© Libro N° 13465. Soledad. Anderson, Sherwood. Emancipación.
Febrero 1 de 2025
Título Original: ©
Soledad. Sherwood Anderson
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Soledad. Sherwood Anderson
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sherwood Anderson
Soledad
Sherwood Anderson
Era hijo de la señora de Al Robinson, que antaño había poseído una
granja en el camino de Trunion Pike, al este de Winesburg, unos tres kilómetros
a las afueras del pueblo. La granja estaba pintada de marrón y las persianas de
las ventanas que daban al camino se hallaban siempre cerradas. Delante de la
casa, unos pollos, acompañados de un par de gallinas pintadas, se revolcaban en
el polvo. En aquel tiempo, Enoch vivía en la casa con su madre, y de niño iba a
la escuela superior de Winesburg. Los más viejos del lugar lo recordaban como
un muchacho tranquilo y sonriente, de natural más bien silencioso. De camino a
la escuela iba siempre por mitad de la carretera leyendo un libro. Los
carreteros tenían que gritarle y soltar maldiciones para que se diese cuenta de
dónde estaba, se apartase a un lado y los dejara pasar.
Cuando cumplió los veintiún años, el bueno de Enoch se trasladó a Nueva
York y vivió quince años en la ciudad. Estudió francés y asistió a clases en
una academia de arte con la esperanza de desarrollar sus dotes naturales para
el dibujo. Hizo planes para ir a París y completar su educación artística con
los grandes maestros, pero no le salieron bien.
A Enoch Robinson nada le salía bien. Era buen dibujante, y tenía muchas
ideas curiosas y delicadas que podría haber expresado mediante el pincel del
pintor, pero siguió siendo siempre un niño y eso supuso una desventaja para su
desarrollo mundano. Nunca creció y, por supuesto, no logró entender a los demás
ni hacerse entender por ellos. El niño que llevaba dentro tropezaba
continuamente con toda clase de realidades como el dinero, el sexo y las
opiniones. Una vez lo atropelló un tranvía, que lo lanzó contra una farola y lo
dejó cojo. Ésa fue una de las muchas cosas que impidieron que algo le saliera
bien a Enoch Robinson.
A su llegada a Nueva York, y antes de que lo desconcertaran las
realidades de la vida, Enoch frecuentó a otros muchachos de su edad. Conoció a
un grupo de jóvenes, tanto hombres como mujeres, que a veces iban a verlo a sus
habitaciones. Una vez se emborrachó y acabó en una comisaría donde un
magistrado lo asustó mucho, y en una ocasión trató de intimar con una mujer a
la que encontró enfrente de su pensión. Enoch y la mujer recorrieron juntos
tres manzanas, pero al joven le entró miedo y echó a correr. La mujer había
estado bebiendo y el incidente le hizo mucha gracia. Se apoyó contra la pared
de un edificio y se rió con tantas ganas que un transeúnte se detuvo y se echó
a reír también. Luego, los dos se fueron juntos y Enoch volvió a su habitación
humillado y tembloroso.
La habitación que ocupaba el joven Robinson en Nueva York daba a
Washington Square y era larga y estrecha como un pasillo. Es importante no
olvidarse de ese detalle. En realidad, la historia de Enoch Robinson es más la
historia de una habitación que la de un hombre.
El caso es que los amigos del joven Enoch iban a su habitación por las
tardes. Eso no tenía nada de particular, salvo por el hecho de que eran de esos
artistas que no paran nunca de hablar. Todo el mundo sabe lo parlanchines que
son los artistas. A lo largo de la historia de la humanidad, siempre se han
reunido para hablar. Hablan de arte y lo hacen con un apasionamiento casi
febril. Le conceden mucha más importancia de la que tiene.
Así que aquella gente se reunía para hablar y fumar cigarrillos y Enoch
Robinson, el chico de la granja de las cercanías de Winesburg, estaba allí. Se
quedaba en un rincón y, por lo general, no decía nada. ¡Había que ver cómo
abría sus grandes e infantiles ojos azules! En las paredes había cuadros
pintados por él, cuadros muy burdos a medio terminar. Sus amigos hablaban de
ellos. Se repantigaban en sus sillas y hablaban sin parar mientras movían la
cabeza. Empleaban muchas palabras a propósito de las líneas, los valores y la
composición, palabras de las que siempre se dicen.
Enoch también quería decir algo, pero no sabía cómo. Estaba demasiado
nervioso para hablar con coherencia. Cuando lo intentaba, empezaba a
tartamudear y farfullar y su voz sonaba extraña y chillona. Así que se callaba.
Sabía lo que quería decir, pero también sabía que nunca podría decirlo. Cuando
discutían acerca de alguno de sus cuadros, le habría gustado decirles: “No
habéis entendido nada, el cuadro que veis no tiene nada que ver con lo que veis
y decís. Hay algo más, algo que ni siquiera sospecháis y que no podéis ver.
Mirad éste de aquí, el que está junto a la puerta iluminado por la luz de la
ventana. Esa mancha negra junto a la carretera en la que no os habéis fijado es
la clave de todo. Ahí hay un grupo de sauces como el que crecía delante de
nuestra casa de Winesburg, Ohio, y entre los sauces hay algo escondido. Es una
mujer, sí señor. Su caballo acaba de derribarla y ha huido perdiéndose de
vista. ¿No veis lo preocupado que está el anciano que conduce el carro? Es Thad
Grayback que tiene una granja junto al camino. Lleva a moler el maíz a
Winesburg, al molino de Comstock. Sabe que hay algo oculto entre los sauces y
no sabe qué.
”¡Una mujer, eso es! ¡Y, además, un mujer encantadora! Está tumbada muy
quieta, pálida y quieta, y su belleza emana de ella y se extiende por doquier.
Al cielo y a todo lo que la rodea. Por supuesto, no traté de pintar a la mujer.
Es demasiado hermosa para pintarla. ¡Qué obtusos sois al hablar de composición
y cosas así! ¿Por qué no miráis al cielo y luego salís corriendo como hacía yo
cuando era niño en Winesburg, Ohio?”.
Ésas eran las cosas que el joven Enoch Robinson ansiaba decir a los que
iban a visitarlo a su habitación cuando era un muchacho en Nueva York, pero
siempre acababa callándose. Luego empezó a dudar de sí mismo. Temía no estar
expresando en sus cuadros lo que sentía. Irritado, dejó de invitar a la gente a
ir a verlo a su habitación y adoptó la costumbre de encerrarse con llave.
Empezó a pensar que ya había tenido demasiadas visitas y que no necesitaba ver
a nadie más. Su viva imaginación empezó a inventar personas con las que poder
hablar de verdad y a las que poder explicar las cosas que no había podido
explicarle a la gente real. Su habitación empezó a estar habitada por el
espíritu de los hombres y las mujeres con quienes había hablado. Era como si
cada persona a la que Enoch Robinson había conocido le hubiese dejado su propia
esencia, algo que él podía modelar y cambiar a su antojo para que comprendiese
cosas de sus cuadros como lo de la mujer herida detrás de los sauces.
Como todos los niños, el amable muchacho de ojos azules de Ohio era un
completo egoísta. No quería tener amigos por la misma razón que no quieren
tenerlos los niños. Quería que todo el mundo se plegara a sus caprichos, que
fuese gente con quien pudiera hablar, a quien pudiera sermonear y regañar
cuando quisiera, en definitiva que fuesen siervos de su imaginación. Entre
aquellas personas siempre se sentía seguro y decidido. Podían hablar, desde
luego, e incluso tener opiniones propias, siempre que él tuviera la última
palabra. Era como un escritor rodeado de las creaciones de su cerebro, una
especie de reyezuelo de ojos azules en una habitación de seis dólares enfrente
de Washington Square en la ciudad de Nueva York.
Luego Enoch Robinson se casó. Empezó a sentirse solo y quiso tener a
alguien de carne y hueso entre sus brazos. Había días en los que su cuarto le
parecía vacío. La voluptuosidad visitó su cuerpo y el deseo se fue adueñando de
su alma. Por la noche, extrañas fiebres que ardían en su interior le impedían
dormir. Se casó con una chica que se sentaba a su lado en la academia de arte y
ambos se fueron a vivir a una casa de apartamentos de Brooklyn. La mujer con la
que se casó le dio dos hijos y Enoch consiguió un trabajo en un sitio donde
hacían ilustraciones para anuncios.
Entonces empezó otra fase de la vida de Enoch. Empezó a jugar un juego
distinto. Por un tiempo, se sintió muy orgulloso de sí mismo en su papel de
ciudadano productivo del mundo. Dejó a un lado la esencia de las cosas y empezó
a ocuparse de las realidades. En otoño votó en las elecciones y se suscribió a
un periódico que le dejaban en la puerta todas las mañanas. Cuando volvía a
casa del trabajo por las tardes, bajaba del tranvía y andaba despacio detrás de
algún hombre de negocios tratando de darse tono e importancia. Como buen
contribuyente, quiso informarse acerca del funcionamiento de la administración.
“Pronto seré alguien importante, formaré parte de las cosas, del estado, la
ciudad y todo eso”, se decía con un divertido aire de dignidad en miniatura.
Una vez, al volver de Filadelfia, discutió con un hombre al que conoció en el
tren. Enoch le habló de la conveniencia de que el gobierno adquiriese y
controlara los ferrocarriles y el hombre le regaló un cigarro. Enoch estaba
convencido de que sería una buena medida por parte del gobierno y se exaltó
mucho mientras hablaba. Luego recordó sus palabras con delectación. “Le he dado
mucho en lo que pensar a ese tipo”, murmuró para sí mientras subía las
escaleras de su apartamento de Brooklyn.
Desde luego, el matrimonio de Enoch no salió bien. El mismo le puso fin.
Empezó a sentirse asfixiado y emparedado por la vida que llevaba en el
apartamento, y sintió por su mujer e incluso sus hijos lo mismo que había
sentido antes por los amigos que antaño habían ido a visitarlo. Empezó a contar
pequeñas mentiras a propósito de reuniones de negocios que le dejaban libertad
para pasear a solas por la calle de noche y, cuando tuvo ocasión, volvió a
alquilar en secreto la habitación que daba a Washington Square. Luego la señora
de Al Robinson murió en la granja cerca de Winesburg y él obtuvo ochocientos
dólares del banco que actuó como fideicomisario de la herencia. Eso terminó de
apartar a Enoch de los demás. Dio el dinero a su mujer y le dijo que él no podía
seguir viviendo en el apartamento. Ella lloró y se enfadó mucho y lo amenazó,
pero Enoch se limitó a mirarla fijamente y se fue por su camino. En realidad, a
su mujer no le importó mucho. Pensaba que Enoch estaba un poco mal de la cabeza
y le tenía un poco de miedo. Cuando estuvo segura de que nunca volvería, cogió
a los dos niños y se marchó a un pueblo de Connecticut donde había vivido de
niña. Al final, se casó con un hombre que compraba y vendía propiedades
inmobiliarias y fue bastante feliz.
Y así Enoch Robinson se quedó en su habitación de Nueva York entre toda
aquella gente imaginaria, jugando y hablando con ellos, feliz como un niño.
Eran un grupo un poco raro. Supongo que estaban hechos de gente real a la que
había conocido y que, por alguna oscura razón, le había resultado interesante.
Había una mujer con una espada en la mano, un anciano con una larga barba
blanca que iba por ahí seguido de un perrito, una joven con las medias caídas.
Debía de haber dos docenas de personas fantasmales, ideadas por la imaginación
infantil de Enoch Robinson, que vivía con ellos en aquel cuarto.
Y Enoch era feliz. Entraba en la habitación y cerraba la puerta con
llave. Hablaba en voz alta con un absurdo aire de importancia, dando
instrucciones y haciendo comentarios sobre la vida. Estaba feliz y contento de
seguir ganándose el pan en la agencia de publicidad hasta que pasara algo. Por
supuesto, algo pasó. Por eso regresó a Winesburg y ahora sabemos de él. Fue una
mujer. Tenía que ser así. Era demasiado feliz. Algo tenía que irrumpir en su
mundo. Algo tenía que sacarlo de su cuarto de Nueva York, para obligarlo a
vivir convertido en una oscura y nerviosa figura que deambulaba al atardecer
por las calles de un pueblo de Ohio, cuando el sol se ocultaba detrás del
tejado del establo de Wesley Moyer.
Enoch le contó una noche a George Willard lo que había ocurrido. Quería
hablar con alguien, y escogió al joven periodista porque los dos se encontraron
en un momento en que el joven le pareció especialmente comprensivo.
La tristeza juvenil, la tristeza de los jóvenes, la tristeza de un niño
creciendo en un pueblo al acabar el año, soltó la lengua del anciano. La
tristeza del corazón de George Willard carecía de significado, pero llamó la
atención de Enoch Robinson.
La tarde en que los dos hombres hablaron, caía una lluvia fina y húmeda
de octubre. El año se acercaba a su fin y el frío punzante en el aire prometía
una noche serena de luna, pero no fue así. Llovía y los pequeños charcos de
agua brillaban a la luz de las farolas de la calle Mayor. En el bosque, en la
oscuridad, más allá de los terrenos de la feria, el agua goteaba en los negros
árboles. Las hojas mojadas se apelmazaban contra las raíces que asomaban del
suelo. En los jardines traseros de las casas de Winesburg, las plantas secas de
patata se retorcían marchitas por el suelo. Los hombres que habían terminado de
comer y habían pensado ir al pueblo a pasar la tarde de tertulia en la
trastienda de algún almacén cambiaron de idea. George Willard deambulaba bajo
la lluvia y se alegraba de que lloviese. Eso era lo que sentía. Era igual que
Enoch Robinson cuando salía de su cuarto al caer la tarde y paseaba solo por
las calles. La única diferencia era que George Willard se había convertido en
un muchacho alto y fuerte y no consideraba viril contentarse con ir tirando y
pasarse la vida lloriqueando. Aquel último mes, su madre había estado muy
enferma y eso explicaba en parte su tristeza, pero no del todo. Pensaba en sí
mismo, y a los jóvenes eso siempre les entristece.
Enoch Robinson y George Willard se encontraron debajo del tejadillo que
se extendía sobre la acera, delante del negocio de carruajes de Voight en
Maumee Street, a escasos metros de la calle Mayor de Winesburg. Desde allí
siguieron juntos por las calles empapadas hasta el cuarto del anciano en el
tercer piso del edificio Heffner. El joven periodista lo acompañó encantado.
Enoch Robinson le pidió que lo hiciera cuando llevaban casi diez minutos
charlando. El joven tenía un poco de miedo, pero no había sentido tanta
curiosidad en toda su vida. Mil veces había oído decir que el viejo estaba un
poco mal de la cabeza, pero aún se consideró más hombre y valiente por
atreverse a acompañarlo. Desde el principio, en la calle bajo la lluvia, el
anciano le habló de un modo extraño, tratando de contarle la historia del
cuarto de Washington Square y la vida que llevaba allí.
—Lo comprenderás, si haces un esfuerzo —dijo en tono concluyente—. Te he
observado al pasar y creo que puedes entenderlo. No es tan difícil. Tan solo
tienes que creer lo que te diga, tú escucha y cree, es lo único que tienes que
hacer.
Eran más de las once cuando el anciano Enoch, que conversaba con George
Willard en la habitación del edificio Heffner, llegó al asunto crucial: la
historia de la mujer y de lo que le había obligado a abandonar la ciudad para
ir a vivir solo y derrotado a Winesburg. Estaba sentado en su camastro junto a
la ventana con la cabeza apoyada entre las manos y George Willard ocupaba una
silla junto a la mesa. Encima de ésta ardía un quinqué y la habitación, aunque
casi por completo desprovista de muebles, estaba escrupulosamente limpia.
Mientras el hombre le hablaba, George tuvo la sensación de que le gustaría
levantarse de la silla y sentarse también en el camastro. Quería pasarle el
brazo por encima del hombro al diminuto anciano. En la penumbra, el hombre
hablaba y el muchacho escuchaba lleno de tristeza.
—Empezó a entrar en el cuarto cuando hacía años que nadie lo hacía —dijo
Enoch Robinson—. Me vio en el pasillo de la casa y nos conocimos. No sé lo que
hacía en su propia habitación. Nunca entré allí. Creo que era violinista. De
vez en cuando pasaba a verme, llamaba a la puerta y yo le abría. Ella entraba y
se sentaba mi lado, tan solo se sentaba y contemplaba la habitación sin decir
nada. Al menos nada interesante.
El anciano se levantó del camastro y se puso a dar vueltas por la
habitación. El abrigo que llevaba estaba empapado de la lluvia y goteaba con un
ruidillo sordo contra el suelo. Cuando volvió a sentarse en el jergón, George
Willard se puso en pie y se sentó a su lado.
—Me producía una extraña sensación. Se sentaba allí conmigo y era como
si el cuarto se le quedara pequeño. Sentía que ella iba apartando a un lado
todo lo demás. Solo hablábamos de pequeñeces, pero yo no resistía sentado.
Quería rozarla con mis dedos y besarla. Tenía las manos fuertes y el rostro
bondadoso, y no me quitaba la vista de encima.
La voz temblorosa del hombre guardó silencio y se estremeció como si
hubiese sufrido un escalofrío.
—Me daba miedo —susurró—. Me daba un miedo terrible. No quería dejarla
entrar cuando llamaba a la puerta, pero no era capaz de contenerme. “No, no”,
me decía, pero luego me levantaba y abría la puerta. Era tan grande. Toda una
mujer. Llegué a pensar que terminaría siendo más grande que yo en aquella
habitación.
Enoch Robinson se quedó mirando a George Willard, sus ojos azules e
infantiles brillaban a la luz del quinqué. De nuevo se estremeció.
—La quería y, al mismo tiempo, no la quería —explicó—. Luego empecé a
hablarle de mi gente, de todo lo que me importaba. Traté de conservar la calma,
de dominarme, pero fue en vano. Me sentí igual que cuando abría la puerta. A
veces deseaba que se fuese para no volver más.
El anciano se puso en pie y la voz le tembló agitada.
—Una noche sucedió algo. Me puse como loco tratando de que me entendiera
y que supiera lo importante que era yo en aquella habitación. Quería que
comprendiera lo importante que era. Se lo dije una y otra vez. Cuando trató de
marcharse, corrí y cerré la puerta con llave. La seguí por toda la habitación.
Le hablé y le hablé y de pronto todo se fue al traste. Vi un brillo en su
mirada y supe que lo había entendido. Tal vez lo hubiese entendido todo el
tiempo. Me puse furioso. No pude resistirlo. Quería que lo comprendiera, pero
no lo conseguía. Sentía que entonces ella lo sabría todo, que yo me hundiría,
me ahogaría. Eso es. No sé por qué.
El anciano se desplomó en una silla junto al quinqué y el joven le
escuchó lleno de espanto.
—Vete ya, muchacho —dijo el hombre—. No te quedes más aquí. Pensé que
sería buena idea contártelo, pero no lo es. No quiero seguir hablando. Vete.
George Willard negó con la cabeza y en su voz se oyó una nota
autoritaria.
—No se interrumpa ahora. Cuénteme lo demás —le exigió bruscamente—. ¿Qué
sucedió después? Cuénteme el resto de la historia.
Enoch Robinson se puso en pie y corrió hasta la ventana que daba a la
calle vacía de Winesburg. George Willard le siguió. Los dos se quedaron junto a
la ventana, el niño-hombre alto y desgarbado y el diminuto y arrugado
hombre-niño. La voz ansiosa e infantil prosiguió su relato.
—La insulté —explicó—. Le dije cosas horribles. Le ordené que se
marchara y no volviera jamás. ¡Oh!, dije cosas terribles. Al principio, fingió
no comprender, pero yo seguí insistiendo. Grité y di patadas en el suelo. Mis
maldiciones resonaron por toda la casa. No quería volver a verla más y supe
que, después de lo que le había dicho, no la vería jamás.
La voz del hombre se quebró y movió la cabeza.
—Todo se fue al traste —dijo con calma y mucha tristeza—. Salió por la
puerta y toda la vida que había habido en aquel cuarto se fue con ella. Se
llevó a toda mi gente. Se fueron con ella por la puerta. Eso es lo que pasó.
George Willard se dio la vuelta y salió de la habitación de Enoch
Robinson. Al ir a cruzar el umbral oyó la voz débil y anciana que lloriqueaba
quejosa en la oscuridad, junto a la ventana:
—Estoy solo, muy solo —dijo la voz—. En mi cuarto el ambiente era cálido
y acogedor, pero ahora estoy solo.
*FIN*
“Loneliness”,
Winesburg, Ohio, 1919

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