© Libro N° 13571. El Pequeño Mexicano. Huxley, Aldous. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
El Pequeño Mexicano. Aldous Huxley
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El Pequeño Mexicano. Aldous Huxley
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Aldous Huxley
El Pequeño
Mexicano
Aldous Huxley
CONTENIDO
El joven Arquímedes
El retrato
El sombrero mexicano
El tío Spencer
Fard
Hubert y Minnie
El joven Arquímedes
Fue la
vista lo que nos decidió a alquilarla. Es cierto que la casa tenía sus
inconvenientes. Estaba bastante lejos de la ciudad y no tenía teléfono. El
alquiler era excesivamente caro y los desagües deficientes. En las noches de
viento, cuando los vidrios mal colocados hacían en las maderas de las ventanas
un ruido terrible como el de los ómnibus de hotel, la luz eléctrica, por algún
misterioso motivo, se apagaba invariablemente y uno se quedaba en ruidosa
oscuridad. Había un espléndido cuarto de baño; pero la bomba eléctrica,
destinada a llevar el agua de los tanques a la terraza, no funcionaba.
Puntualmente, en el otoño, el pozo de agua potable se secaba. Y nuestra casera
mentía y era una tramposa.
Pero
éstas son las pequeñas desventajas de todas las casas alquiladas, en todo el
mundo. Para Italia no eran tan graves. He visto muchas casas que las tenían con
cien más, sin poseer las compensadoras ventajas de la nuestra: la orientación
al sur del jardín y la terraza para el invierno y la primavera, las amplias y
frescas habitaciones al abrigo del calor estival, el aire de lo alto de la
colina, la ausencia de mosquitos, y, por último, la vista.
¡Y qué
vista! O más bien, ¡qué sucesión de vistas! Cambiaban cada día; y sin moverse
de la casa se tenía la impresión de un perpetuo cambio de decoración: todos los
encantos del viaje sin ninguno de sus inconvenientes. Había días de otoño en
que todos los valles estaban llenos de neblina y las crestas de los Apeninos
emergían, oscuras, de un liso lago blanco. Había días en que esa niebla invadía
nuestras alturas y en que estábamos envueltos en un blando vapor en donde los
olivos color de bruma, que bajaban, ante nuestras ventanas, hacia el valle,
desaparecían, fundidos, se diría, en su propia esencia; y las dos únicas cosas
firmes y definidas del pequeño mundo vago en que estábamos confinados eran los
dos altos cipreses negros que se elevaban sobre una pequeña terraza en saliente
a unos cien pies cuesta abajo. Se levantaban negros, agudos y sólidos, gemelas
columnas de Hércules en el confín del mundo conocido; y más allá solo había
nubes pálidas y alrededor nebulosos olivares.
Eso era
los días de invierno; pero había días de primavera y otoño, días
invariablemente sin nubes o —más deliciosos todavía— variados por las enormes
masas de vapor flotante que, nevadas sobre las lejanas cimas tocadas de nieve,
desenvolvían gradualmente contra el brillante cielo azul pálido, enormes gestos
heroicos. Y en lo alto del cielo, las colgaduras hinchadas de aire, los cisnes,
los mármoles aéreos, desbaratados e inacabados por dioses hartos de creación
casi antes de formarlos, vagaban adormecidos, a impulsos del aire, cambiando de
forma con el movimiento. Y el sol aparecía y desaparecía detrás de ellos; y tan
pronto la ciudad, allá en el valle, se esfumaba y casi desaparecía en la
sombra, y semejante a una inmensa joya cincelada entre las colinas resplandecía
con brillo propio. Y mirando a través del más cercano valle tributario que
descendía bajo nuestra cuesta serpenteando hacia el Amo, y por sobre el lomo
oscuro del monte en cuyo extremo promontorio se elevaban las torres de la
iglesia de San Miniato, se veía el enorme domo aéreo, suspendido en su armazón
de albañilería, el cuadrado campanil, la aguda flecha de Santa Croce, y la
torre endoselada de la Signoria, levantándose encima del intrincado laberinto
de casas, diversas y brillantes, como pequeños tesoros esculpidos en piedras
preciosas… Solo un instante, pues pronto su brillo se esfumaba otra vez, y el
destello viajero no llegaba, entre las lejanas colinas azul índigo, más que a
dorar una única cima.
Había
días en que el aire estaba mojado de lluvia pasada o próxima, y en que todas
las distancias parecían acortarse milagrosamente claras. Los olivos se
destacaban uno a uno en las distantes laderas; las aldeas lejanas eran
deliciosas y patéticas como pequeños y exquisitos juguetes. Había días de
verano, días de tormenta amenazante, en que, luminosas y soleadas sobre un
fondo de masas hinchadas negras y púrpuras, las colinas y las casas blancas
brillaban como con un fulgor efímero, con un muriente fulgor, al borde de una
horrible catástrofe.
¡Cómo
cambiaban las colinas! Cada día y cada hora del día casi, eran distintas. Había
momentos en que mirando por sobre la planicie de Florencia no se veía más que
una silueta azul oscuro contra el cielo. El cuadro no tenía hondura; era solo
un cortinaje suspendido, sobre el que estaban pintados sin relieve los símbolos
de las montañas. Y luego, casi de golpe con el pasar de una nube, o cuando el
sol había declinado a un cierto nivel del firmamento, la escena plana se
transformaba; y donde antes había solo una cortina pintada, ahora había filas y
filas de montes, en tonos y tonos desde el pardo, o gris, o verde oro hasta el
lejano azul. Formas que hasta ese momento estaban fundidas indistintamente en
una sola masa, ahora se descomponían en sus elementos. Fiesole, que había sido
solo un soporte del Monte Morello, ahora se revelaba como la cabeza saliente de
otro sistema de montes, separado del baluarte más próximo, de sus vecinos
mayores, por un profundo valle sombrío.
Al
mediodía, en los ardores del verano, el paisaje se hacía oscuro, polvoriento,
vago y casi descolorido bajo el sol de mediodía; los montes desaparecían entre
las franjas temblorosas de cielo. Pero, al avanzar la tarde, surgía de nuevo el
paisaje, perdía su anonimía, salía de la nada volviendo a la forma y a la vida.
Y esa vida, a medida que el sol declinaba, declinaba lentamente en la larga
tarde, se hacía más suntuosa, más intensa momento por momento. La luz
horizontal, con su acompañamiento de sombras alargadas y oscuras, desnudaba,
por decirlo así, la anatomía del terreno; los montes —cada escarpadura
occidental brillante, y cada pendiente opuesta al sol hundida en sombra— se
volvían macizos, proyectándose en sólido relieve. Aparecían, en el suelo liso
en apariencia, hoyuelos y pequeños pliegues. Al este de nuestra cresta,
borrando la planicie del Erna, un gran pico lanzaba su sombra, que se agrandaba
sin cesar; entre el brillo vecino del valle una ciudad entera yacía eclipsada.
Y al expirar el sol en el horizonte, mientras las colinas más distantes se
enrojecían con su luz ardiente hasta que sus flancos iluminados tenían el color
de rosas tostadas, los valles se colmaban con la bruma azul de la tarde. Y esa
bruma subía y subía; el fuego se apagaba en los vidrios de las laderas
habitadas; solo las cimas ardían todavía, pero todas también se apagaban por
fin. Las montañas al palidecer se entremezclaban y se fundían en una pintura
plana de montañas contra el cielo pálido de la tarde. Un poco más y era de noche;
y si la luna estaba llena, un fantasma de la escena muerta revivía en los
ámbitos.
Cambiante
en su belleza, el vasto paisaje conservaba siempre una cualidad humana y
doméstica que lo hacía, al menos a mi modo de ver, el mejor de los paisajes
para convivir. Día por día uno recorría sus diversas bellezas, pero el viaje,
como el Gran Viaje por Europa de nuestros antepasados, era siempre un viaje en
la civilización. Pues con todas sus montañas, sus declives a pico y sus hondos
valles, el paisaje toscano está dominado por sus habitantes. Han cultivado
hasta el más pequeño pedazo de suelo posible; sus casas profusamente esparcidas
hasta en los declives se unen a los valles populosos. Solitario en la cima de
un monte, no se está, sin embargo, en un desierto. Las huellas del hombre
cubren el suelo y ya —lo descubrimos con alegría al abarcarlo en una mirada—
por siglos, por miles de años ha sido suyo, sumiso, domado y humanizado. Las
vastas landas desiertas, las arenas, los bosques de árboles innumerables, son
lugares para visitas ocasionales, saludables al espíritu que se somete por un
tiempo no muy largo. Pero influencias demoníacas y también divinas pueblan esas
completas soledades. La vida vegetativa de plantas y cosas es extraña y hostil
al hombre. Los hombres no pueden vivir tranquilos sino donde han dominado lo
que los rodea y donde sus existencias acumuladas son más numerosas e
importantes que la de las próximas vidas vegetales. Despojado de sus bosques
oscuros, plantado, dispuesto en terrazas y cultivado casi hasta la cima de sus
montes, el paisaje toscano es seguro y humanizado. Los que a veces lo habitamos
somos presa del deseo de un lugar solitario, inhumano, sin vida, o poblado solo
de vida extraña. Pero ese deseo se satisface pronto, y uno se alegra de volver
al sumiso paisaje civilizado.
Yo
consideré esta casa en lo alto el sitio ideal para vivir. Porque ahí, seguro en
medio de un paisaje humanizado, se está solo sin embargo; se puede estar tan
solitario como uno quiera. Vecinos cercanos que uno no ve nunca son los vecinos
ideales.
Nuestros
vecinos más próximos, próximos físicamente, vivían muy cerca. Teníamos dos
series de ellos, en realidad, casi en la misma casa, con nosotros. Una era la
familia campesina que habitaba un largo edificio bajo, medio casa habitación,
medio caballerizas, galpones y establo de vacas, agregados a la quinta.
Nuestros
otros vecinos —vecinos intermitentes, porque no se aventuraban a dejar la
ciudad sino de tarde en tarde, cuando el tiempo era perfecto— eran los
propietarios de la villa, que se habían reservado la pequeña ala de la enorme
casa en forma de L —unas doce habitaciones apenas— dejándonos las dieciocho o
veinte restantes.
Era una
curiosa pareja la de nuestros caseros. Un viejo marido, encanecido, distraído,
tembleque, de unos setenta años; y una señora de unos cuarenta, baja,
regordeta, con manos y pies diminutos y un par de enormes ojos muy negros, que
manejaba con la destreza de una comediante de nacimiento.
Su
vitalidad, si hubiera sido posible encauzarla y hacerla realizar trabajo útil,
habría suplido de luz eléctrica a toda una ciudad. Los físicos hablan de
extraer energía del átomo; sacarían mayor provecho sin buscar tan lejos
descubriendo alguna manera de utilizar esas enormes provisiones de energía
vital que acumulan las mujeres desocupadas de temperamento sanguíneo y que en
el presente estado imperfecto de organización social y científica se emplean en
general tan deplorablemente; interviniendo en asuntos ajenos, armando escenas
emocionales, pensando en el amor y haciéndolo y fastidiando a los hombres hasta
el punto de impedirles continuar sus tareas.
La
signora Bondi se desembarazaba de su energía superflua, entre otras cosas,
“envolviendo” a sus inquilinos. El viejo señor, que era un antiguo negociante
de reputación intachable, no estaba autorizado a hacer tratos con nosotros.
Cuando vinimos a visitar la casa, fue la señora quien nos la enseñó. Fue ella
la que con gran despliegue de encanto, con irresistible revoloteo de ojos, se
explayó en los méritos del lugar, cantó loas a la bomba eléctrica, glorificó el
cuarto de baño (en vista de él, el alquiler era, insistió, verdaderamente
bajo), y cuando sugerimos llamar un perito para examinar la casa, nos rogó
encarecidamente, como si nuestro bienestar fuera su sola preocupación, no
gastar tan superfluamente nuestro dinero en una cosa innecesaria. Después de
todo —dijo— somos personas honradas. Yo no soñaría en alquilarles la casa si no
estuviera en perfecta condición. Tengan confianza. —Y me miró con una expresión
apenada y suplicante en sus magníficos ojos, como pidiéndome que no la
insultara con mi grosera desconfianza. Y sin dejarnos tiempo a llevar más lejos
lo de los peritos, empezó a asegurarnos que nuestro hijito era el ángel más
hermoso que había visto. Al terminar la entrevista con la signora Bondi,
estábamos completamente decididos a tomar la casa.
—¡Qué
mujer encantadora! —dije al salir. Pero creo que Elizabeth no estaba
enteramente de acuerdo conmigo.
Después
empezó el episodio de la bomba.
Al
anochecer de nuestra llegada a la casa abrimos el conmutador de la
electricidad. La bomba hizo un ruido ronco muy profesional; pero no salió ni
una gota de agua de las canillas del baño. Nos miramos llenos de dudas.
¿Mujer
encantadora? Elizabeth arqueó las cejas. Pedimos una entrevista; pero sucedía
siempre que el viejo caballero no podía recibirnos y que la signora
invariablemente estaba indispuesta o había salido. Dejamos unas líneas;
quedaron sin respuesta. Al fin, nos dimos cuenta de que el único medio de
comunicarnos con nuestros caseros, que vivían en la misma casa que nosotros,
era bajar a Florencia y enviarles una carta certificada por expreso. Para
recibirla estaban obligados a firmar dos recibos separados, y, si queríamos
pagar cuarenta céntimos más, otro documento inculpatorio, que se nos devolvía
después. No había medio de alegar, como sucedía con las cartas o notas
ordinarias, que la comunicación no había sido recibida. Empezamos, al fin, a
recibir contestaciones a nuestros reclamos. La signora, que escribía todas las
cartas, empezó diciéndonos que naturalmente la bomba no funcionaba, porque las
cisternas estaban vacías a causa de la larga sequía. Tuve que andar tres millas
hasta el correo para certificar mi carta recordándole que había habido una
violenta tormenta solo el miércoles pasado, y que los tanques en consecuencia
se habían llenado hasta más de la mitad. Vino la respuesta; en el contrato no
garantizaba el agua para baños; y si yo la deseaba ¿por qué no había hecho
examinar la bomba antes de alquilar la casa? Otra caminata a la ciudad para
preguntar a la signora de al lado si no recordaba su ruego de que tuviéramos
confianza en ella y para informarla de que la existencia de un cuarto de baño
en una casa era en sí una garantía de agua para bañarse. La respuesta fue que
la signora no podía continuar en correspondencia con personas que le escribían
tan groseramente. Después de todo eso puse el asunto en manos de un abogado.
Dos meses más tarde se cambió la bomba. Pero nos vimos obligados a enviar a la
dama un exhorto judicial antes de que cediera. Y los gastos fueron
considerables.
Un día,
hacia el final del episodio, encontré al viejo caballero en el camino, paseando
su inmenso perro —o más bien, paseado por el perro. Pues el viejo debía ir en
la dirección que el perro quería. Y cuando se detenía a olfatear o arañar el
suelo, o a dejar contra una verja su carta de visita o un injurioso desafío,
pacientemente, a la extremidad de la correa, el viejo tenía que esperar.
Pasé y lo
dejé atrás parado en un lado del camino, a unos centenares de metros de nuestra
casa. El perro olfateaba las raíces de uno de los cipreses gemelos que crecían
a cada lado de la entrada de una granja; oí al animal gruñir indignado, como si
oliera un intolerable insulto. El viejo signor Bondi esperaba, atado a su
perro. Las rodillas dentro los pantalones grises, tubulares, se doblaban
ligeramente. Apoyado en su bastón, contemplaba tristemente el paisaje con
mirada vaga. El blanco de sus ojos viejos era descolorido, como bolas de billar
usadas. En el rostro grisáceo de profundas arrugas, su nariz era de un rojizo
dispéptico. Su bigote blanco, como serruchado y amarillento en los bordes, caía
hacia abajo en curva melancólica. En la corbata negra llevaba un grueso
brillante; tal vez eso era lo que la signora Bondi encontraba más atrayente.
Me quité
el sombrero al acercarme. El viejo me miró con aire vago, y solamente se dio
cuenta de quién era cuando ya casi había pasado.
—¡Espere
—gritó detrás de mí—, espere! Y se apresuró a bajar el camino en mi
seguimiento. Tomado completamente de sorpresa, y en posición desventajosa
—porque estaba ocupado en devolver la afrenta impresa en las ramas del ciprés—
el perro se dejó llevar.
Asombradísimo
para hacer otra cosa que obedecer, siguió a su dueño.
—¡Espere!
Esperé.
—Mi
querido señor —dijo el anciano, asiéndome por la solapa de la chaqueta, y
echándome a la cara un aliento desagradable—, quiero disculparme. —Miró a su
alrededor, como temeroso de que aún, en ese lugar solitario alguien pudiera oír
sus palabras—. Quiero disculparme —prosiguió—, acerca de ese miserable asunto
de la bomba. Le aseguro que si hubiera dependido solo de mí, la hubiera
arreglado tan pronto como usted lo pidió. Usted tiene razón; un baño es una
tácita garantía de agua. Desde el primer momento me di cuenta de que no
teníamos ninguna probabilidad de ganar el asunto si se planteaba ante la
justicia. Y además, pienso que se debe tratar a los inquilinos tan
generosamente como sea posible. Pero a mi mujer —bajó la voz— el hecho es que
le agradan esa clase de asuntos, aun sabiendo que no tiene razón y que perderá
el pleito. Y además, esperaba, sin duda, que usted, cansado de reclamaciones,
haría al fin el trabajo por su cuenta. Desde el principio le dije que cediera;
pero no quiso oír nada. ¿Qué quiere usted?, eso la entretiene. Ahora se ha
convencido de que hay que hacerlo. En dos o tres días tendrán ustedes el agua
para su baño. Pero he pensado que me gustaría decirle cuanto… —Pero el
maremmano, que ya se había repuesto de la sorpresa sufrida, dio un brinco de
repente y gruñendo disparó cuesta arriba. El viejo señor trató de sujetar el
animal, tirando de la correa, se tambaleó y vencido se dejó arrastrar—… Cuánto
lamento —continuó, mientras se alejaba—, que ese pequeño malentendido… —Pero
era inútil—. Adiós —sonrió cortésmente, hizo un gesto de súplica, como si de
pronto recordara una cita urgente, y no tuviera tiempo de entrar en
explicaciones—. Adiós. —Se descubrió y se dejó llevar por el perro.
Una
semana después el agua empezó a correr de veras y al día siguiente de nuestro
primer baño la signora Bondi, vestida de raso gris tórtola, y luciendo todas
sus perlas, vino a visitarnos.
—¿Están
hechas las paces, ahora? —preguntó con una franqueza encantadora, mientras nos
daba la mano.
Se lo
aseguramos, y así era por nuestra parte.
—Pero
¿por qué han escrito ustedes esas cartas tan terriblemente descorteses? —dijo,
fijando en mí una mirada de reproche que debía despertar la contrición del
pecador más endurecido—. Y luego, ese pleito, ¿cómo ha podido usted? A una
señora…
Tartamudee
algo sobre la bomba y nuestra necesidad de bañarnos.
—¿Pero
cómo pretendían que yo escuchara nada dicho en ese tono? ¿Por qué no tratar las
cosas de otro modo, cortésmente, de una manera seductora?
Me sonrió
y bajó sus párpados inquietos.
Me
pareció mejor cambiar la conversación. Es desagradable cuando uno tiene razón
sentir que lo quieren hacer a uno culpable.
Algunas
semanas más tarde recibimos una carta —debidamente certificada; por expreso— en
la cual la signora nos preguntaba si pensábamos renovar el contrato (que era
solo por seis meses) y nos notificaba que en caso afirmativo aumentaría el
alquiler en un 25 por ciento, en consideración a las mejoras que habían sido
ejecutadas. Nos dimos por bien servidos, después de mucho negociar, de poder
renovar el contrato por un año con solo un aumento del 15 por ciento.
Principalmente
por la vista aceptamos esa explotación intolerable. Pero teníamos otras
razones, a los pocos días de habitarla, para gustar de la casa. De esas
razones, era la más poderosa, que en el hijo menor del campesino descubrimos el
compañero ideal de juegos de nuestro hijito.
Entre el
pequeño Guido —tal era su nombre— y el menor de sus hermanos había una
diferencia de seis o siete años. Los dos mayores trabajaban en el campo con su
padre; después de la muerte de la madre, dos o tres años antes de conocerlos,
la hermana mayor manejaba la casa, y la menor, que acababa justamente de dejar
el colegio, la ayudaba y en las horas libres vigilaba a Guido, quien no
necesitaba ya mucha vigilancia: contaba de seis a siete años, y era tan precoz,
tan seguro y tan lleno de responsabilidad como lo son en general los hijos de
los pobres, entregados a sí mismos desde que empiezan a andar.
Aunque
era dos años y medio mayor que el pequeño Robin —y en esa edad treinta meses
están rellenos con la experiencia de la mitad de una vida— Guido no se
aprovechaba indebidamente de la superioridad de su inteligencia y de su fuerza.
No he visto nunca un niño más paciente, tolerante y menos tiránico. Nunca se
reía de Robín y de sus torpes esfuerzos para imitarle en sus prodigiosas
hazañas; no fastidiaba ni atemorizaba a su compañerito, más bien lo ayudaba
cuando lo veía en apuros y le explicaba aquello que no podía entender. Robín lo
adoraba, mirándolo como el modelo del perfecto Muchacho Grande, y servilmente
lo imitaba en todo lo posible.
Estos
esfuerzos de Robin para imitar a su compañero eran, a menudo, bastante cómicos.
Pues por una oscura ley psicológica, las palabras y las acciones serias en sí
mismas se vuelven ridículas al ser imitadas; y cuanto más exacta es la copia,
si la imitación es una parodia deliberada, más ridícula resulta, pues ninguna
imitación exagerada de alguien conocido nos hace reír como la perfecta
imitación casi exacta al original. La mala imitación no es risible sino cuando
es una muestra de sincera y seria adulación que no cuaja enteramente. Las
imitaciones de Robin eran de esta clase, en su mayoría. Sus heroicos y
desgraciados esfuerzos para ejecutar las proezas fuertes y hábiles que Guido
llevaba a cabo fácilmente eran de una exquisita comicidad. Y sus largas y prolijas
imitaciones del modo de ser y de las maneras de Guido no eran menos divertidas.
Las más risibles, porque estaban hechas seriamente y de modo inesperado por
parte del imitador, eran las tentativas de Robin de imitar un Guido pensativo.
Éste era un niño reflexivo sujeto a súbitas abstracciones. Uno lo encontraba, a
veces, solo en un rincón, la barbilla en la mano, el codo en la rodilla,
sumergido, al parecer, en profunda meditación. Y a veces, aun en medio de sus
juegos se detenía de pronto y se quedaba de pie con las manos detrás, el
entrecejo fruncido y mirando al suelo. Cuando esto sucedía, Robin se asustaba y
se ponía inquieto. Con asombrado silencio, miraba a su compañero.
—Guido,
—le solía decir suavemente—, Guido. —Pero Guido generalmente estaba demasiado
preocupado para contestarle; y Robin, no atreviéndose a insistir, se deslizaba
a su lado, y tomando como podía la actitud de Guido —parado napoleónicamente,
con las manos cruzadas a la espalda, o sentado en la postura del Lorenzo el
Magnífico de Miguel Ángel— trataba él también de meditar. Cada dos segundos
volvía sus vivos ojos azules hacia el niño mayor para ver si su actitud era
correcta. Pero al minuto empezaba a impacientarse; la meditación no era su
fuerte.
—Guido
—volvía a llamar, más alto— ¡Guido! —Y lo tomaba de la mano tratando de
arrastrarlo. A veces Guido sacudía su ensueño y volvía al juego interrumpido. A
veces no prestaba atención. Melancólico, perplejo, Robin se veía obligado a ir
a jugar solo y Guido continuaba inmóvil sentado o de pie; y sus ojos, si uno
los miraba bien, eran bellos en su grave y pensativa calma.
Eran
grandes ojos muy separados, y, —cosa extraña en un niño italiano de cabellos
oscuros— de un pálido y luminoso azul grisáceo. No siempre eran graves y
quietos, como en los momentos pensativos. Cuando jugaba o charlaba o reía, se
iluminaban y la superficie de esos lagos claros y pálidos de meditación,
parecía en cierto modo agitada con olas brillantes de sol. Sobre esos ojos se
levantaba una frente amplia y alta, de una curva que era como la curva sutil de
un pétalo de rosa. La nariz era recta, la barba pequeña y algo puntiaguda, la
boca de comisuras caídas, un poco triste.
Tengo una
instantánea de los dos niños sentados juntos en el parapeto de la terraza.
Guido está casi de frente, pero mirando de lado y hacia abajo; sus manos
cruzadas sobre los muslos y su expresión, su actitud son graves, meditativas.
Es el Guido abstraído en uno de esos trances en que solía caer, aun en plena
risa y juegos, de manera absoluta e inesperada, como si de pronto se le hubiera
metido en la cabeza irse y hubiera dejado el hermoso cuerpo silencioso
abandonado, como una casa vacía, esperando su vuelta. Y a su lado está sentado
el pequeño Robin, tratando de mirarlo, con el rostro un poco desviado de la
máquina, pero delatando su risa la curva de la mejilla; una de sus manecitas
levantada está tomada en el momento de un ademán, la otra ase la manga de
Guido, como si le incitara a jugar con él, y las piernas colgando del parapeto
están fijadas por la mirada indecisa del aparato en mi impaciente ajetreo, en
el momento de dejarse caer al suelo y escaparse para jugar al escondite en el
jardín. Todas las características principales de ambos niños están en la
pequeña instantánea.
—Si Robin
no fuera Robin, —solía decir Elizabeth—, casi desearía que fuera Guido.
Y aun
entonces, cuando yo no tenía particular interés en el niño, era de su parecer.
Guido me parecía uno de los niños más interesantes que había visto.
No éramos
los únicos en admirarlo. La signora Bondi, que en los intervalos de curiosidad
que había entre nuestras querellas venía a visitarnos, hablaba de él
constantemente.
—¡Un niño
tan hermoso, tan hermoso! —decía con entusiasmo—. Es una lástima que sea hijo
de campesinos que no pueden vestirlo bien. Si fuera mío, lo vestiría de
terciopelo negro, o con un pantaloncito blanco y un jersey tejido de seda
blanco con una lista roja en el cuello y los puños; o quizá un traje blanco de
marinero sería bonito y en el invierno un abrigo de piel, con un gorro de piel
de ardilla, y botas rusas tal vez… —Se dejaba llevar por la imaginación—. Y le
dejaría crecer el pelo, como a un paje, y se lo rizaría un poquito en las
puntas. Y un cerquillo sobre la frente. Todo el mundo se volvería a mirarlo si
lo llevaba conmigo a la Vía Tornabuoni.
Lo que
usted desea, le hubiera querido decir, no es un niño: es una muñeca de cuerda o
un mono sabio. Pero no se lo dije, en parte porque no encontraba la palabra
italiana equivalente a muñeca de cuerda y en parte porque no quería correr el
riesgo de que me aumentaran de nuevo el alquiler en un 15 por ciento.
—¡Ah, si
yo tuviera un varoncito como ése! —suspiraba, entornando los párpados,
modestamente.
—Adoro
los niños, a veces pienso en adoptar uno, es decir, si mi marido me lo
permitiese.
Yo
pensaba en el pobre señor que se dejaba arrastrar por su gran perro blanco y
sonreía interiormente.
—Pero no
sé si me lo permitiría —continuaba la signora—. No sé si lo permitiría… —y se
quedaba silenciosa un momento, como si examinara una idea nueva.
Unos días
después, estábamos sentados en el jardín después del almuerzo tomando nuestro
café y el padre de Guido en vez de pasar y saludarnos con una inclinación de
cabeza, como de costumbre, y con el jovial buenos días, se detuvo y empezó a
conversar. Era un hombre hermoso, no muy alto, pero bien proporcionado, vivo,
de movimientos elásticos y lleno de vida. Tenía un fino rostro moreno, con las
facciones de un romano, iluminado por un par de los más inteligentes ojos
grises que yo haya visto. Casi brillaban con demasiada inteligencia, cuando, y
eso acontecía a menudo, trataba con una apariencia de perfecta franqueza y de
infantil inocencia de sacar algo o de envolverlo a uno. Complaciéndose en sí
misma, esa inteligencia brillaba de malicia. El rostro podía ser ingenuo,
impávido, casi imbécil en su expresión, pero los ojos en esas ocasiones lo
traicionaban completamente. Ya uno sabía al verlos brillar así que había que
ponerse en guardia.
Hoy, sin
embargo, no tenían esa luz peligrosa. No quería sacarnos nada, nada de valor:
solo un consejo —artículo, él lo sabía bien, que muchas personas dan
encantadas. Pero quería consejo en algo que para nosotros era un asunto algo
delicado: sobre la signora Bondi. Carlos se había quejado de ella con
frecuencia.
—El viejo
es bueno —nos decía— muy bondadoso, es la verdad. —Lo que significaba, sin
duda, entre otras cosas, que se dejaba engañar fácilmente Pero su mujer… Bueno,
la mujer era una mala bestia. Y nos contaba cuentos de su rapacidad insaciable:
pedía siempre más de la mitad de la cosecha, que, según la ley, es lo que
corresponde al propietario. Se quejaba de sus sospechas: lo acusaba
constantemente de malos manejos, de robo —a él, se golpeaba el pecho, a él, el
alma de la honradez—. Se quejaba de su ciega avaricia: no quería gastar en el
abono necesario, no quería comprarle otra vaca, ni quería instalar luz
eléctrica en los establos.
Le
manifestamos nuestra simpatía, pero con prudencia, sin dar una opinión
decisiva. Los italianos son maravillosos para hablar sin comprometerse; no
dirán ni una palabra al interesado hasta estar absolutamente ciertos que esa
palabra es justa y necesaria y, ante todo, perfectamente segura. Habíamos
vivido bastante entre ellos para no imitar su prudencia. Lo que dijéramos a
Carlos estábamos seguros que tarde o temprano llegaría a oídos de la signora
Bondi. No se ganaba nada con agriar innecesariamente nuestras relaciones con la
señora —solamente perder, quizá, otro quince por ciento.
Hoy no
eran quejas sino perplejidad. La signora le había mandado buscar, parecía, para
preguntarle qué diría él de un ofrecimiento —todo era hipotético en el capcioso
estilo italiano—: adoptar al pequeño Guido. El primer impulso de Carlos había
sido decir que eso no le agradaba; pero esa contestación lo hubiera
comprometido de modo grosero. Había preferido decir que lo pensaría. Y ahora
nos pedía un consejo.
—Haga lo
que le parezca mejor —fue, en efecto, lo que contestamos. Pero le dimos a
entender de una manera velada, aunque precisa, que a nuestro parecer la signora
Bondi no sería una buena madre adoptiva para el niño. Y Carlos se inclinaba a
convenir en ello. Además, quería mucho al niño.
—Pero la
cuestión es —concluyó con tristeza— que si realmente se le ha metido en la
cabeza tener al chico, no dejará nada por hacer para tenerlo. Nada.
Él
también, se veía muy bien, hubiera querido, que los físicos se ocuparan de las
mujeres desocupadas sin hijos pero de temperamento sanguíneo, antes de tratar
de emprenderla con el átomo. Sin embargo, pensaba yo, mientras se alejaba a
grandes pasos por la terraza, entonando poderosamente una canción con
estentóreo acento, hay ahí fuerza y vida suficiente en esos miembros elásticos,
tras esos brillantes ojos grises, para sostener una seria lucha aun con las
acumuladas fuerzas vitales de la signora Bondi.
Fue
algunos días después de este incidente cuando mi gramófono y dos o tres cajones
de discos llegaron de Inglaterra. Fue un gran recurso para nosotros en nuestra
montaña, que nos proporcionó lo único que faltaba a esta soledad tan
espiritualmente fértil —perfecta isla de robinsones suizos—: la música. No se
oye mucha música en Florencia en esta época. Los tiempos en que el Dr. Buney
podía recorrer Italia, escuchando una interminable sucesión de óperas,
sinfonías, cuartetos, cantatas —todas nuevas—, ya pasaron. Pasados los tiempos
en que un docto músico, solo inferior al Reverendo Padre Martini de Bolonia,
podía admirar los cantos campesinos y lo que tamborileaban y rascaban en sus
instrumentos de músicos ambulantes.
He
viajado semanas por la península sin oír ni una nota que no fuera Salomé o la
canción fascista. Ya que no poseen otra riqueza que haga la vida agradable o
soportable, las metrópolis del Norte tienen la riqueza de la música. Es, tal
vez, el único atractivo que puede hallar un hombre razonable para habitar en
ellas. Los otros atractivos —alegría organizada, gente, conversación variada,
placeres mundanos ¿qué son, después de todo, sino un gasto del intelecto que
nada recibe en cambio? Y luego el frío, la oscuridad, la suciedad, la humedad,
la inmundicia… No, donde la necesidad solamente puede retenerlo a uno no puede
haber otro halago que la música. Y la música, gracias al ingenioso Edison, se
puede llevar ahora en una caja y sacarla en cualquier soledad que uno quiera
visitar. Se puede vivir en Benin, o en Nuneaton, o en Tozeur en el Sahara, y
oír cuartetos de Mozart, o selecciones del Clave bien temperado, o la Quinta
Sinfonía, el quinteto con clarinete de Brahms y los motetes de Palestrina.
Carlos,
que había bajado a la estación con su carro y su mula a buscar el cajón, estaba
interesadísimo en el aparato.
—Oiremos
música otra vez —decía, mirándome desembalar el gramófono y los discos—. Es
difícil hacerla uno mismo.
Sin
embargo, pensaba yo, él se arregla para hacer bastante. En las noches cálidas
solíamos oírlo tocar la guitarra y cantar suavemente, sentado a la puerta de su
casa; el chico mayor tocaba en falsete la melodía en el mandolín y a veces toda
la familia hacía coro, y la oscuridad se llenaba con el acento apasionado de
sus voces. Cantaban, principalmente, canciones de Piedigrotta, y las voces
resbalaban ligadas nota a nota, subían con pereza o se lanzaban de pronto en
suspiros enfáticos de un tono a otro. A distancia y bajo las estrellas el
efecto no era desagradable.
—Antes de
la guerra —prosiguió— en épocas normales —y Carlos tenía la esperanza, y hasta
la creencia, de que las épocas normales volverían y de que la vida sería pronto
tan fácil y barata como antes de la catástrofe—, yo acostumbraba escuchar
óperas en el Politeama. ¡Ah, eran magníficas! Pero ahora cuesta cinco liras la
entrada.
—Demasiado
caro —yo asentía.
—¿Tiene
Il Trovatore? —preguntaba.
Sacudí la
cabeza.
—¿Rigoletto?
—Creo que
no.
—¿La
Boheme, Fanciulla del West, Pagliacci?
Yo seguía
decepcionándolo.
—¿Tampoco
Norma? ¿Y el Barbiere?
Puse
Battistini en “La ci darem” de Don Giovanni.
Convino
en elogiar el canto; pero se veía que la música no le satisfacía. ¿Por qué? No
le fue fácil explicarlo.
—No se
parece a Pagliacci —dijo por fin.
—No es
palpitante —asentí.
Y
reflexioné que ésa es realmente la diferencia entre palpitante y no palpitante
y que en eso se separa el gusto musical moderno del antiguo. La corrupción de
lo mejor, pensé, es lo peor. Beethoven enseñó a la música a palpitar con su
pasión espiritual e intelectual. Desde entonces no ha cesado de palpitar, pero
con la pasión de hombres inferiores. Indirectamente, pensé, Beethoven es
responsable de Parsifal, Pagliacci y del Poema del Fuego; más indirectamente de
Sansón y Dalila y de “Ivy, cling to me”. Las melodías de Mozart pueden ser
brillantes, memorables, contagiosas; pero no palpitan, no lo sujetan a uno
entre suspiros y lágrimas, no llevan al auditorio a éxtasis eróticos.
Para
Carlos y sus hijos mayores, mi gramófono, me temo, fue una decepción. Eran
demasiado corteses para decirlo abiertamente; dejaron, simplemente, al cabo de
los dos primeros días de interesarse por el aparato y su música. Preferían la
guitarra y su propio canto.
Guido, al
contrario, estaba interesadísimo. Y le gustaban, no los bailes alegres, a cuyos
ritmos vivaces Robin marchaba dando vueltas y marcando el paso como todo un
regimiento de soldados, sino la música genuina. El primer disco que oyó,
recuerdo, fue el del movimiento lento del Concierto de Bach en re menor para
dos violines. Ése fue el primer disco que puse, apenas Carlos me dejó. Me
parecía, en cierto modo, la pieza más musical con que refrescar mi espíritu tan
sediento de música —la bebida más clara y más fresca. Comenzaba a iniciarse el
ritmo y se ponía en movimiento desarrollando sus puras y melancólicas bellezas,
de acuerdo con las leyes de la lógica intelectual más exigentes, cuando los dos
niños, Guido primero y el pequeño Robin siguiéndolo sin aliento, hicieron
ruidosa irrupción en la pieza, entrando de la loggia.
Guido se
detuvo ante el gramófono, y se quedó inmóvil, escuchando. Sus ojos, de pálido
azul grisáceo, se abrieron desmesurados, y, con un pequeño gesto nervioso que
ya había notado antes, se tiró el labio inferior apretando el pulgar y el
índice. Debió de haber hecho una profunda aspiración; porque noté que después
de escuchar por algunos segundos espiró vivamente, y aspiró una nueva dosis de
aire. Me miró un instante —mirada interrogadora, entusiasta, asombrada—, se rio
con una risa que se volvió un estremecimiento nervioso, y se volvió hacia la
fuente de esos maravillosos sonidos. Imitando servilmente a su amigo mayor,
Robin se había colocado también ante el gramófono, en idéntica postura, echando
de vez en cuando una mirada a Guido, para asegurarse de que la copia era fiel,
hasta el gesto de tirarse el labio. Pero al cabo de un minuto se cansó.
—Soldados
—me dijo, volviéndose hacia mí—. Como en Londres. —Recordaba los ragtimes y las
alegres marchas alrededor del cuarto.
Puse un
dedo en mis labios.
—Después
—murmuré. Robin pudo quedarse quieto y silencioso otros veinte segundos. Luego
asió a Guido por el brazo gritando:
—Vieni,
Guido! Soldados, soldati. Vieni giuocare soldati!
Por
primera vez vi a Guido impacientarse.
—Vai!
—dijo con enojo pegando a Robin en la mano y empujándolo con rudeza. Y se
aproximó más al aparato como para resarcirse escuchando más intensamente de lo
que había perdido con la interrupción.
Robin lo
miró atónito. Nunca había pasado nada semejante. Luego rompió a llorar y vino a
mí en busca de consuelo.
Cuando la
querella se apaciguó —y Guido, sinceramente arrepentido, volvió a ser tan bueno
como sabía serlo, cuando la música se detuvo y su espíritu ya libre pudo pensar
en Robin— le pregunté qué pensaba de la música. Me dijo que era hermosa. Pero
bello en italiano es una palabra vaga, que se dice con demasiada frecuencia
para que signifique algo.
—¿Qué te
ha gustado más? —insistí. Porque parecía haber gozado tanto que yo tenía
curiosidad de saber qué era lo que realmente prefería.
Quedó
silencioso un momento, con el ceño fruncido, pensando. —Bueno —dijo al fin—, me
gusta la parte que era así. —Y tarareó una larga frase—. Y también otras cosas
que cantaban al mismo tiempo —se interrumpió—, que cantaban así ¿qué eran?
—Se
llaman violines —le dije.
—Violines.
—Bajó la cabeza—. Bueno. El otro violín hacía así. —Volvió a tararear—. ¿Por
qué uno no los puede cantar al mismo tiempo? ¿Y qué hay en la caja? ¿Por qué
hace ese ruido? —Las preguntas se sucedían en sus labios.
Le
contesté lo mejor que pude, mostrándole las espirales grabadas en el disco, la
púa, el diafragma. Le hice recordar cómo vibra la cuerda de la guitarra al ser
apretada; el sonido es un sacudimiento del aire, le dije, y traté de explicarle
cómo esos sacudimientos se imprimen en el disco negro. Guido me escuchaba
gravemente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando. Tuve la impresión que
había comprendido perfectamente lo que le decía.
A todo
esto, el pobre Robin estaba tan tremendamente aburrido, que me dio lástima, y
mandé a los dos a jugar al jardín. Guido se fue, obedeciendo, pero me di cuenta
que hubiera preferido quedarse dentro oyendo música. Un poco después, al mirar
afuera, estaba escondido en lo más sombrío, bajo el gran laurel, rugiendo como
un león, y Robin riéndose un poco nervioso —como si temiera que el horrible
ruido pudiera ser, después de todo, el rugido de un verdadero león— blandía un
palo, con el que buscaba entre el matorral, gritando: —¡Sal, sal de ahí!
¡Quiero tirar y atraparte!
Después
del almuerzo, cuando Robin subió a dormir su siesta, apareció Guido.
—¿Puedo
ahora escuchar la música? —preguntó. Y por una hora se sentó frente al aparato,
con la cabeza inclinada de lado, escuchando mientras yo ponía un disco tras
otro.
Desde
entonces vino todas las tardes. Pronto conoció toda mi colección de discos,
tenía sus preferencias y sus antipatías y podía pedir lo que deseaba oír
tarareando el tema principal.
—Ése no
me gusta —decía del Till Eulenspiegel, de Strauss—. Se parece a lo que cantamos
en casa. No es exactamente igual ¿verdad?… pero se parece bastante. ¿Comprende?
—Nos miraba con un aire perplejo y lleno de ansiedad como pidiéndonos que lo
comprendiéramos y librarse así de nuevas explicaciones. Asentimos. Guido
prosiguió—: Y, además —decía—, el final no parece salir, como es debido, del
principio. No es como el que oí la primera vez. —Tarareó uno o dos compases del
movimiento lento del Concierto en re menor de Bach.
—No es
—repliqué— como cuando se dice: A todos los niños les gusta jugar. Guido es un
niño. Entonces a Guido le gusta jugar.
Frunció
el ceño.
—Sí,
quizá sea eso —dijo al fin—. El primero que usted puso es más bien eso. Pero
—añadió con un celo extraordinario de la verdad— a mí no me gusta tanto jugar
como a Robin.
Wagner
era una de sus antipatías, también Debussy. Cuando puse el disco de uno de los
Arabesques, me dijo:
—¿Por qué
repite y repite la misma cosa? Debía decir algo nuevo, o seguir, o hacer algo
grande. ¿No encuentra algo distinto? —Pero su crítica fue severa con el
Après-midi d’un faune.
—Las
cosas tienen hermosas voces —dijo.
Mozart le
encantaba. El dúo de Don Juan, que su padre encontró poco palpitante, encantaba
a Guido. Pero prefería los cuartetos y los trozos de orquesta.
—Me gusta
más la música que el canto —decía.
A mucha
gente, pensaba yo, le gusta más el canto que la música; se interesan más en el
ejecutante que en lo que ejecuta, y encuentran la orquesta impersonal menos
emocionante que el solista. El tocar del pianista es el rasgo humano, y el do
de la soprano es la nota personal. Es por el interés de este rasgo y de esta
nota por lo que el auditorio colma las salas de concierto.
Guido,
sin embargo, prefería la música. Es verdad que también le gustaban “La ci
darem” y “Deh, vieni alla finesta”, pensaba que “Che soave zefiretto” era tan
encantador que todos los conciertos debían empezar con él. Pero prefería lo
otro. Una de sus favoritas era la obertura de Fígaro. Hay un pasaje casi al
principio, en que los primeros violines se elevan a lo más alto de su encanto;
cuando la música llegaba a ese punto, sorprendía una sonrisa que se acentuaba y
brillaba en el rostro de Guido, aplaudía y se reía de placer en alta voz.
En el
otro lado del disco estaba grabada la obertura de Egmont, de Beethoven. Casi le
gustaba más que la de Fígaro.
—Tiene
más voces —explicaba. Me encantó lo sagaz de la crítica; porque es precisamente
la riqueza de orquestación lo que hace a Egmont superior a Las bodas de Fígaro.
Pero lo
que le conmovía más que nada era la obertura de Coriolano. El tercer movimiento
de la Quinta Sinfonía, el segundo de la Séptima, el lento del Concerto
Emperador, rivalizaban con Coriolano, pero nada lo excitaba tanto. Un día me lo
hizo repetir tres o cuatro veces seguidas; luego lo puso a un lado.
—Me
parece que ya no quiero oírlo más…
—¿Por
qué?
—Es
demasiado… demasiado… —titubeaba—, demasiado grande —dijo al fin—. Realmente no
lo entiendo. Ponga el que dice así —tarareó una frase del Concierto en re
menor.
—¿Te
gusta más? —le pregunté.
Sacudió
la cabeza.
—No,
exactamente. Pero es más fácil.
—¿Más
fácil? —Me parecía un término raro para aplicar a Bach.
—Lo
entiendo mejor.
Una
tarde, mientras estábamos en medio de nuestro concierto, se presentó la signora
Bondi. Empezó en seguida a llenar de caricias al niño; lo besó, le palmeó la
cabeza, y le hizo los cumplidos más exagerados sobre su figura. Guido se apartó
de ella.
—¿Te
gusta la música? —le preguntó.
El niño
asintió.
—Creo que
tiene mucha disposición —dije—, de todos modos tiene un oído maravilloso y un
don para escuchar y analizar que nunca había visto en un niño de esa edad.
Desearíamos alquilar un piano para que aprendiera.
Unos
instantes después me reproché el franco elogio del niño, porque la signora
Bondi empezó a protestar y decir que si ella lo pudiera educar le pondría los
mejores maestros, haría de él un gran músico —y por añadidura, un niño
prodigio. Estoy seguro, que ya se veía, sentada maternalmente, vestida de raso
negro y adornada de perlas, próxima al gran Stinway, mientras el angélico Guido
vestido como el pequeño Lord Fauntleroy tocaba Liszt o Chopin, haciendo las
delicias de un apretado auditorio. Ella veía los ramos y demás complicados
tributos florales, oía los aplausos y las pocas palabras bien elegidas con que
los maestros, conmovidos hasta el llanto, saludaban la revelación del pequeño
genio. Era, para ella, más importante que nunca la conquista del niño. Cuando
se fue la signora Bondi, Elizabeth observó:
—La has
puesto terriblemente ávida. Será mejor decirle, la próxima vez que venga, que
te has equivocado y que el muchacho no tiene el talento musical que pensabas.
El piano
llegó a su debido tiempo. Después de dar a Guido un mínimum de conocimientos
preliminares, le permití tocar. Empezó sacando en el piano las melodías que
había oído, reconstruyendo la harmonía en que están basadas. Después de algunas
lecciones, comprendió los rudimentos de la música y pudo leer a primera vista,
aunque lentamente, un pasaje sencillo. Todo el proceso de la lectura le era,
sin embargo, desconocido; conocía las letras, pero nadie le había enseñado a
leer frases y ni aun palabras.
Aproveché
la oportunidad, la primera vez que volví a ver a la signora, para asegurarle
que Guido me había defraudado. No tenía, en verdad, ningún talento musical.
Demostró pena al oírlo, pero me di cuenta de que no me creía en absoluto.
Probablemente creyó que nosotros también teníamos interés en el niño, y
queríamos guardar al niño prodigio, privándola de lo que ella consideraba como
un derecho feudal. Pues ¿no eran sus gentes, después de todo? Si alguien tenía
que aprovechar con la adopción del niño, debía ser ella.
Diplomáticamente,
con mucho tacto, reanudó sus negociaciones con Carlos. El muchacho, le aseguró,
tenía genio. Se lo había dicho el caballero extranjero, y era una clase de
persona que sabía de esas cosas. Si Carlos le permitía adoptar el niño, ella lo
haría estudiar. Sería un gran músico y lo contratarían en la Argentina y los
Estados Unidos, en París y en Londres. Ganaría millones y millones como Caruso,
por ejemplo. Le explicó que parte de esos millones serían para él. Pero antes
de enriquecerse el niño tenía que estudiar. El estudio era costoso. En su
propio interés y en el de su hijo, debía dejarla hacerse cargo del niño. Carlos
le contestó que lo pensaría y volvió a pedirnos consejo. Le sugerimos que en
todo caso le convenía esperar un poco y ver si el muchacho adelantaba.
Hacía
grandes progresos, a pesar de mis afirmaciones a la signora Bondi. Todas las
tardes, mientras Robín dormía, venía a su concierto y a su lección; sus deditos
adquirían fuerza y agilidad. Pero lo que más me interesaba era que empezaba a
componer piececitas. Algunas las escribí al oírselas y aún las conservo. La
mayoría, cosa rara, me parecía entonces, eran clásicas. Tenía pasión por lo
clásico. Cuando le expliqué los principios de esa forma, quedó encantado.
—Es
hermoso —decía admirado—. ¡Hermoso, hermoso, y tan fácil!
Quedé
sorprendido. No son los cánones tan manifiestamente sencillos. Desde entonces
pasaba la mayor parte del tiempo componiendo cánones para su propio
entretenimiento. Eran a menudo notablemente ingeniosos. Pero en la composición
de otra clase de música no se mostró tan fecundo como yo esperaba. Compuso y
armonizó uno o dos aires solemnes como himnos, con algunas piezas más ligeras
del tipo de marchas militares. Como composiciones de una criatura eran
extraordinarias; todos solemos ser genios hasta los diez años. Pero yo había
esperado que Guido seguiría siendo genio a los cuarenta; en cuyo caso lo que
era extraordinario para un niño normal no era bastante extraordinario para él.
No es un Mozart, conveníamos, volviendo a tocar sus piezas. Yo sentía, lo confieso,
casi un resentimiento. No valía la pena preocuparse por algo menos importante
que un Mozart.
No era un
Mozart, no, pero era alguien, y debía llegar a descubrirlo, casi tan
extraordinario.
Hice este
descubrimiento una mañana, al principio del verano. Estaba trabajando, sentado
a la sombra tibia de nuestro balcón que mira al norte. Guido y Robín jugaban
abajo en el jardincito. Absorbido en mi trabajo, supongo, solo me di cuenta del
poco ruido que hacían los niños, después de un prolongado silencio. No se
sentían ni gritos ni corridas: solo una tranquila conversación. Sabiendo por
experiencia que cuando los niños están quietos es porque se ocupan en algo
prohibido, me levanté y miré por sobre la balaustrada lo que hacían. Esperaba
verlos chapoteando agua, o encendiendo un fuego o cubriéndose de alquitrán.
Pero lo que vi fue a Guido que, con un palo tiznado, demostraba sobre las
piedras lisas de la vereda que el cuadrado construido sobre la hipotenusa de un
triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados construidos sobre los
dos otros lados.
Arrodillado
en el suelo, dibujaba con la punta de su palo quemado sobre el piso. Y Robin,
arrodillado, por imitación a su lado, empezaba, se veía, a impacientarse un
poco con ese juego tan tranquilo.
—Guido
—le dijo. Pero Guido no hizo caso. Frunciendo el ceño, pensativo, continuó su
diagrama—. ¡Guido! —El más pequeño de los dos se inclinó y encogió el cuello
para poder mirar de abajo arriba el rostro de Guido—: ¿Por qué no dibujas un
tren?
—Después
—dijo Guido—. Pero quiero, primero, mostrarte esto. ¡Es tan hermoso! —agregó
con tono engañador.
—Pero yo
quiero un tren —insistió Robin.
—En
seguida. Espera un momento. —El tono era casi suplicante. En un minuto Guido
concluyó sus diagramas.
—¡Ya
está! —dijo triunfalmente, levantándose para mirarlos—. Ahora te voy a
explicar.
Y empezó
a demostrar el teorema de Pitágoras, no como Euclides, sino por el método más
sencillo y satisfactorio que según todas las probabilidades empleó el mismo
Pitágoras. Había dibujado un cuadrado que había seccionado, con un par de
perpendiculares cruzadas, en dos cuadrados y dos rectángulos iguales. Dividió
los dos rectángulos iguales por sus diagonales en cuatro triángulos rectángulos
iguales. Los dos cuadrados resultan estar construidos sobre los lados del
ángulo recto de esos triángulos. Eso era, el primer dibujo. En el siguiente,
tomó los cuatro triángulos rectángulos en los cuales estaban divididos los
rectángulos y los dispuso alrededor del cuadrado primitivo, de manera que sus
ángulos rectos llenaran los ángulos de las esquinas del cuadrado, las
hipotenusas en el interior y el lado mayor y menor de los triángulos como
continuación de los lados del cuadrado (siendo iguales, cada uno, a la suma de
esos lados). De este modo, el cuadrado primitivo está seccionado en cuatro
triángulos rectos iguales y un cuadrado construido sobre su hipotenusa. Los
cuatro triángulos son iguales a los dos rectángulos de la primera división.
Resulta que el cuadrado construido sobre la hipotenusa es igual a la suma de
dos cuadrados —los cuadrados de los dos catetos— en los cuales, con los
rectángulos, fue dividido el primer cuadrado.
En un
lenguaje muy poco técnico, pero claramente y con implacable lógica, Guido
expuso su demostración. Robin escuchaba, con aire de total incomprensión en su
rostro vivo y cubierto de pecas.
—Treno
—repetía de vez en cuando—. Treno, hazme un tren.
—En
seguida —imploraba Guido—. Espera un momento. Pero mira esto; por favor.
—Quería engatusarlo y conquistarlo.
—¡Es tan
hermoso!, y ¡tan fácil!
Tan
fácil… El teorema de Pitágoras parecía explicar las predilecciones musicales de
Guido. No era un pequeño Mozart el que habíamos protegido; era un pequeño
Arquímedes, que como la mayoría de sus congéneres, tenía también una
inclinación por la música.
—Treno,
treno! —gritaba Robin, inquietándose más y más a medida que proseguía la
explicación. Y como Guido insistiera en continuar su demostración, se enojó—:
Catiivo Guido! —gritaba, y empezó a darle puñetazos.
—Bueno
—dijo Guido resignado—. Te voy a hacer un tren —y con su palo quemado se puso a
garabatear las piedras.
Yo seguí
mirando en silencio. No era un tren muy notable. Guido podía inventar, él solo,
el teorema de Pitágoras y demostrarlo, pero no valía gran cosa como dibujante.
—¡Guido!
—lo llamé. Los dos niños se volvieron a la vez levantando los ojos—. ¿Quién te
ha enseñado a dibujar esos cuadrados? —No era imposible que alguien le hubiera
enseñado eso.
—Nadie.
—Sacudió la cabeza. Luego, ansiosamente, como si temiera que hubiera algo malo
en dibujar cuadrados, prosiguió disculpándose y explicándome—. ¿Verdad? —dijo—
me parecía tan hermoso. Porque aquellos cuadrados —señaló los dos pequeños
cuadrados de la primera figura— son del mismo tamaño que éste. E indicando el
cuadrado sobre la hipotenusa en la segunda, me miró con una conciliadora
sonrisa.
Asentí.
—Sí, es
muy hermoso —le dije—; en verdad, muy hermoso.
Una
expresión de alivio y contento apareció en su rostro; se rio de alegría. —Mire,
es así —prosiguió satisfecho con iniciarme en el glorioso secreto que había
descubierto—: cortan esos dos largos cuadrados —quería decir rectángulos— en
dos rebanadas. Entonces hay cuatro rebanadas, iguales, porque, porque —¡oh, he
debido decirlo antes!— porque esos cuadrados son iguales, porque esas líneas,
vea…
—Pero yo
quiero un tren —protestó Robin.
Inclinado
sobre el balcón, miraba yo los niños, allá abajo y pensaba en la cosa
extraordinaria que acababa de ver y en lo que significaba.
Pensaba
en las enormes diferencias entre seres humanos. Clasificamos los hombres por el
color de sus ojos y de su pelo, por la forma de sus cráneos. ¿No sería mejor
dividirlos en especies intelectuales? Habrá siempre un más ancho abismo entre
los extremos tipos mentales que entre un bosquimano y un escandinavo. Este
niño, pensaba, cuando crezca, será, comparado conmigo, lo que un hombre es
comparado con un perro. Y hay otros hombres y mujeres que son casi perros
comparados conmigo.
Tal vez
los hombres de genio son los hombres verdaderos. En toda la historia de la raza
humana solo ha habido algunos miles de verdaderos hombres. Y el resto de
nosotros ¿qué somos? Animales capaces de aprender. Sin la ayuda de los
verdaderos hombres, no habríamos descubierto casi nada. Casi todas las ideas
que nos son familiares nunca se les hubieran ocurrido a espíritus como los
nuestros. Si se siembra en ellos, la semilla germina, pero nuestro espíritu
habría sido incapaz de engendrarlas.
Hay
naciones enteras de perros, pensaba yo, épocas enteras en las que no ha nacido
ni un Hombre. De los pesados egipcios recogieron los griegos la dura
experiencia y reglas empíricas para hacer ciencias. Pasaron más de mil años
antes que Arquímedes tuviera un sucesor que se le pareciera. No ha habido más
que un Buda, un solo Jesús, un solo Bach cuyo nombre nos haya quedado, un solo
Miguel Ángel.
¿Será una
pura casualidad que nazca un Hombre de tiempo en tiempo? ¿Qué será lo que
produce toda una constelación de ellos en una misma época y en un mismo pueblo?
Taine
creía que Leonardo, Miguel Ángel y Rafael nacieron en ese momento porque la
época estaba madura para grandes pintores y el paisaje italiano estaba en
armonía. En boca de un francés racionalista del siglo diecinueve, resulta esta
doctrina extrañamente mística; no por eso tal vez menos cierta. ¿Pero coma
explicar los que nacen fuera de su tiempo? Blake, por ejemplo. ¿Cómo
explicarlos?
Este niño
—pensaba yo— ha tenido la suerte de nacer en una época en la que podrá emplear
útilmente sus capacidades. Encontrará a mano los métodos analíticos más
perfeccionados; tendrá detrás de sí una prodigiosa experiencia. Supongamos que
hubiera nacido en la época de los monumentos megalíticos; hubiera podido
consagrar toda su vida a descubrir los rudimentos, a adivinar vagamente lo que
ahora podría probar, quizá. Nacido en la época de la conquista normanda,
hubiera tenido que luchar con todas las dificultades preliminares creadas por
un simbolismo inadecuado; le hubiera tomado años, por ejemplo, aprender el arte
de dividir MMMCCCCLXXXVIII por MCMXIX. En cinco años, ahora, aprenderá lo que
han necesitado generaciones de Hombres para descubrir. Y yo pensaba en la
suerte de todos los Hombres que nacieron tan lamentablemente a destiempo, sin
poder llevar a término nada o muy poco de algún valor. Si Beethoven hubiera
nacido en Grecia, pensaba, hubiera tenido que contentarse con tocar sencillas
melodías en la flauta o la lira; en ese clima intelectual le hubiera sido casi
imposible imaginar la naturaleza de la armonía.
Habiendo
dibujado trenes, los niños, en el jardín habían pasado al juego de los
ferrocarriles. Daban vueltas trotando; con las mejillas infladas y alargando la
boca como querubín que simboliza el viento. Robin hacía puf-puf y Guido lo
sujetaba por la blusa, arrastrando los pies detrás de él y silbando. Corrían,
se volvían atrás, paraban en estaciones imaginarias, se encarrilaban por
desvíos, franqueaban con estrépito los puentes, se metían ruidosamente en los
túneles, y tenían sus choques y descarrilamientos. El joven Arquímedes parecía
tan feliz como el pequeño bárbaro de cabellos rubios. Unos minutos antes se
había ocupado del teorema de Pitágoras. Ahora, silbando infatigablemente,
corriendo por rieles imaginarios, se sentía feliz de retroceder y avanzar sobre
los canteros, entre los pilares de la loggia, dentro y fuera de los negros
túneles del laurel. El hecho de que uno vaya a ser un Arquímedes no impide ser
entretanto un niño animado. Yo pensaba en ese raro talento diferente y separado
del resto de la mente, independiente casi de la experiencia. El niño prodigio
típico es músico o matemático; los otros talentos maduran lentamente bajo la
influencia de la experiencia emocional y crecen. Hasta los treinta años Balzac
no dio pruebas sino de ineptitud; pero a los cuatro el joven Mozart ya era
músico, y algunos de los mejores trabajos de Pascal fueron realizados antes de
los veinte años.
En las
semanas siguientes, yo alternaba las lecciones de piano con lecciones de
matemáticas. Eran más que lecciones sugestiones, indicación de métodos, dejando
al niño desarrollar sus ideas. Así le hice conocer el álgebra, haciéndole una
nueva demostración del teorema de Pitágoras. En esa demostración, se traza una
perpendicular de lo alto del ángulo recto sobre la hipotenusa, y partiendo de
la base de que los dos triángulos así formados son semejantes entre ellos y al
triángulo primitivo, y que sus lados homólogos son en consecuencia
proporcionales, se demuestra algebraicamente que c2+d2 (los cuadrados de los
otros dos lados) es igual a a2+b2 (los cuadrados de los dos segmentos de la
hipotenusa) +2ab; cuyo total, como se puede demostrar con facilidad geométricamente,
es igual a (a+b)2, o sea al cuadrado construido sobre la hipotenusa. Guido
quedó tan encantado con los rudimentos del álgebra, como si le hubiera regalado
una locomotora a vapor, con un calentador de alcohol para la caldera; más
encantado, tal vez, porque la máquina se podía romper, y, quedando siempre
igual, hubiera en cualquier caso perdido su atractivo, mientras que los
rudimentos de álgebra se agrandaban y florecían en su mente con una exuberancia
infalible. Cada día descubría algo que le parecía exquisitamente bello; el
nuevo juguete tenía posibilidades ilimitadas.
En los
intervalos que nos dejaba la aplicación del álgebra al segundo libro de
Euclides, hacíamos pruebas con círculos; plantamos bambúes en la tierra
endurecida por la sequía y medimos la sombra en distintas horas del día,
sacando de esas observaciones sensacionales conclusiones. A veces, para
entretenernos, cortábamos y doblábamos hojas de papel para hacer cubos y
pirámides. Una tarde apareció Guido trayendo cuidadosamente en sus pequeñas y
sucias manos un endeble dodecaedro.
—É tanto
bello! —decía mientras lo mostraba, y cuando le pregunté cómo lo había hecho,
se contentó con sonreír y decir que ¡había sido tan fácil! Miré a Elizabeth y
me reí. Pero hubiera sido más simbólicamente conveniente —me parecía— ponerme
en cuatro patas, remover la prolongación espiritual de mi coxis y ladrar para
expresar mi sorprendida admiración.
Fue un
verano excepcionalmente caluroso. Al empezar el mes de julio nuestro pequeño
Robin, poco habituado a temperatura tan elevada, empezó a ponerse pálido y
cansado; estaba distraído, había perdido su energía y su apetito. El doctor
aconsejó aire de montaña. Decidimos pasar diez o doce semanas en Suiza. Mi
regalo de despedida a Guido fueron los seis primeros libros de Euclides en
italiano. Volvió las páginas mirando extasiado los diagramas.
—Si yo
pudiera leer bien —decía—; soy tan estúpido. Pero ahora me pondré a aprender
seriamente.
Desde
nuestro hotel en Grindelwald le enviamos en nombre de Robin varias postales con
vacas, picos alpinos, chalets suizos, edelweiss y cosas por el estilo. Sin
recibir respuesta; pero tampoco la esperábamos. Guido no podía escribir y no
había motivo para que su padre o sus hermanas se molestasen en escribir por él.
No hay noticias, pensamos, buenas noticias. Y un día, al empezar setiembre
llegó al hotel una extraña carta. El administrador la había colocado bajo el
cristal del tablero del hall, de manera que los huéspedes pudieran verla, y la
reclamara el que se creyera destinatario. Pasando para ir a almorzar, Elizabeth
se detuvo a mirar.
—Pero, si
debe ser de Guido —dijo.
Fui y
miré, por sobre su hombro. No tenía estampilla y estaba negra con los sellos de
correo. Escritas con lápiz, las grandes e indecisas mayúsculas cubrían el
sobre. En la primera línea se leía: AL BABBO DI ROBIN, y seguía una versión
disfrazada del nombre del sitio y del hotel. Alrededor de la dirección,
asombrados empleados de correo habían garabateado supuestas correcciones. La
carta había vagado, a lo menos por una quincena, atrás y adelante por la faz de
Europa.
“Al babbo
de Robin. Al padre de Robin”. Me reí. ¡Una hazaña de los carteros traerla hasta
aquí! Me fui a la administración, probé la justicia que tenía para reclamar la
carta y, habiendo pagado los cincuenta céntimos de multa por la falta de
franqueo, abrieron la caja y me la entregaron. Fuimos a almorzar.
—La letra
es magnífica —convinimos, riendo, mientras examinábamos de cerca la dirección.
—Gracias
a Euclides —agregué—. Esto resulta de engolfarse en la pasión dominante.
Pero
cuando abrí el sobre y vi el contenido, dejé de reír. La carta era breve y casi
telegráfica en su estilo. SONO DALLA PADRONA, decía, NON MI PIACE HA RUBATO IL
MIO LIBRO NON VOGLIO SUONARE PIU VOGLIO TORNARE A CASA VENGA SUBITO GUIDO.
—¿Qué
hay?
Alcancé
la carta a Elizabeth.
—Esa
maldita mujer se ha apoderado de él —dije.
* * *
Bustos de
hombres con sombreros de anchas alas, ángeles anegados en lágrimas de mármol
apagando antorchas, estatuas de niñitas, querubines, figuras veladas, alegorías
e implacables realismos —los ídolos más extraños atrayendo las miradas y
gesticulando mientras pasábamos. Trazadas indeleblemente en hierro e
incrustadas en la roca viva, aparecen, bajo vidrio, las oscuras fotografías
entre las cruces, los túmulos de piedra y las más humildes columnas tronchadas.
Señoras difuntas, vestidas a la moda de hace treinta años —dos conos de raso
negro juntando los vértices en la cintura, y los brazos; una esfera hasta el
codo, y más abajo un pulido cilindro—, sonríen tristemente en sus marcos de
mármol; las caras sonrientes, las manos blancas, son los únicos rastros humanos
reconocibles que emergen de la sólida geometría de sus trajes. Hombres de
bigotes negros, hombres de barba blanca, jóvenes rasurados, miran o vuelven la
mirada para mostrar su perfil romano. Criaturas en sus tiesos trajes de fiesta
sonríen a la espera del pajarito que va a salir por la abertura de la cámara,
sonriendo escépticamente porque saben que no va a salir, sonriendo trabajosa y
obedientemente porque se les ha dicho que sonrían. En casitas góticas de mármol
los ricos difuntos reposan privadamente; a través de puertas enrejadas se echa
una mirada sobre pálidas Inconsolables que lloran. Genios desesperados guardan
el secreto de la tumba. Las clases menos prósperas de la mayoría duermen en
comunidad, abrigadas bajo losas lisas de mármol, y cada una cubre una tumba
individual.
Estos
cementerios continentales, pensaba, mientras Carlos y yo seguíamos nuestro
camino entre los muertos, son más horrendos que los nuestros, porque estas
gentes se ocupan más de sus muertos que nosotros. Este culto primordial del
cadáver, esa tierna solicitud por su bienestar, que conducía a los antiguos a
abrigar sus muertos bajo piedras, mientras ellos vivían entre muros de mimbre y
bajo techos de paja, persiste aquí todavía; persiste, yo pensaba, con más vigor
que entre nosotros. Hay aquí cien estatuas gesticulantes para una sola en un
cementerio inglés. Hay más panteones de familia; están más “lujosamente
dispuestos” (como se dice de los barcos y de los hoteles) que los que pueden
encontrarse entre nosotros. Y hay fotografías incrustadas en cada lápida para
recordar a los despojos pulverizados que reposan allá abajo qué forma deberán
tomar el día del Juicio final; al lado de cada una cuelgan lamparitas que deben
arder con optimismo el día de difuntos. Están más cerca que nosotros, pensé,
del Hombre que construyó las Pirámides.
—¡Si
hubiera sabido! —repetía Carlos— ¡si lo hubiera sabido! —Su voz me llegaba
lejana a través de mis pensamientos—. Entonces nada le importaba. ¿Cómo podía
adivinar que tomaría, luego, la cosa tan a pecho? ¡Y ella me ha engañado, me ha
mentido!
Le
aseguré una vez que él no tenía culpa. Sin embargo, la tenía en parte. En
parte, también era la mía; hubiera debido pensar en esa posibilidad y haberla
previsto de un modo u otro. Y él no debió dejar partir al niño, aunque fuera
provisionalmente o a prueba, aunque la mujer lo hubiera presionado. Y la
presión había sido considerable. Los hombres de la familia de Carlos habían
trabajado por más de cien años en la misma tierra y ahora había obligado al
viejo a amenazarlos con echarlos a la calle. Sería horrible verse obligados a
partir; y además no se encontraría fácilmente dónde ir. Se le dio a entender,
claramente, que si permitía a la signora adoptar el niño, podría quedarse. Por
un poco de tiempo al principio, para ver si el niño se hallaba bien. Nunca lo
obligarían a quedarse contra su voluntad. Y todo sería para bien de Guido, y a
fin de cuentas para su familia también. Lo que el inglés había dicho, de que no
era tan buen músico como le había parecido primero, era una mentira evidente,
pura envidia y estrechez de espíritu; el hombre que quería atribuirse el mérito
de Guido; eso era todo. Y el muchacho, claro está, no aprendería nada con él.
Lo que necesitaba era un verdadero maestro.
Toda la
energía que, si los físicos supieran su obligación, habría puesto dínamos en
movimiento, se puso en campaña. Empezó, intensivamente, apenas dejamos la casa.
Pensó, sin duda, la signora que tendría más éxito en ausencia nuestra. Y
además, era esencial tomar la oportunidad cuando se ofrecía y apoderarse del
niño antes que nosotros hiciéramos nuestro ofrecimiento, porque para ella no
cabía duda que nosotros deseábamos tener a Guido con igual entusiasmo.
Día tras
día volvía a la carga. Después de una semana mandó a su marido a quejarse del
estado de las viñas: estaban en un estado lamentable; había resuelto, o casi
resuelto, despedir a Carlos. Sumiso, avergonzado, obedeciendo órdenes
superiores, el viejo señor profirió sus amenazas. Al día siguiente la signora
Bondi volvió al ataque. El padrone, declaró, estaba furioso; pero ella hacía lo
posible, todo lo posible, para aplacarlo. Y después de una pausa significativa
se puso a hablar de Guido.
Al fin
Carlos cedió. La mujer era demasiado persistente y tenía muchos triunfos en la
mano. El chico podía ir y estar con ella uno o dos meses a prueba. Si deseaba
seriamente quedarse con la signora, entonces podría adoptarlo en forma.
Aceptando
la idea de ir a una playa —la signora Bondi le dijo que irían a una playa—
Guido se puso loco de contento. Le había oído algo del mar a Robin. “Tanta
acqua”. Le parecía de tan bueno casi imposible. Y ahora él iría a ver esa
maravilla. Y muy contento dejó a los suyos.
Pero
cuando se acabaron las vacaciones junto al mar, y la signora Bondi regresó a su
casa de la ciudad, empezó a sentir nostalgia. La signora, en verdad, lo trataba
con gran bondad, le compraba trajes nuevos, lo llevaba a tomar té en la Vía
Tornabuoni y lo llenaba de pastas, helados de fresa, crema de Chantilly y
chocolates. Pero le hacía estudiar el piano más de lo que Guido quería, y, lo
que era peor, le quitó su Euclides, con el pretexto que le hacía perder tiempo.
Y cuando dijo que quería volver a su casa, lo entretuvo con promesas y excusas
y mentiras manifiestas. Le dijo que lo llevaría la semana siguiente, si era
bueno y estudiaba bastante el piano mientras tanto, la semana próxima… Y cuando
llegó el momento, que su padre no quería que volviera. Y la signora redoblaba
sus mimos, le hacía costosos regalos y lo llenaba de comidas indigestas.
Inútil. A Guido no le gustaba su nueva vida, no quería hacer escalas, suspiraba
por su libro, y deseaba ardientemente volver junto a sus hermanos. La signora
Bondi, mientras tanto, confiaba en que el tiempo y los chocolates harían que el
niño se apegara a ella; y para tener la familia a distancia, escribía a Carlos
cada dos o tres días cartas fechadas en la playa (se tomaba el trabajo de
enviarlas a una amiga, que las reexpedía a Florencia), en las cuales hacía un
cuadro encantador de la felicidad de Guido.
Fue
entonces cuando Guido me escribió su carta. Abandonado, supuso, por su familia
—porque el hecho de que no vinieran a verlo estando tan cerca probaba esa
hipótesis— debió ver en mí su única y última esperanza. Y la carta, con su
fantástica dirección, había tardado una quincena en llegar. Una quincena debió
parecerle cien años, y, sucediéndose los siglos gradualmente, sin duda, el
pobrecito se convenció de que yo también lo había abandonado. Ya no había
esperanza.
—Aquí es
—dijo Carlos.
Alcé los
ojos y me encontré ante un enorme monumento. En una especie de gruta cavada en
los flancos de un monolito de piedra gris, el Amor Sagrado, en bronce, abrazaba
una urna funeraria. Y con letras de bronce incrustadas en la piedra, se leía
una larga leyenda exponiendo cómo el inconsolable Ernesto Bondi había levantado
ese monumento a la memoria de su amada esposa Annunziata como testimonio de
eterno amor al ser arrancado prematuramente de su lado y al que esperaba
reunirse pronto bajo esa losa. Su primera esposa falleció en 1912. Pensé en el
viejo atado a la correa de su perro blanco; siempre debió ser un marido
extremadamente apegado a su mujer.
—Ahí lo
han enterrado.
Nos
quedamos largo rato en silencio. Sentí llenarse de lágrimas mis ojos al pensar
en el pobre niño que yacía bajo tierra. Pensaba en aquellos graves y luminosos
ojos, y en la curva de su hermosa frente, en la caída de la boca melancólica,
en la expresión radiante del rostro cuando aprendía algo nuevo, o cuando oía la
música que le gustaba. Y esa hermosa criatura había muerto; y el espíritu que
habitaba esa forma, ese espíritu extraordinario, también había muerto antes de
empezar a vivir.
Y la pena
que debió preceder al último acto, la desesperación del niño, la convicción de
su completo abandono, eran cosas terribles ¡terribles!
Ahora
será mejor irnos, dije al fin, y toqué al brazo de Carlos. Estaba ahí, como un
ciego, los ojos cerrados, el rostro un poco levantado hacia el cielo; de entre
los párpados cerrados brotaban lágrimas, que por un instante quedaban
suspendidas y rodaban luego por sus mejillas. Le temblaban los labios y se
adivinaba que hacía un esfuerzo para no moverlos.
—¡Vamos!
—repetí.
El
rostro, que en la pena había estado inmóvil, se convulsionó de pronto; abrió
los ojos, que a través de las lágrimas brillaban con violenta cólera.
—¡La
mataré —dijo— la mataré! ¡Cuando pienso que se ha tirado al vacío, por la
ventana…! —Bajando las dos manos que levantaba sobre su cabeza, hizo un gesto
violento, las detuvo con brusca sacudida sobre el pecho. Y luego, estremecido,
estalló—: Es tan culpable como si lo hubiera empujado ella misma. ¡La mataré!
—Y apretó los dientes.
Es más
fácil montar en cólera que entristecerse; es menos doloroso. Es reconfortante
pensar en la venganza.
—No hable
así —le dije—. No es bueno. Es estúpido. ¿Y para qué? —Ya había tenido accesos
parecidos cuando su pena desbordaba y había tratado de apartarla. La cólera era
la puerta de escape más fácil. Ya había tenido yo que traerlo por la persuasión
al camino más duro del dolor—. Es estúpido hablar así —le repetía, le repetía,
y lo arrastraba por el laberinto horrible de las tumbas, en que la muerte
parece aún más terrible.
Cuando
salimos del cementerio y bajábamos de San Miniato hacia el Piazzale
Michelangelo, se fue calmando. Su enojo se había fundido, otra vez, en la pena
de la que había tomado su fuerza y su amargura. Nos detuvimos en el Piazzale
por un momento para mirar la ciudad, en el Valle allá abajo. Era un día de
nubes flotantes —formas grandiosas, blancas, grises, doradas— y entre ellas
parches de un fino azul transparente. La linterna, que llegaba casi al nivel de
nuestros ojos, revelaba la cúpula de la catedral en toda su ligera
grandiosidad, sus vastas dimensiones y su fuerza aérea. En los innumerables
techos pardos y rosados de la ciudad, el sol de la tarde reposaba blandamente,
suntuosamente, y se diría que las torres estaban como barnizadas y esmaltadas
de oro viejo. Pensé en todos los Hombres que allí habían vivido, dejando
huellas visibles de su espíritu, y que habían concebido cosas extraordinarias.
Pensé en el niño muerto.
*FIN*
“Young
Archimedes”,
Little Mexican and Other Stories, 1924
El retrato
—Cuadros
—dijo Mr. Biggers—, usted quiere ver unos cuadros. En este momento tenemos aquí
una exposición muy interesante de cosas modernas de contraste admirable: cosas
inglesas y cosas francesas…
El
comprador alzó una mano y sacudió la cabeza:
—No, no;
nada de cosas modernas —dijo con agradable acento del Norte—. Quiero cuadros de
verdad, cuadros antiguos. De Rembrandt, de Reynolds… Cosas así.
—¡Ah,
perfectamente! —dijo Mr. Biggers, asintiendo—. Pintores clásicos. Naturalmente,
tenemos lo antiguo y tenemos lo moderno.
—Verá
usted; lo que pasa es que acabo de comprar una casa bastante grande, un palacio
en el campo —explicó con cierta prosopopeya.
Mr.
Biggers sonrió. Aquel buen hombre, en medio de su ingenuidad, le resultaba de
sencillez simpática. Se preguntó cómo habría hecho su fortuna. Un palacio en el
campo. Lo había dicho de manera realmente deliciosa. «He aquí un hombre —pensó—
que ha logrado abrirse camino desde siervo a señor de palacios, desde la ancha
base de la pirámide feudal a su aguzada cumbre». Había logrado resumir su
historia, y toda la historia de la lucha de clases, de manera implícita en el
orgulloso énfasis con que pronunció aquellas palabras: «Un palacio en el
campo». Pero el desconocido estaba hablando y Mr. Biggers no pudo continuar
pensando en estas cosas.
—En una
casa de esa clase —estaba diciendo el desconocido—, y cuando se tiene mi
posición, hay que tener unos cuantos cuadros. De pintores conocidos, como
Rembrandt y gente así.
—Naturalmente
—asintió Mr. Biggers—. Los cuadros clásicos son símbolo de nuestra excelente
posición social.
—Exacto
—repuso el otro, encantado—; ha expresado usted muy bien mi pensamiento.
Mr.
Biggers se inclinó sonriente. Era delicioso encontrar a alguien capaz de
interpretar en serio esta clase de ironías.
—Naturalmente,
solamente necesitaré cuadros clásicos para el piso bajo, en el salón. Sería
demasiado ponerlos también en las alcobas.
—Claro,
claro; sería excesivo, evidentemente.
—Además,
mi hija —continuó el dueño del palacio— pinta algo. Y hace unas cosas muy
bonitas. He mandado ponerles marco a unas cuantas y las colgaré en las alcobas.
No está mal eso de tener una artista en la familia. Le ahorra a uno tener que
comprar cuadros. Pero, claro, en el piso hay que poner algo que sea viejo.
—Creo que
tengo exactamente lo que necesita usted —dijo Mr. Biggers, y se levantó y llamó
al timbre.
Pensó en
la hija que pintaba algo, y se imaginó a una mujer grandota, rubia, con aspecto
de servidora de bar, cumplidos los treinta, aún soltera y ya algo pasada.
Apareció en la puerta su secreta.
—Miss
Pratt, haga el favor de traer el retrato veneciano, el que está en el cuarto
trasero. Ya sabe usted el que quiero decir.
—Está
usted bien instalado aquí —dijo el señor del palacio—. ¿Qué tal el negocio?
¿Bien?
Mr.
Biggers suspiró:
—La
crisis… Los que negociamos en cosas del arte la notamos más que nadie.
—¡Ah, la
crisis! Yo la vi venir. La gente se creía que los buenos tiempos iban a durar
siempre. ¡Grandísimos mentecatos! Yo vendí todo cuando los precios estaban en
el momento mejor. Por eso puedo comprar cuadros ahora.
También
Mr. Biggers rió. Éstos eran los compradores ideales.
—Mucho me
hubiera gustado haber tenido algo que vender cuando los precios eran buenos…
El señor
del palacio rió hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.
Aún reía
cuando regresó Miss Pratt. Traía un cuadro que sujetaba con ambas manos, como
si fuera un escudo.
—Póngalo
en el caballete, Miss Pratt.
Y luego,
volviéndose hacia el comprador, añadió:
—Ahí
tiene usted. ¿Qué le parece?
El cuadro
que había en el caballete era un retrato de medio cuerpo. La retratada, llena
de cara, de tez blanca, con el pecho exagerado por el vestido de seda azul y
muy adornado, parecía el prototipo de una dama italiana de mediados del XVIII.
Una sonrisa complaciente curvaba la boca llena; en una mano sujetaba un antifaz
negro, como si acabara de quitárselo al final de un baile de máscaras.
—Muy
bonito —dijo el señor del palacio en el campo; pero luego añadió, menos
seguro—: No parece de Rembrandt, ¿verdad? Es tan claro y tan luminoso…
Generalmente, en los cuadros antiguos no ve uno nada. Son tan oscuros y tan
raros…
—Muy
cierto —dijo Mr. Biggers—, pero, claro está, no todos los grandes pintores que
ha habido son como Rembrandt.
—Sí…,
claro, supongo que no —dijo el señor del palacio poco convencido.
—Éste es
un cuadro veneciano del siglo dieciocho. Tenían un colorido muy luminoso. Lo
pintó Giangolini. Como usted sabrá, murió muy joven No se conocen más que media
docena de cuadros suyos. Y éste es uno de ellos.
El señor
del palacio asintió con un gesto. No se le ocultaba el valor de lo que escasea.
—Se
advierte inmediatamente la influencia de Longhi —continuó Mr. Biggers con fácil
gracia—. Y se nota también algo de la morbidezza de Rosalba en
el tratamiento de la cara.
El
comprador miraba con cierta intranquilidad a Mr. Biggers y al cuadro. Hay pocas
cosas más desagradables que el hablar con una persona que nos aventaja
notoriamente en conocimientos. Mr. Biggers se aprovechó sin piedad de su
ventaja.
—Es
curioso que no se observe, en absoluto, ni la más pequeña influencia de
Tiépolo, ¿no le parece a usted?
El señor
del palacio dijo que sí con la cabeza. Su expresión era de manifiesta
incomodidad. Su boca de niño dibujó un gesto de tristeza. Casi pudiera
esperarse de él que comenzase a hacer pucheros.
—Es
agradable —dijo Mr. Biggers, al fin piadoso— al hablar con alguien que sabe de
pintura. Son muy pocos los enterados.
—Yo, la
verdad, no he estudiado a fondo el asunto, ¿sabe? —dijo el comprador
modestamente—. Pero sé lo que me gusta y lo que no me gusta —y su cara recobró
algo de alegría, al encontrarse pisando terreno más firme.
—Tiene
usted lo que se llama intuición. Es un don preciosísimo. He podido ver por su
cara que lo tiene usted. Lo advertí en el momento que entró usted.
El señor
del palacio en el campo estaba encantado.
—No sé…,
la verdad…, yo…
Pero
sentía que su importancia aumentaba, que se estaba convirtiendo en alguien cuya
opinión valía la pena.
—Sí —dijo
ladeando la cabeza, con gesto crítico—; este cuadro está bien, muy bien. Pero…
a mí me gustaría algo más… histórico, si comprende usted lo que quiero decir.
Algo más parecido al retrato de un antepasado. Un retrato de alguien acerca del
cual hubiera una historia, como Ana Bolena, o alguien así, o como Neil Gwynn o
el duque de Wellington…
—Pero ¡si
ahora mismo iba a decírselo! Este cuadro tiene historia.
Mr.
Biggers se inclinó hacia el comprador y le dio unos golpecitos en la rodilla.
Le brillaban los ojos con fulgor benevolente y regocijado que no lograba
ocultar sus peludas cejas:
—Una
historia muy notable —continuó— existe acerca de este cuadro.
—¿De
veras? —preguntó el comprador subiendo las cejas.
Mr.
Biggers se recostó en su silla:
—Esta
señora que ve usted ahí —comenzó, indicando el retrato con un gesto de la mano—
fue la esposa del cuarto conde de Hurtmore. El título se ha extinguido. El
noveno conde murió el año pasado. Yo compré este cuadro al deshacer la casa.
¡Le duele a uno ver cómo desaparecen estas familias y estas casas de tan rancia
nobleza!
Hízose
solemne la expresión del señor del palacio, como si se encontrara en la
iglesia. Después de irnos segundos de silencio, Mr. Biggers continuó, en
distinto tono de voz:
—A juzgar
por sus retratos, que he visto, el cuarto conde fue un hombre de expresión
taciturna, de cara alargada, de aspecto… gris. Es difícil imaginársele joven;
fue uno de esos hombres que siempre parecen tener cincuenta años. Casi lo único
que le interesaba eran la música y las antigüedades romanas. Existe un retrato
suyo que le muestra con una flauta de marfil en una mano, mientras en la otra
descansa sobre un fragmento de un friso romano. Se pasó media vida viajando por
Italia, viendo antigüedades y escuchando música. Cuando cumplió los cincuenta y
cinco años, se le ocurrió que ya era hora de casarse. Ésta fue la dama que
eligió por esposa.
Mr.
Biggers señaló el cuadro.
—Su
título y su gran fortuna, supongo que serían eficaz compensación de otros
defectos. Es difícil al mirar a Lady Hurtmore el imaginar que sintiera un
especial interés por las antigüedades. Ni creo yo que fuera apasionada
estudiante de la ciencia o de la historia de la música. Le gustaban los trapos,
las fiestas, el coqueteo, jugar fuerte y, en general, lo que se llama
divertirse. Parece que la pareja no se llevaba demasiado bien. No obstante,
conservaban las apariencias. Al año de casado Lord Hurtmore decidió hacer una
visita más a Italia. Llegaron a Venecia a principios de otoño. Venecia
significaba para Lord Hurtmore superabundancia de música, los conciertos
diarios de Galuppi en el Orfanato de la Misericordia, Puccini en Santa María,
óperas nuevas en San Moise, cantatas maravillosas en cien iglesias distintas,
conciertos particulares de aficionados, Porposa y las voces más subyugadoras de
Europa, Tartini y los violines mejores del mundo. Para Lady Hurtmore, Venecia
quería decir algo muy distinto: quería decir que los juegos de azar en Ridotto,
bailes de máscaras, alegres cenas y todas las delicias de la ciudad más animada
del mundo. Los dos hubieran podido ser perfectamente felices durante un tiempo
indefinido en Venecia, llevando cada uno su vida. Pero un día Lord Hurtmore
tuvo la desastrosa idea de que le pintaran a su mujer un retrato. Alguien le
recomendó a Giangolini, un pintor joven que prometía llegar a ser famoso. Lady
Hurtmore comenzó a acudir a su estudio. Giangolini era apuesto y decidido. Giangolini
era joven. Su técnica amorosa era tan perfecta como su técnica artística.
Hubiera necesitado Lady Hurtmore no ser humana para poder resistirle. Lady
Hurtmore era humana.
—Todos lo
somos, ¿eh? —dijo el señor del palacio rural hundiendo un dedo en las costillas
de Mr. Biggers y acompañando el gesto juguetón con una risa.
Mr.
Biggers hizo eco cortés de la risa. Cuando ésta se hubo apagado, prosiguió:
—Acabaron
por decidir huir juntos, cruzando la frontera. Vivirían en Viena con el
producto de vender las joyas de los Hurtmore, las cuales la Lady tendría buen
cuidado de incluir en el equipaje. Valían más de veinte mil libras las tales
joyas, y en Viena, en los tiempos de María Teresa, se podía vivir muy
agradablemente con los intereses de veinte mil libras esterlinas.
«Fueron
hechos los necesarios preparativos sin dificultad. Giangolini tenía un amigo
que se encargó de todo. Les consiguió pasaportes con nombres falsos, alquiló
caballos, que aguardarían en tierra firme; puso su góndola a disposición de los
amantes. Decidieron huir el día en que el retrato quedase terminado. Y llegó
ese día. Lord Hurtmore, según costumbre, llevó a su esposa al estudio del
pintor en una góndola, la dejó allí sentada en un trono de alto respaldo y se
fue a escuchar un concierto de Galuppi en la Misericordia. El carnaval estaba
en su apogeo. Todo el mundo iba enmascarado, incluso de día. Lady Hurtmore
llevaba un antifaz de seda negra, el cual puede usted ver en su mano en el
cuadro. Milord, aunque poco aficionado a tales mojigangas, y a pesar de que le
molestaba el carnaval, prefirió seguir la costumbre grotesca de la localidad,
antes que llamar la atención al no obedecerla. Durante las semanas de carnaval,
los caballeros venecianos solían vestir una larga capa negra, un inmenso
sombrero de tres picos y una máscara de muy larga nariz y hecha de papel
blanco. No le gustaba a Lord Hurtmore llamar la atención; y ésas eran las
prendas que vestía. Debió de ser encantadoramente absurdo e incongruente el ver
a aquel Milord inglés grave y solemne, con el uniforme de un alegre enmascarado
veneciano. “Polichinela con el traje de Arlequín”, fue la descripción que de él
hicieron los amantes; el viejo estúpido de todas las comedias vestido con la
indumentaria del pícaro eterno. Pues, como le digo, aquella mañana Lord
Hurtmore llegó, como siempre, en su góndola alquilada acompañado de su esposa.
Ella traía recatado bajo la amplia capa el joyero de cuero en cuyo sedoso lecho
reposaban las joyas de los Hurtmore. Sentados en la pequeña cabina de la
góndola, fueron contemplando las iglesias, las adornadas fachadas de los
palacios, las altas casas de los burgueses, todas las cuales iban pasando
dulcemente ante sus ojos.
»De
debajo de la máscara de Polichinela salió la voz de Lord Hurtmore, grave,
lenta, imperturbable: “El sabio padre Martini —dijo— me ha prometido hacerme el
honor de venir a comer mañana con nosotros. No creo que haya un hombre en todo
el mundo que sepa más de la historia de la música que él. Os ruego que os
esforcéis en recibirle con las mejores atenciones”. “Podéis confiar en que así
lo haré, Milord”. La condesa apenas pudo ocultar la risa que le retozaba en los
labios. Pues al día siguiente a la hora de la comida estaría muy lejos, ya
cruzada la frontera, allende Goritzia, galopando por la carretera de Viena.
¡Pobre Polichinela! Pero no le inspiraba ninguna lástima. Después de todo, allí
se quedaba con su música y con sus trozos rotos de mármol. Apretó el joyero
oculto bajo los pliegues de la capa. ¡Qué encantador encontró el secreto!».
Mr.
Biggers juntó las manos, entrelazó los dedos y las apretó contra el corazón con
gesto teatral. Lo estaba pasando muy bien. Volvió su caía zorruna hacia el
señor del palacio rural y sonrió beatíficamente. El señor del palacio era todo
oídos.
—¿Bien?
—dijo.
Mr.
Biggers separó las manos y las dejó caer sobre las rodillas.
—Llega la
góndola a la puerta de Giangolini. Lord Hurtmore ayuda a su esposa a bajar, la
conduce hasta el gran estudio del pintor, en el primer piso; la deja a su cargo
con las acostumbradas palabras formularias, y se va al concierto matinal que da
Galuppi en la Misericordia.
»Los
amantes tienen dos horas para hacer los últimos preparativos.
En cuanto
el viejo Polichinela desaparece, surge el servicial amigo del pintor,
enmascarado y con una larga capa, como todos los hombres que se ven por las
calles y canales de Venecia. Abrazos, risas, parabienes. Todo ha salido a pedir
de boca, sin suscitar la más ligera sospecha. Lady Hurtmore saca el joyero de
debajo de su capa y lo abre. Admiradas exclamaciones italianas de asombro. Los
diamantes, las perlas, las grandes esmeraldas de los Hurtmore, los alfileres de
rubíes, los arillos de brillantes, todas aquellas refulgentes preseas son
examinadas con amor y sabiduría. El servicial amigo las tasa en cincuenta mil
sequines, por lo menos. Los dos amantes se abrazan entusiasmados.
»El amigo
servicial los interrumpe: quedan por hacer unas cuantas cosas. Han de ir al
Ministerio de la Policía para firmar sus pasaportes. No es más que una
formalidad, pero han de ir. Él saldrá con ellos y venderá uno de los diamantes
de Milady para obtener fondos con que pagar los gastos del viaje.
Mr.
Biggers se interrumpió, encendió un cigarrillo, echó una bocanada de humo y
continuó su relato:
—Y, en
efecto, salen todos con sus máscaras y sus largas capas; el amigo en una
dirección, el pintor y su amante en otra. ¡Ah! ¡El amor en Venecia!
Mr.
Biggers alzó al cielo dos ojos extáticos.
—¿Ha
estado usted enamorado alguna vez en Venecia, señor mío?
—Nunca he
pasado de Dieppe —respondió el señor del palacio, sacudiendo la cabeza.
—¡Ah! Ha
perdido usted una de las grandes delicias de esta vida. No puede usted
comprender exactamente lo que sentirían la deliciosa Lady Hurtmore y su amigo
el pintor según se deslizaban a lo largo de los canales, contemplándose
mutuamente a través de los agujeros de sus antifaces. Algunas veces quizá se
besaban, aunque puede que esto les resulte demasiado difícil sin quitarse las
máscaras…, y además con ello corrían el peligro de ser reconocidos a través de
los cristales de su diminuto camarote… No; después de pensarlo, creo que nos
debemos limitar a suponer que no hicieron más que mirarse. Pero en Venecia,
mientras uno flota dulcemente por los canales, puede bastar con mirarse para
sentirse feliz y satisfecho; sí, pueden bastar las miradas.
Acarició
el aire con la mano y permitió que su voz se apagara gradualmente hasta quedar
muda. Dio tres o cuatro chupadas a su cigarrillo sin decir nada. Cuando comenzó
a hablar de nuevo, lo hizo con voz tranquila y poco modulada.
—Media
hora más tarde, una góndola atracaba junto a la puerta de Giangolini, y un
enmascarado con una gran capa negra y el inevitable sombrero de tres picos,
bajó de la góndola y subió al estudio del pintor. Lo halló vacío. El retrato le
sonreía desde el caballete con dulzura algo fatua. Pero ningún pintor daba los
últimos toques, y el trono de la modelo estaba vacante. El narigudo enmascarado
paseó la mirada inexpresivamente por el estudio. Fue ésta a descansar sobre el
joyero que permanecía abierto sobre la mesa en la que los amantes lo dejaron
aturdidamente. Los ojos hundidos y ensombrecidos por la máscara grotesca
contemplaron largamente el joyero. Polichinela pareció sumirse en profunda
meditación.
«Pasados
unos minutos, oyó rumor de pasos en la escalera, de dos voces que reían a coro.
El enmascarado se volvió y se puso a mirar por la ventana. Se abrió la puerta a
su espalda ruidosamente: ebrios de excitación, de irresponsabilidad alegre y
risueña, los dos amantes irrumpieron en la estancia.
»—¡Ah, caro
amico! ¿Ya estáis de vuelta? ¿Lograsteis buen precio por el diamante?
»El
enmascarado que estaba junto a la ventana permaneció inmóvil. Giangolini siguió
parlando alegremente. No había habido dificultad alguna con las firmas, ni les
hicieron ninguna pregunta; tenía en el bolsillo los pasaportes. Podían ponerse
en camino inmediatamente.
«Lady
Hurtmore comenzó a reír de bonísima gana. No podía dejar de hacerlo.
»—¿Qué os
pasa? —le preguntó Giangolini, riendo también.
»—Estaba
pensando —repuso ella entre las carcajadas—, estaba pensando en el viejo
Polichinela, sentado en la Misericordia, escuchando el concierto con cara de
mochuelo.
«Se
ahogaba con la risa, y las palabras salían entrecortadas, dichas con voz aguda,
forzadas como si escaparan por entre lágrimas.
»—¡Allí
estará —añadió— oyendo las tediosas cantatas de Galuppi!
»Se
volvió el enmascarado:
»—Desgraciadamente,
señora, el sabio maestro está indispuesto. No ha habido concierto esta mañana.
»Se quitó
el antifaz y continuó:
»—Y me he
tomado la libertad de regresar más temprano de lo acostumbrado.
«Tenían
delante la cara afilada, grave y gris de Lord Hurtmore.
»Los dos
amantes la contemplaron mudos. Lady Hurtmore se llevó la mano al corazón; le
había dado un terrible salto en el pecho, y sentía un espantoso vacío en el
estómago. El pobre Giangolini estaba tan blanco como su antifaz de papel.
Incluso en aquellos días de cicisbei, de cortejos oficiales, había casos en los
que un marido injuriado y celoso se mostraba cruel vengador de su honra.
Giangolini estaba desarmado, y no sabía qué armas mortíferas pudiera ocultar la
capa enigmática. Pero Lord Hurtmore no hizo ningún gesto brutal o poco digno.
Con la gravedad calmosa de todos sus actos, se dirigió a la mesa, cogió el
joyero, lo cerró cuidadosamente y dijo:
»—Creo
que esto es de mi propiedad.
»Se
guardó el joyero y salió del estudio. Los dos amantes se quedaron solos,
mirándose, con ojos que hablaban mil preguntas.
Mr.
Biggers calló.
—¿Qué
ocurrió entonces? —preguntó el señor del palacio rural.
—Sobrevino
el anticlimax —respondió Mr. Biggers, sacudiendo la cabeza tristemente—.
Giangolini había calculado escaparse con cincuenta mil sequines. Lady Hurtmore,
al pensarlo, no apetecía experimentar las delicias del amor en la pobreza.
Decidió que el lugar de una mujer casada está junto a su marido, en su hogar…,
con las joyas de la familia. Pero ¿sería ésta la opinión de Lord Hurtmore? Ésa
era la cuestión, la muy alarmante cuestión, la torturadora cuestión. Decidió ir
ella misma a encontrarle respuesta.
»Llegó
justo a la hora de comer. Su ilustrísima excelencia, le dijo el mayordomo, está
aguardando en el comedor». Abrió las grandes puertas para la condesa y ésta
entró majestuosamente, con la cabeza erguida…, pero con el corazón aterrado. Su
marido estaba en pie junto a la chimenea. Salió a su encuentro.
»—Os
esperaba, señora —le dijo, y luego la condujo a su lugar.
»Nunca se
volvió a referir para nada a lo ocurrido. Aquella tarde mandó a un criado por
el retrato. El cuadro formaba parte de su equipaje cuando regresaron a
Inglaterra un mes más tarde. La anécdota ha ido pasando de generación en
generación con el retrato. Me la contó un antiguo amigo de la familia, cuando
compré el retrato el año pasado».
Mr.
Biggers arrojó su cigarrillo en la chimenea. Se encontraba complacido. Juzgaba
que había relatado la historia muy bien.
—Muy
interesante —dijo el señor del palacio—; interesantísimo. Y es histórico, ¿no?
Realmente, sería difícil superar el cuento si se tratara de Neil Gwynn o de Ana
Bolena, ¿no cree?
Mr.
Biggers sonrió vagamente, como si estuviera distraído. Estaba pensando en
Venecia, en la condesa rusa que conoció en la pensión, en el árbol curiosamente
podado que crecía en el patio y que se veía desde la ventana de su cuarto, en
el perfume caliente y muy acentuado que usaba la condesa, que hacía contener la
respiración la primera vez que se olía; y pensaba también en los baños del
Lido, en una góndola, en el cimborrio de la Salute recortado contra un cielo
nuboso, exactamente tal y como lo pintó Guardi. ¡Qué lejano estaba todo
aquello! ¡Cuánto tiempo parecía haber pasado desde entonces! Apenas era un
muchacho él. Aquélla fue su primera gran aventura. Despertó sobresaltado de su
ensimismamiento. El señor del palacio estaba hablando.
—¿Y
cuánto pide usted por el cuadro?
Hizo la
pregunta con aire indiferente, como si la cosa no tuviera importancia. Se daba
maña excelente para regatear.
—Pues,
verá usted —dijo Mr. Biggers abandonando a disgusto sus recuerdos de la condesa
rusa y de la maravillosa Venecia de hacía veinticinco años—, he cobrado mil
libras por cuadros menos importantes que éste. Pero no me importa cedérselo por
setecientas cincuenta.
El señor
del palacio rural dejó escapar un silbido.
—¿Setecientas
cincuenta? Es demasiado.
—Pero,
señor mío —protestó Mr. Biggers—, piense usted en lo que tendría que pagar por
un Rembrandt de este tamaño y de esta calidad; por lo menos veinte mil liras…
Setecientas cincuenta no es demasiado, ni mucho menos. Antes al contrario, es
muy poco, si tiene usted en cuenta la importancia del cuadro que se lleva. Le
sobra a usted juicio artístico para comprender que se trata de una obra de arte
admirable.
—No, no;
si no quiero negarlo —dijo el señor del palacio—; pero digo que setecientas
cincuenta libras es mucho dinero. ¡Menos mal que mi hija pinta un poco!
¡Imagínese usted si tuviera que decorar las alcobas con cuadros a razón de
setecientas cincuenta libras a mil libras cada uno!
Rió su
propio chiste. Mr. Biggers sonrió y dijo:
—Debe
usted recordar que al comprar este cuadro hace usted una buena inversión de
capital. Los cuadros de la escuela veneciana de la última época están subiendo
de precio. Si yo tuviera que invertir algún dinero…
Se abrió
la puerta y asomó la cabeza rubia y rizada de Miss Pratt:
—Mr.
Crowley pregunta que si podrá recibirle.
Mr.
Biggers frunció el ceño.
—Que
espere —contestó con irritación.
Luego
tosió y volviéndose de nuevo hacia el señor del palacio siguió:
—Como le
decía, si yo tuviera dinero, créame que lo invertiría todo en venecianos de la
última época. Todo en absoluto.
Según
hablaba, se preguntó cuántas veces había dicho a unos y otros que si tuviera
dinero invertiría hasta el último céntimo en primitivos, en cubistas, en
esculturas negras, en grabados japoneses…
El señor
del palacio rural acabó por firmar un cheque de seiscientas ochenta libras
esterlinas.
—Le
agradecería que me mandase una copia a máquina de la historia del cuadro —dijo,
según se ponía el sombrero—. Es muy a propósito para contarla a los invitados
después de cenar, ¿no le parece? Pero me gustaría no olvidar ningún detalle.
—Claro,
claro; los detalles son lo más importante —dijo Mr. Biggers.
Acompañó
al hombrecillo hasta la puerta.
—Adiós
adiós; buenos días; adiós.
Desapareció.
Y ahora
entró un muchacho pálido y con patillas. Tenía los ojos oscuros y melancólicos.
Su expresión y todo su aspecto eran románticos y al mismo tiempo dignos de
lástima. Era Crowley, el pintor.
—Siento
haberle hecho esperar —le dijo Mr. Biggers—. ¿Qué deseaba?
Crowley
mostró evidente embarazo y vacilación. Le molestaban profundamente estas
gestiones:
—Pues…
nada; pues verá, es que… ando algo mal de dinero y me he dicho que quizá, que
tal vez…, que si no le viene a usted mal pagarme aquella cosilla que le hice…
Le ruego que me perdone si le molesto…
—No,
hombre, no; nada de eso —dijo Mr. Biggers, que tenía verdadera lástima a aquel
desgraciado que no sabía cómo andar por el mundo; era como un niño…—. ¿Recuerda
usted en cuánto lo ajustamos?
—Creo que
fueron veinte libras…
Mr.
Biggers sacó la cartera:
—Le voy a
dar a usted veinticinco.
—¡Oh, no,
no! ¿De veras? ¡Muchas gracias, muchas gracias! —dijo Crowley ruborizándose
como una muchacha—. Supongo que no querría usted exponer mis paisajes, ¿verdad?
—preguntó animado por la benevolencia de Mr. Biggers.
—No, no.
Obras suyas, ni hablar —repuso Mr. Biggers en tono inexorable—. Convénzase de
que no hay dinero en lo moderno. Pero le tomaré las que quiera de esas
imitaciones suyas de cuadros antiguos.
Tamborileó
con los dedos sobre el pintado hombro de Lady Hurtmore.
—Trate de
pintar otro veneciano. Éste ha tenido mucho éxito.
*FIN*
“The
Portrait”,
Little Mexican and Other Stories, 1924
El sombrero mexicano
El
tendero lo llamó cariñosamente un «sombrerito» mexicano. Y tal vez fuera
pequeño para ser mexicano. Pero en esta Europa nuestra, en donde el espacio es
limitado y nuestras escalas son entecas, el sombrerito era portentoso, un
verdadero gigante en cualquier compañía de sombreros. Estaba colgado en el
centro del escaparate de la sombrerería, como una inmensa aureola negra, digna
de un rey infernal. Pero aquella mañana no pasó por las calles de Ravena diablo
alguno. El que pasó fue el más humilde de los turistas literarios. En aquellos
tiempos me parecían muy deseables los sombreros de ala grande, y sobre mi
cabeza, digo, pues en cuanto vi el sombrero, entré en la tienda, me lo probé,
vi que me estaba bien y lo compré sin regatear, a precio de turista. Salí de la
sombrerería con el «mexicanito» en la cabeza; mi sombra sobre las aceras de
Ravena parecía la de un pino copudo.
Ya está
viejo mi sombrero mexicano, y comido de polillas y verdusco. Pero lo conservo,
y algunas veces, por recordar tiempos pasados, hasta me lo pongo. Este sombrero
representa para mí toda una época de mi vida. Es un símbolo de mi emancipación
y de mi primer año en la Universidad. Es un símbolo de mil cosas nuevas recién
descubiertas, de nuevas ideas y de sensaciones nuevas: la literatura francesa,
el alcohol, la pintura moderna, Nietzsche, el amor, la metafísica, Mallarmé, el
sindicalismo y Dios sabe cuántas cosas más. Pero el principal valor que tiene
para mí es que me recuerda mi descubrimiento de Italia. Mi sombrero mexicano
evoca en mi mente todas las emociones, todo el inmenso asombro, mil veces
repetido, todos los éxtasis de mi alma aún virgen durante el demorado viaje que
hice en 1912, a principios de otoño, por Italia; Urbino, Rímini, Ravena,
Ferrara, Módena, Mantua, Verona, Vicenza, Padua, Venecia…; mis primeras
impresiones de todos esos nombres fabulosos yacen como un gran puñado de joyas
preciosas en la copa de mi «sombrerito». Nunca tendré valor para deshacerme de
él; nunca.
A todo
esto hay que añadir a Tirabassi. Sin mi sombrero mexicano nunca hubiera
conocido a Tirabassi. Jamás se le hubiera ocurrido tomarme, con mi aspecto
inglés e insignificante, por pintor. Y, por tanto, nunca hubiera tenido yo
ocasión de contemplar los frescos, ni de hablar con el viejo conde, ni de oír
hablar de la Colombella. Nunca. Y cuando pienso en esto, se acrecienta mi
estima del sombrero mexicano.
Supongo
característico de Tirabassi el deducir del tamaño de mi sombrero que yo fuera
pintor. Tenía una cabeza organizada militarmente, incapaz de aceptar el
revoltijo caótico que es la vida. Se pasaba la vida clasificando, ordenando y
poniendo linderos a su universo; y cuando los objetos clasificados tan
lindamente se escapaban de cajones y ficheros y se arrancaban del pescuezo los
marbetes que los identificaban, Tirabassi se sentía desconcertado y enojado. El
caso es que en el mismo momento en que me vio en el restaurante de Padua, le
resultó evidente que yo tenía que ser pintor. Todos los pintores usan sombreros
de ala ancha. Yo llevaba un sombrero de ala ancha. Luego yo era un pintor. Era
un silogismo perfecto, y la deducción era inevitable.
Me mandó
preguntar, por mediación del camarero, si le honraría acompañándole a tomar
café sentado a su mesa. He de confesar que al principio me sentí algo alarmado.
¿Qué podía querer conmigo aquel apuesto y marcial teniente de Caballería? Las
teorías más absurdas desfilaron atropelladamente por mi cabeza: seguramente
había cometido alguna terrible incorrección sin darme cuenta; le había pisado
inadvertidamente los callos al honor del teniente e iba a desafiarme a un
duelo. Reflexioné rápidamente que me correspondía la elección de armas. Pero
¿qué podía elegir yo? Nunca había aprendido esgrima. ¿La pistola? Una vez
disparé seis tiros contra una botella y no logré dar en el blanco. ¿Tendría
tiempo para escribir un par de cartas, para hacer algo parecido a un
testamento? El camarero vino a aliviar mi agonía mental cuando, unos minutos
más tarde, me trajo el pulpo frito que había pedido. El señor conde y teniente,
me explicó en confianza, tenía una villa en el Brenta, no lejos de Strá. Una
villa, añadió extendiendo las manos en el aire con gesto de admiración, llena
de pinturas. Llena, llena, llena. Y le gustaría que yo las viera, porque estaba
seguro de que me interesaba la pintura. «¿Eh? ¡Ah, sí, sí, claro!», dije yo
sonriendo imbécilmente, pues el camarero parecía esperar que yo hiciese algún
comentario. Luego añadí que la pintura me interesaba muchísimo. En ese caso, me
comunicó el camarero, el señor conde tendría mucho gusto en llevarme a que las
viera. Me dejó el camarero y yo me quedé, aunque algo más tranquilo, igual o
más desconcertado que antes. Pero en cualquier caso, ya no tendría que hacer
aquella embarazosa elección entre las armas blancas y las de fuego.
Aprovechando
los momentos en los que el conde soldado no miraba en mi dirección, procuré
examinarle. Su aspecto no era típicamente italiano (pero ¿cuál es el aspecto
típicamente italiano? ¿Existía tal cosa?). Es decir, no le azuleaba la barba,
ni tenía los ojos como abalorios de azabache, ni era moreno ni aquilino. Antes
al contrario, tenía el pelo rojizo, grises los ojos, más bien chata que otra
cosa la nariz, y pecosa y rubicunda la tez. Conocía yo muchos ingleses jóvenes
que hubieran podido pasar por hermanos algo bobos del conde de Tirabassi.
Llegado
el momento, me acogió con cortesía exquisita, y pidiéndome perdón por la forma
poco protocolaria en la que me había conocido.
—Pero
estaba seguro —me dijo— de que le interesa a usted el arte, y me ha parecido
que me perdonaría, en vista de lo que tengo que enseñarle.
No pude
evitar el sentir cierta extrañeza ante la seguridad en que el conde se hallaba
acerca de mi interés por el arte. No la comprendí hasta que salimos del
restaurante juntos, pues cuando me puse el sombrero, lo señaló sonriendo y me
dijo:
—Se ve
que es usted un artista de verdad.
No supe
qué contestar.
Una vez
que hubimos cambiado las frases corteses de ritual, el teniente se lanzó sin
más preámbulos, y en evidente obsequio mío, a hablar de arte:
—Los
italianos —me dijo— no se toman hoy por el arte el interés que debieran. En un
país moderno…
Se
encogió de hombros y dejó la frase sin acabar. Luego continuó:
—Eso me
parece mal. Adoro el arte. Lo adoro. Cuando veo a los extranjeros ir de un lado
para otro con sus guías o absortos durante media hora delante de un cuadro,
leyendo primero en el libro, mirando luego al cuadro —y al llegar aquí imitó
admirablemente a un cura protestante que visita la capilla de Mantegna: una
ojeada al libro imaginario tenido con ambas manos; luego, un rápido movimiento
como el de las gallinas al beber agua, para mirar a un fresco también
imaginario; la larga contemplación de éste con los ojos entornados y la boca
entreabierta, y, por fin, una nueva ojeada a las inspiradas páginas del
Baedeker—. Cuando los veo, me da vergüenza de los italianos.
Hablaba
el conde con gran sinceridad, sintiendo que su talento para la pantomima le
hubiera hecho ir demasiado lejos.
—Entonces,
si los extranjeros permanecen media hora ante el cuadro, yo voy y me estoy
contemplándolo una hora. Ésa es la manera de entender el arte verdadero. La
única manera.
Se
retrepó en la silla, tomó un sorbo de café y añadió:
—Desgraciadamente,
le falta a uno tiempo.
—En
efecto —le dije—. Cuando uno se considera afortunado si logra escapar a Italia
para pasar aquí treinta días, como me ocurre a mí…
—¡Ah! Si
yo pudiera viajar por el mundo como usted… —suspiró—. Pero aquí me tiene
encerrado en esta endiablada ciudad. Y cuando pienso en el capital que hay en
las paredes de mi casa…
Sacudió
la cabeza y desistió de seguir por aquel camino. Entonces, cambiando el tono de
su voz, empezó a hablarme de la casa sobre el Brenta. Me pareció que exageraba
sin mesura. Carpioni, sí; no tenía inconveniente en creer en la existencia de
unos frescos de Carpioni; estaban casi al alcance de cualquiera. Pero un
vestíbulo pintado por Veronés, y varios cuartos por Tiépolo, todos en la misma
casa, la verdad, resultaba extremadamente difícil de creer. Pensé que el conde
se había dejado llevar de su entusiasmo descriptivo. Pero en cualquier caso,
pronto podría ver lo que de verdad había en todo ello, pues el conde me invitó
a comer con él al día siguiente.
Salimos
del restaurante. Aún embarazado por la alusión del conde a mi sombrero, eché a
andar junto a él por debajo de los soportales de la calle sin decir palabra.
—Le voy a
presentar a usted a mi padre —me dijo—. También él es un aficionado tremendo al
arte.
Mi
sensación de que estaba conduciéndome como un farsante se acentuó. Había
conseguido conquistar la confianza del conde presentándome como algo que no
era. Mi sombrero constituía, me dije, una mentira. Algo tenía que hacer para
poner las cosas en su punto. Pero el conde estaba tan ocupado en contarme todos
los motivos de queja que tenía con su padre, que no pude explicarle nada. He de
confesar que no le escuchaba con demasiada atención. En el año que llevaba en
la Universidad de Oxford, había oído a tantos compañeros quejarse de sus
padres, que el asunto carecía ya de novedad para mí. Era una historia manida:
demasiadas interferencias y poco dinero. Además, por aquel entonces había yo
adoptado un punto de vista filosófico acerca de tales cosas: no me interesaba
la gente; mi interés residía exclusivamente en los libros y las ideas. ¡Qué
necedades puede uno cometer a esa edad!
—Eccoci
—dijo el conde cuando llegamos ante el café «Pedrochi»—. Viene aquí todos los
días para tomar café.
Y
realmente, ¿adónde iba a ir para tomar café? ¿Qué paduano iría a otro lugar
para hacerlo?
Le
encontramos sentado en la terraza que hay en uno de los extremos del edificio.
Jamás había visto un viejo de aspecto más jovial. Tenía la cara roja y atezada,
con unos mostachos blancos, cuyas guías apuntaban valientemente hacia arriba, y
una gran perilla también blanca, al gran estilo del Risorgimento y semejante a
la de Víctor Manuel II. Debajo de las cejas blancas y alborotadas, y en medio
de mil arrugas finísimas, destacaban los ojos, castaños y brillantes como los
de un jilguero. Tenía larga la nariz, y daba ésta la sensación de ser un órgano
de mayor utilidad que el que corrientemente poseemos los seres humanos. Parecía
especialmente creada para oliscar judicialmente con gran sagacidad los
misterios de la ley, para olfatear con delicadeza las cosas más cultas. Era un
hombre fuerte y corpudo. Estaba sentado en su silla, dando una enorme sensación
de solidez, con las piernas abiertas y las manos sobre el puño de su bastón,
exhibiendo su oronda barriga con dignidad: con impresionante nobleza, he estado
a punto de escribir. Estaba vestido de hilo blanco, pues aún perduraba el
calor, y llevaba su sombrero gris de anchas alas inclinado coquetonamente sobre
la ceja izquierda. Daba verdadero gusto verle. Era un hombre completo, perfecto
en su tipo.
El conde
joven me presentó:
—Es un
caballero inglés, signor…
—Uuslei
—dije, pues la experiencia me tenía enseñado que eso era lo más parecido a mi
verdadero nombre que lograría que me llamaran en Italia.
—El
signor Uuslei —continuó diciendo el teniente— es un artista.
—Bueno,
verá; un artista…, lo que se dice un artista, no.
Pero no
me dejó acabar.
—Además,
le interesa mucho el arte antiguo. Le voy a llevar mañana a Dolo para que vea
los frescos. Estoy seguro de que le gustarán.
Nos
sentamos junto al conde, quien, luego de examinarme con ojos escrutadores,
asintió con un gesto de la cabeza.
—Benissimo
—dijo; y luego añadió—: Esperemos que pueda usted ayudarnos a venderlos.
Me quedé
atónito. Miré hacia el teniente, y vi que miraba a su padre con gesto
malhumorado. El viejo había dicho, evidentemente, alguna inconveniencia.
Advirtió el gesto de su hijo y se lanzó alegremente por otro camino:
—La
ardiente fantasía de Tiépolo —comenzó con retórica rotunda—, el esplendor
fresco y sin pasión de Veronés… En Dolo podrá usted apreciar el contraste entre
ambos…
Estuve
escuchando atentamente mientras el aristócrata desarrollaba los sonoros
períodos de lo que era, de manera patente, un discurso puramente académico. Así
que hubo acabado, se levantó su hijo, que tenía que estar en el cuartel a las
dos y media. Yo también hice ademán de despedirme, pero el conde me puso una
mano sobre el brazo y me dijo:
—Quédese
conmigo. Me encanta hablar con usted.
Como él
no había dejado de hablar desde que llegué, le creí sin dificultad. Con gesto
parecido al de una señora que se recoge la falda para que no la mancille el
barro (y corrían tiempos en los que aún era preciso recoger las faldas), el
teniente alzó el sable y se alejó con apostura marcial, magnífica y estudiada,
como un militar de teatro, hasta que le perdimos de vista en la soleada
lejanía.
Los
ojillos brillantes y de pájaro de su padre le siguieron durante un buen rato:
—Es un
buen muchacho, Fabio —me dijo—, un buen hijo.
Hablaba
con acento cariñoso, pero me pareció apreciar también en su voz un matiz de
soma irónica. Dijérase que había añadido: «Pero los buenos muchachos son,
después de todo, tontos, precisamente por su bondad». No obstante mi pedante
filosofía, que me hacía estar por encima de tales cosas, el viejo me inspiró
una gran curiosidad. Y él, por su parte, no era hombre que permitiese que nadie
que estuviera en su compañía permaneciese mucho tiempo en solitario
aislamiento. Insistió en que me interesara por sus asuntos personales y me los
contó todos, o por lo menos, algunos de ellos—, dando suelta a sus confidencias
con la más extraordinaria carencia de reserva. Y es que, después del amigo
íntimo, el perfecto desconocido es el confidente ideal. No hay ningún viajante
de comercio cuyo aspecto no sea marcadamente antipático, que en sus horas de
tren, en las veladas pasadas en los salones de los hoteles comerciales, no se
haya encontrado escuchando miles de secretos personales: y esto ocurre hasta en
Inglaterra. En Italia…, ¡qué cosas tendrán que escuchar los viajantes de
comercio en Italia! Incluso yo, extranjero, que hablo mal el italiano y me doy
pésima maña para hablar con un desconocido, he oído muy extrañas confesiones en
los coches de segunda clase de los ferrocarriles de ese país. También allí, en
la terraza del «Pedrochi», iba a escuchar revelaciones peregrinas. Había
quedado entreabierta una puerta, y por su resquicio iba a permitírseme ver
escenas de la vida de personas desconocidas.
—No sé lo
que haría sin él —continuó el viejo—; de veras que no lo sé. Es admirable cómo
administra la finca.
De esto
pasó a hablar detalladamente de la estupidez de los campesinos, de la
incompetencia y falta de honradez de los intendentes, del mal tiempo, de lo
mucho que se extendía la filoxera, de la carestía de los abonos. Todo esto me
lo explicó para acabar por decir que desde que Fabio se había hecho cargo de la
administración de las tierras todo había ido a pedir de boca; hasta el tiempo
había mejorado.
—Es un
gran descanso para mí —terminó diciendo— el saber que está al cargo de toda una
persona de la cual me puedo fiar, con lo cual puedo estar completamente
tranquilo. Esto me da libertad para ocuparme en cosas más importantes.
No pude
remediar el sentir gran curiosidad por saber la naturaleza de esas cosas más
importantes; pero me pareció que sería impertinencia notoria el preguntarlo. En
lugar de esa pregunta hice otra de índole más práctica:
—¿Y qué
va a pasar cuando los deberes militares de su hijo le obliguen a irse de Padua?
Me guiñó
el conde un ojo y apoyó con gran calma el dedo índice contra el costado de su
larga nariz. Fue un gesto admirable por su muda elocuencia.
—No le
destinarán fuera —dijo—; ya está arreglado. Una pequeña combinazione,
¿comprende? Tengo un amigo en el Ministerio. Los deberes militares de mi hijo
le harán residir en Padua siempre.
Sonrió y
volvió a guiñarme.
No pude
reprimir la risa, y el conde me acompañó con unas joviales carcajadas, con las
que expresó su íntima satisfacción y se aplaudió a sí mismo. No me cupo duda de
que estaba muy orgulloso de su pequeña combinazione. Pero aún más
orgulloso estaba de su otra combinación, acerca de la cual comenzó a hablarme
entonces, inclinándose sobre la mesa confidencialmente. Y evidentemente era la
más astuta de las dos.
—Y no son
solamente sus deberes militares los que le harán quedarse en Padua —me dijo con
gesto de admonición hecho con el mismo dedo de muy amarillenta uña que antes
estuvo paraledo a la nariz—, sino también sus deberes familiares. Está casado.
Le casé yo.
Se
recostó en la silla y se quedó contemplándome y sonriendo. Las arruguillas que
rodeaban sus ojos parecieron cobrar vida propia.
—Ese
muchacho, me dije, conviene que siente la cabeza. Si no tiene un nido, volará.
Si no tiene raíces, correrá. Y entonces su pobre padre se quedará en mala
situación. Luego lo mejor es que se case. Tiene que casarse. E inmediatamente.
Volvió a
jugar en el aire el elocuente índice. La historia era larga. Su antiguo amigo
el Avvocato Monaldeschi tenía doce hijos, tres varones y nueve hembras. En este
momento se perdió en una larga digresión acerca del tamaño de las buenas
familias católicas. La hija mayor tenía justamente la edad que le convenía a
Fabio. Naturalmente, carecía de fortuna; pero era una buena muchacha, y además
bonita, bien educada y buena cristiana. Esto último era esencial, pues para que
el plan lograra el éxito, Fabio debía tener familia numerosa, con objeto, me
explicó el conde, de tenerle atado con mayor seguridad; y con esas chicas
modernas, educadas al margen de la religión, nunca se puede estar seguro de que
decidan ser madres. Una vez elegida la muchacha, fue menester que Fabio se
fijara en ella. Realmente, el problema fue como el de llevar el caballo al
abrevadero y de obligarlo a beber. ¡Ah, la cosa era peliaguda y delicada! ¡Ya
lo creo! Pues Fabio era extremadamente celoso de su independencia y testarudo
como una mula. No toleraba que nadie se inmiscuyese en sus asuntos, ni que
nadie pretendiera inclinarle a hacer algo que no le apeteciera. Era tan
quisquilloso y tan obstinado, que muchas veces dejaba de hacer cosas que le
apetecían porque alguien se lo había indicado. Y, por tanto, me sería fácil
imaginarme, me dijo el conde extendiendo las manos ante sí, lo muy delicado y
difícil que el asunto había sido. Únicamente el más consumado diplomático podía
llevarlo a cabo con felicidad. El conde logró el éxito procurando que los dos
muchachos se vieran con frecuencia, y hablando sin cesar de la imprudencia que
es casarse muy joven, de la inutilidad de las esposas sin fortuna, y de lo poco
deseable que son las mujeres que no tienen sangre noble. El plan tuvo un éxito
admirable. A los cuatro meses eran novios; seis meses bastaron en total para
casarlos. A los diez meses de casados llegó el primer hijo. Ya estaba sujeto,
ya no se escaparía, me dijo el conde sonriendo con guasa. Y me pareció estar
escuchando la risita de algún tirano de pelo blanco del quattrocente,
que se complacía en el éxito de algún plan ingenioso para lograr alguna
finalidad poco fácil: la rendición innecesaria de alguna ciudad rica, el engaño
con palabras falsas de algún enemigo peligroso para hacerle caer en la trampa:
«¡Pobre Fabio!», pensé; y también: «¡Qué desperdicio de talento!».
El conde
continuó diciéndome que Fabio ya no se iría. No se parecía a su hermano
pequeño, Lucio. Lucio era un tunante, un furbo, un ladino; no tenía conciencia.
Pero Fabio… ¡ah, Fabio! Fabio tenía ideas firmes acerca de sus deberes, y vivía
de acuerdo con ellas. Una vez que había dado su palabra, la cumplía por encima
de todo, con verdadera obstinación, con la testarudez de una mula
característica de su carácter. Ahora vivía en la finca, en la gran casa de las
pinturas, en Dolo. Venía a Padua tres veces por semana para atender a sus
deberes de militar, y dedicaba todo el resto del tiempo a la finca, la cual
producía más que nunca. Aunque, se quejó el conde, no era gran cosa, así y
todo. Pan, aceite, vino, leche, pollos, carne…, de eso producía abundantemente
y hasta de sobra. Fabio podría tener cincuenta hijos sin miedo de que pasaran
hambre. Pero ¿dinero? Dinero, poco; muy poco.
—Ustedes
los ingleses —continuó el conde— son ricos; pero nosotros, pobres italianos…
Sacudió
la cabeza lastimeramente.
Durante
los siguientes quince minutos me dediqué a tratar de convencerle de que no
todos los ingleses éramos millonarios. Pero todo fue inútil. Mis cifras
estadísticas, basadas en los recuerdos bastante vagos que conservaba de las
obras de los señores Sidney Webb, no le convencieron en absoluto. Acabé por
dejarle como cosa perdida.
A la
mañana siguiente, Fabio se presentó a buscarme en mi hotel en un «Fiat»,
grande, anticuado y ruidoso. Era el coche de la familia, que para todo servía,
abollado, arañado y deslucido como consecuencia de muy largos años de fieles
servicios. Fabio conducía con fácil brillantez y audacia. Salimos de la ciudad
a disparatada velocidad, yendo de un lado a otro de las calles estrechas y
sinuosas, despreciando todas las reglas municipales, de una manera tal que en
Inglaterra, país pedante, nos hubiera supuesto por lo menos una multa de cinco
libras y una nota desfavorable en el permiso de conducir. Pero en Italia, los
carabinieri, paseando gravemente en parejas por debajo de los soportales, nos
permitieron continuar nuestro camino sin hacer ningún comentario desfavorable o
favorable. Después de todo, ¿qué más da ir por la izquierda que por la derecha?
—¿Por qué
va usted sin silenciador? —aullé para hacerme oír, a pesar del ruido espantoso
del motor.
Fabio se
encogió ligeramente de hombros y respondió:
—E piu
allegro cosí.
No dije
nada. No era nada probable que un inglés, víctima de sus nervios destrozados,
hallase comprensión en un hombre de esa raza espartana que goza con el ruido y
disfruta con las incomodidades.
Pronto
dejamos atrás la ciudad. Arrastrando tras nosotros una movediza cola de polvo
blanco, y con el motor atronando en sus explosiones, semejantes a las de una
batería de ametralladoras, corríamos vertiginosamente por la carretera de
Fusina. A ambos lados de la carretera se extendían las llanuras cultivadas.
Hondas cunetas bordeaban la carretera, y en lugar de los setos acostumbrados en
Inglaterra, dos hileras de arbolillos muy podados acompañaban a la carretera
unidos por parras que se enroscaban en ellos y formaban graciosas guirnaldas.
Blancos de polvo, hojas, racimos y sarmientos colgaban de los árboles como
delicadas obras de orfebre trabajadas en metal esmerilado, como bellos
conjuntos de frutas y de hojas que rebosasen de una inmensa fuente de plata.
Continuamos nuestro camino sin disminuir la velocidad. Pronto apareció a
nuestra derecha el río Brenta, sumido entre los altos taludes de su
canalización. Y llegamos a Strá. A través de puertas enriquecidas con
fantásticos adornos estucados y de túneles de sombras mezcladas de luz,
contemplamos una y otra vez, durante fugaces segundos, el corazón del Parque.
Luego, las estatuas de la villa nos saludaron instantáneamente desde el tejado,
recortadas contra el cielo…, y pasamos. Continuó la carrera desatentada. De
trecho en trecho, unas veces a la izquierda y otra a la derecha del río, pude
contemplar, si es que el verbo fuera compatible con nuestra rauda marcha,
mansiones encantadoras, alegres y brillantes a pesar de su deterioro. Lindas
casitas barrocas se asomaban por encima de las tapias para vernos pasar; y a
través de las grandes verjas, al fondo de las avenidas de cipreses de cabello
empolvado, las fachadas, frívolas y artificiales, se alzaban en aparente
contradicción de todas las reglas, y con gesto de alegría. Me hubiera gustado
hacer el viaje más despacio, pararme aquí y allá, para mirar y saborearlo todo
tranquilamente; pero a Fabio le parecía una humillación rodar a menos de
setenta kilómetros por hora, y hube de contentarme con atisbos apresurados y
precarios. Mientras avanzábamos sacudidos violentamente a la cabeza de la
desoladora columna de polvo blanco, reflexioné que en aquellas casas era donde
Casanova solía pasar sus temporadas de verano, seduciendo sirvientas,
aprovechándose de marquesas aterradas en las calêches durante
las tormentas, burlando a crédulos senadores venecianos de edad provecta con
sus habilidades quirománticas y su magia negra. ¡Admirable y feliz tunante! A
pesar de mi supuesta indiferencia filosófica, no pude reprimir la envidia. Y
después de todo, ¿qué era tal indiferencia, sino expresión disfrazada de la
envidia que el éxito y las audacias de Casanova han de despertar en los
tímidos, en los que desconfían de sí mismos? Si vivía yo en «espléndido
aislamiento», era ello debido a que carecía de la audacia necesaria para
guerrear, y hasta para acordar alianzas comprometedoras. Estaba ocupada mi
mente en estos agradables pensamientos de autocondena, cuando nos detuvimos
ante una verja inmensa e impresionante. Fabio hizo sonar la bocina
impacientemente; se oyeron pasos apresurados, ruido de cerrojos que se
descorrían, y giró sobre sus goznes la verja. Al final de una corta avenida, se
alzaba la casa, grande, austera, grave y recatada. Era notablemente más vieja
que las villas que había visto en el camino. Su fachada estaba exenta de toda
frivolidad y exuberancia pomposa. Era, sencillamente, un gran cubo de ladrillo
estucado, con un porche al que daban acceso unos escalones, y coronado por la
pesadumbre de un gran frontón. En una balaustrada por encima del friso se
alineaban rígidas estatuas. Era de corrección, casi diría que de frialdad,
dórica. Fabio detuvo el coche ante el pórtico. En lo alto de la escalinata nos
aguardaba una mujer joven, con un niño de pelo rojizo en sus brazos. Eran la
condesa y el hijo y heredero.
La
condesa me produjo una excelente impresión. Era alta y delgada, dos o tres
pulgadas más altas que su marido, y tenía el pelo oscuro, peinado hacia atrás y
recogido en un moño que descansaba sobre la nuca; los ojos los tenía oscuros,
de mirada vaga, brillantes y melancólicos, como los de un animal manso; y su
tez era morena y transparente como el ámbar. Era de talante apacible y
tranquilo; gesticulaba muy rara vez y jamás la oí alzar la voz. Y en realidad
hablaba muy poco. El viejo conde me había dicho que su nuera era muy religiosa,
y al verla lo creía sin dificultad. Miraba con la expresión tranquila y remota
de las personas de rica vida interior.
Fabio
besó a su mujer, y luego, inclinándose hacia su hijo, puso un gesto feroz y
rugió como un león. Pretendió aquello ser una muestra de cariño, pero la
infeliz criatura se apretó aterrada contra su madre. Fabio se echó a reír y le
dio un pellizco en la oreja.
—No le
hagas rabiar —dijo la condesa—; le vas a hacer llorar.
Fabio se
volvió hacia mí:
—Ésa es
la consecuencia de dejar al chico en manos de mujeres. Llora por todo. Vamos a
entrar. Usamos solamente dos o tres cuartos del piso bajo y la cocina, que está
en el sótano. El resto de la casa está sin habitar. La verdad es que no
comprendo cómo la gente de antes se las arreglaba para mantener sus palacios.
Se
encogió de hombros y todos entramos en la casa por una puerta que había a la
derecha.
—Esta
habitación —me explicó Fabio— es nuestro salón y nuestro comedor al mismo
tiempo.
Era una
estancia grande y bella, de nobles proporciones —un doble cubo, supuse—, con
puertas bordeadas por adornos de mármol esculpido y una chimenea espléndida, a
la que daban guardia dos ninfas, sobre cuyos hombros descansaba la parte
superior, adornada por escudos de armas y guirnaldas igualmente esculpidas
sobre el mármol. Sobre un gracioso montón de cornucopias y panoplias aparecían
muy cómodamente reclinadas unas diosas, y amorcillos como querubines se
revolcaban juguetones o volaban. El mobiliario era una extraña mezcolanza.
Alrededor de una mesa del siglo XVI, que pudiera describirse como un edificio
griego en madera, se veían ocho sillas del estilo vienés de 1905, cuando la
secesión. Un gran reloj de cuco, en forma de casita y venido de Berna, estaba
colgado de la pared entre dos vitrinas de nogal, con columnas y frontones que
les daban aspecto de templo, y con marciales estatuillas de clara madera de boj
entre las columnas. No menos sorprendentes eran los cuadros de las paredes y
las cretonas que cubrían los sillones. No obstante, expresé diplomáticamente la
gustosa admiración que me causaba todo cuanto contenía la habitación, antiguo o
moderno.
—Y ahora
—dijo Fabio— vamos a ver los frescos.
Le seguí
por una de las puertas rodeadas de mármol y me encontré en el gran vestíbulo
central de la casa. El conde se volvió hacia mí y dijo:
—¡Ahí los
tiene!
Sonreía
con la expresión triunfal de quien ha logrado sacar limpiamente un conejo de un
sombrero vacío. Y, ciertamente, el espectáculo era asombroso.
Las
paredes del inmenso vestíbulo aparecían totalmente cubiertas de frescos, que no
era preciso poseer gran juicio crítico ni gran pericia para comprender que eran
auténticas obras de Veronés. La identidad del autor era evidente, palpable.
¿Quién sino él fuera capaz de pintar aquellos ondulantes y armoniosos grupos de
figuras en tan espléndido escenario arquitectónico? ¿Quién sino Veronés pudiera
combinar tal esplendor con tal frescura, tan extravagante riqueza con tan
exquisita suavidad?
—E
grandioso! —dije.
Y, en
efecto, lo era. Grandioso; no había otra palabra. Una arquería rica y triunfal
rodeaba el vestíbulo por entero. Cada lienzo de pared tenía tres o cuatro
arcos, y a través de ellos se contemplaba un jardín. Contra un fondo de
cipreses y estatuas y de lejanas montañas, grupos de damas y gentiles
caballeros venecianos mostraban su porte grave. Bajo uno de los arcos, tañían
instrumentos diversos; bajo otro, sentados en rededor de una mesa, brindaban
con copas de vino rojo, que un negrito vestido con librea verde y amarilla les
servía de un jarro de plata. El arco siguiente los mostraba contemplando la
lucha entre un mono y un gato. En la pared de enfrente, un poeta leía sus
versos, y junto a él, Veronés en persona —el autorretrato no dejaba lugar a
dudas—, en pie ante su caballete, pintaba el retrato de una rubia opulenta
vestida de seda rosa. A los pies del pintor estaba echado su perro; dos loros y
un mono aparecían sentados en la balaustrada que se veía al fondo.
Lo
contemplé todo con delicia.
—¡Qué
maravilloso poder llamar suyo todo esto! —exclamé arrebatado por mi
entusiasmo—. Créame que le envidio.
El conde
hizo un gesto, sonrió, y dijo:
—¿Quiere
usted que vayamos a ver los Tiépolos?
Atravesamos
un par de alegres estancias pintadas por Carpioni (sátiros persiguiendo ninfas
en un bosque romántico, y, al borde de una marina, extravagantes escenas
amorosas entre centauros y nereidas) para entrar por una puerta en ese universo
rutilante, a la vez delicado y de violencia sin mesura, selvático y sutilmente
ordenado que creó Tiépolo en los últimos tiempos de la pintura italiana de
manera magistral y mágica. Era la historia de Eros y Psiquis. Cubría los muros
de tres grandes habitaciones y se desbordaba por los techos, en donde por
cielos de un pálido azul salpicado de nubes blancas y doradas, las oportunas
deidades se balanceaban, zambulléndose en el vacío o ascendiendo a las alturas
empíreas con ese aire de encontrarse muy a gusto y en su elemento, que
solamente encontramos en la Naturaleza al contemplar los peces y quizás algunos
pájaros e insectos alados.
Fabio se
había vanagloriado en Padua de que era capaz de permanecer ante una pintura más
tiempo que cualquier extranjero. Pero tanto duró mi admirada contemplación de
aquellas refulgentes fantasías, que acabó por perder la paciencia.
—Quería
enseñarle a usted la granja antes de comer —me dijo mirando su reloj—. Tenemos
justo el tiempo preciso.
Le seguí
a disgusto.
Vimos las
vacas, los caballos, el toro, los pavos. Vimos los almiares, altos y finos,
como cigarros puros puestos en pie. Vimos los sacos de trigo en el granero.
Como no encontrara yo comentario alguno que hacer, le dije que me recordaban
los sacos de trigo en los graneros ingleses. Mi observación le pareció
admirable.
Las
dependencias de la granja daban a un inmenso patio común a todas. Ya habíamos
explorado tres lados de aquella gran plaza, y nos dirigíamos al cuarto, formado
por un edificio largo y achatado, cuya fachada era una larga arquería. Vi a
través de los arcos redondos que estaba completamente vacío.
—Y esto…
¿qué es? —pregunté.
—No es
nada —respondió—. Pero puede llegar a ser, quizá…, chi sa?
Permaneció
un momento en silencio, ceñudo y reflexivo, con una expresión en su semblante
parecida a la de Napoleón en Santa Elena, soñando con el futuro, llorando las
oportunidades pretéritas, perdidas para siempre. Aquella cara pecosa,
generalmente verdadera luminaria de alegría, se tomó sombría de manera
incongruente. Y de súbito estalló. Diose a maldecir de su vida, a imprecar a su
suerte, a expresar los vehementes deseos que le embargaban de irse de allí y
poder hacer algo útil en lugar de malgastar su vida de aquella manera.
Yo le
escuché en silencio, expresando de cuando en cuando mi condolencia con ruidos
inarticulados. ¿Qué podía hacer que no fuera eso? Y de pronto descubrí, con
profundo malestar, que sí podía hacer algo, y que se esperaba de mí que lo
hiciera. El conde me pidió que le ayudara a vender los frescos. Como artista
que era, no le cabía duda de que estaría relacionado con ricos mecenas, con
museos, con millonarios. Yo había visto los frescos; podía recomendar su
adquisición con la conciencia tranquila. Me recordó los modernos métodos
perfeccionados que hay para traspasar frescos a una tela. No sería difícil
pasarlos desde los muros a unos rollos de lienzo y luego llevarlos a Venecia.
Desde allí sería la cosa más fácil del mundo sacarlos del país de contrabando a
bordo de un barco y llevarlos a dónde se deseara. En cuanto al precio, si
pudiera conseguir un millón y medio de liras, mejor; pero estaba dispuesto a
aceptar un millón; y hasta setecientas cincuenta mil liras. Y me daría una
comisión del diez por ciento…
Y ¿qué
haría una vez vendidos los frescos? El conde sonrió triunfante. Para empezar,
convertiría aquel edificio vacío en una fábrica moderna de quesos. Podía lanzar
el negocio con medio millón, y empleando luego mano de obra barata de las
mujeres campesinas de la región, estaba seguro de obtener beneficios desde el
primer momento. Según sus cálculos, al cabo de dos años estaría ganando de
ochenta a cien mil liras con los quesos. Y entonces, ¡ah, entonces!; entonces
sería independiente, podría irse de allí, recorrería el mundo. Se iría al
Brasil o a la Argentina. Los hombres decididos que disponen de capital, siempre
se abren camino en esos países. Visitaría Nueva York, Londres, Berlín, París.
Podría hacer todo cuanto quisiera.
Pero por
el momento los frescos continuaban en sus muros. Bellos, magníficos,
indudablemente (y el conde me recordó que era apasionado amador de las artes),
pero inútiles, un enorme capital congelado, convertido en yeso, sin ventaja
alguna, completamente desperdiciado. Mientras que su fábrica de quesos…
Regresamos
lentamente hacia la casa.
Volví a
Venecia al año siguiente, en setiembre de 1913. Tengo la impresión de que aquel
año hubo en Venecia más parejas alemanas en su luna de miel, más grupos de
turistas germanos con mochila que en ningún otro momento. Sea como sea, su
abundancia se me antojó a todas luces excesiva. Hice mi maleta y tomé el tren
para Padua.
No fue mi
propósito volver a ver al joven Tirabassi. En realidad, no estaba seguro de
cómo me acogería. Pues, que yo supiera, los frescos continuaban sobre sus
muros, y la fábrica de quesos seguía siendo un proyecto remoto, un plan
fantástico. Le había escrito más de una vez diciéndole que estaba haciendo todo
lo posible, pero que en aquellos momentos…, etc., etc. Y no es que nunca
hubiera tenido grandes esperanzas de éxito. Le dije, en primer lugar, que el
número de millonarios que contaba entre mis amistades era reducido, que no
conocía a un solo director de museo y que no tenía relación alguna con los
tratantes internacionales en obras de arte. No obstante, la fe que el conde
tenía en mí continuó tan grande como siempre. Creo que la confianza que tenía puesta
en mí se debía a mi sombrero mexicano. Pero después de todas aquellas cartas, y
teniendo en cuenta el mucho tiempo que había pasado, era probable que le
pareciera que yo le había fallado, que le había engañado hasta cierto punto.
Por esto no hice nada para dar con él. Pero la suerte contrarió mi propósito.
Solamente llevaba tres días en Padua cuando me encontré con él en la calle. O,
mejor dicho, fue él quien me encontró.
Eran casi
las seis de la tarde y había ido dando un paseo hasta la Piazza del Santo. A
esa hora, cuando la luz vespertina toma un rico colorido y las sombras se toman
largas y oscuras, la gran iglesia, con sus cimborrios, torres y campanarios,
adquiere un aspecto más oriental y fantástico que nunca. Había ya dado la
vuelta completa a la iglesia y me encontraba al pie de la estatua de Donatello,
contemplando al adusto hombre de bronce y el poderoso bracear del bruto, cuando
me di cuenta de que alguien se encontraba detrás y muy cerca de mí. Di un paso
al lado y me volví. Era Fabio, con aquella su admirable expresión de cura
protestante que contempla una obra de arte. Estaba mirando la estatua, con la
boca entreabierta y un gesto absorto de paz, estático. Me eché a reír.
—¿Tenía
yo esa cara? —le pregunté.
—Exactamente
—contestó riendo también—. Le he estado observando a usted hace diez minutos,
admirando la iglesia. ¡Ah, los ingleses…! La verdad… —sacudió la cabeza.
Fuimos
paseando lentamente por la Vía del Santo, charlando.
—Siento
mucho no haber podido hacer nada en el asunto de los frescos, pero es que…
Le di las
explicaciones que me parecieron bien.
—Tal vez
algún día…
Fabio
conservaba sus esperanzas.
—¿Cómo
está la condesa?
—Muy bien
—respondió—, si se tiene en cuenta… Sabrá usted que tuvo un niño tres o cuatro
meses después de que usted vino a visitarnos.
—¿Sí?
—Está
esperando otro.
Me
pareció que hablaba con cierta pesadumbre. Volví a admirar la sagacidad del
viejo conde. Pero lamenté que su hijo no encontrara un campo más rico en el
cual desarrollar sus actividades y ejercitar su talento.
—¿Y su
padre? —le pregunté—. ¿Le encontraremos sentado en «Pedrochi», como de
costumbre?
Fabio se
echó a reír.
—No; no
le encontraremos —dijo—. Ha volado.
—¿Volado?
—Se ha
ido; se lo ha tragado la tierra; ha desaparecido.
—Pero…
¿adónde ha ido?
—¡Cualquiera
lo sabe! Mi padre es como las golondrinas. Viene y se va. Todos los años ocurre
lo mismo. Pero sus hábitos migratorios son irregulares. A veces desaparece en
primavera; a veces, en verano; a veces, en otoño. Una mañana entra su criado a
despertarle como de costumbre… y ha desaparecido. Desaparece como si hubiera
muerto. Pero no. Ni mucho menos.
Fabio
rió, y continuó:
—A los
dos o tres meses, vuelve de repente, y llega como si viniera de dar un paseo
por el Jardín Botánico. «Buenas tardes, buenas tardes».
Fabio
imitó la voz de su padre, y se atusó las guías de un bigote imaginario.
—¿Cómo
está tu madre? ¿Y las niñas? ¿Y Lucio? ¿Qué tal se presentan este año las uvas?
¿Quién diablos ha metido todas estas cosas en mi despacho?
Se
interrumpió, lanzando un rugido de indignación, que hizo que varios transeúntes
de la Vía Roma se volvieran hacia nosotros, asombrados.
—Bueno,
pero ¿adónde va?
—No se
sabe. Hubo un tiempo en que mi madre se lo solía preguntar. Pero era inútil.
«Ascanio, ¿en dónde has estado?», le preguntaba; y él respondía: «La cosecha de
aceitunas va a ser mala este año». Y si mi madre insistía, montaba en cólera y
comenzaba a dar porrazos. ¿Tomamos el aperitivo?
La puerta
abierta de «Pedrochi» nos convidaba a entrar. Lo hicimos, escogimos una mesa
apartada y nos sentamos.
—¿Y no
tiene usted ninguna teoría acerca de lo que hace cuando desaparece?
—¡Ah! —y
Fabio, imitando el elocuente gesto que yo admiré en su padre, se colocó un dedo
junto a la nariz y guiñó un ojo.
—¡Cómo!
¿Quiere usted decir que…?
Fabio
asintió con un gesto y dijo:
—Hay una
viudita aquí, en Padua… —Fabio trazó en el aire con el dedo una línea
ondulante—. Guapa, Benita de carnes. Ojos negros. He podido observar que
desaparece de Padua cuando a mi padre le dan sus ataques migratorios. Claro que
puede ser una coincidencia…
El
camarero nos trajo el vermut. Fabio tomó un sorbo con aire pensativo.
Desapareció de su semblante la alegría, como muere la luz en una lámpara que se
apaga.
—Y
mientras tanto, aquí estoy yo —continuó diciendo lentamente y con voz
alterada—. Aquí me quedo cuidando de la finca, para que mi padre pueda recorrer
el mundo con su palomita, la sita colombella —la expresión me
pareció feliz—. Sí, sí; la cosa tiene gracia. ¡Qué duda cabe! Pero no está
bien. Si yo no estuviera casado, dejaría todo esto y me iría a probar fortuna
en algún otro sitio. Le dejaría que se encargase él de todo. Pero con una mujer
y dos hijos, dentro de muy poco tiempo tres hijos, ¿cómo me voy a lanzar a la
aventura? Aquí, por lo menos, tenemos comida abundante. Mi única esperanza es
poder llegar a vender los frescos.
Lo cual
quería decir que su única esperanza era yo. Me dio lástima el hombre.
En la
primavera de 1914 mandé a dos americanos ricos a ver la casa de Fabio. Ninguno
de los dos hizo oferta de compra de los frescos. Me hubiera asombrado lo
contrario. Pero su visita le dio a Fabio grandes esperanzas. «Me parece —me
escribió— que la cosa se mueve. Estos dos americanos volverán a su tierra y les
contarán a sus amigos lo que han visto. Dentro de poco toda una procesión
incesante de millonarios vendrá a ver los frescos. Mientras tanto, mi vida
sigue igual. O más bien, peor. Mi nueva hijita, a quien hemos puesto Emilia de
nombre, nació el mes pasado. Mi mujer lo pasó muy mal, y aún no está bien, lo
cual es muy molesto». Se me antojó extraña la calificación; pero pronto la
comprendí, recordando que la carta era de Fabio. Pues era éste, uno de esos
hombres rebosantes de salud para quienes las enfermedades, de cualquier clase
que sean, tienen algo de misterio inexplicable y son, sobre todo, aburridas e
irritantes. «Anteayer volvió a desaparecer mi padre. Aún no he tenido tiempo de
averiguar si también ha volado la Colombella. Mi hermano Lucio ha conseguido
sacarle una motocicleta, lo que es más de lo que yo he logrado en toda mi vida.
Pero es que yo no sé, como él, andar dando vueltas y más vueltas, con gran
diplomacia, para conseguir una cosa. He estado estudiando con todo detalle lo
de la fábrica de quesos durante estos últimos meses, y no estoy seguro de que
no sería mejor negocio poner una fábrica de seda. La próxima vez que venga
usted le explicaré el asunto más detalladamente».
Pero
había de pasar mucho tiempo antes de que yo volviera a Padua y a ver a Fabio.
La guerra interrumpió mis visitas anuales a Italia, e incluso después que hubo
acabado varios motivos me estorbaron el ir al Sur todo lo pronto que yo hubiera
deseado. Hasta el otoño de 1921 no volví a tomar el expreso de Venecia.
Me
encontré en una Italia nueva para mí hasta cierto punto, una Italia en la cual
reinaba la violencia y se derramaba sangre abundante. Fascistas y comunistas
continuaban todavía luchando. Rugiendo en vanguardia de largas columnas de
polvo, los camiones, cargados de muchachos que cantaban, recorrían el país en
busca de aventuras y de bolcheviques ocultos. Mientras pasaban, los transeúntes
se detenían respetuosamente. Y de en medio del torbellino polvoriento, por
encima de los rugidos de los motores, se escuchaban algunas estrofas traídas
por el viento; Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza… ¿En
qué país, excepto Italia, fuera posible poner semejante letra a una canción
política? Y las proclamas, los manifiestos, las denuncias y los llamamientos
patrióticos… Todas las vallas y muros estaban cubiertos de ellos. Desde la
estación hasta «Pedrochi» pasé por toda una biblioteca de tales cosas.
«¡Ciudadanos! —decían poco más o menos—. Un viento heroico reanima hoy el alma
medio asfixiada de nuestra desgraciada Italia, envenenada por las emanaciones
ponzoñosas del bolcheviquismo y revolcándose con innoble humillación a los pies
de las Naciones…». Y casi todas ellas terminaban con referencias a Dante. Las
leí con gusto infinito.
Por fin
llegué al café de «Pedrochi». En la terraza, sentado exactamente en la misma
esquina en donde le vi por última vez, ya hacía muchos años, estaba el viejo
conde. Cuando le saludé, me miró sin reconocerme. Comencé a explicarle quién
era; pero casi inmediatamente me interrumpió, asegurándome que se acordaba de
mí perfectamente. No quedé muy convencido de ello, y más bien me pareció que le
era humillante confesar que le fallaba la memoria. Me invitó a sentarme a su
mesa.
En un
principio, al verle desde lejos, me pareció que el conde no había envejecido en
absoluto desde el día en que le conocí. Pero me equivoqué. Desde la calle
únicamente pude ver la picaresca inclinación de su sombrero, el erguido bigote
y la perilla, las piernas abiertas, la noble protuberancia de su barriga. Pero
ahora le podía mirar de cerca y despacio, y vi que el hombre había cambiado
mucho. La cara que vi debajo del sombrero graciosamente ladeado estaba
amoratada y denotaba una salud precaria; la carne de la cara estaba fláccida y
le formaba bolsas. Sobre el blanco de los ojos, descolorido y como herrumbroso
con el pasar de los años, se veían venillas rojizas. Y los ojos parecían
contemplarlo todo con desinterés. La espalda estaba encorvada, como bajo la
pesadumbre de una carga, y cuando se llevó la taza a los labios, le temblaba
tanto la mano que derramó unas gotas de café sobre la mesa. Ahora era un viejo,
un viejo agotado.
—¿Cómo
está Fabio? —le pregunté.
—¿Fabio?
Pues muy bien. Ya tiene seis hijos.
Pero lo
dijo sonriendo, sin ninguna malicia. Parecía haber olvidado sus motivos al
elegir tan cuidadosamente para su hijo una mujer que prometiera ser madre
prolífica.
—Seis
—repitió—. Supongo que sabrá usted que en la guerra tuvo una actuación
admirable. Los Tirabassis hemos sido siempre buenos soldados.
Comenzó a
contarme con gran orgullo las hazañas y los sufrimientos de Fabio. Dos veces
herido, citado especialmente en un parte, condecorado varias veces, había
ascendido a comandante.
—¿Continúan
reteniéndole en Padua sus deberes militares?
El viejo
asintió con un gesto, y de repente apareció en su cara algo semejante a su
antigua sonrisa.
—Una
pequeña combinazione mía —dijo, y dejó oír una risita.
—¿Y la
finca?
¡Ah! Iba
bien, si se tenían en cuenta las circunstancias. Se echó a perder bastante
durante la guerra, mientras Fabio estuvo en el frente. Luego, tuvieron muchos
quebraderos de cabeza con los braceros; pero Fabio y sus fascistas estaban
arreglando todas esas cosas.
—Con
Fabio al timón, no tengo ninguna preocupación.
Y comenzó
a contarme de nuevo las hazañas guerreras de su hijo.
Al día
siguiente tomé el tranvía de Strá, y después de una hora pasada muy
agradablemente en la villa y el parque, fui dando un paseo hasta Dolo. Esta vez
tardé mucho en llegar, pues pude detenerme a mi placer para admirar todas las
cosas encantadoras que hay en el camino. Advertí que Casanova me parecía un
hombre bastante menos envidiable que la última vez que pasé por allí. Tenía yo
nueve años más.
La verja
estaba abierta. Entré. Allí estaba la casa, adusta y señorial, como siempre;
pero más deslucida que cuando la vi por última vez. Las persianas estaban
pidiendo una capa de pintura; el revoco se desprendía en escamas. Me acerqué a
la casa. Salía de dentro de ella un alegre ruido de risas y gritos infantiles.
Supuse que la familia estaba jugando al escondite, o al tren, o quizás a juegos
más del momento, como comunistas y fascistas. Según subía la escalinata escuché
el ruido de los pies de los niños corriendo por el suelo enlosado; en las
habitaciones vacías, el ruido de las carreras y de los gritos alborozados
despertaba ecos extraños. De pronto, en el cuarto de la derecha, resonó la voz
airada de Fabio:
—¡Por el
amor de Dios! ¡A ver si es posible que se callen esos niños endiablados! ¿Cómo
quieres que haga cuentas con ese alboroto?
Se hizo
un silencio profundo y poco natural. Luego escuché cómo los niños se alejaban
de puntillas, algunos de ellos hablando en un susurro. Uno de ellos ahogó una
risita nerviosa. Llamé al timbre.
Me abrió
la puerta la condesa. Permaneció vacilante unos momentos, sin reconocerme;
luego me recordó y me ofreció la mano, sonriente. Pude ver que había
adelgazado, y al afilarse su cara, parecían más grandes los ojos. La expresión
de éstos era de gran mansedumbre, y tan serena como siempre. Me pareció como si
estuviera mirándome desde muy lejos.
—A Fabio
le encantará verle a usted —me dijo.
Me
condujo por la puerta que había a mano derecha del pórtico hasta el cuarto de
estar.
Allí
estaba Fabio, mordiendo la punta de un lápiz, sentado a la mesa monumental, que
aparecía cubierta de papeles.
Incluso
vestido con su uniforme verde de campaña, el conde Tirabassi tenía un aspecto
magnífico, como el de un actor vestido de militar. Persistían en su cara las
pecas juveniles, pero la vi surcada de arrugas profundas; parecía mucho más
viejo que la última vez que le vi, y más viejo de lo que era en realidad.
Aquella abierta alegría de su cara, aquel fulgor de su semblante, que recordaba
el de una lámpara encendida, habían desaparecido. Su rostro, con la nariz
respingona, expresaba una melancolía crónica que resultaba incongruente.
Cuando me
vio, la antigua alegría iluminó sus facciones durante un segundo. Creo que se
alegró sinceramente de volver a verme.
—Cáspita!
—dijo una y otra vez—. Cáspita! —era su exclamación preferida para expresar
asombro; una palabra extraña y anticuada—. ¿Quién iba a imaginar que iba a
aparecer usted por aquí? ¡Después de tantísimo tiempo!
—Después
de la eternidad de la guerra —dije yo.
Pero
cuando el primer hervor de su complacida sorpresa hubo pasado, volvió la
melancolía a apoderarse de su semblante.
—Casi
diría que me entristece volver a verle —me dijo—. ¿Sigue usted viajando, sigue
usted con libertad para ir a dónde desea? ¡Si supiera usted lo que es mi vida
aquí!
—En
cualquier caso —repuse yo, pensando que tenía obligación de hacerle ver que las
cosas pudieran irle peor, y lo pensé en obsequio de la condesa—, la guerra ha
acabado, y han logrado ustedes evitar una revolución. Eso no es poco.
—Veo que
es usted como Laura —dijo él con impaciencia.
Miró
hacia su mujer, como si esperara que dijese algo; pero la condesa continuó
cosiendo y ni siquiera alzó la vista de su labor. Fabio me cogió del brazo:
—Vamos a
dar una vuelta.
La
resignación religiosa de su mujer, su paciencia y serenidad le irritaban, lo vi
claramente, como si fueran una reprimenda, que aunque tácita y no intencionada
le resultaba no menos irritante.
Fuimos
andando lentamente hacia la granja por los senderos crecidos de hierbajos que
en tiempos de esplendor fueron cuidado jardín. Algunos bojes descuidados
crecían al margen del sendero; en otros tiempos estuvieron recortados con
acicalamiento. Un Tritón, en académica postura sobre el pilón de una fuente,
soplaba un cuerno del que ya no manaba agua. En el otro extremo los
participantes en dos escenas de estupro, Plutón y Proserpina, Apolo y Dafne, se
debatían desesperadamente siluetados contra el cielo.
—Ayer vi
a su padre. Le encontré viejo.
—Lo cual
es muy natural. Tiene setenta y nueve años —dijo Fabio con acento asesino.
Comprendí
que el tema había llegado a ser demasiado serio para que pudiera ser objeto de
una conversación sin trascendencia. Me hubiera gustado preguntar por la
Colombella, pero me pareció más prudente no aludir a ella para nada. Me aguanté
la curiosidad. Ya estábamos andando a la sombra de los edificios de la granja.
—Las
vacas tienen buen aspecto —dije cortésmente, mirando por una puerta abierta.
En la
penumbra del establo seis grupas grises manchadas de excremento seco se
ofrecían en fila a nuestra vista. Seis largas colas se meneaban con impaciencia
de un lado a otro. Fabio se limitó a responder con un gruñido.
—En
cualquier caso —comenzó a decir después de un rato de silencio— ya no puede
vivir muchos años. Venderé mi parte y me iré a América del Sur, con familia o
sin familia…
Aquello
era simplemente una amenaza contra su destino. Una amenaza cuya ineficacia no
se le podía ocultar. Fabio estaba engañándose a sí mismo para no desesperar.
—Veo
—dije aprovechando una coyuntura favorable para cambiar la conversación— que ha
puesto usted su fábrica después de todo.
Habíamos
llegado al costado más lejano del gran patio. A través de las ventanas del
cobertizo bajo y alargado, vacío la primera vez que estuve allí, vi complicadas
máquinas, alineadas en dos hileras que iban de uno a otro extremo de todo el
edificio.
—Son
telares, ¿no? Entonces es que decidió usted dedicarse a la seda y no a los
quesos. ¿Y los frescos?
Me volví
hacia él. Se apoderó de mí el miedo de que cuando volviéramos a la casa
encontraría el gran vestíbulo despojado de la obra de Veronés, y que en donde
antes me deleitó la historia de Eros y Psiquis, ahora solamente hubiera un muro
blanco y desnudo.
—¿Los
frescos? Allí están.
A pesar
de la cara apesadumbrada de Fabio, sentí una gran alegría. Fabio continuó:
—Pude
convencer a mi padre de que vendiera algunas de sus casas de Padua, y empezamos
con los telares hace dos años. Nada más iniciar el asunto, estalló la
revolución comunista.
El pobre
Fabio tenía mala suerte. Los campesinos se apoderaron de su fábrica y trataron
de hacer otro tanto con las tierras. Permaneció en su casa tres semanas
sitiado, defendiéndola con veinte fascistas contra la población campesina de
los contornos. El peligro ya había pasado, pero las máquinas estaban rotas y,
en cualquier caso, no había que pensar en ponerlas en marcha; aún estaba el
ambiente demasiado caldeado para ello. Lo que hacía que a Fabio le costara
todavía más trabajo el resignarse era que su hermano Lucio, que también logró
algo de capital de su padre, se había ido a Bulgaria, en donde lo había
invertido en una fábrica de cordones de zapatos. Era la única fábrica de
cordones de zapatos que había en el país y Lucio estaba ganando el dinero a montones.
Libre como un pájaro, y con una amiguita turca y encantadora.
—Una
turca, una vera turca —repetía una y otra vez Fabio sacudiendo la cabeza. La
infiel simbolizaba para él todo lo exótico, todo cuanto existía al margen de
las convenciones, todo lo que no era doméstico: en suma, todo lo que no era
familia, todo lo que no era Padua y la finca.
—Y eran
unas máquinas magníficas —dijo Fabio, deteniéndose para mirar durante unos
instantes por la última ventana—. No sé si venderlas o si esperar a que pase la
tormenta y repararlas —se encogió de hombros con gesto de desesperación—. O si
dejar que las cosas sigan así hasta que se muera mi padre.
Doblamos
la esquina del gran patio y echamos a andar hacia la casa.
—Algunas
veces —añadió pasados unos segundos— creo que no se va a morir nunca…
Los niños
estaban jugando en el gran vestíbulo de Veronés. La majestuosa puerta de dos
hojas que daba al pórtico estaba entreabierta. Pudimos observarlos durante
algún tiempo sin ser vistos por ellos. Toda la familia estaba formada en orden
de batalla. Iba en vanguardia un muchacho pelirrojo de diez u once años; le
seguía otro de pelo castaño. A continuación iban tres niñas, de tamaño en
disminución, como las perlas elegidas de un collar, y cerraba la marcha una
criatura de paso aún vacilante, con unos graciosos pantalones azules de hilo.
Todos ellos llevaban cañas de bambú al hombro y todos iban cantando en coro y
algo desafinadamente unas palabras que repetían una y otra vez al son de una
especie de toques de cometa de tres notas; All’armi i fascisti; a morte
i comunisti; a basso i socialisti. Según cantaban daban vueltas y más
vueltas con persistencia incansable y evidente convicción. El inmenso vestíbulo
deshabitado resonaba como una piscina de natación cerrada. Las damas vestidas
de seda y los caballeros, impertérritos bajo los arcos triunfales, habitantes
de su sereno mundo de fantástica belleza, tañían sus instrumentos, bebían; el
poeta trovaba; el pintor, con el pincel suspendido sobre el lienzo, contemplaba
su obra; los moros jugueteaban entre las ruinas romanas; los loros dormitaban
en la balaustrada. All’armi i fascisti; a morte i comunisti… Me
hubiera gustado permanecer allí en silencio, nada más que para ver cuánto
tiempo continuarían los niños su desfile patriótico. Pero Fabio carecía de mi
curiosidad científica, o si alguna vez la tuvo, se desgastó antes que naciera
su último hijo. Después de contemplar un momento el espectáculo, empujó la
puerta y entró. Los niños volvieron sus cabezas y enmudecieron inmediatamente.
El mal genio de Fabio, combinado con su teoría de la educación a base de hacer
rabiar a los niños, había logrado que sus hijos le temieran de manera intensa.
—Seguid,
seguid —les dijo.
Pero los
niños no quisieron; probablemente no pudieron en presencia de su temido padre.
Desaparecieron.
Fabio me
condujo alrededor del vestíbulo mostrándome los frescos.
—Mire
aquí —me dijo— y mire aquí.
En uno de
los lienzos de pared se veían seis o siete balazos. A una de las cornisas
pintadas le faltaba un pedazo; una de las damas estaba horriblemente herida en
la cara; el paisaje mostraba dos o tres agujeros, y la cola de un mono aparecía
cortada por un balazo.
—Obra de
nuestros amigos, los campesinos —me explicó.
En las
salas de Carpioni no había novedad; los sátiros continuaban persiguiendo a las
ninfas. Y en la sala de los centauros y las sirenas los hombres que eran medio
caballos seguían galopando tumultuosamente en el mar, para acosar amorosamente
a las que eran peces y mujeres por partes iguales. Pero la historia de Eros y
Psiquis había sufrido horribles mutilaciones. La exquisita obra pintada por
Tiépolo en que se veía a Psiquis mirando a su misterioso amante a la luz de una
lámpara, no era más que un borrón mohoso. Y allí donde el joven dios alzaba
irritado el vuelo para volver junto a sus parientes olímpicos (los cuales,
afortunadamente, seguían flotando incólumes por entre las nubes del techo) ya
no se veía más que un desvaído fantasma del Cupido ascendente; y a la llorosa
Psiquis, abandonada en la tierra, no se la veía por ninguna parte.
—Obra de
nuestros amigos, los franceses —dijo Fabio—. Se alojaron aquí en 1918 y no se
tomaron la molestia de cerrar las ventanas cuando llovía.
¡Pobre
Fabio! Todo se ponía en contra suya. No se me ocurrió nada que decir para
consolarle. Aquel otoño le mandé un crítico de arte y tres americanos, pero sin
éxito. Lo que pasaba es que ofrecía demasiado. Si hubiera sido un cuadro, un
cuadro siempre es fácil de colocar. Pero ¿qué se podía hacer con una casa llena
de frescos como aquéllos?
Fueron
pasando los meses. En Pascua del año siguiente recibí otra carta suya. La
cosecha de aceituna había sido muy mala. La condesa estaba esperando un niño y
no se encontraba nada bien. Los dos niños mayores estaban en cama con sarampión
y el penúltimo tenía lo que los italianos llaman «tos de burro». Dudaba mucho
de qué mereciera la pena reparar los telares y volver a ponerlos en
explotación; el mercado de la seda se mostraba vacilante y no se asemejaba en
absoluto al de 1919. Lamentaba no haber persistido en su idea original; la de
los quesos. Lucio acababa de ganar cincuenta mil liras gracias a un golpe de
suerte en la Bolsa. Pero la turca se le había escapado con un rumano. El viejo
conde decaía a ojos vistas; la última vez que le vio Fabio, le había contado la
misma anécdota tres veces en diez minutos. Con estas dos últimas buenas
noticias, pues supongo que lo eran para él, como dos lucecillas de esperanza
que brillasen en medio de las tinieblas que envolvían todo lo demás, Fabio
acababa su carta. En verdad que no comprendo por qué se tomaba la molestia de
escribirme. Tal vez encontrase una especie de consuelo doloroso en enumerar de
aquella manera todas sus calamidades.
Aquel
otoño se celebró en Salzburgo un festival musical. Yo no había estado nunca en
Austria y la ocasión de visitarla me pareció oportuna. Fui y disfruté
extraordinariamente. Salzburgo está de moda. Tiene iglesias barrocas en
abundancia; tiene fuentes italianas; sus jardines y palacios imitan con su
grandeza teutona y extravagante los jardines y palacios de Roma. Y sobre todo,
hay allí un túnel de cuarenta pies de alto, taladrado a través de rocas que se
asoman a precipicios, un túnel que únicamente pudo ser concebido por un
príncipe obispo del siglo XVII, a ambos extremos del cual se alzan sendos arcos
triunfales, con pilastras, tímpanos quebrados, estatuas y escudos, todos ellos
labrados en la roca viva; obra maestra de la tunelería, y en una ciudad en la
cual todo, sin ser verdaderamente de valor, es «divertido»; lo más divertido de
cuánto contiene es, sin duda alguna, el túnel. Desde luego, Salzburgo está de
moda.
Una tarde
subí al castillo en el funicular. Hay allí una cervecería instalada en una de
las terrazas, al amparo de las murallas, desde las cuales puede disfrutarse de
una vista que el Baedeker recomienda con una estrella. Se ve la ciudad desde
uno de los lados, extendida sobre el valle curvado, con un río que la
atraviesa. Parece una versión en miniatura y alemana de Florencia. Desde el
otro lado se contempla un panorama que no pretende en absoluto remedar lo
italiano. Es de romanticismo alemán y dulce, como un aire tomado del
Freischiitz de Weber. Se alzan en el horizonte unas montañas tan arriscadas y
azulinas como las de cualquier postal; y en primer término, extendiéndose hasta
el mismo pie de las inverosímiles rocosidades sobre las que está edificado el
castillo, con su cervecería, se extiende una llanura verde; kilómetros y más
kilómetros de jugosas praderas, salpicadas de vaquitas diminutas, con alguna
que otra granja de juguete o, lo que es menos frecuente, con un grupito de
casas de muñecas sobre el que se alza brillando al sol la espadaña de una
iglesia.
Estaba yo
sentado con un vaso de cerveza rubia ante este paisaje encantador y ligeramente
cómico, pensando muy agradablemente en nada, cuando escuché una voz que decía,
muy cerca de mí: Bello! Bello! Volví la cabeza con curiosidad, pues se me
antojó insólito oír en aquellos parajes palabras italianas, y vi una de esas
mujeres opulentas y admirables que tanto gustan en el Mediodía. Era una bella
grassa, cuya riqueza de curvas se acercaba peligrosamente a la gordura
excesiva, y de edad cercana a lo inconfesable; pero no obstante, de aspecto
impresionante. Tenía su cara las proporciones de un iceberg —una quinta parte
sobre el agua; el resto, sumergido—. Grande y florida desde los ojos para
abajo, apenas tenía frente. El pelo le crecía casi a continuación de las cejas.
Los ojos eran oscuros, grandes y, para mi gusto, de expresión excesivamente
tierna. La miré durante irnos segundos, que me bastaron para ver todo esto, y
volví la vista hacia su acompañante, que había estado contemplando el paisaje
desde el otro parapeto. Se volvió. Era el viejo conde.
Creo que
el encuentro me causó a mí más embarazo que a él. Sentí que el rubor me subía a
la cara, como si fuera yo quien estuviera recorriendo el mundo con una
Colombella y él el que me había sorprendido. No supe qué hacer, si sonreír y
hablarle, o si volver la cabeza como si no le hubiera reconocido, o si
saludarle con una inclinación de cabeza para desaparecer acto seguido. Pero el
conde puso fin a mis vacilaciones al pronunciar con asombro mi nombre. Vino
hacia mí con gran prisa y me estrechó la mano. ¡Qué agradable sorpresa,
encontrarme allí! En aquel país dejado de la mano de Dios, aunque era barato,
¿verdad que era barato? Me iba a presentar a una encantadora compatriota suya
que había conocido el día antes en el tren de Viena.
Fui
presentado a la Colombella y todos nos sentamos en la mesa que yo ocupaba. El
conde, hablando con decisión en italiano, pidió otras dos cervezas. Hablamos. O
mejor dicho, habló el conde, pues la conversación fue un monólogo. Nos contó
anécdotas de la Italia de hacía cincuenta años; imitó ante nuestros ojos a las
extrañas gentes que había conocido; hubo un momento en que llegó a imitar el
rebuzno de un borrico, aunque no recuerdo por qué fue esto necesario, pero el
rebuzno se me quedó indeleblemente grabado en la memoria. Nos dio a conocer sus
opiniones acerca de las mujeres. La Colombella protestaba chillando y se moría
de risa. El conde se rizaba el bigote y le sonreía con los ojos enclavados en
medio de las mil arrugas finísimas. De vez en cuando se volvía hacia mí y me
guiñaba un ojo.
Yo le
escuchaba atónito. ¿Era éste el hombre que contaba la misma anécdota tres veces
en diez minutos? Le miré. Estaba en aquel momento inclinado hacia la
Colombella, susurrándole algo al oído, que hizo que ella riera de tal manera,
que tuvo que enjugarse las lágrimas. La mirada del conde se cruzó con la mía.
Se sonrió y se encogió de hombros, como si dijera: «¡Estas mujeres! ¡Qué
imbéciles y qué deliciosas e indispensables son!». ¿Era aquél el hombre agotado
que vi en el café de «Pedrochi» hacía un año? Parecía increíble.
—Bueno,
adiós, a rivederci.
Tenían
que volver a la ciudad. El funicular esperaba.
—He
tenido un verdadero gusto en volver a verle —me dijo el conde estrechándome la
mano afectuosamente.
—Y yo a
usted. Sobre todo en verle a usted tan bien.
—Sí;
ahora me encuentro admirablemente —dijo hinchando el pecho.
—Y joven
—continué yo—. Está usted más joven que yo. ¿Qué ha hecho usted?
—¡Aaaah!
—respondió ladeando misteriosamente la cabeza.
Más en
broma que en serio, le dije:
—Me
parece que ha estado usted a ver a Steinach en Viena. Y que le han hecho una
operación para rejuvenecerle.
Por toda
contestación, el conde se llevó a los labios el índice derecho y luego se lo
puso contra la nariz. Y entonces me guiñó un ojo. Inmediatamente después cerró
el puño, enderezó el pulgar e hizo un gesto complicado, que estoy seguro
estaría preñado de significado vital para cualquier italiano. Para mí,
ignorante del lenguaje de los signos, su significado exacto no estuvo demasiado
claro. Pero el conde no se ofreció a aclararlo con explicaciones verbales. Se
quitó el sombrero sin decir una palabra y volviendo a recomendarme silencio,
llevándose el índice a los labios, echó a correr con agilidad pasmosa por la
pendiente muy pronunciada que llevaba hasta el funicular, en uno de cuyos
cochecitos ya la Colombella había tomado asiento.
*FIN*
“Little
Mexican”,
Little Mexican and Other Stories, 1924
El tío Spencer
Conozco a
personas que pueden mirar con los ojos de la memoria la larga serie de sus
vacaciones infantiles y contemplar paisajes siempre diferentes: onduladas
llanuras cubiertas de césped o arriscadas montañas suizas; un mar soleado y
azul o la orilla, siempre turbulenta, del océano grisáceo; altozanos crecidos
de helechos bajo un cielo nuboso, con una lejana mancha de sol posada sobre un
monte, alegre como la felicidad, y, como la felicidad, remota, precaria y
mudable, o las serenas aguas de Como, los cipreses y las rosas de Oriente.
Les
envidio esta variedad de sus recuerdos. Pues es deseable el haber visto algo
del mundo con ojos de niño, desinteresados y poco críticos, que no se fijan
sobre lo útil, o bello, o interesante, sino tan solo sobre lo que para un ser
que mide un metro y treinta centímetros y no posee conocimiento alguno acerca
de la vida o del arte parece tener importancia inmediata. Los mendigos, los
paraguas verdes bajo los cuales se cobijan los cocheros, y la bóveda de
Brunelleschi, los latrocinios del hotelero y los sepulcros de los Médicis, es
lo que impresiona al niño viajero. Tales impresiones, verdad es, no tienen gran
valor para nosotros cuando alcanzamos la madurez. (La famosa sabiduría de los
niños es más bien fabulosa, y el hombre que estudia el alma de los niños con la
esperanza de descubrir los misterios de la de los hombres tiene tantas
probabilidades de hallar algo de importancia como quien cree que conseguirá
explicar a Beethoven considerando los orígenes salvajes de la Música y de la
Religión, o estudiándole en conjunción con el instinto sexual). Sin embargo, es
buena cosa haber recibido tales impresiones de niño, aunque no sea más que para
comparar (y de esta manera destilar una moraleja filosófica) lo que en
determinado lugar vimos cuando teníamos seis o siete años con lo que allí
descubrimos a los treinta.
Mis
vacaciones carecieron de toda variedad. Desde que fui a mi primer colegio
preparatorio hasta el día en que mis padres regresaron definitivamente de la
India —tendría yo entonces unos dieciséis o diecisiete años—, todas las pasé
con mi tío Spencer. Durante muchos años los únicos lugares de la superficie
terrestre de que tuve conocimiento fueron Eastbourne, en donde estaba mi
colegio; Dover (limitado al puerto y a la estación), en donde solía embarcar;
Ostende, en donde me esperaba tío Spencer; Bruselas, en donde cambiábamos de
tren; y, por fin, Longres y Limburgo, en donde mi tío era propietario de una
fábrica de azúcar, la cual, su madre y abuela mía, había heredado a su vez de
su padre belga. Allí vivía mi tío.
Asomado a
la borda del vapor, según éste avanzaba lentamente de popa a lo largo del
angosto canal del puerto de Ostende, solía yo escrutar afanosamente la multitud
que aguardaba sobre el muelle, procurando descubrir entre el gentío la pequeña
y familiar figura de mi tío. Y allí estaba invariablemente, agitando su pañuelo
de seda y multicolor, gritándome saludos y recomendaciones que yo no podía oír,
estorbando a mozos y empleados, inquieto, con una impaciencia que apenas podía
dominar detrás de la barrera. Por fin, medio aplastado y casi asfixiado entre
hombres y mujeres —a quienes el proceso de desembarcar transformaba, como por
malévola magia digna de Circe, en bestias ciegas, irracionales y feroces—,
lograba llegar al muelle, con mi pequeña maleta en una mano y sujetándome con
la otra el sombrero. Si era verano, se trataba de un sombrero de paja, de cinta
abigarrada, que mostraba los «colores» de mi colegio; si era invierno, era un
absurdo sombrero hongo, cuya amelonada copa, encasquetada hasta las orejas, me
daba el aspecto de la caricatura de un niño que se las echa de persona mayor.
—¡Vaya,
vaya! ¡Ya estás aquí! —decía mi tío Spencer, al tiempo que me arrebataba el
maletín—. Habéis llegado con once minutos de retraso.
Nos
alejábamos apresuradamente hacia la Aduana, como si nuestra vida dependiera de
llegar a ella antes que los demás bestializados viajeros.
La
primera vez que salí del colegio preparatorio para pasar las vacaciones con mi
tío, tendría éste unos cuarenta años. Era delgado, más bien bajo, muy rápido,
ágil e impulsivo de movimientos, de pies pequeños y manos delicadas de poco
tamaño. Tenía la cara estrecha, de facciones acusadas, expresiva y aquilina;
los ojos, oscuros y de brillo extraordinario, en hondas cuencas, bajo cejas muy
prominentes; el pelo lo tenía negro, y lo llevaba largo y peinado hacia atrás.
Le comenzaba a grisear por los lados, y hacía el efecto de tener dos alas
grises plegadas contra el cráneo encima de las orejas, hasta el punto de que al
mirarle recordaba a Mercurio con su alado gorro.
—¡Date
prisa! —me decía mientras yo corría en pos de él—. ¡Date prisa!
Naturalmente,
la prisa era completamente inútil, pues después de ser examinado mi maletín,
teníamos que aguardar la llegada de mi baúl facturado. Esta espera constituía
para mi tío una verdadera tortura. Pues aunque teníamos reservados los asientos
en el expreso de Bruselas, y aunque sabía él que el tren no saldría sin
nosotros, esta certidumbre intelectual no bastaba para calmar su apasionada
impaciencia ni para contrarrestar sus temores instintivos.
—¡Qué
calma más espantosa! —repetía sin cesar—. ¡Qué calma!
Miraba
por centésima vez su reloj, y tomaba a preguntar al centinela apostado a la
entrada de la Aduana.
—Dites-moi,
le grand bagage…?
Hasta que
el hombre, exasperado por estas preguntas, contestaba con grosero
desabrimiento. Entonces, ofendido mi tío, le llamaba mal élevé y grosier
personnage, lo que provocaba profunda ira en el centinela, pero desahogaba
a mi tío; pues después de uno de estos exabruptos era capaz de esperar
pacientemente unos cinco minutos y de olvidar su preocupación por el baúl,
hasta el punto de comenzar a hablarme de otros asuntos, preguntándome por mis
progresos durante el curso, mi puntuación media en el cricket, si me gustaba el
latín y si Don Truenos, como llamábamos al director del colegio a causa de su
bien timbrada voz de barítono, continuaba teniendo tan mal genio como de
costumbre.
Pero
pasados cinco minutos, si el baúl no había aparecido, mi tío comenzaba a mirar
una vez más su reloj.
—¡Es un
escándalo esta lentitud! —decía. Y dirigiéndose a otro empleado, añadía—: Dites-moi,
Monsieur, le grand bagage…?
Mas
cuando nos encontrábamos instalados en el tren y nada le impedía dar rienda
suelta a la amabilidad y la simpatía de su buen natural, mi tío Spencer se
mostraba encantador y gentil, dedicándose a mí por completo.
—¡Mira!
—decía; y sacaba del bolsillo del gabán un paquete húmedo y de gran tamaño, de
cuya existencia ya mi nariz me había advertido.
—¿A qué
no sabes lo que hay aquí?
—Quisquillas
—respondía yo sin dudarlo.
Y
quisquillas eran; un kilo. Sentados el uno enfrente del otro, en sendas
esquinas del compartimiento de primera clase, con la mesita plegable entre los
dos y las rosadas quisquillas sobre ella, íbamos comiéndolas con gusto
indescriptible, y arrojando los róseos caparazones, las colas y las cabezas,
luego de succionarlas, por la ventanilla. Las llanuras flamencas pasaban
velozmente ante nuestros ojos. Las hileras dobles de álamos, plantadas a lo
largo de los canales y en las márgenes de los caminos, nos acompañaban, si
nuestra marcha coincidía con la suya, o si las cruzábamos verticalmente, nos
ofrecían durante un segundo una vista de la llanura del Hobbema. Ahora, las
espadañas y torres de Brujas nos saludaban desde lejos; una docena más de
quisquillas y entrábamos rugiendo en su estación, tenebrosa y ojival, en honor
de Memling y del pasado gótico. Para cuando habíamos comido otro hectogramo de
quisquillas, el barrio moderno de Gante nos recordaba que el Arte solo tiene
cinco arias y ha sido inventado en Viena. En Alost humeaban las chimeneas de
las fábricas; y antes que nos diéramos cuenta del lugar en donde nos
encontrábamos, llegábamos a las afueras de Bruselas, con doscientos o
trescientos gramos de mariscos aún sobre la mesa.
—¡Date
prisa! —me decía mi tío, amenazado de un nuevo paroxismo de prisa—. ¡Tenemos
que acabar antes de llegar a Bruselas!
Durante
las últimas cinco millas las comíamos sin descanso, con caparazón y todo;
apenas teníamos tiempo para escupir las cabezas y las colas.
—No hay
nada como las quisquillas —decía mi tío Spencer invariablemente, cuando el tren
entraba lentamente en la estación de Bruselas y salían por la ventanilla las
últimas colas y las postreras antenas envueltas en el papel—. No hay nada como
las quisquillas cuando el cerebro está cansado. Es el fósforo que tienen,
¿sabes? Después de tus exámenes de final de curso, te sentarán bien —decía
dándome unas cariñosas palmaditas en la espalda.
¡Cuántas
veces he repetido con fe inconmovible las palabras de mi tío! «Es el fósforo»,
les aseguro a mis amigos cansados cuando les insto a que coman a base de
mariscos y crustáceos. Me salen estas palabras espontáneamente; la opinión de
que ostras y camarones son remedio eficaz del agotamiento cerebral es una de
mis creencias fundamentales e instintivas, por así decirlo. Pero algunas veces,
cuando digo esas palabras, pienso súbitamente en mi tío Spencer. Vuelvo a verle
sentado frente a mí, en un asiento de esquina del expreso de Bruselas, con sus
ojos refulgentes, su cara afilada, que se mueve expresivamente al hablar,
mientras los dedos nerviosos van arrancando los róseos caparazones, o con gesto
displicente arrojan cabezuelas bigotudas sobre el paisaje flamenco que comienza
al otro lado de la ventanilla. Y cuando le recuerdo, mi fe en las palabras que
acabo de pronunciar disminuye; y me pregunto, con algo parecido al desasosiego,
cuántos otros vestigios del espíritu de mi tío perdurarán todavía en mi alma
sin saberlo yo.
¡Cuántas
de nuestras creencias —más graves que esa según la cual los camarones estimulan
un cerebro cansado— tienen un origen fortuito y mucho más indigno de fe que mi
tío Spencer! Nos encontramos incluso con hombres de inteligencia indudable que
mantienen ciertas opiniones acerca de asuntos determinados, las cuales les
fueron inculcadas durante su niñez por niñeras o mozos de cuadra. Y hasta los
últimos momentos de nuestra adolescencia, y aun después, seres queridos y
admirados, cuyas palabras se imprimen irresistiblemente sobre nuestras mentes,
logran hacer generar en nosotros creencias que la razón no osa examinar, y que
aunque estén en desacuerdo con el resto de nuestras opiniones, persisten junto
a éstas, sin que nunca advirtamos la contradicción entre los dos sistemas de
pensamientos. Así ocurre que un muchacho de ideas independientes, hijo de un
distinguido funcionario de la India, será vehemente apóstol de la libertad y
del derecho a la independencia de los pueblos, y simultáneamente defenderá la tesis
de que los indios son, y siempre serán, totalmente incapaces de gobernarse a sí
mismos. Y un crítico de arte con muy sesudas ideas sobre Vlaminck y Marie
Laurencin elogiará como magistral y con entusiasmo elocuente —y lo hará
sinceramente— la obra de un artista cuya pintura sin nervio y presuntuosa de
los paisajes de Toscana solía encantar de joven a una vieja ya fallecida, a
quien el crítico quería y admiraba profundamente.
Cuando yo
era muchacho, mi tío Spencer era para mí uno de esos seres admirados cuyas
opiniones poseen valor ultraterreno para sus admirados oyentes. Durante muchos
años, mis más fervientes creencias fueron las suyas. Las opiniones que fui
formándome por mi cuenta las sostenía con menos seguridad y ardor, pues eran,
después de todo, frutos de mi juicio y de mis observaciones, progenie enteca de
mi raciocinio, mientras que las opiniones heredadas de mi tío —tales como las
virtudes reparadoras de los camarones— nada tenían que ver con mi razón, sino
que fueron plantadas directamente en las profundidades de mi subconsciencia, en
donde dijérase que se habían adherido como rémoras a la misma quilla y casco de
mi mente. Tengo la esperanza de haber logrado deshacerme de casi todas; pero ha
sido labor larga y dolorosa. Es posible, empero, que aún quede buen número de
ellas, tan profundamente ocultas y tan esencialmente integrantes de mi ser, que
no me es posible darme cuenta de su existencia. Y bajaré a mi tumba expresando
juicios, sosteniendo opiniones y considerando ciertas cosas y actos de cierto
modo. Y el modo, las opiniones y los juicios no serán míos, sino de mi tío
Spencer. Las tenebrosas cámaras de mi mente jamás lograrán liberarse de la
presencia del duende fulguroso, inconsistente e inquieto de mi tío.
Hay
gentes cuyos hábitos mentales cualquier muchacho pudiera adoptar con notoria
ventaja para él. Pero mi tío Spencer no era de ellos. Su muy dinámica mente
saltaba velozmente de una cosa a otra de manera harto indisciplinada y
asistemática para que pudiera aceptársela como mentora segura de un
entendimiento inexperto. Su veloz lógica se mostraba demasiado dispuesta a
sacar conclusiones de premisas falsas, que aceptaba como verdaderas con
prontitud y entusiasmo excesivos. Vivía en soledad, por lo cual ha de
entenderse soledad mental, pues aunque no era ningún recluso y participaba en
todas las funciones sociales que podía, la Comunidad de Londres no era capaz de
ofrecerle compañía de un alto nivel intelectual. Esta soledad le permitía dar
rienda suelta a la ingénita extravagancia de su intelecto. Al no tener a nadie
que le frenara o dirigiera, se lanzaba irreflexivamente por caminos
intelectuales que no le conducían a ninguna parte, excepto a para meras
plagadas de errores. Cuando, pasados muchos años, solía yo entretener mis ocios
los domingos por la tarde escuchando las peroratas de los oradores callejeros
de Marble Arch, recordaba con frecuencia a mi tío Spencer. Pues éstos, como mi
tío, vivían en soledad mental, aislados de las ideas del mundo contemporáneo,
ignorantes por completo de la existencia de la ciencia sistemática y
organizada, o conocedores de ella de manera imperfecta que para nada les
servía, sin saber en dónde encontrar los almacenes que acumulan los
conocimientos humanos. He hablado en el parque con estudiantes bíblicos, a
quienes he oído decir con orgullo que durante el día remendaban zapatos o
vendían queso, y de noche estudiaban arameo y las obras de los exegetas. Y me
han hecho sentir vergüenza de mi pereza y del poco fruto que he sacado de mis
oportunidades. Estos humildes eruditos, que buscan heroicamente la luz de la
sabiduría, son figuras nobles y conmovedoras; pero, ¡ay, qué frecuentemente son
también patéticamente ridículas! Pues los exegetas que mis estudiantes bíblicos
acostumbraban leer y considerar, siempre eran autoridades anticuadas, carentes
de valor hacía ya setenta y cinco años, eruditos de la fenecida escuela de
Tübingen o intérpretes literales e iluminados. Sus autoridades eran siempre
anteriores al establecimiento de la investigación histórica moderna; su
filosofía era fabulosa y trasnochada; su geología aducía pruebas irrefutables
de la existencia de la Atlántida; su fisiología, cuando eran ateos, era de
anticuada orientación mecanística, y cuando eran creyentes, sencillamente
providencial. Toda su voluntariosa laboriosidad, todos sus años de lucha
heroica, eran completamente inútiles. Inútiles para el aumento de los
conocimientos humanos, pero no inútiles para ellos, puesto que su trabajo y su
ambición desinteresada les habían proporcionado muchas horas de felicidad.
Espiritualmente
considerado, mi tío Spencer era primo hermano de estos oradores y críticos
callejeros de Hyde Park. Compartía con ellos su pasión por la sabiduría y las
ideas profundas; pero no contento, como ellos, con dedicarse concentradamente a
un solo asunto, como la Biblia, se rendía a la tentación de las más varias
disciplinas. El campo de su interés abarcaba los amplios dominios de la
Historia, de la Ciencia (o de lo que mi tío creía que era la Ciencia), la
Filosofía, la Religión y el Arte. También estaba dotado de gran industria,
aunque su sistema de trabajar era indisciplinado, inconstante y poco sostenido,
pues se lanzaba apasionadamente al estudio de un asunto para luego abandonarlo
y correr en pos de cualquier otro que se le antojaba más interesante en aquel
momento. Como ellos, aunque en menor grado, pues fue su educación mejor (aunque
no mucho mejor, ya que nunca se había sentado en aulas más provechosas que las
de uno de nuestros más famosos, elegantes y absurdos colegios), demostraba una vastísima
ignorancia del pensamiento contemporáneo y una fe ciega en autoridades que
cualquier hombre educado de manera más sistemática calificaría de anticuadas y
evidentemente inútiles. A todo esto añadía una profunda ignorancia hasta de los
métodos mediante los cuales es posible conseguir conocimientos más exactos, o
por lo menos más «modernos» o de moda, acerca del Universo.
Mi tío
Spencer tenía opiniones formadas y poseía conocimientos acerca de cualquier
tema que su interlocutor quisiera mencionar; pero sus conocimientos eran casi
invariablemente errados, y los juicios que sobre tales datos formaba eran
fantásticos. ¡Qué cosas le he escuchado en el expreso de Bruselas, separados el
uno del otro por el coralino montón de quisquillas sobre la mesita plegable!
Aún recuerdo fragmentos de su conversación:
—En
Lombardía crecen cipreses plantados por Julio César.
—La raza
humana desciende de los pigmeos. Adán fue negro y medía cuatro pies.
—Similia
similibus curantur. ¿Sabes ya bastante latín para entender lo que eso
quiere decir?
Mi tío
Spencer era apasionado partidario de la homeopatía, y las palabras de Hahnemann
eran para él una especie de fórmula mágica parecida a las jaculatorias paganas
desprovistas de sentido, que repetida una y otra vez le producía gran
satisfacción espiritual.
Me
acuerdo aún de que una vez, según pasábamos por la fabulosa estación nueva de
Gante —la única que, quince o dieciséis años más tarde, había yo de contemplar
destruida por el invasor derrotado—, vimos un pelotón de soldados en el andén,
lo que le llevó a explicarme cómo cierto profesor alemán había demostrado
matemáticamente, mediante la ciencia balística y la teoría de las
probabilidades, que la guerra se había hecho imposible, pues los modernos
rifles de tiro rápido y las ametralladoras estaban tan perfeccionados, que
resultaba «cien-tí-fi-ca-men-te imposible», como decía mi tío, que un grupo de
hombres lograra conservar la vida en una milla a la redonda de un número
suficientemente elevado de ametralladoras que se movieran en semicírculo y
dispararan sin cesar. Mientras fui muchacho, nunca me abandonó la consoladora
seguridad de que la guerra había pasado a la Historia.
Algunas
veces me hablaba seriamente, por encima de los camarones, acerca de las
cosmogonías de Boehme o de Swedenborg. Pero tales temas eran demasiado
abstrusos y no los asimilé en absoluto. A pesar de la gran influencia que mi
tío tenía sobre mi mente, nunca logró inyectarme sus entusiasmos místicos.
Estas orgías mentales fueron las calaveradas de joven de mi tío. Como reacción
contra la severidad ortodoxa en que fue educado, en lugar de lanzarse al vicio,
a la crápula y al ateísmo, cayó en manos de Swedenborg. Había conservado, como
herencia de la prosperidad del siglo XIX, que conoció de joven, un optimismo
sencillo, una gran fe en el progreso y en la superioridad de lo moderno sobre
lo antiguo, junto con una ignorancia muy útil sobre las cosas cuyo análisis
demasiado pausado pudiera resultar conturbador. Esta filosofía la absorbí yo
fácil y copiosamente con los pequeños crustáceos; mis ideas acerca del Universo
y del destino del hombre eran en aquellos tiempos tan rosadas como las
quisquillas.
Hasta las
siete o las ocho no llegábamos a nuestro destino. El coche de mi tío, landó o
berlina, según la estación del año y el tiempo que reinara, nos aguardaba en la
estación. Subíamos a él y nos alejábamos rodando sobre las llantas de goma en
un silencio que casi parecía mágico en comparación con el estrépito que hacían
los coches de alquiler y los carros sobre el empedrado de la rué de la Gare,
calle larga y melancólica. Incluso en invierno nada se veía en ella, excepto
algún farol aislado, pintado de verde, rodeado de un pequeño universo de acera,
pared de ladrillo y una ventana cerrada, universo creado por la luz del farol,
de la cual dependía en las tinieblas que lo rodeaban. La rué de la Gare era una
calle deprimente, demasiado larga y demasiado recta. En verano, cuando las
melancólicas casas de ladrillo que la formaban se mostraban a la luz del
crepúsculo, cuando el polvo y los papeles la recorrían impulsados por las
bocanadas de viento con olor a rancio, entonces la calle parecía aún más larga
y desagradable. Pero el contraste entre su sordidez y la Grand’Place, fresca y
amplia, en la cual desembocábamos luego de lo que parecían mil revueltas
preparatorias y estudiadas a lo largo de las calles antiguas, resultaba
doblemente agradable y consolador. Como un barco que sale de la angostura
tenebrosa de un canal formado por altísimos acantilados a un vasto lago
soleado, igual entraba nuestro coche en la Grand’Place. El momento era solemne;
lo aguardábamos conteniendo la respiración. Tenía algo de teatral; como si
flotásemos sobre el pausado gemir de oboes y trombones y rodeados por la
ansiedad trémula y amorosa de los violines, deslizándonos en silencio, sin
tropiezo, gracias al funcionamiento perfecto de los recursos y artilugios
escénicos, para llegar a un vasto e infinito escenario, en el cual, tan pronto
como llegáramos a su centro, comenzarían a ocurrir súbitamente las cosas más
peregrinas y asombrosas: un derramarse integral de la orquesta, desde el
contrabajo y el trombón al flautín, desde los fagots al címbalo, que
acompañaría a tenor y soprano en un dúo jamás escuchado en ópera hasta aquel
instante.
Pero
cuando llegaba el momento, nuestra entrada no resultaba tan dramática. Se daba
uno cuenta de que se había equivocado de ópera; aquello no era Parsifal ni
Rigoletto, era Peleas, o quizá Romeo y Julieta en el pueblo. Pues nada tenía la
plaza de Londres de wagneriano o de fulgor italiano. La luz del crepúsculo era
rosada y bañaba las torres; las sombras de los paseantes se alargaban hasta
cubrir con su longitud casi la mitad de la plaza, y en la vastedad de ésta el
crepúsculo encontraba sitio suficiente para mostrarse callado y hacer sentir su
frescura. La iglesia gótica tenía una aguda aguja; el seminario, junto a ella,
una torre, y el «Hotel de Ville», pequeño y del siglo XVII, un esbelto
campanario, que se alzaba en medio de aquel gran espacio abierto como si no
temiera que le miraran desde todas partes. Todo ello era un milagro de
arquitectura alegre y severa. Las casas que daban a la plaza tenían, cierto es,
caras bien sencillas, burguesas e ingenuas; pero no por ello desprovistas de
cierta belleza ni carentes de una elegancia provinciana y natural. Entrábamos,
digo, flotando, y las notas suspensas de los oboes, en lugar de acabar en un
estallido de armonía polifónica y grandiosa, se alargaban jugosamente en
aquella belleza nocherniega, se deleitaban apaciblemente en la rosada media luz
y meditaban entre las sombras graciosamente estiradas; los violines cesaban de
temblar, emocionados, e hinchiendo sus voces la hacían subir, como ascienden la
luz y las torres aguzadas, hacia el sereno firmamento.
Si el
reloj daba la hora en el momento en que entrábamos, ¡qué encantadoramente
armonizaban las notas del carillón con la música imaginaria! A la hora en punto
las campanas de la alta torre municipal tocaban un minué y luego un trío,
campanudo y cortesano como la primera pieza de un Boccherini infante, el cual
duraba hasta que pasaban tres minutos de la hora. Marcaba las medias con una
tonada patriótica de no menor duración. Pero al dar los cuartos, las campanadas
se limitaban a iniciar una canción. Luego de tres o cuatro compases, la música
se interrumpía, y el oyente quedaba preguntándose cómo continuaría aquello,
atribuyendo al fragmento mutilado un soberbio florecimiento en el silencio
musical y melancólico, una contumacia inesperada que lo tornaría en un todo de
encanto distinto al de las piezas tocadas en su integridad, el cual consistía
precisamente en su anticuada mediocridad, en la dulzura airosa, quebrada y
temblona de las campanas que las tocaban y en los defectos del mecanismo, que
daban al ritmo la extraña e imprevisible irregularidad de un pianista infantil
que, con la lengua presa entre los dientes y los ojos saltando desasosegados
desde las notas impresas a las teclas, ataca trabajosamente la inmaculada
regularidad de El alegre labriego.
Esta
música de carillón, regular y reiterada, era —y es, pues el invasor respetó las
campanas— una característica esencial de Londres, tan personal como la triple
silueta de sus torres vista desde lejos entre los álamos, al final de la
llanura anchurosa y despejada.
El
forastero que oye en Londres por primera vez estos aires musicales y el
entrechocar de sus afiladas armonías, que llueven sobre él desde el cielo, nota
vibrante tras nota vibrante, mezclándose y confundiéndose en la atmósfera y
rodeando la perfilada silueta armónica de un trémulo halo de desacordes, lo
escucha con una alegre risa de sorpresa encantada. Al cabo de una o dos horas,
el minué, el trío y la tonada patriótica resultaban de sobra conocidos;
mientras que los mutilados trozos que anuncian los cuartos se hacen más y más
enigmáticos cada vez que se escuchan, más preñados de significado oculto, más
dudosos de continuación y más irritantes. La luz rosada va apagándose en las
tres torres; los enrevesados artificios góticos de la iglesia se van fundiendo
en una única silueta oscura contra el firmamento anochecido; pero el minué y el
trío persisten en caer desde la oscuridad infinita, flotando inciertamente
sobre los tejados y a lo largo de los campos de la llanura. La tonada
patriótica continúa, incluso después de escondido el sol, conmemorando los
grandes acontecimientos de 1830. Y los fragmentos intermedios, como apresurados
apuntes en el librillo de un genio, siguen suscitando en la mente, con sus
esbozados temas de veinte notas, melodías admirables y la posibilidad de mil
quinientas variedades. A medianoche, las campanas siguen tañendo; a la una y
media, el forastero vuelve a despertar sorprendido; vuelto a la vida a las
cuatro menos cuarto, sus especulaciones acerca de las posibles continuaciones de
la Sinfonía incompleta le conservan despierto el tiempo suficiente para que
escuche el minué y el trío a las cinco, y para que se pregunte cómo le es
posible dormir a quien vive en Longres. Pero al cabo de un par de días, él
mismo da respuesta a su pregunta durmiendo sin interrupción, a pesar de las
ideas musicales entresacadas del libro de apuntes de Beethoven, de las
evocaciones más concretas de la niñez de Boccherini y de la Revolución de 1830.
La enfermedad crea su propio antibiótico, y la costumbre de escuchar el
carillón provoca gradualmente un estado de sordera especial, de la cual gozan
crónicamente los habitantes de Longres.
Incluso
de muchacho, cuando el insomnio me era desconocido, las campanas me resultaban
profundamente enojosas durante mis primeros días de estancia en Longres. La
casa de mi tío daba a la Grand’Place, y mi ventana, en el tercer piso, quedaba
a unos cuarenta metros del campanario del Ayuntamiento, fuente de música aérea.
Boccherini, con sus tres años de edad, bien hubiera podido estar en mi
habitación cuando el viento soplaba del Sur, tocando su minué junto a mis
orejas. Pero al cabo de dos noches podía martillar sus notas cuando quisiera:
ninguna campana de Longres era ya capaz de desvelarme.
Lo que me
despertaba todos los sábados por la mañana, a eso de las cuatro y media o las
cinco, eran los cerdos, camino del mercado. Fuera menester pasar en Longres un
mes compuesto solamente de sábados para adquirir la especial sordera mental
capaz de despreciar el estrépito de las ruedas de los carros sobre los
guijarros y los chillidos y gruñidos de dos o tres millares de puercos. Y
cuando uno miraba por la ventana, ¡qué espectáculo! Toda la plaza aparecía
dividida en porquerizas formadas por vallas, y cada una de éstas era un mar
turbulento de cerdos rosados y desnudos, que vistos desde la altura parecían
una inmensa masa de élan vital bergsoniano en estado de
ebullición perpetua. Compradores y vendedores iban y venían por entre las
porquerizas, hablando, regateando, punzando con la punta del bastón el tocino y
el jamón en potencia. Y cuando el trato quedaba hecho, el dueño entraba en el
improvisado corral, perseguía a la víctima y, agarrándola por una correosa
oreja y por el fino cordón del rabo, la transportaba a un carro guarnecido de
una red, entre gruñidos que acababan por dejar paso a la armonía de un grito
sostenido y agudísimo, o quizá la llevaba a otro corral situado a poca
distancia. Mi educación inglesa me hacía considerar las molestias causadas a un
animal como acciones casi más vituperables que la crueldad para con el prójimo,
y recuerdo el horror que el espectáculo me producía. Y otro tanto parece ser
que le aconteció al Ejército alemán de ocupación, pues entre 1914 y 1918 estuvo
prohibido el alzar del suelo del mercado de Longres a ningún cerdo por oreja y
rabo, y quien lo hacía sufría una multa de veinte marcos la primera vez, de
cien la segunda y una condena a trabajos forzados en las líneas de comunicación
por la tercera. De todas las medidas vejadoras del invasor, sería difícil
hallar una que irritase tan profundamente como ésta a los labriegos de
Limburgo. Nerón era poco popular con las gentes de Roma, pero no a causa de sus
crímenes y vicios, ni por sus tiranías y crueldades, sino porque edificó en el
centro de la ciudad un palacio de tal vastedad que estorbaba la entrada a
varias carreteras principales. Si le odiaban los romanos, era porque su palacio
dorado los obligaba a dar un rodeo de medio kilómetro cada vez que querían ir
de tiendas. Las pequeñas libertades a que estamos habituados, el derecho de
hacer lo que siempre hemos hecho en asuntos baladíes, suelen ser más apreciados
que otras libertades más importantes, más abstractas y menos inmediatas. E
igual ocurre que la mayor parte de los hombres prefieren correr el riesgo de
enfermar de tifus que tomar unas cuantas precauciones tediosas a las cuales no
están acostumbrados. Pero en este caso particular la cosa tenía otra
trascendencia: ¿cómo puede transportarse un cerdo si no es agarrándolo por una
oreja y el rabo? O se derriba al animal y se le levanta luego agarrándolo de
las cuatro patas —operación que apenas es posible, pues el centro de gravedad
de un guarro está tan cerca del suelo, que es casi imposible derribarlo—, o es
menester rodearlo con los brazos —y esto es lo que las gentes de Longres se
veían obligadas a hacer, con gran disgusto— y llevarlo fuertemente apretado
contra el seno, con lo que se corre el riesgo de recibir un mordisco en la
oreja y se tiene la seguridad de apestar durante el resto del día.
El primer
sábado después de la evacuación alemana, los cerdos pasaron una mañana
desagradable. Llevar un cerdo suspendido de oreja y rabo era un símbolo visible
de la libertad recobrada. Los apenados gruñidos de los cochinos se mezclaron
con los vítores de la población y con los trémolos y las armonías disonantes de
las campanas, despertados por el carillonero de su silencio de cuatro años.
A las
diez acababa el mercado. Desaparecían las vallas, y a no ser por los vestigios
que quedaban sobre el empedrado, en cuya limpieza se ocupaban ya los lavadores
municipales, hubiera yo podido creer que la escena que había contemplado desde
la ventana a la fulgente luz mañanera fue un episodio de una pesadilla soñada.
Pero la
plaza tomaba un aspecto más fantástico y de ensueño cuando tenía lugar
anualmente, durante la segunda mitad de agosto, la tradicional kermesse .
Entonces toda la inmensa plaza se cubría de casetas, de tiovivos que giraban y
fulguraban al sol, de pináculos adventicios que competían en altura con las
torres permanentes y seculares de la ciudad y desde cuya parte más alta se
deslizaba uno, gritando irremediablemente con delicia y terror, por un
pulimentado tobogán acaracolado hasta el nivel de la calzada. La plaza aparecía
engalanada con globos de alegres colores, con banderas, letreros y anuncios de
abigarrada pintura. Un mar policromo batía tumultuosamente contra los grises
muros de la iglesia, contra las casas enjalbegadas, contra los ladrillos del
seminario, color pardusco, y el estucado y amarillento Municipio. Y un
estrépito amorfo, resultante de la fusión de cuatro o cinco órganos, de las
voces del gentío, de trompetas y pitos y platillos percutidos con entusiasmo,
de tambores redoblados, de gritos, de llantos infantiles y sonoras risas
rústicas, llenaba el ámbito placero hasta los bordes de los tejados; un ruido
tan continuo y amorfo, que al cabo de escucharlo desde mi alta ventana, me
parecía no existir el tal, sino una nueva clase de silencio, en el cual el
tintineo del minué de Boccherini, la tonada patriótica y las sinfonías
fragmentarias devenían, por algún oscuro motivo, completamente imposibles de
escuchar.
Al caer
el sol brotaban las llamas blanquísimas de los mecheros de acetileno y las
rojizas de los de gas, cada una de las cuales tallaba en la masa oscura de la
noche un día diminuto y particular, en el cual el jolgorio persistía con
aumentado estrépito. Las luces artificiales iluminaban las torres y las
escalaban hasta la mitad para mezclarse allí con los rayos de luna caídos de lo
alto, de tal manera que, contempladas las espadañas desde mi ventana, dijéranse
pertenecer en parte a la tierra y en parte al pálido silencio de las alturas.
Mas poco a poco, según la noche iba consumiendo sus horas, la luna iba
recobrando sus dominios; disminuía el ruido y eran apagadas las luces una a
una, hasta que la luna quedaba imperando en soledad, pues las pocas y verdosas
llamas de gas que perduraban no pretendían disputarle su autoridad suprema.
Suyas eran ya las torres hasta las raíces, y las casetas y los tiovivos
embozados en sus lonas, y los toboganes y los columpios, todos vestidos de la
librea negra y plateada de la luna señora. Volvían a escucharse las campanas,
que en honor de la luna parecían cantar con acento más dulce, más claro y más
melancólico.
No
siempre contemplaba yo la feria desde mi ventana. Desde el momento en que
comenzaban a girar los tiovivos, lo cual ocurría en cuanto acababa la misa de
once el penúltimo domingo de agosto, hasta el momento en que recobraban su
quietud nocturna, solía yo deambular sin pausa por entre las delicias de la
feria. ¡Y qué feria! ¡Qué esplendor el suyo, qué perfección mecánica la de sus
columpios, montañas rusas, tiovivos, terrezuelas y demás atracciones! ¡Qué
asombrosa riqueza y variedad las de sus barracas! ¡Y qué maravillosa modicidad
la de sus tarifas!
Cuando se
cansaba uno de resbalar y de columpiarse, de ser golpeado y agitado, era
posible ir a ver, por un penique, al hombre que se arrancaba el pellejo a
puñados para luego aderezarlo con imperdibles, formando vistosos pliegues y
adornos. O podía admirarse a la mujer sin brazos, que abría una botella de
champaña con los dedos de los pies y bebía a vuestra salud elevando la copa a
los labios con iguales medios. En otra caseta, sobre cuya entrada ondeaban,
como símbolo concreto de buena fe, un par de inmensos pantalones femeninos,
aparecía sentada la mujer cañón, tan gorda que podía (y lo hacía por cuatro
sous extra, si se ha de dar crédito a la noticia que lo anunciaba), según
rezaban las frases flamencas, que prefiero dejar en la oscuridad del dialecto; heur
gezitch bet heur tiekes wassen.
Cabe la
barraca de la mujer cañón había otra mucho más amplia, en la cual el renombrado
Monsieur Fígaro, con su esposa y siete hijos, daba ocho o nueve veces diarias
una versión dramática de la Pasión de Nuestro Salvador, a cuya representación
hasta los sacerdotes estaban autorizados para asistir. La familia Fígaro era
conocida del uno al otro confín de la nación desde hacía no sé cuántos años,
cuarenta o cincuenta al menos. Pues tratábase de varias generaciones de
Fígaros, y si siete niños, encantadores y auténticos, continuaban pisando las
tablas escénicas, no ha de suponerse por ello que los siete hijos e hijas
originales del viejo Monsieur Fígaro habían conservado milagrosamente una
juventud perpetua, sino que, casados y avanzados en años, habían dado el ser a
sucesivos pequeños Fígaros de su propiedad, por así decirlo, que a su vez
procrearon otros. Y así ocurría que el primero y ya provecto Monsieur Fígaro
contaba entre los componentes de su hipotética prole a más de un bisnieto. Tan
famoso era Monsieur Fígaro, que se cantaban acerca de él coplas, de las cuales,
por desgracia, únicamente retengo en la memoria dos líneas:
Et le
voilá, et le voilá, Fi-ga-ro,
Le plus comique de la Bélgique, Fi-ga-ro!
Pero por
qué motivos y en qué época remota fue llamado le plus comique de la Bélgique,
jamás pude descubrirlo. Pues el único papel que vi representar al venerable
anciano fue el de Caifás. Aquella interpretación de la Pasión es la más
conmovedora, o al menos la de mayor y más espeluznante verismo, que recuerdo
entre todas las que me ha sido dado presenciar durante mi vida. Hasta tal
punto, que las voces de los actores quedaban ahogadas por los sollozos del
público, y algunas veces por el penetrante grito de un niño que creía que
estaban verdaderamente traspasando con clavos al agraciado y juvenil Fígaro de
la tercera generación que tenía a su cargo el papel del Señor.
Yo no
dejaba nunca, durante mis primeras ferias, de ir a admirar una vez, y hasta dos
y tres, a la familia Fígaro sobre las tablas. Debíase esta asiduidad, en parte,
a que desde los nueve a los trece años fui profundamente devoto, y en parte, a
que el papel de Magdalena lo representaba una niña de unos doce o trece años,
de quien me enamoré terrible y apasionadamente, como tan solo un niño puede
enamorarse. Hubiera renunciado a múltiples fortunas y a varios años de vida por
tener el valor suficiente para ir a la puerta trasera de la barraca, ya acabada
la función, y hablar con la niña. Pero me faltó osadía. Con objeto de
justificar mi cortedad, solía decirme que fuera irrespetuosidad palmaria el
inmiscuirme en una vida particular que yo juzgaba tan sagrada como la vida
pública de la Magdalena, un acto sacrílego comparable al de entrar tocado en el
templo. Además, me consolaba diciéndome que de poco me serviría el encontrarme
cara a cara con mi amor, pues era más que probable que únicamente hablase el
flamenco, y mi sabiduría lingüística, amén de mi idioma, se extendía tan solo a
un francés rudimentario y al latín suficiente para entender lo que mi tío
quería significar diciendo Similia similibus curantur. Mi pasión
por aquella Magdalena duró tres ferias pero desapareció, o más bien terminó
fulminada, cuando durante mi cuarta feria acudí anhelante a ver la función de
Monsieur Fígaro y vi que la pequeña Magdalena, próxima a cumplir los dieciséis
años, se había convertido, cual suele acontecer a las muchachas de esa edad, en
un ser de gordura y estupidez rayanas en lo grosero. Mi amor, muerto en el
teatro, se trocó en aversión cuando pasados dos días la vi una mañana, antes de
la función, paseando en la plaza con una blusa azul oscuro de cuello marinero,
un faldón también azul que le llegaba hasta las rodillas y un par de botas de
estridente color amarillo que le subían hasta la mitad de las gruesas
pantorrillas y las apretaban tan estrechamente que la carne sobrante rebosaba
por la parte superior y ocultaba el borde de las botas. Al año siguiente, una
bisnieta del anciano Monsieur Fígaro, que apenas tendría siete u ocho años, se
hizo cargo del papel de la Magdalena. Mi Magdalena había abandonado la
compañía, probablemente para casarse. Todos los Fígaros casaban jóvenes, pues
era importante que no hubiera interrupción en el suministro de apóstoles mozos
y santas mujeres juveniles. Pero para entonces había desaparecido por completo
mi interés en ella, en su familia y en sus representaciones sagradas, pues
coincidente con mi quinta feria, si no recuerdo mal, comenzó mi período de
ateo, aunque mi ateísmo aún era compatible con el alegre optimismo de mi tío
Spencer acerca del Universo.
Mi tío,
aunque no le hubiera gustado escuchar tal cosa a nadie, disfrutaba con la feria
casi tanto como yo. Agosto era para él el mes mejor del año. Sus treinta y un
días le daban menos causas de preocupación, de impaciencia y de enfado que
ningún otro. Y así, dejado en paz por un mundo maligno, se encontraba libre
para conducirse con toda la animación, alegría y bondad de que era capaz. Y era
asombrosa la capacidad que tenía para el ejercicio de esas virtudes. Si hubiera
podido vivir en una de esas felices islas en donde la Naturaleza provee cocos y
plátanos para todos; en donde el sol brilla a diario y en las cuales unos
tatuajes discretos es vestimenta suficiente; en donde el amar es fácil, el
comercio desconocido y jamás se ha oído hablar del pecado o del progreso; si mi
tío hubiera podido vivir en una de esas islas afortunadas, ¡qué felicidad
esencial y qué santidad admirables fueran las suyas! Pero las preocupaciones y
los disgustos solían empañar su alegría y atascar las naturalezas salidas de su
bondad. Y su natural rápido, nervioso e impulsivo —hontanar burbujeante de
alegría amante en los agostos de su vida—, hervía de impaciencia y manaba bilis
conturbadora que topaba con la aviesa pasividad de la materia o con la necedad
e hipocresía de lo humano.
Su peor
época coincidía con las vacaciones de Navidad, pues este período de buena
voluntad universal era también, por desgracia, el de mayor actividad en las
fábricas de azúcar. Al caer las primeras heladas se recogía la remolacha, y
durante tres o cuatro meses, trescientas mil carnosas raíces flotaban
diariamente por el laberinto de canalillos que conducían a las máquinas
lavadoras y a las formidables cortadoras de la fábrica de mi buen tío. Por cada
orificio del inmenso edificio salía un olor dulzón a remolacha cocida, mezclado
con el más pungente que despedían los productos secundarios, como la fibra
vegetal, que estrujada de jugo era convertida en los pisos altos en pienso
ganadero y en las corralizas traseras era trocada en abonos. La actividad
durante esos meses de la campaña remolachera era febril y delirante. Una
salvaje orgía de trabajo que tenía lugar día y noche, con tres turnos, durante
veinticuatro horas diarias. Terminado ese período era cerrada la fábrica, que
permanecía durante el resto del año solitaria en medio de los campos, allende
los arrabales de la ciudad, desolada como una abadía en ruinas, muerta y muda.
Durante
la campaña remolachera, mi tío casi perdía la cabeza. Rodeados por círculos
lívidos de agotamiento, sus ojos brillaban como los de un maníaco. Su cara
afilada, únicamente mostraba la piel estirada sobre los huesos protuberantes.
La contrariedad más pequeña le hacía maldecir y dar patadas impacientes sobre
el suelo. Recuerdo que unas vacaciones de Navidad algo le ocurrió a la
maquinaria de la fábrica, y las cortadoras y lavadoras estuvieron paradas cinco
horas. Mi tío estaba desconocido cuando vino a mediodía para comer. Dijérase
que un demonio le había poseído, y únicamente pudo ser arrojado de él tras
espantable combate. Estoy convencido de que si la avería hubiera durado una
hora más, mi tío habría perdido la razón.
Indudablemente,
mi tío no estaba de buen temple en Navidad. Pero cuando llegaban las vacaciones
de Pascua florida, ya estaba en plena recuperación. El enloquecedor proceso de
fabricación del azúcar dejaba paso al más apacible de venderlo. El buen natural
de mi tío hallaba oportunidad de recobrarse. Al llegar agosto, terminación de
un verano sosegado, mi tío estaba perfectamente, y la feria le hallaba en su
más apacible y dulce estado de ánimo. Mas en setiembre, una animosa ansiedad
profética empezaba a ser patente: era menester poner a punto la maquinaria,
estudiar el estado del mercado obrero, y cuando el día 20 emprendía mi viaje de
regreso al colegio, me despedía de un hombre ceñudo, melancólico y taciturno,
que viajaba conmigo desde Longres a Ostende, por Bruselas, y que preocupado por
sus pensamientos, me decía adiós afectuosamente desde el muelle, mientras el
barco surcaba lentamente la calma ficticia del puerto hacia el amenazador y
caprichoso canal de la Mancha.
Mas
durante la feria, como ya he dicho, mi tío se mostraba admirable. Gozaba de
todo en igual medida que yo y se pasaba largas horas vespertinas deambulando
conmigo por entre las casetas y atracciones de la Grand’Place. Creo que
lamentaba que su dignidad como exaltado ciudadano de Longres no le permitiera
subir conmigo a los tiovivos, los columpios y las montañas rasas. Pero las
visitas a las casetas le resultaban compatibles con su dignidad y no dejábamos
de entrar en todas. Aunque decía hallar la exhibición de seres insólitos y
monstruosos muestra de pésimo y deplorable gusto, no dejaba de llevarme a
verlos todos. Uno de los principios cardinales de sus teorías educativas era
que los jóvenes deben ser puestos en contacto lo antes posible con las que él llamaba
las Realidades de la Vida. Y como evidentemente nada pudiera ser más real que
la mujer manca o el hombre que se sujetaba el pellejo con imperdibles, era
importante que yo conociera su existencia sin dilación, a pesar del mal gusto
de tales exhibiciones. En obediencia a ese mismo principio, unas vacaciones de
Pascua mi tío me llevó a visitar el manicomio. Pero la impresión que me hizo
aquel edificio inmenso, con aspecto de cárcel, y sus extraños ocupantes (uno de
los cuales acostumbraba danzar alrededor mío y manosearme la cara y pellizcarme
cariñosamente las pantorrillas), fue tan fuerte y desagradable, que no pude
dormir en varias noches, y si lo hacía, me atormentaban tan espantosas
pesadillas, que me despertaba gritando y sudando en la oscuridad. Esto hizo que
mi tío desistiera de llevarme a ver la sala de disección del hospital.
Entre las
casetas de los fenómenos, los tiros al blanco y los juegos de destreza, había
puestos en donde podían comprarse bebidas y gollerías. Había un comerciante,
por ejemplo, que hacía gran negocio vendiendo por dos sous todos los mejillones
crudos que el comprador fuera capaz de engullir sin toser. Cavilante, a causa
de los impulsos contradictorios nacidos, respectivamente, de su fe en las
virtudes medicinales de los mariscos y de su miedo al tifus, mi tío dudaba si
debía permitirme que me gastara un penique. Acababa por concederme permiso para
hacerlo. («Es el fósforo que tienen, ¿sabes?»). Ponía yo mi moneda sobre el
mostrador, tomaba un mejillón, me lo metía en la boca y tosía violentamente.
Estaban tan salados como si fueran originarios del mar Muerto. El astuto
vendedor hacía un negocio excelente. No obstante, vi en su cara en ciertas
ocasiones una expresión de angustia, pues no todos sus clientes eran tan
susceptibles como yo. Había mocetones campesinos capaces de engullir hasta
media estera de mejillones sin pestañear. Aunque la sal siempre acababa por
vencer al gaznate más resistente.
Como
alimento, resultaban más satisfactorias las frituras de manzanas, que eran
preparadas a miles en un gran cobertizo de madera que se apoyaba temporalmente
contra el Ayuntamiento. La gente de pro, como mi tío y yo, comían la fritura en
el relativo aislamiento de un cierto número de cubículos adosados al cobertizo.
Mi tío se dirigía resueltamente a nuestro cubículo, sin mirar ni a derecha ni a
izquierda, y me pedía que siguiera su ejemplo y que no demostrara curiosidad
por los ocupantes de los demás cubículos, ante cuyas puertas pudiéramos pasar
antes de alcanzar el nuestro; me explicaba que al hacerlo de otra manera corría
el peligro de que algunas de las familias ocupadas en comer manzanas fritas
fueran Negras —Negras, se entiende políticamente, y no consideradas por la
etnología—, mientras que nosotros éramos Liberales. Por tanto (pero yo,
forastero en Longres, nunca pude apreciar la fuerza de esta deducción), aunque
habláramos en el café con Negros varones, y mantuviéramos con ellos relaciones
comerciales y aun amistosas, era completamente imposible que conociéramos a las
mujeres Negras, ni siquiera en un cubículo y amparados por la virtud de las
manzanas fritas. Y por eso no debíamos mirar al interior de las diminutas
habitaciones, no fuéramos a ver en ellas a algún apreciado amigo, quien se
encontraría en la embarazosa situación de no poder presentamos a su mujer o
hijas. Esta ley la acepté sin entenderla, y la juzgué admirable, hasta el día
en que descubrí que me prohibía el conocimiento de una siquiera de las once
seductoras hijas de Monsieur Moulle. Entonces me pareció una ley estúpida.
Mi tío no
gustaba de detenerse ante los puestos de caramelos y bombones. No por
cicatería, pues era generoso, y no por pensar que el comer caramelos me
sentaría mal, pues tenía creencias profesionales acerca de las virtudes del
azúcar. El hecho es que las mercancías expuestas le causaban embarazo. Pues en
la feria comenzaban a verse ya algunos de esos objetos de chocolate que desde
el día de San Nicolás hasta el día de Año Nuevo llenan los escaparates de todo
dulcero en Bélgica. Mi tío había pasado en Longres la tercera parte de su vida;
pero al cabo de tantos años, aún era completamente incapaz de disculpar o
entender la coprofilia de sus habitantes. El espectáculo de un pequeño pot
de chambre de chocolate en el escaparate de una bombonería le teñía
las mejillas de rubor, y cuando le pedía yo en la feria que me comprase unas
barras de alfeñique o unas bétises de Cambrai, se hacía el
desentendido y proseguía su camino. Y esto porque había visto en uno de los
estantes más altos del puesto una larga ringlera de vasijas achocolatadas, cuyo
aspecto equívoco le hubiera causado indecible angustia si yo hubiese hecho
algún comentario ingenuo acerca de ellas mientras el vendedor pesaba la
golosina. Y no es que yo hubiera aludido a ellas. Era tan inglés como mi tío, y
aún más, pues estaba distanciado de nuestra antepasada flamenca por una
generación más que él, aunque la mezcla de sangre nada pudo en contra de su
educación anglosajona. Aquellas vasijas morenas también me asombraban y
escandalizaban a mí por su inmodestia. Si mi compañero hubiera sido otro
muchacho de mi edad, habría señalado a los objetos inmencionable y dejado
escapar una risita significativa. Pero acompañado por mi tío, guardaba acerca
del asunto un silencio elocuente y preñado de intención; simulaba no verlos,
pero tan patentemente culpado era mi silencio, que constituía un estentóreo
comentario que llenaba de zozobra a mi infortunado tío. Si hubiéramos podido
hablar de ellos, si hubiéramos podido lamentar francamente su existencia y
vilipendiar a sus fabricantes, hubiese sido mucho mejor. Pero, evidentemente,
no podíamos hacerlo por algún oscuro motivo.
No
obstante, con los años aprendí, pues aún era mozo y maleable, a sentir menos
pasmo y menos sorpresa dolorida ante los pequeños receptáculos de chocolate y
ante las demás manifestaciones de la inmemorial coprofilia de los flamencos.
Acabé por aceptarlos como cosa natural, igual que los indígenas, hasta el punto
de que cuando san Nicolás atiborraba las tiendas con estos símbolos
escatológicos, podía yo comerme una o dos vasijas de aquéllas entre horas, con
gusto tan grande como el de cualquier rapaz belga e indiferencia igual a la
suya. Pero si mis golosinas de chocolate estaban moldeadas en aquella guisa,
las consumía a escondidas de mi pariente. Al pobre le hubiera horrorizado el
verme en tales ocasiones.
Por eso,
en semejantes coyunturas tomé la costumbre de refugiarme en el cuarto del ama
de llaves. En cualquier caso, durante la época de Navidades, en plena campaña
azucarera, resultaba preferible sentarme junto a la alegre Mademoiselle Leeauw
que a la vera de mi tío Spencer, taciturno, irritable y poseso. Desde un
principio, Mademoiselle Leeauw fue una de mis amigas más fieles y dignas de
confianza. Cuando la conocí tendría unos treinta y cinco años, y aunque estaba
avejentada por una vida de trabajo, aún conservaba en cierto grado la belleza
rubia, decidida y regular que poseyó de muchacha. Era hija de un modesto
labrador afincado cerca de Longres, y recibió la educación corriente en los
pueblos, aunque suplementada en los últimos años por la sabiduría que pudo
transmitirle mi tío, quien se ocupaba, con su usual anarquía de criterio y
acostumbrado entusiasmo, en cultivar el entendimiento de la mujer. La prestaba
libros de su biblioteca y dábale conferencias que versaban sobre aquellas
materias que monopolizaran su entusiasmo en cada momento. Mademoiselle Leeauw,
al contrario que la mayoría de las mujeres con tales antecedentes, sentía una
curiosidad insaciable acerca de la sabiduría misteriosa y fantástica que los
ricos y los ociosos conservan encerrada en sus bibliotecas; y no solamente en
sus libros (pues ¿acaso no había servido ella muy muchacha en la casa del
famoso coleccionista el conde de Zuitigny?), sino también en sus cuadros.
Algunos de éstos, me decía Mademoiselle Leeauw, estaban tan mal pintados, y
eran de tal descabellado dibujo, tan dispares con la realidad (aunque el conde
pagó por ellos crecidas sumas), que pudiera haberlos pintado un niño. Y en las
vasijas chinas, y hasta en el diseño de las alfombras, también se almacenaba la
sabiduría. Leía con alacridad todo cuanto mi tío le daba, escuchaba embebecida
sus palabras; y de resultas de esta asiduidad surgieron en el océano sin
límites de su ignorancia, unas islillas de muy extraña sabiduría, diminutos
puntitos en la vasta extensión. Llamábase una, por ejemplo, Homeopatía; otra,
Construcción-de-bóvedas (asunto sobre el cual mi tío era capaz de hablar
durante varias horas seguidas con una erudición tan copiosa como perversa; su
tesis era que cualquier albañil capaz de construir el corvo techo de un horno
podía edificar cúpulas como las de San Pedro, San Pablo y Santa María dei
Fiore, y que, por tanto, las alabanzas dedicadas a Miguel Angel, a Wren y a
Brunelleschi eran completamente inmerecidas); una tercera llamábase
Antivividisección. Era la cuarta la isla de Swedenborg…
El
resultado de las enseñanzas de mi tío fue el convencer a Mademoiselle Leeauw de
que los conocimientos de los ricos eran bastante más fantásticos que lo que
ella supusiera, y versaban sobre asuntos irreales y totalmente ajenos a la vida
verdadera, artificiales y arbitrarios, igual que las actividades sociales de
los mismos ricos, que se pasan la vida en las casas de los demás, comiendo a
costa ajena y víctimas del tedio.
Esta
convicción acerca de la absoluta futilidad de la sabiduría no disminuía su
entusiasmo en aprender lo que podía enseñarle mi tío Spencer, a quien
consideraba como único y compendio peripatético de todos los humanos
conocimientos. Y encantaba a mi pariente con su respetuosa atención,
comprensión rapidísima —pues era mujer de gran inteligencia natural— y el
entusiasmo que mostraba por cada nuevo descubrimiento. No le decía a mi tío su
opinión sobre la sabiduría, lo cual constituía una especie de broma curiosa y
baladí, sin relación con la vida, y que merecía la pena de adquirir por razones
iguales a las que hacen aconsejable aprender a manejar correctamente el tenedor
en la mesa; es decir, por ser uno de los secretos de los ricos. Aunque admiraba
verdaderamente a mi tío, no tomaba en serio nada de lo que éste le enseñaba, y
a pesar de que cuando se encontraba junto a él creía en una dosis de una
millonésima parte de grano y en las potencias espirituales, persistía, si se
encontraba revuelta o si yo había comido con exceso, en recurrir a la
tradicional cucharada de aceite de ricino; asimismo, aunque junto a él fuera
convencida discípula de Swedenborg, en la iglesia se ajustaba a la más severa
ortodoxia; aunque en su presencia tuviera la vividisección por práctica
monstruosa, seguía rememorando conmigo los días felices de su niñez, allá en la
granja, cuando su padre degollaba el cerdo, mientras su madre sujetaba al
animal por las patas traseras, su hermana bailaba sobre el cuerpo para hacer
fluir la sangre y ella misma tenía el cubo bajo la arteria seccionada.
Si a los
ojos de mi tío su ama de llaves era tal y como él quisiera y no como
ordinariamente era, no ha de suponerse que ella fingiera conscientemente en su
presencia. La mujer tenía una de esas naturalezas rápidas y sensibles que se
ajustan de manera casi automática al medio ambiente social en el cual se hallan
en cada instante. Así, junto a personas bien educadas, sus modales eran
excelentes; pero los labriegos de cuyo tronco era ella retoño la hallaban tan
bien dotada de aficiones indelicadas y tan bien provista de grosera e inocente
zafiedad como ellos mismos. En el fondo continuaba siendo una campesina por
completo; pero la parte más egregia y consciente de su espíritu estaba, por así
decirlo, sujeta a la base muy débilmente, lo cual le permitía prestar su
atención, ora a esto, ora a lo otro, sin dificultad alguna y según las
circunstancias. Mi tío la apreciaba no solo como mujer capaz e inteligente, lo
cual era siempre en cualquier compañía, sino también porque, habida cuenta de
su origen y de su clase, era de modales admirables y refinados, lo que
únicamente resultaba verdadero cuando se encontraba con mi tío o sus padres.
Conmigo
Mademoiselle Leeauw, se conducía con total naturalidad y como verdadera
flamenca. La rápida y pudiera decir instintiva facilidad con que formaba
opinión de una persona le hicieron ver que mi vergüenza ante temas
coprológicos, por ser más reciente que la de mi tío, era mucho menos fuerte y
arraigada. Al mismo tiempo advirtió que no sentía yo gusto natural por lo
grosero, ni inclinación hacia lo que pudiéramos llamar flamenquismo. Delante de
mí, por tanto, se conducía con naturalidad de flamenca, lo que tendía a
corregir mi absurda delicadeza artificial, sin correr el riesgo de fomentar en
grado indebido y penoso mis prejuicios ingénitos en la dirección contraria. Y
pude observar que siempre que Matthren (o Tchembre, como le llamaban), el hijo
de su primo, venía a la ciudad y visitaba a su tía, Mademoiselle Leeauw se
conducía ante él casi con tanto cuidado y tanta mesura como si estuviera en
presencia de mi tío. No ha de suponerse que Tchembre compartiera la
hipersensible susceptibilidad de tío Spencer. Antes al contrario, hallaba tan
desmedida delicia en cuanto fuera excrementicio, que ella juzgaba prudente no
darle satisfacción, por la misma razón que encontraba avisado no fomentar mis
prejuicios nacionales a favor de una reticencia exagerada acerca de estos y
parecidos asuntos. Tengo por cierto que acertaba en ambas cosas.
Mademoiselle
Leeauw tenía una hermana mayor llamada Louise (Louisette en el idioma de
Longres, en donde añadían casi invariablemente el sufijo diminutivo a todos los
nombres). Louisette, como su hermana, había permanecido soltera. Y si se tiene
en cuenta su fealdad, pues se parecía a su hermana como una caricatura traviesa
se parece al original, es decir, mucho y nada simultáneamente, la disparidad
cobraba singular énfasis en este caso, debido a que la Naturaleza había echado
mano para el modelado de ciertas facciones de elementos atávicos distintos y
menos afortunados que los empleados en la cara fraterna; si se tiene en cuenta
su fealdad, digo, la cosa no era de extrañar. Aunque pudiera serlo, si se
recuerda la dote que tenía. Louisette no era rica; pero tenía quinientos
francos al año poco más o menos, igual que su hermana, desde que murió su padre
y la granja se vendió, a lo que hay que añadir otros doscientos heredados de
una anciana tía de su madre. Estas rentas le bastaban para vivir sin trabajar, en
holganza que ocupaba principalmente con ejercicios religiosos.
Hay en
los aledaños de Longres una pequeña colonia de beguinas, ya de antiguo
abandonada por las religiosas, las cuales, dispersadas hoy por todo el ámbito
nacional de Bélgica, forman una comunidad reducida y casi extinta. La
abandonada colonia religiosa la pueblan hoy gentes pobres y ordinarias. Las
casitas, de aleros muy pronunciados, están edificadas en torno de una gran
plaza crecida de hierba, en el centro de la cual se alza una iglesia sin culto.
Louisette vivía en una de estas casitas, en parte, porque el alquiler era muy
módico, pero también porque le complacía el ambiente marcadamente religioso del
lugar. Al asomarse a la ventana de su casita de aguzado tejado y contemplar la
plaza claustral, casi podía creerse beguina verdadera. Todas las mañanas, muy
temprano, iba a misa, y los domingos y días de fiesta su asiduidad al templo
alcanzaba casi el límite de saturación.
Venía
frecuentemente a casa de mi tío. Camino de la iglesia, y al volver de ella,
nunca dejaba de entrar para charlar un rato con su hermana. Algunas veces
recuerdo que traía consigo un gran saco de paño verde, lleno de extraños
tesoros, y entonces cruzaba la plaza con pasos rápidos y temerosos, lanzando a
derecha e izquierda miradas de recelo, como el viajero que atraviesa un
descampado infestado de bandidos. El saco contenía el cetro y la corona de
plata de Nuestra Señora, la diadema dorada del Niño, el halo de San José, el
enjoyado libro de plata perteneciente a no recuerdo cuál de los Doctores de la
Iglesia, los lirios de santo Domingo y un cierto número de corazones de plata
de los que brotaban llamas argentíferas. Louisette, cuyo celo conocía y alababa
el señor cura, gozaba del insólito privilegio de estar encargada de la limpieza
de las joyas propiedad de las imágenes veneradas en la iglesia. Unos días antes
de cualquier fiesta sonada, las imágenes se veían robadas de sus finos adornos
y el botín le era entregado a Louisette, quien, temerosa de ir con su preciosa
carga hasta su casita de beguina, entraba en casa de mi tío, vecina de la
iglesia. El saco era vaciado sobre la mesa del cuarto de Antoinette, y los
tesoros, increíblemente sucios tras varias semanas o meses de abandono,
quedaban a la vista. Hacían entonces una pasta con jaboncillo de sastre y
ginebra, la cual aplicaban las dos hermanas con unos cepillos de uñas a las
coronas y los corazones, o, si se trataba de joyas afiligranadas, con un cepillo
de dientes reservado para tal empleo. Luego, la plata era enjugada con un trapo
y pulida con un trozo de cuero.
Mi
orgullo de varón me impedía compartir las que se me antojaban tareas femeniles;
pero me gustaba permanecer allí, con las manos hundidas en los bolsillos del
pantalón, contemplando a las dos hermanas afanadas entre aquellos símbolos
preciosos y sagrados, y procurando entender todo lo que mis escasos
conocimientos del flamenco y de la vida me permitían de la charla de Louisette,
que brotaba sin cesar de sus labios, en un tono monótono e invariablemente con
intenciones críticas.
Louisette
siempre me inspiró cierto respeto. Carecía del encanto y de la virtud que
adornaban a su hermana, la cual virtud únicamente se llama dulzura. La
encontraba áspera, de humor agrio e inclinada a la malevolencia. Pero bien
puede ser que la juzgara equivocadamente, pues he de confesar que nunca supe
sobreponerme a su fealdad. Era ésta una fealdad aguzada, ganchuda, de bruja,
que por aquel entonces hallaba yo singularmente repulsiva.
¡Qué
difícil es, incluso con la mejor voluntad del mundo, y hasta para un hombre
maduro y razonable, el juzgar al prójimo sin dejarse influir por el aspecto
exterior del juzgado! La belleza es una carta de recomendación a la que es casi
imposible no atender, y muy demasiadas veces achacamos al espíritu la fealdad
del rostro. O, para ser más preciso, no nos esforzamos en mirar detrás de la
careta opaca de la faz, sino que huimos de los que son mal parecidos sin antes
procurar enterarnos de su valía verdadera. El hombre maduro es lo
suficientemente razonable y recio de voluntad para ahogar, o al menos
disimular, el desagrado instintivo que la contemplación de la fealdad le
produce; pero no ocurre igual con el niño. A los tres o cuatro años de edad,
los niños escapan llorando de un cuarto al ver a un desconocido cuya cara
encuentran desagradable. ¿Por qué? Porque el hombre feo es «un hombre malo». Y
alcanzada mayor madurez al cabo de muchos años, aunque aprendemos a dominar
nuestros gritos al ver a un visitante mal encarado, hacemos cuánto podemos, por
lo menos al principio o hasta que su conducta haya demostrado palmariamente que
su cara no refleja su carácter, hacemos cuánto podemos, digo, para no tener
comercio alguno con él. Por tanto, si Louisette nunca me gustó, acaso la culpa
no fuera suya, sino que mi muy acentuado horror ante la fealdad, tal vez me
llevara a atribuirle características desagradables de las que verdaderamente
carecía. Me parecía, pues, áspera y de carácter agrio; quizá no lo fuera; pero
el hecho es que así me parecía. Eso explicaba que nunca llegué a conocerla, ni
procuré conseguirlo, como conocía a su hermana. Ni siquiera después del suceso
extraordinario que, uno o dos años después de mi primera visita a Longres,
había de cambiar fundamentalmente su vida, hice ningún esfuerzo para entender a
Louisette. ¡Cuán profundamente deploro hoy mi descuido! Pero, al fin y al cabo,
fuera necio el culpar a un niño por no tener iguales normas de criterio que un
varón sesudo. Hoy, al considerar retrospectivamente el carácter y la conducta
de Louisette, los hallo inmensamente curiosos y dignísimos de estudio. Pero
hace veinte años, cuando la conocí, su fealdad me asombró desde un principio, y
aún después de vencida mi repulsión, hizo que siempre la viera rodeada por su
aura ponzoñosa que mi interés no logró jamás atravesar. Añadiré que el suceso
que hoy juzgo extraordinario, me pareció entonces casi normal y desprovisto de
interés especial. Y como Louisette falleció antes que mi opinión tuviera tiempo
de cambiar, únicamente puedo expresar acerca de su carácter un juicio pueril y
relatar escuetamente los hechos tal y como llegaron a mi noticia.
Ocurrió
que en la segunda o tercera feria que disfruté, vino a Longres una novedad. Y
era original lo que en aquella barraca se exhibía, no solamente para mí, pues
esto fuera pequeña maravilla, ya que todo me parecía extraordinario —la mujer
cañón, los comedores de fuego, los contorsionistas, y hasta los enanos y
gigantes—, sino también para los proyectos ciudadanos de Longres, de quienes
hubiera podido esperarse el conocimiento de cuantas maravillas, rarezas,
monstruosidades y abortos de la Naturaleza, el mundo pudo alumbrar y exhibir en
la Grand’Place. Tratábase de irnos bailarines demoníacos, que se decían
tibetanos, por la impresión de cosa exótica y misteriosa que tal calificación
pudiera tener, pero que eran, en realidad, dos indios expatriados y una pareja
de franceses morenos del Mediodía, que pudieran pasar, con algo de buena
voluntad, por compatriotas arios de los dravidios de oscura tez. Y no es que la
nacionalidad y la pigmentación de los danzantes tuvieran importancia, pues en
el escenario usaban inmensas caretas, o más bien grandísimas cabezas postizas,
horrendas de mueca, crecidas de cuernos y diabólicas de aspecto, que los
anuncios decían ser las que se empleaban durante las danzas rituales ejecutadas
en presencia del Lama Dalai en el convento principal de los Lhasas. Cotejando
mis recuerdos de entonces con el conocimiento que hoy tengo del arte de
Oriente, imagino que las tales cabezotas habían salido de alguna tienda
marsellesa de un vendedor de artículos de guardarropía teatral, pues de Marsella
llegaron los bailarines. Pero esto no quita que fueran sorprendentes y
espeluznantes. En cuanto a los bailes, no dejaban tampoco de ser de salaz
simbolismo y típicamente orientales de manera convencional, aunque fueran en
gran medida inventados por los dos franceses, autores de la pantomima, a cuyo
cargo corría todo el contenido dramático de los bailes, mientras que los
indios, atónitos y admirados, contribuyeron solamente con unos recuerdos del
culto de Siva y de la adoración ritual de los benéficos lingas.
Esta
colaboración entre Oriente y Occidente era la que aseguraba el éxito a la
función; el contenido occidental satisfacía por responder a los conceptos
reconocidos por el público; el oriental daba a lo archiconocido un aire de
novedad falso, pero convincente, y casi un significado nuevo.
Encantado
por la oportunidad de ver lo que suponía ser unos cuantos ejemplos
característicos de los ritos paganos del Oriente misterioso, y siempre deseoso
de mejorar mi educación iniciándome en los secretos de la Realidad, mi tío me
llevó a ver los bailes. Pero la pantomima dramática de los dos franceses
representaba una clase de Realidad que en manera alguna merecía el beneplácito
de mi tío. Se levantó inopinadamente, mediado el primer baile, diciendo que
creía que el circo sería más divertido, lo cual era muy cierto por lo que a mí
hacía. Pues no tenía yo edad para apreciar ni la belleza plástica ni el extraño
significado moral de los bailes de aquellos demonios.
—El
mamismo —me dijo mi tío según discurríamos por entre barracas y vertiginosos
aparatos— ha degenerado deplorablemente de su antigua pureza brahmánica.
Y acto
seguido comenzó a explicarme, alzando la voz para ser oído a pesar del bramar
de los órganos de los tiovivos, los principios del brahmanismo. Mi tío sentía
una gran flaqueza por las religiones orientales.
—¿Qué te
han parecido los bailes? —me preguntó Mademoiselle Leeauw cuando regresamos
para cenar.
Respondí
que mi tío juzgó que yo encontrarla más divertido el circo. Antoinette movió la
cabeza con mudo asentimiento, con significativo gesto de comprensión.
—¡Pobre
hombre! —dijo.
Luego
continuó diciendo que qué le parecerían los bailes a Louisette, quien iba a
verlos por la noche.
Nunca
supe exactamente lo que ocurrió, pues el suceso estuvo siempre rodeado de
misterio y silencio, y mi curiosidad acerca de Louisette era demasiado débil
para que pudiera atravesar la capa de misterio. Lo único que sé es que dos o
tres días después, cuando ya acababa la feria, Albert Snyders, el joven hijo
del abogado, se me acercó en la calle y me preguntó con la alborozada expresión
de quien dice algo que sabe que su interlocutor encontrará desagradable:
—¿Qué te
parece de los manejos de tu Louisette con ese negro?
Respondí,
con toda veracidad, que nada había oído acerca de tal cosa, que en cualquier
caso Louisette no era mi Louisette ni nada teníamos que ver con ella, y que me
daba un ardite de cuanto hiciera o pudiera acontecerle.
—¿Que no
has oído nada? —dijo Snyders sin poderlo creer—. ¡Pero si ese negro va a casa
de ella todas las noches, y ella le da ginebra, y cantan juntos, y la gente ve
en las cortinas las sombras de los dos bailando! No se habla de otra cosa.
Me temo
que Snyders se llevó un chasco. Quiso irritarme y verme enfurecido, y le
fallaron sus cálculos por completo. Dos fueron sus errores: el primero, su
suposición de que yo consideraría a Louisette como cosa de la familia,
simplemente porque era hermana del ama de llaves de mi tío; el segundo,
atribuirme un conocimiento del mundo suficiente para poder darme cuenta de la
naturaleza escandalosa de la conducta de Louisette. Y la verdad era que
Louisette me era antipática no me interesaba lo que pudiera hacer, y, además,
no veía nada extraordinario en lo que se decía que había hecho.
Confrontado
con mi calma impertérrita, Snyders se retiró cabizbajo. Pero antes de hacerlo
se vengó diciéndome que debía yo de ser muy estúpido y un niño bobo si no podía
darme cuenta de lo que aquello significaba. Lo de niño bobo me pareció más
insultante.
Cuando
repetí a Antoinette las palabras de Snyders, me dijo que debieran darle una
paliza, y con verdadero susto flamenco comenzó a especificar con gran lujo de
detalles cómo, con qué instrumento y en dónde debiera ser daba la paliza. No
volví a pensar en el asunto. Pero acabada la feria, y recobrados por la
Grand’Place su silencio y su soledad ordinarios, vi vagar por las calles sin
dirección fija a un hombre gordo y de color café, a quien los rapaces de
Longres, como los tres groseros chicos de Struwwelpeter, perseguían desde
lejos, retorciéndose de risa. Aquel año regresé a Inglaterra antes de lo
acostumbrado, pues estaba invitado a pasar las tres semanas últimas de las
vacaciones en casa de un compañero de colegio, desgraciadamente en Hastings,
por lo que mi visita no aumentó de manera apreciable mis conocimientos acerca
de la superficie terráquea. Cuando volví a Longres en Navidad, descubrí que
Louisette ya no era Louisette simplemente, sino la recién casada esposa de un
marido color café. Madame Alphonse, la llamaban, pues nadie se molestaba en
pronunciar el nombre verdadero del bailarín indostánico. Se sabía que era algo
que empezaba por «Al», y nada más. Monsieur y Madame Alphonse. La noticia no me
causó gran impresión cuando llegó a mi conocimiento.
Pero
aunque hubiera sentido curiosidad por saber más detalles, el episodio
continuaba envuelto en austero silencio. Antoinette no me habló nunca de ello.
Y mi tío, que no estaba interesado en esa estofa de Realidad, que incluso la
condenaba, parecía aceptar en silencio su existencia. No dudo que el asunto fue
largamente comentado por los chismosos de Longres, y me es fácil imaginar en
qué vena, teniendo en cuenta las abundantes críticas y censuras de Louisette.
Pero nunca oí hablar de ella; lo cual entiendo no fue accidente fortuito, sino
más bien debido a encontrarme yo bajo la égida de Antoinette, de quien las
gentes se mostraban temerosas. La historia continuó siendo para mí no más
insólita que la relatada en su jocoso verso por Edward Lear:
There was
an old Man of Jamaica,
Who casually married a Quaker;
But she cried out, Alack, I have married a black!
Which distressed that old Man of Jamaica.
Y bien
puede ser que ésa sea la manera mejor de considerar tales incidentes, sin hacer
preguntas, sin curiosidad fisgona. Pues todos sentimos curiosidad excesiva
acerca de los asuntos del vecino. Sobre todo, si se trata de asuntos amorosos.
¡Qué prurito y comezón sentimos por enterarnos de si Mr. Smith hace el amor a
su secretaria, y si su esposa busca consuelo para ello; de si tal o cual
ministro es, realmente, tan rijoso como se dice! Y en tanto ocurren a nuestro
alrededor los más increíbles milagros: alzamos una piedra, la soltamos y cae al
suelo; el sol brilla; las abejas visitan las flores; germinan las semillas; en
el término de nueve meses, una célula multiplica su peso varios miles de veces
y se trueca en un niño; y los hombres piensan y crean el mundo en que viven.
Tales milagros nos dejan casi completamente indiferentes.
Pero si
se trata de las maneras en las cuales los diversos individuos satisfacen las
ansias de un instinto determinado, no obstante la tremenda monotonía de los
hechos, no obstante sernos sobradamente conocida la consumación ineluctable,
experimentamos una curiosidad siempre remozada. Tal vez algún día llegaremos a
hastiarnos de los libros cuyo tema es siempre ese instinto. Algún día, puede
ocurrir, el novelista de éxito escribirá acerca de las relaciones del hombre
con Dios, con la Naturaleza, con sus propios pensamientos y la tenebrosa
realidad en la que se mueven, y dejará de considerar las relaciones de varón y
mujer. Pero mientras llega ese día…
Qué
etapas recorrió la solterona para andar el camino entre su antigua devoción y
su actitud de áspera censura del amor y su pasión por el dravidio, únicamente
puedo suponerlo. Lo más probable es que no hubiera tales etapas, y que la
conversión fuera fulminante y repentina, como Ja ocurrida en el camino de
Damasco, y, como aquélla, preparada secreta e inconscientemente con gran
antelación al suceso. Es indudable que fue el puro salvajismo, la naturaleza
pagana y la bestialidad triunfante de las danzas lo que la arrastró, lo que
rompió todas las barreras continentes tras las cuales la humana naturaleza
había permanecido embalsada durante tanto tiempo. En cuanto a Alphonse, los
motivos que le impulsaron son evidentes. La experiencia le decía que la
profesión de bailarín endiablado era agotadora, precaria y poco productiva. Iba
engordando, su corazón ya no era tan fuerte como antes, y el hombre principiaba
a advertir la pesadumbre de los años. Louisette y su renta le parecieron
providenciales. ¿Qué importaba que fuera fea? El hombre no vaciló.
Monsieur
y Madame Alphonse alquilaron una tiendecita en la calle Neuve. Antes de
abandonar la India y convertirse en bailarín, Alphonse fue zapatero remendón en
Madrás, y como tal podía contaminar a un brahmín a veinticuatro pies de
distancia. Convertido en comedor de carne de buey, y por tanto en renegado, la
distancia a la cual resultaba eficaz su capacidad infecciosa aumentó a sesenta
y cuatro pies. Afortunadamente, en Longres no había brahmanes.
Era un
hombre grandullón, recio, chato y de tez brilladora; su sonrisa era constante,
y recordaba un acordeón abierto. Muchos fueron los pares de botas que le llevé
para que les pusiera medias suelas, porque Antoinette, aunque horripilada por
la idea de tener por cuñado a un negro, pues así le llamaba, y aunque regañó
con su hermana a causa de su locura demente y monstruosa, y se resistía a
reconciliarse con ella, insistía en que todos nuestros zapatos y botas fueran
remendados por el nuevo zapatero. Esto, como ella decía, era natural. Los
deberes de los miembros de una misma familia para con los demás estaban, según
Antoinette, por encima de cualesquiera desavenencias personales que pudieran
sobrevenir.
Mi tío
Spencer iba con frecuencia a la tienda del remendón, y allí se pasaba sentado
las horas muertas, mientras Monsieur Alphonse martillaba sobre la horma,
escuchando anécdotas sacadas del Ramayana o el Mahabharata, y mi tío discurría
sobre la filosofía brahamina, acerca de la cual, naturalmente, sabía mucho más
que un mísero sudra como Alphonse. Mi tío solía regresar de estas visitas de
humor excelente.
—Su
cuñado es un hombre interesantísimo —le decía a Antoinette—. Estuvimos hablando
de Siva. Muy interesante.
Pero
Antoinette se encogía de hombros:
—Mais
ç’est un nègre —murmuraba.
Podía mi
tío asegurarle cuanto quisiera que los dravidios no son negros, y que era
probable que por las venas de Alphonse corriera buena sangre aria. Era inútil.
Antoinette ni se dejaba convencer ni le prestaba oído. Podían los ricos creer
en tales cosas, pero un negro era negro, y lo demás eran filfas.
Monsieur
Alphonse era hombre de muy variadas aptitudes, pues por añadidura a cuánto
queda dicho, sabía leer las rayas de la mano, lo cual hacía con una gravedad y
una certidumbre magistrales, que casi bastaban para hacer verdaderos sus
vaticinios. Esta sabiduría oriental y mágica la adquirió en los caminos de
Marsella a Longres, de un charlatán que formaba parte de la compañía de
histriones trashumantes con la cual vino Alphonse. Pero Monsieur Alphonse
ejecutaba sus trucos con estilo de profeta mayor, con lo que la gente atribuía
a su quiromancia toda la autoridad mágica del Oriente misterioso. Monsieur
Alphonse no profetizaba a cualquiera. Pudo advertirse que lo hacía casi
exclusivamente a sus parroquianas, como si únicamente le interesara la suerte
de las mujeres. Por mucho que le insinué que me gustaría que me dijesen la
buenaventura, y aunque le pedí sin rodeos que mirase las rayas de mi mano, nada
logré. Se excusaba o por estar demasiado ocupado o por no encontrarse inspirado
el espíritu profético. Mas si en aquel preciso instante entraba en la tienda
alguna mujer joven, inmediatamente sus ocupaciones disminuían y el espíritu
profético retornaba a él. Y sin aguardar a que la muchacha se lo pidiera, él le
tomaba la mano, la estudiaba, le daba golpecitos, seguía con su índice abultado
y moreno las rayas, y, de vez en vez, alzaba hacia la examinada sus ojos
oscuros, que parecían más negros y expresivos a causa de la córnea azulada en
la que estaban engastadas las pupilas, y abría el acordeón de su sonrisa. Y probablemente
auguraba amores, amores en abundancia, con hombres morenos y magníficos,
bendecidos con una prole copiosa; benévolos desconocidos morenos y villanos
rubios; inesperadas peripecias y larga vida; en suma: todo cuanto el corazón
puede apetecer. Esto lo decía sin cesar de dar palmaditas sobre la mano en que
leía estos portentos, la cual destacaba su blancura entre las suyas de dravidio
moreno; sin dar descanso a sus ojos, que se revolvían sobre el esmalte azulado
de su engaste, mientras a todo lo ancho de sus mofletes jugaba el acordeón de
su sonrisa, abriéndose y cerrándose.
Mi
orgullo y mi tierno sentido de la justicia se sentían profundamente heridos en
estas ocasiones. La falta de seriedad de un hombre que no tenía tiempo para
leer las rayas de mi mano, pero que lo encontraba para leer con toda calma las
de otros, se me antojaba reprensible en abstracto e insultante de manera
personal. Ya por aquel entonces decía yo no creer en la quiromancia; esto es,
los vaticinios de Monsieur Alphonse me parecían absurdos. Pero el interés que
experimentaba por mi propia personalidad y por mi suerte era tan grande, que me
parecía como si cualquier cosa que se dijera acerca de ellas hubiera de tener
una importancia especial. Si el remendón me hubiese tomado la mano y hubiera
dicho: «Eres generoso; tu inteligencia es tan grande como tu corazón; sufrirás
una grave enfermedad a los treinta y ocho años; pero luego gozarás de una vida
saludable y alcanzarás una edad muy avanzada; labrarás una gran fortuna siendo
aún joven, pero has de cuidarte de las desconocidas de pelo rubio y ojos
azules», al escuchar esto yo hubiera decidido hacer una excepción y hubiese
dicho que algo de verdad había en la quiromancia, probablemente. Pero Monsieur
Alphonse nunca me tomó la mano y nunca me dijo una palabra. Esto me parecía una
ofensa cruel y, al mismo tiempo, causa de asombro. Pues juzgaba cosa muy
extraordinaria que un asunto tan evidentemente fascinador e importante como mi
carácter y porvenir, no le interesara a Monsieur Alphonse tanto como a mí. Que
prefiriera perder el tiempo con el destino ramplón y la personalidad gris de
todas aquellas mujeres, me parecía inconcebible y vejador.
Otra
persona compartía conmigo esta opinión: Louisette. Si salía alguna vez de la
pequeña trastienda (y surgía de ella continuamente a través del umbral
oscurecido, como el cuco del reloj al dar las doce), y encontraba a su marido
echándole la buenaventura a alguna parroquiana, su cara de bruja adquiría una
expresión de más pronunciada malevolencia.
—¡Alphonse!
—decía muy significativamente.
Y
Alphonse dejaba caer la mano que estudiaba, miraba hacia la puerta y,
revolviendo sus ojos esmaltados, arrugaba sus carrillos mofletudos con una
encantadora sonrisa que hacía brillar sus dientes marfileños, y decía una frase
amable.
Pero no
se borraba el ceño de Louisette.
—Si
tienes que leerle a alguien la palma de la mano —decía así que la parroquiana
se iba—, ¿por qué no se la lees al señorito? —preguntaba señalándome—. Estoy
segura de que le gustaría.
Mas yo,
en vez de agradecérselo, en vez de decir que me gustaría, y de ofrecer mi mano,
sacudía perversamente la cabeza y decía:
—No
quiero molestar a Monsieur Alphonse.
Al mismo
tiempo deseaba con toda el alma que el zapatero insistiera en hablar de mi
persona, exquisita y portentosa. Mi orgullo no me permitía el deber mi ventura
a Louisette; no quería aprovecharme de su enojo y del deseo que Alphonse tenía
de aplacarlo. Además de mi orgullo, me impulsaba a obrar de tal manera esa
perversidad extraña e indefinida que nos empujaba a hacer muchas veces lo que
no deseamos —como cuando cortejamos a una mujer que no nos gusta y cuya
intimidad de sobra sabemos que nos acarreará solamente aburrimiento— y nos
lleva a rechazar cabezonamente el llevar a cabo lo que hemos deseado con
pasión, sencillamente porque la oportunidad de ejecutarlo no se nos ha
presentado tal y como lo habíamos figurado, o porque la persona que se ofrece a
satisfacer nuestro deseo no insiste lo suficiente en complacernos. Alphonse,
que no sentía ninguna curiosidad por mi suerte futura, ni hallaba deleite en
sobar mi mano pequeña y poco limpia, aceptaba en estas ocasiones mis negativas
al pie de la letra, y comenzaba a trabajar con refrescado entusiasmo. Y yo
abandonaba la tienda, enojado conmigo mismo por haber dejado escapar la
oportunidad que había estado a mi alcance; furioso contra Louisette por
habérmela brindado de tal manera que el aceptarla fuera humillante, y contra
Alphonse por su necedad, que no le permitió advertir lo mucho que yo deseaba
que me leyesen la fortuna, y por su poca cortesía, al no insistir a pesar de mi
negativa.
Pasaron
los años. Mis vacaciones fueron sucediéndose con regularidad, y también las
estaciones. El verano, los álamos de rico follaje y el buen talante de mi tío
eran sucedidos por el frío, la campaña azucarera, los símbolos escatológicos de
chocolate, los días cortos, y las tinieblas morales de la neurastenia anual de
mi tío Spencer. Entre ambos extremos llegaban las vacaciones de Pascua, con la
esperanza verde pálido de retoños y pimpollos, y templada por la primavera y la
relativa amabilidad de mi tío. Además de las vacaciones, se sucedían los
cursos. Dejé de ir a Eastbourne. Mi conocimiento de nuestro planeta aumentó; me
convertí en estudiante de un colegio famoso.
Recuerdo
que a los quince años pasé un período de pedantería que me hizo adoptar una
solemnidad desproporcionada a mis propios años. Muchos niños no saben lo
jóvenes que son hasta alcanzar la mayoría de edad, y no son menos los muchachos
que viven pendientes de su dignidad, siempre temerosos de ser despreciados por
su inexperiencia. En esta época escribí desde Longres a uno de mis compañeros
de colegio una carta, la cual él conservó por fortuna, lo que nos permitió
leerla pasados algunos años y reírnos y admirarnos de aquellos ancianos graves
y académicos que fuimos de muchachos. Mi amigo me había escrito describiéndome
la boda de una hermana suya, y yo le contesté en estos términos:
«¡Qué
velozmente, mi querido Henry, el manto de púrpura y las antorchas del himeneo
dejan su lugar a la nenia, la urna funérea y el ciprés! Mientras tus días
pasaban entre jocundidades connubiales, fueron los míos entenebrecidos por los
horrores anejos a la muerte. Así es la vida».
La
reflexión filosófica del final aparecía subrayada.
Los
horrores de la muerte tuvieron más efecto sobre mis sonoras antítesis que sobre
mi vida. Pues aunque el suceso me hizo cierta impresión, por ser la primera vez
que una cosa de tal índole ocurría dentro de mi órbita personal, no puedo decir
que me afectara hondamente la muerte de Louisette, demasiado vieja ya para
ensayar el experimento de dar a luz una hija, mitad dravidia y mitad flamenca,
que murió con ella. Mi tío, siempre deseoso de darme a conocer la Realidad, me
llevó a ver el cadáver. La muerte logró atemperar en cierto grado la fealdad de
Louisette. En presencia de aquel reposo absoluto, experimenté súbita vergüenza
de haber sentido tan poca simpatía por Louisette. Quise poder explicarle que,
de haber yo sabido que iba o morir, me hubiese mostrado más cordial con ella y
habría procurado que me fuera más simpática. Y de repente, me encontré
llorando.
En el
cuarto trasero el piso bajo, Alphonse también lloraba, ruidosa,
lamentablemente, como era su deber. Tres días más tarde, cumplido
suficientemente su deber y satisfechos los convencionalismos, mostró de pronto
una gran conformidad filosófica con su pérdida. Las modestas rentas de
Louisette eran suyas ahora, y añadido a ellas lo que él ganaba con lezna y
tirapié, podía vivir con estilo casi principesco. Una o dos semanas después del
funeral, comenzó la feria. Sus antiguos camaradas, que desde la última vez que
estuvieron en Longres habían recorrido varias veces Europa bailando del uno al
otro confín, aparecieron inesperadamente en la Grand’Place. Alphonse se dio el
gusto de representar el papel de huésped generoso, y todas las noches, así que
acababa la función, los diablos se descornaban para congregarse ante vasos y
botellas en la trastienda de Alphonse, para recordar alegremente los tiempos
pasados, y felicitar, no sin algo de envidia, a su compañero por su prodigiosa
buena suerte.
En los
años que precedieron a la guerra fui poco a Longres. Mis padres ya habían
regresado de la India y yo pasaba las vacaciones a su lado. Cuando las
vacaciones se transformaron de escolares en universitarias y tuve edad
suficiente para campar por mi cuenta, empleé casi todo mi tiempo libre viajando
por Francia, Italia o Alemania, y muy raras veces, tal vez camino de Milán, o
al regresar de Colonia o de dos semanas pasadas visitando las pinacotecas
holandesas, fui a la casa de la Grand’Place, en donde había pasado tantos y en
general tan felices días. Seguía queriendo a mi tío; pero ya no le admiraba, y
sus opiniones, lejos de arraigar y hacerse frondosas en mi mente como antaño,
me parecían, en su mayor parte, juzgadas a la luz de mis conocimientos y experiencia,
demasiado fantásticas para que valiera la pena contradecirlas y refutarlas.
Ahora le escuchaba con toda la intolerancia de la mocedad por las opiniones de
sus mayores (y mi tío, aunque solamente tenía cincuenta años, me parecía
fosilizado y antediluviano), asintiendo a todo cuanto predicaba con una sonrisa
que a cualquier persona más recelosa y menos dominada por ideas fijas le
hubiera parecido desprecio impertinente. Por aquel entonces, mi tío venía
aficionándose más y más a las ciencias ocultas. Cada vez hablaba menos de la
construcción de bóvedas y más de las potencias espirituales de Hahnemann, más
de Swedenborg y de filosofía vedántica, en la cual había adoctrinado
concienzudamente a Alphonse. Y mostraba gran entusiasmo por otra cosa: los caballos
calculadores de Elberfeld, que hacían gran ruido en el mundo por entonces,
gracias a su sorprendente habilidad para extraer raíces cúbicas mentalmente.
Fuertemente imbuido de la filosofía materialista y dominado por el irreflexivo
y espontáneo escepticismo que entonces privaban en todo hombre joven que se las
diese de inteligente, las preocupaciones mistagógicas y religiosas de mi tío me
parecían maravillosamente divertidas y grotescas. Hoy las juzgaría menos
ridículas, pues ahora es el fácil credo de mi juventud el que se me antoja
extraño por demás. Hoy le es posible, por no decir casi necesario, al hombre de
ciencia ser además místico. Pero en aquella época podía resultar disculpable el
creer que el misticismo únicamente podía coexistir con los conocimientos
pintorescos y la fantástica extravagancia mental de mi tío Spencer. Vive uno
para aprender.
Durante
estas visitas, confesaré que no me encontraba muy a gusto con Mademoiselle
Leeauw. Para Antoinette yo continuaba siendo el mozalbete que solía ir año tras
año a pasar las vacaciones en Longres. Me hablaba siempre de los felices
sucesos del pasado, acerca de los cuales sus recuerdos eran de esa fidelidad
extraordinaria y detalladísima con la que quienes no ejercitan sus mentes con
preocupaciones inteligentes y leen poco, admiran siempre a sus prójimos más
estudiosos. Cautivado yo por las delicias recién descubiertas en el estudio de
la Historia, la Filosofía y el Arte, me resultaba difícil sentir interés
particular por mi pasado infantil. Antoinette me preguntaba si se patinó el año
1905 en los canales; si recordaba el verano en que un tábano avieso me picó y
tal era su ponzoña que se me hinchó un carrillo como un globo y hube de guardar
cama. Era posible. Al serme recordadas tales cosas, las veía con mi memoria,
aunque muy vagamente. Pero ¿qué interés podían tener tales hechos cuando me
invitaban a la reflexión los frescos de Miguel Ángel, Platón y las novelas de
Dostoyevski? ¿Qué importancia podrían tener en relación con David Hume, por
ejemplo? ¡Qué insípidas, consideradas en conjunto, con los dichos de
Zaratustra, la obertura de Coriolano o las estrofas de Arthur Rimbaud! Pero
para la pobre Antoinette eran toda la vida. Tenía yo la sensación constante de
que no estaba mostrándome suficientemente comprensivo con ella. Pero ¿era la
culpa mía? ¿Podía volver a ser lo que había sido o cambiarla a ella fulminantemente?
A
principios de agosto de 1914 estaba en Longres, camino de las Ardennes, en
donde pensaba pasar uno o dos meses apaciblemente dedicado a lecturas serias
con tres amigos, antes de seguir a Italia en setiembre. Convencido de la
validez de aquella demostración de cierto profesor alemán que había probado,
usando las leyes matemáticas de las probabilidades y la balística, que la
guerra moderna era imposible, mi tío no hacía caso de los ominosos rumores que
corrían. Aquello no era más que otro episodio como el de Agadir y no pasaría
nada. En cuanto a mí, absorto en Variaciones de la experiencia religiosa, de
William James, tampoco me preocupé, y ni siquiera leía los periódicos. Por
aquel tiempo compartía la fe de mi tío acerca de la imposibilidad de una
guerra. Carecía de experiencia que refutase tales creencias y, además, éstas
venían como anillo al dedo a mis aspiraciones y a mi credo político, pues
entonces era yo apasionado sindicalista e internacionalista.
Y, de
súbito, todo se nos vino encima.
Sin
embargo, mi tío continuó optimista. A las dos semanas de lucha, profetizaba, se
vería que el profesor alemán estaba en lo cierto, y la guerra tendría que
cesar. En cuanto a mí, recuerdo que mi estado de ánimo era de una pueril
exaltación, mucho más fuerte que mi horror. Me sentía como en víspera de
ferias, cuando veía desde mi ventana los grupos de saltimbanquis y feriantes
que aprestaban sus casetas y puestos en la plaza. Por fin iba a ocurrir algo.
Esa exaltación irrazonable supongo que es un fenómeno corriente al comenzar
cualquier guerra. Un aire embriagador y de fiesta sopla en calles y plazas. La
guerra siempre es popular en sus comienzos.
No
regresé a Inglaterra inmediatamente, sino que permanecí en Longres unos cuantos
días con la vana esperanza de «ver algo», o de que los hechos diesen la razón a
mi tío y la guerra acabara en unos días. Mi esperanza de «ver algo» se cumplió,
aunque el «algo» no fue un espectáculo brillante y romántico como yo imaginara.
Lo que vi fue unos grupos de refugiados venidos de los pueblos cercanos a
Lieja: hombres sin afeitar, mujeres demacradas, con las mejillas polvorientas
surcadas por regueros secos de lágrimas, y niños y niñas que caminaban con paso
inseguro, como si estuvieran dormidos, idiotizados y mudos de cansancio. Mi tío
recogió en su casa a una de estas familias, diciendo que pasados irnos días,
cuando todo acabara, podrían regresar a su hogar. Y cuando Antoinette le
repetía indignada los relatos de pillaje y fusilamiento, mi tío no los creía.
—Estamos
en el siglo XX —decía—. Esas cosas no ocurren ya. Esa pobre gente está
demasiado cansada y asustada para saber lo que está diciendo.
Regresé a
Inglaterra durante la segunda semana del mes de agosto. Mi tío casi montó en
cólera cuando le aconsejé que me acompañara. En primer lugar, repuso, todo
acabaría dentro de unos días; en segundo lugar, estábamos en el siglo XX, que
es probablemente lo que dijeron los cretenses el año 1500 a. J. C., cuando
después de veinte siglos de paz, prosperidad y civilización progresiva, fueron
amenazados por los bárbaros nórdicos; y en tercer lugar, tenía que permanecer
en Longres cuidando sus intereses. No insistí. Hubiera sido inútil.
—Adiós,
muchacho —me dijo.
Y advertí
un insólito acento emocionado en su voz cuando pronunció la palabra adiós.
El tren
arrancó lentamente. Asomado a la ventanilla, pude ver a mi tío en pie sobre el
andén, agitando su sombrero. Tenía ya el pelo completamente blanco; pero su
rostro se conservaba lozano y sus ojos de igual brillo y oscuridad, su cuerpo
tan erguido y ágil como cuando lo conocí.
—¡Adiós,
adiós!
No le
volvería a ver hasta pasados cinco años.
Lovaina
ardió el 19 de agosto. Los alemanes entraron en Bruselas el 20. Longres, aunque
más al Este que Lovaina, no fue ocupado hasta pasados dos o tres días, pues
quedaba desviada la ciudad del camino directo de Bruselas y del interior. Una
de las primeras decisiones del comandante alemán fue arrestar a mi tío y a
Monsieur Alphonse. No porque hubieran hecho algo; le molestaba su existencia.
El hecho de que fueran súbditos británicos los hacía sumamente sospechosos.
—Aber
wir sind —protestó mi tío en su rudimentario alemán— im
zwanzigsten jahrhundert. Und der krieg wird nicht lang…
Vacilaba,
buscando inútilmente la palabra, y acababa por continuar en su propio idioma,
feliz de poder terminar su protesta con elocuencia:
—Y en
cualquier caso, la guerra no va a durar ni una semana.
—Así lo
espero —le contestó sonriente el comandante alemán en excelente inglés—; pero
mientras tanto, mucho me temo que…
Mi tío y
su camarada británico fueron encerrados temporalmente en el manicomio. Unos
días más tarde fueron enviados a Bruselas bajo escolta. Según me contó más
tarde mi tío, Monsieur Alphonse soportó todo con verdadera paciencia oriental.
Mudo, obediente y sin quejarse, se quedaba allí en donde sus capturadores le
ponían, como un gran lío pardusco que un viajante de comercio hubiera dejado en
el andén al ir a la fonda para tomar una copa y un emparedado. Y con docilidad
superior a la de cualquier paquete, iba a dónde le decían o le llevaban sin
resistirse.
—Ojalá
pudiera yo haber seguido su ejemplo —me dijo mi tío—. Pero me fue imposible. Me
ardía la sangre.
Y mis
recuerdos de las campañas azucareras me permitían formarme una idea acerca de
la profundidad y la violencia de la impaciencia e irritación de mi tío.
—Estamos
en el siglo XX —les repetía incesantemente a sus guardianes—, y yo no tengo
nada que ver con esta guerra imbécil. ¿Adónde demonios nos llevan? ¿Cuánto
tiempo vamos a tener que estar esperando en esta cochina estación, sin comer?
Hablaba
como un hombre rico que está habituado a comprar toda clase de comodidades y de
respetos. Los soldados, dotados de la paciencia de los pobres, estaban
acostumbrados a que los mandasen ir de aquí para allá, a esperar
indefinidamente, allí donde se les ordenaba aguardar, y no entendían esta
irritación desmedida ante lo que a ellos les parecía la cosa más natural del
mundo. Mi tío, al principio, les divirtió; mas como su furia fuera aumentando y
durando excesivamente, acabó por enojarlos. Al final, uno de sus guardianes le
dio un gran puntapié en el trasero para que callara de una vez. Se volvió mi
tío y se abalanzó como un energúmeno contra el soldado; pero un compañero de
éste le metió el fusil entre las piernas y mi tío cayó al suelo pesadamente. Se
levantó. Los soldados reían con estrépito. Alphonse, como un paquete,
permanecía exactamente en el mismo lugar en donde le habían dejado, inmóvil,
sin expresión, con los ojos cerrados.
Los
alemanes habían instalado en el piso superior del Ministerio del Interior una
especie de campo provisional de concentración. Todas las personas sospechosas,
tales como extranjeros dudosos, indígenas, recalcitrantes, y cualquiera de
quien los invasores sospecharan que tenía una influencia peligrosa sobre los
demás, eran enviadas a Bruselas y encerradas en el Ministerio del Interior, en
donde deberían permanecer hasta que las autoridades tuvieran tiempo de estudiar
su caso. En esta cárcel provisional fueron encerrados mi tío y su compatriota
dravidio una tarde asfixiante de finales de agosto. En cualquier año corriente,
pensó mi tío, la kermesse de Longres hubiera estado en su apogeo. La mujer
cañón estaría lavándose la cara con el pecho; los Fígaros, representando una
vez más la Pasión del Señor; la mujer sin brazos, brindando con los dedos de
los pies, y el vendedor de mejillones, escuchando con atención la aparición del
primer síntoma de una tos. ¿En dónde se encontraba toda aquella buena gente
aquel año? ¿Y dónde estaba él mismo? Miró a su alrededor sin poder creer a sus
ojos.
En las
buhardillas del Ministerio del Interior se apiñaba un concurso extraño y
heterogéneo. Había allí aristócratas belgas, que los invasores juzgaban
peligroso dejar en sus castillos entre la gente campesina. Había una condesa
rusa y un anarquista de igual nacionalidad, encarcelados por su origen. Había
una cantante de ópera, que pudiera ser una espía internacional. Y una
transformista rubia, imitadora de estrellas, que había estado trabajando en un
teatro de Lieja, cuyo crimen, como el de mi tío y el del dravidio, era ser
ciudadana británica. También se encontraban allí cierto número de franceses y
francesas, apresados fuera de sus fronteras. Y un organillero que persistió en
seguir tocando la Brabançonne después de avisado para que parase, y copia de belgas
de todas clases y de uno y otro sexo, culpables de cualquier crimen, o quizá de
aspecto sospechoso simplemente, que ahora aguardaban su destino, el cual les
sería comunicado en cuanto las autoridades encontrasen tiempo para ocuparse en
interrogarlos.
Mi tío y
el dravidio fueron arrojados con indiferencia en medio de aquella heterogénea
compañía. Cerróse la puerta detrás de ellos, y quedaron abandonados allí como
dos recién llegados al Averno, para que se las arreglaran lo mejor que
pudieran.
El último
piso del Ministerio estaba dividido en una estancia de gran tamaño y en varias
pequeñas, las cuales se hallaban en su mayoría llenas de clasificadores y
archivadores que encerraban los papeles producto de muchos años de actividad
burocrática.
En las
piezas más pequeñas, los prisioneros colocaron los jergones de paja que les
fueron adjudicados por sus carceleros. Los hombres dormían a un extremo del
pasillo y las mujeres al otro. El salón grande, en el cual debió de trabajar el
personal del Registro del Ministerio, aún contenía cierto número de mesas de
escribir y de sillas. Ahora lo utilizaban los prisioneros como comedor, cuarto
de estar y lugar de recreo. No había cuarto de baño y todas las facilidades
higiénicas se reducían a un lavabo y a un chalet de nécessité,
según término característico de mi tío. La vida en los altos del Ministerio del
Interior era demasiado placentera.
Mi tío
advirtió que los prisioneros que no estaban sumidos en sopor, o que no padecían
una preocupación enfermiza por lo que la suerte les depararía, conservaban una
alegría casi demasiado bulliciosa. Al parecer, era preciso tomar aquello o como
una broma prodigiosa o como la más espantable pesadilla. No había términos
medios. Indudablemente, con el tiempo, las dos extremadas actitudes irían
cediendo en intensidad y convirtiéndose en resignación calmosa. Pero la prisión
había durado todavía demasiado poco; la situación era demasiado nueva, irreal y
fantasmagórica y el futuro se presentaba demasiado incierto.
Los
alegres se mostraban graciosos, reían recio y tramaban mil bromas. Lograron
crear en aquella cárcel un ambiente de colegio. Los que llevaban confinados más
tiempo, y algunos estaban allí hacía casi una semana, desde el día en que los
alemanes entraron en Bruselas, asumieron el derecho indiscutible de los
«antiguos» de hacer sentirse a los más modernos incómodos y novatos. Cada
novato fue sometido a un interrogatorio feroz, semejante al que ha de soportar
un chico nuevo al llegar al colegio. Algunas veces, cuando la víctima era de
especial ingenuidad, le gastaban alguna novatada adicional.
El jefe
del partido de la alegría era un periodista belga de mediana edad, hombre
vigoroso. Recio, de bigote puntiagudo y tez roja, con un vocejón estentóreo y
una capacidad ilimitada para reír y conversar como un personaje de Rabelais. Al
aparecer el apacible dravidio, el periodista casi aulló de alegría. Tan
interesado se mostró con Alphonse, que mi tío escapó con un interrogatorio
suave y meros indicios de bromas pesadas. Quizá fue esto afortunado, pues mi
tío no se encontraba en vena de tolerar bromas, ni siquiera de un compañero de
infortunio.
El
periodista organizó inmediatamente una farsa, de la que iba a ser víctima el
pobre Alphonse. Se sentó a una de las mesas de escribir como un juez e hizo que
trajeran al dravidio, a quien dio a entender que hablaba con el comisario
alemán encargado de su caso. Alphonse contó toda su historia durante el
interrogatorio. Nacido en Madrás; zapatero profesional. Un escribiente iba
tomándolo todo según el examinado declaraba. Cuando habló de las danzas
demoníacas, el magistrado le obligó a hacer una demostración inmediatamente y
allí mismo. Todo lo referente a su matrimonio con Louisette fue examinado con
minuciosidad que no perdonó ningún detalle. Convencido de que su libertad, y
tal vez hasta su vida, dependían de su sinceridad, Alphonse fue respondiendo a
todas las preguntas de la manera más verdadera que pudo.
Al final,
tosió el periodista para aclararse la voz, resumió todo lo escuchado y
pronunció gravemente el veredicto: inocente. El prisionero sería puesto en
libertad inmediatamente. Y tomando un pliego de papel sellado, escribió en
él: laissez passer. Luego lo firmó, Von der Golz, y después de
abrir un cajón de la mesa, rebuscó entre los sellos que allí había y eligió uno
que en días más felices se utilizó para ser estampado sobre ciertos diplomas
agrícolas. Sobre el grueso manchón de lacre rojo apareció la efigie de una
vaca, sin cuernos, alrededor de la cual rezaba una leyenda: Pour
l’amélioration de la race bovine.
—Tome
—dijo el periodista en voz sonora y alargándole el papel sellado—: Puede
marcharse.
El pobre
Alphonse cogió el laissez passer y, haciendo reverencias cada pocos pasos, se
fue retirando de espaldas hasta salir del cuarto. Cogió su sombrero y su hato
con enorme alegría, corrió a la puerta y llamó en ella dando golpes. El
centinela que había fuera abrió para ver qué ocurría. Alphonse le mostró su
pasaporte.
—Aber
wass ist das? —preguntó el soldado.
Alphonse
le mostró el sello; para la mejora de la raza bovina. Y luego la firma: Von der
Golz. El centinela, creído que él y no el dravidio era quien estaba siendo
embromado, tomó la cosa a mal. Dio un empujón a Alphonse y le metió en el
encierro. Cuando el pobre hombre avanzó nuevamente, protestando y murmurando
súplicas para explicar al centinela su error, el soldado alzó el rifle y le dio
un culatazo en la barriga que hizo retroceder a Alphonse doblado y tosiendo por
el corredor. La puerta se cerró de golpe. Fue en vano que Alphonse, ya
recobrado el resuello, alborotara y gritara. La puerta no se volvió a abrir.
Allí le encontró mi tío, llamando a la puerta, escuchando, volviendo a llamar.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. Le costó gran trabajo a mi tío el
convencer a Alphonse de que todo había sido una broma. Al fin, consintió en que
le condujeran nuevamente a su yacija. Se tiró sobre ella en silencio y cerró
los ojos. Conservaba en la mano derecha el pasaporte, fuertemente sujeto, como
documento precioso, entre sus dedos morenos. No quería desprenderse de él
todavía. Quizá si conciliaba el sueño despertaría para descubrir que lo
ocurrido había sido una pesadilla. El documento ya no sería una broma, y cuando
lo exhibiera a la mañana siguiente…, ¡quién sabe!, tal vez el centinela
presentara armas y él pudiera bajar la escalera. Entonces todos los soldados
del patio saludarían y él saldría a la calle bañada de sol, agitando en el aire
la firma y señalando el gran sello rojo…
Permaneció
echado en absoluta inmovilidad, con los brazos cruzados sobre su cuerpo. El
papel colgaba sujetado por los dedos. Firme y enérgica, como únicamente puede
serlo la firma de un general, se veía la escritura que cruzaba todo el pliego:
Von der Golz. Y en la esquina inferior derecha aparecía la imagen de la vaca
sagrada, como símbolo de salvación llegando de allende los mares y los
siglos. Pour l’amélioration de la race bovine. Pero ¿no fuera más
sensato, habida cuenta de las circunstancias, comenzar por la raza humana?
Le dejó
mi tío para ir en busca del periodista y protestar de la broma brutal. Le
encontró sentado en el suelo, pues no había sillas para todos, enseñando a la
transformista rubia palabrotas francesas.
—Y si
alguna vez se encuentra usted ante Von der Golz —estaba explicándole—, esto es
lo que debe decirle.
Y acto
seguido soltó una ristra de insultos, que la pequeña transformista repitió
cuidadosamente, desfigurando con su acento inglés las palabras pronunciadas con
su voz clara y aguda:
—Sarl
esspayss de coshaw..
El
periodista soltó una carcajada estruendosa, encantado, y se dio unas sonoras
palmadas en los muslos.
—Permítame
—dijo mi tío interrumpiendo la lección.
Se había
ruborizado ligeramente. No le gustaba oír hablar mal, y aquellas palabras, en
boca de una mujer joven y al parecer compatriota suya, le parecían doblemente
desagradables.
—Permítame.
Y
entonces le rogó al periodista que no volviera a gastar bromas a Alphonse.
—Las toma
demasiado en serio —le explicó.
Al
escuchar la descripción de la desesperada angustia del dravidio, la
transformista se conmovió hasta el punto de casi llorar. Y el periodista, que,
como todos nosotros, tenía un corazón de oro cuando recordaba su existencia, y
que como todos nosotros necesitaba de constantes recordatorios, pues el propio
gusto y los propios intereses le impedían con frecuencia acordarse de sus
buenos sentimientos, el periodista se mostró profundamente arrepentido de lo
que había hecho; dijo que jamás pudo ocurrírsele que Alphonse tomara en serio
la farsa y prometió dejarle en paz de allí en adelante.
Pasaron
los días. La pesadilla se hizo crónica. Tres veces al día el parco rancho
carcelero, bien poco apetitoso, llegaba y era consumido. Dos veces al día un
oficial, al frente de un pelotón, giraba una visita de inspección. Por las
mañanas era obligado hacer cola para lavarse; pero por las tardes sobraba
tiempo para todo y los prisioneros procuraban entretener sus forzosos ocios con
juegos, o charlando, o leyendo los expedientes antiguos archivados allí, o
dando paseos por el corredor, veinte pasos hacia allí, veinte pasos hacia acá,
recorriéndolo una y otra vez, hasta que el paseante había cubierto con la
imaginación la distancia entre dos lugares bienamados. Arriba y abajo, arriba y
abajo. Mi tío solía pasear algunas veces por la carretera sombreada por los
álamos que va desde Longres a Wareo; otras, su paseo le llevaba desde Charing
Cross, por el Strand, por debajo del puente del ferrocarril, para luego subir a
la cuesta hacia San Pablo, llegar al Banco e ir desde allí por calles tortuosas
hasta la Torre, el río y los barcos; otras veces iba andando con su hermano
desde Chamonix a Montavert; desde Grenoble, por el puerto, a la Grande
Chartreuse. Y aún otras, el paseo era menos cansado, pues acompañado de su
madre, muerta muchos años antes, discurría por las praderas del bosque de
Windsor, en donde es tan verde el césped a principios de verano, que cada
brizna de hierba parece una esmeralda iluminada interiormente; y aquí y allá,
entre los robles y rododendros de oscuras hojas, encendían infinidad de lamparillas
rosadas.
Por las
tardes, los más animados, capitaneados por el periodista, organizaban
diversiones para entretenimiento de los demás. El periodista recitaba versos
compuestos por él mismo acerca del Kaiser. Uno de los franceses hacía juegos de
manos, con naipes, pañuelos y monedas. El cantante de ópera atronaba con su voz
de tenor al entonar La donna é mobile u O solé mió,
y cuando el público pedía algo más serio, Dieu s’avance a travers la
lande, de César Franck. Pero esta última canción la cantaba de manera tan
«operística», que mi tío, que hallaba singular gusto en ella, apenas la podía
reconocer. El número preferido era el de «la célebre diva Emmy Wendle», como la
llamaba el periodista al anunciarla. El entusiasmo se desbordaba al aparecer
Emmy vestida con una chupa de colegial, cuello vuelto almidonado, pantalones de
rayadillo, un sombrero de copa y un junquillo en la mano. Bailaba dos o tres
danzas zapateadas y luego cantaba una canción, cuyo coro era el siguiente:
Somos los
dandies que
conquistan a las muchachas,
todas las veces;
las de rizos muy rizados,
las de tez de melocotón
y las perlas todas las veces.
Cuando
acabados sus números se quitaba el sombrero de copa, quedando en posición de
firmes como un soldado, la expresión de su carita chata se tornaba grave y sus
ojos zarcos se fijaban sobre visiones ultraterrenas. Y entonces cantaba con su
voz vulgar, sin música alguna, como la de los golfillos callejeros, una pasmosa
versión inglesa de la Brabançonne, que provocaba algo que trascendía lo que
puede llamarse entusiasmo. Pues advertían los hombres que brotaban lágrimas de
sus ojos y las mujeres lloraban sin recatarse. Al acabar la canción, todos
jaleaban violentamente, aplaudían y agitaban pañuelos, reían, gritaban
imprecaciones contra los alemanes, daban vivas a Bélgica y corrían junto a
Emmy, para estrecharle la mano o darle palmadas en la espalda, como si en
realidad fuera un muchacho, o la besaban, pero no como si fuera una muchacha
vestida con unos pantalones un tanto estrechos, sino como símbolo del país,
como personificación visible y cautivadora del patriotismo y la desventura de
todos los allí congregados.
No bien
la diversión de la velada acababa, los congregados comenzaban a dispersarse.
Echados sobre las duras colchonetas extendidas en el suelo, los prisioneros
dormían inquietamente o permanecían despiertos en la noche bochornosa,
escuchando los pasos de los centinelas en el patio y oyendo en el silencio
extraño de la ciudad invadida el ruido isócrono de un regimiento que pasaba por
la calle desierta, el retumbar de ruedas de acero y el zapateado bestial de
cascos equinos cuando la artillería pasaba camino de un frente lejano.
Fueron
pasando los días. Mi tío pronto se acostumbró a aquel extraño infierno en
miniatura al cual había sido arrojado. Ya se lo conocía de memoria. Un cuarto
inmenso, insoportablemente caldeado por el sol que caía sobre el tejado.
Hombres en mangas de camisa, sentados algunos en sillas, otros sobre las mesas
y los demás en el suelo. Unos pocos acodados sobre el alféizar de la ventana
procuraban regalar sus ojos mirando árboles del parque que se extendía al otro
lado de la calle y respirando un aire más puro que el ambiente de la
improvisada prisión, que hedía a sudor, a tabaco y a sopa de berzas.
Desde un
principio los prisioneros se habían dividido en pequeños grupos. Igualados por
el infortunio, aún conservaban sus diferencias sociales. El organillero y los
artesanos y campesinos se sentaban siempre juntos en una esquina y sobre el
suelo, jugando a las cartas con una grasienta baraja, fumando y, no obstante
las repetidas protestas y los sinceros esfuerzos que hacían para contenerse,
escupiendo en el suelo.
—¡Mía!
—decía con acento de triunfo el organillero al echar el as de corazones—. ¡Mía!
—y para subrayar su gozo escupía abundantemente. Entonces recordaba demasiado
tarde que no debía hacer tal cosa y, mirando en rededor suyo, musitaba unas
excusas. Se levantaba y procuraba hacer que desapareciera el gargajo frotando
el suelo con su bota. Luego se acercaba a la ventana y, no porque hubiera
necesidad de ello, pues acababa de escupir, sino para indicar que sus modales
eran buenos, lanzaba un segundo escupitajo hacia la calle.
Formaban
grupo aparte los aristócratas. Había un conde menudo y viejo con una cara que
parecía una tetera, debido a sus mofletes brillantes y rotundos, y a su nariz
larga, afilada y poco expresiva; y otro conde joven y con monóculo, que se
mostraba exquisitamente amable con todos y que, sin embargo, permanecía ausente
de aquel lugar y aislado de los demás por el muro de su cortesía; a pesar de
sus arrogantes modales, bien a las claras estaba lo mucho que deseaba que su
posición social no le impidiera juntarse con sus iguales de espíritu. El viejo
conde reía cortésmente siempre que el periodista o cualquier otro del grupo
alegre hacía un chiste; el joven fruncía la cara con gesto adusto, hasta que la
única superficie que conservaba tersura en ella era su monóculo. Pero, en
realidad, deseaba hondamente el unirse a las bromas y a la alegría. Se
asociaban con los dos condes tres o cuatro ciudadanos ricos e importantes,
entre los cuales se contó al principio mi tío. Pero otros intereses le harían
muy pronto abandonar tal compañía casi por completo.
Fuera de
los límites de este círculo vagaba algunas veces la condesa rusa. Esta señora
solía pasarse la mayor parte del día en el cuartucho donde dormía, echada sobre
su yacija, fumando cigarrillos. Tenía opiniones muy concretas acerca del
respeto que a su rango era debido y pretendía que el lavabo quedase evacuado en
el mismo instante que ella precisara usarlo. Cuando le dijeron que tendría que
hacer tumo, montó en cólera. Si se aburría de estar sola, salía para buscar a
alguien con quien hablar. Una vez llevó aparte a mi tío y le contó con gran
lujo de detalles muy íntimos todo lo referente al noveno y más grande amor de
su vida. Desde aquel momento, siempre que mi tío la veía aparecer y pasear sus
grandes ojos oscuros y un sí es no es saltones por la habitación, procuraba
mostrarse embebido en su charla con algún otro prisionero.
El
compatriota de la condesa, el anarquista, era un sujeto de aspecto obrero, de
barba negra y de nariz que recordaba el guarismo seis. No pertenecía a ninguno
de los grupos formados, se mostraba encantado con la guerra, la cual
profetizaba él con alegría que destruiría la llamada civilización, y se
esforzaba en conducirse con todos de la manera más antipática posible, muy en
particular con la condesa, a quien podía insultar confidencialmente en ruso.
Obediente a estos mismos principios democráticos, se había adueñado del único
sillón de brazos que había en la cárcel (que debió de ser el trono de un
subdirector general, por lo menos) y se negaba a cederlo aunque fuera para una
señora o para un enfermo. Permanecía sentado en él todo el día, lo colocaba
entre su colchón y la pared durante la noche y lo llevaba consigo cuando iba al
lavabo o al chalet de nécessité.
La gente
alegre se había agrupado, al estilo planetario, alrededor de la radiante
jocundia del periodista. Su pasatiempo favorito era buscar en los archivos
expedientes curiosos que pudiera leer, adornados de comentarios adecuados y
enmiendas improvisadas, al grupo que le escuchaba. Pero la broma que más le
satisfacía tenía lugar ritualmente todas las mañanas, cuando rebuscaba entre
las ejecutorias de nobleza de toda la aristocracia belga (que había descubierto
ordenadamente empaquetadas en un armario del corredor), y allí elegía entre los
nombres más nobles irnos cuántos títulos de resonante condición, los cuales se
llevaba consigo a «la casita de necesidad». Se contaban entre sus discípulos
cierto número de burgueses franceses y belgas; un oficinista inglés, antipático
y lleno de barrillos, a quien la guerra había sorprendido durante sus
vacaciones en el extranjero; la condesa rusa, en ciertas ocasiones la
transformista, sin gran regularidad, y el tenor.
Con este
último, mi tío, que era gran amador de la música e incluso nada despreciable
pianista, ensayó varias veces el hablar acerca de su arte favorito. Pero pronto
hubo de descubrir que el cantor únicamente se sentía interesado por la música
en cuanto ésta afectaba a los tenores. En consecuencia, jamás había oído hablar
de Bach o Beethoven. Sin embargo, poseía grandes conocimientos acerca de
Leoncavallo, Saint-Saéns, Gounod y Puccini. Era un hombre de aspecto
impresionante, de cara agraciada y grande y dotado de una sonrisa
condescendiente, típica del hombre que nos indica al hablarnos que con ello nos
hace gran merced. Daba a entender que con las damas tenía éxitos notables, mas
su temor de hacer cualquier cosa que pudiera perjudicar su voz era casi tan
poderosa como su natural rijoso y su vanidad y se pasaba la vida, como un
ermitaño de la Tebaida, en continuo conflicto. Aunque exteriormente se decía
miembro del partido de la alegría, el tenor sentía una honda preocupación por
su porvenir. Solía discutir en privado con mi tío los horrores de la situación.
Más
pronunciada y evidente era la melancolía de un pequeño profesor de latín, de
pelo gris, que se pasaba el día paseando arriba y abajo por el corredor como un
lobo enjaulado, con expresión preocupada y añoradora. El pobre Alphonse,
sentado en el suelo y con la espalda apoyada sobre la pared, era otro de los
tristes y solitarios. Algunas veces miraba pensativamente en rededor suyo,
contemplando a sus compañeros de prisión ocupados en sus quehaceres, con el
aire de un habitante de la eternidad que contempla los increíbles afanes de
quienes viven el tiempo. Otras veces se pasaba varias horas meditando con los
ojos cerrados. Si en tales ocasiones alguien le hablaba, volvía a la vida como
venido de lugares remotísimos.
En cuanto
a mi tío, todos los allí presentes fueron perdiendo realidad para él poco a
poco. Se alejaban y parecían perder la sustancia, y según los demás se
desdibujaban, la figura de Emmy se hacía más grande, más luminosa y más
cercana. Desde el primer momento en que la vio, sentada en el suelo, tomando
lecciones del periodista en el arte de la vituperación, mi tío se había fijado
en ella de manera muy especial. Según se acercó a ellos aquel día, le había
sorprendido agradablemente el aspecto infantil e inocente de la muchacha, la
naricilla remangada, los ojos azules, el pelo dorado, de rebeldía tan rizada e
insistente que tenía que llevarlo cortado como el de un muchacho, pues ni la
brillantina ni las horquillas hubieran bastado para domar la naturaleza levantisca
de su melena. Incluso en su vida privada y femenina había algo que aumentaba su
aspecto infantil, y recordaba su arte de transformista e imitadora de artistas
masculinos. Al acercarse a ellos, le oyó aquel mal pronunciado dicterio
francés, seguido de una sarta de locuciones aún menos correctas, todas las
cuales salían de aquellos labios. Sorprendente, escandaloso. Pero momentos más
tarde, cuando contaba él lo muy a pechos que el pobre Alphonse había tomado la
broma, Emmy también dijo cosas encantadoras y con tanto sentimiento en su voz
londinense, con tanta expresión de simpatía y piedad en su rostro, que mi tío
Spencer hubo de preguntarse si había oído bien o si aquellos sucios dicterios
que antes escuchara, fueron, en efecto, pronunciados por criatura tan delicada
y bondadosa.
El muy
agitado estado en que mi tío había vivido desde el momento de su detención y la
novedad pasmosa y terrible de su situación, no cabe duda que le habían
predispuesto en cierta medida a enamorarse. Pues ocurre frecuentemente que una
emoción, siempre que no sea tan fuerte que nos impida darnos cuenta de todo lo
demás, nos estimula a sentir otras. Así, el peligro, cuando no es tan agudo que
cause pánico, tiende a unirnos a aquéllos con quienes compartimos el riesgo
pues los sentimientos compasivos, de simpatía y hasta amorosos, resultan
estimulados y avivados por la aprensión.
De igual
manera, el dolor nos hace sentir con frecuencia una como necesidad de afecto,
y, aunque no nos guste confesarlo, algo semejante al deseo. Y de esta manera la
pasión dolorosa se convierte por etapas casi imperceptibles, y algunas veces de
manera fulminante, en pasión amorosa. Normalmente, la actitud de mi tío para
con las mujeres era extremadamente reservada. Una vez, cuando era joven, estuvo
enamorado y prometido para casarse; pero la dama de sus pensamientos le dejó
para irse con otro. Desde aquel instante, en parte por miedo de que se
repitiera el desengaño, y en parte por una especie de fidelidad romántica a la
que tan infiel se mostró, había evitado a las mujeres, o por lo menos había
procurado no volver a enamorarse, conservándose célibe de la manera más
rigurosa. Pero la agitación de los últimos días había desordenado todos sus
hábitos y hasta su filosofía. La aprensión que experimentaba ante el peligro,
una indignación que era muy distinta cosa de aquella periódica irritación que
solía acometerle durante las campañas azucareras, y el profundo desconcierto
que experimentaba, le habían dejado sin sus habituales defensas y en estado de
susceptibilidad anormal. Y cuando vio en medio de la horrenda pesadilla aquella
encantadora cabecita infantil y escuchó sus amables palabras de condolencia
para con el dravidio, se conmovió extrañamente. Emmy le causó una impresión más
profunda que ninguna otra mujer desde que le abandonó en su juventud su novia
ingrata.
Todo
contribuía para fomentar el interés de mi tío por Emmy, todo, y no solo su
estado emotivo, sino también el lugar en que se hallaba y el momento y las
circunstancias externas. Hubiera podido ir a verla trabajar en el teatro todas
las noches durante un año, y aunque tal vez encontrara aceptable su actuación
—lo que de hecho no hubiera ocurrido, pues la habría juzgado de bastante mal
gusto— y aunque la hubiera hallado a ella bonita y encantadora, jamás se le
hubiese pasado por la imaginación el procurar conocerla o mezclar su vida con
la de Emmy Wendle. Pero allí, en aquella prisión detestable, Emmy llegó a
significar para él algo muy distinto, llegó a personificar todo lo que es
gracioso, amable, dulce y comprensivo; todo lo que no era guerra. La actuación
de Emmy, cierto es, era tan vulgar y de tan escaso gusto como en Longres, pero
allí le parecía tener la disculpa de estar dedicada a los afligidos, y cuando
al final entonaba la Brabançonne, lo hacía de manera muy impresionante. Emmy
adquirió la grandeza del momento, la de las emociones a las que daba expresión
con aquella voz de golfillo callejero: cantaba la exaltación, las agonías de la
mente humana, que no puede ser esclavizada.
Solemos
atribuir al símbolo algo de la naturaleza sagrada de la cosa o idea que
representa. Dos trozos de madera que forman cruz, dejan de ser trozos de madera
corriente, e incluso los peores reyes han estado rodeados siempre de algo
semejante a un aura divina. Muy similarmente, en cualquier crisis de nuestras
vidas, el objeto más baladí y la persona más insignificante pueden llegar a
ser, por algún motivo, tan grandes como es grande el momento vivido.
Incluso
el incidente de los vituperios franceses había contribuido a suscitar el
interés de mi tío por la persona de Emmy. Pues si era mansa, inocente y joven;
si personificaba con su cuerpo pequeño y amable todo el infortunio y todo el
valor de un país, y hasta del mundo entero, también era frágil, femenina, y
débil; susceptible a las malas influencias y expuesta a la corrupción. El
recuerdo de aquellas frases groseras dichas con candidez e inocencia (como
pueden los más pacatos decirlas si las expresan en un idioma que les es
extraño, alrededor de cuyas palabras la costumbre aún no ha cristalizado esa
riqueza de asociaciones que dan a los vernáculos su significado peculiar y
variable con el tiempo), llenaba a mi tío de alarma, y le inspiraba celo
misionero para salvar aquel ser naturalmente bello, y hasta grande, de la
corrupción.
Por su
parte, Emmy, al menos durante los primeros días de sus relaciones, se sentía
encantada con mi tío. Era inglés y hablaba su idioma; era además un caballero,
lo cual no pudiera decirse del escribiente del Banco, no menos inteligente que
mi tío. Y lo que era más importante para Emmy en su presente estado mental, no
procuraba coquetear con ella. En aquellos momentos Emmy no deseaba admiradores.
En tales circunstancias le hubiera parecido mal, feo y poco digno pensar en
escarceos amorosos. Cantaba la Brabançonne con demasiado fervor religioso para
tal cosa; los momentos eran demasiado solemnes y demasiado extraordinarios. Es
verdad que, a pesar de la solemnidad del momento y del ardor de sus
pensamientos patrióticos, si hubiera habido en el piso alto del Ministerio del
Interior un muchacho aceptable, tal vez hubiese llegado a enamorarse con un
fervor casi tan religioso como el de sus otros sentimientos. Pero,
desgraciadamente, no se veía por allí ningún joven aceptable. El empleado
bancario tenía demasiados barrillos y no era un caballero; el periodista era
harto viejo y muy sobrado de carnes. Los dos procuraron coquetear con ella,
pero sus insinuaciones se le antojaron a Emmy tan importunas como si hubiesen
sido hechas en un lugar sagrado. Con mi tío se encontraba perfectamente segura.
Y no era solamente que mi tío tuviese el pelo blanco. Emmy había vivido lo
suficiente para saber que no era este símbolo garantía de conducta decorosa,
sino más bien al contrario; su confianza se debía a ser mi tío evidentemente un
caballero, a las señales que en él apreciaba de hombre apartado del mundo y al
atemperado idealismo estampado claramente en su cara.
Al
principio, se dirigió a mi tío casi exclusivamente para escapar de las
atenciones tediosas y desprovistas de decoro tanto del escribiente como del
escritor. Pero pronto comenzó a gustarle la compañía de mi tío por sí mismo.
Empezó a sentir interés por lo que decía y a escuchar gravemente la
conversación invariablemente seria de mi tío, pues jamás hablaba sino sobre
temas intelectuales y beneficiosos, ya que era incapaz de cháchara
insustancial.
Durante
los primeros días, Emmy le trató con la respetuosa cortesía que le parecía ser
debida a un hombre de su edad, posición y carácter. Pero más tarde, cuando
comenzó él a seguirla con adoración abyecta, se permitió ella mayores
confianzas. Fue inevitable, pues no puede uno esperar que le trate como persona
anciana e importante quien merece nuestras miradas perrunas y admiradoras. Le
llamaba ella «Tío Spenny», le daba órdenes y le hacía llevar y traer como si de
un animal enseñado se tratara. Mi tío, naturalmente, solo experimentaba delicia
al obedecerla. Le causaban gran encanto las confianzas que ella se tomaba. El
período de su agradable confianza salpicada de bromas (período de transición
entre el respeto primero y la crueldad que vino después) fue el más feliz de
sus relaciones, en opinión de mi tío. El buen hombre amaba y se sentía, ya que
no correspondido, por lo menos tolerado con buen humor.
Cualquier
otro hombre se hubiera permitido libertades parecidas a las de Emmy, y se
hubiese mostrado juguetón, galante y atrevido. Pero mi tío Spencer conservó su
acostumbrada gravedad y ternura. La única confianza con la que correspondió a
aquello de «Tío Spenny» y a lo demás fue dirigirse a ella utilizando su nombre
de pila en lugar de llamarla Miss Wendle, como había hecho solemnemente hasta
la fecha. Sí; Emmy se encontraba perfectamente segura con mi tío. Quizá casi
demasiado segura.
Ya he
dicho que la conversación de mi tío era siempre grave y seria. Por aquel
entonces se acentuó su seriedad; pues la catástrofe primero, y luego su pasión,
le habían hecho aumentar la frecuencia de sus graves reflexiones. Era mucho lo
que necesitaba ser reconsiderado a la luz de todos los acontecimientos que
habían tenido lugar durante las últimas semanas. Desde las teorías del profesor
alemán al problema del Bien y el Mal; desde la idea del progreso (pues, después
de todo, ¿no estábamos en el siglo XX?) a la austera teoría y la extraña
novedad del hecho del amor; desde el internacionalismo, a Dios. Todo tenía que
ser examinado nuevamente. Y llevaba a cabo este nuevo examen en voz alta y en
presencia de Emmy. La bondad, por ejemplo, ¿era relativa y contingente a las
convenciones sociales, y debía ser medida de acuerdo con normas puramente
locales y adventicias?, ¿o había algo absoluto, irreductible y fundamental,
acerca de las ideas morales y Dios? ¿Podía Dios ser absolutamente bueno?
¿Existía realmente diferencia esencial entre el siglo XX y los demás? ¿Era
posible que los hechos acordaran afinadamente con el ideal? Era menester
hacerse nuevamente todas estas preguntas conturbadoras y contestarlas
satisfactoriamente.
Es
característico de mi tío que las contestara todas, incluso después de tener
bien en cuenta todo lo que había ocurrido, con un matiz optimista, igual que
había hecho antes de sobrevenir la catástrofe; y lo que es más, con más
profunda convicción. Antes, había aceptado su alegre idealismo con demasiada
facilidad. Lo había heredado del siglo en que nació. Lo había absorbido de la
gente mayor y de la prosperidad, siempre en aumento, en cuya compañía había
sido educado. Las circunstancias estaban haciendo esta alegría irresponsable
bastante estúpida. Pero precisamente porque tuvo que considerar sus objeciones
al optimismo, sus argumentos contrarios a la esperanza, y hacerlo, no en un
vacío teórico, sino de manera práctica y en medio de calamidades personales y
universales (éstas resultan muy tolerables cuando uno se encuentra en situación
placentera, pero cobran realidad y se hacen conturbadoras si uno participa en
cierta medida del sufrimiento), es por lo que ahora se convenció más
profundamente, de la verdad de lo que había creído antes, pero a la ligera.
Ahora lo comprendía, casi por casualidad. Muy pronto, ciertas ocurrencias
habían de perturbar sus nuevas convicciones.
Emmy le
escuchaba extática. Las circunstancias, el momento y el lugar la inclinaban a
reflexionar seriamente. Los discursos de mi tío eran exactamente lo que
necesitaba en aquellos momentos. Supersticiosa por naturaleza, vivía
perpetuamente bajo la protección de un cerdito de oro y de una cruz de coral
que pertenecieron a su madre. Cuando la suerte se le mostraba contraria, iba a
la iglesia y consultaba con adivinos. Aquella vez que se rompió la pierna y
tuvo que renunciar al magnífico contrato que le hubiera llevado a los
escenarios australianos, no cabía duda que fue porque durante la temporada
próspera, que antecedió al accidente, había estado remisa en el cumplimiento de
sus deberes religiosos; y esto la llevó a rezar y hacer firme propósito de
enmienda. Cuando mejoró, la providencia le hizo llegar una oferta de un
contrato para trabajar en provincias, como muestra de que su arrepentimiento
había sido aceptado y de que estaba perdonada. Y ahora, aunque en apariencia
pertenecía al grupo más alegre y bullicioso de los encarcelados en el
Ministerio del Interior, muy graves pensamientos ocupaban su mente en secreto.
Por las noches, acostada sobre su colchoneta, se preguntaba en la oscuridad a
qué se debería todo aquello; la guerra, la mala suerte que tuvo al ser cogida
prisionera por los alemanes. ¿Qué quería decir? ¿Es que Dios estaba enojado con
ella nuevamente?
Pero
pronto dio con el motivo. Todo se debía, se dijo, a aquel asunto del mes de
junio pasado, cuando estaba trabajando en Wimbledon. Todo se debió a aquel
muchacho que la esperó a la salida y que la convidó a cenar. Y ella había
aceptado, en contra de todas sus reglas, porque le pareció su voz de muy
agradable timbre y casi tan exquisita como la de un actor de un teatro de
primerísima fila.
—Vine a
ver las marionetas —le dijo él—. No sé por qué, las marionetas no van nunca a
los teatros del centro, ¿verdad? Pero me he quedado para verla a usted.
Fueron en
un taxi desde Wimbledon a Piccadilly.
—Algún
día —le dijo ella, señalando al teatro «Pavilion»— verá usted ahí mi nombre
escrito con letras enormes en luz eléctrica: Emmy Wendle.
¡Cien
libras a la semana y un verdadero teatro del centro! ¡Qué sueño!
Tenía el
muchacho modales admirables y era muy bien parecido cuando se le veía a la luz.
Bebieron champaña durante la cena.
En la
oscuridad del Ministerio del Interior, Emmy se ruborizó con vergüenza
retrospectiva. Hundió la cara en la almohada como si la quisiera guardar de
miradas escudriñadoras. No era de extrañar el enojo divino. Angustiada, besó la
pequeña cruz de coral. Tiró de la cinta azul de la cual pendía el cerdito de
oro que se escondía en el dulce abrigo de su seno; sujetó la mascota
fuertemente en su mano, como si quisiera extraer de ella algo del poder feliz
que misteriosamente almacenaba en su interior, semejante al poder del imán para
atraer a sí las limaduras de acero.
A pocos
pies de distancia, la condesa rusa respiraba sonoramente. El rumor estentóreo
hizo estremecerse a Emmy recordando la maldad que dormía cerca de ella. Pues si
era cierto que ella había dejado de ser técnicamente una chica decente, ahora
que la suerte había cambiado, se sentía avergonzada de ello y comprendía que
había hecho mal. Pero la condesa, si el sueño no la hubiera vencido, hubiese
continuado toda la noche vanagloriándose de sus amantes. Para Emmy,
perteneciente a la clase media, la franqueza de la condesa, su carencia de
prejuicios corrientes, su desprecio aristocrático de la opinión de los demás y
su teoría (teoría que comparten todas las mujeres ociosas y todos los hombres
ociosos que no encuentran nada mejor que hacer) según la cual la única
finalidad de esta vida es hacer el amor, de manera complicada, espaciosa, y con
la mayor cantidad posible de gente, le parecían profundamente escandalosos. No
era lo malo que la condesa no fuera una chica decente, o mejor dicho, una viuda
cuarentona decente. Lo que a Emmy le parecía terrible era que hablase de ello
como si el no ser bueno fuese natural y hasta meritorio. No era de extrañar que
Dios estuviese airado.
Para
Emmy, mi tío Spencer (o quizá debiera llamarle su tío Spenny) había sido
enviado para confortarla y ayudarla en medio de su miseria y arrepentimiento.
Sus indisciplinadas especulaciones no eran particularmente significativas en
relación con sus propias dificultades, ni entendía ella siempre de qué estaba
hablando. Pero algo tenían todos sus discursos, versaran sobre lo que versaran,
que Emmy encontraba inspirador y consolador. Así, cuando mi tío citaba a
Swedenborg para demostrar que, a pesar de todas las apariencias y de cuanto
estaba ocurriendo, no había motivo de queja, Emmy se sentía muy consolada. Algo
tenía mi tío que le hacía asemejarse a un pastor de primera fila, algo así, por
expresarlo de alguna manera, como un pastor «del centro». Cuando mi tío hablaba
con ella, Emmy se encontraba mejor y más segura.
Era tanta
la confianza que mi tío le inspiraba, que un día, mientras el periodista
gastaba alguna broma ruidosa que ocupaba la atención de todos los demás, Emmy
se llevó a mi tío a una de las ventanas y le contó todo, o casi todo, lo
referente al episodio causa del enojo divino. Mi tío le dijo que en el cielo no
se ven las cosas tal como ella suponía, y que si en las alturas celestiales se
había decidido que era necesaria una guerra europea, no sería esta necesidad
nacida de la conveniencia de buscar una excusa para conseguir el
encarcelamiento de Emmy Wendle en el piso alto del Ministerio del Interior de
Bruselas, por muy reprobable que su conducta hubiera sido. En cuanto al pecado
en sí, mi tío procuró convencerla de que no era tan grande como ella juzgaba.
Lo que mi tío ignoraba es que si ella lo consideraba grave, tal apreciación se
debía exclusivamente a que se encontraba en la cárcel y, por tanto, deprimida.
—No, no
—le dijo para consolarla—; no debe usted tomarlo tan a pechos.
Pero el
conocimiento de que aquella criatura exquisita, inocente y joven, había pecado
una vez, y si lo había hecho una vez, quizá lo había hecho dos, y hasta tal vez
(los pensamientos de mi tío, desbocados febrilmente en la soledad nocturna,
especulaban sin mesura) cincuenta, le causaba profunda congoja. Era verdad que
él se la había imaginado rodeada de influencias perniciosas como la del
periodista; pero existía una profunda diferencia entre ser enseñada a
pronunciar frases malsonantes en francés y el pecar positivamente contra la
virtud. No le había pasado por las mientes a mi tío que Emmy hubiera podido
pasar de la etapa de las frases malsonantes. Y ahora había sabido por ella
misma que había traspasado esa frontera.
Pasados
algunos años, cuando nos volvimos a encontrar mi tío y yo, recuerdo que,
después de un silencio, me preguntó, haciendo un esfuerzo y como si venciera su
repugnancia, que cuáles eran mis opiniones acerca de las mujeres «y todas esas
cosas». Mis sentimientos acerca de este asunto eran en aquel preciso instante
acérrimos, sarcásticos y cínicos, como conviene a quien ha conocido el éxito
total en la lid amorosa con respecto a las mujeres que no le importan y que ha
fracasado lamentable y persistentemente con el único ser que en su juicio
mereciera la pena.
—Entonces,
¿de veras crees que hay mucho de eso y que ocurren estas cosas con frecuencia?
—me preguntó mi tío.
De veras,
así lo creía yo.
Suspiró y
cerró los ojos como si quisiera ocultarme que estaba pensando en Emmy. ¡Ah!,
¡qué apasionadamente había esperado que yo demostrase a priori que Emmy era
necesariamente buena!
Existen
ciertas gentes sensitivas e idealistas, quienes, al descubrir que el mundo es
lo que es, reaccionan de manera repentina y violenta hacia el cinismo. Caen
desde las altísimas esferas de una ideal pureza al barro contra el cual frotan
sus narices, del cual comen y en el cual se revuelcan y bañan. Se laceran sus
más sutiles sentimientos y hallan delicia en la tortura; se deleitan en
envilecer todo aquello que antes consideraban bello y noble, y examinan
escrutadoramente y con atención asqueada las entrañas repulsivas de aquellas
cosas cuya piel tersa y amabilísima adoraron antes.
Swift
fue, evidentemente, una de estas personas, quizá la más grande de todas.
Nuestras islas aún dan el ser a gentes de esta naturaleza, y quizá más
copiosamente las últimas dos o tres generaciones. El siglo XX se especializó en
el idealismo romántico y optimista que postula que el hombre, en general, es
bueno y gradualmente se va haciendo mejor. El idealismo de los hombres de la
Edad Media era más sensato, pues empezaba por insistir en que el hombre es, en
su mayor parte, y esencialmente, malo y pecador por instinto y por herencia.
Sus ideales y su religión eran antídotos divinos y artificiales contra el
pecado original. Comenzaban por ver lo peor y ningún horror los asombraba, sino
únicamente el milagro de dulzura y de luz que a veces acontecía. Pero sus
descendientes del siglo romántico, optimista y humanitario, en el cual nació y
fue educado mi tío, daban satisfacción a su idealismo de manera muy distinta.
Comenzaban por ver lo bueno, primero; insistían en que el hombre es por
naturaleza bueno, espiritual y digno de amor. Una persona joven y sensible,
educada en este credo alegre, en cuanto se ve confrontada por un ejemplo
característico del pecado original, se siente atónita, escandalizada, y quizá
la desilusión la arroje en brazos de la desesperación. Las circunstancias y el
temperamento habían permitido a mi tío conservar su optimismo romántico durante
mucho más tiempo de lo que es corriente.
El tardío
reconocimiento de la existencia del pecado original perturbó la mente de mi
tío, pero los efectos no fueron inmediatos. Por el momento, mientras permaneció
en la presencia embriagadora y deliciosa de Emmy, y mientras ésta continuó
mostrándose amable con él, no pudo convencerse de que fuera partícipe del
pecado original. Y hasta cuando se vio obligado a admitirlo, aquella cara de
niña, que rebosaba ingenuidad, se le antojaba ser suficiente excusa. Fue más
tarde —especialmente luego de separarse de ella— cuando el veneno comenzó a
dejar sentir sus efectos lentamente, llenando a mi tío de amargura. Al
principio, la confesión de Emmy únicamente sirvió para aumentar su pasión. En
primer lugar, porque le pareció que la muchacha estaba más necesitada de
protección de lo que él había imaginado, y luego, porque al satisfacer de
manera dolorosa y parcial la curiosidad que le inspiraba la vida de la
transformista, aumentó su deseo de conocerla más completamente y de entrar a
formar parte de ella. Al mismo tiempo, la revelación suscitó en él celos
retrospectivos y terror de futuros posibles peligros. Su pasión se transformó
en enfermedad dolorosa. Iba tras Emmy con devoción incesante y abyecta.
Consolada
en parte por los cuidados espirituales de mi tío, y en parte por la acción
paliativa del tiempo, de aquellos primeros remordimientos, tristeza y
condenación propia, Emmy comenzó a recobrar su habitual buen humor. Mi tío se
le hizo menos necesario para consolarse. Sus incomprensibles discursos
empezaron a aburrirla. Y, al mismo tiempo, las bromas de los más alegres se le
antojaron más graciosas, y las galanterías del periodista y el escribiente le
parecieron menos repulsivas, porque, ahora que el estado de su ánimo había
cambiado, las encontraba menos indecorosas e incongruentes. Mientras perduró su
remordimiento, la devoción de mi tío, nada demostrativa y siempre discreta, le
pareció admirable y oportuna. Pero al recobrar sus ánimos comenzó a hallarla
bastante ridícula y tediosa, pues no le correspondía ella con su amor.
—¡Si se
pudiera ver usted la cara en este momento, tío Spenny! —le decía.
Y curvaba
la boca hacia abajo y abría los ojos hasta lograr que su mirada recordase la de
un pez respetuoso. Luego, la mueca hecha para que sirviera de espejo a mi tío y
para que en ella viera los efectos de su adoración, desaparecía para dejar
lugar a la risa.
—¿De
veras pongo esa cara? —preguntaba él.
—De
veras. Y no es muy agradable sentirse mirada así día y noche, ¿verdad?
Algunas
veces, y esto le resultaba intolerablemente doloroso a mi tío, Emmy llamaba a
alguna otra persona para que fuera testigo de sus bromas y la acompañara a
reírse de mi tío. Y a su risa se unía la del escribiente, o la del periodista,
o la del tenor. Las bromas, que al principio fueron cariñosas, se hicieron
crueles.
Es muy
posible que Emmy hubiese quedado consternada si hubiera sabido lo mucho que
estas cosas herían a mi tío. Pero éste jamás se quejó. Lo único que Emmy sabía
era que mi tío Spencer era ridículo. La tentación de gastarle bromas
desagradables se le hacía irresistible.
Ya le
resultaba preferible la compañía del escribiente, del periodista o del tenor.
Con el escribiente hablaba de actores y actrices conocidos en Londres, de
artistas de music-hall y de estrellas de cine. Es verdad que
no era un caballero, pero cuando hablaba de estas cosas demostraba ser un chico
muy bien informado. El tenor le reveló el universo rutilante y casi desconocido
de la ópera, un universo de arte tan excelso y abrumador, que quedaba por
encima incluso del arte de los teatros «del centro». El periodista le contaba
chistes sabrosos acerca del mundo de la farándula en Bruselas. Mi tío
permanecía sentado junto a ellos, escuchando en silencio, separado en realidad
por todo un océano, mientras Emmy y el escribiente se mostraban conformes en
que Clarice Mayne era deliciosa, George Robey, desternillante, y Florence
Smithson, una artista de cuerpo entero. Si le preguntaban a mi tío por su
parecer, se veía obligado invariablemente a confesar que no había visto
trabajar nunca a los artistas mencionados. Emmy y el escribiente mostraban su
desprecio, y el tenor, con sarcasmo feroz, le preguntaba que cómo era posible
que un hombre que se las daba de aficionado a la música jamás se hubiera tomado
la molestia de ir a escuchar a Caruso. Mi tío se sentía demasiado desgraciado
para explicarlo, y callaba.
Pasaron
los días. De tarde en tarde llamaban a uno de los prisioneros para ser sometido
a examen por las autoridades alemanas. El viejo aristócrata que parecía una
tetera fue puesto en libertad una semana después de llegar mi tío. Y unos días
después desapareció el displicente conde del monóculo. Luego se fueron casi
todos los labriegos. Llamaron más tarde al anarquista ruso, le interrogaron
largamente y le devolvieron a la prisión, a la cual llegó para descubrir que su
sillón había sido confiscado por el periodista.
A las
cuatro semanas de ingresar en la cárcel, Alphonse cayó enfermo. El desgraciado
no se había sobrepuesto nunca a los efectos de la broma estúpida que le
gastaron el día de su llegada. Dominado por la melancolía y por el miedo, tanto
más terrible por su vaguedad, el pobre hombre permanecía cavilando en su
rincón, sin poder comprender quién le había encarcelado, ni poder saber qué le
depararía la suerte, aunque tenía la convicción, que no era posible hacerle
abandonar, de que al final de cuentas acabarían por darle una muerte lenta y
atroz. Aún conservaba la orden de libertad firmada por Von der Golz y sellada
con el sello de la vaca sagrada; pues aunque tenía la certeza intelectual de
que el tal documento carecía en absoluto de valor, mantenía la débil esperanza
de que algún día resultara ser un eficaz talismán, y en cualquier caso, la
imagen de la vaca sagrada le consolaba. De vez en cuando, sacaba el papel del
bolsillo, lo desdoblaba y contemplaba largamente, con sus grandes ojos tristes,
la sagrada efigie: Pour l’amélioration de la race bovine; y
brotaban las lágrimas de sus ojos, que quedaban suspendidas entre las pestañas,
hasta que su acumulación las hacía correr por las morenas mejillas.
Aquellas
mejillas ya no eran tan rotundas como antes. La piel había perdido su tersura,
y los antes refulgentes carrillos ya no brillaban. Se iba consumiendo
miserablemente. Mi tío hacía todo cuanto podía por alegrarle y consolarle.
Alphonse se lo agradecía, pero se negaba a consolarse. Ya había perdido hasta
el interés por las mujeres, y cuando Emmy se enteró por mi tío de que Alphonse
era algo profeta y le pidió que le leyera las rayas de la mano, el indio la
miró sin interés alguno, como si se tratara de un hombre y no de una imitadora
de hombres, y sacudió la cabeza.
Una
mañana se quejó de estar demasiado enfermo para levantarse. Tenía la cabeza
ardiente, tosía y respiraba aprisa y con dificultad. Le dolía el pulmón
derecho. Mi tío procuró pensar en lo que Hahnemann hubiera recetado en tales
circunstancias, y llegó a la conclusión de que lo indicado era una milésima de
gramo de aconitina. Desgraciadamente, en toda la cárcel, no fue posible
encontrar ni siquiera una millonésima de gramo de aconitina. El resultado de
las indagaciones fue encontrar un tubo de pastillas de aspirina y un paquete de
rapé de cocaína, de la condesa rusa. Decidieron que lo mejor sería darle al
dravidio una dosis de ambas cosas y esperar la llegada del médico.
A
mediodía informaron al oficial alemán que vino a hacer la acostumbrada visita
de inspección del estado en que se encontraba Alphonse, y prometió mandar al
médico inmediatamente. Pero el médico no se dejó ver hasta la mañana siguiente.
Mientras tanto, mi tío se nombró enfermero del doliente. El hecho de ser
Alphonse viudo de la hermana de su ama de llaves hizo que mi tío se sintiera
responsable del pobre indio. Además, bendijo la oportunidad de encontrar una
ocupación concreta que le permitiera olvidar, siquiera fuera de manera
temporal, su contrariada pasión.
Alphonse
se sintió seguro desde el primer instante de que iba a morir. Le comunicó a mi
tío su próxima desaparición, no solamente con gran conformidad, sino con
verdadera satisfacción. Pues le parecía que al morirse burlaría a sus enemigos,
quienes tenían determinado darle muerte en el momento que juzgaran oportuno y
de manera espantosa. En vano le aseguró mi tío que no iba a morir y que no
tenía dolencia grave. Alphonse insistió en su opinión:
—Dentro
de ocho días habré muerto —dijo.
Y cerró
los ojos y calló.
Cuando
acudió el médico al día siguiente diagnosticó una pulmonía lumbar aguda.
Alphonse, a pesar de su fiebre, logró sonreír a mi tío con expresión casi
triunfal. Aquella noche la pasó delirando y disparatando en un idioma
desconocido para mi tío. Toda la noche la pasó el enfermero escuchando el
incomprensible delirio del indio. Y de repente, al verse en presencia de aquel
hombre de otra raza que la suya, que hablaba en un idioma desconocido palabras
misteriosas que ni él mismo escuchaba o entendía, mi tío se halló invadido por
un indecible terror y se encontró espantablemente solo. Se sintió como
prisionero dentro de sí mismo, como si fuera un islote rodeado por todas partes
de mares insondables y de soledad sin límites. En tanto que el indio hablaba,
unas veces en voz suave, persuasiva y cariñosa, otras con acentos de ira, o
intercalando entre sus frases carcajadas ruidosas, mi tío pensaba en los
millones de hombres y mujeres que se encuentran solos en el mundo y en él
presos solitarios. Pensó en los amigos que no se comprenden jamás, a pesar de
toda una vida de amistad; en los amantes que se abrazan, y que no obstante
están a infinita distancia el uno del otro. Y entonces comprendió la naturaleza
desesperada de su apasionado amor, y de todos los amores, puesto que todos
tienden a conseguir lo que la naturaleza de las cosas hace que sea imposible
alcanzar: la fusión y compenetración de dos vidas, de dos historias distintas,
de dos individualidades solitarias y condenadas irremediablemente a no unirse
nunca.
El indio
reía a carcajadas.
Mas el no
poder alcanzar una cosa no ha sido nunca motivo para dejar de desearla. Al
contrario, más bien tiende a suscitar y avivar el deseo. Así ocurre que nuestro
amor por otras personas y nuestro deseo de encontrarnos en su compañía aumenta
al morir las personas amadas. Y la imposibilidad de comunicarnos con alguien,
de nuevo puede convertir en amor o estima la indiferencia que sentíamos, y
hacemos considerar como deseable la compañía que antes nos producía hartura y
tedio. De una misma manera, el amador que comprende que no puede alcanzar lo
que ansía, y que cada paso que dé para poseer al amado le revelará nuevos y
vastísimos terrenos imposibles de conquistar, no por ello desfallece ni halla
en esto medicina para su pasión; antes al contrario, se exacerba su deseo y se
aguza hasta quedar mudado en desesperación, que le hace considerar el objeto
amado como mil veces más precioso y deseable.
El indio
seguía delirando, un fantasma más entre los creados por su imaginación, y tan
ensimismado en su delirio, que dijérase que hablaba desde el otro mundo. Y
Emmy, ¿no estaba tan remota como el indio? ¿No era imposible su conquista? Pero
esto aumentaba su encanto y la hacía más deseable; al rodearse de misterio
aumentaba su hechizo. Un hombre más brutal y de mayor experiencia que mi tío
hubiera concentrado todos sus esfuerzos en seducir a la muchacha, sabedor de
que una vez satisfecho el deseo físico, dejaría probablemente de sentir interés
por su alma y su pasado. Pero a mi tío ni siquiera se le ocurrió pensar en la
posesión física, pues su amor había tomado la forma de un deseo inmenso, de un
ansia de unión imposible, no de cuerpos, sino de almas y de vidas. Es verdad
que lo que hasta la fecha había sabido del alma y de la historia de Emmy no
resultaba demasiado animador. Pero para él, su estupidez, su gusto por el
placer y su frivolidad eran cualidades extrañas y misteriosas, amables a pesar
de su naturaleza desacostumbrada; y si algunas veces las juzgaba como defectos,
las excusaba y disculpaba inmediatamente, achacándolas a una puerilidad
deliciosa o a una educación desgraciada. Mi tío había conocido a pocas mujeres
en su vida, y desde luego, nunca se había cruzado en su camino una como Emmy.
La solicitud que mostró por Alphonse el primer día de la enfermedad de éste
convenció a mi tío de que Emmy, en el fondo, era buena; y si se había mostrado
cruel para con él, esto se debía indudablemente a un error y a las malas
influencias que la rodeaban y de ningún modo a un natural avieso. Tampoco había
que olvidar cómo cantaba la Brabançonne. Entonces resultaba más noble y
conmovedora. Para poder cantar de aquella manera era menester tener un alma
nobilísima. Al pensar así olvidaba mi tío que no hay ninguna característica que
pueda considerarse incompatible con otra, y que el pecado capital puede
encontrarse en compañía de la virtud cardinal que le es específicamente
contraria. Desgraciadamente, esta clase de sabiduría la olvidamos
invariablemente en el preciso momento en que pudiera sernos de alguna utilidad.
Solemos aprenderlo cuando aún estamos poco menos que en pañales; yo, al menos,
recuerdo haber leído en mi colegio elemental, estudiando el Epitome de Historia
Inglesa, por el profesor Omán, del «heroico, pero perdulario duque de Ormond»,
y de un gran rey inglés que era, sin embargo, «un pedante torpe de habla,
tartamudo, que tenía la lengua demasiado grande para el tamaño de su boca».
Pero aunque teóricamente está uno harto de saber que un duque puede ser
calavera además de valiente, y que la sabiduría de la majestad puede estar
acompañada de un habla defectuosa, en la práctica uno continúa creyendo que
porque una mujer sea bonita ha de ser bondadosa, y que porque rechace nuestras
insinuaciones primeras ha de ser indudablemente, de virtuosa honestidad; sin
pararnos a pensar que la gentileza de su porte puede ocultar una crueldad
inflexible y un inmenso egoísmo, mientras que la modestia de su semblante bien
puede ser una treta para apresar con mayor certeza a su víctima. Tan solo
cuando nos hallamos ante una persona de aspecto antipático recordamos que las
acciones más odiosas son compatibles con sentimientos de la más auténtica
nobleza, y que una mujer o un hombre que se conduce de determinada manera, a
pesar de sostener opiniones contrarias a su proceder, no es necesariamente ni
un hipócrita ni un falsario.
¡Ah, si
pudiéramos tener presente todo esto cuando nos encontramos junto a personas que
nos atraen con su simpatía!
Deseando
a Emmy con la violencia que la deseaba, mi tío Spencer no hubiera encontrado
dificultad en persuadirse a creer, no obstante, sus recientes crueldades para
con él, que el espíritu que ansiaba unir al suyo era interesante y de gran
belleza; y en realidad no hubiera encontrado la cosa difícil en absoluto, a no
ser por aquella desgraciada confesión que ella le hizo. Ésta, aunque le halagó
como muestra de la confianza que ella tenía en su discreción y sabiduría, le
había causado perplejidad muy profunda, y continuaba perturbándole cada día
más. Pues de toda su historia pasada, de toda la historia que él ansiaba fundir
con la suya propia, como si junto a ella hubiese vivido siempre, aquel episodio
era casi el único capítulo que le era conocido. Su confesión se lo había
revelado como un rayo tenue de luz que lució en la oscuridad que envolvía el
resto. Y ¡qué episodio! Cuanto más pensaba sobre él mi tío, más desgraciado se
le antojaba.
El hombre
brutal a que hemos hecho referencia, que para nada se asemejaba a mi tío,
hubiera interpretado el incidente como presagio feliz de su propio porvenir.
Pero como no deseaba, al menos de manera consciente, la clase de éxito que
auguraba, el conocimiento del episodio solamente le producía tristeza. Pues por
mucho que mi tío culpara en su fuero interno a las circunstancias y al hombre
causa de la caída, no podía exonerar por completo de culpa a Emmy. Ni podía
fingir que creía que Emmy no hubiera participado en cierto modo, aunque tal vez
solamente físico, en la acción reprobable. Y tal vez participó en ella de muy
buen grado. Mas aunque así no fuera, el pensamiento de que había sido
envilecida, por muy a su disgusto que la cosa hubiera ocurrido, y mancillada
por contactos salaces, le resultaba indeciblemente penoso. Mientras el indio
deliraba en aquel tenebroso silencio, únicamente alterado por la respiración
breve y fatigosa y por algún quejido suspirado, o una tosecilla seca, mi tío
continuó pensando sin cesar. Su pensamiento iba oscilante desde la convicción
profunda de la pureza de su amada al temor de que estuviera corrompida por
completo. Vio con la imaginación su carita de niña y la expresión extática que
reflejaba cuando cantaba la Brabançonne, y después la dulce expresión de su
rostro al apiadarse de la desgracia de Alphonse; pero a esto sucedían escenas
de abrazos eternos, besos apasionados e innumerables. Y viera lo que viera,
continuaba amándola.
Al día
siguiente, el indio continuaba con fiebre alta. El médico, al examinarlo,
anunció que había comenzado la hematización roja de ambos pulmones. Era un caso
grave que debía ser hospitalizado; pero él no tenía autoridad para disponer
esta medida. Se limitó a recomendar que le trataran con esponjas templadas para
reducir la fiebre.
Mi tío,
luchando contra las defectuosas condiciones sanitarias de la prisión, hizo todo
lo que pudo. No le faltaron ayudantes voluntarios. El que más y el que menos se
mostró dispuesto a ayudar en lo que fuera menester, y ninguno se ofreció con
tanto ardor como Emmy. El ocio forzado de la cárcel, aunque aliviado por los
chistes del grupo de los alegres, por discusiones teatrales y por las
galanterías intencionadas del periodista y el escribiente, le resultaba
desagradable. Y la oportunidad de hacer algo, y sobre todo de hacer algo útil
(pues al fin y al cabo estábamos en güera), le produjo verdadera satisfacción.
Sentada junto al petate del dravidio, le hablaba, le daba que pedía, llevaba a
cabo los desagradables menesteres que es preciso hacer en las habitaciones de
los enfermos, daba órdenes a mi tío y a los demás, y parecía completamente
feliz.
Por su
parte, mi tío veía todo esto con singularísimo placer, diciéndose que aquélla
era la verdadera Emmy. Ahora ya no era posible dudar: Emmy era bondadosa,
amable, un verdadero ángel de compasión y, por tanto (a pesar del duque
calavera y heroico del profesor), pura; por tanto, interesante; por tanto,
merecedora de todo el amor que él pudiera ofrecerle. Olvidó la confesión
escuchada, o dejó de darle importancia; ya no le atormentaban las imágenes que
el pensar demasiado sobre ello solía suscitar en su fantasía. Lo que más
contribuyó a convencerle de su bondad esencial fue que Emmy había vuelto a
mostrarse amable con él. Ocupado su vigor juvenil por completo en hacer algo
práctico (pero no lo bastante duro para agotarla o para ponerle los nervios de
punta), ya no sentía necesidad de desahogarse con risas y burlas, como le
ocurrió al curar del ataque de melancolía que la deprimió tan profundamente
durante los primeros días de su encarcelamiento. Ahora eran compañeros de
fatigas.
En tanto,
el dravidio empeoraba y se debilitaba cada día más. El médico llegó a enojarse
seriamente:
—No tiene
derecho a estar tan mal como está. Ni es viejo, ni es alcohólico, ni es
sifilítico, y tiene una naturaleza buena. Se está muriendo porque le da la
gana, sencillamente. A este paso no podrá sobreponerse a la crisis.
Cuando
Emmy oyó esto, la expresión de su cara se hizo grave. No había visto nunca la
muerte de cerca —deficiencia notoria de su educación, que de haber estado a
cargo de mi tío, éste remediara indudablemente—. Pues la muerte era una de las
Realidades de la vida con la cual todo ser humano) debiera familiarizarse lo
antes posible. Por el contrario, el amor no era en su parecer uno de las
Realidades deseables. Nunca se le ocurrió preguntarse el porqué de esta
distinción arbitraria. Y no había razón para ello: era así, y nada más.
—Dígame,
tío Spenny —le dijo en voz baja cuando el médico se hubo ido—: ¿qué les pasa,
de veras, a los que se mueren?
Complacido
por esta señal del remozado interés de Emmy por temas graves, mi tío explicó lo
que Alphonse creía que le ocurriría.
A
mediodía, mientras comían la perpetua sopa de coles y la pésima carne cocida,
el escribiente, con el mal gusto que le caracterizaba, preguntó sonriendo:
—¿Qué tal
está el negrito?
Emmy le
miró con repulsión y notorio enfado:
—No tiene
maldita la gracia hablar así.
Y luego,
bajando la voz reverentemente, añadió:
—El
médico dice que se va a morir.
Nada
desconcertado, el escribiente repuso:
—¡Ah!
¿Las va a liar? ¡Pobre negrito!
Emmy
calló. El silencio fue general. Dijérase que alguien hubiese hecho un ruido
grosero en la iglesia.
Más
tarde, en la intimidad del cuartito en donde el dravidio se moría plácidamente,
rodeado de archivos y papelotes polvorientos, le dijo Emmy a mi tío:
—¿Sabe
usted lo que le digo, tío Spenny? Que es usted un hombre muy bueno. De veras.
Mi tío se
sintió demasiado abrumado para responder, y se limitó a repetir varias veces:
—¡Emmy,
Emmy!
Luego
tomó la mano de la muchacha y la besó dulcemente.
Aquella
tarde continuaron hablando de todas las cosas que posiblemente les pueden
ocurrir a los que se mueren. Emmy le contó a mi tío lo que había pensado dos
años antes, cuando estando trabajando en Glasgow, muy al principio de su
carrera profesional, recibió un telegrama comunicándole que su padre había
fallecido de repente. Bebía demasiado, le explicó. Y cuando no estaba en sus
cabales, se portaba mal con su madre. Pero ella le había querido mucho, y
cuando recibió el telegrama había estado pensando y pensando…
Mi tío la
escuchó con gran atención, feliz de conocer otro episodio de su vida pasada; y
olvidó el otro incidente que el rayo luminoso de su confesión le había
revelado.
Aquella
noche, ya tarde, después de permanecer inmóvil durante un largo rato. Alphonse
se rebulló de pronto, abrió sus ojos negros y comenzó a hablar: primero, en
aquel idioma incomprensible de su delirio; después, al darse cuenta de que no
le entendían, en su extraño y peculiar francés:
—Lo he
visto todo —dijo—. Todo.
—¿El qué?
—le preguntaron.
—Todo lo
que va a ocurrir. He visto que esta guerra va a durar mucho tiempo… mucho. Más
de cincuenta meses.
Y acto
seguido comenzó a profetizar las más terribles calamidades.
Mi tío,
que estaba completamente seguro de que la guerra de ningún modo podía durar más
de tres meses, se mostró incrédulo. Pero Emmy que no tenía ninguna idea
preconcebida acerca del asunto y sí una intensa fe en los oráculos, impidió con
impaciencia que mi tío procurara hacer callar al dravidio.
—Díganos
lo que nos va a pasar a nosotros, Alphonse.
Emmy no
se interesaba gran cosa por la suerte que pudiera correr la civilización.
Mi tío
protestó débilmente:
—No, no…
Pero el
indio no le hizo caso.
—Yo voy a
morir, y usted —dijo dirigiéndose a mi tío— será puesto en libertad y luego
encarcelado de nuevo. Pero no aquí. En otro sitio. Está muy lejos. Y durante
mucho tiempo. Mucho tiempo. Será usted muy desgraciado.
Sacudió
la cabeza y continuó:
—No lo
puedo remediar, aunque ha sido usted tan bueno conmigo. Eso es lo que veo. Pero
el hombre que me engañó —y aludía con estas palabras al periodista—, a ése le
soltarán muy pronto y vivirá en libertad; en la libertad que reinará aquí, que
será poca. Y el que se sienta en el sillón, volverá a su país. Y el que canta
conocerá la libertad, como el hombre que me engañó. Y el hombre pequeño y gris
será enviado a otra prisión, en otro país. Y la mujer gorda de la boca roja
será enviada a otro país, pero no estará presa. Creo que allí se casará… otra
vez.
Las
descripciones aludían, sin duda, al profesor de latín y a la condesa rusa.
Siguió hablando:
—El
hombre de la cara con granos —evidentemente el escribiente— será enviado a otra
prisión en otro país; y allí morirá. Y la mujer triste que se viste de negro…
Pero Emmy
no pudo aguantar más tiempo, y le interrumpió diciendo:
—¿Y yo?
¿Qué me pasará a mí?
El
dravidio cerró los ojos y permaneció en silencio durante algún tiempo:
—La
pondrán en libertad —respondió al cabo—. Pronto. Y llegará el día en que será
usted esposa de este hombre bueno —señaló a mi tío y continuó—: Pero eso no
ocurrirá todavía. No ocurrirá hasta que pase mucho tiempo, hasta que todas las
batallas acaben. Tendrá usted hijos… tendrá buena suerte.
Se hizo
su voz más débil. Cerró los ojos y suspiró, como si estuviera agotado. Pero
logró murmurar:
—No se
fíe de los desconocidos de pelo rubio… —dijo, repitiendo una vez más su antigua
cantilena. Y no añadió más.
Quedaron
Emmy y mi tío mirándose en silencio.
—¿Qué
quiere decir todo eso, tío Spenny? ¿Será verdad? —logró decir al fin en voz
baja.
Dos horas
más tarde, el indio estaba muerto.
Mi tío
durmió, o mejor dicho no durmió, aquella noche en el cuarto grande. El cadáver
yacía solitario entre los archivos. Las palabras del indio resonaban
perpetuamente en el cerebro de mi tío: «Y llegará el día en que será usted
esposa de este hombre bueno». Tal vez, se dijo, al borde de la muerte, el
espíritu comienza a ensayar sus alas en el nuevo mundo. Quizá comienza a ver
algunos de los secretos que le van a ser revelados. Mi tío no veía nada
incoherente en tal teoría. En su universo cabía perfectamente lo que es llamado
comúnmente, y tal vez con error, milagro. Tal vez aquellas palabras del indio
fueran, se dijo, una promesa, mera enunciación de un hecho futuro. Echado de
espaldas, con los ojos fijos sobre el estrellado cielo que se veía por la ventana,
meditó sobre el problema del destino fatal y del libre albedrío, con el cual
los diablos de Milton solían pasar sus infernales ratos. Como una coda
persistente, las palabras se repetían una y otra vez: «Serás la esposa de este
hombre». Las estrellas fueron moviéndose lentamente, sobre el cuadrado de cielo
que la ventana dejaba ver. Mi tío no concilió el sueño.
A la
mañana siguiente se recibió orden de que fueran puestos en libertad el tenor y
el periodista. Los dos se despidieron alegremente de sus compañeros de prisión.
La puerta se cerró tras ellos. Emmy se volvió hacia mi tío con una mirada
aterrada; las profecías del indio habían empezado a cumplirse. Pero ninguno de
los dos dijo nada. Dos días más tarde, el escribiente fue trasladado a un
campamento de prisioneros en Alemania.
Y pasado
algún tiempo, una mañana, mandaron que se presentara mi tío. La orden llegó de
repente y no le dieron tiempo para despedirse de nadie. Fue interrogado por la
autoridad competente, que le halló inofensivo. Se le permitió regresar a
Longres, en donde debería permanecer en libertad vigilada. Ni siquiera le
permitieron regresar a su prisión para despedirse. Un soldado le trajo del
Ministerio todos los efectos de su propiedad. Le metieron en un tren, y le
ordenaron que se presentara al comandante de Longres en cuanto llegara.
Antoinette
recibió a su señor con lágrimas de gozo. Pero mi tío no halló gusto alguno en
su recobrada libertad. Emmy continuaba prisionera. Naturalmente que no tardaría
en ser puesta en libertad… Y entonces comprendió con horror que Emmy no sabía
su dirección. Le habían libertado con tales prisas, que no tuvo tiempo de
convenir con ella lo necesario para volver a verse. Ni siquiera la había visto
la mañana en que recobró la libertad.
Dos días
después de llegado a Longres, le pidió permiso al comandante de la plaza, a
quien tenía que presentarse a diario, para ir a Bruselas. Le preguntaron que
para qué, y mi tío respondió la verdad; que para visitar a una amiga que había
quedado en la cárcel de la que acababa de salir él. Le negaron el permiso sin
más preguntas.
Pero a
pesar de la negativa, mi tío fue a Bruselas. El centinela que había a la puerta
de la cárcel le detuvo por sospechoso. Le volvieron a enviar a Longres. El
comandante le habló amenazadoramente. A la semana siguiente, mi tío volvió a
probar suerte. Sabía que aquello era sencillamente una locura, pero era
preferible cualquier idiotez a no hacer nada. Le volvieron a detener.
Esta vez
le condenaron a ser internado en un campo de concentración alemán. Las
profecías del indio iban cumpliéndose con extraordinaria exactitud. Pues la
guerra duró más de cincuenta meses. Y el escribiente de los barrillos, a quien
mi tío volvió a encontrar en el campamento de prisioneros, murió en efecto.
Por qué
me eligió mi tío para confidente, no lo sé.
Después
de todo, siempre me había conocido niño, y fue casi mi padre. Pero tal vez la
razón sea que pensara que yo podía aconsejarle mejor en estos asuntos que mi
padre y hermano suyo, o que Mr. Bullinger, el erudito sobre asuntos referentes
a Dante, o que cualquiera de sus otros amigos. Puede que hubiera sentido
vergüenza de hablarles de tales cosas. Y puede que le pareciera, además, que no
lograría gran cosa acudiendo a ellos, y que yo, a pesar de mi juventud, o
precisamente debido a ella, tendría mayor experiencia en estos problemas que
sus amigos. Pues yo diría que ni mi padre ni Mr. Bullinger sabían gran cosa
acerca de las imitadoras de estrellas masculinas.
En
cualquier caso, por uno u otro motivo, a mí fue a quien consultó acerca de todo
lo que queda relatado, en la primavera de 1919, durante su estancia en Sussex,
adonde fue para restablecerse de los amargos días de prisión. Solíamos dar
juntos largos paseos, ya fuera por los campos despejados y ondulantes o entre
las grises columnas de los bosques de hayas. Poco a poco, venciendo vergüenzas
y pasando de una a otra confidencia, mi tío me contó toda la historia.
Este
relato llevó consigo interminables discusiones. Pues hubimos de decidir, en
primer lugar, si existía una teoría científica que explicase las profecías; si
existía un futuro absoluto que hubiera de ser vivido. Y aún con mayor
detenimiento tuvimos que discutir sobre la mujer, si realmente «eran así», o si
eran, de acuerdo con los deseos de mi tío, ángeles admirables. ¡Y a qué
profundidades de cinismo había aprendido mi tío a descender durante las largas
horas de amargas meditaciones pasadas en la prisión!
Pero más
importante que nuestras especulaciones acerca del posible carácter de Emmy, era
el descubrir en dónde se encontraba. Más urgente que decidir si podía uno
fiarse verdaderamente de las profecías en general, era poner los medios
oportunos para que se cumpliera aquel vaticinio en particular. Durante muchas
semanas, mi tío y yo nos dedicamos a jugar a policías.
He
pensado algunas veces que probablemente, cuando llevábamos a cabo nuestras
pesquisas en compañía, presentábamos un aspecto bastante parecido al de la
famosa pareja: mi tío, con los ojos brillantes, cadavérico, de cara afilada y
genial, sería el Sherlock Holmes del equipo; yo, con mi cara redonda y
colorada, podría pasar por un doctor Watson algo mozo. Pero de hecho, era yo, y
lo digo sin petulancia, el más eficaz investigador de los dos. Mi tío era
demasiado desconocedor del mundo para saber en dónde buscar a una amante
desaparecida; como era demasiado ignorante, desde el punto de vista científico,
para saber cómo o dónde puede descubrirse algo acerca de asuntos más
abstractos.
Fui yo
quien le llevó al Museo Británico y le hizo repasar todos los números atrasados
de los periódicos teatrales para ver si Emmy se había anunciado en alguno de
ellos buscando trabajo. Fui yo, el aparente Watson, quien pensó en recurrir a
los agentes teatrales y a los conserjes de los teatros de segunda fila. Sagaz
de aspecto, pero en realidad inocente en grado sumo, mi tío me seguía, admirado
de mis conocimientos acerca de aquel extraño mundillo.
Pero he
de confesar que fracasamos completamente. Ningún agente teatral había sabido de
Emmy Wendle desde 1914. Ningún periódico anunciaba su nombre. Los conserjes de
los music-halls se acordaban de ella como si se tratara de
alguna cosa antediluviana.
—¿Emmy
Wendle? —decían—. ¡Ah…, sí…!
Se
rascaban la cabeza, procurando pasar del recuerdo del nombre al de la persona,
como un paleontólogo que estuviera reconstruyendo todo el diplodoco partiendo
de un único hueso fósil.
Dos o
tres veces dieron distintas direcciones. Pero las patrañas de las casas de
huéspedes en las cuales Emmy se había alojado no se acordaban de ella. Y
aquella tía de Ealing, en quien tantas esperanzas pusimos, decidió, dos o tres
meses antes de comenzar la guerra, no volver a tener relación alguna con Emmy.
La mala opinión que por aquel entonces se formó de su sobrina se confirmó e
intensificó gracias a nuestras impertinentes preguntas. Nos dijo que no sabía
absolutamente nada de su sobrina, y que no quería saberlo, a lo que añadió que
nos agradecería que dejásemos en paz a la gente decente como ella. Derrotados,
volvimos a subir a nuestro taxi, mientras los vecinos de la miserable
callejuela nos miraban como si fuéramos visitantes de otro planeta, y nuestro
taxi, un carro habitualmente usado por las hadas.
—Tal vez
ha muerto —dijo mi tío Spencer en voz baja al cabo de un rato de silencio.
—Puede
—le dije brutalmente— que se haya casado y que se haya retirado del teatro.
Mi tío
cerró los ojos y dejó escapar un suspiro mientras se pasaba la mano por la
frente. ¿Qué espantosas imágenes bullían dentro de su cabeza? Hubiera preferido
creerla muerta.
—Y sin
embargo, el indio… —murmuró—, el indio siempre tenía razón; la tuvo en todo lo
que dijo…
Y puede
ocurrir que todavía la tenga. ¿Quién sabe?
*FIN*
“Uncle
Spencer”,
Little Mexican and Other Stories, 1924
Fard
Llevaban
discutiendo y peleando casi tres cuartos de hora. El rumor inarticulado de las
voces llegaba flotando por el pasillo desde el otro extremo del piso. Encorvada
sobre su costura, Sophie se preguntaba, sin especial curiosidad, acerca de qué
sería esta pelea. La voz que se oía con más frecuencia era la de Madame.
Aguzada por la ira, indignada y llorosa, estallaba en borbotones. Monsieur
conservaba mayor dominio de sí mismo, y su voz, más grave, afinada a un
diapasón más bajo, atravesaba más difícilmente las puertas cerradas y se oía
menos en el pasillo. Para Sophie allá en su cuartucho helado, la pelea parecía
consistir en una serie de monólogos de Madame intercalados de silencios
extraños y amenazadores. Pero, de cuando en cuando, Monsieur parecía perder la
paciencia, y entonces desaparecía el silencio intercalado entre el hervor de
palabras agudas y se oían voces agrias, profundas y airadas. Los agudos gritos
de Madame eran persistentes, incansables. Incluso cuando estaba fuera de sí, su
voz conservaba una monotonía carente de inflexiones y extraña. Por el
contrario, Monsieur hablaba ora ruidosamente, ora con suavidad llena de
modulaciones y repentinas subidas de tono, lo que hacía que su contribución a
la pelea sonara como una serie de explosiones aisladas: guau, guau, ruau-guau:
como un perro que ladrase lentamente.
Pasado
algún tiempo, Sophie dejó de prestar atención a la pelea. Estaba cosiendo una
combinación de Madame, y el trabajo exigía toda su atención. Estaba muy
cansada. Le dolía todo el cuerpo. El día fue duro; como ayer, y como anteayer,
y como todos los días. Y ya no era tan joven como antes. Dentro de dos años
cumpliría los cincuenta. Todos los días de su vida, absolutamente todos, habían
sido duros. Pensó en los sacos de patatas que solía llevar en el campo cuando
era pequeña. Caminaba muy lentamente, por el sendero polvoriento, con el saco a
la espalda. Otros diez pasos nada más; podría llegar. Y llegaba; pero lo malo
era que con aquello no acababa la cosa: era menester empezar de nuevo. Una
siempre tenía que empezar de nuevo.
Alzó la
vista de su costura, movió la cabeza a uno y otro lado, y cerró los ojos y los
abrió rápidamente varias veces. Había comenzado a ver lucecitas y motas oscuras
que bailaban delante de sus ojos. Cada día le ocurría esto con mayor
frecuencia. Una especie de gusano amarillento y luminoso reptaba a lo largo de
la esquina derecha de su campo visual, y aunque se movía incesantemente hacia
arriba, siempre permanecía en el mismo sitio. Alrededor del gusano, unas
estrellas verdes y rojas guiñaban sin descanso. Se interponían entre ella y la
costura, y no desaparecían aunque cerrase los ojos. Pasados unos segundos,
continuó cosiendo. Madame quería la combinación para la mañana siguiente sin
falta. Pero no era fácil coser con aquel molesto gusano amarillo.
Aumentó
de pronto el ruido que llegaba desde el otro extremo del pasillo. Se había
abierto una puerta. Las palabras se hicieron comprensibles:
—…bien
tort, mon ami, si tu crois que je suis ton esclave. Je jerai ce que je voudrai.
—Moi
aussi —dijo Monsieur con una risa agria y peligrosa.
Sonaron
en el pasillo unos pasos ruidosos. Se oyó un rumor de alguien que andaba en la
bastonera. Luego, el portazo de la puerta de la escalera, Sophie volvió a
concentrarse en su trabajo. ¡Maldito gusano y malditas estrellitas, y maldito
el cansancio de todo su cuerpo! ¡Ah, si una pudiera pasarse un día entero en la
cama, en una cama inmensa y plumosa, caliente y blanda…!
El timbre
la sobresaltó. Siempre lo hacía, con su zumbido de avispa irritada. Se levantó,
dejó la costura sobre la mesa, se alisó el delantal y se dirigió al pasillo. El
timbre volvió a zumbar con furia. Madame estaba impaciente.
—¡Vamos,
Sophie! ¡Por fin! ¡Creí que no iba usted a venir nunca!
Sophie no
dijo nada; no había nada que decir. Madame estaba en pie ante el armario
abierto. Tenía al brazo algunos vestidos, y otros se veían amontonados sobre la
cama.
Une
beauté a la Rubens, solía decir de ella su marido cuando se
encontraba de talante amoroso! Le gustaban estas mujeres opulentas,
espléndidas, grandes. Que le dejaran a él de esas damitas que parecían tuberías
flexibles. La llamaba cariñosamente Héléne Fourment.
—Uno de
estos días —solía decir Madame a sus amigos— tengo que ir al Louvre para ver mi
retrato. El de Rubens, ¿sabes? Es realmente inconcebible que haya una vivido
siempre en París y que no haya visto nunca el Louvre, ¿no te parece?
Esta
noche estaba magnífica. Tenía las mejillas^ encendidas, los ojos le brillaban
extraordinaria® mente a través de las largas pestañas, y su cabello® de un
castaño rojizo, estaba alborotado.
—Mañana
salimos para Roma, Sophie —dijo dramáticamente—. Mañana por la mañana.
Descolgó
otro vestido al hablar y lo tiró sobre la cama. Al hacerlo se abrió la bata y
dejó ver la rica y adornada ropa interior, y el fulgor de una carne blanca y
exuberante.
—Tenemos
que hacer el equipaje inmediatamente.
—¿Para
cuánto tiempo, Madame?
—Quince
días, tres meses…, ¿cómo lo voy a saber?
—Es
distinto, Madame.
—Lo
importante es irse de aquí. No volveré a esta casa, después de lo que se me ha
dicho en ella esta noche, hasta que me pidan perdón humildemente.
—Mejor
será que nos llevemos el baúl grande, entonces, Madame. Voy a buscarlo.
En el
cuarto de las maletas el aire estaba enrarecido; olía a polvo y a cuero. El
baúl grande estaba en un rincón. Tuvo que doblarse y tirar de él en postura
forzada. El gusano y las estrellitas de colores temblaron ante sus ojos. Se
sintió mareada al enderezarse.
—Yo la
ayudaré a hacer el equipaje —le dijo Madame cuando regresó Sophie con el baúl.
«¡Qué
cara de muerta tenía la vieja!», pensó Madame. No le gustaba tener a su
alrededor gentes feas y viejas. Pero Sophie era tan buena criada, que sería una
locura despedirla.
—No se
moleste, Madame. Mejor será que se acueste. Es tarde.
Sophie
sabía que aquello serie el cuento de nunca acabar, si Madame se empeñaba en
ayudarla. Comenzaría a abrir cajones, a revolverlo todo… Pero Madame respondió
que no podría dormir. Estaba demasiado nerviosa. ¡Los hombres…! ¡Qué embêtement!
¿Una no era su esclava!. Una no iba a dejar que la trataran así.
Sophie
estaba haciendo el equipaje. Un día en la cama, todo un día en una cama grande
y blanda como la de Madame. Dormir, y luego despertar durante irnos instantes,
para quedar dormida nuevamente al poco rato…
—Su
última gracia —estaba diciendo Madame— es salir con que no tiene dinero. Que no
compre más ropa, me dice. ¡Qué estupidez! ¡Querrá que vaya desnuda! Y eso de
que no tiene dinero es sencillamente una majadería. Claro que lo tiene, lo que
pasa es que es un roñoso. Si quisiera trabajar un poco de verdad, en lugar de
pasarse la vida escribiendo versos y publicándolos por su cuenta, tendría
dinero de sobra.
Dio unos
paseos nerviosos por la habitación.
—Además
tiene a su padre. ¿Para qué le sirve si no? ¿Para decirme que debo estar muy
orgullosa de estar casada con un poeta? —e imitó la voz temblona del viejo—.
Cuando se lo oigo, me cuesta trabajo no echarme a reír en su cara. Y sigue:
«¡Qué versos más admirables escribe Hégésippe acerca de ti!, ¡qué pasión, qué
fuego!».
Sonrió al
pensar en el viejo, sacudió la cabeza, agitó un dedo en el aire, hizo temblar
sus piernas, imitando en todo a su suegro.
—¡Pero
resulta —añadió riendo— que Hégésippe está calvo y se tiñe los pocos pelos que
le quedan! Y en cuanto a esa pasión de sus versos…, es una pura invención.
Pero… ¿en qué está usted pensando, Sophie? ¿Para qué vamos a llevarnos ese
horrible vestido verde?
Sophie
volvió a sacar el vestido verde sin decir una palabra. Madame se preguntó por
qué habría elegido la vieja aquella noche entre todas para tener tan mala cara.
Tenía la tez amarilla y los dientes azulados. Debiera mandarla a la cama. Pero,
¿y el equipaje? ¿Qué iba a hacer?
Realmente,
no había derecho a que todo se pusiera contra ella; hasta Sophie.
—¡Qué
vida ésta! —suspiró, y se dejó caer sobre la cama, en la cual quedó sentada;
los suaves muelles la recibieron amorosamente y la columpiaron dos veces antes
de quedar inmóviles—. ¡Estar casada con un hombre así! Dentro de poco comenzaré
a ponerme vieja y gorda. Y no le he engañado jamás. ¡Y fíjese cómo me trata!
Volvió a
levantarse y a pasear por el cuarto.
—Pero ¡no
le aguanto! —gritó.
Se detuvo
delante del gran espejo y admiró su figura, magnífica y trágica. «Nadie
pensaría —se dijo— que ya tenía más de treinta años». Más allá de la espléndida
actriz que reflejaba el espejo, vio una miserable criatura, huesuda, miserable,
vieja, con la cara amarillenta y los dientes azules, que se inclinaba
penosamente sobre el baúl. La verdad, era de lo más desagradable. Parecía una
de esas mendigas que se ven en las mañanas frías, pidiendo limosna al borde de
la acera. ¿Qué hace una: pasar rápidamente, procurando no verlas, o detenerse
un segundo y darles unas monedas de cobre o hasta un billete de dos francos, si
es que no lleva cambio? Era lo mismo; hiciera lo uno o lo otro, se quedaba una
incómoda, advirtiendo con desagrado la presencia de las propias pieles… Eso le
pasaba a ella por tener que ir andando, otra muestra de la cicatería de
Hégésippe. Si tuviera coche, no tendría necesidad de ver a aquellas mujerucas,
ni saber que existían. Apartó la mirada del espejo.
—¡No le
aguanto! —dijo tratando de olvidar a la mendiga de la cara amarilla y los
dientes azules—. ¡No le aguanto! —y ahora se dejó caer en una silla.
Pensó en
un amante con la cara amarilla y dientes desiguales y azulinos, y se
estremeció, cerrando los ojos. ¡Qué horror! Sintió la tentación de volver a
mirar. Los ojos de Sophie tenían el color de plomo verdoso, sin vida alguna.
¿Qué hacer? La cara de la mujer era una acusación, un reproche. Y además la
estaba poniendo enferma. Jamás se había encontrado tan nerviosa.
Sophie,
que estaba de rodillas, se alzó con gran trabajo y expresión de dolor agudo en
su cara. Fue andando lentamente hasta la cómoda y contó no menos lentamente
hasta seis pares de medias de seda. Se acercó nuevamente al baúl. ¡Era un
verdadero cadáver andando!
—¡Qué
vida, qué vida más terrible la mía! —dijo Madame con acento de profunda
convicción.
Debiera
mandar a la vieja a la cama. Pero no podría hacer sola el equipaje… ¡Y era tan
importante el salir mañana por la mañana sin falta! Le había dicho a Hégésippe
que se iría, y él se había reído; no lo había creído. Pues esta vez le iba a
dar una lección. En Roma vería a Luigino. Era un chico encantador; y además,
marqués. Tal vez…
Pero no
podía pensar en nada sino en la cara de Sophie, en los ojos de plomo, en los
dientes azulinos, en la piel amarillenta y arrugada.
—Sophie
—dijo de pronto, y le costó verdadero trabajo no gritar—; ahí, en el tocador,
hay una cajita de rouge, de Dorim número veinticuatro. Póngase un poco en los
carrillos. Y en el cajón de la derecha encontrará usted una barrita para los
labios.
Cerró los
ojos con un esfuerzo, mientras Sophie se levantó con un crujir de huesos de lo
más desagradable, y se acercó al tocador. Allí estuvo un rato, que pareció
eterno, en silencio. ¡Qué vida, qué vida ésta! Madame oyó los pasos lentos de
la criada, que se acercaba de nuevo. Abrió los ojos. ¡Ah! ¡Mucho mejor,
muchísimo mejor!
—Gracias,
Sophie. Ahora parece usted mucho menos cansada.
Se
levantó ágilmente.
—Y ahora
tenemos que damos prisa.
Corrió
hacia el armario llena de vida.
—Pero…,
¡por Dios, Sophie! ¡Se le ha olvidado a usted poner mi traje azul de noche!
¿Cómo puede usted ser tan tonta?
*FIN*
“Fard”,
Little Mexican and Other Stories, 1924
Hubert y Minnie
Para
Hubert Lapell era extremadamente importante aquel primer amor. «Importante» fue
la palabra que empleó al escribir sobre él en su Diario. Era un acontecimiento
de su vida, un verdadero acontecimiento por fin. Marcaba como un hito un punto
crítico de su desarrollo espiritual.
«Dijo
Voltaire», escribió en su Diario, y repitió en una de sus cartas a Minnie:
«Dijo Voltaire que morimos dos veces; una, cuando muere el cuerpo entero, y
otra, anterior a ésta, cuando se extingue nuestra capacidad de amar. De una
misma manera, son dos las veces que nacemos, y es la segunda, cuando nos
enamoramos por vez primera. Nace uno entonces en un mundo nuevo, un mundo en el
cual los sentimientos son más intensos, los valores aumentan, nuestra
percepción se hace más penetrante». Etcétera.
Será
menester confesar que Hubert halló decepcionador este mundo nuevo. La
intensificación de sus sentimientos no fue nada extraordinario; desde luego,
fue inferior a lo que a juzgar por la literatura romántica pudiera calcularse.
Te digo que estoy loco por el amor de Crésida;
me dices que es gentil, y en la abierta úlcera
de mi corazón derramas sus ojos, su cabello,
sus mejillas, su porte, su voz.
No; no
era nada que recordase tales extremos. En su Diario, en sus cartas a Minnie, es
cierto que pintaba refulgentes y románticos paisajes del mundo nuevo. Pero eran
paisajes imaginarios, artificiales, al estilo de los de Salvador Rosa, más
ricos, más fragosos, más pintorescos y con claroscuros más pronunciados que la
realidad. Hubert se lanzaba ávidamente sobre cualquier veleidad de una
desgracia, de un deseo físico, de un ansia espiritual, para tejer alrededor de
ello, en sus cartas y en su Diario, algo sustancialmente romántico. Había
veces, por lo general a altas horas de la noche, en que llegaba a convencerse a
sí mismo de que era verdaderamente el más desatentado, el más infeliz, el más
ardoroso amante que jamás hubo. Pero durante el día se ocupaba en sus
quehaceres, alimentando algo que se parecía mucho a un agravio que el amor le
hubiera inferido. El amor era algo decepcionador; sí, el amor era,
decididamente, decepcionador.
Pero
Minnie no encontraba el amor decepcionador, ni mucho menos. Se había enamorado
de Hubert desde el primer instante. Un amigo de ambos se lo presentó durante
una de las veladas que se celebraban en su casa los miércoles por la noche. «Te
voy a presentar a Mr. Lapell; pero realmente es demasiado joven para que nadie
le llame más que Hubert». Tal fue la fórmula de presentación. Minnie se echó a
reír, le estrechó la mano y comenzó a llamarle Hubert desde el primer momento.
También él se había reído nerviosamente. «Me llamo Minnie», le dijo ella; pero
estuvo Hubert demasiado nervioso toda la noche para llamarla Minnie o cualquier
otra cosa. Tenía Hubert el pelo alborotado y rebelde, como el de un niño, y
ojos grises que jamás descansaban sino durante brevísimos momentos sobre la
persona con quién hablaba, para luego retirarse como si tuvieran miedo. Lanzaba
sus miradas rápidamente con interés, y luego las recogía prestamente. Su voz,
musical, caracterizada por repentinos énfasis y rápidas modulaciones que la
hacían subir y bajar, dijérase que iba dirigida a un fantasma que flotase algo
por encima y a la derecha o la izquierda de la persona con quien en realidad
hablaba. Encima de las cejas, se veía una frente bellamente abovedada, partida
por una arruga pensativa que separaba los ojos. Cuando estaban en reposo, sus
labios formaban una especie de morrito, como si su dueño estuviera expresando
perpetuamente el descontento crónico que le inspiraba el mundo. Y,
naturalmente, pensó Minnie, el mundo no era lo bastante bello para su
idealismo.
—Pero
después de todo —dijo Hubert aquella primera noche—, siempre puede uno vivir en
el mundo de los propios pensamientos. Por lo menos, ése es diáfano y hermoso.
Siempre es posible vivir alejado del torbellino brutal.
Desde las
profundidades de su sillón, frágil y cansada, de excesiva elegancia
incongruente con la atmósfera artística que allí se respiraba, Helen Glamber se
había echado a reír y había respondido.
—No estoy
conforme. Antes al contrario, yo creo que se debe ir de un lado a otro a toda
prisa, conocer miles y más miles de personas, comer y beber sin templanza,
hacer el amor incesantemente, y gritar y reír y aporrear las cabezas de los
demás.
Minnie se
acordaba de todos los incidentes de aquella noche con claridad absoluta. Una
vez expresados estos sentimientos rabelesianos, Helen Glamber se había hundido
más todavía en su sillón con un suspiro de cansancio y cubriéndose los ojos con
su mano blanca y fina, pues tenía un dolor de cabeza espantoso y la luz le
hacía daño en los ojos.
—¡La
verdad, Helen…! —dijo Minnie riéndose. Las palabras de su amiga la hubieran
escandalizado si las hubiese pronunciado cualquier otra persona. Pero a Helen
le estaba permitido todo. Hubert reafirmó su quietismo.
Elegante,
cansada, infinitamente frágil, Helen le escuchaba desde las profundidades de su
butaca. O quizás estaba tratando de dormir al amparo de su mano protectora.
Minnie se
había enamorado fulminantemente. Al pensar en ella ahora, comprendía que había
sido un verdadero flechazo. Le había adorado desde el principio, de manera
maternal, con ansias de protegerle, pues Hubert era muy joven, apenas tenía
veinte años, a pesar de aquella arruga de su entrecejo y de las palabras
polisilábicas características del estudiante que acaba de descubrir la
sabiduría. Apenas veinte años; y ella tenía veintinueve. Y también se había
enamorado de su belleza. ¡Ah! ¡Y con qué pasión!
Cuando lo
advirtió Hubert, se sintió sorprendido y profundamente halagado. Nunca le había
pasado nada semejante. Le gustó la sensación de verse adorado, y puesto que
Minnie se había enamorado de él tan violentamente, le pareció la cosa más
natural del mundo enamorarse de ella. Es verdad que si Minnie no se hubiera
enamorado de él, a Hubert no se le hubiese ocurrido jamás prendarse de Minnie,
pero… Cuando la conoció, la encontró muy agradable, pero no demasiado
emocionante. Más tarde, las patentes muestras que ella dio de adoración,
lograron que Hubert la hallara más interesante, y al fin acabó por enamorarse
él también. Pero puede opinarse que no es realmente demasiado extraño que
Hubert se sintiera algo decepcionado por el amor.
Sin
embargo, reflexionaba en ciertos momentos íntimos en que se confesaba que algo
le ocurría a su pasión; el amor no consumado, nunca podría ser considerado, de
manera natural, como realmente auténtico. Y anotó en su diario, muy
oportunamente, dos serventesios de John Donne:
Así deben descender las almas de los amantes puros
a facultades y afectos
que pueda el sentido alcanzar y comprender,
o yace encarcelado en un gran príncipe.
A nuestros cuerpos entonces recurrimos
para que los hombres, débiles, puedan ver el amor;
los misterios del amor crecen en el alma,
pero el cuerpo es su libro.
La
próxima vez que vio a Minnie, le recitó estos versos.
La
conversación que tuvieron inmediatamente después, compuesta de filosofía y de
confidencias personales, fue exquisita. A Hubert le pareció que alcanzaron los
niveles considerados normales por la literatura.
A la
mañana siguiente, Minnie llamó por teléfono a su amiga Helen Glamber, y le
preguntó si podría ir a tomar el té con ella aquella tarde. Tenía que hablar
con ella de varias cosas. Helen suspiró al colgar el teléfono.
—Esta
tarde viene Minnie a tomar el té —dijo en voz alta, volviendo la cabeza hacia
la puerta abierta.
Se oyó la
voz de su marido, que decía desde el otro lado del pasillo:
—¡Qué
aburrimiento!
Lo dijo
con acento de horror distraído, de resignación automática; pues John Glamber
estaba embebecido en su trabajo, y solamente quedaba en este mundo una
partícula de su ser, por así decirlo, disponible para reaccionar al oír la mala
noticia.
Helen
volvió a suspirar, y acomodándose más agradablemente contra los almohadones,
cogió su libro. Sabía que aquel tono de voz, aquella respuesta dada desde una
gran lejanía espiritual, quería decir que si ella trataba de continuar con la
conversación, las únicas contestaciones que escucharía serían ruidos
inarticulados y sin gran significación. Y si ella, a pesar de todo, insistía,
entonces él diría con voz quejosa y lastimera:
—Hijita,
estoy trabajando…
Y, sin
embargo, a Helen le hubiera gustado mucho hablar un rato en aquel momento. En
lugar de hacerlo, continuó su lectura, interrumpida por la llamada telefónica
de Minnie.
«Para
entonces, ya las llamas habían envuelto al gineceo. Diecinueve veces se
aventuró el heroico patriarca de Alejandría en el ardiente edificio, del cual
logró salvar a todas las bellas ocupantes menos dos; veintisiete eran, y todas
fueron transportadas inmediatamente, de acuerdo con sus instrucciones, a sus
habitaciones particulares…».
Se
trataba de uno de los libros instructivos que le gustaba a John que leyera.
Historia, misterios, lecciones y leyes. Pero en aquel momento, Helen no sentía
apetencias históricas. Tenía ganas de hablar. Y era imposible; completamente
imposible. No había que pensar en ello.
Dejó el
libro y comenzó a limarse las uñas y a pensar en la pobre Minnie. Sí; la pobre
Minnie. ¿Por qué no podía uno evitar el decir «¡Qué aburrimiento!» al saber la
proximidad de su visita? ¿Y por qué le faltaba a una el valor suficiente para
negarse a darle de merendar? Realmente porque inspiraba lástima; pero de manera
muy aburrida. Hay gente con la cual nos gusta mostramos amables, a la que
deseamos ayudar. Gente que nos mira con ojos de mono enfermo. Los vemos y se
nos parte el corazón. Pero Minnie era una mujer, grande y saludable, de
veintiocho años, que debiera estar casada y ser madre de varios niños, y ni lo
estaba ni lo era. Hubiera sido una esposa admirable, y una madre excelente,
solícita y cuidadosa. Pero ninguno de los hombres que la conocieron desearon
casarse con ella. ¿Por qué iban a desearlo? Cuando entraba en una habitación,
parecía que se velaba la luz, que disminuía la tensión eléctrica. No irradiaba
vida, sino que la absorbía como si estuviera hecha de papel secante. No era de
extrañar que ningún hombre quisiera casarse con ella. Y, sin embargo, era la
única solución. Sobre todo, si se tenía en cuenta que estaba enamorándose
perpetuamente. La única solución.
—John
—dijo de pronto Helen—, ¿es verdad lo que dicen de los hurones?
—¿De los
hurones? —dijo la voz en la habitación vecina, lejana e irritada—. ¿Qué dicen
de los hurones?
—Que las
hembras se mueren si no tienen macho…
—¿Cómo
quieres que lo sepa?
—Como
generalmente lo sabes todo…
—Pero,
hijita, la verdad…
La voz
sonó quejosa, preñada de reconvención. Helen se tapó la boca con la mano y
arrojó un beso a su marido.
—Bueno,
bueno; está bien —dijo rápidamente—, está bien. No lo volveré a hacer, te lo
prometo.
Y lanzó
otro beso hacia la puerta.
—Pero…
los hurones… —dijo la voz.
—¡Chist!
Déjalo.
—¿Por qué
los hurones?
—John, no
debes interrumpir tu trabajo —le dijo ella con acento de severidad.
Minnie
fue a tomar el té. Comenzó a hablar del asunto en hipótesis, como si se tratara
de otra persona; luego aumentó su valor y lo expuso personalmente. Se trataba
de ella misma. Helen le aconsejó brutalmente, con toda su inocencia pagana y
serena:
—Si lo
que quieres hacer es llevar el asunto adelante, con todas sus consecuencias,
hazlo. La cosa no tiene importancia esencial. Bueno, no mucha. Es importante
porque hace posibles las confidencias verdaderamente íntimas, porque fortalece
el amor, porque, en cierto modo, hace que el hombre dependa de ti. Y, además,
es lo natural. Yo siempre defiendo la naturaleza en todo, menos cuando se trata
de pintarme la cara. Dicen que los hurones…
Pero
Minnie observó que la frase quedó sin acabar. Aterrada, fascinada y
escandalizada, pero convencida, siguió escuchando.
—John
—dijo Helen aquella noche, cuando su marido volvió a casa—, ¿quién inventó las
convenciones sociales? Y ¿por qué?
John se
echó a reír.
—Las
inventó Adán por varias razones trascendentales que, probablemente,
encontrarías difíciles de comprender. Pero, además, con el objeto práctico de
lograr que Eva se portase bien.
—Supongo
que tienes razón; pero complican la vida —sacudió la cabeza—. No está nada
clara la cosa. Las convenciones a los dieciséis años, bueno. Pero a los veinte
ya debe ser posible estar por encima de ellas. Y a los treinta, bueno, la
verdad, a los treinta… Porque te advierto que ya tiene casi treinta años…
Minnie
acabó por escribir a Hubert diciéndole que se había decidido. Hubert estaba
pasando unos días en Herthfordshire, en casa de su amigo Watchett. Era una casa
grande, en donde se comía admirablemente, y en ella se encontraba uno muy a
gusto. Watchett el viejo tenía una excelente biblioteca. Hubert y Ted Watchett
jugaban al croquet y discutían los mejores procedimientos para cultivar el yo.
Decidieron que se podía lograr mucho con el arte (libros, música, cuadros y
todas esas cosas).
—El
escuchar Sacre, de Stravinski, te ahorra el tener que ir al Tibet, a la Costa
de Oro, y a todos esos sitios realmente imposibles. Y en lugar del asesinato,
tenemos a Dostoyevski, lo mismo que como sucedáneo del amor físico tenemos las
novelas de D. H. Lawrence.
—Sin
embargo —repuso Hubert—, es necesaria cierta cantidad de experiencia personal.
Hablaba
con sinceridad, en abstracto, pero llevaba en el bolsillo la carta de Minnie.
Continuó:
—Nosce
te ipsum. No es posible llegar a conocerse sin chocar violentamente contra
los hechos, ¿no crees?
Al día
siguiente llegó Phoebe, una prima de Ted. Tenía rojo el pelo y lechosa la tez.
Era bailarina de revista, hasta cierto punto. «Un pie aquí y otro allá, como en
el paso, en el bonito paso, del despatarrarse». Y allí mismo, en la sala, se
dejó caer al suelo hasta quedar sentada en él, con las piernas abiertas y
formando una línea recta. «Es muy sencillo», explicó riéndose, y se alzó del
suelo con tan fácil gracia que quedaba uno admirado. A Ted no le gustaba su
prima.
—Me cansa
—decía—. Y es tan tonta… Es tonta a cosa hecha, a propósito, lo cual lo hace
todavía peor.
Era
verdad que le gustaba vanagloriarse de la cantidad de champaña que era capaz de
beber sin marearse, y de la cantidad de veces que sobrepasó esos límites y que
se había «entrompado a conciencia». Y también le gustaba hablar de sus
admiradores en tales términos, que pudiera suponerse que a todos se rindió. Su
justificación era su gran vitalidad; y su pelo rojo brillante.
«La
vitalidad —escribió Hubert en su Diario (le gustaba imaginar una fecha remota,
preferiblemente ya muerto él, en la cual se publicarían aquellas confesiones y
aquellos aforismos)—, la vitalidad puede exigir del mundo tanta atención como
la belleza. Algunas veces, vitalidad y belleza coinciden en una misma persona».
Fue
Hubert quien arregló las cosas para que pudieran ir al molino. Uno de sus
amigos estuvo allí una vez y encontró el lugar cómodo, discreto y de admirable
tranquilidad. Tranquilo, claro está, con la tranquilidad peculiar a los
molinos. Pues no reinaba allí el silencio de que se goza de noche en las
cumbres; era un silencio formado por un continuo estruendo. A las nueve de la
mañana comenzaba a girar la rueda molinera y su voz atronadora ya no cesaba en
todo el día. Al principio, el ruido era aterrador y resultaba casi
insoportable. Luego, pasado un rato, se acostumbraba uno. El estrépito, a causa
de su persistencia interrumpida, llegaba a transformarse en silencio perfecto,
maravillosamente rico y profundo.
Detrás
del molino había un jardincillo, limitado en tres de sus costados por la casa,
los graneros y una alta tapia de ladrillo. Su cuarto costado daba al caz.
Minnie estuvo contemplando el fluir del agua, asomada al parapeto. Parecía una
serpiente morena con manchas en forma de flecha sobre el dorso; se arrastraba,
reptaba, se deslizaba eternamente. Se sentó allí, esperando. El tren de Londres
la trajo hasta allí poco después de comer. Hubert, que venía de casa de los
Watchett, en el otro extremo del país, no llegaría probablemente hasta eso de
las seis. Fluía el agua ante sus ojos, como el tiempo, como el destino,
dirigiéndose suavemente hacia nuevos y violentos acontecimientos.
El ruido
inmenso que en aquel jardín era silenció la envolvía. Ya habituada a él, su
mente se movía en el estrépito como en su propio elemento. De allende el
parapeto ascendía la frescura y el olor a hierbas del agua. Pero si se volvía
hacia el jardín, respiraba al punto el ardiente perfume del sol que caía sobre
las flores y los frutos que maduraban. En aquella luz soleada de la tarde, todo
el universo parecía haber ya madurado. Allí se alzaba la casa rojiza, madura
como una ciruela caída del árbol; las tapias mostraban su madurez, mayor que la
de los frutos de los árboles nectáreos, tan tierna y dulcemente crucificados
sobre los ladrillos calientes. Y aquel silencio opulento de la tormenta
incesante, dijérase ser lozanía polvorienta de un día que alcanzó madurez
exquisita y que colgaba, rotundo como un melocotón y jugoso de vida y de
felicidad, esperando al sol el mordisco de irnos dientes ávidos.
Minnie
esperaba en el corazón de aquel mundo con madurez de fruta. Fluía el agua hacia
la rueda, suavemente, muy suavemente, para luego caer y romper en mil pedazos
contra la rueda giratoria. Y el tiempo fluía, avanzaba calladamente hacia un
acontecimiento que rompería toda la tersura de su vida.
«Si lo
que quieres hacer es llevar el asunto adelante, con todas sus consecuencias,
hazlo». Le parecía estar escuchando la voz clara y aguda de Helen, que le daba
los consejos brutales e imposibles. Si los hubiera escuchado a cualquier otra
persona, habría escapado de la habitación. Pero en los labios de Helen le
parecieron, no sabía por qué, sencillos, innocuos y verdaderos. Y no obstante,
todo cuanto le habían dicho otras personas en su casa, en el colegio, en
cuantos lugares frecuentó, también parecía ser sensato.
Pero era
menester tener en cuenta el amor. Hubert le había escrito un soneto al estilo
de Shakespeare, que comenzaba:
Santifica
el Amor cuanto le toca;
el roce de su dardo trueca en oro la escoria,
la materia muda en mente, purifica la pasión más extremada
y edifica un templo en el corazón ardiente.
El soneto
le había parecido muy bello. Y muy verdadero. Dijérase que era como un puente
que uniera a Helen con todos los demás. El amor, el verdadero amor, lo cambiaba
todo. Lo justificaba. El amor… ¡Ah! ¡Qué profundamente, qué hondamente amaba!
Fue
transcurriendo el tiempo y la luz se hizo más rica según el sol perdió altura
en el cielo. El día fue adquiriendo más y más deliciosa madurez, henchido de
indecible dulzura. El tormentoso silencio fue cubriendo las mejillas del día,
ruborizadas por el sol, con la más maravillosa, con la más amelocotonada
pelusilla. Minnie siguió esperando sentada sobre el parapeto. Algunas veces
miraba el agua que continuaba fluyendo, otras, volvía la vista hacia el jardín.
También fluía el tiempo, pero ya no experimentaba temor por el tremendo
acontecimiento que tronaba allí, en el futuro. La dulce madurez de la tarde
pareció apoderarse de su espíritu, llenándolo hasta los bordes. Ya no había
lugar en él para dudas, o para temerosos presentimientos, o para arrepentirse.
Tiernamente, con una ternura que le fuera imposible expresar verbalmente, que
solamente un beso suavísimo pudiera representar, dado mientras sus dedos
entreabiertos acariciaban el pelo del amado, pensaba en Hubert, en su Hubert.
Hubert…,
Hubert… Y de repente, de manera repentina, que hizo que Minnie se estremeciera
sorprendida, allí estaba Hubert, junto a ella.
—¡Oh!
—dijo Minnie; y durante unos segundos le contempló con los ojos muy abiertos,
que nada expresaban sino asombro. Luego cambió la expresión y dijo con voz
apenas perceptible:
—¡Hubert!
Hubert le
cogió una mano y volvió a dejarla caer; la miró durante un segundo y apartó la
vista. Apoyado sobre el parapeto, estuvo contemplando el fluir del agua. Su
expresión era grave. Ambos guardaron silencio durante largo rato. Minnie
permaneció sentada, inmóvil, con los ojos clavados sobre la cara del muchacho,
que no la miraba. Se sentía feliz, muy feliz, tremendamente feliz.
El día
iba aumentado su madurez, añadiendo una perfección tras otra al momento.
—Minnie
—dijo él de repente, abruptamente, con la voz demasiado alta de quien lleva
largo rato haciendo acopio de valor para hablar y decir alguna cosa largamente
considerada—, me he portado muy mal contigo. Nunca debí pedirte que vinieras
aquí. Está muy mal. Perdóname.
—Pero si
he venido, ha sido porque he querido —exclamó ella.
Hubert la
miró, y luego apartó los ojos para seguir hablando al fantasma que, al parecer,
flotaba por encima del agua serena del caz:
—Ha sido
pedirte demasiado. No he debido hacerlo. Para un hombre, es distinto. Pero para
una mujer…
—Pero ya
te he dicho que he sido yo quien lo ha querido.
—Es
demasiado pedir…
—No es
nada, porque te quiero.
Se acercó
a él y le pasó la mano por el pelo. ¡Ah! ¿Cómo podrían las palabras expresar
aquella ternura?
—¡Qué
tonto eres! ¿Crees que no te quiero lo bastante para…?
Hubert no
levantó la cabeza. El agua seguía corriendo ante sus ojos. Minnie continuaba
jugando con el pelo, acariciándole la nuca. De repente, sintió odio por aquella
mujer. ¡Estúpida! ¿Es que era incapaz de comprender una indirecta? No quería
nada con ella. Y no comprendía cómo pudo creer que le resultaba deseable.
Durante todo el viaje, en el tren, había venido preguntándose lo mismo. ¿Por
qué? ¿Por qué? Y la pregunta se hizo más urgente cuando se detuvo a la puerta
del jardín y estuvo contemplándola desde detrás del manzano sin que ella lo
advirtiera. La vio sentada en el parapeto, mirando, unas veces con sus ojos
castaños, de expresión vaga, al agua, otras al jardín, y sonriéndose a solas,
con una expresión que le pareció tan vacua e inexpresiva, que bien pudo haberla
tomado por imbécil.
El día
antes había estado con Phoebe en la cresta del recuesto calizo. La llanura se
extendía a sus pies como un mar, y por encima del horizonte se erguían nubes
heroicas. Los dedos del viento alborotaban los adorables rizos bermejos. La
contempló, y la vio suma de lo grácil, como si estuviera dispuesta para
lanzarse al aire impetuoso. «¡Cómo me gustaría poder volar!», había dicho
Phoebe. Y luego de añadir: «Me gustan los aviadores de una manera especial», se
había lanzado corriendo por la cuesta abajo.
Pero
Minnie, con su cabello de color apagado, sus mejillas rojas como manzanas, su
cuerpo grande y lento de movimientos, era una campesina. ¿Cómo pudo creer él
que la deseaba? La cosa resultaba peor debido a que ella estaba loca por él, a
que ella le quería de manera inoportuna, tediosa, como un perro excesivamente
cariñoso que se empeña en correr junto a nosotros y en lamernos la mano, cuando
lo que deseamos es sentarnos en soledad y pensar en asuntos trascendentales.
Se apartó
un poco para librarse de la mano que le acariciaba. Alzó hacia ella durante un
segundo dos ojos que una furia helada había tomado opacos; luego los bajó de
nuevo.
—El
sacrificio es demasiado grande —dijo en una voz que le pareció pertenecer a
otra persona. Encontraba extremadamente difícil decir estas cosas de manera
convincente—. No te lo puedo pedir —siguió diciendo el actor—. Me niego a
pedírtelo.
—Pero…
¡si no es un sacrificio! —protestó Minnie—. Es una alegría, es la felicidad.
¿No lo comprendes?
Hubert no
contestó. Inmóvil, acodado sobre el muro, permaneció contemplando el agua.
Minnie le miró, perpleja en un principio; pero muy pronto se apoderó de ella
una duda atormentadora que fue creciendo y creciendo según el silencio se hacía
más largo. Fue creciendo como un espantoso cáncer del alma, hasta que acabó por
devorar toda su felicidad, hasta que nada quedó dentro de ella, sino dudas y
temores.
—¿Qué te
ocurre? —le preguntó por fin—. ¿Por qué estás tan raro? Dímelo, Hubert, dímelo…
Inclinándose
ávidamente hacia él, le tomó la cara entre las dos manos. Los ojos mostraban
una opacidad airada.
—¿Qué te
pasa, Hubert? ¿Qué te ocurre?
Hubert se
libró de las manos.
—Es
inútil —dijo con voz ahogada—; es completamente inútil. Todo ha sido una
equivocación. Lo siento. Creo que será mejor que me vaya. El coche está todavía
a la puerta.
Sin
esperar a que ella dijera algo, sin añadir más explicaciones, se alejó a buen
paso hacia la casa, casi corriendo. ¡Gracias a Dios que se había librado de
ella!, se dijo. No lo había logrado muy bien, ni con especial gracia, ni con
valor; pero lo importante era que ya se había librado de la pesadilla. ¡Pobre
Minnie! Le daba lástima, pero ¿qué pudo hacer él? ¡Pobrecilla! Sin embargo, le
adulaba pensar que estaría ella llorándole. Y, en cualquier caso, se dijo para
cobrar ánimos, a Minnie no le podía importar gran cosa. Por otra parte, su
vanidad le recordaba que Minnie le adoraba. Le adoraba de la manera más
absoluta…
Se cerró
la puerta tras él. Minnie quedó sola en el jardín. Maduro, madurísimo, recibía
las postreras caricias del sol. Más de la mitad estaba ya en sombra. Pero el
resto, iluminado por la coloreada luz vespertina, dijérase haber alcanzado el
grado sumo y perfecto de la madurez. Rodeado por el silencio estruendoso, la
más perfecta fruta que jamás hubo, deliciosamente dulce, dulce hasta el mismo
corazón, pendía allí ruborosa y hermosísima, al borde mismo de la oscuridad.
Minnie
permaneció sentada e inmóvil, preguntándose qué había ocurrido. ¿Se había
marchado de verdad? La puerta se había cerrado de golpe, y casi como si el
ruido fuese una señal anteriormente concertada, en el mismo instante salió del
molino un hombre y cerró la esclusa del caz. Se detuvo la rueda. Sobrevino un
silencio apocalíptico. El silencio de lo callado vino a remplazar aquel otro
silencio que era el ruido sin interrupción. En tomo de Minnie se abrían abismos
insondables. A través del vacío del silencio, una abeja retrasada pasó
remolcando su zumbido agudo; piaban los gorriones; y de allende el caz llegó
hasta el jardín rumor de voces y risas lejanas. Como si despertara de un sueño,
Minnie se puso en pie y escuchó aterrada, volviendo la cabeza a uno y otro
lado.
*FIN*
“Hubert
and Minnie”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

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