© Libro N° 13572. La Sonrisa. Ballard, J. G. Emancipación. Marzo 1 de 2025
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La Sonrisa. J. G. Ballard
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La Sonrisa. J. G. Ballard
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reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
J. G. Ballard
La Sonrisa
J. G. Ballard
La Sonrisa
J. G. Ballard
Traducción: Marcial
Souto.
Ahora que
una lógica de pesadilla ha llegado a su conclusión cuesta creer que, cuando
llevé a Serena Cockayne a vivir conmigo a mi casa de Chelsea, mis amigos y
yo lo consideramos el más inocente de los caprichos.
Dos temas
me han fascinado siempre –la mujer y lo raro–, y Serena los combinaba
a ambos, aunque no en un sentido vulgar o perverso. Durante
las prolongadas cenas que tanto nos entretuvieron el primer verano
que pasamos juntos, tres años atrás, su presencia a mi
lado, hermosa, callada y eternamente tranquilizadora a su extraña manera,
estuvo rodeada por toda clase de complejas y encantadoras ironías.
Nadie que
conociese a Serena dejaba de quedar fascinado. Sentada tímidamente en su
silla dorada junto a la puerta de la sala de estar, los pliegues azules
del vestido de brocado la abrazaban como un tierno y devoto océano. A la
hora de la cena, ya sentados, mis invitados miraban con divertido
y toleante afecto cómo llevaba yo a Serena y la ponía en el otro
extremo de la mesa. Su tenue sonrisa, la más delicada flor de aquella piel
incomparable, presidía nuestras ricas veladas con invariable calma.
Después que se marchaban los últimos invitados, presentando sus respetos a
Serena que los miraba desde la sala, la cabeza ladeada en esa pose
tan característica, la llevaba con alegría a mi dormitorio.
Desde
luego, Serena nunca participaba de nuestras conversaciones, y ése era sin
duda un vital elemento de su encanto. Mis amigos y yo pertenecíamos a esa
generación de hombres que al comienzo de la madurez se había
visto obligada, aunque sólo fuese por necesidad sexual, a
una aburrida aceptación del feminismo militante, y había algo en la
pasiva belleza de Serena, en su inmaculado pero anticuado maquillaje, y
ante todo en su inquebrantable silencio que expresaba una profunda y grata
deferencia hacia nuestra herida masculinidad. En todos los sentidos,
Serena era el tipo de mujer que inventan los hombres.
Pero eso
fue antes de que descubriese la verdadera naturaleza del temperamento de
Serena, y el papel más ambiguo que desempeñaría en mi vida, del que ahora
quiero librarme
con tanto anhelo.
Apropiadamente
–aunque entonces se me escapó del todo la ironía–, vi a Serena por primera
vez en el Fin del Mundo, en esa zona del lado bajo de King's Road ocupado
ahora por un grupo de edificios de departamentos pero que sólo tres años atrás
era todavía un enclave de tiendas de antigüedades de segunda, boutiques
andrajosas y galerías del siglo diecinueve que pedían a gritos una
reurbanización. Volviendo de la oficina me detuve ante una pequeña tienda
de curiosidades que anunciaba opurtunidades por cierre, y escudriñé, a
través de la vidriera manchada de azufre, lo poco que quedaba
en exhibición. Casi todo se había terminado, fuera de un montículo de
raídos paraguas victorianos desplomados en un rincón como una bruja
putrefacta y un viejo juego de patas de elefante disecadas. Había algo de
conmovedor en esa docena de monolitos, todo lo que quedaba de una manada
solitaria masacrada a causa del marfil hacía un siglo. Los imaginé
exhibidos secretamente alrededor de mi sala de estar, llenando el aire con
sus presencias invisibles pero dignas. Dentro de la tienda una joven
empleada, sentada detrás de una mesa de marquetería, me miraba con la
cabeza inclinada hacia un lado como calculando pacientemente hasta qué
punto sería yo un cliente serio. Esa pose tan poco profesional, y su
total falta de reacción cuando entré en la tienda, me tendrían que haber
puesto sobre aviso, pero el aspecto tan poco común de la joven ya me había
impresionado.
Lo
primero que noté, y que transformaba el sucio interior de la tienda, era
la magnificencia de su vestido de brocado, muy lejos de las posibilidades
de una vendedora en ese deteriorado extremo de King's Road. Sobre un fondo
de un lustroso azul, un cerúleo de profundidades casi oceánicas,
el dibujo de oro y plata subía desde el suelo, a sus pies,
tan suntuoso que casi temí que el vestido se levantase como una ola y
se la llevase. En comparación, su cabeza y sus hombros recatados, el busto
pálido discretamente sugerido por el corpiño bajo, brotaban con
extraordinaria serenidad de ese mar resplandeciente, como si su dueña
fuese una dócil y doméstica Afrodita tranquilamente sentada a horcajadas
sobre Poseidón. Aunque poco más que una adolescente, su
pelo, deliberadamente, no estaba peinado a la moda, como si se
lo hubiera arreglado, con mucho cariño, una anciana devota de las
revistas de cine de la década del veinte. Bajo de ese casco rubio, su
rostro había sido pintado y empolvado con el mismo cuidado pródigo, depiladas
las cejas y subida la línea del cuero cabelludo, sin ningún ánimo de
pastiche ni de falsa nostalgia, tal vez obra de una madre excéntrica que
todavía soñaba con Valentino.
Sus manos
pequeñas descansaban en su falda, aparentemente enlazadas pero en realidad
separadas por un estrecho espacio, una pose estilizada que sugería que
estaba tratando de apresar un instante de tiempo que de lo
contario podría escabullírsele. En su boca flotaba una débil
sonrisa, a la vez pensativa y tranquilizadora, como si se
hubiese resignado, de la manera más adulta, al mundo caduco de
esa moribunda tienda de curiosidades.
--Lamento
enterarme de que va a cerrar --le dije--. Esos pies de elefante que hay en
la vidriera... tienen algo de conmovedor. Ella no contestó. Sus
manos siguieron enlazadas con la misma separación de milímetros, sus ojos
mirando fijo, con esa expresión de trance, la puerta que yo había cerrado
a mis espaldas. Estaba sentada en una silla de un diseño peculiar, un
artefacto de tres patas de teca barnizada que era una mezcla de pedestal y
de caballete de pintor.
Al
comprender que se trataba de un aparato ortopédico y que ella era
probablemente lisiada --eso explicaba el complejo maquillaje y la postura
tiesa-- me incliné para hablarle de nuevo. Entonces vi la placa de
bronce clavada en la cúspide del trípode de teca donde ella estaba
sentada: «Serena Cockayne», unida a la placa había una etiqueta
polvorienta con un
precio: «250».
Haciendo
memoria, me resulta curioso que haya tardado tanto en darme cuenta de que
no estaba mirando una mujer verdadera sino un complejo maniquí, una obra
maestra, el producto de un notable virtuoso. Eso explicaba al fin su
vestido eduardiano y su peluca antigua, los cosméticos y la expresión
facial de la década del veinte. A pesar de todo, el parecido con
una mujer verdadera era asombroso. Los contornos de los
hombros ligeramente curvos, la piel demasiado perlina e inmaculada, las
pocas hebras de pelo de la nuca que habían escapado de la atención del
fabricante de pelucas, la insólita delicadeza con que habían sido
modelados --casi por un acto de amor sexual-- las ventanas de la nariz,
las orejas y los labios, representaban en conjunto un tour de force tan
pasmoso que casi ocultaba el ingenio sutil de toda la aventura. Yo
ya pensaba en el impacto que esa réplica de tamaño natural tendría en
las mujeres de mis amigos cuando se la presentase.
Sentí que
corrían una cortina a mis espaldas. El dueño de la tienda, un homosexual
joven y astuto, se acercó con un gato blanco en brazos; alzó la mandíbula
al oír mi risa de satisfacción. Yo ya había sacado la chequera y estampado
mi firma con un gesto ceremonioso digno de la ocasión.
Cargué a
Serena Cockayne en un taxi y me la traje a vivir conmigo. Al pensar en el
primer verano que pasamos juntos, lo recuerdo como un tiempo de perpetuo
buen humor, en el que la presencia de Serena enriquecía casi cada aspecto
de mi vida. Correcta y discreta, ella teñía todo lo que me rodeaba
con las más deliciosas ironías. Sentada tranquilamente junto a
la chimenea de mi estudio mientras yo leía, presidiendo la cena como
dueña de casa, su sonrisa plácida y su mirada serena iluminaban el aire.
Ninguno
de mis amigos dejó de caer en el engaño, y todos me felicitaron por haber
montado semejante golpe de efecto. Sus mujeres, desde luego, miraban a
Serena con recelo, y evidentemente la consideraban parte de una
travesura adolescente o sexista. Pero yo ponía mi cara más
inexpresiva, y en unos pocos meses todos dimos por sentada su presencia
en mi casa.
En
verdad, al llegar el otoño ya formaba parte de mi vida, hasta tal punto
que muchas veces no reparaba en ella.
Poco
después de su llegada le había sustituido el pedestal por una pequeña
silla dorada en la que podía transportarla cómodamente de una a otra
habitación. Serena era notablemente liviana. Sin duda su inventor --ese
genio desconocido del arte de fabricar muñecas-- le había insertado una
sólida armadura, pues su postura, al igual que su expresión,
nunca cambiaba. En ninguna parte había indicios de la fecha o
lugar de fabricación, pero por los gastados zapatos de charol que
a veces asomaban por debajo del vestido de brocado calculé que la
habían armado hacía unos veinte años, probablemente como doble de una
actriz durante la época dorada de la industria cinematográfica de
posguerra. Cuando regresé a la tienda a preguntar por sus anteriores
dueños todo el Fin del Mundo había sido reducido a escombros.
Una noche
de domingo, en noviembre, aprendí algo más sobre Serena Cockayne.
Después
de trabajar toda la tarde en el estudio levanté la mirada del escritorio y
la vi sentada de espaldas en el rincón. Distraído por un problema
profesional, la había dejado allí sin darme cuenta después del almuerzo,
y se le notaba una cierta melancolía en los hombros cargados, casi
como si hubiese caído en desgracia.
Al
hacerla girar hacia mí noté una pequeña mancha en su hombro izquierdo, tal
vez una partícula de yeso caída del cielo raso. Intenté cepillarla, pero
la mancha no desapareció. Se me ocurrió que la piel
sintética, probablemente fabricada con algún plástico
experimental primitivo, podría haber comenzado a deteriorarse. Encendí
una lámpara de mesa y examiné los hombros de Serena con
mayor atención.
Contra el
oscuro fondo del estudio, la aureola de vello que cubría la piel de Serena
confirmaba toda mi admiración por el genio de su hacedor. Defectos casi
imperceptibles, manchas sutilmente tenues que sugerían superficiales
vasos capilares, arraigaban la ilusión en el realismo más firme.
Yo siempre había creído que esa obra maestra de imitación cutánea no se
prolongaría más allá de unos cinco centímetros por debajo del vestido, y
que el resto del cuerpo de Serena estaría hecho con madera y cartón
piedra.
Mirando
los angulosos planos de esos omóplatos, las modestas curvaturas de los
pechos tan bien ocultos, di rienda suelta a un impulso repentino y nada
lascivo. De pie detrás de Serena, tomé entre los dedos el cierre plateado
y, con un solo movimiento, se lo bajé hasta la cintura.
Mientras
miraba la ininterrumpida extensión de piel blanca que se prolongaba hasta
un par de caderas rollizas y los inconfundibles hemisferios de las nalgas,
comprendí que
el maniquí que tenía delante representaba a una mujer completa, y que su
creador había prodigado tanta habilidad y arte en esas partes cubiertas de
su anatomía como en las visibles.
El cierre
se había atascado en el extremo inferior de la oxidada cremallera. Había
algo de ofensivo en el forcejeo con el vestido suelto de esa mujer
semidesnuda. Mis dedos tocaron la piel de la espalda, sacando el polvo que
se había acumulado allí durante años.
Entre la
columna y la cadera, en diagonal, presentaba la huella de una considerable
cicatriz.
Di por
sentado que esa marca señalaba una abertura esencial para la fabricación
de esos modelos. Pero las hileras de suturas, a ambos lados de la
cicatriz, eran demasiado evidentes. Me levanté, y por unos instantes
observé a esa mujer parcialmente desnuda, que miraba plácidamente la
chimenea con la cabeza ladeada y las manos enlazadas.
Cuidando
de no dañarla, le aflojé el corpiño.
Aparecieron
las curvaturas superiores de los pechos, marcadas por los breteles.
Entonces
vi, dos centímetros por encima del pezón izquierdo todavía oculto, un
enorme lunar negro. Le subí el cierre del vestido y le alisé con suavidad
la tela sobre los hombros. Me arrodillé en la alfombra delante de
ella y le miré con atención el rostro, las tenues fisuras de las comisuras
de la boca, las diminutas venas de la mejilla, una cicatriz infantil
debajo de la barbilla. Me dominó una curiosa sensacion de excitación y de
asco, como si hubiera cometido un acto de canibalismo.
Ahora
sabía que la persona sentada en la silla dorada no era un maniquí sino una
mujer que en otro tiempo había estado viva, y cuya piel incomparable había
sido disecada y conservada para siempre por un maestro, pero no un
maestro del arte de fabricar muñecas sino del arte de la taxidermia.
En ese
momento me enamoré perdidamente de Serena Cockayne.
Durante
el mes siguiente mi obsesión amorosa por Serena tuvo toda la intensidad de
la que es capaz un hombre maduro. Abandoné la oficina, dejando que el
personal se las arreglase por su cuenta, y pasé todo el tiempo con Serena,
cuidándola como el amante más devoto. A un costo inmenso hice
instalar en mi casa un complejo sistema de aire acondicionado, de
un tipo que solamente se utiliza en museos de arte. En el pasado yo
había trasladado a Serena de una habitación caliente a una fría sin pensar
en su cutis, que suponía hecho con plástico insensible, pero ahora
regulaba cuidadosamente la temperatura
y la humedad, decidido a preservarla para siempre. Cambié de orden todo el
mobiliario de la casa para evitar lastimarle los brazos y los hombros
cuando la llevaba de un ambiente a otro. Por las mañanas me despertaba
ansioso para verla a los pies de la cama, luego la sentaba a la mesa del
desayuno. Se mantenía todo el día a mi alcance, sonriéndome con
una expresión que casi me convencía de que respondía a mis sentimientos.
Abandoné
por completo la vida social, interrumpiendo las cenas y viendo a pocos amigos.
Acepté una o dos visitas, pero sólo para mitigar sospechas. Durante esas
conversaciones breves y vacías yo observaba a Serena en el otro extremo
de la sala de estar con toda la excitación que puede producir una
relación ilícita. Celebramos la Navidad solos. Dada la juventud de
Serena --a veces, distraído, la sorprendía mirando desde el otro lado
de la sala y me parecía poco más que una niña-- decidí decorar la casa de
la manera tradicional, con un árbol cubierto de adornos, hojas de acebo,
serpentinas y muérdago.
Poco a
poco transformé las habitaciones en una serie de glorietas, desde las
cuales ella presidía nuestras festividades como la virgen de una procesión
de retablos. En la Nochebuena, a las doce, la coloqué en el centro
de la sala y le puse mis regalos a los pies. Por un momento sus manos
parecieron casi tocarse, como aplaudiendo mis esfuerzos. Inclinándome
debajo de la rama de muérdago que le colgaba por encima de la cabeza,
acerqué mis labios a los de ella, hasta una distancia similar a la que
separaba sus manos.
A todo
ese cariño y devoción, Serena respondía como una novia. Su rostro delgado,
antes tan ingenuo con esa sonrisa vacilante, se ablandó y adquirió el aire
alegre de una esposa joven y satisfecha. Después de Año Nuevo decidí
volver a mostrarnos en el mundo, y ofrecí la primera de una
pequeña serie de cenas. Mis amigos se alegraron de vernos de tan
buen humor, y aceptaron a Serena como una más del grupo. Regresé a la
oficina, y allí trabajaba feliz todo el día hasta que partía hacia mi
casa, donde indefectiblemente me esperaba Serena con el cálido interés de
una esposa orgullosa y devota.
Mientras
me vestía para una de esas veladas se me ocurrió que Serena era la única
de todos nosotros que no podía cambiar su ropa o su peinado.
Desafortunadamente, el descuido formal de su aspecto comenzaba a revelar
los primeros signos de una domesticidad excesiva. El peinado antes
tan elegante se le había desarreglado, y se le veían muy claramente los
pelos rubios sueltos. Del mismo modo, el inmaculado maquillaje del rostro
mostraba ahora los primeros signos de desgaste.
Después
de pensarlo mucho, decidí pedir los servicios de un cercano salón de
peluquería y belleza. Cuando los llamé por teléfono aceptaron
instantáneamente enviar a mi casa un integrante del equipo.
Y ahí
empezaron mis problemas. La única emoción que nunca había sospechado
poseer, y que jamás había sentido por ningún ser humano, me atenazó el
corazón. El joven que llegó, trayendo consigo un equipo que era
una pequeña mudanza, parecía bastante inofensivo. Aunque de
tez morena y físico vigoroso, tenía algo de afeminado,
y evidentemente no había peligro en dejarlo solo con Serena.
A pesar
de toda la seguridad que mostraba, pareció sorprenderse cuando le presenté
a Serena; su cortés "Buenos días, señora..." terminó en un
murmullo. La miró boquiabierto, temblando en el aire frío,
evidentemente pasmado por su belleza y por su serenidad. Lo dejé para
que continuase con lo que tenía que hacer y pasé la hora siguiente
trabajando en mi estudio, distraído de vez en cuando por algunos compases
de El barbero de Sevilla y Mi bella dama que sonaban en el piso de abajo.
Cuando el hombre concluyó su tarea, inspeccioné el trabajo, encantado de
ver que le había devuelto a Serena todos los matices de su
gloria original. Había desaparecido el ama de casa
excesivamente hogareña, y en su lugar estaba la ingenua Afrodita que
había visto por primera vez en la tienda de curiosidades seis
meses antes.
Yo estaba
tan complacido que decidí pedir de nuevo los servicios del joven, y sus
visitas se convirtieron en un acontecimiento semanal. Gracias a sus
atenciones, y a mi devoción por controlar la temperatura y la humedad, el
cutis de Serena recuperó toda su perfección. Hasta mis
huéspedes señalaban el notable florecimiento de su aspecto.
Profundamente
satisfecho, esperaba con ilusión la llegada de la primavera, y la
celebración de nuestro primer aniversario.
Seis
semanas más tarde, mientras el joven peluquero trabajaba en la sala de
estar de Serena, en la planta alta, volví por casualidad al dormitorio a
buscar un libro. Oí nítidamente la voz del joven, casi un susurro, como si
estuviera transmitiendo un mensaje personal. Miré por la
puerta abierta. Estaba arrodillado delante de Serena, dándome
la espalda, la paleta de cosméticos en una mano y el pincel en la
otra, gesticulando con ellos de un modo travieso y divertido. Iluminada
por la obra del joven, Serena lo miraba directamente a la cara, los labios
recién pintados casi húmedos de anticipación. Sin lugar a dudas, el joven
le estaba murmurando discretas palabras de cariño.
Durante
los días siguientes sentí que una especie de enfermedad se había apoderado
de mi cabeza. Mientras trataba sin éxito de dominar el dolor de aquellos
primeros e intensos
celos, me vi obligado a admitir que el joven era de la edad de Serena, y
que ella siempre tendría más en común con él que conmigo.
Superficialmente, nuestra vida siguió como antes --nos sentábamos juntos en el
estudio cuando yo volvía de la oficina, llevaba a Serena a la sala de
estar cuando venían mis amigos, y nos acompañaba en la mesa a la hora de
cenar-- pero yo sabía que en nuestra relación había entrado una
nota de formalidad. Serena no volvió a pasar la noche en
mi dormitorio, y noté que, a pesar de esa sonrisa tranquila, yo no la
atraía como antes.
A pesar
de mis crecientes sospechas, el joven peluquero continuó realizando sus
visitas. Fuera lo que fuese la crisis que Serena y yo estábamos
atravesando, no pensaba rendirme. Durante las largas horas de esas visitas
tenía que luchar cada segundo para contenerme y no subir corriendo por
la escalera. Desde la sala yo oía a menudo la voz del
peluquero murmurando en ese tono insinuante, ahora en voz más
alta, como si quisiera incitarme. Cuando se iba sentía su desprecio.
Yo me
tomaba una hora antes de subir lentamente las escaleras hasta la
habitación de Serena. Su belleza extraordinaria, encendida de nuevo por
los halagos del joven, hacía crecer mi rabia. Incapaz de hablar, caminaba
alrededor de ella como un marido fracasado, notando los sutiles
cambios en el rostro de Serena. Aunque más juvenil en todo
sentido, recordándome dolorosamente los treinta años que
nos separaban, su expresión, después de cada visita, se volvía
un poco menos ingenua, como la de una joven esposa que se plantea la
primera aventura amorosa. Una onda sofisticada modulaba ahora la curva de
pelo rubio que le caía sobre la sien derecha. Los labios eran más
delgados, la boca más fuerte y más madura.
Inevitablemente,
inicié una relación con otra mujer, la esposa separada de un amigo íntimo,
pero me aseguré de que Serena no supiese nada de esa ni de las demás
infidelidades que ocurrieron durante las semanas siguientes.
Además, patéticamente, empecé a beber, y me pasaba las
tardes borracho sentado en los departamentos vacíos de mis
amigos, sosteniendo largas e imaginarias conversaciones con Serena
en las que yo era a la vez abyecto y agresivo. En casa empecé a hacerme
el marido dictatorial, a dejarla toda la noche en el piso de arriba y a
negarme caprichosamente a hablar con ella en la mesa, durante la cena.
Mientras tanto miraba con ojos paralizados cómo entraba y salía el joven
peluquero, galán insolente que subía las escaleras silbando.
Tras la
última de sus visitas llegó el fastidioso desenlace. Yo había pasado la
tarde bebiendo solo en un restaurant, ante la paciente mirada de los
camareros. Mientras volvía en taxi a mi casa tuve una repentina
y confusa revelación acerca de Serena y de mí mismo. Comprendí que
nuestro fracaso había sido totalmente culpa mía, que mis celos por su
inofensivo coqueteo con el joven habían exagerado todo hasta proporciones
absurdas.
Liberado
de semanas de agonía por esa decisión, pagué el taxi en la puerta, entré
en el frío ambiente de mi casa y subí corriendo las escaleras. Desaliñado
pero feliz, caminé hacia Serena, sentada tranquilamente en el centro de su
sala de estar, dispuesto a abrazarla y a perdonarnos a ambos.
Entonces
noté que, a pesar de su inmaculado maquillaje y de su peinado
extravagante, el vestido de brocado le colgaba de los hombros de una
manera extraña. Del lado derecho se le veía toda la clavícula, y su
corpiño se había deslizado hacia adelante como si alguien le hubiera
estado manoseando el pecho. Todavía le flotaba la sonrisa en los labios,
como pidiéndome de la manera más amable que me resignase a
las realidades de la vida adulta.
Furioso,
me adelanté y le di una bofetada en la cara.
Cuánto
lamento ese absurdo arrebato. En los dos años que han pasado he tenido
tiempo de sobra para reflexionar sobre los peligros de una catarsis
demasiado apresurada. Serena y yo todavía vivimos juntos, pero todo ha
terminado entre nosotros.
Ella se
queda todo el tiempo en su silla dorada al lado de la chimenea de la sala
de estar, y me acompaña a la mesa cuando vienen mis amigos a cenar. Pero
lo que se ve de nuestra relación no es más que la cáscara seca de
un sentimiento que ya no está.
Al
principio, después de golpearla en la cara, no noté demasiados cambios.
Recuerdo haberme quedado en esa habitación de la planta alta con la mano
lastimada. Me tranquilicé, me cepillé el polvo de tocador de los nudillos
y decidí hacer un balance de mi vida. Desde entonces dejé de beber y
fui a la oficina todos los días, entregándome por entero al trabajo.
Para
Serena, no obstante, el incidente marcó la primera etapa de lo que resultó
ser una transformación decisiva. En unos pocos días noté que había perdido
parte de su lozanía. La cara se le arrugó, la nariz se le volvió más
prominente.
La
comisura de la boca donde la había golpeado pronto se le hinchó y se le
torció hacia abajo en un gesto irónico. Con la ausencia del peluquero --a
quien yo había despedido diez minutos depués de golpearla a ella-- el
deterioro de Serena pareció acelerarse. El exquisito peinado que el joven
le había creado pronto se le desató, y los pelos sueltos le cayeron
sobre los hombros.
Al cabo
de nuestro segundo año de convivencia Serena Cockayne había envejecido
toda una década. A veces, al verla encorvada en su silla dorada y con esas
ropas todavía brillantes, casi me convencía de se había
propuesto perseguirme y alcanzarme como parte de un complejo plan
de venganza. Su postura se había hundido, y los hombros caídos le
daban un prematuro aspecto de vieja. Con esos ojos desenfocados y esos
pelos desordenados me hacía pensar a menudo en una solterona entrada en
años. Sus manos se habían tocado al fin, y se enlazaban de un modo
protector y nostálgico.
Últimamente
se ha producido un hecho mucho más inquietante. Tres años después de
nuestro primer encuentro Serena entró en una nueva etapa de franco
deterioro. A causa de alguna intrínseca debilidad de la columna, tal
vez vinculada con la operación cuyas cicatrices le atraviesan
la espalda, la postura de Serena se ha alterado. En el pasado
se inclinaba ligeramente hacia adelante, pero hace tres días descubrí
que se había desplomado contra el respaldo de la silla. Ahora está allí
sentada de un modo rígido y torpe, estudiando el mundo con un ojo crítico
y desequilibrado, como una belleza descolorida y demente. Casi se le ha
cerrado un párpado, lo que le da al rostro ceniciento un aspecto
casi cadavérico. Las manos siguen chocando lentamente, y
han comenzado a retorcerse una sobre la otra, rotando hasta crearse
una parodia deforme que pronto se transformará en un ademán obsceno.
Me
aterroriza ante todo su sonrisa. Verla ha alterado toda mi vida, pero me
resulta imposible apartar de ella la mirada. A medida que su cara se ha
ido ablandando, la sonrisa se le ha ido ensanchando y torciendo todavía
más. Aunque ha tardado dos años en lograr todo su efecto, aquella
bofetada ha convertido la boca en una mueca de reproche. Hay en
la sonrisa de Serena algo de perspicaz e implacable. Mientras la miro
ahora mismo, desde el otro lado del estudio, creo ver en ella un
conocimiento completo de mi personalidad, un juicio que desconozco y del
que nunca podré escapar.
Cada día
la sonrisa se arrastra otro poco por esa cara.
El avance
es irregular, y muestra aspectos de su desprecio hacia mí que me dejan
aturdido y mudo. La baja temperatura ayuda a conservar a Serena, y hace
frío en este lugar. Si encendiera el sistema de calefacción quizá podría
librarme de ella en unas pocas semanas, pero jamás lo haré. Me lo
impide esa mueca. Además, estoy completamente atado a Serena.
Por
fortuna, Serena envejece ahora más rápido que yo. Mirando impotente su
sonrisa, el abrigo sobre los hombros, espero que se muera y me deje en
libertad.

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