© Libro N° 13456. Kidd el pirata. Irving, Washington. Emancipación.
Febrero 1 de 2025
Título Original: ©
Kidd the Pirate, Washington Irving (1783-1859)
Versión Original: ©
Kidd el pirata. Washington Irving
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Washington Irving
Kidd El Pirata
Washington
Irving
Kidd el pirata.
Kidd the Pirate, Washington Irving (1783-1859)
Hace muchos años, poco tiempo después de haber tenido que entregar su
Muy Poderosa Majestad el Señor Protector de los Estados Generales de Flandes el
territorio de la Nueva Holanda al rey Carlos II de Inglaterra, mientras el
territorio se encontraba todavía en un estado de general inquietud, esta
provincia era el refugio de numerosos aventureros, gente de vida dudosa y de
toda clase de caballeros de industria y de sujetos que miran con disgusto las
limitaciones antiguas, impuestas por la ley y los diez mandamientos. Los más
notables entre aquéllos eran los bucaneros, hienas del mar que tal vez en
tiempo de guerra se habían educado en la escuela del corso, pero que habiendo
sentido una vez la dulzura del saqueo, habían conservado para siempre la
inclinación por ello. Hay muy poca distancia entre el marino que hace el corso
y el pirata.
Ambos luchan por amor del saqueo, sólo que el último es el más bravo,
pues afronta al enemigo y a la horca. Sea como quiera, en cualquier escuela que
se hubieran educado, los bucaneros que rondaban por las colonias inglesas eran
gentes audaces que aun en tiempos de paz causaban enormes perjuicios a las
colonias y a los barcos mercantes españoles.
Todo contribuía a convertir aquella región en el punto de cita de los
piratas, donde podían vender el botín y concertar nuevas maldades: el fácil
acceso de la bahía de Manhattoes, el gran número de abras de sus costas y la
poca vigilancia que ejercía un gobierno apenas organizado. Mientras trajeron
con ellos ricos y variados cargamentos, todo el lujo de los trópicos, y el
suntuoso botín de las provincias españolas, vendiéndolo con la despreocupación
característica de todos los filibusteros, fueron siempre bienvenidos para los
avisados comerciantes de Manhattoes.
En pleno día se podía ver por las calles de la pequeña ciudad a estos
desesperados, renegados de todos los climas y de todos los países de la tierra,
tropezando con los tranquilos mijnheers, vendiendo su extraño botín por la
mitad o un cuarto del precio a los inteligentes comerciantes, para gastarlo
después en las tabernas, bebiendo, jugando, cantando, jurando, gritando y
escandalizando a la vecindad con peleas de media noche y diversiones de
rufianes.
Finalmente estos excesos llegaron a tales extremos que se convirtieron
en un escándalo y pedían a gritos que interviniera el gobierno. De acuerdo con
esto se tomaron medidas para atajar el mal que ya había tomado considerable
incremento y exterminar esta gusanería de la colonia.
Entre los agentes empleados para llevar a cabo este propósito se
encontraba el tristemente famoso Capitán Kidd. Era un carácter equívoco, uno de
esos indescriptibles animales del océano que no vuelan y que no son ni carne ni
pescado. Tenía algo de comerciante, un poco más de contrabandista y ribetes de
redomado pícaro. Durante muchos años había comerciado con los piratas en una
embarcación muy veloz y de poco tonelaje, que podía entrar en toda clase de
aguas. Conocía todos los puntos donde se ocultaban los piratas; se encontraba
siempre efectuando un viaje misterioso, tan ocupado como polluelos en una
tormenta.
Este obscuro personaje fue elegido por el gobierno para dar caza a los
piratas, de acuerdo con el viejo proverbio según el cual lo mejor para
deshacerse de un perro es echarle otro.
Kidd salió de Nueva York en 1695, en un barco llamado «La Galera de la
Aventura», bien armado y debidamente provisto de su patente de corso. Al llegar
a uno de sus numerosos refugios, estableció nuevas condiciones para su
tripulación, incorporó algunos de sus viejos camaradas, gente de armas tomar, y
se dirigió al Oriente. En lugar de perseguir a los piratas se dirigió a la isla
de Madera, Bonavista y Madagascar, llegando hasta la entrada del Mar Rojo.
Aquí, entre otras muchas fechorías, capturó una embarcación ricamente cargada,
cuya tripulación era árabe, pero su capitán era inglés.
Kidd era muy capaz de hacer pasar esto por una hazaña, puesto que se
trataba de una especie de cruzada contra los infieles, pero el gobierno había
perdido ya hacía mucho tiempo todo entusiasmo por esos triunfos cristianos.
Después de haber recorrido todos los mares, vendiendo el producto de sus robos
y cambiando varias veces de barco, Kidd tuvo la audacia de volver a Boston,
cargado de botín, con una tripulación atrevida que le pisaba los talones.
Sin embargo, los tiempos habían cambiado. Los bucaneros ya no podían
impunemente mostrar sus barbas en las colonias. El nuevo gobernador, lord
Bellamont, se había distinguido por su celo en extirparlos; tenía mayor razón
en estar enojado con Kidd por haber contribuido al nombramiento de éste para
que persiguiera a los piratas; en cuanto apareció en Boston se dio la alarma y
se tomaron medidas para arrestarlo. Sin embargo, el carácter audaz de Kidd y
los esfuerzos desesperados de los compañeros, que le seguían como perros de
presa, condujeron a que el arresto no fuera inmediato. Se dice que se aprovechó
de este tiempo para enterrar gran parte de sus tesoros, y se paseaba después
con la cabeza alta por las calles de Boston.
Cuando se le arrestó intentó defenderse, pero fue desarmado y llevado a
la prisión junto con sus compañeros. Era tan formidable la fama de estos
piratas y su tripulación, que se creyó aconsejable despachar una fragata para
llevar a él y sus compañeros a Inglaterra. En vano se hicieron esfuerzos para
arrancarle de las manos de la justicia; él y sus compañeros fueron juzgados,
condenados y ahorcados en Londres. Kidd tardó en morir, pues la cuerda que
rodeaba su cuello se rompió bajo su peso. Se le ató por segunda vez de una
manera más efectiva. Sin duda de ahí proviene la leyenda según la cual Kidd
tenía la vida encantada, y se le había ahorcado dos veces.
Tales son los hechos principales de la vida del Capitán Kidd, que han
dado origen a una gran maraña de tradiciones. La noticia de que había enterrado
grandes tesoros de oro y joyas antes de ser arrestado, puso en conmoción a
todos los buenos habitantes de la costa. Se oían rumores y más rumores, según
los cuales se habían encontrado grandes sumas de dinero en monedas con
inscripciones moriscas, sin duda botín de sus fechorías en Oriente, pero que el
común de la gente consideraba con un terror supersticioso, tomando las letras
árabes por caracteres diabólicos o mágicos.
Algunos decían que el tesoro había sido enterrado en varios lugares
solitarios y deshabitados cerca de Plymouth y el Cabo Cod, pero gradualmente se
empezó a citar otros lugares del país, no sólo en la costa oriental, sino
también a lo largo del brazo de mar, llegando a tejer una leyenda áurea
referente a Manhattoes y Long Island. De hecho, las rigurosas medidas de lord
Bellamont produjeron una repentina zozobra entre los bucaneros que se
encontraban en aquel momento repartidos por toda la provincia. Ocultaron su
dinero y sus joyas en lugares apartados, a lo largo de las costas deshabitadas
de los ríos y del mar, dispersándose ellos mismos por todo el territorio. La
acción de la justicia impidió que muchos de ellos volvieran alguna vez a
desenterrar lo que habían ocultado, meta desde entonces de los buscadores de
tesoros.
Este es el origen de los frecuentes relatos acerca de rocas o árboles
que llevan extraños signos, que se supone indican el lugar donde hay enterrado
dinero; muchos han buscado y pocos encontrado el botín de los piratas. En todas
las historias, referentes a estas empresas, el diablo desempeñaba un gran
papel. O se ganaba su amistad mediante diversas ceremonias e invocaciones, o se
celebraba con él algún pacto solemne. De todas maneras, siempre se inclinaba a
jugar alguna mala partida a los buscadores de tesoros.
Algunos cavaban hasta llegar a un cofre de hierro, cuando, casi
invariablemente, ocurría algo extraño e imprevisto. De repente la tierra se
desplomaría llenando la excavación, o los buscadores de tesoros huirían
aterrorizados ante algún extraño ruido o alguna aparición; algunas veces
aparecía el mismo diablo, para llevarse el botín que parecía estar finalmente
al alcance de los buscadores, que, sin embargo, al día siguiente no
encontrarían el menor rastro de sus trabajos de la noche anterior.
No obstante, todos estos rumores eran extremadamente vagos y excitaban
mi curiosidad sin satisfacerla. Nada hay en este mundo tan difícil de alcanzar
como la verdad, y no hay nada en el mundo que me interese fuera de ella. Entre
los viejos habitantes de la provincia, eran particularmente las viejas
holandesas de la misma mi fuente favorita de información auténtica. Pero aunque
me enorgullezco de saber más que ningún otra persona acerca del folklore de mi
provincia natal, durante mucho tiempo mis investigaciones no condujeron a
ningún resultado substancial. Finalmente, ocurrió que un día el azar me deparó
un interesante hallazgo.
Era al fin del verano, cuando me encontraba descansando de la fatiga
mental producida por algunos intensos estudios, dedicado a la pesca en uno de
aquellos ríos que habían sido el lugar predilecto de mi juventud, en compañía
de varios notables burgers de mi ciudad natal, entre los cuales había más de un
ilustre miembro de esa corporación, cuyo nombre, si yo me atreviera a citarlo,
honraría estas pobres páginas. Nuestro deporte nos era indiferente. Los peces
estaban empeñados por lo visto en no morder el anzuelo, y aunque cambiamos
varias veces de lugar, no tuvimos mejor suerte. Al fin anclamos cerca de una
fila de rocas, sobre la costa oriental de la isla de Manhattan. Era un día
cálido y sin viento. El río corría sin oleaje y sin formar torbellinos; todo estaba
tan tranquilo y quieto, que casi nos asombraba cuando algún pájaro abandonaba
el árbol donde se encontraba, hendía después el aire y se precipitaba al agua
para buscar su presa.
Mientras cabeceábamos en nuestro bote, semiadormecidos por la cálida
tranquilidad del día y la forzada ociosidad de nuestro deporte, uno de los
notables, concejal de la ciudad, mientras le dominaba el sueño, dejó que se
hundiera su caña de pescar. Al despertarse, le pareció que había pescado algo
gordo, a juzgar por el peso. Al subirlo a la superficie encontramos, con gran
sorpresa nuestra, que era una pistola, de modelo muy extraño y curioso, que por
la herrumbre que la cubría y por estar carcomida la culata y cubierta de
conchas, debía encontrarse en el agua desde hacía mucho tiempo.
La inesperada aparición de aquel instrumento de lucha fue motivo de
amplias especulaciones entre mis pacíficos compañeros. Uno supuso que había
caído al agua durante la guerra de la Independencia; otro, de la forma peculiar
del arma, dedujo que provenía de los primeros viajeros que visitaron la
colonia, tal vez el famoso Adrián Block, que exploró el brazo de mar y
descubrió la isla que lleva su nombre, tan famosa ahora por sus quesos. Pero un
tercero, después de observarla durante algún tiempo, afirmó que era de origen
español.
—Aseguraría —dijo— que si esa pistola pudiera hablar, nos contaría
extrañas historias de encarnizadas luchas con los caballeros españoles. No
tengo la menor duda que es una reliquia de los viejos tiempos de los bucaneros.
¿Quién sabe si no perteneció al mismo Kidd?
—Ah, ese Kidd era un hombre audaz —exclamó un ballenero del Cabo Cod, de
enérgicas facciones—. Conozco una vieja canción acerca de él:
Mi nombre es capitán Kidd
Cuando yo recorría los mares
Cuando yo recorría los mares.
Tenía la Biblia en la mano,
Cuando yo recorría los mares,
Y la enterré en la arena,
Cuando yo recorría los mares.
—A propósito, recuerdo una historia de un hombre que una vez desenterró
un tesoro del Capitán Kidd; la escribió un vecino mío y yo la aprendí de
memoria. Como los peces no pican, se la contaré a ustedes ahora, para pasar el
tiempo.
Y diciendo esto nos relató la siguiente historia...
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Washington Irving (1783-1859)

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