© Libro N° 13621. Cuentos
Góticos. Shelley.
Mary. Emancipación. Marzo 15 de 2025
Título Original: © Cuentos
Góticos. Mary Shelley
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Original: © Cuentos Góticos. Mary
Shelley
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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CUENTOS GÓTICOS
Mary Shelley
Cuentos
Góticos
Mary Shelley
Las historias que presentamos en este volumen están envueltas en un
ambiente romántico y tratan de describir caracteres cuyo elemento más conspicuo
es el estar sometido a la influencia de fuertes pasiones, que a veces dan pie a
sucesos sobrenaturales o extraordinarios en extremo, o son el producto de este
tipo de acontecimientos. Así, en La transformación, un fuerte
orgullo se convierte en el tirano que mueve todos los actos del protagonista
del relato, lo que le conduce a una situación extraordinaria, en cuya
descripción abundan todos los elementos que hacen nacer en el lector la
sensación estética de lo sublime. En otro relato, El sueño, lo que
conduce al acto extraordinario es un intenso conflicto entre dos pasiones
contrarias, y en El mortal inmortal son los celos los que
llevan a cometer al protagonista un acto que le conducirá a una situación
sentimental más conflictiva e intensa, que marca el final del relato.
Tanto la exposición de caracteres constituidos por una estructura
pasional anormal y deforme como la descripción de las situaciones
extraordinarias y horribles que dichos caracteres hacen surgir, que tienden a
impresionar al lector, colocan a todos estos relatos en el centro mismo de lo
gótico.
Mary Shelley
Cuentos góticos
Valdemar - Gótica 08
ePub r1.3
Narukei 23.01.18
Título original: Cuentos
góticos
Mary Shelley, 1828 - 1857
Traducción: Elías Sarhan
Ilustración de portada: Frankenstein,
1831
Diseño de portada: Valdemar
Editor digital: Narukei
Corrección de erratas: el nota
ePub base r1.2
PRÓLOGO
El cadáver leproso en quien puso sus
manos
este espíritu tierno se evapora
en flores de dulcísima fragancia;
igual que encarnación de las
estrellas,
cuando los esplendores se cambian en
aroma,
iluminan la muerte y hacen burla
del alegre gusano que abajo se
despierta;
no, lo que conocemos nunca muere.
¿Será todo eso igual que una espada
fundida
por un ciego relámpago a orillas de
su vaina?
Un momento destella el átomo violento
y luego se disipa en helado reposo.
P. B. Shelley.— Adonais, XX
Mary Shelley, nacida en 1797, fue el fruto de la pareja de pensadores
más radicales de la Ilustración inglesa. Su padre, William Godwin, además de
ser autor de novelas en la tradición gótica como St Leon y Caleb
Williams, escribió un ensayo titulado Political Justice, donde
exponía una visión utópica de la sociedad basada en principios
revolucionarios. Su madre, Mary Wollstonecraft Godwin, autora de Vindication
of the Rights of Woman —la más ardiente defensa de la educación de las
facultades femeninas en aquella época—, murió a los diez días de
haber dado a luz a su hija, a causa de fiebres puerperales. William, al cabo de
un año de la muerte de su esposa, comenzó la búsqueda de una nueva mujer que
asumiese los asuntos domésticos; y la encontró en Mary Jane Clairmont, que se
convirtió así en la nueva Mrs. Godwin.
A pesar de los principios radicales de sus progenitores, Mary nunca
estuvo escolarizada y aprendió a leer y a escribir en su propia casa mediante
el método compuesto por su madre —Ten Lessons—, impartido por Louisa
Jones. Además, la autora de Frankenstein tenía acceso a la
magnífica biblioteca de su padre, y a las conversaciones que éste mantenía con
visitantes ilustres como Wordsworth, Coleridge, Lamb, etc. Así, en una de estas
veladas escuchó en boca del propio Coleridge La rima del anciano
marinero. Todo esto contribuyó a estimular su imaginación y a reforzar su inclinación
por la ensoñación: «… mis sueños me pertenecían por completo; eran mi refugio
cuando estaba aburrida, mi mayor placer cuando me encontraba bien», escribió en
su introducción a la edición de 1831 de Frankenstein.
En 1812, de regreso de un viaje a Escocia, conoce a Percy Bysshe Shelley
durante una cena celebrada en casa de Godwin, a la que el poeta había acudido
acompañado de su mujer, Harriet Westbrook. Poco tiempo antes había escrito una
carta de presentación al padre de Mary en la que se reconocía discípulo del
filósofo. Dos años después, Shelley frecuentaba a diario la casa de los Godwin
y acompañaba a Mary en sus paseos a la tumba de Mary Wollstonecraft, ante la
cual se declararon su amor mutuamente. Godwin, al tener noticia de la relación,
la desaprobó. Entre tanto, la infeliz Harriet se suicidó, contrariada por los
amoríos del poeta, ahogándose en La Serpentina. Un día de julio de 1824 huyeron
los dos amantes de la casa paterna, llevándose consigo a Jane Clairmont.
Viajaron por Francia y Suiza, hasta que los problemas les obligaron a regresar
a Inglaterra al mes siguiente. Durante el viaje, con la presencia estimulante
de Shelley, Mary se afirmó en su decisión de emprender la carrera literaria… El
diario que escribió durante aquellos días sirvió de base para su History
of a Six Weeks Tour Through a part of France, Switzerland, Germany, and
Holland; with Letters descriptive of a Sail round the Lake of Geneva, and of
the Glaciers of Chamouni. Las descripciones del paisaje contenidas en el
libro son la percepción de un espectador de la naturaleza
construida con las categorías estéticas de lo sublime, lo bello y lo
pintoresco.
Mary está de vuelta en Londres en septiembre, y durante el invierno
queda embarazada; en ese tiempo Jane y Percy se hacen amantes. A cambio
Percy animó a su amigo Thomas Hogg a hacer el amor con Mary y a ésta a
que aceptase los cuidados de su amigo durante el embarazo, ya que él estaba
ocupado en la otra relación, cosa que no agradaba excesivamente a la futura
autora de Frankenstein. La primera hija de Shelley nació
prematuramente y sólo consiguió sobrevivir hasta el mes siguiente, hecho que
afectó profundamente a la madre, conduciéndola a una depresión anímica. Jane,
que adoptó el nombre más poético de Clara, se vio finalmente obligada a dejar
la relación amorosa con Percy y a emprender la búsqueda de un nuevo poeta; lo
encontró en el más famoso de aquellos días: Lord Byron, quien en 1816 viaja a
Suiza. Claire convence a la pareja Shelley para que la acompañen en su viaje a
Ginebra, donde se reunirían con Byron. En junio los Shelley se instalan en una
casa situada en las orillas del lago de Ginebra, cerca de la casa donde viven
Byron, su médico Polidori y sus criados. Los dos poetas se hacen amigos
inmediatamente.
Durante la noche del 16 de junio, Mary tuvo una pesadilla que dio origen
a una de las historia de terror más logradas del XIX: Frankenstein,
o la creación de un ser vivo a partir de la materia muerta. Esta obra, que dio
un nuevo impulso a la tradición gótica en la novela, apareció por primera vez
en 1818. Mary escribió también otras novelas, como Mathilda, Valperga,
El último hombre, The Fortunes of Perkin Warbeck, Lodore,
Falkner, y cinco volúmenes de Vidas de escritores italianos, españoles,
portugueses y franceses. En 1819 murió de paludismo su hijo William, a la edad
de tres años, y en ese mismo año nació también el único de sus hijos que
sobrevivió: Percy Florence. Tres años más tarde murió su marido, ahogado en
medio de una tormenta. Al año siguiente de la muerte del poeta, Mary regresó
junto con su hijo a Inglaterra, quien constituyó su apoyo emocional durante el
resto de su vida, tras las desilusiones sentimentales y la mala suerte a la que
había estado sometida. Mary Shelley murió, a la edad de 53 años, en 1851, y
enterrada en el cementerio de san Pedro, en Bournemouth, entre los restos de su
padre y de su madre.
***
Shelley escribió más de dos docenas de cuentos a lo largo de su vida. La
mayoría de ellos fueron publicados en la revista Keepsake entre
1828 y 1857, y el resto en algunos anuarios literarios muy populares en
Inglaterra por aquel entonces. Apenas han sido editados en su lengua original;
después de su primera aparición, algunos de ellos han visto la luz en alguna
antología de cuentos góticos, y existen dos ediciones de sus cuentos: una
parcial a cargo del autor del Crepúsculo de los dioses —bibliotecario
de la Biblioteca Nacional de Londres—, Richard Garnett, que en su prólogo
defiende la necesidad de colocar en el sitio adecuado el genio de Mary Shelley
dentro del relato corto del XIX, y una edición más completa y reciente, a cargo
de Charles R. Robinson, de donde se ha hecho la selección que constituye esta
primera edición de relatos de Mary Shelley en castellano.
Todas estas historias están envueltas en un ambiente romántico y tratan
de describir caracteres cuyo elemento más conspicuo es el estar sometido a la
influencia de fuertes pasiones, que a veces dan pie a sucesos sobrenaturales o
extraordinarios en extremo, o son el producto de este tipo de acontecimientos.
Así, en “La transformación, un fuerte orgullo se convierte en el tirano que
mueve todos los actos del protagonista del relato, lo que le conduce a una
situación extraordinaria, en cuya descripción abundan todos los elementos que
hacen nacer en el lector la sensación estética de lo sublime. Al comienzo de la
descripción, el protagonista, objeto de lo sublime para el lector, es a su vez
un mero espectador de algo terrible: «Allí me encontraba yo, seguro; y allí
estaban ellos, luchando sin esperanza alguna contra la aniquilación». El lector
se convierte así en espectador de un espectador de lo sublime, una situación
que nos recuerda la inclinación de Friedrich por mostrar en sus cuadros al
observador de lo enigmático. Pero el joven protagonista pasa inmediatamente a
ser objeto estético del lector cuando aparece ante él una figura deforme,
sobreviviente del naufragio. En otro relato, “El sueño”, lo que conduce al acto
extraordinario es un intenso conflicto entre dos pasiones contrarias, y en “El
mortal inmortal” son los celos los que llevan a cometer al protagonista un acto
que le conducirá a una situación sentimental más conflictiva e intensa,
que marca el final del relato. Tanto la exposición de caracteres
constituidos por una estructura pasional anormal y deforme como la descripción
de las situaciones extraordinarias y horribles que dichos caracteres hacen
surgir, que tienden a impresionar al lector, colocan a todos estos relatos en
el centro mismo de lo gótico.
Agustín Izquierdo
EL MORTAL INMORTAL
Cuento
16 de julio de 1833. Éste es un aniversario memorable
para mí. ¡En esta fecha celebro mi cumpleaños trescientos veintitrés!
¿El Judío Errante? Por supuesto que no. Sobre su cabeza han pasado más
de dieciocho siglos. En comparación con él, yo soy un Inmortal muy joven.
Entonces, ¿soy un inmortal? Es una pregunta que me he formulado día y
noche durante trescientos tres años, y aún no soy capaz de contestarla. Hoy
mismo detecté una cana entre mi pelo castaño… sin duda significa decadencia. No
obstante, puede que haya permanecido oculta durante trescientos años, ya que
algunas personas han encanecido por completo antes de cumplir los veinte años.
Contaré mi historia y el lector juzgará por mí. Contaré mi historia, y
así procuraré pasar algunas horas de una larga eternidad, tan agotadora para
mí. ¡Para siempre! ¿Puede ser? ¡Vivir para siempre! He oído hablar de
encantamientos en los que las víctimas fueron arrojadas a un profundo sueño,
para despertar después de cien años tan jóvenes como siempre; he oído hablar de
los Siete Durmientes, sin ser agotador ser inmortal así: pero, ¡oh!, la carga
del tiempo interminable, el paso tedioso de las horas. ¡Qué feliz era el
legendario Nourjahad! Vuelvo a mi tarea.
Todo el mundo ha oído hablar de Cornelius Agrippa. Su recuerdo es tan
inmortal como sus artes me hicieron a mí. Todo el mundo también ha oído hablar
de su alumno, quien, sin saberlo, despertó al espantoso espíritu durante la
ausencia de su maestro y fue destrozado por él. El informe, cierto o falso, de
este accidente fue escuchado con grandes inconvenientes para el
renombrado filósofo. Todos sus discípulos le abandonaron en el acto… sus
sirvientes desaparecieron. No tenía a nadie cerca de él para que alimentara con
carbón sus fuegos siempre llameantes mientras dormía, o cuidara de los colores
cambiantes de sus medicinas mientras estudiaba. Experimento tras experimento
fracasó, ya que un par de manos no bastaba para acabarlos: los espíritus
oscuros se rieron de él por no ser capaz de retener a un solo mortal a su
servicio.
Entonces yo era muy joven —muy pobre— y estaba muy enamorado. Había sido
durante casi un año el pupilo de Cornelius, aunque me encontraba ausente cuando
este accidente tuvo lugar. Al regresar, mis amigos me imploraron que no me
quedara en la morada del alquimista. Temblé mientras escuchaba la terrible
historia que me narraron; no me hizo falta una segunda advertencia. Y cuando
Cornelius llegó y me ofreció una bolsa de oro si permanecía bajo su techo,
sentí como si el mismo Satanás me estuviera tentando. Me castañetearon los
dientes, el pelo se me puso de punta y corrí a la velocidad que me lo
permitieron las débiles rodillas.
Mis titubeantes pasos me condujeron al mismo lugar al que durante dos
años había sido atraído cada noche: una fuente de puras aguas blancas y
burbujeantes junto a la cual había una muchacha de cabellos oscuros, cuyos ojos
brillantes estaban clavados en el sendero que yo solía recorrer todas las
noches. No puedo recordar la hora en que no amé a Bertha. Habíamos sido vecinos
y compañeros de juegos desde la infancia; sus padres, como los míos, eran
humildes pero respetables, y nuestra relación había sido una fuente de gozo
para ellos. En una hora nefasta, una fiebre maligna se llevó a su padre y a su
madre, dejando a Bertha huérfana. Habría encontrado un hogar bajo mi techo
paterno, pero, lamentablemente, la vieja dama del castillo próximo, rica, sin
hijos y solitaria, declaró su intención de adoptarla. A partir de ese instante
Bertha vistió con sedas, habitó en un lugar de mármoles y se la consideró
favorecida por la fortuna. Sin embargo, en su nueva familia, Bertha siguió
siendo leal al amigo de días más humildes; a menudo visitaba la cabaña de mi
padre, y cuando se le prohibió venir, se desviaba hacia el bosque cercano y se
encontraba conmigo junto a su umbría fuente.
A menudo declaró que no le debía una lealtad a su nueva protectora igual
de sagrada a la que nos unía a nosotros. No obstante, yo seguía siendo
demasiado pobre para casarme, y ella se cansó de verse atormentada por mi
culpa. Tenía un espíritu altanero pero impaciente, y se encolerizó por los
obstáculos que impedían nuestra unión. Ahora nos encontrábamos después de un
periodo de ausencia, y ella había estado profundamente molesta mientras yo me
encontré lejos; se quejó con amargura y casi me reprochó el ser pobre. Yo me
apresuré a responder:
—¡Aunque pobre, soy honesto! ¡Si no,
pronto podría ser rico!
Esta exclamación provocó mil preguntas. Temí asustarla contándole la
verdad, mas logró sacármela; y entonces, lanzándome una mirada de desdén, dijo:
—¡Dices amarme, pero temes
enfrentarte al Diablo por mí!
Protesté que sólo había temido ofenderla, pero ella siguió pensando en
la magnitud del premio que recibiría. Así animado, humillado por ella, empujado
por el amor y la esperanza, riéndome de mis últimos temores, con pasos rápidos
y corazón ligero regresé a aceptar la oferta del alquimista y al instante me
instalé en mi puesto.
Pasó un año. Me convertí en poseedor de una considerable cantidad de
dinero. La costumbre había desterrado mis temores. A pesar de la más dolorosa
vigilancia, jamás había detectado rastro de un pie satánico, ni el estudioso
silencio de nuestra morada se vio perturbado alguna vez por un aullido
demoníaco. Aún mantenía mis citas robadas con Bertha, y la Esperanza vivía en
mí —Esperanza—, pero no el gozo perfecto, pues Bertha imaginaba que el amor y
la seguridad eran enemigos, y su placer era el de dividirlos en mi pecho.
Aunque de corazón leal, tenía una naturaleza algo coqueta, y yo era celoso como
un turco. Me menospreciaba de mil maneras, aunque jamás reconocía estar
equivocada. Me enloquecía de ira, y luego me obligaba a pedirle perdón. A veces
manifestaba que yo no era demasiado sumiso, y entonces me contaba alguna
historia de un rival, favorito de su protectora. Estaba rodeada por jóvenes
vestidos con seda — ricos y despreocupados—, ¿qué posibilidad tenía el humilde
aprendiz de Cornelius comparado con ellos?
En una ocasión, el filósofo me exigió tanto tiempo personal que fui
incapaz de reunirme con ella tal como era mi deseo. Éste se hallaba ocupado en
un importante trabajo y yo me vi obligado a quedarme, día y noche, alimentando
sus hornos y vigilando sus preparados químicos. Bertha me aguardó en vano junto
a la fuente. Su altivo espíritu se encendió ante mi descuido, y cuando por fin
logré escaparme durante los pocos minutos que se me concedían para dormir,
esperando consolarla, me recibió con desdén, me despidió con desprecio y juró
que cualquier hombre poseería su mano en lugar de aquel que no podía estar en
dos lugares al mismo tiempo por su amor. ¡Sería vengada! Y en verdad que lo
fue. En mi sucio refugio oí que había ido de caza en compañía de Albert Hoffer.
Éste tenía el favor de su protectora, y los tres pasaron montados en sus
caballos delante de mi humeante ventana. Me pareció que mencionaban mi nombre…
seguido por una risa despectiva mientras sus oscuros ojos se alzaban con
menosprecio hacia mi morada.
Los celos, con todo su veneno y su miseria, entraron en mi pecho.
Derramé un torrente de lágrimas al pensar que jamás la llamaría mía, y lancé
mil maldiciones a su inconstancia. No obstante, aún tuve que avivar los fuegos
del alquimista y atender los cambios de sus ininteligibles medicinas.
Cornelius había guardado vigilia durante tres días y tres noches, sin
cerrar nunca los ojos. El progreso de sus alambiques era más lento de lo que
esperaba: a pesar de su ansiedad, el sueño le pesaba en los párpados. Una y
otra vez hacía a un lado la somnolencia con energía más que humana; una y otra
vez penetraba en sus sentidos. Observó sus crisoles con añoranza.
—Todavía no están listos —murmuró—; ¿ha de transcurrir otra noche antes
de que el trabajo esté conseguido? Winzy, tú eres vigilante, eres leal… tú has
dormido, muchacho, tú has dormido anoche. Mira ese frasco de cristal. El
líquido que contiene es de un rosa pálido, en el momento en que su tonalidad
cambie, despiértame; hasta ese momento podré cerrar los ojos. Primero se
volverá blanco, y luego emitirá destellos dorados, pero no aguardes hasta
entonces. Cuando el rosa se desvanezca, levántame.
Apenas oí las últimas palabras, ya que habían sido musitadas casi en
sueño. Y aun así no cedió del todo ante la naturaleza.
—Winzy, muchacho —repitió—, no toques el frasco… no te lo lleves a los
labios; es un filtro… un Filtro para curar el amor; tú no quieres dejar de amar
a tu Bertha… ¡cuídate de beberlo!
Y durmió. Su venerable cabeza se hundió en su pecho, y oí débilmente su
respiración regular. Durante unos minutos observé el frasco… la tonalidad
rosada del líquido permaneció inalterada. Luego, mis pensamientos vagaron:
visitaron la fuente y repasaron mil escenas encantadoras que jamás serían
renovadas… ¡jamás! Víboras y culebras se cobijaban en mi corazón mientras la
palabra «¡jamás!» se formaba a medias en mis labios. ¡Mujer falsa! ¡Falsa y
cruel! Nunca más me sonreiría como le sonrió aquella noche a Albert. ¡Mujer
despreciable, detestable! No me quedaría sin ser vengado… vería morir a Albert
a sus pies, ella moriría también bajo mi venganza. Había sonreído con desdén y
triunfo, sabía de mi desgracia y de su poder. Sin embargo, ¿qué poder poseía?
El de estimular mi odio, mi absoluto desprecio, mi… ¡oh, todo menos mi
indiferencia! Si tan sólo pudiera conseguir eso, mirarla con ojos indiferentes,
transfiriendo mi amor rechazado a una mujer más hermosa y más leal, ¡eso sí que
sería una victoria!
Un relámpago brillante surgió ante mis ojos. Había olvidado la medicina
del adepto; la miré maravillado: relámpagos de admirable belleza, más
brillantes que los destellos que emite un diamante cuando se posan los rayos
del sol en él, salían de la superficie del líquido, un olor de lo más fragante
y grato invadió mi olfato; el frasco parecía un globo de brillo vivo, adorable
al ojo y de lo más invitador al paladar. El primer pensamiento que tuve,
inspirado por los sentidos menos nobles, fue: beberé… debo beber. Alcé el
frasco a los labios.
—¡Me curará del amor… de la tortura!
Ya había vaciado la mitad del licor más delicioso que jamas hubiera
probado un paladar humano cuando el filósofo se agitó. Me sobresalté y dejé
caer el frasco de cristal: el líquido llameó y danzó sobre el suelo mientras yo
sentía la mano de Cornelius en mi cuello al tiempo que gritaba:
—¡Desgraciado! ¡Has destruido el
trabajo de mi vida!
El filósofo ignoraba que yo hubiera bebido algo de su droga. Creía, con
mi asentimiento tácito, que había levantado el frasco por curiosidad y,
asustado por su brillo y los destellos de intensa luz que emitía, lo
había dejado caer. Nunca le saqué de su engaño. El fuego de la medicina estaba
apagado, la fragancia desapareció… y él se calmó, como todo filosofo bajo la
prueba más dura, y me mandó a descansar.
No intentaré describir el sueño de gloria y felicidad que bañó mi alma
en el paraíso durante las restantes horas de aquella noche memorable. Las
palabras serían opacas y huecas para explicar mi gozo o la alegría que dominaba
mi pecho cuando desperté. Caminaba en el aire… mis pensamientos moraban en el
cielo. La tierra parecía el cielo, y mi herencia en ella era la de un trance de
júbilo.
«Esto es estar curado del amor —pensé—. Veré a Bertha hoy y encontrará a
su amor frío y distante; demasiado feliz para ser desdeñoso, ¡pero
terriblemente indiferente hacia ella!»
Las horas transcurrieron rápidamente. El filósofo, seguro de que había
tenido éxito en una ocasión y creyendo que podría tenerlo de nuevo, comenzó a
mezclar la misma medicina una vez más. Se encerró con sus libros y drogas, y yo
disfruté de vacaciones. Me vestí con esmero, me miré en un viejo pero bruñido
escudo que me sirvió de espejo. Creí que mi apariencia había mejorado de manera
maravillosa. Me apresuré a salir de los límites de la ciudad, con el alma
bañada por el júbilo y rodeado por la belleza del cielo y de la tierra.
Encamine mis pasos hacia el castillo… y ya podía ver sus altas torretas con
corazón ligero, pues estaba curado del amor. Mi Bertha me vio lejos mientras
subía por la avenida. No supe qué impulso súbito animó su pecho, pero al verme
bajó con la agilidad de un fauno por las escaleras de mármol y corrió hacia mí.
Sin embargo, otra persona me había observado. La vieja bruja de noble cuna, esa
que se llamaba su protectora, y que era su tirana, también me había visto.
Cojeó, jadeante, terraza arriba, mientras un paje, tan feo como ella, la
ayudaba y la abanicaba mientras avanzaba, y detuvo a mi hermosa niña con las
siguientes palabras:
—¿Adónde vas, mi intrépida señora… adónde con tantas prisas? De regreso
a tu jaula… ¡los halcones andan sueltos!
Bertha juntó las manos… con los ojos aún clavados en mi silueta cada vez
más próxima. Vi el enfrentamiento. Cuánto odié a la vieja bruja que
frenaba los amables impulsos del suavizado corazón de mi Bertha. Hasta
ahora, el respeto por su posición social me había hecho evitar el castillo de
la anciana dama; en esta ocasión desdeñé tales consideraciones triviales.
Estaba curado del amor y elevado por encima de todos los temores humanos.
Aceleré el paso, y pronto llegué a la terraza. ¡Qué hermosa se veía Bertha! Sus
ojos lanzaban llamas, las mejillas le brillaban con impaciencia y furia, estaba
mil veces más encantadora y grácil que nunca… Yo ya no la amaba. ¡Oh, no! ¡La
adoraba, la idolatraba!
Aquella mañana había sido hostigada con algo más que la vehemencia
habitual para que consintiera en un matrimonio inmediato con mi rival. Se le
reprochó el aliento que le había mostrado… y se la amenazó con echarla en
desgracia y humillación. Ante esa amenaza, su orgulloso espíritu se sublevó;
pero cuando recordó el desdén con que me había tratado y cómo, quizá, de esa
manera había perdido a la única persona que ahora consideraba su único amigo,
lloró con remordimiento y con furia. En ese momento aparecí yo.
—¡Oh, Winzy! —exclamó—. Llévame a la cabaña de tu madre; rápido, deja
que abandone los lujos odiados y la perfidia de esta noble morada… llévame a la
pobreza y la felicidad.
La abracé con arrebato. La vieja dama estaba muda de ira, y comenzó a
soltar imprecaciones cuando nos encontramos ya de camino hacia mi casa natal.
Mi madre recibió a la hermosa fugitiva, que había escapado de una jaula de oro
en busca de la naturaleza y la libertad, con ternura y júbilo; mi padre, que la
amaba, le dio una calurosa bienvenida. Fue un día de gozo que no necesito la
adición de la poción celestial del alquimista para sumirme en el deleite.
Poco después de aquel memorable día, me convertí en el marido de Bertha.
Dejé de ser el alumno de Cornelius, pero seguí siendo su amigo. Siempre sentí
gratitud hacia él por haberme conseguido, aunque involuntariamente, esa
espléndida pócima de un elixir divino, que, en vez de curarme del amor (¡triste
cura!, solitario e infeliz remedio para males que parecen bendiciones al
recuerdo), me había inspirado valor y decisión, haciéndome ganar un inestimable
tesoro en la persona de mi Bertha.
A menudo recordaba maravillado ese periodo embriagador casi de trance.
La bebida de Cornelius no había cumplido la misión para la que él afirmaba que
había sido preparada, pero sus efectos eran más potentes y felices de lo que
pueden expresar las palabras. Poco a poco habían pasado, aunque aún
permanecían, y coloreaban la vida con tonalidades de esplendor. A menudo Bertha
se preguntaba por mi ligereza de corazón y mi inusual júbilo, ya que antes yo
había sido más bien de disposición seria, incluso triste. Me amaba más por mi
temperamento vivaz, y nuestros días estuvieron en alas de la alegría.
Cinco años después fui llamado repentinamente al lecho del moribundo
Cornelius. Me había mandado buscar, solicitando mi presencia inmediata. Le
encontré tumbado en su camastro, debilitado hasta la muerte. La vida que aún le
quedaba animaba sus penetrantes ojos, que estaban clavados en un frasco de
cristal, lleno con un líquido rosado.
—¡Mira —dijo, con voz rota y remota— la vanidad de los deseos humanos!
Por segunda vez mis esperanzas estaban a punto de verse coronadas, y por
segunda vez fueron destruidas. Mira ese licor… ¿recuerdas que hace cinco años
también lo preparé con el mismo éxito? Entonces, como ahora, mis sedientos
labios esperaban probar el elixir de la inmortalidad… ¡tú me lo quitaste! Y
ahora ya es demasiado tarde.
Habló con dificultad, y volvió a caer sobre la almohada. No pude evitar
preguntar:
—¿Cómo, reverendo maestro, puede una cura para el amor restaurar la
vida?
Una débil sonrisa le iluminó la cara mientras escuchaba con atención su
respuesta apenas inteligible.
—Una cura para el amor y para todas las cosas: el Elixir de la
Inmortalidad. ¡Ah! ¡Si ahora pudiera beber, viviría para siempre!
Mientras hablaba, el líquido lanzó un destello dorado: una fragancia que
recordaba perfectamente inundó la atmósfera. Cornelius se incorporó, débil como
estaba —la fuerza pareció invadir milagrosamente su cuerpo—, alargó la mano…
una explosión sonora me sobresaltó. ¡Una lengua de fuego salió disparada del
elixir y el frasco de cristal que lo contenía quedó
reducido a átomos! Giré los ojos hacia el filósofo; había vuelto a
echarse:
tenía los ojos vidriosos, las
facciones rígidas… ¡estaba muerto!
¡Pero yo vivía, y viviría para siempre! Eso dijo el desafortunado
alquimista, y durante unos días creí sus palabras. Recordé la gloriosa ebriedad
que había seguido a la pócima que tomé. Reflexioné en el cambio que había
sentido en mi cuerpo… en mi alma. La extraordinaria elasticidad del primero, la
vigorosa ligereza de la segunda. Me observé en un espejo y no pude percibir
ningún cambio en mis facciones en el periodo de cinco años que había
transcurrido. Recordé los colores radiantes y el grato aroma de aquella pócima
deliciosa: era valioso el don que concedía. Entonces, ¡yo era inmortal!
Unos pocos días después me reí de mi credulidad. El viejo proverbio de
que «uno no es profeta en su propia tierra» era cierto con respecto a mí y a mi
difunto maestro. Le amé como hombre y le respeté como sabio, pero despreciaba
la noción de que podía dominar los poderes de la oscuridad, y me reí de los
temores supersticiosos con que lo contemplaba el vulgo. Era un filósofo sabio,
pero no tenía relación alguna con ningún espíritu salvo los de carne y hueso.
Su ciencia era, sencillamente, humana; y la ciencia humana, pronto me convencí
a mí mismo, jamás sería capaz de conquistar las leyes de la naturaleza, hasta
llegar a aprisionar el alma para siempre en su morada carnal. Cornelius había
preparado un brebaje que tonificaba el alma —más embriagador que el vino— más
dulce y aromático que cualquier fruta: probablemente poseía fuertes poderes
medicinales que impartían júbilo al corazón y vigor a las extremidades, pero
sus efectos pasarían… ya estaban disminuyendo en mi cuerpo. Yo era afortunado
por haber bebido salud y gozo, y quizá larga vida, de manos de mi maestro, pero
mi suerte terminaba ahí. La longevidad era bastante diferente de la
inmortalidad.
Seguí manteniendo esa creencia durante muchos años. A veces me invadía
un pensamiento… ¿De verdad había estado engañado el alquimista? Sin embargo, mi
creencia habitual era que me encontraría con el destino de los hijos de Adán a
su debido tiempo… quizá un poco más tarde, pero a una edad natural. No
obstante, no cabía duda de que mantenía un aspecto maravillosamente juvenil. Se
reían de mí por mi vanidad de consultar el
espejo tan a menudo, pero lo consultaba en vano: mi frente permanecía
sin arrugas, mis mejillas, mis ojos, toda mi persona continuaba tan impecable
como en mi vigésimo cumpleaños.
Me sentí atribulado. Miraba la belleza desvanecida de Bertha… más bien
parecía su hijo. Poco a poco nuestros vecinos comenzaron a realizar
observaciones similares, y al final descubrí que se me conocía por el nombre
del Sabio encantado. La misma Bertha empezó a sentirse inquieta. Se volvió
celosa e irritable, y por último empezó a cuestionarme. No teníamos hijos;
estábamos solos los dos. Y aunque a medida que envejecía su espíritu vivaz se
tornaba un poco malhumorado, y su belleza disminuía tristemente, yo la amaba en
mi corazón como la amante que había idolatrado, la esposa que había buscado y
ganado con un amor tan perfecto.
Finalmente, nuestra situación se hizo intolerable. Bertha tenía
cincuenta años… yo veinte. Con vergüenza, yo había adoptado en cierta medida
los hábitos de una edad más avanzada. En el baile ya no me mezclaba con los
jóvenes y alegres, sino que mi corazón se unía a ellos mientras contenía los
pies, y me convertí en una penosa figura entre los jóvenes de nuestra villa.
Pero antes del tiempo que ahora menciono, las cosas se vieron alteradas y nos
encontramos universalmente aislados. Se decía que nosotros —al menos yo—
habíamos mantenido una relación perversa con alguno de los supuestos amigos de
mi antiguo maestro. Sentían pena por la pobre Bertha, pero la abandonaron. A mí
se me observó con horror y odio.
¿Qué debía hacer? Nos sentábamos delante del fuego invernal: la pobreza
se había hecho sentir, pues nadie compraba los productos de mi granja, y a
menudo me había visto obligado a viajar treinta kilómetros hasta algún lugar
donde no era conocido para venderlos. Es verdad que habíamos ahorrado algo para
un día aciago… y ese día había llegado.
Nos sentábamos junto a nuestro solitario fuego invernal: el joven de
corazón viejo y su vieja esposa. Una vez más Bertha insistió en conocer la
verdad; rememoró todo lo que había oído decir acerca de mí, y añadió sus
propias observaciones. Me invocó a soltar el hechizo; describió cuánto más
hermoso era el cabello cano que mis rizos castaños; habló sobre el respeto y el
honor que se ganaban con la edad… cuán preferibles a la poca consideración que
se le prestaba a los jóvenes: ¿es que yo imaginaba que
los despreciables dones de la juventud y la buena apariencia superaban
la desgracia, el odio y el desdén? No, al final se me quemaría como un
practicante del arte negro, mientras que ella, a quien no me había dignado
comunicarle ni una parte de mi buena fortuna, podría ser lapidada como cómplice
mía. Por último, insinuó que debía compartir mi secreto con ella y concederle
los mismos beneficios de los que yo disfrutaba, de lo contrario, me
denunciaría… Entonces prorrumpió en lágrimas.
Así acosado, consideré mejor contar la verdad. Se la revelé con toda la
ternura que fui capaz de mostrar, y sólo hablé de una vida muy larga,
no de inmortalidad… representación que, por cierto, coincidía más con mis
propias ideas. Cuando finalicé, me levanté y dije:
—Y ahora, Bertha mía, ¿denunciarás al amante de tu juventud? No lo
harás, lo sé. Pero es demasiado duro, mi pobre esposa, que tú debas sufrir por
mi mala suerte y las malditas artes de Cornelius. Te dejaré… tienes suficientes
riquezas, y los amigos regresarán con mi ausencia. Me iré… joven como parezco,
y fuerte como soy, puedo trabajar y ganarme el sustento entre extraños,
desconocido y sin despertar sospechas. Te amé en la juventud; Dios es testigo
de que no te abandonaría en la vejez, pero tu seguridad y felicidad así lo
requieren.
Cogí la gorra y me dirigí hacia la puerta. Al instante los brazos de
Bertha me rodearon el cuello y presionó los labios contra los míos.
—No, esposo mío, mi Winzy —dijo—. No te irás solo… llévame contigo. Nos
iremos de este lugar y, como tú afirmas, entre extraños pasaremos
desapercibidos y estaremos seguros. No soy tan vieja como para avergonzarte, mi
Winzy, y me atrevo a decir que el hechizo pasará pronto, y, con la bendición de
Dios, adquirirás un aspecto mayor, como es lo correcto. No me dejarás.
Devolví el abrazo con calor.
—No lo haré, mi Bertha. Sólo por tu bien había pensado en algo
semejante. Seré tu esposo leal y fiel mientras estés conmigo, y cumpliré con mi
deber hacia ti hasta el último momento.
Al día siguiente nos preparamos en secreto para nuestra partida. Nos
vimos obligados a realizar grandes sacrificios pecuniarios… no pudo evitarse.
Por último, conseguimos una cantidad suficiente para
mantenernos, como mínimo, mientras Bertha viviera; y, sin despedirnos de
nadie, abandonamos nuestro país natal para refugiarnos en un lugar remoto de la
Francia occidental.
Fue cruel trasladar a la pobre Bertha de su ciudad natal y de sus viejos
amigos a un nuevo país, un nuevo idioma y nuevas costumbres. El extraño secreto
de mi destino hizo que este traslado fuera insignificante para mí, pero sentí
gran compasión por ella, y me alegró ver que encontraba compensación a sus
desgracias en una variedad de circunstancias ínfimas y ridículas. Lejos de
todos los chismosos, se afanó por reducir la aparente disparidad de nuestras
edades con mil artes femeninas: maquillaje, vestidos juveniles y vivacidad de
modales. No podía enfadarme: ¿acaso yo mismo no llevaba una máscara? ¿Por qué
irritarme con la de ella por tener menos éxito? Me afligió profundamente
recordar que ésta era mi Bertha, a quien tanto había amado y a quien había ganado
con tanto arrebato: la joven de ojos y cabello oscuros, con sonrisas de
encantadora astucia y paso de fauno… esta anciana remilgada, bobalicona y
celosa. Debía haber reverenciado sus rizos grises y mejillas marchitas, ¡pero
esto! Era mi obra, lo sabía, pero no por ello deploraba menos esta clase de
debilidad humana.
Sus celos jamás descansaban. Su principal ocupación era descubrir que a
pesar de la apariencia exterior yo mismo envejecía. Sinceramente, creo que la
pobre alma me amaba de verdad en su corazón, pero jamás una mujer tuvo una
manera más atormentadora de expresar afecto. Veía arrugas en mi cara y
decrepitud en mi andar, mientras que yo marchaba con vigor juvenil, siendo el
más joven de entre los jóvenes. Nunca me atreví a dirigirme a otra mujer. En
una ocasión, imaginando que la bella del poblado me contemplaba con ojos de
aceptación, me compró una peluca gris. Su discurso constante entre sus
conocidos era que aunque yo parecía tan joven, mi cuerpo estaba enfermo. Y
afirmaba que el peor síntoma era mi aparente salud. Mi juventud era una
enfermedad, decía, y que debía estar preparado constantemente, si no para una
muerte súbita y terrible, al menos sí para despertar una mañana con el pelo
cano y encorvado con todas las marcas de los años avanzados. Sus advertencias
se mezclaban con mis interminables especulaciones respecto a mi extraño estado,
y adquirí un vivo interés,
aunque doloroso, en escuchar todo lo que su rápida inteligencia y
excitada imaginación podían decir sobre el tema.
¿Por qué seguir con estas nimias circunstancias? Vivimos durante muchos
y largos años. Bertha tuvo que permanecer en cama por una parálisis: la cuidé
como una madre lo haría con su hija. Se tornó irritable y aún seguía
obsesionada con el tiempo que yo la sobreviviría. Siempre ha sido una fuente de
consuelo para mí el hecho de que realicé mi deber con escrupulosidad hacia
ella. Había sido mía en la juventud, y era mía en la vejez, y por fin, cuando
la cubrí con la mortaja, lloré al sentir que había perdido todo lo que de
verdad me unía a la humanidad…
Desde entonces, ¡cuántas han sido mis preocupaciones y aflicciones y
cuán pocos y vacíos mis gozos! Me detengo aquí en mi historia… no continuaré
más. Un marinero sin timón o compás arrojado a un mar tormentoso, un viajero
perdido en un páramo, sin hito o estrella para guiarle… ése he sido yo, pero
más perdido y desvalido que ellos. A éstos podría salvarlos un barco que se
acerca o una cabaña lejana, pero yo no tengo ningún faro, excepto la esperanza
de la muerte.
¡Muerte! ¡Misteriosa amiga de cara lúgubre de la débil humanidad! ¿Por
qué a mí, de entre todos los mortales, has apartado de tu abrazo protector?
¡Oh, por la paz de la tumba, el silencio del féretro, deja de trabajar en mi
cerebro y que mi corazón no lata más con emociones afectadas sólo por diversas
formas de tristeza!
¿Soy inmortal? Vuelvo a mi primera pregunta. En primer lugar, ¿no es más
probable que la pócima del alquimista tuviera más bien longevidad que vida
eterna? Tal es mi esperanza. Y ha de recordarse que sólo bebí la mitad de
la poción. ¿No era necesaria la totalidad para completar el encantamiento?
Haber bebido la mitad del Elixir de la Inmortalidad sólo es ser medio inmortal…
así, mi Siempre se ve truncado y anulado.
Pero, una vez más, ¿quién es capaz de numerar los años de media
eternidad? A menudo trato de imaginar por qué regla puede dividirse el
infinito. A veces tengo la fantasía de que los años caen sobre mí. He
encontrado una cana. ¡Necio! ¿Me lamento? Sí, a menudo el temor de la edad y la
muerte reptan fríamente en mi corazón; y, cuanto más vivo, más temo a la
muerte, aunque aborrezca la vida. Ese enigma es el hombre
nacido para perecer, cuando lucha, como yo, contra las establecidas
leyes de su naturaleza.
Pero seguro que por esta anomalía de sentimiento quizá muera: la
medicina del alquimista no será resistente al fuego, a la espada o a las
asfixiantes aguas. He mirado las azules profundidades de muchos lagos plácidos,
y el tumultuoso torrente de muchos ríos poderosos, y he dicho: la paz mora en
esas aguas… Sin embargo, me he alejado de allí para vivir un día más. Me he
preguntado si el suicidio sería un crimen para alguien al que sólo de esa
manera se le abrirían los portales del otro mundo. He hecho todo, salvo
presentarme como soldado o duelista, un objeto de destrucción para mis…
no, no mis compañeros mortales, razón por la que lo he
evitado. No son mis compañeros. El inextinguible poder de la vida en mi cuerpo,
y su efímera existencia, nos separa como los polos. No podría alzar una mano
contra el más débil de los más poderosos de entre ellos.
De este modo he vivido durante muchos años, solo y cansado de mí mismo,
deseoso de la muerte, pero sin morir jamás, un mortal inmortal. Ni la ambición
ni la avaricia pueden invadir mi mente, y el amor ardiente que roe mi corazón
jamás será devuelto, jamás encontrará un igual en quien abrasarse… vive sólo
para atormentarme.
Hoy he ideado un plan con el que tal vez acabe con todo, sin la
autodestrucción y sin hacer de otro hombre un Caín… una expedición a la que
ningún cuerpo mortal podrá sobrevivir, incluso imbuido con la juventud y fuerza
que habitan en mí. Así atacaré mi inmortalidad y descansaré para siempre… o
retornaré para ser la maravilla y benefactor de la especie humana.
Antes de partir, una miserable vanidad me ha hecho escribir estas
páginas. No moriré sin dejar un nombre atrás. Tres siglos han pasado desde que
bebiera la fatal poción. No transcurrirá otro año antes de que, encontrando
gigantescos peligros, luchando con los poderes de la helada en su propio
terreno, asolado por el hambre y la tempestad, entregue este cuerpo, una jaula
demasiado tenaz para un alma que anhela la libertad, a los elementos
destructivos del aire y el agua… o, si sobrevivo, mi nombre será grabado como
uno de los más famosos entre los hijos de los hombres. Y, una vez conseguido mi
objetivo, adoptaré unos medios más decisivos y,
esparciendo y aniquilando los átomos que componen mi cuerpo, liberaré la
vida aprisionada en su interior, tan cruelmente frenada para partir de esta
sombría tierra a una esfera más afín con su esencia inmortal.
ROGER DODSWORTH
El inglés reanimado
Quizá se recuerde que el cuatro de julio pasado[*] apareció un párrafo en los periódicos indicando que el doctor Hotham, de
Northumberland, cuando regresaba hace unos veinte años de Italia, sacó de
debajo de una avalancha en el Monte St. Gothard, en las proximidades de la
montaña, a un ser humano cuya animación había sido suspendida por la acción de
las bajas temperaturas. Al aplicársele los remedios habituales, el paciente fue
resucitado para descubrirse que se trataba del señor Dodsworth, hijo del
anticuario Dodsworth, que falleció en el reinado de Carlos I. Tenía treinta y
siete años de edad en el momento de su inhumación, que había tenido lugar
durante su regreso de Italia en 1654. Se añadió que tan pronto como se hubiera
recuperado lo suficiente volvería a Inglaterra bajo la protección de su
salvador. Desde entonces no hemos oído hablar más de él, y varias iniciativas
para el interés público, que se habían iniciado en mentes filantrópicas al leer
la noticia, ya han retornado a su prístina nada. La sociedad de anticuarios se
había abierto camino a varios votos de medallas, y ya había comenzado, en idea,
a considerar qué precios podía permitirse ofrecerle al señor Dodsworth por sus
viejas ropas y a conjeturar qué tesoros en cuanto a panfletos, canciones
antiguas o cartas manuscritas podían contener sus bolsillos. Desde todos los
puntos se empezaron a escribir poemas de todas las clases, elegiacos,
congratulatorios, burlescos y alegóricos. En favor de dicha información
auténtica, el señor Godwin había suspendido la historia de la Commonwelth que
acababa de iniciar. Es duro
no sólo que el mundo se vea privado de esos destinados dones de los
talentos del país, sino también que se le prometa y luego se le niegue un nuevo
tema de romántica maravilla e interés científico. Una idea novel vale mucho en
la rutina corriente de la vida, pero un hecho nuevo, un milagro, una desviación
del curso palpable de las cosas hacia la aparente imposibilidad es una
circunstancia a la cual la imaginación debe aferrarse con deleite, y de nuevo
repetimos que es duro, muy duro, que el señor Dodsworth se niegue a aparecer, y
que los creyentes en su resurrección se vean obligados a soportar los sarcasmos
y argumentos triunfalistas de aquellos escépticos que siempre se mantienen del
lado seguro de la barrera.
Ahora bien, nosotros no creemos que haya ninguna contradicción o
imposibilidad unida a las aventuras de esta joven reliquia. La animación (creo
que los fisiólogos se muestran de acuerdo) se puede suspender con facilidad
durante unos cien o doscientos años, o unos pocos segundos. Un cuerpo
herméticamente sellado por la helada se ve por necesidad preservado en su
primitiva totalidad. No se le puede añadir nada o quitarle algo a aquello que
se halla absolutamente aislado de la acción de un agente exterior: no puede
acontecer ninguna descomposición, pues algo jamás se puede volver nada. Bajo la
influencia de ese estado que nosotros llamamos muerte, el cambio, mas no la
aniquilación, nos quita de la vista el mundo corpóreo, la tierra recibe
sustento de él, el aire se alimenta de él, cada elemento coge lo suyo, forzando
así el pago de lo que ha prestado. Sin embargo, los elementos que flotaban
sobre la helada mortaja del que nunca podría escapar un aliento. Y entonces se
le liberó, la tenebrosa sombra fue desterrada para su propia perplejidad. Su
víctima se había quitado el gélido hechizo y se levanta un hombre tan perfecto
como el que se tumbó hace ciento cincuenta años. Con ansiedad hemos deseado que
se nos comunicaran algunos detalles de sus primeras conversaciones y la manera
en que ha aprendido a adaptarse a su nuevo escenario de vida. Pero como se nos
niegan los hechos, permítasenos esbozar una conjetura. Se puede adivinar cuáles
fueron sus primeras palabras de las expresiones usadas por las personas expuestas
a accidentes más cortos de similar naturaleza. Pero a medida que recupera toda
su capacidad, la trama se hace más densa. Su ropa ya ha estimulado el asombro
del doctor Hotham: la barba puntiaguda,
los rizos sobre la frente, que, hasta que se descongeló, se mantenían
rígidos bajo la influencia de la escarcha y la helada; su traje hecho como el
de los retratos de Van Dyck, o (una similitud más familiar) como el disfraz del
señor Sapio en Winters Opera of the Oracle, sus zapatos en punta…
todo hablaba de otra época. La curiosidad del salvador le descubrió que el
señor Dodsworth estaba a punto de despertar. Mas para ser capaces de conjeturar
con cierto grado de veracidad el rumbo de sus primeras preguntas, hemos de
esforzarnos por descifrar qué papel desempeñó en su vida anterior. Vivió en el
periodo más interesante de la historia inglesa: se hallaba perdido al mundo
cuando Oliver Cromwell ya había alcanzado la cúspide de su ambición, y a los
ojos de Europa entera, la Commonwealth de Inglaterra parecía tan establecida
como para durar toda la eternidad. Carlos I estaba muerto; Carlos II era un
proscrito, un mendigo, pobre incluso en esperanzas. El padre del señor
Dodsworth, el anticuario, recibía un salario del general republicano, lord
Fairfax, un gran amante de las antigüedades, y murió el mismo año en que su
hijo se sumió en ese sueño largo pero no definitivo… una curiosa coincidencia
ésta, pues da la impresión de que nuestro amigo preservado por el frío
regresaba a Inglaterra cuando murió su padre, para, probablemente, reclamar su
herencia. ¡Cuán efímeros son los puntos de vista humanos! ¿Dónde se encuentra
ahora el patrimonio del señor Dodsworth? ¿Dónde sus coherederos, sus albaceas y
legatarios? Su prolongada ausencia, suponemos, ha proporcionado a los actuales
poseedores de sus propiedades… la cronología del mundo es ciento setenta años
más vieja desde que él abandonara la escena, mano tras mano ha arado sus acres,
convirtiéndose luego en más terrones de tierra; se nos puede permitir dudar si
una sola partícula de su superficie es individualmente la misma que aquellas
que iban a ser suyas… la misma tierra joven rechazaría la antigua reliquia de
su reclamador.
El señor Dodsworth, si podemos juzgarlo por la circunstancia de que se
encontrara en el extranjero, no era un celoso hombre de la Commonwealth; no
obstante, haber elegido Italia como el país a visitar y su proyectado retorno a
Inglaterra a la muerte de su padre, torna probable que no fuera un violento
colono leal a Gran Bretaña. Sí parece ser (o haber sido) uno de esos hombres
que no seguían los consejos de Catón como están registrados
en la Farsalia; un grupo, si el no pertenecer a grupo alguno
admite semejante término, que Dante nos recomienda despreciar por completo, y
que en no pocas ocasiones cae entre los dos taburetes, asiento que se evita con
sumo cuidado. Sin embargo, el señor Dodsworth apenas podía dejar de sentirse
ansioso por las últimas noticias procedentes de su país natal en un periodo tan
crítico; su ausencia podría haber puesto en gran peligro su propia propiedad;
por lo tanto, podemos imaginar que una vez que sus miembros hubieron sentido el
gozoso regreso de la circulación, y después de haberse estimulado con tales
productos de la tierra como jamás hubiera podido esperar vivir para comer, una
vez que se le hubiera informado de qué peligro había sido rescatado y haber dicho
una oración que incluso le pareció enormemente larga al doctor Hotham, podemos
imaginar, repito, que su primera pregunta habría sido:
—¿Ha llegado últimamente alguna
noticia de Inglaterra?
—Recibí cartas ayer —bien se puede presumir que fue la respuesta del
doctor Hotham.
—¡De verdad! —exclama el señor Dodsworth—. Por favor, señor, ¿ha
acontecido algún cambio, para bien o para mal, en ese pobre y confundido país?
El doctor Hotham sospecha la presencia de un radical, y con frialdad
contesta:
—Señor mío, sería difícil decir en qué consiste su confusión. La gente
habla de fabricantes que se mueren de hambre, bancarrota y de la caída del
capital social de las compañías… excrecencias, excrecencias que existirían en
un estado de buena salud. De hecho, Inglaterra jamás se ha encontrado en una
condición más próspera.
Entonces, el señor Dodsworth sospecha la presencia del republicano, y,
con lo que hemos supuesto ser su cautela habitual, oculta durante un rato su
lealtad y, con voz moderada, pregunta:
—¿Nuestros gobernantes miran con ojos descuidados los síntomas del
exceso de salud?
—Nuestros gobernantes —responde su salvador—, si se refiere a nuestro
ministro, se encuentran demasiado vivos para la turbación temporal. —(Pedimos
el perdón del doctor Hotham si le ofendemos convirtiéndole en
un Tory; tal cualidad corresponde a nuestro entendimiento puro y
anticipado de un doctor, y tal es el único conocimiento que poseemos de este
caballero)—. Sería deseable que se mostraran más firmes… ¡el rey, Dios le
bendiga!
—¡Señor! —exclama el señor Dodsworth.
El doctor Hotham continúa, sin darse cuenta del excesivo asombro
exhibido por su paciente.
—El rey, Dios le bendiga, dedica sumas inmensas de su dinero personal
para la ayuda de sus súbditos, y su ejemplo ha sido imitado por toda la
aristocracia y clase alta de Inglaterra.
—¡El rey! —exclama el señor
Dodsworth.
—Sí, señor —responde con énfasis su salvador—, el rey, y me siento feliz
de decir que los prejuicios que tan desgraciada e inmerecidamente poseían los
ingleses con respecto a Su Majestad ahora han sido transformados, con la
excepción de unos despreciables ejemplos —con añadida severidad—, en un amor
respetuoso y la reverencia que merecen sus talentos, virtudes y amor paternal.
—Querido señor, usted me divierte —replica el señor Dodsworth, mientras
su lealtad, últimamente sólo un capullo, de repente florece por completo—; sin
embargo, no consigo comprenderlo. El cambio es tan súbito, y el hombre, Carlos
Estuardo, ahora puedo llamarlo Carlos I, ¿confío en que su asesinato haya sido
condenado como se merece?
El doctor Hotham le toma el pulso al paciente… temía un acceso de
delirio debido a semejante desviación del tema. Era regular y tranquilo, y el
señor Dodsworth continuó:
—Ese infortunado mártir que nos mira desde el cielo está, espero,
aplacado por la reverencia que se le tributa a su nombre y las plegarias
dedicadas a su recuerdo. ¿Ningún sentimiento, creo que puedo aventurarme a
afirmar, está tan generalizado en Inglaterra como la compasión y el amor en que
se tiene la memoria de ese desventurado monarca? ¿Y su hijo, que reina ahora?
—Seguro, señor, que lo habéis olvidado. Ningún hijo; eso, por supuesto,
es imposible. Ningún descendiente suyo está en el trono inglés, ocupado ahora
con todo merecimiento por la casa de Hanover. La despreciable raza
de los Estuardo, hace tiempo proscrita y perdida, ya está extinta, y los
últimos días del último pretendiente a la corona de esa familia justificaron a
los ojos del mundo la sentencia que lo echó para siempre del reino.
Ésas debieron haber sido las primeras lecciones en política del señor
Dodsworth. Pronto, para asombro del salvador y del salvado, el verdadero estado
del caso debió haber sido revelado. Durante un tiempo, la extraña y tremenda
circunstancia de su largo trance puede haber amenazado la pérdida total de
cordura del señor Dodsworth. Mientras atravesaba el Monte St. Gothard, había
lamentado la muerte de un padre… y ahora todo ser humano que había visto alguna
vez se hallaba bajo tierra, convertido en polvo, cada voz que había oído estaba
silenciosa. El mismo sonido de la lengua inglesa ha cambiado, tal como le
informa su experiencia en conversación con el doctor Hotham. Los imperios, las
religiones, las razas de hombres probablemente han surgido y desaparecido; su
propio patrimonio (el pensamiento resulta ocioso; no obstante, sin él, ¿cómo
podría vivir?) se ha hundido en el voraz abismo que se abre codicioso para
tragarse el pasado; sus conocimientos y sus logros casi seguro que son
obsoletos; con sonrisa amarga piensa: «He de volcarme en la profesión de mi
padre y convertirme en un anticuario. Los familiares objetos, pensamientos y
hábitos de mi niñez ahora son antigüedades». Se pregunta dónde están ahora los
ciento sesenta volúmenes de folios manuscritos que su padre había compilado, y
que él, siendo muchacho, contemplaba con reverencia. ¿Dónde… dónde? Dónde su
compañero de juegos favorito, el amigo de años posteriores, su destinada y
hermosa prometida; las lágrimas largo tiempo heladas entonces se descongelan y
fluyen por sus mejillas jóvenes y viejas.
Pero no deseamos ser patéticos. Seguro que desde los días de los
patriarcas ningún amante ha lamentado la muerte de su hermosa dama tantos años
después de que ésta haya acontecido. La necesidad, tirana del mundo, en cierto
sentido reconcilia al señor Dodsworth con su destino. Al principio se convence
de que la generación posterior del hombre se encuentra muy deteriorada respecto
a sus contemporáneos; no es ni tan alta, ni tan hermosa ni tan inteligente.
Luego, poco a poco, comienza a dudar de su primera impresión. Las ideas que se
habían apoderado de su mente antes
del accidente, y que habían permanecido congeladas tanto tiempo,
empiezan a descongelarse y a disolverse, dejando espacio a otras. Se viste al
estilo moderno, y no pone mucha objeción a nada salvo el cuello de camisa y el
sombrero duro. Admira la textura de sus zapatos y calcetines, y mira con
admiración el pequeño reloj de Ginebra, que a menudo consulta, como si aún no
estuviera seguro de que el tiempo había avanzado a su manera habitual, y como
si en su esfera debiera encontrar una demostración ocular de que había cambiado
su treinta y siete cumpleaños por su doscientos y más, y había dejado el 1654
d.C. detrás para encontrarse de repente como un observador de los modos del
hombre en este iluminado siglo XIX. Su curiosidad es insaciable; cuando lee,
sus ojos no son capaces de transmitir con rapidez a su mente, y muy a menudo se
detiene en un pasaje inexplicable, en algún descubrimiento y conocimiento
familiares a nosotros, pero ni siquiera soñados en su época, que le dejan
maravillado y meditabundo. Ciertamente, se puede suponer que pasa gran parte de
su tiempo en ese estado, interrumpiéndose de vez en cuando para cantar una
canción monárquica en contra del viejo Noli y los Cabezas Redondas,
interrumpiéndose de pronto y mirando a su alrededor con temor para ver quién le
está escuchando y, al contemplar la apariencia moderna de su amigo, el doctor,
suspira y piensa que ya a nadie le importa si canta una canción de caballeros o
un salmo puritano.
Fue una tarea interminable desarrollar todas las ideas filosóficas que,
naturalmente, dio a luz la resurrección del señor Dodsworth. Mucho nos gustaría
conversar con este caballero, y aún más observar el progreso de su mente y el
cambio de sus ideas en una situación tan nueva. Si fuera un joven vivaz,
propenso a las exhibiciones del mundo y ajeno a las metas humanas más elevadas,
puede proceder de manera sumaria para continuar el camino de su antigua vida,
deseando sumirse de inmediato en la corriente de humanidad que fluye ahora.
Sería bastante curioso observar los errores que cometería y la mezcolanza de
costumbres que ello produciría. Puede pensar en entrar en la vida activa,
convertirse en Whig o Tory, según sea su inclinación, y conseguir un asiento en
la —incluso para él— una vez llamada capilla de St Stephens. Puede contentarse
con convertirse en un filósofo contemplativo y hallar suficiente alimento para
su mente en el
seguimiento de la marcha del intelecto humano, los cambios que se han
labrado en las disposiciones, deseos y capacidades de la humanidad. ¿Será un
defensor de la perfección o del deterioro alcanzados? Debe admirar nuestras
creaciones, el avance de la ciencia, la difusión del conocimiento y el espíritu
vigoroso de empresa característico de nuestros compatriotas. ¿Hallará a algún
individuo que pueda compararse con los espíritus gloriosos de su época?
Moderado en sus puntos de vista, como le hemos supuesto ser, con toda
probabilidad en el acto adoptará ese tono mental temporizador tan de moda
ahora. Se sentirá complacido de hallar tranquilidad en la política; admirará
mucho el ministerio que ha tenido éxito en reconciliar a casi todos los
partidos… en encontrar paz allí donde él dejara enemistad. El mismo carácter
que tenía hace doscientos años influirá en él ahora; seguirá siendo el mismo
señor Dodsworth moderado, pacífico y no entusiasta que fuera en 1647.
Pues, a pesar de que la educación y las circunstancias pueden bastar
para dirigir el tosco material de la mente, no pueden crear ni proporcionar
intelecto, aspiraciones nobles y constancia enérgica allí donde implantados por
la naturaleza se hallan los objetivos apagados e indecisos y los deseos bastos.
Analizando esta creencia, a menudo hemos (olvidando durante un rato al señor
Dodsworth) realizado conjeturas sobre cómo actuarían esos héroes de la
antigüedad si renacieran en estos días; entonces, la fantasía despertada ha
proseguido para imaginar que algunos de ellos sí han renacido; que, según la
teoría explicada por Virgilio en el libro sexto de su Eneida, cada
mil años los muertos retornan a la vida y sus almas están dotadas
con las mismas sensibilidades y capacidades de antes, son arrojadas desnudas de
conocimiento a este mundo, de nuevo recubriendo sus esqueletos con las
habilidades que la situación, la educación y la experiencia les proporcionen.
Se nos dice que Pitágoras recordó muchas transmigraciones de este tipo que le
habían sucedido, aunque para ser un filósofo hizo muy poco uso de sus
anteriores recuerdos. Resultaría ser una escuela muy útil para reyes y
estadistas, y de hecho para todos los seres humanos, llamados para interpretar
su papel en el escenario del mundo, si pudieran recordar lo que habían sido.
Así, seríamos capaces de obtener una visión del cielo y del infierno mientras,
estando el secreto de nuestra
anterior identidad confinado en nuestros propios pechos, hiciéramos una
mueca o nos exaltáramos en la culpa o alabanzas concedidas a nuestros
anteriores «yo». Mientras que el amor a la gloria y reputación póstuma es tan
natural para el hombre como su lazo con la misma vida, éste ha de encontrarse
bajo tal estado de cosas temblorosamente vivo a los registros históricos de su
honor o vergüenza. El plácido espíritu de Fox se habría visto aliviado por el
recuerdo de que había desempeñado una valiosa parte como Marco Antonio… las
anteriores experiencias de Alcibíades o incluso del afeminado Steeny de Jacobo
I podrían haber hecho que Sheridan se negara a recorrer de nuevo el mismo
sendero de asombrosa pero fugaz brillantez. El alma de nuestra moderna Corina
se habría visto purificada y exaltada por la conciencia de que una vez le había
dado vida a la forma de Safo. Si en la actualidad hubiera un hechizo que
hiciera que toda la generación presente recordara que unos diez siglos atrás
habían sido otros, ¿no habría muchos de nuestros mártires librepensadores que
se maravillarían al descubrir que habían sufrido como cristianos bajo
Domiciano, mientras que el juez, al dictar sentencia de repente, se daría
cuenta de que en el pasado había condenado a los santos de la Iglesia a la
tortura por no renunciar a la religión que él defendía ahora? De esta ordalía
sólo saldrían actos benevolentes y verdadero bien. Así como sería caprichoso
percibir cómo algunos hombres grandes en asuntos civiles se pavonearían con la
conciencia de que sus manos en una ocasión habían sostenido un cetro, un
artesano honesto o un criado ladrón descubrirían que se habían visto poco
alterados al ser transformados en un noble ocioso o en un director de una
compañía; en todos los aspectos podemos suponer que el humilde sería exaltado y
que el noble y el orgulloso sentirían que sus estrellas menguaban y no eran más
que un juego de niños al rememorar las posiciones bajas que ocuparon una vez.
Si las novelas filosóficas estuvieran de moda, imaginamos que se podría
escribir una obra excelente sobre el desarrollo de una misma mente en diversos
estratos y diferentes periodos de la historia del mundo.
Pero volvamos al señor Dodsworth para ofrecerle unas cuantas palabras de
despedida. Ya no le instamos a sepultarse en la oscuridad; o, si declinara
modestamente la publicidad, le suplicamos que se nos dé a conocer en
persona a nosotros. Tenemos mil preguntas que formularle, dudas que
despejar hechos que indagar. Si existe algún temor de que las viejas costumbres
y la extrañeza de aspecto le tornaran ridículo ante aquellos habituados a
asociarse con exquisitos modernos, le aseguramos que nosotros no somos
propensos a ridiculizar la mera apariencia exterior y que la excelencia valiosa
e intrínseca siempre obtendrá nuestro respeto.
Decimos esto si el señor Dodsworth se encuentra vivo. Quizá ya no esté
entre nosotros. Tal vez abrió los ojos sólo para volver a cerrarlos con más
obstinación; quizá su antigua arcilla no podía florecer en las cosechas de
estos días. Después de un poco de asombro y temblor al verse como un muerto
resucitado, sin hallar afinidad entre su persona y el presente estado de cosas,
ha dicho un último y eterno adiós al sol. Seguido a su tumba por su salvador y
los atónitos aldeanos, puede que duerma el sueño verdadero de la muerte en el
mismo valle donde durante tanto tiempo reposó. Quizá el doctor Hotham haya
erigido una simple lápida sobre sus restos dos veces enterrados, donde se lee:
A la memoria de R. Dodsworth
Un inglés
Nacido el 1 de abril de 1617
Muerto el 16 de julio de 1826 a la edad de 209 años
Una inscripción que, si quedara preservada durante cualquier convulsión
terrible que hiciera que el mundo iniciara de nuevo su vida, provocaría muchas
disquisiciones instruidas e ingeniosas teorías sobre una raza que los registros
auténticos muestran que se aseguró el privilegio de alcanzar una edad tan
amplia.
FERDINANDO EBOLI
Cuento
Durante este apacible tiempo de paz, olvidamos con rapidez las
tribulaciones y sorprendentes acontecimientos de la última guerra, y los mismos
nombres de los conquistadores de Europa empiezan a sonar anticuados a los oídos
de nuestros hijos. Aquéllos fueron días más románticos que éstos, pues los
cambios causados por la revolución o la invasión estaban llenos de aventura; y
los viajeros en aquellos países en que tales escenas tuvieron lugar oyen
historias extrañas y maravillosas, cuya verdad tanto se asemeja a la ficción
que, mientras nos hallamos inmersos en la narración, jamás le damos crédito
implícito al narrador. De esta clase es una historia que oí en Nápoles. Los
avatares de la guerra quizá no influyeron en sus actores; sin embargo, parece
improbable que cualquier circunstancia tan alejada de la rutina habitual
pudiera haber acaecido bajo la deslumbrante luz diurna que la paz derrama sobre
el mundo.
Cuando Murat, entonces llamado Gioacchino, rey de Nápoles, levantó a sus
regimientos italianos, varios jóvenes nobles, que antes se dedicaban a la
cosecha de la vid, se vieron inspirados con el amor por las armas y se
presentaron como candidatos a los honores militares. Entre ellos se hallaba el
joven Conde Eboli. El padre de este noble había seguido a Ferdinando a Sicilia,
pero sus terrenos se encontraban principalmente cerca de Salerno, y tenía un
deseo natural de preservarlos; al tiempo que las esperanzas que el gobierno
francés albergaba por la gloria y prosperidad de su país a menudo le hacía
lamentar el haber seguido a su legítimo pero imbécil rey al exilio.
Por lo tanto, al morir recomendó a su hijo que regresara a Nápoles para
presentarse a su viejo y leal amigo, el marques Spina, que ostentaba un alto
cargo en el gobierno de Murat y por medio de su intervención, reconciliarse con
el nuevo rey. Todo esto se consiguió con facilidad. Al joven y galante conde se
le permitió tomar posesión de su patrimonio; y, por un golpe de fortuna, fue
prometido a la única hija del marqués Spina. La boda se postergó hasta la
finalización de la siguiente campaña.
Mientras tanto, el ejército se puso en marcha, y el conde Eboli sólo
consiguió un permiso que le dejó visitar durante unas pocas horas la villa de
su futuro suegro con el fin de despedirse de él y de su prometida. La villa se
hallaba situada en uno de los Apeninos, al norte de Salerno, y daba sobre la
llanura de Calabria, en la que se encuentra emplazada Pesto, de cara al azul
Mediterráneo. Un precipicio en un lado, un ruidoso torrente de montaña y una
densa arboleda de encinas le añadían belleza a la sublimidad del lugar. El
conde Eboli subió por el sendero montañoso con todo el júbilo y la esperanza de
la juventud. Su estancia fue breve. Una exhortación y bendición del marqués,
una tierna despedida, agraciada con dulces lágrimas, de la hermosa Adalinda, fueron
los recuerdos que llevaría con él para inspirarle valor y fe en el peligro y la
ausencia. El sol acababa de hundirse detrás de la lejana isla de Istria cuando,
besando la mano de la dama, dijo su último adiós, y con pasos lentos y
semblante melancólico descendió camino de Nápoles.
Esa misma noche, Adalinda se retiró temprano a sus cámaras, despidiendo
a los criados; luego, inquieta con una mezcla de temor y esperanza, abrió la
puerta de cristal de la terraza, que daba a la cara colina encima de la
corriente, cuyo tumultuoso descenso a menudo la ayudaba a dormir, aunque sus
aguas se hallaban ocultas a la vista por las encinas que alzaban sus ramas
superiores sobre el parapeto del balcón.
Apoyando su mejilla contra la mano, pensó en los peligros que
encontraría su amado, en su propia soledad durante la espera en las cartas y en
su retorno. Un crujido llamó su atención: ¿era la brisa entre las encinas? El
viento no conseguía quitarle el velo, e incluso sus rizos, sujetos únicamente
por su propia belleza, no se apartaron de sus mejillas. De nuevo los sonidos.
La sangre invadió su corazón y le temblaron las extremidades.
¿Qué podría ser? De repente, las ramas superiores del árbol más próximo
se agitaron: se abrieron y la tenue luz de las estrellas mostró la silueta de
un hombre entre ellas. Éste se preparó para saltar al muro de la terraza. Sería
una maniobra peligrosa. Primero, la suave voz de su amado le pidió que no
temiera nada, y al siguiente instante lo tuvo a su lado, calmando sus terrores
y haciéndola recuperar el espíritu que casi había abandonado su delicado cuerpo
con una mezcla de sorpresa, pavor y júbilo. Le rodeó la cintura con los brazos,
y dejando escapar mil expresiones apasionadas de amor, ella se reclinó en su
hombro y lloró por la agitación. Él le cubrió las manos de besos y la contempló
con ardiente adoración.
Luego, más tranquilos, se sentaron. El triunfo y el gozo iluminaron los
ojos del conde, y un modesto rubor brilló en las mejillas de su amada, pues
nunca antes había estado sentada con él ni oído sin respuesta sus apasionadas
afirmaciones de afecto. Ciertamente, fue la hora del Amor. Las estrellas
titilaban en el techo de su templo eterno; el ruido del torrente, la suave
atmósfera de verano y el misterioso aspecto del paisaje oscurecido se hallaban
en perfecta armonía para inspirar seguridad y voluptuosa esperanza. Hablaron de
cómo sus corazones, a través de la mediación de la divina naturaleza, podían
estar en comunión durante la ausencia; de los gozos de la reunión y de su
perspectiva de perfecta felicidad.
Finalmente, llegó el momento en el
que el conde tuvo que marcharse. —Colocaré un rizo de este sedoso cabello
—dijo, alzando uno de los
muchos mechones que se arremolinaban en torno al cuello de Adalinda—
junto a mi corazón, un escudo para que me proteja contra las espadas y balas
del enemigo. —Desenfundó su daga afilada—. Arma impropia para una misión tan
gentil —comentó, cortando el rizo, al tiempo que varias gotas de sangre cayeron
sobre el blanco brazo de la dama.
Entonces el conde contestó a sus temerosas preguntas mostrando un corte
que se había infligido en la mano izquierda. Primero insistió en guardar su
premio, y luego permitió que ella le vendara la herida cosa que hizo con una
mezcla de risa y pesar con una cinta que llevaba en su propio brazo.
—Y ahora, adiós —exclamó—, he de cabalgar treinta kilómetros antes de
que amanezca, y la posición de la Osa Mayor indica ya que es más de
Su descenso fue difícil, pero lo consiguió sin ninguna dificultad, y la
melodía de una canción, procedente del valle, cuyos suaves sonidos se elevaron
como el humo del incienso de un altar, aseguró a los impacientes oídos de
Adalinda que su amado estaba a salvo.
Como siempre es el caso cuando una narración se obtiene de testigos
presenciales, jamás pude averiguar la fecha exacta de estos eventos. Sin
embargo, sucedieron mientras Murat fue rey de Nápoles. Cuando reunió a sus
regimientos italianos, el conde Eboli, como antes se ha mencionado, se
convirtió en un oficial subalterno en ellos, sirviendo con gran distinción.
Aunque me es imposible nombrar el país o la batalla en la que desempeñó un
papel tan relevante, sí puedo mencionar que fue ascendido.
Poco después de este acontecimiento, y mientras se hallaba destinado en
el norte de Italia, Gioacchino le envió a buscar a altas horas de la noche para
que lo llevaran al cuartel general, y le confió una misión confidencial en la
que debía atravesar el campo atestado con las tropas del enemigo con rumbo a un
pueblo ocupado por los franceses. Era necesario emprender la expedición durante
la noche, y se esperaba que regresara aquel mismo día. El rey en persona le dio
los despachos y las instrucciones verbales, y el joven noble, con modesta
firmeza, aseveró que tendría éxito o moriría en el cumplimiento de la confianza
depositada en él.
Ya había caído la noche, y la luna creciente se hallaba baja en el
oeste, cuando el conde Ferdinando Eboli, montando en su corcel favorito y al
galope rápido, cruzó las calles del pueblo. Luego, siguiendo la dirección que
se le había marcado, atravesó el campo lleno de viñedos, evitando con cautela
el camino principal. Era una noche hermosa y apacible; la tranquilidad y el
sueño invadían la tierra; la guerra, ese perro de presa, dormitaba, y sólo el
espíritu del amor tenía vida a aquellas horas silenciosas. Exultante con la
esperanza de gloria, nuestro joven héroe comenzó su viaje, y las visiones de
engrandecimiento y amor daban forma a sus pensamientos. Un sonido lejano le
hizo prestar atención; tiró de las riendas del caballo y escuchó: se acercaban
voces. Al reconocer el habla de un alemán, se apartó del sendero que estaba
siguiendo y emprendió un camino aún más recto. Pero de nuevo oyó la voz de un
enemigo y los
cascos de caballos. Eboli no titubeó; desmontó, ató el corcel a un árbol
y, dando un rodeo por el borde del campo, confió en poder escapar sin ser
observado. Lo consiguió después de una hora de fatigoso avance y llegó a la
orilla de un río, que, como frontera entre dos estados, era la marca que
indicaba que había eludido el peligro. Descendiendo por la ribera empinada del
río, que quizá hubiera podido vadear con su caballo, se preparó a nadar.
Después sostuvo el despacho en una mano y se quitó la capa. Estaba a punto de
lanzarse al agua cuando desde la sombra de los árboles que le habían ocultado
fue frenado de pronto por unas manos invisibles, tirado al suelo, maniatado,
amordazado y vendado los ojos. Luego le colocaron en un bote pequeño que fue
impulsado con infinita rapidez corriente abajo.
Parecía haber tanta premeditación en el acto que impedía cualquier
conjetura; no obstante, debía creer que era prisionero de los austríacos.
Mientras así seguía reflexionando en vano, amarraron el bote y lo
desembarcaron, y el cambio de atmósfera le hizo darse cuenta de que habían
entrado en alguna casa. Con extremado cuidado y celeridad, pero en un absoluto
silencio, le desnudaron y le quitaron los dos anillos que llevaba en los dedos
y le cubrieron con otras prendas. Después, cuando se marcharon, no le resultó
audible ninguna pisada. Pero pronto escuchó el ruido de un único remo y se
sintió solo. Yacía tumbado, incapaz de moverse; el único alivio que permitieron
sus captores fue el cambio de la mordaza por un tirante pañuelo en la boca.
Durante horas permaneció de esa manera, con mente torturada, lleno de cólera,
impaciencia y decepción, ora retorciéndose todo lo que podía en su esfuerzo por
liberarse, ora quedándose quieto dominado por la desesperación. Le quitaron los
mensajes y rápidamente pasó el periodo en el que con su presencia hubiera
podido remediar en cierto grado esa fechoría. La mañana llegó, y aunque el
resplandor del sol no caía de lleno en sus ojos, lo sintió sobre el cuerpo. A
medida que avanzaba el día, el hambre se apoderó de él, pero sumido en el
centro de algo más poderoso, al principio desdeñó ese mal menor; sin embargo,
hacia el anochecer, a pesar de sí mismo, se convirtió en la sensación
predominante. La noche se acercaba, y el temor de que fuera a quedarse e
incluso a morir de hambre en esta soledad, en más de una ocasión le recorrió el
cuerpo con un escalofrío… cuando unas voces
femeninas y la risa de un niño llegaron hasta sus oídos. Percibió que
unas personas entraban en la estancia y se le preguntó en su lengua natal,
mientras le quitaban el pañuelo de la boca, la causa para su presente
situación. Se la atribuyó a los bandidos. Rápidamente le cortaron las ligaduras
y le devolvieron la luz a los ojos. Pasó un rato antes de que se restableciera,
pero obtuvo refresco con agua que le trajeron del río, y poco a poco recuperó
el uso de los sentidos y vio que se hallaba en la cabaña destartalada de un
pastor, deshabitada salvo por la campesina y el niño que le habían liberado. Le
frotaron los tobillos y las muñecas y el pequeño le ofreció un poco de pan y
huevos. Después de comer y de reposar una hora, Ferdinando se sintió lo
suficientemente recuperado para resolver la aventura en su mente y determinar
qué conducta debía tomar.
Observó la vestimenta que le habían dado en lugar de las ropas que
llevara antes. Era de una clase de lo más humilde y tosca. Sin embargo no había
tiempo que perder; tenía la convicción de que el único paso que podía dar era
retornar a toda velocidad del cuartel general del ejército napolitano e
informar al rey de su desastre y de su pérdida.
Era un camino largo desandar el sendero, dominado su corazón por la
indignación y la decepción. Anduvo dolorosamente pero con decisión toda la
noche, y a las tres de la madrugada entró en el pueblo donde por entonces se
encontraba Gioacchino. Los centinelas le pidieron la contraseña y él pronunció
la que Murat le había confiado, y al instante fue hecho prisionero por los
soldados. Declaró su nombre y rango y la necesidad que tenía de ver de
inmediato al rey. Fue llevado a la caseta de guardia y el oficial al mando oyó
sus alegatos con desprecio, diciéndole que el conde Ferdinando Eboli había
regresado tres horas antes de ordenar que lo encerraran para ser interrogado
por espía. Eboli insistió con voz sonora en que algún impostor había tomado su
nombre, y mientras relataba la historia de su captura entró otro oficial que
reconoció su persona. Otros individuos relacionados con él se unieron al grupo,
y como el impostor sólo había sido visto por el oficial de guardia, su historia
ganó credibilidad.
Un joven francés de rango superior, que tenía órdenes de ir a ver al rey
a primeras horas de la mañana, le llevó a Murat en persona un informe de lo que
estaba sucediendo. La historia resultaba tan extraña que el rey mandó
llamar al joven conde. Entonces, a pesar de haber visto y creído a su
doble unas pocas horas antes, y habiendo recibido un relato de su misión, que
había sido ejecutada con lealtad, la aparición del joven le hizo vacilar, y
ordenó la presencia de aquel que, como el conde Eboli, había estado ante él
unas horas atrás. Mientras Ferdinando se hallaba junto al rey, sus ojos se
posaron en un espejo grande y espléndido. Su cabello revuelto, sus ojos
inyectados en sangre y su aspecto harapiento negaban su nobleza; no se parecía
en nada al magnífico conde Eboli cuando, para su absoluta confusión y asombro,
se plantó ante él su doble.
Era perfecto en todos los signos exteriores que denotaban una alta cuna,
y tan parecido a aquel al que representaba que habría sido imposible discernir
a uno del otro. El mismo pelo castaño caía sobre su frente, los dulces y vivos
ojos color avellana eran los mismos, la voz resultaba un eco de la otra. La
compostura y dignidad del impostor ganó el voto de los que les rodeaban. Cuando
le contaron la extraña aparición de otro conde Eboli, se rió con sincero buen
humor y, volviéndose hacia Ferdinando, dijo:
—Me honras mucho al elegirme para tu personificación, pero hay dos o
tres cosas que me gustan mucho de mí mismo, razón por la que debes perdonar mi
renuencia a intercambiarme por ti.
Ferdinando le habría contestado, pero el falso conde, con gran
celeridad, se dirigió al rey:
—¿Decidirá Vuestra Majestad entre los dos? No puedo intercambiar
palabras con un individuo semejante.
Irritado por el desprecio, Ferdinando demandó permiso para retar al
impostor, quien dijo que si el rey y sus camaradas oficiales no consideraban
que se degradaría a si mismo y deshonraría al ejercito enfrentándose a un
vagabundo vulgar, estaba dispuesto a castigarle, incluso a riesgo de su propia
vida. Pero el rey, después de unas pocas preguntas más, convencido de que el
infeliz noble era el impostor, con términos severos y amenazadores le reprendió
por su insolencia, afirmando que sólo a su misericordia debía el no ser
ejecutado por espía, ordenando al instante que le condujeran fuera de las
murallas del pueblo con amenazas de recibir un castigo ejemplar si alguna vez
se atrevía a someter sus imposturas a otro juicio.
Requiere una gran imaginación y la experiencia de mucha desgracia entrar
de lleno en los sentimientos de Ferdinando. Desde un alto rango, gloria,
esperanza y amor fue arrojado a la absoluta mendicidad y miseria. Las
insultantes palabras de su rival victorioso y las degradantes amenazas de su
hasta hace poco gracioso soberano repicaron en sus oídos, y cada nervio de su
cuerpo se retorció de agonía. Pero, afortunadamente para la resistencia de la
vida humana, la peor gracia en la juventud a menudo sólo es un sueño doloroso
que destierra cuando el sueño abandona nuestros ojos. Después de una lucha con
la angustia intolerable, la esperanza y el valor renacieron en su corazón. Con
rapidez tomó una decisión. Regresaría a Nápoles, le contaría la historia al
marques Spina, y por medio de sus influencia al menos obtendría una vista
imparcial del rey. No obstante, no resultaba una tarea sencilla en su peculiar
situación llevar tal decisión a efecto. Se hallaba sin una moneda, sus ropas
indicaban pobreza, carecía de amigos o familiares cercanos, salvo aquellos que
verían en él al más desvergonzado de los timadores. Pero su valor no le
abandonó. La amable tierra italiana en la estación otoñal se aproximaba, llena
de castaños, bayas y vides. Tomó el camino más directo por las colinas,
evitando los pueblos y toda morada; viajó principalmente durante la noche,
cuando, salvo en las ciudades, los oficiales del gobierno se habían retirado de
sus puestos. Cómo consiguió ir de un extremo de Italia al otro es difícil de
decir; pero es cierto que, después del intervalo de unas pocas semanas, se
presentó en la Villa Spina.
Con considerable dificultad obtuvo permiso para acudir a la presencia
del marqués, quien le recibió de pie, con mirada inquisitiva y sin reconocer al
joven noble. Ferdinando solicitó una entrevista privada, pues había varios
visitantes presentes. Su voz sobresaltó al marqués, el cual aceptó y le condujo
a otra cámara. Una vez allí, Ferdinando reveló su personalidad y, con rápidas y
agitadas palabras, le estaba relatando la historia de sus desgracias cuando se
oyó el sonido de cascos de caballos, el repicar de la campana y un criado
anunció:
—El conde Ferdinando Eboli.
—Es él —gritó el joven, poniéndose
pálido.
Las palabras resultaron extrañas y aún lo parecieron más cuando el
hombre anunciado entró. El perfecto parecido con el joven noble cuyo nombre
asumía se notó cuando atravesó la sala. Con gracia le hizo una reverencia al
marqués, dirigiéndole una mirada de cierta sorpresa, pero desdeñosa, a
Ferdinando, al tiempo que exclamaba:
—¡Tú aquí!
Ferdinando se irguió en toda su altura. A pesar de la fatiga, las
desventuras y las vulgares ropas, sus modales estaban llenos de dignidad. El
marqués le miró fijamente y se quedó asombrado al contemplar su orgulloso
semblante y ver en sus facciones expresivas la cara misma de Eboli. Pero de
nuevo quedó perplejo cuando se volvió y distinguió, como en un espejo, la misma
cara reflejada en el recién llegado, quien soportó su escrutinio con cierta
impaciencia. Con palabras breves y despectivas, le contó al marques que se
trataba del segundo intento por parte del intruso de imponerse como el conde
Eboli; que el engaño había fracasado antes y volvería a fallar; añadiendo con
una sonrisa que era duro demostrar que él era quien decía ser contra la
afirmación de un briccone, cuyo parecido con su persona y
desvergüenza sin igual eran lo único que tenía a su favor.
—Vaya, mi buen amigo —continuó con mofa—, me pones en un aprieto al
pensar que alguien tan parecido a mí no pueda obtener nada mejor del mundo.
La sangre subió a las mejillas de Ferdinando ante las amargas palabras
de su enemigo. Con dificultad se contuvo de arrojarse sobre su adversario, al
tiempo que de sus labios escapaban las palabras: «¡Traidor, impostor!» El
marqués le ordenó al fiero joven que guardara silencio y, conmovido por una
expresión que recordaba de Ferdinando, con suavidad añadió:
—Por respeto a mí, os pido que seáis paciente; no temáis, que seré
imparcial.
Luego, volviéndose al pretendido Eboli, añadió que no podía dudar de que
se trataba del verdadero conde, y se disculpó por su indecisión anterior. Al
principio, este último pareció irritado, pero al fin estalló en una carcajada
y, luego, excusándose por su mala educación, siguió riéndose con sincero humor
por la perplejidad del marqués. Es cierto que su alegría le ganó más crédito
ante su oyente que las miradas indignadas del pobre
Ferdinando. Entonces, el falso conde dijo que después de las amenazas
del rey, había creído que la farsa desaparecería. Había recibido un permiso,
del cual se aprovechó para visitar a su futuro suegro después de pasar unos
días en su propio palacio de Nápoles. Hasta ese momento Ferdinando había
escuchado con un gran sentimiento de curiosidad, ansioso por aprender todo lo
que pudiera de los actos y motivos de su rival, pero ante esas últimas palabras
ya no fue capaz de contenerse.
—¡Qué! —exclamó—. ¿Has usurpado mi lugar en la propia casa de mi padre y
te atreviste a asumir mi poder en los ancestrales salones?
Un torrente de lágrimas se apoderó del joven, que ocultó la cara entre
las manos.
La fiereza y el orgullo iluminaron el
semblante del impostor.
—Por el Dios eterno y la sagrada Cruz juro que ese palacio es el palacio
de mi padre. ¡Que esos salones son los salones de mis antepasados!
Ferdinando alzó la vista con
sorpresa.
—Y la tierra no se abre —dijo— para
tragarse al perjuro.
Entonces, por petición del marqués, relató sus aventuras, mientras el
desprecio cubría las facciones de su rival. El marqués, mirando a ambos, no
pudo liberarse de la duda. Se volvió de uno a otro. A pesar de la indómita y
desordenada apariencia del pobre Ferdinando, había algo en él que impidió a su
amigo condenarlo como el impostor, pero resultaba completamente imposible
pronunciar como tal al galante joven de aspecto noble, quien únicamente podía
ser reconocido como el verdadero conde gracias a la incredulidad del relato del
otro. El marqués llamó a un criado y ordenó que fueran a buscar a su hija.
—Esta decisión —dijo— será tomada por el sutil juicio de una dama y la
aguda penetración de una mujer que ama.
En ese momento, los dos jóvenes sonrieron —la misma sonrisa, la misma
expresión— en anticipado triunfo. El marqués estaba más perplejo que nunca.
Adalinda había oído hablar de la llegada del conde Eboli, y entró en la
sala resplandeciente en su juventud y felicidad. Se giró veloz hacia aquel que
más se parecía a quien esperaba ver, cuando una voz bien conocida pronunció su
nombre y, atónita, miró a la doble aparición de su amado. Su
padre, cogiéndole la mano, le explicó brevemente el misterio y le pidió
que se asegurara de quién era su futuro esposo.
—Signorina —dijo Ferdinando—, no me desdeñéis porque
aparezca ante vos con esta vergüenza y miseria. Vuestro amor y vuestra bondad
me devolverán la prosperidad y felicidad.
—No sé cómo —indicó la perpleja muchacha—, pero seguro que vos sois el
conde Eboli.
—Adalinda —intervino el joven rival—, no desperdiciéis vuestras palabras
en un villano. Hermosa y engañada criatura, confío, y lo digo tembloroso, que
con una sola palabra pueda convenceros de que soy Eboli.
—Adalinda —dijo Ferdinando—, yo coloqué el anillo nupcial en vuestro
dedo; ante Dios pronunciasteis vuestros juramentos.
El falso conde se acercó a la dama y, apoyando una rodilla en el suelo
extrajo de su corazón un rizo sujeto con una cinta dorada, que ella reconoció
como suya, señalando una pequeña cicatriz en su mano izquierda.
Adalinda se ruborizó intensamente, se volvió hacia su padre y señaló al
joven arrodillado.
—Él es Ferdinando.
Todas las protestas emitidas por el desgraciado Eboli fueron en vano. El
marqués lo habría arrojado a una mazmorra, pero, ante la vehemente petición de
su rival, no se le detuvo, sino que le echaron ignominiosamente de la villa. La
furia de una bestia recién encadenada era menor que la tempestad de indignación
que ahora llenaba el corazón de Ferdinando. El sufrimiento físico debido a la
fatiga y al ayuno se añadió a su angustia interior. Durante algunas horas la
locura, si se trataba de una locura que jamás olvida su mal, le poseyó. En el
tumulto de sensaciones predominó una idea: tomar posesión de la casa de su
padre e intentar, mitigando las fortuitas circunstancias de su suerte, obtener
ventaja sobre su adversario. Agotó el resto de sus energías en llegar a
Nápoles. Entró en la casa de su familia y fue recibido y reconocido por sus
asombrados criados.
Una de sus primeras acciones fue sacar de un pequeño gabinete una
miniatura de su padre, toda rodeada de joyas e invocar la ayuda del espíritu
paterno. La comida y un baño le devolvieron parte de su habitual fuerza, y
anheló casi con deleite infantil poder pasar una noche de paz bajo el techo
de la casa de su progenitor. Pero tal cosa no le fue permitida. Antes de
la medianoche sonó la gran campana: su rival entró en el palacio como amo,
acompañado por el marqués Spina. Se puede adivinar el resultado. El marqués
pareció más indignado que el falso Eboli. Insistió en que el desgraciado joven
debía ser encarcelado. El retrato, cuyo marco era muy costoso, que se encontró
en su persona le declaró culpable de robo. Fue entregado a manos de la justicia
y encerrado en una mazmorra.
No me detendré en las escenas posteriores. Fue juzgado por el tribunal,
declarado culpable y sentenciado a trabajos forzados a perpetuidad.
La víspera del día en que sería trasladado de la prisión napolitana para
trabajar en los caminos de Calabria, su rival le visitó en la celda. Durante
unos momentos ambos se miraron en silencio. El impostor contempló al prisionero
con una mezcla de orgullo y compasión: era evidente que en su corazón se
libraba una batalla. La respuesta en los ojos de Ferdinando fue sosegada, libre
y digna. No estaba resignado a su duro destino, pero desdeñaba manifestar una
exhibición de desesperación ante su cruel y victorioso enemigo. Un espasmo de
dolor pareció sacudir el pecho del impostor, y se volvió, tratando de recuperar
la dureza de corazón que hasta ahora le había sustentado en la realización de
su culpable empresa. Ferdinando habló primero.
—¿Qué desea el criminal triunfante
con su inocente víctima?
Su visitante replicó con altivez.
—No dirijas tales epítetos contra mí o te abandonaré a tu destino. Yo
soy quien digo ser.
—Sólo ante mí te atreves a soltar esa baladronada —espetó Ferdinando con
desprecio—; pero quizá estos muros tengan oídos.
—Al menos, el Cielo no está sordo —dijo el impostor— al favorecer la
justicia de mi causa, pues conoce y admite mi reclamación. Pero pongámosle una
tregua a esta inútil discusión. La compasión… el desagrado de ver a alguien tan
parecido a mí en tan mala condición… un capricho, quizá, por el que te puedes
felicitar, me ha traído hasta aquí. Los cerrojos de tu mazmorra están abiertos,
aquí tienes una bolsa con oro: cumple una fácil condición y quedas libre.
—¿Y cuál es?
Le dio a Ferdinando un escrito que contenía una confesión de los
crímenes que se le imputaban. La mano del joven culpable tembló al
entregárselo; su semblante exhibía confusión y los ojos no paraban de moverse
inquietos. Ferdinando deseó con una palabra fuerte, potente como el rayo,
sonora como el trueno, transmitir su ardiente desdén por la propuesta: pero la
expresión es débil, y la calma está más llena de poder que la tormenta. Sin
decir una palabra, rompió el papel en dos pedazos y lo arrojó a los pies de su
enemigo.
Con un repentino cambio de actitud, su visitante le instó con términos
volubles e impetuosos a acceder. La única respuesta de Ferdinando fue pedir que
le dejara solo. Varias veces una palabra estuvo a punto de salir incontrolada
de sus labios, pero se contuvo. Sin embargo, no fue capaz de esconder su
agitación cuando, como un argumento para hacerle ceder, el falso conde le
aseguró que ya se había casado con Adalinda. Una amarga agonía sacudió el
cuerpo de Ferdinando; no obstante, mantuvo el semblante sosegado e inalterada
la resolución. Habiendo agotado toda amenaza y persuasión, su rival le dejó,
sin haber conseguido el propósito por el que había ido a verle. A la mañana
siguiente, con muchos otros —los desechos de la humanidad—, el conde Ferdinando
Eboli fue conducido encadenado a las insalubres llanuras de Calabria para
trabajar en los caminos.
Debo apresurarme en los acontecimientos posteriores, pues una narración
detallada de ellos llenaría volúmenes enteros. La aseveración que había hecho
el usurpador sobre Ferdinando, que estaba casado con Adalinda, era, como todas
las demás, falsa. Sin embargo, ya se había fijado el día para su unión,
celebración que hubo de postergarse por la enfermedad y posterior muerte del
marqués Spina. Durante los primeros meses de luto, Adalinda se retiró a un
castillo perteneciente a su padre, y que no se hallaba muy lejos de Arpiño, un
pueblo del reino de Nápoles, en el corazón de los Apeninos, a setenta
kilómetros de la capital. Antes de partir, el impostor trató de convencerla
para que consintiera en realizar un matrimonio íntimo. Probablemente temía que,
en el largo intervalo que iba a transcurrir antes de que pudiera asegurarla
como suya, la joven descubriera la impostura. Además, había llegado el rumor de
que uno de los compañeros de prisión
de Ferdinando, un reputado bandido, había escapado, y que el joven conde
era su acompañante en la huida. No obstante, Adalinda se negó a acceder a las
súplicas de su amado, y se retiró a la soledad con una anciana tía, ciega y
sorda, pero excelente dama de compañía.
Rara vez el falso Eboli visitó a su prometida, pero era un maestro en su
arte, y los acontecimientos posteriores demostraron que debió permanecer todo
el tiempo disfrazado en la proximidad del castillo. Por varios medios,
insospechados en su momento, consiguió que todos los sirvientes de Adalinda
fueran sustituidos por criados de él, de modo que, sin ser consciente de sus
límites, ella era, de hecho, una prisionera en su propia casa. Resulta
imposible decir qué fue lo que primero despertó sus sospechas respecto del
engaño al que había sido sometida. Era italiana, con toda la habitual
aquiescencia y relajación de sus compatriotas en la rutina corriente de la
vida, y con toda su energía y pasión cuando éstas eran despertadas. En el
momento en que la duda penetró en su mente, tomó la decisión de averiguarlo:
para ello bastaron unas pocas preguntas relativas a las escenas que habían
tenido lugar entre el pobre Ferdinando y ella. Las formuló de manera tan súbita
y directa que el impostor fue pillado con la guardia baja. Se mostró confundido
y tartamudeó en sus réplicas. Sus miradas se encontraron y notó que había sido
descubierto, y ella vio que él percibía ahora sus sospechas confirmadas. Una
expresión que es particular a un impostor, una mirada que deformó su belleza e
invadió su semblante por lo general noble con las horribles líneas de la
astucia y el cruel triunfo, terminaron de convencerla de su correcta deducción.
«¿Cómo pude haber confundido a este hombre con mi gentil Eboli?», pensó. De
nuevo se encontraron sus ojos: la peculiar expresión del impostor la aterró, y
abandonó la estancia a toda velocidad.
La determinación tomó cuerpo sin demora alguna. No tenía sentido
intentar explicarle la situación a su anciana tía. Decidió partir de inmediato
hacia Nápoles, arrojarse a los pies de Gioacchino y contarle y obtener
credibilidad para su extraña historia. Pero ya había pasado el momento en que
debió ejecutar ese plan. Los esfuerzos del impostor habían concluido: se
encontró con que era su prisionera. Sin embargo, el exceso de miedo le dio
decisión, si no valor, y fue en busca de su carcelero. Unos pocos
minutos antes había sido una joven e inconsciente muchacha, dócil como
una niña, e igual de ingenua. Ahora sentía como si de repente hubiera crecido
en sabiduría, y que había ganado la experiencia de años en unos pocos segundos.
Durante la entrevista se mostró cauta y firme, al tiempo que el
instintivo poder de la inocencia sobre la culpabilidad le confirió majestad a
su porte. Por un momento, el hacedor de sus males se amilanó bajo su mirada. Al
principio se negó a reconocer que no era la persona que pretendía ser, pero la
energía y elocuencia de la verdad abatieron su engaño, por lo que, arrinconado
al final, se revolvió: un ciervo acorralado. En ese momento se sintió
acobardada, ya que la superior fuerza del hombre le concedía el dominio. El
hombre declaró la verdad: era el hermano mayor de Ferdinando, hijo natural del
viejo conde Eboli. Su madre, que había sido humillada, jamás le perdonó, y
educó a su hijo con un odio mortal hacia su padre, y la creencia de que las
ventajas de las que disfrutaba su hermano más afortunado le pertenecían a él
por derecho propio. Su educación fue tosca, pero poseía los sutiles talentos de
un italiano, la rapidez de percepción y sus artes taimadas.
—Os haría empalidecer —le dijo a su temblorosa oyente— si pudiera
describiros todo lo que he pasado para conseguir mi objetivo. No confié en
nadie… todo lo ejecuté yo. Fue un glorioso triunfo debido a mi perseverancia y
fortaleza, cuando mi hermano usurpador y yo estuvimos ante nuestro soberano,
conseguí que él fuera el proscrito degradado y yo el noble.
Habiendo contado rápidamente su historia, trató entonces de buscar el
oído favorable de Adalina, que le miraba con ojos de aversión y cólera. Intentó
con muestras de pasión y ternura conmover su corazón. ¿Acaso no era él, en
verdad, el objeto de su amor? ¿No fue él quien trepó a su balcón en la Villa
Spina? Le recordó escenas de mutua demostración de sentimientos, haciendo uso
de potentes argumentos con una mujer delicada: rubores puros tiñeron sus
mejillas, pero el horror del impostor predominó sobre cualquier otro
sentimiento. Éste le juró que tan pronto se casaran liberaría a Ferdinando, y
le entregaría, si ella así lo deseaba, la mitad de sus posesiones. La joven
contestó con frialdad que antes preferiría compartir las
cadenas del inocente en su desgracia que unirse con la impostura y el
crimen. Reclamó su libertad, pero la salvaje e incluso feroz naturaleza que
había llevado el impostor a lo largo de su carrera delictiva estalló, y lanzó
terribles amenazas sobre la cabeza de Ferdinando si ella llegaba a abandonar
alguna vez el castillo sin ser su esposa. El aspecto de poder consciente y
perversidad desbocada la aterró; sus brillantes ojos declaraban aborrecimiento:
le habría sido más fácil morir que ceder en lo más mínimo ante un hombre que la
hacía experimentar durante un instante su poder terrible, despertando en ella a
una mujer desprotegida, abandonada por completo en sus manos. Le dejó allí,
sintiéndose como si acabara de escapar de la inminente espada del asesino.
Una hora de meditación le sugirió la manera de escapar de su terrible
situación. En un armario del castillo estaban las impolutas ropas de un paje de
su madre, que había muerto de repente, dejando esas prendas sin usar.
Vistiéndose con ellas, se sujetó el cabello oscuro y lustroso, y con cierto
reparo amargo se ciñó la ligera espada. Luego, a través de un pasaje privado
que iba desde su propia cámara hasta la capilla del castillo, se deslizó con
pasos silenciosos bastante después de que el Ave María hubiera indicado en la
noche de noviembre que había transcurrido media hora desde que el sol se
pusiera. Tenía en su poder la llave de la puerta de la capilla, que se abrió al
empujarla. Después la cerró a su espalda y se vio en libertad. Las colinas sin
senderos la rodeaban, el cielo aparecía estrellado y una fría brisa invernal
susurraba en torno de los muros del castillo, Pero el temor de su enemigo
conquistó los demás miedos, y marchó con paso ligero, en una especie de
éxtasis, durante muchas y largas horas por los caminos pedregosos —ella, que
nunca antes en su vida había caminado más de uno o dos kilómetros— hasta que
sus pies se llenaron de ampollas, y los suaves zapatos se le desgarraron, y se
vio perdida por completo. Al amanecer se encontró en medio de las encinas de
los Apeninos, sin descubrir alguna morada o un ser humano.
Estaba hambrienta y cansada. Había traído con ella oro y joyas, pero no
había forma de cambiarlos por comida. Recordó historias de bandidos, pero
ninguno podía ser tan rufián y cruel como el bandido del que huía. Ese
pensamiento, un poco de reposo y agua pura de una fuente de montaña le
devolvieron cierto valor, y prosiguió el viaje. Se acercaba el mediodía,
y en el sur de Italia el sol del mediodía, sin nubes que lo mitiguen, es
opresivamente caluroso, en especial para una italiana, que jamás se expone a
sus rayos. Un mareo se apoderó de ella. Vio unos nichos en la ladera de la
montaña por la que marchaba, cubiertos de laurel y arbustos, y entró en uno
para descansar. Era una grieta profunda y conducía a otra que daba a una
caverna espaciosa iluminada desde arriba: sobre una tosca mesa tallada en
piedra había unas viandas delicadas, uvas y una bota de vino. Con temor miró a
su alrededor y, con cautela, comió lo que había ante ella. Luego se sentó a la
mesa, apoyando un codo sobre su superficie y reclinando la cabeza sobre su mano
blanca como la nieve, con el cabello oscuro cubriéndole la frente y
arracimándose en torno a su cuello. Su pose emanaba una apariencia de languidez
y fatiga, mientras sus ojos grandes y suaves se llenaban a breves intervalos
con lágrimas cuando se compadecía de sí misma al recordar las crueles
circunstancias que la empujaron a su destino. Su peculiar pero elegante traje,
su forma femenina, su belleza y gracia, mientras permanecía allí sentada, sola
y pensativa en la inhóspita cueva, formaban un cuadro que un poeta describiría
con júbilo y a un artista le encantaría pintar.
—Parecía un ser de otro mundo; un serafín, toda luz y belleza; un
Ganímedes escapado de su esclavitud celestial para retornar a su natal Ida.
Pasó tiempo antes de que reconociera, mirándola desde lo alto de la colina, a
mi perdida Adalina.
Así habló el joven conde Eboli cuando relató su historia; pues el final
fue tan romántico como el comienzo.
Una vez que Ferdinando hubo llegado como esclavo a Calabria, se encontró
emparejado con un bandido, un hombre bravo que aborrecía sus cadenas por amor a
la libertad, tal como le sucedía a su camarada prisionero, debido a una
combinación de desgracia y miseria arrojada sobre él. Juntos trazaron un plan
para escapar y tuvieron éxito en su ejecución. Mientras marchaban por el
camino, Ferdinando le contó su historia al proscrito, quien le animó a esperar
un cambio favorable en su destino; y, mientras tanto, invitó y convenció al
hombre desesperado a compartir su fortuna como ladrón entre las colinas
salvajes de Calabria.
La caverna donde Adalinda se había refugiado era una de sus guaridas, y
allí se dirigían sólo en periodos de inminente peligro en busca de seguridad,
ya que no se podía obtener ningún botín en un lugar tan deshabitado. Y allí
precisamente, una tarde, regresando de una persecución, encontraron a la
muchacha errante, temerosa, solitaria y fugitiva, y jamás un faro fue tan
bienvenido para un marino perdido en la tempestad como Ferdinando lo fue para
su amada dama.
El azar, cansado ya de acosar al joven noble, le favoreció aún más. La
historia de los amantes interesó al bandido jefe y la promesa de una recompensa
le impulsó a ayudarles. Ferdinando convenció a Adalinda para que se quedara una
noche en la cueva, y a la mañana siguiente se dispusieron para dirigirse hacia
Nápoles. Pero en el momento de su partida se vieron sorprendidos por un
inesperado visitante: los ladrones trajeron a un prisionero… era el impostor.
Al echar en falta por la mañana a quien garantizaba su seguridad y éxito, pero
convencido de que no podría alejarse mucho, despachó emisarios en todas
direcciones para buscarla. Él mismo se unió a la persecución y siguió el camino
que ella había tomado. Entonces fue capturado por estos proscritos, que esperaban
un rico rescate de alguien cuyo aspecto denotaba bienes y alta posición social.
Cuando descubrieron la identidad del prisionero, con generosidad lo entregaron
a manos de su hermano.
Ferdinando y Adalinda se dirigieron a Napóles. Al llegar, ella se
presentó ante la reina Carolina y, gracias a su intercesión, Murat escuchó con
asombro el engaño del que había sido objeto. El joven conde recuperó su
posición y sus bienes, y pocos meses después se unió a su prometida.
La naturaleza compasiva del conde y la condesa les llevó a interesarse
por el destino de Ludovico, cuya posterior carrera fue más honorable pero menos
afortunada. Gracias a la intervención de su pariente, Gioacchino permitió que
ingresara en el ejército, donde se distinguió y obtuvo ascensos. Los hermanos
estuvieron juntos en Moscú, y se ayudaron mutuamente durante los horrores de la
retirada. En una ocasión, invadido por la somnolencia, un mortal síntoma
resultante del frío excesivo, Ferdinando se rezagó de sus camaradas, pero
Ludovico, negándose a abandonarle, le arrastró a pesar de la resistencia que
ofreció, hasta que, entrando en un
poblado, la comida y el fuego le devolvieron la vitalidad y salvó la
vida. Otra noche, cuando el viento y el aguanieve se sumaron al espanto de su
situación, Ludovico, después de muchos esfuerzos ineficaces, cayó desmayado del
caballo. Ferdinando se encontraba a su lado, desmontó y se afanó con todos los
medios en su poder para devolverle la circulación a su sangre estancada. Sus
camaradas prosiguieron la marcha y el joven conde se quedó solo con su
moribundo hermano en el blanco e ilimitado páramo. Ludovico abrió los ojos y lo
reconoció. Le apretó la mano y sus labios, al morir, se movieron para musitar
una bendición. En ese momento, los sonidos de la aproximación del enemigo
sacaron a Ferdinando de la desesperanza a la que su terrible situación le había
arrojado. Fue hecho prisionero y, de ese modo, salvó la vida. Cuando Napoleón
fue a Elba, él, junto a muchos otros compatriotas, fue liberado y regresó a
Nápoles.
HISTORIA DE PASIONES
Después de la muerte de Manfredo, rey de Nápoles, los Gibelinos
perdieron su influencia en toda Italia. Los exiliados Güelfos regresaron a sus
ciudades natales, y no contentos con retomar las riendas del gobierno,
continuaron su triunfo hasta que los Gibelinos, a su vez, se vieron obligados a
huir y a lamentar en el destierro el violento espíritu de partido que en el
pasado había ocasionado sus sangrientas victorias y, ahora, su irreparable
derrota. Después de una obstinada contienda, los Gibelinos florentinos se
vieron obligados a abandonar su ciudad natal, sus propiedades fueron
confiscadas, sus intentos por reinstalarse frustrados y, retrocediendo de
castillo a castillo, por último se refugiaron en Lucca, y esperaron con
impaciencia la llegada de Corradino desde Alemania, a través de cuya influencia
de nuevo esperaban establecer la supremacía imperial.
El primero de mayo siempre era un día de alegría y festividades en
Florencia. Los jóvenes de ambos sexos de la más alta posición social desfilaban
por las calles, coronados con flores y cantando canzonetas del
día. Por la noche se reunían en la Piazza del Duomo y pasaban
las horas bailando. El Caroccio iba por las calles
principales, el repicar de su campana ahogado en el estruendo procedente de
cada campanario de la ciudad y en la música de las flautas y tambores que
formaban parte de la procesión que iba detrás. El triunfo del partido reinante
en Florencia hacía que celebraran el aniversario del primero de mayo de 1268
con peculiar esplendor. En realidad habían esperado que Carlos de Anjou, rey de
Nápoles, cabeza de los Güelfos en Italia, y entonces Vicare de
su república, hubiera estado allí para adornar el festival con su presencia.
Pero la espera por Corradino había hecho que la mayor parte de su recién
conquistado y
oprimido reino se sublevara, por lo que a toda velocidad había
abandonado Toscana para asegurar con su presencia esas conquistas que su
avaricia y crueldad hacían correr el peligro de perder. Y, aunque Carlos sentía
cierto temor ante la inminente contienda con Corradino, los Güelfos
florentinos, recién reinstalados en su ciudad y posesiones, no permitieron que
ningún temor nublara su triunfo. Las familias más importantes rivalizaban entre
sí en la exhibición de su magnificencia durante el festival. Los caballeros
seguían al Curroccio a caballo, y las ventanas se veían
atestadas de damas que se apoyaban sobre alfombras tejidas con hilos de oro,
mientras sus propios vestidos, sencillos y elegantes, adornados tan sólo con
flores, contrastaban con los resplandecientes tapices y los brillantes colores
de las banderas de diversas comunidades. Toda la población de Florencia se
lanzó a las calles principales, nadie se quedó en casa a excepción de los
decrépitos y enfermos, a menos que se tratara de algún Gibelino descontento,
cuyo miedo, pobreza o avaricia le había obligado a ocultar su partido cuando
había sido desterrado de la ciudad.
No era el descontento lo que impidió que Monna Gegia de’Becari se
encontrara entre los primeros celebrantes. Miraba con ira lo que ella llamaba
su «pierna Gibelina», que la obligaba a permanecer en su silla en un día de
semejante triunfo. El sol brillaba con toda su gloria en un cielo despejado,
haciendo que los hermosos florentinos se llevaran sus fazioles a
los ojos oscuros y se afligieran por la juventud de esos rayos más vivificantes
que los del sol. Ese mismo sol proyectaba de lleno su luz en la habitación
solitaria de Monna Gegia, y casi extinguía el fuego que había encendido en el
centro de la estancia, sobre el cual colgaba el caldero de minestra,
la cena de la dama y su márido. Pero ella había abandonado el fuego
y se hallaba sentada ante la ventana, sosteniendo el rosario en la mano,
mientras que a cada rato miraba por la celosía (desde cinco pisos de altura)
hacia la estrecha calle de abajo… mas no pasaba ninguna criatura. Observó la
ventana de enfrente: un gato dormía junto a una maceta de heliotropos, pero no
se oía o veía a ser humano alguno… todos habían ido a la Piazza del
Duomo.
Monna Gegia era una mujer anciana, y su vestido de coloratio verde
mostraba que pertenecía a una de las Arti Menori. Tenía la cabeza
cubierta
con un pañuelo rojo que, doblado triangularmente, colgaba suelto; sus
cabellos grises estaban peinados hacia atrás de su frente alta y arrugada. La
vivacidad de los ojos hablaba de la actividad de su mente, y la leve
irritabilidad que flotaba alrededor de las comisuras de sus labios podía ser
provocada por la continua guerra que mantenían sus facultades corporales y
mentales.
—¡Por San Juan! —exclamó—. Daría mi buena cruz por ser uno de ellos,
aunque al entregarla apareciera en una festa sin aquello que
ninguna festa todavía me ha hecho desear… —y mientras hablaba
miró con gran complacencia una cruz de oro grande pero fina que
llevaba alrededor de su marchito cuello, colgada de una cinta que había sido
negra y ahora exhibía una tonalidad marrón—. Creo que esta pierna mía está
hechizada; y bien puede ser que mi esposo Gibelino haya usado las artes negras
para impedirme seguir al Caroccio con los mejores de ellos.
—Un ligero sonido como de pisadas en la calle interrumpió el soliloquio de la
buena mujer—. Quizá sea Monna Lisabetta, o Messer Giani dei Agli, el tejedor,
que atravesó en primer lugar el boquete del muro del castillo Pagibonzi cuando
fue tomado.
Bajó la vista, pero no pudo ver a nadie, y estaba a punto de retornar a
sus pensamientos cuando su atención de nuevo se vio atraída por el sonido de
pies que subían por la escalera: eran lentos y pesados, pero no dudó de quién
era su visitante cuando metió la llave en la cerradura. Se levantó el pestillo
y, un momento después, con semblante inseguro y ojos abatidos, entró su esposo.
Era un hombre bajo de más de sesenta años de edad; tenía los hombros
anchos y erguidos y las piernas cortas; su pelo lacio, aunque ahora sólo crecía
en la nuca, todavía era de un negro carbón; las cejas eran tupidas, los ojos
negros y vivos, la faz cetrina y atezada, y sus labios contradecían la
severidad de la parte superior de la cara, pues su suave curva indicaba
delicadeza de sentimientos, y la sonrisa era inexplicablemente dulce, aunque
una barba corta y densa estropeaba de alguna manera la expresión del semblante.
Sus ropas consistían en pantalones de cuero y una especie de túnica corta de
tosca tela, ceñida a la cintura por una faja de cuero. Llevaba una gorra de
tela roja que bajaba hasta los ojos. Sentándose en un banco
junto al fuego, emitió un profundo suspiro. Parecía reacio a entablar
una conversación, pero Monna Gegia, mirándole con una sonrisa de inefable
desdén, tomó la resolución de no dejarle disfrutar de su estado melancólico sin
interrupciones.
—¿Has ido a misa, Cincolo? —dijo, empezando la conversación con una
pregunta bastante apartada de la cuestión que deseaba tratar. El hombre se
encogió de hombros con incomodidad, pero no contestó—. Has llegado demasiado
pronto para la cena —siguió Gegia—. ¿No saldrás de nuevo?
—¡No! —repuso Cincolo con un tono que mostraba su desinterés por ser
interrogado.
Pero su misma impaciencia sólo sirvió para alimentar el espíritu de
discusión que fermentaba en el pecho de Gegia.
—No estás acostumbrado a pasar los días de mayo junto a la chimenea
—dijo ella. No obtuvo respuesta—. Bueno —continuó—, si no piensas hablar, ¡yo
he empezado! —dando a entender que eso era únicamente el preludio—. Pero, por
esa cara alargada que tienes, veo que hay algunas buenas noticias, y bendigo a
la Virgen por ello, sean las que fueren. Vamos, si no eres demasiado terco,
dime qué felices noticias te tienen tan abatido.
Cincolo permaneció en silencio durante un rato; luego, volviéndose a
medias pero sin mirar a su mujer, replicó:
—¿Y si el viejo Marzio, el león, está
muerto?
Gegia empalideció, pero una sonrisa que acechaba en la boca naturalmente
alegre de su marido la tranquilizó.
—¡No, que San Juan nos proteja! —exclamó—. Eso no es verdad. La muerte
del viejo Marzio no te traería a estas cuatro paredes, salvo para que
triunfaras sobre tu anciana esposa. Por la bendición de San Juan que ninguno de
nuestros leones ha muerto desde la víspera de la batalla del Monte Apeno; y no
dudo que han sido envenenados, pues Mari, que los alimentó aquella noche, era
casi un Gibelino de corazón. Además, las campanas aún repican y los tambores
siguen batiendo, y si el viejo Marzio estuviera muerto reinaría el más absoluto
silencio. ¡También el primero de mayo! Santa Reparata es demasiado buena con
nosotros para permitir que tal mala suerte… y sé que ella tiene más favores en
el séptimo cielo que todos los santos Gibelinos de tu calendario. No, buen Cincolo,
Marzio no
está muerto, ni el Padre Sagrado ni Messer Cario de Nápoles; pero
apostaría mi cruz de oro contra la riqueza de tus desterrados hombres que Pisa
ha sido tomada… o Corradino… o…
—¡Y yo aquí! No, Gegia, viejo como soy, y a pesar de lo mucho que
necesitas mi ayuda (y por eso estoy aquí), Pisa no será tomada mientras este
anciano cuerpo pueda defenderla, o Corradino morir hasta que mi sangre perezosa
esté más fría en la tierra que en mi cuerpo. No hagas más preguntas, y no me
provoques: que yo sepa, no hay noticias, ninguna buena o mala suerte. Pero
cuando vi a los Neri, a los Pulci y a los Buondelmonti, y al resto de ellos
cabalgar como reyes por las calles, cuyas propias manos aún no se han secado de
la sangre de mi pueblo, cuando vi a su hija coronada con flores y pensé cómo la
hija de Arrigo dei Elisei guardaba luto por la muerte de su asesinado padre por
el fogón de un extraño… mi espíritu debe estar más muerto de lo que está si tal
visión no me hiciera desear arremeter contra ellos; y pensé que podría eliminar
su pompa con mi punzón como espada. Pero te recordé a ti, y aquí me encuentro
sin estar manchado de sangre.
—¡Eso nunca será! —gritó Monna Gegia, mientras el color cubría sus
arrugadas mejillas—. Desde la batalla de Monte Aperto jamás te has limpiado de
aquella derramada por ti y tus confederados… ¿y cómo podría ser? Pues el Arno
no ha vuelto a correr limpio de la sangre entonces vertida.
—Y si el mar estuviera rojo con aquella sangre, mientras queda aún más
de los Güelfos que derramar, estoy dispuesto a hacerlo de no ser por ti. Haces
bien en mencionar el Monte Aperto, y harías mejor en recordar sobre quiénes
crece ahora su hierba.
—Paz, Cincolo, el corazón de una madre tiene más memoria de lo que tú
crees; y bien recuerdo quién me pisoteó cuando estaba arrodillada y se llevó a
rastras a mi único hijo de sólo dieciséis años para morir por la causa de ese
hereje de Manfredo. De verdad, no hablemos más. ¡Terrible fue el día en que me
casé contigo! Pero fueron épocas felices en las que no había Güelfos ni
Gibelinos… aunque jamás volverán.
—Jamás… hasta que, como bien dices, el Arno fluya limpio de la sangre
derramada en sus orillas… jamás, mientras pueda atravesar el
corazón de un Güelfo; jamás, hasta que ambos grupos se encuentren fríos
bajo un féretro.
—¿Y tú y yo, Cincolo?
—Somos dos viejos tontos, y tendremos más paz bajo tierra que sobre
ella. Fétida Güelfa como eres, me casé contigo antes de ser Gibelino; y ahora
debo comer del mismo plato con la enemiga de Manfredo, y hacerle zapatos a los
Güelfos en vez de seguir la suerte de Corradino, y enviarlos con el hacha de
batalla en mano a comprar zapatos a Bolonia.
—¡Calla, calla, buen hombre! No hables tan alto de tu partido. ¿No has
oído un golpe en la puerta?
Cincolo fue a abrirla con el aire de un hombre que se siente contrariado
por la interrupción de su discurso y está dispuesto a mostrar ira hacia el
intruso, sin importar lo inocentes que sean sus intenciones por cortar su
elocuente queja. El aspecto del visitante aplacó sus indignados sentimientos.
Era un joven cuyo semblante y persona mostraban que no podía tener más de
dieciséis años, pero había tal control en su porte y tal dignidad en su
fisonomía, que pertenecían a una edad más avanzada. Su silueta, no alta pero sí
delgada, y su faz, aunque de maravillosa belleza y facciones simétricas, era
pálida como el monumental mármol; los densos y rizados cabellos de su pelo
castaño le caían sobre la frente y alrededor de su hermoso cuello, la gorra le
ceñía la frente. Cincolo estaba a punto de introducirlo con deferencia a su
humilde cuarto, pero el joven lo detuvo con un gesto de la mano, y musitó las
palabras:
¡Suabia, Cavalieri! —las palabras con las que los Gibelinos
estaban acostumbrados a reconocerse mutuamente. Continuó con voz baja y urgente
—. ¿Tu esposa está dentro? —Sí.
—Suficiente; aunque para ti soy un
extraño, vengo de parte de un viejo
amigo. Cobíjame hasta el anochecer; entonces partiremos y te explicaré
los motivos de mi intrusión. Llámame Ricciardo de’ Rossini, de Milán, en viaje
a Roma. Dejo Florencia esta misma noche.
Habiendo dicho esas palabras, y sin darle tiempo a Cincolo a contestar,
con un gesto de la mano le indicó que debían entrar en la casa. Monna Gegia
había clavado los ojos en la puerta con mirada de impaciente
curiosidad desde el momento en que su esposo la había abierto; cuando
vio entrar al joven no pudo evitar exclamar:
—¡Jesús y María!
Tan distinto era de quien había
esperado ver.
—Es un amigo de Milán —explicó
Cincolo.
—Más probable que sea de Lucca —replicó su mujer, observando al
visitante—. Sin duda eres uno de los hombres desterrados, y más osado que sabio
al entrar en este pueblo; sin embargo, si no eres un espía, te encuentras a
salvo conmigo.
Ricciardo sonrió y le dio las gracias
con voz baja y suave:
—Si no me echas, permaneceré bajo tu techo casi todo el tiempo que me
quede en Florencia, de la que partiré cuando anochezca.
Gegia volvió a observar a su invitado, y Cincolo lo escrutó con igual
curiosidad. Su túnica de tela negra le llegaba por debajo de las rodillas y
estaba ceñida a la cintura con una faja negra de cuero. Llevaba unos pantalones
de una áspera tela color escarlata, sobre los cuales calzaba unas botas cortas,
iguales que las que ahora se ven sólo en los escenarios. Una capa de piel de
zorro corriente, sin forro, colgaba de su hombro. Pero aunque su vestimenta era
así de sencilla, era como la que entonces lucía la joven nobleza florentina. En
aquel tiempo los italianos eran austeros en sus hábitos privados: el ejército
francés conducido por Carlos de Anjou a Italia introdujo el lujo en los
palacios de los Cisalpinos. Manfredo era un príncipe magnífico, pero su virtuoso
rival era autor del amaneramiento en el vestir y los adornos que degradan a una
nación, seguro heraldo de su decadencia. En cuanto a Ricciardo… su semblante
poseía toda la simetría de una cabeza griega, y sus ojos azules, sombreados por
oscuras y muy largas pestañas, eran suaves, pero llenos de expresividad: cuando
alzó la vista, los pesados párpados desvelaron la dulce luz que había debajo,
volviendo a ocultarlos, como cubriendo aquello que era demasiado brillante de
contemplar. Sus labios expresaban una sensibilidad muy profunda y, quizá, algo
de timidez, de no ser porque la plácida confianza de su porte prohibía
semejante idea. Su aspecto era extraordinario, pues era joven y de cuerpo
delicado, mientras que la resolución de sus modales impedía que surgiera en el
observador el
sentimiento de compasión: podías amarlo, pero se elevaba por encima de
la compasión.
Sus anfitriones al principio guardaron silencio. Sin embargo, él les
formuló algunas preguntas naturales acerca de los edificios de su ciudad, y,
poco a poco, les hizo hablar. Cuando llegó el mediodía, Cincolo miró su caldero
de minestra y Ricciardo, siguiendo la dirección de sus ojos,
inquirió si ésa no era la cena.
—Deberéis alimentarme —dijo—, pues
hoy no he comido.
Se acercó una mesa a la ventana y se sirvió la minestra en
un plato, situándola en el centro, y cada uno cogió una cuchara y se llenó una
jarra de vino de una cuba. Ricciardo observó a los dos ancianos, y pareció
sonreír un poco ante la idea de comer del mismo plato con ellos. No obstante,
comió, aunque poco, y bebió vino, con mayor moderación. Sin embargo, Cincolo,
con el pretexto de llenar la copa de su invitado, rellenó la suya una segunda
vez, y estaba a punto de hacerlo una tercera cuando Ricciardo, apoyando su
blanca y pequeña mano en su brazo, dijo:
—¿Eres tú un alemán, amigo mío, que no paras después de tantas copas? He
oído decir que vosotros, los florentinos, sois gente sobria.
Cincolo no se sintió muy feliz con el reproche, pero consideró que era
apropiado. Así, concediéndole el punto, volvió a sentarse, algo acalorado con
lo que ya había bebido, y le pidió a su invitado noticias sobre Alemania y qué
esperanzas había para la buena causa. Monna Gegia se contuvo ante esas
palabras, y Ricciardo contestó:
—Corren muchos informes, y se albergan altas esperanzas, en especial en
el norte de Italia, para el éxito de nuestra expedición. Corradino ha llegado a
Génova y, aunque las filas de su ejército se vieron diezmadas por la deserción
de sus tropas alemanas, se espera que sean ocupadas rápidamente por reclutas
italianos, más valientes y leales que esos extranjeros, extraños a nuestra
tierra, que no podían luchar por la causa con nuestro ardor.
—¿Y cómo lo lleva él?
—Como le corresponde a alguien de la casa de Suabia, y sobrino de
Manfredo. Carece de experiencia y es joven, casi hasta el infantilismo. No pasa
de los dieciséis años. Su madre no consentiría esta expedición, pero
lloró con amargura por el miedo de todo lo que tendría que soportar,
pues ha sido educado en un palacio con todos los lujos, y está acostumbrado a
las atenciones lisonjeras de los cortesanos y al tierno cuidado de las mujeres;
y, aunque ésta sea una princesa, le ha mimado con la ansiosa solicitud de una
campesina por su bebé. Sin embargo, Corradino es de buen corazón; dócil pero
valeroso; obediente de sus amigos más sabios, gentil con sus inferiores, pero
noble de alma. El espíritu de Manfredo parece animar su mente en crecimiento y,
seguro que si ese glorioso príncipe disfruta ahora con sus enormes virtudes,
mira con júbilo y aprobación a aquel que está, confío, destinado a ocupar su
trono.
El entusiasmo con el que Ricciardo habló, bañó su pálido semblante con
un ligero rubor, mientras sus ojos nadaban en el brillo del rocío que los
llenó. Monna Gegia se mostró poco complacida con su arenga, pero la curiosidad
la mantuvo en silencio, mientras su esposo siguió interrogando a su huésped.
—Parecéis conocer bien a Corradino.
—Le vi en Milán, y estuve íntimamente relacionado con su mejor amigo
allí. Como he dicho, ha llegado a Génova, y quizá ahora ya haya desembarcado en
Pisa.
—¿Encontrará muchos amigos en aquella
ciudad?
—Todo hombre allí será su amigo. Pero durante su viaje hacia el sur
deberá enfrentarse con el ejército florentino, dirigido por los mariscales del
usurpador Carlos y ayudados por sus tropas. El propio Carlos nos ha dejado y ha
partido a Nápoles a prepararse para esta guerra. Sin embargo, allí lo detestan
por tirano y ladrón, y Corradino será recibido en el reino como un salvador, de
modo que si logra superar los obstáculos que se opondrán a su entrada, no dudo
de su éxito, y confío en que será coronado en menos de un mes en Roma, y a la
semana siguiente ocupará el trono de sus antepasados en Nápoles.
—¿Y quién le coronará? —gritó Gegia, incapaz de contenerse—. Italia
carece de herejes lo suficientemente viles para realizar tal cometido, a menos
que sea un judío, o envíe a buscar a un griego a Constantinopla, o a un
mahometano a Egipto. ¡Maldita sea para siempre la raza de Federico!
¡Por tres veces maldito sea el que tenga afinidad con ese infiel
Manfredo! Y poco me complacéis vos, joven, manteniendo tal discurso en mi casa.
Cincolo miró a Ricciardo, como si temiera que un partidario tan
vehemente de la casa de Suabia se irritase ante el ataque de su esposa. Pero
éste miró a la anciana con una expresión de benigna serenidad; ni siquiera se
mezclaba el desdén en la gentil sonrisa que jugueteaba en la comisura de sus
labios.
—Me contendré —dijo.
Volviéndose hacia Cincolo, se puso a conversar de temas más generales,
describiendo las diversas ciudades de Italia que había visitado, sus formas de
gobierno y relatando anécdotas sobre sus habitantes con un aire de experiencia
que, contrastado con su aspecto juvenil, impresionó mucho a Cincolo, que le
contempló al mismo tiempo con admiración y respeto. Llegó la noche. El sonido
de las campanas murió cuando cesó el Ave María, pero el lejano
sonido de algunos instrumentos fue transportado hasta ellos por la brisa
nocturna, y su rápido ritmo indicó que la música ya había comenzado. Ricciardo
iba a dirigirse a Cincolo cuando un golpe a la puerta le interrumpió. Era
Buzeccha, el Sarraceno, un famoso jugador de ajedrez que estaba acostumbrado a
desfilar bajo las columnatas del Duomo y desafiar a los jóvenes nobles a una
partida. A veces eran juegos fuertes, cuyas ganancias y pérdidas se convertían
en la charla de toda Florencia. Buzeccha era un hombre alto y feo, con esos
modales naturales que son consecuencia de la fama que había adquirido en su
ciencia y la familiaridad con que le permitían tratar a aquellos superiores a
él en rango social, complacidos en medir sus fuerzas con las de él.
—¡Eh, Messere! —había comenzado, cuando, al ver a Ricciardo, preguntó—:
¿A quién tenemos aquí?
—A un amigo de buenos hombres —repuso
Ricciardo, sonriendo.
—Entonces, por Mahoma, sois mi amigo,
muchacho.
—Por tu modo de hablar debes ser
sarraceno —comentó Ricciardo. —Gracias a la ayuda del Profeta por cierto que lo
soy. Un sarraceno que
en tiempos de Manfredo… basta de eso. No hablaremos de Manfredo, ¿eh,
Monna Gegia? Soy Buzeccha, el ajedrecista, a vuestro servicio, Messier lo
Forestiere.
Hecha la presentación, comenzaron a hablar de la procesión del día.
Después de un rato, Buzeccha introdujo su tema favorito: el ajedrez. Recordó
algunas movidas maravillosamente buenas que había conseguido y le contó a
Ricciardo cómo antes del Palagio del Popolo, en presencia del conde
Guido Novello de’ Giudi, entonces Vicare de la ciudad, había
jugado una hora ante tres tableros con tres de los mejores ajedrecistas de
Florencia, jugando dos de memoria y uno por la vista; y de las tres partidas
había ganado dos. Esta narración concluyó con la propuesta de jugar con su
anfitrión.
—Eres un hombre duro, Cincolo, mejor jugador que los nobles. Juraría que
consideras el ajedrez sólo cuando remiendas tus zapatos. Cada agujero de tu
punzón es un cuadrado del tablero, cada puntada una movida, y un par terminado,
ya pagado, un jaque mate a tu adversario. ¿Eh, Cincolo? Saca el campo de
batalla, hombre.
—Dejo Florencia en dos horas —indicó Ricciardo—, y antes de irme, Messer
Cincolo prometió llevarme a la Piazzii del Duomo.
—Sobra tiempo, mi buen joven —dijo
Buzeccha, preparando las piezas
—. Sólo pido una partida, y las que juego jamás duran más de un cuarto
de hora. Después los dos os escoltaremos y podréis bailar una pieza con una
hurí de ojos negros, a pesar de ser nazareno. Así que no me tapéis la luz, buen
joven, y cerrad la ventana y bajad un poco la lámpara para que no titile tanto.
Ricciardo pareció divertido por el tono autoritario del ajedrecista.
Cerró la ventana y bajó la lámpara, apoyada contra la pared, que era la única
luz de que disponían. Se plantó junto a la mesa a observar la partida. Monna
Gegia había quitado el caldero de la cena y se sentó con cierta incomodidad,
como si estuviera molesta porque su invitado no hablara con ella. Cincolo y
Buzeccha se hallaban intensamente concentrados en el juego cuando oyeron una
llamada a la puerta. Cincolo iba a ponerse de pie para abrirla, pero Ricciardo
le dijo:
—No te molestes.
Fue él, con el estilo de alguien que ennoblece incluso las tareas
humildes que realiza, de modo que ningún acto resulta más humilde que otro.
—¡Ah, Messer Beppe! Es amable por tu parte venir
esta noche de mayo. Ricciardo le miró fugazmente y ocupó de nuevo su lugar
junto a los
jugadores. Poco había en Messer Beppe para provocar una opinión
favorable. Era bajo, flaco y seco; tenía la cara alargada y arrugada; sus ojos
estaban profundamente empotrados y tenían una expresión de desdén; los labios
rectos, la nariz ganchuda y la cabeza cubierta por una gorra, el pelo muy
corto. Se sentó cerca de Gegia y comenzó a hablar con voz gimoteante y servil,
halagándola por su buen aspecto, soltando una andanada de lisonjas sobre la
magnificencia de ciertas florentinas Güelfas, y concluyó
declarando que estaba hambriento y
cansado.
—¿Hambriento, Beppe? —preguntó Gegia—. Debiste mencionarlo primero,
amigo. Cincolo, ¿quieres darle de comer a tu invitado? Cincolo, ¿estás sordo?
¿Eres ciego? ¿Es que no me oyes? ¿No quieres ver? Aquí está Messer Giuseppe
de’Bosticchi.
Despacio, con los ojos aún clavados en el tablero, Cincolo hizo ademan
de incorporarse. Sin embargo, el nombre del visitante pareció tener el efecto
de la magia sobre Ricciardo.
—¡Bosticchi! —exclamó—, ¡Giuseppe Bosticchi! No esperaba encontrar a ese
hombre bajo tu techo, Cincolo, a pesar de lo Güelfa que sea su esposa… pues
también ella ha comido del pan de los Elisei. ¡Adiós! Me encontrarás en la
calle de abajo; sígueme con presteza.
Estaba a punto de marcharse, pero Bosticchi se situó delante de la
puerta, diciendo con un tono de voz cuyo gemido entremezclaba cólera y
servilismo:
—¿En que he ofendido a este joven caballero? ¿Es que no me contaréis
dicha ofensa?
—No te atrevas a frenarme —gritó Ricciardo, pasándose la mano por los
ojos—, no me obligues a mirarlo otra vez… ¡Apártate!
Cincolo le detuvo.
—Sois demasiado apresurado y muy apasionado, mi noble invitado. No
importa cómo os haya ofendido este hombre, sois demasiado violento.
—¡Violento! —exclamó Ricciardo, casi sofocado por una emoción
apasionada—. Sí, desenvaina tu cuchillo y exhibe la sangre de Arrigo dei Elisei
con la que está manchada.
Siguió un silencio mortal. Bosticchi se escabulló del cuarto; Ricciardo
ocultó la cara entre las manos y lloró. Pero pronto calmó su ardor y dijo:
—En verdad que esto es infantil. Perdóname; ese hombre se ha ido; excusa
y olvida mi violencia. Continúa con la partida, Cincolo, pero conclúyela
deprisa, pues el tiempo se acaba… ¡Oíd! El campanario anuncia la primera hora
de la noche.
—La partida ya ha terminado —anunció Buzeccha con pesar—, vuestra capa
ha deshecho el mejor jaque mate que haya planeado alguna vez esta cabeza mía…
¡que Dios os perdone!
—¡Jaque mate! —gritó el indignado Cincolo—. ¡Jaque mate! ¡Con mi reina,
que estaba destrozando tus filas!
—Vayámonos —dijo Ricciardo—, Messer Buzeccha terminará la partida con
Monna Gegia. Cincolo volverá pronto.
Cogiendo a su anfitrión por el brazo, le sacó del cuarto y descendió por
las estrechas y empinadas escaleras con el aire de alguien a quien no le eran
desconocidas.
Una vez en la calle, aminoró el paso, y mirando primero a su alrededor
con el fin de asegurarse de que nadie oía su conversación, se dirigió a
Cincolo:
—Perdóname, mi buen amigo; he sido vehemente, y la visión de ese hombre
hizo que cada gota de mi sangre bullera en mis venas. Pero no vengo aquí para
entregarme a dolores o venganzas personales, sino a ocuparme de mi plan. Es
necesario que vea, rápidamente y en secreto, a Messer Guielmo Lostendardo, el
comandante napolitano. Le llevo un mensaje de la condesa Elizabeth, madre de
Corradino, y tengo la esperanza de que su contenido le induzca al menos a
adoptar un papel neutral en el inminente conflicto. Te he elegido a ti,
Cincolo, para ayudarme en esto, pues no sólo eres de poca importancia en tu
ciudad para no atraer la atención, sino que eres valiente y leal, y sé que
puedo confiar en tu conocida valía. Lostendardo reside en el Palagio
del Governo. Cuando atraviese sus puertas me encontraré en manos de mis
enemigos, y sólo sus mazmorras puede que conozcan el secreto de mi destino.
Espero cosas mejores. Pero si pasadas dos horas no aparezco o te hago llegar
noticias de mi persona, llévale este paquete a Corradino en Pisa. Entonces
descubrirás
quién soy, y si sientes alguna indignación por mi destino, deja que ese
sentimiento te una aún con más fuerza a la causa por la que vivo y muero.
Ricciardo siguió andando mientras hablaba, y Cincolo observó que sin
meditarlo dirigía sus pasos hacia el Palagio del Govemo.
—No entiendo esto —dijo el anciano—. ¿Con qué argumento, a menos que
traigáis uno del otro mundo, esperáis inducir a Messer Guielmo a ayudar a
Corradino? Es un enemigo tan enconado de Manfredo que, aunque el príncipe esté
muerto, cada vez que se menciona su nombre coge el aire como si se tratara de
una daga. Con horribles imprecaciones le he oído maldecir a toda la casa de
Suabia.
Un temblor sacudió el cuerpo de
Ricciardo, pero contestó:
—En el pasado, Lostendardo fue el más firme baluarte de esa casa, y
amigo de Manfredo. Extrañas circunstancias dieron nacimiento en su mente a un
odio antinatural, y se convirtió en un traidor. Pero quizás ahora que Manfredo
se encuentra en el Paraíso, la juventud, las virtudes y la inexperiencia de
Corradino puedan inspirarle sentimientos más generosos y volver a despertar su
vieja fe. Al menos, he de intentar esta última prueba. Esta causa es demasiado
santa, demasiado sagrada para admitir formas comunes de raciocinio o acción. El
sobrino de Manfredo debe ocupar el trono de sus antepasados, y para conseguirlo
soportaré lo que sea necesario.
Entraron en el Palacio del Gobierno. Messer Guielmo se hallaba de fiesta
en el gran salón.
—Llévale este anillo, buen Cincolo, y dile que estoy esperando. No te
demores, y que mi valor y mi vida no me abandonen en el momento de la prueba.
Cincolo, lanzando una mirada inquisitiva a su extraordinario compañero,
obedeció la orden, mientras el joven se apoyó contra una de las columnas de la
corte y alzó los ojos con pasión hacia el claro firmamento.
—¡Oh, estrellas! —exclamó con voz ahogada—. Sois eternas: ¡dejad que mi
propósito y mi voluntad sean tan constantes como vosotras!
Luego, más sosegado, cruzó los brazos dentro de su capa, y con una
fuerte lucha interior se esforzó por reprimir la emoción. Varios sirvientes se
le acercaron y le pidieron que les siguiera. De nuevo miró al cielo y musitó:
«Manfredo». Entonces, emprendió la marcha con pasos lentos pero
decididos. Le condujeron a través de diversos salones y corredores a una
gran estancia llena de tapices y bien iluminada, con muchas lámparas. El mármol
del suelo reflejaba el resplandor, y el techo abovedado devolvía el ruido de
las pisadas de alguien que recorría la cámara cuando Ricciardo entró. Era
Lostendardo. Con una señal indicó a los sirvientes que se retiraran. La pesada
puerta se cerró tras ellos y Ricciardo quedó solo con Messer Guielmo: con el
semblante pálido pero compuesto, los ojos bajos a la expectativa, no por miedo;
y, de no ser por el movimiento convulsivo de los labios, se habría pensado que
cada facultad se hallaba casi suspendida por una intensa agitación.
Lostendardo se le acercó. Era un hombre en la flor de la vida, alto y
atlético; parecía capaz de aplastar el frágil ser de Ricciardo con el mínimo
esfiierzo. Cada facción de su semblante hablaba de lucha de pasiones, y del
terrible egoísmo de alguien que incluso se sacrificaría a sí mismo para imponer
su voluntad. Tenía las cejas negras separadas, los ojos grises eran profundos y
altivos, su aspecto al mismo tiempo severo y macilento. Daba la impresión de
que jamás una sonrisa había perturbado el desdén marcado que expresaban sus
labios; la frente alta, que mostraba la calvicie incipiente de la cabeza,
estaba surcada por mil arrugas contradictorias. La voz fue estudiadamente
contenida cuando habló:
—¿De dónde traéis este anillo? —Ricciardo alzó la vista y le miró a los
ojos, que lanzaron fuego al exclamar—: ¡Despina! ¡He rezado por esta noche y
día, y ya estáis aquí! —le cogió la mano con un apretón de gigante
—. No, no luchéis, pues por mi
salvación juro que jamás volveréis a escapar de mí.
Despina replicó con calma:
—Creed que al situarme así en vuestro poder no temo ningún daño que
podáis infligirme… de lo contrario no estaría aquí. No os temo, pues no temo a
la muerte. Soltadme, y escuchadme. Vengo en nombre de esas virtudes que en una
ocasión fueron vuestras; vengo en nombre de todos los sentimientos nobles, de
la generosidad y la antigua fe; y confío que al escucharme vuestra naturaleza
heroica apoyará a mi voz, y que Lostendardo ya no se unirá a aquellos a los que
los buenos y grandes jamás mencionan, pero sí condenan.
Lostendardo pareció prestarle poca atención a lo que decía. La miró con
gesto triunfal y maligno orgullo; y si aún la sujetaba, sus motivos parecían
más bien deberse al deleite que experimentaba al exhibir su poder sobre ella
que miedo o preocupación a que pudiera escapar. Se podía leer en la pálida
mejilla de la joven y en sus ojos vidriosos que su plan la elevaba por encima
del miedo mortal, y que se hallaba tan impasible como el mármol ante cualquier
acontecimiento que no potenciara o pudiera dañar el propósito por el que había
venido. Los dos guardaron silencio hasta que Lostendardo, indicándole un
asiento, y quedándose de pie delante de ella con los brazos cruzados y las
facciones dilatadas por el triunfo, con la voz aguda por la agitación, dijo:
—¡Bien, hablad! ¿Qué queréis de mí?
—Vengo a solicitar que si no se os puede convencer para que ayudéis al
príncipe Corradino en la actual lucha, al menos permanezcáis neutral y no os
opongáis a su reclamación al trono de sus antepasados.
Lostendardo se rió. El techo abovedado devolvió el sonido, pero el
áspero eco, aunque semejaba el agudo grito de un animal de presa cuya garra se
encuentra sobre el corazón de su enemigo, no era tan discordante ni tan
inhumano como la risa misma.
—¿Cómo pretendéis inducirme a aceptarlo? —preguntó—. Esta daga — y tocó
la empuñadura de una oculta a medias entre sus vestiduras— aún sigue manchada
con la sangre de Manfredo; antes de que pase mucho tiempo estará clavada en el
corazón de ese muchacho necio.
Despina dominó el sentimiento de horror que le inspiraron dichas
palabras, y contestó:
—¿Me daréis unos pocos minutos de
paciente escucha?
—Os brindaré unos pocos minutos de atención, y si no me muestro tan
paciente como en el Palagio Reale, hermosa Despina, debéis
excusarme. La paciencia no es una virtud a la que aspiro.
—Sí, fue en el Palagio Reale en Nápoles, el palacio de
Manfredo. Entonces, vos erais su mejor amigo, seleccionado por ese elegido
espécimen de humanidad para ser su confidente y consejero. ¿Por qué os
convertisteis en un traidor? No os sobresaltéis ante esa palabra: si pudierais
oír la voz unida de Italia, e incluso la de aquellos que se llaman vuestros
amigos, ellos mismos repetirían ese nombre. ¿Por qué os degradasteis y
defraudasteis de esa manera a vos mismo? Decís que yo soy la causa, pero soy
inocente. Me visteis en la corte de vuestro señor, una doncella de la reina
Sibila, y alguien que sin saberlo ya se había separado de su corazón, su alma,
su voluntad, todo su ser, como sacrificio involuntario ante el altar de todo lo
que es noble y divino en la naturaleza humana. Mi espíritu veneraba a Manfredo
como un santo, y mis latidos cesaban cuando posaba sus ojos sobre mí. Eso
sentía, pero sin saberlo. Vos me despertasteis de mi sueño. Dijisteis que me
amabais, y reflejasteis en un espejo demasiado certero mis propias emociones;
me vi allí y temblé. Pero la profunda y eterna naturaleza de mi pasión me salvó.
Amaba a Manfredo. Amaba al sol porque le iluminaba; amaba el aire que le daba
vida; me deifiqué porque mi corazón era el templo en el que él residía. Me
dediqué a Sibila, pues ella era su esposa, y nunca en pensamiento o sueño
degradé la pureza de mi amor por él. Y por eso vos le odiasteis. Él ignoraba la
pasión que yo sentía: mi corazón la contenía como un tesoro que vos, al
descubrir, saqueasteis. Os habría sido más fácil privarme de la vida que de mi
devoción por vuestro rey y, por ello, os volvisteis un traidor.
»Manfredo murió y pensasteis que entonces yo lo olvidé. Pero en verdad
que el amor sería una burla si la muerte no fuera el engaño más audaz. ¿Cómo
puede morir aquel que está inmortalizado en mis pensamientos, esos pensamientos
que abarcan el universo y contienen a la eternidad en su interior? Y aunque su
ropaje terrenal haya sido tirado como un arbusto marchito junto a la hierba, él
vive en mi alma tan hermoso, noble e íntegro como cuando su voz despertaba al
aire mudo… no, su vida es más plena, más verdadera. Porque antes ese pequeño
altar que albergaba su espíritu era todo lo que existía de él, pero ahora es
parte de todas las cosas; su espíritu me rodea y penetra, y ya que estuve
separada durante su vida, la muerte me ha unido a él para siempre.
El semblante de Lostendardo se oscureció ominosamente. Cuando ella
calló, estaba tan negro como el mar antes de las pesadas y cargadas nubes
tormentosas que se disuelven en lluvia. La tempestad de la pasión que se elevó
en su corazón parecía demasiado poderosa para admitir una rápida manifestación;
creció despacio desde el abismo más profundo de su alma, y
emoción tras emoción, se apiló antes de que el rayo de su ira cayera
sobre el objetivo.
—Vuestros argumentos, elocuente Despina —dijo—, son ciertamente
incontestables. Funcionan bien para vuestro propósito. Tengo entendido que
Corradino se encuentra en Pisa: habéis afilado mi daga, y antes de que el rocío
de otra noche la oxide, puede que pague con obras vuestras insultantes
palabras.
—¡Cuánto me malinterpretáis! ¿Y es que la alabanza y el amor de toda la
excelencia heroica son un insulto para vos? Lostendardo, cuando me visteis por
primera vez, yo era una joven inexperta: amaba, pero no sabía qué era el amor,
y limitando mi pasión a estrechos terrenos, adoraba el ser de Manfredo como se
puede amar a una efigie de piedra, que, una vez rota, carece de existencia.
Pero he cambiado mucho. Puede que antes os tratara con desdén o cólera, pero en
este momento esos mezquinos sentimientos han muerto en mi corazón. Sólo me
anima uno: la aspiración a otra vida, otro estado de existencia. Todo lo bueno
abandona esta extraña tierra, y no dudo de que cuando esté lo suficientemente
elevada sobre las debilidades humanas también será mi turno de dejar este
escenario de dolor. Y únicamente me preparo para ese momento. Al esforzarme por
ser merecedora de una unión con todo lo valeroso, generoso y sabio que alguna
vez adornara a la humanidad, habiendo dejado atrás a ésta, me consagro al
servicio de esa causa tan justa. Por lo tanto, mal me hacéis si creéis que se
debe al desdén en lo que digo o que cualquier sentimiento bajo está mezclado
con mi devoción de espíritu cuando vengo a situarme por propia voluntad en
vuestro poder. Podéis encerrarme para siempre en las mazmorras de este palacio
por Gibelina o espía, y hacer que me ejecuten como a un criminal. Pero antes de
que lo hagáis, reflexionad por vuestro propio bien en la elección de gloria o
ignominia que estáis a punto de realizar. Dejad que vuestros antiguos
sentimientos de amor por la casa de Suabia influyan algo en vuestro corazón;
pensad que así como sois ahora el enemigo despreciado, podéis convertiros en el
amigo Regido de su último descendiente y recibir de todos los corazones la
alabanza de haber restaurado a Corradino a los honores y poder para los que
nació.
»Comparad a este príncipe con el hipócrita, sanguinolento y mezquino de
espíritu Carlos. Cuando Manfredo murió, fui a Alemania y residí en la corte de
la condesa Elizabeth. Desde entonces he sido constante testigo de las grandes y
buenas cualidades de Corradino. La valentía de su espíritu le hace elevarse por
encima de la debilidad e inexperiencia de la juventud: posee toda la nobleza de
espíritu que pertenece a la familia de Suabia, y, además, una pureza y
gentileza que atraen el respeto y el amor de los viejos y cautelosos cortesanos
de Federico y Conrado. Vos sois valiente, y seríais generoso si la furia de
vuestras pasiones, como un fuego que consume, no destruyera en su violencia
todos los sentimientos generosos. Entonces, ¿cómo podéis convertiros en el
instrumento de Carlos? Sus despectivos ojos y sus burlones labios hablan de
egoísmo de mente. La avaricia, crueldad, mezquindad y engaño son las cualidades
que le caracterizan y le hacen inmerecedor de la majestad que usurpa. Dejad que
regrese a la Provenza y que reine con vil despotismo sobre los lujuriosos y
serviles franceses; los italianos, libres por nacimiento, requieren otro señor.
No están preparados para inclinarse ante alguien cuyo palacio es la… casa de
cambio de los prestamistas, cuyos generales son usureros, cuyos cortesanos son
sastres o monjes, y que de forma rastrera le jura alianza al enemigo de la
libertad y la virtud, Clemente, el asesino de Manfredo. Su rey, igual que
ellos, debería llevar la armadura del valor y la sencillez; sus adornos, el
escudo y la lanza; su tesoro, las posesiones de sus súbditos; su ejército, su
amor inconmovible. Carlos os tratará como a un instrumento. Corradino como a un
amigo… Carlos os convertirá en el odiado tirano de una doliente provincia,
Corradino en el gobernador de un pueblo próspero y feliz.
»No puedo decir por vuestra expresión si lo que he dicho os ha hecho
cambiar algo vuestra determinación. No puedo olvidar las escenas que tuvieron
lugar entre nosotros en Nápoles. Puede que entonces me mostrara desdeñosa: pero
ahora no lo soy. Vuestra execración Manfredo provocó todos mis sentimientos
iracundos; pero, como he dicho, todos, menos el sentimiento del amor, murieron
en mi corazón con la muerte de Manfredo, y estoy convencida de que allí donde
habite el amor su compañera ha de ser la excelencia. Habéis afirmado amarme; y,
aunque en tiempos pasados amor fue el hermano gemelo del odio —entonces, pobre
prisionero en vuestro
corazón, sus amigos fueron los celos, la ira, el desprecio y la
crueldad—, si fue amor, considero que su divinidad debió purificar vuestro
corazón de sentimientos innobles; y, ahora que yo, la prometida de la Muerte,
me encuentro fuera de vuestra esfera, quizá despierten en vuestro pecho
sentimientos más bondadosos y os inclinéis con suavidad ante mi voz.
»Si de verdad me amasteis, ¿no seréis ahora mi amigo? ¿No debemos, mano
con mano, seguir el mismo curso? Regresad a vuestra antigua fe, y ahora que la
muerte y la religión han depositado el sello sobre el pasado, dejad que el
espíritu de Manfredo, mirando desde arriba, contemple a su amigo arrepentido
como el firme aliado de su sucesor, el mejor y último heredero de la casa de
Suabia.
Dejó de hablar, pues el destello de salvaje triunfo, como un fuego
creciente en la noche, iluminó con ardiente y temeroso brillo la cara de
Lostendardo, haciendo que se detuviera en su petición. No contestó; pero cuando
ella guardó silencio, abandonó su inmovilidad, de pie frente a Despina, y
recorriendo el salón con mesurados pasos, con la cabeza inclinada, dio la
impresión de estar meditando en algo. ¿Es posible que se hallara sopesando las
palabras de la joven? Si vacilaba, seguro que el lado de la generosidad y la
vieja fidelidad prevalecerían. Sin embargo, no se atrevió a albergar
esperanzas. El corazón le latía deprisa, y se habría arrodillado, pero temía
moverse por si el mínimo gesto perturbaba los pensamientos de Lostendardo. Alzó
la vista, se sentó y rezó en silencio. A pesar del resplandor de las lámparas,
los rayos de una estrella pequeña entraron por una ventana oscura. Posó allí
los ojos y sus pensamientos se vieron elevados al instante a la eternidad y al
espacio que simbolizaba esa estrella, le parecía el espíritu de Manfredo, e
interiormente la adoró mientras imploraba que derramara su influencia benigna
sobre el alma de Lostendardo.
Transcurrieron varios minutos en ese ominoso silencio; luego, él se
acercó.
—Despina, permitidme reflexionar sobre vuestras palabras; mañana os daré
una respuesta. Os quedaréis en este palacio hasta la mañana, y entonces veréis
y juzgaréis mi arrepentimiento y el regreso de mi fe.
Habló con estudiada suavidad. Despina no podía verle la cara, pues las
luces brillaban a su espalda. Cuando levantó el rostro para responder, la
pequeña estrella titiló justo encima de la cabeza de Lostendardo y dio la
impresión de tranquilizarla con su débil fulgor. Nuestras mentes, cuando se
encuentran abrumadas, son extrañamente propensas a la superstición, y Despina
vivía en una era supersticiosa. Pensó que la estrella le pedía que cediera, y
que le garantizaba protección del cielo… pues, ¿de qué otra parte podía,
esperarla? Por ello contestó:
—Acepto. Sólo os pido que le hagáis saber al hombre que os entregó mi
anillo que me encuentro a salvo, o temerá por mí.
—Haré lo que pedís.
—Y me confiaré a vuestro cuidado. No puedo, no me atrevo a temeros. Si
me traicionarais, aún confío en los santos celestiales que protegen a la
humanidad.
Su semblante era tan sosegado… irradiaba una devoción tan angelical y
una fe en el bien que Lostendardo no tuvo valor para mirarla. Durante un
momento —cuando ella quedó en silencio y miró la estrella—, se sintió impulsado
a arrojarse a sus pies y confesarle el plan diabólico que había tramado, y
entregarse en cuerpo y alma a su guía, a servirla, obedecerla y venerarla. Pero
el impulso fue momentáneo y el sentimiento de venganza regresó a él. Desde el
momento en que ella le había rechazado, el fuego de la ira había ardido en su
corazón, consumiendo toda sensación sana, toda simpatía humana y gentileza del
alma. Había jurado no dormir en un lecho o beber otra cosa que no fuera agua
hasta que su primera copa de vino no estuviera mezclada con la sangre de
Manfredo. Había cumplido ese juramento. Una extraña alteración se había labrado
en su interior desde el momento en que vaciara aquella impía copa. El espíritu,
no de un hombre sino de un diablo, parecía vivir dentro de él, instándole al
crimen, del que sólo su larga y postergada esperanza de venganza le habían
retrasado. Pero Despina se hallaba ahora en su poder, y le daba la impresión de
que el destino le había preservado tanto tiempo solo con el fin de que pudiera
abatir su furia completa sobre ella. Cuando le habló de amor, pensó cómo podría
extraer de ello dolor. Formó su plan; y una vez conquistada su leve debilidad
humana, centró sus pensamientos en la realización. Sin embargo,
temía quedarse más tiempo con ella, de modo que la dejó, diciendo que le
enviaría sirvientes que le mostrarían las dependencias donde podría descansar.
Pasaron varias horas, pero nadie fue a verla. Las lámparas estaban bastante
consumidas y ardían bajas, y las estrellas del firmamento podían ahora
conquistar la luz más débil con sus rayos titilantes. Una a una esas lámparas
se extinguieron, y las sombras de las altas ventanas del salón, antes
invisibles, se proyectaron sobre el suelo de mármol. Despina alzó la vista,
inconscientemente al principio, hasta que se encontró contando — una, dos,
tres— las formas de las barras de hierro que se extendían de manera plácida
sobre la piedra.
—Esas rejas son gruesas —dijo—: este salón será una mazmorra grande pero
segura.
Como por inspiración, sintió que ya era una prisionera. Ningún cambio,
ninguna palabra había tenido lugar desde que intrépidamente entrara en la
estancia, creyéndose libre. Pero ahora su mente no albergaba duda alguna
respecto a su situación; unas pesadas cadenas parecieron caer a su alrededor;
el aire era pesado y denso como el de una prisión, y la luz de las estrellas
que antes la había animado se convirtió en el terrible mensajero de un pavoroso
peligro para ella misma, en la absoluta derrota de todas las esperanzas de
éxito que se había atrevido a alimentar para su amada causa.
Cincolo esperó, primero con impaciencia, y después con ansiedad, el
retorno del joven desconocido. Con paso inquieto recorrió de arriba abajo las
puertas del palacio. Transcurrieron las horas, las estrellas se alzaron y
descendieron, y los meteoritos surcaron el cielo. No resultaron más frecuentes
de lo que suelen ser en una noche despejada de verano en Italia, pero a Cincolo
le parecieron peculiarmente numerosos, heraldos de cambios y calamidades. Llegó
la medianoche, y en ese momento pasó una procesión de monjes, transportando un
cadáver y entonando un solemne De Profundis. Cincolo sintió que un
frío temblor recorría sus extremidades al pensar en el augurio infortunado que
representaba este suceso para el extraño aventurero al que había guiado hasta
el palacio. Las sombrías capuchas de los monjes, sus voces apagadas y la oscura
carga que llevaban aumentaron su agitación casi hasta el terror. Sin confesarse
a sí mismo la cobardía, se sintió poseído por el miedo de ser incluido en el
maligno destino que evidentemente le
aguardaba a su compañero. Cincolo era un hombre valiente; a menudo había
estado en la vanguardia de un asalto peligroso, pero los más valerosos entre
nosotros sienten a veces que les falla el corazón ante el pavor a lo
desconocido y el peligro predestinado. Entonces se vio invadido por el pánico.
Con la vista siguió las luces menguantes de la procesión y escuchó con el fin
de captar sus voces que se perdían: le temblaban las rodillas y la frente se le
llenó de un sudor frío, hasta que, incapaz de resistir el impulso, comenzó a
retirarse lentamente del Palacio de Gobierno y a abandonar el círculo mortal
que parecía que iba a encerrarlo si se quedaba en aquel sitio.
Apenas había dejado su puesto ante la puerta del palacio, cuando vio que
se asomaban unas luces a manos de una compañía de hombres, algunos de los
cuales iban armados, tal como demostraba el destello que proyectaban las puntas
de las lanzas, mientras que otros cargaban con una litera que tenía unas
cortinas negras cerradas. Cincolo se quedó clavado donde estaba. Ningún
pensamiento racional podía justificar su creencia, pero quedó convencido de que
allí iba el joven desconocido, transportado hacia su muerte. Impelido por la
curiosidad y la ansiedad, siguió al grupo mientras se dirigía hacia la Porta
Romana. Al llegar al umbral fueron detenidos por los centinelas, dieron la
contraseña y les fue permitido el paso. Cincolo no se atrevió a seguirlos,
aunque se sentía agitado por el miedo y la compasión. Recordó el paquete que se
le había confiado y no tuvo valor de extraerlo del interior de la camisa por
temor a que algún Güelfo se hallara cerca y viera que estaba dirigido a
Corradino. No sabía leer, pero deseaba ver las armas del sello para comprobar
si tenía alguna insignia imperial. Regresó al Palagio del Governo:
allí todo era oscuridad y silencio. De nuevo se puso a caminar arriba y abajo
de las puertas, observando las ventanas, pero no apareció ninguna señal de
vida. No podía decir por qué se hallaba tan agitado, pero sentía como si toda
su paz futura dependiera del destino del joven desconocido. Pensó en Gegia, en
su indefensión y avanzada edad, pero no pudo resistir el impulso que le
dominaba y decidió que aquella misma noche emprendería el viaje a Pisa para
entregar el paquete y descubrir quién era el extraño y qué esperanzas podía
albergar por su seguridad.
Regresó a casa con el fin de informarle a Gegia del viaje. Sería una
tarea dolorosa, pero no podía dejarla sumida en las dudas. Subió por las
estrechas escaleras con nerviosismo. Una vez arriba, una lámpara centelleaba
ante un retrato de la Virgen. Noche tras noche ardía allí, protegiendo con su
influencia su pequeño hogar de todos los males terrenales o sobrenaturales. Su
visión le inspiró valor. Rezó un Ave María ante ella, y luego,
mirando a su alrededor para cerciorarse de que no había ningún espía en el
estrecho rellano, extrajo el paquete de su pecho y examinó el sello. En
aquellos días todos los italianos conocían la heráldica, ya que por las
insignias de los escudos de los caballeros descubrían, mejor que por sus
rostros o personas, a qué familia y grupo pertenecían. No le hizo falta gran
conocimiento a Cincolo para descifrar esas armas; las conocía desde la
infancia: eran las de los Elisei, la familia a la cual había estado unido como
soldado durante todas las contiendas civiles. Arrigo dei Elisei había sido su
patrón, y la mujer de Cincolo había amamantado a su única hija en aquellos
felices días en los que no había ni Güelfos ni Gibelinos. La visión de esas
armas volvió a despertar su ansiedad. ¿Pertenecería el joven a aquella casa? El
sello mostraba que así era; y el descubrimiento confirmó su determinación de
realizar cualquier esfuerzo por salvarle, y le inspiró el suficiente valor para
enfrentarse a las protestas y temores de Monna Gegia.
Abrió la puerta; la anciana dama se hallaba dormida en la silla, pero
despertó al entrar él. Sólo había dormido para refrescar su curiosidad, y le
formuló mil preguntas seguidas, a las que Cincolo no contestó. Se quedó de pie
con los brazos cruzados mirando el fuego, dudando cómo sacar el tema de su
partida. Monna Gegia siguió hablando:
—Después de irte, mantuvimos una discusión sobre ese jovencito de cabeza
caliente que vino esta mañana; yo, Buzeccha, Beppe de’ Bosticchi, que volvió, y
Monna Lisa del Mercato Nuovo. Todos acordamos que debía de tratarse de una de
dos personas, y sin importar quién fuera, si no había salido de Florencia,
la Stinchi[*] iba a ser su nueva morada a la salida del sol. ¡Eh! ¡Cincolo, hombre! No
dices nada. ¿Dónde te separaste de tu príncipe?
—¡Príncipe! Gegia, ¿estás loca? ¿Qué
príncipe?
—Se trata de un príncipe o de un panadero. O bien el mismo Corradino, o
Ricciardo, el hijo de Messer Tommaso de’ Manelli, aquel que vivía al otro lado
del Arno y horneaba pan para todo Sesto cuando el conde Guido de’ Giudi
era Vicario. Por ello ese Messer Tommaso fue a Milán con Ubaldo de’
Gargalandi, y Ricciardo, que acompañó a su padre, ahora debe rondar los
dieciséis años. Tenía fama de amasar con tanta ligereza como su padre, aunque
prefirió seguir las armas con los Gargalandi. Cuentan que era un joven hermoso;
y así, para decir la verdad, lo era nuestro joven de la mañana. Pero Monna Lisa
estaba convencida de que debía de tratarse del mismo Corradino…
Cincolo escuchó como si la cháchara de dos mujeres viejas pudiera
desentrañar su enigma. Incluso comenzó a dudar de si su última conjetura,
extravagante como era, no había dado con la verdad. Todas las circunstancias
rechazaban semejante idea, pero pensó en la juventud y extraordinaria belleza
del extraño y comenzó a sentir dudas. No había nadie entre los Elisei que
respondiera a su apariencia. La flor de su juventud había caído en el Monte
Aperto; los mayores de la nueva generación apenas tenían diez años; los demás
varones de aquella casa se hallaban en la edad madura. Gegia siguió hablando de
la furia que Beppe de’ Bosticchi mostró al ser acusado del asesinato de Arrigo
dei Elisei.
—Si lo hubiera hecho —gritó—, nunca más habría estado ante mi chimenea.
Pero juró su inocencia, y de verdad, pobre hombre, sería un pecado no creerle.
¿Por qué, si el desconocido no era un Elisei, habría exhibido tal horror
al ver al supuesto asesino del cabeza de la familia? Cincolo le dio la espalda
al fuego. Después comprobó si su cuchillo pendía seguro del cinturón, se quitó
los zapatos estilo sandalias y se calzó unas botas fuertes forradas en piel.
Esto último llamó la atención de Gegia.
—¿En qué andas, buen hombre? —inquirió con voz sonora—. Ésta no es hora
de cambiarte de ropa, sino de venir a la cama. Esta noche no hablarás, pero
mañana espero sacártelo todo. ¿Qué planeas?
—Estoy a punto de dejarte, Gegia. ¡Que el cielo te bendiga y te proteja!
Me voy a Pisa.
Gegia lanzó un grito e hizo amago de protestar con gran vehemencia, pero
las lágrimas cayeron por sus envejecidas mejillas. Las lágrimas también
llenaron los ojos de Cincolo cuando dijo:
—No me marcho por lo que tú sospechas. No me alistaré en el ejército de
Corradino, aunque mi corazón estará con él. Sólo llevaré una carta y regresaré
sin demora alguna.
—No volverás nunca —gritó la anciana—. Si pones pie en la traidora Pisa,
la Comuna jamás te permitirá atravesar las puertas de esta ciudad de nuevo.
Pero no te irás, despertaré a los vecinos, te declararé loco…
—¡Basta, Gegia! Aquí está todo el dinero que tengo. Antes de irme, te
enviaré a la prima Nunziata para que te acompañe. Debo irme. No es la causa
Gibelina, o Corradino, lo que me impulsa a arriesgar tu tranquilidad y
comodidad, sino que la vida de uno de los Elisei está en juego; y si tengo la
oportunidad de salvarle, ¿harás que me quede aquí y que luego te maldiga a ti y
a la hora en que vine al mundo?
—¡Qué! ¿Era él…? No, no hay nadie entre los Elisei que sea tan joven, y
nadie tan hermoso, salvo aquella que estos brazos mecieron de bebé pero es una
mujer. No, no; es una historia que te has inventado para engañarme y obtener mi
consentimiento. Pero nunca lo tendrás. ¡No lo olvides! Nunca lo tendrás. Y
profetizo que si te vas, tu viaje será la muerte de los dos.
Lloró con amargura. Cincolo besó su mejilla arrugada y mezcló sus
lágrimas con las de ella. Luego, encomendándola al cuidado de la Virgen y los
santos, la dejó, mientras el dolor ahogaba las palabras de la mujer y el nombre
de los Elisei la privaba de toda energía para oponerse a su propósito.
Eran las cuatro de la madrugada cuando las puertas de Florencia se
abrieron y Cincolo pudo abandonar la ciudad. Al principio utilizó las carretas
de los contadini para progresar en su viaje, pero, a medida que se aproximaba a
Pisa, cesaron todos los medios de transporte y se vio obligado a tomar caminos
laterales y a obrar con cautela para no caer en manos de los puestos
fronterizos florentinos o en las de algún fiero Gibelino que pudiera sospechar
de él y llevarle ante el Podesta de un pueblo. Porque si en
algún momento le detenían y le inspeccionaban, el paquete dirigido a Corradino
le culparía y pagaría por su temeridad con la vida. Habiendo
llegado a Vico Pisano, encontró a una tropa pisana de caballería de
guardia. Muchos soldados le conocían y obtuvo transporte a Pisa, pero era de
noche cuando llegó. Dio la contraseña Gibelina y se le permitió atravesar las
puertas. Preguntó por el príncipe Corradino y le dijeron que se hallaba en la
ciudad, en el palacio Lanfranchi. Cruzó el Arno y los soldados que vigilaban la
entrada le admitieron. Corradino acababa de llegar de una victoriosa escaramuza
en los estados de los Lucchese y estaba descansando; pero, cuando el conde
Gherardo Doneratico, principal asistente, vio el sello del paquete, de
inmediato escoltó a su portador a un cuarto pequeño, donde el príncipe yacía
sobre una piel de zorro en el suelo. La mente de Cincolo había estado tan
confusa por la rapidez de los acontecimientos de la noche anterior, por la
fatiga y el deseo de dormir, que se había sobreexcitado al creer que el joven
desconocido era en verdad Corradino; y cuando hubo oído que el príncipe se
encontraba en Pisa, debido a un extraño desorden de ideas siguió imaginando que
él y Ricciardo eran los mismos, y que sus temores eran infundados. La primera
visión que tuvo de Corradino, su cabello rubio y ovalado rostro sajón, destruyó
tal idea, que fue reemplazada por un sentimiento de profunda angustia cuando el
conde Gherardo, anunciándole, dijo:
—Alguien que trae una carta de Madonna Despina dei Elisei aguarda a
Vuestra Alteza.
El anciano se adelantó, descontrolado y sin el respeto que, de otra
manera, habría sentido por alguien de linaje tan alto como Corradino.
—¡De Despina! ¿Habéis dicho Despina? ¡Oh, desmentidlo! Que no sea de mi
amada y perdida hija adoptiva.
Las lágrimas cayeron por sus mejillas. Corradino, un joven de fascinante
gentileza, pero, tal como dijera Despina, joven incluso hasta el infantilismo,
intentó tranquilizarlo.
—¡Oh, mi gracioso Señor! —gritó Cincolo—. Abrid el paquete y ved si
procede de mi bendita niña… si bajo el disfraz de Ricciardo la conduje a su
destrucción…
Se retorció las manos. Corradino, pálido como la muerte por el miedo que
sentía por el destino de su adorable amiga y compañera de aventuras, rompió el
sello. El paquete contenía un sobre sin ninguna dirección, cuya
carta leyó mientras el horror convulsionaba sus facciones. Se la pasó a
Gherardo.
—En verdad que es de ella. Dice que el portador puede relatar todo lo
que el mundo, probablemente, llegará a saber de su destino. Y tú, anciano, que
lloras con tanta amargura, tú, a quien mi mejor amiga te manda a mí, cuéntame
lo que sabes de ella.
Cincolo relató su historia con voz
quebrada.
—¡Que estos ojos no vuelvan a ver jamás! —gritó una vez concluida su
historia—. Estos ojos que no reconocieron a Despina en sus suaves facciones y
angelicales sonrisas. ¡Viejo senil que soy! Cuando mi esposa vituperó a vuestra
familia y a vuestra principesca persona, y al Santo Manfredo, ¿por qué no supe
leer su secreto en su paciencia? Ella no le habría perdonado esas palabras a
nadie salvo a aquella que la amamantó de pequeña y fue una madre para ella
cuando Madonna Pia murió. Y cuando culpó a Bosticchi de la muerte de su padre,
yo ciego y necio, no vi el espíritu de los Elisei en sus ojos. Milord, sólo
quiero pediros un favor. Dejadme escuchar su carta para que pueda juzgar qué
esperanzas quedan… mas temo que no quede ninguna, ninguna.
—Leedle la carta, mi querido conde —dijo el príncipe—. Yo no temeré lo
que él teme. No me atrevo a temer que alguien tan adorable y encantadora sea
sacrificada por mi inútil causa.
Gherardo leyó la carta.
«Cincolo de’ Becari, mi padre adoptivo, os entregará esta carta en mano,
mi respetado y querido Corradino. La condesa Elizabeth me ha instado a llevar a
cabo mi actual empresa. Nada espero de ella… excepto trabajar por vuestra causa
y, quizá, dejar algo prematuramente esta vida que es una ordalía dolorosa para
mi débil mente. Voy a tratar de despertar los sentimientos de fidelidad y
generosidad en el alma del traidor Lostendardo: me pondré en sus manos y no
espero escapar una vez más de ellas. Corradino, mi última plegaria será por
vuestro éxito. No os lamentéis por alguien que parte hacia su hogar después de
un largo y agotador exilio. Quemad el paquete sin abrirlo. ¡Que la Madre de
Dios os proteja!
Corradino había llorado mientras se
leía la epístola, pero luego, irguiéndose, dijo:
¡Venganza, venganza hasta la muerte! ¡Quizá todavía podamos salvarla!
Una plaga había caído sobre la casa de Suabia, y todas sus emperatrisas fueron
aniquiladas. Amados por sus súbditos, nobles y con todas las ventajas que
concede tener de tu lado el derecho, salvo los que concede la Iglesia, fueron
derrotados en todos sus intentos por defenderse contra un extranjero y tirano
que gobernaba por la fuerza de las armas sobre un extenso y agitado territorio.
El joven e intrépido Corradino también estaba predestinado a morir en la
contienda. Habiendo superado a las tropas de su adversario en Toscana, avanzó
hacia su reino con las más altas esperanzas. Su archienemigo, el Papa Clemente
IV, se había hecho fuerte en Viterbo, y estaba protegido por una numerosa guarnición.
Corradino desfiló triunfal ante la ciudad y reunió con orgullo a sus tropas a
la entrada, con el fin de mostrar ante el Santo Padre sus fuerzas y humillarlo
con esa exhibición de éxito. Los cardenales, que contemplaban la vasta hilera
de hombres y el orden con que se mantenía, se apresuraron a dirigirse al
palacio papal. Clemente se encontraba rezando en su oratorio; los asustados
monjes, con pálidos semblantes, le contaron cómo el hereje excomulgado se
atrevía a amenazar la ciudad donde el Santo Padre residía, añadiendo que si el
insulto proseguía hasta el pleno ataque, bien pudiera resultar peligroso. El
Papa
sonrió con desdén.
—No temáis —dijo—, los proyectos de esos hombres se disiparán como el
humo.
Entonces se dirigió a las murallas, y vio a Corradino y a Federico de
Austria, que desfilaban conduciendo la línea de caballeros en la llanura. Los
observó durante un tiempo; luego, volviéndose hacia sus cardenales, dijo:
—Son las víctimas que se dejan
conducir al sacrificio.
Sus palabras resultaron una profecía. Aparte de los primeros éxitos de
Corradino y del número superior de su ejército, fue derrotado por la astucia de
Carlos en una encarnizada batalla. Escapó del campo, y, con unos pocos amigos,
llegó hasta una torre llamada Astura que pertenecía a la familia
Frangipani de Roma. Allí alquiló un navío, embarcó y se hizo a la mar,
poniendo rumbo a Sicilia, que se había rebelado contra Carlos y le recibiría,
eso esperaba, con júbilo. Cuando estaban todos a bordo, un individuo de la
familia Frangipani, al ver un barco lleno de alemanes que salía de la costa,
sospechó que se trataba de fugitivos de la batalla de Tagliacozzo, de modo que
los siguió con otros barcos y los tomo prisioneros a todos. La persona de
Corradino era una presa apetecible para él. Le entregó a manos de su rival y
fue recompensado con la concesión de un feudo cerca de Benevento.
El vil espíritu de Carlos le impulsó a la venganza más miserable. Y la
misma tragedia que ha sido renovada en nuestros días, fue representada en
aquellas playas. Un osado e ilustre príncipe fue sacrificado bajo el falso
manto de la justicia ante el altar de la tiranía y la hipocresía. Corradino fue
juzgado. Sólo uno de sus jueces, un provenzal, se atrevió a condenarle, y pagó
la pena de su vileza con la vida. Pues apenas hubo dictado la sentencia de
muerte contra el príncipe, solitario entre sus colegas, Roberto de Flandes,
cuñado del mismo Carlos, le golpeó en el pecho con el bastón de mando,
gritando:
—No te compete a ti, miserable, condenar a muerte a tan noble y digno
caballero.
El juez cayó muerto en presencia del rey, que no se atrevió a vengar a
su lacayo.
El 26 de octubre, Corradino y sus amigos fueron conducidos a morir en el
mercado de Nápoles, junto al mar. Carlos se hallaba presente con toda su corte,
y una inmensa multitud rodeaba al rey triunfante y a su adversario, más real, a
punto de sufrir una muerte ignominiosa. La procesión fúnebre se acercó a su
destino. Corradino, agitado, pero controlándose, era transportado en una
carreta abierta. Detrás de él iba una litera con cortinas negras sin señal
alguna que revelara quién la ocupaba. Le seguían el duque de Austria y diversas
víctimas ilustres. La guardia que los conducía al cadalso estaba encabezada por
Lostendardo. Un triunfo malicioso danzaba burlonamente en sus ojos, y cabalgaba
cerca de la litera, mirando de vez en cuando a ésta, y luego a Corradino, con
la lóbrega expresión de un espíritu maligno y atormentador. La procesión se
detuvo al pie del patíbulo, y Corradino observó la centelleante luz que
esporádicamente se alzaba desde
el Vesubio y lanzaba su reflejo al mar. El sol aún no había salido, pero
el halo de su proximidad iluminaba la bahía de Nápoles, sus montañas e islas.
Las cimas de las lejanas colinas de Baiae refulgían con sus primeros rayos.
«Para cuando esos rayos lleguen aquí y esos hombres proyecten sombras…
príncipes y campesinos que me rodeáis, mi espíritu vivo carecerá de sombra»,
pensó Corradino. Luego posó los ojos en sus compañeros de destino, y por
primera vez vio la silenciosa y oscura litera que marchaba con ellos. «Es mi
ataúd», pensó al principio, pero en el acto recordó la desaparición de Despina.
Intento acercarse de un salto, pero los guardias le detuvieron. Alzó la vista y
su mirada se encontró con la de Lostendardo, quien le sonrió: una sonrisa
terrible… pero el sentimiento religioso que antes le había sosegado de nuevo
descendió sobre él, y pensó que tanto los sufrimientos de ella como los suyos
propios acabarían pronto.
Ya habían acabado. Y el silencio de la tumba pesa sobre estos sucesos,
que tuvieron lugar desde que Cincolo observara cómo la sacaban de Florencia,
hasta ese momento en que era conducida por su feroz enemigo a contemplar la
muerte del sobrino de Manfredo. Debió de haber soportado mucho; pues, mientras
Corradino avanzaba hacia el pie del cadalso y la litera era situada frente a
éste y Lostendardo ordenó que se descorrieran las cortinas, la blanca mano que
colgaba sin vida de un costado estaba delgada como una hoja de invierno, y su
hermosa cara, sustentada por los densos rizos de su oscuro cabello, se veía
hundida y de una palidez cenicienta, mientras el profundo azul de sus ojos se
debatía a través de párpados cerrados. Aún lucía las ropas con las que se había
presentado en la casa de Cincolo. Quizá su atormentador pensara que su disfraz
de joven provocaría menos compasión que si una hermosa mujer era arrastrada de
esa manera ante una escena tan antinatural.
Corradino se hallaba arrodillado y rezando cuando su cuerpo fue
expuesto. La vio, ¡y descubrió que estaba muerta! Él mismo, a punto de sufrir,
puro e inocente, una muerte ignominiosa, mientras su mezquino conquistador, en
pompa y gloria, era espectador de su muerte, no sintió compasión por aquellos
que se encontraban en la Paz eterna; su compasión pertenecía sólo a los vivos,
y al incorporarse después de rezar su plegaria, exclamó:
—¡Mi amada madre, qué profundo dolor te causarán las noticias que pronto
recibirás!
Miró a la multitud viva que le rodeaba y vio que los partidarios de duro
semblante del usurpador lloraban. Escuchó los sollozos de sus súbditos
oprimidos y subyugados, y se quitó el guante de la mano y lo arrojó entre la
muchedumbre, en señal de que todavía consideraba buena su causa, y presentó su
cabeza al hacha.
Durante muchos años después de esos acontecimientos, Lostendardo gozó de
riqueza, rango y honores. Un buen día, en la cima de la gloria y la
prosperidad, se apartó del mundo y tomó los votos de una severa orden en un
convento situado en una de las desoladas e inhóspitas planicies de Calabria,
próxima al mar. Después de alcanzar el carácter de un santo a través de una
vida de tortura infligida por él mismo, murió murmurando los nombres de
Corradino, Manfredo y Despina.
LA TRANSFORMACIÓN
Forthwith this frame of mine was
wrench’d
With a woful agony,
Which forced me to begin my tale,
And then it set me free.
Since then, at an uncertain hour,
That agony returns;
And till my ghastly tale is told
This heart within me burns.
Coleridge, The Rime of the
Ancient Mariner
He oído decir que cuando alguna aventura extraña, sobrenatural y de
carácter necromántico le ha sucedido a algún ser humano, dicho ser, no importa
el deseo que tenga de ocultarlo, en ciertos periodos se siente destrozado como
por un terremoto intelectual y se ve forzado a desnudar sus profundidades
interiores a otra persona. Yo soy testigo de la verdad de esta afirmación. Me
he jurado a mí mismo no revelar jamás a oídos humanos los horrores a los que
una vez, por exceso de un orgullo malévolo, me entregué. El hombre santo que
oyó mi confesión y me reconcilió con la Iglesia está muerto. Nadie sabe que en
una ocasión…
¿Por qué no habría de ser así? ¿Por qué contar una historia de impía
tentación de la Providencia, sometedora del alma a la humillación? ¿Por qué?
¡Contéstame, tú que eres sabio en los secretos de la naturaleza humana! Sólo sé
que es así; y a pesar de una fuerte decisión —de un orgullo que me domina en
exceso—, de vergüenza e incluso de miedo de hacerme odioso a mi propia especie,
debo hablar.
¡Génova! Mi lugar de nacimiento… ¡Ciudad orgullosa que da a las azules
aguas del Mediterráneo! ¿Me recuerdas en mi infancia, cuando los
riscos y promontorios, tu brillante cielo y alegres viñedos eran mi
mundo? ¡Felices tiempos! Cuando para el corazón joven el universo de estrechos
límites deja, por su propia limitación, un sendero libre a la imaginación,
encadena nuestras energías físicas y es el único periodo en nuestras vidas en
que la inocencia y el gozo están unidos. No obstante, ¿quién puede mirar atrás,
a la infancia, y no recordar sus dolores e inquietantes temores? Yo nací con el
espíritu más arrogante, altivo e indomable con que jamás se viera dotado un
mortal. Sólo ante mi padre me arredraba, y él, generoso y noble, pero
caprichoso y tiránico, al mismo tiempo fomentaba y refrenaba esa salvaje
impetuosidad de mi carácter, haciendo necesaria la obediencia, pero sin
inspirar respeto por los motivos que guiaban sus órdenes. Ser un hombre, libre
e independiente, o, en mejores palabras, insolente y dominante, era la
esperanza y anhelo de mi rebelde corazón.
Mi padre tenía un amigo, un genovés noble y rico, que en un tumulto
político se vio repentinamente sentenciado al destierro y sus propiedades
fueron confiscadas. El marqués de Torella fue solo al exilio. Al igual que mi
padre, era viudo. Tenía una hija, la pequeña Juliet, que quedó bajo la custodia
de mi padre. Ciertamente, yo habría sido un maestro poco amable para la
adorable muchacha, pero por mi posición me vi obligado a convertirme en su
protector. Diversidad de incidentes llevaron a un único punto: que Juliet viera
en mí una roca de refugio, y yo en ella a una persona que debía perecer por la
suave sensibilidad de su naturaleza rudamente sacudida, de no ser por mis
cuidados de guardián. Crecimos juntos. La rosa que se abre en mayo no era más
dulce que esta querida joven. Su rostro irradiaba belleza. Su silueta, su
andar, su voz… mi corazón llora incluso ahora al pensar en todo el candor,
amabilidad, amor y pureza encerrados en esa morada celestial. Cuando yo tenía
once años y Juliet ocho, un primo mío, mucho mayor que los dos —a nosotros nos
parecía un hombre—, le prestó mucha atención a mi compañera de juegos. La llamó
su prometida y le pidió que se casara con él. Ella se negó y él insistió,
atrayéndola contra su voluntad hacia él. Con el semblante y las emociones de un
maníaco, me lancé sobre él y me afané por desenfundar su espada… me aferré a su
cuello con la feroz resolución de ahorcarle; tuvo que pedir ayuda para que me
separaran. Aquella noche llevé a Juliet a la capilla de nuestra casa e hice
que tocara las reliquias sagradas: intimidé su corazón infantil y
profané sus labios de niña con el juramento de que sería mía, sólo mía.
Bueno, aquellos días pasaron. Torella regresó pocos años después, y se
hizo más rico y próspero que nunca. Cuando tenía diecisiete años, murió mi
padre; había sido magnífico en el despilfarro. Torella sintió júbilo porque mi
minoría de edad le brindaría la oportunidad de incrementar mi riqueza. Juliet y
yo habíamos sido prometidos junto al lecho de muerte de mi padre… Torella iba a
ser un segundo padre para mí.
Tuve deseos de ver mundo y se me concedió. Fui a Florencia, a Roma, a
Nápoles. Desde allí pasé a Toulon, y por fin llegué a lo que había sido el
centro de mis deseos: París. Por entonces reinaba una actividad frenética en
París. El pobre rey, Carlos VI, ora cuerdo, ora loco, ora un monarca, ora un
esclavo abyecto, era la burla personificada de la humanidad. La reina, el
delfín, el duque de Borgoña, alternativamente amigos y enemigos —ya fuera
reuniéndose en banquetes derrochadores, ya fuera derramando sangre en
rivalidad— estaban ciegos al desgraciado estado de su país y a los peligros que
pendían sobre él, y se entregaban por entero al gozo disoluto o a la lucha
salvaje. Mi personalidad aún seguía conmigo. Era arrogante y obstinado; amaba
el alarde y, por encima de todo, carecía de control alguno. ¿Quién iba a
controlarme en París? Mis jóvenes amigos se mostraban ansiosos por alimentar
pasiones que les proporcionaban placer. Se me consideraba atractivo, era
maestro en todos los logros de un caballero. No estaba relacionado con ningún
partido político. Llegué a ser el favorito de todos. Debido a mi juventud se me
perdonaba toda presunción y altivez: y así me convertí en un joven consentido.
¿Quién podía controlarme? No las cartas y consejos de Torella… sólo la fuerte
necesidad que me visitaba bajo la aborrecida forma de una bolsa vacía. Mas
había medios para rellenar ese vacío. Vendía acre tras acre, propiedad tras
propiedad. Mis ropas, mis joyas, mis caballos y sus jaeces casi no tenían rival
en el suntuoso París, mientras las tierras de mi herencia pasaban a manos de
otros.
El duque de Orleans fue emboscado y asesinado por el duque de Borgoña.
El miedo y el terror se apoderaron de París. El delfín y la reina se aislaron;
se suspendieron todos los placeres. Yo me cansé de ese estado de cosas… mi
corazón ansiaba mis correrías infantiles. Casi era un mendigo;
sin embargo, podía regresar, reclamar a mi prometida y reconstruir mis
riquezas. Unas cuantas empresas felices como comerciante me harían rico de
nuevo. No obstante, no retornaría con aspecto humilde. Mi última disposición
fue desprenderme de mi propiedad próxima a Albaro por la mitad de su valor a
cambio de dinero inmediato. Luego despaché toda clase de artesanías, tapices y
muebles de esplendor real para preparar lo último que me quedaba de la
herencia: mi palacio de Génova. Pero aún me demoré un poco más, avergonzado por
el papel de hijo pródigo que debía representar. Envié mis caballos. Le mandé a
mi prometida una jaca española sin igual, cuyos jaeces centelleaban con joyas y
telas de oro. En todas partes hice grabar las iniciales de Juliet y su Guido.
Mi regalo obtuvo favor a ojos de ella y de su padre.
No obstante, retornar como un derrochador proclamado, con la marca del
despilfarro impertinente, quizá para el escarnio y el encuentro sólo de
reproches o burlas de mis compatriotas, no era una perspectiva alentadora. Como
un escudo que me protegiera de censura, invité a unos pocos de mis camaradas
más intrépidos a acompañarme: así fui armado contra el mundo, escondiendo un
sentimiento ulcerado, mitad miedo y mitad penitencia, con una exhibición osada
e insolente de vanidad satisfecha.
Llegué a Génova. Recorrí los senderos de mi palacio ancestral. Mi
orgulloso paso no era el representante de mi corazón, pues en lo más hondo
sentía que, aunque rodeado por todos los lujos, no era más que un mendigo. El
primer movimiento que hiciera por reclamar a Juliet me declararía a todo el
mundo como tal. Leí desprecio o pena en las miradas de todos. Supuse, tan
propensa es la conciencia a imaginar lo que merece, que ricos y pobres, jóvenes
y viejos, me contemplaban con burla. Torella no vino a verme. No era de
extrañar que mi segundo padre esperara la deferencia de un hijo por mi parte y
fuera yo el primero en visitarle. Pero, hostigado y aguijoneado por cierto
sentido de vergüenza por mis locuras y deméritos, me afané por culpar a otros.
Celebrábamos orgías nocturnas en el Palazzo Carega. Esas noches en vela y
salvajes eran seguidas por mañanas apáticas en las que me entregaba a toda
suerte de negligencias. A la hora del Ave María mostrábamos
nuestras refinadas personas en las calles, mofándonos de los ciudadanos
sobrios, echando insolentes miradas a las mujeres atemorizadas.
Juliet no se encontraba entre ellas… no, no; si hubiera estado allí, la
vergüenza me habría espantado, siempre que el amor no me hubiera obligado a
postrarme a sus pies.
Me cansé de eso. De repente le hice una visita al marqués. Se hallaba en
su villa, una de las tantas que se extienden por los alrededores de San Piero
d’Arena. Era el mes de mayo —un mes de mayo en el jardín del mundo—: los
capullos de los árboles frutales perdiéndose entre el follaje verde y denso;
las parras dando sus frutos; el suelo recubierto con las flores del olivo; las
luciérnagas en los setos de mirto… el cielo y la tierra lucían un manto de
insuperable belleza. Torella me recibió con una calurosa bienvenida, aunque
seria; e incluso esa sombra de desagrado que exhibía pronto se desvaneció.
Algún parecido con mi padre, algún rasgo de ingenuidad infantil que aún
acechaba en su interior a pesar de mi comportamiento, ablandaron el corazón del
buen anciano. Envió a buscar a su hija y me presentó a ella como su prometido.
Cuando entró, la estancia se iluminó con una luz sagrada. En ella anidaba el
aspecto del querubín, esos ojos grandes y suaves, las mejillas con hoyuelos y
la boca de infantil dulzura que expresan esa rara unión de felicidad y amor.
Primero me poseyó la admiración; ¡es mía!, fue la segunda emoción orgullosa, y
mis labios se alzaron con altivo triunfo. Yo no había sido el enfant
gâté de las bellezas de Francia como para no haber aprendido el arte
de complacer el corazón blando de una mujer. Si hacia los hombres era altanero,
la deferencia con que trababa a las mujeres producía mayor contraste. Comencé
mi cortejo a Juliet con mil galanterías, que, jurada a mí desde la infancia,
jamás había concedido dicha devoción a otros, y, aunque acostumbrada a las
expresiones de admiración, no estaba iniciada en el lenguaje de los amantes.
Durante unos pocos días todo fue bien. Torella jamás hizo una alusión a
mi extravagancia y me trató como a un hijo favorito. Pero llegó el día, cuando
discutíamos los preliminares de mi unión con su hija, en que ese hermoso rostro
de las cosas cambió completamente. Se había redactado un contrato en vida de mi
padre. De hecho, yo lo había anulado al haber despilfarrado todas las riquezas
que debíamos compartir Juliet y yo. Torella, en consecuencia, eligió considerar
cancelado ese lazo y propuso otro, en el
que, aunque la fortuna que entregaba se veía inconmensurablemente
incrementada, tenía tantas restricciones en cuanto a la manera de gastarla que
yo, que veía la independencia sólo en el libre curso de mi voluntad, le
ridiculicé diciendo que se aprovechaba de mi situación y me negué en redondo a
suscribir sus condiciones. El anciano intentó con suavidad hacerme entrar en
razón. El orgullo enardecido se convirtió en el tirano de mi pensamiento:
escuché con indignación y le rechacé con desdén.
—¡Juliet, tú eres mía! ¿Acaso no intercambiamos juramentos en nuestra
inocente infancia? ¿No somos uno a los ojos de Dios? ¿Dejarás que el frío
corazón y la gélida sangre de tu padre nos separen? Sé generosa, amor mío, sé
justa; no retires un regalo, el último tesoro de tu Guido, no reniegues de tu
juramento; desafiemos al mundo y, ajenos a los cálculos de la edad, encontremos
en nuestro mutuo afecto un refugio para todos los males.
Qué abyecto debí haber sido para envenenar con semejantes sofismas el
santuario del pensamiento sagrado y el tierno amor. Asustada, Juliet se apartó
de mí. Su padre era el mejor y más amable de los hombres, y se esforzó en
mostrarme cómo nos veríamos llenos de bienes si le obedecía. Él recibiría mi
tardía sumisión con cálido afecto, y mi arrepentimiento obtendría un generoso
perdón. Infructuosas palabras empleadas por una joven y gentil hija con un
hombre acostumbrado a hacer su voluntad e imponer su ley… ¡y que sentía en su
propio corazón un déspota tan terrible y decidido que a nadie podía entregar
obediencia salvo a sus deseos irrefrenables! Mi resentimiento creció con la
resistencia, y mis impetuosos compañeros estaban dispuestos a añadirle
combustible a las llamas. Trazamos un plan para secuestrar a Juliet. Al
principio pareció estar coronado por el éxito. A mitad de la empresa, a nuestro
regreso, fuimos sorprendidos por el agonizante padre y sus criados. Surgió el
conflicto. Antes de que llegara la guardia de la ciudad para decidir la
victoria a favor de nuestros antagonistas, dos de los sirvientes de Torella
fueron heridos de gravedad.
Esta parte de la historia me pesa mucho. Hombre cambiado como soy, me
aborrezco en el recuerdo. Que nadie que pueda oír esta historia se sienta
alguna vez como me sentí yo. Un caballo enfurecido por un jinete con espuelas
punzantes no era más esclavo que yo de la violenta tiranía de mi
temperamento. Un espíritu maligno poseía mi alma, irritándola hasta la
locura. Escuché la voz de la conciencia en mi interior, pero si me entregué a
ella durante un fugaz intervalo, sólo sería un momento antes de verme arrancado
como por un remolino… transportado en la corriente de la furia desesperada,
juguete de tormentas engendradas por el orgullo. Fui encarcelado, y puesto en
libertad a instancias de Torella. De nuevo regresé para llevarle a él y a su
hija a Francia, desventurado país, asolado entonces por saqueadores y bandas de
soldados sin ley, que ofrecía un agradecido refugio a un criminal como yo.
Nuestros planes fueron descubiertos. Se me sentenció al destierro; y, como mis
deudas ya eran enormes, lo que quedaba de mis propiedades fue puesto en manos
de comisarios como pago. De nuevo Torella ofreció su mediación, solicitando tan
sólo mi promesa de no reanudar mis intentos fallidos contra él y su hija.
Rechacé su oferta e imaginé que triunfaba cuando me expulsaron de Génova: un
exiliado solitario y en la bancarrota. Mis compañeros habían desaparecido:
fueron expulsados de la ciudad unas semanas antes y ya se hallaban en Francia.
Estaba solo… sin amigos, sin una espada a mi lado, y ni un solo ducado en la
bolsa.
Vagué por la playa, mientras un remolino de pasión poseía y desgarraba
mi alma. Era como si un rescoldo al rojo me estuviera quemando el pecho. Al
principio medité en lo que debía hacer. Me uniría a una banda de
saqueadores. ¡Venganza! La palabra me pareció un bálsamo: la abracé, la
acaricié, hasta que, como una serpiente, me picó. Entonces, una vez más,
abjuraría de Génova y despreciaría ese pequeño rincón del mundo. Volvería a
París, donde vivían tantos de mis amigos, donde mis servicios serían aceptados
de buena gana, donde me ganaría una fortuna con la espada y podría, con el
éxito obtenido, establecer un vil hogar y hacer que el falso Torella lamentara
el día, como un nuevo Coriolano, en que me expulsó de sus muros. ¿Retornaría a
París así, a pie, como un mendigo, y me presentaría en mi pobreza a aquellos a
quienes antes había agasajado con lujo? El solo pensamiento me producía bilis.
La realidad de las cosas comenzó a establecerse en mi cabeza,
sumergiéndome en la desesperanza. Durante varios meses había sido un
prisionero: la malignidad de mis mazmorras había azotado mi alma hasta la
locura y había sometido mi cuerpo. Me encontraba débil y demacrado.
Torella había usado mil artificios para proporcionarme comodidad, pero yo los
había detectado y despreciado, recogiendo la cosecha de mi obstinación. ¿Qué
debía hacer? ¿Arrodillarme ante mi enemigo y suplicar el perdón? ¡Antes
preferiría padecer mil muertes! ¡Jamás obtendrían su victoria! ¡Odio…! ¡Juré un
odio eterno! ¿Odio de quién…? De un proscrito errante a… un noble poderoso.
Para ellos, mis sentimientos y yo no éramos nada: ya habían olvidado a alguien
tan insignificante. ¡Y Juliet! Su rostro de ángel y su figura de sílfide
resplandecieron entre las nubes de mi desesperación con vana belleza, pues la
había perdido… ¡la gloria y flor del mundo! ¡Otro diría que era suya! ¡Esa
sonrisa del paraíso bendeciría a otro!
Incluso ahora mi corazón sufre un vuelco cuando me detengo en estos
pensamientos lóbregos. Ora sometido a las lágrimas, ora delirando en mi agonía,
seguí vagando por la rocosa playa, que se hacía más violenta y desolada a cada
paso. Salientes de piedra y terribles precipicios daban a un océano quieto;
cavernas negras enseñaban sus bocas como en un bostezo, y eternas entre los
nichos desgastados por el mar las aguas murmuraban y rompían. A veces mi camino
se veía frenado por un promontorio abrupto, a veces se hacía casi infranqueable
por restos caídos del risco. Era casi de noche cuando, desde el mar y como
siguiendo la estela de la mano de un hechicero, se levantó una turbia red
nubosa, ocultando el azul intenso del cielo, oscureciendo y perturbando las profundidades
hasta ahora plácidas. Las nubes tenían unas formas extrañas y fantásticas, y
cambiaban y se mezclaban, y parecían ser manejadas por un poderoso
encantamiento. Las olas alzaron sus blancas crestas; el trueno susurró, y luego
rugió desde el extremo de las aguas, que adquirieron una fuerte coloración
púrpura, moteadas de espuma. El lugar donde yo me erguía daba por un lado al
extenso océano, y por el otro se hallaba interrumpido por un escarpado
promontorio. De repente, rodeando el cabo e impulsado por el viento, surgió un
navío. En vano trataron los marineros de abrirse paso hacia el mar abierto… el
fuerte viento lo empujaba hacia las rocas. ¡Perecería! ¡Todos los que iban a
bordo morirían! ¡Ojalá yo estuviera entre ellos! Y por primera vez mi joven corazón
recibió la idea de la muerte con júbilo. Era una visión terrible contemplar a
ese barco luchando con su destino. Apenas
podía discernir a los marineros, pero los oía. ¡En poco tiempo terminó
todo! Una roca que acababa de ser cubierta por las olas, invisible en ese
momento, aguardaba a su presa. Un trueno explotó sobre mi cabeza en el instante
en que el esquife se lanzó sobre su enemigo invisible con un espantoso impacto.
En un breve espacio de tiempo se hizo pedazos. Allí me encontraba yo, en total
seguridad; y allí estaban ellos, luchando sin esperanza alguna contra la
aniquilación. Con demasiada claridad oí sus gritos, que con aguda agonía
conquistaban el fragor que les rodeaba. Las oscuras olas agitaban de un lado a
otro los restos del naufragio, que pronto desaparecieron. Con fascinación
observé hasta el final; por último, caí de rodillas y me cubrí la cara con las
manos. Al rato alcé la vista y vi que algo flotaba en el remolino, acercándose
más y más a la playa. ¿Se trataba de una figura humana? Se hizo más nítida; y
una última y poderosa ola alzó toda la embarcación y la dejó encallada en una
roca. ¡Un ser humano a horcajadas en un cofre! ¡Un ser humano! Pero ¿lo era de
verdad? Seguro que nada igual había existido antes: un enano con ojos
entrecerrados, facciones distorsionadas y cuerpo deforme… hasta que se
convirtió en un horror a la vista. Mi sangre, que había sentido compasión hacia
un congénere así arrebatado de su tumba acuosa, se heló en torno a mi corazón.
El enano se bajó del cofre y se apartó el pelo lacio y enredado de su odioso
semblante.
—¡Por San Belcebú! —exclamó—. ¡He sido derrotado! —miró a su alrededor y
me vio—. ¡Oh, por el espíritu maligno! He aquí otro aliado del poderoso. ¿A qué
santo le ofreciste plegarias, amigo… sino al mío? Sin embargo, no te recuerdo a
bordo.
Me encogí ante el monstruo y su blasfemia. De nuevo volvió a
interrogarme, y emití una réplica inaudible. Él continuó:
—Tu voz está ahogada por este rugido disonante. ¡Qué ruido crea este
inmenso océano! Los colegiales que salen de su prisión no son más estruendosos
que estas olas libres para jugar. Me molestan. No soportaré más su
bravuconería. ¡Silencio, anciano! ¡Vientos, cesad! ¡A vuestros hogares! ¡Nubes,
volad a las antípodas y despejad nuestro cielo!
Mientras hablaba, extendió los dos brazos largos y flacos, parecidos a
las patas de una araña, y dio la impresión de abrazar con ellos la extensión
de agua que había ante él. ¿Era un milagro? Las nubes se quebraron y
huyeron, el cielo azul se asomó, y luego fue como un campo apacible sobre
nosotros; el viento tormentoso fue cambiado por una suave brisa que sopló desde
el oeste; el mar se calmó; las olas se convirtieron en ondas.
—Me gusta la obediencia incluso en estos estúpidos elementos —dijo el
enano—. ¡Cuánto más en la mente indómita de un hombre! Has de reconocer que fue
una buena tormenta… y toda de mi creación.
Era tentar a la Providencia intercambiar palabras con este mago. Pero
el Poder, en todas sus formas, resulta venerable para un hombre. El
miedo, la curiosidad y una persistente fascinación me acercaron a
él.
—Vamos, no tengas miedo, amigo —indicó el deforme—. Cuando me complacen
tengo buen humor, y algo me place en tu cuerpo bien proporcionado y en tu
atractiva cara, aunque pareces estar un poco abatido. Tú has sufrido un
desastre de tierra… y yo uno de mar. Quizá pueda aliviar tu desgracia, tal como
hice con la mía. ¿Somos amigos? —y alargó la mano, aunque no pude tocarla—.
Bueno, entonces, compañero… eso bastará. Y ahora, mientras descanso después del
ajetreo que acabo de aguantar, cuéntame por qué, joven y galante como pareces,
vagas así solo y melancólico por esta playa salvaje.
La voz del enano era chirriante y espantosa, y las contorsiones que
realizaba mientras hablaba pavorosas de ver. No obstante, obtuvo cierta
influencia sobre mí, una influencia que no pude dominar, y le narré mi
historia. Cuando terminé, se rió larga y sonoramente. Las rocas devolvieron el
eco del sonido: a mi alrededor parecía aullar el infierno.
—¡Oh, primo de Lucifer! —dijo—. De modo que tú también has caído por tu
orgullo y, aunque brillante como el sol de la mañana, estás dispuesto a
abandonar tu buen aspecto, tu prometida y tu bienestar antes que someterte a la
tiranía del bien. ¡Por mi alma que honro tu elección! Así que has huido y
entregado el día, y pretendes morirte de hambre en estas rocas y dejar que las
aves te arranquen los ojos, mientras tu enemigo y tu prometida se regocijan en
tu ruina. Pienso que tu orgullo es extrañamente afín a la humildad.
Mientras hablaba, mil pensamientos
aguijonearon mi corazón.
—¿Qué querías que hiciera? —grité.
—¡Yo! Oh, nada, sino que te arrodilles y digas tus oraciones antes de
morir. Pero, si yo estuviera en tu lugar, sé lo que habría que hacer.
Me acerqué a él. Sus poderes sobrenaturales le convertían a mis ojos en
un oráculo, pero un escalofrío extraño y fantástico recorrió mi cuerpo cuando
dije:
—¡Habla! Enséñame… ¿qué aconsejas?
—¡Véngate, hombre! ¡Humilla a tus enemigos! ¡Pisa con tu pie el cuello
del viejo y posee a su hija!
—¡Me vuelvo al este y al oeste, y no veo ningún medio de conseguirlo!
—exclamé—. Si tuviera oro podría lograr mucho; pero, pobre y solo como estoy,
me siento inerme.
El enano había permanecido sentado sobre su cofre mientras escuchaba mi
historia. En ese momento se levantó, tocó un muelle y el baúl se abrió. Qué
fuente de riquezas, de centelleantes joyas, resplandeciente oro y pálida plata
había dentro. Me poseyó un frenético deseo de tener ese tesoro.
—Sin duda —comenté—, alguien tan poderoso como tú podría realizar
cualquier cosa.
—No —repuso con humildad el monstruo—. Soy menos omnipotente de lo que
parezco. Poseo algunas cosas que tú puedes codiciar, pero las entregaría todas
por una pequeña parte, incluso un préstamo, de lo que es tuyo.
—Mis posesiones están a tu servicio —dije con amargura—: mi pobreza, mi
exilio, mi desgracia… todas te las doy libremente.
—¡Bien! Te lo agradezco. Añade otra cosa a tu regalo, y mi tesoro es
tuyo.
—Como nada es mi única herencia, ¿qué cosa, aparte de la nada, querrías
poseer?
—Tu hermosa cara y tus miembros bien
hechos.
Temblé. ¿Me asesinaría este monstruo
todopoderoso? Carecía de daga.
Me olvidé de rezar… y me puse pálido.
—Pido un préstamo, no un regalo —dijo esa cosa abyecta—; préstame tu
cuerpo por tres días… tú tendrás el mío para encerrar tu alma mientras tanto,
y, como pago, mi cofre. ¿Qué contestas al trato? Tres cortos días.
Se nos dice que es peligroso mantener tal conversación impía… y bien lo
demuestro yo. Escrito con palabras blandas, puede parecer increíble que le
prestara alguna atención a esa proposición, pero, a pesar de su fealdad
antinatural, había algo fascinante en un ser cuya voz era capaz de gobernar la
tierra, el aire y el mar. Sentí un agudo deseo de aceptar, pues con ese cofre
podría dominar el mundo. Mi única vacilación provenía del temor de que no
cumpliera su parte del trato. Entonces pensé que pronto moriría en estas arenas
solitarias y que los miembros que él codiciaba ya nunca más serían míos: valía
la pena el riesgo. Además, yo sabía que por todas las reglas del arte de la
magia había fórmulas y juramentos que ninguno de sus practicantes se atrevería
a romper. Titubeé en mi respuesta; y él continuó, ora exhibiendo sus riquezas,
ora mencionando el precio insignificante que exigía, hasta que pareció una
locura negarse a ello. Es así como sucede: colocamos la barca en la corriente
del río y hacia la catarata se precipita; entregamos nuestro vehículo al
salvaje torrente de la pasión y estamos perdidos sin saber dónde vamos.
Pronunció muchos juramentos, y yo le conjuré con muchos nombres
sagrados, hasta que vi a esa maravilla de poder, a ese gobernador de elementos,
temblar como una hoja de otoño ante mis palabras. Y como si el espíritu hablara
a regañadientes y a la fuerza en su interior, al fin él, con voz rota, reveló
el hechizo con el que se le podía obligar, si llegaba a traicionarme, a
entregarse. Nuestra sangre caliente debía mezclarse para realizar y establecer
el encantamiento.
Basta de este impío tema. Me convenció… y el pacto fue sellado. La
mañana cayó sobre mí mientras yacía allí tendido en las ripias, y ni siquiera
reconocí mi sombra. Me sentí transformado a una forma de horror y maldije mi
fácil fe y mi ciega credulidad. El cofre estaba ahí: el oro y las piedras
preciosas por los que había vendido el cuerpo de carne que la naturaleza me
había dado. Su visión calmó un poco mis emociones: tres días pasarían pronto.
Y pasaron. El enano me había proporcionado abundante comida. Al
principio, apenas podía caminar, tan extraños y mal articulados eran mis
miembros; y mi voz… era la de un demonio. Pero guardé silencio, y giré mi cara
al sol con el fin de no ver mi sombra, y conté las horas y medité en mi
conducta futura. Poner a Torella a mis pies y poseer a Juliet a pesar
del viejo eran cosas que toda esta riqueza fácilmente podría conseguir. Durante
las oscuras noches dormí y soñé con el logro de mis deseos. Dos soles se habían
puesto… y el tercero salía. Me encontraba agitado, temeroso. ¡Oh, expectación,
qué cosa espantosa eres cuando te aviva más el miedo que la esperanza! Cómo
clavas aguijones desconocidos por todo nuestro débil mecanismo, ora
quebrándonos como un cristal roto, hasta convertirnos en nada… ora
proporcionándonos nuevas fuerzas que nada pueden hacer,
atormentándonos con una sensación como la que debe experimentar el hombre
fuerte que no puede romper sus cadenas aunque éstas se doblen en sus manos.
Despacio subió el disco brillante por el cielo oriental; largo tiempo
permaneció en el cenit, y aún más despacio descendió por el oeste: tocó el
borde del horizonte… ¡y se perdió! Su gloria se hallaba en la cima del risco, y
se tornó grisácea. La estrella vespertina brilló deslumbrante. Él llegaría
pronto.
¡No vino! ¡Por los cielos vivos, no vino! Y la noche se arrastró
cansinamente y, en su senilidad, el día comenzó a emblanquecer su oscuro
cabello, y el sol volvió a alzarse de nuevo sobre el deforme más desgraciado
que jamás viera su luz. Así pasé tres días. ¡Oh, cómo aborrecía las joyas y el
oro!
Bueno, bueno… no ensombreceré estas páginas con delirios demoníacos.
Demasiado terribles fueron los pensamientos y el tumulto furioso que llenaban
mi alma. Al final, dormí; no lo había hecho antes del tercer crepúsculo. Y soñé
que me encontraba a los pies de Juliet y que ella sonreía, pues aún su hermoso
amado se arrodillaba ante ella. Pero no era yo… era él, el demonio mostrándose
con mi cuerpo, hablando con mi voz, ganándola con muestras de amor. Me afané
por advertirla, pero mi lengua se negó a hablar; me esforcé por arrancarlo de
ella, pero me hallaba enraizado en el suelo… desperté con la agonía. Ahí
estaban los precipicios solitarios, el mar tumultuoso, la playa tranquila y,
encima de todo, el cielo ¿Qué significado tenía? ¿Era mi sueño un espejo de la
verdad? ¿Estaba él cortejando y ganándose a mi prometida? Al instante
regresaría a Génova… pero me encontraba desterrado. Me reí: el aullido del
enano salió de mis labios. ¡Yo desterrado! ¡Oh, no! No habían
exiliado los espantosos
miembros que llevaba; con ellos podría entrar en mi ciudad natal sin
temor a incurrir en el temido castigo de la muerte.
Comencé a caminar en dirección a Génova. Ya me había acostumbrado algo a
mis extremidades deformadas. Nadie jamás había estado tan mal adaptado al
movimiento recto, y con infinita dificultad conseguí avanzar. También deseaba
evitar todos los villorrios que había diseminados por la costa, pues me sentía
reacio a exhibir mi horrible fealdad. No estaba muy seguro de que si era visto
los niños no me apedrearían hasta matarme por ser un monstruo, y recibí algunos
saludos desagradables de los pocos campesinos o pescadores con los que me
encontré por casualidad.
Era noche cerrada cuando me aproximé a Génova. El clima era tan
tonificante y dulce que se me ocurrió que el marqués y su hija habrían dejado
la ciudad, marchándose a su retiro de campo. Había sido en la Villa Torella
donde había intentado secuestrar a Juliet, y había pasado muchas horas
reconociendo el lugar, de modo que conocía cada centímetro de tierra de los
alrededores. Se hallaba situada en un paraje hermoso, rodeada de árboles a la
orilla de un río. Mientras me acercaba, se hizo evidente que mi conjetura era
correcta; no, más aún, que las horas allí se estaban dedicando al júbilo y a la
celebración. La casa se veía iluminada y la brisa transportaba melodías de
música suave y alegre. Se me hundió el corazón. Tal era la generosa amabilidad
del corazón de Torella que tuve la certeza de que no se habría entregado a
públicas manifestaciones de gozo justo después de mi lamentable destierro,
salvo por una causa que no me atreví a pensar.
La gente rezumaba alegría. Se hizo necesario que me ocultara para
observar. Sin embargo, sentí deseos de interrogar a alguien, o de oír las
palabras de otros para obtener cualquier información de lo que ocurría. Por
último, entrando en los paseos que se hallaban en proximidad inmediata a la
mansión, encontré uno lo suficientemente oscuro para ocultar mi excesiva
fealdad, por donde paseaban otras personas mientras yo me ocultaba a su sombra.
Pronto descubrí todo lo que quería saber, lo cual hizo que primero mi corazón
muriera de horror, y luego hirviera de indignación. Juliet sería entregada
mañana al penitente, reformado y amado Guido… ¡Mañana mi prometida pronunciaría
sus juramentos a un demonio del infierno! ¡Y yo había permitido que sucediera!
Mi maldito orgullo, mi demoníaca violencia
y perversa idolatría personal habían provocado esta situación. Pues si
hubiera obrado como lo había hecho el deforme que me había robado el cuerpo…
si, con porte humilde y al mismo tiempo digno, me hubiera presentado ante
Torella, diciendo que había actuado mal y que me perdonara… Soy indigno de tu
ángel, pero permíteme que la reclame cuando mi conducta cambiada manifieste que
renuncio a mis vicios y me esfuerzo por llegar a ser, de algún modo, digno de
ella. Iré a servir contra los infieles, y cuando mi celo por la religión y mi
verdadera penitencia por el pasado te parezcan que cancelan mis delitos,
permite que de nuevo me llame hijo tuyo. Así habría hablado; y el penitente
habría sido recibido tan bien como el hijo pródigo de las escrituras: para él
se habría matado al ternero cebado, y siguiendo todavía el mismo sendero,
exhibiría un pesar tan abierto por sus locuras, una concesión tan humilde de
todos sus derechos y una resolución tan ardiente por conseguirlos de nuevo
mediante una vida de contrición y virtud, que rápidamente habría conquistado al
amable anciano, a lo que en rápida sucesión seguirían un perdón completo y la
entrega de su adorable hija.
¡Oh! ¡Ojalá un ángel del Paraíso me hubiera inspirado para que actuara
así! Pero ahora, ¿cuál será el destino de la inocente Juliet? ¿Permitirá Dios
la horrible unión o, si algún prodigio la destruye, enlazará el deshonrado
nombre de Carega con el peor de los crímenes? Iban a ser desposados mañana al
amanecer, y sólo había una manera de impedirlo: encontrarme con mi enemigo y
obligarle a la ratificación de nuestro acuerdo. Pensaba que sólo se podía
conseguir con una lucha mortal. No tenía espada — siempre que mis
distorsionados brazos pudieran empuñar el arma de un soldado—, pero sí una
daga, y en ella radicaba toda mi esperanza. No había tiempo para meditar la
cuestión: podía morir en el intento, pero aparte de los ardientes celos y la
desesperación de mi propio corazón, el honor, la simple humanidad, reclamaban
que yo cayera antes que no poder destruir las maquinaciones del demonio.
Los invitados se marcharon y las luces comenzaron a extinguirse: era
evidente que los habitantes de la villa buscaban el reposo. Me oculté entre los
árboles: el jardín quedó desierto, las puertas se cerraron… salí de mi
escondite y llegué hasta una ventana. ¡Ah, bien la conocía! Una suave luz
crepuscular brillaba en el cuarto, y las cortinas estaban medio
corridas. Era el templo de la inocencia y la belleza. Su magnificencia se
hallaba templada por el ligero desorden provocado por estar habitado, y todos
los objetos dispersos en la estancia exhibían el gusto de la mujer que lo
santificaba con su presencia. La vi entrar con paso veloz y ligero; la vi
acercarse a la ventana y descorrer aún más la cortina y mirar a la noche. La
fresca brisa jugó con sus rizos y los apartó del mármol transparente de su
frente. Juntó las manos y alzó los ojos al cielo. Oí su voz. ¡Guido!, susurró
con suavidad, ¡mi Guido! Y entonces, como si se viera dominada por la plenitud
de su corazón, cayó de rodillas: sus ojos levantados… su actitud negligente
pero grácil… la radiante gratitud que iluminaba su cara… ¡oh, éstas no son más
que palabras blandas! Corazón mío, siempre has imaginado, aunque no puedes
retratarla, la belleza celestial de aquella hija de la luz y el amor.
Oí un paso, un paso rápido y firme a lo largo de la avenida en sombras.
Pronto vi a un caballero ricamente ataviado, joven y, creo, hermoso a la vista,
avanzando. Me escondí aún más. El joven se aproximó y se detuvo bajo la
ventana. Ella se incorporó y, mirando de nuevo al exterior, le vio, y dijo… no
puedo, no, pasado tanto tiempo no puedo registrar sus palabras de suave
ternura; fueron dirigidas a mí, pero las contestó él.
—No me marcharé —gritó él—. Aquí donde tú has estado, donde tu recuerdo
se desliza como un fantasma enviado del Cielo, pasaré las largas horas hasta
que nos unamos para que jamás, mi Juliet, en día o noche, nos separemos. Pero
tú, amor, retírate; la fría mañana y la fresca brisa harán empalidecer tus
mejillas, y llenarán con languidez tus ojos iluminados por el amor. ¡Ah,
querida!, si tan sólo pudiera depositar un beso en ellos, creo que yo también
descansaría.
Entonces, se acercó todavía más y pensé que iba a trepar a su cámara. Yo
había titubeado para no asustarla, pero en ese momento dejé de ser dueño de mí
mismo. Corrí y me arrojé sobre él, apartándolo.
—¡Oh, criatura asquerosa y deforme!
—grité.
No necesito repetir los epítetos, todos ellos dirigidos, como daba la
impresión, hacia una persona por la que en la actualidad siento cierta
parcialidad. Un grito salió de labios de Juliet. No vi ni oí nada… sólo sentí a
mi enemigo, cuya garganta tenía en mi mano, y en la otra la empuñadura
de la daga; él se debatió, pero no pudo escapar. Al final, roncamente,
jadeó estas palabras:
—¡Hazlo! ¡Clávala! ¡Destruye este cuerpo… tú seguirás viviendo: y que tu
vida sea larga y feliz!
Estas palabras frenaron la daga que bajaba, y él, sintiendo que mi
apretón se relajaba, se liberó y desenfundó la espada, mientras el alboroto en
la casa y el volar de antorchas de un cuarto a otro, mostraban que pronto nos
iban a separar. ¡Oh, era mejor que yo muriera para que él no sobreviviera! En
el remolino de mi frenesí había mucha premeditación: quizá yo debía caer para
que él no siguiera vivo, y no me importaba el golpe mortal que yo pudiera
asestar contra mí mismo. Él seguía creyendo que yo me había detenido por miedo
a la muerte, y mientras advertía la decisión del villano de ganar ventaja de mi
vacilación, me arrojé a su espada en el preciso instante en que lanzó su súbita
estocada, y al mismo tiempo le clavé la daga en el costado, con una puntería
basada en la desesperación. Caímos juntos, rodando uno encima del otro, y la
marea de sangre que fluyó de la herida abierta de cada uno se mezcló en la
hierba. Nada más sé… perdí el sentido.
De nuevo volví a la vida: débil casi hasta la muerte, me encontré
tendido en una cama… Juliet se hallaba arrodillada junto a ella. ¡Extraño! Mi
primera petición con voz quebrada fue un espejo. Estaba tan débil y pálido que
mi pobre niña titubeó, como luego me dijo; pero, ¡cielos!, me consideré un
joven atractivo cuando vi la querida imagen de mis bien conocidas facciones.
Confieso que es una debilidad, y la acepto, que siento considerable afecto por
el semblante y las extremidades que contemplo siempre que me miro en un espejo;
y tengo más en mi casa y los consulto con más frecuencia que cualquier belleza
de Venecia. Antes de que me condenéis, permitidme decir que nadie mejor que yo
conoce el valor de su propio cuerpo; a nadie, probablemente, excepto a mí mismo,
se lo han robado.
Con incoherencia al principio hablé del enano y de sus crímenes, y le
reproché a Juliet la admisión demasiado fácil de su amor. Creyó que deliraba,
pero transcurrió algún tiempo antes de que pudiera convencerme de que el Guido
cuya penitencia la había ganado de nuevo para mí era yo
mismo; y mientras maldecía con amargura al enano monstruoso y bendecía
el golpe bien dirigido que le había quitado la vida, me contuve súbitamente al
oírla decir: «¡Amén!», sabiendo que aquel al que ella denigraba era mi propia
persona. Un poco de reflexión me enseñó a guardar silencio, un poco de práctica
me permitió hablar de aquella espantosa noche sin mucho tartamudeo. La herida
que me había infligido era seria: pasó tiempo hasta que me recuperé, y mientras
el benevolente y generoso Torella se sentaba a mi lado, hablando con la
sabiduría que puede hacer que unos amigos se reconcilien, y mi hermosa Juliet
revoloteaba cerca de mí, cuidándome y alegrándome con sus sonrisas, prosiguió
el trabajo de mi cura corporal y reforma mental. Ciertamente, jamás recobré del
todo mis fuerzas: desde entonces mis mejillas están más pálidas, mi persona un
poco encorvada. A veces Juliet se aventura a comentar con amargura la maldad
que provocó dicho cambio, pero yo la beso al instante y le digo que ha sido
para bien. Soy un marido más cariñoso y leal, lo cual es verdad, y de no ser
por aquella herida jamás habría podido hacerla mía.
No volví a visitar la playa ni a buscar el tesoro del demonio. Sin
embargo, mientras medito en el pasado, a menudo pienso, y mi confesor no se
mostró reticente en apoyar la idea, que bien podría haber sido un espíritu
benévolo, en vez de uno maligno, enviado por mi ángel de la guarda con el fin
de mostrarme la insensatez y la desgracia del orgullo. Al menos, aprendí tan
bien esta lección que con tanta dureza se me enseñó que ahora mis amigos y
conciudadanos me conocen por el nombre de Guido il Cortese.
EL SUEÑO
Chi dice mal d’amore
Dice una fabita!
Canción italiana
El tiempo en que tuvo lugar la pequeña leyenda que está a punto de ser
narrada fue el del comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuya
ascensión y conversión, al tiempo que llevaron paz al reino a cuyo trono subió,
fueron inadecuadas para curar las profundas heridas mutuamente infligidas por
los grupos hostiles. Venganzas privadas y el recuerdo de heridas mortales
existían entre aquellos que parecían entonces unidos, y a menudo las manos que
en apariencia se habían estrechado con amistoso saludo, cuando se soltaban,
involuntariamente asían la empuñadura de la daga como portavoz más adecuado de
sus pasiones que las palabras de cortesía que sus labios acababan de
pronunciar. Muchos de los fieros católicos retornaron a sus lejanas provincias,
y mientras ocultaban en soledad su inflamado descontento, anhelaban el día en
que pudieran exhibirlo de manera abierta.
En un castillo grande y fortificado construido sobre un despeñadero que
daba al Loire, no muy lejos de la ciudad de Nantes, moraba la última de su raza
y heredera de sus fortunas, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. Había
pasado el año anterior en completa soledad en su retirada morada, y el dolor
que sentía por un padre y dos hermanos víctimas de las guerras civiles era
buena razón para que no apareciera en la corte y participara en sus festejos.
Pero la condesa huérfana heredó un gran nombre y amplias tierras, y pronto se
le hizo saber que el rey, su guardián, deseaba que se los concediera, junto con
su mano, a un noble cuya cuna y logros le daban
derecho a ese don. Como respuesta, Constance expresó su intención de
tomar los votos y retirarse a un convento. Con énfasis y decisión el rey
prohibió tal acto, creyendo que semejante idea era el fruto de la sensibilidad
abrumada por el dolor, al tiempo que esperaba que después de un tiempo el
alegre espíritu de la juventud despejaría esos nubarrones.
Pasó un año, y la condesa persistía todavía en su decisión. Al fin,
Enrique, renuente a ejercitar su poder, y también deseoso de juzgar por sí
mismo los motivos que llevaban a una mujer tan hermosa, joven y dotada con los
favores de la fortuna, a desear encerrarse en un claustro, anunció su intención
de visitar el castillo ahora que había transcurrido el periodo de luto,
declarando que si no llevaba consigo la suficiente convicción para que ella
cambiara sus planes, entregaría su consentimiento para la realización de los
mismos.
Muchas horas tristes había pasado Constance, muchos días de lágrimas y
muchas noches de continua desgracia. Había cerrado sus puertas a cualquier
visitante y, al igual que Lady Olivia en la Noche de Epifanía, juró
permanecer en soledad y en llanto. Señora de su destino, silenció con facilidad
las súplicas y protestas de sus criados y alimentó su dolor como si fuera lo
único que amara. Sin embargo, se trataba de un invitado demasiado punzante,
amargo y abrasador como para ser bienvenido. De hecho, Constance, joven,
ardiente y vivaz, luchó contra él, batalló y anheló desterrarlo; mas todo lo
que en sí mismo era jubiloso o hermoso de cara al exterior, sólo servía para
darle nuevos bríos, y la mejor manera de soportar el peso de su dolor era con
paciencia, ya que entregándose a él la oprimía pero no la torturaba.
Constance había salido del castillo para vagar por los terrenos vecinos.
Distinguidas y amplias como eran las estancias de su morada, se sentía
encerrada entre los muros, bajo las grecas de los techos, a el cielo claro, las
tierras altas interminables y el anciano bosque con todos los recuerdos felices
de su vida pasada, lo cual la invitaba a pasar horas y días bajo sus cúpulas
herbosas. El movimiento y cambio, que no cesaban mientras el viento se agitaba
entre las ramas, o el sol en su viaje por los cielos, que dejaba caer sus rayos
entre las hojas, la calmaban y sacaban de ese sordo
dolor que aprisionaba su corazón con un sufrimiento tan constante bajo
el techo del castillo.
Había un lugar en el linde del parque arbolado, un rincón desde el cual
podía ver el campo que se extendía más allá, pero que era denso y umbrío, un
lugar del que había abjurado, pero hacia el que inconscientemente la llevaban
siempre sus pasos, y donde ahora, una vez más, por vigésima vez aquel día, sin
darse cuenta se encontraba. Se sentó sobre un montículo de hierbas y miró con
melancolía las flores que ella misma había plantado para adornar aquel rincón
verde: para ella el templo del recuerdo y del amor. Sostuvo la carta del rey,
que representaba tantas desgracias. El abatimiento se aposentó en sus
facciones, y su gentil corazón le preguntó al destino por qué, tan joven,
desvalida y olvidada, debía luchar contra esta nueva forma de desdicha.
«Sólo pido», pensó, «vivir en los salones de mi padre, en el lugar
conocido en mi infancia, para regar con mis frecuentes lágrimas las tumbas de
aquellos a los que amé. Y aquí, en este bosque, donde fue mío semejante sueño
de felicidad, celebrar para siempre las exequias de la Esperanza».
A su oído llegó un crujido entre las ramas y el corazón le palpitó con
fuerza, y de nuevo reinó la quietud.
—¡Tonta! —musitó—. Engañada por tus propias fantasías apasionadas: pues
aquí nos encontrábamos; porque sentada aquí esperaba mientras tales sonidos
anunciaban su querida proximidad, de modo que cada conejo que se mueve y cada
pájaro que despierta el silencio hablan de él. ¡Oh, Gaspar, tú que fuiste mío
una vez, jamás harás que este amado lugar se alegre con tu presencia… nunca
más!
De nuevo se agitaron los matorrales y se oyeron pisadas en la maleza. Se
levantó: el corazón le latía a toda velocidad. Debía de tratarse de esa tonta
de Manon, con sus impertinentes súplicas para que volviera a casa. Pero los
pasos eran más firmes y lentos que los de su criada. Entonces, saliendo de las
sombras, pudo distinguir con claridad al intruso. Su primer impulso fue huir…
pero verle una vez más, oír su voz de nuevo, antes de que los separaran los
juramentos eternos, y desterrar el ancho abismo que había causado la ausencia,
eso no podía herir a los muertos, y suavizaría el dolor fatal que tanto
empalidecía sus mejillas.
Y entonces lo vio ante ella, el mismo amado con quien había
intercambiado votos de constancia. Como ella, parecía triste, y no fue capaz de
resistir la mirada implorante que le suplicaba que se quedara un momento.
—He venido, señora —dijo el joven caballero—, sin esperanza de cambiar
vuestra inflexible voluntad. He venido por última vez a veros, y a deciros
adiós antes de partir a Tierra Santa. He venido a imploraros que no os
encerréis en el oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo:
alguien a quien no veréis nunca más. ¡No importa si vivo o muero en Palestina,
Francia y yo nos separamos para siempre!
—¡Palestina! —exclamó Constance—. Sería terrible si fuera cierto, pero
el rey Enrique jamás perderá a su caballero favorito. Seguiréis guardando el
trono que ayudasteis a construir. No, si alguna vez he tenido poder sobre
vuestros pensamientos, no vayáis a Palestina.
—Una palabra vuestra podría
detenerme… una sonrisa… Constance… Y el joven amante se arrodilló ante ella.
Pero el decidido propósito de la
joven volvió a su corazón al contemplar la imagen del amado, una vez tan
querida y familiar, ahora tan extraña y prohibida.
—¡No permanezcáis más aquí! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra
volverá a ser vuestra. ¿Por qué permanecéis aquí… aquí, donde vagan los
espíritus de los muertos, que reclaman estas sombras como propias, y maldicen a
la muchacha falsa que permite que su asesino perturbe su sagrado reposo?
—Cuando el amor era joven y vos amable —replicó el caballero—, me
enseñasteis a conocer las complejidades de este bosque… me disteis la
bienvenida a este querido lugar, donde una vez jurasteis ser mía… bajo este
mismo árbol.
—Perverso pecado fue —dijo Constance— abrir las puertas de mi padre al
hijo de su enemigo, ¡y grande fue el castigo!
El joven caballero hizo acopio de valor mientras ella hablaba. Sin
embargo, no se atrevió a moverse por miedo a que, dispuesta como estaba a huir
en cualquier instante, se viera sobresaltada de su momentánea tranquilidad, y
contestó despacio:
—Aquellos fueron días felices, Constance, llenos de terror y profundo
gozo, cuando la noche me llevaba a vuestros pies; y mientras el odio y la
venganza eran la atmósfera de aquel lóbrego castillo, este cenador verde e
iluminado por las estrellas fue el altar del amor.
—¿Felices? ¡Días desgraciados! —repitió Constance—. Cuando yo
imaginaba que el bien podía surgir de mi traición al deber, y que la
desobediencia sería premiada por Dios. ¡No habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de
sangre nos separa para siempre! ¡No os acerquéis! Los muertos y los amados se
alzan incluso ahora entre nosotros: sus pálidas sombras me recuerdan mi falta y
me amenazan por escuchar a su asesino.
—¡No soy yo! —exclamó el joven—. Mirad, Constance, los dos somos los
últimos de nuestra estirpe. La muerte nos ha tratado con crueldad, y estamos
solos. No era así cuando nos enamoramos… cuando padres, familiares, mi hermano
y mi propia madre lanzaban maldiciones sobre la casa de Villeneuve; y, a pesar
de todo, yo la bendije. Os vi, amada mía, y la bendije. El Dios de la paz
plantó amor en nuestros corazones, y con el misterio y el secreto nos
encontramos durante muchas noches de verano en los valles iluminados por la
luna; y cuando brillaba la luz del día, huíamos a este dulce rincón para evitar
los rayos del sol, y aquí, aquí mismo, donde ahora me arrodillo en súplica, los
dos nos arrodillamos y pronunciamos nuestros juramentos. ¿Tendrán que romperse?
Constance lloró mientras su amado recordaba las imágenes de horas
felices.
—Nunca —dijo—. ¡Oh, nunca! Vos sabéis, o pronto sabréis, Gaspar, la fe y
decisión de una mujer que no se atreve a ser vuestra. ¿Era para nosotros el
hablar de amor y felicidad cuando a nuestro alrededor galopaba la guerra, el
odio y la sangre? Las flores fugaces que nuestras manos jóvenes arrancaron
fueron aplastadas por el terrible encuentro de enemigos mortales. A manos de
vuestro padre murió el mío; y poco importa saber si la vuestra, como juró mi
hermano y vos negáis, fue la que asestó el golpe que le aniquiló. Vos
luchasteis con aquellos que le dieron la muerte. No digáis más… ni una palabra
más: oíros es un acto de impiedad hacia los inquietos muertos. Marchaos,
Gaspar; olvidadme. Bajo el caballeresco y galante Enrique, vuestra carrera
puede ser gloriosa, y muchas muchachas
hermosas escucharán, tal como hice yo una vez, vuestros juramentos, y
con ellos serán felices. ¡Adiós! ¡Que la Virgen os bendiga! En la celda de mi
claustro no olvidaré la mejor lección cristiana: rogar por nuestros enemigos.
¡Gaspar, adiós!
Salió a toda velocidad del cenador: con pasos rápidos recorrió la hierba
y fue en busca del castillo. De nuevo en la reclusión de sus propias cámaras,
se entregó al dolor que desgarraba su pecho como una tempestad, pues la de ella
era la peor pena, que destroza gozos pasados, haciendo que el remordimiento se
cebe en el recuerdo de la felicidad, uniendo el amor y la culpabilidad
imaginada en una sociedad terrible, como la del tirano cuando ata un cuerpo
vivo al de un cadáver. De pronto, un pensamiento recorrió su mente. Al
principio lo rechazó como pueril y supersticioso, pero no se desvaneció. Llamó
a su criada.
—Manon —dijo—, ¿dormiste alguna vez
en el lecho de Santa Catalina? Manon se persignó.
—¡Que el Cielo no lo quiera! Nadie lo hizo desde que yo nací, salvo dos
personas: una cayó al Loire y se ahogó; la otra sólo echó un vistazo al
estrecho lecho y regresó a su propio hogar sin decir una palabra. Es un lugar
pavoroso, y si el devoto no ha llevado una vida piadosa y buena, ¡el dolor se
apoderará de la hora en que apoye la cabeza sobre la piedra sagrada!
También Constance hizo la señal de la
cruz.
—En cuanto a nuestras vidas, sólo por nuestro Señor y los santos
benditos podemos esperar rectitud. ¡Mañana por la noche dormiré en ese lecho!
—¡Querida señora, el rey llega
mañana!
—Razón suficiente para que me decida. No puede ser que una desdicha tan
intensa more en un corazón y no se encuentre remedio. Había esperado ser la que
trajera paz a nuestras casas; ¿acaso es bueno que yo soporte una corona de
espinas? El Cielo me guiará. Mañana por la noche dormiré en el lecho de Santa
Catalina, y si, como he oído, la santa se digna a conducir a sus devotos en
sueños, ella me guiará. Así, con la convicción de que obro de acuerdo con los
dictados del Cielo, me resignaré incluso a lo peor.
El rey se hallaba camino de Nantes desde París, y esa noche durmió en un
castillo situado a unos pocos kilómetros de allí. Antes del amanecer, un
joven caballero fue introducido en sus aposentos. Este exhibía un
aspecto serio, si no triste, y a pesar de lo hermoso de sus facciones y cuerpo,
parecía víctima del abatimiento y del cansancio. Permaneció en silencio en
presencia de Enrique, quien, alerta y alegre, posó sus vivos ojos azules sobre
su invitado, diciendo con suavidad:
—¿Así que la encontraste obstinada,
Gaspar?
—La encontré decidida en nuestras mutuas desgracias. ¡Ay, mi señor, no
es, creedme, el más pequeño de mis dolores que Constance sacrifique su
felicidad, a la vez que aniquila la mía!
—¿Y crees que le dirá que no al gallardo caballero que nosotros le hemos
presentado?
—¡Oh, mi señor, no alberguéis ese pensamiento! No puede ser. Con
profunda sinceridad mi corazón os agradece vuestra generosa condescendencia.
Pero ella, a quien en soledad la voz de su amado, cuando el recuerdo y la
reclusión ayudaron al hechizo, no pudo convencer, resistirá incluso las órdenes
de Vuestra Majestad. Está decidida a entrar en un claustro; y yo, con vuestro
permiso, me retiraré ahora: desde este momento soy un soldado de la cruz, y
moriré en Palestina.
—Gaspar —dijo el monarca—, conozco mejor que tú a las mujeres. No la
ganarás con la sumisión ni quejas lacrimosas. Por supuesto que la muerte de su
familia pesa en el corazón de la joven condesa; y al alimentar en soledad su
dolor y su arrepentimiento, imagina que el mismo Cielo prohíbe vuestra unión.
Deja que la voz del mundo llegue hasta ella: la voz del poder y la amabilidad
terrenales, la primera imperiosa, la segunda suplicante, encontrando ambas una
respuesta en su propio corazón… y por mi fe y la Santa Cruz que será tuya.
Sigamos adelante con nuestro plan. Y ahora, a caballo, la mañana pasa y el sol
está alto.
El rey arribó al palacio del obispo y asistió a misa en la catedral.
Luego tuvo lugar una comida suntuosa, y fue por la tarde cuando el rey atravesó
el pueblo que se extiende junto al Loire, en dirección, un poco arriba de
Nantes, al lugar donde se hallaba situado el Castillo Villeneuve. La joven
condesa le recibió en la puerta. Enrique buscó en vano la mejilla empalidecida
por la desdicha, el abatido aire de desesperación que le habían
dicho que vería. Sus mejillas estaban encendidas, sus modales animados,
su voz firme.
«No le ama», pensó, «o su corazón ya
ha consentido».
Se preparó una colación para el monarca; y, después de cierta vacilación
que surgió por la alegría que desprendía el aspecto de la joven, mencionó el
nombre de Gaspar. Constance se ruborizó en vez de ponerse pálida, y rápidamente
contestó:
—Mañana, mi buen señor; sólo pido un descanso hasta mañana. Entonces
todo se decidirá; mañana me juraré a Dios o…
Pareció confusa, y el rey,
sorprendido y complacido, dijo:
—Entonces no odias al joven De Vaudemont; le perdonas la sangre enemiga
que corre por sus venas.
—Se nos enseña que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros
enemigos —contestó la condesa con cierto nerviosismo.
—Por San Denis que es una buena respuesta para la ocasión —dijo el rey,
riendo—. ¡Adelante, mi fiel sirviente, Apolo disfrazado, adelante y agradécele
a tu dama su amor!
Con un disfraz que le había ocultado a todos, el caballero se había
quedado atrás, observando con infinita sorpresa el semblante y comportamiento
tranquilos de la dama. No pudo captar sus palabras, pero ¿era la misma a quien
había visto llorar y temblar la noche pasada, cuyo corazón se hallaba
desgarrado por una pasión encontrada, quien veía los pálidos fantasmas de su
padre y familia alzarse entre ella y el amado a quien adoraba más que a su
vida? Era un acertijo difícil de resolver. La llamada del rey se unió a su
propia impaciencia y no se demoró en acudir. Se plantó a los pies de ella, y
Constance, aún dominada por la pasión, abrumada por la misma tranquilidad que
había adoptado, lanzó un grito al reconocerle y cayó inconsciente al suelo.
Todo esto resultó de lo más ininteligible. Incluso cuando sus criados la
hicieron recuperar el sentido, sufrió otro ataque, y, luego, un apasionado
torrente de lágrimas. Mientras, el monarca, que aguardaba en la sala observando
la colación apenas tocada y tarareando un verso en conmemoración a la
indocilidad de las mujeres, no supo cómo replicar a la
mirada de amarga decepción y ansiedad de Vaudemont. Finalmente, la
doncella de la condesa fue a ofrecerle disculpas:
—La señora estaba enferma, muy enferma. Mañana se arrojará a los pies
del rey para solicitar su perdón y exponer su propósito.
—¡Mañana, otra vez mañana! ¿Es que mañana tiene algún hechizo, doncella?
—preguntó el rey—. ¿Podrías explicarnos el acertijo, hermosa niña? ¿Qué extraña
historia pertenece al mañana, que todo descansa en su advenimiento?
Manon se ruborizó, bajó la vista y titubeó. Pero Enrique no era ningún
aprendiz en las artes de tentar a las damas de compañía para revelar el secreto
de sus señoras. Ademas, Manon estaba asustada por el plan de la condesa, por el
cual ésta aún se mostraba obstinadamente decidida, de modo que se mostró presta
a traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en el estrecho
reborde que colgaba sobre el profundo y veloz Loire, y si, como era lo más
probable, la infortunada durmiente evitaba la caída a las aguas, tomar las
perturbadas visiones que tal sueño inquieto podía producir para el dictado del
Cielo, era una locura que el mismo Enrique apenas podía considerar a una mujer
capaz de correr. Pero ¿podía Constance, cuya belleza era tan altamente
intelectual y a quien él no había dejado de alabar por su fortaleza mental y
talentos, estar atontada de manera tan extraña? ¿Y podía la pasión cambiarnos
tanto como la muerte, nivelando incluso la aristocracia del alma, llevando al
noble y al plebeyo, al sabio y al tonto a una misma servidumbre? Resultaba
extraño; sin embargo, debía ser como ella deseaba. Que vacilara en su decisión
significaba mucho, y era de esperar que Santa Catalina no jugara una parte
nefasta. De lo contrario, un objetivo gobernado por un sueño podía ser influido
por otros pensamientos conscientes. Debía conseguirse alguna seguridad para el
peligro físico inminente.
No existe un sentimiento más pavoroso que el que invade a un corazón
humano débil dispuesto a gratificar los impulsos ingobernables en contradicción
con los dictados de la conciencia. Se dice que los placeres prohibidos son los
más complacientes: puede ser así con las naturalezas rudas, con aquellos que
aman la lucha, el combate y la contienda, que encuentran felicidad en una
refriega y gozo en el conflicto de la pasión.
Pero más suave y dulce era el espíritu gentil de Constance, y el
enfrentamiento entre el amor y el deber aplastaba y torturaba su pobre corazón.
Entregar su conducta a la inspiración de la religión o, si así había que
llamarlo, a la superstición, era un alivio bendito. Los mismos peligros que
amenazaban su misión le daban sabor; arriesgar su vida por él era la felicidad.
La misma dificultad del camino que conducía a la satisfacción de sus deseos, al
mismo tiempo gratificaba su amor y alejaba sus pensamientos de la desesperanza.
O si se decretaba que ella debía sacrificar todo, el riesgo del peligro y de la
muerte carecía de importancia en comparación con la angustia que, entonces,
para siempre sería parte de ella.
La noche amenazaba con ser tormentosa: el viento colérico sacudía los
bastidores y los árboles agitaban sus enormes y oscuros brazos, igual que
gigantes en una danza fantástica o en un enfrentamiento mortal. Constance y
Manon abandonaron el castillo por una puerta trasera y comenzaron a descender
por la ladera de la colina. La luna aún no había salido, y aunque el sendero
era familiar para las dos, Manon trastabillaba y temblaba, mientras que la
condesa, arrebujándose en su chal de seda, caminaba con paso firme por la
pendiente. Llegaron a la orilla del río, donde había un bote atracado y
aguardaba un hombre. Constance subió con movimiento ligero y ayudó a su
temerosa doncella. En unos momentos se encontraron en medio de la corriente. El
viento cálido, tempestuoso, vigorizante y equinoccial las rodeó. Por primera
vez desde que guardara luto, una sensación de placer llenó el pecho de
Constance. Le dio la bienvenida a la emoción con profundo gozo. «No puede ser»,
pensó, «que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valeroso, tan generoso y
bueno como el noble Gaspar. Jamás podré amar a otro; moriré si me veo separada
de él; y este corazón, estos miembros tan vivos con resplandecientes
sensaciones, ¿están ya predestinados a una prematura tumba? ¡Oh, no! La vida habla
con voz sonora a través de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas?
¿Los vientos mientras le susurran a las veloces aguas, las aguas al besar las
floridas riberas y correr a mezclarse con el mar? El cielo y la tierra se
sustentan y viven del amor, ¿y sólo Constance, cuyo corazón siempre ha sido una
profunda, borboteante y rebosante fuente de verdadero afecto, estará obligada a
colocar una piedra sobre él para encerrarlo para siempre?»
Estos pensamientos presagiaban unos sueños agradables, y quizá la
condesa, una adepta en el saber del dios ciego, los estimuló con decisión. Pero
mientras así se hallaba ensimismada en las suaves emociones, Manon le cogió el
brazo.
—Señora, mirad allí —gritó—. Ahí viene… aunque los remos no suenan. ¡Que
la Virgen nos proteja! ¡Ojalá estuviéramos en casa!
Un bote oscuro pasó a su lado. Cuatro remeros, enfundados en capas
negras, manejaban remos que, como dijera Manon, no provocaban ruido alguno;
otro se hallaba sentado al timón, y como los demás, su persona se hallaba
cubierta con una capa oscura, aunque sin capucha; y, a pesar de tener la cara
vuelta, Constance reconoció a su amado.
—Gaspar —gritó en voz alta—, ¿estás
vivo?
Pero la figura del bote no giró la cabeza ni contestó, y se perdió
rápidamente en las sombrías aguas.
¡Cuánto cambió entonces la ensoñación de la hermosa condesa! El Cielo ya
había comenzado su encantamiento, y mientras esforzaba la vista a su alrededor
vio formas no terrenales. Ora veía la barca que provocaba su terror y ora la
perdía… y parecía que había otro que contenía los espíritus de los muertos: y
su padre la saludó desde la orilla y sus hermanos la miraron con ceño fruncido.
Mientras tanto, se acercaron al desembarcadero. Su bote fue atracado en
una pequeña cala, y Constance saltó a la ribera. Temblaba y casi cedió a las
súplicas de Manon de volver al castillo, hasta que la precipitada suivante mencionó
los nombres del rey y de De Vaudemont y le recordó la respuesta que debía
darles mañana. ¿Qué respuesta, si se apartaba de su objetivo?
Corrió por el terreno quebrado de la orilla y, luego, por el borde,
hasta que llegaron a una colina que terminaba y colgaba abruptamente sobre la
corriente. Cerca había una capilla pequeña. Con dedos temblorosos, la condesa
sacó la llave y abrió la puerta. Entraron. Reinaba la oscuridad, salvo por una
lámpara que titilaba en el viento y proyectaba una luz incierta ante la
estatuilla de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron y rezaron; y,
después, levantándose, la condesa le deseó con voz alegre buenas noches a la
doncella. Abrió una puerta baja de hierro. Daba a una cueva estrecha. Más allá
se oía el rugido de las aguas.
—No puedes seguirme, mi pobre Manon —dijo—, ni por mucho que lo desees:
esta aventura sólo es para mí.
No era muy justo dejar a la sirvienta temblorosa en la capilla, que no
tenía esperanza ni miedo, amor o dolor que la encantaran, pero, en aquellos
días, los escuderos y las doncellas a menudo interpretaban el papel de los
subalternos en los ejércitos, que recibían los golpes y no la fama. Además,
Manon se hallaba a salvo en tierra bendita. Mientras tanto, la condesa avanzó
tanteando en la oscuridad a través del pasaje estrecho y tortuoso. Finalmente,
delante de ella brilló lo que para su visión a oscuras era una luz. Llegó a una
cueva abierta en la ladera de la colina, que daba a las rápidas aguas de abajo.
Sus ojos se posaron en la noche. Las aguas del Loire iban veloces, cambiantes
pero al mismo tiempo iguales; el cielo se hallaba oculto por densas nubes y el
viento entre los árboles era tan quejumbroso y ominoso como si rodeara la tumba
de un asesino. Constance tembló un poco y observó su lecho: una estrecha franja
de tierra con una piedra recubierta de moho que bordeaba casi con el mismo
precipicio. Se quitó el chal —tal era una de las condiciones del hechizo—,
inclinó la cabeza y se soltó las trenzas de su oscuro cabello; se descalzó los
pies, y, así, totalmente preparada para padecer al máximo la fría influencia de
la noche, se tendió sobre el lecho que apenas le brindaba espacio para el
descanso, y donde, si se movía en sueños, se precipitaría a las gélidas aguas
de abajo.
Al principio le pareció que nunca más volvería a dormir. No era de
extrañar que la exposición a la tormenta y su peligrosa posición le impidieran
cerrar los párpados. Por fin cayó en un ensueño tan suave y tranquilizador que
incluso deseó seguir observando… y, entonces, poco a poco, sus sentidos se
tornaron confusos y se encontró en el lecho de Santa Catalina mientras el Loire
corría abajo y el viento tempestuoso soplaba… ¿Qué sueños le enviaría la santa,
para llevarla a la desesperación o bendecirla para siempre?
Bajo la escarpada colina, sobre la oscura corriente, otro observaba,
alguien que abrigaba mil temores y apenas se atrevía a esperar. Su intención
había sido preceder a la dama en su camino, pero cuando descubrió que se había
quedado más tiempo del que tenía, con remos apagados y prisas sin
aliento había pasado junto a la barca que llevaba a su Constance, sin
siquiera volverse ante su voz por miedo de recibir su acusación y las órdenes
para que regresara. La había visto emerger por el pasaje y temblado cuando se
asomó por el risco. La vio dar un paso, vestida como estaba de blanco, y pudo
distinguirla mientras se tumbaba en el reborde que sobresalía arriba. ¡Qué
vigilia mantuvieron entonces los amantes! Ella entregada a pensamientos
visionarios, él sabiendo —y ese conocimiento le estimuló el pecho con una
extraña emoción— que el amor, el amor por él, la había conducido a ese lecho de
peligro; y que mientras los peligros la rodeaban con todas las formas, ella
vivía sólo para esa tenue voz que le susurraba a su corazón el sueño que iba a
decidir sus destinos. Quizá dormía… mas él mantenía la vigilia y la guardia. Y
así pasó la noche, ora rezando, ora ensimismado, alternando la esperanza y el
miedo, sentado en su bote, con los ojos clavados en el atuendo blanco de la
durmiente.
La mañana… ¿era la mañana la que luchaba entre las nubes? ¿Vendría
alguna vez la mañana para despertarla? ¿Había dormido… y qué sueños de
bienestar o pesar habían habitado su dormir? Gaspar se impacientó. Ordenó a sus
remeros que se quedaran esperando y desembarcó de un salto, decidido a trepar
hasta el reborde. En vano le advirtieron del peligro, de la imposibilidad de
tal intento. Él se aferró a la cara rugosa de la colina y encontró apoyo para
los pies allí donde no parecía haber ninguno. Ciertamente, la cuesta no era muy
alta, y los peligros del lecho de Santa Catalina surgían de la posibilidad de
que cualquiera que durmiera en un sitio tan estrecho caería a las aguas de
abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión empinada, y por fin alcanzó
las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por las ramas,
afirmó su posición en la misma extremidad del reborde, al lado de la almohada
en que yacía la cabeza descubierta de su amada. Tenía las manos dobladas sobre
el pecho; el cabello oscuro le caía alrededor del cuello y cubría sus mejillas;
el rostro estaba sereno: allí se veía el sueño en toda su inocencia y
desprotección; toda emoción más fuerte se había acallado y su pecho subía y
bajaba en respiración regular. Podía ver latiendo su corazón, mientras le
alzaba las hermosas manos que lo cruzaban. Ninguna estatua tallada en mármol,
en monumental efigie, llegó a ser la mitad de hermosa; y en el interior de esa
insuperable forma moraba un alma sincera, tierna, devota y afectuosa
como jamás albergó un pecho humano.
¡Con qué pasión profunda la miró Gaspar, acopiando esperanza de la
placidez de ese semblante angelical! Una sonrisa curvó los labios de la joven y
también él sonrió de manera involuntaria mientras saludaba ese presagio feliz,
cuando, de repente, las mejillas de Constance se ruborizaron, el pecho subió y
una lágrima resbaló entre sus pestañas oscuras, seguida por todo un torrente.
Entonces gritó sobresaltada:
—¡No! ¡Él no morirá! ¡Yo romperé sus
cadenas! ¡Le salvaré!
Allí estuvo la mano de Gaspar, que asió la forma ligera de su amada, a
punto de caer al mortal abismo. Constance abrió los ojos y vio a su amado, que
había vigilado sobre su sueño de destino y que la había salvado.
Manon también había dormido bien, con o sin sueños, y se sorprendió al
descubrir que despertaba rodeada por una multitud. La pequeña y desolada
capilla estaba adornada con tapices —el altar con cálices dorados— y el
sacerdote decía misa para una multitud de caballeros arrodillados. Vio entonces
que también se encontraba allí el rey Enrique. Comenzó a buscar al joven
caballero dueño del corazón de su ama, cuando la puerta de hierro del pasaje de
la caverna se abrió y Gaspar de Vaudemont entró por ella, conduciendo la
hermosa figura de Constance, que, en su vestido blanco y revuelto cabello
oscuro, con un rostro en el que las sonrisas y el rubor batallaban con
emociones más profundas, se acercó al altar y, arrodillándose junto a su amado,
pronunció los juramentos que los unían para siempre.
Pasó tiempo hasta que el feliz Gaspar pudo sonsacarle a su dama el
secreto de su sueño. A pesar de la felicidad de la que disfrutaba ella ahora,
había sufrido demasiado como para no mirar atrás con terror a aquellos días en
que pensaba que el amor era un crimen y cada acontecimiento conectado con ellos
lucía un aspecto horrible. Dijo que aquella noche tuvo muchas visiones. Había
visto los espíritus de su padre y hermanos en el Paraíso; había observado a
Gaspar luchar victoriosamente contra los infieles; le había visto en la corte
del rey Enrique, favorito y amado, y a ella misma… ora encerrada en un
claustro, ora una prometida, ora agradecida al Cielo por la felicidad completa
que le brindaba, ora llorando mientras pasaban sus tristes días… hasta que,
finalmente, se creyó en la tierra de los paganos y
tuvo a la misma Santa Catalina guiándola invisible a través de la ciudad
de los infieles. Entró en un palacio y contempló a los heréticos disfrutando
con su victoria; y, luego, descendiendo a las mazmorras, se abrieron paso a
tientas a través de cámaras húmedas y bajos y mohosos pasajes, hasta llegar a
una celda más oscura y pavorosa que las demás. En el suelo yacía un hombre con
ropas manchadas y andrajosas, pelo revuelto y una barba descuidada y sucia.
Tenía las mejillas chupadas, los ojos habían perdido su fuego, la silueta era
un mero esqueleto; las cadenas colgaban flojas de los huesos descarnados.
—¿Y fue mi aspecto en aquel atractivo estado y favorecedoras prendas lo
que suavizó el duro corazón de Constance? —preguntó Gaspar, sonriendo ante esa
imagen de lo que nunca llegaría a ser.
—Más que eso —repuso Constance—, pues mi corazón me susurraba que
aquello era por mi culpa: ¿y quién recordaría la vida que latía en tus
palpitaciones, quién la restauraría, salvo el destructor? Mi corazón jamás se
volcó a mi feliz y vivo caballero como lo hizo con aquella imagen macilenta que
yacía en las visiones de la noche a mis pies. Un velo se cayó de mis ojos; la
oscuridad fue desterrada ante mí. Creo que entonces supe por primera vez qué
eran la vida y la muerte. Se me pidió que creyera que hacer felices a los vivos
no era herir a los muertos; y sentí lo perversa y vana que era aquella
filosofía falsa que situaba la virtud y el bien en el odio y la descortesía. Tú
no morirías; yo soltaría tus cadenas y te salvaría, ordenándote que vivieras
para el amor. Di un salto, y la muerte que desaprobaba en ti habría sido la mía
—en aquel instante, cuando por primera vez experimenté el verdadero valor de la
vida— si no hubiera estado allí tu brazo para salvarme, tu querida voz para
bendecirme para siempre.
EL HEREDERO DE MONDOLFO
En la hermosa y virgen campiña cercana a Sorrento, en el reino de
Napóles, en la época en que era gobernado por monarcas de la casa de Anjou,
vivía un noble territorial cuyas riquezas y poder superaban a los de sus otros
vecinos nobles. Su castillo, que en sí mismo constituía una fortaleza, estaba
construido sobre una elevación rocosa que caía al azul y hermoso Mediterráneo.
Las colinas de alrededor se hallaban cubiertas de encinas o sujetas al cultivo
del olivo y la parra. No se podía encontrar bajo el sol ningún lugar más
favorecido por la naturaleza.
Si hubieras pasado al atardecer sobre las plácidas olas que rompen bajo
la roca almenada que llevaba el nombre de Mondolfo, habrías imaginado que toda
la felicidad y bendición debían residir dentro de sus murallas que, así
cobijadas en belleza, daban a un paisaje de superior hermosura. Pero, si por
casualidad vieras a su señor salir del portal, te encogerías ante su ceño
fruncido y te preguntarías qué podría marcar en su gastada mejilla el combate
de las pasiones. Más agradable visión era contemplar a su gentil dama, esclava
de su incontrolado temperamento, paciente sufridora de muchos males, que
parecía a punto de entrar en el único reposo donde «cesa el gran ruido que
mueven los impíos; allí es donde van a descansar los de las fuerzas cansadas».
El príncipe Mondolfo había sido unido demasiado temprano en la vida a una
princesa de la familia real de Sicilia, que murió al dar a luz a un hijo.
Muchos años más tarde, después de un viaje a los estados italianos del norte,
regresó a su castillo casado de nuevo. El acento de su esposa la declaraba
florentina. La historia contaba que se había casado con ella por amor, y que
luego la odió por ser un impedimento para sus ambiciosos planes. Ella lo
soportó todo por amor a su único hijo, nacido
para el odio de su padre; un niño de espíritu galante, valiente casi
hasta el salvajismo. A medida que fue creciendo, contempló con ira el trato que
su madre recibía por parte del altivo príncipe. Se atrevió a salir como su
defensor, se atrevió a oponer su valor juvenil contra la furia de su padre, y
el resultado fue natural: se convirtió en el objeto del odio de éste. Sufrió
indignidades; se enseñó a los súbditos a desobedecerle, a los criados a
desdeñarlo, a su propio hermano a despreciarlo como a alguien de sangre y
nacimiento inferiores. Sin embargo, la sangre de Mondolfo corría por sus venas;
y, aunque atemperada por el lado más gentil de Isabel, hervía ante la
injusticia de la que era víctima. Mil veces desahogó su espíritu herido en
quejas elocuentes a su madre. A medida que la salud de ella fue decayendo,
alimentó el proyecto, en caso de que muriera, de huir del castillo paterno y
convertirse en un errabundo, un soldado de fortuna. Ahora tenía trece años. La
dama Isabel, con la agudeza de una madre, pronto descubrió su secreto, y en su
lecho de muerte le hizo jurar no abandonar la protección de su padre hasta no
haber cumplido los veinte años. Le sangró el corazón por la desgracia que
previó que sería su suerte, mas vio con horror aún más grande el cuadro que su
activa fantasía trazó de su hijo vagando a temprana edad, desesperado, solo y
desvalido, sufriendo todos los extremos del hambre y la desesperanza, o, casi
peor, cediendo a las tentaciones que en semejante situación le serían
ofrecidas. Le sacó pues ese juramento y murió satisfecha al pensar que lo
cumpliría. De todo el mundo, sólo ella conocía la valía de su Ludovico… sólo
ella había penetrado bajo la dura superficie, familiarizándose con el rico
cúmulo de virtud y sentimientos afectuosos que yacían como oro sin descubrir en
su sensible corazón.
Fernando odiaba a su hijo. Desde su temprana niñez había experimentado
el sentimiento de aversión, que, lejos de esforzarse por apagar, permitió que
se enraizara profundamente, hasta que el acto más inocente de Ludovico se
convirtió en un crimen, introduciendo un sistema de negación y resistencia que
sacó a la superficie todos los aspectos siniestros que había en el carácter del
joven y engendrando un activo espíritu de aborrecimiento en la mente del padre.
Así creció Ludovico: odiado y odiando. Unidos por un sentimiento común, padre e
hijo, señor y súbdito, opresor y oprimido, uno siempre dispuesto a ejercitar su
poder para
infligir daño, el otro continuamente alerta para resistir incluso la
sombra de la tiranía. Después de la muerte de su madre, el carácter de Ludovico
cambió mucho. La sonrisa que, como el sol, a menudo había iluminado su
semblante, ya no brillaba más; la sospecha, irritabilidad y obstinada
resolución parecían los amos de sus sentimientos. Provocaba a su padre a lo
peor, lo soportaba, y sin poder huir debido a aquel juramento, alimentaba todos
los sentimientos coléricos e incluso vengativos hasta que la copa de la ira
pareció a punto de rebosar. Nadie le amaba, y al no amar a nadie todas sus
buenas cualidades perecieron o quedaron dormidas como si nunca hubieran estado
despiertas.
La intención del padre era dedicar a su hijo a la Iglesia, y Ludovico
llevó las ropas sacerdotales hasta los dieciséis años. Una vez pasada esa edad,
hizo a un lado los hábitos y apareció enfundado como un caballero de días
pasados y, en pocas palabras, le dijo a su padre que se negaba a acatar sus
deseos, que se dedicaría a las armas y la aventura. Soportó todo lo que siguió
a esta declaración —amenazas, encarcelamiento, incluso ignominia —, pero se
mantuvo firme, y el soberbio Fernando se vio obligado a ceder su imponente
voluntad a la voluntad más decidida de un mozalbete. Y entonces, por primera
vez, mientras la furia parecía que iba a hacer explotar su corazón, experimentó
al máximo el sentimiento del odio y expresó esta pasión: palabras de desprecio e
ilimitado aborrecimiento cayeron sobre la cabeza de Ludovico. El joven replicó,
y los testigos temieron que se produjera un enfrentamiento personal. En cierto
momento, Fernando apoyó la mano sobre la espada, y el desarmado Ludovico se
preparó, dispuesto a saltar y coger el brazo que podía levantarse contra él.
Fernando vio y temió la salvaje ferocidad que exhibieron los ojos de su hijo.
En los encuentros personales de esta clase, la victoria no descansa sobre el
más fuerte, sino en el más temerario. Fernando no estaba preparado para apostar
su propia vida, o incluso derramar la sangre de su hijo con su propia mano.
Ludovico, al no ser el agresor y verse obligado a defenderse, era indiferente a
las consecuencias de un ataque… resistiría hasta la muerte. Y ese arrojado
sentimiento le daba una ventaja que su padre percibió y no pudo perdonar.
Desde ese momento la conducta de Fernando hacia su hijo cambió. Ya no le
castigó, ni le encerró o amenazó. Ése era el trato que se le da a un
niño, y el príncipe sabía que se enfrentaban de hombre a hombre, y actuó
en consecuencia. Este cambio fue afortunado para el príncipe, pues pronto
adquirió toda la ventaja que la experiencia, la astucia y la educación en la
corte le daban de manera natural sobre un joven de temperamento acalorado,
preparado para resistir toda violencia personal, que no veía ni comprendía un
modo más taimado de comportamiento. Fernando esperaba conducir a su hijo a la
desesperación. Puso espías sobre él, pagó a personas que debían tentarle a una
vida de crimen, y por un continuado sistema de contención e impedimentos
esperaba llevarlo a tal desesperación que se viera obligado a refugiarse en
cualquier línea de conducta que le prometiera libertad de una esclavitud tan
molesta y degradante. El cumplimiento del juramento salvó al joven, y esta
firmeza de propósito le proporcionó tiempo para leer y entender los motivos de
aquellos que querían tentarle para que escogiera el mal camino. En todo ello
vio la mano maestra de su padre, y su corazón se sintió asqueado ante el
descubrimiento.
Había llegado a los dieciocho años. El tratamiento que había tolerado y
el constante ejercicio de fortaleza y resolución ya le habían proporcionado el
aspecto de un hombre. Era alto, bien proporcionado y atlético. Su persona y
comportamiento eran más enérgicos que gráciles, y sus modales distantes y
reservados. Pocos logros había alcanzado, ya que su padre no se había esforzado
en su educación. El catálogo de habilidades estaba formado por las proezas en
la monta de caballos y en el manejo de las armas. Odiaba los libros, pues
representaban parte de la insignia de un sacerdote, y sentía rechazo a toda
ocupación que implicara reposo corporal. Su tez era oscura… las penurias
incluso le habían dado un tono cetrino; sus ojos, una vez suaves, ahora
centelleaban con fiereza; sus labios, formados para expresar ternura, por lo
general exhibían una mueca de desprecio; su cabello oscuro, que se arracimaba
en rizos densos alrededor del cuello, completaba la salvaje pero noble e
interesante apariencia de su persona.
Era invierno, y los placeres de la caza comenzaron. Cada mañana los
cazadores se reunían para atacar a los jabalíes o a los ciervos que los perros
podían encontrar en los reductos de los Apeninos. Éste era el único placer que
Ludovico disfrutaba alguna vez. Durante esas persecuciones se sentía libre.
Montado en un noble caballo que espoleaba al máximo de sus fuerzas,
la sangre le bullía en las venas y sus ojos brillaban con júbilo
mientras proyectaba su mirada de águila al cielo. Con una sonrisa de inefable
desdén, dejó atrás a sus falsos amigos o abiertos atormentadores, ganando una
solitaria ventaja en la cacería.
La planicie que se extendía al pie del Vesubio y sus vecinas colinas
estaba desnuda por el invierno; la corriente bajaba impetuosa desde las lomas,
y con ella se entremezclaban los ladridos de los perros y los gritos de los
cazadores; el mar, oscuro bajo un cielo próximo, emitía un canto fúnebre
mientras sus olas rompían en la playa; el Vesubio gemía pesadamente y las aves
le contestaban con sus graznidos; un siroco fuerte flotaba en el aire,
haciéndolo húmedo y frío. El viento parece estimular y deprimir la mente
humana: la estimula a pensar, pero colorea esos pensamientos, al igual que el
cielo, de negro. Ludovico lo experimentó, pero intentó superar los sentimientos
naturales con que el aire poco amistoso los llenó.
La temperatura fue cambiando a medida que avanzaba el día. El cielo
nuboso se agotó en nieve, que cayó en abundancia; luego cesó y sobrevino una
fuerte escarcha. El aspecto de la tierra cambió. La nieve cubría el terreno y
yacía sobre los árboles pelados, centelleando, blanca, no hollada por nadie. A
primeras horas de la mañana se había visto a un ciervo, y mientras marchaba por
la planicie rodeando las colinas, los cazadores le siguieron a toda velocidad.
La caza duró todo el día. Por fin, el animal, que desde el principio había
enfilado su curso hacia las colinas, comenzó a subirla, y con diversas curvas y
evoluciones casi hizo que los perros perdieran su rastro. El día estaba próximo
a su fin cuando Ludovico, solo, siguió el ciervo mientras se dirigía hacia el
borde de una especie de plataforma en la montaña, que, como un istmo, se
hallaba conectada con la colina por medio de una pequeña lengua de tierra,
abriéndose en tres lados a un precipicio que caía a la planicie. Ludovico
equilibró su lanza y los perros se acercaron creyendo que el desesperado animal
sería abatido allí. Pero el animal dio un brinco que lo llevó hasta el mismo
borde del precipicio… después otro, y desapareció. Saltó hacia abajo, esperando
más piedad de las rocas que de su adversario humano. Ludovico estaba cansado
por la persecución y furioso por la huida de su presa. Desmontó del caballo, lo
sujetó a un árbol y buscó un sendero por el que pudiera descender con
seguridad a la planicie. La nieve cubría y ocultaba el suelo, borrando los
habituales rastros que las manadas podrían haber dejado en su descenso desde
sus zonas de pastoreo en las colinas hacia los villorrios de abajo. Pero
Ludovico había pasado su infancia entre las montañas: mientras el asta de su
lanza encontrara apoyo firme en el terreno, no temía nada, o mientras una rama
le brindara apoyo suficiente al sostenerla, no dudaba de que sería capaz de
abrirse paso. Pero el descenso era escarpado y la necesaria cautela obligó a
que fuera prolongado. El sol se acercó al horizonte y el resplandor de su
partida se vio velado por unas nubes veloces que el viento sopló desde el mar:
un viento frío, que hizo remolinear la nieve y la sacudió de los árboles.
Finalmente, Ludovico llegó al pie del precipicio. La nieve reflejaba y
aumentaba el crepúsculo y vio cuatro huellas profundas que debieron ser
producidas por el ciervo. Era una altura muy considerable y su huida debió ser
un milagro. Seguro que habría escapado; sin embargo, ésas eran las únicas
marcas que había dejado. A su alrededor había un bosque de encinas, cubierto
por una densa maleza, y parecía imposible que un animal tan grande pudiera
haberse abierto paso a través de esa barrera aparentemente impenetrable. El
deseo de encontrar a su presa casi se convirtió en una pasión incontenible en
el corazón de Ludovico. Dio un rodeo en busca de un claro, y por fin encontró
un sendero estrecho que cruzaba el bosque, y algunas huellas que parecían
indicar que el ciervo había ido en busca de refugio al valle. Con una velocidad
característica de su presa, Ludovico corrió sendero arriba y no pensó en la
distancia que había recorrido hasta que se detuvo sin aliento ante una cabaña
que le impidió el avance. Miró a su alrededor. Había algo muy melancólico en la
escena. No era oscura, pero las sombras del atardecer parecían descender del
vasto tejido de nubes que subían por el cielo desde el oeste. Las negras y
lustrosas hojas de los árboles y las de laurel de la maleza creaban un fuerte
contraste con la blanca nieve que las rodeaba. Una brisa atravesó las ramas y
dispersó la nieve, que cayó en copos, perturbando el silencio reinante, y de
vez en cuando un pájaro aleteaba o volaba con melancolía bajo los árboles, en
dirección a su nido en el hueco de algún tronco. La casa parecía una
desolación: las ventanas no tenían cristales, y pequeños montículos de nieve
cubrían los alféizares. No se veía ninguna pisada o huella en la
superficie del sendero que conducía hasta la puerta, pero, esporádicamente, un
poco de humo salía de la chimenea, y al escuchar con atención, Ludovico creyó
oír una voz. Llamó, sin recibir respuesta. Apoyó la mano en la aldabilla de la
puerta y cedió. Entró, y en el suelo, cubierto de hojas, había una persona
enferma y moribunda, y aunque había un ligero movimiento en los ojos que
mostraba que la vida aún no había abandonado su trono, la palidez del semblante
nombraba a la muerte. Se trataba de una mujer anciana, y su cabello blanco
indicaba que no descendía a una tumba prematura. Pero una figura estaba
arrodillada al lado de ella, que bien podría haber sido confundida con un ángel
celestial a la espera de recibir y guiar al alma que partía al reposo eterno,
salvo por la agonía marcada en sus rasgos y la vidriosa pero intensa mirada de
sus ojos. Era muy joven y hermosa, como la estrella vespertina. En apariencia,
se había quitado abrigo para proporcionarle calor a su amiga moribunda, ya que
sus brazos y su cuello estaban desnudos excepto por el cabello oscuro y
ondeante que caía sobre los hombros. Se encontraba absorta en un sentimiento:
contemplar el tránsito de la persona enferma. Sus mejillas, incluso sus labios,
se veían pálidos. Sus ojos parecían observar como si toda su vida dependiera de
esa única percepción. No oyó entrar a Ludovico, o, al menos, no hizo señal que
indicara que era consciente de su presencia. La persona enferma murmuró algo.
Al inclinar la cabeza para captar el sonido, con voz desesperada, la joven
replicó:
—No puedo traer más hojas, pues el suelo está cubierto de nieve; y
tampoco tengo nada con lo que taparte.
—¿Tiene frío? —preguntó Ludovico, acercándose y agachándose junto a la
afligida muchacha.
—¡Oh, mucho! —exclamó—. Y no hay modo
de evitarlo.
Ludovico había iniciado la cacería con una capa de seda forrada con las
pieles más selectas. Se la había quitado y dejado sobre el caballo para que no
le estorbara en el descenso. Salió de la cabaña, corrió sendero arriba,
siguiendo las huellas de sus pisadas, y llegó a donde le esperaba su corcel. No
volvió a bajar por el mismo sendero, pues pensó que quizá tuviera que buscar
ayuda para la mujer moribunda. Condujo su caballo colina abajo por
un camino más indirecto, y, aunque marchó a la máxima velocidad que le
fue posible, la noche cayó y sólo el destello de la nieve le permitió ver el
camino que había decidido seguir. Cuando llegó al sendero vio que la cabaña,
antes tan oscura, aparecía iluminada, y al acercarse oyó el solemne himno de
muerte al ser cantado por los sacerdotes que había dentro. El cambio había
tenido lugar, el alma había dejado su mansión mortal y la ruina abandonada era
atendida con más solemnidad de la que se había prestado a la lucha mortal.
Ludovico entró sin que nadie lo notara entre la multitud de sacerdotes y miró a
su alrededor en busca de la hermosa mujer que había visto antes. Estaba
sentada, apartada de los sacerdotes, sobre un montículo de hojas en un rincón
de la cabaña. Tenía las manos unidas sobre las rodillas, la cabeza inclinada, y
a cada rato se secaba las lágrimas con el cabello. Ludovico la cubrió con su
capa. Ella alzó la vista y se arrebujó en el abrigo, más para ocultar su
persona que por ansia de calor. Luego, girando de nuevo el rostro, quedó sumida
en sus melancólicos pensamientos.
Ludovico la observó con pena. Por primera vez desde la muerte de su
madre los ojos se le llenaron de lágrimas, y su suavizado semblante irradió
tierna simpatía. No dijo nada, pero no apartó la mirada mientras en su mente
surgía el deseo de secar las lágrimas que caían de los velados ojos de la
desafortunada muchacha. Así absorto, oyó pronunciar su nombre, y, arrojando en
el regazo de la joven doliente las pocas monedas de oro que poseía, abandonó
súbitamente la cabaña, uniéndose al criado que había ido a buscarle. A toda
velocidad galopó hacia su hogar.
En el trayecto, a medida que las primeras emociones de piedad dejaban de
palpitar en su cabeza, los sentimientos se mezclaron en un pensamiento
absorbente y nuevo para él.
—Me consideraba a mí mismo desgraciado —gritó—, yo, que estoy bien
vestido y alimentado, y esta pobre campesina, medio hambrienta, se desprende de
su abrigo necesario para cubrir las extremidades moribundas de su única amiga.
Yo también he perdido a la única que tenía, y ése es mi verdadero infortunio,
la causa de todas mis desgracias… algo por lo que los aduladores querrían
asumir ese nombre, los espías y traidores usurpar ese puesto. A todos los he
hecho a un lado, me los he quitado de encima como
aquella rama que arroja la nieve que le molesta a la tierra, no tan fría
como sus gélidos corazones… Pero estoy solo… la soledad roe mi corazón y me
vuelve salvaje… desgraciado… despreciable.
Sin embargo, aunque pensaba de esa manera, el corazón de Ludovico se
suavizó por lo que había visto, y experimentó sentimientos más tranquilos.
Había sentido compasión por alguien que la necesitaba; le había conferido un
beneficio al necesitado; la ternura curvó sus labios en una sonrisa, y el
orgullo de ser útil le dio dignidad al fuego de sus ojos. Las personas que le
rodeaban notaron el cambio, y, sin encontrarse con el habitual desdén de su
comportamiento, también ellas se suavizaron, y la aparente alteración en su
carácter pareció dispuesta a efectuar una metamorfosis igual de grande en su
situación externa. Pero no había llegado el tiempo en que ese cambio sería
permanente.
Al día siguiente a esa cacería, el príncipe Fernando marchó a Napóles y
le ordenó a su hijo que fuera con él. La residencia de Nápoles le resultaba
peculiarmente irritante a Ludovico. En la campiña disfrutaba de una comparativa
libertad. Satisfecho de que se encontrara en el castillo, a veces su padre le
olvidaba durante días enteros, pero aquí era diferente. Temeroso de que hiciera
amigos y contactos, y sabiendo que su figura imponente y modales peculiares
atraían a menudo la curiosidad, siempre le mantenía a la vista, o, si le dejaba
por un momento, se cercioraba primero de la gente que le rodeaba y disponía
cerca a personas de su confianza, cuya sola visión resultaba como veneno para
los ojos de Ludovico. A todo esto hay que añadir que el príncipe de Mondolfo
disfrutaba con insultar y amedrentar a su hijo en público y, consciente de sus
deficiencias en los logros más elegantes, le exponía incluso a la burla de sus
amigos. Se quedaron dos meses en Nápoles. Después, regresaron a Mondolfo.
Era primavera; el aire era templado y avivaba el espíritu. Los capullos
blancos de los almendros y los rosados de los melocotoneros empezaban a
contrastar con las hojas verdes que crecían entre ellos. Ludovico apenas sintió
los estimulantes efectos de la primavera. Herido en el centro de su corazón, le
preguntaba a la naturaleza por qué dibujaba el sepulcro, y le preguntaba a los
vientos por qué abanicaban a los pesarosos y a los muertos. Vagó en busca de
soledad. Bajó por el sendero que conducía hasta
el mar y se sentó en la playa a observar el monótono flujo de las olas;
éstas bailaban y centelleaban; sus lóbregos pensamientos se negaron a recibir
gozo de las aguas o del sol.
Una forma pasó cerca de él… era una campesina que balanceaba un cántaro
con forma de urna sobre la cabeza. Iba muy mal vestida, pero atrajo la atención
de Ludovico. Cuando se acercó al manantial y cogió el cántaro y se volvió para
llenarlo, reconoció a la muchacha de la cabaña del invierno pasado. Ella
también le reconoció. Dejó su tarea y se le aproximó y le besó la mano con esa
gracia irresistible que los climas del sur parecen imbuir en sus hijos más
pobres. Al principio titubeó y comenzó a darle las gracias con voz
entrecortada, pero las palabras surgieron a medida que hablaba, y Ludovico
escuchó su elocuente agradecimiento… el primero que oía dirigido a él por un
ser humano. Una sonrisa de placer apareció en su cara… una sonrisa cuya belleza
penetró en el corazón de la joven. Al minuto se hallaban sentados al borde del
manantial y Viola le contaba la historia de su niñez sumida en la pobreza, la
pérdida de sus padres, la muerte de su mejor amiga… Ahora, gracias al clima
benigno, que disminuye las necesidades humanas, parecía menos desgraciada que
entonces. Estaba sola en el mundo, viviendo en aquella desolada cabaña,
atendiendo sus necesidades cotidianas con dificultad. Sus pálidas mejillas y la
enfermiza languidez que impregnaba sus maneras evidenciaban la verdad de sus
palabras. Pero no lloró, pronunció palabras de ánimo, y sólo cuando aludió a la
ayuda de Ludovico sus suaves y oscuros ojos se llenaron de lágrimas.
El joven la visitó al día siguiente. Cabalgó sendero arriba, ahora
cubierto por la hierba y el olor de las violetas, que Viola recogía a los lados
del camino. Ella le regaló el ramillete de flores, y entraron juntos en la
cabaña. Se veía desmantelada y miserable. Unas pocas flores colocadas en un
jarrón roto ejemplificaban a la pobre Viola en persona: un hermoso capullo en
medio de la más absoluta pobreza. El rosal que proyectaba su sombra en la
ventana sólo podía expresar que la dulce Italia, incluso en el corazón de la
desgracia, regala su riqueza natural para adornar a sus hijos.
Ludovico le pidió a Viola que se sentara en un banco junto a la ventana,
y él se situó frente a ella, con las flores en la mano, escuchando. Ella no
habló de su pobreza, y sería difícil contar qué se dijo. Parecía feliz y
sonreía, hablando con una voz alegre que suavizó el corazón de su amigo,
haciendo que casi llorara de pena y admiración. Después de esto, día tras día
Ludovico visitó la cabaña y pasó todo su tiempo con Viola. Iba y conversaba con
ella, recogía violetas con ella, la consolaba y le daba consejos… y fue feliz.
La idea de que le fuera útil a un ser humano llenó su corazón de gozo; y, sin
embargo, era del todo inconsciente de lo necesario que era él para la felicidad
de su protegida. Junto a ella se sentía feliz, le regocijaba regalarle cosas y
ver su alegría, pero no pensó en el amor, y su mente, dormida a la pasión,
reposaba de su largo dolor sin pensar en el futuro. No sucedía lo mismo con la
joven campesina. No podía ver sus ojos invadidos por la gentileza, su boca
iluminada por la tierna sonrisa, o escuchar su voz cuando le pedía que confiara
en él, que sería padre, hermano, todo para ella, sin amarle profunda y
apasionadamente. Se convirtió en el sol de su día, en el aliento de su vida… en
su esperanza, gozo y única posesión. Anhelaba su llegada, le observaba al
partir, y durante mucho tiempo fue feliz. No se apenaba de que devolviera su
apasionado amor solo con sosegado afecto —ella era una campesina, él un noble—,
y no podía reclamar ni esperar más. Él era un dios, y ella podía adorarle; y
era blasfemia esperar algo más que una benigna aceptación para su adoración.
El príncipe de Mondolfo pronto se enteró de las visitas de Ludovico a la
cabaña del bosque, y no dudó de que Viola se había convertido en la amante de
su hijo. Decidió no interrumpir la relación o poner traba alguna a sus visitas.
Ciertamente, Ludovico disfrutaba de más libertad que nunca, y su cruel padre se
limitó a restringirle el dinero como jamás lo hiciera. Su política era
evidente: Ludovico había resistido toda tentación de juego y otras formas de
despilfarro que se le presentaron en su camino. Hacía tiempo que Fernando
deseaba que su hijo experimentara la dolorosa sensación de la pobreza y la
dependencia, obligarle a buscar los fondos necesarios en una carrera que le
exigiera abandonar el techo paterno. Había preparado muchas trampas alrededor
del muchacho, y todas se habían visto quebradas por su firme y casi
inconsciente resistencia. Pero ahora, sin buscarlo ni esperarlo, la ocasión que
le conduciría a necesitar más de lo que
su padre le habría dado jamás surgió por sí sola, y cuando esa
asignación le fue restringida, Ludovico ni siquiera murmuró.
Fernando se abstuvo durante mucho tiempo de hacer alusión alguna a la
relación que tenía su hijo, pero una noche, durante un banquete, la alegría
superó su cautela… una alegría que siempre le llevaba a jugar con los
sentimientos de su hijo y a provocar un dolor que pudiera reprimir la sonrisa
que su nuevo estado mental había eliminado de las frecuentes visitas que éste
hacía antes a su semblante.
—¡Esto —gritó Fernando mientras llenaba una copa—, esto, Ludovico, es a
la salud de tu violetera! —y concluyó su alocución con una alusión indecorosa
que sonrojó las mejillas de Ludovico. Sin contestar, se levantó para
marcharse—. ¿Adónde vas, señor mío? —preguntó su padre—. Coge tu copa para
contestar a mi brindis, pues, ¡por Baco!, nadie que se siente a mi mesa
cometerá la descortesía de pasarlo por alto.
Ludovico, aún de pie, llenó su copa y la levantó al tiempo que iba a
hablar y devolver las palabras de su padre, pero el recuerdo de éstas y la
inocencia de Viola le invadió y llenó su corazón casi hasta hacerlo estallar.
Dejó la copa, empujó a las personas que quisieron detenerle, abandonó el
castillo, y pronto dejó de oír las risas de los presentes en el banquete,
aunque habían reverberado con fuerza en los altos salones. Las palabras de
Fernando habían despertado un espíritu extraño en Ludovico.
—¡Viola! ¿Puede amarme? ¿La amo yo?
Esta última pregunta pronto fue contestada. La pasión, despertada
súbitamente, hizo que cada arteria cosquilleara con su estimulante presencia.
Le ardieron las mejillas y su corazón bailó con peculiar exultación mientras se
dirigía deprisa a la cabaña, sin prestarle atención a nada salvo al universo de
sensaciones que moraba en su interior. Llegó hasta la puerta. Desnudas y
oscuras se alzaban las paredes ante él, y las ramas del bosque se agitaban y
suspiraban sobre su cabeza. Hasta ahora sólo había experimentado impaciencia,
la enfermedad del miedo… miedo de encontrar una respuesta fría al sentimiento
de pasión que en ese instante inundaba su corazón. Así, apartándose un poco de
la cabaña, se sentó sobre un tronco y ocultó la cara en las manos, mientras unas
lágrimas apasionadas caían de sus ojos y se deslizaban entre sus dedos. Viola
abrió la puerta;
Ludovico no había aparecido en su visita diaria, y se sentía desdichada.
Miró al cielo: el sol se había puesto y Héspero brillaba en el oeste; las
oscuras encinas proyectaban una densa sombra, rota por innumerables luciérnagas
que ahora volaban casi sobre el suelo, mostrando las flores mientras dormían y
se cerraban para la noche, y su luz se vio reflejada por las resplandecientes
hojas de las encinas y el laurel. Los ojos errantes de Viola eligieron una al
azar y la siguieron en su vuelo, que de cuando en cuando hacía a un lado el
velo de oscuridad y derramaba una amplia palidez sobre su propia forma. Al fin
se posó en un racimo de hojas verdes de laurel y allí permaneció, lanzando su
hermosa luz, que penetraba entre las ramas y daba la impresión de que la
estrella más brillante del firmamento hubiera descendido de su curso y,
temblando ante su propia temeridad, quedara jadeante en ese lugar terrenal.
Ludovico se hallaba cerca del laurel… Viola le vio y su respiración se tornó
rápida. En silencio, se le acercó y le miró con tal éxtasis aturdido que
sintió, no, casi oyó, cómo le latía el corazón con la emoción. Entonces se
decidió a hablar… pronunció su nombre, y él alzó la vista a su gentil rostro, a
sus resplandecientes ojos y su silueta de sílfide, mientras se inclinaba sobre
él. Olvidó sus temores, y sus esperanzas pronto se vieron confirmadas. Por
primera vez besó los temblorosos labios de Viola, y luego se apartó para
meditar con embeleso y admiración acerca de todo lo que había tenido lugar.
Ludovico siempre actuaba con energía y presteza. Regresó sólo para
planear con Viola cuándo podían ser unidos. Eligieron una pequeña capilla en
los Apeninos, apartada y desconocida, y consiguieron con facilidad la presencia
de un sacerdote de un convento próximo que no se resistió a ofrecer su
silencio. Ludovico condujo a su prometida de regreso a la cabaña en el bosque.
Ella siguió viviendo allí; por nada del mundo él haría que cambiara de morada.
Gastó todos sus bienes en decorarla, aunque sólo alcanzaron para hacer que
resultara tolerable. Pero eran felices. Para su esposo, el pequeño círculo de
tierra que contenía a su Viola era el universo. Su corazón e imaginación lo
ampliaron y llenaron hasta que albergó todo lo bello y fue habitado por todo lo
magnífico que este mundo contiene. Ella cantó para él; él escuchó, y las notas
construyeron a su alrededor un cenador de delicias. Pisaba la superficie del
paraíso, y sus vientos
alimentaron su mente hasta la intoxicación. Los habitantes de Mondolfo
no pudieron reconocer al altivo y resentido Ludovico en el benigno y gentil
esposo de Viola. Las provocaciones de su padre fueron ignoradas, pues no las
oía. Ya no caminaba por la tierra, como un ángel, sostenido en las alas del
amor: la sobrevolaba, de forma que no sentía sus desigualdades ni era tocado
por sus ofensivos obstáculos. Y Viola, con profunda gratitud y apasionada
ternura, le devolvió su amor. Sólo pensaba en él, vivía para él, y con
inagotable atención mantenía vivo en su mente el primer sueño de la pasión.
De esta forma pasaron casi dos años, y apareció un hermoso hijo para
unir a los amantes con lazos más profundos y llenar su humilde techo con
sonrisas y alegría.
Rara vez iba Ludovico a Mondolfo, y su padre, que persistía en su
antigua política, y estaba contento de que gracias a su relación con una
campesina hubiera aliviado su mente del temor de que hiciera contactos
importantes y amigos peligrosos, incluso descartó su presencia en las visitas a
Nápoles. Fernando no sospechaba que su hijo se había casado con su favorita de
baja cuna; de lo contrario, la aversión que sentía hacia éste no le habría
impedido resistirse a una alianza tan degradante, y, mientras la sangre fluyera
en las venas de Ludovico, jamás habría reconocido a un vástago contaminado por
las aguas más sucias de una campesina.
Ludovico casi había cumplido los veinte años cuando su hermano mayor
murió. Por ese entonces, el príncipe de Mondolfo llevaba cuatro meses en
Nápoles, esforzándose por establecer un tratado de matrimonio entre su heredero
y la hija de una noble casa napolitana, cuando esta muerte desterró sus
esperanzas, haciendo que se retirara, dominado por el dolor, a guardar luto en
su castillo. Unas pocas semanas de pesar y meditación le devolvieron la
compostura. Había amado a su hijo mayor, el favorito, aunque más por ser el
heredero de su nombre y fortuna que por ser hijo suyo. Así pues, una vez
destruidos los planes que había tejido para él, pronto inició otros.
Ludovico fue llamado a presencia de su padre. Los viejos hábitos hacían
que esas ocasiones fueran importantes, pero el joven, con una sonrisa
orgullosa, hizo a un lado esas preocupaciones juveniles y se plantó con
amable dignidad ante su alterado padre.
—Ludovico —dijo el príncipe—, cuatro años atrás te negaste a tomar los
votos de sacerdote, por lo cual provocaste mi máximo resentimiento; ahora te
doy las gracias por esa resistencia.
El fugaz sentimiento de suspicacia cruzó por la mente de Ludovico, y
sospechó que su padre le tendía una trampa con algún propósito maligno. Dos
años antes habría actuado de acuerdo con ese pensamiento, pero la costumbre de
la felicidad le volvió crédulo. Hizo una suave reverencia.
—Ludovico —continuó su padre, mientras el orgullo y el deseo de la
reconciliación perturbaban su mente e incluso su semblante—, hijo mío, te he
tratado con dureza, pero ese tiempo ya ha pasado.
—Padre mío —replicó Ludovico con gentileza—, no merecí tu maltrato;
espero merecer tu amabilidad cuando sé…
—Sí, sí —interrumpió Fernando con incomodidad—, no lo entiendes… deseas
saber por qué… resumiendo, tú, Ludovico, eres ahora mi única esperanza. Olympio
está muerto… la casa de Mondolfo carece de soporte, salvo por ti…
—Perdóname —dijo el joven—. Pero Mondolfo no se encuentra en peligro;
tú, mi señor, eres plenamente capaz de mantener e incluso de aumentar su
dignidad.
—No lo entiendes. Mondolfo carece de soporte, salvo por ti. Yo soy
viejo, siento mi edad, y este cabello gris me lo grita sin sutilezas. No existe
ninguna rama colateral, y mi esperanza ha de recaer en tus hijos…
—¡Mis hijos, mi señor! —exclamó Ludovico—. Sólo tengo uno, y si el pobre
y pequeño niño…
—¿Qué locura es ésta? —gritó Fernando con impaciencia—. Hablo de tu
matrimonio y no…
—Mi señor, mi esposa siempre está dispuesta a rendirte sus obedientes
respetos…
—¡Tu esposa, Ludovico! Hablas sin
pensar. ¿Cómo? ¿Quién?
—La muchacha de las violetas, mi
señor.
Una tempestad había cruzado por el semblante de Fernando. Que su hijo,
sin saberlo él, hubiera establecido esa despreciable alianza,
convulsionó cada fibra de su cuerpo, y el fruncimiento del ceño y el
gesto impaciente expresaron la intolerable angustia de semejante pensamiento.
Las últimas palabras de Ludovico le devolvieron la compostura. No era a su
esposa a la que así nombraba… tenía la certeza de que no lo era. Sonrió con
cierta lobreguez, aunque fue una sonrisa de satisfacción.
—Si —comentó—, lo comprendo, pero provocas mi paciencia… no deberías
jugar con ese tema o conmigo. Hablo de tu matrimonio. Ahora que Olympio ha
muerto, y que tú eres el heredero de Mondolfo, puedes concluir la ventajosa,
no, principesca, alianza que estaba preparando para él.
—Te complaces en interpretarme mal
—replicó con firmeza Ludovico
—. Ya estoy casado. Hace dos años, cuando todavía era el Ludovico
despreciado e insultado, establecí esta relación, y con orgullo le mostraré al
mundo cómo, en todo menos en el nacimiento, mi esposa campesina es capaz de
cumplir con los deberes de su distinguida posición.
Fernando estaba acostumbrado a dominarse. Se sintió como apuñalado por
una daga, pero se detuvo hasta que le volvió la calma y la voz, y entonces
dijo:
—¿Tienes un hijo?
—Un heredero, mi señor —contestó
Ludovico, sonriendo, ya que la amabilidad de su padre le engañó—. Un niño
hermoso y sano.
—¿Viven cerca de aquí?
—Puedo traerlos a Mondolfo en el transcurso de una hora. La cabaña se
encuentra en el bosque, a unos quinientos metros al este del convento de Santa
Chiara.
—Basta, Ludovico; has comunicado
extrañas noticias, y debo considerarlas. Te veré de nuevo esta noche.
Ludovico hizo una reverencia y se marchó. Se apresuró a ir a su cabaña
donde relató todo lo que recordó o comprendió de la escena, y le pidió a Viola
que estuviera lista para ir al castillo a la primera notificación. Viola
tembló; pensó que no todo resultaba tan hermoso como informaba Ludovico. No
obstante, ocultó sus miedos, e incluso le sonrió a su esposo cuando éste saludó
con un beso a su hijo como el heredero de Mondolfo.
Fernando había dominado la expresión y la voz mientras su hijo estuvo
presente. Se había acercado a la ventana del salón, donde permaneció
mirando fijamente el puente levadizo hasta que Ludovico lo atravesó y
desapareció. Luego, al verse libre de la necesidad de dominar sus impulsos, lo
recorrió de un lado a otro mientras el techo resonaba con su impetuoso andar.
Pronunció gritos y maldiciones, y se golpeó la cabeza con el puño. Transcurrió
tiempo hasta que fue capaz de pensar… sólo sentía, y la sensación era de
tortura. Por fin la tempestad amainó y se dejó caer en el sillón. Las cejas
fruncidas y los labios convulsionados mostraban la intensidad de su
concentración. Al principio todo fue un torbellino aterrador; poco a poco, el
movimiento se suavizó y sus pensamientos fluyeron con más calma, discurriendo
por un canal que recorrió con cautela hasta que creyó ver el resultado.
Pasó horas en dicha contemplación. Cuando se levantó, como alguien que
hubiera dormido mal debido a alguna pesadilla, desaparecieron las arrugas de su
frente, extendió el brazo, abrió la mano y gritó:
—¡Así es! ¡Y yo le destierro!
Llegó la noche y Ludovico fue anunciado. Fernando temía a su hijo.
Siempre había sentido miedo de su decidido e intrépido modo de actuar. Temía
enfrentarse a las pasiones del muchacho, y sentía que en la contienda las suyas
no serían las vencedoras. Así, ocultando todo el odio, la venganza y la ira, le
recibió con una sonrisa. Ludovico también sonrió; sin embargo, no había
parecido alguno en las expresiones: una era de franqueza, júbilo y afecto; la
otra, la velada mueca de la malicia ahogada. Fernando dijo:
—Hijo mío, has entrado ligeramente en el matrimonio, como si fuera un
juego de niños; pero, cuando hay principados y sangre noble en juego, las
pérdidas o ganancias son demasiado importantes. ¡Silencio, Ludovico! Escúchame,
te lo suplico. Has contraído un extraño matrimonio con una campesina. Una unión
que no puedo aprobar porque será desagradable para tu soberano y despreciable
para todos los que tienen alianza con la noble casa de Mondolfo.
Un sudor frío sobresalió en la frente de Fernando al hablar; se detuvo,
recuperó el dominio de sí mismo, y continuó:
—Será difícil reconciliar estos intereses discordantes, ¡y un momento de
descuido nos puede hacer perder nuestro puesto, nuestra fortuna, todo! Tus
intereses se encuentran en mis manos. Seré cuidadoso con ellos. Confío,
antes de que pasen unos pocos meses, en que el futuro príncipe de
Mondolfo sea recibido en la corte de Nápoles con el debido honor y respeto.
Pero habrás de dejármelo a mí. No debes intervenir en el asunto. Tienes que
prometerme que no mencionarás a nadie tu matrimonio, o reconocerlo si se te
exige, hasta que yo lo autorice.
—Te prometo —fue la respuesta de Ludovico después de titubear un
momento— que por el espacio de seis meses no mencionaré a nadie mi matrimonio.
No seré culpable de falsedad, pero durante ese tiempo no lo afirmaré ni lo
sacaré a colación de ningún modo que te irrite.
Fernando guardó silencio una vez más, pero la prudencia venció, y no
siguió discutiendo el asunto. Habló de otros temas con su hijo; cenaron juntos,
y la mente de Ludovico, ahora entregada al afecto, recibió todas las señales
del amor de su padre, que empezaba a despertar con gratitud y júbilo. Su padre
pensaba que lo tenía en sus manos, y estaba dispuesto a endulzar la amargura de
su determinado plan con la amabilidad.
Así transcurrió una semana en calma. Ludovico y Viola eran felices.
Ludovico sólo deseaba sacar a su esposa de la oscuridad, debido a esa sensación
de honesto orgullo que nos hace desear declararle a todo el mundo la
magnificencia de un objeto amado. Viola se encogía ante tal exhibición; ella
amaba su humilde cabaña… humilde aunque adornada con todo el gusto que le
confería el amor. Los árboles se inclinaban sobre su techo bajo y proyectaban
su sombra en las ventanas, que estaban llenas de plantas en flor; el suelo
brillaba con el mármol, y jarrones de fabricación antigua y exquisita belleza
se erguían en los rincones del cuarto. Toda su extensión se hallaba bendecida
por el recuerdo de su primer encuentro y su amor: las caminatas en la nieve y
las violetas; el bosque de encinas, los pájaros, los animales libres y tímidos
que a veces se mostraban a los ojos, y que se retiraban al ser descubiertos;
los cambios de las estaciones, de los colores de la naturaleza; las
alteraciones en el cielo; el paso de la luna y el movimiento de las estrellas…
todo esto era amado y alabado por la pareja, que veía el amor que sus propios
corazones albergaban reflejado en el escenario que les rodeaba, y en su hijo,
su ruidosa pero inarticulada compañía, cuyas sonrisas provocaban esperanzas y
cuya hermosa forma parecía enviada del cielo para recompensar su constante
afecto.
Pasó una semana. Fernando y Ludovico cabalgaban juntos, cuando el
príncipe dijo:
—Mañana temprano, hijo mío, debes ir a Nápoles. Es hora de que te
presentes allí como mi heredero y el mejor representante de una casa solitaria.
Cuanto más pronto lo hagas, antes llegará el periodo que sin duda anhelas, en
que la desconocida princesa de Mondolfo sea reconocida por todos. Yo no puedo
acompañarte. De hecho, circunstancias que quizá adivines me hacen desear que al
principio aparezcas sin mí. Serás distinguido por tu soberano, cortejado por
todos, y recordarás tu promesa como el mejor modo de conseguir tu objetivo. En
pocos días me reuniré allí contigo.
Ludovico aceptó con buena disposición tales arreglos, y esa misma tarde
fue a despedirse de Viola. Estaba sentada al lado de los laureles donde por
primera vez pronunciaran sus mutuos juramentos, con su hijo en brazos, que
miraba maravillado y se reía ante la luz de las luciérnagas. Habían pasado dos
años. De nuevo era verano, y cuando la luz de sus ojos se encontró y se
entremezcló, cada uno bebió de la jubilosa certidumbre de que aún se amaban
igual que cuando él, llorando de intensa emoción, se hallaba sentado junto al
árbol. Le contó la visita que tenía que realizar a Nápoles, que su padre le
había preparado, y una nube pasó por el semblante de Viola, pero la apartó.
Nada temería; sin embargo, una y otra vez, una horrible sensación de desgracia
inminente hizo que su corazón palpitara con fuerza, y en cada ocasión le fue
más difícil resistir. Al caer la noche se llevó al niño dormido al interior de
la cabaña y lo depositó en su cama, luego paseó arriba y abajo por el sendero
del bosque en compañía de Ludovico, hasta que llegó el momento de su partida,
ya que el clima caluroso hacía necesario que viajara de noche. De nuevo Viola
experimentó el temor del peligro, y de nuevo lo hizo a un lado con una sonrisa,
pero cuando Ludovico se volvió para despedirse con un abrazo, se lo devolvió
con todas sus fuerzas. Llorando amargamente, se aferró a él y le suplicó que no
se fuera. Sobresaltado por esa ansiedad, solicitó una explicación, pero la
única que fue capaz de darle provocó una sonrisa gentil en él, al tiempo que la
acariciaba y le pedía que mantuviera la calma. Luego, señalando la luna
creciente que brillaba a través de los árboles, le aseguró que volvería antes
de que estuviera llena, y con otro abrazo la dejó allí llorando. Y así
es como a menudo se revela una extraña profecía, y el espíritu de Casandra
habita en muchos y desventurados corazones humanos, y a través de numerosos
labios pronuncia presagios de males futuros que se ignoran: los que los oyen no
les prestan atención —incluso el que los pronuncia apenas les da crédito—, y
surge el mal, que si hubiera podido ser evitado, ninguna Casandra podría haber
presagiado, pues no existiría si ese espíritu no fuera un seguro heraldo; ni
estas revelaciones tendrían lugar si los resultados no cumplieran y
desarrollaran el boceto.
Viola le vio partir con desvalido dolor, y dio media vuelta para
consolarse al lado de la cama de su hijo. Sin embargo, al mirarle, sus miedos
se intensificaron, y en un arrebato de terror salió corriendo de la cabaña y
subió por el sendero, pronunciando el nombre de Ludovico, callando a veces para
ver si podía oír los cascos de su caballo, y gritarle que regresara. Se hallaba
muy lejos de su alcance, y volvió a la cabaña, echándose junto a su hijo,
aferrando su manita en las suyas, y al fin consiguió dormir en paz.
Su sueño fue breve y ligero. Se despertó antes de la salida del sol, que
apenas había empezado a proyectar largas sombras sobre el suelo. Se cubrió con
la capa, y se disponía a ir con el pequeño a la cercana capilla de Santa
Chiara, cuando oyó un ruido de caballos que subían por el sendero. El corazón
le palpitó con fuerza, y más aún cuando vio a un extraño entrar en la cabaña.
Su porte era autoritario, y la edad, que le había encanecido el pelo, no había
mitigado el fuego de sus ojos ni estropeado la majestad de sus maneras, pero
cada línea estaba marcada por el orgullo e incluso la crueldad. Más evidentes
eran una fuerte voluntad y desdén. De algún modo era como había sido Ludovico,
tan parecido que Viola no dudó que ante ella tenía a su padre. Intentó hacer
acopio de valor, pero la sorpresa, su porte altivo y, por encima de todo, el
sonido de muchos caballos y las voces de hombres que habían permanecido fuera
de la cabaña, la perturbaron y distrajeron tanto que por un instante el corazón
la abandonó, y se apoyó contra la pared temblorosa y pálida, aferrando a su
hijo contra su corazón con energía convulsiva. Fernando habló:
—¿Eres Viola Amaldi, la que se llama a sí misma esposa de Ludovico de
Mondolfo?
—Lo soy… —sus labios formaron estas palabras, pero el sonido murió. —Yo
soy el príncipe de Mondolfo —continuó Fernando—, padre del precipitado muchacho
que ha establecido este estúpido e ilegal contrato. Cuando me enteré de él, mi
plan no tardó en formarse, y ahora estoy a punto de ejecutarlo. Me habría sido
fácil realizarlo sin venir a verte, sin soportar la escena que, supongo, habré
de tolerar; pero la benevolencia me ha indicado la línea de conducta a adoptar,
y espero no llegar a arrepentirme
de ella.
Fernando se detuvo. Viola había oído poco de lo que había dicho. Se
hallaba concentrada en recuperar su destrozado espíritu, en ordenarle a su
corazón que se quedara quieto y en armarse con el orgullo y valor de la
inocencia y la desvalidez. Cada palabra que pronunció le fue de ayuda, ya que
le proporcionó tiempo para recuperarse. Cuando calló, ella sólo inclinó la
cabeza.
—Mientras Ludovico era más joven —prosiguió—, y no deseaba sacar su mala
alianza a la luz, permití que disfrutara de lo que él llamaba felicidad sin ser
molestado, pero las circunstancias han cambiado. Se ha convertido en el
heredero de Mondolfo, y debe mantener esa familia y título con un matrimonio
adecuado. Tu sueño ha terminado. No te deseo ningún mal. Desde aquí serás
conducida con tu hijo a bordo de un barco y transportada a un pueblo de España.
Recibirás un estipendio anual y, mientras no intentes comunicarte con Ludovico,
o te afanes por abandonar el asilo que se te brindará, estarás a salvo… pero el
más ligero movimiento, el más insignificante deseo por una posición que jamás
ocuparás, hará caer sobre ti y ese niño la venganza de un hombre cuyas amenazas
son el brazo levantado y el golpe inmediato.
El exceso de peligro que se cernía sobre la desprotegida Viola le dio
valor y contestó:
—Me encuentro sola, y soy débil; vos sois fuerte y contáis con una
cuadrilla de miserables que esperan vuestra orden para ejecutar los crímenes
que vuestra imaginación dicte. No me importa Mondolfo, ni el título, ni la
posesión de riquezas, pero jamás, ¡oh!, jamás, renunciaré a mi
Ludovico… nunca haré nada por romper nuestra jurada fe. Arrancada de su
lado, le buscaré por todo el mundo, aunque vaya descalza y me muera de hambre.
Es mío gracias a ese amor que ha tenido el placer de concebir hacia mí; yo soy
suya por el sentimiento de devoción y unión eterna que ahora anima mi voz.
Intentad separarnos, pero volveremos a reunirnos, y, a menos que levantéis una
tumba entre nosotros, no podréis conseguirlo.
Fernando exhibió una sonrisa de
desprecio.
—Y ese niño —dijo, señalando al pequeño—, ¿le conducirás, cordero
inocente, como sacrificio al altar de vuestro amor y serás tú misma quien clave
el cuchillo en el corazón de la víctima?
De nuevo los labios de Viola empalidecieron mientras aferraba al niño, y
casi con voz inaudible exclamó:
—¡Hay un Dios en el cielo!
Fernando abandonó la cabaña, que pronto se vio invadida por hombres, uno
de los cuales arrojó una capa sobre Viola y su hijo, los sacó a rastras de la
casa y los depositó en una especie de litera, momento en el que la cabalgata
emprendió la marcha en silencio. Viola había emitido un grito al ver a sus
enemigos, pero, conociendo su poder y su propia impotencia, ahogó todo sonido
ulterior. Cuando se encontró en la litera, en vano se afanó por desembarazarse
de la capa que la cubría y acallar al niño, que lanzaba penetrantes chillidos
asustado por esta extraña situación. Al final se quedó dormido, y Viola, ciega
y temerosa, sin nada que sustentara su ánimo o esperanza, sintió que su valor
se desvanecía. Largo rato lloró con desesperación y desconsuelo. Pensó en
Ludovico y en el dolor que sentiría, y las lágrimas le cayeron con renovado
brío. No había esperanzas, pues el enemigo era despiadado. Le quitarían a su
hijo y el convento sería su prisión. Ésas eran las imágenes que constantemente
se le aparecían. Minaron su coraje y la llenaron de terror y desesperanza.
El grupo entró en el pueblo de Salerno, y el rugido del mar anunció a la
pobre Viola que se hallaban ya en sus orillas.
—¡Oh, amargas olas! —gritó—. ¡Mis lágrimas son tan saladas como vosotras
y pronto se entremezclarán!
Sus raptores entraron entonces en un edificio. Se trataba de una atalaya
situada a cierta distancia del pueblo, en la playa. Alzaron a Viola de la
litera
y la condujeron a uno de los horribles cuartos de la torre. La ventana,
que no estaba muy por encima del suelo, se hallaba enrejada, y toda la estancia
tenía el aspecto de una prisión. El jefe se dirigió a ella con educación y le
pidió que disculpara el tosco alojamiento. Anunció que el viento soplaba en
contra, pero se esperaba un cambio favorable, por lo que creía que al día
siguiente podrían embarcar. Señaló el navío en lontananza. Viola, esperanzada
por la cortesía de aquel hombre, comenzó a suplicarle compasión. Sin embargo,
se marchó enseguida y la dejó sola. Al poco tiempo entró otro hombre con
comida, una frasca de vino y una jarra de agua. También él se retiró; cerró la
sólida puerta a su espalda y el sonido de pasos murió.
A pesar de todo, Viola no desesperó. Sentía que haría falta todo su
coraje para escapar de la prisión. Comió parte de los alimentos que le habían
sido suministrados, bebió un poco de agua y, luego, algo refrescada, desplegó
en el suelo la capa que sus captores le habían dejado, depositó en ella a su
hijo para que jugara, y se situó junto a la ventana con el fin de estar atenta
por si pasaba alguien a quien pudiera dirigirse, y, si no era capaz de
ayudarla, intentar al menos que llevara un mensaje a Ludovico con el fin de que
su destino no quedara sumido en el terrible misterio que le amenazaba. Pero era
probable que el exterior estuviera vigilado, pues nadie se acercó. Mientras
miraba, en un momento en que se estiró para observar un campo más amplio, notó que
su cuerpo podría pasar por los barrotes de hierro de la ventana, que no se
hallaba muy alejada del suelo. La capa, una vez atada a uno de los barrotes,
prometía un seguro descenso. No se atrevió a probarlo. Temía tanto que la
observaran y descubrieran su plan si la veían cerca de la ventana, que se
retiró al extremo más apartado del cuarto, y allí se sentó para contemplar los
barrotes con una mezcla de esperanza y miedo, que ora teñía sus mejillas de
carmesí, ora las tornaba blancas como cuando Ludovico la viera por primera vez.
Su hijo pasó el tiempo durmiendo y jugando. El océano todavía rugía, y
las oscuras nubes empujadas por el viento ennegrecieron el cielo y aceleraron
la inminente noche. Transcurrieron las horas. No oyó la campanada de ningún
reloj, ni había nada con que marcar el paso del tiempo, pero, poco a poco, la
estancia se oscureció, y al fin sonó el Ave
María, que oyó esporádicamente entre el
viento aullante y el romper de las olas. Se arrodilló y rezó una ferviente
plegaria a la Madonna, protectora de la inocencia, por ella y su hijo, no menos
inocentes que la Madre y el Niño Divino, a quienes dirigió su plegaria. Se
acercó a la ventana y prestó atención al sonido de cualquier ser humano, pero
los sonidos llegaban lejanos e intermitentes, muriendo en la lejanía. Con la
oscuridad vino la lluvia, que caía a cántaros, acompañada de truenos y rayos
que impulsaron a toda criatura viviente a buscar refugio. Viola sintió un
escalofrío. ¿Podría exponer a su hijo a las inclemencias de esa noche? Una vez
más hizo acopio de valor. Pensó en una manera de conseguir que la capa pudiera
proteger al niño una vez que hubiera servido para el descenso. Se acercó a los
barrotes y descubrió que podía pasar aunque con cierta dificultad. Miró hacia
abajo y el resplandor de un relámpago iluminó el suelo a poca distancia. De
nuevo se encomendó a la protección divina; de nuevo invocó y bendijo a
Ludovico. Luego, asustada pero decidida a todo, comenzó los preparativos.
Sujetó la capa con su largo pañuelo, que colgaba hasta el suelo, y luego la ató
con un nudo corredizo que se deshacía al tirar de él. Cogió al niño en brazos,
pasó entre los barrotes, lo envolvió con la faja a su cintura y, después, sin
accidente alguno, llegó al suelo. Una vez hubo recuperado la capa,
envolviéndose ella y su hijo en sus oscuros y amplios pliegues, se detuvo
expectante a escuchar. La naturaleza estaba despierta con su voz más sonora: el
mar rugía y los incesantes destellos de luz que indicaban la soledad que la
rodeaba eran seguidos por unos estruendos tan ensordecedores que casi le
aterraron. Atravesó el campo y mantuvo la visión de la espuma blanca a su derecha,
sabiendo que así avanzaba en dirección opuesta a Mondolfo. Caminó a la
velocidad que su carga le permitió, sin apartarse del camino, pues la oscuridad
le hacía temer salir del camino marcado. La lluvia cesó y ella siguió
caminando, hasta que, con las piernas a punto de ceder, se vio obligada a
descansar y recuperar fuerzas con el pan que había traído consigo de la
prisión. La acción y el éxito la habían imbuido de una energía inusual. Nada
temía… se creía libre y a salvo. Lloró, pero se trataba de una emoción
desbordada que no encontró otra forma de expresión. No dudaba de que volvería a
reunirse con Ludovico. Sentada en la oscura noche —habiendo sido durante horas
el
juguete de los elementos, que ahora, por un instante, detuvieron su
furia, rodeada por una región grande, temible y desconocida, con el desvalido
niño en los brazos y agotada la única comida que poseía— experimentó en su
corazón triunfo, y alegría, y amor, profético de un futuro reencuentro con su
amado.
Era verano y, por lo tanto, el aire soplaba cálido. La capa le había
protegido de la humedad, de modo que sus extremidades no estaban abotargadas.
Despertó al primer rayo de luz, y en el sendero más próximo se apartó del
camino y emprendió la marcha más cerca de los Apeninos. Desde Salerno, en
dirección sur hasta donde llegaban los ojos, una larga llanura se extendía a lo
largo de la orilla, y las colinas, a una distancia de unos quince kilómetros,
la cercaban. Estas montañas son altas y singularmente hermosas en su forma; sus
cimas señalan al Cielo y las corrientes fluyen por sus costados y riegan la
llanura. Después de varias horas de caminata, Viola llegó a un bosque de pinos
que descendía de las alturas y se extendía hasta la planicie. Buscó con júbilo
su amistoso cobijo, y descansó de nuevo en cuanto se vio protegida por los
árboles. El siroco había sido disipado por la tormenta, y el sol, desterrando a
las nubes que al principio velaron su esplendor, brilló en la clara majestad
del mediodía. Nacida en el sur, Viola no temía el calor. Recogió algunos
frutos, consiguió encender un fuego, y los comió con apetito. Luego, habiendo
encontrado un refugio, se echó a dormir con el niño en brazos, agradeciendo al
Cielo y a la Virgen su huida. Cuando despertó, el triunfo que sentía su corazón
se había desvanecido un poco. Sintió la soledad, el desamparo, los temidos
perseguidores; sin embargo, se secó las lágrimas y, pensando que se hallaba muy
cerca de Salerno —el sol ahora muy próximo al borde del mar—, se levantó y
reanudó la marcha a través del follaje. Llegó hasta donde terminaba el bosque y
fue capaz de dirigir sus pasos gracias al mar cercano. Unas corrientes
interceptaron su andar, y un río rápido amenazó con bloquearlo por completo.
Entonces descendió un poco por su curso y dio con un puente. Después se acercó
aún más al mar y atravesó una amplia y desolada especie de tierra de pastoreo
que parecía no poder brindar refugio ni sustento a ningún ser humano. La noche
caía, y temía proseguir su camino, pero al ver algunas construcciones en la
distancia, dirigió sus pasos
hacia allí con la esperanza de descubrir un villorrio donde pudiera
obtener cobijo y la ayuda que le permitiera dar marcha atrás y llegar a Nápoles
sin ser descubierta por su poderoso enemigo. Mantuvo esas altas construcciones
ante sus ojos, que parecían catedrales, aunque no estaban coronadas por ninguna
cúpula o capitel. Se preguntaba qué podían ser cuando, de repente,
desaparecieron. Habría pensado que las había ocultado alguna elevación del
terreno, pero delante de ella todo era llanura, así que se detuvo y se decidió
a esperar a que amaneciera. En todo el día no había visto a ningún ser humano;
en dos o tres ocasiones había oído el ladrido de un perro, y una vez el silbido
de un pastor, pero no vio a nadie. La desolación la rodeaba. Esto le había brindado
seguridad al principio, pues donde no hubiera hombres estaría a salvo. Pero al
final la extraña soledad se tornó dolorosa… anhelaba ver una cabaña, o dar con
un campesino, sin importar lo rústico que fuera, que pudiera contestar sus
preguntas y ayudarla en sus necesidades. Con sorpresa había vislumbrado los
edificios, que habían sido como faros para ella. No deseaba entrar en una
ciudad grande, y se preguntaba cómo podía existir una en un yermo semejante.
El bosque quedaba ya muy lejos, a su espalda, y necesitaba alimentos.
Pasó la noche —una noche balsámica y suave—, las brisas la refrescaron, la
centelleante atmósfera la envolvió y las luciérnagas aletearon a su alrededor;
los murciélagos revolotearon en el aire, y el búho de pesadas alas ululó toda
la noche, mientras el constante sonido de los grillos llenó sus oídos. Yació en
el suelo, con el niño cobijado en sus brazos, y observó el cielo estrellado.
Muchos pensamientos se agolparon en su cabeza: Ludovico y su reunión con él, el
júbilo después del dolor… y así olvidó que estaba sola, medio muerta de hambre,
rodeada de enemigos en una llanura desierta de Calabria, y durmió.
No despertó hasta que el sol se hubo encontrado en lo alto. Se había
alzado por encima de los templos de Pëstum, y las columnas arrojaban cortas
sombras sobre el suelo. Los tenía cerca, invisibles durante la noche, y ahora
se le revelaron como las construcciones que habían atraído su vista la noche
anterior. Se erguían sobre una planicie irregular, carentes de todo techo, y
sus columnas y cornisas arcaban un espacio de hierba alta y llena de maleza,
que cubría el azul y profundo, y llenaba con luz y alegría. Viola
los observó maravillada y con reverencia; eran templos erigidos a algún
dios, que aún parecía deificarlos con su presencia. Todavía los recubría de
belleza, y sus ruinas, en el pintoresco yermo y la sublime soledad, podían
estar más adaptadas a su naturaleza que cuando se alzaban en su prístina fuerza
con sus techos dorados. Y la silenciosa adoración del aire y los felices
animales podían ser más adecuados que la presencia de los hombres atareados y
despiadados. El más benevolente espíritu-dios parecía habitar aquella zona
desierta y llena de maleza; el espíritu de la belleza aleteaba entre esas
columnas oscurecidas por el tiempo, pintadas con extraños colores, creando una
afable atmósfera en el desierto altar. Temor y devoción llenaron el corazón de
la solitaria Viola, y alzó los ojos y el corazón al Cielo en agradecimiento y
oración. No es que sus palabras formaran palabras o sus pensamientos sugirieran
frases hilvanadas, pero la sensación de adoración y gratitud la animaban, y,
mientras los rayos del sol atravesaban la sucesión de columnas, también el
gozo, con forma de paloma, descendió e iluminó su alma.
Con una devoción con la que casi nunca antes había visitado una iglesia
dedicada a un santo, ascendió por los escalones rotos del templo más grande y
entró en la parcela que encerraba. Un circuito interior de columnas más
pequeñas formaban una zona más reducida, y allí, sentándose sobre el enorme
fragmento de una cornisa rota que había caído, esperó en silencio, como
aguardando que algún oráculo visitara sus sentidos y la guiara.
Aún sentada, oyó el ladrido cercano de un perro, seguido por un balido
de ovejas, y vio un pequeño rebaño en el campo adyacente al templo. Lo conducía
una joven vestida con harapos, pero la estación requería poco abrigo, y esta
pobre gente, sin dinero, que poseía tan sólo lo que la tierra les ofrecía, eran
pobres casi hasta la desnudez. En un clima inclemente se envuelven con las
toscas pieles de ovejas, y durante el calor del verano se desprenden de los
inútiles abrigos de piel. Probablemente, la pastora tenía quince años; un gran
sombrero negro de paja le protegía la cabeza de los intensos rayos del sol; los
pies y las piernas estaban desnudos, y la falda, levantada por encima de la
rodilla, le daba un aspecto pintoresco a sus andrajos, sujetos a la cintura por
una faja, que de alguna doncella griega. Los harapos tienen una personalidad
propia en su contraste de ricos colores
y la tosquedad de sus telas, como las capas reales. Viola se acercó a la
pastora y entabló conversación con ella. Sin apelar a su caridad o
sentimientos, preguntó el nombre del lugar en el que se encontraba, y su hijo,
despierto y alegre, pronto atrajo la atención de la joven. La pastora era
bonita, y, por encima de todo, exhibía una buena naturaleza. Acarició al niño y
pareció deleitada por haber dado con una compañera para su soledad. Cuando
Viola dijo que tenía hambre, sacó las castañas asadas y el pan duro que
llevaba. Viola comió con gozo y gratitud. Permanecieron juntas todo el día; el
sol se puso, la resplandeciente luz se desvaneció, y la pastora se habría
llevado a Viola con ella. Pero ésta temía una morada humana, ya que aún creía
que donde existiera la posibilidad de refugio sus perseguidores podrían
encontrarla. Le dio unas pocas piezas de plata a su nueva amiga, parte de las
que tenía encima cuando la capturaron, y le pidió que trajera suficiente comida
al día siguiente, suplicándole que no mencionara a nadie su aventura. La
muchacha lo prometió y, con la ayuda del perro, condujo al rebaño hacia su
corral. Viola pasó la noche dentro del refugio del templo más grande.
Sin dudar del éxito de su plan, la misma noche que siguió a su ejecución
el príncipe partió hacia Nápoles. Encontró a su hijo en el Palacio de Mondolfo.
Despreciando la corte y sin importarle la alegría que le rodeaba, Ludovico
anhelaba regresar a la cabaña de Viola. Así, después de que hubieran pasado dos
días, le dijo a su padre que debía cabalgar hasta Mondolfo y volver a la mañana
siguiente. Fernando no se opuso, pero dos horas después de su marcha le siguió
y llegó al castillo detrás de Ludovico, que había dejado a sus acompañantes
allí para emprender el camino hasta su cabaña.
La primera persona a la que vio el príncipe fue al jefe de la compañía
que tenía a su cargo a Viola. Éste le contó inmediatamente la historia: el
viento desfavorable, el encarcelamiento en un cuarto fuerte, la incomprensible
huida de la joven y los posteriores esfuerzos por encontrarla. Fernando escuchó
como en un trance. Convencido de la veracidad de la historia, no acertó a ver
ninguna pista que le guiara… ninguna esperanza de recuperar a su prisionera. Se
encolerizó, pero en el acto se esforzó por suprimir la inútil pasión que iba en
aumento. Abrumó al
portador de dichas noticias con maldiciones y envió grupos de hombres en
todas direcciones, a los que prometió una gran recompensa y exigió el máximo
secreto. Luego, una vez solo, recorrió a grandes zancadas la estancia, dominado
por la furia y la desesperación. Su soledad duró poco. Ludovico entró
bruscamente en el cuarto, con el semblante iluminado por la ira.
—¡Asesino! —gritó—. ¿Dónde está mi Viola? —Fernando permaneció sin
habla—. ¡Contesta! —exigió Ludovico—. Responde con esos labios que pronunciaron
su sentencia de muerte… o alza contra mí esa mano de la que todavía no se ha
lavado la sangre de ella. ¡Oh, mi Viola! ¡Tú y mi ángel-niño posaos con toda
vuestra dulzura en mi corazón para que esta mano no escriba parricidio en mi
frente!
Fernando intentó hablar.
—¡No! —aulló el desdichado Ludovico—. No escucharé a su asesino. Pero…
¿está muerta? Me arrodillo, te llamo padre, apelo a tu salvaje corazón, cojo en
paz esa mano que a menudo me abofeteó y que ahora ha asestado el golpe mortal…
¡Oh, dime!, ¿vive ella todavía?
Fernando aprovechó ese intervalo de paz para narrar lo sucedido. Contó
la simple verdad; pero ¿podría ser creída semejante historia? Despertó la cólera
más terrible en el corazón del pobre Ludovico. No dudó de que Viola había sido
asesinada, y después de emitir todas las expresiones de desesperanza y odio, le
dijo a su padre que buscara a su heredero entre los desechos de la tierra, pues
pronto él se convertiría en uno. Con esas palabras abandonó a toda velocidad su
presencia.
Vagó hasta la cabaña, buscó en los alrededores, escuchó la narración de
aquellos pocos que habían sido testigos de parte del secuestro de su Viola. Fue
a Salerno. Allí oyó la historia con la máxima incredulidad. Estaba convencido
de que había sido inventada por su padre para librarse de la acusación y
arrojar un velo impenetrable sobre la destrucción de su amada. Su encendida
imaginación recreó la escena de su muerte. La misma casa en la que había estado
confinada tenía en un extremo una torre que daba al mar; un río corría en la
base, haciendo su confluencia con el océano profunda y oscura. Estaba
convencido de que la escena fatal se había ejecutado allí. Subió a la torre; el
cuarto más alto carecía de ventana. Los
barrotes del de abajo, por alguna razón, habían sido arrancados hacía
poco tiempo. Tuvo la certeza de que Viola y su hijo habían sido arrojados desde
aquella ventana hacia las remolineantes aguas.
¡Tomó la resolución de morir! En aquellos días de simple fe católica, el
suicidio se contemplaba con horror. Pero había otros medios casi tan seguros.
Iría como peregrino a Tierra Santa, y lucharía y moriría bajo los muros de
Jerusalén. Temerario y enérgico, apenas había ideado su meta cuando se apresuró
a llevarla a cabo. Se procuró unas prendas de peregrino en Salerno, y a
medianoche, sin contarle a nadie sus intenciones, dejó la ciudad y marchó hacia
el sur. Su corazón se vio inflamado por la alternancia de la ira y el dolor.
Finalmente, la ira murió. Ella, cuyo asesino él odiaba, era un ángel en el
Cielo que ahora le miraba desde arriba, y en Tierra Santa ganaría el derecho
para unirse a ella. El pesar le nubló los ojos. El gran teatro del mundo se cerró
ante él: de todas sus trampas sólo su capa de peregrino era magnífica, el
báculo de peregrino el único cetro. Eran los símbolos del poder que poseía más
allá de la tierra, y los juramentos de su unión con Viola. Dirigió sus pasos
hacia Brundusium. Caminó rápido, como si sintiera todo el espacio y el tiempo
que se interponían entre él y su objetivo. El amanecer despertó a la tierra y
él prosiguió con su marcha. El sol del mediodía lanzó sus rayos sobre él, pero
su caminata no se vio interrumpida. Entró en un bosque de pinos, siguió el
sendero de los rebaños y oyó los murmullos de una fuente. Oprimido por la sed,
se apresuró hacia allí. El agua manaba de un pozo en el terreno y llenaba una
cuenca natural; las flores crecían en sus orillas y no se veían reflejadas en
las aguas, ya que la corriente no se detenía en su remolinear, y proyectaba su
superabundancia en un pequeño arroyo que, danzando sobre piedras y brillando
bajo el sol, seguía su camino hacia su eternidad: el mar. Los árboles habían
retrocedido de la montaña y formaban un círculo a su alrededor; la hierba era
verde y fresca, salpicada de flores estivales. En un extremo había un estanque
silencioso que formaba un extraño contraste con la fuente que, siempre en
movimiento, no mostraba forma alguna y sólo reflejaba los colores que la
circundaban. El estanque reflejaba la escena con mayor nitidez y belleza que la
existencia real. Los árboles se alzaban claros, agrupados y trazados por la
mano de un artista divino. Ludovico bebió de la
fuente y se acercó al estanque. Medio maravillado, observó la escena
esbozada allí. En ese momento un pájaro aleteó por el aire y su figura, plumas
y movimientos fueron reflejados en las aguas. Un burro emergió de entre los
árboles, donde en vano buscó hierba, y tuvo que ir a pastar cerca de las aguas.
Ludovico lo vio allí retratado; luego miró al animal de carne y hueso, que casi
parecía menos real, menos vivo que su semblante en la corriente. Había alguien
tumbado bajo los árboles de los que había salido el burro, y dormía cubierto
con una capa. Ludovico echó un vistazo despreocupado… al principio apenas supo
por qué su curiosidad se había despertado; después, un pensamiento inquieto,
que consideró locura, aunque decidió complacer, le hizo avanzar. A toda
velocidad se aproximó a la figura durmiente, se arrodilló e hizo a un lado la
capa. Entonces vio a Viola, con el niño en brazos. Un cálido aliento salía de
sus labios abiertos, y sus ojos llenos de amor parecían casi visibles bajo los
párpados transparentes, que no tardó en abrir.
Ludovico y Viola, demasiado felices para sentir la tierra por la que
caminaban, regresaron a su pequeña cabaña, que les era más querida que
cualquier palacio, casi sin creer en el júbilo que sentían. Lloraron por
turnos, y se miraron mutuamente y observaron a su hijo, cogiéndose las manos
como si asieran la realidad y temieran que ésta fuera a desvanecerse.
El príncipe de Mondolfo recibió noticias de su retorno. Había sufrido
mucho por miedo a perder a su hijo. El pavor de encontrarse sin descendientes,
sin heredero, le había domesticado. Temió la censura del mundo, su soberano
desagrado… quizá una acusación y castigo peores. Se entregó a su destino. Sin
atreverse a aparecer ante la que iba a ser su víctima, envió a su confesor a
mediar su perdón y a suplicarles que establecieran su morada en Mondolfo. Al
principio hicieron poco caso a esas ofertas. Amaban su cabaña y sentían poca inclinación
por arriesgar su felicidad y libertad por un lujo inútil. El príncipe, con
paciencia y perseverancia, los convenció por fin. El tiempo había suavizado los
recuerdos; le rindieron el respeto de los hijos, y lo quisieron y honraron en
su vejez. Mientras acariciaba a su hermoso nieto, no se arrepintió de que la
joven de las violetas fuera la madre del heredero de Mondolfo.
VALERIO
El Romano Reanimado
Alrededor de las once de la mañana, en el mes de septiembre, dos
extraños desembarcaron en la pequeña bahía formada por el punto extremo del
cabo Miseno y el promontorio de Bauli. El cielo era de un intenso y sereno
azul, y el mar reflejaba su profundidad con una tonalidad más oscura. A través
de las claras aguas se veían las algas de diversos y hermosos colores que
crecían entre los restos de los palacios de los romanos ahora sumergidos bajo
las aguas. El sol brillaba con fuerza, provocando un calor intolerable. Al
desembarcar, los extraños fueron de inmediato en busca de un lugar a la sombra
donde pudieran refrescarse y permanecer hasta que el sol comenzara su descenso
hacia el horizonte. Se dirigieron hacia los campos elíseos y, caminando entre
los álamos y las moreras festoneadas con las vides que colgaban en ricos y
maduros racimos, se sentaron a la sombra de las tumbas junto al Mare
Morto.
Uno de los extraños era un inglés de buena posición social, como
fácilmente se percibía por su noble porte y modales llenos de dignidad y
libertad. Su compañero —no puedo compararlo con nada que ahora exista
— tenía una apariencia que semejaba la de la estatua de Marco Aurelio en
la plaza del Capitolio de Roma. Sosegadas e imponentes, sus facciones eran
romanas. Salvo por su atuendo, se le habría considerado la estatua de un romano
animada con vida. Lucía las ropas ahora corrientes en toda Europa; sin embargo,
parecían inadecuadas para él e incluso como si no estuviera
acostumbrado a ellas. Tan pronto como se hubieron sentado, empezó a
hablar de esta manera:
—He prometido contarte, amigo mío, cuáles fueron mis sensaciones al
revivir y qué me pareció el aspecto de este mundo (caído de lo que una vez fue)
cuando la luz del sol volvió a visitar mis ojos después de haberlos abandonado
durante muchos cientos de años. Y cómo podría escoger un lugar mejor para esta
narración. Éste es el sitio elegido por nuestra antigua y venerable religión,
el que mejor representaba la idea que habían dado los oráculos, o que los
adivinos recibían de los sitiales de los felices después de la muerte. Éstas
son las tumbas de los romanos. Este lugar ha cambiado mucho por la sacrílega
mano del hombre desde aquellos tiempos; no obstante, aún lleva el nombre de los
campos elíseos. El Averno sólo se encuentra a una breve distancia de nosotros,
y este mar que percibimos es el azul mediterráneo, inmutable mientras todo lo
demás luce la marca de la esclavitud y la degradación.
«Perdóname… tú eres inglés, y dicen que sois libres en vuestro país…
país desconocido cuando yo vivía, pero los desgraciados italianos, que usurpan
la tierra una vez hollada por héroes, me llenan de amargo desdén. ¿Se atreven a
usurpar el nombre de romanos… se atreven a imaginar que descienden de los
Señores y Gobernadores del mundo? Olvidan que, cuando la república murió, cada
antigua familia romana se fue extinguiendo poco a poco y que sus seguidores
podían usurpar el nombre, pero no eran ni son romanos.
»Yo vivía en la época de Cicerón y de Catón. Mi posición no era ni la
más alta ni la más baja de Roma: yo era un caballero romano. No viví para ver a
mi país esclavizado por César, quien, durante mi vida, sólo se distinguió por
la corrupción de sus maneras. Morí cuando contaba casi cuarenta y cinco años,
defendiendo a mi país centra Catilina. En aquella época, los buenos hombres de
Roma lamentaban amargamente el declive de la moral en la ciudad… Mario y Sulla
ya nos habían enseñado algunas de las miserias de la tiranía, y yo estaba
acostumbrado a lamentar el día en que el Senado apareció como una asamblea de
semidioses. Pero ¿qué hombres vivían entonces? La república se puso
gloriosamente como el sol de un brillante día de verano. ¿Cómo podía yo
desesperar de mi país mientras
hombres como Cicerón, Catón y Lúculo, y muchos otros a quienes sabía
llenos de virtud y sabiduría, que eran mis amigos más queridos e íntimos,
todavía existían?
»No necesito atribularte con la historia de mi vida… en los tiempos
modernos, las circunstancias domésticas parecen ser esa parte de la historia de
un hombre más valiosa de interrogar. En Roma, la historia de un individuo era
la de su país. Vivíamos en el Foro y en la Casa del Senado. Mi familia había
sufrido por las guerras civiles: mí padre fue muerto por Mario; y mi tío, que
cuidó de mí durante mi infancia, fue proscrito por Sulla y asesinado por sus
emisarios. Mi fortuna se vio considerablemente disminuida por estas desgracias
domésticas, pero vivía con frugalidad y llené con honor algunos de los puestos
más altos de Estado… en una ocasión fui cónsul.
»Ni tampoco relataré ahora lo que tanto te interesaría… todo lo que sé
sobre aquellos grandes hombres de cuyos actos, incluso a esta distancia
temporal, tienes un conocimiento tan íntimo. Estos temas han formado y formarán
una inagotable fuente de conversación durante el tiempo que permanezcamos
juntos, pero ahora he prometido contarte qué sentí y vi cuando retorné, pues se
cumplen tres años ya, a esta decadente Italia.
»Al acercarme a Roma me sentí agitado por mil emociones. Me negué a ver
nada o a hablar con nadie. Mudo en un rincón del carruaje, guardé celosamente
mis pensamientos: a veces creyendo a mi acompañante no merecedor de mi
atención; otras, aferrándome todavía con obstinación, como una madre, al
recuerdo de su perdido hijo, a mi amado país y dudando de todo lo que había
oído, de todo lo que esos sacerdotes me habían dicho. Creía que se había
formado una conspiración contra mí. Me negué a hablar con aquellos que nos
encontramos en el camino, en caso de que su dialecto alterado aplastara mi
última esperanza. No visitaría ningún paisaje. La ciudad eterna sobrevivía en
toda su gloria. No podía morir, y, aunque estuviera muerta, yo permanecería en
silencio hasta que en las ruinas de su Foro expresara mi último lamento… y mis
palabras despertarían a los muertos para que me escucharan. “Cicerón, Catón,
Pompeyo —si de verdad estabais muertos—, si todo rastro de vuestro
camino estaba desgastado, aún flotáis sobre el Foro… despertad,
levantaos… ¡dadme la bienvenida!”
»El sacerdote en vano se afanó por sacarme de mi ensoñacion. Mi
semblante tenía las marcas del dolor, mas no le contesté. Al final exclamó:
“¡Mirad, el Tíber!” ¡Hermoso río! Todavía, y para siempre lo harás, empujas tus
eternas aguas; tu nombre actuó como un hechizo. Las lágrimas cayeron veloces de
mis ojos. Me bajé del carruaje. Corrí a la orilla y, arrodillándome, te ofrecí,
sagrados nombres de Júpiter y Pallas, juramentos que hicieron temblar mis
labios y que la luz casi abandonara mis ojos: “¡Oh, Júpiter, Júpiter del
Capitolio, tú que has contemplado tantos triunfos, que tu templo todavía
exista, que las víctimas aún sean conducidas a tus altares! Minerva, protege a
tu Roma”. En ese momento de agónica plegaria, el destino de mi país aún parecía
no decidido… la espada todavía seguía suspendida. Ay, no podía creer que todo
lo que es grande y bueno se hubiera marchado.
»En vano mi acompañante trató de sacarme de las riberas del divino río.
Me quedé sentado, inamovible, junto a él. Mis ojos no recorrieron el paisaje
circundante que había cambiado, sino que quedaron fijos en las aguas o se
elevaron al cielo azul y brillante. “¡Estos… éstos, al menos, son los mismos…
siempre, siempre los mismos!”, fueron las únicas palabras que musité cuando la
caída de mi patria bajo la feroz agonía del fuego se agolpaba en mi mente. El
sacerdote intentó tranquilizarme… yo guardé silencio. Al final, la fuerza de la
pasión me conquistó, y después de muchas horas de loca contienda dejé que me
condujeran al carruaje y, cerrando las cortinas, me abandoné a la meditación
cuya amargura sólo se vio disminuida por mi pérdida de fuerza.
»Era de noche cuando entramos en Roma. “Mañana”, dijo mi acompañante,
visitaremos el Foro”. Yo asentí. No deseaba que viniera conmigo, y, por lo
tanto, me retiré temprano sin expresarle cuáles eran mis intenciones. Pero tan
pronto me vi libre de importunio, requerí la presencia de un guía y fui
rápidamente a visitar la escena de toda la grandeza humana. La luna había
salido y proyectaba una brillante luz sobre la ciudad de Roma… si puedo llamar
a eso Roma, que en nada se parecía a la Reina de las Naciones tal como yo la
recordaba. Pasamos delante del Corso y vi
varios obeliscos magníficos, que parecían decirme que la gloria de mi
país no se había desvanecido. Me detuve junto a la Columna de Antonino, que se
hundía profunda en la tierra y, rodeada por los restos de cuarenta columnas,
proyectó en mi mente la noción de la decadencia. Mi corazón palpitaba con temor
e indignación mientras me acercaba al Foro por caminos desconocidos para mí. Y
el hechizo se quebró al contemplar las columnas rotas y los templos en ruinas
del Campo Vaccino… por ese oprobioso nombre ahora debe designarse el Foro
Romano. Miré a mi alrededor, pero no había nada como antes: vi ruinas de
templos construidos después de mi tiempo. El Coliseo me era desconocido, y
parecía como si el estado alterado de esas magníficas ruinas apagara de repente
el entusiasmo de la indignación que antes había poseído mi corazón. Jamás me
había atrevido a imaginarme el Foro Romano degradado y envilecido; sin embargo,
en mi mente flotaba una vaga idea de columnas rotas, como las que recordaba de
las imágenes caídas de los dioses abandonados a la descomposición en un lugar
donde en el pasado yo los había adorado. Pero todo había cambiado, e incluso
las columnas que quedan del templo erigido por Camilo perdían su identidad
rodeadas por nuevos candidatos a la inmortalidad. Con calma me volví hacia mi
guía y le pregunté:
»—Éstas son las ruinas del Foro Romano, ¿y qué es ese edificio inmenso
que veo en el extremo de la avenida de árboles, cuya sombra bajo la luz de la
luna parece hablar de algo magnífico y maravilloso?
»—Es el Coliseo.
»—¿Y qué es el Coliseo?
»—¿No lo sabes? Es el afamado Circo construido por Vespasiano, emperador
de Roma.
»—¿Fue emperador de Roma? Bien,
visitémoslo.
»Entramos en el Coliseo, esa noble reliquia de grandeza imperial… es
verdad, imperial, pero romana. Y ese entusiasmo que las columnas rotas del Foro
había extinguido, esa extraordinaria construcción volvió a despertar. La luna
brillaba a través de los rotos arcos y proyectaba gloria en torno a los muros
derruidos, coronados como estaban por arbustos y zarzas. Eché un vistazo y un
temor reverencial se apoderó de mí. Sentí como si habiendo abandonado el Campo
Vaccino, esto se hubiera convertido en la aparición
de mis nobles compatriotas. El sello de la Eternidad estaba sobre ese
edificio, y mi corazón se agitaba con las abrumadoras sensaciones bajo las
cuales se esforzaba por latir. No pronuncié ni una sola palabra.
»¡Ay! ¡Ay! Así es la imagen de la Roma caída, rota, degradada por una
odiosa superstición, pero aún invocando amor… honor; y despertando todavía en
las imaginaciones de los hombres todo lo que puede purificar y ennoblecer la
mente. El Coliseo es el Emblema de Roma. Sus arcos, sus mármoles, su noble
aspecto, que a todos debe inspirar miedo sagrado, que, en la mente del hombre,
es afín a la adoración… es maravilloso, inexpresablemente hermoso… todo habla
de su grandeza. Sus muros derruidos, sus contrafuertes cubiertos de arbustos, y
más que nada, las insultantes imágenes con las que está lleno cuentan su caída.
»Despedí a mi guía. Nunca me iría del Coliseo. Sería mi morada durante
mi segunda residencia en la tierra. Visité todos sus rincones. Desde lo más
alto, observé a Roma durmiendo bajo los fríos rayos de la luna, la cúpula de
San Pedro y las diversas otras cúpulas y capiteles que crean una segunda
ciudad, las estancias de los dioses sobre las de los hombres; el arco de
Constantino a mis pies; el Tíber y el gran cambio en la situación de la ciudad
de los tiempos modernos: todo llamó mi atención, pero sólo despertó un interés
vago y transitorio. Desde ese momento, el Coliseo era para mí el mundo, mi
morada eterna. Es verdad que la curiosidad y la inoportunidad me han sacado de
allí ahora… pero mi ausencia será corta, y mi corazón aún sigue allí.
Regresaré. Y en aquel recinto sagrado, lanzaré, antes de morir, mi última
llamada a los romanos y a la Libertad.
»Es cierto que ya estaba convencido de que Roma había caído, que sus
cónsules y triunfos habían terminado, los templos de su Capitolio destruidos.
Sin embargo, el Coliseo había suavizado esos sentimientos cuya energía, de lo
contrario, me habría aniquilado. La ira, la desesperanza, toda la pasión humana
murieron en mi interior. Me dediqué, un peregrino durante algunos años, a un
mundo en cuyas exhibiciones soy un indiferente espectador. Si Roma está muerta,
huyo de sus restos, espantosos como los de la vida humana. Es solo en el
Coliseo donde reconozco la grandeza de mi país: es el único asilo que tiene
valor para un antiguo romano.
»Pero, de repente, la sensación tan terrible para la mente humana de
absoluta soledad operó un cambio nuevo en mi corazón. Recordé como si fuera
ayer todos los espectáculos que me había presentado la antigua Roma. Sentado
bajo uno de los arcos del edificio, con la cara oculta entre las manos, reviví
en mi imaginación el recuerdo de lo que había dejado cuando por última vez
perdí la visión de la luz del día. Había dejado a los cónsules en pleno
disfrute de poder. Unos años antes, el Imperio, desgarrado por Mario y Sulla y
careciendo del apoyo de la virtud de una mano protectora, parecía al borde
mismo de ser sojuzgado. Pero durante mi vida se había levantado un nuevo
espíritu: los hombres otra vez se sentían vivificados por la llama sagrada que
ardía en las almas de Camilo y Fabricio, y me llenó de gozo ser amigo de
Cicerón, Catón y Lúculo. Los más jóvenes, los hijos de mis amigos, Bruto,
Casio, se alzaban con la promesa de igual virtud. Cuando morí, estaba poseído
por la fuerte convicción de que, como la filosofía y las letras se hallaban
unidas a una virtud sin igual en la tierra, Roma se acercaba a la perfección
desde la cual no existía la caída; que, aunque los hombres aún experimentaban
miedo, se trataba de un temor sano que les despertaba a la acción y al triunfo
mejor garantizado del Bien.
»Cuando desperté, Roma ya no existía. Aquella luz que yo había saludado
como heraldo de la perfección se convirtió en la antorcha que le añadió
esplendor a su funeral… y aquellos hombres cuyas almas eran como templos de
perfección, fueron las víctimas sacrificadas ante su pira fúnebre. Oh, jamás
una nación tuvo tal muerte y sus asesinos celebraron semejantes juegos
alrededor de su tumba como los que casi destruyen a medio mundo. No se trataba
de los combates de gladiadores y bestias, sino la feroz contienda de las
pasiones encontradas, la guerra de millones.
»Pero todo eso ya ha acabado. La exultación del tirano se ha
desvanecido. El monumento de Roma, tan espléndido a través de las edades y
adornado por los saqueos de reinos, ahora se halla degradado en el polvo.
Algunas columnas y arcos dispersos viven para contar cuál fue su emplazamiento,
pero su pueblo está muerto. Los extraños que la poseen han perdido todas las
características de los romanos: han abandonado su sagrada religión. La Roma
moderna es la Capital del Cristianismo, y ese título es la corona que se yergue
sobre toda mi desesperación.
»Sin embargo, la lengua humana fracasa en los intentos por describir el
tremendo cambio operado en el mundo, es verdad, por el lento transcurrir de
muchas edades, que apareció ante mí debido a mi singular situación como el
trabajo de unos pocos días. No puedo recordar la agonía de esos momentos sin
temblar. No fue un curso de pensamientos amargos, no fue la desesperanza lo que
carcomió mis nervios sin mostrar ningún signo exterior, no fue el primer
aguijonazo de dolor por la pérdida de los que amamos. Fue un fuego feroz que
envuelve a bosques y ciudades en sus llamas, fue una tremenda avalancha que
arrastra árboles y rocas y cambia el curso de los ríos, fue un terremoto que
sacude el mar y derriba montañas y amenaza con mostrar a los ojos humanos los
misterios interiores de la tierra. ¡Oh, fue más que todo eso! ¡Más de lo que
las palabras pueden expresar o un cuadro retratar!»
El extraño detuvo su narración y reinó un prolongado silencio. Tenía los
ojos clavados en las aguas muertas que había ante él, y su acompañante le miró
con expresión maravillada y emocionada. Una ligera brisa pasó sobre el mar y lo
agitó; su crujiente presencia se oyó entre los árboles. Un cambio ínfimo se
produjo en el romano, que despertó de su ensoñación y continuó:
«Ha transcurrido un año desde que me plantara por primera vez dentro del
Coliseo. Los oscuros arbustos parecían más negros bajo los rayos de la luna, y
los arcos caídos se alzaban en quietud y belleza. El aire estaba en silencio:
era plena noche y ningún sonido llegaba hasta mí desde la ciudad… aunque poco a
poco la luna descendió y la luz del día comenzó a aparecer. Los ruidos de la
vida humana empezaron a oírse, y mis propios pensamientos, que durante la noche
sólo habían hablado con los recuerdos, se volvieron hacia la mezquina y
degradada realidad. Analicé mi situación actual, pues deseaba formar algún plan
para mi vida futura. Me desagradaba mucho el sacerdote, mi compañero. Durante
mi breve residencia desde mi retorno a la tierra, había concebido una gran
aversión hacia la clase de hombres a la que él pertenecía. Me desagradaba la
superstición católica y no deseaba tener contacto alguno con sus ministros y
sirvientes. Las joyas y el dinero que poseía eran suficientes para mi sustento,
y deseaba desterrar la sumisión en la que su presencia parecía colocarme. Pero,
aunque me hallaba en mi Roma natal, era para mí una ciudad extraña con
costumbres
desconocidas. Apenas entendía su lenguaje, y el recuerdo de mi vida
anterior sólo me lanzaría a ridículos errores. Fue entonces cuando intervino
una especie de deidad y, enviando a mi buen genio a cuidar de mí, me sacó de
mis dificultades.
»Estaba sentado bajo los ruinosos arcos del lado sur cuando la vi
acercarse, conduciendo a su hijo de la mano. Se sentó junto a mí y, después de
una pausa de unos pocos segundos, me habló en italiano: «—Perdone si le
interrumpo. He visto al padre Giuseppe y sé quién es usted. No es feliz y ha
sido arrojado a nuestro mundo moderno sin amigos ni conocidos. ¿Permitirá que
le ofrezca mi amistad?
»Me quedé confuso por esas palabras dirigidas a mí por una hermosa joven
que era una perfecta extraña, y me detuve antes de poder contestar a un
ofrecimiento tan amable pero tan inusual; entonces ella prosiguió:
»—Considéreme, se lo suplico, como una vieja conocida… no una italiana
moderna, que no lo soy, por cierto, sino como una de tantas extranjeras que su
ciudad atraía. Vengo de un país lejano y no estoy, por lo tanto, versada en su
idioma y leyes. Usted tendrá que enseñarme todo lo que fue grande y valioso en
sus días, y yo le enseñaré los hábitos y costumbres de los nuestros.
»Así me habló, y con sus dulces sonrisas y suave elocuencia me conquistó
para que confiara por completo en ella.
»—Me considerará su hija —me dijo—, si una mujer escocesa puede
pretender tal honor. Vengo de la Última Thule descubierta por
César, pero desconocida en sus días. Estoy casada con un inglés bastante mayor
que yo, pero que siente placer en cultivar mi mente. Venga conmigo a nuestra
casa; allí será cuidado y honrado, y trataremos de mitigar los aguijonazos que
debe infligirle el caído estado de su país.
»La seguí hasta su casa, y desde aquel día comenzó la amistad que
representa la única esperanza y comodidad de mi vida. Si a mi regreso a la
tierra mis afectos jamás hubieran sido despertados, no habría vivido mucho.
Pero Isabel ha suavizado mi desesperación y cuidado con angelical amor todas
las heridas de mi corazón. No puedo decirle todo lo que la amo… cuán querido es
para mí el sonido de su voz. Cicerón no amó a su Tullia como yo amo a esta
criatura. Usted no puede conocer ni la mitad de sus
virtudes ni la mitad de su sabiduría. Es de corazón tan franco y tan
tierno que conquista mi alma y la une a la suya de una forma que jamás había
experimentado en mi vida anterior. Ella representa Patria, Amigos… todo, todo
lo que he perdido es ella para mí.
»Y ahora he cumplido mi promesa de contarle mis primeras sensaciones al
despertar a la vida. No necesito realizar una narración formal de lo que he
aprendido desde entonces. En nuestro planeado viaje dispondremos de frecuentes
oportunidades de conversar y discutir. Usted ha creado en mí el deseo de ver su
país, y mañana embarcaremos. Dejo Roma —el Coliseo y a Isabel—, tal es mi
inquieta naturaleza. Quiero, antes de volver a morir, examinar las alardeadas
mejoras de los tiempos modernos y juzgar si, después de la gran fluctuación en
los asuntos humanos, el hombre se encuentra más próximo a la perfección que en
mis días».
El sol había descendido mucho cuando estos amigos se incorporaron y
regresaron al bote. Mientras remaban de vuelta a Nápoles, el sol se puso,
dejando un rico tinte anaranjado en el cielo que ardía sobre las aguas,
mientras el cabo Miseno y las islas se veían marcadas con una silueta negra en
el horizonte. La luna salió del otro lado de la bahía y su luz plateada
contrastó con los resplandecientes colores del crepúsculo italiano. La noche
avanzó, y las luces de los botes pesqueros titilaron en el mar, mientras uno o
dos barcos grandes pasaron como enormes sombras entre los paseantes y la luna.
El brillante espectáculo de la puesta del sol y la pálida luz de la luna
invitaban a la contemplación y prohibían a las palabras perturbar la magia del
escenario. Quizá el viejo romano pensó en los días que pasara en Baiae, cuando
el eterno sol se había puesto como lo hacía ahora y él vivía en otros días con
otros hombres.
[La historia termina en este punto, pero otra versión fragmentada,
narrada desde el punto de vista de Isabel Harley, sigue en el manuscrito.]
«Cuando hube sacado a mi singular amigo de la soledad del Coliseo, yo,
con el consentimiento de lord Harley, le instalé en un cuarto de nuestra casa.
Al principio se cerró a la sociedad y sufrió una gran depresión del
espíritu, hasta el punto de que su salud se vio afectada. Descubrí que
debía emprender la tarea de interesar sus sentimientos y esforzarme por
cualquier medio para arrancarle de la apatía en la que estaba sumido. Daba la
impresión de que observaba todo lo que le rodeaba como un espectáculo que no le
concernía. Ciertamente, era un ser aislado de nuestro mundo. Los lazos que lo
unían a él habían sido rotos muchas edades atrás y, a menos que yo tuviera
éxito en atar uno de ellos de nuevo, pronto perecería. Quise ocuparle para que
visitara algunas de esas magníficas ruinas que hablan de la antigua grandeza de
Roma. Titubeé durante cierto tiempo en la elección; las construcciones más
majestuosas habían sido erigidas después de su época, pero pensé que al estar situadas
en lugares familiares a su recuerdo le proporcionarían ese interés que por
serle desconocidas requerirían. Yo misma disfruté visitando los baños de
Antonino, cuyos vastos montículos de muros y torres destrozados, recubiertos
con hiedra y los más hermosos arbustos, parecen más el paisaje natural de una
montaña que cualquier otra cosa formada por manos humanas. Me decidí a llevarle
hasta esas nobles ruinas.
»Por lo tanto, un día fui a verle, y llevando la conversación a su
anterior vida y muerte, le dije:
»—Tuvo suerte al morir antes de la caída de su país y en no presenciar
su degradación bajo los emperadores. Esos emperadores, que subieron al poder y
la gloria de la república, disfrutaron de un dominio y unos ingresos
desconocidos en tiempos anteriores o posteriores. Frenéticos y tremendos fueron
los actos y errores de los hombres omnipotentes. Sus enemigos no podían huir de
ellos. Aplastaban a voluntad los cuellos de millones. Pocos emplearon su poder
para usos benéficos, pero muchos, incluso los más perversos, lo desperdiciaron
en objetivos de magnificencia. Han dejado tras de sí monumentos maravillosos, y
yo no puedo contemplar esas maravillas como actos de grandeza imperial. Son los
efectos, aunque ejecutados por manos impropias, de la virtud y el poder de la
república. Cuando las visito, las admiro como obras planeadas y modificadas por
Camilo, Fabricio, por los Escipios, y considero a Caracalla y a Nerón, y hasta
a los más virtuosos de la tribu, Tito y Adriano, como los simples trabajadores.
Cuando visito el Coliseo, no pienso en Vespasiano, que lo construyó, o en la
sangre de los
gladiadores y animales que lo contaminaron, sino que venero el espíritu
de la antigua Roma y de aquellos nobles héroes, que liberaron a su país de los
bárbaros y que han iluminado a todo el mundo con su milagrosa virtud. Le he
oído expresar desagrado al contemplar las obras de los opresores de Roma, pero
visítelas conmigo con este espíritu y descubrirá que le impactarán con ese
temor reverencial que el poder, adquirido y acompañado de vicio, jamás puede
brindar.
»Se dejó convencer y pasamos bajo el Capitolio y por la parte de atrás
del Monte Palatino de camino hacia los baños. El principal emplazamiento de la
antigua Roma está vacío y visitamos el Foro y las más populosas colinas de Roma
a través de senderos herbosos por donde poca gente suele transitar. Esto es una
suerte; las ruinas perderían la mitad de su belleza si estuvieran rodeadas por
edificios modernos, y sólo tenemos que lamentar que el Capitolio no haya sido
descuidado como el Monte Palatino y el Monte Caelius. No puedo decir cuáles
eran los sentimientos de Valerio: sus emociones eran fuertes, pero seguía en
silencio, alzando siempre los ojos al cielo, y en una ocasión dijo:
»—Me gusta mirar el cielo, sólo el cielo, pues es lo único que no ha
cambiado.
»Entramos en los baños y, después de visitar todas las estancias,
subimos por la agrietada escalera y pasamos por encima de los inmensos arcos y
muros, que, cuando se está en ellos, parecen campos y valles y colinas. Nos
hallábamos rodeados por arbustos fragantes, y su altura a ambos lados del
sendero engaña y le añade aún una mayor extensión aparente a las ruinas por las
que caminábamos. A veces, la parte superior de un contrafuerte se extiende
hacia un campo adornado con las flores más hermosas. Luego, subiendo por un
arduo sendero, llegamos a la cima de una torreta y vimos toda Roma con los
recodos del Tíber a poca distancia de nosotros. De todos los lugares de Roma,
éste es en el que más gozo: se suma a la belleza y fragancia de la Naturaleza
con la idea más sublime del poder humano; y cuando así se unen, poseen un
interés y sentimiento que penetra profundamente en mi corazón.
»Nos sentamos en la cima y yo busqué en los ojos de mi acompañante
alguna expresión de maravilla y júbilo como las que me embargaban a mí.
Sus ojos estaban inundados de lágrimas.
»—Me trae aquí —dijo— para contemplar las obras de los romanos, y sólo
observo destrucción. Qué multitud de hermosos templos convertidos en polvo. Mis
ojos vagan hacia las siete colinas y toda su gloria desvanecida está ahí.
Cuando las columnas de su Foro se quiebren, ¿qué podrá sobrevivir en Roma? El
Capitolio, menos feliz que el resto de las colinas que han retornado a la
soledad de la Naturaleza se encuentra profanado por edificios modernos. Y estas
ruinas son grandiosas, pero qué historia desgraciada cuentan. Estos baños no
existían en mi época. Existieron en toda su magnificencia unos cientos de años
después de que yo hubiera olvidado el mundo. Sin embargo, ahora sus techos han
caído, y sus suelos han desaparecido; están llenos de hierbas y de arbustos,
destrozados pero todavía erguidos, y ésa es la inmortalidad de Roma. Los muros
de Roma siguen en pie, y describen un círculo inmenso: la ciudad moderna se
halla llena con las ruinas de la antigua. Los extraños la visitan y se
maravillan ante la inmensidad de sus restos. Sin embargo, para mí todo parece
vacío. Los templos antiguos donde yo veneré a Quirino y a los protectores de lo
que entonces llamaba la ciudad inmortal… ¡ay, por qué despierto a la realidad!
»—Usted anima —contesté— las nociones más dolorosas. Roma ha caído, pero
sigue siendo venerada. Para mí es una visión singular e incluso hermosa
observar el cuidado y molestias con que sus degenerados hijos mantienen sus
reliquias. Todo el mundo la visita con entusiasmo y la deja con amargo pesar.
Todo parece consagrado dentro de sus muros. Cuando un extranjero reside dentro
de sus límites, siente como si habitara en un templo sagrado… sagrado aunque
profanado. Y la indignación y compasión se mezclan con la admiración y le hacen
experimentar sensaciones que suavizan su corazón, y no puede, ni siquiera con
la edad y la aflicción, olvidarla. Me da la impresión de que, si se apoderara
de mí la desgracia más grande, el recuerdo de haber vivido en Roma me consolaría
algo. Si un hombre de la era de Pericles hubiera de revivir en Atenas, ¿cuánto
más motivo tendrá para lamentar su caída que usted por el envejecimiento y
descomposición de Roma?
»Como deseaba interesar los sentimientos de Valerio, y no tanto
mostrarle todas las ruinas de su país, para despertar con su visión una
sensación de que en cierta medida aún se hallaba ligado al mundo, elegí en mi
saber todo lo que fuera más perfecto y pintoresco. Aún no había visto el
Panteón. No le llevaría aquel día, pues sabía que su conversión a la religión
católica, aunque con toda probabilidad lo había preservado, le provocaría un
gran disgusto. Seleccioné el momento en que la luna era creciente y brillaría
desde su altura sobre el techo abierto del templo. Una noche, a eso de las
siete, sin decirle adónde íbamos, lo llevé conmigo. Rodeamos el edificio hasta
una puerta trasera que estaba abierta, donde un hombre nos iluminó una pareja
de sucias y estrechas escaleras. Mientras bajábamos le dije:
»—Ahora va a ver un templo levantado poco después de su época y dedicado
a todos los dioses.
»Probablemente, esperaba encontrar una ruina, pero entramos en el templo
más hermoso que todavía existía en el mundo. La brillante luna resplandecía
directamente sobre la abertura del techo e iluminaba la cúpula y el sendero…
algunas estrellas centelleantes parpadeaban a su lado. Las columnas brillaban
débilmente a nuestro alrededor. El espíritu de la belleza parecía proyectar sus
rayos sobre sus vástagos favoritos y penetrar todo — incluso la mente humana—
con una gloria suave pero ardiente. Al contemplar esta escena, la admiración
humana no se mezclaba con la profunda sensación que inspiraba: parecía
disfrutar del dios actual. Si el trabajo era humano, la gloria procedía de la
Naturaleza, y ésta lanzaba toda su hermosura sobre su templo divino. El cielo
oscuro, la luna brillante y las estrellas parpadeantes lo cubrían por encima, y
su luz y belleza lo penetraban. ¿Por qué la lengua humana no puede expresar
pensamientos humanos? ¿Y cómo es que existe un sentimiento inspirado por el
exceso de belleza que baña el corazón con una llama gentil pero ansiosa que
puede inspirar virtud y amor, aunque el sentimiento es demasiado intenso para
expresarse? Los dos guardamos silencio. Recorrimos el templo, y luego nos
sentamos en los escalones de un altar y permanecimos largo tiempo en
contemplación. Es en semejantes momentos cuando se siente la existencia del
Amor Panteico con el que se ve penetrada la Naturaleza… y cuando una
fuerte simpatía con la belleza, si se permite tal expresión, es el único
sentimiento que anima el alma. Por último, cuando nos incorporábamos para
marcharnos, Valerio dijo:
»—¿Por qué me cuentan que todo ha cambiado? ¿Es que no existe este
templo a nuestro dios?
»No sé por qué —no debí haberlo hecho, pues con el acto envenené un
momento de pura felicidad—, pero descuidadamente señalé una cruz que se
levantaba sobre el altar ante la cual ardía una lámpara solitaria. La cruz no
alteró mis sentimientos; sin embargo, los de mi acompañante se amargaron. La
manzana tan hermosa de contemplar se había convertido en polvo. La cruz le
habló de un cambio tan grande, tan intolerable, que esa circunstancia destruyó
todo lo que había surgido del amor y placer de su corazón. En vano traté de
devolverle el profundo sentimiento de belleza y de temor sagrado con el que
antes se había visto inspirado. El hechizo se había quebrado. La cúpula
iluminada por la luna, el sendero resplandeciente, las débiles hileras de
columnas y el oscuro cielo habían perdido la santidad para él. Se apresuró a
abandonar el templo.
»Mi primer cuidado fue despertar en él el deseo de conocer todo lo
grande y bueno que había existido en su país después de su muerte. Desconocía a
Virgilio, Horacio, Ovidio… a Livio, Tácito o Séneca. Tendrá usted frecuentes
oportunidades de conversar con él, y podrá contarle mejor que yo qué
sentimientos despertaron estas conferencias en su mente. Solíamos visitar un
rincón oscuro del Coliseo, donde había que trepar con dificultad y al que pocos
se sentirían inclinados a seguirnos. O en los muros de los baños de Caracalla,
o con más asiduidad al pie de la tumba de Cestio, ese hermoso lugar donde la
muerte parece disfrutar del sol y de la azul profundidad del cielo… allí
leíamos juntos y discutíamos lo que leíamos… discusiones que eran eternas. El
brillante sol de Roma brillaba sobre nosotros, y la atmósfera y toda la escena
estaban investidas con felicidad y belleza. Mi corazón se hallaba alegre, y era
mi constante esfuerzo despertar sentimientos similares en el pecho de mi
acompañante. Ahí leíamos a los Geórgicos, y yo sentía un grado de júbilo al
leerlos, como jamás creí que las palabras tuvieran poder de conferir. Se
trataba de un placer intoxicante, que este bello clima y la soleada y jovial
poesía que inspira puede dar, y que en
una atmósfera nubosa estoy convencida de que jamás habría sentido.
Después de leer, visitábamos algunas de las galerías de Roma… Las horas de
estudio de lord Hashley por entonces habían finalizado y él siempre nos
acompañaba. La visión en Roma de las exquisitas estatuas y pinturas continuaba
y aumentaba esta sensación de júbilo. ¿Simpatizaba Valerio conmigo? ¡Ay!, no.
Había un tinte de melancolía en todos sus pensamientos; había una tristeza en
su semblante que el sol de Roma y los versos de Virgilio eran incapaces de
disipar. Sentía con profundidad, pero poco placer se mezclaba con sus
sentimientos. Mis pensamientos habían formado una sensación inexplicable de que
mi acompañante no era un ser de la tierra. A menudo me detenía con ansiedad
para ver si respiraba el aire, como lo hacía yo, o si su silueta proyectaba
sombra a sus pies. Su aspecto era el de la vida, pero pertenecía a los muertos.
Yo no experimentaba miedo o terror: le amaba y reverenciaba. Me hallaba
cálidamente interesada en su felicidad, pero en estas sensaciones corrientes
había una mezcla de pavor sobrenatural… no puedo llamarlo terror, aunque tenía
algo ligeramente aliado con esa sensación repulsiva, un sentimiento para el
cual no soy capaz de encontrar un nombre, que penetraba en mis pensamientos y,
de manera extraña, caracterizaba toda mi charla con él. A menudo, cuando dejaba
que mi discurso se viera llevado por mis pensamientos, encontraba la mirada de
sus ojos brillantes pero plácidos; aunque sólo proyectaba simpatía, me frenaba.
Si apoyaba su mano sobre la mía, no temblaba, pero mis pensamientos se detenían
y mi corazón palpitaba con una especie de agitación involuntaria hasta que
rompía el contacto. No obstante, todo era muy leve; apenas me daba cuenta de
ello, y no podía reducir mi amor e interés por él. Quizá, si yo conociera toda
la verdad, mi afecto se vería incrementado por ella, y sin esfuerzo,
espontáneamente, me afanaría por devolver con interés y simpatía intelectual la
barrera terrenal que parecía situada entre nosotros».
Notas
[1]1826 (N. del T.) <<
[2]Nombre de la
prisión común de Florencia (N. del T.) << OceanofPDF.com
NOTAS
[1] Véase C. Amorós, «Feminismo,
Ilustración y misoginia romántica», en F. Birulés (comp.), Filosofía y género.
Identidades femeninas, Pamiela, 1992. <<
[2] Antes de la Primera Guerra
Mundial, sólo Finlandia y Noruega reconocen el sufragio a las mujeres.
Inmediatamente después de este conflicto se implanta en Austria, Dinamarca y
Alemania. Irlanda y Gran Bretaña lo reconocen entre 1918 y 1928; Holanda y Suecia
a principios de la década de 1920, España en 1931, y Francia, Italia y Bélgica
tras la Segunda Guerra Mundial. En Suiza, como se menciona en el texto, las
mujeres acceden al voto 123 años después de que el mismo derecho fuera
reconocido a los hombres, debido a que en los referéndums convocados sobre el
derecho al sufragio femenino ganaba sistemáticamente el no. <<
[3] Véase Mujer en cifras 2003,
Instituto de la Mujer (www.mtas.es/mujer/mcifras).
[4] Consúltese A. Phillips, The
Politics of Presence, Oxford, Oxford University Press, 1995. <<
[5] Mary Wollstonecraft vive un
episodio muy revelador de lo que ya comienza a ser su vida de lucha y
emancipación contra la opresión de la mujer. Su hermana Elizabeth, casada con
Meredith Bishop, abandonó su hogar conyugal alentada por ella, desafiando a la
sociedad de la época y a todos los convencionalismos. Consúltese el capítulo
cinco del interesante y actualizado estudio biográfico de J. Todd, Mary
Wollstonecraft, a revolutionary life, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 2000.
<<
[6] Véase H. N. Brailsford,
Shelley, Godwin y su círculo, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.
<<
[7] Mary Wollstonecraft sintió
una gran atracción por este hombre casado que frecuentaba el círculo de
Johnson. Según las Memoirs de Godwin, lo que la autora inglesa había
experimentado era un enamoramiento en contra de su voluntad y su razón,
convirtiéndose dicha relación en «una fuente de perpetuo tormento» (Memoirs of
the Author of «The rights of woman» [1798], Richard Holmes (ed.), Nueva York,
Penguin Books, 1987). Para estudiar la posible influencia de Wollstonecraft en
la pintura de Fuseli, véase P. Tomory, The Life and Art of Henry Fuseli,
Londres, Thames and Hudson, 1972. <<
[8] Tras el éxito de la primera
edición, a finales de 1790, se reeditó ya con el nombre de su autora. <<
[9] Véase el capítulo 3 («The
Rebel Writer and the Rights of Men») en el que Gunther-Canada desarrolla estas
ideas: W. Gunther-Canada, Rebel Writer, Northern Illinois University Press,
2001. Supone una excepcional reflexión acerca del feminismo de Wollstonecraft y
su genuina aportación al debate clásico de la teoría política. Una aportación
que volvió más compleja la discusión acerca de la diferencia sexual y la
igualdad política. <<
[10] Durante el periodo de
1789-1793 las mujeres dan visibilidad a sus peticiones irrumpiendo en la esfera
pública, en ocasiones de manera aislada, otras colectivamente. Los llamados
Cuadernos de quejas fueron redactados en 1789 para hacer llegar las quejas de
los estamentos a los Estados Generales convocados por Luis XVI. Estos cuadernos
dan muestra de la diversidad de peticiones de las mujeres que, desde las nobles
hasta las religiosas, pasando por las del Tercer Estado, solicitaban el derecho
al trabajo, a la educación, los derechos matrimoniales y también el derecho al
voto. <<
[11] Los textos constitucionales
del momento plasmaron algunos avances en relación a los derechos de las
mujeres. Así, por ejemplo, la Constitución francesa de 1791 marcó la mayoría de
edad para hombres y mujeres en los veintiún años y consideró el matrimonio como
un contrato civil. Asimismo, la ley de 1790 abolía el derecho de primogenitura
masculino, y la de 1792 reconocía el divorcio en pie de igualdad de ambos
cónyuges. En 1793, bajo el primer proyecto de Código Civil, la madre tenía
derecho a ejercer la patria potestad en las mismas condiciones que el padre.
Consúltese G. Duby y M. Perrot, Historia de las mujeres, vol. 4, El siglo XIX,
Madrid, Taurus, 2000. <<
[12] Condorcet es el autor de la
época que más ha destacado por su defensa de los derechos de las mujeres,
proclamando el optimismo ilustrado en el progreso y en la perfectibilidad de la
humanidad. Los principios democráticos requieren la extensión de los derechos
políticos (el derecho al voto y a ser elegido representante) a todas las
personas. Condorcet defendía los mismos derechos naturales para hombres y
mujeres.
[13] Véase el estudio preliminar de
Isabel Burdiel en la traducción de Cátedra de Vindicación de los derechos de la
mujer, de 1996. <<
[14] Mary Wollstonecraft criticará
el carácter nacional francés por su superficialidad y debilidad, aspectos que
precisamente buscará erradicar de la personalidad de las mujeres y hombres
británicos. Para profundizar en este aspecto se recomienda el artículo J.
Wellington, «Blurring the Borders of Nation and Gender: Mary Wollstonecraft’s
Character (R)evolution», en A. Craciun y K. Lokke (eds.), Rebellious Hearts:
British Women Writers and the French Revolution, Nueva York, State University
of New York Press, 2001, pp. 34-35, 50-51. <<
[15] Véase M. Ferguson, «Mary
Wollstonecraft and the Problematic of Slavery», en Colonialism and Gender
Relations from Mary Wollstonecraft to Jamaica Kincaid, Nueva York, Columbia
University Press, 1993. Ferguson hace alusión a algunos comentarios que Wollstonecraft
realiza en el capítulo V de Vindicación de los derechos de la mujer, donde
supuestamente alude a la revuelta de los esclavos en Haití en 1791. <<
[16] Asunto que la llevó a escribir
una obra llamada An Historical and Moral View of the Origin and Progress of the
French Revolution and the Effect it has produced in Europe [Análisis histórico
y moral de la Revolución Francesa], publicada por Johnson en 1794. <<
[17] S. Trimmer, Reflections on the
Education, Patemoster-Row, T. Longman, 1792.
[18] Debemos subrayar que Mary
Wollstonecraft no se centró únicamente en el estudio del Emilio, sino que
conocía toda la obra rousseauniana. Entre sus escritos se encuentra una crítica
a las Confesiones de Rousseau. <<
[19] J. J. Rousseau, Discurso sobre
el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres [1955] [ed.
cast.: Del Contrato Social. Discursos, Madrid, Alianza, 1986], p. 181. <<
[20] E. Leites, La invención de la
mujer casta, México, Siglo XXI, 1990. <<
[21] Para un análisis específico
sobre este aspecto, consúltese M. Poovey, «A Vindication of the Rights of Woman
and Female Sexuality», en el debate crítico de la segunda edición de
Vindicación (M. Wollstonecraft, Vindication of the Rights of Women, ed. by Carol
H. Poston, Nueva York, W. W. Norton & Company, 1988), y el artículo
«Wollstonecraft and Self-Control», en M. Poovey, The Proper Lady and the Woman
Writer: Ideology as Style in the Works of Mary Wollstonecraft, Mary Shelley,
and Jane Austen, Chicago, University of Chicago Press, 1984. <<
[22] C. Kaplan, «Wild Nights:
Pleasure / Sexuality / Feminism», en Sea Changes: Essays in Culture and
Feminism, Londres, Verso, 1986, pp. 38-39,45-46. <<
[23] Véase la p. 81 de la presente
edición. <<
[24] Véanse las pp. 42 y 315 de la
presente edición. <<
[25] V. Sapiro, A Vindication of
Political Virtue: The Political Theory of Mary Wollstonecraft, Chicago,
University of Chicago Press, 1992. <<
[26] Gunther-Canada, op. cit., pp.
97 ss. <<
[27] La gran mayoría de los
estudios realizados sobre Mary Wollstonecraft no abordan la relación de su
orientación política y feminista con un sentido profundo de la espiritualidad y
de fe religiosa. De hecho, la obra que aquí se presenta contiene numerosas referencias
encubiertas a pasajes de la Biblia. Su orientación religiosa, así como su
concepción de la deidad, conectan con la idea de la racionalidad, pero, al
mismo tiempo, con un interés por un mundo sensible y de la imaginación acorde
con su radicalismo romántico. Véase D. Robinson, «Theodicy versus Feminist
Strategy in Mary Wollstonecraft’s Fiction», en Eighteenth-Century Fiction 9, 2
(1997), y J. Whale, «Preparations for Happiness: Mary Wollstonecraft and
Imagination», en P. Martin y R. Jarvis (eds.), Reviewing Romanticism, Nueva
York, St. Martin’s Press, 1992. <<
[28] Véase C. Pateman, The Disorder
of Women: Democracy, Feminism and Political Theory, Cambridge, Polity, 1989,
pp. 196-197. <<
[29] El debate más importante a
partir de los años sesenta se centró en la división entre hombres y mujeres,
que articuló la lógica del «nosotras» frente al «ellos». La discusión abarcaba
la pregunta por la naturaleza de los géneros, así como cuestiones político-estratégicas.
La «diferencia» era analizada, en unos casos, como construcción social de
género —presente ya en Mary Wollstonecraft o Simone de Beauvoir—, o bien como
elemento ontológico que determina maneras de ser diferentes para mujeres y
hombres. Una discusión que da cuenta de la tensión reivindicativa entre la
igualdad y la diferencia a través del dilema entre el feminismo de la igualdad
y el de la diferencia. Para el feminismo de la igualdad la subordinación de la
mujer se explica como un proceso sociocultural de formación de género a partir
de una matriz que se considera puramente biológica: el sexo. Bajo esta
corriente de tradición anglosajona se aceptan las definiciones de la cultura,
los valores y la universalidad, pero se exige que se apliquen en los mismos
términos para hombres y mujeres, reivindicando la igualdad en términos de
derechos. Poner el acento en la diferencia de género significa perjudicar a las
mujeres, pues equivale a marginarlas y excluirlas de todas aquellas actividades
que contribuyen a la autorrealización de la persona, a saber, la política, el
trabajo, etc. Es necesario velar por los derechos de las mujeres y la
participación de las mismas en la sociedad, para acabar con su situación de
subordinación en la sociedad, siempre en el marco de la institución familiar.
La equiparación de los sexos ha sido el principio que ha articulado las
vindicaciones del feminismo de la igualdad.
Diez años más tarde, en la década de los setenta surge un feminismo
interesado en profundizar en la relación entre los sexos desde el punto de
vista de la diferencia, en la sexualidad femenina y masculina como núcleo de la
dominación patriarcal, dejando en un segundo plano el tema de la igualdad, para
así construir un sujeto femenino con palabra e identidad propia. El feminismo
de la diferencia, mayormente de tradición francesa, reivindica la esencia de lo
femenino frente a los abusos de la identidad masculina a lo largo de la
historia. Enfatiza la diferencia como valor, consagrando como cualidades todo
aquello que relaciona a la mujer especialmente con la naturaleza, la
maternidad, el cuidado, la sensibilidad, etc. Estos dos movimientos se han
influenciado mutuamente, ya que el poder movilizador de lo «femenino» seducirá
en algunos momentos a las defensoras de la igualdad, del mismo modo que las
reivindicaciones efectuadas a favor de los derechos fundamentales también
marcarán a las partidarias de la diferencia. Consúltese M. Lois, «La nueva ola
del feminismo», en J. A. Mellón (ed.), Las ideas políticas en el siglo XXI,
Barcelona, Ariel, 2002, pp. 163-180. <<
[30] Véase la p. 308 de la presente
edición. <<
[31] La construcción esencialista
de la identidad femenina continúa hoy siendo objeto de discusión. Desde el
debate acerca de la política de la presencia, protagonizado, entre otras, por
Anne Phillips, se discute abiertamente el status de las mujeres, sus actitudes,
orientaciones e intereses, sin incurrir en esencialismos. Véase Phillips, op.
cit. <<
[1] M. WOLLSTONECRAFT, A
Vindication of the Rights of Woman: With Strictures on Political and Moral
Subjects, Nueva York, Dover Thrift Editions, 1996. <<
[2] María del Mar Medina es
licenciada en Ciencias políticas por la Universidad de Santiago de Compostela.
Realizó sus estudios de máster en EE. UU., especializándose en teoría política.
Actualmente prepara su tesis doctoral en la Universidad de Essex. <<
[1] Charles Maurice de
Talleyrand-Périgord (1754-1838). Obispo de Autun de 1788 a 1791 y famoso
diplomático francés que participó activamente en la Revolución francesa.
Abandonó el obispado de Autun en enero de 1791 como consecuencia de su
activismo político y en abril de ese mismo año fue formalmente excomulgado de
la Iglesia por haber ordenado a tres obispos después de su dimisión. <<
[2] La Asamblea Constituyente
francesa encargó a Talleyrand la elaboración de un proyecto de educación
pública: Rapport sur L’Instruction Publique, fait au nom du Comité de
Constitution, 1791. El proyecto garantizaba la escolarización de todos los
niños franceses. No obstante, sólo contemplaba la educación de las niñas hasta
los ocho años de edad, momento a partir del cual debían permanecer en casa.
<<
[3] La Constitución francesa de
1791, cuyo preámbulo era la Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano de 1789, fijó la igual mayoría de edad para hombres y mujeres en los
veintiún años y declaró el matrimonio como un contrato civil; pero también
distinguía entre dos categorías de ciudadanos: activos (los varones mayores de
veinticinco años, independientes y con propiedades) y pasivos (hombres sin
propiedades y todas las mujeres). <<
[4] Mary Wollstonecraft tiene en
mente los célebres salones de París, que pronto se extendieron también a
Londres y Berlín. Constituían un fenómeno profundamente ilustrado, y en ellos
las mujeres —salonniéres— manifestaban libremente tanto su sexualidad como sus
conocimientos filosóficos y científicos. <<
[5] Pandora fue la primera mujer
creada por Hefestos y Atenea. Zeus, después de confiarle una caja que contenía
todos los bienes y los males de la humanidad, colocó a Pandora sobre la Tierra
junto al primer hombre, Epimeteo. Éste abrió la caja y todos los infortunios se
esparcieron por el mundo. Sólo quedó en el fondo el bien de la Esperanza.
<<
[6] Lucas 16, 8: «Pues los hijos
de este siglo son más avisados entre sus congéneres que los hijos de la luz».
<<
[1] En el original, «manners». En
inglés el término tiene dos acepciones distintas. En primer lugar, hace
referencia a las normas socialmente correctas de comportamiento o etiqueta, y
podría ser traducido como maneras o modales. En segundo lugar, el término también
puede ser usado para referirse a las normas sociales, conductas, usos y
costumbres de una sociedad, grupo o periodo. Creemos que Wollstonecraft usa el
término en esta segunda acepción, pero el Diccionario de la Real Academia no
recoge este significado para la palabra «maneras». De ahí que se haya optado
por traducir la palabra inglesa «manners» por forma de ser, conducta o
comportamiento, e incluso usos o costumbres, y no, en cambio, por «modales» o
«maneras». <<
[2] Mary Wollstonecraft creía
erróneamente que en la religión mahometana las mujeres no tenían alma y, por lo
tanto, no se les permitía tener otra vida. <<
[3] Sandford and Merton, de T.
Day (3 vols., Londres, 1789-1789), constituye un clásico de la literatura
infantil del siglo XVIII. <<
[4] El término «natural» hace
alusión aquí al hecho de que las mujeres de clase media no estaban corrompidas
por la propiedad, los títulos de nobleza y la riqueza; constituían, por tanto,
la clase con mayores posibilidades de educación. <<
[5] Mary Wollstonecraft toma
prestada esta frase de Shakespeare para expresar un pensamiento análogo:
«andáis a brincos, os contoneáis, ceceáis, ponéis apodos a las criaturas de
Dios, y hacéis de vuestra ignorancia vuestra lascivia». W. Shakespeare, Hamlet,
III, i, 131 [ed. cast.: Hamlet, Macbeth, Planeta, 2003, p. 55].
[i] Un agudo escritor (del que
no recuerdo su nombre) pregunta qué le queda por hacer a una mujer en el mundo
cuando cumple los cuarenta. <<
[6] La traducción del término
«bugbear» resulta difícil; la palabra que mejor se ajusta al texto y su sentido
original puede ser «espantajo», que, de acuerdo con el Diccionario de la Real
Academia, significa «Cosa que por su representación o figura causa infundado
temor». <<
[1] Se refiere a aquellos basados
en la razón. <<
[2] La naturaleza del hombre es
ser racional. <<
[3] J. Milton, Paradise Lost IV,
34-35: «A cuya vista todas las estrellas / ocultan sus disminuidas cabezas»
[ed. cast.: El Paraíso Perdido, Madrid, Espasa-Calpe, 1966, p. 63]. <<
[4] Se refiere especialmente a
las tesis mantenidas en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la
desigualdad entre los hombres [1755]. <<
[5] El Emilio de Rousseau
comienza: «Todo está bien al salir de manos del autor de las cosas: todo
degenera entre las manos del hombre» (J. J. Rousseau, Emilio, o De la
Educación, Madrid, Alianza, 1990, p. 33). <<
[i] En contra de la opinión de
los anatomistas, que argumentan por analogía a partir de la formación de los
dientes, el estómago y los intestinos, Rousseau no admitirá que el hombre es un
animal carnívoro. Y, alejado de la naturaleza por amor al método, discute si el
hombre es un animal gregario, aunque la larga e indefensa etapa de la infancia
parece señalarlo como particularmente impelido a emparejarse, primer paso hacia
la vida en manadas. <<
[6] Proverbios 14, 27: «El miedo
del Señor es la Fuente de la vida». <<
[ii] ¿Qué diríais a un mecánico a
quien le habéis solicitado que haga un reloj para señalar la hora del día, si,
para mostrar su ingeniosidad, incluyera ruedas para convertirlo en un reloj de
repetición, y otras cosas que confundieran el mecanismo simple; y que, para
disculparse, argumentara que, si no hubierais tocado cierto resorte, nunca
habríais sabido nada del asunto, y que se había entretenido realizando un
experimento sin haceros ningún daño?, ¿no contestaríais sin duda insistiendo en
que, si no hubiera incluido esas ruedas y resortes innecesarios, el accidente
no habría ocurrido? <<
[7] Rousseau, en su «Discurso
sobre las ciencias y las artes» (1750), recupera la figura del político romano
Cayo Fabricio (siglo III a. C.), que critica el debilitamiento de Roma y
reclama a sus ciudadanos la vuelta a las batallas de conquista. Fabricio se convirtió
en un símbolo de la virtud y la incorruptibilidad. <<
[8] El «infante» al que se
refiere Mary Wollstonecraft es Felipe de Orleáns, que con cinco años se
convirtió en regente de Francia hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1723.
Su principal asesor fue Dubois (1656-1723), un abate muy hábil que llegaría a
ser cardenal. <<
[iii] ¿Podría haber un insulto más
grande a los derechos del hombre que el curso de la justicia en Francia, donde
se hizo a un infante el instrumento del detestable Dubois?
[9] Lucas 6, 44: «Porque no se
cosechan higos de los espinos, ni se vendimian uvas de los zarzales». Y Mateo
7, 16: «Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de los espinos o
higos de los cardos?». <<
[10] El doctor Richard Price
(1723-1791) fue un amigo de Mary Wollstonecraft y conocido filósofo moral y
político, defensor de la causa colonial americana. <<
[iv] El doctor Price. <<
[11] En el original aparece
«intestine insurrections». Su sentido más preciso sería conflictos o luchas
internas. <<
[v] Los hombres con capacidades
siembran semillas que crecen y poseen una gran influencia en la formación de la
opinión; y una vez que la opinión pública predomina, a través del ejercicio de
la razón, el derrocamiento del poder arbitrario no está muy lejano. <<
[12] El color púrpura es el signo
de la realeza o del alto rango. <<
[1] John Milton (1608-1674),
poeta y activista protestante inglés, conocido por su poema épico Paradise
Lost. <<
[2] «Aquellas dos criaturas no
eran iguales, como tampoco eran iguales sus sexos: Él estaba formado para la
contemplación y el valor; Ella, para la dulzura y la gracia seductora: Él, para
Dios solamente; Ella, para Dios en Él». J. Milton, op. cit., IV, ll. 296-299
[ed. cast. cit., p. 68]. <<
[3] Corresponde al Ensayo XVI,
«Of Atheism», de F. Bacon. Existe una edición castellana de los Ensayos en
Barcelona, Orbis, 1985. Mary Wollstonecraft, equivocadamente, se refiere en dos
ocasiones a Bacon como Lord Bacon, al igual que otros muchos escritores.
<<
[4] Véase Génesis 2, 17. <<
[5] Milton, op. cit., IV, ll.
634-638 [ed. cast, cit., p. 74]. Las cursivas son de Mary Wollstonecraft.
<<
[6] Milton, op. cit., VIII, ll.
381-391 [ed. cast. cit., p. 139]. Las cursivas son de Mary Wollstonecraft.
<<
[7] Dr. John Gregory (1724-1773),
célebre médico escocés que escribió una de las obras más populares sobre la
educación de las mujeres, A Father’s Legacy to His Daughters (1774).
Wollstonecraft discute sus ideas en el capítulo V, sección III, de esta obra. <<
[8] Mateo 15, 14: «Dejadlos. Son
ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el
hoyo». <<
[i] ¿Por qué deberían ser
censuradas con acritud mal encarada las mujeres que se apasionen por los
abrigos escarlata? ¿No las ha colocado la educación en el plano de los
soldados, más que en el de cualquier otra clase de hombres? <<
[9] El personaje de Sofía
protagoniza el libro V del Emilio de Rousseau, el cual contiene las principales
intuiciones del pensamiento rousseauniano acerca de la mujer. Wollstonecraft
discute en el capítulo V las observaciones de Rousseau sobre la educación de
Sofía. <<
[ii] Sentimientos similares
suscita la grata imagen de la felicidad paradisíaca de Milton en mi mente; no
obstante, en lugar de envidiar a la amorosa pareja, he vuelto al infierno con
dignidad consciente u orgullo satánico, para buscar objetivos más sublimes. Lo
mismo que me ha sucedido cuando, al contemplar algún noble monumento de las
artes humanas, he encontrado la emanación divina en el orden que admiraba,
hasta que, descendiendo de esa altura vertiginosa, me he encontrado en la
contemplación de la más grande de todas las visiones humanas: porque la
imaginación rápidamente se sitúa en algún solitario lugar escondido, marginado
de la fortuna, y se alza superior a la pasión y el descontento. <<
[10] Según el Antiguo Testamento,
Eva fue creada de una costilla de Adán (Génesis 2, 21-23). De acuerdo con
Hardt, Wollstonecraft compartía la creencia de que el Pentateuco había sido
escrito por Moisés (U. H. Hardt, A Critical Edition of Mary Wollstonecraft’s A
Vindication of the Rights of Woman, Albany, Nueva York, Whitston, 2001, pp.
433-434). <<
[11] Alexander Pope (1688-1744),
poeta, ensayista y escritor satírico inglés. La cita procede de A. Pope, Moral
Essays II, «Of the Characters of Women», 1735,11.51-52.
[12] Véase en este capítulo n. 7,
p. 69. <<
[13] Mateo 12, 34: «¡Raza de
víboras! ¿Cómo podéis vosotros decir cosas buenas siendo malos? Porque de la
abundancia del corazón habla la boca». <<
[14] Mateo 23, 27: «¡Ay de
vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que sois como sepulcros
blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de
huesos muertos y de podredumbre!». <<
[15] Mateo 5, 8: «Dichosos los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». <<
[16] Mateo 11, 7: «¿Qué salisteis a
ver en el desierto? ¿Una caña movida por el viento?». <<
[17] F. La Rochefoucauld
(1613-1680), noble francés, moralista y compositor de máximas. La cita procede
de Les Máximes, núm. 473 [ed. cast.: Máximas, Barcelona, Planeta, 1984].
<<
[18] I Corintios 15, 32: «Comamos y
bebamos, que mañana moriremos», e Isaías 22,
13. <<
[19] Héroes de Rousseau en Julie:
La Nouvelle Héloïse (1761). Julie, pese a que ha sido fiel a su esposo Wolmar,
confiesa en su lecho de muerte su apasionado amor por St. Preux. No existe
edición reciente en castellano. <<
[iii] Por ejemplo, el rebaño de
novelistas. <<
[20] Cfr. Gálatas 5, 22 y Efesios
4, 2. <<
[iv] Véanse Rousseau y Swedenborg.
<<
[21] Milton, op. cit., IV, ll.
497-499: «… deleitado / tanto por su belleza como por sus encantos sumisos /
sonrió con amor superior» [ed. cast. cit., p. 72]. <<
[22] Mateo 22, 30: «Porque en la
resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los
ángeles en el cielo». <<
[23] «¡Oh! ¿Por qué Dios, el sabio
Creador, que pobló los altos cielos de espíritus masculinos, creó al final esta
novedad en la Tierra, este bello defecto de la Naturaleza, y no llenó el mundo
de hombres, al igual que los ángeles, sin sexo femenino?». Milton, op. cit., X,
ll. 888-893 [ed. cast. cit., p. 188]. También Pope, op. cit., l. 44: «Hermosa
por sus defectos y delicada debilidad». <<
[24] Era una creencia extendida en
Occidente que el féretro de Mahoma estaba en La Meca, suspendido entre la
tierra y el cielo. <<
[25] Pope, «An Essay on Man», II,
ll. 31-34: «Seres Superiores, cuando recientemente vieron / A un Hombre mortal
descubrir las Leyes de la Naturaleza, / Admiraron tal Sabiduría en una Forma
terrenal / Y mostraron un NEWTON como mostramos a un Mono». <<
[26] Cita libre de M. Prior
(1664-1721), «Hans Carvel» ll. 11-12. <<
[27] Esto es, la distinción de
ciencia. <<
[1] La obra a la que se hace
referencia debe de ser Chart of Biography (1765), de Joseph Priestley. El
esquema al que se refiere Mary Wollstonecraft consiste simplemente en una lista
de nombres históricos con información comparada y superpuesta. El prefacio
explica el procedimiento y la propuesta de este esquema. <<
[2] W. Shakespeare, Macbeth, III,
iv, 75-76: «es el puñal, trazado en el aire, que dices que te llevó a Duncan»
(ed. cast.: W. Shakespeare, op. cit., p. 148.). <<
[3] Referencia al libro II de
Paradise Lost, en donde Satán abandona el infierno en busca del mundo creado
por Dios. <<
[i] «La investigación de
verdades abstractas y especulativas, de principios y axiomas de las ciencias,
en definitiva, de todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas, no es la
provincia adecuada de las mujeres; sus estudios todos deben remitirse a la práctica;
les corresponde a ellas hacer aplicación de los principios descubiertos por el
hombre, así como hacer las observaciones que conducen al hombre al
establecimiento de los principios generales. Todas las reflexiones de las
mujeres deben dirigirse, en lo que no se refiere de modo inmediato a sus
deberes, al estudio de los hombres o a la consecución de aquellas habilidades
agradables que tienen el gusto por el objeto; porque las obras de genio están
más allá de su capacidad; tampoco tienen suficiente precisión o capacidad de
atención para triunfar en las ciencias exactas, y, en cuanto al conocimiento
físico, corresponde a aquellos que son más activos, más inquisitivos, que
comprenden la mayor variedad de objetos: en resumen, a aquellos que tienen la mayor
capacidad, y la ejercitan más, para juzgar las relaciones entre los seres
inteligentes y las leyes de la naturaleza. Una mujer, que es débil por
naturaleza y que no desarrolla sus ideas en gran medida, sabe cómo juzgar y
hacer una correcta estimación de los movimientos que debe causar para suplir su
debilidad, y estos movimientos son las pasiones del hombre. El mecanismo que
emplea es mucho más poderoso que el nuestro, pues todas sus palancas mueven el
corazón humano. Debe poseer el arte de hacernos querer hacer todo lo que su
sexo no le permite hacer por sí misma y que le resulta necesario o agradable;
por tanto, debe estudiar a fondo la mente del hombre, no la mente de los
hombres en general, de forma abstracta, sino la disposición de aquellos hombres
de los que depende, bien por la ley de su país, bien por la fuerza de la
opinión. Debe aprender a penetrar en sus sentimientos verdaderos a través de su
conversación, sus acciones, sus miradas, sus gestos. Debe también poseer el
arte de comunicar aquellos sentimientos que les agradan, a través de su
conversación, sus acciones, sus miradas, sus gestos, sin que parezca
intencionado. Los hombres filosofarán más sobre el corazón humano; pero las
mujeres leerán el corazón de los hombres mejor que ellos. A las mujeres
corresponde, si se me permite la expresión, formar la moral experimental, y
reducir el estudio del hombre a un sistema. La mujer tiene más ingenio, el
hombre más genio; la mujer observa, el hombre razona: de este concurso deriva
la luz más clara y el conocimiento más perfecto que es capaz de adquirir por sí
misma la mente humana. En una palabra, de aquí adquirimos el conocimiento más
íntimo de nosotros y de los demás, del que es capaz nuestra naturaleza; y así
es como el arte tiene una tendencia constante a perfeccionar las capacidades
que la naturaleza nos ha otorgado. El mundo es el libro de las mujeres». Emilio
de Rousseau. Espero que mis lectores todavía recuerden la comparación que he
presentado entre mujeres y militares. (Rousseau, Emilio, cit., pp. 525-526.)
<<
[4] Dignatarios turcos. <<
[ii] Un respetable anciano da el
siguiente informe razonable del método que siguió cuando educaba a su hija: «Me
esforzaba por proporcionar tanto a su mente como a su cuerpo un grado de vigor
que rara vez se encuentra en el sexo femenino. Tan pronto como alcanzó la
suficiente fuerza para ser capaz de realizar las tareas más livianas de la
granja y del huerto, la empleé como mi compañera constante. Selene — porque ése
era su nombre— pronto adquirió destreza en todas estas tareas rústicas, que yo
consideraba con placer y admiración iguales. Si las mujeres son en general
endebles de cuerpo y alma, es menos por naturaleza que por su educación.
Promovemos una viciosa indolencia e inactividad, que falsamente llamamos
delicadeza; en lugar de fortalecer sus mentes mediante estrictos principios de
la razón y la filosofía, las educamos para artes inútiles, que terminan en
vanidad y sensualidad. En la mayoría de los países que he visitado, no se les
enseña nada que no sea unas cuantas modulaciones de voz o posturas corporales
inútiles; su tiempo se consume en pereza y nimiedades, y éstas llegan a ser los
únicos objetivos capaces de interesarles. Parecemos olvidar que nuestro propio
bienestar doméstico y la educación de nuestros hijos dependen de las cualidades
del sexo femenino. ¿Y cuál es el bienestar o la educación que puede ofrecer una
raza de seres corruptos desde su infancia e ignorantes de todas las
obligaciones de la vida? Tocar un instrumento musical con habilidad inútil,
exhibir sus encantos naturales o afectados a los ojos de jóvenes indolentes y
pervertidos, disipar el patrimonio de sus esposos en gastos descontrolados e
innecesarios, constituyen las únicas artes cultivadas por las mujeres en la
mayoría de las naciones educadas que he visto. Y las consecuencias son,
homogéneamente, las que se pueden esperar de tales fuentes contaminadas:
calamidad privada y servidumbre pública.
»Pero la educación de Selene se regulaba por valoraciones diferentes y
fue guiada por principios más estrictos, si puede llamarse estricto a aquello
que abre la mente al sentido de la moral y los deberes religiosos y la arma de
la forma más efectiva contra los inevitables males de la vida». Sandford and
Merton de Mr. Day, vol. III. [La cita corresponde a Day, op. cit., vol. 3, «The
Conclusión of the Story of Sophron and Tigranes», pp. 205-207.] <<
[iii] «Conozco a una joven que
aprendió a escribir antes que a leer, y que comenzó a escribir con su aguja
antes de que pudiera usar la pluma. Al principio se empeñó en no escribir otra
cosa que la letra O: escribía continuamente esta letra, de todos los tamaños, y
siempre con equivocaciones. Por desgracia, cierto día que estaba ocupada en
este ejercicio, se vio por casualidad en el espejo, y, disgustada por la
postura que adoptaba mientras escribía, arrojó su pluma, como otra Minerva, y
se determinó a no escribir más la letra O. Su hermano era tan adverso a
escribir como ella, pero era el confinamiento, y no la postura incómoda, lo que
más le disgustaba». Emilio de Rousseau. (Rousseau, Emilio, cit., p. 500.)
<<
[5] I Pedro 5, 8: «¡Sed sobrios y
estad en guardia! Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, da vueltas y
busca a quién devorar». <<
[6] «Pueda defender a la Divina
Providencia y justificar ante los hombres las miras del Señor». Milton, op.
cit., I, ll. 25-26 [ed. cast, cit., p. 10]. <<
[7] Mateo 5, 48: «Vosotros sed
perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto».
[iv] «En la unión de los sexos,
ambos persiguen un objetivo común, pero no de la misma manera. De su diversidad
en este particular surge la primera diferencia entre las relaciones morales de
cada uno. Uno debe ser activo y fuerte, el otro pasivo y débil: es necesario
que uno tenga tanto el poder como la voluntad y que el otro oponga poca
resistencia.
Establecido este principio, se sigue que la mujer está formada
expresamente para complacer al hombre; si la obligación es recíproca, y el
hombre debe complacerla a su vez, no es inmediatamente necesario: su gran
mérito está en su poder, agrada meramente porque es fuerte. Esto, debo
confesar, no es una de las refinadas máximas del amor; es, sin embargo, una de
las leyes de la naturaleza, anterior al amor mismo.
Si la mujer está formada para complacer y someterse al hombre, es su
papel, sin duda, hacerse agradable para él, en vez de desafiar su pasión. La
violencia de sus deseos depende de sus encantos; es por medio de éstos que la
mujer debe urgirle al ejercicio de aquellos poderes que la naturaleza le ha
dado. El método más seguro para excitarlos es hacer dicho ejercicio necesario
mediante la resistencia; porque, en ese caso, el amor propio se añade al deseo,
y el uno triunfa en la victoria que el otro obligó a conseguir. De ahí nacen
los varios modos de ataque y defensa entre los sexos, la audacia de un sexo y
la timidez del otro, y, en una palabra, aquella modestia y pudor con que la
naturaleza ha armado al débil, con el fin de derrocar al fuerte». Emilio de Rousseau.
No haré otro comentario sobre este ingenioso pasaje que observar que se trata
de la filosofía de la lascivia. (Rousseau, Emilio, cit., pp. 484-485.) <<
[8] Mateo 23, 23: «¡Ay de
vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la
menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: la
justicia, la misericordia y la fe! Hay que hacer una cosa sin descuidar la otra».
<<
[v] «¡Oh, qué encantadora»
—exclama Rousseau hablando de Sofía— «es su ignorancia! ¡Feliz aquel destinado
a instruirla! Ella nunca pretenderá ser la tutora de su marido, sino que
consentirá en ser su alumna. Lejos de intentar someterle a su gusto, se acomodará
al suyo. Será más valiosa para él que si fuera sabia: él se complacerá en
instruirla». Emilio de Rousseau. Me contentaré simplemente con preguntar cómo
puede sobrevivir la amistad cuando termina el amor entre el maestro y su
pupila. (Rousseau, Emilio, cit., p. 557.) <<
[9] Hace alusión a la parábola de
los talentos. Véanse Mateo 25, 14-30, y Lucas 19, 12-26. <<
[1] Véase capítulo II, n. 18, p.
82. <<
[i] ¡En qué inconsistencias caen
los hombres cuando argumentan sin la guía de los principios! Las mujeres,
débiles mujeres, son comparadas con los ángeles; sin embargo, debería suponerse
que los seres de un orden superior poseen más intelecto que el hombre, o ¿en
qué consiste su superioridad? En la misma línea, dejando a un lado el sarcasmo,
se les supone poseer más bondad de corazón, piedad y benevolencia. Lo dudo,
aunque sea dicho con cortesía, a menos que la ignorancia sea la madre de la
devoción, pues estoy firmemente persuadida de que, en general, la proporción
entre virtud y conocimiento está más a la par de lo que comúnmente se piensa.
<<
[2] Milton, op. cit., VIII, l.
547: «Su encanto, tan perfecta parece» [ed. cast. cit., p. 142]. <<
[ii] «Los brutos», dice Lord
Monboddo, «permanecen en el estado en que la naturaleza les ha situado, excepto
en la medida en que su instinto natural progrese por la cultura que les
concedemos». [J. Burnett, Lord Monboddo (1714-1799), juez y pionero antropólogo
escocés. La cita procede de Of the Origin and Progress of Language, Edimburgo,
1774, vol 1, p. 137.] <<
[iii] Véase Milton. [Cfr. Milton,
op. VIII, ll. 57-58: «¡Oh! ¿Cuándo se encuentra ahora / semejante pareja, unida
en amor y honor mutuo?».] <<
[iv] Esta palabra no es
estrictamente justa, pero no he encontrado otra mejor. <<
[v] «El placer es la porción del
tipo inferior; / Pero gloria, virtud, el Cielo diseñado para el hombre».
Tras redactar estas líneas, ¿cómo pudo la señora Barbauld escribir la
siguiente comparación innoble?
na dama con algunas flores pintadas.
res para la bella: para ti estas flores traigo,
ntado en saludarte con una temprana primavera.
res DULCES y alegres, DELICADAS COMO VOS;
blemas de inocencia y de belleza también.
Gracias sujetaban con flores sus cabellos rubios,
amantes libres llevan coronas de flores.
res, el único lujo que la naturaleza conoció,
cían en el puro e inocente jardín del Edén.
tareas más arduas son para las plantas superiores;
oble protector resiste el viento de la tormenta,
ejo más robusto repele a los enemigos invasores,
sbelto pino crece para futuros navios;
o esta dulce familia desconoce las inquietudes,
ció SÓLO para el goce y el placer.
gres sin esfuerzo, y hermosas sin artes,
tan para ALEGRAR los sentidos y CONTENTAR el corazón. te sonrojes, mi
amor, por reconocer que las imitas; MEJOR, tu MÁS DULCE imperio es AGRADAR.
Esto nos dicen los hombres; pero la virtud, dice la razón, debe ser
adquirida con duros esfuerzos, y las luchas útiles con cuidados mundanos.
[Ambas citas proceden de Poems, de Anna Laetitia Barbauld (1743-1825),
publicados por Joseph Johnson en 1792. La primera es de «To Mrs. P***, With
some Drawings of Birds and Insects», ll. 101-102. La cursiva es de
Wollstonecraft. La segunda es una cita entera de «To a Lady, with some Painted
Flowers». Las cursivas y mayúsculas son de Wollstonecraft.] <<
[3] «Necesidad, Madre de la
Invención», en W. Wycherley, Love in a Word, 1672, III, iii. <<
[4] Eva. Véase capítulo II, n.
10, p. 75. <<
[5] David Hume (1711-1776),
filósofo escocés. <<
[6] David Hume, «A Dialogue», en
D. Hume, Enquiries Concerning Human Understanding and Concerning the Principles
of Morals, ed. L. A. Selby-Bigge, Oxford, 1975, p. 332. <<
[7] Mateo 6, 28: «Y del vestido,
¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no se
fatigan ni hilan». Lucas 12, 27: «Mirad los lirios cómo crecen; ni trabajan ni
hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de
ellos». <<
[8] Barbauld, op. cit., «Song V»,
ll. 16-18. <<
[9] Luis XIV (1638-1715) de
Francia. <<
[vi] Y, podría añadirse, una
ingeniosa, siempre una ingeniosa; pues las vanas tonterías de las mujeres
bellas e ingeniosas para obtener atención y hacer conquistas están muy a la
par. <<
[10] P. D. Stanhope, cuarto conde
de Chesterfield (1694-1773), político inglés. Cita libre de Letters Written by
the Right Honourable Philip Dormer Stanhope to his Son, vol. 2, carta LXXII,
Londres, 1774, p. 299. <<
[11] Cita libre de A. Smith, Theory
of Moral Sentiments (1759) [ed. cast.: La teoría de los sentimientos morales,
Madrid, Alianza, 1997, p. 124]. <<
[12] «Localized». De acuerdo con el
Oxford English Dictionary, Wollstonecraft fue la primera escritora en usar esta
palabra. <<
[13] Smith, op. cit., pp. 128-130.
<<
[14] Milton, op. cit., VIII, l. 548
[ed. cast, cit., p. 142]. <<
[15] Milton, op. cit., VIII, ll.
549-554 [ed. cast, cit., pp. 142-143]. <<
[16] Cita libre de Pope, op. cit.,
«Of the Characters of Women», l. 43. <<
[17] Cita libre de Rousseau,
Emilio, cit., p. 492. <<
[18] De acuerdo con Hardt,
Wollstonecraft evoca aquí una frase atribuida a Honoré G.
V. Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791), estadista y líder
revolucionario francés, pronunciada en la Asamblea Constituyente francesa:
«Habéis soltado al toro, ¿esperáis que no use sus cuernos?» (Hardt, op. cit.,
p. 458). <<
[19] Samuel Johnson (1709-1784),
lexicógrafo, crítico y poeta inglés. Autor del Dictionary of the English
Language (1755), editor de The Rambler y fundador del Literary Club (1764).
Editor liberal, conoció a Wollstonecraft en 1783 y publico Vindicación en 1792.
<<
[20] Así comienza el Ensayo VIII de
Francis Bacon «Of Marriage and Single Life» (1607). Curiosamente, Bacon
escribió este ensayo un año después de contraer matrimonio con Alice Bamham.
Véase capítulo II, n. 3, p. 66. <<
[vii] La masa de la humanidad es
más bien esclava de los apetitos que de las pasiones.
[viii] Los hombres de este tipo la
vierten en sus composiciones, para amalgamar los materiales bastos. Y,
moldeándolos con pasión, le dan al cuerpo inerte un alma. Pero en la
imaginación de la mujer el amor sólo concentra estos etéreos haces de luz.
<<
[21] Picante. <<
[22] Las mujeres. Véase capítulo
II, n. 23, p. 86. <<
[ix] Podríamos añadir muchos otros
nombres. [Abraham Cowley (1618-1667) publicó Poetical Blossoms a los quince
años, un volumen de poemas que escribió entre los diez y los doce años de edad.
John Milton (1608-1674) fue admitido en el Christ’s College, en Cambridge, a la
edad de quince años, donde escribió varios poemas en latín y una oda celebrando
el nacimiento de Cristo. Alexander Pope (1688-1744) escribió su primera épica a
la edad de quince y tenía sólo dieciséis años cuando compuso «Pastorals».] <<
[23] Fisonomía. <<
[x] La fuerza de un afecto se
encuentra, en general, en la misma proporción que el carácter de la especie del
objeto amado, perdido en el individuo. <<
[24] Johann Reinhold Forster y su
hijo Georg acompañaron al capitán James Cook en su segundo viaje alrededor del
mundo (1772-1775). La cita procede de J. R. Forster, Observations Made During a
Voyage Round the World, Londres, 1778, pp. 425-426.
[xi] El doctor Young sostiene la
misma opinión, en sus obras, cuando habla de la desgracia que rehuyó la luz del
día. [E. Young (1683-1765), dramaturgo y poeta. Referencia a Busiris: King Of
Egypt (1719), II, i.] <<
[25] Samuel Richardson (1689-1761).
En su novela Clarissa (1748-1749), Lovelace secuestra y viola a Clarissa.
<<
[26] G. W. F. von Leibniz
(1646-1716), filósofo y matemático alemán. La cita procede del prólogo de
Essais de Théodicée (1710). <<
[27] Pope, op. cit., «Of the
Characters of Women», ll. 207-210: «En los hombres encontramos varias pasiones
predominantes; / En las mujeres hay dos que las dividen casi por igual: / Como
sólo hay esas dos, obedecen a una o a otra. — El amor al placer, y el amor al
poder». <<
[28] Dios del matrimonio en la
mitología grecorromana, hermano de Cupido. <<
[29] Era una creencia extendida en
la época que las mujeres que amamantaban a sus hijos no debían tener relaciones
sexuales. La práctica de contratar amas de cría era común, pero Wollstonecraft
creía que debía ser la madre biológica la que amamantase a sus hijos. <<
[30] Cfr. Milton, op. cit., IV, ll.
354-355: «[…] y en la ascendente escalera / del cielo surgieron las estrellas
que anunciaban el atardecer» [ed. cast. cit., p. 69]. <<
[31] Estudio de la naturaleza o de
los fenómenos naturales, conocimiento del mundo natural. <<
[32] Génesis 3, 19: «Con el sudor
de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has
sido tomado; / ya que polvo eres, y al polvo volverás». <<
[xii] «Tomo su cuerpo», dice
Ranger. [Personaje de la obra The Suspicious Husband (1747), de Benjamin Hoadly
(1706-1757). La cita procede de un poema de William Congreve, «Song», que
Hoadly hace recitar a Ranger. Véase W. Congreve, Works, ed. F. W. Bateson, Londres,
1930, p. 472. Congreve, a su vez, compuso este poema para la comedia de Thomas
Southerne The Maid’s Last Prayer (1693).] <<
[xiii] «Suponiendo que las mujeres
son esclavas voluntarias, la esclavitud de cualquier tipo es desfavorable a la
felicidad humana y el progreso». Essays de Knox. [V. Knox (1752-1821), autor de
Essays Moral and Literary (1782). Cita libre de un pasaje de «No. V. On the
Fear of Appearing Singular».] <<
[xiv] Safo, Eloísa, la señora
Macaulay, la emperatriz de Rusia, la señora d’Eon, etc. Éstas y otras muchas
pueden considerarse excepciones; ¿acaso no son todos los héroes y heroínas las
excepciones a la regla general? Deseo que las mujeres sean, no heroínas ni
bestias, sino criaturas razonables. [Safo (600 a. C.), poeta griega; Eloísa,
intelectual medieval y amante de Pedro Abelardo (1079-1142); Catherine Macaulay
(1731-1791), historiadora y autora de History of England (1763-1783); Catalina
II, la Grande, emperatriz de Rusia (1729-1796); Charles de Beaumont, caballero
d’Eon (1728-1810), agente secreto francés que vivió en Londres disfrazado de
mujer. El sexo de la señora d’Eon fue revelado por una autopsia en 1810.]
<<
[1] Rousseau, Emilio, cit., p.
483: «Sofía debe ser mujer igual que Emilio es hombre».
<<
[i] Ya he insertado este pasaje,
n. iv, capítulo III. <<
[ii] ¡Qué tontería! <<
[2] Rousseau, Emilio, cit., p.
487. La cursiva es de Wollstonecraft. <<
[3] En la mitología clásica,
Procrustes tenía una cama de hierro en la que ataba a los viajeros que caían en
sus manos. Si el desgraciado viajero era muy alto y sus piernas sobrepasaban el
largo de la cama, cortaba lo sobrante, y si, por el contrario, era bajo y no
llegaba al borde, lo estiraba hasta que diera el largo de la cama. Teseo lo
venció y lo puso en la cama, y, como Procrustes era muy alto, le cortó las
piernas y la cabeza.
[4] El Génesis. Véase capítulo
II, n. 10, p. 75. <<
[5] El diablo. <<
[6] Rousseau, Emilio, cit., p.
491. <<
[7] Rousseau, Emilio, cit., p.
493. <<
[8] Rousseau, Emilio, cit., p.
494. <<
[9] Rousseau, Emilio, cit., pp.
495-496. <<
[10] Rousseau, Emilio, cit., p.
498. <<
[11] Rousseau, Emilio, cit., pp.
498-499. <<
[12] Francia. <<
[13] Durante la confesión. <<
[14] La mujer, creada después y a
partir del hombre según la Biblia. <<
[15] Rousseau, Emilio, cit., pp.
500-501. <<
[16] Rousseau, Emilio, cit., p.
501. <<
[17] Conde Georges Louis Leclerc de
Buffon (1707-1788), naturalista fiancés y autor de Histoire naturelle, générale
et particulière, de donde procede la cita. <<
[18] Rousseau, Emilio, cit., p.
502. <<
[19] Rousseau, Emilio, cit., p.
502. <<
[20] Rousseau, Emilio, cit., p.
502. <<
[21] Rousseau, Emilio, cit., pp.
502-503. <<
[22] Rousseau escribe: «Lo que es,
es bueno, y ninguna ley general puede ser mala». Rousseau, Emilio, cit., p.
504. <<
ebookelo.com - Página 380
[23] Rousseau, Emilio, cit., p.
504. <<
ebookelo.com - Página 381
[24] Rousseau, Emilio, cit., pp.
506-507. <<
ebookelo.com - Página 382
[25] Habitante de Circasia, región
de Rusia en la costa noreste del mar Negro. <<
ebookelo.com - Página 383
[26] Rousseau, Emilio, cit., p.
508. <<
[27] Rousseau, Emilio, cit., p.
510. <<
ebookelo.com - Página 385
[28] Véase cap. II, n. 13, p. 78.
<<
[iii] ¿Cuál sería la consecuencia
si sucediese que las opiniones de la madre y del marido no concordasen? Una
persona ignorante no puede ser persuadida de un error —y, cuando es persuadida
de abandonar un prejuicio por otro, la mente es confundida—. En efecto, el
marido puede no tener ninguna religión que enseñarle, aunque en semejante
situación ella carecerá de un apoyo para su virtud, independiente de las
consideraciones mundanas. <<
[29] Rousseau, Emilio, cit., p.
512. La cursiva es de Wollstonecraft. <<
[30] Rousseau, Emilio, cit., p.
513. <<
[31] Rousseau, Emilio, cit., p.
535. <<
[32] Rousseau, Emilio, cit., p.
536. La cursiva es de Wollstonecraft. <<
[33] Rousseau, Emilio, cit., p.
539. La cursiva es de Wollstonecraft. <<
[34] Cfr. Milton, op. cit., I, ll.
62-63: «[…] sin embargo esas llamas / no dan luz, sino más bien visible
oscuridad, / que sólo sirve para descubrir escenas de infortunio, / regiones de
dolor, lúgubres sombras, donde la paz / y el descanso no pueden habitar nunca»
[ed. cast. cit., p. 10]. <<
ebookelo.com - Página 393
[35] De officiis, de M. T. Cicerón
[ed. cast.: Sobre los, Madrid, Tecnos, 2002]. <<
ebookelo.com - Página 394
[36] Rousseau, Emilio, cit., p.
555. <<
ebookelo.com - Página 395
[37] Rousseau, Emilio, cit., p.
608. <<
ebookelo.com - Página 396
[38] Cita libre de Rousseau,
Emilio, cit., pp. 654-655. <<
ebookelo.com - Página 397
[iv] Emilio de Rousseau. <<
ebookelo.com - Página 398
[39] Rousseau, Emilio, cit., p.
655. <<
ebookelo.com - Página 399
[40] Cita libre de Adam Smith, op.
cit., p. 57. <<
ebookelo.com - Página 400
[41] J. Dryden (1631-1700), poeta y
dramaturgo inglés. Tomado de su libreto para la ópera The State of Innocence:
and Fall of Man, V, i, ll. 58-60. <<
ebookelo.com - Página 401
[42] Referencia a Emilio, el
protagonista de Rousseau, y a Telémaco, el protagonista de Les Aventures de
Télémaque (1699), de F. Fénélon. En el Emilio Sofía declara a su madre que está
enamorada del personaje ficticio de Telémaco: «Existe, vive, tal vez me está
buscando, un alma que puede amarle» (Rousseau, Emilio, cit., p. 550). <<
ebookelo.com - Página 402
[43] James Fordyce (1720-1796),
clérigo y poeta, autor de Sermons to Young Women (1765). <<
ebookelo.com - Página 403
[v] ¿Podéis?, ¿podéis?, sería el
comentario más enfático, si fuera expresado con voz sollozante. <<
ebookelo.com - Página 404
[44] J. Fordyce, Sermons to Young
Women [1776], en Female Education in the Age of Enlightenment, vol. I, Londres,
Pickering and Chatto, 1996, pp. 99-100. <<
ebookelo.com - Página 405
[45] Las mujeres. <<
ebookelo.com - Página 406
[46] James Hervey (1714-1758),
escritor y autor de Meditations and Contemplations (1746). <<
ebookelo.com - Página 407
[47] Fordyce. <<
ebookelo.com - Página 408
[48] Fordyce, op. cit., p. 163.
<<
ebookelo.com - Página 409
[49] Fordyce, op. cit., p. 248.
<<
ebookelo.com - Página 410
[50] Fordyce, op. cit., pp.
224-225. <<
ebookelo.com - Página 411
[51] Fordyce, op. cit., pp.
264-265. <<
ebookelo.com - Página 412
[52] J. Gregory, A Father’s Legacy
to his Daughters [1774], en Female Education in the Age of Enlightenment, vol.
I, Londres, Pickering and Chatto, 1996, p. 3. <<
ebookelo.com - Página 413
[53] Wollstonecraft no se ocupa en
esta obra del tema de la religión en un capítulo separado, como anuncia.
<<
ebookelo.com - Página 414
[vi] Dejemos que las mujeres
adquieran de una vez buen sentido. Y, si merece tal nombre, él les enseñará. Si
no, ¿de qué serviría cómo emplearlo? <<
ebookelo.com - Página 415
[54] Gregory, op. cit., p. 15.
<<
ebookelo.com - Página 416
[55] Mateo 7,13-14: «Entrad por la
puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la
perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y
qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuán pocos los que dan con ella!».
<<
ebookelo.com - Página 417
[56] Lucas 11, 33: «Nadie enciende
la lámpara y la pone en un rincón ni bajo el celemín, sino sobre un candelero
para que los que entren tengan luz». Véase también Marcos 4, 21 y Mateo 5, 15.
<<
ebookelo.com - Página 418
[57] Shakespeare, op. cit., I, ii,
ll. 80 y 89. <<
ebookelo.com - Página 419
[58] Gregory, op. cit., p. 17.
<<
ebookelo.com - Página 420
[59] Gregory, op. cit., p. 20.
<<
ebookelo.com - Página 421
[60] Gregory, op. cit., p. 20.
<<
ebookelo.com - Página 422
[61] Proverbios 4, 7. <<
ebookelo.com - Página 423
[62] Proverbios 1, 22. <<
ebookelo.com - Página 424
[63] Esto es, por haber sido
creadas después del hombre. <<
ebookelo.com - Página 425
[64] Referencia al mito indio según
el cual la tierra se sostiene sobre un elefante, que a su vez se sostiene sobre
una tortuga. <<
ebookelo.com - Página 426
[65] En la mitología clásica, el
gigante Atlas o Atlante, condenado por Zeus a soportar el cielo sobre sus
hombros. <<
ebookelo.com - Página 427
[vii] «¡Él es el hombre libre, a
quien la verdad hace libre!» [W. Cowper, The Task, Libro V, «The Winter Morning
Walk», l. 733. También Juan 8, 32: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará
libres».] <<
ebookelo.com - Página 428
[66] Filipenses 4, 7. <<
ebookelo.com - Página 429
[viii] Pretendo usar una palabra
que comprende más que la virtud sexual de la castidad.
<<
ebookelo.com - Página 430
[67] Hester Lynch Piozzi
(1741-1821), amiga íntima del doctor Johnson y prolífica escritora de cartas.
<<
ebookelo.com - Página 431
[68] Anne Louise Germaine de Staël
(1766-1817), autora famosa por sus tertulias literarias y políticas. <<
ebookelo.com - Página 432
[69] A. L. G. de Staël, Lettres sur
les Ouvrages et le Caractère de Jean-Jacques Rousseau, Ginebra, Slatkine, 1979,
p. 14. <<
ebookelo.com - Página 433
[70] Staël, op. cit., p. 15.
<<
ebookelo.com - Página 434
[71] La baronesa de Staël escribió
esta obra a los veintiún años de edad. <<
ebookelo.com - Página 435
[72] Ibid. <<
ebookelo.com - Página 436
[73] Stéphanie Félicité Ducrest de
Saint-Aubin, condesa de Genlis (1746-1830), autora de Adèle et Théodore, ou
lettres sur l’education, donde suscribe muchas de las ideas de Rousseau.
<<
ebookelo.com - Página 437
[ix] Una persona no ha de actuar
de este o aquel modo, aunque convencidos de que hacen lo correcto, porque
algunas circunstancias equívocas pueden llevar al mundo a sospechar que
actuaron por motivos distintos. Esto es sacrificar la sustancia por una sombra.
Que las personas observen tan sólo sus propios corazones y actúen
correctamente, en la medida en que pueden juzgar, y podrán así esperar
pacientemente hasta que la opinión del mundo cambie. Es mejor ser dirigido por
un motivo simple, pues la justicia ha sido sacrificada demasiado frecuentemente
por la propiedad —otra palabra para la conveniencia. <<
ebookelo.com - Página 438
[74] Hester Chapone (1727-1801),
escritora británica y amiga de Samuel Richardson. Autora de Letters on the
Improvement of the Mind: Addressed to a Lady (1773), un conjunto de diez cartas
escritas originalmente para su sobrina. Edición facsímil en Female Education in
the Age of Enlightenment, vol. 2, introducción de Jane Todd, cit.
<<
ebookelo.com - Página 439
[75] Catharine Macaulay, autora de
Letters on Education (1790). <<
ebookelo.com - Página 440
[x] Al coincidir en la opinión
con la señora Macaulay en relación a muchas ramas de la educación, remito a su
valioso trabajo, en vez de citar sus sentimientos para apoyar los míos.
<<
ebookelo.com - Página 441
[76] Véase capítulo IV, n. 10, p.
118. <<
ebookelo.com - Página 442
[xi] Que los niños deberían ser
constantemente protegidos contra los vicios y locuras del mundo, me parece una
opinión muy equivocada; pues en el curso de mi experiencia, y mis ojos han
visto mucho, nunca conocí a un joven educado de esta manera, que se hubiera
impregnado tempranamente de estas terribles sospechas y repetido de memoria el
dubitativo si de la edad, que no tuviese un carácter egoísta.
<<
ebookelo.com - Página 443
[77] Eclesiastés 3, 1: «Todo tiene
su momento, y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo». <<
ebookelo.com - Página 444
[xii] Ya he observado que un
conocimiento temprano del mundo, obtenido de una forma natural, mezclándose en
el mundo, tiene el mismo efecto: dar como ejemplos oficiales y mujeres.
<<
ebookelo.com - Página 445
[78] I Juan 4, 20: «Si alguno
dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su
hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve». <<
ebookelo.com - Página 446
[79] Fuego fatuo. Luces de diversos
colores que oscilan y cambian continuamente de dirección, interpretadas
históricamente en diversas culturas como evidencia de la presencia de
espíritus. Wollstonecraft usa el término para referirse a un principio guía
engañoso. <<
ebookelo.com - Página 447
[80] Héroe de un cuento de Richard
Steele (1672-1729), aparecido en The Spectator 11, 13 de marzo de 1711.
<<
ebookelo.com - Página 448
[xiii] «Creo que todo es sabiduría
de boca para afuera, que necesita experiencia», dice Sidney. [Sir R Sidney
(1554-1586), «Countess of Pembroke’s Arcadia» (1590).] <<
ebookelo.com - Página 449
[81] W. Shakespeare, As You Like
It, II, vii, ll. 147-150: «El mundo entero es un escenario, / Y todos los
hombres y mujeres meramente actores: / Tienen sus salidas y sus entradas, / Y
un hombre interpreta en su tiempo muchos papeles». <<
ebookelo.com - Página 450
[82] Shakespeare, As You Like It,
II, cit., vii, ll. 160-161: «Buscando la engañosa reputación / Incluso en la
boca del cañón». <<
ebookelo.com - Página 451
[83] Pantaleón o Pantaleone,
personaje clásico de la comedia italiana. <<
ebookelo.com - Página 452
[84] En Gulliver’s Travels (1726)
de Jonathan Swift, los yahoos eran animales con forma humana sujetos a los
houyhnhnms, caballos dotados de razón humana. <<
ebookelo.com - Página 453
[xiv] Véase Sr. Burke. [Edmund
Burke, autor de Reflections on the Revolution in France (1790). Wollstonecraft
atacó las opiniones de Burke en dicha obra en A Vindication of the Rights of
Men (1790).] <<
ebookelo.com - Página 454
[xv] «Convence a un hombre contra
su voluntad, / Y seguirá siendo de la misma opinión» [S. Butler, Hudibras,
Tercera Parte, Canto III, ll. 547-548 (1678)]. <<
ebookelo.com - Página 455
[xvi] «Uno no ve nada cuando se
contenta con contemplar; es necesario actuar por uno mismo para ser capaz de
ver cómo actúan otros». Rousseau. <<
ebookelo.com - Página 456
[xvii] Véase un excelente
ensayo sobre este tema de la señora Barbauld en Miscellaneous Pieces in Prose.
[Anna Laetitia Barbauld, «Against Inconsistency in Our Expectations».] <<
ebookelo.com - Página 457
[i] Algunas veces, cuando me
siento inclinada a burlarme de los materialistas, he preguntado si, al igual
que los efectos más poderosos en la naturaleza son producidos, aparentemente,
por los fluidos, el magnetismo, etc., no podrían ser las pasiones los finos
fluidos volátiles que abrazan a la humanidad, manteniendo unidas las partes
elementales más refractarias, o si son simplemente un fuego líquido que
impregna los materiales más pesados dándoles vida y calor. <<
ebookelo.com - Página 458
[1] A. Pope, An Essay on Man, II,
ll. 35-36: «La joven Enfermedad que debe derrocar eventualmente crece con su
crecimiento y se fortalece con su fuerza». <<
ebookelo.com - Página 459
[2] J. Swift, «The Furniture of a
Woman’s Mind» (1727), l. 1. <<
ebookelo.com - Página 460
[3] Cfr. Milton, op. cit., IV,
ll. 635-636 [ed. cast, cit., p. 74]. <<
ebookelo.com - Página 461
[4] Swift, op. cit., l. 2.
<<
ebookelo.com - Página 462
[5] Pope, Moral Essays II, cit.,
«Of the Characters of Women», ll. 215-216: «Algunos hombres se dedican a los
negocios, otros al placer; pero toda mujer es en el fondo una libertina».
<<
ebookelo.com - Página 463
[6] J. Dryden, Palamon and
Arcite, III, ll. 231-232. <<
ebookelo.com - Página 464
[7] Robert Lovelace, el villano
de Clarissa (1748-1749), de Samuel Richardson. Vease capitulo IV, n. 25, p.
138. <<
ebookelo.com - Página 465
[ii] Con frecuencia he visto esto
ejemplificado en mujeres cuya belleza no podía ya ser reparada. Se han retirado
del ruidoso escenario de la disipación; pero, a menos que se conviertan en
metodistas, la soledad de la selecta sociedad de las conexiones o conocidos de
sus familias se ha mostrado sólo un horroroso vacío. En consecuencia, las
neurosis y toda la hipocondría que sigue a la ociosidad las hicieron casi tan
inútiles, y mucho más infelices, que cuando se unieron al frívolo tumulto.
<<
ebookelo.com - Página 466
[1] J. Milton, «Ad Patrem», ll.
100-102: «Me sentaré entre la hiedra y los laureles del victorioso, / y ya no
me mezclaré obscuramente con el aburrido populacho; / mis huellas escaparán de
los ojos profanos». <<
ebookelo.com - Página 467
[2] George Washington
(1732-1799), uno de los fundadores de la república de los Estados Unidos y su
primer presidente (1789-1797). Elegido por unanimidad comandante en jefe de las
fuerzas armadas norteamericanas en 1755, puesto para el cual no se había postulado,
declaró en su discurso de aceptación que no se consideraba merecedor de dicho
honor. <<
ebookelo.com - Página 468
[i]
mejante es el miedo de la doncella del campo,
principio, cuando tiene a la vista un abrigo rojo;
ulta su rostro tras la puerta;
siguiente ocasión los galones contempla a distancia;
ora ya puede soportar todos los horrores de él,
retira la mano de sus apretones.
fruta confiada en sus brazos,
odo soldado posee sus encantos;
toldo en toldo extiende su llama;
s la costumbre conquista vergüenza y miedo».
Gay [J. Gay (1685-1732), poeta y dramaturgo inglés. La cita procede de
Fable XIII, «The Tame Stag», 11. 27-36 (1727)]. <<
ebookelo.com - Página 469
[3] J. Berkenhout, A Volume of
Letters to His Son at the University, Cambridge, 1790, p. 307. <<
ebookelo.com - Página 470
[ii] La modestia es la grácil
virtud sosegada de la madurez; la timidez es el encanto de la juventud vivaz.
<<
ebookelo.com - Página 471
[iii] He conversado, como de
hombre a hombre, con médicos, sobre temas de anatomía, y he comparado las
proporciones del cuerpo humano con artistas; sin embargo, con tal modestia me
encontré, que nunca se me recordó mediante la palabra o la mirada mi sexo, ni las
reglas absurdas que hacen a la modestia un manto fariseo de la debilidad. Y
estoy persuadida de que en la búsqueda del conocimiento las mujeres nunca
serían insultadas por los hombres sensatos, y raramente por hombres de
cualquier tipo, si ellos no les recordasen con falsa modestia que son mujeres:
motivadas por el mismo espíritu que las damas portuguesas, que considerarían
sus encantos insultados, si, al ser dejadas a solas con un hombre, él no
intentase, al menos, comportarse de manera groseramente familiar con sus
personas. Los hombres no son siempre hombres en compañía de las mujeres, ni las
mujeres recordarían siempre que son mujeres si se les permitiese adquirir más
entendimiento. [Wollstonecraft visitó Portugal en noviembre de 1785 para
asistir a su amiga Fanny Blood Skeys durante su embarazo y parto. Fanny
falleció el 29 de noviembre tras dar a luz y Mary regresó a Inglaterra.]
<<
ebookelo.com - Página 472
[iv] Ya sea hombre o mujer, pues
el mundo contiene muchos hombres modestos. <<
ebookelo.com - Página 473
[v] La conducta inmodesta de
muchas mujeres casadas, que son sin embargo fieles al lecho de sus maridos,
ilustrará esta observación. <<
ebookelo.com - Página 474
[4] Shakespeare, Hamlet, cit., V,
i, 80: «¿Dónde están vuestras mofas, vuestras cabriolas, vuestras canciones,
vuestras agudezas, que hacían prorrumpir a toda la mesa en una carcajada?».
<<
ebookelo.com - Página 475
[vi] La pobre polilla que
revolotea alrededor de una vela se quema las alas. <<
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[5] Véase capítulo II, n. 19, p.
83. <<
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[vii] Las niñas ven muy pronto a
los gatos con sus gatitos, a los pájaros con sus crías, etc. ¿Por qué no se les
ha de decir que sus madres los llevan y alimentan de la misma manera? Como no
habría entonces apariencia de misterio, no pensarían más en el tema. Siempre se
les debe contar la verdad a las niñas, si se les cuenta seriamente; pero es la
inmodestia de la modestia fingida la que hace todo el mal; y este humo aviva la
imaginación al tratar de oscurecer en vano ciertos objetos. Si, de hecho, se
pudiese apartar completamente a las niñas de la compañía inapropiada, no
aludiríamos nunca a ningún tema semejante; pero, como esto es imposible, lo
mejor es contarles la verdad, especialmente porque dicha información, al no
interesarles, no producirá ninguna impresión en su imaginación. <<
ebookelo.com - Página 478
[viii] El afecto más bien les haría
elegir cumplir esos deberes, para no herir la delicadeza de un amigo, incluso
corriendo un velo sobre ellos, pues aquel desvalimiento personal que produce la
enfermedad es de una naturaleza humillante.
<<
ebookelo.com - Página 479
[ix] Recuerdo haberme encontrado
con una frase, en un libro de educación, que me hizo sonreír: «Sería
innecesario advertiros de no poner vuestras manos, por casualidad, bajo la
pañoleta del cuello; ¡pues una mujer modesta nunca hizo tal cosa!». <<
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[6] Secta judía que habitaba en
Palestina entre el 100 a. C. y el 100 d. C. aproximadamente. La secta agrupaba
a unas cuatro mil personas que practicaban la comunidad de bienes y la
sencillez de costumbres. Vestían siempre de blanco y practicaban abluciones rituales
varias veces al día con el fin de purificar el alma y el cuerpo. Se cree que
los Rollos del Mar Muerto, descubiertos en 1946, pertenecían a su biblioteca.
<<
ebookelo.com - Página 481
[7] «Economía animal» es una
expresión científica del siglo XVIII que significa a grandes rasgos
«fisiología» o «biología humana». La palabra «economía» en esta expresión se
refiere a las varias partes del cuerpo que viven juntas en un organismo.
Wollstonecraft se refiere a la evacuación de los excrementos y de la orina, que
más arriba denomina «las tareas más desagradables». <<
ebookelo.com - Página 482
[8] Diana, hija de Júpiter y de
Latona, diosa romana de la caza. Obtuvo permiso de su padre para no casarse
nunca, y éste asimismo la nombró reina de los bosques. <<
ebookelo.com - Página 483
[9] I Corintios 3, 16-17: «¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le aniquilará. Porque el templo de
Dios es santo, y ese templo sois vosotros». <<
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[10] Jeremías 17,10: «Yo, Yahvé,
que penetro los corazones y pruebo los riñones para retribuir a cada uno según
sus caminos, según el fruto de sus obras». También I Crónicas 28, 9. <<
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[11] Cfr. Lucas 1, 30: «El ángel le
dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios». <<
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[12] Mateo 5, 48: «Sed, pues,
perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial». También I Juan 3, 3.
<<
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[x] El comportamiento de muchas
mujeres recién casadas con frecuencia me ha desagradado. Parecen ansiosas por
no dejar nunca que sus maridos olviden el privilegio del matrimonio, y por no
encontrar placer alguno en su compañía a menos que él actúe como amante.
¡Corto, de hecho, ha de ser el reino del amor, cuando la llama es así
constantemente inflada, sin recibir ningún combustible sólido! <<
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[1] El camaleón atrapa a sus
presas con la lengua muy rápidamente, de forma casi imperceptible para el ojo
humano, de ahí que se diga que se alimenta de aire. <<
ebookelo.com - Página 489
[2] En la mitología griega, Argos
era un gigante de cien ojos, de los cuales sólo dos dormían cada vez, destinado
por Hera para vigilar a Ío, de quien estaba celosa. Zeus envió a Hermes a
liberar a Ío, y éste consiguió arrullarlo y hacerle dormir liberando así a
ésta. <<
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[3] Rousseau, Emilio, cit., p.
494. <<
ebookelo.com - Página 491
[4] Smith, op. cit., p. 304.
<<
ebookelo.com - Página 492
[5] Mateo 6, 5: «Y cuando oréis,
no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en
los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo
que ya recibieron su recompensa». <<
ebookelo.com - Página 493
[6] I Samuel 16, 7: «No ve Dios
como el hombre; el hombre ve la figura, pero Yahvé mira al corazón». <<
ebookelo.com - Página 494
[7] Salmos 27, 5: «Pues Él me
pondrá en seguro en su tienda el día de la desventura, me tendrá a cubierto en
su pabellón, me pondrá en alto sobre su roca». Salmos 31, 21: «Tú los guardas,
al amparo de tu rostro, de las altanerías de los hombres, y como en una tienda
los pones a cubierto de las lenguas pendencieras». <<
ebookelo.com - Página 495
[i] Aludo a varios escritos
biográficos, pero en particular a Life of Johnson de Boswell. [James Boswell
(1740-1795), amigo de Samuel Johnson y autor de su biografía The Life of Samuel
Johnson, LL. D. (1791).] <<
[8] Noble romana, hija del
prefecto Espurio Lucrecio y esposa de Tarquinio Colatino, que fue violada por
Sixto Tarquino, hijo del monarca Tarquino el Soberbio. Lucrecia se suicidó para
salvar la honra de su esposo y de su padre. Este escándalo contribuyó a la
caída de la monarquía y al inicio de la época republicana. <<
[ii] Smith. <<
[9] Syzygium cumini, árbol
autóctono de la India y Malasia. Sus frutos no son venenosos, pero la sombra
creada por su denso follaje impide que otras plantas crezcan bajo él. <<
W. Shakespeare, Julius Caesar, II, 1, ll. 35-37: «Y por tanto, piensa
que es como un huevo de serpiente / Que si fuera incubado, sería dañino por
naturaleza, y mátale en el cascarón» [ed. cast.: Julio César, Espasa-Calpe,
1990, p. 74]. <<
[11] C. Macaulay, Letters on
Education [1790], en Female Education in the Age of Enlightenment, vol. III,
cit., pp. 210 y 212. <<
[12] Hardt opina que Wollstonecraft
podría aludir en este párrafo a las prácticas sexuales con animales (Hardt, op.
cit., p. 507). <<
[13] Los nacidos con alguna
malformación o deficiencia por causa de la sífilis de los padres. <<
[14] Referencia a la costumbre de
abandonar a los niños no deseados en la antigua Grecia. <<
[1] Cfr. I. Watts, Divine Songs
[1720], «Song XX»: «Pues Satán encuentra algún mal que hacer / para las manos
ociosas». <<
[2] Véase capítulo I, n. 7, p.
60. <<
[3] Véase capítulo VII, n. 2, p.
208. <<
[4] Juego de cartas en el que los
jugadores hacen apuestas sobre el orden en que aparecerán ciertas cartas de la
baraja. <<
[5] Referencia a las votaciones
en el Parlamento inglés. «Voz única» significa voto, mientras que «pequeño
escuadrón» alude a un pequeño número de miembros del Parlamento. <<
[6] Shakespeare, Macbeth, cit.,
I, v, 11. 17-19: «Pero temo tu naturaleza; / está demasiado llena de la leche
de la bondad humana / para tomar el camino más corto» [ed. cast. cit., p. 131].
<<
[7] Perro de tres cabezas,
guardián de los Infiernos en la mitología griega. <<
[8] En la época, los esclavos
producían el azúcar, y éste fue un asunto de debate y controversia pública.
<<
[9] En el libro V del Emilio
Rousseau pregunta: «¿Cambiaría una mujer así, brusca y alternativamente, de
manera de vivir sin peligro y sin riesgo? ¿Será hoy nodriza y mañana guerrera?
¿Cambiará de temperamento y gustos como un camaleón de colores?» (véase Rousseau,
Emilio, cit., p. 490). <<
Isaías 2, 4: «[…] de sus espadas harán rejas de arado, y de sus lanzas
hoces. No alzarán la espada gente contra gente, ni se ejercitarán para la
guerra». <<
[11] Ésta era una idea realmente
avanzada en 1792. La primera mujer que se sentó en el Parlamento Británico fue
Lady Astor en 1919. El sufragio femenino fue establecido en Gran Bretaña en
1928. <<
[12] Calle londinense donde se
encuentran los principales centros de la Administración británica. Por
extensión, «Whitehall» se utiliza para referirse a la Administración británica.
<<
[13] Véase W. Shakespeare, Othello,
II, i, l. 173. <<
[14] Obstetra, tocólogo. <<
[15] Cfr. Milton, op. cit., III,
ll. 11-12 [ed. cast, cit., p. 47]. <<
[16] Referencia a la muerte.
Paradise Lost II, 1. 667. «Si puede llamarse forma a aquella forma que no tiene
ninguna». [Ed. cast, cit., p. 38.] <<
[17] La prostitución legal es una
referencia al matrimonio. <<
[18] F. Fénélon, Les Aventures de
Télémaque, ed. Jeanne-Lydie Goré, París, Gamier, 1987, p. 200. <<
[19] W. Shakespeare, Sonnet 73, l.
12: «Consumido por aquello que le alimentaba» [ed. cast.: Los sonetos de
Shakespeare, Madrid, Edaf, 2000, p. 193]. <<
[i] L’amour propre. L’amour de
soi-même. [Autoestima en el primer caso, vanidad en el segundo.] <<
[1] Shakespeare, Macbeth, cit.,
IV, i, l. 83 [ed. cast. cit., p. 167]. <<
[2] En el Antiguo Testamento,
Libro del Génesis, Rebeca, la madre de Jacob y Esaú, intentó que el primero, su
hijo favorito, ganara el favor de su padre Isaac con medios deshonestos.
<<
[1] Dios y Adán. <<
[i] El doctor Johnson hace la
misma observación. [En S. Johnson, «The cruelty of parental tyranny», The
Rambler 148 (17 de agosto de 1751).] <<
[2] Romanos 11, 33: «¡Oh,
profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán
insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!». <<
[3] I Juan 1,5: «Éste es el
mensaje que de Él hemos oído, y os anunciamos que Dios es luz y que en Él no
hay tiniebla alguna». <<
[4] Artículo 46.2 de la obra Some
Thoughts Concerning Education (1693), de J. Locke (1632-1704) [ed. cast.:
Pensamientos sobre la educación, Madrid, Akal, 1986, p. 76].
[ii] Yo misma oí una vez a una
joven decir a un sirviente: «Mi mamá ha estado regañándome finamente esta
mañana, porque su cabello no estaba peinado a su gusto». Aunque impertinente,
esta observación fue justa. ¿Y qué respeto podría una joven adquirir por semejante
madre sin violentar la razón? <<
[1] Educación en casa, en
contraposición a la educación «pública» en las escuelas. La educación no fue
obligatoria y gratuita en Gran Bretaña hasta finales del siglo XIX. <<
[2] En referencia a las
vacaciones escolares. <<
[3] Véase capítulo II, n. 18, p.
82. <<
[4] Lucas 16, 8: «Pues los hijos
de este siglo son más avisados entre sus congéneres que los hijos de la luz».
<<
[5] En el original, «romish»,
adjetivo despectivo relativo a la Iglesia católica. <<
[6] En inglés se llama escuela
pública («public school») a los colegios privados para alumnos de edades
comprendidas entre 13 y 18 años. <<
[7] Juego de cartas predecesor
del bridge. <<
[i] Aludo en particular, ahora,
a las numerosas academias en Londres y sus alrededores, y al comportamiento de
la parte comercial de esta gran ciudad. <<
[ii] Recuerdo una circunstancia
que vino a mi observación y provocó mi indignación. Había ido a visitar a un
muchachito al colegio donde los niños eran preparados para otro mayor. El
maestro me condujo al aula, etc., pero, mientras caminaba por un ancho camino
de gravilla, no pude evitar observar que el césped crecía muy profusamente a
cada uno de los lados. Inmediatamente hice algunas preguntas al niño, y
descubrí que no se permitía a los pobres chicos salirse del camino, y que el
maestro permitía a veces que llevasen a las ovejas a pastar en el inexplorado
césped. El tirano de este dominio solía sentarse al lado de una ventana que
miraba al jardín de la prisión, y cercó una esquina que había a la vuelta,
donde los desafortunados jóvenes podían jugar libremente, para cultivar
patatas. La esposa, del mismo modo, está igualmente ansiosa por mantener a sus
niños en orden, por miedo de que se ensucien o rasguen sus ropas. <<
[8] La educación mixta se
extendió gradualmente en Gran Bretaña durante el siglo XX.
[9] Colorete. <<
[iii] Francia. <<
[iv] Al tratar esta parte del
asunto, he tomado prestadas algunas sugerencias de un panfleto muy sensato,
escrito por el anterior obispo de Autun sobre la Educación Pública. [El
«anterior obispo de Autun» era Talleyrand, a quien Wollstonecraft dedica esta
obra. Dejó el obispado en enero de 1791, un año antes de la publicación de
Vindicación. El panfleto a que se refiere Wollstonecraft es Rapport sur
L’Instruction Publique, fait au nom du Comité de Constitution. Véase la
dedicatoria, nn. 1 y 2, p. 39.] <<
[10] En la mitología grecorromana,
Juno (Hera) es la esposa de Júpiter (Zeus). <<
[v] Del obispo de Autun. <<
[11] Posible referencia a las
ataduras de los corsés y fajas. <<
[12] Probablemente Wollstonecraft
se refiere a Julie: La Nouvelle Héloïse (1761) de Rousseau. <<
[13] Teresa Le Vasseur era una
sirvienta analfabeta cuando conoció a Rousseau en 1745. Fue desde entonces su
compañera de por vida y madre de sus cinco hijos, a los que entregaron al
hospicio. No contrajeron matrimonio hasta 1768. <<
[14] Rousseau padecía de una
afección de la vejiga. <<
[15] Dios semítico a quien se
sacrificaban los niños. <<
[16] Debido a las enfermedades
venéreas. Éxodo 20,5: «No te postrarás ante ellas y no las servirás, porque yo
soy Yahvé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de
los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». También
Deuteronomio 5, 9. <<
[i] Una vez viví en el barrio de
uno de estos hombres, un hombre apuesto, y vi con sorpresa e indignación a
mujeres, cuya apariencia y presencia denotaban una categoría en la que se
supone que éstas reciben una educación superior, congregarse en su puerta. <<
[1] Magnetizadores entendidos
como hipnotizadores que tratan el dolor corporal o espiritual. <<
[2] Véase capítulo VII, n. 7, p.
217. <<
[3] Hace alusión a los
«hipnotizadores». Mary Wollstonecraft, de acuerdo con el Oxford English
Dictionary, fue una de las primeras autoras en emplear esta palabra.
[4] La Iglesia católica romana
permite que los fieles paguen una cantidad de dinero para que se oficie una
misa con el fin de liberar del Purgatorio las almas de las personas fallecidas.
<<
[5] Hace referencia a los
«exvotos», esto es, a las ofrendas realizadas en agradecimiento de un beneficio
obtenido, que se cuelgan en los muros de las capillas.
<<
[6] Juan 5, 14: «Mira que has
sido curado; no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor». Véase también Juan 8,
11. <<
[7] Mateo 10, 24: «No está el
discípulo sobre el maestro, ni el siervo sobre su amo».
<<
[8] Mateo 7, 15: «Guardaos de los
falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro
son lobos rapaces». <<
[9] Mateo 7, 16: «Por sus frutos
lo conoceréis». <<
[10] Lamentaciones 4, 6: «El
castigo de la hija de mi pueblo es más grande que el de Sodoma». <<
[11] Isaías 66, 24: «Cuyo gusano
nunca morirá y cuyo fuego no se apagará». <<
[12] Esto es, las novelas. <<
[ii] No hago alusión ahora a esa
superioridad de mente que lleva a la creación de la belleza ideal, cuando la
vida, examinada bajo una mirada penetrante, parece una tragicomedia en la que
se puede ver poco que satisfaga al corazón sin la ayuda de la imaginación.
<<
13] Cita libre de J. SWIFT, «A
Letter to a Young Lady on Her Marriage» [1727], en The Basic Writings of
Jonathan Swift, ed. Claude Rawson, Nueva York, Random House, 2002, p. 284.
<<
[14] Mateo 7, 26-27: «Pero el que
me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio, que
edificó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes,
soplaron los vientos y dieron sobre la casa, y cayó con gran fracaso».
[15] Pope, Moral Essays II, cit.,
«Of the Characters of Women», 11. 3-4. <<
[16] Smith, op. cit., p. 342: «La
humanidad es virtud propia de la mujer, la liberalidad del hombre. El sexo
bello, que tiene habitualmente mucha más ternura que el nuestro, pocas veces
ostenta mucha generosidad». <<
[17] Aunque actualmente se sabe que
durante el periodo de lactancia las mujeres pueden quedarse de nuevo
embarazadas y, por lo tanto, no existen pruebas médicas que demuestren lo
contrario, en aquella época se creía que sí. Véase D. MCLAREN, «Marital
Fertility and Lactation, 1570-1720», en M. Prior (ed.), Women in English
Society 1500-1800, Nueva York, Methuen, 1985, pp. 22-53. <<
[18] Mateo 7, 16: «Por sus frutos
los conoceréis. ¿Acaso de los espinos se cosechan uvas, o de los cardos
higos?». <<
[19] Esto es, a los hijos de la
pareja. Véase capítulo X, p. 253. <<
[20] Mateo 12, 25: «Penetrando Él
sus pensamientos, les dijo: Todo reino en sí dividido será desolado y toda
ciudad o casa en sí dividida no subsistirá». <<
[21] Lucas 8, 30: «Preguntóle
Jesús: ¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión. Porque habían entrado en él
muchos demonios». <<
[22] Aquellos que se separaron de
las doctrinas y costumbres de la Iglesia de Inglaterra. <<
[23] Samuel Butler (1612-1680),
poeta y escritor satírico inglés, autor de Hudibras, poema épico-burlesco sobre
el puritanismo que narra las aventuras de Hudibras, caballero puritano y
disidente a que se refiere Wollstonecraft en este párrafo. <<
[iii] Me he extendido más sobre
las ventajas que podrían esperarse razonablemente de una mejora de las
conductas femeninas, hacia la reforma general de la sociedad, pero me pareció
que tales reflexiones cerrarían de manera más apropiada el último volumen. <<

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