© Libro N° 13566. Los Mares De Adentro. Urbina, Nicasio. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
Los Mares De Adentro. Nicasio Urbina
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Los Mares De Adentro. Nicasio Urbina
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Nicasio Urbina
Los Mares De
Adentro
Nicasio Urbina
Los Mares De
Adentro
Nicasio Urbina
Después de instalarse en la cabaña y desempacar las cosas Tomás
consiguió ponerse la calzoneta y meterse un rato al mar. Desde hacía meses
había estado deseando darse un buen baño en el mar, sentir el agua salada en
los labios, sentir las olas reventándole en el pecho y la arena bajo los pies
como una inmensa alfombra de algodón.
Había estado planeando el viaje desde noviembre: unos cuantos días en la
playa, tomar el sol, caminar por la costa, tumbarse en la arena sin pensar en
nada, dormirse en la noche escuchando las olas reventar en la playa. Lo había
soñado en las mañanas de la oficina, cuando recibía los reportes y analizaba
las ventas, lo había pensado por las tardes cuando regresaba a casa y en la
carretera los autos se movían con la lentitud de una enorme serpiente, lo había
vivido en las noches cuando los niños finalmente se dormían y Susana se
entretenía leyendo una revista de pintura. Después de algunos meses había
logrado que finalmente las vacaciones de la oficina coincidieran con las
demandas de la clientela de Susana, con el receso de las clases de piano de
Esther y los partidos de béisbol y las competencias de natación de Edgardo.
Tomás llamó rápidamente a la agencia de viajes para hacer las reservaciones,
empacó todo lo necesario antes de que Susana pensara en otros compromisos y
metió a todo el mundo en el coche.
Tomás corrió hasta la playa y respiró profundamente el aire oloroso a
mariscos, se quitó de un tirón la camiseta y caminó hasta el mar. La bahía era
amplia y hermosa, y el mar, de un azul profundo, se veía límpido y espumoso.
Tomás pensó que todo era mejor de lo que había soñado. En sus sueños el sol no
era tan cálido ni tan brillante, ni la arena tan blanca, ni las olas tan
grandes y hermosas y se sintió maravillado al comprobar que siempre la realidad
era mejor que la imaginación.
Tomás estaba contento. No había sido fácil pasar a un compañero de
trabajo los asuntos más importantes y posponer otros que podían esperar, había
tenido que convencer al jefe de que necesitaba tomarse unos días de vacaciones,
de que no se sentía bien y de que algunos días en la playa cambiarían su estado
anímico, que volvería rejuvenecido y que a su regreso empezaría a trabajar en
el reporte de fin de año. No había sido fácil convencer a Susana de que
cancelara algunos compromisos con sus clientes, que las casas y los
apartamentos podían esperar un poco, que dejara instrucciones a los operarios
para que avanzaran en los trabajos mientras ella se ausentaba. No había sido
fácil porque Esther tenía una fiesta a la semana siguiente y todas sus amigas
estarían ahí, sólo ella faltaría al cumpleaños de Margarita y no se lo
perdonaría jamás. Tomás la llevó a la tienda para que le comprara un regalo y
se lo diera por adelantado y Susana la llevó a casa de Margarita para que la
felicitara. Con Edgardo no había tenido mucho problema para convencerlo de que
nadar en el mar era la prueba máxima de todo nadador, y que la piscina era cosa
de niños comparado con el océano inmenso, con las olas gigantescas en las que
uno se podía sumergir y sentir que el mundo le pasaba a uno por la cabeza. Así
que no había sido fácil, pero aquel sábado había montado a toda la familia en
el coche y había partido por la carretera del Este.
Tomás sintió un escalofrío cuando la primera ola rompió entre sus
piernas y la espuma le subió hasta la cintura. El agua estaba templada y sentía
entre los dedos la arena pesada y fina. El mar era tan cristalino que podía ver
claramente el fondo, las conchas de colores, las piedras, las puntas de los
pies flotando como un par de peces a la deriva. El océano llenaba la playa con
las olas y la vaciaba con fuerza y alegría, llevándose con ímpetu el agua que
generosamente traía de regreso, cargado de espuma y sal.
Siempre le había gustado el mar. Desde chico, cuando iba con sus padres
los fines de semana a los balnearios cercanos, y se pasaba las horas
construyendo castillos de arena y represas que luego el mar arroyaba sin
compasión. A Tomás aquello no le causaba pena y más bien veía con deleitación
cómo el agua llenaba el foso y subía por los murallones, cómo destruía el
torreón y se colaba por los laberintos infinitos que durante horas había
construido con minuciosa paciencia. Mientras los otros chicos lloraban cuando
el mar destruía sus maltrechos almenares, Tomás sonreía al ver el agua entrar
por el portón central, invadir el patio de armas, penetrar las galerías
interiores y salir por las puertas laterales. Tomás gozaba viendo la
destrucción de su obra con la misma pasión con que la había erigido, durante
horas. En cierta forma era para él la culminación del proceso que empezaba con
escoger el lugar adecuado de forma que el agua sólo llegara al final, con la
marea alta; que seguía con el mezclar arena con diferentes grados de humedad,
de forma que tuviera la solidez y la cohesión apropiada para cada uso y
situación; con diseñar el tipo de castillo que se deseaba, orientar bien los
puentes y los torreones para resistir los embates de la guerra y abrirse
estratégicamente al asalto del mar. El mar era el enemigo temido, al que en
todo instante se tenía en mente, al que se atacaba por todos los flancos pero
ante el que se sabía que, inevitablemente, se habría de sucumbir.
Tomás y Susana habían estado en el mar por última vez el año antes del
nacimiento de Edgardo, hacía ya cinco años. Habían estado en un hotel de
Buenavista y Esther se había quedado con los abuelos. Tomás lo recordaba muy
bien pues en aquella oportunidad había sido más feliz que en su luna de miel.
Hacía ya cinco años de aquello y ahora entraba poco a poco en aquel mar cálido
y celeste, sintiendo la espuma subirle por la cintura y el agua arremolinarse
en sus espaldas.
Mientras se lanzaba de cabeza por encima de una ola pensó en sus
compañeros de trabajo en la oficina, probablemente cerrando el escritorio y
escribiendo los reportes de las transacciones del día, balanceando las cuentas
y contando las ganancias, haciendo planes para ir a celebrar al Bohème o al
Punto Cinco. Había entrado en la compañía hacía nueve años, recién graduado, y
había pasado de oficial de contaduría a jefe de ventas y se rumoraba que
próximamente lo ascenderían a vicepresidente ejecutivo. Le gustaba su trabajo y
aunque pensaba que en el futuro le gustaría independizarse y poner su propia
compañía, se sentía satisfecho de lo que había logrado en esos años. Su jefe lo
apreciaba y lo respetaba, a menudo le consultaba en forma privada decisiones y
asuntos de la empresa que no estaban directamente vinculados con su
responsabilidad, y Tomás se sentía alagado por esa confianza.
Cuando empezó a trabajar en la compañía la empresa pasaba por tiempos
malos, la producción era bajísima debido a los métodos obsoletos que databan de
los tiempos de la fundación de la empresa, al terminar la Segunda Guerra
Mundial; los medios de distribución y mercadeo eran deficientes y se carecía
totalmente de instrumentos de control financiero; pero el jefe estaba dispuesto
a sacar adelante la compañía que había fundado su padre y eso significaba
modernizarla. Contrató a dos ingenieros que reestructuraron la planta
principal, reemplazaron las máquinas viejas por modernos equipos controlados
por ordenadores y mejoraron la calidad de los productos. Se puso al frente del
departamento de ventas e introdujo innovadores modelos de mercadeo que dieron
nueva apariencia a los productos y expandieron el mercado y reestructuró el
departamento de contabilidad, sustituyendo los viejos métodos de facturación
por un innovador diseño computarizado que les permitía saber exactamente el
estado de cuentas de la empresa en cualquier momento dado. Tomás demostró desde
el principio ser un empleado eficaz e inteligente que llevaba al día las
finanzas de la empresa, que siempre tenía sugerencias e ideas para mejorar el
control financiero y aumentar las ganancias de la compañía. Fue él el que
propuso diversificar la producción y entrar a competir en otros campos con
compañías que tenían tradicionalmente el monopolio, con las que nadie había
pensado competir. Al cabo de dos años Tomás pasó al departamento de ventas y
demostró su habilidad para el tratamiento del personal, su imaginación para
crearle mercado a los productos y su talento como publicista. Al cabo de seis
años la compañía era una de las más grandes del país, tenía varias subsidiarias
y las ventas ascendían a varios millones de pesos anuales. El día en que
inauguraron el nuevo edificio en la calle Corrales, Tomás se sintió dichoso.
Aunque la compañía no era suya sabía que gran parte del triunfo se debía a su
trabajo y su talento, gozaba de buen sueldo y buenas bonificaciones y poco a
poco iba ahorrando capital para instalarse algún día por su cuenta. Mientras
tanto había aprendido mucho, ahora conocía mejor el mercado y sus necesidades,
había aprendido a lidiar con el gobierno y a sacarle buen partido a las leyes
de protección empresarial, y sobre todo, tenía todas las conexiones y los
contactos que necesitaría un día para instalarse por su cuenta. Aunque parecía
no prestarle importancia, sabía que en cualquier momento el jefe le comunicaría
su decisión de ascenderlo a vicepresidente ejecutivo, y aunque había planeado
decirle que tenía que pensarlo, sabía que aceptaría el nuevo puesto.
Tomás estiraba el brazo por encima del hombro y lo dejaba caer
suavemente al agua, juntaba los dedos y describía un semicírculo perfecto
sintiendo la presión del agua y la tensión de los músculos, movía las piernas
con un balanceo constante y suave y torcía el cuello sacando la cara del agua y
respirando por la boca. Tenía los ojos cerrados pero sentía la sal en los
labios y las olas pasándole por la espalda. Pensó que no había traído los
anteojos de nadar y que le hubiera gustado poder ver la arena del fondo en
aquella agua tan clara y cristalina. Nadaba paralelo a la costa y regresó
nadando despacio, moviendo ambos brazos al mismo tiempo, estirando y encogiendo
las piernas y tomándose tiempo en la superficie para respirar. Cuando veía una
ola, se sumergía un poco y podía sentir el torbellino de agua pasándole sobre
la cabeza, para surgir de nuevo a la superficie en un mar tranquilo y
brillante.
A Susana la había conocido en los últimos años de universidad, cuando él
terminaba la maestría en Administración de Empresas y ella se graduaba de
Decoradora de Interiores. Aunque le gustó desde que la conoció e inmediatamente
la invitó a salir, su amor se había desarrollado con el tiempo, a medida que se
fueron conociendo y Susana demostró tener una capacidad especial para encontrar
lo mejor que había en él. Lo que en un principio le pareció frivolidad y
pragmatismo, resultó ser más adelante serenidad ante las cosas de la vida y
madurez en su visión del mundo. Susana tenía un gran sentido estético de la
vida y las cosas de mal gusto le repugnaban, no sólo por su apariencia
exterior, sino por el espíritu que alentaba esa falta de coordinación y de
estética. Amaba las cosas simples y era capaz de descubrir belleza en los
asuntos más cotidianos y rudimentarios. Odiaba las complicaciones y los afeites
pero sabía darle a todo un toque original y atractivo. Era así en su vida
amorosa y en sus trabajos profesionales, nunca se quejaba por las condiciones o
el estado de las cosas sino que trataba de sacar el mejor partido de ello. No
era coqueta ni voluptuosa, y a Tomás, a quien siempre le habían atraído las
mujeres llamativas, le resultó al principio un poco insípida e impersonal, pero
al poco tiempo descubrió que la imaginación y la alegría podían más que la
ilusión del deseo y la codicia. Se amaron la primera noche sin mucha pasión,
después de salir varias veces a cenar y al cine, porque Susana tenía una forma
de llevar la conversación por senderos inusitados, de forma que se encontraban
a las tres de la mañana, sentados en la mesa de un café, conversando sobre la
película de Pasolini que acababan de ver, sin que Tomás hubiera tenido la
oportunidad de empezar su cortejo sensual. Pero a medida que siguieron
acostándose Susana fue sacando poco a poco sus dotes de seductora, de forma que
ninguna noche era igual a la anterior, descubriendo siempre nuevos caminos en
su búsqueda del placer, siempre con un sentido exacto de la elegancia y la
distinción, pero con suficiente fuego en sus entrañas para mantenerlo enamorado
el resto de su vida. Se casaron una noche de septiembre, año y medio después de
haberse conocido, y después de ocho años y dos hijos Tomás se sentía más enamorado
que el día en que se casó.
Boca arriba, con las piernas juntas y los brazos estirados Tomás flotaba
en el océano con los ojos cerrados. A través de los párpados veía la luz
violeta del sol descomponerse en aros blancos y estelas, sentía su cuerpo subir
y bajar en cada ola con una suavidad ingrávida que lo sacaba de esta órbita y
lo depositaba más allá de la galaxia, donde las cosas no tienen peso y la
velocidad es estática. Sintiendo en su rostro los rayos del sol Tomás recordó
la mañana en que su padre le enseñó a flotar, cuando él tenía cinco años, en
una trajinada piscina de Puerto Azul. Recordando escuchó la voz intermitente de
su padre, sus manos tibias sosteniéndolo por los brazos hasta ponerlo
horizontalmente en el agua, sus dedos imperceptibles sosteniéndolo por la
espalda, diciéndole que se relajara, que no hiciera ningún esfuerzo, que
respirara suavemente, sin moverse, sin preocuparse de los otros chicos que
gritaban y se zambullían a su lado, y la sensación de que todavía estaba ahí,
al lado suyo, sosteniéndolo, cuando su padre ya se había apartado a una orilla
y lo veía flotando con satisfacción.
Esther había nacido al año siguiente del matrimonio, un cuatro de
agosto, y Tomás todavía recordaba la cara de Susana que hasta en los momentos
del parto, mientras pujaba con todas las fuerzas de sus entrañas, se mantenía
bonita y arreglada, contrayendo los labios y cerrando los ojos de dolor, pero
con toda la prestancia de una mujer para quien los aconteceres de la vida eran
una oportunidad para lucir sus gracias. Tres años más tarde nació Edgardo y
Tomás se sintió el hombre más dichoso de la tierra cuando al domingo siguiente
se reunió toda la familia en la casa que habían comprado en las afueras, y
Susana, adolorida aún por el embarazo, se movía entre los invitados recibiendo
con sencillez los cumplidos de los familiares, con su hijo recién nacido entre
los brazos, y Esther, que cada día se parecía más a su madre, doblando las
servilletas en el bar y asegurándose que todos estaban bien servidos.
Tomás nadaba un poco mar adentro, observaba el comportamiento de las
olas y esperaba la más grande. Cuando empezaba a crecer, levantándose poco a
poco y formando una depresión verdosa Tomás se impulsaba con los brazos y los
pies y empezaba a nadar rápidamente en dirección de la costa, entonces sentía
cómo la ola iba cobrando fuerza por debajo de él, lo levantaba al vuelo con
dulzura y lo suspendía en el aire, con medio cuerpo fuera del agua, las manos
estiradas y la cabeza recta entre los brazos, sentía que poco a poco la ola
empezaba a romper y la espuma se estregaba en su dorso y sus costados, sentía
en el cuerpo las convulsiones del agua, escuchaba el rugido del océano en sus
huesos y la potencia con que el mar lo sacaba en vilo, impulsándolo con la fuerza
misteriosa de la luna hasta morir poco antes de llegar a la playa, lleno de sal
y alegría, desorientado, sin saber en dónde se encontraba, renacido de las
entrañas mismas del mar.
Qué linda que era la vida. Ser feliz no era tan difícil como saber que
se era feliz, tener conciencia plena del momento de felicidad, saber que en ese
momento se era feliz, y no simplemente poder recordarlo en un pretérito borroso
y tener la certidumbre de haber sido feliz en aquel entonces. Tomás se escurrió
la cara con las dos manos y miró hacia la playa. Edgardo lo veía desde la costa
con el pelo sobre la cara y el balde y la paleta en la mano. Tomás creyó verse
en aquel momento, hacía muchos años, con el mismo balde plástico y la paleta de
construir castillos, miró más allá y vio la cabaña de madera, vio a Susana en
el pórtico con los anteojos oscuros en la mano, dejando que el sol invadiera su
cara, que penetrara plenamente su epidermis cremosa, y a su lado vio a Esther,
delgada y sonriente, con su traje de baño de colores. Tomás los saludó con una
mano y se tiró de espaldas en el agua, con los brazos abiertos y los ojos
cerrados, cayendo como cae un astronauta en el vacío infinito. Dejó que el mar
lo abrazara con todos sus tentáculos, dejó que la resaca lo impulsara iracundo
mar adentro, dejándose llevar como se deja llevar un hombre por el triunfo, sin
mover un solo dedo, sin pensar un solo pensamiento para que nada interrumpiera
ese viajar inenarrable por la epopeya marítima, ese deslizarse ingrávido por el
tiempo de las olas, envuelto en la felicidad plena e insuperable del regreso,
del inevitable retorno de los seres a su ser, del encuentro consigo mismo en la
comunión de las aguas, del éter impertérrito, de la felicidad consciente y de
la nada.

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