© Libro N° 13567. Tandy. Anderson, Sherwood. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
Tandy. Sherwood Anderson
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Tandy. Sherwood Anderson
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sherwood Anderson
Tandy
Sherwood Anderson
Tandy
Sherwood Anderson
Vivió
hasta la edad de siete años en una casa vieja, sin pintar, junto a un camino
abandonado que arrancaba de Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas de
ella, y su madre había fallecido. Su padre se pasaba el tiempo discutiendo y
discurriendo sobre religión. Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera
vivía absorto en la empresa de echar abajo las ideas que acerca de Dios se
habían deslizado en el cerebro de sus convecinos, que no alcanzó a ver cómo se
manifestaba Dios en aquella niñita que vivía tan pronto en un sitio como en
otro, casi olvidada, gracias a la bondad de los parientes de su fallecida
madre.
Llegó a
Winesburgo un forastero que vio en la niña lo que no había visto su padre. Era
un joven de elevada estatura, de pelo rojizo, que casi siempre estaba borracho.
A veces solía sentarse en una silla delante de la New Willard House, con el
padre de la niña, Tom Hard. Este hablaba, sosteniendo que no era posible la
existencia de Dios; el extranjero lo oía sonriendo y guiñaba el ojo a los que
estaban cerca de ellos. Se hicieron grandes amigos, él y Tom, y solían estar
juntos muy a menudo.
El
forastero era hijo de un rico negociante de Cleveland y había venido a
Winesburgo con una finalidad. Quería curarse del hábito de la bebida, y pensó
que tendría mayores probabilidades de luchar con aquel vicio que estaba
aniquilándolo si ponía tierra de por medio entre él y sus amigos de la ciudad y
se iba a vivir en un pueblo del campo.
Su
estancia en Winesburgo no fue precisamente un éxito. La monotonía con que
transcurrían las horas lo llevó a darse con más ahínco que nunca a la bebida.
Pero acertó en una cosa. Puso a la hija de Tom Hard un nombre que encerraba un
gran sentido.
Una tarde
venía el forastero haciendo eses por la calle principal del pueblo, todavía con
la resaca de una copiosa borrachera. Tom Hard estaba sentado en una silla,
delante de la New Willard House, y tenía encima de las rodillas a su hijita, de
cinco años entonces.
Sentado
en el andén de madera, se hallaba a su lado George Willard. El forastero se
dejó caer junto a él en una silla. Todo su cuerpo tiritaba; y cuando habló, su
voz era temblorosa.
Era la
hora del crepúsculo y la oscuridad se cernía sobre la población y sobre la
línea del ferrocarril que pasaba frente al hotel, al pie de un pequeño declive.
A lo lejos, hacia el oeste, resonaba el prolongado silbido de la locomotora de
un tren de pasajeros. Un perro, que había estado durmiendo en mitad de la
carretera, se levantó y empezó a ladrar. El forastero se puso a charlar sin ton
ni son e hizo una profecía acerca de la niña que el agnóstico tenía en brazos.
-Vine a
este pueblo para apartarme de la bebida -dijo, y las lágrimas empezaron a
correr por sus mejillas. No miraba a Tom Hard, sino que inclinaba el busto
hacia adelante, con la mirada perdida en la oscuridad, como si estuviese viendo
una visión-. Huí al campo para curarme, pero ha sido inútil. Les diré por qué.
Se volvió
y miró a la niña que estaba sentada muy tiesa sobre la rodilla de su padre;
ella le devolvió la mirada. El forastero puso la mano sobre el brazo de Tom
Hard.
-No es la
bebida mi única debilidad -dijo-. Tengo otra. Soy un enamorado y no he dado
todavía con un objeto para mi amor. Esto tiene mucha importancia, y usted lo
comprenderá si tiene suficiente experiencia para ello. Por esto es inevitable
que yo acabe mal. Son pocos los que lo comprenden.
El
forastero se calló como abrumado de tristeza, pero lo despertó un nuevo silbido
de la locomotora del tren de pasajeros.
-No he
perdido la fe. Lo digo muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el que
nadie comprenderá mi fe -dijo con voz áspera. Dirigió una mirada intensa a la
niña y empezó a hablar para ella, sin prestar atención al padre-. Esa mujer
vendrá -dijo, y su voz se hizo ahora aguda y ansiosa-. Pero cuando llegue ya
habré partido yo. ¿Te das cuenta? Las horas de nuestra cita no coinciden. Sería
cosa del destino que hubiera dado yo con ella precisamente en una tarde como
ésta, estando yo destrozado por el alcohol. y siendo ella tan sólo una niña.
Las
espaldas del forastero empezaron a temblar violentamente; intentó hacer un
cigarrillo, pero se cayó el papel de sus dedos temblorosos. Se puso furioso y
gruñó:
-Creen
que no tiene mérito el ser mujer y hacerse amar, pero yo sé muy bien lo que eso
significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la niña-. Yo lo comprendo
-dijo-. Tal vez soy yo el único hombre que lo comprende.
Su mirada
vagó otra vez por la oscuridad de la calle.
-La
conozco aún sin haberla visto nunca -continuó suavemente-. Conozco sus luchas y
sus derrotas. Es precisamente por esas derrotas por lo que resulta para mí el
único ser amado. Desde ahora las mujeres tendrán otro rasgo distintivo nacido
de sus derrotas. He discurrido un nombre para esa condición. La llamo Tandy1.
Discurrí este nombre cuando yo era un soñador auténtico y antes que mi cuerpo
se envileciese. Es la condición de ser fuerte para ser amada. Es algo que los
hombres necesitarían encontrar en las mujeres, pero que no lo encuentran.
El
forastero se puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su cuerpo se
balanceaba atrás y adelante y parecía que iba a caerse; pero lo que hizo fue
arrodillarse sobre la acera y llevar las manos de la niñita a sus labios de
borracho, besándolas con éxtasis.
-Sé Tandy
-le díjo ansiosamente-. Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino.
Arriésgalo todo. Ten valor suficiente para atreverte a que te amen. Sé algo más
que un hombre o mujer. Sé Tandy.
El
forastero se levantó y se alejó tambaleándose por la calle. Uno o dos días
después subió a un tren y regresó a su casa de Cleveland. Aquella misma noche
de verano, después de la conversación frente al hotel, Tom Hard llevó a la niña
a la casa de un pariente que la había invitado a pasar la noche en su casa.
Caminando por la oscuridad, bajo los árboles, se olvidó de la charla del
forastero y volvió a concentrar su pensamiento en la búsqueda de argumentos
capaces de destruir la fe de los hombres que creían en Dios. Llamó a su hija
por su nombre y ésta se echó a llorar.
-No
quiero que me llamen así -declaró-. Quiero que me llamen Tandy, eso es, Tandy
Hard.
La niña
lloraba tan desconsoladamente que Tom Hard se enterneció y se puso a
consolarla. Se detuvo bajo un árbol, la tomó en sus brazos y empezó a
acariciarla.
-Vamos,
sé buena -le dijo vivamente, pero ella no se tranquilizó. Se entregó con
abandono infantil a su dolor, y su voz rompió el sosiego nocturno de la calle.
-Quiero
ser Tandy. Quiero ser Tandy. Quiero ser Tandy Hard -exclamó, moviendo la cabeza
y sollozando, como si su energía infantil no pudiese sostener aquella visión
que las palabras del borracho habían despertado en ella.
FIN
“Tandy”,
Winesburg, Ohio, 1919

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