© Libro N° 13810. Cómo Ser Un
Líder. Goleman,
Daniel. Emancipación. Mayo 10 de 2025
Título Original: © Cómo Ser Un Líder. Daniel Goleman
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Original: © Cómo Ser Un Líder.
Daniel Goleman
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CÓMO SER UN LÍDER
Daniel Goleman
Cómo Ser Un
Líder
Daniel Goleman
CÓMO SER UN LÍDER
Daniel Goleman
Traducción de
Daniel Hernández Chambers
Título original: What makes a leader
Traducción: Daniel Hernández Chambers
1.ª edición: septiembre 2015
© Publicado originalmente por More than sounds, 2014
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) www.edicionesb.com
Depósito legal: B 17677-2015
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-153-3
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Portadilla
Créditos
Introducción
¿Qué se requiere para ser un líder?
POST SCRIPTUM
Un liderazgo que proporciona
resultados
POST SCRIPTUM
Liderazgo primario: el motor oculto
de un gran rendimiento
POST SCRIPTUM
Renovar tu pasión por el trabajo
POST SCRIPTUM
Inteligencia social y la biología del
liderazgo
POST SCRIPTUM
La triple atención del líder
POST SCRIPTUM
No solo listo, sino también sabio
POST SCRIPTUM
CRÉDITOS
Introducción
¿Qué tiene mayor
importancia para conseguir un liderazgo que proporcione resultados: el
coeficiente intelectual (CI) o la inteligencia emocional (IE)? La paradoja es
que ambas cosas importan, pero de modos muy diferentes.
No hay duda de que,
dado un amplio espectro de población, el CI es el mejor método para organizar a
la gente según qué carrera puede realizar: se requiere un coeficiente de
desviación estándar (un CI de 115) para asimilar la complejidad cognitiva de
profesiones como medicina o derecho, finanzas o cargos ejecutivos de alto
nivel.
Pero una vez que la
gente ya ocupa esos puestos, el CI deja de tener importancia como indicador de
éxito. Se produce lo que se llama «efecto suelo» para el CI: todo el mundo que
ocupa uno de esos puestos ha sido seleccionado gracias a un alto CI, por lo que
todos son muy inteligentes. Pero cuando se trata de predecir quién entre todas
esas personas altamente inteligentes emergerá para convertirse en el más
productivo, el mejor miembro de un equipo o un líder destacado, cobra una mayor
importancia la inteligencia emocional.
Esto se debe a que
las habilidades relativas a la inteligencia emocional (cómo de bien nos
manejamos a nosotros mismos y a nuestras relaciones) son las habilidades que
distinguen a aquellos que destacan en lo que hacen. Y cuanto más alto se
asciende dentro de una organización, más importancia adquiere la IE para
distinguir a los líderes más efectivos.
Esta colección de
mis ensayos sobre liderazgo e IE (principalmente artículos que he escrito en
la Harvard Business Review) refleja la evolución de mis ideas.
Cuando escribí Inteligencia emocional a mediados de los años
noventa incluí un breve capítulo, llamado «Dirigiendo con corazón»,
que versaba sobre el tema de que los líderes necesitan poseer inteligencia
emocional. En esa época, se
trataba de una idea
nueva y bastante radical. Ese capítulo en cuestión, para mi sorpresa, atrajo
muchísima atención, en particular de personas que ocupaban puestos directivos.
Mientras me
documentaba sobre liderazgo e IE para mi siguiente libro, La práctica
de la inteligencia emocional, me fui convenciendo cada vez más. Me
beneficié de mis prácticas de postgrado con David McClelland, que en ese tiempo
era un pionero del método conocido como «modelo de gestión por competencias»,
que permite un análisis sistemático de las fuerzas específicas que hacen que
alguien que ocupa un determinado puesto destaque en lo que hace. Cuando llevé a
cabo un somero análisis de cerca de doscientos modelos de una amplia gama de
empresas, descubrí que la gran mayoría de las competencias que distinguían a
los mejores líderes estaban basadas en IE, no en CI.
Esto atrajo la
atención de los editores de la Harvard Business Review, que me
pidieron que escribiera un artículo resumiéndolo. Con el título de
«¿Qué se requiere para ser un líder?», ese artículo es el primer capítulo de
este libro. Mi siguiente artículo para la revista, «Un liderazgo que
proporciona resultados» (el segundo capítulo de este libro) resumía los datos
obtenidos por la consultora HayGroup sobre estilos de liderazgo basados en
aptitudes de IE, y sus diversos impactos en el clima emocional de la
organización.
Cuando estudié en
mayor profundidad los nuevos descubrimientos de neurociencia acerca de la
dinámica de las relaciones (y lo que eso significaba para los motores de
relaciones de excelencia y alto impacto), escribí de nuevo para HBR. Esos
artículos también están incluidos en este libro.
Mis ideas más
recientes han cambiado el marco de exploración para centrarse en la importancia
de la atención en la efectividad de un líder. El capítulo «La triple atención
del líder» resume diversas secciones de mi libro Focus. El motor oculto
de la excelencia centradas en el liderazgo. Y el último capítulo,
escrito para una revista que por casualidad se llama The Focus y
la publica Egon Zehnder International, versa sobre la dimensión ética del
liderazgo.
También he incluido
varias de mis publicaciones en blogs, colocándolas después del capítulo
pertinente, que o bien ahondan en el tema o bien lo complementan. La mayoría de
ellas aparecieron por
primera vez en
Linkedin; otras están extraídas de HBR.com.
Espero que mis reflexiones reunidas
en este libro te ayuden a lo largo de tu propio viaje hacia el liderazgo.
DANIEL GOLEMAN,
enero, 2014
¿Qué se requiere
para ser un líder?
Publicado
originalmente en la Harvard Business Review, en noviembre/diciembre
de 1998.
Toda persona de
negocios conoce alguna historia sobre un ejecutivo de gran inteligencia y
dotado de enormes capacidades que fue ascendido a un puesto de liderazgo solo
para fracasar en su tarea. Y también conoce alguna historia sobre alguien de
sólidas capacidades intelectuales (sólidas pero no extraordinarias) que fue
ascendido a un puesto similar y obtuvo un enorme éxito. Semejantes anécdotas
apoyan la ampliamente extendida creencia de que identificar a individuos con
«aquello que es necesario» para ser líderes es más un arte que una ciencia. Al
fin y al cabo, el estilo personal de quienes se convierten en soberbios líderes
varía: algunos líderes son callados y analíticos; otros vociferan sus
manifiestos desde las cimas de las montañas. Y lo que también es importante,
situaciones diferentes requieren diferentes tipos de liderazgo. En la mayoría
de las fusiones se necesita un negociador sensible que lleve el timón, mientras
que cuando se trata de un cambio radical de rumbo lo que hace falta es una
autoridad más fuerte. Sin embargo, he descubierto que los líderes más efectivos
se parecen en un elemento crucial: todos ellos poseen un alto grado de lo que
ha venido en llamarse inteligencia emocional.
No es que el CI y
las capacidades técnicas sean irrelevantes. Importan, pero principalmente como
«competencias de umbral», es decir, son requerimientos de acceso a los puestos
ejecutivos. Pero mi investigación, junto a otros estudios recientes, sugiere que
la inteligencia emocional es el sine qua non del liderazgo.
Sin ella, una persona puede tener el mejor entrenamiento del mundo, una mente
incisiva y analítica, y una provisión interminable de buenas ideas, pero aun
así no será un gran líder. Mis colegas y yo nos hemos centrado en cómo la
inteligencia emocional funciona en el trabajo.
Hemos examinado la
relación entre inteligencia emocional y actuación efectiva, especialmente en
los líderes, y hemos observado cómo la inteligencia emocional sale a la luz en
el trabajo. ¿Cómo puedes saber si alguien posee inteligencia emocional, por ejemplo,
y cómo puedes reconocerla en ti mismo? Exploraremos estas cuestiones en las
páginas que siguen, tomando por turnos cada uno de los componentes de la
inteligencia emocional (conciencia de uno mismo, autorregulación, empatía y
destreza social).
La mayoría de las
grandes empresas de hoy en día han contratado a expertos psicólogos para que
desarrollen lo que se conoce como «modelos de competencias» que ayuden a
identificar, entrenar y promocionar a aquellos que tienen probabilidades de
convertirse en nuevas estrellas del firmamento del liderazgo. Los psicólogos
también han desarrollado dichos modelos para puestos de inferior nivel.
Mientras escribía La práctica de la inteligencia emocional, analicé
modelos de competencias de 188 empresas, la mayoría de las cuales
eran grandes e incluso multinacionales, así como de agencias gubernamentales.
Al llevar a cabo esa tarea, mi objetivo era determinar qué capacidades
personales producían un rendimiento sobresaliente dentro de esas
organizaciones, y hasta qué punto lo producían. Agrupé las capacidades en tres
categorías: destrezas puramente técnicas, como la contabilidad y la
planificación de negocio; destrezas cognitivas, como el razonamiento analítico,
y competencias que demostrasen una inteligencia emocional, como la capacidad de
trabajar con otros y la efectividad en el cambio de liderazgo. Para crear
algunos de los modelos de competencias, los psicólogos pidieron a los
directivos de mayor nivel en las empresas que identificasen las capacidades que
tipificaban a los líderes más destacados de su compañía. Para crear otros
modelos, los psicólogos empleaban criterios objetivos, como la rentabilidad de
una división, para diferenciar a los que mejor rendían de los que solo
alcanzaban la media. Esos individuos eran a continuación entrevistados
exhaustivamente y puestos a prueba, y después sus capacidades se comparaban
entre sí. Este proceso dio como resultado la creación de listas de los
ingredientes que debía poseer un líder altamente efectivo. Las listas abarcaban
de los 7 a los 15 elementos e incluían ingredientes tales como la iniciativa y
la visión estratégica. Algunas
de las competencias
mostraban destrezas puramente cognitivas, basadas en el CI, o habilidades
puramente técnicas, mientras que otras se basaban en capacidades relacionadas
con la inteligencia emocional, como la autogestión.
Cuando analicé toda
esa información me topé con unos resultados espectaculares. Desde luego, el
intelecto era un motor del buen rendimiento. Destrezas cognitivas como el
pensamiento panorámico o una visión a largo plazo resultaban particularmente
importantes. Pero cuando calculé la ratio de las destrezas técnicas y el CI
frente a la inteligencia emocional como ingredientes de un rendimiento
excelente, la inteligencia emocional demostró ser el doble de relevante que los
otros dos ingredientes en trabajos de cualquier nivel. Además, mi análisis
demostró que la inteligencia emocional jugaba un papel de creciente importancia
en los puestos más altos de la empresa, en los que las diferencias en cuanto a
las destrezas técnicas tenían una importancia insignificante.
En otras palabras,
cuanto más alta era la posición de una persona considerada como un empleado de
magnífico rendimiento, más se percibía que sus capacidades relacionadas con la
inteligencia emocional eran la razón de su efectividad. Cuando comparé a los empleados
de alto rendimiento con aquellos que prestaban un rendimiento dentro de la
media, todos ellos en puestos de liderazgo, cerca del noventa por ciento de las
competencias que los distinguían eran atribuibles a factores de inteligencia
emocional, más que a aptitudes puramente cognitivas. Otros investigadores han
confirmado que la inteligencia emocional no solo distingue a los líderes
destacados, sino que también puede relacionarse con los que ofrecen grandes
resultados.
Los hallazgos de
David McClelland, el renombrado investigador en el campo del comportamiento
humano y organizativo, representan un buen ejemplo. En un estudio realizado en
1996 sobre una multinacional de alimentación y bebida, McClelland descubrió que
cuando los directivos de alto nivel poseían una amplia masa de competencias de
inteligencia emocional, las divisiones que dirigían sobrepasaban en un veinte
por ciento los beneficios anuales. Por otro lado, los líderes de divisiones que
no poseían esa masa crítica de competencias se quedaban a un veinte por ciento
del objetivo
establecido de
beneficios. Lo que era igualmente interesante es que los descubrimientos de
McClelland resultaban del mismo modo válidos para las divisiones que la empresa
tenía en Estados Unidos y para las que tenía en Asia y en Europa. En resumidas
cuentas, estos números nos muestran un relato convincente acerca de la relación
entre el éxito de una empresa y la inteligencia emocional de sus líderes. Y,
tan importante como eso, las investigaciones están también demostrando que las
personas pueden desarrollar su inteligencia emocional si se lo plantean del
modo correcto.
CONOCIMIENTO DE UNO MISMO
El conocimiento de
uno mismo es el primer componente de la inteligencia emocional, lo cual tiene
sentido si uno se plantea que el Oráculo de Delfos aconsejó hace miles de años
lo conveniente de conocerse a uno mismo. Conocerse a uno mismo significa tener
un profundo conocimiento de las emociones propias, de sus puntos fuertes, sus
debilidades, sus necesidades y sus impulsos. Las personas con un intenso
conocimiento de sí mismas no son ni demasiado críticas ni exageradamente
optimistas. Al contrario, son honestas consigo mismas y con otros. Las personas
con un alto grado de conocimiento de sí mismas reconocen cómo sus sentimientos
les afectan a ellas y a otras personas, y también cómo afectan a su rendimiento
en el trabajo. Por tanto, una persona que se conoce a sí misma y sabe que los
plazos ajustados sacan lo peor de ella planifica su tiempo con sumo cuidado y
realiza su trabajo por adelantado. Otra persona con un alto conocimiento de sí
misma será capaz de trabajar con un cliente exigente. Entenderá el impacto de
dicho cliente en su estado de ánimo y las razones subyacentes de su
frustración. Esa persona podría explicarlo así: «Las nimias exigencias del
cliente nos impiden llevar a cabo la tarea que realmente necesitamos hacer.» E
irá un paso más allá y transformará su rabia en algo constructivo.
El conocimiento de
uno mismo se extiende a la comprensión que una persona tiene de sus propios
valores y objetivos. Alguien que posee un alto conocimiento de sí mismo sabe
adónde se dirige y por qué. Así, por ejemplo, será capaz de mantenerse firme y
rechazar una oferta de trabajo que sea tentadora desde el punto de vista
financiero
pero que no se
ajuste a sus principios o a sus objetivos a largo plazo. Una persona que
carezca de conocimiento de sí misma tenderá a tomar decisiones que le creen
trastornos internos al pisotear principios enterrados en su subconsciente. «El
sueldo parecía bueno, por eso firmé —podría decir alguien así a los dos años de
haber firmado su contrato—, pero el trabajo no me motiva y estoy todo el tiempo
aburrido.» Las decisiones que toman las personas que se conocen a sí mismas
convergen con sus principios, por lo que con frecuencia el trabajo les
proporciona energías.
¿Cómo se puede
identificar el conocimiento de uno mismo? Lo primero y principal es que este
conocimiento se muestra como franqueza y capacidad para evaluarse a uno mismo
de manera realista. La gente con un alto grado de conocimiento de sí misma es
capaz de hablar de modo certero y abierto (aunque no necesariamente de modo
efusivo o como si estuviera en un confesionario) sobre sus emociones y sobre el
impacto que estas tienen en su trabajo. De hecho, una ejecutiva a la que
conozco era escéptica con respecto a un nuevo servicio de personal-shopper que
su empresa, una gran cadena de grandes almacenes, estaba a punto de inaugurar.
Por iniciativa propia, sin que se lo pidiera su equipo ni su jefe, les ofreció
una explicación: «Me resulta difícil respaldar la inauguración de este servicio
—admitió—, porque me apetecía mucho dirigir el proyecto pero no fui
seleccionada. Permitidme un poco de tiempo para solucionarlo.» La ejecutiva
analizó sus sentimientos y una semana más tarde apoyaba el proyecto por
completo. Semejante conocimiento de uno mismo a menudo se percibe durante el
proceso de contratación. Pregúntale a un candidato que describa un momento en
el que se dejó llevar por sus sentimientos e hizo algo que más tarde lamentó.
Un candidato que se conozca a sí mismo será sincero y admitirá su error, y con
frecuencia contará la anécdota con una sonrisa. Uno de los sellos
característicos del autoconocimiento es reprobarse a sí mismo con sentido del
humor.
El conocimiento de
uno mismo también puede ser identificado durante las revisiones de rendimiento.
Las personas que se conocen bien a sí mismas conocen sus puntos débiles y sus
puntos fuertes y se sienten cómodas hablando de ellos, y a menudo demuestran inclinación
hacia la crítica constructiva. Por el contrario, las personas
con un bajo nivel
de conocimiento de sí mismas interpretan el mensaje de que necesitan mejorar
como una amenaza o un indicio de fracaso. La gente que se conoce a sí misma
también puede ser reconocida por la seguridad que muestra. Poseen una firme
comprensión de sus capacidades y tienen una menor tendencia al fracaso porque,
por ejemplo, no admiten que se les asignen más tareas de las que pueden llevar
a cabo. También saben cuándo solicitar ayuda. Y los riesgos que toman en su
trabajo son calculados. No se enfrentarán a un desafío que saben que no pueden
superar por sí solos. Se concentrarán en hacer lo que saben que hacen bien.
Pensemos en las
acciones de una empleada de nivel medio que fue invitada a una reunión
estratégica en la que participaban los más altos ejecutivos de su empresa. A
pesar de que ella era la persona de menor rango en la sala, no se conformó con
mantenerse en silencio, escuchando atemorizada. Sabía que poseía una mente
clara y lógica y que tenía la capacidad de presentar ideas de un modo
persuasivo, por lo que ofreció convincentes sugerencias relacionadas con la
estrategia de la empresa. Al mismo tiempo, su conocimiento de sí misma evitó
que se metiera en temas que era consciente que no dominaba. Pese a la
importancia de tener a gente con altos niveles de conocimiento de sí mismos en
la empresa, mi investigación indica que los directivos no suelen darle a ese
conocimiento el crédito que merece cuando están buscando nuevos líderes. Muchos
directivos confunden la franqueza sobre los propios sentimientos con debilidad,
y fracasan al no otorgar el crédito debido a los empleados que reconocen
abiertamente sus defectos. Este tipo de empleados es descartado con demasiada
frecuencia al ser considerados «no lo suficientemente duros» para liderar a
otros.
De hecho, lo cierto
es lo contrario. En primer lugar, por lo general la gente admira y respeta la
franqueza. Más aún, a los líderes se les exige de manera constante realizar
juicios que requieren una evaluación sincera de capacidades, tanto las suyas
como las de otros. ¿Poseemos la experiencia necesaria en la gestión para
enfrentar un competidor? ¿Podemos lanzar un producto nuevo en el plazo de seis
meses? Las personas que se evalúan con honestidad a sí mismas (es decir, las
personas que se conocen a sí mismas) son las apropiadas para hacer lo mismo con
las empresas que dirigen.
Los impulsos
biológicos ponen en funcionamiento nuestras emociones. No podemos deshacernos
de ellos, pero sí podemos hacer mucho para controlarlos. El autocontrol, que es
como una insistente conversación interior, es el componente de la inteligencia
emocional que nos libera de ser prisioneros de nuestros sentimientos. La gente
que mantiene dicha conversación sufre momentos de bajo estado anímico e
impulsos emocionales como le ocurre a todo el mundo, pero encuentra modos de
controlarlos e incluso de canalizarlos de forma útil. Imaginemos a un alto
ejecutivo que ha presenciado cómo un equipo formado por empleados suyos
presentaba un análisis chapucero a la junta directiva de su empresa. En la
atmósfera catastrofista que sigue a la presentación, el ejecutivo podría
sentirse tentado de golpear la mesa con rabia o patear una silla. Podría
ponerse en pie y gritar a los empleados. O podría mantener un lúgubre silencio
mientras contempla amenazadoramente a todos y luego abandonar la sala. Pero si
es capaz de autocontrolarse, elegirá un enfoque diferente. Hará una cuidadosa
selección de sus palabras, dejando claro el pobre rendimiento del equipo sin
realizar un juicio apresurado. A continuación se concentrará en averiguar las
razones de ese rendimiento inapropiado. ¿Son razones personales? ¿Falta de
esfuerzo? ¿Existen factores que mitiguen la culpa? ¿Cuál ha sido su papel en
esta debacle? Después de meditar estas cuestiones, reunirá al equipo, planteará
las consecuencias de lo ocurrido y ofrecerá sus sensaciones sobre ello.
Entonces presentará su análisis del problema y también una solución bien
meditada.
¿Por qué importa
tanto el autocontrol de los líderes? Para empezar, la gente que controla sus
sentimientos y sus impulsos, es decir, la gente que es razonable, es capaz de
crear un ambiente de confianza y justicia. En un ambiente así, las políticas y
las luchas internas se reducen de manera considerable y la productividad es más
elevada. La gente con talento se une formando piña con la empresa y no siente
la tentación de marcharse. Y el autocontrol tiene un efecto que se contagia
desde los puestos superiores a los inferiores. Nadie quiere ser tomado por una
persona exaltada cuando el jefe es famoso por su tono calmado. Si en los
puestos más elevados de la empresa
hay menos malos
modos, se reducirán también esos malos modos en los diferentes niveles de la
organización. En segundo lugar, el autocontrol es importante por razones
competitivas. Todo el mundo sabe que en el mundo de los negocios de hoy en día
abunda la ambigüedad y el cambio. Las empresas se fusionan y se separan con
frecuencia. La tecnología transforma el trabajo a un ritmo abrumador. Las
personas que han conseguido un control sobre sus emociones son capaces de
avanzar al ritmo de esos cambios. Cuando se anuncia un nuevo programa para la
empresa, esas personas no sufren de pánico; al contrario, son capaces de poner
en suspenso su tentación de realizar juicios, buscan información y atienden a
los directivos mientras estos explican las novedades. A medida que la
iniciativa avanza, estas personas son capaces de avanzar con ella. En ocasiones
incluso son las que marcan el camino a seguir.
Pensemos en el caso
de una ejecutiva de una gran empresa de manufacturación. Al igual que sus
compañeros, ella llevaba cinco años utilizando cierto programa de software.
A través de dicho programa recogía datos y generaba sus propios informes, y ese
programa moldeaba su opinión acerca de la estrategia de la empresa. Un día, los
directivos anunciaron que se iba a proceder a la instalación de un nuevo
programa que cambiaría radicalmente la forma en la que se iba a obtener y a
evaluar la información dentro de la compañía. Mientras que muchos de los
empleados de la empresa protestaron agriamente por lo perjudicial que sería el
cambio, esta ejecutiva reflexionó sobre las razones para instalar el nuevo
programa y se convenció de su potencial para mejorar el rendimiento. Atendió
con entusiasmo a las sesiones de entrenamiento, mientras que algunos de sus
compañeros se negaban a hacerlo, y más tarde fue ascendida y puesta al mando de
varias divisiones, en parte por su uso efectivo de la nueva tecnología.
Quiero insistir aún
más en la importancia del autocontrol en un líder y hacer ver que aumenta la
integridad, algo que no es solo una virtud personal sino también una fuerza
organizativa. Muchos de los problemas que se producen en las empresas son
causados por comportamientos impulsivos. Raramente la gente planea exagerar los
beneficios, engordar las cuentas de gastos, meter la mano en la caja o abusar
de una posición de autoridad con fines egoístas. En cambio, si
se presenta la
oportunidad, la gente con un bajo control de sus impulsos la aprovechará. Por
el contrario, fijémonos en el comportamiento de un alto ejecutivo de una gran
empresa de alimentación. Esta persona era escrupulosamente honesta en sus
negociaciones con los distribuidores locales. Su rutina consistía en mostrar
con todo detalle su estructura de costes, proporcionando a los distribuidores
una imagen realista de la estrategia de precios de la empresa. Este enfoque
conllevaba que el ejecutivo en cuestión no pudiera siempre realizar grandes
ofertas. Ahora bien, en cierta ocasión, sintió la necesidad de aumentar los
beneficios mediante la retención de información acerca de los costes de la
empresa. Sin embargo, controló ese impulso, pues comprendió que tenía más
sentido a largo plazo contrarrestarlo. Su autocontrol emocional le dio grandes
resultados al fortalecer las relaciones con los distribuidores, lo que
benefició a la empresa en mayor medida de lo que lo hubiera hecho cualquier
beneficio económico a corto plazo.
Los indicios de un
autocontrol emocional, por lo tanto, son fáciles de identificar: propensión a
la reflexión y a la meditación; aceptación de la ambigüedad y el cambio, e
integridad (capacidad de rechazar los impulsos acuciantes). Del mismo modo que
ocurre con el conocimiento de uno mismo, el autocontrol es a menudo mal
interpretado. Las personas que pueden controlar sus emociones son a veces
tomadas por frías, y sus respuestas meditadas se interpretan como una carencia
de pasión. Las personas dotadas de temperamentos fuertes son frecuentemente
identificadas con líderes clásicos, sus arrebatos se consideran indicios claros
de carisma y autoridad. Pero cuando estas personas llegan a lo más alto, se
encuentran con que su impulsividad juega a menudo en su contra. A lo largo de
mi investigación nunca he encontrado casos en los que las demostraciones
extremas de emociones negativas hayan sido el motor de un buen liderazgo.
Si hay un rasgo que
prácticamente todos los líderes efectivos comparten es la motivación: una
variedad de autocontrol que nos permite movilizar nuestras emociones positivas
para encaminarnos hacia nuestras metas. Los líderes motivados buscan la forma
de conseguir objetivos que superen las expectativas (tanto las suyas como las
de los demás). Aquí la palabra clave es «conseguir». Mucha
gente está motivada
por factores externos, tales como un gran sueldo o el estatus que proporciona
la posesión de un título llamativo o el formar parte de una empresa con
prestigio. En cambio, aquellos que poseen un potencial de liderazgo se sienten
motivados por un profundo deseo de conseguir algo por el mero hecho de
conseguirlo. Si estás buscando líderes, ¿cómo puedes diferenciar a aquellos que
se sienten motivados por ese deseo interior de conseguir de aquellos otros que
se motivan por recompensas externas? La primera señal es la pasión por el
trabajo en sí mismo: ese tipo de personas buscan desafíos creativos, adoran
aprender y se enorgullecen del trabajo bien hecho. También demuestran una
energía incansable para mejorar. La gente que posee esa energía a menudo se
siente inquieta ante una situación de statu quo. Insisten en cuestionar por qué
las cosas se hacen de una manera y no de otra, ansían explorar nuevos enfoques
para su trabajo.
Por ejemplo, un
directivo de una empresa de cosméticos se sentía frustrado por tener que
esperar dos semanas para obtener los resultados de ventas de los comerciales.
Al final instauró un sistema telefónico automático que contactaría a todos los
comerciales todos los días a las cinco de la tarde. En ese momento un mensaje
generado de forma automática les pediría que tecleasen el número de visitas y
ventas que habían realizado a lo largo del día en cuestión. Ese sistema acortó
el tiempo de realimentación de la información sobre los resultados de ventas de
unas semanas a tan solo unas horas. Esta historia ilustra otros dos rasgos
comunes de las personas que se motivan por el mero hecho de querer conseguir
algo: están constantemente elevando el objetivo de rendimiento y les gusta
mantenerse al tanto de los resultados.
Fijémonos en primer
lugar en el objetivo de rendimiento. Durante las revisiones, los empleados con
altos niveles de motivación podrían pedir a sus superiores que se les permita
una cierta elasticidad. Por supuesto, una empleada que combine el conocimiento
de sí misma con una motivación interna reconocerá sus límites, pero no se
conformará con objetivos que se le antojen demasiado fáciles de alcanzar. Y a
esto naturalmente lo sigue el hecho de que las personas movidas por el deseo de
hacerlo cada vez mejor también quieren disponer de un medio para poder seguir
los
progresos, tanto
los suyos como los de su equipo y los de la empresa. Mientras que la gente con
poca motivación muestra con frecuencia escaso interés por los resultados,
aquella otra que sí tiene una gran motivación a menudo se mantiene informada
sobre cosas como la rentabilidad y el mercado de acciones. Resulta interesante
que las personas con un alto nivel de motivación mantienen el optimismo incluso
cuando los resultados están en su contra. En estos casos, el autocontrol se
combina con la motivación interna para superar la frustración y la depresión
provocadas por un revés o por un fracaso.
EMPATÍA
De entre todas las
dimensiones de la inteligencia emocional, la empatía es la que resulta
reconocible con mayor facilidad. Todos hemos sentido la empatía de un amigo o
de un profesor sensible; a todos nos ha impactado su ausencia en un entrenador
o un jefe insensibles. Pero cuando se trata de negocios, rara vez oímos de
alguien que sea alabado, mucho menos recompensado, por su empatía. La propia
palabra suena extraña si se relaciona con el mundo de los negocios, fuera de
lugar en medio de la dura realidad del mercado. Pero empatía no se debe
interpretar como una especie de sentimentalismo del tipo «Estoy bien, tú estás
bien». Para un líder, no significa adoptar las emociones de los demás como si
fueran propias e intentar satisfacer a todo el mundo. Eso sería una pesadilla
que convertiría cualquier acción en imposible. La empatía significa más bien
tener en profunda consideración tanto los sentimientos de los empleados como
otros factores durante el proceso de tomar decisiones inteligentes. Para un
ejemplo de empatía en acción, pensemos en lo que sucedió cuando dos grandes
compañías de corretaje se fusionaron, creando una serie de puestos duplicados
en todas sus divisiones. Un jefe de división reunió a toda su gente y le dio
una lúgubre charla que enfatizaba el número de empleados que perderían su
trabajo en un corto plazo de tiempo. El jefe de otra división le dio a su
equipo una charla muy diferente. Se mostró sincero sobre su propio estado de
preocupación y confusión, y prometió mantenerlos a todos informados y tratarlos
de manera justa. La diferencia que existía entre estos dos jefes de división
era la
empatía. El primero
estaba demasiado preocupado por su propio destino como para tener en
consideración los sentimientos de sus ansiosos compañeros. El segundo sabía por
intuición lo que su gente sentía, y reconoció sus temores mediante sus
palabras. ¿Resulta entonces sorprendente que el primer director viera cómo su
división se iba hundiendo a medida que muchos empleados, desmoralizados,
especialmente los mejores, la abandonaban? Por el contrario, el segundo
director continuó siendo un líder fuerte, los mejores de su equipo se
mantuvieron en el puesto y la división siguió siendo tan productiva como lo
había sido hasta entonces.
La empatía es
particularmente importante hoy en día como componente del liderazgo, y lo es
por al menos tres razones: el creciente uso de equipos, el veloz ritmo de la
globalización y la imperiosa necesidad de mantener el talento. Pensemos en el
desafío que supone liderar un equipo. Como todo aquel que haya formado alguna
vez parte de uno puede atestiguar, los equipos son calderas donde bullen las
emociones. A menudo se les carga con la responsabilidad de alcanzar un
consenso, lo cual ya es difícil con dos personas y mucho más a medida que el
número de personas va en aumento. Incluso en aquellos grupos de solo cuatro o
cinco miembros, se forman alianzas y se producen choques de agendas. Un líder
de equipo debe ser capaz de ver y comprender los diferentes puntos de vista de
todos los que lo forman. Esto es exactamente lo que una directora de marketing de
una gran empresa de tecnología de la información fue capaz de hacer cuando fue
elegida para liderar un equipo con problemas. El grupo estaba sumido en un estado
de confusión por una sobrecarga de trabajo que no lograba terminar dentro de
los plazos establecidos. Se producían grandes tensiones entre los miembros del
equipo. Retocar los procedimientos no fue suficiente para unir al grupo y
convertirlo en parte efectiva de la empresa. Por lo tanto, la directora tomó
varias decisiones. Por medio de una serie de reuniones individuales, se tomó el
tiempo necesario para escuchar a todos los miembros del equipo: qué les
frustraba, cómo calificaban a sus compañeros, si ellos mismos se sentían
ignorados. Y después dirigió al equipo de un modo que lo hizo unirse: animó a
la gente a hablar de manera más franca con respecto a sus frustraciones, y
ayudó a todos a realizar quejas constructivas
durante las
reuniones. En pocas palabras, su empatía le permitió entender la constitución
emocional de su equipo. El resultado fue no solo una mayor colaboración entre
los diferentes miembros sino también una mayor cantidad de negocio, puesto que
el equipo recibió solicitudes de ayuda por parte de una mayor cantidad de
clientes internos.
La globalización es
otra razón para la creciente importancia de la empatía para los líderes de
negocios. El diálogo intercultural puede fácilmente dar lugar a malentendidos y
confusiones. La empatía funciona como un antídoto. Las personas que la poseen están
sintonizadas para interpretar las sutilezas del lenguaje corporal; pueden
escuchar el mensaje que subyace en las palabras pronunciadas. Más allá de esto,
poseen un profundo entendimiento tanto de la existencia como de la importancia
de las diferencias étnicas y culturales. Pensemos en el caso de un consultor
americano cuyo equipo acababa de presentar un proyecto a un cliente japonés.
Cuando trataba con clientes americanos, el equipo estaba acostumbrado a ser
bombardeado con preguntas después de una propuesta semejante, pero esta vez la
respuesta consistió en un largo silencio. Otros miembros del equipo
interpretaron el silencio como desaprobación y se prepararon para recoger sus
cosas y marcharse. El consultor líder les indicó con gestos que se detuvieran.
A pesar de que no era muy conocedor de la cultura japonesa, supo leer el rostro
y la postura de su cliente y lo que interpretó no fue rechazo sino interés,
incluso una profunda meditación sobre el proyecto. Tenía razón: cuando el
cliente habló por fin, fue para darle a la empresa el trabajo.
Por último, la
empatía juega un papel principal en la retención del talento, en particular en
la economía de la información de hoy en día. Los líderes siempre han necesitado
empatía para desarrollar y retener a los buenos empleados, pero en la
actualidad la necesidad de hacerlo es aún mayor. Cuando los buenos empleados
dejan la empresa, se llevan consigo sus conocimientos. Ahí es cuando entra en
juego la importancia de ser un buen entrenador y un buen mentor. Ya se ha
repetido en multitud de ocasiones que el ser un buen entrenador y buen mentor
da como resultado no solo un mejor rendimiento sino también una mayor
satisfacción con el trabajo y una
menor necesidad de
renovar al personal. Pero lo que hace que ambos conceptos funcionen mejor es la
naturaleza de la relación. Los entrenadores y mentores que más destacan son los
que saben meterse en la cabeza de las personas a las que están ayudando. Saben
cómo proyectar un feedback efectivo. Saben cuándo empujar para
conseguir un mejor rendimiento y cuándo dar un paso atrás. La forma en que
motivan a sus protegidos es una demostración de empatía en acción. Esto
probablemente sonará a repetición, pero me permito insistir en que la empatía
no recibe mucho respeto en el mundo de los negocios. La gente se pregunta cómo
un líder puede tomar decisiones difíciles si «se siente mal» por todos aquellos
que se verán afectados por la decisión. Pero los líderes que poseen empatía
hacen más que simpatizar con la gente que los rodea: utilizan su conocimiento
para mejorar sus empresas de un modo sutil pero importante.
HABILIDAD SOCIAL
Los primeros dos
componentes de la inteligencia emocional son capacidades del autocontrol. Las
dos últimas, la empatía y la habilidad social, tienen que ver con la capacidad
de una persona para manejar sus relaciones con los demás. Como componente de la
inteligencia emocional, la habilidad social no es algo tan simple como parece.
No es solo una cuestión de amabilidad, aunque las personas con altos niveles de
habilidad social rara vez se comportan de manera mezquina. La habilidad social
consiste más bien en la simpatía con un propósito: movilizar a la gente en la
dirección que deseas, tanto si es el acuerdo sobre una nueva estrategia
de marketing como el entusiasmo por un producto nuevo.
La gente que es
hábil socialmente tiende a tener un amplio círculo de relaciones, y posee la
habilidad de crear un punto de unión con gente de toda clase: es decir, la
habilidad de construir relaciones. Esto no significa que se pasen el tiempo
socializando; significa que trabajan de acuerdo a la idea de que nada que sea
importante se puede hacer solo. Este tipo de gente tiene toda una red de
contactos preparada para cuando llega el momento de ponerse en acción. La
habilidad social es la culminación de las otras dimensiones de la inteligencia
emocional. La gente tiende a ser muy efectiva en el
manejo de las
relaciones cuando puede comprender y controlar sus propias emociones y puede
empatizar con los sentimientos de los demás.
Incluso la
motivación contribuye a la habilidad social. Recuerda que la gente movida por
el anhelo interno de conseguir algo tiende a ser optimista, incluso cuando se
enfrenta a un revés o a un fracaso. Cuando la gente es optimista, su resplandor
se trasluce en las conversaciones y otros encuentros sociales. Son gente
popular, y tienen razón para ello. Puesto que es el resultado de las otras
dimensiones de la inteligencia emocional, la habilidad social resulta
reconocible en el puesto de trabajo de muchas maneras que ahora nos sonarán
familiares. De hecho, las personas hábiles socialmente son duchas en la
dirección de equipos: esta es su empatía en el trabajo. Del mismo modo, son
expertos en la persuasión: una manifestación combinada de su conocimiento de sí
mismos, de su autocontrol y de su empatía. Teniendo en cuenta estas
habilidades, una persona persuasiva sabe cuándo realizar una petición emocional
y cuándo apelar a la razón dará mejores resultados. Y la motivación, cuando es
públicamente visible, hace de estas personas unos excelentes colaboradores: su
pasión por el trabajo se transmite a los otros y todos se concentran en
encontrar soluciones.
Pero en ocasiones
la habilidad social se muestra de maneras en las que el resto de los
componentes de la inteligencia emocional no lo hacen. De hecho, las personas
dotadas de habilidad social pueden dar la impresión de no estar trabajando
mientras están en el puesto de trabajo. Parecen estar envueltos en una charla
ociosa, conversando con compañeros en los pasillos o bromeando con gente que ni
siquiera tiene conexión con su «verdadero» trabajo. Sin embargo, las personas
dotadas de habilidad social piensan que no tiene sentido limitar de forma
arbitraria el alcance de sus relaciones. Crean lazos amplios porque saben que
en estos tiempos tan cambiantes pueden llegar a necesitar algún día la ayuda de
gente a la que acaban de conocer hoy mismo.
Por ejemplo,
pensemos en el caso de un ejecutivo del departamento estratégico de una empresa
multinacional de ordenadores. En 1993 este ejecutivo estaba convencido de que
el futuro de la compañía se basaba en Internet. Durante el siguiente año
se dedicó a buscar
almas gemelas y utilizó su habilidad social para crear una comunidad virtual
que se extendiese a través de diferentes niveles, divisiones y países. Entonces
utilizó este equipo de facto para crear una página web corporativa que fue una
de las primeras de una gran empresa. Y, por propia iniciativa, sin contar con
presupuesto ni estatus formal, apuntó a la empresa para participar en una
convención anual de la industria en Internet. Llamando a sus aliados y
persuadiendo a varias divisiones para que donasen fondos, reclutó a más de
cincuenta personas de más de una docena de unidades diferentes para que
representasen a la empresa en la convención. Los directivos tomaron nota: en el
plazo de un año a partir de la conferencia, el equipo formado por este
ejecutivo formó la base de la primera división de Internet de la empresa, y él
fue formalmente puesto a cargo de ella. Para llegar hasta ahí, el ejecutivo
había ignorado los límites convencionales, forjando y manteniendo contactos con
personas en cada rincón de la organización.
¿Está considerada
en muchas empresas la habilidad social como una clave para el liderazgo? La
respuesta es sí, especialmente cuando se compara con otros componentes de la
inteligencia emocional. La gente parece saber de forma intuitiva que los
líderes necesitan manejar las relaciones de un modo efectivo: ningún líder es
tan solitario como una isla. Al fin y al cabo, la tarea de un líder es que el
trabajo se haga a través de otras personas, y la habilidad social hace que esto
sea posible. Un líder que no pueda expresar su empatía puede que en realidad no
la tenga. Y la motivación de un líder será inútil si no puede comunicar su
pasión a la organización. La habilidad social permite a los líderes poner en
funcionamiento su inteligencia emocional.
Sería estúpido no
afirmar que el anticuado coeficiente intelectual y las habilidades técnicas no
son ingredientes importantes de un liderazgo fuerte. Pero la receta no estaría
completa sin la inteligencia emocional. En un tiempo se consideró que «estaría
bien» que los líderes dispusieran de los componentes de la inteligencia
emocional. Pero ahora sabemos que, en beneficio del rendimiento, se trata de
ingredientes que «necesitamos poseer». Es una suerte, por tanto, que la
inteligencia emocional sea algo que pueda aprenderse. El proceso no es
sencillo. Requiere tiempo y, sobre todo, compromiso. Pero los
beneficios, tanto
para el individuo como para la empresa, que resultan de poseer una inteligencia
emocional bien desarrollada, hacen que el esfuerzo merezca la pena.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en Linkedin.com
HABILIDADES DE INTELIGENCIA EMOCIONAL QUE QUIEREN
AHORA LOS EMPRESARIOS
7 de julio, 2013
Recientemente
alguien me preguntó: ¿Es la inteligencia emocional tan importante en el mercado
laboral de hoy en día como lo era en 1995 (año en el que escribí mi primer
libro sobre el tema)?
Yo diría que es más
importante que nunca. Y ahora diré por qué. Para empezar, la globalización del
mercado laboral exige más por parte de los futuros empleados. Y los mejores
empresarios del mundo no son solo más exigentes, sino que buscan a los mejores licenciados
que también posean una intensa inteligencia emocional.
Por supuesto que
todavía importan las altas calificaciones académicas y las destrezas técnicas.
Pero en el mercado laboral actual los mejores empresarios están buscando algo
más allá de eso. Según Paul Wiseman, escritor sobre economía en Associated
Press, las empresas también «quieren licenciados con habilidades
sensibles». Las más principales son:
• Trabajar bien en
equipo. Como un ejecutivo dijo una vez a un consultor de McKinsey: «Nunca
he despedido a un ingeniero por errar en su trabajo, sino por no ser capaz de
trabajar en equipo.»
• Comunicación clara
y efectiva. Esto requiere una fuerte empatía cognitiva, la habilidad de
comprender cómo piensa otra persona. Por supuesto, la capacidad de escuchar
también es importante.
• Saber adaptarse a
los cambios. Tal flexibilidad implica un buen autocontrol.
• Saber interactuar
con una amplia variedad de personas. Esto incluye tanto a clientes
como a compañeros de trabajo de grupos diferentes al propio y de otras
culturas.
• Capacidad de pensar
con claridad y de resolver problemas bajo presión. Una
combinación de conocimiento de uno mismo, atención y una rápida recuperación en
situaciones de estrés coloca el cerebro en un estado óptimo para cualquier
destreza cognitiva que se requiera.
Las academias profesionales están a
la escucha. La Escuela de
Dirección de Yale
anunció de manera reciente que iba a añadir un test de inteligencia emocional a
su proceso de admisión.
Pero las
habilidades de inteligencia emocional pueden aprenderse. Me decanto por el
enfoque de mi colega Richard Boyatzis, de la Escuela Weatherhead de Dirección
Empresarial de la Case Western University. Boyatzis enseña a sus estudiantes de
posgrado cómo ampliar sus competencias de inteligencia emocional. Una vez que
los estudiantes han aprendido cómo hacerlo, continúan construyéndolas durante
su carrera laboral.
CÓMO EVALUAR TU INTELIGENCIA EMOCIONAL
27 de junio, 2013
«Lo que necesitáis
ahora es inteligencia emocional», les dijo el mes pasado el nuevo presidente de
China a una clase de posgrado en su principal escuela de tecnología.
Ahora el Bloomerg’s
Businessweek nos dice que la Escuela de Dirección Empresarial de Yale
ha añadido un test de inteligencia emocional a sus pruebas de admisión. ¿Y qué
nivel de inteligencia emocional posees?
Igual que para el
CI, existen varios modelos teóricos de inteligencia emocional, cada uno de
ellos apoyado por los resultados de su propia investigación. El que yo
propongo, que ha funcionado bien en la predicción del rendimiento de negocios
actual, se enfoca a un espectro de competencias de liderazgo basadas en IE,
cada una de las cuales ayuda a un líder a ser más efectivo.
A continuación
presento una serie de preguntas que te ayudarán a comprobar tu propia mezcla de
puntos fuertes y limitaciones en IE.
Esto no es un test
de IE, sino una muestra que te hará pensar sobre tus propias competencias:
• ¿Eres habitualmente
consciente de tus sentimientos y de por qué te sientes de esa manera concreta?
• ¿Eres consciente de
tus limitaciones y de tus puntos fuertes como líder?
• ¿Puedes manejar tus
emociones más acuciantes? Por ejemplo, ¿puedes recuperarte con rapidez cuando
te sientes molesto o te estresas?
• ¿Puedes adaptarte
sin problemas a los cambios?
• ¿Mantienes tu
atención en tus principales objetivos y conoces los pasos a dar para llegar a
ellos?
• ¿Puedes percibir
habitualmente los sentimientos de aquellos otros con los que interactúas y
comprender su modo de ver las cosas?
• ¿Posees un don para
la persuasión y para utilizar tu influencia de modo efectivo?
• ¿Puedes dirigir una
negociación hasta conseguir un acuerdo satisfactorio y ayudar a solucionar los
conflictos?
• ¿Trabajas bien en
equipo o prefieres hacerlo por tu cuenta?
Y ahora las buenas noticias: las
competencias de inteligencia
emocional pueden mejorarse.
Un liderazgo que
proporciona resultados
Publicado
originalmente en la Harvard Business Review, en marzo de 2000.
Si le formulas a
cualquier grupo de gente de negocios la pregunta «¿Qué hacen los líderes
efectivos?», escucharás toda una retahíla de respuestas: los líderes plantean
estrategias, motivan, crean una misión, construyen una cultura.
A continuación
pregunta: «¿Qué deberían hacer los líderes?» Si se trata de un grupo
experimentado, lo normal es que escuches una única respuesta: la tarea del
líder es conseguir resultados.
¿Pero cómo? El
misterio que envuelve lo que los líderes pueden y deben hacer para obtener el
mejor rendimiento de su gente es antiquísimo. Y, sin embargo, sigue habiendo
mucha gente y muchas empresas que no consiguen un liderazgo efectivo. Una razón
para ello es que hasta hace poco prácticamente ninguna investigación relevante
había demostrado qué comportamientos en concreto producen resultados positivos
en el liderazgo.
Los expertos en
liderazgo ofrecen consejos basados en deducciones, experiencias e instinto. A
veces estos consejos están bien encaminados, pero otras veces no.
La investigación
llevada a cabo por la consultoría Hay/McBer y realizada sobre una muestra de
3.871 ejecutivos seleccionados de una base de datos a nivel mundial con más de
veinte mil, despeja buena parte del misterio acerca del liderazgo efectivo.
Esta investigación encontró seis estilos diferentes de liderazgo, cada uno de
ellos resultado de diferentes componentes de la inteligencia emocional. Estos
estilos, si se analizan de forma individual, parecen tener un impacto directo y
único sobre el ambiente de trabajo de una empresa, una división o un equipo, y,
a su vez, sobre su rendimiento económico. Y lo que quizás es más importante,
esta investigación indica que los líderes con mejores resultados no dependen de
un solo
estilo de
liderazgo; al contrario, emplean muchos o la mayoría de estilos a lo largo de
una misma semana (de modo ininterrumpido y en diferentes medidas), dependiendo
de la necesidad del negocio.
Imaginemos los
estilos, por tanto, como la colección de palos de golf en la bolsa de un
golfista profesional. Durante el transcurso de un partido, el jugador
selecciona y elige los palos basándose en las necesidades del tiro a realizar.
En ocasiones tiene que sopesar su elección, pero por lo general es una decisión
automática. El jugador profesional percibe el desafío, coge con rapidez la
herramienta adecuada y la pone en juego con elegancia. Así es también como
funcionan los líderes que causan un gran impacto.
¿Cuáles son los
seis estilos de liderazgo? Cada uno de ellos, tan solo al nombrarlo y
describirlo brevemente, le sonará a cualquiera que ejerza un liderazgo, que sea
liderado o, tal y como ocurre con la mayoría de nosotros, lidere y a la vez sea
liderado. Los líderes autorizados movilizan a la gente hacia una visión. Los
líderes asociativos crean armonía y lazos emocionales. Los democráticos
construyen un consenso a través de la participación. Los líderes que marcan la
pauta esperan obtener la excelencia y el autogobierno. Los líderes entrenadores
preparan a la gente para el futuro. Y los líderes coercitivos exigen una
sumisión inmediata.
Cierra los ojos y
seguramente podrás pensar en algún colega que utilice alguno de estos estilos.
Lo más probable es que tú mismo hayas empleado al menos uno de ellos. Lo que
resulta novedoso en esta investigación, por tanto, son sus implicaciones. En
primer lugar, ofrece una clara comprensión de cómo los diferentes estilos de
liderazgo afectan al rendimiento y los resultados. En segundo lugar, ofrece una
clara guía de cuándo un directivo debería cambiar de un estilo a otro. También
sugiere con firmeza que es aconsejable dicha flexibilidad para cambiar entre
estilos. Asimismo, también es novedoso el descubrimiento realizado por esta
investigación de que cada estilo de liderazgo surge de diferentes componentes
de la inteligencia emocional.
MIDIENDO EL IMPACTO DEL LIDERAZGO
El difunto David McClelland, un
renombrado psicólogo de la
Universidad de
Harvard, descubrió que aquellos líderes que poseían puntos fuertes en seis o
más de las competencias de la inteligencia emocional eran mucho más efectivos
que sus colegas que carecían de dichos puntos fuertes. De hecho, cuando analizó
el rendimiento de los jefes de división de una multinacional de alimentación y
bebida, descubrió que el 87% de los líderes con dicha masa crítica de
competencias se hallaba en los puestos más altos en lo que respecta a
bonificaciones de acuerdo a su rendimiento laboral. Y lo que resulta más
llamativo, sus divisiones superaban los objetivos de beneficios anuales en un
15 o 20% de media.
Aquellos ejecutivos
que carecían de inteligencia emocional rara vez eran calificados como
destacados en las revisiones de su rendimiento anual, y sus divisiones se
quedaban de media a casi un 20% de alcanzar el objetivo fijado. La
investigación sobre estilos de liderazgo tenía como propósito conseguir una
visión más molecular de los lazos de unión entre el liderazgo y la inteligencia
emocional, el ambiente de trabajo y el rendimiento. Un equipo formado por
colegas de McClelland y dirigido por Mary Fontaine y Ruth Jacobs, miembros de
lo que es hoy el Instituto McClelland en la sucursal de Boston de HayGroup,
estudiaron los datos obtenidos a través de la observación de miles de
ejecutivos, percibiendo comportamientos específicos y su correspondiente
impacto en el ambiente de trabajo.
¿Cómo motivaba cada
uno de estos individuos los informes directos? ¿Cómo reaccionaba a las
iniciativas de cambio? ¿Cómo manejaba las crisis? Fue una fase posterior de la
investigación la que identificó el modo en que las competencias de inteligencia
emocional generan los seis estilos de liderazgo. ¿Cuál es la calificación de
cada uno de estos individuos en términos de autocontrol y habilidad social? ¿Un
líder muestra altos o bajos niveles de empatía? El equipo comprobó el ambiente
de la esfera inmediata de influencia de cada uno de los ejecutivos.
El término
«ambiente» no es un término amorfo. Fue definido en primer lugar por los
psicólogos George Litwin y Richard Stringer, y más tarde depurado por
McClelland y sus colegas: «ambiente» se refiere a seis factores clave que
influyen en el clima de trabajo de una organización. Estos seis factores son:
su flexibilidad (es decir, cómo de libres se sienten los empleados para innovar
sin limitaciones
burocráticas); su
sentido de responsabilidad con respecto a la organización; el nivel de
estándares que impone la gente; la sensación de exactitud con respecto al
reconocimiento del rendimiento y lo acertado de las recompensas; la claridad
que el personal tenga con respecto a la misión y los valores de la empresa, y,
finalmente, el nivel de compromiso con un propósito común. Los seis estilos de
liderazgo tienen un efecto cuantificable en cada aspecto del ambiente.
Más aún, cuando el
equipo examinó el impacto del ambiente de trabajo en los resultados económicos
(tales como reflejo en ventas, crecimiento de las ganancias, eficiencia y
rentabilidad) encontró una correlación directa entre ambos. Aquellos líderes
que empleaban estilos que afectaban de forma positiva al ambiente de trabajo
obtenían resultados notablemente mejores que aquellos otros que no los
empleaban. Esto no es lo mismo que decir que el ambiente organizativo es el
único motor del rendimiento. Las condiciones económicas y las dinámicas
competitivas tienen mucha importancia. Pero este análisis sugiere firmemente
que el ambiente de trabajo representa casi un tercio de los resultados. Y eso,
simple y llanamente, es un impacto demasiado relevante para ser ignorado.
Los ejecutivos
utilizan principalmente seis estilos de liderazgo, pero solo cuatro de esos
seis producen de forma regular un efecto positivo en el ambiente de trabajo y
los resultados. Examinemos por tanto en detalle cada estilo de liderazgo,
empezando por el estilo autorizado o visionario.
EL ESTILO AUTORIZADO
Tom era el
vicepresidente de marketing de una cadena nacional de
pizzerías sumida en graves problemas. No hace falta decir que el pobre
rendimiento de la empresa preocupaba a los directivos, pero ninguno de ellos
tenía claro qué hacer. Cada lunes se reunían para revisar las últimas ventas y
se esforzaban en dar con una solución. Para Tom ese enfoque no tenía sentido.
«Siempre estábamos intentando averiguar por qué las ventas de la semana
anterior habían bajado. Teníamos a toda la empresa mirando hacia el pasado en
lugar de intentar pensar en lo que teníamos que hacer de ahí en adelante.»
Tom vio la
oportunidad de cambiar el modo de pensar de la gente en una reunión para
planificar una estrategia que tuvo lugar fuera de las instalaciones. Allí, la
conversación comenzó rebosante de rancios tópicos: la empresa tenía que elevar
las ganancias de los accionistas e incrementar los activos. Tom creía que esos
conceptos no tenían el poder de inspirar al director de un restaurante a ser
innovador o a no conformarse con realizar un buen trabajo.
Así que Tom tomó
una decisión audaz. En mitad de una reunión, realizó una apasionada petición a
sus colegas para que pensasen desde la perspectiva de los clientes. Les dijo
que lo que los clientes buscaban es comodidad. La empresa no estaba en el
negocio de los restaurantes, sino en el negocio de distribuir pizzas de alta
calidad y cómodas de adquirir. Esa idea era la que debía guiar a la compañía en
todo lo que hiciera.
Con su vibrante
entusiasmo y su nítida visión (las señales de un estilo autorizado), Tom llenó
el vacío de liderazgo que había en la empresa. El concepto que él había
propuesto se convirtió en el lema de la compañía. Pero este avance conceptual
solo fue el principio. Tom se aseguró de que el lema se incorporase a la
planificación estratégica como motor del crecimiento. Y se aseguró también de
que el concepto se articulase de tal manera que los directores de los
restaurantes comprendieran que ellos eran la clave del éxito de la empresa y se
sintieran con la libertad de idear nuevos modos de distribuir pizzas.
Los cambios
llegaron con rapidez. En cuestión de semanas, muchos de los directores locales
empezaron a conseguir mejoras en los tiempos de entrega. Mejor aún, comenzaron
a comportarse como empresarios, descubriendo ingeniosas localizaciones donde
abrir nuevas sucursales: quioscos en las esquinas de calles con mucho tráfico
de peatones, en estaciones de tren y autobuses, e incluso en carritos situados
en aeropuertos o vestíbulos de hoteles.
El éxito de Tom no
fue un simple golpe de suerte. La investigación indica que de los seis estilos
de liderazgo, el autorizado es el más efectivo, pues eleva todos los aspectos
del ambiente de trabajo. Veámoslo de forma clara. El líder autorizado es un visionario;
motiva a la gente al dejarle claro que su trabajo encaja en una visión más
amplia de la organización. Las personas que trabajan
para este tipo de
líderes comprenden que lo que hacen importa, y entienden las razones de esa
importancia.
El liderazgo
autorizado también maximiza el compromiso con los objetivos y la estrategia de
la organización. Al enmarcar las tareas individuales dentro de una visión más
amplia, el líder autorizado define los estándares que gravitan en esa visión.
Cuando ese líder proporciona información sobre el rendimiento obtenido (ya sea
positivo o negativo), el criterio que sigue radica en si ese rendimiento
fomenta la visión de futuro. Los estándares para lograr el éxito resultan
claros para todos los empleados, tanto como las recompensas por conseguirlo.
Para finalizar,
pensemos en el impacto de este estilo sobre la flexibilidad. Un líder
autorizado marca el fin pero por lo general concede al personal mucha libertad
de acción para diseñar sus propios medios de conseguirlo. Los líderes
autorizados dan a los empleados la libertad de innovar, experimentar y tomar
riesgos calculados. Dado su impacto positivo, el estilo autorizado funciona
bien prácticamente en todas las situaciones laborales. Pero es particularmente
efectivo cuando un negocio va a la deriva. Un líder autorizado traza una nueva
dirección y vende a sus empleados una imagen a largo plazo.
No obstante, el
estilo autorizado, por muy poderoso que sea, no funcionará en todas las
situaciones. De hecho, este enfoque fracasa cuando un líder está trabajando con
un equipo de expertos o colegas que posean más experiencia que él; en este caso
los demás pueden ver al líder como un tipo ostentoso e inaccesible. Otra
limitación: cuando un directivo que trata de ser un líder autorizado se vuelve
autoritario, puede destruir el espíritu igualitario de un equipo efectivo. Pero
aun con semejantes advertencias, los líderes harían bien en elegir el estilo
autorizado con frecuencia. Puede que no garantice el éxito inmediato, pero
desde luego ayuda a largo plazo.
EL ESTILO ENTRENADOR
La unidad encargada
de un producto en una empresa multinacional de ordenadores había visto cómo sus
ventas caían: antes doblaban las de sus competidores y ahora esa ventaja se ha
reducido a la
mitad. Así que Lawrence, el encargado de la división, decidió cerrar la unidad
y llevar a cabo una reasignación de sus empleados y sus productos. Al enterarse
de la noticia, James, el jefe de la unidad en cuestión, decidió pasar por
encima de su director y presentar su caso al presidente de la empresa.
¿Qué hizo Lawrence?
En lugar de enfadarse con James, meditó el informe que este había presentado y
discutió con él no solo la decisión de cerrar la unidad sino también el futuro
del propio James. Le explicó que pasarse a otra división le ayudaría a desarrollar
nuevas habilidades, le convertiría en un líder mejor y le enseñaría más sobre
el negocio al que se dedicaba la empresa. Lawrence actuó más como un consejero
que como un jefe tradicional.
Escuchó las
preocupaciones y esperanzas de James, y compartió con él las suyas propias. Le
dijo que creía que en su actual puesto se había quedado desfasado; después de
todo, ese puesto era el único en el que James había trabajado en la empresa.
Predijo que James florecería en un cargo nuevo. Entonces la conversación tomó
un giro práctico. James todavía no había mantenido su reunión con el presidente
(la reunión que había solicitado con ímpetu al enterarse del cierre de la
unidad). Consciente de eso (y consciente también de que el presidente apoyaba
con firmeza el cierre), Lawrence se ocupó de preparar a James y enseñarle cómo
presentar su caso en la reunión. «A uno no se le concede una audiencia con el
presidente a menudo —señaló—, así que vamos a asegurarnos de que le impresiones
con tu seriedad.»
Le aconsejó a James
que no se centrase en su caso personal, sino que lo hiciera en la unidad de
negocio: «Si el presidente cree que estás ahí en busca de tu propio éxito, te
echará de su despacho a toda velocidad.» Y le incitó a poner todas sus ideas
por escrito, ya que al presidente siempre le había gustado eso.
¿Cuál fue el motivo
por el que Lawrence decidió entrenar a James en lugar de reprenderle? «James es
un buen tipo, muy prometedor y con mucho talento —nos explicó el ejecutivo—, y
no quiero que esto haga descarrilar su carrera. Quiero que siga en la empresa,
quiero que se esfuerce en el trabajo, quiero que aprenda, quiero que se
beneficie y crezca con nosotros. Solo porque haya metido la pata no significa
que sea una mala persona.»
Lo que hizo
Lawrence ilustra a la perfección el estilo entrenador. Los líderes entrenadores
ayudan a los empleados a identificar sus puntos fuertes y sus puntos débiles y
a enlazarlos con sus aspiraciones personales y laborales. Los animan a
establecer objetivos de desarrollo a largo plazo y los ayudan a conceptualizar
un plan para conseguir esos objetivos. Alcanzan acuerdos con sus empleados
sobre su papel y sus responsabilidades al promulgar planes de desarrollo, y les
proporcionan una gran cantidad de instrucciones e información.
Los líderes
entrenadores son excelentes cuando se trata de delegar; asignan a sus empleados
tareas desafiantes, incluso si eso significa que el trabajo no será realizado
con rapidez. En otras palabras, estos líderes están dispuestos a hacer frente a
un fracaso a corto plazo en aras de una mejoría a largo plazo.
Nuestra
investigación demostró que, de los seis estilos de liderazgo, el estilo
entrenador es el que se emplea con menor frecuencia. Muchos líderes nos dijeron
que debido a esta economía de alta presión no disponían del tiempo para la
lenta y tediosa tarea de enseñar a la gente y ayudarla a crecer. Pero después
de una primera sesión, esa tarea requiere muy poco tiempo extra, o ninguno en
absoluto. Los líderes que ignoran este estilo están pasando por alto una
poderosa herramienta: su impacto en el rendimiento y en el ambiente de trabajo
es marcadamente positivo.
Es necesario
reconocer que existe una paradoja en el efecto positivo del estilo entrenador
sobre el rendimiento del negocio, puesto que este estilo se enfoca
principalmente hacia el desarrollo personal y no hacia temas relacionados de
forma inmediata con el trabajo. Aun así, este estilo mejora los resultados. La
razón es que requiere un diálogo constante, y este diálogo produce el efecto de
impulsar todos los elementos controladores del ambiente de trabajo. Tomemos,
por ejemplo, la flexibilidad. Cuando un empleado es consciente de que su jefe
le observa y se preocupa por lo que hace, siente la libertad de experimentar.
Al fin y al cabo, tiene la seguridad de que recibirá una respuesta rápida y
constructiva.
De modo similar,
este diálogo constante garantiza que la gente sepa lo que se espera de ella y
la manera en que su labor se encuadra en una visión o una estrategia más
amplias. Esto afecta a la
responsabilidad y
la claridad. El estilo entrenador también ayuda en lo referente al compromiso,
pues el mensaje implícito de este estilo es: «Creo en ti, estoy invirtiendo en
ti y espero de ti que te esfuerces al máximo.» Muy a menudo los empleados responden
a este desafío con lo mejor de sí mismos.
El estilo
entrenador funciona bien en muchas situaciones laborales, pero quizá sea más
efectivo cuando los que lo reciben están «por la labor». Por ejemplo, el estilo
entrenador funciona particularmente bien cuando los empleados ya son
conscientes de sus puntos débiles y quieren mejorar su rendimiento. De manera
similar, este estilo funciona cuando los empleados se dan cuenta de que
cultivar nuevas destrezas puede ayudarles a avanzar. En resumen, funciona mejor
con empleados que quieren ser entrenados.
Por el contrario,
el estilo entrenador tiene poco sentido cuando los empleados, por la razón que
sea, son reacios a aprender o a cambiar su modo de actuar. Y fracasa si el
líder carece de la experiencia para ayudar al empleado. El hecho es que muchos
directivos no tienen familiaridad con este estilo, o simplemente son ineptos a
la hora de entrenar, en particular cuando se trata de proporcionar una
información constante sobre el rendimiento que resulte motivadora en lugar de
crear miedo o apatía.
Algunas empresas se
han dado cuenta del impacto positivo de este estilo y procuran convertirlo en
una competencia esencial. En varias de ellas, una porción importante de las
bonificaciones anuales de un ejecutivo están sujetas al desarrollo de sus
informes directos. Pero muchas otras empresas todavía tienen pendiente sacar
provecho de este estilo de liderazgo. Aunque el estilo entrenador no muestra
con claridad resultados en el balance final, sí que ayuda a obtenerlos.
EL ESTILO ASOCIATIVO
Si el líder
autorizado te urge a que le sigas, el líder asociativo te dice que las personas
son lo primero. Este estilo de liderazgo se centra en la gente: los que lo
defienden valoran a los individuos y sus emociones más que las tareas y los
objetivos. El líder asociativo se esfuerza en mantener a sus empleados felices
y en crear armonía entre ellos. Dirige al grupo construyendo fuertes lazos
emocionales y
a continuación
cosechando los beneficios de semejante enfoque, beneficios que consisten
principalmente en una feroz lealtad.
Este estilo tiene
también un marcado efecto positivo en la comunicación. Las personas que se
llevan bien hablan mucho entre ellas. Comparten ideas, comparten inspiración. Y
este estilo promulga la flexibilidad, pues los amigos confían los unos en los
otros, y permite la tendencia a la innovación y a la toma de riesgos. La
flexibilidad también aumenta porque el líder asociativo, igual que haría un
padre al ajustar las normas del hogar para su hijo adolescente, no impone
censuras innecesarias sobre el modo en que los empleados hagan su trabajo. Le
otorga a la gente la libertad de cumplimentar su tarea de la manera que
considere más efectiva.
El líder asociativo
ofrece una gran cantidad de feedback positivo, proporcionando
una sensación de reconocimiento y recompensa por el trabajo bien hecho. Este
tipo de feedback tiene un poder especial en el lugar de
trabajo porque rara vez se produce: más allá de la revisión anual, la mayoría
de los empleados no suele recibir ningún tipo de feedback en
relación con su esfuerzo diario, o, si acaso, el que recibe es negativo. Eso
hace que las palabras de felicitación del líder asociativo resulten todavía más
motivadoras.
Por último, los
líderes asociativos son maestros a la hora de construir la sensación de
pertenencia a un equipo. De hecho, suelen sacar a sus empleados de la oficina
para comer o tomar algo e interesarse en saber cómo les va. O se presentan un
día con un pastel para celebrar los logros del equipo. Por naturaleza, se les
da bien crear buenas relaciones.
Joe Torre, que en
un tiempo fue el alma de los New York Yankees, era un líder asociativo clásico.
Durante las World Series de 1999, Torre cuidaba con habilidad la psique de sus
jugadores mientras estos soportaban la presión emocional del campeonato. A lo
largo de toda la temporada, hizo especial hincapié en elogiar a Scott Brosius,
cuyo padre había fallecido recientemente, por su capacidad de compromiso a
pesar de su pérdida.
En la fiesta de
celebración después del último partido del equipo, Torre buscó en concreto al
jugador Paul O’Neill. A pesar de que este había recibido la noticia de la
muerte de su padre esa misma mañana, O’Neill había decidido jugar el partido
decisivo, y había
roto a llorar en el
mismo instante en que el partido había concluido. Torre recalcó el esfuerzo
personal de O’Neill y lo denominó «guerrero». Torre también aprovechó el
escaparate de la celebración por la victoria para elogiar a dos jugadores cuyo
regreso al año siguiente se veía amenazado por disputas contractuales. Al
hacerlo, envió el claro mensaje al equipo y al propietario del club de que él
valoraba inmensamente a sus jugadores, demasiado como para perderlos.
Además de atender
las emociones de su gente, un líder asociativo puede también reconocer las
suyas propias de una manera abierta. El año en que su hermano estuvo a punto de
fallecer mientras aguardaba un trasplante de corazón, Torre compartió su
preocupación con sus jugadores. También le habló al equipo con toda franqueza
sobre su tratamiento contra el cáncer de próstata. El estilo asociativo tiene
un impacto positivo general que lo convierte en un enfoque adecuado en
cualquier situación, pero los líderes deberían emplearlo especialmente cuando
pretenden construir armonía en el equipo, subir la moral, mejorar la
comunicación o reponer la confianza perdida.
Por ejemplo, una
ejecutiva fue contratada para sustituir a un líder de equipo demasiado
implacable. Ese líder anterior se había apropiado del crédito correspondiente
al trabajo de sus empleados y no había compartido con ellos las felicitaciones
de los superiores, además de haber intentado enfrentarlos a unos con otros. Sus
esfuerzos acabaron por fracasar, pero tras su marcha el equipo estaba lleno de
desconfianza y agotamiento emocional. La nueva ejecutiva se las ingenió para
reparar esa situación mostrando de un modo incansable su honestidad emocional y
reconstruyendo los lazos de unión. Varios meses más tarde, su liderazgo había
creado una renovada sensación de compromiso y aumentado la energía del grupo.
Pese a sus
beneficios, el estilo asociativo no debería ser empleado por sí solo. Su
enfoque exclusivo en el elogio puede dar lugar a un pobre rendimiento que no
llegue a ser corregido. Los empleados pueden tener la percepción de que su
líder tolera la mediocridad. Y puesto que los líderes asociativos rara vez
ofrecen consejos constructivos para mejorar, los empleados se ven obligados
a hacerlo por su
cuenta. Cuando la gente necesita una directiva clara para lidiar con desafíos
complejos, el estilo asociativo la deja a la deriva.
De hecho, si se
abusa de él, este estilo puede dirigir a un grupo al fracaso. Quizá sea por
esto por lo que muchos líderes asociativos, como el propio Torre, emplean este
estilo en combinación directa con el estilo autorizado. Los líderes autorizados
marcan una meta, establecen los estándares y permiten a los empleados darse
cuenta de que su labor opera en beneficio de los objetivos del grupo. Si
alternamos esto con el enfoque cariñoso y educativo del líder asociativo,
tendremos una combinación muy potente.
EL ESTILO DEMOCRÁTICO
La Hermana María
dirigía una cadena de centros educativos católicos en una amplia zona
metropolitana. Una de las escuelas, la única escuela privada en un vecindario
humilde, llevaba años perdiendo dinero, y la archidiócesis no podía permitirse
mantenerla abierta durante más tiempo. Cuando la Hermana María recibió por fin
la orden de cerrarla, no se limitó a cerrar las puertas.
Convocó una reunión
con todos los profesores y todo el personal de la escuela y les explicó con
detalle la crisis económica, lo que supuso para los que trabajaban allí la
primera vez que eran tomados en cuenta desde el punto de vista financiero de la
institución. Les pidió ideas de cómo mantener la escuela abierta y cómo manejar
el cierre si al final tenían que llegar a ese punto. La Hermana María pasó la
mayor parte de su tiempo en la reunión simplemente escuchando. Hizo lo mismo en
posteriores reuniones con padres de alumnos y representantes de la comunidad y
en sucesivas reuniones con el profesorado y el personal.
Tras dos meses de
reuniones, se alcanzó un consenso claro: la escuela tendría que cerrar. Se
estableció un plan para transferir a los estudiantes a otras escuelas de la
organización. El resultado final no fue diferente a lo que hubiera sido si la
Hermana María se hubiera limitado a cerrar la escuela el día que se lo dijeron
sus superiores. Pero al permitir a todos los implicados que alcanzasen esa
decisión de manera colectiva, evitó todas las reacciones negativas que podrían
haberse producido.
La gente lamentó la pérdida de la escuela, pero entendió que era algo
inevitable. Virtualmente nadie se opuso al cierre.
Comparemos este
caso con las experiencias de un sacerdote que dirigía otra escuela católica.
También él recibió la orden de cerrarla. Y lo hizo de modo automático. El
resultado fue desastroso: los padres presentaron demandas, profesores y padres
formaron piquetes y la prensa local publicó editoriales contra la decisión del
sacerdote. Fue necesario un año para solucionar los conflictos antes de poder
finalmente cerrar la escuela.
La Hermana María
ejemplifica el estilo democrático y los beneficios de ponerlo en acción. Al
dedicar tiempo a escuchar las ideas y propuestas de los demás, un líder genera
confianza, respeto y compromiso. Al permitir que los empleados se expresen a la
hora de tomar decisiones que afectan a sus objetivos y a la manera en que
realizan su trabajo, el líder democrático incrementa la flexibilidad y la
responsabilidad. Y al atender a las preocupaciones de los empleados, el líder
democrático aprende qué hacer para mantener la moral alta. Por último, como los
empleados que operan en un sistema democrático tienen voz a la hora de
establecer sus objetivos y los estándares con los que se evalúa el éxito,
tienden a ser muy realistas acerca de lo que puede y no puede conseguirse.
No obstante, el
estilo democrático tiene sus inconvenientes, lo que hace que su impacto sobre
el ambiente de trabajo no sea tan elevado como el de algunos de los otros
estilos. Una de sus consecuencias más exasperantes puede ser la de mantener
reuniones eternas en las que se reflexione incesantemente sobre ideas sin
llegar a alcanzar un consenso y cuyo único resultado visible sea la
programación de sucesivas reuniones. Algunos líderes democráticos emplean este
estilo para retrasar la toma de decisiones cruciales, con la esperanza de que
discutir de manera exhaustiva sobre el tema tendrá como resultado una
inspiración deslumbrante. En realidad lo que consiguen es que su gente se
sienta confundida y descabezada. Semejante enfoque puede incluso incrementar los
conflictos.
¿Cuándo funciona
mejor este estilo? Este enfoque es ideal cuando un líder se siente inseguro
sobre la mejor dirección a tomar y necesita ideas y consejos de empleados
expertos. E incluso si un líder
tiene una visión
clara, el estilo democrático funciona bien para generar ideas que ayuden a
obtener el objetivo. El estilo democrático, por supuesto, tiene mucho menos
sentido cuando los empleados no son competentes o no están lo suficientemente
informados para ofrecer buenos consejos. Y tampoco hace falta señalar que la
búsqueda de consenso es una mala opción en tiempos de crisis.
Tomemos como
ejemplo a un director ejecutivo cuya empresa de informática se encontraba
seriamente amenazada por los cambios del mercado. El director siempre buscaba
un consenso sobre las medidas a tomar. Mientras sus competidores le robaban la
clientela y las necesidades de los clientes iban cambiando, él continuaba
convocando comités para reflexionar sobre la situación. Cuando en el mercado se
produjo un cambio brusco como consecuencia de la aparición de una nueva
tecnología, el ejecutivo en cuestión se quedó petrificado.
La junta directiva
lo sustituyó antes de que pudiera convocar una nueva reunión. Y el nuevo
ejecutivo, aunque recurría de modo ocasional al estilo democrático y al
asociativo, empleaba principalmente el autorizado, en especial durante sus
primeros meses en el puesto.
EL ESTILO QUE MARCA LA PAUTA
Este estilo tiene
su hueco en el repertorio del líder, pero debería utilizarse con moderación.
Esto no es lo que esperábamos encontrar en nuestra investigación. Al fin y al
cabo, los sellos distintivos de este estilo suenan a primera vista admirables.
El líder marca estándares extremadamente altos de rendimiento y da ejemplo.
Siente la obsesión de hacer las cosas mejor y más rápido, y le pide lo mismo a
todos los que lo rodean. Identifica con velocidad a los empleados que ofrecen
un rendimiento pobre y les exige más. Y si no responden a esa exigencia, los
sustituye por otros que sí lo hagan.
Sería lógico pensar
que este enfoque mejoraría los resultados, pero no lo hace. De hecho, el estilo
que marca la pauta destruye el buen ambiente de trabajo. Muchos empleados se
sienten abrumados por las exigencias de excelencia del líder y su moral cae en
picado. La guía de cómo realizar el trabajo puede estar clara en la mente del
líder, pero no es capaz de transmitirla de forma nítida; espera que su
equipo sepa lo que ha de hacer e incluso llega a pensar: «Si necesitas que te
lo diga, es que no eres la persona adecuada para este trabajo.» El trabajo se
convierte no ya en una cuestión de hacerlo lo mejor que se pueda conforme a un
plan claro, sino en intuir qué es lo que quiere el líder. Al mismo tiempo, la
gente a menudo siente que este tipo de líder no confía en ellos lo suficiente
para permitirles trabajar a su modo o tomar iniciativas propias. La flexibilidad y la
responsabilidad se evaporan; el trabajo se convierte en algo tan rutinario y
tan enfocado a realizar la tarea que resulta aburrido. Y en cuanto a las
recompensas, este líder o bien no proporciona feedback alguno
sobre el rendimiento o bien toma el control cuando considera que los empleados
no dan la talla. Y en el caso de que el líder tenga
que dejar al equipo solo, este se siente perdido, pues está
acostumbrado a que el experto marque las normas. Por último, el compromiso
mengua bajo el régimen establecido por este tipo de líder porque los empleados
no tienen claro el concepto de cómo
encaja su esfuerzo personal en el
marco de la organización.
Como ejemplo de
este tipo de estilo, tomemos el caso de Sam, un bioquímico en I+D en una gran
empresa farmacéutica. Su soberbia experiencia técnica le convirtió muy pronto
en un empleado estrella: era él a quien todos recurrían cuando necesitaban
ayuda. Muy pronto se le ascendió a jefe de un equipo encargado del desarrollo
de un nuevo producto. El resto de científicos del equipo eran tan competentes y
estaban tan motivados como Sam; su fuerza como líder del equipo consistió en
ofrecerse a sí mismo como modelo de cómo realizar un gran trabajo de
investigación científica bajo una presión tremenda, manteniéndose al pie del
cañón siempre que era necesario. Su equipo completó la tarea en un tiempo
récord.
Pero entonces le
llegó un nuevo encargo: Sam fue puesto al mando del I+D de toda su división. A
medida que sus tareas se veían ampliadas y tenía que articular una visión
global, coordinar proyectos, delegar responsabilidades y ayudar a compañeros,
su rendimiento comenzó a debilitarse. Al no confiar en que sus subordinados
fueran tan capaces como él, se convirtió en un micrománager, obsesionado con
los detalles y obcecado en tomar el mando cuando veía que alguno no daba el
rendimiento esperado. En
lugar de confiar en
que mejorarían si recibían formación, Sam se encontró a sí mismo trabajando
noches y fines de semana tras tomar la decisión de sustituir a un jefe de
investigación cuyo equipo no rendía bien. Al final, su propio jefe le sugirió,
para alivio suyo, el regreso a su anterior puesto como jefe de un único equipo.
Aunque Sam fracasó,
este estilo de liderazgo no significa siempre el desastre. El enfoque funciona
bien cuando todos los empleados están motivados, son altamente competentes y
requieren pocas instrucciones y poca coordinación. Por ejemplo, puede ser adecuado
para líderes de profesionales muy motivados y muy cualificados, como grupos de
I+D o equipos de abogados. Y con un equipo lleno de talento al que dirigir,
este estilo de liderazgo hace precisamente eso: hace que el trabajo esté
terminado a tiempo o incluso antes de plazo. Sin embargo, tal y como ocurre con
cualquier otro estilo de liderazgo, este no debería utilizarse nunca en
exclusiva.
EL ESTILO COERCITIVO
Una empresa de
informática se hallaba inmersa en una crisis: sus
ventas y sus beneficios caían, sus acciones perdían valor
vertiginosamente y sus accionistas estaban alborotados. La junta directiva
contrató a un jefe ejecutivo con la reputación de ser un artista a la hora de
realizar un cambio de rumbo. Se puso manos a la obra eliminando puestos de
trabajo, liquidando divisiones y tomando las duras decisiones que deberían
haberse tomado años antes. La empresa se salvó, al menos a corto plazo. Sin embargo,
desde el principio este jefe ejecutivo creó un reino de terror, acosando y
degradando a su equipo, y reprendiendo de malas maneras cualquier error por
nimio que fuera. Los más altos niveles de la empresa quedaron diezmados no solo
por los erráticos despidos de este ejecutivo, sino también por abandonos. Los
colaboradores directos del ejecutivo, atemorizados por su tendencia a culpar al
mensajero de las malas noticias, dejaron de proporcionarle información. La
moral estaba más hundida que nunca, lo cual tuvo como consecuencia un nuevo
revés en el negocio poco después de la recuperación inicial. El ejecutivo en
cuestión terminó siendo despedido por la junta directiva. Resulta fácil
comprender la razón de que, entre todos los estilos
de liderazgo, el
coercitivo es el menos efectivo en la mayoría de situaciones. Pensemos en lo
que este estilo supone para el ambiente de trabajo. La flexibilidad es la peor
parada. La tendencia extrema del líder a tomar decisiones unilaterales elimina
la posible aparición de nuevas ideas. La gente se siente tan ignorada que
piensa: «Ni siquiera me voy a molestar en presentar mis ideas. ¿Para qué, si no
van a hacer otra cosa que pasarlas por alto?» Del mismo modo, el sentimiento de
responsabilidad de los empleados desaparece: incapaces de actuar por propia
iniciativa, pierden su sentimiento de propiedad y experimentan poca
responsabilidad por su rendimiento. Algunos están tan resentidos que adoptan
una actitud que podría resumirse en estas palabras: «No voy a ayudar a ese
desgraciado.»
El liderazgo
coercitivo también tiene un efecto perjudicial en el sistema de bonificaciones.
Los empleados de mejor rendimiento se sienten motivados por algo más que el
dinero: buscan la satisfacción del trabajo bien hecho. El estilo coercitivo
erosiona esa satisfacción. Y, finalmente, este estilo socava una de las
principales herramientas del líder: motivar a sus empleados haciéndoles ver
cómo su labor se encuadra dentro de un objetivo común. Semejante pérdida,
medida en términos de reducción de claridad y compromiso, provoca que la gente
se sienta alienada y se pregunte: «¿Qué importancia tiene todo esto?»
Dado el impacto del
estilo coercitivo, podríamos asumir que nunca debería aplicarse. La
investigación, sin embargo, mostró unas cuantas ocasiones en las que funcionó a
la perfección.
Tomemos el caso de
un presidente de división al que se le encargó cambiar la dirección de una
empresa de alimentación que perdía dinero. Su primera acción fue demoler la
sala de conferencias. Para él, esa sala, con su enorme mesa de mármol que
parecía el puente de mando de la nave Enterprise, simbolizaba el
tradicionalismo formal que estaba paralizando a la empresa. La destrucción de
la sala y la consecuente mudanza a una estancia más pequeña e informal envió un
mensaje que nadie podía pasar por alto, y la cultura de la división se
transformó a toda velocidad.
Dicho esto, el
estilo coercitivo debería ser empleado solo con extrema cautela y en las pocas
situaciones en las que resulta absolutamente imperativo, tales como durante un
cambio de rumbo o
cuando se sufre la
amenaza de una absorción hostil. En esos casos, el estilo coercitivo puede
romper con los malos hábitos de negocio e incitar al personal hacia nuevos
métodos de trabajo. Siempre resulta apropiado en casos de auténtica emergencia,
como durante las consecuencias de un terremoto o de un incendio. Y puede
funcionar con empleados problemáticos con los que todo lo demás ya haya
fallado.
Pero si un líder se
apoya únicamente en este estilo o continúa empleándolo una vez que la
emergencia haya sido superada, el impacto a largo plazo de su insensibilidad
hacia la moral y los sentimientos de aquellos a los que dirige será ruinoso.
LOS LÍDERES REQUIEREN MUCHOS ESTILOS
Muchos estudios,
incluyendo este, han mostrado que cuantos más estilos exhiba un líder, mejor
que mejor. Aquellos líderes que dominan cuatro o más, en especial si son el
autorizado, el democrático, el asociativo y el entrenador, obtienen el mejor
rendimiento y el mejor ambiente de trabajo. Y los líderes más efectivos varían
con flexibilidad de un estilo a otro según lo necesiten. Aunque esto puede
sonar abrumador, hemos sido testigos de ello con más frecuencia de lo que
podrías imaginar, tanto en grandes empresas como en otras minúsculas, tanto a
través de veteranos experimentados que podrían explicar con exactitud cómo y
por qué lideran a un equipo como a través de empresarios que aseguran liderar
por puro instinto.
Estos líderes no
ajustan su estilo de manera mecánica de acuerdo a una lista de posibles
situaciones, sino que actúan de un modo mucho más fluido. Son extremadamente
sensibles al impacto que producen en los demás y ajustan continuamente su
estilo a la perfección para obtener los mejores resultados. Son líderes, por
ejemplo, que en los primeros minutos de una conversación ya se dan cuenta de
que un empleado con talento rinde por debajo de lo esperado porque ha sido
desmoralizado por efecto de un directivo poco comprensivo y demasiado
autoritario, y por tanto necesita ser motivado mostrándole por qué su labor es
importante. O este líder podría elegir insuflar energía al empleado
preguntándole por sus
sueños y
aspiraciones y descubriendo así formas de hacer que su trabajo resultara más
estimulante. O esa conversación inicial podría indicar que el empleado en
cuestión necesita un ultimátum: mejora o vete.
Como ejemplo de un
liderazgo fluido en acción, pensemos en Joan, el mánager general de una
importante división de una multinacional de alimentación y bebida. Joan fue
seleccionada para el puesto cuando la división estaba sumida en una profunda
crisis. Llevaba seis años sin alcanzar los objetivos de beneficios, y en el
último de esos años se había quedado 50 millones de dólares por debajo de dicho
objetivo. La moral entre los jefes de equipo se hallaba por los suelos,
mientras que la desconfianza y los resentimientos se habían disparado.
La orden que Joan
recibió de sus superiores fue clara: darle la vuelta a la situación. Joan lo
hizo con una poco habitual destreza a la hora de cambiar de un estilo de
liderazgo a otro. Desde el principio, se dio cuenta de que disponía de poco
tiempo para mostrar un liderazgo efectivo que estableciera una buena relación
de confianza. También sabía que necesitaba con urgencia ser informada de qué
era lo que no funcionaba, así que su primera tarea fue escuchar a la gente
clave.
Durante su primera
semana en el puesto se llevó a comer o a cenar a cada uno de los miembros del
equipo directivo. Joan procuró obtener el punto de vista de cada uno de ellos
sobre la situación, pero su interés no era tanto ver cuál era el diagnóstico personal
sobre el problema sino conocer a cada uno de esos jefes de equipo en persona.
Aquí Joan empleó el estilo asociativo: examinó sus vidas, sus sueños y sus
aspiraciones.
También utilizó el
estilo entrenador, buscando modos en los que pudiera ayudar a los miembros del
equipo a conseguir lo que querían en su carrera laboral. Por ejemplo, uno de
ellos le comentó sus preocupaciones al haber oído que los demás lo consideraban
un mal jugador de equipo. Él se consideraba a sí mismo un buen jugador de
equipo, pero no hacía otra cosa que recibir quejas de los otros. Joan
comprendió que se trataba de un directivo con talento y un importante activo
para la empresa, por lo que llegó al acuerdo con él de indicarle en privado
cuando alguna de sus acciones tuviera un
efecto negativo en
su deseo de ser considerado un buen miembro del equipo.
A esas
conversaciones personales les siguió un encuentro de tres días fuera de la
oficina. Su objetivo ahora era crear equipo, de modo que salieran a escena las
soluciones que cada uno pudiera idear para la problemática situación del
negocio. Durante esta reunión Joan empleó en primer lugar el estilo
democrático: animó a todos a expresarse con libertad y mostrar sus
frustraciones y sus quejas.
Al día siguiente,
hizo que el grupo se concentrase en las soluciones: cada uno realizó tres
propuestas específicas de lo que consideraba que debía hacerse. Cuando Joan
unió todas las sugerencias, se produjo un consenso natural sobre lo que era
prioritario para el negocio, como el recorte de gastos. A medida que el grupo
alcanzaba estos acuerdos, Joan iba obteniendo el compromiso que buscaba.
Con ese objetivo en
mente, Joan pasó al estilo autorizado, asignando la responsabilidad de que se
cumpliera cada paso del plan a miembros determinados del equipo. Por ejemplo,
la división había estado bajando los precios de algunos productos sin aumentar
su cantidad. Una solución obvia era subir los precios, pero el anterior
encargado de ventas había vacilado y había permitido que el problema se
agravase. El nuevo encargado tenía ahora la responsabilidad de ajustar los
precios para solucionar el problema.
Durante los meses
siguientes, ese estilo al que recurrió Joan de modo más frecuente fue el
autorizado. Estuvo continuamente articulando el nuevo objetivo del grupo de un
modo en el que cada miembro era consciente de que su labor era crucial para
conseguirlo. Y, en especial durante las primeras semanas en las que se puso en
práctica el plan, Joan supo que la urgencia provocada por la crisis justificaba
algún que otro uso del estilo coercitivo si alguien fallaba. Tal y como ella
misma lo explicó: «Tenía que mostrarme brutal a la hora de que el plan se
consolidase y asegurarme de que las cosas se hacían. Eso requería disciplina y
concentración.»
¿Cuáles fueron los
resultados? Todos los aspectos del ambiente de trabajo mejoraron. La gente
comenzó a innovar. Los miembros del equipo hablaban entre ellos sobre el
objetivo de la división y se jactaban de su compromiso con las nuevas metas
marcadas. La
prueba definitiva
del estilo fluido de Joan está escrita negro sobre blanco: tras solo siete
meses, su división superó el objetivo anual de beneficios en más de cinco
millones de dólares.
AMPLIANDO TU REPERTORIO
Por supuesto, muy
pocos líderes tienen los seis estilos en su repertorio, y menos aún saben
cuándo y cómo emplearlos. De hecho, al mostrarles los resultados de esta
investigación a los líderes de muchas empresas, sus respuestas más frecuentes
eran «¡Pero yo solo tengo dos de esos!» y «No puedo utilizar todos esos
estilos, no sería algo natural».
Semejante sensación
es comprensible, y en algunos casos el antídoto es relativamente simple: el
líder puede construir un equipo con miembros que empleen los estilos de los que
él carece. Tomemos el caso de una directora de manufacturación. Dirigía con éxito
un sistema de fabricación a nivel internacional utilizando principalmente el
estilo asociativo. Estaba constantemente de viaje, reuniéndose con directores
de fábrica, escuchando sus preocupaciones y haciéndoles saber lo mucho que se
interesaba por ellos personalmente.
Delegó la
estrategia de la división en un encargado de confianza con altos conocimientos
de tecnología, y sus estándares de rendimiento, en un colega ducho en el
enfoque autorizado. También contaba en su equipo con un líder de los que marcan
la pauta, que siempre la acompañaba durante las visitas a las fábricas.
Un enfoque
alternativo, y que yo recomendaría por encima del anterior, es el de que los
líderes se esfuercen en ampliar su propio repertorio de estilos. Para hacerlo,
los líderes deben primero comprender qué competencias de la inteligencia
emocional subyacen en los estilos de liderazgo que no dominan. Pueden
trabajarlos de forma diligente para aumentar su dominio.
Por ejemplo, un
líder asociativo posee puntos fuertes en tres competencias de inteligencia
emocional: en empatía, en la construcción de relaciones y en comunicación. La
empatía (darse cuenta de cómo los demás se están sintiendo en ese momento)
permite al líder asociativo responder a sus empleados de un modo que sea muy
congruente con las emociones de la persona en cuestión,
construyendo por
tanto una buena relación. El líder asociativo también pone en funcionamiento
una facilidad natural para formar nuevas relaciones, consiguiendo conocer a los
empleados como personas y cultivando lazos de unión.
Por último, el
líder asociativo que destaca sobre los demás ha logrado dominar el arte de la
comunicación interpersonal, en particular a la hora de decir lo correcto o
realizar el gesto simbólico adecuado en el momento necesario. Así que, si eres
un líder que marca la pauta y quieres ser capaz de emplear el estilo asociativo
con mayor frecuencia, tendrás que mejorar tu nivel de empatía y, quizá, tu
habilidad a la hora de construir relaciones o de comunicarte de un modo
efectivo.
Otro ejemplo: un
líder autorizado que quiera añadir el estilo democrático a su repertorio podría
necesitar trabajar en su capacidad de colaboración y comunicación.
Hora a hora, día a
día y semana a semana, los ejecutivos deben emplear sus estilos de liderazgo
como si fueran palos de golf, el estilo correcto en el momento preciso y en la
medida necesaria. La recompensa está en los resultados.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en Linkedin.com
CONECTA CON AQUELLOS A LOS QUE LIDERAS
12 de mayo, 2013
Tienes en mente tu
lista de cosas urgentes por hacer, y alguien acude a ti con el propósito de
charlar. Puede ser una interrupción irritante, o la oportunidad de hacer una
pausa, conectar de verdad, y después continuar.
Lo que tú hagas
puede tener grandes implicaciones en la forma en que lideres a un grupo. Si
siempre ves a la otra persona como una molestia, y nunca te detienes para
conectar, puede ser que estés atrapado en un modo de funcionar perjudicial.
Llamémoslo «atado a las obligaciones».
O, por ejemplo,
digamos que tienes que cumplir con un plazo muy corto para presentar un
proyecto, y alguien con quien cuentas para que se encargue de una parte de ese
proyecto realiza una contribución por debajo de lo esperado. Desde luego, eso
resulta decepcionante. ¿Pero cómo reaccionas? ¿Piensas en lo que sería
necesario para ayudar a esa persona a trabajar con un mayor rendimiento en el
futuro? ¿O te centras en lo que está mal, y catalogas a esa persona como un
fracaso, alguien con quien ya no puedes contar de ahí en adelante?
Si solo haces lo
último, fijándote en las debilidades de alguien y no en su potencial, te
comportas como un perfeccionista.
Estos casos
surgieron en un taller que realicé junto a mi esposa, Tara Bennett-Goleman.
Estos ejemplos de liderazgo los puso sobre la mesa una entrenadora (se denomina
a sí misma «una terapeuta de empresa»), que dijo: «Realmente ayuda tener un
nombre para estos patrones. Entonces sabes en qué concentrarte a la hora de
entrenar.»
Las etiquetas de diagnóstico para estos patrones son
denominadas «modos»
en el libro MindWhispering de Tara. Mientras estamos inmersos
en el modo «atado a las obligaciones» nos concentramos en que las tareas se
hagan e ignoramos a la gente que nos rodea. Esto puede resultar productivo a
corto plazo, pero si eres un líder y te muestras demasiado rígido en este
punto, fracasarás a la hora de conectar con la gente a la que lideras. Y solo
puedes guiar, inspirar, escuchar, comunicar, motivar o influir (en definitiva,
liderar), si conectas.
En el modo
«perfeccionista» te concentras en los puntos débiles de la gente. Los líderes
perfeccionistas solo evalúan los fracasos, nunca elogian el buen rendimiento.
La investigación sobre estilos de liderazgo descubre que los perfeccionistas
(llamados en ocasiones «líderes que marcan la pauta») tienen un impacto
negativo en el estado emocional y en el rendimiento de sus subordinados más
inmediatos.
Las buenas noticias
son que los modos pueden cambiarse. Los entrenadores pueden ayudar en este
proceso de cambio, y los líderes que estén altamente motivados para mejorar
pueden cambiar por su cuenta.
SOBREVIVIR A UN HDP
11 de junio, 2013
Tener un jefe
abusador es una de las situaciones más estresantes que existen. Para empezar,
se trata de un superior al que no puedes evitar, por lo que además de la carga
emocional del abuso está también la barrera añadida de sentirse desprotegido. A
largo plazo esto puede provocar agotamiento emocional y desgaste.
Así que, si no
puedes cambiar la situación, ¿qué puedes hacer? Recomiendo que cambies tu forma
de reaccionar. Toma el control de tu mundo interior.
Esto me recuerda
una época en mi carrera en la que trabajé en una revista en la que un nuevo
editor, mi jefe, se mostraba particularmente hostil hacia mí. Yo no podía
evitar que él fuera el jefe, pero sí podía hacerlo con respecto a mis
reacciones hacia él.
Hasta entonces me
había dedicado a la meditación de vez en cuando. Ahora me lo tomé en serio,
meditando durante 45 minutos cada día antes de ir al trabajo.
Sabía que eso me
ayudaría a tratar con ese jefe tóxico, gracias a estudios que había llevado a
cabo años antes mientras estaba en Harvard. Había realizado un estudio
psicológico sobre la meditación como antídoto contra el estrés. Descubrí que
aquellas personas que meditan sufren una alteración del pulso y sudan ante una
situación de estrés, como cualquier otra persona, pero se recuperan con mayor
rapidez. Esta capacidad de recuperarse con rapidez del estrés es la clave de la
tolerancia.
Para mí esto
significó poder ser capaz de realizar bien mi trabajo incluso con un mal jefe.
En lugar de ocupar mi mente con ansiedad y preocupaciones, pude dejarlas de
lado y concentrarme en el trabajo que tenía que hacer. Y eso me ayudó a
sobrevivir hasta que él obtuvo un ascenso, y entonces todo el departamento
celebró su marcha.
Liderazgo primario:
el motor oculto de
un gran rendimiento
Escrito junto con Richard Boyatzis y
Annie McKee.
Publicado
originalmente en la Harvard Business Review en diciembre de
2001.
Cuando la teoría de
la inteligencia emocional en el trabajo comenzó a recibir una amplia atención,
con frecuencia escuchábamos a ejecutivos que, prácticamente en la misma frase,
nos decían: «Es increíble», y «Bueno, yo siempre lo he sabido». Respondían a
nuestra investigación, que mostraba una relación incontrovertible entre la
madurez emocional de un ejecutivo, ejemplificada en competencias tales como el
conocimiento de uno mismo y la empatía, y su rendimiento económico. Diciéndolo
de un modo sencillo, la investigación demostró que los «chicos buenos», es
decir, las personas emocionalmente inteligentes, son los primeros en la línea
de meta.
Recientemente hemos
recopilado la información obtenida en una nueva investigación de dos años que
sospechamos que suscitará el mismo tipo de reacción. Primero, la gente
exclamará «Ni hablar», y a continuación añadirá con rapidez: «Pero por
supuesto.» Averiguamos que de todos los elementos que afectan al balance final
del rendimiento, la importancia del estado de ánimo del líder y el
comportamiento que emerge de ese estado es el más sorprendente. Este binomio
provoca una reacción en cadena: el estado de ánimo y el comportamiento del
líder condicionan los estados de ánimo y los comportamientos de todos los
demás. Un jefe malhumorado e implacable crea una organización tóxica llena de
gente que rinde por debajo de sus posibilidades e ignora las oportunidades; un
líder inspirador provoca acólitos para los que cualquier desafío es superable.
El último eslabón de la cadena es el rendimiento: beneficios o pérdidas.
Nuestra observación
sobre el abrumador impacto del «estilo emocional» del líder, como nosotros lo
denominamos, no resulta totalmente opuesto a las conclusiones de nuestra
anterior investigación sobre la inteligencia emocional. Representa, no
obstante, un análisis más profundo que nuestra anterior afirmación de que la
inteligencia emocional de un líder crea una cierta cultura o un cierto ambiente
de trabajo. Según mostró la investigación, los altos niveles de inteligencia
emocional crean ambientes en los que florece el intercambio de información, la
confianza, el aprendizaje y una saludable asunción de riesgos. Bajos niveles de
inteligencia emocional crean ambientes en los que abunda el miedo y la
ansiedad. Dado que unos empleados atemorizados y bajo tensión pueden resultar
muy productivos a corto plazo, una organización así puede producir buenos
resultados, pero no se puede contar con que duren.
Nuestra
investigación fue pensada en parte para estudiar el modo en que la inteligencia
emocional afecta al rendimiento; en particular, en cómo se transmite desde el
líder a través de toda la organización para afectar al balance final de
resultados. Lo que nos preguntamos fue: «¿Qué mecanismo une la cadena?» Para
responder a esta pregunta dirigimos nuestra atención a las investigaciones más
recientes en el campo de la neurología y la psicología. También insistimos en
nuestro trabajo con líderes del mundo de los negocios, la observación llevada a
cabo por colegas nuestros sobre cientos de líderes, y los datos recogidos por
HayGroup sobre los estilos de liderazgo de miles de ejecutivos. A partir de
toda esta información descubrimos que la inteligencia emocional se transmite a
través de una organización como la electricidad a través de unos cables. Para
ser más específico, el estado de ánimo del líder es, literalmente, contagioso,
se propaga con facilidad y de manera inexorable por toda la empresa.
Más adelante
discutiremos la ciencia del contagio de estados de ánimo, pero primero
centremos nuestra atención en las implicaciones básicas de nuestros hallazgos.
Si el estado de ánimo de un líder y su consecuente forma de actuar representan
realmente unos motores tan potentes del éxito del negocio, entonces la primera
tarea del líder (diríamos incluso que su tarea básica) es ejercer un liderazgo
emocional. Un líder necesita asegurarse de que no solo se comporta
de manera
optimista, auténtica y rebosante de buena energía, sino también de que, a
través de sus acciones, su equipo se siente y actúa de ese mismo modo. Por
tanto, liderar un equipo con el propósito de obtener resultados financieros
empieza porque el líder maneje su vida interior de tal forma que dé lugar a la
correcta cadena emocional y de comportamientos.
Pero manejar la
propia vida interior no es sencillo, por supuesto. Para muchos de nosotros es
el desafío más difícil. Y calibrar con exactitud cómo nuestras propias
emociones afectan a otros puede resultar igual de difícil. Conocemos a un
director ejecutivo, por ejemplo, que estaba convencido de que todo el mundo lo
veía como optimista y digno de confianza; en cambio, sus empleados más directos
nos contaron que su alegría les parecía forzada, fingida incluso, y sus
decisiones se les antojaban erráticas. (Definimos esta desconexión común
«enfermedad del director ejecutivo»). Lo que esto implica es que el liderazgo
básico requiere algo más que ponerse una máscara cada día. Requiere de parte
del ejecutivo que determine, por medio de un análisis reflexivo, la manera en
que su liderazgo emocional afecta a los estados de ánimo y a las acciones de la
organización, y que a partir de ese análisis ajuste, con la misma disciplina,
su comportamiento.
Esto no significa
que los líderes no puedan nunca tener un mal día o una mala semana: la vida es
como es. Y nuestra investigación no sugiere que los buenos estados de ánimo
tengan que ser exagerados y con una extensión sin fin; basta con que sean
optimistas, sinceros y realistas. Pero no podemos pasar por alto la conclusión
de que un líder debe primero atender al impacto de su propio estado de ánimo y
su comportamiento antes de concentrarse en toda la amplia gama de sus otras
responsabilidades. En este artículo, introducimos un proceso que los ejecutivos
pueden seguir para evaluar cómo perciben otros su liderazgo, y proponemos modos
de calibrar ese impacto. Pero primero nos centraremos en por qué los estados de
ánimo no suelen ser tratados en el lugar de trabajo, en cómo funciona el
cerebro para hacer que los estados de ánimo sean contagiosos y qué necesitas
saber sobre la enfermedad del director ejecutivo.
Cuando decíamos
antes que la gente solía responder a nuestro nuevo hallazgo diciendo «¡Es
increíble!», no estábamos bromeando. El hecho es que el impacto emocional de un
líder casi nunca se tiene en cuenta en el lugar de trabajo, mucho menos en la
literatura que versa sobre el liderazgo y el rendimiento. Para la mayoría de la
gente, el estado de ánimo es algo demasiado personal. Aun a pesar de que los
americanos podemos ser sorprendentemente francos acerca de asuntos personales,
también somos los más maniatados legalmente. Ni siquiera podemos preguntarle la
edad a alguien que solicita un trabajo. De ahí que una conversación sobre el
estado de ánimo de un ejecutivo o el estado de ánimo que ese ejecutivo crea en
sus empleados pueda interpretarse como una invasión de la privacidad.
También podríamos
evitar hablar del estilo emocional de un líder y de su impacto porque, con
franqueza, el tema suena un poco tonto. ¿Cuándo fue la última vez que evaluaste
el estado de ánimo de algún subordinado tuyo como parte de su rendimiento?
Puede que hayas aludido a ello: «Tu trabajo queda entorpecido con frecuencia
por una perspectiva negativa» o «Tu entusiasmo es genial», pero es poco
probable que hayas mencionado el estado de ánimo de un modo directo, y mucho
menos que hayas hablado sobre su impacto en los resultados de la empresa.
Y, sin embargo,
nuestra investigación sin duda también provocará la reacción opuesta: «¡Pero
por supuesto!» Todo el mundo sabe hasta qué punto el estado emocional de un
líder afecta al rendimiento porque todo el mundo ha tenido, en un momento u
otro, la inspiradora experiencia de trabajar para un mánager optimista o la
demoledora experiencia de trabajar duro para un jefe avinagrado. El primero
hacía que todo pareciese posible, y como resultado de ello, se conseguían
objetivos complicados, se vencía a la competencia y se obtenían nuevos
clientes. El segundo convertía el trabajo en algo agotador. A la sombra del
agrio estado de ánimo del jefe, había partes de la propia empresa que se
transformaban en «el enemigo», los colegas desconfiaban unos de otros y los
clientes se acababan perdiendo.
Nuestra investigación, así como la de
otros científicos sociales,
confirma la verdad
de estas experiencias. Existen, por supuesto, casos poco frecuentes en los que
un jefe despótico obtiene resultados magníficos.
ESOS MALVADOS JEFES QUE GANAN
Todo el mundo
conoce a algún director ejecutivo maleducado y coercitivo que, al parecer,
personifica la antítesis de la inteligencia emocional y sin embargo parece
cosechar unos resultados estupendos. Si el estado de ánimo de un líder tiene
tanta importancia, ¿cómo podemos explicar que esos líderes malvados tengan
éxito?
Primero,
examinémoslos de cerca. A pesar de que un ejecutivo en particular sea el más
visible, eso no significa obligatoriamente que sea él quien lidera la empresa.
Un presidente ejecutivo al frente de un conglomerado puede no tener seguidores
a los que liderar; son sus jefes de división los que lideran activamente a la
gente y tienen un efecto sobre la rentabilidad.
Segundo, en
ocasiones un líder malvado posee puntos fuertes que hacen de contrapeso con su
comportamiento cáustico, pero no atraen tanta atención en la prensa. Durante
sus primeros días en General Electrics, Jack Welch exhibió mano dura al timón
mientras se ponía al mando de un cambio de rumbo radical en la empresa. En ese
momento y en esa situación, el estilo firme y exigente resultaba apropiado. Lo
que no atrajo tanta prensa fue que Welch posteriormente pasó a un estilo de
liderazgo más emocionalmente inteligente, en especial cuando tuvo que articular
una nueva visión para la empresa y movilizó a la gente para seguir esa visión.
Dejando estas
advertencias a un lado, volvamos a centrarnos en esos infames líderes que
parecen haber conseguido unos magníficos resultados a pesar de su rudo enfoque
del liderazgo. Los escépticos citan a Bill Gates, por ejemplo, como un líder
que sale adelante con su estilo áspero que en teoría debería perjudicar a su
empresa.
Pero nuestro modelo
de liderazgo, que muestra la efectividad de estilos específicos de liderazgo en
situaciones específicas, coloca los supuestamente negativos comportamientos de
Gates bajo una luz diferente. Gates es el líder enfocado al logro por excelencia,
en una empresa que cuenta con gente motivada y con altos niveles de talento
seleccionada con
sumo cuidado. Su estilo de liderazgo aparentemente áspero (que desafía sin
rodeos a los empleados a que superen su rendimiento anterior) puede resultar
bastante efectivo cuando se trata de empleados competentes, motivados y que
necesitan pocas directrices (características todas ellas de los ingenieros de
Microsoft).
En resumidas
cuentas, resulta demasiado fácil para un escéptico argumentar en contra de la
importancia de los líderes que controlan sus estados de ánimos citando a algún
líder «rudo y duro» que haya conseguido buenos resultados a pesar de su mal
comportamiento. Nosotros sostenemos que hay excepciones a la norma, por
supuesto, y que en algunos casos específicos un jefe maleducado puede dar buen
resultado. Pero en general aquellos líderes que son groseros deben reformarse,
o al final sus actos y sus estados de ánimos acabarán por pasarles factura.
Se han realizado
demasiados estudios como para mencionarlos aquí, pero, en resumen, muestran que
cuando el líder está sumido en un estado de ánimo feliz, la gente que lo rodea
lo ve todo bajo una luz más positiva. Esto, a su vez, los hace optimistas con respecto
a conseguir sus objetivos, aumenta su creatividad y la eficiencia de su toma de
decisiones, y los predispone a ser útiles. La investigación dirigida por Alice
Isen en Cornell en 1999, por ejemplo, descubrió que un ambiente optimista
fomenta la eficiencia mental, haciendo que la gente sea mejor al recoger y
comprender información, al emplear normas de decisión en juicios complejos y al
ser flexibles en sus razonamientos. Otra investigación enlaza directamente el
estado de ánimo y el rendimiento financiero. En 1986, por ejemplo, Martin
Seligman y Peter Schulman, de la Universidad de Pensilvania, demostraron que
los agentes de seguros que adoptaban la perspectiva del «vaso medio lleno»
obtenían mejores resultados en ventas que sus colegas pesimistas.
Muchos líderes
cuyos estilos emocionales crean un ambiente disfuncional acaban por ser
despedidos. Por supuesto, no es habitual que esta sea la razón esgrimida para
el despido; se suele recurrir a sus pobres resultados. Pero no tiene que
terminar así. Del mismo modo que un estado de ánimo negativo puede cambiarse,
también se puede cambiar la propagación de sentimientos tóxicos de un líder
inadecuado emocionalmente. Un análisis del interior del cerebro
explica tanto el
cómo como el porqué.
LA CIENCIA DE LOS ESTADOS DE ÁNIMO
Un número creciente
de investigaciones sobre el cerebro humano prueba que, para bien o para mal,
los estados de ánimo de los líderes afectan a las emociones de la gente que los
rodea. La razón de esto estriba en lo que los científicos llaman la naturaleza
de circuito abierto del sistema límbico del cerebro: nuestro centro emocional.
Un sistema de circuito cerrado se autorregula, mientras que un sistema de
circuito abierto depende de fuentes externas para controlarse. En otras
palabras, dependemos de conexiones con otras personas para determinar nuestros
estados de ánimo. El sistema límbico de circuito abierto fue un diseño
trascendental en la evolución porque permite a las personas acudir al rescate
emocional de otras: por ejemplo, permite que una madre calme a su hijo cuando
este está llorando.
El diseño de
circuito abierto sirve hoy en día al mismo propósito al que sirvió hace miles
de años. La investigación sobre las unidades de cuidados intensivos ha
mostrado, por ejemplo, que la reconfortante presencia de otra persona no solo
hace descender la presión sanguínea del paciente sino que también ralentiza la
secreción de los ácidos grasos que bloquean las arterias. Otro estudio
descubrió que el hecho de sufrir tres o más incidentes de estrés intenso en un
mismo año (por ejemplo, graves problemas financieros, ser despedido del trabajo
o un divorcio) triplica la tasa de mortalidad en hombres de mediana edad que
viven aislados socialmente, pero no tiene ningún impacto en la tasa de
mortalidad de hombres con abundantes relaciones sociales.
Los científicos
describen el circuito abierto como «regulación límbica interpersonal»; una
persona transmite señales que pueden alterar los niveles de hormonas, las
funciones cardiovasculares, los ritmos de sueño e incluso las funciones de
inmunidad dentro del cuerpo de otra persona. Así es como las parejas son
capaces de poner en funcionamiento oleadas de oxitocina en el cerebro del otro
miembro de la pareja, creando un placentero sentimiento de afecto. Pero en
todos los aspectos de la vida social, nuestras fisiologías se
entremezclan. El
diseño de circuito abierto de nuestro sistema límbico permite a otras personas
cambiar nuestra propia fisiología y, por tanto, nuestras emociones.
A pesar de la
relevancia del circuito abierto en nuestras vidas, por lo general no somos
conscientes del proceso. Los científicos han captado en el laboratorio la
sintonización de las emociones midiendo la fisiología (como el ritmo cardíaco)
de dos personas mientras mantienen una conversación amena. Cuando empieza la
interacción, sus cuerpos operan a diferentes ritmos. Pero después de quince
minutos, los perfiles fisiológicos de sus cuerpos se asemejan de forma notable.
Los investigadores
han visto una y otra vez cómo las emociones se extienden de manera irresistible
cuando las personas están cerca unas de otras. Tan pronto como en 1981, los
psicólogos Howard Friedman y Ronald Riggio descubrieron que incluso la expresión
no-verbal puede afectar a otras personas. Por ejemplo, cuando tres extraños se
sientan unos frente a otros durante uno o dos minutos, el más expresivo
emocionalmente de los tres transmite su estado de ánimo a los otros dos, sin
necesidad de formular una sola palabra.
Lo mismo sucede en
la oficina, en la sala de reuniones o en la planta de producción; los miembros
de un grupo captan inevitablemente los sentimientos del resto de miembros. En
el año 2000, Caroline Bartel, de la Universidad de Nueva York, y Richard Saavedra,
de la Universidad de Michigan, descubrieron que en setenta equipos de trabajo
de diversas industrias, la gente que participaba en reuniones acababa
compartiendo estados de ánimo, tanto buenos como malos, en un plazo de dos
horas. En un estudio se pidió a equipos de enfermeras y de contables que
monitorizasen sus estados de ánimos durante unas cuantas semanas; los
investigadores descubrieron que sus emociones seguían el mismo curso dentro de
un mismo equipo, y por lo general las de cada equipo no coincidían con las de
los otros incluso si se enfrentaban a situaciones similares. Los grupos, por lo
tanto, igual que los individuos, sufren altibajos emocionales y lo comparten
todo, desde la envidia hasta la angustia o la euforia. Un estado de ánimo
positivo, por cierto, se extiende con mayor rapidez gracias al sensato uso del
sentido del humor.
SONRÍE Y EL MUNDO SONREIRÁ CONTIGO
¿Recuerdas el viejo
dicho? No se aleja demasiado de la realidad. Como hemos mostrado, el contagio
de los estados de ánimo es un verdadero fenómeno neurológico, pero no todas las
emociones se extienden con la misma facilidad. Un estudio de 1999, dirigido por
Sigal Barsade, de la Escuela de Dirección de Yale, demostró que, en los grupos
de trabajo, la alegría y la calidez se contagian con facilidad, mientras la
irritabilidad lo hace en menor grado, y la depresión todavía menos.
No debería ser una
sorpresa que la risa sea la más contagiosa de las emociones. Al oír una risa
nos resulta casi imposible no reírnos o sonreír al menos. Esto se debe a que
algunos de los circuitos abiertos de nuestro cerebro están diseñados para
detectar sonrisas y risas, haciéndonos responder de igual forma. La teoría de
los científicos al respecto es que esta dinámica se implantó en nuestros
cerebros hace mucho porque las sonrisas y la risa eran un modo de cimentar las
alianzas, ayudando de ese modo a la especie a sobrevivir.
La principal
implicación de esto con respecto a los líderes que llevan a cabo la tarea
primaria de controlar sus estados de ánimo y los de los demás es esta: el
sentido del humor acelera la expansión de un clima optimista. Pero, al igual
que ocurre con el estado de ánimo del líder, el sentido del humor debe cuadrar
con la cultura y la realidad de la organización. Es decir, propondríamos como
principio que las sonrisas y las risas solo son contagiosas cuando son
genuinas.
Los estados de
ánimo que comienzan en el puesto más alto de la organización tienden a
propagarse más rápido porque todo el mundo observa al jefe. Los demás se fijan
en él para conformar sus emociones. Incluso cuando el jefe no resulta muy
visible (por ejemplo, el presidente ejecutivo que trabaja tras las puertas
cerradas de su despacho en el último piso) su actitud afecta a los estados de
ánimo de sus colaboradores más directos, y un efecto dominó se extiende por
toda la empresa.
LLAMAD A UN MÉDICO PARA ESE DIRECTIVO
Si el estado de
ánimo del líder es tan importante, entonces el líder tendrá que tener un buen
estado de ánimo, ¿no? Sí, pero la
respuesta completa
es algo más complicada que eso. El mayor impacto del estado de ánimo del líder
sobre el rendimiento se produce cuando es un estado optimista. Pero también
tiene que ser acorde con los que lo rodean. A esto lo llamamos resonancia
dinámica.
Los buenos estados
de ánimo galvanizan el buen rendimiento, pero no tiene sentido que un líder
esté tan contento como un pajarito al amanecer si las ventas están cayendo o la
empresa se aproxima a la quiebra. Los ejecutivos más efectivos realizan un despliegue
de estados de ánimo y comportamientos que encajan con la situación del momento,
con una buena dosis de optimismo añadida. Respetan cómo se sienten los demás,
incluso si ese sentimiento es de melancolía o derrota, pero también lo modelan
para tirar hacia delante con esperanza y buen humor.
Este tipo de
actuación, que nosotros llamamos resonancia, viene a ser la puesta en acción de
los cuatro componentes de la inteligencia emocional.
El conocimiento de
uno mismo, quizá la más esencial de las competencias de la inteligencia
emocional, es la capacidad de leer tus propias emociones. Permite a una persona
conocer sus puntos fuertes y sus limitaciones y sentirse segura de sí misma
sobre su propia valía. Los líderes resonantes utilizan el conocimiento de sí
mismos para calibrar con exactitud sus propios estados de ánimo, y saben por
intuición cómo están afectando a los demás.
El autocontrol es
la capacidad de controlar tus propias emociones y actuar con honestidad e
integridad de manera fiable y adaptable. Los líderes resonantes no permiten que
sus ocasionales estados de ánimo negativos dominen el día; emplean el
autocontrol para dejar ese estado de ánimo fuera de la oficina o para explicar
su origen a los demás de un modo razonable, para que sepan qué lo ha producido
y cuánto tiempo puede durar.
La conciencia
social incluye las capacidades clave de la empatía y la intuición organizativa.
Los ejecutivos socialmente conscientes hacen más que sentir las emociones de
los demás: demuestran interés por esas emociones. Más aún, son expertos en leer
las corrientes emocionales en la oficina. De ahí que los líderes resonantes
sean con frecuencia capaces de comprender en profundidad cómo hacen sentir
sus palabras y sus
acciones a los demás, y poseen la sensibilidad suficiente para cambiar esas
palabras y esas acciones cuando su impacto es negativo.
El control de
relaciones, la última de las competencias de la inteligencia emocional, incluye
las capacidades de comunicarse de forma clara y convincente, detener conflictos
y crear fuertes lazos personales. Los líderes resonantes emplean estas
destrezas para extender su entusiasmo y solucionar desacuerdos, a menudo con
humor y amabilidad.
Pero pese a lo
efectivo que es un liderazgo resonante, resulta algo muy raro de encontrar. La
mayoría de la gente sufre a líderes disonantes cuyas tóxicas maneras y molestos
comportamientos causan estragos antes de que otro líder realista y esperanzador
arregle la situación.
Pensemos en lo que
ocurrió recientemente en una división experimental de la BBC, el gigante
británico de los medios de comunicación. Incluso a pesar de que los
aproximadamente doscientos periodistas y editores que formaban el grupo habían
dado lo mejor de sí mismos, los directivos decidieron cerrar la división.
El cierre en sí
mismo ya fue bastante malo de por sí, pero las formas bruscas y conflictivas
del ejecutivo designado para trasmitir la decisión al personal dieron lugar a
algo más allá de la esperada sensación de frustración. La gente se enfureció,
tanto con la noticia como con el mensajero. El comportamiento y la actitud
exasperantes del ejecutivo crearon una atmósfera tan tensa que tuvo que llamar
a seguridad para que le escoltasen y pudiera abandonar la sala.
Al día siguiente,
otro ejecutivo se reunió con el mismo personal. Su estado de ánimo y su
comportamiento eran de melancolía y respeto. Habló de la importancia del
periodismo en el dinamismo de una sociedad y de la llamada que todos ellos
habían sentido hacia el oficio. Les recordó a los empleados que nadie se mete
en periodismo para hacerse rico: como profesión, su remuneración económica
siempre ha sido marginal, y la seguridad laboral siempre ha fluctuado al ritmo
de las corrientes económicas. Recordó una época de su carrera en la que se
había sentido dado de lado por sus superiores y explicó cómo había luchado por
encontrar un nuevo puesto de trabajo, pero había decidido continuar dedicándose
a la profesión.
Para finalizar, les
deseó suerte para el futuro.
¿Cuál fue la
reacción de quienes el día anterior habían formado una multitud enfurecida?
Cuando este líder resonante terminó de hablar, el personal le vitoreó.
Descubrimos que un
alarmante número de líderes no sabe realmente si posee resonancia con sus
empresas. Más bien al contrario, sufre la enfermedad del director ejecutivo; el
síntoma desagradable de esta enfermedad es que quien la padece ignora
prácticamente por completo cómo su estado de ánimo y sus acciones son vistos en
su empresa. No es que a los líderes no les importe cómo son percibidos por los
demás; a la mayoría sí que les importa. Pero dan por hecho, erróneamente, que
pueden descifrar esa información por sí mismos. Lo que es aún peor, creen que
si están produciendo un efecto negativo, alguien se lo dirá. Se equivocan.
Como explica uno de
los directores ejecutivos en nuestra investigación: «Muy a menudo siento que no
estoy obteniendo la verdad. No puedo verla con nitidez, porque nadie está
mintiéndome en realidad. Pero puedo percibir que la gente esconde información o
camufla hechos clave. No están mintiendo, pero tampoco me están diciendo todo
lo que necesito saber. Siempre me toca leer entre líneas.»
La gente no les
cuenta a los líderes toda la verdad sobre su impacto emocional por muchas
razones. A veces se tiene miedo a ser el mensajero de malas noticias y acabar
siendo castigado por ello. Otros consideran que no es su función la de comentar
un tema tan personal. Y otros no se dan cuenta de que sobre lo que quieren
hablar en realidad es sobre los efectos del estilo emocional del líder (se les
antoja algo demasiado confuso). Sea cual sea la razón, el presidente ejecutivo
no puede confiar en que sus empleados le proporcionen espontáneamente toda la
información necesaria.
RESONANCIA EN TIEMPOS DE CRISIS
Al hablar de los
estados de ánimos de los líderes, no podemos dejar de insistir en la
importancia de la resonancia. Mientras que nuestra investigación sugiere que
los líderes deberían ser optimistas por regla general, su comportamiento
siempre debe anclarse en el
realismo, en
especial en momentos de crisis.
Fijémonos en la
respuesta ante los ataques terroristas a Nueva York de Bob Mulholland,
vicepresidente primero y jefe del grupo de atención al cliente en Merrill
Lynch. El 11 de septiembre de 2001, Mulholland y sus empleados en la Torre Dos
del World Financial Center sintieron cómo el edificio se estremecía, luego
vieron la humareda que salía de un agujero en el edificio que tenían justo
enfrente. El pánico empezó a dominar a la gente. Algunos corrieron
frenéticamente de una ventana a otra. Otros se quedaron paralizados por el
miedo. Aquellos que tenían familiares en el World Trade Center temían por su
seguridad. Mulholland supo que tenía que actuar: «Cuando hay una crisis, tienes
que guiar a la gente, paso a paso, y asegurarte de que te haces cargo de todas
sus preocupaciones.»
Empezó por
proporcionar a la gente la información que necesitaban para «descongelarse».
Averiguó, por ejemplo, en qué planta trabajaban los familiares de sus empleados
y les aseguró que tendrían tiempo suficiente para escapar. Después tranquilizó
a aquellos que estaban dominados por el pánico, uno a uno. «Ahora vamos a salir
de aquí —les dijo con calma—, y tú vas a venir conmigo. No cogeremos el
ascensor, iremos por las escaleras.» Él mantuvo la calma y tomó decisiones,
pero, sin embargo, no menospreció la respuesta emocional de los demás. Gracias
a él, todo el personal escapó antes de que las torres se desmoronasen.
El liderazgo de
Mulholland no acabó ahí. Comprendió que aquel suceso afectaría personalmente a
cada uno de sus clientes, así que su equipo y él concibieron una forma en la
que los consultores financieros podrían conectar con los clientes a un nivel
emocional. Llamaron a todos los clientes para preguntarles: «¿Cómo se
encuentra? ¿Están todos sus familiares bien? ¿Cómo se siente?» Tal y como
Mulholland explica: «No había manera de continuar con el trabajo como habíamos
hecho hasta entonces. Nuestro primer mandamiento era hacerles a nuestros
clientes saber que nos preocupábamos por ellos.»
Bob Mulholland
llevó a cabo valientemente una de las tareas emocionales más cruciales de
liderazgo: se ayudó a sí mismo y a su gente a encontrar un objetivo frente al
caos y la locura. Para hacerlo,
primero sintonizó y
expresó la realidad emocional que todos compartían. Por eso su decisión
posterior produjo una resonancia en las entrañas de los demás. Sus palabras y
sus acciones reflejaron lo que la gente estaba sintiendo en su corazón.
HACIENDO INVENTARIO
El proceso que
recomendamos para llegar al autodescubrimiento y la reinvención personal no
consiste en una teoría moderna ni procede de la psicología pop, como ocurre con
muchos de los programas de autoayuda que se les ofrece a los ejecutivos en la
actualidad. Al contrario, se basa en tres corrientes de investigación enfocadas
a cómo los ejecutivos pueden mejorar sus competencias de inteligencia emocional
relacionadas de manera más inmediata con el liderazgo eficaz. En 1989, Richard
Boyatzis comenzó a desarrollar esta investigación para diseñar un proceso que
consiste en cinco pasos, y desde entonces miles de ejecutivos lo han empleado
con éxito.
A diferencia de las
formas más tradicionales de enseñanza, nuestro proceso se basa en la ciencia
cerebral. Las destrezas emocionales de una persona (la actitud y las
capacidades con las que alguien enfoca su vida y su trabajo) no vienen dadas
genéticamente, como el color de ojos o el tono de la piel. Pero en cierto modo
podrían serlo, dada la profundidad con la que están incorporadas en nuestra
neurología.
Las destrezas
emocionales de una persona sí tienen, de hecho, un componente genético. Los
científicos han descubierto, por ejemplo, el gen de la timidez (que no es un
estado de ánimo per se, pero que sí puede guiar a una persona
a un comportamiento persistentemente callado, lo que puede interpretarse como
un estado de ánimo alicaído). Otras personas son preternaturalmente alegres; es
decir, su inagotable alegría parece algo preternatural hasta que conoces a sus
vivarachos padres. Tal y como explica un ejecutivo: «Lo único que sé es que
desde que era pequeño siempre me he sentido feliz. Eso saca de quicio a algunas
personas, pero no podría ponerme triste ni aunque lo intentase. Y mi hermano es
igual que yo; siempre ve el lado bueno de las cosas, incluso durante su
divorcio.»
A pesar de que las
destrezas emocionales son en parte innatas, la experiencia juega un papel
principal en el modo en que nuestros genes se expresan. Un niño feliz cuyos
padres fallecen o que soporta maltrato físico puede transformarse en un adulto
melancólico. Un crío malhumorado puede convertirse en un adulto alegre después
de descubrir una vocación que le llene de satisfacción. Aun así, la
investigación sugiere que nuestro abanico de destrezas emocionales está
relativamente completo alrededor de los veinticinco años y que nuestros
consecuentes comportamientos son, a esa edad, hábitos profundamente instalados.
Y en eso yace el problema: cuanto más actuemos de cierta manera (sea feliz,
deprimida o malhumorada) más se fija ese comportamiento en nuestros circuitos
cerebrales, y más continuaremos sintiéndonos y comportándonos de ese modo. Por
eso es por lo que la inteligencia emocional importa tanto para un líder. Un
líder emocionalmente inteligente puede monitorizar sus estados de ánimo por
medio del conocimiento de sí mismo, cambiarlos a mejor a través del
autocontrol, comprender su impacto gracias a la empatía, y actuar de manera que
estimule los estados de ánimo de los demás por medio de la habilidad social.
El siguiente
proceso en cinco partes está diseñado para rehacer la instalación eléctrica del
cerebro y enfocarla hacia comportamientos más inteligentes emocionalmente. El
proceso comienza imaginando nuestra personalidad ideal y a continuación
aceptando nuestra personalidad real, es decir, cómo nos perciben los demás. El
siguiente paso consiste en crear un plan táctico para superar la distancia
entre lo ideal y lo real, y una vez hecho eso, para practicar esas actividades.
El proceso concluye con la creación de una comunidad de colegas y familiares
(llamémoslos ejecutores del cambio) que lo mantenga vivo. Estudiemos estos
pasos con más detalle.
«¿Quién quiero
ser?» Sofía, directiva de una empresa de telecomunicaciones del norte de
Europa, sabía que necesitaba comprender cómo afectaba su liderazgo emocional a
los demás. Siempre que se sentía estresada, tendía a comunicarse de manera
deficiente y a asumir las tareas de sus subordinados para que el trabajo
estuviera bien hecho. El hecho de asistir a seminarios sobre liderazgo no había
cambiado sus hábitos, y tampoco lo había
conseguido leyendo
libros sobre dirección de empresas o trabajando con mentores.
Cuando Sofía vino a
nosotros, le pedimos que se imaginara a sí misma en el plazo de ocho años como
una líder efectiva y que escribiera una descripción de un día típico en su
vida. «¿Qué estaría haciendo?», le preguntamos. «¿Dónde viviría? ¿Quién estaría
allí? ¿Cómo sería estar allí?» Le urgimos a que considerase sus valores más
profundos y sus sueños más elevados y a que explicase cómo esos ideales se
habían convertido en parte de su vida diaria.
Sofía se visualizó
a sí misma liderando su propia empresa con un personal compuesto por diez
colegas muy unidos a ella. Disfrutaba de una relación abierta con su hija y
mantenía relaciones de confianza con sus amigos y sus compañeros de trabajo. Se
vio a sí misma como una líder y una madre relajada y feliz, que amaba y
atribuía poderes a todos los que la rodeaban.
En general, Sofía
poseía un nivel bajo de autoconocimiento. Pocas veces era capaz de distinguir
las razones por las que se encontraba en aprietos en el trabajo y en casa. Lo
único que podía decir era: «Nada funciona bien.» Este ejercicio, que le incitó
a visualizar cómo sería su vida si todo salía bien, le abrió los ojos para que
viera los elementos que faltaban en su estilo emocional. Fue capaz de ver el
impacto que producía en la gente que componía su vida.
«¿Quién soy ahora?» En la
siguiente etapa del proceso de descubrimiento, alcanzas a ver tu estilo de
liderazgo como lo ven los demás. Esto es a la vez difícil y peligroso. Difícil,
porque son pocos los que tienen las agallas de decirle al jefe o a un colega
cómo es en realidad. Y peligroso, porque tal información puede escocer o
incluso paralizar. Una pequeña ración de ignorancia sobre ti mismo no es
siempre algo negativo: los mecanismos de ego-defensa tienen sus ventajas. La
investigación realizada por Martin Seligman muestra que las personas con altos
niveles de rendimiento generalmente se sienten más optimistas acerca de sus
perspectivas y sus posibilidades que aquellas otras que ofrecen un rendimiento
medio. Sus lentes que lo colorean todo de rosa, de hecho, alimentan el
entusiasmo y la energía que hacen que lo inesperado y lo extraordinario sean
objetivos alcanzables. El dramaturgo Henrik Ibsen denominó este tipo de
autoengaños
«mentiras vitales»: al aliviar nuestras desconfianzas nos permitimos a nosotros
mismos creer para poder enfrentarnos a un mundo abrumador.
Pero el autoengaño
debería producirse en dosis muy pequeñas. Los ejecutivos deberían buscar sin
descanso la verdad sobre sí mismos, en especial porque lo que es seguro es que
cuando la oigan estará de todos modos algo diluida. Una forma de obtener la verdad
es mantener una actitud extremadamente abierta hacia las críticas. Otra es
buscar un feedback negativo, incluso haciendo que uno o dos
colegas hagan de abogados del diablo.
También
recomendamos con firmeza reunir información de tanta gente como sea posible,
incluyendo a jefes, colegas y subordinados. El feedback de los
subordinados y los colegas resulta especialmente útil porque es el que predice
con mayor exactitud la efectividad de un líder con dos, cuatro e incluso siete
años de adelanto, según la investigación de Glenn McEvoy en la Universidad del
Estado de Utah y de Richard Beatty en la Universidad Rutgers.
Por supuesto,
un feedback de 360º no pide a la gente específicamente que
evalúe tus estados de ánimo, tus acciones y su impacto. Pero sí revela qué
experiencia tiene la gente contigo. Por ejemplo, cuando la gente califica tu
capacidad de escuchar, en realidad está informando sobre lo bien que cree que
la escuchas a ella. De modo similar, cuando un feedback de
360º suscita calificaciones sobre la efectividad del liderazgo, las respuestas
muestran si la gente siente o no que la comprendes y te preocupas por ella.
Cuando el feedback deja al descubierto una baja calificación
en, digamos, ser receptivo a nuevas ideas, esto significa que la gente te ve
como alguien inaccesible o intratable, o ambas cosas. En resumen, todo lo que
necesitas saber sobre tu impacto emocional en los demás aparece en el feedback de
360º, si lo buscas.
Una última nota en
este segundo paso del proceso: resulta, por supuesto, crucial identificar tus
áreas de debilidad. Pero concentrarse solo en tus debilidades puede ser
desalentador. Por eso es igual o incluso más importante comprender tus puntos
fuertes. Saber dónde tu yo real se solapa con tu yo ideal te proporcionará la
energía positiva que necesitas para avanzar hasta el siguiente paso del
proceso: la creación de puentes.
«¿Cómo llego de
aquí hasta allí?» Una vez que sabes quién quieres ser y lo has comparado con la
manera en la que la gente te ve, necesitas trazar un plan de acción. Para
Sofía, esto significaba planear una auténtica mejora en su nivel de
autoconocimiento. Así que le pidió a cada miembro de su equipo en el trabajo
que le proporcionara feedback (semanalmente, de forma anónima
y por escrito) sobre su estado de ánimo y su rendimiento y el efecto de ambas
cosas en la gente. También se comprometió a realizar tres tareas difíciles pero
posibles: dedicar una hora al día a reflexionar en un diario sobre su
comportamiento, asistir a clases sobre dinámica de grupos en una escuela
cercana y obtener la ayuda de un colega de confianza como entrenador informal.
Consideremos,
también, cómo Juan, un ejecutivo de marketing en la división
latinoamericana de una gran multinacional energética, completó este paso del
proceso. A Juan se le encargó el desarrollo de la empresa en su país natal,
Venezuela, y también en todo el resto de la región; un trabajo que exigiría de
él que fuese un entrenador y un visionario, así como tener una perspectiva
optimista y alentadora. No obstante, el feedback de 360º
reveló que Juan era visto por los demás como intimidante y poco abierto. Muchos
de sus subordinados más cercanos lo veían como un cascarrabias al que resultaba
imposible satisfacer cuando estaba de malas y emocionalmente agotador cuando
estaba de buenas. Al identificar este vacío, Juan pudo trazar un plan
consistente en etapas asequibles que le harían mejorar. Sabía que necesitaba
afilar su capacidad de empatía si quería desarrollar un estilo de entrenador,
así que se comprometió a realizar varias actividades que le permitirían
practicar dicha capacidad. Por ejemplo, Juan decidió conocer mejor a cada uno
de sus subordinados; pensó que si entendía mejor quiénes eran, estaría más
capacitado para ayudarlos a conseguir sus objetivos. Hizo planes con cada
empleado para verse fuera del trabajo, donde podrían sentirse más cómodos a la
hora de sacar a la luz sus sentimientos.
Juan también buscó
áreas no relacionadas con su trabajo que le permitieran fortalecer sus puntos
débiles: por ejemplo, entrenar al equipo de fútbol de su hija y colaborar como
voluntario en un centro de ayuda. Ambas actividades le ayudaron a experimentar
con su capacidad de comprender a otros e intentar nuevos comportamientos.
De nuevo,
examinemos cómo funciona la ciencia del cerebro. Juan estaba intentando superar
comportamientos arraigados: su enfoque del trabajo dominaba toda su vida sin
que él se hubiera percatado de ello. Darse cuenta de esos comportamientos
supuso un paso crucial para poder cambiarlos. A medida que prestaba más
atención, las situaciones que surgían (mientras escuchaba a un compañero, o
entrenaba al equipo de fútbol o hablaba por teléfono con alguien que se sentía
afligido) se fueron convirtiendo en estímulos para romper con sus viejos
hábitos y poner en práctica nuevas respuestas.
Esta estimulación
para el cambio de hábitos es tanto neuronal como perceptual. Los investigadores
de la Universidad de Pittsburgh y de la de Carnegie Mellon han demostrado que
cuando nos preparamos mentalmente para una tarea, activamos el córtex prefrontal
(la parte del cerebro que nos hace entrar en acción). Cuanto mayor sea la
activación previa, mejor haremos la tarea.
Semejante
preparación mental resulta particularmente importante cuando estamos intentando
reemplazar un viejo hábito por otro mejor. Tal y como descubrió el
neurocientífico Cameron Carter, de la Universidad de Pittsburgh, el córtex
prefrontal se vuelve especialmente activo cuando una persona se prepara para
superar una respuesta habitual. El córtex prefrontal excitado hace que el
cerebro se concentre en lo que está a punto de ocurrir. Sin esa excitación, la
persona realizará de nuevo la indeseada rutina ya conocida. El ejecutivo que no
escucha a sus subordinados los interrumpirá otra vez, el líder brusco lanzará
otro ataque crítico, y así. Por eso resulta tan importante crear una agenda de
aprendizaje. Sin ella, carecemos literalmente del poder cerebral para realizar
el cambio.
«¿Cómo consigo que
el cambio perdure?» En pocas palabras, hacer que el cambio se convierta en hábito
requiere práctica. La razón subyace otra vez en el cerebro. Para romper con
viejos hábitos neuronales hace falta hacerlo una y otra vez, sin parar. Un
líder debe repetir el nuevo comportamiento hasta que sea algo automático; es
decir, hasta que lo haya dominado a un nivel de aprendizaje implícito. Solo
entonces el nuevo hábito sustituirá al viejo.
A pesar de que lo
mejor es practicar nuevos comportamientos, como hizo Juan, a veces es
suficiente con visualizarlos. Fijémonos en
el caso de Tom, un
ejecutivo que quería cerrar el espacio vacío entre su verdadero yo (percibido
por colegas y subordinados como frío y severo) y su yo ideal (un visionario y
un entrenador).
El plan de
aprendizaje de Tom implicaba encontrar oportunidades para dar un paso atrás y
entrenar a sus empleados en lugar de saltarles al cuello cuando le parecía que
cometían errores. También empezó a ocupar los momentos de ocio durante sus
trayectos al trabajo en meditar sobre cómo manejar las reuniones que tendría a
lo largo del día. Una mañana, mientras iba de camino a un desayuno con un
empleado que parecía estar echando a perder un proyecto, Tom desarrolló en su
mente un guion positivo para la reunión. Realizó preguntas y atendió a las
respuestas para asegurarse de que comprendía por completo la situación antes de
intentar solucionar el problema. Supo de antemano que se sentiría impaciente, y
ensayó la forma en que controlaría esos sentimientos.
Estudios realizados
sobre el cerebro confirman los beneficios de la técnica de visualización
realizada por Tom: imaginar algo con vívidos detalles puede activar las mismas
células cerebrales que participarían en la realización de esa actividad. El
nuevo cableado del cerebro parece ponerse en marcha y fortalecer sus conexiones
incluso si solo estamos repitiendo la secuencia en nuestra imaginación. Así que
para aliviar los temores asociados a intentar modos más arriesgados de liderar,
deberíamos primero visualizar posibles escenarios. Hacer eso nos hará sentir
menos incómodos cuando de verdad pongamos en práctica nuestras nuevas
destrezas.
Experimentar con
nuevos comportamientos y aprovechar las oportunidades de ponerlos en práctica
tanto dentro como fuera del trabajo (así como emplear métodos como el ensayo
mental) activan con el tiempo las conexiones neuronales necesarias para que se
produzca el cambio genuino. Aun así, el cambio duradero no sucede únicamente a
través de la experimentación y la potencia cerebral. Necesitamos, tal y como
dicta la canción, un poco de ayuda de nuestros amigos.
«¿Quién puede
ayudarme?» El quinto paso del proceso de autodescubrimiento y reinvención
consiste en crear una comunidad de ayudantes. Tomemos como ejemplo a los
directivos de Unilever, que formaron grupos de aprendizaje como parte de su
proceso de
desarrollo
ejecutivo. Al principio, se reunieron para hablar sobre sus carreras y sobre
cómo proporcionar liderazgo. Pero puesto que tenían también la carga de tener
que hablar sobre sus sueños y sus objetivos de aprendizaje, pronto se dieron
cuenta de que lo que estaban haciendo era discutir sobre su trabajo y sus vidas
personales. Desarrollaron una fuerte confianza mutua y empezaron a depender los
unos de los otros para obtener un feedback sincero mientras
trabajaban en el fortalecimiento de sus capacidades de liderazgo. Cuando esto
ocurre, el negocio se beneficia de un rendimiento más fuerte. Hoy en día muchos
profesionales han creado grupos similares, y por una buena razón: personas en
las que confiamos nos dejan intentar de una manera carente de riesgo partes de
nuestro repertorio de liderazgo con las que no nos sentimos familiarizados.
No podemos mejorar
nuestra inteligencia emocional o cambiar nuestro estilo de liderazgo sin ayuda
de los demás. No solo practicamos con otras personas, también dependemos de
ellas para crear un contexto seguro en el que experimentar. Necesitamos obtener feedback sobre
cómo nuestras acciones afectan a otros y evaluar los progresos en nuestra
agenda de aprendizaje.
De hecho, de forma
quizá paradójica, en el proceso autodirigido de aprendizaje recurrimos a otros
en cada etapa del camino: desde la articulación y la redefinición de nuestro yo
ideal y su comparación con la realidad hasta la evaluación final que afirme nuestro
progreso. Nuestra red de relaciones nos ofrece el contexto en el que
comprendemos nuestro progreso y asimilamos la utilidad de lo que estamos
aprendiendo.
EL EFECTO DEL ESTADO DE ÁNIMO SOBRE EL RENDIMIENTO
Cuando decimos que
la tarea del liderazgo es controlar tu estado de ánimo y el de los que te
siguen, desde luego no pretendemos sugerir que el estado de ánimo sea lo único
que importa.
Como hemos
indicado, tus acciones poseen una gran relevancia, y el estado de ánimo junto
con las acciones deben estar en consonancia con la organización y la realidad.
De manera similar, reconocemos todos los otros desafíos que un líder debe
superar, desde la estrategia a seguir hasta el desarrollo de un nuevo producto.
Se trata de tener
en consideración todo lo que sucede en un largo día de trabajo.
Pero tomado como un
todo, el mensaje que envían las investigaciones neurológicas, psicológicas y
organizativas resulta sorprendente en su nitidez. El liderazgo emocional es la
chispa que prende el rendimiento de una empresa, creando una hoguera de éxito o
un paisaje de cenizas. Los estados de ánimo importan hasta tal punto.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en hbr.com
y Linkedin.com
CUANDO CRITICAS A ALGUIEN HACES QUE SEA MÁS DIFÍCIL
QUE CAMBIE
hbr.com – 19 de diciembre,
2013
«Si todo en la vida
te saliera perfecto, ¿qué estarías haciendo dentro de diez años?»
Semejante pregunta
da paso a un buen número de posibilidades en las que se muestra qué es lo que
más nos importa e incluso qué valores podrían guiar nuestra forma de vida. Este
enfoque proporciona a los directivos una herramienta para conseguir que sus equipos
obtengan mejores resultados.
Comparemos esa
pregunta que incita a usar la imaginación con una conversación sobre tus
errores y sobre lo que necesitas hacer para corregirlos. Esta línea de
pensamiento da como resultado que nos cerremos y nos pongamos a la defensiva, y
reduce nuestras posibilidades de mejorar. Los directivos deberían tener esto en
cuenta, en particular durante las revisiones del rendimiento de los empleados.
Esa pregunta sobre
lo que considerarías tu vida perfecta en el plazo de diez años es una idea de
Richard Boyatzis, profesor de la Escuela Weatherhead de Dirección en Case
Western y viejo amigo y colega mío. En su reciente investigación sobre el mejor
enfoque para entrenar ha empleado escáneres cerebrales para analizar cómo
afecta la dirección al cerebro de manera diferente cuando te concentras en tus
sueños en lugar de en tus fallos. Sus descubrimientos tienen gran importancia
en lo que hace referencia a cómo se puede ayudar a alguien (o a ti mismo) a
mejorar.
Tal como cité a Boyatzis en mi
libro Focus. El motor oculto de
la excelencia: «Hablar de tus
sueños y tus objetivos positivos activa los centros cerebrales que te abren a
nuevas posibilidades. Pero si cambias el tema de la conversación a lo que
deberías hacer para corregirte, te cierras en banda.»
Junto a sus colegas
de Cleveland Clinic, Boyatzis hizo pasar a la gente primero por una entrevista
positiva acerca de sus sueños o una negativa centrada en sus problemas,
mientras se escaneaba su cerebro. La entrevista positiva provocaba actividad en
el circuito de recompensa y las áreas encargadas de los buenos recuerdos y los
sentimientos optimistas, una característica mental de la abierta esperanza que
sentimos cuando abrazamos una visión inspiradora. En cambio, la entrevista
negativa activaba el circuito de la ansiedad y las mismas áreas que se activan
cuando nos sentimos tristes y preocupados. En el segundo estado, la ansiedad y
la actitud defensiva provocadas hacen que sea más difícil concentrarse en las
posibilidades de mejorar.
Por supuesto que un
directivo necesita ayudar a sus empleados a ver qué es lo que no funciona. Tal
y como lo expuso Boyatzis: «Necesitas el enfoque negativo para sobrevivir, pero
uno positivo para prosperar. Necesitas ambos, pero en la proporción adecuada.»
Bárbara
Frederickson, psicóloga de la Universidad de Carolina del Norte, afirma que los
sentimientos positivos aumentan nuestra atención para dar cabida a un abanico
más amplio de posibilidades y nos motivan a trabajar para lograr un futuro
mejor. En su investigación ha descubierto que la gente a la que le va bien
tanto en su vida privada como en su vida laboral por lo general tiene una mayor
proporción de estados de ánimo positivos a lo largo del día.
Al disfrutar de un
estado de ánimo positivo se activan los circuitos cerebrales que nos recuerdan
lo bien que nos sentiremos al alcanzar nuestro objetivo, según la investigación
realizada por Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin. Esos son los
circuitos que nos mantienen trabajando a través de las pequeñas etapas que
necesitamos pasar en nuestro camino hacia una meta más amplia, ya sea finalizar
un gran proyecto o realizar un cambio en nuestro propio comportamiento.
Estos circuitos
cerebrales, que son vitales para lograr nuestros objetivos, funcionan con
dopamina, una sustancia química que nos
hace sentir bien, y
también con opioides endógenos como las endorfinas, los neurotransmisores de
respuestas emocionales placenteras. Este compuesto químico nos proporciona
combustible para seguir trabajando y nos va suministrando porciones de placer y
satisfacción. Esta debe ser la razón por la que el enfoque positivo da como
resultado un buen rendimiento, tal y como ha descubierto la investigación
llevada a cabo por Frederickson: nos proporciona energía, nos permite
concentrarnos mejor, ser más flexibles en nuestra forma de pensar y conectarnos
así de manera efectiva con la gente que nos rodea.
Los directivos y
los entrenadores deben tener esto en mente. Boyatzis hace hincapié en el hecho
de que comprender los sueños de una persona puede dar lugar a una conversación
sobre lo que sería necesario para hacer esos sueños realidad. Y esto puede llevar
a marcar objetivos concretos de aprendizaje. A menudo, estos objetivos son la
mejora de capacidades como la diligencia, el saber escuchar, la colaboración y
otras similares, que pueden producir un mejor rendimiento.
Boyatzis nos habla
de un ejecutivo que realizó un máster porque quería construir mejores
relaciones laborales. Esta persona tenía formación de ingeniero, y cuando se
trataba de realizar una tarea «lo único que él veía era la tarea, no la gente
con la que trabajaba para realizarla», según Boyatzis.
Su curva de
aprendizaje implicaba sintonizar con la manera en la que las otras personas se
sentían. En busca de una manera poco arriesgada de practicar esto, empezó a
ejercer de entrenador del equipo de fútbol de su hijo y realizó el esfuerzo de
percibir cómo se sentían los miembros del equipo mientras los entrenaba. Esto
se convirtió en un hábito que trasladó luego a su trabajo.
Al empezar por el
objetivo positivo que quería conseguir (unas relaciones laborales más ricas) en
lugar de catalogarlo como un fallo personal que quisiera superar, el ejecutivo
hizo que lograr ese objetivo le resultase mucho más sencillo.
En definitiva: no
te concentres solo en los puntos débiles, sino también en las esperanzas y los
sueños. Para eso es para lo que está enfocado nuestro cerebro.
LAS SEÑALES DE UN DÉFICIT DE EMPATÍA
EN UN LÍDER
Linkedin.com – 25 de
noviembre, 2013
Piensa en dos
personas que trabajen en tu empresa: una en uno o dos niveles por debajo de ti
y la otra en un nivel por encima de ti. Ahora imagina que recibes un email de
cada una de esas personas. Pregúntate a ti mismo cuánto tiempo te llevaría
responder a esos mensajes.
Lo más probable es
que al mensaje de quien está por encima de ti lo respondas de manera inmediata,
mientras que al otro es posible que lo contestes cuando tengas ocasión.
La diferencia en
tiempos de respuesta se ha utilizado para trazar un mapa de la jerarquía en una
empresa. Y este mapa refleja un principio más general: prestamos más atención a
aquellos que tienen más poder que nosotros, y nos fijamos menos en los que tienen
menos que el que nosotros ostentamos.
La relación entre
poder y concentración se muestra con claridad en interacciones tan simples como
la de dos desconocidos que se encuentran por primera vez. En solo cinco minutos
de conversación, la persona de más alto estatus social por lo general ofrece
menos indicadores de atención (como el contacto visual o el asentimiento) que
la persona que posee un menor poder social. Esta diferencia de atención se
percibe incluso entre estudiantes pertenecientes a familias más acomodadas o
más humildes.
El análisis de los
tiempos de respuesta a emails se realizó utilizando la base de
datos completa de Enron Corporation, a la que los investigadores pudieron
acceder después de que se emplease para investigar el colapso de la empresa. El
programa para detectar por medio del análisis de los emails las
redes sociales dentro de una empresa se desarrolló en la Universidad de
Columbia, y demostró ser de una exactitud notable.
Cuando la atención
fluye a través de las líneas de poder, también la empatía pierde. Cuando dos
desconocidos se contaron el uno al otro sobre sus divorcios u otras situaciones
de sufrimiento personal en sus vidas, la persona de menos poder social expresó
una mayor empatía hacia el otro. Otra medida de la empatía (la exactitud con la
que podemos distinguir los sentimientos de una persona a partir de señales como
la expresión facial) también ayuda a diferenciar, pues
las personas de
menor estatus la utilizan con más habilidad que las de posiciones más elevadas.
Este factor de la
vida social representa un peligro para los líderes: después de todo, los
líderes más efectivos sobresalen en capacidades que se basan en la empatía,
como la persuasión y la influencia, motivar y escuchar, el trabajo en equipo y
la colaboración.
Hay tres tipos de
empatía. El primero, la empatía cognitiva, en la que sientes cómo piensa la
otra persona con respecto al mundo, lo que significa que puedes poner lo que
tienes que decir en términos que esa persona lo vaya a comprender. El segundo,
la empatía emocional, en la que reconoces de manera instantánea cómo se siente
la otra persona. Y el tercero, la preocupación empática, en la que expresas la
manera en que te preocupas por la otra persona ayudándola en lo que has
percibido que necesita.
La mejor manera de
detectar las señales de un déficit de empatía en el liderazgo en alguna o en
todas estas variedades es fijarse en el impacto que las acciones del líder
tienen sobre aquellos a los que lidera. Algunas de las señales más comunes son:
• Las directivas o
los memorándums que carecen de sentido para aquellos que los reciben son una
señal de que el jefe no entiende cómo piensan sus empleados con respecto a su
mundo, y fracasa a la hora de sintonizar con el lenguaje que serviría para que
ellos captasen su sentido. Otro indicio de baja empatía cognitiva: las
estrategias, planes u objetivos que no tienen mucho sentido o parecen fuera de
lugar para aquellos que deben ejecutarlos.
• Comunicados o, peor
aún, órdenes que enfadan a quienes las reciben. Esto es indicio de un jefe que
no sabe leer con exactitud la realidad emocional de sus empleados, y, por
tanto, a ojos de los demás parece despistado.
• Mostrar actitudes
que parezcan ser frías o poco sensibles hacia temas que inquietan a los
empleados, lo que es indicio de una carencia de preocupación empática. Sentir
que al jefe no le interesa hace que los empleados se pongan a la defensiva y
teman asumir riesgos tales como la innovación.
Los líderes en niveles más elevados
son los que quizás están en
mayor peligro de
sufrir un déficit de empatía, por una sencilla razón:
a medida que vas
subiendo peldaños en la escala laboral menos y menos personas se muestran
francas contigo y están dispuestas a ofrecerte un feedback sincero
sobre lo que otras personas piensan de ti.
Una de las maneras
de prevenir el déficit de empatía podría ser unirse a lo que Bill George, de la
Escuela de Negocio de Harvard, denomina «grupos de verdadero norte», en los que
recibes un feedback honesto de parte de gente que te conoce
bien. Otra manera podría ser crear una red informal de colegas que
sean sinceros contigo (tal vez de fuera de la empresa), y mantener un contacto
regular con ellos; o lo mismo con amigos de confianza en todos los niveles
dentro de tu propia empresa.
Los líderes que
mantienen un elevado nivel de contacto, que pasean por su lugar de trabajo y
dedican tiempo a conocer bien a sus empleados, se inoculan a sí mismos contra
el déficit de empatía. Lo mismo sucede con líderes que crean una atmósfera de
trabajo en la que la gente se siente segura mostrándose sincera incluso con su
jefe.
Renovar tu pasión
por el trabajo
Escrito con Richard Boyatzis y Annie
McKee.
Publicado
originalmente en la Harvard Business Review, en abril de 2002.
El 11 de septiembre
de 2001, mientras millones de personas en todo el mundo miraban incrédulos las
pantallas de televisión, viendo cómo las torres del World Trade Center se
desmoronaban y caían al suelo, muchos de nosotros nos dimos cuenta de que,
acompañando al shock y al dolor, había otra sensación, la que
impulsaba a hacer inventario. La frágil naturaleza de la vida
humana, expuesta con una claridad tan insoportable, empujó a la gente a hacerse
una pregunta: «¿Realmente estoy viviendo como me gustaría vivir?»
Todos nos
enfrentamos a lo largo de nuestras vidas al interrogante sobre nuestra
relevancia personal. El 11 de Septiembre hizo que esa cuestión se la plantease
mucha gente a la vez, pero el impulso de hacer inventario surge para la mayoría
de nosotros de manera periódica en circunstancias mucho menos dramáticas. Los
altos directivos, por ejemplo, parecen enfrentarse a esta cuestión en el punto
álgido de sus carreras. ¿Por qué? Muchos ejecutivos alcanzan su cima
profesional a los cuarenta o cincuenta, justo cuando sus padres se aproximan al
tramo final de sus vidas, lo que es un recordatorio de que todos somos
mortales. Más aún, muchos de los rasgos de la personalidad asociados con el
éxito profesional, como la habilidad para resolver problemas y la tenacidad,
llevan a la gente a aguantar en una situación difícil con la esperanza de
mejorarla. Entonces, un día, se instala en nosotros una creciente sensación de
que algo va mal. Esa certeza pone en marcha un proceso del que hemos sido
testigos literalmente en miles de ocasiones durante nuestra labor de los
últimos catorce años preparando a directivos y a ejecutivos.
El proceso rara vez es sencillo, pero
hemos comprobado que este
tipo de despertar
es saludable y necesario; los líderes necesitan llevarlo a cabo cada pocos años
para rellenar sus niveles de energía, creatividad y compromiso (y para
redescubrir su pasión por el trabajo y la vida). De hecho, los líderes no
pueden seguir consiguiendo nuevos objetivos e inspirando a la gente que los
rodea sin comprender sus propios anhelos. En este artículo, echaremos un
vistazo a las diferentes señales que nos indican que es momento de hacer
inventario, ya sea que tienes una persistente sensación de duda que va en
aumento hasta que resulta imposible ignorarla o que experimentas un suceso que
cambia tu vida y altera irrevocablemente tu punto de vista. Después
describiremos algunas estrategias para atender a esas señales y tomar medidas
reconstituyentes. Tales medidas pueden ir desde un reajuste relativamente menor
en la actitud hasta un reenfoque en lo que de verdad importa, pasando por
cambios prácticos en nuestra vida que nos lleven en una dirección totalmente
nueva.
CUÁNDO DECIR CUÁNDO
Cuando se le
pregunta, la mayoría de la gente de negocios dice que lo que les mueve es la
pasión (de guiar, de servir a los clientes, de apoyar una causa o un producto).
Cuando esa pasión se desvanece, empiezan a cuestionar el sentido de su trabajo.
¿Cómo puedes reactivar la pasión y reconectar con aquello que posee relevancia
para ti? El primer paso es reconocer la señal de que es hora de hacer
inventario. Fijémonos en los diversos sentimientos que nos indican que ha
llegado el momento.
«Me siento atrapado»
A veces, un trabajo
que antes era satisfactorio se vuelve gradualmente menos significativo y va
poco a poco erosionando tu entusiasmo y tu espíritu hasta que ya no encuentras
ningún propósito en lo que haces. A menudo la gente describe este estado como un
sentimiento de estar atrapado. Están inquietos y, sin embargo, no parecen
capaces de cambiar ni tan siquiera de explicar qué es lo que va mal.
Tomemos como
ejemplo el caso de Bob McDowell, el director de recursos humanos en una gran
empresa de servicios profesionales.
Tras dedicarse en
cuerpo y alma a su trabajo durante 25 años, Bob se fue desmoralizando
terriblemente al ver que sus novedosos programas sufrían recortes una y otra
vez. Como resultado de ello, sus esfuerzos no servían para mejorar el lugar de
trabajo a largo plazo. Durante años había silenciado sus dudas, en parte porque
un éxito ocasional o algún empleado que medraba gracias a su apoyo le
proporcionaban una profunda (aunque temporal) satisfacción. Es más, su trabajo
le daba asimismo los habituales adornos del éxito: un título, dinero y
beneficios adicionales. Y, como la mayoría de la gente de mediana edad,
McDowell tenía responsabilidades económicas que hacían que resultase arriesgado
cambiar la seguridad por una satisfacción personal. Factores como estos
conspiran para que la gente siga cansinamente adelante con la esperanza de que
las cosas mejoren. Pero la búsqueda de seguridad o el propósito de ser un buen
empleado pueden acabar siendo una cárcel construida por nosotros mismos.
«Estoy aburrido»
Mucha gente
confunde el lograr objetivos diarios con la realización de un trabajo
verdaderamente satisfactorio, por lo que continúan planteando y consiguiendo
nuevas metas, hasta que llegan a la conclusión de que están aburridos. A menudo
uno se siente realmente estremecido ante esta revelación: se siente como si
acabase de emerger de un bloqueo espiritual. Lo vimos en Nick Mimken,
propietario de una exitosa agencia de seguros, que experimentaba la creciente
sensación de que algo faltaba en su vida. Se unió a un club de lectura, con la
esperanza de que la estimulación intelectual le ayudase a recuperar algo de
entusiasmo, pero no fue suficiente. La cuestión era que había perdido contacto
con sus sueños y estaba realizando su trabajo sin experimentar ninguna
verdadera satisfacción producida por el éxito de su negocio.
Las personas de
éxito como Mimken pueden tener problemas para aceptar el hecho de que están
aburridas porque a menudo los rasgos positivos de la ambición y la
determinación por lograr el éxito son los que ocultan la necesidad de
divertirse. Algunas personas pueden sentirse culpables por no estar satisfechas
cuando parece que lo tienen todo. Otros pueden admitir que no están
divirtiéndose, pero
creen que ese es el
precio del éxito. Tal y como dijo un directivo: «Trabajo para vivir. No espero
encontrar un profundo significado en la oficina, eso ya lo obtendré en otra
parte.» ¿Dónde está el problema? Como muchos otros, este directivo trabaja más de
sesenta horas a la semana, lo que le deja poco tiempo para disfrutar de
cualquier otra cosa.
«No soy la persona que quiero ser»
Algunas personas se
adaptan de forma gradual a las decepciones, las frustraciones e incluso al
aburrimiento de su trabajo hasta que se rinden a una rutina que es incompatible
con quiénes son y qué quieren de verdad. Tomemos como ejemplo a John Lauer, un inspirador
líder que pasó a ser presidente de BFGoodrich, y captó con rapidez el apoyo de
los altos ejecutivos gracias a su percepción de los desafíos y oportunidades
que se le presentaban a la empresa y a su contagiosa pasión por el negocio.
Pero cuando llevaba
en la empresa unos seis años, presenciamos una conferencia de Lauer ante una
clase de ejecutivos estudiantes de máster y comprobamos que había perdido su
chispa. Con el tiempo, Lauer había asimilado la cultura empresarial enfocada al
valor de las acciones de un modo que era contradictorio con aquello que
realmente le importaba. No resultó, por tanto, sorprendente que dejara la
empresa seis meses más tarde y rompiera con su vida laboral hasta entonces para
unirse a su esposa en su labor con organizaciones humanitarias húngaras. Más
adelante admitió que durante su última etapa en BFGoodrich sabía que no era él
mismo, aunque ignoraba la razón.
¿Cómo se apartó
Lauer de su objetivo principal? En primer lugar, el cambio fue tan gradual que
no percibió que estaba siendo absorbido por una cultura en la que no encajaba.
En segundo lugar, como muchas otras personas, hacía lo que creía que debía
hacer, adaptándose a la burocracia y realizando una pequeña concesión tras otra
en lugar de guiarse por su corazón. Finalmente, presentaba un rasgo que es una
marca distintiva de los líderes efectivos: la capacidad de adaptarse. En un
primer momento, adaptarse a la cultura de la empresa probablemente hizo que
Lauer se sintiera más cómodo. Pero sin un fuerte conocimiento de uno mismo, la
gente
corre el riesgo de
adaptarse hasta tal punto que ya no se reconoce a sí misma.
«No pondré en peligro mi ética»
La señal para hacer
inventario puede llegar como una forma de poner en duda lo que creemos que es
correcto. Este fue el caso de Niall FitzGerald, actualmente copresidente de
Unilever, cuando se le pidió que asumiera un puesto de liderazgo en Sudáfrica,
que por entonces todavía se encontraba bajo el régimen del apartheid. La oferta
fue interpretada por muchos como una recompensa y una señal positiva con
respecto a su futuro en Unilever. Hasta ese momento, FitzGerald había aceptado
prácticamente todas las tareas que se le habían asignado, pero se plantó ante
la oferta de ir a Sudáfrica, pues suponía contradecir sus principios. ¿Cómo
podía, en conciencia, aceptar un trabajo en un país cuyo sistema político y
situación social le resultaban censurables?
O pensemos en el
caso de un directivo al que llamaremos Rob. Después de trabajar para varios
jefes honestos que le habían apoyado, se encontró con un ejecutivo (al que
bautizaremos Martin) cuyo estilo estaba en conflicto directo con los valores de
Rob. El trato abusivo con el que el jefe se dirigía a sus subordinados había
hecho descarrilar un buen número de carreras prometedoras, pero, sin embargo,
seguía siendo una especie de leyenda en la empresa. Para desazón de Rob, el
equipo directivo admiraba el rendimiento de Martin y, sinceramente, creía que a
los jefes de equipo más nuevos les vendría bien un período bajo su liderazgo de
estilo militar.
Cuando reconoces
que una experiencia está en conflicto con tus valores, como hicieron FitzGerald
y Rob, al menos puedes hacer una elección consciente de cómo responder. El
problema es que a menudo la gente pasa por alto esta señal en particular porque
pierde de vista sus verdaderos valores. A veces separan su trabajo de su vida
personal hasta tal punto que no llevan sus valores a la oficina. Como resultado
de ello, pueden aceptar o incluso poner en marcha comportamientos que
considerarían inaceptables en su casa. Otras personas descubren que su trabajo
se ha convertido en su vida, y los objetivos laborales adquieren prioridad
sobre todo lo demás. Muchos ejecutivos que valoran la familia por encima de
todo acaban
trabajando doce
horas al día y se pierden más y más cenas familiares mientras buscan el éxito
en su carrera laboral. En estos casos, la gente puede no llegar a oír la
llamada de alarma que habría de hacerla reaccionar. E incluso si la oye, puede
tener la sensación de que algo no está bien pero ser incapaz de identificarlo,
o de hacer algo para cambiarlo.
«No puedo ignorar la llamada»
La llamada puede
llegar en forma de misión: una fuerza irresistible que empuja a la gente a
salirse del camino, dar un paso al frente y aceptar un desafío. Es como si de
pronto comprendieran qué es lo que quieren hacer y ya no pudieran ignorarlo por
más tiempo.
Esta llamada es a
menudo espiritual, como en el caso del ejecutivo que, después de someter a
examen sus valores y su visión personal, decidió renunciar a su puesto de
trabajo, se ordenó sacerdote, compró un edificio y lo transformó en iglesia,
todo ello a los 55 años de edad. Pero una llamada puede también tener otras
formas: convertirse en profesor, trabajar con niños necesitados o esforzarse en
producir una mejora en la vida de la gente con la que te encuentras día a día.
Rebecca Yoon, que regenta un negocio de limpieza en seco, ha decidido que su
objetivo es conectar con sus clientes a un nivel personal. Su atención
constante y sincera ha dado como resultado una notable lealtad de los clientes
hacia su empresa, incluso a pesar de que el servicio que ofrece es idéntico al
que ofrecen cientos de empresas en la ciudad.
«¡La vida es demasiado corta!»
En ocasiones es
necesario sufrir un trauma, grande o pequeño, para que uno se decida a dirigir
una mirada escrutadora a su vida. Semejante despertar puede ser el resultado de
un ataque al corazón, la pérdida de un ser querido o una tragedia a nivel mundial.
También puede ser el resultado de algo menos dramático, como la adaptación al
nido vacío o la celebración de un cumpleaños especialmente significativo. Las
prioridades pueden volverse claras como el agua en momentos como estos, y las
cosas que nos parecían importantes semanas, días o incluso minutos antes, ya no
nos importan.
Por ejemplo, tras
una difícil y heroica huida de su despacho en la Torre Uno del World Trade
Center el 11 de Septiembre, John Paul
DeVito, del May
Davis Group, entró tambaleándose y llorando en una iglesia, desesperado por
ponerse en contacto con su familia. Cuando un oficial de policía trató de
calmarlo, DeVito le respondió: «No estoy en shock. Nunca he estado
más consciente de algo en toda mi vida.» Incluso mientras lamentaba las muertes
de amigos y compañeros, continuó sintiéndose eufórico de estar vivo, y ahora
está reorganizando sus prioridades, sorprendido por el hecho de que antes de esa
horrible experiencia le daba relevancia a su trabajo por encima de todo lo
demás.
DeVito no es único.
Las evidencias sugieren que mucha gente sintió la necesidad de buscar un nuevo
objetivo a sus vidas tras la tragedia del 11 de Septiembre, que puso de relieve
la certeza de que la vida puede terminar en cualquier momento. Un artículo del Wall
Street Journal del 26 de diciembre de 2001 hablaba de dos mujeres que
habían realizado cambios dramáticos tras los ataques terroristas. Después de
realizar un viaje a Nueva York al poco de haberse producido los ataques a las
torres, la ingeniera Betty Roberts dejó su trabajo con 52 años para inscribirse
en la Divinity School. Y Chicki Wentworth decidió dejar el edificio de oficinas
y restaurantes que había regentado y del que había sido dueña durante casi
treinta años para trabajar con adolescentes problemáticos.
Pero como ya hemos
dicho, hay quienes hacen frente a hechos que los obligan a despertar en
circunstancias mucho más mundanas. Cumplir los 40, contraer matrimonio, enviar
a un hijo a la universidad, sufrir una operación quirúrgica, aproximarse a la
edad de jubilación; estos son momentos en la vida en los que nos tomamos una
pausa, repasamos adónde nos han llevado las decisiones que hemos tomado y
comparamos nuestros logros con nuestros sueños.
Resulta interesante
el hecho de que en cierto modo es más aceptado socialmente que este «despertar»
se produzca en respuesta a hechos traumáticos que a cualquiera de los otros.
Como resultado de ello, las personas que se sienten atrapadas y aburridas a menudo
permanecen demasiado tiempo en un puesto de trabajo que las está amargando, y
eso hace que sean más susceptibles a padecer enfermedades relacionadas con el
estrés. Además, las señales más suaves (una sensación de intranquilidad que
aumenta con el tiempo, por ejemplo) pueden ser fáciles de pasar por alto porque
su impacto
en el día a día es
gradual. Pero estas señales no son menos importantes que las que resultan más
visibles a la hora de indicar la necesidad de realizar una evaluación de
nuestra vida. ¿Cómo se aprende a escuchar las señales vitales y responder a
ellas antes de que sea demasiado tarde? Se requiere un esfuerzo consciente y
disciplinado y una autoevaluación periódica.
ESTRATEGIAS PARA LA RENOVACIÓN
No existe una única
solución válida para restaurar un objetivo claro y una pasión en tu vida. No
obstante, sí que hay estrategias para evaluarla y realizar correcciones si has
perdido el rumbo. La mayoría de la gente aplica no ya una sola estrategia sino
una combinación de ellas, y otras personas buscan ayuda exterior mientras que
otros prefieren realizar un proceso más solitario. Sea cual sea el camino que
tú elijas, necesitas tiempo de reflexión: darte la oportunidad de pensar dónde
te encuentras, hacia dónde te diriges y dónde quieres estar realmente.
Analicemos ahora cinco enfoques diferentes:
Solicita un tiempo muerto
Para algunas
personas, tomarse un tiempo de descanso es la mejor manera de averiguar lo que
realmente quieren hacer y poder reconectar con sus sueños. Las instituciones
académicas llevan desde hace mucho proporcionando tiempo para lograr un
rejuvenecimiento por medio de períodos sabáticos (de seis a doce meses, incluso
con sueldo). En algunas empresas (para ser sinceros, muy pocas) se ofrecen
también períodos sabáticos para que los empleados puedan disponer de un tiempo
pagado para ir en busca de sus intereses con la garantía de que tendrán un
puesto de trabajo a la vuelta. Más a menudo, lo que hace la gente es dejar el
trabajo para cogerse tiempo libre y realizar esa búsqueda, lo cual es un
riesgo, desde luego, pero pocos de los que lo han hecho lamentan su decisión.
Este es el camino
que escogió Bob McDowell, el director de recursos humanos del que hablábamos
antes y que se sentía atrapado en su puesto de trabajo. Lo abandonó y no buscó
otro, sino que dedicó unos ocho meses a hacer inventario de su vida. Meditó
sobre sus éxitos y sus fracasos, y revisó los sacrificios que había realizado
al dedicarse con tanta intensidad a un trabajo que, después de todo,
no le satisfacía en
absoluto. Otros ejecutivos se cogen tiempo libre para conseguir objetivos mucho
menos ambiciosos, simplemente para dejar de pensar una temporada en el trabajo
y concentrarse en su vida personal. Después de un tiempo, pueden regresar cargados
de felicidad al mismo trabajo que han realizado durante años, impacientes por
hacer frente a los mismos desafíos, pero con la pasión renovada.
Y otros pueden
preferir cambiar de dirección y darle un descanso a su mente haciendo algo
diferente. Cuando Nick Mimken, el aburrido director de una agencia de seguros,
hizo inventario de su vida y finalmente se dio cuenta de que su trabajo no le
inspiraba, tomó la decisión de poner en venta el negocio, mantener solo a unos
pocos clientes y asistir a clases de escultura. Después se puso a trabajar como
jornalero para un paisajista para poder dar rienda a su interés por la
escultura en exteriores, en particular las fuentes de piedra. En la actualidad
vive con su esposa en Nantucket, Massachusetts, donde ya no vive para trabajar
sino que trabaja en algo que le alegra la vida. Está explorando aquello que le
atrae, ya sea la escultura en piedra, la fundición de bronce, la protección de
la naturaleza o enseñar a otras personas cómo manejar su dinero. Nick siente
pasión por su trabajo y por su forma de vivir la vida. Se considera a sí mismo
un explorador de la vida.
De cualquier modo,
ya sea para realizar un intenso ejercicio espiritual o simplemente para un
descanso de la vida laboral, casi todo el mundo descubre que el tiempo libre le
proporciona energía. Pero salirse del camino trazado no es sencillo. Sin
agenda, ni reuniones ni llamadas telefónicas, sin una estructura organizada:
puede resultar difícil abandonar la rutina. La pérdida de una seguridad
económica hace que para algunos la decisión sea inconcebible. Y para todos
aquellos cuya identidad va ligada a su vida profesional, abandonar el trabajo
se antoja un sacrificio enorme. De hecho, hemos visto cómo algunos volvían al
redil tras una o dos semanas sin haber obtenido ningún beneficio de su tiempo
libre, solo porque no podían soportar estar apartados de su trabajo.
Encuentra un plan
Mientras que un tiempo de descanso
puede ser tan solo un poco
más que una pausa
para refrescarse, un plan de desarrollo ejecutivo o de liderazgo es una
estrategia más estructurada que sirve para guiar a la gente a la hora de
explorar sus sueños y abrir nuevas puertas.
¿Recuerdas a John
Lauer? Dos años después de que Lauer dejara BFGoodrich, seguía trabajando con
refugiados húngaros (su período sabático) y continuaba convencido de que no
quería tener nada que ver con la dirección de una empresa. Sin embargo, como
parte de su búsqueda del siguiente nivel de su carrera, decidió obtener un
doctorado. Mientras lo realizaba, asistió a un seminario de desarrollo del
liderazgo en el que se sometió a una serie de ejercicios que le obligaban a
clarificar sus valores, su filosofía, sus aspiraciones y sus puntos fuertes.
HERRAMIENTAS PARA LA REFLEXIÓN
Una vez que has
perdido la pasión y la conexión con tus sueños, la propia rutina del trabajo y
tus hábitos mentales pueden dificultar la labor de reconexión. A continuación
exponemos algunas herramientas que pueden ayudar a romper con estas rutinas y
sacar de nuevo a la superficie los sueños.
Reflexionar sobre el pasado
Realiza
periódicamente un examen de la realidad, tanto solo como con amigos y
consejeros de confianza. Dedícale una hora o dos y traza tu «línea vital».
Empezando por la infancia, enumera los puntos álgidos y los puntos bajos, los
hechos que te causaron una gran alegría y un gran dolor. Anota los momentos en
que te sentiste más orgulloso, más excitado, y más fuerte y con las ideas más
claras. Anota también los momentos en los que te sentiste perdido y solo.
Señala para ti mismo los puntos de transición: los momentos en los que la
situación cambió de manera fundamental para ti. Después contempla el todo.
¿Cuáles son los temas subyacentes? ¿Qué parece estar siempre presente, sea cual
sea la situación? ¿Qué valores parecen tener más peso con mayor frecuencia cuando
has realizado cambios en tu vida? ¿Por lo general eres positivo, o has sufrido
muchos altibajos? ¿Dónde encajan la suerte y el destino?
Ahora, céntrate en
tu pasado más reciente y considera las siguientes preguntas: ¿Qué ha cambiado o
no ha cambiado en mi
trabajo y en mi
vida? ¿Cómo me siento? ¿Cómo me veo a mí mismo estos días? ¿Estoy viviendo de
acuerdo a mis valores? ¿Me estoy divirtiendo? ¿Siguen encajando mis valores con
lo que necesito hacer en mi trabajo y con lo que mi empresa está haciendo? ¿Han
cambiado mis sueños? ¿Sigo creyendo en mi visión de futuro?
Como forma de
resumir todo lo anterior, realiza un pequeño ejercicio de redacción y finaliza
esta frase: «En mi vida yo... y ahora...»
Definir tus principios vitales
Piensa en los
diferentes aspectos de tu vida que son importantes, como la familia, las
relaciones, el trabajo, la salud espiritual y física. ¿Cuáles son tus valores
principales en cada una de estas áreas? Enumera cinco o seis principios que
guían tu vida y piensa si en efecto vives de acuerdo a esos principios o solo
hablas de ellos.
Ampliar el horizonte
Intenta escribir
una o dos páginas explicando qué te gustaría hacer con el resto de tu vida. O
puede que prefieras hacer una amplia lista de todo lo que quieres hacer o
experimentar antes de morir. No sientas la necesidad de detener la lista y no
te preocupes por las prioridades o el sentido práctico de lo que anotas,
limítate a escribir todo lo que se te ocurra.
Este ejercicio es
más complicado de lo que parece, porque es parte de la naturaleza humana pensar
más en términos de lo que tenemos que hacer, ya sea para mañana, para la semana
que viene o el mes que viene. Pero con un horizonte tan próximo, solo podemos
concentrarnos en lo que es urgente, no en lo que es importante. Cuando pensamos
en términos de un horizonte más amplio, como por ejemplo en lo que podríamos
hacer antes de morir, abrimos un nuevo abanico de posibilidades. En nuestra
labor con líderes que han realizado este ejercicio, hemos detectado una
tendencia sorprendente: la mayoría de la gente apunta unos pocos objetivos
laborales, pero el 80% o más de su lista no tiene relación alguna con el
trabajo. Cuando finalizan el ejercicio y examinan lo que han escrito, descubren
ciertos patrones que les ayudan a concretar sus sueños y sus aspiraciones.
Imaginar el futuro
Piensa en dónde
estarías sentado para leer este artículo si fuera dentro de quince años y
estuvieras viviendo tu vida ideal. ¿Qué clase de personas se encontrarían a tu
alrededor? ¿Qué aspecto tendría tu entorno? ¿Qué podrías estar haciendo en un
día normal y corriente, o en una semana? No te preocupes por la viabilidad de
crear esa vida; al contrario, deja que la imagen se desarrolle y sitúate luego
en ella.
Intenta realizar un
poco de redacción libre sobre esa visión de ti mismo, habla de ella y grábate
al hacerlo, o coméntala con un amigo de confianza. Mucha gente cuenta que, al
realizar este ejercicio, experimenta una liberación de energía y se siente más
optimista que solo unos momentos antes. Imaginar un futuro ideal puede ser una
buena forma de conectar con las posibilidades de realizar cambios en nuestras
vidas.
Al meditar sobre la
siguiente década de su vida y reflexionar sobre sus capacidades, Lauer se dio
cuenta de que su resistencia a dirigir una empresa en realidad era el reflejo
del temor a reproducir su experiencia en BFGoodrich. De hecho, le encantaba estar
al timón de una empresa en la que pudiera transmitir su visión y guiar a la
empresa hacia delante, y le entusiasmaba trabajar con un equipo de ejecutivos
que pensasen igual que él. De repente, comprendió que echaba de menos esos
aspectos del trabajo de director ejecutivo y que, en la situación adecuada (una
en la que pudiera aplicar las ideas que había desarrollado durante sus
estudios), ser director ejecutivo podía ser divertido.
Con esta renovada
pasión por liderar, Lauer devolvió unas cuantas llamadas a cazatalentos y en el
plazo de un mes recibió la oferta de un puesto de trabajo como directivo y jefe
ejecutivo en Oglebay Norton, una empresa multimillonaria de materias primas.
Allí se convirtió en un ejemplo del estilo de liderazgo democrático,
mostrándose abierto a las opiniones de sus empleados y animando a sus jefes de
equipo a hacer lo mismo. Tal y como uno de sus ejecutivos nos contó, «John nos
levanta el ánimo, la confianza y nos contagia su pasión por la excelencia». A
pesar de que la empresa trabaja con productos tan poco glamurosos como la
gravilla y la arena, Lauer realizó tantas mejoras durante su primer año que
Oglebay Norton se hizo un hueco en Fortune, Business Week y
el Wall Street Journal.
Otro ejecutivo al
que conocemos, Tim Schramko, tenía una amplia carrera a sus espaldas como
director de empresas dedicadas al cuidado de la salud. Como pasatiempo, comenzó
a ejercer de profesor a tiempo parcial. Aceptó una creciente carga de trabajo
docente al tiempo que cumplía con sus responsabilidades laborales, pero lo que
estaba haciendo era quedarse sin energías. No fue hasta que realizó un
ejercicio que le ayudaría a diseñar su futuro ideal cuando cayó en la cuenta de
que sentía la llamada de la docencia. Una vez que lo tuvo claro, desarrolló un
plan para dejar de lado sus obligaciones laborales durante un período de dos
años y en la actualidad ejerce como profesor universitario a tiempo completo.
Muchas
instituciones educativas ofrecen programas que apoyan este tipo de acciones.
Además, algunas empresas han puesto en marcha sus propios programas al
comprender que aquellos líderes que tienen la oportunidad de reconectar con sus
sueños tienden a regresar al trabajo con las energías y el compromiso
renovados. El riesgo, por supuesto, es que tras la reflexión algunos decidan
abandonar el barco. Pero según confirma nuestra experiencia, la mayoría
encuentra un nuevo significado y una nueva pasión en sus puestos de trabajo. De
cualquier forma, los que abandonan la empresa no estaban en el puesto adecuado
y se habrían dado cuenta de ello tarde o temprano.
Crear «estructuras de reflexión»
Cuando, a
principios de los años noventa, el gurú del liderazgo Warren Bennis entrevistó
a líderes de distintas profesiones, descubrió que tenían un modo común de
permanecer en contacto con aquello que era importante para ellos. Habían
construido en sus vidas lo que Bennis denomina «estructuras de reflexión»:
tiempo y espacio para la autoevaluación, ya fuera unas pocas horas a la semana,
un día o dos al mes, o un período mayor de tiempo cada año.
Para mucha gente,
la práctica religiosa proporciona una vía de salida para la reflexión, y
algunas personas hacen un hueco al día o a la semana para la oración o la
meditación. Pero la reflexión no tiene por qué implicar a la religión. El
ejercicio físico es un desahogo para mucha gente, y algunos ejecutivos reservan
tiempo en sus agendas para sesiones de entrenamiento regulares. Un director
ejecutivo de
una gran empresa de
servicios públicos reserva ocho horas a la semana para reflexionar en solitario
(una hora al día, tal vez dos o tres durante el fin de semana). En ese tiempo,
puede salir a dar un paseo, trabajar en el taller de su casa o dar una vuelta
con su Harley. Sea como sea como decidas emplear el tiempo, la idea es que te
alejes de las exigencias de tu trabajo y te quedes a solas con tus propios
pensamientos.
De manera
creciente, hemos visto a gente buscando también oportunidades de reflexionar de
un modo colectivo, para poder compartir sus sueños y frustraciones con sus
iguales. Durante su tercera temporada como director de una gran división del
Hay Group, Murray Dalziel decidió añadir algo de reflexión a su vida y se unió
a un grupo de directivos que se reúne una vez al mes. En cierto modo, el grupo
legitima dedicar tiempo a pensar, conversar y aprender los unos de los otros.
Los miembros han creado una comunidad de confianza en la que pueden
compartir feedback sincero, lo cual es difícil de conseguir
para muchos ejecutivos. Y todos ellos obtienen beneficios tangibles:
intercambian consejos sobre cómo corregir errores o cómo manejarse en
situaciones complicadas.
Trabajar con un entrenador
Nuestras propias
predisposiciones y experiencias a veces hacen que nos sea imposible encontrar
una salida a una situación difícil o confusa; necesitamos un punto de vista
externo. La ayuda puede ser informal y llegar de la familia, los amigos o los
colegas de trabajo, o puede ser profesional y llegar de un entrenador
capacitado para ayudar a la gente a ver sus puntos fuertes e identificar nuevas
formas de usarlos. No hablaremos en este artículo de terapias más
tradicionales, pero son, por supuesto, otra alternativa.
Cuando Bob
McDowell, el director de recursos humanos, abandonó su profesión, consultó a
varios contactos tanto personales como profesionales para que le ayudasen a
decidir cómo enfocar el futuro. Al trabajar con un entrenador ejecutivo,
McDowell fue capaz de identificar lo que para él era importante en la vida y
traspasarlo a lo que consideraba esencial en un trabajo. Entonces pudo marcar
líneas claras sobre los aspectos de su vida personal que no volvería a poner en
riesgo, incluyendo la salud y el ejercicio, el tiempo con su
familia, los
pasatiempos personales y otros intereses. Al fin, encontró una nueva profesión
como socio en un negocio de selección de ejecutivos (un trabajo en el que nunca
había pensado pero que cuadraba con su pasión por ayudar a otras personas y a
las empresas para las que trabajaban). Además, su búsqueda espiritual había
iluminado hasta tal punto su creatividad que en su nuevo puesto combinó la
consultoría tradicional de empresas con un proceso de búsqueda de posibilidades
innovadoras. En lugar de realizar la típica selección de ejecutivos, ayuda a
las empresas a encontrar empleados que proporcionarán magia al negocio y a las
relaciones que resultan esenciales para el éxito.
¿Qué proporcionó el
entrenador a la reflexión de McDowell? Tal vez el principal beneficio
consistiera en la relación de confianza y seguridad que le dio espacio para
soñar, algo de lo que los ejecutivos se asustan principalmente porque las
expectativas de la sociedad y de sus familias ejercen demasiado peso sobre
ellos. Como muchos otros, McDowell comenzó este proceso dando por hecho que
simplemente limitaría sus prioridades, clarificaría sus objetivos laborales y
trazaría un nuevo camino profesional. Pero, para su sorpresa, el punto de vista
de su entrenador le ayudó a ver nuevas oportunidades en todos los aspectos de
su vida y no solo en su trabajo.
A veces, sin
embargo, el entrenador hace poco más que ayudarte a reconocer lo que en cierto
modo ya sabes. Richard Whiteley, cofundador de una exitosa consultoría
internacional y autor de varios libros superventas sobre el mundo de los
negocios, tuvo la sensación de que ya no se divertía tanto como antes; se
sentía inquieto y deseaba un cambio. Con ese fin, empezó a realizar un trabajo
alternativo, ayudando a personas de negocios a mejorar su efectividad por medio
del desarrollo espiritual. Estaba pensando en dejar por completo su trabajo en
la consultoría y concentrarse en su labor espiritual, pero se sentía indeciso.
Pidió consejo a un líder espiritual, que le dijo: «Olvida tu labor espiritual y
concéntrate en el trabajo que has estado haciendo.» Solo cuando se vio forzado
a elegir el camino equivocado, pudo Richard reconocer lo que de verdad quería.
En cuestión de pocos meses, se dedicaba a escribir y a dar conferencias casi
exclusivamente sobre espiritualidad y pasión por el trabajo, y le va muy bien.
Encontrar un nuevo
propósito en un territorio familiar
No siempre resulta
factible cambiar de trabajo o mudarse a otro lugar, incluso cuando la situación
en la que te encuentras es incómoda. Y, sinceramente, mucha gente no quiere
realizar cambios tan drásticos. Pero a menudo resulta más fácil de lo que podrías
pensar realizar pequeños ajustes para que tu trabajo refleje de forma más
directa tus creencias y valores, siempre y cuando sepas qué es lo que necesitas
hacer y tengas el coraje de asumir algunos riesgos.
Volviendo con Niall
FitzGerald, que se enfrentó a la decisión de si debía aceptar la oferta de
vivir y trabajar en Sudáfrica. Puesto que se trataba de una persona de fuertes
principios y también de un buen empleado, FitzGerald acabó por decidir romper
con la cultura de la empresa al aceptar el puesto con una condición sin
precedentes: si en el plazo aproximado de seis meses no conseguía encajar en
ese país, le permitirían cambiar de puesto en Unilever sin hacerle preguntas.
Entonces se dispuso a encontrar formas de extraer una influencia positiva de su
nuevo entorno de trabajo siempre que fuera posible.
Como líder de un
negocio prominente, FitzGerald tenía cierto poder, por supuesto, pero sabía que
no podía enfrentarse directamente al gobierno. Su actitud fue la siguiente:
averiguar qué podía cambiar, hacerlo y después tratar con el sistema. Por
ejemplo, cuando estaba construyendo una nueva fábrica, el arquitecto le mostró
unos planos con ocho aseos (cuatro para hombres y cuatro para mujeres,
segregados según los cuatro grupos raciales primarios, tal y como ordenaban las
leyes). En conjunto, los ocho aseos ocuparían la cuarta parte de toda una
planta.
FitzGerald rechazó
esos planos y anunció que construiría dos aseos, uno para hombres y otro para
mujeres, con todas las comodidades posibles. Una vez que la fábrica estuvo
terminada, los oficiales del gobierno inspeccionaron el edificio, se percataron
de la discrepancia y le preguntaron qué pensaba hacer al respecto. Él contestó:
«Los aseos no están segregados porque decidimos no hacerlo. Nuestra empresa no
está de acuerdo con la segregación. Estos aseos están muy bien, podrías incluso
comerte el almuerzo en el suelo. No me supone ningún problema. Ustedes tienen
el problema, y ustedes tienen que decidir qué van a hacer al respecto. Yo no
voy a hacer nada.» El gobierno no respondió de forma
inmediata, pero más
adelante se cambió discretamente la ley. El acto de rebelión de FitzGerald fue
pequeño, pero fue también conforme a sus valores y era lo único que habría
podido hacer para sentirse a gusto con su conciencia. Vivir de acuerdo a tus
valores, aunque para ello tengas que hacer frente a una oposición, resulta
energético. Provocar cambios que pueden significar una diferencia para la gente
que te rodea le otorga un sentido a tu trabajo, y para mucha gente esto lleva a
un renovado compromiso con su oficio.
Para Rob, el
mánager que se encontró a sí mismo bajo las órdenes de un jefe abusivo, el
primer paso consistió en mirar en su propio interior y admitir que cada día
tendría que hacer frente a un desafío. Al tener muy claro sus propios
principios, podía decidir en cada momento cómo lidiar con las exigencias de
Martin. Podía determinar si una reacción emocional en particular era una
respuesta visceral hacia un hombre al que no respetaba o una reacción a una
mala idea a la que necesitaba enfrentarse. Podía elegir si hacía lo que
consideraba correcto o si se confabulaba con lo que le parecía erróneo. Esta
claridad de ideas le permitió mantenerse centrado y tranquilo, realizar bien su
trabajo y ocuparse del negocio y de la gente que lo rodeaba. Al fin, Rob salió
de una situación difícil sabiendo que había mantenido su integridad sin poner
en riesgo su carrera laboral, y durante ese tiempo incluso aprendió y creció
profesionalmente. Todavía hoy utiliza el barómetro que desarrolló durante sus
años con Martin para evaluar sus acciones y sus decisiones frente a sus
valores, aun a pesar de que las circunstancias han cambiado.
Otro ejecutivo con
el que hemos trabajado, Bart Morrison, llevaba diez años dirigiendo una
organización sin ánimo de lucro y tanto los donantes como los que se
beneficiaban de sus programas y los encargados de realizar las pólizas
consideraban su labor un verdadero éxito. Sin embargo, él se sentía inquieto y
se preguntaba si convertirse en un ejecutivo empresarial (lo que significaría
una compensación más elevada) satisfaría su necesidad de nuevos desafíos. En
realidad Morrison no necesitaba más dinero, aunque eso habría sido un valor
añadido, y poseía una profunda inclinación hacia la misión social y estaba
comprometido con su trabajo. También era consciente de que trabajar en el
sector privado no le ofrecería ningún
nuevo desafío
importante. Mientras trabajamos juntos, pensó en diferentes caminos que podría
tomar si continuaba en el campo en que se encontraba, y se le ocurrió que
podría escribir libros y dar conferencias. Estas nuevas actividades le
proporcionaron el entusiasmo que había estado buscando y le permitieron
mantenerse fiel a lo que realmente le gustaba.
Merece la pena
tomar nota de que los ejecutivos a menudo se sienten amenazados cuando sus
empleados empiezan a preguntarse: «¿Estoy haciendo lo que quiero con mi vida?»
El riesgo de que la respuesta sea no es muy real, y por tanto las empresas
pueden perder a esos valiosos empleados. El impulso, pues, puede ser intentar
evitar ese análisis. Muchos ejecutivos también evitan atender a sus propias
señales, ya que temen que un examen de sus sueños y aspiraciones les revelará
graves decepciones, y que para mantenerse fieles a sí mismos deberán abandonar
su trabajo y sacrificar todo aquello para lo que han trabajado tan duramente.
Pero aunque la
gente ya no espera que los líderes dispongan de todas las respuestas, sí que
espera que esos líderes sean receptivos a las preguntas, y que intenten
mantener viva su propia pasión y apoyen a sus empleados cuando se sumergen en
ese proceso de análisis. Después de todo, tarde o temprano la mayoría de la
gente sentirá una urgente necesidad de hacer inventario, y si se le da la
oportunidad de hacer caso a la llamada, lo más probable es que acaben siendo
más fuertes, más sabios y más decididos que nunca.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en Linkedin.com
ENTRANDO EN ESTADO DE FLUJO
18 de noviembre, 2013
«Flujo», ese estado
en el que nos sentimos al mando de aquello que hacemos, lo hacemos sin esfuerzo
y damos lo mejor de nosotros mismos, fue descubierto por investigadores de la
Universidad de Chicago. Estos investigadores pidieron a una amplia variedad de
personas: «Háblanos de un momento en el que te superaste a ti mismo, en el que
lo hiciste mejor que nunca.» Daba igual quién respondiera, ya fueran bailarinas
de ballet, campeones de ajedrez o cirujanos, todos describían el estado de
flujo. Uno de los mejores rasgos del flujo es que te sientes genial.
Hoy en día todos
nos damos cuenta de que realizamos mejor nuestro trabajo cuando nos encontramos
en el estado de flujo. Y para los líderes que ayudan a otras personas, entrar
en ese estado y permanecer ahí significa que trabajarán al máximo de sus capacidades.
Pero, para empezar,
¿cómo entras en estado de flujo? Se me ocurren tres modos principales.
El primero consiste
en adecuar la tarea de una persona a su abanico de destrezas. En el estudio
realizado en Chicago, esto se expresó en términos del ratio de las capacidades
de una persona para cumplir las exigencias de la tarea. Cuanto más nos requiera
la tarea que despleguemos nuestras mejores destrezas, más probable resulta que
nos veamos absorbidos por el flujo.
Si el desafío
resulta demasiado sencillo, nuestro rendimiento decrece y acabamos aburridos y
desmotivados. Esta es la grave situación a la que se enfrenta un gran número de
intelectuales, según sugieren algunas estadísticas. Elevar el desafío atraerá a
este tipo de
trabajadores, y a
algunos afortunados quizá los haga entrar en estado de flujo.
Otro modo de llegar
al flujo consiste en hallar el trabajo que nos entusiasme. Hacer aquello que
nos apasiona es una señal de «buen trabajo». Este es el tema de la
investigación realizada por Howard Gardner en Harvard, Bill Damon en Stanford y
Mihalyi Csikzenmihalyi, el descubridor del flujo. En una situación de buen
trabajo alineamos aquello que hacemos mejor con aquello que nos hace sentir
comprometidos y también con aquello que encaja en nuestro sentido de propósito
y significado. Buen trabajo nos coloca en un estado mental en el que el flujo
puede surgir de manera espontánea.
El último modo
común de aproximarse al flujo es una concentración total. Cuanto mayor sea
nuestra concentración en la tarea, más probable resulta que entremos en estado
de flujo mientras la realizamos. Mientras que los otros modos dependen de que
los factores externos sean los correctos (la ratio desafío/exigencia, o
encontrar un trabajo que se encuadre con nuestra ética, nuestro sentido de la
excelencia y del compromiso), la concentración total es una dimensión interna.
Cuanto mejor sea nuestra capacidad de poner atención a lo que queremos e
ignorar las distracciones, más fuerte será nuestra concentración.
Esta concentración
puede llevarnos al estado de flujo sea cual sea la tarea a realizar. Esta es
una habilidad interna que desarrollamos y fortalecemos. La conciencia plena, de
hecho, es una forma de aumentar el músculo de la atención, en particular si la
utilizamos para percatarnos de que hemos desviado nuestra atención y debemos
concentrarnos otra vez. Esto consiste en una repetición básica para tonificar
nuestra concentración en nuestro gimnasio mental, de acuerdo con la
investigación llevada a cabo en la Universidad Emory.
Podemos fortalecer
esta capacidad a nuestro ritmo, igual que si fuéramos al gimnasio al salir del
trabajo. Una sesión diaria de ejercicios mentales en los que usas tu
respiración como punto de concentración y continuamente enfocas tu mente a tu
respiración aumentará tu poder de concentración. Un entrenamiento regular del
cerebro debería ayudarte a encontrar tu modo de entrar en el estado de flujo
sea lo que sea a lo que te dediques.
Inteligencia social
y la biología del liderazgo
Escrito con Richard Boyatzis.
Publicado
originalmente en la Harvard Business Review, en septiembre de 2008.
En 1998 publiqué mi
primer artículo sobre inteligencia emocional y liderazgo. La respuesta a «¿Qué
se requiere para ser un líder?» fue entusiasta. La gente tanto dentro como
fuera del ámbito laboral empezó a hablar del papel fundamental que la empatía y
el autoconocimiento juegan en el liderazgo efectivo. El concepto de
inteligencia emocional continúa ocupando un espacio prominente en la literatura
sobre el liderazgo y en la práctica del liderazgo en el día a día. Pero en los
últimos cinco años la investigación en el campo emergente de la neurociencia
social (el estudio de lo que ocurre en el cerebro mientras las personas
interactúan) está empezando a revelar sutiles certezas sobre lo que se requiere
para ser un buen líder.
El descubrimiento
más destacable es que ciertas cosas que hacen los líderes (específicamente, la
exhibición de empatía y la sintonía con los estados de ánimo de los otros)
afectan literalmente tanto a la química de su propio cerebro como a la de sus
seguidores. De hecho, los investigadores han descubierto que la dinámica
líder-seguidor no es un asunto de dos (o más) cerebros independientes que
reaccionan de forma consciente o inconsciente al otro. Más bien las mentes de
cada uno se unen en cierto sentido en un único sistema. Creemos que los grandes
líderes son aquellos cuyo comportamiento influye de manera poderosa en el
sistema de interconexión cerebral. Los colocamos en el extremo opuesto del
continuo neuronal de personas con graves desórdenes sociales, como los
relacionados con el autismo, que se caracterizan por un subdesarrollo en las
áreas del cerebro asociado con las interacciones sociales. Si estamos en lo
cierto, la conclusión es que una forma de mejorar como líder es encontrar
contextos auténticos en los que aprender los tipos de
comportamiento
social que refuerzan el circuito social del cerebro. Liderar con efectividad
tiene que ver, en otras palabras, menos con dominar situaciones, o incluso con
dominar destrezas sociales, y más con desarrollar un interés genuino en el
talento para fomentar sentimientos en la gente cuya cooperación y apoyo
necesitas.
La noción de que el
liderazgo efectivo tiene que ver con la posesión de poderosos circuitos
sociales en el cerebro nos ha llevado a ampliar nuestro concepto de
inteligencia emocional, que habíamos cimentado en teorías de psicología
individual. Un elemento basado más en las relaciones que nos sirve para evaluar
el liderazgo es la inteligencia social, que definimos como un conjunto de
competencias interpersonales incorporado a circuitos neuronales específicos (y
a sus correspondientes sistemas endocrinos) y que inspira a otros a ser
efectivos.
La idea de que los
líderes necesitan destrezas sociales no es nueva, por supuesto. En 1920, el
psicólogo de la Universidad de Columbia, Edward Thorndike, señaló que «el mejor
mecánico de una fábrica puede fracasar como capataz por carecer de inteligencia
social». Más recientemente, nuestro colega Claudio Fernández-Aráoz descubrió en
un análisis a ejecutivos de alto nivel que aquellos que habían sido contratados
por su autodisciplina, dinamismo e intelecto eran en ocasiones despedidos más
adelante por carecer de destrezas sociales básicas. En otras palabras, las
personas a las que Fernández-Aráoz examinó poseían inteligencia a espuertas,
pero su incapacidad de relacionarse socialmente en el trabajo resultó
profesionalmente autodestructiva.
Lo que hay de nuevo
en nuestra definición de inteligencia social es su apuntalamiento biológico,
que analizaremos en las páginas siguientes. A partir del trabajo de los
neurocientíficos, de nuestra propia investigación y esfuerzos, y de los
descubrimientos de los investigadores afiliados con el Consorcio para la
Investigación en Inteligencia Emocional en Empresas, te mostraremos cómo
traducir el conocimiento recién adquirido sobre neuronas espejo, células
fusiformes y osciladores en comportamientos prácticos y socialmente
inteligentes que pueden reforzar los lazos neuronales entre tú y tus
seguidores.
LOS SEGUIDORES SON UN REFLEJO DE SUS
LÍDERES: LITERALMENTE
Quizás el
descubrimiento reciente más impresionante en la neurociencia del comportamiento
sea la identificación de neuronas espejo en áreas del cerebro muy dispersas.
Neurocientíficos italianos las encontraron por accidente mientras monitorizaban
en el cerebro de un mono una célula en particular que se activaba solo cuando
el mono levantaba el brazo. Un día, un asistente de laboratorio se llevó un
cono de helado a la boca y activó una reacción en la célula del mono. Era la
primera evidencia de que el cerebro está dotado de neuronas que imitan, como en
un espejo, lo que otro ser hace. Esta clase de células cerebrales previamente
desconocida opera como un Wi-Fi neuronal y nos permite navegar por nuestro
mundo social. Cuando, consciente o inconscientemente, detectamos las emociones
de otra persona a través de sus acciones, nuestras neuronas espejo reproducen
esas emociones. Colectivamente, estas neuronas crean una sensación instantánea
de experiencia compartida.
Las neuronas espejo
tienen una importancia particular en las empresas, puesto que las emociones y
acciones de los líderes empujan a sus seguidores a imitar esos sentimientos y
hechos. Activar el circuito neuronal en el cerebro de los seguidores puede tener
efectos muy poderosos. En un estudio reciente, nuestra colega Marie Dasborough
analizó a dos grupos diferentes: uno recibió feedback negativo
sobre su rendimiento, acompañado de señales emocionales positivas
(gestos de asentimiento y sonrisas); al otro se le proporcionó un feedback positivo
de manera crítica, con el ceño fruncido y miradas severas. En subsecuentes
entrevistas realizadas para comparar los estados emocionales de los dos grupos,
las personas que habían recibido el feedback positivo
acompañado de señales emocionales negativas dijo sentirse peor con respecto a
su rendimiento que aquellas otras que habían recibido el feedback negativo
con señales positivas. En definitiva, la presentación fue más importante que el
propio mensaje. Y todo el mundo sabe que cuando la gente se siente mejor, rinde
mejor. Por tanto, si los líderes esperan sacar lo mejor de su equipo, deberían
continuar mostrándose exigentes pero de tal manera que provoquen un estado de
ánimo positivo en sus seguidores. El antiguo enfoque de la zanahoria y el
palo no tiene
sentido neuronal; los sistemas tradicionales de incentivos no son suficientes
para lograr el mejor rendimiento de los seguidores.
Aquí hay otro
ejemplo de lo que sí funciona. Resulta que hay un subgrupo de neuronas espejo
cuya única tarea es detectar las sonrisas y risas de los demás para provocar
sonrisas y risas como respuesta. Un jefe que se autocontrola y carece de humor
rara vez conectará con las neuronas de los miembros de su equipo, pero un jefe
que se ríe y establece un ambiente agradable pone en funcionamiento estas
neuronas, activando risas espontáneas y haciendo que el equipo se sienta unido.
Un grupo bien avenido rinde bien, como demuestra la investigación de nuestro
colega Fabio Sala. Descubrió que los líderes de alto rendimiento causaban tres
veces más risas de sus subordinados que aquellos otros líderes que solo
obtenían un rendimiento medio. Nuestra investigación muestra que tener un buen
estado de ánimo ayuda a la gente a asimilar información de manera efectiva y a
responder de forma ágil y creativa. En otras palabras, las risas son un asunto
serio.
De hecho la risa
marcó la diferencia en un hospital universitario de Boston. Dos médicos a los
que llamaremos doctor Burke y doctor Humboldt competían por el puesto de
director ejecutivo de la corporación que dirigía ese hospital y otros
similares. Ambos habían sido jefes de departamento, eran grandes médicos y
habían publicado muchos y muy célebres artículos de investigación en
prestigiosas revistas médicas. Pero los dos tenían personalidades muy
diferentes. Burke era un hombre de carácter intenso, centrado en su trabajo y
poco social. Era un redomado perfeccionista que empleaba un tono combativo que
ponía nervioso al personal de su equipo. Humboldt también era exigente, pero
era más accesible e incluso se mostraba bromista con sus asistentes, sus
colegas y sus pacientes. Los observadores se fijaron en que en el departamento
de Humboldt la gente sonreía y bromeaba entre sí, e incluso se expresaba con
libertad, mientras que no lo hacía de igual manera en el de Burke. El personal
de gran talento a menudo acababa por abandonar el departamento de este último e
intentaba hacerse un hueco en el de Humboldt, caracterizado por un ambiente de
trabajo más cálido. La junta directiva de la corporación que controlaba el
hospital apreció el
estilo de liderazgo
socialmente inteligente de Humboldt y lo eligió como nuevo director ejecutivo.
EL LÍDER «AFINADO CON PRECISIÓN»
Los grandes
ejecutivos a menudo hablan sobre liderar por puro instinto. De hecho, poseer un
buen instinto es algo ampliamente reconocido como una ventaja para un líder en
cualquier contexto, ya sea al interpretar el estado de ánimo de la propia
empresa o al llevar a cabo una delicada negociación con la competencia. Los
investigadores del liderazgo describen este talento como la capacidad de
reconocer patrones y afirman que suele ser producto de una amplia experiencia.
Su consejo es: confía en tu instinto, pero busca toda la información externa
que puedas para tomar decisiones. Esto suena obvio, por supuesto, pero los
directivos no siempre disponen del tiempo para consultar a docenas de personas.
Los descubrimientos
en el campo de la neurociencia sugieren que este enfoque probablemente sea
demasiado prudente. La intuición también está en el cerebro, y es producida en
parte por una clase de neuronas denominadas fusiformes a causa de su forma.
Tienen un tamaño unas cuatro veces superior al de otras células cerebrales, con
una parte alargada para facilitar la conexión con otras células y poder así
transmitirles pensamientos y sentimientos de modo más rápido. Esta conexión
ultrarrápida de las emociones, creencias y juicios crea lo que los estudiosos
del comportamiento llaman nuestro sistema de dirección social. Las células
fusiformes activan redes neuronales que entran en juego siempre que tenemos que
elegir la mejor respuesta de entre varias opciones (incluso para una tarea tan
rutinaria como priorizar una agenda de actividades a realizar). Estas células
también nos ayudan a calibrar si alguien es merecedor y apropiado (o no) para
un puesto de trabajo. En menos de un segundo, nuestras células fusiformes arden
de información sobre cómo nos sentimos con respecto a esa persona; estos
juicios rápidos pueden ser muy exactos, tal y como revela la métrica de
seguimiento. Por lo tanto, los líderes no deberían tener miedo de actuar de
acuerdo a esos juicios, a condición de que también sepan sintonizar con los
estados de ánimo de otras personas.
Semejante sintonía
es literalmente física. Los seguidores de un líder efectivo tienen muy buena
relación con él (lo que nuestra colega Annie McKee y nosotros denominamos
«resonancia»). Buena parte de este sentimiento surge de manera inconsciente,
gracias a las neuronas espejo y al circuito de células fusiformes. Pero también
hay otra clase de neuronas involucradas: los osciladores coordinan físicamente
a la gente regulando cómo y cuándo sus cuerpos se mueven juntos. Puedes ver los
osciladores en acción cuando observas a una pareja a punto de besarse: sus
movimientos parecen formar parte de un baile, un cuerpo responde al otro a la
perfección. La misma dinámica se produce cuando dos músicos tocan juntos el
chelo. No solo tocan las notas al unísono, sino que, gracias a los osciladores,
los dos hemisferios derechos del cerebro de los músicos están más coordinados
de lo que lo están el hemisferio izquierdo y el derecho de cada cerebro
individual.
PONER EN TENSIÓN TUS NEURONAS SOCIALES
El encendido de las
neuronas sociales resulta evidente a nuestro alrededor. En una ocasión
analizamos un vídeo en el que Herb Kelleher, cofundador y antiguo director
ejecutivo de Southwest Airlines, paseaba por los pasillos del aeropuerto Love
Field de Dallas, base de la aerolínea. Prácticamente podíamos ver cómo Kelleher
activaba las neuronas espejo, los osciladores y otros circuitos sociales de
cada persona con la que se encontraba. Les ofrecía sonrisas radiantes, les
estrechaba la mano a los clientes mientras les decía lo mucho que apreciaba su
confianza, abrazaba a sus empleados y les agradecía su buen trabajo. Y recibía
exactamente lo mismo que daba. Un caso típico era el de una azafata a la que se
le iluminaba el rostro al tropezar de forma inesperada con su jefe. «¡Oh,
cariño!», decía, rebosando de calidez, y le daba un gran abrazo. Más adelante
la azafata explicaba: «Todos nos sentimos como parte de su familia.»
Por desgracia, no
es fácil convertirte en un Herb Kelleher o un doctor Humboldt si no lo eres ya.
No conocemos ningún método simple para fortalecer las neuronas espejo, las
células fusiformes y los osciladores: todas ellas se activan a miles por
segundo durante
cualquier encuentro
que tengamos, y sus patrones precisos de encendido no están claros. Además, los
intentos conscientes de poner de manifiesto la inteligencia social a menudo
pueden dar malos resultados. Cuando realizas un esfuerzo intencionado de coordinar
movimientos con otra persona, no solo se activan los osciladores. En semejante
situación el cerebro utiliza otros circuitos menos adecuados para iniciar y
guiar los movimientos, y, como consecuencia, la interacción resulta forzada.
La única forma de
desarrollar efectivamente tu circuito social es asumiendo la dura tarea de
cambiar tu comportamiento. Las empresas interesadas en el desarrollo del
liderazgo necesitan empezar por la evaluación de la disposición de los
individuos a entrar en un programa de cambio. Los candidatos deberían en primer
lugar desarrollar una visión personal del cambio que quieren realizar y después
realizar un detallado diagnóstico, similar a un examen médico, para identificar
tanto las áreas donde tienen puntos débiles como aquellas en las que tienen
puntos fuertes. Armado con el feedback, el aspirante a líder
puede recibir entrenamiento en áreas específicas en las que el
desarrollo de mejores destrezas sociales dará un resultado más satisfactorio.
El entrenamiento puede abarcar desde el ensayo de mejores formas de interactuar
y su puesta en práctica a cada oportunidad hasta ser observado con detalle por
el entrenador, que luego le apuntará todo lo observado, o al aprendizaje
directo a partir de un modelo. Las opciones son muchas, pero el camino al éxito
siempre resulta duro.
CÓMO SER MÁS SOCIALMENTE INTELIGENTE
Para ver lo que
implica el entrenamiento de la inteligencia social, fijémonos en el caso de una
alta ejecutiva a la que llamaremos Janice. Gracias a su experiencia, sus
sobresalientes resultados en el apartado de planificación y estrategia, su
reputación de comunicadora directa y sincera y su capacidad de prever problemas
que podían resultar cruciales a la hora de conseguir los objetivos marcados,
había sido contratada como mánager de marketing por una de las
empresas que aparecen entre las 500 más importantes de la revista Fortune.
Sin embargo, durante sus primeros seis meses en el puesto, Janice no dio
la talla. Otros
ejecutivos la veían como agresiva y testaruda, carente de astucia política y
despreocupada con respecto a lo que decía y a quién se lo decía, en especial
cuando se trataba de personas con puestos elevados en la empresa.
Para salvar a esta
prometedora líder, el jefe de Janice requirió la ayuda de Kathleen Cavallo, una
psicóloga empresarial y consultora sénior en Hay Group, que de inmediato
sometió a Janice a una evaluación de 360º. Sus subordinados más próximos, sus
colegas y otros mánagers calificaron a Janice con bajos niveles de empatía,
orientación al servicio, adaptabilidad y manejo de conflictos. Cavallo reunió
aún más información mediante conversaciones confidenciales con la gente que
trabajaba más en contacto con Janice. Las quejas se centraban en su incapacidad
de establecer buena relación con la gente e incluso de percibir sus reacciones.
En definitiva: Janice no tenía habilidad para interpretar las normas sociales
de un grupo ni era capaz de reconocer las señales emocionales de los demás
cuando ella misma rompía esas normas. Y lo que era aún más peligroso, Janice no
se daba cuenta de que estaba siendo demasiado directa en su forma de
expresarse. Cuando tenía una fuerte discrepancia de opinión con un mánager, no
sabía cuándo dar un paso atrás. Su enfoque tipo «pongámoslo todo sobre la mesa
y discutámoslo» estaba amenazando su puesto de trabajo, pues sus superiores
estaban empezando a hartarse de la situación.
Cuando Cavallo
presentó este feedback de rendimiento como una llamada de
atención para Janice, a esta le resultó estremecedor descubrir que su puesto de
trabajo podía hallarse en peligro. No obstante, lo que la decepcionó en mayor
medida fue comprender que no estaba teniendo el impacto que deseaba sobre la
gente. Cavallo dio inicio a sesiones de entrenamiento en las que Janice
describiría momentos de notable éxito y momentos de fracaso de su día a día.
Cuanto más tiempo dedicaba Janice a revisar estos incidentes, más mejoraba su
capacidad de reconocer la diferencia entre expresar una idea con convicción y
actuar como un perro de presa. Empezó a prever cómo podría reaccionar la gente
en una reunión o durante una revisión de un rendimiento negativo. Ensayó modos
más astutos de presentar sus opiniones y desarrolló su propia visión personal
de cambio. Semejante preparación mental activa el circuito social del
cerebro,
fortaleciendo las conexiones neuronales que necesitas para actuar de una manera
efectiva; por esto es por lo que los atletas olímpicos dedican cientos de horas
a la revisión mental de sus movimientos.
En un momento
determinado, Cavallo le pidió a Janice que nombrase a un líder de su empresa
dotado de excelentes destrezas en inteligencia social. Janice dio el nombre de
un mánager veterano que era un maestro en el arte tanto de mostrarse crítico
como de expresar desacuerdo en las reuniones sin perjudicar las relaciones.
Cavallo le pidió a esta persona que la ayudase a entrenar a Janice, y ella
cambió de puesto para poder trabajar con él, algo que hizo durante dos años.
Janice tuvo la fortuna de encontrar un mentor que consideraba que parte de la
tarea de un líder era el desarrollo de capital humano. Muchos jefes optarían
por evitar a un empleado problemático en lugar de ayudarlo a mejorar. El nuevo
jefe de Janice la aceptó porque reconoció valiosos puntos fuertes en ella, y su
instinto le dijo que podría mejorar si la guiaban.
Antes de las
reuniones, el mentor de Janice la entrenaba a expresar su punto de vista sobre
puntos conflictivos y a cómo dirigirse a los superiores, y modeló para ella el
arte del feedback de rendimiento. Al observarlo día tras día,
Janice aprendió a apoyar a la gente incluso cuando se oponía a sus puntos de
vista o criticaba su rendimiento. Pasar el tiempo con un modelo vivo de
comportamiento efectivo proporciona la estimulación perfecta para nuestras
neuronas espejo, lo que nos permite directamente experimentar, interiorizar y,
finalmente, imitar aquello que observamos.
¿POSEEN LAS MUJERES CIRCUITOS SOCIALES MÁS FUERTES?
La gente a menudo
pregunta si las diferencias de género representan un factor a tener en cuenta
en las destrezas de inteligencia social que se requieren para un liderazgo
destacado. La respuesta es sí y no. Es cierto que las mujeres tienden, de
media, a ser mejores que los hombres a la hora de sentir las emociones de los
demás, mientras que los hombres tienden a tener mayor confianza social, al
menos en ámbitos de trabajo. Sea como fuere, las diferencias de género en
términos de inteligencia social son
espectaculares en
la población general pero no resultan perceptibles entre los líderes de mayor
éxito.
Cuando Margaret
Hopkins, de la Universidad de Toledo, estudió a varios centenares de ejecutivos
de un gran banco, encontró diferencias de género en la inteligencia social del
grupo entero pero no entre los hombres y mujeres más efectivos. Ruth Malloy, del
Hay Group, sacó a relucir un patrón similar en su estudio sobre directores
ejecutivos de empresas multinacionales. Con lo cual, el género, claramente, no
es un destino neuronal.
La transformación
de Janice fue genuina y exhaustiva. En cierto sentido, se fue una persona y
vino otra. Si lo piensas, esta es una lección importante de parte de la
neurociencia: no somos necesariamente prisioneros de nuestros genes ni de
nuestras experiencias infantiles, puesto que nuestro comportamiento crea y
desarrolla redes neuronales. Los líderes pueden cambiar si, como hizo Janice,
están dispuestos a realizar el esfuerzo. A medida que ella progresó en su
entrenamiento, los comportamientos sociales que estaba aprendiendo se
convirtieron más bien en una segunda naturaleza para ella. En términos
científicos, Janice estaba fortaleciendo sus circuitos sociales a través de la
práctica. Y cuando otras personas le respondían, sus cerebros conectaban con el
de ella más profunda y efectivamente, y de ese modo los circuitos de Janice se
fortalecían en un círculo virtuoso. El resultado: Janice pasó de estar a punto
de ser despedida a ser ascendida a un puesto dos niveles más alto.
Unos pocos años más
tarde, algunos miembros del equipo de Janice dejaron la empresa porque no se
sentían felices, por lo que Janice le pidió ayuda de nuevo a Cavallo. Esta
descubrió que aunque Janice había dominado la capacidad de comunicarse y
conectar con sus colegas y directivos, todavía fallaba de vez en cuando a la
hora de detectar señales de sus subordinados directos cuando estos intentaban
hacerle ver su frustración. Con más ayuda de parte de Cavallo, Janice fue capaz
de darle la vuelta a la situación reenfocando su atención a las necesidades
emocionales de su equipo y afinando su estilo de comunicación. Las encuestas de
opinión realizadas entre el personal de Janice antes y después de la segunda
intervención de Cavallo documentaron espectaculares incrementos en su
compromiso
emocional y su
intención de permanecer en la empresa. Janice y su equipo también presentaban
un aumento del 6% en las ventas anuales, y tras otro año exitoso fue nombrada
presidenta de una división con un presupuesto multimillonario. Claramente, las
empresas pueden beneficiarse mucho al poner a su personal en un programa como
el que realizó Janice.
LA MÉTRICA DE LA INTELIGENCIA SOCIAL
La investigación
que hemos realizado durante la última década ha confirmado que existe una gran
diferencia en cuanto a rendimiento entre líderes socialmente inteligentes y
líderes que no lo son. En un gran banco estadounidense, por ejemplo,
descubrimos que los niveles de las competencias de inteligencia social de un
ejecutivo podían predecir el rendimiento anual con mayor precisión que las
competencias de inteligencia emocional de autoconocimiento y autocontrol.
¿ERES UN LÍDER SOCIALMENTE INTELIGENTE?
Para medir la
inteligencia social de un ejecutivo y ayudarle a desarrollar un plan para
mejorarla, hicimos que un especialista administrase nuestra herramienta de
evaluación del comportamiento, el Inventario de Competencias Sociales y
Emocionales. Es un instrumento de evaluación de 360º por medio del cual los
jefes, colegas, subordinados directos, clientes e incluso a veces los miembros
de la familia evalúan a un líder conforme a siete cualidades de inteligencia
social.
Dimos con estos
siete apartados al integrar nuestro marco ya existente de inteligencia
emocional con la información reunida por nuestros colegas del Hay Group, que
emplearon métodos de medida para captar el comportamiento de los líderes con
mayor rendimiento de cientos de empresas a lo largo de dos décadas. A
continuación ofrecemos la lista de cualidades, seguidas por algunas de las
preguntas que utilizamos para evaluarlas.
Empatía
• ¿Entiende qué motiva a otras
personas, incluso a aquellas de
• ¿Es sensible a las
necesidades de otros?
Sintonía
• ¿Escucha con
atención y piensa en cómo se sienten otros?
• ¿Está sintonizado
para interpretar los estados de ánimo de otros?
Conciencia empresarial
• ¿Comprende la
cultura y los valores del grupo o de la empresa?
• ¿Entiende los lazos
sociales y conoce sus normas tácitas?
Influencia
• ¿Persuade a otros
mediante el coloquio y la apelación a sus propios intereses?
• ¿Recibe apoyo de
gente clave?
Desarrollar a otros
• ¿Hace de entrenador
y mentor para otros con compasión e invierte personalmente tiempo y energía en
ello?
• ¿Proporciona feedback que
a los otros les resulta útil para su desarrollo profesional?
Inspiración
• ¿Articula una
visión atractiva, construye orgullo de grupo y motiva que haya un tono
emocional positivo?
• ¿Lidera sacando lo
mejor de la gente?
Trabajo en equipo
• ¿Solicita
información de todos los miembros del equipo?
• ¿Apoya a todos los
miembros del equipo y fomenta la cooperación?
La inteligencia social demuestra ser
especialmente importante en
situaciones de
crisis. Tomemos como ejemplo la experiencia de los trabajadores de un sistema
de salud de una provincia canadiense que había sufrido unos drásticos recortes
y una reorganización. Las encuestas internas revelaron que los trabajadores de
primera línea se sentían frustrados por no poder seguir ofreciendo a sus
pacientes una asistencia del mismo nivel que antes. Llamativamente, los
informes de aquellos trabajadores cuyos líderes tenían una baja calificación en
inteligencia social mostraban que no lograban alcanzar las
necesidades de sus
pacientes en el triple de ocasiones que sus colegas con mejores líderes, y
sufrían cuatro veces más de agotamiento emocional. Al mismo tiempo, las
enfermeras con jefes socialmente inteligentes presentaban una buena salud
emocional y una mayor capacidad de interesarse por sus pacientes, incluso bajo
el estrés de los recortes. Estos resultados deberían ser de lectura obligatoria
para las juntas directivas de empresas en crisis. Estas juntas directivas
suelen inclinarse por la experiencia en lugar de por la inteligencia social a
la hora de seleccionar a alguien que guíe a la compañía en los malos momentos.
Para manejar las crisis hacen falta ambas cosas.
A medida que
examinamos los descubrimientos de la neurociencia, nos llama la atención la
aproximación con la que las mejores teorías psicológicas del desarrollo trazan
el mapa del cableado del cerebro. Allá por la década de 1950, por ejemplo, el
pediatra y psicoanalista británico D. W. Winnicott abogaba por el juego como
forma de acelerar el aprendizaje de los niños. De manera similar, el médico y
psicoanalista John Bowlby, también británico, enfatizó la importancia de
proporcionar una base segura desde la que la gente pueda lanzarse en busca de
sus objetivos, asumir riesgos sin temores injustificados y explorar libremente
nuevas posibilidades. Los ejecutivos encallecidos pueden considerar
absurdamente indulgente y económicamente insostenible preocuparse por
semejantes teorías en un mundo en el que el rendimiento es la medida del éxito.
Pero a medida que las nuevas formas de medir científicamente el desarrollo
humano empiezan a confirmar estas teorías y a enlazarlas directamente con el
rendimiento, el denominado lado blando de los negocios comienza, después de
todo, a no parecer tan blando.
LA QUÍMICA DEL ESTRÉS
Cuando la gente se
encuentra bajo estrés, los aumentos repentinos de adrenalina y cortisol (las
hormonas del estrés) afectan poderosamente a su razonamiento y cognición. En
niveles bajos, el cortisol facilita el pensamiento y otras funciones mentales,
así que la presión adecuada para rendir bien y las críticas razonables de los
subordinados tienen ciertamente su razón de ser. No obstante, cuando
las exigencias de
un líder son demasiado grandes para que un subordinado las pueda manejar, los
niveles de cortisol se elevan y a esto se le une un notable aumento de
adrenalina, lo cual puede paralizar las capacidades críticas de la mente. La
atención se fija en la amenaza por parte del jefe en lugar de en la tarea a
realizar; la memoria, la planificación y la creatividad escapan por la ventana.
La gente recae en viejos hábitos sin que importe lo poco adecuados que sean
para hacer frente a nuevos desafíos.
La crítica mal
presentada y las demostraciones de ira por parte de los líderes son
disparadores típicos de oleadas hormonales. De hecho, cuando los científicos de
laboratorio quieren estudiar los más altos niveles de hormonas del estrés,
simulan una entrevista de trabajo en la que un aspirante recibe críticas
intensas (una analogía de un jefe que menosprecia el rendimiento de un
subordinado). Asimismo, los investigadores han descubierto que cuando alguien
que es muy importante para una persona expresa desprecio o disgusto hacia ella,
los circuitos de estrés activan una explosión de hormonas de estrés y una
subida del ritmo cardíaco de entre treinta a cuarenta latidos más por minuto.
Entonces, debido a la dinámica interpersonal de las neuronas espejo y los osciladores,
la tensión se extiende a otras personas. Antes de que te des cuenta, las
emociones destructivas habrán infectado al grupo entero y habrán anulado su
rendimiento.
Los propios líderes
no son inmunes al contagio del estrés, lo que es una razón más por la que
deberían tomarse el tiempo de comprender la biología de sus emociones.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en Linkedin.com
LA COSTUMBRE CLAVE DE LOS BUENOS LÍDERES
2 de mayo, 2013
Los líderes de hoy
en día están acosados por abrumadoras exigencias: reuniones programadas cada
quince minutos, un aluvión de mensajes recibidos vía teléfono, email y
llamadas a la puerta de su despacho. ¿Quién dispone de tiempo para prestar
plena atención a la persona con la que se encuentra?
Y, sin embargo, es
en los momentos de total atención cuando se produce la química interpersonal.
Es entonces cuando lo que decimos tiene un impacto mayor, cuando se nos pueden
ocurrir las ideas más fructíferas y las mejores colaboraciones, cuando las negociaciones
resultan más productivas.
Y todo comienza por
escuchar, por dirigir nuestra atención completa a la persona con la que
estamos. Esto no afecta solo a los líderes, por supuesto. Todos estamos
asediados por las distracciones, lo que nos hace retrasarnos en nuestras
agendas y asumir multitud de tareas.
En un estudio
clásico de médicos y pacientes se preguntaba a la gente que estaba en la sala
de espera cuántas preguntas iban a formular a su médico. La media rondaba las
cuatro por persona. El número de preguntas que hicieron en realidad al entrar
en la consulta resultó ser una y media por persona. ¿La razón? Una vez que el
paciente empezaba a hablar, tras unos 16 segundos escuchándole el médico le
interrumpía y se adueñaba de la conversación.
Esta es una buena
analogía de lo que sucede en las empresas. Estamos demasiado ocupados (o eso
pensamos) para escuchar con atención.
Esto lleva al mal más común en el
lugar de trabajo: desconectar
de lo que esa
persona está diciendo antes de entenderlo del todo, y decirle demasiado pronto
lo que pensamos. Escuchar de verdad significa atender a la persona que habla y
después responderle, en un diálogo mutuo.
Así que aquí
tenemos un mal hábito que se debe sustituir, el de escuchar de una manera
insuficiente, y una alternativa positiva que se puede poner en práctica en su
lugar.
La gente es
notoriamente inepta a la hora de cambiar costumbres. La neurociencia explica
con claridad por qué: los hábitos operan desde los ganglios basales, en la
parte inconsciente de la mente. Son automáticos y con frecuencia invisibles,
incluso cuando guían nuestros actos.
Este arreglo
funciona bien, por lo general. El repertorio de hábitos inconscientes de los
ganglios basales incluye desde cómo hacer funcionar tu Smartphone (una vez que
dominas los detalles) hasta cómo cepillarte los dientes. No queremos tener que
pensar en estas rutinas, y nuestro cerebro no quiere perder la energía mental
que eso conllevaría.
Pero cuando se
trata de nuestros hábitos inútiles, ese arreglo crea una barrera que dificulta
el cambio a mejor. No los percibimos, y, por tanto, no tenemos control sobre
ellos. Necesitamos ser conscientes del hábito, lo que transfiere el control a
los centros ejecutivos del cerebro en el área prefrontal. Esto nos ofrece una
opción que antes no teníamos.
La clave es tener
en cuenta esos momentos del día en los que se te presenta de forma natural la
oportunidad de escuchar con atención. Muy a menudo estos momentos pasan sin que
nos apercibamos de ellos y entonces sacamos a relucir nuestros viejos y malos hábitos.
Una vez que te has
percatado de que ha llegado uno de esos momentos, hay otra tarea a tener en
cuenta: acordarte del hábito positivo. En este caso, dejarás intencionadamente
a un lado lo que estás haciendo, ignorarás el teléfono o el correo electrónico,
detendrás tu propia corriente de pensamiento y dedicarás toda tu atención a la
persona que tienes delante.
UN ANTÍDOTO CONTRA EL LADO OSCURO DE LA INTELIGENCIA
EMOCIONAL
No idealicemos la
inteligencia emocional. Como cualquier otro conjunto de destrezas humanas (el
coeficiente intelectual, la habilidad de ser un pirata informático, la fuerza)
puede emplearse para fines egoístas o para el bien común, tal y como se expone en
el artículo de Adam Grant para The Atlantic, titulado «El lado
oscuro de la inteligencia emocional».
Puedes ver el lado
oscuro en funcionamiento cuando la inteligencia emocional se emplea para
manipular a otros y no para la mejora de una empresa. La inteligencia emocional
(o IE), en mi modelo, se refiere a nuestra capacidad de interpretar y
comprender emociones en nosotros mismos y en otros, y a manejar esos
sentimientos de manera efectiva. En líneas generales, un alto nivel de IE
pronostica un mayor éxito en el colegio, en el trabajo, en las relaciones y en
la posibilidad de vivir una vida satisfactoria. Para los líderes, la IE puede
suponer la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Pero la IE no es
tan solo una simple capacidad en la que seamos buenos o no: podemos tener
puntos fuertes en una parte de IE, como, por ejemplo, un excelente autocontrol,
que es la clave de la autodisciplina, la consecución de objetivos y la firmeza
de carácter, mientras que podemos tener carencias en otras partes, como la
empatía o las destrezas sociales. De hecho, este patrón es muy común en el
lugar de trabajo, lo presentan quienes rinden de manera sobresaliente
individualmente (en programación, pongamos como ejemplo) pero son incapaces de
trabajar bien como parte de un equipo o como líderes.
Dentro de cada
componente de IE podemos distinguir matices distintivos. Así, con respecto a la
empatía (la capacidad de comprender cómo experimenta otra persona el mundo)
existen diferentes tipos, cada uno de ellos con sus propios beneficios.
La empatía
cognitiva se refiere a ser capaz de percibir cómo piensa otra persona. Nos
puede ayudar a ser mejores comunicadores al decir las cosas en términos que la
otra persona entienda. Las investigaciones muestran que los directivos con este
tipo de empatía obtienen resultados mejores de lo esperado de parte de sus
subordinados. Y los ejecutivos con una alta empatía cognitiva rinden mejor en
trabajos en el extranjero porque pueden asimilar con mayor
rapidez las normas
sociales implícitas y los modelos mentales de una nueva cultura.
La empatía
emocional significa que sentimos en nosotros mismos las emociones de otra
persona: nuestros sentimientos tienen resonancia. La gente dotada de empatía
emocional puede formar cálidos vínculos con otros y establecer una buena
química. Semejante relación hace que mejoren las negociaciones, el trabajo en
equipo y prácticamente cualquier tarea colaborativa.
Luego está la
preocupación empática, la sensibilidad hacia las necesidades de otras personas
y la disposición a ayudar si es preciso. Los trabajadores con esta preocupación
son los buenos ciudadanos de cualquier organización, aquellos con los que todo
el mundo sabe que se puede contar para ayudar cuando existe presión. Entre los
líderes, aquellos con preocupación empática crean una «base segura», la
sensación de que tu jefe está de tu parte, que te apoyará y protegerá cuando
sea necesario, y que te da la seguridad de asumir riesgos y probar nuevas
formas de operar (lo que es la clave de la innovación).
Este es el tipo de
empatía que sirve como antídoto contra el lado oscuro de la inteligencia
emocional: el uso manipulativo de talentos en IE al servicio del interés propio
y a expensas de otros. Los narcisistas, maquiavélicos y sociópatas lo hacen,
como detallé en Focus. El motor oculto de la excelencia. Un estudio
noruego descubrió que los hombres que carecían de preocupación
empática en la infancia tenían más probabilidades que otros de acabar en
prisión cuando eran adultos.
La preocupación
empática significa que nos interesamos por el bienestar de la gente que nos
rodea. Es la motivación opuesta a la de los tipos de empatía egoísta que
utilizan cualquier influencia o cualquier otra capacidad empática únicamente en
su propio interés (los Bernie Madoff que hay entre nosotros). La preocupación
empática es lo que debemos buscar al contratar a alguien, al ascender a un
empleado y cuando formamos nuevos líderes.
La triple atención
del líder
Adaptado de Focus. El motor
oculto de la excelencia.
Una tarea básica
del liderazgo es dirigir la atención. Los líderes nos dicen dónde concentrar
nuestras energías. Pero ellos necesitan, también, controlar su propia atención.
Los líderes que lo hagan de manera efectiva pueden alcanzar el éxito, mientras
que aquellos que no lo hagan irán dando traspiés. La razón es muy simple. «Tu
centro de atención es tu realidad», tal y como nos recuerda Yoda.
Para dirigir bien
la atención se requiere una aguda comprensión de dónde, cuándo, por qué y hacia
qué necesitamos proyectar nuestra conciencia. Los líderes lo hacen de muchas
formas. La simple articulación de una nueva estrategia, por ejemplo, ya indica un
cambio en la atención de la empresa. La gente en cada departamento, desde
finanzas hasta marketing, realizará ese cambio a su manera.
¿Por qué centro mi
atención en la propia atención? Cimenté mis escritos sobre inteligencia
emocional en dos disciplinas que por entonces eran nuevas, la neurociencia
afectiva y la social. La neurociencia afectiva retiró la cortina que ocultaba
cómo maneja nuestro cerebro las emociones, y la neurociencia social reveló el
poder de un enlace virtual cerebro a cerebro que actúa como un conducto para
las emociones durante nuestras interacciones. Ambas disciplinas juntas han
ofrecido una nueva percepción del poder de la inteligencia emocional en el
liderazgo.
Más recientemente,
he estado siguiendo un gran número de descubrimientos sobre el cerebro y la
atención, a medida que los científicos han escaneado la actividad cerebral de
las personas ocupadas en distintas variedades de concentrar su atención. Esta
nueva ciencia me ha llevado a una profunda apreciación del papel sutil, pero,
sin embargo, poderoso, que ejerce la atención en el arte del liderazgo.
Para empezar, la neuroanatomía de la
atención y la emoción
muestra que están
sorprendentemente entrelazadas en el cableado cerebral. Las emociones son la
forma que tiene el cerebro de dirigir la atención; dominar la atención es la
manera que tiene el cerebro de controlar la emoción.
Una ligera
variación en nuestra perspectiva sobre la inteligencia emocional pone de
relieve la importancia de la atención en el liderazgo. Resulta que las
competencias de inteligencia emocional que hacen sobresalir a los mejores
líderes por encima de la media están entrelazadas con elementos de atención,
incluso en el nivel más básico del cableado neuronal.
El conocimiento de
uno mismo, el autocontrol, la empatía y el control de relaciones son los cuatro
componentes principales de la inteligencia emocional. El conocimiento de uno
mismo y sus capacidades resultantes de autocontrol dependen de que desviemos nuestra
atención hacia nuestro interior. La empatía, la base para que podamos controlar
bien las relaciones, requiere dirigir nuestra atención hacia otros.
A estas variedades
de atención, hacia el interior y hacia otros, añadiría una tercera orientación:
una conciencia exterior que pueda interpretar la corriente de significado
dentro de una empresa y analizarla en busca de hechos y fuerzas que impacten en
ella. Todo líder necesita poseer una tríada de conciencia (interior, hacia
otros y exterior) en abundancia, en un equilibrio apropiado y con la
flexibilidad de ejercitar la variedad correcta en el momento indicado. Si un
líder posee demasiado poco de alguna de las tres, puede ser vulnerable a
mostrarse rudo, despistado, cegado, o aún peor, las tres cosas a la vez.
ATENCIÓN INTERIOR
Los líderes hoy en
día están asediados por las distracciones: mensajes urgentes, reuniones cada
quince minutos, decisiones relacionadas tanto con el personal como con la
estrategia empresarial. Hace una o dos décadas pocos ejecutivos viajaban con la
tecnología que implica que allá donde vayan seguirán recibiendo un torrente de
mensajes e información veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Ahora
la mayoría lo hace.
Este flujo de
intrusiones desvía la atención de aquello que tenemos ante nosotros; esos
pitidos del móvil aparentemente urgentes pueden no tener relación con lo que es
importante en el momento preciso en que nos encontramos. En nuestro cableado
cerebral se libra una dura batalla para mantener la atención sobre lo que
realmente importa pese a las intrusiones que nos intentan desconcentrar.
El término
científico para referirse al trabajo mental que exige la carga diaria de
información que recibimos es «esfuerzo cognitivo». Del mismo modo que ocurre
con nuestros músculos, nuestra atención puede saturarse. La fatiga de atención
se muestra como una reducción de la efectividad unida a un aumento de la
distracción y de la irritabilidad. Esto indica una merma en la glucosa que
alimenta nuestra energía neuronal.
Concentración
significa seleccionar un único punto de atención y resistirse a la atracción de
todo lo demás, realizando un tamizado para hallar aquello que es importante en
un océano de irrelevancias. Los ejecutivos que hacen esto de manera correcta
son capaces de monitorizar su propia atención; están enérgicamente concentrados
y su atención no decae.
Pero la atención
concentrada en los objetivos no es la única clase de atención que necesitan los
líderes. La creatividad y la innovación, por ejemplo, requieren una atención
más abierta y relajada. Aquí de nuevo el conocimiento de uno mismo demuestra su
importancia: monitorizarnos a nosotros mismos nos permite evaluar si nuestro
modo de atención encaja con la necesidad del momento.
En la atención
«vertical descendente» nosotros elegimos activamente a qué atendemos. Atención
«vertical ascendente» significa que estamos viviendo en modo automático,
dejando que nuestra atención venga dictaminada por cualquier cosa que se nos
presente delante; esto puede convertirnos en involuntarias marionetas de las
preferencias y puntos ciegos de nuestra mente inconsciente. Por supuesto, hay
un lugar para esto en la vida, pero no debería producirse en el trabajo.
«Control cognitivo»
es el término científico para referirse a centrar la atención en aquello que
queremos y mantenerla ahí pese a las tentaciones para desconcentrarse (una
capacidad mental esencial
en el conocimiento
de uno mismo). Esta atención concentrada representa un aspecto de la función
ejecutiva del cerebro, localizada en el córtex prefrontal, el área situada
justo detrás de la frente que actúa como director del cerebro.
Consideremos las
implicaciones sobre el liderazgo de estudio más exacto posible sobre el éxito
en la vida, un proyecto longitudinal realizado en Dunedin, Nueva Zelanda, que
examinó rigurosamente el control cognitivo de más de mil chicos y chicas, y más
tarde volvió a examinarlos cuando ya habían cumplido los treinta años. El
resultado fue impresionante: su capacidad durante la infancia de concentrarse
en una única cosa e ignorar las distracciones era un indicador de su éxito
financiero en la vida adulta más fiel que su CI o la riqueza de la familia con
la que se habían criado.
En ejecutivos, el
control cognitivo es la clave de competencias del liderazgo como el autocontrol
(la capacidad de concentrarse en un objetivo y la disciplina de continuar hacia
él pese a las distracciones y las decepciones). El mismo circuito neuronal que
permite semejante persecución fija de objetivos también controla las emociones
rebeldes. El buen control cognitivo puede apreciarse en aquellos ejecutivos que
mantienen la calma en momentos de crisis, que dominan su propia agitación y se
recuperan de la debacle o de la derrota.
El conocimiento de
uno mismo puede también percibirse en esos ejecutivos que se muestran claros y
sinceros con respecto a sus puntos fuertes y sus limitaciones. Esto significa
que pueden ser optimistas en lo referente a su rendimiento cuando están trabajando
en algo relacionado con sus puntos fuertes, pero también significa que saben
cuándo sus limitaciones aconsejan apoyarse en otros más capacitados en áreas
determinadas.
Otra variedad de
autoconocimiento nos sintoniza con el circuito neuronal que monitoriza todo
nuestro cuerpo, incluido el algoritmo ético que hemos interiorizado y en el que
nos basamos para distinguir aquello que nos parece correcto de aquello que nos
parece equivocado. Estos circuitos primarios del cerebro nos envían sus
mensajes a través de nuestro cuerpo, en particular de las vísceras. El
neurocientífico António Damásio denomina estos instintos viscerales «marcadores
somáticos», un timón interno que nos da para cada
decisión la suma
total de las lecciones relevantes que hemos aprendido a través de nuestras
experiencias vitales.
Nuestro instinto
sobre qué hacer y qué no hacer nos guía en un sentido que nos permite
mantenernos fieles a nuestros valores. Cuando un joven realizador de cine vio
cómo el estudio para el que trabajaba editaba su primer largometraje, se sintió
profundamente decepcionado por haber perdido el control creativo, así que
empleó el dinero que obtuvo de esa película y creó su propio estudio para hacer
la segunda, pese al consejo de todos sus amigos de que era preferible que un
estudio arriesgase su dinero y no que lo hiciera él mismo. Pero él sentía que
la integridad artística de su película era más importante.
Cuando casi había
terminado la película se dio cuenta de que se le había agotado el dinero. Fue
pidiendo préstamos en un banco tras otro y recibiendo negativas, hasta que el
décimo al que se lo pidió por fin le concedió la cantidad necesaria para
terminar el proyecto. Ese préstamo en el último minuto permitió que George
Lucas acabase de rodar La guerra de las galaxias.
Por supuesto,
seguir el dictado de tu corazón no es una garantía de que vayas a crear un
imperio empresarial como LucasFilm. Pero aumenta las posibilidades de encontrar
lo que los investigadores denominan «buen trabajo», lo que combina nuestros
valores, nuestros puntos fuertes y aquello que nos encanta hacer. Los líderes
que encuentran esta rara mezcla de ética, excelencia y regocijo en su trabajo
guían a sus seguidores contagiándoles su energía y su entusiasmo.
ATENCIÓN HACIA OTROS
La atención hacia
otros se hace visible en aquellos que encuentran con facilidad un terreno en
común y establecen una buena relación con un nuevo asociado de negocios, o
pueden hacer reír o sonreír a otras personas, no mediante una broma, sino por
su capacidad de hacerles sentir cómodos. Su intensa conciencia del otro les
permite saber, por ejemplo, cuándo en la presentación de un informe un oyente
necesita que se cambie de los fríos datos al relato de una anécdota, o al
contrario. Estos son los ejecutivos con los que
la gente desea
trabajar, y cuyas opiniones tienen un mayor peso.
Se puede reconocer
una destacada conciencia del otro en aquellos ejecutivos que interpretan con
rapidez el pulso de un grupo y reconocen un consenso tácito. Serían los que
dicen: «Así que estamos de acuerdo en que...», mientras los demás asienten.
Poseer este tipo de
conciencia también permite a las personas emerger como líderes naturales del
grupo, incluso cuando no han sido designadas como tales. Se les puede
distinguir no ya preguntándole a la gente quién es el líder del grupo, sino
«¿Quién es la persona más influyente del equipo?».
Hay tres tipos de
empatía, cada uno de ellos esencial para un liderazgo efectivo. La empatía
cognitiva permite a un líder comprender la perspectiva de otra persona, los
modelos mentales a través de los cuales ve el mundo. Esto le permite a un líder
expresar un mensaje en términos que tengan sentido para esa persona y que, por
tanto, sea más persuasivo. Los líderes fuertes en este tipo de empatía obtienen
un rendimiento mejor de lo esperado en sus subordinados directos.
La empatía
emocional, en cambio, permite a un líder sentir de manera inmediata cómo otro
se siente en ese momento. Esta capacidad le permite tener interacciones con un
alto nivel de química, la sensación de resonancia que construye un sentimiento
de conexión, confianza y comprensión. Todo va mucho mejor en esos momentos casi
mágicos, ya se trate de una decisión laboral compartida o de una negociación.
Los ejecutivos con un alto nivel de esta variedad de empatía pueden sobresalir
como mentores, directivos de atención al cliente o líderes de grupo, pues
sienten en el momento cómo el otro está reaccionando.
El tercero, la
preocupación empática, significa que un líder siente las necesidades de
aquellos que lo rodean. Esto le permite responder de manera instantánea a lo
que más le importa a la gente. Los mejores hombres de empresa muestran este
tipo de empatía cuando voluntariamente ayudan a un compañero. En los líderes se
puede hacer visible al crear una atmósfera de seguridad, confianza y apoyo, en
la que sus subordinados directos se sienten suficientemente a salvo como para
asumir riesgos y explorar nuevas posibilidades. Cuando tu líder te apoya,
puedes actuar con mayor confianza.
Y, en general, la
empatía de cualquier tipo convierte a las personas en buenas oyentes que
construyen fuertes conexiones interpersonales y que producen un impacto
positivo en la empresa. Construyen de forma natural lazos y redes personales
que les permiten guiar e influir, motivar y comunicarse con poder.
ATENCIÓN EXTERIOR
La dinámica de una
organización cualquiera puede interpretarse como un sistema. En una
multinacional de tecnología, por ejemplo, las disputas a gritos entre el jefe
de operaciones y su director ejecutivo se ramificaban por todos los niveles de
la empresa, provocando que las rivalidades y los celos se extendiesen sin
freno. La colaboración se veía como un riesgo peligroso y la empresa acabó
sufriendo una hemorragia de talento.
El consultor al que
se le pidió que solucionara esta crisis identificó una dinámica que ya había
visto anteriormente en su carrera, cuando realizaba terapias de familia basadas
en una concepción de sistema: los conflictos entre los miembros del matrimonio
se reproducen en las relaciones problemáticas entre sus hijos. Aunque la
terapia puede, potencialmente, curar esas desavenencias, en ocasiones el
divorcio se convierte en la única alternativa. Sucede lo mismo con la empresa.
La dinámica conflictiva se relajó cuando el director ejecutivo se marchó para
trabajar en otro sitio.
«Encerrar el
sistema en una habitación» es una expresión que hace referencia a la práctica
de reunir a todos los involucrados en un problema, la a veces amplia cantidad
de gente con diversos grados de control sobre sistemas que interactúan entre
sí. WalMart utilizó este método para solucionar el problema que representaban
sus revistas cuando un 65% de los ejemplares languidecían en las estanterías de
las tiendas hasta que acababan por ser destruidos. Una pérdida de dinero y una
fuente innecesaria de emisiones de carbono.
Uno de los grandes
problemas: las revistas cobraban a sus anunciantes por el número de páginas que
les compraban y no por el número de ejemplares que se vendían en realidad, su
motivación era simplemente colocar las revistas en las estanterías. Al solicitar
a los
publicistas y
distribuidores que contemplasen el sistema en su totalidad, WalMart logró
mejorar la colocación de determinadas revistas en aquellas tiendas en las que
se vendían más y cambiar la forma en que los publicistas cobraban por los
anuncios. El resultado: una reducción del 50% en revistas desperdiciadas.
Ser capaz de ver en
su conjunto el sistema que crea y enturbia el nicho ecológico de una empresa le
permite a un líder formular mejores estrategias. Esta visión de conjunto jugó
un papel explícito, por ejemplo, en las estrategias de negocio formuladas por
John Mackey, jefe de operaciones de Whole Foods Market, que intentaba producir
beneficios para un amplio grupo de elementos involucrados, desde clientes,
empleados y accionistas hasta comunidades y el propio entorno.
Hay muchas señales
que indican que un ejecutivo posee una aguda atención exterior. Son personas
cuya amplia curiosidad les lleva a realizar una búsqueda diaria de información
inusualmente grande, registrando no tan solo las habituales fuentes de noticias
y aquellas relacionadas con su negocio, sino también otras fuentes no
habituales. Están abiertos a las muchas y sorprendentes maneras a través de las
que pueden obtener información que aparentemente no tiene relación pero sí que
afecta a sus intereses.
Y están
constantemente aprendiendo y dedican un genuino interés a la perspectiva que
pueden recibir de otras personas. Su necesidad de saber convierte cualquier
encuentro humano (ya sea con la persona que ocupa el asiento de al lado en un
avión, un capataz de fábrica o un visitante casual) en una oportunidad de
aprender algo sobre el mundo propio de la otra persona. Este sentido de genuino
interés hace de ellos no solo buenos oyentes, sino también buenos
interlocutores.
La conciencia
exterior también se muestra mediante la habilidad de detectar patrones de
significado en una hoja de cálculo, una gran masa de datos o los titulares
informativos de la semana. Este talento convierte a un ejecutivo en un hábil
analista al enfrentarse a un océano de información, capaz de seleccionar
aquellos datos relevantes y explicar su importancia. Esta habilidad de
interpretar sistemas también puede hacerse visible en la capacidad de prever
las consecuencias de una decisión, o de ver cómo una decisión tomada
hoy puede tener
importancia en un futuro lejano.
EN EL GIMNASIO DE LA MENTE
Reflexiona por un
momento en la atención y en cómo la utilizas. La respuesta para la mayoría de
nosotros es probable que sea: no tan bien como podría.
La atención es un
músculo mental, y como cualquier otro músculo, puede fortalecerse mediante el
correcto tipo de ejercicio. El ejercicio fundamental para fomentar la atención
puede verse cuando tu mente divaga, te das cuenta de ello y la enfocas de nuevo
sobre aquello que te interesa y la mantienes ahí.
El movimiento
básico de la atención se encuentra en la raíz de, virtualmente, toda clase de
meditación, desde la de conciencia plena hasta la de tipo trascendental. Los
científicos cognitivos, tras apartar las capas de creencia y cosmología con que
se ha envuelto durante siglos la meditación, la ven simplemente como el
re-entrenamiento de nuestros hábitos de atención. Y tal y como trabajar en el
gimnasio produce beneficios en los demás aspectos de la vida, el fomento de la
atención que se produce durante una sesión de meditación se extiende a las
otras tareas mentales.
Durante décadas,
distintas investigaciones han demostrado que las personas que meditan están más
concentradas a la hora de realizar cualquier otra actividad. Los hallazgos más
recientes de los estudios sobre el cerebro indican la razón: la meditación fortalece
los circuitos en el córtex prefrontal que guía la atención.
Hay dos clases
principales de enfoques de atención, el selectivo (que devuelve la atención a
un punto concreto siempre que se desvía) y el pleno, en la que se cultiva una
conciencia de todo aquello que entra en la mente.
La práctica del
enfoque selectivo fomenta la concentración, la calma y una rápida recuperación
después de una situación de estrés. El enfoque pleno añade a esto un intenso
conocimiento de uno mismo. Dado que los líderes necesitan todas estas
capacidades en grandes cantidades, empresas como General Mills y Google han
ofrecido a sus ejecutivos entrenamiento en el enfoque pleno.
El programa de Google «Search Inside
Yourself» se está
utilizando
actualmente en otras empresas. Un estudio realizado en Stanford sobre sus
efectos encontró que los participantes poseían un mejor conocimiento de sí
mismos (analizaban su propia experiencia y actuaban en consonancia) y eran más
capaces de poner en funcionamiento el músculo de la atención para manejar sus
emociones, una destreza clave en momentos en los que nuestra atención es
«secuestrada». Esto también mejora la preocupación empática y la capacidad de
escuchar.
FLEXIBILIDAD Y EQUILIBRIO
La atención
interior, hacia otros, y exterior son valores sinérgicos. Una intensa atención
exterior, por ejemplo, ayuda a un líder a adquirir la visión estratégica
correcta. Pero solo puede poner esa visión en acción comunicándose y
movilizando a su equipo. Esto podría suponer la articulación de una visión
compartida en la que el líder crea de forma genuina, y hacerlo de un modo tal
que permita a la gente sentirse involucrada: de corazón a corazón.
Cada una de estas
tres clases de atención y sus variedades tiene sus beneficios, y los líderes
necesitan poseer las tres clases de manera equilibrada: la clase de atención
correcta para el objetivo adecuado en el momento idóneo. Carecer de cualquiera
de las clases tiene inconvenientes.
Fijémonos en las
variedades de la atención exterior utilizadas a la hora de realizar
estrategias. Muchos negocios triunfan debido a la correcta ejecución de una
gama específica de tareas; los expertos en estrategia denominan este enfoque
operativo «explotación». La insistencia de Jack Welch cuando era directivo
ejecutivo de GE para que la empresa abandonase negocios que no eran de
verdadero interés en su sector es un claro ejemplo de explotación.
Otras empresas
llegan al éxito por medio de una continua innovación y de avances creativos;
este enfoque de alto riesgo y de elevadas recompensas se denomina
«exploración». La exploración es la estrategia del empresario capitalista en la
búsqueda del próximo producto novedoso. Pensemos en Steve Jobs en Apple. Por
supuesto, Apple también explotaba su tecnología y GE continuó innovando, pues
cualquier empresa poderosa necesita realizar ambas cosas.
La explotación
requiere concentración y el mantenimiento constante de la atención sobre el
trabajo que nos ocupa. La exploración exige un enfoque abierto, uno que analice
de forma amplia e identifique nuevas posibilidades. Recientes estudios sobre el
cerebro muestran que estos dos estilos de atención operan cada uno en
diferentes circuitos cerebrales. Los ejecutivos que se acostumbran demasiado a
uno de los dos estilos y no ejercitan ambos pueden encontrar dificultades a la
hora de cambiar de uno a otro cuando sea necesario, y, por tanto, las empresas
que lideran pueden fracasar a la hora de equilibrar la explotación con la
exploración.
El director
ejecutivo fundador de Intel, Andrew Grove, califica de «trampa de éxito» la
tendencia de las empresas de explotar durante demasiado tiempo un producto o
una estrategia exitosa. Cualquier estrategia, por muy beneficiosa que sea en un
momento dado, tendrá que cambiar de manera espectacular si la empresa pretende
prosperar a largo plazo.
Por ejemplo, RIM se
empecinó en la explotación de su Blackberry al tiempo que mostraba una
desastrosa falta de exploración mientras su campo de mercado evolucionaba. Los
dos directores ejecutivos que la fundaron, ambos ingenieros, habían conquistado
el mercado gracias a un alto nivel de ingeniería, y mantuvieron esa estrategia.
Pero cuando RIM perdió una gran porción del mercado, ficharon a un nuevo
director ejecutivo, que, tras analizar la situación, afirmó que el hecho de
mantener la estrategia de explotación había provocado que la empresa quedara a
la zaga de sus competidores en cuanto a innovaciones como la red inalámbrica 4G
y las pantallas táctiles.
Simon Baron-Cohen,
psicólogo de la Universidad de Oxford, describe dos «estilos de cerebro»,
hallados en una porción de gente en los extremos de una curva de campana. En un
extremo, un alto nivel de conciencia de sistemas va de la mano con un déficit
en empatía. En el extremo opuesto, gente con altos niveles de empatía sufren de
ceguera en lo que respecta a sistemas. Ninguno de estos estilos conduce al
liderazgo más efectivo, aunque cada uno de ellos aparece de diversas formas en
niveles ejecutivos. Idealmente, un líder puede conectar con la gente e
interpretar las señales significativas de un sistema en medio del caos.
Hay otras
enfermedades del liderazgo producidas por la falta de atención. Un líder
enfocado en el logro de objetivos, por ejemplo, se fija en los números en
detrimento de la conexión con las personas. Este estilo de liderazgo se ha
vuelto más habitual en los altos niveles de las empresas desde el estallido de
la crisis económica. Recibir aplausos por los números conseguidos puede llevar
a un líder a no prestar atención al impacto negativo interpersonal de su
estilo. Semejantes líderes tienen una atención exterior miope, pues ven el
hecho de pasar tiempo con los demás como una interrupción en lugar de como una
oportunidad de conectar, motivar, escuchar y guiar.
Pero pensemos en el
desequilibrio contrario. El carismático y popular jefe de una división asiática
de una multinacional de manufacturación era consciente de que debería dedicar
más tiempo a pensar en estrategia. Pero se dio cuenta de que no estaba inclinado
a hacerlo; lo que le encantaba hacer era relacionarse con sus empleados en la
planta de producción, donde él mismo había empezado su carrera en la empresa.
Su atención hacia otros era desproporcionada. La intervención de un entrenador
de ejecutivos le ayudó a poner en el orden correcto sus prioridades de
atención, amplificando su atención exterior.
EL FUTURO DE LA ATENCIÓN
Existen señales
claras de que la misma capacidad de prestar atención se encuentra bajo asedio
en la actualidad. Cualquiera que conozca a un adolescente puede asegurar la
adicción de los jóvenes a la tecnología, como, por ejemplo, a enviar mensajes
de texto (que ha adelantado a las llamadas telefónicas como método preferido
para mantenerse en contacto). Según las nuevas reglas sociales, ignorar a la
gente con la que estás por concentrarte en un aparato electrónico se ha
convertido en norma, y no es una muestra de grosería.
Los profesores me
cuentan que muchos estudiantes tanto universitarios como de secundaria tienen
de manera habitual un ordenador portátil en sus pupitres durante las clases (en
principio para tomar apuntes, pero en realidad para jugar, enviar mensajes de correo,
echar un vistazo a Facebook y realizar búsquedas digitales). Al mismo tiempo,
los profesores afirman que en la actualidad hay un
mayor número de
estudiantes con dificultades para mantener la atención en una narración
compleja. Esto puede ser una advertencia de una futura generación de
trabajadores con problemas para comprender ideas elaboradas y para prestar
atención durante períodos prolongados (de hecho, la norma en los medios
informativos ya es la de contar las cosas de forma breve).
El circuito
neuronal responsable de la atención continúa formándose durante la infancia y
la adolescencia. Los períodos prolongados de total concentración fortalecen
este circuito. El estar crónicamente distraído socava el control cognitivo. Y
también están amenazadas la conciencia interior que permite un autocontrol
efectivo en la vida diaria y la empatía que nos permite sintonizar con otras
personas y coordinar lo que hacemos en equipo.
El conjunto de
destrezas de la inteligencia emocional, tan vital para el éxito en cualquier
campo y esencial para el liderazgo, comienza como parte integral de la vida.
Aprendemos de nuestros padres, nuestra familia, nuestros amigos, profesores,
compañeros, si les prestamos atención. Cualquier interacción puede
proporcionarnos una lección en este conjunto de destrezas, aunque solo sea un
añadido a nuestra capacidad de empatía. Cuanto más tiempo pasen los jóvenes
aislándose, mirando una pantalla digital, menos oportunidades tendrán para
semejante aprendizaje.
Mi temor es que, a
medida que estas generaciones ocupen su puesto en empresas y deban, en teoría,
ser ascendidos a posiciones de liderazgo, carezcan de una base fundamental en
capacidad de atención e inteligencia emocional. Esto significa que las empresas
se vean obligadas a embarcarse en programas para recuperar la capacidad de
atención que apuntala las habilidades de cada uno.
Una solución puesta
en práctica últimamente emplea la pasión por el juego de los jóvenes para
enseñarles técnicas de atención. En la Universidad de Wisconsin, por ejemplo,
un grupo de neurocientíficos cognitivos ha formado equipo con un grupo de
diseñadores digitales para desarrollar un juego en el que las estrategias para
vencer son la tranquilidad y la concentración.
Otro enfoque
consiste en enseñar a los niños las bases de la concentración en una actividad
grupal diaria con una duración de cinco o diez minutos, en la que simplemente
observan el movimiento
de su vientre
mientras respiran. Es simple, desde luego, pero ese ejercicio mental diario
parece fortalecer los circuitos del control cognitivo que hace que los cerebros
jóvenes estén preparados para aprender (y también funciona en adultos). He
visto clases en colegios en las que este método da resultados y crea un
ambiente de atención en el que los alumnos aprenden mejor.
Hoy en día muchos
colegios incluyen programas de «aprendizaje social y emocional», que enseñan
las bases de la inteligencia emocional, como el conocimiento de uno mismo y la
empatía, integrados con el currículum escolar habitual desde la guardería hasta
secundaria. Un análisis de los estudios realizados sobre un total de más de
270.000 estudiantes demostró que estos programas producen una reducción
sustancial de los comportamientos antisociales, un aumento en la cooperación y
en el gusto por ir al colegio, y un impulso del 11% en las calificaciones
académicas.
Entre estos jóvenes
se encuentran nuestros líderes del futuro. Si los colegios les enseñan las
habilidades para la atención que necesitarán a lo largo de su vida y de su
carrera laboral, las empresas no tendrán que crear programas para remediar sus
carencias cuando entren a trabajar en ellas. Pensemos en ello como un
entrenamiento para el liderazgo.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en hbr.com
y Linkedin.com
PARA FORTALECER TU FOCO DE ATENCIÓN, DEJA DE ABUSAR
DE ÉL
hbr.com – 28 de noviembre,
2013
La carrera de
trineos con perros de Iditarod cubre una distancia de 1.700 kilómetros de hielo
ártico y dura más de una semana. La estrategia habitual de los participantes
consistía en correr durante doce horas sin descanso y luego descansar otras
doce. O corrías todo el día y descansabas toda la noche, o corrías toda la
noche y descansabas todo el día.
Todo eso cambió
gracias a Susan Butcher, una auxiliar de veterinaria muy consciente de los
límites biológicos de sus perros. Los entrenó para correr en etapas de cuatro a
seis horas, y a continuación descansar durante las mismas horas, manteniendo el
mismo ritmo tanto de noche como de día. Ella y sus perros ganaron la carrera en
cuatro ocasiones.
Susan Butcher
entrenó a sus perros del mismo modo que los atletas top entrenan
en casi cualquier modalidad deportiva: un ejercicio intenso durante unas cuatro
horas y luego descanso. Esa es la mejor rutina para que el cuerpo alcance su
máximo rendimiento.
Anders Ericcson,
psicólogo de la Universidad de Florida cuyo objeto de estudio son las personas
de máximo rendimiento, ha descubierto que competidores de talla mundial, ya
sean deportistas de halterofilia o pianistas, limitan la parte más dura de su
entrenamiento a un máximo de unas cuatro horas al día. El descanso forma parte
de su régimen de entrenamiento para recuperar su energía física y mental. Se
empujan a sí mismos para lograr el máximo que pueden dar, pero no más.
Su ciclo
trabajo-descanso-trabajo-descanso también sirve para ayudar a nuestro cerebro a
mantener la máxima atención a la hora de trabajar. En el lugar de trabajo, la
atención concentrada nos permite emplear nuestras destrezas al máximo.
Investigadores de la Universidad de Chicago descubrieron, de hecho, que en los
momentos en que las personas ofrecen lo mejor de su capacidad de rendimiento
están completamente absorbidos por la tarea que están realizando, se trate de
cirugía cerebral o de encestar una canasta de tres puntos en baloncesto.
El mejor
rendimiento requiere una atención total, y mantener la atención concentrada
consume energía; en términos más técnicos, tu cerebro agota su combustible, la
glucosa. Sin descanso, nuestro cerebro queda exhausto. Las señales de que un
cerebro está sin combustible son, entre otras, distracción, irritabilidad,
fatiga y descubrirse a uno mismo revisando Facebook cuando debería estar
trabajando.
Una solución
razonable es una que rara vez toman hoy en día los ejecutivos: darse un
descanso. Con demasiada frecuencia intentamos superar el cansancio realizando
un esfuerzo extra. Pero no existe una reserva mágica de energía a la que
podamos recurrir, por lo que nuestro rendimiento irá en lento declive a medida
que avanza el día.
El deterioro de la
eficiencia cognitiva a medida que agotamos nuestras reservas (bien documentado
en laboratorios de investigación) se hace visible en la labor de un ejecutivo
en forma de un creciente número de errores, olvidos y bloqueos momentáneos. Tal
y como lo expresó un ejecutivo: «Cuando me doy cuenta de que mi mente ha
perdido la concentración durante una reunión, me pregunto qué oportunidades
acabo de perder por no estar atendiendo.»
Dadas las grandes
expectativas puestas en los ejecutivos, quizá sea comprensible que algunos
hayan recurrido a las drogas que favorecen el rendimiento. Un abogado que toma
diariamente una medicación contra el trastorno de déficit de atención (que en
realidad no padece) le reconoció a su médico: «Si no tomara esto, no podría
leer ni un contrato.»
Pero existen otras
formas (legales y saludables) de ayudar a reforzar nuestra atención para
cumplir con las incesantes exigencias
del ajetreado día a
día de un ejecutivo: la meditación. Desde la perspectiva de la ciencia
cognitiva, todos los métodos de meditación son métodos para entrenar la
atención. Un método de creciente popularidad para aumentar el poder del
circuito cerebral de la atención es la «conciencia plena», un método de
meditación desprovisto de toda connotación religiosa.
La neurociencia que
hay detrás de la conciencia plena gira sobre el concepto de «plasticidad
neuronal». El cerebro cambia con la experiencia repetida a medida que algunos
circuitos se fortalecen y otros se debilitan.
La atención es un
músculo mental y puede fortalecerse con el entrenamiento correcto. El ejercicio
básico para aumentar la concentración en el gimnasio mental es dirigir tu
atención a un objetivo concreto, como tu respiración. Cuando se despiste (que
lo hará), date cuenta de que lo ha hecho. Para esto se requiere conciencia
plena, la capacidad de observar nuestros pensamientos sin quedar atrapados en
ellos.
Entonces devuelve
tu atención a tu respiración. Este es el equivalente mental de una serie de
levantamiento de pesas. Los investigadores de la Universidad de Emory afirman
que este simple ejercicio refuerza la conexión en los circuitos responsables de
la atención.
También hay otra opción.
Denominémosla la solución latina. Recientemente estuve en Barcelona, donde a la
hora de la
comida la mayoría
de tiendas y empresas cierran para que sus empleados puedan ir a casa, comer
bien y, si es posible, echar una cabezada. Incluso un breve descanso a mitad
del día sirve para reiniciar el cerebro para el resto de la jornada.
TRES RÁPIDAS SOLUCIONES PARA LA MENTE DESPISTADA
Linkedin.com – 25 de
septiembre, 2013
Nos ocurre a todos:
estás trabajando en algo que tienes que terminar y, de repente, te das cuenta
de que durante un rato has estado perdido en una especie de ensueño sobre algo
completamente distinto. No tienes ni idea de cuándo tu mente dejó de prestar atención,
ni de cuánto tiempo has estado despistado.
Nuestra mente divaga una media del
50% del tiempo. El
porcentaje exacto
varía enormemente. Cuando un grupo de investigadores de Harvard pidió a 2.250
personas que tomaran nota de lo que estaban haciendo y lo que estaban pensando
en momentos aleatorios a lo largo del día, la diferencia entre lo que hacían y lo
que pensaban variaba ampliamente de unas a otras.
Pero la diferencia
más notable tenía lugar durante el trabajo: la distracción mental es algo
epidémico en el trabajo. No obstante, podemos tomar medidas que nos ayudarán a
mantener la atención en la tarea durante más tiempo cuando lo necesitemos.
1. Controla tus
tentaciones. Muchas de las distracciones que nos apartan de aquello en lo que
estamos trabajando son de índole digital: mensajes de correo electrónico, tweets y
similares. Existen varias aplicaciones que pueden hacer de barrera contra esas
tentaciones de perder la atención. Chrome cuenta con dos
aplicaciones gratuitas para hacerlo: Nanny for Google bloquea
durante el tiempo que tú decidas páginas web que podrías tener la tentación de
visitar; StayFocusd limita la cantidad de tiempo (que tú mismo
decides) durante el que puedes revisar tu bandeja de entrada de correo, visitar
Facebook o cualquier otra página similar.
2. Monitoriza tu mente
y reconsidera. Darte cuenta de adónde se ha ido tu atención (por ejemplo, entrar
en Twitter en lugar de trabajar en el informe pendiente) te proporciona la
oportunidad de pensar de nuevo: «He vuelto a despistarme.» Este pensamiento
desconecta tu cerebro del punto hacia el que se ha dirigido y activa circuitos
cerebrales que pueden ayudar a tu atención a volver a enfocarse en el trabajo
que tienes que realizar.
3. Realiza una sesión
diaria de conciencia plena. Este ejercicio mental puede ser tan simple
como fijarte en tu respiración, dándote cuenta de cuándo tu mente se distrae,
deshacerte de ese pensamiento que la ha distraído y volver a concentrarte en tu
respiración. Estos movimientos de la mente son como una sesión de gimnasia
mental, el equivalente a las series de repeticiones al levantar pesas: cada
repetición fortalece el músculo un poco más. En la conciencia plena lo que se
fortalece son los
circuitos cerebrales encargados de darse cuenta de que la mente se ha
distraído, eliminar la distracción y hacerla regresar al punto elegido. Y ese
punto es justo en el que necesitamos mantener la atención mientras realizamos
la tarea en la que estamos trabajando.
No solo listo, sino
también sabio
POR QUÉ LOS GRANDES LÍDERES NECESITAN MANTENER UN
ENFOQUE MÁS ALLÁ DE SU EMPRESA
Publicado originalmente en la revista
The Focus, de Egon Zender,
en diciembre de 2013
Recuerdo el momento
exacto en el que Paul Polman entró en el panteón de los líderes a los que más
admiro. Nos encontrábamos en el Fórum de Economía Mundial de Davos, y Paul,
jefe ejecutivo de Unilever, estaba describiendo la estrategia de sostenibilidad
de su empresa. No fue el objetivo de la empresa de reducir sus emisiones de CO2 lo que me
enganchó, pues por muy loables que sean esos
objetivos, son
ingredientes comunes en las estrategias de sostenibilidad de cualquier empresa.
Pero Paul anunció que su empresa iba a esforzarse en conseguir materias primas
a través de una nueva red formada por 500.000 pequeñas granjas minifundistas
situadas en el Tercer Mundo. Eso fue lo que me cautivó.
Alrededor del 85%
de las granjas a nivel mundial son catalogadas como minifundistas. Según el
Banco Mundial, apoyar a estas granjas es el modo más efectivo de estimular el
desarrollo económico de las zonas rurales. Entre los mercados emergentes, la
agricultura sostiene, directa o indirectamente, tres de cada cuatro países con
inferiores niveles de ingresos.
Rediseñar la cadena
de suministros de Unilever de esa manera dejaría una mayor cantidad de dinero
en las comunidades granjeras locales, al tiempo que serviría para mejorar la
salud y la educación infantil. Con esta idea, el jefe ejecutivo había rebasado los
límites habituales a la hora de crear valores para su propia empresa. La visión
estratégica de Paul Polman ejemplifica lo que yo denomino atención exterior,
uno de los tres tipos de atención que todo líder necesita en la actualidad:
exterior, hacia otros e interior.
COMPETENCIAS DE INTELIGENCIA EMOCIONAL
La atención
interior y la atención hacia otros pueden ser vistas en términos de
competencias de inteligencia emocional. Los dos primeros de los cuatro dominios
de la inteligencia emocional (conocimiento de uno mismo y autocontrol) indican
una saludable atención interior. Se manifiestan en los líderes destacados en
potencias de autoconocimiento como una confianza realista y una conciencia de
los propios puntos fuertes y las limitaciones. El autocontrol se hace visible
en el autocontrol emocional (como, por ejemplo, mantener la calma y la claridad
mental en situaciones de gran estrés, o recuperándose rápidamente después de
una de esas situaciones), en la adaptabilidad, y en la capacidad de mantenerse
alejado de las distracciones mientras persigue sus objetivos.
Además, un
conocimiento bien afilado de uno mismo ayuda al líder a sintonizar con las
sutiles señales internas que representan la manera del cerebro de permitir a la
mente conocer lo que dicta nuestra experiencia vital con respecto a una
decisión sobre la que estamos meditando. Este mecanismo parece ser la vía por
la que sentimos desde el primer instante hacia dónde nos guían nuestros
valores. La integridad y el sentido de la ética dependen de esta introspección:
solo después de que la hayamos realizado podremos expresar en palabras nuestros
valores.
Una fuerte atención
hacia otros, en el modelo de la inteligencia emocional, se refleja en los
líderes como una sagaz empatía, sintiendo cómo conciben los demás el mundo (y
así siendo capaz de expresarse en términos que ellos comprendan) y resonando
con cómo otros se sienten en un momento determinado. De esta clara comprensión
de los otros dependen competencias como el trabajo en equipo y la colaboración,
la persuasión y la influencia, el manejo de conflictos y la capacidad de ser un
buen mentor.
Estas «destrezas
personales» son más importantes para un liderazgo efectivo que las capacidades
puramente cognitivas como lo bueno que se pueda ser con los números. Claudio
Fernández-Aráoz, consejero sénior en Egon Zehnder International, analizó casos
en los que empleados aparentemente ideales para puestos de responsabilidad
acababan siendo despedidos. Su conclusión fue que
se les había
contratado por su inteligencia y su experiencia en el negocio, pero se les
despedía por carencias en inteligencia emocional.
PUNTOS FUERTES DE UN TERCER TIPO
Pero además de la
atención interior y de la atención hacia otros, creo que los líderes en la
actualidad necesitan ser fuertes en un tercer tipo de atención: la exterior.
Una atención exterior permite a un líder percibir los mecanismos de los amplios
sistemas que dan forma al destino de una empresa (o de una comunidad o una
sociedad). Esto va más allá de percibir futuros cambios en la economía e
incluye, por ejemplo, las fuerzas sociales, culturales y medioambientales que
entran en juego.
Cuando se trata de
identificar a futuros líderes, incluso cuando todavía son estudiantes, estas
tres variantes de atención nos ofrecen algunas pistas. De acuerdo con las
investigaciones, muchas de las capacidades que marcan a los líderes más
destacados empiezan a salir a la superficie a una edad temprana, mucho antes de
que esas personas entren en el mundo laboral. Una astuta conciencia interior
podría hacerse visible, por ejemplo, en adolescentes que se sientan atraídos a
trabajar como voluntarios para una causa que esté más allá de sus propios
intereses personales, como el medio ambiente.
Otra forma de
manifestación podría ser, a un nivel de autocontrol superior, la atención fija
en el objetivo. Los investigadores denominan esta capacidad mental «control
cognitivo». Muchos estudios han descubierto que cuando se mide el control
cognitivo en niños, el resultado predice su éxito y salud económica en la vida
adulta con mayor exactitud que el CI o la riqueza de su familia de origen.
MÉTODOS HÁBILES
Una bien afilada
atención hacia el otro toma la forma de empatía aumentada, la capacidad de
percibir cómo otros piensan y sienten. Sintonizar con el mundo interior de
otras personas crea una plataforma para interesarse por sus problemas y penas;
en otras palabras, una plataforma para la compasión. Esta conciencia social
también se manifiesta como la habilidad interpersonal vista en líderes
de alto rendimiento
(o en profesores, de hecho) que pueden realizar con rapidez una conexión
persona a persona, escucharles atentamente e influirles de un modo positivo.
Cuando la empatía y la habilidad social se combinan al servicio de la
compasión, se produce lo que los tibetanos llaman «métodos hábiles», eficacia
en conseguir el bien.
Y una atención
exterior precoz podría emerger en niños y adolescentes que se sientan
fascinados por los sistemas naturales e intenten por propia iniciativa (en
lugar de como tarea escolar) comprender los mecanismos de la naturaleza. Esto
también puede reflejarse como una fascinación por las asignaturas troncales:
ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. Los jóvenes a los que les
encanta aprender cómo funcionan las cosas, están expresando un interés natural
hacia el concepto de sistema.
No obstante, cuando
se trata de una atención exterior que nos permite monitorizar los amplios
sistemas que dan forma a nuestras organizaciones, vidas, sociedad y planeta,
estamos entrando en un terreno en el que la sabiduría de una generación
necesita ser transmitida a la siguiente. Esto ha demostrado ser particularmente
cierto a la hora de transmitir información crítica para la supervivencia de
nuestra especie.
La cadena de
transmisión se ha roto de modo crucial. Mientras que las culturas indígenas
siempre han estado intensamente sintonizadas con los mecanismos de su
ecosistema local para poder sobrevivir, en la vida moderna nos movemos dando
tumbos, ajenos a las maneras en que nuestras decisiones pueden dañar no solo la
ecología a nivel local, sino también las más distantes o invisibles.
EL DILEMA ANTROPOCENO
La más grave crisis
sistémica de nuestros días quizás esté pasando desapercibida: el dilema
antropoceno. Entramos en la era antropocena con la Revolución Industrial. Desde
ese momento los sistemas humanos para el transporte, la energía, la
construcción, la industria y el comercio han ido deteriorando de manera
ininterrumpida el puñado de sistemas que sostienen la vida en nuestro planeta.
Mientras el papel que juega el
carbono en el cambio climático ha
sido el más visible
de estos impactos sistemáticos, existe toda una enorme colección de otros que
pasan prácticamente desapercibidos, desde los fertilizantes basados en el
fósforo, que han creado lagunas inertes en el agua, hasta la acumulación en los
tejidos humanos de toxinas como perturbadores endocrinos y agentes
cancerígenos.
Los líderes que
exigen una mayor transparencia sobre estos impactos en sus propias empresas y
en toda su cadena de suministros, y que toman decisiones que los reducen, están
poniendo de relieve una sobresaliente conciencia de sistemas. Su atención
exterior les permite operar de maneras que van más allá de la lógica económica,
y realizar un cálculo más complejo que mantenga el equilibrio entre los
beneficios financieros y el bienestar público.
El mundo del
liderazgo ha dedicado mucha atención a cultivar e identificar las capacidades
que permiten a un ejecutivo dirigir una empresa mediante la formulación de
estrategias inteligentes, ejecutando objetivos estratégicos y plantando batalla
a los problemas del día a día. Pero necesitamos más líderes con una visión más
amplia, líderes que no se conformen con las condiciones actuales, sino que sean
capaces de ver cómo podrían ser y se esfuercen para cambiarlas.
PONER COMO OBJETIVO UN BIEN MAYOR
Nuestros tiempos
requieren líderes que no sean tan solo listos, sino sabios. Los líderes sabios
formulan estrategias que tienen como objetivo un bien superior, no solo la meta
de una empresa concreta. Cuanto más seleccionen nuestras comunidades, sociedades
y el mundo en conjunto líderes de este tipo, mucho mejor nos irá a todos. Y
cuanto más perfeccionemos nuestros métodos para distinguir el potencial para
semejante liderazgo en las generaciones más jóvenes, y les ayudemos a cultivar
esas cualidades, más esperanzador será nuestro futuro.
Me inspiran las
palabras de Larry Brilliant, presidente de la Fundación Skoll Contra Amenazas
Globales, que intenta prevenir crisis a nivel mundial como pandemias y
calentamiento global. Brilliant dice: «Las civilizaciones deberían ser juzgadas
no por cómo tratan a las personas cercanas al poder, sino a aquellas que están
más
lejos, ya sea por
motivo de su raza, religión, género, riqueza o clase, o bien por la época en
que se desarrollan.»
En mi opinión, los
auténticos grandes líderes actúan movidos por aspiraciones más allá de los
objetivos o límites de una empresa o un grupo, y buscan el beneficio de la
humanidad entera. Pienso, como ejemplos de esto, en Paul Polman, o en la
vertiente filantrópica de Bill Gates, o en Muhammad Yunus al fundar el Banco
Grameen.
Se trata de líderes
que fijan su atención en el dolor de los desfavorecidos y del propio planeta, y
que buscan el modo de reparar el daño, ya sea paliando las enfermedades que
asolan a los pobres, aumentando la viabilidad de comunidades locales o luchando
contra la pobreza en sí. Y sus estrategias tendrán relevancia en el futuro. Los
líderes sabios siguen de manera implícita una sentencia que escuché en boca del
Dalai Lama en una conferencia sobre sistemas globales en el Instituto de
Tecnología de Massachusetts. Sugería que, cuando estemos tomando una decisión o
considerando un posible plan de acción, deberíamos preguntarnos a nosotros
mismos: ¿Quién se beneficia? ¿Solo nosotros mismos o un grupo? ¿Solo un grupo o
todo el mundo? Y ¿solo durante el momento presente o también en el futuro?
Estos líderes
conectan con la pasión de la gente, crean empresas cuyo trabajo posee un
significado más profundo. El trabajo se convierte en «buen trabajo», una
poderosa combinación en la que las mejores destrezas de la gente están
perfectamente engranadas, su atención se halla centrada del todo y su labor se
alinea con sus valores. Lugares de trabajo como estos representan un poderoso
imán para la próxima generación de líderes sobresalientes.
POST SCRIPTUM
Publicado
originalmente en Linkedin.com
TRASTORNO DE DÉFICIT DE ATENCIÓN EMPRESARIAL
2 de enero, 2014
Muchos líderes de
grandes empresas se ocupan de equipos multinacionales. El grupo puede incluir a
trabajadores procedentes de subcontratas, o miembros que se han unido tras una
fusión con otra empresa. Las interacciones cara a cara no resultan siempre posibles.
Conseguir que un grupo se sintonice con los objetivos del proyecto puede
suponer un trabajo en sí mismo. Como resultado de este y otros obstáculos
similares, los líderes a menudo se ven obligados a aceptar de buena fe la
suposición de que los profesionales bajo su mando actuarán del mismo modo.
Pero en el camino
se producen desafortunados fallos. Las fricciones surgen como consecuencia de
incumplir los plazos, de la falta de comunicación, o del mal uso de los
presupuestos. Los directivos lo tienen complicado para comprender y responder
de un modo adecuado a errores producidos por el poco cuidado con el que
trabajan algunos de sus empleados. Fallos como estos son una señal del déficit
de atención empresarial.
Lo ideal es que las
personas que trabajen formando un equipo estén sintonizadas entre sí. Los
equipos que mejor rendimiento ofrecen son aquellos que poseen una mayor
armonía, y tienen ciertas normas para mantener esa armonía, como por ejemplo:
• Los miembros son
muy conscientes de los puntos fuertes y débiles de los demás.
• Permiten a alguien
cambiar el papel que se le ha asignado si la situación lo requiere.
• No permiten que las
fricciones vayan aumentando bajo la superficie hasta que lleguen a explotar.
• Hacen frente a las
fricciones antes de que se conviertan en un auténtico problema.
• Celebran los logros
y se lo pasan bien juntos.
Esto resulta más difícil si los
miembros del equipo trabajan
separados, ya sea
física o emocionalmente. Si en un equipo hay personas que no sintonizan, esto
reduce el nivel de armonía. Esta ausencia de sintonía se ve acentuada en casos
de conexión virtual: cuando el equipo trabaja por medio de emails y
los miembros nunca se ven entre sí cara a cara.
Hay modos de superar el Déficit de
Atención Empresarial:
• Encontrarse cara a
cara. Si es posible, reúne a todo el equipo en un encuentro de uno o dos
días fuera del lugar de trabajo. Si conoces a la otra persona, puedes superar
la barrera de distancia que crea el mundo virtual.
• Los líderes deben
guiar la atención. Los mejores líderes saben cuándo y hacia dónde dirigir la atención
colectiva de un equipo, enfocándola en el momento correcto. Por ejemplo, para
capitalizarla en una tendencia emergente.
• Establece objetivos
claros para un proyecto. Permite al equipo saber qué se espera
conseguir y por qué su contribución es importante dentro del gran esquema de la
empresa.
• Oponte al
pensamiento «Nosotros contra ellos». Busca activamente el objetivo
común tanto tuyo como de la otra persona o equipo. Esto ayuda a eliminar
cualquier filtro de adversidad que alguien pueda incorporar al proyecto.
• Concede tiempo
suficiente para realizar el trabajo. Muchos directivos consideran
que pueden estimular la creatividad si marcan plazos muy ajustados a sus
empleados. Eso es un mito. De hecho, por lo general las personas se muestran
más creativas cuando disponen de algo de tiempo para explorar un problema,
reflexionar sobre lo que están haciendo, reunir información y hablar con
personas que pueden tener diferentes perspectivas, lo que puede resultar
enormemente útil.
• Desconecta. Las
distracciones tecnológicas pueden afectar al rendimiento y las comunicaciones
cara a cara. Limita el número de pantallas abiertas en tu ordenador. Apaga tu
teléfono móvil si te enfrentas a un plazo límite para realizar el trabajo.
LO ÚNICO IMPRESCINDIBLE DE UN LÍDER
29 de septiembre, 2013
«Me gusta entender
cómo ve la gente el mundo», me cuenta un director ejecutivo. «Es siempre algo
diferente en cada persona. Me fascina ver las formas en que la gente piensa las
cosas, lo que es importante para ellos, cómo conciben su mundo.»
Esta curiosidad
natural por la realidad de otras personas, hablando en términos técnicos,
significa «empatía cognitiva», la capacidad de ver el mundo a través de los
ojos de los demás. La empatía cognitiva se produce de mente a mente,
proporcionándonos una visión de cómo opera el pensamiento de otra persona. Se
trata de uno de los tres tipos de empatía que existen, cada uno responsable de
un premio cuando se aplica en el lugar de trabajo o en nuestras relaciones
diarias.
Esta forma de
sintonizar con otra persona nos da más que la comprensión de su punto de vista,
nos dice cómo es mejor que nos comuniquemos con ella, qué es lo que más le
importa, los modelos según los que concibe el mundo, e incluso qué palabras
emplear y cuáles evitar al hablar con ella.
Y esto da
resultados de muchas maneras. Los líderes con una excelente empatía cognitiva,
por ejemplo, obtienen un rendimiento mejor de lo esperado de parte de sus
subordinados más directos. Y los ejecutivos que la poseen rinden bien cuando se
les asigna un puesto en una cultura diferente a la suya; son capaces de
distinguir las normas y reglas básicas de otra cultura con mayor rapidez.
Pero la empatía
emocional, una segunda variedad, produce beneficios diferentes. Con la empatía
emocional sentimos lo que otra persona siente en una conexión cuerpo a cuerpo
instantánea. Esta empatía depende de un músculo de atención diferente:
sintonizar con los sentimientos de otra persona exige que asimilemos sus
señales faciales, vocales y todo un torrente de señales no verbales que nos
muestran cómo se sienten a cada instante.
Esta variedad de
empatía, tal y como indican las investigaciones realizadas, depende de nuestra
sintonización con las señales emocionales de nuestro propio cuerpo, que
reflejan automáticamente los sentimientos de la otra persona.
Daniel Siegel,
psiquiatra de la Universidad de Los Ángeles, California, denomina las áreas
cerebrales que crean esta resonancia el circuito «nosotros». Entrar en la
burbuja «nosotros» con otra persona puede producir química, esa sensación de
relación que hace que sea lo que sea lo que estamos haciendo juntos funcione
bien (ya se trate de ventas, una reunión, en clase, o entre miembros de una
pareja). El doctor Siegel ha escrito incluso sobre cómo conseguir esto con tu
hijo adolescente.
Vemos la tercera
variedad, la preocupación empática, entrar en acción siempre que alguien
muestra su interés por otra persona. Este tipo de empatía parte del circuito
cerebral responsable del amor parental: es una conexión corazón a corazón. Pero
esto no significa que se halle fuera de lugar en el trabajo: la vemos cuando un
líder hace saber a su equipo que lo apoyará, que se puede confiar en él, que
sus miembros son libres de asumir riesgos en lugar de mantener posturas
defensivas y seguras.
A nivel escolar,
vemos la preocupación empática cuando un profesor crea una atmósfera similar y
los alumnos se sienten libres para dejar volar su imaginación.
¿Qué tipo de
empatía debería poseer un líder, un profesor o un padre? Los tres tipos.
CRÉDITOS
¿Qué se requiere para ser un líder?
Publicado originalmente en la Harvard Business Review.
Noviembre / diciembre de 1998.
Liderazgo que da resultado
Publicado originalmente en la Harvard
Business Review. Marzo de 2000.
Liderazgo primario: el motor oculto
de un gran rendimiento Con Richard Boyatzis y Annie McKee.
Publicado originalmente
en la Harvard Business
Review. Diciembre de 2001.
Renovar tu pasión por el trabajo
Con Richard Boyatzis y Annie McKee.
Publicado originalmente en la Harvard Business Review. Abril
de 2002.
Inteligencia social y la biología del
liderazgo
Con Richard Boyatzis. Publicado
originalmente en la Harvard Business Review. Septiembre de
2008.
La triple atención del líder
Adaptado de Focus. El motor
oculto de la excelencia, de Daniel Goleman (2013).
No solo listo sino también sabio. Por
qué los líderes necesitan poseer una atención más allá de sus empresas
Publicado originalmente en la revista
de Egon Zehnder The Focus. Diciembre de 2013.

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