© Libro N° 13570. El Retrato. Huxley, Aldous. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
El Retrato. Aldous Huxley
Versión Original: ©
El Retrato. Aldous Huxley
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Aldous Huxley
El Retrato
Aldous Huxley
Aldous Huxley
—Cuadros
—dijo Mr. Biggers—, usted quiere ver unos cuadros. En este momento tenemos aquí
una exposición muy interesante de cosas modernas de contraste admirable: cosas
inglesas y cosas francesas…
El
comprador alzó una mano y sacudió la cabeza:
—No, no;
nada de cosas modernas —dijo con agradable acento del Norte—. Quiero cuadros de
verdad, cuadros antiguos. De Rembrandt, de Reynolds… Cosas así.
—¡Ah,
perfectamente! —dijo Mr. Biggers, asintiendo—. Pintores clásicos. Naturalmente,
tenemos lo antiguo y tenemos lo moderno.
—Verá
usted; lo que pasa es que acabo de comprar una casa bastante grande, un palacio
en el campo —explicó con cierta prosopopeya.
Mr.
Biggers sonrió. Aquel buen hombre, en medio de su ingenuidad, le resultaba de
sencillez simpática. Se preguntó cómo habría hecho su fortuna. Un palacio en el
campo. Lo había dicho de manera realmente deliciosa. «He aquí un hombre —pensó—
que ha logrado abrirse camino desde siervo a señor de palacios, desde la ancha
base de la pirámide feudal a su aguzada cumbre». Había logrado resumir su
historia, y toda la historia de la lucha de clases, de manera implícita en el
orgulloso énfasis con que pronunció aquellas palabras: «Un palacio en el
campo». Pero el desconocido estaba hablando y Mr. Biggers no pudo continuar
pensando en estas cosas.
—En una
casa de esa clase —estaba diciendo el desconocido—, y cuando se tiene mi
posición, hay que tener unos cuantos cuadros. De pintores conocidos, como
Rembrandt y gente así.
—Naturalmente
—asintió Mr. Biggers—. Los cuadros clásicos son símbolo de nuestra excelente
posición social.
—Exacto
—repuso el otro, encantado—; ha expresado usted muy bien mi pensamiento.
Mr.
Biggers se inclinó sonriente. Era delicioso encontrar a alguien capaz de
interpretar en serio esta clase de ironías.
—Naturalmente,
solamente necesitaré cuadros clásicos para el piso bajo, en el salón. Sería
demasiado ponerlos también en las alcobas.
—Claro,
claro; sería excesivo, evidentemente.
—Además,
mi hija —continuó el dueño del palacio— pinta algo. Y hace unas cosas muy
bonitas. He mandado ponerles marco a unas cuantas y las colgaré en las alcobas.
No está mal eso de tener una artista en la familia. Le ahorra a uno tener que
comprar cuadros. Pero, claro, en el piso hay que poner algo que sea viejo.
—Creo que
tengo exactamente lo que necesita usted —dijo Mr. Biggers, y se levantó y llamó
al timbre.
Pensó en
la hija que pintaba algo, y se imaginó a una mujer grandota, rubia, con aspecto
de servidora de bar, cumplidos los treinta, aún soltera y ya algo pasada.
Apareció en la puerta su secreta.
—Miss
Pratt, haga el favor de traer el retrato veneciano, el que está en el cuarto
trasero. Ya sabe usted el que quiero decir.
—Está
usted bien instalado aquí —dijo el señor del palacio—. ¿Qué tal el negocio?
¿Bien?
Mr.
Biggers suspiró:
—La
crisis… Los que negociamos en cosas del arte la notamos más que nadie.
—¡Ah, la
crisis! Yo la vi venir. La gente se creía que los buenos tiempos iban a durar
siempre. ¡Grandísimos mentecatos! Yo vendí todo cuando los precios estaban en
el momento mejor. Por eso puedo comprar cuadros ahora.
También
Mr. Biggers rió. Éstos eran los compradores ideales.
—Mucho me
hubiera gustado haber tenido algo que vender cuando los precios eran buenos…
El señor
del palacio rió hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas.
Aún reía
cuando regresó Miss Pratt. Traía un cuadro que sujetaba con ambas manos, como
si fuera un escudo.
—Póngalo
en el caballete, Miss Pratt.
Y luego,
volviéndose hacia el comprador, añadió:
—Ahí
tiene usted. ¿Qué le parece?
El cuadro
que había en el caballete era un retrato de medio cuerpo. La retratada, llena
de cara, de tez blanca, con el pecho exagerado por el vestido de seda azul y
muy adornado, parecía el prototipo de una dama italiana de mediados del XVIII.
Una sonrisa complaciente curvaba la boca llena; en una mano sujetaba un antifaz
negro, como si acabara de quitárselo al final de un baile de máscaras.
—Muy
bonito —dijo el señor del palacio en el campo; pero luego añadió, menos
seguro—: No parece de Rembrandt, ¿verdad? Es tan claro y tan luminoso…
Generalmente, en los cuadros antiguos no ve uno nada. Son tan oscuros y tan
raros…
—Muy
cierto —dijo Mr. Biggers—, pero, claro está, no todos los grandes pintores que
ha habido son como Rembrandt.
—Sí…,
claro, supongo que no —dijo el señor del palacio poco convencido.
—Éste es
un cuadro veneciano del siglo dieciocho. Tenían un colorido muy luminoso. Lo
pintó Giangolini. Como usted sabrá, murió muy joven No se conocen más que media
docena de cuadros suyos. Y éste es uno de ellos.
El señor
del palacio asintió con un gesto. No se le ocultaba el valor de lo que escasea.
—Se
advierte inmediatamente la influencia de Longhi —continuó Mr. Biggers con fácil
gracia—. Y se nota también algo de la morbidezza de Rosalba en
el tratamiento de la cara.
El
comprador miraba con cierta intranquilidad a Mr. Biggers y al cuadro. Hay pocas
cosas más desagradables que el hablar con una persona que nos aventaja
notoriamente en conocimientos. Mr. Biggers se aprovechó sin piedad de su
ventaja.
—Es
curioso que no se observe, en absoluto, ni la más pequeña influencia de
Tiépolo, ¿no le parece a usted?
El señor
del palacio dijo que sí con la cabeza. Su expresión era de manifiesta
incomodidad. Su boca de niño dibujó un gesto de tristeza. Casi pudiera
esperarse de él que comenzase a hacer pucheros.
—Es
agradable —dijo Mr. Biggers, al fin piadoso— al hablar con alguien que sabe de
pintura. Son muy pocos los enterados.
—Yo, la
verdad, no he estudiado a fondo el asunto, ¿sabe? —dijo el comprador
modestamente—. Pero sé lo que me gusta y lo que no me gusta —y su cara recobró
algo de alegría, al encontrarse pisando terreno más firme.
—Tiene
usted lo que se llama intuición. Es un don preciosísimo. He podido ver por su
cara que lo tiene usted. Lo advertí en el momento que entró usted.
El señor
del palacio en el campo estaba encantado.
—No sé…,
la verdad…, yo…
Pero
sentía que su importancia aumentaba, que se estaba convirtiendo en alguien cuya
opinión valía la pena.
—Sí —dijo
ladeando la cabeza, con gesto crítico—; este cuadro está bien, muy bien. Pero…
a mí me gustaría algo más… histórico, si comprende usted lo que quiero decir.
Algo más parecido al retrato de un antepasado. Un retrato de alguien acerca del
cual hubiera una historia, como Ana Bolena, o alguien así, o como Neil Gwynn o
el duque de Wellington…
—Pero ¡si
ahora mismo iba a decírselo! Este cuadro tiene historia.
Mr.
Biggers se inclinó hacia el comprador y le dio unos golpecitos en la rodilla.
Le brillaban los ojos con fulgor benevolente y regocijado que no lograba
ocultar sus peludas cejas:
—Una
historia muy notable —continuó— existe acerca de este cuadro.
—¿De
veras? —preguntó el comprador subiendo las cejas.
Mr.
Biggers se recostó en su silla:
—Esta
señora que ve usted ahí —comenzó, indicando el retrato con un gesto de la mano—
fue la esposa del cuarto conde de Hurtmore. El título se ha extinguido. El
noveno conde murió el año pasado. Yo compré este cuadro al deshacer la casa.
¡Le duele a uno ver cómo desaparecen estas familias y estas casas de tan rancia
nobleza!
Hízose
solemne la expresión del señor del palacio, como si se encontrara en la
iglesia. Después de irnos segundos de silencio, Mr. Biggers continuó, en
distinto tono de voz:
—A juzgar
por sus retratos, que he visto, el cuarto conde fue un hombre de expresión
taciturna, de cara alargada, de aspecto… gris. Es difícil imaginársele joven;
fue uno de esos hombres que siempre parecen tener cincuenta años. Casi lo único
que le interesaba eran la música y las antigüedades romanas. Existe un retrato
suyo que le muestra con una flauta de marfil en una mano, mientras en la otra
descansa sobre un fragmento de un friso romano. Se pasó media vida viajando por
Italia, viendo antigüedades y escuchando música. Cuando cumplió los cincuenta y
cinco años, se le ocurrió que ya era hora de casarse. Ésta fue la dama que
eligió por esposa.
Mr.
Biggers señaló el cuadro.
—Su
título y su gran fortuna, supongo que serían eficaz compensación de otros
defectos. Es difícil al mirar a Lady Hurtmore el imaginar que sintiera un
especial interés por las antigüedades. Ni creo yo que fuera apasionada
estudiante de la ciencia o de la historia de la música. Le gustaban los trapos,
las fiestas, el coqueteo, jugar fuerte y, en general, lo que se llama
divertirse. Parece que la pareja no se llevaba demasiado bien. No obstante,
conservaban las apariencias. Al año de casado Lord Hurtmore decidió hacer una
visita más a Italia. Llegaron a Venecia a principios de otoño. Venecia
significaba para Lord Hurtmore superabundancia de música, los conciertos
diarios de Galuppi en el Orfanato de la Misericordia, Puccini en Santa María,
óperas nuevas en San Moise, cantatas maravillosas en cien iglesias distintas,
conciertos particulares de aficionados, Porposa y las voces más subyugadoras de
Europa, Tartini y los violines mejores del mundo. Para Lady Hurtmore, Venecia
quería decir algo muy distinto: quería decir que los juegos de azar en Ridotto,
bailes de máscaras, alegres cenas y todas las delicias de la ciudad más animada
del mundo. Los dos hubieran podido ser perfectamente felices durante un tiempo
indefinido en Venecia, llevando cada uno su vida. Pero un día Lord Hurtmore
tuvo la desastrosa idea de que le pintaran a su mujer un retrato. Alguien le
recomendó a Giangolini, un pintor joven que prometía llegar a ser famoso. Lady
Hurtmore comenzó a acudir a su estudio. Giangolini era apuesto y decidido. Giangolini
era joven. Su técnica amorosa era tan perfecta como su técnica artística.
Hubiera necesitado Lady Hurtmore no ser humana para poder resistirle. Lady
Hurtmore era humana.
—Todos lo
somos, ¿eh? —dijo el señor del palacio rural hundiendo un dedo en las costillas
de Mr. Biggers y acompañando el gesto juguetón con una risa.
Mr.
Biggers hizo eco cortés de la risa. Cuando ésta se hubo apagado, prosiguió:
—Acabaron
por decidir huir juntos, cruzando la frontera. Vivirían en Viena con el
producto de vender las joyas de los Hurtmore, las cuales la Lady tendría buen
cuidado de incluir en el equipaje. Valían más de veinte mil libras las tales
joyas, y en Viena, en los tiempos de María Teresa, se podía vivir muy
agradablemente con los intereses de veinte mil libras esterlinas.
«Fueron
hechos los necesarios preparativos sin dificultad. Giangolini tenía un amigo
que se encargó de todo. Les consiguió pasaportes con nombres falsos, alquiló
caballos, que aguardarían en tierra firme; puso su góndola a disposición de los
amantes. Decidieron huir el día en que el retrato quedase terminado. Y llegó
ese día. Lord Hurtmore, según costumbre, llevó a su esposa al estudio del
pintor en una góndola, la dejó allí sentada en un trono de alto respaldo y se
fue a escuchar un concierto de Galuppi en la Misericordia. El carnaval estaba
en su apogeo. Todo el mundo iba enmascarado, incluso de día. Lady Hurtmore
llevaba un antifaz de seda negra, el cual puede usted ver en su mano en el
cuadro. Milord, aunque poco aficionado a tales mojigangas, y a pesar de que le
molestaba el carnaval, prefirió seguir la costumbre grotesca de la localidad,
antes que llamar la atención al no obedecerla. Durante las semanas de carnaval,
los caballeros venecianos solían vestir una larga capa negra, un inmenso
sombrero de tres picos y una máscara de muy larga nariz y hecha de papel
blanco. No le gustaba a Lord Hurtmore llamar la atención; y ésas eran las
prendas que vestía. Debió de ser encantadoramente absurdo e incongruente el ver
a aquel Milord inglés grave y solemne, con el uniforme de un alegre enmascarado
veneciano. “Polichinela con el traje de Arlequín”, fue la descripción que de él
hicieron los amantes; el viejo estúpido de todas las comedias vestido con la
indumentaria del pícaro eterno. Pues, como le digo, aquella mañana Lord
Hurtmore llegó, como siempre, en su góndola alquilada acompañado de su esposa.
Ella traía recatado bajo la amplia capa el joyero de cuero en cuyo sedoso lecho
reposaban las joyas de los Hurtmore. Sentados en la pequeña cabina de la
góndola, fueron contemplando las iglesias, las adornadas fachadas de los
palacios, las altas casas de los burgueses, todas las cuales iban pasando
dulcemente ante sus ojos.
»De
debajo de la máscara de Polichinela salió la voz de Lord Hurtmore, grave,
lenta, imperturbable: “El sabio padre Martini —dijo— me ha prometido hacerme el
honor de venir a comer mañana con nosotros. No creo que haya un hombre en todo
el mundo que sepa más de la historia de la música que él. Os ruego que os
esforcéis en recibirle con las mejores atenciones”. “Podéis confiar en que así
lo haré, Milord”. La condesa apenas pudo ocultar la risa que le retozaba en los
labios. Pues al día siguiente a la hora de la comida estaría muy lejos, ya
cruzada la frontera, allende Goritzia, galopando por la carretera de Viena.
¡Pobre Polichinela! Pero no le inspiraba ninguna lástima. Después de todo, allí
se quedaba con su música y con sus trozos rotos de mármol. Apretó el joyero
oculto bajo los pliegues de la capa. ¡Qué encantador encontró el secreto!».
Mr.
Biggers juntó las manos, entrelazó los dedos y las apretó contra el corazón con
gesto teatral. Lo estaba pasando muy bien. Volvió su caía zorruna hacia el
señor del palacio rural y sonrió beatíficamente. El señor del palacio era todo
oídos.
—¿Bien?
—dijo.
Mr.
Biggers separó las manos y las dejó caer sobre las rodillas.
—Llega la
góndola a la puerta de Giangolini. Lord Hurtmore ayuda a su esposa a bajar, la
conduce hasta el gran estudio del pintor, en el primer piso; la deja a su cargo
con las acostumbradas palabras formularias, y se va al concierto matinal que da
Galuppi en la Misericordia.
»Los
amantes tienen dos horas para hacer los últimos preparativos.
En cuanto
el viejo Polichinela desaparece, surge el servicial amigo del pintor,
enmascarado y con una larga capa, como todos los hombres que se ven por las
calles y canales de Venecia. Abrazos, risas, parabienes. Todo ha salido a pedir
de boca, sin suscitar la más ligera sospecha. Lady Hurtmore saca el joyero de
debajo de su capa y lo abre. Admiradas exclamaciones italianas de asombro. Los
diamantes, las perlas, las grandes esmeraldas de los Hurtmore, los alfileres de
rubíes, los arillos de brillantes, todas aquellas refulgentes preseas son
examinadas con amor y sabiduría. El servicial amigo las tasa en cincuenta mil
sequines, por lo menos. Los dos amantes se abrazan entusiasmados.
»El amigo
servicial los interrumpe: quedan por hacer unas cuantas cosas. Han de ir al
Ministerio de la Policía para firmar sus pasaportes. No es más que una
formalidad, pero han de ir. Él saldrá con ellos y venderá uno de los diamantes
de Milady para obtener fondos con que pagar los gastos del viaje.
Mr.
Biggers se interrumpió, encendió un cigarrillo, echó una bocanada de humo y
continuó su relato:
—Y, en
efecto, salen todos con sus máscaras y sus largas capas; el amigo en una
dirección, el pintor y su amante en otra. ¡Ah! ¡El amor en Venecia!
Mr.
Biggers alzó al cielo dos ojos extáticos.
—¿Ha
estado usted enamorado alguna vez en Venecia, señor mío?
—Nunca he
pasado de Dieppe —respondió el señor del palacio, sacudiendo la cabeza.
—¡Ah! Ha
perdido usted una de las grandes delicias de esta vida. No puede usted
comprender exactamente lo que sentirían la deliciosa Lady Hurtmore y su amigo
el pintor según se deslizaban a lo largo de los canales, contemplándose
mutuamente a través de los agujeros de sus antifaces. Algunas veces quizá se
besaban, aunque puede que esto les resulte demasiado difícil sin quitarse las
máscaras…, y además con ello corrían el peligro de ser reconocidos a través de
los cristales de su diminuto camarote… No; después de pensarlo, creo que nos
debemos limitar a suponer que no hicieron más que mirarse. Pero en Venecia,
mientras uno flota dulcemente por los canales, puede bastar con mirarse para
sentirse feliz y satisfecho; sí, pueden bastar las miradas.
Acarició
el aire con la mano y permitió que su voz se apagara gradualmente hasta quedar
muda. Dio tres o cuatro chupadas a su cigarrillo sin decir nada. Cuando comenzó
a hablar de nuevo, lo hizo con voz tranquila y poco modulada.
—Media
hora más tarde, una góndola atracaba junto a la puerta de Giangolini, y un
enmascarado con una gran capa negra y el inevitable sombrero de tres picos,
bajó de la góndola y subió al estudio del pintor. Lo halló vacío. El retrato le
sonreía desde el caballete con dulzura algo fatua. Pero ningún pintor daba los
últimos toques, y el trono de la modelo estaba vacante. El narigudo enmascarado
paseó la mirada inexpresivamente por el estudio. Fue ésta a descansar sobre el
joyero que permanecía abierto sobre la mesa en la que los amantes lo dejaron
aturdidamente. Los ojos hundidos y ensombrecidos por la máscara grotesca
contemplaron largamente el joyero. Polichinela pareció sumirse en profunda
meditación.
«Pasados
unos minutos, oyó rumor de pasos en la escalera, de dos voces que reían a coro.
El enmascarado se volvió y se puso a mirar por la ventana. Se abrió la puerta a
su espalda ruidosamente: ebrios de excitación, de irresponsabilidad alegre y
risueña, los dos amantes irrumpieron en la estancia.
»—¡Ah, caro
amico! ¿Ya estáis de vuelta? ¿Lograsteis buen precio por el diamante?
»El
enmascarado que estaba junto a la ventana permaneció inmóvil. Giangolini siguió
parlando alegremente. No había habido dificultad alguna con las firmas, ni les
hicieron ninguna pregunta; tenía en el bolsillo los pasaportes. Podían ponerse
en camino inmediatamente.
«Lady
Hurtmore comenzó a reír de bonísima gana. No podía dejar de hacerlo.
»—¿Qué os
pasa? —le preguntó Giangolini, riendo también.
»—Estaba
pensando —repuso ella entre las carcajadas—, estaba pensando en el viejo
Polichinela, sentado en la Misericordia, escuchando el concierto con cara de
mochuelo.
«Se
ahogaba con la risa, y las palabras salían entrecortadas, dichas con voz aguda,
forzadas como si escaparan por entre lágrimas.
»—¡Allí
estará —añadió— oyendo las tediosas cantatas de Galuppi!
»Se
volvió el enmascarado:
»—Desgraciadamente,
señora, el sabio maestro está indispuesto. No ha habido concierto esta mañana.
»Se quitó
el antifaz y continuó:
»—Y me he
tomado la libertad de regresar más temprano de lo acostumbrado.
«Tenían
delante la cara afilada, grave y gris de Lord Hurtmore.
»Los dos
amantes la contemplaron mudos. Lady Hurtmore se llevó la mano al corazón; le
había dado un terrible salto en el pecho, y sentía un espantoso vacío en el
estómago. El pobre Giangolini estaba tan blanco como su antifaz de papel.
Incluso en aquellos días de cicisbei, de cortejos oficiales, había casos en los
que un marido injuriado y celoso se mostraba cruel vengador de su honra.
Giangolini estaba desarmado, y no sabía qué armas mortíferas pudiera ocultar la
capa enigmática. Pero Lord Hurtmore no hizo ningún gesto brutal o poco digno.
Con la gravedad calmosa de todos sus actos, se dirigió a la mesa, cogió el
joyero, lo cerró cuidadosamente y dijo:
»—Creo
que esto es de mi propiedad.
»Se
guardó el joyero y salió del estudio. Los dos amantes se quedaron solos,
mirándose, con ojos que hablaban mil preguntas.
Mr.
Biggers calló.
—¿Qué
ocurrió entonces? —preguntó el señor del palacio rural.
—Sobrevino
el anticlimax —respondió Mr. Biggers, sacudiendo la cabeza tristemente—.
Giangolini había calculado escaparse con cincuenta mil sequines. Lady Hurtmore,
al pensarlo, no apetecía experimentar las delicias del amor en la pobreza.
Decidió que el lugar de una mujer casada está junto a su marido, en su hogar…,
con las joyas de la familia. Pero ¿sería ésta la opinión de Lord Hurtmore? Ésa
era la cuestión, la muy alarmante cuestión, la torturadora cuestión. Decidió ir
ella misma a encontrarle respuesta.
»Llegó
justo a la hora de comer. Su ilustrísima excelencia, le dijo el mayordomo, está
aguardando en el comedor». Abrió las grandes puertas para la condesa y ésta
entró majestuosamente, con la cabeza erguida…, pero con el corazón aterrado. Su
marido estaba en pie junto a la chimenea. Salió a su encuentro.
»—Os
esperaba, señora —le dijo, y luego la condujo a su lugar.
»Nunca se
volvió a referir para nada a lo ocurrido. Aquella tarde mandó a un criado por
el retrato. El cuadro formaba parte de su equipaje cuando regresaron a
Inglaterra un mes más tarde. La anécdota ha ido pasando de generación en
generación con el retrato. Me la contó un antiguo amigo de la familia, cuando
compré el retrato el año pasado».
Mr.
Biggers arrojó su cigarrillo en la chimenea. Se encontraba complacido. Juzgaba
que había relatado la historia muy bien.
—Muy
interesante —dijo el señor del palacio—; interesantísimo. Y es histórico, ¿no?
Realmente, sería difícil superar el cuento si se tratara de Neil Gwynn o de Ana
Bolena, ¿no cree?
Mr.
Biggers sonrió vagamente, como si estuviera distraído. Estaba pensando en
Venecia, en la condesa rusa que conoció en la pensión, en el árbol curiosamente
podado que crecía en el patio y que se veía desde la ventana de su cuarto, en
el perfume caliente y muy acentuado que usaba la condesa, que hacía contener la
respiración la primera vez que se olía; y pensaba también en los baños del
Lido, en una góndola, en el cimborrio de la Salute recortado contra un cielo
nuboso, exactamente tal y como lo pintó Guardi. ¡Qué lejano estaba todo
aquello! ¡Cuánto tiempo parecía haber pasado desde entonces! Apenas era un
muchacho él. Aquélla fue su primera gran aventura. Despertó sobresaltado de su
ensimismamiento. El señor del palacio estaba hablando.
—¿Y
cuánto pide usted por el cuadro?
Hizo la
pregunta con aire indiferente, como si la cosa no tuviera importancia. Se daba
maña excelente para regatear.
—Pues,
verá usted —dijo Mr. Biggers abandonando a disgusto sus recuerdos de la condesa
rusa y de la maravillosa Venecia de hacía veinticinco años—, he cobrado mil
libras por cuadros menos importantes que éste. Pero no me importa cedérselo por
setecientas cincuenta.
El señor
del palacio rural dejó escapar un silbido.
—¿Setecientas
cincuenta? Es demasiado.
—Pero,
señor mío —protestó Mr. Biggers—, piense usted en lo que tendría que pagar por
un Rembrandt de este tamaño y de esta calidad; por lo menos veinte mil liras…
Setecientas cincuenta no es demasiado, ni mucho menos. Antes al contrario, es
muy poco, si tiene usted en cuenta la importancia del cuadro que se lleva. Le
sobra a usted juicio artístico para comprender que se trata de una obra de arte
admirable.
—No, no;
si no quiero negarlo —dijo el señor del palacio—; pero digo que setecientas
cincuenta libras es mucho dinero. ¡Menos mal que mi hija pinta un poco!
¡Imagínese usted si tuviera que decorar las alcobas con cuadros a razón de
setecientas cincuenta libras a mil libras cada uno!
Rió su
propio chiste. Mr. Biggers sonrió y dijo:
—Debe
usted recordar que al comprar este cuadro hace usted una buena inversión de
capital. Los cuadros de la escuela veneciana de la última época están subiendo
de precio. Si yo tuviera que invertir algún dinero…
Se abrió
la puerta y asomó la cabeza rubia y rizada de Miss Pratt:
—Mr.
Crowley pregunta que si podrá recibirle.
Mr.
Biggers frunció el ceño.
—Que
espere —contestó con irritación.
Luego
tosió y volviéndose de nuevo hacia el señor del palacio siguió:
—Como le
decía, si yo tuviera dinero, créame que lo invertiría todo en venecianos de la
última época. Todo en absoluto.
Según
hablaba, se preguntó cuántas veces había dicho a unos y otros que si tuviera
dinero invertiría hasta el último céntimo en primitivos, en cubistas, en
esculturas negras, en grabados japoneses…
El señor
del palacio rural acabó por firmar un cheque de seiscientas ochenta libras
esterlinas.
—Le
agradecería que me mandase una copia a máquina de la historia del cuadro —dijo,
según se ponía el sombrero—. Es muy a propósito para contarla a los invitados
después de cenar, ¿no le parece? Pero me gustaría no olvidar ningún detalle.
—Claro,
claro; los detalles son lo más importante —dijo Mr. Biggers.
Acompañó
al hombrecillo hasta la puerta.
—Adiós
adiós; buenos días; adiós.
Desapareció.
Y ahora
entró un muchacho pálido y con patillas. Tenía los ojos oscuros y melancólicos.
Su expresión y todo su aspecto eran románticos y al mismo tiempo dignos de
lástima. Era Crowley, el pintor.
—Siento
haberle hecho esperar —le dijo Mr. Biggers—. ¿Qué deseaba?
Crowley
mostró evidente embarazo y vacilación. Le molestaban profundamente estas
gestiones:
—Pues…
nada; pues verá, es que… ando algo mal de dinero y me he dicho que quizá, que
tal vez…, que si no le viene a usted mal pagarme aquella cosilla que le hice…
Le ruego que me perdone si le molesto…
—No,
hombre, no; nada de eso —dijo Mr. Biggers, que tenía verdadera lástima a aquel
desgraciado que no sabía cómo andar por el mundo; era como un niño…—. ¿Recuerda
usted en cuánto lo ajustamos?
—Creo que
fueron veinte libras…
Mr.
Biggers sacó la cartera:
—Le voy a
dar a usted veinticinco.
—¡Oh, no,
no! ¿De veras? ¡Muchas gracias, muchas gracias! —dijo Crowley ruborizándose
como una muchacha—. Supongo que no querría usted exponer mis paisajes, ¿verdad?
—preguntó animado por la benevolencia de Mr. Biggers.
—No, no.
Obras suyas, ni hablar —repuso Mr. Biggers en tono inexorable—. Convénzase de
que no hay dinero en lo moderno. Pero le tomaré las que quiera de esas
imitaciones suyas de cuadros antiguos.
Tamborileó
con los dedos sobre el pintado hombro de Lady Hurtmore.
—Trate de
pintar otro veneciano. Éste ha tenido mucho éxito.
*FIN*
“The
Portrait”,
Little Mexican and Other Stories, 1924

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