© Libro N° 13464. Semillas. Anderson, Sherwood. Emancipación.
Febrero 1 de 2025
Título Original: ©
Semillas. Sherwood Anderson
Versión Original: ©
Semillas. Sherwood Anderson
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sherwood Anderson
Semillas
Sherwood Anderson
Era un hombre de pequeña estatura, tenía barba y era muy nervioso.
Recuerdo cómo se le tensaban los músculos del cuello.
Llevaba años intentando curar a la gente mediante un método denominado
psicoanálisis. Toda su vida giraba en torno a esa idea. Era su verdadera
pasión. —He venido aquí porque estoy cansado —dijo con cierto tono de
abatimiento—. Mi cuerpo no está cansado, pero siento que en mi interior algo
está cada vez más desgastado. Quiero poner un poco de alegría en mi vida.
Durante unos días me gustaría olvidar todo lo que rodea al género humano y lo
que influencia su manera de ser.
La voz humana emite en ocasiones una nota que pone de manifiesto el
verdadero cansancio. Esa nota surge cuando uno ha intentado con todas sus
fuerzas abrirse paso entre complicadas líneas de pensamiento. Llega un momento
en que se siente incapaz de seguir. Algo en su interior se detiene. Estalla una
pequeña tormenta y empiezan a llover palabras. De su naturaleza brotan pequeñas
y desconocidas corrientes laterales que necesitan alguna vía de expresión. En
momentos como esos, el hombre presume, se pasa de listo, da grandes discursos,
y normalmente acaba haciendo el ridículo.
Y entonces el doctor se puso serio. Se levantó de los escalones donde
estaba sentado, dio unos cuantos pasos y empezó a hablar. —Tú vienes del Oeste.
Has preferido mantenerte al margen de la sociedad. Tú has elegido el camino más
fácil, yo no. ¡Que te zurzan! —dijo con un tono de voz realmente serio—. Yo he
penetrado en las vidas. He profundizado en las vidas de hombres y mujeres. Me
he dedicado sobre todo a estudiar a las mujeres, especialmente a las de nuestro
país.
—¿Te has enamorado de ellas?, —le pregunté.
—Sí —me contestó. Sí, para qué nos vamos a engañar. Me he llegado a
enamorar. Es la única manera de llegar al fondo de la cuestión. Tengo que
intentar amar. ¿Me entiendes? No hay otra alternativa. Para mí el amor es el
origen de todo.
Empecé a sentir la profunda intensidad de su cansancio. —Vámonos a nadar
al lago—, le sugerí.
—Déjate de tonterías. No me apetece nadar. Yo lo único que quiero es
correr y gritar —declaró—. Por un instante, por unas horas, me gustaría ser una
hoja muerta a merced del viento, perderme sobrevolando estas colinas. Me
gustaría liberarme, ese es mi único deseo.
Caminábamos por un camino de tierra. Quería que supiera que le entendía,
así que intenté tomar la palabra.
Nos paramos y se me quedó mirando, entonces empecé a hablar. —No eres ni
mejor ni peor que yo —le dije—. Eres como un perro escarbando basura, pero como
no eres un perro no te gusta el olor de los despojos.
Yo también me puse serio. —No eres más que un idiota —le dije con cierto
nerviosismo—. Los hombres como tú no sois más que unos idiotas. Ese camino no
se puede tomar. Ningún hombre debería aventurarse por las sendas de la vida. La
enfermedad que pretendes curar es la enfermedad universal —dije en un tono cada
vez más agresivo—. Lo que quieres hacer es imposible. Eres un iluso. ¿Realmente
crees que se puede entender el amor?
Nos quedamos mirando el uno al otro. Pude sentir cierto desprecio en su
mirada. Puso una mano en mi hombro y me dio unas palmaditas. —¡Qué inteligentes
somos! ¡Qué bien nos expresamos!
Tras estas palabras, se dio la vuelta y se alejó un poco. —Crees que lo
entiendes, pero en realidad no entiendes absolutamente nada —me dijo—. Lo que
dices que es imposible es posible. Eres un incrédulo. Si eres tan tajante te
pierdes la esencia de la existencia. Las vidas de la gente son como los árboles
de un bosque que poco a poco van siendo estrangulados por enredaderas, y que
finalmente mueren asfixiados. Las enredaderas son a su vez viejas creencias,
antiguos pensamientos plantados por hombres muertos. Yo mismo estoy cubierto
por enredaderas que me están devorando poco a poco.
Se echó a reír con amargura. —Y por eso quiero correr y jugar —dijo—.
Quiero ser una hoja muerta a merced del viento, perderme sobrevolando estas
colinas. Quiero morir y volver a nacer, solo soy un árbol que se muere
lentamente. Estoy cansado, ¿sabes?, quiero purificarme. Soy un principiante que
se adentra tímidamente en las vidas de los demás —concluyó—. Estoy cansado y
quiero purificarme. Las enredaderas me están asfixiando.
* * *
Hace unos meses una mujer de Iowa vino aquí, a Chicago, y se alojó en
una casa de huéspedes situada en la parte oeste de la ciudad. Tenía unos
veintisiete años, era profesora de música y al parecer había dejado su pueblo
para venir a aprender métodos de enseñanza avanzados en la gran ciudad.
En el segundo piso de esa misma casa vivía un joven. Su habitación daba
a un largo pasillo; la habitación de la mujer quedaba al final del pasillo,
frente a la del joven.
El joven en cuestión —una persona de naturaleza muy agradable— es
pintor, pero en mi opinión debería haberse dedicado a la literatura. Cuando
habla lo hace con gran elocuencia, pero cuando pinta le falta expresividad.
La mujer de Iowa era como tantas otras mujeres que se ven todos los días
por la calle. El único rasgo que la diferenciaba de las demás era su cojera. Su
pie derecho estaba ligeramente deformado y caminaba con cierta dificultad. Tras
pasar tres meses en aquella casa —donde era, por cierto, la única mujer aparte
de la casera—, los hombres le empezaron a tomar cariño.
Todos tenían la misma opinión sobre ella. Cuando se juntaban en el
vestíbulo se detenían, reían y murmuraban. —Un amante —decían con aire de
complicidad—. Puede que aún no lo sepa, pero lo que esta mujer necesita es un
amante.
Quien haya estado en Chicago y conozca a los hombres de Chicago sabrá
que este tipo de deseo es fácil de satisfacer. Cuando mi amigo —de nombre
LeRoy— me contó la historia me eché a reír, aunque a él todo esto no le hacía
tanta gracia. Negó con la cabeza. —No es tan sencillo, —dijo—. Si lo fuera, no
habría mucho más que añadir.
LeRoy intentó explicarse. —La mujer se ponía a la defensiva cada vez que
un hombre se le acercaba. Los hombres le sonreían e iban a hablar con ella, la
invitaban a cenar a un restaurante o a ver una obra de teatro, pero al final no
había manera de que saliera a pasear de la mano de un hombre. Por las noches
apenas salía a la calle. Cuando algún hombre se detenía en el vestíbulo para
intentar hablar con ella, la mujer agachaba la cabeza y se iba corriendo a su
habitación. En una ocasión, un joven comercial de productos textiles que vivía
en la misma casa la invitó a sentarse con él frente al portal de la casa.
El comercial, un tipo sensible, le cogió la mano. Tras ese gesto, la
mujer se puso a llorar. El comercial, bastante alarmado, se levantó, le puso la
mano en el hombro e intentó explicarse. Cuando sus dedos la rozaron, la mujer
empezó a temblar. —No me toques —le gritó—, ¡no se te ocurra ponerme las manos
encima! —La mujer se puso a chillar, la gente que en esos momentos pasaba por
allí se detuvo a escuchar. El comercial, aún más alarmado, subió rápidamente a
su habitación. Echó el cerrojo y permaneció inmóvil, en silencio, escuchando.
—Aquí hay gato encerrado —pensó—. Quiere meterme en un lío. Ha sido un
accidente. No es para tanto. Solo le he rozado el brazo.
LeRoy me ha contado no sé cuántas veces la experiencia de la mujer de
Iowa en aquella casa. Los hombres empezaron a cogerle manía. Aunque a la hora
de la verdad no quería nada con ellos, tampoco podía vivir sin ellos. Los
incitaba constantemente a que se le acercaran, pero los rechazaba al más mínimo
acercamiento. Dejaba siempre la puerta entreabierta cada vez que se quedaba
desnuda en el baño del vestíbulo por donde pasaban los hombres. Cuando había
hombres sentados en el sofá del salón, ella entraba y se tiraba, sin previo
aviso, a los brazos de alguno de ellos. Tumbada en el sofá, movía los labios
con actitud provocadora. Miraba al techo. Todo su ser parecía estar esperando
algo. Su presencia se hacía sentir en toda la habitación. Los hombres allí
presentes fingían no darse por aludidos. Hablaban en voz alta. Poco a poco, la
vergüenza se iba apoderando de ellos y, uno a uno, desaparecían sin hacer
ruido.
Una noche, la mujer de Iowa se vio obligada a abandonar la casa. Algún
inquilino, probablemente el comercial de productos textiles, debió de comentar
el caso con la casera, que no tardó en tomar una drástica decisión. Impasible
delante de la habitación de la mujer de Iowa, la casera no se anduvo con
rodeos. —Será mejor que se marche, y si es esta misma noche mejor—, fueron las
palabras que LeRoy escuchó pronunciar a la casera. Su severa voz resonó en toda
la casa.
LeRoy, el pintor, es un hombre alto y delgado. Ha sacrificado su vida
por sus ideas. Las pasiones de su mente han acabado consumiendo las de su
cuerpo. No gana mucho, tampoco está casado. Puede que nunca haya estado con una
mujer. Supongo que tiene deseos carnales, pero no son, ni mucho menos, su
principal preocupación.
La noche en que se vio obligada a abandonar aquella casa de huéspedes,
la mujer de Iowa esperó un rato a que la casera bajara las escaleras, y después
se dirigió a la habitación de LeRoy. Debían de ser alrededor de las ocho. En
esos momentos, LeRoy estaba leyendo tranquilamente un libro junto a la ventana.
La mujer ni siquiera golpeó la puerta, irrumpió directamente en la habitación.
Sin mediar palabra, se tiró al suelo y se arrodilló a sus pies. Según me contó
LeRoy, debido a su cojera, corría como un pájaro herido, le brillaban los ojos
y respiraba con dificultad. —Tómame —dijo jadeando, poniendo la cabeza entre
sus rodillas y temblando con violencia—. Tómame, rápido. Siempre hay un
principio para todo. No puedo esperar más. Tómame aquí mismo.
Como es lógico, el pobre LeRoy estaba totalmente desconcertado. De sus
palabras deduje que hasta aquella noche apenas se había fijado en aquella
mujer. Supongo que de todos los hombres que convivían en aquella casa LeRoy
debía de ser el único que no se había fijado en ella o quien debía de haber
mostrado mayor indiferencia. En aquella habitación sucedió algo más. La casera,
que debía de sospechar algo, siguió a la mujer y vio cómo se dirigía a la otra
habitación. LeRoy tuvo que enfrentarse a aquellas dos mujeres. La de Iowa,
arrodillada a sus pies, temblaba de miedo. La casera estaba realmente
indignada. LeRoy actuó por impulso. Se sintió inspirado. Puso su mano en el
hombro de la mujer arrodillada, y empezó a sacudirla con violencia. —Compórtate
—dijo aceleradamente—. Cumpliré mi palabra. —A continuación, se giró hacia la
casera. —Vamos a casarnos —dijo sonriendo—. Hemos discutido. Ha venido para
estar conmigo. Lleva unos días sintiéndose mal, está nerviosa. Me la voy a
llevar, no se enfade. Me la voy a llevar.
Cuando la mujer y LeRoy salieron de aquella casa, ella dejó de llorar y
le cogió la mano. Sus miedos habían desaparecido. LeRoy la ayudó a encontrar
una habitación en otra casa, después fueron al parque y se sentaron en un
banco.
* * *
Todo lo que LeRoy me ha contado sobre esta mujer refuerza mi creencia en
lo que le dije al hombre aquel día mientras caminábamos por las montañas. Uno
no puede aventurarse por las sendas de la vida. LeRoy y la mujer de Iowa
hablaron en aquel banco hasta la medianoche y después volvieron a verse muchas
veces más. Esos encuentros no dieron ningún resultado. Supongo que a estas
alturas ya habrá vuelto al Oeste.
En su pueblo la mujer era profesora de música. Era la más joven de
cuatro hermanas, todas tenían el mismo oficio y, según cuenta LeRoy, todas
ellas eran mujeres muy capaces. En el momento de morir su padre, la hija mayor
no había cumplido ni diez años; cinco años después, murió la madre. Las chicas
se quedaron solas con una casa y un jardín como únicas pertenencias.
Como es natural, desconozco cómo son las vidas de otras mujeres, pero
puedo asegurar que estas únicamente hablaban de asuntos de mujeres, únicamente
pensaban en asuntos de mujeres. Ninguna de ellas había tenido nunca una
relación sentimental. Durante años ningún hombre se acercó a esa casa.
De todas ellas, solo a la más joven, a la que se fue a vivir a Chicago,
parecía afectarle la marcada identidad femenina de sus vidas. Algo cambió en su
vida. Se pasaba el día enseñando música a sus jóvenes alumnas y por la tarde
volvía a su casa a reunirse con sus hermanas. Al cumplir los veinticinco empezó
a pensar y a soñar con hombres. Se pasaba el día hablando con mujeres de
asuntos de mujeres, y en todo ese tiempo lo único que deseaba era conocer a un
hombre que la amara. Se mudó a Chicago con esa intención. LeRoy explicó su
actitud y justificó su extraño comportamiento en aquella casa argumentando que
de tanto pensar no se había atrevido a actuar. —La fuerza vital que corría por
sus venas se descentralizó —explicó—, no logró cumplir su objetivo. Esa fuerza
vital no logró expresarse. Al no poder expresarse por ciertas vías tuvo que
tomar otras. Un impulso sexual empezó a extenderse por todo su cuerpo. El sexo
penetró en lo más profundo de su ser. Acabó encarnándose en sexo. El sexo se
había convertido en algo totalmente impersonal. Ciertas palabras, un pequeño
roce, a veces el simple hecho de ver a un hombre por la calle generaban en ella
alguna reacción.
* * *
Ayer quedé con LeRoy, volvió a hablarme de la mujer de Iowa y de su
cruel y extraño destino.
Caminamos por el parque, junto al lago. Mientras avanzábamos no podía
dejar de pensar en la imagen de aquella mujer. Se me ocurrió decirle algo.
—Podrías haber sido su amante. Cabía esa posibilidad. A ti no te tenía
miedo.
LeRoy se detuvo. Como aquel doctor tan convencido de su capacidad para
penetrar en las vidas de los demás, sentí que mi comentario no le había hecho
ninguna gracia. Se me quedó mirando durante unos segundos y entonces ocurrió
algo bastante extraño. Los labios de LeRoy pronunciaron exactamente las mismas
palabras que había pronunciado aquel otro hombre mientras caminábamos en las
colinas por aquella carretera de tierra. —Qué listos somos. Qué bien nos
expresamos—, dijo sonriendo sarcásticamente.
El tono de voz del joven que caminaba conmigo por el parque junto al
lago cambió, se volvió más agudo. Pude sentir su cansancio. Entonces se echó a
reír y dijo tranquila y suavemente: —No es tan fácil. Quien dice estar seguro
de sí mismo corre el peligro de perderse el encanto de la vida. Nada puede
definirse tan tajantemente. La mujer, ¿sabes?, era como uno de esos árboles que
están siendo estrangulados por enredaderas. Lo que la asfixiaba le impedía ver
la luz. Era grotesca como lo son muchos de los árboles que pueblan los bosques.
Su problema era de tal índole que pensar en ello ha cambiado el curso de mi
existencia. Al principio pensaba igual que tú. No tenía ninguna duda. Pensaba
que terminaríamos siendo amantes y problema resuelto.
LeRoy se dio la vuelta y se alejó un poco. Instantes después, regresó y
me cogió del brazo. Le temblaba la voz. —Necesitaba un amante —dijo con gran
seriedad—, no cabe duda, los hombres de la casa tenían razón. Necesitaba un
amante, pero al mismo tiempo un amante no era exactamente lo que necesitaba.
Esa necesidad era, después de todo, bastante secundaria. Lo que realmente
necesitaba era que alguien la amara, que alguien la amara con paciencia y
ternura. Era un ser grotesco, no lo voy a negar, pero todos los habitantes de
este planeta somos, al fin y al cabo, grotescos. Todos necesitamos que alguien
nos ame. Lo que podría haberla curado podría curarnos también a todos nosotros.
Su enfermedad es universal. Todos queremos que alguien nos ame, pero no es fácil
encontrar un amante en este mundo.
LeRoy bajó el tono de su voz y siguió caminando a mi lado, en silencio.
Nos alejamos del lago y seguimos nuestro camino hasta refugiarnos bajo unos
árboles. Le observé detenidamente. Recuerdo cómo se le tensaron los músculos
del cuello. —He profundizado en la vida de los hombres y tengo miedo —confesó—.
Me parezco mucho a aquella mujer. Estoy cubierto por enredaderas que poco a
poco me están asfixiando. No tengo madera de amante. No soy lo suficientemente
sutil o paciente. Estoy pagando antiguas deudas. Viejas creencias, antiguos
pensamientos —semillas plantadas por hombres muertos— han crecido en mi alma y
me están ahogando.
Seguimos caminando un buen rato, LeRoy siguió hablando, expresando en
voz alta los pensamientos que le venían a la cabeza. Yo le escuché en silencio.
Su mente volvió a repetir el estribillo de aquel hombre en las montañas. —Me
gustaría ser una hoja muerta —susurró mientras miraba el manto de hojas
esparcidas en el suelo—. Me gustaría ser una hoja a merced del viento. —Levantó
la cabeza y se quedó mirando. A lo lejos, se veía el lago. —Estoy cansado y
quiero purificarme. Estoy cubierto por enredaderas que me están asfixiando. Me
gustaría estar muerto y que el viento me llevara por aguas infinitas. Lo que
más deseo en este mundo es purificarme.
*FIN*
“Seeds”,
The Triumph of the Egg, 1921

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