© Libro N° 13082. Escuela De Robinsones. Verne, Julio. Emancipación.
Octubre 19 de 2024
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Escuela De Robinsones. Julio Verne
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Robinsones. Julio Verne
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ESCUELA DE ROBINSONES
Julio Verne
Escuela
De Robinsones
Julio
Verne
1
En que el lector hallara, si lo desea, ocasión de comprar una isla en el
Océano Pacífico
“¡Se vende isla al contado, sin gastos, al último y mejor postor!”,
repetía una y otra vez, sin tomar aliento, Dean Felporg, comisario tasador de
la subasta en que se debatían las condiciones de esta venta singular.
“¡Isla en venta, isla en venta!”, repetía con voz más y más sonora el
pregonero Gingrass, que iba y venía por entre una multitud en verdad
excitadísima.
Multitud, efectivamente, que se apretaba en la vasta sala del hotel de
ventas del número 10 de la calle Sacramento. Allí había no sólo cierto número
de americanos de los estados de California, Oregón y Utah, sino también algunos
de esos franceses que forman una buena sexta parte de la población, mejicanos
envueltos en su sarape, chinos con sus túnicas de largas mangas, zapatos en
punta y gorro cónico, canacos de Oceanía e incluso pies-negros, vientres
abultados, o cabezas-planas procedentes de las riberas del río Trinidad.
Nos apresuramos a decir que la escena tenía lugar en la capital del
estado californiano, en San Francisco, pero no en la época en que la
explotación de nuevos placeres atraía a los buscadores de oro de ambos mundos,
de 1849 a 1852. San Francisco ya no era lo que había sido al principio, un
caravasar, un desembarcadero, una posada en que se detenían por una noche los
atareados que se apresuraban hacia los terrenos auríferos de la vertiente
occidental de la Sierra Nevada. ¡No!
Desde hacía unos veinte años, la antigua y desconocida Yerba-Buena había
dado lugar a una ciudad única en su género, poblada por cien mil habitantes,
construida al respaldo de dos colinas por haberle faltado sitio en la playa del
litoral, pero del todo dispuesta a extenderse hasta las últimas alturas de lo
más lejano; una ciudad, en fin, que ha destronado a Lima, Santiago, Valparaíso,
todas sus otras rivales del Oeste, de la que los americanos han hecho la reina
del Pacífico, la “gloria de la costa occidental”.
Ese día —15 de mayo— aún hacía frío. En este país, sometido directamente
a la acción de las corrientes polares, las primeras semanas de dicho mes
recuerdan más bien las últimas de marzo en la Europa media. Sin embargo, no se
hubiera uno dado cuenta de ello en el recinto de esta sala de subastas
públicas. La campana, con su volteo incesante, había atraído allí a un gran
concurso popular, y una temperatura estival hacía resbalar de la frente de
cada uno gotas de sudor que el frío de fuera pronto hubiera
solidificado.
No creáis que todos estos afanosos habían acudido a la sala de remates
con la intención de adquirir. Hasta diría que allí no había sino curiosos.
¿Quién hubiera sido bastante loco, de haber sido bastante rico, para comprar
una isla del Pacífico que el gobierno había tenido la bizarra idea de poner en
venta? Se decía, pues, que el precio de puesta en venta no sería cubierto, que
ningún aficionado se dejaría arrastrar al fuego de las pujas. No obstante, esto
no impedía al pregonero público el tratar de animar a los chalanes con sus
exclamaciones, sus gestos y el despliegue de sus pomposos discursos, adornados
con las más seductoras metáforas.
Se reía... pero no se hacían ofertas.
— ¡Una isla, una isla en venta! —repitió Gingrass.
— ¡Pero no para comprar! —respondió un irlandés cuyo bolsillo no hubiese
tenido con qué pagar nada en absoluto.
— ¡Una isla que, según su precio de venta, no llegaría a seis dólares el
acre! —gritó el comisario Dean Felporg.
— ¡Y que no produciría medio cuarto por ciento! —contestó un grueso
hacendero, buen conocedor respecto de explotaciones agrícolas.
— ¡Una isla que no mide menos de sesenta y cuatro millas de
circunferencia y doscientos veinticinco mil acres de superficie! (Ciento veinte
kilómetros y noventa mil hectáreas).
— ¿Está sólidamente asentada sobre su fondo? —preguntó un mexicano,
viejo frecuentador de bares, cuya solidez personal parecía ser dudosa en este
momento.
— ¡Una isla con selvas vírgenes! —Repetía el anunciador—; con praderas,
colinas, cursos de agua...
— ¿Garantizados? —exclamó un francés que parecía poco dispuesto a
dejarse coger en el anzuelo.
— ¡Sí, garantizados! —respondía el anunciador, comisario Felporg,
demasiado viejo en el oficio para impresionarse con los chascarrillos del
público.
— ¿Dos años?
— ¡Hasta el fin del Mundo!
— ¡Y hasta más allá!
— ¡Una isla en plena propiedad! —Repetía el anunciador—. ¡Una isla sin
ningún animal dañino, ni fieras, ni reptiles!
— ¿Ni pájaros? —añadió un socarrón.
— ¿Ni insectos? —exclamó otro.
— ¡Una isla al que dé más! —Volvió a decir en la mejor forma Dean
Felporg—. ¡Vamos, ciudadanos! ¡Un poco de valor con el bolsillo! ¿Quién quiere
una isla en buen estado, no habiendo sido casi utilizada, una isla del
Pacífico, de este océano de los océanos? Su precio de venta es punto menos que
nada. ¡Un millón cien mil dólares!
— ¿Interesa por un millón cien mil dólares? ¿Quién habla? ¿Es usted,
caballero?
— ¿Es usted, el de allá abajo, usted que mueve la cabeza como un
mandarín de porcelana? ¡Tengo una isla! ¡He aquí una isla! ¿Quién quiere una
isla?
— ¡Que se pase el objeto! —dijo una voz, como si se tratase de un cuadro
o de un vaso de porcelana.
Y toda la sala estalló en risas, pero sin que el precio de puesta en
venta fuese cubierto ni en medio dólar.
Sin embargo, si bien el objeto en cuestión no podía pasar de mano en
mano, el plano de la isla estaba a disposición del público. Los interesados
podían saber a qué atenerse acerca de este pedazo del globo puesto en
adjudicación. Ninguna sorpresa debía temerse, ni ningún chasco. Situación,
orientación, disposición de tierras, relieve del suelo, red hidrográfica,
climatología, lazos de comunicación, todo era fácil de comprobar por
adelantado. No se compraría al buen tuntún, y ha de creérseme si aseguro que no
podía existir engaño alguno sobre la naturaleza de la mercancía vendida. Por
otra parte, los innumerables diarios de los Estados Unidos, como los de
California, y las hojas cotidianas, bisemanales, semanales, bimensuales, o
mensuales, revistas, boletines, etc., no cesaban desde hacía varios meses de
llamar la atención pública sobre esta isla cuya licitación había sido
autorizada por un voto del Congreso.
Esta isla era la isla Spencer, que se encuentra situada en el
oeste-sudoeste de la bahía de San Francisco, a cuatrocientas sesenta millas,
poco más o menos, del litoral californiano, a los 32º 15' de latitud norte y
142º 18' de longitud oeste del meridiano de Greenwich.
Imposible, por consiguiente, imaginar una posición más aislada, fuera de
todo movimiento marítimo o comercial, por más que la isla Spencer estuviese a
una distancia relativamente corta y se encontrase, por así decirlo, en aguas
americanas.
Pero allí las rutas regulares, desviándose al norte o al sur, han
determinado
una especie de lago de aguas tranquilas que es en algunas ocasiones
designado con el nombre de “Recodo de Fleurieu”.
En el centro mismo de esta enorme calma sin dirección apreciable, es
donde yace la isla Spencer. Así pues, pocos navíos pasan a su vista. Las
grandes rutas del Pacífico que unen el nuevo continente al antiguo, ya
conduzcan al Japón ya a China, todas se desvían en una zona más meridional. Los
buques de vela se encontrarían con calmas sin fin en la superficie de este
“Recodo de Fleurieu” y los vapores, que tienden a lo más corto, no encontrarían
ventaja alguna en atravesarlo. Por esto, ni unos ni otros llegan a tomar
conocimiento de la isla Spencer, que se yergue allí, como la cima aislada de
una de las montañas submarinas del Pacífico. En verdad, para el hombre que
desee huir del ruido del Mundo buscando estar tranquilo en la soledad, ¿qué
puede haber mejor que esta Islandia perdida a algunos centenares de leguas del
litoral? Para un Robinson voluntario hubiera sido el ideal dentro del género.
¡Solamente faltaba lo del precio!
Y ahora ¿por qué los Estados Unidos querían deshacerse de esta isla?
¿Era una fantasía? ¡No! Una nación no puede obrar por capricho, como un simple
particular.
He aquí la verdad: por su situación, la isla Spencer había parecido ya
desde hacía tiempo una estación absolutamente inútil. Colonizarla no hubiese
tenido resultado práctico. Desde el punto de vista militar no ofrecía interés
alguno, ya que no hubiera dominado sino una porción absolutamente desierta del
Pacífico. Desde el punto de vista comercial, igual inutilidad, ya que sus
productos no hubieran pagado el valor del flete ni a la ida ni a la vuelta.
Establecer allí una colonia penitenciaria tenía el inconveniente de estar
demasiado próxima al litoral. En fin, ocuparla con un interés cualquiera era
cosa demasiado cara. Por su situación, pues, permanecía desierta desde tiempo
inmemorial, y el Congreso, compuesto de hombres “eminentemente prácticos”,
había resuelto adjudicar esta isla Spencer, aunque con una condición: que el
adjudicatario fuese un ciudadano de la libre América.
Sucedía, también, que no se quería dar esta isla por nada... Así pues,
al ponerle precio, éste había sido fijado en un millón cien mil dólares. Esta
suma, para una sociedad financiera que hubiese puesto en acciones la compra y
explotación de esta propiedad, no hubiese sido sino una bagatela de haber el
negocio ofrecido algunas ventajas; pero nunca insistiremos bastante en
repetirlo: no ofrecía ninguna. Los hombres competentes no tendrían más interés
por este pedazo separado de los Estados Unidos que por un islote perdido en los
hielos del Polo. En todo caso, para un particular la suma no dejaba de ser
considerable. Se precisaba, pues, ser muy rico para pagarse esta fantasía, que
nunca podría reportar ni una centésima por ciento. Se precisaba también ser inmensamente
rico porque el asunto no debía tratarse sino al
contado, cash, según la expresión americana, y bien sabido es que hasta
en los Estados Unidos son todavía raros los ciudadanos que tienen un millón de
dólares en dinero contante y sonante para tirarlo al agua sin esperanza de
retorno.
Y, no obstante, el Congreso había decidido no vender por debajo de ese
precio. ¡Un millón cien mil dólares! Ni un céntimo menos, o la isla Spencer
continuaría siendo propiedad de la Unión.
Consiguientemente, podía suponerse que ningún comprador sería bastante
loco para hacer frente a tal precio.
Por otra parte, se había expresamente determinado que el propietario —si
alguna vez se presentase alguno— no sería rey de la isla Spencer, sino
presidente de la república. En modo alguno tendría derecho a tener súbditos,
sino solamente conciudadanos que le nombrarían por un tiempo determinado,
libres de relegirle indefinidamente. En todo caso, le estaría prohibido crear
una dinastía. ¡Jamás la Unión hubiese tolerado la fundación de un reino, por
pequeño que fuese, en aguas americanas!
Esta cláusula tenía por objeto quizá apartar a algún millonario
ambicioso, o a algún nabab depuesto, que hubiese querido rivalizar con los
reyes salvajes de las Sándwich, Marquesas, Pomotou, u otros archipiélagos del
Océano Pacífico.
En resumen: por una razón u otra, nadie se presentaba. El reloj seguía
andando, el pregonero se sofocaba tratando de provocar las pujas, el comisario
tasador gastaba su órgano vocal, sin obtener uno de esos signos de cabeza que
estos estimables agentes son tan perspicaces en descubrir, y ni el precio se
ponía siquiera en discusión.
Precisa decir, sin embargo, que, sin bien la maza no se cansaba de
levantarse por encima de la mesa, la multitud no se cansaba de esperar. Las
bromas continuaban cruzándose los chistes no dejaban de circular por toda la
sala. Unos ofrecían dos dólares por la isla, con gastos incluidos. Otros pedían
garantía de devolución en caso de adquisición.
Y siempre, siempre, las vociferaciones del pregonero:
— ¡Isla en venta! ¡Isla en venta! Y ningún comprador...
— ¿Se garantiza que se encuentran allí flats? —preguntó el tendero
Stumpy, de Merchant-Street.
— ¡No! —Respondió el comisario tasador—; pero no es imposible que los
haya, y el estado abandona al comprador todos sus derechos sobre estos terrenos
auríferos.
— ¿Hay por lo menos un volcán? —preguntó Oakhurst, el tabernero de la
calle Montgomery.
—No, no hay volcán —replicó Dean Felporg—; con eso sería más cara.
Un inmenso estallido de risas siguió a esta contestación.
— ¡Isla en venta! ¡Isla en venta! —aullaba Gingrass, cuyos pulmones se
fatigaban en vano.
— ¡Sólo un dólar más, sólo medio dólar; sólo un céntimo por encima del
precio —dijo por última vez el comisario tasador—, y la adjudicaré! ¡A la una,
a las dos...!
Silencio completo.
— ¡Si nadie dice una palabra, la adjudicación va a ser retirada! ¡Una!
¡Dos!
— ¡Un millón doscientos mil dólares!
Estas cinco palabras resonaron en medio de la sala como cinco tiros de
revólver.
Toda la asamblea, muda un momento, se volvió hacia el audaz que había
osado lanzar esta cifra.
Era William W. Kolderup, de San Francisco.
2
Como William W. Kolderup, de San Francisco, tuvo que hacer frente a
J.-R. Taskinar, de Stockton
Había una vez un hombre extraordinariamente rico, que valía por millones
de dólares como otros valen por miles. Este hombre era William W.Kolderup.
Se le consideraba más rico que el duque de Westminster, cuya renta se
elevaba a ochocientas mil libras y que podía gastar cincuenta mil francos al
día, o sea treinta y seis francos por minuto; más rico que el senador por
Nevada, Jones, que poseía treinta y cinco millones de renta; más rico que M.
Mackay mismo, al que sus dos millones setecientas cincuenta mil libras de renta
anual aseguraban siete mil ochocientos francos por hora, o dos francos y
algunos céntimos por segundo.
No menciono esos pequeños millonarios, los Rothschild, los Vanderbilt,
los duques de Northumberland, los Stewart; ni los directores de la poderosa
banca de California y otros personajes con muy buenas rentas, del
antiguo y el nuevo Mundo, a los cuales William W. Kolderup hubiese estado en
posición de darles limosna. Podía dar un millón, sin molestia alguna, como
usted o yo daríamos cien perras chicas.
Era en la explotación de los primeros placeres donde este honorable
especulador había echado los sólidos fundamentos de su incalculable fortuna.
Fue el principal asociado del capitán suizo Sutter, sobre los terrenos del
cual, en 1848, fue descubierto el primer filón. Desde esta época, ayudando la
suerte y la inteligencia, se le encuentra interesado en todas las grandes
explotaciones de ambos mundos.
Se lanzó entonces audazmente a través de las especulaciones del comercio
y la industria. Sus fondos inagotables alimentaron centenares de fábricas, de
las que sus navíos exportaron los productos por el Universo entero. Su riqueza
se acrecentó en una progresión no solamente aritmética, sino geométrica. De él
se decía lo que se dice ordinariamente de estos multimillonarios: que no
conocen su fortuna. En realidad, la conocía hasta llegar al dólar; pero no se
jactaba de ello en absoluto.
En el momento en que le presentamos a nuestros lectores con todas las
consideraciones que merece un hombre de tanta “superficie”, William W. Kolderup
contaba con dos mil oficinas repartidas por todos los puntos del Universo,
ochenta mil empleados en sus diversas agencias de América, Europa y Australia,
trescientos mil corresponsales y una flota de quinientos buques cruzando
incesantemente los mares en su provecho; y no gastaba menos de un millón anual
en timbres de efectos y sellos de cartas. En una palabra, era el hombre y la
gloria de la opulenta Frisco, que es la pequeña y cariñosa contracción con que
los americanos designan familiarmente la capital de California.
Una puja lanzada por William W. Kolderup no podía por menos de ser de lo
más serio. Así que, cuando los espectadores de la subasta se dieron cuenta de
quién era el que venía a cubrir con cien mil dólares el tipo de precio asignado
a la isla Spencer, se hizo un movimiento irresistible; las bromas cesaron
instantáneamente, los chistes dejaron lugar a interjecciones admirativas y unos
“hurras” estallaron en la sala de ventas.
Luego, un gran silencio sucedió a este barullo. Los ojos se agrandaron,
las orejas se enderezaron. En cuanto a nosotros, si hubiésemos estado allí,
nuestro aliento se hubiese detenido a fin de no perder nada de la emocionante
escena que iba a desarrollarse si algún otro interesado osaba entrar en lid con
William
W. Kolderup.
Pero, ¿era esto probable? ¿Podía ser posible?
¡No! Y bastaba mirar a William W. Kolderup para afirmarse en esta
convicción: la de que nunca cedería en una cuestión en que su potencia
financiera estuviese en juego.
Era un hombre alto, fuerte, de cabeza voluminosa, espaldas anchas,
miembros bien adaptados, armazón de hierro sólidamente asegurado. Su mirar
tranquilo, pero resuelto, no se bajaba de buena gana. Su pelo gris se
alborotaba alrededor de su cráneo, abundante como en su primera edad. Las
líneas rectas de su nariz formaban un triángulo rectángulo geométricamente
dibujado. Sin bigote; barba cortada a la americana, muy copiosa en la barbilla,
cuyas dos puntas superiores se juntaban en la comisura de los labios y ascendían
a las sienes en patillas grisáceas. Dientes blancos en fila simétrica sobre los
bordes de una boca fina y apretada. Una de esas cabezas de comodoro que se
yerguen en la tempestad y dan cara a la tormenta.
Ninguna tormenta la hubiese curvado; así era de sólida sobre el cuello
poderoso que le servía de eje. En esta batalla de pujas, cada movimiento que
hiciera de arriba abajo significaría cien mil dólares más.
No había lucha posible.
— ¡Un millón doscientos mil dólares!— dijo el comisario tasador, con el
acento peculiar de un empleado que al fin ve que su actuación le será
provechosa.
— ¡A un millón doscientos mil dólares hay comprador! —repitió el
pregonero Gingrass.
— ¡Oh, ya se puede pujar sin temor! —Murmuró el tabernero Oakhurst—.
¡William Kolderup no cederá!
— ¡Bien sabe que nadie va a arriesgarse! —respondió el tendero de
Merchant-Street.
Repetidos “basta” y “cállense” invitaron a los dos honorables
comerciantes a guardar un completo silencio. Se quería oír. Los corazones
palpitaban. ¿Osaría elevarse una voz que respondiera a la voz de William W.
Kolderup? Este, magnífico de ver, ni se movía. Allí estaba, tan en calma como
si el asunto no le interesase. Pero, como sus vecinos pudieron observar, sus
dos ojos eran como dos pistolas cargadas de dólares prestas a hacer fuego.
— ¿Nadie dice palabra? —preguntó Deal Felporg. Nadie decía palabra.
— ¡A la una! ¡A las dos...!
— ¡A la una! ¡A las dos...! —repitió Gingrass, muy acostumbrado a este
pequeño diálogo con el comisario.
— ¡Voy a adjudicar!
— ¡Vamos a adjudicar!
— ¡A un millón doscientos mil dólares, la isla Spencer tal como es y se
mantiene!
— ¡A un millón doscientos mil dólares!
— ¿Está bien visto? ¿Bien oído? ¿Bien entendido?
— ¿No habrá remordimiento?
— ¡A un millón doscientos mil dólares la isla Spencer...!
Los pechos, oprimidos, se alzaban y bajaban convulsivamente. En el
último segundo, ¿iría a producirse una nueva puja?
El comisario Felporg, con la mano derecha tendida por encima de la mesa,
agitaba la maza de marfil... ¡Un golpe, un solo golpe, y la adjudicación sería
definitiva!
¡No hubiera estado más impresionado el público de lo que estaba ante una
aplicación sumaria de la ley de Lynch!
El martillo se fue bajando lentamente, tocó casi la mesa, se levantó y
agitó un instante como una espada que vibra en el momento en que el esgrimista
va a tirarse a fondo; a continuación bajó rápidamente...
Pero, antes de que el golpe seco se hubiese producido, una voz había
hecho oír estas cinco palabras:
— ¡Un millón trescientos mil dólares!
Hubo primero un “¿eh?” general de estupefacción y luego un “¡ah!”, no
menos general, de satisfacción. Un nuevo pujador se había presentado. Así,
pues, habría batalla.
Pero ¿quién era este temerario que osaba venir a luchar a golpes de
dólares contra William W. Kolderup, de San Francisco?
Se trataba de J.-R. Taskinar, de Stockton.
J.-R. Taskinar era rico, pero más que rico, era obeso. Pesaba
cuatrocientas noventa libras. Si no había llegado más que en segundo lugar al
concurso de hombres gordos de Chicago, fue porque no se le había dejado tiempo
para terminar su comida y había perdido una decena de libras.
Este coloso, que precisaba asientos especiales en que pudiera asentar su
enorme persona, vivía en Stockton, sobre el San Joaquín, que es una de las más
importantes ciudades de California, uno de los centros de almacenaje para las
minas del Sur, una rival de Sacramento, donde se concentran los productos
de las minas del Norte. Allí también embarcan los buques la mayor
cantidad de trigo de California...
No sólo la explotación de las minas y el comercio de cereales habían
proporcionado a J.-R. Taskinar ocasión de ganar una fortuna enorme, sino que
también el petróleo había corrido como otro Pactolo a través de su caja.
Además, era un gran jugador, jugador afortunado, y el póquer, la ruleta del
Oeste americano, se había mostrado pródigo con él en sus numerosos plenos.
Pero, por rico que fuera, era un mal hombre, a cuyo nombre no se unía de buena
voluntad el epíteto de “honorable”, en uso tan común en el país. Después de
todo, y como suele decirse, era un buen caballo de batalla y quizá se le
achacaba más de lo conveniente y justo. Lo que sí es cierto es que en más de
una ocasión no desdeñaba demasiado el uso del derringer, que es el revólver
californiano.
Sea lo que fuere, J.-R. Taskinar odiaba de una manera especialísima a
William W.
Kolderup. Le odiaba por su fortuna, por su situación, por su
honorabilidad. Le despreciaba como un hombre obeso desprecia a un hombre a
quien no tiene más remedio que encontrar delgado. No era la primera vez que el
comerciante de Stockton trataba de quitar al comerciante de San Francisco un
negocio, bueno o malo, por puro espíritu de rivalidad. William K. Kolderup le
conocía a fondo y le testimoniaba, en cada encuentro que con él tenía, un
desdén que acababa por exasperarle.
Un último éxito que J.-R. Taskinar no perdonaba a su adversario fue que
este último le había vencido limpiamente en las últimas elecciones del estado.
Pese a sus esfuerzos, sus amenazas, sus difamaciones —sin contar los
millares de dólares vanamente prodigados por sus corredores electorales—, era
William W.
Kolderup quien ocupaba su puesto en el Consejo legislativo de
Sacramento.
Ahora bien, J.-R. Taskinar se había enterado — ¿cómo?, yo no sabría
decirlo— de que la intención de William W. Kolderup era la de hacerse dueño de
la isla Spencer. Esta isla le sería sin duda tan inútil como le sería a su
rival. Pero poco importaba. Allí se le proporcionaba una nueva ocasión de
entrar en lucha, de combatir, de vencer quizá: J.-R. Taskinar no podía dejarla
escapar.
He aquí por qué J.-R. Taskinar había venido a la sala de la subasta y se
hallaba en medio de esta multitud de curiosos que no podían presentir sus
propósitos; porque, por lo menos, había preparado sus baterías, porque antes de
obrar había esperado que su adversario hubiese cubierto el tipo de precio, por
alto que fuese.
Pero, en fin, William W. Kolderup había lanzado esta cifra:
“¡Un millón doscientos mil dólares!”
Y J.-R. Taskinar, en el momento en que William W. Kolderup podía creerse
definitivamente adjudicatario de la isla, se había revelado, con voz
estentórea, por estas palabras:
“¡Un millón trescientos mil dólares!”
Todo el Mundo a una se había vuelto:
— ¡El gordo Taskinar!
Este fue el nombre que pasó de boca en boca. ¡Sí! El gordo Taskinar, que
bien conocido era. Su corpulencia había suministrado tema a más de un artículo
en los periódicos de la Unión. No sé qué matemático hasta había demostrado, por
medio de cálculos trascendentales, que su masa era suficientemente considerable
para influir la de nuestro satélite y perturbar en una proporción apreciable
los elementos de la órbita lunar.
Pero la corpulencia física de J.-R. Taskinar, en este momento, no era un
motivo para interesar a los espectadores de la sala. Lo que iba a ser
emocionante, muy en distinto sentido, era que entraba en rivalidad directa y
pública con William W.
Kolderup. Un combate heroico a golpe de dólares amenazaba entablarse, y
yo no sabría por cuál de estas dos cajas de caudales los apostadores hubieran
de mostrar más ardor. ¡Mortales enemigos, estos hombres riquísimos! No se
trataría, pues, sino de una cuestión de amor propio.
Tras el primer movimiento de agitación, rápidamente reprimido, se hizo
un nuevo silencio en toda la asamblea. Se hubiera oído a una araña tejer su
tela.
Fue la voz del comisario tasador Dean Felporg la que rompió este pesado
silencio.
A un millón trescientos mil dólares la isla Spencer! —gritó,
levantándose con el fin de seguir mejor la serie de apuestas.
William W. Kolderup se había vuelto del lado de J.-R. Taskinar. Los
asistentes acababan de apartarse para hacer sitio a los dos adversarios. El
hombre de Stockton y el hombre de San Francisco podían verse cara a cara,
contemplarse a su placer.
La verdad nos obliga a decir que en ninguno de ellos había achicamiento.
Jamás la mirada de uno hubiese consentido bajarse ante la mirada del
otro.
— ¡Un millón cuatrocientos mil dólares! —dijo William W. Kolderup.
— ¡Un millón quinientos mil! —respondió J.-R. Taskinar.
— ¡Un millón seiscientos mil!
— ¡Un millón setecientos mil!
¿No os recuerda esto la historia de aquellos dos industriales de Glasgow
luchando con el empeño de quién subiría más alto que el otro la chimenea de su
fábrica, aun con riesgo de una catástrofe? Sólo que ahora se trataba de
chimeneas de lingotes de oro.
De todas maneras, después de las pujas de J.-R. Taskinar, William W.
Kolderup empleaba cierto tiempo en reflexionar antes de lanzarse de nuevo. Por
el contrario, Taskinar arrancaba como una bomba y parecía no querer tomar un
segundo de reflexión.
— ¡Un millón setecientos mil dólares! —Repitió el comisario tasador—.
Vamos, vamos, caballeros; se da por nada; es gratis...
Y se hubiese podido creer que, llevado por el hábito de la profesión,
iba a añadir este digno Felporg:
“¡El cuadro vale más que eso!”
— ¡Un millón setecientos mil dólares! —aulló el cantador Gingrass.
— ¡Un millón ochocientos mil! —respondió William W. Kolderup.
— ¡Un millón novecientos mil! —replicó J.-R. Taskinar.
— ¡Dos millones! —replicó en seguida William W. Kolderup, sin esperar
esta vez.
Su rostro había palidecido un poco cuando estas últimas palabras
salieron de su boca, pero toda su actitud fue la de un hombre que no desea
abandonar la lucha.
J.-R. Taskinar estaba encendido. Su enorme figura recordaba esos discos
del ferrocarril cuya superficie, puesta al rojo, impone la detención del tren.
Pero muy probablemente su rival no haría caso de señales y aumentaría el vapor.
J.-R. Taskinar presentía esto. La sangre le subía al rostro,
apopléticamente congestionado. Torturaba, con sus grandes dedos llenos de
brillantes de gran precio, la enorme cadena de oro que se unía a su reloj.
Miraba a su adversario y después cerraba un instante los ojos para volverlos a
abrir con más odio que nunca...
— ¡Dos millones quinientos mil dólares! —dijo al fin, esperando derrotar
toda puja con este salto prodigioso.
— ¡Dos millones setecientos mil! —respondió con una voz muy calmada
William W. Kolderup.
— ¡Dos millones novecientos mil!
— ¡Tres millones!
¡Sí! William W. Kolderup, de San Francisco, había dicho “tres millones
de dólares”.
Los aplausos iban a estallar. Se contuvieron, sin embarga a la voz del
comisario tasador, que repetía la puja y cuya maza levantada amenazaba bajarse
por un movimiento involuntario de los músculos. Se hubiese dicho que Dean
Felporg, por curtido que estuviese respecto a las sorpresas de una venta, se
sentía incapaz de contenerse más tiempo.
Todas las miradas estaban posadas sobre J.-R. Taskinar. El voluminoso
personaje bien sentía el peso de ellas, pero más sentía ya el peso de esos tres
millones de dólares que parecían aplastarle. Deseaba hablar, sin duda para
pujar más... pero no podía. Quería moverla cabeza... mas tampoco podía.
Por fin, su voz se hizo oír débilmente, pero lo suficiente para
comprometerse.
— ¡Tres millones quinientos mil! —murmuró.
— ¡Cuatro millones! —respondió William W. Kolderup.
Fue ya el último mazazo. J.-R. Taskinar se hundió. El martillo golpeó en
seco el mármol de la mesa.
La isla Spencer quedaba adjudicada por cuatro millones de dólares a
William W.
Kolderup, de San Francisco.
— ¡Me vengaré! —murmuró J.-R. Taskinar.
Y, después de haber lanzado una mirada llena de odio sobre su vencedor,
se volvió al Hotel Occidental.
Sin embargo, los “hurras” y los “hips” resonaron tres veces en el oído
de William W.
Kolderup; le acompañaron hasta la calle Montgomery, y tal era el
entusiasmo de estos americanos delirantes, que hasta olvidaron cantar el Yankee
Doodle.
3
Donde la conversación de Phina Hollaney y Godfrey Morgan es acompañada
por el piano
William W. Kolderup se había reintegrado a su hotel de la calle
Montgomery. Esta calle es la Regent-Street, la Broadway, el Boulevard des
Italiens, de San Francisco.
Todo a lo largo de esta gran arteria, que atraviesa la ciudad
paralelamente a sus muelles, se respira movimiento, trasiego, vida: tranvías
múltiples, coches llevados por caballos o mulas, gentes atareadas que se
aprietan en las aceras de piedra ante los almacenes ricamente provistos,
clientes más o menos numerosos todavía en las puertas de los bares, en que se
consumen bebidas que no pueden ser más californianas.
Inútil describir el hotel del nabab de Frisco. Poseyendo demasiados
millones, tenía demasiado lujo. Más comodidades que gusto. Menos sentido
artístico que sentido práctico. No se podía tener todo.
Que el lector se contente con saber que había un magnífico salón de
recibo y en este salón un piano cuyos acordes se propagaban a través de la
cálida atmósfera del hotel en el momento en que entraba el opulento Kolderup.
— ¡Buenos! —se dijo—. Ella y él están ahí. Unas palabras a mi cajero y
después hablaremos con calma.
Y se dirigió hacia su gabinete a fin de rematar este pequeño asunto de
la isla Spencer y no volver a pensar en ello. Rematar era simplemente cambiar
algunos valores a fin de pagar la adquisición. Cuatro líneas a su agente de
cambio; no precisaba nada más. Tras ello William W. Kolderup se ocuparía de
otra “combinación” que de manera muy diferente le punzaba.
¡Sí!, ella y él estaban en el salón; ella, ante el piano; él, medio
tendido sobre un canapé escuchando vagamente las notas perladas de los arpegios
que se escapaban de los dedos de esta encantadora persona.
— ¿Me escuchas? —dijo ella.
— ¡Sin duda!
— ¡Sí!, ¿pero me oyes?
—Sí te oigo; te oigo, Phina! Nunca has tocado tan bien estas variaciones
de Auld Robin Gray.
— ¡No es Auld Robin Gray lo que toco, Godfrey; es Happy moment...!
— ¡Ah!, había creído... —respondió Godfrey con un tono de indiferencia
que hubiera sido difícil no comprender bien.
La joven levantó ambas manos y dejó un momento los dedos separados
suspendidos por encima del teclado como si fuesen a volver a caer para dar un
nuevo acorde; después, dando media vuelta a su taburete, quedó durante
algunos momentos mirando al demasiado tranquilo Godfrey, cuyas miradas
trataban de evitar las suyas.
Phina Hollaney era la ahijada de William W. Kolderup. Huérfana y educada
a su cargo, le había dado derecho a considerarse como su hija y el deber de
amarle como a un padre. Como así era.
Se trataba de una personilla “linda a su modo”, como suele decirse, pero
verdaderamente encantadora; una rubia de dieciséis años con ideas de morena, lo
que se leía en el cristal de sus ojos, de un azul obscuro. No podríamos menos
de compararla a un lirio, puesto que ésta es la comparación invariablemente
empleada en la mejor sociedad para designar las bellezas americanas. Era, pues,
un lirio, si así lo deseáis, pero un lirio injertado en algún rosal silvestre
resistente y sólido. Verdad es que tenía mucho corazón la personita en
cuestión, pero tenía también mucho sentido práctico, un modo de conducirse del
todo personal, y no se dejaba llevar más de lo conveniente por las ilusiones o
los sueños propios de su sexo y edad.
Los sueños bien están cuando se duerme, no cuando uno se halla
despierto.
Así, ella no dormía en este momento, y no pensaba en absoluto en dormir.
— ¿Godfrey? —volvió a decir.
— ¿Phina? —respondió el joven.
— ¿Dónde te encuentras tú ahora?
— ¡Cerca de ti... en este salón!
— ¡No; cerca de mí, no, Godfrey! ¡En este salón, no! Más bien lejos,
lejos... más allá de los mares, ¿no es cierto?
Y maquinalmente la mano de Phina, buscando el teclado, se perdió en una
serie de séptimas disminuidas cuya tristeza harto significaba y que no
comprendió quizá el sobrino de William W. Kolderup. Porque tal era este joven,
tal el lazo de parentesco que le unía al rico dueño de los océanos. Hijo de una
hermana del comprador de la isla, sin padres desde hacía bastantes años,
Godfrey Morgan había sido, como Phina, criado en la casa de su tío, al cual la
fiebre de los negocios no le habían dejado nunca una pausa para pensar en
casarse. Godfrey contaba entonces veintidós años. Terminada su educación, había
quedado completamente ocioso.
Graduado universitario, no era por ello, sin embargo, más sabio. La vida
no le abría sino vías de comunicación fáciles. Podía ir a derecha o a
izquierda: esto le conduciría siempre a algún sitio en que la suerte no le
faltaría.
Fuera de esto, Godfrey estaba “bien” en cuanto a su persona:
distinguido, elegante, aunque no se había puesto jamás un alfiler en la
corbata, ni adornado los dedos, puños, ni el plastrón de su camisa, con todas
las fantasías joyeras
tan apreciadas de sus conciudadanos. No sorprenderá a nadie que diga que
Godfrey Morgan debería casarse con Phina Hollaney. ¿Podría ser de otro modo?
Toda conveniencia lo aconsejaba. Por otra parte, William W. Kolderup deseaba
este matrimonio. Así aseguraba su fortuna a los dos seres que más amaba en el
Mundo, sin contar con que Phina gustaba a Godfrey y Godfrey no disgustaba a
Phina. Tenía que ser así para la buena contabilidad de la casa de comercio.
Desde su nacimiento, una cuenta se había abierto para el joven y otra para la
joven; no había sino que saldarlas y pasar las firmas conjuntas a una nueva
cuenta para los dos esposos. El digno negociante esperaba razonablemente que
esto fuera pronto y que la situación se saldara de manera definitiva salvo error
u omisión.
Ahora bien, precisamente existía omisión y quizá error, como va a
demostrarse.
Error, puesto que Godfrey no se sentía aun suficientemente maduro para
el gran asunto del matrimonio; omisión, puesto que no se había tenido en cuenta
presentir este factor.
En efecto, una vez terminados sus estudios, Godfrey experimentaba como
un hastío prematuro del Mundo y de la vida, toda hecha para él, en que nada le
faltaría, en que no había lugar a formular un deseo, en que no tendría nada que
hacer. El pensamiento de correr el Mundo le invadió entonces: se dio cuenta de
que había aprendido todo, salvo a viajar. Del antiguo y el nuevo continente no
conocía, a decir verdad, más que un solo punto: San Francisco, donde había
nacido y al que jamás había abandonado salvo en sueños. Así pues, yo os
pregunto: ¿qué es un joven que no ha hecho dos o tres veces la vuelta al Mundo,
sobre todo si es americano? ¿Para qué puede servir, en consecuencia? ¿Sabe si
podría salir de apuros en las diversas eventualidades en que podría ponerle un
viaje de larga duración? Si no ha gustado un poco la vida de aventuras, ¿cómo
va a atreverse a responder de sí mismo? En fin, algunos millares de millas
recorridas por la superficie de la Tierra para ver, observar, e instruirse son
el indispensable complemento de la buena educación de un joven.
A esto, pues, se había llegado: a que desde hacía un año Godfrey se
había interesado con los libros de viajes que pululan en nuestra época y que
esta lectura le había apasionado. Había descubierto el Celeste Imperio con
Marco Polo, América con Colón, el Pacífico con Cook, el Polo Sur con
Dumond-d'Urville. Se sentía dominado por la idea de ir allí donde estos
ilustres viajeros habían estado sin él. En verdad, no hubiese encontrado
demasiado caro pagar una expedición de algunos años, aunque el precio hubiese sido
cierto número de ataques de piratas malayos, de colisiones marítimas, de
naufragios en una costa desierta, aunque hubiese tenido que llevar la vida de
Selkirk o de un Robinson Crusoe. ¡Un Robinson! ¡Llegar a ser un Robinson! ¿Qué
imaginación joven no ha soñado un poco en esto, de la misma manera que
Godfrey lo había hecho bien a menudo, leyendo las aventuras de los héroes
imaginarios de Daniel de Foe o de Wiss?
¡Sí! El propio sobrino de William W. Kolderup se hallaba en este caso en
el momento en que su tío trataba de encadenarle, como suele decirse, con los
lazos del matrimonio. En cuanto a viajar con Phina convertida en Mrs. Godfrey
Morgan, no, eso no era posible. Precisaba hacerlo solo o no hacerlo.
Y, por otra parte, satisfecho el capricho, ¿no estaría Godfrey en
condiciones mejores para firmar su contrato? ¿Se está capacitado para
proporcionar la dicha a una mujer cuando previamente no se ha ido siquiera al
Japón, a China, ni tan sólo a Europa?
¡No!, desde luego.
He aquí por qué Godfrey estaba ahora distraído junto a miss Phina,
indiferente cuando ella le hablaba, sordo cuando ella tocaba las piezas que
anteriormente le encantaban.
Phina, joven seria y reflexiva, ya se había dado cuenta. Decir que no
experimentaba cierto despecho mezclado con un poco de pesar, sería calumniarla
gratuitamente.
Pero, acostumbrada a considerar las cosas por su lado positivo, ya se
había hecho este razonamiento: “Si es preciso que parta, ¡más vale que sea
antes del matrimonio que después!”
—No... Tú no estás cerca de mí en este momento, sino lejos, más allá de
los mares.
Godfrey se había levantado. Dio algunos pasos por el salón sin mirar a
Phina e, inconscientemente, su índice fue a apoyarse en una de las teclas del
piano.
Era un grueso “re” bemol de la octava de debajo del pentagrama, nota
bien lamentable que hablaba por él.
Phina había comprendido y, sin decir más, iba a dar a su prometido la
oportunidad de huida; estaba dispuesta a ayudarle a abrir un camino por donde
escapar a donde su fantasía le arrastraba, cuando la puerta del salón se abrió.
William W. Kolderup apareció un poco atareado, como siempre. Era el
comerciante que acababa de terminar una operación y se aprestaba a iniciar
otra.
— ¡Bueno! —Dijo—; ya no se trata ahora sino de fijar definitivamente la
fecha.
— ¿La fecha? —exclamó Godfrey, estremeciéndose—. ¿Qué fecha, por
favor, tío?
—La fecha de vuestro matrimonio —replicó William W. Kolderup—. ¡No se va
a tratar de la mía, supongo!
— ¡Que sería quizá más urgente! —dijo Phina.
— ¿Eh? ¿Cómo? —Exclamó el tío—. ¿Qué significa eso? Hablábamos de fin de
mes, ¿no es eso?
—Padrino Will —respondió la joven—, no se trata hoy de fijar la fecha de
una boda, sino la de una partida.
— ¿De una partida?
— ¡Sí!, la partida de Godfrey —repitió miss Phina—; de Godfrey, que
antes de casarse siente la necesidad de correr Mundo.
— ¿Quieres tú viajar, tú? —exclamó William W. Kolderup, avanzando hacia
el joven, al que tomó del brazo como si temiese que este “pícaro sobrino” se le
escapase.
— ¡Sí, tío Will! —respondió valientemente Godfrey.
— ¿Y por cuánto tiempo?
—Por año y medio o dos años a lo más, si...
—Si...
—Si usted me lo permite y Phina quiere igualmente esperarme hasta
entonces.
— ¿Esperarte? ¡Fijaos, reparad en este pretendiente que no pretende sino
marcharse! —exclamó William W. Kolderup.
—Es preciso dejar hacer a Godfrey! —Dijo la joven—. Padrino Will, yo ya
he reflexionado sobre todo esto. Soy joven, pero en realidad Godfrey es aún más
joven que yo. Los viajes le harán mayor, y creo que no conviene contrariar sus
gustos.
— ¿Quiere viajar? ¡Pues que viaje! El deseo de reposo ya le vendrá a
continuación, y me encontrará a su vuelta.
— ¿Cómo? —exclamó William W. Kolderup—. ¿Consientes en dejar volar a
este aturdido?
— ¡Sí, por los dos años que solicita!
— ¿Y le esperarás?
— ¡Tío Will, si no fuese capaz de esperarle sería porque no le amaba!
Dicho esto, miss Phina se volvió hacia el piano y, fuese o no a propósito,
sus dedos tocaron en sordina un pasaje a la moda: La partida del novio,
muy apropiado a las circunstancias, como hemos de convenir. Pero Phina, sin
darse cuenta de ello, lo tocaba en “la” menor, por más que estuviese escrito en
“la” mayor. De esta manera, todo el sentimiento de la melodía se transformaba,
y su tono dolorido expresaba bien las íntimas impresiones de la joven.
Sin embargo, Godfrey, un tanto violento, no decía palabra. Su tío le
había asido la cabeza y, poniéndola a plena luz, le miraba. De esta manera le
interrogaba sin tener necesidad de hablarle, y él contestaba sin tener
necesidad de responder.
Y las lamentaciones de La partida del novio continuaban haciéndose oír
tristemente.
Por fin, William W. Kolderup, tras haber dado una vuelta al salón, se
volvió hacia Godfrey, que se hallaba plantado allí como un reo ante su juez.
Luego, elevando la voz:
— ¿Es seria la cosa? —preguntó.
— ¡Muy seria! —respondió miss Phina, sin interrumpirse, en tanto que
Godfrey se contentaba con hacer un signo afirmativo.
—All right! —replicó William W. Kolderup, fijando sobre su sobrino una
mirada singular.
Tras ello hubiese podido entendérsele murmurar entre dientes:
“¡Ah, tú deseas probar el placer de viajar antes de casarte con Phina!
Pues bien, ¡lo probarás, sobrino!”
Dio todavía dos o tres pasos y, deteniéndose con los brazos cruzados
delante de Godfrey, dijo:
— ¿Adónde desear ir?
— ¡A todas partes!
— ¿Y cuándo piensas partir?
— ¡Cuando queráis, tío Will!
— ¡Bueno!, sea; lo antes posible.
Al oír estas palabras, Phina se interrumpió bruscamente. El dedo pequeño
de su mano derecha acababa de tocar un “sol” sostenido y el cuarto no había
podido resolver la tónica del tono. Había quedado sobre la “sensible”, como el
Raúl de los Hugonotes cuando desaparece al fin de su dúo con Valentina.
Tal vez miss Phina tenía el corazón un poco apenado, pero había tomado
ya su partido para decir ahora nada.
Fue entonces cuando William W. Kolderup, sin mirar a Godfrey, se
aproximó al piano diciendo gravemente:
—Phina, jamás debe uno quedarse en la “sensible”.
Y con su dedo mayor, que cayó verticalmente sobre una de las teclas,
hizo resonar un “la” natural.
4
En el cual T. Artelett, llamado Tartelett, se presenta correctamente al
lector
Si Artelett hubiese sido francés, sus compatriotas no hubiesen dejado de
llamarle festivamente Tartelett. Pero como este nombre en realidad le viene
bien, no dudaremos en designarle así. Por otra parte, si bien Tartelett no era
francés, era digno de serlo.
En su Itinerario de París a Jerusalén, Chateaubriand habla de un
hombrecillo “empolvado y rizado como era moda antiguamente, traje verde
manzana, chaqueta de droguete, pechera y mangas de muselina, que rasgaba un
violín de bolsillo y hacía bailar Madelon Friquet a los iraqueses”.
Los californianos no eran iroqueses, ni por pienso, pero Tartelett no
por ello era menos profesor de baile y de modales en la capital de California.
Si no se le saldaban sus lecciones, como a su predecesor, en pieles de castor y
en jamones de oso, se le pagaba en dólares. Si, al hablar de sus discípulos, no
decía “estos caballeros salvajes y estas damas salvajes”, era porque sus
discípulos eran muy civilizados y, de creerle, él había contribuido no poco a
su civilización.
Tartelett, soltero, se atribuía cuarenta y cinco años en la época en que
le presentamos a nuestros lectores. Pero una decena de años antes estuvo a
punto de llevarse a cabo su matrimonio con una señorita ya madura. En esta
ocasión y con tal motivo, se le pidieron “dos o tres líneas” con referencia a
su edad, su persona, su situación. Véase lo que creyó deber contestar. Esto nos
dispensará de hacer su retrato desde el doble punto de vista de lo moral y lo
físico.
“Nacido el 17 de julio de 1835, a las tres horas y cuarto de la mañana.
“Estatura, cinco pies, dos pulgadas, tres líneas.
“El perímetro, tomado por encima de las caderas, es exactamente de dos
pies, tres pulgadas.
“El peso, aumentado desde el último año en seis libras, es de ciento
cincuenta y una libras y dos onzas.
“Tiene la cabeza oblonga.
“Los cabellos, raros por encima de la frente, son castaños grisáceos; la
frente, alta; el rostro, oval; la tez, coloreada.
“Sus ojos —cuya vista es excelente— son gris castaño; las pestañas y
cejas, castaño claro; los párpados están un poco hundidos en su órbita, bajo la
arcada superciliar.
“La nariz, de tamaño medio, tiene una pequeña cicatriz hacia el extremo
de la ventana izquierda.
“Las sienes y mejillas son planas e imberbes.
“Las orejas son grandes y planas.
“La boca, de tamaño mediano, está absolutamente limpia de defectos en
los dientes.
“Los labios, delgados y como un poco pellizcados, se hallan recubiertos
por un bigote y una perilla espesos; su barbilla, redonda y también sombreada
por una barba multicolor.
“Una pequeña peca orla su cuello, regordete en la nuca.
“En fin, cuando se encuentra en el baño puede apreciarse que tiene la
piel blanca y poco velluda.
“Su existencia es tranquila y metódica. Sin ser de una salud robusta,
gracias a su sobriedad la ha sabido conservar intacta desde su nacimiento.
Tiene los bronquios fáciles a irritarse, por lo que no tiene la mala costumbre
del tabaco. Tampoco usa en absoluto nada espirituoso, ni café, licores, vino
puro. En una palabra, cuanto pudiera influir en su sistema nervioso ha sido
suprimido rigurosamente de su higiene. La cerveza ligera, el agua tintada con
vino son las únicas bebidas que puede tomar sin peligro. Es gracias, pues, a su
prudencia por lo que jamás ha consultado ningún médico desde que se halla en el
Mundo.
“Su gesto es rápido; su andar, vivo; su carácter, franco y abierto.
Lleva, por otra parte, la delicadeza hasta el extremo de sentir temor de hacer
a una mujer infeliz, lo que le ha hecho dudar en comprometerse en los lazos del
matrimonio.”
Tal fue la nota redactada por el propio Tartelett, pero, por muy
atractiva que pudiese ser para una señorita de cierta edad, la unión proyectada
falló, quedando pues el profesor soltero, pero continuando con sus clases de
baile y de modales.
Fue en esta época en la que entró, con tal título, en el hotel de
William W. Kolderup; luego; andando el tiempo y faltándole discípulos, acabó
por convertirse poco a poco en una rueda más del personal de la opulenta casa.
Después de todo, se trataba de una excelente persona a pesar de sus
ridiculeces.
Amaba a Godfrey y amaba a Phina, los cuales le correspondían. Así, no
tenía sino una sola ambición en el Mundo: inculcarles todas las delicadezas de
su arte, que consiguiesen lo que es necesario para el buen comportamiento de
dos seres perfectos.
Ahora bien (¿podrá creerse?), fue él, el profesor Tartelett, al que
William
W.
Kolderup escogió para que fuese el compañero de su sobrino durante el
viaje proyectado. ¡Sí! Tenía alguna razón para creer que había contribuido no
poco en fomentar en Godfrey esta manía de correr Mundo... con el fin de
perfeccionarse.
William W. Kolderup resolvió pues que lo corrieran juntos. Al día
siguiente, 16 de abril, hizo llamar al profesor para que fuera a verle a su
gabinete.
Un ruego del nabab era una orden para Tartelett. El profesor salió de su
cuarto acompañado de ese pequeño violín de bolsillo llamado pochette a fin de
estar presto a toda eventualidad; subió la gran escalera del hotel con los pies
académicamente colocados, como conviene a un maestro de danza, llamó a la
puerta del gabinete, entró con el cuerpo medio inclinado, los codos doblados,
la boca sonriente y esperó en tercera posición, tras haber cruzado sus pies uno
delante del otro a la mitad de su longitud, con los tobillos que se tocaban y
cuyas puntas estaban hacia fuera.
Cualquier otro que no hubiese sido el profesor Tartelett, colocado en
este equilibrio inestable, hubiera vacilado sobre su base, pero él supo
conservar una rectitud absoluta.
—Señor Tartelett —dijo William W. Kolderup—, os he hecho venir para
daros una noticia que, según creo, no habrá lugar a sorprenderos.
— ¡Jesús! —respondió el profesor, por más que William W. Kolderup no
hubiese estornudado, como pudiera creerse.
—La boda de mi sobrino se ha aplazado un año o año y medio —siguió
diciendo el tío—, y Godfrey, a petición suya, va a partir para los diversos
Estados del nuevo y del antiguo Mundo.
— ¡Caballero! —Respondió Tartelett—, mi discípulo Godfrey hará honor al
país que le ha visto nacer y...
— ¡Y también el profesor de modales que le ha iniciado en las buenas
maneras! —respondió el negociante, con un tono en que el ingenuo Tartelett no
percibió en absoluto la ironía.
Y, en efecto, creyendo ejecutar un “conjunto”, desplazó alternativamente
sus pies por medio de un deslizamiento lateral; después, doblando ligeramente
la rodilla con flexibilidad, saludó a William W. Kolderup.
—He pensado —continuó éste— que vos sentiríais sin duda pesar al
separaros de vuestro discípulo, ¿no?
—La pena será dolorosa —respondió Tartelett—; sin embargo, ¡si es
preciso...!
— ¡No será necesario! —respondió William W. Kolderup, frunciendo el
entrecejo.
— ¡Ah! —replicó Tartelett.
Ligeramente inquieto, dio un paso hacia atrás para pasar de la tercera a
la cuarta posición; luego puso entre sus pies la distancia de un largo, tal vez
sin tener conciencia plena de lo que hacía.
— ¡Sí! —Añadió el negociante, con voz breve y un tono que no admitía
sombra de réplica—; he pensado que sería verdaderamente cruel separar un
profesor y un discípulo tan bien dispuestos a entenderse.
— ¡Ciertamente!, los viajes... —respondió Tartelett, que no parecía
querer comprender.
— ¡Sí!, seguramente... —volvió a decir William W. Kolderup—; no sólo los
viajes mostrarán en relieve las cualidades de mi sobrino, sino también los
talentos del profesor al que le debe una elegancia tan correcta.
Jamás le hubiera venido al pensamiento a este gran niño que un día le
sería preciso dejar San Francisco, California y América para correr los mares.
Estas ideas no hubieran podido entrar en el cerebro de un hombre más fuerte en
la coreografía que en los viajes y que le faltaba hasta conocer las cercanías
de la capital en un radio de diez millas. Y ahora se le ofrecía, se le hacía
entender que, quieras que no, tenía que expatriarse, llevar a cabo en su propia
persona, con todas las cargas e inconvenientes que llevan aparejados, estos
desplazamientos aconsejados por él a su discípulo. La cosa era realmente para
turbar un cerebro tan poco sólido como el suyo, y el desdichado Tartelett, por
primera vez en su vida, sintió un estremecimiento involuntario en las piernas,
cuyos músculos tenían la agilidad de treinta y cinco años de ejercicios.
— ¡Quizá...! —dijo, tratando de que volviera a sus labios esa sonrisa
estereotipada de bailarín que por un instante se había desvanecido—. ¡Quizá...
no estoy hecho para...!
— ¡Os haréis! —respondió William W. Kolderup, con voz de persona con la
que no ha lugar discutir.
Rehusar, ¡imposible! Tartelett ni por un momento lo pensaba. ¿Qué era él
en la casa? ¡Una cosa, un bulto, un paquete que podía ser enviado a cualquier
rincón del Mundo! Pero la expedición proyectada no dejaba por eso de turbarle
un tanto.
— ¿Y cuándo debe efectuarse la salida? —preguntó, tratando de volver a
tomar una posición académica.
— ¡Dentro de un mes!
— ¿Y sobre qué mar tormentoso ha decidido el señor Kolderup que el barco
conduzca a mi discípulo y a mí?
— ¡El Pacífico!, por de pronto.
— ¿Y sobre qué punto del globo terrestre tendré que poner el pie por vez
primera?
—En el suelo de Nueva Zelanda —respondió William W. Kolderup—. He
observado que los neozelandeses no doblan convenientemente los codos... Vos los
educaréis...
Y así fue cómo el profesor Tartelett fue escogido para ser compañero de
viaje de Godfrey Morgan.
Una señal del negociante le hizo comprender que la audiencia había
terminado. Se retiró lo bastante impresionado para que su salida y las gracias
especiales que desplegaba habitualmente en este acto difícil dejasen un tanto
que desear.
En efecto, por primera vez en su vida el profesor Tartelett, olvidando
por su preocupación los más elementales preceptos de su arte, salió con los
pies hacia dentro.
5
En que se prepara la salida y al fin del cual se parte de veras
No tenía vuelta de hoja. Antes del largo viaje entre dos a través de la
vida, que se llama matrimonio, Godfrey iba a dar la vuelta al Mundo, lo cual es
algunas veces más peligroso. Pero contaba con volver más aguerrido y, como era
joven, volver hecho un hombre. Tendría ocasión de ver, observar, comparar. Su
curiosidad estaría satisfecha. Ya no le quedaría sino vivir
tranquilo y sedentario, feliz en el hogar conyugal, que ya ninguna
tentación le incitaría a abandonar. ¿Estaba errado o tenía razón? ¿Corría hacia
alguna lección de la cual podría obtener provecho? Dejemos al porvenir el
cuidado de responder.
En una palabra, Godfrey estaba encantado. Phina, disimulando
perfectamente su ansiedad, se resignaba a este aprendizaje.
El profesor Tartelett, él, habitualmente tan firme sobre sus piernas
expertas en todos los equilibrios del baile, había perdido su aplomo ordinario
y trataba en vano de recuperarlo. Vacilaba incluso sobre el mismo suelo de su
cuarto, como si se hallara ya sobre el piso de un camarote azotado por los
bandazos de las olas.
En cuanto a William W. Kolderup, una vez tomada la decisión, se había
hecho poco comunicativo, sobre todo con su sobrino. Sus labios apretados, sus
ojos semi ocultos bajo los párpados, indicaban que una idea fija se había
implantado en esa cabeza en que hervían habitualmente altas especulaciones del
comercio.
“¡Ah!, ¿tú quieres viajar? —Murmuraba a veces— ¿viajar en lugar de
casarte, en lugar de quedarte en tu casa, de ser feliz aunque a lo tonto? Pues
bien, viajarás.”
Los preparativos comenzaron en seguida.
En un principio la cuestión del itinerario debió ser planteada,
discutida y finalmente resuelta.
¿Iría Godfrey por el sur, el este o el oeste? Esto debía decidirse en
primer lugar.
Si optaba por las rutas del sur, la compañía Panamá to Colombia and
British Colombia, y después la compañía Packet Southampton-Rio Janeiro se
encargarían de conducirle a Europa.
Si prefería el este, el gran ferrocarril del Pacífico podía llevarle en
algunos días a New York, y de allí las líneas Cunard, Inman, White-Star,
Hamburg-America o Trasatlántica francesa podrían depositarle en el litoral del
viejo Mundo.
Si quería dirigirse hacia el oeste por la Steam Transoceanic Golden Age,
le sería fácil alcanzar Melbourne y luego el istmo de Suez con los barcos de la
Peninsular Oriental Steam Co.
Los medios de transporte no faltaban, y gracias a su coordinación
matemática la vuelta al Mundo ya no era sino un simple paseo de turista.
Pero no fue de este modo como iba a viajar el sobrino heredero del nabab
de Frisco.
¡No! William W. Kolderup poseía, para las necesidades de su comercio,
toda una flota de navíos a vela y a vapor. Había decidido, pues, que uno de sus
buques fuese “puesto a la disposición del joven Godfrey Morgan”, como si se
hubiese tratado de un príncipe de sangre real en viaje de placer a expensas de
los súbditos de su padre...
Por orden suya, el Dream, sólido vapor de seiscientas toneladas y
doscientos caballos de vapor, se puso inmediatamente en disposición de partir.
Debía ser mandado por el capitán Turcotte, un lobo de mar que había ya corrido
todos los océanos bajo todas las latitudes. Bueno y osado marino, estaba
acostumbrado a los tornados, tifones, ciclones... Contaba ya cuarenta años de
navegación en cincuenta años de edad. Ponerse la capa y dar la cara al huracán
no era sino un juego para este marinero que no había sido nunca afectado sino
por el “mal de tierra”, es decir, cuando se hallaba en puerto. Por ello, de
esta existencia incesantemente sacudida sobre el puente, había conservado
siempre el hábito de balancearse a derecha, a izquierda, hacia delante y hacia
atrás: tenía el tic del balanceo.
Un segundo oficial, un maquinista, cuatro fogoneros, doce marineros; en
total, dieciocho hombres debían formar la tripulación del Dream, que, si bien
es verdad que se contentaba con hacer tranquilamente sus ocho millas por hora,
no por ello dejaba de poseer excelentes cualidades náuticas. Que no tuviese
bastante velocidad para remontar el lomo de la ola cuando la mar era gruesa...
¡sea!, pero tampoco la ola le pasaba por encima, ventaja que compensa bien la
mediocridad de la marcha, sobre todo cuando tampoco se va con muchas prisa. Por
otra parte, el Dream estaba arbolado en goleta y, con viento favorable, con sus
quinientas varas cuadradas de tela, siempre podía salir en ayuda del vapor.
No es preciso creer, sin embargo, que el viaje del Dream debiese ser
sólo un viaje de recreo. William W. Kolderup era hombre demasiado práctico para
no tratar de aprovechar un recorrido de mil quinientas o mil seiscientas millas
a través de todos los mares del globo. Su navío debía partir sin carga, desde
luego, pero era fácil conservarlo en buenas condiciones de estabilidad llenando
de agua sus water-ballast, que podrían inmergirle hasta ras del puente en caso
de que fuese necesario. De esta manera el Dream contaba con cargar en ruta y
visitar las diversas factorías del rico negociante. De este modo iría de un
mercado a otro. No temáis, el capitán Turcotte no tendría dificultad alguna en
cuanto a sus gastos de viaje. ¡La fantasía, el capricho de Godfrey no costaría
un dólar a la caja del tío! Así se opera en las buenas casas de comercio.
Todo esto fue decidido en largas entrevistas, muy secretas, que William
W.
Kolderup y el capitán Turcotte tuvieron juntos. Pero parece ser que el
arreglo de este asunto, tan sencillo, sin embargo, no marchaba solo, pues el
capitán tuvo que hacer numerosas visitas al gabinete del negociante.
Cuando salía de allí, los más perspicaces de los habitantes del hotel
habrían observado que tenía una cara singular, que sus cabellos estaban
erizados como en ventolada, como si se los hubiese alborotado una mano febril;
que toda su persona, en fin, vacilaba y se balanceaba más violentamente que de
ordinario. También se habían podido oír voces elevadas que probaban que las
sesiones no habían transcurrido sin tormenta. Era que el capitán Turcotte, con
su franco hablar, sabía enfrentarse con William W. Kolderup, quien le estimaba
lo bastante para permitirle que le contradijese.
Parece, en fin, que todo se arregló. ¿Quién había cedido? ¿William W.
Kolderup o Turcotte? No me atrevería aún a pronunciarme, no conociendo el
objeto de sus discusiones. No obstante, apostaría más bien por el capitán.
Fuese como fuese, tras ocho días de conversaciones, el comerciante y el
marino parecieron estar de acuerdo; pero Turcotte no cesaba de refunfuñar entre
dientes:
“¡Que los quinientos mil diablos del suroeste me envíen al fondo del
Averno si jamás hubiera esperado que tú, Turcotte, tuvieses que hacer tal
cosa!”
Sin embargo, la puesta en marcha del Dream avanzaba rápidamente y su
capitán nada omitía para que estuviese en estado de hacerse a la mar a partir
de la primera quincena del mes de junio. Se le había puesto en forma, y su
carena, cuidadosamente repintada con minio, resaltaba en rojo vivo sobre el
negro de la obra muerta.
Al puerto de San Francisco llegan gran número de buques de toda especie
y todas las nacionalidades. Así, desde hacía no pocos años los muelles de la
ciudad, construidos regularmente en el litoral, no hubiesen podido bastar al
embarque y desembarque de las mercancías si los ingenieros no hubiesen
conseguido establecer varios muelles secundarios. Estacas de abeto rojo fueron
hundidas en las aguas, y algunas millas cuadradas de tablones les recubrieron
de anchas plataformas. Se había mermado un poco la bahía, pero ésta era
suficientemente capaz. Se obtuvieron así verdaderas calas de descarga cubiertas
de grúas y de aparejos cerca de los cuales los vapores de ambos océanos,
vapores fluviales de los ríos californianos, clippers de todos los países,
cabotajes de las costas americanas, etc., pudieron alinearse en perfecto orden
sin tropezarse unos con otros.
En uno de estos muelles artificiales, al extremo de la
Warf-Mission-Street, se hallaba sólidamente amarrado el Dream tras haber hecho
su revisión en la
esclusa del carenado.
Nada fue omitido para que el vapor escogido para el viaje de Godfrey
pudiese navegar en las mejores condiciones. Aprovisionamiento, acomodación,
todo, todo, fue minuciosamente estudiado. El aparejo estaba en perfecto estado;
la caldera, comprobada; la máquina de hélice, excelente. Hasta se embarcó, para
las necesidades de abordo y la facilidad de las comunicaciones con tierra, una
chalupa de vapor, rápida e insumergible, que debía rendir grandes servicios en
el curso de la navegación.
En fin, todo estaba listo en la fecha del 10 de junio. No faltaba sino
salir a la mar. Los hombres embarcados por el capitán Turcotte para la maniobra
de las velas o el manejo de la máquina formaban una tripulación elegida, y
difícilmente hubiese sido posible encontrar otra mejor allí.
Un verdadero stock, de animales vivos: agutíes, corderos, cabras, gallos
y gallinas, estaban colocados en el entrepuente; estando, por otra parte,
cubiertas y aseguradas las necesidades de la vida material por cierto número de
cajas de conservas de las mejores marcas.
En cuanto al itinerario que debía seguir el Dream, éste fue sin duda el
objeto de las largas conferencias que juntos tuvieron William W. Kolderup y su
capitán. Todo cuanto se supo fue que el primer punto de escala señalado debía
ser Auckland, capital de Nueva Zelanda, salvo en el caso de que la necesidad de
carbón, ocasionada por la persistencia de vientos contrarios, obligara a
reaprovisionarse, ya en alguno de los archipiélagos del Pacífico, ya en alguno
de los puertos de China.
Todos estos detalles, por supuesto, importaban poco a Godfrey, dado que
por fin iba a hacerse a la mar, y en absoluto a Tartelett, cuya turbación de
espíritu aumentaba de día en día por las eventualidades de la navegación.
No faltaba sino una cosa que cumplir: la formalidad de las fotografías.
Un novio no puede partir decentemente por un largo viaje alrededor del
Mundo sin llevarse la imagen de aquella que adora y, recíprocamente, sin
dejarle la suya.
Godfrey, en traje de turista, se entregó pues en manos de Stephenson and
Co., fotógrafos de Montgomery-Street, y Phina, en su toilette de paseo, confió
igualmente al Sol el cuidado de fijar sus rasgos encantadores, pero un poco
entristecidos, sobre la placa de los hábiles operadores. Así sería una manera
de viajar juntos. El retrato de Phina tenía su sitio perfectamente indicado en
la cabina de Godfrey, y el de Godfrey en la habitación de la joven.
Por lo que respecta a Tartelett, que no estaba prometido ni pensaba
estarlo en modo alguno, juzgó también conveniente confiar su imagen al papel
sensible. Pero, pese a la habilidad de los fotógrafos, no fue posible
obtener una prueba satisfactoria. El clisé, oscilante, jamás fue sino una
neblina confusa en la cual hubiese sido imposible reconocer al célebre profesor
de danza y comportamiento.
Era que el “paciente”, por lo que fuese, no podía por menos de moverse
pese a la recomendación en uso en los talleres consagrados a las operaciones de
este género. Se ensayaron otros medios más rápidos de pruebas instantáneas.
Imposible. Tartelett se balanceaba, ya por anticipado, en la misma forma
que el capitán del Dream. Fue preciso renunciar a conservar los rasgos de este
notable ser.
Desgracia irreparable para la posteridad si —apartémonos de este
pensamiento—, creyendo no salir sino para el viejo Mundo, Tartelett partía para
el otro Mundo, del que no se vuelve...
El 9 de junio estaba todo listo. El Dream no tenía sino que aparejar.
Sus papeles, conocimientos, contrato de fletamento, póliza de seguro, estaban
en regla, y dos días antes el corredor de la casa Kolderup había enviado las
últimas firmas.
Ese día un gran almuerzo de despedida fue dado en el Hotel de
Montgomery-Street.
Se bebió por el feliz viaje de Godfrey y su pronto regreso.
Godfrey no dejaba de estar bastante conmovido y no trató de ocultarlo.
Phina se mostró más firme que él. En cuanto a Tartelett, ahogó sus aprensiones
en algunos vasos de champaña cuya influencia se prolongó hasta el momento de la
partida.
Estuvo a punto incluso de olvidar su violín, que le fue llevado en el
momento en que el Dream soltaba las amarras.
Los últimos adioses fueron hechos a bordo, los últimos apretones de
manos se intercambiaron en la toldilla; luego la máquina dio algunas vueltas de
hélice que hicieron que el buque se apartase del muelle.
— ¡Adiós, Phina!
— ¡Adiós, Godfrey!
— ¡Que el cielo os guíe! —dijo el tío.
— ¡Y, sobre todo, que él nos devuelva! —murmuró el profesor Tartelett.
—Y no olvides jamás, Godfrey —añadió William W. Kolderup—, la divisa que
el Dream lleva en su cuadro de atrás: Confide, recte agens.
— ¡Nunca, tío William! ¡Adiós, Phina!
— ¡Adiós, Godfrey!
El buque se alejó; los pañuelos se agitaron en tanto que estaba a la
vista del muelle y hasta un poco más allá.
Pronto la bahía de San Francisco, la más vasta del Mundo, había sido
atravesada. El Dream franqueaba la estrecha garganta del Golden Gate y después
cortaba con su roda las aguas del Pacífico: era como si esta “puerta de oro”
acabase de cerrarse tras él.
6
En el cual el lector es invitado a trabar conocimiento con un nuevo
personaje
Había comenzado el viaje, lo que no era difícil, según se aceptará de
buena gana, como repetía frecuentemente el profesor Tartelett con una
incontestable lógica:
“Un viaje siempre tiene comienzo, ¡pero dónde y cómo termina es lo
importante!”
El camarote ocupado por Godfrey se abría al fondo de la toldilla del
Dream, en el cuadrilátero de detrás que servía de comedor. Nuestro joven
viajero se había instalado allí tan cómodamente como era posible. Había
asignado a la fotografía de Phina el mejor y más alumbrado sitio del mamparo de
su cuarto. Un catre para dormir, un lavabo para su toilette, una mesa para
trabajar, un sillón para sentarse...
¿Qué más le faltaba a este pasajero de veintidós años? En estas
condiciones podría hacer veintidós veces la vuelta al Mundo... ¿No se hallaba
en esa edad de la filosofía práctica que constituyen la buena salud y el buen
humor? ¡Ah, jóvenes, viajad si podéis hacerlo, y si no podéis... viajad
también!
Tartelett no estaba de tan buen humor. Su cabina, cerca de la de su
discípulo, le parecía muy estrecha; su camareta, muy dura; las seis varas de
superficie que ocupaba en total, bien insuficientes para que él pudiese repasar
sus zapateos y sus saltos. ¿No suplantaría, en aquel lugar, el viajero al
profesor de danza? ¡No! Este lo llevaba en la sangre, y cuando a Tartelett le
llegara la hora de acostarse para su último sueño, sus pies todavía se
encontrarían colocados en línea horizontal, los talones uno contra otro en la
primera posición.
Las comidas debían hacerse en común, y así se hicieron. Godfrey y
Tartelett vis à vis el uno del otro, ocupando el capitán y el segundo cada uno
de los extremos de la “mesa de balanceo”. Esta feliz denominación, “mesa de
balanceo”, hacía ya comprender que el sitio del profesor estaría vacío muy
frecuentemente.
A la salida, en un hermoso mes de junio, soplaba una agradable brisa del
nordeste.
El capitán Turcotte había podido disponer el velamen a fin de aumentar
su velocidad, y el Dream, bien apoyado por las velas, no se movía demasiado de
una banda a otra. Además, como el oleaje lo tomaba por detrás, el balanceo no
lo fatigaba mucho. Este andar no es el que afecta el aspecto de los pasajeros,
mostrándolos con la nariz picada, los ojos hundidos, la frente lívida, las
mejillas sin color. Era, pues, soportable. Se apuntaba recto hacia el sudoeste
sobre una hermosa mar, ondeada apenas, no tardando el litoral americano en
desaparecer.
Durante dos días ningún incidente de navegación se produjo digno de ser
relatado.
El Dream hacía buen camino. El principio de este viaje resultaba, pues,
favorable, aunque el capitán Turcotte dejase traslucir alguna vez cierta
inquietud que en vano hubiese tratado de disimular. Cada día, cuando el Sol
pasaba por el meridiano, fijaba exactamente la situación del buque. Pero podía
observarse que en seguida llevaba al segundo a su camarote y allí los dos
permanecían en conferencia secreta como si hubiesen de discutir en vistas a
alguna eventualidad grave. Este detalle, sin duda, pasaba inadvertido para
Godfrey, que nada sabía de las cosas de la navegación; pero el contramaestre de
la tripulación y algunos de los marineros no dejaban de sorprenderse un tanto
por ello.
Estas buenas gentes aún se extrañaron más cuando dos o tres veces, a
partir de la primera semana, durante la noche y sin que nada exigiera esta
maniobra, la dirección del Dream fue sensiblemente modificada, y luego puesta
al día. Lo que se hubiera comprendido en un barco de vela, sometido a las
variaciones de las corrientes atmosféricas, no se explicaba en un vapor que
puede seguir la línea de los grandes círculos y abate las velas cuando el
viento ya no le es favorable.
El 12 de junio por la mañana un incidente del todo inesperado se produjo
a bordo.
Iban a ponerse a la mesa el capitán Turcotte, su segundo y Godfrey,
cuando un ruido insólito se hizo oír en el puente. Casi en seguida el
contramaestre, llamando a la puerta apareció en el dintel.
— ¡Capitán! —dijo.
— ¿Qué ocurre? —respondió vivamente Turcotte, siempre alerta, como buen
marino.
— ¡Hay, hay... un chino! —dijo el contramaestre.
— ¿Un chino?
— ¡Sí!, un verdadero chino que acabamos de descubrir por casualidad en
el fondo de la bodega.
— ¿En el fondo de la bodega? —Exclamó el capitán—. ¡Pues, por todos los
diablos de Sacramento, que se le eche al fondo del mar!
—All right! —respondió el contramaestre.
Y el excelente hombre, con el desprecio que debe sentir todo
californiano por un hijo del Celeste Imperio, encontrando esta orden de lo más
natural, no halló escrúpulo alguno en ejecutarla.
Sin embargo, el capitán Turcotte se había levantado de la mesa; después
seguido de Godfrey y del segundo, salió del cuadro de la toldilla y se dirigió
hacia la parte delantera del Dream.
Allí, efectivamente, un chino, estrechamente sujeto, se debatía entre
las manos de dos o tres marineros que no le escaseaban los epítetos. Era un
hombre de treinta y cinco a cuarenta años, de fisonomía inteligente, bien
constituido y de cara pálida y un poco lívida, a causa de la estancia de
sesenta horas en el fondo de una bodega mal aireada. Sólo la casualidad le
había hecho descubrir en tan obscuro retiro.
El capitán Turcotte hizo en seguida seña a sus hombres de soltar a este
desgraciado intruso.
— ¿Quién eres? —le preguntó. —Un hijo del Sol.
— ¿Y cómo te llamas?
—Seng-Vou —respondió el chino, cuyo nombre, en lengua celestial,
significa “Que no vive”.
— ¿Y qué haces aquí, a bordo?
— ¡Navegar! —Respondió tranquilamente Seng-Vou—; pero causándoos la
menor molestia posible.
— ¡Es verdad! La menor molestia... ¿Es que te has escondido en la bodega
en el momento de la partida?
— ¡Como vos decís, capitán!
— ¿A fin de hacerte conducir gratis de América a China, al otro lado del
Pacífico?
— ¡Si así lo permitís!
— ¿Y si yo no lo permito, trapacero de piel amarilla? ¿Y si yo te
pidiera que hicieras el favor de llegar a China a nado...?
— ¡Lo trataría! —Respondió el chino, sonriendo—; ¡pero es probable que
me hundiera en el camino!
— ¡Pues bien, maldito John —exclamó el capitán Turcotte—, voy a
enseñarte a economizar los gastos de pasaje!
Y el capitán, más encolerizado de lo que la circunstancia exigía, iba
quizá a poner en ejecución su amenaza, cuando Godfrey intervino.
— ¡Capitán! —dijo—, un chino de más a bordo del Dream es un chino de
menos en California, donde hay tantos...
— ¡Donde hay demasiados! —respondió el capitán Turcotte.
— ¡Demasiados, en efecto! —Replicó Godfrey—. Pues bien, ya que ese pobre
diablo ha juzgado pertinente liberar a San Francisco de su presencia, ¡eso
merece cierta piedad! ¡Bah, le echaremos del buque al pasar cerca de Shanghái,
y ya no hay más que hablar del asunto!
Al decir que había demasiados chinos en el estado de California, Godfrey
hablaba como un verdadero californiano. Es bien cierto que la emigración de los
hijos del Celeste Imperio (se trata de trescientos millones de chinos contra
treinta millones de americanos en los Estados Unidos) ha constituido un peligro
para las provincias del Far-West. Por ello los legisladores de estos estados,
California, Baja California, Oregón, Nevada y Utah, y el mismo Congreso, se han
preocupado de la invasión de este nuevo género de epidemia a la cual los
yankees han dado el nombre significativo de “epidemia amarilla”.
Por esta época se contaba con más de cincuenta mil Celestiales solamente
en el estado de California, Estas gentes, muy industriosas en materia de lavado
de oro, muy pacientes también, viviendo con un puñado de arroz, un trago de té
y una aspiración de opio, tendían a hacer bajar el precio de la mano de obra,
en perjuicio de los obreros indígenas. Así, se había tenido que someterlos a
leyes especiales, contrariamente a la constitución americana, leyes que
regulaban su inmigración y no les daban derecho a naturalizarse, por temor de
que acabasen por obtener la mayoría en el Congreso. Por otra parte, maltratados
generalmente al igual de los indios y los negros, a fin de justificar esta
calificación de “apestados” que se les atribuía generalmente, estaban separados
en una especie de ghetto donde conservaban cuidadosamente las
costumbres y particularidades del Celeste Imperio.
Hacia el barrio de la calle Sacramento, en la capital de California,
adornado con sus enseñas y faroles, es donde la presión de las gentes de otra
raza los ha concentrado. Allí es donde se los encuentra por millares, con su
trotecillo, su blusa de anchas mangas, su gorro cónico, sus zapatos de punta
levantada. Es allí donde, en su mayor parte, se hacen tenderos, jardineros,
lavanderos, a menos que no sirvan como cocineros o no pertenezcan a esas
compañías dramáticas que representan piezas chinas en el teatro francés de San
Francisco.
Seng-Vou —no hay razón alguna para ocultarlo— formaba parte de una de
esas troupes heterogéneas, en la cual ostentaba el empleo de primer cómico, si
es que se puede asignar esta expresión del teatro europeo a alguna clase de
artista chino. En efecto, ellos son de tal manera serios, incluso cuando
bromean, que el novelista californiano Hart-Bret ha podido decir que jamás
había visto reír a un actor chino, y hasta confesaba no haber podido reconocer
si una de las piezas a la cual él asistía era una tragedia o una simple farsa.
En una palabra, Seng-Vou era un cómico. Terminada la estación, rica en
éxitos quizá más que en especies sonantes... había querido volverse a su país
de modo distinto que en estado de cadáver. Era por ello que, a todo riesgo, se
había deslizado en la bodega del Dream.
Llevando consigo provisiones, esperaba poder hacer de incógnito esta
travesía, de algunas semanas, y desembarcar después en algún punto de la costa
china como se había embarcado, sin ser visto.
Después de todo, era posible.
Así, Godfrey había tenido razón en intervenir en favor del intruso, y el
capitán Turcotte, que quería mostrarse peor de lo que era, renunció sin
demasiado pesar a enviar a Seng-Vou por encima de la borda a recrearse en las
aguas del Pacífico.
Seng-Vou no volvió pues a su escondite en lo profundo del buque; pero no
debía ser enojoso en modo alguno a bordo. Flemático, metódico, poco
comunicativo, evitaba cuidadosamente a los marineros, que siempre tenían alguna
pulla a su disposición, y se alimentaba con la reserva de sus provisiones. En
puridad, era bastante flaco para que su peso, considerado como sobrecarga, no
pudiese incrementar sensiblemente los gastos de navegación del Dream. Si bien
Seng-Vou viajaba gratuitamente, de seguro que su pasaje no costaría un céntimo
a la caja de William W. Kolderup.
Su presencia a bordo, sin embargo, produjo por parte del capitán
Turcotte una reflexión de la que su segundo fue sin duda el único que
comprendió su sentido particular.
—Este condenado chino nos va a estorbar cuando nos convenga... Pero
después de todo, ¡peor para él!
— ¿Por qué se ha embarcado fraudulentamente en el Dream? —preguntó el
segundo.
—Sobre todo, para ir a Shanghái —replicó el capitán Turcotte—. ¡Al
mismísimo diablo John y los hijos de John!
7
En que se verá que William W. Kolderup no ha hecho mal tal vez en hacer
asegurar su buque
Durante los días que siguieron, 13, 14 y 15 de junio, el barómetro bajó
lentamente, pero de manera continua, sin retroceso, lo que indicaba una
tendencia a mantenerse por debajo del variable, entre lluvia, viento y
tempestad. La brisa refrescaba sensiblemente al pasar al sudoeste. Era viento
de proa para el Dream, que lo obligaba a luchar contra el oleaje, bastante
fuerte, que le tomaba por delante. Las velas fueron, por consiguiente,
aferradas en sus fundas, y fue preciso andar a hélice, aunque a media presión,
a fin de evitar los malos golpes.
Godfrey soportó muy bien estas pruebas del balanceo por el oleaje sin
perder ni un solo instante su buen humor. Indudablemente, este muchacho gustaba
de la mar.
Pero Tartelett, que no la amaba en absoluto, bien recibía de ella su
pago. Había que ver al desdichado profesor de modales no poder ya mantenerlos;
bailando el profesor de baile contrariamente a todas las reglas del arte.
Permanecer en su camarote todo el tiempo entre las sacudidas que conmovían el
buque hasta sus varengas, no podía soportarlo. “¡Aire, aire!”, suspiraba. Así,
no abandonaba el puente. Venía un golpe de ola, y aquí le tenemos de una banda
a la otra. Un golpe del balanceo, y ya le tenemos proyectado hacia delante, sin
que no significara ello que a continuación fuese proyectado hacia atrás. Se
apoyaba en los salientes, se sujetaba al cordaje y tomaba actitudes
absolutamente condenadas por los principios de la coreografía moderna. ¡Ah, que
no pudiera elevarse en el aire con un movimiento como de globo, para escapar a
la desnivelación de este piso movedizo!
Un bailarín antepasado suyo decía que, si consentía en poner el pie
sobre la escena, era únicamente para no humillar a sus camaradas. Él,
Tartelett, hubiese deseado no volver jamás a posarse sobre este puente al que
el balanceo parecía querer arrastrar al abismo.
¿Qué idea había tenido el rico William W. Kolderup de enviarle a tal
lugar?
— ¿Va a durar mucho este mal tiempo? —preguntaba veinte veces al día al
capitán Turcotte.
— ¡Hum! ¡El barómetro no es esperanzador! —respondía el capitán
invariablemente, frunciendo el entrecejo.
— ¿Y llegaremos pronto?
—Pronto, señor Tartelett, pronto. Hum... Todavía le falta al tiempo éste
rendirse...
— ¡Ya esto se llama Océano Pacífico! —repetía el infortunado entre dos
hipos y dos oscilaciones.
Diremos en añadidura que no solamente el profesor Tartelett sufría del
mareo, sino que también el miedo le dominaba al ver aquellas grandes olas
espumantes que reventaban a la altura del pavés del “Dream”, oyendo los golpes
producidos por choques violentos que dejaban escapar el vapor por los tubos de
escape, y sintiendo al barco zarandeado como un corcho sobre estas montañas de
agua.
— ¡No! ¡No es posible que este barco no dé la vuelta! —repetía, fijando
sobre su discípulo una mirada inerte.
— ¡Calma, Tartelett! —Respondía Godfrey—. Un navío está hecho para
flotar, ¡qué diablo! ¡Hay razones para ello!
— ¡Y yo os digo que no las hay!
Y con este pensamiento el profesor se había revestido el cinturón de
salvamento, llevándolo día y noche, apretadamente colocado sobre su pecho. No
se lo hubieran hecho quitar ni a precio de oro. Siempre que el mar le dejaba un
instante de respiro, lo volvía a inflar bufando fuertemente. En rigor, nunca lo
encontraba bastante lleno.
Nosotros pedimos indulgencia para los terrores de Tartelett. A quien no
tiene costumbre de la mar, sus desencadenamientos son de naturaleza como para
causar cierto espanto, y, como ya se sabe, este pasajero forzado nunca se había
aventurado hasta ahora ni sobre las apacibles aguas de la bahía de San
Francisco.
Así pues, su malestar a bordo de un navío con fuerte brisa, su espanto
por el choque de las olas... bien se le pueden perdonar.
Por lo demás, el tiempo se ponía de mal en peor y amenazaba al Dream con
algún fuerte ramalazo próximo que los semáforos le hubieran anunciado de
hallarse a la vista del litoral.
Si durante el día el buque era terriblemente sacudido y no marchaba sino
a poco vapor a fin de no producir avería en la máquina, sucedía, sin embargo,
que, en las fuertes desnivelaciones de las capas líquidas, la hélice emergía o
se sumergía, y de ahí los formidables golpes que daban sus aletas en las aguas
más profundas o sus giros locos por encima de la línea de flotación, que podían
comprometer la solidez del sistema. Entonces sucedía que se producían como
detonaciones sordas en la parte posterior del Dream y los pistones se
aceleraban con una velocidad tal que el maquinista no lograba dominar sin
esfuerzo.
Sin embargo, Godfrey estuvo en situación de hacer una observación cuya
causa no comprendió al principio. Fue que durante la noche las sacudidas del
buque eran infinitamente menos fuertes que durante el día. ¿Debía sacar la
consecuencia de que el viento menguaba entonces, que se originaba cierta calma
después de la puesta del Sol?
Fue esto tan notorio, que en la noche del 21 al 22 de junio quiso darse
cuenta de lo que sucedía. Precisamente el día había sido particularmente malo;
el viento había refrescado y no parecía que la noche iba a dejar apaciguar la
mar, tan caprichosamente removida durante largas horas.
Se levantó Godfrey de su catre alrededor de medianoche, se vistió
debidamente y subió al puente.
El marinero de cuarto velaba en proa. El capitán Turcotte se hallaba en
la pasarela.
La violencia de la brisa no había ciertamente disminuido. Sin embargo,
el choque de las olas que debía cortar la roda del Dream estaba muy aminorado.
Pero al levantar los ojos hacia lo alto de la chimenea, toda empenachada
de humo negro, Godfrey vio que este humo, en lugar de dispersarse de delante
atrás, se dispersaba de atrás adelante, y siguiendo la misma dirección que el
buque.
“Así pues, ¿ha cambiado el viento? —se dijo.”
Y muy satisfecho de esta circunstancia se subió a la pasarela y,
aproximándose al capitán, le dijo:
— ¡Capitán!
Este, encapuchado en su capote embreado, no le había oído llegar y de
repente no pudo disimular un movimiento de contrariedad viéndole cerca de él.
— ¿Vos aquí, señor Godfrey, en la pasarela...?
— ¡Sí! Vengo a preguntaros...
— ¿Qué hay? —preguntó vivamente el capitán Turcotte.
— ¿No ha cambiado el viento?
— ¡No señor Godfrey, no; y, desgraciadamente, temo que se torne en
tempestad!
— ¡Sin embargo, ahora estamos con el viento por detrás!
— ¡Sí, en efecto, eso hay, viento por detrás! —Replicó el capitán,
visiblemente despechado por esta observación—. ¡Pero bien a mi pesar!
— ¿Qué queréis decir?
—Quiero decir que para no comprometer la seguridad del buque he tenido
que virar en redondo y huir ante el tiempo.
— ¡Lo que nos va a causar retrasos extremamente sensibles! —dijo
Godfrey.
— ¡Muy lamentables, en efecto! —Respondió el capitán Turcotte—; pero así
que se haga de día y si la mar cede un poco, aprovecharé para enderezar mi ruta
al oeste. Os recomiendo, pues, señor Godfrey, volver a vuestro camarote.
Creedme. Tratad de dormir en tanto que nosotros luchamos con la mar. ¡Así
notaréis menos la sacudida!
Godfrey hizo un signo afirmativo, echó una final mirada ansiosa a las
nubes bajas que corrían con extrema velocidad y después, abandonando la
pasarela, se reintegró a su camarote, en el que no tardó en recuperar su
interrumpido sueño.
El siguiente día, la mañana del 22 de junio, como había dicho el capitán
Turcotte y aunque el viento no se había sensiblemente apaciguado, el Dream se
había puesto en buena dirección.
Esta navegación hacia el oeste durante el día y al este durante la noche
duró cuarenta y ocho horas aún; pero el barómetro anunciaba cierta tendencia a
subir, haciéndose sus oscilaciones menos frecuentes; era pues de presumir que
este mal tiempo iba a tener término con los vientos que comenzaban a soplar de
la parte norte. Lo que sucedió, efectivamente.
Así, el 25 de junio, hacia las ocho de la mañana, cuando Godfrey subió
al puente, una hermosa brisa del nordeste había barrido las nubes y los rayos
del Sol, jugueteando entre el aparejo, ponían sus toques de fuego sobre todos
los salientes de a bordo.
El mar, de un verde profundo, resplandecía entonces en un largo sector
directamente herido por la luz radiante. El viento no se notaba sino por
ligeras rachas que punteaban con una ligera espuma la cresta de las olas, y las
velas bajas fueron largadas.
A decir verdad, no eran ni siquiera olas reales que se levantaban en el
mar, sino solamente anchas ondulaciones que mecían suavemente el vapor.
Ondulaciones u olas, verdaderamente todo era una misma cosa para el
profesor Tartelett, enfermo, tanto cuando era “demasiado blando” que cuando era
“demasiado duro”. Así opinaba y a eso se atenía, medio echado sobre el puente
con la boca entreabierta como una carpa que se ahoga fuera del agua.
El segundo, en la toldilla, con su anteojo de larga vista, miraba en la
dirección del nordeste.
Godfrey se le aproximó.
—Y bien, señor —le dijo festivamente—; hoy se está un poco mejor que
ayer, ¿no?
— ¡Sí, señor Godfrey! —respondió el segundo—. Nos encontramos ahora en
aguas tranquilas.
— ¿Y el Dream se halla ya en buen camino?
— ¡No todavía!
— ¿No todavía? ¿Por qué?
—Porque, indudablemente, ha sido desviado hacia el nordeste durante esta
última tormenta y es preciso que nos aseguremos exactamente de su posición.
Pero aquí tenemos ahora un hermoso Sol y un horizonte perfectamente limpio. A
mediodía, al tomar la altura, obtendremos una buena observación y el capitán
nos dará la ruta.
— ¿Dónde está el capitán? —preguntó Godfrey. —Ha salido de a bordo.
— ¿Ha salido de a bordo?
—Sí. Nuestros hombres de cuarto han creído percibir en la blancura de la
mar algunas rompientes en el este que no están señaladas en la carta de
navegación de a bordo. Se ha armado pues la chalupa de vapor y, acompañado del
contramaestre y tres marineros, el capitán Turcotte ha ido en reconocimiento.
— ¿Desde hace mucho?
— ¡Como una hora y media!
— ¡Ah —dijo Godfrey—, siento no haber sido informado! Hubiera tenido
gran gusto en acompañarle.
—Dormíais, señor Godfrey —respondió el segundo—, y el capitán no ha
querido despertaros.
— ¡Pues lo siento! ¿Y en qué dirección, decidme, ha ido la chalupa?
—Por allí —respondió el segundo—; recto por el lado de estribor, hacia
el nordeste.
— ¿Y con el catalejo no se la puede percibir? —No. Se encuentra todavía
demasiado lejos. —Pero no puede tardar en regresar...
—Desde luego, no puede tardar —respondió el segundo—, porque el capitán
tiene que obtener el punto él mismo y es preciso, por lo tanto, que esté a
bordo antes de mediodía.
Tras esta respuesta, Godfrey fue a sentarse a la extremidad de la amura
delantera, después de haberse hecho llevar su anteojo marino. Deseaba acechar
la vuelta de la chalupa. Por lo que respecta a este reconocimiento que el
capitán había ido a hacer, no podía en absoluto extrañarle. Era natural, en
efecto, que el Dream no se aventurase por una zona del mar en que las
rompientes habían sido señaladas.
Dos horas transcurrieron, y fue sólo hacia las dos horas y media cuando
una ligera humareda, tenue como un rasgo, se dibujó por encima del horizonte.
Era, evidentemente, la chalupa de vapor, que una vez efectuado el
reconocimiento regresaba a bordo.
Godfrey se puso a seguirla en el campo de su anteojo. La vio acusarse
poco a poco por líneas más determinadas, agrandarse en la superficie del mar,
dibujar más limpiamente su humareda, a la cual se mezclaban algunas volutas de
vapor sobre el fondo claro del horizonte. Se trataba de una embarcación
excelente, de gran velocidad, y como marchaba a toda presión, pronto fue
visible a simple vista. Hacia las once se percibía a su proa el pequeño
remolino blanco que levantaba su roda y a popa la larga estela de espuma, que
se alargaba como la cola de un cometa.
A las once y cuarto el capitán Turcotte atracaba y saltaba al puente del
Dream.
—Y bien, capitán, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Godfrey, que se adelantó
a estrecharle la mano.
— ¡Ah, buenos días, señor Godfrey!
— ¿Y esas rompientes?
—Pura apariencia —respondió el capitán Turcotte—. No hemos visto nada
sospechoso. Nuestros hombres deben de haberse engañado. Ya me chocaba a mí...
— ¿En rumbo pues?
—Sí, pero antes de ponernos en rumbo es preciso que tome el punto.
— ¿Dais la orden de embarcar la chalupa? —preguntó el segundo.
—No —respondió el capitán—. Todavía podrá servirnos. Ponedla a remolque.
Las órdenes del capitán fueron ejecutadas, y la chalupa de vapor, que
fue dejada a presión, fue a situarse a la popa del Dream.
Tres cuartos de hora después el capitán Turcotte, con su sextante en la
mano, tomaba la altura del Sol y, establecido el punto, dio el rumbo a seguir.
Hecho esto y después de haber dirigido una postrera mirada al horizonte,
llamó a su segundo, le llevó a su cabina y allí permanecieron juntos en larga
conferencia.
La jornada en el Dream fue muy hermosa. El Dream pudo marchar
rápidamente sin la ayuda de sus velas, que fue preciso aferrar. El viento era
muy débil, y con la velocidad impresa por la máquina no hubiera habido bastante
fuerza para inflarlas.
Godfrey se sentía dichoso. Esta navegación en un bello mar, bajo un
hermoso Sol...
Nada había más reconfortante, nada que diese más campo al pensamiento,
más satisfacción al alma. Sin embargo, a pesar de tan favorables
circunstancias, el profesor Tartelett no lograba mejorar un poco de humor. Si
bien el estado del mar no le inspiraba ya inmediatas inquietudes, su ser físico
no reaccionaba en absoluto.
Trató de comer, pero sin gusto ni apetito. Godfrey trató de hacer que se
despojara del cinturón de salvamento que le oprimía el pecho; se negó a ello
terminantemente.
¿Es que este conjunto de hierro y madera llamado buque no estaba siempre
en riesgo de abrirse de un momento a otro?
La tarde llegó. Vapores espesos flotaban sin descender hasta el nivel
del agua. La noche iba a ser más obscura de lo que pudiera hacerlo prever el
magnífico tiempo diurno.
En suma, no había escollo alguno que temer en estos parajes, de los que
el capitán Turcotte acababa de fijar exactamente la posición en sus cartas;
pero los choques siempre son posibles y debe temérselos en las noches brumosas.
Por consiguiente, los fanales de a bordo fueron colocados cuidadosamente
en su sitio poco después del ocaso del Sol; la luz blanca fue izada a la
perilla
del mástil de mesana y las luces de posición, verde a derecha y roja a
izquierda, brillaron en los obenques. Si el Dream era abordado, no sería por
culpa suya en modo alguno, lo que, después de todo, no es sino un insuficiente
consuelo. Hundirse, aun estando en regla, siempre es hundirse. Y si alguien a
bordo debía hacerse esta reflexión, de seguro era el profesor Tartelett.
Sin embargo, el digno hombre, siempre tropezando, siempre oscilando, se
había ido a su cabina, y Godfrey a la suya; el uno con la certeza, el otro con
la esperanza solamente de pasar una buena noche, porque el Dream apenas se
balanceaba sobre las largas ondas.
El capitán Turcotte, después de haber entregado el cuarto al segundo,
alcanzó igualmente la toldilla a fin de tomarse algunas horas de descanso. Todo
estaba en regla. El buque podía navegar en perfecta seguridad, ya que no
parecía que la bruma fuese a espesarse.
Al cabo de veinte minutos, Godfrey dormía, y el insomnio de Tartelett,
que se había acostado completamente vestido, siguiendo su costumbre, no se
traicionaba sino por lejanos suspiros.
De repente (debía de ser una hora de medianoche) Godfrey fue despertado
por tremendos clamores. Saltó de su catre y se vistió en un segundo el
pantalón, la chaqueta y las botas de mar.
Casi en seguida se oyeron gritos espantosos sobre el puente:
“¡Nos hundimos, nos hundimos!”
En un instante, Godfrey estuvo fuera de su camarote y se lanzó a
cubierta. Allí tropezó con una masa informe que no reconoció. Debía de ser el
profesor Tartelett.
Toda la tripulación estaba sobre el puente corriendo en medio de las
órdenes que daban el capitán y su segundo.
— ¿Un abordaje?—preguntó Godfrey.
—No sé... no sé. ¡Con esta bruma maldita! —respondió el segundo—. ¡Pero
nos hundimos...!
— ¿Nos hundimos? —repitió Godfrey.
En efecto, el Dream, que había sin duda chocado contra un escollo,
estaba sumergido sensiblemente. El agua llegaba casi a la altura del puente. No
había duda de que los fuegos de la máquina estaban ya apagados en las
profundidades de la caldera.
— ¡Al mar, al mar, señor Godfrey! —Exclamaba el capitán—. ¡No hay un
instante que perder! ¡El buque se hunde a ojos vistas! ¡Os arrastraría en su
torbellino!
— ¿Y Tartelett?
— ¡Yo me encargo de él! ¡No estamos sino a medio cable de la costa!
— ¡Pero vos...!
— ¡Mi deber me obliga a quedar el último a bordo, y me quedo! —Dijo el
capitán—; pero ¡Huid, huid...!
Godfrey dudaba todavía en lanzarse a la mar; sin embargo, el agua
alcanzaba ya el nivel del pavés del Dream.
Sabiendo el capitán Turcotte que Godfrey nadaba como un pez, le cogió
entonces por los hombros y le hizo el servicio de precipitarle por encima de la
borda. ¡Ya era tiempo! Sin las tinieblas que los rodeaban, se hubiese visto
abrirse un remolino en el lugar que ocupaba el Dream.
Pero Godfrey, con algunas brazadas dadas en medio del agua tranquila,
había podido alejarse rápidamente del torbellino, que atraía como los
torbellinos del Maelstrom.
Todo esto se había operado en el espacio de un minuto. Algunos minutos
después y en medio de gritos de desesperación, las luces de a bordo se
extinguieron una tras otra.
No cabía duda: ¡el Dream acababa de irse a pique!
En cuanto a Godfrey, había podido alcanzar una alta y ancha roca al
abrigo de la resaca. Allí, llamando en vano en la obscuridad sin oír voz alguna
que respondiese a la suya, ignorando si se encontraba sobre una roca aislada o
en la extremidad de un banco de arrecifes único superviviente quizá de esta
catástrofe, esperó la llegada del día.
8
Que conduce a Godfrey a penosas reflexiones sobre la manía de los viajes
Tres largas horas debían aún transcurrir antes de que el Sol
reapareciese por encima del horizonte. Fueron de estas horas de las que puede
decirse que duran siglos.
La prueba era dura para un novato; pero, en suma —precisa repetirlo—,
Godfrey no había partido para un mero paseo. Bien se había dicho, al
embarcarse, que dejaba tras él una existencia de bienestar y reposo que no
había de encontrar corriendo aventuras. Se trataba, pues, de ponerse a la
altura de la situación.
Por el momento, estaba a cubierto. El mar, después de todo, no podía
alcanzarle en esta roca, que sólo mojaba la rociada de la resaca. ¿Debía temer
que el reflujo le alcanzase pronto? No, porque, reflexionando, pudo establecer
que el naufragio se había efectuado en lo más alto de la marea de la Luna
nueva.
Pero ¿estaba esta roca aislada? ¿Dominaba una línea de rompientes
esparcidos en esta porción del mar? ¿Cuál era esta costa que el capitán
Turcotte creía haber entrevisto en las tinieblas? ¿A qué continente
pertenecería? Lo que sí era demasiado cierto, era que el Dream había sido
desviado de su rumbo durante la tormenta de los días precedentes. La situación
del buque no había sido, pues, exactamente fijada. ¿Cómo dudar de ello, puesto
que el capitán dos horas antes afirmaba que sus cartas no hacían indicación
alguna de rompientes en estos parajes? Incluso había hecho más: reconocer por
sí mismo si existían estos pretendidos escollos que sus vigías habían creído
ver al este.
También era muy cierto, sin embargo, y el reconocimiento realizado por
el capitán, si le hubiese llevado más lejos, habría seguramente evitado la
catástrofe. Mas ¿a qué volver sobre el pasado?
La cuestión importante ante el hecho consumado (cuestión de vida o
muerte) era pues para Godfrey la de saber si se hallaba en la proximidad de una
tierra cualquiera. En qué parte del Pacífico, ya habría tiempo más tarde de
averiguarlo.
Ante todo, sería preciso pensar, en cuanto hubiese amanecido, en
abandonar esta roca, que en su parte superior no medía veinte pasos de ancho y
de longitud. Pero no se abandona un lugar sino para ir a otro. ¿Y si este otro
no existía, si el capitán se había engañado en medio de estas brumas, si
alrededor de esta rompiente se extendía un mar sin límites, si en el límite del
alcance de la vista el cielo y el agua se confundían circularmente, sobre el
mismo horizonte...?
Los pensamientos del joven náufrago se concentraban pues en este punto.
Toda su potencia visual la empleaba en buscar, en medio de esta negra noche, si
alguna masa confusa, aglomeración de rocas o bajíos acusaba la vecindad de
alguna tierra en la parte este del arrecife.
Godfrey no vio nada. Ningún olor terrestre llegaba a su olfato, ninguna
sensación de luz a sus ojos, ni un ruido a sus oídos. Ningún ave atravesaba
esta obscuridad.
Parecía como si a su alrededor no hubiese sino un vasto desierto de
agua.
A Godfrey no se ocultaba que existían mil eventualidades contra una de
que estuviera perdido. Ya no se trataba ahora de realizar tranquilamente la
vuelta al Mundo, sino de hacer frente a la muerte. Así que, con calma y
valor, su pensamiento se elevó hacia esta Providencia que puede todo aun por
medio de la más débil de sus criaturas, cuando esta criatura ya no puede nada
por sí misma.
En lo que dependía de él, Godfrey no podía hacer nada sino esperar el
día, y resignarse si la salvación era imposible; pero, por otra parte, sí
tentar si había alguna oportunidad de salvarse.
Tranquilizado por la gravedad misma de sus reflexiones, Godfrey se sentó
sobre la roca. Se había despojado de una parte de sus vestidos, impregnados de
agua de mar, su chaqueta de lana, sus pesadas botas, a fin de estar dispuesto a
volverse a echar al mar si fuera preciso.
Sin embargo, ¿no era posible que alguien hubiese sobrevivido al
naufragio? ¿Ni uno de la tripulación del Dream habría sido llevado a tierra?
¿Habían sido todos arrastrados en aquel terrible torbellino que forma un navío
al hundirse? El último a quien había hablado Godfrey era el capitán Turcotte,
resuelto a no abandonar su buque en tanto uno solo de sus marineros quedasen
aún a bordo. El mismo capitán era quien le había lanzado al mar en el momento
en que el puente del Dream iba a desaparecer.
Pero a los demás, al desdichado Tartelett y el infortunado chino,
sorprendidos sin duda por el hundimiento, uno en la toldilla, el otro en las
profundidades de la bodega, ¿qué les habría sucedido? De todos cuantos conducía
el Dream, ¿sería él solo el salvado? Y, sin embargo, ¡la chalupa había quedado
al remolque del vapor! Algunos marinos, pasajeros y marineros, ¿no podían haber
encontrado refugio y tiempo bastante para huir del lugar del naufragio? ¡Sí!;
pero ¿no era más bien de temer que la chalupa hubiese sido arrastrada con el
navío y estuviese ahora también en el fondo, bajo algunas veintenas de brazas
de agua?
Godfrey se dijo entonces que en esta noche obscura, si bien no podía
ver, sí podría al menos hacerse oír. Nada le impedía llamar, gritar en medio de
este profundo silencio. Quizá la voz de uno de sus compañeros respondiera a la
suya.
Llamó, pues, diversas veces lanzando un grito prolongado que debía ser
oído en un radio bastante extenso.
Ni un grito respondió al suyo.
Volvió a gritar varias veces volviéndose sucesivamente a todos los
puntos del horizonte.
Silencio absoluto.
— ¡Solo, solo! —murmuró.
No solamente ninguna llamada había respondido a la suya, sino que ningún
eco le había devuelto el sonido de su voz. Ahora bien, si hubiese estado cerca
de un bajío, no lejos de un grupo de rocas tal como se presentan generalmente
los cordones litorales, sin duda sus gritos, reflejados por este obstáculo,
hubieran vuelto a él. Así pues, o hacia el este del arrecife se extendía una
costa baja incapaz de producir eco o, lo que era más probable, no existía
tierra alguna en las proximidades. El semillero de rompientes sobre el cual el
náufrago había encontrado refugio, estaba solitario.
Transcurrieron tres horas en estos trances. Godfrey, helado, yendo y
viniendo por la cima de la estrecha roca, trataba de reaccionar contra el frío.
Por fin algunas claridades blanquecinas tiñeron las nubes del cenit. Era el
reflejo de las primeras coloraciones del horizonte.
Godfrey, vuelto de este lado, el único hacia el cual podía haber tierra,
trataba de ver si algún bajío se dibujaba en la sombra. Bajo la luz de los
primeros rayos del Sol saliente, debían acusarse más vivamente sus contornos.
Mas nada aparecía todavía a través de esta alba indecisa. Una ligera
bruma que se levantaba del mar no permitía tampoco reconocer la extensión de
las rompientes.
No había, pues, motivo para hacerse ilusión alguna. Si Godfrey había
sido efectivamente arrojado sobre una roca solitaria del Pacífico, ello
significaba la muerte por hambre, por sed, o bien la muerte en el fondo del
océano como último recurso.
No obstante, seguía mirando, mirando, y parecía que la intensidad de su
mirada debía aumentar desmesuradamente, de tal modo su voluntad se concentraba
en ella.
Por fin, la bruma matinal empezó a desvanecerse. Godfrey fue viendo
sucesivamente las rocas que formaban el escollo dibujarse en relieve sobre el
mar como un rebaño de monstruos marinos. Era un largo e irregular semillero de
piedras negruzcas, caprichosamente recortadas, de todo tamaño y de todas
formas, cuya dirección era la de oeste-este. El enorme peñasco en la cima del
cual se encontraba Godfrey emergía al extremo occidental del banco, a menos de
treinta brazas del sitio en que el Dream se había hundido. El mar en este lugar
debía de ser muy profundo, puesto que del buque nada se veía, ni siquiera la
extremidad de sus palos. Tal vez, por efecto de un deslizamiento sobre un fondo
de rocas submarinas, había sido arrastrado lejos del escollo.
Una mirada había bastado a Godfrey para darse cuenta de este estado de
cosas, la salvación no podía venir de este lado. Toda su atención se dirigió,
consiguientemente, hacia el otro extremo de las rompientes que la bruma, al
levantarse, descubría poco a poco. Precisa añadir que el mar, en este momento,
permitía a las rocas descubrirse más, por completo. Se las veía
alargarse descubriendo su base húmeda. Aquí, vastos intervalos líquidos; allí,
simples charcos de agua separándolas. Si se relacionaban con algún litoral, no
sería difícil llegar a él.
Por otra parte, ninguna apariencia de costa. Nada que indicase la
proximidad de una tierra alta, ni aun en esta dirección.
La bruma seguía disipándose y aumentando el campo visual, al que se
aplicaba obstinadamente Godfrey. Sus volutas se disiparon así por espacio de
una media milla. Ya algunos charcos arenosos aparecían entre las rocas, que
tapizaban unas viscosas algas. Esta arena no indicaba, por lo menos, la
presencia de una playa; y si la playa existía ¿podría dudarse de que ella
estuviera ligada a la orilla de una tierra más importante?
Finalmente, un largo perfil de dunas bajas acompañadas de grandes rocas
graníticas, dibujándose más claramente, pareció formar el horizonte al este. El
Sol había absorbido todos los vapores matinales y su disco aparecía entonces en
pleno fuego.
— ¡Tierra, tierra! —exclamó Godfrey.
Y tendió las manos hacia aquella parte sólida, arrodillándose sobre el
escollo en un movimiento de reconocimiento a Dios.
Era la tierra, efectivamente. En este lugar las rompientes no formaban
sino una punta avanzada, algo así como el cabo meridional de una bahía que se
redondeaba en un perímetro de dos millas cuanto más. El fondo de esta escota
aparecía como una playa llana que bordeaba una sucesión de pequeñas dunas
caprichosamente onduladas con líneas de malezas, aunque poco elevadas.
Desde el sitio que ocupaba Godfrey, su mirada pudo percibir el conjunto
de esta costa.
Limitada al norte y sur por dos promontorios desiguales, no presentaba
un desarrollo de más de cinco o seis millas. Era posible, sin embargo, que
perteneciese a alguna tierra vasta. Pero, fuese como fuese, era al menos la
salvación momentánea.
Godfrey, a este respecto, no podía concebir duda alguna: no había sido
arrojado sobre un peñasco solitario; podía creer que este extremo del suelo
desconocido no le impediría proveer a sus primeras necesidades.
— ¡A tierra, a tierra! —se dijo.
Pero antes de abandonar el escollo volvió la vista una vez más. Sus ojos
interrogaron todavía el mar hasta el más lejano horizonte. ¿Aparecería algún
resto, alguna partícula en la superficie de las olas, del Dream, algún
superviviente quizá?
¡Nada!
Ni la chalupa siquiera estaba allí; debía de haber sido arrastrada en el
común abismo.
Le vino entonces a Godfrey la idea de si alguno de sus compañeros habría
podido encontrar refugio en estas rompientes, y que quizá esperase como él que
amaneciese para tratar de ganar la costa.
¡Nadie había, sin embargo, sobre las rocas ni sobre la arena! El
arrecife estaba tan desierto como el océano.
En fin, a falta de supervivientes, ¿no habría el mar por lo menos
arrojado varios cadáveres? ¿No iría Godfrey a encontrar entre los escollos, en
el último límite de la resaca, el cuerpo inanimado de alguno de sus compañeros?
¡No! ¡Nada en toda la extensión de estas rompientes que las últimas
ondas del reflujo dejaban entonces descubiertas!
¡Godfrey estaba solo! ¡No podía contar sino consigo mismo para luchar
contra los peligros que de toda especie le amenazaban!
Ante esta realidad, sin embargo, digámoslo en su alabanza, Godfrey no
quería amilanarse. Pero, puesto que ante todo le convenía tener conciencia de
la naturaleza de la tierra de la que le separaba una corta distancia, abandonó
la cima de la roca y comenzó a aproximarse a la costa.
Cuando el intervalo que separaba las rocas era demasiado considerable
para ser franqueado de un salto, se echaba al agua y, sea que hiciese pie, sea
que fuese obligado a sostenerse nadando, ganaba fácilmente la roca más próxima.
Por lo contrario, cuando no había ante él sino el espacio de una yarda o dos,
saltaba de una roca a otra. La marcha sobre estas piedras viscosas, tapizadas
de algas resbaladizas, no era fácil, y fue larga. Tenía que hacer cerca de un
cuarto de milla en estas condiciones.
No obstante, Godfrey, diestro y ágil, puso por fin pie sobre esta tierra
en que le esperaba tal vez una pronta muerte o, al menos, una vida miserable
peor que la muerte. El hambre, la sed, el frío, el abandono, los peligros de
toda especie, sin un arma para defenderse, sin un fusil para obtener caza, sin
ropa de repuesto: ¡he aquí a qué extremos iba a verse reducido!
¡Ah, el imprudente! Había querido saber si se sentía capaz de valerse en
graves coyunturas. Pues bien, ¡iba a hacer la prueba! Había envidiado la suerte
de Robinson. Pues bien, ¡ahora vería si era una suerte envidiable!
Y ahora el pensamiento de aquella existencia feliz, de aquella vida
fácil en San Francisco, rodeado de una familia rica y cariñosa que había
abandonado para lanzarse a la aventura, le venía al espíritu. Se acordó de su
tío William, de su prometida Phina, de sus amigos, que ya no volvería a ver,
indudablemente.
Evocando estos recuerdos se le oprimía el corazón y, a despecho de su
resolución, las lágrimas asomaron a sus ojos.
¡Si, por lo menos, no hubiese estado solo, si algún otro superviviente
hubiese podido, como él, alcanzar esta costa, aunque, faltando el capitán y el
segundo, no hubiese sido sino el último marinero o el profesor Tartelett, por
poco que pudiera esperar de este frívolo sujeto, de qué forma las
eventualidades del porvenir le hubiesen parecido menos de temer! De todos
modos, a este respecto todavía tenía cierta esperanza. Si bien no había
encontrado resto alguno en la superficie de las rompientes, ¿no sería posible
encontrarlo sobre la arena de esta playa? ¿No habría alguien más arribado a
este litoral en busca de un compañero, como él mismo lo buscaba?
Godfrey abarcó aún con una larga mirada toda la parte norte y sur. No
percibió ni un ser humano. Indudablemente, esta porción de tierra estaba
inhabitada. De choza, ni apariencia; de humo que se llevase el aire, ni
indicio.
— ¡Vayamos adelante! —se dijo Godfrey.
Y ya le tenemos avanzando por la playa hacia el norte antes de
aventurarse a subir estas dunas arenosas que le permitirían reconocer el país
en un mayor espacio.
El silencio era absoluto. La playa no había recibido impresión alguna.
Algunas aves marinas, gaviotas y albatros, se posaban en los salientes de las
rocas como únicos seres vivos de esta soledad.
Godfrey anduvo así durante un cuarto de hora. Iba por fin a subirse al
talud de la más elevada de estas dunas, sembradas de juncos y maleza, cuando se
detuvo bruscamente.
Un objeto informe, extraordinariamente hinchado, algo así como el
cadáver de un monstruo marino, echado allí sin duda por la última tempestad,
yacía a cincuenta pasos de él, al extremo del arrecife.
Godfrey se apresuró a correr en esta dirección.
A medida que se acercaba, su corazón le batía rápidamente. En verdad,
este animal varado parecía tener forma de hombre.
Godfrey se detuvo a menos de diez pasos de él como si hubiese sido
clavado al suelo y exclamó:
— ¡Tartelett!
Era el profesor de baile y urbanidad. Godfrey se precipitó hacia su
compañero, al que quizá quedaba aún un soplo de vida.
Un instante después comprendió que era el cinturón de salvamento el que
producía este abultamiento que daba aspecto de un monstruo marino al
infortunado profesor.
Pero, aunque Tartelett no hacía movimiento alguno, quizá no estaba
muerto. Tal vez este aparato natatorio le había sostenido por encima de las
aguas, y las ondulaciones de la resaca le habían conducido a la orilla.
Godfrey se puso a la obra. Se arrodilló al lado de Tartelett, le
desembarazó de su cinturón, le friccionó con mano vigorosa y sorprendió al fin
un ligero aliento sobre sus labios entreabiertos. Le puso la mano sobre el
corazón. ¡Este latía aún! Godfrey le llamó.
Tartelett removió la cabeza y después dejó oír un sonido ronco seguido
de palabras incoherentes.
Godfrey le sacudió violentamente.
Tartelett abrió entonces los ojos, se pasó la mano izquierda por la
frente, levantó la mano derecha y se aseguró de que su precioso violín y su
arco, que sujetaba fuertemente, no le habían abandonado.
— ¡Tartelett, mi querido Tartelett! —exclamó Godfrey, levantándole
ligeramente la cabeza.
Esta cabeza, con el resto de sus cabellos alborotados, hizo un pequeño
gesto afirmativo de arriba abajo.
— ¡Soy yo, yo! ¡Soy Godfrey!
— ¿Godfrey? —respondió el profesor.
Después, he aquí que se vuelve, se pone de rodillas, mira, sonríe, se
levanta... ¡Ha notado que por fin tiene un punto de apoyo sólido! Ha
comprendido que ya no está sobre el puente de un buque sometido a todos los
caprichos de las olas y el balanceo. El mar ha cesado de conducirle. ¡Reposa
sobre un suelo firme!
Y entonces el profesor Tartelett vuelve a encontrar este aplomo que
había perdido desde su partida, sus pies se colocan naturalmente hacia fuera,
en la posición reglamentaria, su mano izquierda toma el violín y la derecha
blande el arco; luego, en tanto que las cuerdas vigorosamente atacadas
devuelven un sonido húmedo, de una sonoridad melancólica, estas palabras
escapan de sus labios sonrientes:
— ¡En forma, señorita!
El gran hombre pensaba en Phina.
9
Donde se demuestra que no todo es de color de rosa en el oficio de
Robinson
Hecho esto, el profesor y el discípulo se echaron en brazos uno de otro.
— ¡Mi querido Godfrey! —exclamó Tartelett.
— ¡Mi buen Tartelett! —respondió Godfrey.
— ¡Por fin hemos llegado a puerto! —añadió el profesor con el tono de un
hombre que ya tiene bastante de la navegación y sus accidentes.
¡A esto llamaba él haber llegado a puerto!
Godfrey no quiso discutir a este respecto.
—Despojaos de vuestro cinturón de salvamento —dijo—. Ese aparato os
ahoga y entorpece vuestros movimientos.
— ¿Creéis que puedo hacerlo sin inconveniente? —preguntó Tartelett.
— ¡Sin inconveniente! —Respondió Godfrey—, Ahora apretad vuestro violín
y vayamos en descubierta.
— ¡Vayamos! —Replicó el profesor—; pero, si gustáis, Godfrey, nos
pararemos en el primer bar. Me muero de hambre, y una docena de bocadillos
regados con algunos vasos de oporto me repondrían totalmente sobre mis piernas.
— ¡Sí, en el primer bar...! —Respondió Godfrey, meneando la cabeza—, ¡y
hasta en el último... si el primero no nos acomoda!
—Después —siguió Tartelett—, preguntaremos a cualquiera que pase dónde
se encuentra la oficina de telégrafos, con el objeto de poner inmediatamente un
telegrama a vuestro tío Kolderup. Supongo que este excelente señor no rehusará
enviarnos el dinero necesario para reintegrarnos al hotel de Montgomery-Street,
porque, lo que es yo, no tengo un céntimo.
— ¡Conformes! En la primera oficina telegráfica —respondió Godfrey—, o,
de no haberla en este país, en la primera oficina de correos. ¡En marcha,
Tartelett!
Desembarazándose de su aparato natatorio, el profesor se lo puso
alrededor del cuello, como un cuerno de caza, y ya los tenemos dirigiéndose
hacia la orilla de dunas que bordeaba el litoral.
Lo que interesaba más especialmente a Godfrey, al cual el encuentro de
Tartelett había proporcionado alguna esperanza, era averiguar si ellos eran los
únicos que habían sobrevivido al naufragio del Dream.
Un cuarto de hora después de haber dejado el asiento del arrecife,
nuestros
dos exploradores subían una duna de una altura de sesenta a ochenta pies
y llegaban a su cima. Desde allí dominaron el litoral en una larga extensión, y
sus miradas interrogaron este horizonte del este que las tumescencias de la
costa habían ocultado hasta entonces.
A la distancia de dos o tres millas en esta dirección, una segunda línea
de colinas formaba el segundo plano, y más allá no se dejaba ver nada de
horizonte.
Hacia el norte parecía que la costa se elevaba en punta; pero, si se
ajustaba o no a algún cabo proyectado hacia atrás, no se podía por entonces
afirmarlo. Al sur, una caleta ahondaba profundamente el litoral y por este
lado, al menos, parecía que el océano se extendía hasta perderse de vista. De
lo cual surgía la conclusión de que esta tierra del Pacífico debía de ser una
península, y en este caso el istmo que la relacionaba al continente, a un
continente cualquiera, debía buscarse hacia el norte o el nordeste.
En cualquier caso, esta comarca, lejos de ser árida, se desplegaba bajo
un agradable manto de verdura, con largas praderías en que serpenteaban algunas
corrientes límpidas, altas y espesas florestas en las que los árboles se
escalonaban gradualmente hasta el segundo plano de las colinas. Todo era de un
aspecto encantador.
¡Pero ni pensar en casas formando un pueblecito, aldea o choza a la
vista! Ni aglomeraciones de construcciones dispuestas para la explotación de
algún establecimiento agrícola, un caserío, una granja. De eso, ¡ni apariencia!
Ni humo elevándose en el aire y acusando alguna habitación escondida bajo los
árboles.
¡Nada en absoluto! Ni un campanario en el entrelazamiento de los
árboles, ni un molino sobre alguna eminencia aislada. Tampoco en defecto de
casas, una cabaña, una choza cualquiera. ¡No, nada! Si seres humanos habitaban
este suelo desconocido, no podían estar sino debajo, no arriba, a la manera de
los trogloditas.
Ningún camino trazado, ni siquiera un sendero, ni una trocha. Parecía
como si el pie del hombre jamás hubiese pisado ni un pedrusco de esta playa, ni
una yerba de estas praderas.
— ¡Yo no veo la ciudad! —hizo observar Tartelett, que se alzaba, sin
embargo, sobre la punta de sus pies.
— ¡Eso es, probablemente, porque no existe en esta parte de la comarca!
—respondió Godfrey.
— ¡Pero siquiera un pueblo...!
— ¡Tampoco!
— ¿Dónde nos hallamos, entonces?
— ¡Lo ignoro!
— ¿Cómo? ¿No lo sabéis? Pero, Godfrey, no podemos tardar en saberlo...
— ¿Quién puede decirlo?
—Entonces, ¿qué va a ser de nosotros? —exclamó Tartelett, doblando sus
brazos, que levantó al cielo.
— ¡Robinsones quizá!
A esta contestación, el profesor dio un salto tal que ningún clown
hubiera podido hacerlo como él.
¡Ellos Robinsones! ¡Robinson él! ¡Descendientes de aquel Selkirck que
vivió durante largos años en la isla de Juan-Fernández! ¡Imitadores de esos
héroes imaginarios de Daniel de Foe y de Wyss de los que tan frecuentemente
habían leído las aventuras!
¡Abandonados, lejos de sus parientes, de sus amigos, separados de sus
semejante por millares de millas, destinados a disputar su vida tal vez a
fieras quizá a salvajes que podrían abordar a esta tierra; miserables sin
recursos, sufriendo hambre, sin armas, sin utensilios, casi sin vestidos,
entregados a sí mismos!
¡No, no! ¡Era imposible!
—No me digáis esas cosas, Godfrey! —Exclamó Tartelett—. ¡No, no
bromeéis! Sólo la suposición bastaría para matarme. Habéis querido burlaros,
¿no es verdad?
—Sí, mi querido Tartelett! —Respondió Godfrey—; tened confianza, pero
primero atendamos a lo más urgente.
En efecto, se trataba de encontrar una caverna, una gruta, un agujero
cualquiera para poder pasar la noche allí; después se intentaría recoger lo que
se pudiera en conchas comestibles a fin de calmar en lo posible las exigencias
del estómago.
Godfrey y Tartelett empezaron pues a bajar el talud de las dunas con
objeto de dirigirse al arrecife. Godfrey se mostraba muy interesado en sus
búsquedas; Tartelett, muy confuso en sus trances de náufrago. El primero miraba
ante él, tras él, por todas partes; el segundo no era capaz de ver ni a diez
pasos.
He aquí lo que se preguntaba Godfrey:
“De no haber habitantes en esta tierra, ¿habrá al menos animales?”
Con esto quería decir animales domésticos, o sea caza de pelo o pluma,
no
de esas fieras que abundan en las regiones de la zona tropical y de las
que no había nada que hacer...
Esto era lo que sólo las averiguaciones posteriores le permitirían
saber.
En todo caso, algunas bandadas de aves animaban entonces el litoral;
alcaravanes, bernachos, chorlitos, cercetas voltigeando, piando, llenando el
aire con sus giros y gritos, manera, sin duda, de protestar contra la invasión
de sus dominios.
Godfrey pudo con razón sacar la consecuencia de que las aves
significaban nidos, y los nidos significaban huevos. Dado que estos volátiles
se reunían en grandes masas, dedujo que las rocas podrían suministrarles
millares de huevos como alimentación habitual. En la lejanía, algunas garzas y
becasinas indicaban la vecindad de una marisma.
Los volátiles, por tanto, no faltaban; la dificultad sería únicamente
apoderarse de ellos sin un arma de fuego para abatirlos. Por consiguiente, y
mientras tanto, lo mejor sería utilizarlos en el estado de huevos y resolverse
a consumirlos bajo esta forma elemental, pero nutritiva.
Sin embargo, si bien el alimento estaba allí, ¿cómo se le haría cocer?
¿Cómo podría hacerse fuego? Cuestión importante cuya solución quedó aplazada
para más tarde.
Godfrey y Tartelett se volvieron directamente hacia el arrecife, por
encima del cual revoloteaban bandadas de aves marinas. Una agradable sorpresa
les esperaba allí.
En efecto, entre aquellos volátiles indígenas que corrían sobre la arena
de la playa y la picoteaban en medio de las algas y la maraña de plantas
acuáticas, ¿no percibieron una docena de gallinas y dos o tres gallos de raza
americana? ¡No, no era una ilusión, puesto que en sus proximidades unos
ruidosos quiquiriquíes resonaron en el aire como un toque de corneta!
Y, más lejos, ¿qué eran esos cuadrúpedos que se deslizaban entre las
rocas y trataban de alcanzar las primeras rampas de las dunas, donde abundaban
algunos arbustos verduscos? Godfrey no podía ya interpretar erróneamente
aquello. Allí había una docena de agutíes, cinco o seis carneros y otras tantas
cabras que pacían tranquilamente las primeras yerbas en el confín mismo de la
pradera.
— ¡Ah, Tartelett, mira!
Y el profesor miró, pero sin ver nada, de tal modo el sentimiento de
esta situación inesperada le absorbía.
Una reflexión vino al espíritu de Godfrey, reflexión que era justa:
estos animales, gallinas, agutíes, cabras y corderos, debían de pertenecer al
pasaje
animal del Dream. Efectivamente, en el momento en que el buque se
hundía, los volátiles habían podido alcanzar el arrecife y después la playa. En
cuanto a los cuadrúpedos, habían alcanzado fácilmente, nadando, las primeras
rocas del litoral.
—De esta manera —observó Godfrey—, lo que ninguno de nuestros
infortunados compañeros ha hecho, estos simples animales, guiados por su
instinto, han podido hacerlo. Y, de todos aquellos que transportaba el Dream,
no ha habido salvación sino para los irracionales.
— ¡Contándonos a nosotros! —respondió cándidamente Tartelett.
En efecto, en lo que le concernía, sólo era a la manera de un animal
simple, inconsciente, y sin que su energía moral entrara para nada, como el
profesor había podido salvarse.
Poco importaba, por otra parte. Era una circunstancia muy feliz para
ambos náufragos la de que cierto número de estos animales hubiese alcanzado la
orilla. Los recogerían y agruparían, y con la fecundidad natural a su especie,
no sería imposible, si la estancia se prolongaba en esta tierra, tener todo un
rebaño de cuadrúpedos y un corral de volátiles.
Pero este día en cuestión Godfrey quiso saber a qué atenerse respecto a
los recursos alimenticios que podría suministrar la costa, tanto en huevos como
en conchas. El profesor Tartelett y él se pusieron, por tanto, a registrar los
intersticios de las piedras bajo el tapiz de las algas, y no sin éxito. Bien
pronto hubieron recogido gran cantidad de almejas y moluscos que en rigor
podían comerse crudos. Algunas docenas de huevos de bernachos se hallaron
también en las altas rocas que formaban la bahía en su parte norte. Allí habría
habido bastante para hartar mucho más numerosos comensales. Apremiados por el
hambre, Godfrey y Tartelett no se mostraron en absoluto exigentes en esta
primera comida.
— ¿Y el fuego...? —preguntó el profesor.
— ¡Sí, el fuego! —respondió el otro.
Esta era la más grave de las cuestiones, y ella condujo a los dos
náufragos a hacer inventario de sus bolsillos.
Los del profesor estaban vacíos o poco menos; no contenían sino algunas
cuerdas de recambio para su violín y un pedazo de celofán para su arco.
¡Decidme el medio de procurarse fuego con eso!
Godfrey no estaba en absoluto mejor provisto. Sin embargo, con una
extrema satisfacción encontró en su bolsillo un excelente cuchillo que su funda
de cuero había preservado del contacto del mar. Este cuchillo, con hoja,
barrena, punzón y sierra, resultaba un instrumento precioso en aquellas
circunstancias. Pero, excepto este instrumento, Godfrey y su compañero
no poseían sino las manos, debiéndose mencionar que las del profesor jamás se
habían ejercitado sino en tocar el violín y tomar actitudes. Godfrey pensó, por
consiguiente, que no podía contar sino con sus propias manos.
Sin embargo, decidió utilizar las de Tartelett para procurarse fuego por
medio de dos trozos de madera rápidamente frotados uno contra otro. Algunos
huevos endurecidos bajo la ceniza hubieran sido singularmente apreciados en el
segundo almuerzo del mediodía.
Así pues, en tanto que Godfrey se ocupaba de desvalijar los nidos a
pesar de los propietarios, que trataban de defender su progenitura en cáscara,
el profesor fue a recoger algunos trozos de la madera de que el suelo estaba
sembrado al pie de las dunas. Este combustible fue llevado a la parte baja de
un peñasco abrigado del viento del mar. Tartelett escogió entonces dos
fragmentos bien secos con la intención de desprender poco a poco su poder
calórico por medio de un frotamiento riguroso y continuo.
Lo que hacen habitualmente simples salvajes polinesios, ¿por qué el
profesor (que, en su opinión, les era con mucho superior) no había de hacerlo
él mismo?
Y hele aquí, pues, frotando, refrotando hasta dislocarse los músculos
del brazo y antebrazo. ¡Se empleaba en ello con una especie de rabia, el pobre
hombre! Pero, sea que la calidad de la madera no fuese la conveniente, sea que
no tuviese un grado suficiente de sequedad, sea, en fin, que él, profesor, no
acertara a dar a las manos el giro necesario para una operación de este género,
no logró calentar un tanto los dos trozos leñosos, aunque sí logró desprender
de su persona un calor intenso. En suma, ¡fue únicamente su frente la que humeó
bajo los vapores de la transpiración!
Cuando Godfrey volvió con su cosecha de huevos, encontró a Tartelett
nadando en sudor y en un estado como jamás sus ejercicios coreográficos le
habían puesto.
— ¿No marcha eso? —preguntó.
— ¡No, Godfrey; esto no marcha! —respondió el profesor, y empezó a creer
que estas invenciones de salvajes no son sino imaginaciones para engañar a las
pobres gentes.
—No —repitió Godfrey—; pero en esto, como en todo, es preciso saber
arreglárselas.
—Entonces, esos huevos...
—Quizá haya otro medio —respondió Godfrey—. Atando uno de estos huevos
al extremo de una cuerda, haciéndolo girar rápidamente y, después,
deteniendo bruscamente el movimiento de rotación, quizá este movimiento
se transformaría en calor, y entonces...
—Entonces, ¿el huevo estaría cocido?
—Sí, si la rotación había sido considerable y la detención brusca...
Pero ¿cómo producir esta detención sin aplastar el huevo? Así pues, lo que
resulta más sencillo, mi querido Tartelett, helo aquí.
Y Godfrey, tomando delicadamente uno de los huevos de bernacho, rompió
la cáscara en su extremidad y la sorbió hábilmente su contenido, sin más
formalidades.
Tartelett no pudo decidirse a imitarle y tuvo que contentarse con su
porción de conchas.
Quedaba ahora lo de buscar una gruta, una anfractuosidad cualquiera para
pasar la noche.
—No existe ejemplo de Robinsones que no hayan encontrado por lo menos
una caverna, de la que hacían más tarde su habitación —hizo observar el
profesor.
— ¡Busquémosla pues! —replicó Godfrey.
Si ello hasta entonces había sucedido siempre, es preciso confesar que
esta vez la tradición se rompió. En vano los dos registraron la orilla rocosa
de la parte septentrional de la bahía. Ni caverna ni gruta; ni un solo hueco
que pudiera servir de abrigo. Fue preciso pues renunciar. Así, Godfrey se
determinó a ir en reconocimiento hasta los primeros árboles del segundo plano,
más allá de esta ribera arenosa.
Tartelett y él volvieron a subir, pues, el talud de la primera línea de
dunas, adentrándose a través de las verdeantes praderas que ya habían visto
horas atrás.
Por una peregrina y feliz circunstancia a la vez, los otros
supervivientes del naufragio los seguían voluntariamente. Sin duda los gallos,
gallinas, corderos, cabras y agutíes empujados por su instinto, habían optado
por acompañarlos. Se sentían sin duda demasiado solos sobre esta playa, que no
les ofrecía recursos suficientes ni en yerbas ni en gusanos.
Tres cuartos de hora más tarde Godfrey y Tartelett —sin haber hablado
nada durante esta exploración— llegaban a la orilla de los árboles. Ninguna
muestra de habitantes ni de habitación. Soledad completa. Podía uno preguntarse
si jamás esta parte del país había recibido la huella de un pie humano.
En este lugar algunos magníficos árboles se elevaban por grupos
aislados,
en tanto que otros más apretados, a un cuarto de legua detrás, formaban
una verdadera selva de diversos olores.
Godfrey buscó algún viejo tronco vaciado por los años que pudiera
ofrecer un abrigo entre sus paredes; pero sus búsquedas resultaron inútiles por
más que las continuó hasta el caer de la noche.
El hambre los aguijoneaba vivamente entonces, por lo que ambos tuvieron
que contentarse con conchas de las que habían anticipadamente hecho una amplia
provisión en la playa. Después, abrumados por la fatiga, se arrimaron al pie de
un árbol y se durmieron, como suele decirse, en la gracia de Dios.
10
En que Godfrey hace todo lo que cualquier otro naufrago hubiese hecho en
parecidas circunstancias
La noche transcurrió sin incidente alguno. Los dos náufragos, agotados
por la emoción y la fatiga, habían descansado tan tranquilamente como si
hubiesen estado acostados en la más cómoda cámara del hotel de
Montgomery-Street.
El siguiente día, 27 de junio, a los primeros rayos del Sol naciente, el
canto del gallo les despertó.
Godfrey se percató casi en seguida de la situación vigente, en tanto que
Tartelett tuvo que frotarse los ojos largo tiempo y estirar los brazos antes de
situarse en la realidad.
—Y el desayuno de esta mañana ¿va a parecerse a la comida de ayer? —
preguntó de primera intención.
— ¡Así lo temo! —Respondió Godfrey—, pero confío en que cenaremos mejor
esta noche.
El profesor no pudo por menos de contener un gesto significativo. ¿Dónde
estaban el té y los bocadillos que hasta entonces le eran llevados al
despertar? ¿Cómo, sin este alimento preparatorio, podría llegar a la hora del
almuerzo, que quizá tampoco llegaría a sonar?
Más precisaba tomar un partido. Godfrey se daba buena cuenta de la
responsabilidad que pesaba sobre él, sobre él solo, puesto que nada podía
esperarse de su compañero. En esta caja vacía que servía de cráneo al profesor
no podía haber ninguna idea práctica; Godfrey tenía que pensar, idear, decidir
por dos.
Dedicó un primer recuerdo a Phina, su prometida, de la que había
retardado aturdidamente el hacer su mujer; un segundo recuerdo a su tío
Will, al que tan imprudentemente había abandonado, y dijo, volviéndose hacia
Tartelett:
—Para variar nuestra costumbre, aquí tenemos todavía algunas conchas y
media docena de huevos.
— ¡Y nada para hacerlos cocer!
— ¡Nada! —Dijo Godfrey—; pero, si estos mismos alimentos nos faltasen,
¿qué diríais entonces, Tartelett?
— ¡Diría que nada no es bastante! —respondió el profesor con seco tono.
Fue, sin embargo, necesario contentarse con este desayuno más que
sumario, cosa que se hizo.
La idea, bien natural, que vino entonces a la mente de Godfrey fue la de
llevar más adelante el reconocimiento comenzado la víspera. Antes que todo,
importaba saber en cuanto fuera posible en qué parte del Océano Pacífico se
había perdido el Dream, a fin de tratar de alcanzar algún sitio habitado de
este litoral en que se pudiese organizar la repatriación o esperar el paso de
un navío.
Godfrey observó que, si podía sobrepasar la segunda línea de colinas,
cuyo pintoresco perfil se dibujaba por encima del bosque, quizá podría
documentarse a este respecto. Ahora bien, calculaba que le precisarían una hora
o dos para llegar allí, y fue a esta urgente exploración a la que resolvió
consagrar las primeras horas del día.
Miró a su alrededor. Los gallos y las gallinas picoteaban en las altas
yerbas. Los agutíes, cabras y corderos iban y venían por entre los árboles.
Claro que Godfrey no tenía la intención de arrastrar como acompañamiento
toda esta tropa de volátiles y cuadrúpedos. Pero, para retenerlos con más
seguridad en este lugar, era preciso dejar a Tartelett a su guarda.
Este se avino a quedarse solo y a convertirse durante algunas horas en
el pastor de este rebaño. No hizo sino una observación.
— ¿Y si os perdieseis, Godfrey?
—No tengáis ningún temor a este respecto. No tengo sino que atravesar
este bosque, y, como vos no os apartaréis de este lugar, estoy seguro de
encontraros.
— ¡No olvidéis el telegrama a vuestro tío Will y pedidle algunos
centenares de dólares!
—El telegrama... o la carta. ¡Conforme! —respondió Godfrey, que, en
tanto no estuviera informado sobre la situación de esta tierra, quería mantener
a Tartelett en sus ilusiones.
Tras ello, y después de haber apretado la mano del profesor, se internó
en la espesura de los árboles, cuyo apretado follaje apenas dejaba filtrar
algunos rayos solares. Era su dirección, sin embargo, la que debía guiar a
nuestro joven explorador hacia esta alta colina, que ocultaba todavía a sus
ojos todo el horizonte del este.
¿Sendero? ¡Ni muestra! El suelo, sin embargo, no estaba virgen de toda
huella.
Godfrey notó en ciertos sitios la señal de pasos de animales. En dos o
tres ocasiones creyó incluso ver huir algunos rápidos rumiantes, alces, gamos o
ciervos, mas no reconoció ninguna huella de bestias feroces, como tigres o
jaguares, de cuya ausencia no tenía por qué lamentarse.
La elevada plataforma del bosque, es decir, toda la porción de las
ramas, comprendida entre la primera bifurcación y la extremidad de las ramas,
daba asilo a gran número de pájaros: pichones salvajes a centenares,
quebrantahuesos, gallos de brezo, aracaris con pico en forma de pata de
langosta y, más arriba, planeando por encima de lo descubierto, dos o tres
gipaetos, cuyo ojo parece una escarapela.
No obstante, ninguno de estos volátiles era de especie tan especial como
para poder deducir cuál era la latitud de este continente.
Lo mismo sucedía con los árboles de este bosque. Los mismos olores, poco
más o menos, que los de la parte de los Estados Unidos que comprende la Baja
California, la bahía de Monterrey y Nuevo México. Allí crecían madroños,
cornejos de grandes flores, arces, abedules, encinas, cuatro o cinco variedades
de magnolias y pinos marítimos como los que se encuentran en Carolina del Sur;
después, en medio de vastos claros, oliváceos, castaños y, en lo que respecta a
arbustos, mazorca de tamarindos, mirtos, y lentiscos, como se producen en el
sur de la zona templada. En general, siempre había espacio suficiente entre
estos árboles para que se pudiera pasar sin estar obligado a recurrir al fuego
o al hacha. La brisa del mar circulaba fácilmente a través del alto ramaje, y
aquí y allí grandes espacios de luz espejeaban sobre el suelo.
Godfrey marchaba pues atravesando en diagonal estas espesuras del gran
bosque.
El tomar algunas precauciones, ni le había venido a la cabeza. El deseo
de alcanzar las alturas que bordeaban el bosque por el este le absorbía por
entero. Buscaba a través del follaje la dirección de los rayos solares a fin de
marchar más directamente a su objetivo. No veía siquiera los pájaros-guías
(llamados
así porque vuelan delante del viajero) que se detenían, daban la vuelta,
volvían a hacerlo y seguían su camino como si quisiesen indicarle el suyo...
Nada podía distraerle.
Esta concentración de espíritu se comprende. Antes de una hora su suerte
iba a resolverse. ¡Antes de una hora sabría si era posible alcanzar alguna
parte habitada de este continente!
Ya Godfrey, razonando según lo que conocía de la ruta seguida y del
camino hecho por el Dream durante una navegación de diecisiete días, se había
dicho que sólo el litoral japonés o la costa china eran los sitios cerca de los
cuales el buque había podido hundirse. Además, la posición del Sol, siempre al
sur con referencia a él, demostraba que el Dream no había franqueado el límite
del hemisferio meridional.
Dos horas después de su salida, Godfrey estimaba en cinco millas el
camino recorrido, poco más o menos, teniendo en cuenta algunos rodeos a los que
el espesor del bosque le había varias veces obligado. El segundo plano de
colinas no podía estar lejano. Ya los árboles se espaciaban formando algunos
grupos aislados y los rayos de luz penetraban más fácilmente a través de las
altas ramas. El suelo acusaba también cierta inclinación que no tardó en
transformarse en rampa bastante ruda.
Aunque no dejase de estar cansado, Godfrey tuvo la suficiente voluntad
para no moderar su marcha. Incluso hubiese corrido, de no habérselo impedido la
aspereza de las primeras pendientes.
Pronto alcanzó un lugar bastante elevado para dominar la masa general de
esta cúpula verdosa que se extendía tras de él y donde algunas puntas de
árboles emergían aquí y allá.
Pero Godfrey no pensaba en mirar hacia atrás. Sus ojos no abandonaban la
línea de la cumbre desnuda que se perfilaba a cuatrocientos o quinientos pies
delante y encima de él. Era la barrera que siempre le ocultaba el horizonte
oriental.
Un pequeño cono, oblicuamente truncado, sobrepasaba esta línea
accidentada y se unía por pequeñas pendientes suaves a la cresta sinuosa que
dibujaba el conjunto de las colinas.
— ¡Allí, allí! —Se dijo Godfrey—. ¡Ese es el punto que es preciso
alcanzar! ¡Es la cima del cono! Y, desde allí ¿qué veré? ¿Una ciudad, un
pueblo, el desierto?
Fuertemente excitado, Godfrey seguía subiendo, apretando los codos al
pecho para contener los latidos de su corazón. Su respiración, un tanto
anhelante, le fatigaba, pero no hubiera tenido paciencia para pararse y volver
a
tomar aliento. Aunque pudiera caer, medio desvanecido, en la cima del
cono que se erguía a no más de un centenar de pies por encima de su cabeza, no
quería perder un minuto.
En fin, algunos instantes más y ya estaría en la cima. La rampa le
parecía bastante áspera por este lado, bajo un ángulo de treinta a treinta y
cinco grados. Se ayudaba con pies y manos; se agarraba a los yerbajos secos del
talud, a algunos escuálidos arbustos de lentiscos o mirtos que ascendían hasta
la cresta.
¡Un último esfuerzo! Finalmente, sobrepasó la plataforma del cono, y,
echado sobre el vientre, sus ojos recorrieron ávidamente todo el horizonte del
este...
Este lo formaba el mar, que iba a confundirse, una veintena de millas
más allá, con la línea del cielo. Se volvió.
El mar siempre; al oeste, al sur, al norte... El mar inmenso rodeándolo
por todas partes.
— ¡Una isla!
Al pronunciar esta palabra, Godfrey experimentó una viva opresión en el
corazón. No le había venido al pensamiento que pudiera hallarse en una isla. ¡Y
lo era, sin embargo! La cadena terrestre que hubiera podido unirle al
continente estaba bruscamente rota. Tenía la impresión de un hombre dormido en
una embarcación, arrastrada a la deriva, que se despierta y no halla una vela
ni un remo para volver a tierra.
Pero Godfrey se repuso rápidamente. Tomó el partido de aceptar las
circunstancias.
En cuanto a las probabilidades de salvación, puesto que no podían venir
de fuera, le tocaba a él hacerlas surgir.
Se trataba primeramente de reconocer con la mayor exactitud posible la
disposición de esta isla, que su mirada abarcaba en toda su extensión. Estimó
que debía medir alrededor de sesenta millas de circunferencia, teniendo a
simple vista veinte millas de largo, de sur a norte, sobre doce millas de
ancho, de este a oeste.
En cuanto a su parte central, se ocultaba bajo la espesa selva verdosa,
que se detenía en la línea de la cumbre dominaba por el cono cuyo talud
terminaba muriendo en el litoral.
Todo el resto no era sino pradera, con macizos de árboles o playa con
rocas, proyectando sus últimos asientos bajo la forma de cabos y promontorios
caprichosamente dispuestos. Algunas caletas recortaban la costa, pero sin poder
dar refugio sino a dos o tres barcas de pesca. Sólo la bahía, al fondo de
la cual el Dream había naufragado, medía una extensión de siete a ocho
millas. Parecida a una rada, se abría sobre los dos tercios del compás: un
barco no habría podido encontrar allí abrigo seguro a menos que el viento no
hubiese soplado del este.
Pero ¿qué isla era ésta? ¿A qué grupo geográfico pertenecía? ¿Formaba
parte de un archipiélago, o no era sino un accidente aislado en esta porción
del Pacífico?
En todo caso, ninguna isla grande ni pequeña, elevada o baja aparecía en
su campo visual.
Godfrey se levantó e interrogó el horizonte. Nada en esta línea circular
en que se confundían mar y cielo. De existir acaso, a sotavento o a barlovento,
alguna isla o tal cual costa de continente, no podría ser sino a una distancia
considerable.
Godfrey hizo recuento de todos sus recuerdos geográficos a fin de
adivinar cuál era esta isla del Pacífico. Por razonamiento, llegó a esto: el
Dream, durante diecisiete días, había seguido aproximadamente la dirección
sudoeste. Ahora bien, a una velocidad de ciento cincuenta o ciento ochenta
millas por día, debía de haber recorrido cerca de cincuenta grados. Por otra
parte, estaba claro que no había sobrepasado la línea ecuatorial. Así, pues,
faltaba buscar la situación de la isla, o del grupo del que quizá dependía, en
la zona comprendida entre los grados ciento sesenta y ciento setenta norte.
En esta porción del Pacífico, parecía a Godfrey que una carta de
navegación no le hubiera ofrecido otro archipiélago que el de las Sándwich;
pero, fuera de éste, ¿no existían islas solitarias cuyos nombres no podía
recordar y que formaban como un gran rosario hasta el litoral del Celeste
Imperio?
Por otra parte, esto poco importaba, no existiendo medio de ir a buscar
en otro punto del océano una tierra más hospitalaria.
— ¡Bueno! —se dijo Godfrey—, puesto que no conozco el nombre de esta
isla, sea nombrada isla Phina, en recuerdo de aquella a quien yo no debí haber
abandonado para ir a correr el Mundo, ¡y ojalá este nombre nos traiga suerte!
Godfrey se ocupó entonces de reconocer si la isla estaba habitada en la
parte que no había podido visitar todavía.
De la cima del cono nada vio que denunciara trazas de indígenas, ni
cabañas en la pradera, ni casas en la cercanía de los árboles, ni siquiera una
choza de pescador en la costa.
Pero, si la isla estaba desierta, el mar que la rodeaba no lo estaba
menos, y ningún buque se mostraba en los límites de una periferia a la cual la
altura del
cono daba un desarrollo considerable.
Hecha la exploración, ya sólo debía Godfrey regresar al pie de la colina
y volver a tomar el camino del bosque con el fin de unirse a Tartelett. Pero,
antes de dejar su observatorio, su mirada fue atraída por una especie de
robledal de gran tamaño que se erguía en el límite de los prados del norte. Se
trataba de un grupo gigantesco; sobrepasaba en altura todos aquellos que
Godfrey había visto hasta entonces.
“¡Quizá —se dijo— será bueno instalarse aquí, a este lado, tanto más
porque, si no me engaño, percibo un riachuelo que debe de tener nacimiento en
algún manantial de la cadena central y que corre a través de la pradera!”
¡Sería cosa de examinarlo al día siguiente!
Hacia el sur, el aspecto de la isla era algo distinto. Bosques y
praderas daban más frecuentemente lugar al tapiz amarillo de las playas, y en
ciertos sitios el litoral se enderezaba en rocas pintorescas. Pero ¿cuál no fue
la sorpresa de Godfrey cuando creyó percibir una ligera humareda que se elevaba
en el aire más allá de esta barrera rocosa?
“¿Hay allí, pues, algunos de nuestros compañeros? —se preguntó—. Pero
no, eso no es posible. ¿Por qué se habrían apartado de la bahía desde ayer y a
varias millas del arrecife? ¿Será, pues, una aldea de pescadores o el
campamento de una tribu indígena?”
Godfrey observó con la más extrema atención. ¿Se trataba realmente de
humo este vapor desprendido que la brisa transportaba hacia el oeste? Podía ser
un error. De todos modos, no tardó en desvanecerse, y pocos minutos después ya
no podía verse nada. Se trataba de una esperanza desvanecida. Godfrey miró una
vez más en esta dirección; después, no percibiendo ya nada, se dejó deslizar a
lo largo del talud, descendió por las pendientes de la colina y se hundió otra
vez bajo los árboles. Una hora más tarde había atravesado toda la selva y
volvía a encontrarse en su confín.
Allí le esperaba Tartelett en medio de su rebaño de dos y de cuatro
patas. ¿En qué ocupación estaba entregado el obstinado profesor? Siempre a la
misma. Con un pedazo de madera en la mano derecha y otro en la izquierda, se
extenuaba todavía en querer inflamar ambos trozos. Frotaba, frotaba con una
constancia digna de mejor suerte.
— ¿Y qué? —Preguntó ya de lejos, así que percibió a Godfrey—; ¿y la
oficina de telégrafos?
— ¡No estaba abierta! —respondió Godfrey, que no se atrevía aún a
decirle nada de la situación.
— ¿Y el correo?
— ¡Estaba cerrado! Pero almorcemos... me muero de hambre. Ya hablaremos
después.
Y esta nueva mañana Godfrey y su compañero tuvieron todavía que
contentarse con este triste almuerzo de huevos crudos y moluscos.
— ¡Régimen muy sano! —repetía Godfrey a Tartelett, que no era en
absoluto de esta opinión y no comía sino con el extremo de los labios.
11
En que la cuestión del alojamiento se resuelve lo mejor posible
La jornada iba ya de vencida. Así que Godfrey resolvió dejar para el día
siguiente el cuidado de proceder a una nueva instalación. Pero a las preguntas
apremiantes que le hizo el profesor acerca de los resultados de su exploración,
acabó por responderle que se trataba de una isla (la isla Phina), sobre la cual
habían sido arrojados los dos, y que sería preciso ingeniárselas para
sobrevivir antes de pensar en los medios de abandonarla.
— ¡Una isla! —exclamó Tartelett.
— ¡Si, una isla!
— ¿Rodeada por el mar?
— ¡Naturalmente!
—Pero ¿qué isla es?
— ¡Ya os lo he dicho: la isla Phina, y bien comprenderéis por qué he
querido darle este nombre!
— ¡No, no lo comprendo! —Respondió Tartelett, haciendo gestos—, y no veo
la semejanza. Phina, Phina, está rodeada de tierra.
Tras esta reflexión melancólica, se dispusieron a pasar la noche del
mejor modo posible. Godfrey volvió al arrecife a hacer una nueva provisión de
huevos y moluscos con los que era preciso contentarse; luego y ayudando el
cansancio, no tardó en dormirse al pie de un árbol, en tanto que Tartelett,
cuya filosofía no podía aceptar un estado tal de cosas, se entregaba a las más
amargas reflexiones.
Al día siguiente, 28 de junio, los dos estaban levantados antes de que
el gallo hubiese interrumpido su sueño.
Y, como comienzo, tomaron un somero desayuno, el mismo de la víspera.
Únicamente el agua fresca de un pequeño arroyo fue remplazada
ventajosamente por un poco de leche que una de las cabras se dejó ordeñar.
¡Ah! digno Tartelett, ¿qué sería de aquel mint-juíep, aquel port-wine
sangrie, aquel sherry-cobbler, aquel sherry-cocktail, de los que él no bebía
nunca, pero que hubiera podido hacerse servir en todo momento en los bares y
tabernas de San Francisco?
¡Cómo envidiaba a aquellas gallináceas, agutíes y corderos que aplacaban
su sed sin reclamar ningún suplemento de principios azucarados o alcoholizados
al agua clara! Estos animales no necesitaban fuego para cocer sus alimentos:
con raíces, yerbas y granos, siempre estaban servidos para su desayuno, y su
mesa servida sobre la pradera.
— ¡En marcha! —dijo Godfrey.
Y ya tenemos, a ambos seguidos de todo el cortejo de animales
domésticos, que, decididamente, no querían abandonarlos.
El proyecto de Godfrey era el ir a explorar, al norte de la isla, la
porción de la costa sobre la cual se levantaba aquel grupo de grandes árboles
que había visto desde lo alto del cono... Pero para llegar allí resolvió seguir
el litoral. Quizá la resaca habría arrastrado allí algún resto del naufragio.
Tal vez encontrara allí, sobre la arena de la playa, alguno de sus compañeros
del Dream, yaciendo sin enterrar, y a los que convendría dar cristiana
sepultura. En cuanto a encontrar vivo, tras haber sido salvado como él, a un
solo marinero de la tripulación, ni lo esperaba, transcurridas ya treinta y
seis horas de la catástrofe.
La primera línea de las dunas fue, pues, franqueada. Godfrey y su
compañero volvieron pronto a encontrarse de nuevo al principio del arrecife,
hallándolo tan desierto como le había dejado. Allí, por precaución, renovaron
su provisión de huevos y conchas, previendo que estos pobres recursos podrían
faltarles al norte de la isla. Después, siguiendo la franja de algas
abandonadas por la última marea, ascendieron esta porción de la costa,
interrogándola con la mirada.
— ¡Nada, siempre nada!
Decididamente, hay que convenir en que la mala suerte, al convertir en
Robinsones a estos dos supervivientes del Dream, se había mostrado más rigurosa
con ellos que con sus antecesores. A éstos siempre les quedaba algo del barco
naufragado.
Después de haber retirado una multitud de objetos de primera necesidad,
pudieron utilizar ciertos restos: víveres, por algún tiempo, vestidos,
utensilios, armas; en fin, con qué proveer a las exigencias más elementales de
la vida.
Pero en este caso, ¡nada de todo eso! En medio de la negra noche, el
navío había desaparecido en las profundidades del mar sin dejar en el arrecife
el más pequeño resto. No había sido posible salvar nada, ni siquiera un
fósforo, y en realidad este fósforo era una de las cosas que más falta hacían.
Ya sé que muchas personas, confortablemente instaladas en sus
habitaciones, con una buena chimenea delante en que chisporrotean el carbón y
la leña, os dirán muy convencidos:
“¡Pero si no hay nada más fácil que procurarse fuego! ¡Hay mil medios
para eso!
¡Los pedruscos, un poco de musgo seco! Un poco de trapo quemado... (¿Y
cómo quemar este trapo?). También la hoja de un cuchillo capaz de producir
chispa, o dos pedazos de madera fuertemente frotados, a la manera sencilla, de
los polinesios...”
Esas eran las reflexiones que Godfrey se hacía mientras andaba y lo que
en rigor le preocupaba más. Quizá también él, atizando el hogar cargado de
coque, leyendo relatos de viajes, había pensado como aquellas gentes. Pero a
probar todo ello había sido ahora conducido, y no veía sin cierta inquietud la
falta de fuego, este indispensable elemento al que nada puede remplazar.
Marchaba por tanto perdido en sus pensamientos, precediendo a Tartelett,
cuyo único cuidado consistía en agrupar con sus gritos el rebaño de corderos,
agutíes, cabras y volátiles.
De pronto su mirada fue atraída por los vivos colores de un racimo de
pequeñas manzanas que pendían de las ramas de ciertos arbustos diseminados por
centenares al pie de las dunas. Reconoció enseguida algunas de estas
manzanillas de las que los indios se alimentan muy a gusto en ciertas partes de
California.
— ¡Vaya! —Dijo—; ¡aquí tenemos con qué variar un poco nuestras comidas
de huevos y conchas!
— ¡Qué! ¿Eso se come? —replicó Tartelett, haciendo un gesto.
— ¡Vedlo! —respondió Godfrey.
Y se puso a recoger algunas de estas manzanillas, a las cuales mordió
ávidamente.
No eran sino manzanas salvajes, pero su acidez misma no dejaba de ser
agradable.
El profesor no tardó en imitar a su compañero, y no se mostró demasiado
descontento del hallazgo. Godfrey pensó con razón que se podría obtener de
estos frutos una bebida fermentada que siempre sería preferible al agua clara.
Se remprendió la marcha. Bien pronto la extremidad de la duna arenosa
acababa muriendo en una pradera que atravesaba un pequeño riachuelo de aguas
continuas.
Este era el que Godfrey había percibido desde la cumbre del cono. Los
grandes árboles se agrupaban un poco más lejos, y después de una caminata de
alrededor de nueve millas, los dos exploradores, bastante fatigados de este
paseo de cuatro horas, llegaron allí unos minutos después del mediodía.
El lugar valía la pena de ser observado, registrado, visitado, escogido
y, sin duda, ocupado.
Allí, en efecto, sobre el borde de una vasta pradera ocupada por
zarzales de manzanillas y otros arbustos, se elevaban una veintena de
gigantescos árboles que hubieran podido soportar la comparación con los mismos
olores de los bosques californianos. Estaban dispuestos en semicírculo, y el
tapiz de yerba que se extendía a su pie, tras haber bordeado el lecho del río
durante algunos centenares de pasos todavía, daba lugar a una larga playa
sembrada de rocas, guijarros y algas, y cuya prolongación se dibujaba en el mar
por una punta destacada de la isla hacia el norte.
Estos big trees (árboles grandes), como se los llama comúnmente en el
oeste americano, pertenecían al género de las secoyas, coníferas de la familia
de los abetos. Si preguntaseis a los ingleses bajo qué nombre más especial los
designan ellos, os responderían: Wellingtonias. Si lo preguntaseis a
americanos, su respuesta sería: Washingtonias. En seguida se ve la diferencia.
Pero, sea que recuerden la memoria del flemático vencedor de Waterloo o
del ilustre fundador de la república americana, es el caso que son los más
enormes productos conocidos de la flora californiana y de Nevada.
Efectivamente, en ciertas partes de dichos estados hay bosques enteros
de estos árboles, tales como los grupos de “Mariposa” y de “Calavera”, en que
algunos miden de sesenta a ochenta pies de circunferencia, con una altura de
trescientos. Uno de ellos, a la entrada del valle de Yosemite, no tiene menos
de cien pies de perímetro; cuando estaba vivo (porque ahora está derribado),
sus últimas ramas habrían alcanzado la altura de la catedral de Estrasburgo; es
decir, más de cuatrocientos pies. También se mencionan aún los denominados
“Madre de la Selva”, “Belleza del bosque”, “Cabaña del pionero”, “Dos
centinelas”, “General Grant”, “Señorita Emma”,
“Señorita María”, “Brigham Young y su mujer”, “Tres Gracias”, “Oso”,
etc., que son verdaderos fenómenos vegetales. Sobre el tronco, serrado en la
base, de uno de estos árboles se ha construido un kiosco en el cual un grupo de
dieciséis a veinte personas puede maniobrar cómodamente. Pero en realidad el
rey de estos gigantes, en medio de un bosque propiedad del estado, a unas
quince millas de Murphy, es el
“Padre del bosque”, viejo secoya de cuatro mil años que se alza a
cuatrocientos cincuenta y dos pies del suelo, más alto que la cruz de San Pedro
de Roma, más alto que la gran pirámide de Gizeh, más alto, en fin, que ese
campanario de hierro que se alza ahora sobre una de las torres de la catedral
de Rouen y que debe ser tenido por el más alto monumento del Mundo.
Era un grupo de una veintena de estos colosos que el capricho de la
Naturaleza había sembrado sobre esta punta de la isla en la época, acaso, en
que el rey Salomón construía aquel templo de Jerusalén que jamás se ha
levantado de sus ruinas. Los mayores podían tener cerca de trescientos pies;
los más pequeños, doscientos cincuenta. Algunos, interiormente vaciados por la
vejez, ofrecían a su base un arco gigantesco bajo el cual hubiese podido pasar
toda una tropa a caballo.
Godfrey quedó admirado en presencia de estos fenómenos naturales, que no
se desarrollan generalmente sino a altitudes de cinco a seis mil pies por
encima del nivel del mar; y opinó que esta sola vista había merecido el viaje.
Nada comparable, en efecto, a estas columnas de un moreno claro que se
perfilaban casi sin disminución sensible de su diámetro desde la raíz a la
primera horquilla. Estos fustes cilíndricos, a una altura de ochenta a cien
pies por encima del suelo, se ramificaban en fuertes ramas espesas como troncos
de árboles ya enormes, llevando así ya todo un bosque en los aires.
Uno de estos secoyas gigantes, uno de las mayores del grupo, llamó más
particularmente la atención de Godfrey. Ahuecado en su base, presentaba una
abertura como de cuatro a cinco pies, con una altura de cinco, lo que permitía
penetrar en su interior. La medula del gigante había desaparecido, la albura se
había disipado en un polvillo tierno y blanquecino; pero si bien el árbol ya no
se sostenía sobre sus potentes raíces sino gracias a su sólida corteza, todavía
podía vivir así durante siglos quizá.
—A falta de caverna o de gruta —exclamó Godfrey—, he aquí una habitación
que hemos encontrado, una casa de madera, una torre como no la hay en países
habitados. Aquí podremos estar seguros y cubiertos. ¡Venid, Tartelett, venid!
Y el joven, arrastrando a su compañero, se introdujo en el interior de
la secoya.
El suelo estaba cubierto de un lecho de polvo vegetal y su diámetro no
era inferior a veinte pies ingleses. En cuanto a la altura a la que se
redondeaba la bóveda, la obscuridad impedía apreciarla. Ningún rayo de luz se
deslizaba a través de las paredes de la corteza de esta especie de caverna. Por
consiguiente, nada de hendiduras, nada de fallas por las cuales pudieran
penetrar el viento o la lluvia. En verdad nuestros dos Robinsones se
encontrarían allí en condiciones soportables para hacer frente impunemente a
las intemperies del cielo. Una caverna no hubiese sido más sólida, ni más seca,
ni más segura. ¡En verdad hubiera sido difícil encontrar cosa mejor!
— ¡Bueno, Tartelett!, ¿qué os parece esta habitación natural? —preguntó
Godfrey.
— ¡Sí... pero la chimenea...!
—Antes de reclamar la chimenea —respondió Godfrey—, esperad al menos que
hayamos podido procurarnos fuego.
No podía ser más lógico.
Godfrey fue a reconocer los alrededores del grupo de árboles. Como ya se
ha dicho, la pradera se extendía hasta este enorme macizo de secoyas del que
formaba el confín. El pequeño riachuelo que corría a través de su tapiz verdoso
proporcionaba al ambiente de estas tierras, un poco ásperas, un frescor
saludable. Arbustos de diversas especies crecían en sus orillas, mirtos y
lentiscos entre otros, como gran cantidad de manzanillas que debían asegurar la
cosecha de manzanas salvajes.
Más lejos, ascendiendo, algunos grupos de árboles, robles, sicomoros,
álamos, se desparramaban por toda esta zona herbosa; no obstante, aun siendo
también de gran tamaño, se los hubiese tomado por simples arbustos tras ver
aquellos “árboles mamuts” de los que el Sol saliente prolongaba la sombra hasta
el mar. A través de estas praderas se dibujaban igualmente sinuosas líneas de
matorrales vegetales, de breñas verduscas que Godfrey se prometió ir a
reconocer al día siguiente.
Si el sitio le había complacido, tampoco parecían disgustados los
animales domésticos. Los agutíes, cabras y corderos habían tomado posesión de
este dominio, que les ofrecía raíces para roer o yerba para pacer más allá de
sus necesidades. En cuanto a las gallinas, picoteaban ávidamente de los granos
o gusanos que había cerca del riachuelo. La vida animal se manifestaba ya por
las idas y venidas, vuelos y saltos, balidos, gruñidos y cloqueos que nunca,
sin duda, se habían oído en estos parajes.
Después Godfrey volvió al grupo de los secoyas y examinó con más
atención el árbol en el que había hecho la elección de domicilio. Le pareció
que sería, si no imposible, sí al menos bastante difícil izarse hasta sus
primeras ramas, siquiera por el exterior, ya que este tronco no presentaba
saliente alguno; pero por el interior quizá la ascensión fuese más cómoda si el
árbol se ahuecaba hasta la horquilla entre la medula y la corteza.
Podía ser útil, en caso de peligro, buscar refugio en este espeso ramaje
que
soportaba el enorme tronco. Sería cuestión a examinar más tarde.
Cuando esta exploración terminó, el Sol se encontraba ya bastante bajo
sobre el horizonte y pareció conveniente dejar para el día siguiente los
preparativos de una instalación definitiva.
Pero, respecto a esta noche, tras una cena cuyo postre se compuso de
manzanas silvestres, ¿dónde se podía pasarla mejor que sobre este polvillo
vegetal que cubría el suelo en el interior del secoya?
Eso fue lo que se hizo bajo la guarda de la Providencia, no sin que
Godfrey, en recuerdo del tío William W. Kolderup, hubiese dado el nombre de
Will-Tree (“Árbol Will”) a este gigantesco árbol, todos los similares del cual,
en los bosques de California y estados vecinos, llevan el nombre de alguno de
los grandes ciudadanos de la república americana.
12
Que se acaba precisamente gracias a un magnifico y feliz rayo
¿Por qué no estar conformes? Godfrey estaba a punto de convertirse en un
hombre nuevo en esta situación nueva para él, tan frívolo, tan ligero, tan poco
reflexivo cuando no tenía que hacer sino dejarse vivir... En efecto, jamás el
cuidado de lo del día siguiente había podido inquietar su reposo. En el
demasiado opulento hotel de Montgomery-Street, donde dormía sus diez horas
seguidas, ni el roce de una hoja de rosa había podido aún turbar su sueño.
Pero ya no iba a ser así. En esta isla desconocida se veía completamente
separado del resto del Mundo, entregado a sus solos recursos, obligado a hacer
frente a las necesidades de la vida en condiciones en que un hombre incluso
mucho más práctico se hubiese encontrado bien embarazado. Indudablemente, no
viendo reaparecer el Dream deberían emprender su búsqueda. Pero ¿qué eran
ellos, los dos? ¡Mil veces menos que un alfiler en un pajar, que un grano de
arena en el fondo del mar! La incalculable fortuna del tío Kolderup no era una
respuesta a todo.
Por consiguiente, por más que hubiese encontrado un abrigo casi
aceptable, Godfrey no dormía sino con un sueño agitado. Su cerebro trabajaba
como no lo había hecho jamás. Sucedía que asociaba ideas de toda especie; las
del pasado, que lamentaba amargamente, las del presente, cuya relación buscaba,
y las del porvenir, que le inquietaban todavía más.
Más ante estas rudas pruebas la razón y, en consecuencia, el
razonamiento que naturalmente sigue se desprendían de los limbos en los que él
había
soñado hasta entonces. Godfrey estaba resuelto a luchar contra la mala
fortuna, tentar a todo en la medida de lo posible para salir victorioso. Si
aprovechaba esta lección, no sería ciertamente para olvidarla en lo futuro.
Desde el amanecer se puso en pie con la intención de proceder a una
instalación más completa. La cuestión de los víveres, sobre todo la del fuego,
que le estaba tan relacionada, adquiría el primer lugar sobre todas las demás,
utensilios o armas cualesquiera a fabricar, vestidos de repuesto que sería
preciso procurarse so pena de estar vestido bien pronto a la moda polinésica.
Tartelett dormía aún. No se le veía en aquella obscuridad, pero se le
oía. Este buen hombre salvado del naufragio, siempre frívolo a los cuarenta y
cinco años como lo había sido su discípulo hasta entonces, no podía serle de
gran utilidad. Hasta sería una sobrecarga, puesto que sería preciso proveer a
sus necesidades de toda especie; pero, en fin, ¡era un compañero! Valía más, en
suma, que el más inteligente de los perros, por más que resultase ser, sin
duda, menos útil. Era una criatura que podía hablar, aunque de un modo banal;
conversar, aunque no fuese nunca sino de cosas poco serias; quejarse, lo que le
sucedía bien a menudo. Pero, fuese como fuese, Godfrey oiría una voz humana
resonar en su oído. Esto tal vez valiera más que el lorito de Robinson Crusoe.
Aunque fuese con un Tartelett, él no estaría solo, y nada le hubiese aterrado
más que la perspectiva de una completa soledad.
“Robinson antes de Vendredi, Robinson después de Vendredi, ¡qué
diferencia! —pensó él.”
Sin embargo, esta mañana del 29 de junio a Godfrey no le descontentó
hallarse solo con el fin de poner en ejecución su proyecto de explorar las
cercanías del grupo de secoyas. Sería quizá bastante afortunado descubriendo
algún fruto, alguna raíz comestible que se llevaría con extrema satisfacción
del profesor. Dejó pues a Tartelett entregado a sus sueños y partió.
Una ligera bruma todavía envolvía el litoral y la mar; pero ya esta
niebla comenzaba a levantarse en el norte y el este bajo la influencia de los
rayos solares, que debían condensarla poco a poco. El día prometía ser muy
hermoso.
Godfrey, después de haberse cortado un sólido bastón, subió durante dos
millas hasta esta parte de la orilla que no conocía y cuyo recodo formaba la
punta alargada de la isla Phina.
Allí hizo un primer desayuno de conchas, almejas y pequeñas ostras que
se encontraban allí en gran abundancia.
“¡En rigor —se dijo—, aquí hay para no morirse de hambre! ¡Hay ahí
millares de decenas de ostras con que calmar el estómago más exigente! Si
Tartelett se queja es porque no gusta de este molusco. Y bien, ¡tendrá que
gustarle!”
Es muy cierto que, si bien la ostra no puede remplazar al pan y la carne
de una manera absoluta, no deja menos de ser un alimento muy nutritivo con la
condición de ser consumido en gran cantidad. Pero como este molusco es de una
digestión muy fácil, se puede sin peligro alguno hacer uso de él, por no decir
abuso.
Terminado este almuerzo, Godfrey tomó su bastón y cortó oblicuamente
hacia el sudeste a fin de remontar la orilla derecha del arroyo. Este camino
debía conducirle a través de la pradería hasta el grupo de árboles percibidos
la víspera, más allá de las largas líneas de matorrales de arbustos que quería
examinar de cerca.
Godfrey avanzó pues en esta dirección alrededor de unas dos millas.
Seguía la ribera del río, tapizada por una yerba corta y apretada como una tela
de terciopelo.
Bandadas de pájaros acuáticos volaban ruidosamente sobre este ser, para
ellos desconocido, que venía a turbar sus dominios. Allí también peces de
varias especies corrían a través de las aguas vivas del riachuelo, cuya anchura
en esta parte podía evaluarse en cuatro o cinco yardas.
Era evidente que de tales peces no sería difícil apoderarse, pero,
faltando aún el medio de hacerlos cocer, continuaba haciéndose la cuestión
insoluble.
Muy felizmente, Godfrey, llegado a las primeras líneas de matorrales,
reconoció dos especies de frutos o raíces; los de una de las cuales tenía que
pasar por la prueba del fuego antes de ser comidos, pero los otros eran ya
comestibles en su estado natural. De estos dos vegetales los indios de América
hacen uso constante.
El primero era uno de esos arbustos llamados camas que nacen hasta en
terrenos impropios de todo cultivo. Con sus raíces, parecidas a una cebolla, se
hace una especie de harina muy rica en gluten y muy nutritiva, a menos que se
prefiera comerlas como patatas. Pero en ambos casos es preciso someterlas a
cierta cocción o torrefacción.
El otro arbusto produce una especie de bulbo de forma oblonga que lleva
el nombre indígena de yamph y, si bien posee acaso menos principios nutritivos
que el camas era más preferible en estas circunstancias por poderse comer
crudo.
Godfrey, muy satisfecho con este descubrimiento, se hartó sin tardanza
con algunas de estas excelentes raíces y, no olvidando el desayuno de
Tartelett, hizo un gran acopio que echó a su espalda, después de lo cual se
dirigió al Will-Tree.
Sobre si fue bien recibido al llegar con su cosecha de yamphs, parece
inútil decirlo.
El profesor se regaló ávidamente y se hizo preciso que su discípulo le
indujera a moderarse.
— ¡Bueno! —Respondió Tartelett—; hoy tenemos estas raíces, pero ¿quién
sabe si las tendremos mañana?
— ¡Sin duda alguna! —Replicó Godfrey—: mañana, pasado mañana, ¡siempre!
Sólo es preciso ir a buscarlas.
—Bien, Godfrey, ¿y este camas?
—Con este camas haremos harina y pan cuando tengamos fuego.
— ¡Fuego! —Exclamó el profesor, sacudiendo la cabeza—, ¡fuego! ¿Y cómo
lo haremos?
— ¡Nada sé todavía —respondió Godfrey—; pero de una manera u otra
llegaremos a tenerlo!
— ¡Que el cielo os oiga, mi querido Godfrey! ¡Y cuando pienso que hay
tanta gente que no tiene sino que frotar un pequeño trocito de madera contra la
suela de su zapato para conseguir fuego! ¡Me da un coraje...! ¡No! ¡Jamás
hubiera creído que la mala suerte me hubiese reducido un día a parecida
penuria! No se darían tres pasos en Montgomery-Street sin encontrar un
caballero con el cigarro en la boca que se complacería en darnos ese fuego, y
aquí...
—Aquí no estamos en San Francisco, Tartelett, ni en Montgomery-Street, y
me parece que es más razonable no contar con la cortesía del transeúnte.
—Pero, otra cosa: ¿por qué sucede que la cocción sea necesaria al pan, a
la carne? ¿Cómo la Naturaleza no nos ha hecho para vivir del aire?
—Eso ya vendrá, quizá —respondió Godfrey, con una sonrisa de buen humor.
— ¿Lo creéis así?
—Creo que los sabios se ocupan de ello, por lo menos.
— ¿Es posible? ¿Y sobre qué se fundan para buscar este nuevo modo de
alimentación?
—Sobre este razonamiento —respondió Godfrey—: el de que la digestión y
la respiración son funciones conexas de la que una podría substituir a la otra.
Así pues, el día en que la química haya logrado que los alimentos necesarios a
la alimentación del hombre puedan asimilarse por la respiración, el problema
estará resuelto. No se trata para ello sino de convertir el aire en nutritivo.
Se
respirará la comida en vez de comerla, ¡eso es todo!
— ¡Ah, pues sí que es lamentable que este precioso descubrimiento no se
haya hecho todavía! —Exclamó el profesor—. ¡Qué a gusto respiraría yo media
docena de bocadillos y un cuarto de estofado sólo para incitar al apetito!
Y Tartelett, sumido en un ensueño sensual en que entreveía suculentas
comidas atmosféricas, abría inconscientemente la boca y respiraba a plenos
pulmones olvidándose de que apenas tenía con qué alimentarse a la manera
habitual.
Godfrey le sacó de su meditación y le atrajo a lo positivo. Se trataba
de proceder a una instalación más completa en el interior del Will-Tree.
El primer cuidado fue el de emplearse en la limpieza de la futura
habitación.
Precisaba primeramente retirar varios quintales de este polvillo vegetal
que cubría el suelo y en el cual se hundía uno hasta media pierna. Dos horas de
trabajo bastaron apenas para esta engorrosa faena, pero finalmente el cuarto
fue desembarazado de esta capa polvorienta que se levantaba como una nube al
menor movimiento.
El suelo era firme, resistente, como si hubiese sido pavimentado con
fuertes tablas, con sus anchas raíces del secoya que se ramificaban en su
superficie. Resultaba áspero pero sólido. Dos rincones fueron escogidos para el
emplazamiento de las literas, en las que algunos puñados de yerbas, bien
secadas al Sol, habían de formar todo lo relativo al dormitorio. En cuanto a
los demás muebles, bancos, escabeles o mesas, no sería imposible fabricar los
más indispensables, puesto que Godfrey poseía un excelente cuchillo provisto de
una sierra y un punzón. En efecto, convenía disponer de un refugio para el mal
tiempo y poder quedarse en el interior del árbol para comer y trabajar allí. La
luz no faltaba, puesto que penetraba a raudales por la abertura. Más tarde, si
se hacía necesario cerrar esta abertura para obtener una seguridad más
completa, Godfrey trataría de agujerear en la corteza del secoya una o dos
troneras que sirviesen de ventanas.
En cuanto a saber a qué altura llegaba el vacío del tronco, Godfrey no
podía averiguarlo sin luz. Todo lo que podía asegurar era que una pértiga de
diez a doce pies de larga no tocaba el techo cuando él la izaba por encima de
su cabeza.
Pero esta cuestión no era de las más urgentes. Ya se resolvería
ulteriormente.
El día transcurrió en estos trabajos, que no se terminaron antes de la
puesta
del Sol.
Godfrey y Tartelett, bastante cansados, encontraron excelentes sus
literas, formadas únicamente con aquella yerba seca de la que habían hecho gran
provisión; pero tuvieron que disputárselas a los volátiles, que hubiesen
establecido de muy buena gana domicilio en el interior del Will-Tree. Godfrey
pensó, sin embargo, que sería conveniente establecer un gallinero en algún otro
secoya del grupo, y no logró impedirles la entrada del cuarto común sino
obstruyéndola con ramaje. Por fortuna, los carneros, agutíes y cabras no experimentaron
la misma tentación. Estos animales quedaron tranquilamente fuera y no tuvieron
la veleidad de franquear la insuficiente barrera.
Los días siguientes fueron empleados en diversos trabajos de
instalación, acomodamiento y acopio: huevos y conchas que recoger, raíces de
yamph y manzanas de manzanilla, ostras que se iba a arrancar todas las mañanas
al banco del litoral. Todo esto ocupaba tiempo y las horas pasaban rápidamente.
Los utensilios de casa se reducían aún a algunas grandes conchas de
bivalvos que servían de vasos y platos. Verdad es que para el género de
alimentación al que los huéspedes de Will-Tree estaban reducidos, no hacía
falta más. Había también lo del lavado de la ropa en el agua clara del río, lo
que ocupaba los ratos libres de Tartelett.
Es a él a quien incumbía esta tarea. Por otra parte, no se trataba sino
de dos camisas, dos pañuelos y dos pares de calcetines, que componían todo el
guardarropa de los náufragos. De esta suerte, durante esta operación Godfrey y
Tartelett se hallaban únicamente vestidos con pantalón y chaqueta; pero con el
Sol ardiente de esta latitud todo se secaba pronto.
Estuvieron así, sin tener que sufrir de la lluvia ni del viento, hasta
el 3 de julio.
La instalación era ya casi aceptable, dadas las condiciones de desamparo
en que Godfrey y Tartelett habían sido arrojados sobre esta isla. No obstante,
precisaba no olvidar las oportunidades de salvación, que no podían venir sino
del exterior. De acuerdo con esto, Godfrey cada mañana iba a observar el mar en
toda la extensión de este sector que se desarrollaba del este al noroeste, por
encima del promontorio.
Esta parte del Pacífico estaba siempre desierta. Ni un buque, ni una
barca de pesca, ni una humareda destacándose en el horizonte e indicando a lo
largo el paso de algún vapor. Parecía como si la isla Phina estuviese fuera de
los itinerarios del comercio y el transporte de viajeros. Había pues que
esperar pacientemente, confiándose al Todopoderoso, que jamás abandona a los
débiles.
Entre tanto, cuando
las necesidades inmediatas
de la existencia
le
permitían algún respiro, Godfrey, empujado sobre todo por Tartelett,
retornaba a aquella importante e irritante cuestión del fuego. Intentó de nuevo
remplazar la yesca, que le había hecho tan mala partida antes, por otra materia
análoga. Ahora bien, era posible que algunas variedades de hongos que crecían
en el hueco de viejos árboles, después de haber sido sometidos a un secado
prolongado, pudiesen transformarse en una especie combustible. Varios de estos
hongos fueron pues recogidos y expuestos a la acción directa del sol hasta que
quedaron reducidos a polvo. Tras ello, con el revés de su cuchillo, trocado en
encendedor, Godfrey hizo saltar de un sílex algunas chispas que cayeran sobre
esta substancia... Fue inútil. La materia esponjosa no produjo fuego... Godfrey
tuvo entonces la idea de utilizar este fino polvillo vegetal, seco desde hacía
tantos siglos, que había encontrado sobre el suelo de Will-Tree.
Tampoco tuvo éxito. Probando otros recursos, trató todavía de procurar
por medio del eslabón el encendido de una especie de esponja que crecía entre
las rocas.
Igualmente fracasó en ello. La partícula de acero, encendida con el
choque del sílex, caía sobre la substancia, pero se apagaba inmediatamente.
Godfrey y Tartelett se desesperaron realmente. Pasarse sin fuego era
imposible. De estos frutos, de estas raíces, de estos moluscos, empezaban a
cansarse, y sus estómagos no tardarían en mostrarse absolutamente refractarios
a este género de alimentación. Miraban, el profesor sobre todo, estos corderos,
estos agutíes, estas gallinas que iban y venían alrededor del Will-Tree,
produciéndoles hambre canina esta vista. ¡Devoraban con los ojos estas carnes
vivas! ¡No, esto no podía continuar así!
Mas una circunstancia inesperada (digamos providencial, si lo permitís)
iba a venir en su ayuda.
En la noche del 3 al 4 de julio el tiempo, que tendía a modificarse
desde hacía algunos días, derivó hacia la tormenta tras un calor abrumador que
la brisa del mar era impotente para aminorar.
Godfrey y Tartelett, hacia la una de la mañana, fueron despertados por
el estrépito de los truenos en medio de unos verdaderos fuegos artificiales de
relámpagos.
Todavía no llovía; pero no podía tardar en hacerlo. Llegaron entonces
verdaderas cataratas que se precipitaban de la zona nubosa a consecuencia de la
rápida condensación de los vapores.
Godfrey se levantó y salió a fin de observar el estado del cielo. Era
todo ello como un incendio por encima del extremo de los grandes árboles, cuyo
follaje aparecía sobre el cielo como ardiendo, como los finos dibujos
recortados de una sombra chinesca.
De repente, en medio del estrépito general, un relámpago más ardiente
atravesó el espacio. El trueno resonó en seguida y el Will-Tree se conmovió de
arriba abajo por el fluido eléctrico.
Godfrey, medio derribado por el choque, se incorporó entre una lluvia de
fuego que caía a su alrededor. El rayo había incendiado las ramas secas del
ramaje superior, ahora ya sólo carbones incandescentes que crepitaban sobre el
suelo.
Godfrey, lanzando un grito, había llamado a su compañero.
— ¡Fuego, fuego!
— ¡Fuego! —Respondió Tartelett—. ¡Bendito sea el cielo, que nos lo
envía!
Los dos se lanzaron enseguida sobre estas ascuas, algunas de las cuales
ardían aún, en tanto que las otras se extinguían sin llamas Las recogieron al
mismo tiempo que cierta cantidad de madera muerta que no faltaba al pie del
secoya, cuyo tronco no había sido sino tocado por el rayo. Después entraron en
su sombría habitación en el momento en que la lluvia, derramándose en cascadas,
apagaba el incendio que amenazaba devorar el ramaje superior del Will-Tree.
13
En que Godfrey vuelve a ver elevarse una ligera humareda sobre otro
punto de la isla
Henos aquí ante una tormenta que había venido bien oportunamente.
Godfrey y Tartelett no habían tenido que aventurarse en los espacios, como
Prometeo, para ir a apoderarse del fuego celestial. Había sido el cielo, en
efecto, como había dicho Tartelett, quien amablemente se había ocupado de
enviárselo por la vía de un rayo.
A ellos les tocaba ahora conservarlo.
— ¡No; no le dejaremos apagarse! —exclamó Godfrey.
—Tanto más cuanto la madera no nos faltará para alimentarlo —había
respondido Tartelett, cuya satisfacción se denunciaba en pequeños gritos de
gozo.
—Sí, pero ¿quién lo mantendrá?
— ¡Yo! Yo velaré día y noche si es preciso —respondió Tartelett,
blandiendo un tizón ardiendo.
Y bien que lo hizo hasta la salida del Sol.
La madera muerta, como ya se ha dicho, abundaba bajo el enorme abrigo de
los secoyas. En consecuencia, desde el alba Godfrey y el profesor, después de
haber amontonado un stock considerable, nada escasearon al hogar encendido por
el rayo.
Colocado al pie de uno de los árboles, en un estrecho espacio entre dos
raíces, este hogar llameaba con un chisporroteo vivo y alegre. Tartelett,
echando los bofes, empleaba todo su aliento en soplar encima por más que fuese
perfectamente innecesario. En esta actitud tomaba las posturas más peregrinas,
persiguiendo con la vista el humo grisáceo, cuyas volutas se perdían en lo alto
del follaje. Pero no lo hacía por admirar lo que tanto había pedido, este
indispensable fuego, ni tampoco por calentarse. Lo destinaba a un uso más
interesante: se trataba de acabar con aquellas pobres comidas de conchas crudas
y raíces de yamph de las que nunca un agua hirviendo o una simple cocción bajo
la ceniza había desarrollado los elementos nutritivos. Fue a esta tarea a la
que Godfrey y Tartelett se emplearon durante una parte de la mañana.
—Nos comeremos uno o dos pollos —exclamó Tartelett, cuya mandíbula
chasqueaba por adelantado—. ¿Podrían añadirse un jamón de agutí, un estofado de
carnero, algunas piezas de esa caza que corre por el prado, sin contar dos o
tres peces de agua dulce, acompañados de algunos otros de mar?
— ¡No tan de prisa! —Respondía Godfrey, al que la exposición de este
poco modesto menú había puesto de buen humor—. ¡No es preciso arriesgarse a una
indigestión para compensarse de un ayuno! ¡Ahorremos nuestras reservas,
Tartelett! Vaya por los dos pollos, cada uno el suyo, y si el pan nos falta,
confío en que nuestras raíces de camas, convenientemente preparadas, lo
remplazarán sin demasiada desventaja.
Todo esto costó la vida a dos inocentes volátiles que, desplumados,
arreglados, dispuestos por el profesor, y después ensartados en una varilla,
pronto se asaron en una llama chisporroteante.
Durante este tiempo, Godfrey se ocupaba en poner las raíces de camas en
situación de figurar en el primer almuerzo serio que iba a hacerse en la isla
Phina. A fin de hacerlas comestibles, no había sino que seguir el método indio,
que los americanos tenían que conocer, por haberlo visto emplear más de una vez
en las praderas del oeste de América.
He aquí cómo procedió Godfrey: Cierta cantidad de piedras planas,
recogidas en la playa, se pusieron en el brasero, en forma que se impregnasen
de un intenso calor.
Quizá Tartelett encontró que no estaba bien emplear tanto calor en
“cocer piedras”; pero, como esto no perjudicaba en modo alguno la preparación
de sus pollos, no se quejó más.
En tanto que las piedras se calentaban así, Godfrey escogió un pedazo
del suelo, del que arrancó la yerba en el espacio de alrededor de una yarda
cuadrada; después, con sus manos armadas de grandes conchas, levantó la tierra
hasta una profundidad de diez pulgadas. Hecho esto, dispuso en el fondo de este
agujero un hogar de madera seca que encendió de forma que comunicase, a la
tierra amontonada en el fondo del hueco, un calor bastante considerable. Cuando
toda esta madera hubo estado consumida y tras la retirada de las cenizas, las
raíces de camas, previamente limpias y sacudidas, fueron extendidas dentro del
hueco; una delgada capa de césped las recubrió y las piedras ardientes,
colocadas por encima, sirvieron de base a un nuevo hogar encendido en su superficie.
En suma; era una especie de horno que había sido preparado así, y
después de un tiempo bastante corto, una media hora cuanto más, la operación
podía darse por terminada.
Efectivamente, bajo la doble capa de piedras y césped, que fue quitada,
aparecieron las raíces de camas modificadas por esta violenta torrefacción. Al
aplastarlas se había podido obtener una harina bastante capaz para hacer una
especie de pan; pero dejándolas en su estado natural era como si se comiese
patatas de calidad muy nutritiva. De este modo fueron servidas las raíces esta
vez, y ya se puede suponer qué almuerzo hicieron los dos amigos con estos
pollitos, que devoraron hasta los huesos, y con tan excelentes camas, que no
había por qué ahorrar. El campo productor no estaba lejos, y en él se podían
obtener en abundancia, no teniendo sino que agacharse para recolectarlos por
centenares.
Acabada esta comida, Godfrey se ocupó en preparar cierta cantidad de
esta harina, que se conserva casi indefinidamente y puede ser transformada en
pan para las necesidades de cada día.
La jornada transcurrió en estas diversas ocupaciones. El hogar estuvo
siempre alimentado con el mayor cuidado. Se le cargó más particularmente de
combustible para la noche, lo que no impidió que Tartelett se levantara en
diversos momentos con el fin de acercar los carbones y procurar una combustión
más activa, hecho lo cual volvía a acostarse; pero, como soñaba que el fuego se
apagaba, se volvía a levantar en seguida y renovaba esta tarea hasta que
apuntaba el día.
La noche transcurrió sin incidente alguno. El chisporroteo del hogar,
junto
con el canto del gallo, despertaron a Godfrey y a su compañero, que
había acabado por dormirse.
Al principio Godfrey se sorprendió al notar una especie de corriente de
aire que venía de lo alto, del interior del Will-Tree. Ello le llevó a pensar
que el secoya estaba hueco hasta la separación de las ramas bajas y que se
abría allí un orificio que convendría taponar si se quería estar seguro y a
cubierto.
— ¡Sin embargo, la cosa es singular! —Se dijo Godfrey—. ¿Por qué las
noches precedentes no he notado esta comente de aire? ¿Será por el trueno?
Y para responderse a estas preguntas le vino la idea de examinar
exteriormente el tronco del secoya, hecho lo cual Godfrey comprendió lo que
había sucedido durante la tempestad.
La huella del rayo era visible sobre el árbol, que había sido gravemente
descortezado por el paso del fluido desde la horquilla a las raíces. Si la
chispa eléctrica se hubiese introducido por el interior de la secoya en vez de
seguir el contorno exterior, Godfrey y su compañero hubieran podido ser
fulminados. Habían sin duda corrido un verdadero peligro.
—Se recomienda mucho —dijo Godfrey— no refugiarse bajo los árboles
durante las tempestades, lo que está muy bien para quienes pueden hacer otra
cosa; ¿qué medio hay de evitar este peligro para nosotros, puesto que vivimos
dentro de un árbol? En fin, ¡ya veremos!
Después, mirando al secoya desde el punto en que comenzaba la larga
huella del fluido, añadió:
—Es evidente que allí donde el rayo lo ha herido le ha separado
violentamente la copa del tronco. Pero entonces, puesto que el aire penetra en
su interior por este orificio, resulta que el árbol está hueco en toda su
altura y no vive sino por su corteza. He aquí una disposición que conviene
tener en cuenta.
Y Godfrey se puso a buscar alguna rama resinosa de la que pudieran hacer
una antorcha.
Unas ramas de pino le proporcionaron la tea de que tenía necesidad; la
resina exudaba de esta rama, que una vez inflamada dio una luz muy brillante.
Godfrey entró entonces en la cavidad que le servía de habitación. A la
sombra sucedió inmediatamente la claridad y fácil fue reconocer cuál era la
disposición interior del Will-Tree.
Una especie de bóveda, irregularmente truncada, parecía techar el árbol
a una quincena de pies por encima del suelo. Levantando su antorcha, Godfrey
percibió claramente la abertura de un estrecho conducto cuyo desarrollo se
perdía en la obscuridad. Indudablemente, el árbol estaba hueco en toda su
extensión, pero quizá quedaran porciones de albura intactas todavía. En
este caso, ayudándose de estos salientes, sería, si no fácil, al menos posible
subirse hasta la horquilla.
Godfrey, que pensaba en el futuro, resolvió saber sin más tardar a qué
atenerse al respecto.
Tenía un doble objetivo: primero, taponar herméticamente este orificio
por el que el viento o la lluvia podrían introducirse (lo que hubiese
convertido el Will-Tree en inhabitable); después, asegurarse de si ante un
peligro, como un ataque de animales o de indígenas, las ramas superiores del
secoya ofrecerían un refugio conveniente.
Era cosa de ensayar en todo caso. Si se encontrara con algún obstáculo
insuperable en el estrecho conducto... pues entonces Godfrey lo dejaría, y
estaba libre para volver a bajar.
Después de haber colocado su antorcha en el intersticio de dos gruesas
raíces a flor del suelo, he aquí que empieza a subirse sobre los primeros
salientes interiores de la corteza. Godfrey era ligero, vigoroso, hábil,
habituado a la gimnasia como todos los jóvenes americanos, así que aquello no
fue sino un juego para él. Pronto hubo alcanzado en este tubo desigual una
parte más estrecha por la cual, en arbotante de espalda y rodillas, podía
trepar a la manera de un deshollinador. Todo su temor radicaba en que una falta
de anchura le detuviese en su ascensión. Sin embargo, continuaba subiendo y
cuando encontraba un saliente descansaba un poco a fin de volver a tomar
aliento.
Tres minutos después de haber dejado el suelo, si Godfrey no había
llegado a sesenta pies de altura, no debía de estar lejos de ello y, en
consecuencia, no le quedaban sino una veintena de pies que franquear.
En efecto, notaba ya un aire más vivo orearle el rostro, y lo aspiraba
ávidamente, porque en rigor no estaba precisamente muy fresco el interior del
secoya.
Luego de haber reposado durante un minuto y haber sacudido el polvo fino
arrancado a las paredes, Godfrey continuó elevándose en aquel tubo, que se
contraía más y más.
Pero en este momento su atención fue reclamada por cierto ruido que le
pareció razonablemente sospechoso. Se hubiese dicho que en el interior del
árbol se producía como un escarbamiento. Casi a continuación una especie de
silbido se hizo oír.
Godfrey se detuvo.
“¿Qué es eso? —se preguntó—. ¿Se habrá refugiado algún animal en este
secoya?
¡Si fuese una serpiente! ¡No! Hasta ahora no hemos sabido de ninguna en
la isla.
¡Más bien debe de ser algún pájaro que trata de huir! ”
Godfrey no se engañaba, y como continuaba sonando una especie de
graznido más acentuado, seguido de un vivo batir de alas, dedujo que no se
trataba sino de un volátil anidado en el árbol y del que turbaba su reposo.
Varios frrs, frrs a todo pulmón determinaron bien pronto al intruso a abandonar
el sitio. Era, efectivamente, una especie de corneja de gran tamaño que no
tardó en escaparse por el orificio y desaparecer precipitadamente por la alta
cima del Will-Tree. Pocos instantes después la cabeza de Godfrey pasaba por el
mismo orificio y pronto se encontró instalado cómodamente sobre la horquilla
del árbol, en el nacimiento de las ramas bajas, que se abrían a ochenta pies de
altura sobre el suelo.
Allí, como ya se ha dicho, el enorme tronco del secoya soportaba toda
una selva. El caprichoso entrecruzamiento del ramaje secundario presentaba el
aspecto de esos roquedales de madera muy apretados que ninguna tentativa ha
hecho practicables.
Sin embargo, Godfrey consiguió, no sin bastante trabajo, el deslizarse
de una rama a otra en forma de llegar a alcanzar poco a poco el último piso de
esta fenomenal vegetación.
Un gran número de pájaros volaron a su alrededor lanzando gritos y
refugiándose en los árboles vecinos del grupo que el Will-Tree dominaba con
toda su cima.
Godfrey continuó trepando cuanto pudo y no se detuvo hasta el momento en
que las ramas extremas superiores comenzaron a doblarse bajo su peso.
Un gran horizonte de agua rodeaba la isla Phina, que se desarrollaba a
sus pies como un mapa en relieve.
Sus ojos recorrieron ávidamente esta porción de mar, que seguía estando
desierta como siempre, lo que confirmaba una vez más que la isla se encontraba
fuera de las rutas comerciales del Pacífico.
Godfrey sofocó un gran suspiro; después su mirada descendió hacia este
estrecho dominio sobre el que el destino le condenaba a vivir largo tiempo sin
duda, ¡quizá siempre!
Pero ¿cuál no fue su sorpresa cuando tornó a ver, al norte esta vez, una
humareda parecida a aquella que ya había creído percibir al sur? Miró pues con
la mayor atención.
Un vapor muy desligado, de un azul más obscuro en su extremo, ascendía
recto en el aire tranquilo y puro.
— ¡No! ¡No me engaño! —Exclamó Godfrey—. Allí hay humo y, en
consecuencia, fuego, un fuego que lo produce... y este fuego no puede haber
sido encendido más que por... ¿Por quién?
Godfrey fijó entonces con la máxima precisión el sitio en cuestión.
El humo se elevaba al noroeste de la isla, en medio de las altas rocas
que bordeaban la orilla. No había error posible. La cosa era a menos de cinco
millas del Will-Tree. Cortando rectamente hacia el nordeste a través de la
pradería y después siguiendo el litoral, necesariamente se tenía que llegar a
las rocas que empenachaban este leve vapor.
Agitado del todo, Godfrey volvió a descender sobre el entrecruzamiento
de ramas hasta la horquilla. Allí se detuvo un instante para arrancar un manojo
de musgo y hojas, hecho lo cual se deslizó por el orificio, que tapó lo mejor
que pudo, y rápidamente se dejó caer hasta el suelo.
Dijo apenas unas breves palabras a Tartelett, para que no se inquietara
por su ausencia, y se lanzó en la dirección del nordeste con el fin de ganar el
litoral. Lo que duró una marcha de dos horas, primero a través de la pradera
verdosa en medio de grupos de árboles o de largos setos de retamas espinosas, y
luego a lo largo del borde del litoral, alcanzando por fin la última cadena de
rocas.
Pero la humareda que Godfrey había percibido desde lo alto del árbol
trató en vano de volverla a ver. De todas suertes como él había fijado
exactamente la situación del lugar de donde se escapaba el humo, pudo llegar
allí sin error. Y Godfrey empezó sus búsquedas explorando con cuidado toda esta
parte del litoral.
Gritó. Nadie respondió a su llamada. Ningún ser humano se mostró sobre
esta playa.
Ni una roca presentaba la traza de un fuego encendido recientemente, ni
un hogar ya extinguido que hubiera podido alimentar los yerbajos marinos y las
algas secas depositadas por las olas.
—Y sin embargo, ¡es imposible que yo me haya engañado! —Se repetía
Godfrey—. Seguro que se trataba de humo lo que yo he visto. Y, sin embargo...
Como no era admisible que Godfrey hubiese sido víctima de una ilusión,
llegó a pensar si no existiría algún manantial de agua caliente, una especie de
geyser intermitente, cuya localización no podía encontrar, lo que había debido
proyectar aquel vapor.
En efecto, nada podía probar que no existieran en la isla varios de
estos pozos naturales. En este caso la aparición de una humareda podía
explicarse por este sencillo fenómeno geológico.
Godfrey, dejando el litoral, se volvió hacia el Will-Tree observando un
poco mejor el país al regreso que lo había hecho a la ida. Algunos rumiantes se
dejaron ver, entre otros wapitis, pero corrían con una rapidez tal que hubiese
sido imposible alcanzarles.
Hacia las cuatro, Godfrey estaba de regreso. Cien pasos antes de llegar
ya oía el ronco crin-crin del violín, encontrándose bien pronto frente a
Tartelett, que en la actitud de una vestal velaba religiosamente cerca del
fuego confiado a su custodia.
14
En que Godfrey halla en la costa ciertos restos a los cuales su
compañero y él hacen muy buena acogida
Soportar lo que no se puede impedir es un principio de filosofía que, si
no conduce al cumplimiento de grandes cosas, es, desde luego, eminentemente
práctico. Godfrey estaba, pues, determinado a subordinarlo en adelante en todos
sus actos. Ya que precisaba vivir en esta isla, lo más cuerdo era vivir en ella
lo mejor posible hasta el momento en que una ocasión propicia les permitiera
abandonarla.
Se ocuparon sin más tardar en arreglar cuanto era posible el interior
del Will-Tree. La cuestión de la limpieza, ya que no la de la comodidad,
dominaba sobre todas las demás. Las literas de yerba se renovaron
frecuentemente. Los utensilios se reducían a simples conchas, es cierto; pero
los platos y fuentes de una cocina americana no hubieran ofrecido más limpieza,
precisando repetir en alabanza del profesor Tartelett que lavaba perfectamente
la vajilla. Ayudándose de su cuchillo, Godfrey, por medio de un gran trozo de
corteza aplanada y cuatro patas fijadas al suelo, consiguió establecer una mesa
en medio de la habitación, y groseros taburetes sirvieron de escabeles. Ya no
estuvieron los huéspedes obligados a comer sobre sus rodillas cuando el tiempo
no permitía comer a pleno aire.
Existía aún la cuestión de los vestidos, que no dejaba de preocuparlos
mucho. Se los cuidaba, pues, lo mejor posible. Con aquella temperatura y en
aquella latitud, no había inconveniente alguno en ir medio desnudos. Pero, al
fin, pantalón, camisa de lana y chaqueta acabarían por gastarse. ¿Cómo
remplazarlos? ¿Se llegaría a vestirse con las pieles de aquellos corderos y
aquellas cabras que, después de haberlos nutrido, les servirían aún para
vestirse? Iba a ser preciso sin duda. Mientras tanto, Godfrey hizo lavar
frecuentemente el poco vestuario de que disponían. Fue a Tartelett nuevamente a
quien incumbió esta tarea, transformado en hombre de hacer la colada, lo que
llevó a cabo, por otra parte, a satisfacción general.
El propio Godfrey se ocupaba más especialmente de los trabajos de
avituallamiento y arreglo doméstico. Era, además, el abastecedor de la cocina.
La recogida de las raíces comestibles y de los frutos de manzanillas le llevaba
cada día algunas horas; igualmente la pesca por medio de cañizos de juncos
trenzados que instalaba ya en las cavidades de las rocas del litoral que el
reflujo dejaba en seco. Eran estos medios muy primitivos sin duda alguna; pero
de tiempo en tiempo algún crustáceo o un suculento pez figuraba en la mesa del
Will-Tree, sin mencionar los moluscos, cuya recogida se hacía a mano y sin
trabajo.
Más confesaremos que faltaba la marmita, la sencilla marmita de
fundición o de hierro forjado. Su ausencia se hacía sentir. Godfrey no sabía
qué imaginar para remplazar la vulgar vasija de tan universal uso. Ni puchero,
ni carne, ni pescado hervido, sólo asados y tostados. La sopa jamás aparecía
como principio de las comidas. Alguna vez Tartelett se lamentaba de ello
amargamente; pero ¿cómo hallar el medio de dar gusto a este buen hombre?
Otros cuidados, por otra parte, habían ocupado a Godfrey. Al visitar los
diferentes árboles del grupo había hallado un segundo secoya de gran altura
cuya parte inferior, ahuecada por el tiempo, ofrecía una anfractuosidad
bastante ancha.
Allí fue donde estableció un gallinero en el que los volátiles tuvieron
su domicilio. El gallo y las gallinas se habituaron a él fácilmente, los huevos
se abrían en la yerba seca y los pollitos comenzaban a pulular. Todas las
noches se los encerraba a fin de ponerlos al abrigo de las aves de presa, que
desde lo alto de las ramas espiaban a estas fáciles víctimas y hubieran acabado
por destruir todas las polladas. En cuanto a los agutíes, corderos y cabras,
hasta entonces había parecido inútil buscarles un redil o un establo, pero
cuando la mala estación llegara debería proveerse a ello.
Mientras tanto, prosperaban en este fértil pasto de la pradera, teniendo
allí en abundancia una especie de heno y gran cantidad de raíces comestibles,
de los que los representantes de la raza porcina hacían el mayor caso. Algunas
cabras habían parido después de la llegada a la isla, pero se les dejaba casi
toda la leche a fin de que pudiesen alimentar sus crías.
De todo esto resultaba que el Will-Tree y sus alrededores estaban ahora
muy animados. Los animales domésticos, bien alimentados, venían a las horas
cálidas del día a buscar allí refugio contra los ardores del Sol. No había que
temer que se fuesen a perder lejos, ni nada que temer tampoco por parte
de las fieras, puesto que no parecía que en la isla Phina hubiese un solo
animal peligroso.
Así marchaban las cosas, con un presente casi asegurado y un porvenir
siempre inquietante, cuando un incidente inesperado se produjo, incidente que
debía mejorar notablemente la situación.
Era el 29 de julio. Godfrey vagaba en la temprana mañana sobre aquella
parte de la playa que formaba el litoral de la gran bahía a la que había dado
el nombre de Dream Bay. La exploraba a fin de reconocer si era tan rica en
moluscos como el litoral del norte. Tal vez esperaba que algún pecio se
encontraría por allí, de tal manera le parecía singular que la resaca no
hubiese arrojado nunca ni uno solo de los restos del navío a la costa.
Ahora bien, ese día se había adelantado hasta la punta septentrional,
que terminaba en una playa arenosa, cuando su atención fue solicitada por una
roca de particular forma que emergía a la altura de la última línea de algas y
ovas.
Cierto presentimiento le condujo a apresurar su marcha, y ¡cuál no fue
su sorpresa, como su alegría al par, cuando reconoció que lo que tomaba por una
roca era un cajón, un cofre medio enterrado en la arena!
¿Se trataría de uno de los bultos del Dream? ¿Se encontraría allí desde
el naufragio? ¿No sería más bien todo cuanto quedaba de otra catástrofe más
reciente? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso, cualquiera que fuese su
procedencia y contenido este cofre debía ser una buena presa.
Godfrey lo examinó exteriormente. No vio ninguna indicación. Ni nombre,
ni siquiera una de esas grandes iniciales recortadas en una delgada plancha de
metal que adornan los cofres americanos. ¿Encontraría tal vez algún papel que
indicara su procedencia, la nacionalidad, el nombre de su propietario? En todo
caso, estaba herméticamente cerrado y se podía esperar que su contenido no se
hubiera estropeado por su permanencia en el agua del mar. Era, efectivamente,
un cofre muy fuerte, recubierto con una piel gruesa, con esquinales de cobre en
todos sus ángulos y con anchas correas que lo abrazaban por todas sus caras.
Por mucha que fuera su impaciencia en querer saber el contenido de este
cofre, Godfrey no pensó en modo alguno en romperlo, sino en abrirlo después de
haber hecho saltar la cerradura. En cuanto a transportarlo de Dream Bay al
Will-Tree, no lo permitía su peso y ni se podía pensar en ello.
— ¡Bueno! —Se dijo Godfrey—, lo vaciaremos aquí y haremos tantos viajes
como sea necesario para transportar todo lo que contenga. Se podían contar
alrededor de unas cuatro millas de la extremidad del promontorio al
grupo de los secoyas. Esto exigiría, pues, cierto tiempo y ocasionaría
cierta fatiga. Ahora bien, el tiempo no escaseaba, y en cuanto a la fatiga, no
era cosa de pensar en ella.
¿Qué encerraría este cofre...? Antes de regresar al Will-Tree, Godfrey
quiso por lo menos intentar abrirlo.
Comenzó, pues, por deshacer las correas y, una vez sueltas, levantó con
gran esmero el capuchón o cubierta de cuero que recubría la cerradura. Pero
¿cómo forzar ésta?
Aquél era el trabajo más difícil. Godfrey no tenía palanca alguna con
que pudiera forzarlo. Arriesgarse a romper su cuchillo en esta operación era
muy para guardarse.
Buscó pues un grueso guijarro con el cual trataría de hacer saltar el
candado. La playa estaba sembrada de duros sílex de todas formas que podían
servir de martillo.
Godfrey escogió uno grueso como el puño y con él dio un fuerte golpe
sobre la placa de cobre. Con extrema sorpresa, el pestillo enclavado en la
armella se desprendió inmediatamente. O la armella se había roto por el choque,
o la cerradura no había sido cerrada con llave. El corazón de Godfrey palpitaba
fuertemente en el instante en que iba a levantar la cubierta del cofre.
Por fin ya estaba abierto, y en verdad, si hubiese sido preciso
romperlo, Godfrey no hubiese podido hacerlo fácilmente.
Se trataba de un verdadero coffre-fort. Las paredes interiores se
hallaban duplicadas por una especie de hoja de cinc de tal manera que el agua
del mar no había podido penetrar dentro. Así, los objetos que contenía, por
delicados que fuesen, tenían que encontrarse en perfecto estado de
conservación.
¡Y qué objetos! Al irlos retirando, Godfrey no podía contener
exclamaciones de alegría. Realmente, este cofre debía de haber pertenecido a
algún viajero muy práctico que trataba de aventurarse en algún país en que
estaría reducido a sus solos recursos.
En primer lugar, ropa blanca: camisas, servilletas, paños de toda
especie, colchas; después, vestidos, chaquetas de lana, calcetines de lana y
algodón, sólidos pantalones de tela y terciopelo crudo, chalecos de tricot,
jerseys de gruesa y sólida estofa; luego, dos pares de fuertes botas, calzado
de caza, sombreros de fieltro.
En segundo lugar, algunos utensilios de cocina y de toilette: marmita
(¡la famosa marmita tan deseada!), perol, cafetera, tetera, algunas cucharas,
tenedores y cuchillos, un espejito, cepillos de toda clase; en fin, lo que no
era de desdeñar, tres latas que contenían alrededor de quince pintas de
aguardiente
y anís y varias libras de té y café.
En tercer lugar, algunas herramientas: taladro, barrena, sierra de mano,
surtido de clavos y puntas, azada y paleta, pico, hacha, azuela, etc.
En cuarto lugar, armas, dos cuchillos de caza en su estuche de cuero,
una carabina y dos fusiles de pistón, tres revólveres de seis tiros, una docena
de libras de pólvora, varios millares de pistones y una importante provisión de
plomo y balas, pareciendo todas estas armas ser de fabricación inglesa; y, por
fin, un pequeño botiquín de bolsillo, un anteojo de larga vista, una brújula,
un cronómetro.
También había allí algunos volúmenes en inglés, varias manos de papel
blanco, lápices, plumas y tinta, un calendario, una Biblia editada en New York
y un Manual del perfecto cocinero.
En realidad, esto constituía un inventario de un valor inestimable en
aquellas circunstancias.
Lógicamente, Godfrey no podía contener su alegría. Si hubiera encargado
expresamente este lote para uso de náufragos en un caso así, no lo hubiera
tenido más completo. Bien valía esto un gran reconocimiento a la Providencia, y
la Providencia recibió tal gratitud salida de un corazón agradecido.
Godfrey se dio el placer de colocar todo su tesoro sobre la playa. Cada
objeto había sido inspeccionado, pero ningún papel se encontraba en el cofre
que pudiera indicar su procedencia ni sobre qué buque había sido embarcado. Por
los alrededores, por otra parte, el mar no había arrastrado ningún otro resto
de un naufragio reciente.
Nada, ni sobre las rocas ni sobre la playa. Debía deducirse que el cofre
había sido transportado a este lugar por la marea tras haber flotado más o
menos tiempo. En efecto, su volumen, con respecto a su peso, había podido
asegurarle una flotabilidad suficiente.
Los dos huéspedes de la isla Phina se encontraban pues, por cierto
tiempo, con las necesidades materiales de la vida aseguradas en gran medida:
utensilios, armas, instrumentos, herramientas y vestidos les habían sido
proporcionados por un feliz azar. No hay que decir que Godfrey no podía pensar
en otra cosa que en llevar todos estos objetos al Will-Tree. Su transporte
necesitaría varios viajes, pero quiso apresurarse a hacerlo, por temor al mal
tiempo.
Godfrey volvió a meter pues la mayor parte de estos diversos objetos en
el cofre. Un fusil, un revólver, cierta cantidad de plomo y pólvora, un
cuchillo de caza, el catalejo de larga vista y la marmita, he aquí con lo que
se cargó únicamente. Tras ello, el cofre fue vuelto a cerrar cuidadosamente y
Godfrey
tomó de nuevo el camino del litoral.
¡Ah!, ¡de qué manera fue recibido una hora después por Tartelett, y cuál
fue el gozo del profesor cuando su discípulo le hubo hecho la enumeración de
sus nuevas riquezas! La marmita, la marmita sobre todo, le causó transportes de
alegría que se tradujeron en una serie de piruetas terminadas por un triunfante
paso de seis por ocho.
Era sólo mediodía. Por consiguiente, Godfrey, después del almuerzo,
quiso volver inmediatamente a Dream Bay. Le urgía que todo fuese puesto a
seguro en el Will-Tree.
Tartelett no opuso objeción alguna y se declaró listo para partir. Ya no
había necesidad de velar por el hogar que llameaba. Con la pólvora, siempre
puede uno procurarse fuego. Mas el profesor quiso que durante su ausencia la
olla pudiese hervir poco a poco. En un momento, llena la marmita de agua dulce,
recibió un cuarto de agutí con una docena de raíces de yamph que obrarían como
legumbres, sazonadas con un puñadito de sal de la que se encontraba en los
huecos de las rocas.
—Así hervirá bien ella sola —dijo Tartelett, que parecía muy satisfecho
de su obra.
Y ya los tenemos en marcha a paso ligero hacia Dream Bay, por el camino
más corto.
El cofre seguía estando allí. Godfrey lo abrió con precaución. En medio
de las exclamaciones admirativas de Tartelett, se procedió a la selección de
los diversos objetos.
En este primer viaje Godfrey y su compañero, transformados en mulos de
carga, pudieron llevarse al Will-Tree las armas, las municiones y una parte de
los vestidos; y descansaron después de la fatiga ante la mesa, en la que
humeaba un caldo de agutí que declararon excelente. Con respecto a la carne, y
según el profesor, hubiera sido difícil imaginar cosa más exquisita. ¡Oh, el
maravilloso efecto de las privaciones!
El día siguiente, el 30, Godfrey y Tartelett partieron en cuanto
amaneció y en otros tres viajes acabaron de vaciar y transportar el contenido
del cofre. Antes del anochecer, armas, instrumentos, utensilios, herramientas,
todo, había sido llevado, arreglado y almacenado en el Will-Tree.
Finalmente, el 1º de agosto, el propio cofre, arrastrado no sin trabajo
a lo largo de la playa, hallaba sitio en la habitación del Will-Tree, en la que
se transformaba en armario para ropa.
Tartelett, con la movilidad propia de su espíritu, veía ahora todo el
porvenir de color de rosa. No es de sorprenderse, por tanto, que dicho día, con
el violín en la mano, fuese a encontrar a su discípulo y muy seriamente
le dijera, igual que si se hallaran en el salón del hotel Kolderup:
—Y bien, mi querido Godfrey, ¿no es ya tiempo de remprender nuestras
lecciones de baile?
15
Donde sucede lo que sucede al menos una vez en la vida a todo Robinson
verdadero o imaginario
El porvenir se mostraba, por consiguiente, bajo un aspecto menos
sombrío. Pero si Tartelett en el momento actual no veía en la posesión de estos
instrumentos, herramientas, armas, etc., sino un medio de hacer esta vida de
aislamiento un poco más agradable, por lo que respecta a Godfrey, éste pensaba
ya en la posibilidad de abandonar la isla Phina. ¿No podría ahora construir una
embarcación suficientemente sólida que le permitiese alcanzar sea una tierra
vecina, sea algún navío que pasase a la vista de la isla?
Entre tanto, las ideas de Tartelett fueron las que ocuparon más
especialmente las semanas que siguieron.
Bien pronto, efectivamente, el guardarropa del Will-Tree fue
aprovechado, pero se decidió que se utilizaría con toda la discreción que
imponía la incertidumbre del porvenir. No se utilizaban estos vestidos sino en
la medida necesaria, y ésa fue la regla a la que el profesor tuvo que
someterse.
— ¿Por qué? —decía refunfuñando éste—. ¡Esto es ser demasiado
ahorrativo! ¡Qué diantres, no somos salvajes, para ir semidesnudos!
— ¡Perdón, Tartelett! —Respondía Godfrey—. Somos salvajes, y no otra
cosa.
— ¡Como gustéis; pero ya veréis como hemos abandonado la isla antes de
haber agotado esta ropa!
— ¡Nada sé de eso, Tartelett, pero más vale tener de sobra que
faltarnos!
—Pero siquiera el domingo, por lo menos el domingo, ¿no será permitido
hacer un poco de toilette...?
—Bueno, conforme, el domingo, e incluso los días festivos —respondió
Godfrey, que no quería contrariar demasiado a su frívolo compañero—; pero, como
precisamente hoy es lunes, tenemos por delante toda una semana para ponernos
guapos.
No hay que decir que, desde el momento en que había llegado a la isla,
Godfrey no había dejado de señalar cada uno de los días transcurridos. De esta
manera y con la ayuda de un calendario encontrado en el cofre, había podido
comprobar que dicho día era realmente lunes.
Cada uno se había distribuido el quehacer cotidiano según sus aptitudes.
Ya no era necesario velar día y noche por el fuego, puesto que ahora se tenía
el medio de encenderlo cuando conviniera. Tartelett pudo pues abandonar, no sin
cierta pena, esta tarea que tan bien se le daba. Fue en adelante encargado del
aprovisionamiento de las raíces de yamph y de camas, de éstas especialmente,
que componían el pan cotidiano de la casa. Así es que el profesor iba todos los
días a esta recolección hasta las líneas de arbustos de que la pradera estaba
bordeada por detrás del Will-Tree. Se trataba de una o dos millas de camino,
pero se acostumbró a ello. Además, se ocupaba en los intermedios de recoger las
ostras u otros moluscos, de los que se consumía gran cantidad.
Godfrey se había reservado el cuidado de los animales domésticos y de
los huéspedes del gallinero. El oficio de carnicero no era para complacerle,
pero al fin lo llevaba a cabo, aunque con repugnancia. De esta manera y gracias
a él, la olla aparecía frecuentemente a la mesa con algún trozo de carne asada,
lo que siempre constituía una variación. En cuanto a la caza, abundaba en los
bosques de la isla Phina y Godfrey se proponía empezar sus cacerías así que sus
quehaceres más apremiantes se lo permitieran. Contaba en utilizar los fusiles,
la pólvora y el plomo de su arsenal, mas con anterioridad había querido que el
arreglo de la casa estuviese terminado.
Sus herramientas le permitieron poner algunos bancos en el interior y el
exterior del Will-Tree. Los taburetes fueros alisados por el hacha; la mesa,
menos rugosa, se hizo más digna de platos, fuentes y cubiertos con los que la
adornaba el profesor Tartelett. Las literas fueron acomodadas dentro de
encuadrados de madera y su lecho de yerba seca tomó un aspecto más atractivo.
Si las telas metálicas y los colchones faltaban aún, las sábanas, por lo menos,
no las echaban de menos. Los diversos utensilios de cocina no andaban por el
suelo, sino que tenían sitio conveniente en tablas fijadas en las paredes
interiores. Los diversos efectos, ropa blanca y vestidos fueron cuidadosamente
colocados en estantes en el fondo de huecos de la corteza misma del secoya, al
abrigo del polvo, y en fuertes clavijas se suspendieron las armas, los
instrumentos, etc., que adornaron las paredes en forma de panoplias.
Godfrey quiso cerrar de esta manera su habitación a fin de que, a falta
de otros seres vivos, los animales domésticos no viniesen durante la noche a
turbar su sueño. Como no podía cortar tablas con la única sierra de mano que
tenía, un serrucho, se sirvió nuevamente de anchos y espesos pedazos de corteza
del árbol, que desprendía fácilmente. Fabricó de esta forma una puerta
bastante sólida para dominar la abertura del Will-Tree. Al mismo tiempo
abrió dos pequeñas ventanas, opuestas una a la otra, de manera que dejasen
penetrar la luz y el aire en el interior de la habitación. Una especie de
persianas permitían cerrarlas durante la noche; pero al menos desde la mañana a
la noche ya no fue necesario recurrir a la claridad de las antorchas resinosas,
que llenaban de humo la habitación.
Lo que Godfrey imaginaría más tarde para alumbrarse durante las largas
noches de invierno no lo sabía aún ahora. ¿Lograría fabricar algunas bujías con
grasa de cordero o se contentaría con velas de resina más esmeradamente
preparadas? Ya se vería.
Otra preocupación era la de llegar a construir una chimenea en el
interior del Will-Tree. En tanto duraba la hermosa estación, el hogar
establecido fuera del hueco del secoya bastaba para todas las necesidades de la
cocina; pero cuando llegase el mal tiempo, cuando la lluvia cayese a torrentes,
cuando se hiciese preciso combatir a fondo el frío, del que se debía temer su
extremo rigor durante cierto periodo, sería forzoso buscar el medio de hacer
fuego en el interior de la habitación y dar al humo una salida suficiente. Esta
importante cuestión debía ser resuelta a su tiempo.
Un trabajo muy útil fue el que emprendió Godfrey a fin de poner en
comunicación las dos orillas del río sobre el confín del grupo de los secoyas,
y consiguió, no sin trabajo, introducir dos postes en las aguas vivas y unos
tablones que sirvieron de puente. De esta manera se podía ir al litoral del
norte sin pasar por un vado que obligaba a hacer un rodeo de dos millas aguas
arriba.
Pero si Godfrey tomaba todas las precauciones hacederas a fin de que la
existencia fuese todo lo cómoda posible en esta isla perdida en el Pacífico, en
el caso de que su compañero y él estuvieran destinados a vivir allí quizá para
siempre... no por esto quería abandonar nada de lo que pudiera aumentar las
posibilidades de salvación.
La isla Phina no se hallaba en la ruta de los buques; esto era demasiado
evidente.
No ofrecía ningún puerto de escala, ninguna estación para
reavituallamiento. Nada podía tentar a los navíos a procurar su conocimiento.
De todos modos, tampoco era imposible que un navío de guerra o de comercio
pasase a su vista. Convenía, pues, tratar del medio de llamar su atención y
mostrar que la isla estaba habitada.
Con este objeto, Godfrey creyó que debía instalar un mástil de bandera
en la extremidad del cabo que se proyectaba hacia el norte y sacrificó la mitad
de una de las telas encontradas en el cofre. Además, como temía que el color
blanco fuese visible sólo en un radio muy restringido, trató de teñir su
pabellón con las bayas de una especie de madroño que crecía al pie de las
dunas. De esta manera obtuvo un rojo vivo al que no podía hacer indeleble por
faltarle el mordiente, por lo que debía estar atento a repintar la tela cuando
el viento o la lluvia lo hubiesen borrado.
Estos diversos trabajos le ocuparon hasta el 15 de agosto. Desde hacía
varias semanas el tiempo había sido constantemente hermoso, salvo dos o tres
tormentas de extrema violencia que habían derramado gran cantidad de agua de la
que el suelo se había impregnado ávidamente.
Hacia esta época, Godfrey comenzó su oficio de cazador; pero, si bien él
era bastante hábil en el manejo del fusil, no podía contar con Tartelett, el
cual no había disparado aún su primer tiro.
Godfrey consagró, por tanto, varios días por semana a la caza de piezas
de pelo y pluma que, sin ser muy abundantes, debían bastar a las necesidades
del Will-Tree.
Algunas perdices, perdigazas y cierta cantidad de becasinas vinieron a
variar el menú habitual. Dos o tres antílopes cayeron igualmente bajo el plomo
del joven cazador, y no por no haber participado en su captura fueron menos
bien recibidos por el profesor cuando aparecieron bajo la forma de perniles o
costillas.
Pero, en tanto que cazaba, Godfrey no dejaba de obtener un mejor
conocimiento de la isla. Penetraba en el fondo de espesos bosques que ocupaban
la parte central.
Remontaba el río hasta su nacimiento y el de las aguas de la vertiente
oeste de la colina que alimentaban su curso; subía nuevamente a la cima del
cono y volvía a bajar por los taludes opuestos, hacia el litoral del este, que
todavía no había visitado.
“De todas estas exploraciones —se repetía a menudo Godfrey—, es preciso
deducir esto: que en la isla Phina no vive animal alguno perjudicial, ni
fieras, ni serpientes, ni saurios. ¡Yo no he visto ni uno solo! Seguramente, si
los hubiera, los tiros de mi fusil les habrían hecho notar su presencia. Esto
es una circunstancia feliz. Si hubiese sido preciso poner el Will-Tree al
abrigo de sus ataques, no sé cómo nos las hubiéramos arreglado.”
Y luego, pasando a otra deducción muy natural, se decía:
“Hay que reconocer igualmente que la isla no está habitada. Desde hace
ya mucho tiempo, indígenas o náufragos se hubiesen presentado atraídos por el
ruido de las detonaciones. ¡No queda, pues, sino esa inexplicable humareda que
dos o tres veces he creído ver!”
El hecho es que Godfrey jamás había encontrado trazas de un fuego
cualquiera. En cuanto a esas aguas calientes a las que creía poder atribuir el
origen de los vapores entrevistos, la isla Phina, en absoluto nada volcánica,
no parecía las pudiese contener. Tenía por tanto que rendirse a la idea de que
había sido dos veces juguete de la misma ilusión.
Además, esta aparición de humo o vapores no se había reproducido. Cuando
Godfrey hizo una segunda ascensión al cono central, al igual que cuando subió
al alto ramaje del Will-Tree, nada vio de tal naturaleza que atrajese su
atención. Acabó pues por olvidar esta circunstancia.
Varias semanas transcurrieron en los diversos trabajos de mejoramiento y
en excursiones de caza. Cada día aportaba una mejora en la vida cotidiana.
Los domingos, como había sido convenido, Tartelett se ponía su mejor
ropa. Ese día no pensaba sino en pasearse bajo los grandes árboles tocando su
violín. Ejecutaba pasos de baile dándose lecciones a sí mismo, ya que su
discípulo había rehusado positivamente continuar el curso.
— ¿Para qué? —Respondía Godfrey a las instancias reiteradas del profesor
—. ¿Os imagináis o podéis imaginaros a un salvaje tomando lecciones de baile y
de maneras?
— ¿Y por qué no? —Replicaba seriamente Tartelett—; ¿por qué un Robinson
ha de estar dispensado de buenas maneras? ¡No es sólo por los demás, sino por
uno mismo, que conviene tener buenas maneras!
A esto no tenía Godfrey nada que responder. No obstante, no se rindió, y
el profesor se vio reducido a enseñar “en blanco”.
El 13 de septiembre fue marcado por una de las más grandes y más tristes
decepciones que puedan experimentar los desdichados a los que un naufragio ha
arrojado sobre una isla desierta.
Si Godfrey no había vuelto a ver en un punto cualquiera de la isla las
inexplicables e incomprensibles humaredas, ese día, hacia las tres de la tarde,
fue atraída su atención por una larga estela de vapor sobre el origen de la
cual no había lugar a engañarse.
Había ido a pasearse hasta la extremidad de Flag-Point (nombre que había
dado al cabo sobre el que se elevaba el mástil de su bandera), cuando he aquí
que, mirando a través de su anteojo, percibió por encima del horizonte un humo
que el viento del oeste movía hacia la dirección de la isla. El corazón de
Godfrey latió con violencia.
— ¡Un barco! —exclamó.
Pero este barco, este vapor, ¿iría a pasar a la vista de la isla Phina?
¿Pasaría y se acercaría lo bastante para que desde su bordo pudiesen ser vistas
y
entendidas las señales de la isla? ¡O bien este humo, apenas entrevisto,
iría a desaparecer por el noroeste o el sudoeste del horizonte!
Durante dos horas Godfrey se sintió presa de alternativas emocionales
más fáciles de señalar que de describir. En efecto, el humo aumentaba poco a
poco y se espesaba cuando el vapor forzaba sus calderas, disminuyendo después,
cuando la paletada de carbón se había consumido. De todas suertes, el buque se
aproximaba visiblemente.
Hacia las cuatro de la tarde su casco se mostraba en la conjunción del
cielo y el agua.
Se trataba de un gran vapor que hacía rumbo al nordeste. Godfrey lo
reconoció fácilmente. Si se mantenía en esta dirección, debía inevitablemente
acercarse a la isla Phina.
Godfrey había pensado en seguida en correr al Will-Tree para prevenir a
Tartelett.
Pero ¿para qué? La vista de un solo hombre haciendo señales valía tanto
como la de dos. Se quedó donde estaba, pues, con su anteojo a la vista, no
queriendo perder ni uno solo de los movimientos del barco.
El steamer continuaba acercándose a la costa, por más que no hubiese
puesto la proa directamente sobre la isla. Hacia las cinco la línea del
horizonte se elevaba ya más alta que su casco, y sus tres mástiles de goleta
eran visibles; Godfrey pudo incluso reconocer los colores que flameaban en un
palo. Eran los americanos.
“Pero, si yo veo ese pabellón —se dijo—, no es posible que desde a bordo
no se vea el mío. El viento lo despliega de manera que pueda ser fácilmente
visto con un anteojo. ¿Y si yo hiciese señales bajándolo y subiéndolo varias
veces, a fin de indicar mejor que se quiere entrar en comunicación desde tierra
con el navío? ¡Sí, no hay momento que perder!”
La idea era buena. Corriendo Godfrey a la extremidad de Flag-Point,
empezó a maniobrar su pabellón como se hace en un saludo, dejándolo después a
medio mástil, es decir, en la forma de indicar, según los usos marítimos, que
se pide socorro y ayuda.
El steamer se acercó más todavía, como a menos de tres millas del
litoral, pero su pabellón, siempre inmóvil en la punta del palo mesana, no
respondió al de Flag-Point.
Godfrey sintió oprimirse su corazón. ¡Seguro que no había sido visto! ¡Y
eran las seis y media y el crepúsculo se echaba encima!
Sin embargo, el steamer bien pronto estuvo a sólo dos millas de la punta
del cabo, hacia el cual corría rápidamente. En este momento el Sol desaparecía
debajo del horizonte. Con las primeras sombras de la noche, habría que
renunciar a toda esperanza de ser vistos.
Godfrey volvió a izar y arriar varias veces su pabellón, sin éxito. Ni
le contestaban.
Disparó entonces algunos tiros, por más que la distancia fuese aún
grande y el viento no llevara su estampido en aquella dirección. Ninguna
detonación le llegó de a bordo.
La noche, sin embargo, iba cayendo poco a poco; bien pronto el casco no
fue ya visible. Sin duda, antes de una hora más tarde habría desaparecido de la
vista.
Godfrey, no sabiendo ya qué hacer, tuvo la idea de encender un gran haz
de ramas de árboles resinosos que crecían detrás de Flag-Point. Encendió una
porción de hojas secas por medio de una chispa y luego puso fuego al grupo de
pinos, que quemó en breve como una enorme antorcha. Pero los fuegos de a bordo
nada respondieron a este fuego de tierra, y Godfrey se volvió tristemente al
Will-Tree sintiéndose quizá más abandonado que nunca hasta entonces.
16
En que se produce un incidente que no debiera sorprender al lector
Este golpe desmoralizó a Godfrey. La oportunidad inesperada que acababa
de escapársele, ¿volvería jamás a presentarse? ¿Podía esperarla? ¡No! La
indiferencia de aquel buque al pasar a la vista de la isla Phina, sin siquiera
tratar de reconocerla, hacía pensar que sería compartida por todos los demás
navíos que se aventurasen por esta porción desierta del Pacífico. ¿Para qué
recalar allí, puesto que la isla no tenía puerto alguno de refugio?
Godfrey pasó la noche tristemente. A cada instante se despertaba
sobresaltado como si hubiese oído algún cañonazo a lo lejos; se preguntaba
entonces si el steamer no se habría dado cuenta por fin del gran fuego que
llameaba todavía en el litoral y trataría de señalar su presencia por una
detonación.
Godfrey escuchaba... Pero todo ello no era sino una ilusión de su
cerebro sobrexcitado. Cuando volvió a hacerse de día, llegó a decirse que esta
aparición de un buque no había sido sino un sueño que había empezado la víspera
a las tres de la tarde.
¡Pero no! Era demasiado cierto que un buque se había mostrado a la vista
de la isla Phina, a menos de dos millas tal vez, ¡y no menos cierto que
no había recalado allí!
De esta decepción, Godfrey no dijo ni una palabra a Tartelett. ¿Para qué
referírselo?
Por otra parte, este frívolo espíritu no veía nunca más allá del día
presente. Ni siquiera pensaba en las ocasiones que pudieran presentarse de
abandonar la isla.
No imaginaba siquiera que el porvenir pudiera reservarle grandes
eventualidades.
San Francisco comenzaba a borrarse de su recuerdo. No tenía una
prometida que le esperase ni un tío Will al que volver a ver. Si en este cabo
de la tierra hubiera podido abrir un curso de danza, sus deseos se hubieran
colmado aun teniendo un solo discípulo.
Ahora bien, si el profesor no pensaba en absoluto en ningún peligro
inmediato de tal naturaleza que pudiese comprometer su seguridad en esta isla
desprovista de fieras y de indígenas, estaba equivocado. Este mismo día su
optimismo iba a ser sometido a ruda prueba.
Hacia las cuatro de la tarde Tartelett había salido, según su costumbre,
a recoger ostras y almejas en la parte de la costa de detrás de Flag-Point,
cuando Godfrey le vio volver a todo correr al Will-Tree. Sus escasos cabellos
se le erizaban en las sienes. Su aspecto era el de quien huye sin atreverse
siquiera a volver la cabeza.
— ¿Qué pasa? —exclamó Godfrey, no sin inquietud, yendo al encuentro de
su compañero.
— ¡Allí, allí! —respondió Tartelett, señalando con el dedo aquella
porción de mar que se percibía en un estrecho segmento, al norte, entre los
grandes árboles del Will-118 Tree.
—Pero ¿qué es lo que ocurre? —preguntó Godfrey, cuyo primer movimiento
fue correr al confín de los secoyas.
— ¡Una piragua!
— ¿Una piragua?
— ¡Sí... salvajes, toda una flotilla de salvajes, quizá caníbales...!
Godfrey miró en la dilección indicada. No se trataba de una flotilla,
como decía el aterrado Tartelett; pero éste sólo se engañaba sobre la cantidad.
En efecto, una pequeña embarcación que se deslizaba sobre el mar, muy en
calma en este momento, se dirigía a una media milla de la costa como para
doblar el Flag-Point.
— ¿Y por qué había de tratarse de caníbales? —dijo Godfrey, volviéndose
hacia el profesor.
— ¡Porque en las islas de Robinsones —respondió Tartelett—, siempre son
caníbales los que llegan, más pronto o más tarde!
— ¿No será más bien la canoa de un barco de comercio?
— ¿De un barco?
— ¡Sí... de un barco que pasó ayer por la tarde... a la vista de nuestra
isla!
— ¡Y no me habíais dicho nada! —exclamó Tartelett, levantando
desesperadamente los brazos al cielo.
— ¿Y para qué? —Replicó Godfrey—, dado que yo creí que ese barco había
desaparecido definitivamente. Pero esa canoa puede pertenecer a él. Hay que
verlo.
Godfrey, regresando rápidamente al Will-Tree, tomó su anteojo y volvió a
colocarse en el borde del bosque.
Desde allí pudo observar con gran atención la piragua, desde la cual
debía necesariamente percibirse el pabellón de Flag-Point, desplegado bajo una
ligera brisa. El catalejo cayó de los ojos de Godfrey.
— ¡Salvajes... sí! ¡Son realmente salvajes! —exclamó.
Tartelett sintió vacilar sus piernas y recorrer todo su ser un temblor
de espanto.
Era, efectivamente, una embarcación de salvajes la que Godfrey acababa
de ver y que avanzaba hacia la isla. Construida como una piragua de las islas
polinesias, llevaba una vela bastante grande de bambú y un balancín fuera bordo
para mantenerla en equilibrio contra la banda que daba a sotavento.
Godfrey distinguió perfectamente la forma de la embarcación, que era un
prao, lo que parecía indicar que la isla Phina no podía estar muy lejana de los
parajes de la Malasia. Pero no eran malayos los que la tripulaban: eran negros
semidesnudos, de los que podían contarse cosa de una docena.
El peligro, pues, de ser vistos era grande, por lo que se lamentó
entonces Godfrey haber izado aquel pabellón, que no había visto el navío y que
seguro veían los tripulantes del prao. En cuanto a arriarlo, ahora era ya
demasiado tarde.
Circunstancia bien lamentable efectivamente. Si era evidente que estos
salvajes habían tenido por finalidad, al dejar alguna isla vecina, alcanzar
ésta, podía ser que la creyesen inhabitada, como lo era en realidad antes del
naufragio del Dream. Pero allí estaba el pabellón, que indicaba la
presencia de seres humanos sobre esta costa. ¿Cómo entonces escaparse de ellos
si desembarcaban?
Godfrey no sabía qué partido tomar. En todo caso, observar si los
tripulantes ponían o no el pie en la isla; esto era lo más urgente. Después ya
decidiría.
Con el catalejo seguía mirando el prao, al que vio contornear la punta
del promontorio, después doblarla, a continuación seguir a lo largo del litoral
y, finalmente, abordar a la misma embocadura del río que dos millas más arriba
pasaba por el Will-Tree.
Si estos indígenas, pues, pensaban remontar el curso del arroyo,
llegarían en poco tiempo al grupo de los secoyas sin que fuese posible
impedírselo.
Godfrey y Tartelett regresaron rápidamente a su habitación. Se trataba
antes de todo de tomar algunas medidas que pudieran ponerla al abrigo de una
sorpresa y dar tiempo a preparar la defensa. En ello pensaba únicamente
Godfrey. En cuanto al profesor, sus ideas tomaban un curso bien distinto.
— ¡Ah, qué cosa! —se decía—. Resulta fatal. Está pues escrito. No hay
medio de escapar de ello. No puede uno convertirse en Robinson sin que una
piragua aborde la isla de uno y sin que caníbales aparezcan allí un día u otro.
¡Sólo hace tres meses que estamos aquí y ya los tenemos con nosotros!
Decididamente, ni De Foe ni Wyss han exagerado las cosas. ¡Haceos pues Robinson
para eso!
— ¡Digno Tartelett, uno no se hace Robinson, se convierte en tal, y no
razonabas bien comparando tu situación con la de los héroes de los dos
novelistas inglés y suizo!
Veamos las precauciones que fueron tomadas inmediatamente por Godfrey
así que regresó al Will-Tree. El hogar encendido en el hueco del secoya fue
apagado, dispersándose las cenizas a fin de no dejar traza alguna; los gallos,
gallinas y pollitos estaban ya en el gallinero para pasar allí la noche, y sólo
hubo que obstruir la entrada con ramajes a fin de disimularlo lo mejor posible.
Los otros animales, agutíes, corderos y cabras, fueron echados a la pradera,
aunque era enojoso que ellos no pudiesen ser encerrados también en un establo.
Todos los instrumentos y herramientas volvieron a meterse en casa; nada se dejó
fuera que pudiera indicar la presencia o el paso de seres humanos. Después la
puerta fue herméticamente cerrada una vez que Godfrey y Tartelett hubieron
entrado en el Will-Tree. Esta puerta, hecha de corteza de secoya, se confundía
con la corteza del tronco y podría quizá escapar a la vista de los naturales,
que no mirarían muy de cerca. Lo mismo se hizo con dos ventanas, sobre las
cuales habían sido tendidos los saledizos.
Luego, todo fuego fue apagado en el interior de la habitación, quedando
así en obscuridad completa.
¡Qué larga fue la noche! Godfrey y Tartelett escuchaban los menores
ruidos de fuera. El chasquido de una rama, un soplo de viento los hacía
estremecer. Creían oír andar bajo los árboles. Les parecía que se rondaba
alrededor del Will-Tree.
Entonces Godfrey, acercándose a una de las ventanas, levantaba un poco
el saledizo y miraba ansiosamente en la sombra. Nada todavía.
Sin embargo, Godfrey oyó bien pronto pasos sobre el suelo. Su oído no
podía haberle engañado esta vez. Siguió mirando, pero no vio sino una de las
cabras, que venía a buscar abrigo bajo los árboles.
Por lo demás, si alguno de los indígenas llegaba a descubrir la
habitación oculta en el enorme secoya, el partido de Godfrey estaba tomado:
arrastraría a Tartelett con él por el tubo interior y se refugiarían hasta las
ramas altas, donde estarían en mejor situación para resistir. Con fusiles y
revólveres a su disposición y con municiones en abundancia, tal vez podrían
prevalecer sobre una docena de salvajes desprovistos de armas de fuego. Si
éstos, en el caso de que estuviesen provistos de arcos y flechas, atacaban
desde abajo, no era probable que se hallaran en ventajosa posición contra
fusiles bien dirigidos desde arriba. Si, contrariamente, forzaban la puerta de
la habitación y trataban de ganar el alto ramaje por el interior, les sería
dificilísimo lograrlo, ya que debían pasar por un estrecho orificio que los
sitiados podían cómodamente defender.
De todos modos, Godfrey no habló de esta eventualidad a Tartelett. El
pobre hombre bastante aterrado estaba desde la llegada del prao. La idea de que
quizá se vería obligado a refugiarse en la parte superior del árbol como en un
nido de águila no hubiera sido como para proporcionarle un poco de calma. Si
ello se hacía necesario en el último momento, Godfrey le arrastraría sin
dejarle siquiera el tiempo de reflexionar.
La noche transcurrió con alternativas de temor y de esperanza. No se
produjo ningún ataque directo. Los salvajes no se habían situado aún cerca del
grupo de los secoyas. Quizá esperaban la llegada del día para aventurarse a
través de la isla.
—Probablemente es lo que harán —decía Godfrey—, puesto que nuestro
pabellón les indica que la isla está habitada. Además, ellos no son más que una
docena y tienen que tomar algunas precauciones. ¿Cómo van a suponer que no
tienen que habérselas sino con dos náufragos? ¡No, no se aventurarán sino en
pleno día, a menos que se instalen...!
— ¡A menos que rembarquen en cuanto el día haya llegado! —respondió
Tartelett.
— ¿Rembarcarse? Pero, entonces, ¿a qué iban a venir a la isla Phina por
una noche?
— ¡No lo sé! —respondió el profesor, que en su espanto no podía
explicarse la llegada de estos indígenas si no era con el fin de alimentarse
con carne humana.
—Sea como sea —replicó Godfrey—, mañana por la mañana, si esos salvajes
no han venido al Will-Tree, iremos en reconocimiento...
— ¿Nosotros?
— ¡Nosotros, sí! Nada sería más imprudente que separarnos. ¡Quién sabe
si no nos será preciso refugiarnos en los bosques del centro y ocultarnos allí
durante varios días... hasta la partida del prao! ¡No! Seguiremos juntos,
Tartelett.
— ¡Chut! —dijo el profesor, con voz que temblaba—. Me parece que oigo
algo fuera...
Godfrey se encaramó de nuevo a la ventana y bajó casi enseguida.
— ¡No —dijo—; nada sospechoso aún! Son nuestros animales, que vuelven
bajo el bosque.
— ¿Ahuyentados, quizá?
—Al contrario, parecen del todo tranquilos —respondió Godfrey—. Más bien
creería que vienen sólo para buscar abrigo contra el rocío de la mañana.
—Ah! —Murmuró Tartelett, con un tono tan lastimero que Godfrey hubiera
de buena gana reído, de no ser tan graves las circunstancias—. ¡He aquí que
estas cosas no nos ocurrirían en el hotel Kolderup en Montgomery-Street!
—El día no tardará ya en venir —dijo entonces Godfrey—. Antes de una
hora, si los indígenas no han aparecido, dejaremos el Will-Tree e iremos en
reconocimiento por el norte de la isla. ¿Os sentís capaz, Tartelett, de llevar
un fusil?
— ¡Llevarlo, sí!
— ¿Y de disparar en una dirección determinada?
—No sé; nunca lo he probado, y podéis estar seguro, Godfrey, de que una
bala no irá...
— ¡Quién sabe si la detonación sola bastará para aterrar a esos
salvajes! Una hora después ya había bastante luz para que la mirada pudiera
extenderse más allá del grupo de los secoyas.
Godfrey volvió a levantar con precaución sucesivamente los saledizos de
las dos ventanas. A través de la que se abría hacia el sur, nada vio
extraordinario. Los animales domésticos erraban pacíficamente bajo los árboles
y no parecían en absoluto asustados. Hecho este examen, Godfrey volvió a cerrar
cuidadosamente la ventana. A través de la bahía, dirigida hacia el norte, la
vista podía alcanzar hasta el litoral. Incluso se veía, a cosa de dos millas,
la extremidad del Flag-Point; pero la embocadura del río, el sitio en que los
salvajes habían desembarcado la víspera, no era visible.
Godfrey observó primeramente sin servirse del catalejo a fin de ver las
cercanías del Will-Tree de este lado de la isla Phina.
Todo se hallaba perfectamente tranquilo.
Godfrey, tomando ahora su anteojo, recorrió el perímetro del litoral
hasta la punta del promontorio de Flag-Point. Quizá, como había dicho
Tartelett, aunque ello hubiera sido inexplicable, los indígenas se habían
rembarcado tras una noche pasada en tierra, sin siquiera haber tratado de
reconocer si la isla estaba habitada.
17
En el cual el fusil del profesor Tartelett se conduce verdaderamente en
forma maravillosa
Pero entonces se le escapó a Godfrey una exclamación que hizo dar un
salto al profesor. Ya no era posible dudar; los salvajes debían saber que la
isla estaba ocupada por seres humanos, puesto que el pabellón izado hasta
entonces en la extremidad del cabo, substraído por ellos, no flameaba ya en el
extremo del mástil de Flag-Point.
Había llegado, por tanto, el momento de poner en ejecución lo
proyectado: ir en reconocimiento a fin de ver si los salvajes estaban todavía
en la isla y qué hacían.
— ¡Partamos! —dijo a su compañero. —Partir, bien; pero...
— ¿Preferís mejor quedaros aquí? —Con vos, Godfrey... ¡sí!
— ¡No, solo!...
— ¡Solo... nunca!
— ¡Entonces... venid!
Comprendiendo Tartelett que nada haría volver a Godfrey sobre su
decisión, tomó el partido de acompañarle. No hubiera tenido valor para quedarse
solo en el Will-Tree.
Antes de salir, Godfrey se aseguró de que sus armas se hallaban en buen
estado.
Los dos fusiles fueron cargados con bala y uno de ellos pasó a manos del
profesor, que parecía tan embarazado con esta arma como lo hubiese estado un
natural de las Pomotou. Además, tuvo que suspender uno de los cuchillos de caza
a su cinturón, al cual ya estaba adherida, la cartuchera. También le vino al
pensamiento llevarse igualmente su violín, imaginándose quizá que los salvajes
serían sensibles al encanto de este crin-crin del que todo el talento de un
virtuoso no hubiese podido atenuar su aspereza... Godfrey tuvo algún trabajo en
hacerle abandonar esta idea, tan ridícula como poco práctica.
Debían de ser entonces las seis de la mañana. La cima de los secoyas se
encendía con los primeros rayos del Sol.
Godfrey entreabrió la puerta, dio un paso hacia fuera y observó el grupo
de árboles.
Soledad completa. Los animales se habían vuelto a la pradera. Se los
veía triscar tranquilamente a un cuarto de milla. Nada en ellos denotaba la
menor inquietud.
Godfrey hizo seña a Tartelett de que se le uniera. El profesor, abrumado
con sus arreos de combate, le siguió mostrando cierta vacilación. Entonces
Godfrey cerró la puerta luego de haberse asegurado de que se confundía
absolutamente con la corteza del secoya. Después, habiendo echado al pie del
árbol un puñado de maleza, sujeta por grandes piedras, se dirigió hacia el río,
pues pensaba descender por la orilla, si hacía falta, hasta su desembocadura.
Tartelett le seguía haciendo preceder cada uno de sus pasos por una mirada
inquieta, dirigida circularmente hasta el límite del horizonte; pero el temor
de quedarse solo hizo que no dejara que se le adelantase su compañero.
Llegado al límite del grupo de árboles, Godfrey se detuvo. Sacando
entonces el anteojo de su estuche recorrió con extrema atención toda la parte
del litoral que se extendía desde el promontorio de Flag-Point hasta el ángulo
nordeste de la isla.
No aparecía ni un ser viviente; ni una humareda de campamento se elevaba
en el aire.
La extremidad del cabo estaba igualmente desierta, pero allí
encontrarían sin duda numerosas huellas de pasos recientemente impresas. En
cuanto al
mástil, Godfrey no se había engañado: si bien el palo se erguía todavía
sobre la última roca del cabo, no se hallaba acompañado de su pabellón.
Evidentemente, los salvajes, después de haber llegado a este lugar, se habían
apoderado del paño rojo, que debía de excitar su codicia, y vuelto a ganar la
embarcación en la desembocadura del río.
Godfrey se dio vuelta entonces para poder abrazar con la mirada todo el
litoral del oeste, que no era sino un vasto desierto desde Flag-Point hasta más
allá del perímetro de Dream-Bay.
Por lo demás, ninguna embarcación aparecía en la superficie del mar. Si
los salvajes habían vuelto a tomar su prao, era preciso deducir que ahora éste
rasaba la costa al abrigo de las rocas tan cerca de ellas que no era posible
percibirlo.
Sin embargo, Godfrey no podía ni quería quedar en la incertidumbre. Le
importaba mucho saber si el prao había abandonado o no definitivamente la isla.
Ahora bien, con el fin de asegurarse de ello era necesario alcanzar el lugar en
que los salvajes habían desembarcado la víspera, es decir, la desembocadura
misma del río, que formaba una estrecha caleta. Esto fue en seguida intentado.
Las orillas de la pequeña corriente de agua, sombreadas por algunos
grupitos de árboles, se hallaban rodeadas de arbustos por un espacio de
alrededor de dos millas. Más allá, y a lo largo de quinientas a seiscientas
yardas hasta el mar, el río corría entre orillas descubiertas. Esta disposición
iba pues a permitir aproximarse, sin riesgo de ser vistos, cerca del lugar de
desembarco; pero también podía suceder que los salvajes se hubiesen ya
aventurado a remontar el curso del río. Por consiguiente, a fin de hacer frente
a esta eventualidad, procedería avanzar con extremada prudencia.
Sin embargo, Godfrey pensaba, y no sin razón, que a esta hora matinal
los salvajes, fatigados por una larga travesía, no debían de haber dejado su
lugar de varadura.
Incluso podría ser que estuvieran durmiendo aún, ya en su piragua, ya en
tierra. En este caso, habría que pensar en si sería conveniente sorprenderlos.
El proyecto fue pues puesto en ejecución sin demora. Importaba no
dejarse adelantar. En parecidas circunstancias, lo más frecuente es que la
ventaja pertenezca a quien da los primeros golpes. Cargados los fusiles, se
comprobaron las mechas, e igualmente se hizo respecto a los revólveres; luego
Godfrey y Tartelett empezaron a descender desfilando por la orilla izquierda
del río.
Todo se encontraba en calma en los alrededores. Bandadas de pájaros se
cruzaban de una orilla a otra persiguiéndose a través de las altas ramas sin
mostrar inquietud alguna. Godfrey marchaba delante, pero bien puede
creerse que a su compañero le cansaba seguir su paso. Yendo de un árbol a otro,
ganaron el litoral sin arriesgarse demasiado a ser vistos. Aquí los matojos de
arbustos los ocultaban a la orilla opuesta; allí su misma cabeza desaparecía
entre las grandes yerbas, cuyo movimiento más bien denotaba el paso de un
hombre que el de un animal. Pero, fuese como fuese, la flecha de un arco o la
piedra de una honda siempre podían llegar de manera imprevista. Convenía
desconfiar.
Con todo, pese a las recomendaciones que le eran hechas, Tartelett,
tropezando contra pequeñas sinuosidades del terreno, se cayó dos o tres veces,
lo que hubiera podido comprometer la situación. Godfrey llegó hasta lamentar
haberse hecho seguir de un hombre tan torpe. Realmente, el pobre Tartelett no
podía serle de gran ayuda.
Más hubiera valido sin duda dejarlo en el Will-Tree o, de no haber
consentido en ello, esconderlo en alguna espesura del bosque; pero ya era
demasiado tarde.
Una hora después de haber dejado atrás el grupo de secoyas, Godfrey y su
compañero habían franqueado una milla, una milla sólo, porque la marcha no se
hacía fácil bajo estas altas yerbas y entre este amasijo de arbustos. Ni uno ni
otro habían visto nada sospechoso. En este lugar los árboles faltaban en el
espacio de un centenar de yardas por lo menos, el río corría entre orillas
desnudas y el terreno se mostraba más descubierto.
Godfrey se detuvo y observó cuidadosamente toda la pradera a derecha e
izquierda del riachuelo.
Todavía nada parecía inquietante, nada que indicase la aproximación de
los salvajes. Verdad es que éstos, no pudiendo dudar de que la isla estuviese
habitada, tampoco se habrían adelantado sin tomar precauciones; habrían puesto
tanta prudencia en aventurarse al remontar el curso del pequeño río como
Godfrey había puesto al bajarlo. Era pues de suponer que, si merodeaban
alrededor de las cercanías, no sería sin aprovecharse ellos también del abrigo
de esos árboles o de esos altos matojos de lentiscos y mirtos, sumamente útiles
para una emboscada.
Cosa peregrina, pero bastante natural en rigor. A medida que avanzaba
Tartelett, no viendo enemigo alguno, perdía poco a poco algo de sus inquietudes
y empezaba a hablar con desprecio de aquellos “caníbales risibles”. Godfrey,
por el contrario, parecía hallarse con mayor ansiedad. Fue, redoblando sus
precauciones, cuando, después de haber atravesado el espacio despejado, volvió
a tomar la orilla izquierda bajo el amparo de los árboles.
Una hora de marcha le condujo entonces al lugar en que las orillas ya no
estaban bordeadas sino de arbustos achaparrados en los que la yerba,
menos espesa, comenzaba a resentirse de la cercanía del mar. En estas
condiciones se hacía difícil ocultarse a menos de avanzar arrastrándose sobre
el suelo, que es lo que hizo Godfrey y recomendó a Tartelett que hiciera.
— ¡Si no hay ya salvajes! ¡Si ya no hay antropófagos! ¡Si se han
marchado! —dijo el profesor.
— ¡Los hay! —Respondió en baja voz pero vivamente Godfrey—. ¡Deben de
estar ahí! ¡Vientre a tierra, Tartelett, vientre a tierra! ¡Estad listo para
hacer fuego, pero no tiréis sin orden mía!
Godfrey había pronunciado estas palabras con tal acento de autoridad,
que al profesor, notando que sus piernas no le sostenían, no le fue preciso
esfuerzo alguno para ponerse en la posición requerida. ¡Y qué bien lo hizo!
Efectivamente, Godfrey tuvo razón al hablar como lo hizo.
Desde el sitio que los dos ocupaban entonces no se podía ver el litoral
ni el río adentrándose en el mar. Ello era debido a que un recodo de las
orillas detenía bruscamente la mirada a una distancia de cien pasos; pero por
encima de este corto horizonte, cerrado por una tumescencia de las orillas, una
espesa humareda se elevaba recta en el aire.
Godfrey, extendido sobre la yerba y con el dedo en el gatillo de su
fusil, observaba el litoral.
“Este humo —se dijo— ¿no será de la especie de aquellos que ya he
entrevisto un par de veces? ¿Se debe deducir que unos indígenas han
desembarcado ya al norte y al sur de la isla y que estas humaredas procedían de
fuegos encendidos por ellos?
Pero no, eso no es posible, dado que nunca he encontrado cenizas ni
trazas de hogueras ni carbones extinguidos. ¡Ah, lo que es esta vez, he de
saber a qué atenerme!”
Y por un hábil movimiento de reptación que Tartelett imitó lo mejor
posible, llegó, sin sobrepasar con la cabeza las yerbas, hasta el recodo del
río, pudiendo así observar desde allí fácilmente toda la parte de la orilla a
través de la cual discurría el riachuelo. Un grito estuvo a punto de
escapársele. Su mano se posó sobre el hombro del profesor para impedirle todo
movimiento. ¡Inútil ir más adelante...!
¡Godfrey veía ahora lo que había ido a averiguar!
Una gran hoguera de madera encendida sobre la playa en medio de rocas
bajas lanzaba al cielo su penacho de humo. Alrededor de este fuego, atizándolo
con nuevas brazadas de madera con la que habían hecho un montón, iban y venían
los indígenas desembarcados la víspera. Su canoa
estaba amarrada a una gruesa piedra y, levantada por la marea
ascendente, se balanceaba sobre las pequeñas ondas de la resaca.
Godfrey podía distinguir todo lo que sucedía en la playa sin necesidad
de emplear su catalejo. No se hallaba ni a doscientos pasos del fuego, del que
oía incluso el crepitar. Comprendió en seguida que no había que temer ser
sorprendidos por detrás, porque todos los negros que él había contado en el
prao estaban reunidos en aquel lugar.
Diez de los doce, en efecto, se ocupaban, unos, en mantener el fuego,
otros, en enterrar estacas con la intención evidente de instalar un asador a la
moda polinésica.
Un undécimo, que parecía ser el jefe, se paseaba sobre la arena
dirigiendo con frecuencia la mirada hacia el interior de la isla como si
temiera algún ataque.
Godfrey reconoció sobre los hombros de este indígena el paño rojo del
pabellón convertido en adorno de su indumentaria. En cuanto al salvaje
duodécimo, estaba extendido en el suelo, estrechamente atado a un poste.
Godfrey no pudo menos de comprender a qué suerte estaba destinado este
desgraciado. ¡Aquel asador era para asarle! ¡Aquel fuego era para hacerle asar!
¡No se había pues engañado Tartelett la víspera, cuando por presentimiento
trataba a aquellas gentes de caníbales!
Es preciso convenir igualmente en que tampoco se había engañado al decir
que las aventuras de Robinsones, verdaderas o imaginarias, todas estaban
calcadas las unas sobre las otras. Bien cierto era que Godfrey y él se
encontraban entonces en la misma situación que el héroe de Daniel de Foe,
cuando los salvajes desembarcaron en su isla. Ambos iban, sin duda, a asistir a
la misma escena de canibalismo.
Ahora bien, Godfrey estaba decidido a conducirse como este héroe. ¡No,
él no dejaría asesinar al prisionero que apetecían aquellos estómagos de
antropófagos!
Se hallaba bien armado; sus dos fusiles —cuatro tiros—, sus dos
revólveres —doce tiros—, podían poner en razón a once miserables a los que la
detonación de un arma de fuego bastaría tal vez para hacerlos huir. Tomada esta
determinación, esperó con perfecta sangre fría el momento de intervenir con un
estrépito de truenos. No debería esperar largo tiempo.
En efecto, apenas habían transcurrido veinte minutos cuando el jefe se
acercó al hogar. Luego con un gesto mostró el prisionero a los otros indígenas,
que esperaban sus órdenes.
Godfrey se levantó. Tartelett, sin saber por qué, por emulación, hizo
otro
tanto. No comprendía ni qué pretendía hacer su compañero, que nada le
había dicho de sus proyectos. Godfrey se imaginaba, evidentemente, que los
salvajes, al ver su aspecto, harían un movimiento cualquiera, sea para huir
hacia la embarcación, sea para lanzarse sobre él.
Nada de esto ocurrió. Ni siquiera parecía que se hubiesen dado cuenta de
ellos, pero en este momento el jefe hizo un gesto más significativo. Tres de
sus compañeros se dirigieron hacia el prisionero, le desligaron y le forzaron a
marchar al lado del fuego.
Era un hombre joven todavía que, sintiendo llegada su última hora, quiso
resistir.
Decidido, si le era posible, a vender cara su vida, empezó por repeler a
los que le retenían; pero bien pronto fue inmovilizado y el jefe, cogiendo una
especie de hacha de piedra, se echó sobre él para machacarle la cabeza. Godfrey
lanzó un grito que fue seguido de una detonación. Una bala había silbado en el
aire, y debía de haber herido mortalmente al jefe, porque éste cayó al suelo.
Al ruido de la detonación los salvajes, sorprendidos como si jamás
hubiesen oído un arma de fuego, se detuvieron. A la vista de Godfrey, los que
sujetaban al prisionero le soltaron un instante. En seguida este pobre diablo
se levantó y se lanzó a todo correr hacia el sitio donde percibía a su
inesperado libertador.
En este momento resonó una segunda detonación. Era Tartelett, que sin
apuntar — ¡cerró los ojos, el excelente sujeto!— acababa de disparar, con lo
que la culata del fusil le marcó sobre la mejilla derecha el más hermoso
rasguño que hubo jamás recibido un profesor de baile y buenas maneras... Pero,
¡lo que es el azar!, otro segundo salvaje cayó cerca del jefe.
Aquello fue entonces un sálvese quien pueda. Quizá los supervivientes
creyeron habérselas con una numerosa tropa de indígenas a la que no podrían
resistir. Quizá fue sólo que se aterraron a la vista de estos dos blancos, que
parecían disponer de rayos de bolsillo... Y aquí los tenemos recogiendo a los
dos heridos, llevándoselos, precipitándose a su prao, haciendo fuerza de remos
para salir de la pequeña caleta, desplegando su vela, aprovechando el viento y
dirigiéndose hacia el promontorio de Flag-Point, que no tardaron en doblar.
Godfrey no tuvo el pensamiento de perseguirlos. ¿Para qué matar más?
Había salvado a su víctima y los había puesto en fuga; aquello era lo
importante. Y todo se había hecho en tales condiciones, que de seguro aquellos
caníbales no se atreverían jamás a volver a la isla Phina. Todo, pues, había
ocurrido de la mejor manera. No quedaba ya más que gozar de la victoria, de la
que Tartelett no dudaba en atribuirse la mayor parte.
Durante este tiempo el prisionero se había acercado a su salvador. Se
había detenido un instante por el temor que le inspiraban estos seres
superiores, pero casi en seguida había vuelto a correr hacia ellos. Así que
llegó ante los dos blancos, se encorvó hasta el suelo y, tomando el pie de
Godfrey, lo colocó sobre su cabeza en signo de servidumbre.
¡Era como para creer que este indígena de la Polinesia había leído
también Robinson Crusoe!
18
Que trata de la educación moral y física de un simple indígena de la
polinesia
Godfrey levantó en seguida al pobre diablo, que seguía prosternado ante
él.
Le miró bien a la cara.
Se trataba de un hombre como de treinta y cinco años cuanto más, vestido
únicamente con un pedazo de tela que le ceñía los riñones. En sus rasgos, como
en la conformación de su cabeza, podría reconocerse en él el tipo del negro
africano.
Confundirle con los miserables bastardos de las islas polinesias, que
por la depresión del cráneo y la longitud de los brazos se asemejan tan
extrañamente al mono, no hubiera sido posible.
Ahora bien, ¿cómo se comprendía que un negro del Sudán o de Abisinia
hubiese caído en manos de los naturales de un archipiélago del Pacífico? No se
podría saber más que si este negro hablase el inglés o una de las dos o tres
lenguas europeas que Godfrey podía entender. Más bien pronto fue evidente que
este desgraciado no empleaba sino un idioma absolutamente incomprensible, quizá
la lengua de aquellos indígenas, entre los cuales sin duda vivía desde muy
joven.
En efecto, Godfrey le había interrogado en inglés y no había obtenido
respuesta alguna, expresándole después por signos, no sin trabajo, que quería
saber su nombre.
Después de algunos ensayos infructuosos, este negro, que, en suma, tenía
inteligencia y buen aspecto, respondió a la pregunta con esta sola palabra:
“Carefinotu.”
— ¡Carefinotu! —Exclamó Tartelett—. ¿Veis qué hombre? Yo propongo por mi
cuenta llamarle miércoles, puesto que hoy es miércoles, como siempre
se hace en las islas de Robinsones. ¿Puede permitirse el llamarse
Carefinotu?
—Si es su nombre, el de este hombre, ¿por qué no conservárselo?
Y en este momento sintió que una mano se apoyaba sobre su pecho en tanto
que toda la fisonomía del negro parecía preguntarle cómo él mismo se llamaba.
— ¡Godfrey! —respondió éste.
El negro trató de repetir este nombre; pero, por más que Godfrey se lo
repitió varias veces, no llegó nunca a pronunciarlo de manera inteligible.
Entonces se volvió al profesor como para saber el de éste.
— ¡Tartelett! —respondió éste de amable manera.
— ¡Tartelett! —repitió Carefinotu.
Quizá sería debido a que esta unión de sílabas se acomodaba a la
disposición de las cuerdas vocales de su garganta, el caso es que lo pronunció
muy claramente.
El profesor se sintió extremadamente halagado con ello. En realidad,
había motivo para estarlo.
Entonces fue cuando Godfrey, queriendo poner a prueba la inteligencia de
este negro, trató de hacerle comprender que deseaba saber cuál era el nombre de
la isla.
Le mostró pues con la mano el conjunto de los bosques, las praderas, las
colinas, luego el litoral que los encuadraba, y más tarde el horizonte del mar,
interrogándole con la mirada.
Carefinotu, sin comprender de momento de qué se trataba, imitó el gesto
de Godfrey volviéndose sobre sí mismo y recorriendo con la mirada todo el
espacio.
—Arneka —dijo al fin.
— ¿Arneka? —repitió Godfrey, dando un golpe en el suelo con el pie para
mejor acentuar su pregunta.
—Arneka —volvió a decir el negro.
Aquello nada aclaraba a Godfrey sobre el nombre geográfico que debía de
llevar la isla ni sobre su situación en el Pacífico. Sus recuerdos nada le
traían a la memoria sobre este nombre; se trataba probablemente de una
denominación indígena, quizá desconocida por los cartógrafos.
Sin embargo, Carefinotu no cesaba de mirar a los dos blancos con cierto
estupor, yendo del uno al otro como si hubiese deseado establecer bien en su
espíritu las diferencias que los caracterizaban. Su boca sonreía
descubriendo magníficos dientes blancos que Tartelett no examinaba sin alguna
reserva.
— ¡Si esos dientes no han mordido nunca carne humana, que mi violín
estalle entre mis manos!
—En todo caso, Tartelett —respondió Godfrey—, nuestro nuevo compañero ya
no tiene el aspecto de un pobre ser al que se va a cocer y comer. ¡Esto es lo
principal!
Lo que atraía más particularmente la atención de Carefinotu eran las
armas que llevaban Godfrey y Tartelett, tanto el fusil, que tenían en la mano,
como el revólver, colocado en el cinturón.
Godfrey se dio cuenta fácilmente de este sentimiento de curiosidad. Era
evidente que el salvaje jamás había visto un arma de fuego. ¿Suponía que uno de
tales tubos de hierro era el que había lanzado el rayo y traído su propia
libertad? Podía creerse así.
Godfrey quiso entonces darle, no sin razón, una alta idea del poder de
los blancos.
Cargó su fusil y, mostrando a Carefinotu una especie de perdiz que
revoloteaba en la pradera a unos cincuenta pasos, la apuntó, hizo fuego y... el
pájaro cayó.
Al ruido de la detonación, el negro dio un salto prodigioso, salto que
Tartelett no pudo por menos de admirar desde el punto de vista coreográfico.
Sobreponiéndose a su espanto y viendo al volátil que con el ala rota se
arrastraba entre las yerbas, tomó carrera y tan veloz como un perro de caza
corrió hacia el pájaro, trayéndole después, con grandes saltos y mitad gozoso,
mitad estupefacto, a su amo.
Tuvo entonces Tartelett la idea de mostrar a Carefinotu que el Gran
Espíritu también a él le había gratificado con la potencia destructora, y así,
viendo un Martín pescador tranquilamente posado sobre un viejo tronco cerca del
río, lo apuntó.
— ¡No —dijo en seguida Godfrey—, no tiréis, Tartelett!
— ¿Por qué?
— ¡Considerad que, si por desgracia falláis este pájaro, quedaremos
disminuidos en el espíritu de este negro!
— ¿Y por qué he de fallar? —Respondió Tartelett, no sin un tilde de
acritud—, ¿Es que durante la batalla, a más de cien pasos y siendo la primera
vez que yo manejaba un fusil, no he acertado en pleno pecho a uno de aquellos
antropófagos?
— ¡Le habéis tocado, efectivamente —dijo Godfrey—, puesto que ha caído;
pero creedme, Tartelett, en interés común, no tentemos dos veces la fortuna!
Un poco despechado, el profesor se dejó convencer; volvió a poner el
fusil a su espalda con arrogancia y los dos, seguidos de Carefinotu, volvieron
al Will-Tree.
Allí sí que fue una verdadera sorpresa para el nuevo huésped de la isla
Phina contemplar la disposición, tan felizmente lograda, de la parte interior
del secoya.
Hubo que indicarle desde el principio, empleándolos ante él, a qué uso
se destinaban aquellos efectos, utensilios e instrumentos. Se veía que
Carefinotu pertenecía o había vivido siempre entre los salvajes situados en el
último rango de la escala humana, porque el mismo hierro parecía serle
desconocido. No comprendía que la marmita no se quemase al ponerla al fuego,
cuando se la colocaba sobre carbones ardientes. La quería retirar, con gran
descontento de Tartelett, encargado de velar las diferentes fases de la
ebullición. Ante un espejo que le fue presentado, experimentó igualmente una
estupefacción total; le daba vueltas y más vueltas para ver si su propia
persona no se hallaba detrás.
Pero si apenas es un mono, este moreno! —exclamó el profesor, haciendo
una mueca desdeñosa.
— ¡No, Tartelett! —Respondió Godfrey—; es más que un mono, puesto que
mira por detrás del espejo, lo que prueba un razonamiento del que no es capaz
ningún animal.
—Bueno; en fin, admitamos de buena gana que no sea un mono —dijo
Tartelett, sacudiendo la cabeza con aire de estar poco convencido—; pero ya
veremos si parecido ser puede ser bueno para algo.
— ¡Estoy seguro de ello! —replicó Godfrey.
En todo caso, Carefinotu no se mostró difícil ante los platos que le
fueron presentados. Los olió primero, los probó con la punta de los dientes y,
a fin de cuentas, el almuerzo en que tomó parte, la sopa de agutí, la perdiz
cazada por Godfrey, una costilla de cordero acompañada de camas y yamph, apenas
bastaron para calmar el hambre que le devoraba...
— ¡Veo que este pobre diablo tiene buen apetito! —dijo Godfrey.
— ¡Sí —respondió Tartelett—, y haremos bien en vigilar los instintos de
caníbal de este mocetón!
— ¡Vamos, vamos, Tartelett! ¡Ya le quitaremos el gusto de la carne
humana, si es que lo ha tenido!
— ¡No lo juraría yo! —Replicó el profesor—. ¡Parece ser que, cuando se
ha gustado...!
En tanto que ambos charlaban así, Carefinotu los escuchaba con una
extrema atención. Sus ojos brillaban con inteligencia. Se veía que hubiese
querido comprender lo que se decía en su presencia. Él hablaba entonces también
con gran volubilidad, pero ello no era sino una sucesión de onomatopeyas
desprovistas de sentido, interjecciones sonoras en que dominaban las a y las u,
como en la mayor parte de los idiomas polinesios.
En fin, en cualquier caso este negro, tan providencialmente salvado, era
un nuevo compañero y, digámoslo también, debía ser un servidor abnegado, un
verdadero esclavo que el azar más inesperado acababa de enviar a los huéspedes
del Will-Tree. Era vigoroso, mañoso y activo, y, por consiguiente, ningún
trabajo rehusaba.
Mostraba una real aptitud para imitar lo que veía hacer. Fue de esta
manera como Godfrey procedió a su educación. El cuidado de los animales
domésticos, la recogida de las raíces y frutos, el despedazamiento de los
corderos o agutíes que habían de servir a la alimentación diaria, la
fabricación de una especie de sidra que se obtenía de las manzanas salvajes de
manzanilla, etc., todo lo realizaba esmeradamente después de haberlo visto
hacer.
Pese a lo que pudiera pensar Tartelett, Godfrey no experimentó nunca
desconfianza alguna de este salvaje y no parecía que debiera haber jamás lugar
a arrepentirse. Si él se inquietaba, era de la posible vuelta de los caníbales,
que conocían ya la situación de la isla Phina.
Desde el primer día fue reservada una litera a Carefinotu en la
habitación del Will-Tree, pero más frecuentemente, a menos que la lluvia
cayese, él prefería dormir fuera, en algún hueco del árbol, como si desease
estar mejor apostado para la guarda de la habitación.
Durante los quince días que siguieron a su llegada a la isla, Carefinotu
acompañó varias veces a Godfrey en la caza. Su sorpresa era siempre
extraordinaria cuando veía caer las piezas de caza así abatidas a distancia;
pero entonces hacía el oficio de perro con un interés y un empeño que ningún
obstáculo, cerca, maleza o arroyo, podía detener. Poco a poco Godfrey se
aficionó pues muy seriamente a este negro.
Sólo existía un adelanto al cual Carefinotu se mostraba absolutamente
refractario: el empleo de la lengua inglesa. Por mucho esfuerzo que pusiese en
ello, jamás llegaba a pronunciar las palabras más usuales que Godfrey y, sobre
todo, el profesor Tartelett, empeñándose en esta tarea, trataban de enseñarle.
Así pasaba el tiempo. Pero si bien el presente era bastante soportable
gracias a un feliz concurso de circunstancias, si ningún peligro inmediato
amenazaba, ¿no había de preguntarse Godfrey cuándo podría algún día
abandonar esta isla y por qué medio lograría por fin repatriarse? No había día
en que no pensara en su tío Will, en su prometida. No sin una secreta aprensión
veía aproximarse la mala estación, que pondría entre sus amigos, su familia y
él una barrera más infranqueable todavía.
El 27 de septiembre una nueva circunstancia, aun cuando proporcionó un
acrecentamiento de quehaceres para Godfrey y sus dos compañeros, también les
aseguró al menos una abundante reserva de alimentación.
Godfrey y Carefinotu estaban ocupados en la recolección de moluscos en
la punta extrema de Dream-Bay cuando percibieron a barlovento una innumerable
cantidad de pequeños islotes móviles que la marea ascendente empujaba hacia el
litoral suavemente. Era como una especie de archipiélago flotante en la
superficie del cual se paseaban o revoloteaban algunos de esos pájaros de mar
de vasta envergadura que se designan frecuentemente con el nombre de gavilanes
marinos.
¿Qué eran estas masas que bogaban en equipo elevándose y bajando sobre
la ondulación de las aguas?
Godfrey no sabía qué pensar cuando Carefinotu se echó sobre el vientre y
luego, encogiendo la cabeza entre los hombros y escondiendo bajo aquél los
brazos y piernas, se puso a imitar los movimientos de un animal que trepa
lentamente sobre el suelo. Godfrey le miró sin comprender nada de esta bizarra
gimnasia, mas después, de repente, exclamó:
— ¡Tortugas!
Carefinotu no se había engañado. Allí había, sobre una superficie de una
milla cuadrada, miríadas de tortugas que nadaban a flor de agua. Cien brazas
antes de alcanzar el litoral, la mayor parte desaparecieron sumergiéndose, y
los gavilanes, a los cuales el punto de apoyo faltaba, se elevaron en el aire
describiendo grandes espirales. Pero, felizmente, un centenar de estos anfibios
no tardaron en varar en la orilla.
Godfrey y el negro se apresuraron a correr sobre la playa hacia esta
caza marina, cada pieza de la cual medía por lo menos tres a cuatro pies de
diámetro. Ahora bien, el único medio de impedir que estas tortugas volviesen al
mar era darles vuelta sobre la espalda, y a esta ruda faena se entregaron
Godfrey y Carefinotu con gran fatiga.
Los días siguientes fueron consagrados a recoger todo este botín. La
carne de tortuga, excelente, fresca o conservada, podía ser guardada bajo estas
dos formas.
En previsión del invierno, Godfrey hizo salar la mayor parte a fin de
poderse servir de ella para las necesidades de cada día. Pero durante
algún tiempo hubo sobre la mesa ciertos caldos de tortuga de los que Tartelett
no fue el único en regalarse.
Aparte de este incidente, la monotonía de la existencia no fue turbada
en nada.
Cada día las mismas horas estaban consagradas a los mismos trabajos. ¿No
sería esta vida más triste aun cuando la estación invernal obligara a Godfrey y
sus compañeros a encerrarse en el Will-Tree? Godfrey pensaba en esto con cierta
ansiedad. Pero ¿qué hacer?
Entre tanto, él continuaba explorando la isla Phina, empleando en cazar
todo el tiempo que no le reclamaba una más urgente necesidad. Más comúnmente
Carefinotu le acompañaba, en tanto que Tartelett permanecía en casa.
Decididamente, él no era cazador, por más que su primer tiro hubiese
sido un golpe de maestro.
Ahora bien, durante una de estas excursiones fue cuando se produjo un
incidente inesperado capaz de comprometer gravemente en el porvenir la
seguridad de los huéspedes del Will-Tree.
Habían ido Godfrey y el negro a cazar en la gran selva central, al pie
de la colina que formaba la arista principal de la isla Phina. Desde la mañana
no habían visto pasar más de dos o tres antílopes a través de los altos
roquedales, pero a demasiada distancia para poder disparar con alguna
probabilidad de acertarlos. Ahora bien, como Godfrey no iba en busca de caza
menuda ni buscaba destruir por destruir, se resignaba a volver con las manos
vacías. Si lo sentía no era por la carne de antílope, sino por la piel de los
rumiantes, de la que pensaba hacer un buen uso.
Ya eran las tres de la tarde. Antes, como después del desayuno que su
compañero y él habían hecho bajo el bosque, no había tenido más suerte. Ambos
pues se apresuraban a volver al Will-Tree para la hora del almuerzo cuando, en
el momento de franquear el límite de la selva, Carefinotu dio un salto;
después, precipitándose sobre Godfrey, le cogió por los hombros y le arrastró
con tal vigor que éste no pudo resistirle. Veinte pasos más lejos Godfrey se
paraba, tomaba aliento y, volviéndose a Carefinotu, le interrogaba con la
mirada. El negro, muy asustado, con la mano tendida, mostraba un animal inmóvil
a menos de cincuenta pasos.
Era un oso gris cuyas patas abrazaban el tronco de un árbol y que movía
su gruesa cabeza como si estuviese a punto de echarse sobre los dos cazadores.
En seguida, sin tomar siquiera tiempo a reflexionar, Godfrey armó su
fusil
e hizo fuego antes de que Carefinotu lo hubiese podido impedir.
¿Fue el enorme plantígrado alcanzado por la bala? Es probable. ¿Estaba
muerto?
No podía asegurarse, aunque sus patas se distendieron y rodó al pie del
árbol. No había lugar a perder tiempo. Una lucha directa con tan formidable
animal hubiese podido tener las más funestas consecuencias. Bien se sabe que en
las selvas de California el ataque de los osos grises hace huir incluso a los
cazadores de profesión. Por ello el negro cogió a Godfrey por el brazo a fin de
llevarle rápidamente al Will-Tree. Godfrey, comprendiendo que esto era lo más
prudente, se dejó hacer.
19
En el cual la situación, ya gravemente comprometida, se complica cada
vez más
Habrá que convenir en que la presencia de una fiera temible en la isla
Phina era una realidad, y había de preocupar en alto grado a los que la mala
fortuna había arrojado allí. Godfrey, quizá equivocadamente, no creyó deber
ocultar a Tartelett lo que acababa de pasar.
— ¡Un oso! —exclamó el profesor, mirando ya a su alrededor aterrado como
si las proximidades del Will-Tree hubiesen sido asaltadas por una bandada de
estas fieras—. ¿Y cómo un oso? Hasta ahora no había habido osos en nuestra
isla. Si existe uno, podrán encontrarse varios, y hasta gran número de otras
bestias feroces: ¡Jaguares, panteras, tigres, hienas, leones!
Tartelett veía ya la isla Phina dominada por todo un jardín zoológico,
rotas sus jaulas.
Godfrey le respondía que no había que exagerar. Que había visto un oso,
cierto era.
Por qué ninguna de estas fieras se había mostrado nunca hasta entonces,
cuando él recorría los bosques de la isla, no se lo podía explicar, y eso era
verdaderamente inexplicable. Pero de ahí a deducir que animales feroces de toda
especie pululasen ahora por los bosques y praderas, había mucha distancia. Sin
embargo, convendría ser prudentes y no salir ya sino bien armados.
¡Desgraciado Tartelett! A partir de este día comenzó para él una
existencia de inquietudes, emociones, angustias, espantos irrazonados que le
pusieron en el más alto grado la nostalgia del país natal.
— ¡No —repetía—, no! ¡Si hay fieras, ya tengo bastante... y quiero
marcharme de aquí!
Era preciso hacerlo.
En consecuencia, Godfrey y sus compañeros tuvieron que estar en adelante
muy atentos. Un ataque podía producirse no solamente del lado del litoral y de
la pradera, sino también en el grupo de los secoyas. Por ello se tomaron serias
medidas para poner la habitación al abrigo de una agresión súbita. La puerta
fue sólidamente reforzada de manera que pudiera resistir las garras de una
fiera.
En cuanto a los animales domésticos, bien hubiera querido Godfrey
construirles un establo donde encerrarlos, al menos por la noche; pero esto no
era cosa fácil. Se limitó pues a mantenerlos en cuanto era posible en las
cercanías del Will-Tree, en una especie de cercado de ramajes de donde no
pudieran salir. Pero este cercado no era bastante sólido ni bastante alto para
impedir a un oso o una hiena el romperlo o franquearlo.
De todas maneras, como Carefinotu, a pesar de las instancias que se le
hicieron, continuaba velando fuera durante la noche, Godfrey esperaba poder
prevenir siempre un ataque directo.
Realmente, Carefinotu se exponía al constituirse así en guardián del
Will-Tree; pero había comprendido que de este modo rendía un servicio a sus
libertadores y, pese a lo que pudiese decirle Godfrey, persistió en velar, como
de ordinario, por la salvación común.
Una semana transcurrió sin que ninguno de estos temibles visitantes
apareciese por las cercanías. Godfrey tampoco se apartaba mucho de la
habitación a menos que tuviese necesidad.
Mientras los corderos, cabras y demás pacían en la pradera vecina, no se
los perdía de vista. Más generalmente Carefinotu hacía el oficio de pastor. No
llevaba fusil porque no parecía que hubiese comprendido el manejo de las armas
de fuego, pero uno de los cuchillos de caza sí había pasado a su cintura y un
hacha pendía de su mano derecha. De esta manera armado, el vigoroso negro no
hubiese dudado en echarse encima de un tigre o cualquier otro animal de la peor
especie.
Sin embargo, como ni el oso ni ninguno de sus congéneres habían
reaparecido desde el último encuentro, Godfrey comenzó a confiarse. Reanudó
poco a poco sus exploraciones y cacerías más sin llevarlas tan lejos por el
interior de la isla. Durante este tiempo y cuando el negro le acompañaba,
Tartelett, bien encerrado en el Will-Tree, no se hubiera aventurado a salir
fuera aunque se hubiese tratado de ir a dar una lección de baile. Otras veces
también Godfrey salía solo, y el profesor tenía entonces un compañero, a la
instrucción
del cual se consagraba obstinadamente.
¡Sí! Tartelett había tenido desde el principio la idea de enseñar a
Carefinotu las palabras más usuales de la lengua inglesa, pero tuvo que
renunciar a ello; ¡de tal manera parecía el negro tener el aparato fonético mal
conformado para este género de pronunciación!
— ¡Así pues —se había dicho Tartelett—, ya que no puedo ser su profesor,
seré su discípulo!
Y él fue quien se puso en la cabeza lo de aprender el idioma que hablaba
Carefinotu.
Fue en balde que Godfrey le dijera que aquello no les sería de gran
utilidad. Tartelett no quería dejarlo. Se ingenió, por tanto, en hacer
comprender a Carefinotu que le nombrara en su lengua los objetos que él
señalaba con la mano.
Realmente, es preciso creer que el discípulo Tartelett poseía grandes
disposiciones, porque al cabo de quince días ya sabía quince palabras. Sabía
que Carefinotu decía birsi para designar el fuego, aradu para nombrar el cielo,
mervira para designar el mar, dura para mencionar un árbol, etc... Y estaba tan
envanecido como si hubiese obtenido un primer premio de polinesio en un gran
concurso.
De ello vino que, en un pensamiento de gratitud, quiso reconocer lo que
su profesor había hecho por él, no ya tratando de lograr que mal pronunciase
algunas palabras de inglés, sino inculcándole las buenas maneras y los
verdaderos principios de la coreografía europea, lo que no pudo por menos de
hacer reír de buena gana a Godfrey.
Después de todo, eso hacía pasar el tiempo, y el domingo, cuando no
había nada que hacer, él asistía complacido al curso del célebre profesor
Tartelett, de San Francisco.
Y, en verdad, ¡era de ver aquello! El infeliz Carefinotu sudaba sangre
para plegarse a los ejercicios elementales del baile. Era dócil y lleno de
buena voluntad; sin embargo, como todos sus semejantes, ¿es que él no tenía los
hombros entrantes, el vientre prominente, las rodillas hacia dentro, los pies
de igual forma?
Sea como fuere, el profesor puso en ello gran empeño. Por otra parte,
Carefinotu, aunque torturado, no omitía esfuerzos. ¡Lo que debía sufrir sólo
por colocar los pies en la primera posición, resulta inimaginable! Pues ¿y
cuando tuvo que pasar a la segunda y después a la tercera, todavía más
difíciles?
— ¡Pero mírame, terco! —Gritaba Tartelett, que unía el ejemplo a la
lección—. ¡Los pies hacia fuera; más hacia fuera! ¡La punta de éste al
talón de aquél! ¡Separa las rodillas, cabezudo! ¡Hacia atrás los hombros,
pícaro! ¡La cabeza recta! ¡Los brazos hacia atrás!
— ¡Pero le pedís lo imposible! —decía Godfrey.
— ¡Nada es imposible al hombre inteligente! —respondía invariablemente
Tartelett.
— ¡Pero si su conformación no se presta a eso!
— ¡Bueno, pues que se preste su conformación! ¡Será necesario que se
preste, y este salvaje me deberá al menos, más tarde, saberse presentar de modo
conveniente en un salón!
— ¡Pero, Tartelett, si jamás tendrá ocasión de presentarse en un salón!
— ¡Eh!, ¿qué sabéis vos, Godfrey? —Contestaba el profesor, enderezándose
sobre la punta de sus pies—. ¿No está el porvenir aún por nacer?
Era la palabra final de todas las discusiones de Tartelett, tras lo cual
el profesor tomando su violín y, sacando de su arco pequeños aires roncos,
hacía la delicia de Carefinotu. Ya no precisaba excitarle.
Sin hacer gran caso de las reglas coreográficas, ¡qué saltos, qué
cabriolas, qué contorsiones daba!
Y Tartelett, soñador, viendo a este hijo de la Polinesia moverse de
aquella manera, se preguntaba si aquellos pasos, tal vez demasiado
caracterizados, no serían los naturales al ser humano, por más que fuesen
ajenos a todos los principios del arte.
Más dejemos al profesor de baile y urbanidad en sus filosóficas
meditaciones para volver a cuestiones a la vez más prácticas y oportunas.
Durante sus últimas excursiones en la selva o llanura, ya fuese solo, ya
acompañado de Carefinotu, Godfrey no había visto ninguna otra fiera. Ni
siquiera había encontrado traza de estos animales. El río, al que habrían ido a
apagar la sed, no presentaba huella alguna en sus márgenes. Ni aullidos tampoco
durante la noche, ni rugidos sospechosos. Además, los animales domésticos no
daban señal alguna de inquietud.
— ¡Esto es singular —se decía algunas veces Godfrey—, y, sin embargo, yo
no me he engañado, ni tampoco Carefinotu! ¡Bien se trataba de un oso el que me
mostró! ¡Un oso sobre el que disparé! Y, admitiendo que le haya matado, ¿era el
último representante de la familia de los plantígrados en la isla?
Aquello era absolutamente inexplicable. Además, si Godfrey había matado
este oso, debería haberse encontrado su cuerpo en el lugar donde había
caído, y, sin embargo, fue en vano buscarlo. ¿Debía pues creer que el animal
mortalmente herido hubiese ido a morir lejos, en alguna cueva? Era posible,
después de todo; pero entonces en este lugar, al pie de este árbol, quedarían
huellas de sangre, y nada había.
“Sea como sea —pensaba Godfrey—, poco importa, pero mantengámonos
siempre en guardia.”
Con los primeros días de noviembre se puede decir que la mala estación
había comenzado en esta latitud desconocida. Lluvias, frías ya, caían durante
algunas horas. Más tarde muy probablemente sobrevendrían esos torrentes
interminables que no cesan durante semanas enteras y caracterizan el período
lluvioso del invierno a la altura de este paralelo.
Godfrey tuvo entonces que ocuparse de la instalación de un hogar en el
interior mismo del Will-Tree, hogar indispensable que serviría igualmente para
calentar la habitación durante el invierno y para cocinar al abrigo de las
oleadas de lluvia y las ventiscas.
El hogar se podía establecer en un rincón del cuarto, entre gruesas
piedras, puestas unas planas y las otras de canto. La cuestión era poder
dirigir el humo afuera, porque dejarlo escapar por el largo conducto que, se
hundía en el interior del secoya hasta lo alto del tronco no era practicable.
Tuvo entonces Godfrey la idea de hacer una especie de tubo empleando
algunos de aquellos largos y gruesos bambúes que crecían en ciertos parajes de
las orillas del río. Y hay que decir que fue muy bien secundado en esta ocasión
por Carefinotu. El negro comprendió, no sin algunos esfuerzos, lo que quería
Godfrey. Él fue quien le acompañó cuando fue a escoger, a dos millas del
Will-Tree, los bambúes más gruesos; él fue igualmente quien le ayudó a montar
su hogar. Las piedras fueron dispuestas en el suelo, al fondo, de cara a la
puerta; vaciados los bambúes de su medula, taladrados sus nudos, formaron, al
ajustarse uno con otro, un tubo de suficiente longitud que llegaría a una
abertura perforada en la corteza del secoya.
Esto podría bastar con tal que se velase bien para que el fuego no se
abriera paso entre los bambúes. Godfrey tuvo pronto la satisfacción de ver
llamear un hermoso fuego sin apestar de humo el interior del Will-Tree.
Si razón había tenido en proceder a esta instalación, más la tuvo en
apresurarse a hacerla.
En efecto, del 3 al 10 de noviembre la lluvia no cesó de caer
torrencialmente. Se hubiera hecho imposible mantener el fuego encendido a pleno
aire. Durante estos tristes días fue preciso permanecer en la habitación. No
pudo salirse sino para las necesidades urgentes del rebaño y el gallinero.
Así sucedió que en estas condiciones la reserva de camas llegó a faltar.
Era en realidad la substancia que hacía las veces del pan y la privación de la
cual se hizo sentir bien pronto.
Godfrey anunció pues a Tartelett que, así que el tiempo pareciera
mejorar —y era entonces el 1 o de noviembre—, Carefinotu y él saldrían a
recoger camas. Tartelett, que jamás tenía prisa para salir a dos millas de
allí, a través de una pradera enfangada, se encargó de la guardia de la casa
durante la ausencia de Godfrey.
Ahora bien, por la tarde el cielo empezó a desembarazarse de las grandes
nubes que el viento del oeste había acumulado desde el principio del mes, la
lluvia cesó poco a poco y el Sol lanzó algunos fulgores crepusculares. Se podía
esperar, por tanto, que el siguiente día ofrecería algunos claros de que sería
urgente aprovecharse.
—Mañana —dijo Godfrey— partiré temprano y Carefinotu me acompañará.
— ¡Conforme! —respondió Tartelett.
Llegado el atardecer y terminada la comida, como el cielo, descargado de
vapores, dejaba brillar algunas estrellas, el negro quiso volver a ocupar fuera
su sitio habitual, el que había tenido que abandonar durante las lluviosas
noches precedentes.
Godfrey trató de hacerle comprender que valía más quedarse en la
habitación y que nada se necesitaba en cuanto a vigilancia, puesto que ninguna
otra fiera había sido señalada; pero Carefinotu se empeñó en su idea y fue
preciso dejarle hacer.
El día siguiente, como había presentido Godfrey, no llovió. Así, cuando
salió del Will-Tree, hacia las siete, los primeros rayos de Sol doraban
ligeramente la espesa bóveda de los secoyas.
Carefinotu estaba en su sitio, en el que había pasado la noche.
Esperaba. En seguida, los dos, bien armados y provistos de grandes sacos, se
despidieron de Tartelett dirigiéndose después hacia el río, del que pensaban
remontar la orilla izquierda hasta los matorrales de camas.
Una hora después ya habían llegado sin haber tenido ningún mal
encuentro.
Las raíces fueron rápidamente desenterradas en gran cantidad para llenar
los dos sacos. Esto exigió tres horas, de modo que ya eran alrededor de las
once de la mañana cuando Godfrey y su compañero remprendían el camino del
Will-Tree.
Caminando uno cerca del otro, contentándose con mirar, puesto que no
podían hablar, habían llegado a un recodo del pequeño riachuelo por
encima del cual se inclinaban grandes árboles dispuestos como una cuna natural
de una orilla a otra, cuando de repente Godfrey se detuvo. Esta vez fue él
quien mostró a Carefinotu un animal inmóvil, parado al pie de un árbol y cuyos
dos ojos proyectaban entonces un fulgor singular.
— ¡Un tigre! —exclamó.
No se engañaba. Sí, era un tigre de gran tamaño, apoyado en sus patas
traseras, afilando sus garras en el tronco de un árbol, presto, en fin, a
acometer.
En un instante Godfrey había dejado caer su saco de raíces. El fusil
cargado pasó a su mano derecha, lo cargó, se lo echó a la cara, apuntó e hizo
fuego.
— ¡Hurra, hurra! —exclamó.
Esta vez no podía dudarse. El tigre, herido por la bala, había dado un
salto hacia atrás, pero quizá no estaba mortalmente herido, quizá iba a
revolverse hacia delante más furioso todavía por su herida.
Godfrey tenía su fusil apuntando y un segundo tiro seguía amenazando al
animal.
Pero antes de que Godfrey le hubiese podido contener, Carefinotu se
precipitó hacia el sitio donde había desaparecido el tigre, con el cuchillo de
caza en la mano.
Godfrey le gritó que se detuviese, que volviese... Fue en vano. El
negro, decidido, aun con peligro de su vida, a acabar con el animal, que quizá
no estaba sino herido, no le entendió o no quiso entenderle.
Godfrey se lanzó entonces sobre sus trazas... Cuando llegó a la orilla
vio a Carefinotu en lucha con el tigre, tomándole por la garganta, debatiéndose
con él en una lucha espantosa y, finalmente, hiriéndole en el corazón con mano
vigorosa.
El tigre rodó entonces hasta llegar al río, cuyas aguas, aumentadas por
las precedentes lluvias, lo arrastraron con la velocidad de un torrente. El
cadáver del animal, que no había flotado sino un instante en la superficie, fue
rápidamente llevado al mar.
¡Un oso, un tigre! ¡Ya no era posible dudar más de que en la isla había
temibles fieras!
No obstante, Godfrey, tras haberse reunido con Carefinotu y asegurado de
que el negro no había recibido en la lucha sino algunos rasguños sin gravedad,
muy ansioso por las eventualidades que les reservaba el porvenir, volvió a
tomar el camino del Will-Tree.
20
En que Tartelett repite en todos los tonos que desea mucho marcharse
Cuando Tartelett supo que en la isla había no ya solamente osos, sino
también tigres, sus lamentaciones se reanudaron de la forma más triste. ¡Ahora
ya no se atrevería a salir! ¡Estas fieras acabarían por conocer el camino del
Will-Tree! ¡Ya no se estaría en seguridad en ninguna parte! Así, lo que el
profesor en su espanto suplicaba con más ahínco eran fortificaciones por lo
menos, sí, murallas de piedra con escarpas y contraescarpas, cortinas y
bastiones, defensas, en fin, que convirtieran en un abrigo seguro el grupo de
los secoyas. Careciendo de ello, quería o, por lo menos, deseaba marcharse...
— ¡También yo! —respondió simplemente Godfrey.
En efecto, las condiciones en las que los huéspedes de la isla Phina
habían vivido hasta entonces no eran ya las mismas. Luchar contra la escasez,
luchar por las necesidades de la vida, ya lo habían hecho, y felizmente,
gracias a favorables circunstancias. Contra la mala estación, contra el
invierno y sus amenazas sabrían también guardarse; pero tener que defenderse de
animales feroces cuyo ataque era cada momento posible resultaba muy otra cosa,
y, en realidad, estaban faltos de medios para ello.
La situación, así, ya complicada, se transformaba pues en muy grave, y
amenazaba hacerse intolerable.
—Pero —se repetía sin cesar Godfrey— ¿cómo se entiende que durante
cuatro meses no hayamos visto ni una sola fiera en la isla, y por qué desde
hace quince días hemos tenido que luchar contra un oso y un tigre? ¿Qué es lo
que eso significa?
El hecho podía ser inexplicable, pero no era sino demasiado real, hay
que reconocerlo.
Godfrey, cuya sangre fría y valor aumentaban ante las pruebas, no se
dejó sin embargo abatir. Puesto que animales peligrosos amenazaban ahora la
pequeña colonia importaba ponerse en guardia contra sus ataques, y eso sin
tardar.
Pero ¿qué medidas tomar?
Fue primeramente decidido que las excursiones a los bosques o al litoral
serían más raras, que sólo se saldría bien armados, y solamente cuando fuese
absolutamente necesario para las necesidades de la vida material.
—Hemos tenido bastante suerte en estos dos encuentros —decía a menudo
Godfrey—, pero otra vez quizá no saldríamos tan bien librados. Por
consiguiente, es preciso no exponerse sin una absoluta necesidad.
De todos modos, no bastaba con lo de restringir las excursiones; era del
todo preciso proteger el Will-Tree, tanto la habitación como sus anexos, el
gallinero, el parque de los animales, etc., en los que las fieras no tendrían
grandes dificultades para causar desastres irreparables.
Godfrey pensó entonces, si no en fortificar el Will-Tree, siguiendo los
famosos planes de Tartelett, al menos sí los cuatro o cinco grandes secoyas que
lo rodeaban. Si alcanzaba a establecer una sólida y alta empalizada de un
tronco a otro, podría disfrutarse de relativa seguridad, o siquiera estar al
abrigo de un golpe de sorpresa.
Eso era practicable, y Godfrey se dio de ello cuenta después de haber
examinado bien los lugares, aunque en verdad se trataba de un trabajo enorme.
Reduciéndolo todo lo posible, se trataba todavía de elevar esta empalizada
sobre un perímetro de trescientos pies por lo menos. Puede juzgarse, en vista
de esto, la cantidad de árboles que sería preciso escoger, abatir, carretear y
colocar a fin de que el cercado fuese completo.
Godfrey no se echó atrás ante este trabajo. Comunicó a Tartelett sus
proyectos, que éste aprobó prometiendo un concurso activo; pero circunstancia
aún más importante, logró también hacer comprender su plan a Carefinotu,
siempre presto a venir en su ayuda. Se puso pues a la obra sin retardo.
Había cerca de un recodo del río, a menos de una milla arriba del
Will-Tree, un pequeño bosque de pinos marítimos de grosor medio y cuyos
troncos, a falta de tablones o planchas, sin haber necesidad de ser previamente
escuadrados, podrían formar, por su yuxtaposición una sólida empalizada.
A este bosque fue donde fueron Godfrey y sus dos compañeros el siguiente
día, 12 de noviembre. Salidos al alba y bien armados, avanzaban con gran
prudencia.
— ¡No me gustan mucho esta clase de expediciones! —Murmuraba Tartelett,
al que estas nuevas pruebas agriaban más y más—. ¡Yo desearía marcharme!
Pero Godfrey no se tomaba el trabajo de responderle. En esta ocasión no
se consultaban sus gustos ni se apelaba a su inteligencia. Era sólo la ayuda de
sus brazos lo que reclamaba el interés común. Resultaba preciso que se
resignase a este oficio de animal de carga.
Por otra parte, ningún mal encuentro tuvieron, ni se señaló novedad
alguna en el recorrido de una milla que separaba el Will-Tree del pequeño
bosque. En
vano fueron registradas con cuidado las malezas y observada la pradera
de un horizonte a otro. Los animales domésticos que se habían dejado pacer allí
no daban signo alguno de temor. Los pájaros se entregaban a sus correrías sin
más preocupación que de costumbre.
Los trabajos comenzaron enseguida. Godfrey quería, con razón, no
emprender el arrastre sino cuando todos los árboles de que tenían necesidad
hubiesen sido derribados. Entonces podría trabajárselos con más seguridad
cuando estuviesen en el sitio requerido.
Carefinotu rindió grandes servicios durante este rudo trabajo. Se había
vuelto muy hábil en el manejo del hacha y la sierra. Su vigor le permitía
seguir con su trabajo cuando ya Godfrey se veía obligado a pararse para tomar
algunos instantes de respiro y cuando Tartelett, con las manos entumecidas y
los miembros molidos, no tenía ya fuerza ni para levantar su violín.
Sin embargo, el infortunado profesor de baile y urbanidad, transformado
en leñador, tenía la parte menos fatigosa de la tarea, porque Godfrey le había
encargado montar las ramas pequeñas. A pesar de eso, y aunque Tartelett no
hubiese sido pagado más que a medio dólar por día, habría timado los cuatro
quintos de su salario...
Durante seis días, del 12 al 17 de noviembre, estos trabajos
continuaron. Se iba allí así que amanecía, se llevaba con qué desayunar y no se
entraba en el Will-Tree hasta la hora de la comida de la tarde. El celaje no
era muy bueno. Grandes nubarrones se acumulaban frecuentemente. El tiempo era
variable, con alternativas de lluvia y Sol. Así, durante las rociadas los
leñadores se resguardaban lo mejor posible bajo los árboles, remprendiendo
luego su tarea interrumpida un instante.
El 18, todos los árboles desmochados y desramados, yacían en el suelo
prestos a ser transportados al Will-Tree.
Durante este tiempo ninguna fiera había aparecido en las proximidades
del río. Era cosa de preguntarse si quedaba alguna en la isla, si el oso y el
tigre mortalmente heridos no eran —cosa increíble— los últimos de su especie.
Mas no por ello quiso Godfrey abandonar su proyecto de levantar una
empalizada sólida al objeto de estar igualmente al abrigo de un golpe de mano
de los salvajes, o de un golpe de pata... de los osos o tigres. Por otra parte,
lo más duro ya estaba hecho, puesto que ya sólo faltaba trasladar estas maderas
al emplazamiento en que iban a ser utilizadas.
Hemos dicho que lo más duro ya estaba hecho, aunque este acarreo iba a
ser extremadamente penoso. Y gracias a que Godfrey tuvo una idea, una idea muy
práctica, que debía aligerar singularmente la tarea: la de emplear la corriente
del río, que la crecida ocasionada por las últimas lluvias hacía
bastante rápida, para transportar los maderos. Se formarían pequeños
trenes que irían tranquilamente hasta la altura del grupo de los secoyas, que
el riachuelo atravesaba oblicuamente.
Allí la barrera formada por el puentecillo los detendría de manera
natural.
De este sitio al Will-Tree apenas restaban veinticinco pasos que
franquear.
Si alguien se mostró particularmente satisfecho de este procedimiento,
que iba a permitirle recuperar su calidad de hombre tan desdichadamente
comprometida, es claro que fue el profesor Tartelett.
A partir del 18, los primeros trenes flotantes fueron establecidos,
llegando sin accidente hasta la barrera. En menos de tres días, el 20 por la
tarde, toda esta estacada había llegado a su destino.
Al día siguiente los primeros troncos, perforando dos pies el suelo,
empezaron a levantarse en forma de enlazar entre ellos los principales secoyas
que rodeaban el Will-Tree, Un armazón de fuertes y flexibles ramajes los
sujetaban por las cabezas, aguzadas por el hacha, y aseguraba la solidez del
conjunto.
Godfrey veía con gran satisfacción adelantar este trabajo y le acuciaba
el deseo de que fuese terminado.
—Una vez terminada la empalizada —decía a Tartelett—, estaremos
verdaderamente en nuestra casa.
— ¡No estaremos verdaderamente en nuestra casa —respondió con un seco
tono Tartelett— sino cuando estemos en Montgomery-Street, en nuestras
habitaciones del hotel Kolderup!
No era cosa de discutir esta opinión.
El 26 de noviembre la empalizada estaba montada en sus tres cuartas
partes.
Comprendía entre los secoyas, comunicados uno a otro, aquel cuyo tronco
se había hecho servir de gallinero, y la intención de Godfrey era la de
construir allí un establo.
Tres o cuatro días más y el reducto estaría acabado. Ya sólo se trataba
de adaptar allí una sólida puerta que aseguraría definitivamente el cerramiento
del Will-Tree.
Pero el siguiente día, 27 de noviembre, este trabajo fue interrumpido
por causa de una circunstancia que conviene mencionar con algunos detalles, y
que entraba en el orden de las cosas inexplicables particulares a la isla
Phina.
Hacia las 8 de la mañana, Carefinotu se había izado por el agujero
interior hasta la horquilla de la secoya a fin de cerrar más herméticamente el
orificio
por el que el frío podría penetrar con la lluvia, cuando dejó oír un
grito singular.
Godfrey, que trabajaba en la empalizada, levantando la cabeza percibió
al negro, cuyos significativos gestos expresaban que fuera a unírsele sin
dilación.
Pensando Godfrey que Carefinotu no podía querer distraerle de su trabajo
de no haber para ello algún serio motivo, tomó su catalejo, se encaramó al
orificio interior, pasó por éste y pronto se encontró con Carefinotu sobre una
de las ramas maestras.
Carefinotu, dirigiendo entonces su brazo hacia el ángulo redondeado que
la isla Phina hacía al nordeste, mostró un vapor que se elevaba en el aire como
un largo penacho.
— ¡Todavía! —exclamó Godfrey.
Y, dirigiendo su anteojo hacia el punto indicado, pudo comprobar que
esta vez no había error posible; que se trataba claramente de humo, que debía
proceder de un hogar importante, puesto que se percibía muy claramente desde
una distancia de cerca de cinco millas. Godfrey se volvió hacia el negro.
Este expresaba sorpresa en sus miradas, en sus exclamaciones, en toda su
actitud, en fin. Ciertamente, no estaba menos estupefacto que Godfrey ante esta
aparición.
Por otro lado, a distancia no había navío ni embarcación indígena u otra
cualquiera, nada que indicase que se hubiese hecho recientemente un desembarco
en el litoral.
— ¡Ah, esta vez, yo sabré descubrir el fuego que produce ese humo! —
exclamó Godfrey.
Y, mostrando el ángulo nordeste de la isla y después la parte inferior
del secoya, hizo a Carefinotu el gesto de hombre que quiere situarse en aquel
lugar sin perder un instante.
Carefinotu le comprendió. Hizo incluso más que comprenderle: lo afirmó
con un movimiento de cabeza.
“¡Sí —se dijo Godfrey—, allí hay un ser humano y es preciso saber quién
es y de dónde ha venido! ¡Es preciso saber por qué se oculta! ¡Por la seguridad
de todos!”
Un momento después Carefinotu y él habían descendido al pie del
Will-Tree. Luego, Godfrey, poniendo al corriente a Tartelett de lo que había
visto y de lo que iba a hacer, le propuso los acompañase a los dos hasta el
norte del litoral. Una decena de millas que franquear durante la jornada no era
para tentar a un hombre que cuidaba sus piernas como la parte más preciosa de
su
individuo, únicamente asignada a nobles ejercicios. Respondió pues que
no, que prefería quedarse en el Will-Tree,
— ¡Bueno, iremos solos —respondió Godfrey—; pero no nos esperéis antes
de la noche!
Dicho esto, Carefinotu y él, llevando algunas provisiones a fin de poder
almorzar en el camino, partieron después de haberse despedido del profesor,
cuya opinión personal era que no encontrarían nada e irían a cansarse puramente
en vano.
Godfrey llevaba su fusil y su revólver; el negro, el hacha y el cuchillo
de caza, que se había convertido en su arma favorita. Atravesaron el puente de
estacas y se encontraron en la margen derecha del río; luego, a través de la
pradera, se dirigieron hacia el punto del litoral en que se veía el humo
elevarse entre las rocas.
Era más al este del lugar donde Godfrey había estado inútilmente en su
segunda expedición.
Iban los dos rápidamente, no sin observar si la ruta estaba segura, si
los ramajes y hierbajos ocultaban algún animal cuyo ataque hubiera sido de
temer.
No les ocurrió ningún mal encuentro.
A mediodía, después de haber comido, sin haberse parado siquiera un
instante, llegaban los dos al primer plano de las rocas que bordeaban la costa.
El humo, que continuaba visible, se alzaba ahora todavía a menos de un cuarto
de milla. No había sino que seguir una dirección rectilínea para llegar al
objetivo.
Apresuraron pues su marcha, pero tomando algunas precauciones a fin de
sorprender y no ser sorprendidos. Dos minutos después el humo se disipaba como
si el hogar hubiese sido súbitamente apagado.
Pero Godfrey había localizado con precisión el lugar por encima del cual
había aparecido. Era en la punta de una roca de forma extraña, una especie de
pirámide truncada fácilmente reconocible. Señalándola a su compañero, caminó
recto hacia allí.
El cuarto de milla fue rápidamente franqueado; después, escalado el
plano posterior, Godfrey y Carefinotu se hallaron sobre la playa a menos de
cincuenta pasos del roquedal. Corrieron hacia allí... ¡Nadie! Pero esta vez un
fuego apenas extinguido, carbones medio calcinados, probaban claramente que un
hogar había sido encendido en aquel sitio.
— ¡Alguien había aquí! —Exclamó Godfrey—; ¡alguien, y no hace sino un
instante! ¡Es preciso saber!
Llamó... Ninguna respuesta. Carefinotu lanzó un grito sonoro... ¡Nadie
apareció!
Helos entonces explorando las rocas vecinas, buscando una caverna, una
gruta, algo que hubiera podido servir de abrigo a un náufrago, a un indígena, a
un salvaje...
En vano registraron las menores anfractuosidades del litoral. Nada
revelaba la existencia de un campamento antiguo o reciente, nada tampoco de
trazas del paso de un hombre, fuese quien fuese.
“Y, sin embargo —se decía Godfrey—, no era el humo el resultado de una
fuente termal, de un manantial, esta vez. Era el de un fuego de leña y yerbas y
este fuego no ha podido encenderse solo.”
Búsquedas varias; y así durante dos horas. Godfrey y Carefinotu, tan
inquietos como desconcertados de no haber podido descubrir nada, volvieron a
tomar el camino del Will-Tree.
No es de sorprender que Godfrey caminara pensativo. Le parecía que su
isla estaba ahora bajo el imperio de algún poder oculto. La reaparición de esta
humareda, la presencia de fieras, ¿no denotaba todo esto alguna complicación
extraordinaria? Y ¿no debía confirmarse en esta idea cuando, una hora después
de haber entrado en la pradera, oyó un ruido singular, una especie de
crepitación seca?... ¡Carefinotu le empujó hacia atrás en el momento en que una
serpiente, oculta bajo las hierbas, iba a lanzarse sobre él!
— ¡Serpientes ahora, serpientes en la isla, después de los osos y los
tigres! —exclamó.
¡Sí! Se trataba de uno de esos reptiles, bien reconocibles en el ruido
que hizo mientras huía, una serpiente de cascabel de la más venenosa especie,
un gigante de la familia de los crótalos.
Carefinotu se había colocado entre Godfrey y el reptil, que no tardó en
desaparecer bajo un espeso soto. Pero el negro, persiguiéndole, le aplastó la
cabeza de un hachazo. Cuando Godfrey se unió a él, las dos partes del reptil se
removían sobre el suelo ensangrentado.
Luego otras serpientes no menos peligrosas se mostraron todavía en gran
número sobre toda esta parte de la pradera que el arroyo separaba del
Will-Tree.
¿Era pues una invasión de reptiles la que se producía de repente? ¿Iba
la isla Phina a convertirse en la rival de aquella antigua Tanos a la que sus
terribles ofidios hicieron célebre en la antigüedad y que dio nombre a la
culebra?
— ¡Marchemos, marchemos!
—exclamó Godfrey, haciendo
seña a
Carefinotu de acelerar el paso.
Estaba inquieto. Tristes pensamientos le agitaban sin poder llegar a
dominarlos.
Bajo su influencia, presintiendo alguna desdicha cercana, tenía prisa
por estar de vuelta en el Will-Tree.
Y otra cosa más ocurrió así que se aproximaban a la plancha lanzada
sobre el río.
Gritos de espanto resonaban bajo el grupo de los secoyas. Alguien pedía
socorro con un acento de terror tal como para no ofrecer duda.
— ¡Es Tartelett! —Exclamó Godfrey—. El desgraciado ha sido atacado...
¡De prisa, de prisa!
Franqueado el puente, veinte pasos más lejos, se vio a Tartelett
corriendo a toda la velocidad de sus piernas. Un enorme cocodrilo salido del
río le perseguía con la mandíbula abierta. El pobre hombre, fuera de sí, loco
de espanto, en lugar de echarse a derecha o a izquierda, huía en línea recta,
exponiéndose así a ser alcanzado. De pronto tropezó cayó... Estaba perdido.
Godfrey se detuvo. En presencia de este inminente peligro, su sangre
fría no le abandonó un instante. Se armó con el fusil y apuntó al cocodrilo por
debajo del ojo.
La bala, bien dirigida, fulminó al monstruo, que dio un salto de lado y
cayó sin movimiento sobre el suelo. Carefinotu, lanzándose entonces hacia
Tartelett, le levantó. Tartelett se hallaba presa del miedo, del más agudo
terror.
Eran las seis de la tarde. Un instante después Godfrey y sus dos
compañeros estaban de vuelta en el Will-Tree.
¡Qué amargas reflexiones tuvieron que hacerse durante la cena de la
tarde! ¡Qué largas horas de insomnio se preparaban para estos huéspedes de la
isla Phina, contra los cuales se encarnizaba ahora la mala suerte!
En cuanto al profesor, en sus angustias no hacía sino repetir estas
palabras, que resumían todo su pensamiento:
— ¡Yo quisiera marcharme!
21
Que termina con una reflexión absolutamente sorprendente del negro
Carefinotu
La estación de invierno, tan dura en estas latitudes, había por fin
llegado.
Los primeros fríos se dejaban sentir y había que contar con el extremo
rigor de la temperatura. Godfrey, por tanto, se felicitó de haber establecido
un hogar en el interior. No hay que decir que el trabajo de la empalizada había
sido concluido y que una sólida puerta aseguraba actualmente el cierre del
recinto.
Durante las seis semanas que siguieron, es decir, hasta la mitad de
diciembre, hubo días bien malos en que no era posible aventurarse fuera.
Primeramente hubo borrascas terribles, que conmovieron el grupo de los secoyas
hasta sus raíces, llenando el suelo de ramas rotas de las que fue hecha una
gran reserva para las necesidades del hogar.
Los huéspedes del Will-Tree se vistieron entonces tan abrigados como
pudieron; los tejidos de lana encontrados en el cofre fueron utilizados durante
algunas excursiones que hizo necesarias el avituallamiento; pero el tiempo se
hizo tan infernal, que no hubo más remedio que encerrarse.
Toda caza se hizo imposible, y la nieve cayó bien pronto con violencia
tal, que Godfrey hubiera podido creerse en los parajes inhóspitos del Océano
Polar.
Se sabe, en efecto, que la América septentrional, barrida por los
vientos del norte, sin que ningún obstáculo pueda detenerlos, es uno de los
países más fríos del globo.
El invierno se prolonga allí hasta más allá del mes de abril, siendo
precisas precauciones excepcionales para luchar contra él. Esto inducía a
pensar que la isla Phina estaba situada mucho más alta en latitud de lo que
Godfrey había supuesto.
De ahí la necesidad de disponer el interior del Will-Tree lo más
cómodamente posible, más hubo que sufrir cruelmente del frío y la lluvia. Las
reservas de la cocina eran, desgraciadamente, insuficientes; la carne de
tortuga conservada se agotaba poco a poco; varias veces había sido preciso
sacrificar algunas cabezas de ganado, corderos, agutíes o cabras, cuyo número
no había aumentado mucho desde su llegada a la isla. Ante estas nuevas pruebas,
¡qué tristes pensamientos habían de achicar el espíritu de Godfrey!
Sucedió también que durante una quincena fue gravemente afectado por una
fiebre intensa. Sin su pequeño botiquín, que le procuró las drogas necesarias a
su tratamiento, quizá no hubiera podido restablecerse. Tartelett era poco apto,
además, para proporcionarle los cuidados necesarios durante esta enfermedad.
Fue a Carefinotu especialmente a quien debió el recuperar la salud.
Mas ¡qué recuerdos y qué pesadumbres! ¡Y no podía acusar sino a sí mismo
de una situación de la que ni siquiera podía entreverse el fin! ¡Cuántas veces
en su delirio llamó a Phina, a quien no pensaba ya volver a ver jamás, y
a su tío Will, del que se veía separado para siempre! ¡Ah, bien había de
que culpar esta existencia de Robinsones a su imaginación de niño, que había
hecho de ella un ideal! Ahora se veía en manos de la realidad, ¡y no podía ni
esperar volver al hogar doméstico!
De esta forma transcurrió todo este mes de diciembre, al fin del cual
Godfrey comenzó a recobrar algunas fuerzas.
Por lo que respecta a Tartelett y por gracia especial, sin duda, siempre
se encontraba bien. Pero ¡qué de incesantes lamentaciones, qué de jeremiadas
sin fin!
Al igual que la gruta de Calypso después de la partida de Ulises,
Will-Tree “ya no resonaba con su canto” —el de su violín, ya se entiende, al
que el frío endurecía las cuerdas.
Preciso es decir también que una de las más graves preocupaciones de
Godfrey era, al mismo tiempo que la aparición de animales peligrosos, el temor
de que volvieran en gran número los salvajes a la isla Phina, cuya situación
les era conocida. Contra una agresión tal, la empalizada no habría constituido
sino una insuficiente barrera.
Bien examinado todo, el refugio ofrecido por las altas ramas del secoya
todavía parecía ser lo más seguro, por lo que se ocupó en hacer el acceso menos
difícil.
Siempre sería fácil defender el estrecho conducto por el cual era
preciso desembocar para llegar a la cima del tronco.
Fue con la ayuda de Carefinotu con la que Godfrey llegó a establecer
salientes regularmente espaciados de una pared a la otra, como los peldaños de
una escala, y que, ligados por una larga cuerda vegetal, permitían subir más
rápidamente al interior.
— ¡Y bien —dijo Godfrey, sonriendo, cuando este trabajo estuvo
concluido—; esto nos representa una casa de ciudad abajo y una casa de campo
arriba!
— ¡Más preferiría yo una caverna en Montgomery-Street! —respondió
Tartelett.
Llegó Navidad, el Christmas tan festejado en Estados Unidos de América.
Después vino el primero de año, lleno de recuerdos de la niñez, lluvioso,
nevado, frío, sombrío... ¡El nuevo año empezaba bajo los más tristes auspicios!
Ya hacía seis meses entonces que los náufragos del Dream se hallaban sin
comunicación con el resto del Mundo. Por consiguiente, el comienzo de este año
no fue muy grato, dando a pensar que Godfrey y sus compañeros estarían
sometidos a pruebas todavía más crueles.
La nieve no cesó de caer hasta el 18 de enero. Había sido preciso dejar
que el rebaño fuese a pastar alejado a fin de proveer como pudiera a su
alimentación. Al acabar el día, una noche muy húmeda y fría envolvía la isla
por completo, y debajo de los secoyas reinaba una profunda obscuridad.
Tartelett y Carefinotu, extendidos sobre su litera en el interior del
Will-Tree, trataban en vano de dormir. Godfrey, a la luz indecisa de una
resina, hojeaba algunas páginas de la Biblia.
Hacia las diez un ruido lejano que se aproximaba poco a poco se hizo oír
por la parte norte de la isla. No había lugar a dudas. Se trataba de fieras que
rondaban por los alrededores, y, horrorosa circunstancia, los aullidos del
tigre y la hiena y los rugidos de la pantera y del león se confundían esta vez
en un formidable concierto.
Godfrey, Tartelett y el negro se habían levantado de repente presos de
una indecible angustia. Si ante esta inexplicable invasión de animales feroces
Carefinotu participaba del espanto de sus compañeros, es de observar que además
su estupefacción igualaba al menos su terror.
Durante dos mortales horas los tres se mantuvieron alertas. Los rugidos
resonaban por instantes a menos distancia y cesaban después de repente como si
la bandada de fieras, no conociendo el país que recorría, se hubiese marchado
al azar. Tal vez el Will-Tree escaparía de una agresión.
“No importa —pensaba Godfrey—; si no logramos destruir esos animales
hasta el último, no habrá ya seguridad alguna para nosotros en la isla.”
Poco después de medianoche los rugidos se repitieron con mayor fuerza y
a una distancia menor. Imposible dudar de que la tropa aulladora se aproximaba
al Will-Tree. ¡Sí, nada más cierto! Y, sin embargo, estos animales feroces ¿de
dónde venían? ¡No podían haber desembarcado recientemente en la isla! Era
preciso, por tanto, que estuviesen allí anteriormente a la llegada de Godfrey.
Pero, entonces, ¿cómo toda esta bandada había podido ocultarse, ya que durante
sus excursiones y cacerías, tanto a través de los bosques del centro como en
las partes más apartadas del sur de la isla, no había jamás encontrado Godfrey
rastro alguno? ¿Dónde estaba pues el misterioso escondrijo que acababa de
vomitar estos leones, estas hienas, estos tigres, estas panteras? Entre todas
las cosas inexplicables hasta entonces, ¿no era ésta realmente la más
inexplicable?
Carefinotu no podía creer lo que estaba oyendo. Ya se ha dicho: era en
él la estupefacción llevada al límite. A la llama del hogar que alumbraba el
interior del Will-Tree se hubiera podido observar sobre su rostro negro la más
extraña de las muecas.
En cuanto a Tartelett, gemía, se lamentaba, gruñía en su rincón. Quería
interrogar a Godfrey sobre todo esto, pero éste no se hallaba ni en situación
ni en humor de responderle. Tenía el presentimiento de un gran peligro y
buscaba los medios de substraerse a él.
Una o dos veces Carefinotu y él se adelantaron hasta el centro del
cercado. Querían asegurarse de si la puerta del recinto estaba sólidamente
sujeta por dentro.
De repente un alud de animales se desparramó con gran estruendo del lado
del Will-Tree. No era todavía sino el rebaño de cabras, agutíes y corderos que,
llenos de espanto al oír los rugidos de las fieras y sintiendo su proximidad,
enloquecidos, habían abandonado el lugar de sus pastos y venían a refugiarse
tras la empalizada.
— ¡Es preciso abrirlos! —exclamó Godfrey.
Carefinotu movía la cabeza de arriba abajo. No era necesario hablar la
misma lengua que Godfrey para comprenderlo.
La puerta fue abierta y todo el rebaño, espantado, se precipitó en el
cercado; pero en este instante, a través de la entrada libre, apareció una
especie de llamear de ojos en medio de la obscuridad, que la sombra de los
secoyas hacía más espesa todavía.
¡Y ya no era tiempo de volver a cerrar el cercado!
Echarse sobre Godfrey, arrastrarle a su pesar, empujarle dentro de la
habitación y cerrar bruscamente la puerta, todo esto fue hecho por Carefinotu
en el espacio de un relámpago.
Nuevos rugidos indicaron que tres o cuatro fieras acababan de franquear
la empalizada. Entonces a estos horribles rugidos se mezcló todo un concierto
de balidos y gruñidos espantosos. El rebaño doméstico, cogido allí como en una
trampa, se encontraba entregado a las garras de los asaltantes.
Godfrey y Carefinotu, que se habían izado hasta las dos ventanitas
agujereadas en la corteza del secoya, trataban de ver lo que estaba ocurriendo
en la sombra.
Evidentemente, las fieras, tigres o leones, panteras o hienas, lo que no
podía saberse todavía, se habían lanzado sobre el rebaño y empezaban su
carnicería.
En este momento Tartelett, preso de un acceso de terror ciego, de
espanto irrazonable, cogiendo uno de los fusiles, quiso disparar por una de las
embocaduras de las ventanas, al azar. Godfrey le detuvo.
— ¡No! —le dijo—. En medio de esta obscuridad hay demasiadas razones
para que sean tiros perdidos. Es preciso no malgastar inútilmente
nuestras municiones; esperemos que se haga de día.
Tenía razón. Las balas igualmente hubieran alcanzado a los animales
domésticos que a los salvajes, más seguramente a los primeros, puesto que eran
los más.
Salvarlos era ahora imposible. Sacrificados éstos, quizá las fieras, ya
hartas, habrían abandonado el cercado antes de la salida del Sol. Entonces
vería cómo convendría obrar para prevenirse de una agresión.
Convenía también, durante esta noche tan negra y en cuanto fuese
posible, no revelar a las fieras la presencia de seres humanos, que podían
preferir al ganado doméstico. Así quizá se evitaría un ataque directo contra el
Will-Tree.
Como Tartelett era incapaz de comprender un razonamiento de este género,
ni de cualquier otro, Godfrey se contentó con quitarle su arma. Entonces el
profesor fue a echarse sobre su litera maldiciendo los viajes, los viajeros y
los maniáticos que no pueden quedarse tranquilos en el hogar doméstico.
Sus dos compañeros habían vuelto a ponerse en observación en las
ventanas.
Desde ellas asistían, sin poder intervenir, a esta horrible matanza que
se operaba en la sombra. Los balidos de los corderos y cabras disminuían poco a
poco, ya porque el degüello de estos animales se hubiese consumado, ya porque
la mayor parte se hubiesen escapado fuera, donde les esperaba una muerte no
menos segura... Todo esto sería una pérdida irreparable para la pequeña
colonia; pero Godfrey ya no se hallaba en situación de preocuparse por el
porvenir. El presente, bastante inquietante, era suficiente para absorber todos
sus pensamientos.
Nada se podía hacer, nada se podía intentar para impedir esta obra de
destrucción.
Debían de ser las once de la noche cuando los gritos de rabia cesaron un
instante.
Godfrey y Carefinotu seguían mirando... y les pareció ver aún pasar
grandes sombras en el cercado mientras un nuevo ruido de pasos llegaba a sus
oídos.
Evidentemente, ciertas fieras retrasadas, atraídas por el olor de sangre
que impregnaba el aire, producían emanaciones particulares alrededor del
Will-Tree.
Iban y venían, daban vueltas alrededor del árbol dejando oír un sordo
ronquido de rabia. Algunas de estas sombras daban saltos sobre el suelo como
enormes gatos.
El rebaño degollado no había bastado para contentar su cólera.
Ni Godfrey ni sus compañeros respiraban casi. Guardando una inmovilidad
completa, quizá podrían evitar una agresión directa.
Un tiro desgraciado reveló de repente su presencia y los expuso aún a
los más grandes peligros. Tartelett, presa de una verdadera alucinación, se
había levantado, había cogido un revólver y esta vez, antes de que Godfrey o
Carefinotu hubiesen podido impedirlo, y no sabiendo lo que hacía, creyendo tal
vez percibir un tigre enderezarse ante él, le había disparado... La bala
acababa de atravesar la puerta del Will-Tree.
— ¡Desventurado! —exclamó Godfrey, echándose sobre Tartelett, al que el
negro arrancó su arma.
Era demasiado tarde. Dada la alerta, estallaron fuera rugidos más
violentos. Se oyeron formidables garras rascando la corteza del secoya.
Sacudidas terribles conmovieron la puerta, que era demasiado débil para
resistir este asalto.
— ¡Defendámonos! —exclamó Godfrey.
Con gran sorpresa vio que Carefinotu había hecho como él. ¡Sí! Cogiendo
el negro el segundo fusil —arma que, sin embargo, jamás había manejado—,
llenaba sus bolsillos de cartuchos y acababa de tomar sitio en la segunda
ventana.
Entonces los tiros empezaron a resonar a través de estas troneras. A la
luz de la pólvora, Godfrey por un lado, Carefinotu por otro, podían ver con qué
enemigos tenían que vérselas.
Allí, aullando de ira, rugiendo bajo las detonaciones, cayendo bajo las
balas que alcanzaron a algunos, daban botes leones, tigres, panteras, hienas,
por lo menos una veintena de estos animales. A sus rugidos, que resonaban a lo
lejos, otras fieras iban a responder sin duda acudiendo en su auxilio. Ya hasta
podían oírse aullidos más lejanos que se aproximaban a las cercanías del
Will-Tree. ¡Era de creer que toda una tribu de fieras se había vaciado sobre la
isla!
Sin embargo, sin preocuparse de Tartelett, que no podía serles bueno
para nada, Godfrey y Carefinotu, conservando toda su sangre fría, trataban de
no disparar sino a tiro seguro. No queriendo perder ni un solo cartucho,
esperaban a que alguna sombra pasase. Entonces el tiro salía y hacía efecto,
porque en seguida un aullido de dolor probaba que el animal había sido
alcanzado.
Al cabo de un cuarto de hora hubo como un descanso, como una pausa. ¿Se
cansaban las fieras ya de un ataque que había costado la vida a varias de ellas
o bien esperaban el día para recomenzar su agresión en condiciones más
favorables?
Fuese lo que fuese, ni Godfrey ni Carefinotu habían abandonado su
puesto. El negro no se había servido de su fusil con menos habilidad que
Godfrey. Si ello no había sido sino por instinto de imitación, es preciso
convenir que era sorprendente.
Hacia las dos de la mañana hubo una nueva alerta, ésta más fuerte que
las otras. El peligro era inminente; la posición en el interior del Will-Tree
iba a convertirse en insostenible.
En efecto, nuevos rugidos estallaron al pie del secoya. Ni Godfrey ni
Carefinotu, a causa de la posición de las ventanillas agujereadas lateralmente,
podían entrever a los asaltantes, ni, en consecuencia, disparar con
probabilidades de abatirlos.
Ahora era a la puerta a la que estas bestias atacaban, y no era sino
demasiado cierto que ésta saltaría bajo su empuje o cedería a sus garras.
Godfrey y Carefinotu habían descendido al suelo. La puerta se conmovía
ya bajo los golpes de fuera. Se sentía un cálido aliento pasar a través de las
hendiduras de la corteza.
Godfrey y el negro trataron de consolidar esta puerta apuntalándola con
los pivotes que les servían para mantener sus literas, pero esto no podía
bastar. Era evidente que sería derribada antes de poco, porque las fieras se
encarnizaban a ello con rabia, sobre todo desde que los tiros de fusil no
podían ya alcanzarlas. Godfrey estaba pues reducido a la impotencia. Si sus
compañeros y él estaban todavía en el interior del Will-Tree en el momento en
que los asaltantes se precipitaran allí, sus armas serían insuficientes para
defenderlos.
Godfrey había cruzado los brazos. Veía las abrazaderas de la puerta
aflojarse poco a poco... ¡y nada podía hacer! En un momento de desfallecimiento
se pasó la mano por la frente como desesperado. Pero, recuperando casi
enseguida la posesión de sí mismo, dijo:
— ¡Arriba, arriba todos!
Y mostraba el estrecho orificio que ascendía a la horquilla por el
interior del Will-Tree.
Carafinotu y él se llevaron los fusiles, revólveres y la provisión de
cartuchos. Se trataba ahora de obligar a Tartelett a seguirlos hasta aquellas
alturas a las que jamás había querido aventurarse.
Tartelett ya no estaba allí... Había tomado la delantera mientras sus
compañeros disparaban.
— ¡Arriba! —repitió Godfrey.
Era una última retirada en la que se estaría ciertamente al abrigo de
las fieras. En todo caso, si alguna de ellas, tigre o pantera, trataba de subir
hasta el ramaje del secoya, sería fácil de defender el orificio por el que
pretendería pasar.
Godfrey y Carefinotu no se hallaban aún a una altura de treinta pies
cuando los aullidos estallaron en el interior del Will-Tree. Algunos instantes
más y hubieran sido sorprendidos. La puerta acababa de saltar hacia dentro. Los
dos se apresuraron a subir más y alcanzaron por fin el orificio superior del
tronco. Un grito de espanto los acogió. Era Tartelett, que había creído ver
aparecer una pantera o un tigre. El infortunado profesor estaba agarrado a una
rama por el temor de caerse.
Carefinotu fue a él, le forzó a sostenerse en una horquilla secundaria y
le ligó allí sólidamente con su cinturón.
Después, en tanto que Godfrey iba a apostarse en un sitio desde el cual
dominaba el orificio, Carefinotu buscó otro sitio en forma de que cruzara su
tiro con el suyo. Y esperaron.
En estas condiciones había realmente probabilidades para que los
asaltados estuvieran al abrigo de toda eventualidad.
Sin embargo, Godfrey trataba de ver qué pasaba por debajo de él, pero la
noche era todavía demasiado profunda. Entonces trató de oír, y los rugidos que
subían sin cesar indicaban claramente que los asaltantes no pensaban en
absoluto abandonar el lugar.
De repente, hacia las cuatro de la mañana, una gran luz se hizo en la
parte inferior del árbol y pronto se filtró a través de las ventanas y la
puerta. Al mismo tiempo, una humareda espesa, pasando por el orificio superior,
se perdía en las altas ramas.
— ¿Qué sucede ahora? —exclamó Godfrey.
La cosa era bien explicable. Las fieras, dando vueltas por todo el
interior del Will-Tree habían dispersado los carbones del hogar. Se había
comunicado enseguida el fuego a los objetos que se encontraban en el cuarto, la
llama había alcanzado la corteza, cuya sequedad hacía muy combustible y el
gigantesco secoya ardía por su base. La situación, consiguientemente, se hacía
aún más terrible de lo que había sido hasta entonces.
En este momento, a la luz del incendio que alumbraba claramente las
partes interiores del grupo de árboles, se podía ver a las fieras dar saltos al
pie del Will-Tree.
Casi en el mismo instante una tremenda explosión se produjo. El secoya,
espantosamente sacudido, tembló desde las raíces hasta las ramas extremas de
su cima. Había sido la reserva de pólvora, que acababa de saltar en el
interior del Will-Tree, y el aire, violentamente expandido, hizo irrupción por
el orificio como el gas expulsado de una boca de fuego.
Godfrey y Carefinotu estuvieron a punto, de ser arrancados de su puesto,
y si Tartelett no hubiese estado sólidamente atado, se hubiera precipitado al
suelo.
Las fieras, espantadas por la explosión, y más o menos heridas, acababan
de tomar la huida.
Pero al mismo tiempo el incendio, alimentado por esta súbita combustión
de la pólvora, tomó una extensión más considerable, avivándose y subiendo por
dentro del enorme tronco como por una chimenea. De estas grandes llamas que
lamían las paredes interiores, las más altas pronto se propagaron hasta la
horquilla en medio de crepitaciones de madera muerta semejantes a tiros de
revólver. Una inmensa luz alumbraba no solamente el grupo de árboles gigantes,
sino también todo el litoral, desde Flag-Point hasta el cabo sur de Dream Bay.
Pronto el incendio hubo ganado las primeras ramas del secoya, amenazando
alcanzar el lugar en que se hallaban refugiados Godfrey y sus dos compañeros.
¿Iban pues a ser devorados por este fuego que no podían combatir, o no
tendrían otro recurso que precipitarse desde lo alto de este árbol para escapar
de las llamas?
En todo caso ¡era la muerte!
Godfrey buscaba aún si había un medio de substraerse a ello. ¡No lo
veía! Ya las ramas bajas estaban ardiendo y un espeso humo ennegrecía las
primeras luces del día que comenzaba a surgir por el este.
En este instante un horrible estrépito de desgarramientos se produjo. El
secoya, quemado ya hasta las raíces, se quebraba violentamente, se inclinaba,
caía...
Pero, al abatirse, el tronco encontró los de los árboles vecinos; sus
poderosas ramas se entrelazaron a las suyas y quedó así, oblicuamente tendido,
haciendo un ángulo de más de cuarenta y cinco grados en el suelo.
En el momento en que el secoya caía, Godfrey y sus compañeros se
creyeron perdidos.
— ¡Diecinueve de enero! —exclamó entonces una voz que Godfrey,
estupefacto, reconoció sin embargo.
¡Era Carefinotu! ¡Sí, Carefinotu, que acababa de pronunciar estas
palabras
en esta lengua inglesa que parecía hasta entonces no haber podido hablar
ni comprender!
— ¿Qué dices...? —exclamó Godfrey, que se había dejado deslizar hasta él
a través del ramaje.
— ¡Digo —respondió Carefinotu— que hoy es el día en que vuestro tío Will
debe llegar, y que si no viene... estamos aviados...!
22
Que acaba explicando todo lo que había parecido ser absolutamente
inexplicable hasta aquí
En este momento, y antes de que Godfrey pudiera responder, disparos de
fusil estallaron a escasa distancia del Will-Tree. Al mismo tiempo, una de
estas lluvias tormentosas que son verdaderas cataratas venía a propósito a
verter sus aguas en el momento en que, devorando las primeras ramas, las llamas
amenazaban comunicarse a los árboles en que se apoyaba el Will-Tree.
¿Qué debía pensar Godfrey de esta serie de inexplicables incidentes?
Carefinotu hablando inglés, como un inglés de Londres, llamándole por su
nombre, anunciándole la próxima llegada del tío Will; después, aquellas
detonaciones de armas de fuego que acababan de estallar de repente. Se
preguntaba si se había vuelto loco, pero no tuvo tiempo de proponerse estas
preguntas insolubles.
En este instante, apenas cinco minutos después de los primeros tiros de
fusil, una tropa de marineros apareció deslizándose bajo la cubierta de los
árboles. Godfrey y Carefinotu se dejaron también deslizar a lo largo del
tronco, cuyas paredes interiores ardían aún.
Pero en el momento en que Godfrey tocaba el suelo se sintió interpelar
por dos voces que, aun en su turbación, le hubiera sido imposible no reconocer.
— ¡Sobrino Godfrey, tengo el honor de saludarte!
— ¡Godfrey, querido Godfrey!
— ¡Tío Will! ¡Phina! ¡Vosotros! —exclamó Godfrey, confundido.
Tres segundos después se hallaba en los brazos de uno y apretaba a la
otra con los suyos.
Al mismo tiempo dos marineros, por orden del capitán Turcotte, que
mandaba la pequeña tropa, trepaban a lo largo del secoya para liberar a
Tartelett y le “acogían” con todas las consideraciones debidas a su
persona.
Y, después de las preguntas, las respuestas, las explicaciones,
intercambiándose una tras otra.
— ¡Tío Will, vos!
— ¡Sí, nosotros!
—Pero ¿cómo habéis podido descubrir la isla Phina?
— ¡La isla Phina! —respondió William W. Kolderup—. ¡Querrás decir la
isla Spencer! ¡No era eso muy difícil! ¡Hace ya seis meses que la he comprado!
— ¿La isla Spencer...?
— ¡A la que, por lo que parece, has dado mi nombre, querido Godfrey! —
dijo la joven.
—Este nombre me gusta y lo conservaremos —añadió el tío—; pero hasta
aquí y para los geógrafos, es todavía la isla Spencer, que está sólo a tres
días de San Francisco y sobre la cual he querido enviarte para que hicieses tu
aprendizaje de Robinson.
— ¡Oh, tío mío; tío Will!, ¿que estáis diciendo? —Exclamó Godfrey—. Y si
es verdad eso que decís, no puedo contestaros sino que yo no había dejado de
merecerlo. Pero entonces, tío Will, ¿aquel naufragio del Dream...?
— ¡Falso! —Replicó William W. Kolderup, que jamás se había sentido de
tan buen humor—. El Dream se ha hundido tranquilamente siguiendo las
instrucciones que yo había dado a Turcotte, llenando de agua sus water-ballast.
Tú has creído que el Dream se hundía verdaderamente; pero cuando el capitán vio
que Tartelett y tú os ibais tranquilamente a la costa, dio marcha atrás...
Tres días más tarde regresaba a San Francisco, y él es el que nos ha
traído a la isla Spencer en la fecha convenida.
—Entonces ¿nadie de la tripulación ha perecido en el naufragio? —
pregunto Godfrey.
— ¡Nadie, excepto aquel desgraciado chino que se había escondido a
bordo, al que no se ha podido encontrar!
—Pero aquella piragua...
— ¡Falsa piragua, que yo había hecho fabricar! —Pero aquellos
salvajes...
—Igualmente falsos, y a los que tus disparos de fusil no han alcanzado
por fortuna.
—Pero Carefinotu...
— ¡Falso Carefinotu, o, mejor, mi fiel Jup Brass, que ha desempeñado
maravillosamente su papel de Viernes, por lo que veo!
— ¡Sí —respondió Godfrey—, y que me ha salvado dos veces la vida en un
encuentro con un oso y un tigre!
— ¡Falso el oso y falso el tigre! —exclamó William W. Kolderup, riendo a
placer—; disecados los dos y desembarcados, sin que tú los vieses, con Jup y
sus compañeros...
— ¡Pero si movían la cabeza y las patas...!
— ¡Por medio de un resorte al que Jup Brass iba a dar cuerda por la
noche, unas horas antes del encuentro con ellos que él te preparaba!
—Pero, todo eso... —repetía Godfrey, un poco avergonzado de haberse
dejado engañar con tales supercherías.
—Sí, sobrino. Te iba todo demasiado bien en la isla y convenía
proporcionarte emociones...
—Entonces —dijo Godfrey, que tomó el partido de reírse—, ya que queríais
probarme de esa manera, tío Will, ¿por qué me enviasteis un cofre conteniendo
todos los objetos de que teníamos tanta necesidad?
— ¿Un cofre? —Replica William W. Kolderup—. ¿Qué cofre? Yo no te he
enviado jamás cofre alguno. ¿Es que por casualidad...?
—Y diciendo esto el tío se volvió hacia Phina, que, bajando los ojos,
desviaba la mirada...
— ¡Ah, bueno...! Un cofre... Pero entonces es preciso que Phina haya
tenido por cómplice...
Y el tío Will se volvió hacia el capitán Turcotte que lanzó una
risotada.
— ¡Qué queréis, señor Kolderup! —respondió Turcotte—. Algunas veces
puedo resistiros... pero resistir a miss Phina se hace demasiado difícil... y
hace cuatro meses, mientras vos me mandabais vigilar la isla... puse mi chalupa
en el mar con el mencionado cofre...
— ¡Querida Phina, mi querida Phina! —exclamó Godfrey, tendiendo la mano
a la joven.
— ¡Turcotte, vos, sin embargo, me habíais prometido el secreto...! —se
quejó Phina, ruborizándose.
Y el tío William W. Kolderup, sacudiendo su gruesa cabeza, trató en vano
de ocultar que estaba muy emocionado.
Pero si bien Godfrey no había podido contener una sonrisa de buen humor
al oír las explicaciones que le daba el tío Will, el profesor Tartelett, por su
parte, no se reía. Le mortificaba mucho todo aquello. ¡Haber sido objeto de tal
mixtificación, él, profesor de baile y urbanidad! Así, avanzando con mucha
dignidad, dijo:
— ¡Creo que el señor William W. Kolderup no sostendrá que el enorme
cocodrilo del que he estado a punto de ser la víctima era de cartón y resorte!
— ¿Un cocodrilo? —replicó el tío.
— ¡Sí, señor Kolderup! —respondió entonces Carefinotu, al que conviene
restituir su verdadero nombre de Jup Brass—. ¡Sí, un verdadero cocodrilo que se
ha lanzado sobre el señor Tartelett y que, sin embargo, yo no había en absoluto
traído con mi colección...!
Godfrey contó entonces todo lo que había pasado desde hacía algún
tiempo; la aparición súbita de fieras en gran número, de verdaderos leones,
verdaderos tigres, verdaderas panteras, y después la invasión de verdaderas
serpientes, de las que durante cuatro meses no se había encontrado ni una sola
muestra en la isla.
William W. Kolderup, desconcertado a su vez, no comprendía nada de todo
esto. La isla Spencer —eso era conocido desde hacía mucho— no era frecuentada
por fiera alguna, y no debía contener ningún animal dañino según los términos
mismos del acta de venta. Tampoco comprendió lo que Godfrey le contaba de todas
las tentativas que él había hecho a propósito de una humareda que se había
dejado ver varias veces en diversos puntos de la isla. Igualmente se mostró muy
intrigado ante revelaciones que le daban motivo a pensar que no todo había
sucedido según sus instrucciones y según el programa que él solo había tenido
derecho a hacer.
En cuanto a Tartelett, no era hombre con el que se pudiese contar.
Aparte de esto, nada quería admitir del falso naufragio ni de los falsos
salvajes ni de los falsos animales, y, sobre todo, no quería renunciar a la
gloria que había adquirido abatiendo con su primer disparo al jefe de una tribu
polinesia (uno de los servidores del hotel Kolderup, que, por otra parte, se
encontraba tan bien como él).
Todo estaba dicho, todo estaba explicado, excepto la grave cuestión de
las verdaderas fieras y de la humareda desconocida. Esto hacía ponerse
pensativo hasta al mismo tío Will. Pero, como hombre práctico que era, aplazó
por un esfuerzo de voluntad la solución de estos problemas, diciendo así a su
sobrino:
—Godfrey, tú siempre has sido tan entusiasta de las islas, que estoy
seguro que te será agradable y colmará tus deseos saber que ésta es tuya, ¡tuya
sólo! ¡Te la regalo! Puedes hacer de tu isla cuanto quieras. Yo no te obligo a
que la
abandones, ni pienso desligarte de ella. Conviértete pues en un Robinson
toda la vida si el corazón te dice que...
— ¿Yo? —respondió Godfrey—, ¿yo? ¿Toda mi vida? Phina se adelantó a su
vez:
—Godfrey— preguntó—, ¿quieres efectivamente quedarte en tu isla?
— ¡Antes morir! —exclamó él, adelantándose con un arranque cuya
franqueza no era dudosa; pero, reaccionando en seguida, añadió—: ¡Bueno, sí
—apoderándose de la mano de la joven—, sí! Quiero quedarme, pero con tres
condiciones: primera, que te quedes conmigo, querida Phina; segunda, que el tío
Will se comprometerá a quedarse con nosotros, y tercera, ¡que el capellán del
Dream vendrá a casarnos hoy mismo!
— ¡No hay capellán en el Dream, Godfrey —respondió el tío Will—; bien lo
sabes! Pero creo que todavía lo hay en San Francisco, y que allí encontraremos
más de un digno pastor que consienta en rendirnos este servicio. Creo, por
consiguiente, responder a tu pensamiento diciéndote que mañana mismo volveremos
al mar...
Entonces Phina y el tío Will quisieron que Godfrey les hiciese los
honores de su isla, y aquí los tenemos paseando bajo el grupo de los secoyas, a
lo largo del río, hasta el puentecillo.
De la habitación del Will-Tree, ¡ay!, ya no quedaba nada. El incendio
había devorado toda esta habitación dispuesta en la base del árbol. Sin la
llegada de William W.
Kolderup, en las cercanías del invierno, con su pequeño material
destruido, con verdaderas fieras feroces recorriendo la isla, nuestros
Robinsones hubieran sido dignos de compasión.
— ¡Tío Will —dijo entonces Godfrey—, si yo había dado a esta isla el
nombre de Phina, dejadme añadir que el árbol en que vivíamos se llamaba
Will-Tree!
— ¡Bien, perfectamente! —respondió el tío—. Nos llevaremos semillas de
él para sembrarlas en mi jardín de Frisco.
Durante este paseo se percibieron a lo lejos algunas fieras, pero éstas
no osaron atacar a la numerosa y bien armada tropa de los marineros del Dream.
De todas maneras, su presencia no era menos un hecho absolutamente
incomprensible.
Después se volvió a bordo, no sin que Tartelett hubiese pedido permiso
para llevarse “su cocodrilo” como pieza de convicción... permiso que le fue
concedido. Por la tarde ya todo el Mundo estaba reunido en el cuadrilátero de
a bordo, festejando con un alegre almuerzo el fin de las pruebas de
Godfrey y sus bodas con Phina Hollaney.
Al día siguiente, 20 de enero, el Dream aparejaba bajo el mando del
capitán Turcotte. A las ocho de la mañana Godfrey, no sin cierta emoción, veía
en el horizonte del oeste desvanecerse como una sombra esta isla en la que
acababa de hacer cinco meses de una escuela de cuyas lecciones jamás debía
olvidarse.
La travesía se hizo rápidamente, con un mar magnífico y con un viento
favorable que permitió aprovechar las velas del Dream. ¡Ah, lo que es esta vez,
marchaba a su destino! ¡No trataba de burlar a nadie! ¡No hacía giros sin
número, como en el primer viaje! ¡No perdía por la noche lo que había ganado
durante el día!
De esta manera, el 23 de enero, a mediodía, después de haber entrado por
la Puerta de Oro en la vasta bahía de San Francisco, iba a alinearse
tranquilamente en el muelle de Marchant-Street.
¿Y qué fue lo que se vio entonces?
Se vio salir del fondo de la cala un hombre que, después de haber
alcanzado el Dream a nado durante su escala en la isla Phina, había logrado
ocultarse una vez más.
¿Y quién era este hombre?
Era el chino Seng-Vou, que acababa de hacer el viaje de vuelta como lo
había hecho de ida. Seng-Vou se adelantó hacia William W. Kolderup.
— ¡Que el señor Kolderup me perdone! —dijo muy cortésmente—. Cuando tomé
pasaje a bordo del Dream creía que iba directamente a Shanghai, donde yo
deseaba repatriarme; pero, desde el momento que vuelve a San Francisco,
¡desembarco!
Todos, estupefactos ante esta aparición, no sabían qué responder al
intruso, que los miraba sonriente.
— ¡Pero —dijo al fin William W. Kolderup— tú no habrás estado seis meses
en el fondo de la bodega, supongo!
— ¡No! —respondió Seng-Vou.
— ¿Dónde, pues, estabas oculto?
— ¡En la isla!
— ¿Tú? —exclamó Godfrey.
— ¡Yo!
—Entonces, aquellos humos...
—Necesitaba fuego, ¿no?
— ¿Y no intentabas acercarte a nosotros y participar de la vida común?
—Un chino gusta de vivir solo —respondió tranquilamente Seng-Vou—. ¡Se
basta a sí mismo y no necesita de nadie!
Tras lo cual aquel hombre original, saludando a William W. Kolderup,
desembarcó y desapareció.
— ¡He aquí de qué madera están hechos los verdaderos Robinsones! —
exclamó el tío Will—. ¡Fíjate en ése y mira si tú te asemejas a él! Es igual;
la raza anglosajona tendrá trabajo en absorber gentes de esta naturaleza.
— ¡Bueno! —dijo entonces Godfrey—; los humos están ahora explicados por
la presencia de Seng-Vou; pero ¿y las fieras...?
— ¡Y mi cocodrilo! —añadió Tartelett—. ¡Quiero que al fin se me explique
mi cocodrilo!
El tío William W. Kolderup, muy desconcertado, se sentía a su vez
burlado en este punto, y se pasaba la mano por la frente como para apartar de
ella una nube.
— ¡Ya sabremos eso más tarde! —dijo—. ¡Todo acaba por descubrirse a
quien sabe buscar!
Algunos días después se celebraba con gran pompa el matrimonio del
sobrino y la pupila de William W. Kolderup. Si los dos jóvenes fueron
felicitados y festejados por todos los amigos del riquísimo negociante, dejamos
al lector imaginárselo.
En esta ceremonia Tartelett se condujo con perfecta urbanidad y
distinción y comme il faut y el discípulo hizo igualmente honor al célebre
profesor de baile y buenas maneras.
Sin embargo, Tartelett tenía una idea. No pudiendo hacer montar su
cocodrilo en un alfiler de adorno, lo que bien lamentaba, resolvió simplemente
hacerlo disecar. De esta manera el animal, bien preparado, con las mandíbulas
entreabiertas, las patas extendidas y suspendido del techo, sería el mejor
ornamento de su cuarto. El cocodrilo fue enviado pues a casa de un célebre
disecador, que lo devolvió en el hotel pocos días después.
Todo el Mundo fue entonces a ver y admirar el “monstruo” al que
Tartelett había faltado poco para servir de pasto.
— ¿Sabéis, señor Kolderup, de dónde procedía este animal? —preguntó el
célebre disecador al presentar la factura.
— ¡No! —respondió el tío Will.
—Sin embargo, había una etiqueta pegada al caparazón.
— ¿Una etiqueta? —exclamó Godfrey.
— ¡Miradla!
Y mostró un pedazo de cuero sobre el cual estaban escritas estas
palabras en tinta indeleble:
“Envío de Hagenbeck, de Hamburgo, a J.-R. Taskinar, de Stockton, EE.
UU.”
Cuando William W. Kolderup hubo leído estas palabras, una formidable
risotada se le escapó. Acababa de comprenderlo todo.
Era su adversario J.-R. Taskinar, su competidor despojado de la isla, el
que, por vengarse y después de haber comprado todo un cargamento de fieras,
reptiles y otros animales dañinos al abastecedor de los parques zoológicos de
ambos mundos, lo había desembarcado de noche, en varios viajes, en la isla
Spencer. Esto le había costado caro, sin duda; pero había conseguido infestar
la propiedad de su rival como lo hicieron los ingleses en la Martinica, si se
debe creer a la leyenda, antes que devolverla a Francia.
Ya no había cosa alguna que explicar de los hechos memorables de la isla
Phina.
— ¡Bien jugado! —dijo William W. Kolderup—. ¡No lo hubiera hecho yo
mejor que ese viejo pícaro de Taskinar!
— ¡Pero con esos terribles huéspedes —dijo Phina—, ahora la isla
Spencer...!
— ¡La isla Phina! —respondió Godfrey.
— ¡La isla Phina —volvió a decir sonriendo la reciente dama—, es
absolutamente inhabitable!
— ¡Bah! —respondió el tío Will—; se esperará para habitarla a que el
último león haya devorado al último tigre.
—Y entonces, querida Phina —preguntó Godfrey—, ¿no temerás ir a pasar
una temporada allí conmigo?
— ¡Contigo, mi querido esposo, yo no temería nada en parte alguna—
respondió Phina—, y puesto que tú no has hecho tu viaje alrededor del Mundo...!
— ¡Lo haremos juntos! —exclamó Godfrey—; y si la mala suerte quiere
alguna vez hacer de mí un verdadero Robinson...
— ¡Tendrás, por lo menos, cerca de ti la más abnegada de las Robinsonas!
FIN

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