrenamientos yo podría haber
escrito una novela, lo único malo era que la Erika le tenía reticencia a la
cama, mezquineaba el roce de los senos como si fuera una vaquillona hindú
sagrada y todo eso y yo no tenía vocabulario, una pura peste inflada de
silencio, pura sinopsis, y no debutaba formalmente en el lecho, y como
siguieran las cosas así, hasta maricón podía ponerme.
Segunda
parte, que el Flecha salió suavecito quinto en el campeonato de los barrios.
Nos pisaron los de Matadero, los del Gustavo Helfmann, los Cerrillos Boys, los
Metalúrgicos y el seleccionado del Recorrido 4 Alameda - General Velásquez.
Vencimos por W.O. a Tropezón, y ganamos al Liceo Nocturno Número Doce, y al
Deportivo Socialista. Si esto no les dice nada, sepan que en los últimos dos
años el flecha había sido colista irremisible. Yo goleaba lo que me pidieran,
pero era en defensa donde quedaba la escoba, y todo por que seguía con buen
ángulo para la cerveza; prosperaban mis ojeras, empezaban a joderme la moral
haber espiantado del colegio sin advertírselo al viejo, y no tenía fuelle para
ir a cubrir mi zona. Pero de la mitad de la cancha para adelante era una de las
cosas más definitivas que se han visto en basketball. Jaime, que era el único
que conocía mis intimidades, me llamaba para callado “la virgen del
baloncesto”. Y lo que más envidia me daba era que se había tragado un libro de
Freud para un trabajo de Psicología y me trataba como un sicópata o algo.
Me dijo
que yo estaba sublimándome, dense cuenta.
Y a lo
mejor era cierto, porque a los diez minutos del partido empezaba a sentir
problemas con los pantaloncillos tan estrechos. Entonces tenía que ponerme de
espaldas a la gradería, o,pedir en lo mejor del ataque un minuto para cubrirme
en medio de las piernas con la pelota, qué iba a hacerle. Y un día hasta paso
lo que ustedes están pensando.
Ahora
bien, lo que suele haber en los inviernos de Santiago son los naranjos, la
leche cuneteada en la vereda que arrastra cáscaras y papeles entre otras cosas.
Al
grano; ese domingo de invierno tuvo para mí una introducción de ángel. Me
desperté medio místico, casi lúcido, y cuando limpié la cacerola, el
incinerador olía a espíritu santo, a paloma por lo menos, y eso que no había
atisbo de sol, puras nubes apretadas como un tren de carga, y la pura verdad
que en cuanto salí a la calle estaba hecho o algo por el estilo. Lo grave era
que la noche anterior la había cocinado con pura panimávida, escuchando esas
cuestiones de Mozart donde siempre es la misma vaina, para-pará-chi-pún-chipún,
y leyendo un Zane Grey somnolento que entendía maldita la cosa. Así que a la
media hora ya estaba buenas noches los pastores. Después de vestirme y agarrar
el balón, como quien dice, pasé por delante de una iglesia donde había dos
cabros sacándose la cresta. En la fuente de soda de la esquina, el patrón venía
sacándome a un borrachito, y en la frontera del sábado con la madrugada del
domingo yo era la mismísima imagen del niñito Jesús de Praga en medio del
burdel que había dentro del boliche. Mientras marcaba el número de teléfono de
la Erika, se me colgó una putita del paletó con mucha labia. Me hice lo más gil
que pude, y le pregunté qué quieres servirte, un vaso de leche o algo. Y lo que
quería era un vaso de leche, así que fue a tomarlo al mesón haciéndome
morisquetas. Yo llamé a Erika, que se demoró en llegar porque estaba
amadrinando una gallina según me dijo más tarde, y yo le dije que nos
juntáramos en la cancha que era cosa de vida o muerte,. Debo haber sonado
tremendo porque no me preguntó si estaba borracho ni nada. Después tuve
problemas con un pelusa que quería birlarme el reglamentario de arriba de un
taburete y pretendía hacerlo rodar por las baldosas.
Me
descolgué del micro en la Estación Central, y la corrí hasta la cancha del
Flecha dándole botes a la pelota como si tuviera la mano imantada. Aunque a lo
mejor fue un sueño que yo tuve mientras iba corriendo dándole botes a una
pelota por calles desiertas, y yo no respiraba ni nada por el estilo, acaso ni
corría siquiera; pero el cuero de la bola sudaba dócilmente, y se me replegaba
en la piel como una bestia y se me comprimía en la mano, y me lamía los dedos;
era lo mismo que palpar una flor germinando, y el pase en el aire se
desgranaba, pero de alguna manera al volver a mi mano se hacía otra vez
compacta. Y de repente toda la calle fue una sola convulsión, la pelota se iba
chupando la acera, empezaba a desentrañar lo que había más abajo de todo
límite, sólo el ritmo era seguro y nada más permanecía era como los discos de
Coltrane con Elvin Jones, Coltrane estaba en cualquier parte, traficaba con el
caos, llevaba las cosas hasta achicharrarlas, masacraba todo orden, Jones
apretaba la expansión, Jones era un gran carajo, Jones era una dama, tantas
noches de luna, tanta marea y repujo, tanta cuota de sangre.
En los
camarines hallé el cemento húmedo y por las rendijas de la puerta se
trasladaban las hormigas, circulaban por las grietas y en la penumbra se
balanceaba una telaraña. Alguien había regado el piso de cáscaras de manzanas,
pero además alguien había metido todo ese silencio en la mañana para que nadie
supiera qué hacer con las manos, y yo olvidé el rostro de mi madre, mi primera
casa, la primera soledad en bloque derrotado sobre los rieles del ferrocarril de
San Antonio a Cartagena un verano.
Me
calcé las zapatillas, la camiseta naranja con el quince negro bordado pequeño
en el pecho y grande en el lomo y caminé sin prisa hasta el medio de la cancha.
Antes que coordinara los antebrazos y rozase con los pulgares el borde de las
cejas, antes que pudiera oler profundamente toda la redondez de la bola, supe
que acertaría en el canasto aunque no mirara. De modo que me senté sobre la
pelota, y me quedé todo el rato en el círculo mirándome las rodillas.
Cuando
Erika me sorprendió, por el hombro sentí una especie de incendio. Junté mis
pobres llamas, mis huesos pueblerinos, puse el verdadero límite que había entre
mis dos orejas, y fui pujando las palabras, aunque estuviera tan mudo, tan
certeramente de incógnito en el planeta, con los codos agudos y las falanges
flexibles. Iba a empujar a Erika sobre el tronco del borde izquierdo hasta que
sus muslos se le reventaran con mi rodilla, hasta que tuviera que pedírmelo en
nombre del santo padre, de todos los Testigos de Jehová, de cuanto bueno y
falso profeta ha habitado la galaxia. Yo que no quería morir era capaz de
brindar la muerte. Como si se hubiera agigantado la mano y pudiera romper entre
la palma un cuello o una pelota, triturar una yugular o masacrarme la cabeza
contra el poste bajo el cesto.
—¿Qué
te pasa? —preguntó con los ojos así abiertos como si alguien se los estuviera
tirando. Por arriba de la mata de pelo castaño del severo moño de liceana
burra, el sol ya la estaba haciendo una especie de arcángel. El resto de luz
existía por puro joderme los ojos. Me levanté, y allí debió haber terminado el
sueño; otra vez respiraba, pero pam-pam-pam, como a patadas. Ni siquiera se me
ocurrió sacar la camiseta para cubrir las entrepiernas. Si venía en serio a
besarme (lo vislumbraba en el modo de mitigar los párpados), si ponía carne con
carne el labio y mi hocico, se acababa para ella la fiesta. Se acababa el
nombre de su padre, esa guitarrita de los canutos que tanto le gustaba oir en
la quinta con señor voy a tu reino, y carecía de importancia que fuera Erika,
la princesa del barrio Quinta con los pechos duros y los muslos calientes,
podría haber sido Olga la de Manuel Montt primera cuadra, que se aterciopelaba
tanto con los discos de Los Cuatro Ases y te hacía sentir sus caderas como un
vaivén de tu propio vientre, o Angélica que siempre era demasiado pálida para
hacer el definitivo holocausto, o la pequeña Gloria que se encerraba a llorar
amores perdidos que jamás tuvo en los waters de los anfitriones durante las
fiestas de quinto año.
Le
agarré el beso en el vuelo, allí le hice la primera trampa con el diente, sin
darle tiempo a respirar, y luego le fui empujando el beso para metérselo en la
garganta, para sembrárselo en cualquier parte de la carne donde se levantara la
mano haciéndose uña en las costillas del amante.
—Estoy
enamorado —le dije.
—¿Qué
se siente?
Me
permitió que mascara el pelo encima de su oreja. Con el sol se caía todo el
follaje, se precipitaba un pájaro, me dolía el cuello equilibrándome, los hoyos
de las narices agolpados de cabello. Y su boca estaba húmeda, y mis labios
perfectamente secos, hechos una sola grieta, un jeta de aserrín de muñeco, me
daba miedo dañarla con el roce, pero la humedad de las encías me los iba
poniendo fértiles, tenía todas las palabras necesarias para embolinarla, en cualquier
momento comenzaría a levitar, con la sangre tirando hacia las mechas era como
si todo el cielo fuera una fiebre imantada, pero las palabras me hinchaban el
cuello y el diafragma, les faltaba algo que las ordenara, alguien que
presionara mi hocico para irlas modulando. Podía replicar “una dulzura inmensa”
“una masacre” “una rabia”. Agárrame las costillas, decía mi jadeo, suelta mi
pantaloncillo con tus uñas, muerde ahora la camiseta, pon tu lengua debajo de
mi hombro, vamos más allá de toda garganta, más allá de las cejas, de las
rodillas, de esta asfixia, Erika, de este espacio que se verá combado tras tus
ancas hecho una gran cama, una alfombra de aire, tú y yo haremos época,
levitaremos empujados por la resolana y todo sucederá en el aire,
estrellándonos contra las aves, aplastando en su territorio los mismos
insectos, como abejas, como perros, como ángeles. Pero Erika quería que yo
estuviera muerto, no iba a permitir más tratativas que pasteles e invitaciones
al cine, que bailoteos los sábados por la tarde y Roberto Inglez con un solo dedo
y los Cuatro Ases de mierda, y que yo sucumbiese simplemente con las manos
calientes, con mi penacho alzado, con mi cuello doblado hecho un río sin
fundamento, una pura corriente pueblerina para meter las patas, ultrajarla con
la piel suavemente callosa, delicadas protuberancias de hembra, y luego
salirse, gritando, secarse con la toalla, subirle el volumen a la radio,
masticar un sandwich, comprar cigarros Liberty, conversar con el hermano menor,
poner en orden el pliegue de la falda... ¡Si me hubiera preguntado otra vez qué
se siente! Y de pronto, sólida, compactamente las cabezas se nos estrellaron
contra el árbol. Si ella no gritaba era porque yo le tapaba la lengua con mi
boca, y las vetas del árbol le soltaron ese chorro en la mejilla, y eran las
hormigas las que me andaban por encima del cuello y se me insertaban en la
oreja, y qué querían sus manos, pulverizarme el hígado, transparentar los
pulmones, poner en crisis esas duras venas, casi quebradas, casi sudorosas, o
yo la estaba matando y su cara era violeta, era amarilla y era rosácea, y había
un modo en que el asfalto hablaba, un estilo de decir el sol, un modo de
reventarse los árboles sin que se les moviera un pelo, de pie, transpirando, y
yo le solté los labios, yo le metí la mano por la cintura para que ella
viviera, para que sumisamente doblegara sus lomos y sus senos al sol, pero no
quería su libertad, iba como a vomitarla sobre mi hombro, le iba a salir otra
sangre por los ojos, se iba a derramar moquillenta por las narices, las orejas
se le iban a caer en pedazos cubiertas de hormigas (ibas a morirte Erika como
una flor estúpida, como un ombligo incólume), y yo llevé mis manos contra su
nuca, y me pateaba entre las piernas, se armó de dientes, se armó de saliva,
tenía los senos duros como coscachos, coces y yo zurré su cabeza contra el
tronco, como en defensa propia, en última agonía le fui metiendo las uñas por
el pelo, machucándole la frente, y su sudor fue cubriendo la aspereza de la
madera, se le desgarraba la nariz, iban a reventársele los labios, y entonces
la dejé ir, estaba demasiado lloroso para seguir viviendo, en medio de las
piernas los dolores eran alaridos, como si ella hubiese hecho el gesto final,
implantando el más feroz de los colofones me ponía la lengua en el cemento,
ella quería que yo fornicara con los ásperos granulillos del concreto, con el
pulverizado de goma de las zapatillas, con los dientes partidos contra una boca
estéril, ella quería verme llorando, quería seguir su oferta al sol ,su propio
llanto, su pómulo rasgado, su pelo negro húmedo, los bordes de sus senos
mojados, mordidos degradados, ella quería irse, se iba y yo era un final
perfecto, casi un marica, virgen definitivo, ausente, el polvo mordido en las
narices, esa triste dureza inútil allá abajo.
Entonces Erika debió haberse ido, y yo tal vez tendría las yemas de los
dedos sobando mis cejas, o las uñas en la boca para que no me vieran llorando,
o Erika estaba allí y el sol se anegaba entre pestaña y pestaña y el llanto me
hervía hasta encegecerme. Por debajo del cemento sentía venir una sombra, un
alero que apenas empezaba a mojarme los tobillos, una lenta cortina, como un
final de acto de una muy mala obra donde los protagonistas permanecen estáticos
buscando en la inanidad el drama, como si la piedra, el ojo crispado,
contuvieran una acción que más valdría que no llegara a ninguna parte, como van
a cerrar la pieza con la muerte de este servidor que le habla y ustedes van a
salir al foyer a fumarse un cigarrillo.
Esa era
mi sombra, especialmente dedicada para irme helado de piernas, cubriendo los
pelillos rizados sin prisa, y mi vientre después de todo se replegaba aunque el
sol me lo estuviese buscando, como a cuchillada supongo, como si mi vientre no
fuera la sinfonía inconclusa ni esa riña fuera un último tango o una canción
pasada de moda, o un asesinato en cualquier acequia. Puta madre, empecé a
saborear la piedra; a rozar dulcemente mi nariz contra la capa de polvo que se
iba abriendo con un diseño simple e indescifrable. Encima del bozo, las
lágrimas sabían formidables. Las fui trayendo con la punta de la lengua sobre
la capa de dientes, empecé a rasparme las encías con las uñas, a palparme los
pómulos y los sentía todos calientes, recién florecidos, ridículos, mofletudos,
cómicos. Y mi sexo también era divertido, tan acurrucado, mosquita muerta, un
pobre pedazo hipocondríaco que había fallado en su mejor acto, delante de todo
el escenario de mis fantasmas, delante de Samuel Bennet por ejemplo, delante de
Holden Caulfield, de Chet Baker, de Gerry Mulligan, de Coltrene, de Joâo y la
Astrud Gilberto, de Dorival Caymmi, de Julio Sosa, delante de mis abuelos
recios de grupas, delante de tantas conversaciones enfermas en boites
penumbrosas, calugonas, de tantos senos intuidos y nunca acariciados, delante
de mis amigos triunfadores, Golden siete en Biología ya Medicina, Carvallo
siete en Matemáticas y a arquitectura, Villanueva siete en Gimnasia y a la
Primera de U. de Chile, delante de todos los padres de todos los padres que nos
sorprendieron un poco más adentro del beso en sofás destartalados de todas esas
calles empedradas de Santiago, de las vergonzosas noches yertas, imbéciles, con
la revista en la mano y las baldosas manchadas, y entonces yo me fui replegando,
acurrucando sobre un centro del que carecía, huyéndole al lengüetazo de la
sombra, y de la misma mueca del llanto fui afilando lentamente la sonrisa, fui
cerrando los ojos, fui durmiéndome, las rodillas contra el pecho, animal,
definitivo, una fiera más en el planeta, como ese árbol, ese pasto seco.
Desperté cuando el asfalto estaba blanco. La sombra había pasado sobre
mi lomo para ir a derramarse contra la pila de ladrillos detrás del arbusto.
Tuve necesidad de beber agua, pero mis piernas se me agarrotaban, impidiendo
que me moviera. Fui trasladándolas lentamente, ofrecido al sol, hasta que cedió
la piel debajo de las rodillas. Entonces traté de levantarme apoyando la cadera
contra el suelo, y luego la mano, y en seguida torcí el dorso, y ahí fue donde me
sorprendió toda la marejada de luz y hube de doblar el cuello sobre la
camiseta. Arrodillado, me pasé concienzudamente la lengua sobre los labios,
eché escupito sobre las manos y me mojé un poco la frente y los pómulos y los
ojos. Casi a hurtadillas ladeé la mirada para agarrar al sol recto sobre mi
cabeza. A tropezones, con la vista gacha, la luz patinándome por los hombros
como una lluvia persistente, fui a recoger en el centro de la cancha la bola.
El
tacto del cuero me dio alivio. Se le había concentrado todo el sol, se le
asomaba un cototo cerca de la válvula, y me costó agarrarla y envolverla
completamente entre las falanges tensas. Entonces busqué el aro, la grave
estructura de la malla inviolada en el espacio, sin viento, sin música, ni
pájaros, ni espectadores, ni música de las casas próximas. Neciamente presentí
que yo no podía corromper ese silencio. Cuando se rozaron los faldones de mis
pantaloncillos, torcí el cuello, temeroso de que alguien viniera a censurarme.
Casi sin notarlo, fui poniéndome de cuclillas y sin darle bote a la bola como
era mi costumbre, los brazos se fueron atrás, dulcemente se replegaron como
quien recoge peces en el océano, entre las rocas una varazón de sardinas, y
todo el aire agrietado en el corazón se estremece con lo que chorrea la estela.
Y yo me fui elevando con el gesto, supe que mis tobillos despegaban de la
cancha armónicamente pero definitivos, y mis manos quedaron suspendidas en el
espacio y los ojos bailaron el círculo al aro.
La bola
coleteaba dentro de la malla.
Olvidé
cómo sonó al retornar al asfalto, no sé si cayó alguna vez o si estuvo todo el
tiempo amarrada a la red hasta que se jugó el partido contra Ferroviarios, o si
rebotó violentamente y fue a estrellarse contra las graderías, o si reventando
en el aire la llanta fue pulverizándose en la caída.
Moví
toda mi triste insolación hacia los camarines. Fui escupiendo entre dientes
mientras orillaba el silencio de las franjas, con los dedos entrelazados encima
de las caderas, en la parte de la piel que confina con el anca, que la llamaba
el Bachiller Tudanca. Y entonces sentí un necio deseo de ponerme una camiseta
negra, corbata con adorno de peces y aves multicolores, un traje bien
acafiolado, e ir a ver una cabra de bellas artes con taller y todo en Dardignac
y Pio Nono. Y después comprar entradas para al cine y meterme a ver la
reposición de Champagne para César, con Ronald Colman, o Las Nieves del
Kilimanjaro, que era de Hernest Hemingway y todo eso. Y después de ir a jugar
pimpón en la sede del partido y hablarles demencialmente de Fidel a los de la
Base del Pedagógico que tenían tanta labia los gallos. Y después ir al Bier
Hall a escuchar a Tito Campbell cantando eso de no puedo darte más que amor,
nena, eso es todo lo que te puedo dar, beber cerveza jusqu'a tomber, que le
dicen los franceses.
Así que
, como tenía un panorama por la tarde hasta me anduvo cayendo como las
reverendas ver a Erika sentada sobre el escaño, enredándose el pelo suelto en
la punta de los dedos. Yo traté de ponerme paquete, y echar un poco para arriba
la ceja, y sacudirme con el dorso la porquería que me iba saliendo de las
narices, porque no se estila andar tan cuma delante de una muchacha, por muy
virgen que uno sea y etcétera.
Pero me
pasó lo increíble, gancho. Además de colorado, de pelota, de toda esa capa
estival que fue solita haciéndome contacto con todo el cuerpo, inclusive
aquello, de todos los tangos de Mores, Sosa y Rivero que podría haber cantado
admirablemente en ese mismo segundo, así se decidiera a salirme aire por los
pulmones, además de todo eso, me puse tan profundamente triste, tan
avergonzado, con las manos cruzadas sobre los pantaloncillos, que la miré a los
ojos y le sonreí como si alguno de esos huevones de Hollywood estuviera
filmándonos para el Cinemascope. Pero la verdad es que ni ella ni yo dábamos
más que para un rotativo de barrio, ni siquiera para hora veinte minutos de
rollo, acaso a lo más para una sinopsis entre medio de una de John Wayne con
Robert Mitchum y una de Mel Ferrer con Audrey Hepburn, no dábamos ni para una
calcomanía, ni para una nota al margen de una novela; si Dios hubiese existido
y fuera un novelista o un guionista de una película que tiene en la cabeza y
que no se las cuenta a los actores, como Antonioni por ejemplo, habría
aprovechado ese momento para echarse una siesta o fumarse un cigarrillo o
llamar por teléfono a un amigo del alma para decirle esas cosas ridículas que
hablamos con los amigos del alma.
Quiero
decir... que si algún día pasan esta película en el cielo , y ustedes logran
verla, aunque Dios que está en todas partes (como dicen los que lo han visto)
hubiese captado de pura buena gente este pedazo, el tipo que le hace en el
laboratorio el montaje habría cortado los pedacitos de nuestra escena y se los
habría regalado a los niños que necesitan un trozo de celuloide para mirara los
eclipses.
Me
llamó por mi nombre soltándose el pelo. Hasta una brisita surgió en ese momento
llenándole de polvo las pestañas. Ahora que lo pienso sólo faltaban los
violines de Mantoviani o algo por el estilo supongo.
—¿En
serio? —me dijo.
Eché
los hombros para adelante y arrugué fuertemente las cejas.
—¿En
serio qué?
—Lo que
dijiste antes.
Yo
tenía mi hocico agrietado y sus labios estaban húmedos. Era como el retorno a
la prehistoria de nuestra vida.
—¿Qué
te dije?
—Lo que
me dijiste allá en la cancha.
—¿Cuando?
—Bueno,
cuando... me besaste.
Yo
quise decirle que no la había besado... Yo quise decirle que todo había sido
apenas un intento de asesinato.
—No me
acuerdo —gruñí, reojeándole el escote.
—Entonces no era cierto.
Me puse
ciertamente furioso. No me importó levantar las manos del pantaloncillo ni nada
de eso, ni que el pajarillo saliera volando si era preciso. Yo necesitaba la
palma de una mano abierta, y también la otra para agarrotarla y descargar sobre
la primera un puñetazo.
—¡Era
cierto, cresta! ¡Era muy cierto, Erika García!
—¿Qué
era cierto?
—¿Cómo
que qué era cierto? ¡Lo que te dije allá en la cancha!
Y como
si todo lo que existiera en la galaxia fuera un vals o un tango orquestado por
Mores o Piazzola o la típica de D’Arienzo, o un foxtrot de 1920, la agarré de
la cintura y la fui metiendo en los camarines, lo juro por mi madre.
No sé
con cual mano estiré la colchoneta ni con qué dolor de ella la penetré, ni como
se fue trizando en mí el ángel ni hasta dónde se desgarraron mis costillas
cuando ingresó en mi todo ese olor y apareció esa fuerte humedad entre sus
muslos, ni recuerdo los besos, el signo del zodíaco, la fase lunar, el ángulo
del sol sobre la muralla.
Seguro
que pasó su media hora antes que ella se bajara la falda, metiese en orden la
maraña encima de las orejas, y cubriese finalmente con las yemas el charquicán
de pintura negra que le ojereaba alrededor de los párpados. En ese mismo
momento sentí una enorme compulsión por ponerme los pantalones y echar la
camisa encima de la gloriosa del “Flecha”.
—¿Qué
hacemos? —preguntó la Erika.
Se
estaba sacudiendo la falda y siguió muy amorosa de mirada y con la voz
ronquita, a lo Greta Garbo, como quien dice.
—¿Cómo
que qué hacemos?
—¿Que
hacemos ahora?
Busqué
en todo el camarín la respuesta. En seguida me tiré encima la campera.
—No sé.
Yo tengo hambre.
Erika
hizo esos movimientos con que las jóvenes damas se ajustan lo que tienen en el
pecho.
—Yo
también —dijo.
Me
rasqué el estómago, contentísimo.
—A
decir verdad, yo tengo mucha hambre. Debe ser la hora de almuerzo.
—Vamos
a almorzar a mi casa.
Me di
un tiempo para rascarme la nariz y otra para quedarla mirando.
—¿Qué
hay?
—¿Cómo
que qué hay?
—¿Qué
hay para comer?
Terminó
de maniobrar una cinta que le puso en redil el resto de las mechas. Con la
punta de los dedos le hice volar un trozo de periódico de encima de la sien
derecha.
—Pollo.
—¿Pollo
con qué?
—Con
puré y ensalada.
—Está
bien —dije—. Vamos.
Agarré
la pelota y caminamos hacia la puerta de salida. Casi al salir, le hice dar la
vuelta tomándola del codo.
—Espérate un poco —le dije—. Quiero que veas una cosa.
Me
adelanté unos metros dándole de botes al balón hasta que estuve en la zona de
bomba, y ubiqué prolijamente mis pies sobre la raya del tiro libre.
—Ahora
fíjate bien —le ordené con un gesto.
Puse la
bola entre las piernas y la impulsé con toda la suavidad del mundo, como quien
despide en Valparaíso un barco que va a cualquier parte. El balón montó por
encima del tablero y fue a perderse entre unos cascajos del fondo de la cancha.
No
volví a jugar basketball. Años después publiqué un libro de cuentos, y hace
poco terminé de escribir mi primera novela.
A Erika
le dije:
—Vámonos a comer ese pollo.
FIN

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