© Libro N° 13083. Espíritus Rebeldes. Khalil Gibrán, Gibrán. Emancipación.
Octubre 19 de 2024
Título original: ©
Espíritus Rebeldes . Gibrán Khalil Gibrán,
1908
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Original: © Espíritus
Rebeldes . Gibrán Khalil Gibrán
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ESPÍRITUS REBELDES
Gibrán Khalil Gibrán
Espíritus
Rebeldes
Gibrán
Khalil Gibrán
(1908)
KAHLIL EL HEREJE
I
Sheik Abbas era considerado un príncipe por los habitantes de una aldea
solitaria del norte del Líbano.
Su mansión, situada en medio de las pobres chozas de los aldeanos,
parecía un saludable gigante rebosante de vida en medio de débiles enanos. El
Sheik vivía rodeado de lujo, mientras sus vecinos soportaban una penosa
existencia. Lo obedecían y se inclinaban respetuosamente ante él cuando se
dirigía a ellos. Parecía como si el poder de la mente lo hubiera designado su
portavoz e intérprete oficial. Su cólera los hacía estremecer y dispersarse
como las hojas barridas por el fuerte viento del otoño. Si abofeteaba a
alguien, era una herejía por parte del individuo el moverse o levantar el
rostro o evidenciar cualquier intento de descubrir el porqué de tamaña ira. Si
sonreía a alguien, éste era considerado por los aldeanos como la persona más
honrada y afortunada. El temor y el sometimiento de la gente no era
consecuencia de la debilidad: la pobreza y necesidad habían provocado este
estado de perpetua humillación. Hasta las chozas en que vivían y los campos que
cultivaban pertenecían a Sheik Abbas, quien las había heredado de sus
antepasados.
La labranza de la tierra, la siembra de semillas y la cosecha del
cereal, todo era realizado bajo la supervisión del Sheik, quien, a cambio del
esfuerzo realizado, recompensaba a los labriegos con una pequeña porción de
trigo que apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.
Con frecuencia, muchos de ellos necesitaban pan antes de finalizar la
cosecha e iban a pedirle al Sheik con lágrimas en los ojos que les adelantara
algunas piastras o un poco de trigo; el Sheik accedía gustoso, pues sabía que
pagarían sus deudas con creces cuando llegara el tiempo de la cosecha. Así,
aquellos hombres permanecían
endeudados toda la vida, dejando un legado de deudas a sus hijos, y se
sometían a su amo, cuya cólera habían temido desde siempre y cuya amistad y
estima habían permanentemente tratado, en vano, de ganar.
II
Llegó el invierno, y con. él la pesada nieve y el viento cruel; los
valles y los campos quedaron desnudos salvo por los árboles sin hojas que se
erguían como espectros de muerte sobre las desiertas planicies.
Después de haber guardado en los graneros del Sheik los productos de la
tierra, y de haber llenado sus copas con el vino de sus viñedos, los aldeanos
se retiraron a sus chozas para pasar una parte de sus vidas holgazaneando junto
al fuego, y recordando la gloria de épocas pasadas, y relatándose unos a otros
las historias de cansadores días y largas noches.
El viejo año había exhalado su último suspiro en el cielo ceniciento.
Era la noche en la cual el Año Nuevo sería coronado y colocado en el trono del
Universo. Comenzó a nevar pesadamente, y los vientos ululantes descendían de
las encumbradas montañas hacia el abismo, y arrastrando la nieve formaban
montículos que se acumulaban en los valles.
Los árboles se balanceaban a causa de las fuertes tormentas,, y los
campos y lomas estaban cubiertos con un blanco manto sobre el que la Muerte
escribía borrosos trazos que luego borraba. La nevada parecía separar unas de
otras las dispersas aldeas emplazadas junto a los valles. La parpadeante luz de
las lámparas de aquellas miserables chozas, apenas discernible a través de las
ventanas, se desvanecía tras el espeso velo de la Naturaleza enfurecida.
El miedo había hecho presa de los corazones de los fellaínes y los
animales se habían guarecido en los establos, mientras los perros se escondían
en los rincones. Podía escucharse el ulular de los
vientos y el tronar de las tormentas retumbando en lo profundo de los
valles. Parecía como si la Naturaleza se
enfureciera por la muerte del año viejo y tratara de vengarse de
aquellas almas apacibles, luchando con armas de frío y escarcha.
Aquella noche, un joven intentaba caminar bajo los cielos enfurecidos
del sinuoso sendero que se extendía entre las aldeas de Deir Kizhaya y Sheik
Abbas. Sus miembros estaban entumecidos de frío, mientras el dolor y el hambre
lo habían despojado de su fuerza. Su oscura vestimenta estaba blanqueada por la
nieve que caía, y parecía amortajado aún antes de la hora de su muerte. Luchaba
contra el viento. Le resultaba difícil avanzar, pues con cada esfuerzo sólo
lograba adelantar unos pocos pasos. Gritó pidiendo socorro y luego permaneció
en silencio, aterido por el frío de la noche. Casi sin esperanza, el joven
consumía sus fuerzas bajo el peso del desaliento y la fatiga. Era como un
pájaro de alas rotas, presa de los remolinos de una corriente de agua que lo arrastraba
hacia lo profundo.
El joven continuó, caminando y cayéndose hasta que su sangre dejó de
circular, y finalmente desfalleció.
Lanzó un grito de horror... la voz de un alma que enfrenta el rostro
hueco de la Muerte... la voz de la juventud agonizante, debilitada por el
hambre y atrapada por la naturaleza..: la voz del amor a la vida en el abismo
de la nada.
III
Hacia el norte del poblado, y en medio de los campos arrasados por los
vientos, estaba situada la solitaria choza de una mujer llamada Rachel y su
hija Miriam, quien aún no tenía dieciocho años. Rachel era viuda de Samaari
Ramy, que fuera encontrado asesinado seis años atrás. La justicia humana nunca
había dado con el culpable.
Como todas las viudas libanesas, Rachel se mantenía con lo poco que le
proporcionaba su agotador y arduo trabajo. En épocas de
cosecha, buscaba las espigas de trigo abandonadas en los campos y en
otoño, recogía los restos de frutos olvidados en los árboles. En invierno,
hilaba y confeccionaba ropas por las que recibía unas pocas piastras o un saco
de trigo. Miriam, su hija, era una hermosa muchacha que compartía con su madre
el peso del trabajo.
Aquella noche amarga, las dos mujeres estaban sentadas junto al fuego,
cuya calidez era atenuada por la escarcha y cuyos tizones estaban casi
sepultados bajo las cenizas. Junto a ellas, la trémula luz de una lámpara
proyectaba su mortecino reflejo en el corazón de la oscuridad, como una
plegaria que transmite fantasmas de esperanza a los corazones de los
apesadumbrados.
Llegó la medianoche y afuera el viento susurraba. De vez en cuando,
Miriam se levantaba y abría el pequeño montante para mirar el ennegrecido
cielo; entonces, preocupada y atemorizada por la furia de los elementos,
regresaba a su sitio. De repente Miriam se estremeció como si algo la hubiera
arrebatado de su profundo letargo. Miró ansiosamente a su madre y dijo:
-¿Has oído eso, madre? ¿Has oído una voz pidiendo socorro?
La madre prestó atención un momento y dijo:
-Nada escucho excepto el gimiente viento, hija mía. Entonces Miriam
exclamó:
-Escuché un grito más profundo que los cielos atronadores y más triste
que la quejumbrosa tempestad.
Después de pronunciar esta frase se puso de pie, abrió la puerta, y
aguzó el oído un instante. Entonces, Miriam dijo:
- ¡Lo he vuelto a escuchar, madre!
Rachel se dirigió rápidamente hacia la puerta endeble, y después de
dudar un momento dijo:
-Ahora yo también lo escucho. Vayamos a ver.
Se cubrió con un largo manto, abrió más la puerta y salió
cautelosamente, mientras Miriam permaneció en el umbral, de cara al viento que
alborotaba sus largos cabellos.
Luego de recorrer un trecho abriéndose paso entre la nieve, Rachel se
detuvo y gritó:
-¿Quién llama?... ¿Dónde se halla?
Pero no hubo respuesta; entonces repitió las mismas palabras
innumerables veces, pero nada más se escuchó entre los truenos. Se adelantó
unos pasos valientemente, mirando hacia uno y otro lado. Había andado algunos
pasos cuando descubrió unas profundas huellas sobre la nieve; las siguió
temerosa y en unos, momentos tuvo ante sus ojos un cuerpo que yacía sobre la
nieve como un remiendo sobre un vestido blanco. Al aproximarse y reclinar la
cabeza del joven sobre sus rodillas, pudo sentir el pulso que reflejaba los
débiles latidos de aquel trémulo corazón y sus escasas posibilidades de
salvación. Volvió el rostro hacia la choza y llamó:
- ¡Ven, Miriam, ven y ayúdame, lo he hallado!
Miriam corrió siguiendo las huellas de su madre en la nieve, aterida y
trémula de miedo. Al llegar al lugar donde yacía aquel cuerpo inerte, profirió
un grito de dolor. La madre puso las manos bajo las axilas del joven, calmó a
Miriam y le dijo:
-No temas, él aún vive; toma con fuerza las puntas de su capa y ayúdame
a llevarlo a casa.
Haciendo frente al impetuoso viento y a la copiosa nieve, las dos
mujeres cargaron al joven y se dirigieron hacia la choza. Al llegar al refugio
lo colocaron junto al fuego. Rachel empezó a frotarle las entumecidas manos,
mientras Miriam le secaba los cabellos con el ruedo de su vestido. A poco, el
joven comenzó a moverse.
Parpadeó y lanzó un profundo suspiro, revelando así sus esperanzas de
salvación a los corazones de aquellas piadosas mujeres. Le sacaron los zapatos
y el negro manto. Miriam miró a su madre y dijo:
-Observa su vestimenta, madre; viste el hábito de los monjes.
Después de alimentar el fuego con un puñado de ramas secas,
Rachel miró perpleja a su hija y le dijo:
-Los monjes no salen del convento en una noche como ésta.
-Pero es lampiño -dijo Miriam-; los monjes tienen barba.
La madre escrutó al muchacho con ojos llenos de misericordia y amor
maternal; luego se volvió hacia su hija.
-Nada importa si es monje o criminal -dijo -; seca perfectamente sus
pies, hija mía.
Rachel abrió un armario, sacó una jarra de vino y vertió un poco en una
vasija de barro. Miriam le sostenía la cabeza mientras su madre le daba un poco
de vino para estimular su corazón. Al sorber el vino el joven abrió los ojos
por primera vez y concedió a sus salvadoras una sufrida mirada de
agradecimiento: la mirada de un hombre que vuelve a sentir la suave caricia de
la vida tras haber sido presa de las afiladas garras de la muerte; una mirada
esperanzada tras haber visto morir la esperanza. Luego inclinó la cabeza, y con
labios trémulos dijo:
-¡Que Dios os bendiga!
Rachel apoyó la mano sobre su hombro y respondió:
-Cálmate, hermano. No te agites hablando hasta haber recobrado las
fuerzas.
Y Miriam agregó:
-Apoya la cabeza sobre esta almohada, hermano, que te acercaremos al
fuego.
Rachel volvió a llenar la vasija con vino y se la dio. Luego miró a su
hija y dijo:
-Cuelga su ropa junto al fuego para que se seque. Después de cumplir la
orden de su madre, la muchacha regresó al lado del joven y comenzó a mirarlo
compasivamente, como si quisiera ayudarlo transmitiéndole toda la calidez que
su corazón contenía. Rachel trajo dos trozos de pan con algunas conservas y
frutas secas; y sentada, junto a él, comenzó a alimentarlo con bocados
pequeños, como una madre que alimenta a su pequeño. Después de esto el joven se
sintió más fuerte y se incorporó sobre la pequeña alfombra al pie de la
chimenea, mientras las enrojecidas llamas del fuego se reflejaban sobre su
afligido rostro. Los ojos se le iluminaron y movió lentamente la cabeza,
diciendo:
-La Piedad y la Crueldad luchan en el corazón humano así como los
elementos del cielo luchan en esta terrible noche, pero la piedad vencerá a la
crueldad porque es divina, y el terror que domina a esta noche morirá, en
soledad; al rayar el día.
El silencio reinó por un instante, y luego agregó con voz susurrante:
-Una mano humana me arrojó a la desesperación, y una mano humana me
salvó; ¡qué severo, y qué piadoso es el hombre!
- ¿Cómo te has atrevido,
hermano, a salir del convento en una noche tan terrible, cuando hasta los
animales no se atreven a dar un paso? -preguntó Rachel.
El joven cerró los ojos como si quisiera contener las lágrimas en las
profundidades de su corazón.
-Los animales viven en sus cuevas, y las aves del cielo en sus nidos
-dijo-, pero el hijo del hombre no posee un sitio donde reclinar su cabeza.
-Eso es lo que Jesús dijo dé sí mismo -respondió Rachel-. El joven
prosiguió:
-Ésta es la respuesta a todo hombre que desea seguir al Espíritu y a la
Verdad en esta época de falsedad, hipocresía y corrupción.
Después de meditar un instante, Rachel dijo:
-Pero hay muchas habitaciones confortables en el convento, y las arcas
están colmadas de oro y de toda clase de provisiones. Los cobertizos del
convento rebosan de becerros y ovejas; ¿qué te indujo a abandonar un paraíso
así en esta noche aborrecible?
El joven respiró profundamente y dijo:
-Abandoné ese lugar porque lo aborrecía.
-Un monje en un convento es como un soldado en el campo de batalla
-replicó Rachel- a quien se le ordena obedecer las órdenes de sus superiores
independientemente de su naturaleza. Supe que un hombre no podría convertirse
en monje hasta tanto no se despojara de sus posesiones, pensamientos, deseos y
de todo lo que esté dentro de los dominios de la mente. Pero un religioso
superior no pide a sus monjes cosas descabelladas. ¿Cómo pudo el superior de
Deir Kizhaya pedirle a alguien que ofrende su vida a la tormenta y a la nieve?
-En opinión del superior -dijo él-, un hombre no puede convertirse en
monje si no es ciego e ignorante, sordo e insensible. Abandoné el convento pues
soy un hombre sensible capaz de ver, sentir y oír.
Miriam y Rachel lo miraron fijamente como si acabaran de descubrir en su
rostro un oculto secreto; después de meditar un segundo, la madre dijo:
¿Puede un hombre capaz de ver y oír salir en una noche que ciega los
ojos y ensordece los oídos?
El joven anunció serenamente: -Fui expulsado del convento.
¡Expulsado! -exclamó Rachel; y Miriam repitió . al unísono la palabra
junto con su madre.
El levantó el rostro, arrepintiéndose de sus palabras, pues temía que el
amor y la bondad que ellas habían demostrado se convirtieran en odio y
desprecio; pero cuando las miró observó que de sus ojos aún emanaban reflejos
de misericordia, y que sus cuerpos se estremecían de ansiedad por saberlo todo.
Prosiguió con voz ahogada:
-Sí, fui expulsado del convento porque no fui capaz de cavar mi sepulcro
con mis propias manos; mi corazón se había cansado de tanto mentir. Fui
expulsado del convento porque mi alma rehusó regocijarse con el don de aquellos
que se rindieron a la ignorancia. Fui expulsado porque no pude hallar paz en
los confortables cuartos, erigidos con el dinero de los pobres fellaínes. Mi
estómago no toleraba el pan amasado con las lágrimas de los huérfanos. Mis
labios no podían pronunciar las plegarias que más superiores vendían a la gente
simple y honrada a cambio de oro o alimentos. Fui expulsado del convento como
un apestante leproso por tratar de hacer recordar a los monjes las reglas que
las condujeron a su actual condición.
El silencio ganó la habitación mientras Miriam y Rachel repensaban las
palabras con la mirada fija en el joven.
-¿Viven tus padres? -preguntaron.
Y él respondió:
-No tengo padre ni madre ni sitio donde guarecerme. Rachel aspiró
profundamente y Miriam volvió el rostro hacia la pared para ocultar sus
amorosas y piadosas lágrimas. Así como una florecilla marchita torna a la vida
gracias a las gotas de rocío que el alba derrama sobre sus sedientos pétalos,
así revivió el anhelante corazón del
joven gracias al afecto y bondad de sus benefactoras. Las miró como un
soldado mira a los que vienen a rescatarlo de las garras del enemigo, y
prosiguió:
-Perdí a mis padres antes de cumplir siete años. El sacerdote de la
aldea me condujo a Deir Kizhaya y me dejó al cuidado de los monjes, que se
alegraron de tenerme entre ellos y me ordenaron que me ocupara del ganado y el
rebaño y de llevarlos a pastar cada día. Al cumplir quince años me vistieron
con este negro manto y me condujeron hasta el altar, donde el superior se
dirigió a mí con estas palabras: "Jurad en nombre de Dios y de todos los
santos y prometed llevar una virtuosa vida de pobreza y obediencia."
Repetí las palabras hasta que comprendí su significado y supe lo que ellos
entendían por pobreza, virtud y obediencia.
"Mi nombre es Khalil, y desde ese momento los monjes me llamaron
Hermano Bobaarak, aunque nunca me trataron como a un hermano. Comían los platos
más exquisitos y bebían el vino más delicioso, mientras yo me alimentaba de
vegetales secos y agua, mezclados con lágrimas. Descansaban en mullidos lechos
mientras yo dormía sobre una tabla en una habitación fría y oscura junto al
granero. A menudo me preguntaba: ¿Cuándo seré monje y compartiré la prosperidad
de esos afortunados? ¿Cuándo cesará mi corazón de ansiar los platos que ellos
saborean y el vino que beben? ¿Cuándo dejaré de temblar de miedo ante mi
superior?. Pero todas mis esperanzas fueron vanas, pues me mantuvieron en la
misma situación; y además de ocuparme del ganado, me obligaron a cargar pesadas
piedras sobre los hombros y a cavar fosos y vallas. Me mantenía en pie gracias
a los escasos bocados de pan recibidos en pago a mi labor. No sabía hacia dónde
dirigirme, y los sacerdotes del convento me habían inducido a aborrecer todo lo
que hacían.
Habían envenenado mi mente hasta que empecé a pensar que el mundo entero
era un océano de sufrimientos y miserias, y que el convento era el único puerto
de salvación. Pero cuando descubrí el origen de sus alimentos y oro, me alegré
de no compartirlos. -Kahlil se recompuso y miró a su alrededor, como si algo
bello se hubiera
revelado a sus ojos en aquella miserable cabaña. Rachel y Miriam
permanecieron en silencio y luego el joven prosiguió: -Dios, que me arrebató mi
padre y me exilió en el convento como un huérfano, no quiso que desperdiciara
mi vida caminando a ciegas a través de un bosque peligroso; tampoco quiso que
fuera un mísero esclavo durante el resto de mi vida. Dios me abrió los ojos y
oídos y me develó la luz divina y me hizo escuchar a la Verdad cuando la Verdad
hablaba.
Rachel pensó en voz alta:
-¿Acaso existe luz alguna, diferente de la del sol, que brille sobre la
gente? ¿Son los seres humanos capaces de comprender la Verdad?
-La luz verdadera es aquella que emana del hombre
-respondió Kahlil-, y que revela al alma los secretos del corazón,
tornándola feliz y contenta con la vida.
La Verdad es como las estrellas: no surge sino de las tinieblas de la
noche. La Verdad es como todas las cosas bellas de este mundo: no revela sus
deseos excepto a aquellos que sienten antes que nadie la influencia de la
falsedad. La Verdad es una dama generosa que nos enseña a conformarnos con
nuestra vida cotidiana y a compartir con nuestros semejantes la misma
felicidad.
-Muchos son los que viven de acuerdo con su bondad
-respondió Rachel-, y muchos son los que creen que la compasión es la
sombra de la Ley Divina revelada al hombre; sin embargo, ellos no gozan de sus
vidas, pues permanecen míseros hasta la muerte.
Kahlil replicó:
-Vanas son las creencias y enseñanzas que vuelven mísero al hombre, y
falsa es la bondad que lo conduce al sufrimiento y desesperanza, pues es el
destino del hombre ser feliz en esta tierra
y hallar el camino hacia la felicidad y predicar su verdad dondequiera
que vaya. Aquel que no halla el reino de los cielos en esta vida no lo hallará
jamás en la vida futura. No somos exiliados en esta tierra, sino inocentes
criaturas de Dios, prestas a aprender cómo adorar al espíritu eterno y sagrado,
y descubrir en la belleza de la vida los secretos ocultos en nosotros mismos.
Ésta es la verdad que aprendí de las enseñanzas del Nazareno. Ésta es la luz
que surgió en lo íntimo de mi ser e iluminó los oscuros rincones del convento
que amedrentaban mi vida. Éste es el secreto oculto que los maravillosos campos
y valles me revelaron cuando estaba hambriento, sólo y gimiente a la sombra de
los árboles.
Ésta es la religión que el convento debería divulgar, como Dios lo
quiso, como Jesús lo enseñó. Cierto día, con mi alma segura de las celestiales
bellezas de la Verdad, me presenté bravamente ante los monjes reunidos en el
jardín, y critiqué su equivocado comportamiento diciéndoles: ¿Por qué pasáis
vuestros días en este sitio y os regocijáis con la condición de los pobres,
saboreando el pan que ellos amasaron con el sudor de sus cuerpos y las lágrimas
de sus corazones? ¿Por qué vivís a la sombra del parasitismo y segregados de
los que necesitan instrucción? ¿Por qué priváis a la nación de vuestra ayuda?
Jesús os ha enviado para que seáis corderos entre los lobos: ¿qué os ha
convertido en lobos entre corderos? ¿Es que huís de la humanidad y del Dios que
os creó? Si sois en verdad más buenos que aquellos que transitan el sendero de
la vida, deberíais acercaros a ellos y mejorar sus vidas; pero si pensáis que
ellos son mejores que vosotros, deberíais estar deseosos de aprender de ellos.
¿Por qué hacéis votos de pobreza, y luego olvidáis lo que habéis prometido y
vivís en el lujo? ¿Por qué juráis obedecer a Dios y luego os rebeláis contra
todo lo que significa la religión? ¿Por qué adoptáis la virtud como vuestro
mandamiento cuando vuestros corazones están llenos de pecado? Simuláis
martirizar vuestros cuerpos cuando en realidad matáis vuestras almas. Os
comprometéis a abjurar de las cosas terrenas, mas vuestros corazones exudan
avidez.
Hacéis que vuestros semejantes crean en vosotros pues os consideran sus
maestros religiosos; en verdad, sois como el ganado que se olvida de aprender
por pastar en las verdes y hermosas praderas. Restituyamos a los necesitados
las vastas tierras del convento y devolvámosles la plata y el oro que les
robamos.
Abandonemos nuestra reclusión y sirvamos al débil que nos concedió
fortaleza, y purifiquemos la nación que habitamos. Enseñemos a esta miserable
nación a sonreír y a gozar de los privilegios celestiales, la libertad y la
gloria de la vida.
"Las lágrimas de nuestros semejantes son más bellas y están más
próximas a Dios que la paz y la tranquilidad a las que os habéis acostumbrado
en este sitio. La compasión que conmueve el corazón de nuestros prójimos es más
suprema que la virtud oculta en los rincones más recónditos del convento. Una
palabra compasiva al débil criminal o la prostituta es más noble que las
fútiles e interminables plegarias que repetís automáticamente cada día en el
templo.
En este punto del relato, Kahlil suspiró profundamente. Luego elevó los
ojos hacia Rachel y Miriam y dijo:
-Mientras decía todas estas cosas a los monjes, éstos me escuchaban con
perplejidad, como si no pudieran convencerse de que un joven se atreviera a
pronunciar palabras tan audaces. Cuando terminé, uno de los monjes se adelantó
y me dijo con enfado: "¿Cómo te atreves a hablar de ese modo en nuestra
presencia?" Y otro rió y agregó: "¿Has aprendido esto de las vacas y
los cerdos que cuidas en los campos?"
Y un tercero se irguió y me amenazó diciendo: "¡Serás castigado,
hereje!" Luego se dispersaron como huyendo de un leproso. Algunos se
quejaron ante el superior, quien me mandó llamar al atardecer. Los monjes se
regocijaban por adelantado de mi sufrimiento, y el júbilo henchía sus rostros
cuando ordenaron azotarme y encarcelarme por cuarenta días y cuarenta noches.
Me condujeron a una celda oscura donde pasé los días yaciendo en una
cueva que no me permitía ver la luz. No podía distinguir el fin de la
noche del comienzo del día, y no podía percibir nada, excepto a los insectos
arrastrándose bajo mis pies. Nada podía escuchar, salvo el sonido de los pasos,
cuando me traían, tras largos intervalos, un mendrugo de pan y un poco de agua
mezclada con vinagre.
"Cuando salí de la prisión me encontraba débil y enfermo, y los
monjes creyeron que me habían curado de pensar, y que habían matado el deseo de
mi alma. Pensaron que el hambre y la sed habían sofocado la bondad que Dios
depositó en mi corazón. Durante mis cuarenta días de soledad me esforcé por
hallar un método que ayudara a los monjes a ver la luz y a oír la verdadera
melodía de la vida, pero todas mis reflexiones fueron en vano, pues el velo
espeso que los siglos habían tejido en sus ojos no podría rasgarse en tan poco
tiempo; y el mortero con el que la ignorancia había ensordecido sus oídos era
demasiado sólido y no podía romperse con el roce de suaves dedos.
Se hizo silencio un instante, y luego Miriam miró a su madre como
pidiéndole permiso para hablar.
Entonces dijo:
-Debes haber hablado de nuevo a los monjes,,, ya que ellos eligieron una
noche tan terrible para desterrarte del convento. Deberían aprender a ser
bondadosos aun con sus enemigos.
-Esta noche -respondió Kahlil-, mientras la atronadora tormenta y los
aguerridos elementos luchaban en el cielo, abandoné a los monjes reunidos junto
al fuego, relatándose cuentos e historias humorísticas. Al verme solitario,
comenzaron a divertirse a costa mía. Yo leía los Evangelios y meditaba acerca
de las bellas palabras de Jesús que me hacían olvidar momentáneamente la cólera
de la naturaleza y los beligerantes elementos del cielo, cuando se me acercaron
con intenciones de ponerme en ridículo. Los ignoré tratando de ocupar mi mente
y de mirar a través de la, ventana, pero ellos se enfurecieron, pues mi
silencio acallaba las risas de sus corazones y los sarcasmos de sus labios. Uno
de ellos dijo:
¿Qué lees, Gran Reformador?. En respuesta a esta pregunta, abrí el libro
y leí en voz alta el siguiente trozo: "Pero al ver que muchos fariseos y
saduceos acudían a su bautismo, él les dijo: Oh raza de víboras,
¿quién os ha aconsejado huir de la ira por venir? Traed pues ofrendas y
arrepentios; y no penséis en deciros a vosotros mismos Abraham es nuestro
padre; pues yo os digo que Dios puede hacer que de estas piedras nazcan los
hijos de Abraham. También el hacha se clava en las raíces de los árboles; y
todo árbol que no produzca buenos frutos es derribado y arrojado al
fuego".
Al leerles las frases de Juan el Bautis ta, los monjes enmudecieron como
si una mano invisible estrangulara sus espíritus, mas se revistieron de falso
valor y comenzaron a reírse. Uno de ellos dijo:
'Hemos leído muchas veces esas frases, y no necesitamos que un pastor
nos las recuerde'.
Entonces protesté: Si hubierais leído estas frases y hubierais
comprendido su significado, los pobres aldeanos no hubieran muerto de hambre y
frío. Al decir esto, uno de los monjes me abofeteó como si yo hubiera hablado
pestes de los sacerdotes; otro me dio un puntapié y un tercero me arrebató el
libro, y un cuarto llamó al superior quien corrió apresurado, trémulo de ira.
Gritó: 'Coged a este rebelde y echadlo de este sitio sagrado, y dejad que la
furia de la tormenta le enseñe obediencia. Arrojadlo a la intemperie y dejad
que la naturaleza sea un instrumento de la voluntad Divina, y luego purificad
vuestras manos de los gérmenes ponzoñosos de la herejía que infectan sus
vestiduras. Y si regresa clamando perdón, no le abráis las puertas, pues la
víbora . que estuvo prisionera no se convierte jamás en paloma, ni la zarza
prende si se la planta en un viñedo'.
La orden se cumplió estrictamente, fui arrastrado hacia fuera del
convento ante las risas de los monjes.
Antes de que cerraran la puerta detrás de mí, escuché que uno de ellos
decía: 'Ayer eras el rey de las vacas y los cerdos, y hoy estás destronado, oh
Gran Reformador; ve ahora y erígete en rey de los lobos y enséñales a vivir en
sus cubiles'.
Kahlil suspiró profundamente, luego volvió el rostro hacia las llamas
del fuego. Con voz dulce y agradable, y con pálido semblante, dijo:
-Así fue cómo me desterraron del convento, y así fue cómo los monjes me
dejaron librado a las garras de la Muerte. Luché a ciegas a través de la negra
noche; el fuerte viento rasgaba mi hábito y la nieve acumulada aprisionaba mis
pies, y continuó empujándome hasta que finalmente caí, gritando con
desesperación. Pensé que nadie me habría escuchado excepto la Muerte, pero un
padre sabio y piadoso había escuchado mi llamada. Ese poder no quis o que
muriera sin antes saber qué queda de los secretos de la vida. Ese poder fue el
que os envió a salvar mi vida de las profundidades del abismo y de la nada.
Rachel y Miriam se sintieron como si sus espíritus comprendieran el
misterio del alma del joven, compartieron sus sentimientos y lo comprendieron.
No pudiendo contenerse más, Rachel se inclinó y tocándole tiernamente su mano
mientras las lágrimas rodaban por su rostro, le habló:
-Aquel que ha sido elegido por los cielos como el defensor de la Verdad,
no perecerá en manos de las tormentas y la nieve de los mismos cielos.
-Las tormentas y la nieve pueden matar a las flores, pero no a las
simientes, pues la nieve las protege de la asesina escarcha
-agregó Miriam.
El rostro de Kahlil se iluminó al oír aquellas palabras de aliento.
-Si vosotras no me consideráis rebelde y hereje como los monjes me
consideraron -dijo entonces -, la persecución de que fui objeto
en el convento es el símbolo de una nación oprimida que aún no ha
logrado alcanzar la madurez; y esta noche en que estuve al borde de la muerte
es como la revolución que precede a la justicia. Del corazón de una mujer
sensible surge la felicidad de la humanidad, y de la bondad de su noble
espíritu el afecto que debe reinar entre los hombres.
Cerró los ojos y se recostó en la almohada; las dos mujeres no lo
perturbaron con su conversación, pues sabían que la larga exposición a la
intemperie lo había extenuado. Kahlil durmió como un niño extraviado que
finalmente halla protección en brazos de su madre.
Rachel y su hija se encaminaron lentamente hacia sus lechos y allí se
sentaron a observarlo, como si hubieran hallado en ese rostro atormentado un
imán que atrajera sus corazones.
-Sus ojos poseen una curiosa fuerza que habla en silencio y estimula los
deseos del alma -susurró la madre.
-Sus manos son, madre, como las de Cristo en el templo -dijo Miriam.
-En su rostro se funden la ternura de la mujer y la audacia del hombre
-replicó la madre.
Y en alas del sueño las mujeres se trasladaron al mundo de la fantasía,
y el fuego se extinguió hasta no ser nada más que cenizas, mientras la luz de
la lámpara de aceite se fue desvaneciendo hasta desaparecer.
Afuera la furiosa tempestad bramaba y los cielos tenebrosos arrojaban
cúmulos de nieve que el viento dispersaba por doquier.
IV
Cinco días habían pasado, y de los cielos aún descendía la nieve
sepultando implacable montañas y praderas. Kahlil intentó tres
veces despedirse y proseguir su viaje hacia la llanura, pero Rachel lo
detenía a cada instante diciéndole:
-No ofrendes tu vida a los elementos enceguecidos, hermano; quédate
aquí, pues el pan que alcanza para dos también alimenta a tres, y el fuego que
ardía antes de tu llegada seguirá ardiendo después de tu partida.
Somos pobres, hermano, pero al igual que el resto de las hombres,
vivimos nuestras vidas de cara al sol y a la humanidad, y Dios nos da el pan de
cada día.
Y Miriam le rogaba con enternecedoras miradas y profundos suspiros,
porque desde que el joven había entrado a la choza, ella había sentido en su
alma la presencia de un poder divino que colmaba de luz a su corazón, y que
despertaba renovados sentimientos en el santuario de su espíritu. Por primera
vez experimentaba el sentimiento que convirtió a su corazón en una rosa
inmaculada que bebe las gotas de rocío de la mañana y exhala su fragancia al
vasto firmamento.
No hay afecto más puro y apacible para el espíritu que el que se oculta
en el corazón de una doncella, quien despierta súbitamente con el espíritu
desbordante de la melodía celestial que transforma sus días en poéticos sueños
y llena sus noches de profecías. No hay secreto más bello y poderoso en el
misterio de la vida que ese vínculo que convierte el silencioso espíritu de una
virgen en la perpetua vigilia que nos hace olvidar el pasado, pues enciende en
nuestros corazones una prodigiosa y a la vez abrumadora confianza en el futuro
inmediato.
Es la simpleza lo que distingue a las libanesas de las mujeres de
cualquier otra nación. Las características de su formación limitan el progreso
de su educación y obstaculizan su futuro. Es por esta razón, sin embargo, que a
menudo se sorprende explorando las inclinaciones y los misterios de su corazón.
La joven libanesa es como una fuente que surge del centro mismo de la tierra, y
sigue su curso entre sinuosas depresiones, pero al no hallar salida al mar, se
transforma en un lago de aguas apacibles en cuya creciente superficie se
reflejan los astros rutilantes. Kahlil percibió las vibraciones del corazón de
Miriam enlazando quedamente su alma, y supo que la antorcha divina que había
iluminado su corazón también había rozado el de ella. Se llenó de júbilo por
primera vez, como un arroyo sediento se regocija con la lluvia, pero de
inmediato censuró su propia premura, pensando que esa comprensión espiritual se
desvanecería como una nube cuando partiera de la aldea. Con frecuencia se
decía: "¿Qué misterio es éste que rige una parte tan importante de
nuestras vidas? ¿Qué Ley es ésta que nos arroja a un sendero pedregoso y nos
detiene justo antes de que veamos jubilosos el rostro del sol? ¿Qué poder es
éste que sonriente y glorioso eleva nuestros espíritus hasta la cima de las
montañas, aunque luego nos despertemos gimientes y doloridos en las
profundidades del valle? ¿Qué vida es ésta que nos rodea hoy como un ama nte y
mañana como un enemigo? ¿No fui ayer perseguido? ¿No sobreviví al hambre y la
sed y el sufrimiento y la desidia en aras de la Verdad que los cielos han
revelado a mi corazón? ¿Acaso no dije a los monjes que la felicidad que
proporciona el conocimiento de la Verdad es la voluntad y el propósito de Dios?
¿Entonces por qué este miedo? ¿Y por qué cierro los ojos a la luz que emana de
los de esa mujer? Soy un descastado y ella es pobre, pero ¿es que sólo de pan
vive el hombre? ¿Acaso no somos entre la escasez y la abundancia como árboles
entre invierno y verano? ¿Qué diría Rachel si supiera que mi corazón y el de su
hija se comprenden en silencio, y se aproximan al círculo de la Luz Suprema?
¿Qué diría si descubriera que el joven a quien salvó anhela adorar a su hija?
¿Qué dirían los aldeanos simples si supieran que un joven desechado en un
convento llegó a su aldea movido por la necesidad y desea vivir junto a una
hermosa doncella? ¿Me escucharían si les dijera que aquel que abandona el
convento para vivir con ellos es como el ave que traspasa los sórdidos muros de
su jaula y huye hacia la luz de la libertad? ¿Qué diría Sheik Abbas si oyera mi
historia? ¿Y qué dirían los sacerdotes de la aldea si supieran la causa de mi
destierro?
Así hablaba Kahlil consigo mismo, sentado junto al fuego y contemplando
las llamas, símbolo de su amor. Y Miriam de vez en cuando lo miraba de soslayo,
leyendo el río de sus pensamientos, y sintiendo la intensidad de su amor, aún
cuando no se pronunciara ni una sola palabra.
Una noche, mientras Kahlil permanecía en la pequeña ventana que daba al
valle donde árboles y rocas parecían cubiertos con blancas mortajas, Miriam se
acercó y se detuvo junto a él, mirando el cielo. Cuando
sus ojos se encontraron, el joven suspiró profundamente y cerró los ojos
como si su alma navegara por el vasto firmamento en busca de una palabra.
Descubrió que sobraban las palabras, pues el silencio hablaba por ellos. Miriam
se decidió a hablar:
-¿Hacia dónde irás cuando la nieve se deshaga en arroyos y se sequen los
senderos?
El abrió los ojos, fijándolos más allá de la línea del horizonte, y
explicó:
-Seguiré mi camino hacia dónde el destino y mi devoción por la Verdad me
conduzcan.
Miriam sus piró. tristemente.
-¿Por qué no te quedas aquí y vives junto a nosotras?
-dijo-. ¿Es que acaso estás obligado a ir a otro sitio?
Se sintió llevado por esas palabras amables y tiernas, pero reaccionó
-Los aldeanos no aceptarían a un monje desterrado como yo, y no me
permitirían respirar el aire que ellos respiran, porque pensarían que todo
enemigo del convento es un infiel, maldecido por Dios y los santos.
Miriam permaneció en silencio, pues la Verdad que la atormentaba le
impedía continuar hablando. Luego Kahlil se volvió y explicó:
-Los que tienen autoridad, Miriam, enseñan a estos aldeanos a odiar a
todo el que tenga pensamientos propios; se los instruye a permanecer apartados
de aquellos cuya mente vuela con libertad; Dios no desea ser alabado por el
ignorante imitador de otros; si yo permaneciera en esta aldea y pidie ra a sus
habitantes que alabaran a quien quisieran, dirían de mí que soy un infiel que
desconoce la autoridad con que Dios invistió al sacerdote. Si les pidiera que
prestaran atención a la voz de sus corazones y que se comportaran de acuerdo a
los mandatos de sus almas, dirían que soy un malvado cuyo único propósito es
alejarlos del clero que Dios colocó entre el cielo y la tierra. -Kahlil fijó
sus ojos en los de Miriam, y con voz semejante al sonido de cuerdas de plata,
dijo. -Pero Miriam, hay en esta aldea un mágico poder que me ha capturado y se
ha apoderado de mi alma.; un poder divino que me ha hecho olvidar los pesares.
En esta aldea vi el rostro de la Muerte cara a cara, y en este sitio mi alma
abrazó el espíritu de Dios. Hay en esta aldea una hermosa flor nacida del suelo
árido; su belleza atrae mi corazón y su fragancia colma mis dominios. ¿Debo
abandonar esta inapreciable flor y salir a predicar las ideas que provocaron mi
expulsión del convento, o debo permanecer junto a esa flor y cavar una tumba y
sepultar mis pensamientos y creencias entre las espinas circundantes? ¿Qué debo
hacer, Miriam?
Al oír estas palabras, Miriam se estremeció como el lirio ante la brisa
juguetona del alba. Su corazón se encendió a través de sus ojos cuando dijo con
voz tré mula:
-Ambos estamos en manos de una misteriosa y despiadada fuerza.
Dejemos que se cumpla su voluntad.
En -ese momento los dos corazones se unieron y poco después sus
espíritus se fundían en una antorcha encendida que iluminaba sus vidas.
V
Desde el principio de la creación y hasta nuestros días, ciertos clanes
de heredadas riquezas, en complicidad con el clero, se han erigido en
administradores del pueblo. Es una herida antigua y honda en el corazón de la
sociedad que no podrá cicatrizar mientras exista la ignorancia.
Aquel que adquiere sus riquezas por herencia, construye su mansión con
el menguado dinero de los pobres. El clérigo erige su templo sobre las tumbas y
los huesas de los devotos feligreses. El príncipe maniata los brazos del
labriego mientras el sacerdote le vacía los bolsillos; el gobernante contempla
a los hijos de los campos con el ceño fruncido, y el obispo los consuela con
una sonrisa, y entre el ceñudo tigre y el sonriente lobo perece el rebaño; el
gobernante se erige en dueño de las leyes, y el sacerdote en ministro de Dios,
y entre ellos los cuerpos se destrozan y las almas se desvanecen en la nada.
En el Líbano, esa montaña rica de luz y pobre de conocimientos, el noble
y el sacerdote aunaban esfuerzos para explotar al labriego que trabajaba la
tierra y cosechaba el cereal para protegerse de la espada del gobernante y el
castigo del sacerdote. El rico libanés se paró orgulloso junto a su palacio y
llamó a la multitud para decirles: "El Sultán me ha designado vuestro
señor." Y el sacerdote de pie ante el altar, dice:
"Dios me ha escogido como guía de vuestras almas." Mas los
libaneses permanecen en silencio, porque los muertos no hablan.
Sheik Abbas era el amigo del alma de los sacerdotes, pues ellos eran sus
aliados para reprimir la.
sabiduría del pueblo y revivir el espíritu de ciega obediencia entre los
labriegos.
Aquella noche en que Kahlil y Miriam más se aproximaban al trono del
Amor mientras Rachel los contemplaba con mirada afectuosa, el Padre Elías
informaba a Sheik Abbas que el superior del convento
había expulsado a un joven rebelde que había hallado refugio en casa de
Rachel, la viuda de Samaan Ramy.
E insatisfecho con la escasa información que había proporcionado al
Sheik comentó:
-El demonio que hemos expulsado del convento no podrá convertirse en
ángel en esta aldea, así como el árbol derribado y arrojado al fuego no da
frutos mientras se quema. Si deseamos desterrar de la aldea a animales e
indeseables, debemos echarlo como hicieron los monjes.
-¿Estáis seguro de que el joven ejerce una nefasta influencia sobre
nuestro pueblo? ¿No sería más conveniente retenerlo y hacerlo trabajar en los
viñedos? -inquirió el Sheik-. Necesitamos hombres fuertes.
El rostro del sacerdote reveló su desagrado. Mientras se acariciaba la
barba con los dedos, dijo con astucia:
-Si fuera apto para el trabajo, no hubiera sido expulsado del convento.
Un estudiante que trabaja en el convento y que anoche fue mi huésped por azar,
me informó que este joven había violado las órdenes del superior predicando
ideas peligrosas entre los monjes. Lo citó diciendo: "Devolved a los
pobres los campos y viñedos y las riquezas del convento y esparcidlos a los
cuatro vientos; y ayudad a aquellos que no tienen instrucción; si hacéis esto,
halagaréis al Padre que está en los Cielos."
Al escuchar estas palabras, Sheik Abbas se puso de pie violentamente, y
como un tigre acechando a su víctima, se fue hacia la puerta y llamó a los
sirvientes ordenándoles que acudieran de inmediato.
Aparecieron tres hombres, a quienes el Sheik ordenó:
-En la casa de Rachel, la viuda de Samaan Ramy, hay un joven que viste
hábito de monje. Apresadlo y traedlo aquí. Si la mujer se
resiste, cogedla de los cabellos, arrojadla a la nieve y traedla aquí,
juntamente con el joven, pues quien ayuda a la maldad es la maldad misma.
Los hombres se inclinaron respetuosamente y se encaminaron presurosos
hacia la casa de Rachel, mientras el Sheik y el sacerdote discutían acerca de
la clase de castigo que impondrían a Kahlil y Rachel.
VI
El día había huido y la noche se habla instalado cubriendo de sombras
las míseras chozas sumergidas en la espesura de la nieve. Finalmente las
estrellas poblaron el cielo, como la esperanza en la eternidad futura puebla
nuestra existencia después de experimentar la agonía de la muerte. Las puertas
y ventanas estaban cerradas, pero adentro las lámparas encendidas. Los
labriegos se hallaban junto al fuego que caldeaba sus cuerpos. Rachel, Miriam y
Kahlil estaban sentados a la rústica mesa de madera comiendo su cena, cuando se
oyó un golpe en la puerta y tres hombres entraron. Rachel y Miriam se
asustaron, pero Kahlil se.
mantuvo en calma, como si la llegada de los hombres no le sorprendiera.
Uno de los sirvientes del Sheik se dirigió hacia Kahlil, le apoyó las manos en
los hombros y preguntó:
-¿Tú eres el que ha sido expulsado del convento? -Sí, soy yo. ¿Qué
buscáis?
-Tenemos órdenes de arrestarte y de llevarte ante Sheik Abbas, y si te
resistes te arrastraremos. -
respondió el hombre. Rachel palideció y exclamó:
-¿Qué crimen ha cometido, y por qué queréis atarlo y arrojarlo a la
nieve?
Las dos mujeres clamaron con voz gimiente diciendo: -Es uno solo
mientras vosotros sois tres, y es propio de cobardes hacerlo sufrir.
El hombre se encolerizó y vociferó:
¿Es que existe mujer alguna en esta aldea que se oponga a las órdenes
del Sheik?
Entonces extrajo una soga y comenzó a atar las manos de Kahlil. Kahlil
levantó orgulloso el rostro, y una apesadumbrada sonrisa pareció dibujársele en
los labios cuando dijo:
-Siento pena pues sois un instrumento ciego y poderoso en manos de un
hombre que oprime a los débiles con la fuerza de vuestros brazos. Sois esclavos
de la ignorancia. Ayer yo era como vosotros, pero mañana vosotros seréis libres
como yo lo soy ahora. Hay entre nosotros un abismo profundo que ahoga mi voz de
ruego y os oculta mi realidad. Eso os impide oír o ver. Aquí me tenéis, atad
mis manos y haced lo que os plazca.
Los tres hombres se conmovieron con sus palabras y parecía como si su
voz hubiera despertado en ellos un nuevo espíritu; pero la voz de Sheik Abbas
aún resonaba en sus oídos conminándolos a completar su misión. Ataron sus manos
y lo condujeron en silencio hacia el exterior, sintiendo el peso de sus
conciencias. Rachel y Miriam los acompañaron hasta la casa del Sheik, como las
hijas de Jerusalén acompañaron a Cristo hasta el Calvario.
VII
Las noticias, tengan o no importancia, se divulgan rápidamente entre los
habitantes de las pequeñas aldeas, pues el estar alejados de la sociedad los
hace comentar con ansiedad entre ellos los acontecimientos de sus limitados
dominios. En invierno, cuando los campos descansan bajo un manto de nieve y la
vida humana se refugia y se guarece junto al fuego, los aldeanos sienten la
imperiosa necesidad de enterarse de las últimas novedades para permanecer
ocupados.
Poco después de que Kahlil fuera arrestado, la noticia se difundió entre
los aldeanos como una epidemia.
Abandonaron sus cabañas como un ejército proveniente de todas las
direcciones para dirigirse hacia la casa del Sheik Abbas. Cuando Kahlil penetró
en la casa del Sheik, el lugar ya estaba repleto de hombres, mujeres y niños
deseosos de echar una mirada al infiel que había sido expulsado del convento.
También
estaban ansiosos por ver a Rachel y a su hija, quienes lo habían ayudado
a contagiar la peste diabólica de la herejía en el cielo puro de su aldea.
El Sheik sé ubicó en el asiento principal y junto a él se sentó el Padre
Elías, mientras la muchedumbre contemplaba al joven maniatado que valientemente
permanecía ante sus ojos. Rachel y Miriam, de pie detrás de Kahlil, temblaban
de miedo. ¿Pero qué daño puede causar el miedo al corazón de una mujer que
halló la Verdad y siguió sus huellas? ¿Qué daño puede causar la desidia de la
multitud al alma de una doncella a quien ha sorprendido el Amor? Sheik Abbas
miró al joven y lo interrogó con voz atronadora:
¿Cómo te llamas, hombre?
-Mi nombre es Kahlil -respondió el joven.
¿Quiénes son vuestros padres y familiares, y dónde nacisteis? - preguntó
el Sheik.
Kahlil se volvió hacia los labriegos que lo miraban llenos de odio, y
dijo:
-Los pobres y oprimidos son mi clan y familiares, y he nacido en esta
vasta nación.
Sheik Abbas dijo, con un dejo de sorna:
Aquellos a quienes has reconocido como vuestros parientes piden que
seáis castigado, y la nación que has proclamado como vuestro lugar de
nacimiento se opone a que forméis parte de su pueblo.
-Las naciones ignorantes castigan a sus mejores ciudadanos y los
entregan a sus déspotas; y la nación gobernada por un tirano, persigue a
aquellos que tratan de liberar a su pueblo de las garras de la esclavitud.
¿Pero es capaz un buen hijo de abandonar a su madre si ella está
enferma? ¿Puede el piadoso negar a su hermano miserable? Esos pobres hombres
que me arrestaron y me trajeron hoy hasta aquí son los mismos que ayer se
sometían a ti. Y esta tierra ilimitada que desconoce mi existencia es la misma
que no traga ni engulle a los ávidos déspotas.
El Sheik profirió una risa penetrante, como si quisiera desahuciar al
joven e impedirle que influenciara a la concurrencia. Se volvió hacia Kahlil y
dijo tratando de impresionar:
- ¡Ah! cuidador de ganado,
¿acaso pensáis que seremos más clementes que los monjes que os expulsaron del
convento? ¿Acaso pensáis que nos compadeceremos de un peligroso agitador?
-Es verdad que he cuidado del ganado, pero me siento feliz de no ser
carnicero. He conducido mis rebaños a las ricas praderas y jamás pastaron en
tierras áridas. Los he llevado a beber de los más cristalinos manantiales y
nunca a los apestados pantanos. Al atardecer regresaban a salvo a los establos
y jamás los abandonaba en los valles para que fueran presa de los lobos. Así he
tratado a los animales; y si vosotros hubierais seguido mi ejemplo y hubierais
tratado a los seres humanos como yo traté a mis rebaños, esta pobre gente no
viviría en humildes cabañas ni sufriría los tormentos de la pobreza, mientras
vosotros vivís como Nerón en esta deslumbrante mansión.
La frente del Sheik relucía con gotas de sudor, y su contrariedad se
transformó en ira, pero se esforzó por mantener la calma simulando
no prestar atención a las palabras de Kahlil, y señalándolo exclamó:
-Eres un hereje, y no escucharemos vuestras ridículas palabras; te hemos
mandado traer para que seáis juzgado como un criminal, y aquí estás en
presencia del Amo de esta aldea investido como el representante de vuestra
Excelencia el Emir Ameen Shehad. Te hallas ante el Padre Elías, ministro de la
Sagrada Iglesia a cuyas enseñanzas te opones. Ahora, defiéndete o híncate de
rodillas ante esta gente y te perdonaremos y nombraremos cuidador de ganado,
igual que cuando estabas en el convento.
-Un criminal no puede ser juzgado por otro criminal
-respondió Kahlil con tranquilidad-, así como el ateo no puede
defenderse ante los pecadores. Kahlil miró a la concurrencia y dijo: -
Hermanos: el hombre a quien llamáis Señor de vuestros campos, y a quien así os
habéis sometido por largo tiempo, me ha traído para juzgarme a este edificio
construido sobre las tumbas de vuestros antepasados. Y aquel que se convirtió
en pastor de vuestra iglesia con su fe, ha venido a juzgarme y a ayudaros a
humillarme y a aumentar mis sufrimientos. Os habéis apresurado a venir a este
sitio desde donde estuvierais para verme sufrir y clamar misericordia. Habéis
abandonado vuestro hogares para ver maniatado a vuestro hijo y hermano. Habéis
venido a ver la presa estremeciéndose en. las garras de una bestia feroz.
Habéis venido aquí esta noche para regocijaros con el infiel que está de pie
ante los jueces. Yo soy el criminal y hereje expulsado del convento. La
tempestad me trajo hasta vuestra aldea.
Escuchad mi defensa, y no seáis piadosos pero sí justos, pues la piedad
se concede al criminal, mientras que la justicia es la recompensa del inocente.
"Os selecciono ahora para que seáis mis jueces, pero la voluntad
del pueblo es la voluntad de Dios.
Revivid vuestros corazones y escuchad atentamente y luego procesadme de
acuerdo con lo que os dicte la conciencia. Os han
dicho que soy un infiel, pero no os han informado de qué crimen o pecado
soy culpable.
Me habéis visto maniatado como un ladrón, pero nada sabéis de las
calumnias de que fui objeto, sin embargo los castigos surgen atronadores. Mi
crimen, queridos compatriotas, es haber comprendido vuestra desdicha, pues he
sentido en carne propia el peso de las cadenas que os oprimen. Mi pecado es el
sincero pesar por vuestras mujeres; es la compasión por vuestros niños que
beben de los pechos la vida mezclada con la sombra de la muerte. Soy uno de
vosotros, y mis antepasados habitaron estos valles y murieron bajo el mismo
yugo que ahora aprisiona vuestras cabezas. Creo en Dios que escucha el llanto
de las almas
dolientes, y creo en las Escrituras que nos hermanan en el cielo. Creo
en las enseñanzas que nos hacen semejantes y que nos dejan en libertad sobre la
tierra, donde transita cauteloso el Señor.
"Mientras cuidaba las vacas del convento, y contemplaba la
sufriente condición que soportáis, escuché el grito desesperado que venía de
vuestras humildes moradas: el grito de almas oprimidas, el grito de corazones
ultrajados aprisionados en vuestros cuerpos como esclavos del señor de estos
campos. Al mirar me hallé en el convento y a vosotros en los campos, y os vi
como a un rebaño persiguiendo al lobo que huye hacia su cubil; y al detenerme
en medio del camino para socorrer a las ovejas, pedí ayuda a gritos, pero el
lobo me atacó con sus afilados colmillos.
"He sobrevivido a la prisión, al hambre y la sed en aras de la
verdad que sólo hiere al cuerpo. He padecido lo indecible porque transformé
vuestros quejosos suspiro s en voz enérgica que sacudió con su eco los muros
del convento.
Nunca sentí miedo ni cansancio porque vuestro doliente llanto inyectaba
cada día renovada fuerza a mi corazón rejuveneciéndolo. Podéis preguntaros:
¿Quién de nosotros ha pedido socorro alguna vez, y quién se atreve a despegar
los labios? Pero yo os digo que vuestras almas gimen cada día y cada noche,
aunque vosotros no
podéis oírlas, pues los que agonizan no pueden escuchar los latidos
quejumbrosos de sus corazones que sin embargo, son escuchados por quienes se
encuentran a su lado. El ave mutilada, pese a sus esfuerzos danza penosamente
sin saber por qué, pero los testigos de esa danza conocen su origen. ¿En qué
momento del día no suspiráis dolorosamente? ¿Es acaso por la mañana, cuando el
amo r a la vida, rasgando el velo que cubre vuestros ojos, os llama para
conduciros a los campos como esclavos? ¿Es acaso al mediodía, cuando deseáis
sentaros a la sombra de los árboles para protegeros del sol abrasador? ¿O es
acaso al atardecer, cuando regres áis hambrientos a vuestros hogares, anhelando
un sustancioso plato de comida en vez de un magro bocado y agua impura? ¿O por
las noches, cuando la fatiga os arroja sobre vuestras camas maltrechas, y ni
bien el cansancio cierra vuestros párpados, volvéis a incorporaros desvelados
temiendo que la voz del Sheik retumbe en vuestros oídos? ¿En que estación del
año no os lamentáis de vuestra suerte? ¿Es acaso en primavera, cuando la
naturaleza se viste primorosa y, salís a su encuentro con harapientos vestidos?
¿O es en verano, cuando recogéis el trigo y el maíz y colmáis con ellos los
graneros de vuestro señor, para recibir en recompensa sólo heno y paja? ¿Es
acaso en otoño, cuando recogéis los frutos y lleváis las uvas al lagar, y
recibís a cambio una jarra de vinagre y un saco de marlos?
¿O en invierno, cuando, confinados en vuestra cabañas sepultadas bajo la
nieve, os sentáis junto al fuego y tembláis cuando los cielos enfurecidos os
conminan más allá del límite de vuestras mentes débiles?
"Ésta es la vida de los pobres; este es el llanto perpetuo que
escucho. Esto es lo que impulsa a mi espíritu a rebelarse contra los opresores
y despreciar su conducta. Cuando pedí a los monjes que se apiadaran de
vosotros, pensaron que era ateo, y me respondieron con la expuls ión. Hoy he
venido aquí a compartir con vosotros esta vida de miserias, y a mezclar mis
lágrimas con las vuestras. Aquí estoy, en las garras de vuestro peor enemigo.
¿Habéis reparado en que esta tierra que trabajáis como esclavos les
fue arrebatada a vuestros padres cuando las leyes se escribían sobre el
filo de la espada? Los monjes engañaron a vuestros antepasados y los despojaron
de campos y viñedos cuando las leyes religiosas se escribían en los labios de
los sacerdotes. ¿Qué hombre o mujer no está bajo las órdenes del Señor de los
campos quien los conmina a cumplir la voluntad de los sacerdotes? Dios dijo:
'Comeréis vuestro pan con el sudor de vuestras frentes'
Pero Sheik Abbas come el pan horneado con los años de vuestras vidas y
bebe el vino que contiene vuestras lágrimas. ¿Es que Dios eligió a este hombre
entre vosotros mientras se hallaba en el vientre de su madre? ¿O son acaso
vuestros pecados los que os convirtieron en sus propiedades? Gratis habéis
tomado y gratis brindaréis... 'No acumuléis oro, ni plata ni cobre'. ¿Entonces
qué designios permiten a los sacerdotes vender sus plegarias a cambio de oro y
plata? En el silencio de la noche, oráis diciendo: 'Danos el pan de cada día'.
Dios os ha dado esta tierra de la que extraéis el pan de cada día, pero ¿de qué
autoridad ha investido El a los monjes para que os roben esta tierra y este
pan?
"Maldecís a Judas porque vendió a su Maestro por unas pocas
monedas, pero bendecís a aquellos que lo venden cada día. Judas se arrepintió y
se colgó por su mala acción, pero estos sacerdotes se yerguen orgullosos, usan
hermosos atavíos resplandecientes de cruces que cuelgan de sus pechos. Enseñáis
a vuestros hijos a amar a Cristo y al mismo tiempo los instruís para que
obedezcan a los que se oponen a Sus enseñanzas y violan Sus leyes.
"Los apóstoles de Cristo fueron lapidados para reviviros en el
Espíritu Santo, pero los monjes y sacerdotes matan ese espíritu en vosotros
para poder vivir a expensas de vuestra miserable condición. ¿Qué os ha
persuadido a vivir en este Universo una vida llena de miseria y opresión? ¿Qué
os urge a hincaros ante ese terrible ídolo que ha sido erigido sobre los
cadáveres de vuestros padres? ¿Qué tesoros os reserváis para vuestra
posteridad?
"Vuestras almas se hallan a merced de los sacerdotes, y vuestros
cuerpos aprisionados entre las garras de los gobernantes. ¿Qué
podéis señalar en la vida y decir: '¡esto es mío!'. Queridos
compatriotas, ¿conocéis acaso al sacerdote a quien teméis? Es un traidor que
usa las Escrituras como una amenaza para apoderarse de vuestro dinero... un
hipócrita que lleva una cruz y la usa como una espada para cortaros vuestras
venas...
un lobo disfrazado de cordero... un glotón que adora las mesas en lugar
de los altares... una criatura hambrienta de riquezas capaz de seguir al dinar
hasta las más remotas regiones... un ladrón que hurta a las viudas y los
huérfanos. Es una extraña criatura, con pico de águila, garras de tigre,
dientes de hiena y cuero de víbora. Apoderaos del Libro y rasgad sus
vestiduras, y arrancadle la barba y haced de él lo que os plazca; luego colocad
un dinar en su mano y os perdonará sonriente.
"Abofeteadlo y escupidle y pisad sobre su cuello; luego invitadlo a
sentarse a bordo de vuestro barco.
Olvidará en el acto los agravios y cortará sus ataduras y llenará su
estómago con vuestra comida.
"Maldecidlo y ponedlo en ridículo; luego enviadle una jarra de vino
y una canasta de frutas. Se olvidará de vuestros pecados. Cuando ve una mujer,
se vuelve y dice: Aléjate de Mí, oh hija de Babilonia!' y luego se dice a sí
mismo en un susurro: 'El matrimonio es mejor que la codicia'. Cuando ve a los
jóvenes hombres y mujeres que acompañan la procesión del Amor, eleva los ojos
al cielo y dice: 'Vanidad de vanidades,
¡todo es vanidad!' Y en soledad habla consig o mismo diciéndose: '¡Que
las leyes y tradiciones que me privan de la dicha de la vida sean abolidas!'
"Predica entre su pueblo diciendo: '¡No juzguéis hasta no ser
juzgados!' Pero él juzga a todos aquellos que aborrecen sus acciones y los
manda al infierno antes de que la Muerte los separe de la vida.
"Cuando habla alza los ojos al cielo, pero al mismo tiempo sus
pensamientos se arrastran como víboras en vuestros bolsillos.
"Se dirige a vuestros hijos amados, pero su corazón está vacío de
amor paternal, y sus labios no sonrieron jamás a un niño, ni sus brazos
sostuvieron jamás un pequeño.
"Os dice mientras sacude la cabeza: '¡Desprendámonos de las cosas
terrenas, pues la vida es efímera como las nubes'. Pero si lo miráis con
detenimiento advertiréis que está fuertemente aferrado a la vida, lamentando,
el pasado fugaz, condenando al presente veloz, y aguardando temeroso el
porvenir.
"Os conmina a ser caritativos cuando él desborda de riquezas, si
vosotros garantizáis su pedido, os bendecirá públicamente, mas si os rehusáis
os condenará en secreto.
"En el templo os pide que ayudéis al necesitado,. mientras los
necesitados rondan hambrientos su casa, aunque él no pueda verlos ni oírlos.
"Vende sus plegarias, y aquel que no las compra es un descreído,
desterrado del Paraíso.
"Ésta es la criatura a quien teméis. Éste es el monje que chupa
vuestra sangre. Éste es el sacerdote que se persigna con la diestra y os ahorca
con la siniestra.
"Éste es el pastor que concebís como vuestro siervo, más él se
erige en vuestro amo.
"Ésta es la sombra que rodea vuestras almas desde el nacimiento
hasta la muerte.
"Éste es el hombre que vino a juzgarme esta noche, pues mi espíritu
se había rebelado contra los enemigos de Jesús el Nazareno quien a todos nos
amó y nos llamó hermanos, y quién murió por nosotros en la Cruz.
Kahlil sintió que los corazones de los aldeanos lo habían comprendido;
su voz se aclaró y retomó la palabra diciendo: Hermanos, bien sabéis que Sheik
Abbas es el Amo de esta aldea reconocido por el Emir Shebab, representante del
Sultán y Gobernador de la Provincia, pero yo os pregunto si alguno de vosotros
ha visto el poder que reconoció al Sultán como el dios de la nación. Ese poder,
compatriotas míos, no puede ser visto, ni oído, pero podéis percibir su
presencia en lo profundo de vuestros corazones. Es ese poder que alabáis y
honráis cada día diciendo: '¡Padre nuestro que estáis en los cielos!' Sí,
vuestro Padre que está en los cielos es quien nombró a reyes y príncipes, pues
él es todopoderoso. ¿Pero pensáis acaso que vuestro Padre, Quien os ama y os guía
a través de Sus profetas por el sendero divino, desea que seáis oprimidos?
¿Creéis acaso que Dios, Quien ha hecho brotar la lluvia de los cielos, y el
trigo de las semillas ocultas en el centro de la tierra, desea que sufráis el
hombre para que otro hombre se regocije con Su bondad? ¿Creéis que el Espíritu
Eterno, Quien os revela el amor de las esposas, la pena de los niños y la
misericordia de nuestros semejantes, hubiera sido capaz de coronar a un tirano
que os esclavice toda la vida? ¿Creéis acaso que la Ley Eterna que embellece la
vida, os enviaría a un hombre que os negara esa felicidad y que os condujera a
las oscuras antesalas de la Muerte? ¿Creéis que la fuerza física con que os
dotó la naturaleza, trasciende vuestros cuerpos para pertenecer a los ricos?
"No podéis creer estas cosas, porque si así lo hicierais estaríais
negando la justicia de Dios que nos hizo a todos iguales, y la luz de la Verdad
que brilla sobre todos los habitantes de la tierra. ¿Qué os hizo luchar contra
vosotros mismos, corazón contra alma, y socorrer a aquellos que os esclavizaron
si Dios os puso libres sobre esta tierra?
"¿Os hacéis justicia cuando eleváis vuestros ojos al Dios
Todopoderoso llamándolo Padre, para luego volver el rostro e hincarse ante el
hombre al que llamáis Señor?
"¿Os contentáis, hijos de Dios, con ser esclavos del hombre? ¿Acaso
Cristo no os llamó hermanos? Sin embargo, Sheik Abbas os llama siervos. ¿Es que
Jesús no os creó libres en el Espíritu y la Verdad? Sin embargo, el Emir os
hizo esclavos de la corrupción y la vergüenza. ¿Es que Cristo no os glorificó
para que pudierais entrar al reino de los cielos? ¿Entonces por qué descendéis
a los infiernos? ¿Es que El no iluminó vuestros corazones? ¿Entonces porqué
ocultáis vuestras almas en la oscuridad? Dios ha puesto en vuestros
corazones una antorcha encendida que resplandece de belleza y sabiduría,
y que explora los secretos de las noches y los días; es pecado extinguir esa
antorcha y sepultarla bajo las cenizas. Dios ha dotado a vuestros espíritus de
alas para volar por el vasto firmamento del Amor y la Libertad; es doloroso que
mutiléis las alas con vuestras propias manos y que vuestros espíritus sufran
arrastrándose como insectos sobre la tierra.
Sheik Abbas observaba consternado a los mudos aldeanos, e intentó
interrumpirlo, pero Kahlil, inspirado, continuó:
-Dios ha plantado en vuestros corazones la semilla de la Felicidad; es
un crimen que arranquéis esa semilla y la arrojéis despiadadamente a las rocas
para que el viento las disperse y las aves las recojan. Dios os ha dado hijos
para que los criéis y les enseñéis la verdad y colméis sus corazones con lo más
preciado de la existencia. El quiere que les leguéis la dicha y las bondades de
la Vida; ¿por qué es que son extranjeros en el sitio donde nacieron y
entumecidas criaturas ante el rostro del Sol? Un padre que hace de su hijo un
esclavo es un padre que da a su hijo una piedra cuando éste pide pan. ¿No
habéis visto cómo las aves del cielo enseñan a sus pequeños a volar? ¿Por qué
entonces enseñáis a vuestros hijos a arrastrar las cadenas de la esclavitud? ¿No
habéis visto cómo las flores de los valles depositan las semillas en la tierra
bañada por el sol? ¿Entonces por qué confináis a vuestros hijos en la tenebrosa
os curidad?
El silencio reinó por un instante, y parecía como si la mente de Kahlil
estuviera abrumada de dolor. Pero esta vez, con voz débil y convincente
continuó:
-Las palabras que pronuncio esta noche son las mismas que causaron mi
expulsión del convento. Si el señor de vuestros campos y el pastor de vuestra
iglesia me atrapara y me matara esta noche, moriría en paz y feliz de haber
cumplido mi misión y de haberos revelado la Verdad que los demonios consideran
un crimen. Ahora he cumplido la voluntad de Dios Todopoderoso.
Había en la voz de Kahlil un mágico mensaje que atraía el interés de los
aldeanos. La dulzura de sus palabras había conmovido a las mujeres que lo
consideraban el mensajero de la paz, y tenían los ojos llenos de lágrimas.
Sheik Abbas y el Padre Elías se estremecían de ira. Al concluir, Kahlil
se adelantó unos pasos y se acercó a Rachel y Miriam. El silencio había ganado
el estrado, y parecía como si el espíritu de Kahlil hubiera ganado el vasto
recinto y liberara las almas de la multitud del temor que Sheik Abbas y el
Padre Elías les infundía, mientras éstos temblaban culpables y perplejos.
El Sheik se puso de pie súbitamente, y los aldeanos pudieron ver la
palidez de su rostro. Dirigiéndose a los hombres que lo rodeaban les dijo:
-¿Qué ha sido de vosotros, perros? ¿Es que vuestros corazones han sido
envenenados? ¿Es que vuestra sangre ha dejado de circular y os ha debilitado de
tal forma que no podéis saltar sobre este criminal y destrozarlo? ¿Qué conjuro
ha lanzado sobre vosotros?
Cuando terminó de reprenderlos, alzó la espada y se encaminó hacia el
joven encadenado, pero un robusto aldeano lo detuvo, y tomándolo fuertemente de
las manos le dijo:
-Envaina tu espada, Señor, pues aquel que empuña la espada para matar,
será muerto por ella.
El Sheik se estremeció visiblemente, y la espada cayó de sus manos.
Dirigiéndose al hombre, dijo:
-¿Cómo se atreve un mísero a oponerse a su Señor y benefactor?
A lo que el hombre respondió:
-El siervo fiel no ayuda a su Señor a cometer crímenes; este joven n o
ha dicho sino la verdad.
Otro hombre se adelantó y afirmó:
-Este hombre es inocente y digno de honor y respeto. Y una mujer dijo en
voz alta:
-No ha maldecido a Dios o a los santos; ¿por qué lo llamáis hereje?.
Y Rachel preguntó:
-¿Qué crimen ha cometido?
-Eres rebelde, tú, viuda miserable -el Sheik gritó- has olvidado el
destino de tu esposo que se rebeló seis años atrás?
-Rachel se estremeció de dolor y cólera al oír estas impulsivas
palabras, pues al fin había hallado al asesino de su esposo. Ahogó las lágrimas
y mirando a la multitud gritó:
-¡Aquí tenéis al criminal que habéis tratado de encontrar durante seis
años; lo escucháis ahora confesar su culpa! El es el asesino que ha ocultado su
crimen. Miradlo y leed sus pensamientos; estudiadlo y observad su terror;
tiembla como la última hoja de un árbol en invierno. Dios os ha demostrado que
el Señor a quien siempre temisteis es un sangriento criminal. Me convirtió en
viuda entre estas mujeres, y a mi hija en huérfana entre estos niños.
Las frases pronunciadas por Rachel penetraron como un trueno el corazón
del Sheik, y el rugido de los hombres y la exaltación de las mujeres cayeron
como tizones encendidos sobre él.
El sacerdote ayudó al Sheik a llegar hasta su asiento. Luego llamó a los
siervos y les ordenó:
-¡Arrestad a esta mujer quien ha acusado falsamente a vuestro Señor de
haber matado a su esposo; encerrar a este joven en una oscura prisión, y
cualquiera que se oponga es un criminal, y como éste joven será excomulgado de
la Santa Iglesia.
Los siervos inmutables mirando a Kahlil, quien aún estaba maniatado.
Rachel se ubicó a la derecha y Miriam a la izquierda de Kahlil, como un par de
alas dispuestas a volar por el vasto cielo de la Libertad.
Con la barba temblándole de ira, el Padre Elías dijo:
-¿Renegáis de vuestro Señor por el bien de un descreído criminal y una
desvergonzada adúltera?
Y el más anciano de los siervos le contestó:
-Hemos servido al Sheik Abbas durante largo tiempo a cambio de comida y
protección, pero nunca hemos sido sus esclavos, -después de decir esto, el
siervo se despojó de sus vestiduras y turbante, los arrojó a los pies del Sheik
y luego agregó: -Ya nunca más necesitaré estas ropas, ni deseo que mi alma
sufra en la mezquina morada de un criminal.
Y todos los siervos hicieron lo mismo y se unieron a la multitud cuyos
rostros irradiaban alegría, símbolo de la Libertad y la Verdad. El Padre Elías
vio que finalmente su autoridad se había debilitado, y abandonó el recinto
maldiciendo la hora en que Kahlil apareció en la aldea. Un homb re fuerte
corrió presuroso a desatar las manos de Kahlil, miró al Sheik quien se había
desplomado como un cadáver en su asiento, y se dirigió a él en estos términos:
-Este joven maniatado, a quien habéis traído aquí y juzgado como un
criminal, ha elevado nuestros espíritus e iluminado nuestros corazones con el
espíritu de la Verdad y el Conocimiento. Y esta pobre viuda a quien el Padre
Elías llamó falsa acusadora nos ha revelado el crimen que habéis cometido seis
años atrás.
Vinimos aquí esta noche para ser espectadores del juicio de un alma
noble e inocente. Ahora, el cielo nos ha abierto los ojos y nos ha mostrado las
atrocidades que has cometido, te abandonaremos e ignoraremos y dejaremos que el
cielo haga su voluntad.
Muchas voces se elevaron en la sala, y podía oírse a un hombre que
decía:
-Abandonemos este pérfido lugar y regresemos a nuestros hogares.
Y otro aseguraba:
-Sigamos a este joven hasta la morada de Rachel y escuchemos sus
atinadas palabras y su inmensa sabiduría. Mientras un tercero decía:
Busquemos su consejo, pues él sabe de nuestras necesidades.
Y un cuarto gritaba:
-Si queremos hacer justicia, vayamos ante el Emir y acusemos a Abbas del
crimen que ha cometido.
Y muchos exclamaban:
-Pidamos al Emir que designe a Kahlil nuestro Amo y Señor, y digamos al
Obispo que el Padre Elías era su cómplice. Mientras las voces se elevaban y
descendían en los oídos del Sheik como aguzadas flechas, Kahlil alzó su mano y
tranquilizó a los aldeanos diciéndoles:
"Hermanos, no os apresuréis; escuchad y meditad. Yo os ruego, en
nombre del amor y la amistad que nos une, que no vayáis ante el
Emir, pues no hallaréis justicia. Recordad que un animal feroz no muerde
a su igual; ni debéis ir ante el obispo, pues él bien sabe que la casa
agrietada acaba por derrumbarse. No pidáis al Emir que me designe amo de esta
aldea, pues el siervo fiel no desea servir al despiadado Señor. Si soy
merecedor de vuestro amor y amistad, dejad que viva entre vosotros y comparta
con vosotros la felicidad y los pesares de esta Vida. Unamo s nuestras manos y
trabajemos juntos en el campo y el hogar, porque si no puedo ser uno de
vosotros sería un hipócrita que no vive de acuerdo a lo que pregona. Y ahora,
así como el hacha se clava en las raíces del árbol, abandonemos a Sheik Abbas
ante el tribunal de su conciencia y ante la Suprema Corte de Dios, cuyo sol
brilla sobre inocentes y criminales por igual.
Después de decir esto, abandonó el lugar, y la multitud lo seguía como
si una fuerza divina en él atrajera sus corazones. El Sheik se quedó solo en
medio del silencio abrumador, como una torre en ruinas que sufre en calma su
derrota. Cuando la multitud llegó al patio de la iglesia iluminado por la luna
oculta entre las nubes, Kahlil les dirigió una mirada de amor como un buen
pastor que cuida su rebaño. Movido por la compasión hacia esos aldeanos que
simbolizaban una nación oprimida, se sintió el profeta que ve a las naciones de
Oriente transitando esos valles y arrastrando almas vacías y apesadumbrados
corazones. Alzó ambas manos al cielo y dijo:
-Desde las profundidades de estos abismos te invocamos. Oh Libertad.
¡Escucha nuestra voz! Desde las tinieblas extendemos nuestras manos, ¡Oh
Libertad! ¡Míranos! ¡Desde las cumbres nevadas te glorificamos y creemos en ti,
Oh Libertad! ¡Ten piedad de nosotros! Ante tu glorioso trono estamos de pie,
con las vestiduras manchadas con la sangre de nuestros antepasados, con
nuestras cabezas cubiertas con el polvo de las tumbas mezclado con sus restos
mortales, empuñando la espada que atravesó sus corazones, profiriendo la
canción de nuestra derrota cuyo eco retumbó entre los muros de la prisión, y
repitiendo las plegarias surgidas de lo profundo de los corazones de nuestros
padres. ¡Escúchanos, oh
Libertad! Desde el Nilo al Eufrates se propaga el lamento de las almas
sufrientes, aunadas con el llanto de los abismos; y desde los confines de
Oriente hasta las montañas del Líbano los pueblos te tienden las manos trémulas
ante la presencia de la Muerte. Desde las costas de los mares a los confines
del Desierto, te miran ojos colmados de lágrimas. ¡Ven, oh Libertad, y
sálvanos!
"En las míseras chozas que inmersas en la sombra de la pobreza y la
opresión, golpeamos nuestros pechos clamando misericordia; obsérvanos, oh
Libertad y ten compasión de nosotros. Desde los caminos y los maltrechos
hogares los jóvenes te reclaman; en las iglesias y mezquitas, el Libro olvidado
se vuelve hacia ti; en las cortes y los palacios, las Leyes menospreciadas
apelan a tu juicio. Ten misericordia de nosotros, oh Libertad, y sálvanos. En
nuestras calles estrechas el mercader vende sus días para ganar el tributo a
los explotadores ladrones de Occidente, pero nadie lo aconseja. En los
infértiles campos los labriegos aran la tierra plantan las semillas de sus
corazones y las riegan con sus lágrimas, pero no recogen nada más que espinas y
nadie les enseña el verdadero sendero. Por nuestras áridas planicies vaga
descalzo y hambriento el beduino, pero nadie se apiada de él; ¡habla, oh
Libertad, y enséñanos! Nuestras enfermas ovejas pastan en las praderas sin
hierbas, nuestros becerros roen las raíces de los árboles, y nuestros caballos
se alimentan de los secos pastizales. Ven, oh Libertad, y ayúdanos. Desde el
principio de los tiempos hemos vivido en las tinieblas, y somos llevados como
prisioneros de una celda a otra, mientras el tiempo se mofa de nuestra condición.
¿Cuándo llegará el día? ¿Hasta cuándo soportaremos el escarnio de los siglos?
Muchas piedras hemos acarreado, y muchas cadenas han aprisionado nuestros
cuellos. ¿Hasta cuándo soportaremos este ultraje humano? La esclavitud egipcia,
el exilio de Babilonia, la tiranía de Persia, el despotismo de los romanos, la
avidez de Europa... por todo esto hemos sufrido. ¿Hacia dónde vamos ahora, y
cuándo llegaremos a los sublimes confines de este sen dero pedregoso? De las
garras del faraón a las de Nabucodonosor, a las garras de hierro de Alejandro,
a la espada de Herodes, a los talones de Nerón, a los afilados colmillos del
Demonio... ¿en qué manos caeremos ahora, y
cuándo vendrá la Muerte a llevarnos para que al fin podamos descansar?
"Con la fuerza de nuestros brazos erigimos las columnas del templo,
y sobre nuestras espaldas acarreamos la argamasa con la que levantamos los
grandes muros y las inexpugnables pirámides en aras de la gloria. ¿Hasta cuándo
continuaremos erigiendo tan magníficos palacios y viviendo en chozas
miserables?
¿Hasta cuándo seguiremos colmando de provisiones los graneros de los
ricos, mientras nosotros nos conformamos con magros bocados? ¿Hasta cuándo
continuaremos hilando la lana y la seda de nuestros amos y señores mientras
nosotros no usamos sino harapos y remiendos?
"Por la perversidad de los poderosos estamos divididos; y con el
fin de permanecer en el trono y estar en paz, armaron a los drusos contra los
sunitas, y empujaron a los curdos en contra de los beduinos, y alentaron a los
mahometanos para que lucharan contra los cristianos. ¿Hasta cuándo deberán
seguir matándose entre hermanos sobre el pecho mismo de sus madres? ¿Hasta
cuándo permanecerá la Cruz alejada de la luna creciente en el reino de Dios?
Oh, Libertad, óyenos, y habla por el bien de una sola criatura; porque un gran
fuego se enciende con una sola chispa. Oh, Libertad, basta que despiertes un
solo corazón con el susurro de tus alas, pues de una sola nube surge el
relámpago que ilumina las profundidades de los valles y las cumbres de las
montañas. Dispersa con tu poder estos negros nubarrones y desciende como el
trueno para destruir los imperios que fueron levantados sobre los huesos y
calaveras de nuestros antepasados.
"Escúchanos, oh Libertad;
Apiádate de nosotros, oh Hija de Atenas;
Rescátanos, oh Hermana de Roma;
Aconséjanos, oh Compañera de Moisés;
Ayúdanos, oh Amada de Mahoma;
Enséñanos, oh Novia de Jesús;
Fortalece nuestros corazones para que podamos v ivir,
O fortifica a nuestros enemigos para que podamos perecer
Y vivir en paz eternamente.
Mientras Kahlil vertía sus sentimientos ante el cielo, los aldeanos lo
observaban respetuosamente, y su amor surgía al unísono con la melodía del
bienhechor hasta que sintieron que él empezaba a formar parte de sus corazones.
Después de una breve pausa, Kahlil volvió los ojos hacia la multitud y dijo
quedamente:
-La noche nos ha conducido hasta la mansión de Sheik Abbas para que
descubriéramos la luz del día; la opresión se ha apoderado de nosotros en el
frío Espacio para que nos comprendiéramos unos a otros y nos reuniéramos como
polluelos bajo las alas del Espíritu Eterno. Regresemos ahora a nuestros
hogares y durmamos hasta que la luz del nuevo día nos vea reunidos.
Después de haber dicho esto, se alejó siguiendo a Rachel y Miriam hasta
su mísera cabaña. La muchedumbre se dispersó y cada uno se dirigió a su hogar,
meditando sobre lo que habían visto y oído aquella noche memorable. Sentían que
la antorcha encendida de un nuevo espíritu iluminaba sus espíritus y los
conducía por el sendero de la verdad. Una hora después todas las luces se
habían extinguido y el silencio envolvió la aldea, mientras el letargo llevaba
las almas de los labriegos al mundo de los sueños;
pero Sheik Abbas no consiguió dormir en toda la noche, pues permaneció
observando los fantasmas de las tinieblas y la procesión de los horribles
espectros de sus crímenes.
VIII
Habían transcurrido dos meses y Kahlil aún predicaba y vertía sus
sentimientos en los corazones de los aldeanos, recordándoles sus derechos
usurpados y mostrándoles la avidez y la opresión que dominaba a monjes y
gobernantes. Lo escuchaban con atención, pues era una fuente de alegría; sus palabras
caían en sus corazones como gotas de lluvia sobre la tierra sedienta. Repetían
en soledad los dichos de Kahlil, junto con sus plegarias de cada día. El Padre
Elías comenzó a acecharlos para reconquistar su amistad; se había vuelto manso
desde que los aldeanos habían descubierto que era cómp lice de los crímenes del
Sheik, pero los labriegos lo ignoraban.
Sheik Abbas sufría una crisis nerviosa y recorría su mansión como un
tigre enjaulado. Daba órdenes a sus siervos, pero nadie respondía excepto el
eco de su propia voz que le devolvían los muros de mármol.
Gritaba a sus hombres, pero ninguno acudía a socorrerlo, salvo su pobre
esposa, víctima al igual que los aldeanos de sus actos de crueldad. Cuando
llegó la Cuaresma y los Cielos anunciaron la llegada de la Primavera, los días
del Sheik se ext inguieron como el invierno fugaz. Murió tras una larga agonía
y su alma fue transportada sobre el manto de sus acciones para comparecer
trémula y desnuda ante ese Trono Supremo cuya presencia sentimos aunque no
podamos ver. Muchas historias sobre la muerte del Sheik llegaron hasta los
oídos de los labriegos; algunas relataban que el Sheik había muerto loco,
mientras otras insistían en que el desengaño y la desesperación lo habían
llevado a morir víctima de su propia mano. Pero las mujeres que fueron a
ofrecer sus condolencias a la esposa, declararon que el Sheik había muerto de
miedo, porque el espectro de Samaan Ramy lo acechaba y lo conducía, cada
medianoche, hacia el sitio donde el cadáver del esposo de Rachel había sido
hallado seis años antes.
El mes de Nisan proclamó entre los aldeanos los secretos amorosos de
Kahlil y Miriam. Se alegraban de los tenaces lazos que les aseguraban la
permanencia de Kahlil en la aldea. Cuando la noticia
llegó a oídos de los habitantes de las chozas, todos se congratulaban
por el advenimiento del amado Kahlil al vecindario.
Al llegar la época de la cosecha, los labriegos se internaron en los
campos y recogieron el trigo y el maíz que luego depositarían en las eras.
Sheik Abbas ya no estaba allí para robarles la cosecha y ord enar que la
llevaran a sus graneros. Cada labriego recogió su propia porción de cereal; las
cabañas de los aldeanos se colmaron de trigo y maíz; sus barriles desbordaron
de vino y aceite. Kahlil compartía con ellos la tarea y la felicidad; los
ayudaba a cosechar el cereal, a prensar las uvas y a recoger los frutos. No se
distinguió jamás del resto de los labriegos, excepto por el exaltado amor que
les tenía y por su deseo de trabajar. Desde ese año y hasta nuestros días cada
labriego de la aldea comenzó á recoger dichoso lo que había sembrado con su
propio esfuerzo y trabajo. Las tierras que trabajaban y los viñedos que
cultivaban se convirtieron en su propiedad.
Hoy, a más de medio siglo de aquel incidente, los libaneses han
despertado.
La belleza de la aldea, que surge como una novia junto al valle, atrapa
la atención de todo viajero que va camino de los Cedros Sagrados del Líbano.
Las míseras chozas son ahora confortables y dichosos hogares rodeados de
fértiles campos y productivas huertas. Si preguntáis a cualquiera de los
habitantes sobre la historia del Sheik Abbas, os responderá apuntando hacia una
pila de piedras derrumbadas y paredes destruidas:
-Aquel es el palacio del Sheik y esta la historia de su vida.
Y si preguntáis por Kahlil, elevará sus brazo s al cielo diciendo
-Allí reside nuestro amado Kahlil, cuya historia fue escrita por Dios
sobre las páginas de nuestros corazones con letras centelleantes que el tiempo
no podrá borrar jamás.
EL LLANTO DE LOS SEPULCROS I
El Emir entró en el estrado y se ubicó en la silla principal, mientras a
su derecha e izquierda se hallaban los hombres más destacados de la nación. Los
guardias, armados con lanzas y espadas permanecían firmes y erguidos, y los que
habían venido a presenciar el juicio se pusieron de pie y se inclinaron
ceremoniosamente ante el Emir, cuyos ojos irradiaban un poder, que infundía
horror a sus espíritus y miedo a sus corazones. Al reinstaurarse el orden en la
sala y al acercarse el momento del juicio, el Emir elevó su mano y ordenó:
-Haced entrar a los criminales uno a uno y decidme qué crímenes han
cometido.
La puerta de la prisión se abrió como la boca de un bostezante animal
feroz. En los oscuros rincones del calabozo podía oírse el eco de los grillos
rechinando al unísono junto con los ge midos
y lamentos de los prisioneros. Los espectadores estaban ansiosos por ver
a la presa de la Muerte emergiendo de las profundidades de aquel infierno. Poco
después irrumpieron dos soldados que traían a un joven con las manos atadas
tras su espalda. Su rostro severo denotaba nobleza de espíritu y una gran
fortaleza de corazón. Lo hicieron detenerse en el centro del estrado y los
soldados retrocedieron unos pocos pasos hacia el fondo de la sala. El Emir lo
miró fija e insistentemente y dijo:
-¿Qué crimen ha cometido este hombre que orgullosa y triunfalmente se
halla ante mí?
Uno de los jueces respondió:
-Es un asesino; ayer mató a unos de los oficiales del Emir que se
hallaba cumpliendo una importante misión en una de las aldeas de los
alrededores; aún sostenía la espada sangrienta cuando fue arrestado.
El emir replicó con furia:
-Devolvedlo a la oscura prisión y sujetadlo con pesadas cadenas, y al
amanecer decapitadlo con su propia espada, y dejadlo abandonado en el bosque
para que las bestias se alimenten con su carne y el aire lleve las
reminiscencias de su aroma hasta las narices de sus familiares y amigos.
El joven fue devuelto a la prisión mientras los presentes lo miraban
apesadumbrados, pues era un hombre joven en la plenitud de la vida.
Los soldados regresaron nuevamente de la prisión conduciendo a una joven
mujer de belleza delicada y etérea. Su pálido rostro denotaba las huellas de la
opresión y el desconsuelo. Sus ojos estaban empapados de lágrimas y su cabeza
inclinaba bajo el peso del dolor. Después de observarla con mirada penetrante,
el Emir exclamó:
-Y esta demacrada mujer, de pie ante mí como la sombra junto a un
cadáver, ¿qué ha hecho?
Uno de los soldados le respondió:
-Es una adúltera; su esposo la descubrió anoche en brazos de otro.
Después que su amante hubo escapado, el esposo la entregó a la justicia.
El Emir le observó mientras ella alzaba su rostro inexpresivo, y ordenó:
Devolvedla al oscuro cuarto y acostadla sobre un lecho de espinas para que
pueda acordarse del lugar de reposo que co rrompió con su falta, dadle de beber
vinagre mezclado con hiel para que pueda recordar el sabor de aquellos dulces
besos. Arrastrad al
amanecer su cuerpo desnudo fuera de la ciudad y lapidadla. Dejad que los
lobos se regocijen con la tierna carne de su cue rpo y los gusanos horaden sus
huesos.
Mientras la mujer se encaminaba de nuevo a la celda oscura, la gente la
miraba con lástima y sorpresa. La justicia impartida por el Emir los había
dejado atónitos y se lamentaban de la muerte de la pobre mujer. Los soldados
reaparecieron trayendo consigo a un hombre de rodillas temblorosas y trémulo
como un frágil arbolillo azotado por un viento norte. Parecía indefenso, débil
y asustado, y era pobre y miserable. El Emir lo escrutó con repugnancia e
inquirió:
-Y este ho mbre inmundo que es como un muerto entre los vivos, ¿qué ha
hecho?
Uno de los guardias respondió:
-Es un ladrón entró al monasterio y robó el cáliz sagrado que los
sacerdotes hallaron sobre sus ropas cuando fue arrestado.
El Emir lo miró como un águila hambrienta que mira a un pájaro de alas
rotas, y dijo:
-Devolvedlo a la celda y encadenadlo, y llevadlo al amanecer hasta un
árbol de gran altura, y colgadlo entre el cielo y la tierra para que sus
pecadoras manos perezcan. Y los miembros de su cuerpo se conv iertan en
partículas arrastradas por el viento.
Mientras el ladrón regresaba tambaleándose a la prisión, los asistentes
comenzaron a susurrar entre ellos diciendo: "¿Cómo es que un hombre tan
débil y hereje se atreve a robar el cáliz sagrado del monasterio ?."
En ese momento se levantó la sesión y el Emir, custodiado por los
soldados, abandonó la sala acompañado por todos los dignatarios, mientras que
la concurrencia se dispersaba; la sala quedó vacía excepto por los lamentos y
gemidos de los prisioneros. Todo esto sucedió mientras yo permanecía de pie
como un espejo en el que
reflejaba el paso de los fantasmas. Meditaba acerca de las leyes, hechas
por el hombre para el hombre, contemplando aquello que las gentes llaman
"justicia", y absorto en profundos inte rrogantes sobre los
secretos de la vida. Traté de comprender el sentido del universo. En mi
confusión, me hallaba perdido como el horizonte que se desvanece más allá de la
nube. Mientras abandonaba el lugar, me dije: "El vegetal se nutre de los
elementos de la tierra, `la oveja come el vegetal, el lobo devora la oveja, y
el toro mata al lobo, mientras que el león devora al toro. Sin embargo, la
Muerte reclama al león. ¿Es que acaso existe algún poder que venza a la Muerte
y haga eterna justicia con estas brutalidades? ¿Es que acaso existe una fuerza
capaz de convertir a todas las cosas horribles en hermosos objetos? ¿Hay acaso
algún poder supremo que pueda asir con sus manos todos los elementos de la vida
y abrazarlos dichosamente, así como el mar
absorbe dichoso las aguas de todos los arroyos? ¿Es que acaso existe
algún poder capaz de arrastrar al asesino y al asesinado, al adúltero y a la
adúltera, al ladrón y al despojado, y de llevarlos ante una corte más excelsa y
suprema que la corte del Emir?
II
Al día siguiente dejé la ciudad para dirigirme al campo, donde el
silencio revela al alma 1 o que ella anhela, y donde los cielos puros matan los
gérmenes de la desesperanza que la ciudad alimenta con sus calles estrechas y
sus lugares oscuros. Al llegar al va lle, vi una bandada de cuervos y buitres
ascendiendo y descendiendo, colmando el cielo de graznidos, y de l o s silbidos
y susurros de sus alas. Mientras caminaba, vi ante mí el cuerpo de un hombre
colgado e n lo alto de un árbol, el de una mujer muerta que yacía desnuda sobre
un montículo de piedras, y el cadáver de un joven decapitado, cubierto con una
mezcla de sangre y tierra. Fue una visión horrible que cegó mis ojos
cubriéndolos con un denso y oscuro velo de tristeza. Miré en todas direcciones pero
nada vi, salvo el espectro de la Muerte de pie ante aquellos restos
fantasmales. No se oía nada
excepto el gemido de lo inexistente mezclado con los graznidos de los
cuervos revoloteando sobre las víctimas de la ley humana. Tres seres humanos,
ayer en el regazo de la Vida, hoy víctimas de la Muerte por haber infringido
las reglas de la sociedad. Cuando un hombre mata a otro, la gente dice que es
un asesino, pero cuando es el Emir quien lo mata, el Emir es justo. Cuando un
hombre roba a un monasterio, dicen de él que es un ladrón, pero cuando el Emir
le roba la vida, el Emir es un hombre honorable. Cuando una mujer traiciona a
su esposo, dicen de ella que es una adúltera, pero cuando el Emir la hace
caminar desnuda por las calles y luego la manda lapidar, el Emir es un hombre
noble. Está prohibido el derramamiento de sangre, pero... ¿quién lo convirtió
en un acto lícito para el Emir? Robar el dinero de otro es un crimen, pero
robarle la vida es un acto noble. Engañar a un esposo puede ser un acto cruel,
pero las almas vivientes lapidadas ofrecen un maravilloso espectáculo.
¿Reuniremos el mal con el mal y diremos que esta es la Ley? ¿Lucharemos contra
la corrupción más vil y diremos que esta es la Regla?
¿Venceremos al crimen con más crímenes y diremos que esto es justicia?
¿Acaso el Emir no había matado a su enemigo, y robado el dinero y las
posesiones de los débiles? ¿Acaso él mismo no había cometido adulterio? ¿Era un
hombre sin faltas cuando mató al asesino y colgó al ladrón y lapidó a la
adúltera? ¿Quiénes son aquellos que colgaron del árbol al ladrón? ¿Acaso son
ángeles del cielo o son hombres saqueando y usurpando? ¿Quién decapitó al
asesino? ¿Son profetas divinos, o soldados que derraman sangre donde quiera que
vayan? ¿Quién lapidó a aquella adúltera? ¿Eran virtuosos ermitaños venidos
desde sus monasterios, o seres qué gozaban cometiendo atrocidades, bajo la
protección de una Ley retrógrada? ¿Qué es la ley? ¿Quién la ha visto descender
como el sol desde los inmensos cielos?
¿Quién ha visto el corazón de Dios y ha descubierto su propósito y
voluntad? ¿En qué siglo fue que los ángeles predicaron entre la gente,
diciéndoles: "Prohibid al débil disfrutar de la vida, y matad al
villano con el filo de la espada, y aplastad a los pecadores con pies de
hierro?".
Mientras estos pensamientos me hostigaban, escuché el susurro de unos
pasos sobre el césped. Me mantuve expectante y vi a una joven mujer que se
acercaba entre los árboles; miró cuidadosamente hacia uno y otro lado antes de
aproximarse a los tres cadáveres que allí había. Enseguida sus ojos se posaron
en la cabeza del joven decapitado. Gritó horrorizada, se hincó y la rodeó con
brazos trémulos; luego comenzó a derramar lágrimas y a acariciar los cabellos
enrolados y cubiertos de sangre con sus dedos suaves, llorando con una voz que
emanaba del fondo de un corazón destrozado. Ya no podía soportar lo que veían
sus ojos . Arrastró el cuerpo hasta un hoyo y colocó suavemente la cabeza entre
los hombros; cubrió completamente el cuerpo con tierra, y clavó sobre el
sepulcro la espada con la que había sido decapitado el joven.
Mientras se alejaba caminé hacia ella. Se estremeció al verme; sus ojos
estaban velados por las lágrimas; Suspiró y dijo;
-Llevadme ante el Emir si lo deseáis; prefiero morir y seguir a aquel
que salvó mi vida de las garras de la desgracia, antes que dejar que este
cuerpo sirva de alimento a las bestias feroces:
-No tengas miedo de mí -le respondí-, pobre criatura, pues yo he llorado
al joven antes que tú lo hicieras. Pero dime, ¿de qué forma te salvó de las
garras de la desgracia?
-Uno de los oficiales del Emir vino hasta nuestra granja a cobrar los
impuestos -respondió ella, con voz lánguida y ahogada-, al verme, me clavó la
vista como un lobo a una oveja. Impuso a mi padre un tributo tan pesado que ni
siquiera un rico podría pagar. Me arrestó para llevarme ante el Emir como rehén
a cambio del oro que mi padre no podía pagar. Le rogué que me liberara, pero
desoyó mis ruegos pues era un hombre despiadado. Entonces clamé que alguien me
ayudara, y este joven que ahora está muerto, vino a socorrerme salvándome de
morir en vida. El oficial intentó matarlo, pero el joven cogió una vieja espada
colgada en la pared de nuestra
casa y le dio muerte. El no huyó como un criminal, sino que permaneció
junto al cuerpo del oficial hasta que la justicia vino a arrestarlo.
Después de haber pronunciado estas palabras que hubiera hecho sangrar de
tristeza a cualquier corazón humano, la joven mujer desvió el rostro y se
marchó.
Un momento después, vi que un joven se acercaba con el rostro oculto por
un manto. Al aproximarse al cadáver de la adúltera, se quitó la prenda y cubrió
con ella al cuerpo desnudo. Luego extrajo una daga que llevaba oculta bajo el
manto e hizo un hoyo en el que colocó el cuerpo de la joven muerta con ternura
y delicadeza, cubriéndolo de tierra y lágrimas derramadas. Después de hacer
esto, arrancó algunas flores y las colocó respetuosamente sobre el tosco
sepulcro. Estaba comenzando a alejarse, pero lo detuve y le dije:
-¿Qué parentesco le une a esta adúltera? ¿Y que fue lo que le indujo a
arriesgar su vida viniendo aquí a proteger el desnudo cuerpo de las bestias
feroces?
Al mirarme fijamente, noté que sus ojos reflejaban su desdicha.
Entonces dijo:
-Yo soy el hombre infortunado por cuyo amor esta mujer fue lapidada: la
amé y me amó desde que éramos niños; crecimos juntos; el Amor, al que servimos
y veneramos, era el amor de nuestros corazones.
El amor nos unió y rodeó a nuestras almas. Cierto día me ausenté de la
ciudad, y al regresar descubrí que su padre la había obligado a casarse con un
hombre a quien no amaba. Mi vida se convirtió en una lucha continua, y todos
mis días se fundieron en una sola noche larga y oscura. Traté de apaciguar mi
corazón, pero él se resistía. Finalmente fui a verla a escondidas, y mi único
propósito era mirar fugazmente sus hermosos ojos y escuchar el sonido dulce de
su voz. Al llegar a su casa. La encontré lamentando, en soledad, su
destino infortunado. Me senté junto a ella; el silencio era nuestra
importante conversación y la virtud nuestra compañía. Una hora apacible de
comprensión había transcurrido cuando su esposo entró a la casa. Le sugerí
cautelosamente que se contuviera, pero él, apretándola con ambas manos, la
arrestó hasta la calle, y vociferó:
"- ¡Venid, venid a ver a la adúltera y a su amante!
"Todo el vecindario se precipitó al lugar. Poco después vino la
justicia para llevarla ante el Emir, pero los soldados me ignoraron. La
ignorancia de las Leyes y la rigidez de las costumbres castigaron a la mujer
por el error de su padre, y perdonaron al hombre.
Después de haber hablado así, el hombre se marchó hacia la ciudad,
mientras yo permanecí contemplando, el cuerpo del ladrón suspendido en lo alto
de aquél árbol, balanceándose levemente cada vez que el viento sacudía las
ramas, y como si esperara que alguien lo bajara y lo extendiera sobre el pecho
de la tierra junto al Defensor del Honor y al Mártir del Amor. Una hora
después, apareció una llorosa mujer de aspecto frágil y desdichado. Se detuvo
ante el ahorcado y oró respetuosamente. Luego trepó al árbol con dificultad y
mordió la soga con sus dientes hasta cortarla. El cuerpo inerte cayó al suelo
como' un enorme trapo mojado Entonces ella descendió del árbol, cavó un hoyo y
enterró al ladrón junto a las otras dos víctimas. Después de cubrirlo de
tierra, tomó dos trozos de madera y confeccionó una cruz que colocó sobre la
cabeza del Muerto. Al volver el rostro para encaminarse hacia la ciudad, le
detuve y le dije:
-¿Qué fue lo que la ha movido a venir y enterrar este ladrón?
Me miró con desdicha y dijo:
-Es mi fiel esposo y compasivo compañero; es el padre de mis hijos:
cinco muertos de hambre; el mayor tiene ocho años y el menor es apenas un
lactante. Mi esposo no era un ladrón, sino un granjero que trabajaba en las
tierras del monasterio, y comíamos lo poco que los monjes y sacerdotes le daban
cuando volvía a casa al
anochecer. Trabajó para ellos desde muy joven, y cuando ya no pudo
trabajar más lo despidieron, aconsejándole que regresara a su hogar y que
enviara sus hijos reemplazando en cuanto crecieran. Les rogó que les
permitieran quedarse en nombre de Jesús y de los ángeles del cielo, pero ellos
desoyeron sus ruegos. No se apiadaron de él ni de sus hambrientos hijos que
lloraban desconsoladamente clamando alimentos. Fue a la ciudad en busca de
trabajo, mas en vano, pues los ricos sólo emplean hombres fuertes y saludables.
Entonces se sentó en la polvorienta acera y extendió la mano a todo el que
pasaba, rogando y repitiendo la sórdida canción de su fracaso en la vida,
sufriendo de hambre y humillación. Pero la gente rehusó ayudarlo, pues decía
que los haraganes no merecen limosnas. Una noche, el hambre atormentó
angustiosamente a nuestros hijos, especialmente al menor que trataba de mamar
de los pechos ya secos. La expresión de mi esposo cambió, y abandonó la casa
bajo el manto de la noche. Entró al granero del monasterio y tomó un saco de
trigo. Al salir, los monjes, recién despertados, lo azotaron despiadadamente y
luego lo arrastraron. Al amanecer lo llevaron ante el Emir y lo acusaron de
haber entrado al monasterio a robar el cáliz de oro del altar. Fue encarcelado
y ahorcado al día siguiente. Sólo trató de llenar los estómagos de sus pequeños
hijos hambrientos con el trigo que había sembrado con su propio esfuerzo, pero
el Emir lo mató utilizó su carne para llenar los estómagos de las aves y las
bestias.
Después de hablar de este modo, se alejó, dejándome solo y en un estado
calamitoso.
III
Permanecí de pie ante los sepulcros como un orador que enmudece mientras
trata de expresar palabras de alabanza. No podía hablar, pero las lágrimas
reemplazaban mis palabras y hablaban por mi alma. Mi espíritu se reveló cuando
intenté meditar mediante un segundo, pues mi alma es como una flor que se
cierra al atardecer, y que no exhala su fragancia cuando la noche se puebla de
espectros. Me pareció que la tierra que envolvía a las víctimas de la
opresión en aquel sitio solitario llenaba mis oídos con las tristes
melodías de las almas afligidas, y me impedía hablar. Me aferré al silencio,
pero si la gente comprendiera lo que el silencio le revela, estaría tan próxima
de Dios como las flores del valle. Si las llamas de mi alma suspirante hubieran
alcanzado los árboles, éstos hubieran abandonado sus sitios y marchando con sus
ramas como un poderoso ejército contra el Emir, y derribando el monasterio
sobre las cabezas de esos monjes y sacerdotes. Allí permanecí contemplando los
sepulcros recientes, mientras una agradable sensación de compasión y toda la
amargura de la tristeza brotaba de mi corazón: el sepulcro de un joven que
sacrificó su vida en defensa de una frágil doncella, cuya vida y honor había
rescatado de las garras y los dientes de un depravado; un joven que había sido
decapitado en recompensa por su arrojo; y su espada había sido clavada sobre el
sepulcro por aquella a quien el joven había salvado, como un símbolo de
heroísmo ante el rostro del sol que brilla sobre el imperio abrumador por la
estupidez y la corrupción. El sepulcro de una joven mujer cuyo corazón se había
encendido de amor antes de que su cuerpo fuera arrebatado por la avidez,
usurpado por la lujuria, y lapidado por la tiranía... Ella se mantuvo fiel
hasta la muerte; su amado depositó flores sobre el sepulcro para hablar,
durante unos minutos que iban marchitándose, de esas almas bendecidas y
elegidas por el Amor entre aquellos a quienes las cosas terrenas habían
enceguecido y la ignorancia enmudecido. Y el último era el sepulcro de un
hombre desdichado, agobiado por el arduo trabajo de las tierras del monasterio,
que clamó por alimentos para calmar el hambre de sus pequeños y a quien le fue
negado. Recurrió a la mendicidad, pero la gente no le prestó ayuda. Cuando su
alma lo guió a recobrar una pequeña porción de lo que él mismo había cultivado
y cosechado, fue arrestado y muerto a azotes. Su desdichada viuda clavó una
cruz sobre la cabeza del esposo muerto, como un testigo que, en el silencio de
la noche, se yergue ante las estrellas del cielo para acusar a aquellos
sacerdotes que convirtieron las bondadosas enseñanzas de Cristo en filosas
espadas con las que decapitan y destrozan los cuerpos de los débiles.
El sol se ocultó tras el horizonte como fatigado por los problemas del
mundo y hastiado del sometimiento de la gente. En ese momento, el anochecer
comenzó a desplegar un delicado velo que surgía desde lo profundo del silencio,
y a extenderlo sobre el cuerpo de la Naturaleza. Alargué mi mano señalando los
símbolos de los sepulcros, alcé los ojos al cielo, y grité:
-¡Oh, Heroísmo, esta es tu espada, ahora bajo la tierra! ¡Oh, Amor, esta
es tu flor, consumida por el fuego! ¡Oh, Señor Jesús, esta es Tu Cruz, hundida
en la oscuridad de la noche!

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