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Libro N° 13571. El Pequeño Mexicano. Huxley, Aldous.

 


© Libro N° 13571. El Pequeño Mexicano. Huxley, Aldous. Emancipación. Marzo 1 de 2025

 

Título Original: © El Pequeño Mexicano. Aldous Huxley

 

Versión Original: © El Pequeño Mexicano. Aldous Huxley

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ciudadseva.com/category/libros-completos/el-pequeno-mexicano/

 

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Fondo:

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PEQUEÑO MEXICANO

Aldous Huxley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Pequeño Mexicano

Aldous Huxley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

El joven Arquímedes

El retrato

El sombrero mexicano

El tío Spencer

Fard

Hubert y Minnie

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El joven Arquímedes


Fue la vista lo que nos decidió a alquilarla. Es cierto que la casa tenía sus inconvenientes. Estaba bastante lejos de la ciudad y no tenía teléfono. El alquiler era excesivamente caro y los desagües deficientes. En las noches de viento, cuando los vidrios mal colocados hacían en las maderas de las ventanas un ruido terrible como el de los ómnibus de hotel, la luz eléctrica, por algún misterioso motivo, se apagaba invariablemente y uno se quedaba en ruidosa oscuridad. Había un espléndido cuarto de baño; pero la bomba eléctrica, destinada a llevar el agua de los tanques a la terraza, no funcionaba. Puntualmente, en el otoño, el pozo de agua potable se secaba. Y nuestra casera mentía y era una tramposa.

Pero éstas son las pequeñas desventajas de todas las casas alquiladas, en todo el mundo. Para Italia no eran tan graves. He visto muchas casas que las tenían con cien más, sin poseer las compensadoras ventajas de la nuestra: la orientación al sur del jardín y la terraza para el invierno y la primavera, las amplias y frescas habitaciones al abrigo del calor estival, el aire de lo alto de la colina, la ausencia de mosquitos, y, por último, la vista.

¡Y qué vista! O más bien, ¡qué sucesión de vistas! Cambiaban cada día; y sin moverse de la casa se tenía la impresión de un perpetuo cambio de decoración: todos los encantos del viaje sin ninguno de sus inconvenientes. Había días de otoño en que todos los valles estaban llenos de neblina y las crestas de los Apeninos emergían, oscuras, de un liso lago blanco. Había días en que esa niebla invadía nuestras alturas y en que estábamos envueltos en un blando vapor en donde los olivos color de bruma, que bajaban, ante nuestras ventanas, hacia el valle, desaparecían, fundidos, se diría, en su propia esencia; y las dos únicas cosas firmes y definidas del pequeño mundo vago en que estábamos confinados eran los dos altos cipreses negros que se elevaban sobre una pequeña terraza en saliente a unos cien pies cuesta abajo. Se levantaban negros, agudos y sólidos, gemelas columnas de Hércules en el confín del mundo conocido; y más allá solo había nubes pálidas y alrededor nebulosos olivares.

Eso era los días de invierno; pero había días de primavera y otoño, días invariablemente sin nubes o —más deliciosos todavía— variados por las enormes masas de vapor flotante que, nevadas sobre las lejanas cimas tocadas de nieve, desenvolvían gradualmente contra el brillante cielo azul pálido, enormes gestos heroicos. Y en lo alto del cielo, las colgaduras hinchadas de aire, los cisnes, los mármoles aéreos, desbaratados e inacabados por dioses hartos de creación casi antes de formarlos, vagaban adormecidos, a impulsos del aire, cambiando de forma con el movimiento. Y el sol aparecía y desaparecía detrás de ellos; y tan pronto la ciudad, allá en el valle, se esfumaba y casi desaparecía en la sombra, y semejante a una inmensa joya cincelada entre las colinas resplandecía con brillo propio. Y mirando a través del más cercano valle tributario que descendía bajo nuestra cuesta serpenteando hacia el Amo, y por sobre el lomo oscuro del monte en cuyo extremo promontorio se elevaban las torres de la iglesia de San Miniato, se veía el enorme domo aéreo, suspendido en su armazón de albañilería, el cuadrado campanil, la aguda flecha de Santa Croce, y la torre endoselada de la Signoria, levantándose encima del intrincado laberinto de casas, diversas y brillantes, como pequeños tesoros esculpidos en piedras preciosas… Solo un instante, pues pronto su brillo se esfumaba otra vez, y el destello viajero no llegaba, entre las lejanas colinas azul índigo, más que a dorar una única cima.

Había días en que el aire estaba mojado de lluvia pasada o próxima, y en que todas las distancias parecían acortarse milagrosamente claras. Los olivos se destacaban uno a uno en las distantes laderas; las aldeas lejanas eran deliciosas y patéticas como pequeños y exquisitos juguetes. Había días de verano, días de tormenta amenazante, en que, luminosas y soleadas sobre un fondo de masas hinchadas negras y púrpuras, las colinas y las casas blancas brillaban como con un fulgor efímero, con un muriente fulgor, al borde de una horrible catástrofe.

¡Cómo cambiaban las colinas! Cada día y cada hora del día casi, eran distintas. Había momentos en que mirando por sobre la planicie de Florencia no se veía más que una silueta azul oscuro contra el cielo. El cuadro no tenía hondura; era solo un cortinaje suspendido, sobre el que estaban pintados sin relieve los símbolos de las montañas. Y luego, casi de golpe con el pasar de una nube, o cuando el sol había declinado a un cierto nivel del firmamento, la escena plana se transformaba; y donde antes había solo una cortina pintada, ahora había filas y filas de montes, en tonos y tonos desde el pardo, o gris, o verde oro hasta el lejano azul. Formas que hasta ese momento estaban fundidas indistintamente en una sola masa, ahora se descomponían en sus elementos. Fiesole, que había sido solo un soporte del Monte Morello, ahora se revelaba como la cabeza saliente de otro sistema de montes, separado del baluarte más próximo, de sus vecinos mayores, por un profundo valle sombrío.

Al mediodía, en los ardores del verano, el paisaje se hacía oscuro, polvoriento, vago y casi descolorido bajo el sol de mediodía; los montes desaparecían entre las franjas temblorosas de cielo. Pero, al avanzar la tarde, surgía de nuevo el paisaje, perdía su anonimía, salía de la nada volviendo a la forma y a la vida. Y esa vida, a medida que el sol declinaba, declinaba lentamente en la larga tarde, se hacía más suntuosa, más intensa momento por momento. La luz horizontal, con su acompañamiento de sombras alargadas y oscuras, desnudaba, por decirlo así, la anatomía del terreno; los montes —cada escarpadura occidental brillante, y cada pendiente opuesta al sol hundida en sombra— se volvían macizos, proyectándose en sólido relieve. Aparecían, en el suelo liso en apariencia, hoyuelos y pequeños pliegues. Al este de nuestra cresta, borrando la planicie del Erna, un gran pico lanzaba su sombra, que se agrandaba sin cesar; entre el brillo vecino del valle una ciudad entera yacía eclipsada. Y al expirar el sol en el horizonte, mientras las colinas más distantes se enrojecían con su luz ardiente hasta que sus flancos iluminados tenían el color de rosas tostadas, los valles se colmaban con la bruma azul de la tarde. Y esa bruma subía y subía; el fuego se apagaba en los vidrios de las laderas habitadas; solo las cimas ardían todavía, pero todas también se apagaban por fin. Las montañas al palidecer se entremezclaban y se fundían en una pintura plana de montañas contra el cielo pálido de la tarde. Un poco más y era de noche; y si la luna estaba llena, un fantasma de la escena muerta revivía en los ámbitos.

Cambiante en su belleza, el vasto paisaje conservaba siempre una cualidad humana y doméstica que lo hacía, al menos a mi modo de ver, el mejor de los paisajes para convivir. Día por día uno recorría sus diversas bellezas, pero el viaje, como el Gran Viaje por Europa de nuestros antepasados, era siempre un viaje en la civilización. Pues con todas sus montañas, sus declives a pico y sus hondos valles, el paisaje toscano está dominado por sus habitantes. Han cultivado hasta el más pequeño pedazo de suelo posible; sus casas profusamente esparcidas hasta en los declives se unen a los valles populosos. Solitario en la cima de un monte, no se está, sin embargo, en un desierto. Las huellas del hombre cubren el suelo y ya —lo descubrimos con alegría al abarcarlo en una mirada— por siglos, por miles de años ha sido suyo, sumiso, domado y humanizado. Las vastas landas desiertas, las arenas, los bosques de árboles innumerables, son lugares para visitas ocasionales, saludables al espíritu que se somete por un tiempo no muy largo. Pero influencias demoníacas y también divinas pueblan esas completas soledades. La vida vegetativa de plantas y cosas es extraña y hostil al hombre. Los hombres no pueden vivir tranquilos sino donde han dominado lo que los rodea y donde sus existencias acumuladas son más numerosas e importantes que la de las próximas vidas vegetales. Despojado de sus bosques oscuros, plantado, dispuesto en terrazas y cultivado casi hasta la cima de sus montes, el paisaje toscano es seguro y humanizado. Los que a veces lo habitamos somos presa del deseo de un lugar solitario, inhumano, sin vida, o poblado solo de vida extraña. Pero ese deseo se satisface pronto, y uno se alegra de volver al sumiso paisaje civilizado.

Yo consideré esta casa en lo alto el sitio ideal para vivir. Porque ahí, seguro en medio de un paisaje humanizado, se está solo sin embargo; se puede estar tan solitario como uno quiera. Vecinos cercanos que uno no ve nunca son los vecinos ideales.

Nuestros vecinos más próximos, próximos físicamente, vivían muy cerca. Teníamos dos series de ellos, en realidad, casi en la misma casa, con nosotros. Una era la familia campesina que habitaba un largo edificio bajo, medio casa habitación, medio caballerizas, galpones y establo de vacas, agregados a la quinta.

Nuestros otros vecinos —vecinos intermitentes, porque no se aventuraban a dejar la ciudad sino de tarde en tarde, cuando el tiempo era perfecto— eran los propietarios de la villa, que se habían reservado la pequeña ala de la enorme casa en forma de L —unas doce habitaciones apenas— dejándonos las dieciocho o veinte restantes.

Era una curiosa pareja la de nuestros caseros. Un viejo marido, encanecido, distraído, tembleque, de unos setenta años; y una señora de unos cuarenta, baja, regordeta, con manos y pies diminutos y un par de enormes ojos muy negros, que manejaba con la destreza de una comediante de nacimiento.

Su vitalidad, si hubiera sido posible encauzarla y hacerla realizar trabajo útil, habría suplido de luz eléctrica a toda una ciudad. Los físicos hablan de extraer energía del átomo; sacarían mayor provecho sin buscar tan lejos descubriendo alguna manera de utilizar esas enormes provisiones de energía vital que acumulan las mujeres desocupadas de temperamento sanguíneo y que en el presente estado imperfecto de organización social y científica se emplean en general tan deplorablemente; interviniendo en asuntos ajenos, armando escenas emocionales, pensando en el amor y haciéndolo y fastidiando a los hombres hasta el punto de impedirles continuar sus tareas.

La signora Bondi se desembarazaba de su energía superflua, entre otras cosas, “envolviendo” a sus inquilinos. El viejo señor, que era un antiguo negociante de reputación intachable, no estaba autorizado a hacer tratos con nosotros. Cuando vinimos a visitar la casa, fue la señora quien nos la enseñó. Fue ella la que con gran despliegue de encanto, con irresistible revoloteo de ojos, se explayó en los méritos del lugar, cantó loas a la bomba eléctrica, glorificó el cuarto de baño (en vista de él, el alquiler era, insistió, verdaderamente bajo), y cuando sugerimos llamar un perito para examinar la casa, nos rogó encarecidamente, como si nuestro bienestar fuera su sola preocupación, no gastar tan superfluamente nuestro dinero en una cosa innecesaria. Después de todo —dijo— somos personas honradas. Yo no soñaría en alquilarles la casa si no estuviera en perfecta condición. Tengan confianza. —Y me miró con una expresión apenada y suplicante en sus magníficos ojos, como pidiéndome que no la insultara con mi grosera desconfianza. Y sin dejarnos tiempo a llevar más lejos lo de los peritos, empezó a asegurarnos que nuestro hijito era el ángel más hermoso que había visto. Al terminar la entrevista con la signora Bondi, estábamos completamente decididos a tomar la casa.

—¡Qué mujer encantadora! —dije al salir. Pero creo que Elizabeth no estaba enteramente de acuerdo conmigo.

Después empezó el episodio de la bomba.

Al anochecer de nuestra llegada a la casa abrimos el conmutador de la electricidad. La bomba hizo un ruido ronco muy profesional; pero no salió ni una gota de agua de las canillas del baño. Nos miramos llenos de dudas.

¿Mujer encantadora? Elizabeth arqueó las cejas. Pedimos una entrevista; pero sucedía siempre que el viejo caballero no podía recibirnos y que la signora invariablemente estaba indispuesta o había salido. Dejamos unas líneas; quedaron sin respuesta. Al fin, nos dimos cuenta de que el único medio de comunicarnos con nuestros caseros, que vivían en la misma casa que nosotros, era bajar a Florencia y enviarles una carta certificada por expreso. Para recibirla estaban obligados a firmar dos recibos separados, y, si queríamos pagar cuarenta céntimos más, otro documento inculpatorio, que se nos devolvía después. No había medio de alegar, como sucedía con las cartas o notas ordinarias, que la comunicación no había sido recibida. Empezamos, al fin, a recibir contestaciones a nuestros reclamos. La signora, que escribía todas las cartas, empezó diciéndonos que naturalmente la bomba no funcionaba, porque las cisternas estaban vacías a causa de la larga sequía. Tuve que andar tres millas hasta el correo para certificar mi carta recordándole que había habido una violenta tormenta solo el miércoles pasado, y que los tanques en consecuencia se habían llenado hasta más de la mitad. Vino la respuesta; en el contrato no garantizaba el agua para baños; y si yo la deseaba ¿por qué no había hecho examinar la bomba antes de alquilar la casa? Otra caminata a la ciudad para preguntar a la signora de al lado si no recordaba su ruego de que tuviéramos confianza en ella y para informarla de que la existencia de un cuarto de baño en una casa era en sí una garantía de agua para bañarse. La respuesta fue que la signora no podía continuar en correspondencia con personas que le escribían tan groseramente. Después de todo eso puse el asunto en manos de un abogado. Dos meses más tarde se cambió la bomba. Pero nos vimos obligados a enviar a la dama un exhorto judicial antes de que cediera. Y los gastos fueron considerables.

Un día, hacia el final del episodio, encontré al viejo caballero en el camino, paseando su inmenso perro —o más bien, paseado por el perro. Pues el viejo debía ir en la dirección que el perro quería. Y cuando se detenía a olfatear o arañar el suelo, o a dejar contra una verja su carta de visita o un injurioso desafío, pacientemente, a la extremidad de la correa, el viejo tenía que esperar.

Pasé y lo dejé atrás parado en un lado del camino, a unos centenares de metros de nuestra casa. El perro olfateaba las raíces de uno de los cipreses gemelos que crecían a cada lado de la entrada de una granja; oí al animal gruñir indignado, como si oliera un intolerable insulto. El viejo signor Bondi esperaba, atado a su perro. Las rodillas dentro los pantalones grises, tubulares, se doblaban ligeramente. Apoyado en su bastón, contemplaba tristemente el paisaje con mirada vaga. El blanco de sus ojos viejos era descolorido, como bolas de billar usadas. En el rostro grisáceo de profundas arrugas, su nariz era de un rojizo dispéptico. Su bigote blanco, como serruchado y amarillento en los bordes, caía hacia abajo en curva melancólica. En la corbata negra llevaba un grueso brillante; tal vez eso era lo que la signora Bondi encontraba más atrayente.

Me quité el sombrero al acercarme. El viejo me miró con aire vago, y solamente se dio cuenta de quién era cuando ya casi había pasado.

—¡Espere —gritó detrás de mí—, espere! Y se apresuró a bajar el camino en mi seguimiento. Tomado completamente de sorpresa, y en posición desventajosa —porque estaba ocupado en devolver la afrenta impresa en las ramas del ciprés— el perro se dejó llevar.

Asombradísimo para hacer otra cosa que obedecer, siguió a su dueño.

—¡Espere!

Esperé.

—Mi querido señor —dijo el anciano, asiéndome por la solapa de la chaqueta, y echándome a la cara un aliento desagradable—, quiero disculparme. —Miró a su alrededor, como temeroso de que aún, en ese lugar solitario alguien pudiera oír sus palabras—. Quiero disculparme —prosiguió—, acerca de ese miserable asunto de la bomba. Le aseguro que si hubiera dependido solo de mí, la hubiera arreglado tan pronto como usted lo pidió. Usted tiene razón; un baño es una tácita garantía de agua. Desde el primer momento me di cuenta de que no teníamos ninguna probabilidad de ganar el asunto si se planteaba ante la justicia. Y además, pienso que se debe tratar a los inquilinos tan generosamente como sea posible. Pero a mi mujer —bajó la voz— el hecho es que le agradan esa clase de asuntos, aun sabiendo que no tiene razón y que perderá el pleito. Y además, esperaba, sin duda, que usted, cansado de reclamaciones, haría al fin el trabajo por su cuenta. Desde el principio le dije que cediera; pero no quiso oír nada. ¿Qué quiere usted?, eso la entretiene. Ahora se ha convencido de que hay que hacerlo. En dos o tres días tendrán ustedes el agua para su baño. Pero he pensado que me gustaría decirle cuanto… —Pero el maremmano, que ya se había repuesto de la sorpresa sufrida, dio un brinco de repente y gruñendo disparó cuesta arriba. El viejo señor trató de sujetar el animal, tirando de la correa, se tambaleó y vencido se dejó arrastrar—… Cuánto lamento —continuó, mientras se alejaba—, que ese pequeño malentendido… —Pero era inútil—. Adiós —sonrió cortésmente, hizo un gesto de súplica, como si de pronto recordara una cita urgente, y no tuviera tiempo de entrar en explicaciones—. Adiós. —Se descubrió y se dejó llevar por el perro.

Una semana después el agua empezó a correr de veras y al día siguiente de nuestro primer baño la signora Bondi, vestida de raso gris tórtola, y luciendo todas sus perlas, vino a visitarnos.

—¿Están hechas las paces, ahora? —preguntó con una franqueza encantadora, mientras nos daba la mano.

Se lo aseguramos, y así era por nuestra parte.

—Pero ¿por qué han escrito ustedes esas cartas tan terriblemente descorteses? —dijo, fijando en mí una mirada de reproche que debía despertar la contrición del pecador más endurecido—. Y luego, ese pleito, ¿cómo ha podido usted? A una señora…

Tartamudee algo sobre la bomba y nuestra necesidad de bañarnos.

—¿Pero cómo pretendían que yo escuchara nada dicho en ese tono? ¿Por qué no tratar las cosas de otro modo, cortésmente, de una manera seductora?

Me sonrió y bajó sus párpados inquietos.

Me pareció mejor cambiar la conversación. Es desagradable cuando uno tiene razón sentir que lo quieren hacer a uno culpable.

Algunas semanas más tarde recibimos una carta —debidamente certificada; por expreso— en la cual la signora nos preguntaba si pensábamos renovar el contrato (que era solo por seis meses) y nos notificaba que en caso afirmativo aumentaría el alquiler en un 25 por ciento, en consideración a las mejoras que habían sido ejecutadas. Nos dimos por bien servidos, después de mucho negociar, de poder renovar el contrato por un año con solo un aumento del 15 por ciento.

Principalmente por la vista aceptamos esa explotación intolerable. Pero teníamos otras razones, a los pocos días de habitarla, para gustar de la casa. De esas razones, era la más poderosa, que en el hijo menor del campesino descubrimos el compañero ideal de juegos de nuestro hijito.

Entre el pequeño Guido —tal era su nombre— y el menor de sus hermanos había una diferencia de seis o siete años. Los dos mayores trabajaban en el campo con su padre; después de la muerte de la madre, dos o tres años antes de conocerlos, la hermana mayor manejaba la casa, y la menor, que acababa justamente de dejar el colegio, la ayudaba y en las horas libres vigilaba a Guido, quien no necesitaba ya mucha vigilancia: contaba de seis a siete años, y era tan precoz, tan seguro y tan lleno de responsabilidad como lo son en general los hijos de los pobres, entregados a sí mismos desde que empiezan a andar.

Aunque era dos años y medio mayor que el pequeño Robin —y en esa edad treinta meses están rellenos con la experiencia de la mitad de una vida— Guido no se aprovechaba indebidamente de la superioridad de su inteligencia y de su fuerza. No he visto nunca un niño más paciente, tolerante y menos tiránico. Nunca se reía de Robín y de sus torpes esfuerzos para imitarle en sus prodigiosas hazañas; no fastidiaba ni atemorizaba a su compañerito, más bien lo ayudaba cuando lo veía en apuros y le explicaba aquello que no podía entender. Robín lo adoraba, mirándolo como el modelo del perfecto Muchacho Grande, y servilmente lo imitaba en todo lo posible.

Estos esfuerzos de Robin para imitar a su compañero eran, a menudo, bastante cómicos. Pues por una oscura ley psicológica, las palabras y las acciones serias en sí mismas se vuelven ridículas al ser imitadas; y cuanto más exacta es la copia, si la imitación es una parodia deliberada, más ridícula resulta, pues ninguna imitación exagerada de alguien conocido nos hace reír como la perfecta imitación casi exacta al original. La mala imitación no es risible sino cuando es una muestra de sincera y seria adulación que no cuaja enteramente. Las imitaciones de Robin eran de esta clase, en su mayoría. Sus heroicos y desgraciados esfuerzos para ejecutar las proezas fuertes y hábiles que Guido llevaba a cabo fácilmente eran de una exquisita comicidad. Y sus largas y prolijas imitaciones del modo de ser y de las maneras de Guido no eran menos divertidas. Las más risibles, porque estaban hechas seriamente y de modo inesperado por parte del imitador, eran las tentativas de Robin de imitar un Guido pensativo. Éste era un niño reflexivo sujeto a súbitas abstracciones. Uno lo encontraba, a veces, solo en un rincón, la barbilla en la mano, el codo en la rodilla, sumergido, al parecer, en profunda meditación. Y a veces, aun en medio de sus juegos se detenía de pronto y se quedaba de pie con las manos detrás, el entrecejo fruncido y mirando al suelo. Cuando esto sucedía, Robin se asustaba y se ponía inquieto. Con asombrado silencio, miraba a su compañero.

—Guido, —le solía decir suavemente—, Guido. —Pero Guido generalmente estaba demasiado preocupado para contestarle; y Robin, no atreviéndose a insistir, se deslizaba a su lado, y tomando como podía la actitud de Guido —parado napoleónicamente, con las manos cruzadas a la espalda, o sentado en la postura del Lorenzo el Magnífico de Miguel Ángel— trataba él también de meditar. Cada dos segundos volvía sus vivos ojos azules hacia el niño mayor para ver si su actitud era correcta. Pero al minuto empezaba a impacientarse; la meditación no era su fuerte.

—Guido —volvía a llamar, más alto— ¡Guido! —Y lo tomaba de la mano tratando de arrastrarlo. A veces Guido sacudía su ensueño y volvía al juego interrumpido. A veces no prestaba atención. Melancólico, perplejo, Robin se veía obligado a ir a jugar solo y Guido continuaba inmóvil sentado o de pie; y sus ojos, si uno los miraba bien, eran bellos en su grave y pensativa calma.

Eran grandes ojos muy separados, y, —cosa extraña en un niño italiano de cabellos oscuros— de un pálido y luminoso azul grisáceo. No siempre eran graves y quietos, como en los momentos pensativos. Cuando jugaba o charlaba o reía, se iluminaban y la superficie de esos lagos claros y pálidos de meditación, parecía en cierto modo agitada con olas brillantes de sol. Sobre esos ojos se levantaba una frente amplia y alta, de una curva que era como la curva sutil de un pétalo de rosa. La nariz era recta, la barba pequeña y algo puntiaguda, la boca de comisuras caídas, un poco triste.

Tengo una instantánea de los dos niños sentados juntos en el parapeto de la terraza. Guido está casi de frente, pero mirando de lado y hacia abajo; sus manos cruzadas sobre los muslos y su expresión, su actitud son graves, meditativas. Es el Guido abstraído en uno de esos trances en que solía caer, aun en plena risa y juegos, de manera absoluta e inesperada, como si de pronto se le hubiera metido en la cabeza irse y hubiera dejado el hermoso cuerpo silencioso abandonado, como una casa vacía, esperando su vuelta. Y a su lado está sentado el pequeño Robin, tratando de mirarlo, con el rostro un poco desviado de la máquina, pero delatando su risa la curva de la mejilla; una de sus manecitas levantada está tomada en el momento de un ademán, la otra ase la manga de Guido, como si le incitara a jugar con él, y las piernas colgando del parapeto están fijadas por la mirada indecisa del aparato en mi impaciente ajetreo, en el momento de dejarse caer al suelo y escaparse para jugar al escondite en el jardín. Todas las características principales de ambos niños están en la pequeña instantánea.

—Si Robin no fuera Robin, —solía decir Elizabeth—, casi desearía que fuera Guido.

Y aun entonces, cuando yo no tenía particular interés en el niño, era de su parecer. Guido me parecía uno de los niños más interesantes que había visto.

No éramos los únicos en admirarlo. La signora Bondi, que en los intervalos de curiosidad que había entre nuestras querellas venía a visitarnos, hablaba de él constantemente.

—¡Un niño tan hermoso, tan hermoso! —decía con entusiasmo—. Es una lástima que sea hijo de campesinos que no pueden vestirlo bien. Si fuera mío, lo vestiría de terciopelo negro, o con un pantaloncito blanco y un jersey tejido de seda blanco con una lista roja en el cuello y los puños; o quizá un traje blanco de marinero sería bonito y en el invierno un abrigo de piel, con un gorro de piel de ardilla, y botas rusas tal vez… —Se dejaba llevar por la imaginación—. Y le dejaría crecer el pelo, como a un paje, y se lo rizaría un poquito en las puntas. Y un cerquillo sobre la frente. Todo el mundo se volvería a mirarlo si lo llevaba conmigo a la Vía Tornabuoni.

Lo que usted desea, le hubiera querido decir, no es un niño: es una muñeca de cuerda o un mono sabio. Pero no se lo dije, en parte porque no encontraba la palabra italiana equivalente a muñeca de cuerda y en parte porque no quería correr el riesgo de que me aumentaran de nuevo el alquiler en un 15 por ciento.

—¡Ah, si yo tuviera un varoncito como ése! —suspiraba, entornando los párpados, modestamente.

—Adoro los niños, a veces pienso en adoptar uno, es decir, si mi marido me lo permitiese.

Yo pensaba en el pobre señor que se dejaba arrastrar por su gran perro blanco y sonreía interiormente.

—Pero no sé si me lo permitiría —continuaba la signora—. No sé si lo permitiría… —y se quedaba silenciosa un momento, como si examinara una idea nueva.

Unos días después, estábamos sentados en el jardín después del almuerzo tomando nuestro café y el padre de Guido en vez de pasar y saludarnos con una inclinación de cabeza, como de costumbre, y con el jovial buenos días, se detuvo y empezó a conversar. Era un hombre hermoso, no muy alto, pero bien proporcionado, vivo, de movimientos elásticos y lleno de vida. Tenía un fino rostro moreno, con las facciones de un romano, iluminado por un par de los más inteligentes ojos grises que yo haya visto. Casi brillaban con demasiada inteligencia, cuando, y eso acontecía a menudo, trataba con una apariencia de perfecta franqueza y de infantil inocencia de sacar algo o de envolverlo a uno. Complaciéndose en sí misma, esa inteligencia brillaba de malicia. El rostro podía ser ingenuo, impávido, casi imbécil en su expresión, pero los ojos en esas ocasiones lo traicionaban completamente. Ya uno sabía al verlos brillar así que había que ponerse en guardia.

Hoy, sin embargo, no tenían esa luz peligrosa. No quería sacarnos nada, nada de valor: solo un consejo —artículo, él lo sabía bien, que muchas personas dan encantadas. Pero quería consejo en algo que para nosotros era un asunto algo delicado: sobre la signora Bondi. Carlos se había quejado de ella con frecuencia.

—El viejo es bueno —nos decía— muy bondadoso, es la verdad. —Lo que significaba, sin duda, entre otras cosas, que se dejaba engañar fácilmente Pero su mujer… Bueno, la mujer era una mala bestia. Y nos contaba cuentos de su rapacidad insaciable: pedía siempre más de la mitad de la cosecha, que, según la ley, es lo que corresponde al propietario. Se quejaba de sus sospechas: lo acusaba constantemente de malos manejos, de robo —a él, se golpeaba el pecho, a él, el alma de la honradez—. Se quejaba de su ciega avaricia: no quería gastar en el abono necesario, no quería comprarle otra vaca, ni quería instalar luz eléctrica en los establos.

Le manifestamos nuestra simpatía, pero con prudencia, sin dar una opinión decisiva. Los italianos son maravillosos para hablar sin comprometerse; no dirán ni una palabra al interesado hasta estar absolutamente ciertos que esa palabra es justa y necesaria y, ante todo, perfectamente segura. Habíamos vivido bastante entre ellos para no imitar su prudencia. Lo que dijéramos a Carlos estábamos seguros que tarde o temprano llegaría a oídos de la signora Bondi. No se ganaba nada con agriar innecesariamente nuestras relaciones con la señora —solamente perder, quizá, otro quince por ciento.

Hoy no eran quejas sino perplejidad. La signora le había mandado buscar, parecía, para preguntarle qué diría él de un ofrecimiento —todo era hipotético en el capcioso estilo italiano—: adoptar al pequeño Guido. El primer impulso de Carlos había sido decir que eso no le agradaba; pero esa contestación lo hubiera comprometido de modo grosero. Había preferido decir que lo pensaría. Y ahora nos pedía un consejo.

—Haga lo que le parezca mejor —fue, en efecto, lo que contestamos. Pero le dimos a entender de una manera velada, aunque precisa, que a nuestro parecer la signora Bondi no sería una buena madre adoptiva para el niño. Y Carlos se inclinaba a convenir en ello. Además, quería mucho al niño.

—Pero la cuestión es —concluyó con tristeza— que si realmente se le ha metido en la cabeza tener al chico, no dejará nada por hacer para tenerlo. Nada.

Él también, se veía muy bien, hubiera querido, que los físicos se ocuparan de las mujeres desocupadas sin hijos pero de temperamento sanguíneo, antes de tratar de emprenderla con el átomo. Sin embargo, pensaba yo, mientras se alejaba a grandes pasos por la terraza, entonando poderosamente una canción con estentóreo acento, hay ahí fuerza y vida suficiente en esos miembros elásticos, tras esos brillantes ojos grises, para sostener una seria lucha aun con las acumuladas fuerzas vitales de la signora Bondi.

Fue algunos días después de este incidente cuando mi gramófono y dos o tres cajones de discos llegaron de Inglaterra. Fue un gran recurso para nosotros en nuestra montaña, que nos proporcionó lo único que faltaba a esta soledad tan espiritualmente fértil —perfecta isla de robinsones suizos—: la música. No se oye mucha música en Florencia en esta época. Los tiempos en que el Dr. Buney podía recorrer Italia, escuchando una interminable sucesión de óperas, sinfonías, cuartetos, cantatas —todas nuevas—, ya pasaron. Pasados los tiempos en que un docto músico, solo inferior al Reverendo Padre Martini de Bolonia, podía admirar los cantos campesinos y lo que tamborileaban y rascaban en sus instrumentos de músicos ambulantes.

He viajado semanas por la península sin oír ni una nota que no fuera Salomé o la canción fascista. Ya que no poseen otra riqueza que haga la vida agradable o soportable, las metrópolis del Norte tienen la riqueza de la música. Es, tal vez, el único atractivo que puede hallar un hombre razonable para habitar en ellas. Los otros atractivos —alegría organizada, gente, conversación variada, placeres mundanos ¿qué son, después de todo, sino un gasto del intelecto que nada recibe en cambio? Y luego el frío, la oscuridad, la suciedad, la humedad, la inmundicia… No, donde la necesidad solamente puede retenerlo a uno no puede haber otro halago que la música. Y la música, gracias al ingenioso Edison, se puede llevar ahora en una caja y sacarla en cualquier soledad que uno quiera visitar. Se puede vivir en Benin, o en Nuneaton, o en Tozeur en el Sahara, y oír cuartetos de Mozart, o selecciones del Clave bien temperado, o la Quinta Sinfonía, el quinteto con clarinete de Brahms y los motetes de Palestrina.

Carlos, que había bajado a la estación con su carro y su mula a buscar el cajón, estaba interesadísimo en el aparato.

—Oiremos música otra vez —decía, mirándome desembalar el gramófono y los discos—. Es difícil hacerla uno mismo.

Sin embargo, pensaba yo, él se arregla para hacer bastante. En las noches cálidas solíamos oírlo tocar la guitarra y cantar suavemente, sentado a la puerta de su casa; el chico mayor tocaba en falsete la melodía en el mandolín y a veces toda la familia hacía coro, y la oscuridad se llenaba con el acento apasionado de sus voces. Cantaban, principalmente, canciones de Piedigrotta, y las voces resbalaban ligadas nota a nota, subían con pereza o se lanzaban de pronto en suspiros enfáticos de un tono a otro. A distancia y bajo las estrellas el efecto no era desagradable.

—Antes de la guerra —prosiguió— en épocas normales —y Carlos tenía la esperanza, y hasta la creencia, de que las épocas normales volverían y de que la vida sería pronto tan fácil y barata como antes de la catástrofe—, yo acostumbraba escuchar óperas en el Politeama. ¡Ah, eran magníficas! Pero ahora cuesta cinco liras la entrada.

—Demasiado caro —yo asentía.

—¿Tiene Il Trovatore? —preguntaba.

Sacudí la cabeza.

—¿Rigoletto?

—Creo que no.

—¿La Boheme, Fanciulla del West, Pagliacci?

Yo seguía decepcionándolo.

—¿Tampoco Norma? ¿Y el Barbiere?

Puse Battistini en “La ci darem” de Don Giovanni.

Convino en elogiar el canto; pero se veía que la música no le satisfacía. ¿Por qué? No le fue fácil explicarlo.

—No se parece a Pagliacci —dijo por fin.

—No es palpitante —asentí.

Y reflexioné que ésa es realmente la diferencia entre palpitante y no palpitante y que en eso se separa el gusto musical moderno del antiguo. La corrupción de lo mejor, pensé, es lo peor. Beethoven enseñó a la música a palpitar con su pasión espiritual e intelectual. Desde entonces no ha cesado de palpitar, pero con la pasión de hombres inferiores. Indirectamente, pensé, Beethoven es responsable de Parsifal, Pagliacci y del Poema del Fuego; más indirectamente de Sansón y Dalila y de “Ivy, cling to me”. Las melodías de Mozart pueden ser brillantes, memorables, contagiosas; pero no palpitan, no lo sujetan a uno entre suspiros y lágrimas, no llevan al auditorio a éxtasis eróticos.

Para Carlos y sus hijos mayores, mi gramófono, me temo, fue una decepción. Eran demasiado corteses para decirlo abiertamente; dejaron, simplemente, al cabo de los dos primeros días de interesarse por el aparato y su música. Preferían la guitarra y su propio canto.

Guido, al contrario, estaba interesadísimo. Y le gustaban, no los bailes alegres, a cuyos ritmos vivaces Robin marchaba dando vueltas y marcando el paso como todo un regimiento de soldados, sino la música genuina. El primer disco que oyó, recuerdo, fue el del movimiento lento del Concierto de Bach en re menor para dos violines. Ése fue el primer disco que puse, apenas Carlos me dejó. Me parecía, en cierto modo, la pieza más musical con que refrescar mi espíritu tan sediento de música —la bebida más clara y más fresca. Comenzaba a iniciarse el ritmo y se ponía en movimiento desarrollando sus puras y melancólicas bellezas, de acuerdo con las leyes de la lógica intelectual más exigentes, cuando los dos niños, Guido primero y el pequeño Robin siguiéndolo sin aliento, hicieron ruidosa irrupción en la pieza, entrando de la loggia.

Guido se detuvo ante el gramófono, y se quedó inmóvil, escuchando. Sus ojos, de pálido azul grisáceo, se abrieron desmesurados, y, con un pequeño gesto nervioso que ya había notado antes, se tiró el labio inferior apretando el pulgar y el índice. Debió de haber hecho una profunda aspiración; porque noté que después de escuchar por algunos segundos espiró vivamente, y aspiró una nueva dosis de aire. Me miró un instante —mirada interrogadora, entusiasta, asombrada—, se rio con una risa que se volvió un estremecimiento nervioso, y se volvió hacia la fuente de esos maravillosos sonidos. Imitando servilmente a su amigo mayor, Robin se había colocado también ante el gramófono, en idéntica postura, echando de vez en cuando una mirada a Guido, para asegurarse de que la copia era fiel, hasta el gesto de tirarse el labio. Pero al cabo de un minuto se cansó.

—Soldados —me dijo, volviéndose hacia mí—. Como en Londres. —Recordaba los ragtimes y las alegres marchas alrededor del cuarto.

Puse un dedo en mis labios.

—Después —murmuré. Robin pudo quedarse quieto y silencioso otros veinte segundos. Luego asió a Guido por el brazo gritando:

—Vieni, Guido! Soldados, soldati. Vieni giuocare soldati!

Por primera vez vi a Guido impacientarse.

—Vai! —dijo con enojo pegando a Robin en la mano y empujándolo con rudeza. Y se aproximó más al aparato como para resarcirse escuchando más intensamente de lo que había perdido con la interrupción.

Robin lo miró atónito. Nunca había pasado nada semejante. Luego rompió a llorar y vino a mí en busca de consuelo.

Cuando la querella se apaciguó —y Guido, sinceramente arrepentido, volvió a ser tan bueno como sabía serlo, cuando la música se detuvo y su espíritu ya libre pudo pensar en Robin— le pregunté qué pensaba de la música. Me dijo que era hermosa. Pero bello en italiano es una palabra vaga, que se dice con demasiada frecuencia para que signifique algo.

—¿Qué te ha gustado más? —insistí. Porque parecía haber gozado tanto que yo tenía curiosidad de saber qué era lo que realmente prefería.

Quedó silencioso un momento, con el ceño fruncido, pensando. —Bueno —dijo al fin—, me gusta la parte que era así. —Y tarareó una larga frase—. Y también otras cosas que cantaban al mismo tiempo —se interrumpió—, que cantaban así ¿qué eran?

—Se llaman violines —le dije.

—Violines. —Bajó la cabeza—. Bueno. El otro violín hacía así. —Volvió a tararear—. ¿Por qué uno no los puede cantar al mismo tiempo? ¿Y qué hay en la caja? ¿Por qué hace ese ruido? —Las preguntas se sucedían en sus labios.

Le contesté lo mejor que pude, mostrándole las espirales grabadas en el disco, la púa, el diafragma. Le hice recordar cómo vibra la cuerda de la guitarra al ser apretada; el sonido es un sacudimiento del aire, le dije, y traté de explicarle cómo esos sacudimientos se imprimen en el disco negro. Guido me escuchaba gravemente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando. Tuve la impresión que había comprendido perfectamente lo que le decía.

A todo esto, el pobre Robin estaba tan tremendamente aburrido, que me dio lástima, y mandé a los dos a jugar al jardín. Guido se fue, obedeciendo, pero me di cuenta que hubiera preferido quedarse dentro oyendo música. Un poco después, al mirar afuera, estaba escondido en lo más sombrío, bajo el gran laurel, rugiendo como un león, y Robin riéndose un poco nervioso —como si temiera que el horrible ruido pudiera ser, después de todo, el rugido de un verdadero león— blandía un palo, con el que buscaba entre el matorral, gritando: —¡Sal, sal de ahí! ¡Quiero tirar y atraparte!

Después del almuerzo, cuando Robin subió a dormir su siesta, apareció Guido.

—¿Puedo ahora escuchar la música? —preguntó. Y por una hora se sentó frente al aparato, con la cabeza inclinada de lado, escuchando mientras yo ponía un disco tras otro.

Desde entonces vino todas las tardes. Pronto conoció toda mi colección de discos, tenía sus preferencias y sus antipatías y podía pedir lo que deseaba oír tarareando el tema principal.

—Ése no me gusta —decía del Till Eulenspiegel, de Strauss—. Se parece a lo que cantamos en casa. No es exactamente igual ¿verdad?… pero se parece bastante. ¿Comprende? —Nos miraba con un aire perplejo y lleno de ansiedad como pidiéndonos que lo comprendiéramos y librarse así de nuevas explicaciones. Asentimos. Guido prosiguió—: Y, además —decía—, el final no parece salir, como es debido, del principio. No es como el que oí la primera vez. —Tarareó uno o dos compases del movimiento lento del Concierto en re menor de Bach.

—No es —repliqué— como cuando se dice: A todos los niños les gusta jugar. Guido es un niño. Entonces a Guido le gusta jugar.

Frunció el ceño.

—Sí, quizá sea eso —dijo al fin—. El primero que usted puso es más bien eso. Pero —añadió con un celo extraordinario de la verdad— a mí no me gusta tanto jugar como a Robin.

Wagner era una de sus antipatías, también Debussy. Cuando puse el disco de uno de los Arabesques, me dijo:

—¿Por qué repite y repite la misma cosa? Debía decir algo nuevo, o seguir, o hacer algo grande. ¿No encuentra algo distinto? —Pero su crítica fue severa con el Après-midi d’un faune.

—Las cosas tienen hermosas voces —dijo.

Mozart le encantaba. El dúo de Don Juan, que su padre encontró poco palpitante, encantaba a Guido. Pero prefería los cuartetos y los trozos de orquesta.

—Me gusta más la música que el canto —decía.

A mucha gente, pensaba yo, le gusta más el canto que la música; se interesan más en el ejecutante que en lo que ejecuta, y encuentran la orquesta impersonal menos emocionante que el solista. El tocar del pianista es el rasgo humano, y el do de la soprano es la nota personal. Es por el interés de este rasgo y de esta nota por lo que el auditorio colma las salas de concierto.

Guido, sin embargo, prefería la música. Es verdad que también le gustaban “La ci darem” y “Deh, vieni alla finesta”, pensaba que “Che soave zefiretto” era tan encantador que todos los conciertos debían empezar con él. Pero prefería lo otro. Una de sus favoritas era la obertura de Fígaro. Hay un pasaje casi al principio, en que los primeros violines se elevan a lo más alto de su encanto; cuando la música llegaba a ese punto, sorprendía una sonrisa que se acentuaba y brillaba en el rostro de Guido, aplaudía y se reía de placer en alta voz.

En el otro lado del disco estaba grabada la obertura de Egmont, de Beethoven. Casi le gustaba más que la de Fígaro.

—Tiene más voces —explicaba. Me encantó lo sagaz de la crítica; porque es precisamente la riqueza de orquestación lo que hace a Egmont superior a Las bodas de Fígaro.

Pero lo que le conmovía más que nada era la obertura de Coriolano. El tercer movimiento de la Quinta Sinfonía, el segundo de la Séptima, el lento del Concerto Emperador, rivalizaban con Coriolano, pero nada lo excitaba tanto. Un día me lo hizo repetir tres o cuatro veces seguidas; luego lo puso a un lado.

—Me parece que ya no quiero oírlo más…

—¿Por qué?

—Es demasiado… demasiado… —titubeaba—, demasiado grande —dijo al fin—. Realmente no lo entiendo. Ponga el que dice así —tarareó una frase del Concierto en re menor.

—¿Te gusta más? —le pregunté.

Sacudió la cabeza.

—No, exactamente. Pero es más fácil.

—¿Más fácil? —Me parecía un término raro para aplicar a Bach.

—Lo entiendo mejor.

Una tarde, mientras estábamos en medio de nuestro concierto, se presentó la signora Bondi. Empezó en seguida a llenar de caricias al niño; lo besó, le palmeó la cabeza, y le hizo los cumplidos más exagerados sobre su figura. Guido se apartó de ella.

—¿Te gusta la música? —le preguntó.

El niño asintió.

—Creo que tiene mucha disposición —dije—, de todos modos tiene un oído maravilloso y un don para escuchar y analizar que nunca había visto en un niño de esa edad. Desearíamos alquilar un piano para que aprendiera.

Unos instantes después me reproché el franco elogio del niño, porque la signora Bondi empezó a protestar y decir que si ella lo pudiera educar le pondría los mejores maestros, haría de él un gran músico —y por añadidura, un niño prodigio. Estoy seguro, que ya se veía, sentada maternalmente, vestida de raso negro y adornada de perlas, próxima al gran Stinway, mientras el angélico Guido vestido como el pequeño Lord Fauntleroy tocaba Liszt o Chopin, haciendo las delicias de un apretado auditorio. Ella veía los ramos y demás complicados tributos florales, oía los aplausos y las pocas palabras bien elegidas con que los maestros, conmovidos hasta el llanto, saludaban la revelación del pequeño genio. Era, para ella, más importante que nunca la conquista del niño. Cuando se fue la signora Bondi, Elizabeth observó:

—La has puesto terriblemente ávida. Será mejor decirle, la próxima vez que venga, que te has equivocado y que el muchacho no tiene el talento musical que pensabas.

El piano llegó a su debido tiempo. Después de dar a Guido un mínimum de conocimientos preliminares, le permití tocar. Empezó sacando en el piano las melodías que había oído, reconstruyendo la harmonía en que están basadas. Después de algunas lecciones, comprendió los rudimentos de la música y pudo leer a primera vista, aunque lentamente, un pasaje sencillo. Todo el proceso de la lectura le era, sin embargo, desconocido; conocía las letras, pero nadie le había enseñado a leer frases y ni aun palabras.

Aproveché la oportunidad, la primera vez que volví a ver a la signora, para asegurarle que Guido me había defraudado. No tenía, en verdad, ningún talento musical. Demostró pena al oírlo, pero me di cuenta de que no me creía en absoluto. Probablemente creyó que nosotros también teníamos interés en el niño, y queríamos guardar al niño prodigio, privándola de lo que ella consideraba como un derecho feudal. Pues ¿no eran sus gentes, después de todo? Si alguien tenía que aprovechar con la adopción del niño, debía ser ella.

Diplomáticamente, con mucho tacto, reanudó sus negociaciones con Carlos. El muchacho, le aseguró, tenía genio. Se lo había dicho el caballero extranjero, y era una clase de persona que sabía de esas cosas. Si Carlos le permitía adoptar el niño, ella lo haría estudiar. Sería un gran músico y lo contratarían en la Argentina y los Estados Unidos, en París y en Londres. Ganaría millones y millones como Caruso, por ejemplo. Le explicó que parte de esos millones serían para él. Pero antes de enriquecerse el niño tenía que estudiar. El estudio era costoso. En su propio interés y en el de su hijo, debía dejarla hacerse cargo del niño. Carlos le contestó que lo pensaría y volvió a pedirnos consejo. Le sugerimos que en todo caso le convenía esperar un poco y ver si el muchacho adelantaba.

Hacía grandes progresos, a pesar de mis afirmaciones a la signora Bondi. Todas las tardes, mientras Robín dormía, venía a su concierto y a su lección; sus deditos adquirían fuerza y agilidad. Pero lo que más me interesaba era que empezaba a componer piececitas. Algunas las escribí al oírselas y aún las conservo. La mayoría, cosa rara, me parecía entonces, eran clásicas. Tenía pasión por lo clásico. Cuando le expliqué los principios de esa forma, quedó encantado.

—Es hermoso —decía admirado—. ¡Hermoso, hermoso, y tan fácil!

Quedé sorprendido. No son los cánones tan manifiestamente sencillos. Desde entonces pasaba la mayor parte del tiempo componiendo cánones para su propio entretenimiento. Eran a menudo notablemente ingeniosos. Pero en la composición de otra clase de música no se mostró tan fecundo como yo esperaba. Compuso y armonizó uno o dos aires solemnes como himnos, con algunas piezas más ligeras del tipo de marchas militares. Como composiciones de una criatura eran extraordinarias; todos solemos ser genios hasta los diez años. Pero yo había esperado que Guido seguiría siendo genio a los cuarenta; en cuyo caso lo que era extraordinario para un niño normal no era bastante extraordinario para él. No es un Mozart, conveníamos, volviendo a tocar sus piezas. Yo sentía, lo confieso, casi un resentimiento. No valía la pena preocuparse por algo menos importante que un Mozart.

No era un Mozart, no, pero era alguien, y debía llegar a descubrirlo, casi tan extraordinario.

Hice este descubrimiento una mañana, al principio del verano. Estaba trabajando, sentado a la sombra tibia de nuestro balcón que mira al norte. Guido y Robín jugaban abajo en el jardincito. Absorbido en mi trabajo, supongo, solo me di cuenta del poco ruido que hacían los niños, después de un prolongado silencio. No se sentían ni gritos ni corridas: solo una tranquila conversación. Sabiendo por experiencia que cuando los niños están quietos es porque se ocupan en algo prohibido, me levanté y miré por sobre la balaustrada lo que hacían. Esperaba verlos chapoteando agua, o encendiendo un fuego o cubriéndose de alquitrán. Pero lo que vi fue a Guido que, con un palo tiznado, demostraba sobre las piedras lisas de la vereda que el cuadrado construido sobre la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados construidos sobre los dos otros lados.

Arrodillado en el suelo, dibujaba con la punta de su palo quemado sobre el piso. Y Robin, arrodillado, por imitación a su lado, empezaba, se veía, a impacientarse un poco con ese juego tan tranquilo.

—Guido —le dijo. Pero Guido no hizo caso. Frunciendo el ceño, pensativo, continuó su diagrama—. ¡Guido! —El más pequeño de los dos se inclinó y encogió el cuello para poder mirar de abajo arriba el rostro de Guido—: ¿Por qué no dibujas un tren?

—Después —dijo Guido—. Pero quiero, primero, mostrarte esto. ¡Es tan hermoso! —agregó con tono engañador.

—Pero yo quiero un tren —insistió Robin.

—En seguida. Espera un momento. —El tono era casi suplicante. En un minuto Guido concluyó sus diagramas.

—¡Ya está! —dijo triunfalmente, levantándose para mirarlos—. Ahora te voy a explicar.

Y empezó a demostrar el teorema de Pitágoras, no como Euclides, sino por el método más sencillo y satisfactorio que según todas las probabilidades empleó el mismo Pitágoras. Había dibujado un cuadrado que había seccionado, con un par de perpendiculares cruzadas, en dos cuadrados y dos rectángulos iguales. Dividió los dos rectángulos iguales por sus diagonales en cuatro triángulos rectángulos iguales. Los dos cuadrados resultan estar construidos sobre los lados del ángulo recto de esos triángulos. Eso era, el primer dibujo. En el siguiente, tomó los cuatro triángulos rectángulos en los cuales estaban divididos los rectángulos y los dispuso alrededor del cuadrado primitivo, de manera que sus ángulos rectos llenaran los ángulos de las esquinas del cuadrado, las hipotenusas en el interior y el lado mayor y menor de los triángulos como continuación de los lados del cuadrado (siendo iguales, cada uno, a la suma de esos lados). De este modo, el cuadrado primitivo está seccionado en cuatro triángulos rectos iguales y un cuadrado construido sobre su hipotenusa. Los cuatro triángulos son iguales a los dos rectángulos de la primera división. Resulta que el cuadrado construido sobre la hipotenusa es igual a la suma de dos cuadrados —los cuadrados de los dos catetos— en los cuales, con los rectángulos, fue dividido el primer cuadrado.

En un lenguaje muy poco técnico, pero claramente y con implacable lógica, Guido expuso su demostración. Robin escuchaba, con aire de total incomprensión en su rostro vivo y cubierto de pecas.

—Treno —repetía de vez en cuando—. Treno, hazme un tren.

—En seguida —imploraba Guido—. Espera un momento. Pero mira esto; por favor. —Quería engatusarlo y conquistarlo.

—¡Es tan hermoso!, y ¡tan fácil!

Tan fácil… El teorema de Pitágoras parecía explicar las predilecciones musicales de Guido. No era un pequeño Mozart el que habíamos protegido; era un pequeño Arquímedes, que como la mayoría de sus congéneres, tenía también una inclinación por la música.

—Treno, treno! —gritaba Robin, inquietándose más y más a medida que proseguía la explicación. Y como Guido insistiera en continuar su demostración, se enojó—: Catiivo Guido! —gritaba, y empezó a darle puñetazos.

—Bueno —dijo Guido resignado—. Te voy a hacer un tren —y con su palo quemado se puso a garabatear las piedras.

Yo seguí mirando en silencio. No era un tren muy notable. Guido podía inventar, él solo, el teorema de Pitágoras y demostrarlo, pero no valía gran cosa como dibujante.

—¡Guido! —lo llamé. Los dos niños se volvieron a la vez levantando los ojos—. ¿Quién te ha enseñado a dibujar esos cuadrados? —No era imposible que alguien le hubiera enseñado eso.

—Nadie. —Sacudió la cabeza. Luego, ansiosamente, como si temiera que hubiera algo malo en dibujar cuadrados, prosiguió disculpándose y explicándome—. ¿Verdad? —dijo— me parecía tan hermoso. Porque aquellos cuadrados —señaló los dos pequeños cuadrados de la primera figura— son del mismo tamaño que éste. E indicando el cuadrado sobre la hipotenusa en la segunda, me miró con una conciliadora sonrisa.

Asentí.

—Sí, es muy hermoso —le dije—; en verdad, muy hermoso.

Una expresión de alivio y contento apareció en su rostro; se rio de alegría. —Mire, es así —prosiguió satisfecho con iniciarme en el glorioso secreto que había descubierto—: cortan esos dos largos cuadrados —quería decir rectángulos— en dos rebanadas. Entonces hay cuatro rebanadas, iguales, porque, porque —¡oh, he debido decirlo antes!— porque esos cuadrados son iguales, porque esas líneas, vea…

—Pero yo quiero un tren —protestó Robin.

Inclinado sobre el balcón, miraba yo los niños, allá abajo y pensaba en la cosa extraordinaria que acababa de ver y en lo que significaba.

Pensaba en las enormes diferencias entre seres humanos. Clasificamos los hombres por el color de sus ojos y de su pelo, por la forma de sus cráneos. ¿No sería mejor dividirlos en especies intelectuales? Habrá siempre un más ancho abismo entre los extremos tipos mentales que entre un bosquimano y un escandinavo. Este niño, pensaba, cuando crezca, será, comparado conmigo, lo que un hombre es comparado con un perro. Y hay otros hombres y mujeres que son casi perros comparados conmigo.

Tal vez los hombres de genio son los hombres verdaderos. En toda la historia de la raza humana solo ha habido algunos miles de verdaderos hombres. Y el resto de nosotros ¿qué somos? Animales capaces de aprender. Sin la ayuda de los verdaderos hombres, no habríamos descubierto casi nada. Casi todas las ideas que nos son familiares nunca se les hubieran ocurrido a espíritus como los nuestros. Si se siembra en ellos, la semilla germina, pero nuestro espíritu habría sido incapaz de engendrarlas.

Hay naciones enteras de perros, pensaba yo, épocas enteras en las que no ha nacido ni un Hombre. De los pesados egipcios recogieron los griegos la dura experiencia y reglas empíricas para hacer ciencias. Pasaron más de mil años antes que Arquímedes tuviera un sucesor que se le pareciera. No ha habido más que un Buda, un solo Jesús, un solo Bach cuyo nombre nos haya quedado, un solo Miguel Ángel.

¿Será una pura casualidad que nazca un Hombre de tiempo en tiempo? ¿Qué será lo que produce toda una constelación de ellos en una misma época y en un mismo pueblo?

Taine creía que Leonardo, Miguel Ángel y Rafael nacieron en ese momento porque la época estaba madura para grandes pintores y el paisaje italiano estaba en armonía. En boca de un francés racionalista del siglo diecinueve, resulta esta doctrina extrañamente mística; no por eso tal vez menos cierta. ¿Pero coma explicar los que nacen fuera de su tiempo? Blake, por ejemplo. ¿Cómo explicarlos?

Este niño —pensaba yo— ha tenido la suerte de nacer en una época en la que podrá emplear útilmente sus capacidades. Encontrará a mano los métodos analíticos más perfeccionados; tendrá detrás de sí una prodigiosa experiencia. Supongamos que hubiera nacido en la época de los monumentos megalíticos; hubiera podido consagrar toda su vida a descubrir los rudimentos, a adivinar vagamente lo que ahora podría probar, quizá. Nacido en la época de la conquista normanda, hubiera tenido que luchar con todas las dificultades preliminares creadas por un simbolismo inadecuado; le hubiera tomado años, por ejemplo, aprender el arte de dividir MMMCCCCLXXXVIII por MCMXIX. En cinco años, ahora, aprenderá lo que han necesitado generaciones de Hombres para descubrir. Y yo pensaba en la suerte de todos los Hombres que nacieron tan lamentablemente a destiempo, sin poder llevar a término nada o muy poco de algún valor. Si Beethoven hubiera nacido en Grecia, pensaba, hubiera tenido que contentarse con tocar sencillas melodías en la flauta o la lira; en ese clima intelectual le hubiera sido casi imposible imaginar la naturaleza de la armonía.

Habiendo dibujado trenes, los niños, en el jardín habían pasado al juego de los ferrocarriles. Daban vueltas trotando; con las mejillas infladas y alargando la boca como querubín que simboliza el viento. Robin hacía puf-puf y Guido lo sujetaba por la blusa, arrastrando los pies detrás de él y silbando. Corrían, se volvían atrás, paraban en estaciones imaginarias, se encarrilaban por desvíos, franqueaban con estrépito los puentes, se metían ruidosamente en los túneles, y tenían sus choques y descarrilamientos. El joven Arquímedes parecía tan feliz como el pequeño bárbaro de cabellos rubios. Unos minutos antes se había ocupado del teorema de Pitágoras. Ahora, silbando infatigablemente, corriendo por rieles imaginarios, se sentía feliz de retroceder y avanzar sobre los canteros, entre los pilares de la loggia, dentro y fuera de los negros túneles del laurel. El hecho de que uno vaya a ser un Arquímedes no impide ser entretanto un niño animado. Yo pensaba en ese raro talento diferente y separado del resto de la mente, independiente casi de la experiencia. El niño prodigio típico es músico o matemático; los otros talentos maduran lentamente bajo la influencia de la experiencia emocional y crecen. Hasta los treinta años Balzac no dio pruebas sino de ineptitud; pero a los cuatro el joven Mozart ya era músico, y algunos de los mejores trabajos de Pascal fueron realizados antes de los veinte años.

En las semanas siguientes, yo alternaba las lecciones de piano con lecciones de matemáticas. Eran más que lecciones sugestiones, indicación de métodos, dejando al niño desarrollar sus ideas. Así le hice conocer el álgebra, haciéndole una nueva demostración del teorema de Pitágoras. En esa demostración, se traza una perpendicular de lo alto del ángulo recto sobre la hipotenusa, y partiendo de la base de que los dos triángulos así formados son semejantes entre ellos y al triángulo primitivo, y que sus lados homólogos son en consecuencia proporcionales, se demuestra algebraicamente que c2+d2 (los cuadrados de los otros dos lados) es igual a a2+b2 (los cuadrados de los dos segmentos de la hipotenusa) +2ab; cuyo total, como se puede demostrar con facilidad geométricamente, es igual a (a+b)2, o sea al cuadrado construido sobre la hipotenusa. Guido quedó tan encantado con los rudimentos del álgebra, como si le hubiera regalado una locomotora a vapor, con un calentador de alcohol para la caldera; más encantado, tal vez, porque la máquina se podía romper, y, quedando siempre igual, hubiera en cualquier caso perdido su atractivo, mientras que los rudimentos de álgebra se agrandaban y florecían en su mente con una exuberancia infalible. Cada día descubría algo que le parecía exquisitamente bello; el nuevo juguete tenía posibilidades ilimitadas.

En los intervalos que nos dejaba la aplicación del álgebra al segundo libro de Euclides, hacíamos pruebas con círculos; plantamos bambúes en la tierra endurecida por la sequía y medimos la sombra en distintas horas del día, sacando de esas observaciones sensacionales conclusiones. A veces, para entretenernos, cortábamos y doblábamos hojas de papel para hacer cubos y pirámides. Una tarde apareció Guido trayendo cuidadosamente en sus pequeñas y sucias manos un endeble dodecaedro.

—É tanto bello! —decía mientras lo mostraba, y cuando le pregunté cómo lo había hecho, se contentó con sonreír y decir que ¡había sido tan fácil! Miré a Elizabeth y me reí. Pero hubiera sido más simbólicamente conveniente —me parecía— ponerme en cuatro patas, remover la prolongación espiritual de mi coxis y ladrar para expresar mi sorprendida admiración.

Fue un verano excepcionalmente caluroso. Al empezar el mes de julio nuestro pequeño Robin, poco habituado a temperatura tan elevada, empezó a ponerse pálido y cansado; estaba distraído, había perdido su energía y su apetito. El doctor aconsejó aire de montaña. Decidimos pasar diez o doce semanas en Suiza. Mi regalo de despedida a Guido fueron los seis primeros libros de Euclides en italiano. Volvió las páginas mirando extasiado los diagramas.

—Si yo pudiera leer bien —decía—; soy tan estúpido. Pero ahora me pondré a aprender seriamente.

Desde nuestro hotel en Grindelwald le enviamos en nombre de Robin varias postales con vacas, picos alpinos, chalets suizos, edelweiss y cosas por el estilo. Sin recibir respuesta; pero tampoco la esperábamos. Guido no podía escribir y no había motivo para que su padre o sus hermanas se molestasen en escribir por él. No hay noticias, pensamos, buenas noticias. Y un día, al empezar setiembre llegó al hotel una extraña carta. El administrador la había colocado bajo el cristal del tablero del hall, de manera que los huéspedes pudieran verla, y la reclamara el que se creyera destinatario. Pasando para ir a almorzar, Elizabeth se detuvo a mirar.

—Pero, si debe ser de Guido —dijo.

Fui y miré, por sobre su hombro. No tenía estampilla y estaba negra con los sellos de correo. Escritas con lápiz, las grandes e indecisas mayúsculas cubrían el sobre. En la primera línea se leía: AL BABBO DI ROBIN, y seguía una versión disfrazada del nombre del sitio y del hotel. Alrededor de la dirección, asombrados empleados de correo habían garabateado supuestas correcciones. La carta había vagado, a lo menos por una quincena, atrás y adelante por la faz de Europa.

“Al babbo de Robin. Al padre de Robin”. Me reí. ¡Una hazaña de los carteros traerla hasta aquí! Me fui a la administración, probé la justicia que tenía para reclamar la carta y, habiendo pagado los cincuenta céntimos de multa por la falta de franqueo, abrieron la caja y me la entregaron. Fuimos a almorzar.

—La letra es magnífica —convinimos, riendo, mientras examinábamos de cerca la dirección.

—Gracias a Euclides —agregué—. Esto resulta de engolfarse en la pasión dominante.

Pero cuando abrí el sobre y vi el contenido, dejé de reír. La carta era breve y casi telegráfica en su estilo. SONO DALLA PADRONA, decía, NON MI PIACE HA RUBATO IL MIO LIBRO NON VOGLIO SUONARE PIU VOGLIO TORNARE A CASA VENGA SUBITO GUIDO.

—¿Qué hay?

Alcancé la carta a Elizabeth.

—Esa maldita mujer se ha apoderado de él —dije.

 

* * *

 

Bustos de hombres con sombreros de anchas alas, ángeles anegados en lágrimas de mármol apagando antorchas, estatuas de niñitas, querubines, figuras veladas, alegorías e implacables realismos —los ídolos más extraños atrayendo las miradas y gesticulando mientras pasábamos. Trazadas indeleblemente en hierro e incrustadas en la roca viva, aparecen, bajo vidrio, las oscuras fotografías entre las cruces, los túmulos de piedra y las más humildes columnas tronchadas. Señoras difuntas, vestidas a la moda de hace treinta años —dos conos de raso negro juntando los vértices en la cintura, y los brazos; una esfera hasta el codo, y más abajo un pulido cilindro—, sonríen tristemente en sus marcos de mármol; las caras sonrientes, las manos blancas, son los únicos rastros humanos reconocibles que emergen de la sólida geometría de sus trajes. Hombres de bigotes negros, hombres de barba blanca, jóvenes rasurados, miran o vuelven la mirada para mostrar su perfil romano. Criaturas en sus tiesos trajes de fiesta sonríen a la espera del pajarito que va a salir por la abertura de la cámara, sonriendo escépticamente porque saben que no va a salir, sonriendo trabajosa y obedientemente porque se les ha dicho que sonrían. En casitas góticas de mármol los ricos difuntos reposan privadamente; a través de puertas enrejadas se echa una mirada sobre pálidas Inconsolables que lloran. Genios desesperados guardan el secreto de la tumba. Las clases menos prósperas de la mayoría duermen en comunidad, abrigadas bajo losas lisas de mármol, y cada una cubre una tumba individual.

Estos cementerios continentales, pensaba, mientras Carlos y yo seguíamos nuestro camino entre los muertos, son más horrendos que los nuestros, porque estas gentes se ocupan más de sus muertos que nosotros. Este culto primordial del cadáver, esa tierna solicitud por su bienestar, que conducía a los antiguos a abrigar sus muertos bajo piedras, mientras ellos vivían entre muros de mimbre y bajo techos de paja, persiste aquí todavía; persiste, yo pensaba, con más vigor que entre nosotros. Hay aquí cien estatuas gesticulantes para una sola en un cementerio inglés. Hay más panteones de familia; están más “lujosamente dispuestos” (como se dice de los barcos y de los hoteles) que los que pueden encontrarse entre nosotros. Y hay fotografías incrustadas en cada lápida para recordar a los despojos pulverizados que reposan allá abajo qué forma deberán tomar el día del Juicio final; al lado de cada una cuelgan lamparitas que deben arder con optimismo el día de difuntos. Están más cerca que nosotros, pensé, del Hombre que construyó las Pirámides.

—¡Si hubiera sabido! —repetía Carlos— ¡si lo hubiera sabido! —Su voz me llegaba lejana a través de mis pensamientos—. Entonces nada le importaba. ¿Cómo podía adivinar que tomaría, luego, la cosa tan a pecho? ¡Y ella me ha engañado, me ha mentido!

Le aseguré una vez que él no tenía culpa. Sin embargo, la tenía en parte. En parte, también era la mía; hubiera debido pensar en esa posibilidad y haberla previsto de un modo u otro. Y él no debió dejar partir al niño, aunque fuera provisionalmente o a prueba, aunque la mujer lo hubiera presionado. Y la presión había sido considerable. Los hombres de la familia de Carlos habían trabajado por más de cien años en la misma tierra y ahora había obligado al viejo a amenazarlos con echarlos a la calle. Sería horrible verse obligados a partir; y además no se encontraría fácilmente dónde ir. Se le dio a entender, claramente, que si permitía a la signora adoptar el niño, podría quedarse. Por un poco de tiempo al principio, para ver si el niño se hallaba bien. Nunca lo obligarían a quedarse contra su voluntad. Y todo sería para bien de Guido, y a fin de cuentas para su familia también. Lo que el inglés había dicho, de que no era tan buen músico como le había parecido primero, era una mentira evidente, pura envidia y estrechez de espíritu; el hombre que quería atribuirse el mérito de Guido; eso era todo. Y el muchacho, claro está, no aprendería nada con él. Lo que necesitaba era un verdadero maestro.

Toda la energía que, si los físicos supieran su obligación, habría puesto dínamos en movimiento, se puso en campaña. Empezó, intensivamente, apenas dejamos la casa. Pensó, sin duda, la signora que tendría más éxito en ausencia nuestra. Y además, era esencial tomar la oportunidad cuando se ofrecía y apoderarse del niño antes que nosotros hiciéramos nuestro ofrecimiento, porque para ella no cabía duda que nosotros deseábamos tener a Guido con igual entusiasmo.

Día tras día volvía a la carga. Después de una semana mandó a su marido a quejarse del estado de las viñas: estaban en un estado lamentable; había resuelto, o casi resuelto, despedir a Carlos. Sumiso, avergonzado, obedeciendo órdenes superiores, el viejo señor profirió sus amenazas. Al día siguiente la signora Bondi volvió al ataque. El padrone, declaró, estaba furioso; pero ella hacía lo posible, todo lo posible, para aplacarlo. Y después de una pausa significativa se puso a hablar de Guido.

Al fin Carlos cedió. La mujer era demasiado persistente y tenía muchos triunfos en la mano. El chico podía ir y estar con ella uno o dos meses a prueba. Si deseaba seriamente quedarse con la signora, entonces podría adoptarlo en forma.

Aceptando la idea de ir a una playa —la signora Bondi le dijo que irían a una playa— Guido se puso loco de contento. Le había oído algo del mar a Robin. “Tanta acqua”. Le parecía de tan bueno casi imposible. Y ahora él iría a ver esa maravilla. Y muy contento dejó a los suyos.

Pero cuando se acabaron las vacaciones junto al mar, y la signora Bondi regresó a su casa de la ciudad, empezó a sentir nostalgia. La signora, en verdad, lo trataba con gran bondad, le compraba trajes nuevos, lo llevaba a tomar té en la Vía Tornabuoni y lo llenaba de pastas, helados de fresa, crema de Chantilly y chocolates. Pero le hacía estudiar el piano más de lo que Guido quería, y, lo que era peor, le quitó su Euclides, con el pretexto que le hacía perder tiempo. Y cuando dijo que quería volver a su casa, lo entretuvo con promesas y excusas y mentiras manifiestas. Le dijo que lo llevaría la semana siguiente, si era bueno y estudiaba bastante el piano mientras tanto, la semana próxima… Y cuando llegó el momento, que su padre no quería que volviera. Y la signora redoblaba sus mimos, le hacía costosos regalos y lo llenaba de comidas indigestas. Inútil. A Guido no le gustaba su nueva vida, no quería hacer escalas, suspiraba por su libro, y deseaba ardientemente volver junto a sus hermanos. La signora Bondi, mientras tanto, confiaba en que el tiempo y los chocolates harían que el niño se apegara a ella; y para tener la familia a distancia, escribía a Carlos cada dos o tres días cartas fechadas en la playa (se tomaba el trabajo de enviarlas a una amiga, que las reexpedía a Florencia), en las cuales hacía un cuadro encantador de la felicidad de Guido.

Fue entonces cuando Guido me escribió su carta. Abandonado, supuso, por su familia —porque el hecho de que no vinieran a verlo estando tan cerca probaba esa hipótesis— debió ver en mí su única y última esperanza. Y la carta, con su fantástica dirección, había tardado una quincena en llegar. Una quincena debió parecerle cien años, y, sucediéndose los siglos gradualmente, sin duda, el pobrecito se convenció de que yo también lo había abandonado. Ya no había esperanza.

—Aquí es —dijo Carlos.

Alcé los ojos y me encontré ante un enorme monumento. En una especie de gruta cavada en los flancos de un monolito de piedra gris, el Amor Sagrado, en bronce, abrazaba una urna funeraria. Y con letras de bronce incrustadas en la piedra, se leía una larga leyenda exponiendo cómo el inconsolable Ernesto Bondi había levantado ese monumento a la memoria de su amada esposa Annunziata como testimonio de eterno amor al ser arrancado prematuramente de su lado y al que esperaba reunirse pronto bajo esa losa. Su primera esposa falleció en 1912. Pensé en el viejo atado a la correa de su perro blanco; siempre debió ser un marido extremadamente apegado a su mujer.

—Ahí lo han enterrado.

Nos quedamos largo rato en silencio. Sentí llenarse de lágrimas mis ojos al pensar en el pobre niño que yacía bajo tierra. Pensaba en aquellos graves y luminosos ojos, y en la curva de su hermosa frente, en la caída de la boca melancólica, en la expresión radiante del rostro cuando aprendía algo nuevo, o cuando oía la música que le gustaba. Y esa hermosa criatura había muerto; y el espíritu que habitaba esa forma, ese espíritu extraordinario, también había muerto antes de empezar a vivir.

Y la pena que debió preceder al último acto, la desesperación del niño, la convicción de su completo abandono, eran cosas terribles ¡terribles!

Ahora será mejor irnos, dije al fin, y toqué al brazo de Carlos. Estaba ahí, como un ciego, los ojos cerrados, el rostro un poco levantado hacia el cielo; de entre los párpados cerrados brotaban lágrimas, que por un instante quedaban suspendidas y rodaban luego por sus mejillas. Le temblaban los labios y se adivinaba que hacía un esfuerzo para no moverlos.

—¡Vamos! —repetí.

El rostro, que en la pena había estado inmóvil, se convulsionó de pronto; abrió los ojos, que a través de las lágrimas brillaban con violenta cólera.

—¡La mataré —dijo— la mataré! ¡Cuando pienso que se ha tirado al vacío, por la ventana…! —Bajando las dos manos que levantaba sobre su cabeza, hizo un gesto violento, las detuvo con brusca sacudida sobre el pecho. Y luego, estremecido, estalló—: Es tan culpable como si lo hubiera empujado ella misma. ¡La mataré! —Y apretó los dientes.

Es más fácil montar en cólera que entristecerse; es menos doloroso. Es reconfortante pensar en la venganza.

—No hable así —le dije—. No es bueno. Es estúpido. ¿Y para qué? —Ya había tenido accesos parecidos cuando su pena desbordaba y había tratado de apartarla. La cólera era la puerta de escape más fácil. Ya había tenido yo que traerlo por la persuasión al camino más duro del dolor—. Es estúpido hablar así —le repetía, le repetía, y lo arrastraba por el laberinto horrible de las tumbas, en que la muerte parece aún más terrible.

Cuando salimos del cementerio y bajábamos de San Miniato hacia el Piazzale Michelangelo, se fue calmando. Su enojo se había fundido, otra vez, en la pena de la que había tomado su fuerza y su amargura. Nos detuvimos en el Piazzale por un momento para mirar la ciudad, en el Valle allá abajo. Era un día de nubes flotantes —formas grandiosas, blancas, grises, doradas— y entre ellas parches de un fino azul transparente. La linterna, que llegaba casi al nivel de nuestros ojos, revelaba la cúpula de la catedral en toda su ligera grandiosidad, sus vastas dimensiones y su fuerza aérea. En los innumerables techos pardos y rosados de la ciudad, el sol de la tarde reposaba blandamente, suntuosamente, y se diría que las torres estaban como barnizadas y esmaltadas de oro viejo. Pensé en todos los Hombres que allí habían vivido, dejando huellas visibles de su espíritu, y que habían concebido cosas extraordinarias. Pensé en el niño muerto.

*FIN*


“Young Archimedes”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

 

 

 

 

 

El retrato

 

—Cuadros —dijo Mr. Biggers—, usted quiere ver unos cuadros. En este momento tenemos aquí una exposición muy interesante de cosas modernas de contraste admirable: cosas inglesas y cosas francesas…

El comprador alzó una mano y sacudió la cabeza:

—No, no; nada de cosas modernas —dijo con agradable acento del Norte—. Quiero cuadros de verdad, cuadros antiguos. De Rembrandt, de Reynolds… Cosas así.

—¡Ah, perfectamente! —dijo Mr. Biggers, asintiendo—. Pintores clásicos. Naturalmente, tenemos lo antiguo y tenemos lo moderno.

—Verá usted; lo que pasa es que acabo de comprar una casa bastante grande, un palacio en el campo —explicó con cierta prosopopeya.

Mr. Biggers sonrió. Aquel buen hombre, en medio de su ingenuidad, le resultaba de sencillez simpática. Se preguntó cómo habría hecho su fortuna. Un palacio en el campo. Lo había dicho de manera realmente deliciosa. «He aquí un hombre —pensó— que ha logrado abrirse camino desde siervo a señor de palacios, desde la ancha base de la pirámide feudal a su aguzada cumbre». Había logrado resumir su historia, y toda la historia de la lucha de clases, de manera implícita en el orgulloso énfasis con que pronunció aquellas palabras: «Un palacio en el campo». Pero el desconocido estaba hablando y Mr. Biggers no pudo continuar pensando en estas cosas.

—En una casa de esa clase —estaba diciendo el desconocido—, y cuando se tiene mi posición, hay que tener unos cuantos cuadros. De pintores conocidos, como Rembrandt y gente así.

—Naturalmente —asintió Mr. Biggers—. Los cuadros clásicos son símbolo de nuestra excelente posición social.

—Exacto —repuso el otro, encantado—; ha expresado usted muy bien mi pensamiento.

Mr. Biggers se inclinó sonriente. Era delicioso encontrar a alguien capaz de interpretar en serio esta clase de ironías.

—Naturalmente, solamente necesitaré cuadros clásicos para el piso bajo, en el salón. Sería demasiado ponerlos también en las alcobas.

—Claro, claro; sería excesivo, evidentemente.

—Además, mi hija —continuó el dueño del palacio— pinta algo. Y hace unas cosas muy bonitas. He mandado ponerles marco a unas cuantas y las colgaré en las alcobas. No está mal eso de tener una artista en la familia. Le ahorra a uno tener que comprar cuadros. Pero, claro, en el piso hay que poner algo que sea viejo.

—Creo que tengo exactamente lo que necesita usted —dijo Mr. Biggers, y se levantó y llamó al timbre.

Pensó en la hija que pintaba algo, y se imaginó a una mujer grandota, rubia, con aspecto de servidora de bar, cumplidos los treinta, aún soltera y ya algo pasada. Apareció en la puerta su secreta.

—Miss Pratt, haga el favor de traer el retrato veneciano, el que está en el cuarto trasero. Ya sabe usted el que quiero decir.

—Está usted bien instalado aquí —dijo el señor del palacio—. ¿Qué tal el negocio? ¿Bien?

Mr. Biggers suspiró:

—La crisis… Los que negociamos en cosas del arte la notamos más que nadie.

—¡Ah, la crisis! Yo la vi venir. La gente se creía que los buenos tiempos iban a durar siempre. ¡Grandísimos mentecatos! Yo vendí todo cuando los precios estaban en el momento mejor. Por eso puedo comprar cuadros ahora.

También Mr. Biggers rió. Éstos eran los compradores ideales.

—Mucho me hubiera gustado haber tenido algo que vender cuando los precios eran buenos…

El señor del palacio rió hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.

Aún reía cuando regresó Miss Pratt. Traía un cuadro que sujetaba con ambas manos, como si fuera un escudo.

—Póngalo en el caballete, Miss Pratt.

Y luego, volviéndose hacia el comprador, añadió:

—Ahí tiene usted. ¿Qué le parece?

El cuadro que había en el caballete era un retrato de medio cuerpo. La retratada, llena de cara, de tez blanca, con el pecho exagerado por el vestido de seda azul y muy adornado, parecía el prototipo de una dama italiana de mediados del XVIII. Una sonrisa complaciente curvaba la boca llena; en una mano sujetaba un antifaz negro, como si acabara de quitárselo al final de un baile de máscaras.

—Muy bonito —dijo el señor del palacio en el campo; pero luego añadió, menos seguro—: No parece de Rembrandt, ¿verdad? Es tan claro y tan luminoso… Generalmente, en los cuadros antiguos no ve uno nada. Son tan oscuros y tan raros…

—Muy cierto —dijo Mr. Biggers—, pero, claro está, no todos los grandes pintores que ha habido son como Rembrandt.

—Sí…, claro, supongo que no —dijo el señor del palacio poco convencido.

—Éste es un cuadro veneciano del siglo dieciocho. Tenían un colorido muy luminoso. Lo pintó Giangolini. Como usted sabrá, murió muy joven No se conocen más que media docena de cuadros suyos. Y éste es uno de ellos.

El señor del palacio asintió con un gesto. No se le ocultaba el valor de lo que escasea.

—Se advierte inmediatamente la influencia de Longhi —continuó Mr. Biggers con fácil gracia—. Y se nota también algo de la morbidezza de Rosalba en el tratamiento de la cara.

El comprador miraba con cierta intranquilidad a Mr. Biggers y al cuadro. Hay pocas cosas más desagradables que el hablar con una persona que nos aventaja notoriamente en conocimientos. Mr. Biggers se aprovechó sin piedad de su ventaja.

—Es curioso que no se observe, en absoluto, ni la más pequeña influencia de Tiépolo, ¿no le parece a usted?

El señor del palacio dijo que sí con la cabeza. Su expresión era de manifiesta incomodidad. Su boca de niño dibujó un gesto de tristeza. Casi pudiera esperarse de él que comenzase a hacer pucheros.

—Es agradable —dijo Mr. Biggers, al fin piadoso— al hablar con alguien que sabe de pintura. Son muy pocos los enterados.

—Yo, la verdad, no he estudiado a fondo el asunto, ¿sabe? —dijo el comprador modestamente—. Pero sé lo que me gusta y lo que no me gusta —y su cara recobró algo de alegría, al encontrarse pisando terreno más firme.

—Tiene usted lo que se llama intuición. Es un don preciosísimo. He podido ver por su cara que lo tiene usted. Lo advertí en el momento que entró usted.

El señor del palacio en el campo estaba encantado.

—No sé…, la verdad…, yo…

Pero sentía que su importancia aumentaba, que se estaba convirtiendo en alguien cuya opinión valía la pena.

—Sí —dijo ladeando la cabeza, con gesto crítico—; este cuadro está bien, muy bien. Pero… a mí me gustaría algo más… histórico, si comprende usted lo que quiero decir. Algo más parecido al retrato de un antepasado. Un retrato de alguien acerca del cual hubiera una historia, como Ana Bolena, o alguien así, o como Neil Gwynn o el duque de Wellington…

—Pero ¡si ahora mismo iba a decírselo! Este cuadro tiene historia.

Mr. Biggers se inclinó hacia el comprador y le dio unos golpecitos en la rodilla. Le brillaban los ojos con fulgor benevolente y regocijado que no lograba ocultar sus peludas cejas:

—Una historia muy notable —continuó— existe acerca de este cuadro.

—¿De veras? —preguntó el comprador subiendo las cejas.

Mr. Biggers se recostó en su silla:

—Esta señora que ve usted ahí —comenzó, indicando el retrato con un gesto de la mano— fue la esposa del cuarto conde de Hurtmore. El título se ha extinguido. El noveno conde murió el año pasado. Yo compré este cuadro al deshacer la casa. ¡Le duele a uno ver cómo desaparecen estas familias y estas casas de tan rancia nobleza!

Hízose solemne la expresión del señor del palacio, como si se encontrara en la iglesia. Después de irnos segundos de silencio, Mr. Biggers continuó, en distinto tono de voz:

—A juzgar por sus retratos, que he visto, el cuarto conde fue un hombre de expresión taciturna, de cara alargada, de aspecto… gris. Es difícil imaginársele joven; fue uno de esos hombres que siempre parecen tener cincuenta años. Casi lo único que le interesaba eran la música y las antigüedades romanas. Existe un retrato suyo que le muestra con una flauta de marfil en una mano, mientras en la otra descansa sobre un fragmento de un friso romano. Se pasó media vida viajando por Italia, viendo antigüedades y escuchando música. Cuando cumplió los cincuenta y cinco años, se le ocurrió que ya era hora de casarse. Ésta fue la dama que eligió por esposa.

Mr. Biggers señaló el cuadro.

—Su título y su gran fortuna, supongo que serían eficaz compensación de otros defectos. Es difícil al mirar a Lady Hurtmore el imaginar que sintiera un especial interés por las antigüedades. Ni creo yo que fuera apasionada estudiante de la ciencia o de la historia de la música. Le gustaban los trapos, las fiestas, el coqueteo, jugar fuerte y, en general, lo que se llama divertirse. Parece que la pareja no se llevaba demasiado bien. No obstante, conservaban las apariencias. Al año de casado Lord Hurtmore decidió hacer una visita más a Italia. Llegaron a Venecia a principios de otoño. Venecia significaba para Lord Hurtmore superabundancia de música, los conciertos diarios de Galuppi en el Orfanato de la Misericordia, Puccini en Santa María, óperas nuevas en San Moise, cantatas maravillosas en cien iglesias distintas, conciertos particulares de aficionados, Porposa y las voces más subyugadoras de Europa, Tartini y los violines mejores del mundo. Para Lady Hurtmore, Venecia quería decir algo muy distinto: quería decir que los juegos de azar en Ridotto, bailes de máscaras, alegres cenas y todas las delicias de la ciudad más animada del mundo. Los dos hubieran podido ser perfectamente felices durante un tiempo indefinido en Venecia, llevando cada uno su vida. Pero un día Lord Hurtmore tuvo la desastrosa idea de que le pintaran a su mujer un retrato. Alguien le recomendó a Giangolini, un pintor joven que prometía llegar a ser famoso. Lady Hurtmore comenzó a acudir a su estudio. Giangolini era apuesto y decidido. Giangolini era joven. Su técnica amorosa era tan perfecta como su técnica artística. Hubiera necesitado Lady Hurtmore no ser humana para poder resistirle. Lady Hurtmore era humana.

—Todos lo somos, ¿eh? —dijo el señor del palacio rural hundiendo un dedo en las costillas de Mr. Biggers y acompañando el gesto juguetón con una risa.

Mr. Biggers hizo eco cortés de la risa. Cuando ésta se hubo apagado, prosiguió:

—Acabaron por decidir huir juntos, cruzando la frontera. Vivirían en Viena con el producto de vender las joyas de los Hurtmore, las cuales la Lady tendría buen cuidado de incluir en el equipaje. Valían más de veinte mil libras las tales joyas, y en Viena, en los tiempos de María Teresa, se podía vivir muy agradablemente con los intereses de veinte mil libras esterlinas.

«Fueron hechos los necesarios preparativos sin dificultad. Giangolini tenía un amigo que se encargó de todo. Les consiguió pasaportes con nombres falsos, alquiló caballos, que aguardarían en tierra firme; puso su góndola a disposición de los amantes. Decidieron huir el día en que el retrato quedase terminado. Y llegó ese día. Lord Hurtmore, según costumbre, llevó a su esposa al estudio del pintor en una góndola, la dejó allí sentada en un trono de alto respaldo y se fue a escuchar un concierto de Galuppi en la Misericordia. El carnaval estaba en su apogeo. Todo el mundo iba enmascarado, incluso de día. Lady Hurtmore llevaba un antifaz de seda negra, el cual puede usted ver en su mano en el cuadro. Milord, aunque poco aficionado a tales mojigangas, y a pesar de que le molestaba el carnaval, prefirió seguir la costumbre grotesca de la localidad, antes que llamar la atención al no obedecerla. Durante las semanas de carnaval, los caballeros venecianos solían vestir una larga capa negra, un inmenso sombrero de tres picos y una máscara de muy larga nariz y hecha de papel blanco. No le gustaba a Lord Hurtmore llamar la atención; y ésas eran las prendas que vestía. Debió de ser encantadoramente absurdo e incongruente el ver a aquel Milord inglés grave y solemne, con el uniforme de un alegre enmascarado veneciano. “Polichinela con el traje de Arlequín”, fue la descripción que de él hicieron los amantes; el viejo estúpido de todas las comedias vestido con la indumentaria del pícaro eterno. Pues, como le digo, aquella mañana Lord Hurtmore llegó, como siempre, en su góndola alquilada acompañado de su esposa. Ella traía recatado bajo la amplia capa el joyero de cuero en cuyo sedoso lecho reposaban las joyas de los Hurtmore. Sentados en la pequeña cabina de la góndola, fueron contemplando las iglesias, las adornadas fachadas de los palacios, las altas casas de los burgueses, todas las cuales iban pasando dulcemente ante sus ojos.

»De debajo de la máscara de Polichinela salió la voz de Lord Hurtmore, grave, lenta, imperturbable: “El sabio padre Martini —dijo— me ha prometido hacerme el honor de venir a comer mañana con nosotros. No creo que haya un hombre en todo el mundo que sepa más de la historia de la música que él. Os ruego que os esforcéis en recibirle con las mejores atenciones”. “Podéis confiar en que así lo haré, Milord”. La condesa apenas pudo ocultar la risa que le retozaba en los labios. Pues al día siguiente a la hora de la comida estaría muy lejos, ya cruzada la frontera, allende Goritzia, galopando por la carretera de Viena. ¡Pobre Polichinela! Pero no le inspiraba ninguna lástima. Después de todo, allí se quedaba con su música y con sus trozos rotos de mármol. Apretó el joyero oculto bajo los pliegues de la capa. ¡Qué encantador encontró el secreto!».

Mr. Biggers juntó las manos, entrelazó los dedos y las apretó contra el corazón con gesto teatral. Lo estaba pasando muy bien. Volvió su caía zorruna hacia el señor del palacio rural y sonrió beatíficamente. El señor del palacio era todo oídos.

—¿Bien? —dijo.

Mr. Biggers separó las manos y las dejó caer sobre las rodillas.

—Llega la góndola a la puerta de Giangolini. Lord Hurtmore ayuda a su esposa a bajar, la conduce hasta el gran estudio del pintor, en el primer piso; la deja a su cargo con las acostumbradas palabras formularias, y se va al concierto matinal que da Galuppi en la Misericordia.

»Los amantes tienen dos horas para hacer los últimos preparativos.

En cuanto el viejo Polichinela desaparece, surge el servicial amigo del pintor, enmascarado y con una larga capa, como todos los hombres que se ven por las calles y canales de Venecia. Abrazos, risas, parabienes. Todo ha salido a pedir de boca, sin suscitar la más ligera sospecha. Lady Hurtmore saca el joyero de debajo de su capa y lo abre. Admiradas exclamaciones italianas de asombro. Los diamantes, las perlas, las grandes esmeraldas de los Hurtmore, los alfileres de rubíes, los arillos de brillantes, todas aquellas refulgentes preseas son examinadas con amor y sabiduría. El servicial amigo las tasa en cincuenta mil sequines, por lo menos. Los dos amantes se abrazan entusiasmados.

»El amigo servicial los interrumpe: quedan por hacer unas cuantas cosas. Han de ir al Ministerio de la Policía para firmar sus pasaportes. No es más que una formalidad, pero han de ir. Él saldrá con ellos y venderá uno de los diamantes de Milady para obtener fondos con que pagar los gastos del viaje.

Mr. Biggers se interrumpió, encendió un cigarrillo, echó una bocanada de humo y continuó su relato:

—Y, en efecto, salen todos con sus máscaras y sus largas capas; el amigo en una dirección, el pintor y su amante en otra. ¡Ah! ¡El amor en Venecia!

Mr. Biggers alzó al cielo dos ojos extáticos.

—¿Ha estado usted enamorado alguna vez en Venecia, señor mío?

—Nunca he pasado de Dieppe —respondió el señor del palacio, sacudiendo la cabeza.

—¡Ah! Ha perdido usted una de las grandes delicias de esta vida. No puede usted comprender exactamente lo que sentirían la deliciosa Lady Hurtmore y su amigo el pintor según se deslizaban a lo largo de los canales, contemplándose mutuamente a través de los agujeros de sus antifaces. Algunas veces quizá se besaban, aunque puede que esto les resulte demasiado difícil sin quitarse las máscaras…, y además con ello corrían el peligro de ser reconocidos a través de los cristales de su diminuto camarote… No; después de pensarlo, creo que nos debemos limitar a suponer que no hicieron más que mirarse. Pero en Venecia, mientras uno flota dulcemente por los canales, puede bastar con mirarse para sentirse feliz y satisfecho; sí, pueden bastar las miradas.

Acarició el aire con la mano y permitió que su voz se apagara gradualmente hasta quedar muda. Dio tres o cuatro chupadas a su cigarrillo sin decir nada. Cuando comenzó a hablar de nuevo, lo hizo con voz tranquila y poco modulada.

—Media hora más tarde, una góndola atracaba junto a la puerta de Giangolini, y un enmascarado con una gran capa negra y el inevitable sombrero de tres picos, bajó de la góndola y subió al estudio del pintor. Lo halló vacío. El retrato le sonreía desde el caballete con dulzura algo fatua. Pero ningún pintor daba los últimos toques, y el trono de la modelo estaba vacante. El narigudo enmascarado paseó la mirada inexpresivamente por el estudio. Fue ésta a descansar sobre el joyero que permanecía abierto sobre la mesa en la que los amantes lo dejaron aturdidamente. Los ojos hundidos y ensombrecidos por la máscara grotesca contemplaron largamente el joyero. Polichinela pareció sumirse en profunda meditación.

«Pasados unos minutos, oyó rumor de pasos en la escalera, de dos voces que reían a coro. El enmascarado se volvió y se puso a mirar por la ventana. Se abrió la puerta a su espalda ruidosamente: ebrios de excitación, de irresponsabilidad alegre y risueña, los dos amantes irrumpieron en la estancia.

»—¡Ah, caro amico! ¿Ya estáis de vuelta? ¿Lograsteis buen precio por el diamante?

»El enmascarado que estaba junto a la ventana permaneció inmóvil. Giangolini siguió parlando alegremente. No había habido dificultad alguna con las firmas, ni les hicieron ninguna pregunta; tenía en el bolsillo los pasaportes. Podían ponerse en camino inmediatamente.

«Lady Hurtmore comenzó a reír de bonísima gana. No podía dejar de hacerlo.

»—¿Qué os pasa? —le preguntó Giangolini, riendo también.

»—Estaba pensando —repuso ella entre las carcajadas—, estaba pensando en el viejo Polichinela, sentado en la Misericordia, escuchando el concierto con cara de mochuelo.

«Se ahogaba con la risa, y las palabras salían entrecortadas, dichas con voz aguda, forzadas como si escaparan por entre lágrimas.

»—¡Allí estará —añadió— oyendo las tediosas cantatas de Galuppi!

»Se volvió el enmascarado:

»—Desgraciadamente, señora, el sabio maestro está indispuesto. No ha habido concierto esta mañana.

»Se quitó el antifaz y continuó:

»—Y me he tomado la libertad de regresar más temprano de lo acostumbrado.

«Tenían delante la cara afilada, grave y gris de Lord Hurtmore.

»Los dos amantes la contemplaron mudos. Lady Hurtmore se llevó la mano al corazón; le había dado un terrible salto en el pecho, y sentía un espantoso vacío en el estómago. El pobre Giangolini estaba tan blanco como su antifaz de papel. Incluso en aquellos días de cicisbei, de cortejos oficiales, había casos en los que un marido injuriado y celoso se mostraba cruel vengador de su honra. Giangolini estaba desarmado, y no sabía qué armas mortíferas pudiera ocultar la capa enigmática. Pero Lord Hurtmore no hizo ningún gesto brutal o poco digno. Con la gravedad calmosa de todos sus actos, se dirigió a la mesa, cogió el joyero, lo cerró cuidadosamente y dijo:

»—Creo que esto es de mi propiedad.

»Se guardó el joyero y salió del estudio. Los dos amantes se quedaron solos, mirándose, con ojos que hablaban mil preguntas.

Mr. Biggers calló.

—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó el señor del palacio rural.

—Sobrevino el anticlimax —respondió Mr. Biggers, sacudiendo la cabeza tristemente—. Giangolini había calculado escaparse con cincuenta mil sequines. Lady Hurtmore, al pensarlo, no apetecía experimentar las delicias del amor en la pobreza. Decidió que el lugar de una mujer casada está junto a su marido, en su hogar…, con las joyas de la familia. Pero ¿sería ésta la opinión de Lord Hurtmore? Ésa era la cuestión, la muy alarmante cuestión, la torturadora cuestión. Decidió ir ella misma a encontrarle respuesta.

»Llegó justo a la hora de comer. Su ilustrísima excelencia, le dijo el mayordomo, está aguardando en el comedor». Abrió las grandes puertas para la condesa y ésta entró majestuosamente, con la cabeza erguida…, pero con el corazón aterrado. Su marido estaba en pie junto a la chimenea. Salió a su encuentro.

»—Os esperaba, señora —le dijo, y luego la condujo a su lugar.

»Nunca se volvió a referir para nada a lo ocurrido. Aquella tarde mandó a un criado por el retrato. El cuadro formaba parte de su equipaje cuando regresaron a Inglaterra un mes más tarde. La anécdota ha ido pasando de generación en generación con el retrato. Me la contó un antiguo amigo de la familia, cuando compré el retrato el año pasado».

Mr. Biggers arrojó su cigarrillo en la chimenea. Se encontraba complacido. Juzgaba que había relatado la historia muy bien.

—Muy interesante —dijo el señor del palacio—; interesantísimo. Y es histórico, ¿no? Realmente, sería difícil superar el cuento si se tratara de Neil Gwynn o de Ana Bolena, ¿no cree?

Mr. Biggers sonrió vagamente, como si estuviera distraído. Estaba pensando en Venecia, en la condesa rusa que conoció en la pensión, en el árbol curiosamente podado que crecía en el patio y que se veía desde la ventana de su cuarto, en el perfume caliente y muy acentuado que usaba la condesa, que hacía contener la respiración la primera vez que se olía; y pensaba también en los baños del Lido, en una góndola, en el cimborrio de la Salute recortado contra un cielo nuboso, exactamente tal y como lo pintó Guardi. ¡Qué lejano estaba todo aquello! ¡Cuánto tiempo parecía haber pasado desde entonces! Apenas era un muchacho él. Aquélla fue su primera gran aventura. Despertó sobresaltado de su ensimismamiento. El señor del palacio estaba hablando.

—¿Y cuánto pide usted por el cuadro?

Hizo la pregunta con aire indiferente, como si la cosa no tuviera importancia. Se daba maña excelente para regatear.

—Pues, verá usted —dijo Mr. Biggers abandonando a disgusto sus recuerdos de la condesa rusa y de la maravillosa Venecia de hacía veinticinco años—, he cobrado mil libras por cuadros menos importantes que éste. Pero no me importa cedérselo por setecientas cincuenta.

El señor del palacio rural dejó escapar un silbido.

—¿Setecientas cincuenta? Es demasiado.

—Pero, señor mío —protestó Mr. Biggers—, piense usted en lo que tendría que pagar por un Rembrandt de este tamaño y de esta calidad; por lo menos veinte mil liras… Setecientas cincuenta no es demasiado, ni mucho menos. Antes al contrario, es muy poco, si tiene usted en cuenta la importancia del cuadro que se lleva. Le sobra a usted juicio artístico para comprender que se trata de una obra de arte admirable.

—No, no; si no quiero negarlo —dijo el señor del palacio—; pero digo que setecientas cincuenta libras es mucho dinero. ¡Menos mal que mi hija pinta un poco! ¡Imagínese usted si tuviera que decorar las alcobas con cuadros a razón de setecientas cincuenta libras a mil libras cada uno!

Rió su propio chiste. Mr. Biggers sonrió y dijo:

—Debe usted recordar que al comprar este cuadro hace usted una buena inversión de capital. Los cuadros de la escuela veneciana de la última época están subiendo de precio. Si yo tuviera que invertir algún dinero…

Se abrió la puerta y asomó la cabeza rubia y rizada de Miss Pratt:

—Mr. Crowley pregunta que si podrá recibirle.

Mr. Biggers frunció el ceño.

—Que espere —contestó con irritación.

Luego tosió y volviéndose de nuevo hacia el señor del palacio siguió:

—Como le decía, si yo tuviera dinero, créame que lo invertiría todo en venecianos de la última época. Todo en absoluto.

Según hablaba, se preguntó cuántas veces había dicho a unos y otros que si tuviera dinero invertiría hasta el último céntimo en primitivos, en cubistas, en esculturas negras, en grabados japoneses…

El señor del palacio rural acabó por firmar un cheque de seiscientas ochenta libras esterlinas.

—Le agradecería que me mandase una copia a máquina de la historia del cuadro —dijo, según se ponía el sombrero—. Es muy a propósito para contarla a los invitados después de cenar, ¿no le parece? Pero me gustaría no olvidar ningún detalle.

—Claro, claro; los detalles son lo más importante —dijo Mr. Biggers.

Acompañó al hombrecillo hasta la puerta.

—Adiós adiós; buenos días; adiós.

Desapareció.

Y ahora entró un muchacho pálido y con patillas. Tenía los ojos oscuros y melancólicos. Su expresión y todo su aspecto eran románticos y al mismo tiempo dignos de lástima. Era Crowley, el pintor.

—Siento haberle hecho esperar —le dijo Mr. Biggers—. ¿Qué deseaba?

Crowley mostró evidente embarazo y vacilación. Le molestaban profundamente estas gestiones:

—Pues… nada; pues verá, es que… ando algo mal de dinero y me he dicho que quizá, que tal vez…, que si no le viene a usted mal pagarme aquella cosilla que le hice… Le ruego que me perdone si le molesto…

—No, hombre, no; nada de eso —dijo Mr. Biggers, que tenía verdadera lástima a aquel desgraciado que no sabía cómo andar por el mundo; era como un niño…—. ¿Recuerda usted en cuánto lo ajustamos?

—Creo que fueron veinte libras…

Mr. Biggers sacó la cartera:

—Le voy a dar a usted veinticinco.

—¡Oh, no, no! ¿De veras? ¡Muchas gracias, muchas gracias! —dijo Crowley ruborizándose como una muchacha—. Supongo que no querría usted exponer mis paisajes, ¿verdad? —preguntó animado por la benevolencia de Mr. Biggers.

—No, no. Obras suyas, ni hablar —repuso Mr. Biggers en tono inexorable—. Convénzase de que no hay dinero en lo moderno. Pero le tomaré las que quiera de esas imitaciones suyas de cuadros antiguos.

Tamborileó con los dedos sobre el pintado hombro de Lady Hurtmore.

—Trate de pintar otro veneciano. Éste ha tenido mucho éxito.

*FIN*


“The Portrait”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

 

 

 

 

 

 

 

El sombrero mexicano

 

El tendero lo llamó cariñosamente un «sombrerito» mexicano. Y tal vez fuera pequeño para ser mexicano. Pero en esta Europa nuestra, en donde el espacio es limitado y nuestras escalas son entecas, el sombrerito era portentoso, un verdadero gigante en cualquier compañía de sombreros. Estaba colgado en el centro del escaparate de la sombrerería, como una inmensa aureola negra, digna de un rey infernal. Pero aquella mañana no pasó por las calles de Ravena diablo alguno. El que pasó fue el más humilde de los turistas literarios. En aquellos tiempos me parecían muy deseables los sombreros de ala grande, y sobre mi cabeza, digo, pues en cuanto vi el sombrero, entré en la tienda, me lo probé, vi que me estaba bien y lo compré sin regatear, a precio de turista. Salí de la sombrerería con el «mexicanito» en la cabeza; mi sombra sobre las aceras de Ravena parecía la de un pino copudo.

Ya está viejo mi sombrero mexicano, y comido de polillas y verdusco. Pero lo conservo, y algunas veces, por recordar tiempos pasados, hasta me lo pongo. Este sombrero representa para mí toda una época de mi vida. Es un símbolo de mi emancipación y de mi primer año en la Universidad. Es un símbolo de mil cosas nuevas recién descubiertas, de nuevas ideas y de sensaciones nuevas: la literatura francesa, el alcohol, la pintura moderna, Nietzsche, el amor, la metafísica, Mallarmé, el sindicalismo y Dios sabe cuántas cosas más. Pero el principal valor que tiene para mí es que me recuerda mi descubrimiento de Italia. Mi sombrero mexicano evoca en mi mente todas las emociones, todo el inmenso asombro, mil veces repetido, todos los éxtasis de mi alma aún virgen durante el demorado viaje que hice en 1912, a principios de otoño, por Italia; Urbino, Rímini, Ravena, Ferrara, Módena, Mantua, Verona, Vicenza, Padua, Venecia…; mis primeras impresiones de todos esos nombres fabulosos yacen como un gran puñado de joyas preciosas en la copa de mi «sombrerito». Nunca tendré valor para deshacerme de él; nunca.

A todo esto hay que añadir a Tirabassi. Sin mi sombrero mexicano nunca hubiera conocido a Tirabassi. Jamás se le hubiera ocurrido tomarme, con mi aspecto inglés e insignificante, por pintor. Y, por tanto, nunca hubiera tenido yo ocasión de contemplar los frescos, ni de hablar con el viejo conde, ni de oír hablar de la Colombella. Nunca. Y cuando pienso en esto, se acrecienta mi estima del sombrero mexicano.

Supongo característico de Tirabassi el deducir del tamaño de mi sombrero que yo fuera pintor. Tenía una cabeza organizada militarmente, incapaz de aceptar el revoltijo caótico que es la vida. Se pasaba la vida clasificando, ordenando y poniendo linderos a su universo; y cuando los objetos clasificados tan lindamente se escapaban de cajones y ficheros y se arrancaban del pescuezo los marbetes que los identificaban, Tirabassi se sentía desconcertado y enojado. El caso es que en el mismo momento en que me vio en el restaurante de Padua, le resultó evidente que yo tenía que ser pintor. Todos los pintores usan sombreros de ala ancha. Yo llevaba un sombrero de ala ancha. Luego yo era un pintor. Era un silogismo perfecto, y la deducción era inevitable.

Me mandó preguntar, por mediación del camarero, si le honraría acompañándole a tomar café sentado a su mesa. He de confesar que al principio me sentí algo alarmado. ¿Qué podía querer conmigo aquel apuesto y marcial teniente de Caballería? Las teorías más absurdas desfilaron atropelladamente por mi cabeza: seguramente había cometido alguna terrible incorrección sin darme cuenta; le había pisado inadvertidamente los callos al honor del teniente e iba a desafiarme a un duelo. Reflexioné rápidamente que me correspondía la elección de armas. Pero ¿qué podía elegir yo? Nunca había aprendido esgrima. ¿La pistola? Una vez disparé seis tiros contra una botella y no logré dar en el blanco. ¿Tendría tiempo para escribir un par de cartas, para hacer algo parecido a un testamento? El camarero vino a aliviar mi agonía mental cuando, unos minutos más tarde, me trajo el pulpo frito que había pedido. El señor conde y teniente, me explicó en confianza, tenía una villa en el Brenta, no lejos de Strá. Una villa, añadió extendiendo las manos en el aire con gesto de admiración, llena de pinturas. Llena, llena, llena. Y le gustaría que yo las viera, porque estaba seguro de que me interesaba la pintura. «¿Eh? ¡Ah, sí, sí, claro!», dije yo sonriendo imbécilmente, pues el camarero parecía esperar que yo hiciese algún comentario. Luego añadí que la pintura me interesaba muchísimo. En ese caso, me comunicó el camarero, el señor conde tendría mucho gusto en llevarme a que las viera. Me dejó el camarero y yo me quedé, aunque algo más tranquilo, igual o más desconcertado que antes. Pero en cualquier caso, ya no tendría que hacer aquella embarazosa elección entre las armas blancas y las de fuego.

Aprovechando los momentos en los que el conde soldado no miraba en mi dirección, procuré examinarle. Su aspecto no era típicamente italiano (pero ¿cuál es el aspecto típicamente italiano? ¿Existía tal cosa?). Es decir, no le azuleaba la barba, ni tenía los ojos como abalorios de azabache, ni era moreno ni aquilino. Antes al contrario, tenía el pelo rojizo, grises los ojos, más bien chata que otra cosa la nariz, y pecosa y rubicunda la tez. Conocía yo muchos ingleses jóvenes que hubieran podido pasar por hermanos algo bobos del conde de Tirabassi.

Llegado el momento, me acogió con cortesía exquisita, y pidiéndome perdón por la forma poco protocolaria en la que me había conocido.

—Pero estaba seguro —me dijo— de que le interesa a usted el arte, y me ha parecido que me perdonaría, en vista de lo que tengo que enseñarle.

No pude evitar el sentir cierta extrañeza ante la seguridad en que el conde se hallaba acerca de mi interés por el arte. No la comprendí hasta que salimos del restaurante juntos, pues cuando me puse el sombrero, lo señaló sonriendo y me dijo:

—Se ve que es usted un artista de verdad.

No supe qué contestar.

Una vez que hubimos cambiado las frases corteses de ritual, el teniente se lanzó sin más preámbulos, y en evidente obsequio mío, a hablar de arte:

—Los italianos —me dijo— no se toman hoy por el arte el interés que debieran. En un país moderno…

Se encogió de hombros y dejó la frase sin acabar. Luego continuó:

—Eso me parece mal. Adoro el arte. Lo adoro. Cuando veo a los extranjeros ir de un lado para otro con sus guías o absortos durante media hora delante de un cuadro, leyendo primero en el libro, mirando luego al cuadro —y al llegar aquí imitó admirablemente a un cura protestante que visita la capilla de Mantegna: una ojeada al libro imaginario tenido con ambas manos; luego, un rápido movimiento como el de las gallinas al beber agua, para mirar a un fresco también imaginario; la larga contemplación de éste con los ojos entornados y la boca entreabierta, y, por fin, una nueva ojeada a las inspiradas páginas del Baedeker—. Cuando los veo, me da vergüenza de los italianos.

Hablaba el conde con gran sinceridad, sintiendo que su talento para la pantomima le hubiera hecho ir demasiado lejos.

—Entonces, si los extranjeros permanecen media hora ante el cuadro, yo voy y me estoy contemplándolo una hora. Ésa es la manera de entender el arte verdadero. La única manera.

Se retrepó en la silla, tomó un sorbo de café y añadió:

—Desgraciadamente, le falta a uno tiempo.

—En efecto —le dije—. Cuando uno se considera afortunado si logra escapar a Italia para pasar aquí treinta días, como me ocurre a mí…

—¡Ah! Si yo pudiera viajar por el mundo como usted… —suspiró—. Pero aquí me tiene encerrado en esta endiablada ciudad. Y cuando pienso en el capital que hay en las paredes de mi casa…

Sacudió la cabeza y desistió de seguir por aquel camino. Entonces, cambiando el tono de su voz, empezó a hablarme de la casa sobre el Brenta. Me pareció que exageraba sin mesura. Carpioni, sí; no tenía inconveniente en creer en la existencia de unos frescos de Carpioni; estaban casi al alcance de cualquiera. Pero un vestíbulo pintado por Veronés, y varios cuartos por Tiépolo, todos en la misma casa, la verdad, resultaba extremadamente difícil de creer. Pensé que el conde se había dejado llevar de su entusiasmo descriptivo. Pero en cualquier caso, pronto podría ver lo que de verdad había en todo ello, pues el conde me invitó a comer con él al día siguiente.

Salimos del restaurante. Aún embarazado por la alusión del conde a mi sombrero, eché a andar junto a él por debajo de los soportales de la calle sin decir palabra.

—Le voy a presentar a usted a mi padre —me dijo—. También él es un aficionado tremendo al arte.

Mi sensación de que estaba conduciéndome como un farsante se acentuó. Había conseguido conquistar la confianza del conde presentándome como algo que no era. Mi sombrero constituía, me dije, una mentira. Algo tenía que hacer para poner las cosas en su punto. Pero el conde estaba tan ocupado en contarme todos los motivos de queja que tenía con su padre, que no pude explicarle nada. He de confesar que no le escuchaba con demasiada atención. En el año que llevaba en la Universidad de Oxford, había oído a tantos compañeros quejarse de sus padres, que el asunto carecía ya de novedad para mí. Era una historia manida: demasiadas interferencias y poco dinero. Además, por aquel entonces había yo adoptado un punto de vista filosófico acerca de tales cosas: no me interesaba la gente; mi interés residía exclusivamente en los libros y las ideas. ¡Qué necedades puede uno cometer a esa edad!

—Eccoci —dijo el conde cuando llegamos ante el café «Pedrochi»—. Viene aquí todos los días para tomar café.

Y realmente, ¿adónde iba a ir para tomar café? ¿Qué paduano iría a otro lugar para hacerlo?

Le encontramos sentado en la terraza que hay en uno de los extremos del edificio. Jamás había visto un viejo de aspecto más jovial. Tenía la cara roja y atezada, con unos mostachos blancos, cuyas guías apuntaban valientemente hacia arriba, y una gran perilla también blanca, al gran estilo del Risorgimento y semejante a la de Víctor Manuel II. Debajo de las cejas blancas y alborotadas, y en medio de mil arrugas finísimas, destacaban los ojos, castaños y brillantes como los de un jilguero. Tenía larga la nariz, y daba ésta la sensación de ser un órgano de mayor utilidad que el que corrientemente poseemos los seres humanos. Parecía especialmente creada para oliscar judicialmente con gran sagacidad los misterios de la ley, para olfatear con delicadeza las cosas más cultas. Era un hombre fuerte y corpudo. Estaba sentado en su silla, dando una enorme sensación de solidez, con las piernas abiertas y las manos sobre el puño de su bastón, exhibiendo su oronda barriga con dignidad: con impresionante nobleza, he estado a punto de escribir. Estaba vestido de hilo blanco, pues aún perduraba el calor, y llevaba su sombrero gris de anchas alas inclinado coquetonamente sobre la ceja izquierda. Daba verdadero gusto verle. Era un hombre completo, perfecto en su tipo.

El conde joven me presentó:

—Es un caballero inglés, signor…

—Uuslei —dije, pues la experiencia me tenía enseñado que eso era lo más parecido a mi verdadero nombre que lograría que me llamaran en Italia.

—El signor Uuslei —continuó diciendo el teniente— es un artista.

—Bueno, verá; un artista…, lo que se dice un artista, no.

Pero no me dejó acabar.

—Además, le interesa mucho el arte antiguo. Le voy a llevar mañana a Dolo para que vea los frescos. Estoy seguro de que le gustarán.

Nos sentamos junto al conde, quien, luego de examinarme con ojos escrutadores, asintió con un gesto de la cabeza.

—Benissimo —dijo; y luego añadió—: Esperemos que pueda usted ayudarnos a venderlos.

Me quedé atónito. Miré hacia el teniente, y vi que miraba a su padre con gesto malhumorado. El viejo había dicho, evidentemente, alguna inconveniencia. Advirtió el gesto de su hijo y se lanzó alegremente por otro camino:

—La ardiente fantasía de Tiépolo —comenzó con retórica rotunda—, el esplendor fresco y sin pasión de Veronés… En Dolo podrá usted apreciar el contraste entre ambos…

Estuve escuchando atentamente mientras el aristócrata desarrollaba los sonoros períodos de lo que era, de manera patente, un discurso puramente académico. Así que hubo acabado, se levantó su hijo, que tenía que estar en el cuartel a las dos y media. Yo también hice ademán de despedirme, pero el conde me puso una mano sobre el brazo y me dijo:

—Quédese conmigo. Me encanta hablar con usted.

Como él no había dejado de hablar desde que llegué, le creí sin dificultad. Con gesto parecido al de una señora que se recoge la falda para que no la mancille el barro (y corrían tiempos en los que aún era preciso recoger las faldas), el teniente alzó el sable y se alejó con apostura marcial, magnífica y estudiada, como un militar de teatro, hasta que le perdimos de vista en la soleada lejanía.

Los ojillos brillantes y de pájaro de su padre le siguieron durante un buen rato:

—Es un buen muchacho, Fabio —me dijo—, un buen hijo.

Hablaba con acento cariñoso, pero me pareció apreciar también en su voz un matiz de soma irónica. Dijérase que había añadido: «Pero los buenos muchachos son, después de todo, tontos, precisamente por su bondad». No obstante mi pedante filosofía, que me hacía estar por encima de tales cosas, el viejo me inspiró una gran curiosidad. Y él, por su parte, no era hombre que permitiese que nadie que estuviera en su compañía permaneciese mucho tiempo en solitario aislamiento. Insistió en que me interesara por sus asuntos personales y me los contó todos, o por lo menos, algunos de ellos—, dando suelta a sus confidencias con la más extraordinaria carencia de reserva. Y es que, después del amigo íntimo, el perfecto desconocido es el confidente ideal. No hay ningún viajante de comercio cuyo aspecto no sea marcadamente antipático, que en sus horas de tren, en las veladas pasadas en los salones de los hoteles comerciales, no se haya encontrado escuchando miles de secretos personales: y esto ocurre hasta en Inglaterra. En Italia…, ¡qué cosas tendrán que escuchar los viajantes de comercio en Italia! Incluso yo, extranjero, que hablo mal el italiano y me doy pésima maña para hablar con un desconocido, he oído muy extrañas confesiones en los coches de segunda clase de los ferrocarriles de ese país. También allí, en la terraza del «Pedrochi», iba a escuchar revelaciones peregrinas. Había quedado entreabierta una puerta, y por su resquicio iba a permitírseme ver escenas de la vida de personas desconocidas.

—No sé lo que haría sin él —continuó el viejo—; de veras que no lo sé. Es admirable cómo administra la finca.

De esto pasó a hablar detalladamente de la estupidez de los campesinos, de la incompetencia y falta de honradez de los intendentes, del mal tiempo, de lo mucho que se extendía la filoxera, de la carestía de los abonos. Todo esto me lo explicó para acabar por decir que desde que Fabio se había hecho cargo de la administración de las tierras todo había ido a pedir de boca; hasta el tiempo había mejorado.

—Es un gran descanso para mí —terminó diciendo— el saber que está al cargo de toda una persona de la cual me puedo fiar, con lo cual puedo estar completamente tranquilo. Esto me da libertad para ocuparme en cosas más importantes.

No pude remediar el sentir gran curiosidad por saber la naturaleza de esas cosas más importantes; pero me pareció que sería impertinencia notoria el preguntarlo. En lugar de esa pregunta hice otra de índole más práctica:

—¿Y qué va a pasar cuando los deberes militares de su hijo le obliguen a irse de Padua?

Me guiñó el conde un ojo y apoyó con gran calma el dedo índice contra el costado de su larga nariz. Fue un gesto admirable por su muda elocuencia.

—No le destinarán fuera —dijo—; ya está arreglado. Una pequeña combinazione, ¿comprende? Tengo un amigo en el Ministerio. Los deberes militares de mi hijo le harán residir en Padua siempre.

Sonrió y volvió a guiñarme.

No pude reprimir la risa, y el conde me acompañó con unas joviales carcajadas, con las que expresó su íntima satisfacción y se aplaudió a sí mismo. No me cupo duda de que estaba muy orgulloso de su pequeña combinazione. Pero aún más orgulloso estaba de su otra combinación, acerca de la cual comenzó a hablarme entonces, inclinándose sobre la mesa confidencialmente. Y evidentemente era la más astuta de las dos.

—Y no son solamente sus deberes militares los que le harán quedarse en Padua —me dijo con gesto de admonición hecho con el mismo dedo de muy amarillenta uña que antes estuvo paraledo a la nariz—, sino también sus deberes familiares. Está casado. Le casé yo.

Se recostó en la silla y se quedó contemplándome y sonriendo. Las arruguillas que rodeaban sus ojos parecieron cobrar vida propia.

—Ese muchacho, me dije, conviene que siente la cabeza. Si no tiene un nido, volará. Si no tiene raíces, correrá. Y entonces su pobre padre se quedará en mala situación. Luego lo mejor es que se case. Tiene que casarse. E inmediatamente.

Volvió a jugar en el aire el elocuente índice. La historia era larga. Su antiguo amigo el Avvocato Monaldeschi tenía doce hijos, tres varones y nueve hembras. En este momento se perdió en una larga digresión acerca del tamaño de las buenas familias católicas. La hija mayor tenía justamente la edad que le convenía a Fabio. Naturalmente, carecía de fortuna; pero era una buena muchacha, y además bonita, bien educada y buena cristiana. Esto último era esencial, pues para que el plan lograra el éxito, Fabio debía tener familia numerosa, con objeto, me explicó el conde, de tenerle atado con mayor seguridad; y con esas chicas modernas, educadas al margen de la religión, nunca se puede estar seguro de que decidan ser madres. Una vez elegida la muchacha, fue menester que Fabio se fijara en ella. Realmente, el problema fue como el de llevar el caballo al abrevadero y de obligarlo a beber. ¡Ah, la cosa era peliaguda y delicada! ¡Ya lo creo! Pues Fabio era extremadamente celoso de su independencia y testarudo como una mula. No toleraba que nadie se inmiscuyese en sus asuntos, ni que nadie pretendiera inclinarle a hacer algo que no le apeteciera. Era tan quisquilloso y tan obstinado, que muchas veces dejaba de hacer cosas que le apetecían porque alguien se lo había indicado. Y, por tanto, me sería fácil imaginarme, me dijo el conde extendiendo las manos ante sí, lo muy delicado y difícil que el asunto había sido. Únicamente el más consumado diplomático podía llevarlo a cabo con felicidad. El conde logró el éxito procurando que los dos muchachos se vieran con frecuencia, y hablando sin cesar de la imprudencia que es casarse muy joven, de la inutilidad de las esposas sin fortuna, y de lo poco deseable que son las mujeres que no tienen sangre noble. El plan tuvo un éxito admirable. A los cuatro meses eran novios; seis meses bastaron en total para casarlos. A los diez meses de casados llegó el primer hijo. Ya estaba sujeto, ya no se escaparía, me dijo el conde sonriendo con guasa. Y me pareció estar escuchando la risita de algún tirano de pelo blanco del quattrocente, que se complacía en el éxito de algún plan ingenioso para lograr alguna finalidad poco fácil: la rendición innecesaria de alguna ciudad rica, el engaño con palabras falsas de algún enemigo peligroso para hacerle caer en la trampa: «¡Pobre Fabio!», pensé; y también: «¡Qué desperdicio de talento!».

El conde continuó diciéndome que Fabio ya no se iría. No se parecía a su hermano pequeño, Lucio. Lucio era un tunante, un furbo, un ladino; no tenía conciencia. Pero Fabio… ¡ah, Fabio! Fabio tenía ideas firmes acerca de sus deberes, y vivía de acuerdo con ellas. Una vez que había dado su palabra, la cumplía por encima de todo, con verdadera obstinación, con la testarudez de una mula característica de su carácter. Ahora vivía en la finca, en la gran casa de las pinturas, en Dolo. Venía a Padua tres veces por semana para atender a sus deberes de militar, y dedicaba todo el resto del tiempo a la finca, la cual producía más que nunca. Aunque, se quejó el conde, no era gran cosa, así y todo. Pan, aceite, vino, leche, pollos, carne…, de eso producía abundantemente y hasta de sobra. Fabio podría tener cincuenta hijos sin miedo de que pasaran hambre. Pero ¿dinero? Dinero, poco; muy poco.

—Ustedes los ingleses —continuó el conde— son ricos; pero nosotros, pobres italianos…

Sacudió la cabeza lastimeramente.

Durante los siguientes quince minutos me dediqué a tratar de convencerle de que no todos los ingleses éramos millonarios. Pero todo fue inútil. Mis cifras estadísticas, basadas en los recuerdos bastante vagos que conservaba de las obras de los señores Sidney Webb, no le convencieron en absoluto. Acabé por dejarle como cosa perdida.

A la mañana siguiente, Fabio se presentó a buscarme en mi hotel en un «Fiat», grande, anticuado y ruidoso. Era el coche de la familia, que para todo servía, abollado, arañado y deslucido como consecuencia de muy largos años de fieles servicios. Fabio conducía con fácil brillantez y audacia. Salimos de la ciudad a disparatada velocidad, yendo de un lado a otro de las calles estrechas y sinuosas, despreciando todas las reglas municipales, de una manera tal que en Inglaterra, país pedante, nos hubiera supuesto por lo menos una multa de cinco libras y una nota desfavorable en el permiso de conducir. Pero en Italia, los carabinieri, paseando gravemente en parejas por debajo de los soportales, nos permitieron continuar nuestro camino sin hacer ningún comentario desfavorable o favorable. Después de todo, ¿qué más da ir por la izquierda que por la derecha?

—¿Por qué va usted sin silenciador? —aullé para hacerme oír, a pesar del ruido espantoso del motor.

Fabio se encogió ligeramente de hombros y respondió:

E piu allegro cosí.

No dije nada. No era nada probable que un inglés, víctima de sus nervios destrozados, hallase comprensión en un hombre de esa raza espartana que goza con el ruido y disfruta con las incomodidades.

Pronto dejamos atrás la ciudad. Arrastrando tras nosotros una movediza cola de polvo blanco, y con el motor atronando en sus explosiones, semejantes a las de una batería de ametralladoras, corríamos vertiginosamente por la carretera de Fusina. A ambos lados de la carretera se extendían las llanuras cultivadas. Hondas cunetas bordeaban la carretera, y en lugar de los setos acostumbrados en Inglaterra, dos hileras de arbolillos muy podados acompañaban a la carretera unidos por parras que se enroscaban en ellos y formaban graciosas guirnaldas. Blancos de polvo, hojas, racimos y sarmientos colgaban de los árboles como delicadas obras de orfebre trabajadas en metal esmerilado, como bellos conjuntos de frutas y de hojas que rebosasen de una inmensa fuente de plata. Continuamos nuestro camino sin disminuir la velocidad. Pronto apareció a nuestra derecha el río Brenta, sumido entre los altos taludes de su canalización. Y llegamos a Strá. A través de puertas enriquecidas con fantásticos adornos estucados y de túneles de sombras mezcladas de luz, contemplamos una y otra vez, durante fugaces segundos, el corazón del Parque. Luego, las estatuas de la villa nos saludaron instantáneamente desde el tejado, recortadas contra el cielo…, y pasamos. Continuó la carrera desatentada. De trecho en trecho, unas veces a la izquierda y otra a la derecha del río, pude contemplar, si es que el verbo fuera compatible con nuestra rauda marcha, mansiones encantadoras, alegres y brillantes a pesar de su deterioro. Lindas casitas barrocas se asomaban por encima de las tapias para vernos pasar; y a través de las grandes verjas, al fondo de las avenidas de cipreses de cabello empolvado, las fachadas, frívolas y artificiales, se alzaban en aparente contradicción de todas las reglas, y con gesto de alegría. Me hubiera gustado hacer el viaje más despacio, pararme aquí y allá, para mirar y saborearlo todo tranquilamente; pero a Fabio le parecía una humillación rodar a menos de setenta kilómetros por hora, y hube de contentarme con atisbos apresurados y precarios. Mientras avanzábamos sacudidos violentamente a la cabeza de la desoladora columna de polvo blanco, reflexioné que en aquellas casas era donde Casanova solía pasar sus temporadas de verano, seduciendo sirvientas, aprovechándose de marquesas aterradas en las calêches durante las tormentas, burlando a crédulos senadores venecianos de edad provecta con sus habilidades quirománticas y su magia negra. ¡Admirable y feliz tunante! A pesar de mi supuesta indiferencia filosófica, no pude reprimir la envidia. Y después de todo, ¿qué era tal indiferencia, sino expresión disfrazada de la envidia que el éxito y las audacias de Casanova han de despertar en los tímidos, en los que desconfían de sí mismos? Si vivía yo en «espléndido aislamiento», era ello debido a que carecía de la audacia necesaria para guerrear, y hasta para acordar alianzas comprometedoras. Estaba ocupada mi mente en estos agradables pensamientos de autocondena, cuando nos detuvimos ante una verja inmensa e impresionante. Fabio hizo sonar la bocina impacientemente; se oyeron pasos apresurados, ruido de cerrojos que se descorrían, y giró sobre sus goznes la verja. Al final de una corta avenida, se alzaba la casa, grande, austera, grave y recatada. Era notablemente más vieja que las villas que había visto en el camino. Su fachada estaba exenta de toda frivolidad y exuberancia pomposa. Era, sencillamente, un gran cubo de ladrillo estucado, con un porche al que daban acceso unos escalones, y coronado por la pesadumbre de un gran frontón. En una balaustrada por encima del friso se alineaban rígidas estatuas. Era de corrección, casi diría que de frialdad, dórica. Fabio detuvo el coche ante el pórtico. En lo alto de la escalinata nos aguardaba una mujer joven, con un niño de pelo rojizo en sus brazos. Eran la condesa y el hijo y heredero.

La condesa me produjo una excelente impresión. Era alta y delgada, dos o tres pulgadas más altas que su marido, y tenía el pelo oscuro, peinado hacia atrás y recogido en un moño que descansaba sobre la nuca; los ojos los tenía oscuros, de mirada vaga, brillantes y melancólicos, como los de un animal manso; y su tez era morena y transparente como el ámbar. Era de talante apacible y tranquilo; gesticulaba muy rara vez y jamás la oí alzar la voz. Y en realidad hablaba muy poco. El viejo conde me había dicho que su nuera era muy religiosa, y al verla lo creía sin dificultad. Miraba con la expresión tranquila y remota de las personas de rica vida interior.

Fabio besó a su mujer, y luego, inclinándose hacia su hijo, puso un gesto feroz y rugió como un león. Pretendió aquello ser una muestra de cariño, pero la infeliz criatura se apretó aterrada contra su madre. Fabio se echó a reír y le dio un pellizco en la oreja.

—No le hagas rabiar —dijo la condesa—; le vas a hacer llorar.

Fabio se volvió hacia mí:

—Ésa es la consecuencia de dejar al chico en manos de mujeres. Llora por todo. Vamos a entrar. Usamos solamente dos o tres cuartos del piso bajo y la cocina, que está en el sótano. El resto de la casa está sin habitar. La verdad es que no comprendo cómo la gente de antes se las arreglaba para mantener sus palacios.

Se encogió de hombros y todos entramos en la casa por una puerta que había a la derecha.

—Esta habitación —me explicó Fabio— es nuestro salón y nuestro comedor al mismo tiempo.

Era una estancia grande y bella, de nobles proporciones —un doble cubo, supuse—, con puertas bordeadas por adornos de mármol esculpido y una chimenea espléndida, a la que daban guardia dos ninfas, sobre cuyos hombros descansaba la parte superior, adornada por escudos de armas y guirnaldas igualmente esculpidas sobre el mármol. Sobre un gracioso montón de cornucopias y panoplias aparecían muy cómodamente reclinadas unas diosas, y amorcillos como querubines se revolcaban juguetones o volaban. El mobiliario era una extraña mezcolanza. Alrededor de una mesa del siglo XVI, que pudiera describirse como un edificio griego en madera, se veían ocho sillas del estilo vienés de 1905, cuando la secesión. Un gran reloj de cuco, en forma de casita y venido de Berna, estaba colgado de la pared entre dos vitrinas de nogal, con columnas y frontones que les daban aspecto de templo, y con marciales estatuillas de clara madera de boj entre las columnas. No menos sorprendentes eran los cuadros de las paredes y las cretonas que cubrían los sillones. No obstante, expresé diplomáticamente la gustosa admiración que me causaba todo cuanto contenía la habitación, antiguo o moderno.

—Y ahora —dijo Fabio— vamos a ver los frescos.

Le seguí por una de las puertas rodeadas de mármol y me encontré en el gran vestíbulo central de la casa. El conde se volvió hacia mí y dijo:

—¡Ahí los tiene!

Sonreía con la expresión triunfal de quien ha logrado sacar limpiamente un conejo de un sombrero vacío. Y, ciertamente, el espectáculo era asombroso.

Las paredes del inmenso vestíbulo aparecían totalmente cubiertas de frescos, que no era preciso poseer gran juicio crítico ni gran pericia para comprender que eran auténticas obras de Veronés. La identidad del autor era evidente, palpable. ¿Quién sino él fuera capaz de pintar aquellos ondulantes y armoniosos grupos de figuras en tan espléndido escenario arquitectónico? ¿Quién sino Veronés pudiera combinar tal esplendor con tal frescura, tan extravagante riqueza con tan exquisita suavidad?

—E grandioso! —dije.

Y, en efecto, lo era. Grandioso; no había otra palabra. Una arquería rica y triunfal rodeaba el vestíbulo por entero. Cada lienzo de pared tenía tres o cuatro arcos, y a través de ellos se contemplaba un jardín. Contra un fondo de cipreses y estatuas y de lejanas montañas, grupos de damas y gentiles caballeros venecianos mostraban su porte grave. Bajo uno de los arcos, tañían instrumentos diversos; bajo otro, sentados en rededor de una mesa, brindaban con copas de vino rojo, que un negrito vestido con librea verde y amarilla les servía de un jarro de plata. El arco siguiente los mostraba contemplando la lucha entre un mono y un gato. En la pared de enfrente, un poeta leía sus versos, y junto a él, Veronés en persona —el autorretrato no dejaba lugar a dudas—, en pie ante su caballete, pintaba el retrato de una rubia opulenta vestida de seda rosa. A los pies del pintor estaba echado su perro; dos loros y un mono aparecían sentados en la balaustrada que se veía al fondo.

Lo contemplé todo con delicia.

—¡Qué maravilloso poder llamar suyo todo esto! —exclamé arrebatado por mi entusiasmo—. Créame que le envidio.

El conde hizo un gesto, sonrió, y dijo:

—¿Quiere usted que vayamos a ver los Tiépolos?

Atravesamos un par de alegres estancias pintadas por Carpioni (sátiros persiguiendo ninfas en un bosque romántico, y, al borde de una marina, extravagantes escenas amorosas entre centauros y nereidas) para entrar por una puerta en ese universo rutilante, a la vez delicado y de violencia sin mesura, selvático y sutilmente ordenado que creó Tiépolo en los últimos tiempos de la pintura italiana de manera magistral y mágica. Era la historia de Eros y Psiquis. Cubría los muros de tres grandes habitaciones y se desbordaba por los techos, en donde por cielos de un pálido azul salpicado de nubes blancas y doradas, las oportunas deidades se balanceaban, zambulléndose en el vacío o ascendiendo a las alturas empíreas con ese aire de encontrarse muy a gusto y en su elemento, que solamente encontramos en la Naturaleza al contemplar los peces y quizás algunos pájaros e insectos alados.

Fabio se había vanagloriado en Padua de que era capaz de permanecer ante una pintura más tiempo que cualquier extranjero. Pero tanto duró mi admirada contemplación de aquellas refulgentes fantasías, que acabó por perder la paciencia.

—Quería enseñarle a usted la granja antes de comer —me dijo mirando su reloj—. Tenemos justo el tiempo preciso.

Le seguí a disgusto.

Vimos las vacas, los caballos, el toro, los pavos. Vimos los almiares, altos y finos, como cigarros puros puestos en pie. Vimos los sacos de trigo en el granero. Como no encontrara yo comentario alguno que hacer, le dije que me recordaban los sacos de trigo en los graneros ingleses. Mi observación le pareció admirable.

Las dependencias de la granja daban a un inmenso patio común a todas. Ya habíamos explorado tres lados de aquella gran plaza, y nos dirigíamos al cuarto, formado por un edificio largo y achatado, cuya fachada era una larga arquería. Vi a través de los arcos redondos que estaba completamente vacío.

—Y esto… ¿qué es? —pregunté.

—No es nada —respondió—. Pero puede llegar a ser, quizá…, chi sa?

Permaneció un momento en silencio, ceñudo y reflexivo, con una expresión en su semblante parecida a la de Napoleón en Santa Elena, soñando con el futuro, llorando las oportunidades pretéritas, perdidas para siempre. Aquella cara pecosa, generalmente verdadera luminaria de alegría, se tomó sombría de manera incongruente. Y de súbito estalló. Diose a maldecir de su vida, a imprecar a su suerte, a expresar los vehementes deseos que le embargaban de irse de allí y poder hacer algo útil en lugar de malgastar su vida de aquella manera.

Yo le escuché en silencio, expresando de cuando en cuando mi condolencia con ruidos inarticulados. ¿Qué podía hacer que no fuera eso? Y de pronto descubrí, con profundo malestar, que sí podía hacer algo, y que se esperaba de mí que lo hiciera. El conde me pidió que le ayudara a vender los frescos. Como artista que era, no le cabía duda de que estaría relacionado con ricos mecenas, con museos, con millonarios. Yo había visto los frescos; podía recomendar su adquisición con la conciencia tranquila. Me recordó los modernos métodos perfeccionados que hay para traspasar frescos a una tela. No sería difícil pasarlos desde los muros a unos rollos de lienzo y luego llevarlos a Venecia. Desde allí sería la cosa más fácil del mundo sacarlos del país de contrabando a bordo de un barco y llevarlos a dónde se deseara. En cuanto al precio, si pudiera conseguir un millón y medio de liras, mejor; pero estaba dispuesto a aceptar un millón; y hasta setecientas cincuenta mil liras. Y me daría una comisión del diez por ciento…

Y ¿qué haría una vez vendidos los frescos? El conde sonrió triunfante. Para empezar, convertiría aquel edificio vacío en una fábrica moderna de quesos. Podía lanzar el negocio con medio millón, y empleando luego mano de obra barata de las mujeres campesinas de la región, estaba seguro de obtener beneficios desde el primer momento. Según sus cálculos, al cabo de dos años estaría ganando de ochenta a cien mil liras con los quesos. Y entonces, ¡ah, entonces!; entonces sería independiente, podría irse de allí, recorrería el mundo. Se iría al Brasil o a la Argentina. Los hombres decididos que disponen de capital, siempre se abren camino en esos países. Visitaría Nueva York, Londres, Berlín, París. Podría hacer todo cuanto quisiera.

Pero por el momento los frescos continuaban en sus muros. Bellos, magníficos, indudablemente (y el conde me recordó que era apasionado amador de las artes), pero inútiles, un enorme capital congelado, convertido en yeso, sin ventaja alguna, completamente desperdiciado. Mientras que su fábrica de quesos…

Regresamos lentamente hacia la casa.

Volví a Venecia al año siguiente, en setiembre de 1913. Tengo la impresión de que aquel año hubo en Venecia más parejas alemanas en su luna de miel, más grupos de turistas germanos con mochila que en ningún otro momento. Sea como sea, su abundancia se me antojó a todas luces excesiva. Hice mi maleta y tomé el tren para Padua.

No fue mi propósito volver a ver al joven Tirabassi. En realidad, no estaba seguro de cómo me acogería. Pues, que yo supiera, los frescos continuaban sobre sus muros, y la fábrica de quesos seguía siendo un proyecto remoto, un plan fantástico. Le había escrito más de una vez diciéndole que estaba haciendo todo lo posible, pero que en aquellos momentos…, etc., etc. Y no es que nunca hubiera tenido grandes esperanzas de éxito. Le dije, en primer lugar, que el número de millonarios que contaba entre mis amistades era reducido, que no conocía a un solo director de museo y que no tenía relación alguna con los tratantes internacionales en obras de arte. No obstante, la fe que el conde tenía en mí continuó tan grande como siempre. Creo que la confianza que tenía puesta en mí se debía a mi sombrero mexicano. Pero después de todas aquellas cartas, y teniendo en cuenta el mucho tiempo que había pasado, era probable que le pareciera que yo le había fallado, que le había engañado hasta cierto punto. Por esto no hice nada para dar con él. Pero la suerte contrarió mi propósito. Solamente llevaba tres días en Padua cuando me encontré con él en la calle. O, mejor dicho, fue él quien me encontró.

Eran casi las seis de la tarde y había ido dando un paseo hasta la Piazza del Santo. A esa hora, cuando la luz vespertina toma un rico colorido y las sombras se toman largas y oscuras, la gran iglesia, con sus cimborrios, torres y campanarios, adquiere un aspecto más oriental y fantástico que nunca. Había ya dado la vuelta completa a la iglesia y me encontraba al pie de la estatua de Donatello, contemplando al adusto hombre de bronce y el poderoso bracear del bruto, cuando me di cuenta de que alguien se encontraba detrás y muy cerca de mí. Di un paso al lado y me volví. Era Fabio, con aquella su admirable expresión de cura protestante que contempla una obra de arte. Estaba mirando la estatua, con la boca entreabierta y un gesto absorto de paz, estático. Me eché a reír.

—¿Tenía yo esa cara? —le pregunté.

—Exactamente —contestó riendo también—. Le he estado observando a usted hace diez minutos, admirando la iglesia. ¡Ah, los ingleses…! La verdad… —sacudió la cabeza.

Fuimos paseando lentamente por la Vía del Santo, charlando.

—Siento mucho no haber podido hacer nada en el asunto de los frescos, pero es que…

Le di las explicaciones que me parecieron bien.

—Tal vez algún día…

Fabio conservaba sus esperanzas.

—¿Cómo está la condesa?

—Muy bien —respondió—, si se tiene en cuenta… Sabrá usted que tuvo un niño tres o cuatro meses después de que usted vino a visitarnos.

—¿Sí?

—Está esperando otro.

Me pareció que hablaba con cierta pesadumbre. Volví a admirar la sagacidad del viejo conde. Pero lamenté que su hijo no encontrara un campo más rico en el cual desarrollar sus actividades y ejercitar su talento.

—¿Y su padre? —le pregunté—. ¿Le encontraremos sentado en «Pedrochi», como de costumbre?

Fabio se echó a reír.

—No; no le encontraremos —dijo—. Ha volado.

—¿Volado?

—Se ha ido; se lo ha tragado la tierra; ha desaparecido.

—Pero… ¿adónde ha ido?

—¡Cualquiera lo sabe! Mi padre es como las golondrinas. Viene y se va. Todos los años ocurre lo mismo. Pero sus hábitos migratorios son irregulares. A veces desaparece en primavera; a veces, en verano; a veces, en otoño. Una mañana entra su criado a despertarle como de costumbre… y ha desaparecido. Desaparece como si hubiera muerto. Pero no. Ni mucho menos.

Fabio rió, y continuó:

—A los dos o tres meses, vuelve de repente, y llega como si viniera de dar un paseo por el Jardín Botánico. «Buenas tardes, buenas tardes».

Fabio imitó la voz de su padre, y se atusó las guías de un bigote imaginario.

—¿Cómo está tu madre? ¿Y las niñas? ¿Y Lucio? ¿Qué tal se presentan este año las uvas? ¿Quién diablos ha metido todas estas cosas en mi despacho?

Se interrumpió, lanzando un rugido de indignación, que hizo que varios transeúntes de la Vía Roma se volvieran hacia nosotros, asombrados.

—Bueno, pero ¿adónde va?

—No se sabe. Hubo un tiempo en que mi madre se lo solía preguntar. Pero era inútil. «Ascanio, ¿en dónde has estado?», le preguntaba; y él respondía: «La cosecha de aceitunas va a ser mala este año». Y si mi madre insistía, montaba en cólera y comenzaba a dar porrazos. ¿Tomamos el aperitivo?

La puerta abierta de «Pedrochi» nos convidaba a entrar. Lo hicimos, escogimos una mesa apartada y nos sentamos.

—¿Y no tiene usted ninguna teoría acerca de lo que hace cuando desaparece?

—¡Ah! —y Fabio, imitando el elocuente gesto que yo admiré en su padre, se colocó un dedo junto a la nariz y guiñó un ojo.

—¡Cómo! ¿Quiere usted decir que…?

Fabio asintió con un gesto y dijo:

—Hay una viudita aquí, en Padua… —Fabio trazó en el aire con el dedo una línea ondulante—. Guapa, Benita de carnes. Ojos negros. He podido observar que desaparece de Padua cuando a mi padre le dan sus ataques migratorios. Claro que puede ser una coincidencia…

El camarero nos trajo el vermut. Fabio tomó un sorbo con aire pensativo. Desapareció de su semblante la alegría, como muere la luz en una lámpara que se apaga.

—Y mientras tanto, aquí estoy yo —continuó diciendo lentamente y con voz alterada—. Aquí me quedo cuidando de la finca, para que mi padre pueda recorrer el mundo con su palomita, la sita colombella —la expresión me pareció feliz—. Sí, sí; la cosa tiene gracia. ¡Qué duda cabe! Pero no está bien. Si yo no estuviera casado, dejaría todo esto y me iría a probar fortuna en algún otro sitio. Le dejaría que se encargase él de todo. Pero con una mujer y dos hijos, dentro de muy poco tiempo tres hijos, ¿cómo me voy a lanzar a la aventura? Aquí, por lo menos, tenemos comida abundante. Mi única esperanza es poder llegar a vender los frescos.

Lo cual quería decir que su única esperanza era yo. Me dio lástima el hombre.

En la primavera de 1914 mandé a dos americanos ricos a ver la casa de Fabio. Ninguno de los dos hizo oferta de compra de los frescos. Me hubiera asombrado lo contrario. Pero su visita le dio a Fabio grandes esperanzas. «Me parece —me escribió— que la cosa se mueve. Estos dos americanos volverán a su tierra y les contarán a sus amigos lo que han visto. Dentro de poco toda una procesión incesante de millonarios vendrá a ver los frescos. Mientras tanto, mi vida sigue igual. O más bien, peor. Mi nueva hijita, a quien hemos puesto Emilia de nombre, nació el mes pasado. Mi mujer lo pasó muy mal, y aún no está bien, lo cual es muy molesto». Se me antojó extraña la calificación; pero pronto la comprendí, recordando que la carta era de Fabio. Pues era éste, uno de esos hombres rebosantes de salud para quienes las enfermedades, de cualquier clase que sean, tienen algo de misterio inexplicable y son, sobre todo, aburridas e irritantes. «Anteayer volvió a desaparecer mi padre. Aún no he tenido tiempo de averiguar si también ha volado la Colombella. Mi hermano Lucio ha conseguido sacarle una motocicleta, lo que es más de lo que yo he logrado en toda mi vida. Pero es que yo no sé, como él, andar dando vueltas y más vueltas, con gran diplomacia, para conseguir una cosa. He estado estudiando con todo detalle lo de la fábrica de quesos durante estos últimos meses, y no estoy seguro de que no sería mejor negocio poner una fábrica de seda. La próxima vez que venga usted le explicaré el asunto más detalladamente».

Pero había de pasar mucho tiempo antes de que yo volviera a Padua y a ver a Fabio. La guerra interrumpió mis visitas anuales a Italia, e incluso después que hubo acabado varios motivos me estorbaron el ir al Sur todo lo pronto que yo hubiera deseado. Hasta el otoño de 1921 no volví a tomar el expreso de Venecia.

Me encontré en una Italia nueva para mí hasta cierto punto, una Italia en la cual reinaba la violencia y se derramaba sangre abundante. Fascistas y comunistas continuaban todavía luchando. Rugiendo en vanguardia de largas columnas de polvo, los camiones, cargados de muchachos que cantaban, recorrían el país en busca de aventuras y de bolcheviques ocultos. Mientras pasaban, los transeúntes se detenían respetuosamente. Y de en medio del torbellino polvoriento, por encima de los rugidos de los motores, se escuchaban algunas estrofas traídas por el viento; Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza… ¿En qué país, excepto Italia, fuera posible poner semejante letra a una canción política? Y las proclamas, los manifiestos, las denuncias y los llamamientos patrióticos… Todas las vallas y muros estaban cubiertos de ellos. Desde la estación hasta «Pedrochi» pasé por toda una biblioteca de tales cosas. «¡Ciudadanos! —decían poco más o menos—. Un viento heroico reanima hoy el alma medio asfixiada de nuestra desgraciada Italia, envenenada por las emanaciones ponzoñosas del bolcheviquismo y revolcándose con innoble humillación a los pies de las Naciones…». Y casi todas ellas terminaban con referencias a Dante. Las leí con gusto infinito.

Por fin llegué al café de «Pedrochi». En la terraza, sentado exactamente en la misma esquina en donde le vi por última vez, ya hacía muchos años, estaba el viejo conde. Cuando le saludé, me miró sin reconocerme. Comencé a explicarle quién era; pero casi inmediatamente me interrumpió, asegurándome que se acordaba de mí perfectamente. No quedé muy convencido de ello, y más bien me pareció que le era humillante confesar que le fallaba la memoria. Me invitó a sentarme a su mesa.

En un principio, al verle desde lejos, me pareció que el conde no había envejecido en absoluto desde el día en que le conocí. Pero me equivoqué. Desde la calle únicamente pude ver la picaresca inclinación de su sombrero, el erguido bigote y la perilla, las piernas abiertas, la noble protuberancia de su barriga. Pero ahora le podía mirar de cerca y despacio, y vi que el hombre había cambiado mucho. La cara que vi debajo del sombrero graciosamente ladeado estaba amoratada y denotaba una salud precaria; la carne de la cara estaba fláccida y le formaba bolsas. Sobre el blanco de los ojos, descolorido y como herrumbroso con el pasar de los años, se veían venillas rojizas. Y los ojos parecían contemplarlo todo con desinterés. La espalda estaba encorvada, como bajo la pesadumbre de una carga, y cuando se llevó la taza a los labios, le temblaba tanto la mano que derramó unas gotas de café sobre la mesa. Ahora era un viejo, un viejo agotado.

—¿Cómo está Fabio? —le pregunté.

—¿Fabio? Pues muy bien. Ya tiene seis hijos.

Pero lo dijo sonriendo, sin ninguna malicia. Parecía haber olvidado sus motivos al elegir tan cuidadosamente para su hijo una mujer que prometiera ser madre prolífica.

—Seis —repitió—. Supongo que sabrá usted que en la guerra tuvo una actuación admirable. Los Tirabassis hemos sido siempre buenos soldados.

Comenzó a contarme con gran orgullo las hazañas y los sufrimientos de Fabio. Dos veces herido, citado especialmente en un parte, condecorado varias veces, había ascendido a comandante.

—¿Continúan reteniéndole en Padua sus deberes militares?

El viejo asintió con un gesto, y de repente apareció en su cara algo semejante a su antigua sonrisa.

—Una pequeña combinazione mía —dijo, y dejó oír una risita.

—¿Y la finca?

¡Ah! Iba bien, si se tenían en cuenta las circunstancias. Se echó a perder bastante durante la guerra, mientras Fabio estuvo en el frente. Luego, tuvieron muchos quebraderos de cabeza con los braceros; pero Fabio y sus fascistas estaban arreglando todas esas cosas.

—Con Fabio al timón, no tengo ninguna preocupación.

Y comenzó a contarme de nuevo las hazañas guerreras de su hijo.

Al día siguiente tomé el tranvía de Strá, y después de una hora pasada muy agradablemente en la villa y el parque, fui dando un paseo hasta Dolo. Esta vez tardé mucho en llegar, pues pude detenerme a mi placer para admirar todas las cosas encantadoras que hay en el camino. Advertí que Casanova me parecía un hombre bastante menos envidiable que la última vez que pasé por allí. Tenía yo nueve años más.

La verja estaba abierta. Entré. Allí estaba la casa, adusta y señorial, como siempre; pero más deslucida que cuando la vi por última vez. Las persianas estaban pidiendo una capa de pintura; el revoco se desprendía en escamas. Me acerqué a la casa. Salía de dentro de ella un alegre ruido de risas y gritos infantiles. Supuse que la familia estaba jugando al escondite, o al tren, o quizás a juegos más del momento, como comunistas y fascistas. Según subía la escalinata escuché el ruido de los pies de los niños corriendo por el suelo enlosado; en las habitaciones vacías, el ruido de las carreras y de los gritos alborozados despertaba ecos extraños. De pronto, en el cuarto de la derecha, resonó la voz airada de Fabio:

—¡Por el amor de Dios! ¡A ver si es posible que se callen esos niños endiablados! ¿Cómo quieres que haga cuentas con ese alboroto?

Se hizo un silencio profundo y poco natural. Luego escuché cómo los niños se alejaban de puntillas, algunos de ellos hablando en un susurro. Uno de ellos ahogó una risita nerviosa. Llamé al timbre.

Me abrió la puerta la condesa. Permaneció vacilante unos momentos, sin reconocerme; luego me recordó y me ofreció la mano, sonriente. Pude ver que había adelgazado, y al afilarse su cara, parecían más grandes los ojos. La expresión de éstos era de gran mansedumbre, y tan serena como siempre. Me pareció como si estuviera mirándome desde muy lejos.

—A Fabio le encantará verle a usted —me dijo.

Me condujo por la puerta que había a mano derecha del pórtico hasta el cuarto de estar.

Allí estaba Fabio, mordiendo la punta de un lápiz, sentado a la mesa monumental, que aparecía cubierta de papeles.

Incluso vestido con su uniforme verde de campaña, el conde Tirabassi tenía un aspecto magnífico, como el de un actor vestido de militar. Persistían en su cara las pecas juveniles, pero la vi surcada de arrugas profundas; parecía mucho más viejo que la última vez que le vi, y más viejo de lo que era en realidad. Aquella abierta alegría de su cara, aquel fulgor de su semblante, que recordaba el de una lámpara encendida, habían desaparecido. Su rostro, con la nariz respingona, expresaba una melancolía crónica que resultaba incongruente.

Cuando me vio, la antigua alegría iluminó sus facciones durante un segundo. Creo que se alegró sinceramente de volver a verme.

—Cáspita! —dijo una y otra vez—. Cáspita! —era su exclamación preferida para expresar asombro; una palabra extraña y anticuada—. ¿Quién iba a imaginar que iba a aparecer usted por aquí? ¡Después de tantísimo tiempo!

—Después de la eternidad de la guerra —dije yo.

Pero cuando el primer hervor de su complacida sorpresa hubo pasado, volvió la melancolía a apoderarse de su semblante.

—Casi diría que me entristece volver a verle —me dijo—. ¿Sigue usted viajando, sigue usted con libertad para ir a dónde desea? ¡Si supiera usted lo que es mi vida aquí!

—En cualquier caso —repuse yo, pensando que tenía obligación de hacerle ver que las cosas pudieran irle peor, y lo pensé en obsequio de la condesa—, la guerra ha acabado, y han logrado ustedes evitar una revolución. Eso no es poco.

—Veo que es usted como Laura —dijo él con impaciencia.

Miró hacia su mujer, como si esperara que dijese algo; pero la condesa continuó cosiendo y ni siquiera alzó la vista de su labor. Fabio me cogió del brazo:

—Vamos a dar una vuelta.

La resignación religiosa de su mujer, su paciencia y serenidad le irritaban, lo vi claramente, como si fueran una reprimenda, que aunque tácita y no intencionada le resultaba no menos irritante.

Fuimos andando lentamente hacia la granja por los senderos crecidos de hierbajos que en tiempos de esplendor fueron cuidado jardín. Algunos bojes descuidados crecían al margen del sendero; en otros tiempos estuvieron recortados con acicalamiento. Un Tritón, en académica postura sobre el pilón de una fuente, soplaba un cuerno del que ya no manaba agua. En el otro extremo los participantes en dos escenas de estupro, Plutón y Proserpina, Apolo y Dafne, se debatían desesperadamente siluetados contra el cielo.

—Ayer vi a su padre. Le encontré viejo.

—Lo cual es muy natural. Tiene setenta y nueve años —dijo Fabio con acento asesino.

Comprendí que el tema había llegado a ser demasiado serio para que pudiera ser objeto de una conversación sin trascendencia. Me hubiera gustado preguntar por la Colombella, pero me pareció más prudente no aludir a ella para nada. Me aguanté la curiosidad. Ya estábamos andando a la sombra de los edificios de la granja.

—Las vacas tienen buen aspecto —dije cortésmente, mirando por una puerta abierta.

En la penumbra del establo seis grupas grises manchadas de excremento seco se ofrecían en fila a nuestra vista. Seis largas colas se meneaban con impaciencia de un lado a otro. Fabio se limitó a responder con un gruñido.

—En cualquier caso —comenzó a decir después de un rato de silencio— ya no puede vivir muchos años. Venderé mi parte y me iré a América del Sur, con familia o sin familia…

Aquello era simplemente una amenaza contra su destino. Una amenaza cuya ineficacia no se le podía ocultar. Fabio estaba engañándose a sí mismo para no desesperar.

—Veo —dije aprovechando una coyuntura favorable para cambiar la conversación— que ha puesto usted su fábrica después de todo.

Habíamos llegado al costado más lejano del gran patio. A través de las ventanas del cobertizo bajo y alargado, vacío la primera vez que estuve allí, vi complicadas máquinas, alineadas en dos hileras que iban de uno a otro extremo de todo el edificio.

—Son telares, ¿no? Entonces es que decidió usted dedicarse a la seda y no a los quesos. ¿Y los frescos?

Me volví hacia él. Se apoderó de mí el miedo de que cuando volviéramos a la casa encontraría el gran vestíbulo despojado de la obra de Veronés, y que en donde antes me deleitó la historia de Eros y Psiquis, ahora solamente hubiera un muro blanco y desnudo.

—¿Los frescos? Allí están.

A pesar de la cara apesadumbrada de Fabio, sentí una gran alegría. Fabio continuó:

—Pude convencer a mi padre de que vendiera algunas de sus casas de Padua, y empezamos con los telares hace dos años. Nada más iniciar el asunto, estalló la revolución comunista.

El pobre Fabio tenía mala suerte. Los campesinos se apoderaron de su fábrica y trataron de hacer otro tanto con las tierras. Permaneció en su casa tres semanas sitiado, defendiéndola con veinte fascistas contra la población campesina de los contornos. El peligro ya había pasado, pero las máquinas estaban rotas y, en cualquier caso, no había que pensar en ponerlas en marcha; aún estaba el ambiente demasiado caldeado para ello. Lo que hacía que a Fabio le costara todavía más trabajo el resignarse era que su hermano Lucio, que también logró algo de capital de su padre, se había ido a Bulgaria, en donde lo había invertido en una fábrica de cordones de zapatos. Era la única fábrica de cordones de zapatos que había en el país y Lucio estaba ganando el dinero a montones. Libre como un pájaro, y con una amiguita turca y encantadora.

—Una turca, una vera turca —repetía una y otra vez Fabio sacudiendo la cabeza. La infiel simbolizaba para él todo lo exótico, todo cuanto existía al margen de las convenciones, todo lo que no era doméstico: en suma, todo lo que no era familia, todo lo que no era Padua y la finca.

—Y eran unas máquinas magníficas —dijo Fabio, deteniéndose para mirar durante unos instantes por la última ventana—. No sé si venderlas o si esperar a que pase la tormenta y repararlas —se encogió de hombros con gesto de desesperación—. O si dejar que las cosas sigan así hasta que se muera mi padre.

Doblamos la esquina del gran patio y echamos a andar hacia la casa.

—Algunas veces —añadió pasados unos segundos— creo que no se va a morir nunca…

Los niños estaban jugando en el gran vestíbulo de Veronés. La majestuosa puerta de dos hojas que daba al pórtico estaba entreabierta. Pudimos observarlos durante algún tiempo sin ser vistos por ellos. Toda la familia estaba formada en orden de batalla. Iba en vanguardia un muchacho pelirrojo de diez u once años; le seguía otro de pelo castaño. A continuación iban tres niñas, de tamaño en disminución, como las perlas elegidas de un collar, y cerraba la marcha una criatura de paso aún vacilante, con unos graciosos pantalones azules de hilo. Todos ellos llevaban cañas de bambú al hombro y todos iban cantando en coro y algo desafinadamente unas palabras que repetían una y otra vez al son de una especie de toques de cometa de tres notas; All’armi i fascisti; a morte i comunisti; a basso i socialisti. Según cantaban daban vueltas y más vueltas con persistencia incansable y evidente convicción. El inmenso vestíbulo deshabitado resonaba como una piscina de natación cerrada. Las damas vestidas de seda y los caballeros, impertérritos bajo los arcos triunfales, habitantes de su sereno mundo de fantástica belleza, tañían sus instrumentos, bebían; el poeta trovaba; el pintor, con el pincel suspendido sobre el lienzo, contemplaba su obra; los moros jugueteaban entre las ruinas romanas; los loros dormitaban en la balaustrada. All’armi i fascisti; a morte i comunisti… Me hubiera gustado permanecer allí en silencio, nada más que para ver cuánto tiempo continuarían los niños su desfile patriótico. Pero Fabio carecía de mi curiosidad científica, o si alguna vez la tuvo, se desgastó antes que naciera su último hijo. Después de contemplar un momento el espectáculo, empujó la puerta y entró. Los niños volvieron sus cabezas y enmudecieron inmediatamente. El mal genio de Fabio, combinado con su teoría de la educación a base de hacer rabiar a los niños, había logrado que sus hijos le temieran de manera intensa.

—Seguid, seguid —les dijo.

Pero los niños no quisieron; probablemente no pudieron en presencia de su temido padre. Desaparecieron.

Fabio me condujo alrededor del vestíbulo mostrándome los frescos.

—Mire aquí —me dijo— y mire aquí.

En uno de los lienzos de pared se veían seis o siete balazos. A una de las cornisas pintadas le faltaba un pedazo; una de las damas estaba horriblemente herida en la cara; el paisaje mostraba dos o tres agujeros, y la cola de un mono aparecía cortada por un balazo.

—Obra de nuestros amigos, los campesinos —me explicó.

En las salas de Carpioni no había novedad; los sátiros continuaban persiguiendo a las ninfas. Y en la sala de los centauros y las sirenas los hombres que eran medio caballos seguían galopando tumultuosamente en el mar, para acosar amorosamente a las que eran peces y mujeres por partes iguales. Pero la historia de Eros y Psiquis había sufrido horribles mutilaciones. La exquisita obra pintada por Tiépolo en que se veía a Psiquis mirando a su misterioso amante a la luz de una lámpara, no era más que un borrón mohoso. Y allí donde el joven dios alzaba irritado el vuelo para volver junto a sus parientes olímpicos (los cuales, afortunadamente, seguían flotando incólumes por entre las nubes del techo) ya no se veía más que un desvaído fantasma del Cupido ascendente; y a la llorosa Psiquis, abandonada en la tierra, no se la veía por ninguna parte.

—Obra de nuestros amigos, los franceses —dijo Fabio—. Se alojaron aquí en 1918 y no se tomaron la molestia de cerrar las ventanas cuando llovía.

¡Pobre Fabio! Todo se ponía en contra suya. No se me ocurrió nada que decir para consolarle. Aquel otoño le mandé un crítico de arte y tres americanos, pero sin éxito. Lo que pasaba es que ofrecía demasiado. Si hubiera sido un cuadro, un cuadro siempre es fácil de colocar. Pero ¿qué se podía hacer con una casa llena de frescos como aquéllos?

Fueron pasando los meses. En Pascua del año siguiente recibí otra carta suya. La cosecha de aceituna había sido muy mala. La condesa estaba esperando un niño y no se encontraba nada bien. Los dos niños mayores estaban en cama con sarampión y el penúltimo tenía lo que los italianos llaman «tos de burro». Dudaba mucho de qué mereciera la pena reparar los telares y volver a ponerlos en explotación; el mercado de la seda se mostraba vacilante y no se asemejaba en absoluto al de 1919. Lamentaba no haber persistido en su idea original; la de los quesos. Lucio acababa de ganar cincuenta mil liras gracias a un golpe de suerte en la Bolsa. Pero la turca se le había escapado con un rumano. El viejo conde decaía a ojos vistas; la última vez que le vio Fabio, le había contado la misma anécdota tres veces en diez minutos. Con estas dos últimas buenas noticias, pues supongo que lo eran para él, como dos lucecillas de esperanza que brillasen en medio de las tinieblas que envolvían todo lo demás, Fabio acababa su carta. En verdad que no comprendo por qué se tomaba la molestia de escribirme. Tal vez encontrase una especie de consuelo doloroso en enumerar de aquella manera todas sus calamidades.

Aquel otoño se celebró en Salzburgo un festival musical. Yo no había estado nunca en Austria y la ocasión de visitarla me pareció oportuna. Fui y disfruté extraordinariamente. Salzburgo está de moda. Tiene iglesias barrocas en abundancia; tiene fuentes italianas; sus jardines y palacios imitan con su grandeza teutona y extravagante los jardines y palacios de Roma. Y sobre todo, hay allí un túnel de cuarenta pies de alto, taladrado a través de rocas que se asoman a precipicios, un túnel que únicamente pudo ser concebido por un príncipe obispo del siglo XVII, a ambos extremos del cual se alzan sendos arcos triunfales, con pilastras, tímpanos quebrados, estatuas y escudos, todos ellos labrados en la roca viva; obra maestra de la tunelería, y en una ciudad en la cual todo, sin ser verdaderamente de valor, es «divertido»; lo más divertido de cuánto contiene es, sin duda alguna, el túnel. Desde luego, Salzburgo está de moda.

Una tarde subí al castillo en el funicular. Hay allí una cervecería instalada en una de las terrazas, al amparo de las murallas, desde las cuales puede disfrutarse de una vista que el Baedeker recomienda con una estrella. Se ve la ciudad desde uno de los lados, extendida sobre el valle curvado, con un río que la atraviesa. Parece una versión en miniatura y alemana de Florencia. Desde el otro lado se contempla un panorama que no pretende en absoluto remedar lo italiano. Es de romanticismo alemán y dulce, como un aire tomado del Freischiitz de Weber. Se alzan en el horizonte unas montañas tan arriscadas y azulinas como las de cualquier postal; y en primer término, extendiéndose hasta el mismo pie de las inverosímiles rocosidades sobre las que está edificado el castillo, con su cervecería, se extiende una llanura verde; kilómetros y más kilómetros de jugosas praderas, salpicadas de vaquitas diminutas, con alguna que otra granja de juguete o, lo que es menos frecuente, con un grupito de casas de muñecas sobre el que se alza brillando al sol la espadaña de una iglesia.

Estaba yo sentado con un vaso de cerveza rubia ante este paisaje encantador y ligeramente cómico, pensando muy agradablemente en nada, cuando escuché una voz que decía, muy cerca de mí: Bello! Bello! Volví la cabeza con curiosidad, pues se me antojó insólito oír en aquellos parajes palabras italianas, y vi una de esas mujeres opulentas y admirables que tanto gustan en el Mediodía. Era una bella grassa, cuya riqueza de curvas se acercaba peligrosamente a la gordura excesiva, y de edad cercana a lo inconfesable; pero no obstante, de aspecto impresionante. Tenía su cara las proporciones de un iceberg —una quinta parte sobre el agua; el resto, sumergido—. Grande y florida desde los ojos para abajo, apenas tenía frente. El pelo le crecía casi a continuación de las cejas. Los ojos eran oscuros, grandes y, para mi gusto, de expresión excesivamente tierna. La miré durante irnos segundos, que me bastaron para ver todo esto, y volví la vista hacia su acompañante, que había estado contemplando el paisaje desde el otro parapeto. Se volvió. Era el viejo conde.

Creo que el encuentro me causó a mí más embarazo que a él. Sentí que el rubor me subía a la cara, como si fuera yo quien estuviera recorriendo el mundo con una Colombella y él el que me había sorprendido. No supe qué hacer, si sonreír y hablarle, o si volver la cabeza como si no le hubiera reconocido, o si saludarle con una inclinación de cabeza para desaparecer acto seguido. Pero el conde puso fin a mis vacilaciones al pronunciar con asombro mi nombre. Vino hacia mí con gran prisa y me estrechó la mano. ¡Qué agradable sorpresa, encontrarme allí! En aquel país dejado de la mano de Dios, aunque era barato, ¿verdad que era barato? Me iba a presentar a una encantadora compatriota suya que había conocido el día antes en el tren de Viena.

Fui presentado a la Colombella y todos nos sentamos en la mesa que yo ocupaba. El conde, hablando con decisión en italiano, pidió otras dos cervezas. Hablamos. O mejor dicho, habló el conde, pues la conversación fue un monólogo. Nos contó anécdotas de la Italia de hacía cincuenta años; imitó ante nuestros ojos a las extrañas gentes que había conocido; hubo un momento en que llegó a imitar el rebuzno de un borrico, aunque no recuerdo por qué fue esto necesario, pero el rebuzno se me quedó indeleblemente grabado en la memoria. Nos dio a conocer sus opiniones acerca de las mujeres. La Colombella protestaba chillando y se moría de risa. El conde se rizaba el bigote y le sonreía con los ojos enclavados en medio de las mil arrugas finísimas. De vez en cuando se volvía hacia mí y me guiñaba un ojo.

Yo le escuchaba atónito. ¿Era éste el hombre que contaba la misma anécdota tres veces en diez minutos? Le miré. Estaba en aquel momento inclinado hacia la Colombella, susurrándole algo al oído, que hizo que ella riera de tal manera, que tuvo que enjugarse las lágrimas. La mirada del conde se cruzó con la mía. Se sonrió y se encogió de hombros, como si dijera: «¡Estas mujeres! ¡Qué imbéciles y qué deliciosas e indispensables son!». ¿Era aquél el hombre agotado que vi en el café de «Pedrochi» hacía un año? Parecía increíble.

—Bueno, adiós, a rivederci.

Tenían que volver a la ciudad. El funicular esperaba.

—He tenido un verdadero gusto en volver a verle —me dijo el conde estrechándome la mano afectuosamente.

—Y yo a usted. Sobre todo en verle a usted tan bien.

—Sí; ahora me encuentro admirablemente —dijo hinchando el pecho.

—Y joven —continué yo—. Está usted más joven que yo. ¿Qué ha hecho usted?

—¡Aaaah! —respondió ladeando misteriosamente la cabeza.

Más en broma que en serio, le dije:

—Me parece que ha estado usted a ver a Steinach en Viena. Y que le han hecho una operación para rejuvenecerle.

Por toda contestación, el conde se llevó a los labios el índice derecho y luego se lo puso contra la nariz. Y entonces me guiñó un ojo. Inmediatamente después cerró el puño, enderezó el pulgar e hizo un gesto complicado, que estoy seguro estaría preñado de significado vital para cualquier italiano. Para mí, ignorante del lenguaje de los signos, su significado exacto no estuvo demasiado claro. Pero el conde no se ofreció a aclararlo con explicaciones verbales. Se quitó el sombrero sin decir una palabra y volviendo a recomendarme silencio, llevándose el índice a los labios, echó a correr con agilidad pasmosa por la pendiente muy pronunciada que llevaba hasta el funicular, en uno de cuyos cochecitos ya la Colombella había tomado asiento.

*FIN*


“Little Mexican”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

El tío Spencer

 

Conozco a personas que pueden mirar con los ojos de la memoria la larga serie de sus vacaciones infantiles y contemplar paisajes siempre diferentes: onduladas llanuras cubiertas de césped o arriscadas montañas suizas; un mar soleado y azul o la orilla, siempre turbulenta, del océano grisáceo; altozanos crecidos de helechos bajo un cielo nuboso, con una lejana mancha de sol posada sobre un monte, alegre como la felicidad, y, como la felicidad, remota, precaria y mudable, o las serenas aguas de Como, los cipreses y las rosas de Oriente.

Les envidio esta variedad de sus recuerdos. Pues es deseable el haber visto algo del mundo con ojos de niño, desinteresados y poco críticos, que no se fijan sobre lo útil, o bello, o interesante, sino tan solo sobre lo que para un ser que mide un metro y treinta centímetros y no posee conocimiento alguno acerca de la vida o del arte parece tener importancia inmediata. Los mendigos, los paraguas verdes bajo los cuales se cobijan los cocheros, y la bóveda de Brunelleschi, los latrocinios del hotelero y los sepulcros de los Médicis, es lo que impresiona al niño viajero. Tales impresiones, verdad es, no tienen gran valor para nosotros cuando alcanzamos la madurez. (La famosa sabiduría de los niños es más bien fabulosa, y el hombre que estudia el alma de los niños con la esperanza de descubrir los misterios de la de los hombres tiene tantas probabilidades de hallar algo de importancia como quien cree que conseguirá explicar a Beethoven considerando los orígenes salvajes de la Música y de la Religión, o estudiándole en conjunción con el instinto sexual). Sin embargo, es buena cosa haber recibido tales impresiones de niño, aunque no sea más que para comparar (y de esta manera destilar una moraleja filosófica) lo que en determinado lugar vimos cuando teníamos seis o siete años con lo que allí descubrimos a los treinta.

Mis vacaciones carecieron de toda variedad. Desde que fui a mi primer colegio preparatorio hasta el día en que mis padres regresaron definitivamente de la India —tendría yo entonces unos dieciséis o diecisiete años—, todas las pasé con mi tío Spencer. Durante muchos años los únicos lugares de la superficie terrestre de que tuve conocimiento fueron Eastbourne, en donde estaba mi colegio; Dover (limitado al puerto y a la estación), en donde solía embarcar; Ostende, en donde me esperaba tío Spencer; Bruselas, en donde cambiábamos de tren; y, por fin, Longres y Limburgo, en donde mi tío era propietario de una fábrica de azúcar, la cual, su madre y abuela mía, había heredado a su vez de su padre belga. Allí vivía mi tío.

Asomado a la borda del vapor, según éste avanzaba lentamente de popa a lo largo del angosto canal del puerto de Ostende, solía yo escrutar afanosamente la multitud que aguardaba sobre el muelle, procurando descubrir entre el gentío la pequeña y familiar figura de mi tío. Y allí estaba invariablemente, agitando su pañuelo de seda y multicolor, gritándome saludos y recomendaciones que yo no podía oír, estorbando a mozos y empleados, inquieto, con una impaciencia que apenas podía dominar detrás de la barrera. Por fin, medio aplastado y casi asfixiado entre hombres y mujeres —a quienes el proceso de desembarcar transformaba, como por malévola magia digna de Circe, en bestias ciegas, irracionales y feroces—, lograba llegar al muelle, con mi pequeña maleta en una mano y sujetándome con la otra el sombrero. Si era verano, se trataba de un sombrero de paja, de cinta abigarrada, que mostraba los «colores» de mi colegio; si era invierno, era un absurdo sombrero hongo, cuya amelonada copa, encasquetada hasta las orejas, me daba el aspecto de la caricatura de un niño que se las echa de persona mayor.

—¡Vaya, vaya! ¡Ya estás aquí! —decía mi tío Spencer, al tiempo que me arrebataba el maletín—. Habéis llegado con once minutos de retraso.

Nos alejábamos apresuradamente hacia la Aduana, como si nuestra vida dependiera de llegar a ella antes que los demás bestializados viajeros.

La primera vez que salí del colegio preparatorio para pasar las vacaciones con mi tío, tendría éste unos cuarenta años. Era delgado, más bien bajo, muy rápido, ágil e impulsivo de movimientos, de pies pequeños y manos delicadas de poco tamaño. Tenía la cara estrecha, de facciones acusadas, expresiva y aquilina; los ojos, oscuros y de brillo extraordinario, en hondas cuencas, bajo cejas muy prominentes; el pelo lo tenía negro, y lo llevaba largo y peinado hacia atrás. Le comenzaba a grisear por los lados, y hacía el efecto de tener dos alas grises plegadas contra el cráneo encima de las orejas, hasta el punto de que al mirarle recordaba a Mercurio con su alado gorro.

—¡Date prisa! —me decía mientras yo corría en pos de él—. ¡Date prisa!

Naturalmente, la prisa era completamente inútil, pues después de ser examinado mi maletín, teníamos que aguardar la llegada de mi baúl facturado. Esta espera constituía para mi tío una verdadera tortura. Pues aunque teníamos reservados los asientos en el expreso de Bruselas, y aunque sabía él que el tren no saldría sin nosotros, esta certidumbre intelectual no bastaba para calmar su apasionada impaciencia ni para contrarrestar sus temores instintivos.

—¡Qué calma más espantosa! —repetía sin cesar—. ¡Qué calma!

Miraba por centésima vez su reloj, y tomaba a preguntar al centinela apostado a la entrada de la Aduana.

Dites-moi, le grand bagage…?

Hasta que el hombre, exasperado por estas preguntas, contestaba con grosero desabrimiento. Entonces, ofendido mi tío, le llamaba mal élevé y grosier personnage, lo que provocaba profunda ira en el centinela, pero desahogaba a mi tío; pues después de uno de estos exabruptos era capaz de esperar pacientemente unos cinco minutos y de olvidar su preocupación por el baúl, hasta el punto de comenzar a hablarme de otros asuntos, preguntándome por mis progresos durante el curso, mi puntuación media en el cricket, si me gustaba el latín y si Don Truenos, como llamábamos al director del colegio a causa de su bien timbrada voz de barítono, continuaba teniendo tan mal genio como de costumbre.

Pero pasados cinco minutos, si el baúl no había aparecido, mi tío comenzaba a mirar una vez más su reloj.

—¡Es un escándalo esta lentitud! —decía. Y dirigiéndose a otro empleado, añadía—: Dites-moi, Monsieur, le grand bagage…?

Mas cuando nos encontrábamos instalados en el tren y nada le impedía dar rienda suelta a la amabilidad y la simpatía de su buen natural, mi tío Spencer se mostraba encantador y gentil, dedicándose a mí por completo.

—¡Mira! —decía; y sacaba del bolsillo del gabán un paquete húmedo y de gran tamaño, de cuya existencia ya mi nariz me había advertido.

—¿A qué no sabes lo que hay aquí?

—Quisquillas —respondía yo sin dudarlo.

Y quisquillas eran; un kilo. Sentados el uno enfrente del otro, en sendas esquinas del compartimiento de primera clase, con la mesita plegable entre los dos y las rosadas quisquillas sobre ella, íbamos comiéndolas con gusto indescriptible, y arrojando los róseos caparazones, las colas y las cabezas, luego de succionarlas, por la ventanilla. Las llanuras flamencas pasaban velozmente ante nuestros ojos. Las hileras dobles de álamos, plantadas a lo largo de los canales y en las márgenes de los caminos, nos acompañaban, si nuestra marcha coincidía con la suya, o si las cruzábamos verticalmente, nos ofrecían durante un segundo una vista de la llanura del Hobbema. Ahora, las espadañas y torres de Brujas nos saludaban desde lejos; una docena más de quisquillas y entrábamos rugiendo en su estación, tenebrosa y ojival, en honor de Memling y del pasado gótico. Para cuando habíamos comido otro hectogramo de quisquillas, el barrio moderno de Gante nos recordaba que el Arte solo tiene cinco arias y ha sido inventado en Viena. En Alost humeaban las chimeneas de las fábricas; y antes que nos diéramos cuenta del lugar en donde nos encontrábamos, llegábamos a las afueras de Bruselas, con doscientos o trescientos gramos de mariscos aún sobre la mesa.

—¡Date prisa! —me decía mi tío, amenazado de un nuevo paroxismo de prisa—. ¡Tenemos que acabar antes de llegar a Bruselas!

Durante las últimas cinco millas las comíamos sin descanso, con caparazón y todo; apenas teníamos tiempo para escupir las cabezas y las colas.

—No hay nada como las quisquillas —decía mi tío Spencer invariablemente, cuando el tren entraba lentamente en la estación de Bruselas y salían por la ventanilla las últimas colas y las postreras antenas envueltas en el papel—. No hay nada como las quisquillas cuando el cerebro está cansado. Es el fósforo que tienen, ¿sabes? Después de tus exámenes de final de curso, te sentarán bien —decía dándome unas cariñosas palmaditas en la espalda.

¡Cuántas veces he repetido con fe inconmovible las palabras de mi tío! «Es el fósforo», les aseguro a mis amigos cansados cuando les insto a que coman a base de mariscos y crustáceos. Me salen estas palabras espontáneamente; la opinión de que ostras y camarones son remedio eficaz del agotamiento cerebral es una de mis creencias fundamentales e instintivas, por así decirlo. Pero algunas veces, cuando digo esas palabras, pienso súbitamente en mi tío Spencer. Vuelvo a verle sentado frente a mí, en un asiento de esquina del expreso de Bruselas, con sus ojos refulgentes, su cara afilada, que se mueve expresivamente al hablar, mientras los dedos nerviosos van arrancando los róseos caparazones, o con gesto displicente arrojan cabezuelas bigotudas sobre el paisaje flamenco que comienza al otro lado de la ventanilla. Y cuando le recuerdo, mi fe en las palabras que acabo de pronunciar disminuye; y me pregunto, con algo parecido al desasosiego, cuántos otros vestigios del espíritu de mi tío perdurarán todavía en mi alma sin saberlo yo.

¡Cuántas de nuestras creencias —más graves que esa según la cual los camarones estimulan un cerebro cansado— tienen un origen fortuito y mucho más indigno de fe que mi tío Spencer! Nos encontramos incluso con hombres de inteligencia indudable que mantienen ciertas opiniones acerca de asuntos determinados, las cuales les fueron inculcadas durante su niñez por niñeras o mozos de cuadra. Y hasta los últimos momentos de nuestra adolescencia, y aun después, seres queridos y admirados, cuyas palabras se imprimen irresistiblemente sobre nuestras mentes, logran hacer generar en nosotros creencias que la razón no osa examinar, y que aunque estén en desacuerdo con el resto de nuestras opiniones, persisten junto a éstas, sin que nunca advirtamos la contradicción entre los dos sistemas de pensamientos. Así ocurre que un muchacho de ideas independientes, hijo de un distinguido funcionario de la India, será vehemente apóstol de la libertad y del derecho a la independencia de los pueblos, y simultáneamente defenderá la tesis de que los indios son, y siempre serán, totalmente incapaces de gobernarse a sí mismos. Y un crítico de arte con muy sesudas ideas sobre Vlaminck y Marie Laurencin elogiará como magistral y con entusiasmo elocuente —y lo hará sinceramente— la obra de un artista cuya pintura sin nervio y presuntuosa de los paisajes de Toscana solía encantar de joven a una vieja ya fallecida, a quien el crítico quería y admiraba profundamente.

Cuando yo era muchacho, mi tío Spencer era para mí uno de esos seres admirados cuyas opiniones poseen valor ultraterreno para sus admirados oyentes. Durante muchos años, mis más fervientes creencias fueron las suyas. Las opiniones que fui formándome por mi cuenta las sostenía con menos seguridad y ardor, pues eran, después de todo, frutos de mi juicio y de mis observaciones, progenie enteca de mi raciocinio, mientras que las opiniones heredadas de mi tío —tales como las virtudes reparadoras de los camarones— nada tenían que ver con mi razón, sino que fueron plantadas directamente en las profundidades de mi subconsciencia, en donde dijérase que se habían adherido como rémoras a la misma quilla y casco de mi mente. Tengo la esperanza de haber logrado deshacerme de casi todas; pero ha sido labor larga y dolorosa. Es posible, empero, que aún quede buen número de ellas, tan profundamente ocultas y tan esencialmente integrantes de mi ser, que no me es posible darme cuenta de su existencia. Y bajaré a mi tumba expresando juicios, sosteniendo opiniones y considerando ciertas cosas y actos de cierto modo. Y el modo, las opiniones y los juicios no serán míos, sino de mi tío Spencer. Las tenebrosas cámaras de mi mente jamás lograrán liberarse de la presencia del duende fulguroso, inconsistente e inquieto de mi tío.

Hay gentes cuyos hábitos mentales cualquier muchacho pudiera adoptar con notoria ventaja para él. Pero mi tío Spencer no era de ellos. Su muy dinámica mente saltaba velozmente de una cosa a otra de manera harto indisciplinada y asistemática para que pudiera aceptársela como mentora segura de un entendimiento inexperto. Su veloz lógica se mostraba demasiado dispuesta a sacar conclusiones de premisas falsas, que aceptaba como verdaderas con prontitud y entusiasmo excesivos. Vivía en soledad, por lo cual ha de entenderse soledad mental, pues aunque no era ningún recluso y participaba en todas las funciones sociales que podía, la Comunidad de Londres no era capaz de ofrecerle compañía de un alto nivel intelectual. Esta soledad le permitía dar rienda suelta a la ingénita extravagancia de su intelecto. Al no tener a nadie que le frenara o dirigiera, se lanzaba irreflexivamente por caminos intelectuales que no le conducían a ninguna parte, excepto a para meras plagadas de errores. Cuando, pasados muchos años, solía yo entretener mis ocios los domingos por la tarde escuchando las peroratas de los oradores callejeros de Marble Arch, recordaba con frecuencia a mi tío Spencer. Pues éstos, como mi tío, vivían en soledad mental, aislados de las ideas del mundo contemporáneo, ignorantes por completo de la existencia de la ciencia sistemática y organizada, o conocedores de ella de manera imperfecta que para nada les servía, sin saber en dónde encontrar los almacenes que acumulan los conocimientos humanos. He hablado en el parque con estudiantes bíblicos, a quienes he oído decir con orgullo que durante el día remendaban zapatos o vendían queso, y de noche estudiaban arameo y las obras de los exegetas. Y me han hecho sentir vergüenza de mi pereza y del poco fruto que he sacado de mis oportunidades. Estos humildes eruditos, que buscan heroicamente la luz de la sabiduría, son figuras nobles y conmovedoras; pero, ¡ay, qué frecuentemente son también patéticamente ridículas! Pues los exegetas que mis estudiantes bíblicos acostumbraban leer y considerar, siempre eran autoridades anticuadas, carentes de valor hacía ya setenta y cinco años, eruditos de la fenecida escuela de Tübingen o intérpretes literales e iluminados. Sus autoridades eran siempre anteriores al establecimiento de la investigación histórica moderna; su filosofía era fabulosa y trasnochada; su geología aducía pruebas irrefutables de la existencia de la Atlántida; su fisiología, cuando eran ateos, era de anticuada orientación mecanística, y cuando eran creyentes, sencillamente providencial. Toda su voluntariosa laboriosidad, todos sus años de lucha heroica, eran completamente inútiles. Inútiles para el aumento de los conocimientos humanos, pero no inútiles para ellos, puesto que su trabajo y su ambición desinteresada les habían proporcionado muchas horas de felicidad.

Espiritualmente considerado, mi tío Spencer era primo hermano de estos oradores y críticos callejeros de Hyde Park. Compartía con ellos su pasión por la sabiduría y las ideas profundas; pero no contento, como ellos, con dedicarse concentradamente a un solo asunto, como la Biblia, se rendía a la tentación de las más varias disciplinas. El campo de su interés abarcaba los amplios dominios de la Historia, de la Ciencia (o de lo que mi tío creía que era la Ciencia), la Filosofía, la Religión y el Arte. También estaba dotado de gran industria, aunque su sistema de trabajar era indisciplinado, inconstante y poco sostenido, pues se lanzaba apasionadamente al estudio de un asunto para luego abandonarlo y correr en pos de cualquier otro que se le antojaba más interesante en aquel momento. Como ellos, aunque en menor grado, pues fue su educación mejor (aunque no mucho mejor, ya que nunca se había sentado en aulas más provechosas que las de uno de nuestros más famosos, elegantes y absurdos colegios), demostraba una vastísima ignorancia del pensamiento contemporáneo y una fe ciega en autoridades que cualquier hombre educado de manera más sistemática calificaría de anticuadas y evidentemente inútiles. A todo esto añadía una profunda ignorancia hasta de los métodos mediante los cuales es posible conseguir conocimientos más exactos, o por lo menos más «modernos» o de moda, acerca del Universo.

Mi tío Spencer tenía opiniones formadas y poseía conocimientos acerca de cualquier tema que su interlocutor quisiera mencionar; pero sus conocimientos eran casi invariablemente errados, y los juicios que sobre tales datos formaba eran fantásticos. ¡Qué cosas le he escuchado en el expreso de Bruselas, separados el uno del otro por el coralino montón de quisquillas sobre la mesita plegable! Aún recuerdo fragmentos de su conversación:

—En Lombardía crecen cipreses plantados por Julio César.

—La raza humana desciende de los pigmeos. Adán fue negro y medía cuatro pies.

Similia similibus curantur. ¿Sabes ya bastante latín para entender lo que eso quiere decir?

Mi tío Spencer era apasionado partidario de la homeopatía, y las palabras de Hahnemann eran para él una especie de fórmula mágica parecida a las jaculatorias paganas desprovistas de sentido, que repetida una y otra vez le producía gran satisfacción espiritual.

Me acuerdo aún de que una vez, según pasábamos por la fabulosa estación nueva de Gante —la única que, quince o dieciséis años más tarde, había yo de contemplar destruida por el invasor derrotado—, vimos un pelotón de soldados en el andén, lo que le llevó a explicarme cómo cierto profesor alemán había demostrado matemáticamente, mediante la ciencia balística y la teoría de las probabilidades, que la guerra se había hecho imposible, pues los modernos rifles de tiro rápido y las ametralladoras estaban tan perfeccionados, que resultaba «cien-tí-fi-ca-men-te imposible», como decía mi tío, que un grupo de hombres lograra conservar la vida en una milla a la redonda de un número suficientemente elevado de ametralladoras que se movieran en semicírculo y dispararan sin cesar. Mientras fui muchacho, nunca me abandonó la consoladora seguridad de que la guerra había pasado a la Historia.

Algunas veces me hablaba seriamente, por encima de los camarones, acerca de las cosmogonías de Boehme o de Swedenborg. Pero tales temas eran demasiado abstrusos y no los asimilé en absoluto. A pesar de la gran influencia que mi tío tenía sobre mi mente, nunca logró inyectarme sus entusiasmos místicos. Estas orgías mentales fueron las calaveradas de joven de mi tío. Como reacción contra la severidad ortodoxa en que fue educado, en lugar de lanzarse al vicio, a la crápula y al ateísmo, cayó en manos de Swedenborg. Había conservado, como herencia de la prosperidad del siglo XIX, que conoció de joven, un optimismo sencillo, una gran fe en el progreso y en la superioridad de lo moderno sobre lo antiguo, junto con una ignorancia muy útil sobre las cosas cuyo análisis demasiado pausado pudiera resultar conturbador. Esta filosofía la absorbí yo fácil y copiosamente con los pequeños crustáceos; mis ideas acerca del Universo y del destino del hombre eran en aquellos tiempos tan rosadas como las quisquillas.

Hasta las siete o las ocho no llegábamos a nuestro destino. El coche de mi tío, landó o berlina, según la estación del año y el tiempo que reinara, nos aguardaba en la estación. Subíamos a él y nos alejábamos rodando sobre las llantas de goma en un silencio que casi parecía mágico en comparación con el estrépito que hacían los coches de alquiler y los carros sobre el empedrado de la rué de la Gare, calle larga y melancólica. Incluso en invierno nada se veía en ella, excepto algún farol aislado, pintado de verde, rodeado de un pequeño universo de acera, pared de ladrillo y una ventana cerrada, universo creado por la luz del farol, de la cual dependía en las tinieblas que lo rodeaban. La rué de la Gare era una calle deprimente, demasiado larga y demasiado recta. En verano, cuando las melancólicas casas de ladrillo que la formaban se mostraban a la luz del crepúsculo, cuando el polvo y los papeles la recorrían impulsados por las bocanadas de viento con olor a rancio, entonces la calle parecía aún más larga y desagradable. Pero el contraste entre su sordidez y la Grand’Place, fresca y amplia, en la cual desembocábamos luego de lo que parecían mil revueltas preparatorias y estudiadas a lo largo de las calles antiguas, resultaba doblemente agradable y consolador. Como un barco que sale de la angostura tenebrosa de un canal formado por altísimos acantilados a un vasto lago soleado, igual entraba nuestro coche en la Grand’Place. El momento era solemne; lo aguardábamos conteniendo la respiración. Tenía algo de teatral; como si flotásemos sobre el pausado gemir de oboes y trombones y rodeados por la ansiedad trémula y amorosa de los violines, deslizándonos en silencio, sin tropiezo, gracias al funcionamiento perfecto de los recursos y artilugios escénicos, para llegar a un vasto e infinito escenario, en el cual, tan pronto como llegáramos a su centro, comenzarían a ocurrir súbitamente las cosas más peregrinas y asombrosas: un derramarse integral de la orquesta, desde el contrabajo y el trombón al flautín, desde los fagots al címbalo, que acompañaría a tenor y soprano en un dúo jamás escuchado en ópera hasta aquel instante.

Pero cuando llegaba el momento, nuestra entrada no resultaba tan dramática. Se daba uno cuenta de que se había equivocado de ópera; aquello no era Parsifal ni Rigoletto, era Peleas, o quizá Romeo y Julieta en el pueblo. Pues nada tenía la plaza de Londres de wagneriano o de fulgor italiano. La luz del crepúsculo era rosada y bañaba las torres; las sombras de los paseantes se alargaban hasta cubrir con su longitud casi la mitad de la plaza, y en la vastedad de ésta el crepúsculo encontraba sitio suficiente para mostrarse callado y hacer sentir su frescura. La iglesia gótica tenía una aguda aguja; el seminario, junto a ella, una torre, y el «Hotel de Ville», pequeño y del siglo XVII, un esbelto campanario, que se alzaba en medio de aquel gran espacio abierto como si no temiera que le miraran desde todas partes. Todo ello era un milagro de arquitectura alegre y severa. Las casas que daban a la plaza tenían, cierto es, caras bien sencillas, burguesas e ingenuas; pero no por ello desprovistas de cierta belleza ni carentes de una elegancia provinciana y natural. Entrábamos, digo, flotando, y las notas suspensas de los oboes, en lugar de acabar en un estallido de armonía polifónica y grandiosa, se alargaban jugosamente en aquella belleza nocherniega, se deleitaban apaciblemente en la rosada media luz y meditaban entre las sombras graciosamente estiradas; los violines cesaban de temblar, emocionados, e hinchiendo sus voces la hacían subir, como ascienden la luz y las torres aguzadas, hacia el sereno firmamento.

Si el reloj daba la hora en el momento en que entrábamos, ¡qué encantadoramente armonizaban las notas del carillón con la música imaginaria! A la hora en punto las campanas de la alta torre municipal tocaban un minué y luego un trío, campanudo y cortesano como la primera pieza de un Boccherini infante, el cual duraba hasta que pasaban tres minutos de la hora. Marcaba las medias con una tonada patriótica de no menor duración. Pero al dar los cuartos, las campanadas se limitaban a iniciar una canción. Luego de tres o cuatro compases, la música se interrumpía, y el oyente quedaba preguntándose cómo continuaría aquello, atribuyendo al fragmento mutilado un soberbio florecimiento en el silencio musical y melancólico, una contumacia inesperada que lo tornaría en un todo de encanto distinto al de las piezas tocadas en su integridad, el cual consistía precisamente en su anticuada mediocridad, en la dulzura airosa, quebrada y temblona de las campanas que las tocaban y en los defectos del mecanismo, que daban al ritmo la extraña e imprevisible irregularidad de un pianista infantil que, con la lengua presa entre los dientes y los ojos saltando desasosegados desde las notas impresas a las teclas, ataca trabajosamente la inmaculada regularidad de El alegre labriego.

Esta música de carillón, regular y reiterada, era —y es, pues el invasor respetó las campanas— una característica esencial de Londres, tan personal como la triple silueta de sus torres vista desde lejos entre los álamos, al final de la llanura anchurosa y despejada.

El forastero que oye en Londres por primera vez estos aires musicales y el entrechocar de sus afiladas armonías, que llueven sobre él desde el cielo, nota vibrante tras nota vibrante, mezclándose y confundiéndose en la atmósfera y rodeando la perfilada silueta armónica de un trémulo halo de desacordes, lo escucha con una alegre risa de sorpresa encantada. Al cabo de una o dos horas, el minué, el trío y la tonada patriótica resultaban de sobra conocidos; mientras que los mutilados trozos que anuncian los cuartos se hacen más y más enigmáticos cada vez que se escuchan, más preñados de significado oculto, más dudosos de continuación y más irritantes. La luz rosada va apagándose en las tres torres; los enrevesados artificios góticos de la iglesia se van fundiendo en una única silueta oscura contra el firmamento anochecido; pero el minué y el trío persisten en caer desde la oscuridad infinita, flotando inciertamente sobre los tejados y a lo largo de los campos de la llanura. La tonada patriótica continúa, incluso después de escondido el sol, conmemorando los grandes acontecimientos de 1830. Y los fragmentos intermedios, como apresurados apuntes en el librillo de un genio, siguen suscitando en la mente, con sus esbozados temas de veinte notas, melodías admirables y la posibilidad de mil quinientas variedades. A medianoche, las campanas siguen tañendo; a la una y media, el forastero vuelve a despertar sorprendido; vuelto a la vida a las cuatro menos cuarto, sus especulaciones acerca de las posibles continuaciones de la Sinfonía incompleta le conservan despierto el tiempo suficiente para que escuche el minué y el trío a las cinco, y para que se pregunte cómo le es posible dormir a quien vive en Longres. Pero al cabo de un par de días, él mismo da respuesta a su pregunta durmiendo sin interrupción, a pesar de las ideas musicales entresacadas del libro de apuntes de Beethoven, de las evocaciones más concretas de la niñez de Boccherini y de la Revolución de 1830. La enfermedad crea su propio antibiótico, y la costumbre de escuchar el carillón provoca gradualmente un estado de sordera especial, de la cual gozan crónicamente los habitantes de Longres.

Incluso de muchacho, cuando el insomnio me era desconocido, las campanas me resultaban profundamente enojosas durante mis primeros días de estancia en Longres. La casa de mi tío daba a la Grand’Place, y mi ventana, en el tercer piso, quedaba a unos cuarenta metros del campanario del Ayuntamiento, fuente de música aérea. Boccherini, con sus tres años de edad, bien hubiera podido estar en mi habitación cuando el viento soplaba del Sur, tocando su minué junto a mis orejas. Pero al cabo de dos noches podía martillar sus notas cuando quisiera: ninguna campana de Longres era ya capaz de desvelarme.

Lo que me despertaba todos los sábados por la mañana, a eso de las cuatro y media o las cinco, eran los cerdos, camino del mercado. Fuera menester pasar en Longres un mes compuesto solamente de sábados para adquirir la especial sordera mental capaz de despreciar el estrépito de las ruedas de los carros sobre los guijarros y los chillidos y gruñidos de dos o tres millares de puercos. Y cuando uno miraba por la ventana, ¡qué espectáculo! Toda la plaza aparecía dividida en porquerizas formadas por vallas, y cada una de éstas era un mar turbulento de cerdos rosados y desnudos, que vistos desde la altura parecían una inmensa masa de élan vital bergsoniano en estado de ebullición perpetua. Compradores y vendedores iban y venían por entre las porquerizas, hablando, regateando, punzando con la punta del bastón el tocino y el jamón en potencia. Y cuando el trato quedaba hecho, el dueño entraba en el improvisado corral, perseguía a la víctima y, agarrándola por una correosa oreja y por el fino cordón del rabo, la transportaba a un carro guarnecido de una red, entre gruñidos que acababan por dejar paso a la armonía de un grito sostenido y agudísimo, o quizá la llevaba a otro corral situado a poca distancia. Mi educación inglesa me hacía considerar las molestias causadas a un animal como acciones casi más vituperables que la crueldad para con el prójimo, y recuerdo el horror que el espectáculo me producía. Y otro tanto parece ser que le aconteció al Ejército alemán de ocupación, pues entre 1914 y 1918 estuvo prohibido el alzar del suelo del mercado de Longres a ningún cerdo por oreja y rabo, y quien lo hacía sufría una multa de veinte marcos la primera vez, de cien la segunda y una condena a trabajos forzados en las líneas de comunicación por la tercera. De todas las medidas vejadoras del invasor, sería difícil hallar una que irritase tan profundamente como ésta a los labriegos de Limburgo. Nerón era poco popular con las gentes de Roma, pero no a causa de sus crímenes y vicios, ni por sus tiranías y crueldades, sino porque edificó en el centro de la ciudad un palacio de tal vastedad que estorbaba la entrada a varias carreteras principales. Si le odiaban los romanos, era porque su palacio dorado los obligaba a dar un rodeo de medio kilómetro cada vez que querían ir de tiendas. Las pequeñas libertades a que estamos habituados, el derecho de hacer lo que siempre hemos hecho en asuntos baladíes, suelen ser más apreciados que otras libertades más importantes, más abstractas y menos inmediatas. E igual ocurre que la mayor parte de los hombres prefieren correr el riesgo de enfermar de tifus que tomar unas cuantas precauciones tediosas a las cuales no están acostumbrados. Pero en este caso particular la cosa tenía otra trascendencia: ¿cómo puede transportarse un cerdo si no es agarrándolo por una oreja y el rabo? O se derriba al animal y se le levanta luego agarrándolo de las cuatro patas —operación que apenas es posible, pues el centro de gravedad de un guarro está tan cerca del suelo, que es casi imposible derribarlo—, o es menester rodearlo con los brazos —y esto es lo que las gentes de Longres se veían obligadas a hacer, con gran disgusto— y llevarlo fuertemente apretado contra el seno, con lo que se corre el riesgo de recibir un mordisco en la oreja y se tiene la seguridad de apestar durante el resto del día.

El primer sábado después de la evacuación alemana, los cerdos pasaron una mañana desagradable. Llevar un cerdo suspendido de oreja y rabo era un símbolo visible de la libertad recobrada. Los apenados gruñidos de los cochinos se mezclaron con los vítores de la población y con los trémolos y las armonías disonantes de las campanas, despertados por el carillonero de su silencio de cuatro años.

A las diez acababa el mercado. Desaparecían las vallas, y a no ser por los vestigios que quedaban sobre el empedrado, en cuya limpieza se ocupaban ya los lavadores municipales, hubiera yo podido creer que la escena que había contemplado desde la ventana a la fulgente luz mañanera fue un episodio de una pesadilla soñada.

Pero la plaza tomaba un aspecto más fantástico y de ensueño cuando tenía lugar anualmente, durante la segunda mitad de agosto, la tradicional kermesse . Entonces toda la inmensa plaza se cubría de casetas, de tiovivos que giraban y fulguraban al sol, de pináculos adventicios que competían en altura con las torres permanentes y seculares de la ciudad y desde cuya parte más alta se deslizaba uno, gritando irremediablemente con delicia y terror, por un pulimentado tobogán acaracolado hasta el nivel de la calzada. La plaza aparecía engalanada con globos de alegres colores, con banderas, letreros y anuncios de abigarrada pintura. Un mar policromo batía tumultuosamente contra los grises muros de la iglesia, contra las casas enjalbegadas, contra los ladrillos del seminario, color pardusco, y el estucado y amarillento Municipio. Y un estrépito amorfo, resultante de la fusión de cuatro o cinco órganos, de las voces del gentío, de trompetas y pitos y platillos percutidos con entusiasmo, de tambores redoblados, de gritos, de llantos infantiles y sonoras risas rústicas, llenaba el ámbito placero hasta los bordes de los tejados; un ruido tan continuo y amorfo, que al cabo de escucharlo desde mi alta ventana, me parecía no existir el tal, sino una nueva clase de silencio, en el cual el tintineo del minué de Boccherini, la tonada patriótica y las sinfonías fragmentarias devenían, por algún oscuro motivo, completamente imposibles de escuchar.

Al caer el sol brotaban las llamas blanquísimas de los mecheros de acetileno y las rojizas de los de gas, cada una de las cuales tallaba en la masa oscura de la noche un día diminuto y particular, en el cual el jolgorio persistía con aumentado estrépito. Las luces artificiales iluminaban las torres y las escalaban hasta la mitad para mezclarse allí con los rayos de luna caídos de lo alto, de tal manera que, contempladas las espadañas desde mi ventana, dijéranse pertenecer en parte a la tierra y en parte al pálido silencio de las alturas. Mas poco a poco, según la noche iba consumiendo sus horas, la luna iba recobrando sus dominios; disminuía el ruido y eran apagadas las luces una a una, hasta que la luna quedaba imperando en soledad, pues las pocas y verdosas llamas de gas que perduraban no pretendían disputarle su autoridad suprema. Suyas eran ya las torres hasta las raíces, y las casetas y los tiovivos embozados en sus lonas, y los toboganes y los columpios, todos vestidos de la librea negra y plateada de la luna señora. Volvían a escucharse las campanas, que en honor de la luna parecían cantar con acento más dulce, más claro y más melancólico.

No siempre contemplaba yo la feria desde mi ventana. Desde el momento en que comenzaban a girar los tiovivos, lo cual ocurría en cuanto acababa la misa de once el penúltimo domingo de agosto, hasta el momento en que recobraban su quietud nocturna, solía yo deambular sin pausa por entre las delicias de la feria. ¡Y qué feria! ¡Qué esplendor el suyo, qué perfección mecánica la de sus columpios, montañas rusas, tiovivos, terrezuelas y demás atracciones! ¡Qué asombrosa riqueza y variedad las de sus barracas! ¡Y qué maravillosa modicidad la de sus tarifas!

Cuando se cansaba uno de resbalar y de columpiarse, de ser golpeado y agitado, era posible ir a ver, por un penique, al hombre que se arrancaba el pellejo a puñados para luego aderezarlo con imperdibles, formando vistosos pliegues y adornos. O podía admirarse a la mujer sin brazos, que abría una botella de champaña con los dedos de los pies y bebía a vuestra salud elevando la copa a los labios con iguales medios. En otra caseta, sobre cuya entrada ondeaban, como símbolo concreto de buena fe, un par de inmensos pantalones femeninos, aparecía sentada la mujer cañón, tan gorda que podía (y lo hacía por cuatro sous extra, si se ha de dar crédito a la noticia que lo anunciaba), según rezaban las frases flamencas, que prefiero dejar en la oscuridad del dialecto; heur gezitch bet heur tiekes wassen.

Cabe la barraca de la mujer cañón había otra mucho más amplia, en la cual el renombrado Monsieur Fígaro, con su esposa y siete hijos, daba ocho o nueve veces diarias una versión dramática de la Pasión de Nuestro Salvador, a cuya representación hasta los sacerdotes estaban autorizados para asistir. La familia Fígaro era conocida del uno al otro confín de la nación desde hacía no sé cuántos años, cuarenta o cincuenta al menos. Pues tratábase de varias generaciones de Fígaros, y si siete niños, encantadores y auténticos, continuaban pisando las tablas escénicas, no ha de suponerse por ello que los siete hijos e hijas originales del viejo Monsieur Fígaro habían conservado milagrosamente una juventud perpetua, sino que, casados y avanzados en años, habían dado el ser a sucesivos pequeños Fígaros de su propiedad, por así decirlo, que a su vez procrearon otros. Y así ocurría que el primero y ya provecto Monsieur Fígaro contaba entre los componentes de su hipotética prole a más de un bisnieto. Tan famoso era Monsieur Fígaro, que se cantaban acerca de él coplas, de las cuales, por desgracia, únicamente retengo en la memoria dos líneas:

 

Et le voilá, et le voilá, Fi-ga-ro,
Le plus comique de la Bélgique, Fi-ga-ro!

 

Pero por qué motivos y en qué época remota fue llamado le plus comique de la Bélgique, jamás pude descubrirlo. Pues el único papel que vi representar al venerable anciano fue el de Caifás. Aquella interpretación de la Pasión es la más conmovedora, o al menos la de mayor y más espeluznante verismo, que recuerdo entre todas las que me ha sido dado presenciar durante mi vida. Hasta tal punto, que las voces de los actores quedaban ahogadas por los sollozos del público, y algunas veces por el penetrante grito de un niño que creía que estaban verdaderamente traspasando con clavos al agraciado y juvenil Fígaro de la tercera generación que tenía a su cargo el papel del Señor.

Yo no dejaba nunca, durante mis primeras ferias, de ir a admirar una vez, y hasta dos y tres, a la familia Fígaro sobre las tablas. Debíase esta asiduidad, en parte, a que desde los nueve a los trece años fui profundamente devoto, y en parte, a que el papel de Magdalena lo representaba una niña de unos doce o trece años, de quien me enamoré terrible y apasionadamente, como tan solo un niño puede enamorarse. Hubiera renunciado a múltiples fortunas y a varios años de vida por tener el valor suficiente para ir a la puerta trasera de la barraca, ya acabada la función, y hablar con la niña. Pero me faltó osadía. Con objeto de justificar mi cortedad, solía decirme que fuera irrespetuosidad palmaria el inmiscuirme en una vida particular que yo juzgaba tan sagrada como la vida pública de la Magdalena, un acto sacrílego comparable al de entrar tocado en el templo. Además, me consolaba diciéndome que de poco me serviría el encontrarme cara a cara con mi amor, pues era más que probable que únicamente hablase el flamenco, y mi sabiduría lingüística, amén de mi idioma, se extendía tan solo a un francés rudimentario y al latín suficiente para entender lo que mi tío quería significar diciendo Similia similibus curantur. Mi pasión por aquella Magdalena duró tres ferias pero desapareció, o más bien terminó fulminada, cuando durante mi cuarta feria acudí anhelante a ver la función de Monsieur Fígaro y vi que la pequeña Magdalena, próxima a cumplir los dieciséis años, se había convertido, cual suele acontecer a las muchachas de esa edad, en un ser de gordura y estupidez rayanas en lo grosero. Mi amor, muerto en el teatro, se trocó en aversión cuando pasados dos días la vi una mañana, antes de la función, paseando en la plaza con una blusa azul oscuro de cuello marinero, un faldón también azul que le llegaba hasta las rodillas y un par de botas de estridente color amarillo que le subían hasta la mitad de las gruesas pantorrillas y las apretaban tan estrechamente que la carne sobrante rebosaba por la parte superior y ocultaba el borde de las botas. Al año siguiente, una bisnieta del anciano Monsieur Fígaro, que apenas tendría siete u ocho años, se hizo cargo del papel de la Magdalena. Mi Magdalena había abandonado la compañía, probablemente para casarse. Todos los Fígaros casaban jóvenes, pues era importante que no hubiera interrupción en el suministro de apóstoles mozos y santas mujeres juveniles. Pero para entonces había desaparecido por completo mi interés en ella, en su familia y en sus representaciones sagradas, pues coincidente con mi quinta feria, si no recuerdo mal, comenzó mi período de ateo, aunque mi ateísmo aún era compatible con el alegre optimismo de mi tío Spencer acerca del Universo.

Mi tío, aunque no le hubiera gustado escuchar tal cosa a nadie, disfrutaba con la feria casi tanto como yo. Agosto era para él el mes mejor del año. Sus treinta y un días le daban menos causas de preocupación, de impaciencia y de enfado que ningún otro. Y así, dejado en paz por un mundo maligno, se encontraba libre para conducirse con toda la animación, alegría y bondad de que era capaz. Y era asombrosa la capacidad que tenía para el ejercicio de esas virtudes. Si hubiera podido vivir en una de esas felices islas en donde la Naturaleza provee cocos y plátanos para todos; en donde el sol brilla a diario y en las cuales unos tatuajes discretos es vestimenta suficiente; en donde el amar es fácil, el comercio desconocido y jamás se ha oído hablar del pecado o del progreso; si mi tío hubiera podido vivir en una de esas islas afortunadas, ¡qué felicidad esencial y qué santidad admirables fueran las suyas! Pero las preocupaciones y los disgustos solían empañar su alegría y atascar las naturalezas salidas de su bondad. Y su natural rápido, nervioso e impulsivo —hontanar burbujeante de alegría amante en los agostos de su vida—, hervía de impaciencia y manaba bilis conturbadora que topaba con la aviesa pasividad de la materia o con la necedad e hipocresía de lo humano.

Su peor época coincidía con las vacaciones de Navidad, pues este período de buena voluntad universal era también, por desgracia, el de mayor actividad en las fábricas de azúcar. Al caer las primeras heladas se recogía la remolacha, y durante tres o cuatro meses, trescientas mil carnosas raíces flotaban diariamente por el laberinto de canalillos que conducían a las máquinas lavadoras y a las formidables cortadoras de la fábrica de mi buen tío. Por cada orificio del inmenso edificio salía un olor dulzón a remolacha cocida, mezclado con el más pungente que despedían los productos secundarios, como la fibra vegetal, que estrujada de jugo era convertida en los pisos altos en pienso ganadero y en las corralizas traseras era trocada en abonos. La actividad durante esos meses de la campaña remolachera era febril y delirante. Una salvaje orgía de trabajo que tenía lugar día y noche, con tres turnos, durante veinticuatro horas diarias. Terminado ese período era cerrada la fábrica, que permanecía durante el resto del año solitaria en medio de los campos, allende los arrabales de la ciudad, desolada como una abadía en ruinas, muerta y muda.

Durante la campaña remolachera, mi tío casi perdía la cabeza. Rodeados por círculos lívidos de agotamiento, sus ojos brillaban como los de un maníaco. Su cara afilada, únicamente mostraba la piel estirada sobre los huesos protuberantes. La contrariedad más pequeña le hacía maldecir y dar patadas impacientes sobre el suelo. Recuerdo que unas vacaciones de Navidad algo le ocurrió a la maquinaria de la fábrica, y las cortadoras y lavadoras estuvieron paradas cinco horas. Mi tío estaba desconocido cuando vino a mediodía para comer. Dijérase que un demonio le había poseído, y únicamente pudo ser arrojado de él tras espantable combate. Estoy convencido de que si la avería hubiera durado una hora más, mi tío habría perdido la razón.

Indudablemente, mi tío no estaba de buen temple en Navidad. Pero cuando llegaban las vacaciones de Pascua florida, ya estaba en plena recuperación. El enloquecedor proceso de fabricación del azúcar dejaba paso al más apacible de venderlo. El buen natural de mi tío hallaba oportunidad de recobrarse. Al llegar agosto, terminación de un verano sosegado, mi tío estaba perfectamente, y la feria le hallaba en su más apacible y dulce estado de ánimo. Mas en setiembre, una animosa ansiedad profética empezaba a ser patente: era menester poner a punto la maquinaria, estudiar el estado del mercado obrero, y cuando el día 20 emprendía mi viaje de regreso al colegio, me despedía de un hombre ceñudo, melancólico y taciturno, que viajaba conmigo desde Longres a Ostende, por Bruselas, y que preocupado por sus pensamientos, me decía adiós afectuosamente desde el muelle, mientras el barco surcaba lentamente la calma ficticia del puerto hacia el amenazador y caprichoso canal de la Mancha.

Mas durante la feria, como ya he dicho, mi tío se mostraba admirable. Gozaba de todo en igual medida que yo y se pasaba largas horas vespertinas deambulando conmigo por entre las casetas y atracciones de la Grand’Place. Creo que lamentaba que su dignidad como exaltado ciudadano de Longres no le permitiera subir conmigo a los tiovivos, los columpios y las montañas rasas. Pero las visitas a las casetas le resultaban compatibles con su dignidad y no dejábamos de entrar en todas. Aunque decía hallar la exhibición de seres insólitos y monstruosos muestra de pésimo y deplorable gusto, no dejaba de llevarme a verlos todos. Uno de los principios cardinales de sus teorías educativas era que los jóvenes deben ser puestos en contacto lo antes posible con las que él llamaba las Realidades de la Vida. Y como evidentemente nada pudiera ser más real que la mujer manca o el hombre que se sujetaba el pellejo con imperdibles, era importante que yo conociera su existencia sin dilación, a pesar del mal gusto de tales exhibiciones. En obediencia a ese mismo principio, unas vacaciones de Pascua mi tío me llevó a visitar el manicomio. Pero la impresión que me hizo aquel edificio inmenso, con aspecto de cárcel, y sus extraños ocupantes (uno de los cuales acostumbraba danzar alrededor mío y manosearme la cara y pellizcarme cariñosamente las pantorrillas), fue tan fuerte y desagradable, que no pude dormir en varias noches, y si lo hacía, me atormentaban tan espantosas pesadillas, que me despertaba gritando y sudando en la oscuridad. Esto hizo que mi tío desistiera de llevarme a ver la sala de disección del hospital.

Entre las casetas de los fenómenos, los tiros al blanco y los juegos de destreza, había puestos en donde podían comprarse bebidas y gollerías. Había un comerciante, por ejemplo, que hacía gran negocio vendiendo por dos sous todos los mejillones crudos que el comprador fuera capaz de engullir sin toser. Cavilante, a causa de los impulsos contradictorios nacidos, respectivamente, de su fe en las virtudes medicinales de los mariscos y de su miedo al tifus, mi tío dudaba si debía permitirme que me gastara un penique. Acababa por concederme permiso para hacerlo. («Es el fósforo que tienen, ¿sabes?»). Ponía yo mi moneda sobre el mostrador, tomaba un mejillón, me lo metía en la boca y tosía violentamente. Estaban tan salados como si fueran originarios del mar Muerto. El astuto vendedor hacía un negocio excelente. No obstante, vi en su cara en ciertas ocasiones una expresión de angustia, pues no todos sus clientes eran tan susceptibles como yo. Había mocetones campesinos capaces de engullir hasta media estera de mejillones sin pestañear. Aunque la sal siempre acababa por vencer al gaznate más resistente.

Como alimento, resultaban más satisfactorias las frituras de manzanas, que eran preparadas a miles en un gran cobertizo de madera que se apoyaba temporalmente contra el Ayuntamiento. La gente de pro, como mi tío y yo, comían la fritura en el relativo aislamiento de un cierto número de cubículos adosados al cobertizo. Mi tío se dirigía resueltamente a nuestro cubículo, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, y me pedía que siguiera su ejemplo y que no demostrara curiosidad por los ocupantes de los demás cubículos, ante cuyas puertas pudiéramos pasar antes de alcanzar el nuestro; me explicaba que al hacerlo de otra manera corría el peligro de que algunas de las familias ocupadas en comer manzanas fritas fueran Negras —Negras, se entiende políticamente, y no consideradas por la etnología—, mientras que nosotros éramos Liberales. Por tanto (pero yo, forastero en Longres, nunca pude apreciar la fuerza de esta deducción), aunque habláramos en el café con Negros varones, y mantuviéramos con ellos relaciones comerciales y aun amistosas, era completamente imposible que conociéramos a las mujeres Negras, ni siquiera en un cubículo y amparados por la virtud de las manzanas fritas. Y por eso no debíamos mirar al interior de las diminutas habitaciones, no fuéramos a ver en ellas a algún apreciado amigo, quien se encontraría en la embarazosa situación de no poder presentamos a su mujer o hijas. Esta ley la acepté sin entenderla, y la juzgué admirable, hasta el día en que descubrí que me prohibía el conocimiento de una siquiera de las once seductoras hijas de Monsieur Moulle. Entonces me pareció una ley estúpida.

Mi tío no gustaba de detenerse ante los puestos de caramelos y bombones. No por cicatería, pues era generoso, y no por pensar que el comer caramelos me sentaría mal, pues tenía creencias profesionales acerca de las virtudes del azúcar. El hecho es que las mercancías expuestas le causaban embarazo. Pues en la feria comenzaban a verse ya algunos de esos objetos de chocolate que desde el día de San Nicolás hasta el día de Año Nuevo llenan los escaparates de todo dulcero en Bélgica. Mi tío había pasado en Longres la tercera parte de su vida; pero al cabo de tantos años, aún era completamente incapaz de disculpar o entender la coprofilia de sus habitantes. El espectáculo de un pequeño pot de chambre de chocolate en el escaparate de una bombonería le teñía las mejillas de rubor, y cuando le pedía yo en la feria que me comprase unas barras de alfeñique o unas bétises de Cambrai, se hacía el desentendido y proseguía su camino. Y esto porque había visto en uno de los estantes más altos del puesto una larga ringlera de vasijas achocolatadas, cuyo aspecto equívoco le hubiera causado indecible angustia si yo hubiese hecho algún comentario ingenuo acerca de ellas mientras el vendedor pesaba la golosina. Y no es que yo hubiera aludido a ellas. Era tan inglés como mi tío, y aún más, pues estaba distanciado de nuestra antepasada flamenca por una generación más que él, aunque la mezcla de sangre nada pudo en contra de su educación anglosajona. Aquellas vasijas morenas también me asombraban y escandalizaban a mí por su inmodestia. Si mi compañero hubiera sido otro muchacho de mi edad, habría señalado a los objetos inmencionable y dejado escapar una risita significativa. Pero acompañado por mi tío, guardaba acerca del asunto un silencio elocuente y preñado de intención; simulaba no verlos, pero tan patentemente culpado era mi silencio, que constituía un estentóreo comentario que llenaba de zozobra a mi infortunado tío. Si hubiéramos podido hablar de ellos, si hubiéramos podido lamentar francamente su existencia y vilipendiar a sus fabricantes, hubiese sido mucho mejor. Pero, evidentemente, no podíamos hacerlo por algún oscuro motivo.

No obstante, con los años aprendí, pues aún era mozo y maleable, a sentir menos pasmo y menos sorpresa dolorida ante los pequeños receptáculos de chocolate y ante las demás manifestaciones de la inmemorial coprofilia de los flamencos. Acabé por aceptarlos como cosa natural, igual que los indígenas, hasta el punto de que cuando san Nicolás atiborraba las tiendas con estos símbolos escatológicos, podía yo comerme una o dos vasijas de aquéllas entre horas, con gusto tan grande como el de cualquier rapaz belga e indiferencia igual a la suya. Pero si mis golosinas de chocolate estaban moldeadas en aquella guisa, las consumía a escondidas de mi pariente. Al pobre le hubiera horrorizado el verme en tales ocasiones.

Por eso, en semejantes coyunturas tomé la costumbre de refugiarme en el cuarto del ama de llaves. En cualquier caso, durante la época de Navidades, en plena campaña azucarera, resultaba preferible sentarme junto a la alegre Mademoiselle Leeauw que a la vera de mi tío Spencer, taciturno, irritable y poseso. Desde un principio, Mademoiselle Leeauw fue una de mis amigas más fieles y dignas de confianza. Cuando la conocí tendría unos treinta y cinco años, y aunque estaba avejentada por una vida de trabajo, aún conservaba en cierto grado la belleza rubia, decidida y regular que poseyó de muchacha. Era hija de un modesto labrador afincado cerca de Longres, y recibió la educación corriente en los pueblos, aunque suplementada en los últimos años por la sabiduría que pudo transmitirle mi tío, quien se ocupaba, con su usual anarquía de criterio y acostumbrado entusiasmo, en cultivar el entendimiento de la mujer. La prestaba libros de su biblioteca y dábale conferencias que versaban sobre aquellas materias que monopolizaran su entusiasmo en cada momento. Mademoiselle Leeauw, al contrario que la mayoría de las mujeres con tales antecedentes, sentía una curiosidad insaciable acerca de la sabiduría misteriosa y fantástica que los ricos y los ociosos conservan encerrada en sus bibliotecas; y no solamente en sus libros (pues ¿acaso no había servido ella muy muchacha en la casa del famoso coleccionista el conde de Zuitigny?), sino también en sus cuadros. Algunos de éstos, me decía Mademoiselle Leeauw, estaban tan mal pintados, y eran de tal descabellado dibujo, tan dispares con la realidad (aunque el conde pagó por ellos crecidas sumas), que pudiera haberlos pintado un niño. Y en las vasijas chinas, y hasta en el diseño de las alfombras, también se almacenaba la sabiduría. Leía con alacridad todo cuanto mi tío le daba, escuchaba embebecida sus palabras; y de resultas de esta asiduidad surgieron en el océano sin límites de su ignorancia, unas islillas de muy extraña sabiduría, diminutos puntitos en la vasta extensión. Llamábase una, por ejemplo, Homeopatía; otra, Construcción-de-bóvedas (asunto sobre el cual mi tío era capaz de hablar durante varias horas seguidas con una erudición tan copiosa como perversa; su tesis era que cualquier albañil capaz de construir el corvo techo de un horno podía edificar cúpulas como las de San Pedro, San Pablo y Santa María dei Fiore, y que, por tanto, las alabanzas dedicadas a Miguel Angel, a Wren y a Brunelleschi eran completamente inmerecidas); una tercera llamábase Antivividisección. Era la cuarta la isla de Swedenborg…

El resultado de las enseñanzas de mi tío fue el convencer a Mademoiselle Leeauw de que los conocimientos de los ricos eran bastante más fantásticos que lo que ella supusiera, y versaban sobre asuntos irreales y totalmente ajenos a la vida verdadera, artificiales y arbitrarios, igual que las actividades sociales de los mismos ricos, que se pasan la vida en las casas de los demás, comiendo a costa ajena y víctimas del tedio.

Esta convicción acerca de la absoluta futilidad de la sabiduría no disminuía su entusiasmo en aprender lo que podía enseñarle mi tío Spencer, a quien consideraba como único y compendio peripatético de todos los humanos conocimientos. Y encantaba a mi pariente con su respetuosa atención, comprensión rapidísima —pues era mujer de gran inteligencia natural— y el entusiasmo que mostraba por cada nuevo descubrimiento. No le decía a mi tío su opinión sobre la sabiduría, lo cual constituía una especie de broma curiosa y baladí, sin relación con la vida, y que merecía la pena de adquirir por razones iguales a las que hacen aconsejable aprender a manejar correctamente el tenedor en la mesa; es decir, por ser uno de los secretos de los ricos. Aunque admiraba verdaderamente a mi tío, no tomaba en serio nada de lo que éste le enseñaba, y a pesar de que cuando se encontraba junto a él creía en una dosis de una millonésima parte de grano y en las potencias espirituales, persistía, si se encontraba revuelta o si yo había comido con exceso, en recurrir a la tradicional cucharada de aceite de ricino; asimismo, aunque junto a él fuera convencida discípula de Swedenborg, en la iglesia se ajustaba a la más severa ortodoxia; aunque en su presencia tuviera la vividisección por práctica monstruosa, seguía rememorando conmigo los días felices de su niñez, allá en la granja, cuando su padre degollaba el cerdo, mientras su madre sujetaba al animal por las patas traseras, su hermana bailaba sobre el cuerpo para hacer fluir la sangre y ella misma tenía el cubo bajo la arteria seccionada.

Si a los ojos de mi tío su ama de llaves era tal y como él quisiera y no como ordinariamente era, no ha de suponerse que ella fingiera conscientemente en su presencia. La mujer tenía una de esas naturalezas rápidas y sensibles que se ajustan de manera casi automática al medio ambiente social en el cual se hallan en cada instante. Así, junto a personas bien educadas, sus modales eran excelentes; pero los labriegos de cuyo tronco era ella retoño la hallaban tan bien dotada de aficiones indelicadas y tan bien provista de grosera e inocente zafiedad como ellos mismos. En el fondo continuaba siendo una campesina por completo; pero la parte más egregia y consciente de su espíritu estaba, por así decirlo, sujeta a la base muy débilmente, lo cual le permitía prestar su atención, ora a esto, ora a lo otro, sin dificultad alguna y según las circunstancias. Mi tío la apreciaba no solo como mujer capaz e inteligente, lo cual era siempre en cualquier compañía, sino también porque, habida cuenta de su origen y de su clase, era de modales admirables y refinados, lo que únicamente resultaba verdadero cuando se encontraba con mi tío o sus padres.

Conmigo Mademoiselle Leeauw, se conducía con total naturalidad y como verdadera flamenca. La rápida y pudiera decir instintiva facilidad con que formaba opinión de una persona le hicieron ver que mi vergüenza ante temas coprológicos, por ser más reciente que la de mi tío, era mucho menos fuerte y arraigada. Al mismo tiempo advirtió que no sentía yo gusto natural por lo grosero, ni inclinación hacia lo que pudiéramos llamar flamenquismo. Delante de mí, por tanto, se conducía con naturalidad de flamenca, lo que tendía a corregir mi absurda delicadeza artificial, sin correr el riesgo de fomentar en grado indebido y penoso mis prejuicios ingénitos en la dirección contraria. Y pude observar que siempre que Matthren (o Tchembre, como le llamaban), el hijo de su primo, venía a la ciudad y visitaba a su tía, Mademoiselle Leeauw se conducía ante él casi con tanto cuidado y tanta mesura como si estuviera en presencia de mi tío. No ha de suponerse que Tchembre compartiera la hipersensible susceptibilidad de tío Spencer. Antes al contrario, hallaba tan desmedida delicia en cuanto fuera excrementicio, que ella juzgaba prudente no darle satisfacción, por la misma razón que encontraba avisado no fomentar mis prejuicios nacionales a favor de una reticencia exagerada acerca de estos y parecidos asuntos. Tengo por cierto que acertaba en ambas cosas.

Mademoiselle Leeauw tenía una hermana mayor llamada Louise (Louisette en el idioma de Longres, en donde añadían casi invariablemente el sufijo diminutivo a todos los nombres). Louisette, como su hermana, había permanecido soltera. Y si se tiene en cuenta su fealdad, pues se parecía a su hermana como una caricatura traviesa se parece al original, es decir, mucho y nada simultáneamente, la disparidad cobraba singular énfasis en este caso, debido a que la Naturaleza había echado mano para el modelado de ciertas facciones de elementos atávicos distintos y menos afortunados que los empleados en la cara fraterna; si se tiene en cuenta su fealdad, digo, la cosa no era de extrañar. Aunque pudiera serlo, si se recuerda la dote que tenía. Louisette no era rica; pero tenía quinientos francos al año poco más o menos, igual que su hermana, desde que murió su padre y la granja se vendió, a lo que hay que añadir otros doscientos heredados de una anciana tía de su madre. Estas rentas le bastaban para vivir sin trabajar, en holganza que ocupaba principalmente con ejercicios religiosos.

Hay en los aledaños de Longres una pequeña colonia de beguinas, ya de antiguo abandonada por las religiosas, las cuales, dispersadas hoy por todo el ámbito nacional de Bélgica, forman una comunidad reducida y casi extinta. La abandonada colonia religiosa la pueblan hoy gentes pobres y ordinarias. Las casitas, de aleros muy pronunciados, están edificadas en torno de una gran plaza crecida de hierba, en el centro de la cual se alza una iglesia sin culto. Louisette vivía en una de estas casitas, en parte, porque el alquiler era muy módico, pero también porque le complacía el ambiente marcadamente religioso del lugar. Al asomarse a la ventana de su casita de aguzado tejado y contemplar la plaza claustral, casi podía creerse beguina verdadera. Todas las mañanas, muy temprano, iba a misa, y los domingos y días de fiesta su asiduidad al templo alcanzaba casi el límite de saturación.

Venía frecuentemente a casa de mi tío. Camino de la iglesia, y al volver de ella, nunca dejaba de entrar para charlar un rato con su hermana. Algunas veces recuerdo que traía consigo un gran saco de paño verde, lleno de extraños tesoros, y entonces cruzaba la plaza con pasos rápidos y temerosos, lanzando a derecha e izquierda miradas de recelo, como el viajero que atraviesa un descampado infestado de bandidos. El saco contenía el cetro y la corona de plata de Nuestra Señora, la diadema dorada del Niño, el halo de San José, el enjoyado libro de plata perteneciente a no recuerdo cuál de los Doctores de la Iglesia, los lirios de santo Domingo y un cierto número de corazones de plata de los que brotaban llamas argentíferas. Louisette, cuyo celo conocía y alababa el señor cura, gozaba del insólito privilegio de estar encargada de la limpieza de las joyas propiedad de las imágenes veneradas en la iglesia. Unos días antes de cualquier fiesta sonada, las imágenes se veían robadas de sus finos adornos y el botín le era entregado a Louisette, quien, temerosa de ir con su preciosa carga hasta su casita de beguina, entraba en casa de mi tío, vecina de la iglesia. El saco era vaciado sobre la mesa del cuarto de Antoinette, y los tesoros, increíblemente sucios tras varias semanas o meses de abandono, quedaban a la vista. Hacían entonces una pasta con jaboncillo de sastre y ginebra, la cual aplicaban las dos hermanas con unos cepillos de uñas a las coronas y los corazones, o, si se trataba de joyas afiligranadas, con un cepillo de dientes reservado para tal empleo. Luego, la plata era enjugada con un trapo y pulida con un trozo de cuero.

Mi orgullo de varón me impedía compartir las que se me antojaban tareas femeniles; pero me gustaba permanecer allí, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, contemplando a las dos hermanas afanadas entre aquellos símbolos preciosos y sagrados, y procurando entender todo lo que mis escasos conocimientos del flamenco y de la vida me permitían de la charla de Louisette, que brotaba sin cesar de sus labios, en un tono monótono e invariablemente con intenciones críticas.

Louisette siempre me inspiró cierto respeto. Carecía del encanto y de la virtud que adornaban a su hermana, la cual virtud únicamente se llama dulzura. La encontraba áspera, de humor agrio e inclinada a la malevolencia. Pero bien puede ser que la juzgara equivocadamente, pues he de confesar que nunca supe sobreponerme a su fealdad. Era ésta una fealdad aguzada, ganchuda, de bruja, que por aquel entonces hallaba yo singularmente repulsiva.

¡Qué difícil es, incluso con la mejor voluntad del mundo, y hasta para un hombre maduro y razonable, el juzgar al prójimo sin dejarse influir por el aspecto exterior del juzgado! La belleza es una carta de recomendación a la que es casi imposible no atender, y muy demasiadas veces achacamos al espíritu la fealdad del rostro. O, para ser más preciso, no nos esforzamos en mirar detrás de la careta opaca de la faz, sino que huimos de los que son mal parecidos sin antes procurar enterarnos de su valía verdadera. El hombre maduro es lo suficientemente razonable y recio de voluntad para ahogar, o al menos disimular, el desagrado instintivo que la contemplación de la fealdad le produce; pero no ocurre igual con el niño. A los tres o cuatro años de edad, los niños escapan llorando de un cuarto al ver a un desconocido cuya cara encuentran desagradable. ¿Por qué? Porque el hombre feo es «un hombre malo». Y alcanzada mayor madurez al cabo de muchos años, aunque aprendemos a dominar nuestros gritos al ver a un visitante mal encarado, hacemos cuánto podemos, por lo menos al principio o hasta que su conducta haya demostrado palmariamente que su cara no refleja su carácter, hacemos cuánto podemos, digo, para no tener comercio alguno con él. Por tanto, si Louisette nunca me gustó, acaso la culpa no fuera suya, sino que mi muy acentuado horror ante la fealdad, tal vez me llevara a atribuirle características desagradables de las que verdaderamente carecía. Me parecía, pues, áspera y de carácter agrio; quizá no lo fuera; pero el hecho es que así me parecía. Eso explicaba que nunca llegué a conocerla, ni procuré conseguirlo, como conocía a su hermana. Ni siquiera después del suceso extraordinario que, uno o dos años después de mi primera visita a Longres, había de cambiar fundamentalmente su vida, hice ningún esfuerzo para entender a Louisette. ¡Cuán profundamente deploro hoy mi descuido! Pero, al fin y al cabo, fuera necio el culpar a un niño por no tener iguales normas de criterio que un varón sesudo. Hoy, al considerar retrospectivamente el carácter y la conducta de Louisette, los hallo inmensamente curiosos y dignísimos de estudio. Pero hace veinte años, cuando la conocí, su fealdad me asombró desde un principio, y aún después de vencida mi repulsión, hizo que siempre la viera rodeada por su aura ponzoñosa que mi interés no logró jamás atravesar. Añadiré que el suceso que hoy juzgo extraordinario, me pareció entonces casi normal y desprovisto de interés especial. Y como Louisette falleció antes que mi opinión tuviera tiempo de cambiar, únicamente puedo expresar acerca de su carácter un juicio pueril y relatar escuetamente los hechos tal y como llegaron a mi noticia.

Ocurrió que en la segunda o tercera feria que disfruté, vino a Longres una novedad. Y era original lo que en aquella barraca se exhibía, no solamente para mí, pues esto fuera pequeña maravilla, ya que todo me parecía extraordinario —la mujer cañón, los comedores de fuego, los contorsionistas, y hasta los enanos y gigantes—, sino también para los proyectos ciudadanos de Longres, de quienes hubiera podido esperarse el conocimiento de cuantas maravillas, rarezas, monstruosidades y abortos de la Naturaleza, el mundo pudo alumbrar y exhibir en la Grand’Place. Tratábase de irnos bailarines demoníacos, que se decían tibetanos, por la impresión de cosa exótica y misteriosa que tal calificación pudiera tener, pero que eran, en realidad, dos indios expatriados y una pareja de franceses morenos del Mediodía, que pudieran pasar, con algo de buena voluntad, por compatriotas arios de los dravidios de oscura tez. Y no es que la nacionalidad y la pigmentación de los danzantes tuvieran importancia, pues en el escenario usaban inmensas caretas, o más bien grandísimas cabezas postizas, horrendas de mueca, crecidas de cuernos y diabólicas de aspecto, que los anuncios decían ser las que se empleaban durante las danzas rituales ejecutadas en presencia del Lama Dalai en el convento principal de los Lhasas. Cotejando mis recuerdos de entonces con el conocimiento que hoy tengo del arte de Oriente, imagino que las tales cabezotas habían salido de alguna tienda marsellesa de un vendedor de artículos de guardarropía teatral, pues de Marsella llegaron los bailarines. Pero esto no quita que fueran sorprendentes y espeluznantes. En cuanto a los bailes, no dejaban tampoco de ser de salaz simbolismo y típicamente orientales de manera convencional, aunque fueran en gran medida inventados por los dos franceses, autores de la pantomima, a cuyo cargo corría todo el contenido dramático de los bailes, mientras que los indios, atónitos y admirados, contribuyeron solamente con unos recuerdos del culto de Siva y de la adoración ritual de los benéficos lingas.

Esta colaboración entre Oriente y Occidente era la que aseguraba el éxito a la función; el contenido occidental satisfacía por responder a los conceptos reconocidos por el público; el oriental daba a lo archiconocido un aire de novedad falso, pero convincente, y casi un significado nuevo.

Encantado por la oportunidad de ver lo que suponía ser unos cuantos ejemplos característicos de los ritos paganos del Oriente misterioso, y siempre deseoso de mejorar mi educación iniciándome en los secretos de la Realidad, mi tío me llevó a ver los bailes. Pero la pantomima dramática de los dos franceses representaba una clase de Realidad que en manera alguna merecía el beneplácito de mi tío. Se levantó inopinadamente, mediado el primer baile, diciendo que creía que el circo sería más divertido, lo cual era muy cierto por lo que a mí hacía. Pues no tenía yo edad para apreciar ni la belleza plástica ni el extraño significado moral de los bailes de aquellos demonios.

—El mamismo —me dijo mi tío según discurríamos por entre barracas y vertiginosos aparatos— ha degenerado deplorablemente de su antigua pureza brahmánica.

Y acto seguido comenzó a explicarme, alzando la voz para ser oído a pesar del bramar de los órganos de los tiovivos, los principios del brahmanismo. Mi tío sentía una gran flaqueza por las religiones orientales.

—¿Qué te han parecido los bailes? —me preguntó Mademoiselle Leeauw cuando regresamos para cenar.

Respondí que mi tío juzgó que yo encontrarla más divertido el circo. Antoinette movió la cabeza con mudo asentimiento, con significativo gesto de comprensión.

—¡Pobre hombre! —dijo.

Luego continuó diciendo que qué le parecerían los bailes a Louisette, quien iba a verlos por la noche.

Nunca supe exactamente lo que ocurrió, pues el suceso estuvo siempre rodeado de misterio y silencio, y mi curiosidad acerca de Louisette era demasiado débil para que pudiera atravesar la capa de misterio. Lo único que sé es que dos o tres días después, cuando ya acababa la feria, Albert Snyders, el joven hijo del abogado, se me acercó en la calle y me preguntó con la alborozada expresión de quien dice algo que sabe que su interlocutor encontrará desagradable:

—¿Qué te parece de los manejos de tu Louisette con ese negro?

Respondí, con toda veracidad, que nada había oído acerca de tal cosa, que en cualquier caso Louisette no era mi Louisette ni nada teníamos que ver con ella, y que me daba un ardite de cuanto hiciera o pudiera acontecerle.

—¿Que no has oído nada? —dijo Snyders sin poderlo creer—. ¡Pero si ese negro va a casa de ella todas las noches, y ella le da ginebra, y cantan juntos, y la gente ve en las cortinas las sombras de los dos bailando! No se habla de otra cosa.

Me temo que Snyders se llevó un chasco. Quiso irritarme y verme enfurecido, y le fallaron sus cálculos por completo. Dos fueron sus errores: el primero, su suposición de que yo consideraría a Louisette como cosa de la familia, simplemente porque era hermana del ama de llaves de mi tío; el segundo, atribuirme un conocimiento del mundo suficiente para poder darme cuenta de la naturaleza escandalosa de la conducta de Louisette. Y la verdad era que Louisette me era antipática no me interesaba lo que pudiera hacer, y, además, no veía nada extraordinario en lo que se decía que había hecho.

Confrontado con mi calma impertérrita, Snyders se retiró cabizbajo. Pero antes de hacerlo se vengó diciéndome que debía yo de ser muy estúpido y un niño bobo si no podía darme cuenta de lo que aquello significaba. Lo de niño bobo me pareció más insultante.

Cuando repetí a Antoinette las palabras de Snyders, me dijo que debieran darle una paliza, y con verdadero susto flamenco comenzó a especificar con gran lujo de detalles cómo, con qué instrumento y en dónde debiera ser daba la paliza. No volví a pensar en el asunto. Pero acabada la feria, y recobrados por la Grand’Place su silencio y su soledad ordinarios, vi vagar por las calles sin dirección fija a un hombre gordo y de color café, a quien los rapaces de Longres, como los tres groseros chicos de Struwwelpeter, perseguían desde lejos, retorciéndose de risa. Aquel año regresé a Inglaterra antes de lo acostumbrado, pues estaba invitado a pasar las tres semanas últimas de las vacaciones en casa de un compañero de colegio, desgraciadamente en Hastings, por lo que mi visita no aumentó de manera apreciable mis conocimientos acerca de la superficie terráquea. Cuando volví a Longres en Navidad, descubrí que Louisette ya no era Louisette simplemente, sino la recién casada esposa de un marido color café. Madame Alphonse, la llamaban, pues nadie se molestaba en pronunciar el nombre verdadero del bailarín indostánico. Se sabía que era algo que empezaba por «Al», y nada más. Monsieur y Madame Alphonse. La noticia no me causó gran impresión cuando llegó a mi conocimiento.

Pero aunque hubiera sentido curiosidad por saber más detalles, el episodio continuaba envuelto en austero silencio. Antoinette no me habló nunca de ello. Y mi tío, que no estaba interesado en esa estofa de Realidad, que incluso la condenaba, parecía aceptar en silencio su existencia. No dudo que el asunto fue largamente comentado por los chismosos de Longres, y me es fácil imaginar en qué vena, teniendo en cuenta las abundantes críticas y censuras de Louisette. Pero nunca oí hablar de ella; lo cual entiendo no fue accidente fortuito, sino más bien debido a encontrarme yo bajo la égida de Antoinette, de quien las gentes se mostraban temerosas. La historia continuó siendo para mí no más insólita que la relatada en su jocoso verso por Edward Lear:

 

There was an old Man of Jamaica,
Who casually married a Quaker;
But she cried out, Alack, I have married a black!
Which distressed that old Man of Jamaica.

 

Y bien puede ser que ésa sea la manera mejor de considerar tales incidentes, sin hacer preguntas, sin curiosidad fisgona. Pues todos sentimos curiosidad excesiva acerca de los asuntos del vecino. Sobre todo, si se trata de asuntos amorosos. ¡Qué prurito y comezón sentimos por enterarnos de si Mr. Smith hace el amor a su secretaria, y si su esposa busca consuelo para ello; de si tal o cual ministro es, realmente, tan rijoso como se dice! Y en tanto ocurren a nuestro alrededor los más increíbles milagros: alzamos una piedra, la soltamos y cae al suelo; el sol brilla; las abejas visitan las flores; germinan las semillas; en el término de nueve meses, una célula multiplica su peso varios miles de veces y se trueca en un niño; y los hombres piensan y crean el mundo en que viven. Tales milagros nos dejan casi completamente indiferentes.

Pero si se trata de las maneras en las cuales los diversos individuos satisfacen las ansias de un instinto determinado, no obstante la tremenda monotonía de los hechos, no obstante sernos sobradamente conocida la consumación ineluctable, experimentamos una curiosidad siempre remozada. Tal vez algún día llegaremos a hastiarnos de los libros cuyo tema es siempre ese instinto. Algún día, puede ocurrir, el novelista de éxito escribirá acerca de las relaciones del hombre con Dios, con la Naturaleza, con sus propios pensamientos y la tenebrosa realidad en la que se mueven, y dejará de considerar las relaciones de varón y mujer. Pero mientras llega ese día…

Qué etapas recorrió la solterona para andar el camino entre su antigua devoción y su actitud de áspera censura del amor y su pasión por el dravidio, únicamente puedo suponerlo. Lo más probable es que no hubiera tales etapas, y que la conversión fuera fulminante y repentina, como Ja ocurrida en el camino de Damasco, y, como aquélla, preparada secreta e inconscientemente con gran antelación al suceso. Es indudable que fue el puro salvajismo, la naturaleza pagana y la bestialidad triunfante de las danzas lo que la arrastró, lo que rompió todas las barreras continentes tras las cuales la humana naturaleza había permanecido embalsada durante tanto tiempo. En cuanto a Alphonse, los motivos que le impulsaron son evidentes. La experiencia le decía que la profesión de bailarín endiablado era agotadora, precaria y poco productiva. Iba engordando, su corazón ya no era tan fuerte como antes, y el hombre principiaba a advertir la pesadumbre de los años. Louisette y su renta le parecieron providenciales. ¿Qué importaba que fuera fea? El hombre no vaciló.

Monsieur y Madame Alphonse alquilaron una tiendecita en la calle Neuve. Antes de abandonar la India y convertirse en bailarín, Alphonse fue zapatero remendón en Madrás, y como tal podía contaminar a un brahmín a veinticuatro pies de distancia. Convertido en comedor de carne de buey, y por tanto en renegado, la distancia a la cual resultaba eficaz su capacidad infecciosa aumentó a sesenta y cuatro pies. Afortunadamente, en Longres no había brahmanes.

Era un hombre grandullón, recio, chato y de tez brilladora; su sonrisa era constante, y recordaba un acordeón abierto. Muchos fueron los pares de botas que le llevé para que les pusiera medias suelas, porque Antoinette, aunque horripilada por la idea de tener por cuñado a un negro, pues así le llamaba, y aunque regañó con su hermana a causa de su locura demente y monstruosa, y se resistía a reconciliarse con ella, insistía en que todos nuestros zapatos y botas fueran remendados por el nuevo zapatero. Esto, como ella decía, era natural. Los deberes de los miembros de una misma familia para con los demás estaban, según Antoinette, por encima de cualesquiera desavenencias personales que pudieran sobrevenir.

Mi tío Spencer iba con frecuencia a la tienda del remendón, y allí se pasaba sentado las horas muertas, mientras Monsieur Alphonse martillaba sobre la horma, escuchando anécdotas sacadas del Ramayana o el Mahabharata, y mi tío discurría sobre la filosofía brahamina, acerca de la cual, naturalmente, sabía mucho más que un mísero sudra como Alphonse. Mi tío solía regresar de estas visitas de humor excelente.

—Su cuñado es un hombre interesantísimo —le decía a Antoinette—. Estuvimos hablando de Siva. Muy interesante.

Pero Antoinette se encogía de hombros:

Mais ç’est un nègre —murmuraba.

Podía mi tío asegurarle cuanto quisiera que los dravidios no son negros, y que era probable que por las venas de Alphonse corriera buena sangre aria. Era inútil. Antoinette ni se dejaba convencer ni le prestaba oído. Podían los ricos creer en tales cosas, pero un negro era negro, y lo demás eran filfas.

Monsieur Alphonse era hombre de muy variadas aptitudes, pues por añadidura a cuánto queda dicho, sabía leer las rayas de la mano, lo cual hacía con una gravedad y una certidumbre magistrales, que casi bastaban para hacer verdaderos sus vaticinios. Esta sabiduría oriental y mágica la adquirió en los caminos de Marsella a Longres, de un charlatán que formaba parte de la compañía de histriones trashumantes con la cual vino Alphonse. Pero Monsieur Alphonse ejecutaba sus trucos con estilo de profeta mayor, con lo que la gente atribuía a su quiromancia toda la autoridad mágica del Oriente misterioso. Monsieur Alphonse no profetizaba a cualquiera. Pudo advertirse que lo hacía casi exclusivamente a sus parroquianas, como si únicamente le interesara la suerte de las mujeres. Por mucho que le insinué que me gustaría que me dijesen la buenaventura, y aunque le pedí sin rodeos que mirase las rayas de mi mano, nada logré. Se excusaba o por estar demasiado ocupado o por no encontrarse inspirado el espíritu profético. Mas si en aquel preciso instante entraba en la tienda alguna mujer joven, inmediatamente sus ocupaciones disminuían y el espíritu profético retornaba a él. Y sin aguardar a que la muchacha se lo pidiera, él le tomaba la mano, la estudiaba, le daba golpecitos, seguía con su índice abultado y moreno las rayas, y, de vez en vez, alzaba hacia la examinada sus ojos oscuros, que parecían más negros y expresivos a causa de la córnea azulada en la que estaban engastadas las pupilas, y abría el acordeón de su sonrisa. Y probablemente auguraba amores, amores en abundancia, con hombres morenos y magníficos, bendecidos con una prole copiosa; benévolos desconocidos morenos y villanos rubios; inesperadas peripecias y larga vida; en suma: todo cuanto el corazón puede apetecer. Esto lo decía sin cesar de dar palmaditas sobre la mano en que leía estos portentos, la cual destacaba su blancura entre las suyas de dravidio moreno; sin dar descanso a sus ojos, que se revolvían sobre el esmalte azulado de su engaste, mientras a todo lo ancho de sus mofletes jugaba el acordeón de su sonrisa, abriéndose y cerrándose.

Mi orgullo y mi tierno sentido de la justicia se sentían profundamente heridos en estas ocasiones. La falta de seriedad de un hombre que no tenía tiempo para leer las rayas de mi mano, pero que lo encontraba para leer con toda calma las de otros, se me antojaba reprensible en abstracto e insultante de manera personal. Ya por aquel entonces decía yo no creer en la quiromancia; esto es, los vaticinios de Monsieur Alphonse me parecían absurdos. Pero el interés que experimentaba por mi propia personalidad y por mi suerte era tan grande, que me parecía como si cualquier cosa que se dijera acerca de ellas hubiera de tener una importancia especial. Si el remendón me hubiese tomado la mano y hubiera dicho: «Eres generoso; tu inteligencia es tan grande como tu corazón; sufrirás una grave enfermedad a los treinta y ocho años; pero luego gozarás de una vida saludable y alcanzarás una edad muy avanzada; labrarás una gran fortuna siendo aún joven, pero has de cuidarte de las desconocidas de pelo rubio y ojos azules», al escuchar esto yo hubiera decidido hacer una excepción y hubiese dicho que algo de verdad había en la quiromancia, probablemente. Pero Monsieur Alphonse nunca me tomó la mano y nunca me dijo una palabra. Esto me parecía una ofensa cruel y, al mismo tiempo, causa de asombro. Pues juzgaba cosa muy extraordinaria que un asunto tan evidentemente fascinador e importante como mi carácter y porvenir, no le interesara a Monsieur Alphonse tanto como a mí. Que prefiriera perder el tiempo con el destino ramplón y la personalidad gris de todas aquellas mujeres, me parecía inconcebible y vejador.

Otra persona compartía conmigo esta opinión: Louisette. Si salía alguna vez de la pequeña trastienda (y surgía de ella continuamente a través del umbral oscurecido, como el cuco del reloj al dar las doce), y encontraba a su marido echándole la buenaventura a alguna parroquiana, su cara de bruja adquiría una expresión de más pronunciada malevolencia.

—¡Alphonse! —decía muy significativamente.

Y Alphonse dejaba caer la mano que estudiaba, miraba hacia la puerta y, revolviendo sus ojos esmaltados, arrugaba sus carrillos mofletudos con una encantadora sonrisa que hacía brillar sus dientes marfileños, y decía una frase amable.

Pero no se borraba el ceño de Louisette.

—Si tienes que leerle a alguien la palma de la mano —decía así que la parroquiana se iba—, ¿por qué no se la lees al señorito? —preguntaba señalándome—. Estoy segura de que le gustaría.

Mas yo, en vez de agradecérselo, en vez de decir que me gustaría, y de ofrecer mi mano, sacudía perversamente la cabeza y decía:

—No quiero molestar a Monsieur Alphonse.

Al mismo tiempo deseaba con toda el alma que el zapatero insistiera en hablar de mi persona, exquisita y portentosa. Mi orgullo no me permitía el deber mi ventura a Louisette; no quería aprovecharme de su enojo y del deseo que Alphonse tenía de aplacarlo. Además de mi orgullo, me impulsaba a obrar de tal manera esa perversidad extraña e indefinida que nos empujaba a hacer muchas veces lo que no deseamos —como cuando cortejamos a una mujer que no nos gusta y cuya intimidad de sobra sabemos que nos acarreará solamente aburrimiento— y nos lleva a rechazar cabezonamente el llevar a cabo lo que hemos deseado con pasión, sencillamente porque la oportunidad de ejecutarlo no se nos ha presentado tal y como lo habíamos figurado, o porque la persona que se ofrece a satisfacer nuestro deseo no insiste lo suficiente en complacernos. Alphonse, que no sentía ninguna curiosidad por mi suerte futura, ni hallaba deleite en sobar mi mano pequeña y poco limpia, aceptaba en estas ocasiones mis negativas al pie de la letra, y comenzaba a trabajar con refrescado entusiasmo. Y yo abandonaba la tienda, enojado conmigo mismo por haber dejado escapar la oportunidad que había estado a mi alcance; furioso contra Louisette por habérmela brindado de tal manera que el aceptarla fuera humillante, y contra Alphonse por su necedad, que no le permitió advertir lo mucho que yo deseaba que me leyesen la fortuna, y por su poca cortesía, al no insistir a pesar de mi negativa.

Pasaron los años. Mis vacaciones fueron sucediéndose con regularidad, y también las estaciones. El verano, los álamos de rico follaje y el buen talante de mi tío eran sucedidos por el frío, la campaña azucarera, los símbolos escatológicos de chocolate, los días cortos, y las tinieblas morales de la neurastenia anual de mi tío Spencer. Entre ambos extremos llegaban las vacaciones de Pascua, con la esperanza verde pálido de retoños y pimpollos, y templada por la primavera y la relativa amabilidad de mi tío. Además de las vacaciones, se sucedían los cursos. Dejé de ir a Eastbourne. Mi conocimiento de nuestro planeta aumentó; me convertí en estudiante de un colegio famoso.

Recuerdo que a los quince años pasé un período de pedantería que me hizo adoptar una solemnidad desproporcionada a mis propios años. Muchos niños no saben lo jóvenes que son hasta alcanzar la mayoría de edad, y no son menos los muchachos que viven pendientes de su dignidad, siempre temerosos de ser despreciados por su inexperiencia. En esta época escribí desde Longres a uno de mis compañeros de colegio una carta, la cual él conservó por fortuna, lo que nos permitió leerla pasados algunos años y reírnos y admirarnos de aquellos ancianos graves y académicos que fuimos de muchachos. Mi amigo me había escrito describiéndome la boda de una hermana suya, y yo le contesté en estos términos:

«¡Qué velozmente, mi querido Henry, el manto de púrpura y las antorchas del himeneo dejan su lugar a la nenia, la urna funérea y el ciprés! Mientras tus días pasaban entre jocundidades connubiales, fueron los míos entenebrecidos por los horrores anejos a la muerte. Así es la vida».

La reflexión filosófica del final aparecía subrayada.

Los horrores de la muerte tuvieron más efecto sobre mis sonoras antítesis que sobre mi vida. Pues aunque el suceso me hizo cierta impresión, por ser la primera vez que una cosa de tal índole ocurría dentro de mi órbita personal, no puedo decir que me afectara hondamente la muerte de Louisette, demasiado vieja ya para ensayar el experimento de dar a luz una hija, mitad dravidia y mitad flamenca, que murió con ella. Mi tío, siempre deseoso de darme a conocer la Realidad, me llevó a ver el cadáver. La muerte logró atemperar en cierto grado la fealdad de Louisette. En presencia de aquel reposo absoluto, experimenté súbita vergüenza de haber sentido tan poca simpatía por Louisette. Quise poder explicarle que, de haber yo sabido que iba o morir, me hubiese mostrado más cordial con ella y habría procurado que me fuera más simpática. Y de repente, me encontré llorando.

En el cuarto trasero el piso bajo, Alphonse también lloraba, ruidosa, lamentablemente, como era su deber. Tres días más tarde, cumplido suficientemente su deber y satisfechos los convencionalismos, mostró de pronto una gran conformidad filosófica con su pérdida. Las modestas rentas de Louisette eran suyas ahora, y añadido a ellas lo que él ganaba con lezna y tirapié, podía vivir con estilo casi principesco. Una o dos semanas después del funeral, comenzó la feria. Sus antiguos camaradas, que desde la última vez que estuvieron en Longres habían recorrido varias veces Europa bailando del uno al otro confín, aparecieron inesperadamente en la Grand’Place. Alphonse se dio el gusto de representar el papel de huésped generoso, y todas las noches, así que acababa la función, los diablos se descornaban para congregarse ante vasos y botellas en la trastienda de Alphonse, para recordar alegremente los tiempos pasados, y felicitar, no sin algo de envidia, a su compañero por su prodigiosa buena suerte.

En los años que precedieron a la guerra fui poco a Longres. Mis padres ya habían regresado de la India y yo pasaba las vacaciones a su lado. Cuando las vacaciones se transformaron de escolares en universitarias y tuve edad suficiente para campar por mi cuenta, empleé casi todo mi tiempo libre viajando por Francia, Italia o Alemania, y muy raras veces, tal vez camino de Milán, o al regresar de Colonia o de dos semanas pasadas visitando las pinacotecas holandesas, fui a la casa de la Grand’Place, en donde había pasado tantos y en general tan felices días. Seguía queriendo a mi tío; pero ya no le admiraba, y sus opiniones, lejos de arraigar y hacerse frondosas en mi mente como antaño, me parecían, en su mayor parte, juzgadas a la luz de mis conocimientos y experiencia, demasiado fantásticas para que valiera la pena contradecirlas y refutarlas. Ahora le escuchaba con toda la intolerancia de la mocedad por las opiniones de sus mayores (y mi tío, aunque solamente tenía cincuenta años, me parecía fosilizado y antediluviano), asintiendo a todo cuanto predicaba con una sonrisa que a cualquier persona más recelosa y menos dominada por ideas fijas le hubiera parecido desprecio impertinente. Por aquel entonces, mi tío venía aficionándose más y más a las ciencias ocultas. Cada vez hablaba menos de la construcción de bóvedas y más de las potencias espirituales de Hahnemann, más de Swedenborg y de filosofía vedántica, en la cual había adoctrinado concienzudamente a Alphonse. Y mostraba gran entusiasmo por otra cosa: los caballos calculadores de Elberfeld, que hacían gran ruido en el mundo por entonces, gracias a su sorprendente habilidad para extraer raíces cúbicas mentalmente. Fuertemente imbuido de la filosofía materialista y dominado por el irreflexivo y espontáneo escepticismo que entonces privaban en todo hombre joven que se las diese de inteligente, las preocupaciones mistagógicas y religiosas de mi tío me parecían maravillosamente divertidas y grotescas. Hoy las juzgaría menos ridículas, pues ahora es el fácil credo de mi juventud el que se me antoja extraño por demás. Hoy le es posible, por no decir casi necesario, al hombre de ciencia ser además místico. Pero en aquella época podía resultar disculpable el creer que el misticismo únicamente podía coexistir con los conocimientos pintorescos y la fantástica extravagancia mental de mi tío Spencer. Vive uno para aprender.

Durante estas visitas, confesaré que no me encontraba muy a gusto con Mademoiselle Leeauw. Para Antoinette yo continuaba siendo el mozalbete que solía ir año tras año a pasar las vacaciones en Longres. Me hablaba siempre de los felices sucesos del pasado, acerca de los cuales sus recuerdos eran de esa fidelidad extraordinaria y detalladísima con la que quienes no ejercitan sus mentes con preocupaciones inteligentes y leen poco, admiran siempre a sus prójimos más estudiosos. Cautivado yo por las delicias recién descubiertas en el estudio de la Historia, la Filosofía y el Arte, me resultaba difícil sentir interés particular por mi pasado infantil. Antoinette me preguntaba si se patinó el año 1905 en los canales; si recordaba el verano en que un tábano avieso me picó y tal era su ponzoña que se me hinchó un carrillo como un globo y hube de guardar cama. Era posible. Al serme recordadas tales cosas, las veía con mi memoria, aunque muy vagamente. Pero ¿qué interés podían tener tales hechos cuando me invitaban a la reflexión los frescos de Miguel Ángel, Platón y las novelas de Dostoyevski? ¿Qué importancia podrían tener en relación con David Hume, por ejemplo? ¡Qué insípidas, consideradas en conjunto, con los dichos de Zaratustra, la obertura de Coriolano o las estrofas de Arthur Rimbaud! Pero para la pobre Antoinette eran toda la vida. Tenía yo la sensación constante de que no estaba mostrándome suficientemente comprensivo con ella. Pero ¿era la culpa mía? ¿Podía volver a ser lo que había sido o cambiarla a ella fulminantemente?

A principios de agosto de 1914 estaba en Longres, camino de las Ardennes, en donde pensaba pasar uno o dos meses apaciblemente dedicado a lecturas serias con tres amigos, antes de seguir a Italia en setiembre. Convencido de la validez de aquella demostración de cierto profesor alemán que había probado, usando las leyes matemáticas de las probabilidades y la balística, que la guerra moderna era imposible, mi tío no hacía caso de los ominosos rumores que corrían. Aquello no era más que otro episodio como el de Agadir y no pasaría nada. En cuanto a mí, absorto en Variaciones de la experiencia religiosa, de William James, tampoco me preocupé, y ni siquiera leía los periódicos. Por aquel tiempo compartía la fe de mi tío acerca de la imposibilidad de una guerra. Carecía de experiencia que refutase tales creencias y, además, éstas venían como anillo al dedo a mis aspiraciones y a mi credo político, pues entonces era yo apasionado sindicalista e internacionalista.

Y, de súbito, todo se nos vino encima.

Sin embargo, mi tío continuó optimista. A las dos semanas de lucha, profetizaba, se vería que el profesor alemán estaba en lo cierto, y la guerra tendría que cesar. En cuanto a mí, recuerdo que mi estado de ánimo era de una pueril exaltación, mucho más fuerte que mi horror. Me sentía como en víspera de ferias, cuando veía desde mi ventana los grupos de saltimbanquis y feriantes que aprestaban sus casetas y puestos en la plaza. Por fin iba a ocurrir algo. Esa exaltación irrazonable supongo que es un fenómeno corriente al comenzar cualquier guerra. Un aire embriagador y de fiesta sopla en calles y plazas. La guerra siempre es popular en sus comienzos.

No regresé a Inglaterra inmediatamente, sino que permanecí en Longres unos cuantos días con la vana esperanza de «ver algo», o de que los hechos diesen la razón a mi tío y la guerra acabara en unos días. Mi esperanza de «ver algo» se cumplió, aunque el «algo» no fue un espectáculo brillante y romántico como yo imaginara. Lo que vi fue unos grupos de refugiados venidos de los pueblos cercanos a Lieja: hombres sin afeitar, mujeres demacradas, con las mejillas polvorientas surcadas por regueros secos de lágrimas, y niños y niñas que caminaban con paso inseguro, como si estuvieran dormidos, idiotizados y mudos de cansancio. Mi tío recogió en su casa a una de estas familias, diciendo que pasados irnos días, cuando todo acabara, podrían regresar a su hogar. Y cuando Antoinette le repetía indignada los relatos de pillaje y fusilamiento, mi tío no los creía.

—Estamos en el siglo XX —decía—. Esas cosas no ocurren ya. Esa pobre gente está demasiado cansada y asustada para saber lo que está diciendo.

Regresé a Inglaterra durante la segunda semana del mes de agosto. Mi tío casi montó en cólera cuando le aconsejé que me acompañara. En primer lugar, repuso, todo acabaría dentro de unos días; en segundo lugar, estábamos en el siglo XX, que es probablemente lo que dijeron los cretenses el año 1500 a. J. C., cuando después de veinte siglos de paz, prosperidad y civilización progresiva, fueron amenazados por los bárbaros nórdicos; y en tercer lugar, tenía que permanecer en Longres cuidando sus intereses. No insistí. Hubiera sido inútil.

—Adiós, muchacho —me dijo.

Y advertí un insólito acento emocionado en su voz cuando pronunció la palabra adiós.

El tren arrancó lentamente. Asomado a la ventanilla, pude ver a mi tío en pie sobre el andén, agitando su sombrero. Tenía ya el pelo completamente blanco; pero su rostro se conservaba lozano y sus ojos de igual brillo y oscuridad, su cuerpo tan erguido y ágil como cuando lo conocí.

—¡Adiós, adiós!

No le volvería a ver hasta pasados cinco años.

 

Lovaina ardió el 19 de agosto. Los alemanes entraron en Bruselas el 20. Longres, aunque más al Este que Lovaina, no fue ocupado hasta pasados dos o tres días, pues quedaba desviada la ciudad del camino directo de Bruselas y del interior. Una de las primeras decisiones del comandante alemán fue arrestar a mi tío y a Monsieur Alphonse. No porque hubieran hecho algo; le molestaba su existencia. El hecho de que fueran súbditos británicos los hacía sumamente sospechosos.

Aber wir sind —protestó mi tío en su rudimentario alemán— im zwanzigsten jahrhundert. Und der krieg wird nicht lang

Vacilaba, buscando inútilmente la palabra, y acababa por continuar en su propio idioma, feliz de poder terminar su protesta con elocuencia:

—Y en cualquier caso, la guerra no va a durar ni una semana.

—Así lo espero —le contestó sonriente el comandante alemán en excelente inglés—; pero mientras tanto, mucho me temo que…

Mi tío y su camarada británico fueron encerrados temporalmente en el manicomio. Unos días más tarde fueron enviados a Bruselas bajo escolta. Según me contó más tarde mi tío, Monsieur Alphonse soportó todo con verdadera paciencia oriental. Mudo, obediente y sin quejarse, se quedaba allí en donde sus capturadores le ponían, como un gran lío pardusco que un viajante de comercio hubiera dejado en el andén al ir a la fonda para tomar una copa y un emparedado. Y con docilidad superior a la de cualquier paquete, iba a dónde le decían o le llevaban sin resistirse.

—Ojalá pudiera yo haber seguido su ejemplo —me dijo mi tío—. Pero me fue imposible. Me ardía la sangre.

Y mis recuerdos de las campañas azucareras me permitían formarme una idea acerca de la profundidad y la violencia de la impaciencia e irritación de mi tío.

—Estamos en el siglo XX —les repetía incesantemente a sus guardianes—, y yo no tengo nada que ver con esta guerra imbécil. ¿Adónde demonios nos llevan? ¿Cuánto tiempo vamos a tener que estar esperando en esta cochina estación, sin comer?

Hablaba como un hombre rico que está habituado a comprar toda clase de comodidades y de respetos. Los soldados, dotados de la paciencia de los pobres, estaban acostumbrados a que los mandasen ir de aquí para allá, a esperar indefinidamente, allí donde se les ordenaba aguardar, y no entendían esta irritación desmedida ante lo que a ellos les parecía la cosa más natural del mundo. Mi tío, al principio, les divirtió; mas como su furia fuera aumentando y durando excesivamente, acabó por enojarlos. Al final, uno de sus guardianes le dio un gran puntapié en el trasero para que callara de una vez. Se volvió mi tío y se abalanzó como un energúmeno contra el soldado; pero un compañero de éste le metió el fusil entre las piernas y mi tío cayó al suelo pesadamente. Se levantó. Los soldados reían con estrépito. Alphonse, como un paquete, permanecía exactamente en el mismo lugar en donde le habían dejado, inmóvil, sin expresión, con los ojos cerrados.

Los alemanes habían instalado en el piso superior del Ministerio del Interior una especie de campo provisional de concentración. Todas las personas sospechosas, tales como extranjeros dudosos, indígenas, recalcitrantes, y cualquiera de quien los invasores sospecharan que tenía una influencia peligrosa sobre los demás, eran enviadas a Bruselas y encerradas en el Ministerio del Interior, en donde deberían permanecer hasta que las autoridades tuvieran tiempo de estudiar su caso. En esta cárcel provisional fueron encerrados mi tío y su compatriota dravidio una tarde asfixiante de finales de agosto. En cualquier año corriente, pensó mi tío, la kermesse de Longres hubiera estado en su apogeo. La mujer cañón estaría lavándose la cara con el pecho; los Fígaros, representando una vez más la Pasión del Señor; la mujer sin brazos, brindando con los dedos de los pies, y el vendedor de mejillones, escuchando con atención la aparición del primer síntoma de una tos. ¿En dónde se encontraba toda aquella buena gente aquel año? ¿Y dónde estaba él mismo? Miró a su alrededor sin poder creer a sus ojos.

En las buhardillas del Ministerio del Interior se apiñaba un concurso extraño y heterogéneo. Había allí aristócratas belgas, que los invasores juzgaban peligroso dejar en sus castillos entre la gente campesina. Había una condesa rusa y un anarquista de igual nacionalidad, encarcelados por su origen. Había una cantante de ópera, que pudiera ser una espía internacional. Y una transformista rubia, imitadora de estrellas, que había estado trabajando en un teatro de Lieja, cuyo crimen, como el de mi tío y el del dravidio, era ser ciudadana británica. También se encontraban allí cierto número de franceses y francesas, apresados fuera de sus fronteras. Y un organillero que persistió en seguir tocando la Brabançonne después de avisado para que parase, y copia de belgas de todas clases y de uno y otro sexo, culpables de cualquier crimen, o quizá de aspecto sospechoso simplemente, que ahora aguardaban su destino, el cual les sería comunicado en cuanto las autoridades encontrasen tiempo para ocuparse en interrogarlos.

Mi tío y el dravidio fueron arrojados con indiferencia en medio de aquella heterogénea compañía. Cerróse la puerta detrás de ellos, y quedaron abandonados allí como dos recién llegados al Averno, para que se las arreglaran lo mejor que pudieran.

El último piso del Ministerio estaba dividido en una estancia de gran tamaño y en varias pequeñas, las cuales se hallaban en su mayoría llenas de clasificadores y archivadores que encerraban los papeles producto de muchos años de actividad burocrática.

En las piezas más pequeñas, los prisioneros colocaron los jergones de paja que les fueron adjudicados por sus carceleros. Los hombres dormían a un extremo del pasillo y las mujeres al otro. El salón grande, en el cual debió de trabajar el personal del Registro del Ministerio, aún contenía cierto número de mesas de escribir y de sillas. Ahora lo utilizaban los prisioneros como comedor, cuarto de estar y lugar de recreo. No había cuarto de baño y todas las facilidades higiénicas se reducían a un lavabo y a un chalet de nécessité, según término característico de mi tío. La vida en los altos del Ministerio del Interior era demasiado placentera.

Mi tío advirtió que los prisioneros que no estaban sumidos en sopor, o que no padecían una preocupación enfermiza por lo que la suerte les depararía, conservaban una alegría casi demasiado bulliciosa. Al parecer, era preciso tomar aquello o como una broma prodigiosa o como la más espantable pesadilla. No había términos medios. Indudablemente, con el tiempo, las dos extremadas actitudes irían cediendo en intensidad y convirtiéndose en resignación calmosa. Pero la prisión había durado todavía demasiado poco; la situación era demasiado nueva, irreal y fantasmagórica y el futuro se presentaba demasiado incierto.

Los alegres se mostraban graciosos, reían recio y tramaban mil bromas. Lograron crear en aquella cárcel un ambiente de colegio. Los que llevaban confinados más tiempo, y algunos estaban allí hacía casi una semana, desde el día en que los alemanes entraron en Bruselas, asumieron el derecho indiscutible de los «antiguos» de hacer sentirse a los más modernos incómodos y novatos. Cada novato fue sometido a un interrogatorio feroz, semejante al que ha de soportar un chico nuevo al llegar al colegio. Algunas veces, cuando la víctima era de especial ingenuidad, le gastaban alguna novatada adicional.

El jefe del partido de la alegría era un periodista belga de mediana edad, hombre vigoroso. Recio, de bigote puntiagudo y tez roja, con un vocejón estentóreo y una capacidad ilimitada para reír y conversar como un personaje de Rabelais. Al aparecer el apacible dravidio, el periodista casi aulló de alegría. Tan interesado se mostró con Alphonse, que mi tío escapó con un interrogatorio suave y meros indicios de bromas pesadas. Quizá fue esto afortunado, pues mi tío no se encontraba en vena de tolerar bromas, ni siquiera de un compañero de infortunio.

El periodista organizó inmediatamente una farsa, de la que iba a ser víctima el pobre Alphonse. Se sentó a una de las mesas de escribir como un juez e hizo que trajeran al dravidio, a quien dio a entender que hablaba con el comisario alemán encargado de su caso. Alphonse contó toda su historia durante el interrogatorio. Nacido en Madrás; zapatero profesional. Un escribiente iba tomándolo todo según el examinado declaraba. Cuando habló de las danzas demoníacas, el magistrado le obligó a hacer una demostración inmediatamente y allí mismo. Todo lo referente a su matrimonio con Louisette fue examinado con minuciosidad que no perdonó ningún detalle. Convencido de que su libertad, y tal vez hasta su vida, dependían de su sinceridad, Alphonse fue respondiendo a todas las preguntas de la manera más verdadera que pudo.

Al final, tosió el periodista para aclararse la voz, resumió todo lo escuchado y pronunció gravemente el veredicto: inocente. El prisionero sería puesto en libertad inmediatamente. Y tomando un pliego de papel sellado, escribió en él: laissez passer. Luego lo firmó, Von der Golz, y después de abrir un cajón de la mesa, rebuscó entre los sellos que allí había y eligió uno que en días más felices se utilizó para ser estampado sobre ciertos diplomas agrícolas. Sobre el grueso manchón de lacre rojo apareció la efigie de una vaca, sin cuernos, alrededor de la cual rezaba una leyenda: Pour l’amélioration de la race bovine.

—Tome —dijo el periodista en voz sonora y alargándole el papel sellado—: Puede marcharse.

El pobre Alphonse cogió el laissez passer y, haciendo reverencias cada pocos pasos, se fue retirando de espaldas hasta salir del cuarto. Cogió su sombrero y su hato con enorme alegría, corrió a la puerta y llamó en ella dando golpes. El centinela que había fuera abrió para ver qué ocurría. Alphonse le mostró su pasaporte.

—Aber wass ist das? —preguntó el soldado.

Alphonse le mostró el sello; para la mejora de la raza bovina. Y luego la firma: Von der Golz. El centinela, creído que él y no el dravidio era quien estaba siendo embromado, tomó la cosa a mal. Dio un empujón a Alphonse y le metió en el encierro. Cuando el pobre hombre avanzó nuevamente, protestando y murmurando súplicas para explicar al centinela su error, el soldado alzó el rifle y le dio un culatazo en la barriga que hizo retroceder a Alphonse doblado y tosiendo por el corredor. La puerta se cerró de golpe. Fue en vano que Alphonse, ya recobrado el resuello, alborotara y gritara. La puerta no se volvió a abrir. Allí le encontró mi tío, llamando a la puerta, escuchando, volviendo a llamar. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Le costó gran trabajo a mi tío el convencer a Alphonse de que todo había sido una broma. Al fin, consintió en que le condujeran nuevamente a su yacija. Se tiró sobre ella en silencio y cerró los ojos. Conservaba en la mano derecha el pasaporte, fuertemente sujeto, como documento precioso, entre sus dedos morenos. No quería desprenderse de él todavía. Quizá si conciliaba el sueño despertaría para descubrir que lo ocurrido había sido una pesadilla. El documento ya no sería una broma, y cuando lo exhibiera a la mañana siguiente…, ¡quién sabe!, tal vez el centinela presentara armas y él pudiera bajar la escalera. Entonces todos los soldados del patio saludarían y él saldría a la calle bañada de sol, agitando en el aire la firma y señalando el gran sello rojo…

Permaneció echado en absoluta inmovilidad, con los brazos cruzados sobre su cuerpo. El papel colgaba sujetado por los dedos. Firme y enérgica, como únicamente puede serlo la firma de un general, se veía la escritura que cruzaba todo el pliego: Von der Golz. Y en la esquina inferior derecha aparecía la imagen de la vaca sagrada, como símbolo de salvación llegando de allende los mares y los siglos. Pour l’amélioration de la race bovine. Pero ¿no fuera más sensato, habida cuenta de las circunstancias, comenzar por la raza humana?

Le dejó mi tío para ir en busca del periodista y protestar de la broma brutal. Le encontró sentado en el suelo, pues no había sillas para todos, enseñando a la transformista rubia palabrotas francesas.

—Y si alguna vez se encuentra usted ante Von der Golz —estaba explicándole—, esto es lo que debe decirle.

Y acto seguido soltó una ristra de insultos, que la pequeña transformista repitió cuidadosamente, desfigurando con su acento inglés las palabras pronunciadas con su voz clara y aguda:

Sarl esspayss de coshaw..

El periodista soltó una carcajada estruendosa, encantado, y se dio unas sonoras palmadas en los muslos.

—Permítame —dijo mi tío interrumpiendo la lección.

Se había ruborizado ligeramente. No le gustaba oír hablar mal, y aquellas palabras, en boca de una mujer joven y al parecer compatriota suya, le parecían doblemente desagradables.

—Permítame.

Y entonces le rogó al periodista que no volviera a gastar bromas a Alphonse.

—Las toma demasiado en serio —le explicó.

Al escuchar la descripción de la desesperada angustia del dravidio, la transformista se conmovió hasta el punto de casi llorar. Y el periodista, que, como todos nosotros, tenía un corazón de oro cuando recordaba su existencia, y que como todos nosotros necesitaba de constantes recordatorios, pues el propio gusto y los propios intereses le impedían con frecuencia acordarse de sus buenos sentimientos, el periodista se mostró profundamente arrepentido de lo que había hecho; dijo que jamás pudo ocurrírsele que Alphonse tomara en serio la farsa y prometió dejarle en paz de allí en adelante.

Pasaron los días. La pesadilla se hizo crónica. Tres veces al día el parco rancho carcelero, bien poco apetitoso, llegaba y era consumido. Dos veces al día un oficial, al frente de un pelotón, giraba una visita de inspección. Por las mañanas era obligado hacer cola para lavarse; pero por las tardes sobraba tiempo para todo y los prisioneros procuraban entretener sus forzosos ocios con juegos, o charlando, o leyendo los expedientes antiguos archivados allí, o dando paseos por el corredor, veinte pasos hacia allí, veinte pasos hacia acá, recorriéndolo una y otra vez, hasta que el paseante había cubierto con la imaginación la distancia entre dos lugares bienamados. Arriba y abajo, arriba y abajo. Mi tío solía pasear algunas veces por la carretera sombreada por los álamos que va desde Longres a Wareo; otras, su paseo le llevaba desde Charing Cross, por el Strand, por debajo del puente del ferrocarril, para luego subir a la cuesta hacia San Pablo, llegar al Banco e ir desde allí por calles tortuosas hasta la Torre, el río y los barcos; otras veces iba andando con su hermano desde Chamonix a Montavert; desde Grenoble, por el puerto, a la Grande Chartreuse. Y aún otras, el paseo era menos cansado, pues acompañado de su madre, muerta muchos años antes, discurría por las praderas del bosque de Windsor, en donde es tan verde el césped a principios de verano, que cada brizna de hierba parece una esmeralda iluminada interiormente; y aquí y allá, entre los robles y rododendros de oscuras hojas, encendían infinidad de lamparillas rosadas.

Por las tardes, los más animados, capitaneados por el periodista, organizaban diversiones para entretenimiento de los demás. El periodista recitaba versos compuestos por él mismo acerca del Kaiser. Uno de los franceses hacía juegos de manos, con naipes, pañuelos y monedas. El cantante de ópera atronaba con su voz de tenor al entonar La donna é mobile u O solé mió, y cuando el público pedía algo más serio, Dieu s’avance a travers la lande, de César Franck. Pero esta última canción la cantaba de manera tan «operística», que mi tío, que hallaba singular gusto en ella, apenas la podía reconocer. El número preferido era el de «la célebre diva Emmy Wendle», como la llamaba el periodista al anunciarla. El entusiasmo se desbordaba al aparecer Emmy vestida con una chupa de colegial, cuello vuelto almidonado, pantalones de rayadillo, un sombrero de copa y un junquillo en la mano. Bailaba dos o tres danzas zapateadas y luego cantaba una canción, cuyo coro era el siguiente:

 

Somos los dandies que
conquistan a las muchachas,
todas las veces;
las de rizos muy rizados,
las de tez de melocotón
y las perlas todas las veces.

 

Cuando acabados sus números se quitaba el sombrero de copa, quedando en posición de firmes como un soldado, la expresión de su carita chata se tornaba grave y sus ojos zarcos se fijaban sobre visiones ultraterrenas. Y entonces cantaba con su voz vulgar, sin música alguna, como la de los golfillos callejeros, una pasmosa versión inglesa de la Brabançonne, que provocaba algo que trascendía lo que puede llamarse entusiasmo. Pues advertían los hombres que brotaban lágrimas de sus ojos y las mujeres lloraban sin recatarse. Al acabar la canción, todos jaleaban violentamente, aplaudían y agitaban pañuelos, reían, gritaban imprecaciones contra los alemanes, daban vivas a Bélgica y corrían junto a Emmy, para estrecharle la mano o darle palmadas en la espalda, como si en realidad fuera un muchacho, o la besaban, pero no como si fuera una muchacha vestida con unos pantalones un tanto estrechos, sino como símbolo del país, como personificación visible y cautivadora del patriotismo y la desventura de todos los allí congregados.

No bien la diversión de la velada acababa, los congregados comenzaban a dispersarse. Echados sobre las duras colchonetas extendidas en el suelo, los prisioneros dormían inquietamente o permanecían despiertos en la noche bochornosa, escuchando los pasos de los centinelas en el patio y oyendo en el silencio extraño de la ciudad invadida el ruido isócrono de un regimiento que pasaba por la calle desierta, el retumbar de ruedas de acero y el zapateado bestial de cascos equinos cuando la artillería pasaba camino de un frente lejano.

Fueron pasando los días. Mi tío pronto se acostumbró a aquel extraño infierno en miniatura al cual había sido arrojado. Ya se lo conocía de memoria. Un cuarto inmenso, insoportablemente caldeado por el sol que caía sobre el tejado. Hombres en mangas de camisa, sentados algunos en sillas, otros sobre las mesas y los demás en el suelo. Unos pocos acodados sobre el alféizar de la ventana procuraban regalar sus ojos mirando árboles del parque que se extendía al otro lado de la calle y respirando un aire más puro que el ambiente de la improvisada prisión, que hedía a sudor, a tabaco y a sopa de berzas.

Desde un principio los prisioneros se habían dividido en pequeños grupos. Igualados por el infortunio, aún conservaban sus diferencias sociales. El organillero y los artesanos y campesinos se sentaban siempre juntos en una esquina y sobre el suelo, jugando a las cartas con una grasienta baraja, fumando y, no obstante las repetidas protestas y los sinceros esfuerzos que hacían para contenerse, escupiendo en el suelo.

—¡Mía! —decía con acento de triunfo el organillero al echar el as de corazones—. ¡Mía! —y para subrayar su gozo escupía abundantemente. Entonces recordaba demasiado tarde que no debía hacer tal cosa y, mirando en rededor suyo, musitaba unas excusas. Se levantaba y procuraba hacer que desapareciera el gargajo frotando el suelo con su bota. Luego se acercaba a la ventana y, no porque hubiera necesidad de ello, pues acababa de escupir, sino para indicar que sus modales eran buenos, lanzaba un segundo escupitajo hacia la calle.

Formaban grupo aparte los aristócratas. Había un conde menudo y viejo con una cara que parecía una tetera, debido a sus mofletes brillantes y rotundos, y a su nariz larga, afilada y poco expresiva; y otro conde joven y con monóculo, que se mostraba exquisitamente amable con todos y que, sin embargo, permanecía ausente de aquel lugar y aislado de los demás por el muro de su cortesía; a pesar de sus arrogantes modales, bien a las claras estaba lo mucho que deseaba que su posición social no le impidiera juntarse con sus iguales de espíritu. El viejo conde reía cortésmente siempre que el periodista o cualquier otro del grupo alegre hacía un chiste; el joven fruncía la cara con gesto adusto, hasta que la única superficie que conservaba tersura en ella era su monóculo. Pero, en realidad, deseaba hondamente el unirse a las bromas y a la alegría. Se asociaban con los dos condes tres o cuatro ciudadanos ricos e importantes, entre los cuales se contó al principio mi tío. Pero otros intereses le harían muy pronto abandonar tal compañía casi por completo.

Fuera de los límites de este círculo vagaba algunas veces la condesa rusa. Esta señora solía pasarse la mayor parte del día en el cuartucho donde dormía, echada sobre su yacija, fumando cigarrillos. Tenía opiniones muy concretas acerca del respeto que a su rango era debido y pretendía que el lavabo quedase evacuado en el mismo instante que ella precisara usarlo. Cuando le dijeron que tendría que hacer tumo, montó en cólera. Si se aburría de estar sola, salía para buscar a alguien con quien hablar. Una vez llevó aparte a mi tío y le contó con gran lujo de detalles muy íntimos todo lo referente al noveno y más grande amor de su vida. Desde aquel momento, siempre que mi tío la veía aparecer y pasear sus grandes ojos oscuros y un sí es no es saltones por la habitación, procuraba mostrarse embebido en su charla con algún otro prisionero.

El compatriota de la condesa, el anarquista, era un sujeto de aspecto obrero, de barba negra y de nariz que recordaba el guarismo seis. No pertenecía a ninguno de los grupos formados, se mostraba encantado con la guerra, la cual profetizaba él con alegría que destruiría la llamada civilización, y se esforzaba en conducirse con todos de la manera más antipática posible, muy en particular con la condesa, a quien podía insultar confidencialmente en ruso. Obediente a estos mismos principios democráticos, se había adueñado del único sillón de brazos que había en la cárcel (que debió de ser el trono de un subdirector general, por lo menos) y se negaba a cederlo aunque fuera para una señora o para un enfermo. Permanecía sentado en él todo el día, lo colocaba entre su colchón y la pared durante la noche y lo llevaba consigo cuando iba al lavabo o al chalet de nécessité.

La gente alegre se había agrupado, al estilo planetario, alrededor de la radiante jocundia del periodista. Su pasatiempo favorito era buscar en los archivos expedientes curiosos que pudiera leer, adornados de comentarios adecuados y enmiendas improvisadas, al grupo que le escuchaba. Pero la broma que más le satisfacía tenía lugar ritualmente todas las mañanas, cuando rebuscaba entre las ejecutorias de nobleza de toda la aristocracia belga (que había descubierto ordenadamente empaquetadas en un armario del corredor), y allí elegía entre los nombres más nobles irnos cuántos títulos de resonante condición, los cuales se llevaba consigo a «la casita de necesidad». Se contaban entre sus discípulos cierto número de burgueses franceses y belgas; un oficinista inglés, antipático y lleno de barrillos, a quien la guerra había sorprendido durante sus vacaciones en el extranjero; la condesa rusa, en ciertas ocasiones la transformista, sin gran regularidad, y el tenor.

Con este último, mi tío, que era gran amador de la música e incluso nada despreciable pianista, ensayó varias veces el hablar acerca de su arte favorito. Pero pronto hubo de descubrir que el cantor únicamente se sentía interesado por la música en cuanto ésta afectaba a los tenores. En consecuencia, jamás había oído hablar de Bach o Beethoven. Sin embargo, poseía grandes conocimientos acerca de Leoncavallo, Saint-Saéns, Gounod y Puccini. Era un hombre de aspecto impresionante, de cara agraciada y grande y dotado de una sonrisa condescendiente, típica del hombre que nos indica al hablarnos que con ello nos hace gran merced. Daba a entender que con las damas tenía éxitos notables, mas su temor de hacer cualquier cosa que pudiera perjudicar su voz era casi tan poderosa como su natural rijoso y su vanidad y se pasaba la vida, como un ermitaño de la Tebaida, en continuo conflicto. Aunque exteriormente se decía miembro del partido de la alegría, el tenor sentía una honda preocupación por su porvenir. Solía discutir en privado con mi tío los horrores de la situación.

Más pronunciada y evidente era la melancolía de un pequeño profesor de latín, de pelo gris, que se pasaba el día paseando arriba y abajo por el corredor como un lobo enjaulado, con expresión preocupada y añoradora. El pobre Alphonse, sentado en el suelo y con la espalda apoyada sobre la pared, era otro de los tristes y solitarios. Algunas veces miraba pensativamente en rededor suyo, contemplando a sus compañeros de prisión ocupados en sus quehaceres, con el aire de un habitante de la eternidad que contempla los increíbles afanes de quienes viven el tiempo. Otras veces se pasaba varias horas meditando con los ojos cerrados. Si en tales ocasiones alguien le hablaba, volvía a la vida como venido de lugares remotísimos.

En cuanto a mi tío, todos los allí presentes fueron perdiendo realidad para él poco a poco. Se alejaban y parecían perder la sustancia, y según los demás se desdibujaban, la figura de Emmy se hacía más grande, más luminosa y más cercana. Desde el primer momento en que la vio, sentada en el suelo, tomando lecciones del periodista en el arte de la vituperación, mi tío se había fijado en ella de manera muy especial. Según se acercó a ellos aquel día, le había sorprendido agradablemente el aspecto infantil e inocente de la muchacha, la naricilla remangada, los ojos azules, el pelo dorado, de rebeldía tan rizada e insistente que tenía que llevarlo cortado como el de un muchacho, pues ni la brillantina ni las horquillas hubieran bastado para domar la naturaleza levantisca de su melena. Incluso en su vida privada y femenina había algo que aumentaba su aspecto infantil, y recordaba su arte de transformista e imitadora de artistas masculinos. Al acercarse a ellos, le oyó aquel mal pronunciado dicterio francés, seguido de una sarta de locuciones aún menos correctas, todas las cuales salían de aquellos labios. Sorprendente, escandaloso. Pero momentos más tarde, cuando contaba él lo muy a pechos que el pobre Alphonse había tomado la broma, Emmy también dijo cosas encantadoras y con tanto sentimiento en su voz londinense, con tanta expresión de simpatía y piedad en su rostro, que mi tío Spencer hubo de preguntarse si había oído bien o si aquellos sucios dicterios que antes escuchara, fueron, en efecto, pronunciados por criatura tan delicada y bondadosa.

El muy agitado estado en que mi tío había vivido desde el momento de su detención y la novedad pasmosa y terrible de su situación, no cabe duda que le habían predispuesto en cierta medida a enamorarse. Pues ocurre frecuentemente que una emoción, siempre que no sea tan fuerte que nos impida darnos cuenta de todo lo demás, nos estimula a sentir otras. Así, el peligro, cuando no es tan agudo que cause pánico, tiende a unirnos a aquéllos con quienes compartimos el riesgo pues los sentimientos compasivos, de simpatía y hasta amorosos, resultan estimulados y avivados por la aprensión.

De igual manera, el dolor nos hace sentir con frecuencia una como necesidad de afecto, y, aunque no nos guste confesarlo, algo semejante al deseo. Y de esta manera la pasión dolorosa se convierte por etapas casi imperceptibles, y algunas veces de manera fulminante, en pasión amorosa. Normalmente, la actitud de mi tío para con las mujeres era extremadamente reservada. Una vez, cuando era joven, estuvo enamorado y prometido para casarse; pero la dama de sus pensamientos le dejó para irse con otro. Desde aquel instante, en parte por miedo de que se repitiera el desengaño, y en parte por una especie de fidelidad romántica a la que tan infiel se mostró, había evitado a las mujeres, o por lo menos había procurado no volver a enamorarse, conservándose célibe de la manera más rigurosa. Pero la agitación de los últimos días había desordenado todos sus hábitos y hasta su filosofía. La aprensión que experimentaba ante el peligro, una indignación que era muy distinta cosa de aquella periódica irritación que solía acometerle durante las campañas azucareras, y el profundo desconcierto que experimentaba, le habían dejado sin sus habituales defensas y en estado de susceptibilidad anormal. Y cuando vio en medio de la horrenda pesadilla aquella encantadora cabecita infantil y escuchó sus amables palabras de condolencia para con el dravidio, se conmovió extrañamente. Emmy le causó una impresión más profunda que ninguna otra mujer desde que le abandonó en su juventud su novia ingrata.

Todo contribuía para fomentar el interés de mi tío por Emmy, todo, y no solo su estado emotivo, sino también el lugar en que se hallaba y el momento y las circunstancias externas. Hubiera podido ir a verla trabajar en el teatro todas las noches durante un año, y aunque tal vez encontrara aceptable su actuación —lo que de hecho no hubiera ocurrido, pues la habría juzgado de bastante mal gusto— y aunque la hubiera hallado a ella bonita y encantadora, jamás se le hubiese pasado por la imaginación el procurar conocerla o mezclar su vida con la de Emmy Wendle. Pero allí, en aquella prisión detestable, Emmy llegó a significar para él algo muy distinto, llegó a personificar todo lo que es gracioso, amable, dulce y comprensivo; todo lo que no era guerra. La actuación de Emmy, cierto es, era tan vulgar y de tan escaso gusto como en Longres, pero allí le parecía tener la disculpa de estar dedicada a los afligidos, y cuando al final entonaba la Brabançonne, lo hacía de manera muy impresionante. Emmy adquirió la grandeza del momento, la de las emociones a las que daba expresión con aquella voz de golfillo callejero: cantaba la exaltación, las agonías de la mente humana, que no puede ser esclavizada.

Solemos atribuir al símbolo algo de la naturaleza sagrada de la cosa o idea que representa. Dos trozos de madera que forman cruz, dejan de ser trozos de madera corriente, e incluso los peores reyes han estado rodeados siempre de algo semejante a un aura divina. Muy similarmente, en cualquier crisis de nuestras vidas, el objeto más baladí y la persona más insignificante pueden llegar a ser, por algún motivo, tan grandes como es grande el momento vivido.

Incluso el incidente de los vituperios franceses había contribuido a suscitar el interés de mi tío por la persona de Emmy. Pues si era mansa, inocente y joven; si personificaba con su cuerpo pequeño y amable todo el infortunio y todo el valor de un país, y hasta del mundo entero, también era frágil, femenina, y débil; susceptible a las malas influencias y expuesta a la corrupción. El recuerdo de aquellas frases groseras dichas con candidez e inocencia (como pueden los más pacatos decirlas si las expresan en un idioma que les es extraño, alrededor de cuyas palabras la costumbre aún no ha cristalizado esa riqueza de asociaciones que dan a los vernáculos su significado peculiar y variable con el tiempo), llenaba a mi tío de alarma, y le inspiraba celo misionero para salvar aquel ser naturalmente bello, y hasta grande, de la corrupción.

Por su parte, Emmy, al menos durante los primeros días de sus relaciones, se sentía encantada con mi tío. Era inglés y hablaba su idioma; era además un caballero, lo cual no pudiera decirse del escribiente del Banco, no menos inteligente que mi tío. Y lo que era más importante para Emmy en su presente estado mental, no procuraba coquetear con ella. En aquellos momentos Emmy no deseaba admiradores. En tales circunstancias le hubiera parecido mal, feo y poco digno pensar en escarceos amorosos. Cantaba la Brabançonne con demasiado fervor religioso para tal cosa; los momentos eran demasiado solemnes y demasiado extraordinarios. Es verdad que, a pesar de la solemnidad del momento y del ardor de sus pensamientos patrióticos, si hubiera habido en el piso alto del Ministerio del Interior un muchacho aceptable, tal vez hubiese llegado a enamorarse con un fervor casi tan religioso como el de sus otros sentimientos. Pero, desgraciadamente, no se veía por allí ningún joven aceptable. El empleado bancario tenía demasiados barrillos y no era un caballero; el periodista era harto viejo y muy sobrado de carnes. Los dos procuraron coquetear con ella, pero sus insinuaciones se le antojaron a Emmy tan importunas como si hubiesen sido hechas en un lugar sagrado. Con mi tío se encontraba perfectamente segura. Y no era solamente que mi tío tuviese el pelo blanco. Emmy había vivido lo suficiente para saber que no era este símbolo garantía de conducta decorosa, sino más bien al contrario; su confianza se debía a ser mi tío evidentemente un caballero, a las señales que en él apreciaba de hombre apartado del mundo y al atemperado idealismo estampado claramente en su cara.

Al principio, se dirigió a mi tío casi exclusivamente para escapar de las atenciones tediosas y desprovistas de decoro tanto del escribiente como del escritor. Pero pronto comenzó a gustarle la compañía de mi tío por sí mismo. Empezó a sentir interés por lo que decía y a escuchar gravemente la conversación invariablemente seria de mi tío, pues jamás hablaba sino sobre temas intelectuales y beneficiosos, ya que era incapaz de cháchara insustancial.

Durante los primeros días, Emmy le trató con la respetuosa cortesía que le parecía ser debida a un hombre de su edad, posición y carácter. Pero más tarde, cuando comenzó él a seguirla con adoración abyecta, se permitió ella mayores confianzas. Fue inevitable, pues no puede uno esperar que le trate como persona anciana e importante quien merece nuestras miradas perrunas y admiradoras. Le llamaba ella «Tío Spenny», le daba órdenes y le hacía llevar y traer como si de un animal enseñado se tratara. Mi tío, naturalmente, solo experimentaba delicia al obedecerla. Le causaban gran encanto las confianzas que ella se tomaba. El período de su agradable confianza salpicada de bromas (período de transición entre el respeto primero y la crueldad que vino después) fue el más feliz de sus relaciones, en opinión de mi tío. El buen hombre amaba y se sentía, ya que no correspondido, por lo menos tolerado con buen humor.

Cualquier otro hombre se hubiera permitido libertades parecidas a las de Emmy, y se hubiese mostrado juguetón, galante y atrevido. Pero mi tío Spencer conservó su acostumbrada gravedad y ternura. La única confianza con la que correspondió a aquello de «Tío Spenny» y a lo demás fue dirigirse a ella utilizando su nombre de pila en lugar de llamarla Miss Wendle, como había hecho solemnemente hasta la fecha. Sí; Emmy se encontraba perfectamente segura con mi tío. Quizá casi demasiado segura.

Ya he dicho que la conversación de mi tío era siempre grave y seria. Por aquel entonces se acentuó su seriedad; pues la catástrofe primero, y luego su pasión, le habían hecho aumentar la frecuencia de sus graves reflexiones. Era mucho lo que necesitaba ser reconsiderado a la luz de todos los acontecimientos que habían tenido lugar durante las últimas semanas. Desde las teorías del profesor alemán al problema del Bien y el Mal; desde la idea del progreso (pues, después de todo, ¿no estábamos en el siglo XX?) a la austera teoría y la extraña novedad del hecho del amor; desde el internacionalismo, a Dios. Todo tenía que ser examinado nuevamente. Y llevaba a cabo este nuevo examen en voz alta y en presencia de Emmy. La bondad, por ejemplo, ¿era relativa y contingente a las convenciones sociales, y debía ser medida de acuerdo con normas puramente locales y adventicias?, ¿o había algo absoluto, irreductible y fundamental, acerca de las ideas morales y Dios? ¿Podía Dios ser absolutamente bueno? ¿Existía realmente diferencia esencial entre el siglo XX y los demás? ¿Era posible que los hechos acordaran afinadamente con el ideal? Era menester hacerse nuevamente todas estas preguntas conturbadoras y contestarlas satisfactoriamente.

Es característico de mi tío que las contestara todas, incluso después de tener bien en cuenta todo lo que había ocurrido, con un matiz optimista, igual que había hecho antes de sobrevenir la catástrofe; y lo que es más, con más profunda convicción. Antes, había aceptado su alegre idealismo con demasiada facilidad. Lo había heredado del siglo en que nació. Lo había absorbido de la gente mayor y de la prosperidad, siempre en aumento, en cuya compañía había sido educado. Las circunstancias estaban haciendo esta alegría irresponsable bastante estúpida. Pero precisamente porque tuvo que considerar sus objeciones al optimismo, sus argumentos contrarios a la esperanza, y hacerlo, no en un vacío teórico, sino de manera práctica y en medio de calamidades personales y universales (éstas resultan muy tolerables cuando uno se encuentra en situación placentera, pero cobran realidad y se hacen conturbadoras si uno participa en cierta medida del sufrimiento), es por lo que ahora se convenció más profundamente, de la verdad de lo que había creído antes, pero a la ligera. Ahora lo comprendía, casi por casualidad. Muy pronto, ciertas ocurrencias habían de perturbar sus nuevas convicciones.

Emmy le escuchaba extática. Las circunstancias, el momento y el lugar la inclinaban a reflexionar seriamente. Los discursos de mi tío eran exactamente lo que necesitaba en aquellos momentos. Supersticiosa por naturaleza, vivía perpetuamente bajo la protección de un cerdito de oro y de una cruz de coral que pertenecieron a su madre. Cuando la suerte se le mostraba contraria, iba a la iglesia y consultaba con adivinos. Aquella vez que se rompió la pierna y tuvo que renunciar al magnífico contrato que le hubiera llevado a los escenarios australianos, no cabía duda que fue porque durante la temporada próspera, que antecedió al accidente, había estado remisa en el cumplimiento de sus deberes religiosos; y esto la llevó a rezar y hacer firme propósito de enmienda. Cuando mejoró, la providencia le hizo llegar una oferta de un contrato para trabajar en provincias, como muestra de que su arrepentimiento había sido aceptado y de que estaba perdonada. Y ahora, aunque en apariencia pertenecía al grupo más alegre y bullicioso de los encarcelados en el Ministerio del Interior, muy graves pensamientos ocupaban su mente en secreto. Por las noches, acostada sobre su colchoneta, se preguntaba en la oscuridad a qué se debería todo aquello; la guerra, la mala suerte que tuvo al ser cogida prisionera por los alemanes. ¿Qué quería decir? ¿Es que Dios estaba enojado con ella nuevamente?

Pero pronto dio con el motivo. Todo se debía, se dijo, a aquel asunto del mes de junio pasado, cuando estaba trabajando en Wimbledon. Todo se debió a aquel muchacho que la esperó a la salida y que la convidó a cenar. Y ella había aceptado, en contra de todas sus reglas, porque le pareció su voz de muy agradable timbre y casi tan exquisita como la de un actor de un teatro de primerísima fila.

—Vine a ver las marionetas —le dijo él—. No sé por qué, las marionetas no van nunca a los teatros del centro, ¿verdad? Pero me he quedado para verla a usted.

Fueron en un taxi desde Wimbledon a Piccadilly.

—Algún día —le dijo ella, señalando al teatro «Pavilion»— verá usted ahí mi nombre escrito con letras enormes en luz eléctrica: Emmy Wendle.

¡Cien libras a la semana y un verdadero teatro del centro! ¡Qué sueño!

Tenía el muchacho modales admirables y era muy bien parecido cuando se le veía a la luz. Bebieron champaña durante la cena.

En la oscuridad del Ministerio del Interior, Emmy se ruborizó con vergüenza retrospectiva. Hundió la cara en la almohada como si la quisiera guardar de miradas escudriñadoras. No era de extrañar el enojo divino. Angustiada, besó la pequeña cruz de coral. Tiró de la cinta azul de la cual pendía el cerdito de oro que se escondía en el dulce abrigo de su seno; sujetó la mascota fuertemente en su mano, como si quisiera extraer de ella algo del poder feliz que misteriosamente almacenaba en su interior, semejante al poder del imán para atraer a sí las limaduras de acero.

A pocos pies de distancia, la condesa rusa respiraba sonoramente. El rumor estentóreo hizo estremecerse a Emmy recordando la maldad que dormía cerca de ella. Pues si era cierto que ella había dejado de ser técnicamente una chica decente, ahora que la suerte había cambiado, se sentía avergonzada de ello y comprendía que había hecho mal. Pero la condesa, si el sueño no la hubiera vencido, hubiese continuado toda la noche vanagloriándose de sus amantes. Para Emmy, perteneciente a la clase media, la franqueza de la condesa, su carencia de prejuicios corrientes, su desprecio aristocrático de la opinión de los demás y su teoría (teoría que comparten todas las mujeres ociosas y todos los hombres ociosos que no encuentran nada mejor que hacer) según la cual la única finalidad de esta vida es hacer el amor, de manera complicada, espaciosa, y con la mayor cantidad posible de gente, le parecían profundamente escandalosos. No era lo malo que la condesa no fuera una chica decente, o mejor dicho, una viuda cuarentona decente. Lo que a Emmy le parecía terrible era que hablase de ello como si el no ser bueno fuese natural y hasta meritorio. No era de extrañar que Dios estuviese airado.

Para Emmy, mi tío Spencer (o quizá debiera llamarle su tío Spenny) había sido enviado para confortarla y ayudarla en medio de su miseria y arrepentimiento. Sus indisciplinadas especulaciones no eran particularmente significativas en relación con sus propias dificultades, ni entendía ella siempre de qué estaba hablando. Pero algo tenían todos sus discursos, versaran sobre lo que versaran, que Emmy encontraba inspirador y consolador. Así, cuando mi tío citaba a Swedenborg para demostrar que, a pesar de todas las apariencias y de cuanto estaba ocurriendo, no había motivo de queja, Emmy se sentía muy consolada. Algo tenía mi tío que le hacía asemejarse a un pastor de primera fila, algo así, por expresarlo de alguna manera, como un pastor «del centro». Cuando mi tío hablaba con ella, Emmy se encontraba mejor y más segura.

Era tanta la confianza que mi tío le inspiraba, que un día, mientras el periodista gastaba alguna broma ruidosa que ocupaba la atención de todos los demás, Emmy se llevó a mi tío a una de las ventanas y le contó todo, o casi todo, lo referente al episodio causa del enojo divino. Mi tío le dijo que en el cielo no se ven las cosas tal como ella suponía, y que si en las alturas celestiales se había decidido que era necesaria una guerra europea, no sería esta necesidad nacida de la conveniencia de buscar una excusa para conseguir el encarcelamiento de Emmy Wendle en el piso alto del Ministerio del Interior de Bruselas, por muy reprobable que su conducta hubiera sido. En cuanto al pecado en sí, mi tío procuró convencerla de que no era tan grande como ella juzgaba. Lo que mi tío ignoraba es que si ella lo consideraba grave, tal apreciación se debía exclusivamente a que se encontraba en la cárcel y, por tanto, deprimida.

—No, no —le dijo para consolarla—; no debe usted tomarlo tan a pechos.

Pero el conocimiento de que aquella criatura exquisita, inocente y joven, había pecado una vez, y si lo había hecho una vez, quizá lo había hecho dos, y hasta tal vez (los pensamientos de mi tío, desbocados febrilmente en la soledad nocturna, especulaban sin mesura) cincuenta, le causaba profunda congoja. Era verdad que él se la había imaginado rodeada de influencias perniciosas como la del periodista; pero existía una profunda diferencia entre ser enseñada a pronunciar frases malsonantes en francés y el pecar positivamente contra la virtud. No le había pasado por las mientes a mi tío que Emmy hubiera podido pasar de la etapa de las frases malsonantes. Y ahora había sabido por ella misma que había traspasado esa frontera.

Pasados algunos años, cuando nos volvimos a encontrar mi tío y yo, recuerdo que, después de un silencio, me preguntó, haciendo un esfuerzo y como si venciera su repugnancia, que cuáles eran mis opiniones acerca de las mujeres «y todas esas cosas». Mis sentimientos acerca de este asunto eran en aquel preciso instante acérrimos, sarcásticos y cínicos, como conviene a quien ha conocido el éxito total en la lid amorosa con respecto a las mujeres que no le importan y que ha fracasado lamentable y persistentemente con el único ser que en su juicio mereciera la pena.

—Entonces, ¿de veras crees que hay mucho de eso y que ocurren estas cosas con frecuencia? —me preguntó mi tío.

De veras, así lo creía yo.

Suspiró y cerró los ojos como si quisiera ocultarme que estaba pensando en Emmy. ¡Ah!, ¡qué apasionadamente había esperado que yo demostrase a priori que Emmy era necesariamente buena!

Existen ciertas gentes sensitivas e idealistas, quienes, al descubrir que el mundo es lo que es, reaccionan de manera repentina y violenta hacia el cinismo. Caen desde las altísimas esferas de una ideal pureza al barro contra el cual frotan sus narices, del cual comen y en el cual se revuelcan y bañan. Se laceran sus más sutiles sentimientos y hallan delicia en la tortura; se deleitan en envilecer todo aquello que antes consideraban bello y noble, y examinan escrutadoramente y con atención asqueada las entrañas repulsivas de aquellas cosas cuya piel tersa y amabilísima adoraron antes.

Swift fue, evidentemente, una de estas personas, quizá la más grande de todas. Nuestras islas aún dan el ser a gentes de esta naturaleza, y quizá más copiosamente las últimas dos o tres generaciones. El siglo XX se especializó en el idealismo romántico y optimista que postula que el hombre, en general, es bueno y gradualmente se va haciendo mejor. El idealismo de los hombres de la Edad Media era más sensato, pues empezaba por insistir en que el hombre es, en su mayor parte, y esencialmente, malo y pecador por instinto y por herencia. Sus ideales y su religión eran antídotos divinos y artificiales contra el pecado original. Comenzaban por ver lo peor y ningún horror los asombraba, sino únicamente el milagro de dulzura y de luz que a veces acontecía. Pero sus descendientes del siglo romántico, optimista y humanitario, en el cual nació y fue educado mi tío, daban satisfacción a su idealismo de manera muy distinta. Comenzaban por ver lo bueno, primero; insistían en que el hombre es por naturaleza bueno, espiritual y digno de amor. Una persona joven y sensible, educada en este credo alegre, en cuanto se ve confrontada por un ejemplo característico del pecado original, se siente atónita, escandalizada, y quizá la desilusión la arroje en brazos de la desesperación. Las circunstancias y el temperamento habían permitido a mi tío conservar su optimismo romántico durante mucho más tiempo de lo que es corriente.

El tardío reconocimiento de la existencia del pecado original perturbó la mente de mi tío, pero los efectos no fueron inmediatos. Por el momento, mientras permaneció en la presencia embriagadora y deliciosa de Emmy, y mientras ésta continuó mostrándose amable con él, no pudo convencerse de que fuera partícipe del pecado original. Y hasta cuando se vio obligado a admitirlo, aquella cara de niña, que rebosaba ingenuidad, se le antojaba ser suficiente excusa. Fue más tarde —especialmente luego de separarse de ella— cuando el veneno comenzó a dejar sentir sus efectos lentamente, llenando a mi tío de amargura. Al principio, la confesión de Emmy únicamente sirvió para aumentar su pasión. En primer lugar, porque le pareció que la muchacha estaba más necesitada de protección de lo que él había imaginado, y luego, porque al satisfacer de manera dolorosa y parcial la curiosidad que le inspiraba la vida de la transformista, aumentó su deseo de conocerla más completamente y de entrar a formar parte de ella. Al mismo tiempo, la revelación suscitó en él celos retrospectivos y terror de futuros posibles peligros. Su pasión se transformó en enfermedad dolorosa. Iba tras Emmy con devoción incesante y abyecta.

Consolada en parte por los cuidados espirituales de mi tío, y en parte por la acción paliativa del tiempo, de aquellos primeros remordimientos, tristeza y condenación propia, Emmy comenzó a recobrar su habitual buen humor. Mi tío se le hizo menos necesario para consolarse. Sus incomprensibles discursos empezaron a aburrirla. Y, al mismo tiempo, las bromas de los más alegres se le antojaron más graciosas, y las galanterías del periodista y el escribiente le parecieron menos repulsivas, porque, ahora que el estado de su ánimo había cambiado, las encontraba menos indecorosas e incongruentes. Mientras perduró su remordimiento, la devoción de mi tío, nada demostrativa y siempre discreta, le pareció admirable y oportuna. Pero al recobrar sus ánimos comenzó a hallarla bastante ridícula y tediosa, pues no le correspondía ella con su amor.

—¡Si se pudiera ver usted la cara en este momento, tío Spenny! —le decía.

Y curvaba la boca hacia abajo y abría los ojos hasta lograr que su mirada recordase la de un pez respetuoso. Luego, la mueca hecha para que sirviera de espejo a mi tío y para que en ella viera los efectos de su adoración, desaparecía para dejar lugar a la risa.

—¿De veras pongo esa cara? —preguntaba él.

—De veras. Y no es muy agradable sentirse mirada así día y noche, ¿verdad?

Algunas veces, y esto le resultaba intolerablemente doloroso a mi tío, Emmy llamaba a alguna otra persona para que fuera testigo de sus bromas y la acompañara a reírse de mi tío. Y a su risa se unía la del escribiente, o la del periodista, o la del tenor. Las bromas, que al principio fueron cariñosas, se hicieron crueles.

Es muy posible que Emmy hubiese quedado consternada si hubiera sabido lo mucho que estas cosas herían a mi tío. Pero éste jamás se quejó. Lo único que Emmy sabía era que mi tío Spencer era ridículo. La tentación de gastarle bromas desagradables se le hacía irresistible.

Ya le resultaba preferible la compañía del escribiente, del periodista o del tenor. Con el escribiente hablaba de actores y actrices conocidos en Londres, de artistas de music-hall y de estrellas de cine. Es verdad que no era un caballero, pero cuando hablaba de estas cosas demostraba ser un chico muy bien informado. El tenor le reveló el universo rutilante y casi desconocido de la ópera, un universo de arte tan excelso y abrumador, que quedaba por encima incluso del arte de los teatros «del centro». El periodista le contaba chistes sabrosos acerca del mundo de la farándula en Bruselas. Mi tío permanecía sentado junto a ellos, escuchando en silencio, separado en realidad por todo un océano, mientras Emmy y el escribiente se mostraban conformes en que Clarice Mayne era deliciosa, George Robey, desternillante, y Florence Smithson, una artista de cuerpo entero. Si le preguntaban a mi tío por su parecer, se veía obligado invariablemente a confesar que no había visto trabajar nunca a los artistas mencionados. Emmy y el escribiente mostraban su desprecio, y el tenor, con sarcasmo feroz, le preguntaba que cómo era posible que un hombre que se las daba de aficionado a la música jamás se hubiera tomado la molestia de ir a escuchar a Caruso. Mi tío se sentía demasiado desgraciado para explicarlo, y callaba.

Pasaron los días. De tarde en tarde llamaban a uno de los prisioneros para ser sometido a examen por las autoridades alemanas. El viejo aristócrata que parecía una tetera fue puesto en libertad una semana después de llegar mi tío. Y unos días después desapareció el displicente conde del monóculo. Luego se fueron casi todos los labriegos. Llamaron más tarde al anarquista ruso, le interrogaron largamente y le devolvieron a la prisión, a la cual llegó para descubrir que su sillón había sido confiscado por el periodista.

A las cuatro semanas de ingresar en la cárcel, Alphonse cayó enfermo. El desgraciado no se había sobrepuesto nunca a los efectos de la broma estúpida que le gastaron el día de su llegada. Dominado por la melancolía y por el miedo, tanto más terrible por su vaguedad, el pobre hombre permanecía cavilando en su rincón, sin poder comprender quién le había encarcelado, ni poder saber qué le depararía la suerte, aunque tenía la convicción, que no era posible hacerle abandonar, de que al final de cuentas acabarían por darle una muerte lenta y atroz. Aún conservaba la orden de libertad firmada por Von der Golz y sellada con el sello de la vaca sagrada; pues aunque tenía la certeza intelectual de que el tal documento carecía en absoluto de valor, mantenía la débil esperanza de que algún día resultara ser un eficaz talismán, y en cualquier caso, la imagen de la vaca sagrada le consolaba. De vez en cuando, sacaba el papel del bolsillo, lo desdoblaba y contemplaba largamente, con sus grandes ojos tristes, la sagrada efigie: Pour l’amélioration de la race bovine; y brotaban las lágrimas de sus ojos, que quedaban suspendidas entre las pestañas, hasta que su acumulación las hacía correr por las morenas mejillas.

Aquellas mejillas ya no eran tan rotundas como antes. La piel había perdido su tersura, y los antes refulgentes carrillos ya no brillaban. Se iba consumiendo miserablemente. Mi tío hacía todo cuanto podía por alegrarle y consolarle. Alphonse se lo agradecía, pero se negaba a consolarse. Ya había perdido hasta el interés por las mujeres, y cuando Emmy se enteró por mi tío de que Alphonse era algo profeta y le pidió que le leyera las rayas de la mano, el indio la miró sin interés alguno, como si se tratara de un hombre y no de una imitadora de hombres, y sacudió la cabeza.

Una mañana se quejó de estar demasiado enfermo para levantarse. Tenía la cabeza ardiente, tosía y respiraba aprisa y con dificultad. Le dolía el pulmón derecho. Mi tío procuró pensar en lo que Hahnemann hubiera recetado en tales circunstancias, y llegó a la conclusión de que lo indicado era una milésima de gramo de aconitina. Desgraciadamente, en toda la cárcel, no fue posible encontrar ni siquiera una millonésima de gramo de aconitina. El resultado de las indagaciones fue encontrar un tubo de pastillas de aspirina y un paquete de rapé de cocaína, de la condesa rusa. Decidieron que lo mejor sería darle al dravidio una dosis de ambas cosas y esperar la llegada del médico.

A mediodía informaron al oficial alemán que vino a hacer la acostumbrada visita de inspección del estado en que se encontraba Alphonse, y prometió mandar al médico inmediatamente. Pero el médico no se dejó ver hasta la mañana siguiente. Mientras tanto, mi tío se nombró enfermero del doliente. El hecho de ser Alphonse viudo de la hermana de su ama de llaves hizo que mi tío se sintiera responsable del pobre indio. Además, bendijo la oportunidad de encontrar una ocupación concreta que le permitiera olvidar, siquiera fuera de manera temporal, su contrariada pasión.

Alphonse se sintió seguro desde el primer instante de que iba a morir. Le comunicó a mi tío su próxima desaparición, no solamente con gran conformidad, sino con verdadera satisfacción. Pues le parecía que al morirse burlaría a sus enemigos, quienes tenían determinado darle muerte en el momento que juzgaran oportuno y de manera espantosa. En vano le aseguró mi tío que no iba a morir y que no tenía dolencia grave. Alphonse insistió en su opinión:

—Dentro de ocho días habré muerto —dijo.

Y cerró los ojos y calló.

Cuando acudió el médico al día siguiente diagnosticó una pulmonía lumbar aguda. Alphonse, a pesar de su fiebre, logró sonreír a mi tío con expresión casi triunfal. Aquella noche la pasó delirando y disparatando en un idioma desconocido para mi tío. Toda la noche la pasó el enfermero escuchando el incomprensible delirio del indio. Y de repente, al verse en presencia de aquel hombre de otra raza que la suya, que hablaba en un idioma desconocido palabras misteriosas que ni él mismo escuchaba o entendía, mi tío se halló invadido por un indecible terror y se encontró espantablemente solo. Se sintió como prisionero dentro de sí mismo, como si fuera un islote rodeado por todas partes de mares insondables y de soledad sin límites. En tanto que el indio hablaba, unas veces en voz suave, persuasiva y cariñosa, otras con acentos de ira, o intercalando entre sus frases carcajadas ruidosas, mi tío pensaba en los millones de hombres y mujeres que se encuentran solos en el mundo y en él presos solitarios. Pensó en los amigos que no se comprenden jamás, a pesar de toda una vida de amistad; en los amantes que se abrazan, y que no obstante están a infinita distancia el uno del otro. Y entonces comprendió la naturaleza desesperada de su apasionado amor, y de todos los amores, puesto que todos tienden a conseguir lo que la naturaleza de las cosas hace que sea imposible alcanzar: la fusión y compenetración de dos vidas, de dos historias distintas, de dos individualidades solitarias y condenadas irremediablemente a no unirse nunca.

El indio reía a carcajadas.

Mas el no poder alcanzar una cosa no ha sido nunca motivo para dejar de desearla. Al contrario, más bien tiende a suscitar y avivar el deseo. Así ocurre que nuestro amor por otras personas y nuestro deseo de encontrarnos en su compañía aumenta al morir las personas amadas. Y la imposibilidad de comunicarnos con alguien, de nuevo puede convertir en amor o estima la indiferencia que sentíamos, y hacemos considerar como deseable la compañía que antes nos producía hartura y tedio. De una misma manera, el amador que comprende que no puede alcanzar lo que ansía, y que cada paso que dé para poseer al amado le revelará nuevos y vastísimos terrenos imposibles de conquistar, no por ello desfallece ni halla en esto medicina para su pasión; antes al contrario, se exacerba su deseo y se aguza hasta quedar mudado en desesperación, que le hace considerar el objeto amado como mil veces más precioso y deseable.

El indio seguía delirando, un fantasma más entre los creados por su imaginación, y tan ensimismado en su delirio, que dijérase que hablaba desde el otro mundo. Y Emmy, ¿no estaba tan remota como el indio? ¿No era imposible su conquista? Pero esto aumentaba su encanto y la hacía más deseable; al rodearse de misterio aumentaba su hechizo. Un hombre más brutal y de mayor experiencia que mi tío hubiera concentrado todos sus esfuerzos en seducir a la muchacha, sabedor de que una vez satisfecho el deseo físico, dejaría probablemente de sentir interés por su alma y su pasado. Pero a mi tío ni siquiera se le ocurrió pensar en la posesión física, pues su amor había tomado la forma de un deseo inmenso, de un ansia de unión imposible, no de cuerpos, sino de almas y de vidas. Es verdad que lo que hasta la fecha había sabido del alma y de la historia de Emmy no resultaba demasiado animador. Pero para él, su estupidez, su gusto por el placer y su frivolidad eran cualidades extrañas y misteriosas, amables a pesar de su naturaleza desacostumbrada; y si algunas veces las juzgaba como defectos, las excusaba y disculpaba inmediatamente, achacándolas a una puerilidad deliciosa o a una educación desgraciada. Mi tío había conocido a pocas mujeres en su vida, y desde luego, nunca se había cruzado en su camino una como Emmy. La solicitud que mostró por Alphonse el primer día de la enfermedad de éste convenció a mi tío de que Emmy, en el fondo, era buena; y si se había mostrado cruel para con él, esto se debía indudablemente a un error y a las malas influencias que la rodeaban y de ningún modo a un natural avieso. Tampoco había que olvidar cómo cantaba la Brabançonne. Entonces resultaba más noble y conmovedora. Para poder cantar de aquella manera era menester tener un alma nobilísima. Al pensar así olvidaba mi tío que no hay ninguna característica que pueda considerarse incompatible con otra, y que el pecado capital puede encontrarse en compañía de la virtud cardinal que le es específicamente contraria. Desgraciadamente, esta clase de sabiduría la olvidamos invariablemente en el preciso momento en que pudiera sernos de alguna utilidad. Solemos aprenderlo cuando aún estamos poco menos que en pañales; yo, al menos, recuerdo haber leído en mi colegio elemental, estudiando el Epitome de Historia Inglesa, por el profesor Omán, del «heroico, pero perdulario duque de Ormond», y de un gran rey inglés que era, sin embargo, «un pedante torpe de habla, tartamudo, que tenía la lengua demasiado grande para el tamaño de su boca». Pero aunque teóricamente está uno harto de saber que un duque puede ser calavera además de valiente, y que la sabiduría de la majestad puede estar acompañada de un habla defectuosa, en la práctica uno continúa creyendo que porque una mujer sea bonita ha de ser bondadosa, y que porque rechace nuestras insinuaciones primeras ha de ser indudablemente, de virtuosa honestidad; sin pararnos a pensar que la gentileza de su porte puede ocultar una crueldad inflexible y un inmenso egoísmo, mientras que la modestia de su semblante bien puede ser una treta para apresar con mayor certeza a su víctima. Tan solo cuando nos hallamos ante una persona de aspecto antipático recordamos que las acciones más odiosas son compatibles con sentimientos de la más auténtica nobleza, y que una mujer o un hombre que se conduce de determinada manera, a pesar de sostener opiniones contrarias a su proceder, no es necesariamente ni un hipócrita ni un falsario.

¡Ah, si pudiéramos tener presente todo esto cuando nos encontramos junto a personas que nos atraen con su simpatía!

Deseando a Emmy con la violencia que la deseaba, mi tío Spencer no hubiera encontrado dificultad en persuadirse a creer, no obstante, sus recientes crueldades para con él, que el espíritu que ansiaba unir al suyo era interesante y de gran belleza; y en realidad no hubiera encontrado la cosa difícil en absoluto, a no ser por aquella desgraciada confesión que ella le hizo. Ésta, aunque le halagó como muestra de la confianza que ella tenía en su discreción y sabiduría, le había causado perplejidad muy profunda, y continuaba perturbándole cada día más. Pues de toda su historia pasada, de toda la historia que él ansiaba fundir con la suya propia, como si junto a ella hubiese vivido siempre, aquel episodio era casi el único capítulo que le era conocido. Su confesión se lo había revelado como un rayo tenue de luz que lució en la oscuridad que envolvía el resto. Y ¡qué episodio! Cuanto más pensaba sobre él mi tío, más desgraciado se le antojaba.

El hombre brutal a que hemos hecho referencia, que para nada se asemejaba a mi tío, hubiera interpretado el incidente como presagio feliz de su propio porvenir. Pero como no deseaba, al menos de manera consciente, la clase de éxito que auguraba, el conocimiento del episodio solamente le producía tristeza. Pues por mucho que mi tío culpara en su fuero interno a las circunstancias y al hombre causa de la caída, no podía exonerar por completo de culpa a Emmy. Ni podía fingir que creía que Emmy no hubiera participado en cierto modo, aunque tal vez solamente físico, en la acción reprobable. Y tal vez participó en ella de muy buen grado. Mas aunque así no fuera, el pensamiento de que había sido envilecida, por muy a su disgusto que la cosa hubiera ocurrido, y mancillada por contactos salaces, le resultaba indeciblemente penoso. Mientras el indio deliraba en aquel tenebroso silencio, únicamente alterado por la respiración breve y fatigosa y por algún quejido suspirado, o una tosecilla seca, mi tío continuó pensando sin cesar. Su pensamiento iba oscilante desde la convicción profunda de la pureza de su amada al temor de que estuviera corrompida por completo. Vio con la imaginación su carita de niña y la expresión extática que reflejaba cuando cantaba la Brabançonne, y después la dulce expresión de su rostro al apiadarse de la desgracia de Alphonse; pero a esto sucedían escenas de abrazos eternos, besos apasionados e innumerables. Y viera lo que viera, continuaba amándola.

Al día siguiente, el indio continuaba con fiebre alta. El médico, al examinarlo, anunció que había comenzado la hematización roja de ambos pulmones. Era un caso grave que debía ser hospitalizado; pero él no tenía autoridad para disponer esta medida. Se limitó a recomendar que le trataran con esponjas templadas para reducir la fiebre.

Mi tío, luchando contra las defectuosas condiciones sanitarias de la prisión, hizo todo lo que pudo. No le faltaron ayudantes voluntarios. El que más y el que menos se mostró dispuesto a ayudar en lo que fuera menester, y ninguno se ofreció con tanto ardor como Emmy. El ocio forzado de la cárcel, aunque aliviado por los chistes del grupo de los alegres, por discusiones teatrales y por las galanterías intencionadas del periodista y el escribiente, le resultaba desagradable. Y la oportunidad de hacer algo, y sobre todo de hacer algo útil (pues al fin y al cabo estábamos en güera), le produjo verdadera satisfacción. Sentada junto al petate del dravidio, le hablaba, le daba que pedía, llevaba a cabo los desagradables menesteres que es preciso hacer en las habitaciones de los enfermos, daba órdenes a mi tío y a los demás, y parecía completamente feliz.

Por su parte, mi tío veía todo esto con singularísimo placer, diciéndose que aquélla era la verdadera Emmy. Ahora ya no era posible dudar: Emmy era bondadosa, amable, un verdadero ángel de compasión y, por tanto (a pesar del duque calavera y heroico del profesor), pura; por tanto, interesante; por tanto, merecedora de todo el amor que él pudiera ofrecerle. Olvidó la confesión escuchada, o dejó de darle importancia; ya no le atormentaban las imágenes que el pensar demasiado sobre ello solía suscitar en su fantasía. Lo que más contribuyó a convencerle de su bondad esencial fue que Emmy había vuelto a mostrarse amable con él. Ocupado su vigor juvenil por completo en hacer algo práctico (pero no lo bastante duro para agotarla o para ponerle los nervios de punta), ya no sentía necesidad de desahogarse con risas y burlas, como le ocurrió al curar del ataque de melancolía que la deprimió tan profundamente durante los primeros días de su encarcelamiento. Ahora eran compañeros de fatigas.

En tanto, el dravidio empeoraba y se debilitaba cada día más. El médico llegó a enojarse seriamente:

—No tiene derecho a estar tan mal como está. Ni es viejo, ni es alcohólico, ni es sifilítico, y tiene una naturaleza buena. Se está muriendo porque le da la gana, sencillamente. A este paso no podrá sobreponerse a la crisis.

Cuando Emmy oyó esto, la expresión de su cara se hizo grave. No había visto nunca la muerte de cerca —deficiencia notoria de su educación, que de haber estado a cargo de mi tío, éste remediara indudablemente—. Pues la muerte era una de las Realidades de la vida con la cual todo ser humano) debiera familiarizarse lo antes posible. Por el contrario, el amor no era en su parecer uno de las Realidades deseables. Nunca se le ocurrió preguntarse el porqué de esta distinción arbitraria. Y no había razón para ello: era así, y nada más.

—Dígame, tío Spenny —le dijo en voz baja cuando el médico se hubo ido—: ¿qué les pasa, de veras, a los que se mueren?

Complacido por esta señal del remozado interés de Emmy por temas graves, mi tío explicó lo que Alphonse creía que le ocurriría.

A mediodía, mientras comían la perpetua sopa de coles y la pésima carne cocida, el escribiente, con el mal gusto que le caracterizaba, preguntó sonriendo:

—¿Qué tal está el negrito?

Emmy le miró con repulsión y notorio enfado:

—No tiene maldita la gracia hablar así.

Y luego, bajando la voz reverentemente, añadió:

—El médico dice que se va a morir.

Nada desconcertado, el escribiente repuso:

—¡Ah! ¿Las va a liar? ¡Pobre negrito!

Emmy calló. El silencio fue general. Dijérase que alguien hubiese hecho un ruido grosero en la iglesia.

Más tarde, en la intimidad del cuartito en donde el dravidio se moría plácidamente, rodeado de archivos y papelotes polvorientos, le dijo Emmy a mi tío:

—¿Sabe usted lo que le digo, tío Spenny? Que es usted un hombre muy bueno. De veras.

Mi tío se sintió demasiado abrumado para responder, y se limitó a repetir varias veces:

—¡Emmy, Emmy!

Luego tomó la mano de la muchacha y la besó dulcemente.

Aquella tarde continuaron hablando de todas las cosas que posiblemente les pueden ocurrir a los que se mueren. Emmy le contó a mi tío lo que había pensado dos años antes, cuando estando trabajando en Glasgow, muy al principio de su carrera profesional, recibió un telegrama comunicándole que su padre había fallecido de repente. Bebía demasiado, le explicó. Y cuando no estaba en sus cabales, se portaba mal con su madre. Pero ella le había querido mucho, y cuando recibió el telegrama había estado pensando y pensando…

Mi tío la escuchó con gran atención, feliz de conocer otro episodio de su vida pasada; y olvidó el otro incidente que el rayo luminoso de su confesión le había revelado.

Aquella noche, ya tarde, después de permanecer inmóvil durante un largo rato. Alphonse se rebulló de pronto, abrió sus ojos negros y comenzó a hablar: primero, en aquel idioma incomprensible de su delirio; después, al darse cuenta de que no le entendían, en su extraño y peculiar francés:

—Lo he visto todo —dijo—. Todo.

—¿El qué? —le preguntaron.

—Todo lo que va a ocurrir. He visto que esta guerra va a durar mucho tiempo… mucho. Más de cincuenta meses.

Y acto seguido comenzó a profetizar las más terribles calamidades.

Mi tío, que estaba completamente seguro de que la guerra de ningún modo podía durar más de tres meses, se mostró incrédulo. Pero Emmy que no tenía ninguna idea preconcebida acerca del asunto y sí una intensa fe en los oráculos, impidió con impaciencia que mi tío procurara hacer callar al dravidio.

—Díganos lo que nos va a pasar a nosotros, Alphonse.

Emmy no se interesaba gran cosa por la suerte que pudiera correr la civilización.

Mi tío protestó débilmente:

—No, no…

Pero el indio no le hizo caso.

—Yo voy a morir, y usted —dijo dirigiéndose a mi tío— será puesto en libertad y luego encarcelado de nuevo. Pero no aquí. En otro sitio. Está muy lejos. Y durante mucho tiempo. Mucho tiempo. Será usted muy desgraciado.

Sacudió la cabeza y continuó:

—No lo puedo remediar, aunque ha sido usted tan bueno conmigo. Eso es lo que veo. Pero el hombre que me engañó —y aludía con estas palabras al periodista—, a ése le soltarán muy pronto y vivirá en libertad; en la libertad que reinará aquí, que será poca. Y el que se sienta en el sillón, volverá a su país. Y el que canta conocerá la libertad, como el hombre que me engañó. Y el hombre pequeño y gris será enviado a otra prisión, en otro país. Y la mujer gorda de la boca roja será enviada a otro país, pero no estará presa. Creo que allí se casará… otra vez.

Las descripciones aludían, sin duda, al profesor de latín y a la condesa rusa. Siguió hablando:

—El hombre de la cara con granos —evidentemente el escribiente— será enviado a otra prisión en otro país; y allí morirá. Y la mujer triste que se viste de negro…

Pero Emmy no pudo aguantar más tiempo, y le interrumpió diciendo:

—¿Y yo? ¿Qué me pasará a mí?

El dravidio cerró los ojos y permaneció en silencio durante algún tiempo:

—La pondrán en libertad —respondió al cabo—. Pronto. Y llegará el día en que será usted esposa de este hombre bueno —señaló a mi tío y continuó—: Pero eso no ocurrirá todavía. No ocurrirá hasta que pase mucho tiempo, hasta que todas las batallas acaben. Tendrá usted hijos… tendrá buena suerte.

Se hizo su voz más débil. Cerró los ojos y suspiró, como si estuviera agotado. Pero logró murmurar:

—No se fíe de los desconocidos de pelo rubio… —dijo, repitiendo una vez más su antigua cantilena. Y no añadió más.

Quedaron Emmy y mi tío mirándose en silencio.

—¿Qué quiere decir todo eso, tío Spenny? ¿Será verdad? —logró decir al fin en voz baja.

Dos horas más tarde, el indio estaba muerto.

Mi tío durmió, o mejor dicho no durmió, aquella noche en el cuarto grande. El cadáver yacía solitario entre los archivos. Las palabras del indio resonaban perpetuamente en el cerebro de mi tío: «Y llegará el día en que será usted esposa de este hombre bueno». Tal vez, se dijo, al borde de la muerte, el espíritu comienza a ensayar sus alas en el nuevo mundo. Quizá comienza a ver algunos de los secretos que le van a ser revelados. Mi tío no veía nada incoherente en tal teoría. En su universo cabía perfectamente lo que es llamado comúnmente, y tal vez con error, milagro. Tal vez aquellas palabras del indio fueran, se dijo, una promesa, mera enunciación de un hecho futuro. Echado de espaldas, con los ojos fijos sobre el estrellado cielo que se veía por la ventana, meditó sobre el problema del destino fatal y del libre albedrío, con el cual los diablos de Milton solían pasar sus infernales ratos. Como una coda persistente, las palabras se repetían una y otra vez: «Serás la esposa de este hombre». Las estrellas fueron moviéndose lentamente, sobre el cuadrado de cielo que la ventana dejaba ver. Mi tío no concilió el sueño.

A la mañana siguiente se recibió orden de que fueran puestos en libertad el tenor y el periodista. Los dos se despidieron alegremente de sus compañeros de prisión. La puerta se cerró tras ellos. Emmy se volvió hacia mi tío con una mirada aterrada; las profecías del indio habían empezado a cumplirse. Pero ninguno de los dos dijo nada. Dos días más tarde, el escribiente fue trasladado a un campamento de prisioneros en Alemania.

Y pasado algún tiempo, una mañana, mandaron que se presentara mi tío. La orden llegó de repente y no le dieron tiempo para despedirse de nadie. Fue interrogado por la autoridad competente, que le halló inofensivo. Se le permitió regresar a Longres, en donde debería permanecer en libertad vigilada. Ni siquiera le permitieron regresar a su prisión para despedirse. Un soldado le trajo del Ministerio todos los efectos de su propiedad. Le metieron en un tren, y le ordenaron que se presentara al comandante de Longres en cuanto llegara.

Antoinette recibió a su señor con lágrimas de gozo. Pero mi tío no halló gusto alguno en su recobrada libertad. Emmy continuaba prisionera. Naturalmente que no tardaría en ser puesta en libertad… Y entonces comprendió con horror que Emmy no sabía su dirección. Le habían libertado con tales prisas, que no tuvo tiempo de convenir con ella lo necesario para volver a verse. Ni siquiera la había visto la mañana en que recobró la libertad.

Dos días después de llegado a Longres, le pidió permiso al comandante de la plaza, a quien tenía que presentarse a diario, para ir a Bruselas. Le preguntaron que para qué, y mi tío respondió la verdad; que para visitar a una amiga que había quedado en la cárcel de la que acababa de salir él. Le negaron el permiso sin más preguntas.

Pero a pesar de la negativa, mi tío fue a Bruselas. El centinela que había a la puerta de la cárcel le detuvo por sospechoso. Le volvieron a enviar a Longres. El comandante le habló amenazadoramente. A la semana siguiente, mi tío volvió a probar suerte. Sabía que aquello era sencillamente una locura, pero era preferible cualquier idiotez a no hacer nada. Le volvieron a detener.

Esta vez le condenaron a ser internado en un campo de concentración alemán. Las profecías del indio iban cumpliéndose con extraordinaria exactitud. Pues la guerra duró más de cincuenta meses. Y el escribiente de los barrillos, a quien mi tío volvió a encontrar en el campamento de prisioneros, murió en efecto.

Por qué me eligió mi tío para confidente, no lo sé.

Después de todo, siempre me había conocido niño, y fue casi mi padre. Pero tal vez la razón sea que pensara que yo podía aconsejarle mejor en estos asuntos que mi padre y hermano suyo, o que Mr. Bullinger, el erudito sobre asuntos referentes a Dante, o que cualquiera de sus otros amigos. Puede que hubiera sentido vergüenza de hablarles de tales cosas. Y puede que le pareciera, además, que no lograría gran cosa acudiendo a ellos, y que yo, a pesar de mi juventud, o precisamente debido a ella, tendría mayor experiencia en estos problemas que sus amigos. Pues yo diría que ni mi padre ni Mr. Bullinger sabían gran cosa acerca de las imitadoras de estrellas masculinas.

En cualquier caso, por uno u otro motivo, a mí fue a quien consultó acerca de todo lo que queda relatado, en la primavera de 1919, durante su estancia en Sussex, adonde fue para restablecerse de los amargos días de prisión. Solíamos dar juntos largos paseos, ya fuera por los campos despejados y ondulantes o entre las grises columnas de los bosques de hayas. Poco a poco, venciendo vergüenzas y pasando de una a otra confidencia, mi tío me contó toda la historia.

Este relato llevó consigo interminables discusiones. Pues hubimos de decidir, en primer lugar, si existía una teoría científica que explicase las profecías; si existía un futuro absoluto que hubiera de ser vivido. Y aún con mayor detenimiento tuvimos que discutir sobre la mujer, si realmente «eran así», o si eran, de acuerdo con los deseos de mi tío, ángeles admirables. ¡Y a qué profundidades de cinismo había aprendido mi tío a descender durante las largas horas de amargas meditaciones pasadas en la prisión!

Pero más importante que nuestras especulaciones acerca del posible carácter de Emmy, era el descubrir en dónde se encontraba. Más urgente que decidir si podía uno fiarse verdaderamente de las profecías en general, era poner los medios oportunos para que se cumpliera aquel vaticinio en particular. Durante muchas semanas, mi tío y yo nos dedicamos a jugar a policías.

He pensado algunas veces que probablemente, cuando llevábamos a cabo nuestras pesquisas en compañía, presentábamos un aspecto bastante parecido al de la famosa pareja: mi tío, con los ojos brillantes, cadavérico, de cara afilada y genial, sería el Sherlock Holmes del equipo; yo, con mi cara redonda y colorada, podría pasar por un doctor Watson algo mozo. Pero de hecho, era yo, y lo digo sin petulancia, el más eficaz investigador de los dos. Mi tío era demasiado desconocedor del mundo para saber en dónde buscar a una amante desaparecida; como era demasiado ignorante, desde el punto de vista científico, para saber cómo o dónde puede descubrirse algo acerca de asuntos más abstractos.

Fui yo quien le llevó al Museo Británico y le hizo repasar todos los números atrasados de los periódicos teatrales para ver si Emmy se había anunciado en alguno de ellos buscando trabajo. Fui yo, el aparente Watson, quien pensó en recurrir a los agentes teatrales y a los conserjes de los teatros de segunda fila. Sagaz de aspecto, pero en realidad inocente en grado sumo, mi tío me seguía, admirado de mis conocimientos acerca de aquel extraño mundillo.

Pero he de confesar que fracasamos completamente. Ningún agente teatral había sabido de Emmy Wendle desde 1914. Ningún periódico anunciaba su nombre. Los conserjes de los music-halls se acordaban de ella como si se tratara de alguna cosa antediluviana.

—¿Emmy Wendle? —decían—. ¡Ah…, sí…!

Se rascaban la cabeza, procurando pasar del recuerdo del nombre al de la persona, como un paleontólogo que estuviera reconstruyendo todo el diplodoco partiendo de un único hueso fósil.

Dos o tres veces dieron distintas direcciones. Pero las patrañas de las casas de huéspedes en las cuales Emmy se había alojado no se acordaban de ella. Y aquella tía de Ealing, en quien tantas esperanzas pusimos, decidió, dos o tres meses antes de comenzar la guerra, no volver a tener relación alguna con Emmy. La mala opinión que por aquel entonces se formó de su sobrina se confirmó e intensificó gracias a nuestras impertinentes preguntas. Nos dijo que no sabía absolutamente nada de su sobrina, y que no quería saberlo, a lo que añadió que nos agradecería que dejásemos en paz a la gente decente como ella. Derrotados, volvimos a subir a nuestro taxi, mientras los vecinos de la miserable callejuela nos miraban como si fuéramos visitantes de otro planeta, y nuestro taxi, un carro habitualmente usado por las hadas.

—Tal vez ha muerto —dijo mi tío Spencer en voz baja al cabo de un rato de silencio.

—Puede —le dije brutalmente— que se haya casado y que se haya retirado del teatro.

Mi tío cerró los ojos y dejó escapar un suspiro mientras se pasaba la mano por la frente. ¿Qué espantosas imágenes bullían dentro de su cabeza? Hubiera preferido creerla muerta.

—Y sin embargo, el indio… —murmuró—, el indio siempre tenía razón; la tuvo en todo lo que dijo…

Y puede ocurrir que todavía la tenga. ¿Quién sabe?

*FIN*


“Uncle Spencer”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

Fard

 

Llevaban discutiendo y peleando casi tres cuartos de hora. El rumor inarticulado de las voces llegaba flotando por el pasillo desde el otro extremo del piso. Encorvada sobre su costura, Sophie se preguntaba, sin especial curiosidad, acerca de qué sería esta pelea. La voz que se oía con más frecuencia era la de Madame. Aguzada por la ira, indignada y llorosa, estallaba en borbotones. Monsieur conservaba mayor dominio de sí mismo, y su voz, más grave, afinada a un diapasón más bajo, atravesaba más difícilmente las puertas cerradas y se oía menos en el pasillo. Para Sophie allá en su cuartucho helado, la pelea parecía consistir en una serie de monólogos de Madame intercalados de silencios extraños y amenazadores. Pero, de cuando en cuando, Monsieur parecía perder la paciencia, y entonces desaparecía el silencio intercalado entre el hervor de palabras agudas y se oían voces agrias, profundas y airadas. Los agudos gritos de Madame eran persistentes, incansables. Incluso cuando estaba fuera de sí, su voz conservaba una monotonía carente de inflexiones y extraña. Por el contrario, Monsieur hablaba ora ruidosamente, ora con suavidad llena de modulaciones y repentinas subidas de tono, lo que hacía que su contribución a la pelea sonara como una serie de explosiones aisladas: guau, guau, ruau-guau: como un perro que ladrase lentamente.

Pasado algún tiempo, Sophie dejó de prestar atención a la pelea. Estaba cosiendo una combinación de Madame, y el trabajo exigía toda su atención. Estaba muy cansada. Le dolía todo el cuerpo. El día fue duro; como ayer, y como anteayer, y como todos los días. Y ya no era tan joven como antes. Dentro de dos años cumpliría los cincuenta. Todos los días de su vida, absolutamente todos, habían sido duros. Pensó en los sacos de patatas que solía llevar en el campo cuando era pequeña. Caminaba muy lentamente, por el sendero polvoriento, con el saco a la espalda. Otros diez pasos nada más; podría llegar. Y llegaba; pero lo malo era que con aquello no acababa la cosa: era menester empezar de nuevo. Una siempre tenía que empezar de nuevo.

Alzó la vista de su costura, movió la cabeza a uno y otro lado, y cerró los ojos y los abrió rápidamente varias veces. Había comenzado a ver lucecitas y motas oscuras que bailaban delante de sus ojos. Cada día le ocurría esto con mayor frecuencia. Una especie de gusano amarillento y luminoso reptaba a lo largo de la esquina derecha de su campo visual, y aunque se movía incesantemente hacia arriba, siempre permanecía en el mismo sitio. Alrededor del gusano, unas estrellas verdes y rojas guiñaban sin descanso. Se interponían entre ella y la costura, y no desaparecían aunque cerrase los ojos. Pasados unos segundos, continuó cosiendo. Madame quería la combinación para la mañana siguiente sin falta. Pero no era fácil coser con aquel molesto gusano amarillo.

Aumentó de pronto el ruido que llegaba desde el otro extremo del pasillo. Se había abierto una puerta. Las palabras se hicieron comprensibles:

—…bien tort, mon ami, si tu crois que je suis ton esclave. Je jerai ce que je voudrai.

Moi aussi —dijo Monsieur con una risa agria y peligrosa.

Sonaron en el pasillo unos pasos ruidosos. Se oyó un rumor de alguien que andaba en la bastonera. Luego, el portazo de la puerta de la escalera, Sophie volvió a concentrarse en su trabajo. ¡Maldito gusano y malditas estrellitas, y maldito el cansancio de todo su cuerpo! ¡Ah, si una pudiera pasarse un día entero en la cama, en una cama inmensa y plumosa, caliente y blanda…!

El timbre la sobresaltó. Siempre lo hacía, con su zumbido de avispa irritada. Se levantó, dejó la costura sobre la mesa, se alisó el delantal y se dirigió al pasillo. El timbre volvió a zumbar con furia. Madame estaba impaciente.

—¡Vamos, Sophie! ¡Por fin! ¡Creí que no iba usted a venir nunca!

Sophie no dijo nada; no había nada que decir. Madame estaba en pie ante el armario abierto. Tenía al brazo algunos vestidos, y otros se veían amontonados sobre la cama.

Une beauté a la Rubens, solía decir de ella su marido cuando se encontraba de talante amoroso! Le gustaban estas mujeres opulentas, espléndidas, grandes. Que le dejaran a él de esas damitas que parecían tuberías flexibles. La llamaba cariñosamente Héléne Fourment.

—Uno de estos días —solía decir Madame a sus amigos— tengo que ir al Louvre para ver mi retrato. El de Rubens, ¿sabes? Es realmente inconcebible que haya una vivido siempre en París y que no haya visto nunca el Louvre, ¿no te parece?

Esta noche estaba magnífica. Tenía las mejillas^ encendidas, los ojos le brillaban extraordinaria® mente a través de las largas pestañas, y su cabello® de un castaño rojizo, estaba alborotado.

—Mañana salimos para Roma, Sophie —dijo dramáticamente—. Mañana por la mañana.

Descolgó otro vestido al hablar y lo tiró sobre la cama. Al hacerlo se abrió la bata y dejó ver la rica y adornada ropa interior, y el fulgor de una carne blanca y exuberante.

—Tenemos que hacer el equipaje inmediatamente.

—¿Para cuánto tiempo, Madame?

—Quince días, tres meses…, ¿cómo lo voy a saber?

—Es distinto, Madame.

—Lo importante es irse de aquí. No volveré a esta casa, después de lo que se me ha dicho en ella esta noche, hasta que me pidan perdón humildemente.

—Mejor será que nos llevemos el baúl grande, entonces, Madame. Voy a buscarlo.

En el cuarto de las maletas el aire estaba enrarecido; olía a polvo y a cuero. El baúl grande estaba en un rincón. Tuvo que doblarse y tirar de él en postura forzada. El gusano y las estrellitas de colores temblaron ante sus ojos. Se sintió mareada al enderezarse.

—Yo la ayudaré a hacer el equipaje —le dijo Madame cuando regresó Sophie con el baúl.

«¡Qué cara de muerta tenía la vieja!», pensó Madame. No le gustaba tener a su alrededor gentes feas y viejas. Pero Sophie era tan buena criada, que sería una locura despedirla.

—No se moleste, Madame. Mejor será que se acueste. Es tarde.

Sophie sabía que aquello serie el cuento de nunca acabar, si Madame se empeñaba en ayudarla. Comenzaría a abrir cajones, a revolverlo todo… Pero Madame respondió que no podría dormir. Estaba demasiado nerviosa. ¡Los hombres…! ¡Qué embêtement! ¿Una no era su esclava!. Una no iba a dejar que la trataran así.

Sophie estaba haciendo el equipaje. Un día en la cama, todo un día en una cama grande y blanda como la de Madame. Dormir, y luego despertar durante irnos instantes, para quedar dormida nuevamente al poco rato…

—Su última gracia —estaba diciendo Madame— es salir con que no tiene dinero. Que no compre más ropa, me dice. ¡Qué estupidez! ¡Querrá que vaya desnuda! Y eso de que no tiene dinero es sencillamente una majadería. Claro que lo tiene, lo que pasa es que es un roñoso. Si quisiera trabajar un poco de verdad, en lugar de pasarse la vida escribiendo versos y publicándolos por su cuenta, tendría dinero de sobra.

Dio unos paseos nerviosos por la habitación.

—Además tiene a su padre. ¿Para qué le sirve si no? ¿Para decirme que debo estar muy orgullosa de estar casada con un poeta? —e imitó la voz temblona del viejo—. Cuando se lo oigo, me cuesta trabajo no echarme a reír en su cara. Y sigue: «¡Qué versos más admirables escribe Hégésippe acerca de ti!, ¡qué pasión, qué fuego!».

Sonrió al pensar en el viejo, sacudió la cabeza, agitó un dedo en el aire, hizo temblar sus piernas, imitando en todo a su suegro.

—¡Pero resulta —añadió riendo— que Hégésippe está calvo y se tiñe los pocos pelos que le quedan! Y en cuanto a esa pasión de sus versos…, es una pura invención. Pero… ¿en qué está usted pensando, Sophie? ¿Para qué vamos a llevarnos ese horrible vestido verde?

Sophie volvió a sacar el vestido verde sin decir una palabra. Madame se preguntó por qué habría elegido la vieja aquella noche entre todas para tener tan mala cara. Tenía la tez amarilla y los dientes azulados. Debiera mandarla a la cama. Pero, ¿y el equipaje? ¿Qué iba a hacer?

Realmente, no había derecho a que todo se pusiera contra ella; hasta Sophie.

—¡Qué vida ésta! —suspiró, y se dejó caer sobre la cama, en la cual quedó sentada; los suaves muelles la recibieron amorosamente y la columpiaron dos veces antes de quedar inmóviles—. ¡Estar casada con un hombre así! Dentro de poco comenzaré a ponerme vieja y gorda. Y no le he engañado jamás. ¡Y fíjese cómo me trata!

Volvió a levantarse y a pasear por el cuarto.

—Pero ¡no le aguanto! —gritó.

Se detuvo delante del gran espejo y admiró su figura, magnífica y trágica. «Nadie pensaría —se dijo— que ya tenía más de treinta años». Más allá de la espléndida actriz que reflejaba el espejo, vio una miserable criatura, huesuda, miserable, vieja, con la cara amarillenta y los dientes azules, que se inclinaba penosamente sobre el baúl. La verdad, era de lo más desagradable. Parecía una de esas mendigas que se ven en las mañanas frías, pidiendo limosna al borde de la acera. ¿Qué hace una: pasar rápidamente, procurando no verlas, o detenerse un segundo y darles unas monedas de cobre o hasta un billete de dos francos, si es que no lleva cambio? Era lo mismo; hiciera lo uno o lo otro, se quedaba una incómoda, advirtiendo con desagrado la presencia de las propias pieles… Eso le pasaba a ella por tener que ir andando, otra muestra de la cicatería de Hégésippe. Si tuviera coche, no tendría necesidad de ver a aquellas mujerucas, ni saber que existían. Apartó la mirada del espejo.

—¡No le aguanto! —dijo tratando de olvidar a la mendiga de la cara amarilla y los dientes azules—. ¡No le aguanto! —y ahora se dejó caer en una silla.

Pensó en un amante con la cara amarilla y dientes desiguales y azulinos, y se estremeció, cerrando los ojos. ¡Qué horror! Sintió la tentación de volver a mirar. Los ojos de Sophie tenían el color de plomo verdoso, sin vida alguna. ¿Qué hacer? La cara de la mujer era una acusación, un reproche. Y además la estaba poniendo enferma. Jamás se había encontrado tan nerviosa.

Sophie, que estaba de rodillas, se alzó con gran trabajo y expresión de dolor agudo en su cara. Fue andando lentamente hasta la cómoda y contó no menos lentamente hasta seis pares de medias de seda. Se acercó nuevamente al baúl. ¡Era un verdadero cadáver andando!

—¡Qué vida, qué vida más terrible la mía! —dijo Madame con acento de profunda convicción.

Debiera mandar a la vieja a la cama. Pero no podría hacer sola el equipaje… ¡Y era tan importante el salir mañana por la mañana sin falta! Le había dicho a Hégésippe que se iría, y él se había reído; no lo había creído. Pues esta vez le iba a dar una lección. En Roma vería a Luigino. Era un chico encantador; y además, marqués. Tal vez…

Pero no podía pensar en nada sino en la cara de Sophie, en los ojos de plomo, en los dientes azulinos, en la piel amarillenta y arrugada.

—Sophie —dijo de pronto, y le costó verdadero trabajo no gritar—; ahí, en el tocador, hay una cajita de rouge, de Dorim número veinticuatro. Póngase un poco en los carrillos. Y en el cajón de la derecha encontrará usted una barrita para los labios.

Cerró los ojos con un esfuerzo, mientras Sophie se levantó con un crujir de huesos de lo más desagradable, y se acercó al tocador. Allí estuvo un rato, que pareció eterno, en silencio. ¡Qué vida, qué vida ésta! Madame oyó los pasos lentos de la criada, que se acercaba de nuevo. Abrió los ojos. ¡Ah! ¡Mucho mejor, muchísimo mejor!

—Gracias, Sophie. Ahora parece usted mucho menos cansada.

Se levantó ágilmente.

—Y ahora tenemos que damos prisa.

Corrió hacia el armario llena de vida.

—Pero…, ¡por Dios, Sophie! ¡Se le ha olvidado a usted poner mi traje azul de noche! ¿Cómo puede usted ser tan tonta?

*FIN*


“Fard”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hubert y Minnie


Para Hubert Lapell era extremadamente importante aquel primer amor. «Importante» fue la palabra que empleó al escribir sobre él en su Diario. Era un acontecimiento de su vida, un verdadero acontecimiento por fin. Marcaba como un hito un punto crítico de su desarrollo espiritual.

«Dijo Voltaire», escribió en su Diario, y repitió en una de sus cartas a Minnie: «Dijo Voltaire que morimos dos veces; una, cuando muere el cuerpo entero, y otra, anterior a ésta, cuando se extingue nuestra capacidad de amar. De una misma manera, son dos las veces que nacemos, y es la segunda, cuando nos enamoramos por vez primera. Nace uno entonces en un mundo nuevo, un mundo en el cual los sentimientos son más intensos, los valores aumentan, nuestra percepción se hace más penetrante». Etcétera.

Será menester confesar que Hubert halló decepcionador este mundo nuevo. La intensificación de sus sentimientos no fue nada extraordinario; desde luego, fue inferior a lo que a juzgar por la literatura romántica pudiera calcularse.

 

Te digo que estoy loco por el amor de Crésida;
me dices que es gentil, y en la abierta úlcera
de mi corazón derramas sus ojos, su cabello,
sus mejillas, su porte, su voz.

 

No; no era nada que recordase tales extremos. En su Diario, en sus cartas a Minnie, es cierto que pintaba refulgentes y románticos paisajes del mundo nuevo. Pero eran paisajes imaginarios, artificiales, al estilo de los de Salvador Rosa, más ricos, más fragosos, más pintorescos y con claroscuros más pronunciados que la realidad. Hubert se lanzaba ávidamente sobre cualquier veleidad de una desgracia, de un deseo físico, de un ansia espiritual, para tejer alrededor de ello, en sus cartas y en su Diario, algo sustancialmente romántico. Había veces, por lo general a altas horas de la noche, en que llegaba a convencerse a sí mismo de que era verdaderamente el más desatentado, el más infeliz, el más ardoroso amante que jamás hubo. Pero durante el día se ocupaba en sus quehaceres, alimentando algo que se parecía mucho a un agravio que el amor le hubiera inferido. El amor era algo decepcionador; sí, el amor era, decididamente, decepcionador.

Pero Minnie no encontraba el amor decepcionador, ni mucho menos. Se había enamorado de Hubert desde el primer instante. Un amigo de ambos se lo presentó durante una de las veladas que se celebraban en su casa los miércoles por la noche. «Te voy a presentar a Mr. Lapell; pero realmente es demasiado joven para que nadie le llame más que Hubert». Tal fue la fórmula de presentación. Minnie se echó a reír, le estrechó la mano y comenzó a llamarle Hubert desde el primer momento. También él se había reído nerviosamente. «Me llamo Minnie», le dijo ella; pero estuvo Hubert demasiado nervioso toda la noche para llamarla Minnie o cualquier otra cosa. Tenía Hubert el pelo alborotado y rebelde, como el de un niño, y ojos grises que jamás descansaban sino durante brevísimos momentos sobre la persona con quién hablaba, para luego retirarse como si tuvieran miedo. Lanzaba sus miradas rápidamente con interés, y luego las recogía prestamente. Su voz, musical, caracterizada por repentinos énfasis y rápidas modulaciones que la hacían subir y bajar, dijérase que iba dirigida a un fantasma que flotase algo por encima y a la derecha o la izquierda de la persona con quien en realidad hablaba. Encima de las cejas, se veía una frente bellamente abovedada, partida por una arruga pensativa que separaba los ojos. Cuando estaban en reposo, sus labios formaban una especie de morrito, como si su dueño estuviera expresando perpetuamente el descontento crónico que le inspiraba el mundo. Y, naturalmente, pensó Minnie, el mundo no era lo bastante bello para su idealismo.

—Pero después de todo —dijo Hubert aquella primera noche—, siempre puede uno vivir en el mundo de los propios pensamientos. Por lo menos, ése es diáfano y hermoso. Siempre es posible vivir alejado del torbellino brutal.

Desde las profundidades de su sillón, frágil y cansada, de excesiva elegancia incongruente con la atmósfera artística que allí se respiraba, Helen Glamber se había echado a reír y había respondido.

—No estoy conforme. Antes al contrario, yo creo que se debe ir de un lado a otro a toda prisa, conocer miles y más miles de personas, comer y beber sin templanza, hacer el amor incesantemente, y gritar y reír y aporrear las cabezas de los demás.

Minnie se acordaba de todos los incidentes de aquella noche con claridad absoluta. Una vez expresados estos sentimientos rabelesianos, Helen Glamber se había hundido más todavía en su sillón con un suspiro de cansancio y cubriéndose los ojos con su mano blanca y fina, pues tenía un dolor de cabeza espantoso y la luz le hacía daño en los ojos.

—¡La verdad, Helen…! —dijo Minnie riéndose. Las palabras de su amiga la hubieran escandalizado si las hubiese pronunciado cualquier otra persona. Pero a Helen le estaba permitido todo. Hubert reafirmó su quietismo.

Elegante, cansada, infinitamente frágil, Helen le escuchaba desde las profundidades de su butaca. O quizás estaba tratando de dormir al amparo de su mano protectora.

Minnie se había enamorado fulminantemente. Al pensar en ella ahora, comprendía que había sido un verdadero flechazo. Le había adorado desde el principio, de manera maternal, con ansias de protegerle, pues Hubert era muy joven, apenas tenía veinte años, a pesar de aquella arruga de su entrecejo y de las palabras polisilábicas características del estudiante que acaba de descubrir la sabiduría. Apenas veinte años; y ella tenía veintinueve. Y también se había enamorado de su belleza. ¡Ah! ¡Y con qué pasión!

Cuando lo advirtió Hubert, se sintió sorprendido y profundamente halagado. Nunca le había pasado nada semejante. Le gustó la sensación de verse adorado, y puesto que Minnie se había enamorado de él tan violentamente, le pareció la cosa más natural del mundo enamorarse de ella. Es verdad que si Minnie no se hubiera enamorado de él, a Hubert no se le hubiese ocurrido jamás prendarse de Minnie, pero… Cuando la conoció, la encontró muy agradable, pero no demasiado emocionante. Más tarde, las patentes muestras que ella dio de adoración, lograron que Hubert la hallara más interesante, y al fin acabó por enamorarse él también. Pero puede opinarse que no es realmente demasiado extraño que Hubert se sintiera algo decepcionado por el amor.

Sin embargo, reflexionaba en ciertos momentos íntimos en que se confesaba que algo le ocurría a su pasión; el amor no consumado, nunca podría ser considerado, de manera natural, como realmente auténtico. Y anotó en su diario, muy oportunamente, dos serventesios de John Donne:

 

Así deben descender las almas de los amantes puros
a facultades y afectos
que pueda el sentido alcanzar y comprender,
o yace encarcelado en un gran príncipe.
A nuestros cuerpos entonces recurrimos
para que los hombres, débiles, puedan ver el amor;
los misterios del amor crecen en el alma,
pero el cuerpo es su libro.

 

La próxima vez que vio a Minnie, le recitó estos versos.

La conversación que tuvieron inmediatamente después, compuesta de filosofía y de confidencias personales, fue exquisita. A Hubert le pareció que alcanzaron los niveles considerados normales por la literatura.

A la mañana siguiente, Minnie llamó por teléfono a su amiga Helen Glamber, y le preguntó si podría ir a tomar el té con ella aquella tarde. Tenía que hablar con ella de varias cosas. Helen suspiró al colgar el teléfono.

—Esta tarde viene Minnie a tomar el té —dijo en voz alta, volviendo la cabeza hacia la puerta abierta.

Se oyó la voz de su marido, que decía desde el otro lado del pasillo:

—¡Qué aburrimiento!

Lo dijo con acento de horror distraído, de resignación automática; pues John Glamber estaba embebecido en su trabajo, y solamente quedaba en este mundo una partícula de su ser, por así decirlo, disponible para reaccionar al oír la mala noticia.

Helen volvió a suspirar, y acomodándose más agradablemente contra los almohadones, cogió su libro. Sabía que aquel tono de voz, aquella respuesta dada desde una gran lejanía espiritual, quería decir que si ella trataba de continuar con la conversación, las únicas contestaciones que escucharía serían ruidos inarticulados y sin gran significación. Y si ella, a pesar de todo, insistía, entonces él diría con voz quejosa y lastimera:

—Hijita, estoy trabajando…

Y, sin embargo, a Helen le hubiera gustado mucho hablar un rato en aquel momento. En lugar de hacerlo, continuó su lectura, interrumpida por la llamada telefónica de Minnie.

«Para entonces, ya las llamas habían envuelto al gineceo. Diecinueve veces se aventuró el heroico patriarca de Alejandría en el ardiente edificio, del cual logró salvar a todas las bellas ocupantes menos dos; veintisiete eran, y todas fueron transportadas inmediatamente, de acuerdo con sus instrucciones, a sus habitaciones particulares…».

Se trataba de uno de los libros instructivos que le gustaba a John que leyera. Historia, misterios, lecciones y leyes. Pero en aquel momento, Helen no sentía apetencias históricas. Tenía ganas de hablar. Y era imposible; completamente imposible. No había que pensar en ello.

Dejó el libro y comenzó a limarse las uñas y a pensar en la pobre Minnie. Sí; la pobre Minnie. ¿Por qué no podía uno evitar el decir «¡Qué aburrimiento!» al saber la proximidad de su visita? ¿Y por qué le faltaba a una el valor suficiente para negarse a darle de merendar? Realmente porque inspiraba lástima; pero de manera muy aburrida. Hay gente con la cual nos gusta mostramos amables, a la que deseamos ayudar. Gente que nos mira con ojos de mono enfermo. Los vemos y se nos parte el corazón. Pero Minnie era una mujer, grande y saludable, de veintiocho años, que debiera estar casada y ser madre de varios niños, y ni lo estaba ni lo era. Hubiera sido una esposa admirable, y una madre excelente, solícita y cuidadosa. Pero ninguno de los hombres que la conocieron desearon casarse con ella. ¿Por qué iban a desearlo? Cuando entraba en una habitación, parecía que se velaba la luz, que disminuía la tensión eléctrica. No irradiaba vida, sino que la absorbía como si estuviera hecha de papel secante. No era de extrañar que ningún hombre quisiera casarse con ella. Y, sin embargo, era la única solución. Sobre todo, si se tenía en cuenta que estaba enamorándose perpetuamente. La única solución.

—John —dijo de pronto Helen—, ¿es verdad lo que dicen de los hurones?

—¿De los hurones? —dijo la voz en la habitación vecina, lejana e irritada—. ¿Qué dicen de los hurones?

—Que las hembras se mueren si no tienen macho…

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Como generalmente lo sabes todo…

—Pero, hijita, la verdad…

La voz sonó quejosa, preñada de reconvención. Helen se tapó la boca con la mano y arrojó un beso a su marido.

—Bueno, bueno; está bien —dijo rápidamente—, está bien. No lo volveré a hacer, te lo prometo.

Y lanzó otro beso hacia la puerta.

—Pero… los hurones… —dijo la voz.

—¡Chist! Déjalo.

—¿Por qué los hurones?

—John, no debes interrumpir tu trabajo —le dijo ella con acento de severidad.

Minnie fue a tomar el té. Comenzó a hablar del asunto en hipótesis, como si se tratara de otra persona; luego aumentó su valor y lo expuso personalmente. Se trataba de ella misma. Helen le aconsejó brutalmente, con toda su inocencia pagana y serena:

—Si lo que quieres hacer es llevar el asunto adelante, con todas sus consecuencias, hazlo. La cosa no tiene importancia esencial. Bueno, no mucha. Es importante porque hace posibles las confidencias verdaderamente íntimas, porque fortalece el amor, porque, en cierto modo, hace que el hombre dependa de ti. Y, además, es lo natural. Yo siempre defiendo la naturaleza en todo, menos cuando se trata de pintarme la cara. Dicen que los hurones…

Pero Minnie observó que la frase quedó sin acabar. Aterrada, fascinada y escandalizada, pero convencida, siguió escuchando.

—John —dijo Helen aquella noche, cuando su marido volvió a casa—, ¿quién inventó las convenciones sociales? Y ¿por qué?

John se echó a reír.

—Las inventó Adán por varias razones trascendentales que, probablemente, encontrarías difíciles de comprender. Pero, además, con el objeto práctico de lograr que Eva se portase bien.

—Supongo que tienes razón; pero complican la vida —sacudió la cabeza—. No está nada clara la cosa. Las convenciones a los dieciséis años, bueno. Pero a los veinte ya debe ser posible estar por encima de ellas. Y a los treinta, bueno, la verdad, a los treinta… Porque te advierto que ya tiene casi treinta años…

Minnie acabó por escribir a Hubert diciéndole que se había decidido. Hubert estaba pasando unos días en Herthfordshire, en casa de su amigo Watchett. Era una casa grande, en donde se comía admirablemente, y en ella se encontraba uno muy a gusto. Watchett el viejo tenía una excelente biblioteca. Hubert y Ted Watchett jugaban al croquet y discutían los mejores procedimientos para cultivar el yo. Decidieron que se podía lograr mucho con el arte (libros, música, cuadros y todas esas cosas).

—El escuchar Sacre, de Stravinski, te ahorra el tener que ir al Tibet, a la Costa de Oro, y a todos esos sitios realmente imposibles. Y en lugar del asesinato, tenemos a Dostoyevski, lo mismo que como sucedáneo del amor físico tenemos las novelas de D. H. Lawrence.

—Sin embargo —repuso Hubert—, es necesaria cierta cantidad de experiencia personal.

Hablaba con sinceridad, en abstracto, pero llevaba en el bolsillo la carta de Minnie. Continuó:

Nosce te ipsum. No es posible llegar a conocerse sin chocar violentamente contra los hechos, ¿no crees?

Al día siguiente llegó Phoebe, una prima de Ted. Tenía rojo el pelo y lechosa la tez. Era bailarina de revista, hasta cierto punto. «Un pie aquí y otro allá, como en el paso, en el bonito paso, del despatarrarse». Y allí mismo, en la sala, se dejó caer al suelo hasta quedar sentada en él, con las piernas abiertas y formando una línea recta. «Es muy sencillo», explicó riéndose, y se alzó del suelo con tan fácil gracia que quedaba uno admirado. A Ted no le gustaba su prima.

—Me cansa —decía—. Y es tan tonta… Es tonta a cosa hecha, a propósito, lo cual lo hace todavía peor.

Era verdad que le gustaba vanagloriarse de la cantidad de champaña que era capaz de beber sin marearse, y de la cantidad de veces que sobrepasó esos límites y que se había «entrompado a conciencia». Y también le gustaba hablar de sus admiradores en tales términos, que pudiera suponerse que a todos se rindió. Su justificación era su gran vitalidad; y su pelo rojo brillante.

«La vitalidad —escribió Hubert en su Diario (le gustaba imaginar una fecha remota, preferiblemente ya muerto él, en la cual se publicarían aquellas confesiones y aquellos aforismos)—, la vitalidad puede exigir del mundo tanta atención como la belleza. Algunas veces, vitalidad y belleza coinciden en una misma persona».

 

Fue Hubert quien arregló las cosas para que pudieran ir al molino. Uno de sus amigos estuvo allí una vez y encontró el lugar cómodo, discreto y de admirable tranquilidad. Tranquilo, claro está, con la tranquilidad peculiar a los molinos. Pues no reinaba allí el silencio de que se goza de noche en las cumbres; era un silencio formado por un continuo estruendo. A las nueve de la mañana comenzaba a girar la rueda molinera y su voz atronadora ya no cesaba en todo el día. Al principio, el ruido era aterrador y resultaba casi insoportable. Luego, pasado un rato, se acostumbraba uno. El estrépito, a causa de su persistencia interrumpida, llegaba a transformarse en silencio perfecto, maravillosamente rico y profundo.

Detrás del molino había un jardincillo, limitado en tres de sus costados por la casa, los graneros y una alta tapia de ladrillo. Su cuarto costado daba al caz. Minnie estuvo contemplando el fluir del agua, asomada al parapeto. Parecía una serpiente morena con manchas en forma de flecha sobre el dorso; se arrastraba, reptaba, se deslizaba eternamente. Se sentó allí, esperando. El tren de Londres la trajo hasta allí poco después de comer. Hubert, que venía de casa de los Watchett, en el otro extremo del país, no llegaría probablemente hasta eso de las seis. Fluía el agua ante sus ojos, como el tiempo, como el destino, dirigiéndose suavemente hacia nuevos y violentos acontecimientos.

El ruido inmenso que en aquel jardín era silenció la envolvía. Ya habituada a él, su mente se movía en el estrépito como en su propio elemento. De allende el parapeto ascendía la frescura y el olor a hierbas del agua. Pero si se volvía hacia el jardín, respiraba al punto el ardiente perfume del sol que caía sobre las flores y los frutos que maduraban. En aquella luz soleada de la tarde, todo el universo parecía haber ya madurado. Allí se alzaba la casa rojiza, madura como una ciruela caída del árbol; las tapias mostraban su madurez, mayor que la de los frutos de los árboles nectáreos, tan tierna y dulcemente crucificados sobre los ladrillos calientes. Y aquel silencio opulento de la tormenta incesante, dijérase ser lozanía polvorienta de un día que alcanzó madurez exquisita y que colgaba, rotundo como un melocotón y jugoso de vida y de felicidad, esperando al sol el mordisco de irnos dientes ávidos.

Minnie esperaba en el corazón de aquel mundo con madurez de fruta. Fluía el agua hacia la rueda, suavemente, muy suavemente, para luego caer y romper en mil pedazos contra la rueda giratoria. Y el tiempo fluía, avanzaba calladamente hacia un acontecimiento que rompería toda la tersura de su vida.

«Si lo que quieres hacer es llevar el asunto adelante, con todas sus consecuencias, hazlo». Le parecía estar escuchando la voz clara y aguda de Helen, que le daba los consejos brutales e imposibles. Si los hubiera escuchado a cualquier otra persona, habría escapado de la habitación. Pero en los labios de Helen le parecieron, no sabía por qué, sencillos, innocuos y verdaderos. Y no obstante, todo cuanto le habían dicho otras personas en su casa, en el colegio, en cuantos lugares frecuentó, también parecía ser sensato.

Pero era menester tener en cuenta el amor. Hubert le había escrito un soneto al estilo de Shakespeare, que comenzaba:

 

Santifica el Amor cuanto le toca;
el roce de su dardo trueca en oro la escoria,
la materia muda en mente, purifica la pasión más extremada
y edifica un templo en el corazón ardiente.

 

El soneto le había parecido muy bello. Y muy verdadero. Dijérase que era como un puente que uniera a Helen con todos los demás. El amor, el verdadero amor, lo cambiaba todo. Lo justificaba. El amor… ¡Ah! ¡Qué profundamente, qué hondamente amaba!

Fue transcurriendo el tiempo y la luz se hizo más rica según el sol perdió altura en el cielo. El día fue adquiriendo más y más deliciosa madurez, henchido de indecible dulzura. El tormentoso silencio fue cubriendo las mejillas del día, ruborizadas por el sol, con la más maravillosa, con la más amelocotonada pelusilla. Minnie siguió esperando sentada sobre el parapeto. Algunas veces miraba el agua que continuaba fluyendo, otras, volvía la vista hacia el jardín. También fluía el tiempo, pero ya no experimentaba temor por el tremendo acontecimiento que tronaba allí, en el futuro. La dulce madurez de la tarde pareció apoderarse de su espíritu, llenándolo hasta los bordes. Ya no había lugar en él para dudas, o para temerosos presentimientos, o para arrepentirse. Tiernamente, con una ternura que le fuera imposible expresar verbalmente, que solamente un beso suavísimo pudiera representar, dado mientras sus dedos entreabiertos acariciaban el pelo del amado, pensaba en Hubert, en su Hubert.

Hubert…, Hubert… Y de repente, de manera repentina, que hizo que Minnie se estremeciera sorprendida, allí estaba Hubert, junto a ella.

—¡Oh! —dijo Minnie; y durante unos segundos le contempló con los ojos muy abiertos, que nada expresaban sino asombro. Luego cambió la expresión y dijo con voz apenas perceptible:

—¡Hubert!

Hubert le cogió una mano y volvió a dejarla caer; la miró durante un segundo y apartó la vista. Apoyado sobre el parapeto, estuvo contemplando el fluir del agua. Su expresión era grave. Ambos guardaron silencio durante largo rato. Minnie permaneció sentada, inmóvil, con los ojos clavados sobre la cara del muchacho, que no la miraba. Se sentía feliz, muy feliz, tremendamente feliz.

El día iba aumentado su madurez, añadiendo una perfección tras otra al momento.

—Minnie —dijo él de repente, abruptamente, con la voz demasiado alta de quien lleva largo rato haciendo acopio de valor para hablar y decir alguna cosa largamente considerada—, me he portado muy mal contigo. Nunca debí pedirte que vinieras aquí. Está muy mal. Perdóname.

—Pero si he venido, ha sido porque he querido —exclamó ella.

Hubert la miró, y luego apartó los ojos para seguir hablando al fantasma que, al parecer, flotaba por encima del agua serena del caz:

—Ha sido pedirte demasiado. No he debido hacerlo. Para un hombre, es distinto. Pero para una mujer…

—Pero ya te he dicho que he sido yo quien lo ha querido.

—Es demasiado pedir…

—No es nada, porque te quiero.

Se acercó a él y le pasó la mano por el pelo. ¡Ah! ¿Cómo podrían las palabras expresar aquella ternura?

—¡Qué tonto eres! ¿Crees que no te quiero lo bastante para…?

Hubert no levantó la cabeza. El agua seguía corriendo ante sus ojos. Minnie continuaba jugando con el pelo, acariciándole la nuca. De repente, sintió odio por aquella mujer. ¡Estúpida! ¿Es que era incapaz de comprender una indirecta? No quería nada con ella. Y no comprendía cómo pudo creer que le resultaba deseable. Durante todo el viaje, en el tren, había venido preguntándose lo mismo. ¿Por qué? ¿Por qué? Y la pregunta se hizo más urgente cuando se detuvo a la puerta del jardín y estuvo contemplándola desde detrás del manzano sin que ella lo advirtiera. La vio sentada en el parapeto, mirando, unas veces con sus ojos castaños, de expresión vaga, al agua, otras al jardín, y sonriéndose a solas, con una expresión que le pareció tan vacua e inexpresiva, que bien pudo haberla tomado por imbécil.

El día antes había estado con Phoebe en la cresta del recuesto calizo. La llanura se extendía a sus pies como un mar, y por encima del horizonte se erguían nubes heroicas. Los dedos del viento alborotaban los adorables rizos bermejos. La contempló, y la vio suma de lo grácil, como si estuviera dispuesta para lanzarse al aire impetuoso. «¡Cómo me gustaría poder volar!», había dicho Phoebe. Y luego de añadir: «Me gustan los aviadores de una manera especial», se había lanzado corriendo por la cuesta abajo.

Pero Minnie, con su cabello de color apagado, sus mejillas rojas como manzanas, su cuerpo grande y lento de movimientos, era una campesina. ¿Cómo pudo creer él que la deseaba? La cosa resultaba peor debido a que ella estaba loca por él, a que ella le quería de manera inoportuna, tediosa, como un perro excesivamente cariñoso que se empeña en correr junto a nosotros y en lamernos la mano, cuando lo que deseamos es sentarnos en soledad y pensar en asuntos trascendentales.

Se apartó un poco para librarse de la mano que le acariciaba. Alzó hacia ella durante un segundo dos ojos que una furia helada había tomado opacos; luego los bajó de nuevo.

—El sacrificio es demasiado grande —dijo en una voz que le pareció pertenecer a otra persona. Encontraba extremadamente difícil decir estas cosas de manera convincente—. No te lo puedo pedir —siguió diciendo el actor—. Me niego a pedírtelo.

—Pero… ¡si no es un sacrificio! —protestó Minnie—. Es una alegría, es la felicidad. ¿No lo comprendes?

Hubert no contestó. Inmóvil, acodado sobre el muro, permaneció contemplando el agua. Minnie le miró, perpleja en un principio; pero muy pronto se apoderó de ella una duda atormentadora que fue creciendo y creciendo según el silencio se hacía más largo. Fue creciendo como un espantoso cáncer del alma, hasta que acabó por devorar toda su felicidad, hasta que nada quedó dentro de ella, sino dudas y temores.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó por fin—. ¿Por qué estás tan raro? Dímelo, Hubert, dímelo…

Inclinándose ávidamente hacia él, le tomó la cara entre las dos manos. Los ojos mostraban una opacidad airada.

—¿Qué te pasa, Hubert? ¿Qué te ocurre?

Hubert se libró de las manos.

—Es inútil —dijo con voz ahogada—; es completamente inútil. Todo ha sido una equivocación. Lo siento. Creo que será mejor que me vaya. El coche está todavía a la puerta.

Sin esperar a que ella dijera algo, sin añadir más explicaciones, se alejó a buen paso hacia la casa, casi corriendo. ¡Gracias a Dios que se había librado de ella!, se dijo. No lo había logrado muy bien, ni con especial gracia, ni con valor; pero lo importante era que ya se había librado de la pesadilla. ¡Pobre Minnie! Le daba lástima, pero ¿qué pudo hacer él? ¡Pobrecilla! Sin embargo, le adulaba pensar que estaría ella llorándole. Y, en cualquier caso, se dijo para cobrar ánimos, a Minnie no le podía importar gran cosa. Por otra parte, su vanidad le recordaba que Minnie le adoraba. Le adoraba de la manera más absoluta…

Se cerró la puerta tras él. Minnie quedó sola en el jardín. Maduro, madurísimo, recibía las postreras caricias del sol. Más de la mitad estaba ya en sombra. Pero el resto, iluminado por la coloreada luz vespertina, dijérase haber alcanzado el grado sumo y perfecto de la madurez. Rodeado por el silencio estruendoso, la más perfecta fruta que jamás hubo, deliciosamente dulce, dulce hasta el mismo corazón, pendía allí ruborosa y hermosísima, al borde mismo de la oscuridad.

Minnie permaneció sentada e inmóvil, preguntándose qué había ocurrido. ¿Se había marchado de verdad? La puerta se había cerrado de golpe, y casi como si el ruido fuese una señal anteriormente concertada, en el mismo instante salió del molino un hombre y cerró la esclusa del caz. Se detuvo la rueda. Sobrevino un silencio apocalíptico. El silencio de lo callado vino a remplazar aquel otro silencio que era el ruido sin interrupción. En tomo de Minnie se abrían abismos insondables. A través del vacío del silencio, una abeja retrasada pasó remolcando su zumbido agudo; piaban los gorriones; y de allende el caz llegó hasta el jardín rumor de voces y risas lejanas. Como si despertara de un sueño, Minnie se puso en pie y escuchó aterrada, volviendo la cabeza a uno y otro lado.

 

*FIN*


“Hubert and Minnie”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

 

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