© Libro N° 13463. Respectabilidad. Anderson, Sherwood. Emancipación.
Febrero 1 de 2025
Título Original: ©
Respectabilidad. Sherwood Anderson
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Respectabilidad. Sherwood Anderson
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sherwood Anderson
Respectabilidad
Sherwood Anderson
Si usted ha vivido en ciudades y caminos por el parque durante una tarde
de verano, quizá habrá visto, parpadeando en un rincón de su jaula de hierro, a
una clase de mono enorme y grotesco, una criatura de piel fea, ajada y calva
debajo de los ojos y un trasero morado brillante. Este mono es un verdadero
monstruo. Toda su fealdad adquiere una especie de belleza pervertida. Los niños
se detienen ante su jaula fascinados, los hombres se voltean con aire de
disgusto y las mujeres se quedan un momento, quizá tratando de recordar, a cuál
de los hombres que han conocido se le parece, aunque sea vagamente.
Si en los primeros años de su vida usted hubiera sido ciudadano del
pueblo de Winesburg, Ohio, la existencia de la bestia enjaulada no le hubiera
significado misterio alguno. “Es como Wash Williams”, diría. “Sentada en ese
rincón, la bestia es exactamente como cuando el viejo Wash se sienta en el
césped del patio de la estación una tarde de verano después de cerrar su
oficina antes de que anochezca.”
Wash Williams, el operador de telégrafos de Winesburg, era la cosa más
fea de la ciudad: de tamaño inmenso, cuello delgado, piernas débiles. Era
sucio. Todo en él era inmundo. Incluso el blanco de sus ojos se veía empañado.
Voy muy rápido. No todo en Wash Williams era sucio. Se cuidaba las
manos. Tenía los dedos gruesos, pero había algo sensible y proporcionado en la
mano que descansaba sobre la mesa junto al aparato en la oficina de telégrafos.
En su juventud se le había reconocido como el mejor operador de telégrafos del
estado y, a pesar de su situación degradante en la lóbrega oficina de
Winesburg, continuaba sintiéndose orgulloso de su habilidad.
Wash Williams no se relacionaba con los hombres del pueblo en que vivía.
“Nada tengo que hacer con ellos”, decía mirando con ojos turbios a quienes
caminaban por el andén de la estación frente a la oficina de telégrafos. Por la
noche recorría la Calle Main hasta la última cantina de Ed Griffith y, después
de beber cantidades increíbles de cerveza, se tambaleaba hasta su habitación en
el New Willard House y se metía a la cama a pasar la noche.
Wash Williams era un hombre valiente. Algo le había sucedido que lo
había hecho odiar la vida y la odiaba de todo corazón, con el abandono de un
poeta. En primer lugar, odiaba a las mujeres. “Putas”, decía. Su sentimiento
hacia los hombres era distinto. Les tenía lástima. “¿Acaso el hombre no permite
que una u otra puta manipule su vida?”, preguntaba.
En Winesburg nadie prestaba atención a Wash Williams o al odio a sus
semejantes. En una ocasión la señora White, esposa del banquero, se quejó a la
compañía de telégrafos diciendo que la oficina de Winesburg estaba sucia y olía
abominablemente; pero su argumento no tuvo eco. Por aquí y por allá había
hombres que respetaban al operador. Instintivamente los hombres percibían en él
un fuerte resentimiento que él mismo no tenía el valor de reconocer. Cuando
Wash caminaba por las calles, alguno de ellos sentía el impulso de rendirle
homenaje, de quitarse el sombrero o hacerle una caravana. El superintendente
que inspeccionaba a los operadores de telégrafos de la línea de ferrocarril que
atravesaba Winesburg actuaba así. Había colocado a Wash en la oficina lóbrega
de Winesburg para evitar despedirle y tenía la intención de mantenerlo allí.
Cuando recibió la carta de protesta de la esposa del banquero la rompió y se
rió con desagrado. Al hacerlo, por algún motivo pensó en su propia mujer.
En un tiempo Wash Williams había tenido esposa. De joven se había casado
con una chica de Dayton, Ohio. Era alta, delgada, de ojos azules y pelo rubio.
El mismo Wash había sido guapo. La había amado con un amor tan absorbente como
el odio que después experimentó hacia las mujeres.
En todo Winesburg solo había un individuo que conocía la historia del
suceso que había afeado y amargado a la persona y el carácter de Wash Williams.
En cierta ocasión se lo contó a George Willard y tal relato era algo así:
“Una noche George Willard se fue a pasear con Belle Carpenter,
ribeteadora de sombreros de mujer que trabajaba en la mercería de la señora
Kate McHugh. El joven no estaba enamorado. De hecho, ella tenía un pretendiente
que trabajaba como mesero en la cantina de Ed Griffith, pero cuando George
Willard caminaba con ella bajo los árboles, ocasionalmente se abrazaban. La
noche y sus propios pensamientos les habían despertado algo. Al volver a la
calle Main pasaron por el jardincito que está al lado de la estación de
ferrocarril y vieron a Wash Williams aparentemente dormido en el pasto bajo un
árbol. La noche siguiente el operador y George Willard salieron, caminaron por
las vías del ferrocarril y se sentaron en una pila de durmientes medio podridas
junto a los rieles. Fue entonces cuando el operador le contó su historia de
odio al joven reportero.”
George Willard y el hombre extraño y deforme que vivía en el hotel de su
padre probablemente habían estado a punto de conversar una docena de veces. El
joven observaba aquella cara repulsiva que miraba de reojo el comedor del hotel
y la curiosidad lo consumía. En esos ojos vigilantes asomaba un indicio de que
el hombre que nada decía a los demás tenía, sin embargo, alguna cosa que
contarle a él. Esa noche de verano, sobre la pila de durmientes, esperó con
expectación. Cuando el operador se quedó callado y pareció decidirse por no
hablar, trató de hacerle conversación.
—¿Alguna vez se casó, señor Williams? —empezó—. Supongo que lo estuvo y
que su esposa murió, ¿no es cierto?
Wash Williams escupió una retahíla de blasfemias.
—Sí —asintió—. Está muerta como lo están todas las mujeres. Es una cosa
muerta que vive y camina a la vista de todos los hombres y ensucia el mundo con
su presencia.
El hombre clavó los ojos en los del muchacho y se puso rojo de ira.
—No se meta ideas tontas en la cabeza —le ordenó—. Mi esposa, ella está
muerta; sí, desde luego. Se lo digo yo y todas las mujeres están muertas, mi
madre, su madre, esa mujer alta y morena que trabaja en la sombrería y con la
que lo vi pasear ayer, todas ellas, todas muertas. Le digo que hay algo podrido
en ellas. Claro que estuve casado. Mi mujer murió antes de casarse conmigo, era
una cosa asquerosa salida de otra mujer aún más asquerosa. La enviaron a
hacerme la vida insoportable. Fui un tonto, lo ve, como usted ahora, y me casé
con esta mujer. Quisiera ver que los hombres empezaran a comprender un poco a
las mujeres. Las mandan para impedir que los hombres hagan del mundo un sitio
en el que valga la pena vivir. Son una trampa de la naturaleza. ¡Uf! Son cosas
reptantes, pavorosas, retorcidas, con sus manos suaves y sus ojos azules. Ver a
una mujer me enferma. No entiendo por qué no mato a todas las que veo.
Medio temeroso, pero fascinado por los ojos encendidos del viejo
repulsivo, George Willard escuchaba ardiendo de curiosidad. Ya era de noche por
lo que debía inclinarse hacia adelante para poder ver el rostro del hombre que
hablaba. Cuando la falta de luz le impidió observar la cara morada e hinchada y
los ojos encendidos, le vino una curiosa fantasía. Wash Williams hablaba en
tonos bajos y sostenidos que impartían a sus palabras un matiz más terrible. En
la penumbra el joven reportero empezó a imaginar que estaba sentado en las
durmientes al lado de un hombre joven y agradable de cabello oscuro y
brillantes ojos negros. Había algo casi hermoso en la voz de Wash Williams, el
repulsivo Wash Williams, mientras narraba su historia de odio.
El operador de telégrafos de Winesburg, sentado a oscuras sobre las
durmientes, se había convertido en poeta. El odio lo había elevado a ese nivel.
—Es porque lo vi besando los labios de esa Belle Carpenter que le cuento
mi historia –dijo–. Lo que me sucedió a mí le puede ocurrir a usted. Quiero
advertirle. Puede que ya tenga usted sueños en la cabeza. Deseo destruirlos:
Wash Williams se puso a narrar la historia de su vida de casado con la
muchacha alta y rubia de ojos azules que había conocido cuando era un joven
operador en Dayton, Ohio. Aquí y allá el relato tenía toques de belleza
entrelazados con una maraña de maldiciones. El operador se había casado con la
hija de un dentista, la menor de tres hermanas. El día de su boda, gracias a su
habilidad, lo ascendieron a despachador con un mejor salario y lo trasladaron a
unas oficinas de Columbus, Ohio. Allí se instaló con su joven esposa y empezó a
pagar una casa a plazos.
El joven operador de telégrafos estaba locamente enamorado. Con una
especie de fervor religioso se las había arreglado para superar todos los
peligros de su juventud y llegar virgen al matrimonio. Le pintó un retrato a
George Willard de su vida en Columbus, Ohio con su joven mujer.
—En el jardín de atrás de nuestra casa plantamos vegetales —dijo—; ya
sabe usted, chícharos, maíz y todas esas cosas. Nos fuimos a Columbus a
principios de marzo y, en cuanto los días se hicieron más caluro-sos empecé a
trabajar el jardín. Removía la tierra negra con una pala mientras ella corría
por allí riéndose y fingiendo que le daban miedo los gusanos que yo
desen-terraba. A fines de abril había que comenzar a plantar. Ella se quedaba
en los pequeños senderos entre los plantíos con una bolsa de papel en la mano
llena de semillas. Me las iba pasando poco a poco para enterrarlas en la tierra
cálida y blanda.
Por un momento quedó en suspenso la voz del hombre que hablaba en la
penumbra.
—Yo la amaba —dijo—. No soy un tonto. Aún la amo. Allí, al ponerse el
sol en las tardes primaverales, me arrastraba por el suelo hacia ella y me
humillaba a sus pies. Le besaba los zapatos y los tobillos. Cuando el
dobladillo de su vestido me rozaba la cara yo temblaba. Y al cabo de dos años
de esa vida descubrí que se las había ingeniado para tener otros tres amantes
que acudían regularmente a nuestra casa mientras yo estaba en el trabajo; no
quise tocarlos ni a ellos ni a ella. Me limité a mandarla a casa de su madre y
no dije nada. No había qué decir. Tenía cuatrocientos dólares en el banco y se
los di. No le pedí explicaciones. No dije nada. Una vez que se fue lloré como
un niño tonto. Muy pronto tuve la oportunidad de vender la casa y le envié el
dinero.
Wash Williams y George Willard se levantaron de la pila de durmientes y
caminaron a lo largo de las vías del tren hacia la ciudad. El operador terminó
su relato apresuradamente y sin tomar aliento.
—Su madre me mandó llamar —dijo—. Me escribió una carta y me pidió que
fuera a su casa en Dayton. Cuando llegué era de noche, más o menos a esta misma
hora.
La voz de Williams se elevó hasta casi gritar.
—Me senté en el recibidor de esa casa y ahí permanecí durante dos horas.
Su madre me hizo entrar y me dejó allí. Tenían una casa elegante. Eran lo que
suele llamarse gente respetable. En la habitación había sillas lujosas y un
sofá. Yo temblaba de pies a cabeza. Odiaba a los hombres que, según yo, habían
abusado de ella. Estaba harto de vivir solo y quería que ella volviera. Cuanto
más esperaba, más ingenuo y tierno me ponía. Pensé que si ella entraba y tan
solo me rozaba con la mano quizá me desmayaría. Ansiaba perdonar y olvidar.
Wash Williams se detuvo y miró a George Willard. El cuerpo del muchacho
se estremecía como de frío. De nuevo la voz del hombre se tornó suave y baja.
—Entró en la habitación desnuda —continuó—. Su madre lo planeó todo.
Mientras yo esperaba, su madre estaba quitándole la ropa, probablemente
convenciéndola para que hiciera eso. Primero oí voces en la puerta que daba a
un pequeño pasillo y luego se abrió suavemente. La joven estaba avergonzada y
se mantuvo completamente inmóvil mirando al piso. La madre no entró en la
habitación. Al empujar a la chica por la puerta se quedó esperando en el
pasillo, esperando que nosotros… bueno, ya ve… esperando.
George Willard y el operador de telégrafos llegaron a la calle principal
de Winesburg. Las luces de las vitrinas de las tiendas estaban, encendidas y
brillaban sobre las banquetas. La gente paseaba riendo y platicando. El joven
reportero se sintió enfermo y débil. En su imaginación, también se vio viejo y
deforme.
—No maté a la madre —dijo Wash Williams mirando a lo largo de la calle—.
Le pegué una sola vez con una silla y luego llegaron los vecinos y se la
llevaron. Gritaba tan fuerte… ¿ve usted? Ya nunca tendré oportunidad de
matarla. Murió de una fiebre al cabo de un mes de que sucedió eso.
*FIN*
“Respectability”,
Winesburg, Ohio, 1919

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