© Libro N° 13084. Mujeres Que Corren Con Los
Lobos. Pinkola Estes, Clarissa. Emancipación. Octubre
19 de 2024
Título original: ©
Mujeres Que Corren Con Los Lobos. Clarissa Pinkola Estes
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Original: © Mujeres Que
Corren Con Los Lobos. Clarissa Pinkola Estes
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS
Clarissa Pinkola Estes
Mujeres
Que Corren Con Los Lobos
Clarissa
Pinkola Estes
La doctora Clarissa Pinkola Estés es una psicoanalista junguiana
interna-cionalmente reconocida como especialista, poeta, contadora y guardiana
de antiguos cuentos de la tradición latinoamericana.
Se doctoró en Estudios Interculturales y Psicología Clínica, y desde
hace 23 años se dedica a la enseñanza y a la práctica privada de la psicología.
Ha sido directora ejecutiva del C. G. Jung Center for Education and Rese-arch.
Por sus escritos y su activismo, ha sido distinguida con numerosos
galar-dones. La doctora Estés empezó a escribir este libro en 1971 y le ha
dedi-cado más de veinte años.
Mujeres que corren con los lobos ha sido traducido a 18 idiomas y ha
reci-bido el Premio de Honor Abby y el premio Gradiva de la National
Associa-tion for the Advancement of Psychoanalysis.
Diseño cubierta: Samuel Gómez Imagen: Dos mujeres corriendo en la
pla-ya, Pablo Picasso, 1922
SINE QUA NON
CLARISSA PINKOLA ESTES
Mujeres que corren con los
lobos
Barcelona. Bogotá. Buenos
Aires. Caracas. Madrid México D.F. -Montevideo. Qui-to -Santiago de Chile
Título original: Women Who
Run With the Wolves
Traducción: M. Antonia
Menini
1. edición: octubre 1998
1. reimpresión: septiembre 2000
2. reimpresión: noviembre 2000
3. reimpresión: febrero 2001
4. reimpresión: mayo 2001
1992/1995 by Clarissa
Pinkola Estés, Ph. D. (D Ediciones B, S.A., 1998) Bailén, 84 - 08009 Barcelona
(España) www.edicionesb.com
Printed in Spain ISBN:
84-406-8711-7 Depósito legal: B. 23.629-2001 Impreso por LIBERDOPLEX, S.L.
Constitución 19 - 08014 Barcelona
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esta obra por cualquier medio o procedi-miento, comprendidos la reprografía, el
tratamiento informático y la reproducción en cualquier servicio online, así
como la distribución de ejemplares mediante al-quiler o préstamo públicos.
A kedves szüleimnek
Mária és Joszef,
Mary and Joseph,
Szeretlek benneteket
y
para todos los que amo
que continúan desaparecidos.
PREFACIO
Todos sentimos el anhelo de lo salvaje. Y este anhelo tiene muy po-cos
antídotos culturalmente aceptados. Nos han enseñado a avergonzar-nos de este
deseo. Nos hemos dejado el cabello largo y con él ocultamos nuestros
sentimientos. Pero la sombra de la Mujer Salvaje acecha todavía a nuestra
espalda de día y de noche. Dondequiera que estemos, la sombra que trota detrás
de nosotros tiene sin duda cuatro patas.
DOCTORA CLARISSA PINKOLA ESTÉS
Cheyenne, Wyoming
INTRODUCCIÓN
Cantando sobre los huesos
Tanto los animales salvajes como la Mujer Salvaje son especies en
peligro de extinción.
En el transcurso del tiempo hemos presenciado cómo se ha saquea-do,
rechazado y reestructurado la naturaleza femenina instintiva. Durante largos
períodos, ésta ha sido tan mal administrada como la fauna silvestre y las
tierras vírgenes. Durante miles de años, y basta mirar el pasado para darnos
cuenta de ello, se la ha relegado al territorio más yermo de la psi-que. A lo
largo de la historia, las tierras espirituales de la Mujer Salvaje han sido
expoliadas o quemadas, sus guaridas se han arrasado y sus ci-clos naturales se
han visto obligados a adaptarse a unos ritmos artificiales para complacer a los
demás.
No es ninguna casualidad que la prístina naturaleza virgen de nues-tro
planeta vaya desapareciendo a medida que se desvanece la compren-sión de
nuestra íntima naturaleza salvaje. No es difícil comprender por qué razón los
viejos bosques y las ancianas se consideran unos recursos de escasa
importancia. No es ningún misterio. Tampoco es casual que los lo-bos y los
coyotes, los osos y las mujeres inconformistas tengan una fama parecida. Todos
ellos comparten unos arquetipos instintivos semejantes y, como tales, se les
considera erróneamente poco gratos, total y congénita-mente peligrosos y
voraces.
Mi vida y mi trabajo como psicoanalista junguiana, poeta y cantado-ra*,
guardiana de los antiguos relatos, me han enseñado que la maltrecha vitalidad
de las mujeres se puede recuperar efectuando amplias excavacio-nes
"psíquico-arqueológicas" en las ruinas del subsuelo femenino.
Recu-rriendo a estos métodos conseguimos recobrar las maneras de la psique
instintiva natural y, mediante su personificación en el arquetipo de la Mu-jer
Salvaje, podemos discernir las maneras y los medios de la naturaleza femenina más
profunda. La mujer moderna es un borroso torbellino de actividad. Se ve
obligada a serlo todo para todos. Ya es hora de que se res-tablezca la antigua
sabiduría.
El título de este libro, Las mujeres que corren con los lobos: Mitos y
relatos del arquetipo de la Mujer Salvaje, procede de mis estudios de biolog-ía
acerca de la fauna salvaje y de los lobos en particular. Los estudios de los
lobos Canis lupus y Canis rufus son como la historia de las mujeres, tanto en
lo concerniente a su coraje como a sus fatigas.
Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas característi-cas
psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada ca-
* Las palabras y expresiones
castellanas en cursiva figuran en este idioma en el original. (N. de la T.)
pacidad de afecto. Los lobos y las mujeres son sociables e inquisitivos
por naturaleza y están dotados de una gran fuerza y resistencia. Son también
extremadamente intuitivos y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus
parejas y su manada. Son expertos en el arte de adaptarse a las cir-cunstancias
siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes.
Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamen-te
acusados de ser voraces, taimados y demasiado agresivos y de valer menos que
sus detractores. Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar
la selva sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo
instintivo hasta el punto de no dejar ni rastro de él. La depre-dación que
ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los com-prenden es
sorprendentemente similar.
Por consiguiente, fue ahí, en el estudio de los lobos, donde por
pri-mera vez cristalizó en mí el concepto del arquetipo de la Mujer Salvaje. He
estudiado también a otras criaturas como, por ejemplo, el oso, el elefante y
esos pájaros del alma que son las mariposas. Las características de cada
especie ofrecen abundantes indicios de lo que es posible conocer acerca de la
psique instintiva femenina.
La naturaleza salvaje ha pasado doblemente a mi espíritu por mi
na-cimiento en el seno de una apasionada familia mexicano-española y más tarde
por mi adopción por parte de una familia de fogosos húngaros. Me crié cerca de
la frontera de Michigan, rodeada de bosques, huertos y tie-rras de labranza y
no lejos de los Grandes Lagos. Allí los truenos y los relámpagos eran mi
principal alimento. Por la noche los maizales crujían y hablaban en voz alta.
Allá arriba en el norte, los lobos acudían a los claros del bosque a la luz de
la luna, y brincaban y rezaban. Todos podíamos be-ber sin temor de los mismos
riachuelos.
Aunque entonces no la llamaba con este nombre, mi amor por la Mujer
Salvaje nació cuando era una niña. Más que una atleta, yo era una esteta y mi
único deseo era ser una caminante extasiada. En lugar de las sillas y las
mesas, prefería la tierra, los árboles y las cuevas, pues sentía que en
aquellos lugares podía apoyarme contra la mejilla de Dios.
El río siempre pedía que lo visitaran después del anochecer, los campos
necesitaban que alguien los recorriera para poder expresarse en susurros. Las
hogueras necesitaban que las encendieran de noche en el bosque y las historias
necesitaban que las contaran fuera del alcance del oído de los mayores.
Tuve la suerte de criarme en medio de la Naturaleza. Allí los rayos me
enseñaron lo que era la muerte repentina y la evanescencia de la vida. Las
crías de los ratones me enseñaron que la muerte se mitigaba con la nueva vida.
Cuando desenterré unos "abalorios indios", es decir, fósiles
sepultados en la greda, comprendí que la presencia de los seres humanos se
remontaba a muchísimo tiempo atrás. Aprendí el sagrado arte del ador-no
personal engalanándome la cabeza con mariposas, utilizando las lu-ciérnagas como
alhajas nocturnas y las ranas verde esmeralda como pul-seras.
Una madre loba mató a uno de sus cachorros mortalmente herido; así me
enseñó la dura compasión y la necesidad de permitir que la muerte llegue a los
moribundos. Las peludas orugas que caían de las ramas y volvían a subir con
esfuerzo me enseñaron la virtud de la perseverancia, y su cosquilleo sobre mi
brazo me enseñó cómo cobra vida la piel. El hecho de trepar a las copas de los
árboles me reveló la sensación que el sexo me haría experimentar más adelante.
La generación a la que yo pertenezco, posterior a la Segunda Guerra
Mundial, creció en una época en que a la mujer se la trataba como una niña y
una propiedad. Se la mantenía como un huerto en barbecho... pero, por suerte,
el viento siempre llevaba consigo algunas semillas silvestres. A pesar de que
no se aprobaba lo que escribían, las mujeres seguían traba-jando con ahínco. A
pesar de que no se reconocía el menor mérito a lo que pintaban, sus obras
alimentaban el espíritu. Las mujeres tenían que supli-car a fin de conseguir
los instrumentos y los espacios necesarios para su arte y, si no obtenían nada,
hallaban su espacio en los árboles, las cuevas, los bosques y los roperos.
El baile apenas se toleraba en el mejor de los casos, por lo cual ellas
bailaban en el bosque donde nadie podía verlas, o en el sótano, o cuando,
salían a sacar la basura. Su acicalamiento suscitaba recelos. Un cuerpo o un
vestido llamativos aumentaban el peligro de sufrir daños o agresiones sexuales.
Ni siquiera podían considerar suyas las prendas de vestir que llevaban.
Era una época en la que los padres que maltrataban a sus hijos eran
llamados simplemente "severos", en la que las heridas espirituales de
las mujeres tremendamente explotadas se calificaban de "agotamientos
ner-viosos", en la que las chicas y las mujeres bien fajadas, refrenadas y
abo-zaladas se llamaban "buenas" y las hembras que conseguían
quitarse el collar para disfrutar de uno o dos momentos de vida se tachaban de
"ma-las".
Por consiguiente, como otras muchas mujeres antes y después de mí, viví
mi vida como una criatura disfrazada. Tal como habían hecho mis parientes y
amigas, mayores que yo, me contoneaba-tambaleaba sobre za-patos de tacón y me
ponía vestido y sombrero para ir a la iglesia. Pero mi espléndida cola asomaba
a menudo por debajo del dobladillo de la falda y movía tanto las orejas que el
sombrero me caía por lo menos sobre los ojos y, a veces, hasta cruzaba volando
la habitación.
No he olvidado la canción de aquellos siniestros años, hambre del alma,
la canción del alma hambrienta. Pero tampoco he olvidado el jubilo-so canto
hondo cuyas palabras evocamos cuando nos entregamos a la ta-rea de la
restauración del alma.
Como un sendero del bosque que poco a poco se va borrando hasta que, al
final, se reduce a casi nada, la teoría psicológica tradicional tam-bién se
agota demasiado pronto cuando se trata de analizar a la mujer
creativa, talentosa, profunda. La pirología tradicional se muestra a
menu-do muy parca o totalmente silenciosa a propósito de las cuestiones más
profundas e importantes para las mujeres: lo arquetípico, lo intuitivo, lo
sexual y lo cíclico, las edades de las mujeres, la manera de actuar de una
mujer, su sabiduría y su fuego creador. Todo cuanto ha guiado durante dos
décadas mi trabajo acerca del arquetipo de la Mujer Salvaje.
No se puede abordar la cuestión del alma femenina moldeando a la mujer
de manera que se adapte a una forma más aceptable según la defi-nición de la
cultura que la ignora, y tampoco se puede doblegar a una mu-jer con el fin de
que adopte una configuración intelectualmente aceptable para aquellos que
afirman ser los portadores exclusivos del conocimiento. No, eso es lo que ya ha
dado lugar a que millones de mujeres que empeza-ron siendo unas potencias
fuertes y naturales se hayan convertido en unas extrañas en sus propias
culturas. El objetivo tiene que ser la recuperación de las bellas y naturales
formas psíquicas femeninas y la ayuda a las mismas.
Los cuentos de hadas, los mitos y los relatos proporcionan
interpre-taciones que aguzan nuestra visión y nos permiten distinguir y
reencon-trar el camino trazado por la naturaleza salvaje. Las enseñanzas que
con-tienen nos infunden confianza: el camino no se ha terminado sino que si-gue
conduciendo a las mujeres hacia el conocimiento cada vez más pro-fundo de sí
mismas. Los senderos que todos seguimos son los del Yo ins-tintivo innato y
salvaje.
La llamo la Mujer Salvaje porque estas dos palabras en concreto,
"mujer" y "salvaje", son las que crean el llamar o tocar a
la puerta, la mági-ca llamada a la puerta de la profunda psique femenina.
Llamar o tocar a la puerta significa literalmente tañer el instrumento del
nombre para hacer que se abra una puerta. Significa utilizar unas palabras que
dan lugar a la abertura de un pasadizo. Cualquiera que sea la cultura que haya
influido en una mujer, ésta comprende intuitivamente las palabras
"mujer" y "sal-vaje".
Cuando las mujeres oyen esas palabras, despierta y renace en ellas un
recuerdo antiquísimo. Es el recuerdo de nuestro absoluto, innegable e
irrevocable parentesco con el femenino salvaje, una relación que puede haberse
convertido en fantasmagórica como consecuencia del olvido, haber sido enterrada
por un exceso de domesticación y proscrita por la cultura circundante, o
incluso haberse vuelto ininteligible. Puede que hayamos olvidado los nombres de
la Mujer Salvaje, puede que ya no contestemos cuando ella nos llama por los
nuestros, pero en lo más hondo de nuestro ser la conocemos, ansiamos acercarnos
a ella; sabemos que nos pertenece y que nosotras le pertenecemos.
Nacimos precisamente de esta fundamental, elemental y esencial re-lación
y de ella derivamos también en esencia. El arquetipo de la Mujer Salvaje
envuelve el ser alfa matrilíneo. Hay veces en que la percibimos, aunque sólo de
manera fugaz, y entonces experimentamos el ardiente de-seo de seguir adelante.
Algunas mujeres perciben este vivificante "sabor de
lo salvaje" durante el embarazo, durante la lactancia de los hijos,
durante el milagro del cambio que en ellas se opera cuando crían a un hijo o
cuan-do cuidan una relación amorosa con el mismo esmero con que se cuida un
amado jardín.
La existencia de la Mujer Salvaje también se percibe a través de la
visión; a través de la contemplación de la sublime belleza. Yo la he percibi-do
contemplando lo que en los bosques llamamos una puesta de sol "de Jesús
Dios". La he sentido en mi interior viendo venir a los pescadores del lago
en el crepúsculo con las linternas encendidas y, asimismo, contem-plando los
dedos de los pies de mi hijo recién nacido, alineados como una hilera de maíz
dulce. La vemos donde la vemos, o sea, en todas partes.
Viene también a nosotras a través del sonido; a través de la música que
hace vibrar el esternón y emociona el corazón; viene a través del tam-bor, del
silbido, de la llamada y del grito. Viene a través de la palabra es-crita y
hablada; a veces, una palabra, una frase, un poema o un relato es tan sonoro y
tan acertado que nos induce a recordar, por lo menos duran-te un instante, de
qué materia estamos hechas realmente y dónde está nuestro verdadero hogar.
Estos transitorios "sabores de lo salvaje" se perciben durante
la mística de la inspiración... ah, aquí está; oh, ya se ha ido. El anhelo que
sentimos de la Mujer Salvaje surge cuando nos tropezamos con alguien que ha
conseguido establecer esta relación indómita. El anhelo aparece cuando una se
da cuenta de que ha dedicado muy poco tiempo a la hogue-ra mística o a la
ensoñación, y demasiado poco tiempo a la propia vida creativa, a la obra de su
vida o a sus verdaderos amores.
Y, sin embargo, son estas fugaces experiencias que se producen tan-to a
través de la belleza como de la pérdida las que nos hacen sentir des-nudas,
alteradas y ansiosas hasta el extremo de obligarnos a ir en pos de la
naturaleza salvaje. Y llegamos al bosque o al desierto o a una extensión nevada
y nos ponemos a correr como locas, nuestros ojos escudriñan el suelo, aguzamos
el oído, buscando arriba y abajo, buscando una clave, un vestigio, una señal de
que ella sigue viva y de que no hemos perdido nues-tra oportunidad. Y, cuando
descubrimos su huella, lo típico es que las mu-jeres corramos para darle
alcance, dejemos el escritorio, dejemos la rela-ción, vaciemos nuestra mente,
pasemos la página, insistamos en hacer una pausa, quebrantemos las normas y
detengamos el mundo, pues ya no podernos seguir sin ella.
Si las mujeres la han perdido, cuando la vuelvan a encontrar, pug-narán
por conservarla para siempre. Una vez que la hayan recuperado, lucharán con
todas sus fuerzas para conservarla, pues con ella florece su vida creativa; sus
relaciones adquieren significado, profundidad y salud; sus ciclos sexuales,
creativos, laborales y lúdicos se restablecen; ya no son el blanco de las
depredaciones de los demás, y tienen el mismo derecho a crecer y prosperar
según las leyes de la naturaleza. Ahora su cansancio-del-final-de-la-jornada
procede de un trabajo y un esfuerzo satisfactorios, no del hecho de haber
estado encerradas en un esquema mental, una ta-
rea o una relación excesivamente restringidos. Saben instintivamente
cuándo tienen que morir las cosas y cuándo tienen que vivir; saben cómo
alejarse y cómo quedarse.
Cuando las mujeres reafirman su relación con la naturaleza salvaje,
adquieren una observadora interna permanente, una conocedora, una vi-sionaria,
un oráculo, una inspiradora, un ser intuitivo, una hacedora, una creadora, una
inventora y una oyente que sugiere y suscita una vida vi-brante en los mundos
interior y exterior. Cuando las mujeres están próxi-mas a esta naturaleza,
dicha relación resplandece a través de ellas. Esa maestra, madre y mentora
salvaje sustenta, contra viento y marea, la vida interior y exterior de las
mujeres.
Por consiguiente, aquí la palabra "salvaje" no se utiliza en
su sentido peyorativo moderno con el significado de falto de control sino en su
sentido original que significa vivir una existencia natural, en la que la
criatura po-see una integridad innata y unos límites saludables. Las palabras
"mujer" y "salvaje" hacen que las mujeres recuerden quiénes
son y qué es lo que se proponen. Personifican la fuerza que sostiene a todas
las mujeres.
El arquetipo de la Mujer Salvaje se puede expresar en otros términos
igualmente idóneos. Esta poderosa naturaleza psicológica se puede llamar
naturaleza instintiva, pero la Mujer Salvaje es la fuerza que se oculta detrás
de ella. Se puede llamar psique natural, pero detrás de ella está también el
arquetipo de la Mujer Salvaje. Se puede llamar la naturaleza innata y
fundamental de las mujeres. Se puede llamar la naturaleza autóc-tona o
intrínseca de las mujeres. En poesía se podría llamar lo "Otro" o los
"siete océanos del universo" o "los bosques lejanos" o
"La Amiga"1. En dis-tintas psicologías y desde distintas perspectivas
quizá se podría llamar el "id", el Yo, la naturaleza medial. En
biología se llamaría la naturaleza típica o fundamental.
Pero, puesto que es tácita, presciente y visceral, entre las cantadoras
se la llama naturaleza sabia o inteligente. A veces se la llama la "mujer
que vive al final del tiempo" o la "que vive en el borde del
mundo". Y esta cria-tura es siempre una hechicera-creadora o una diosa de
la muerte o una doncella que desciende o cualquier otra personificación. Es al
mismo tiem-po amiga y madre de todas las que se han extraviado, de todas las
que ne-cesitan aprender, de todas las que tienen un enigma que resolver, de
todas las que andan vagando y buscando en el bosque y en el desierto.
De hecho, en el inconciente psicoide -un inefable estrato de la psi-que,
del cual emana este fenómeno- la Mujer Salvaje es tan inmensa que no tiene
nombre. Pero, dado que esta fuerza engendra todas las facetas importantes de la
feminidad, aquí en la tierra se la denomina con muchos nombres, no sólo para
poder examinar la miríada de aspectos de su natu-raleza sino también para
aferrarse a ella. Puesto que al principio de la re-cuperación de nuestra
relación con la Mujer Salvaje, ésta se puede esfu-mar en un instante, al darle
un nombre podemos crear para ella un ámbi-to de pensamiento y sentimiento en
nuestro interior. Entonces vendrá y, si la valoramos, se quedará.
Así pues, en español yo la llamo Río bajo el Río; La Mujer Grande; Luz
del Abismo; La Loba o La Huesera.
En húngaro se llama Ö, Erdöben, Ella la de los Bosques, y Roz-somák, el
Tejón Hembra. En navajo es Na’ashjé’ii Asdzáá, La Mujer Araña que teje el
destino de los seres humanos y los animales, las plantas y las rocas. En
Guatemala, entre otros muchos nombres, es Humana de Niebla, el Ser de la
Niebla, la mujer que siempre ha existido. En japonés es Amate-rasu Omikami, La
Divinidad que trae toda luz y toda conciencia. En el Tíbet se llama Dakini, la
fuerza danzante que otorga clarividencia a las mujeres. Y la lista de nombres
sigue. Ella sigue.
La comprensión de la naturaleza de esta Mujer Salvaje no es una
re-ligión sino una práctica. Es una psicología en su sentido más auténtico:
psukhèlpsych, alma; ology o logos, conocimiento del alma. Sin ella, las
mu-jeres carecen de oídos para entender el habla del alma o percibir el sonido
de sus propios ritmos internos. Sin ella, una oscura mano cierra los ojos
interiores de las mujeres y buena parte de sus jornadas transcurre en un tedio
semiparalizador o en vanas quimeras. Sin ella, las mujeres pierden la seguridad
de su equilibrio espiritual. Sin ella, olvidan por qué razón están aquí, se
agarran cuando sería mejor que se soltaran. Sin ella, toman de-masiado o
demasiado poco o nada en absoluto. Sin ella se quedan mudas cuando, en
realidad, están ardiendo. Ella es la reguladora, el corazón espi-ritual,
idéntico al corazón humano que regula el cuerpo físico.
Cuando perdemos el contacto con la psique instintiva, vivimos en un
estado próximo a la destrucción, y las imágenes y facultades propias de lo
femenino no se pueden desarrollar plenamente. Cuando una mujer se aparta de su
fuente básica, queda esterilizada, pierde sus instintos y sus ciclos vitales
naturales y éstos son subsumidos por la cultura o por el inte-lecto o el ego,
ya sea el propio o el de los demás.
La Mujer Salvaje es la salud de todas las mujeres. Sin ella, la
psico-logía femenina carece de sentido. La mujer salvaje es la mujer
prototípica; cualquiera que sea la cultura, cualquiera que sea la época,
cualquiera que sea la política, ella no cambia. Cambian sus ciclos, cambian sus
represen-taciones simbólicas, pero en esencia ella no cambia. Es lo que es y
ella es un todo.
Se canaliza a través de las mujeres. Si éstas están aplastadas, ella las
empuja hacia arriba. Si las mujeres son libres, ella también lo es.
Afor-tunadamente, cuantas veces la hacen retroceder, ella vuelve a saltar hacia
delante. Por mucho que se la prohíba, reprima, constriña, diluya, torture,
hostigue y se la tache de insegura, peligrosa, loca y otros epítetos, ella
vuelve a aflorar en las mujeres, de tal manera que hasta la mujer más re-posada
y la más comedida guarda un lugar secreto para ella. Hasta la mu-jer más
reprimida tiene una vida secreta con pensamientos y sentimientos secretos
lujuriosos y salvajes, es decir, naturales. Hasta la mujer más cau-tiva
conserva el lugar de su yo salvaje, pues sabe instintivamente que algún día
habrá un resquicio, una abertura, una ocasión y ella la aprove-chará para huir.
Creo que todas las mujeres y todos los hombres han nacido con cier-tos
dones. Sin embargo, poco esfuerzo se ha dedicado en realidad a descri-bir las
vidas y los hábitos psicológicos de las mujeres inteligentes, talento-sas y
creativas. En cambio, se ha escrito mucho acerca de las debilidades y las
flaquezas de los seres humanos en general y de las mujeres en parti-cular.
Pero, en el caso de la Mujer Salvaje como arquetipo, a fin de com-prenderla,
captarla y aprovechar lo que ella nos ofrece, debemos interesar-nos más por los
pensamientos, los sentimientos y los esfuerzos que forta-lecen a las mujeres y
debemos tener en cuenta los factores interiores y cul-turales que las
debilitan.
En general, si entendemos la naturaleza salvaje como un ser por de-recho
propio que anima y conforma la más profunda existencia de una mujer, podremos
empezar a desarrollarnos de una manera que jamás se hubiera creído posible. Una
psicología que no consiga dirigirse a este ser espiritual innato que habita en
el centro de la psicología femenina no les sirve para nada a las mujeres y no
les servirá tampoco a sus hijas ni a las hijas de sus hijas a lo largo de
muchas generaciones por línea materna.
Por consiguiente, para poder aplicar una buena medicina a las par-tes
enfermas de la psique salvaje, para poder corregir la relación con el
ar-quetipo de la Mujer Salvaje, hay que identificar convenientemente los
tras-tornos de la psique. Aunque en la profesión clínica disponemos de un buen
manual estadístico diagnóstico y una considerable cantidad de dia-gnósticos
diferenciales así como de parámetros psicoanalíticos que definen las
psicopatías a través de la organización (o ausencia de ella) de la psique objetiva
y del eje ego-Yo 2, hay otras conductas y otros sentimientos defini-torios que,
desde el marco de referencia de una mujer, describen con enorme fuerza lo que
ocurre.
¿Cuáles son algunos de los síntomas emocionales de una ruptura de la
relación con la fuerza salvaje de la psique? Sentir, pensar o actuar
crónicamente de alguna de las maneras que a continuación se describen es haber
cortado parcialmente o haber perdido por entero la relación con la psique
instintiva más profunda. Utilizando un lenguaje exclusivamente femenino, dichos
síntomas son: sentirse extremadamente seca, fatigada, frágil, deprimida,
confusa, amordazada, abozalada, apática hasta el extre-mo. Sentirse asustada,
lisiada o débil, falta de inspiración, animación, es-piritualidad o
significado, avergonzada, crónicamente irritada, voluble, atascada, carente de
creatividad, comprimida, enloquecida.
Sentirse impotente, crónicamente dubitativa, temblorosa, bloqueada, e
incapaz de seguir adelante, ceder la propia vida creativa a los demás, hacer
elecciones que desgastan la vida al margen de los propios ciclos,
so-breproteger el yo, sentirse inerte, insegura, vacilante e incapaz de
controlar el propio ritmo o de imponerse límites.
No empeñarse en seguir el propio ritmo, sentirse cohibida, lejos del
propio Dios o de los propios dioses, estar separada de la propia
revivifica-ción, arrastrada hacia la domesticidad, el intelectualismo, el
trabajo o la
inercia por ser éste el lugar más seguro para alguien que ha perdido sus
instintos.
Temor a aventurarse en solitario o revelarse, temor a buscar un mentor,
una madre 0 un padre, temor a presentar un trabajo hasta que no se ha
conseguido la perfección absoluta, temor a emprender un viaje, te-mor a
interesarse por otro 0 por otros, temor a seguir adelante, huir o ve-nirse
abajo, rebajarse ante la autoridad, perder la energía en presencia de proyectos
creativos, sentir encogimiento, humillación, angustia, entume-cimiento,
ansiedad.
Temor a reaccionar con agresividad cuando ya no queda nada más que
hacer; temer probar cosas nuevas, enfrentarse con desafíos, hablar claro,
oponerse; sentir náuseas, mareos, acidez estomacal, sentirse como cortada por
la mitad o asfixiada; mostrarse conciliadora o excesivamente amable, vengarse.
Temor a detenerse 0 a actuar, contar repetidamente hasta tres sin
decidirse a empezar, tener complejo de superioridad, ambivalencia y, sin
embargo, estar totalmente capacitada para obrar a pleno rendimiento. Es-tas
rupturas no son una enfermedad de una era o un siglo sino que se convierten en
una epidemia en cualquier lugar y momento en que las mu-jeres estén cautivas,
en todas las ocasiones en que la naturaleza salvaje haya caído en una trampa.
Una mujer sana se parece mucho a una loba: robusta, colmada, tan
poderosa como la fuerza vital, dadora de vida, conciente de su propio
terri-torio, ingeniosa, leal, en constante movimiento. En cambio, la separación
de la naturaleza salvaje provoca que la personalidad de una mujer adelga-ce, se
debilite y adquiera un carácter espectral y fantasmagórico. no esta-mos hechas
para ser unas criaturas enclenques de cabello frágil, incapa-ces de pegar un
salto, de perseguir, dar a luz y crear una vida. Cuando las vidas de las
mujeres se quedan estancadas o se llenan de aburrimiento, es hora de que emerja
la mujer salvaje; es hora de que la función creadora de la psique inunde el
delta.
¿Cómo influye la Mujer Salvaje en las mujeres? Teniéndola a ella por
aliada, jefa, modelo -y maestra, vemos no a través de dos ojos sino a través de
los ojos de la intuición, que tiene muchos. Cuando afirmamos nuestra intuición
somos como la noche estrellada: contemplamos el mundo a través de miles de
ojos.
La naturaleza salvaje acarrea consigo los fardos de la curación; lleva
todo lo que una mujer necesita para ser y saber. Lleva la medicina para todas
las cosas. Lleva relatos y sueños, palabras, cantos, signos y símbo-los. Es al
mismo tiempo el vehículo y el destino.
Unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse, cambiarlo
todo de derecha a izquierda, del blanco al negro, trasladarse del este al
oeste, comportarse como una loca o sin control. No significa perder las
re-laciones propias de una vida en sociedad o convertirse en un ser menos
humano. Significa justo lo contrario, ya que la naturaleza salvaje posee una
enorme integridad.
Significa establecer un territorio, encontrar la propia manada, estar en
el propio cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones y las
limitaciones físicas, hablar y actuar en nombre propio, ser conciente y estar
en guardia, echar mano de las innatas facultades femeninas de la intuición y la
percepción, recuperar los propios ciclos, descubrir qué lugar le corresponde a
una, levantarse con dignidad y conservar la mayor con-ciencia posible.
El arquetipo de la Mujer Salvaje y todo lo que ésta representa es la
patrona de todos los Pintores, escritores, escultores, bailarines, pensado-res,
inventores de plegarias, buscadores, descubridores, pues todos ellos se dedican
a la tarea de la invención y ésta es la principal ocupación de la naturaleza
instintiva. Como todo arte, reside en las entrañas, no en la ca-beza. Puede
rastrear y correr, convocar y repeler. Puede percibir, camu-flarse y amar
profundamente. Es intuitiva, típica y respetuosa con las normas. Es
absolutamente esencial para la salud mental y espiritual de las mujeres.
Por consiguiente, ¿qué es la Mujer Salvaje? Desde el punto de vista de
la psicología arquetípica y también de las antiguas tradiciones, ella es el
alma femenina. Pero es algo más; es el origen de lo femenino. Es todo lo que
pertenece al instinto, a los mundos visibles y ocultos... es la base. To-das
recibimos de ella una resplandeciente célula que contiene todos los instintos y
los saberes necesarios para nuestras vidas.
"... Es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la
intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a
los seres humanos a ser multilingües; a hablar con fluidez los idiomas de los
sue-ños, la pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos,
deja en el territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas
llenas de barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y
amarla.
"Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos.
Ha estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo.
Es la fuente, la luz, la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor
del buen barro y la pata trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los
secretos le pertenecen. Es la voz que dice: "Por aquí, por aquí."
"Es la que protesta a voces contra la injusticia. Es la que gira
como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsque-da
dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raíz de
todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando
pensamos que estamos acabadas. Es la incubadora de las peque-ñas ideas sin
pulir y de los pactos. Es la mente que nos piensa; nosotras somos los
pensamientos que ella piensa.
"¿Dónde está? ¿Dónde la sientes, dónde la encuentras? Camina por
los desiertos, los bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los
casti-llos. Vive entre las reinas y las campesinas, en la habitación de la casa
de huéspedes, en la fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive
en el gueto, en la universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para
que pongamos los pies en ellas. Deja huellas dondequiera que haya una
mujer que es tierra fértil.
"¿Dónde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en el éter
anterior al tiempo. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los
árboles. Per-tenece al futuro y al principio del tiempo. Vive en el pasado y
nosotras la llamamos. Está en el presente y se sienta a nuestra mesa, está
detrás de nosotras cuando hacemos cola y conduce por delante de nosotras en la
carretera. Está en el futuro y retrocede en el tiempo para encontrarnos.
"Vive en el verdor que asoma a través de la nieve, vive en los
crujien-tes tallos del moribundo maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a
por un beso y en el lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde
se crea el lenguaje. Vive en la poesía, la percusión y el canto. Vive en las
negras y en las apoyaturas y también en una cantata, en una sexti-na y en el
blues. Es el momento que precede al estallido de la inspiración. Vive en un
lejano lugar que se abre paso hasta nuestro mundo.
"La gente podría pedir una demostración o una prueba de su
exis-tencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de la existencia de
la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también somos la prueba.
Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la existencia de la
Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad. Nosotras somos la
prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es paralela a la
suya.
"Las experiencias que nosotras tenernos de ella, dentro y fuera,
son las pruebas. Nuestros miles de millones de encuentros intrapsíquicos con
ella a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos diur-nos, a
través de nuestros anhelos y nuestras inspiraciones, nos lo demues-tran. El
hecho de que nos sintamos desoladas en su ausencia y que la echemos de menos y
anhelemos su presencia cuando estamos separadas de ella es una manifestación de
que ella ha pasado por aquí..."3
Hice el doctorado en psicología etnoclínica, que es el estudio tanto de
la psicología clínica como de la etnología, esta última centrada sobre todo en
el estudio de la psicología de los grupos y de las tribus en particular. Obtuve
un diploma en psicología analítica, que es el que me califica como
psicoanalista junguiana. Mi experiencia vital como cantadora/mesemondó, poeta y
artista me inspira también en mi trabajo con las personas que se someten a
psicoanálisis.
A veces me preguntan qué hago en mi consulta para ayudar a las mujeres a
recuperar su naturaleza salvaje. Doy mucha importancia a la psicología clínica
y la psicología del desarrollo y para curar utilizo el ingre-diente más
sencillo y accesible: los relatos. Examinamos el material de los sueños de la
paciente, que contiene muchos argumentos y narraciones. Las sensaciones físicas
y los recuerdos corporales de la paciente también son relatos que se pueden
leer y llevar a la conciencia.
Enseño además una modalidad de poderoso trance interactivo muy parecido
a la imaginación activa de Jung... lo cual da lugar también a unos relatos que
contribuyen a aclarar el viaje psíquico de la paciente. Hacemos aflorar a la
superficie el Yo salvaje por medio de preguntas con-cretas y del examen de
cuentos, leyendas y mitos. La mayoría de las veces, tras un tiempo, acabamos
por encontrar el mito o el cuento de hadas que contiene toda la instrucción que
necesita una mujer para su desarrollo psicológico. Estas historias contienen el
drama espiritual de una mujer. Es algo así como una obra teatral con
instrucciones escénicas, representación y atrezo.
El "oficio de hacer" constituye una parte importante de mi
trabajo. Trato de conferir fuerza a mis pacientes, enseñándoles los
antiquísimos oficios manuales... entre ellos, las artes simbólicas de la
creación de talis-manes, las ofrendas y los retablos, que pueden ser cualquier
cosa, desde unos simples palillos envueltos en cintas hasta una complicada
escultura. El arte es importante, pues evoca las estaciones del alma o algún
aconte-cimiento especial o trágico del viaje del alma. El arte no es sólo para
una misma, no es un jalón en la propia comprensión. Es también un mapa pa-ra
las generaciones venideras.
Como es natural, el trabajo con cada paciente se realiza de forma
Personalizada, pues no cabe duda de que cada persona es distinta. Pero en mi
trabajo con las pacientes estos factores son siempre los mismos y cons-tituyen
el fundamento del trabajo de todos los seres humanos que los han precedido, de
mi propio trabajo y también del vuestro. El arte de las pre-guntas, el arte de
los cuentos, el arte manual, son todos producto de algo y este algo es el alma.
Cada vez que alimentamos el alma, garantizamos su desarrollo.
Espero que se percaten de que ésos son medios tangibles para sua-vizar
antiguas cicatrices, sanar viejas heridas y enfocar de otro modo las cosas y de
que, al recuperar los oficios añejos, se consigue, de una manera práctica,
hacer visible el alma.
Los cuentos que aquí reproduzco para explicar la naturaleza instin-tiva
de las mujeres son en algunos casos relatos originales y, en otros ca-sos,
versiones literarias distintas que yo he escrito, basándome en los rela-tos que
me contaron mis tíos y tías, abuelitas y abuelos, omahs y opahs, los mayores de
mi familia cuyas tradiciones orales se vienen transmitiendo ininterrumpidamente
desde tiempos inmemoriales. Algunos son documen-tos escritos de mis encuentros
directos, otros son de tiempos pasados y todos nacen del corazón. Los expongo
con todos los detalles y en toda su arquetípica integridad. Y los presento con
el permiso y la bendición de tres generaciones vivas de narradores de cuentos
de mi familia que compren-den las sutilezas y las exigencias de los cuentos
entendidos como fenóme-nos curativos 4.
Añado algunas de las preguntas que planteo a mis pacientes y a otras
personas a las que ofrezco mis consejos para que consigan recordar-se a sí
mismas. Detallo también para los lectores algunos de los métodos:
el hábil y experto juego con el cual las mujeres consiguen retener el
nu-men de su tarea en la memoria conciente. Todas estas cosas contribuyen a
favorecer la convergencia con el valioso Yo salvaje.
Los cuentos son una medicina. Me sentí fascinada por ellos desde que
escuché el primero. Tienen un poder extraordinario; no exigen que hagamos,
seamos o pongamos en práctica algo: basta con que escuche-mos. Los cuentos
contienen los remedios para reparar o recuperar cual-quier pulsión perdida. Los
cuentos engendran emociones, tristeza, pregun-tas, anhelos y comprensiones que
hacen aflorar espontáneamente a la su-perficie el arquetipo, en este caso, la
Mujer Salvaje.
Los cuentos están repletos de instrucciones que nos guían en medio de
las complejidades de la vida. Los cuentos nos permiten comprender la necesidad
de recobrar un arquetipo sumergido y los medios para hacerlo. Los cuentos de
las páginas siguientes son, de entre los centenares que he estudiado y con los
que he trabajado a lo largo de varias décadas, los que, a mi juicio, más
claramente expresan la riqueza del arquetipo de la Mujer Salvaje.
A veces, varias capas culturales desdibujan los núcleos de los cuen-tos.
Por ejemplo, en el caso de los hermanos Grimm (entre otros recopila-dores de
cuentos de hadas de los últimos siglos), hay poderosas sospechas de que sus
confidentes (narradores de cuentos) de aquella época "purifica-ron"
los relatos para no herir la susceptibilidad de los piadosos hermanos. A lo
largo del tiempo, se superpusieron a los viejos símbolos paganos otros de
carácter cristiano, de tal forma que el viejo curandero de un cuento se
convirtió en una perversa bruja, un espíritu se transformó en un ángel, un velo
de iniciación en un pañuelo o una niña llamada Bella (el nombre habi-tual de
una criatura nacida durante el solsticio de verano) se rebautizó con el nombre
de Schmerzenreich, Apenada. Los elementos sexuales se elimi-naban. Las amables
criaturas y animales se transmutaban a menudo en demonios y cocos.
De esta manera se perdieron muchos relatos didácticos sobre el sexo, el
amor, el dinero, el matrimonio, el nacimiento, la muerte y la trans-formación.
De esta manera se borraron también los cuentos de hadas y los mitos que
explican los antiguos misterios de las mujeres. Casi todas las viejas
colecciones de cuentos de hadas y mitos que hoy en día se conser-van se han
expurgado de todo lo escatológico, lo sexual, lo perverso (inclu-so las
advertencias contra todas estas cosas), lo precristiano, lo femenino, las
diosas, los ritos de iniciación, los remedios para los distintos trastornos
psicológicos y las instrucciones para los arrobamientos espirituales.
Pero no se han perdido para siempre. De niña escuché lo que me consta
que son temas íntegros y sin retoque de antiguas historias, muchos de los
cuales se incluyen en este libro. No obstante, hasta los fragmentos de relatos
en su forma actual pueden contener todo el conjunto de la his-toria. He
rebuscado un poco en lo que denomino en broma la medicina fo-
rense y la palcomitología de los cuentos de hadas, por más que la
recons-trucción sea esencialmente una tarea larga, complicada y contemplativa.
En pro de la efectividad, utilizo varías formas de exégesis, comparando los
leitmotifs, considerando deducciones antropológicas e históricas y formas tanto
nuevas como antiguas. Trato de reconstruir los relatos a partir de antiguas
pautas arquetípicas aprendidas en mis estudios de psicología analítica y
arquetípica, una disciplina que preserva y estudia todos los te-mas y
argumentos de los cuentos de hadas, las leyendas y los mitos para poder
entender las vidas instintivas de los seres humanos. Para ello me resultan
útiles los patrones subyacentes en los mundos imaginarios, las imágenes
colectivas del inconciente y las que aparecen en los sueños y en los estados de
conciencia no ordinarios. Y para redondear la tarea con un toque más vistoso
comparo las matrices de los relatos con los restos ar-queológicos de las
antiguas culturas, tales como objetos rituales de alfarer-ía, máscaras y
figurillas. Con pocas palabras y utilizando una locución típica de los cuentos
de hadas, me he pasado mucho tiempo hozando las cenizas.
Llevo unos veinticinco años estudiando las pautas arquetípicas y el
doble de años estudiando los mitos, los cuentos de hadas y el folclore de mis
culturas familiares. He adquirido un vasto cuerpo de conocimientos acerca de la
osamenta de los relatos y sé cuándo falta algún hueso en una historia. A lo
largo de los siglos, las conquistas de naciones por parte de otras naciones y
las conversiones religiosas tanto pacíficas como forzosas han cubierto o
alterado el núcleo original de los antiguos relatos.
Pero hay una buena noticia. A pesar de las ruinas estructurales que se
observan en las versiones existentes de los cuentos, existe una pauta muy
definida que sigue brillando con fuerza. A través de la forma y la
con-figuración de los distintos fragmentos y las distintas partes, se puede
es-tablecer con una considerable precisión qué se ha perdido en un relato y
reconstruir cuidadosamente las piezas que faltan; lo que permite a menu-do
descubrir unas sorprendentes subestructuras que alivian en cierto mo-do el
pesar de las mujeres por la destrucción de los antiguos misterios. Los antiguos
misterios no se han destruido. Todo lo que se necesita, todo lo que podríamos
necesitar en algún momento, nos sigue hablando todavía en susurros desde los
huesos de los relatos.
Recoger la esencia de los relatos constituye una tarea dura y metódi-ca
de paleontólogo. Cuantos más huesos contenga la historia, tanto más probable
será encontrar su estructura integral. Cuanto más enteros estén los relatos,
más sutiles serán los giros y vueltas de la psique que advirta-mos y tantas más
oportunidades tendremos de captar y evocar nuestro trabajo espiritual. Cuando
trabajamos el alma, ella, la Mujer Salvaje, crea una mayor cantidad de sí
misma.
De niña tuve la suerte de estar rodeada de personas de muchos an-tiguos
países europeos y también de México. Muchos miembros de mi fa-milia, mis
vecinos y amigos, acababan de llegar de Hungría, Alemania, Rumania, Bulgaria,
Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Serbo-Croacia,
Rusia, Lituania y Bohemia, y también de Jalisco, Michoacán, Juárez y de
muchas de las aldeas fronterizas de México/Texas/Arizona. Ellos y mu-chos otros
-nativos americanos, gente de los Apalaches, inmigrantes asiá-ticos y muchas
familias afroamericanas del sur- habían llegado para traba-jar en los cultivos
y las cosechas, en los fosos ceniceros de las fábricas, las acerías, las
cervecerías y las tareas domésticas. En su inmensa mayoría no eran personas
instruidas en el sentido académico, pero, aun así, eran pro-fundamente sabios.
Eran los portadores de una valiosa y casi pura tradi-ción oral.
Muchos miembros de mí familia y muchos de los vecinos que me ro-deaban
habían sobrevivido a los campos de trabajos forzados, de personas desplazadas,
de deportación y de concentración, donde los narradores de cuentos que había
entre ellos habían vivido una versión de pesadilla de Sherezade. Muchos habían
sido despojados de las tierras de su familia, habían vivido en cárceles de
inmigración, habían sido repatriados en con-tra de su voluntad. De aquellos
rústicos contadores de historias aprendí por primera vez las historias que
cuentan las personas cuando la vida es susceptible de convertirse en muerte y
la muerte en vida en cuestión de un momento. El hecho de que sus relatos
estuvieran tan llenos de sufrimiento y esperanza hizo que, cuando crecí lo
bastante como para poder leer los cuentos de hadas en letra impresa, éstos me
parecieran curiosamente al-midonados y planchados en comparación con aquellos.
En mi primera juventud, emigré al oeste hacia las Montañas Roco-sas.
Viví entre afectuosos extranjeros judíos, irlandeses, griegos, italianos,
afroamericanos y alsacianos que se convirtieron en amigos y almas geme-las. He
tenido la suerte de conocer a algunas de las insólitas y antiguas comunidades
latinoamericanas del sudoeste de Estados Unidos como los trampas y los truchas
de Nuevo México. Tuve la suerte de pasar algún tiempo con amigos y parientes
americanos nativos, desde los inuit del nor-te, pasando por los pueblos y los
plains del oeste, los nahuas, lacandones, tehuanas, huicholes, seris,
maya-quichés, maya-cakchiqueles, mesquitos, cunas, nasca/quechuas y jíbaros de
Centroamérica y Sudamérica.
He intercambiado relatos con hermanas y hermanos sanadores alre-dedor de
mesas de cocina y bajo los emparrados, en corrales de gallinas y establos de
vacas, haciendo tortillas, siguiendo las huellas de los animales salvajes y
cosiendo el millonésimo punto de cruz. He tenido la suerte de compartir el
último cuenco de chile, de cantar con mujeres el gospel para despertar a los
muertos y de dormir bajo las estrellas en casas sin te-chumbre. Me he sentado
alrededor de la lumbre o a cenar o ambas cosas a la vez en Little Italy, Polish
Town, Hill Country, los Barrios y otras comu-nidades étnicas de todo el Medio
Oeste y el Lejano Oeste urbano y, más recientemente, he intercambiado relatos
sobre los sparats, los fantasmas malos, con amigos griots de las Bahamas.
He tenido la inmensa suerte de que dondequiera que fuera los niños, las
matronas, los hombres en la flor de la edad, los pobres tontos y las vie-jas
brujas -los artistas del espíritu- salieran de sus bosques, selvas, pra-
dos y dunas para deleitarme con sus graznidos y sus kavels. Y yo a ellos
con los míos.
Hay muchas maneras de abordar los cuentos. El folclorista profesio-nal,
el junguiano, el freudiano o cualquier otra clase de analista, el etriólo-go,
el antropólogo, el teólogo, el arqueólogo, tiene cada uno su método, tanto en
la recopilación de los relatos como en el uso a que se destinen.
Intelectualmente, mi manera de trabajar con los cuentos derivó de mis es-tudios
de psicología analítica y arquetípica. Durante más de media década de mi
formación psicoanalítica, estudié la ampliación de los leitmotifs, la
simbología arquetípica, la mitología mundial, la iconología antigua y popu-lar,
la etnología, las religiones mundiales y la interpretación de las fábulas.
Visceralmente, sin embargo, abordo los relatos como una cantadora, una
guardiana de antiguas historias. Procedo de una larga estirpe de na-rradores:
las mesemondók, las ancianas húngaras capaces de contar histo-rias, tanto
sentadas en sillas de madera con sus monederos de plástico sobre el regazo, las
rodillas separadas y la falda rozando el suelo, como ocupadas en la tarea de
retorcerle el cuello a una gallina... y las cuentistas, las ancianas
latinoamericanas de exuberante busto y anchas caderas que permanecen de pie y
narran a gritos la historia como si cantaran una ran-chera. Ambos clanes
cuentan historias con la voz clara de las mujeres que han vivido sangre y
niños, pan y huesos. Para ellas, el cuento es una me-dicina que fortalece y
endereza al individuo y la comunidad.
Los que han asumido las responsabilidades de este arte y se entre-gan al
numen que se oculta detrás de él son descendientes directos de una inmensa y
antigua comunidad de santos, trovadores, bardos, griots, can-tadoras, cantores,
poetas ambulantes, vagabundos, brujas y chiflados.
Una vez soñé que estaba narrando cuentos y sentí que alguien me palmeaba
el pie para darme ánimos. Bajé los ojos y vi que estaba de pie sobre los
hombros de una anciana que me sujetaba por los tobillos y, con la cabeza
levantada hacia mí, me miraba sonriendo.
-No, no -le dije-, súbete tú a mis hombros, pues eres vieja y yo soy
joven.
-No, no -contestó ella-, así tiene que ser.
Entonces vi que la anciana se encontraba de pie sobre los hombros de
otra mujer mucho más vieja que ella, quien estaba encaramada a los hombros de
una mujer vestida con una túnica, subida a su vez sobre los hombros de otra
persona, la cual permanecía de pie sobre los hombros...
Y creí que era cierto lo que me había dicho la vieja del sueño de que
así tenía que ser. El alimento para la narración de cuentos procede del po-der
y las aptitudes de las personas que me han precedido. Según mi expe-riencia, el
momento más significativo del relato extrae su fuerza de una elevada columna de
seres humanos unidos entre sí a través del tiempo y el espacio, esmeradamente
vestidos con los harapos, los ropajes o la desnu-dez de su época y llenos a
rebosar de una vida que todavía se sigue vivien-do. Si es única la fuente y
único el numen de los cuentos, todo se halla en esta larga cadena de seres
humanos,
El cuento es muchísimo más antiguo que el arte y la ciencia de la
psicología y siempre será el más antiguo de la ecuación, por mucho tiempo que
pase. Una de las modalidades más antiguas de narración, que a mí me intriga
enormemente, es el apasionado estado de trance, en el que la na-rradora
"percibe" a su público -que puede ser una sola persona o muchas-y
entra en un estado de "mundo en medio de otros mundos", en el que un
relato es "atraído" hacia la narradora y contado a través de ella.
Una narradora en estado de trance invoca al duende 5, el viento que
sopla sobre el rostro de los oyentes y les infunde espíritu. Una narradora en
estado de trance aprende a desdoblarse psíquicamente a través de la práctica
meditativa de un relato, es decir, aprendiendo a abrir ciertas puertas
psíquicas y rendijas del ego para permitir que hable la voz, una voz más
antigua que las piedras. Una vez hecho esto, el relato puede se-guir cualquier
camino, se puede cambiar de arriba abajo, llenar de gachas de avena y
destinarlo al festín de un menesteroso, colmar de oro, o puede perseguir al
oyente hasta el siguiente mundo. El narrador nunca sabe qué le saldrá y en eso
consiste por lo menos la mitad de la conmovedora magia del relato.
Éste es un libro de relatos sobre las modalidades del arquetipo de la
Mujer Salvaje. Intentar representarla por medio de esquemas o cuadricular su
vida psíquica sería contrario a su espíritu. Conocerla es un trabajo con-tinuo,
que dura toda la vida.
He aquí por tanto unos relatos que se pueden utilizar como vitami-nas
del alma, unas observaciones, unos fragmentos de mapas, unos troci-tos de
resina que adherir a los troncos de los árboles, unas plumas que marquen el
camino, y unos matorrales que servirán de guía hacia el mun-do subterráneo,
nuestro hogar psíquico.
Los cuentos ponen en marcha la vida interior, y eso reviste especial
importancia cuando la vida interior está amedrentada, encajonada o aco-rralada.
El cuento engrasa los montacargas y las poleas, estimula la adre-nalina, nos
muestra la manera de salir, ya sea por arriba o por abajo y, en premio a
nuestro esfuerzo, nos abre unas anchas y cómodas puertas don-de antes no habla
más que paredes en blanco, unas puertas que nos con-ducen al país de los
sueños, al amor y a la sabiduría y nos llevan de vuelta a nuestra auténtica
vida de mujeres sabias y salvajes.
Los cuentos como "Barba Azul" nos enseñan lo que hay que hacer
con las heridas femeninas que no dejan de sangrar. Los cuentos como "La
Mujer Esqueleto" nos muestran el poder místico de la relación y de qué
manera el sentimiento adormecido puede revivir y convertirse en un pro-fundo
afecto. Los dones de la Vieja Muerte están presentes en el personaje de Baba
Yagá, la vieja Bruja Salvaje. En "Vasalisa la Sabia" 6, la muñequi-ta
que indica el camino cuando todo parece perdido vuelve a practicar una de las
artes femeninas instintivas hoy en día olvidadas. Los cuentos como "La
Loba", una huesera del desierto, nos muestran la función transforma-dora
de la psique. "La doncella manca" recupera las fases perdidas de los
viejos ritos de iniciación de los tiempos antiguos y, como tal,
constituye una guía perenne para todos los años de la vida de una mujer.
Nuestro contacto con la naturaleza salvaje nos impulsa a no limitar
nuestras conversaciones a los seres humanos, ni nuestros movimientos más
espléndidos a las pistas de baile, ni nuestros oídos sólo a la música de los
instrumentos creados por la mano del hombre, ni nuestros ojos a la belleza
"que nos ha sido enseñada", ni nuestro cuerpo a las sensaciones
autorizadas, ni nuestra mente a aquellas cosas sobre las cuales ya esta-mos
todos de acuerdo. Todos estos cuentos presentan el filo de la interpre-tación, la
llama de la vida apasionada, el aliento para hablar de lo que una sabe, el
valor de resistir lo que una ve sin apartar la mirada, la fragancia del alma
salvaje.
Éste es un libro de cuentos de mujeres que se ofrecen como señales a lo
largo del camino. Puedes leerlos y meditarlos a fin de que te guíen hacia la
libertad adquirida por medios naturales, hacia el interés por ti misma, los
animales, la tierra, los niños, las hermanas, los amantes y los hombres. Quiero
decirte de entrada que las puertas que conducen al mundo del Yo salvaje son
pocas pero valiosas. Si tienes una profunda herida, eso es una puerta; si
tienes un cuento muy antiguo, eso es una puerta. Si amas el cielo y el agua
hasta el extremo de casi no poder resis-tirlo, eso es una puerta. Si ansías una
vida más profunda, colmada y sen-sata, eso es una puerta.
El material de este libro se eligió con el propósito de darte ánimos. La
obra pretende ser un reconstituyente tanto para las que ya están en camino,
incluyendo las que avanzan penosamente por difíciles paisajes interiores, como
para las que luchan en el mundo y por el mundo. Tene-mos que esforzarnos para
que nuestras almas crezcan de forma natural y alcancen sus profundidades
naturales. La naturaleza salvaje no exige que una mujer sea de un determinado
color, tenga una determinada educación y un determinado estilo de vida o
pertenezca a una determinada clase económica... De hecho, no puede
desarrollarse en una atmósfera de obli-gada corrección política ni puede ser
doblada para que encaje en unos moldes caducos. Se desarrolla con la mirada
pura y la honradez personal. Se desarrolla con su propia manera de ser.
Por consiguiente, tanto si eres introvertida como si eres extrovertida,
una mujer amante de la mujer, una mujer amante del hombre o una mu-jer amante
de Dios o las tres cosas a la vez, tanto si tienes un corazón sen-cillo como si
eres tan ambiciosa como una amazona, tanto Si quieres llegar a la cima como si
te basta con seguir tirando hasta mañana, tanto si eres alegre como si eres de
temperamento melancólico, tanto si eres espléndida como si eres desconsiderada,
la Mujer Salvaje te pertenece. Pertenece a todas las mujeres.
Para encontrarla, las mujeres deben regresar a sus vidas instintivas, a
sus más profundos conocimientos 7. Por consiguiente, pongámonos en marcha ahora
mismo y volvamos a recordar nuestra alma salvaje. Dejemos que su carne vuelva a
cantar en nuestros huesos. Despojémonos de todos
los falsos mantos que nos han dado. Cubrámonos con el verdadero manto
del poderoso instinto y la sabiduría. Penetremos en los territorios psíqui-cos
que antaño nos pertenecieron. Desenrollemos las vendas, preparemos la medicina.
Regresemos ahora mismo como mujeres salvajes que aúllan, se ríen y cantan las
alabanzas de Aquella que tanto nos ama.
Para nosotras la elección no ofrece duda. Sin nosotras, la Mujer
Sal-vaje se muere. Sin la Mujer Salvaje, nos morimos nosotras. Para la Vida,
para la verdadera vida, ambas tenemos que vivir.
CAPÍTULO 1
El aullido: la resurrección de la Mujer Salvaje
La Loba
Tengo que confesarles que yo no soy como uno de esos teólogos que se
adentran en el desierto y regresan cargados de sabiduría. He recorrido muchas
hogueras de cocinar y he esparcido cebo de angelote en toda suer-te de
dormitorios. Pero, más que adquirir sabiduría, he sufrido embarazo-sos
episodios de Giardiasis, E. coli 1, y amebiasis. Ay, tal es el destino de una
mística de la clase media con intestinos delicados.
He aprendido a protegerme de todos los conocimientos o la sabiduría que
haya podido adquirir en el transcurso de mis viajes a extraños lugares y
personas insólitas, pues a veces el viejo padre Academo*, como el mítico
Cronos, sigue mostrando una fuerte propensión a devorar a sus hijos an-tes de
que hayan alcanzado la capacidad de sanar o sorprender. El exceso de
intelectualización puede desdibujar las pautas de la naturaleza instinti-va de
las mujeres.
Por consiguiente, para fomentar nuestra relación de parentesco con la
naturaleza instintiva, es muy útil comprender los cuentos como si estu-viéramos
dentro de ellos y no como si ellos estuvieran fuera de nosotros. Entramos en un
cuento a través de la puerta del oído interior. El relato hablado roca el
nervio auditivo que discurre por la base del cráneo y pene-tra en la médula
oblonga justo por debajo del puente de Varolio. Allí los impulsos auditivos se
transmiten a la conciencia o bien al alma, según sea la actitud del oyente.
Los antiguos anatomistas decían que el nervio auditivo se dividía en
tres o más caminos en el interior del cerebro. De ello deducían que el oído
podía escuchar a tres niveles distintos. Un camino estaba destinado a las
conversaciones mundanas. El segundo era para adquirir erudición y apre-ciar el
arte y el tercero permitía que el alma oyera consejos que pudieran servirle de
guía y adquiriera sabiduría durante su permanencia en la tie-rra.
Hay que escuchar por tanto con el oído del alma, pues ésta es la mi-sión
del cuento.
Hueso a hueso, cabello a cabello, la Mujer Salvaje regresa. A través de
los sueños nocturnos y de los acontecimientos medio comprendidos y medio
recordados. La Mujer Salvaje regresa. Y lo hace a través de los cuen-tos.
* Héroe ateniense al que estaba
dedicado un bosque sagrado donde Platón fundó su Aca-demia y donde solían
reunirse los filósofos de Atenas. (N. de la T.)
Inicié mi propia migración por Estados Unidos en los años sesenta,
buscando un lugar donde pudiera asentarme entre los árboles, la fragan-cia del
agua y las criaturas a las que amaba: el oso, la raposa, la serpiente, el
águila y el lobo. Los hombres exterminaban sistemáticamente a los lobos en el
norte de la región de los Grandes Lagos; dondequiera que fuera, los lobos eran
perseguidos de distintas maneras. Aunque muchos los conside-raban una amenaza,
yo siempre me sentía más segura cuando había lobos en los bosques. Por aquel
entonces, tanto en el oeste como en el norte, podías acampar y oír por la noche
el canto de las montañas y el bosque.
Pero, incluso en aquellos lugares, la era de los rifles de mira
telescó-pica, de los reflectores montados en jeeps y de los cebos a base de
arsénico hacían que el silencio se fuera propagando por la tierra. Muy pronto
las Montañas Rocosas se quedaron casi sin lobos. Así fue como llegué al gran
desierto que se extiende mitad en México y mitad en Estados Unidos. Y, cuanto
más al sur me desplazaba, tanto más numerosos eran los relatos que me contaban
sobre los lobos.
Dicen que hay un lugar del desierto en el que el espíritu de las
muje-res y el espíritu de los lobos se reúnen a través del tiempo. Intuí que
había descubierto algo cuando en la zona fronteriza de Texas oí un cuento
lla-mado "La Muchacha Loba" acerca de una mujer que era una loba que
a su vez era una mujer. Después descubrí el antiguo relato azteca de los
geme-los huérfanos que fueron amamantados por una loba hasta que pudieron
valerse por sí mismos 2.
Y, finalmente, de labios de los agricultores de las antiguas
concesio-nes de tierras españolas y de las tribus pueblo del sudoeste, adquirí
in-formación sobre los hueseros, los viejos que resucitaban a los muertos y
que, al parecer, eran capaces de devolver la vida tanto a las personas como a
los animales. Más tarde, en el transcurso de una de mis expediciones
etnográficas, conocí a una huesera y, desde entonces, ya jamás volví a ser la
misma. Permítanme que les ofrezca un relato y una presentación direc-tos.
La Loba
Hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero
muy pocos han visto. Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la
vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores
acudan a verla.
Es circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo,
desea evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como
las aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos.
Podría decir que vive entre las desgastadas laderas de granito del
te-rritorio indio de Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix
en las inmediaciones de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia
Monte Albán 3 en un viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo.
O esperando al borde de la autovía cerca de El Paso o des-plazándose con unos
camioneros a Morella, México, o dirigiéndose al mer-cado de Oaxaca, cargada con
unos haces de leña integrados por ramas de extrañas formas. Se la conoce con
distintos nombres: La Huesera, La Tra-pera y La Loba.
La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y con-serva
sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de
todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de casca-bel, cuervos.
Pero su especialidad son los lobos.
Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de
huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el últi-mo
hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blan-ca de la
criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar.
Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los
brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y
los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el
pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda
cola se curva hacia arriba.
La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar.
La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estre-mece
y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa
corriendo cañón abajo.
En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su cha-poteo
en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna
que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una
mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas.
Recuerda que, si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el
sol y quizá te has extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte,
pues bien pudiera ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te enseñara una
cosa... una cosa del alma.
Todos iniciamos nuestra andadura como un saco de huesos perdido en algún
lugar del desierto, un esqueleto desmontado, oculto bajo la are-na. Nuestra
misión es recuperar las distintas piezas. Un proceso muy mi-nucioso que
conviene llevar a cabo cuando las sombras son apropiadas, pues hay que buscar
mucho. La Loba nos enseña lo que tenemos que bus-car, la fuerza indestructible
de la vida, los huesos.
La tarea de La Loba se podría considerar un cuento milagro, pues nos
muestra lo que puede ser beneficioso para el alma. Es un cuento de resurrección
acerca de la conexión subterránea con la Mujer Salvaje. Nos promete que, si
cantamos la canción, podremos conjurar los restos psíqui-cos del alma salvaje y
devolverle su forma vital por medio de nuestro can-to.
La Loba canta sobre los huesos que ha recogido. Cantar significa
uti-lizar la voz del alma. Significa decir la verdad acerca del propio Poder y
la propia necesidad, infundir alma a lo que está enfermo o necesita
recupe-rarse. Y eso se hace descendiendo a las mayores profundidades del amor y
del sentimiento hasta conseguir que el deseo de relación con el Yo salvaje se
desborde para poder hablar con la propia alma desde este estado de ánimo. Eso
es cantar sobre los huesos. No podemos cometer el error de intentar obtener de
un amante este gran sentimiento de amor, pues el es-fuerzo femenino de
descubrir y cantar el himno de la creación es una tarea solitaria, una tarea
que se cumple en el desierto de la psique.
Vamos a estudiar a La Loba propiamente dicha. En el léxico simbóli-co de
la psique, el símbolo de la Vieja es una de las personificaciones ar-quetípicas
más extendidas del mundo. Otras son la Gran Madre y el Padre, el Niño Divino,
el Tramposo, la Bruja o el Brujo, la Doncella y la Juventud, la
Heroína-Guerrera y el Necio o la Necia. Y, sin embargo, una figura como La Loba
se puede considerar esencial y efectivamente distinta, pues es el símbolo de la
raíz que alimenta todo un sistema instintivo.
En el Sudoeste, el arquetipo de la Vieja también se puede identificar
como La Que Sabe. Comprendí por vez primera lo que era La Que Sabe cuando vivía
en las montañas Sangre de Cristo de Nuevo México, al pie del Lobo Peak. Una
anciana bruja de Ranchos me dijo que La Que Sabe lo sabía todo acerca de las
mujeres y había creado a las mujeres a partir de una arruga de la planta de su
divino pie: por eso las mujeres son criaturas que saben, pues están hechas
esencialmente con la piel de la planta del pie que lo percibe todo. La idea de
la sensibilidad de la planta del pie me sonaba a verdadera, pues una vez una
mujer culturalizada de la tribu quiché me dijo que se había puesto sus primeros
zapatos a los veinte años cuando aún no estaba acostumbrada a caminar con los
ojos vendados.
La esencia salvaje que habita en la naturaleza ha recibido distintos
nombres y ha formado una red de líneas entrecruzadas en todas las na-ciones a
lo largo de los siglos. He aquí algunos de sus nombres: La Madre de los Días es
la Madre-Creador-Dios de todos los seres y todas las obras, incluidos el cielo
y la tierra; la Madre Nyx ejerce su dominio sobre todas las cosas del barro y
la oscuridad; Durga controla los cielos, los vientos y los pensamientos de los
seres humanos a partir de los cuales se difunde toda la realidad; Coatlicue da
a luz al universo niño que es un bribonzuelo de mucho cuidado, pero, como una
madre loba, le muerde la oreja para meterlo en cintura; Hécate es la vieja
vidente que "conoce a los suyos" y está envuelta en el olor de la
tierra y el aliento de Dios. Y hay muchas,
muchas más. Todas ellas son imágenes de quién y qué vive bajo la
monta-ña, en el lejano desierto y en lo más profundo.
Cualquiera que sea su nombre, la fuerza personificada por La Loba
encierra en sí el pasado personal y el antiguo, pues ha sobrevivido genera-ción
tras generación y es más vieja que el tiempo. Es la archivera de la in-tención
femenina y la conservadora de la tradición de la hembra. Los pelos de su bigote
perciben el futuro; tiene la lechosa y perspicaz mirada de una vieja bruja;
vive simultáneamente en el presente y en el pasado y subsana los errores de una
parte bailando con la Otra.
La vieja, La Que Sabe, está dentro de nosotras. Prospera en la más
profunda psique de las mujeres, en el antiguo y vital Yo salvaje. Su hogar es
aquel lugar del tiempo en el que se juntan el espíritu de las mujeres y el
espíritu de La Loba, el lugar donde se mezclan la mente y el instinto, el lugar
donde la vida profunda de una mujer es el fundamento de su vida corriente. Es
el lugar donde se besan el Yo y el Tú, el lugar donde las mu-jeres corren
espiritualmente con los lobos.
Esta vieja se encuentra situada entre los mundos de la racionalidad y
del mito. Es el eje en torno al cual giran los dos mundos. La tierra que se
interpone entre ambos es ese inexplicable lugar que todas reconocemos en cuanto
llegamos a él, pero sus matices se nos escapan y cambian de forma cuando
tratamos de inmovilizarlos, a no ser que usemos la poesía, la música, la danza
o un cuento.
Se ha aventurado la posibilidad de que el sistema inmunitario del cuerpo
esté enraizado en esta misteriosa tierra psíquica, al igual que la mística, las
imágenes y los impulsos arquetípicos, incluidos nuestra ham-bre de Dios,
nuestro anhelo de misterio y todos los instintos no sólo sagra-dos sino también
profanos. Algunos podrían decir que los archivos de la humanidad, la raíz de la
luz, la espiral de la oscuridad también se encuen-tran aquí. No es un vacío
sino más bien el lugar de los Seres de la Niebla en el que las cosas son y
todavía no son, en el que las sombras tienen con-sistencia, pero una
consistencia transparente.
De lo que no cabe duda es de que esta tierra es antigua... más anti-gua
que los océanos. Pero no tiene edad, es eterna. El arquetipo de la Mu-jer
Salvaje es el fundamento de este estrato y emana de la psique instinti-va.
Aunque puede asumir muchos disfraces en nuestros sueños y en nues-tras
experiencias creativas, no pertenece al estrato de la madre, la doncella o la
mujer media y tampoco es la niña interior. No es la reina, la amazona, la
amante, la vidente. Es simplemente lo que es. Se la puede llamar La Que Sabe,
la Mujer Salvaje, La Loba, se la puede designar con sus nombres más elevados y
con los más bajos, con sus nombres más recientes o con los antiguos, pero sigue
siendo lo que es.
La Mujer Salvaje como arquetipo es una fuerza inimitable e inefable que
encierra un enorme caudal de ideas, imágenes y particularidades. Hay arquetipos
en todas partes, pero no se los puede ver en el sentido habitual. Lo que vemos
de ellos de noche no se puede ver necesariamente de día.
Descubrimos vestigios del arquetipo en las imágenes y los símbolos de
los cuentos, la literatura, la poesía, la pintura y la religión. Al parecer, la
finalidad de su resplandor, de su voz, de su fragancia, es la de apartar-nos de
la contemplación de la porquería que cubre nuestras colas y permi-tirnos viajar
de vez en cuando en compañía de las estrellas.
En el lugar donde vive La Loba, el cuerpo físico se convierte, tal co-mo
escribe el poeta Tony Moffeit, en "un animal luminoso"4, y parece ser
que, por medio de los relatos anecdóticos, el pensamiento conciente puede
fortalecer o debilitar el sistema inmunitario corporal. En el lugar habitado
por La Loba los espíritus se manifiestan como personajes y La voz mitológi-ca
de la psique profunda habla como poeta y oráculo. Una vez muertas, las cosas
que poseen valor psíquico se pueden resucitar. Además, el material básico de
todos los cuentos que ha habido en el mundo se inició con la ex-periencia de
alguien que en esta inexplicable tierra psíquica intentó contar lo que allí le
ocurrió.
El lugar intermedio entre los dos mundos recibe distintos nombres. Jung
lo llamó el inconciente colectivo, la psique objetiva y el inconciente
psicoide, refiriéndose a un estrato más inefable del primero. Consideraba el
segundo un lugar en el que los mundos biológico y psicológico compart-ían las
mismas fuentes, en el que la biología y la psicología se podían mez-clar y
podían influir mutuamente la una en la otra. En toda la memoria humana este
lugar -llámesele Nod, el hogar de los Seres de la Niebla, la grieta entre los
mundos- es el lugar donde se producen las visiones, los milagros, las
imaginaciones, las inspiraciones y las curaciones de todo ti-po.
Aunque el lugar transmite una enorme riqueza psíquica, hay que acercarse
a él con una cierta preparación, pues uno podría ceder a la ten-tación de
ahogarse gozosamente en el arrobamiento experimentado duran-te su estancia
allí. La realidad correspondiente puede parecer menos emo-cionante comparada
con él. En este sentido, estos estratos más profundos de la psique pueden
convertirse en una trampa de éxtasis, de la cual las personas regresan
tambaleándose y con la cabeza llena de ideas inestables y manifestaciones
insustanciales. Y no debe ser así. Hay que regresar to-talmente lavados y
sumergidos en unas aguas vivificantes e informativas que dejen grabado en
nuestra carne el olor de lo sagrado.
Toda mujer tiene potencialmente acceso al Río bajo el Río. Llega allí a
través de la meditación profunda, la danza, la escritura, la pintura, la
ora-ción, el canto, el estudio, la imaginación activa o cualquier otra
actividad que exija una intensa alteración de la conciencia. Una mujer llega a
este mundo entre los mundos a través del anhelo y la búsqueda de algo que
entrevé por el rabillo del ojo. Llega por medio de actos profundamente
creativos, a través de la soledad deliberada y del cultivo de cualquiera de las
artes. Y, a pesar de todas estas actividades tan bien practicadas, buena parte
de lo que ocurre en este mundo inefable sigue envuelta en el miste-rio, pues
rompe todas las leyes físicas y racionales que conocemos.
El cuidado con el cual se debe penetrar en este estado físico se
ilus-tra en el pequeño, pero conmovedor cuento de los cuatro rabinos que
an-siaban contemplar la sagrada Rueda del Profeta Ezequiel.
Los cuatro rabinos
Una noche cuatro rabinos recibieron la visita de un ángel que los
despertó y los transportó a la Séptima Bóveda del Séptimo Cielo. Allí
con-templaron la Sagrada Rueda de Ezequiel.
En determinado momento de su descenso del Pardes, el Paraíso, a la
tierra, uno de los rabinos, tras haber contemplado semejante esplendor, perdió
el juicio y vagó echando espumarajos por la boca hasta el fin de sus días. El
segundo rabino era extremadamente cínico: "He visto en sueños la Rueda de
Ezequiel, eso es todo. No ha ocurrido nada en realidad." El tercer rabino
no paraba de hablar de lo que había visto, pues estaba totalmente obsesionado.
Hablaba por los codos, describiendo cómo estaba construido todo aquello y lo
que significaba... hasta que, al final, se extravió y trai-cionó su fe. El
cuarto rabino, que era un poeta, tomó un papel y una caña, se sentó junto a la
ventana y se puso a escribir una canción tras otra so-bre la paloma de la
tarde, su hija en la cuna y todas las estrellas del cielo. Y de esta manera
vivió su vida mejor que antes 5.
No sabemos quién vio qué en la Séptima Bóveda del Séptimo Cielo. Pero
sabemos que el contacto con el mundo en el que residen las Esencias nos lleva a
averiguar algo que está más allá del habitual oído humano y nos hace
experimentar una sensación de júbilo y también de grandeza. Cuando tocamos el
auténtico fundamento de La Que Sabe, reaccionamos y actuamos desde nuestra
naturaleza integral más profunda.
El cuento nos dice que la mejor manera de experimentar el incon-ciente
profundo consiste en no dejarse arrastrar por una fascinación ni demasiado
exagerada ni demasiado escasa, en la que no nos quedemos excesivamente
embobados, pero tampoco seamos demasiado cínicos; va-lientes sí, pero no
temerarios.
Jung nos advierte en su espléndido ensayo La función trascendente 6 de
que algunas personas, en su búsqueda del Yo, estetizan en exceso la experiencia
de Dios o del Yo, que unas le atribuyen poco valor, otras le atribuyen
demasiado y las que no están preparadas para ella sufren daños por esta causa.
Pero otras sabrán encontrar el camino de lo que Jung lla-
maba "la obligación moral" de vivir y manifestar lo que uno ha
aprendido en el descenso o el ascenso al Yo salvaje.
Esta obligación moral de que habla Jung consiste en vivir aquello que
percibimos, tanto si lo encontramos en los Campos Elíseos de la men-te como si
lo descubrimos en las islas de los muertos, los desiertos de los huesos de la
psique, el rostro de la montaña, la roca marina, el lujuriante mundo
subterráneo, en cualquier lugar en el que La Que Sabe nos infunda su aliento y
cambie nuestra manera de ser. Nuestra tarea es mostrar que se nos ha infundido
el aliento, mostrarlo, repartirlo y cantarlo, y vivir en el mundo de arriba lo
que hemos recibido a través de nuestros repentinos conocimientos y por medio
del cuerpo, de los sueños y de los viajes de todo tipo.
Existe un paralelismo entre La Loba y los mitos universales de la
re-surrección de los muertos. En los mitos egipcios Isis presta este servicio a
su hermano muerto Osiris, el cual es descuartizado cada noche por su perverso
hermano Set. Isis trabaja cada noche desde el ocaso hasta el amanecer juntando
las partes de su hermano antes de que amanezca, pues, de lo contrario, no
podría salir el sol. Jesucristo resucitó a Lázaro, el cual llevaba tanto tiempo
muerto que ya "hedía", Deméter conjura a su pálida hija Perséfone de
la Tierra de los Muertos una vez al año. Y La Loba canta sobre los huesos.
Ésta es nuestra práctica de meditación como mujeres, conjurar los
aspectos muertos y descuartizados de la vida. El arquetipo que recrea a partir
de algo que ha muerto tiene siempre una doble faceta. La Madre de la Creación
es siempre también la Madre de la Muerte y viceversa. Debido a esta naturaleza
dual o doble tarea, el importante trabajo que tenemos por delante es el de
aprender a distinguir, entre todo lo que nos rodea y lo que llevamos dentro,
qué tiene que vivir y qué tiene que morir. Nuestra mi-sión es captar el momento
más oportuno para ambas cosas; para dejar que muera lo que tiene que morir y
que viva lo que tiene que vivir.
Para las mujeres, el "Río bajo el Río", el río bajo el río del
mundo, el hogar de la Huesera contiene conocimientos directos acerca de los
planto-nes, los rizomas, el maíz de siembra del mundo. En México dicen que las
mujeres llevan la luz de la vida. Y esta luz está localizada no en el corazón
de las mujeres ni detrás de sus ojos sino en los ovarios, donde están
depo-sitadas todas las semillas antes incluso de nacer. (En el caso de los
hom-bres que exploran las ideas más profundas de la fertilidad y la naturaleza
de la semilla, la imagen equivalente es la bolsa peluda, los cojones.)
Ésta es la sabiduría que se puede adquirir estando cerca de la Mujer
Salvaje. Cuando La Loba canta, lo hace desde los ovarios con una sabidur-ía que
procede de lo más hondo de su cuerpo, de su mente y de su alma. Los símbolos de
la semilla y el hueso son muy similares. Cuando se tiene el rizoma, la base, la
parte original, cuando se tiene el maíz de siembra, cualquier estrago se puede
arreglar, las tierras devastadas se pueden vol-ver a sembrar, los campos se
pueden dejar en barbecho, la semilla dura se puede remojar para ablandarla,
ayudarla a abrirse y a germinar.
Poseer la semilla significa tener la clave de la vida. Estar con los
ci-clos de la semilla significa bailar con la vida, bailar con la muerte y
volver a bailar con la vida. Es la encarnación de la Madre de la Vida y la
Muerte en su forma más antigua y original. Y, dado que siempre gira en estos
constantes ciclos, yo la llamo la Madre de la Vida/Muerte/Vida.
Si se pierde algo, a ella es a quien hay que recurrir, con quien hay que
hablar y a quien hay que escuchar. Su consejo psíquico es a veces du-ro o
difícil de poner en práctica, pero siempre transforma y restaura. Por
consiguiente, cuando perdemos algo, tenemos que recurrir a la vieja que siempre
vive en la lejana pelvis. Allí vive ella, medio dentro y medio fuera del fuego
creador. Es el mejor lugar en el que pueden vivir las mujeres, justo al lado de
los óvulos fértiles, de sus semillas femeninas.
Hay que ver en la figura de la vieja la quintaesencia de la mujer de dos
millones de años de edad 7. Es la Mujer Salvaje original que, aun vi-viendo
bajo tierra, vive arriba. Vive en nosotras y a través de nosotras y nosotras
estamos rodeadas por ella. Los desiertos, los bosques y la tierra sobre la que
se asientan nuestras casas tienen más de dos millones de años.
Siempre me ha llamado la atención lo mucho que les gusta a las mu-jeres
cavar la tierra. Plantan bulbos para la primavera. Remueven con sus
ennegrecidos dedos la lodosa tierra para trasplantar olorosas tomateras. Creo
que cavan en busca de la mujer de dos millones de años de edad. Buscan los
dedos de sus pies y sus patas. La quieren para hacerse un re-galo a sí mismas,
pues con ella se sienten enteras y en paz.
Sin ella se sienten inquietas. Muchas mujeres con quienes he traba-jado
a lo largo de los años han empezado su primera sesión con algún co-mentario del
tipo: "Bueno, no es que me encuentre mal, pero tampoco me encuentro
bien." Creo que esta situación no es nada misteriosa. Sabemos que se debe
a una escasez de lodo. ¿El remedio? La Loba. Hay que buscar a la mujer de dos
millones de años. Es la sepulturera de las cosas muertas y moribundas de las
mujeres. Es el camino entre los vivos y los muertos. Canta los himnos de la
creación sobre los huesos.
La vieja, la Mujer Salvaje, es La voz mitológica que conoce el pasado y
nuestra antigua historia y nos la conserva en los cuentos. A veces la so-ñamos
como una hermosa voz incorpórea.
Como la doncella-hechicera, nos muestra lo que significa no estar
marchita sino arrugada. Los niños nacen instintivamente arrugados. Sa-ben en lo
más hondo de sus huesos lo que está bien y lo que hay que hacer al respecto. Se
trata de algo innato. Si una mujer logra conservar el regalo de ser vieja
cuando es joven y de ser joven cuando es vieja, siempre sabrá lo que tiene que
esperar. Pero, si lo ha perdido, lo puede recuperar mediante un decidido
esfuerzo psíquico.
La Loba, la vieja del desierto, es una buscadora de huesos. En la
simbología arquetípica, los huesos representan la fuerza indestructible. No se
prestan a la destrucción. Por su estructura, cuesta quemarlos y resulta casi
imposible pulverizarlos. En el mito y en el cuento representan el espí-
ritu del alma indestructible. Sabemos que el espíritu del alma se puede
lastimar e incluso mutilar, pero es casi imposible matarlo.
El alma se puede abollar y doblar. Se la puede herir y dañar. Se pueden
dejar en ella las señales de una enfermedad y las señales de las quemaduras del
temor. Pero no muere porque está protegida por La Loba en el mundo subterráneo.
Es a un tiempo la descubridora y la incubadora de los huesos.
Los huesos pesan lo bastante como para que se pueda hacer daño con
ellos, son lo bastante afilados como para cortar la carne y, cuando son viejos
y se los pellizca, tintinean como el cristal. Los huesos de los vivos están
vivos, son capaces de crear por sí mismos y se renuevan constante-mente. Un
hueso vivo tiene una "piel" curiosamente suave y, al parecer, tiene
cierta capacidad de regenerarse. E, incluso cuando es un hueso seco, se
convierte en el hogar de minúsculas criaturas. Los huesos de lobo de esta historia
representan el aspecto indestructible del Yo salvaje, la natu-raleza
instintiva, la criatura entregada a la libertad y lo intacto, es decir, aquello
que jamás podrá aceptar los rigores y las exigencias de una cultura muerta o
excesivamente civilizadora.
Las metáforas de esta historia tipifican todo el proceso de conduc-ción
de una mujer hasta la totalidad de sus sentidos salvajes instintivos. En
nuestro interior vive la vieja que recoge huesos. En nuestro interior están los
huesos del alma de este Yo salvaje. Y en nuestro interior tenemos la capacidad
de volver a configurarnos como las criaturas salvajes que an-taño fuimos y
tenemos los huesos que nos pueden cambiar y pueden cam-biar nuestro mundo, y
tenemos el aliento, nuestras verdades y nuestros anhelos; untos constituyen el
canto, el himno de la creación que siempre hemos ansiado entonar.
Lo cual no significa que tengamos que andar por ahí con el cabello
desgreñado sobre los ojos o con unas uñas de las manos que parezcan unas garras
orladas de negro. Sí, tenemos que seguir siendo humanas, pero, en el interior
de la mujer humana, vive también el Yo instintivo ani-mal. No se trata de un
romántico personaje de tira cómica. Tiene unos dientes de verdad, gruñe de
verdad, posee una enorme magnanimidad, un oído extraordinario, unas garras muy
afiladas y unos generosos y peludos pechos.
Este Yo tiene que gozar de libertad para moverse, hablar, enfadarse y
crear. Es duradero y resistente y posee una gran intuición. Es un Yo ex-perto
en las cuestiones espirituales de la muerte y del nacimiento.
Hoy la vieja que llevamos dentro recoge los huesos. ¿Y qué es lo que
rehace? Ella es el Yo del alma, la constructora del hogar del alma. Ella lo
hace a mano, rehace el alma a mano. ¿Y qué hace por nosotras?
Incluso en el mejor de los mundos el alma necesita una remodela-ción.
Tal como ocurre con las casas de adobe del sudoeste de Estados Uni-dos, siempre
hay algo que se desprende, que se desconcha o se despinta. Siempre hay una
vieja regordeta con pantuflas que se pasa el rato aplican-do lechada a las
paredes de adobe. Mezcla la paja con el agua y la tierra,
aplica la mezcla a las paredes y las deja como nuevas. Sin ella, la casa
se deformaría. Sin ella, se desplomaría y se convertiría en un amasijo des-pués
de una fuerte lluvia.
Es la guardiana del alma. Sin ella, nos deformamos. Sin una línea de
abastecimiento que nos conecte con ella, dicen que los seres humanos son unos
desalmados o unas almas malditas. Ella da forma a la casa del alma y con su
trabajo manual la hace más casa. Es la del viejo delantal. Es aquella cuyo
vestido es más largo por delante que por detrás. Es la que anda siempre
haciendo arreglos. Es la hacedora del alma, la criadora del lobo, la guardiana
de lo salvaje.
Por consiguiente, lo digo con afecto y con lenguaje sencillo, tanto si
eres un lobo negro como si eres un lobo gris del Norte, un lobo rojo del Sur o
un blanco oso polar, ten por cierto que eres la quinta esencia de la cria-tura
instintiva. Aunque algunos preferirían que te comportaras mejor y no te
subieras alegremente a los muebles ni te echaras encima de la gente a modo de
bienvenida, hazlo de todos modos. Algunos se apartarán de ti con temor o
repugnancia, pero a tu amante le encantará este nuevo aspecto de tu
personalidad, siempre y cuando sea el amante adecuado para ti.
A algunas personas no les gustará que olfatees las cosas para ver lo que
son. Y tampoco les gustará que te tiendas de espaldas en el suelo Y' levantes
las piernas en el aire, qué horror. Niña mala. Lobo malo. Perro malo. ¿Tienen
razón? No. Tú sigue adelante y diviértete.
La gente se dedica a la meditación para descubrir su orientación
psíquica. Por eso hace psicoterapia y psicoanálisis. Por eso analiza sus sueños
y crea arte. Por eso algunas personas estudian las cartas del tarot, se hacen
el I Ching, bailan, tocan el tambor, se dedican al teatro, tratan de
desentrañar el significado de la poesía y rezan oraciones. Por eso hacemos las
cosas que hacemos. Lo hacemos para recoger los huesos. Después te-nemos que
sentarnos junto al fuego y decidir qué canción utilizaremos pa-ra cantar sobre
los huesos, qué himno de la creación, qué himno de la re-creación elegiremos. Y
las verdades que digamos constituirán la canción.
He aquí algunas buenas preguntas que podemos hacernos hasta que
decidamos cuál va a ser la canción, nuestra verdadera canción. ¿Qué ha ocurrido
con la voz de mi alma? ¿Cuáles son los huesos enterrados de mi vida? ¿Cuál es
mi relación con el Yo instintivo? ¿Cuándo fue la última vez que corrí
libremente? ¿Cómo conseguiré que la vida vuelva a cobrar vida? ¿Adónde se fue
La Loba?
La vieja canta sobre los huesos y, mientras canta, los huesos se
re-cubren de carne. Nosotras también nos "hacemos" mientras
derramamos alma sobre los huesos que hemos encontrado. Mientras derramamos
nues-tros anhelos y nuestros sufrimientos sobre los huesos de lo que éramos en
nuestra juventud, de lo que sabíamos hace muchos siglos y sobre la acele-ración
que percibimos en el futuro, nos ponemos a gatas, bien asentadas. Mientras
derramamos alma, nos sentimos renacer. Ya no somos una solu-ción aguada, una cosa
frágil que se disuelve. No, estamos en fase de trans-formación.
Como los huesos secos, muchas veces empezamos en el desierto. Nos
sentimos privadas de nuestros privilegios, alienadas, sin relación tan siquiera
con un grupo de cactus. Para los antiguos, el desierto era el lugar de la
revelación divina. Pero, para las mujeres, se trata de algo mucho más que eso.
Un desierto es un lugar en el que la vida está muy condensada. Las
raíces de las cosas vivas se aferran a la última gota de agua y la flor
con-serva la humedad, apareciendo tan sólo a primera hora de la mañana y a
última hora de la tarde. La vida en el desierto es pequeña pero brillante y
buena parte de lo que ocurre tiene lugar bajo tierra. Como en las vidas de
muchas mujeres.
El desierto no es tan exuberante como un bosque o una selva. En él las
formas de vida son muy intensas y misteriosas. Muchas de nosotras hemos vivido
vidas desérticas; pequeñas en la superficie y enormes bajo tierra. La Loba nos
muestra lo valiosas que son las cosas que Pueden sur-gir de esta clase de
distribución psíquica.
Es Posible que la psique de una mujer se haya abierto camino hacia el
desierto por resonancia o como consecuencia de pasadas crueldades o porque no
le permitieron vivir una vida más amplia en la superficie. Muy a menudo una
mujer tiene la sensación de vivir en un lugar vacío en el que a veces sólo hay
un cactus con una flor de brillante color rojo y nada más en mil kilómetros a
la redonda. Pero, para la mujer que está dispuesta a reco-rrer mil y un
kilómetros, hay algo más. Una valerosa casita muy antigua que lleva mucho
tiempo esperándola.
Algunas mujeres no quieren estar en el desierto psíquico. Aborrecen su
fragilidad y su frugalidad. Una y otra vez intentan poner en marcha su oxidado
cacharro y bajar dando tumbos por el camino hacia la resplande-ciente ciudad
soñada de la psique. Pero sufren una decepción, pues lo exuberante y lo salvaje
no está allí. Está en el mundo espiritual, en aquel mundo entre los mundos, en
aquel Río Bajo el Río.
No te engañes. Vuelve atrás, regresa junto a la roja flor del cactus y
ponte en camino para recorrer resueltamente el último y duro kilómetro.
Acércate y llama a la vieja puerta desgastada por la intemperie. Sube a la
cueva. Trepa a la ventana de un sueño. Recorre cuidadosamente el desier-to a
ver qué encuentras. Es lo único que tenemos que hacer.
¿Quieres un consejo psicoanalítico?
Ve a recoger los huesos.
CAPÍTULO 2
La persecución del intruso: El comienzo de la iniciación
Barba Azul
En un solo ser humano hay muchos otros seres, todos con sus pro-pios
valores, motivos y estratagemas. Ciertas tecnologías psicológicas aconsejan
detener a estos seres, contarlos, darles un nombre y ponerles unos arneses
hasta obligarlos a avanzar con paso cansino como esclavos vencidos. Pero hacer
eso equivale a detener el baile de los destellos salvajes en los ojos de una
mujer y es como detener su relámpago e impedirle des-pedir chispas. Nuestra
tarea no es corromper su belleza natural sino cons-truir para todos estos seres
una campiña salvaje en la que los artistas que haya entre ellos puedan crear
sus obras, los amantes puedan amar y los sanadores puedan sanar.
Pero ¿qué vamos a hacer con todos estos seres interiores que están locos
y con los que siembran la destrucción sin darse cuenta? Hay que de-jarles sitio
incluso a ellos, pero un sitio en el que se les pueda vigilar. Uno de ellos en
particular, el más falso y el más poderoso fugitivo de la psique, requiere
nuestra inmediata atención y actuación, pues se trata del depre-dador natural.
Si bien la causa de una considerable parte de los sufrimientos humanos
se puede atribuir a la negligencia, hay también en el interior de la Psique un
innato aspecto contra natura, una fuerza contraria a la natu-raleza. El aspecto
contra natura es contrario a lo positivo: es contrario al desarrollo, a la
armonía y a lo salvaje. Es un sarcástico y asesino antago-nista que llevamos
dentro desde que nacemos y cuya misión, por muchos cuidados que nos presten
nuestros padres, es la de tratar de convertir to-das las encrucijadas en
caminos cerrados.
Este poderoso depredador 1 aparece una y otra vez en los sueños de las
mujeres y estalla en el mismo centro de sus planes más espirituales y
significativos. Aísla a la mujer de su naturaleza instintiva. Y, una vez
cum-plido su propósito, la deja insensibilizada y sin fuerzas para mejorar su
vida, con las ideas y los sueños tirados a sus pies y privados de aliento.
El cuento de Barba Azul se refiere a eso. En Estados Unidos las me-jores
versiones conocidas de Barba Azul son la francesa y la alemana 2. Pero yo
prefiero mi versión literaria en la que se mezclan la francesa y la eslava,
como la que me contó mi tía Kathé (pronunciado "Cati") que vivía en
Csíbrak, cerca de Dombovar, en Hungría. Entre nuestro grupo de cam-pesinas
narradoras de cuentos, el cuento de Barba Azul empieza con una anécdota acerca
de alguien que conocía a alguien que conocía a alguien
que había visto la horrible prueba de la muerte de Barba Azul. Y así
empe-zaremos aquí.
Hay un trozo de barba que se conserva en el convento de las monjas
blancas de las lejanas montañas. Nadie sabe cómo llegó al convento. Algu-nos
dicen que fueron las monjas que enterraron lo que quedaba de su cuerpo, pues
nadie más quería tocarlo. La razón de que las monjas con-servaran semejante
reliquia se desconoce, pero se trata de un hecho cierto. La amiga de mi amiga
la ha visto con sus propios ojos. Dice que la barba es de color azul, añil para
ser más exactos. Es tan azul como el oscuro hie-lo del lago, tan azul como la
sombra de un agujero de noche. La barba la llevaba hace tiempo uno que, según
dicen, era un mago frustrado, un gi-gante muy aficionado a las mujeres, un
hombre llamado Barba Azul.
Dicen que cortejó a tres hermanas al mismo tiempo. Pero a ellas les daba
miedo su extraña barba de tono azulado y se escondían cuando iba a verlas. En
un intento de convencerlas de su amabilidad, las invitó a dar un paseo por el
bosque. Se presentó con unos caballos adornados con casca-beles y cintas
carmesí. Sentó a las hermanas y a su madre en las sillas de los caballos y los
cinco se alejaron a medio galope hacia el bosque. Pasa-ron un día maravilloso
cabalgando mientras los perros que los acompaña-ban corrían a su lado y por
delante de ellos. Más tarde se detuvieron bajo un árbol gigantesco y Barba Azul
deleitó a sus invitadas con unas histo-rias deliciosas y las obsequió con
manjares exquisitos.
Las hermanas empezaron a pensar "Bueno, a lo mejor, este Barba Azul
no es tan malo como parece".
Regresaron a casa comentando animadamente lo interesante que había sido
la jornada y lo bien que se lo habían pasado. Sin embargo, las sospechas y los
temores de las dos hermanas mayores no se disiparon, por lo que éstas
decidieron no volver a ver a Barba Azul. En cambio, la herma-na menor pensó que
un hombre tan encantador no podía ser malo. Cuanto más trataba de convencerse,
tanto menos horrible te parecía aquel hombre y tanto menos azul le parecía su
barba.
Por consiguiente, cuando Barba Azul pidió su mano, ella aceptó. Pensó
mucho en la proposición y le pareció que se iba a casar con un hombre muy
elegante. Así pues, se casaron y se fueron, al castillo que el marido tenía en
el bosque.
Un día él le dijo:
-Tengo que ausentarme durante algún tiempo. Si quieres, invita a tu
familia a venir aquí. Puedes cabalgar por el bosque, ordenar a los cocine-ros
que preparen un festín, puedes hacer lo que te apetezca y todo lo que desee tu
corazón. Es más, aquí tienes mi llavero. Puedes abrir todas las puertas que
quieras, las de las despensas, las de los cuartos del dinero,
cualquier puerta del castillo, pero no utilices la llavecita que tiene
estos adornos encima.
La esposa contestó:
-Me parece muy bien, haré lo que tú me pides. Vete tranquilo, mi querido
esposo, y no tardes en regresar.
Así pues, él se fue y ella se quedó.
Sus hermanas fueron a visitarla y, como cualquier persona en su lu-gar,
tuvieron curiosidad por saber qué quería el amo que se hiciera en su ausencia.
La joven esposa se lo dijo alegremente.
-Dice que podemos hacer lo que queramos y entrar en cualquier es-tancia
que deseemos menos en una. Pero no sé cuál es. Tengo una llave, pero no sé a
qué puerta corresponde.
Las hermanas decidieron convertir en un juego la tarea de descubrir a
qué puerta correspondía la llave. El castillo tenía tres pisos de altura con
cien puertas en cada ala y, como había muchas llaves en el llavero, las
hermanas fueron de puerta en puerta y se divirtieron muchísimo abriendo las
puertas. Detrás de una puerta estaban las despensas de la cocina; detrás de
otra, los cuartos donde se guardaba el dinero. Había toda suerte de riquezas y
todo les parecía cada vez más Prodigioso. Al final, tras haber visto tantas
maravillas, llegaron al sótano y, al fondo de un pasillo, se en-contraron con
una pared desnuda.
Estudiaron desconcertadas la última llave, la de los adornos encima.
-A lo mejor, esta llave no encaja en ningún sitio.
Mientras lo decían, oyeron un extraño ruido... "errrrrrrrr".
Asomaron la cabeza por la esquina y, ¡oh, prodigio!, vieron una puertecita que
se es-taba cerrando. Cuando trataron de volver abrirla, descubrieron que estaba
firmemente cerrada con llave. Una de las hermanas gritó:
-¡Hermana, hermana, trae la llave! Ésta debe de ser la puerta de la
misteriosa llavecita.
Sin pensarlo, una de las hermanas introdujo la llave en la cerradura y
la hizo girar. La cerradura chirrió y la puerta se abrió, pero dentro estaba
todo tan oscuro que no se veía nada.
-Hermana, hermana, trae una vela. Encendieron una vela, contem-plaron el
interior de la estancia y las tres lanzaron un grito al unísono, pues dentro
había un lodazal de sangre, por el suelo estaban diseminados los ennegrecidos
huesos de unos cadáveres y en los rincones se veían unas calaveras amontonadas
cual si fueran pirámides de manzanas.
Volvieron a cerrar la puerta de golpe, sacaron la llave de la cerradura
y se apoyaron la una contra la otra, jadeando y respirando afanosamente. ¡Dios
mío! ¡Dios mío!
La esposa contempló la llave y vio que estaba manchada de sangre.
Horrorizada, intentó limpiarla con la falda de su vestido, pero la sangre no se
iba.
-¡Oh, no! -gritó.
Cada una de sus hermanas tomó la llavecita y trató de limpiarla, pe-ro
no lo consiguió.
La esposa se guardó la llavecita en el bolsillo y corrió a la cocina. Al
llegar allí, vio que su vestido blanco estaba manchado de rojo desde el
bol-sillo hasta el dobladillo, pues la llave estaba llorando lentamente gotas
de sangre de color rojo oscuro.
-Rápido, dame un poco de crin de caballo -le ordenó a la cocinera. Frotó
la llave, pero ésta no dejaba de sangrar. De la llavecita brota-
ban gotas y más gotas de pura sangre roja.
La sacó fuera, la cubrió con ceniza de la cocina y la frotó
enérgica-mente. La acercó al calor para chamuscarla. La cubrió con telarañas
para restañar la sangre, pero nada podía impedir aquel llanto.
-¿Qué voy a hacer? -gritó entre sollozos-. Ya lo sé. Esconderé la lla-
vecita. La esconderé en el armarlo de la ropa. Cerraré la puerta. Esto
es
una pesadilla. Todo se arreglará.
Y eso fue lo que hizo.
El esposo regresó justo a la mañana siguiente, entró en el castillo y
llamó a la esposa.
-¿Y bien? ¿Qué tal ha ido todo en mi ausencia?
-Ha ido todo muy bien, mi señor.
-¿Cómo están mis despensas? -preguntó el esposo con voz de true-
no.
-Muy bien, mi señor.
-¿Y los cuartos del dinero? -rugió el esposo.
-Los cuartos del dinero están muy bien, mi señor.
-O sea que todo está bien, ¿no es cierto, esposa mía?
-Sí, todo está bien.
-En tal caso -dijo el esposo en voz baja-, será mejor que me devuel-vas
las llaves. -Le bastó un solo vistazo para darse cuenta de que faltaba una
llave-. ¿Dónde está la llave más pequeña?
-La... la he perdido. Sí, la he perdido. Salí a pasear a caballo, se me
cayó el llavero y debí de perder una llave.
-¿Qué hiciste con ella, mujer?
-No... no... me acuerdo.
-¡No me mientas! ¡Dime qué hiciste con la llave! -El esposo le acercó
una mano al rostro como si quisiera acariciarle la mejilla, pero, en su lu-gar,
la agarró por el cabello-. ¡Esposa infiel! -gritó, arrojándola al suelo-. Has
estado en la habitación, ¿verdad?
Abrió el armarlo ropero y vio que de la llavecita colocada en el
estan-te superior había manado sangre roja que manchaba todos los preciosos
vestidos de seda que estaban colgados debajo.
-Pues ahora te toca a ti, señora mía -gritó, y llevándola a rastras por
el pasillo bajó con ella al sótano hasta llegar a la terrible puerta.
Barba Azul se limitó a mirar la puerta con sus fieros ojos y ésta se
abrió. Allí estaban los esqueletos de todas sus anteriores esposas.
-¡¡¡Ahora!!! -bramó.
Pero ella se agarró al marco de la puerta y le suplicó:
-¡Por favor! Te ruego que me permitas serenarme y prepararme para mi
muerte. Dame un cuarto de hora antes de quitarme la vida para que pueda quedar
en paz con Dios.
-Muy bien -rezongó el esposo-, te doy un cuarto de hora, pero procu-ra
estar preparada.
La esposa corrió a su cámara del piso de arriba y pidió a sus herma-nas
que salieran a lo alto de las murallas del castillo. Después se arrodilló para
rezar, pero, en su lugar, llamó a sus hermanas.
-¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
-No vemos nada en la vasta llanura.
A cada momento preguntaba:
-¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
-Vemos un torbellino, puede que sea una polvareda.
Entretanto, Barba Azul ordenó a gritos a su mujer que bajara al sótano
para decapitarla.
Ella volvió a preguntar:
-¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
Barba Azul volvió a llamar a gritos a su mujer y empezó a subir
rui-dosamente los peldaños de piedra.
Las hermanas contestaron:
-¡Sí, los vemos! Nuestros hermanos están aquí y acaban de entrar en el
castillo.
Barba Azul avanzó por el pasillo en dirección a la cámara de su es-
posa.
-Vengo a buscarte -rugió.
Sus pisadas eran muy fuertes, tanto que las piedras del pasillo se
desprendieron y la arena de la argamasa cayó al suelo.
Mientras Barba Azul entraba pesadamente en la estancia con las manos
extendidas para agarrarla, los hermanos penetraron al galope en el castillo e
irrumpieron en la estancia. Desde allí obligaron a Barba Azul a salir al
parapeto, se acercaron a él con las espadas desenvainadas, empe-zaron a dar
tajos a diestro y siniestro, lo derribaron al suelo y, al final, lo mataron,
de) ando su sangre y sus despojos para los buitres.
El depredador natural de la psique
El desarrollo de una relación con la naturaleza salvaje forma parte
esencial de la individuación de las mujeres. Para ello, una mujer tiene que
hundirse en la oscuridad, pero sin estar irremediablemente atrapada o capturada
ni morir en el camino de ida o de vuelta.
El cuento de Barba Azul gira en torno a ese captor, el hombre oscuro que
habita en la psique de todas las mujeres, el depredador innato. Es una
fuerza específica e incontrovertible que hay que refrenar y aprenderse
de memoria.
Para refrenar al depredador natural 3 de la psique es necesario que las
mujeres conserven todas sus facultades instintivas. Entre ellas cabe citar la
perspicacia, la intuición, la resistencia, la capacidad de amar con tenacidad,
la aguda percepción, la previsión, la agudeza auditiva, la capa-cidad de cantar
por los muertos, de sanar intuitivamente y de cuidar de sus propias hogueras
creativas.
En la interpretación psicológica recurrimos a todos los aspectos del
cuento de hadas para representar el drama del interior de la psique de una
mujer. Barba Azul representa un complejo extremadamente recóndito que acecha en
el borde de la vida de todas las mujeres, vigilando y esperando la oportunidad
de enfrentarse con ellas. Aunque en la psique de los hom-bres se puede
manifestar de manera parecida o distinta, es un enemigo antiguo y contemporáneo
de ambos sexos.
Resulta difícil comprender por entero la fuerza de Barba Azul, pues se
trata de algo innato, es decir, inherente a todos los seres humanos des-de que
nacen y, en este sentido, carece de origen conciente. Y, sin embar-go, yo creo
que podemos intuir cómo se desarrolla su naturaleza en el pre-conciente de los
seres humanos, pues en el cuento Barba Azul es califica-do de "mago
frustrado". En esta faceta está relacionado con las figuras de otros
cuentos de hadas en los que se representa al perverso depredador de la psique
como un mago que, a pesar de su carácter tremendamente des-tructor, ofrece un
aspecto más bien normal.
Utilizando esta descripción como fragmento arquetípico, lo Podemos
comparar con lo que sabemos acerca de la brujería frustrada o el frustrado
poder espiritual de la mito-historia. El griego Icaro voló demasiado cerca del
sol y sus alas de cera se derritieron, provocando su caída. El mito zuñi* del
"Niño y el águila" habla de un niño que se hubiera convertido en
miembro del reino de las águilas de no haber creído que podía quebrantar las
normas de la muerte. Mientras se elevaba al cielo, le arrebataron sus plumas de
águila prestadas y se precipitó hacia su perdición. Según la teo-logía
cristiana, Lucifer quiso igualarse a Dios y fue arrojado al infierno. En la
tradición folclórica hay muchos aprendices de brujo que se atrevieron a
sobrepasar los límites de su capacidad, quebrantando las leyes de la
natu-raleza. Fueron castigados con daños y cataclismos.
Si examinamos todos estos leitmotivs, vemos que los depredadores que hay
en ellos ansían la superioridad y el poder sobre los demás. Tienen una especie
de inflación psicológica por la que el ente pretende ser tan alto y tan grande
como lo Inefable que tradicionalmente distribuye y controla las misteriosas
fuerzas de la naturaleza, incluyendo los sistemas de la vida y la muerte, las
normas de la naturaleza humana, etc.
Tribu india de Nuevo México. (N. de la T)
En el mito y en el cuento vemos que la consecuencia del intento de un
ser de quebrantar, doblar o alterar el modus operandi de lo Inefable se
castiga con una merma de sus facultades en el mundo del misterio y la
magia -tal como les ocurre a los aprendices a quienes se les prohíbe
prac-ticar-, con el solitario exilio de la tierra de los dioses o con una
pérdida si-milar de gracia y poder a través de la incapacidad, la mutilación o
la muer-te.
Si logramos ver en Barba Azul al representante interno de todo este mito
del proscrito, también podremos comprender la profunda e inexplica-ble soledad
que a veces le (nos) asalta por el hecho de experimentar un constante
alejamiento de la redención.
El problema que plantea el cuento de Barba Azul consiste en que, en
lugar de conferir poder a la luz de las jóvenes fuerzas femeninas de la
psi-que, el protagonista rebosa de odio y desea matar las luces de la psique.
No es difícil distinguir en semejante tumoración maligna a un ser atrapado que
quiso en algún momento superar la luz y perdió la gracia por este mo-tivo. De
ahí que el exilado se dedique a perseguir implacablemente la luz de los demás.
Cabe suponer que todas sus esperanzas se cifran en apode-rarse de la suficiente
cantidad de alma(s) como para poder crear un esta-llido de luz que le permita
finalmente disipar sus tinieblas y sanar su sole-dad.
En este sentido, tenemos al principio del cuento a un impresionante ser
irredento. Y, sin embargo, este hecho es una de las verdades centrales que la
hermana menor del cuento tiene que aceptar, que todas las mujeres tienen que
aceptar, a saber, que tanto dentro como fuera existe una fuerza que actuará en
contraposición a los instintos naturales del Yo y que esta fuerza maligna es lo
que es. Aunque nos compadezcamos de ella, lo prime-ro que tenemos que hacer es
reconocerla, protegernos de su devastadora actuación y, en último extremo,
arrebatarle su energía asesina.
Todas las criaturas tienen que aprender que existen depredadores. Sin
este conocimiento, una mujer no podrá atravesar su propio bosque sin ser
devorada. Comprender al depredador significa convertirse en un ani-mal maduro
que no es vulnerable por ingenuidad, inexperiencia o impru-dencia.
Como un hábil sabueso, Barba Azul percibe que la hermana menor siente
interés por él y está dispuesta a convertirse en su presa. La pide en
matrimonio y, en un momento de juvenil exuberancia, que a menudo es una mezcla
de insensatez, placer, felicidad y curiosidad sexual, ella le dice que sí. ¿Qué
mujer no reconoce este argumento?
Las mujeres ingenuas como presa
La hermana menor, la menos desarrollada, interpreta el humanísimo cuento
de la mujer ingenua que será provisionalmente atrapada por su cazador interior.
Pero, al final, saldrá más sabia y más fuerte y sabrá reco-nocer de inmediato
al astuto depredador de su propia psique.
El substrato psicológico del cuento se aplica también a la mujer ma-yor
que aún no ha aprendido del todo a reconocer a su depredador innato.
Puede que haya iniciado varias veces el proceso, pero no haya conseguido
terminarlo por falta de guía y de apoyo.
Por eso los cuentos didácticos son tan alimenticios; porque
propor-cionan mapas de iniciación para que sea posible completar incluso el
tra-bajo que ha tropezado con algún obstáculo. El cuento de Barba Azul es
válido para todas las mujeres, tanto si son muy jóvenes y están justo
em-pezando a descubrir la existencia del depredador como si llevan décadas
siendo víctimas de su acoso y persecución y se están preparando para la última
y decisiva batalla contra él.
La hermana menor representa el potencial creativo de la psique. Algo que
está avanzando hacia una vida exuberante y rebosante de energía. Pe-ro se
produce un desvío cuando accede a convertirse en la presa de un hombre malvado
porque el instinto que podría permitirle darse cuenta de lo que ocurre y obrar
de otro modo no está intacto.
Psicológicamente, las chicas y los chicos están como dormidos y no
comprenden que ellos son la presa. Aunque a veces parece que la vida ser-ía
mucho más fácil y menos dolorosa si todos los seres humanos nacieran totalmente
despiertos, ello no es así. Todos nacemos anlagen*, como el po-tencial del
centro de una célula: en biología el anlage es la parte de la célu-la que se
caracteriza por ser "aquello que será". En el interior del anlage se
encuentra la sustancia primitiva que se desarrollará con el tiempo y nos
permitirá convertirnos en un ser completo.
Por consiguiente, nuestras vidas de mujeres tienen que acelerar el
anlage. El cuento de Barba Azul invita a despertar y educar este centro
psíquico, esta brillante célula. En aras de esta educación, la hermana me-nor
accede a casarse con una fuerza que a su juicio es muy elegante. La boda de
cuento de hadas representa la búsqueda de una nueva situación, el inminente
despliegue de un nuevo estrato de la psique.
Sin embargo, la joven esposa se ha engañado. Al principio, Barba Azul le
daba miedo y ella se mostraba recelosa. Pero un pequeño placer en el bosque la
indujo a pasar por alto su intuición. Casi todas las mujeres han vivido esta
experiencia por lo menos una vez. Como consecuencia de ello, se convence de que
Barba Azul no es peligroso, sino sólo extraño y excéntrico. Pero qué tonta soy.
¿Por qué me desagrada esta barbita azul? Sin embargo, su naturaleza salvaje ya
ha olfateado la situación y sabe que el hombre de la barba azul es letal. Pese
a ello, la ingenua psique rechaza esta sabiduría interior.
Este error de apreciación es casi habitual en una mujer joven cuyos
sistemas de alarma aún no se han desarrollado. Es como un lobezno huér-fano que
rueda por el suelo y juega en un claro del bosque, ajeno a la pre-sencia del
lince de cuarenta kilos que se está acercando sigilosamente desde las sombras.
Si se trata de una mujer más madura cuya lejanía de lo salvaje apenas le
permite prestar atención a las advertencias interiores,
* En alemán, primordio, conjunto
de células embrionarias del que proceden los distintos órganos y partes de un
ser vivo. (N. de la T.)
ésta también seguirá adelante con una ingenua sonrisa en los labios.
Quizás usted se pregunte si todo eso se podría evitan Tal como ocu-
rre en el mundo animal, una muchacha aprende a ver al depredador a
través de las enseñanzas de su madre y su padre. Sin la amorosa guía de los
padres, la joven no tardará en convertirse en una presa. Retrospecti-vamente,
casi todas nosotras hemos experimentado la obsesiva idea de una persona que, de
noche, entra subrepticiamente por nuestra ventana psíquica y nos pilla
desprevenidas. Aunque lleven un pasamontañas, una navaja entre los dientes y un
saco de dinero al hombro, si nos dicen que trabajan en la banca, les creemos.
Sin embargo, a pesar de los sabios consejos de su madre y de su pa-dre,
la muchacha, sobre todo a partir de los doce años, puede dejarse arrastrar por
los grupos de sus coetáneos, las fuerzas culturales o las pre-siones psíquicas,
y entonces empieza a correr temerariamente riesgos con el fin de averiguar las
cosas por sí misma. Cuando trabajo con adolescen-tes algo mayores que están
convencidas de que el mundo es bueno siem-pre y cuando ellas lo sepan manejar
debidamente, me siento algo así como una vieja perra canosa. Siento el deseo de
cubrirme los ojos con las patas y suelto un gemido, pues veo cosas que ellas no
ven y sé, sobre todo si las chicas son obstinadas y enojadizas, que se
empeñarán en mantener tratos con el depredador aunque sólo sea una vez antes de
despertar sobresalta-das. Al comienzo de nuestra vida, nuestro punto de vista
femenino es muy ingenuo, es decir, nuestra comprensión emocional de lo oculto
es muy débil. Pero es ahí donde todas empezamos como hembras. Somos ingenuas y
nos empeñamos en colocarnos en situaciones muy confusas. No haber sido
iniciadas en estas cuestiones significa encontrarnos en una fase de nuestra
vida en la que sólo estamos capacitadas para ver lo que es paten-te.
Entre los lobos, cuando la hembra deja a las crías para ir a cazar, los
pequeños intentan seguirla al exterior de la guarida y bajar con ella por el
camino. Entonces ella les ruge, se abalanza sobre ellos y les pega un susto de
muerte para obligarlos a huir y regresar corriendo a la guarida. La madre sabe
que sus crías aún no saben valorar y sopesar a otras cria-turas. Ignoran quién
es el depredador y quién no. Pero a su debido tiempo ella se lo enseñará por
las buenas y por las malas.
Como los lobeznos, las mujeres necesitan una iniciación parecida en la
que se les enseñe que los mundos interior y exterior no siempre son unos
lugares placenteros. Muchas mujeres ni siquiera han recibido las lecciones
básicas que una madre loba les da a sus crías acerca de los de-predadores,
como, por ejemplo: si es amenazador y más grande que tú, huye; si es más débil,
decide qué es lo que quieres hacer; si está enfermo, déjalo en paz; si tiene
púas, veneno, colmillos o garras afiladas, retrocede y aléjate en dirección
contraria; si huele bien, pero está enroscado alrededor de unas mandíbulas de
metal, pasa de largo.
La hermana menor del cuento no sólo es ingenua en sus procesos mentales
e ignora por completo la faceta asesina de su propia psique sino
que además, se deja seducir por los placeres del ego. ¿Por qué no? A
todas nos gusta que todo sea maravilloso. Toda mujer desea montar en un
caba-llo ricamente enjaezado y cabalgar a través de un bosque inmensamente
verde y sensual. Todos los seres humanos aspiran a gozar del Paraíso aquí en la
tierra. Lo malo es que el ego desea encontrarse a gusto, pero el ansia de lo
paradisíaco combinada con la ingenuidad no nos permite alcanzar la satisfacción
sino que nos convierte en alimento del depredador.
La aquiescencia a casarse con el monstruo se produce en realidad cuando
las niñas son muy pequeñas, generalmente antes de los cinco años. Se las enseña
a no ver y a considerar "bonitas" toda suerte de cosas grotescas
tanto si son agradables como si no. Esta enseñanza es la culpa-ble de que la
hermana menor se diga: "Bueno, su barba no es muy azul." Estas
enseñanzas iniciales a "ser amables" induce a las mujeres a pasar por
alto sus intuiciones. En este sentido, se las enseña deliberadamente a
someterse al depredador. Imaginemos a una madre loba enseñando a sus crías a
"ser amables" en presencia de un fiero hurón o de una serpiente de
cascabel.
En el cuento, hasta la madre es cómplice. Va a merendar al bosque,
"sale a dar un paseo a caballo". No dirige ni una sola palabra de
adverten-cia a ninguna de las hijas. Cabría pensar que la madre biológica o la
ma-dre interior está dormida o también es ingenua, tal como suele ocurrir en el
caso de muchachas muy jóvenes o de mujeres que no han sido mima-das.
Curiosamente, las hermanas mayores del cuento dan muestras de cierta
conciencia de la situación al decir que no les gusta Barba Azul a pe-sar de que
éste las acaba de agasajar y obsequiar de una manera extrema-damente romántica
y paradisíaca. En el relato se da a entender que ciertos aspectos de la psique,
representados por las hermanas mayores, tienen la perspicacia un poco más
desarrollada y una "prudencia- que las induce a no idealizar
románticamente al depredador. La mujer iniciada presta aten-ción a las voces de
las hermanas mayores de la psique que la advierten de que se aleje del peligro.
La mujer no iniciada no presta atención porque todavía está demasiado
identificada con la ingenuidad.
Supongamos, por ejemplo, que una mujer ingenua se equivoca una y otra
vez en la elección de su pareja. En algún lugar de su mente ella sabe que esta
pauta es inútil, que tendría que abandonarla y seguir otro cami-no. Muchas
veces incluso sabe lo que tendría que hacer. Pero una especie de hipnosis de
tipo Barba Azul la induce a seguir la pauta destructiva. En la mayoría de los
casos, la mujer piensa que, si insiste un poco más en la antigua pauta, la
sensación paradisíaca que anda buscando aparecerá en un abrir y cerrar de ojos.
En otra situación extrema, no cabe la menor duda de que una mujer adicta
a alguna sustancia química tiene en lo más hondo de su mente a unas hermanas
mayores que le dicen: "¡No! ¡No hagas eso! Es malo para el cuerpo y para
la mente. Nos negamos a seguir." Pero el deseo de encontrar
el Paraíso induce a la mujer a casarse con Barba Azul, el traficante de
dro-gas de los éxtasis psíquicos.
Cualquiera que sea el dilema en el que se encuentre atrapada una mujer,
las voces de las hermanas mayores de su psique siguen instándola a ser juiciosa
y prudente en sus elecciones. Son las voces de lo más hondo de la mente que
susurran las verdades que tal vez una mujer no desea oír, pues destruyen su
fantasía del Paraíso Encontrado.
Así pues, tiene lugar la boda, la unión de lo dulcemente ingenuo con lo
vilmente oscuro. Cuando Barba Azul se va de viaje, la joven no se da cuenta de
que, a pesar de que la han invitado a hacer lo que quiera - excepto una cosa-,
vive menos y no más. Muchas mujeres han vivido lite-ralmente el cuento de Barba
Azul. Se casan cuando todavía son ingenuas a propósito de su depredador y
eligen a alguien que destruye sus vidas, pues creen que podrán
"curar" a aquella persona con su amor. En cierto modo, "juegan
con una casa de muñecas". Es como si se hubieran pasado mucho tiempo
diciendo: "Su barba no es muy azul."
Con el tiempo, la mujer que se ha dejado atrapar de esta manera se dará
cuenta de que sus esperanzas de una vida digna para ella y sus hijos son cada
vez más escasas. Cabe esperar que, al final, abra la puerta de la habitación
que encierra toda la destrucción de su vida. Aunque el que des-truya y deshonre
su vida sea el compañero afectivo de la mujer, el depre-dador innato que lleva
en su psique está de acuerdo con él. Mientras se obligue a la mujer a creer que
está desvalida y/o se la adiestre a no perci-bir concientemente lo que ella
sabe que es cierto, las dotes y los impulsos femeninos de su psique seguirán
siendo exterminados.
Cuando el espíritu juvenil se casa con el depredador, la mujer es
apresada o reprimida en una época de su vida inicialmente destinada al
desarrollo. En lugar de vivir libremente, la mujer empieza a vivir de una
manera falsa. La falaz promesa del depredador es la de que la mujer se
convertirá en cierto modo en una reina, siendo así que, en realidad, se está
planeando su asesinato. Existe un medio de salir de todo eso, pero hay que
tener una llave.
La llave del conocimiento: La importancia del rastreo
Ah, la llave que permite desvelar el secreto que todas las mujeres
conocen y, sin embargo, no conocen. La llave representa el permiso para conocer
los más profundos y oscuros secretos de la psique, en este caso, eso que
degrada y destruye estúpidamente el potencial de una Mujer.
Barba Azul sigue adelante con su plan destructor, instando a su mujer a
comprometerse psíquicamente; "Haz todo lo que quieras", le dice,
induciéndola a experimentar una falsa sensación de libertad. Le da a en-tender
que es libre de alimentarse y de disfrutar en paisajes bucólicos, por lo menos
dentro de los confines de su territorio. Pero, en realidad, ella no es libre,
pues se le impide acceder al siniestro conocimiento de su depre-
dador a pesar de que en lo más hondo de su psique ya ha comprendido lo
que ocurre en realidad.
La mujer ingenua accede tácitamente a "no saber". Las mujeres
crédulas o aquellas cuyos lastimados instintos están adormecidos siguen como
las flores la dirección de cualquier sol que se les ofrezca. La mujer ingenua o
lastimada se deja arrastrar fácilmente por las promesas de co-modidad, de
alegre diversión o de distintos placeres, tanto si son promesas de una posición
social más elevada a los ojos de su familia y de sus iguales como si son
promesas de mayor seguridad, amor eterno, arriesgadas aven-turas o sexo
desenfrenado.
Barba Azul prohíbe a su joven esposa utilizar la única llave capaz de
conducirla a la conciencia. Prohibir a una mujer la utilización de la llave del
conocimiento conciente de sí misma equivale a despojarla de su natu-raleza
intuitiva, de la innata curiosidad que la llevaría a descubrir “lo que hay
debajo" y más allá de lo evidente. Y, sin este conocimiento, la mujer
carece de la debida protección. Si decide obedecer la orden de Barba Azul de no
utilizar la llave, opta por su muerte espiritual. Si decide abrir la puerta de
la horrible estancia secreta, opta por la vida.
En el cuento sus hermanas van a visitarla y "como cualquier
perso-na en su lugar, tuvieron curiosidad por saber". La esposa se lo dice
ale-gremente "Podemos hacerlo todo excepto una cosa". Las hermanas
deciden convertir en un juego la tarea de descubrir a qué puerta corresponde la
llavecita. Una vez más, ponen de manifiesto un sano impulso de conoci-miento
conciente.
Algunos pensadores psicológicos, entre ellos Freud y Bettelheim, han
interpretado los episodios del cuento de Barba Azul como castigos psicoló-gicos
a la curiosidad sexual femenina 4. En los comienzos de la formula-ción de la
psicología clásica, la curiosidad femenina tenía una connotación más bien
negativa mientras que los hombres que ponían de manifiesto es-ta misma
característica eran calificados de investigadores. A las mujeres se las llamaba
fisgonas mientras que a los hombres se les llamaba inquisiti-vos. En realidad,
la trivialización de la curiosidad de las mujeres rebajada a molesto fisgoneo
niega la existencia de la perspicacia, las corazonadas y las intuiciones
femeninas. Niega la existencia de todos sus sentidos e in-tenta atacar sus
capacidades más fundamentales: la diferenciación y la determinación.
Por consiguiente, teniendo en cuenta que las mujeres que aún no han
abierto la puerta prohibida tienden a ser las mismas que caen direc-tamente en
brazos de Barba Azul, es una casualidad que las hermanas mayores conserven
intactos los instintos salvajes de la curiosidad. Ellas son las mujeres en la
sombra de la psique de cada mujer, ellas son quie-nes, mediante discretos
avisos, la hacen estar alerta y la ayudan a com-prender de nuevo lo que es
importante para ella. El descubrimiento de la puertecita es importante, la
desobediencia a la orden del depredador es importante y el descubrimiento de lo
que tiene de particular aquella habi-tación es esencial.
Durante siglos, las puertas han sido de piedra y de madera. En al-gunas
culturas, se creía que la puerta conservaba el espíritu de la piedra o de la
madera, por lo que estaba llamada a actuar de guardiana de la habi-tación. Hace
mucho tiempo las tumbas tenían más puertas que las casas y la sola imagen de la
puerta significaba que en su interior había algo valio-so desde el punto de
vista espiritual o que dentro había algo que se tenía que reprimir.
La puerta del cuento se presenta como una barrera psíquica, una especie
de centinela de un secreto. Esta guardia nos recuerda una vez más la fama de
mago del depredador.. una fuerza psíquica que se retuerce y nos enreda como por
arte de magia, impidiéndonos saber lo que sabemos. Las mujeres refuerzan esta
barrera o estas puertas siempre que se disua-den a sí mismas o se disuaden unas
a otras de pensar o de indagar dema-siado, pues "a lo mejor, te encuentras
con algo mucho peor de lo que pen-sabas". Para romper esta barrera, se
tiene que utilizar una contramagia apropiada. Y esta magia apropiada se
encuentra en el símbolo de la llave.
Formular la pregunta apropiada constituye la acción central de la
transformación no sólo en los cuentos de hadas sino también en el análisis y en
la individuación. La pregunta clave da lugar a la germinación de la conciencia.
La pregunta debidamente formulada siempre emana de una curiosidad esencial
acerca de lo que hay detrás. Las preguntas son las lla-ves que permiten abrir
las puertas secretas de la psique.
Aunque las hermanas no saben que tesoro o qué farsa hay al otro lado de
la puerta, echan mano de sus buenos instintos y formulan la pre-gunta
psicológica clave: "¿Dónde crees que está la puerta y qué habrá detrás de
ella?"
Al llegar a este punto, la naturaleza ingenua empieza a madurar y a
preguntar: "¿Qué hay detrás de lo visible? ¿Cuál es la causa de esta
som-bra que se proyecta en la pared?" La joven e ingenua naturaleza
empieza a comprender que, si hay algo secreto, si hay una sombra de algo, si
hay al-go prohibido, es necesario verlo. Para desarrollar la conciencia hay que
buscar lo que se oculta detrás de lo directamente observable: el chirrido
invisible, la oscura ventana, la puerta que llora, el rayo de luz bajo el alféi-zar
de una ventana. Hay que indagar en estos misterios hasta descubrir la esencia
de la cuestión.
Tal como veremos más adelante, la capacidad de resistir lo que ave-rigüe
permitirá a una mujer regresar a su naturaleza profunda, en la que todos sus
pensamientos, sus sensaciones y sus acciones recibirán el apoyo que necesitan.
El novio animal
Así pues, a pesar de que la joven intenta cumplir las órdenes del
de-predador y accede a seguir ignorando el secreto del sótano, sólo puede
cumplir sus promesas hasta cierto punto. Al final, inserta la llave, es decir,
la pregunta, en la cerradura de la puerta y descubre la horrible carnicería
en alguna parte de su vida profunda. Y la llave, este pequeño símbolo de
su vida, se pone a sangrar de repente y no cesa de proclamar a gritos que hay
algo que falla. Una mujer puede tratar de ocultar las devastaciones de su vida,
pero la pérdida de sangre, es decir, de su energía vital, no cesará hasta que
identifique la verdadera condición del depredador y la reprima.
Cuando las mujeres abren las puertas de sus propias vidas y exami-nan
las carnicerías ocultas en aquellos recónditos lugares suelen descu-brir que
han estado permitiendo la ejecución sumaria de sus sueños, obje-tivos y
esperanzas más decisivos. Y descubren también unos pensamien-tos, sentimientos
y deseos exánimes que antaño eran atrayentes Y prome-tedores, pero ahora están
exangües. Tanto si estas esperanzas y estos sueños se refieren a un deseo de
relación como si se refieren a un deseo de logros, de éxitos o de posesión de
una obra de arte, cuando alguien hace este horrible descubrimiento en su
psique, podemos tener la certeza de que el depredador natural, a menudo
simbolizado en los sueños como un novio animal, se ha estado dedicando a
destruir metódicamente los más profundos deseos, inquietudes y aspiraciones de
una mujer.
En los cuentos de hadas, el personaje del novio animal es un tema común
que representa algo perverso disfrazado de algo benévolo. Este per-sonaje u
otro de carácter similar está siempre presente cuando una mujer experimenta
unos presentimientos ingenuos acerca de algo o de alguien. Cuando una mujer
intenta evitar los hechos de sus propias devastaciones, lo más probable es que
sus sueños nocturnos le adviertan a gritos que despierte y pida socorro o huya,
o acabe con ello.
A lo largo de los años he visto muchos sueños femeninos en los que está
presente la figura del novio animal o la sensación de que
las-cosas-no-son-tan-bonitas-como-parecen. Una mujer soñó con un hombre guapo y
encantador, pero, al bajar la vista, vio que de su manga estaba empe-zando a
salir y desenrollarse un trozo de lacerante alambre de púas. Otra mujer soñó
que estaba ayudando a un anciano a cruzar la calle y que, de pronto, el anciano
esbozaba una diabólica sonrisa y se disolvía en su bra-zo, produciéndole una
grave quemadura. Otra soñó que comía con un amigo desconocido cuyo tenedor
volaba sobre la mesa y la hería de muer-te.
Este no ver, este no comprender y no percibir que nuestros deseos
interiores no concuerdan con nuestras acciones exteriores es la huella que deja
el novio animal. La presencia de este factor en la psique explica por qué razón
las mujeres que dicen desear una relación hacen todo lo posible por sabotearla.
Ésta es la razón de que las mujeres que se fijan unos obje-tivos aquí, allí o
donde sea en tal o cual momento jamás cubren ni siquiera la primera etapa del
viaje o lo abandonan al primer obstáculo. Ésta es la razón de que todas las
dilaciones que dan lugar a un aborrecimiento tan grande de sí mismas, todos los
sentimientos de vergüenza que tanto se en-conan debido a la represión de que
han sido objeto, todos los nuevos co-mienzos que tan necesarios resultan y
todos los objetivos que hace tiempo
hubieran tenido que alcanzarse jamás lleguen a feliz término. Siempre
que acecha y actúa el depredador, todo descarrila, se derrumba y se decapita.
El novio animal es un símbolo muy extendido en los cuentos de hadas y,
en general, el relato se desarrolla según el siguiente esquema: Un extraño
hombre corteja a una mujer que accede a convertirse en su novia, pero, antes
del día de la boda, ella sale a dar un paseo por el bosque, se extravía y, al
caer la oscuridad, se encarama a un árbol para librarse de los depredadores.
Mientras aguarda a que se haga de día, aparece su pro-metido con una azada al
hombro. Algo en su futuro esposo lo delata como no enteramente humano. A veces
la extraña forma de su pie, su mano o su brazo o el aspecto de su cabello
resulta decididamente chocante y lo dela-ta.
El hombre empieza a cavar una tumba bajo el árbol al que ella se ha
encaramado mientras canta y musita que piensa matar a su futura esposa y
enterrarla en aquella tumba. La aterrorizada novia permanece escondida toda la
noche y, por la mañana, cuando su futuro esposo ya se ha ido, re-gresa
corriendo a casa, informa de lo ocurrido a sus hermanos y a su pa-dre y los
hombres atacan por sorpresa al novio animal y lo matan.
Se trata de un poderoso proceso arquetípico de la psique femenina. La
mujer posee una percepción suficiente y, aunque al principio accede a casarse
con el depredador natural de la psique, al final consigue librarse de él, pues
ve la verdad que se encierra en todo aquello y es capaz de afrontarla
concientemente y tomar medidas para resolver la cuestión.
Y ahora viene el siguiente paso todavía más difícil, el de poder
sopor-tar lo que se ve, es decir, la propia autodestrucción y condición de
muerta.
El rastro de la sangre
En el cuento, las hermanas cierran de golpe la puerta de la cámara de
las matanzas. La joven esposa contempla la sangre que mana de la llave y emite
un gemido. "¡Tengo que limpiar esta sangre para que él no se
ente-re!"
Ahora el yo ingenuo sabe que una fuerza asesina anda suelta en el
interior de la psique. Y la sangre de la llave es la sangre de las mujeres. Si
sólo fuera una sangre causada por el sacrificio de las propias fantasías
frívolas, sólo habría una gota de sangre en la llave. Pero la cosa es mucho más
grave, pues la sangre representa una disminución de los más hondos y más
espirituales aspectos de la propia vida creativa.
En semejante estado la mujer pierde la energía necesaria para crear,
tanto si se trata de soluciones a cuestiones de su vida, de los estudios, la
familia o las amistades, como si se trata de asuntos relacionados con el mundo
en general o con el espíritu, su desarrollo personal o sus aptitudes. No es una
simple dilación, pues la situación se prolonga a lo largo de va-rias semanas o
varios meses seguidos. La mujer se muestra apagada y, aunque a veces esté llena
de ideas, padece una fuerte anemia y cada vez le cuesta más ponerlas en
práctica.
La sangre de este cuento no es la sangre menstrual sino la sangre
arterial del alma. Y no sólo mancha la llave sino que mancha toda la per-sona*.
El vestido que lleva y todos los vestidos del armarlo están mancha-dos de
sangre. En la psicología arquetípica, el vestido puede representar la presencia
exterior. La persona es la máscara que un individuo muestra al mundo. Con los
debidos rellenos y disfraces psíquicos, tanto los hombres como las mujeres
pueden ofrecer una persona casi perfecta, una fachada casi perfecta.
Cuando la llave que llora -la pregunta que solloza- mancha nuestras
personas, ya no podemos ocultar por más tiempo nuestras congojas. Po-demos
decir lo que queramos y mostrar la más sonriente de las fachadas, pero, una vez
contemplada la horrenda verdad de la cámara de las matan-zas, ya no podemos
fingir que ésta no existe. El hecho de contemplar la verdad provoca una
intensificación de la hemorragia de energía. Es algo muy doloroso que corta las
arterias. Tenemos que intentar corregir inme-diatamente esta terrible
situación.
En este cuento vemos que la llave es también un recipiente que sirve
para recibir la sangre que es el recuerdo de lo que la mujer ha visto y aho-ra
ya sabe. Para las mujeres, la llave simboliza siempre la entrada en un misterio
o un conocimiento. En otros cuentos de hadas la llave simbólica se representa a
menudo con expresiones tales como "Ábrete, Sésamo", las palabras que
Alí Babá le grita a una escarpada montaña, dando lugar a que ésta retumbe como
un trueno y se abra para que él pueda entrar. De una manera más picaresca, en
los estudios Disney el hada madrina de Cenicienta canturrea alegremente, las
calabazas se convierten en carrozas y los ratones en cocheros.
En los misterios eleusinos, la llave estaba escondida en la lengua, lo
cual significaba que el meollo de una cuestión, la clave o los vestigios se
encontraban en unas determinadas palabras o unas preguntas clave. Y las
palabras que más necesitan las mujeres en situaciones similares a la des-crita
en Barba Azul son: ¿Qué hay detrás? ¿Qué no es lo que parece? ¿Qué sé en lo más
hondo de mis ovarios y no quiero saber? ¿Qué parte de mí ha sido asesinada o
yace moribunda?
Todas y cada una de estas palabras son claves. Si una mujer ha lle-vado
una vida medio muerta, es muy probable que las respuestas a estas cuatro
preguntas estén manchadas de sangre. El aspecto asesino de la psique, parte de
cuya tarea consiste en cuidar de que no se produzca ningún conocimiento
conciente, seguirá dejando sentir sus efectos de vez en cuando y arrancará o
envenenará cualquier brote que aparezca. Es su naturaleza. Es su misión.
* En la época romana antigua, la
persona, palabra derivada del etrusco, era la máscara que se ponían los actores
para interpretar las obras. Cubría toda la cabeza y cambiaba según los
distintos personajes que se tenían que representar. (N. de la T.)
Por consiguiente, desde un punto de vista positivo, sólo la
persisten-cia de la sangre en la llave induce a la psique a aferrarse a lo que
ha visto,
pues hay una censura natural de todos los acontecimientos negativos o
dolorosos que ocurren en nuestras vidas. El ego censor desea con toda
se-guridad olvidar que ha visto la habitación y los cadáveres que en ella
hab-ía. Por eso la esposa de Barba Azul trata de frotar la llave con crin de
caba-llo. Echa mano de todo lo que puede, de todos los remedios de la medicina
popular femenina para curar las laceraciones y las heridas profundas: las
telarañas, la ceniza y el fuego, todos ellos asociados con la vida y la muerte
que tejen las Parcas. Pero no sólo no consigue cauterizar la llave sino que
tampoco puede poner término a la situación fingiendo que no existe. No puede
impedir que la llavecita llore sangre. Paradójicamente, mientras su antigua
vida se muere y ni siquiera los mejores remedios consiguen disi-mularlo, la
mujer despierta ante su propia hemorragia y, gracias a ello, empieza a vivir.
La mujer antaño ingenua tiene que afrontar lo ocurrido. La muerte a
manos de Barba Azul de todas sus "fisgonas" esposas es la muerte del
fe-menino creador, del potencial capaz de desarrollar toda suerte de vidas
nuevas e interesantes. El depredador se muestra especialmente agresivo cuando
tiende emboscadas a la naturaleza salvaje de la mujer. En el mejor de los casos
trata de menospreciar y, en el peor, de cortar la conexión de la mujer con sus
propias percepciones, inspiraciones, investigaciones y de-más.
Otra mujer con quien yo trabajé, una mujer inteligente y capacitada, me
habló una vez de su abuela que vivía en el Medio Oeste. La idea que tenía su
abuela de una diversión a lo grande consistía en tomar un tren con destino a
Chicago, llevar puesto un gran sombrero y pasear por la avenida Madison
contemplando los escaparates como una dama elegante. Contra viento y marea o
porque era su destino, se casó con un granjero, se fue a vivir con él a la
región de los trigales y allí empezó a pudrirse en aquella bonita granja que
tenía justo el tamaño adecuado, con los hijos adecuados y el marido adecuado.
Ya no le quedó tiempo para la "frívola" vida que antes llevaba.
Demasiados "niños". Demasiadas "tareas femeni-nas".
Un día, años más tarde, tras fregar a mano el suelo de la cocina y la
sala de estar, se puso su mejor blusa de seda, se abrochó su falda larga y se
encasquetó su gran sombrero. Después se introdujo el cañón de la es-copeta de
caza de su marido en la boca y apretó el gatillo. Todas las muje-res saben por
qué fregó primero el suelo.
Una mujer cuya alma se muere de hambre puede sufrir hasta el ex-tremo de
no poderlo resistir. Puesto que tienen la necesidad sentimental de expresarse a
su propia manera sentimental, las mujeres ti que desarrollar-se y florecer de
una forma que a ellas les resulte sensata y sin molestas interferencias ajenas.
En este sentido, la llave ensangrentada podría inter-pretarse también como la
representación del linaje femenino de la mujer, de las ascendientes que la han
precedido. ¿Quién de nosotras no conoce por lo menos a una familiar suya que
perdió el instinto de tomar buenas
decisiones y, debido a ello, se vio obligada a vivir una vida marginal o
algo peor? Puede que esta mujer sea usted misma.
Una de las cuestiones menos debatidas de la individuación es la de que,
cuando una mujer arroja toda la luz que puede sobre la oscuridad de la psique,
las sombras, allí donde no alcanza la luz, se intensifican todavía más. Por
consiguiente, cuando iluminamos una parte de la psique, se pro-duce una
intensificación de la oscuridad con la que necesariamente tene-mos que
enfrentarnos, pues no podemos pasarla por alto. La llave, es de-cir, las
preguntas, no se pueden ocultar ni olvidar. Se tienen que formular. Se tienen
que responder.
La tarea más profunda suele ser la más oscura. Una mujer valiente y
juiciosa procurará cultivar la peor tierra de su psique, pues, si sólo cultiva
la mejor, obtendrá a cambio el peor panorama de lo que ella es. La mujer
valiente no teme investigar lo peor. Ello garantizará un incremento del po-der
de su alma a través de las percepciones y oportunidades de examinar de nuevo la
propia vida y el propio yo.
En esta clase de explotación agraria de su psique resplandece la Mu-jer
Salvaje. No teme la oscuridad más oscura, pues de hecho puede ver en la
oscuridad. No teme los despojos, los desechos, la putrefacción, el hedor, la
sangre, los huesos fríos, las muchachas moribundas ni los esposos ase-sinos.
Puede verlo todo, puede resistirlo todo y puede ayudar. Y eso es lo que está
aprendiendo la hermana menor del cuento de Barba Azul.
Los esqueletos de la cámara representan, bajo la luz más positiva, la
fuerza indestructible de lo femenino, Arquetípicamente, los huesos repre-sentan
aquello que jamás se puede destruir. Los cuentos que giran en tor-no a los
huesos se refieren esencialmente a algo de la psique que no se puede destruir.
La única posesión que cuesta más destruir es nuestra al-ma.
Cuando hablamos de la esencia femenina, hablamos en realidad del alma
femenina. Cuando hablamos de los cuerpos esparcidos por el sótano, estamos
diciendo que algo le ocurrió a la fuerza del alma, pese a lo cual, aunque a la
mujer le hayan arrebatado la vitalidad exterior y aunque le hayan arrancado
esencialmente la vida, ésta no ha sido destruida por en-tero. Puede resucitar.
Y resucita por medio de la joven y de sus hermanas que, al final, pueden
romper las viejas pautas de la ignorancia gracias a su capacidad de contemplar
el horror y no apartar la mirada. Son capaces de ver y de resistir lo que ven.
Y aquí nos encontramos de nuevo en el espacio de La Loba, en la
ar-quetípica cueva de los huesos femeninos. Aquí tenemos los restos de lo que
antaño fuera la mujer completa. Sin embargo, a diferencia de los cícli-cos
aspectos de la vida y la muerte del arquetipo de la Mujer Salvaje que acoge la
vida que está a punto de morir, la incuba y la arroja de nuevo al mundo, Barba
Azul sólo mata y despedaza a la mujer cuando ésta no es más que unos huesos. Le
arrebata toda la belleza, todo el amor y todo su yo y, por consiguiente, toda
la capacidad de actuar en su propio nombre.
Para poner remedio a esta situación, las mujeres tenemos que contemplar
la cosa asesina que se ha apoderado de nosotras, ver el resultado de su
horrible trabajo, ser concientes de él, conservarlo en nuestra conciencia y
actuar en nuestro propio nombre y no en el suyo.
Los símbolos del sótano, la mazmorra y la cueva están todos
relacio-nados entre sí. Son los antiguos ambientes de la iniciación; lugares a
los que se dirige o por los que pasa o desciende una mujer hasta llegar a las
asesinadas, rompiendo los tabúes para descubrir la verdad y, por medio del
ingenio y/o de los tormentos, alcanzar el triunfo, desterrando, trans-formando
o exterminando al asesino de la psique. El cuento de Barba Azul nos muestra la
tarea que tenemos que llevar a cabo y nos da instrucciones muy claras:
localizar los cuerpos, seguir los instintos, contemplar lo que se tenga que
contemplar, echar mano del músculo psíquico y acabar con la fuerza destructora.
Si una mujer no contempla las cuestiones de su propia muerte y su propio
asesinato, seguirá obedeciendo los dictados del depredador. En cuanto abre la
puerta de la psique y ve hasta qué extremo está muerta y asesinada, comprende
de qué manera las distintas partes de su naturaleza femenina y de su psique
instintiva han sido asesinadas y han sufrido una lenta muerte detrás de una
espléndida fachada. Y, en cuanto comprende lo atrapada que está y el peligro
que corre su vida psíquica, está en condicio-nes de imponerse con más fuerza.
Retrocesos y serpenteos
Retroceder y serpentear es lo que hace un animal que se esconde ba-jo
tierra para escapar y aparecer a la espalda del depredador. Ésta es la maniobra
psíquica que lleva a cabo la esposa de Barba Azul para recupe-rar la soberanía
sobre su propia vida.
Al descubrir lo que él considera un engaño de su mujer, Barba Azul la
agarra por el cabello y la arrastra escaleras abajo. "¡Ahora te toca a ti!
", ruge. El elemento asesino del inconciente surge de golpe y amenaza con
destruir a la mujer conciente.
El análisis, la interpretación de los sueños, el conocimiento y la
ex-ploración de sí misma se llevan a cabo porque son medios para retroceder y
serpear, para desaparecer bajo tierra, salir por detrás de la cuestión y verla
desde una perspectiva distinta. Sin la capacidad de ver de verdad, se pierde lo
que se aprende acerca del yo-ego y del Yo numinoso*.
En Barba Azul la psique intenta evitar que la maten. Ha dejado de ser
ingenua y utiliza la astucia; pide que le concedan un poco de tiempo para
prepararse, en otras palabras, pide tiempo para armarse de valor con vistas a
la batalla final. En la realidad exterior, vemos que hay mujeres que también
planean sus fugas, ya sea de una antigua conducta destructi-va o bien de un
amante o un trabajo. Quieren ganar tiempo, esperan el momento oportuno, planean
su estrategia y echan mano de su poder inter-ior antes de llevar a cabo un
cambio exterior. A veces esta inmensa ame-
naza del depredador basta para que una mujer deje de ser una infeliz
acomodaticia y adquiera la recelosa mirada de los que están en guardia.
Por una curiosa ironía ambos aspectos de la psique, el depredador y el
potencial juvenil, llegan a su punto de ebullición. Cuando una mujer comprende
que ha sido una presa tanto en el mundo exterior como en el interior, casi no
lo puede resistir. Es algo que golpea de lleno la raíz de quién es ella y
entonces decide, y hace muy bien, matar la fuerza depreda-dora.
Entretanto, su complejo depredador está furioso porque ella ha abierto
la puerta prohibida y empieza a efectuar rondas de inspección en un intento de
cortarle todas las posibilidades de huida. La fuerza destruc-tora se convierte
en asesina y afirma que la mujer ha profanado lo más sagrado y ahora tiene que
morir.
Cuando unos aspectos contrarios de la psique de una mujer llegan al
punto de inflamación, cabe la posibilidad de que ésta se encuentre
in-creíblemente cansada, pues su libido se siente arrastrada en dos
direccio-nes contrarias. Sin embargo, aunque una mujer esté muerta de cansancio
por culpa de sus lamentables luchas, cualesquiera que éstas sean, y por muy
grande que sea su hambre de alma, tiene que planear la fuga y esfor-zarse por
seguir adelante. Este momento crítico es algo así como pasarse un día y una
noche seguidos a temperaturas bajo cero. Para poder sobre-vivir no tenemos que
rendirnos al cansancio. Quedarnos dormidas ahora equivaldría a una muerte
segura.
Ésta es la iniciación más profunda, la iniciación de una mujer en la
utilización de los sentidos instintivos que ella tiene para identificar y
des-terrar al depredador. Es el momento en que la mujer cautiva pasa de la
situación de víctima a una situación en la que se intensifica su perspica-cia,
sus ojos miran con expresión más taimada y se afina su oído. Es el momento en
el que, gracias a un esfuerzo casi sobrehumano, consigue que la extenuada
psique lleve a cabo su tarea final. Las preguntas clave la si-guen ayudando,
pues la llave sigue derramando la sangre de la sabiduría mientras el depredador
trata de impedir que adquiera conciencia de lo que ocurre. Su insensato mensaje
es: "Si adquieres conciencia, morirás." La respuesta de la mujer
consiste en inducirle a creer que ella es su volunta-ria víctima mientras
planea su muerte.
Dicen que, entre los animales, el depredador y su presa trenzan una
misteriosa danza psíquica. Dicen que, cuando la presa establece con el
de-predador cierto tipo de servil contacto visual y experimenta un temblor que
produce una leve ondulación de la piel sobre los músculos, reconoce su propia
debilidad y accede a convertirse en su víctima.
* Término forjado por el teólogo
y filósofo alemán Rudolf Otto (1869-1937) en referencia a lo divino o sagrado y
que Jung identifica con lo inconciente, tanto en su incoherencia des-tructora
(el aspecto demoníaco de Dios) como en su proyecto coherente con la realización
del Yo (el aspecto lógico de Dios). (N. de la T.)
Hay veces en que hay que temblar y correr, y hay otras en que no es
necesario hacerlo. En este momento crítico, una mujer no tiene que tem-blar y
no tiene que humillarse. La petición de tiempo que hace la joven es-posa de
Barba Azul para prepararse no es una muestra de sumisión al de-predador. Es su
astuta manera de hacer acopio de energía y transmitirla a los músculos. Como
ciertas criaturas del bosque, la esposa se está prepa-rando para lanzar un
ataque concentrado contra el depredador. Se escon-de bajo tierra para huir del
depredador y después emerge inesperadamente a su espalda.
El grito
Cuando Barba Azul llama a gritos a su mujer y ella procura
desespe-radamente ganar tiempo, lo que intenta en realidad es hacer acopio de
energía para vencer al depredador, tanto si se trata de una amenaza aisla-da
como si se trata de una religión, un marido, una familia o una cultura
destructivas o de los complejos negativos de una mujer.
La esposa de Barba Azul trata de salvar la vida, pero lo hace con
as-tucia. "Por favor -murmura-, deja que me prepare para la muerte."
"Sí -contesta él con un gruñido-, pero procura estar preparada.
"
La joven llama a sus hermanos psíquicos. ¿Qué representan éstos en la
psique de una mujer? Son los propulsores más musculosos y más natu-ralmente
agresivos de la psique. Representan la fuerza interior de una mu-jer, capaz de
entrar en acción cuando llega el momento de eliminar los im-pulsos malignos.
Aunque esta capacidad se representa aquí con sexo mas-culino, puede
representarse con ambos sexos y con cosas tales como una montaña que se cierra
para que no entre un intruso o un sol que descien-de por un instante para
quemar al merodeador y dejarlo achicharrado.
La esposa sube corriendo a su cámara, pide a sus hermanas que se
acerquen a las murallas y les pregunta: "¿Veis venir a nuestros
herma-nos?" Y las hermanas le contestan que todavía no ven nada. Mientras
Bar-ba Azul le ordena a gritos a su mujer que baje al sótano para decapitarla,
ella vuelve a preguntar: "¿Veis venir a nuestros hermanos?" Y las
herma-nas le contestan que les parece ver un torbellino o una polvareda en la
dis-tancia.
Aquí tenemos todo el guión de la oleada de fuerza psíquica que se
produce en el interior de una mujer. Sus hermanas -las más sabias- ocu-pan el
centro del escenario en esta última fase de la iniciación; se convier-ten en
sus ojos. El grito de la mujer recorre una larga distancia en el inter-ior de
la psique hasta llegar al lugar donde viven sus hermanos, es decir, donde viven
los aspectos de la psique que están adiestrados para luchar, y para luchar a
muerte en caso necesario. Pero, en un principio, los aspectos defensores de la
psique no están tan cerca de la conciencia como deberían estar. La rapidez y la
naturaleza combativa de muchas mujeres no están lo bastante cerca de su
conciencia como para que puedan resultar eficaces.
Una mujer tiene que practicar la llamada o el conjuro de su natura-leza
combativa, de los atributos del torbellino o la polvareda. El símbolo del
torbellino representa una fuerza central de determinación que, cuando se
concentra en lugar de desperdigarse, otorga una tremenda energía a la mujer.
Con esta resuelta actitud, la mujer no perderá la conciencia ni será enterrada
junto con lo demás. Resolverá de una vez por todas la matanza interior
femenina, su pérdida de libido y su pérdida de pasión por la vida. Aunque las
preguntas clave le proporcionan la abertura y la relajación ne-cesarias para su
liberación, sin los o)os de sus hermanas y sin la fuerza muscular de los
hermanos armados con espadas, no podría alcanzar un éxito absoluto.
Barba Azul llama a gritos a su esposa y empieza a subir ruidosa-mente
los peldaños de piedra. La mujer vuelve a preguntarles a sus her-manas:
"¿Y ahora los veis?" Y las hermanas le contestan: "¡Sí! Ahora
los vernos. Ya casi están aquí." Los hermanos entran al galope en el
castillo, irrumpen en la estancia y empujan a Barba Azul contra el parapeto.
Allí lo matan con sus espadas y lo dejan para los devoradores de carroña.
Cuando las mujeres emergen de nuevo a la superficie liberadas de su
arrastran consigo y hacia sí mismas algo inexplorado. En este caso, la mujer,
que ahora es más sabia y juiciosa, echa mano de una energía inter-ior
masculina. En la psicología junguiana, este elemento se denomina animus, un
elemento de la psique femenina parcialmente mortal, parcial-mente instintivo y
parcialmente cultural que se presenta en los cuentos de hadas y en los símbolos
oníricos bajo la apariencia de su hijo, su marido, un extraño y/o un amante,
que a veces reviste un carácter amenazador según las circunstancias psíquicas
del momento.
Esta figura psíquica posee un valor especial, pues tiene unas
cuali-dades que están tradicionalmente excluidas en las mujeres, siendo la
agresión una de las más habituales.
Cuando esta naturaleza de sexo contrario está sana, tal como la
simbolizan los hermanos del cuento de Barba Azul, ama a la mujer en la que
habita. Es la energía intrapsíquica que la ayuda a conseguir cualquier cosa que
desee. Es la depositaria de la fuerza muscular psíquica en con-traposición con
otras dotes que la mujer pueda poseer. Y es la que la ayu-dará y le prestará su
apoyo en su lucha por el conocimiento conciente. En muchas mujeres, este
aspecto contrasexual tiende un puente entre los mundos internos del pensamiento
y el sentimiento y el mundo exterior.
Cuanto más fuerte y más integralmente extenso sea el animus (lo podemos
considerar un puente), tanto mayores serán la capacidad, la faci-lidad y el
estilo con que la mujer manifestará de manera concreta sus ide-as y su labor
creativa en el mundo exterior. Una mujer con un animus po-co desarrollado tiene
muchas ideas y pensamientos, pero es incapaz de manifestarlos en el mundo
exterior. Siempre se queda a un paso de la or-ganización o puesta en práctica
de sus maravillosas imágenes.
Los hermanos representan el don de la fuerza y la acción. Al final y
gracias a ellos ocurren varias cosas: la primera es la neutralización de la
inmensa capacidad paralizadora del depredador en la psique de la mujer.
La segunda es la conversión de la dulce muchacha de ojos azules en una mujer de
mirada alerta y la tercera es la inmediata presencia de dos gue-rreros uno a su
derecha y otro a su izquierda en cuanto ella los llama.
Los devoradores de pecados
Barba Azul es desde el principio hasta el final un "incisivo"
relato acerca de la ruptura y la reunión. En la fase final del cuento, el
cuerpo de Barba Azul es abandonado para que los devoradores de carne -los
cormo-ranes, las aves de presa y los buitres- se lo lleven. Se trata de un
místico final muy extraño. En la antigüedad, se creía en la existencia de unas
al-mas devoradoras de pecados, personificadas por los espíritus, los pájaros,
los animales y, a veces, unos seres humanos que, como el chivo expiatorio,
asumían los pecados, es decir, los desperdicios psíquicos de la sociedad, de
tal manera que las personas se pudieran purificar y redimir de los es-combros
de una vida difícil o de una vida mal vivida.
Hemos visto cómo la naturaleza salvaje está ejemplificada en la
bus-cadora de muertos, en la que canta sobre los huesos de los muertos y los
devuelve a la vida. Esta naturaleza de Vida/Muerte/Vida es un atributo esencial
de la naturaleza instintiva de las mujeres. De igual modo, en la mitología
nórdica, los devoradores de pecados son unos carroñeros que devoran a los
muertos, los incuban en sus vientres y los conducen a Hel, que no es un lugar
sino una persona. Hel es la diosa de la Vida y de la Muerte y enseña a los
muertos a vivir hacia atrás. Éstos se van volviendo progresivamente más jóvenes
hasta que están en condiciones de volver a nacer y ser lanzados de nuevo a la
vida.
Esta acción de devorar los pecados y a los pecadores y su subsi-guiente
incubación y devolución a la vida constituye un proceso de indivi-duación de
los aspectos más despreciables de la psique. En este sentido, es justo y
conveniente que la energía se extraiga de los elementos depreda-dores de la
psique y se los mate por así decirlo para arrancarles sus pode-res. De esta
manera se pueden devolver a la Madre de la Vida/Muerte /Vida para que ésta los
transforme y re-cree en un estado menos conflicti-vo.
Muchos especialistas que han estudiado este cuento creen que Bar-ba Azul
representa una fuerza imposible de redimir 5. Pero yo percibo un terreno
adicional para este aspecto de la psique, no la transformación de un asesino en
serie en un profesor entrañable como mister Chips, sino más bien en una persona
que tiene que estar recluida en un espacio acep-table donde haya árboles y ella
pueda contemplar el cielo y recibir una alimentación adecuada y tal vez
escuchar música que serene su espíritu, en lugar de ser desterrada a un cuarto
de atrás de la psique donde se la torture y se la insulte.
Por otra parte, no quisiera dar a entender que no existe el mal
mani-fiesto e irredimible, pues no cabe la menor duda de que también existe. En
el transcurso del tiempo se ha tenido siempre la mística sensación de
que cualquier tarea de individuación llevada a cabo por los seres humanos
modifica también la oscuridad del inconciente colectivo el lugar en el que
habita el depredador. Jung dijo en cierta ocasión que Dios adquirió una mayor
conciencia 6 cuando los seres humanos incrementaron su nivel de conciencia y
señaló que los seres humanos hacen que el lado oscuro de Dios se ilumine cuando
sacan sus demonios personales a la luz del día.
No pretendo saber cómo se produce todo eso, pero, siguiendo la pau-ta
arquetípica, creo que es algo que se podría formular de la siguiente ma-nera:
En lugar de insultar al depredador de la psique o de huir de él, lo
descuartizamos. Y lo hacemos rechazando los pensamientos divisivos acerca de
nuestra vida espiritual y nuestro valor en particular. Para ello, atraparnos
los pensamientos envidiosos para evitar que crezcan y causen daño, y los
destruimos.
Y destruimos al depredador replicando a sus injurias con nuestras
educativas verdades. Depredador: "Nunca terminas nada de lo que
empie-zas." Usted: "Termino muchas cosas." Destruimos los
ataques del depre-dador natural, tomándonos en serio y trabajando con lo que
hay de cierto en lo que dice el depredador y descartando lo demás.
Destruimos al depredador conservando nuestras intuiciones y nues-tros
instintos y oponiendo resistencia a sus seducciones. Sí hiciéramos una lista de
todas las pérdidas que hemos sufrido hasta este momento de nuestras vidas,
recordando las veces en que sufrimos decepciones y fui-mos impotentes contra el
sufrimiento o tuvimos una fantasía llena de adornos y de azúcar glas,
comprenderíamos que ésos son los puntos vul-nerables de nuestra psique. En
estas partes deficientes y desvalidas se centra el depredador para ocultar su
propósito de arrastrar a la mujer al sótano, extraerle la energía y hacerse con
ella una tonificante transfusión de sangre.
Al final del cuento de Barba Azul, sus huesos y sus cartílagos se de-jan
para los buitres, lo cual nos permite comprender la profunda trans-formación
que se ha producido en el depredador. Es la última tarea de una mujer en este
último viaje "barbaazuliano": permitir que la naturaleza de la
Vida/Muerte/Vida despedace al depredador y se lo lleve para incubarlo,
transformarlo y devolverlo a la vida.
Si nos negamos a prestar atención al depredador, éste se queda sin
fuerzas y no puede actuar sin nuestra colaboración. En esencia, nosotros lo
empujamos al estrato de la psique donde toda creación carece todavía de forma y
lo dejarnos que hierva lentamente en aquella etérea sopa hasta el momento en
que podamos encontrarle una forma mejor. Cuando se en-trega el energum psíquico
del depredador, éste se puede configurar para otro propósito. Entonces somos
creadoras y la materia prima reducida se convierte en la materia de nuestra
propia creación.
Las mujeres lo descubren cuando vencen al depredador, toman lo útil,
descartan lo demás y se sienten rebosantes de vitalidad y de fuerza. Han
extraído del depredador lo que éste les había robado, es decir, el vigor
y a sustancia. Extraer la energía del depredador y convertirla en algo
útil se puede entender de las siguientes maneras: La furia del depredador se
puede transformar en un fuego espiritual capaz de llevar a cabo una gran tarea
mundial. La habilidad del depredador se puede utilizar para inspec-cionar y
comprender cosas desde lejos. La naturaleza asesina del depreda-dor se puede
usar para matar lo que conviene que muera en la vida de una mujer o lo que
conviene que muera en su vida exterior, tratándose de co-sas distintas en
momentos distintos. Por regla general, la mujer sabe muy bien lo que son.
Extraer las partes de Barba Azul es como extraer las partes medici-nales
del beleño o las sustancias curativas de la belladona y utilizarlas
cuidadosamente para sanar y ayudar. Entonces las cenizas que queden del
depredador volverán a cobrar vida, pero con un tamaño mucho más redu-cido,
mucho más identificable y con mucho menos poder para engañar y destruir, pues
ya se habrán extraído muchos de sus poderes destructores y éstos estarán
dirigidos a lo útil y lo pertinente.
Barba Azul es uno de los muchos cuentos didácticos que a mi juicio sol,
importantes para las mujeres que son jóvenes, no necesariamente en años, en
algún lugar de sus mentes. Es un cuento que gira en torno a la ingenuidad
psíquica, pero también en torno al valeroso quebrantamiento de la prohibición
de "mirar". Es un cuento que gira en torno a la descuarti-zación del
depredador natural de la psique y a la extracción de u energía.
Creo que el propósito del cuento es el de poner nuevamente en mar-cha la
vida interior. El cuento de Barba Azul es una medicina que hay que utilizar
cuando la vida interior de una mujer está atemorizada, paralizada o acorralada.
Las soluciones del cuento reducen el temor, administran do-sis de adrenalina en
los momentos oportunos y –lo más importante para el yo ingenuo atrapado- abren
puertas en unas paredes que previamente es-taban en blanco.
Es posible en suma que el cuento de Barba Azul haga aflorar a la
conciencia la llave psíquica, es decir, la capacidad de formular cualquier tipo
de pregunta acerca de la propia persona, la propia familia, las propias
actividades y la vida circundante. Entonces, como una criatura salvaje que
olfatea una cosa y la husmea por arriba, por abajo y por todas partes para
averiguar lo que es, la mujer es libre de buscar las verdaderas respuestas a
sus más profundas y oscuras preguntas. Y es libre de arrancarle los po-deres a
la cosa que la ha atacado y de transformar estos poderes que antes se habían
utilizado contra ella en su propio beneficio. Eso es la mujer sal-vaje.
El hombre oscuro de los sueños de las mujeres
El depredador natural de la psique no sólo está presente en los cuentos
de hadas sino también en la psique. Existe entre las mujeres un sueño de
iniciación universal tan frecuente que rara es la mujer que a )os
veinticinco años no lo ha tenido. El sueño suele dar lugar a que las
muje-res se despierten de golpe, ansiosas y angustiadas.
El esquema del sueño es el siguiente: La mujer está sola, a menudo en su
casa. En la oscuridad del exterior hay uno o más merodeadores. Muerta de miedo,
la mujer marca 7 el número de emergencia de la policía para pedir ayuda. De
repente, se da cuenta de que el merodeador está con ella en la casa, muy cerca
de ella, incluso le parece percibir su aliento... a lo mejor, hasta llega a
tocarla... y ella no puede marcar el número. La mu-jer se despierta de golpe,
respirando afanosamente y con el corazón latien-do en su pecho como un tambor.
El sueño acerca del hombre oscuro posee un aspecto marcadamente físico.
El sueño se acompaña a menudo de sudoración, forcejeos, respira-ción afanosa,
aceleración de los latidos del corazón y, a menudo, gritos y gemidos de terror.
Podríamos decir que el causante del sueño ha transmi-tido sutiles mensajes a la
mujer y ahora le envía imágenes que hacen es-tremecer su sistema nervioso
autónomo para que comprenda la urgencia del asunto.
El/los antagonista(s) de este sueño del "hombre oscuro" suelen
ser, en palabras de las propias mujeres, "terroristas, violadores,
malhechores, nazis de campos de concentración, merodeadores, asesinos,
criminales, gente rara, hombres malos, ladrones". La interpretación del
sueño tiene varios niveles según las circunstancias vitales y los dramas
interiores de la mujer.
Por ejemplo, este sueño es a menudo un indicador fidedigno de que la
conciencia de una mujer, tal como suele ocurrir en el caso de Una mujer muy
joven, está empezando a percatarse de la existencia del depredador psíquico. En
otros casos el sueño es un heraldo; la mujer acaba de descu-brir o está a punto
de descubrir una olvidada función de su psique que la tenía atrapada y de la
que puede empezar a liberarse. En otras circuns-tancias el sueño puede
referirse a una situación cada vez más intolerable de la cultura que rodea la
vida personal de la soñadora, en la que ésta se ve obligada a luchar o bien a
huir.
Primero vamos a intentar comprender las ideas subjetivas de este tema
aplicadas a la vida personal e interior de la soñadora. El sueño del hombre
oscuro revela a la mujer la apurada situación en la que se encuen-tra. El sueño
le habla de un comportamiento cruel para con ella, personifi-cado en el
malhechor. Como la esposa de Barba Azul, si la mujer puede hacer concientemente
la pregunta "clave" acerca de la cuestión y contes-tarla con
sinceridad, conseguirá salvarse. Entonces los atacantes, los me-rodeadores y
los depredadores de la psique ejercerán mucha menos pre-sión sobre ella y se
esconderán en un lejano estrato del inconciente. Allí la mujer podrá
enfrentarse con ellos con más tranquilidad en lugar de tener que hacerlo en una
situación de crisis.
El hombre oscuro de los sueños de las mujeres aparece cuando es
inminente una iniciación, es decir, un cambio psíquico desde un nivel de
conocimiento y comportamiento a otro nivel más maduro y enérgico de co-
nocimiento y acción. El sueño lo tienen las todavía no iniciadas y las
que ya son veteranas de varios ritos de paso, pues siempre hay nuevas
inicia-ciones. Por vieja que sea una mujer y por muchos años que transcurran,
siempre la esperan edades, fases y "primeras veces". En eso consiste
la ini-ciación: en la creación de un arco que una mujer tiene que cruzar para
pasar a una nueva modalidad de conocimiento y existencia.
Los sueños son portales, preparaciones y prácticas para la siguiente
fase de la conciencia, la del "día siguiente" del proceso de
individuación. Por consiguiente, la mujer puede tener el sueño del depredador
cuando sus circunstancias psíquicas son demasiado quiescentes o complacientes.
Podríamos decir que el sueño se produce para provocar en la psique una tormenta
que permita llevar a cabo una tarea un poco más enérgica. Pero un sueño de este
tipo también puede significar que la vida de la mujer tie-ne que cambiar, que
la mujer está atascada y no sabe qué hacer en pre-sencia de una elección
difícil, que se muestra reacia a dar el siguiente paso o a tomarse una
molestia, que se arredra ante la necesidad de luchar para arrancarle su poder
al depredador, que no está acostumbrada a ser/actuar /esforzarse a tope y en
toda la medida de su capacidad.
Los sueños acerca del hombre oscuro son también unas adverten-cias.
Dicen: ¡Presta atención! Ha ocurrido algo muy grave en el mundo ex-terior, en
la vida personal o en la cultura colectiva exterior. La teoría psi-cológica
clásica tiende, por absoluta omisión, a establecer una división en-tre la
psique humana y la tierra en la que viven los seres humanos y entre aquélla y
el conocimiento de las etiologías culturales del malestar y la in-quietud, y a
separar la psique de la política y de las actuaciones que confi-guran las vidas
interiores y exteriores de los seres humanos, como si el mundo exterior no
fuera tan irreal, no estuviera tan cargado de símbolos y no causara tanto
impacto ni se impusiera en la vida espiritual del indivi-duo con la misma
fuerza con que lo hace el ensordecedor ruido interior. La tierra, la cultura y
la política en las que vive una persona influyen tanto en su paisaje psíquico y
son tan inmerecedoras de consideración en este sen-tido como su propio ambiente
subjetivo.
Cuando el mundo exterior se ha introducido en la vida espiritual básica
de un individuo o de muchos, los sueños del hombre oscuro se in-tensifican.
Para mí ha sido una tarea fascinante haber recogido sueños de mujeres
trastornadas por algún acontecimiento de la cultura exterior, co-mo los de las
que viven cerca de las emanaciones tóxicas de la fundición de York City 8,
Idaho, los de algunas mujeres extremadamente conciencia-das y activamente
comprometidas en la acción social y la protección am-biental de las compañeras
guerrilleras de las áridas llanuras desérticas de la Quebrada de Centroamérica
9, de las mujeres de las Cofradías de los Santuarios 10 de Estados Unidos y de
las defensoras de los derechos civiles en el condado de Latino 11. Todas ellas
suelen soñar a menudo con el hombre oscuro.
Se puede pensar en general que, para las soñadoras ingenuas o no
informadas, los sueños son unas llamadas de atención: "¡Hola! Ten cuida-
do, estás en peligro." Para las mujeres concienciadas y
comprometidas en labores sociales, el sueño del hombre oscuro casi podría ser
un tónico que le recuerda a la mujer aquello a lo que se enfrenta y la anima a
mantener-se fuerte y en actitud vigilante y a seguir adelante con la tarea que
tiene entre manos.
Por consiguiente, cuando las mujeres sueñan con el depredador na-tural,
no se trata siempre ni exclusivamente de un mensaje acerca de la vida interior.
A veces es un mensaje acerca de los aspectos amenazadores de la cultura en la
que una vive, tanto si es la pequeña pero brutal cultura del despacho, de su
propia familia o de su barrio como si es la más amplia cultura de su religión o
de su país. Como se ve, cada grupo y cada cultura tiene su propio depredador
psíquico natural y sabemos por la historia que en las culturas hay algunas
épocas con las cuales el depredador se identi-fica y en cuyo ámbito ejerce una
soberanía absoluta hasta que el número de los que no creen en él se hace tan
grande que obliga a cambiar el curso de los acontecimientos.
Aunque buena parte de la psicología subraye la importancia de las causas
familiares de la ansiedad en los seres humanos, el componente cul-tural ejerce
tanta influencia como éstas, pues la cultura es la familia de la familia. Si la
familia de la familia padece varias enfermedades, todas las familias de esta
cultura tendrán que luchar contra las mismas dolencias. En mi herencia familiar
se dice que la cultura cura. Si la cultura sana, las familias aprenden a sanar,
discuten menos, son más restauradoras, mu-cho menos ofensivas y mucho más
benévolas y afectuosas. En una cultura dominada por el depredador, toda vida
nueva que tiene que renacer y toda vida vieja que tiene que desaparecer no
pueden moverse y las vidas espiri-tuales de los ciudadanos están paralizadas
tanto por el temor como por el hambre espiritual.
Nadie sabe a ciencia cierta por qué razón este intruso, que en los
sueños femeninos suele asumir la apariencia de un varón, intenta atacar la
psique instintiva y, más concretamente, sus capacidades salvajes de
co-nocimiento. Decimos que es algo de carácter intrínseco. Pero vemos que este
proceso destructor se intensifica cuando la cultura que rodea a una mujer
fomenta, alimenta y protege las actitudes destructivas contra la na-turaleza
instintiva y espiritual más profunda. De este modo, estos valores culturales
destructivos -con los cuales el depredador se muestra ávida-mente de acuerdo-
se va fortaleciendo en el interior de la psique colectiva de todos sus
miembros. Cuando una sociedad exhorta a la gente a descon-fiar y huir de la
profunda vida instintiva, se refuerza e intensifica un ele-mento autodepredador
en cada psique individual.
Sin embargo, hasta en una cultura opresiva, cualesquiera que sean las
mujeres en las que la Mujer Salvaje siga viviendo, prosperando e inclu-so
resplandeciendo, se harán preguntas "clave", no sólo las que
conside-ramos útiles para conocernos mejor sino también las que se refieren a
nuestra cultura. " ¿Qué hay detrás de estos destierros que yo veo en el
mundo exterior? ¿Qué bondad o utilidad del individuo, de la cultura, de la
tierra, de la naturaleza humana se ha matado o yace moribunda?"
Cuando se analizan estas cuestiones, la mujer puede actuar de acuerdo con sus
propias aptitudes y cualidades. Abrazar el mundo y comportarse con él de una
manera sentimental y fortalecedora del sentimiento es una poderosa
manifestación del espíritu salvaje.
Es por esta razón por la que se tiene que preservar la naturaleza
sal-vaje de las mujeres -y, en algunas circunstancias, incluso defenderla con
sumo cuidado- para que no se la lleven de repente y la estrangulen. Es muy
importante alimentar esta naturaleza instintiva, protegerla y favorecer su
desarrollo, pues incluso en las condiciones más restrictivas de cultura,
familia o psique, se produce una parálisis mucho menor en las mujeres que se
han mantenido en contacto con su profunda naturaleza instintiva salvaje. Aunque
una mujer sufra una lesión si es atrapada y/o inducida con engaño a seguir
siendo ingenua y sumisa, aún le queda la energía su-ficiente como para vencer a
su captor, esquivarlo, ganarle la carrera y, fi-nalmente, despedazarlo y
exprimirlo para poder utilizarlo de manera cons-tructiva.
Hay otro ejemplo concreto en el que es muy probable que las muje-res
tengan sueños en los que aparece el hombre oscuro y eso ocurre cuan-do los
rescoldos del propio fuego creador interno humean lentamente, cuando queda muy
poco combustible en el rincón o cuando la cantidad de ceniza blanca aumenta día
a día, pero el puchero está vacío. Estos síndromes se pueden producir incluso
cuando somos veteranas practican-tes de nuestro arte y también cuando por
primera vez empezamos a aplicar exteriormente nuestras aptitudes. Se producen
también cuando tiene lu-gar una incursión depredadora en la psique y, como
consecuencia de ello, descubrimos mil razones para hacer cualquier cosa excepto
quedarnos sentadas, permanecer de pie o dirigirnos a donde sea para realizar cual-quier
cosa que nos interese.
En estos casos, el sueño en el que aparece el hombre oscuro, aun-que
vaya acompañado de un temor angustioso, no es un sueño inquietante sino un
sueño muy positivo acerca de la conveniente y oportuna necesidad de despertar
ante la presencia de un movimiento destructivo que se está produciendo en la
propia psique, ante aquello que está apagando el propio fuego, entrometiéndose
en el propio vigor y robando el propio lugar, espa-cio y tiempo y el propio
territorio para crear.
A menudo la vida creativa experimenta una reducción de su ritmo o se
detiene porque hay algo en la psique que tiene una opinión muy negati-va de
nosotras y nosotras estamos allí abajo arrastrándonos a sus pies en lugar de
propinarle un sopapo y echar a correr en busca de la libertad. En muchos casos
lo que hace falta para enderezar una situación es que nos tomemos a nosotras y
tomemos nuestras ideas y nuestras aptitudes mu-cho más en serio de lo que hemos
venido haciendo hasta el momento. De-bido a las grandes brechas que se han
producido en la ayuda por línea materna (y por línea paterna) a lo largo de
muchas generaciones, la valora-ción de la propia vida creativa -es decir, de
las ideas absolutamente origi-
nales, bellas y artísticas y de las obras que nacen del alma salva)e- se
ha convertido en una cuestión perenne para las mujeres.
En mi consulta he visto muchas veces cómo ciertas poetas arrojaban las
páginas de su obra al diván como si su poesía fuera una basura y no un tesoro.
He visto a artistas que acudían con sus cuadros a la sesión y los golpeaban
contra el marco de la puerta al entrar. He visto encenderse un verde destello
en los ojos de las mujeres que procuran disimular su fu-ria por el hecho de que
otras sean capaces de crear y ellas, por alguna ex-traña razón, no puedan hacer
lo mismo.
He oído todas las excusas que pueden inventarse las mujeres: No tengo
talento. No soy importante. No tengo estudios. No tengo ideas. No sé hacerlo.
No sé qué. No sé cuándo. Y la más ofensiva de todas: No tengo tiempo. En tales
casos, siempre experimento el impulso de colocarlas boca abajo y sacudirlas
hasta que me prometan no volver a decir mentiras. Pero no es necesario que yo
las sacuda, pues eso ya lo hará el hombre oscuro de sus sueños y, si éste no lo
hace, lo hará el actor de otro sueño.
El sueño en el que aparece el hombre oscuro es un sueño que pro-duce
temor y los sueños de este tipo a menudo son muy buenos para la creatividad,
pues le revelan a las artistas lo que les ocurrirá si se dejan freír hasta
quedar convertidas en unas desgraciadas con talento. El sueño del hombre oscuro
suele ser suficiente para asustar a una mujer hasta el extremo de inducirla a
volver a crear. En el peor de los casos, la mujer podrá crear por lo menos una
tarea que la ayude a aclarar el significado del hombre oscuro de sus sueños.
La amenaza del hombre oscuro es una advertencia para todas noso-tras: si
no prestas atención a los tesoros que posees, éstos te serán arreba-tados. De
esta manera, cuando una mujer ha tenido uno o varios sueños de este tipo, cabe
deducir que se está abriendo la enorme puerta del terri-torio de iniciación en
el que se puede producir la revalorización de sus cualidades. Allí se podrá
identificar, apresar y liquidar cualquier cosa que la haya estado destruyendo y
robando sistemáticamente.
Cuando una mujer se afana en espiar al depredador de su propia psique,
reconoce su presencia y libra la necesaria batalla contra él, el de-predador se
retira a un lugar de la psique mucho más aislado y discreto. En cambio, si la
presencia del depredador es ignorada, éste se vuelve cada vez más malévolo y
celoso y mayor es su deseo de acallar a la mujer para siempre.
A un nivel muy mundano, es importante que una mujer tenga sue-ños del
tipo del hombre oscuro y de Barba Azul para poder eliminar de su vida la mayor
cantidad posible de negatividad. A veces es necesario limitar o espaciar
ciertas relaciones, pues cuando una mujer está rodeada exte-riormente por
personas que se muestran contrarias a su vida profunda o no sienten interés por
ella, esta circunstancia alimenta al depredador in-terior de la psique y
favorece el desarrollo de su musculatura y su capaci-dad de agresión contra la
mujer.
Las mujeres se muestran a menudo ambivalentes acerca de la nece-sidad de
atacar al intruso, pues creen que se trata de una situación en la que "mal
si lo hago y mal si no lo hago". Pero, si no se aparta, el hombre oscuro
se convertirá en su carcelero y ella en su esclava. Las mujeres te-men que el
intruso las persiga y las lleve de nuevo a la sumisión, y este temor se refleja
en el contenido de sus sueños.
Por esta razón las mujeres suelen matar sus naturalezas enteramen-te
originales, creativas, espirituales y salvajes en respuesta a las amenazas del
depredador. Y es por eso por lo que las mujeres se convierten en esque-letos y
cadáveres en el sótano de Barba Azul. Se enteraron de la existencia de la
trampa, pero demasiado tarde. La conciencia es el miedo de escapar de la
trampa, de escapar de la tortura. Es el camino para huir del hombre oscuro. Y
las mujeres tienen derecho a luchar con uñas y dientes para te-ner y conservar
la conciencia.
En el cuento de Barba Azul vernos de qué manera la mujer que cae víctima
del hechizo del depredador reacciona y huye de él, ya preparada para la próxima
vez. El cuento gira en torno a la transformación de cuatro confusas
introyecciones que son objeto de especial controversia acerca de las mujeres:
no tener una visión integral, no tener una profunda perspica-cia, no tener voz
original, no emprender acciones decisivas. Para desterrar al depredador tenemos
que abrir con llave o abrir con ganzúa no sólo nuestra propia persona sino
también otras cuestiones para ver lo que hay dentro. Tenemos que utilizar
nuestras facultades para resistir lo que ve-mos. Tenemos que decir nuestra
verdad con voz clara. Y tenemos que utili-zar nuestro ingenio para hacer lo que
sea necesario al respecto.
Cuando la naturaleza instintiva de una mujer es fuerte, ésta identifi-ca
intuitivamente al depredador innato a través del olfato, la vista y el oí-do,
se anticipa a su presencia, lo oye acercarse y adopta medidas para re-chazarlo.
El depredador se echa encima de la mujer cuyo instinto ha sido lesionado antes
de que ella advierta su presencia, pues su oído, su sabi-duría y su percepción
están dañados, sobre todo por culpa de introyeccio-nes que la exhortan a ser
amable, a comportarse bien y, especialmente, a mostrarse ciega ante los abusos
de que está siendo objeto.
Psíquicamente es difícil establecer a primera vista la diferencia entre
las no iniciadas que todavía son jóvenes y, por consiguiente, ingenuas, y las
mujeres cuyo instinto ha sido dañado. Ni unas ni otras saben gran co-sa acerca
del oscuro depredador y, por este motivo, todas siguen siendo crédulas. Pero,
afortunadamente para nosotras, cuando el elemento de-predador de la psique de
una mujer se pone en marcha, deja en sus sue-ños las inconfundibles huellas de
su paso. Y dichas huellas conducen fi-nalmente a su descubrimiento, captura y
contención.
La cura, tanto para la mujer ingenua como para aquella cuyo instin-to ha
sido lesionado, es la misma: Practicar la escucha de la propia intui-ción, de
la propia voz interior; hacer preguntas; sentir curiosidad; ver lo que se tenga
que ver; oír lo que se tenga que oír; y actuar desPués de acuerdo con aquello
que una sabe que es verdad. El alma recibe al nacer
las facultades intuitivas. Es posible que éstas estén cubiertas por años
y años de cenizas y excrementos, pero no es el fin del mundo, pues todo eso se
puede limpia r. Frotando, rascando y practicando, la capacidad de per-cepción
puede recuperar su estado inicial.
Si conseguimos sacar esta capacidad de las sombras de la psique, si ya
no seremos unas simples víctimas de las circunstancias internas o ex-ternas.
Cualquiera que sea la manera en que la cultura, la personalidad, la psique u
otro elemento exija que se vistan y se comporten las mujeres, por mucho que los
demás quieran mantener a las mujeres amordazadas y vigi-ladas por diez
adormiladas dueñas o carabinas, cualesquiera que sean las presiones con que se
pretenda reprimir la vida emocional de una mujer, nada podrá impedir que la
mujer sea lo que es, que eso sea el resultado del inconciente salvaje y que se
trate de algo muy pero que muy bueno.
Es importante recordar que, cada vez que tengamos sueños protago-nizados
por el hombre oscuro, siempre existirá el contrapeso de una fuerza contraria
preparada para echarnos una mano. Cuando recurrimos a la energía salvaje para
compensar los efectos del depredador, ¿saben quién aparece de inmediato? La
Mujer Salvaje se acerca salvando todas las va-llas, los muros y los obstáculos
que el depredador ha levantado. No es un icono que se cuelga en la pared como
si fuera un retablo. Es un ser vivo que viene a nosotras en cualquier lugar y
en cualquier situación. Ella y el depredador se conocen desde hace muchísimo
tiempo. Ella lo persigue a través de los sueños, a través de los cuentos y los
relatos y a través de la vida entera de las mujeres. Dondequiera que él esté
está ella, pues es la que contrapesa sus depredaciones.
La Mujer Salvaje enseña a las mujeres a no ser "amables"
cuando tengan que proteger sus vidas emocionales. La naturaleza salvaje sabe
que el hecho de actuar con "dulzura" en tales circunstancias sólo
sirve para provocar la sonrisa del depredador. Cuando la vida emocional está
amena-zada, el hecho de trazar en serio una línea de contención es no sólo
acep-table sino también preceptivo. Cuando la mujer así lo hace, su vida ya no
puede sufrir intromisiones durante mucho tiempo, pues ella se da cuenta
inmediatamente de lo que ocurre y puede empujar de nuevo al depredador al lugar
que le corresponde. Ya no es ingenua. Ya no es un blanco ni un objetivo. Y ésta
es la medicina que da lugar a que la llave -la llave pequeñi-ta con los adornos
encima- deje finalmente de sangrar.
CAPÍTULO 3
El rastreo de los hechos:
La recuperación de la intuición como iniciación
La muñeca en el bolsillo:
Vasalisa la Sabia
La intuición es el tesoro de la psique de la mujer. Es como un
ins-trumento de adivinación o una bola de cristal, por medio de la cual la
mu-jer puede ver con una misteriosa visión interior. Es como si tuviéramos
constantemente a nuestro lado a una sabia anciana que nos dijera qué es lo que
ocurre exactamente y si tenemos que girar a la derecha o a la iz-quierda. Es
una variedad de La Que Sabe, de la Mujer Salvaje.
En las tradiciones en las que yo crecí, las cuentistas profesionales
siempre estaban explorando los cimientos de alguna colina psíquica, siem-pre
andaban hundidas hasta las rodillas en el polvo de los cuentos, escar-bando
para eliminar siglos de tierra, excavando en los estratos de la cultu-ra y de
las conquistas, numerando todos los frisos y los frescos de los cuentos que
encontraban. A veces un cuento había quedado reducido a polvo, otras veces
faltaban algunos fragmentos o detalles o éstos habían sido eliminados, a menudo
la forma estaba intacta, pero el colorido había desaparecido. Aun así, en cada
excavación se abriga la esperanza de en-contrar todo un cuento intacto. El
cuento siguiente es uno de estos increí-bles tesoros.
En mi opinión, el viejo cuento ruso de "Vasalisa" 1 es un
cuento de iniciación femenina en el que se han perdido algunos huesos
esenciales. Gira en torno al hecho de que casi todas las cosas no son lo que
parecen. Como mujeres que somos echamos mano de nuestra intuición y de nues-tro
instinto para olfatear las cosas. Utilizamos todos nuestros sentidos pa-ra
extraer la verdad de las cosas, para exprimir el alimento de nuestras ideas,
para ver lo que es necesario ver, saber lo que es necesario saber, ser las guardianas
de nuestros propios fuegos creadores y adquirir un íntimo conocimiento de los
ciclos de la Vida/Muerte/Vida de toda la naturaleza... en eso consiste ser una
mujer iniciada.
Los cuentos cuya principal protagonista es Vasalisa se narran en Rusia,
Rumania, los países de la antigua Yugoslavia, Polonia y todos los países
bálticos. En algunos casos, el cuento se suele titular "Wassilissa la
Sabía". Yo he encontrado pruebas de que sus raíces arquetípicas se
re-montan por lo menos a los antiguos cultos de las diosas-caballo anteriores a
la cultura griega clásica. El cuento encierra una antiquísima planimetría
psíquica acerca de la introducción en el mundo subterráneo de la diosa
salvaje. Se refiere a cómo se infunde en las mujeres la capacidad
instintiva primaria de la Mujer Salvaje, es decir, la intuición.
La pauta de mi versión literaria del cuento de Vasalisa que aquí se
reproduce me la dio mi tía Kathé. Empieza con uno de los más antiguos trucos de
la narración de cuentos: "Había una vez y no había una vez ... 2 Esta
paradójica frase pretende llamar la atención del oyente sobre el hecho de que
el cuento tiene lugar en un mundo entre mundos en el que nada es lo que parece
a primera vista. Vamos allá.
Vasalisa
Había una vez y no había una vez una joven madre que yacía en su lecho
de muerte con el rostro tan pálido como las blancas rosas de cera de la
sacristía de la cercana iglesia. Su hijita y su marido permanecían senta-dos a
los pies de la vieja cama de madera, rezando para que Dios la condu-jera sana y
salva al otro mundo.
La madre moribunda llamó a Vasalisa y la niña se arrodilló al lado de
ella con sus botas rojas y su delantalito blanco.
-Toma esta muñeca, amor mío -dijo la madre en un susurro, sacan-do de la
colcha de lana una muñequita que, como la propia Vasalisa, lle-vaba unas botas
rojas, un delantal blanco, una falda negra y un chaleco bordado con hilos de
colores.
-Presta atención a mis últimas palabras, querida -dijo la madre-. Si
alguna vez te extraviaras o necesitaras ayuda, pregúntale a esta muñeca lo que
tienes que hacer. Recibirás ayuda. Guarda siempre la muñeca. No le hables a
nadie de ella. Dale de comer cuando esté hambrienta. Ésta es mi promesa de
madre y mi bendición, querida hija.
Dicho lo cual, el aliento de la madre se hundió en las profundidades de
su cuerpo donde recogió su alma y, cuando salió a través de sus labios, la
madre murió.
La niña y su padre la lloraron durante mucho tiempo. Pero, como un campo
cruelmente arado por la guerra, la vida del padre reverdeció una vez más en los
surcos y éste se casó con una viuda que tenía dos hijas. Aunque la madrastra y
sus hijas siempre hablaban con cortesía y sonreían como unas señoras, había en
sus sonrisas una punta de sarcasmo que el padre de Vasalisa no percibía.
Sin embargo, cuando las tres mujeres se quedaban solas con Vasali-sa, la
atormentaban, la obligaban a servirlas y la enviaban a cortar leña para que se
le estropeara la preciosa piel. La odiaban porque poseía una dulzura que no
parecía de este mundo. Y porque era muy guapa. Sus pe-chos brincaban mientras
que los suyos menguaban a causa de su maldad. Vasalisa era servicial y jamás se
quejaba mientras que la madrastra y sus
hermanastras se peleaban entre sí como las ratas entre los montones de
basura por la noche.
Un día la madrastra y las hermanastras ya no pudieron aguantar por más
tiempo a Vasalisa.
-Vamos... a... hacer que el fuego se apague y entonces enviaremos a
Vasalisa al bosque para que vaya a ver a la bruja Baba Yagá* y le suplique
fuego para nuestro hogar. Y, cuando llegue al lugar donde está Baba Yagá, la
vieja bruja la matará y se la comerá.
Todas batieron palmas y soltaron unos chillidos semejantes a los de los
seres que habitan en las tinieblas.
Así pues aquella tarde, cuando regresó de recoger leña, Vasalisa vio que
toda la casa estaba a oscuras. Se preocupó y le preguntó a su madras-tra:
-¿Qué ha ocurrido? ¿Con qué guisaremos? ¿Qué haremos para ilu-minar la
oscuridad?
-Qué estúpida eres -le contestó la madrastra-. Está claro que no
te-nemos fuego. Y yo no puedo salir al bosque porque soy vieja. Mis hijas
tampoco pueden ir porque tienen miedo. Por consiguiente, tú eres la única que
puede ir al bosque a ver a Baba Yagá y pedirle carbón para volver a encender la
chimenea.
-Muy bien pues, así lo haré -dijo inocentemente Vasalisa.
Y se puso en camino. El bosque estaba cada vez más oscuro y las ramitas
que crujían bajo sus pies la asustaban. Introdujo la mano en el profundo
bolsillo de su delantal donde guardaba la muñeca que su madre moribun-da le
había entregado. Le dio unas palmadas a la muñeca que guardaba en el interior
del bolsillo y se dijo:
-Es verdad, el simple hecho de tocar esta muñeca me tranquiliza.
A cada encrucijada del camino, Vasalisa introducía la mano en el
bolsillo y consultaba con la muñeca.
-Dime, ¿tengo que ir a la derecha o a la izquierda?
La muñeca le contestaba, "Sí", "No", "Por
aquí" o "Por allá". Vasalisa le dio a la muñeca un poco de pan
que llevaba y siguió el camino que parecía indicarle la muñeca.
De repente, un hombre vestido de blanco pasó al galope por su lado
montado en un caballo blanco e inmediatamente se hizo de día. Más ade-lante,
pasó un hombre vestido de rojo montado en un caballo rojo y salió el sol.
Vasalisa prosiguió su camino y, en el momento en que llegaba a la choza de Baba
Yagá, pasó un jinete vestido de negro trotando a lomos de un caballo negro y
entró en la cabaña de Baba Yagá. Enseguida se hizo de noche. La valla hecha con
calaveras y huesos que rodeaba la choza empezó a brillar con un fuego interior,
Iluminando todo el claro del bosque con su siniestra luz.
* En ruso, literalmente, Mujer Hechicera. (N. de la T.)
La tal Baba Yagá era una criatura espantosa. Viajaba no en un ca-rruaje
o un coche sino en una caldera en forma de almirez que volaba sola. Ella
impulsaba el vehículo con un remo en forma de mano de almirez y se pasaba el
rato barriendo las huellas que dejaba a su paso con una escoba hecha con el
cabello de una persona muerta mucho tiempo atrás.
Y la caldera volaba por el cielo mientras el grasiento cabello de Baba
Yagá revoloteaba a su espalda. Su larga barbilla curvada hacia arriba y su
larga nariz curvada hacía abajo se juntaban en el centro. Tenía una minúscula
perilla blanca y la piel cubierta de verrugas a causa de su trato con los
sapos. Sus uñas orladas de negro eran muy gruesas, tenían caba-lletes como los
tejados y estaban tan curvadas que no le permitían cerrar las manos en un puño.
La casa de Baba Yagá era todavía más extraña. Se levantaba sobre unas
enormes y escamosas patas de gallina de color amarillo, caminaba sola y a veces
daba vueltas y más vueltas como un bailarín extasiado. Los goznes de las
puertas y las ventanas estaban hechos con dedos de manos y pies humanos y la
cerradura de la puerta de entrada era un hocico de animal lleno de afilados
dientes. Vasalisa consultó con su muñeca y le preguntó:
-¿Es ésta la casa que buscamos?
Y la muñeca le contestó a su manera:
-Sí, ésta es la casa que buscas.
Antes de que pudiera dar otro paso, Baba Yagá bajó con su caldera y le
preguntó a gritos:
-¿Qué quieres?
La niña se puso a temblar.
-Abuela, vengo por fuego. En mi casa hace mucho frío... mi familia
morirá... necesito fuego.
Baba Yagá le replicó:
-Ah, sí, ya te conozco y conozco a tu familia. Eres una niña muy
ne-gligente... has dejado que se apagara el fuego. Y eso es una imprudencia. Y,
además, ¿qué te hace pensar que yo te daré la llama?
Vasalisa consultó con la muñeca y se apresuró a contestar:
-Porque yo te lo pido.
Baba Yagá ronroneó.
-Tienes mucha suerte porque ésta es la respuesta correcta.
Y Vasalisa pensó que había tenido mucha suerte porque había dado la
respuesta correcta.
Baba Yagá la amenazó:
-No te puedo dar el fuego hasta que hayas trabajado para mí. Si me haces
estos trabajos, tendrás el fuego. De lo contrario... -Aquí Vasalisa vio que los
ojos de Baba Yagá se convertían de repente en unas rojas brasas-. De lo
contrario, hija mía, morirás.
Baba Yagá entró ruidosamente en su choza, se tendió en la cama y ordenó
a Vasalisa que le trajera lo que se estaba cociendo en el horno. En el horno
había comida suficiente para diez personas y la Yagá se la comió
toda, dejando tan sólo un pequeño cuscurro y un dedal de sopa para
Vasa-lisa.
-Lávame la ropa, barre el patio, limpia la casa, prepárame la comida,
separa el maíz aflublado del maíz bueno y cuida de que todo esté en orden.
Regresaré más tarde para inspeccionar tu trabajo. Si no está listo, tú serás mi
festín.
Dicho lo cual, Baba Yagá se alejó volando en su caldera, usando la nariz
a modo de cataviento y el cabello a modo de vela. Y cayó de nuevo la noche.
Vasalisa recurrió a su muñeca en cuanto la Yagá se hubo ido.
-¿Qué voy a hacer? ¿Podré cumplir todas estas tareas a tiempo?
La muñeca le aseguró que sí y le dijo que comiera un poco y se fuera a
dormir. Vasalisa le dio también un poco de comida a la muñeca y se fue a
dormir.
A la mañana siguiente, la muñeca había hecho todo el trabajo y lo único
que quedaba por hacer era cocinar la comida. La Yagá regresó por la noche y vio
que todo estaba hecho. Satisfecha en cierto modo aunque no del todo porque no
podía encontrar ningún fallo, Baba Yagá dijo en tono despectivo:
-Eres una niña muy afortunada.
Después llamó a sus fieles sirvientes para que molieran el maíz e
inmediatamente aparecieron tres pares de manos en el aire y empezaron a raspar
y triturar el maíz. La paja voló por la casa como una nieve dorada. Al final,
se terminó la tarea y Baba Yagá se sentó a comer. Se pasó varias horas comiendo
y por la mañana le volvió a ordenar a Vasalisa que limpia-ra la casa, barriera
el patio y lavara la ropa.
Después le mostró un gran montón de tierra que había en el patio.
-En este montón de tierra hay muchas semillas de adormidera, mi-llones
de semillas de adormidera. Quiero que por la mañana haya un montón de semillas
de adormidera y un montón de tierra separados. ¿Me has entendido?
Vasalisa estuvo casi a punto de desmayarse.
-¿Cómo voy a poder hacerlo?
Introdujo la mano en el bolsillo y la muñeca le contestó en un susu-
rro:
-No te preocupes, yo me encargaré de eso.
Aquella noche Baba Yagá empezó a roncar y se quedó dormida y en-tonces
Vasalisa intentó separar las semillas de adormidera de la tierra. Al cabo de un
rato la muñeca le dijo:
-Vete a dormir. Todo irá bien.
Una vez más la muñeca desempeñó todas las tareas y, cuando la vie-ja
regresó a casa, todo estaba hecho. Baba Yagá habló en tono sarcástico con su
voz nasal:
-¡Vaya! Qué suerte has tenido de poder hacer todas estas cosas.
Llamó a sus fieles sirvientes y les ordenó que extrajeran aceite de las
semillas de adormidera e inmediatamente aparecieron tres pares de manos y lo
hicieron.
Mientras la Yagá se manchaba los labios con la grasa del estofado,
Vasalisa permaneció de pie en silencio.
-¿Qué miras? -le espetó Baba Yagá.
-¿Te puedo hacer unas preguntas, abuela? -dijo Vasalisa.
-Pregunta -replicó la Yagá-, pero recuerda que un exceso de
conoci-mientos puede hacer envejecer prematuramente a una persona.
Vasalisa le preguntó quién era el hombre blanco del caballo blanco.
-Ah -contestó la Yagá con afecto-, el primero es mi Día.
-¿Y el hombre rojo del caballo rojo?
-Ah, ése es mi Sol Naciente.
-¿Y el hombre negro del caballo negro?
-Ah, sí, el tercero es mi Noche.
-Comprendo -dijo Vasalisa.
-Vamos niña, ¿no quieres hacerme más preguntas? --dijo la Yagá en tono
zalamero.
Vasalisa estaba a punto de preguntarle qué eran los pares de manos que
aparecían y desaparecían, pero la muñeca empezó a saltar arriba y abajo en su
bolsillo y entonces dijo en su lugar:
-No, abuela. Tal como tú misma has dicho, el saber demasiado pue-de
hacer envejecer prematuramente a una persona.
-Ah -dijo la Yagá, ladeando la cabeza como un pájaro-, tienes una
sabiduría impropia de tus años, hija mía. ¿Y cómo es posible que seas así?
-Gracias a la bendición de mi madre -contestó Vasalisa sonriendo.
-¡¿La bendición?! -chilló Baba Yagá-. ¡¿La bendición has dicho?! En esta
casa no necesitamos bendiciones. Será mejor que te vayas, hija mía - dijo
empujando a Vasalisa hacia la puerta y sacándola a la oscuridad de la noche-.
Mira, hija mía. ¡Toma! -Baba Yagá tornó una de las calaveras de ardientes ojos
que formaban la valla de su choza y la colocó en lo alto de un palo-. ¡Toma!
Llévate a casa esta calavera con el palo. Eso es el fuego. No digas ni una sola
palabra más. Vete de aquí.
Vasalisa iba a darle las gracias a la Yagá, pero la muñequita de su
bolsillo empezó a saltar arriba y abajo y entonces Vasalisa comprendió que
tenía que tomar el fuego y emprender su camino. Corrió a casa a través del
oscuro bosque, siguiendo las curvas y las revueltas del camino que le iba
indicando la muñeca. Vasalisa salió del bosque, llevando la calavera que
arrojaba fuego a través de los orificios de las orejas, los ojos, la nariz y la
boca. De repente, se asustó de su peso y de su siniestra luz y estuvo a punto
de arrojarla lejos de sí. Pero la calavera le habló y le dijo que se
tranquilizara y siguiera adelante hasta llegar a la casa de su madrastra y sus
hermanastras. Y ella así lo hizo.
Mientras Vasalisa se iba acercando a la casa, la madrastra y las
hermanastras miraron por la ventana y vieron un extraño resplandor dan-zando en
el bosque. El resplandor estaba cada vez más cerca y ellas no
acertaban a imaginar qué podía ser. La prolongada ausencia de Vasalisa
las había inducido a pensar que ésta había muerto y que las alimañas se habían
llevado sus huesos y en buena hora.
Vasalisa ya estaba muy cerca de su casa. Cuando la madrastra y las
hermanastras vieron que era ella, corrieron a su encuentro, diciéndole que
llevaban sin fuego desde que ella se había ido y que, a pesar de que habían
intentado repetidamente encender otro, éste siempre se les apagaba.
Vasalisa entró triunfalmente en la casa, pues había sobrevivido al
peligroso viaje y había traído el fuego a su hogar. Pero la calavera que
es-taba contemplando todos los movimientos de las hermanastras y de la
madrastra desde lo alto del palo las abrasó y, a la mañana siguiente, el
malvado trío se había convertido en unas pavesas.
He aquí un brusco final para eliminar del cuento a unos personajes y
poder regresar de nuevo a la realidad. Hay muchos finales de este tipo en los
cuentos de hadas. Son una manera de llamar la atención de los oyen-tes para
devolverlos a la realidad.
El cuento de Vasalisa gira en torno al tema de la facultad femenina de
la intuición transmitida de madre a hija y de una generación a la si-guiente.
El gran poder de la intuición está formado por una vista interior, un oído
interior, una percepción interior y una sabiduría interior tan velo-ces como un
rayo.
A lo largo de las generaciones, estas capacidades intuitivas se
con-virtieron en unas corrientes enterradas en el interior de las mujeres a
cau-sa del desuso y de una infundada mala fama. No obstante, Jung señaló una
vez que en la psique jamás se pierde nada y yo creo que podemos te-ner la
certeza de que las cosas que se han perdido en la psique siguen es-tando allí.
Por consiguiente, este pozo de intuición femenina instintiva no se ha perdido y
cualquier cosa que esté escondida se puede recuperar.
Para comprender el sentido de este cuento, tenemos que saber que todos
sus componentes representan características de la psique de una sola mujer. Por
consiguiente, todos los aspectos del relato corresponden a una psique
individual y describen el proceso de iniciación al que se está sometiendo. La
iniciación se lleva a cabo cumpliendo unas tareas determi-nadas. En este
cuento, la psique tiene que llevar a cabo nueve tareas. Di-chas tareas se
centran en el aprendizaje de algo relacionado con la manera de actuar de la
Vieja Madre Salvaje.
Por medio del cumplimiento de estas tareas, la intuición de una mu-jer
-este sabio ser que acompaña a las mujeres dondequiera que vayan, examinando
todas las cosas de su vida y comentando la verdad de todas ellas con infalible
precisión- se vuelve a encajar en la psique de la mujer.
El objetivo es una afectuosa y confiada relación con este ser al que
hemos dado en llamar "la que sabe", la esencia del arquetipo de la
Mujer Salvaje.
En el rito de la vieja diosa salvaje, Baba Yagá, éstas son las tareas de
la iniciación:
Primera tarea:
Dejar morir a la madre demasiado buena
Al principio del cuento, la madre se está muriendo y cede a su hija un
importante legado.
Las tareas psíquicas de esta fase de la vida de la mujer son las
si-guientes: Aceptar que la solícita madre psíquica perennemente vigilante y
protectora no es adecuada como guía central de la propia vida instintiva futura
(muere la madre demasiado buena). Emprender las tareas de actuar con autonomía
y desarrollar la propia conciencia del peligro, la intriga y la política.
Ponerse en guardia por sí misma y para sí misma. Dejar morir lo que tiene que
morir. Cuando muere la madre demasiado buena, nace la nueva mujer.
En el cuento el proceso de iniciación empieza cuando la buena y querida
madre se muere. Ya no está allí para acariciar el cabello de Vasali-sa. En toda
nuestra vida como hijas, llega un momento en que la buena madre de la psique
-la que nos había sido útil anteriormente- se convierte en una madre demasiado
buena que, en su exagerado afán de protegernos, empieza a impedirnos responder
a los nuevos retos, obstaculizando con ello un desarrollo más profundo.
En el proceso natural de nuestra maduración, la madre demasiado buena
tiene que adelgazar y menguar progresivamente hasta que nos vea-mos obligadas a
cuidar de nosotras mismas de una manera distinta. Y, aunque siempre conservemos
la esencia de su calor, esta transición psíquica natural nos deja solas en un
mundo que no es maternal con no-sotras. Pero un momento. Esta madre demasiado
buena no es en absoluto lo que parece a primera vista. Debajo de la manta
guarda una muñequita para su hija.
Y en esta figura hay algo de la Madre Salvaje. Pero la madre dema-siado
buena no puede vivir todo este proceso hasta el final, pues es la ma-dre de los
dientes de leche, la dulce madre que todos los niños necesitan para poder
agarrarse al mundo psíquico del amor. Por consiguiente, aun-que esta madre
demasiado buena no pueda vivir ni seguir ejerciendo su influencia más allá de
un punto determinado de la vida de una muchacha, muriendo le hace un bien a su
hija. Bendice a Vasalisa con la muñeca y lo que hace es, tal como ya hemos
visto, extremadamente beneficioso.
La detención del proceso de iniciación de una mujer puede producir-se
por distintas razones, por ejemplo, cuando ha habido demasiadas pena-lidades
psicológicas en los comienzos de la propia vida, sobre todo si no ha habido una
madre "suficientemente buena" en los primeros años. La ini-ciación
también se puede estancar o quedar incompleta por no haber
habido la suficiente tensión en la psique, pues la madre demasiado buena
posee tanto vigor y resistencia como una mala hierba y sigue viviendo, echando
hojas y protegiendo en exceso a su hija por más que el guión diga
"Mutis". En esta situación, las mujeres suelen ser demasiado tímidas
como para adentrarse en el bosque y se resisten todo lo que pueden.
Tanto para ellas como para otras mujeres adultas a quienes los rigo-res
de la vida han apartado y separado de sus vidas profundamente intui-tivas y
cuya queja suele ser "Estoy harta de cuidar de mí misma", existe un
excelente y sabio remedio. La reafirmación, la recuperación de la pista o la
reiniciación permitirá restablecer la intuición profunda cualquiera que sea la
edad de la mujer. Esta intuición profunda es la que sabe lo que nos conviene y
lo que necesitamos y lo sabe con la rapidez de un relámpago, siempre y cuando
nosotras queramos anotar lo que ella nos dicte.
La iniciación de Vasalisa empieza cuando ésta aprende a dejar morir lo
que tiene que morir. Eso significa dejar morir los valores y las actitudes de
la psique que ya no le son útiles. Hay que examinar con especial dete-nimiento
aquellos férreos principios que hacen la vida demasiado cómoda, que protegen en
exceso, que hacen que las mujeres caminen como si se escabulleran de algo en
lugar de pisar con paso firme.
El período durante el cual disminuye la "madre positiva" de la
infan-cia -y desaparecen también sus actitudes- es siempre un período de
inten-so aprendizaje. Aunque existe un período de nuestras vidas durante el
cual nos mantenemos cerca de la protectora madre psíquica tal como debe ser
(por ejemplo, en nuestra infancia o durante la recuperación de una en-fermedad
o de un trauma psicológico o espiritual o cuando nuestras vidas corren peligro
y el hecho de estarnos quietas es nuestra salvación) y aun-que conservemos
grandes reservas de su ayuda para la vida futura, llega también el momento en
que hay que cambiar de madre, por así decirlo 4.
Si permanecemos demasiado tiempo con la madre protectora en nuestra
psique, no podremos enfrentarnos con los retos que se nos plante-en y
bloquearemos nuestro ulterior desarrollo. Con ello no quiero decir en modo
alguno que una mujer se tenga que lanzar a situaciones ofensivas o dolorosas
sino que tiene que fijarse en la vida un objetivo por el que esté dispuesta a
correr riesgos. A través de este proceso se afilarán sus faculta-des
intuitivas.
Entre los lobos, cuando una madre loba amamanta a sus lobeznos, tanto
ella como sus crías pasan mucho tiempo holgazaneando. Todos se echan los unos
encima de los otros en un gran revoltijo; el mundo exterior y el mundo de los
desafíos quedan muy lejos. Sin embargo, cuando la ma-dre loba enseña finalmente
a sus lobeznos a cazar y a rodear, suele mos-trarles los dientes, los
mordisquea, les exige que espabilen y los empuja si no hacen lo que ella les
pide.
Por consiguiente, es justo que, para que podamos proseguir nUestro
desarrollo, cambiemos la solícita madre interior que nos era beneficiosa en
nuestra infancia por otra clase de madre, una madre que habita en los
más hondos desiertos psíquicos y es no sólo una escolta sino también una
maestra, una madre afectuosa, pero también severa y exigente.
La mayoría de nosotras no deja que muera la madre demasiado buena cuando
llega el momento. Aunque esta madre demasiado buena no permita que afloren a la
superficie nuestras más desbordantes energías5 nos resulta tan cómodo y
agradable estar con ella que, ¿para qué dejarla? A menudo oímos unas voces
mentales que nos animan a conservarla y a mantenernos a salvo.
Estas voces dicen cosas tales como "Vamos, no digas eso", o
"No puedes hacerlo" o "Está claro que no eres hija [amiga,
compañera) mía si lo haces" o "Allí fuera hay muchos peligros" o
"Quién sabe qué va a ser de ti si te empeñas en abandonar este cálido
nido" o "Lo único que conseguirás será humillarte" o algo
todavía más insidioso, "Haz como que corres ries-gos, pero, en secreto,
quédate aquí conmigo". Éstas son las voces de la asustada y un tanto
irritada madre demasiado buena que anida en la psi-que. No lo puede remediar;
es como es. Sin embargo, si permanecemos unidas demasiado tiempo a la madre
demasiado buena, nuestra vida y nuestra capacidad de expresarnos se hundirán en
las sombras y, en lugar de fortalecernos, nos debilitaremos.
Y algo todavía peor; ¿qué ocurre cuando alguien reprime una des-bordante
energía y no le permite vivir? Como una cazuela de gachas de avena en malas
manos, aumenta, aumenta y aumenta de tamaño hasta que estalla y todo su
delicioso contenido se derrama al suelo. Por consi-guiente, hay que comprender
que, para que la psique intuitiva se fortalez-ca, es necesario que la bondadosa
y solícita protectora se retire. O quizá podríamos decir más propiamente que,
al final, nos Sentimos obligadas a abandonar aquel cómodo y agradable
tête-à-tête no porque nosotras lo hayamos planeado así y tampoco porque ya
estemos completamente pre-paradas para ello -una nunca está completamente
preparada-, sino porque algo nos espera en el lindero del bosque y nuestro
destino es ir a su en-cuentro.
Guillaume Apollinaire escribió: "Los llevamos al borde del abismo y
les ordenamos que volaran. Ellos no se movieron. "¡Volad!", les
dijimos. Pero ellos no se movieron. Los empujamos hacia el abismo. Y entonces
vo-laron."
Es frecuente que las mujeres teman dejar morir la vida demasiado cómoda
y demasiado segura. A veces una mujer se ha recreado en la pro-tección de la
madre demasiado buena y desea seguir igual por tiempo in-definido. Pero
seguramente está dispuesta a sentirse angustiada alguna vez, pues, de otro
modo, se hubiera quedado en el nido.
A veces, una mujer teme quedarse sin seguridad o sin certidumbre aunque
sólo sea por muy breve tiempo. Tiene más pretextos que pelos tie-nen los
perros. Pero es necesario que se lance y se mantenga firme sin sa-ber lo que
ocurrirá a continuación. Sólo así podrá recuperar su naturaleza instintiva.
Otras veces la mujer se siente atada por el hecho de ser la ma-dre demasiado
buena para otros adultos que se han agarrado a sus tetas y
no están dispuestos a permitir que ella los abandone. En este caso, la
mu-jer tiene que propinarles una patada con la pata trasera y seguir su
cami-no.
Y puesto que, entre otras cosas, la psique soñadora compensa todo
aquello que el ego no quiere o no puede reconocer, los sueños de una mu-jer
durante esta lucha están llenos, en contrapartida, de persecuciones, callejones
sin salida, coches que no se ponen en marcha, embarazos in-completos y otros
símbolos que representan el estancamiento de la vida. En su fuero interno la
mujer sabe que el hecho de ser demasiado dulce durante demasiado tiempo
equivale a estar un poco muerta.
Por consiguiente, el primer paso consiste en desprendernos del
res-plandeciente arquetipo de la siempre dulce y demasiado buena madre de la
psique. Así pues, dejamos la teta y aprendemos a cazar. Una madre sal-vaje está
esperando para enseñarnos. Pero, entretanto, la segunda tarea consiste en
conservar la muñeca en nuestro poder hasta que hayamos aprendido cuáles son sus
aplicaciones.
Segunda tarea:
Dejar al descubierto la tosca sombra
En esta parte del cuento, la "podrida" familia putativa 5
irrumpe e el mundo de Vasalisa y empieza a amargarle la vida. Las tareas de
esta fase son: Aprender de una manera todavía más conciente a soltar a la madre
excesivamente positiva. Descubrir que el hecho de ser buena, dulce y amable no
permite alcanzar la felicidad en la vida. (Vasalisa se convierte en una
esclava, pero eso no le sirve de nada.) Experimentar directamente la oscuridad
de la propia naturaleza, y concretamente los aspectos exclu-yentes, envidiosos
y explotadores del yo (la madrastra y las hermanas). Re-conocerlo de manera
inequívoca. Establecer las mejores relaciones posibles con las peores partes de
una misma. Permitir que crezca la tensión entre aquella que la mujer está
aprendiendo a ser y la que realmente es. Y, fi-nalmente, ir permitiendo que
muera el viejo yo y nazca el nuevo yo intuiti-vo.
La madrastra y las hermanastras representan los elementos
subdes-arrollados pero provocadoramente crueles de la psique. Se trata de los
elementos de sombra*, es decir, de unos aspectos de la personalidad que se
consideran indeseables o inútiles y que por esta razón se relegan a las
tinieblas. Por otra parte, el oscuro material negativo -el que con tanto afán
se dedica a destruir u obstaculizar la nueva vida también puede utilizarse en
beneficio propio tal como veremos más adelante. Cuando estalla y noso-tras
identificamos finalmente sus aspectos y sus orígenes, adquirimos más fuerza y
sabiduría.
En esta fase de la iniciación una mujer se siente acosada por las
mezquinas exigencias de su psique que la exhortan a acceder a cualquier cosa
que deseen los demás. Pero el cumplimiento de las exigencias ajenas da lugar a
una terrible comprensión de la que todas las mujeres tienen que
tomar nota. La comprensión de que el hecho de ser nosotras mismas hace
que muchos nos destierren y de que el hecho de acceder a las exigencias de los
demás hace que nos desterremos de nosotras mismas. La tensión es un tormento y
se tiene que resistir, pero la elección está muy clara.
Vasalisa se ve privada de cualquier tipo de privilegio, pues hereda y es
heredada por una familia que no puede comprenderla ni apreciarla. Por lo que a
ellas respecta, es innecesaria. La odian y la insultan. La tratan como a la
Forastera, la indigna de confianza. En los cuentos de hadas, el papel del
forastero o del proscrito suele estar representado por el personaje que está
más profundamente relacionado con la naturaleza sabia.
La madrastra y las hermanastras pueden interpretarse como unas criaturas
colocadas en la psique de la mujer por la cultura a la que ésta pertenece. La
familia putativa de la psique es distinta de la “familia del al-ma", pues
pertenece al superego, el aspecto de la psique que está estructu-rado de
acuerdo con las expectativas -saludables o no- que tiene cada so-ciedad en
particular con respecto a las mujeres. Estos estratos y estas exi-gencias
culturales -es decir, el superego- no son percibidos por las mujeres como algo
que emana de la psique del Yo emocional sino como algo proce-dente del
"exterior", de otra fuente que no es innata. Los estratos del
su-perego cultural pueden ser muy positivos o muy perjudiciales.
La familia putativa de Vasalisa es un ganglio intrapsíquico que pinza el
nervio vital de la vida. La madrastra y las hermanastras entran en esce-na como
un coro de viejas brujas que la pinchan diciendo: "No lo vas a po-der
hacer. No vales lo bastante. No tienes el valor suficiente. Eres estúpida, sosa
y vacía. No tienes tiempo. Sólo sirves para cosas sencillas. Tienes una
capacidad limitada. Déjalo mientras puedas." Pero, puesto que todavía no
es plenamente conciente de sus facultades, Vasalisa permite que este mal ponga
obstáculos a su cabo salvavidas.
Lo mismo nos ocurre a nosotras. Vemos en el cuento que la intuición que
tiene Vasalisa de lo que está ocurriendo a su alrededor es. muy vaga y que el
padre de la psique tampoco se da cuenta del ambiente hostil que lo rodea; él
también es demasiado bueno y carece de desarrollo intuitivo. Es curioso
observar que las hijas de padres ingenuos suelen tardar más en despertar.
Nosotras también estamos pinzadas cuando la familia putativa que
llevamos dentro o que nos rodea nos dice que no servimos para nada e in-siste
en que nos centremos en nuestros defectos en lugar de fijarnos en la crueldad
que se arremolina a nuestro alrededor, tanto si ésta emana de nuestra psique
como si emana de la cultura a la que pertenecemos.
* En la psicología analítica de
Jung, la "sombra” es el conjunto de modalidades y posibili-dades de
existencia que el sujeto no quiere reconocer como propias porque son negativas
con respecto a los valores codificados de la conciencia y que aleja de sí para
defender su propia identidad, pero con el riesgo de paralizar el desarrollo de
su personalidad. (N. de la T.)
No obstante, para poder ver algo necesitamos intuición y fuerza para
resis-tir lo que vemos. Es posible que, como Vasalisa, tratemos de ser amables
en lugar de ser astutas, Es posible que nos hayan enseñado a apartar a un lado
la aguda perspicacia para poder llevarnos bien con la gente. Sin em-bargo, la
recompensa que recibimos a cambio de ser amables 6 en circuns-tancias opresivas
consiste en una intensificación de los malos tratos. Aun-que una mujer piense
que el hecho de ser ella misma le granjeará la hosti-lidad de los demás, esta
tensión psíquica es precisamente lo que necesita para poder desarrollar el alma
y crear un cambio.
Por eso la madrastra y las hermanastras deciden enviar lejos a
Vasa-lisa, pensando en su fuero interno: "Vete al bosque, Vasalisa, vete a
ver a la Baba Yagá y, si sobrevives, ja, ja -cosa que no ocurrirá-, puede que
te aceptemos." Se trata de una idea de importancia decisiva, pues muchas
mujeres se quedan atascadas a medio camino de este proceso de inicia-ción...
como si estuvieran medio dentro y medio fuera del aro. A pesar de la existencia
del depredador natural de la psique que dice "¡Muérete!",
"¡Déjalo!" y "¿Por qué no te rindes?", de una manera
prácticamente au-tomática, la cultura en la que vive una mujer y la familia en
la que creció pueden intensificar dolorosamente este natural pero moderado
aspecto negativo de la psique.
Por ejemplo, las mujeres que se han criado en familias que no acep-tan
sus cualidades se lanzan una y otra vez al cumplimiento de impresio-nantes
hazañas... sin saber por qué. Experimentan la necesidad de tener tres
doctorados universitarios, colgar boca abajo desde la cumbre del Eve-rest o
llevar a cabo toda suerte de arriesgadas y costosas proezas que les ocupan
mucho tiempo para demostrar su valía a su familia. "¿Ahora me aceptáis?
¿No?. Muy bien pues (suspiro), ahora veréis." El ganglio de la familia putativa
nos pertenece cualquiera que sea el medio a través del cual lo hayamos
recibido, y nuestra obligación es deshacernos de él con autoridad. Sin embargo,
sabemos que, para que esta profunda tarea pueda seguir adelante, el hecho de
tratar de demostrar la propia valía al coro de celosas brujas es inútil y, tal
como veremos más adelante, incluso obsta-culiza la iniciación.
Vasalisa cumple sus tareas cotidianas sin quejarse. El hecho de
so-meterse puede parecer una heroicidad, pero, en realidad, provoca más
presiones y conflictos entre las dos naturalezas contrarias, la demasiado buena
y la demasiado exigente. Tal como ocurre con el conflicto entre el hecho de
someterse a los deseos de los demás y el de ser una misma, esta presión conduce
a un buen final. La mujer que se debate entre ambas co-sas va por buen camino,
pero tiene que dar los pasos que todavía le que-dan.
En el cuento, las parientes putativas exprimen hasta tal punto la
naciente psique que, a causa de sus intrigas, el fuego se apaga. En este
momento una mujer empieza a desorientarse. Puede que tenga frío, se sienta sola
y esté dispuesta a hacer cualquier cosa para recuperar el fuego. Ésta es justo
la sacudida que necesita la mujer demasiado amable para
poder proseguir su camino hacia su propio poder. Vasalisa tiene que
cono-cer a la Gran Bruja Salvaje porque necesita pegarse un buen susto.
Tene-mos que abandonar el coro de los detractores y adentrarnos en el bosque.
No podemos quedarnos y marcharnos al mismo tiempo.
Vasalisa, como nosotras, necesita una luz que la ayude a distinguir
entre lo que es bueno para ella y lo que no. No podrá desarrollarse mien-tras
siga siendo la criada de todo el mundo. Las mujeres que tratan de ocultar sus
más profundos sentimientos se están matando. El fuego se apaga. Es como una
dolorosa forma de cese temporal de las funciones vita-les. Pero, al mismo
tiempo y quizá con una cierta crueldad, el hecho de que el fuego se apague
ayuda a Vasalisa a salir de su sumisión. Y la indu-ce a morir a su antigua vida
y entrar temblando en una nueva vida basada en una clase más antigua y más
sabia de conocimiento interior.
Tercera tarea:
Navegar a oscuras
En esta parte del cuento, el legado de la madre muerta -la muñeca-guía a
Vasalisa a través de la oscuridad hasta la casa de Baba Yagá. Las tareas
psíquicas de esta fase: Acceder a adentrarse en el lugar de la pro-funda
iniciación (entrar en el bosque) y empezar a experimentar el nuevo numen de la
posesión de la capacidad intuitiva, percibido por la mujer como peligroso.
Aprender a desarrollar la percepción del misterioso incon-ciente y confiar
exclusivamente en los propios sentidos internos. Aprender el camino de regreso
a la casa de la Madre Salvaje (siguiendo las instruc-ciones de la muñeca).
Aprender a alimentar la intuición (dar de comer a la muñeca). Dejar que la
frágil doncella ignorante se muera un poco más. Desplazar el poder a la muñeca,
es decir, a la intuición.
La muñeca de Vasalisa procede de las reservas de la Vieja Madre Salvaje.
Las muñecas son uno de los simbólicos tesoros de la naturaleza instintiva. En
el caso de Vasalisa, la muñeca representa la vidita, la fuerza vital
instintiva, feroz y resistente. Por muy grande que sea el embrollo en el que
nos encontremos, ésta sigue viviendo oculta en nuestro interior.
A lo largo de muchos siglos los seres humanos han experimentado la
sensación de que las muñecas irradian no sólo santidad sino también ma-na 7,
una impresionante e irresistible presencia que actúa sobre las perso-nas,
provocando en ellas un cambio espiritual. Por ejemplo, entre los cu-randeros
rurales, la raíz de la mandrágora es alabada por su parecido con el cuerpo
humano, pues tiene apéndices en forma de brazos y piernas y una nudosa
protuberancia en forma de cabeza. Dicen que posee un gran poder espiritual. Se
cree que los que hacen los muñecos les infunden vida. Algunos se utilizan en
rituales, ceremonias, ritos de vudú, hechizos amo-rosos y maldades de todo
tipo. Cuando yo vivía entre los cuna de las islas situadas frente a la costa de
Panamá, las figurillas de madera se utilizaban como símbolos de autoridad para
recordarle a uno el propio poder.
Los museos de todo el mundo están llenos a rebosar de ídolos y
figu-rillas hechas de arcilla, madera y metales. Las figurillas del paleolítico
y el neolítico son muñecos. Las galerías de arte están llenas de muñecos. En el
arte moderno, las momias de tamaño natural de Segal envueltas en gasa son
muñecos. Desde muy antiguo, entre los miembros de las familias re-ales se han
venido regalando muñecos como señal de buena voluntad. En las iglesias rurales
de todo el mundo hay muñecos que son imágenes de santos. A las imágenes de los
santos no sólo se las baña con regularidad y se las viste con prendas
confeccionadas a mano sino que incluso se las "saca de paseo" para
que contemplen el estado de los campos y de la gente e intercedan en el cielo
en favor de los seres humanos.
El muñeco es el simbólico homunculus* 8, el símbolo de lo numinoso que
se oculta en los seres humanos, un pequeño y resplandeciente facsímil del Yo
original. Exteriormente, no es más que un muñeco. Pero, en realidad, representa
un minúsculo fragmento de alma que contiene toda la sabidur-ía del Yo
espiritual. En la muñeca está la voz en diminutivo de la vieja La Que Sabe.
El muñeco, está relacionado con los símbolos del duende, el trasgo, el
gnomo, el hada y el enano. En los cuentos de hadas éstos representan un
profundo latido de sabiduría dentro de la cultura de la psique. Son las
criaturas que llevan adelante la prudente obra interior y que jamás se can-san.
La psique actúa incluso cuando dormimos, muy especialmente cuan-do dormimos, e
incluso cuando no somos plenamente concientes de lo que hacemos.
De esta manera la muñeca representa el espíritu interior de las
mu-jeres; la voz de la razón interior, de la sabiduría y la conciencia
interiores. La muñeca es como el pajarillo de los cuentos de hadas que aparece
y habla en susurros al oído de la heroína, el que revela la existencia del
enemigo interior y dice lo que hay que hacer. Ésta es la sabiduría del
homunculus, el pequeño ser que llevamos dentro. Es nuestro socorredor
invisible, pero siempre accesible.
La mayor bendición que una madre puede dar a su hija es el sentido
cierto de la veracidad de su propia intuición. La intuición se transmite de
progenitor a hijo con la mayor sencillez posible: "Has juzgado muy bien.
¿Qué crees tú que hay detrás de todo eso?" Más que definir la intuición
como una especie de imperfecta rareza irracional, podríamos definirla co-mo la
auténtica voz del alma.
La intuición percibe el camino que hay que seguir para poder sacar el
ma-yor provecho posible de una situación. Tiene instinto de conservación,
cap-ta los motivos y la intención subyacente y opta por aquello que causará la
menor fragmentación posible en la psique.
* En latín diminutivo de homo, es
decir, "hombrecillo", pequeño ser dotado de poder so-brenatural que
los alquimistas afirmaban poder crear a partir de esperma y sangre, según las
indicaciones de Paracelso. (N. de la T.)
En el cuento de hadas el proceso es muy similar. La madre de Vasa-lisa
le hace un extraordinario regalo a su hija, uniéndola con la muñeca. La unión
con la propia intuición fomenta una serena confianza en ella, ocurra lo que
ocurra. Cambia la actitud de la mujer, haciéndola pasar de un "lo que sea
sonará" a un "Voy a ver todo lo que hay que ver".
¿Qué utilidad tiene esta intuición salvaje para las mujeres? Como el
lobo, la intuición tiene garras que abren las cosas y las inmovilizan, tienen
ojos que pueden ver a través de los escudos protectores de la persona y orejas
que oyen más allá del alcance del oído humano. Con estas formida-bles
herramientas psíquicas la mujer adquiere una astuta e incluso pre-cognitiva
conciencia animal 9 que intensifica su feminidad y agudiza su capacidad de
moverse confiadamente en el mundo exterior.
Ahora Vasalisa va en busca de unas brasas para volver a encender el
fuego. Cruza el bosque en medio de la oscuridad y lo único que puede hacer es
prestar atención a la voz interior de la muñeca. Está aprendiendo a confiar en
esta relación y está aprendiendo, además, otra cosa: a alimen-tar a la muñeca.
¿Qué hay que darle de comer a la intuición para que esté debida-mente
alimentada y responda a nuestra petición de explorar lo que nos rodea? Se le da
de comer vida... prestándole atención. ¿De qué sirve una voz sin un oído que la
reciba? ¿De qué sirve una mujer en la selva de la megápolis o de la vida
cotidiana si no puede oír y fiarse de la voz de La Que Sabe?
He oído decir a las mujeres, no cien sino mil veces: "Sé que
hubiera tenido que fiarme de mi intuición. Intuí que debería/no debería haber
hecho tal cosa o tal otra, pero no hice caso." Alimentamos el profundo yo
intuitivo prestándole atención y siguiendo sus consejos. Es un personaje por
derecho propio, un mágico ser del tamaño de una muñeca que habita en la tierra
psíquica del interior de la mujer. Si el músculo no se ejercita, al final se
debilita. A la intuición le ocurre exactamente lo mismo. Sin ali-mento, sin
ejercicio, se atrofia.
El alimento de la muñeca es un ciclo esencial del arquetipo de la Mujer
Salvaje, la guardiana de los tesoros ocultos. Vasalisa alimenta a la muñeca de
dos maneras, primero con un trozo de pan, un trozo de vida para su nueva
aventura psíquica, y después encontrando el camino de la casa de la Vieja Madre
Salvaje, la Baba Yagá. Si prestamos atención a la muñeca -en cada curva y en
cada encrucijada-, la muñeca indica por dónde se va a "casa".
Nosotras, como Vasalisa, fortalecemos nuestro víncu-lo con nuestra naturaleza
intuitiva prestando atención a nuestro interior a cada vuelta del camino.
"¿Tengo que ir por aquí o por allí? ¿Tengo que quedarme o me tengo que ir?
¿Tengo que resistir o ser flexible? ¿Tengo que huir o acercarme? ¿Esta persona,
este acontecimiento, esta arriesgada empresa es verdadera o falsa?"
A menudo la ruptura del vínculo entre la mujer y su intuición salva-je
se interpreta erróneamente como una ruptura de la intuición. Pero no es así. No
es la intuición la que se rompe sino más bien el don matrilineal de
la intuición, la transmisión de la confianza intuitiva entre una mujer y
to-das las mujeres de su linaje que la han precedido, es este largo río de
mu-jeres que se ha represado 10. Como consecuencia de ello, cabe la
posibili-dad de que la comprensión de la sabiduría intuitiva de una mujer se
debi-lite, pero ésta se puede recuperar y volver a manifestar plenamente por
medio del ejercicio 11.
Las muñecas se utilizan como talismanes. Los talismanes son
recor-datorios de lo que se siente, pero no se ve, de lo que es así, pero no
resulta obvio con carácter inmediato. El numen talismánico de la imagen de la
muñeca nos recuerda, nos dice y prevé las cosas. Esta función intuitiva
pertenece a todas las mujeres. Es una receptividad masiva y fundamental. No una
receptividad como la que antiguamente se enseñaba en la psicolog-ía
tradicional, es decir, la de un recipiente vacío sino una receptividad que consiste
en tener acceso inmediato a una profunda sabiduría que llega hasta los
mismísimos huesos de las mujeres 12.
Cuarta tarea:
El enfrentamiento con la Bruja Salvaje
En esta parte del cuento, Vasalisa se enfrenta cara a cara con la Bruja
Salvaje. Las tareas de este encuentro son las siguientes: Poder resis-tir la
contemplación del rostro de la temible diosa salvaje sin temblar, es decir,
poder enfrentarse con la imago* de la madre feroz (la reunión con la Baba
Yagá). Familiarizarse con el arcano, lo extraño, la "otredad" de lo
sal-vaje (vivir durante algún tiempo en la casa de Baba Yagá). Incorporar a
nuestras vidas algunos de sus valores, convirtiéndonos con ello en unos seres
un poco raros en el buen sentido (comiendo su comida). Aprender a enfrentarnos
con un gran poder, con el de los demás y posteriormente con el nuestro.
Dejar que muera un poco más la frágil niña demasiado dulce.
Baba Yagá vive en una casa que se levanta sobre unas patas de ga-llina y
que gira y da vueltas siempre que le apetece. En los sueños, el símbolo de la
casa representa la organización del espacio psíquico en el que habita una
persona tanto a nivel conciente como inconciente. Por una curiosa ironía, si
este cuento fuera un sueño equilibrador, la extraña casa significaría que la
persona, en este caso Vasalisa, es demasiado anodina y vulgar y necesita girar
y dar vueltas para averiguar qué tal sería bailar co-mo una gallina loca de vez
en cuando.
Vemos por tanto que la casa de la Yagá pertenece al mundo instinti-vo y
que Vasalisa necesita aumentar la presencia de este elemento en su
personalidad. Esta casa camina con sus patas de gallina y evoluciona en una
especie de danza saltarina. La casa está viva y rebosa de entusiasmo y de
alegría vital.
* En psicoanálisis, la
representación inconciente que preside la relación del sujeto con las cosas que
lo rodean. (N. de la T.)
Estos atributos son los principales fundamentos de la psique arquetípica
de la Mujer Salvaje; una gozosa y salvaje fuerza vital, en la que las casas
bailan, los objetos inanimados, como los almireces, vuelan como los pája-ros,
la vieja puede practicar la magia y nada es lo que parece, aunque sea en buena
parte mucho mejor de lo que parecía al principio.
Vasalisa empezó con lo que podríamos llamar una personalidad ex-terior
insípida y aplanada. Esta "hipernormalidad" se va apoderando poco a
poco de nosotras hasta hacer que nuestra vida se convierta en algo ruti-nario,
en una existencia exánime sin que nosotras lo queramos realmente. Esto fomenta
que no se preste atención a los dictados de la intuición 13, lo que a su vez
conlleva una falta de iluminación psíquica. Por consiguiente, tenemos que hacer
algo, tenemos que adentrarnos en el bosque, ir en bus-ca de la temible mujer
para evitar que algún día, bajando por la calle, se abra una tapa de
alcantarilla y algo inconciente nos agarre y nos sacuda como un trapo,
alegremente o no, más bien no, aunque siempre con buena intención 14.
La entrega de la muñeca intuitiva por parte de la dulce madre inicial
queda incompleta sin las pruebas a que nos somete la Vieja Salvaje y sin las
tareas que ésta nos encomienda. Baba Yagá es el tuétano de la psique instintiva
e integrada. Lo deducimos de lo que ella sabe acerca de todo lo que ha ocurrido
anteriormente. "Sí -dice cuando llega Vasalisa-, te conozco y conozco a
los tuyos." Además, en sus encarnaciones como Madre de los Días y Madre
Nyx (Madre Noche 15, una diosa de la Vida/Muerte/Vida), la vieja Baba Yagá es
la guardiana de los seres celestes y terrestres: el Día, el Sol Naciente y la
Noche. Los llama "mi Día, mi Noche".
Baba Yagá es temible, pues representa al mismo tiempo el poder de la
aniquilación y el poder de la fuerza vital. Contemplar su rostro es con-templar
la vagina dentata, unos ojos de sangre, el recién nacido perfecto y las alas de
los ángeles todo de golpe.
Y Vasalisa permanece allí y acepta a esta salvaje divinidad materna, con
su sabiduría, sus verrugas y todo lo demás. Una de las facetas más
extraordinarias de la Yagá descrita en este cuento es el hecho de que, a pesar
de sus amenazas, es justa. No le hace daño a Vasalisa siempre y cuando ésta la
respete. El respeto en presencia del poder es una lección esencial. Una mujer
tiene que ser capaz de permanecer en presencia del poder, pues, al final, una
parte de este poder será suya. Vasalisa se en-frenta a Baba Yagá sin
servilismo, jactancia o bravuconería y tampoco huye o se esconde. Se presenta
honradamente tal como es.
Muchas mujeres se están recuperando de sus complejos de
"amabi-lidad desmesurada", en los que, cualesquiera que fueran sus
sentimientos y quienquiera que las atacara, ellas reaccionaban con una dulzura
rayana en la adulación. Pero, aunque de día sonrieran amablemente, de noche
enseñaban los dientes como fieras, pues la Yagá de sus psiques estaba pugnando
por manifestarse.
Esta exagerada amabilidad y este afán de acomodarse a los deseos de los
demás suelen producirse cuando las mujeres temen desesperada-
mente ser privadas de sus derechos o ser consideradas
"innecesarias". Dos de los más conmovedores sueños que he oído en mi
vida los tuvo una jo-ven que necesitaba ser menos sumisa. En el primero de
ellos heredaba un álbum de fotos especial en el que figuraban unas fotografías
de la "Madre Salvaje". Se puso muy contenta hasta que, a la semana
siguiente, soñó que abría un álbum parecido y veía a una vieja horrible,
mirándola fija-mente. La bruja tenía unos dientes cubiertos de musgo y le
bajaba por la barbilla un hilillo de negro jugo de betel.
Este sueño es típico de las mujeres que se están recuperando de su
excesiva dulzura. El primer sueño revela un lado de la naturaleza salvaje...
el benévolo y generoso, todo lo que está bien en su mundo personal. Sin
embargo, cuando aparece la Mujer Salvaje con los dientes cubiertos de musgo,
entonces... ah, bueno, mmm... ¿no podríamos dejarlo para más tarde? La
respuesta es no.
El inconciente, con su habitual brillantez, muestra a la soñadora una
nueva forma de vivir que no es simplemente la sonrisa de dos dientes frontales
de la mujer demasiado amable. Enfrentarnos con este salvaje po-der creador que
llevamos dentro significa tener acceso a la miríada de ros-tros de lo femenino
subterráneo. Éstos son innatos en nosotras y podemos habitar en los que nos
sean más útiles en los distintos momentos.
En este drama de la iniciación, Baba Yagá es la naturaleza instintiva
disfrazada de bruja. Al igual que la palabra "salvaje", la palabra
"bruja" posee un matiz peyorativo, pero hace tiempo era un
calificativo que se aplicaba a sanadoras tanto jóvenes como viejas en la época
en que la ima-gen religiosa monoteísta aún no se había impuesto a las antiguas
culturas panteístas que entendían la Divinidad a través de múltiples imágenes
reli-giosas del universo y todos sus fenómenos. Pero, aun así, la bruja, la
na-turaleza salvaje y cualquier otra criatura u otro aspecto integral que la
cul-tura considera desagradables son en la psique de las mujeres unos
ele-mentos muy positivos que a menudo éstas necesitan recuperar y sacar a la
superficie.
Buena parte de la literatura acerca del tema del poder femenino afirma
que los hombres temen este poder. " ¡Madre de Dios! -siento deseos de
exclamar-. Hay muchas mujeres que también temen el poder femenino", pues
los viejos atributos y las fuerzas femeninas son muy amplios y son en efecto
impresionantes. Se comprende que la primera vez que se enfrentan cara a cara
con los Viejos Poderes Salvajes tanto los hombres como las mujeres los miren
con inquietud y den media vuelta; y que lo único que veamos de ellos sean el
envés de las pezuñas y las atemorizadas colas de lobo volando al viento.
Para que los hombres puedan aprender a resistirlo, está clarísimo que
las mujeres tienen que aprender a resistirlo. Para que los hombres puedan
comprender a las mujeres, éstas les tendrán que enseñar las con-figuraciones
del femenino salvaje. Para ello, la función soñadora de la psi-que conduce por
la noche a la Yagá y a todas sus huestes directamente a los dormitorios de las
mujeres durante el sueño. Con un poco de suerte, la
Yagá dejará sus grandes y anchas huellas en la alfombra al lado de
nues-tra cama. Vendrá a contemplar a aquellas que no la conocen. Cuando
lle-gamos tarde a nuestra iniciación, se pregunta por qué no vamos a visitarla
y es ella la que viene a visitarnos por la noche durante el sueño.
Una mujer a quien yo traté veía en sus sueños a unas mujeres vesti-das
con unos camisones hechos jirones, comiendo cosas que jamás se hubieran podido
encontrar en el menú de un restaurante. Otra mujer so-ñaba con una anciana que,
bajo la apariencia de una vieja bañera con pa-tas en forma de garras, hacía
vibrar sus cañerías y amenazaba con reven-tarlas a no ser que la soñadora
derribara una pared para que ella pudiera "ver". Una tercera mujer
soñaba que era una de las tres componentes de un grupo de tres ancianas ciegas,
sólo que ella perdía constantemente el carnet de conducir y tenía que abandonar
constantemente el grupo para buscarlo. En cierto sentido se podría decir que
tenía dificultades para identificarse con las tres Parcas, las fuerzas que
presiden la vida y la muerte en la psique. Pero con el tiempo ella también
aprendió a resistir y a no apartarse de lo que tanto miedo le daba al
principio, es decir, su propia naturaleza salvaje.
Todas estas criaturas de los sueños le recuerdan a la soñadora su yo
elemental: el Yo de la Yagá, el enigmático y profundo poder de la Madre de la
Vida/Muerte/Vida. Sí, estamos diciendo que ser yagaísta es bueno y tenemos que
resistirlo. Ser fuerte no significa tener músculos y hacer flexiones. Significa
afrontar la propia numinosidad sin huir, viviendo acti-vamente con la
naturaleza salvaje cada una a su manera. Significa poder aprender, poder
resistir lo que sabemos. Significa resistir y vivir.
Quinta tarea:
El servicio a lo irracional
En esta parte del cuento Vasalisa le ha pedido fuego a Baba Yagá y la
Yagá accede a dárselo... pero sólo en el caso de que, a cambio, ella se preste
a hacerle algunas tareas domésticas. Las tareas psíquicas de esta fase de
aprendizaje son las siguientes: Quedarse con la bruja, aclimatarse a los
grandes poderes salvajes de la psique femenina. Comprender su po-der (el propio
poder) y el de las purificaciones interiores; limpiar, clasificar, dar de
comer, construir energías e ideas (lavar la ropa de la Baba Yagá, guisar para
ella, limpiarle la casa y clasificar los elementos).
No hace mucho tiempo, las mujeres mantenían una estrecha rela-ción con
los ritmos de la vida y de la muerte. Aspiraban el intenso olor a hierro de la
sangre fresca del parto. Y lavaban también los cuerpos medio fríos de los
muertos. La psique de las mujeres modernas, sobre todo de las que pertenecen a
las culturas industriales y tecnológicas, se ven privadas a menudo de estas
benditas y fundamentales experiencias de transmisión directa. Pero hay un medio
para que la novata participe plenamente de los delicados aspectos de los ciclos
de la vida y la muerte.
Baba Yagá, la Madre Salvaje, es la maestra a la que podemos recu-rrir en
estas cuestiones. Ella enseña cómo ordenar la casa del alma. In-funde en el ego
un orden alternativo, en el que la magia puede ocurrir, la alegría es posible,
el apetito permanece intacto y las tareas se llevan a cabo con placer. Baba
Yagá es el modelo de la fidelidad al Yo. Enseña la muerte y la renovación.
En el cuento, le enseña a Vasalisa a cuidar de la casa psíquica de lo
femenino salvaje. La colada de Baba Yagá es un símbolo extraordinario. En los
países arcaicos, todavía en la actualidad, para lavar la ropa hay que bajar al
río y allí se hacen las abluciones rituales que la gente lleva haciendo desde
tiempos inmemoriales para renovar la ropa. Es un símbolo espléndido de la
purificación de toda la orientación de la psique.
En la mitología, el lienzo tejido es obra de las madres de la Vida/
Muerte/Vida. Por ejemplo, en el Viejo Continente tenemos a las Tres Par-cas:
Cloto, Láquesis y Átropo. En el Nuevo Continente tenemos a la Na’ashjé’ii
Asdzáá, la Mujer Araña que regaló el don del tejido a los diné (los navajos).
Estas madres de la Vida/Muerte/Vida enseñan a las mujeres la sensibilidad
necesaria para identificar lo que tiene que morir y lo que tiene que vivir, lo
que se tiene que cardar y lo que se tiene que tejer. En el cuento, Baba Yagá
encarga a Vasalisa hacer la colada para que este tejido, estos dibujos que
conoce la diosa de la Vida/Muerte/Vida, salgan al exte-rior y afloren a la
conciencia; para transmitirlos, lavarlos, renovarlos.
Lavar algo es un ritual de purificación eterno. Significa no sólo
puri-ficar sino también -como el bautismo, del latín baptisma, ablución,
inmer-sión- empapar, impregnar de numen espiritual y misterio. En el cuento, la
colada es la primera tarea. Significa tensar de nuevo lo que se había aflo-jado
con el uso. Las prendas de vestir son como nosotras, se siguen lle-vando hasta
que, como nuestras ideas y nuestros valores, se aflojan con el tiempo. La
renovación, la vivificación, tiene lugar en el agua, en el redes-cubrimiento de
lo que realmente consideramos verdadero, de lo que real-mente consideramos
sagrado.
En el simbolismo arquetípico, las prendas de vestir representan la
persona, lo primero de nosotros que ven los demás. La persona es una es-pecie
de camuflaje que sólo permite a los demás ver de nosotros lo que no-sotros
queremos que vean y nada más. Pero la persona tiene también otro significado
más antiguo, el que se encuentra presente en todos los ritos mesoamericanos y
que tan bien conocen las cantadoras, cuentistas y cu-randeras. La persona no es
una simple máscara detrás de la que uno se oculta sino una presencia que
eclipsa la personalidad exterior- En este sentido, la persona o máscara es un
signo de categoría, virtud, carácter y autoridad. Es el significador exterior,
la exhibición externa de dominio 16.
Me encanta esta tarea de iniciación que exige a la mujer purificar las
personas, las prendas de la autoridad de la gran Yagá del bosque, Lavando la
ropa de la Yagá, la mujer verá cómo se cosen las costuras de la persona y qué
patrones siguen los vestidos. Y no tardará en tener algunas de estas
personas en su armario entre otras que ha confeccionado a lo largo de
to-da su vida 17.
Se comprende fácilmente que los signos de poder y autoridad de la Yagá
-sus prendas de vestir- estén hechas tal como es ella desde un punto de vista
psicológico: fuerte y resistente. Lavar su ropa es una metáfora a través de la
cual aprendemos a presenciar, examinar y asumir esta combi-nación de
cualidades. Aprendemos a clasificar, remendar y renovar la psi-que instintiva
por medio de una purificatio, un lavado o purificación de las fibras del ser.
La siguiente tarea de Vasalisa es barrer la cabaña y el patio. En los
cuentos de hadas de la Europa oriental, las escobas suelen estar hechas con
ramas de árboles y arbustos y, a veces, de raíces de plantas fibrosas. La
misión de Vasalisa es pasar este objeto hecho con materia vegetal por los
sucios de la casa y el patio con el fin de eliminar los desechos. La mu-jer
sabia mantiene ordenado su ambiente psíquico, Y lo hace conservando la cabeza
clara, conservando un espacio libre para su trabajo Y esforzán-dose por llevar
a feliz término sus ideas y proyectos 18.
A muchas mujeres dicha tarea les exige que cada día dejen libre un
espacio pira la meditación, un espacio para vivir que sea indiscutiblemente
suyo y con papel, plumas, pinturas, herramientas, conversaciones, tiempo y
libertades destinadas exclusivamente a este fin muchas de ellas adquie-ren ese
tiempo y ese lugar especiales para el trabajo a través del Psicoaná-lisis la
contemplación, la meditación, la aceptación de la soledad y otras experiencias
de descenso y transformación. Cada mujer tiene sus prefe-rencias, su manera de
hacer.
Si la tarea se puede llevar a cabo en la cabaña de Baba Yagá, tanto
mejor. Pero incluso el hecho de llevarla a cabo en las inmediaciones de la
cabaña es mejor que lejos de ella. En cualquier caso, hay que ordenar la vida
salvaje con regularidad. No es bueno acudir a ella un día o unos cuantos días
al año.
Pero, puesto que lo que barre Vasalisa es la cabaña de Baba Yagá y
puesto que se trata del patio de Baba Yagá, estamos hablando también de
mantener claras y ordenadas las ideas insólitas. Entre estas ideas se in-cluyen
las que son poco habituales, las místicas, espirituales y extrañas 19.
Barrer la casa significa no sólo valorar la vida no superficial sino
también preocuparse por su limpieza. A veces las mujeres se hacen un lío con el
trabajo espiritual y descuidan su arquitectura hasta el punto de que la maleza
la invade. Poco a poco las estructuras de la psique se van lle-nando de malas
hierbas hasta convertirse prácticamente en una ruina ar-queológica oculta en el
inconciente de la psique. Un cíclico y decisivo ba-rrido impedirá que eso
ocurra. Cuando las mujeres limpian el espacio, la naturaleza salvaje se
desarrolla mejor.
Cuando queremos guisar para Baba Yagá, nos preguntamos literal-mente,
¿cómo se da de comer a la Baba Yagá de la psique, qué se le da de comer a una
diosa tan salvaje? En primer lugar, si alguien quiere guisar para la Yagá,
tiene que encender el fuego; una mujer tiene que estar dis-
puesta a arder al rojo vivo, a arder con pasión, a arder con palabras,
con ideas, con deseo de cualquier cosa que ella aprecie sinceramente. Esta
pa-sión es la que, de hecho, permite guisar y lo que se guisa son las sólidas
ideas originales de una mujer. Si alguien quiere guisar para la Yagá tiene que
procurar que debajo de la propia vida creativa haya un buen fuego.
A casi todas nosotras nos irían mejor las cosas si nos acostumbrá-ramos
a vigilar el fuego que arde debajo de nuestro trabajo, si vigiláramos con más
detenimiento el proceso de cocción destinado a alimentar el Yo salvaje.
Demasiado a menudo nos apartamos de la olla, de la cocina. Nos olvidamos de
vigilar, de añadir combustible y de remover. Pensamos erró-neamente que el
fuego y la cocción son como una de esas resistentes plan-tas de interior que
pueden pasarse ocho meses sin agua antes de perecer. Pero no es así. El fuego
necesita, exige vigilancia, pues la llama se apaga fácilmente. Hay que dar de
comer a la Yagá. El hecho de que pase hambre se paga muy caro.
Por consiguiente, la elaboración de nuevos platos completamente
originales, de nuevos rumbos, de compromisos con el propio arte y el pro-pio
trabajo es la que constantemente alimenta el alma salvaje. Estas mis-mas cosas
alimentan a la Vieja Madre Salvaje y le dan sustento en nuestra psique.
Sin el fuego, nuestras grandes ideas, nuestros pensamientos origina-les
y nuestros anhelos y aspiraciones no se .podrán guisar y todo el mun-do quedará
insatisfecho. Por otra parte, cualquier cosa que hagamos com-placerá a la Madre
Salvaje y nos alimentará a todas, siempre y cuando tenga fuego.
En el desarrollo de las mujeres todas estas acciones
"domésticas", el guisar, el lavar, el barrer, cuantifican algo que
rebasa los límites de lo or-dinario. Todas estas metáforas ofrecen maneras de
pensar, medir, alimen-tar, fortalecer, limpiar y ordenar la vida espiritual.
Vasalisa es iniciada en todas estas cosas y su intuición la ayuda a
realizar las tareas. La naturaleza instintiva tiene la habilidad de medir las
cosas a primera vista, pesar en un instante, limpiar los desperdicios que
rodean una idea, identificar la esencia de las cosas, infundirle vitalidad,
guisar las ideas crudas y preparar comida para la psique. Vasalisa, por medio
de la muñeca de la intuición, aprende a clasificar, comprender, or-ganizar y
mantener limpia y en orden la casa psíquica.
Aprende, además, que la Madre Salvaje necesita mucho alimento pa-ra
poder cumplir su función. A Baba Yagá no se la puede poner a régimen con una
hoja de lechuga y una taza de café cargado. Si la mujer quiere es-tar cerca de
ella, tiene que comprender que a la Madre Salvaje le apetecen ciertas cosas.
Para poder mantener una relación con lo antiguo femenino hay que guisar mucho.
Por medio de todas estas tareas Baba Yagá enseña y Vasalisa apren-de a
no retroceder ante lo grande y poderoso, lo cíclico, lo imprevisto, lo
inesperado, la, vasta e inmensa escala del tamaño de la naturaleza, lo ra-ro,
lo extraño y lo insólito.
Los ciclos femeninos según las tareas de Vasalisa son los siguientes:
Purificar los propios pensamientos y renovar regularmente los propios va-lores.
Eliminar las trivialidades que ocupan la psique, barrer el propio yo, limpiar
con regularidad los propios pensamientos y estados emocionales. Encender un
fuego duradero debajo de la vida creativa y guisar sistemáti-camente ideas
significa sobre todo guisar con originalidad mucha vida sin precedentes para
poder alimentar la relación entre la mujer y su naturale-za salvaje.
Vasalisa, gracias al tiempo pasado al lado de la Yagá, asumirá
final-mente una parte de los modos y el estilo de la Yagá. Y nosotras también.
Nuestra misión, a nuestra limitada manera humana, será ajustarnos a ella. Y eso
es lo que aprendemos a hacer, aunque nos sintamos al mismo tiempo intimidadas,
pues en la tierra de Baba Yagá hay cosas que vuelan por el aire de noche y que
se despiertan de nuevo al rayar el alba, todas ellas llamadas y evocadas por la
naturaleza instintiva salvaje. Están los huesos de los muertos que nos siguen
hablando, están los vientos, los des-tinos y los soles, la luna y el cielo, y
todo eso vive en el interior de su gran baúl. Pero ella mantiene el orden. El
día sigue a la noche y una estación sigue a otra. Baba Yagá no actúa al azar.
Es Rima y Razón.
En el cuento, la Yagá descubre que Vasalisa ha terminado todas las
tareas que se le han encomendado y se alegra, aunque también se decep-ciona un
poco por el hecho de no poder regañar a la chica. Por consiguien-te, para
asegurarse de que Vasalisa no dé nada por descontado, Baba Yagá le dice:
"Que hayas llevado a cabo el trabajo que te encomendé no significa que lo
puedas volver a hacer. O sea que aquí tienes otro día de tarea. A ver cómo te
las arreglas, querida, de lo contrario ... "
Una vez más, gracias a la ayuda de la guía intuitiva, Vasalisa termi-na
el trabajo y la Yagá le da a regañadientes y refunfuñando su aproba-ción, el
tipo de aprobación que suelen dar las viejas que han vivido mucho tiempo y han
visto muchas cosas que preferirían no haber visto, aunque se enorgullezcan en
cierto modo de haberlo hecho.
Sexta tarea:
La separación entre esto y aquello
En esta parte del cuento, Baba Yagá impone a Vasalisa dos tareas muy
difíciles. Las tareas psíquicas de una mujer son las siguientes: Aprender a
separar una cosa de la otra con el mejor criterio posible, aprender a
establecer sutiles distinciones de juicio (separando el maíz añublado del bueno
y sacando las semillas de adormidera mezcladas con un montón de tierra).
Observar el poder del inconciente y su funciona-miento incluso cuando el ego no
es conciente de ello (los pares de manos que aparecen en el aire). Aprender
algo más acerca de la vida (el maíz) y la muerte (las semillas de adormidera).
A Vasalisa se le pide que separe cuatro sustancias: que aparte el maíz
añublado del maíz bueno y que aísle las semillas de adormidera de la
tierra con la que están mezcladas. La muñeca intuitiva consigue realizar
ambas tareas. A veces, este proceso de clasificación se produce a un nivel tan
profundo que apenas somos concientes de él hasta que un día...
La clasificación a la que se refiere el cuento es la que se produce
cuando nos enfrentamos con un dilema o una pregunta, pero casi nada nos ayuda a
resolverlo. Sin embargo, si lo dejamos reposar y regresamos más tarde, es
posible que nos encontremos con una buena respuesta allí donde antes no había
nada. "Si nos vamos a dormir, a ver qué soñamos" 20, puede que la
vieja de los dos millones de años venga a visitarnos desde su tierra nocturna.
A lo mejor, nos traerá una solución o nos mostrará que la respuesta se
encuentra debajo de la cama o en nuestro bolsillo, en un libro o detrás de la
oreja. Se ha observado a menudo que una pregunta hecha antes de acostarse
engendra con la práctica una respuesta al des-pertar. Hay algo en la psique, en
la muñeca intuitiva, algo debajo, encima o en el inconciente colectivo que
clasifica el material mientras dormimos y soñamos 21. El hecho de confiar en
esta cualidad también forma parte de la naturaleza salvaje.
Simbólicamente, el maíz añublado posee un doble significado. En forma de
licor, se puede usar como sustancia embriagadora o como medi-camento. Hay un
tipo de micosis llamado tizón -un hongo velloso y ne-gruzco presente en el maíz
añublado- que se considera alucinógeno.
Varios estudiosos han formulado la hipótesis de que en los antiguos
ritos griegos de la diosa eleusina* se consumían sustancias alucinógenas
derivadas del trigo, la cebada, la adormidera o el maíz. Además, la
clasifi-cación del maíz que la Yagá le exige a Vasalisa está relacionada con la
re-colección de medicinas por parte de las viejas curanderas que hoy en día
siguen desarrollando esta labor en todo Norte, Centro y Sudamérica. Ve-mos
también los antiguos remedios y tratamientos de la curandera en la semilla de
adormidera, que es un soporífero y un barbitúrico, y también en la tierra que
se lleva utilizando desde la más remota antigüedad y se usa todavía actualmente
en emplastos y cataplasmas, en baños e incluso, en determinadas circunstancias,
para su ingestión oral 22.
Se trata de uno de los pasajes más deliciosos del cuento. El maíz bueno,
el maíz añublado, las semillas de adormidera y la tierra son vesti-gios de la
antigua botica curativa. Estas sustancias se utilizan como bálsamos, ungüentos,
infusiones y emplastos para la aplicación de otras medicinas al cuerpo. Como
metáforas también son medicinas para la men-te; algunas alimentan, otras
favorecen el descanso, otras provocan langui-dez y otras son estimulantes. Son
facetas de los ciclos de la Vida/Muerte/ Vida. Baba Yagá no sólo le pide a
Vasalisa que separe esto de aquello para establecer la diferencia entre cosas
parecidas -como el verdadero amor del falso amor, la vida nutricia de la vida
inútil- sino que, además, le pide que diferencie una medicina de otra.
* Deméter, en cuyo templo de la
ciudad de Eleusis se celebraban unos misterios en su honor (N. de la T.)
Como los sueños, que pueden interpretarse a nivel objetivo sin que
pierdan su realidad subjetiva, estos elementos de las medicinas/alimento
también tienen un significado simbólico para nosotras. Como Vasalisa, también
tenemos que clasificar nuestros agentes curativos psíquicos, cla-sificar
incesantemente con el fin de comprender que el alimento de la psi-que es
también una medicina para la psique, y extraer la verdad y la esen-cia de todos
estos agentes curativos para nuestro propio alimento.
Todos estos elementos y estas tareas le enseñan a Vasalisa la
exis-tencia de los ciclos de la Vida/Muerte/Vida, del toma y daca del cuidado
de la naturaleza salvaje. A veces, para aproximar a una mujer a esta
natu-raleza, le pido que cuide un jardín. Un jardín psíquico o un jardín con
ba-rro, tierra, plantas y todas las cosas que rodean, ayudan y atacan. Y que se
imagine que este jardín es la psique. El jardín es una conexión concreta con la
vida y la muerte. Incluso se podría decir que existe una religión del jardín,
pues éste nos imparte unas profundas lecciones psicológicas y es-pirituales.
Cualquier cosa que le pueda ocurrir a un jardín le puede ocurrir también al
alma y a la psique: demasiada aguay demasiado poca, plagas, calor, tormentas,
invasiones, milagros, muerte de las raíces, renacimiento, beneficios, curación,
florecimiento, recompensas, belleza.
Durante la vida del jardín, las mujeres llevan un diario en el que
anotan todas las señales de aparición y desaparición de vida. Cada entra-da
crea un alimento psíquico. En el jardín aprendemos a dejar que los
pensamientos, las ideas, las preferencias, los deseos e incluso los amores
vivan y mueran. Plantamos, arrancamos, enterramos. Secamos semillas, las
sembramos, las mojamos, las cuidamos y cosechamos.
El jardín es una práctica de meditación en cuyo transcurso vemos cuándo
es preciso que algo muera. En el jardín se puede ver llegar el mo-mento tanto
de la fructificación como de la muerte. En el jardín nos mo-vemos, no contra
sino con las inhalaciones y las exhalaciones de una más vasta naturaleza
salvaje.
A través de esta meditación reconocemos que el ciclo de la Vida/
Muerte/Vida es algo natural. Tanto la naturaleza que da vida como la que se
enfrenta con la muerte están deseando nuestra amistad y nuestro eter-no amor.
En el transcurso de este proceso nos convertimos en algo análogo a lo salvaje
cíclico. Tenemos capacidad para infundir energía y fortalecer la vida y también
para apartarnos del camino de lo que se muere.
Séptima tarea:
La indagación de los misterios
Una vez completadas con éxito sus tareas, Vasalisa le hace a la Yagá
unas cuantas preguntas muy acertadas. Las tareas de esta fase son las
siguientes: Preguntar y tratar de aprender algo más acerca de la naturale-za de
la Vida/Muerte/Vida y de sus funciones (Vasalisa hace preguntas acerca de los
jinetes). Aprender la verdad acerca de la capacidad de com-
prender todos los elementos de la naturaleza salvaje ("saber
demasiado puede hacer envejecer prematuramente a una persona") 23.
Todas empezamos con la pregunta "¿Qué soy yo realmente? ¿Cuál es mi
trabajo aquí?". La Yagá nos enseña que somos Vida/Muerte/Vida, que éste es
nuestro ciclo, nuestra especial percepción de lo profundo femenino. Cuando yo
era pequeña, una de mis tías me contó la leyenda de "Las Mu-jeres del
Agua" de nuestra familia. Me dijo que a la orilla de todos los lagos vivía
una joven que tenía las manos viejas. Su primera misión era infundir tüz -algo
que se podría traducir como alma o "fuego espiritual"- en docenas de
preciosos patos de porcelana. Su segunda misión era darles cuerda con unas
llaves de madera insertadas en las plumas del dorso. Cuando se les acababa la
cuerda, los patos se caían y sus cuerpos se rompían y entonces ella tenía que
abanicar con su delantal a las almas que salían para enviar-las al cielo. Su
cuarta tarea era volver a infundir tüz en otros preciosos pa-tos de porcelana,
darles cuerda y liberarlos hacia sus vidas...
El cuento del tüz es uno de los que con más claridad explican qué hace
exactamente la madre de la Vida/Muerte/Vida con el tiempo de que dispone.
Psíquicamente, la Madre Nyx, Baba Yagá, las Mujeres del Agua, La Que Sabe y la
Mujer Salvaje constituyen distintas imágenes, distintas edades, distintos
estados de ánimo y aspectos del Dios de la Madre Salva-je. La infusión de tüz
en nuestras ideas, nuestras vidas y las vidas de los que se relacionan con
nosotros es nuestra tarea. El envío del alma hacia su hogar es nuestra tarea.
La liberación de una lluvia de chispas que lle-nan el día y crean una luz que
nos permite encontrar el camino a través de la noche es nuestra tarea.
Vasalisa pregunta acerca de los jinetes que ha visto mientras trataba de
encontrar el camino de la cabaña de Baba Yagá; el hombre blanco mon-tado en el
caballo blanco, el hombre rojo montado en el caballo rojo y el hombre negro
montado en el caballo negro. La Yagá, como Deméter, es una vieja diosa
madre-caballo, asociada con el poder de la yegua y tam-bién con la fecundidad.
La cabaña de Baba Yagá es una cuadra para los caballos multicolores y sus
jinetes. Las parejas de hombre-caballo hacen que el sol nazca y cruce el cielo
de día, y extienden el manto de la oscuri-dad sobre el cielo nocturno. Pero hay
más.
Los jinetes negro, rojo y blanco lucen los colores que antiguamente
simbolizaban el nacimiento, la vida y la muerte. Estos colores también
re-presentan los antiguos conceptos del descenso, la muerte y la resurrec-ción;
el negro simboliza la disolución de los propios valores, antiguos, el rojo
representa el sacrificio de las ilusiones que antaño se consideraban valiosas y
el blanco es la nueva luz, la nueva sabiduría que procede del hecho de haber
conocido a los dos primeros.
Las antiguas palabras utilizadas en la época medieval son nigredo,
negrura; rubedo, rojez; y albedo, blancura, y describen una alquimia 24 que
sigue el ciclo de la Mujer Salvaje, la obra de la Madre de la Vida/Muerte
/Vida. Sin los símbolos del alba, el ascenso de la luz y la misteriosa
oscu-ridad, la mujer no sería lo que es. Sin el crecimiento de la esperanza en
nuestros corazones, sin la luz estable -de una vela o de un sol- que nos
permita distinguir una cosa de otra en nuestra vida, sin una noche en la que
todas las cosas se serenan y de la que todas las cosas pueden nacer, nosotras
tampoco podríamos utilizar con provecho nuestras naturalezas salvajes.
Los colores del cuento son extremadamente valiosos, pues cada uno de
ellos posee su naturaleza mortal y su naturaleza vital. El negro es el color
del barro, de lo fértil, de la sustancia esencial en la que se siembra n las
ideas. Pero el negro es también el color de la muerte, del oscurecimien-to de
la luz. Y el negro tiene incluso un tercer aspecto. Es también el color
asociado con aquel mundo entre los mundos en el que se asienta La Loba, pues el
negro es el color del descenso. El negro es la promesa de que muy pronto la
mujer sabrá algo que antes no sabía.
El rojo es el color del sacrificio, de la cólera, del asesinato, del ser
atormentado y asesinado. Pero también es el color de la vida vibrante, de la
emoción dinámica, de la excitación, del eros y del deseo. Es un color que se
considera una poderosa medicina contra las dolencias psíquicas, un color que
despierta el apetito. Hay en todo el mundo una figura conocida como la madre
roja 25. No es tan famosa como la madre negra o la virgen negra, pero es la
guardiana de las "cosas que brotan". Es especialmente invocada por
aquellas que están a punto de dar a luz, pues quienquiera que abandone este
mundo o venga a este mundo tiene que cruzar su rojo río. El rojo es la promesa
de que está a punto de producirse un crecimien-to o un nacimiento.
El blanco es el color de lo nuevo, lo puro, lo prístino. Es también el
color del alma liberada del cuerpo, del espíritu liberado del estorbo de lo
físico. Es el color del alimento esencial, la leche de la madre. Por contra, es
también el color de la muerte, de las cosas que han perdido su aspecto más
favorable, su torrente de vitalidad. Donde hay blancura, todo es de momento una
tabula rasa en la que no se ha escrito nada. El blanco es la promesa de que
habrá alimento suficiente para que las cosas empiecen de nuevo, de que el vacío
se llenará.
Aparte de los jinetes, tanto Vasalisa como su muñeca visten de rojo,
blanco y negro. Vasalisa y su muñeca son el anlagen alquímico. Juntas dan lugar
a que Vasalisa sea una pequeña Madre de la Vida/Muerte/Vida en ciernes. El
cuento tiene dos epifanías o revelaciones. La vida de Vasali-sa se revitaliza
gracias a la muñeca y a su encuentro Con Baba Yagá y co-mo consecuencia de
ello, gracias a todas las tareas que aprende a domi-nar. Hay también dos
muertes en el cuento: la de la inicial madre dema-siado buena y la de su
familla putativa. Pero enseguida nos damos cuenta de que son unas muertes
necesarias pues al final infieren a la joven psique una vida mucho más plena.
De ahí la importancia del dejar vivir y el dejar morir. Se trata del
ritmo básico natural que las mujeres tienen que comprender y vivir. Cuando se
capta este ritmo, se reduce el temor, pues podemos anticipar-nos al futuro, a
los temblores del suelo y a los vaciamientos de lo que
aquél contendrá. La muñeca y la Yagá son las madres salvajes de todas
las mujeres; las que nos ofrecen las perspicaces dotes intuitivas del nivel
per-sonal y del divino. Ésta es la gran paradoja y enseñanza de la naturaleza
instintiva. Es una especie de Budismo Lobuno. Lo que es uno es dos. Lo que es
dos es tres. Lo que vive morirá. Lo que muere vivirá.
A eso se refiere Baba Yagá al decir "saber demasiado puede hacer
envejecer prematuramente a una persona". Hay cierta cantidad de cosas que
todas debemos saber a cada edad y en cada fase de nuestra vida. En el cuento,
conocer el significado de las manos que aparecen y extraen el aceite del maíz y
de las semillas de adormidera, sustancias ambas que pueden dar la vida y la
muerte en sí mismas y por sí mismas, es querer saber demasiado. Vasalisa hace
preguntas acerca de los caballos, pero no acerca de las manos.
Cuando yo era joven, le pedí a mi amiga Bulgana Robnovich, una anciana
narradora de cuentos del Cáucaso que vivía en una pequeña co-munidad agrícola
rusa de Minnesota, que me hablara de la Baba Yagá. ¿Cómo veía ella la parte del
cuento en la que Vasalisa "comprende sin más" que tiene que dejar de
hacer preguntas? Mirándome con sus ojos sin pestañas de perro viejo, me
contestó: "Hay ciertas cosas que no se pueden saber." Después esbozó
una cautivadora sonrisa, cruzó sus gruesos tobi-llos y eso fue todo.
Tratar de comprender el misterio de los criados que aparecen y
des-aparecen bajo la forma de unas manos incorpóreas es como intentar
com-prender en su totalidad la esencia de lo numinoso. Aconsejando a Vasalisa
que no haga la pregunta, tanto la muñeca como la Yagá la advierten del peligro
que supone el hecho de indagar en exceso acerca de la numinosi-dad del mundo
subterráneo, y es bueno que lo hagan, pues, aunque visi-temos este mundo, no
conviene que nos dejemos seducir por él y nos que-demos atrapadas allí.
Aquí la Yagá alude a otra serie de ciclos, los ciclos de la vida
femeni-na. A medida que los vive, la mujer va entendiendo cada vez más estos
ritmos femeninos interiores, entre ellos, los de la creatividad y el
alum-bramiento de hijos psíquicos y quizá también humanos, los ritmos de la
soledad, el juego, el descanso, la sexualidad y la caza. No hay que
esfor-zarse, la comprensión vendrá por sí sola. Debemos aceptar que ciertas
co-sas no están a nuestro alcance, aunque influyen en nosotras y nos enri-quezcan.
En mi familia hay un dicho: "Ciertas cosas son asunto de Dios."
Por consiguiente, cuando finalizan estas tareas, "el legado de
madres salvajes" es más profundo y la capacidad intuitiva emana tanto del
lado humano como del lado espiritual de la psique. Ahora tenemos a la muñeca de
maestra por un lado y a la Baba Yagá por el otro.
Octava tarea:
Ponerse a gatas
Baba Yagá, molesta por la bendición que la difunta madre de Vasali-sa ha
otorgado a la niña, le entrega la luz -una terrorífica calavera en lo alto de
un palo- y le dice que se vaya. Las tareas de esta parte del cuento son las
siguientes: Asumir un inmenso poder para ver e influir en los de-más (la
recepción de la calavera), Contemplar las situaciones de la propia vida bajo
esta nueva luz (encontrar el camino de vuelta a la vieja familia putativa).
¿Se molesta Baba Yagá porque Vasalisa ha recibido la bendición de su
madre o más bien por las bendiciones en general? En realidad, ni lo uno ni lo
otro. Teniendo en cuenta los posteriores estratos monoteístas de este cuento,
se podría pensar que aquí el relato se ha modificado de tal forma que la Yagá
se muestre atemorizada ante el hecho de que Vasalisa haya recibido una
bendición para demonizar con ella a la Vieja Madre Sal-vaje (cuya existencia
tal vez se remonte nada menos que a la era neolítica) con el propósito de
enaltecer la más reciente religión cristiana en detri-mento de la pagana más
antigua.
Es posible que el vocablo original del cuento se haya cambiado por el de
"bendición" para fomentar la conversión, pero yo creo que la esencia
del significado arquetípico original sigue estando presente en el relato. La
cuestión de la bendición de la madre se puede interpretar de la siguiente
manera: A la Yagá no le molesta la bendición en sí sino más bien el hecho de
que ésta proceda de la madre excesivamente buena; la madre amable, buena y
cariñosa de la psique. Si la Yagá es fiel a sus principios, no puede tener
excesivo interés en acercarse mucho ni durante demasiado tiempo a la faceta
demasiado conformista y sumisa de la naturaleza femenina.
Aunque la Yagá sea capaz de infundir el soplo vital a una cría de ratón
con infinita ternura, es lo bastante lista como para permanecer en su propio
terreno. Y su terreno es el mundo subterráneo de la psique. El terreno de la
madre demasiado buena es el del mundo de arriba, Y, aun-que la dulzura puede
encajar en lo salvaje, lo salvaje no puede encajar du-rante mucho tiempo en la
dulzura.
Cuando las mujeres asimilan este aspecto de la Yagá, dejan de acep-tar
sin discusión todas las bobadas, todos los comentarios mordaces Y to-das las
bromas e insinuaciones que les dirigen. Para distanciarse un poco de la dulce
bendición de la madre demasiado buena, la mujer aprende po-co a poco no
simplemente a mirar sino a mirar con desprecio, a mirar fi-jamente y a tolerar
cada vez menos las imbecilidades de los demás.
Ahora que, gracias a los servicios prestados a la Yagá, ha adquirido una
capacidad interior que antes no tenía, Vasalisa recibe una parte del poder de
la Bruja salvaje. Algunas mujeres temen que la profunda sabi-duría que han
adquirido por medio del instinto y de la intuición las induz-ca a ser
temerarias y desconsideradas, pero se trata de un temor infunda-do.
Muy al contrario, la falta de intuición y de sensibilidad ante los
ci-clos femeninos o el hecho de no seguir los consejos de la propia sabiduría
da lugar a unas decisiones desacertadas e incluso desastrosas. En general
esta clase de sabiduría "yaguiana" hace que las mujeres vayan
avanzando poco a poco y casi siempre las orienta y les transmite imágenes
claras de "lo que hay debajo o detrás" de los motivos, ideas,
acciones y palabras de los demás.
Si la psique instintiva le advierte "¡Cuidado!", la mujer
tiene que prestarle atención. Si su profunda intuición le dice "Haz esto,
haz lo otro, sigue este camino, detente, sigue adelante", la mujer tiene
que introducir en su plan todas las correcciones necesarias. La intuición no
está hecha para que se la consulte una vez y después se la olvide. No es algo
que se pueda desechar. Se la tiene que consultar en todas las etapas del
camino, tanto si las actividades de la mujer están en conflicto con un demonio in-terior
como si están completando una tarea en el mundo exterior. No im-porta que las
preocupaciones y aspiraciones de una mujer sean de carác-ter personal o global.
Por encima de todo, todas las acciones tienen que empezar fortaleciendo el
espíritu.
Ahora vamos a estudiar la calavera con su terrible luz. Es un símbo-lo
asociado con lo que algunos arqueólogos de la vieja escuela llamaban "la
adoración ancestral" 26. En las sucesivas versiones arqueorreligiosas del
cuento se dice que las calaveras en lo alto de los palos son las de las
per-sonas que la Yagá ha matado y devorado. Pero en los ritos religiosos más
antiguos que practicaban el parentesco ancestral los huesos se considera-ban
elementos necesarios para la evocación de los espíritus, y las calave-ras eran
la parte más destacada del esqueleto 27.
En el parentesco ancestral se cree que la especial y eterna sabiduría de
los ancianos de la comunidad reside en sus huesos después de la muerte. La
calavera se considera la bóveda que alberga un poderoso vesti-gio del alma que
se ha ido, un vestigio que, si así se le pide, es capaz de evocar todo el
espíritu del difunto durante algún tiempo para que se le puedan hacer
consultas. Es fácil imaginar que el Yo espiritual habita justo en la ósea
catedral de la frente y que los ojos son las ventanas, la boca es la puerta y
las orejas son los vientos.
Por consiguiente, cuando la Yagá le entrega a Vasalisa la calavera
iluminada, le entrega un antiguo icono femenino, una "sabia
ancestral" para que la lleve consigo toda la vida. La inicia en un legado
matrilineal de sabiduría que siempre se conserva intacto y floreciente en las
cuevas y los desfiladeros de la psique.
Así pues, Vasalisa atraviesa el oscuro bosque con la espantosa
cala-vera. Fue a buscar a la Yagá y ahora regresa a casa más segura y decidida,
caminando con las caderas firmemente echadas hacia delante. Éste es el ascenso
desde la iniciación en la profunda intuición. La intuición se ha colocado en
Vasalisa como la joya central de una corona. Cuando una mu-jer llega a esta
fase, ya ha conseguido abandonar la protección de la madre demasiado buena que
lleva dentro y ha aprendido a esperar y afrontar las adversidades del mundo
exterior con fortaleza y sin temor. Es conciente de la sombra represora de su
madrastra y sus hermanastras y del daño que éstas le quieren hacer.
Ha atravesado la oscuridad prestando atención a su voz interior y ha
podido resistir la contemplación del rostro de la Bruja, que es una faceta de
su propia naturaleza, pero también la poderosa naturaleza salvaje. De esta
manera puede comprender el temible poder de su propia conciencia y el de la
conciencia de los demás. Y ya no dice "Le tengo miedo (a él, a ella, a
esto)".
Ha servido a la divina Bruja de la psique, ha alimentado la relación, ha
purificado las personae y ha conservado la claridad del pensamiento. Ha
descubierto esta salvaje fuerza femenina y sus costumbres. Ha apren-dido a
distinguir y a separar el pensamiento de los sentimientos. Ha aprendido a
identificar el gran poder salvaje de su propia psique.
Conoce el significado de la Vida/Muerte/Vida y el papel que en todo ello
desempeña la mujer. Con las recién adquiridas habilidades de la Yagá, ya no
tiene por qué faltarle la confianza ni el poder. Tras haber recibido el legado
de las madres -la intuición de la faceta humana de su naturaleza y la sabiduría
salvaje de la faceta de La Que Sabe de la psique-, ya está pre-parada para lo
que sea. Avanza por la vida asentando con firmeza los pies en el suelo uno
detrás de otro, con toda su feminidad. Ha fundido todo su poder y ahora ve el
mundo y su propia vida a través de esta nueva luz. Veamos qué ocurre cuando una
mujer se comporta de esta manera.
Novena tarea:
La modificación de la sombra
Vasalisa regresa a casa con la espantosa calavera ensartada en un Palo.
Está a punto de arrojarla lejos de sí, pero la calavera la tranquiliza. Una vez
en casa, la calavera contempla a la madrastra y a las hermanas-tras y las
abrasa hasta dejarlas convertidas en cenizas. Y, a partir de en-tonces,
Vasalisa vive una larga y satisfactoria existencia 28.
He aquí las tareas psíquicas de esta fase: Utilizar la agudeza visual
(los ardientes ojos) para identificar las sombras negativas de la propia
psi-que y/o a los aspectos negativos de las personas y los acontecimientos del
mundo exterior, y para reaccionar ante ellos. Modificar las sombras nega-tivas
de la propia psique con el fuego de la bruja (la perversa familia puta-tiva que
antes había torturado a Vasalisa se convierte en ceniza), Vasalisa sostiene la
temible calavera en alto mientras avanza por el bosque y la muñeca le indica el
camino de regreso. "Sigue por aquí, ahora por aquí." Y Vasalisa, que
antes era una dulce criatura de ojos azules, es ahora una mujer que camina
precedida por su poder.
Una temible luz emana de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de la
calavera. Es otra representación de todos los procesos psíquicos relaciona-dos
con la discriminación. Y está relacionada también con el parentesco ancestral
y, por consiguiente, con el recuerdo. Si la Yagá le hubiera entre-gado a
Vasalisa una rótula en lo alto de un palo, el símbolo hubiera sido distinto. Si
le hubiera entregado un hueso de la muñeca, un hueso del
cuello o cualquier otro hueso -a excepción tal vez de la pelvis
femenina-, no hubiera significado lo mismo 29.
Por consiguiente, la calavera es otra representación de la intuición -
no le hace daño ni a la Yagá ni a Vasalisa- y ejerce su propia discrimina-ción.
Ahora Vasalisa lleva la llama de la sabiduría; posee unos sentidos despiertos.
Puede oír, ver, oler y saborear las cosas y tiene su Yo. Tiene la muñeca, tiene
la sensibilidad de la Yagá y tiene también la temible calave-ra.
Por un instante, Vasalisa se asusta del poder que lleva y está a pun-to
de arrojar la temible calavera lejos de sí. Teniendo este formidable poder a su
disposición, no es de extrañar que el ego piense que quizá sería mejor, más
fácil y más seguro rechazar la ardiente luz, pues le parece demasiado fuerte y,
por su mediación, ella se ha vuelto demasiado fuerte. Pero la voz sobrenatural
de la calavera te aconseja que se tranquilice y siga adelante. Y eso lo puede
hacer.
La mujer que recupera su intuición y los poderes "yaguianos”, llega
a un punto en el que siente la tentación de desecharlos, pues, ¿de qué sirve
ver y saber todas estas cosas? La luz de la calavera no tiene compasión. Bajo
su resplandor, los ancianos son unos viejos; lo bello es lujuriante; el tonto
es un necio; los que están bebidos son unos borrachos; los desleales son
infieles; las cosas increíbles son milagros. La luz de la calavera ve lo que
ve. Es una luz eterna colocada directamente delante de una mujer como una
presencia que la precede y regresa para comunicarle lo que ha descubierto más
adelante. Es su perpetua exploración.
Sin embargo, cuando una mujer ve y siente de esta manera, tiene que
tratar de actuar al respecto. El hecho de poseer una buena intuición y un
considerable poder obliga a trabajar. En primer lugar, en la vigilancia y la
comprensión de las fuerzas negativas y los desequilibrios tanto interio-res
como exteriores. En segundo lugar, obliga a hacer acopio de voluntad para poder
actuar con respecto a lo que se ha visto, tanto si es para un bien como si es
para recuperar el equilibrio o para dejar que algo viva o muera.
Es verdad y no quiero engañar a nadie. Es más cómodo arrojar la luz e
irse a dormir. No cabe duda de que a veces hay que hacer un esfuerzo para
sostener en alto la luz delante de nosotras, pues con ella vemos todas nuestras
facetas y todas las facetas de los demás, las desfiguradas, las di-vinas y
todos los estados intermedios.
Y, sin embargo, gracias a esta luz afloran a la conciencia los mila-gros
de la belleza profunda del mundo y de los seres humanos. Con esta penetrante
luz podemos ver un buen corazón más allá de una mala acción, podemos descubrir
un dulce espíritu hundido por el odio y podemos com-prender muchas cosas en
lugar de quedarnos perplejas. La luz puede dis-tinguir las capas de la
personalidad, las intenciones y los motivos de los demás. Puede distinguir la
conciencia y la inconciencia en el yo y en los demás. Es la varita mágica de la
sabiduría. Es el espejo en el cual se per-ciben y se ven todas las cosas. Es la
profunda naturaleza salvaje.
Pero a veces sus informes son dolorosos y casi no se pueden resistir,
pues la cruel luz de la calavera también muestra las traiciones y la cobard-ía
de los que se las dan de valientes. Señala la envidia que se oculta como una
fría capa de grasa detrás de una cordial sonrisa y las miradas que no son más
que unas máscaras que disimulan la antipatía. Y, con respecto a nosotras, la
luz es tan brillante como para iluminar lo exterior: nuestros tesoros y
nuestras flaquezas.
Éstos son los conocimientos que más nos cuesta afrontar. Aquí es donde
siempre queremos desprendernos de todo este maldito y sagaz co-nocimiento. Aquí
es donde percibimos, siempre y cuando no queramos ig-norarla, una poderosa
fuerza del Yo que nos dice: "No me arrojes lejos de ti. Consérvame a tu
lado y ya verás."
Mientras avanza por el bosque, no cabe duda de que Vasalisa tam-bién
piensa en su familia putativa que la ha enviado perversamente a mo-rir y,
aunque ella tiene un corazón muy tierno, la calavera no es tierna; su misión es
ver las cosas con toda claridad. Por consiguiente, cuando Vasali-sa la quiere
arrojar lejos de sí, sabemos que está pensando en el dolor que produce el hecho
de saber ciertas cosas sobre la propia persona y los de-más, y sobre la
naturaleza del mundo.
Llega a casa y la madrastra y las hermanastras le dicen que no han
tenido lumbre ni combustible alguno en su ausencia y que, a pesar de sus
repetidos intentos, no han podido encender el fuego. Eso es exactamente lo que
ocurre en la psique de la mujer cuando ésta posee el poder salvaje. En su
ausencia, todas las cosas que la oprimían se quedan sin libido, pues ella se lo
lleva todo en su viaje. Sin libido, los aspectos más desagradables de la
psique, los que explotan la vida creativa de una mujer o la animan a malgastar
su vida en menudencias, se convierten en algo así como unos guantes sin manos
en su interior.
La temible calavera empieza a mirar a las hermanastras y a la ma-drastra
y las estudia con detenimiento. ¿Puede un aspecto negativo de la psique quedar
reducido a ceniza por el simple hecho de estudiarlo con de-tenimiento? Pues sí.
El hecho de examinar una cosa con conciente lógica la puede deshidratar. En una
de las versiones del cuento, los miembros descarriados de la familia se quedan
achicharrados; en otra versión, que-dan reducidos a tres pequeñas y negras
pavesas.
Las tres pequeñas y negras pavesas encierran una antiquísima e
in-teresante idea. El minúsculo dit negro o puntito se considera a menudo el
principio de la vida. En el Antiguo Testamento, cuando Dios crea al Primer
Hombre y a la Primera Mujer, los hace de tierra o barro según la versión que
uno lea. ¿Cuánta tierra? Nadie lo dice. Pero, entre otros relatos de la
creación, el principio del mundo y de sus habitantes suele proceder del dit, de
un grano, de un minúsculo y oscuro punto de algo 30.
De esta manera, las tres pequeñas pavesas quedan en el ámbito de la
Madre de la Vida/Muerte/Vida. Y se reducen prácticamente a nada en el interior
de la psique. Se ven privadas de la libido. Ahora puede producirse una novedad.
En casi todos los casos en que extraemos concientemente el
jugo de alguna cosa de la psique, esta cosa se encoge y su energía se
libera o se configura de una manera distinta.
La tarea de exprimir a la destructiva familia putativa tiene otra
face-ta. No se puede conservar la conciencia que se ha adquirido tras haber
en-trado en contacto con la Diosa Bruja, ni llevar la ardiente luz y todo lo
de-más si una mujer convive con personas exterior o interiormente crueles. Si
la mujer está rodeada de personas que ponen los ojos en blanco y levantan
despectivamente la mirada al techo cuando ella entra en la estancia, dice algo,
hace algo o reacciona a algo, no cabe duda de que se encuentra en compañía de
personas que apagan las pasiones, las de la mujer y proba-blemente también las
suyas propias. Estas personas no sienten interés por ella ni por su trabajo ni
por su vida.
La mujer tiene que elegir con prudencia tanto a los amigos como a los
amantes, pues tanto los unos como los otros pueden convertirse en perversas
madrastras y malvadas hermanastras. En el caso de los aman-tes, solemos
atribuirles el poder de unos grandes magos. Es fácil que así sea, pues el hecho
de llegar a una auténtica intimidad es algo así como abrir un mágico taller de
purísimo cristal, o eso por lo menos nos parece a nosotras. Un amante puede
crear y/o destruir hasta nuestras conexiones más duraderas con nuestros propios
ciclos e ideas. Hay que evitar al amante destructivo. El mejor amante es el que
está hecho de poderosos músculos psíquicos y tierna carne. A la Mujer Salvaje
tampoco le viene mal un amante un poco "psíquico", es decir, una persona
capaz de "ver su co-razón por dentro".
Cuando a la Mujer Salvaje se le ocurre una idea, el amigo o amante
jamás. le dirá: "Pues, no sé... me parece una auténtica bobada [una
exage-ración, una cosa imposible, muy cara, etc.]." Un verdadero amigo
jamás dirá eso. Puede que diga: "No sé si lo entiendo. Dime cómo lo ves.
Explíca-me cómo piensas hacerlo."
Un amante/amigo que la considere una criatura viva que está cre-ciendo
como el árbol crece en la tierra o una planta de ficus en la casa o una
rosaleda en el patio de atrás, un amante y unos amigos que la miren como un
auténtico ser vivo que respira y que es humano, pero está hecho, además, de
otras muchas cosas bonitas, húmedas y mágicas, un amante y unos amigos que
presten su apoyo a la criatura que hay en ella, éstas son las personas que le
convienen a la mujer, pues serán sus amigos del alma toda la vida. La esmerada
elección de los amigos y amantes y también de los profesores es esencial para
conservar la conciencia, la intuición y la ardiente luz que ve y sabe.
Para conservar su conexión con lo salvaje la mujer tiene que
pregun-tarse qué es lo que quiere. Es la separación de las semillas mezcladas
con la tierra. Una de las más importantes distinciones que podemos hacer es la
que corresponde a las cosas que nos atraen y las cosas que necesita nues-tra
alma.
Y eso se hace de la siguiente manera: Imaginemos un bufé con cuencos de
crema batida, bandejas de salmón, panecillos, rosbif, macedo-
nia de fruta, enchiladas verdes, arroces, salsa curry, yogures y toda
suerte de platos para muchísimos invitados. Imaginemos que la mujer echa un
vistazo, ve ciertas cosas que la atraen y se dice: "Me gustaría tomar un
po-co de esto, un poco de aquello y un poco de lo otro. "
Algunos hombres y mujeres toman las decisiones de su vida de esta
manera. A nuestro alrededor hay todo un mundo que nos llama incesan-temente,
que penetra en nuestras vidas y despierta y crea unos apetitos donde apenas
había ninguno. En esta clase de elección, elegimos una cosa por el simple hecho
de tenerla delante de nuestras narices en aquel mo-mento. No es necesariamente
lo que queremos, pero nos parece interesan-te y, cuanto más la miramos, más nos
atrae.
Cuando estamos unidas al yo instintivo, al alma de lo femenino que es
natural y salvaje, en lugar de contemplar lo que casualmente tenemos delante,
nos preguntamos: "¿Qué es lo que me apetece?" Sin mirar nada de lo
que hay fuera, miramos hacia dentro y nos preguntamos "¿Qué quiero? ¿Qué
deseo en este momento?" Otras frases alternativas podrían ser: "¿Qué
es lo que más me seduce? ¿Qué me apetece de verdad? ¿Qué es lo que más me
gustaría? " Por regla general, la respuesta no tarda en llegar: "Pues
creo que lo que más me apetece... lo que de verdad me gustaría es un poco de
esto o de aquello... sí, eso es lo que yo quiero."
¿Lo hay en el bufé? Puede que sí y puede que no. En la mayoría de los
casos, probablemente no. Tendremos que buscar un poco, a veces du-rante
bastante tiempo. Pero, al final, lo encontraremos y nos alegraremos de haber
sondeado nuestros más profundos anhelos.
Esta capacidad de discernimiento que Vasalisa adquiere mientras separa
las semillas de adormidera de la tierra, y el maíz aflublado del bue-no es una
de las cosas más difíciles de aprender, pues exige ánimo, fuerza de voluntad y
sentimiento y a menudo nos obliga a pedir con insistencia lo que queremos. Y en
nada se pone más claramente de manifiesto que en la elección de la pareja y el
amante. Un amante no se puede elegir como en un bufé. Elegir algo simplemente
porque al verlo se nos hace la boca agua jamás podrá saciar satisfactoriamente
el apetito del Yo espiritual. Y para eso precisamente sirve la intuición; se
trata de un mensajero directo del alma.
Lo explicaremos con un ejemplo para que quede más claro. Si se te ofrece
la oportunidad de comprar una bicicleta o la oportunidad de viajar a Egipto y
ver las pirámides, deberás apartarla a un lado por un instante, entrar en ti
misma y preguntarte: "¿Qué me apetece? ¿Qué es lo que de-seo? A lo mejor,
me apetece más una moto que una bicicleta. A lo mejor, prefiero hacer un viaje
para ir a ver a mi abuela que se está haciendo ma-yor." Las decisiones no
tienen por qué ser tan importantes. A veces, las alternativas pueden ser dar un
paseo o escribir un poema. Tanto si se tra-ta de una cuestión trascendental
como si se trata de una cuestión insigni-ficante, la idea es consultar el yo
instintivo a través de uno o de varios de los distintos aspectos que tenemos a
nuestra disposición, simbolizados por la muñeca, la vieja Baba Yagá y la
ardiente calavera.
Otra manera de fortalecer la conexión con la intuición consiste en no
permitir que nadie reprima nuestras más intensas energías... es decir nuestras
opiniones, nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros valo-res, nuestra
moralidad y nuestros ideales. En este mundo hay muy pocas cosas
acertadas/equivocadas o buenas/malas. Pero sí hay cosas útiles y cosas
inútiles. Asimismo, hay cosas que a veces son destructivas y tam-bién hay cosas
creativas. Hay acciones debidamente integradas y dirigidas a un fin determinado
y otras que no lo están. Sin embargo, tal como sa-bemos, la tierra de un jardín
se tiene que remover en otoño con el fin de prepararla para la primavera. Las
plantas no pueden florecer constante-mente. Pero los que han de dictar los
ciclos ascendentes y descendentes de nuestra vida son nuestros propios ciclos
innatos, no otras fuerzas o perso-nas del exterior y tampoco los complejos
negativos de nuestro interior.
Hay ciertas entropías y creaciones constantes que forman parte de
nuestros ciclos internos. Nuestra tarea es sincronizar con ellas. Como los
ventrículos de un corazón que se llenan y se vacían y se vuelven a llenar,
nosotras "aprendemos a aprender" los ritmos de este ciclo de la Vida/
Muerte/Vida en lugar de convertirnos en sus víctimas. Lo podríamos com-parar
con una cuerda de saltar. El ritmo ya existe; nosotras oscilamos hacia delante
y hacia atrás hasta que conseguimos copiar el ritmo. Enton-ces saltamos. Así es
como se hace. No tiene ningún secreto.
Además, la intuición ofrece distintas opciones. Cuando estamos
co-nectadas con el yo instintivo, siempre se nos ofrecen por lo menos cuatro
opciones... las dos contrarias, el territorio intermedio y "el ulterior
análisis de las posibilidades". Si no estamos muy versadas en la
intuición, pode-mos pensar que sólo existe una opción y que ésta no parece muy
deseable. Y es posible que nos sintamos obligadas a sufrir por ella, a
someternos y a aceptarla. Pero no, hay otra manera mejor. Prestemos atención al
oído in-terior, a la vista interior y el ser interior. Sigámoslos. Ellos sabrán
lo que tenemos que hacer a continuación.
Una de las consecuencias más extraordinarias del uso de la intui-ción y
de la naturaleza instintiva consiste en la aparición de una infalible
espontaneidad. Espontaneidad no es sinónimo de imprudencia. No es una cuestión
de "lanzarse y soltarlo". Los buenos límites todavía son
importan-tes. Sherezade, por ejemplo, tenía unos límites excelentes. Utilizaba
su in-teligencia para agradar al sultán, pero, al mismo tiempo, actuaba de tal
forma que éste la valorara. Ser auténtica no significa ser temeraria sino dejar
que hable La voz mitológica. Y eso se consigue apartando provisio-nalmente a un
lado el ego y permitiendo que hable aquello que quiere hablar.
En la realidad consensual, todas tenemos acceso a pequeñas madre,
salvajes de carne y hueso. Son estas mujeres que, en cuanto las vemos, sentimos
que algo salta en nuestro interior y entonces pensamos "Mamá". Les
echamos un vistazo y pensamos "Yo soy su progenie, soy su hija, ella es mi
madre, mi abuela". En el caso de un hombre con pechos en sentido figurado,
podríamos pensar "Oh, abuelo mío", "Oh, hermano mío, amigo
mío". Porque intuimos sin más que aquel hombre nos alimenta.
(Paradóji-camente, se trata de personas marcadamente masculinas y marcadamente
femeninas al mismo tiempo. Son como el hada madrina, el mentor, la ma-dre que
nunca tuvimos o no tuvimos el tiempo suficiente; eso es un hombre con pechos.)
31
Todos estos seres humanos se podrían llamar pequeñas madres sal-vajes.
Por regla general, todas tenemos por lo menos una. Con un poco de suerte, a lo
largo de toda la vida tendremos varias. Cuando las conocemos, solemos ser
adultas o, por lo menos, ya estamos en la última etapa de la adolescencia. No
se parecen en nada a la madre demasiado buena. Las pequeñas madres salvajes nos
guían y se enorgullecen de nuestras cuali-dades. Se muestran críticas con los
bloqueos y las ideas equivocadas que rodean nuestra vida creativa, sensual,
espiritual e intelectual y penetran en ella.
Su propósito es ayudarnos, cuidar de nuestro arte, conectarnos de nuevo
con nuestros instintos salvajes y hacer aflorar a la superficie lo me-jor que
llevamos dentro. Nos guían en la recuperación de la vida instintiva, se
entusiasman cuando establecemos contacto con la muñeca, se enorgu-llecen cuando
descubrimos a la Baba Yagá y se alegran cuando nos ven regresar sosteniendo en
alto la ardiente calavera.
Ya hemos visto que el hecho de seguir siendo unas pánfilas dema-siado
dulces es peligroso. Pero, a lo mejor, aún no estás muy convencida; a lo mejor,
piensas: "Pero bueno, ¿a quién le interesa ser como Vasalisa?" Y yo
te contesto que a ti. Tienes que ser como ella, hacer lo que ella ha hecho y
seguir sus huellas, pues ésta es la manera de conservar y desarrollar el alma.
La Mujer Salvaje es la que se atreve, la que crea y la que destruye. Es el alma
primitiva e inventora que hace posibles todas las artes y los ac-tos creativos.
Crea un bosque a nuestro alrededor y nosotras empezamos a enfrentarnos con la
vida desde esta nueva y original perspectiva.
Por consiguiente, cuando se reinstaura la iniciación en los misterios de
la psique femenina, aparece una joven que ha adquirido un impresio-nante bagaje
de experiencias y ha aprendido a seguir los consejos de su sabiduría. Ha
superado todas las pruebas de la iniciación. La victoria es suya. Puede que el
reconocimiento de la iniciación sea la más fácil de las tareas, pero
conservarla concientemente y dejar vivir lo que tiene que vivir y dejar morir
lo que tiene que morir es sin lugar a dudas la meta más ago-tadora, pero
también una de las más satisfactorias.
Baba Yagá es lo mismo que la Madre Nyx, la madre del mundo, otra diosa
de la Vida/Muerte/Vida. La diosa de la Vida/Muerte/Vida es tam-bién una diosa
creadora. Hace, moldea, infunde vida y está ahí para recibir el alma cuando el
aliento se acaba. Siguiendo sus huellas, aprendemos a dejar que nazca lo que
tiene que nacer, tanto si están ahí las personas apropiadas como si no. La
naturaleza no pide permiso. Tenemos que flore-cer y nacer siempre que nos
apetezca. En nuestra calidad de personas adultas no necesitamos apenas permisos
sino más engendramientos, más estímulo de los ciclos salvajes y mucha más
visión original.
El tema del final del cuento es el de dejar morir las cosas. Vasalisa ha
aprendido bien la lección. ¿Le da un ataque y lanza estridentes gritos cuando
la calavera quema a las malvadas? No. Lo que tiene que morir, muere.
¿Y cómo se toma semejante decisión? Es algo que se sabe. La Que Sabe lo
sabe. Pídele consejo en tu fuero interno. Es la Madre de las Eda-des. Nada la
sorprende. Lo ha visto todo. En la mayoría de las mujeres, el hecho de dejar
morir no es contrario a sus naturalezas sino tan sólo a la educación que han
recibido. Pero eso puede cambiar. Todas sabemos en los ovarios cuándo es la
hora de la vida y cuándo es la hora de la muerte. Podríamos tratar de
engañarnos por distintas razones, pero lo sabemos.
A la luz de la ardiente calavera, lo sabemos.
CAPÍTULO 4
El compañero: La unión con el otro
El himno del hombre salvaje:
Manawee
Si las mujeres quieren que los hombres las conozcan de verdad, tie-nen
que enseñarles un poco de sabiduría profunda. Algunas mujeres dicen que están
cansadas, que ya han hecho demasiado a este respecto. Me atrevo a decir
humildemente que han estado intentando enseñar a un hombre que no quiere
aprender. Cuando los hombres ponen de manifiesto una buena disposición, es el
momento de revelarles cosas no sólo por este motivo sino porque otra alma lo
pide. Ya lo verás. He aquí algunas de las cosas que ayudarán a un hombre a
comprender y a salir a medio camino al encuentro de la mujer; éste es el
lenguaje, nuestro lenguaje.
En los mitos, como en la vida, no cabe duda de que el Hombre Salva-je
busca a una esposa de debajo de la tierra. En los relatos celtas hay célebres
parejas de Dioses Salvajes que se aman de esta manera. A menu-do habitan en el
fondo de un lago, desde donde protegen la vida y el mun-do subterráneos. En los
mitos babilonios Inanna la de los n1uslos de cedro llama a su amado, el Toro
Plow: "Ven a cubrirme con tu furia salvaje." En los tiempos modernos,
incluso hoy en día en el medio Oeste de Estados Unidos, aún se dice que la
Madre y el Padre de Dios crean los truenos re-volcándose en su lecho
primaveral.
De igual modo, nada le gusta más a la mujer salvaje que un compa-ñero
que se le pueda igualar. Sin embargo, una y otra vez quizá desde el principio
de la infinidad, los que quisieran ser sus compañeros no están muy seguros de
comprender su verdadera naturaleza. ¿Qué de sea real-mente una mujer? Es una
pregunta muy antigua, un acertijo espiritual acerca de la naturaleza salvaje y
misteriosa que poseen todas las mujeres. Mientras que la vieja del cuento de
"La viuda de Bath" de Chaucer dijo con voz cascada que la respuesta a
esta pregunta era que las mujeres desea-ban ejercer soberanía sobre su propia
vida, lo cual es un hecho indiscuti-ble, hay otra verdad igualmente poderosa
que satisface también esa pre-gunta.
He aquí un cuento que explica cuál es la verdadera naturaleza de las
mu-jeres. Los que se esfuerzan en comprender la forma de ser y actuar que se
muestra en el cuento serán para siempre compañeros y amantes de la mu-jer
salvaje. Hace mucho tiempo la señorita V. B. Washington me regaló un pequeño
cuento afroamericano que yo he ampliado y convertido aquí en un cuento
literario titulado "Manawee".
Manawee
Un hombre fue a cortejar a dos hermanas gemelas. Pero el padre le
dijo: "No podrás casarte con ellas hasta que no adivines sus
nombres."
Aunque Manawee lo intentó repetidamente, no pudo adivinar los nombres
de las hermanas. El padre de las jóvenes sacudió la cabeza y rechazó a
Manawee una y otra vez.
Un día Manawee llevó consigo a su perrito en una de sus visitas
adi-vinatorias y el perrito vio que una hermana era más guapa que la otra y que
la segunda era más dulce que la primera. A pesar de que ninguna de las dos
hermanas poseía ambas cualidades, al perrito le gustaron mucho las dos, pues
ambas le daban golosinas y le miraban a los ojos sonriendo.
Aquel día Manawee tampoco consiguió adivinar los nombres de las jóvenes
y volvió tristemente a su casa. Pero el perrito regresó corriendo a la cabaña
de las jóvenes. Allí acercó la oreja a una de las paredes laterales y oyó que
las mujeres comentaban entre risas lo guapo y viril que era Ma-nawee. Mientras
hablaban, las hermanas se llamaban, la una a la otra por sus respectivos
nombres y el perrito lo oyó y regresó a la mayor rapidez posible junto a su amo
para decírselo.
Pero, por el camino, un león había dejado un gran hueso con restos de
carne al borde del sendero y el perrito lo olfateó inmediatamente y, sin
pensarlo dos veces, se escondió entre la maleza arrastrando el hueso. Allí
empezó a comerse la carne y a lamer el hueso hasta arrancarle todo el sa-bor.
De repente, el perrito recordó su olvidada misión, pero, por desgracia, también
había olvidado los nombres de las jóvenes.
Corrió por segunda vez a la cabaña de las gemelas. Esta vez ya era de
noche y las muchachas se estaban untando mutuamente los brazos y las piernas
con aceite como si se estuvieran preparando para una fiesta. Una vez más el
perrito las oyó llamarse entre si por sus nombres. Pegó un brinco de alegría y,
mientras regresaba por el camino que conducía a la cabaña de Manawee, aspiró
desde la maleza el olor de la nuez moscada.
Nada le gustaba más al perrito que la nuez moscada. Se apartó
rápi-damente del camino y corrió al lugar donde una exquisita empanada de
kumquat se estaba enfriando sobre un tronco. La empanada desapareció en un
santiamén y al perrito le quedó un delicioso aroma de nuez moscada en el
aliento. Mientras trotaba a casa con la tripa llena, trató de recordar los
nombres de las jóvenes, pero una vez más los había olvidado.
Al final, el perrito regresó de nuevo a la cabaña de las jóvenes y esta
vez las hermanas se estaban preparando para casarse. "¡Oh, no! -pensó el
perrito-, ya casi no hay tiempo." Cuando las hermanas se volvieron a
lla-mar mutuamente por sus nombres, el perrito se grabó los nombres en la
mente y se alejó a toda prisa, firmemente decidido a no permitir que
nada le impidiera comunicar de inmediato los dos valiosos nombres a Manawee.
El perrito en el camino vio los restos de una pequeña presa recién
muerta por las fieras, pero no hizo caso y pasó de largo. Por un instante, le
pareció aspirar una vaharada de nuez moscada en el aire, pero no hizo ca-so y
siguió corriendo sin descanso hacia la casa de su amo. Sin embargo, el perrito
no esperaba tropezarse con un oscuro desconocido que, saliendo de entre los
arbustos, lo agarró por el cuello y lo sacudió con tal fuerza que poco faltó
para que se le cayera el rabo.
Y eso fue lo que ocurrió mientras el desconocido le gritaba: "¡Dime
los nombres! Dime los nombres de las chicas para que yo pueda
conse-guirlas."
El perrito temió desmayarse a causa del puño que le apretaba el cuello,
pero luchó con todas sus fuerzas. Gruñó, arañó, golpeó con las pa-tas y, al
final, mordió al gigante entre los dedos. Sus dientes picaban tanto como las
avispas. El desconocido rugió como un carabao, pero el perrito no soltó la
presa. El desconocido corrió hacia los arbustos con el perrito colgando de la
mano.
"Suéltame, suéltame, perrito, y yo te soltaré a ti", le
suplicó el desco-nocido.
El perrito le gruñó entre dientes: "No vuelvas por aquí o jamás
vol-verás a ver la mañana." El forastero huyó hacia los arbustos, gimiendo
y sujetándose la mano mientras corría. Y el perrito bajó medio renqueando y
medio corriendo por el camino que conducía a la casa de Manawee.
Aunque tenía el pelaje ensangrentado y le dolían mucho las mandí-bulas,
conservaba claramente en la memoria los nombres de las jóvenes, por lo que se
acercó cojeando a Manawee con una radiante expresión de felicidad en el rostro.
Manawee lavó suavemente las heridas del perrito y éste le contó toda la
historia de lo ocurrido y le reveló los nombres de las jóvenes. Manawee regresó
corriendo a la aldea de las jóvenes llevando sen-tado sobre sus hombros al
perrito cuyas orejas volaban al viento como dos colas de caballo. Cuando
Manawee se presentó ante el padre de las mu-chachas y le dijo sus nombres, las
gemelas lo recibieron completamente vestidas para emprender el viaje con él; le
habían estado esperando desde el principio. De esta manera Manawee consiguió a
las doncellas más her-mosas de las tierras del río. Y los cuatro, las hermanas,
Manawee y el pe-rrito, vivieron felices juntos muchos años.
Krik Krak Krado, este cuento se ha acabado
Krik Krak Kron, este cuento se acabó 1.
La doble naturaleza de las mujeres
En los cuentos populares, al igual que en los sueños, podernos
com-prender los contenidos de manera subjetiva, en cuyo caso todos los
símbo-los representan aspectos de la psique de una sola persona, pero también
podemos comprender los cuentos de manera objetiva, puesto que se refie-ren a
situaciones y relaciones del mundo exterior. Aquí comentaremos el cuento de
Manawee más bien desde el punto de vista de las relaciones en-tre una mujer y
su compañero, teniendo en cuenta que muchas veces "lo de fuera es igual
que lo de dentro".
Este cuento revela un antiquísimo secreto con respecto a las muje-res, y
es el siguiente: para ganarse el corazón salvaje de una mujer, su compañero
tiene que comprender al máximo la doble naturaleza de ésta.
Aunque se entienda etnológicamente a las dos mujeres del cuento como
unas futuras esposas de una cultura polígama, desde una perspecti-va
arquetípica el cuento nos habla también del misterio de las dos podero-sas
fuerzas femeninas que anidan en el interior de cada mujer.
El cuento de Manawee contiene todos los hechos esenciales necesa-rios
para poder acercarse a la mujer salvaje. Manawee, a través de su fiel perro,
adivina los dos nombres, las dos naturalezas de lo femenino. No puede vencer si
no resuelve el misterio. Y para ello tiene que echar mano de su propio yo
instintivo, simbolizado en la figura del perro.
Cualquiera que se acerque a una mujer se encuentra de hecho en presencia
de dos mujeres, un ser exterior y una criatura interior, una que vive en el
mundo de arriba y otra que vive en otro mundo no tan fácilmente visible. El ser
exterior vive a la luz del día y es fácilmente observable. Suele ser
pragmático, aculturado y muy humano. En cambio, la criatura interior suele
emerger a la superficie desde muy lejos, a menudo aparece y desapa-rece
rápidamente, pero siempre deja a su espalda una sensación de algo sorprendente,
original y sabio.
La comprensión de esta doble naturaleza de las mujeres hace que a veces
los hombres, e incluso las propias mujeres, cierren los ojos y pidan ayuda al
cielo. La paradoja de la doble naturaleza de las mujeres consiste en que,
cuando una de ellas se muestra sentimentalmente más fría, la otra es más
ardiente. Cuando una mantiene unas relaciones más intensas y enriquecedoras, la
otra puede mostrarse ligeramente glacial. A menudo una de ellas es más feliz y
elástica mientras que la otra anhela "no sé qué". Una puede estar
contenta y la otra puede experimentar una agridulce nos-talgia. Estas "dos
mujeres en una" son unos elementos separados pero unidos que se combinan
en la psique de mil maneras distintas.
El poder de Dos
Aunque cada faceta de la naturaleza de la mujer constituye un ente
aparte con distintas funciones y un conocimiento diferenciado, ambas po-seen
una conciencia o interpretación mutua, tal como ocurre entre el cere-bro y su
corpus callosum, y, por consiguiente, actúan como un todo. Cuando una mujer
esconde o favorece demasiado una de sus facetas, vive
una existencia muy desequilibrada que le impide el acceso a todo su
po-der. Y eso no es bueno. Hay que desarrollar ambas facetas.
Hay mucho que aprender acerca de la fuerza de Dos cuando exami-namos el
símbolo de las gemelas. En todo el mundo y desde la más remota antigüedad, se
ha creído que los gemelos están dotados de poderes sobre-naturales. En algunas
culturas, existe toda una disciplina dedicada al equilibrio de la naturaleza de
los gemelos, considerados dos seres que comparten una sola alma. E incluso
después de su muerte, a los gemelos se les da de comer, se les habla y se les
ofrecen obsequios y sacrificios.
En varias comunidades africanas y caribeñas se dice que el símbolo de
las hermanas gemelas tiene juju, la mística energía del alma. Por
consi-guiente, hay que cuidar esmeradamente de las gemelas para evitar que un
mal destino se abata sobre toda la comunidad. Una norma del culto vudú de Haití
exige que a los gemelos se les dé de comer exactamente las mis-mas raciones de
alimento para evitar que surjan celos entre ambos, pero, sobre todo, para
evitar que uno de ellos languidezca, pues, si muere uno, también morirá el otro
y entonces se perderá la especial espiritualidad que ambos aportan a la
comunidad.
De igual modo, una mujer posee un poder extraordinario cuando los dos
aspectos de su psique se reconocen concientemente y se perciben co-mo una
unidad, juntas y no separadas. El poder de Dos es muy fuerte y no debe
descuidarse ninguna de las facetas de la dualidad. Se las tiene que alimentar
por igual, pues ambas aportan un misterioso poder al individuo.
Una vez un viejo afroamericano del Medio Sur me contó un cuento. Salió
de un callejón mientras yo permanecía sentada entre las pintadas de un
aparcamiento del centro de una ciudad. Muchas personas lo hubieran calificado
de loco, pues hablaba con todo el mundo sin dirigirse a nadie en particular.
Avanzaba con un dedo extendido como si estuviera tanteando la dirección del
viento. Las cuentistas dicen que estas personas han sido tocadas por los
dioses. En nuestra tradición, a un hombre así lo llamaría-mos El bulto, pues
las almas como él llevan una cierta mercancía y la muestran a quien quiera
verla, a cualquiera que tenga ojos para verla y sentido común para acogerla.
Aquel simpático bulto en particular me contó el siguiente cuento. Gi-ra
en torno a cierta transmisión ancestral y se titula "Un ramita, dos
rami-tas". "Así actúan los viejos reyes africanos", me dijo en
un susurro.
En el cuento, un anciano se está muriendo y convoca en torno a sí a los
suyos. A cada uno de sus muchos hijos, esposas y parientes le entrega una corta
y resistente ramita. "Romped la ramita", les ordena. Con cierto
esfuerzo, todos rompen la ramita por la mitad.
"Eso es lo que ocurre cuando un alma está sola y no tiene a nadie.
Se rompe fácilmente."
Después el viejo les dio a cada uno de sus parientes otra ramita Y les
dijo: "Así me gustaría que vivierais cuando yo haya muerto. Reunid todas
las ramitas en haces de dos y de tres. Y ahora, quebrad los haces por la
mitad."
Nadie puede quebrar las ramitas cuando forman un haz de dos o tres. El
viejo me miró sonriendo. "Somos fuertes cuando estamos con otra alma.
Cuando estamos unidos a los demás, no nos pueden romper."
De igual manera, cuando las dos facetas de la doble naturaleza se
mantienen juntas en la conciencia, ejercen un enorme poder y no se pue-den
quebrar. Es la característica de la dualidad psíquica, de los dos aspec-tos
gemelos de la personalidad de una mujer. Por su cuenta, el yo más ci-vilizado
se encuentra a gusto, pero un poco solitario. Por su cuenta, el yo salvaje
también se encuentra a gusto, pero ansía relacionarse con el otro. La pérdida
de los poderes psicológicos, emocionales y espirituales de las mujeres se debe
a la separación de estas dos naturalezas, a la simulación de que uno u otro de
ellos ya no existe.
Este cuento se puede interpretar como referido a la dualidad mascu-lina
y a la femenina. Manawee posee también una doble naturaleza: una naturaleza
humana y una naturaleza instintiva, simbolizada por el perro. Su naturaleza
humana, amable y afectuosa, no es suficiente para superar la prueba. Es su
perro, símbolo de la naturaleza instintiva, el que tiene la capacidad de
acercarse subrepticiamente a las mujeres y, gracias a la agudeza de su oído,
averiguar sus nombres. Es el perro el que aprende a desechar las seducciones
superficiales y a conservar los conocimientos más importantes. Es el perro de
Manawee el que posee un fino oído y es dueño de una tenacidad y un instinto que
lo lleva a ocultarse junto a las paredes y a buscar, perseguir y recuperar las
ideas valiosas.
Como en otros cuentos de hadas, las fuerzas masculinas pueden po-seer
una energía de tipo Barba Azul o una energía tan aniquiladora como la de la
Raposa, con la cual intentarán destruir la doble naturaleza de las mujeres.
Esta clase de pretendiente no puede tolerar la dualidad y busca la perfección,
la única verdad, la única sustancia femenina encarnada en una sola mujer
perfecta. ¡Ay! Si tú conoces a esta clase de persona, echa a correr en
dirección contraria a la mayor velocidad que Puedas. Es mejor tener un amante
que sea como Manawee tanto por dentro como por fuera: es un pretendiente mucho
más satisfactorio, pues está profundamente en-tregado a la idea del Dos. Y el
poder de Dos actúa como una entidad inte-gral.
Por consiguiente, Manawee desea tocar esta extremadamente ubicua pero
misteriosa combinación de vida espiritual de la mujer y pose, una so-beranía
propia. Puesto que él es también un hombre salvaje Y natural, percibe el eco de
la mujer salvaje y se siente atraído por ella.
Entre esta tribu acumulativa de figuras masculinas de la psique
fe-menina que los junguianos denominan animus, existe también una actitud de
tipo Manawee que descubre y aprecia la dualidad femenina, la conside-ra valiosa
y digna de ser cortejada y deseada y no ya diabólica, fea y des-preciable 2.
Manawee, tanto si es una figura externa como si es interna, representa un
amante audaz pero rebosante de confianza cuyo mayor de-seo es nombrar y
comprender la misteriosa y numinosa dualidad de la na-turaleza femenina.
El poder del nombre
Dar nombre a una fuerza, una criatura, una persona o una cosa tie-ne
varias connotaciones. En las culturas en las que los nombres se eligen
cuidadosamente por sus significados mágicos o propicios, conocer el ver-dadero
nombre de una persona significa conocer el camino vital y las cua-lidades
espirituales de dicha persona. Y la razón de que el verdadero nom-bre se
mantenga a menudo en secreto es la necesidad de proteger a su propietario para
que pueda adquirir poder sobre dicho nombre y nadie lo pueda vilipendiar o
pueda apartar la atención de él y para que su poder espiritual pueda
desarrollarse en toda su plenitud.
En los cuentos de hadas y las narraciones populares el nombre tiene
varios aspectos adicionales, lo cual queda claramente de manifiesto en el
cuento de Manawee. Aunque en algunos cuentos el protagonista busca el nombre de
una fuerza perversa para poder dominarla, por regla general la búsqueda del
nombre obedece al deseo de evocar esta fuerza o a esta per-sona, a la necesidad
de estar cerca de esta persona y establecer una rela-ción con ella.
Es lo que ocurre en el cuento de Manawee. Éste va y viene una y otra vez
en un sincero intento de acercarse al poder de "las Dos". Le
inter-esa nombrarlas no para adueñarse de su poder sino para adquirir un po-der
propio igual al suyo. Conocer los nombres equivale a adquirir y con-servar la
conciencia de la doble naturaleza. Por mucho que uno lo desee e incluso
recurriendo al uso del propio poder, no se puede establecer una relación
profunda sin conocer los nombres.
La adivinación de los nombres de la doble naturaleza, es decir, de las
dos hermanas, es inicialmente una tarea tan difícil para las mujeres como para
los hombres. Pero no tenemos que preocuparnos demasiado. El solo hecho de que
nos interese descubrir los nombres significa que ya vamos por buen camino.
¿Y cuáles son exactamente los nombres de estas dos hermanas simbólicas
de la psique femenina? Como es natural, los nombres de las dualidades varían
según las personas, pero tienden a ser en cierto modo contrarios. Tal como
ocurre con buena parte del mundo natural, es posible que al principio los
nombres nos parezcan inmensos y pensemos que care-cen de una pauta o repetición
determinada. Pero un minucioso examen de la doble naturaleza, haciendo
preguntas y prestando atención a las res-puestas, no tardará en revelarnos una
pauta que efectivamente es muy amplia, pero que posee una estabilidad semejante
al flujo y reflujo de las mareas; la pleamar y la bajamar son predecibles y
pueden trazarse mapas de sus corrientes profundas.
En la cuestión de la adivinación de los nombres, pronunciar el nom-bre
de una persona es formular un deseo o una bendición acerca de él ca-da vez que
se pronuncia. Nombramos estos dos temperamentos que lleva-mos dentro para casar
el ego con el espíritu. Esta pronunciación del nom-
bre y este casamiento se llaman, con palabras humanas, amor propio.
Cuando se produce entre dos personas individuales se llama amor recípro-co.
Manawee trata una y otra vez de adivinar los nombres, pero sólo con su
naturaleza exterior no consigue adivinar los nombres de las gemelas. El perro,
como representante de la intuición, actúa al servicio de Manawee. Las mujeres
ansían a menudo encontrar a un compañero que tenga esta clase de paciencia y el
ingenio necesario para seguir intentando compren-der su naturaleza profunda.
Cuando encuentra a un compañero de este tipo, lo hace objeto de su lealtad y
amor durante toda su vida. En el cuen-to, el padre de las gemelas actúa de
guardián de la pareja mística. Es el símbolo de un rasgo intrapsíquico real que
protege la integridad de unas cosas que tienen que "permanecer
unidas" y no separadas. Él es quien somete a prueba el valor, la
"idoneidad" del pretendiente. Es bueno que las mujeres tengan este
vigilante.
En este sentido se podría decir que una psique sana somete a prue-ba
todos los nuevos elementos que piden permiso para incorporarse a ella; que la
psique posee una integridad cuya protección exige un proceso de selección. Una
psique sana poseedora de un paternal vigilante no acepta sin más cualquier
viejo pensamiento o cualquier actitud o persona, sólo acepta los que poseen
capacidad de percepción conciente o se esfuerzan por alcanzarla.
El padre de las dos hermanas dice: "Espera. Hasta que no me
con-venzas de que te interesa realmente conocer la verdadera esencia -los
ver-daderos nombres-, no podrás tener a mis hijas." El padre quiere decir:
"No podrás comprender los misterios de las mujeres con sólo pedirlo.
Primero tienes que esforzarte. Tienes que estar dispuesto a entregarte por
entero. Tienes que imaginarte cada vez más cerca de la auténtica verdad de este
rompecabezas espiritual femenino, de este esfuerzo que es no sólo un des-censo sino
también un enigma."
La tenaz naturaleza canina
El perrito del cuento muestra exactamente de qué manera actúa la
tenacidad psíquica. Los perros son los magos del universo. Con su sola
presencia transforman a las personas malhumoradas en sonrientes, a las personas
tristes en menos tristes; engendran relaciones. Como en la anti-gua epopeya
babilónica de Gilgamés, en la que Inkadu, el peludo hom-bre/animal es el
contrapunto de Gilgamés, el rey excesivamente racional, el perro constituye una
de las dos naturalezas del hombre. Es la naturale-za del bosque, la que puede
seguir el rastro, la que percibe lo que son las cosas.
Al perro le gustan las hermanas porque éstas le dan de comer y le
sonríen. Lo místico femenino comprende y acepta de buen grado la natura-leza
instintiva del perro. El perro representa, entre otras cosas, al (o a la) que
ama fácilmente y durante mucho tiempo con todo su corazón, que
perdona sin esfuerzo, que es capaz de correr durante largo rato y de
luchar hasta morir en caso necesario. La naturaleza canina 3 nos da las claves
concretas sobre la forma en que un compañero se ganará el corazón de las
hermanas gemelas y de la mujer salvaje, y la clave principal es "vuelve
una y otra vez".
Manawee no consigue adivinar los nombres y regresa tristemente a casa.
Pero el perrito vuelve a la cabaña de las hermanas y presta atención hasta que
oye los nombres. En el mundo de los arquetipos la naturaleza canina es
psicopompa* -mensajera entre el mundo superior y el oscuro mundo inferior- y
ctónica**, es decir, originaria de las más oscuras y remo-tas regiones de la
psique, las que desde tiempo inmemorial se han venido llamando el infierno o
mundo subterráneo de ultratumba. Un compañero tiene que llegar a esta
sensibilidad para poder comprender la doble natu-raleza.
El perro es parecido al lobo, sólo que un poco más civilizado, si bien,
tal como se ve en el resto del cuento, no demasiado. Este perrito en su
ca-lidad de psicopompo representa la psique instintiva. Oye y ve las cosas de
manera distinta a como lo hace un ser humano. Llega a unos niveles que el ego
jamás conseguiría imaginar por su cuenta. Oye unas palabras y unas
instrucciones que el ego no puede oír. Y se guía por lo que oye.
Una vez, en un museo de la ciencia de San Francisco, entré en una sala
llena de micrófonos y altavoces que simulaban el oído de un perro. Cuando una
palmera se agitaba al viento, sonaba como un terremoto; cuando unas pisadas se
acercaban desde lejos, era como si alguien estrujara contra mi oído un millón
de bolsas de palomitas de maíz. El mundo del perro está lleno de constantes
cataclismos acústicos, Unos cataclismos acústicos que nosotros los seres
humanos no percibimos en absoluto. Pero el perrito sí.
El cánido oye más allá del alcance del oído humano. Este aspecto medial
de la psique instintiva, de características semejantes a las de los médiums,
percibe la profunda función, la profunda música y los profundos misterios de la
psique femenina. Ésta es la naturaleza que puede conocer la naturaleza salvaje
de las mujeres.
El sigiloso apetito seductor
No es casual que los hombres y las mujeres se esfuercen en buscar las
facetas más profundas de sus naturalezas y, sin embargo, se distraigan de este
propósito por toda una serie de razones, generalmente por placeres de distintas
clases. Algunos se aficionan a dichos placeres, se quedan pe-rennemente
enredados en ellos y jamás reanudan su tarea.
* Uno de los epítetos del dios
griego Hermes en su papel de guía de las al-as al mundo subterráneo. (N. de la
T.)
** Uno de los epítetos de Zeus y de
las divinidades del mundo subterráneo cuyo significa-do es "perteneciente
al reino de ultratumba". (N. de la T.)
Al principio, el perrito también se distrae a causa de sus apetitos.
Muchas veces los apetitos son unos encantadores forajidos que se dedican a
robar el tiempo y la libido. Nuestro tiempo y nuestra libido. Jung señaló que
se tenía que controlar en cierto modo el apetito humano. De lo contra-río y tal
como ya hemos visto, la persona se detiene ante cada hueso que ve por el camino
y ante cada empanada que ve sobre un tronco.
Es posible que, como el perro, los compañeros que buscan el nombre de la
doble naturaleza pierdan su determinación en presencia de cualquier tentación
que encuentren por el camino. Tal cosa puede ocurrir si se trata de criaturas
salvajes o famélicas. En tal caso, es posible que también se olviden de lo que
tienen entre manos. Puede que sean tentados/atacados por algo de su propio
inconciente que desea ejercer su dominio sobre las mujeres con el fin de
explotarlas o de atraerlas para la satisfacción de su propio placer o para
llenar su vacío de cazador.
Durante el camino de regreso a la casa de su amo, el perro se distrae a
causa de un sabroso hueso, lo cual lo lleva a olvidar los nombres de las
muchachas. Este episodio representa algo que suele ocurrir en la función
psíquica profunda: las distracciones del apetito obstaculizan el proceso
primario. No pasa un mes sin que alguna paciente me diga "Bueno, me
distraje porque tenía mucho trabajo o porque experimenté una fuerte exci-tación
sexual y tardé siete días en calmar esa fiebre" o "… porque pensé que
esta semana era el momento adecuado para podar las quinientas plantas de mi
casa" o "... porque emprendí siete nuevas aventuras creati-vas, me lo
pasé muy bien y después llegué a la conclusión de que ninguna de ellas era
demasiado prometedora y decidí dejarlo todo".
Por consiguiente, el hueso en el camino es algo a lo que nadie es
in-mune. Su delicioso hedor es una tentación irresistible para un perro. En el
peor de los casos, probablemente se trata de una afición que ya nos ha sa-lido
muy cara en varias ocasiones. Sin embargo, aunque hayamos fracasa-do una y otra
vez, tenemos que volver a intentarlo hasta que podamos pa-sar de largo y seguir
adelante con nuestra tarea principal.
El momento culminante de nuestra actuación profunda es similar a la
excitación sexual en el sentido de que empieza de cero, acelera alcan-zando
distintos niveles y llega a una fase intensa y sostenida. Si la acelera-ción se
interrumpe bruscamente (por culpa de un ruido intenso e inespe-rado, por
ejemplo), hay que empezar de nuevo por el principio. Cuando se trabaja con el
estrato arquetípico de la psique se produce una tensión de excitación parecida.
Si se interrumpe la tensión, hay que empezar prácti-camente de cero. Por
consiguiente, en el camino hay muchos huesos jugo-sos, agradables, interesantes
y tremendamente excitantes. Pero todos ellos nos arrastran en cierto modo hacia
una especie de amnesia que nos hace olvidar no sólo en qué fase de nuestra tarea
nos encontramos sino también cuál es nuestra tarea.
El Corán nos advierte sabiamente de que se nos pedirá cuentas de todos
los placeres permitidos de la vida de los que no quisimos gozar cuando
estábamos en la tierra, Sin embargo, un exceso e incluso una pe-
queña cantidad de una cosa buena en el momento inadecuado puede
pro-vocarnos una considerable pérdida del nivel de conciencia. En cuyo caso, en
lugar de experimentar una repentina oleada de sabiduría, andamos por ahí como
un profesor distraído que murmura por lo bajo: "¿Dónde estaba yo
ahora?" Tardamos semanas y a veces meses en recuperarnos de estas
distracciones.
En el cuento el perro regresa corriendo a la cabaña de las gemelas, oye
de nuevo sus nombres y una vez más se aleja a toda prisa. El cánido sigue el
instintivo impulso de intentarlo una y otra vez. Pero, ay, una em-panada de
kumquat lo distrae y vuelve a olvidar los nombres. Otro aspecto del apetito ha
asaltado a la criatura y la ha apartado una vez más de su tarea. Su vientre ha
quedado satisfecho, pero no así la tarea de su alma.
Estamos empezando a comprender que el proceso de conservar la conciencia
y más concretamente de no ceder a los apetitos que nos distra-en mientras
tratamos de encontrar una conexión psíquica es un proceso muy largo, al que
resulta muy difícil mantenerse agarrado. Vemos que el sagaz perrito lo intenta
con todas sus fuerzas. Sin embargo, cuesta mucho salir del profundo inconciente
arquetípico para regresar a la mente con-ciente. Cuesta mucho bajar a los
nombres y cuesta mucho subir de nuevo a la superficie. Cuesta mucho conservar
el conocimiento conciente cuando se tropieza con trampas por el camino.
La empanada de kumquat y el hueso representan seducciones que nos
distraen y que a su manera son deliciosas... en otras palabras, hay en la
psique de todo el mundo unos elementos tortuosos, falsos y exquisitos. Estos
elementos son contrarios a la conciencia; se conservan lozanos man-teniendo las
cosas oscuras y atrayentes. A veces nos cuesta recordar que estamos luchando
por alcanzar la belleza de la luz.
En este cuento, el perro es el portador de la luz y trata de establecer
una conexión conciente con la mística naturaleza gemela. Hay "algo"
que periódicamente intenta evitarlo, algo que es invisible, pero que con toda
certeza es el responsable de la colocación de los huesos y de las empana-das.
No cabe duda de que se trata del oscuro forastero, otra versión del depredador
natural de la psique que se opone a la conciencia. Debido a la presencia de
este adversario natural en la psique de todas las personas, hasta la psique más
sana puede perder su lugar. El hecho de recordar la verdadera tarea que tenemos
entre manos y de recordarla una y otra vez prácticamente al modo de los
mantras, nos conducirá de nuevo a la con-ciencia.
La adquisición de la fiereza
El perrito aprende una vez más los nombres de las mujeres y regresa
corriendo junto a su amo. Pasa de largo por delante del festín del camino y de
los deliciosos efluvios procedentes de los arbustos. Vemos aquí que la
intensidad de la conciencia de la psique está aumentando. La psique ins-
tintiva ha aprendido a reprimirse, a respetar las prioridades y a
concen-trarse. Se niega a distraerse. Ahora está atenta.
Pero, como llovida del cielo, una cosa oscura se abalanza de repente
sobre el perrito. El desconocido sacude al perro y le grita: "¡Dime los
nom-bres! ¿Cómo se llaman las jóvenes para que yo pueda conseguirlas?" Al
desconocido no le interesa la doble naturaleza ni las mejores cualidades de la
psique. Para él, lo femenino es una posesión que desea adquirir y nada más.
El desconocido puede ser una persona real del mundo exterior o un
complejo negativo del interior. No importa lo que sea, pues el efecto
devas-tador es el mismo. Esta vez el perro libra una batalla desenfrenada.
Tanto si el sujeto es varón como si es mujer, eso es lo que ocurre en la vida
exte-rior cuando un incidente, un error verbal o alguna cosa extraña se
abalan-za sobre nosotros y trata de hacernos olvidar quiénes somos. Siempre hay
algo en la psique que trata de robarnos los nombres. En el mundo exterior
también hay muchos ladrones de nombres.
En el cuento, el perrito lucha con denuedo. A veces, sólo aprende-mos a
aferrarnos a nuestro más profundo conocimiento porque un desco-nocido se nos
echa encima. Entonces tenemos que luchar por lo que más queremos, por aquello
que tenemos entre manos, por nuestro desarrollo más allá de nuestros motivos
espirituales superficiales, lo que Robert Bly llama "el deseo de sentirnos
maravillosamente"4, por mantenernos aferra-dos al conocimiento profundo,
por terminar lo que hemos empezado.
El perrito lucha por conservar los nombres y, de esta manera, vence las
repetidas caídas en el inconciente. Una vez terminada la batalla, com-probamos
con asombro que el perro no ha perdido los nombres, pues la pelea era por eso,
por el conocimiento de lo femenino salvaje. Quienquiera que lo posea tiene el
mismo poder que la mujer. El perro ha luchado para entregarle este poder al
hombre digno de él, Manawee. Ha luchado para impedir que el poder fuera a parar
a un aspecto de la antigua naturaleza humana que lo utilizaría mal. La entrega
del poder a unas manos adecua-das es tan importante como el descubrimiento de
los nombres.
El heroico perro entrega los nombres a Manawee, el cual los ofrece al
padre de las jóvenes. Las muchachas ya están preparadas para irse con Manawee.
Han estado esperando desde el principio que Manawee descu-briera y conservara
el conocimiento conciente de sus naturalezas intrínse-cas.
Vemos por tanto que las dos cosas que impiden el progreso en estas
cuestiones son las distracciones del propio apetito y el oscuro desconocido, el
cual puede ser un innato opresor del interior de la psique o una persona o
situación del mundo exterior. En cualquier caso, el viajero sabe
instinti-vamente cómo derrotar a estos saqueadores y merodeadores. Hay que
con-servar los nombres, los nombres lo son todo.
La mujer interior
A veces las mujeres se cansan y se ponen nerviosas aguardando que sus
compañeros las comprendan. "¿Cómo es posible que no sepan lo que pienso y
lo que quiero?", se preguntan. Las mujeres se hartan de hacerse esta
pregunta. Pero el dilema tiene una solución que es eficaz y efectiva.
Sí una mujer quiere que su compañero responda de esta manera, tendrá que
enseñarle el secreto de la dualidad femenina. Tendrá que hablarle de la mujer
interior, aquella que, añadida a ella misma, suma dos. Y lo hará enseñando a su
compañero a hacerle dos preguntas falsa-mente sencillas que conseguirán que se
sienta vista, oída y conocida.
La primera pregunta es la siguiente: "¿Qué es lo que quieres?"
Casi todo el mundo suele formular una versión de esta pregunta. Pero hay otra
pregunta más esencial y es la siguiente: "¿Qué es lo que quiere tu yo
pro-fundo?"
Si un hombre pasa por alto la doble naturaleza de una mujer y la toma
por lo que parece, lo más seguro es que se lleve una sorpresa, pues, cuando la
naturaleza salvaje de la mujer surge de las profundidades y em-pieza a dejar
sentir su presencia, a menudo tiene unas ideas, unos inter-eses y unos
sentimientos muy distintos de los que había puesto de mani-fiesto
anteriormente.
Para entablar una relación segura, la mujer tendrá que hacerle a su
compañero estas mismas preguntas. En nuestra calidad de mujeres, noso-tras
aprendemos a interrogar las dos facetas de nuestra naturaleza y tam-bién las de
los demás. A través de la información que recibimos de ambas facetas, podemos
establecer con toda claridad qué es lo que más valora-mos y actuar en
consecuencia.
Cuando una mujer consulta su doble naturaleza, busca, examina y toma
muestras de un material que está más allá de la conciencia y que, por
consiguiente, resulta muchas veces sorprendente por su contenido y su
elaboración y es a menudo extremadamente valioso.
Para amar a una mujer, el hombre tiene que amar también su natu-raleza
indómita. Si la mujer acepta a un compañero que no sabe o no pue-de amar su
otra faceta, tendrá la sensación de que la han desmontado y cojeará como si
estuviera averiada.
Por consiguiente, los hombres, al igual que las mujeres, tienen que
averiguar también el nombre de su doble naturaleza. El amante más esti-mado, el
pariente y el amigo más apreciado, el "hombre salvaje" más esti-mable
es el que desea aprender. Aquellos que no disfrutan con el aprendi-zaje, los
que no se sienten atraídos por las nuevas ideas y experiencias, no pueden
desarrollarse más allá del poste del camino junto al cual están descansando en
este momento. Si existe una fuerza que alimenta la raíz del dolor, ésta es la
negativa a aprender más allá del momento presente.
Sabemos que la criatura del hombre salvaje está buscando su propia mujer
terrenal. Tanto si uno tiene miedo como si no, el hecho de dejarse conmover por
el alma salvaje de otra persona constituye un profundo acto de amor. En un
mundo en el que los seres humanos tienen siempre tanto
miedo de "perder", hay demasiadas murallas protectoras que
impiden la disolución de las personas en la numinosidad de otra alma humana.
El compañero de la mujer salvaje es el que posee tenacidad y pa-ciencia
espirituales, el que es capaz de enviar su propia naturaleza instin-tiva a
atisbar bajo la tienda de la vida espiritual de una mujer y compren-der lo que
ve y oye allí. El mejor partido es el hombre que insiste en regre-sar para
intentar comprender, el que no permite que los espectáculos se-cundarios que
encuentra por el camino lo aparten de su propósito.
La tarea salvaje del hombre es por tanto la de descubrir los verdade-ros
nombres de la mujer y no hacer mal uso de este conocimiento para ejercer su
poder sobre ella, sino captar y comprender la sustancia numi-nosa de que está
hecha, dejarse inundar, sorprender, escandalizar e inclu-so atemorizar por
ella. Y permanecer a su lado. Y cantarle sus nombres. Eso hará que a la mujer
le brillen los ojos y que a él le brillen a su vez los suyos.
Pero, para que no se duerma demasiado pronto sobre los laureles, queda
todavía otro aspecto de los nombres de la doble naturaleza, un as-pecto todavía
más temible, pero que es esencial para todos los amantes. Mientras que una de
las dos naturalezas de la mujer se podría llamar Vi-da, la hermana
"gemela" de la vida es una fuerza llamada Muerte. La fuer-za llamada
Muerte es una de las dos púas del tenedor magnético de la na-turaleza salvaje.
Si uno aprende a nombrar las dos naturalezas, al final acabará tropezando
directamente con la calavera desnuda de la naturaleza de la Muerte. Dicen que
sólo los héroes lo pueden resistir. El hombre sal-vaje lo puede resistir con
toda certeza. Y no cabe duda de que la mujer sal-vaje también. De hecho, ambos
se ven totalmente transformados por ella.
Ahora tengo el gusto de presentarles a la Mujer Esqueleto.
CAPÍTULO 5
La caza: Cuando el corazón es un cazador solitario
La Mujer Esqueleto:
El enfrentamiento con la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida del amor
A los lobos se les dan muy bien las relaciones. Cualquiera que haya
observado el comportamiento de los lobos se habrá dado cuenta de la
pro-fundidad de sus vínculos. Las parejas suelen ser de por vida. Aunque se
registren conflictos y desacuerdos entre los miembros de la pareja, sus fuertes
vínculos les permiten superarlos y conocer juntos duros inviernos, numerosas
primaveras, largos paseos, nuevas camadas, viejos depredado-res, danzas
tribales y cantos corales. Las necesidades de relación de los seres humanos no
difieren demasiado de las suyas.
Mientras que la vida instintiva de los lobos se caracteriza por la
leal-tad y unos vínculos duraderos de confianza y afecto, los seres humanos
tropiezan a veces con dificultades en estas cuestiones. Si descubriéramos los
fuertes vínculos que se registran entre los lobos en términos arquetípi-cos,
diríamos que la integridad de sus relaciones deriva de su sincroniza-ción con
la antigua pauta de toda naturaleza... lo que yo llamo el ciclo de la
Vida/Muerte/Vida.
La naturaleza de la Vida/Muerte/Vida es un ciclo de nacimiento,
de-sarrollo, declive y muerte, seguido siempre de un renacimiento. Este ciclo
influye en toda la vida física y en todas las facetas de la vida psicológica.
Todo -el sol, las novas y la luna y también los asuntos de los seres huma-nos y
de todas las más minúsculas criaturas, de las células y los átomos por igual-
presenta esta palpitación, seguida de un titubeo y otra palpita-ción.
A diferencia de los seres humanos, los lobos no piensan que los
alti-bajos de la vida, la energía, la fuerza, el alimento o las oportunidades
sean sorprendentes o constituyan un castigo. Las cumbres y los valles están
simplemente ahí y los lobos los recorren con la mayor eficacia y naturali-dad
posible. La naturaleza instintiva posee la prodigiosa capacidad de vivir todas
las circunstancias positivas y todas las consecuencias negativas sin
interrumpir la relación con el yo y con los demás.
El lobo afronta los ciclos de la naturaleza y el destino con buena
vo-luntad e ingenio y con la paciencia necesaria para permanecer unido a la
propia pareja y vivir lo mejor que pueda durante el mayor tiempo posible. Sin
embargo, para que los seres humanos puedan vivir y entregar su leal-tad de esta
manera tan acertada y tan sabia, tan protectora y tan sensible, es necesario
que éstos se enfrenten con aquello que más temen. Y no hay
manera de evitarlo, tal como veremos más adelante. Hay que acostarse con
Doña Muerte.
En los cuentos más sabios el amor raras veces es un encuentro en-tre dos
enamorados. Por ejemplo, algunos cuentos de las regiones circum-polares
describen el amor como la unión entre dos seres cuya fuerza con-junta permite a
uno de ellos o a los dos establecer comunicación con el mundo espiritual y
participar en el destino como si éste fuera una danza con la vida y la muerte.
El cuento que voy a relatar es una historia de caza acerca del amor. La
acción transcurre en el gélido norte. Para comprender el relato, hay que tener
en cuenta que allí, en uno de los ambientes más inhóspitos y una de las más
duras culturas cazadoras del mundo, el amor no significa un co-queteo o una
búsqueda con el simple propósito de complacer el ego, sino un vínculo visible
formado por el tendón psíquico de la resistencia, una unión que perdura en la
prosperidad y en la austeridad, a lo largo de los días y noches más complicados
y más sencillos. La unión de dos seres se ve en sí misma como una magia
angakok, como una relación a través de la cual ambos individuos pueden conocer
"quién es el que manda".
Pero esta clase de unión plantea ciertas exigencias. Para poder crear
este amor duradero, se invita a un tercer participante. Es el que yo llamo la
Mujer Esqueleto. También se le podría llamar Doña Muerte y, como tal, sería
otra figura de la Vida/Muerte/Vida en uno de sus múltiples disfra-ces. Bajo
esta forma, Doña Muerte no es una enfermedad sino una divini-dad.
En una relación, desempeña el papel del oráculo que sabe cuándo es el
momento de que los ciclos empiecen y terminen 1. Como tal, es el aspec-to más
salvaje de la relación, el que más temen los hombres y a veces in-cluso las
mujeres, pues, cuando se ha perdido la confianza en la transfor-mación, también
se pierden los ciclos naturales del desarrollo y el desgas-te.
Para crear un amor duradero, ambos amantes tienen que abrazar a la Mujer
Esqueleto y aceptar su presencia en la relación. Aquí, en un pri-mitivo
ambiente inuit y convertida en cuento literario original a partir de un poema
oral de cinco versos que me facilitó Mary Uukalat, está la Mujer Esqueleto.
Aquí están también las fases psíquicas por las que hay que pa-sar para aprender
a abrazarla. Vamos a mirar a través de las imágenes que surgen del humo de este
cuento.
La Mujer Esqueleto
Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recor-daba lo
que era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había
arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los
ojos. Mientras yacía bajo la superficie del mar, su esqueleto daba vueltas y
más vueltas en medio de las corrientes.
Un día vino un pescador a pescar, bueno, en realidad, antes venían
muchos pescadores a esta bahía. Pero aquel pescador se había alejado mucho del
lugar donde vivía y no sabía que los pescadores de la zona pro-curaban no
acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.
El anzuelo del pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos
que en los huesos de la caja torácica de la Mujer Esqueleto. El pes-cador
Pensó: "¡He pescado uno muy gordo! ¡Uno de los más gordos!" Ya estaba
calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan
grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo él se podría ver libre de la
ardua tarea de cazar. Mientras luchaba denodada-mente con el enorme peso que
colgaba del anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía
balancear y estremecer el kayak, pues la que se encontraba debajo estaba
tratando de desengancharse. Pero, cuan-to más se esforzaba, más se enredaba con
el sedal. A pesar de su resisten-cia, fue inexorablemente arrastrada hacia
arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.
El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio
cómo su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas
de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a
sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red,
todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del
extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.
"¡Ay!", gritó el hombre mientras el corazón le caía hasta las
rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de la cabeza
y las orejas se le encendían de rojo. "¡Ay!", volvió a gritar,
golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un
desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba
enreda-da en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues
parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera
persi-guiendo. Por mucho que zigzagueara con el kayak, ella no se apartaba de
su espalda, su aliento se propagaba sobre la superficie del agua en nubes de
vapor y sus brazos se agitaban como si quisieran agarrarlo y hundirlo en las
profundidades.
"¡Aaaaayy!", gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se
acer-caba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr,
pero el cadáver de la Mujer Esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió
brin-cando a su espalda, todavía prendido en el sedal. El hombre corrió sobre
las rocas y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada y ella lo siguió.
Co-rrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus botas de piel
de foca.
La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un po-co de
pescado helado mientras él la arrastraba en pos de sí. Y ahora esta-
ba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin llevarse
nada a la boca. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se introdujo en
el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando permane-ció
tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un
gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí, a salvo gracias a los dio-ses,
gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba... a salvo... por
fin.
Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio allí
acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre
el hombro, una rodilla en el interior de la caja torácica y un pie so-bre el
codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la
lámpara suavizó las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue por-que él era un
hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y
lentamente alargó sus mugrientas manos y, hablando con dulzura como hubiera
podido hablarle una madre a su hijo, empezó a desengancharla del sedal en el
que estaba enredada.
"Bueno, bueno." Primero le desenredó los dedos de los pies y
des-pués los tobillos. Siguió trabajando hasta bien entrada la noche hasta que,
al final, cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor
y le colocó los huesos en orden tal como hubieran tenido que estar los de un
ser humano.
Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y uti-lizó
unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en
cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de
pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en las pie-les, no se
atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel caza-dor la sacara de
allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en
pedazos.
El hombre sintió que le entraba sueño, se deslizó bajo las pieles de
dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen,
se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo
provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostál-gico. Y eso
fue lo que le ocurrió al hombre.
La Mujer Esqueleto vio el brillo de la lágrima bajo el resplandor del
fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido
entre un crujir de huesos y acercó la boca a la lágrima. La solita-ria lágrima
fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed
de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujo la
mano en el interior del hombre dormido y le sacó el corazón, el que pal-pitaba
tan fuerte como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados:
¡Pom, Pom!.... ¡Pom, Pom!
Mientras lo golpeaba, se puso a cantar "¡Carne, carne, carne!
¡Carne, carne, carne! ". Y, cuanto más cantaba, tanto más se le llenaba el
cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y
unas rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y
unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas
las cosas que necesita una mujer.
Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre
dormido y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devol-vió el gran
tambor, el corazón, a su cuerpo y así fue como ambos se des-pertaron, abrazados
el uno al otro, enredados el uno en el otro después de, pasar la noche juntos,
pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.
La gente que no recuerda la razón de su mala suerte dice que la mu-jer y
el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había
conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcio-narles
siempre el alimento. La gente dice que es verdad y que eso es todo lo que se
sabe.
La Muerte en la casa del amor
La incapacidad de enfrentarse con la Mujer Esqueleto y de desenre-darla
es el origen del fracaso de muchas relaciones amorosas. Para amar, hay que ser
no sólo fuerte sino también sabio. La fuerza Procede del espíri-tu. La
sabiduría procede de la experiencia con la Mujer Esqueleto.
Tal como hemos visto en el cuento, si uno desea ser alimentado de por
vida, tiene que enfrentarse con la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y entablar
una relación con ella. En cuanto conseguimos este propósito, ya no andamos
dando tumbos por ahí en un intento de pescar fantasías, pues comprendemos que
la verdadera relación la crean las muertes nece-sarias y los sorprendentes
nacimientos. Cuando nos enfrentamos con la Mujer Esqueleto, comprendemos que la
pasión no es algo que se "va a buscar" sino algo que se genera a
través de unos ciclos y se distribuye por este medio. La Mujer Esqueleto es la
que nos muestra que una vida com-partida en todos los incrementos y todas las
disminuciones, en todos los finales y los principios crea un fiel amor sin
parangón.
El cuento es una metáfora muy apropiada para el problema del amor
moderno, el temor a la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y al aspecto de la
Muerte en particular. En buena parte de la cultura occidental el carác-ter
original de la naturaleza de la Muerte se ha envuelto en distintos dog-mas y
doctrinas hasta separarlo de su otra mitad que es la Vida. Nos han enseñado
equivocadamente a aceptar una forma rota de uno de los más básicos y profundos
aspectos de la naturaleza salvaje. Nos han enseñado que la muerte siempre va
seguida de más muerte. Pero no es así, la muerte siempre está incubando nueva
vida aunque nuestra existencia haya que-dado reducida a los huesos.
En lugar de ser considerados contrarios, los arquetipos de la Muerte y
la Vida tienen que ser vistos como un conjunto, como la izquierda y la derecha
de una sola idea. Es cierto que dentro de una sola relación amoro-sa hay muchos
finales. Pero, en algún lugar de los delicados estratos del ser que se crea
cuando dos personas se aman, hay un corazón y un alien-to. Cuando se vacía un
lado del corazón, se llena el otro. Cuando se agota un aliento, empieza otro.
Si creemos que la fuerza de la Vida/Muerte/Vida no tiene ningún espacio
más allá de la muerte, no es de extrañar que algunas personas teman concertar
compromisos. Les aterra la simple posibilidad de soportar un final. No pueden
soportar la idea de pasar de la galería a las habitacio-nes interiores. Tienen
miedo, pues intuyen que en el cuarto del desayuno de la casa del amor está
sentada la Dama de la Muerte, golpeando el suelo con el pie, doblando y
volviendo a doblar los guantes. Tiene delante una lista de trabajo, a un lado
lo que está vivo y al otro lo que se está murien-do. Y está firmemente decidida
a realizar su tarea. Está firmemente decidi-da a mantener el equilibrio.
El arquetipo de la fuerza de la Vida/Muerte/Vida ha sido muy mal
interpretado en muchas culturas modernas. En algunas ya no se com-prende que la
Dama de la Muerte representa una pauta esencial de la creación. Gracias a sus
amorosos cuidados la vida se renueva. En muchas tradiciones populares las
figuras femeninas de la muerte son objeto de re-presentaciones espectaculares:
lleva una guadaña y "cosecha" a los que menos lo esperan, besa a sus
víctimas y deja los cadáveres a su espalda o asfixia a la gente y después se
pasa la noche lanzando gemidos de dolor.
Pero en otras culturas como la de las Indias Orientales y la maya, que
han conservado las enseñanzas acerca de la rueda de la vida y la muerte, la
Dama de la Muerte envuelve a los moribundos, alivia su dolor y los consuela. En
el curanderismo, dicen que da la vuelta al niño en el vien-tre y lo coloca boca
abajo para que pueda nacer. Dicen que guía las manos de la comadrona, abre los
caminos de la leche de la madre en los pechos y consuela a todos los que lloran
solos. Lejos de despreciarla, los que la co-nocen en su ciclo completo respetan
su generosidad y sus lecciones.
Desde un punto de vista arquetípico, la naturaleza de la
Vida/Muer-te/Vida es un componente básico de la naturaleza instintiva. En el
mito y el folclore se la llama la Dama de la Muerte; Coatlicue; Hel; Berchta;
Ku’an Yin; Baba Yagá; la Dama de Blanco; la Belladona Misericordiosa; y,
for-mando un grupo de mujeres, las griegas Graeae, las Damas Grises. Desde la
Banshee, en su carruaje hecho de nubes nocturnas, hasta La Llorona de la orilla
del río, desde el ángel oscuro que roza a los seres humanos con la punta de su
ala hundiéndolos en un éxtasis hasta el fuego de los pantanos que aparece
cuando la muerte es inminente, los cuentos están llenos de estos vestigios de
las antiguas personificaciones de la diosa de la creación
2.
Buena parte de nuestro conocimiento de la naturaleza de la Vida/
Muerte/Vida está contaminada por nuestro temor a la muerte. De ahí que
nuestra capacidad de movernos al ritmo de los ciclos de esta naturaleza
sea un tanto escasa. Estas fuerzas no "nos hacen nada". No son
ladrones que nos roban las cosas que más queremos. Esta naturaleza no es un
conductor que atropella lo que más apreciamos y se da a la fuga.
No, las fuerzas de la Vida/Muerte/Vida forman parte de nuestra propia
naturaleza, forman parte de una autoridad interior que conoce los Pasos de la
Danza de la Vida y la Muerte. Está integrada por los aspectos de nuestra
personalidad que saben cuándo algo puede, debe y tiene que nacer y cuándo tiene
que morir. Es una maestra muy sabia siempre y cuando nosotros sepamos aprender
su ritmo. Rosario Castellanos, la mística y poeta mexicana, escribe a propósito
de la entrega a las fuerzas que gobiernan la vida y la muerte:
... dadme la muerte que me falta...
Los poetas comprenden que todo carece de valor sin la muerte. Sin la
muerte no hay lecciones, sin la muerte no hay oscuridad sobre la cual pueda
destacar el fulgor del diamante. Mientras que los iniciados no temen a la Dama
de la Muerte, nuestra cultura nos anima a menudo a arrojar a la Mujer Esqueleto
desde el acantilado, pues no sólo es un personaje temi-ble sino que, además, se
necesita mucho tiempo para aprender a conocer-la. Un mundo sin alma fomenta la
rápida y desesperada búsqueda del fi-lamento capaz de arder perennemente y a
partir de ahora. Sin embargo, el milagro que estamos buscando exige tiempo:
tiempo para buscarlo y tiem-po para traerlo a la vida.
La búsqueda moderna de la máquina del movimiento continuo com-pite con
la búsqueda de la máquina del amor continuo. No es de extrañar que las personas
que pretenden amar se sientan perplejas y acosadas co-mo en el cuento de
"Las zapatillas rojas". y se entreguen a una enloquecida danza,
incapaces de detener sus frenéticas evoluciones, pasando como un torbellino por
delante de las cosas que más aprecian en su fuero interno.
Sin embargo, hay otra manera, una manera mucho mejor que tiene en cuenta
las flaquezas, los temores y las singularidades humanas. Pero, tal como suele
ocurrir en los ciclos de la individuación, casi todos nosotros nos limitarnos a
pasar tropezando por encima de ella.
Las primeras fases del amor
El hallazgo accidental del tesoro
En todos los cuentos hay algún material que se puede considerar un
reflejo de las enfermedades o el bienestar de la propia cultura o de la pro-pia
vida interior. En los cuentos hay también unos temas míticos que se pueden
interpretar como representación de las distintas fases de la con-servación del
equilibrio de los mundos interior y exterior, Y como instruc-ciones para
lograrlo.
Aunque la Mujer Esqueleto se puede considerar la representación de los
movimientos del interior de una sola psique, este cuento me parece más
interesante si se interpreta como una serie de siete tareas que ense-ñan a cada
alma a amar profunda y satisfactoriamente a otra. Éstas son las tareas:
descubrir a otra persona como una especie de tesoro espiritual, aunque al
principio uno no se dé cuenta de lo que ha encontrado en casi todas las
relaciones amorosas viene a continuación de la persecución y el ocultamiento,
un período de esperanzas y temores para ambos componen-tes de la pareja.
Después viene el desenredo y la comprensión de los as-pectos de la
Vida/Muerte/Vida que contiene la relación y la aparición de un sentimiento de
compasión con respecto ala tarea. La siguiente fase es la de la relajación, la
confianza y la capacidad de descansar en presencia del otro y con su
beneplácito, tras lo cual se inicia un período de participa-ción de ambos en
los sueños futuros y las tristezas pasadas, los cuales marcan el comienzo de la
curación de las antiguas heridas de amor. Des-pués viene el uso del corazón
para entonar un cántico a la nueva vida y, finalmente, la fusión del cuerpo y
el alma.
La primera tarea, el hallazgo del tesoro, figura en docenas de cuen-tos
de todo el mundo en los que se narra la pesca de una criatura del fon-do del
mar. Cuando eso ocurre en una narración, siempre sabemos que muy pronto se
producirá una lucha entre lo que vive en el mundo de arri-ba y lo que vive o se
ha reprimido en el mundo subterráneo. En este cuen-to, el pescador pesca mucho
más de lo que esperaba. "Es uno de los gor-dos", piensa mientras se
da la vuelta para recoger la red.
No se da cuenta de que está izando a la superficie el tesoro más
te-rrorífico que pueda imaginar, que está izando a la superficie algo muy
su-perior a sus fuerzas. No sabe que tendrá que llegar a un entendimiento con
él y que está a punto de poner a prueba todos sus poderes. Y lo peor es que no
sabe que no sabe. Éste es el estado de todos los enamorados al principio: están
tan ciegos como los murciélagos.
Los seres humanos que no tienen demasiados conocimientos al res-pecto
muestran una cierta tendencia a acercarse al amor tal como el pes-cador del
cuento se acerca a la caza: "Espero pescar uno muy gordo que me alimente
durante mucho tiempo, me llene de emoción y me facilite la vida y del que pueda
presumir delante de todos los demás cazadores cuando vuelva a casa."
Es el comportamiento natural del cazador ingenuo o muerto de hambre. Los
muy jóvenes, los no iniciados, los hambrientos y los heridos tienen unos
valores que giran en torno al hallazgo y la ganancia de trofeos. Los muy
jóvenes aún no saben realmente lo que buscan, lo, hambrientos buscan sustento y
los heridos buscan consuelo de sus anteriores pérdidas. Pero a todos les
"caerá encima" el tesoro.
Cuando alguien está en compañía de los grandes poderes de la psi-que) en
este caso de la mujer de la Vida/Muerte/Vida, y es muy ingenuo, lo más seguro
es que pesque más de lo que esperaba. A menudo acaricia-mos la fantasía de
recibir el alimento de la profunda naturaleza a través de
una relación amorosa, un trabajo o el dinero, y esperamos que el
alimento nos dure mucho tiempo. Nos gustaría no tener que trabajar más. Hay
ve-ces en que incluso nos gustaría que nos dieran de comer sin apenas tener que
trabajar. En realidad, sabemos muy bien que, de esta manera, no con-seguiremos
nada que merezca la pena. Pero, aun así, lo deseamos.
Es fácil permanecer tendidos soñando simplemente con el amor per-fecto.
Es una anestesia de la cual tal vez jamás nos recuperemos como no sea para
apropiarnos despiadadamente de algo valioso que se encuentra, sin embargo,
fuera de nuestra conciencia. Para los ingenuos y heridos el milagro de la
actuación de la psique consiste en que, aunque uno esté desanimado, aunque se
muestre irreverente, no quiera hacerlo, no lo espe-re en realidad, no le
apetezca, aunque se sienta indigno o no esté prepara-do, tropezará
accidentalmente y de todos modos con el tesoro. Entonces al alma le corresponde
la tarea de no pasar por alto lo que se ha encontrado, reconocer que el tesoro
lo es efectivamente y reflexionar cuidadosamente acerca de lo que debe hacer a
continuación.
La figura del pescador comparte un poco el arquetípico simbolismo de la
del cazador y ambas representan entre otras muchas cosas los ele-mentos
psicológicos de los seres humanos que intentan saber y se esfuer-zan por
alimentar el yo por medio de la fusión con la naturaleza instintiva. En los
cuentos como en la vida el cazador y el pescador inician su búsque-da mediante
una de estas tres maneras: de una manera sagrada, con mez-quindad o a
trompicones. En el cuento de la Mujer Esqueleto vemos que el pescador anda un
poco a trompicones. No es mezquino, pero tampoco po-ne de manifiesto una
actitud o intención sagrada.
A veces los amantes empiezan también de esta manera. Al principio de una
relación sólo intentan pescar un poco de emoción o una especie de antidepresivo
del tipo "ayúdame a pasar la noche". Sin darse cuenta en-tran en una
parte de su propia psique y en la de la otra persona en la que habita la Mujer
Esqueleto. Aunque sus egos sólo busquen un poco de di-versión, el espacio
psíquico es un territorio sagrado para la Mujer Esquele-to. Si navegamos por
estas aguas, la pescaremos con toda seguridad.
El pescador cree que sólo anda en busca de un poco de alimento, pe-ro de
hecho está sacando a la superficie toda la naturaleza femenina ele-mental, la
olvidada naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y ésta no se puede pasar por alto,
pues, siempre que empieza una nueva vida y se presenta la Reina de la Muerte. Y
cuando eso ocurre, por lo menos en un primer tiem-po, la gente le presta una
extasiada y temerosa atención.
En el tema inicial -el de la mujer que yace bajo la superficie del mar-
, la Mujer Esqueleto se parece a
Sedna 3, una figura de la Vida/Muerte/ Vida de la mitología inuit. Sedna es la
gran diosa deforme de la creación que habita en el mundo subterráneo inuit. Su
padre la arrojó por la borda de su kayak, pues, a diferencia de otras
obedientes hijas de la tribu, ella se había escapado con un hombre-perro. Como
el padre del cuento de hadas "La doncella manca", el padre de Sedna
le amputó las manos. Sus dedos y sus miembros se hundieron hasta el fondo del
mar, donde se convirtieron
en peces y focas y otras formas de vida que a partir de entonces
alimenta-ron a los inuit.
Lo que quedó del cuerpo de Sedna también se hundió hasta el fondo del
mar. Allí se convirtió en huesos y en cabello muy largo. En el rito inuit, los
chamanes de la tierra descienden nadando hasta ella y llevan comida para
apaciguar a su furioso consorte-perro y guardián. Los chamanes le peinan el
larguísimo cabello, le cantan y le suplican que sane el alma o el cuerpo de
alguna persona de arriba, pues ella es la gran angakok, la maga; es la gran
puerta norteña de la Vida y la Muerte.
La Mujer Esqueleto que se pasó siglos bajo el agua también se puede
interpretar como la fuerza de la Vida/Muerte/Vida no utilizada y mal utili-zada
de una mujer. En su forma vital y resucitada, gobierna las facultades
intuitivas y emotivas que completan los ciclos vitales de los nacimientos y los
finales, de las penas y las celebraciones. Es la que examina las cosas, la que
puede decir cuándo es el momento de que muera un lugar, una co-sa, un grupo o
una relación. Este regalo de la percepción psicológica espe-ra a todos aquellos
que la hacen aflorar a la conciencia a través del acto de amar a otra persona.
Una parte de todas las mujeres y de todos los hombres se niega a saber
que en todas las relaciones amorosas la Muerte también tiene que intervenir.
Fingimos poder amar sin que mueran nuestras ilusiones acerca del amor, fingimos
poder avanzar sin que jamás tengan que morir nuestros vehementes arrebatos de
emoción. Pero en el amor, desde un punto de vis-ta psíquico, todo,
absolutamente todo se desmenuza. El ego no lo quisiera, pero así tiene que ser
y toda persona dotada de una profunda naturaleza salvaje se muestra inclinada a
aceptarlo.
¿Qué es lo que muere? La ilusión, las expectativas, el ansia de tener-lo
todo, de querer tan sólo lo bello, todo muere. Puesto que el amor siem-pre da
lugar a un descenso a la naturaleza de la Muerte, se comprende por qué razón es
necesario tanto dominio sobre uno mismo y tanta fuerza es-piritual para
entregarse a este compromiso. Cuando uno se compromete con el amor, se
compromete también con la resurrección de la esencia de la Mujer Esqueleto y de
todas sus enseñanzas.
El pescador del cuento tarda en comprender la naturaleza de lo que ha
pescado. Es lo que le ocurre a todo el mundo al principio. Si uno es
in-experto, no sabe que allí abajo habita la naturaleza de la Muerte. En
cuan-to el sujeto averigua qué es lo que tiene delante, su impulso es intentar
rechazarlo. Nos convertimos en unos seres semejantes a los padres mitoló-gicos
que arrojan al mar a sus hijas salvajes por la borda del kayak.
Sabemos que a veces las relaciones fallan cuando pasan de la fase de
anticipación a la fase de enfrentamiento con lo que hay realmente en el extremo
del anzuelo. Ocurre en la relación de una madre con su hijo de dieciocho meses
lo mismo que entre los padres y su hijo adolescente, entre los amigos y entre
los amantes de toda la vida y los que llevan muy poco tiempo juntos. Una
relación iniciada con la mejor voluntad vacila, se agita y a veces se tambalea
cuando termina la fase del enamoramiento. Enton-
ces, en lugar de llevar a la práctica una fantasía, empieza en serio el
desaf-ío de la relación y uno tiene que echar mano de toda su habilidad y
pru-dencia.
La Mujer Esqueleto que habita bajo el agua representa una forma inerte
de una profunda vida instintiva que se conoce de memoria la crea-ción de la
Vida y la creación de la Muerte. Si los amantes insisten en llevar una vida de
forzada alegría, perpetuos placeres y otras formas de nefasta intensidad, si se
empeñan en que haya constantes Donner und Blitz, true-nos y relámpagos
sexuales, o un torrente de cosas agradables y ningún conflicto, arrojarán por
el acantilado la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y ésta se volverá a ahogar
en el mar.
El hecho de excluir de la relación amorosa todos los ciclos de la vida y
la muerte da lugar a que la naturaleza de la Mujer Esqueleto sea arran-cada de
su alojamiento psíquico y se ahogue. Entonces la relación amoro-sa adopta una
forzada expresión de "no nos pongamos tristes, procuremos divertirnos todo
lo que podamos" que se esfuerza en mantener a toda cos-ta. El alma de la
relación desaparece y se hunde en el agua, inútil y sin sentido.
Siempre se arroja por el acantilado a la Mujer Esqueleto cuando uno o
los dos componentes de la pareja no la soportan o no la entienden. La
arrojarnos por el acantilado cuando no aprendernos bien el uso de los ci-clos
transformativos: cuando las cosas tienen que morir Y ser sustituidas por otras.
Si los amantes no pueden soportar estos procesos de la Vi-da/Muerte/Vida,
tampoco se pueden amar el uno al otro más allá de las aspiraciones hormonales.
El hecho de arrojar por el acantilado esta misteriosa naturaleza siempre
da lugar a que la amante y la fuerza espiritual del amante se con-viertan en
unos esqueletos privados de auténtico amor y alimento, puesto que la mujer
suele vigilar muy de cerca los ciclos biológicos y emocionales, los ciclos de
la vida y la muerte constituyen el centro de su interés. Y, puesto que no puede
haber mucha vida si no se produce un declive de lo que antes había, los amantes
que se empeñan en mantenerlo todo al máximo nivel de esplendor psíquico vivirán
una relación cada vez más osi-ficada. El deseo de obligar al amor a vivir sólo
en su forma más positiva es la causa de que, al final, el amor muera
definitivamente.
El desafío del pescador es el de enfrentarse con la Dama de la Muer-te,
su abrazo y sus ciclos de vida y muerte. A diferencia de otros cuentos en los
que se captura una criatura subacuática a la que después se deja en libertad y
el pescador recibe en prenda de gratitud el cumplimiento de un deseo, a la Dama
de la Muerte no se la puede soltar y ésta no accede amablemente a ningún deseo.
Emerge a la superficie tanto si uno quiere como si no, pues sin ella no puede
haber ningún auténtico conocimiento de la vida y, sin este conocimiento, no
puede haber lealtad ni verdadero amor o afecto. El amor cuesta caro. Cuesta el
precio de la valentía. Cuesta tomarse una molestia, tal como veremos más
adelante.
Una y otra vez observo en los amantes, cualquiera que sea su sexo, un
fenómeno de este tipo: dos personas inician una danza para ver si les interesa
amarse. De repente, pescan accidentalmente a la Mujer Esquele-to. Algo en la
relación empieza a disminuir y resbala hacia la entropía. A menudo se reduce el
doloroso placer de la excitación sexual o uno de los componentes de la pareja
ve la frágil y herida parte oculta del otro o ve al otro como algo que "no
es precisamente un trofeo" y es entonces cuando emerge a la superficie la
vieja con su calva y sus amarillentos dientes.
Parece espantoso y, sin embargo, es el momento privilegiado en que
existe una auténtica oportunidad de dar muestras de valentía y conocer el amor.
Amar significa permanecer al lado de alguien. Significa salir de un mundo de
fantasía y entrar en un mundo en el que es Posible el amor du-radero, cara a
cara, hueso a hueso, un amor hecho de afecto. Amar signifi-ca quedarse cuando
todas las células gritan: "¡Echa a correr!"
Cuando los amantes son capaces de soportar la naturaleza de la
Vi-da/Muerte/Vida y de entenderla como un continuo -como una noche entre dos
días- y como la fuerza capaz de crear un amor para toda la vida, pue-den
enfrentarse con la presencia de la Mujer Esqueleto en su relación. En-tonces se
fortalecen juntos y ambos se sienten llamados a una compren-sión más profunda
de los dos mundos en los que viven, el mundo material y el mundo del espíritu.
A lo largo de mis veintitantos años de práctica, los hombres y las
mujeres se han tendido en mi sofá diciendo con emocionado terror: "He
conocido a alguien... yo no quería, estaba ocupado en mis propios asuntos y ni
siquiera miraba y, ¡de pronto!, conozco a alguien con A mayúscula. ¿Qué hago
ahora?" Mientras alimentan la nueva relación, empiezan a aco-bardarse. Se
echan para atrás y se preocupan. ¿Temen perder el amor de esta persona? No.
Tienen miedo porque están empezando a vislumbrar una calva calavera por debajo
de las olas de su pasión. ¡Ay! ¿Y ahora qué hacen?
Yo les digo que es un momento mágico, pero no logro tranquilizarlos. Les
digo que ahora veremos algo maravilloso. Pero les falta la fe. Les digo que
resistan y eso sí lo hacen, aunque con gran esfuerzo. Sin que yo me dé cuenta
desde la óptica de mi análisis, la barquita de su relación amorosa se va
alejando cada vez más rápido. Alcanza la orilla y, en un santiamén, sus
ocupantes echan a correr como alma que lleva el diablo y yo en mi pa-pel de
analista corro a su lado e intento decirles algo mientras a nuestra espalda nos
sigue a trompicones quien ya sabemos.
La mayoría de la gente cuando se enfrenta por primera vez con la Mujer
Esqueleto experimenta el impulso de echar a correr y alejarse al máximo. Correr
forma parte del proceso. Hacerlo es humano, pero no du-rante el tiempo y no
para siempre.
La persecución y el escondrijo
La naturaleza de la Muerte tiene la extraña costumbre de aparecer en las
relaciones amorosas justo en el momento en que creemos haber en-contrado a un
amante adecuado, en que creemos haber pescado "un pez muy gordo". Es
entonces cuando aflora a la superficie la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y
pega un susto a todo el mundo. Surge cuando los amantes hacen toda suerte de
equilibrios y se preguntan por qué razón el amor no va a "dar
resultado" para cualquiera de los componentes de la pa-reja. Es entonces
cuando uno se esconde en la madriguera en un esfuerzo por hacerse invisible.
¿Invisible para el amante? No. Invisible para la Mujer Esqueleto. Es entonces
cuando empiezan las carreras y la búsqueda de escondrijos. Pero, tal como
veremos, no hay ningún lugar donde ocultarse.
La psique racional sale de pesca en la esperanza de lograr una bue-na
pieza y no sólo la consigue sino que, además, se lleva un susto tan grande que
apenas puede resistirlo. Los amantes tienen la sensación de que algo los
persigue. A veces piensan que es el otro quien los persigue. Pero, en realidad,
es la Mujer Esqueleto. Al principio, cuando aprendemos a amar de verdad,
interpretamos erróneamente muchas cosas. Creemos que es el otro quien nos
persigue cuando, en realidad, lo que atrapa a la Mujer Esqueleto de tal forma
que no puede escapar de nosotros es nuestra intención de relacionarnos de una
manera especial con otro ser humano. Siempre que nace el amor, emerge a la
superficie la fuerza de la Vida/ Muerte/Vida. Siempre.
Así pues, el pescador y la Mujer Esqueleto se enredan el uno con el
otro. Mientras la Mujer Esqueleto avanza a trompicones detrás del aterro-rizado
pescador, se inicia su primitiva participación en la vida; le entra apetito y
come pescado seco. Más tarde, cuando cobra más vida, apaga su sed con la
lágrima del pescador.
Este extraño fenómeno se produce en todas las relaciones amorosas:
cuanto más corre el amante, más acelera ella. Cuando uno de los compo-nentes de
la pareja intenta huir de la relación, ésta se llena paradójica-mente de vida.
Y, cuanta más vida se crea, tanto más se asusta el pesca-dor. Y, cuanto más
corre, más vida se crea. El fenómeno es una de las tra-gicomedias más
esenciales de la vida.
Una persona que se encontraba en esta situación soñó que encon-traba a
una amante cuyo suave cuerpo se abría como un armario. En el interior de la
cavidad de su cuerpo había unos embriones relucientes y palpitantes, unas dagas
en unos anaqueles que chorreaban sangre y unas bolsas llenas del primer verdor
de la primavera. El sujeto se quedó perple-jo, pues se trataba de un sueño
acerca de la naturaleza de la Vida/Muerte /Vida.
Estas fugaces visiones del interior de la Mujer Esqueleto inducen a los
amantes en ciernes a tomar su equipo de pesca y echar a correr a toda velocidad
en un intento de interponer la mayor distancia posible entre su persona y la
Mujer Esqueleto. Ésta es inmensa, enigmática y deslumbra-doramente numinosa.
Desde un punto de vista psíquico, se extiende de horizonte a horizonte y del
cielo al infierno. Es tan enorme que cuesta mu-
cho abrazarla. Y, sin embargo, no es de extrañar que la gente corra a
echarse en sus brazos. Aquello que uno teme es capaz de fortalecer y sa-nar.
La fase de la persecución y el escondite es el período durante el cual
los amantes intentan racionalizar su temor a los ciclos de la Vida/Muerte/ Vida
del amor. Se dicen "Con otra persona me irán mejor las cosas", o
"No quiero renunciar a (llénese el espacio en blanco)...", o "No
quiero cambiar de vida", o "No quiero enfrentarme con mis heridas o
con las de otra per-sona", o "Aún no estoy preparado", o
"No quiero que me transformen sin antes averiguar con todo detalle qué
pareceré/sentiré después".
Es un período en el que los pensamientos están todos revueltos, en el
que uno busca desesperadamente un refugio y el corazón le late con fuerza no
porque ama y es amado sino de puro miedo. ¡Mira que haber si-do atrapado por la
Dama de la Muerte! ¡Ay! ¡Qué horror encontrarse cara a cara con la fuerza de la
Vida/Muerte/Vida! ¡Doble ay!
Algunos cometen el error de pensar que escapan corriendo de la re-lación
con su amante. Pero no es así. No se escapan del amor ni de las presiones de la
relación. Intentan dejar atrás la misteriosa fuerza de la Vi-da/Muerte/Vida. La
psicología diagnostica esta situación como "temor a la intimidad, temor al
compromiso". Pero eso no son más que síntomas. La cuestión más profunda es
la incredulidad y la desconfianza. Los que an-dan siempre huyendo temen en
realidad vivir de acuerdo con los ciclos de la naturaleza salvaje e integral.
Así pues, la Dama de la Muerte persigue al hombre a través del agua y
cruza la frontera que separa el inconciente de la conciencia de la mente. La
psique conciente se da cuenta de lo que ha atrapado e intenta desespe-radamente
dejarlo atrás. Lo hacemos constantemente en nuestra vida cuando aparece algo
temible. No prestamos atención y seguimos tirando de ello hacía arriba, en la
creencia de que es un gran trofeo. Y es efectiva-mente un tesoro, pero no de la
clase que nosotros habíamos imaginado. Es un tesoro que, por desgracia, nos han
enseñado a temer. Y entonces inten-tamos huir o desprendernos de él o
embellecerlo para que parezca lo que no es. Pero no da resultado. Al final,
todos tenemos que besar a la vieja bruja.
En el amor tiene lugar el mismo proceso. Nosotros sólo queremos la
belleza, pero acabamos enfrentándonos con lo malo. Tratamos de apartar de un
empujón a la Mujer Esqueleto, pero ella sigue adelante. Echamos a correr y nos
sigue. Es la gran maestra que siempre habíamos afirmado querer. "¡Pero no
ésta!", gritamos cuando la vernos aparecer. Queremos otra. Lástima. Ésta
es la maestra que a todos nos toca.
Hay un dicho según el cual, cuando el alumno está preparado, apa-rece la
profesora. Quiere decir que la maestra interior aflora a la superficie cuando
el alma, no el ego, está preparada. La maestra se presenta siempre que el alma
la llama... menos mal, pues el ego nunca está del todo prepa-rado. Si la
aparición de la maestra dependiera exclusivamente del ego, nos quedaríamos toda
la vida sin maestra. En eso tenemos suerte, pues el al-
ma sigue transmitiendo sus deseos sin tener en cuenta las opiniones
pe-rennemente cambiantes de nuestros egos.
Cuando las cosas en las relaciones amorosas se enredan y adquieren un
cariz alarmante, la gente teme que el final esté cerca, pero no así. Dado que
se trata de una cuestión arquetípica y dado que la Mujer Esqueleto cumple la
función del destino, el héroe se tiene que perder por el horizon-te, la Dama de
la Muerte tiene que presentarse inmediatamente después y el amante en período
de adiestramiento tiene que entrar a gatas en su pe-queña choza, ladeando y
confiando en salvarse. y la Mujer Esqueleto tiene que seguirlo al interior de
su seguro refugio. A continuación, él tiene que desenredarla, etc., etc.
Para los amantes modernos, la idea de "ocupar un espacio" es
como el iglú del pescador, donde éste cree que se encuentra a salvo. A veces
este temor a enfrentarse con la naturaleza de la muerte se distorsiona en una
"excusa", mediante la cual se intentan conservar tan sólo la, facetas
agra-dables de la relación sin tener que enfrentarse con la Mujer Esqueleto.
Pe-ro eso jamás da resultado.
Y hace que los amantes que no "ocupan un espacio" experimenten
una enorme ansiedad, pues desearían conocer a la Mujer Esqueleto. Se han
preparado a Conciencia, se han fortalecido, están intentando mante-ner a raya
sus temores. Y ahora, justo en el momento en que están a pun-to de desentrañar
el misterio, cuando uno de ellos se dispone a tocar el tambor del corazón y a
entonar un canto a la vida en común, el otro com-ponente de la pareja le grita
"Todavía no, todavía no" o "No, jamás".
Hay una gran diferencia entre la necesidad de soledad y renovación y el
deseo de "ocupar un espacio" para evitar la necesaria relación con la
Mujer Esqueleto. Pero esta relación, entendida como la aceptación de la
naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y el intercambio con ella, es el siguien-te
paso para fortalecer la propia capacidad de amar. Los que entablan una relación
con ella adquirirán una capacidad duradera de amar. Y los que no, no la
adquirirán. No hay vuelta de hoja 4.
Todos los "No estoy preparado", todos los "Necesito
tiempo" son comprensibles, pero sólo durante un breve período. La verdad
es que la gente nunca está "completamente preparada" y nunca hay un
"momento adecuado". Tal como ocurre con todos los descensos al
inconciente, llega un momento en que uno se limita a confiar en la suerte, se
tapa la nariz y se lanza al abismo. Si no fuera así, no habría sido necesario
crear las pa-labras heroína, héroe o valentía.
La tarea de conocer la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida se tiene que
llevar a cabo. Si se retrasa, la Mujer Esqueleto se sumerge en el agua pero
volverá a salir una y otra vez y seguirá persiguiendo una y otra vez. Ésta es
su misión. Y nuestra misión es aprender. Si uno quiere amar, no hay más
remedio. El hecho de abrazar a la Mujer Esqueleto es una tarea. Sin una tarea
que suponga un reto, no puede haber transformación. Sin una tarea, no se puede
experimentar una auténtica satisfacción. Amar el
placer exige muy poco esfuerzo. Para amar de verdad hay que ser un héroe
capaz de superar el propio temor.
Es cierto que muchas personas alcanzan la fase de la "fuga y el
es-condrijo". Por desgracia, algunas la alcanzan una y otra vez. La
entrada de la madriguera está llena de huellas de los que han entrado
apresurada-mente a gatas. Pero los que quieren amar de verdad emulan al
pescador. Se esfuerzan en encender el fuego y en enfrentarse con la naturaleza
de la Vida/Muerte/Vida. Contemplan cara a cara lo que temen y,
paradójica-mente, responden con convicción y asombro.
El desenredo del esqueleto
El cuento de la Mujer Esqueleto contiene un "test del
pretendiente". En los tests de los pretendientes los amantes tienen que
poner a prueba sus legítimas intenciones y aptitudes y lo suelen hacer
demostrando que tienen cojones u ovarios para enfrentarse con una suerte de
poderosa y temible numinosidad, a quien aquí llamamos la naturaleza de la Vida/
Muerte/Vida, si bien otros podrían llamarla un aspecto del Yo, o el espíritu
del Amor y otros la podrían llamar Dios o la Gracia, el espíritu de la energ-ía
o cualquier otro calificativo.
El pescador demuestra sus legítimas intenciones, sus aptitudes y su
creciente compromiso con la Mujer Esqueleto, desenredándola del sedal. La
contempla acurrucada y doblada en ángulos imposibles y ve en ella un destello
de algo, aunque no sabe de qué. Había huido de ella, jadeando y sollozando.
Ahora tiene intención de tocarla. Su sola existencia le conmue-ve el corazón.
Cuando comprendamos la soledad de la naturaleza de la Vi-da/Muerte/Vida en el
interior de la psique, ella que sin culpa alguna por su parte se ve
constantemente rechazada... puede que a nosotros también nos conmueva su
tormento.
Si queremos amar, por muy grandes que sean nuestro temor y nues-tro
recelo, estaremos dispuestos a desenredar los huesos de la naturaleza de la
Muerte y a ver qué es lo que ocurre. Estaremos dispuestos a tocar lo que no es
bonito 5 en otra persona y en nosotros mismos. Detrás de este reto se oculta un
sagaz test del Yo. Y está presente toda vía con más clari-dad en los cuentos en
los que lo bello se presenta como feo para poner a prueba el carácter de
alguien.
En el cuento "Diamantes, rubíes y perlas", una hijastra buena
pero denigrada saca agua del pozo para un acaudalado forastero y es
recom-pensada con el don de arrojar por la boca diamantes, rubíes y perlas cada
vez que habla. La madrastra ordena a sus perezosas hijas ir al mismo pozo para
esperar el paso del rico forastero. Pero esta vez se presenta una foras-tera
andrajosa. Cuando ésta pide un cacillo de agua, las hijas se niegan
orgullosamente a dárselo. La forastera las recompensa con el castigo de arrojar
por la boca culebras, sapos y lagartijas por siempre jamás.
En la justicia de los cuentos de hadas, al igual que en la psique
pro-funda, la amabilidad con lo que parece inferior se recompensa con un bien
y la negativa a mostrarse bueno con alguien que carece de belleza se
de-nuesta y se castiga. Ocurre lo mismo en los grandes estados emocionales como
el amor. Cuando nos estiramos e inclinamos para tocar lo que no es bello,
recibimos una recompensa. Si despreciamos lo que no es bello, nos aislamos de
la vida real y nos quedamos fuera, muertos de frío.
A algunos les resulta más fácil pensar en cosas sublimes y bellas y
tocar todo aquello que nos trasciende positivamente que tocar, prestar ayuda y
asistencia a lo que no es tan positivo. Es más fácil, tal como ilus-tra el
cuento, apartarse de lo no bello y, encima, sentirse falsamente hon-rados. Éste
es el problema amoroso que plantea el trato con la Mujer Es-queleto.
¿Qué es lo no bello? Lo no bello es nuestra ansia secreta de ser amados.
Lo no bello es el desuso y el uso incorrecto del amor. Nuestro abandono de la
lealtad y el aprecio es desagradable, nuestro sentido del aislamiento del alma
es feo, nuestras verrugas psicológicas, nuestros de-fectos, nuestros
malentendidos y nuestras fantasías infantiles son lo no bello. Y además,
nuestras culturas consideran no bello la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida, que
alumbra, destruye y vuelve a alumbrar.
Desenredar a la Mujer Esqueleto es comprender este error concep-tual y
subsanarlo. Desenredar a la Mujer Esqueleto es comprender que el amor no
significa velas perennemente encendidas e incrementos constan-tes. Desenredar a
la Mujer Esqueleto significa sentirse reconfortado más que atemorizado en la
oscuridad de la regeneración. Significa un bálsamo para las viejas heridas.
Significa cambiar nuestra manera de ver y de ser para poder reflejar la salud y
no ya las deficiencias del alma.
Para amar tenemos que tocar a la huesuda mujer básica y no dema-siado
agradable, desenredando el sentido de esta naturaleza en nuestro propio
beneficio, colocándole de nuevo los huesos en su sitio Y permitiendo que vuelva
a vivir. No basta con tirar del inconciente para que suba a la superficie y ni
siquiera es suficiente con arrastrar accidentalmente a la Mujer Esqueleto a
nuestra casa. El avance del amor se detiene cuando el sujeto la teme o la
desprecia durante mucho tiempo.
El hecho de desenredar el misterio de la Mujer Esqueleto empieza a.
romper el hechizo... es decir, el temor a consumirse y morir para siempre.
Desde el punto de vista arquetípico, ara desenredar algo hay que descen-der y
seguir un laberinto hasta poder llegar al mundo subterráneo o al lu-gar en el
que las cuestiones se nos revelan de una manera totalmente dis-tinta. Hay que
seguir algo que al principio parece un proceso complejo, pe-ro que, en
realidad, es una profunda pauta de renovación. En los cuentos de hadas,
resolver el acertijo, deshacer un nudo, desatar y desenredar sig-nifica empezar
a comprender algo que hasta entonces nos era desconocido, comprender sus
aplicaciones y usos, convertirse en una especie de mago, en un alma sagaz.
Cuando el pescador desenreda a la Mujer Esqueleto, empieza a ad-quirir
un conocimiento directo de las articulaciones de la Vida y la Muerte. El
esqueleto es una excelente imagen representativa de la naturaleza de la
Vida/Muerte/Vida. Como imagen psíquica, el esqueleto está formado por
cientos de pequeños y grandes palos y nudos de extrañas formas en conti-nua y
armoniosa relación entre sí. Cuando un hueso gira, giran todos los demás aunque
sea de manera imperceptible. Los ciclos de la Vida/Muerte/ Vida son exactamente
igual. Cuando la Vida se mueve, los huesos de la Muerte se mueven
solidariamente. Cuando la Muerte se mueve, los huesos de la Vida también
empiezan a girar.
Además, cuando un huesecito se disloca o astilla, le salen espolones o
sufre una subluxación, la integridad de todo el conjunto se resiente de ello.
Cuando se suprime la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida en la propia persona o
en una relación, ocurre lo mismo. La propia vida avanza ren-queando, se
recupera, cojea y protege el movimiento. Cuando se produce un daño en estas
estructuras y ciclos, siempre se registra una interrup-ción de la libido. Y
entonces no es posible el amor. Nos quedamos bajo la superficie del agua y nos
convertimos en unos simples huesos llevados por la corriente hacia delante y
hacia atrás.
Desenredar esta naturaleza significa aprender sus amortiguamien-tos, sus
hábitos y sus movimientos. Significa familiarizarse con los ciclos de la vida y
la muerte, aprenderlos de memoria, comprobar que actúan todos juntos y forman
un solo organismo, de la misma manera que el es-queleto es un solo organismo.
El temor no es un pretexto válido para no llevar a cabo la tarea. To-dos
tenemos miedo. Cuando se vive, se tiene miedo. Entre los inuit, el Cuervo es un
estafador. En su faceta subdesarrollada, es una criatura lle-na de apetitos. Le
gusta sólo el placer y trata de evitar todas las incerti-dumbres y los temores
que éstas llevan aparejados. Es muy receloso y también muy voraz. Se asusta si
algo no le parece satisfactorio a primera vista. Y se precipita sobre ello
cuando le parece apetecible. Le gustan las relucientes conchas de las orejas
marinas, las cuentas de plata, la ince-sante comida, los chismorreos y dormir
caliente sobre el agujero del humo de los iglús. El aspirante a amante puede
ser como el Cuervo que sólo quiere "lo seguro". Como el Cuervo, el
ego teme que la pasión se acabe y trata por todos los medios de evitar el final
de la comida, de la hoguera, del día y del placer. El Cuervo, como el ego, es
astuto pero siempre en su pro-pio perjuicio, pues, cuando se olvida de su alma,
pierde todo su poder.
El ego teme que, si reconocemos la presencia de la naturaleza de la
Vida/Muerte/Vida en nuestra existencia, no podamos volver a ser felices nunca
más. ¿Acaso hemos sido siempre absolutamente felices? No. Pero el ego
subdesarrollado es tan simple como un niño no socializado y, encima, no
excesivamente despreocupado; es más bien como un niño que anda vi-gilando
constantemente para llevarse la loncha más grande, la cama más mullida, el
amante más guapo.
Tres cosas distinguen el vivir del alma del vivir exclusivamente del ego
y son: la capacidad de percibir y aprender nuevas maneras de hacer las cosas,
la tenacidad de recorrer un camino accidentado y la paciencia necesaria para
aprender a amar profundamente y durante mucho tiempo.
Pero el ego tiene tendencia e inclinación a evitar los aprendizajes. La
pa-ciencia no es lo suyo. Las relaciones duraderas no son el punto fuerte del
Cuervo. Por consiguiente, no amamos a otra persona desde el ego peren-nemente
cambiante sino desde el alma salvaje.
Se necesita una "paciencia salvaje", tal como dice la poeta
Adrienne Rich 6, para desenredar los huesos, aprender el significado de la Dama
de la Muerte y poseer la suficiente tenacidad como para permanecer con ella.
Sería un error pensar que es necesario un héroe musculoso para conseguir tal
cosa. No es así. Es necesario un corazón dispuesto a morir y nacer y a volver a
morir y nacer una y otra vez.
El hecho de desenredar la Mujer Esqueleto revela que ésta es vieja y más
antigua que el tiempo definido. Es ella, la Dama de la Muerte, la que mide la
energía en comparación con la distancia, la que pesa el tiempo en comparación
con la libido, la que sopesa el espíritu en comparación con la supervivencia.
Medita acerca de ello, lo estudia, lo considera y después procede a infundirle
una o dos chispas o una repentina llamarada de fuego salvaje o a reducir un
poco su fuerza, a cubrirlo con ceniza o a apagarlo del todo. Ella sabe lo que
hay que hacer. Sabe cuándo ha llegado el mo-mento.
En este sentido, por tanto, un amante que antes era un poco inex-perto
en el amor adquiere mucha más habilidad mediante la observación de la Mujer
Esqueleto y la clasificación de sus huesos. En cuanto una per-sona empieza a
comprender las pautas de la Vida/Muerte/Vida, puede prever los ciclos de la
relación, sabiendo que a una merma le correspon-derá un incremento y a una
abundancia, un desgaste.
Una persona que ha desenredado a la Mujer Esqueleto sabe lo que es la
paciencia y sabe esperar. No se espanta ni se asusta ante la escasez, no se
siente abrumada por el cumplimiento de sus deseos. Sus necesida-des de
alcanzar, de tener las cosas "enseguida", se transforman en el arte
más refinado de buscar todas las facetas de la relación y observar cómo actúan
los ciclos de la relación. No teme entrar en contacto con la belleza de la
ferocidad, con la belleza de lo desconocido y con la belleza de lo no bello. Y,
gracias al aprendizaje y el conocimiento de todas estas cosas, se convierte en
la quinta esencia del amante salvaje.
¿Cómo aprende un hombre estas cosas? ¿Cómo las aprende cual-quier
persona? Entremos en diálogo directo con la naturaleza de la Vida/ Muerte/Vida
prestando atención a esta voz interior que no es el ego. Aprendamos, haciéndole
a la naturaleza Vida/Muerte/Vida preguntas di-rectas acerca del amor y la
manera de amar y prestemos atención a sus respuestas. Gracias a todas estas
cosas, aprenderemos a no dejarnos en-gañar por la gruñona voz de la parte de
atrás de nuestra mente que nos dice "Esto es un cuento chino... me lo
estoy inventando todo". Aprendere-mos a prestar atención a lo que oímos...
a todas las cosas que nos acercan cada vez más a la aguda conciencia, al amor a
la lealtad y a la clara visión del alma.
Es bueno adquirir la reflexiva y cotidiana costumbre de desenredar una y
otra vez la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida. El pescador entona una
cancioncilla de una sola estrofa para facilitar la tarea del desenredo. Es una
canción destinada a ayudar a la conciencia, a ayudar a desenredar la naturaleza
de la Mujer Esqueleto. No sabemos lo que canta. Sólo pode-mos adivinarlo.
Mientras desenredamos esta naturaleza, sería bueno que cantáramos algo de este
tipo: ¿A qué tengo hoy que dar más muerte para generar más vida? ¿Qué me consta
que debe morir, pero yo me resisto a permitir que muera? ¿Qué tiene que morir
en mí para que pueda amar? ¿Qué no belleza me da miedo? ¿De qué me sirve hoy el
poder de lo no be-llo? ¿Qué es lo que hoy tiene que morir? ¿Qué tiene que
vivir? ¿A qué vida temo alumbrar? Y, si no ahora, ¿cuándo?
Si entonamos la canción de la conciencia hasta sentir la quemadura de la
verdad, arrojaremos una llamarada de fuego a la oscuridad de la psi-que y
veremos lo que estamos haciendo, lo que estamos haciendo de ver-dad, no lo que
queremos creer que estamos haciendo. Así desenredamos nuestros sentimientos y
empezamos a comprender la razón por la cual el amor y la vida se tienen que
vivir a través de los huesos.
Para enfrentarnos con la Mujer Esqueleto no tenemos que asumir el papel
del héroe solar, no tenemos que librar una batalla ni poner en peli-gro nuestra
vida en el desierto. Basta con que procuremos desenredarla. La capacidad de
conocer la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida aguarda a los amantes que superan
el impulso de echar a correr y el deseo de sentir-se seguros.
Los antiguos que buscaban el conocimiento de la vida y de la muerte lo
llamaban la Perla de Gran Valor, el Tesoro Inimitable. El hecho de sos-tener
los hilos de estos misterios y de desenredarlos confiere un profundo
conocimiento del Destino y el Tiempo, un tiempo para todas las cosas y cada
cosa a su debido tiempo, rodando con lo áspero y resbalando con lo suave. No
hay ningún conocimiento que sea más protector, nutritivo y for-talecedor del
amor que éste.
Eso es lo que aguarda al amante que se sienta al amor de la lumbre con
la Mujer Esqueleto, que la contempla y se deja conmover por ella. Es lo que
aguarda a todos los que tocan su no belleza y desenredan con ter-nura su
naturaleza de la Vida/Muerte/Vida.
El sueño de la confianza
En esta fase de la relación el enamorado regresa a un estado de
ino-cencia, un estado en el que todavía está impresionado por los elementos
emocionales) un estado en el que se siente lleno de deseos, esperanzas y
sueños. La inocencia no tiene nada que ver con la ingenuidad. Hay un an-tiguo
dicho en las salvajes y remotas regiones de las que yo procedo: "La
ignorancia es no saber nada y sentirse atraído por lo bueno. La inocencia es
saberlo todo y seguir sintiéndose atraído por lo bueno."
Veamos hasta dónde hemos llegado ahora. El pescador-cazador ha sacado a
la superficie la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida. Sin él querer-lo, ha sido
"perseguido" por ella. Pero también ha conseguido mirarla a la cara;
se ha compadecido de su enredado estado y la ha tocado. Y todo eso lo está
conduciendo a la plena participación de su naturaleza, a una trans-formación y
al amor.
Aunque la metáfora del sueño pueda inducir a pensar en una
in-consciencia psíquica, aquí simboliza la creación y la renovación. El sueño
es el símbolo del renacimiento. En los mitos de la creación, las almas se
duermen mientras tiene lugar la transformación, pues en el sueño somos
re-creados y renovados.
... el sueño que teje la enredada manga de las cuitas; el sueño, alivio
de la dura fatiga; bálsamo de las mentes heridas, se-gundo plato de la
Naturaleza, primer alimento del festín de la vida.
Shakespeare, Macbeth, II, 11, 36
Si pudiéramos contemplar a la persona más cruel, perversa y desal-mada
de este inundo durante el sueño y en el momento de despertar, ver-íamos en ella
por un instante un espíritu infantil no contaminado, un purísimo inocente. En
el sueño regresamos al estado de dulzura. Nos vuel-ven del revés, nos montan de
arriba abajo y nos dejan como nuevos.
Este estado de sabia inocencia se alcanza cuando nos despojamos del
cinismo y del afán protector y entramos de nuevo en el estado de asombro propio
de la mayoría de los seres humanos muy jóvenes y de mu-chos ancianos. Consiste
en mirar a través de los ojos de un perspicaz y amoroso espíritu y no de los de
un perro apaleado, una criatura persegui-da, una boca encima de un estómago, un
furioso y herido ser humano. La inocencia es un estado que se renueva durante
el sueño. Por desgracia, muchos la apartan a un lado junto con la colcha cada
mañana cuando se levantan. Sería mucho mejor llevarnos una vigilante inocencia
y apretujar-nos contra ella para que nos diera calor.
Aunque el regreso inicial a este estado pueda exigir rascar años de
displicentes puntos de vista y décadas de baluartes de insensibilidad
es-meradamente construidos, en cuanto uno regresa, ya jamás tiene que vol-ver a
hacer palanca ni que cavar para recuperarlo. Regresar a un estado de vigilante
inocencia no es un esfuerzo tan grande como acarrear un montón de ladrillos de
uno a otro sitio, pues basta con permanecer inmóvil el tiempo suficiente como
para que el espíritu nos encuentre. Dicen que todo lo que nosotros estamos
buscando también nos busca a nosotros y que, si nos quedamos quietos, nos
encontrará. Es algo que lleva mucho tiempo esperándonos. En cuanto llegue, no
te muevas. Descansa. Ya verás lo que ocurre a continuación.
Así hay que acercarse a la naturaleza de la Muerte, no con astucia y
artería sino con la confianza del espíritu. La palabra "inocente" se
utiliza a
menudo para calificar a una persona sin criterio, a un simplón, pero las
raíces de la palabra se refieren a alguien libre de lesiones y daños. En
es-pañol, la palabra inocente se aplica a una persona que procura no hacer daño
a nadie, pero que también puede sanar cualquier daño o herida que los demás le
hayan causado a ella.
La inocente es el calificativo que a menudo se aplica a las curanderas
que sanan las heridas y los daños que sufren los demás. Ser un inocente
significa ver con toda claridad qué es lo que ocurre y poder arreglarlo. Éstas
son las poderosas ideas que encierra la inocencia, la cual se consi-dera no
sólo la actitud de evitar el daño a los demás y a la propia persona sino
también la capacidad de curar y restablecer la propia persona (y la de los
demás). Pensémoslo bien. Qué beneficio tan grande para todos los ci-clos del
amor.
Por medio de esta metáfora del sueño inocente, el pescador confía lo
bastante en la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida como para descansar y
revitalizarse en su presencia. Entra en una transición que lo llevará a una
comprensión mucho más profunda y a una fase más elevada de madurez. Cuando los
amantes entran en este estado, se entregan a las fuerzas que llevan dentro, las
de la confianza, la fe y el profundo poder de la inocencia. En este sueño
espiritual, el amante confía en que la obra de su alma se realizará en él y en
que todo será como tiene que ser. El amante duerme entonces el sueño de los
sabios, no el de los recelosos.
Hay un recelo real cuando el peligro está cerca y un recelo
injustifi-cado que se produce como consecuencia de heridas anteriores. Esto
último hace que muchos hombres y mujeres se comporten con desconfianza y
desinterés incluso en los momentos en que desearían mostrarse cordiales y
afectuosos. Las personas que temen caer en una trampa o que "les to-men el
pelo" -o que una y otra vez proclaman a voz en grito su deseo de "ser
libres"- son las que dejan que el oro se les escape directamente entre los
dedos.
Muchas veces he oído decir a un hombre que tiene a una "mujer
es-tupenda" que está enamorada de él y él lo está de ella, pero que no
logra "soltarse" lo bastante como para ver qué es lo que siente
realmente por ella. El momento decisivo para semejante persona se produce
cuando se atreve a amar "a pesar de", a pesar de sus dudas, a pesar
de su inquietud, a pesar de las heridas que ya ha sufrido anteriormente, a
pesar de su te-mor a lo desconocido.
A veces no existen palabras capaces de ayudarle a uno a ser valien-te. A
veces hay que lanzarse sin más. Tiene que haber en la vida de un hombre algún
momento en que éste se deje llevar por el amor, en que le dé más miedo quedar
atrapado en el reseco y agrietado lecho fluvial de la psi-que que adentrarse en
un exuberante pero inexplorado territorio.
En esta fase de la inocencia el pescador vuelve a ser un alma joven,
pues en su sueño no hay cicatrices ni recuerdo de lo que era ayer o antes. En
el sueño no trata de ocupar un lugar o una posición. En el sueño se renueva.
En la psique masculina hay una criatura, un hombre ileso que cree en el
bien, que no tiene dudas acerca de la vida, que no sólo es sabio sino que,
además, no teme morir. Algunos lo calificarían de yo guerrero. Pero es algo más
que eso. Es un yo espiritual, un joven espíritu que, a pesar de los tormentos,
las heridas y los exilios, sigue amando porque se trata de algo que es en sí
mismo curativo y reparador.
Muchas mujeres pueden atestiguar haber visto a esta criatura ace-chando
en un hombre sin que él se dé cuenta. La capacidad de este joven espíritu de
utilizar su poder curativo en su propia psique es auténticamen-te asombrosa. Su
confianza no se basa en la premisa de que su amante no le haga daño. Su
confianza es la de que cualquier herida que sufra se podrá sanar, la de que a
la vida antigua le sucede la nueva. La confianza de que todas estas cosas
tienen un significado más profundo, la de que los acontecimientos aparentemente
desagradables también tienen su signifi-cado y de que todas las cosas de
nuestra propia vida -las melladas, las abolladas, las melodiosas y las
elevadas- se pueden utilizar como energía vital.
Hay que decir también que a veces, cuando un hombre se vuelve más libre
y se acerca más a la Mujer Esqueleto, su amante se vuelve más recelosa y tiene
que hacer un esfuerzo para desenredar y observar el sueño que devuelve la
inocencia y para aprender a confiar en la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida.
Cuando ambos ya se han iniciado debidamente, ad-quieren el poder de suavizar
cualquier herida y sobrevivir a cualquier do-lor.
A veces una persona teme "dormirse" en presencia de otra,
regresar a la inocencia psíquica o que la otra persona se aproveche de ella. Se
trata de seres que proyectan toda suerte de motivos en los demás y no confían
en sí mismos. Sin embargo, no es de sus amantes de quienes desconfían. Es que
todavía no se han hecho a la idea de la naturaleza de la Vida/ Muerte/Vida. Es
que todavía tienen que aprender a confiar en la naturale-za de la Muerte. Tal
como ocurre en el sueño, la naturaleza de la Vida/ Muerte/Vida en su forma más
salvaje es tan sencilla como una suave ex-halación (final) e inhalación
(comienzo). La única confianza que se requiere es la de saber que, cuando se
produce un final, habrá otro comienzo.
Para poder hacerlo, si tenemos suerte, es necesario que nos dejemos
llevar y nos deslicemos hacia la confianza cediendo a su tirón. El camino más
difícil consiste en arrojarnos a la fuerza a un estado mental confiado,
tratando de eliminar todas las condiciones, todos los "sí" y los
"si por lo menos". Sin embargo, normalmente no tiene sentido esperar
a que nos sintamos lo bastante fuertes como para confiar, pues este día jamás
lle-gará. Por consiguiente, hay que arriesgarse a pensar que todo lo que la
cultura nos ha enseñado a creer acerca de la naturaleza de la Vi-da/Muerte/
Vida es falso y que nuestros instintos tienen razón.
Para que prospere el amor, el compañero tiene que confiar en que
cualquier cosa que ocurra será transformativa. El hombre o la mujer tie-nen que
entrar en este estado de sueño que devuelve a las persona, una
sabia inocencia que crea y re-crea, tal como debe ser, las más profundas
espirales de la experiencia de la Vida/Muerte/Vida.
La entrega de la lágrima
Mientras el pescador duerme, una lágrima le asoma por el ángulo del ojo.
La Mujer Esqueleto, muerta de sed, lo ve y se arrastra torpemente hacia él para
beber de la copa de su ojo. ¿Qué estaría soñando el pescador, nos preguntamos,
para que una lágrima haya asomado a su ojo?
Las lágrimas encierran un poder creador. En los mitos, las lágrimas
Producen una inmensa creación y una sincera reunión. En el folclore her-bario,
las lágrimas se utilizan como sustancia aglutinante para asegurarlos elementos,
unir las ideas y juntar las almas. Cuando se derraman lágri-mas en los cuentos
de hadas, éstas alejan a los ladrones o provocan el desbordamiento de los ríos.
Cuando se rocían, evocan los espíritus. Cuan-do se derraman sobre el cuerpo,
curan las laceraciones y devuelven la vis-ta. Cuando se tocan, dan lugar a la
concepción.
Cuando alguien se ha adentrado hasta este extremo en su relación con la
naturaleza de la Vida/Muerte/Vida, la lágrima que se derrama es la lágrima de
la pasión y de la compasión por la propia persona y por la del otro. Es la
lágrima que más cuesta derramar, sobre todo para ciertos hom-bres y para cierta
clase de mujeres "endurecidas por la vida".
Esta lágrima de pasión y compasión se suele derramar después del
hallazgo accidental del tesoro, después de la horrible persecución, después del
desenredo de la Mujer Esqueleto, pues la combinación de todas estas cosas es la
causante del agotamiento, del desmontaje de las defensas, del enfrentamiento
con uno mismo, del quedarse desnudo hasta los huesos, del deseo no sólo de
conocimiento sino también de alivio. Todo ello da lu-gar a que el alma examine
qué es lo que desea realmente y llore por la pérdida y el amor del conocimiento
y el alivio.
De la misma manera que la Mujer Esqueleto fue sacada a la superfi-cie,
ahora esta lágrima, este sentimiento del hombre, también es sacado a la
superficie. Es una lección de amor tanto al propio yo como a otra perso-na.
Despojado ahora de todas las púas, los ganchos y los estremecimientos del mundo
diurno, el hombre deja que la Mujer Esqueleto se tienda a su lado, beba y se
alimente de su más hondo sentimiento. En su nueva for-ma, puede alimentar a la
sedienta. El espectro de la Mujer Esqueleto ha sido evocado por el llanto del
hombre, las ideas y las facultades de un lu-gar muy lejano del mundo psíquico
se unen gracias al calor de su lágrima. La historia del símbolo del agua como
creadora y como camino es muy lar-ga y variada. La primavera llega con una lluvia
de lágrimas. La entrada al mundo subterráneo se produce con una cascada de
lágrimas. Una lágri-ma, oída por alguien que tenga corazón se interpreta como
una invitación a acercarse. Eso es lo que hace el llanto del pescador y
entonces ella se acerca. Sin la lágrima del pescador, ella seguiría siendo un
montón de huesos. Y, sin su propia lágrima, él jamás podría despertar al amor.
La lágrima del soñador se produce cuando un amante en ciernes se deja
llevar por el sentimiento y venda sus propias heridas, cuando se atre-ve a
contemplar la autodestrucción que él mismo ha provocado mediante la pérdida de
confianza en la bondad del yo, cuando se siente separado del nutritivo y
revitalizante ciclo de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida. En-tonces llora
porque percibe su soledad, su profunda añoranza de aquel lugar psíquico, de
aquella sabiduría salvaje.
Así sana el hombre, así aumenta su comprensión. Él mismo se pre-para la
medicina, él mismo asume la tarea de alimentar a la "otra persona
borrada". Con sus lágrimas, empieza a crear.
Amar a otra persona no es suficiente, el hecho de "no ser un
obstá-culo" en la vida de otra persona no es suficiente. No basta con
mostrarse "comprensivo", "estar disponible" y otras cosas
por el estilo. El objetivo es convertirse en un entendido en las cosas de la
vida y la muerte, en los asuntos de la propia vida y el panorama general. Y la
única manera de convertirse en un hombre entendido consiste en aprender en los
huesos de la Mujer Esqueleto. Ella está esperando la señal del sentimiento
profundo, la solitaria lágrima que dice "confieso que estoy herido".
Esta confesión alimenta la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida, crea el
vínculo y la profunda sabiduría del hombre. Todos hemos cometido el error de
pensar que otra persona nos puede curar, emocionar o llenar. Se tarda mucho
tiempo en averiguar que no es así, sobre todo porque proyec-tamos la herida
fuera de nosotros en lugar de curarla dentro de nosotros.
Probablemente, lo que más desea una mujer de un hombre es que disuelva
sus proyecciones y se enfrente con su propia herida. Cuando un hombre se
enfrenta con su herida, la lágrima asoma con naturalidad a su ojo y sus
lealtades exteriores e interiores se aclaran y se fortalecen. Enton-ces se
convierte en su propio sanador; ya no es un solitario para el Yo pro-fundo. Ya
no recurre a la mujer para que sea su analgésico.
Existe un relato que lo describe muy bien. En la mitología griega, había
un hombre llamado Filoctetes. Dicen que heredó el arco y la flecha mágicos de
Heracles. Filoctetes resultó herido en un pie durante la batalla. Pero la
herida no sanaba, despedía un olor tan nauseabundo Y sus gritos de dolor eran
tan espantosos que sus compañeros lo abandonaron en la isla de Lemnos y allí lo
dejaron solo para que se muriera.
Filoctetes evitó morirse de hambre utilizando el arco de Heracles pa-ra
cobrar pequeñas piezas de caza. Pero la herida se le enconó Y el hedor era tan
desagradable que cualquier marinero que se acercara a la isla ten-ía que
desviarse rápidamente. Sin embargo, un grupo de hombres decidió enfrentarse con
el hedor de la herida de Filoctetes para robarle el arco y la flecha mágicos.
Los hombres lo echaron a suertes y la tarea le tocó al más joven 7. Los
mayores lo animaron a darse prisa y a viajar al amparo de la noche. Así pues,
el más joven se hizo a la mar. Pero, sobre el trasfondo del olor del mar, el
viento le llevó otro olor tan horrible que el joven tuvo que cubrirse el rostro
con un lienzo empapado con agua de mar para poder respirar.
Nada, sin embargo, podía proteger sus oídos de los desgarradores gritos
de Filoctetes.
La luna estaba cubierta por una nube. Muy bien, pensó él mientras
amarraba su embarcación y se acercaba sigilosamente al atormentado Fi-loctetes.
En el momento en que alargaba la mano hacia los ansiados arco y flecha, la luna
derramó súbitamente su luz sobre el macilento rostro del anciano moribundo. Y
algo en el joven -éste no supo qué- lo indujo repen-tinamente a echarse a
llorar y entonces se sintió invadido por una profun-da compasión.
En lugar de robar el arco y la flecha, el joven limpió la herida de
Fi-loctetes, se la vendó y permaneció a su lado, dándole de comer, lavándolo,
encendiendo hogueras y cuidando de él hasta que pudiera llevárselo a Tro-ya,
donde lo podría curar el semidivino médico Asclepio. Y así termina la historia.
La lágrima de compasión se derrama en respuesta a la contempla-ción de
la maloliente herida. La maloliente herida tiene distintas configu-raciones y
orígenes en cada persona. Para algunos significa pasarse la vida escalando sin
descanso y con gran esfuerzo la montaña, para descubrir demasiado tarde que han
estado escalando la montaña que no debían. Pa-ra otros son las cuestiones no
resueltas y no curadas de los malos tratos sufridos en la infancia.
Para otros es una dolorosa pérdida en la vida o en el amor. Un joven
sufrió la pérdida de su primer amor, no tuvo apoyo de nadie y no supo cómo
curarse. Durante años anduvo destrozado por la vida, por más que él insistiera
en afirmar que no estaba herido. Otro era un jugador novato de un equipo
profesional de fútbol americano. Un día se produjo accidental-mente una lesión
permanente en la pierna y su sueño de toda la vida se esfumó de la noche a la
mañana. La maloliente herida no fue sólo la trage-dia o la lesión sino el hecho
de que, durante veinte años, sólo aplicara a la herida la medicina de la
amargura, el abuso de estupefacientes y las juer-gas. Cuando los hombres sufren
heridas de este tipo, se les huele desde lejos. Ninguna mujer, ningún amor,
ningún cuidado es capaz de sanar semejante herida, sólo la compasión que uno
siente de sí mismo y los cui-dados que prodiga a su herida.
Cuando el hombre derrama la lágrima, significa que ha llegado a su dolor
y se percata de ello cuando lo toca. Se da cuenta de que ha vivido una
existencia a la defensiva por culpa de la herida. Se da cuenta de las cosas que
se ha perdido en la vida por este motivo y de lo paralizado que está su amor
por la vida, por su propia persona y por los demás.
En los cuentos de hadas las lágrimas cambian a las personas, les
recuerdan qué es lo más importante y salvan sus almas. Sólo la dureza del
corazón impide el llanto y la unión. Hay un dicho que yo traduje del sufí hace
tiempo y que es más bien una plegaria, en la que el orante le pide a Dios que
le rompa el corazón: "Destroza mi corazón de tal forma que quede espacio
libre para el Amor Infinito."
El sentimiento interior de ternura que induce al pescador a desenre-dar
a la Mujer Esqueleto le permite también experimentar otros anhelos largo tiempo
olvidados y resucitar la compasión por sí mismo. Puesto que se encuentra en un
estado de inocencia en el que piensa que todo es posi-ble, no teme expresar los
deseos de su alma. No terne desear, pues cree que su necesidad será satisfecha.
Es para él un gran alivio creer que su alma se verá colmada. Cuando el pescador
manifiesta lo que verdadera-mente siente, favorece su reunión con la naturaleza
de la Vida/Muerte/ Vida.
La lágrima del pescador atrae a la Mujer Esqueleto; le provoca sed y un
deseo de unirse más estrechamente a él. Como en los cuentos de hadas, las
lágrimas atraen cosas hacia nosotros, corrigen cosas y propor-cionan la parte o
la pieza que falta. En el cuento africano "Las Cataratas de Oro", un
mago da cobijo a una esclava fugitiva derramando tantas lágrimas que, al final,
crea una cascada de agua bajo la cual se refugia la esclava. En el cuento
africano "El sonajero de hueso", se evocan las almas de los curanderos
muertos rociando la tierra con lágrimas de niño. Las lágrimas poseen poder de
atracción y la lágrima contiene en su interior unas poderosas imágenes que nos
guían. Las lágrimas no sólo representan el sentimiento sino que, además, son
unas lentes a través de las cuales adquirimos una visión alternativa y otro
punto de vista.
En el cuento, el pescador deja que se le rompa el corazón... pero no que
se le rompa de debilidad sino que se le parta. No es el amor de la teta, la
leche materna, lo que él quiere; no es el afán de lucro ni de poder ni de fama
ni de sexualidad. Es un amor que lo inunda, un amor que él siempre ha llevado
dentro, pero cuya existencia jamás había reconocido anterior-mente.
Cuando comprende esta relación, el alma del hombre se asienta más
profundamente y con más claridad. La lágrima brota. Ella se la bebe. Aho-ra se
desarrollará y renacerá en el interior del hombre algo distinto, algo que éste
le podrá regalar a la Mujer: un corazón tan inmenso como el oc-éano.
Las fases más tardías del amor
El tambor y el canto del corazón
Dicen que la piel o cuerpo del tambor determina quién será llamado a
existir. Se cree que algunos tambores son ambulantes y transportan al que lo
toca y a quienes lo escuchan (llamados también "pasajeros" en
al-gunas tradiciones) a muy distintos y variados lugares. Otros tipos de
tam-bores poseen otras formas de poder.
Dicen que los tambores hechos con huesos humanos evocan a los muertos.
Los tambores hechos con pellejos de ciertos animales evocan
unos espíritus animales determinados. Los tambores especialmente bellos
evocan la Belleza. Los tambores adornados con cascabeles evocan los espí-ritus
infantiles y el tiempo atmosférico. Los tambores de sonido sordo evo-can los
espíritus capaces de oír aquel tono. Los tambores estridentes evo-can los
espíritus capaces de oír aquel tono y así sucesivamente.
Un tambor hecho de corazón evocará los espíritus relacionados con el
corazón humano. El corazón simboliza la esencia. El corazón es uno de los pocos
órganos esenciales que los seres humanos y los animales han de poseer para
poder vivir. Si se extirpa un riñón, la persona vive. Si se le amputan ambas
piernas y se le extirpa la vesícula billar, un pulmón, un brazo y el bazo, la
persona vive... no muy bien quizá, pero vive. Si se le pri-va de ciertas
funciones cerebrales, la persona sigue viviendo. Pero si se ex-trae el corazón,
la persona muere instantáneamente.
El centro psicológico y fisiológico es el corazón. En los tantras
indios, que son los preceptos que dan los dioses a los seres humanos, el
corazón es el Anàhata chakra, el centro neurálgico que incluye el sentimiento
por otro ser humano, por la propia persona, por la tierra y por Dios. El
corazón es el que nos permite amar como ama un niño: plenamente y sin reservas,
sin el menor vestigio de sarcasmo, menosprecio o paternalismo.
Cuando la Mujer Esqueleto utiliza el corazón del pescador, utiliza el
motor central de toda la psique, lo único que ahora importa realmente, lo único
capaz de crear un sentimiento puro e inocente. Dicen que es la men-te la que
piensa y crea. Pero el cuento dice otra cosa. Da a entender que es el corazón
el que piensa y evoca las moléculas y los átomos, los sentimien-tos, los
anhelos y cualquier otra cosa que sea necesaria para que acudan a un lugar y
creen la materia con la cual se crea a la Mujer Esqueleto.
El cuento encierra esta promesa: deja que la Mujer Esqueleto sea más
tangible en tu vida y ella ensanchará tu vida a cambio. Cuando la li-beras de
su enredado e incomprendido estado y te das cuenta de que es no sólo maestra
sino también amante, se convierte en tu aliada y compañera.
Entregar el propio corazón para la nueva creación y la nueva vida y para
las fuerzas de la Vida/Muerte/Vida es bajar al reino de los sentimien-tos. Para
nosotros puede ser difícil, sobre todo si hemos sido heridos por la decepción o
el dolor. Pero es algo que hay que hacer a toda costa para dar plena vida a la
Mujer Esqueleto, para acercarnos a la que siempre ha esta-do cerca de nosotros.
Cuando un hombre entrega todo su corazón, se convierte en una fuerza
asombrosa... se convierte en una inspiradora, papel que antaño es-taba
exclusivamente reservado a las mujeres. Cuando la Mujer Esqueleto se acuesta
con él, el hombre se vuelve fértil y recibe unas facultades feme-ninas en un
medio masculino. Lleva dentro las semillas de la nueva vida y de las muertes
necesarias. Inspira nuevas obras en su interior, pero tam-bién en quienes lo
rodean.
Durante muchos años lo he observado en otras personas y yo misma lo he
experimentado. Sientes una emoción muy honda cuando creas algo de valor gracias
a la confianza de tu amante y al sincero aprecio que éste
manifiesta por tu obra, tu proyecto o tu tema. Se trata de un fenómeno
asombroso que no está necesariamente limitado a un amante; se puede producir a
través de cualquier persona que te entregue profundamente su corazón.
Por consiguiente, el vínculo del hombre con la naturaleza de la
Vi-da/Muerte/Vida le inspirará finalmente ideas a espuertas y argumentos y
situaciones vitales y partituras musicales, colores e imágenes sin par, pues la
naturaleza de la Vida/Muerte/Vida está relacionada con el arquetipo de la Mujer
Salvaje y tiene a su disposición todo lo que siempre existió y siempre
existirá. Cuando la Mujer Esqueleto crea, se recubre de carne cantando y
entonces la persona cuyo corazón ella utiliza se da cuenta de lo que ocurre, se
llena de creación y ésta le estalla y se desborda.
El cuento ilustra también un poder que se origina en la psique y está
representado por los símbolos del tambor y el canto. En los mitos los can-tos
sanan las heridas y se utilizan para atraer a las piezas de caza. Las personas
se atraen mediante el canto de sus nombres. Se alivia el dolor y un mágico
aliento restaura el cuerpo. Los muertos se evocan o resucitan por medio del
canto.
Se dice que toda la creación estuvo acompañada por un sonido o una
palabra pronunciada en voz alta, un sonido o una palabra susurrados o
pronunciados con el aliento. En los mitos, se considera que el canto pro-cede
de una misteriosa fuente que confiere sabiduría a toda la creación, todos los
animales y los seres humanos, los árboles, las plantas y cual-quier ser que lo
escuche. En los cuentos se dice que todo lo que tiene "sa-via" tiene
canto.
El himno de la creación produce un cambio psíquico. La tradición está
muy difundida: hay cantos que crean amor en Islandia y entre los in-dios
wichita y los micmac. En Irlanda el poder mágico se evoca con el can-to mágico.
En un cuento islandés, una persona cae sobre un peñasco helado y se corta una
extremidad, pero ésta se le regenera por medio de una canción.
En casi todas las culturas, los dioses entregan canciones a los hom-bres
y les dicen que su empleo evocará la presencia de las divinidades en cualquier
momento, les traerá las cosas que necesitan y transformará o desterrará las que
no quieren. De esta manera, la entrega de un canto es un acto de compasión que
permite a los seres humanos evocar a los dioses y las grandes fuerzas en los
círculos humanos. El canto es una modalidad especial de lenguaje que permite
alcanzar cosas que la voz hablada no podría. Desde tiempos inmemoriales el
canto, como el tambor, se ha utili-zado para crear una conciencia no ordinaria,
un estado de hipnosis o un estado de plegaria. La conciencia de todos los seres
humanos y de muchos animales se puede alterar mediante el sonido. Ciertos
sonidos, como el go-teo de un grifo o el insistente claxon de un automóvil,
pueden provocar ansiedad e incluso irritación. Otros sonidos, como el rumor del
océano o el aullido del viento entre los árboles, nos pueden llenar de
sentimientos sa-tisfactorios. El sonido sordo -como el de unas pisadas- hace
que una ser-
piente experimente una tensión negativa. Pero un suave canto puede
hacerla bailar.
La palabra pneuma (aliento) comparte su origen con la palabra psi-que;
ambas se consideran denominaciones del alma. Por consiguiente, cuando se habla
de una canción en un cuento o un mito, sabemos que se está evocando a los
dioses para que infundan su sabiduría y su poder en el asunto en cuestión.
Sabemos entonces que las fuerzas están actuando en el mundo espiritual para
crear alma.
Por consiguiente, el canto de la canción y el empleo del corazón co-mo
tambor son actos místicos que despiertan unos estratos de la psique no
demasiado utilizados ni vistos. El aliento o pneuma que se derrama so-bre
nosotros abre ciertas puertas y despierta ciertas facultades que de otro modo
no serían accesibles. No podemos decir qué efectos generarán los cantos o el
sonido de los tambores en las distintas personas, pues ambas cosas producen en
los seres humanos que participan en a experiencia unas aperturas de lo más
extrañas e insólitas. Sin embargo, podernos es-tar seguros de que cualquier
cosa que ocurra será numinosa y llamativa.
La danza del cuerpo y el alma
Con sus cuerpos las mujeres viven muy cerca de la naturaleza de la
Vida/Muerte/Vida. Cuando las mujeres están en su sano juicio instintivo, las
ideas e impulsos que las inducen a amar, crear, creer y desear, nacen, viven su
tiempo, se desvanecen y mueren y vuelven a nacer. Se podría de-cir que las
mujeres ponen en práctica este concepto de una manera con-ciente o inconciente
en cada ciclo lunar de sus vidas. Para algunas, la luna que indica los ciclos
está en el cielo. Para otras es la Mujer Esqueleto que vive en su psique.
Desde su propia carne y sangre y desde los constantes ciclos que llenan
y vacían el rojo jarrón de su vientre, una mujer comprende física, emocional y
espiritualmente que los cenits se desvanecen y expiran y que lo que queda
renace con formas inesperadas y por medios inspirados para reducirse de nuevo a
nada y ser concebido otra vez en toda su gloria. Co-mo se puede ver, los ciclos
de la Mujer Esqueleto discurren en toda la mu-jer, a través de ella y por
debajo de ella. No podría ser de otro modo.
A veces, los hombres que todavía huyen de la naturaleza de la
Vi-da/Muerte/Vida temen a semejante mujer, pues intuyen que es una aliada
natural de la Mujer Esqueleto. Sin embargo, no siempre fue así. El símbolo de
la muerte como transformadora espiritual es un vestigio de una época en la que
la Dama de la Muerte era acogida como un pariente cercano, como una hermana, un
hermano, un padre, una madre o un amante. En la imaginería femenina, la Mujer
de la Muerte o la Doncella de la Muerte siempre se ha considerado la portadora
del destino, la hacedora, la donce-lla de la cosecha, la madre, la paseante
fluvial y la re-creadora; todas ellas siguiendo un ciclo.
A veces quien huye de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida insiste en
considerar el amor como algo exclusivamente positivo. Pero el amor en su
plenitud es toda una serie de muertes y renacimientos. Abandonamos una fase, un
aspecto del amor, y entramos en otra. La pasión muere y re-gresa. El dolor se
aleja y aparece de nuevo. Amar significa abrazar y, al mismo tiempo, resistir
muchos finales y muchísimos comienzos... todos en la misma relación.
El proceso se complica por el hecho de que buena parte de nuestra
supercivilizada cultura tiene dificultades para tolerar lo transformativo. Sin
embargo, hay otras actitudes mejores para abrazar la naturaleza de la
Vida/Muerte/Vida. En todo el mundo, aunque se la conozca con distintos nombres,
muchos ven esta naturaleza como un baile con la Muerte; la Muerte que tiene por
pareja de baile a la Vida.
Allá arriba en la tierra de las dunas de los Grandes Lagos donde me
crié, vivían personas que todavía utilizaban en su lenguaje las expresiones
propias de las Sagradas Escrituras. La señora Arle Scheffeler, una anciana
amiga de mi infancia de cabellos plateados que había perdido a su único hijo en
la Segunda Guerra Mundial, seguía aferrada a esta arcaica prosa. Una noche
estival me atreví a preguntarle si todavía echaba de menos a su hijo y ella me
explicó amablemente su sentido de la vida y la muerte, utili-zando unos
términos apropiados para la comprensión infantil. El relato que ella
crípticamente llamaba "El rayo muerto" 8 decía en parte lo
siguien-te: Una mujer recibe en su casa a un extraño viajero llamado Muerte.
Pero la anciana no tiene miedo. Al parecer, sabe que Muerte da la vida y no
sólo administra la muerte. Está segura de que Muerte es la causa de todas las
lágrimas y de todas las risas.
Da a Muerte la bienvenida y le dice que lo ha querido cuando "todas
mis cosechas estallaban y cuando todos mis campos languidecían, cuando mis
hijos nacían y cuando mis hijos morían". Le dice que lo conoce y que ella
es su amiga: "Tú has sido la causa de mi gran llanto y de mis danzas,
Muerte. ¡Por consiguiente, ahora puedes proclamar a gritos el inicio de la
danza! ¡Me conozco los pasos!"
Para poder amar, bailamos con la Muerte. Habrá desbordamientos y
sequías, habrá nacimientos vivos y nacimientos muertos y nacimientos renacidos
de algo nuevo. Amar es aprender los pasos. Amar es bailar la danza.
La energía, el sentimiento, la intimidad, la soledad, el deseo, el
tedio, todo sube y baja en ciclos relativamente seguidos. El deseo de intimidad
y de separación crece y disminuye. La naturaleza de la Vida/Muerte/Vida no sólo
nos enseña a bailar todas esas cosas sino que, además, nos enseña que la
solución del malestar es siempre lo contrario; por consiguiente, el remedio del
aburrimiento es una nueva actividad, la intimidad con otro es el remedio de la
soledad, el aislamiento es el remedio cuando uno se siente agobiado.
Cuando no conoce esta danza, la persona muestra tendencia, duran-te los
distintos períodos de estancamiento, a expresar la necesidad de nue-
vas actividades personales gastando demasiado dinero, corriendo
peligros, haciendo elecciones temerarias, tomando un nuevo amante. Es el
compor-tamiento propio de los tontos o los insensatos. Es el comportamiento
pro-pio de los que no saben.
Al principio, todos pensamos que podemos superar el aspecto muer-te de
la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida. Pero, en realidad, no es así. Éste nos
sigue a trompicones hasta el interior de nuestras casas, hasta nuestra
conciencia. Si no lo hacemos por otro medio, adquirimos conoci-miento de esta
naturaleza más oscura cuando reconocemos que el mundo no es un lugar justo, que
las ocasiones se pierden, que las oportunidades se nos presentan
inesperadamente, que los ciclos de la Vida/Muerte/Vida prevalecen tanto si
queremos como si no. Y, sin embargo, si vivimos tal como respiramos, inspirando
y espirando, no podemos equivocarnos.
En este cuento se producen dos transformaciones, la del cazador y la de
la Mujer Esqueleto. En términos modernos, la transformación del caza-dor tiene
lugar de la siguiente manera. Primero es el cazador inconciente. "Hola,
soy yo. Estoy pescando y voy a lo mío." Después es el cazador asus-tado
que huye. "¿Cómo dices? ¿Quieres hablar conmigo? Perdona, tengo que
irme." Ahora reconsidera su postura, empieza a desenredar sus
senti-mientos y descubre un medio de relacionarse con la Mujer Esqueleto.
"Mi alma se siente atraída por ti. ¿Quién eres realmente, cómo estás
hecha?"
A continuación, se queda dormido. "Me fiaré de ti. Me atrevo a
mos-trar mi inocencia." Derrama una lágrima de profundo sentimiento y ésta
alimenta a la Mujer Esqueleto. "Llevo mucho tiempo esperándote." Su
co-razón está dispuesto a crearla por entero. "Aquí tienes, toma mi
corazón y vuelve a la vida en mi vida." Y, de esta manera, el
cazador-pescador es amado a cambio. Es la típica transformación de la persona
que aprende a amar de verdad.
Las transformaciones de la Mujer Esqueleto siguen una trayectoria
ligeramente distinta. Primero, como la naturaleza Vida/Muerte/ Vida, está
acostumbrada a que sus relaciones con los seres humanos terminen
in-mediatamente después de la pesca inicial. No es de extrañar que derrame
tantas bendiciones sobre aquellos que se toman la molestia de acompañar-la,
pues está acostumbrada a que las personas corten el anzuelo y regre-sen
corriendo a la orilla.
Primero es rechazada y exiliada. Después es atrapada accidental-mente
por alguien que le tiene miedo. A partir de un estado inerte empieza a regresar
a la vida; come, bebe de aquel que la ha pescado, se transforma gracias a la
fuerza del corazón de su pescador y a la fortaleza que éste po-ne de manifiesto
al atreverse a mirarla y a mirarse a sí mismo cara a cara. Entonces de) a de
ser un esqueleto y se convierte en un ser vivo. Es amado por él y él lo es por
ella. Le otorga poderes tal como él se los otorga a ella. Ella, que es la gran
rueda de la naturaleza, y él, el ser humano, viven aho-ra en recíproca armonía.
Vemos en el cuento qué es lo que la Muerte exige del amor. Exige su
lágrima -su sentimiento- y su corazón. Exige que se la ame. La naturaleza
de la Vida/Muerte/Vida pide a los amantes que se enfrenten
inmediata-mente con ella, que no se acobarden ni la esquiven, que su compromiso
signifique algo más que "estar juntos", que su amor se base en la
combi-nación de su capacidad de aprendizaje y de su fuerza para enfrentarse con
esta naturaleza, que la amen y bailen junto con ella.
La Mujer Esqueleto canta para poder adquirir un cuerpo lozano. Es-te
cuerpo que la Mujer Esqueleto evoca con su canto es válido en todos los
sentidos; no es un conjunto de partes y piezas de carne de mujer idolatra-das
por algunos en ciertas culturas sino un cuerpo femenino entero capaz de
amamantar a los hijos, hacer el amor, bailar y cantar y sangrar sin mo-rir.
Esta recuperación de la carne por medio del canto es otro tema Po-pular
muy común. En los cuentos africanos, papúes, judíos, hispánicos e inuit, los
huesos se transforman en una persona. La mexicana Coatlicue extrae seres
humanos maduros de los huesos de los muertos del mundo subterráneo. Un chamán
tlingit le quita cantando la ropa a la mujer que ama. En los cuentos de todo el
mundo el fruto de los cantos es la magia. Y en todo el mundo las distintas
hadas, ninfas y gigantas tienen Unos pe-chos tan largos que se los pueden echar
sobre los hombros. En Escandi-navia, entre los celtas y en la región
circumpolar, los cuentos hablan de mujeres capaces de crear sus cuerpos a
voluntad.
Vemos en el cuento que la entrega del cuerpo es una de las últimas fases
del amor. Eso es lo que tiene que ser. Es bueno dominar las primeras fases de
la unión con la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida y dejar para después las
experiencias directas cuerpo a cuerpo. Quiero advertir a las mujeres contra el
peligro de un amante que quiere pasar de la pesca acci-dental a la entrega del
cuerpo. Conviene pasar por todas las fases. Si se hace así, la última fase
vendrá por sus pasos contados y la unión corporal se producirá a su debido
tiempo.
Cuando la unión empieza por la fase del cuerpo, el proceso de
en-frentarse con la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida puede producirse más
tarde... pero exige más valor. Es una tarea más dura, pues, para Poder lle-var
a cabo el trabajo de los cimientos, el ego del placer se tiene que apartar de
su interés carnal. El perrito del cuento de Manawee nos muestra lo difí-cil que
resulta recordar en qué camino se encuentra uno cuando el placer estimula los
nervios.
Por consiguiente, hacer el amor es fundir el aliento y la carne, el
espíritu Y la materia; lo uno encaja en lo otro. En este cuento vemos la unión
de lo mortal con lo inmortal, tal como debe ser en una auténtica re-lación
amorosa duradera. Existe una relación inmortal de alma con alma que nos cuesta
describir o tal vez decidir, pero que experimentamos en lo más profundo de
nuestro ser. En un maravilloso cuento de la India un ser mortal toca el tambor
para que las hadas puedan danzar en presencia de la diosa Indra. A cambio de
este servicio, al hombre se le concede un hada por esposa. En la relación
amorosa se produce algo muy parecido; el hom-
bre que establece una relación de colaboración con el reino psíquico
feme-nino, que para él es misterioso, recibe una recompensa a cambio.
Al final del cuento, el pescador se identifica aliento con aliento y
piel con piel con la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida. El significado de esta
relación es distinto en cada hombre. Y la manera de experimentar esta re-lación
es también distinta. Sólo sabemos que, para poder amar, tenemos que besar a la
bruja y algo más que eso. Tenemos que hacer el amor con ella.
Sin embargo, el cuento también nos enseña cómo establecer una
sa-tisfactoria relación de colaboración con aquello que más temernos. Ella es
justo aquello a lo que el hombre tiene que entregar su corazón. Cuando el
hombre se funde con la Mujer Esqueleto, símbolo de lo psicológico y lo
es-piritual, se une íntimamente con ella y, como consecuencia de esta unión, se
une íntimamente con su amante. Para encontrar a esta eminente aseso-ra de la
vida y el amor, basta con dejar de correr, con desenredar algunas cosas,
enfrentarse con la herida y con la propia ansia de compasión y po-ner todo el
corazón en ello.
Por consiguiente, cuando al final se cubre de carne, la Mujer Esque-leto
escenifica todo el proceso de la creación, pero, en lugar de empezar como una
criatura recién nacida, tal como a los occidentales se les enseña a pensar en
la vida y la muerte, empieza como un montón de viejos hue-sos, a partir de los
cuales se recubre de carne y cobra vida. Ella es la que enseña al hombre a
vivir una nueva existencia. Ella le enseña que el cami-no del corazón es el
camino de la creación. Le muestra que la creación consiste en una serie de
nacimientos y muertes. Le enseña que las actitu-des protectoras no conducen a
nada, que el egoísmo no crea nada, que con los recelos y los gritos no se
consigue nada.
Lo único capaz de crear es el hecho de soltarse y de entregar el
co-razón, el gran tambor, el gran instrumento de la naturaleza salvaje.
Así tiene que funcionar la relación amorosa, cada miembro de la pa-reja
transformando al otro. La fuerza y el poder del uno se desenreda y se comparte.
Él le entrega a ella el tambor del corazón. Ella le entrega a él el
conocimiento de los ritmos y las emociones más complicadas que imaginar se
pueda. ¿Quién sabe qué cazarán juntos? Sólo sabemos que recibirán alimento
hasta el final de sus días.
CAPÍTULO 6
El hallazgo de la manada:
La dicha de la pertenencia
El patito feo
A veces a la mujer salvaje la vida le falla desde el principio. Muchas
mujeres son hijas de unos progenitores que en su infancia las estudiaban,
preguntándose cómo era posible que aquella pequeña intrusa hubiera conseguido
introducirse en la familia. Otros progenitores se pasaban el rato con los ojos
en blanco sin prestar la menor atención a su hija o bien la maltrataban o la
miraban con frialdad.
Las mujeres que han pasado por esta experiencia tienen que ani-marse. Se
han vengado siendo, sin culpa por su parte, un engorro al que sus padres han
tenido que criar y una espina clavada permanentemente en sus costados. Y hasta
es muy posible que hoy en día sean capaces de causarles un profundo temor
cuando llaman a su puerta. No está del todo mal como justo castigo infligido
por el inocente.
Hay que dedicar menos tiempo a pensar en lo que ellos no dieron Y más
tiempo a buscar a las personas que nos corresponden. Es muy Posi-ble que una
persona no pertenezca en absoluto a su familia biológica. Es muy posible que,
desde un punto de vista genético, pertenezca a su fami-lia, pero por
temperamento se incorpore a otro grupo de personas. Tam-bién cabe la
posibilidad de que alguien pertenezca aparentemente a su fa-milia, pero su alma
se escape de un salto, corra calle abajo y sea glotona-mente feliz zampándose
pastelillos espirituales en otro sitio.
Hans Christian Andersen(1) escribió docenas de cuentos literarios acerca
de los huérfanos. Era un gran defensor de los niños perdidos y abandonados y un
firme partidario de la búsqueda de los que sol, como nosotros.
Su versión del "Patito feo" se publicó por primera vez en
1845. El an-tiguo tema del cuento es el de lo insólito y lo desvalido, una
semihistoria perfecta de la Mujer Salvaje. En los últimos dos siglos "El
patito feo" ha sido uno de los pocos cuentos que han animado a varias
generaciones su-cesivas de seres "extraños" a resistir hasta
encontrara los suyos.
Es lo que yo llamaría un cuento psicológico y espiritual "de
raíz", es decir, un cuento que contiene una verdad tan fundamental para el
desa-rrollo humano que, sin la asimilación de este hecho, el ulterior progreso
de una persona sería muy precario y ésta no podría prosperar del todo desde un
punto de vista psicológico sin resolver primero esta cuestión. He aquí por
tanto "El patito feo" que yo escribí como cuento literario, basándome
en la extravagante versión original relatada en lengua magiar por las
falu-sias mesélök, las rústicas narradoras de cuentos de mi familla (2).
El patito feo
Se acercaba la estación de la cosecha. Las viejas estaban
confeccio-nando unas muñequitas verdes con gavillas de maíz. Los viejos
remenda-ban las mantas. Las muchachas bordaban sus vestidos blancos con flores
de color rojo sangre. Los chicos cantaban mientras aventaban el dorado heno.
Las mujeres tejían unas ásperas camisas para el cercano invierno. Los hombres
ayudaban a recoger, arrancar, cortar y cavar los frutos que los campos habían
ofrecido. El viento estaba empezando a arrancar las hojas de los árboles, cada
día un poquito más. Y allá abajo en la orilla del río una mamá pata estaba
empollando sus huevos.
Para la pata todo marchaba según lo previsto hasta que, al final, uno a
uno los huevos empezaron a estremecerse y a temblar, los cascarones se
rompieron y los nuevos patitos salieron tambaleándose. Pero quedaba to-davía un
huevo, un huevo muy grande, inmóvil como la piedra.
Pasó por allí una vieja pata y la mamá pata le mostró su nueva pro-
le.
-¿A que son bonitos? -preguntó con orgullo.
Pero la vieja pata se fijó en el huevo que no se había abierto y trató
de disuadir a su amiga de que siguiera empollándolo.
-Es un huevo de pavo -sentenció la vieja pata-, no es un huevo
apropiado. A un pavo no se le puede meter en el agua, ¿sabes?
Ella lo sabía porque lo había intentado una vez.
Pero la pata pensó que, puesto que ya se había pasado tanto tiempo
empollando, no le molestaría hacerlo un poco más.
-Eso no es lo que más me preocupa -dijo-. ¿Sabes que el muy bribón del
padre de estos patitos no ha venido a verme ni una sola vez?
A final, el enorme huevo empezó a estremecerse y a vibrar, la cásca-ra
se rompió y apareció una inmensa y desgarbada criatura. Tenía la piel surcada
por unas tortuosas venas rojas y azules. Las patas eran de color morado claro y
sus ojos eran de color de rosa transparente.
La mamá pata ladeó la cabeza y estiró el cuello para examinarlo y no
tuvo más remedio que reconocerlo: era decididamente feo.
-A lo mejor, es un pavo -pensó, preocupada. Sin embargo, cuando el
patito feo entró en el agua con los demás polluelos de la nidada, la mamá pata
vio que sabía nadar perfectamente-. Sí, es uno de los míos, a pesar de este
aspecto tan raro que tiene. Aunque, bien mirado... me parece casi guapo.
Así pues lo presentó a las demás criaturas de la granja, pero, antes de
que se pudiera dar cuenta, otro pato cruzó como una exhalación el pa-tio y
picoteó al patito feo directamente en el cuello.
-¡Detente! -gritó la mamá pata.
Pero el matón replicó:
-Es tan feo y tan raro que necesita que lo intimiden un poco.
La reina de los patos con su cinta roja en la pata comentó:
-¡Vaya, otra nidada! Como si no tuviéramos suficientes bocas que -
alimentar. Y aquel de allí tan grande y tan feo tiene que ser una
equivoca-ción.
-No es una equivocación -dijo la mamá pata-. Será muy fuerte, Lo que
ocurre es que se ha pasado demasiado tiempo en el huevo y aún está un poco
deformado. Pero todo se arreglará, ya lo verás -añadió, alisando las plumas del
patito feo y lamiéndole los remolinos de Plumas que le ca-ían sobre la frente.
Sin embargo los demás hacían todo lo posible por hostigar de mil maneras
al patito feo. Se le echaban encima volando, lo mordían, lo Pico-teaban, le
silbaban y le gritaban. Conforme pasaba el tiempo, el tormento era cada vez
peor. El patito se escondía, procuraba esquivarlos, zigzaguea-ba de derecha a
izquierda, pero no podía escapar. Era la criatura más des-dichada que jamás
hubiera existido en este mundo.
Al principio, su madre lo defendía, pero después hasta ella se cansó y
exclamó exasperada:
-Ojalá te fueras de aquí.
Entonces el patito feo huyó. Con casi todas las plumas alborotadas y un
aspecto extremadamente lastimoso, corrió sin parar hasta que llegó a una
marisma. Allí se tendió al borde del agua con el cuello estirado, be-biendo
agua de vez en cuando. Dos gansos lo observaban desde los caña-verales.
-Oye, tú, feúcho -le dijeron en tono de burla-, ¿quieres venir con
no-sotros al siguiente condado? Allí hay un montón de ocas solteras para
ele-gir.
De repente se oyeron unos disparos, los gansos cayeron con un sor-do
rumor y el agua de la marisma se tiñó de rojo con su sangre. El patito feo se
sumergió mientras a su alrededor sonaban los disparos, se oían los ladridos de
los perros y el aire se llenaba de humo.
Al final, la marisma quedó en silencio y el patito corrió y se fue
vo-lando lo más lejos que pudo. Al anochecer llegó a una pobre choza; la puerta
colgaba de un hilo y había más grietas que paredes. Allí vivía una vieja
andrajosa con su gato despeinado y su gallina bizca. El gato se gana-ba el
sustento cazando ratones. Y la gallina se lo ganaba poniendo huevos.
La vieja se alegró de haber encontrado un pato. A lo mejor, pondrá
huevos, pensó, y, si no los pone, podremos matarlo y comérnoslo. El pato se
quedó allí, donde constantemente lo atormentaban el gato y la gallina, los
cuales le preguntaban:
-¿De qué sirves si no puedes poner huevos y no sabes cazar?
-A mí lo que más me gusta es estar debajo -dijo el patito, lanzando un
suspiro-, debajo del vasto cielo azul o debajo de la fría agua azul.
El gato no comprendía qué sentido tenía permanecer debajo del agua y
criticaba al patito por sus estúpidos sueños. La gallina tampoco com-prendía
qué sentido tenía mojarse las plumas y también se burlaba del patito. Al final,
el patito se convenció de que allí no podría gozar de paz y se fue camino abajo
para ver si allí había algo mejor.
Llegó a un estanque y, mientras nadaba, notó que el agua estaba cada vez
más fría. Una bandada de criaturas volaba por encima de su ca-beza; eran las
más hermosas que él jamás hubiera visto. Desde arriba le gritaban y el hecho de
oír sus gritos hizo que el corazón le saltara de gozo y se le partiera de pena
al mismo tiempo. Les contestó con un grito que jamás había emitido
anteriormente. En su vida había visto unas criaturas más bellas y nunca se
había sentido más desvalido.
Dio vueltas y más vueltas en el agua para contemplarlas hasta que ellas
se alejaron volando y se perdieron de vista. Entonces descendió al fondo del
lago y allí se quedó acurrucado, temblando. Estaba desesperado, pues no
acertaba a comprender el ardiente amor que sentía por aquellos grandes pájaros
blancos.
Se levantó un viento frío que sopló durante varios días y la nieve cayó
sobre la escarcha. Los viejos rompían el hielo de las lecheras y las viejas
hilaban hasta altas horas de la noche. Las madres amamantaban a tres criaturas
a la vez a la luz de las velas y los hombres buscaban a las ovejas bajo los
blancos cielos a medianoche. Los jóvenes se hundían hasta la cintura en la
nieve para ir a ordeñar y las muchachas creían ver los ros-tros de apuestos
jóvenes en las llamas del fuego de la chimenea mientras preparaban la comida.
Allá abajo en el estanque el patito tenía que nadar en círculos cada vez más
rápidos para conservar su sitio en el hielo.
Una mañana el patito se encontró congelado en el hielo y fue enton-ces
cuando comprendió que se iba a morir. Dos ánades reales descendie-ron volando y
resbalaron sobre el hielo. Una vez allí estudiaron al patito.
-Cuidado que eres feo -le graznaron-. Es una pena. No se puede hacer
nada por los que son como tú.
Y se alejaron volando. Por suerte, pasó un granjero y liberó al patito
rompiendo el hielo con su bastón. Tomó en brazos al patito, se lo colocó bajo
la chaqueta y se fue a casa con él. En la casa del granjero los niños alargaron
las manos hacia el patito, pero éste tenía miedo. Voló hacia las vigas y todo
el polvo allí acumulado cayó sobre la mantequilla. Desde allí se sumergió
directamente en la jarra de la leche y, cuando salió todo mo-jado y aturdido,
cayó en el tonel de la harina. La esposa del granjero lo persiguió con la
escoba mientras los niños se partían de risa. El patito sa-lió a través de la
gatera y, una vez en el exterior, se tendió medio muerto sobre la nieve. Desde
allí siguió adelante con gran esfuerzo hasta que llegó a otro estanque y otra
casa, otro estanque y otra casa y se pasó todo el in-vierno de esta manera,
alternando entre la vida y la muerte.
Así volvió el suave soplo de la primavera, las viejas sacudieron los
le-chos de pluma y los viejos guardaron sus calzoncillos largos. Nuevos niños
nacieron en mitad de la noche mientras los padres paseaban Por el Patio bajo el
cielo estrellado. De día las muchachas se adornaban el pelo con narcisos y los
muchachos contemplaban los tobillos de las, chicas. Y en un cercano estanque el
agua empezó a calentarse y el Patito feo que flotaba en ella extendió las alas.
Qué grandes y fuertes eran sus alas. Lo levantaron muy alto por en-cima
de la tierra. Desde el aire vio los huertos cubiertos por sus blancos mantos, a
los granjeros arando y toda suerte de criaturas, empollando, avanzando a
trompicones, zumbando y nadando. Vio también en el estan-que tres cisnes, las
mismas hermosas criaturas que había visto el otoño anterior, las que le habían
robado el corazón, y sintió el deseo de reunirse con ellas.
¿Y si fingen apreciarme y, cuando me acerco a ellas, se alejan volan-do
entre risas?, pensó el patito. Pero bajó planeando y se posó en el estan-que
mientras el corazón le martilleaba con fuerza en el pecho.
En cuanto lo vieron, los cisnes se acercaron nadando hacia él. No cabe
duda de que estoy a punto de alcanzar mí propósito, pensó el patito, pero, si
me tienen que matar, prefiero que lo hagan estas hermosas criatu-ras y no los
cazadores, las mujeres de los granjeros o los largos inviernos. E inclinó la
cabeza para esperar los golpes.
Pero ¡oh prodigio! En el espejo del agua vio reflejado un cisne en todo
su esplendor: plumaje blanco como la nieve, ojos negros como las endrinas y
todo lo demás. Al principio, el patito feo no se reconoció, pues su aspecto era
el mismo que el de aquellas preciosas criaturas que tanto había admi-rado desde
lejos.
Y resultó que era una de ellas. Su huevo había rodado accidental-mente
hacia el nido de una familia de patos. Era un cisne, un espléndido cisne. Y,
por primera vez, los de su clase se acercaron a él y lo acariciaron suave y
amorosamente con las puntas de sus alas. Le atusaron las plumas con sus picos y
nadaron repetidamente a su alrededor en señal de saludo.
Y los niños que se acercaron para arrojar migas de pan a los cisnes
exclamaron:
-Hay uno nuevo.
Y, tal como suelen hacer los niños en todas partes, corrieron a
anunciarlo a todo el mundo. Y las viejas bajaron al estanque y se soltaron sus
largas trenzas plateadas. Y los mozos recogieron en el cuenco de sus manos el
agua verde del lago y se la arrojaron a las mozas, quienes se ru-borizaron como
pétalos. Los hombres dejaron de ordeñar simplemente pa-ra aspirar bocanadas de
aire. Las mujeres abandonaron sus remiendos para reírse con sus compañeros. Y
los viejos contaron historias sobre la longitud de las guerras y la brevedad de
la vida.
Y uno a uno, a causa de la vida, la pasión y el paso del tiempo, todos
se alejaron danzando; los mozos y las mozas se alejaron danzando. Los viejos,
los maridos y las esposas también se alejaron danzando. Los niños
y los cisnes se alejaron
danzando... y nos dejaron solos... con la primave-ra... y allá abajo junto a la
orilla del río otra mamá pata empezó a empollar los huevos de su nido.
El problema del exiliado es muy antiguo. Muchos cuentos de hadas y mitos
se centran en el tema del proscrito. En tales relatos, la figura princi-pal se
siente torturada por unos acontecimientos que la rebasan, con fre-cuencia a
causa de un doloroso descuido. En "La bella durmiente", la
de-cimotercera hada es olvidada y no se la invita al bautizo, lo cual da lugar
a que la niña sea objeto de una maldición que exigía a todo el mundo de una u
otra forma. A veces el exilio se produce por pura maldad, como cuando la
madrastra envía a la hijastra a la oscuridad del bosque en "Vasalisa la
Sabia".
Otras veces el exilio se produce como consecuencia de un ingenuo error.
El griego Hefesto se puso del lado de su madre Hera en una discu-sión de ésta
con su esposo Zeus. Zeus se enfureció y arrojó a Hefesto del monte Olimpo,
desterrándolo y provocándole una cojera.
A veces el exilio es consecuencia de un pacto que no se comprende, tal
como ocurre en el cuento de un hombre que accede a vagar como una bestia
durante un determinado número de años para poder ganar un poco de oro y más
tarde descubre que ha entregado su alma al diablo disfraza-do.
El tema de "El patito feo" es universal. Todos los cuentos del
"exilio" contienen el mismo significado esencial, pero cada uno de
ellos está ador-nado con distintos flecos y ringorrangos que reflejan el fondo
cultural del cuento y la poesía de cada cuentista en particular.
Los significados esenciales que aquí nos interesan son los siguien-tes:
El patito del cuento es un símbolo de la naturaleza salvaje que, cuan-do las
circunstancias la obligan a pasar penurias nutritivas, se esfuerza
instintivamente en seguir adelante ocurra lo que ocurra. La naturaleza salvaje
resiste instintivamente y se agarra con fuerza, a veces con estilo y otras con
torpeza. Y menos mal que lo hace, pues, para la mujer salvaje, la perseverancia
es una de sus mayores cualidades.
Otro importante aspecto del relato es el de que, cuando el sentimien-to
anímico particular de un individuo, que es simultáneamente una identi-dad
instintiva y espiritual, se ve rodeado por el reconocimiento y la acepta-ción
psíquicas, la persona percibe la vida y el poder con más fuerza que nunca. El
hecho de descubrir a la propia familia psíquica Confiere a la persona vitalidad
y sensación de pertenencia.
El exilio del hijo singular
En el cuento, las distintas criaturas de la aldea contemplan al patito
"feo" y de una u otra forma lo consideran inaceptable. En realidad,
no es feo, pero no se asemeja a los demás. Es tan distinto que parece Una
alubia negra entre un kilo de guisantes. Al principio, la mamá pata intenta
defen-der al patito que cree suyo. Pero, al final, se siente emocionalmente
dividi-da y deja de preocuparse por aquel extraño retoño.
Sus hermanos y otras criaturas de la comunidad se le echan encima, lo
picotean y lo atormentan. Quieren obligarlo a irse, pero el patito feo se muere
de pena al verse rechazado por los suyos, lo cual es terrible, pues él no ha
hecho nada para merecer este trato como no sea el hecho de ser dis-tinto y
comportarse de una manera distinta. De hecho, sin haber alcanza-do ni siquiera
la mitad de su desarrollo, el patito padece fuerte complejo psicológico.
Las niñas que poseen una acusada naturaleza instintiva suelen
ex-perimentar un considerable sufrimiento en las etapas iniciales de su vida.
Desde su más tierna infancia se sienten cautivas y domesticadas y les di-cen
que son tercas y se portan mal. Su naturaleza salvaje se revela muy pronto. Son
niñas muy curiosas y astutas y ponen de manifiesto unas ex-centricidades que,
debidamente desarrolladas, constituyen la base de su creatividad durante todo
el resto de sus vidas. Teniendo en cuenta que la vida creativa es el alimento y
el agua del alma, este desarrollo básico es extremadamente importante.
Por regla general, el temprano exilio se inicia sin culpa por parte del
interesado y se intensifica por medio de la incomprensión, la crueldad de la
ignorancia o la maldad deliberada de los demás. En tal caso, el yo bási-co de
la psique sufre una temprana herida. Cuando ello ocurre, una niña empieza a
creer que las imágenes negativas que su familia y su cultura le ofrecen de ella
no sólo son totalmente ciertas sino que, además, están to-talmente libres de
prejuicios, opiniones y preferencias personales. La niña empieza a creer que es
débil, fea e inaceptable y así lo seguirá creyendo por mucho que se esfuerce en
modificar la situación.
Una niña es desterrada exactamente por las mismas razones que vemos en
"El patito feo". En muchas culturas, cuando nace una niña se espera
de ella que Sea o se convierta en un determinado tipo de persona, se comporte
de una cierta Manera convencional, tenga una serie de valores que, aunque no
sean idénticos a los de su familia, sí por lo menos se ba-sen en ellos y, en
cualquier caso, no provoque sobresaltos de ningún tipo. Estas expectativas
quedan muy bien definidas cuando uno o ambos pro-genitores experimentan el
deseo de una "hija angelical", es decir, de una hija sumisamente
"perfecta".
En las fantasías de algunos padres la hija que tengan deberá ser
perfecta y sólo deberá reflejar sus criterios y sus valores. Por desgracia, si
la niña sale salvaje, ésta deberá padecer los repetidos intentos de sus pa-dres
de someterla a una operación quirúrgica psíquica el, su afán de re-crearla y de
modificar lo que el alma le pide a la niña, Por mucho que su alma le pida que
mire, la cultura circundante le pedirá que se vuelva ciega.
Y, aunque su alma quiera decirle la verdad, ella se vera obligada a
guardar silencio.
Pero ni el alma ni la psique de la niña se pueden adaptar a tales
exi-gencias. La insistencia en que se porte de forma "apropiada",
cualquiera que sea la definición que pueda dar de ello la autoridad, puede
obligar a la niña a huir o a ocultarse bajo tierra o a vagar durante mucho
tiempo en busca de un lugar en el que pueda encontrar alimento y paz.
Cuando la cultura define minuciosamente lo que constituye el éxito o la
deseable perfección en algo -el aspecto, la estatura, la fuerza, la forma, el
poder adquisitivo, la economía, la virilidad, la feminidad, los buenos hijos,
la buena conducta, las creencias religiosas-, en la psique de todos los
miembros de esa cultura se produce una introyección de los mandatos
correspondientes con el fin de que las personas puedan acomodarse a di-chos
criterios. Por consiguiente, el tema de la mujer salvaje exiliada suele ser
doble: interior y personal y exterior y cultural.
Vamos a analizar aquí el tema del exilio interior, pues, cuando el
su-jeto adquiere la necesaria fuerza - no una fuerza perfecta sino una fuerza
moderada e idónea- para ser él mismo y encontrar el lugar que le corres-ponde,
puede influir magistralmente en la comunidad exterior y en la con-ciencia
cultural. ¿ Qué es una fuerza moderada? Es la que se posee cuan-do la madre
interior que cuida a la persona no sabe al ciento por ciento lo que hay que
hacer a continuación. Basta con que lo sepa al setenta y cinco por ciento. El
setenta y cinco por ciento es un porcentaje aceptable. Re-cuerda que decimos
que una planta está florida tanto si se encuentra a la mitad como si se
encuentra a tres cuartos o en la plenitud de su ciclo de floración.
Clases de madres
Aunque la madre del cuento se puede interpretar como un símbolo de la
madre exterior, la mayoría de las personas que ahora son adultas han recibido
de su madre real el legado de la madre interior. Se trata de un aspecto de la
psique que actúa y responde de una manera que es idén-tica a la experiencia
infantil de la mujer con su propia madre. Además, la madre interior está hecha
no sólo de la experiencia de la madre personal sino también de la de otras
figuras maternas de nuestra vida y de las imá-genes culturales que se tenían de
la buena madre y de la mala madre en la época de nuestra infancia.
En casi todos los adultos, si hubo en otros tiempos alguna dificultad
con la madre, pero ahora ya no la hay, existe todavía en su psique una do-ble
de su madre que habla, actúa y responde de la misma manera que su madre real en
la primera infancia. Aunque la cultura de una mujer haya evolucionado hacia un
razonamiento más conciente con respecto al papel de las madres, la madre
interior seguirá teniendo los mismos valores y las mismas ideas acerca del
aspecto y la forma de actuar de una madre que los que imperaban en la cultura
de su infancia (3).
En la psicología profunda, todo este laberinto se llama "complejo
de la madre", es uno de los aspectos esenciales de la psique de una mujer
y es importante reconocer su condición, fortalecer ciertos aspectos, endere-zar
otros, eliminar otros y empezar de nuevo en caso necesario.
La mamá pata del cuento tiene varias cualidades que analizaremos una a
una. Representa simultáneamente a la madre ambivalente, la madre derrumbada y
la madre no mimada. Examinando estas estructuras mater-nas, podremos empezar a
establecer si nuestro complejo de la madre inter-ior defiende firmemente
nuestras singulares cualidades personales o si, por el contrario, necesita
desde hace tiempo un ajuste.
LA MADRE AMBIVALENTE
En nuestro cuento, los instintos de la mamá pata la obligan a alejar-se
y aislarse. Se siente atacada por el hecho de tener un hijo distinto. Se siente
emocionalmente dividida y, como consecuencia de ello, se derrumba y deja de
preocuparse por el extraño hijo. Aunque al principio intenta mantenerse firme,
la "otredad" del patito pone en peligro su seguridad de-ntro de la
comunidad y entonces esconde la cabeza y se zambulle.
¿No habéis visto alguna vez a una madre obligada a tomar semejante
decisión si no en su totalidad, por lo menos en parte? La madre se doblega a
los deseos de la aldea en lugar de tomar partido por su hijo. En la actua-lidad
muchas madres siguen actuando de acuerdo con los antiguos temo-res de las
mujeres que las han precedido a lo largo de los siglos; ser ex-cluida de la
comunidad equivale a ser ignorada y mirada con recelo en el mejor de los casos
y ser perseguida y destruida en el peor. Una mujer en semejante ambiente suele
intentar moldear a su hija de tal manera que se comporte "como es
debido" en el mundo exterior... esperando con ello sal-var a su hija y
salvarse a sí misma del ataque.
De esta manera, la madre y la hija están divididas. En "El patito
feo", la mamá pata está psíquicamente dividida y ello da lugar a que se
sienta atraída en distintas direcciones. En eso consiste precisamente la
ambiva-lencia. Cualquier madre que haya sido atacada alguna vez se identificará
con ella. Una atracción es su deseo de ser aceptada por su aldea. Otra es su
instinto de supervivencia. La tercera es su necesidad de reaccionar ante el
temor de que ella y su hija sean castigadas, perseguidas o matadas por los
habitantes de la aldea. Este temor es una respuesta normal a una amenaza
anormal de violencia psíquica o física. La cuarta atracción es el amor
instintivo de la madre por su hija y su deseo de proteger a esta hija.
En las culturas punitivas es frecuente que las mujeres se debatan entre
el deseo de ser aceptadas por la clase dominante (su aldea) y el amor a su
hijo, tanto si se trata de un hijo simbólico como si se trata de un hijo
creativo o de un hijo biológico. La historia es muy antigua. Muchas muje-res
han muerto psíquica y espiritualmente en su afán de proteger a un hijo no
aceptado, el cual puede ser su arte, su amante, sus ideas políticas, sus hijos
o su vida espiritual. En casos extremos las mujeres han sido ahorca-
das, quemadas en la hoguera y asesinadas por haber desafiado los
precep-tos de la aldea y haber protegido al hijo no sancionado.
La madre de un hijo que es distinto tiene que poseer la resistencia de
Sísifo, el terrorífico aspecto de los cíclopes y el duro pellejo de Calibán
(4) para poder ir a contracorriente
de una cultura estrecha de miras. Las condiciones culturales más destructivas
en las que puede nacer y vivir una mujer son aquellas que insisten en la
necesidad de obedecer sin consultar con la propia alma, las que carecen de
comprensivos rituales de perdón, las que obligan a la mujer a elegir entre su
alma y la sociedad, aquellas en las que las conveniencias económicas o los
sistemas de castas impiden la compasión por los demás, en las que el cuerpo es
considerado algo que hay que "purificar" o un santuario que se rige
por decretos, en las que lo nuevo, lo insólito o lo distinto no suscita el
menor placer, en las que la cu-riosidad y la creatividad son castigadas y
denostadas en lugar de ser pre-miadas o en las que sólo se premian si el sujeto
no es una mujer, aquellas en las que se cometen actos dolorosos contra el
cuerpo, unos actos que, encima, se llaman sagrados, o aquellas en las que la
mujer es castigada injustamente "por su bien" (5), tal como
lacónicamente dice Alice Miller, y en las que el alma no se considera un ente
de pleno derecho.
Es posible que la mujer que tiene en su psique esta madre ambiva-lente
ceda con demasiada facilidad y tema asumir una postura, exigir res-peto,
ejercer su derecho a hacer las cosas, aprenderlas y vivirlas a su ma-nera.
Tanto si estas cuestiones derivan de una estructura interior como si
proceden de la cultura exterior, para que la función materna pueda resistir
semejantes presiones, la mujer tiene que poseer ciertas cualidades agresi-vas
que en muchas culturas se consideran masculinas. Por desgracia, du-rante varias
generaciones la madre que deseaba ganar el aprecio de los demás para su propia
persona y para sus hijos necesitaba las cualidades que le estaban expresamente
prohibidas: vehemencia, intrepidez y fiereza.
Para que una madre pueda criar satisfactoriamente a un hijo que, en sus
necesidades psíquicas y anímicas, es ligera o considerablemente dis-tinto de lo
que manda la cultura dominante, tiene que hacer acopio de ciertas cualidades
heroicas. Como las heroínas de los mitos, tiene que ser capaz de encontrar y
adueñarse de estas cualidades en caso de que no estén autorizadas, tiene que
guardarlas y soltarlas en el momento adecua-do y tiene que defender su propia
persona y aquello en lo que cree. No hay prácticamente ninguna manera de
prepararse para eso como no sea armándose de valor y entrando en acción. Desde
tiempo inmemorial un acto considerado heroico ha sido el remedio de la
entontecedora ambiva-lencia.
LA MADRE DERRUMBADA
Al final, la mamá pata ya no puede soportar el acoso que sufre el hijo
que ella ha traído al mundo. Pero lo más revelador es que ya no puede
tolerar el tormento que a ella misma le causa la comunidad como
conse-cuencia de sus intentos de proteger a su "extraño" hijo. Y
entonces se de-rrumba y le grita al patito: "Ojalá te fueras de
aquí." Y el desventurado pa-tito se va.
Cuando una madre se derrumba psicológicamente, significa que ha perdido
el sentido de sí misma. Puede ser una malvada madre narcisista que se considera
con derecho a ser una niña. Pero lo más probable es que se haya visto separada
del Yo salvaje y se haya derrumbado debido al te-mor a una amenaza real de
carácter psíquico o físico.
Cuando las personas se derrumban, suelen resbalar hacia uno de los tres
estados emocionales siguientes: un lío (están confusas), un revol-cadero (creen
que nadie comprende debidamente su tormento) o un pozo (una repetición
emocional de una antigua herida, a menudo una injusticia no reparada y por la
que nadie pagó, cometida con ellas en su infancia).
Para conseguir que una madre se derrumbe hay que provocar en ella una
división emocional. Desde tiempo inmemorial, el medio más utilizado ha sido el
de obligarla a elegir entre el amor a su hijo y el temor al daño que la aldea
pueda causarles a ella y a su hijo si no se atiene a las reglas. En La decisión
de Sophie de William Styron, la heroína Sophie, es una pri-sionera en un campo
de exterminio nazi. Comparece ante la presencia del comandante nazi con sus dos
hijos en brazos. El comandante la obliga a elegir cuál de sus hijos se salvará
y cuál de ellos morirá, diciéndole que, si se niega a hacerlo, ambos niños
morirán.
Aunque semejante elección sea impensable, se trata de una opción
psíquica que las madres se han visto obligadas a hacer a lo largo de los
siglos. Cumple las reglas y mata a tus hijos o atente a las consecuencias. Y
así sucesivamente. Cuando una madre se ve obligada a elegir entre su hijo y la
cultura, nos encontramos en presencia de una cultura terriblemente cruel y
desconsiderada. Una cultura que exige causar daño a una persona para defender
sus propios preceptos es verdaderamente una cultura muy enferma. Esta
"cultura" puede ser aquella en la que vive la mujer, pero lo más
grave es que también puede ser la que ella lleva consigo en el interior de su
mente.
Hay innumerables ejemplos literales de ello en todo el mundo (6) y
algunos de los más infames se dan en el continente americano, donde ha sido
tradicional obligar a las mujeres a separarse de sus seres queridos y de las
cosas que aman. En los siglos XVIII, XIX y XX hubo la larga y es-pantosa
historia de la ruptura de las familias obligadas a someterse a la esclavitud.
En los últimos siglos las madres han tenido que entregar sus hijos a la patria
en tiempo de guerra y, encima, alegrarse de ello. Las for-zadas
"repatriaciones" se siguen produciendo hoy en día (7).
En todo el mundo y en distintas épocas se ha prohibido a las muje-res
amar y dar cobijo a quien ellas quieren y en la forma que desean.
Una de las opresiones contra la vida espiritual de las mujeres de la que
menos se habla es la de millones de madres solteras en todo el mun-do, incluso
en Estados Unidos, que, sólo en este siglo, se han visto obliga-
das por la moral dominante a ocultar su condición o a esconder a sus
hijos o bien a matarlos o a renunciar a ellos o a vivir mal bajo una falsa
identi-dad como ciudadanas humilladas y privadas de todo derecho (8).
Durante muchas generaciones las mujeres han aceptado el papel de seres
humanos legitimizados a través de su matrimonio con un hombre. Se han mostrado
de acuerdo en que una persona no es aceptable a menos que así lo decida un
hombre. Sin la protección "masculina" la madre es vulnerable. Es
curioso que en "El patito feo" al padre se le mencione sólo una vez
cuando la madre está empollando el huevo del patito feo y se que-ja del
comportamiento del padre de sus crías: "El Muy bribón no ha venido a
visitarme ni una sola vez." Durante Mucho tiempo en nuestra cultura -
lamentablemente y por distintas razones (9)- el padre no ha podido o no ha
querido, por desgracia, estar "disponible" para nadie, ni siquiera
para sí mismo. Se podría decir con razón que, para muchas niñas salvajes, el
pa-dre era un hombre derrumbado, una simple sombra que todas las noches se
colgaba en el armario junto con su abrigo.
Cuando una mujer tiene en el interior de su psique o en la cultura en la
que vive la imagen de una madre derrumbada, suele dudar de su propia valía.
Puede pensar que el hecho de escoger entre la satisfacción de sus exigencias
externas y las exigencias de su alma es una cuestión de vi-da o muerte. Puede
sentirse como una atormentada forastera que no per-tenece a ningún lugar, lo
cual es relativamente normal en un exiliado, pero lo que en modo alguno es
normal es sentarse a llorar sin hacer nada al respecto. Hay que levantarse e ir
en busca del lugar al que una pertenece. Para un exiliado, éste es siempre el
siguiente paso y, para una mujer con una madre derrumbada en su interior, es el
paso esencial. La mujer que tiene una madre derrumbada, debe negarse a convertirse
en lo mismo.
LA MADRE NIÑA 0 LA MADRE NO MIMADA
La imagen representada por la mamá pata del cuento es, como se puede
ver, muy ingenua y poco sofisticada. La clase más habitual de ma-dre frágil es
con mucho la de la madre no mimada. En el cuento, la que tanto insistía en
tener hijos es la que más tarde se aparta de su hijo. Hay muchas razones por
las cuales un ser humano o una madre psíquica se puede comportar de esta
manera. Puede tratarse de una mujer que no ha sido mimada. Puede ser una madre
frágil, muy joven o muy ingenua desde un punto de vista psíquico.
Puede estar psíquicamente lastimada hasta el extremo de conside-rarse
indigna de ser amada incluso por un niño. Puede haber estado tan torturada por
su familia y su cultura que no se considere digna de tocar la orla del
arquetipo de la "madre radiante" que acompaña a la nueva mater-nidad.
Como se ve, no hay vuelta de hoja: a una madre se la tiene que mi-mar para que
mime a su vez a sus hijos. A pesar de que una mujer tiene un inalienable
vínculo espiritual y físico con sus hilos, en el mundo de la
Mujer Salvaje instintiva, ésta no se convierte por sí sola de golpe y
porrazo en una madre temporal plenamente formada.
En tiempos antiguos, las cualidades de la naturaleza salvaje se sol-ían
transmitir a través de las manos y las palabras de las mujeres que cuidaban a
las jóvenes madres. Sobre todo las madres primerizas llevan dentro, no una
experta anciana sino una madre niña. Una madre niña puede tener cualquier edad,
dieciocho o cuarenta y tantos años, da lo mismo. Todas las madres primerizas
son madres niñas al principio. Una madre niña es lo bastante mayor como para
tener hijos y sus buenos ins-tintos siguen la dirección apropiada, pero precisa
de los cuidados de una mujer de más edad o de unas mujeres que la estimulen, la
animen y la apoyen en el cuidado de sus retoños.
Durante siglos este papel ha estado reservado a las mujeres mas vie-jas
de la tribu o la aldea. Estas "madres-diosas" humanas que
posterior-mente fueron relegadas por las instituciones religiosas al papel de
"madri-nas" constituían un sistema nutritivo esencial de
hembra-a-hembra que alimentaba a las jóvenes madres en particular, enseñándoles
cómo alimen-tar a su vez la psique y el alma de sus hijos. Cuando el papel de
la madre-diosa se intelectualizó un poco más, el término "madrina"
pasó a significar una persona que se encargaba de que el niño no se apartara de
los precep-tos de la Iglesia. Muchas cosas se perdieron en esta trasmigración.
Las ancianas eran las depositarías de una sabiduría y un compor-tamiento
que podían transmitir a las jóvenes madres. Las mujeres se transmiten esta
sabiduría las unas a las otras con las palabras, pero tam-bién por otros
medios. Una simple palabra, una mirada, un roce de la palma de la mano, un
murmullo o una clase especial de afectuoso abrazo son suficientes para
transmitir complicados mensajes acerca de lo que se tiene que ser y el cómo se
tiene que ser.
El yo instintivo siempre bendice y ayuda a las que vienen detrás. Es lo
que ocurre entre las criaturas sanas y los seres humanos sanos. De esta manera,
la madre-niña cruza el umbral del círculo de las madres maduras que la acogen
con bromas, regalos y relatos.
Este círculo de mujer-a-mujer era antaño el dominio de la Mujer Salvaje
y el número de afiliadas era ilimitado; cualquiera podía pertenecer a él. Pero
lo único que nos queda hoy en día de todo eso es el pequeño ves-tigio de la
fiesta que suele preceder al nacimiento de un niño y en la que todos los
chistes sobre partos, los regalos a la madre y los relatos de carác-ter
escatológico se concentran en unas dos horas, de las cuales una mujer no podrá
volver a disfrutar a lo largo de toda su vida de madre.
En casi todos los países industrializados actuales, la joven madre Pasa
por el embarazo y el parto e intenta cuidar de su hijo en solitario. Es una
tragedia de enormes proporciones. Puesto que muchas mujeres son hijas de madres
frágiles, madres-niñas y madres no mimadas, es muy po-sible que posean un
estilo interno de "cuidados maternales" parecido al de sus madres.
Es muy probable que la mujer que tiene en su psique la imagen de una
madre-niña o una madre no mimada o que la tiene glorificada por la cultura y
conservada en activo en la familia experimente presentimientos ingenuos, falta
de experiencia y, sobre todo, un debilitamiento de la capa-cidad instintiva de
imaginar lo que ocurrirá dentro de una hora, una se-mana, un mes, uno, cinco o
diez años.
La mujer que lleva dentro una madre-niña adopta el aire de una ni-ña que
se las quiere dar de madre. Las mujeres que se encuentran en esta situación
suelen poner de manifiesto una actitud generalizada de "viva to-do",
una variedad de hipermaternalismo en la que se esfuerzan por "hacer-lo
todo y serlo todo para todo el mundo". No pueden guiar ni apoyar a sus
hijos, pero, al igual que los hijos del granjero de "El patito feo"
que se ale-gran tanto de tener aquella criatura en la casa pero no saben
prodigarle los cuidados que necesita, la madre-niña acaba dejando a su hijo
sucio y apaleado. Sin darse cuenta, la madre-niña tortura a sus hijos con
varias modalidades de atención destructiva y, en algunos casos, por falta de la
necesaria atención.
A veces la madre frágil es a su vez un cisne que ha sido criado por unos
patos. No ha conseguido descubrir su verdadera identidad lo bastan-te temprano
como para que sus hijos se puedan beneficiar de ello. Des-pués, cuando su hija
tropieza con el gran misterio de la naturaleza salvaje de lo femenino en la
adolescencia, ella también experimenta punzadas de identificación e impulsos de
cisne. La búsqueda de identidad por parte de la hija puede dar lugar al
comienzo de un viaje "virginal" de la madre en busca de su yo
perdido. Entre madre e hija habrá por tanto en el sótano de la casa dos
espíritus salvajes dándose la mano en espera de que los llamen desde arriba.
Éstas son por consiguiente las cosas que pueden torcerse cuando la madre
se ve apartada de su naturaleza instintiva. Pero no hay que suspi-rar demasiado
fuerte ni durante demasiado tiempo, pues todo eso tiene remedio.
LA MADRE FUERTE, LA HIJA FUERTE
El remedio consiste en mimar amorosamente a la joven madre que una lleva
dentro, lo cual se consigue por medio de mujeres del mundo ex-terior más sabias
y maduras, preferentemente templadas como el acero y robustecidas por el fuego
tras haber pasado por lo que han tenido que pa-sar. Cualquiera que sea el
precio que se tenga que pagar incluso hoy en día, sus ojos ven, sus oídos oyen,
sus lenguas hablan Y son amables.
Aunque hayas tenido la madre más maravillosa del mundo es posi-ble que,
al final, llegues a tener más de una. Tal como tantas veces les he dicho a mis
hijas: "Sois hijas de una madre, pero, con un poco de suerte, tendréis más
de una. Y, entre ellas, encontraréis casi todo lo que necesit-áis." Sus
relaciones con todas las madres serán probablemente de carácter progresivo,
pues la necesidad de guía y de consejo nunca termina ni con-
viene que termine desde el punto de vista de la profunda vida creativa
de las mujeres (10).
Las relaciones entre las mujeres, tanto si son entre mujeres que
comparten la misma sangre como si son entre compañeras psíquicas, en-tre
analista y paciente, profesora y alumna o almas gemelas, son relacio-nes de
parentesco de la máxima importancia.
Aunque algunos de los que escriben sobre psicología en la actuali-dad
afirmen que el abandono de la matriz materna es una hazaña que, si no se
cumple, contamina para siempre a la mujer y aunque otros digan que el desprecio
hacia la propia madre es algo beneficioso para la salud mental del individuo,
en realidad la imagen y el concepto de la madre sal-vaje no se puede ni se debe
abandonar jamás, pues la mujer que lo hace abandona su naturaleza profunda, la
que contiene toda la sabiduría, todas las bolsas y las semillas, todas las
agujas para remendar, todas las medi-cinas para trabajar y descansar, amar y
esperar.
Más que deshacernos de la madre, nuestra intención tiene que ser la de
buscar a una madre sabia y salvaje. No estamos y no podemos estar separadas de
ella. Nuestra relación con esta madre espiritual tiene que gi-rar
incesantemente, tiene que cambiar incesantemente y es una paradoja. Esta madre
es la escuela en la que hemos nacido, una escuela en la que somos
simultáneamente alumnas y profesoras durante toda la vida. Tanto si tenemos
hijos como si no, tanto si cultivamos el jardín como si cultiva-mos la ciencia
o el vibrante mundo de la poesía, siempre tropezaremos con la madre salvaje en
nuestro camino hacia otro lugar. Y así tiene que ser.
Pero ¿qué decir de la mujer que ha pasado realmente por la expe-riencia
de una madre destructiva en su infancia? Por supuesto que este período no se
puede borrar, pero se puede suavizar. No se puede endulzar, pero ahora se puede
reconstruir debidamente y con toda su fuerza. No es la reconstrucción de la
madre interior lo que tanto asusta a muchas sino el temor de que haya muerto
algo esencial, algo que jamás podrá volver a la vida, algo que no recibió
alimento porque la madre psíquica estaba muerta. A estas mujeres les digo que
se tranquilicen porque no están muertas ni mortalmente heridas.
Tal como ocurre en la naturaleza, el alma y el espíritu cuentan con unos
recursos sorprendentes. Como los lobos y otras criaturas, el alma y el espíritu
pueden vivir con muy poco y a veces pueden pasarse mucho tiempo sin nada. Para
mí, éste es el milagro más grande que Puede haber. Una vez yo estaba
trasplantando un seto vivo de lilas. Un gran arbusto había muerto por
misteriosas razones, pero los demás estaban cubiertos de primaverales flores
moradas. Cuando lo saqué de la tierra, el arbusto muerto crujía como las
quebradizas cáscara, de los cacahuetes. Descubrí que su sistema de raíces
estaba unido a los de las restantes lilas vivas que bordeaban toda la valla.
Pero lo más sorprendente fue descubrir que el arbusto muerto era la
"madre". Sus raíces eran las más viejas y fuertes. Todos sus hijos
mayores se encontraban de maravilla a pesar de que ella estaba patas arriba,
por
así decirlo. Las lilas se reproducen con el llamado sistema de chupón,
por lo que cada árbol es un vástago M progenitor inicial. Con este sistema, si
la madre falla, el hijo puede sobrevivir. Ésta es la pauta y la promesa
psíquica para las mujeres que no han tenido cuidados maternales o han tenido
muy pocos, y también para aquellas cuyas madres las han tortura-do. Aunque la
madre caiga, aunque no tenga nada que ofrecer, la hija se desarrollará, crecerá
independientemente y prosperará.
Las malas compañías
El patito feo va de un lado para otro en busca de un lugar donde
descansar. Aunque el instinto que nos indica adónde tenemos que ir no esté
plenamente desarrollado, el instinto que nos induce a seguir vagando hasta
encontrar lo que necesitamos se mantiene intacto. No obstante, en el síndrome
del patito feo hay a veces una especie de patología. Uno sigue llamando a las
puertas que no debe, a pesar de constarle que no tendría que hacerlo. Cuesta
imaginar que una persona pueda saber qué puertas son las equivocadas cuando
nunca ha sabido lo que era una puerta apro-piada. Sin embargo, las puertas
equivocadas son las causantes de que una persona se vuelva a sentir una vez más
una proscrita.
Esta "búsqueda del amor en todos los lugares equivocados" es
la re-acción al exilio. Cuando una mujer recurre a una conducta compulsiva y
repetida -repitiendo una y otra vez un comportamiento que no la satisface y que
provoca declive en lugar de una prolongada vitalidad- para aliviar su exilio,
lo que hace en realidad es causarse más daño, pues no se cura la herida inicial
y, en cada una de sus incursiones, se produce nuevas heri-das.
Es algo así como aplicarse una ridícula medicina en la nariz cuando uno
se ha hecho un corte en el brazo. Las distintas mujeres eligen distin-tas
clases de "medicinas equivocadas". Algunas eligen las que son
visible-mente equivocadas como las malas compañías o los vicios Y caprichos
per-judiciales o nocivos para el alma, cosas que primero elevan a la mujer y
después la derriban al suelo en menos de lo que canta un gallo.
Las soluciones a estas opciones equivocadas son varias. Si la mujer
pudiera sentarse y contemplar su corazón, vería en él la necesidad de que se
reconocieran y aceptaran respetuosamente sus cualidades, sus dotes y sus
limitaciones. Por consiguiente, para empezar a curarte, deja de enga-ñarte
pensando que un pequeño placer equivocado te curará la pierna ro-ta. Di la
verdad acerca de tu herida y entonces comprenderás el remedio que le tienes que
aplicar. No llenes el vacío con lo que te resulte más fácil o lo que tengas más
a mano. Espera a encontrar la medicina adecuada. La reconocerás porque tu vida
será más fuerte y no más débil.
Lo que no parece correcto
Como el patito feo, un forastero aprende a mantenerse apartado de las
situaciones en las que, aunque uno actúe correctamente, no lo parez-ca. El
patito, por ejemplo, sabe nadar muy bien, pero no da esa impresión. Una mujer
puede ofrecer un aspecto correcto, pero no saber actuar correc-tamente. Hay
muchos dichos acerca de las personas que no pueden disi-mular lo que son (y, en
su fuero interno, no lo desean), desde el texano oriental: "Por mucho que
los disfraces, no los podrás sacar de paseo", al español: "Aunque la
mona se vista de seda, mona se queda" (11).
En el cuento, el patito empieza a comportarse como si fuera tonto (12),
es uno de esos que no hacen nada a derechas... echa polvo sobre la mantequilla
y cae en el tonel de harina, pero no sin antes haber caído en la jarra de
leche. Todos hemos tenido momentos así. Todo lo hacemos al revés. Intentamos
arreglarlo y todavía es peor. Al patito no se le había per-dido nada en aquella
casa. Pero ya vemos lo que ocurre cuando uno está desesperado. Acude donde no
debe y hace lo que no debe. Tal como decía uno de mis queridos colegas difuntos
"No pueden darte leche en la casa del carnero" (13).
Aunque es útil tender puentes incluso con los grupos a los que uno no
pertenece y es importante procurar ser amable, también es imprescin-dible no
esforzarse demasiado y no creerse demasiado que, si una se com-porta como debe
y consigue ocultar todas las comezones y crispaciones de la criatura salvaje,
conseguirá parecer una dama amable, reservada, mo-dosa y circunspecta. Esta
clase de comportamiento, este afán del ego de encontrar un lugar a toda costa
es el que corta la conexión con la Mujer Salvaje de la psique. En tal caso, en
lugar de una mujer vital, nos queda una mujer sin garras. Nos queda una
nerv1osa, comedida y bienintencio-nada mujer que se muere de ganas de ser
buena. Pues no, es mucho me-jor, mucho más elegante e infinitamente más
espiritual ser lo que se es y tal como se es, y dejar que los demás sean
también lo que son.
El sentimiento paralizado, la creatividad paralizada
Las mujeres afrontan el exilio de otras maneras. Como el patito que se
queda atrapado en el hielo del estanque, ellas también se congelan. Lo peor que
puede hacer una persona es congelarse. La frialdad es el beso de la muerte de
la creatividad, de la relación y de la vida. Algunas mujeres se comportan como
si el hecho de mostrarse frías fuera una hazaña. Pero no lo es. Es un acto de
cólera defensiva.
En la psicología arquetípica mostrarse frío equivale a carecer de
sen-timientos. Hay cuentos acerca del niño congelado, del niño que no podía
sentir, de los cadáveres congelados en el hielo a lo largo de un período en el
que nada se podía mover, nada se podía convertir en nada y nada podía nacer.
Estar congelado significa en un ser humano carecer deliberadamen-te de
sentimientos, especialmente hacia la propia persona, pero también, y a veces
más todavía, hacia los demás. Aunque se trate de un mecanismo de autoprotección,
es algo muy duro para la psique espiritual, pues el al-
ma no responde a la frialdad sino al calor. Una actitud helada apaga el
fuego creador de una mujer. Inhibe la función creadora.
Se trata de un problema muy serio, pero el cuento nos da una idea.
El hielo se tiene que romper y el alma se tiene que sacar del frío
glacial.
Por ejemplo, cuando los escritores se sienten muy secos, saben que la
mejor manera de mojarse es escribir. En cambio, si se quedan paraliza-dos en el
hielo, no podrán escribir. Hay pintores que se mueren de deseo de pintar, pero
se dicen: "Largo de aquí. Tu obra es estrambótica y fea." Hay muchos
artistas que aún no han conseguido afianzarse o que son muy expertos en el
desarrollo de sus existencias creativas y que, sin em-bargo, cada vez que toman
la pluma, el pincel, las cintas, el guión, oyen una voz que les dice "No
eres más que un incordio, tu obra es marginal o totalmente inaceptable...
porque tú mismo eres marginal e inaceptable".
¿Dónde está pues la solución? Haz lo que hace el patito. Sigue ade-lante
por mucho que te cueste. Toma la pluma, acércala a la página y deja de
gimotear. Escribe. Toma el pincel y, para variar, sé dura col' tu propia
persona y pinta. Bailarinas, poneos la túnica holgada, ataos cintas en el pelo,
en la cintura y en los tobillos y decidle al cuerpo que empiece a partir de
ahí. Bailad. Actriz, comediógrafo, poeta, músico o quienquiera que se-áis,
dejad de hablar. No digáis una sola palabra más a no ser que seáis cantantes.
Encerraos en una habitación con un techo o en un claro del bosque bajo el
cielo. Dedicaos a vuestro arte. Por regla general, una cosa no puede congelarse
si se mueve. Moveos pues, No dejéis de moveros.
El forastero de paso
Aunque en el cuento el granjero que se lleva el patito a casa parece un
artífice literario para adornar el relato y no un leitmotiv arquetípico acerca
del exilio, el episodio contiene una idea que me parece interesante. La persona
que quizá nos saque del hielo y que tal vez nos pueda liberar psíquicamente de
nuestra falta de sentimientos no va a ser necesariamen-te la que nos
corresponda. Podría ser, como en el cuento, uno más de esos magníficos pero
fugaces acontecimientos que aparecieron cuando menos lo esperábamos, un acto de
bondad de un forastero de paso.
He aquí otro ejemplo de alimento de la psique que se produce cuan-do una
persona se encuentra al límite de sus fuerzas y ya no puede resis-tir. En tal
caso algo que nos reconforta aparece como llovido del cielo para ayudarnos y
después se pierde en la noche dejando a su paso una estela de duda. ¿Era un ser
humano o un espíritu? Podría ser una repentina ráfaga de suerte que cruza la
puerta llevando consigo algo muy necesario. Podría ser algo tan sencillo como
una tregua, una disminución de la pre-sión, un pequeño espacio de descanso y
reposo.
Ahora no estamos hablando de un cuento de hadas sino de la vida real.
Cualquier cosa que sea, se trata de un momento en que el espíritu, de una u
otra forma, nos obliga a salir fuera, nos muestra el pasadizo secreto, el
escondrijo, la ruta de la huida. Y esta aparición cuando nos sentimos
abatidas y tormentosamente oscuras u oscuramente serenas es lo que nos
empuja a través del pasadizo hacia el siguiente paso, la siguiente fase del
aprendizaje de la fuerza del exilio.
El don del exilio
Si has intentado encajar en algún molde y no lo has conseguido,
probablemente has tenido suerte. Es posible que seas una exiliada, pero has
protegido tu alma. Cuando alguien intenta repetidamente encajar y no lo
consigue, se produce un extraño fenómeno. Cuando la pro 1scrita es rechazada,
cae directamente en los brazos de su verdadero pariente psíquico, que puede ser
una materia de estudio, una forma artística o un grupo de personas. Es peor
permanecer en el lugar que no '101 correspon-de en absoluto que andar perdidas
durante algún tiempo, buscando el pa-rentesco psíquico y espiritual que
necesitamos. Jamás es un error buscar lo que una necesita. Jamás.
Toda está torsión y esta tensión tienen una utilidad. El exilio
conso-lida Y fortalece en cierto modo al patito. Aunque se trata de una
situación que no le desearíamos a nadie por ningún motivo, su efecto es similar
al del carbón natural puro que, sometido a presión, produce diamantes y, al
final, conduce a una profunda magnitud y claridad de la psique.
Es algo así como un procedimiento alquímico en el que la sustancia base
de plomo se golpea y se aplana. Aunque el exilio no sea deseable por gusto,
contiene una inesperada ventaja, pues sus beneficios son muy nu-merosos. Los
golpes que se reciben eliminan la debilidad y los gimoteos, agudizan la visión,
incrementan la intuición, otorgan el don de una perspi-caz capacidad de
observación y una perspectiva que los que están "dentro" jamás pueden
alcanzar.
Aunque el exilio tenga aspectos negativos, la psique salvaje lo puede
soportar, pues acrecienta nuestro anhelo de liberar nuestra verdadera
na-turaleza y nos induce a desear una cultura acorde con ella. El anhelo y el
deseo hacen por sí solos que una persona siga adelante. Hace que una mujer siga
buscando y, en caso de que no logre encontrar una cultura apropiada, hace que
ella misma se la construya. Lo cual es muy bueno, pues, si la construye, un día
aparecerán misteriosamente otras mujeres que llevaban mucho tiempo buscando y
proclamarán con entusiasmo que era eso lo que tanto ansiaban encontrar.
Los gatos despeinados y las gallinas bizcas del mundo
El gato despeinado y la gallina bizca consideran estúpidas e insensa-tas
las aspiraciones del patito. Su actitud nos ofrece una perspectiva de la
susceptibilidad y los valores de los que se burlan de los que no son como
ellos. ¿Quién podría imaginar que a un gato le gustara el agua? ¿Quién podría
imaginar que una gallina se fuera a nadar? Nadie, por supuesto. Pero demasiado
a menudo desde el punto de vista del exiliado, cuando las
personas no son iguales, la inferior es siempre la exiliada y las
limitaciones y/o los motivos de la otra no son debidamente sopesados o
juzgados.
Bien, para no considerar a una persona inferior y a otra superior o, por
lo menos, no más de lo que nos interesa a los fines de esta discusión, digamos
simplemente que aquí el patito vive la misma experiencia que mi-les de mujeres
exiliadas, la de una incompatibilidad básica con personas distintas, lo cual no
es culpa de nadie, aunque casi todas las mujeres se muestren excesivamente
serviles y actúen como si ellas tuvieran perso-nalmente la culpa.
Cuando ello ocurre, vemos que algunas mujeres están dispuestas a pedir
perdón por ocupar un espacio. Vemos que muchas mujeres temen decir simplemente
"No, gracias" y marcharse sin más. Vemos que muchas mujeres prestan
atención a alguien que les dice una y otra vez que son unas tercas sin
comprender que los gatos no nadan y las gallinas no se zambullen bajo el agua.
Debo reconocer que a veces en el ejercicio de mi profesión me resulta
útil delinear las distintas tipologías de personalidades como gatos, galli-nas,
patos, cisnes y cosas por el estilo. Si el caso lo requiere, a veces le pi-do a
mi cliente que imagine por un instante que es un cisne sin saberlo. Y que
piense también por un instante que se ha criado entre patos o se en-cuentra
rodeada de patos en la actualidad.
Los patos no tienen nada de malo, os lo aseguro, ni los cisnes tam-poco.
Pero los patos son patos y los cisnes son cisnes. A veces, para de-mostrar un
aserto tengo que pasar a otras metáforas animales. ¿Y si la hubieran criado
unos ratones pero fuera usted un cisne? Los cisnes y los ratones suelen
aborrecer sus respectivos alimentos. Los unos piensan que la comida de los
otros huele muy raro. No tienen el menor interés en estar juntos y, si lo
estuvieran, el uno se pasaría el rato hostigando al otro.
¿Y si, siendo un cisne, tuvieras que fingir que eres un ratón? ¿Y si
tuvieras que fingir que eres de color gris, peluda y minúscula? ¿Y si no
tu-vieras una larga y sinuosa cola que levantar en el aire el día en que
hubie-ra que ostentar una cola? ¿Y si dondequiera que fueras intentaras caminar
como un ratón pero caminaras como un pato? ¿Y si intentaras caminar como un
ratón pero cada vez que lo hicieras sonara un claxon? ¿No serías la criatura
más desdichada del mundo?
La respuesta es inequívocamente sí. Por consiguiente, si eso es cierto y
es así, ¿por qué insisten las mujeres en doblegarse y adoptar formas que no son
las suyas? Puedo decir, por mis muchos años de observación clíni-ca de este
problema, que la mayoría de las veces ello no se debe a un arraigado masoquismo
o a una perversa intención de autodestruirse ni nada por el estilo. Con más
frecuencia se debe a que la mujer simplemente no sabe hacer otra cosa. Nadie la
ha cuidado amorosamente.
El dicho tú puedes saber muchas cosas no equivale a tener sentido. Al
parecer, el patito sabe "cosas", pero le falta sentido. No ha sido
mimado, es decir que no le han enseñado nada al nivel más básico. Recuerda que
es la madre la que enseña, ampliando las dotes innatas de su prole. Las ma-
dres del reino animal que enseñan a sus crías a cazar n, les enseñan
exac-tamente "cómo cazar", pues eso ellas ya lo llevan en la sangre.
Les enseñan más bien a mantenerse vigilantes, a prestar atención a las cosas
que no conocen si antes ella no se las enseña activando su capacidad de
aprendi-zaje y su sabiduría innata.
Lo mismo le ocurre a la mujer exiliada. Si es un patito feo, sí no la
han mimado, sus instintos no están aguzados, por cuya razón tiene que aprender
con la experiencia, pasando por muchas pruebas y cometiendo muchos errores.
Pero hay esperanza, pues la exiliada nunca se da por ven-cida. Sigue adelante
hasta que encuentra una guía, un rastro, una huella, hasta que encuentra su
hogar.
Jamás resultan más ridículos los lobos que cuando pierden el rastro y se
esfuerzan por volverlo a encontrar. Pegan brincos en el aire; corten en
círculo; husmean el terreno; rascan la tierra, echan a correr, retroceden y se
quedan inmóviles como estatuas. Dan la impresión d, haber perdido el juicio,
pero lo que en realidad están haciendo es seguir todas las pistas que puedan
encontrar. Se las tragan al Vuelo, se llenan los pulmones con los olores que
perciben al nivel del suelo y al de sus hombros, saborean el aire para ver
quién ha pasado últimamente por allí y mueven las orejas como antenas
parabólicas captando las distantes transmisiones. Una vez que han reunido todas
las pistas en un sitio, ya saben lo que tienen que hacer.
Aunque una mujer pueda ofrecer un aspecto aturdido cuando ha perdido el
contacto con la vida que más valora y corra de un lado a otro en su afán de
recuperarla, la mayoría de las veces está recogiendo informa-ción, saboreando
esto o tocando con la pata aquello. Lo más que se puede hacer en tales casos es
explicarle brevemente lo que está haciendo. Y des-pués dejarla en paz. En
cuanto procese toda la información de las pistas que ha recogido, volverá a
actuar con un propósito definido. Y entonces el deseo de pertenecer al club del
gato despeinado y la gallina bizca se redu-cirá a nada,
El recuerdo y el afán de seguir adelante contra viento y marea
Todos sentimos el anhelo de reunirnos con los nuestros, con nues-tros
parientes salvajes. Recordemos que el patito huyó tras haber sido tor-turado
sin piedad. Después tuvo un encuentro con una manada de gansos y estuvo a punto
de morir a manos de unos cazadores. Lo expulsaron del corral y de la casa de un
granjero y, finalmente, llegó temblando de can-sancio a la orilla de un lago.
No existe ninguna mujer entre nosotras que no conozca esta sensación. Y, sin
embargo, este anhelo es el que nos im-pulsa a resistir y a seguir adelante sin
ninguna esperanza.
Ésta es la promesa que nos hace a todas la psique salvaje. Aunque sólo
hayamos oído hablar, vislumbrado o soñado con un prodigios0 mundo salvaje al
que antaño pertenecimos, y a pesar de que todavía no lo haya-mos tocado o sólo
lo hayamos hecho momentáneamente y no nos identifi-
quemos como parte de él, su recuerdo es un faro que nos guía hacia el
lu-gar que nos corresponde y ya para el resto de nuestras vidas. En el patito
feo se despierta una perspicaz ansía cuando ve levantar el vuelo a los cis-nes
y, por este solo hecho, el recuerdo de aquella visión lo sostiene.
Un vez traté a una mujer que se encontraba al límite de sus fuerzas y
pensaba en el suicidio. Una araña que estaba tejiendo su tela en el por-che le
llamó la atención. jamás sabremos qué detalle del comportamiento de aquel
pequeño animalillo rompió el hielo que tenía aprisionada su alma y le permitió
recuperar la libertad y volver a crecer, pero yo estoy conven-cida no sólo como
psicoanalista sino también como cantadora de que mu-chas veces las cosas de la
naturaleza son las más curativas, sobre todo las muy sencillas y las que más
tenemos a nuestro alcance. Las medicinas de la naturaleza son muy poderosas y
honradas; una mariquita en la verde corteza de una sandía, un petirrojo con un
trozo de hilo en el pico, una planta florida, una estrella fugaz e incluso un
arco iris en un fragmento de cristal en la calle puede ser una medicina
apropiada. La perseverancia es algo muy curioso: exige una enorme energía y
puede recibir alimento sufi-ciente para un mes con sólo cinco minutos de
contemplación de unas aguas tranquilas.
Es interesante señalar que entre los lobos, por muy enferma que esté,
por muy acorralada que se encuentre y por muy sola, asustada o de-bilitada que
se sienta, una loba sigue adelante. Se acercará a los demás en busca de la
protección de la manada. Intentará por todos los medios resis-tir, derrotar con
su ingenio, dejar atrás y sobrevivir a cualquier cosa que la esté acosando.
Pondrá todo su empeño en ir respirando poco a poco. En caso necesario, se
arrastrará como el patito de un sitio a otro hasta que encuentre un buen lugar,
un lugar curativo, un lugar donde recuperarse.
La marca distintiva de la naturaleza salvaje es su afán de seguir
ade-lante. Su perseverancia. No se trata de algo que hacemos sino de algo que
somos de una manera natural e innata. Cuando no podernos prosperar, seguimos
adelante hasta que podernos volver a prosperar. Aunque este-mos apartadas de
nuestra vida creativa, aunque nos hayan expulsado de una cultura o de una
religión, aunque estemos sufriendo un exilio familiar, un destierro por parte
de un grupo, un castigo a nuestros movimientos, pensamientos y sentimientos, la
vida salvaje interior seguirá y nosotras seguiremos avanzando. La naturaleza
salvaje no es propia de ningún gru-po étnico en particular. Es la naturaleza
esencial de las mujeres de Benín, Camerún y Nueva Guinea. Está presente en las
mujeres de Letonia, los Países Bajos y Sierra Leona. Es el centro de las
mujeres guatemaltecas, haitianas y polinesias. En cualquier país. En cualquier
raza. En cualquier religión, En cualquier tribu, En cualquier ciudad, aldea o
solitario puesto fronterizo. Todas las mujeres tienen en común a la Mujer
Salvaje y el alma salvaje. Todas siguen lo salvaje y lo buscan a tientas.
Por consiguiente, en caso necesario las mujeres pintarán el azul del
cielo en los muros de las cárceles. Si se queman las madejas, hilarán otras. Si
se destruye la cosecha, sembrarán inmediatamente más semillas.
Las mujeres dibujarán puertas donde no las hay, las abrirán y la,
cruzarán para entrar en nuevas maneras y nuevas vidas. Las mujeres perseverarán
y prevalecerán porque la naturaleza salvaje persevera y prevalece.
El patito se encuentra en un tris de perder la vida. Se ha sentido
so-litario, ha pasado frío, se ha congelado, lo han hostigado y perseguido, han
disparado contra él, ha sido abandonado, no le han dado de comer, se ha quedado
absolutamente desamparado, al borde de la vida y la muerte sin saber lo que iba
a ocurrir a continuación. Y ahora viene la parte más im-portante del cuento: se
acerca la primavera, se acelera la llegada de la nueva vida, es posible un
nuevo giro, un nuevo intento. Lo más importante es resistir y perseverar, pues
la vida salvaje promete lo siguiente: después del invierno, viene siempre la
primavera.
El amor al alma
Resiste. Sigue resistiendo. Haz tu trabajo. Encontrarás tu camino. Al
final del cuento, los cisnes reconocen al patito como uno de los suyos an-tes
de que él lo haga. Eso es muy típico en las mujeres exiliadas. Después de su
duro peregrinaje, consiguen cruzar la frontera y entrar en su territo-rio
doméstico, pero a menudo tardan algún tiempo en darse cuenta de que las miradas
de la gente ya no son despectivas y con frecuencia son neutra-les cuando no
admirativas y aprobatorias.
Cabría pensar que, tras haber encontrado su propio territorio psíquico,
las mujeres tendrían que sentirse desbordantemente felices. Pero no es así.
Durante algún tiempo por lo menos, se sienten terriblemente desconfiadas. ¿De
veras me aprecia esta gente? ¿De veras me encuentro a salvo aquí? ¿Me
perseguirán? ¿Podré dormir ahora de verdad con los dos ojos cerrados? ¿Está
bien que me comporte como... un cisne? Al cabo de algún tiempo los recelos
desaparecen y se inicia la siguiente fase del regre-so a la propia persona que
consiste en la aceptación de la singular belleza del propio ser, es decir, del
alma, salvaje de la que estamos hechas.
Probablemente no hay ningún medio mejor ni más fidedigno de ave-riguar
si una mujer ha pasado por la condición de patito feo en -algún momento de su
vida o a lo largo de toda su vida que su incapacidad de di-gerir un cumplido
sincero. Aunque semejante comportamiento se podría atribuir a la modestia o a
la timidez -y a pesar de que demasiadas heridas graves se despachan a la ligera
como "pura timidez" (14)- a menudo un cumplido se rechaza con torpes
tartamudeos porque desencadena un au-tomático y desagradable diálogo en la
mente de la-mujer.
Si alguien le dice que es encantadora o pondera la belleza de su arte o
la felicita por algo que su alma inspiró o en lo que participó o intervino,
algo en su mente le dice que no lo merece y tú, la persona que la felicita,
eres una idiota por pensar tal cosa. En lugar de comprender que la belleza de
su alma resplandece cuando ella es ella misma, la mujer cambia de te-ma y
arrebata literalmente el alimento al yo espiritual que vive del recono-cimiento
y de la admiración.
Por consiguiente, ésta es la tarea final de la exiliada que encuentra a
los suYos: no sólo aceptar la propia individualidad, la propia identidad
es-pecífica como persona de un tipo determinado, sino también la propia
be-lleza, la forma de la propia alma y el reconocimiento de que el hecho de
vivir en contacto con esa criatura salvaje nos transforma a nosotras y
transforma todo lo que toca.
Cuando aceptamos nuestra belleza salvaje, la colocamos en perspec-tiva y
ya no somos conmovedoramente concientes de ella, pero por nada del mundo la
abandonaríamos ni la negaríamos. ¿Sabe una loba lo hermo-sa que es cuando
salta? ¿Sabe la hembra de un felino lo hermosas que son las formas que crea
cuando se sienta? ¿Se impresiona un pájaro por el rumor que oye cuando
despliega las alas? Cuando aprendemos de ellos, nos comportamos de acuerdo con
nuestra verdadera manera de ser y no nos echamos atrás ni nos escondemos en
presencia de nuestra belleza na-tural. Como las demás criaturas, nos limitamos
a existir y así es como de-be ser.
En el caso de las mujeres, esta búsqueda y este hallazgo se basan en la
misteriosa pasión que sienten por lo que es salvaje, por lo que ellas mismas
son con carácter innato. El objeto de este anhelo lo hemos deno-minado aquí la
Mujer Salvaje, pero, incluso cuando ignoran su nombre y ni siquiera saben dónde
vive, las mujeres se esfuerzan por ir a su encuen-tro y la aman con todo su
corazón. La añoran y esta añoranza es a un tiempo motivación y locomoción. Este
anhelo es el que nos induce a bus-car y encontrar a la Mujer Salvaje. No es tan
difícil como podría parecer a primera vista, pues la Mujer Salvaje también nos
está buscando a noso-tras. Nosotras somos sus hijas.
El Zigoto Equivocado
A lo largo de todos los años de ejercicio de mi profesión he
compren-dido que a veces esta cuestión de la pertenencia tiene que ser abordada
con un talante más ligero, pues la frivolidad puede aliviar en parte el dolor
de una mujer. Empecé a contar a mis clientas este cuento que yo me in-venté,
titulado "El Zigoto Equivocado", para ayudarlas sobre todo a
con-templar su condición de forasteras con una metáfora más poderosa. El cuento
dice así:
¿Te has preguntado alguna vez cómo te las arreglaste para acabar en una
familia tan rara como la tuya? Si has vivido tu existencia como una forastera,
como una persona ligeramente extraña o distinta, si eres una solitaria y vives
al borde de la corriente principal, tú has sufrido. Y, sin embargo, también
llega un momento en que hay que alejarse remando de todas estas cosas, conocer
otra posición estratégica, emigrar a la tierra que nos corresponde.
Deja ya de sufrir y de intentar averiguar dónde fallaste. El misterio
del porqué naciste como hija de quienquiera que sea ha terminado, finis, se
acabó. Descansa un momento en la proa y refréscate con el viento que so-pla
desde tu patria.
Durante muchos años las mujeres que llevan la mítica vida del ar-quetipo
de la Mujer Salvaje se han preguntado llorando en silencio: "¿ Por qué soy
tan distinta? ¿Por qué nací en una familia tan extraña [o insensi-ble)?"
Dondequiera que sus vidas quisieran brotar, había alguien que echaba sal en la
tierra para que no pudiera crecer nada. Se sentían tortu-radas por todas las
prohibiciones que iban en contra de sus deseos natu-rales. Si eran hijas de la
naturaleza, las mantenían bajo un techo. Si eran unas científicas, les decían
que tenían que ser madres. Si querían ser ma-dres, les decían que no encajaban
en absoluto con la idea. Si querían in-ventar algo, les decían que fueran
prácticas. Si querían crear, les decían que las tareas domésticas de una mujer nunca
terminan.
A veces intentaban ser buenas y adaptarse a las pautas imperantes sin
darse cuenta hasta más tarde de lo que realmente querían y de lo mu-cho que
necesitaban vivir. Después, para poder tener una vida, experimen-taban las
dolorosas amputaciones de dejar a sus familias, los matrimonios que habían
jurado conservar hasta la muerte, los trabajos que hubieran tenido que ser los
trampolines hacia algo más entontecedor pero mejor re-munerado. Dejaban los
sueños diseminados por todo el camino.
A menudo las mujeres eran artistas que procuraban ser razonables,
dedicando el ochenta por ciento de su tiempo a actividades que mataban su vida
creativa a diario. Aunque los guiones eran muy variados, todos tenían un
elemento en común: a muy temprana edad se las calificaba de
"distintas" con connotaciones peyorativas. Pero, en realidad, eran
apasio-nadas, individualistas e inquisitivas y todas estaban en su sano juicio
ins-tintivo. Por consiguiente, la respuesta a los por qué yo, por qué esta
fami-lia, por qué soy tan distinta es naturalmente la de que no hay respuestas
a tales preguntas. No obstante, el ego necesita algo que llevarse a la boca
antes de seguir adelante, por cuyo motivo yo propongo tres respuestas a pesar
de todo. (La mujer sometida a psicoanálisis puede elegir la que gus-te, pero
tiene que elegir una. Casi todas eligen la última, pero cualquiera de ellas es
suficiente.) Prepárate. Aquí las tienes.
Hemos nacido tal como somos y en las extrañas familias por medio de las
cuales vinimos a este mundo, 1) porque sí (eso casi nadie se lo cree),
2) el Yo tiene un plan y nuestros
diminutos cerebros son demasiado pe-queños para comprenderlo (a muchas les
parece una idea esperanzadora) o 3) por culpa del Síndrome del Zigoto
Equivocado (bueno... sí, tal vez...
pero ¿eso qué es?).
Tu familia cree que eres una extraterrestre. Tú tienes plumas y ellos
tienen escamas. La idea que tú tienes de la diversión son los bosques, los
espacios agrestes, la vida interior, la majestuosa belleza de la creación. La
idea que tiene tu familia de la diversión es doblar toallas. Si eso es lo que
ocurre en tu familia, eres víctima del Síndrome del Zigoto Equivocado.
Tu familia se mueve muy despacio a través del tiempo, tú te mueves con
la rapidez del viento; ellos son locuaces y tú eres reposada, o ellos son
taciturnos y a ti te gusta cantar. Tú sabes porque sabes. Ellos quieren pruebas
y una tesis de trescientas páginas. No cabe duda, se trata del Síndrome del
Zigoto Equivocado.
¿Nunca has oído hablar de él? Verás, el Hada de los Zigotos volaba una
noche sobre tu ciudad mientras todos los pequeños zigotos que lleva-ba en el
cesto brincaban y saltaban de emoción.
Tú estabas destinada en realidad a unos padres que te hubieran
comprendido, pero el Hada de los Zigotos tropezó con una borrasca y, zas, te
caíste del cesto y fuiste a parar a una casa equivocada. Caíste de cabeza en
una familia que no te estaba destinada. Tu "verdadera" familia se
en-contraba cinco kilómetros más allá.
Por eso tú te enamoraste de una familia que no era la tuya y que viv-ía
cinco kilómetros más allá. Tú siempre pensabas que ojalá el señor Fula-no de
tal y su esposa hubieran sido tus padres. Es muy probable que, es-tuvieran
destinados a serlo.
Por eso tú bailas el claqué por los pasillos a pesar de pertenecer a una
familia de adictos a la televisión. Por eso tus padres se alarman cada vez que
tú regresas a casa o los visitas. " ¿Qué es lo que va a hacer ahora? -se
preguntan, preocupados-. ¡La última vez nos avergonzó y sólo Dios sa-be lo que
va a hacer ahora!" Se tapan los ojos cuando te ven acercarte y no
precisamente porque la luz que tú despides los deslumbre.
Tú sólo quieres amor. Ellos sólo quieren paz.
A los miembros de tu familia, por motivos personales (por sus
prefe-rencias, por su inocencia, por las heridas sufridas, por constitución,
en-fermedad mental o deliberada ignorancia) no se les da muy bien la
espon-taneidad con el subconciente y, como es natural, cuando tú vis1-tas la
ca-sa evocas el arquetipo del bromista, del que arma)aleo. Por consiguiente,
antes de partir el pan juntos, la bromista experimenta el irreprimible deseo de
arrojar un cabello al estofado de la familia.
Aunque tú no pretendas molestar a los miembros de tu familia, ellos se
molestan de todos modos. Cuando tú apareces, todo y todos se vuelven locos.
Un signo inequívoco de la presencia de zigotos salvajes en la familia es
el hecho de que los padres se sientan constantemente ofendidos y los hijos
tengan la sensación de no hacer nunca nada a derechas.
La familia que no es salvaje sólo quiere una cosa, pero el Zigoto
Equivocado nunca consigue averiguar lo que es y, aunque lo averiguara, se le
pondrían los pelos tan de punta como signos de exclamación.
Prepárate porque te voy a contar el gran secreto. Eso es lo que ellos
quieren realmente de ti, eso tan misterioso y trascendental.
Los que no son salvajes quieren que seas consecuente. Quieren que hoy
seas exactamente igual que ayer. Quieren que no cambies con el paso de los días
sino que permanezcas siempre como al principio.
Pregúntale a la familia si desea una conducta consecuente y te
con-testarán afirmativamente. ¿En todo? No, dirán, sólo en las cosas
importan-tes. Independientemente de lo que sean las cosas importantes en su
sis-tema de valores, con frecuencia son anatema para la naturaleza salvaje de
las mujeres. Por desgracia, "las cosas importantes" para ellos no
coinciden con "las cosas importantes" para la hija salvaje.
La conducta consecuente es algo imposible para la Mujer Salvaje pues su
fuerza estriba en su adaptación a los cambios, en sus danzas, sus aullidos, sus
gruñidos, su profunda vida instintiva, su fuego creador. No es consecuente por
medio de la uniformidad sino más bien por medio de la vida creativa, de sus
sagaces percepciones, de la rapidez de su visión, de su flexibilidad y su
habilidad.
Si tuviéramos que nombrar sólo una de las cosas que convierten a la
Mujer Salvaje en lo que es, sería su sensibilidad, su capacidad de respues-ta.
La palabra "respuesta" procede del verbo latino respondere cuyo
signifi-cado es, entre otras cosas, "prometer, garantizar,
comprometerse". Sus perspicaces y hábiles respuestas son una promesa
consecuente y un com-promiso con las fuerzas creadoras, tanto si se trata del
duende -el espíritu que se oculta detrás del encanto y la pasión como sí se
trata de la belleza, el arte, la danza o la vida. La promesa que nos hace, si
nosotras no la ma-logramos, es la de ayudarnos a vivir plenamente vivas, de una
manera consecuente y responsable.
De este modo, el Zigoto Equivocado ofrece su lealtad no a su familia
sino a su Yo interior. Por eso la mujer se siente desgarrada. Se podría decir
que su madre loba la agarra por el rabo y su familia biológica la agarra por
los brazos. No tardará mucho en llorar de dolor, en enseñar los dientes y
morderse a sí misma y morder a los demás antes de que se produzca un silencio
mortal. Si la miras a los ojos, verás unos ojos del cielo, los ojos de una
persona que ya no está aquí.
Aunque la socialización es muy importante para los niños, el hecho de
matar a la criatura interior equivale a matar al niño. Los africanos
occi-dentales reconocen que el hecho de ser duros con un niño da lugar a que el
alma se aleje del cuerpo, a veces sólo unos pasos y otras a varios días de
camino.
Aunque las necesidades del alma infantil tienen que guardar equili-brio
con la necesidad de seguridad y de cuidados físicos y con unos con-ceptos
minuciosamente estudiados acerca del "comportamiento civilizado", yo
siempre me preocupo por los niños que se comportan demasiado bien, pues sus
ojos reflejan a menudo un "alma acobardada".
Algo no marcha bien. Un alma sana brilla a través de la
"persona" casi todos los días y resplandece ciertos días. Donde
existe una notoria herida, el alma se escapa.
A veces se va sin rumbo o se escapa tan lejos que hace falta una
magistral propiciación para convencerla de que regrese. Tiene que transcu-rrir
mucho tiempo antes de que semejante alma recupere la Confianza su-ficiente para
volver, pero se puede hacer. Para ello son necesarios varios ingredientes: pura
honradez, resistencia, ternura, dulzura, desahogo de la cólera, gracia. La
combinación de todas estas cosas crea una canción que induce al alma a regresar
a casa.
¿Cuáles son las necesidades del alma? Pertenecen a dos reinos: el de la
naturaleza y el de la creatividad. En estos reinos vive Na’ashjé’ii Asdzáá, la
Mujer Araña, el gran espíritu creador de los indios diné. Ella protege a su
pueblo. Su acción, entre otras, es la enseñanza de] amor a la belleza.
Las necesidades del alma se encuentran en la choza de estas tres viejas
(o jóvenes, según el día) hermanas -Cloto, Láquesis y Átropo-, las cuales tejen
el hilo de color rojo -que significa la pasión de la vida de una mujer. Tejen
las edades de la vida de una mujer y las atan entre sí cuando una de ellas
termina y comienza la siguiente. Se encuentran en los bos-ques de los espíritus
de las cazadoras, Diana y Artemisa, quienes son mu-jeres lobas que representan
la capacidad de cazar, seguir la pista y recupe-rar distintos aspectos de la
psique.
Las necesidades del alma están gobernadas por Coatlicue, la diosa azteca
de la autosuficiencia femenina que da a luz en cuclillas y firmemen-te asentada
sobre los pies. Ella enseña lo que es la vida de la mujer solita-ria. Es la
hacedora de niños, es decir, de un nuevo potencial de vida, pero es también la
madre de la Muerte que lleva en su falda unas calaveras que suenan como los
cascabeles de una serpiente, pues son cráneos de ser-piente y, puesto que los
cascabeles de los cráneos suenan también como la lluvia, por afinidad de
resonancia atraen la lluvia sobre la tierra. Es la pro-tectora de todas las
mujeres solitarias y de aquellas cuya magia y cuyos pensamientos e ideas son
tan poderosos que tienen que vivir al margen de quién sabe dónde para no deslumbrar
demasiado a los habitantes de la aldea. Coatlicue es la protectora especial de
la forastera.
¿Cuál es el alimento esencial del alma? Bueno, eso difiere de criatu-ra
a criatura, pero he aquí algunas combinaciones que pueden considerar-se algo
así como una macrobiótica psíquica. Para algunas mujeres el aire, la noche, la
luz del sol y los árboles son unas necesidades imprescindibles. Otras sólo se
pueden saciar con las palabras, el papel y los libros. Para otras, el color, la
forma, la sombra y la arcilla son necesidades absolutas. Algunas mujeres tienen
que saltar, inclinarse y correr, pues sus almas ansían bailar. Otras sólo
ansían la paz que produce el hecho de apoyarse en el tronco de un árbol.
Hay todavía que tener en cuenta otra cuestión. Los Zigotos Equivo-cados
aprenden a ser unos supervivientes. Es duro pasarse años entre aquellos que no
pueden ayudarnos a florecer. El hecho de que alguien pueda decir que es un
superviviente ya es una hazaña* Para muchas per-sonas, el poder reside en su
mismo nombre. Sin embargo, en el proceso de individuación llega un momento en
que la amenaza o el trauma ya perte-
necen significativamente al pasado. Es el momento de pasar de la fase de
la supervivencia a la de la curación y el crecimiento.
Si nos quedamos en la fase de la supervivencia sin pasar a la del
crecimiento, nos limitamos y reducimos a la mitad nuestra energía y nues-tro
poder en el mundo. El orgullo que experimentan algunas personas por el hecho de
ser supervivientes puede constituir un obstáculo para un ulte-rior desarrollo
creativo. A veces las personas temen superar su situación de supervivientes,
pues sólo se trata de eso, Una situación, una marca dis-tintiva, una hazaña de
las de "más te vale creerlo porque es la pura ver-dad".
En lugar de convertir la supervivencia en el eje de la propia vida,
conviene usarla como una de nuestras insignias, pero no la única. Los se-res
humanos merecen recrearse en los bellos recuerdos, las medallas y las
condecoraciones recibidas por el hecho de haber vivido y triunfado en toda
regla. Pero, una vez ha pasado la amenaza, podemos caer en la trampa de
utilizar los nombres que nos hemos ganado en los momentos más terribles de
nuestra vida, lo cual crea una disposición mental susceptible de limi-tarnos.
No es bueno basar la identidad del alma exclusivamente en las hazañas, las
pérdidas y las victorias de los malos momentos. A pesar de que la supervivencia
puede dejar a la mujer tan endurecida como la cecina de buey, el hecho de
aliarnos en determinado momento exclusivamente con ella puede inhibir los
nuevos desarrollos.
Cuando una mujer insiste una y otra vez en decir "soy una
supervi-viente" una vez superada la fase en que ello le podía reportar una
utilidad, la tarea que tenemos por delante está muy clara. Hay que arrancar a
la persona del arquetipo de la supervivencia. De lo contrario, no podría crecer
nada más. Me gusta comparar esta situación con la de una plantita que consigue
-sin agua, sol ni abono- sacar una valerosa y tenaz hojita a pesar de todo.
Sin embargo, ahora que los malos tiempos han quedado atrás, el
crecimiento significa exponernos a situaciones propicias para el nacimien-to y
el desarrollo de vigorosas y abundantes flores y hojas. Es Mejor po-nernos
nombres que nos inviten a crecer como criaturas libres. Eso es el crecimiento.
Eso es lo que nos estaba destinado. Los rituales son uno de los medios
utilizados por los seres humanos para situar sus vidas en pers-pectiva, ya sea
el Purim de los judíos, el Adviento de los cristianos o el descenso de la luna.
Los rituales evocan las sombras y los espectros de las vidas de las personas,
los clasifican y los apaciguan. Hay una imagen es-pecial de los festejos del
Día de los Muertos que puede utilizarse para ayu-dar a las mujeres a hacer la
transición desde la supervivencia al creci-miento. Se basa en el rito de las
llamadas ofrendas unos altares que se erigen en honor de los difuntos. Las
ofrendas son tributos, monumentos conmemorativos y expresiones d, profunda
consideración hacia los seres queridos que ya no están en esta tierra. Creo que
a las mujeres les es más útil hacer una ofrenda a la niña que fueron antaño,
algo así como un tes-tamento en favor de la niña heroica.
Algunas mujeres eligen objetos, escritos, prendas de vestir, juguetes,
recuerdos de acontecimientos y otros símbolos de la infancia que se va a
representar. Montan la ofrenda a su manera, cuentan una historia que a veces
encaja con ella y otras no y después la dejan allí todo el tiempo que quieren.
Es la prueba de todas las penalidades del pasado, de su valentía y de su
triunfo sobre la adversidad (15).
Esta manera de contemplar el pasado consigue varios objetivos: permite
ver las cosas en perspectiva con una compasiva mirada sobre el pasado,
mostrando lo que se ha experimentado, lo que se ha hecho con el pasado y lo que
es admirable en él. La admiración que suscita el pasado, más que su existencia,
es lo que libera a la persona.
El hecho de seguir siendo una niña superviviente más allá del perío-do
en que ello ocurrió es identificarse en exceso con un arquetipo herido.
Comprender la herida y recordarla nos permite crecer. Nuestro derecho como
mujeres es crecer, no simplemente sobrevivir.
No te amilanes ni te acobardes si te llaman oveja negra, inconformis-ta,
lobo solitario. Los estrechos de miras dicen que los inconformistas son una
lacra de la sociedad. Sin embargo, se ha demostrado a lo largo de los siglos
que el hecho de ser distinta significa estar al margen, tener la certe-za de
que una hará una aportación original, una útil y sorprendente apor-tación a su
cultura (16). Cuando busques una guía, no prestes jamás aten-ción a los
pusilánimes. Sé amable con ellos, llénalos de cumplidos, procu-ra engatusarlos,
pero no sigas sus consejos.
Si alguna vez te han llamado insolente, incorregible, descarada,
as-tuta, revolucionaria, indisciplinada, rebelde, vas por buen camino. La
Mu-jer Salvaje está muy cerca.
Si jamás te han llamado nada de todo eso, aún hay tiempo. Haz prácticas
con tu Mujer Salvaje. ¡Ándele! Sigue intentándolo.
CAPITULO 7
El júbilo del cuerpo:
La carne salvaje
Me fascina la forma en que los lobos chocan unos con otros cuando corren
y juegan, los lobos viejos a su manera, los jóvenes a la suya, los fla-cos, los
patilargos, los rabicortos, los de orejas colgantes, aquellos cuyas fracturadas
extremidades se soldaron torcidas. Todos tienen sus propias configuraciones y
fuerza corporal, su propia belleza. Viven y juegan de acuerdo con lo que son,
quiénes son y cómo son. No fingen ser lo que no son.
Allá arriba en el norte vi una vez una vieja loba que sólo tenía tres
patas; era la única que podía pasar a través de una grieta donde crecían los
arándanos. Otra vez vi a una loba gris agacharse y pegar un brinco tan rápido
que, por un segundo, dejó la imagen de un arco de plata en el aire. Recuerdo a
una muy delicada, una recién parida todavía con el vientre de-formado, pisando
el musgo del borde del estanque con la gracia de una bailarina.
Y, sin embargo, a pesar de su belleza y de su capacidad para conser-var
la fuerza, a las lobas se les habla a veces de la siguiente guisa: "Estás
demasiado hambrienta, tienes unos dientes demasiado afilados, tus apeti-tos son
demasiado interesados." Tal como ocurre con las lobas, a veces se habla de
las mujeres como si sólo un cierto temperamento, sólo un cierto apetito
moderado fuera aceptable. A lo cual se añade con harta frecuencia un juicio
sobre la bondad o la maldad mortal de la mujer según su tama-ño, estatura,
andares y forma se ajusten o no a un singular y selecto ideal. Cuando se relega
a las mujeres a los estados de ánimo, gestos y perfiles que sólo coinciden con
un único ideal de belleza y conducta, se las apri-siona en cuerpo y alma y ya
no son libres.
En la psique instintiva, el cuerpo se considera un sensor, una red de
información, un mensajero con una miríada de sistemas de comunicación:
cardiovascular, respiratorio, esquelético, autónomo y también emotivo e
intuitivo. En el mundo imaginativo el cuerpo es un poderoso vehículo, un
espíritu que vive con nosotros, una oración de la vida por derecho propio. En
los cuentos de hadas, el cuerpo personificado en los objetos mágicos que poseen
cualidades y poderes sobrehumanos, se presenta dotado de dos juegos de orejas,
uno para oír el mundo material y otro para oír el al-ma; dos juegos de ojos,
uno para la visión normal y otro para la clarividen-cia; dos clases de fuerza,
la fuerza de los músculos y la fuerza invencible del alma. La lista de los
dobles elementos del cuerpo es interminable.
En los sistemas de desarrollo corporal como el método Feldenkreis, el
Ayurveda y otros, se considera que el cuerpo está dotado de seis senti-
dos en lugar de cinco. El cuerpo utiliza la piel, las fascias profundas
y la carne para registrar todo lo que ocurre a su alrededor. Para quienes saben
leerlo, el cuerpo es, como la piedra de Rosetta, un registro viviente de la
vida entregada, la vida arrebatada, la vida esperada y la vida sanada. Se
valora por su capacidad de reacción inmediata, su profunda sensibilidad y su
previsión.
El cuerpo es un ser multilingüe. Habla a través de su color y su
temperatura, el ardor del reconocimiento, el resplandor del amor, la ceniza del
dolor, el calor de la excitación, la frialdad, la desconfianza. Habla a través
de su diminuta y constante danza, a veces balanceándose, otras moviéndose con
nerviosismo y otras con temblores. Habla a -través de los vuelcos del corazón,
el desánimo, el abismo central y el renacimiento, de a esperanza.
El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuer-dan
y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imáge-nes y en
las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja em-papada en agua,
dondequiera que la carne se comprima, se estruje e in-cluso se roce
ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial.
Reducir la belleza y el valor del cuerpo a cualquier cosa que sea
infe-rior a esta magnificencia es obligar al cuerpo a vivir sin el espíritu, la
for-ma y la exultación que le corresponden. Ser considerado feo o inaceptable
por el hecho de que la propia belleza esté al imagen de la moda actual hie-re
profundamente el júbilo natural que es propio de la naturaleza salvaje.
Las mujeres tienen buenos motivos para rechazar los modelos
psi-cológicos y físicos que ofenden el espíritu y cortan la relación con el
alma salvaje. Está claro que la naturaleza instintiva de las mujeres valora el
cuerpo y el espíritu mucho más por su vitalidad, capacidad de reacción y
resistencia que por cualquier detalle de su aspecto. Lo cual no significa
rechazar a la persona o el objeto que es considerado bello por algún seg-mento
de la cultura sino trazar un círculo más amplio que abarca todas las variedades
de belleza, forma y función.
El lenguaje corporal
Una vez formé con una amiga mía un tándem de narración de cuen-tos
llamado "Lenguaje corporal", destinado a descubrir las virtudes
ances-trales de nuestros parientes y amigos. Opalanga es una griot
afroamerica-na tan alta y delgada como un tejo. Yo soy una mexicana, tengo una
hechura muy terrenal y abundantes carnes. Aparte el hecho de ser objeto de
burla por su estatura, de niña le decían a Opalanga que la separación entre sus
dientes frontales significaba que era una mentirosa. Y a mí me decían que la
forma y el tamaño de mi cuerpo significaban que era inferior y carecía de
autocontrol. En nuestros relatos sobre el cuerpo hablábamos de las pedradas y
las flechas que nos habían arrojado a lo largo de nues-tras vidas porque, según
los grandes "ellos", nuestros cuerpos tenían de-masiado de esto y
demasiado poco de lo otro. En nuestros relatos entoná-
bamos un canto de duelo por los cuerpos de los que no nos estaba
permi-tido gozar. Nos balanceábamos, bailábamos y nos mirábamos. Cada una de
nosotras pensaba que la otra era tan hermosa y misteriosa que nos pa-recía
imposible que los demás no lo creyeran así.
Qué sorpresa me llevé al enterarme de que, de mayor, ella había via-jado
a Gambia en África Occidental y había conocido a algunos represen-tantes de su
pueblo ancestral en cuya tribu, mira por dónde, muchas per-sonas eran tan altas
y delgadas como los tejos y tenían los dientes fronta-les separados. Aquella
separación, le explicaron, se llamaba Sakaya Ya-llah, es decir, la
"abertura de Dios" y se consideraba una señal de sabidur-ía.
Y qué sorpresa se llevó ella al decirle yo que de mayor había viajado al
istmo de Tehuantepec en México y había conocido a algunos represen-tantes de m¡
pueblo ancestral, los cuales, mira por dónde, eran una tribu de coquetas y
gigantescas mujeres de fuerte cuerpo y considerable volu-men. Éstas me dieron
unas palmadas (1) y me palparon, comentando des-caradamente que no estaba lo
bastante gorda. ¿Comía lo suficiente? ¿ Había estado enferma? Tenía que
esforzarme en engordar, me explicaron, ya que las mujeres son la Tierra y son
redondas como ella, pues la tierra abarca muchas cosas (2).
Por consiguiente, en la representación, al igual que en nuestras vi-das,
nuestras historias personales, que habían empezando siendo opresi-vas y
deprimentes a la vez, terminaban con alegría y un fuerte sentido del yo.
Opalanga comprende que su estatura es su belleza, su sonrisa es la de la
sabiduría y la voz de Dios está siempre cerca de sus labios. Y yo com-prendo
que mi cuerpo no está separado de la tierra, que mis pies están hechos para
asentarse firmemente en el suelo y mi cuerpo es un recipiente destinado a
contener muchas cosas. Gracias a unos pueblos poderosos no pertenecientes a
nuestra cultura de Estados Unidos, aprendimos a atribuir un nuevo valor al
cuerpo y a rechazar las ideas y el lenguaje que insulta-ban el misterio del
cuerpo o ignoraban el cuerpo femenino como instru-mento de sabiduría (3).
Experimentar un profundo placer en un mundo lleno de muchas clases de
belleza es una alegría de la vida, a la cual todas las mujeres tie-nen derecho.
Aprobar sólo una clase de belleza equivale en cierto modo a no prestar atención
a la naturaleza. No puede haber un solo canto de pája-ro, una sola clase de
pino, una sola clase de lobo. No puede haber una sola clase de niño, de hombre
o de mujer. No puede haber una sola clase de pecho, de cintura o de piel.
Mis experiencias con las voluminosas mujeres de México me induje-ron a
poner en tela de juicio toda una serie de premisas analíticas acerca de los
distintos tamaños y formas y en especial los pesos de las mujeres. Una antigua
premisa psicológica en particular se me antojaba grotesca-mente equivocada: la
idea según la cual todas las mujeres voluminosas tienen hambre de algo; la idea
según la cual "dentro de ellas hay una per-sona delgada que está pidiendo
a gritos salir". Cuando le comenté esta
metáfora de la "mujer delgada que gritaba" a una de las
majestuosas muje-res de la tribu tehuana, ella me miró con cierta alarma. ¿Me
estaba refi-riendo acaso a la posesión de un mal espíritu?' (4) ¿Quién hubiera
podido tener empeño en poner una cosa tan mala en el interior de una
mujer?", me preguntó. No acertaba a comprender que los
"curanderos" o cualquier otra persona pudiera pensar que una mujer
tenía en su interior a una mu-jer que gritaba por el simple hecho de estar naturalmente
gorda.
A pesar de que los trastornos alimenticios compulsivos y destructi-vos
que deforman el tamaño y la imagen del cuerpo son reales y trágicos, no suelen
ser la norma en la mayoría de las mujeres. Lo más probable es que las mujeres
que son gordas o delgadas, anchas o estrechas, altas o bajas lo sean
simplemente por haber heredado la colifi0_ ración corporal de su familia; y, si
no de su familia inmediata, de los miembros de una o dos generaciones
anteriores. Despreciar o juzgar negativamente el aspecto físico heredado de una
mujer es crear una generación tras otra de mujeres angustiadas y neuróticas.
Emitir juicios destructivos y excluyentes acerca de la forma heredada de una
mujer equivale a despojarla de toda una serie de importantes y valiosos tesoros
psicológicos y espirituales. La despoja del orgullo del tipo corporal que ha
recibido de su linaje ancestral. Si la enseñan a despreciar su herencia
corporal, la mujer se sentirá inmediata-mente privad de su identificación
corporal femenina con el resto de la fa-milia.
Si la enseñan a odiar su propio cuerpo, ¿cómo podrá amar el cuerpo de su
madre que posee la misma configuración que el suyo (5), el de su abuela y los
de sus hijas? ¿Cómo puede amar los cuerpos de otras mujeres (y de otros
hombres) próximos a ella que han heredado las formas y las configuraciones
corporales de sus antepasados? Atacar de esta manera a una mujer destruye su
justo orgullo de pertenencia a su propio pueblo y la priva del natural y airoso
ritmo que siente en su cuerpo cualquiera que sea su estatura, tamaño o forma.
En el fondo, el y ataque a los cuerpos de las mujeres es un ataque de largo
alcance a la que las han precedido y a las que las sucederán (6).
Los severos comentarios acerca de la aceptabilidad del cuerpo crean una
nación de altas muchachas encorvadas, mujeres bajitas sobre zancos, mujeres
voluminosas vestidas como de luto, mujeres muy delgadas empe-ñadas en hincharse
como víboras y toda una serie de mujeres disfrazadas. Destruir la cohesión
instintiva de una mujer con su cuerpo natural la pri-va de su confianza, la
induce a preguntarse si es o no una buena persona y a basar el valor que ella
misma se atribuye no en quién es sino en lo que parece. La obliga a emplear su
energía en preocuparse por la cantidad de alimento que ha comido o las lecturas
de la báscula y las medidas de la cinta métrica. La obliga a preocuparse Y
colorea todo lo que hace, planifica y espera. En el mundo instintivo es impensable
que una mujer viva pre-ocupada de esta manera por su aspecto.
Es absolutamente lógico que una mujer se mantenga sana y fuerte Y que
procure alimentar su cuerpo lo mejor que pueda (7). Pero no tengo más
remedio que reconocer que en el interior de muchas mujeres hay una
"hambrienta". Sin embargo, más que hambrientas de poseer un cierto
ta-maño, una cierta forma o estatura o de encajar con un determinado
este-reotipo, las mujeres están hambrientas de recibir una consideración
bási-ca por parte de la cultura que las rodea. La "hambrienta" del
interior está deseando ser tratada con respeto, ser aceptada (8) y, por lo
menos, ser aco-gida sin necesidad de que encaje en un estereotipo. Si existe
realmente una mujer que está "pidiendo a gritos" salir, lo que pide a
gritos es que terminen las irrespetuosas proyecciones de otras personas sobre
su cuer-po, su rostro o su edad.
La patologización de la variedad de los cuerpos femeninos es un
arraigado prejuicio compartido por muchos teóricos de la psicología, y con toda
certeza por Freud. En su libro sobre su padre Sigmund, por ejemplo, Martin
Freud explica que toda su familia despreciaba, y ridiculizaba a las personas
gruesas (9). Los motivos de las opiniones de Freud rebasan el propósito de este
libro; no obstante, cuesta entender que semejante acti-tud pudiera corresponder
a una opinión equilibrada acerca de los cuerpos femeninos.
Baste señalar, sin embargo, que distintos psicólogos siguen
transmi-tiendo este prejuicio contra el cuerpo natural y animan a las mujeres a
controlar constantemente su cuerpo, privándolas con ello de unas mejores y más
profundas relaciones con la forma que han recibido. La angustia acerca del
cuerpo priva a la mujer de buena parte de su vida creativa y le impide prestar
atención a otras cosas.
Esta invitación a esculpir el cuerpo es extremadamente parecida a la
tarea de desterronar, quemar y eliminar las capas de carne de la tierra hasta
dejarla en los huesos. Cuando hay una herida en la psique y el cuerpo de las
mujeres, hay una correspondiente herida en el mismo lugar de la cultura y, en
último extremo, en la propia naturaleza. En una autén-tica psicología holística
todos los mundos se consideran interdependientes, no entidades separadas. No es
de extrañar que en nuestra cultura se plan-tee la cuestión del modelado del
cuerpo natural de la mujer y se plantee la correspondiente cuestión del
modelado del paisaje y también el de algunos sectores de la cultura para su
adaptación a la moda. Aunque no esté en las manos de la mujer impedir la
disección de la cultura y de las tierras de la noche a la mañana, sí puede
evitar hacer lo mismo en su cuerpo.
La naturaleza salvaje jamás ahogaría por la tortura del cuerpo, la
cultura o la tierra. La naturaleza salvaje jamás accedería a vulnerar la forma
para demostrar valor, "dominio" y carácter o para ser más
visual-mente agradable o más valiosa desde el punto de vista económico.
Una mujer no puede conseguir que la cultura adquiera más concien-cia
diciéndole: "Cambia." Pero puede cambiar su propia actitud hacia sí
misma y hacer que las proyecciones despectivas le resbalen. Eso se consi-gue
recuperando el propio cuerpo, conservando la alegría del cuerpo natu-ral,
rechazando la conocida quimera según la cual la felicidad sólo se otor-ga a
quienes poseen una cierta configuración edad, actuando con decisión
y de inmediato recuperando la verdadera vida y viviéndola a tope. Esta
dinámica autoaceptación y autoestima son los medios con los cuales se pueden
empezar a cambiar las actitudes de la cultura.
El cuerpo en los cuentos de hadas
Hay muchos mitos y cuentos de hadas que describen las debilidades y el
carácter salvaje del cuerpo. Tenemos al griego Hefesto, el tullido traba-jador
de metales preciosos; al mexicano Hartar, el del doble cuerpo; a Ve-nus nacida
de la espuma del mar; a las mujeres de la Montaña Gigante, cortejadas por su
fuerza; a Pulgarcita, que puede viajar por arte de magia por doquier; y a
muchos más.
En los cuentos de hadas ciertos objetos mágicos tienen unos poderes de
transporte y percepción que constituyen unas metáforas muy acertadas del
cuerpo, como, por ejemplo, la hoja mágica, la alfombra mágica, la nu-be. A
veces, las capas, los zapatos, los escudos, los sombreros y los yelmos
confieren el poder de la invisibilidad, de una fuerza superior, de la
previ-sión, etc. Son parientes arquetípicos. Cada uno de ellos permite que el
cuerpo físico disfrute de una mayor perspicacia, de un oído más fino, de la
capacidad de volar o de una mayor protección para la psique y el alma.
Antes del invento de los carruajes, los coches y los carros, antes de la
domesticación de los animales de tiro y de monta, parece ser que el ele-mento
que representaba el cuerpo sagrado era el objeto mágico. Las pren-das de
vestir, los amuletos, los talismanes y otros objetos, cuando se utili-zaban de
una cierta manera, transportaban a la persona al otro lado del río o del mundo.
La alfombra mágica es un espléndido símbolo del valor sensorial y
psíquico del cuerpo natural. Los cuentos de hadas en los que aparece el
elemento de la alfombra mágica son un remedo de la actitud no
demasia-do-conciente de nuestra cultura con respecto al cuerpo. En un primer
tiempo, la alfombra mágica se considera un objeto sin excesivo valor. Pero
cuando los que se sientan en su aterciopelada superficie le dicen
"Levánta-te", la alfombra tiembla inmediatamente, se eleva un Poco,
permanece en suspenso en el aire y después, ¡zas!, se aleja volando y traslada
a su ocu-pante a otro lugar, centro, punto de vista, a otra sabiduría (10). El
cuerpo, por medio de su estado de excitación, de su conciencia y sus
experiencias sensoriales -como, por ejemplo, escuchar música, oír la voz de un
ser que-rido o aspirar los efluvios de un aroma determinado- tiene el poder de
tras-ladarnos a otro lugar.
En los cuentos de hadas, como en los mitos, la alfombra constituye un
medio de locomoción, pero de una clase especial... de una clase que nos permite
ver el mundo por dentro y también la vida subterránea, P-n los cuentos de
Oriente Medio es el vehículo que utilizan los chamanes en sus vuelos
espirituales. El cuerpo no es un objeto mudo del que Pugnamos por librarnos.
Visto en su adecuada perspectiva es una nave espacial, una
serie de hojas de trébol atómicas, un revoltijo de ombligos neurológicos
que conducen a otros mundos y otras experiencias.
Aparte de la alfombra mágica, el cuerpo está representado también por
otros símbolos. Hay un cuento en el que aparecen tres; me lo propor-cionó Fatah
Kelly. Se titula simplemente "El cuento de la alfombra mágica" (11).
En él un sultán envía a tres hermanos en busca del "objeto más bello de la
tierra". Aquel de los hermanos que encuentre el mayor tesoro ganará todo
un reino. Un hermano busca y trae una varita mágica de marfil por medio de la
cual se puede ver cualquier cosa que uno desee. Otro hermano trae una manzana
cuyo aroma es capaz de curar cualquier dolencia. El tercer hermano trae una
alfombra mágica que puede trasladar a cualquier persona a cualquier lugar
simplemente pensando en él.
-Bien pues, ¿qué es lo mejor? -pregunta el sultán---. ¿El poder de ver
lo que uno quiera, el poder de sanar y restablecer o el poder de hacer volar el
espíritu?
Uno a uno los hermanos ensalzan los objetos que han encontrado, Pero, al
final, el sultán levanta la mano y sentencia: "Ninguno de ellos es mejor
que el otro, pues, si faltara uno de ellos, los demás no servirían de nada.
" Y el reino se reparte a partes iguales entre los hermanos.
El cuento lleva incrustadas unas imágenes poderosas que nos per-miten
entrever cómo es la verdadera vitalidad del cuerpo. Este cuento (y otros del
mismo estilo) describe los fabulosos poderes de intuición, perspi-cacia y
curación sensorial, y también el arrobamiento que encierra el cuerpo (12).
Tendemos a pensar que el cuerpo es una especie de "otro" que cumple
en cierto modo su función sin nuestra participación y que, si lo
"tratamos" bien, nos hará "sentir a gusto". Muchas personas
tratan su cuerpo como si fuera su esclavo o quizá lo tratan bien pero le exigen
que cumpla sus deseos y caprichos como si en el fondo fuera su esclavo.
Algunos dicen que el alma facilita información al cuerpo. Pero
ima-ginemos por un instante qué ocurriría si el cuerpo facilitara información
al alma, la ayudara a adaptarse a la vida material, la analizara, la tradujera,
le facilitara una hoja en blanco, tinta y una pluma con la cual pudiera
es-cribir sobre nuestras vidas. ¿Y si, como en los cuentos de hadas de las
formas cambiantes, el cuerpo fuera un dios por derecho propio, un maes-tro, un
mentor, un guía oficial? ¿Qué Ocurriría entonces? ¿Es sensato pa-sarse toda la
vida castigando a este maestro que tiene tantas cosas que dar y enseñar? ¿
Queremos pasarnos toda la vida dejando que otros quiten el mérito a nuestro
cuerpo, lo juzguen y lo consideren defectuoso? ¿Somos lo bastante fuertes como
para rechazar la línea telefónica compartida y es-cuchar con verdadero interés
lo que dice el cuerpo como si éste fuera un ser poderoso y sagrado? (13)
La idea que en nuestra cultura se tiene del cuerpo como simple
es-cultura es errónea. El cuerpo no es de mármol. No es ésa su finalidad. Su
finalidad es proteger, contener, apoyar y encender el espíritu y el alma que
lleva dentro, ser un receptáculo de la memoria, llenarnos de sentimiento, ése
es el supremo alimento psíquico. Es elevarnos y propulsarnos, llenar-
nos de sentimiento para demostrar que existimos, que estamos aquí,
dar-nos un fundamento, una fuerza y un peso. Es erróneo considerarlo un lu-gar
que abandonamos para poder elevarnos hacia el espíritu. El cuerpo es el
promotor de estas experiencias. sin el cuerpo no existirían las sensacio-nes
del cruce de los umbrales, no existiría la sensación de elevación ni la de
altura e ingravidez. Todo eso procede del cuerpo. El cuerpo es la plata-forma
de lanzamiento del cohete. En su cápsula el alma contempla a través de la
ventanilla la misteriosa noche estrellada y se queda deslum-brada.
El poder de las caderas
¿Qué es un cuerpo sano en el mundo instintivo? En su nivel más básico
-el pecho, el vientre, cualquier lugar donde haya piel, cualquier lu-gar donde
haya neuronas que transmiten las sensaciones-, la cuestión no es qué forma, qué
tamaño, qué color, qué edad, sino ¿siente algo, funciona tal como tiene que
funcionar, podemos reaccionar, percibimos su alcance, su espectro sensorial?
¿Tiene miedo, está paralizado por el dolor o el te-mor, anestesiado por
antiguos traumas? ¿O acaso tiene su propia música, escucha como Baubo* a través
del vientre y está mirando con sus muchas maneras de ver?
Yo viví a los veintitantos años dos experiencias decisivas, unas
experien-cias contrarias a todo lo que hasta entonces me habían enseñado acerca
del cuerpo. Durante una concentración femenina de una semana de dura-ción vi
por la noche a la vera del fuego cerca de las calientes aguas terma-les a una
mujer desnuda de unos treinta y cinco años; sus Pechos estaban fláccidos de
tanto dar a luz y su vientre estaba surcado de estrías causa-das por los
embarazos. Yo era muy joven y recuerdo que me compadecí de las agresiones
sufridas en su hermosa y delicada piel. Alguien estaba to-cando unas maracas y
unos tambores y ella se puso a bailar mientras su cabello, sus pechos, su piel
y sus miembros se movían en distintas direc-ciones. Qué hermosa me pareció, qué
llena de vida. Su gracia era conmo-vedora. Siempre me había fascinado la
expresión "fuego en las ingles", pero aquella noche lo vi. Vi el
poder de sus caderas. Vi lo que me habían ense-ñado a ignorar, el poder del
cuerpo de una mujer cuando está animado por dentro. Casi tres décadas después,
aún me parece verla bailar en la noche y aún me impresiona el poder de su
cuerpo.
Mi segundo despertar tuvo por protagonista a una mujer mucho ma-yor. Sus
anchas caderas tenían forma de pera, sus pechos era muy peque-ños en
comparación con ellas, tenía los muslos surcados por unas finas venitas moradas
y una larga cicatriz de una grave intervención quirúrgica le rodeaba el cuerpo
desde la caja torácica hasta la columna vertebral, cual sí fuera una mondadura
circular como las que se hacen al pelar una manzana. El contorno de su cintura
debía de medir más de un metro.
* Personaje de la mitología
griega que ayudó a Deméter en Eleusis cuando la dio-sa buscaba a su hija
Perséfone por todo el mundo. (N. de la T.)
En aquel momento me pareció un misterio que los hombres zumba-ran a su
alrededor como si fuera un panal de miel. Querían dar un bocado a sus muslos
voluminosos, querían lamer la cicatriz, sostener su pecho en sus manos, apoyar
las mejillas sobre sus venas en forma de arañas. Su sonrisa era deslumbradora,
sus andares eran preciosos y, cuando miraba, sus ojos captaban realmente lo que
veían. Entonces vi por segunda vez lo que me habían enseñado a ignorar, el
poder que hay en el cuerpo. El poder cultural del cuerpo es su belleza, pero el
poder que hay en el cuerpo es al-go extremadamente insólito, pues casi todas
las personas lo han alejado de sí con las torturas a que someten la carne o con
la vergüenza que ésta les produce.
Bajo esta luz la mujer salvaje puede indagar en la numinosidad de su
propio cuerpo, comprenderlo y verlo no como un peso que estamos obligadas a
soportar durante toda la vida, no como una bestia de carga, mimada o no, que
nos lleva por la vida sino como una serie de puertas, sueñas y poemas a través
de los cuales podemos aprender y conocer toda suerte de cosas. En la psique
salvaje, el cuerpo se considera un ser de ple-no derecho, un ser que nos ama y
que depende de nosotras y para el cual a veces somos una madre mientras que
otras veces él es una madre para nosotras.
La Mariposa
Para hablar del poder del cuerpo de otra manera, tengo que contar un
cuento auténtico y bastante largo, por cierto.
Durante muchos años los turistas han cruzado en tropel el gran de-sierto
americano, recorriendo a toda prisa el llamado "circuito espiritual":
el Monument Valley, el Cañón de Chaco, la Mesa Verde, Kayenta, el Cañón de
Keams, el Painted Desert y el Cañón de Chelly. Echan un apresurado vistazo a la
pelvis del Gran Cañón Madre, sacuden la cabeza, se encogen de hombros y
regresan corriendo a casa para, al verano siguiente, volver a cruzar en tromba
el desierto, mirar, mirar y observar un poco más.
Bajo este comportamiento subyace la misma hambre de experiencia numinosa
que los seres humanos han experimentado desde tiempos in-memoriales. Pero a
veces esta hambre se exacerba, pues muchas personas han perdido a sus
antepasados (14). A menudo sólo conocen los nombres de sus abuelos. Han perdido
en particular los relatos de la familia. Desde un punto de vista espiritual,
esta situación produce tristeza y hambre. Muchos intentan recrear algo
importante por el bien de su alma.
Durante años los turistas han acudido también a Puyé, una enorme y
Polvorienta mesa que se encuentra en el centro de una extensión despo-
blada de Nuevo México. Allí los Anasazi, los antiguos, se llamaban
antaño unos a otros a través de las mesas. Dicen que un mar prehistórico labró
miles de sonrientes, lascivos y quejumbrosos ojos y bocas en las paredes
rocosas de aquel lugar.
Los diné (navajos), los apaches Jicarilla, los utes del sur, los hopis,
los zunis, los Santa Clara, los Santo Domingo, los laguna, los picuris y los
tesuque, todas estas tribus del desierto se reúnen en aquel lugar. Y bailan
para recobrar el pasado y convertirse de nuevo en los pinos que se utilizan
para construir las estacas de las cabañas, en los venados, en las águilas y
Katsinas, en todos los poderosos espíritus.
Y allí acuden los visitantes, muchos de ellos hambrientos de sus
ge-no-mitos y separados de su placenta espiritual. Han olvidado también a sus
antiguos dioses. Vienen a contemplar a los que no los han olvidado.
El camino que sube a Puyé fue construido para cascos de caballos y
mocasines. Pero con el paso del tiempo los automóviles adquirieron más fuerza y
ahora los habitantes de la zona y los visitantes acuden en toda suerte de
coches, furgonetas, descapotables y camionetas. Los vehículos gimen y echan
humo por la cuesta en un lento y polvoriento desfile.
Todos aparcan a troche y moche, a la buena de Dios, en los pedrego-sos
collados. Al mediodía, en el borde de la mesa parece que haya habido un choque
en cadena de miles de automóviles. Algunos aparcan junto a malvarrosas de metro
ochenta de altura, pensando que, para bajar de sus vehículos, bastará con
empujar las plantas. Pero las malvarrosas de cien años de antigüedad son como
ancianas de hierro. Los que aparcan junto a ellas se quedan atrapados en el
interior de sus automóviles.
Al mediodía el sol convierte el lugar en un horno sofocante. Todos
caminan con el calzado recalentado, cargados con paraguas por si llueve
(lloverá), sillas plegables de aluminio por si se cansan (se cansarán) y, si
son visitantes, quizá con una cámara (si les permiten usarla) y unas sartas de
carretes de película colgadas alrededor del cuello como ristras de ajos.
Los visitantes acuden allí esperando mil cosas distintas, desde 10
sagrado a lo profano. Acuden a ver algo que no todo el mundo podrá ver, una de
las cosas más salva) es que existen, un numen viviente, la Mariposa:
El último acontecimiento del día es la Danza de la Mariposa. Todo el
mundo espera con deleite esta danza de una sola persona. La interpreta una
mujer, pero qué mujer. Cuando el sol se empieza a poner aparece un viejo
resplandeciente con un traje turquesa de ceremonia de veinte kilos de peso. Con
los altavoces chirriando como gallinas asustadas por la presen-cia de un
halcón, susurra contra el micrófono cromado de los años treinta: "Y
nuestra próxima danza será la Danza de la Mariposa." Después se aleja renqueando
y pisándose el dobladillo de sus pantalones vaqueros.
A diferencia de un espectáculo de ballet en el que en cuanto se anuncia
la pieza se levanta el telón y los bailarines salen al escenario, allí en Puyé,
como en otras danzas tribales, después del anuncio de la danza el intérprete
puede tardar en aparecer desde veinte minutos hasta una eternidad. ¿Dónde están
los artistas? Arreglando su caravana quizá. Las
temperaturas de más de cuarenta grados son habituales y, por
consiguien-te, tienen que hacerse retoques de última hora en la pintura
corporal cu-bierta de sudor. Si un cinturón de danza que hubiera pertenecido al
abue-lo del bailarín se rompiera camino del escenario, el bailarín no se
presen-taría, pues el espíritu del cinturón tendría que descansar. Los
intérpretes tal vez se retrasan porque la radio Taos, KKIT (por Kit Carson)
está trans-mitiendo una buena canción en "La hora india de Tony Lujan".
A veces un bailarín no oye el altavoz y tiene que ser avisado Por un
mensajero a pie. Y además el bailarín siempre tiene que hablar con sus
parientes mientras se dirige al lugar donde actúa y detenerse sin falta para
que sus sobrinos y sobrinas le puedan echar un buen vistazo. Qué impre-sionados
se quedan los chiquillos al ver a un gigantesco espíritu Katsina que se parece
sospechosamente, un poquito por lo menos, a tío Tomás, o a una bailarina del
maíz que se parece mucho a tía Yazie. Finalmente, cabe la posibilidad de que el
bailarín aún se encuentre en la autopista de Tesu-que, con las piernas colgando
por encima de la cal .1 de una furgoneta de reparto cuyo silenciador tizna de
negro el aire a lo largo de dos kilómetros mientras el viento sopla de cara.
Durante la emocionada espera de la Danza de la Mariposa todo el mundo
habla de las doncellas mariposa y de la belleza de las muchachas zuni que
danzaban ataviadas con un antiguo atuendo negro y rojo que de-jaba un hombro al
aire y se pintaban unos círculos de color rosa intenso en las mejillas. También
se alaba a los jóvenes bailarines venado que bai-laban con ramas de pino atados
a los brazos y las piernas.
Pasa el tiempo.
Pasa.
Y pasa.
La gente hace tintinear las monedas en los bolsillos. Emite un siseo al
aspirar aire a través de los dientes. Los visitantes están impacientes por ver
a la maravillosa bailarina mariposa.
inesperadamente, cuando todo el mundo frunce el ceño en señal de
aburrimiento, los tamborileros levantan los brazos y empiezan a tocar el ritmo
de la mariposa sagrada y los cantores empiezan a llamar a gritos a los dioses
para que intervengan.
Los visitantes que sueñan con la frágil belleza de una delicada
mari-posa experimentan un inevitable sobresalto cuando ven saltar a María Luján
(15). Es gorda, decididamente gorda, como la Venus de Willendorf, como la Madre
de los Días, como la mujer de proporciones heroicas que pintó Diego Rivera, la
que construyó la Ciudad de México con un solo quiebro de la muñeca.
Y, además, María Luján es vieja, muy, muy vieja, como si hubiera
regresado del polvo, tan vieja como el viejo río y como los viejos pinos que
crecen en el lindero del bosque. Lleva un hombro al aire. Su manta negra y roja
salta arriba y abajo con ella dentro. Su pesado cuerpo y sus huesudas piernas
le confieren el aspecto de una araña que brinca, envuelta en un tamal.
Salta sobre un pie y después sobre el otro. Agita su abanico de Plu-mas
hacia delante y hacia atrás. Es la Mariposa que llega para fortalecer a los
débiles. Es alguien a quien casi todo el mundo consideraría débil: por la edad,
por el hecho de representar a una mariposa, por ser mujer.
El cabello de la Doncella Mariposa llega hasta el suelo. Es de color
gris piedra y tan abundante como diez gavillas de maíz. Y luce unas alas de
mariposa como las que llevan los niños en las representaciones teatra-les
escolares. Sus caderas son como dos trémulos cestos de treinta kilos de
capacidad y el carnoso repliegue de la parte superior de sus nalgas es lo
bastante ancho como para que en ella se sienten dos niños.
Salta, salta y salta, pero no como un conejo sino con unas pisadas que
dejan ecos.
"Estoy aquí, aquí, aquí...
"Estoy aquí, aquí, aquí...
"¡ Despertad todos, todos, todos!"
Agita su abanico de plumas arriba y abajo, derramando sobre la tie-rra y
sobre el pueblo de la tierra el espíritu polinizador de la mariposa. Sus
pulseras de caparazones de molusco suenan como los cascabeles de una serpiente
y sus ligas adornadas con cascabeles tintinean como la lluvia. La sombra de su
voluminoso vientre y de sus delgadas piernas baila de uno a otro lado del
círculo. Sus pies levantan a su espalda unas pequeñas polva-redas.
Las tribus participan con actitud reverente. Pero algunos visitantes se
miran unos a otros y murmuran: "¿Es eso? ¿Ésa es la Doncella
Maripo-sa?" Están desconcertados y algunos incluso decepcionados. Parece
que ya no recuerdan que el mundo espiritual es un lugar donde las lobas son
mu-jeres, los osos son maridos y las viejas de considerables dimensiones son
mariposas.
Sí, es bueno que la Mujer Salvaje/Mariposa sea vieja y gorda, pues lleva
el mundo de las tormentas en un pecho y el mundo subterráneo en el otro. Su
espalda es la curva del planeta Tierra con todas sus cosechas, sus alimentos y
sus animales. Su nuca sostiene el amanecer y el ocaso. Su muslo izquierdo
contiene todas las estacas de las cabañas indias, su mus-lo derecho contiene
todas las lobas del mundo. Su vientre contiene todos los niños que nacerán en
el mundo.
La Doncella Mariposa es la fuerza fertilizadora femenina. Transpor-tando
el polen de un lugar a otro, fecunda con fertilización cruzada tal co-mo el
alma fertiliza la mente con los sueños nocturnos y tal como los ar-quetipos
fertilizan el mundo material. Ella es el centro. Une los contrarios, tomando un
poco de aquí y poniéndolo allí. La transformación es así de sencilla. Eso es lo
que ella enseña. Eso es lo que hace la mariposa. Eso es lo que hace el alma.
La Mariposa rectifica la errónea idea según la cual la transformación
sólo está destinada a los atormentados, los santos o los extremadamente
fuertes. El Yo no necesita transportar montañas para transformarse. Un
poco es suficiente. Un poco da para mucho. La fuerza polinizadora
susti-tuye el traslado de las montañas.
La Doncella Mariposa poliniza las almas de la tierra. Es más fácil de lo
que tú piensas, dice. Agita su abanico de plumas y salta, pues el! de-rramando
el polen espiritual sobre todos los presentes, los americanos na-tivos, los
niños pequeños, los visitantes, todo el mundo. Utiliza todo su cuerpo como
bendición, su viejo, frágil, voluminoso, paticorto, cuellicorto y manchado
cuerpo. Ésta es la mujer unida a su naturaleza salvaje, la tra-ductora de lo
instintivo, la fuerza fertilizadora, la reparadora, la recordado-ra de las
antiguas ideas. Es La voz mitológica. Es la personificación de la Mujer
Salvaje.
La bailarina mariposa tiene que ser vieja porque representa el alma, que
es vieja. Es ancha de muslos y ancha de trasero porque acarrea mu-chas cosas.
Su cabello gris atestigua que ya no necesita respetar los tabús que impiden
tocar a la gente. Está autorizada a tocar a todo el mundo: a los chicos, a los
niños, a las mujeres, a las niñas, a los viejos, a los enfer-mos, a los
muertos. La Mujer Mariposa puede tocar a todo el inundo. Tiene el privilegio de
poder tocar finalmente a todo el mundo. Éste es su poder. Su cuerpo es el de la
Mariposa.
El cuerpo es como la tierra. Es una tierra en sí mismo. Y es tan
vul-nerable al exceso de edificaciones como cualquier paisaje, pues también
está dividido en parcelas, aislado, sembrado de minas y privado de su po-der.
No es fácil reconvertir a la mujer salvaje mediante planes de remode-lación.
Para ella lo más importante no es cómo formar sino cómo sentir.
El pecho en todas sus formas desarrolla la función de sentir y
ali-mentar. ¿Alimenta? ¿Siente? Es un buen pecho.
Las caderas son anchas y con razón, pues llevan dentro una satina-da
cuna de marfil para la nueva vida. Las caderas de una mujer son ba-tangas para
el cuerpo superior y el inferior; son pórticos, son un mullido cojín, asideros
del amor, un lugar detrás del cual se pueden esconder los niños. Las piernas
están destinadas a llevarnos y a veces a propulsarnos; son las poleas que nos
ayudan a elevarnos, son un anillo para rodear al amante. No pueden ser
demasiado esto o demasiado lo otro. Son lo que son.
En los cuerpos no hay ningún "tiene que ser". Lo importante no
es el tamaño, la forma o los años y ni siquiera el hecho de tener un par de
cada cosa, pues algunos no lo tienen. Lo importante desde el punto de vista
sal-vaje es si el cuerpo siente, si tiene una buena conexión con el placer, con
el corazón, con el alma, con lo salvaje. ¿Es feliz y está ,legre? ¿Puede
mo-verse a su manera, bailar, menearse, oscilar, empujar? Es lo único que
importa.
Cuando yo era pequeña, me llevaron a visitar el Museo de Historia
Natural de Chicago. Allí vi las esculturas de Malvina Hoffman, docenas de
esculturas de bronce oscuro de tamaño natural reunidas en una espaciosa sala.
La artista había esculpido con visión salvaje cuerpos generalmente desnudos de
personas de todo el mundo.
Derramaba su amor sobre la enjuta pantorrilla del cazador, los lar-gos
pechos de la madre con dos hijos mayores, los conos de carne del pe-cho de la
virgen, las pelotas del viejo colgando hasta medio muslo, la nariz con unas
ventanas más grandes que los ojos, la nariz curvada como el pico de un halcón,
la nariz como un ángulo recto. Se había enamorado de las orejas tan grandes
como semáforos y de las orejas que casi llegaban a la altura de la barbilla y
de las que eran tan pequeñas como pacanas. Le en-cantaban cada uno de los
cabellos enroscados como los cestos de las ser-pientes y cada uno de los
cabellos ondulados como unas cintas que se desdoblaran o los cabellos lisos
con-lo la hierba. Sentía el amor salvaje del cuerpo. Comprendía el poder que
había en el cuerpo.
Ntozake Shange habla en su obra de para las chicas de color que han
pensado en el suicidio cuando basta el arco iris (16). En la obra, la mujer de
morado habla tras haber tratado con todas sus fuerzas de asumir todos los
aspectos psíquicos y físicos de su persona que la cultura ignora o des-precia.
Y se resume a sí misma en estas sabias y serenas palabras:
eso es lo que tengo...
poemas
grandes muslos
pequeñas tetas
y
muchísimo amor.
Éste es el poder del cuerpo, nuestro poder, el poder de la mujer
sal-vaje. En los mitos y los cuentos de hadas las divinidades y otros grandes
espíritus ponen a prueba los corazones de los seres humanos aparecién-dose bajo
distintas formas que ocultan su divinidad. Se presentan con túnicas, andrajos o
fajas plateadas o con los pies cubiertos de barro. Se presentan con la piel tan
oscura como la madera vieja o con escamas hechas de pétalos de rosa, con un
aspecto tan frágil como el de los niños, como el de una vieja tan amarilla como
las limas, como un hombre que no puede hablar o como un animal que habla. Los
grandes poderes ponen a prueba a los seres humanos para averiguar si ya han
aprendido a recono-cer la grandeza del alma en todas sus múltiples formas.
La Mujer Salvaje se presenta con muchos tamaños, colores, formas y
condiciones. Debemos permanecer atentas para poder reconocer el alma salvaje en
todos sus múltiples disfraces.
CAPITULO 8
El instinto de conservación:
La identificación de las trampas, las jaulas y los cebos envene-nados
La mujer fiera
Según el diccionario, la palabra "fiera" deriva del latín fera
cuyo sig-nificado es "animal salvaje". En el lenguaje común se
entiende por fiera un animal que antaño era salvaje, que posteriormente se
domestic6 y que ha vuelto una vez más al estado natural o indómito.
Yo afirmo que la mujer fiera es la que antes se encontraba en un es-tado
psíquico natural -es decir, en su sano juicio salvaje- y que después fue
atrapada por algún giro de los acontecimientos, convirtiéndose con ello en una
criatura exageradamente domesticada y con los instintos naturales adormecidos.
Cuando tiene ocasión de regresar a su naturaleza salvaje original, cae
fácilmente en toda suerte de trampas y es víctima de todo tipo de venenos.
Puesto que sus ciclos y sus sistemas de protección se han al-terado, corre
peligro al estar en el que antes era su estado salvaje natural. Ha perdido la
cautela y la capacidad de permanecer en estado de alerta y por eso se convierte
fácilmente en una presa.
La pérdida del instinto sigue una pauta muy concreta. Es importan-te
estudiar esta pauta e incluso aprenderla de memoria para poder conser-va, los
tesoros de nuestra naturaleza básica y también de la de nuestras hijas. En los
bosques psíquicos hay muchas trampas de hierro oxidado escondidas bajo las
verdes hojas del suelo. Psicológicamente ocurre lo mismo en el mundo material.
Podemos ser víctima de varios engaños: las relaciones, las personas y las
empresas arriesgadas son tentadoras, pero en el interior de un cebo de aspecto
agradable se esconde algo muy afilado, algo que mata nuestro espíritu en cuanto
lo mordemos.
Las mujeres fieras de todas las edades y especialmente las jóvenes
experimentan un enorme impulso de resarcirse de las largas hambrunas y los
largos exilios. Corren peligro por culpa de su excesivo y temerario afán de
acercarse a unas personas y alcanzar unos objetivos que no son ali-menticios ni
sólidos ni duraderos. Cualquiera que sea el lugar donde viven o el momento en
el que viven, siempre hay jaulas esperando; unas vidas demasiado pequeñas hacia
las cuales las mujeres se pueden sentir atraí-das o empujadas.
Si has sido capturada alguna vez, si alguna vez has sufrido hambre del
al-ma, si alguna vez has sido atrapada y, sobre todo, si experimentas el
im-pulso de crear algo, es muy probable que hayas sido o seas una mujer fie-ra.
La mujer fiera suele estar muy hambrienta de cosas espirituales y a
menudo se traga cualquier veneno ensartado en el extremo de un palo
puntiagudo, pensando que es aquello que ansía su alma.
Aunque algunas mujeres fieras se apartan de las trampas en el últi-mo
momento y sólo sufren algún que otro pequeño desperfecto en el pela-je, son
muchas más las que caen en ellas inadvertidamente y pierden mo-mentáneamente el
conocimiento mientras que otras quedan destrozadas y otras consiguen liberarse
y se arrastran hasta una cueva para poder la-merse a solas las heridas.
Para evitar las celadas y tentaciones con que tropieza una mujer que se
ha pasado mucho tiempo capturada y hambrienta, tenernos que ser ca-paces de
verlas por adelantado y esquivarlas. Tenemos que reconstruir nuestra
perspicacia y nuestra cautela. Tenemos que aprender a virar. Te-nemos que
distinguir las vueltas acertadas y las equivocadas.
Existe algo que en mí opinión es un vestigio de un antiguo cuento de
viejas de carácter didáctico que expone la apurada situación en que se
en-cuentra la mujer fiera y muerta de hambre. Se lo conoce con distintos
títu-los tales como "Las zapatillas de baile del demonio", "Las
zapatillas can-dentes del demonio" y "Las zapatillas rojas".
Hans Christian Andersen es-cribió su versión de este viejo cuento y le dio el
título citado en tercer lu-gar. Como un auténtico narrador, envolvió el núcleo
del cuento con su propio ingenio étnico y su propia sensibilidad.
La siguiente versión de "Las zapatillas rojas" es la
germano-magiar que mi tía Tereza solía contarnos cuando éramos pequeños Y que
yo utilizo aquí con su bendición. Con su habilidad acostumbrada, mi tía siempre
empezaba el cuento con la frase: "Fijaos bien en vuestros zapatos y dad
gracias de que sean tan sencillos... pues uno tiene que vivir con mucho cuidado
cuando calza unos zapatos demasiado rojos."
Las zapatillas rojas
Había una vez una pobre huerfanita que no tenía zapatos. Pero siempre,
recogía los trapos vicios que encontraba y, con el tiempo, se cosió un par de
zapatillas rojas. Aunque eran muy toscas, a ella le gustaban. La hacían sentir
rica a pesar de que se pasaba los días recogiendo algo que comer en los bosques
llenos de espinos hasta bien entrado el anochecer.
Pero un día, mientras bajaba por el camino con sus andrajos y sus
zapatillas rojas, un carruaje dorado se detuvo a su lado. La anciana que
viajaba en su interior le dijo que se la iba a llevar a su casa y la trataría
como si fuera su hijita. Así pues, la niña se fue a la casa de la acaudalada
anciana y allí le lavaron y peinaron el cabello. Le proporcionaron una ropa
interior de purísimo color blanco, un precioso vestido de lana, unas me-dias
blancas y unos relucientes zapatos negros. Cuando la niña preguntó por su ropa
y, sobre todo, por sus zapatillas rojas, la anciana le contestó
que la ropa estaba tan sucia y las zapatillas eran tan ridículas que las
había arrojado al fuego donde habían ardido hasta convertirse en ceniza.
La niña se puso muy triste, pues, a pesar de la inmensa riqueza que la
rodeaba, las humildes zapatillas rojas cosidas con sus propias manos le habían
hecho experimentar su mayor felicidad. Ahora se veía obligada a permanecer
sentada todo el rato, a caminar sin patinar y a no hablar a menos que le
dirigieran la palabra, pero un secreto fuego ardía en su co-razón y ella seguía
echando de menos sus viejas zapatillas rojas por enci-ma de cualquier otra
cosa.
Cuando la niña alcanzó la edad suficiente como para recibir la
con-firmación el día de los Santos Inocentes, la anciana la llevó a un viejo
za-patero cojo para que le hiciera unos zapatos especiales para la ocasión. En
el escaparate del zapatero había unos zapatos rojos hechos con cuero del mejor;
eran tan bonitos que casi resplandecían. Así pues, aunque los zapa-tos no
fueran apropiados para ir a la iglesia, la niña sólo elegía siguiendo los
deseos de su hambriento corazón, escogió los zapatos rojos. La anciana tenía
tan mala vista que no vio de qué color eran los zapatos y, por consi-guiente,
pagó el precio. El vicio zapatero le guiñó el ojo a la niña y envolvió los
zapatos.
Al día siguiente, los feligreses de la iglesia se quedaron asombrados al
ver los pies de la niña. Los zapatos rojos brillaban como manzanas puli-das,
como corazones, como ciruelas rojas. Todo el mundo los miraba; has-ta los
¡conos de la pared, hasta las imágenes contemplaban los zapatos con expresión
de reproche. Pero, cuanto más los miraba la gente, tanto más le gustaban a la
niña. Por consiguiente, cuando el sacerdote entonó los cánticos y cuando el
coro lo acompañó y el órgano empezó a sonar, la niña pensó que no había nada
más bonito que sus zapatos rojos.
Para cuando terminó aquel día, alguien había informado a la ancia-na
acerca de los zapatos rojos de su protegida.
-Jamás de los jamases vuelvas a ponerte esos zapatos rojos! -le dijo la
anciana en tono amenazador.
Pero al domingo siguiente la niña no pudo resistir la tentación de
ponerse los zapatos rojos en lugar de los negros y se fue a la iglesia con la
anciana como de costumbre.
A la entrada de la iglesia había un viejo soldado con el brazo en
ca-bestrillo. Llevaba una chaquetilla y tenía la barba pelirroja. Hizo una
reve-rencia y pidió permiso para quitar el polvo de los zapatos de la niña. La
niña alargó el pie y el soldado dio unos golpecitos a las suelas de sus
zapa-tos mientras entonaba una alegre cancioncilla que le hizo cosquillas en
las plantas de los pies.
-No olvides quedarte para el baile -le dijo el soldado, guiñándole el
ojo con una sonrisa.
Todo el mundo volvió a mirar de soslayo los zapatos rojos de la niña.
Pero a ella le gustaban tanto aquellos zapatos tan brillantes como el car-mesí,
tan brillantes como las frambuesas y las granadas, que apenas podía pensar en
otra cosa y casi no prestó atención a la ceremonia religiosa. Tan
ocupada estaba moviendo los pies hacia aquí Y hacia allá y admirando sus
zapatos rojos que se olvidó de cantar.
Cuando abandonó la iglesia en compañía de la anciana, el soldado herido
le gritó:
"¡Qué bonitos zapatos de baile!"
Sus palabras hicieron que la niña empezara inmediatamente a dar vueltas.
En cuanto sus pies empezaron a moverse ya no pudieron detener-se y la niña
bailó entre los arriates de flores y dobló la esquina de la iglesia como si
hubiera perdido por completo el control de sí misma. Danzó una gavota y después
una czarda y, finalmente, se alejó bailando un vals a través de los campos del
otro lado. El cochero de la anciana saltó del ca-rruaje y echó a correr tras
ella, le dio alcance Y llevó de nuevo al coche, pero los pies de la niña
calzados con los zapatos rojos seguían bailando en el aire como si estuvieran
todavía en el suelo. La anciana y el cochero tira-ron y forcejearon, tratando
de quitarle los zapatos rojos a la niña. Menudo espectáculo, ellos con los sombreros
torcidos y la niña agitando las pier-nas, pero, al final, los pies de la niña
se calmaron.
De regreso a casa, la anciana dejó los zapatos rojos en un estante muy
alto y le ordenó a la niña no tocarlos nunca más. Pero la niña no pod-ía evitar
contemplarlos con anhelo. Para ella seguían siendo lo más bonito de la tierra.
Poco después quiso el destino que la anciana tuviera que guardar cama y,
en cuanto los médicos se fueron, la niña entró sigilosamente en la habitación
donde se guardaban los zapatos rojos. Los contempló allá arri-ba en lo alto del
estante. Su mirada se hizo penetrante y se convirtió en un ardiente deseo que
la indujo a tomar los zapatos del estante y a ponérse-los, pensando que no
había nada malo en ello. Sin embargo, en cuanto los zapatos tocaron sus talones
y los dedos de sus pies, la niña se sintió inva-dida por el impulso de bailar.
Cruzó la puerta bailando y bajó los peldaños, bailando primero una
gavota, después una czarda y, finalmente, un vals de atrevidas vueltas en
rápida sucesión. La niña estaba en la gloria y no comprendió en qué apu-rada
situación se encontraba hasta que quiso bailar hacia la izquierda y los zapatos
insistieron en bailar hacia la derecha. Cuando quería dar vuel-tas, los zapatos
se empeñaban en bailar directamente hacia delante. Y, mientras los zapatos
bailaban con la niña, en lugar de ser la niña quien bailara con los zapatos,
los zapatos la llevaron calle abajo, cruzando los campos llenos de barro hasta
llegar al bosque oscuro y sombrío.
Allí, apoyado contra un árbol, se encontraba el viejo soldado de la
barba pelirroja con su chaquetilla y su brazo en cabestrillo.
-Vaya, qué bonitos zapatos de baile -exclamó.
Asustada, la niña intentó quitarse los zapatos, pero el pie que
man-tenía apoyado en el suelo seguía bailando con entusiasmo y el que ella
sostenía en la mano también tomaba parte en el baile.
Así pues, la niña bailó y bailó sin cesar. Danzando subió las colinas
más altas, cruzó los valles bajo la lluvia, la nieve y el sol. Bailó en la
noche
oscura y al amanecer y aún seguía bailando cuando anocheció. Pero no era
un baile bonito. Era un baile terrible, pues no había descanso para ella.
Llegó bailando a un cementerio y allí un espantoso espíritu no le
Permitió entrar. El espíritu pronunció las siguientes palabras:
-Bailarás con tus zapatos rojos hasta que te conviertas en una
apa-rición, en un fantasma, hasta que la piel te cuelgue de los huesos y hasta
que no quede nada de ti más que unas entrañas que bailan. Bailarás de puerta en
puerta por las aldeas y golpearás cada puerta tres veces y, cuando la gente
mire, te verá y temerá sufrir tu mismo destino. Bailad, za-patos rojos, seguid
bailando.
La niña pidió compasión, pero, antes de que pudiera seguir implo-rando
piedad, los zapatos rojos se la llevaron. Bailó sobre los brezales y los ríos,
siguió bailando sobre los setos vivos y siguió bailando y bailando has-ta
llegar a su hogar y allí vio que había gente llorando. La anciana que la había
acogido en su casa había muerto. Pero ella siguió bailando porque no tenía más
remedio que hacerlo. Profundamente agotada y horrorizada, llegó bailando a un
bosque en el que vivía el verdugo de la ciudad. El hacha que había en la pared
empezó a estremecerse en cuanto percibió la cercanía de la niña.
-¡Por favor! -le suplicó la niña al verdugo al pasar bailando por
de-lante de su puerta-. Por favor, córteme los zapatos para librarme de este
horrible destino.
El verdugo cortó las correas de los zapatos rojos con el hacha. Pero los
zapatos seguían en los pies. Entonces la niña le dijo al verdugo que su vida no
valía nada y que, por favor, le cortara los pies. Y el verdugo le cortó los
pies. Y los zapatos rojos con los pies dentro siguieron bailando a través del
bosque, subieron a la colina y se perdieron de vista. Y la niña, conver-tida en
una pobre tullida, tuvo que ganarse la vida en el mundo como criada de otras
personas y jamás en su vida volvió a desear unos zapatos rojos.
La pérdida brutal en los cuentos de hadas
Es más que razonable preguntarse el porqué de la presencia de epi-sodios
tan brutales en los cuentos de hadas. Se trata de un fenómeno que se registra
en los mitos y el folclore de todo el mundo. La monstruosa con-clusión de este
cuento es típica de los finales de los cuentos de hadas cuyo protagonista
espiritual no puede completar la transformación que pretend-ía.
Psicológicamente, el brutal episodio transmite una apremiante ver-dad
psíquica. Esta verdad es tan apremiante -y, sin embargo, tan fácil de desdeñar
con un simple "sí, bueno, lo comprendo", por más que con ello la
persona vaya directamente a su condena- que no es probable que
preste-mos atención a la alarma si ésta se expresa en términos más blandos.
En el moderno mundo tecnológico, los brutales episodios de los cuentos
de hadas han sido sustituidos por las imágenes de los anuncios de la
televisión, como los que muestran una instantánea familiar en la que uno de los
miembros de la familia ha sido borrado y un reguero de sangre sobre la
fotografía subraya lo que ocurre cuando una persona conduce en estado de
embriaguez, o esos anuncios que intentan disuadir a las perso-nas de que
consuman drogas ilegales, en los que un huevo friéndose en una sartén revela lo
que ocurre en el cerebro humano cuando uno consu-me drogas. El elemento brutal
es una antigua manera de conseguir que el yo emotivo preste atención a un
mensaje muy serio.
La verdad psicológica que encierra el cuento de "Las zapatillas
rojas" es que a una mujer se le puede arrancar, robar y amenazar su vida
más significativa o se la puede apartar de ella por medio de halagos a no ser
que conserve o recupere su alegría básica y su valor salvaje. El cuento nos
invita a prestar atención a las trampas y los venenos con los que fácilmen-te
tropezamos cuando estamos hambrientas de alma salvaje.
Sin una firme participación en la naturaleza salvaje, una mujer se muere
de hambre y cae en la obsesión de los "me siento mejor", "déjame
en paz" y "quiéreme... por favor".
Cuando se muere de hambre, la mujer acepta cualquier sucedáneo que se le
ofrezca, incluyendo los que, como placebos inútiles, no le sirven absolutamente
para nada y los que son destructivos, amenazan su vida y le hacen perder
lastimosamente el tiempo y las cualidades o exponen su vida a peligros físicos.
El hambre del alma induce a la mujer a elegir cosas que la harán bailar
locamente y sin control... hasta llegar finalmente a la casa del verdugo.
Por consiguiente, para comprender más profundamente este cuento, tenemos
que percatarnos de que una mujer puede extraviar totalmente el camino cuando
pierde su vida instintiva y salvaje. Para conservar lo que tenemos y encontrar
de nuevo el camino de lo femenino salvaje, tenemos que saber qué errores comete
una mujer que se siente tan atrapada. En-tonces podremos retroceder y reparar
los daños. Entonces podrá tener lu-gar la reunión.
Tal como veremos, la pérdida de las zapatillas rojas hechas a mano
representa la pérdida de la vida personalmente diseñada y de la apasiona-da
vitalidad de una mujer, así como la aceptación de una existencia exce-sivamente
domesticada, lo cual conduce a la larga a la pérdida de una per-cepción fiel,
que provoca a su vez los excesos que llevan a la Pérdida de los pies, la
plataforma que nos sostiene, nuestra base, una Parte muy profun-da de la
naturaleza instintiva que sostiene nuestra libertad.
"Las zapatillas rojas" nos muestra cómo se inicia el deterioro
y a qué estado nos reducimos si no intervenimos en nombre de nuestra propia
na-turaleza salvaje. No nos engañemos, cuando una mujer e esfuerza por
in-tervenir y luchar contra su propio demonio cualquiera que éste sea, su es-
fuerzo es una de las batallas más dignas que se pueden emprender tanto
desde el punto de vista arquetípico como desde la perspectiva de la reali-dad
consensual. Aunque la mujer pudiera llegar como en el cuento hasta el fondo del
mayor de los abismos por medio del hambre, la captura, el instinto herido, las
elecciones destructivas y todo lo demás, el fondo es el lugar que alberga las
raíces de la psique. Allí están los apuntalamientos salvajes de la mujer. El
fondo es el mejor terreno para sembrar y volver a cultivar algo nuevo. En este
sentido, alcanzar el fondo, aunque sea extre-madamente doloroso, es también
llegar al terreno de cultivo.
Aunque por nada del mundo desearíamos la maldición de los perju-diciales
zapatos rojos y la consiguiente disminución de vida ni para noso-tras ni para
las demás, hay en esta ardiente y destructiva esencia algo que combina la
vehemencia con la sabiduría en la mujer que ha bailado la danza maldita, que se
ha perdido a sí misma y ha perdido la vida creativa, que se ha precipitado al
infierno con un barato (o caro) bolso de mano y que, sin embargo, se ha
mantenido aferrada en cierto modo a una palabra, un pensamiento, una idea hasta
que, a través de una rendija, pudo esca-par a tiempo de su demonio y vivir para
contarlo.
Por consiguiente, la mujer que ha perdido el control bailando, que ha
perdido el equilibrio y ha perdido los pies y comprende el estado de pri-vación
a que se refiere el final del cuento de hadas, posee una sabiduría valiosa y
especial. Es como un saguaro, un espléndido y hermoso cacto que vive en el
desierto.
A los saguaros se los puede llenar de orificios de bala, se les pueden
practicar incisiones, se los puede derribar y pisotear, y ellos siguen
vivien-do, siguen almacenando el agua que da la vida, siguen creciendo salvajes
y, con el tiempo, se curan.
Los cuentos de hadas terminan al cabo de diez páginas, pero nues-tras
vidas no. Somos unas colecciones de varios tomos. En nuestras vidas, aunque un
episodio equivalga a una colisión y una quemaduras siempre hay otro episodio
que nos espera y después otro. Siempre hay oportunida-des de arreglarlo, de
configurar nuestras vidas de la manera que merece-mos. No hay que perder el
tiempo odiando un fracaso, El fracaso es mejor maestro que el éxito. Presta
atención, aprende y sigue adelante. Eso es lo que estamos haciendo con este
cuento. Estamos prestando atención a su antiguo mensaje. Estamos aprendiendo lo
que son las pautas perjudiciales para poder seguir adelante con la fuerza
propia de quien puede presentir las trampas, las jaulas y los cebos antes de
caer en ellos o ser atrapados por ellos.
Vamos a empezar a desentrañar este importante cuento, compren-diendo lo
que ocurre cuando la existencia vital que más apreciamos, con independencia de
lo que otros piensen de ella, la vida que más amamos, pierde su valor y se
convierte en cenizas.
Las zapatillas rojas hechas a mano
En el cuento vemos que la niña pierde las zapatillas rojas que ella se
había hecho, las que la hacían sentirse rica a su manera. Era pobre, pero tenía
ingenio; buscaba su camino. Había pasado de no tener zapatos a po-seer unos
zapatos que le conferían un sentido del alma a pesar de las difi-cultades de su
vida material. Las zapatillas hechas a mano son indicios de la superación de
una mísera existencia psíquica y del paso a una apasio-nada vida diseñada por
ella misma. Las zapatillas representan literalmente un enorme paso hacia la
integración de la ingeniosa naturaleza femenina en la vida de todos los días.
No importa que su vida sea imperfecta. Tiene alegría. Evolucionará.
En los cuentos de hadas el típico personaje pobre pero ingenioso es una
representación psicológica del que es rico en espíritu y poco a poco va
adquiriendo más conciencia y más poder a lo largo de un prolongado per-íodo de
tiempo. Se podría decir que este personaje es el símbolo exacto de todas
nosotras, pues todas hacemos progresos lentos pero seguros.
Desde un punto de vista social, el calzado envía un mensaje y es una
manera de diferenciar a un tipo de persona de otro. Los artistas suelen calzar
zapatos muy distintos de los que llevan, por ejemplo, los ingenieros. Los
zapatos pueden decirnos algo acerca de lo que somos e incluso a veces acerca de
lo que aspiramos a ser, de la persona que nos estamos proban-do.
El simbolismo arquetípico del zapato se remonta a unos tiempos muy
antiguos en los que los zapatos eran un signo de autoridad: los go-bernantes
los usaban mientras que los esclavos iban descalzos. Aún hoy en día a buena
parte del mundo moderno se le enseña a emitir desmedidos juicios acerca de la
inteligencia y las aptitudes de una persona según lleve o no lleve zapatos y
según tenga o no dinero la que los lleve.
Esta versión del cuento nace del hecho de haber vivido en los fríos
países del norte donde los zapatos se consideran unos medios de supervi-vencia.
Mantener los pies secos y calientes ayuda a una persona a Vivir cuando el
tiempo es muy frío y desapacible. Recuerdo haberle oíd decir -a mi tía que el
robo del único par de zapatos de una persona en invierno era un delito tan
grave como el asesinato. La naturaleza creativa y apasionada de una mujer corre
el mismo riesgo en caso de que ésta no conserve su capacidad de desarrollo y
alegría, que son su calor y su protección.
El símbolo de los zapatos se puede considerar una metáfora psicoló-gica;
protegen y defienden aquello sobre lo cual nos asentamos, nuestros pies. En el
simbolismo arquetípico, los pies representan la movilidad y la libertad. En
este sentido, tener zapatos con que cubrirse los pies es estar convencidos de
nuestras creencias y disponer de los medios con que ac-tuar de conformidad con
ellas. Sin zapatos psíquicos una mujer no puede superar los ambientes
interiores y exteriores que exigen agudeza, sensatez, prudencia y resistencia.
La vida y el sacrificio van siempre de la mano. El rojo es el color de
la vida y del sacrificio. Para vivir una existencia vibrante tenemos que hacer
sacrificios de distintas clases. Si alguien quiere ir a la universidad,
tiene que sacrificar tiempo y dinero y dedicarse en cuerpo y alma a este
empeño. Si quiere crear algo, tiene que sacrificar la superficialidad, una
cierta seguridad y, a menudo, el deseo de agradar a los demás y de ende-rezar
sus más profundas ideas y sus visiones de mayor alcance.
Los problemas surgen cuando se hacen muchos sacrificios pero no brota de
ellos ninguna vida en absoluto. Entonces el rojo es el color de la pérdida de
sangre más que el de la vida de la sangre. Eso es exactamente lo que ocurre en
el cuento. Cuando se queman las zapatillas rojas hechas a mano de la niña, se
pierde un tipo de rojo vibrante y querido, lo cual desencadena un anhelo, una
obsesión y, finalmente, una afición a otra clase de rojo: el de las vulgares
emociones que se rompen rápidamente; el del sexo sin alma; el que conduce a una
vida carente de significado.
Por consiguiente, considerando todos los aspectos del cuento de hadas
como los componentes de la psique de una sola mujer, venlos que,
confeccionándose ella misma las zapatillas rojas, la niña lleva a cabo una
extraordinaria hazaña: conduce su vida desde la condición de esclava sin
zapatos -siguiendo simplemente su camino con la vista dirigida hacia de-lante
sin mirar ni a derecha ni a izquierda- a una conciencia que se detie-ne para
crear, que contempla la belleza y experimenta alegría, que siente pasión y
saciedad y todas las demás cosas que constituyen la naturaleza integral que
llamamos salvaje.
El hecho de que las zapatillas sean de color rojo revela que el proce-so
será de vida vibrante, cosa que incluye el sacrificio. Y es justo y natural que
así sea. El hecho de que las zapatillas estén hechas a mano con trozos de tela
significa que la niña simboliza el espíritu creativo que, siendo huér-fano e
ignorante por las razones que sean, ha reunido todas estas cosas para su uso,
utilizando su percepción innata para conseguir finalmente un resultado hermoso
y espiritual.
Si lo bueno se dejara en paz, la situación del yo creativo seguiría
progresando sin problemas. En el cuento la niña está encantada con su obra y
con su capacidad de haberlo hecho todo ella sola, buscando y re-uniendo cosas
con paciencia, diseñando y )untando los trozos para expre-sar con ello sus
ideas. No importa que, al principio, el producto sea muy tosco; muchos dioses
de la creación de todas las culturas y todas las épo-cas no crean perfectamente
la primera vez. El primer intento siempre ad-mite mejoras y también el segundo
y a menudo el tercero y el cuarto. Eso no tiene nada que ver con la propia
valía y habilidad. Es la vida que evoca y evoluciona.
Si a la niña la dejan en paz, ésta se hará otro par de zapatillas rojas
y otro y otro hasta conseguir que no sean tan toscas. Irá progresando. sin
embargo, aparte de su prodigiosa exhibición de ingenio para seguir adelan-te en
circunstancias difíciles, lo más importante para ella es que las zapa-tillas
que se ha confeccionado le producen una enorme alegría y la alegría es la
sangre de la vida, el alimento del espíritu y la vida del alma todo en una
pieza.
La alegría es la clase de sentimiento que experimenta una mujer cuando
pone unas palabras por escrito así sin más o cuando consigue re-producir unas
notas a la primera. Qué emoción tan grande. Parece increí-ble. Es la clase de
sentimiento que experimenta una mujer cuando descu-bre que está embarazada y
desea estarlo. Es la clase de alegría que siente cuando ve disfrutar a las
personas que ama. Es la clase de alegría que siente cuando ha hecho algo que la
perseguía, que la obsesionaba, que era peligroso, que la había obligado a
esforzarse y a mejorar para poder alcan-zar el éxito... tal vez con gracia o
tal vez sin ella, pero lo importante es que consiguió crear un algo, a un
alguien, el arte, la batalla, el momento; su vida. Éste es el estado natural e
instintivo de la mujer. La esencia de la Mujer Salvaje se irradia a través de
esta clase de alegría. Esta suerte de situación espiritual la llama por su
nombre.
Pero en el cuento quiso el destino que un día, en oposición directa a
las simples zapatillas rojas hechas con trozos de tela, las zapatillas que eran
la pura alegría de la vida, pasara chirriando un carruaje dorado y en-trara en
la vida de la niña.
Las trampas
Trampa 1: La carroza dorada, la vida devaluada
En el simbolismo arquetípico, el carruaje es una imagen literal, un
vehículo que traslada algo de un lugar a otro. En las imágenes oníricas
modernas y en el folclore contemporáneo ha sido sustituido en buena par-te por
el automóvil que, desde un punto de vista arquetípico, "suena" de la
misma manera. Este tipo de vehículo que "transporta" se ha
considerado tradicionalmente el estado de ánimo central de la psique que nos
transpor-ta de un lugar de la psique a otro y de un esfuerzo a otro.
El hecho de subir al carruaje dorado de la anciana es similar en este
caso al hecho de entrar en una )aula dorada que teóricamente tendría que ser
más cómoda y agradable, pero que, en realidad, es una prisión. Una prisión que
atrapa de una manera no inmediatamente perceptible, puesto que todo lo dorado
suele deslumbrar al principio. Imaginemos por tanto que bajamos por el camino
de nuestras vidas con nuestras preciosas zapa-tillas hechas a mano y, de
pronto, se nos ocurre pensar algo así: "Quizá sería mejor otra cosa, otra
cosa que no fuera tan difícil, que exigiera menos tiempo, energía y
esfuerzo."
Es algo que suele ocurrir en la vida de las mujeres. Nos encontramos en
plena realización de algo que nos produce una sensación que puede va-riar desde
lo agradable a lo desagradable. Creamos nuestras vidas a medi-da que avanzamos
y hacemos lo mejor que podemos. Pero muy pronto se nos ocurre algo, algo que
dice: "Eso es muy duro. Mira qué bonito es eso o aquello de allí. Parece
más fácil, más agradable, más atractivo." De repen-te, se acerca el
carruaje dorado, se abre la portezuela, se extienden las es-calerillas y
subimos. Nos han seducido. Esta tentación se suele producir
muy a menudo y, a veces, a diario. En muchas ocasiones cuesta decir que
no.
Así, nos casamos con la persona equivocada porque nos facilita nuestra
vida económica. Abandonamos el trabajo que estábamos haciendo y regresamos a
otro más fácil pero más trillado que llevamos diez años arrastrando. No
procuramos que ese excelente poema alcance el mejor ni-vel posible sino que lo
dejarnos en el tercer borrador en lugar de seguir esforzándonos un poco más. El
espectáculo del carruaje dorado ensombre-ce la pura alegría de las zapatillas
rojas. Aunque esta circunstancia podría interpretarse también como una
.búsqueda de bienes y comodidades ma-teriales por parte de la mujer, a menudo
es la expresión de un simple de-seo psicológico de no tener que esforzarse
tanto en las cuestiones básicas de la vida creativa. deseo de tenerlo todo más
fácil no es una trampa; es algo a lo que el ego aspira naturalmente. Ah, ¡pero
a qué precio! El precio es una trampa, La trampa surge cuando la niña se va a
vivir con la acau-dalada anciana. Allí tiene que permanecer callada como Dios
manda... no está permitido anhelar nada abiertamente y, en concreto, no se
puede sa-tisfacer el anhelo. Eso es el comienzo del hambre del alma para el
espíritu creativo.
La psicología junguiana clásica señala que la pérdida del alma se
produce en particular hacía la mitad de la vida, hacia los treinta y cinco años
o algo más tarde. Sin embargo, para las mujeres de la cultura mo-derna la
pérdida del alma es un peligro cotidiano, tanto si una tiene die-ciocho años
como si tiene ochenta, tanto si está casada como si no, cual-quiera que sea su
familia, su educación o su situación económica. Muchas personas
"Instruidas" sonríen con indulgencia cuando oyen decir que los
pueblos "primitivos" tienen una interminable lista de experiencias y
acon-tecimientos que, según ellos, les pueden robar el alma, desde ver un oso
en una época del año equivocada a entrar en una casa que aún no ha re-cibido la
bendición tras haberse producido en ella una muerte.
Aunque la cultura moderna contiene muchos elementos prodigiosos que
enriquecen la vida, hay en una sola manzana de casas más osos en momentos
equivocados y más lugares de muertos sin bendecir que en mil kilómetros
cuadrados de tierras habitadas por poblaciones primitivas. El hecho psíquico
esencial es que debemos vigilar constantemente nuestra relación con el
significado, la pasión, la espiritualidad y la naturaleza pro-funda. Hay muchas
cosas que tratan de apartarnos y alejarnos con engaño de las zapatillas hechas
a mano, cosas aparentemente sencillas como de-cir, por ejemplo: "Ya
bailaré, plantaré, abrazaré, buscaré, planificaré, aprenderé, haré las paces,
limpiaré... más tarde." Todo eso son trampas.
Trampa 2: La anciana reseca, la fuerza de la senescencia
En la interpretación de los sueños y de los cuentos de hadas,
quien-quiera que posea el "transmisor de actitudes", es decir, el
carruaje dorado, es el principal valor que pesa sobre la psique, empujándola
hacia delante,
obligándola a seguir la dirección que a él le interesa. En este caso,
los va-lores de la anciana propietaria del carruaje empiezan a empujar a la
psi-que.
En la psicología junguiana clásica, la figura arquetípica del anciano se
denomina a veces la fuerza "senex". En latín, senex significa
"anciano". Más concretamente y sin distinción de sexos, el símbolo de
los ancianos se puede interpretar como la fuerza senescente: una fuerza que
actúa en la forma que es propia de los ancianos (1). En los cuentos de hadas
esta fuer-za senescente está simbolizada por una persona anciana que a menudo
se representa de una forma desequilibrada para dar a entender que el proce-so
psíquico de la persona también está desarrollando un comportamiento
desequilibrado. Idealmente una anciana simboliza la dignidad, la capaci-dad de
aconsejar, la sabiduría, el conocimiento de la propia persona, la tradición, la
definición de los límites y la experiencia, con una buena dosis de malhumorada,
envidiosa, deslenguada y coquetuela desfachatez para redondear la cosa.
Sin embargo, cuando la anciana de un cuento de hadas utiliza estos
atributos negativamente, tal como ocurre en "Las zapatillas rojas" '
se nos advierte de antemano de que ciertos aspectos de la psique que deberían
conservarse templados están a punto de quedarse congelados en el tiempo. Algo
que normalmente es vibrante en el interior de la psique está a punto de ser
rígidamente aplanado, de recibir una azotaina y de ser distorsiona-do hasta el
extremo de resultar irreconocible. Cuando la niña sube al ca-rruaje dorado de
la anciana y entra posteriormente en su casa, está atra-pada con tanta certeza
como si deliberadamente hubiera introducido la mano en un cepo.
Tal como vemos en el cuento, el hecho de ser acogida por la anciana, en
lugar de dignificar la nueva actitud, hace que la actitud senescente des-truya
la innovación. En lugar de convertirse en la mentora de su protegida, la
anciana intentará calcificarla. La anciana de este cuento no es una sa-bia sino
que más bien se dedica a repetir un solo valor, sin experimentar nada nuevo.
A través de todas las escenas de la iglesia, vemos que el único valor
que se tiene en cuenta es el de que la opinión de la colectividad es más
importante que cualquier otra cosa y ha de eclipsar las necesidades del alma
salvaje individual. Se suele considerar una colectividad la cultura (2) que
rodea a un individuo, cosa que efectivamente es así, si bien la defini-ción de
Jung era "los muchos comparados con el uno". Todos recibimos la
influencia de muchas colectividades, tanto de los grupos a los que perte-necemos
como de aquellos de los que no somos miembros. Tanto si son de carácter
educativo como si son de carácter espiritual, económico, laboral, familiar o de
otra clase, las colectividades que nos rodean reparten grandes recompensas y
castigos no sólo entre sus miembros sino también entre los que no lo son, y
tratan de ejercer influencia y de controlar toda suerte de cosas, desde
nuestros pensamientos hasta nuestra elección de los aman-tes o de la actividad
laboral. También es posible que desprecien o nos di-
suadan de entregarnos a las actividades que no están de acuerdo con sus
preferencias.
En este cuento, la anciana es el símbolo del rígido guardián de la
tradición colectiva, un agente que veía por el cumplimiento del statu quo, del
"pórtate bien; no provoques perturbaciones; no pienses demasiado; no se te
vayan a ocurrir grandes proyectos; procura pasar desapercibida; sé una copia de
papel carbón; sé amable; contesta que sí aunque algo no te guste, no encaje, no
tenga el tamaño adecuado y duela". Y así sucesiva-mente.
El hecho de seguir un sistema de valores tan apagado provoca una enorme
pérdida de la conexión del alma. Cualesquiera que sean las aso-ciaciones o las
influencias de la colectividad, nuestro desafío en nombre del alma salvaje y de
nuestro espíritu creativo es el de no mezclarnos con ninguna colectividad sino
distinguirnos de aquellos que nos rodean y cons-truir puentes que puedan volver
a unirnos a ellos cuando nos apetezca. Nosotras tenemos que decidir qué puentes
deberán ser fuertes y estar bien transitados y qué otros puentes deberán
mantenerse vacíos e incompletos. Y las colectividades con las que nos
relacionemos deberán ser las que ofrezcan el máximo apoyo a nuestra alma y
nuestra vida creativa.
La mujer que trabaja en una universidad pertenece a una colectivi-dad
académica. No deberá fundirse con cualquier cosa que le ofrezca el ambiente de
dicha colectividad, sino añadirle su propio sabor especial. Como criatura
integral, a menos que haya creado en su vida otras fuerzas capaces de
impedirlo, no puede permitirse el lujo de convertirse en un tipo de persona
desequilibrada e irritable, de "hago mi trabajo, me voy a casa, vuelvo...
". Cuando una mujer intenta formar parte de una asociación, or-ganización
o familia que desdeña examinarla por dentro para ver de qué está hecha, que no
pregunta "¿Qué induce a esta persona a correr?" y que no se esfuerza
en absoluto en plantearle retos o en animarla en toda la medida de sus
posibilidades, su capacidad de prosperar y crear disminuye considerablemente.
Cuanto más duras son las circunstancias, tanto más se siente exiliada en unos
desolados yermos en los que nada puede crecer.
El hecho de apartar su vida y su mente de la aplanada forma de pensar
colectiva y de desarrollar sus singulares talentos f re los logros más
importantes que una mujer puede alcanzar, pues semejantes actos impi-den que
tanto el alma como la psique se deslicen hacia la esclavitud. Una cultura que
promueve auténticamente el desarrollo individual jamás con-vertirá en esclavo a
ningún grupo o sexo.
Pero la niña del cuento acepta los resecos valores de la anciana.
en-tonces se convierte en una fiera que pasa del estado natural a la
cautivi-dad. Muy pronto será arrojada al yermo de los diabólicos zapatos rojos,
pero sin la ayuda de su innata intuición e incapaz por tanto de percibir los
peligros.
Si nos apartamos de nuestras vidas auténticas y apasionadas y su-bimos
al carruaje dorado de la reseca anciana, adoptamos de hecho la per-sona y las
ambiciones de la vieja y frágil perfeccionista. Después, como to-
das las criaturas cautivas, caemos en la tristeza que conduce a un
anhelo obsesivo, calificada a menudo en mi profesión como "la inquietud
sin nombre". A continuación, corremos el riesgo de apoderarnos de lo
primero que promete devolvernos la vida.
Es importante mantener los ojos abiertos y sopesar cuidadosamente los
ofrecimientos de una existencia más fácil y un camino sin dificultades, sobre
todo si, a cambio, se nos pide que arrojemos nuestra personal alegr-ía creativa
a una pira crematoria en lugar de encender nuestra propia hoguera.
Trampa 3: La quema del tesoro, el hambre del alma
Hay una quema que se acompaña de alegría y una quema que se acompaña de
aniquilización. Una es el fuego de la transformación y otra es sólo el fuego de
la pérdida. A nosotras nos interesa el fuego de la transfor-mación. Sin
embargo, muchas mujeres abandonan las zapatillas rojas y acceden a dejarse
limpiar demasiado, a ser demasiado amables y a doble-garse demasiado a la
manera en que ven el mundo los demás. Arrojamos nuestras alegres zapatillas
rojas al fuego destructor cuando digerimos va-lores, propagandas y filosofías
al por mayor, incluidas las de carácter psi-cológico. Las zapatillas rojas
arden hasta quedar convertidas en ceniza cuando pintamos, actuamos, escribimos,
hacemos o somos de cualquier manera que provoque una reducción de nuestras
vidas, un debilitamiento de nuestra visión y una fractura de nuestros huesos
espirituales.
Entonces la vida de la mujer queda envuelta en la palidez, pues tiene
hambre del alma. Lo único que ella quiere es recuperar su vida profunda. Lo
único que desea es recuperar aquellas zapatillas rojas hechas a mano. La
alegría salvaje que éstas simbolizan hubiera podido quemarse en el fue-go del
desuso, en el fuego de la devaluación del propio trabajo Hubiera po-dido
quemarse en las llamas del silencio que nosotras mismas nos impo-nemos.
Demasiadas mujeres hicieron una terrible promesa muchos años an-tes de
comprender que no hubieran tenido que hacerla. De jóvenes estu-vieron
hambrientas de estímulo y apoyo básico, se llenaron de tristeza y resignación,
abandonaron las plumas, cerraron sus palabras, apagaron sus cantos, enrollaron
sus obras artísticas y juraron no volver a tocarlas jamás. Una mujer en
semejante situación ha entrado inadvertidamente en el horno junto con su vida
hecha a mano. Y su vida se convierte en ceniza.
La vida de la mujer puede consumirse en el fuego del odio a su pro-pia
persona pues los complejos son capaces de morder con mucha fuerza y, por lo
menos durante algún tiempo, atemorizarla hasta el extremo de alejarla de la
tarea o de la vida que más le interesa. Se pueden dedicar muchos años a no ir,
no moverse, no aprender, no descubrir, no obtener, no tomar, no convertirse en
algo.
La visión que una mujer tiene de su propia vida también se puede
consumir en las llamas de los celos de otra persona o de la clara intención
destructiva de otra persona. La familia, los mentores, los maestros y
los amigos no tendrían que ser destructivos cuando sienten envidia, pero
al-gunos lo son sin la menor duda, tanto de manera sutil como de manera no tan
sutil. Ninguna mujer puede permitirse el lujo de dejar que su vida creativa
penda de un hilo mientras ella sirve a una relación amorosa, un familiar, un
maestro o un amigo antagónico.
Cuando la vida del alma personal arde hasta convertirse en cenizas, una
mujer pierde el tesoro vital y empieza a comportarse con tanta seque-dad como
la Muerte.
En su inconciente, el deseo de las zapatillas rojas, de la alegría
sal-vaje, no sólo se conserva sino que aumenta, se desborda y, al final, se
le-vanta tambaleándose y lo invade todo con hambrienta violencia.
Tener hambre del alma equivale a estar siempre desesperadamente
hambrientas. Entonces la mujer siente un hambre voraz por cualquier co-sa que
la haga sentir nuevamente viva. Una mujer que ha sido capturada no sabe lo que
tiene que hacer y acepta algo, cualquier cosa que parezca similar al tesoro
inicial, tanto si éste era bueno como si no. La mujer que siente hambre de la
auténtica vida del alma puede dar la impresión de es-tar "limpia y
peinada" por fuera, pero por dentro está llena de docenas de manos suplicantes
y de bocas vacías.
En semejante situación, aceptará cualquier tipo de comida sin
im-portarle su estado o su efecto, pues necesita compensar las pérdidas del
pasado. Y, sin embargo, por muy terrible que sea la situación, el Yo salvaje
intentará salvarnos una y otra vez. Susurra, murmura, llama y arrastra nuestros
esqueletos sin carne de acá para allá en nuestros sueños noctur-nos hasta
conseguir que seamos concientes de nuestra situación y demos los pasos
necesarios para recuperar el tesoro.
Podremos comprender mejor a la mujer que se entrega a los excesos -los
más frecuentes son las drogas, el alcohol y los amores perniciosos- y a la que
siente hambre del alma, observando el comportamiento del animal que se muere
desesperadamente de hambre. Al Igual que el alma famélica, el lobo siempre ha
sido considerado un animal cruel y voraz que se abate sobre los inocentes y los
incautos, matando por matar sin darse jamás por satisfecho. Como se ve, el lobo
tiene una malísima e injusta fama tanto en los cuentos de hadas como en la vida
real. Pero, de hecho, los lobos son unas abnegadas criaturas sociales. Toda la
manada está instintivamente organizada de tal manera que los lobos sanos sólo
matan aquello que ne-cesitan para sobrevivir. Esta pauta sólo se relaja o se
altera cuando algún lobo en particular o toda la manada sufre un trauma.
Hay dos ejemplos en los cuales un lobo mata en exceso. En ambos, el lobo
no se encuentra bien. Un lobo puede matar indiscriminadamente cuando ha
contraído la rabia o el moquillo. Un lobo también puede matar en exceso después
de un período de hambre. La idea de que el hambre puede alterar el
comportamiento de las criaturas es una metáfora muy significativa de la mujer
que se muere de hambre. Nueve veces de cada diez una mujer aquejada de algún
problema de tipo espiritual/psicológico
que la lleva a caer en las trampas y sufrir graves lesiones es una mujer
que se muere de hambre o que ha sufrido una intensa hambre del alma en el
pasado.
Entre los lobos el hambre se produce cuando nieva mucho y no es posible
obtener ninguna presa. Los venados y los caribúes actúan de máquinas
quitanieves; los lobos siguen su rastro a través de la nieve.
Cuando los venados se quedan aislados a causa de las intensas ne-vadas,
no hay huellas; entonces los lobos también se quedan aislados. Y se produce el
hambre. Para los lobos la época más peligrosa es el invierno. En el caso de la
mujer, el hambre puede producirse en cualquier momento y proceder de cualquier
lugar, incluida su propia cultura.
En el caso del lobo, el hambre suele terminar en primavera cuando se
inicia el deshielo. Después de un período de hambre la manada quizá se entregue
a un frenesí de matanzas. Sus miembros no se comerán buena parte de las piezas
que maten y tampoco la guardarán en un escondrijo. La dejarán donde está. Matan
mucho más de lo que comen y mucho más de lo que jamás puedan necesitar (3). Un
proceso muy parecido se produce cuando una mujer es capturada y se muere de
hambre. Cuando se ve re-pentinamente libre de ir, hacer o ser, corre el peligro
de entregarse tam-bién a una orgía de excesos... y se siente con derecho a
hacerlo. La niña del cuento de hadas también se siente con derecho a entrar en
posesión de los perjudiciales zapatos rojos a cualquier precio. El hambre hace
que el juicio se obnubile.
Por consiguiente, cuando el preciado tesoro de la vida del alma de una
mujer arde hasta convertirse en ceniza, en lugar de sentirse animada por la
ilusión, una mujer se siente dominada por la voracidad. Así, por ejemplo, sí a
una mujer no se le permite esculpir, es posible que de pronto se ponga a
esculpir día y noche, pierda el sueño, prive a su ¡nocente cuer-po del
alimento, ponga en peligro su salud y quién sabe cuántas cosas más. Es posible
que no pueda permanecer despierta un momento más; entonces recurre a las
drogas, pues cualquiera sabe cuánto tiempo podrá ser libre.
El hambre del alma alcanza también a los atributos del alma
creati-vidad, la conciencia sensorial y otras facultades instintivas. Si una
mujer tiene que ser una señora de esas que se sientan con las rodillas juntas,
ha sido educada para desmayarse en presencia del lenguaje soez y nunca se le ha
permitido beber otra cosa que no fuera leche pasteurizada, cuando de repente se
ve libre experimenta el impulso de desmandarse. De pronto no para de beber
gin-fizz, se repantiga en los asientos como un marinero borracho y su lenguaje
es capaz de arrancar la pintura de las paredes. Después de un período de
hambre, la mujer teme que la vuelvan a captu-rar algún día. Y entonces decide
aprovechar todo lo que puede (4).
Las matanzas excesivas o los comportamientos desmedidos son pro-pios de
las mujeres que tienen hambre de una vida que para ellas tenga sentido. Cuando
una mujer ha vivido prolongados períodos de tiempo sin sus ciclos y sin
satisfacer sus necesidades creativas, se desmanda en toda
una serie de cosas como el alcohol, las drogas, la cólera, la
espiritualidad, la opresión a los demás, la promiscuidad, los embarazos, el
estudio, la creación, el control, la educación, la disciplina, el fitness
corporal, la comi-da basura, por citar sólo algunos de los excesos más
habituales. Cuando las mujeres hacen estas cosas, significa que quieren
compensar la pérdida de los ciclos normales de la expresión del yo, de la
expresión del alma y de la satisfacción del alma.
La mujer que se muere de hambre sufre un período de hambruna tras otro.
A lo mejor, planea escapar, pero cree que el precio de la huida es demasiado
alto, que le costará demasiada libido y demasiada energía. Es posible que
tampoco esté bien preparada en otros sentidos, como, por ejemplo, los factores
educativos, económicos y espirituales. Por desgracia, la pérdida del tesoro y
el vivo recuerdo del hambre pasada puede inducir-nos a pensar que los excesos
son deseables. No cabe duda de que es un alivio y un placer poder disfrutar
finalmente de una sensación... de cual-quier clase de sensación.
Una mujer que acaba de librarse del hambre sólo quiere disfrutar de la
vida para variar. Pero, de hecho, sus adormecidas percepciones acerca de los
límites emocionales, racionales, físicos, espirituales y económicos necesarios
para la supervivencia la ponen en una situación de peligro. En algún lugar la
esperan unos resplandecientes y perjudiciales zapatos rojos. Y se adueñará de
ellos dondequiera que los encuentre. Eso es lo malo del hambre. Si algo le
parece capaz de saciar su anhelo, la mujer lo tomará sin discusión.
Trampa 4: La lesión del instinto de conservación,
la consecuencia de la captura
El instinto es algo muy difícil de definir, pues sus configuraciones son
invisibles y aunque intuyamos que éstas forman parte de la naturaleza humana
desde tiempos nadie sabe muy bien donde se alojan desde un punto de vista
neurológico o cómo influyen exactamente en nosotros. Des-de un punto de vista
psicológico Jung aventuró la hipótesis según la cual los instintos derivaban
del inconciente psicoide, de un estrato de la psique en el que la biología y el
espíritu se rozan. Tras una cuidadosa reflexión, yo he llegado a tener la misma
opinión e incluso me atrevo a decir que el ins-tinto creativo en particular es
el lenguaje lírico del Yo en la misma medida en que lo es la simbología de los
sueños.
Etimológicamente la palabra "instinto" deriva del verbo latino
instin-guere, que significa "instigar", "estimular" y
también del vocablo instinctus, que significa "impulso",
"instigación". La idea del instinto se puede valorar positivamente
como un algo interior que, mezclado con la premeditación y la conciencia, guía
a los seres humanos hacia una conducta integral. Una mujer nace con todos los
instintos intactos.
Aunque se podría decir que la niña del cuento se ha visto arrastrada a
un nuevo ambiente en el que se suaviza su aspereza y se eliminan las
dificultades de su vida, lo que ocurre en realidad es que cesa su
individua-ción y se detiene su impulso de desarrollo. Y, cuando la anciana, la
pre-sencia aniquiladora, considera que la obra del espíritu creativo es un
dese-cho y no una riqueza, la niña se refugia en el silencio y se entristece,
tal como suele ocurrir cuando el espíritu creativo se aleja de la vida del alma
natural. Peor todavía, el instinto de la niña de escapar de aquella apurada
situación queda totalmente anulado. En lugar de aspirar a una nueva vi-da, se
sienta en un charco psíquico de pegamento. El hecho de no huir cuando ello es
absolutamente necesario provoca depresión. Otra trampa.
Podemos llamar al alma lo que gustemos, nuestro matrimonio con lo
salvaje, nuestra esperanza para el futuro, nuestra desbordante energía, nuestra
pasión creativa, nuestra manera, lo que nosotras hacernos, el Amado, el novio
salvaje, la "pluma en el aliento de Dios" (5). Cualesquiera que sean
las palabras o las imágenes que utilicemos para designar este proceso de
nuestra vida, eso es lo que ha sido capturado. Por esta razón el espíritu
creativo de la psique se siente tan desvalido.
A través de diversos estudios de la fauna salvaje, se ha descubierto que
distintas especies de animales cautivos -por muy amorosamente que se hayan
construido los lugares que ocupan en los zoos y por mucho que los quieran sus
cuidadores humanos, tal como efectivamente ocurre- son a menudo incapaces de
procrear, sus apetitos de alimento y descanso se tuercen y sus conductas
vitales quedan reducidas al letargo, al malhumor o a una inoportuna
agresividad. Los zoólogos llaman a esta conducta de los animales cautivos
"depresión animal". Cada vez que se encierra una criatura en una
jaula, sus ciclos naturales del sueño, de la selección de la pareja, el celo,
el acicalamiento, el apareamiento, etc., se deterioran. Y, cuando se pierden
los ciclos naturales, se produce el vacío. El vacío no equivale a la plenitud,
tal como ocurre en el concepto budista del vacío sa-grado, sino que es más bien
algo así como estar dentro de una caja cerra-da sin ventanas.
Por consiguiente, cuando una mujer entra en la casa de la anciana
reseca, pierde la determinación y experimenta el efecto de unas emanacio-nes
nocivas, del tedio, de las simples depresiones y de unos repentinos es-tados de
ansiedad similares a los síntomas que registran los animales cuando la captura
y los traumas los han dejado aturdidos.
Una excesiva domesticación apaga los fuertes y fundamentales im-pulsos
del juego, de la relación, el enfrentamiento con las dificultades, el
vagabundeo, la comunicación, etc. Cuando una mujer accede a ser dema-siado
"bien educada", los instintos de estos impulsos se ocultan en su más
oscuro inconciente, lejos de su alcance automático. Se dice entonces que sus
instintos están heridos. Lo que tendría que producirse de una manera natural no
se produce en absoluto o sólo se produce después de demasia-dos tirones y
sacudidas, explicaciones racionales y luchas consigo misma.
Al definir el exceso de domesticación con el término de captura, no me
refiero a la socialización, es decir, al proceso mediante el cual se ense-ña a
los niños a comportarse de una manera más o menos civilizada. El
desarrollo social reviste una importancia decisiva. Sin él, una mujer no
podría abrirse camino en el mundo.
Pero un exceso de domesticación es como prohibir bailar a la esencia
vital. En el estado saludable que le es propio, el yo salvaje no es dócil ni
estúpido. Está alerta y reacciona en cualquier momento y ante cualquier
movimiento. No está encerrado en una sola pauta absoluta y repetida, válida
para todas las circunstancias. Tiene una opción creativa. La mujer cuyo
instinto está herido no tiene ninguna opción. Simplemente se queda atascada.
Hay muchas maneras de quedarse atascada. La mujer que tiene el instinto
herido suele delatarse porque le cuesta pedir ayuda o reconocer sus propias
necesidades. Sus instintos naturales de lucha o de huida están drásticamente
reducidos o se han extinguido. El reconocimiento de las sensaciones de
satisfacción, disgusto, recelo y cautela y el impulso de amar plena y
libremente están inhibidos o exagerados.
Como en el cuento, uno de los más insidiosos ataques al yo salvaje
consiste en inducir a la mujer a comportarse como es debido dándole a entender
que recibirá una (hipotética) recompensa. Aunque este método puede (subrayo el
"puede") inducir transitoriamente a una niña de dos años a ordenar su
habitación (y a no tocar sus juguetes hasta que no haya hecho la cama) (6),
jamás de los jamases dará resultado en la existencia de una mujer vital. A
pesar de que la coherencia, el cumplimiento de una ac-ción hasta el final y la
organización son esenciales para el desarrollo de la vida creativa, la
perentoria orden de la anciana de comportarse "con co-rrección"
destruye cualquier oportunidad de desarrollo.
La arteria central, el núcleo, el tronco cerebral de la vida creativa es
el juego, no la corrección. El impulso de jugar es un instinto. Si no hay
juego, no hay vida creativa. Si eres buena, no hay vida creativa, Si te
sien-tas quietecita, no hay vida creativa. Si sólo hablas, piensas y actúas con
discreción, habrá muy poco jugo creativo. Cualquier grupo, sociedad,
insti-tución u organización que anime a la mujer a denostar lo excéntrico; a
re-celar de lo nuevo e insólito; a evitar lo ardiente, lo vital, lo innovador;
a despersonalizar lo personal, está pidiendo una cultura de mujeres muer-tas.
Janis Joplin, la cantante de blues de los años sesenta, es un buen
ejemplo de mujer fiera cuyos instintos resultaron heridos por las fuerzas que
aplastaron su espíritu. Su vida creativa, su inocente curiosidad, su amor a la
vida y su actitud un tanto irreverente en relación con el mundo en los años de
su desarrollo fueron despiadadamente censurados por sus profesores y por muchas
de las personas que la rodeaban en la sureña comunidad baptista blanca de su
época, en la que tanto se ensalzaban las virtudes de la "buena
chica".
A pesar de que era una excelente estudiante y una pintora de
consi-derable talento, las demás chicas la sometieron a ostracismo por no
llevar maquillaje (7) y lo mismo hicieron sus vecinos por su afición a subir a
la cumbre de una rocosa colina de las afueras de la ciudad para cantar con
sus amigos y por su interés por la música de jazz. Cuando al final huyó
al mundo del blues, estaba tan muerta de hambre que ya no supo compren-der
cuándo tenía que detenerse. Sus límites eran muy inestables, es decir, carecía
de límites en cuestión de sexo, alcohol y drogas (8).
Hay algo en Bessie Smith, Anne Sexton, Edith Piaf, Marilyn Monroe y Judy
Garland que sigue la misma pauta de instinto herido que es propia del hambre
del alma: el intento de "encajar", su conversión en alcoholiza-das,
su incapacidad de detenerse (9). Podríamos elaborar una lista muy larga de
mujeres de talento con el instinto herido que, en el vulnerable es-tado en que
se encontraban, tomaron unas decisiones muy desacertadas. Como la niña del
cuento, todas ellas perdieron por el camino sus zapatillas hechas a mano y
llegaron hasta los perjudiciales zapatos rojos. Todas se morían de tristeza,
pues estaban hambrientas de alimento espiritual, de relatos del alma, de
naturales vagabundeos, de adornos personales de acuerdo col 'u' necesidades, de
aprendizaje divino y de una sana y sencilla sexualidad. Pero eligieron sin
querer los zapatos malditos -las creencias, las acciones, las ideas que
provocaron el progresivo deterioro de su vida- y éstos las convirtieron en unos
espectros entregados a una danza enloque-cida.
No puede subestimarse la posibilidad de que la lesión del instinto sea
la causa de la conducta de las mujeres cuando éstas se comportan como si
estuvieran locas, cuando se sienten dominadas por las obsesiones o se quedan
atascadas en unas pautas de conducta menos perjudiciales, pero no por ello
menos destructivas. La curación de los instintos heridos empieza con el
reconocimiento de que se ha producido una captura segui-da de un hambre del
alma y que se han alterado los límites de la perspica-cia y la protección. El
proceso que dio lugar a la captura de una mujer y a la consiguiente hambre del
alma se tiene que invertir. Pero, primero, mu-chas mujeres pasan por las
siguientes fases que se describen en el cuento.
Trampa 5: El subrepticio intento
de llevar una vida secreta, de estar dividida en dos
En esta parte del cuento la niña va a ser confirmada y la llevan al
zapatero para que le haga unos zapatos. El tema de la confirmación es un
añadido relativamente moderno. Desde un punto de vista arquetípico, es muy
probable que "Las zapatillas rojas" sea un fragmento repetidamente
retocado de un relato o un mito mucho más antiguo acerca del inicio de la
menarca y de una vida menos protegida por la madre; en el caso de una joven a
la que, en años anteriores, sus parientes de sexo femenino han en-señado a ser
conciente y a reaccionar ante el mundo exterior (10).
Se dice que en las culturas matriarcales de la antigua India, del
an-tiguo Egipto y de ciertas partes de Asia y de Turquía -que, según se cree,
han influido en nuestro concepto del alma femenina al difundirse en un
territorio de miles de kilómetros de extensión- la entrega de alheña y de otros
pigmentos rojos a las muchachas para que se pudieran teñir los pies
con ellos era la característica esencial de los ritos de iniciación
(11). Uno de los más importantes ritos de iniciación se refería a la primera
menstrua-ción. El rito celebraba el paso de la infancia a la Prodigiosa
capacidad de extraer la vida del propio vientre y de poseer el correspondiente
poder sexual y todos los poderes femeninos periféricos. La ceremonia se
centraba en la sangre roja en todas sus fases: la sangre uterina de la
menstruación, la del alumbramiento de un niño y la del aborto, todas ellas
fluyendo hacia los pies. como se puede ver, las zapatillas rojas iniciales
tenían muchos significados.
La referencia al día de los Inocentes también es un añadido poste-rior.
Guarda relación con una festividad cristiana que, en Europa, acabó eclipsando
las más arcaicas celebraciones del solsticio de invierno del an-tiguo mundo
pagano. Durante las más remotas celebraciones paganas, las mujeres llevaban a
cabo unos rituales de purificación del cuerpo femenino y del espíritu del alma
femenina como preparación de la nueva vida figura-tiva y literal de la
inminente primavera. Los ritos podían incluir lamenta-ciones colectivas por los
embarazos malogrados (12), incluidos la muerte de un niño o el aborto
espontáneo, los partos de fetos muertos, los abortos provocados y otros
importantes acontecimientos de la vida sexual y repro-ductiva femenina del año
anterior (13).
Ahora se produce en el cuento uno de los más reveladores episodios de la
represión psíquica. El voraz deseo de alma de la niña quiebra los lis-tones de
sus resecos comportamientos. En la tienda del zapatero se apode-ra
subrepticiamente de los extraños zapatos rojos sin que la anciana se dé cuenta.
Un hambre voraz de vida del alma ha aflorado a la superficie de la psique, y se
apodera de todo aquello que tiene a mano, pues sabe que muy pronto volverá a
ser reprimida.
Este explosivo "hurto" psicológico se produce cuando una mujer
em-puja considerables partes del yo hacia las sombras de la psique. Según la
visión de la psicología analítica, la represión tanto de los instintos,
impul-sos y sentimientos negativos como la de los positivos da lugar a que
éstos habiten en un reino de sombras. Mientras el ego y el superego intentan
seguir censurando los impulsos de la sombra, la misma presión generada por la
represión parece algo así como una burbuja en la pared lateral de un neumático.
Al final, cuando el neumático empieza a dar vueltas y se calienta, la presión
que hay detrás de la burbuja se intensifica y da lugar a que ésta estalle hacia
fuera, liberando todo su contenido interior.
La sombra actúa de una manera muy parecida. Por eso una persona avara
puede sorprender a todo el mundo donando de repente varios millo-nes de dólares
a un orfelinato. Por eso una persona normalmente dulce es capaz de sufrir un
arrebato y comportarse como una persona enloquecida. Descubrimos que, abriendo
un poco la puerta del reino de la sombra y de-jando escapar poco a poco algunos
elementos, estableciendo una relación con ellos, buscándoles un uso y
entablando negociaciones, podemos dis-minuir el riesgo de ser sorprendidas por
los ataques subrepticios y las in-esperadas explosiones de la sombra.
Aunque los valores varían de cultura a cultura y arrojan distintos
matices "negativos" y "positivos" sobre la sombra, los
típicos impulsos que se consideran negativos y que, por consiguiente y se
relegan al reino de la sombra son los que inducen a una persona a robar,
engañar, asesinar, ac-tuar con exageración y cosas por el estilo. Los aspectos
negativos de la sombra tienden a ser extrañamente excitantes a pesar de su
carácter en-trópico, por cuyo motivo arrebatan el equilibrio, la ecuanimidad y
la vida de los individuos, las relaciones y los grupos.
Pero la sombra también puede contener los divinos, deliciosos, bellos y
poderosos aspectos de la personalidad. Sobre todo en el caso de las mu-jeres,
la sombra contiene casi siempre unos aspectos muy hermosos del ser que la
cultura ha prohibido o a los que apenas presta apoyo. En el fon-do del pozo de
la psique de demasiadas mujeres se encuentra la creadora visionaria, la astuta
narradora de cuentos, la previsora, la que sabe hablar bien de sí misma sin
menosprecio, la que puede mirarse a la cara sin pes-tañear, la que se esfuerza
por mejorar su arte. Los impulsos positivos de la sombra en las mujeres de
nuestra cultura suelen girar a menudo en torno al permiso para crear una vida
hecha a mano.
Estos aspectos descartados, menospreciados e "inaceptables"
del alma y el yo no se limitan a permanecer ocultos en la oscuridad, sino que
más bien se dedican a conspirar con el fin de establecer cómo y cuándo entrarán
en acción para poder alcanzar la libertad. Borbotean en el incon-ciente,
hierven a fuego lento hasta que un día, por muy hermética que sea la tapa que
los cubre, estallan hacia fuera y hacía arriba en un desbordado torrente dotado
de voluntad propia.
Entonces es, tal como decimos en nuestras remotas regiones bosco-sas,
como intentar introducir de nuevo diez libras de barro en un saco de cinco
libras. Cuesta taponar lo que ha estallado en la sombra una vez que se ha
producido la detonación. Aunque hubiera sido mucho mejor haber encontrado un
medio integral de vivir concientemente la alegría que nace del espíritu
creativo en lugar de enterrarlo, a veces la mujer se ve empuja-da contra la
pared y éste es el resultado.
La vida de la sombra se produce cuando las escritoras, las pintoras, las
bailarinas, las madres, las buscadoras, las místicas, las estudiantes o las
viajeras dejan de escribir, pintar, bailar, hacer de madres, buscar,
es-cudriñar, aprender, hacer prácticas. Es posible que dejen de hacerlo por-que
aquello a lo que han dedicado tanto tiempo no ha dado el resultado que ellas
esperaban o no ha recibido la acogida que se merecía 0 por otras innumerables
razones. Cuando la que hace algo se detiene por el motivo que sea, la energía
que fluye naturalmente de ella le desvía hacia el mundo subterráneo, en el que
aflora dónde y cuándo Puede. Sabiendo que en ple-no día no puede emprender con
ímpetu cualquier cosa que desee, la mujer empieza a llevar una extraña doble vida,
fingiendo una cosa en las horas diurnas y actuando de otra Manera cuando tiene
ocasión.
Cuando la mujer trata de comprimir su vida en un pulcro y precioso
paquetito, lo único que consigue es empujar a presión toda su energía vital
hacia la sombra. "Estoy bien, muy bien", dice la mujer, La
miramos desde el otro lado de la estancia o reflejada en el espejo, Sabemos que
no está bien. Más adelante, un día nos enteramos de que se ha liado con un
intér-prete de flautín y se ha largado a Tippicanoe para convertirse en una
reina de salón de billar. Y nos preguntarnos qué ha ocurrido, pues sabemos que
ella aborrece a los intérpretes de flautín y siempre quiso vivir en la isla de
Orcas y no en Tippicanoe y jamás nos había comentado nada acerca de los salones
de billar.
Como la Hedda Gabler de la obra de Henrik lbsen, la mujer salvaje puede
simular vivir "una existencia corriente" mientras rechina los
dientes, pero siempre hay que pagar un precio. Hedda tiene una peligrosa y
apa-sionada vida secreta y juega con un ex amante y con la Muerte. Por fuera
finge estar encantada de tocarse con sombreritos y de escuchar los comen-tarios
de su reseco marido acerca de la aburrida vida que lleva. Una mujer puede ser
exteriormente educada e incluso cínica mientras se desangra por dentro.
O, como Janis Joplin, puede intentar adaptarse hasta que ya no puede
más, en cuyo caso su naturaleza creativa, corroída y asqueada por el hecho de
verse obligada a descender a la sombra, estalla violentamente para rebelarse
contra los dogmas de a "buena crianza", actuando con una imprudencia
que pone en peligro sus cualidades y su vida.
Se lo puede llamar como se quiera, pero el hecho de vivir una
exis-tencia secreta porque a la verdadera no se le da espacio suficiente para
prosperar es muy duro para la vitalidad de las mujeres. Las mujeres cap-turadas
y muertas de hambre roban toda suerte de cosas: roban libros y músicas
censurados, roban amistades, sensaciones sexuales, afiliaciones religiosas.
Roban pensamientos furtivos, sueños de revolución. Roban tiempo de sus parejas
y sus familias. Roban un tesoro y lo introducen su-brepticiamente en su casa.
Roban el tiempo de escribir, el tiempo de pen-sar y el tiempo del alma.
Introducen subrepticiamente un espíritu en la alcoba, un poema antes del
trabajo, roban un brinco o un abrazo cuando nadie mira.
Para apartarse de este camino polarizado, la mujer tiene que aban-donar
el fingimiento. Vivir una existencia falsificada del alma jamás da re-sultado.
Siempre estalla el neumático cuando una menos lo espera. En-tonces no hay más
que tristeza a nuestro alrededor. Vale más levantarse, permanecer de pie por
muy sencillo que sea el estrado, vivir al máximo y lo mejor que se pueda y
dejar de robar falsificaciones. Tenemos que buscar lo que es significativo y
saludable para nosotras.
En el cuento, la niña escamotea los zapatos ante la anciana con ma-la
vista para indicar que el reseco y perfeccionista sistema de valores care-ce de
capacidad para examinar las cosas con detenimiento y estar atento a lo que
ocurre a su alrededor. Es típico que la psique interior herida y tam-bién la
cultura no se percaten de la aflicción personal del yo. La niña hace una nueva
elección equivocada en una larga lista de equivocaciones.
Supongamos que el primer paso hacia la trampa, el hecho de subir al
carruaje dorado, lo diera por ignorancia. Supongamos que el hecho de abandonar
el fruto de su trabajo manual fuera una imprudencia típica de los que carecen
de experiencia en la vida. Pero ahora quiere los zapatos del escaparate del
zapatero y, curiosamente, este impulso hacia la nueva vida es justo y
apropiado, pues la niña se ha pasado demasiado tiempo en casa de la anciana,
por lo que sus instintos no dan la voz de alarma cuando hace esta mortal
elección. De hecho, el zapatero conspira con ella. Le gui-ña el ojo y sonríe
ante su desdichada elección. juntos toman subrepticia-mente los zapatos rojos.
Las mujeres engañan de esta manera. Se deshacen del tesoro cual-quiera
que éste sea, pero roban trastos aquí y allá siempre que pueden. ¿Están
escribiendo? Sí, pero en secreto, lo cual significa que no cuentan con ningún
apoyo e ignoran los efectos de lo que hacen. ¿La estudiante quiere vivir su
vida? Sí, pero en secreto, lo cual quiere decir que no tendrá ninguna ayuda ni
ninguna guía. ¿La actriz se arriesga a ofrecer una ac-tuación completamente
original, o presenta pálidas imitaciones que la con-vierten en un remedo en
lugar de ser un modelo? ¿Y qué decir de la ambi-ciosa mujer que finge no ser
ambiciosa, pero que se muere de ganas de conseguir logros para sí misma, para
los suyos para su mundo? Es una ardiente soñadora, pero se limita a seguir
afanosamente hacia delante en silencio. Es terrible no tener un confidente, una
guía, alguien que la anime un poquito.
Es muy difícil arrancar pequeños retazos de vida de esta manera, pero
muchas mujeres lo hacen a diario. Cuando una mujer se siente obli-gada a robar
subrepticiamente la vida, significa que está viviendo al límite de la
subsistencia. Roba la vida cuando los oye a ellos, quienesquiera que sean los
"ellos" de su vida. Actúa con aparente calma y desinterés, pero
dondequiera que haya una rendija de luz, su moribundo yo pega un salto, corre
hacia la más cercana forma de vida, se anima, suelta una coz hacia atrás, se
abalanza como una loca, baila como una tonta, se agota e intenta regresar a la
negra celda antes de que alguien se dé cuenta de que se ha ido.
Es lo que hacen las mujeres cuyos matrimonios son insatisfactorios. Es
lo que hacen las mujeres a quienes se obliga a sentirse inferiores. Lo hacen
también las mujeres que se avergüenzan, que temen el castigo, el ridículo o la
humillación, las que tienen el instinto herido. El robo es bue-no para la mujer
capturada sólo sí roba lo apropiado, sólo si eso la condu-ce a su liberación.
Esencialmente, el hecho de robar cosas buenas y satis-factorias y sustanciosos
pedazos de vida hace que el alma experimente con más vehemencia que nunca el
deseo de dejar de robar y de ser libre de lle-var la vida que ella estime
conveniente a la vista de todo el mundo.
Como se ve, hay algo en el alma salvaje que no nos permite subsistir
para siempre con retazos fragmentarios de vida, pues, en realidad es de todo
punto imposible que la mujer que aspira a la conciencia robe peque-ñas
bocanadas de aire puro y después se conforme sólo con eso. ¿Recuer-
das cuando eras niña y descubriste que no podías matarte conteniendo la
respiración? Por mucho que intentemos aspirar un mínimo de aire o nin-guno en
absoluto, un poderoso fuelle asume el mando, algo violento y exi-gente que, al
final, nos obliga a aspirar el aire a la mayor rapidez posible. Inhalamos con
ansia y nos llenamos los pulmones hasta que volvemos a respirar con normalidad.
Por suerte, en la psique/alma hay algo muy parecido. Se apodera de
nosotras y nos obliga a aspirar grandes bocanadas de aire puro. Sabemos que no
podemos subsistir robando sorbitos de vida. La fuerza salvaje del alma femenina
exige tener acceso a toda la vida. Podemos permanecer en estado de alerta y ver
las cosas que son adecuadas para nosotras. El zapa-tero del cuento prefigura al
viejo soldado que, más adelante en el cuento, hace cobrar vida a los zapatos
que obligan a la niña a bailar hasta enlo-quecer. Hay demasiadas coincidencias
entre este personaje y lo que sabe-mos acerca del antiguo simbolismo como para
pensar que se trata de un inocente espectador. El depredador natural del
interior de la psique (y también el de la cultura) es una fuerza que cambia de
forma y puede dis-frazarse de la misma manera que las trampas, las jaulas y los
cebos enve-nenados se disfrazan para poder atraer a las incautas. Recordemos
que el zapatero engaña a la anciana como quien gasta una broma.
No, lo más probable es que esté en connivencia con el viejo soldado, el
cual es, naturalmente, una representación del demonio disfrazado (14) . Antaño
el demonio, el soldado, el zapatero, el jorobado y otras figuras se utilizaban
para simbolizar las fuerzas negativas tanto en la naturaleza te-rrestre como en
la naturaleza humana (15).
Aunque podríamos sentirnos justamente orgullosas de que el alma fuera lo
bastante valiente para atreverse a robar subrepticiamente algo en semejantes
condiciones de sequía, está claro que esta circunstancia por sí sola no puede
ser la única. Una psicología integral tiene que incluir no sólo el cuerpo, la
mente y el espíritu sino también la cultura y el ambiente. Ba-jo esta luz
debemos preguntarnos en cada nivel cómo es posible que una mujer individual
comprenda que tiene que rebajarse, retroceder, arrastrar-se por el suelo y,
suplicar una vida que es suya de entrada. ¿Qué es lo que, en cualquier cultura,
exige tal cosa? El examen de las presiones crea-das por las distintas capas de
los mundos interior y exterior evitará que una mujer crea que el hecho de apoderarse
subrepticiamente de los zapa-tos del demonio es de alguna manera una elección
constructiva.
Trampa 6.- El temor ante lo colectivo, la rebelión de la sombra
La niña se apodera subrepticiamente de los zapatos rojos, se va a la
iglesia haciendo caso omiso del revuelo que se arma a su alrededor y es
denostada por la comunidad. Los habitantes de la aldea "hablan" de
ella. La castigan. Le arrebatan los zapatos. Pero ya es demasiado tarde, está
atrapada. Aún no se trata de una obsesión sino más bien de que la comu-
nidad provoca y fortalece su hambre interior exigiéndole capitular ante
su estrechez de miras.
Se puede intentar llevar una vida secreta, pero más tarde o más temprano
el super-ego, un complejo negativo y/o la propia cultura se nos echarán encima.
Es difícil esconder algo que los demás no aprueban y que nosotras deseamos con
ansia. Es difícil esconder los placeres robados aunque no nos proporcionen
alimento.
Lo propio de los complejos y de las culturas negativas es echarse
en-cima de todo lo que se aparta de la conducta aceptable establecida por la
sociedad y revela los impulsos divergentes del individuo.
De la misma manera que algunas personas se ponen furiosas cuan-do ven
una simple hoja en el suelo, el juicio negativo saca su sierra para amputar
cualquier miembro que no se adapte a la norma.
A veces la colectividad ejerce presión sobre una mujer para que sea una
"santa", para que sea instruida y políticamente correcta, para que lo
tenga todo "bien junto y ordenado" de tal manera que cada uno de sus
es-fuerzos sea una obra perfecta. Si nos acobardamos ante la colectividad y nos
sometemos a las presiones que ésta ejerce para que nos adaptemos estúpidamente
a sus normas, nos salvaremos del exilio, pero, al mismo tiempo, pondremos
traidoramente en peligro nuestras vidas salvajes.
Algunos piensan que ya pasó la época en que se maldecía a la mujer
salvaje y, cuando ésta se comportaba de acuerdo con el yo natural de su alma,
se la calificaba de "equivocada" y de "mala". Pero no es
así. Lo que ha cambiado son los tipos de conducta que se consideran
`incontrolados" en el caso de las mujeres. Por ejemplo, hoy en día en
distintos lugares del mundo, si una mujer adopta una postura política, social,
espiritual, fami-liar o medioambiental, si se atreve a decir que el rey va
desnudo o si habla en nombre de los que sufren o los que no tienen voz, con
demasiada fre-cuencia se examinan sus motivos para averiguar si se ha
"desmadrado", es decir, si se ha vuelto loca.
El destino final de una niña salvaje nacida en el seno de una comu-nidad
rígida es la ignominia de verse esquivada por los demás. Los que la esquivan
tratan a la víctima como si no existiera. Le niegan el interés espi-ritual, el
amor y otras necesidades psíquicas. El propósito de todo ello es obligarla a
adaptarse a las normas so pena de matarla espiritualmente y/o expulsarla de la
aldea para que languidezca hasta morir en el desierto.
Si se esquiva a una mujer, ello se debe casi siempre a que ha hecho o
está apunto de hacer algo de carácter salvaje, las más de las veces algo tan
sencillo como expresar una opinión ligeramente distinta o vestirse con un color
considerado impropio, es decir, se debe tanto a cosas muy peque-ñas como a
cosas grandes. Hay que recordar que una mujer oprimida no es que se niegue a
encajar sino que no puede encajar sin morir al mismo tiempo. Está en juego su
integridad espiritual, por lo cual tratará de libe-rarse por todos los medios a
su alcance por muy peligrosos que éstos sean.
Veamos un ejemplo reciente. Según la CNN, al principio de la Guerra del
Golfo las mujeres musulmanas de la Arabia Saudí, a las que estaba
vedado conducir vehículos por motivos religiosos, subieron a los
automóvi-les y se pusieron al volante. Después de la guerra, las mujeres fueron
lle-vadas ante unos tribunales que condenaron su conducta y, finalmente,
después de muchos interrogatorios y reproches, fueron entregadas a la custodia
de sus padres, hermanos o maridos, quienes tuvieron que prome-ter mantenerlas
en cintura en el futuro.
Éste es un ejemplo de la huella de vida y prosperidad que deja una mujer
en un mundo enloquecido que la tacha de escandalosa, insensata e incontrolada.
A diferencia de la niña del cuento que se deja dominar por el reseco mundo que
la rodea, a veces la única alternativa que le queda a una mujer si no quiere
acobardarse ante una comunidad apergaminada consiste en llevar a cabo un acto
de valentía. Este acto no tiene por qué ser necesariamente un terremoto.
Valentía significa seguir los impulsos del corazón. Hay millones de mujeres que
cada día llevan a cabo actos de gran valentía. No se trata sólo del acto
individual que transforma una reseca comunidad sino de la repetición de los
actos. Tal como me dijo una vez una)oven monja budista "Las 90 tas de agua
traspasan la piedra".
Además, hay en casi todas las comunidades un aspecto oculto que fomenta
la opresión de las vidas salvajes, espirituales y creativas de muje-res. Dicha
opresión consiste en animar a las mujeres a "delatarse" mu-tuamente y
a someter a sus hermanas (o hermanos) a unas restricciones que no reflejan la
capacidad de relación presente en los valores familiares de la naturaleza
femenina. La presión de la sociedad obliga no sólo a que una mujer delate a
otra y la exponga por tanto a un castigo por compor-tarse de una manera
femenina integral, por horrorizarse o manifestar su disconformidad ante las
injusticias, sino también a que las mujeres de más edad colaboren en la
opresión física, mental y espiritual de las más jóvenes, las menos poderosas o
las más desvalidas, y a que las más jóve-nes se nieguen a atender las
necesidades de las que son Mucho mayores que ellas.
Cuando una mujer se niega a apoyar a una comunidad reseca, se niega a
abandonar sus pensamientos salvajes y actúa de acuerdo con ellos. El cuento de
"Las zapatillas rojas" nos enseña esencialmente que te-nemos que
proteger debidamente la psique salvaje, valorándola inequívo-camente nosotras
mismas, hablando en su nombre, negándonos a some-ternos a la enfermedad
psíquica. También nos enseña que lo salvaje, por su belleza y energía, siempre
es visto por alguien, por algún grupo o co-munidad, como un trofeo o como algo
que se tiene que reducir, modificar, ser sometido a normas, asesinado,
rediseñado o controlado. Lo salvaje siempre necesita un vigilante en la puerta
so pena de que no se utilice co-mo es debido.
Cuando una comunidad es hostil a la vida natural de una mujer, en lugar
de aceptar las etiquetas peyorativas o irrespetuosas que se le aplican la mujer
puede y debe -como el patito feo- resistir y aguantar buscando el lugar que le
corresponde y, a ser posible, vivir más y superar la prosperi-dad y la
creatividad de aquellos que la habían denigrado.
El problema de la niña de las zapatillas rojas consiste en que, en
lu-gar de adquirir fuerza para la lucha, se pierde en bobadas, seducida por el
romanticismo de aquellos zapatos rojos. Lo importante de la rebelión es que la
forma que asuma sea eficaz. La atracción que ejercen en la niña los zapatos
rojos le impide, en realidad, protagonizar una rebelión significati-va, capaz
de promover un cambio, de transmitir un mensaje y provocar un despertar.
Ojalá pudiera decir que hoy en día las trampas para mujeres ya no
existen o que las mujeres son tan listas que ven las trampas desde lejos. Pero
no es así. El depredador está todavía presente en la cultura y sigue tratando
de socavar y destruir toda conciencia y todos los intentos de al-canzar la
plenitud. El dicho según el cual las libertades tienen que recon-quistarse cada
veinte años encierra una gran verdad. A veces, parece que hay que conquistarlas
cada cinco minutos.
Sin embargo, la naturaleza salvaje nos enseña que tenemos que
en-frentarnos a los desafíos a medida que se van produciendo. Cuando los lobos
son acosados no dicen "¡Oh, no! ¡Ya estamos otra vez!". Saltan,
brin-can, corren, se lanzan, se echan a la garganta, hacen lo que tienen que
hacer. Por consiguiente, no debemos escandalizarnos por el hecho de que se
produzca una entropía y un deterioro y de que haya que pasar por mo-mentos
difíciles. Las cuestiones que tienden una trampa a la alegría de las mujeres
siempre cambiarán de forma y de aspecto, pero, en nuestra natu-raleza esencial,
encontraremos toda la fuerza y la libido necesarias para llevar a cabo los
actos imprescindibles del corazón.
Trampa 7: La simulación, el intento de ser buena,
la normalización de lo anormal
A medida que se desarrolla el cuento, la niña es castigada por el hecho
de ir a la iglesia calzada con zapatos rojos. Contempla los zapa,_ tos rojos
del estante, pero no los toca. Hasta ahora ha intentado prescindir de la vida
del alma, pero no le ha dado resultado. Después ha intentado llevar una doble
vida, pero tampoco ha podido. Ahora, como último recurso, "procura ser
buena".
El problema del "ser buena" al máximo consiste en que no
resuelve la cuestión subyacente de la sombra, por cuyo motivo surgirá de nuevo
como un tsunami, una ola gigante, o un torrente desbordado, destruyendo todo lo
que encuentre a su paso. Cuando "es buena", la mujer cierra los ojos
a todo lo que, a su alrededor, es inflexible, deformado o perjudicial y se
limita a "ir aguantando". Sus intentos de aceptar este estado anormal
dañan ulteriormente sus instintos de reaccionar, señalar, cambiar y pro-ducir
un impacto en lo que no está bien, lo que no es justo.
Anne Sexton escribió un poema acerca de "Las zapatillas rojas"
titu-lado precisamente "Las zapatillas rojas":
Estoy en el centro
de una ciudad muerta
y me anudo las zapatillas rojas...
No son mías.
Son de mi madre.
Y de su madre.
Transmitidas como una herencia,
pero escondidas como cartas vergonzosas.
La casa y la calle que les corresponden
están escondidas y todas las mujeres también
están escondidas...
El hecho de ser buena, ordenada y obediente en presencia del peligro
interior o exterior o con el fin de ocultar una grave situación de la psique o
de la vida real priva a una mujer de su alma. La aísla de su sabiduría y de su
capacidad de actuar. Como la niña del cuento que no protesta dema-siado, que
intenta disimular su hambre y aparentar que no arde nada en su interior, las
mujeres modernas padecen el mismo trastorno consistente en normalizar lo
anormal. Se trata de un trastorno que está a la orden del día en muchas
culturas. El hecho de normalizar lo anormal hace que el espíritu, que en
condiciones normales se apresuraría a corregir la situa-ción, se hunda en el
tedio, la complacencia y, en último extremo, en la ce-guera, tal como le ocurre
a la anciana.
Se ha llevado a cabo un importante estudio que explica los efectos de la
pérdida del instinto de protección en las mujeres. A principios de los años
sesenta, unos científicos (16) llevaron a cabo unos experimentos con animales
para averiguar algo acerca del "instinto de fuga" de los seres
humanos. En uno de los experimentos conectaron unos cables eléctricos a una
mitad del fondo de una jaula de grandes dimensiones de tal manera que un perro
introducido en la jaula recibía una descarga cada vez que pisaba el lado
derecho de la jaula. El perro aprendió rápidamente a per-manecer en el lado
izquierdo de la jaula.
Después se conectaron unos cables eléctricos al lado izquierdo de la
jaula y se desconectó el lado derecho. A continuación se conectaron cables a
todo el suelo de la jaula para que se produjeran descargas al azar de tal forma
que, dondequiera que se tendiera o permaneciera de pie, el perro pudiera
recibir una descarga.
En un primer tiempo, el perro se mostró confuso y, en un segundo, se
aterrorizó. Finalmente, el perro se "dio por vencido" y se tendió,
reci-biendo las descargas tal como venían sin tratar de escapar ni de
esquivar-las.
Pero el experimento aún no había terminado. Después se abrió la puerta
de la jaula. Los científicos esperaban que el perro saliera corriendo, pero
éste no lo hizo. A pesar de que habría podido abandonar la jaula a voluntad, el
aterrorizado perro permaneció tendido. De lo cual los científi-cos dedujeron
que, cuando una criatura se expone a la violencia, tiende a adaptarse a esta
perturbación de tal forma que, cuando cesa la violencia o
se le concede la libertad, el saludable instinto de huir queda
notablemente mermado y, en su lugar, la criatura se queda quieta (17).
Esta normalización de la violencia en la naturaleza salvaje de las
mujeres y eso que los científicos han denominado posteriormente el
"des-valimiento aprendido" son lo que induce a las mujeres no sólo a
permane-cer al lado de sus parejas borrachas, sus patronos explotadores y los
gru-pos que las hostigan y se aprovechan de ellas sino también a sentirse
in-capaces de reaccionar para defender las cosas en las que creen con todo su
corazón: su arte, sus amores, sus estilos de vida y su política.
La normalización de lo anormal incluso en el caso de que no quepa la
menor duda de que ello va en detrimento de la propia persona se aplica a todas
las palizas que se propinan a las naturalezas físicas. emocionales, creativas,
espirituales e instintivas. Las mujeres se enfrentan con esta cuestión cada vez
que los demás las aturden para obligarlas a hacer otra cosa que no sea defender
la vida de su alma contra las proyecciones inva-soras de carácter físico,
cultural o de otro tipo.
Nuestra psique se acostumbra a las descargas dirigidas contra nues-tra
naturaleza salvaje. Nos adaptamos a la violencia contra la sabia natu-raleza de
la psique. Procuramos ser buenas normalizando lo anormal y, como consecuencia
de ello, perdemos nuestra capacidad de huir. Perder-nos la capacidad de
defender los elementos del alma y de la vida que a nuestro juicio son más
valiosos. Cuando nos obsesionan los zapatos rojos, perdemos por el camino toda
suerte de importantes cuestiones personales, culturales y ambientales.
Perdemos tantas cosas significativas cuando abandonamos la vida hecha a
mano que necesariamente tienen que producirse toda suerte de lesiones en la
psique, la naturaleza, la cultura, la familia, etc. El daño a la naturaleza es
concomitante con el aturdimiento de la psique de los seres humanos. Ambos van
-y deben considerarse unidos. cuando un grupo co-menta lo mucho que se equivoca
lo salvaje y el otro grupo replica que lo salvaje ha sufrido un agravio, hay
algo que falla drásticamente. En la psi-que instintiva, la Mujer Salvaje
contempla el bosque y ve en él un hogar para sí misma y para todos los seres
humanos. Pero otros, al contemplar el mismo bosque quizá lo vean como un
terreno sin árboles e imaginen sus bolsillos llenos a rebosar de dinero. Se
trata de graves fracturas en la ca-pacidad de vivir y dejar vivir de manera que
todos podamos vivir.
Cuando yo era niña en los años cincuenta, en los primeros días de las
agresiones industriales contra la tierra, una barcaza de petróleo Se hundió en
la cuenca de Chicago del lago Michigan. Tras pasarse un día en la playa, las
madres restregaban a sus hijos con el mismo entusiasmo con que solían limpiar
los suelos de parquet de sus casas, pues los niños esta-ban enteramente
manchados de gotitas de petróleo. El hundimiento de la barcaza había provocado
un vertido de petróleo que se desplazaba forman-do grandes sábanas que parecían
unas islas flotantes tan anchas y largas como manzanas de casas. Cuando
chocaban contra los embarcaderos, se rompían en fragmentos que se hundían en la
arena y se deslizaban hacia
la orilla bajo las olas. Durante muchos años la gente no pudo nadar sin
cubrirse de una capa de porquería de color negro. Los niños que constru-ían
castillos de arena recogían de repente un puñado de gomoso petróleo. Los
enamorados ya no podían rodar sobre la arena. Los perros, los pája-ros, la vida
acuática y la gente, todo el mundo sufría.
Recuerdo haber experimentado la sensación de que mi catedral hab-ía sido
bombardeada.
La lesión del instinto, la normalización de lo anormal fue la causa de
que las madres limpiaran de la mejor manera posible las manchas de aquel
vertido de petróleo y, más tarde, los efectos de los ulteriores pecados de las
fábricas, de las refinerías y de las fundiciones sobre sus hijos, sus coladas y
el interior de sus seres queridos. A pesar de lo confusas y pre-ocupadas que
estaban, habían olvidado su justa cólera. Aunque no todas, la mayoría de ellas
se había acostumbrado a no intervenir en los aconte-cimientos desagradables. El
hecho de romper el silencio, huir de la jaula, señalar los errores y exigir un
cambio era severamente castigado.
Sabemos por otros acontecimientos parecidos que se han producido a lo
largo de nuestra vida que, cuando las mujeres no hablan, cuando no hablan
suficientes personas, la voz de la Mujer Salvaje enmudece y, por consiguiente,
en el mundo enmudece también lo natural y lo salvaje. Y, al final, enmudecen el
lobo, el oso y los depredadores. Enmudecen los can-tos, los bailes y las
creaciones. Enmudecen el amor, las reparaciones y los abrazos. Privados del
aire puro, el agua y las voces de la conciencia.
Pero en aquellos tiempos, y todavía con demasiada frecuencia hoy en día,
a pesar de que las mujeres experimentaban una profunda nostalgia de la libertad
salvaje, por fuera seguían fregando la porcelana con lejía, utili-zando
limpiahogares cáusticos, quedándose, tal como decía Sylvia Plath, "atadas
a sus lavadoras Bendix". Allí lavaban y enjuagaban sus ropas en agua
demasiado caliente para la piel humana y soñaban con un mundo distinto (19).
Cuando los instintos resultan heridos, los seres humanos "normalizan"
repetidamente las agresiones, los actos de injusticia y de des-trucción que se
cometen contra ellos, sus hijos, sus seres queridos, su tie-rra e incluso sus
dioses. Esta normalización de lo vergonzoso y lo ofensivo se rechaza
restableciendo el Instinto herido. Cuando el instinto se resta-blece, regresa
la naturaleza integral salvaje. En lugar de bailar en el bos-que con los
zapatos rojos hasta que la vida se convierte en una tortura ab-surda, podemos
regresar a la vida hecha a mano, a la vida enteramente significativa, hacernos
nuevamente las zapatillas, dar nuestros paseos y conversar en la forma que nos
es propia.
Aunque no cabe duda de que se aprenden muchas cosas, disolvien-do las
propias proyecciones (eres cruel, me haces daño) y contemplando hasta qué
extremo nosotras somos crueles y nos hacemos daño, la investi-gación no tiene
en modo alguno que acabar aquí.
La trampa que hay en el interior de la trampa es pensar que todo se
arregla disolviendo la proyección y buscando la conciencia que tenemos dentro.
Eso es cierto algunas veces y otras no. En lugar de perder el tiem-
po con el paradigma de "o eso/o lo otro" -aquí afuera ocurre
algo o nos ocurre algo a nosotros-, es más útil emplear un modelo de
"y/y". Este mo-delo tiene en cuenta la cuestión interior y la
cuestión exterior, permite una investigación más exhaustiva, es mucho más
curativo en todas direcciones y presta su apoyo a las mujeres para que pongan
en tela de juicio el statu quo con más confianza, para que no se miren
únicamente a sí mismas si-no que miren también el mundo que accidental, inconciente
o maliciosa-mente ejerce presión sobre ellas. El paradigma del "y/y"
no debe utilizarse como modelo de reproche al propio yo o a los demás, sino más
bien como un medio de sopesar y juzgar el sentido de la responsabilidad tanto
inter-ior como exterior y lo que se tiene que cambiar, pedir o sombrear.
Detiene la fragmentación cuando una mujer trata de reparar todo lo que tiene a
su alcance sin menospreciar sus propias necesidades ni apartarse del mundo.
Muchas mujeres consiguen en cierto modo resistir en estado de
cau-tividad, pero viven media vida o un cuarto de vida o una milésima parte de
vida. Lo consiguen, pero a costa de vivir amargadas hasta el fin de sus días.
Es posible que se desesperen y, como un niño que se ha pasado el rato llorando
desconsoladamente sin que nadie acuda a consolarlo, pue-den hundirse en el
silencio y en una desesperanza mortal. Después sobre-viene el cansancio y la
desesperación. La jaula está cerrada.
Trampa 8: La danza descontrolada, la obsesión y la adicción
La anciana ha cometido tres errores de juicio. A pesar de que, en la
situación ideal, tendría que ser la guardiana y la guía de la psique, está
demasiado ciega para ver la verdadera naturaleza de los zapatos que ella misma
ha comprado. No puede ver la emoción de la niña ni la personali-dad del hombre
de la barba pelirroja que acecha en la proximidad de la iglesia.
El viejo de la barba pelirroja dio unos golpecitos a las suelas de los
zapatos de la niña y aquella vibración puso en movimiento los pies de la niña y
ahora ésta baila, baila con entusiasmo, pero lo malo es que no pue-de
detenerse. Tanto la anciana, que debería actuar como guardiana de la psique,
como la niña, que tendría que expresar la alegría de la psique, están separadas
del instinto y del sentido común.
La niña lo ha probado todo: adaptarse a la anciana, no adaptarse, robar
subrepticiamente, "ser buena", perder el control y alejarse bailando,
recuperar la compostura e intentar volver a ser buena. Aquí su intensa hambre
de alma y de significado la obliga una vez más a tomar los zapatos rojos,
ajustarse la hebilla e iniciar su última danza, una danza hacia el vacío de la
inconciencia.
Ha normalizado una vida cruel y reseca, despertando en su sombra un
anhelo todavía más grande por los zapatos de la locura. El hombre de la barba
pelirroja ha despertado algo, pero no es la niña sino los zapatos del tormento.
La niña empieza a girar y va perdiendo su vida de una mane-ra que, como las
adicciones, no le produce riqueza, esperanza o felicidad
sino traumas, temor y agotamiento. No hay descanso para ella. Cuando
penetra dando vueltas en el cementerio, un temible espíritu no le permite
entrar y pronuncia una maldición contra ella: "Bailarás con tus zapatos
rojos hasta que te conviertas en un espectro, en un fantasma, hasta que la piel
te cuelgue de los huesos, hasta que no quede nada de ti más que unas entrañas
que danzan. Bailarás de puerta en puerta por todas las aldeas y llamarás tres
veces a todas las puertas y cuando la gente se asome para ver quién es, te
verán y temerán que les ocurra lo mismo que a ti. Bailad, zapatos rojos, seguid
bailando." El temible espíritu la encierra de esta ma-nera en una obsesión
tan fuerte como su adicción.
La vida de muchas mujeres creativas ha seguido esta pauta. En su
adolescencia, Janis Joplin intentó adaptarse a las costumbres de su pe-queña
localidad. Después se rebeló un poquito, subió a las colinas por la noche y
cantó en ellas en compañía de "gentes del mundillo artístico". Cuando
la escuela llamó a sus padres para informarles de la conducta de su hija, la
joven inició una doble vida, comportándose por fuera con dis-creción mientras
cruzaba de noche la frontera del estado para ir a escu-char música de jazz. Fue
a la universidad, enfermó gravemente a causa de su adicción a distintas
sustancias, se "reformó" y trató de comportarse con normalidad. Poco
a poco se hundió de nuevo en la bebida, fundó un pe-queño conjunto musical,
consumió distintos tipos de droga y se puso los zapatos rojos en serio. Bailó y
bailó hasta morir de sobredosis a la edad de veintisiete años.
No fue su música ni sus canciones ni el desbordamiento de su vida
creativa lo que la mató. Fue su falta de instinto para identificar las
tram-pas, para darse cuenta de que ya era suficiente, para crear unos límites
alrededor de su propia salud y su bienestar, para comprender que los ex-cesos
quiebran primero unos pequeños huesos psíquicos y después otros más grandes
hasta que, al final, todos los apuntalamientos de la psique se derrumban y una
persona deja de ser una poderosa fuerza y se convierte en un charco.
Sólo necesitaba una sabia voz interior que la animara a resistir, un
retazo de instinto que la indujera a aguantar hasta que pudiera iniciar la
laboriosa tarea de reconstruir el sentido y el instinto interior. Hay una voz
salvaje que vive en el interior de todas nosotras y que nos susurra:
"Resis-te el tiempo suficiente... resiste el tiempo suficiente para que
renazca tu esperanza y abandones la frialdad y las medias verdades defensivas,
para que te arrastres, cinceles y te abras camino a golpes; resiste lo
suficiente para ver lo que te conviene, para recuperar la fuerza, para intentar
algo que dé resultado, resiste lo bastante para alcanzar la línea de meta, no
importa el tiempo que tardes ni la forma en que lo hagas... "
La adicción
No es la alegría de la vida la que mata el espíritu de la niña de
"Las zapatillas rojas", sino su ausencia. Cuando una mujer no es
conciente del
hambre que padece y de las consecuencias de utilizar vehículos y
sustan-cias que llevan a la muerte, se pone a bailar y ya no se detiene. Tanto
si se trata de cosas tales como pensamientos negativos crónicos, relaciones
in-satisfactorias, situaciones ofensivas, drogas o alcohol, todas ellas pueden
ser como las zapatillas rojas, de las que cuesta mucho arrancar a una per-sona
una vez se han apoderado de ella.
En esta adicción compensatoria a los excesos, la reseca anciana de la
psique desempeña un destacado papel. Para empezar, estaba ciega. Luego se pone
enferma. Permanece inmóvil y deja un vacío total en la psi-que. Al final, se
muere del todo y no deja ningún territorio a salvo en la psique. Ya no hay
nadie que haga entrar en razón a la psique entregada a los excesos. Y la niña
baila. Al principio, pone los ojos en blanco extasiada, pero más tarde, cuando
los zapatos la obligan a bailar hasta el agotamien-to, pone los ojos en blanco
horrorizada. En el interior de la psique salvaje se encuentran los más fuertes
instintos de conservación. Pero, a menos que ejerza con regularidad sus
libertades interiores y exteriores, la sumi-sión, la pasividad y el tiempo transcurrido
en cautividad embotarán sus facultades innatas de visión, percepción,
confianza, etc., justo las que ne-cesita para poder valerse por sí misma.
La naturaleza instintiva nos dice cuándo es suficiente. Es una
natu-raleza sabia que protege la vida. Una mujer no puede compensar toda una
vida de traiciones y heridas por medio de excesos de placer, de cólera o de
negativas. La anciana de la psique tendría que indicar el momento, tendría que
decir cuándo. En el cuento, la anciana está perdida, destrozada.
A veces, es difícil darnos cuenta de cuándo perdemos nuestros
ins-tintos, pues se trata a menudo de un proceso insidioso que no se produce en
un día sino a lo largo de un prolongado período de tiempo. Además, el
adormecimiento del instinto es respaldado con frecuencia por toda la cul-tura
circundante y, a veces, incluso por otras mujeres que aceptan su pérdida con
tal de integrarse en una cultura que no conserva ningún hábi-tat nutritivo para
la mujer natural (20).
La adicción empieza cuando una mujer pierde su significativa vida hecha
a mano y se obsesiona por recuperar de la manera que sea algo que se le
parezca. En el cuento, la niña intenta una y otra vez recuperar los diabólicos
zapatos rojos, a pesar de la progresiva pérdida de control que éstos le
ocasionan, ha perdido su capacidad de discernimiento, su capaci-dad de
comprender cuál es, en realidad, la naturaleza de las cosas. Como consecuencia
de su vitalidad inicial, está dispuesta a aceptar un sucedá-neo mortal. En
psicología analítica diríamos que ha traicionado el yo.
La adicción y la condición de fiera están relacionadas entre sí. Casi
todas las mujeres han sido capturadas por lo menos durante algún tiempo y
algunas durante períodos muy prolongados. Algunas sólo han sido libres in
utero. Y, durante su cautiverio, todas pierden cantidades variables de
instinto. Algunas pierden el instinto que percibe quién es una buena per-sona y
quién no y, como consecuencia de ello, suelen extraviarse. Otras ven mermada su
capacidad de reaccionar ante las injusticias y se convier-
ten en involuntarias mártires dispuestas a tomar represalias. Otras
sufren un debilitamiento del instinto de huida o de lucha y se convierten en
víctimas. La lista es interminable. En cambio, la mujer que conserva su mente
salvaje rechaza los convencionalismos cuando no son nutritivos ni sensatos.
El abuso de sustancias tóxicas constituye una auténtica trampa. Las
drogas y el alcohol se parecen mucho a un amante que al principio trata bien a
la mujer y a continuación la pega, se disculpa, la trata bien durante algún
tiempo y después la vuelve a pegar. La trampa reside en el hecho de intentar
quedarse por lo que la situación tiene de bueno, Procurando pa-sar por alto lo
malo. Es un error que jamás da buen resultado.
Joplin empezó a cumplir también los deseos salvajes de los demás. Empezó
a mostrar la clase de presencia arquetípica que los demás no se atrevían a
mostrar. La gente aplaudía su rebeldía como si ella pudiera libe-rar a los
demás de su situación, convirtiéndose en salvaje en su nombre.
Janis hizo otro intento de adaptarse a las normas antes de iniciar el
descenso al abismo de la posesión. Se unió al grupo de otras poderosas pero
lastimadas mujeres que actuaban como chamanes ambulantes para las masas. Ellas
también se agotaron y cayeron del cielo. Frances Farmer, Billie Holiday, Anne
Sexton, Sylvia Plath, Sara Teasdale, Judy Garland, Bessie Smith, Edith Piaf y
Frida Kahlo; por desgracia, la vida de algunos de nuestros prototipos
preferidos de salvajes artistas terminó prematura y trágicamente.
Una mujer fiera no es lo bastante fuerte como para representar un
ansiado arquetipo para todo el mundo sin desmoronarse. La fiera tendría que
estar inmersa en un proceso curativo. No le pedirnos a una persona que se
encuentra en vías de recuperación que suba el plano al piso de arriba. La mujer
que regresa necesita tiempo para recuperar las fuerzas.
Las personas que se sienten atraídas y arrastradas por las zapatillas
rojas siempre creen al principio que cualquier sustancia a la que sean adictas
será de alguna manera su gran salvación. A veces ello les hace ex-perimentar
una extraordinaria sensación de poder o una falsa sensación de poseer la
energía suficiente para permanecer despiertas toda la noche, dedicarse a crear
hasta el amanecer y pasarse horas y horas sin comer. Quizá les permite dormir
sin temor a los demonios, o les tranquiliza los nervios, o las ayuda a no
preocuparse tanto por las cosas que las preocu-pan o tal vez las ayuda a no
querer amar ni ser amadas nunca más. Sin embargo, su adicción al final sólo
crea, tal como vemos en el cuento, un borroso fondo que gira vertiginosamente
sin dejarnos vivir realmente la vida. La adicción (21) es una Baba Yagá que ha
perdido el juicio, devora a las niñas perdidas y las deja tiradas en la puerta
del verdugo.
En la casa del verdugo
El tardío intento de quitarse los zapatos
Cuando, en los casos más extremos, la naturaleza salvaje ha sido
prácticamente aniquilada, cabe la posibilidad de que se produzca en la mujer un
deterioro y/o una psicosis esquizoide (22). Puede que de pronto se quede en la
cama, se niegue a levantarse o se dedique a pasear en bata por la casa, deje
tres cigarrillos encendidos en un cenicero, se ponga a llorar sin poder
contenerse, vague sin rumbo por las calles con el cabello enma-rañado, abandone
bruscamente a su familia. Es posible que experimente tentaciones suicidas y que
se mate accidentalmente o de manera delibera-da. Pero lo más probable es que la
mujer se sienta muerta. Que no se sien-ta ni bien ni mal; simplemente que no
sienta nada.
¿Qué ocurre por tanto con las mujeres cuando sus vibrantes colores
psíquicos se confunden? ¿Qué ocurre cuando se mezclan el escarlata con el
zafiro y el topacio? Los artistas lo saben. Cuando se mezclan los colores
vibrantes se obtiene un color terroso. Pero no de tierra fértil sino de una
tierra estéril, incolora y extrañamente muerta que no emite luz. Cuando a los
pintores les sale un color terroso en la tela tienen que volver a empezar desde
el principio.
Ésta es la parte más difícil; es el momento en que se tienen que cor-tar
los zapatos. Duele separarse de una adicción a la autodestrucción. Na-die sabe
por qué. Cabría suponer que una persona capturada tendría que lanzar un suspiro
de alivio tras haber doblado esta esquina. Lo más lógico sería pensar que se ha
sentido salvada justo en el momento preciso. Cabr-ía pensar que se alegra, pero
no es así. En su lugar, se acobarda, oye un rechinar de dientes y descubre que
es ella la que hace aquel ruido. Tiene la sensación de que está sangrando,
aunque no haya sangre. Pero sí hay do-lor, esta separación, este "no tener
un pie en el que apoyarte" por así decir-lo, este no tener un hogar al que
regresar es justo lo que se necesita para empezar de nuevo, para empezar de
cero, para regresar a la vida hecha a mano, esa que creamos con conciente
cuidado cada día.
Sí, el hecho de que le corten a una los zapatos rojos es muy doloro-so,
pero la única esperanza que le queda a la mujer es la de separarse de golpe de
su adicción. Esta separación está llena de beneficios. Los pies vol-verán a
crecer, nos recuperaremos, correremos, saltaremos y volveremos a brincar algún
día. Para entonces nuestra vida hecha a mano ya estará preparada. Nos
deslizaremos hacía ella y nos asombraremos de haber te-nido la suerte de que se
nos ofreciera una segunda oportunidad.
El regreso a la vida hecha a mano,
la curación de los instintos dañados
Cuando un cuento de hadas termina como éste, con la muerte o el
descuartizamiento del protagonista, nos preguntamos: ¿de qué otra forma hubiera
podido terminar?
Desde un punto de vista psíquico, es bueno hacer un alto en el ca-mino,
crearse un lugar donde descansar y recuperarse tras haber escapa-do de una
carestía alimenticia. No es demasiado tomarse uno o dos años
para examinar las propias heridas, buscar una guía, aplicar medicinas y
pensar en el futuro. Uno o dos años son muy poco tiempo. La fiera es una mujer
que regresa. Está aprendiendo a despertar, a prestar atención, a dejar de ser
ingenua y desinformada. Asume la responsabilidad de su pro-pia vida. Para
reaprender los profundos instintos femeninos reviste vital importancia
comprender ante todo de qué manera éstos fueron decomisa-dos.
Tanto si las lesiones se infligieron al arte, las palabras, los estilos
de vida, los pensamientos o las ideas, y aunque la mujer se haya metido a sí
misma en un enredo, conviene que se abra paso a través de la maraña y siga
adelante. Más allá del deseo y del anhelo, más allá de los métodos
cuidadosamente razonados acerca de los cuales nos gusta hablar y hacer
proyectos, una simple puerta está esperando que la crucemos, Al otro lado están
los nuevos pies. Crúzala. A rastras, en caso necesario. Del a de hablar y de
obsesionarte. Limítate a hacerlo.
No podemos controlar quién nos trae a este mundo. No podemos in-fluir en
la educación que nos han dado; no podemos obligar a la cultura a convertirse
instantáneamente en hospitalaria. Pero la buena noticia es que, incluso tras
haber sido heridas, incluso en nuestro estado de fieras e incluso cuando nos
encontramos todavía en situación de cautividad, po-demos recuperar nuestra
vida.
El plan psicológico del alma para regresar al propio interior es el
si-guiente: tomar medidas especiales de precaución y perderse poco a poco en lo
salva)e, creando estructuras éticas y protectoras que nos ayuden a conseguir
las herramientas necesarias para medir en qué momento algo es excesivo. (Por
regla general, la mujer ya es muy sensible al momento en que algo es demasiado
poco.)
Por consiguiente, el regreso a la psique libre y salvaje tiene que
lle-varse a cabo con audacia pero también con reflexión. En psicoanálisis nos
gusta subrayar que para convertirnos en sanadores/ayudantes es tan im-portante
aprender lo que no hay que hacer como lo que hay que hacer. El regreso a lo
salvaje desde la cautividad tiene que hacerse con las mismas precauciones.
Vamos a examinarlo con más detenimiento.
Los peligros, las trampas y los cebos envenenados que acechan a la mujer
salvaje son los propios de su cultura. Aquí he enumerado los que son comunes a
la mayoría de las culturas. Las mujeres pertenecientes a distintas etnias y
religiones tendrán percepciones específicas adicionales. Estamos trazando en
sentido simbólico el mapa de los bosques en los que vivimos. Estamos señalando
dónde habitan los depredadores y describien-do su modus operandi. Dicen que una
loba conoce todas las criaturas de su territorio en varios kilómetros a la
redonda. Este conocimiento le permi-te vivir con la máxima libertad posible.
La recuperación del instinto perdido y la curación del instinto
lesio-nado está realmente al alcance de nuestra mano, pues éste regresa cuando
una mujer presta atención, escuchando, contemplando y percibiendo el mundo que
la rodea y actuando tal como ve actuar a las demás mujeres;
con eficiencia, eficacia y sensibilidad. La ocasión de observar el
comporta-miento de las restantes mujeres que conservan los instintos intactos
es esencial para recobrar el instinto. Al final, el hecho de prestar atención,
observar y comportarse de una manera integral se convierte en una pauta con un
ritmo determinado que se practica y se aprende hasta que vuelve a convertirse
en automática.
Si nuestra naturaleza salvaje ha sido herida por algo o por alguien, nos
negarnos a echarnos al suelo y morir. Nos negamos a normalizar esta herida.
Recurrimos a nuestros instintos y hacemos lo que hay que hacer. La mujer
salvaje es por naturaleza vehemente y talentosa. Pero, como con-secuencia de su
alejamiento de los instintos, es también ingenua, está acostumbrada a la
violencia y acepta sumisamente la expatriación y la exmatriación. Los amantes,
las drogas, la bebida, el dinero, la fama y el poder no pueden reparar
demasiado el daño que ha sufrido. Pero sí puede hacerlo un gradual regreso a la
vida instintiva. Para ello, una mujer nece-sita a una madre, una madre salvaje
"suficientemente buena". ¿Y a que no saben quién está esperando
convertirse en esta madre? La Mujer Salvaje se pregunta por qué razón la mujer
tarda tanto en estar con ella, no sim-plemente algunas veces o cuando le
interesa sino de manera habitual.
Si te esfuerzas en hacer algo que merezca la pena, es importante que te
rodees de personas que apoyen inequívocamente tu labor. El hecho de tener
presuntas amigas que sufren las mismas heridas pero no experimen-tan el sincero
deseo de curarse es una trampa y un veneno. Esta clase de amigas suele animar a
las demás a comportarse de manera escandalosa fuera de sus ciclos naturales y
sin la menor sincronía con las necesidades de sus almas.
Una mujer fiera no puede permitirse el lujo de ser ingenua. Durante su
regreso a la vida innata tiene que contemplar los excesos con escepti-cismo y
ser muy conciente del precio que éstos suponen para el alma, la psique y el
instinto. Como los lobeznos, nosotras nos aprendemos de me-moria las trampas,
cómo están hechas y cómo están colocadas. De esta manera conservamos la
libertad. De todos modos, los instintos perdidos no retroceden sin dejar
rastros y ecos de sentimiento que nosotras podemos seguir para recuperarlos.
Aunque una mujer se sienta oprimida por el pu-ño de terciopelo de la corrección
y la severidad, tanto si se encuentra a un paso de la destrucción a causa de
los excesos como si acaba de sumergirse en ellos, aún puede oír los susurros
del dios salvaje que lleva en la sangre. Incluso en las graves circunstancias
que se describen en "Las zapatillas rojas", los instintos heridos se
pueden curar.
Para enderezar todas estas situaciones, resucitamos una y otra vez la
naturaleza salvaje y cada vez el equilibrio se desplaza excesivamente en una o
en otra dirección. Ya adivinaremos cuándo existen motivo, de pre-ocupación,
pues, por regla general, el equilibrio ensancha nuestras vidas mientras que el
desequilibrio las empequeñece.
Una de las cosas más importantes que podemos hacer es entender la vida,
cualquier manifestación de vida, como un cuerpo viviente en sí mis-
mo, que respira, renueva sus células, cambia de piel y se desembaraza de
los materiales de desecho. Sería una estupidez pensar que nuestros cuer-pos no
producen materiales de desecho más de una vez cada cinco años.
Sería necio creer que, por el hecho de haber comido hoy, mañana no
estaremos hambrientos.
Y también sería estúpido creer que, una vez resuelta una cuestión, la
habremos resuelto definitivamente, y, una vez aprendida una cosa, siempre
seremos concientes de ella. No, la vida es un gran cuerpo que cre-ce y
disminuye en distintas zonas y a distintos ritmos. Cuando nos com-portamos como
el cuerpo, trabajando con vistas al nuevo desarrollo, abriéndonos paso entre la
mierda, respirando o descansando, estamos muy vivas y nos encontramos en el
interior de los ciclos de la Mujer Salva-je. Si consiguiéramos comprender que
nuestra tarea consiste en seguir rea-lizando la tarea, nos sentiríamos mucho
más orgullosas y estaríamos mu-cho más tranquilas.
Es posible que, a veces, para conservar la alegría tengamos que lu-char
por ella, renovar nuestras fuerzas y combatir a tope en la forma que
consideremos más sagaz. Para preparar el asedio puede que tengamos que
prescindir de las comodidades durante algún tiempo, Podemos pasarnos sin la
mayoría de las cosas durante prolongados períodos de tiempo, po-demos
prescindir prácticamente de todo menos de nuestra alegría, de nuestras
zapatillas hechas a mano.
El verdadero milagro de la individuación y la recuperación de la Mu-jer
Salvaje consiste en que todas iniciamos el proceso sin estar todavía
preparadas, sin haber cobrado la suficiente fuerza y sin saber 1 'o
suficien-te; iniciamos un diálogo con los pensamientos y los sentimientos que
nos cosquillean y retumban como truenos en nuestro interior. Contestamos sin
haber aprendido el lenguaje y sin conocer todas las respuestas, sin saber
exactamente con quién estamos hablando.
Pero, como la loba que enseña a sus crías a cazar y a cuidar de sí
mismas, la Mujer Salvaje brota en nuestro interior y nosotras empezamos a
hablar con su voz y asumimos su visión y sus valores. Ella nos enseña a enviar
el mensaje de nuestro regreso a las que son como nosotras.
Conozco a varias escritoras que tienen grabada esta leyenda sobre su
escritorio. Una de ellas la lleva doblada dentro del zapato. Pertenece a un
poema de Charles Simic y es la información más útil que se nos puede dar a
todas: "El que no sabe aullar no encontrará su manada." (23)
Si deseas recuperar a la Mujer Salvaje, no permitas que te capturen
(24). Con los instintos bien aguzados para no perder el equilibrio, salta donde
quieras, aúlla a tu gusto, toma lo que haya, averigua todo lo que puedas,
examínalo todo, contempla lo que puedas ver. Baila con zapatillas rojas pero
cerciórate de que son las que tú has hecho a mano. Te aseguro que te
convertirás en una mujer rebosante de vitalidad.
CAPÍTULO 9
La vuelta a casa: El regreso a sí misma
Hay un tiempo humano y un tiempo salvaje. Cuando yo era pequeña en los
bosques del norte, antes de aprender que el año tenía cuatro esta-ciones, yo
creía que tenía varias docenas: el tiempo de las tormentas noc-turnas, el
tiempo de los relámpagos, el tiempo de las hogueras en los bos-ques, el tiempo
de la sangre en la nieve, los tiempos de los árboles de hielo, de los árboles
inclinados, de los árboles que lloran, de los árboles que bri-llan, de los
árboles del pan, de los árboles que sólo agitan las copas y el tiempo de los
árboles que sueltan a sus hijitos. Me encantaban las esta-ciones de la nieve
que brilla como los diamantes, de la nieve que exhala vapor, de la nieve que
cruje e incluso de la nieve sucia y de la nieve tan dura como las piedras, pues
todas ellas anunciaban la llegada de la esta-ción de las flores que brotaban en
la orilla del río.
Las estaciones eran como unos importantes y sagrados invitados Y todas
ellas enviaban a sus heraldos: las piñas abiertas, las piñas cerradas, el olor
de la podredumbre de las hojas, el olor de la inminencia de la lluvia, el
cabello crujiente, el cabello lacio, el cabello enmarañado, las puertas
abiertas, las puertas cerradas, las puertas que no se cierran ni a la de tres,
los cristales de las ventanas cubiertas de amarillo polen, los cristales de las
ventanas salpicados de resina de árboles. Nuestra piel también tenía sus
ciclos: reseca, sudorosa, áspera, quemada por el sol, suave.
La psique y el alma de las mujeres también tienen sus propios ciclos y
estaciones de actividad y soledad, de correr y quedarse en un sitio, de
participación y exclusión, de búsqueda y descanso, de creación e incuba-ción,
de pertenencia al mundo y de regreso al lugar del alma. Cuando so-mos niñas y
jovencitas la naturaleza instintiva observa todas estas fases y ciclos.
Permanece como en suspenso muy cerca de nosotras y nuestros estados de
conciencia y actividad se producen a los intervalos que noso-tras consideramos
oportunos.
Los niños son la naturaleza salvaje y, sin necesidad de que nadie se lo
diga, se preparan para la venida de todas estas estaciones, las saludan, viven
con ellas y conservan recuerdos de aquellos tiempos para grabarlos en su
memoria: la hoja carmesí del diccionario; los collares de semillas de arce
plateado; las bolas de nieve en la despensa; la piedra, el hueso, el pa-lo o la
vaina especial; aquel caparazón de molusco tan curioso; la cinta del entierro
del pájaro; un diario de los olores de aquella época; el corazón se-reno; la
sangre ardiente y todas las imágenes de sus mentes.
Antaño vivíamos todos estos ciclos y estas estaciones año tras año y
ellos vivían en nosotras. Nos calmaban, bailaban con nosotras, nos sacud-ían,
nos tranquilizaban, nos hacían aprender como criaturas que éramos.
Formaban parte de la piel de nuestras almas -una piel que nos envolvía y
envolvía también el mundo salvaje y natural-, por lo menos hasta que nos
dijeron que, en realidad, el año sólo tenía cuatro estaciones y las mujeres
sólo tenían tres, la infancia, la edad adulta y la madurez. Y eso era todo.
Pero no podemos caminar como unas sonámbulas, envueltas en esta endeble
y descuidada mentira, pues ello da lugar a que las mujeres se desvíen de sus
ciclos naturales y espirituales y sufran sequedad, cansan-cio y añoranza. Es
mucho mejor regresar con regularidad a nuestros sin-gulares ciclos
espirituales, a todos y cada uno de ellos. El siguiente cuento se puede
considerar un comentario acerca del más importante de los ciclos femeninos, el
del regreso a casa, a la casa salvaje, a la casa del alma.
En todo el mundo se narran relatos de criaturas misteriosamente
emparentadas con los seres humanos, pues representan un arquetipo, una ciencia
universal acerca de la cuestión del alma. A veces los cuentos de hadas y los
relatos populares nacen de la conciencia de lugar, concre-tamente de los
lugares espirituales. Este cuento se suele narrar en los fríos países del
norte, en cualquier país donde haya mares helados. Circulan distintas versiones
entre los celtas, los escoceses, las tribus del noroeste de Norteamérica y
entre los siberianos e islandeses. Su título suele ser "La doncella
Foca" o "Selkie-o, Pamrauk", es decir, Foquita;
"Eyalirtaq", Carne de Foca. Esta Versión especialmente literaria que
escribí para mis pacien-tes y para su uso en las representaciones teatrales la
he titulado "Piel de foca, piel del alma". El cuento gira en torno al
lugar de donde procedemos, a aquello de lo que estamos hechas y a la necesidad
de que todas utilice-mos nuestro instinto con regularidad para poder encontrar
el camino de vuelta a casa (1).
Piel de foca, piel del alma
En una época pasada que ahora ya desapareció para siempre y que muy
pronto regresará, día tras día se suceden el blanco cielo, la blanca nieve, y
todas las minúsculas manchas que se ven en la distancia son per-sonas, perros u
osos.
Aquí nada prospera gratis. Los vientos soplan con tal fuerza que ahora
la gente se pone deliberadamente del revés las parkas y las mam-leks, las
botas. Aquí las palabras se congelan en el aire y las frases se tie-nen que
romper en los labios del que habla y fundir a la vera del fuego pa-ra que la
gente pueda comprender lo que ha dicho. Aquí la gente vive en el blanco y
espeso cabello de la anciana Annuluk, la vieja abuela, la vieja bruja que es la
mismísima Tierra. Y fue precisamente en esta tierra donde una vez vivió un
hombre, un hombre tan solitario que, con el paso de los años, las lágrimas
habían labrado unos profundos surcos en sus mejillas.
Un día estuvo cazando hasta después de anochecido pero no en-contró
nada. Cuando la luna apareció en el cielo y los témpanos de hielo brillaron,
llegó a una gran roca moteada que sobresalía en el mar y su aguda mirada creyó
ver en la parte superior de aquella roca un movimien-to extremadamente
delicado. Se acercó remando muy despacio a ella y ob-servó que en lo alto de la
impresionante roca danzaban unas mujeres tan desnudas como sus madres las
trajeron al mundo. Pues bien, puesto que era un hombre solitario y no tenía
amigos humanos más que en su re-cuerdo, se quedó a mirar. Las mujeres parecían
seres hechos de leche de luna, en su piel brillaban unos puntitos plateados
como los que tiene el salmón en primavera y sus manos y pies eran alargados y
hermosos.
Eran tan bellas que el hombre permaneció embobado en su embar-cación
acariciada por el agua que lo iba acercando cada vez más a la roca, Oía las
risas de las soberbias mujeres, o eso le parecía; ¿o acaso era el agua la que
se reía alrededor de la roca? El hombre estaba confuso y atur-dido, pero, aun
así, la soledad que pesaba sobre su pecho como un pellejo mojado se disipó y,
casi sin pensar, como si eso fuera lo que tuviera que hacer, el hombre saltó a
la roca y robó una de las pieles de foca que allí había. Se ocultó detrás de
una formación rocosa y escondió la piel de foca en su qutnguq, su parka.
Muy pronto una de las mujeres llamó con una voz que era casi lo más
bello que el hombre jamás en su vida hubiera escuchado, como los gritos de las
ballenas al amanecer, no, quizá como los lobeznos recién na-cidos que bajaban
rodando por la pendiente en primavera o, pero no, era algo mucho mejor que todo
eso, aunque, en realidad, daba igual porque, ¿qué estaban haciendo ahora las
mujeres?
Pues ni más ni menos que cubrirse con sus pieles de foca y deslizar-se
una a una hacia el mar entre alegres gritos de felicidad.
Todas menos una. La más alta de ellas buscaba por todas partes su piel
de foca, pero no había manera de encontrarla. El hombre se armó de valor sin
saber por qué. Salió de detrás de la roca y llamó a la mujer.
-Mujer.. sé... mi... esposa. Soy.. un hombre... solitario.
-No puedo ser tu mujer -le contestó ella-, yo soy de las otras, de las
que viven temeqvanek, debajo.
-Sé... mi... esposa -insistió el hombre-. Dentro de siete veranos te
devolveré tu piel de foca y podrás irte o quedarte, como tú prefieras.
La joven foca le miró largo rato a la cara con unos ojos que, de no
haber sido por sus verdaderos orígenes, hubieran podido parecer huma-nos, y le
dijo a regañadientes:
-Iré contigo. Pasados los siete veranos, tomaré una decisión.
Así pues, a su debido tiempo tuvieron un hijo al que llamaron Oo-ruk. El
niño era ágil y gordo. En invierno su madre le contaba a Ooruk cuentos acerca
de las criaturas que vivían bajo el mar mientras su padre cortaba en pedazos un
oso o un lobo con su largo cuchillo. Cuando la ma-dre llevaba al niño Ooruk a
la cama le mostraba las nubes del cielo y todas sus formas a través de la
abertura para la salida del humo. Sólo que, en
lugar de hablarle de las formas del cuervo, el oso y el lobo, le contaba
his-torias de la morsa, la ballena, la foca y el salmón... pues ésas eran las
cria-turas que ella conocía.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la carne de la madre empezó
a secarse. Primero se le formaron escamas y después grietas. La piel de los
párpados empezó a desprenderse. Los cabellos de la cabeza se le empezaron a
caer al suelo. Se volvió naluaq, de un blanco palidísimo. Su gordura empezó a
marchitarse. Trató de disimular su cojera. Cada día, y sin que ella lo
quisiera, sus ojos se iban apagando. Empezó a extender la mano para buscar a
tientas el camino, pues se le estaba nublando la vista.
Y llegó una noche en que unos gritos despertaron al niño Ooruk y éste se
incorporó en la cama, envuelto en sus pieles de dormir. Oyó un ru-gido como el
de un oso, pero era su padre regañando a su madre. oyó un llanto como de plata
restregada contra la piedra, pero era su madre.
-Me escondiste la piel de foca hace siete largos años y ahora se acer-ca
el octavo invierno. Quiero que me devuelvas aquello de lo que estoy hecha
-gritó la mujer foca.
-Pero tú me abandonarías si te la diera, mujer -tronó el marido.
-No sé lo que haría. Sólo sé que necesito lo que me corresponde.
-Me dejarías sin esposa y dejarías huérfano de madre al niño. Eres
mala.
Dicho lo cual, el marido apartó a un lado el faldón de cuero de la
en-trada y se perdió en la noche.
El niño quería mucho a su madre. Temía perderla y se durmió llo-rando...
hasta que el viento lo despertó. Era un viento muy raro... y parec-ía llamarlo,
"Oooruk, Oooruuuuk".
Saltó de la cama tan precipitadamente que se puso la parka al revés y se
subió las botas de piel de foca sólo hasta media pierna. Al oír su nom-bre una
y otra vez, salió a toda prisa a la noche estrellada.
-Oooooooruuuuk.
El niño se dirigió corriendo al acantilado que miraba al agua y allí, en
medio del mar agitado por el viento, vio una enorme y peluda foca pla-teada...
la cabeza era muy grande, los bigotes le caían hasta el pecho y los ojos eran
de un intenso color amarillo.
-Oooooooruuuuk.
El niño bajó del acantilado y, al llegar abajo, tropezó con una piedra
-mejor dicho, un bulto- que había caído rodando desde una hendidura de la roca.
Los cabellos de su cabeza le azotaban el rostro cual si fueran mil riendas de
hielo.
-Oooooooruuuuk.
El niño rascó el bulto para abrirlo y lo sacudió... era la piel de foca
de su madre. Percibió el olor de su madre. Mientras se acercaba la piel de foca
al rostro y aspiraba el perfume, el alma de su madre lo azotó cual si fuera un
repentino viento estival.
-Oooh -exclamó con una mezcla de pena y alegría, acercando de nuevo la
piel a su rostro. Una vez más el alma de su madre la traspasó.
-Oooh -volvió a exclamar, rebosante de infinito amor por su madre. Y, a
lo lejos, la vieja foca plateada... se hundió lentamente bajo el
agua.
El niño saltó de la roca y regresó a toda prisa a casa con la piel de
foca volando a su espalda y cayó al suelo al entrar. Su madre lo levantó junto
con la piel de foca y cerró los ojos agradecida por haberlos recupera-do a los
dos sanos y salvos. Después se puso la piel de foca.
-¡Oh, madre, no lo hagas! -le suplicó el niño.
Ella lo levantó del suelo, se lo colocó bajo el brazo y se fue medio
co-rriendo y medio tropezando hacia el rugiente mar.
-¡Oh, madre! ¡No! ¡No me dejes! -gritó Ooruk.
Y, de repente, pareció que la madre quería quedarse junto a su hijo,
pero algo la llamaba, algo más viejo que ella, más viejo que él, más viejo que
el tiempo.
-Oh, madre, no, no, no -gritó el niño.
Ella se volvió a mirarle con unos ojos rebosantes de inmenso amor. Tomó
el rostro del niño entre sus manos e infundió su dulce aliento en sus pulmones
una, dos, tres veces. Después, llevándolo bajo el brazo como si fuera un
valioso fardo, se zambulló en el mar y se hundió cada vez más en él. La mujer
foca y su hijo respiraban sin ninguna dificultad bajo el agua.
Ambos siguieron nadando cada vez más hondo hasta entrar en la ensenada
submarina de las focas, en la que toda suerte de criaturas co-mían, cantaban,
bailaban y hablaban. La gran foca macho plateada que había llamado a Ooruk
desde el mar nocturno lo abrazó y lo llamó "nieto".
-¿Cómo te fue allí arriba, hija mía? -preguntó la gran foca plateada.
La mujer foca apartó la mirada y contestó:
-Hice daño a un ser humano, a un hombre que lo dio todo para te-nerme.
Pero no puedo regresar junto a él, pues me convertiría en prisione-ra si lo
hiciera.
-¿Y el niño? -preguntó la vieja foca-. ¿Y mi nieto? -continuó la vieja
foca macho.
Lo dijo con tanto orgullo que hasta le tembló la voz.
-Tiene que regresar, padre. No puede quedarse aquí. Aún no ha lle-gado
el momento de que esté aquí con nosotros.
Y se echó a llorar. Y juntos lloraron los dos.
Transcurrieron unos cuantos días y noches, siete para ser más exac-tos,
durante los cuales el cabello y los ojos de la mujer foca recuperaron el
brillo. Adquirió un precioso color oscuro, recobró la vista y las redondeces
del cuerpo y pudo nadar sin ninguna dificultad. Pero llegó el día del regre-so
del niño a la tierra. Aquella noche el viejo abuelo foca y la hermosa ma-dre
del niño, nadaron flanqueando al niño. Regresaron subiendo cada vez más alto
hasta llegar al mundo de arriba. Allí depositaron suavemente a Ooruk en la
pedregosa orilla bajo la luz de la luna.
Su madre le aseguró:
-Yo estoy siempre contigo. Te bastará con tocar lo que yo haya toca-do,
mis palillos de encender el fuego, mi ulu, cuchillo, mis nutrias y mis
focas labradas en piedra para que yo infunda en tus pulmones un aliento
que te permita cantar tus canciones.
La vieja foca macho y su hija besaron varias veces al niño. Al final, se
apartaron de él y se adentraron nadando en el mar. Tras mirar por última vez al
niño, desaparecieron bajo las aguas. Y Ooruk se quedó por-que todavía no había
llegado su hora.
Con el paso del tiempo el niño se convirtió en un gran cantor e
in-ventor de cuentos que, además, tocaba muy bien el tambor y decía la gente
que todo se debía a que de pequeño había sobrevivido a la experiencia de ser
transportado al mar por los grandes espíritus de las focas. Ahora, en medio de
las grises brumas matinales, se le puede ver algunas veces con su kayak
amarrado, arrodillado en cierta roca del mar, hablando al pare-cer con cierta
foca que a menudo se acerca a la orilla. Aunque muchos han intentado cazarla,
han fracasado una y otra vez. La llaman Tanqigcaq, la resplandeciente, la
sagrada, y dicen que, a pesar de ser una foca, sus ojos son capaces de
reproducir las miradas humanas, aquellas sabias, salvajes y amorosas miradas.
La pérdida del sentido del alma como iniciación
La foca es uno de los símbolos más bellos del alma salvaje. Como la
naturaleza instintiva de las mujeres, las focas son unas criaturas muy
cu-riosas que han evolucionado y se han adaptado a lo largo de los siglos. Como
la mujer foca, las verdaderas focas sólo se acercan a la tierra para alumbrar y
alimentar a sus crías. La madre foca se entrega con todas sus fuerzas al
cuidado de su cría durante unos dos meses, amándola, defen-diéndola y
alimentándola exclusivamente con las reservas de su cuerpo. Durante este
período la cría de foca de unos doce kilos cuadruplica su pe-so. Entonces la
madre se adentra en el mar y la cría ya desarrollada inicia una vida
independiente.
Entre los grupos étnicos de todo el mundo, muchos de ellos
pertene-cientes a la región circumpolar y al África Occidental, se dice que los
eres humanos no están verdaderamente vivos hasta que el alma da a luz al
espíritu, lo cuida amorosamente, lo alimenta y lo llena de fuerza. Al final, se
cree que el alma se retira a un hogar más lejano mientras el espíritu inicia su
vida independiente en el mundo (2).
El símbolo de la foca como representación del alma es especialmente
atractivo por cuanto las focas dan muestras de una "docilidad" y una
acce-sibilidad bien conocidas por los que viven cerca de ellas, Las focas
poseen cierto carácter perruno y son cariñosas por naturaleza. De ellas irradia
una especie de pureza. Pero también reaccionan con mucha rapidez, bus-can
refugio o atacan cuando se ven amenazadas. El alma también es así.
Permanece en suspenso cerca de nosotras. Alimenta el espíritu. No huye
cuando percibe algo nuevo, insólito o difícil.
Pero a veces, sobre todo cuando una foca no está acostumbrada a los
seres humanos y permanece tendida en uno de aquellos estados de fe-licidad en
que suelen sumirse las focas de vez en cuando, no se adelanta a los
comportamientos humanos. Como la mujer foca del cuento y como las almas de las
mujeres jóvenes y/o inexpertas, no adivina las intenciones de los demás ni los
posibles daños. Y es lo que siempre ocurre cuando alguien roba la piel de foca.
A través de mis muchos años de trabajo con los temas de la
"captu-ra" y el "robo del tesoro" y de análisis de muchos
hombres y mujeres he llegado a percibir en el proceso de individuación de casi
todo el mundo la existencia de por lo menos un único robo significativo.
Algunas personas lo califican del robo de su "gran oportunidad" en la
vida. Otras lo definen co-mo un hurto de amor o de robo del propio espíritu y
debilitación del senti-do del yo. Otras lo describen como una distracción, una
pausa, una inter-ferencia o una interrupción de algo que es vital para ellas:
su arte, su amor, su sueño, su esperanza, su creencia en la bondad, su
desarrollo, su honor, sus esfuerzos.
La mayoría de las veces este importante robo se produce en la per-sona
desde su punto de menor visibilidad. Se produce en las mujeres por la misma
razón por la que se produce en el cuento: por ingenuidad, por ignorancia de los
motivos de los demás, por inexperiencia en la proyección de lo que podría
ocurrir en el futuro, por no prestar atención a todas las claves del ambiente.
Las personas que han sufrido esta clase de robo no son malas. No están
equivocadas. No son estúpidas. Pero son considerablemente inexper-tas o se
encuentran en un estado de modorra psíquica.
Sería un error atribuir semejantes estados sólo a los jóvenes. Pueden
darse en cualquier persona independientemente de la edad, el origen étni-co,
los años de escolarización e incluso las buenas intenciones. Está claro que el
hecho de sufrir un robo evoluciona hasta convertirse inexorable-mente en una
misteriosa oportunidad de iniciación arquetípica (3) para las personas que se
ven atrapadas en él, que son casi todas.
El proceso de recuperación del tesoro y de establecimiento la manera en
que uno repondrá existencias desarrolla en la psique cuatro plantea-mientos
vitales. Cuando nos enfrentamos cara a cara con este dilema y efectuamos el
descenso al Río bajo el Río, fortalece enormemente nuestra determinación de
recuperar la conciencia. Aclara con el tiempo qué es lo más importante para
nosotras. Nos hace experimentar la imperiosa nece-sidad de elaborar un plan
para liberarnos psíquicamente o de otro modo y para utilizar nuestra recién
adquirida sabiduría. Finalmente -lo más im-portante- desarrolla nuestra
naturaleza medial, esta salvaje y perspicaz parte de la psique que también
puede atravesar el mundo del alma y el mundo de los seres humanos.
El núcleo arquetípico del cuento "Piel de foca, piel del alma"
es ex-tremadamente valioso, pues ofrece unas claras y definidas instrucciones
acerca de los pasos que tenemos que dar para poder desarrollar y encon-trar
nuestro camino a través de estas tareas. Una de las cuestiones esen-ciales y
más potencialmente destructoras con que se enfrentan las mujeres es el comienzo
de varios procesos de iniciación psicológica con iniciadoras que todavía no han
completado su propia iniciación. No conocen a perso-nas expertas que sepan cómo
seguir adelante. Cuando las iniciadoras no están completamente iniciadas,
omiten sin querer importantes aspectos del proceso y a veces infligen graves
daños a las mujeres que tienen a su cargo, pues trabajan con una idea
fragmentaria de la iniciación que a me-nudo está contaminada de una u otra
forma (4).
En el otro extremo del espectro se encuentra la mujer que ha sufrido un
robo y se esfuerza por conocer y dominar la situación, pero se ha que-dado sin
instrucciones y no sabe que, para completar el aprendizaje, tiene que hacer más
prácticas, por cuyo motivo repite una y otra vez la primera fase, es decir, se
de)a robar una y otra vez. A causa de las circunstancias por las que ha pasado,
se ha quedado enredada en las riendas y carece esencialmente de instrucciones.
En lugar de descubrir las exigencias de un alma salvaje sana, se convierte en
una víctima de una iniciación incomple-ta.
Teniendo en cuenta que las líneas matrilineales de iniciación -las
mujeres mayores que enseñan a las más jóvenes ciertos hechos y procedi-mientos
psíquicos de lo femenino salvaje- se han roto y fragmentado en muchas mujeres a
lo largo de muchos años, es una suerte que las mujeres puedan aprender lo que
necesitan gracias a la arqueología de los cuentos de hadas. Lo que se deduce de
estos modelos que entrañan un profundo significado constituye un eco de las
pautas innatas de los procesos psi-cológicos más integrales de las mujeres. En
este sentido, los cuentos de hadas y los mitos son unos iniciadores; son los
sabios que enseñan a los que vienen después.
Por consiguiente, la dinámica de "Piel de foca, piel del alma"
resulta especialmente útil para las mujeres no del todo iniciadas o medio
inicia-das. Conociendo todos los pasos que hay que dar para completar el
cíclico regreso a casa, es posible desenredar, replantear y completar
debidamente una iniciación defectuosa. Veamos qué instrucciones nos da este
cuento.
La pérdida de la piel
El desarrollo del conocimiento, tal como se produce en las versiones de
"Barba Azul", "Campanilla", "La comadrona del
diablo", "La rosa silves-tre" y otros, se inicia con
sufrimiento. El desarrollo parte de la inconcien-cia, pasa por distintas formas
de engaño y desde éste llega al hallazgo del camino del poder y, sobre todo, de
la profundidad. El tema de la fatídica captura que pone a prueba la conciencia
y termina en un profundo cono-cimiento es constante en los cuentos de hadas
protagonizados por muje-
res. Tales cuentos contienen unas sólidas instrucciones para todas
noso-tras acerca de la conducta que deberemos observar en caso de que nos
capturen y de lo que tendremos que hacer para huir del cautiverio y pasar a
través del bosque como una loba con ojo agudo.
"Piel de foca, piel del alma" contiene un tema retrógrado. A
veces es-tos cuentos se llaman "relatos de retroceso". En muchos
cuentos de hadas un ser humano es objeto de un encantamiento y se convierte en
animal. Pero aquí ocurre lo contrario: una criatura del reino animal es
conducida a una vida humana. El relato nos ofrece una visión de la estructura
de la psique femenina. La doncella foca, como la naturaleza salvaje de la
psique femenina, es una combinación mística de un animal que al mismo tiempo es
capaz de vivir ingeniosamente entre los seres humanos.
La piel a que se refiere el cuento no es tanto un objeto cuanto la
re-presentación de un estado emocional y un estado del ser, uno que es
co-hesivo, espiritual y propio de la naturaleza salvaje femenina. Cuando una
mujer se encuentra en este estado, se siente enteramente ella misma y
en-globada en su interior. No se siente fuera de él, preguntándose si obra
bien, si se comporta bien, si piensa bien. Aunque a veces pierda el contac-to
con este estado de encontrarse "en su interior", el tiempo que
previa-mente ha pasado allí la sostiene durante su actuación en el mundo. El
pe-riódico regreso al estado salvaje es el que repone las reservas psíquicas
que necesita para sus proyectos, su familia, sus relaciones y su vida crea-tiva
en el mundo de arriba.
Al final, cualquier mujer que permanezca demasiado tiempo alejada de su
hogar espiritual, se cansa. Tal como debe ser. Entonces busca de nuevo su piel
para recuperar el sentido del yo y del alma y restaurar su perspicaz y oceánica
sabiduría. Este gran ciclo de ir y volver, ir y volver, posee en el interior de
la naturaleza instintiva femenina un carácter reflejo y es innato en todas las
mujeres a lo largo de toda la vida, desde la infan-cia, la adolescencia y la
edad adulta, pasando por el amor, la maternidad, el arte y la sabiduría hasta
llegar a la vejez y más allá de ésta. Estas fases no tienen por qué ser
necesariamente cronológicas, pues muchas veces las mujeres de mediana edad son
unas recién nacidas, las ancianas son unas amantes apasionadas y las niñas
pequeñas saben muchas cosas acerca de los encantamientos de las brujas.
Una y otra vez perdernos esta sensación de encontrarnos por entero en
nuestra piel por los motivos ya mencionados y también a causa de un prolongado
cautiverio. Las que se esfuerzan demasiado y sin el menor des-canso también
corren peligro. La piel del alma se desvanece cuando no prestamos atención a lo
que estamos haciendo y, sobre todo, a lo que ello nos cuesta.
Perdemos la piel del alma cuando nos dejamos arrastrar demasiado por el
ego, cuando somos demasiado exigentes y perfeccionistas', cuando nos dejamos
martirizar innecesariamente, nos dejamos arrastrar por la ciega ambición, nos
sentimos insatisfechas -a causa de nuestro yo, de la familia, de la comunidad,
la cultura, el mundo- y no decimos ni hacemos
nada al respecto, cuando fingimos ser una fuente inagotable para los
de-más o cuando no hacemos todo lo que podemos para ayudarnos. Hay tan-tas
maneras de perder la piel del alma como mujeres hay en el mundo.
El único medio de conservar esta esencial piel del alma consiste en
mantener una exquisita y prístina conciencia de su valor y su utilidad. Pe-ro,
puesto que nadie puede mantener constantemente una profunda con-ciencia, nadie
puede conservar por entero la piel del alma a cada momento del día y de la
noche. Sin embargo, podemos cuidar de que nos la roben lo menos posible.
Podernos desarrollar aquel ojo agudo que vigila las condi-ciones que nos rodean
y defiende nuestro territorio psíquico. El cuento "Piel de foca, piel del
alma" gira, sin embargo, en torno a un ejemplo de lo que podríamos llamar
un robo de especial gravedad. Este gran robo puede, mediante la conciencia, ser
evitado en el futuro si prestamos atención a nuestros ciclos y a la llamada que
nos invita a despedirnos y regresar a casa.
Todas las criaturas de la tierra regresan a casa. Es curioso que hayamos
creado santuarios de fauna salvaje para el ibis, el pelícano, el airón, el
lobo, la grulla, el venado, el ratón, el alce y el oso, pero no para nosotros
mismos en los lugares donde vivimos día tras día. Sabemos que la pérdida del
hábitat es lo peor que le puede ocurrir a una criatura libre. Censuramos con
vehemencia el hecho de que los territorios naturales de otras criaturas estén
rodeados de ciudades, fincas, autopistas, ruido y otros elementos discordantes
como si nosotros no estuviéramos rodeados y afectados por las mismas cosas.
Sabemos que, para que las criaturas pue-dan seguir viviendo, es necesario que
éstas tengan de vez en cuando un hogar en el que se sientan libres y protegidas.
Tradicionalmente solemos compensar la pérdida de un hábitat más sereno
tomándonos unas vacaciones que deberían ser un placer, sólo que muchas veces no
lo son. Podemos compensar nuestras discordancias de los días laborables
procurando eliminar las cosas que nos tensan los músculos trapecios y deltoides
y los convierten en unos dolorosos nudos.
Todo eso está muy bien, pero, para la psique del alma Y del yo, las
vacaciones no equivalen a un refugio. El tiempo libre o el descanso no son lo
mismo que regresar a casa. La tranquilidad no es lo mismo que la sole-dad.
Para empezar, podemos reprimir esta pérdida de alma manteniéndo-nos muy
cerca de la piel. Observo en el ejercicio de mi profesión que en las mujeres de
talento el robo de la piel del alma puede producirse por medio de relaciones
con personas que tampoco están en las pieles que les corres-ponden y de otras
relaciones decididamente peligrosas. Hace falta mucha fuerza de voluntad para
superar estas relaciones, pero se puede hacer, so-bre todo si, como en el
cuento, la mujer despierta a la voz que la llama a casa y le pide que regrese
al yo esencial donde su sabiduría inmediata está entera y es accesible. A
partir de ahí una mujer puede decidir con más perspicacia lo que tiene que
hacer y lo que quiere hacer.
El grave robo de la piel del alma también se puede producir de una
manera más sutil por medio del robo de los recursos y el tiempo de una mujer.
El mundo se siente solo y necesita el consuelo de las caderas y los pechos de
las mujeres. Y lo pide con mil manos y millones de voces, nos hace señas, tira
de nosotras y suplica nuestra atención. A veces parece que dondequiera que
miremos hay alguien o algo del mundo que necesita, quiere y desea. Algunas
personas, cuestiones y cosas del mundo son atra-yentes y encantadoras; otras
pueden ser exigentes y desagradables; y otras están tan conmovedoramente
desválidas que, en contra de nuestra volun-tad, nuestra empatía se desborda y
la leche nos baja por el vientre. Pero, a no ser que se trate de una cuestión
de vida o muerte, tómatelo con calma, busca tiempo para "ponerte el corsé
de acero" (6). Deja de detenerte a cada paso para ayudar a los demás.
Dedícate a la tarea de regresar a casa.
Sabemos que la piel se puede perder por culpa de un amor devasta-dor y
equivocado, pero también se puede perder con un amor profundo y acertado. El
robo de la piel de nuestras almas no se debe exactamente a la adecuación o
inadecuación de una persona o cosa sino al coste que estas cosas tienen para
nosotras. Es lo que nos cuesta en tiempo, energía, ob-servación, atención,
vigilancia, estímulo, instrucción, enseñanza, adies-tramiento. Estos
movimientos de la psique son como reintegros en efectivo de la caja de ahorros
de la psique. Pero no se trata de estos cuantiosos reintegros en efectivo en sí
mismos, pues éstos son una parte importante del toma y daca de la vida. La
causa de la pérdida de la piel y del debilita-miento de nuestros más agudos
instintos es el hecho de tener la cuenta al descubierto. La falta de nuevos
depósitos de energía, conocimientos, reco-nocimiento, ideas y emoción es la
causa de que una mujer se sienta morir psíquicamente.
En el cuento, cuando la joven mujer foca pierde la piel, está entrega-da
a una hermosa tarea, la tarea de la búsqueda de la libertad. Baila sin cesar y
no presta atención a lo que ocurre a su alrededor.
Cuando estamos en la naturaleza salvaje que nos corresponde, todas
sentimos la alegría de la vida. Es una de las señales de que estamos cerca de
la Mujer Salvaje. Todas entramos en el mundo en condiciones de bailar. Y
siempre empezamos con la piel intacta.
Pero, por lo menos hasta que adquirimos una mayor conciencia, to-das
pasamos por esta fase de individuación. Todas nos acercamos a nado a la roca,
bailamos y no prestamos atención. Es entonces cuando aparece el aspecto más
engañoso de la psique y, de pronto, en algún lugar del ca-mino, buscamos lo que
nos corresponde o el lugar al que correspondernos nosotras y ya no lo podemos
encontrar. Entonces se esfuma y se oculta misteriosamente el sentido del alma.
Y nosotras vagamos sin rumbo y me-dio aturdidas. No es bueno tomar decisiones
cuando estamos aturdidas, pero las tomamos.
Sabemos que las decisiones equivocadas se producen de distintas maneras.
Una mujer se casa prematuramente. Otra se queda prematura-mente embarazada.
Otra se va con una pareja inadecuada. Otra entrega
su corazón a cambio de "tener cosas". Otra se deja seducir por
toda una serie de ilusiones, otra por promesas, otra por "demasiada
bondad" y esca-sez de alma, otra por exceso de ligereza y falta de
robustez. Y en los casos en que la mujer va medio despellejada, ello no se debe
necesariamente a que sus decisiones sean erróneas sino más bien a que ha
permanecido demasiado tiempo lejos de su hogar espiritual, se ha secado y no le
sirve de nada a nadie y tanto menos a sí misma. Hay cientos de maneras de
perder la piel del alma.
Si ahondarnos en el símbolo del pellejo animal, descubrimos que en todos
los animales, incluidos los seres humanos, la erección capilar -los pelos de
punta- se produce como respuesta a lo que se ve y a lo que se siente. Los pelos
erizados del pellejo envían un "estremecimiento" a través de la
criatura y despiertan recelo, cautela y otras manifestaciones defensi-vas.
Entre los inuit se dice que tanto el pelaje como las plumas tienen la capacidad
de ver lo que ocurre en la distancia y que ésta es la razón de que el angakok,
el chamán, lleve encima muchas pieles y muchas plumas, para tener cientos de
ojos Y poder desentrañar mejor los misterios. La piel de foca es un símbolo del
alma que no sólo proporciona calor sino que, además, nos ofrece a través de su
visión un temprano sistema de alarma.
En las culturas cazadoras, el pellejo equivale al alimento por tratarse
del producto más importante para la supervivencia. Se utiliza para hacer botas,
forrar parkas, impermeabilizar las prendas y evitar que el hielo en-tre en
contacto con la cara y las muñecas. El pellejo mantiene secos y a salvo a los
niños pequeños, protege y calienta los vulnerables vientres, es-paldas, pies,
manos y cabeza de los seres humanos. Perder el pellejo es perder la protección,
el calor, el precoz sistema de alarma, la vista instinti-va. Psicológicamente,
estar sin pellejo induce a una mujer a hacer lo que cree que debe hacer y no ya
lo que sinceramente desea. La induce a seguir cualquier cosa o a cualquier
persona que le parezca la más fuerte, tanto si le conviene como si no, Entonces
salta mucho y mira poco. Se muestra graciosa en lugar de incisiva, rechaza y
aplaza las cosas entre risas. Se abstiene de dar el siguiente paso, de hacer el
necesario descenso y de per-manecer allí abajo el tiempo suficiente como para
que ocurra algo.
Vemos por tanto que en un mundo que valora a las mujeres acosa-das que
se entregan a incesantes actividades, el robo de la piel del alma es muy fácil,
hasta el punto de que el primer robo suele producirse entre las edades de siete
y dieciocho años. Para entonces casi todas las jóvenes ya han empezado a bailar
en la roca del mar. Para entonces casi todas ellas habrán buscado la piel del
alma pero no la habrán encontrado donde la dejaron. Y aunque en un principio
tal cosa esté aparentemente destinada a favorecer el desarrollo de una
estructura medial de la psique -es decir, la capacidad de aprender a vivir en
el mundo espiritual y también en la reali-dad exterior-, demasiado a menudo
semejante finalidad no se cumple y tampoco se cumple el resto de la experiencia
de la iniciación, por lo que la mujer vaga por la vida sin piel.
Aunque hayamos intentado impedir el robo cosiendo prácticamente nuestra
persona a la piel de nuestra alma, muy pocas mujeres alcanzan la mayoría de
edad con algo más que unos pocos mechones del pellejo origi-nal intactos.
Apartamos a un lado nuestros pellejos mientras danzamos. Aprendemos a conocer
el mundo pero perdemos la piel. Descubrimos que sin la piel empezamos a
marchitarnos lentamente. Puesto que casi todas las mujeres han sido educadas de
tal forma que puedan soportar estoica-mente estas cosas tal como hicieron sus
madres, nadie se percata de que se está produciendo una muerte hasta que un
día...
Cuando somos jóvenes y nuestra vida espiritual choca con los dese-os y
las exigencias de la cultura y del mundo, nos sentimos realmente en-calladas
muy lejos de nuestro hogar. Pero de mayores nos seguimos apar-tando cada vez
más de nuestro hogar como consecuencia de nuestras de-cisiones acerca del
quién, qué, dónde y durante cuánto tiempo. Si jamás nos han enseñado a regresar
al hogar espiritual, repetimos hasta el infinito el "robo y la errante
búsqueda de la pauta perdida". Sin embargo, aunque nuestras decisiones
erróneas hayan sido la causa de nuestro extravío -en un lugar demasiado alejado
de aquello que necesitamos-, no hay que per-der la esperanza, pues el interior
del alma contiene un indicador automáti-co de ruta. Todas podemos encontrar el
camino de regreso.
El hombre solitario
En un cuento muy parecido al núcleo del relato que aquí nos ocupa, la
protagonista es una mujer que intenta seducir a una ballena macho pa-ra que
copule con ella, robándole la aleta. En otros cuentos la criatura que nace es a
veces un pez hembra y a veces un pez macho. A veces el viejo del mar es una
venerable anciana. Puesto que en los cuentos se registran mu-chos cambios de
sexo, la masculinidad o la feminidad de los personajes son mucho menos
importantes que el proceso propiamente dicho.
Por consiguiente, vamos a suponer que el hombre solitario que roba la
piel de foca representa el ego de la psique de una mujer. La salud del ego
suele estar determinada por la habilidad con la que una persona mide los
límites del mundo exterior, por la fortaleza de la propia identidad, por la
capacidad de distinguir el pasado, el presente y el futuro y por la
coinci-dencia de las propias percepciones con la realidad consensual. Un tema
eterno de la psique humana es la rivalidad entre el ego y el alma por el
control de la fuerza vital. Al principio de la vida suele dominar el ego con
sus correspondientes apetitos; siempre está cocinando algo que huele muy bien.
En este período, el ego es muy musculoso, por cuyo motivo relega al alma a las
tareas auxiliares de la cocina del patio de atrás.
Pero en determinado momento, a veces hacia los veintitantos años, otras
veces a los treinta y tantos y más a menudo a los cuarenta y tantos años,
aunque algunas mujeres no están auténticamente preparadas a los cincuenta, los
sesenta, los setenta o los ochenta y tantos años. Permitimos finalmente que el
alma lleve la delantera. El poder se aleja de las bobadas
y las estupideces y se desplaza hacia la espiritualidad. Y, a pesar de
que el alma no mata el ego para asumir la delantera, se podría decir que lo
desti-tuye y le asigna en la psique una tarea distinta que consiste
esencialmente en someterse a sus intereses.
Desde el momento de nacer, existe en nuestro interior el salvaje
im-pulso de que nuestra alma gobierne nuestra vida, pues la comprensión de que
es capaz el ego resulta bastante limitada. Imaginemos al ego sujeto con una
permanente correa relativamente corta; sólo puede penetrar hasta cierto punto
en los misterios de la vida y el espíritu. Por regla general, se asusta, pues
tiene la mala costumbre de reducir cualquier numinosidad a un "eso no es
más que". Exige hechos observables. Al ego no le suelen sen-tar bien las
pruebas de carácter Sentimental o místico. Por eso está solo y es muy limitado
en las elaboraciones de esta clase y no puede participar por entero en los más
misteriosos procesos del alma y la psique. Y, sin embargo, el hombre solitario
anhela el alma y distingue vagamente las co-sas espirituales y salvajes cuando
las tiene cerca.
Los términos "alma" y "espíritu" se suelen usar
indistintamente, pero en los cuentos de hadas el alma siempre es el pro-gynitor
y el progenitor del espíritu. En la hermenéutica arcana, el espíritu nace del
alma. El espí-ritu hereda la materia o se encarna en ella para averiguar datos
acerca del mundo y transmitirlos al alma. Cuando no hay interferencias, la
relación entre el alma y el espíritu es perfectamente simétrica y el uno
enriquece al otro. El alma y el espíritu constituyen una ecología, como en un estanque
en el que las criaturas de abajo alimentan a las de arriba y las de arriba
alimentan a las de abajo.
En la psicología junguiana, el ego se suele describir como una pe-queña
isla de conciencia que flota en un mar de inconsciencia. Sin embar-go, en el
folclore el ego se representa como una criatura voraz simbolizada a menudo por
un ser humano o un animal no demasiado inteligente, ro-deado por unas fuerzas
que lo desconciertan y a las que intenta dominar. A veces el ego consigue
dominarlas de una manera extremadamente brutal y destructiva, pero al final,
gracias a los progresos del héroe o de la heroí-na, suele perder la partida en
su intento de hacerse con el dominio.
En los comienzos de la vida de una persona el ego siente curiosidad por
el mundo del alma, pero se preocupa más a menudo por la satisfacción de sus
propios apetitos. El ego nace al principio en nosotros como poten-cial, y el
mundo que nos rodea es el que lo configura, desarrolla y llena de ideas,
valores y deberes: nuestros padres, nuestros profesores, nuestra cultura. Y así
debe ser, dado que se convierte en nuestra escolta, nuestro blindaje y nuestro
explorador en el mundo exterior. No obstante, si no se permite que la
naturaleza salvaje se irradie hacia arriba a través del ego, confiriéndole
color, jugo y capacidad instintiva de reacción, por más que la cultura apruebe
lo que se haya inculcado en este ego, el alma no aprueba, no puede ni jamás
podrá aprobar el carácter incompleto de semejante tra-bajo.
El hombre solitario del cuento intenta participar en la vida del alma,
pero, como el ego, no está especialmente capacitado para ello y trata de
apoderarse del alma en lugar de desarrollar una relación con ella. ¿Por qué
razón roba el ego la piel de foca? Como todas las cosas hambrientas o
soli-tarias, ama la luz. Cuando ve la luz y la posibilidad de acercarse al
alma, se acerca a ella reptando y le roba uno de sus camuflajes esenciales. No
puede evitarlo. El ego es como es; se siente atraído por la luz. Aunque no
pueda vivir bajo el agua, ansía relacionarse con el alma. El ego es muy tosco
en comparación con el alma. Su manera de hacer las cosas no suele ser sensible
ni evocadora. Pero siente una ligera atracción -que apenas comprende- por la
belleza de la luz. Y eso, de alguna manera y durante algún tiempo, lo
tranquiliza.
Por consiguiente, nuestro ego-yo hambriento de alma roba el pellejo.
"Quédate conmigo -susurra el ego-. Yo te haré feliz, aislándote de tu
yo-alma y de tus ciclos de regreso a tu hogar del alma. Te haré muy feliz.
Quédate, por favor." De esta manera, tal como corresponde al comienzo de
la individuación femenina, el alma se siente obligada a establecer una
re-lación con el ego. La función mundana del servilismo del alma con respec-to
al ego se produce para que aprendamos cómo es el mundo y la manera de adquirir
cosas, de trabajar y de distinguir lo bueno de lo no tan bueno, para que
sepamos cuándo movernos, cuándo estarnos quietas y cómo convivir con otras
personas, y para que aprendamos la mecánica y las in-trigas de la cultura, la
manera de conservar un empleo y de sostener en brazos a un niño, de cuidar el
cuerpo y encargarnos de los negocios, es decir, todas las cosas del mundo
exterior. El propósito inicial del desarrollo de esta importante estructura en
el interior de la psique femenina -el ma-trimonio de la mujer foca y el hombre
solitario, un matrimonio en el que ella desempeña una tarea decididamente
servil- es la creación de un apaño temporal que en último extremo dará lugar a
la aparición del hijo espiri-tual capaz de convivir y desplazarse entre el
inundo exterior y el salvaje. Una vez ha nacido, se ha desarrollado y se ha
iniciado, este hijo simbólico aflora a la superficie del mundo exterior y
entonces se produce la curación de la relación con el alma. Aunque el hombre
solitario, es decir, el ego, no pueda ejercer perennemente su dominio -pues
algún día tendrá que some-terse a las exigencias del alma durante todo el resto
de la vida de la mujer-
, por el solo hecho de vivir con
la mujer foca/mujer-alma, se ha contagiado de su grandeza y ello basta para que
se sienta satisfecho, enriquecido y humillado al mismo tiempo.
El hijo espiritual
Vemos por tanto que la unión de esos contrarios que son el ego y el alma
produce algo de valor infinito, el hijo espiritual. Es bien cierto que, cuando
el ego se entremete violentamente en los aspectos más sutiles de la psique y el
alma, se produce una fertilización cruzada. Paradójicamente, robando la
protección del alma y su capacidad de ocultarse bajo el agua a
voluntad, el ego participa en la creación de un hijo portador de la
doble herencia del mundo y del alma, capaz de transmitir mensajes y regalos
entre ambos.
En algunos de los cuentos más importantes, como el gaélico La bella y la
bestia, el mexicano La Bruja Milagrosa y el japonés Tsukino Waguma: El oso, el
hallazgo del camino de regreso al propio orden psíquico se inicia con la
alimentación o el cuidado de una mujer, un hombre o una bestia solitaria y/o
herida. El hecho de que semejante hijo, capaz de atravesar dos mundos tan
distintos, pueda proceder de una mujer sin piel y "casada" con algo
de sí misma o del mundo exterior tan solitario y subdesarrollado, es uno de los
milagros constantes de la psique. Algo ocurre en nuestro in-terior cuando nos
encontramos en esta situación, algo que genera un es-tado emocional, una
minúscula nueva vida, una pequeña llama que arde en condiciones imperfectas,
difíciles e incluso inhumanas.
El hijo espiritual es la niña milagrosa, que tiene la capacidad de oír
la llamada, la lejana voz que nos dice ya es hora de regresar a nosotras
mismas. El niño es una parte de nuestra naturaleza medial que nos apre-mia,
pues es capaz de oír la llamada cuando ésta se produce. Es el niño que se
despierta del sueño, se levanta de la cama, sale a la ventosa noche y baja
corriendo al embravecido mar que nos induce a afirmar "Pongo a Dios por
testigo de que seguiré por este camino", o "Resistiré", o
"No me desviaré", o "Encontraré la manera de seguir
adelante".
Es el hijo quien le devuelve a su madre la piel de foca, la piel del
al-ma. Es él quien le permite regresar a su casa. Este hijo es un poder
espiri-tual que nos induce a seguir adelante con nuestra importante tarea, a
re-chazar algo, a cambiar nuestra vida, a mejorar nuestra comunidad, a
co-laborar en el empeño de equilibrar el mundo, todo ello gracias a nuestro
regreso a casa. Si una mujer desea participar en estas cosas, es necesario que
tenga lugar el difícil matrimonio entre el alma y el ego y tiene que na-cer el
hijo espiritual. Los objetivos del dominio son la recuperación y el re-greso.
Cualesquiera que sean las circunstancias de una mujer, el hijo
espi-ritual, la vieja foca que surge del mar llamando a su hija para que
regrese a casa y el ancho mar siempre están cerca. Siempre. Incluso en lugares
y momentos en los que menos cabría esperar su presencia.
Desde el año 1971 me dedico a enseñar a escribir como práctica de
meditación en prisiones y penales de todo el país. En un viaje que hice a una
prisión federal de mujeres con un grupo de sanadoras/artistas (7) para montar
representaciones y enseñar a una sección de cien mujeres que es-taban
participando con profundo interés en un programa de desarrollo es-piritual que
allí se había organizado, vi como de costumbre muy pocas mu-jeres
"curtidas" y varias docenas de mujeres en distintas fases de mujer-foca.
Muchas de ellas habían sido "capturadas" en sentido figurado pero
también literal por culpa de unas decisiones tremendamente ingenuas.
Cualesquiera que fueran las causas de su permanencia allí y a pesar de las
condiciones fuertemente limitadas en las que vivían, cada una de ellas
se encontraba visiblemente en vías de crear un hijo espiritual,
cuidadosa y dolorosamente formado con su propia carne y sus propios huesos.
Cada unas de ellas estaba buscando también su piel de foca; cada una se
en-contraba en pleno proceso de recordar el camino de regreso a casa.
Una artista de nuestro grupo, una joven violinista negra llamada In-dia
Cook tocó para las mujeres. Nos encontrábamos en un patio al aire libre, hacía
mucho frío y el viento aullaba alrededor del telón de fondo del escenario sin
techo. La violinista colocó el arco sobre las cuerdas de su violín eléctrico e
interpretó una conmovedora pieza musical en clave me-nor. Su violín estaba
llorando de verdad. Una corpulenta india lakota me aporreó el brazo y murmuró
con la voz ronca a causa de la emoción:
-Este sonido... este violín está abriendo la puerta de un lugar que
tengo dentro. Pensaba que estaba cerrada para siempre.
La expresión de su ancho rostro era de etérea perplejidad. Se me partió
el corazón pero en sentido positivo, pues comprendí que cualquier cosa que le
hubiera ocurrido -y le habían ocurrido muchas-, aún podía oír el grito del mar,
la llamada desde su casa.
En el cuento de "Piel de foca, piel del alma", la doncella
foca le cuen-ta a su hijo relatos acerca de las cosas que viven y prosperan
bajo el mar, lo instruye por medio de sus cuentos, moldea el hijo nacido de su
unión con el ego. Está formando al hijo, le está enseñando el terreno y la
forma de actuar del "otro". El alma está preparando al hijo salvaje
de la psique para algo muy importante.
La resecación y la lisiadura
Casi todas las depresiones, los tedios y las erráticas confusiones de
una mujer se deben a una vida del alma fuertemente limitada en la que la
innovación, los impulsos y la creación están restringidos o prohibidos. La
fuerza creativa confiere a las mujeres un enorme impulso que las induce a
actuar. No podemos pasar por alto la existencia de los numerosos robos e
incapacitaciones del talento de las mujeres que se producen por medio de las
restricciones y los castigos que la cultura impone a sus instintos natu-rales y
salvajes.
Podemos escapar de esta situación siempre y cuando haya un río
subterráneo o incluso un pequeño arroyo procedente de algún lugar del alma que
vierta sus aguas en nuestra vida. Sin embargo, si una mujer que se encuentra
"lejos de casa" cede todo el poder, se convertirá primero en una
niebla, después en un vapor y finalmente en una simple brizna de su antiguo yo
salvaje.
Todo este robo y ocultamiento del pellejo natural de la mujer y la
consiguiente resecación y lisiadura de ésta me recuerdan un viejo cuento que
circulaba entre los distintos sastres rurales de nuestra familia. Mi di-funto
tío Vilmos lo contó una vez para calmar y dar una lección a un enfu-recido
adulto de nuestra extensa familia que estaba tratando con excesiva severidad a
un niño. Tío Vilmos tenía una paciencia y una ternura infini-
tas con las personas y los animales. Poseía el don natural de contar
cuen-tos según la tradición mesemondók y era muy hábil en la aplicación de
cuentos a modo de suave medicina.
Un hombre fue a casa del sastre Szabó y se probó un traje. Mientras
permanecía de pie delante del espejo se dio cuenta de que la parte inferior del
chaleco era un poco desigual.
-Bueno, no se preocupe por eso -le dijo el sastre-. sujete el extremo
más corto con la mano izquierda y nadie se dará cuenta.
Mientras así lo hacía, el cliente se dio cuenta de que la solapa de la
chaqueta se curvaba en lugar de estar plana.
-Ah, ¿eso? -dijo el sastre-. Eso no es nada. Doble un poco la cabeza y
alísela con la barbilla.
El cliente así lo hizo y entonces vio que la costura interior de los
pantalones era un poco corta y notó que la entrepierna le apretaba dema-siado.
-Ah, no se preocupe por eso -dijo el sastre-. Tire de la costura hacia
abajo con la mano derecha y todo le caerá perfecto.
El cliente accedió a hacerlo y se compró el traje. Al día siguiente se
puso el nuevo traje, "modificándolo" con la ayuda de la mano y la
barbilla. Mientras cruzaba el parque aplanándose la solapa con la barbilla,
tirando con una mano del chaleco y sujetándose la entrepierna con la otra, dos
ancianos que estaban jugando a las damas interrumpieron la partida al verle
pasar renqueando por delante de ellos.
-¡M’Isten, Oh, Dios mío! -exclamó el primer hombre-. ¡Fíjate en este
pobre tullido!
El segundo hombre reflexionó un instante y después dijo en un su-surro:
-Igen, sí, lástima que esté tan lisiado, pero lo que yo quisiera
saber...
es de dónde habrá sacado un traje tan bonito.
La reacción del primer anciano constituye la respuesta cultural habitual
ante una mujer que ha conseguido adquirir una persona impeca-ble, pero que está
completamente tullida a causa del esfuerzo que tiene que hacer para mantenerla.
Bueno, sí, es una lisiada, pero mira qué buena pinta tiene, qué buena es y qué
bien lo hace. Cuando estamos agostadas, caminamos renqueando para que parezca
que lo tenemos todo controlado y que todo va bien. Tanto si lo que falta es la
piel del alma como si lo que no encaja es la piel creada por la cultura, el
hecho de procurar disimularlo
nos convierte en unas tullidas. Y, cuando lo hacemos, la vida se reduce
y pagamos un precio muy alto.
Cuando una mujer empieza a resecarse, le resulta cada vez más difí-cil
comportarse de acuerdo con la saludable naturaleza salvaje. Las ideas, la
creatividad, la propia vida prosperan en un ambiente húmedo. Las mu-jeres que
se encuentran en este estado suelen soñar con el hombre oscuro: malhechores,
merodeadores o violadores las amenazan, las secuestran, les roban y les hacen
cosas mucho peores. A veces dichos sueños revisten un carácter traumático, pues
proceden de una agresión auténtica. Pero con más frecuencia son sueños de
mujeres que se están agostando, que no prestan los debidos cuidados a la faceta
instintiva de sus vidas, que se ro-ban a sí mismas, se privan de la función
creativa y a veces no hacen el menor esfuerzo por echarse una mano e incluso procuran
por todos los medios ignorar la llamada que les hacen para que regresen al
agua.
A lo largo de mis años de práctica he visto a muchas mujeres rese-cas,
algunas menos y otras más. Al mismo tiempo, estas mujeres me han contado muchos
cuentos de animales heridos, que en los últimos diez años han aumentado
considerablemente (tanto en los hombres como en las mujeres). Difícilmente
podríamos pasar por alto el hecho de que el au-mento de los sueños de animales
heridos coincide con los destrozos de lo salvaje tanto en el interior como en
el exterior de las personas.
En tales sueños la criatura -la liebre, el lagarto, el caballo, el oso,
el toro, la ballena, etc.- está lisiada como el hombre del cuento del sastre,
como la mujer foca. Aunque los sueños protagonizados por animales heri-dos se
refieren a la situación de la psique instintiva femenina y a su rela-ción con
la naturaleza salvaje, también constituyen un reflejo de las pro-fundas
laceraciones del inconciente colectivo como consecuencia de la pérdida de la
vida instintiva. Si la cultura prohíbe por el motivo que sea que las mujeres
puedan llevar una vida sensata e integral, éstas tendrán sueños de animales
heridos. Aunque la psique se esfuerce por todos los medios en limpiarse y
fortalecerse con regularidad, todas las señales de azotes de "allí
afuera" se reflejan en el inconciente de "aquí dentro" de tal
forma que la soñadora sufre los efectos de la pérdida de sus vínculos
per-sonales con la Mujer Salvaje y también los de la pérdida de la relación del
mundo con esta profunda naturaleza.
Por consiguiente, a veces no es sólo la mujer la que se reseca. A ve-ces
también se resquebrajan y se reducen a polvo algunos aspectos esen-ciales del
propio microambiente -la familia o el lugar de trabajo por ejem-plo- o la más
vasta cultura circundante, y esta situación afecta y aflige a la mujer. Para
que ésta pueda contribuir a enderezar los fallos, es necesario que regrese a su
propia piel, a su sentido común instintivo y a su propio hogar.
Tal como ya hemos visto, no reconocemos nuestra situación hasta que nos
convertimos en un ser semejante a la apurada mujer foca: sin piel, renqueando,
casi sin jugo y medio ciega. Menos mal que la enorme vitali-dad de la psique
nos regala la presencia en el inconciente de un viejo que
emerge a la superficie de nuestra conciencia y empieza a llamarnos
ince-santemente para que regresemos a nuestra verdadera naturaleza.
La llamada del Viejo
¿Qué es este grito del mar? Esta voz del viento que llama al niño y lo
hace levantar de la cama y salir a la noche es similar a un sueño que sur-ge en
la conciencia del soñador como una simple voz incorpórea. Se trata de uno de
los sueños más impresionantes que puede tener una persona. En mis tradiciones
culturales, cualquier cosa que diga esta voz en el sueño se considera una
transmisión directa del alma.
Dicen que los sueños en que aparece la voz incorpórea pueden pro-ducirse
en cualquier momento, pero muy especialmente cuando el alma pasa por una
situación apurada; en tales circunstancias, el yo profundo se lanza por así
decirlo a la caza. ¡Bang! Habla la voz del alma de una mujer. Y le dice lo que
va a ocurrir a continuación.
En el cuento, la vieja foca surge de su elemento para efectuar la
lla-mada. Uno de los rasgos más característicos de la psique salvaje consiste
en que, si nosotras no acudimos a ella espontáneamente, si no prestamos
atención a nuestras propias estaciones y al momento del regreso, el Vicio
saldrá a buscarnos y nos llamará una y otra vez hasta que algo de noso-tras le
responda.
Menos mal que existe esta señal natural del regreso a casa, tanto más
insistente cuanto mayor es nuestra necesidad de regresar. La señal se dispara
cuando todo empieza a ser "demasiado", tanto en sentido positivo como
negativo. Puede haber llegado el momento de regresar a casa, tanto cuando
existe demasiado estímulo positivo como cuando se registra una incesante
disonancia. Es posible que estemos demasiado inmersas en algo, que algo nos
haya agotado demasiado, que nos amen demasiado o dema-siado poco, que trabajemos
demasiado o demasiado poco. Todas estas co-sas tienen un precio muy alto. En
presencia de un "demasiado", nos vamos secando poco a poco, se nos
cansa el corazón, empieza a faltarnos la energía y surge en nosotras un
misterioso anhelo -que sólo acertamos a describir como "un algo"- que
se intensifica cada vez más. Es entonces cuando nos llama el Viejo.
En este cuento es interesante observar que el que oye y responde a la
llamada del mar es el pequeño hijo espiritual. El es quien se atreve a
enfrentarse con los peñascos y las piedras cubiertas de nieve, quien sigue
ciegamente el grito y quien tropieza por casualidad con la enrollada piel de
foca de su madre. El inquieto sueño del niño es un agudo y perspicaz re-trato
de la inquietud que experimenta una mujer cuando anhela regresar a su lugar de
origen psíquico. Puesto que la psique es un sistema completo, todos sus
elementos resuenan en respuesta a la llamada. La inquietud de una mujer en este
período se acompaña a menudo de irritabilidad y de una sensación de que todo
está demasiado cerca como para que resulte cómodo o demasiado lejos como para
que se pueda alcanzar la paz. Don-
dequiera que se encuentre la mujer, se siente un poco o muy
"perdida" de-bido a que ha permanecido demasiado tiempo lejos de
casa. Estas sensa-ciones son justo las que tiene que experimentar. Son un
mensaje que dice "Ven ahora mismo". La sensación de sentirnos
desgarradas procede del hecho de oír, de manera conciente o inconciente, que
algo nos llama y nos pide que regresemos, algo a lo que no podemos contestar
que no, so pena de sufrir un daño.
Si no acudimos cuando es el momento, el alma vendrá a buscarnos, tal
como vemos en estos versos de un poema titulado "La mujer que vive en el
fondo del lago".
...una noche
se oye un latido en la puerta.
Fuera, una mujer en la niebla
con cabellos de ramas y vestido de hierbas, chorreando verde agua del
lago. Dice: "Soy tú
y vengo de muy lejos.
Ven conmigo, quiero mostrarte una cosa ..."
Da media vuelta para marcharse, se le abre la capa.
De pronto, una luz dorada... una luz dorada
por todas partes... (8)
La vieja foca surge por la noche y el niño avanza a trompicones por la
noche. En este y en otros muchos cuentos vemos que el principal prota-gonista
descubre una asombrosa verdad o recupera un valioso tesoro mientras camina a
tientas en la oscuridad. Es un tema habitual en los cuentos de hadas y se
produce en cualquier circunstancia. Nada mejor que la oscuridad para que la
luz, la maravilla, el tesoro destaquen en toda su magnificencia. La "noche
oscura del alma" se ha convertido prácticamente en un lema en ciertos
ámbitos de la cultura.
La recuperación de lo divino tiene lugar en la oscuridad de Hel o del
Hades o de "allí". El regreso de Cristo se produce como un resplandor
del crepúsculo infernal. La diosa asiática Amaterasu estalla desde la
oscuri-dad de debajo de la montaña. La diosa sumeria Inanna en su forma
acuá-tica "se enciende con un resplandor dorado mientras se acuesta en un
surco recién arado de negra tierra"(9). En las montaña, de Chiapas dicen
que cada día "el amarillo sol tiene que abrir con su calor un agujero en
el negrísimo huipil para poder elevarse en el cielo" (10). Estas imágenes
que giran alrededor de la oscuridad transmiten un ancestral mensaje que dice
"No temasno saber". En distintas fases y en distintos períodos de
nues-tra vida así tiene que ser. Este aspecto de los cuentos y de los mitos nos
anima a responder a la llamada aunque no sepamos adónde vamos, en qué dirección
o durante cuanto tiempo. Lo único que sabemos es que, co-mo el niño del cuento,
tenemos que incorporarnos en la cama, levantarnos e ir a ver. Por consiguiente,
es posible que andemos dando tumbos en me-
dio de la oscuridad durante algún tiempo tratando de averiguar qué es lo
que nos llama, pero, puesto que hemos conseguido vencer la tentación de
apartarnos de la llamada de lo salvaje, invariablemente tropezamos con la piel
del alma. Cuando aspiramos este estado del alma, entramos invaria-blemente en
la sensación de "Eso está bien. Sé lo que necesito".
Para muchas mujeres modernas lo más temible no es el avance en medio de
la oscuridad buscando la piel del alma sino la inmersión en el agua, el regreso
efectivo a casa y especialmente la despedida efectiva. Aun-que las mujeres
regresen a sí mismas, se pongan la piel de foca, se la ali-sen bien y estén
preparadas para la partida, el hecho de irse es muy duro; es muy duro ceder y
entregar aquello en lo que habíamos estado ocupadas hasta aquel momento e irnos
sin más.
La prolongación excesiva de la estancia
En el cuento, la mujer foca se reseca porque prolonga excesivamente su
estancia. Sus males son los mismos que sufrimos nosotras cuando pro-longamos
excesivamente nuestra estancia. La piel es nuestro órgano más sensible; nos
dice cuándo tenemos frío o calor, cuándo estamos emociona-das o asustadas.
Cuando una mujer lleva demasiado tiempo lejos de casa, su capacidad de percibir
lo que realmente siente y piensa acerca de sí misma y de otras cosas empieza a
secarse y agrietarse. Se encuentra en un aletargado "estado de
lemming". Puesto que no percibe lo que es demasia-do y lo que no es
suficiente rebasa sus propios límites.
Vemos en el cuento que se le cae el cabello, que adelgaza y se
con-vierte en una versión anémica de lo que antaño fuera. Cuando prolonga-mos
demasiado nuestra estancia, nosotras también perdemos las ideas, nuestra
relación con el alma se debilita y la circulación de la sangre dis-minuye y se
reduce su velocidad. La mujer foca empieza a cojear, sus ojos pierden la
humedad y empieza a quedarse ciega. Cuando ya hace tiempo que tendríamos que
estar en casa, nuestros ojos ya no brillan por nada, nuestros huesos están
cansados y es como si se abrieran las vainas de nuestros nervios y ya no
pudiéramos concentrarnos la quiénes somos ni en lo que hacemos.
En las boscosas colinas de Indiana y Michigan, vive un sorprendente
grupo de granjeros cuyos antepasados llegaron allí hace mucho tiempo desde las
colinas de Kentucky y Tennessee. Aunque su lenguaje está pla-gado de
incorrecciones gramaticales de todo tipo, son unos grandes lecto-res de la
Biblia y, por consiguiente, suelen emplear bellas y musicales pa-labras tales
como: iniquidad, aromático y cántico (11). Y, además, utilizan muchas
expresiones que se refieren al cansancio y a la ignorancia de las mujeres. La
gente del campo no pule mucho las palabras. Las corta en bloques, las junta en
pedazos que llama frases y las suelta tal como vie-nen. "Lleva demasiado
tiempo trabajando como una burra", "está derren-gada",
"está tan cansada que ya ni siquiera encuentra el camino del
esta-blo" y, especialmente, la brutal descripción, "dar de mamar a
una camada
muerta", es decir, malgastar su vida en un matrimonio, un trabajo o
una tarea inútil o insatisfactoria.
Cuando una mujer lleva demasiado tiempo lejos de casa, cada vez se
siente menos capaz de avanzar por la vida. En lugar de tirar de un arnés
elegido por ella misma, cuelga del que le han impuesto. Está tan exhausta y
aturdida que pasa cansinamente por delante del lugar en el que podría hallar
alivio y consuelo. La camada muerta está integrada por ideas, tareas y
exigencias que no dan resultado, carecen de vida y no le aportan ningu-na vida.
La mujer que se encuentra en semejante estado palidece pero se vuelve
irritable, es cada vez más exigente pero, al mismo tiempo, está más dispersa.
Su vela arde y es cada vez más corta. La cultura popular lo llama
"consumirse", pero es algo más que eso, es hambre del alma. Cuando se
llega a este extremo, no queda más remedio que hacer una cosa; la mujer sabe
finalmente, no que quizá o que a lo mejor volverá a casa sino que tie-ne que
volver a casa.
La promesa que se hace en el cuento es una promesa rota. El hom-bre, que
también está reseco y tiene la cara llena de grietas por haber permanecido
tanto tiempo solo, ha conseguido que la mujer foca entre en su casa y su
corazón, prometiéndole que, al cabo de un cierto período, él le devolverá el
pellejo y entonces ella podrá quedarse con él o regresar a su país si así lo
desea.
¿Qué mujer no se sabe de memoria esta promesa rota? "En cuanto
termine esto que estoy haciendo me podré ir. En cuanto pueda marchar-me... Me
iré en primavera. Me iré pasado el verano. Cuando los niños vuel-van a la
escuela... Más tarde en otoño cuando los árboles son tan hermo-sos, me iré.
Esperaré hasta la primavera... Esta vez lo digo en serio."
El regreso a casa es especialmente importante cuando la mujer ha estado
ocupada con cuestiones del mundo exterior y ha permanecido en él demasiado
tiempo. ¿Qué duración tiene este tiempo? En cada mujer es distinta, pero baste
decir que las mujeres saben con absoluta certeza cuándo han permanecido
demasiado tiempo en el mundo y ya es hora de regresar casa. Sus cuerpos están
en el aquí y el ahora, pero sus mentes están muy lejos.
Se mueren de ganas de iniciar una nueva vida. Ansían volver al mar.
Viven simplemente para el mes que viene, hasta que pase el semestre, están
deseando que termine el invierno para poder volver a sentirse vivas, están
deseando que llegue una fecha místicamente establecida en algún momento del
futuro en la que finalmente serán libres de hacer algo prodi-gioso. Creen que
se morirán si no... (llena tú misma el espacio en blanco). Y todo tiene un aire
de duelo. Experimentan desasosiego. Sensación de privación. Nostalgia. Tiran de
los hilos sueltos de su falda y se pasan largo rato mirando a través de las
ventanas. Y no se trata de un malestar transi-torio. Es algo permanente que se
va intensificando conforme pasa el tiem-po.
Pese a lo cual, las mujeres siguen con sus rutinas cotidianas, miran con
expresión sumisa, sonríen con afectación y se comportan como si se
sintieran culpables. "Sí, sí, ya lo sé -dicen-. Tendría que
hacerlo, pero, pe-ro, pero ... " Los "peros" de sus frases son
la señal de que han permanecido demasiado tiempo en el mundo exterior.
Una mujer incompletamente iniciada que se encuentra en este esta-do de
disminución cree equivocadamente que adquirirá un mayor recono-cimiento
espiritual quedándose donde está que yéndose. Otras se sienten atrapadas y, tal
como dicen en México, tienen que dar un tirón fuerte a algo y tiran
incesantemente de la manga de la Virgen en su afán de demostrar que son buenas
y aceptables.
Pero hay otras razones por las que la mujer se siente dividida. No está
acostumbrada a permitir que los demás lleven las riendas. Puede ser una
practicante de la "letanía de los niños", esa que dice "Pero mis
hijos necesitan tal cosa o tal otra, etc." (12). No se da cuenta de que,
sacrificando su necesidad de regreso, está enseñando a sus hijos a sacrificar
sus nece-sidades cuando sean mayores.
Algunas mujeres temen que los que las rodean no comprendan su necesidad
de regresar a casa. Y puede que no todo el mundo la compren-da. Pero la que
tiene que comprenderla es la propia mujer. Cuando una mujer regresa a casa
siguiendo sus propios ciclos, los que la rodean tienen que entregarse a la
tarea de su propia individuación y a la resolución de sus propias cuestiones
vitales. El regreso a casa de la mujer propicia el crecimiento y el desarrollo
de los demás.
Entre las lobas no se dan estas sensaciones de división a propósito de
la partida o la permanencia, pues trabajan, paren, descansan y vaga-bundean
siguiendo unos ciclos. Forman parte de un grupo que comparte los trabajos y los
cuidados cuando otros miembros de la manada se hallan ausentes. Es una buena
manera de vivir. Es una manera de vivir que po-see toda la integridad de lo
femenino salvaje.
Vamos a dejar bien claro que el hecho de regresar a casa puede ser
muchas cosas distintas para muchas mujeres distintas. Una pintora ru-mana amiga
mía sabía que su abuela se encontraba en su fase de regreso a casa cuando
sacaba una silla de madera al jardín de la parte de atrás y permanecía sentada
contemplando el sol con los ojos abiertos. "Es una medicina muy buena para
los ojos", decía. Los demás se guardaban mu-cho de molestarla y, si no se
guardaban, muy pronto se enteraban de lo que valía un peine. Es importante
comprender que el regreso a casa no cuesta necesariamente dinero. Cuesta
tiempo. Cuesta mucha fuerza de voluntad decir "Me voy" y decirlo en
serio. Se puede volver la cabeza, tal como aconseja hacer mi querida amiga Jean
y decir "Ahora me voy, pero volveré", pero hay que hacerlo sin
interrumpir el camino de regreso a casa.
Hay muchas maneras de regresar a casa; muchas son profanas y otras son
divinas. Mis clientas me dicen que, para ellas, estas tareas mun-danas son un
regreso a casa, pero yo les advierto de que la situación exac-ta de la rendija
que nos abre el camino de la vuelta a casa cambia según el momento, por lo que
su localización de este mes puede ser distinta de la del anterior. Volver a
leer pasajes de libros y poemas que nos han emocio-
nado. Pasar unos cuantos minutos junto a la orilla de un río, una
corrien-te o un arroyo. Tenderse en el suelo en medio de las sombras del
crepús-culo. Estar en compañía de un ser amado sin la presencia de los niños.
Sentarse en el porche quitándole la cáscara a algo, haciendo calceta, mon-dando
algo. Caminar o conducir el automóvil en cualquier dirección y des-pués
regresar. Subir a un autobús con destino desconocido. Construir tambores
mientras se escucha música. Saludar el amanecer. Desplazarse en coche hasta un
lugar en el que las luces de la ciudad no borren el cielo nocturno. Rezar.
Tener un amigo especial. Sentarse en el pretil de un puente con las piernas
colgando. Sostener a un niño en brazos. Sentarse junto a la luna de un café y
ponerse a escribir. Sentarse en el centro de un claro del bosque. Secarse el
cabello al sol. Introducir las manos en un ba-rril lleno de agua de lluvia.
Plantar procurando ensuciarse las manos de barro. Contemplar la belleza, la
gracia, la conmovedora fragilidad de los seres humanos.
Por consiguiente, no es necesario emprender un largo y arduo viaje para
regresar a casa, aunque tampoco quisiera dar a entender que se trata de algo
muy simple, pues el hecho de regresar a casa exige vencer una considerable
resistencia tanto si es fácil como si es difícil.
Hay otra manera de comprender la razón de que las mujeres retras-en su
regreso a casa, una razón mucho más misteriosa que consiste en la excesiva
identificación de una mujer con el arquetipo de la sanadora. Un arquetipo es
una enorme fuerza misteriosa e instructiva a la vez. Hacemos acopio de
provisiones cuando estarnos cerca de él, tratamos de emularlo en cierto modo y
mantenemos una relación equilibrada con él. Cada ar-quetipo tiene unas
características determinadas que concuerdan con el nombre que asignamos a cada
uno de ellos: la gran madre, el niño divino, el héroe solar, etc.
El arquetipo de la gran sanadora sugiere sabiduría, bondad,
conoci-miento, solicitud y todas las demás cualidades que se asocian con una
sa-nadora. Por consiguiente, es bueno ser generosa, amable y servicial como el
arquetipo de la gran sanadora. Pero sólo hasta cierto punto. Más allá de él
ejerce una influencia entorpecedora en nuestras vidas. El impulso que
experimentan las mujeres de "curarlo todo y arreglarlo todo" es una
peli-grosa trampa creada por las exigencias que nos impone nuestra cultura y
que consisten sobre todo en las presiones que nos obligan a demostrar que no
estamos ahí sin hacer nada como unos pasmarotes sino que poseemos un valor
amortizable; podríamos decir incluso que en algunas partes se nos obliga a
demostrar que valemos para algo y que, por consiguiente, te-nernos derecho a
vivir. Estas presiones se introducen en nuestra psique cuando somos muy jóvenes
e incapaces de juzgar y oponer resistencia. Más tarde las presiones se
convierten en ley, a no ser que las desafiemos o hasta que nos decidamos a
hacerlo.
Pero los gritos del mundo que sufre no pueden ser atendidos
cons-tantemente por una sola persona. Sólo podemos responder a los que nos
permiten regresar a casa con regularidad, de lo contrario, las luces de
nuestro corazón se van apagando hasta quedar reducidas prácticamente a
nada. A veces lo que el corazón desea socorrer no coincide con los recursos de
que dispone el alma. Si una mujer valora su piel de foca, resolverá estas
cuestiones según lo cerca que ella se encuentre de "casa" y la
frecuencia con que haya estado allí.
Aunque los arquetipos ernanen de nosotras durante unos breves períodos
de tiempo que se podrían calificar de experiencia numinosa, nin-guna mujer
puede irradiar constantemente un arquetipo. Sólo el arquetipo propiamente dicho
puede servir en todo momento, entregarse por entero y mostrar una energía
inagotable. Podemos intentar emular a los arquetipos, pero éstos son unos
ideales inalcanzables para los seres humanos y no están destinados a hacerse
realidad. Y, sin embargo, la trampa exige que las mujeres se agoten en un vano
intento de alcanzar estos niveles irreales. Para evitar la trampa, hay que
aprender a decir "Basta" y "Que pare la música", pero a
decirlo en serio.
Para empezar, una mujer tiene que alejarse, estar consigo misma y
examinar de qué manera se quedó atrapada en un arquetipo (13). Tiene que
recuperar y desarrollar el instinto de conservación salvaje que establece
"sólo hasta aquí y no más, sólo esto y nada más". Así es como la
mujer conserva la orientación. Es preferible irse a casa durante algún tiempo
aunque ello provoque el enfado de los demás, antes que quedarse y dete-riorarse
y tener que alejarse finalmente a rastras, cubierta de andrajos.
Por consiguiente, las mujeres que están cansadas y transitoriamente
hartas del mundo, que temen tomarse un poco de tiempo libre o interrum-pir sus
actividades, ¡ya es hora de que despierten! Que cubran con una manta el gong
que las llama para que colaboren constantemente en esto, aquello o lo de más
allá. Ya retirarán la manta a la vuelta si así lo desean. Si no regresamos a
casa cuando es el momento, perdemos la concentra-ción. El hecho de encontrar de
nuevo la piel, ponérnosla, ajustárnosla bien y regresar a casa nos ayuda a ser
más eficaces en nuestra actuación a la vuelta. Hay un dicho según el cual
"No se puede regresar casa", pero es falso. Aunque no se puede
regresar de nuevo a la matriz, sí se puede re-gresar al hogar. Y no sólo es
posible sino que es un requisito imprescindi-ble.
La liberación, la inmersión
¿Qué es el ansia de hogar? Es el instinto de volver, de ir al lugar
re-cordado. Es la capacidad de encontrar tanto de día como de noche el pro-pio
hogar. Todas sabemos cómo regresar a casa. Por mucho tiempo que haya
transcurrido, sabemos encontrar el camino. Caminamos de noche cruzando tierras
extrañas y tribus desconocidas sin ningún mapa, pregun-tando a los viejos
personajes que encontramos por el camino: "¿ Por dónde se va?"
La respuesta exacta a la pregunta "¿ Dónde está el hogar?" es
más complicada, pero se trata en cierto modo de un lugar interior, de un lugar
del tiempo más que del espacio, en el que una mujer se siente entera. El
hogar está allí donde un pensamiento o un sentimiento se puede conservar sin
que se interrumpa o nos sea arrebatado porque otra cosa exige nuestro tiempo y
nuestra atención. A lo largo de los siglos las mujeres han encon-trado miles de
maneras de tenerlo y crearlo, aunque sus deberes y sus ta-reas fueran
interminables.
Lo aprendí por primera vez en la comunidad de mi infancia, donde muchas
piadosas mujeres se levantaban antes de las cinco de la madru-gada y con sus
largos vestidos oscuros atravesaban el gris amanecer para arrodillarse en la
fría nave de la iglesia, con la visión periférica cortada por las babushkas que
se echaban sobre la cabeza. Allí hundían el rostro en las enrojecidas manos y
rezaban, le contaban a Dios sus cosas y se llena-ban de paz, de fortaleza y de
perspicacia. mucha, veces mi tía Katerin me llevaba consigo. Una vez le dije:
-Qué tranquilo se está aquí y qué bonito es.
Ella me guiñó el ojo y me hizo señas de que callara.
-No se lo digas a nadie; es un secreto muy importante.
Y así era en efecto, pues el camino hacia la iglesia al amanecer Y el
oscuro interior del templo eran los dos lugares de aquella época en que estaba
prohibido molestar a una mujer.
Es justo que las mujeres se esfuercen por salir, se liberen, tomen,
hagan, conspiren y afirmen su derecho a regresar a casa. El hogar es un estado
de ánimo continuado o una sensación que nos permite experimen-tar sentimientos
no necesariamente manifestados en el mundo exterior asombro, visión, paz,
liberación de las preocupaciones, de las exigencias, de los constantes
parloteos. Todos estos tesoros del hogar se tienen que almacenar en la psique
para su posterior utilización en el inundo de arri-ba.
Aunque hay muchos lugares físicos a los que una puede ir para
"sentir" su regreso a este hogar especial, el lugar físico
propiamente dicho no es el hogar; es tan sólo el vehículo que mece al ego para
que se duerma mientras recorremos el resto del camino solas. Los vehículos que
utilizan las mujeres para regresar a casa son muchos: la música, el arte, el
bos-que, la espuma del mar, el amanecer, la soledad. Todos ellos nos conducen
al nutritivo mundo interior del hogar que posee sus propias ideas, su or-den y
su sustento.
El hogar es la prístina vida instintiva que funciona tan suavemente como
un eje que se desliza sobre su engrasado cojinete, donde todos los ruidos
suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de
alarmarnos. La manera en que una pase el tiempo a la vuelta no tiene
importancia. Lo esencial es cualquier cosa que revitalice el equilibrio. Eso es
el hogar.
Allí no sólo hay tiempo para meditar sino también para aprender y
descubrir lo olvidado, lo abandonado y lo enterrado. Allí podemos imaginar el
futuro y examinar también los mapas de las cicatrices de la psique, ave-riguar
sus causas y adónde iremos a continuación. Tal como escribe
Adrienne Rich a propósito de la recuperación del Yo en su evocador poema
"La inmersión en los restos del naufragio": (14)
Hay una escalera de mano.
La escalera de mano siempre está ahí
colgando inocentemente
cerca del costado de la goleta...
Desciendo...
Vine para explorar el naufragio...
Vine para ver los daños que ha habido
y los tesoros que se han conservado...
Lo más importante que puedo decir acerca del momento más opor-tuno de
este ciclo del regreso al hogar es lo siguiente: Cuando es la hora, es la hora.
Aunque la mujer no esté preparada, aunque las cosas no estén hechas, aunque hoy
tenga que llegar el barco. Cuando es la hora es la hora. La mujer foca regresa
al mar, no porque le apetece, no porque hoy es un buen día para ir, no porque
su vida está limpia y ordenada; no existe ningún momento limpio y ordenado para
nadie. Se va porque es la hora y, por consiguiente, se tiene que ir.
Todas tenemos nuestros métodos preferidos para convencernos de la
necesidad de buscar el momento para regresar a casa; sin embargo, cuan-do
recuperamos nuestros ciclos instintivos y salvajes, tenemos la obliga-ción
psíquica de ordenar nuestra vida de tal forma que podamos vivirla cada vez más
de acuerdo con ellos. Las discusiones a propósito del acierto o el desacierto
de la despedida para poder regresar a casa carecen de sen-tido. La simple
verdad es que cuando es la hora, es la hora (15).
Algunas mujeres nunca regresan a casa y siguen viviendo su vida en la
zona zombi. Lo más cruel de su estado exánime es que la mujer actúa, camina,
habla, se comporta e incluso hace un montón de cosas, pero ya no percibe los
efectos de lo que ha fallado. Si los percibiera, su dolor la obligaría a
solventar el fallo.
Pero no, la mujer que se encuentra en semejante estado sigue avan-zando
medio ciego con los brazos extendidos para defenderse de la angus-tiosa pérdida
del hogar. Tal como dicen en las Bahamas: "Se ha vuelto sparat", es
decir, su alma se ha ido sin ella y la ha dejado debilitada, haga lo que haga.
En este estado las mujeres experimentan la extraña sensación de hacer
muchas cosas que no les producen la menor satisfacción. Hacen lo que creen que
deseaban hacer, pero el tesoro que sostenían en sus manos se ha trocado en
cierto modo en polvo. Es bueno que una mujer en seme-jante estado tenga esta
percepción. El descontento es la puerta secreta que permite acceder a un cambio
significativo y propiciador de vida.
Las mujeres con quienes yo he trabajado y que llevan veinte anos o más
lejos de casa siempre rompen a llorar cuando vuelven a poner por primera vez
los pies en ese terreno psíquico. Por distintas razones que en
su momento parecían buenas, se habían pasado muchos años aceptando un
exilio permanente de su patria y habían olvidado lo inmensamente be-neficioso
que es el hecho de que la lluvia caiga sobre la tierra seca.
Para algunas, el hogar es el inicio de una actividad. Algunas vuelven a
cantar tras haberse pasado varios años sin encontrar ninguna razón pa-ra
hacerlo. Se entregan al aprendizaje de algo que llevaban mucho tiempo deseando
aprender. Buscan a personas y cosas perdidas de sus vidas. Re-cuperan la voz y
escriben. Descansan. Hacen suyo un rincón del mundo. Toman grandes o extremas
decisiones. Hacen algo que deja huella.
Para algunas mujeres el hogar es un bosque, un desierto, un mar. En
realidad, el hogar es holográfico. Se desarrolla en toda su plenitud in-cluso
en un solo árbol, un solo cacto del escaparate de una tienda, un es-tanque de
serenas aguas. Se desarrolla también en toda su potencia en una amarilla hoja
caída sobre el asfalto, una roja maceta de arcilla que espera la plantación de
una raíz o una gota de agua sobre su tierra. Cuan-do una mujer se concentra con
los ojos del alma, ve el hogar en muchísi-mos lugares.
¿Durante cuánto tiempo puede permanecer una mujer en su casa? Hasta que
pueda o hasta que sienta la necesidad de regresar de allí.
¿Con cuánta frecuencia necesita hacerlo? Con mucha más frecuencia si la
mujer es "sensible" y desarrolla una gran actividad en el mundo
exterior. Con menos frecuencia si tiene una piel muy dura y no transcurre tanto
tiempo "allí afuera". Cada mujer sabe en su fuero interno con cuánta
fre-cuencia y durante cuánto tiempo lo necesita. Es cuestión de valorar el
bri-llo de nuestros propios ojos, la resonancia de nuestro estado de ánimo, la
vitalidad de nuestros sentidos.
¿Cómo equilibrarnos la necesidad de regresar a casa con nuestra
existencia cotidiana? Planificando de antemano el hogar en nuestra vida.
Siempre es un motivo de asombro la facilidad con que las mujeres "sacan el
tiempo de donde sea" cuando surge una enfermedad, cuando el niño las
necesita, cuando el coche sufre una avería, cuando les duele una muela. Hay que
atribuir el mismo valor al regreso a casa y, en caso necesario, in-cluso se le
tiene que otorgar el carácter de crisis, pues está demostrado que, si una mujer
no se va cuando es la hora de irse, la fina grieta de su alma/psique se
convierte en un barranco y el barranco se convierte en un impresionante abismo.
Si la mujer valora al máximo sus ciclos de regreso a casa, aquellos que
la rodean también aprenderán a valorarlos. Pero no cabe duda de que también se
puede disfrutar del "hogar", reservando un poco de tiempo de nuestra
rutina cotidiana, un tiempo que tiene que ser sagrado Y estar de-dicado
exclusivamente a nuestra propia persona. La frase "dedicado
exclu-sivamente a nuestra propia persona" puede significar cosas distintas
para distintas mujeres. Para algunas el hecho de encerrarse en una habitación,
pero estar disponible para los demás puede sor un estupendo regreso a casa.
Otras, en cambio, necesitan que no se produzca la más mínima inte-
rrupción cuando se sumergen en el hogar. Nada de: "Mami, mami,
¿dónde
están mis zapatos?" Nada de: "Cariño, ¿necesitamos algo de la
tienda?" Para una mujer de este tipo la entrada a su hogar profundo es el
si-
lencio. No me molestes. El Silencio Absoluto, con S y A mayúsculas. Para
ella, el aullido del viento entre los árboles es el silencio. Para ella, un
true-no es el silencio. El orden propio de la naturaleza que no pide nada a
cam-bio es el silencio que da la vida. Cada mujer elige lo que puede y lo que
de-be.
Cualquiera que sea el período de tiempo que permanezcamos en nuestro
hogar, tanto si es una hora como si son varios días, recuerda que otras
personas pueden cuidar de tus gatos aunque tus gatos digan que sólo tú lo sabes
hacer bien. Tu perro intentará hacerte creer que estás abandonando a un niño en
la carretera, pero te perdonará, La hierba se marchitará un poco, pero
reverdecerá. Tú y tu hijo os echaréis mutuamen-te de menos, pero os alegraréis
de veros a tu regreso. Puede que tu pareja refunfuñe. Lo superará. Puede que tu
jefe te amenace. También lo supe-rará. Permanecer demasiado tiempo lejos de
casa es una locura. Regresar a casa es la cordura.
Cuando la cultura, la sociedad o la psique no soportan este ciclo del
regreso a casa, muchas mujeres aprenden a saltar la verja o a pasar por debajo
de la valla. Adquieren una enfermedad crónica y roban el tiempo de lectura en
la cama. Esbozan una sonrisa toda dientes como si todo mar-chara sobre ruedas e
inician una sutil labor de aplazamiento mientras du-ra la situación.
Cuando el ciclo del regreso a casa de las mujeres sufre algún
tras-torno, muchas creen que, para poder sentirse libres de marcharse y
satis-facer sus necesidades psíquicas, tienen que pelearse con su jefe, con sus
hijos, con sus padres o con su pareja. Y entonces se produce el estallido y la
mujer dice: "Bueno pues, me voy. Como eres tan... (llena tú misma el
espacio en blanco) y está claro que no te importa... (llena tú misma el
es-pacio en blanco), me voy y sanseacabó." Sube al coche y en medio del
ru-gido del motor y de una polvareda de grava, se larga sin más.
Cuando una mujer tiene que luchar por lo que en justicia le
corres-ponde, siente que su deseo de regresar a casa está absolutamente
justifi-cado. Es interesante observar que, en caso necesario, los lobos luchan
pa-ra conseguir lo que quieren, tanto si se trata de comida comO si se trata de
sueño, sexo o tranquilidad. Podría parecer que la lucha por conseguir lo que
uno quiere es la adecuada reacción instintiva cuando la persona tro-pieza con
obstáculos. Sin embargo, en el caso de muchas mujeres la lucha se tiene que
combatir también, o exclusivamente, en su interior contra to-do el complejo
interno que niega su necesidad. Por otra parte, el hecho de haber estado en
casa y haber regresado de allí permite que una mujer pueda rechazar con más
eficacia una cultura agresiva.
En caso de que la mujer tenga que librar una batalla cada vez que se va,
quizá le convenga sopesar cuidadosamente sus relaciones con los que la rodean,
tratando de hacerles comprender a los suyos que será mejor y
distinta cuando regrese, que no les abandona sino que está aprendiendo
de nuevo a ser ella misma y a regresar a su verdadera vida. En caso de que sea
una artista, conviene que se rodee de personas que comprendan su necesidad de
regresar a casa con más frecuencia que la mayoría de la gen-te, pues cabe la
posibilidad de que necesite minar el terreno psíquico de su hogar más a menudo
que otras mujeres para poder aprender los ciclos de la creación. Por
consiguiente, hay que ser breve, pero inflexible. Mi amiga Normandi, una
excelente escritora, dice que lo ha practicado y que, al fi-nal, lo ha reducido
a un simple: "Me voy." Son las mejores palabras que hay.
Pronúncialas. Y vete.
La magnitud del tiempo útil y/o necesario que se tiene que pasar en casa
varía de mujer a mujer. La mayoría de nosotras no puede permanecer ausente todo
el tiempo que quisiera y, por consiguiente, aprovecha el tiempo que puede. De
vez en cuando, permanecemos ausentes todo el tiempo que necesitamos. Otras
veces permanecemos ausentes hasta que empezamos a echar de menos lo que hemos
dejado. A veces nos sumergi-mos y afloramos de nuevo a la superficie a rachas.
Casi todas las mujeres que regresan a sus ciclos naturales procuran establecer
un equilibrio entre las circunstancias y las necesidades. Pero de lo que no
cabe duda es de que conviene tener una maletita a punto junto a la puerta. Por
si acaso.
La mujer medial: La respiración bajo el agua
En el cuento se llega a un curioso compromiso. En lugar de dejar al niño
o de llevarse al niño consigo para siempre, la mujer foca se lleva al niño para
que visite a los que viven "debajo". Al niño se le reconoce la
con-dición de miembro del clan de la foca a través de la sangre de su madre. Y
allí, en el hogar subacuático, el niño es instruido en la naturaleza del alma
salvaje.
El niño representa el nuevo orden de la psique. Su madre foca ha
in-fundido en sus pulmones parte de su aliento, parte de su clase especial de
vivificación, transformándolo, según la terminología psicológica, en un ser
medial (16), capaz de tender un puente entre ambos mundo,. Sin embargo, aunque
haya sido iniciado en la naturaleza del mundo subterráneo, este niño no se
puede quedar allí sino que tiene que regresar a la tierra. De ahí que, en
adelante, desempeñe un papel especial. El que no se ha sumergido y ha regresado
a la superficie no es enteramente ego ni enteramente alma sino algo intermedio.
Existe en el núcleo esencial de las mujeres lo que Toni Wolffe, un
analista junguiano que vivió en la primera mitad del siglo XX, llamó "la
mujer medial". La mujer medial está situada entre los mundos de la
reali-dad consensual y del inconciente místico y actúa de mediadora entre
am-bos. La mujer medial es la transmisora y receptora de dos o más series de
valores e ideas. Es la que da vida a nuevas ideas, cambia las ideas anti-guas
por las innovadoras, se traslada desde el mundo de lo racional al
mundo de la imaginación. "Oye" cosas, "sabe" cosas e
"intuye" lo que va a ocurrir a continuación.
El punto intermedio entre los mundos de la razón y de la imagen, entre
la sensación y el pensamiento, entre la materia y el espíritu, entre todos los
contrarios y todos los matices de significado que se puedan ima-ginar, es el
hogar de la mujer medial. La mujer foca del cuento es una emanación del alma.
Puede vivir en todos los mundos, en el mundo de arriba de la materia y en el
mundo lejano o mundo subterráneo que es su hogar espiritual, pero no puede
permanecer demasiado tiempo en la tierra. Ella y el pescador, el ego de la
psique, crean un hijo que también puede vivir en ambos mundos, pero no puede
permanecer demasiado tiempo en el hogar del alma.
La mujer foca y el niño forman en la psique femenina un sistema que es
más bien un equipo de emergencia. La mujer foca, el yo del alma, transmite
pensamientos, ideas, sentimientos e impulsos desde el agua al yo medial, que a
su vez sube todas estas cosas a la tierra y a la conciencia del mundo exterior.
El sistema funciona también en sentido contrario. Los acontecimientos de
nuestra vida cotidiana, nuestros pasados traumas y alegrías, nuestros temores y
esperanzas para el futuro se transmiten al alma, la cual hace comentarios
acerca de ellos durante nuestros sueños nocturnos, transmite sus sentimientos a
través de nuestro cuerpo o nos traspasa con un instante de inspiración en cuyo
extremo va prendida una idea.
La Mujer Salvaje es una combinación de sentido común y sentido del alma.
La mujer medial es su doble y es también capaz de experimentar ambas cosas.
Como el niño del cuento, la mujer medial pertenece a este mundo pero puede
viajar sin dificultad hasta las honduras de la psique. Algunas mujeres tienen
este don innato. Otras lo adquieren. No importa la forma en que una mujer lo
consiga, pero uno de los efectos del regreso habitual a casa es el
fortalecimiento de la mujer medial de la psique cada vez que una mujer va y
viene.
La salida a la superficie
El prodigio y el dolor del regreso al lugar del hogar salvaje estriba en
que podemos visitarlo, pero no podemos quedarnos en él. Por muy maravi-lloso
que sea el hogar más profundo que imaginar se pueda, no podemos permanecer para
siempre bajo el agua sino que tenemos que salir de nue-vo a la superficie. Como
Ooruk, que es cuidadosamente depositado en la pedregosa orilla, regresamos a
nuestras vidas del mundo exterior rebosan-tes de nuevo vigor. Aun así, el
momento en que nos depositan en la orilla y volvemos a quedarnos solas resulta
un poco triste. En los antiguos ritos místicos, los iniciados que regresaban al
mundo exterior también experi-mentaban una sensación agridulce. Se alegraban y
se sentían vigorizados, pero al principio experimentaban cierta nostalgia.
El remedio para esta tristeza nos lo da la mujer foca cuando le dice a
su hijo: "Yo siempre estoy contigo. Toca lo que yo he tocado, los palillos
de encender el fuego, mi ulu, mi cuchillo, mis piedras labradas en figuras de
nutrias y focas, y yo infundiré en tus pulmones un aliento para que pue-das
cantar tus canciones." (17) Sus palabras encierran una clase especial de
promesa salvaje. Dan a entender que no debemos dedicar demasiado tiempo al
inmediato anhelo de regresar. Tenemos que procurar, por el con-trario,
comprender estas herramientas e interactuar con ellas para percibir su
presencia como si fuéramos la piel de un tambor golpeada por una ma-no salvaje.
Los inuit dicen que estas herramientas pertenecen a "una mujer de
verdad". Son lo que necesita una mujer para "labrarse su propia
vida". Su cuchillo corta, viste, libera, dibuja, hace que los materiales
encajen. Su conocimiento de los palillos para encender el fuego le permite
encender el fuego en las más adversas condiciones. Sus piedras labradas
expresan su sabiduría mística, su repertorio curativo y su unión personal con
el mundo del espíritu.
Utilizando la terminología psicológica, estas metáforas tipifican las
fuerzas comunes a la naturaleza salvaje. En la psicología junguiana clási-ca,
algunos podrían denominar este tándem el eje del ego-yo. En el argot de los
cuentos de hadas el cuchillo es, entre otras cosas, una herramienta visionaria
destinada a cortar la oscuridad y ver las cosas Ocultas. Las herramientas para
encender el fuego representan la capacidad de crear el propio alimento, de
transformar la propia vida en una vida nueva, de repe-ler el negativismo
inútil. Se pueden considerar la representación de un im-pulso innato que
refuerza los materiales básicos de la psique. Tradicio-nalmente, los fetiches y
talismanes ayudan a la heroína y al héroe de los cuentos de hadas a recordar la
cercanía de las fuerzas del mundo espiri-tual.
Para una mujer moderna, el ulu, es decir, el cuchillo, simboliza la
perspicacia, la disposición y la capacidad de alejarse de lo superfluo, de
imponerse unos objetivos claros y de labrarse unos nuevos principios. La
capacidad de encender el fuego representa su capacidad de levantarse después de
un fracaso, de crear pasión en su propio nombre y de quemar algo hasta dejarlo
reducido a cenizas en caso necesario. Las piedras labra-das encarnan el
recuerdo de su propia conciencia salvaje y su unión con la vida instintiva
natural.
Como el hijo de la mujer foca, aprendemos que el hecho de acercar-nos a
las creaciones de la madre del alma es llenarnos de ella. Aunque la madre haya
regresado junto a su pueblo, podemos percibir toda su fuerza mediante las
capacidades femeninas de la perspicacia, la pasión y la unión con la naturaleza
salvaje. Su promesa es la de que si establecemos contac-to con las herramientas
de su fuerza psíquica, percibiremos su neuma; su aliento entrará en nuestro
aliento y nos sentiremos llenas de un aire sa-grado que nos permitirá cantar.
Los inuit dicen que cuando se mezclan el
aliento de un dios y el aliento de un ser humano, la persona crea una
po-esía profunda y sagrada (18).
Y esta sagrada poesía y estos cantos son lo que nosotras buscamos.
Queremos pronunciar palabras poderosas y entonar cantos poderosos que se puedan
oír en tierra y bajo el agua. Lo que nosotras buscamos es el canto salvaje, la
posibilidad de utilizar el lenguaje salvaje que nos estamos aprendiendo de
memoria bajo la superficie del mar. Cuando una mujer dice su verdad, cuando
enciende su intención y su sentimiento y permane-ce en estrecho contacto con la
naturaleza salvaje, canta y vive en el río del aliento salvaje del alma. El
hecho de vivir de esta manera ya es un ciclo de por sí, un ciclo que debe
prolongarse.
Por eso mismo Ooruk no intenta zambullirse de nuevo en el agua ni
suplica ir con su madre cuando ésta se aleja a nado en el mar y se pierde de
vista. Por eso se queda en tierra. Pero cuenta con la promesa. Cuando
regresamos al ensordecedor ruido del mundo, sobre todo si hemos perma-necido en
cierto modo aisladas durante nuestro viaje a casa, las personas, las máquinas e
incluso las conversaciones de los que nos rodean nos so-narán un poco raras.
Esta fase del regreso se denomina "reentrada" y es algo natural. La
sensación de encontrarnos en un mundo desconocido se disipa al cabo de unas
horas o unos días. Después podremos pasarnos un buen período de tiempo en
nuestra vida del mundo exterior, impulsadas por la energía que hemos recibido
durante nuestra visita al hogar, y po-dremos practicar la unión provisional con
el alma por medio de la soledad.
En el cuento, el hijo de la mujer foca empieza a utilizar su naturale-za
medial. Se convierte en un tambor, un cantor, un narrador de cuentos. En la
interpretación del cuento de hadas, el personaje que toca el tambor se
convierte en el centro de cualquier cosa que la nueva vida o el nuevo
sentimiento necesite para levantarse y reverberar. El tambor puede ahu-yentar
cosas y evocarlas. El cantor transmite mensajes entre la gran alma y el yo del
mundo exterior. Por su naturaleza Y su tono de voz puede des-armar, destruir,
construir y crear. Dicen que el narrador de cuentos se ha acercado
sigilosamente a los dioses y los ha oído hablar en sueños (19).
Por consiguiente, a través de todos estos actos creativos, el niño vive
lo que la mujer foca le ha infundido con su aliento. El niño vive lo que ha
aprendido bajo el agua, la vida de relación con el alma salvaje. Entonces nos
sentimos rebosantes de redobles de tambor, de cantos, de cosas escu-chadas y de
nuestras propias palabras; de nuevos poemas, nuevas mane-ras de ver y nuevas
maneras de actuar y de pensar. En lugar de procurar que "la magia se
prolongue", nos limitamos simplemente a vivir. En lugar de oponer
resistencia o atemorizarnos ante la tarea que hemos elegido, pe-netramos
suavemente en ella; vivas, llenas de nuevos conocimientos y an-siosas de ver lo
que ocurrirá a continuación. A fin de cuentas, la persona que ha regresado a
casa ha sobrevivido a la experiencia de ser llevada al mar por los espíritus de
la gran foca.
La práctica de la soledad deliberada
En medio de las grises brumas del amanecer, el niño ya crecido se
arrodilla en una roca marina y mantiene una conversación nada menos que con la
mujer foca. Esta deliberada práctica cotidiana de la soledad y de la
comunicación le permite permanecer decisivamente cerca de casa no sólo
sumergiéndose hasta el lugar del alma durante períodos de tiempo más
prolongados sino también y sobre todo llamando al alma al mundo de arriba
durante breves períodos.
Para poder conversar con lo femenino salvaje una mujer tiene que
abandonar transitoriamente el mundo y sumirse en un estado de soledad en el
sentido más antiguo de la palabra. Hace tiempo, el adjetivo inglés alone
(solo), equivalía a dos palabras: all one (20), es decir, "todo uno".
Ser todo uno significaba ser una unidad total, una unicidad, tanto con
carác-ter esencial como transitorio. Éste es precisamente el objetivo de la
sole-dad, ser totalmente uno mismo. Es la mejor cura para el estado de extre-mo
cansancio tan habitual en las mujeres modernas, el que las induce a
"saltar a la grupa de su caballo y lanzarse al galope en todas direcciones
".
La soledad no es ausencia de energía o acción tal como algunos cre-en,
sino una abundancia de provisiones salvajes que el alma nos transmi-te. En
tiempos antiguos, tal como sabemos a través de los escritos de los
médicos-sanadores religiosos y místicos, la soledad deliberada era no sólo
paliativa sino también preventiva. Se utilizaba para curar la fatiga y
preve-nir el cansancio. También se usaba como oráculo como medio para escu-char
el yo interior y pedirle unos consejos y una guía imposibles de escu-char en
medio del estruendo de la vida cotidiana.
Las mujeres de la antigüedad y las modernas aborígenes solían crear un
lugar sagrado para esta clase de comunión y búsqueda. Dicen que
tra-dicionalmente se establecía durante el período menstrual de las mujeres,
pues en estos días una mujer vive mucho más cerca de su propio conoci-miento
que de costumbre; el espesor de la membrana que separa la mente inconciente de
la conciente se reduce considerablemente. Los sentimien-tos, los recuerdos, las
sensaciones que normalmente están bloqueados pe-netran en la conciencia sin
ninguna dificultad. Si una mujer se adentra en la soledad en este período,
tiene más material para examinar.
No obstante, en mis intercambios con las mujeres de las tribus de Norte,
Centro y Sudamérica así como con las de algunas tribus eslavas, descubro que
los "lugares femeninos" se utilizaban en cualquier momento y no sólo
durante la menstruación; más aún, cada mujer disponía de su propio "lugar
femenino", el cual consistía a menudo en un determinado árbol o punto de
la orilla del río o en algún espacio de un bosque o un de-sierto natural o una
gruta marina.
Mi experiencia en el análisis de las mujeres me lleva a pensar que buena
parte de los trastornos premenstruales de las mujeres modernas no es sólo un
síndrome físico sino también una consecuencia de su necesidad insatisfecha de
dedicar el tiempo suficiente a revitalizarse y renovarse (21).
Siempre me río cuando alguien menciona a los primeros antropólogos,
según los cuales en muchas tribus las mujeres que menstruaban se con-sideraban
"impuras" y eran obligadas a alejarse del poblado hasta que
"terminaban". Todas las mujeres saben que, aunque hubiera un forzoso
exilio ritual de este tipo, cada una de ellas sin excepción, al llegar este
momento, abandonaba la aldea con la cabeza tristemente inclinada, por lo menos
hasta que se perdía de vista, y después rompía repentinamente a bailar y se
pasaba el resto del camino muerta de risa.
Como en el cuento, si practicamos habitualmente la soledad delibe-rada,
favorecemos nuestra conversación con el alma salvaje que se acerca a nuestra
orilla. Y lo hacemos no sólo para "estar cerca" de la naturaleza
salvaje del alma sino también, como en la mística tradición de tiempos
in-memoriales, para hacer preguntas y para que el alma nos aconseje.
¿Cómo se evoca el alma? Hay muchas maneras: por medio de la me-ditación
o con los ritmos de la carrera, el tambor, el canto, la escritura, la
composición musical, las visiones hermosas, la plegaria, la contemplación, el
rito y los rituales, el silencio e incluso los estados de ánimo y las ideas que
nos fascinan. Todas estas cosas son llamadas psíquicas que hacen salir el alma
de su morada.
No obstante, yo soy partidaria de los métodos que no requieren ningún
accesorio y que se pueden poner en práctica tanto en un minuto como en un día
entero. Lo cual exige la utilización de la mente para evocar el yo del alma.
Todo el mundo está familiarizado por lo menos con un es-tado mental en el que
puede alcanzar esta clase de soledad. En mi caso, la soledad es algo así como
un bosque plegable que llevo conmigo dondequie-ra que voy y que extiendo a mi
alrededor cuando lo necesito. Allí me siento bajo los viejos y grandes árboles
de mi infancia. Desde esta posición es-tratégica hago mis preguntas, recibo las
respuestas y después reduzco de nuevo mi bosque al tamaño de un billetito
amoroso hasta la próxima vez. La experiencia es inmediata, breve e informativa.
En realidad, lo único que hace falta para alcanzar una soledad
deli-berada es la capacidad para desconectarse de las distracciones. Una mujer
puede aprender a aislarse de otras personas, ruidos y conversaciones, aunque se
encuentre en medio de las discusiones de un consejo de admi-nistración, aunque
la persiga la idea de que tiene que limpiar una casa que está patas arriba,
aunque esté rodeada de ochenta locuaces parientes que se pasan tres días
peleándose, cantando y bailando en un velatorio. Cualquier persona que conozca
lo que es la adolescencia sabe muy bien cómo desconectar. Si ha sido usted
madre de un niño insomne de dos años sabe muy bien cómo alcanzar la soledad
deliberada. No es difícil de hacer. Lo que cuesta es acordarse de hacerlo.
Aunque probablemente todas preferiríamos visitar nuestro hogar de una
manera más prolongada, marcharnos sin que nadie supiera dónde estamos y
regresar mucho después, también es útil practicar la soledad en una sala
ocupada por mil personas. Puede resultar raro al principio, pero lo cierto es
que las personas conversan constantemente con el alma. Sin
embargo, en lugar de entrar en este estado de una forma conciente,
mu-chas caen en él de golpe a través de un ensueño o "estallan" de
repente y se "encuentran" en él sin más.
Pero, puesto que normalmente se considera una circunstancia
des-afortunada, hemos aprendido a camuflar este intervalo de comunicación
espiritual designándolo con términos mundanos tales como "hablar con una
misma", estar "perdida en los propios pensamientos", tener
"la mirada perdida en la distancia" o "pensar en las
musarañas". Muchos segmentos de nuestra cultura nos inculcan este lenguaje
eufemístico, pues por des-gracia ya en la infancia se nos enseña a avergonzarnos
si nos sorprenden conversando con el alma, sobre todo, en ambientes tan
pedestres como el lugar de trabajo o la escuela.
En cierto modo, el mundo educativo y empresarial considera que el tiempo
que una persona pasa siendo "ella misma" es improductivo cuando, en
realidad, es el más fecundo. El alma salvaje canaliza las ideas hacia nuestra
imaginación, donde nosotras las clasificamos para decidir cuáles de ellas
pondremos en práctica y cuáles son más aplicables y fructíferas. La unión con
el alma nos hace brillar de resplandor espiritual y nos induce a afirmar
nuestras cualidades cualesquiera que éstas sean. Esta breve e incluso
momentánea unión deliberada nos ayuda a vivir nuestras vidas interiores de tal
forma que, en lugar de enterrarlas en el autotrastocamien-to de la vergüenza,
el temor a la represalia o al ataque, el letargo, la com-placencia u otras
reflexiones y excusas limitadoras, dejemos que nuestras vidas interiores se
agiten, se enciendan y ardan en el exterior para que to-do el mundo las vea.
Por consiguiente, aparte del hecho de adquirir información acerca de
cualquier cosa que deseemos examinar, la soledad nos puede servir para evaluar
qué tal lo estamos haciendo en cualquier esfera que elijamos. En una fase más
temprana del cuento vimos que el niño permanecía siete días y noches bajo el
mar, lo cual constituye un aprendizaje de uno de los ci-clos más antiguos de la
naturaleza. El siete se considera a menudo un número femenino, un número
místico que representa la división del ciclo lunar en cuatro fases equivalentes
al ciclo menstrual. El cuarto creciente, la luna llena, el cuarto menguante y
la luna nueva. En las antiguas tradi-ciones étnicas femeninas, en la fase de la
luna llena se tenía que analizar la propia situación: el estado de las amistades,
de la vida hogareña, del compañero y de los hijos.
Nosotras también podemos hacerlo durante nuestra fase de soledad, pues
es entonces cuando reunimos todos los aspectos del yo en un mo-mento
determinado, los sondeamos y les preguntamos, para descubrir qué desean
ellos/nosotros/el alma en aquel momento y, a ser posible, buscar-lo. De esta
manera tanteamos nuestra situación presente. Hay muchos aspectos de nuestra
vida que tenemos que evaluar con carácter continua-do: el hábitat, el trabajo,
la vida creativa, la familia, la pareja, los hijos, el padre/la madre, la
sexualidad, la vida espiritual, etc.
La medida utilizada en la valoración es muy sencilla: ¿qué es lo que
necesita más? Y: ¿qué es lo que necesita menos? Preguntarnos desde el yo
instintivo, no con una lógica formal, no a la manera del ego sino a la ma-nera
de la Mujer Salvaje, qué trabajo, ajustes, flexibilizaciones o acentua-ciones
se tienen que hacer. ¿Seguimos todavía el rumbo que debemos se-guir en espíritu
y en alma? ¿Se nos nota por fuera vida interior? ¿Qué te-nemos que entablillar,
proteger, lastrar o aligerar? ¿Qué tenemos que des-echar, mover o cambiar?
Tras un período de práctica, el efecto acumulativo de la soledad
deli-berada empieza a actuar como un sistema respiratorio de vital
importan-cia, un ritmo natural de adición de conocimientos, introducción de
peque-ños ajustes y repetida eliminación de lo que ya no sirve. Se trata de
algo no sólo poderoso sino también pragmático, pues la soledad ocupa un lugar
muy bajo en la cadena alimenticia; aunque la intención y el seguimiento cuestan
un poco, es algo que se puede hacer en cualquier lugar y momen-to. Con el
tiempo y con la práctica, empezarás a formular espontáneamen-te preguntas al
alma. Algunas veces sólo tendrás una pregunta. Otras ve-ces no tendrás ninguna
y sólo querrás descansar en la roca cerca del alma y respirar con ella.
La ecología innata de las mujeres
En el cuento se dice que muchos intentan cazar el alma para captu-rarla
y matarla, pero ningún cazador puede hacerlo. Es una referencia más de los
cuentos de hadas al carácter indestructible del alma salvaje. Aun-que hayamos
trabajado, mantenido relaciones sexuales, descansado o ju-gado fuera del ciclo,
nuestro comportamiento no mata a la Mujer Salvaje, sólo sirve para agotarnos.
Pero el lado positivo es que podemos hacer las necesarias correcciones y
regresar de nuevo a nuestros ciclos naturales. Por medio del amor y el cuidado
de nuestras estaciones naturales evitamos que nuestra vida se deje arrastrar
por el ritmo, la danza, el hambre de otra persona. Por medio de la ratificación
de nuestros ciclos claramente dife-renciados del sexo, la creación, el descanso,
el juego y el trabajo, apren-demos de nuevo a definir y distinguir nuestros
sentidos y nuestras esta-ciones salvajes.
Sabemos que no podemos vivir una vida confiscada. Sabemos que hay un
momento en que las cosas de los hombres y de la gente y las cosas del mundo se
tienen que abandonar durante algún tiempo. Hemos apren-dido que somos como los
anfibios: podemos vivir en tierra, pero no siempre y no sin efectuar viajes al
agua y a nuestro hogar. Las culturas excesiva-mente civilizadas y excesivamente
opresivas tratan de impedir que la mu-jer regrese a casa. Con demasiada
frecuencia se la disuade de que se acer-que al agua hasta que se queda en los
puros huesos y más pálida que la cera.
Pero, cuando se produce la llamada para que se tome un largo per-miso
Para regresar a casa, una parte de ella siempre la escucha, pues la
estaba esperando. Cuando se produce la llamada para la vuelta a casa,
ella la sigue, pues se ha estado preparando en secreto y no tan en secreto para
seguirla. Ella y todos sus aliados de la psique interior recuperarán la
capacidad de regresar. Este proceso de capacitación no se aplica simple-mente a
una mujer de aquí y una mujer de allá sin, a todas nosotras. To-das estamos
atadas a los compromisos de la tierra. Pero el viejo del mar nos llama a todas.
Y todas tenemos que regresar.
Ninguno de estos medios de regresar a casa depende de la situación
económica, la posición social, la educación o la movilidad física. Aunque sólo
veamos una hoja de hierba, aunque sólo podamos contemplar veinti-cinco
centímetros cuadrados de cielo, aunque sólo asome una escuálida brizna de mala
hierba a través de una grieta de la acera, podemos ver nuestros ciclos de la
naturaleza y con la naturaleza. Todas podemos ale-jarnos a nado en el mar.
Todas podemos entrar en contacto con la foca de la roca. Todas las mujeres
tienen que vivir esta unión: las madres con los hijos, las mujeres con sus
enamorados, las solteras, las mujeres que tra-bajan, las que están deprimidas,
las que ocupan lugares destacados en el mundo, las introvertidas, las
extrovertidas, las que tienen responsabilida-des de tamaño industrial.
Jung dijo: "Sería mucho más fácil reconocer nuestra pobreza
espiri-tual... Cuando el espíritu pesa, se dirige hacia el agua... Por
consiguiente, el camino del alma... conduce al agua." (22). El regreso a
casa y los interva-los de conversación con la foca de la roca del mar son
nuestros actos de innata ecología integral, pues todos son un regreso al agua,
una reunión con el amigo salvaje, el que nos ama por encima de todos los demás
incan-sablemente, sin la menor reserva y con inmensa paciencia. Basta con que
contemplemos y aprendamos de esos ojos rebosantes de alma que son
"salvajes, sabios y afectuosos".
CAPÍTULO 10
El agua clara: El alimento de la vida creativa
La creatividad cambia de forma. En determinado momento tiene una forma y
al siguiente tiene otra. Es como un espíritu deslumbrador que se nos aparece a
todos, pero que no se puede describir, pues nadie se pone de acuerdo acerca de
lo que ha visto en medio de aquel brillante resplan-dor. ¿Son el manejo de los
pigmentos y los lienzos o los desconchados de la pintura y el papel de la pared
unas pruebas de su existencia? ¿Qué tal el papel y la pluma, los macizos de
flores que bordean la calzada del jardín o la construcción de una universidad?
Sí, por supuesto. ¿Planchar bien un cuello de camisa, organizar una revolución?
También. ¿Tocar amorosa-mente las hojas de una planta, concertar el
"acuerdo de tu vida", cerrar el telar, encontrar la propia voz, amar
bien a alguien? También. ¿Sostener en brazos el cálido cuerpo de un recién
nacido, educar a un niño hasta la edad adulta, ayudar a una nación a
levantarse? También. ¿Cuidar el ma-trimonio como el vergel que efectivamente
es, excavar en busca del oro de la psique, encontrar una palabra hermosa,
confeccionar una cortina de color azul? Todo eso es fruto de la vida creativa.
Todas estas cosas perte-necen a la Mujer Salvaje, al Río Bajo el Río que fluye
incesantemente hacia nuestra Vida. Algunos dicen que la vida creativa está en
las ideas y otros dicen que está en las obras. En la mayoría de los casos da la
impresión de encontrarse en un ser sencillo. No es la virtud, aunque eso está
muy bien, Es el amor, es amar algo -tanto si es una persona como si es una
palabra, una imagen, una idea, la tierra o la humanidad- hasta el extremo de
que todo lo que se pueda hacer con lo sobrante sea una creación. No es
cues-tión de querer, no es un acto individual de voluntad; es simplemente algo
que se tiene que hacer.
La fuerza creativa discurre por el terreno de nuestra psique buscan-do
los huecos naturales, los arroyos que existen en nosotras. Nosotras nos
convertimos en sus tributarios, en sus cuencas; somos sus estanques, sus
charcos, sus corrientes y sus santuarios. La fuerza creativa salvaje discu-rre
por los techos que tengamos, por los innatos y por los que nosotras ca-vamos
con nuestras propias manos. No tenemos que llenarlos, sólo tene-mos que
construirlos.
En la tradición arquetípica se tiene la idea de que si alguien prepara
un lugar psíquico especial, el ser, la fuerza creativa, la fuente de¡ alma se
enterará, se abrirá camino hacia él y establecerá en él su morada. Tanto si
esta fuerza es convocada por el bíblico "sigue adelante y prepara un lugar
para el alma" como si lo es por una voz que, como en la película Field of
Dreams (1) en la que un campesino oye una voz que lo insta a construir un campo
de golf para los espíritus de los jugadores difuntos, le dice: "Si lo
construyes, ellos vendrán", el hecho de preparar un lugar adecuado
propi-cia la venida de la gran fuerza creativa.
En cuanto este gran río subterráneo encuentra sus estuarios y sus brazos
en nuestra psique, nuestra vida creativa se llena y se vacía, sube y baja en
las distintas estaciones exactamente igual que un río salvaje. Es-tos ciclos
dan lugar a que las cosas se hagan, se alimenten, decaigan y mueran a su debido
tiempo, una y otra vez.
La creación de algo en un punto determinado del río alimenta a los que
se acercan a él, a las criaturas que se encuentran corriente abajo y a las del
fondo. La creatividad no es un movimiento solitario. En eso estriba su poder.
Cualquier cosa que toque, quienquiera que la oiga, la vea o la perciba, lo sabe
y se alimenta. Es por eso por lo que la contemplación de la palabra, la imagen
o la idea creativa de otra persona nos llena y nos inspi-ra en nuestra propia
labor creativa. Un solo acto creativo tiene el poder de alimentar a todo un
continente. Un acto creativo puede hacer que un to-rrente traspase la piedra.
Por esta razón, la capacidad creativa de una mujer es su cualidad más
valiosa, pues se ve por fuera y la alimenta por dentro a todos los nive-les:
psíquico, espiritual, mental, emotivo y económico La naturaleza salvaje derrama
incesantes posibilidades, actúa a modo de canal del parto, confie-re fuerza,
apaga la sed, sacia nuestra hambre de la profunda vida salvaje. En una
situación ideal, el río creativo ningún dique y ningún desvío y, so-bre todo,
no se utiliza indebidamente (2).
El río de la Mujer Salvaje nos alimenta y nos convierte en unos seres
que son como ella: dadores de vida. Mientras nosotras creamos, este ser salvaje
y misterioso nos crea a su vez y nos llena de amor. Somos llamadas a la vida de
la misma manera que las criaturas lo son por el sol y el agua. Estamos tan
vivas que damos vida a nuestra vez; estallamos, florecemos, nos dividimos y
multiplicamos, fecundarnos, incubamos, transmitimos, ofrecemos.
Está claro que la creatividad emana de algo que se levanta, rueda,
avanza impetuosamente y se derrama en nosotras, no de algo que perma-nece
inmóvil esperando -aunque sea de manera tortuosa e indirecta- que nosotras
encontremos el camino que conduce hacia él. En este sentido jamás podemos
"perder" nuestra creatividad. Está siempre ahí, llenándo-nos o
chocando con cualquier obstáculo que se interponga en su camino. Si no
encuentra ninguna salida para llegar hasta nosotras, retrocede, hace acopio de
energía y embiste con fuerza hasta que consigue abrir una bre-cha. La única
manera de evitar su insistente energía consiste en levantar constantes barreras
contra ella o dejar que la negligencia y el negativismo destructivo la
envenenen.
Si buscamos con ansia la energía creativa; si tenemos problemas con el
dominio de la fertilidad, la imaginación y la ideación; si tenemos
dificul-tades para centrarnos en nuestra visión personal, actuar en
consecuencia o llevarla a su cumplimiento, significa que algo ha fallado en la
confluencia entre las fuentes y el afluente. A lo mejor, nuestras aguas
creativas discu-
rren a través de un ambiente contaminado en el que las formas de vida de
la imaginación mueren antes de alcanzar la madurez. Con harta frecuen-cia,
cuando una mujer se ve despojada de su vida creativa, todas estas
cir-cunstancias se encuentran en la raíz de la situación.
Hay también otras posibilidades más insidiosas. A lo mejor, una mu-jer
admira tanto las cualidades de otra y/o los aparentes beneficios adqui-ridos o
recibidos por otra que se convierte en una experta en el arte de la imitación y
se conforma tristemente con ser una mediocre copia en lugar de desarrollar las
propias cualidades hasta sus más absolutas y sorpren-dentes profundidades. A lo
mejor, la mujer está atrapada en una adoración o una hiperfascinación por sus
heroínas y no sabe cómo socavar sus in-imitables dones. A lo mejor, tiene miedo
porque las aguas son muy pro-fundas, la noche es oscura y el camino es muy
largo; justo las condiciones necesarias para el desarrollo de las varias y
originales cualidades propias.
Puesto que la Mujer Salvaje se encuentra en el Río Bajo el Río, cuan-do
fluye hacia nosotras, nosotras también fluimos. Si la abertura que va de ella a
nosotras está bloqueada, nosotras también nos bloqueamos. Si sus corrientes
están envenenadas por culpa de nuestros complejos negativos interiores, del
ambiente o de las personas que nos rodean, los delicados procesos que
configuran nuestras ideas también se contaminan. Y enton-ces somos como un río
moribundo, lo cual no se puede pasar por alto, pues la pérdida de una clara
corriente creativa constituye una crisis psi-cológica y espiritual.
Cuando un río está contaminado, todo empieza a morirse porque, tal como
sabemos por la biología medioambiental, cada forma de vida depende de todas las
demás. Si, en un río de verdad, la juncia de la orilla adquiere una coloración
marrón debido a la falta de oxígeno, los pólenes no encuen-tran nada lo
suficientemente vigoroso para que se pueda fecundar, el llantén cae sin dejar
entre sus raíces el menor espacio para los nenúfares, a los sauces no les
crecen amentos, los tritones no encuentran pareja y las efímeras no se
reproducen.
Por eso los peces no brincan fuera del agua, los pájaros no se
zam-bullen y los lobos y otras criaturas que se acercan al río para refrescarse
se van a otro sitio o se mueren por haber bebido agua corrompida o haber
devorado una presa que a su vez se había alimentado con las moribundas plantas
de la orilla.
Cuando la creatividad se queda estancada de alguna manera, el re-sultado
siempre es el mismo: ausencia de frescor, debilitamiento de la fer-tilidad,
imposibilidad de que las formas inferiores de vida vivan en los in-tersticios
de las formas de vida superiores, imposibilidad de producir una idea en
contraposición a otra, de incubar, de engendrar nueva vida. En-tonces nos
sentimos enfermas y queremos seguir adelante. Vagamos sin rumbo fingiendo que
nos las podemos arreglar sin la lujuriante vida creati-va o bien simulándola;
pero no podemos y no debemos. Para que regrese la vida creativa, hay que
limpiar y clarificar las aguas. Tenemos que aden-
trarnos en el fango, purificar los elementos contaminados, abrir de
nuevo las aberturas, proteger la corriente de futuros daños.
Entre los pueblos de habla española se narra un antiguo cuento llamado
La Llorona. Algunos dicen que su origen se remonta al siglo xvi, cuando los
conquistadores invadieron los pueblos aztecas de México, pero es mucho más
antiguo que eso. El cuento gira en torno al río de la vida que se convirtió en
un río de muerte. La protagonista es una cautivadora mujer del río, fértil y
generosa, que crea a partir de su propio cuerpo. Es pobre, sobrecogedoramente
hermosa, pero rica de alma y espíritu.
La Llorona es un cuento muy extraño, pues sigue evolucionando a través
del tiempo como si tuviera una vida interior propia. Como una gi-gantesca duna
móvil de arena que avanza por el territorio, devora cual-quier cosa que se le
ponga por delante y construye con ella y encima de ella hasta que la tierra se
convierte en parte de su propio cuerpo. El cuen-to se cimenta sobre las
cuestiones psíquicas de cada generación. A veces La Llorona se narra como un
cuento acerca de Ce. Malinalli o Malinche, la indígena que, según se dice, fue
la intérprete y amante del conquistador Hernán Cortés.
Pero la primera versión que yo oí de La Llorona la describía como la
protagonista de una guerra sindical en los bosques del norte donde yo me crié.
La siguiente vez que oí contar el cuento, La Llorona se enfrentaba a un
adversario implicado en la repatriación forzosa de mexicanos desde Es-tados
Unidos en los años cincuenta. En el Sudoeste me contaron distintas versiones
del cuento, una de ellas perteneciente a los campesinos de la an-tigua
Concesión Territorial Española, quienes aseguraban que la protago-nista había
participado en las guerras de las concesiones territoriales de Nuevo México y
era una pobre pero herniosa hija de un español de la que se aprovechó un
acaudalado constructor.
Después está la versión de los fantasmas; La Llorona va gimiendo de
noche por un estacionamiento de caravanas; la de la "prostituta enferma de
sida"; La Llorona que ejerce su oficio en la Town River de Austin. Pero la
versión más sorprendente me la contó un niño. Primero les relataré la línea
argumental de los grandes cuentos de La Llorona y después el asom-broso sesgo
del cuento.
La Llorona
Un rico hidalgo corteja a una pobre pero hermosa mujer y se gana su
afecto. Ella le da dos hijos, pero él no se digna casarse con ella. Un día él
le anuncia que regresa a España para contraer matrimonio con una acaudalada
dama elegida por su familia, y que se llevará a sus hijos.
La joven enloquece de dolor y actúa con los gritos y aspavientos
pro-pios de las locas. Le araña el rostro, se araña el suyo, le rasga la ropa y
se
rasga la suya. Toma a sus hijitos, corre con ellos al río y los arroja
al agua. Los niños se ahogan, La Llorona cae desesperada de rodillas en la
orilla del río y se muere de pena.
El hidalgo regresa a España y se casa con la rica. El alma de La
Llo-rona asciende al cielo. Allí el guardián de la entrada le dice que puede ir
al cielo, pues ha sufrido mucho, pero no podrá entrar hasta que recupere las
almas de sus hijos en el río.
Y por esta razón hoy se dice que La Llorona recorre la orilla del río
con su largo cabello volando al viento e introduce los largos dedos en el agua
para buscar en el fondo a sus hijos. Y por eso también los niños no deben
acercarse al río cuando se hace de noche, pues La Llorona los podr-ía confundir
con sus hijos y llevárselos consigo para siempre (3).
Y ahora vamos a una Llorona moderna. A medida que la cultura va
experimentando los efectos de distintas influencias, nuestra forma de pen-sar,
nuestras actitudes y nuestros temas de interés cambian también. Y lo mismo
ocurre con el cuento de La Llorona. Cuando el año pasado estuve en Colorado
recogiendo cuentos de fantasmas, Danny Salazar, un niño de diez años sin
dientes frontales, unos pies surrealísticamente grandes y un cuerpo huesudo
(destinado a ser muy alto algún día) me contó esta ver-sión. Me dijo que La
Llorona no mató a sus hijos por las razones que se indican en la versión
antigua.
-No, no -me aseguró Danny. La Llorona se fue con un rico hidalgo que
tenía unas fábricas río abajo. Pero algo falló. Durante su embarazo, La Llorona
bebió agua del río. Sus hijos, que eran gemelos, nacieron ciegos y con los
dedos palmeados porque el hidalgo había envenenado el río con los desechos de
sus fábricas. El hidalgo le dijo a La Llorona que no la quería ni a ella ni a
sus hijos. Se casó con una mujer muy rica a la que le encanta-ban los productos
de la fábrica. La Llorona arrojó a los niños al río para que no tuvieran que
sufrir las penalidades de la vida, E inmediatamente después cayó muerta de
pena. Fue al cielo pero San Pedro le dijo que no podía entrar a no ser que
encontrara las almas de sus hijos. Ahora La Llo-rona busca incesantemente a sus
hijos en el río contaminado, pero apenas puede ver nada, pues el agua está muy
sucia y oscura. Ahora su espíritu recorre el fondo del río con sus largos
dedos. Y ella vaga por la orilla del río llamando incesantemente a sus hijos.
La contaminación del Alma Salvaje
La Llorona pertenece a la categoría de cuentos que las cantadora, y
cuentistas de nuestra familia llaman temblones, es decir, cuentos que pro-ducen
escalofríos. No cabe duda de que son entretenidos, pero su propósi-to es el de
provocar en los oyentes un estremecimiento de conciencia que
los lleve a la reflexión, la meditación y la acción. Cualesquiera que
sean los motivos de los cambios que se hayan introducido en el relato a lo
largo del tiempo, el tema central sigue Siendo el mismo: la destrucción de lo
feme-nino fértil. Tanto si la contaminación de la belleza salvaje se produce en
el mundo interior como si ocurre en el mundo exterior, la contemplación de lo
que sucede resulta dolorosa. A veces en la cultura moderna considera-mos que lo
uno es mucho más devastador que lo otro, pero ambas cosas son igualmente
graves.
Aunque yo a veces cuento las dos versiones de esta relato en otros
contextos (4), cuando la narración se interpreta como una metáfora del
de-terioro de la corriente creativa, el hecho de comprenderlo provoca en todo
el mundo -tanto en los hombres como en las mujeres- un hondo estreme-cimiento.
Si vemos en este cuento el reflejo del estado de la psique de una mujer
individual, comprenderemos muchas cosas acerca del debilitamien-to y el malogro
del proceso creativo de una mujer. Como en otros cuentos que terminan mal, la
narración sirve para enseñarle a la mujer lo que no tiene que hacer y cómo
retractarse de las elecciones equivocadas para po-der reducir el impacto
negativo. Por regla general, siguiendo el rumbo psi-cológico contrarío al
elegido por la protagonista del cuento, podemos aprender a capear el temporal
en lugar de ahogarnos en él.
El cuento utiliza la metáfora de la bella mujer y del puro río de la
vi-da para describir el proceso creativo femenino en su estado normativo. Pe-ro
aquí, cuando se entremezclan con un animus destructivo, tanto la mu-jer como el
río se deterioran. Y entonces la mujer cuya vida creativa está menguando
experimenta como La Llorona una sensación de envenena-miento y deformación y un
deseo de matarlo todo. Posteriormente se ve empujada a una búsqueda
aparentemente interminable entre las ruinas de su antiguo potencial creativo.
Para enderezar la ecología psíquica de la mujer, el río se tiene que
volver a limpiar. No es la calidad de nuestros productos creativos lo que nos
interesa en este cuento sino el reconocimiento individual del valor de las
propias facultades y los métodos necesarios para poder cuidar de la vida
creativa que las rodea. Detrás de las acciones de escribir, pintar, pen-sar,
curar, hacer, guisar, conversar, sonreír, realizar, está siempre el Ría Bajo el
Río que alimenta todo lo que hacemos.
En la simbología, las grandes extensiones de agua representan el lu-gar
en el que se cree que tuvo origen la vida. En el Sudoeste hispano de Estados
Unidos el río simboliza la capacidad de vivir auténticamente. Se le llama la
madre, La Madre Grande, La Mujer Grande cuyas aguas discurren no sólo por las
acequias y los lechos de los ríos sino que también se de-rraman sobre los
cuerpos de las mujeres cuando nacen sus hijos. El río se ve como la Gran Dama
que pasea por la tierra con una holgada falda azul y plata y a veces oro, que
se tumba en el suelo para fertilizarlo.
Algunas de mis viejas amigas del sur de Texas dicen que El Río Grande
jamás podría ser un río macho sino que es un río hembra. ¿Qué otra cosa podría
ser un río, dicen entre risas, sino La Dulce Acequia entre
los muslos de la tierra? En el norte de Nuevo México, cuando hay
tormenta o viento o cuando se produce una repentina inundación, se habla del
río como si éste fuera una mujer sexualmente excitada que, en su ardor, se
apresurara a tocar todo lo que puede para hacerlo crecer.
Vemos por tanto que en este caso el río simboliza una forma de
ge-nerosidad femenina que estimula, excita y apasiona. Los ojos de las muje-res
se encienden cuando crean, sus palabras cantan alegremente, sus ros-tros
resplandecen de vida y hasta parece que se intensifica el brillo de su cabello.
La idea las excita, las posibilidades las estimulan, el pensamiento las
apasiona y, al llegar a este punto, tal como ocurre con el gran río, tie-nen
que fluir sin interrupción por su incomparable camino creativo. Eso es lo que
hace que las mujeres se sientan satisfechas. Y ésta es la situación del río que
vivió La Llorona antes de que tuviera lugar la destrucción.
Pero a veces, como en el cuento, la vida creativa de una mujer es
confiscada por algo que quiere hacer cosas pertenecientes al ego y
exclusi-vamente para el ego, unas cosas que no poseen valor espiritual
duradero. A veces, las presiones de la cultura a la que pertenece la mujer
dicen que sus ideas creativas son inútiles, que nadie las querrá, que de nada
sirve que siga adelante. Eso es una contaminación. Es como verter plomo al
cauce del río. Eso es lo que envenena la psique.
La satisfacción del ego es permisible e importante en sí misma. Pero lo
malo es que el hecho de vomitar los complejos negativos ataca toda la frescura,
la novedad, el potencial, el carácter recién nacido, las cosas en fase de
crisálida, la laguna y también lo que está en fase de crecimiento, lo viejo y
lo venerado. Cuando falta demasiada alma o se produce un exceso de fabricación
espuria, los desechos tóxicos se vierten a las puras aguas del río y destruyen
no sólo el impulso sino también la energía creativa.
El envenenamiento del río
Existen muchos mitos acerca de la contaminación y el taponamiento de lo
creativo y lo salvaje, tanto los que se refieren a la contaminación de la
pureza representada por la perjudicial niebla que una vez se extendió sobre la
isla de Lecia, donde se guardaban las madejas con que las Moiras tejían la vida
de los seres humanos (5), como si son relatos acerca de los hombres malvados
que cegaban los pozos de las aldeas, provocando con ello sufrimientos y muerte.
Dos de los cuentos más profundos son los mo-dernos "Jean de Florette"
y "Manon". (6) En dichos cuentos dos hombres, con intención de
apoderarse de la tierra que un pobre jorobado, su mujer y su hijita intentan
vivificar con flores y árboles, ciegan la fuente que ali-menta ese terreno,
provocando la destrucción de aquella bondadosa y tra-bajadora familia.
El efecto más común de la contaminación en la vida creativa de las
mujeres es la pérdida de la vitalidad, lo cual destruye la capacidad de una
mujer de crear "ahí afuera" en el mundo. Aunque en los ciclos de la
salu-dable vida creativa de una mujer hay veces en que el río de la creatividad
desaparece durante algún tiempo bajo tierra, algo se desarrolla a pesar
de todo. Entonces incubamos. La sensación es muy distinta de la que produ-ce
una crisis espiritual.
En un ciclo natural puede haber inquietud e impaciencia, pero jamás se
experimenta la sensación de que el alma salvaje se está murien-do. Podemos
establecer la diferencia examinando nuestras expectativas: aunque nuestra
energía creativa esté paralizada por una larga incubación, nosotras seguirnos
esperando con ansia el resultado, percibimos los cruji-dos y las vibraciones de
esta nueva vida que da vueltas y zumba en nues-tro interior. No nos sentimos
desesperadas. No embestimos ni agarramos ávidamente.
En cambio, cuando la vida creativa se muere porque no cuidamos la salud
del río, la situación es muy distinta. Entonces sentimos exactamente lo mismo
que el río moribundo; experimentamos pérdida de energía y nos sentimos
cansadas; nada se arrastra, nada es fangoso, nada deja hojas, nada se enfría ni
se calienta. Nos volvemos espesas y lentas en sentido ne-gativo y estamos
envenenadas por la contaminación o por una acumula-ción de tareas atrasadas y
un estancamiento de todas nuestras riquezas. Todo parece contaminado, turbio y
tóxico.
¿Cómo se puede haber contaminado la vida creativa de una mujer? Toda
esta embarradura de la vida creativa invade las cinco fases de la creación: la
inspiración, la concentración, la organización, la puesta en práctica y el
mantenimiento. Las mujeres que han perdido una o más fases dicen que "no
se les ocurre" nada nuevo, útil o empático. Se "distraen"
fácilmente con aventuras amorosas, demasiado trabajo, demasiados jue-gos,
demasiado cansancio o temor al fracaso (7).
A veces no pueden amalgamar toda la mecánica de la organización Y su
proyecto queda diseminado y fragmentado en cien lugares distintos. A veces los
problemas surgen como consecuencia de la ingenuidad con que una mujer se
plantea su propia extroversión: cree que por actuar un poco en el mundo
exterior, ha hecho algo importante. Pero eso equivale a hacer los brazos, pero
no las piernas o la cabeza de una cosa y considerarla ter-minada. La mujer se
siente necesariamente incompleta.
A veces una mujer tropieza con su propia introversión y se limita a
desear que las cosas existan; a veces puede creer que el simple hecho de pensar
una idea ya es suficiente y no es necesaria ninguna otra manifesta-ción
exterior. Lo malo es que, aun así, se siente desposeída e incompleta. Todas
estas cosas son manifestaciones de la contaminación del río. Lo que se fabrica
no es la vida sino algo que la entorpece.
Otras veces la mujer se siente atacada por los que la rodean o por las
voces que le martillean la cabeza diciendo "Tu trabajo no está lo
bas-tante bien, no es suficientemente bueno, no es suficientemente tal cosa o
tal otra. Es demasiado, demasiado infinitesimal, demasiado insignificante,
requiere demasiado tiempo, es demasiado fácil, demasiado duro". Todo eso
es como verter cadmio a las aguas del río.
Hay otro cuento que describe el mismo proceso, pero utiliza otro
simbolismo. En un episodio de la mitología griega los dioses decretan que unas
aves llamadas Arpías (8) castiguen a un tal Fineo. Cada vez que a Fi-neo le
servían la comida por arte de magia, la bandada se acercaba, le ro-baba parte
de la comida, desperdigaba otra parte y manchaba con sus ex-crementos el resto,
dejando al pobre hombre muerto de hambre (9).
Esta contaminación literal se puede entender también en sentido
fi-gurado como una serie de complejos del interior de la psique cuya única
razón de ser es enredar las cosas. Este cuento es un típico temblón; nos hace
estremecer, pues todas conocemos y hemos experimentado esta si-tuación. El
"Síndrome de la Arpía" destruye por medio de la denigración todas las
cualidades y todos los esfuerzos de una mujer, utilizando un diá-logo interior
extremadamente despectivo. A una mujer se le ocurre una idea y la Arpía se le
caga encima. "Creo que voy a hacer tal cosa o tal otra", dice la
mujer. La Arpía le contesta: "Menuda idiotez, eso no le interesa a nadie,
es tan simple que hasta da risa. Mira bien lo que te digo, tus ideas son una
bobada, la gente se reirá, no tienes nada que decir." Así hablan las
Arpías.
Los pretextos son otra forma de contaminación. A muchas escrito-ras,
pintoras, bailarinas y otras artistas les he oído alegar todos 105 pre-textos
que se han inventado los seres humanos desde que el mundo es mundo. "Lo
resolveré cualquier día de estos." Y entretanto, la mujer sonríe para
disimular su depresión. "Procuro estar ocupada, he In-
tentado escribir un poquito; el año pasado hasta escribí dos poemas Y,
en los últimos dieciocho meses, he terminado un cuadro y he pintado
par-cialmente otro y, además, la casa, los niños, el marido, mi amigo, el gato,
el niño pequeño exigen toda mi atención. Lo superaré, no tengo dinero, no tengo
tiempo, no consigo buscar un hueco, no puedo empezar hasta que tenga los
mejores y los más caros instrumentos o experiencias, ahora mismo no me apetece,
no estoy de humor. Necesito por lo menos un día de tiempo para hacerlo, es que,
es que... "
El incendio del río
Allá en los años setenta el río Cuyahoga a su paso por Cleveland es-taba
tan contaminado que empezó a arder. La corriente creativa contami-nada puede
estallar de repente en un incendio tóxico que no sólo queme el combustible de
la basura del no sino que convierta también en cenizas to-das las formas de
vida. La acción simultánea de un número excesivo de complejos psíquicos puede
provocar unos daños inmensos en el río. Los complejos psicológicos negativos se
yerguen y ponen en tela de juicio la valía, la intención, la sinceridad y el
talento de la mujer. También le envían inequívocos mensajes, según los cuales
tiene que "ganarse la vida" hacien-do cosas que la agoten, no le
dejen tiempo para crear y destruyan su vo-luntad de imaginar. Algunos de los
robos y castigos preferidos que los malévolos complejos imponen a la
creatividad de las mujeres giran en tor-
no a la concesión al yo del alma de "tiempo para crear" en un
lejano y ne-buloso futuro. 0 a la promesa de que, cuando la mujer disponga de
varios días seguidos libres, empezará finalmente la juerga. Pero todo es
mentira. El complejo no tiene la menor intención de cumplir las promesas. Es
otra manera de asfixiar el impulso creativo.
Las voces también pueden susurrar: "Sólo si obtienes un doctorado
tendrás un trabajo como Dios manda, sólo si te alaba la Reina, sólo si re-cibes
tal o cual galardón, sólo si te publican los trabajos en tal o cual re-vista,
sólo si, si, si... "
Todos estos condicionales equivalen a atiborrar el alma de comida
basura. Una cosa es comer lo que sea y otra muy distinta alimentarse co-mo es
debido. Con mucha frecuencia la lógica del complejo tiene muchos fallos aunque
éste intente convencer a la mujer de lo contrario.
Uno de los mayores problemas del complejo creativo es la acusación de
que cualquier cosa que haga la mujer no dará resultado porque no piensa con
lógica, no es lógica y lo que ha hecho hasta la fecha no es lógi-co, por cuyo
motivo está condenado al fracaso. Ante todo, las fases Inicia-les de la
creación no son lógicas... ni tienen por qué serlo. Si el complejo consigue con
eso paralizar a la mujer, ya la tiene atrapada. Dile que se siente y se esté
quieto o que se vaya hasta que hayas terminado. Recuerda que, si la lógica
imperara en el mundo, todos los hombres montarían a ca-ballo a mujeriegas.
He visto a muchas mujeres trabajar largas horas en actividades que
despreciaban para poder permitirse el lujo de comprar objetos muy caros para
sus casas, sus parejas o sus hijos. A tal fin, apartaban a un lado sus
extraordinarias cualidades. He visto a muchas mujeres empeñarse en lim-piar
toda la casa antes de sentarse a escribir, Y tú ya sabes lo que ocurre con las
tareas domésticas, que nunca se terminan. Es un método infalible para
obstaculizar la creatividad de una mujer.
La mujer tiene que cuidar de que una responsabilidad excesiva (o una
respetabilidad excesiva) no le roben los necesarios descansos, ritmos y éxtasis
creativos. Tiene que plantar firmemente los pies en el suelo y decir que no a
la mitad de las cosas que ella cree que "tendría" que hacer. El ar-te
no se puede crear sólo en momentos robados.
La dispersión de los planes y los proyectos como por obra del viento se
produce cuando una mujer intenta organizar una idea creativa y ésta se le
escapa volando una y otra vez y cada vez se vuelve más confusa y des-ordenada.
No le sigue la pista de una forma concreta porque le falta tiempo para anotarlo
todo por escrito y organizarlo o está tan ocupada en otras cosas que pierde su
sitio y no puede recuperarlo.
Es posible también que el proceso creativo de una mujer sea
malin-terpretado o despreciado por quienes la rodean. De ella depende
informar-les de que, cuando sus ojos miran "de aquella manera", no
significa que sea un solar vacío a la espera de ser ocupado. Significa que está
soste-niendo en equilibrio un enorme castillo de naipes de ideas sobre la punta
de un solo dedo y está uniendo cuidadosamente todos los naipes entre sí
por medio de un poco de saliva y unos diminutos huesos de cristal y, si
consigue depositarlo sobre la mesa sin que se caiga o se desmorone, podrá crear
una imagen del mundo invisible. Hablarle en este momento equivale a levantar un
viento de Arpía capaz de derribar toda la estructura. Hablar-le en ese momento
es romperle el corazón.
Pero una mujer puede provocarse ella misma este resultado
conven-ciéndose de la inutilidad de sus ideas hasta conseguir que éstas pierdan
la capacidad de despertar su entusiasmo o mostrándose complaciente con las
personas que le arrebatan subrepticiamente sus herramientas y sus materiales
creativos u olvidando simplemente comprar el equipo necesario para la
realización de su trabajo o deteniéndose y volviendo a empezar muchas veces
permitiendo que todo el mundo y su gato la interrumpan cuando les apetezca hasta
que todo el proyecto se derrumba.
Si la cultura en la que vive una mujer ataca la función creativa de sus
miembros, si parte por la mitad o destroza algún arquetipo o pervierte su
propósito o su significado, todo ello se incorporará en estado destrozado en la
psique de sus miembros, como una fuerza con el ala rota y no como una fuerza
sana, rebosante de vitalidad y de posibilidades.
Cuando se activan en la psique de una mujer estos elementos lesio-nados
que guardan relación con su vida creativa y con la forma de alimen-tarla, es
difícil comprender qué es lo que ocurre. Sufrir un complejo es co-mo estar en
el interior de una bolsa negra. Todo está oscuro y la mujer no puede ver lo que
la tiene atrapada, sólo sabe que algo la ha capturado. En-tonces nos sentimos
transitoriamente incapaces de organizar nuestros pensamientos o nuestras
prioridades y, como unas criaturas encerradas en unas bolsas, empezamos a
actuar sin pensar. Aunque el hecho de ac-tuar sin pensar puede ser muy útil
algunas veces, en este caso no lo es.
En el transcurso de una creación envenenada o estancada, la mujer
"finge dar de comer" al yo del alma. Procura no prestar atención al
estado del animus. Le echa un poco de taller por aquí y le suelta un poco de
lectu-ra por allá. Pero, al final, no hay chicha. La mujer no engaña a nadie
más que a sí misma.
Por consiguiente, cuando se muere este río, lo hace sin su corriente,
sin su fuerza vital. Los hindúes dicen que, sin Shakti, la personificación de
la fuerza vital femenina, Siva, que es la que preside la capacidad de actuar,
se convierte en un cadáver. Ella es la energía vital que impulsa el principio
masculino y éste, a su vez, impulsa la actividad en todo el mundo. (10) Ve-mos
por tanto que en el río tiene que haber un equilibrio razonable entre las
contaminaciones y las purificaciones, so pena de que se convierta en nada.
Pero, para poder hacerlo, el ambiente inmediato tiene que ser ali-menticio y
accesible. En cuestión de supervivencia, está demostrado que, cuanto más
escasean los requisitos esenciales -el alimento, el agua, la se-guridad y la
protección- tanto más se reducen las alternativas. Y cuantas menos alternativas
haya, tanto más se reducirá la vida creativa, pues la creatividad se nutre de
las múltiples e interminables combinaciones de todas las cosas.
El hidalgo destructor del cuento es una parte muy profunda pero
inmediatamente identificable de una mujer herida. Es su animus, que la induce a
luchar no por crear -muchas veces ni siquiera llega a este Punto-sino por
obtener un permiso claro, un sólido sistema interno para crear a voluntad. Un
animus saludable tiene que participar en el trabajo del río y así debe ser.
Cuando está bien integrado, es el que nos ayuda y vigila para ver si se tiene
que hacer algo. Pero el animus no es imparcial en el cuento de La Llorona; se
hace con el poder, impide el desarrollo de una vida nueva de vital importancia
e insiste en dominar la vida de la psique. Cuando un animus maligno adquiere
semejante poder y una mujer puede despreciar su propio trabajo o, en el otro
extremo, simular que desarrolla un trabajo de verdad. Cuando ocurre algo de
eso, a una mujer cada vez se le ofrecen menos alternativas creativas. El animus
aprovecha entonces para avasallar a la mujer, despreciar su trabajo y
desautorizarla de una u otra forma. Y eso lo hace destruyendo el río.
Primero examinaremos los parámetros del animus en general y des-pués
veremos de qué manera se deteriora la vida creativa de una mujer y qué es lo
que puede y debe hacer al respecto. La creatividad tiene que ser un claro acto
de conciencia. Sus acciones reflejan la claridad del río. El animus, que
constituye la base de la acción exterior, es el hombre del río. Es el
mayordomo. Es el cuidador y protector del agua.
El hombre del río
Antes de poder comprender lo que ha hecho el hombre del cuento de La
Llorona contaminando el río, tenemos que saber que lo que él represen-ta está
destinado a ser un conjunto de ideas positivas en la psique de una mujer. Según
la clásica definición junguiana, el animus, de género mascu-lino, es la fuerza
del alma de las mujeres. Sin embargo, la observación per-sonal ha inducido a
muchas psicoanalistas entre las que yo me incluyo a refutar la visión clásica y
a afirmar en su lugar que la fuerza revivificadora de las mujeres no es
masculina ni ajena a ella sino femenina y familiar (11).
Pese a ello, creo que el concepto masculino de animus tiene una gran
relevancia. Existe una enorme correlación entre las mujeres que no se atreven a
crear -que temen manifestar sus ideas ante el mundo o bien lo hacen de una
manera irrespetuosa o sin orden ni concierto- y sus sue-ños, los cuales pueden
contener muchas imágenes de hombres heridos o que causan heridas. En cambio,
los sueños de las mujeres dotadas de una fuerte capacidad de manifestación
exterior suelen girar en torno a una vi-gorosa figura masculina que aparece
repetidamente con distintos disfra-ces.
El animus se puede considerar más bien una fuerza que ayuda a las
mujeres a afirmarse en el mundo exterior. El animus ayuda a la mujer a exponer
sus pensamientos y sentimientos interiores específicamente feme-ninos de una
manera concreta -emocional, sexual, económica y creativa y también de otras
maneras- en lugar de hacerlo según un esquema calcado
de un desarrollo masculino estándar culturalmente impuesto en una
cul-tura determinada.
Las figuras masculinas de los sueños femeninos parecen indicar que el
animus no es el alma de las mujeres sino algo "de, desde y para" el
alma de las mujeres (12). En su forma equilibrada y no pervertida es un
"hombre puente" esencial. Esta figura posee a menudo unas prodigiosas
cualidades que lo inducen a entrar en acción como portador y puente. Es algo
así co-mo un mercader del alma. Importa y exporta conocimientos y productos.
Elige lo mejor de lo que se le ofrece, concierta el mejor precio, supervisa la
honradez de las transacciones, sigue con tesón todo el procedimiento y lo lleva
a feliz término.
Otra manera de interpretarlo podría consistir en imaginar que la Mujer
Salvaje, el Yo del alma, es la artista y el animus es el brazo de la ar-tista
(13). La Mujer Salvaje es el chofer y el animus es el que empuja el vehículo.
Ella escribe la canción y él la orquesta. Ella imagina y él le da consejos. Sin
él, la mujer crea la comedia en su imaginación, pero nunca la escribe y la obra
jamás se representa. Sin él, aunque el escenario esté lleno a rebosar de
actores, el telón jamás se levanta y la marquesina del teatro no se ilumina.
Si tuviéramos que traducir el saludable animus a una metáfora es-pañola,
diríamos que es el agrimensor que conoce la configuración del te-rreno y con su
compás y su hilo mide la distancia entre dos puntos, define los bordes y
establece los límites. Yo lo llamo también el jugador, el que estudia y sabe
cómo y dónde colocar la ficha para obtener puntos y ganar. Ésos son algunos de
los más importantes aspectos de un animus vigoroso.
Por consiguiente, el animus recorre el camino entre dos territorios y, a
veces, tres: el mundo subterráneo, el mundo interior y el mundo exterior. El
animus, que conoce muy bien todos los mundos, envuelve y transporta todos los
sentimientos y las ideas de una mujer por todos esos trechos y en todas
direcciones. Le trae a la mujer ideas de "allí afuera" y traslada las
ideas del Yo del alma de la mujer "al mercado" del otro lado del
puente pa-ra sacarles provecho. Sin el constructor y el conservador de este puente
terrestre, la vida interior de la mujer no puede manifestarse con fuerza en el
mundo exterior.
No hace falta llamarlo animus, se le puede designar con las palabras o
las imágenes que una quiera. Pero no olvidemos que hay actualmente dentro de la
cultura femenina un cierto recelo hacia lo masculino, que pa-ra algunas mujeres
es un temor "a necesitar lo masculino" y para otras una dolorosa
recuperación tras haber sido aplastadas en cierto modo por él. Por regla
general, el recelo es fruto de unos traumas causados por la familia y la
cultura en las épocas en que las mujeres eran tratadas como siervas y no como
personas, unos traumas que ahora están a duras penas empezando a sanar. Aún
está fresca el la memoria de la Mujer Salvaje la época en que las mujeres de
talento eran apartadas a un lado cual si fue-ran basura, en que una mujer no
podía tener ninguna idea a no ser que la
inculcara en secreto y la hiciera fructificar en un hombre que
posterior-mente la presentara al mundo como propia.
Pero yo creo en último extremo que no podemos rechazar ninguna metáfora
que nos ayude a ver y a ser. Yo no me fiaría mucho de una paleta en la que
faltara el rojo, el azul, el amarillo, el blanco o el negro. Y tú tam-poco. El
animus es un color primario de la paleta de la psique femenina.
Por consiguiente, en lugar de ser la naturaleza del alma de las
muje-res, el animus, o la naturaleza contrasexual femenina, es una profunda
inteligencia psíquica con capacidad de actuación. Viaja entre los mundos, entre
los distintos nodos de la psique. Esta fuerza tiene la capacidad de sacar al
exterior y llevar a la práctica los deseos del ego, de estimular la creatividad
femenina de una manera visible y concreta,
El aspecto clave de un desarrollo positivo del animus es la
manifes-tación efectiva de los impulsos, las ideas y los pensamientos
interiores co-hesivos. Aunque aquí estemos hablando de un desarrollo positivo
del ani-mus, hay que hacer también una advertencia: el animus integral se
desa-rrolla con plena conciencia y con un exhaustivo autoexamen. Si no se
examinan cuidadosamente los propios motivos y apetitos a cada paso del camino,
el resultado será un animus muy poco desarrollado. Y este animus deletéreo puede
llevar y llevará insensatamente a la práctica los impulsos no examinados del
ego, sacando a la superficie distintas ambiciones ab-surdas y dando
satisfacción a una miríada de apetitos no examinados. Además, el animus es un
elemento de la psique femenina que se tiene que ejercitar y al que hay que
encomendar tareas regularmente para que tanto él como la mujer puedan actuar de
manera integral. Si en la vida psíquica de la mujer se descuida el animus, éste
se atrofia exactamente igual que un músculo que ha permanecido demasiado tiempo
inactivo.
Aunque algunas mujeres han apuntado la teoría de que la naturale-za
guerrera, la naturaleza de amazona y la naturaleza de cazadora de la mujer
pueden sustituir este "elemento masculino dentro de lo femenino",
existen a mi modo de ver demasiados matices y estratos de naturaleza masculina
-como, por ejemplo, un cierto tipo de reglamentación, legisla-ción y limitación
intelectual- extremadamente valiosos para las mujeres que viven en el mundo
moderno. Estas características masculinas no sur-gen del temperamento
instintivo de la psique femenina de la misma mane-ra o con el mismo tono que
las de su naturaleza femenina (14).
Por consiguiente, viviendo tal como vivimos en un mundo que exige actuar
de una forma reflexiva pero también audaz, considero muy útil em-plear el
concepto de una naturaleza masculina o animus en la mujer. Cuando existe el
debido equilibrio, el animus se comporta como un asis-tente, un ayudante, un
amante, un hermano, un padre y un rey. Lo cual no quiere decir que el animus
sea el rey de la psique femenina tal como quizá desearía una ofendida visión
paternalista. Significa que en la psique femenina hay un aspecto regio, un
elemento que, cuando se desarrolla como actitud, actúa y media en amoroso
servicio de la naturaleza salvaje. El arquetipo del rey representa la fuerza
que tiene que actuar en nombre
de la mujer y en su beneficio, gobernando lo que ésta y el alma le
enco-miendan y administrando las tierras psíquicas que se le confían.
Eso es por tanto lo que tendría que ser el animus, pero en el cuento
éste ha buscado otros objetivos a expensas de la naturaleza salvaje y, cuando
el río se llena de desperdicios, su caudal empieza a envenenar otros aspectos
de la psique creativa y especialmente los niños no nacidos de la mujer.
¿Qué ocurre cuando la psique concede al animus poder sobre el río y el
animus abusa de este poder? Alguien me dijo cuando era pequeña que era tan
fácil crear para lo bueno como crear para lo malo. Pero yo he des-cubierto que
no es así. Es mucho más difícil mantener el río limpio. Es mucho más fácil
dejar que se contamine. Digamos por tanto que la limpie-za de la corriente es
un desafío con el que todas nos enfrentamos. Confia-mos en poner remedio al
enturbiamiento con la mayor rapidez y con la mayor amplitud posible.
Pero ¿y si algo se apodera de la corriente creativa y la llena cada vez
más de cieno? ¿Y si nos quedamos atrapadas en este algo, y si de una for-ma un
tanto perversa este algo no sólo nos empieza a gustar sino que, además,
confiamos en él, vivimos de él y nos sentimos vivas por su media-ción? ¿Y si lo
utilizamos para levantarnos de la cama por la mañana, para ir a algún sitio y
para convertirnos en alguien en nuestra propia mente? Ésas son las trampas que
nos esperan a todas.
El hidalgo del cuento representa un aspecto de la psique femenina que,
por decirlo en términos coloquiales, se ha "estropeado". Se ha
co-rrompido, se aprovecha del veneno que fabrica y está en cierto modo atado a
una vida insalubre. Es como un rey que gobierna por medio de un apeti-to
equivocado. No es sabio y jamás podrá ser amado por la mujer a la que alega
servir.
Es muy bueno que una mujer tenga en su psique un animus fiel, fuerte,
clarividente, capaz de oír tanto en el mundo exterior como en el subterráneo y
de predecir lo que probablemente ocurrirá a continuación y de tomar decisiones
acerca de las leyes y la justicia a través de la suma de lo que ve y percibe en
todos los mundos. Pero el animus del cuento es in-fiel. El papel del animus
representado por el hidalgo, rey o mentor, en la psique de una mujer, debería
ser el de ayudarla a desarrollar sus posibili-dades y alcanzar sus objetivos, a
manifestar las ideas y los ideales que ella aprecia, a sopesar la justicia y la
honradez de las cosas, a cuidar de los armamentos, a poner en práctica una
estrategia cuando se siente amena-zada y a juntar todos sus territorios
psíquicos.
Cuando el animus se ha convertido en una amenaza tal como vemos en este
cuento, la mujer pierde confianza en sus decisiones. A medida que el animus se
debilita a causa de su propio desequilibrio -sus engaños, sus robos, sus
falsedades para con ella-, el agua del río pasa a convertirse de algo que era
esencial para la vida en algo a lo que hay que acercarse con las mismas
precauciones que se adoptan en presencia de un asesino a sueldo. Entonces se
produce hambre en la tierra y contaminación en el río.
Crear deriva del latín creare (15) con el significado de producir vida o
cualquier otra cosa donde antes no había nada. El hecho de beber agua del río
contaminado es la causa del cese de la vida interior y, por consi-guiente,
también de la exterior. En el cuento, la contaminación provoca la deformación
de los hijos, símbolo de los jóvenes ideales e ideas. Los hijos representan
nuestra capacidad de producir algo donde antes no había na-da. Podernos
reconocer la presencia de esta deformación del nuevo poten-cial cuando
empezamos a poner en tela de juicio nuestra capacidad y, so-bre todo, nuestro
derecho a pensar, actuar o existir.
Las mujeres de talento, incluso cuando reivindican sus vidas creati-vas,
incluso cuando brotan cosas bellas de sus manos, de sus plumas y de sus
cuerpos, siguen dudando de su valía como escritoras, pintoras, artis-tas y
personas reales. Y por supuesto que son reales, por más que muchas veces se
complazcan en atormentarse poniendo en entredicho lo que es "real".
Una campesina es una campesina real cuando contempla la tierra y planifica las
cosechas de la primavera. Una corredora es real cuando da el primer paso, una
flor es real cuando todavía está en su tallo materno, un árbol es real cuando
es todavía una semilla en la piña del pino. Lo real es lo que tiene vida.
El desarrollo del animus varía de mujer a mujer. No es una criatura
perfectamente formada que brota de los muslos de los dioses - Aparente-mente
posee una capacidad innata, pero tiene que "crecer", aprender y ser
adiestrado. Su objetivo es convertirse en una poderosa fuerza directa. Pero
cuando el animus sufre daño como con de las múltiples fuerzas de la cul-tura y
el yo, una especie de cansancio, de abatimiento o de indiferencia que algunos
denominan "ser neutral" se interpone entre el mundo interior de la
psique y el mundo exterior de la página en blanco, la tela vacía, la pista de
baile, el consejo de administración o la reunión que nos espera. Este
"algo" -por regla general con los ojos entornados, incomprendido o
mal utilizado- ensucia el río, obstruye los pensamientos, paraliza la pluma y
el pincel, traba las articulaciones durante un interminable período de tiempo,
forma costras sobre las nuevas ideas y nosotras sufrimos los efec-tos.
En la psique se produce un extraño fenómeno: cuando una mujer se
encuentra bajo los efectos de un animus negativo, cualquier intento de crear
algo lo induce a atacar a la mujer. Ésta piensa matricularse en algún curso o
va a clase, pero se queda atascada de golpe y se asfixia por falta de alimento
y de apoyo. Una mujer acelera, pero se queda constantemente rezagada. Cada vez
hay más proyectos de labor de punto sin terminar, más cuadros de flores jamás
plantados, más excursiones jamás realizadas, más notas jamás escritas para
decir simplemente "Tengo interés", más lenguas extranjeras jamás
aprendidas, más lecciones de música abandonadas, más tramas colgadas del telar,
esperando y esperando...
Se trata de manifestaciones vitales deformadas. Son los hijos
enve-nenados de La Llorona. Y a todos se los arroja de nuevo a las
contamina-das aguas del río que tanto daño les habían causado. En las mejores
cir-
cunstancias arquetípicas tendrían que atragantarse un poco y, como el
ave fénix, renacer de las cenizas bajo una nueva forma. Pero aquí algo malo le
ocurre al animus y por eso la mujer tropieza con dificultades para distin-guir
entre uno y otro impulso y ya no digamos para manifestar y llevar a la práctica
las propias ideas en el mundo. Y entretanto el río está tan lleno de
excrementos y complejos que de sus aguas no puede brotar nada para la nueva
vida.
Y, como consecuencia de ello, viene lo más difícil: tenemos que
aden-trarnos en el cieno y buscar los valiosos dones que se ocultan debajo del
mismo. Como La Llorona, tenemos que rastrear el fondo del río en busca de
nuestra vida del alma, de nuestra vida creativa. Y otra cosa, también muy
difícil: tenemos que limpiar el río para que La Llorona pueda ver y tanto ella
como nosotros podamos encontrar las almas de los hijos y recu-perar la paz que
nos permita volver a crear.
Con su inmenso poder para devaluar lo femenino y su incapacidad para
comprender el carácter de puente de lo masculino (16) la cultura agra-va el
efecto de las "fábricas" y de la contaminación. Con harta frecuencia
la cultura exilia el animus de la mujer, formulando una de aquellas insolu-bles
y absurdas preguntas que los complejos consideran válidas y ante las cuales
muchas mujeres se acobardan: "¿Eres de veras una auténtica escri-tora
[artista, madre, hija, hermana, esposa, amante, trabajadora, bailari-na,
personal?" "¿Tienes realmente algo que decir que merezca la pena
[sea esclarecedor, ayude a la humanidad, encuentre el remedio para curar el
ántrax]?"
No es de extrañar que, cuando su animus está ocupado con produc-tos
psíquicos de carácter negativo, el rendimiento de la mujer se vaya re-duciendo
conforme disminuye su confianza en el músculo creativo. Las mujeres que se
encuentran en esta apurada situación me dicen, por ejem-plo, que "no ven
ninguna salida" para su presunto calambre de escritora o no encuentran la
manera de acabar con la causa que lo provoca. Su ani-mus acapara todo el
oxígeno del río y ellas se sienten "extremadamente cansadas" y
experimentan una "enorme pérdida de energía", no consiguen
"ponerse en marcha" y se sienten como "inmovilizadas por
algo".
La recuperación del río
La naturaleza de la Vida/Muerte/Vida hace que el Destino, la rela-ción,
el amor, la creatividad y todo lo demás se muevan de acuerdo con unas pautas
amplias y salvajes, las cuales se suceden en el siguiente or-den: creación,
desarrollo, poder, disolución, muerte, incubación, creación y así
sucesivamente. El robo o la ausencia de ideas, pensamientos y sen-timientos son
el resultado de una corriente alterada. He aquí de qué mane-ra se puede
recuperar el río.
Acepta alimento para iniciar la limpieza del río. Se nota que hay
agentes contaminantes que alteran el río cuando la mujer rechaza los sin-ceros
cumplidos que se le hacen a propósito de su vida creativa. Es posible
que sólo haya una moderada contaminación cuando por ejemplo la mujer
contesta con aire indiferente: "Es muy amable de tu parte hacerme este
cumplido"; o puede haber una grave contaminación: "Ah, es una
birria" o "No estás en tus cabales". Una respuesta a la
defensiva es también un in-dicio de lo mismo "Pues claro que soy
maravillosa. ¿Cómo no te habías da-do cuenta? ". Todas estas reacciones
denotan un animus herido. Las cosas buenas fluyen hacia la mujer, pero el
animus las envenena de inmediato.
Para invertir el fenómeno, una mujer tiene que esforzarse en aceptar el
cumplido (aunque inicialmente parezca que esta vez se abalanza sobre él para
poder quedárselo todo para ella sola), saborearlo, combatir contra el malévolo
animus que quisiera decirle al que hace el cumplido: "Eso es lo que tú
crees porque no sabes la cantidad de errores que ha cometido, no te das cuenta
de lo tonta que es, etc.".
Los complejos negativos se sienten especialmente atraídos por las ideas
más sabrosas, revolucionarias y maravillosas y por las formas más audaces de
creatividad. Por consiguiente, no hay vuelta de hoja, tenemos que buscar un
animus que actúe con más claridad y apartar a un lado el antiguo, es decir,
enviarlo a los archivos de la psique, donde se guardan los impulsos y los
catalizadores, debidamente desinflados y doblados. Allí se convierten en
objetos y dejan de ser agentes de emociones.
Reacciona. Así es como se limpia el río. Los lobos llevan unas vidas
inmensamente creativas. Toman a diario docenas de decisiones, deciden si ir por
aquí o por allá, calculan la distancia, se concentran en su presa, so-pesan las
posibilidades, aprovechan la oportunidad, reaccionan con fuerza para poder
alcanzar sus objetivos. Su habilidad para localizar lo escondi-do, unir sus
intenciones, concentrarse en el resultado apetecido y actuar en consecuencia
para conseguirlo son justo las características que los se-res humanos necesitan
para llevar a feliz término sus propósitos.
Para crear se tiene que saber reaccionar. La creatividad es la
capaci-dad de reaccionar a todo lo que nos rodea, de elegir entre los cientos
de posibilidades de pensamiento, sentimiento, acción y reacción que surgen en
nuestro interior, y reunirlo todo en una singular respuesta, expresión o
mensaje que posea impulso, pasión y significado. En este sentido, la pérdida de
nuestro ambiente creativo significa vernos limitadas a una sola elección,
sentirnos despojadas y obligadas a reprimir o censurar los senti-mientos y los
pensamientos y a no actuar, no decir, no hacer o no ser.
Sé salvaje. Así es como se limpia el río. En su estado original, el río
no fluye contaminado, nosotras nos encargamos de contaminarlo. El río no se
seca, somos nosotras las que lo bloqueamos. Si queremos devolverle su libertad,
tenemos que permitir que nuestras vidas ideativas fluyan libre-mente, dejando
que salga cualquier cosa, y sin censurar nada en principio. Eso es la vida
creativa, fruto de una divina paradoja. Se trata de un proce-so enteramente
interior. Para crear, tenemos que estar dispuestas a ser totalmente estúpidas,
sentarnos en un trono en lo alto de un imbécil y de-rramar rubíes por la boca.
Entonces el río fluirá y nosotras podremos per-
manecer de pie en medio de su corriente bajo la lluvia. Podremos
extender las faldas y las blusas y recoger toda el agua que podamos llevar.
Empieza. Así es como se limpia el río contaminado. Si tienes miedo de
fracasar, yo te digo que empieces, fracases si no hay más remedio, te vuelvas a
levantar y vuelvas a empezar. Y si fracasas de nuevo, fracasa. ¿Y qué? Vuelve a
empezar. No es el fracaso lo que nos paraliza y nos mantiene estancadas sino la
renuencia a volver a empezar. ¿Qué más da que tengas miedo? Si tienes miedo de
que algo se te eche encima y te pegue un mor-disco, por lo que más quieras,
afróntalo de una vez. Deja que tu temor se te eche encima y te pegue un
mordisco. De esta manera lo vencerás y podrás seguir adelante. Lo vencerás. El
temor se te pasará. En este caso, es mejor afrontarlo directamente, sentirlo y
vencerlo que seguir utilizándo-lo como excusa Para no tener que limpiar el río.
Protege tu tiempo. Así se eliminan los agentes contaminantes. Conoz-co a
una ardiente pintora de las Montañas Rocosas que cuelga este letrero en la
cadena que cierra el camino de su casa cuando quiere concentrarse en la pintura
o la meditación: "Hoy trabajo y no recibo visitas. Ya sé que usted piensa
que eso no se refiere a usted porque es mi banquero, mi agente o mi mejor
amigo. Pero sí se refiere a usted."
Una escultora que conozco cuelga este letrero en su verja: "No
mo-lestar a no ser que yo haya ganado la lotería o hayan visto a Jesús en la
Carretera Vieja de Taos." Como se ve, un animus bien desarrollado tiene
unos límites estupendos.
Persevera. ¿Cómo eliminar del todo esta contaminación? Insistiendo en
que nada nos impedirá ejercitar un animus bien integrado, siguiendo adelante
con nuestro empeño de hilar alma y fabricar alas, con nuestro arte, nuestros
remiendos y nuestras costuras psíquicas, tanto si nos sen-timos fuertes como si
no, tanto si nos sentimos preparadas como si no. En caso necesario, atándonos
al mástil, a la silla, al escritorio, al árbol, al cac-to, dondequiera que
estemos creando. Es esencial, aunque a menudo re-sulte doloroso, dedicar el
tiempo necesario y no rehuir las tareas difíciles que lleva aparejadas el
esfuerzo por alcanzar el dominio. Una auténtica vida creativa arde de varias
maneras y no sólo de una.
Hay que desterrar o transformar los complejos negativos que surjan por
el camino -tus sueños te guiarán en esta última etapa de la senda-, apoyando
bien los pies en el suelo de una vez por todas y diciendo "Me gusta mucho
más mi vida creativa que el hecho de participar en mi propia opresión". Si
maltratáramos a nuestros hijos, los representantes del Servi-cio de Vigilancia
Social se plantarían en la puerta de nuestra casa. Si mal-tratáramos a nuestros
animales domésticos, la Sociedad Protectora de Animales vendría por nosotras.
Pero no existe ninguna Patrulla de la Crea-tividad ni Policía del Alma que
pueda intervenir cuando nos empeñamos en matar de hambre nuestra alma. Sólo
estamos nosotras. Nosotras somos las únicas que podernos vigilar el Yo del alma
y el animus heroico. Es una crueldad regarlos una vez a la semana, una vez al
mes o una vez al año.
Todos tienen sus propios ritmos circadianos. Nos necesitan y necesitan
el agua de nuestro arte cada día.
Protege tu vida creativa. Para evitar el hambre del alma, da al
pro-blema su verdadero nombre y resuélvelo. Practica a diario tu tarea. Y
des-pués no permitas que ningún pensamiento, ningún hombre, ninguna mu-jer,
ningún compañero, ningún amigo, ninguna religión, ningún trabajo y ninguna voz
avinagrada te obliguen a pasar hambre. En caso necesario, enseña los incisivos.
Construye tu verdadero trabajo. Construye una cabaña de cordiali-dad y
sabiduría. Toma tu energía de allí y tráela hacia aquí. Insiste en es-tablecer
un equilibrio entre la responsabilidad prosaica y el arrobamiento personal.
Protege el alma. Insiste en llevar una vida creativa de calidad. No permitas
que tus complejos, tu cultura, tus desechos intelectuales o las rimbombantes
bobadas aristocráticas, pedagógicas o políticas te la roben.
Pon alimento para la vida creativa. Aunque hay muchas cosas bue-nas y
nutritivas para el alma, casi todas ellas están incluidas en los cuatro grupos
básicos de alimentos de la Mujer Salvaje: tiempo, sentido de perte-nencia,
pasión y soberanía. Haz acopio de ellos, Son los que mantienen limpio el río.
Cuando el río ya está limpio, puede volver a fluir; la producción
crea-tiva de una mujer se incrementa y, a partir de este momento, sigue sus
ciclos naturales de aumento, disminución y nuevo aumento. Nada se podrá
ensuciar o dañar durante mucho tiempo. Cualquier contaminación que se produzca
será eficazmente neutralizada. El río vuelve a ser nuestro sistema de
alimentación en el que podremos entrar sin temor, del que po-dremos beber sin
preocupación y junto al cual podremos serenar el alma atormentada de La
Llorona, sanando a sus hijos y devolviéndoselos. Po-dremos desmontar el proceso
de contaminación de la fábrica e instalar un nuevo animus. Podremos vivir
nuestra vida junto al río tal como queramos y juzguemos conveniente,
sosteniendo en brazos a nuestros numerosos hijitos y mostrándoles el reflejo de
sus imágenes en las cristalinas aguas.
La concentración y la fábrica de fantasías
En Estados Unidos, el cuento de "La vendedora de fósforos" se
cono-ce sobre todo en la versión de Hans Christian Andersen. En esencia
des-cribe cómo son la falta de alimento y la falta de concentración y a qué
con-ducen ambas cosas. Se trata de una narración muy antigua que se cuenta en
todo el mundo con distintas variaciones; a veces es un hombre que quema el
último carbón que le queda mientras sueña con el pasado. En algunas versiones
el símbolo de las cerillas se cambia por otra cosa, como, por ejemplo, en
"El pequeño vendedor de flores" que gira en torno a un hombre con el
corazón destrozado que contempla las corolas de las últi-mas flores que le
quedan y es arrebatado de esta vida.
Aunque ante la superficial versión del cuento algunos puedan decir que
son historias sensibleras en el sentido de que contienen una excesiva
"dulzura" emocional, sería un error no tomárselas en serio. En
realidad, los cuentos son básicamente unas profundas expresiones de una psique
negativamente hipnotizada hasta el extremo de provocar la "muerte"
espiri-tual de la vibrante vida real (17).
Esta versión de "La vendedora de fósforos" me la contó mí tía
Kateri-na que se trasladó a vivir a Estados Unidos después de la Segunda Guerra
Mundial. Durante la guerra, su sencilla aldea fue invadida y ocupada tres veces
por tres ejércitos enemigos distintos.
Siempre empezaba el cuento diciendo que los sueños suaves en
cir-cunstancias difíciles no son buenos y que en los tiempos duros tenemos que
tener sueños duros, verdaderos sueños, de esos que, si trabajamos con
diligencia y nos bebemos la leche a la salud de la Virgen, se hacen rea-lidad.
La vendedora de fósforos
Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espe-sura
del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había ave-riguado
que allí podía comprar fósforos a medio penique y después vender-los por la
calle a un penique. Si vendía suficientes fósforos, podía com-prarse un
mendrugo de pan, regresar a su cobertizo del bosque y dormir vestida con toda
la ropa que tenía.
Vino el invierno y hacía mucho frío. La niña no tenía zapatos y su
abrigo era tan fino que parecía transparente. Sus pies ya habían rebasado el
color azul y se habían vuelto de color blanco, lo mismo que los dedos de las
manos y la punta de la nariz.
La niña vagaba por las calles y preguntaba a los desconocidos si por
favor le querían comprar cerillas. Pero nadie se detenía ni le prestaba la
menor atención.
Por consiguiente, una noche se sentó diciendo: "Tengo cerillas,
pue-do encender fuego y calentarme." Pero no tenía leña. Aun así, decidió
en-cender las cerillas.
Mientras permanecía allí sentada con las piernas estiradas, encendió el
primer fósforo. Al hacerlo, tuvo la sensación de que la nieve y el frío
des-aparecían por completo. En lugar de los remolinos de nieve, la niña vio una
preciosa estancia con una gran estufa verde de cerámica y una puerta de hierro
adornada. La estufa irradiaba tanto calor que el aire parecía on-dularse. La
niña se acurrucó )unto a la estufa y se sintió de maravilla.
Pero, de repente, la estufa se apagó y la niña se encontró de nuevo
sentada en medio de la nieve. Temblaba tanto que los huesos de la cara le
crujían. Entonces encendió la segunda cerilla y la luz se derramó sobre el muro
del edificio junto al cual estaba sentada, y ella lo pudo atravesar con la
mirada. En la habitación del otro lado de la pared había una mesa cu-
bierta con un mantel más blanco que la nieve y sobre la mesa había
platos de porcelana de purísimo color blanco y en una fuente había un pato
re-cién guisado, pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia
aque-llos manjares, la visión se esfumó.
La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los
labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo ca-mino
por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera
cerilla.
A la luz de la tercera cerilla vio un precioso árbol de Navidad,
bella-mente adornado con velas blancas, cintas de encaje y hermosos objetos de
cristal y miles y miles de puntitos de luz que ella no podía distinguir con
claridad.
Y entonces contempló el tronco de aquel gigantesco árbol que subía cada
vez más alto y se extendía hacia el techo hasta que se convirtió en las
estrellas del firmamento sobre su cabeza y, de pronto, una fulgurante es-trella
cruzó el cielo y ella recordó que su madre le había dicho que, cuando moría un
alma, caía una estrella.
Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella
se llenó de alegría al verla. La abuela tomó su delantal y la rodeó con él, la
estrechó con fuerza contra sí y ella se puso muy contenta.
Pero poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña fue
en-cendiendo un fósforo tras otro para conservar a su abuela a su lado, un
fósforo y otro y otro para no perder a su abuela hasta que, al final, la niña y
su abuela ascendieron juntas al cielo, donde no hacía frío y no se pasaba
hambre ni se sufría dolor. Y, a la mañana siguiente, encontraron a la niña
muerta, inmóvil entre las casas.
La represión de la fantasía creativa
La niña vive en un ambiente de indiferencia. Si tú te encuentras en uno
como éste, vete. La niña está en un ambiente en el que no se valora lo que ella
tiene, unas llamitas en lo alto de unos palitos, el principio de cualquier
posibilidad creativa. Si tú te encuentras en este apuro, da media vuelta y
aléjate. La niña se encuentra en una situación psíquica en la que se le ofrecen
muy pocas alternativas. Se ha resignado a permanecer en el "lugar"
que le ha tocado en suerte. Si a ti te ha ocurrido lo mismo, no te resignes y
vete, soltando coces. Cuando la Mujer Salvaje se siente acorra-lada, no se
rinde sino que se arroja hacia delante y extiende las garras pa-ra luchar.
¿Qué tiene que hacer la vendedora de fósforos? Si tuviera los instin-tos
intactos, se le ofrecerían muchas alternativas: irse a otra ciudad, sub-irse
subrepticiamente a un carro, esconderse en una carbonera... La Mujer Salvaje
sabría lo que tendría que hacer a continuación. Pero la pequeña
vendedora ya no conoce a la Mujer Salvaje. La niñita salvaje se muere de
frío y lo único que le queda es una persona vagando sin rumbo como
hip-notizada.
El hecho de estar con personas reales que nos confortan, nos apo-yan y
ensalzan nuestra creatividad es esencial para la corriente de la vida creativa.
De lo contrario, nos morimos de frío. El alimento es un coro de voces tanto
interiores como exteriores que observa el estado del ser de una mujer, se
encarga de darle aliento y, en caso necesario, también lo consue-la.
No sé muy bien cuántos amigos se necesitan, pero está claro que por lo
menos uno o dos que nos digan que nuestro don, cualquiera que éste sea, es pan
del cielo. Toda mujer tiene derecho a disfrutar de un coro de alabanzas.
Cuando las mujeres se quedan solas en medio del frío tienden a vivir de
fantasías en lugar de emprender una acción. La fantasía de este tipo es la gran
anestesiadora de las mujeres. Conozco a mujeres dotadas de unas voces
bellísimas y a otras que son unas extraordinarias narradoras de cuentos; casi
todo lo que sale de sus bocas posee lozanía y está elegante-mente cincelado.
Pero ellas se sienten en cierto modo aisladas o privadas de sus derechos. Su
timidez constituye a menudo la tapadera de un ani-mus medio muerto de hambre.
Les cuesta comprender que cuentan con el apoyo interior o con el de los amigos,
la familia o la comunidad.
Para evitar ser la vendedora de fósforos, se tiene que emprender una
acción importante. Cualquier persona que no apoye tu arte o tu vida no merece
que tú le dediques tiempo. Muy duro pero cierto. De otro modo, la mujer pasa
directamente a vestir los andrajos de la niña de las cerillas y se ve obligada
a vivir una cuarta parte de su vida que congela todos sus pen-samientos, su
esperanza, sus cualidades, escritos, obras teatrales, diseños o danzas.
El calor tendría que ser el principal objetivo de la vendedora de
fósfo-ros. Pero en el cuento no lo es. En su lugar la niña intenta vender las
ceri-llas, su fuente de calor. Al hacerlo así, deja lo femenino con menos
calor, menos riqueza y menos sabiduría y sin posibilidad de ulterior
desarrollo.
El calor es un misterio. En cierto modo nos sana y nos engendra. Es el
relajador de las cosas demasiado tensas, favorece la corriente, la miste-riosa
ansia de ser, el virginal vuelo de las nuevas ideas. Cualquier cosa que sea, el
calor nos atrae cada vez más.
La niña de las cerillas no está en un ambiente propicio para su
cre-cimiento. No hay calor, no hay combustible, no hay leña. ¿Qué podríamos
hacer si estuviéramos en su lugar? Primero, podríamos abstenernos de perder el
tiempo con el reino de la fantasía que la niña de las cerillas cons-truye
encendiendo sus fósforos. Hay tres clases de fantasías. La primera es la
fantasía del placer, una forma de helado mental estrictamente destinada al gozo
como son, por ejemplo, los ensueños. La segunda clase de fantasía es la
imaginación deliberada. Este tipo de fantasía es como una sesión de
planificación. Se utiliza como vehículo para conducimos a la acción. Todos
los acontecimientos -psicológicos, espirituales, financieros y
creativos- em-piezan con fantasías de esta clase. La tercera clase de fantasía
es la que lo paraliza todo. Es la fantasía que impide emprender la acción más
acertada en los momentos críticos.
Por desgracia, ésta es la que teje la vendedora de fósforos. Se trata de
una fantasía que no tiene nada que ver con la realidad. Tiene que ver más bien
con la sensación de que no se puede hacer nada o de que algo es demasiado
difícil de hacer, por cuyo motivo es mejor que una se hunda en las fantasías. A
veces la fantasía está en la mente de la mujer. Otras veces le viene a través
de una botella de alcohol, una jeringuilla o la ausencia de ella. Otras veces
el vehículo es el humo de un porro o muchas habitacio-nes olvidables con cama y
desconocido incorporados. Las mujeres en estas situaciones interpretan el papel
de la niña de las cerillas en las fantasías de cada noche y todos los
amaneceres se despiertan muertas por congela-ción. Hay muchas maneras de perder
la meta y la concentración.
¿Cómo se puede invertir esta situación y recuperar la estima espiri-tual
y el amor propio? Tenemos que buscar algo muy distinto de lo que buscaba la
pequeña vendedora de fósforos. Tenemos que llevar nuestras ideas a un lugar
donde se les preste apoyo. Este gigantesco paso va de la mano de la
concentración en un objetivo: la búsqueda de alimento. Pocas de nosotras somos
capaces de crear a partir exclusivamente de nuestro amor propio. Necesitamos
que nos acaricien todas las caricias de alas de ángel habidas y por haber.
A la gente se le ocurren casi siempre ideas maravillosas: voy a pintar
esta pared con un color que me guste; voy a crear un proyecto con el que toda
la ciudad se sentirá identificada; voy a hacer unos azulejos para mi cuarto de
baño y, si me gustan, venderé unos cuantos; reanudaré los es-tudios, venderé mi
casa y me dedicaré a viajar, tendré un hijo, dejaré esto y empezaré lo otro,
iré por mi camino, mejoraré mi conducta, ayudaré a enderezar esta injusticia o
esta otra, protegeré a los que carecen de protec-ción.
Todos estos proyectos necesitan alimento. Necesitan un apoyo vital de
personas cordiales. La niña de las cerillas va vestida de andrajos. Como dice
la canción, ha estado abajo tanto tiempo que le parece que está arri-ba. Nadie
puede crecer al nivel en el que ella se encuentra. Queremos colo-carnos en una
situación en la que, como los árboles y las plantas, poda-mos volvernos hacia
el sol. Pero tiene que haber un sol. Para hacerlo, hemos de movernos, no
podemos permanecer sentadas. Tenemos que hacer algo para cambiar nuestra
situación. Si no nos movemos, volvere-mos a las calles a vender cerillas.
Los amigos que nos aman y contemplan calurosamente nuestra vida creativa
son los mejores soles del mundo. Cuando una mujer, tal como le ocurre a la niña
de las cerillas, no tiene amigos, se queda congelada por la angustia y a veces
también por la cólera. Y en ocasiones, aunque tenga amigos, puede que éstos no
sean unos soles. Es posible que la consuelen en lugar de hablarle de su
situación cada vez más congelada. Pero el con-
suelo no tiene absolutamente nada que ver con el alimento. El alimento
mueve a la mujer de un lugar a otro. El alimento es algo así como unos copos de
cereales psíquicos.
La diferencia entre el consuelo y el alimento consiste en lo siguiente:
si tú tienes una planta que está enferma porque la guardas en un armario oscuro
y le diriges palabras tranquilizadoras, eso es un consuelo. Si sacas la planta
del armario, la pones al sol, le das algo de beber y le hablas, eso es un
alimento.
Una mujer congelada y sin alimento tiende a unos incesantes en-sueños
del tipo "y si". Sin embargo, aunque se encuentre en este estado de
congelación, especialmente si se encuentra en semejante estado, la mujer tiene
que rechazar la fantasía del consuelo. La fantasía del consuelo nos matará con
toda seguridad. Ya sabemos lo letales que pueden ser las fan-tasías:
"Algún día", "Si tuviera por lo menos", "Él
cambiará", "Si aprendo a dominarme, cuando esté bien preparada,
cuando tenga suficiente esto o aquello, cuando los niños sean mayores, cuando
tenga más seguridad, cuando encuentre a alguien, en cuanto... ", etc.
La niña de las cerillas tiene una abuela interior que, en lugar de
la-drarle "¡Despierta! ¡Levántate! ¡Por mucho que te cueste, busca calor!
". se la lleva a una vida de fantasía, se la lleva al "cielo".
Pero el cielo no ayudará a la Mujer Salvaje, a la niña salvaje atrapada ni a la
vendedora de fósforos que se encuentra en esta situación. Estas fantasías
consoladoras no se tienen que fomentar, pues son unas seductoras y letales
distracciones que nos apartan de nuestra verdadera tarea.
Vemos en el cuento que la niña de las cerillas intenta hacer una
es-pecie de trueque, una especie de trato comercial erróneo, pues vende las
cerillas que son lo único que le podría dar calor. Cuando las mujeres están
desconectadas del nutritivo amor de la madre salvaje, se encuentran en una
situación equivalente a una dicta de mera subsistencia en el mundo exterior. El
ego trata de vivir como puede con una mínima cantidad de alimento del exterior
y cada noche regresa una y otra vez del lugar donde empezó y allí se queda
dormido, muerto de cansancio.
La mujer no puede despertar a una vida con futuro porque su desdi-chada
existencia es como un gancho del que ella cuelga diariamente. En las
iniciaciones, la permanencia durante un período significativo de tiempo en
condiciones difíciles forma parte de un desmembramiento que aísla a la persona
de la comodidad y la complacencia. Como en los ritos de paso, el período
terminará y la mujer recién "lijada" iniciará una vida espiritual y
creativa, renovada y más sabia. Sin embargo, se puede decir que las muje-res
que se encuentran en la situación de la vendedora de fósforos están pasando por
un período de iniciación que se ha torcido. Las condiciones hostiles no sirven
para profundizar sino tan sólo para diezmar. Hay que elegir otro lugar, otro
ambiente con otros apoyos y guías.
Históricamente, sobre todo en la psicología masculina, la enferme-dad,
el exilio y el sufrimiento se entienden a menudo como un desmem-bramiento
iniciático que a veces reviste un gran significado. Pero en el ca-
so de las mujeres hay otros arquetipos adicionales de iniciación que
sur-gen de la psicología y las condiciones físicas; uno de ellos es el del
alum-bramiento, otro es el poder de la sangre y otros son el hecho de estar
ena-moradas o de recibir un amor nutritivo. El hecho de recibir la bendición de
alguien a quien ellas admiran, el hecho de que alguien de más edad les imparta
enseñanzas de una forma profunda y comprensiva son unos fuer-tes arquetipos que
presentan sus propias tensiones y resurrecciones.
La niña de las cerillas se acercó mucho, pero se quedó muy lejos de la
fase transitoria de acción y movimiento que hubiera completado su ini-ciación.
A pesar de que su desdichada vida poseía los elementos necesa-rios para una
experiencia iniciática, no tenía a nadie ni dentro ni fuera, capaz de guiar su
proceso psíquico.
El invierno psíquico en su sentido más negativo trae el beso de la
muerte -es decir, la frialdad- a todo lo que toca. La frialdad significa el
final de cualquier relación. Si quieres matar algo, muéstrate fría. En cuanto
los sentimientos, los pensamientos o las acciones se congelan, ya no es
posi-ble la relación. Cuando los seres humanos quieren abandonar algo que
llevan en sí mismos o dejar a una persona fuera, en medio del frío, procu-ran
no prestarle atención, cancelan las invitaciones, la excluyen, se desv-ían de
su camino para no tener ni siquiera que oírla ni vería. Ésta es la situación de
la psique de la vendedora de fósforos.
Esa niña vaga por las calles y les suplica a los desconocidos que le
compren cerillas. Esta escena ilustra una de las situaciones más
descon-certantes s del instinto herido de las mujeres, la entrega de la luz a
cambio de un pequeño precio. Aquí las lucecitas en lo alto de los palitos son
como las luces más grandes de las calaveras ensartadas en las estacas en el
cuento de Vasalisa. Representan la sabiduría, pero, por encima de todo,
iluminan la conciencia, sustituyendo la oscuridad con la luz y volviendo a
encender lo que se ha extinguido. El fuego es el símbolo más importante del
revitalizador de la psique.
La niña de las cerillas pasa muchas necesidades, suplica que le den algo
y ofrece la luz, de hecho algo que vale mucho más que el penique que ella
recibe a cambio. Tanto si este "gran valor que entregamos a cambio de a
algo que vale menos" se encuentra dentro de nuestra psique como si es algo
que experimentamos en el mundo exterior, el resultado es el mismo: más pérdida
de energía. Entonces una mujer no puede responder a sus propias necesidades.
Hay algo que suplica vivir, pero no o recibe respues-ta. Aquí tenemos a alguien
que, como Sofía, el espíritu g griego de la sabi-duría, toma la luz del abismo,
pero la gasta a tontas y a locas en inútiles fantasías. Los malos amantes, los
malos jefes, las situaciones de explota-ción, los taimados complejos de todas
clases tientan a una mujer y la atra-en hacia estas decisiones.
Cuando la vendedora de fósforos decide encender las cerillas, utiliza
sus recursos para entregarse a las fantasías en lugar de emprender una acción.
Utiliza su energía para seguir un camino momentáneo. Todo eso se percibe o con
toda claridad en la vida de la mujer. Está decidida a ir a la
universidad, pero tarda tres años en decidir en cuál se va a matricular.
Piensa pintar una serie de cuadros, pero, no tiene ningún sitio donde mon-tar
la a exposición, no convierte la pintura en una prioridad. Quiere hacer esto o
aquello, pero no dedica el tiempo necesario a aprender o a desarro-llar la
sensibilidad o la habilidad necesarias para hacerlo bien, Tiene diez cuadernos
de notas llenos de sueños, pero está atrapada en su interpreta-ción y no
consigue llevar a la práctica sus significados. Sabe que tiene que marcharse,
empezar, dejar, ir, pero no lo hace.
Y ahora comprendemos por qué. Cuando una mujer tiene la sensibi-lidad
congelada, cuando ya no se percibe a sí misma, cuando su sangre, su pasión, ya
no llegan a las extremidades de la psique, cuando está des-esperada, una vida
de fantasía es más agradable que cualquier otra cosa que ella pretenda lograr.
Como no tienen leña a la que prender fuego, las llamitas de sus cerillas le
queman la psique como si fuera un tronco enor-me y seco. La psique empieza a
gastarse bromas a sí misma y ahora vive en el fuego imaginario del cumplimiento
de todos los anhelos. Pero esta clase de fantasía es como una mentira: cuando
la persona la dice a menu-do, acaba por creérsela.
Esta especie de ansía de transmutación en la que los problemas o las
cuestiones se minimizan a través de entusiastas fantasías acerca de soluciones
imposibles o de otros tiempos mejores no sólo asalta a las Mu-jeres sino que es
también uno de los mayores escollos con que tropieza la humanidad. La estufa
del cuento de la vendedora de fósforos simboliza los pensamientos cálidos y
afectuosos. Es también el símbolo del centro, el corazón, el hogar. Nos dice
que la fantasía de la niña gira en torno a su verdadero yo, al corazón de la
psique, al calor de hogar interior.
Pero, de repente, la estufa se apaga. La niña de las cerillas, como
to-das las mujeres que se hallan en esta apurada situación psíquica, se
en-cuentra sentada de nuevo sobre la nieve. Vernos aquí que esta clase de
fantasía es muy breve, pero intensamente destructiva. No tiene nada que quemar
más que nuestra energía. Aunque una mujer utilice la fantasía para entrar en
calor, acaba padeciendo nuevamente frío.
La pequeña vendedora enciende más cerillas. Cada fantasía se extin-gue y
la niña se encuentra otra vez muerta de frío en la nieve. Cuando la psique se
congela, una mujer sólo se mira a sí misma y a nadie más. En-ciende una tercera
cerilla. Es el tres de los cuentos de hadas, el número mágico, el punto en el
que algo nuevo tendría que ocurrir Pero en este ca-so, puesto que la fantasía
desborda la acción, no ocurre nada nuevo.
Es curioso que en el cuento haya un árbol de Navidad. El árbol de
Navidad es una evolución de un símbolo precristiano de la vida eterna, la
planta de hoja perenne. Se podría pensar que eso es su salvación, la idea de la
psique de hoja perenne en perenne crecimiento y perenne movimien-to, pero la
habitación no tiene techo.
La psique no puede abarcar la idea de la vida. El hipnotismo se ha
enseñoreado de la situación.
La abuela es muy cariñosa y muy buena, pero es la morfina definiti-va,
el sorbo definitivo de cicuta. Atrae a la niña al sueño de la muerte. En su
sentido más negativo, es el sueño de la complacencia, el sueño del
en-tumecimiento -"Está muy bien, lo podré resistir"-, el sueño de la
negación - -"Miraré para el otro lado"-. Es el sueño de la fantasía
perniciosa en el que esperamos que todas las penalidades desaparecerán por arte
de magia.
Es un hecho psíquico comprobado que, cuando la libido o la energía
disminuyen hasta el extremo de que su aliento no empaña el espejo, surge alguna
representación de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida, simboli-zada aquí por
la abuela. Su función es la de llegar a la muerte de algo, in-cubar el alma que
ha abandonado su cascarón y cuidar de ella hasta que pueda renacer.
Ésta es la gran dicha de la psique de las personas. Incluso en el caso
de un final tan doloroso como el de la vendedora de fósforos, queda un ra-yo de
luz. Cuando transcurre el suficiente tiempo y se produce el suficiente malestar
y la suficiente presión, la Mujer Salvaje de la psique arrojará nueva vida a la
mente de la mujer y le ofrecerá la oportunidad de empren-der una vez más una
acción en su propio beneficio. Tal como podemos de-ducir del sufrimiento que
todo ello entraña, es mucho mejor sanar la pro-pia afición a las fantasías que
esperar, deseando y confiando en resucitar de entre los muertos.
La renovación del fuego creador
Imaginemos ahora que lo tenemos todo muy claro, sabemos cuál es nuestro
propósito, no nos hundimos en fantasías de evasión, estamos in-tegradas y
nuestra vida creativa florece. Necesitamos otra cualidad; necesi-tamos saber
qué tenemos que hacer, no en caso de que perdamos la con-centración sino cuando
la perdamos; es decir, cuando nos cansemos mo-mentáneamente. ¿Cómo? ¿Que
después de tanto trabajo podríamos perder la concentración? Pues sí, sólo la
perderemos provisionalmente, pero es algo natural. He aquí, a este respecto, un
cuento muy bonito que en nues-tra familia se llama "Los tres cabellos de
oro".
En nuestra familia se dice que un cuento tiene alas. A través de las
migraciones transoceánicas de mi familia adoptiva magiar, varios de los cuentos
que yo conozco volaron con ellos sobre los montes Cárpatos cuan-do huyeron de
sus aldeas a causa de las guerras. Durante algún tiempo vivieron en los Urales
y luego cruzaron el mar para trasladarse a Norte-américa. El pequeño y
andrajoso grupo con sus cuentos configurados por sus experiencias viajó
posteriormente por tierra atravesando los grandes bosques hasta llegar a la
cuenca de los Grandes Lagos.
El pequeño núcleo de "Los tres cabellos de oro" me lo facilitó
mi "Tante" Kata, una extraordinaria curandera y rezadora que se crió
en la Europa del Este, y es la historia que yo he ampliado aquí. En mis
investi-gaciones he descubierto cuentos teutones y celtas muy distintos que
giran en torno al leitmotiv del "cabello de oro". El leitmotiv o tema
central de un
cuento representa un arquetípico trance de la psique. Así son los
arqueti-pos: depositan algunos de sus matices en su punto de contacto con la
psi-que. Como representaciones simbólicas que son, a veces dejan una huella de
su paso por las biografías, los sueños y las ideas de todos los mortales. Se
podría decir que los arquetipos, cuya morada nadie conoce, constituyen toda una
serie de instrucciones psíquicas que atraviesan el tiempo y el es-pacio y
ofrecen su sabiduría a cada nueva generación.
El tema del cuento es la manera que permite recuperar la concentra-ción
cuando ésta se ha perdido. La concentración está formada por la per-cepción y
el oído, y sigue las instrucciones de la voz del alma. Muchas mu-jeres son muy
duchas en el arte de concentrarse, pero, cuando se les va el santo al cielo, se
dispersan como un edredón de plumas esparcido por to-da la campiña.
Es importante tener un recipiente en el que guardar todo lo que
per-cibimos y oímos desde la naturaleza salvaje. En algunas mujeres, el
reci-piente son sus diarios en el que anotan todas las plumas que pasan -
volando, en otras es el arte creativo, el baile, la pintura, la escritura.
¿Re-cuerdas a Baba Yagá? Tiene una olla muy grande; vuela por el cielo en una
caldera que, en realidad, es un almirez y una mano de almirez. En otras
palabras, tiene un recipiente donde poner las cosas. Tiene una manera muy concentrada
de pensar y de moverse de un lugar a otro. Sí, la concen-tración es la solución
al problema de la pérdida de energía. Eso y otra co-sa. Veamos.
Los tres cabellos de oro
Una vez, en una profunda y oscura noche, una de esas noches en que la
tierra es de color negro y los árboles parecen unas nudosas manos recortándose
contra el cielo azul oscuro, en una noche exactamente como ésta un solitario
anciano atravesaba el bosque con paso vacilante. A pesar de que las ramas de
los árboles le arañaban el rostro y le medio cegaban los ojos, él sostenía en
alto una pequeña linterna. Dentro del farolillo la vela encendida se iba
agotando poco a poco.
El anciano era todo un espectáculo con su largo cabello amarillento, Sus
amarillos dientes medio rotos y sus curvadas uñas de color ámbar. Tenía la
espalda tan encorvada como un saco de harina y era tan vicio que la piel le
colgaba en volantes de la barbilla, los brazos y las caderas.
El anciano avanzaba a través del bosque, agarrándose a un abeto e
impulsando el cuerpo hacia delante para agarrar otro abeto y, con este
movimiento de remero y el poco aliento que le quedaba, proseguía su ca-mino.
Todos los huesos del cuerpo le dolían como si estuvieran ardiendo, Las
lechuzas de los árboles emitían unos chirridos semejantes a los de sus
articulaciones mientras él proyectaba el cuerpo hacia delante en medio
de la oscuridad. A lo lejos brillaba una minúscula y trémula luz, una casita,
un fuego, un hogar, un lugar de descanso. El anciano avanzó con gran es-fuerzo
hacia aquella luz. Llegó a la puerta exhausto, la vela de la linterna se apagó
y él entró y se desplomó en el suelo.
Dentro había una anciana sentada delante de una espléndida chi-menea
encendida. La anciana corrió a su lado, lo tomó en brazos y lo llevó a la
chimenea. Allí lo sostuvo en sus brazos como una madre sostiene a su hijo y lo
acunó en su mecedora. Allí estaban ellos, el pobre y frágil anciano que no era
más que un saco de huesos y la vigorosa anciana que lo acu-naba hacia delante y
hacia atrás diciéndole: "Calma, calma, no pasa na-da."
Se pasó toda la noche acunándolo y, cuando ya estaba a punto de rayar el
alba, el anciano había rejuvenecido y ahora era un apuesto joven de cabello de
oro y largos y fuertes miembros. Pero ella lo seguía acunan-do: "Calma,
calma. No pasa nada."
El amanecer ya estaba muy cerca y el joven se había convertido en un
niñito precioso de cabello de oro trenzado como el trigo.
Al rayar el alba, la anciana arrancó rápidamente tres cabellos de la
preciosa cabeza del niñito y los arrojó a los azulejos del suelo. Los cabellos
hicieron: "¡Tiiiiiiiing!¡Tiiiiiiiing! ¡Tiiiiiiiing!"
Y el niñito que la anciana sostenía en sus brazos bajó a gatas de su
regazo y corrió a la puerta. Se volvió un instante para mirar a la anciana, le
dirigió una deslumbradora sonrisa y después dio media vuelta y ascen-dió al
cielo para convertirse en el radiante sol matinal (18).
De noche las cosas son distintas, por lo que, para comprender este
cuento, tenemos que bajar a una conciencia nocturna, a un estado en el que
somos más concientes de todos los crujidos y chirridos. De noche es cuando
estamos más cerca de nosotras mismas, de las ideas y sentimien-tos esenciales
que no se perciben con tanta claridad durante las horas di-urnas.
En el mito la noche es el mundo de la Madre Nyx, la mujer que hizo el
mundo. Es la Vieja Madre de los Días, una de las viejas brujas de la Vi-da y la
Muerte. A efectos de la interpretación, cuando es de noche en un cuento de
hadas sabemos que estamos en el inconciente. San Juan de la Cruz lo llama
"la noche oscura del alma". En este cuento, la noche tipifica el
período en el que la energía, bajo la forma de un viejo muy viejo, es cada vez
más débil. Es un período en el que nos encontramos en cierto modo en las
últimas.
Perder la concentración equivale a perder energía. Y lo peor que se
puede hacer cuando hemos perdido la concentración es correr de un lado a otro
para intentar reunirlo todo otra vez. No hay que correr. Tal como
vemos en el cuento, lo que hay que hacer es sentarse y acunar. La
pacien-cia, la paz y el movimiento de balanceo renuevan las ideas. El simple
hecho de sostener la idea y de tener la paciencia de acunarla es lo que
al-gunas mujeres llaman un lujo. La Mujer Salvaje dice que es una necesi-dad.
Es algo que los lobos saben muy bien. A veces, cuando aparece un intruso
los lobos gruñen, ladran e incluso lo muerden, pero otras veces se retiran
hacia el lugar donde se encuentra su grupo y se sientan tal como haría una
familia. Se limitan a permanecer sentados y a respirar juntos. Las cajas
torácicas se hunden hacia dentro y se proyectan hacia fuera, suben y bajan. Se
concentran en sí mismos, preparan de nuevo su terreno, regresan al centro de sí
mismos y deciden qué es lo más importante y qué hacer al respecto. Llegan a la
conclusión de que "de momento no van a hacer nada, se limitarán a
permanecer sentados y a respirar, se limitarán a balancearse juntos".
Muchas veces, cuando las ideas no se despliegan o no funcionan con
suavidad o nosotras no las hacemos funcionar bien, perdemos la concen-tración.
Eso es una parte de un ciclo natural y ocurre porque la idea se ha enranciado o
-nosotras hemos perdido la capacidad de verla de una forma renovada. Nos hemos
hecho viejas y frágiles como el anciano de "Los tres cabellos de
oro". Aunque se han apuntado muchas teorías a propósito de los
"bloqueos" creativos, lo cierto es que los bloqueos más ligeros van y
vienen como las pautas meteorológicas y las estaciones... exceptuando los
bloqueos psicológicos de que hemos hablado anteriormente como, por ejemplo, el
hecho de no llegar a la propia verdad, el temor a ser rechaza-das, el temor a
decir lo que sabemos, las dudas acerca de la propia capa-cidad, la
contaminación de la corriente básica, la aceptación de la medio-cridad o de las
pálidas imitaciones, etc.
Este cuento resulta excelente porque recorre todo el ciclo de una idea,
la diminuta luz que se le concede y que, naturalmente, es la misma idea, la
cual se agota y está a punto de extinguirse como parte de su ciclo natural. En
los cuentos de hadas, cuando ocurre algo malo, significa que hay que probar
otra cosa, que se tiene que introducir una ,nueva energía, que se tiene que
consultar con un ayudante, un sanador, una fuerza mágica.
Aquí vernos de nuevo a la vieja La Que Sabe, la mujer de dos millo-nes
de años, El hecho de que ella nos sostenga en brazos delante del fuego de la
chimenea es restaurador y reparador (19). Hasta este fuego y éstos brazos se
arrastra el anciano, pues sin ellos se muere. El anciano está cansado a causa
del mucho tiempo que ha dedicado al trabajo que noso-tras le damos. ¿Has visto
alguna vez a una mujer trabajar como una fiera y detenerse de pronto sin más?
¿Has visto alguna vez a una mujer que lu-cha con denuedo por alguna causa
social y que, al día siguiente, le vuelve la espalda y dice: "Que se vaya
todo al infierno"? Su animus está agotado y necesita que lo acune La Que
Sabe. La mujer cuya idea o energía se ha de-bilitado, marchitado o agotado por
completo necesita conocer el camino
que conduce a esta vieja curandera y le tiene que llevar su agotado
animus para que se lo renueve.
Yo trabajo con muchas mujeres dedicadas en cuerpo y alma al acti-vismo
social. Y no cabe duda de que, al final de este ciclo se cansan y se arrastran
por el bosque con trémulas piernas mientras la llama de la lin-terna parpadea,
a punto de apagarse. Es el momento en que dicen: "Ya no puedo más. Lo
dejo, devuelvo mi pase de prensa, mi placa, mi traje del sindicato, mi...
", lo que sea. Piensan emigrar a Auckland. Se dedicarán a ver la
televisión y a comer galletas y jamás volverán a contemplar el mun-do a través
de la ventana. Se comprarán unos zapatos de mala calidad, se trasladarán a
vivir a un barrio en el que nunca ocurre nada y se pasarán el resto de su vida
viendo el canal del ama de casa. A partir de ahora se ocuparán de sus asuntos,
mirarán para el otro lado, etc, etc.
Cualquiera que sea la idea que ellas tengan de lo que es una tregua y
aunque hablen movidas por un profundo cansancio y una fuerte frustra-ción, yo
digo que la tregua es una buena idea y que conviene descansar. A lo cual ellas
suelen contestar con voz chillona, "¿Descansar? ¿Cómo puedo descansar
cuando el mundo se está yendo al carajo delante de mis nari-ces?"
Pero al final la mujer tiene que descansar, equilibrarse y recuperar la
concentración. Tiene que rejuvenecerse y recobrar la energía. Ella cree que no
puede, pero sí puede, pues el círculo de las mujeres, tanto si éstas son madres
como si son estudiantes, artistas o activistas, siempre se cie-rra para llenar
el hueco de las que se van a descansar. Una mujer creativa tiene que descansar
y regresar más tarde a su trabajo. Tiene que ir a ver a la vieja del bosque, a
la revitalizadora, a la Mujer Salvaje en una de sus múltiples representaciones.
La Mujer Salvaje ya sabe que el animus se cansa con regularidad. No se
sorprende de que éste se desplome al cruzar su puerta. Ya está preparada. No se
nos acercará corriendo, presa del pánico. Nos recogerá y nos sostendrá en sus
brazos hasta que volvamos a recuperar nuestro poder.
Nosotras tampoco hemos de asustarnos cuando perdamos el impul-so o la
concentración. Tal como hace ella, debemos sostener la idea y que-darnos un
ratito con ella. Tanto si nuestra concentración está enteramente ocupada en
nuestro propio desarrollo como si lo está en los asuntos mun-diales o en las
relaciones, el animus se cansará. No es una cuestión de "si" sino de
"cuando". Esfuerzos prolongados tales como terminar los estudios,
concluir un manuscrito, culminar la propia obra, cuidar de un enfermo, son actividades
que hacen que la otrora joven energía envejezca, se venga abajo y ya no pueda
seguir adelante.
Es mejor que las mujeres lo sepan al comienzo de una actividad, pues el
cansancio las suele sorprender. Gimotean, murmuran, comentan en voz baja su
fracaso, su incapacidad y cosas por el estilo. No, no. Esta pérdida de energía
es normal. Es la Naturaleza.
El atribuir el género masculino a la fuerza inagotable constituye un
error. Es una introyección cultura¡ que se tiene que desterrar de la psique.
Este error da lugar a que tanto las energías masculinas del paisaje
interior como los varones de la cultura experimenten una injustificada
sensación de fracaso cuando se cansan o necesitan descansar. Todo el mundo
nece-sita hacer una pausa para recuperar las fuerzas. El modus operandi de la
naturaleza de la Vida/Muerte/Vida es cíclico y se aplica a todo el mundo y a
todas las cosas.
En este cuento los tres cabellos se arrojan al suelo. En mi familia se
suele decir: "Arroja un poco de oro al suelo." Deriva de la expresión
des-prender las palabras que, en la tradición de las cuentistas y sanadoras de
mi familia, significa eliminar algunas palabras del relato para conferirle más
fuerza,
El cabello simboliza el pensamiento que sale de la cabeza. Despren-derse
de algunos o arrojarlos al suelo hace que el niño se vuelva más livia-no y
resplandezca con un fulgor todavía más intenso. De igual manera, tu gastada
idea o actividad podrá resplandecer con más fulgor sí eliminas una parte y te
desprendes de ella. Es la misma idea del escultor que elimi-na una parte del
mármol para que se vea mejor la forma oculta que hay debajo. Una excelente
manera de renovar o fortalecer los objetivos o activi-dades que están agotados
consiste en desprenderse de algunas ideas y concentrarse en el resto.
Arranca tres cabellos de tu actividad y arrójalos al suelo, Allí se
con-vierten en una llamada para que despertemos. El hecho de arrojarlos al
suelo provoca un ruido psíquico, un timbre, una resonancia en el espíritu de
una mujer que da lugar a que ésta reanude su actividad. El sonido de algunas de
las ideas que caen al suelo se convierte en el 'nuncio de una nueva era o de
una nueva oportunidad.
En realidad, la vieja La Que Sabe está podando ligeramente lo
mas-culino. Sabemos que la eliminación de las ramas muertas fortalece los
árboles. Sabemos también que el corte de los capullos de ciertas plantas las
ayuda a hacerse más frondosas y lozanas. Para la mujer salvaje, el ci-clo de
crecimiento y disminución del animus es algo natural. El un proceso arcaico, un
proceso antiguo. En tiempos inmemoriales así era como las mujeres abordaban el
mundo de las ideas y sus manifestaciones exterio-res. Así es como lo hacen las
mujeres. La vieja del cuento de "Los tres ca-bellos de oro" nos
enseña, mejor dicho, nos vuelve a enseñar, cómo se hace.
Pues entonces, ¿cuál es el propósito de esta renovación y
concentra-ción, de este afán de recuperar lo que se había perdido y de correr
con los lobos? Es para ir directas a la yugular, para llegar hasta las semillas
y los huesos de cualquier cosa que haya en nuestra vida, pues allí está el
placer y la alegría, allí está el Edén de la mujer, el lugar donde hay tiempo y
liber-tad para ser, pasear, asombrarse, escribir, cantar, crear y no tener
miedo. Cuando los lobos perciben el placer o el peligro, lo primero que hacen
es quedarse absolutamente inmóviles. Se convierten en estatuas concentra-das
para poder ver, oír y percibir en su forma más elemental qué es lo que ocurre.
Eso es lo que nos ofrece la naturaleza salvaje: la capacidad de ver lo
que tenemos delante gracias a la concentración y al hecho de detenernos, mirar,
olfatear, prestar atención, sentir y saborear. La concentración es el uso de
todos nuestros sentidos, incluido el de la intuición. A este mundo acuden las
mujeres para recuperar su voz, sus valores su imaginación, su clarividencia, su
perspicacia, sus cuentos y los antiguos recuerdos feme-ninos. Todo eso es fruto
de la concentración y la creación. Si has perdido la concentración, siéntate y
no te muevas. Toma la idea y acúnala hacia delante y hacia atrás. Quédate con
una parte de ella, arroja el resto y verás cómo te renuevas. No tienes que
hacer nada más.
CAPÍTULO 11
El calor: la recuperación de la sexualidad sagrada
Las diosas obscenas
Hay un ser que habita en el subsuelo salvaje de la naturaleza feme-nina.
Esta criatura es nuestra naturaleza sensorial y, como cualquier cria-tura
integral, tiene sus propios ciclos naturales y nutritivos. Este ser es
inquisitivo, amante de la relación, a veces rebosa energía y otras permane-ce
en estado de reposo. Reacciona a los estímulos sensoriales: la música, el
movimiento, la comida, la bebida, la paz, el silencio, la belleza, la
oscu-ridad (1).
Este aspecto de la mujer es el que posee calor. No un calor del tipo
"Vamos a acostarnos, nena", sino un fuego subterráneo cuyas llamas
sub-en y bajan cíclicamente. A partir de la energía que allí se libera, la
mujer actúa según le parece. El calor de la mujer no es un estado de excitación
sexual sino un estado de intensa conciencia sensorial que incluye su
sexualidad, pero no se limita a ésta.
Mucho se podría escribir acerca del uso y el abuso de la naturaleza
sensorial de las mujeres y acerca de la manera en que ellas y los demás
reprimen sus ritmos naturales o intentan apagarlos por completo. Pero vamos a
centrarnos en su lugar en un aspecto que es ardiente y decidida-mente salvaje y
despide un calor que mantiene caldeadas las bajas sensa-ciones. En la época
moderna apenas se ha prestado atención a esta expre-sión sensorial de las
mujeres y, en muchos lugares y momentos, incluso se la ha desterrado por
completo.
Hay un aspecto de la sexualidad de las mujeres que en la antigüe-dad se
llamaba lo obsceno sagrado, no con el significado con que hoy utili-zamos la
palabra "obsceno" sino con el de "sexualmente sabio e
ingenioso", y se tributaban a las diosas unos cultos dedicados en parte a
la irreverente sexualidad femenina. Los ritos no eran despreciativos sino que
más bien pretendían representar algunas partes del inconciente que incluso hoy
en día siguen siendo misteriosas e inexploradas.
La idea misma de la sexualidad como algo sagrado y, más concreta-mente,
de la obscenidad como un aspecto de la sexualidad sagrada, es esencial para la
naturaleza salvaje.
Había en las antiguas culturas femeninas unas diosas de la obsce-nidad
así llamadas por su ingenua y, sin embargo, astuta lascivia. Pero el lenguaje,
por lo menos en castellano, dificulta enormemente la compren-sión de las
"diosas de la obscenidad" como no sea en términos vulgares.
He aquí el significado del adjetivo "obsceno" y otros vocablos
afines. A través de estos significados creo que se comprenderá por qué razón
este aspecto del antiguo culto de la diosa fue desterrado bajo tierra.
Me gustaría que mis lectores consideraran estas tres definiciones de
dic-cionario y sacaran sus propias consecuencias:
· Sucio: El significado del
término se ha extendido hasta abarcar cualquier tipo de suciedad y
especialmente el lenguaje obsceno*.
· Palabrota: Palabra obscena,
expresión utilizada también actualmente para designar algo que se ha convertido
en social o políticamente impo-pular o sospechoso, a menudo a causa de críticas
y descalificaciones in-justificadas o por no seguir las tendencias del momento.
· Obsceno: del hebreo antiguo
Ob, con el significado de "maga", "bruja"**.
Todos estos términos tienen cierto carácter despectivo Y, sin embar-go,
subsisten en todas las culturas mundiales vestigios de cuentos que han
sobrevivido a las distintas purgas. En ellos se nos dice que lo obsceno no es
vulgar en absoluto sino que más bien se parece a una especie de criatura de
naturaleza fantástica que uno quisiera tener por amiga y cuya visita desearía
con toda el alma recibir.
Hace unos años, cuando empecé a narrar "cuentos de la diosa
obs-cena", las mujeres sonreían y después se reían al oír los relatos de
las hazañas de las mujeres, tanto reales como mitológicas, que utilizaban su
sexualidad y su sensualidad para conseguir un objetivo, aliviar una pena o
provocar la risa, y, por este medio, enderezar algo que se había torcido en la
psique. También me llamó la atención la forma en que las mujeres se aproximaban
al umbral de la risa cuando se hablaba de estas cuestiones. Primero tenían que
apartar a un lado todas las enseñanzas recibidas, según las cuales reírse de
aquella manera no era propio de una señora.
Y yo comprobaba que el hecho de ser una señora en una situación
apro-piada ahogaba a una mujer en lugar de ayudarla a respirar. Para saber reír
hay que poder exhalar el aire e inspirar en rápida sucesión. Sabemos por la
quinesiología y otras terapias corporales como el Hakomi que el hecho de
inspirar nos hace experimentar sensaciones y que, cuando no queremos sentir
nada, contenemos la respiración.
* Según el Diccionario Crítico
Etimológico de J. Corominas: "del latín sucidus "húmedo,
jugoso", derivado de sucus, "jugo", "savia". (N. de la
T.)
**Según el Diccionario Crítico Etimológico de J. Corominas: "del
lat. obscenus, "siniestro, fatal", "indecente, obsceno". En
latín los mejores mss. vacilan entre obscenus y obscaenus; la etimología en
latín es dudosa".
Según el Diccionario Enciclopédico de la Lengua Inglesa Webster, la
palabra, de etimología incierta, podría estar relacionada con el término latino
caenum o ce-num, "suciedad", "cieno", (N. de la T.)
Cuando se ríe la mujer respira libremente y, al hacerlo, es posible que
empiece a experimentar unas sensaciones no autorizadas. ¿Y qué cla-se de
sensaciones son ésas? Pues bien, en realidad, no son sensaciones sino un alivio
y un remedio para las sensaciones, un alivio y un remedio que a menudo dan
lugar a la liberación de lágrimas reprimidas y a la re-cuperación de recuerdos
olvidados o a la rotura de las cadenas de la per-sonalidad sensual.
Comprendí que la importancia de estas antiguas diosas de la obsce-nidad
quedaba demostrada por su capacidad de soltar lo que estaba de-masiado tenso,
borrar la tristeza, provocar en el cuerpo una especie de humor que no pertenece
al intelecto sino al cuerpo y mantener expeditos estos canales. Es el cuerpo el
que se ríe con los cuentos del coyote y los del tío Trungpa (2), las frases de
Mae West, etc. Las travesuras y el humor de las diosas obscenas pueden hacer
que una vital modalidad de medicina se extienda por todos los sistemas
neurológicos y endócrinos del cuerpo.
Los tres cuentos siguientes simbolizan lo obsceno en el sentido que aquí
hemos atribuido al término, es decir, una especie de encantamiento
sexual/sensual que produce una agradable sensación emocional Dos son antiguos y
uno es moderno. Giran en torno a las diosas obscenas que lle-van mucho tiempo
vagando sin rumbo bajo tierra. En sentido positivo per-tenecen a la tierra
fértil, el barro, el cieno de la psique, la sustancia creati-va de la que
procede todo el arte. De hecho, las diosas sucias representan el aspecto sexual
y sagrado de la Mujer Salvaje.
Baubo: La diosa del vientre
Hay un dicho muy expresivo: Ella habla por la entrepierna. Hay cuentos
de la "entrepierna" en todo el mundo. Uno de ellos es el cuento de
Baubo, una diosa de la antigua Grecia, la llamada "diosa de la
obsceni-dad". Se le atribuyen también otros nombres como, por ejemplo,
Yambe, y parece ser que los griegos la tomaron prestada de otras culturas más
anti-guas. Desde tiempos inmemoriales existen arquetípicas diosas salvajes de
la sexualidad sagrada y de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida.
Sólo existe una famosa referencia a Baubo en los escritos de la
Anti-güedad, lo cual parece indicar que su culto fue destruido y quedó
enterra-do bajo la estampida provocada por las distintas conquistas. Tengo la
co-razonada de que en algún lugar, quizá bajo las boscosas colinas y los lagos
de Europa y de Oriente Próximo, hay templos dedicados a ella, incluso con
objetos e íconos óseos (3).
Por consiguiente, no es de extrañar que muy pocas personas hayan oído
hablar de Baubo, pero no olvidemos que un retazo de arquetipo puede contener la
imagen del todo. Y el retazo lo tenernos, pues conservamos un cuento
protagonizado por Baubo. Es una de las más seductoras y pícaras divinidades del
Olimpo. Ésta es mi versión de cantadora, basada en el an-tiguo y salvaje
vestigio de Baubo que sigue brillando en los mitos posma-triarcales griegos y
en los himnos homéricos (4).
Deméter, la madre tierra, tenía una hermosa hija llamada Perséfone que
un día estaba jugando en un prado. De pronto, Perséfone tropezó con una
preciosa flor y alargó las puntas de los dedos para acariciar su bella corola.
Súbitamente el suelo empezó a estremecerse y un gigantesco zigzag rasgó la
tierra. De las profundidades de la tierra surgió Hades, el dios de Ultratumba.
Era alto y poderoso y permanecía de pie en un carro negro tirado por cuatro
caballos de color espectral.
Hades agarró a Perséfone y la atrajo a su carro en medio de un re-vuelo
de velos y sandalias. Después los caballos se precipitaron de nuevo al interior
de la tierra. Los gritos de Perséfone son cada vez más débiles a medida que se
iba cerrando la brecha de la tierra como si nada hubiera ocurrido.
Los gritos y el llanto de la doncella resonaron por todas las piedras de
las montañas y subieron borbotando en un acuático lamento desde el fondo del
mar. Deméter oyó gritar a las piedras. Oyó los gritos del agua. Después un
pavoroso silencio cubrió toda la tierra mientras se aspiraba en el aire el
perfume de las flores aplastadas.
Arrancándose la diadema que adornaba su inmortal cabello y des-plegando
los oscuros velos que le cubrían los hombros, Deméter voló sobre la tierra como
un ave gigantesca, buscando y llamando a su hija.
Aquella noche una vieja bruja les comentó a sus hermanas junto a la
entrada de su cueva que aquel día había oído tres gritos: uno era el de una voz
juvenil lanzando alaridos de terror; otro, una quejumbrosa llama-da; y el
tercero, el llanto de una madre.
No hubo manera de encontrar a Perséfone y así inició Deméter la búsqueda
de su amada hija a lo largo de vanos meses. Deméter estaba fu-riosa, lloraba,
gritaba, preguntaba, buscaba en todos los parajes de la tie-rra por arriba, por
abajo y por dentro, suplicaba compasión y pedía la muerte, pero, por mucho que
se esforzara, no conseguía encontrar a su hija del alma.
Así pues, ella, la que lo hacía crecer todo eternamente, maldijo todas
las tierras fértiles del mundo, gritando en su dolor: "¡Morid! ¡Morid!
¡Mo-rid!" A causa de la maldición de Deméter ningún niño pudo nacer, no
cre-ció trigo para amasar el pan, no hubo flores para las fiestas ni ramas para
los muertos. Todo estaba marchito y consumido en la tierra reseca y los secos
pechos.
La propia Deméter ya no se bañaba. Sus túnicas estaban empapa-das de
barro y el cabello le colgaba en enmarañados mechones. A pesar del terrible
dolor de su corazón, no se daba por vencida. Después de muchas preguntas,
súplicas e incidentes que no habían dado el menor resultado, la diosa se
desplomó junto a un pozo de una aldea donde nadie la conocía. Mientras
permanecía apoyada contra la fría piedra del pozo, apareció una
mujer, más bien una especie de mujer, que se acercó a ella bailando,
agi-tando las caderas como si estuviera en pleno acto sexual mientras sus
pe-chos brincaban al compás de la danza. Al verla, Deméter no pudo por me-nos
de esbozar una leve sonrisa.
La bailarina era francamente prodigiosa, pues no tenía cabeza, sus
pezones eran sus ojos y su vulva era su boca. Con aquella deliciosa boca empezó
a contarle a Deméter unas historias muy graciosas. Deméter son-rió, después se
rió por lo bajo y, finalmente, estalló en una sonora carcaja-da. Ambas mujeres,
Baubo, la pequeña diosa del vientre, y la poderosa diosa de la Madre Tierra
Deméter se rieron juntas como locas.
Y aquella risa sacó a Deméter de su depresión y le infundió la energ-ía
necesaria para reanudar la búsqueda de su hija y, con la ayuda de Baubo, de la
vieja bruja Hécate y del sol Helios, consiguió finalmente su objetivo.
Perséfone fue devuelta a su madre. El mundo, la tierra y los vien-tres de las
mujeres volvieron a crecer.
La pequeña Baubo siempre me ha gustado mil veces más que cual-quier otra
diosa de la mitología griega, quizá más que ninguna otra figura. Procede sin
duda de las diosas del vientre neolíticas9 unas misteriosas fi-guras sin cabeza
y, a veces, sin brazos ni piernas. Nos quedamos cortos diciendo que son
"figuras de la fertilidad", pues está claro que son mucho más que
eso. Son los talismanes de las conversaciones femeninas, es de-cir, de la clase
de conversación que las mujeres jamás mantendrían en presencia de un hombre
como no fuera en circunstancias extraordinarias.
Estas figurillas representan unas sensibilidades y unas expresiones
únicas en todo el mundo; los pechos y lo que se siente en el interior de esas
sensibles criaturas, los labios de la vulva, en los que una mujer expe-rimenta
unas sensaciones que los demás pueden imaginar, pero que sólo ella conoce. Y la
risa del vientre que es una de las mejores medicinas que pueda tener una mujer.
Siempre he pensado que el Kaffeklatsch* era un vestigio del antiguo
ritual femenino del estar juntas, un ritual que, como el antiguo, se centra en
conversaciones del vientre y en el que las mujeres hablan desde sus entrañas,
dicen la verdad, se ríen como locas, se sienten más reconforta-das y, cuando
vuelven a casa, todo marcha mejor.
A veces cuesta conseguir que los hombres se retiren para que las mujeres
puedan permanecer a solas entre sí. Sé que en tiempos antiguos las mujeres
animaban a los hombres a que se fueran a "pescar". Se trata de una
estratagema utilizada por las mujeres desde tiempos inmemoriales para que los
hombres se alejen y la mujer pueda quedarse sola o en com-pañía de otras
mujeres. Las mujeres necesitan vivir de vez en cuando en una atmósfera
exclusivamente femenina, ellas solas o con otras mujeres.
* En alemán, tertulia de mujeres. (N. de la T)
Es un ciclo femenino natural.
La energía masculina está muy bien. Más que bien; es suntuosa e
impresionante. Pero a veces es algo así como darse un atracón bombones. Nos
apetece tomar durante unos cuantos días un poco de arroz frío y un caldo
calentito para purificar el paladar. Tenernos que hacerlo de vez en cuando.
Además, la pequeña diosa del vientre Baubo nos recuerda la intere-sante
idea de que un poco de obscenidad puede ayudar a superar una de-presión. Y es
verdad que ciertas clases de risa, la que procede de todos esos relatos que las
mujeres se cuentan, esos relatos tan subidos de tono que rayan con el mal
gusto, sirven para despertar la libido. Vuelven a en-cender el fuego del
interés de una mujer por la vida. La diosa del vientre y la risa del vientre es
lo que nosotras buscamos.
Por consiguiente, te aconsejo que incluyas en tu colección unos cuantos
"cuentecitos guarros" como el de Baubo. Esta forma reducida de cuento
es una poderosa medicina. El divertido cuento "guarro" no sólo puede
disipar una depresión sino también arrancar la negra furia que oprime el
corazón, consiguiendo que la mujer sea más feliz que antes. Pruébalo y verás.
Y ahora confieso que no puedo decir gran cosa acerca de los dos
si-guientes aspectos del cuento de Baubo, pues están destinados a ser
co-mentados en pequeños grupos integrados exclusivamente por mujeres, pe-ro sí
puedo decir lo siguiente: Baubo posee otra característica; ve a través de los
pezones. Para los hombres es un misterio, pero cuando se lo comen-to a las
mujeres, éstas asienten enérgicamente con la cabeza y dicen "¡Ya sé lo que
quieres decir!".
El hecho de ver a través de los pezones es ciertamente un atributo
sensorial. Los pezones son unos órganos psíquicos que reaccionan a la
temperatura, el temor, la cólera, el ruido. Son un órgano sensorial como lo son
los ojos de la cabeza.
En cuanto a lo de "hablar por la vulva", se trata, desde un
punto de vista simbólico, de hablar desde la prima materia, el más básico y más
sin-cero nivel de verdad: el os* vital. ¿Qué otra cosa se puede decir sino que
Baubo habla desde el barro madre, la profunda mina, literalmente desde las
profundidades? En el relato de Deméter que busca a su hija nadie sabe qué
palabras le dirigió exactamente Baubo a Deméter. Pero ya tenemos cierta idea.
Coyote Dick
Creo que las cosas que Baubo le contó a Deméter eran chistes feme-ninos
acerca de esos transmisores y receptores que tienen unas formas tan bonitas:
los órganos genitales. En caso de que así fuera, me imagino que Baubo le debió
de contar a Deméter un cuento como el siguiente que
* En latín, hueso. (N. de la T.)
yo le oí relatar hace años al viejo encargado de un aparcamiento de
cara-vanas de la ciudad de Nogales. Se llamaba Old Red y afirmaba tener san-gre
nativa.
No llevaba puesta la dentadura postiza y hacía varios días que no se
afeitaba. Su anciana y bella esposa Willowdean poseía un rostro hermoso pero
ajado. Me dijo que una vez le habían roto la nariz en una riña de bar. Eran
propietarios de tres Cadillacs, pero ninguno de ellos funcionaba. Ten-ían un
perro chihuahua que ella mantenía en la cocina en el interior de un parque
infantil. Él era uno de esos hombres que no se quitan el sombrero ni siquiera
cuando se sientan en la taza del excusado.
Yo estaba buscando cuentos y había entrado en el recinto con mi pequeña
caravana Napanee.
-Bueno pues, ¿conocen ustedes algún cuento de esta región? -les
pregunté, refiriéndome a la zona y sus alrededores.
Old Red miró pícaramente a su mujer con una sonrisa en los labios y la
provocó diciendo en tono burlón:
-Le voy a contar el cuento de Coyote Dick.
-Red, no le cuentes este cuento. Red, ni se te ocurra.
-Pues se lo pienso contar -aseguró Old Red.
Willowdean se sostuvo la cabeza entre las manos y habló mirando a la
mesa.
-No le cuentes este cuento, Red, hablo en serio.
-Pues yo se lo voy a contar ahora mismo, Willowdean.
Willowdean se sentó de lado en la silla y se cubrió los ojos con las
manos como si acabara de quedarse ciega.
Eso es lo que Old Red me contó. Dijo que se lo había contado "un
navajo que se lo había oído contar a un mexicano que se lo había oído con-tar a
un hopi".
Había una vez un tal Coyote Dick, la criatura más lista y al mismo
tiempo más tonta que cupiera imaginar. Siempre estaba hambriento de algo y
siempre andaba gastando bromas a la gente para conseguir lo que quería. El
resto del tiempo se lo pasaba durmiendo.
Bueno pues, un día mientras Coyote Dick estaba durmiendo, su miembro se
hartó y decidió abandonarlo para pegarse él solo una juerga. Se despegó de
Coyote Dick y echó a correr camino abajo. En realidad, brincaba camino abajo,
pues sólo tenía una pierna.
Brincó y brincó y se lo estaba pasando tan bien que se apartó del camino
y se adentró en un bosque donde -¡oh, no!- fue a saltar directa-mente a un
ortigal.
-¡Ay! -gritó-. ¡Oh, cómo me pica! -chilló-. ¡Socorro! ¡Socorro!
El alboroto de los gritos despertó a Coyote Dick y, cuando éste bajó la
mano para poner en marcha su corazón con la acostumbrada manivela,
¡ésta había desaparecido! Coyote Dick bajó corriendo por el camino
soste-niéndose la entrepierna con las manos y llegó finalmente al lugar donde
se encontraba su pene en la situación más apurada que imaginar se pueda. Coyote
Dick sacó amorosamente su aventurero miembro de entre las orti-gas, le dio unas
palmadas para calmarlo y se lo volvió a colocar en su sitio.
Old Red se rió tanto que hasta le dio un acceso de tos y los ojos le
salieron de las órbitas.
-Y éste es el cuento de Coyote Dick.
Willowdean le recordó:
-Has olvidado contarle el final.
-¿Qué final? Ya le he contado el final -masculló Old Red.
-Has olvidado contarle el verdadero final del cuento, viejo bidón de
gasolina.
-Pues, ya que lo recuerdas tan bien, cuéntaselo tú.
Sonó el timbre de la puerta y el viejo se levantó de su desvencijada
silla.
Willowdean me miró directamente a la cara con los ojos brillando como
luceros.
-El final del cuento es la moraleja.
En aquel momento, Baubo se apoderó de Willowdean, pues ésta em-pezó a
reírse por lo bajo, a continuación, soltó una carcajada y, finalmente, estalló
en una risotada del vientre tan prolongada que le asomaron las lágrimas a los
ojos y tardó dos minutos en pronunciar estas últimas tres frases, repitiendo
cada palabra dos o tres veces entre jadeos entrecortados.
-La moraleja es que aquellas ortigas, cuando Coyote Dick se apartó de
ellas, le provocaron picor en la picha por siempre jamás. Y es por eso por lo
que los hombres siempre se acercan como el que no quiere la cosa a las mujeres
para restregarse contra ellas y ponen cara de "Uy, cuánto me pica".
Porque, mire usted, a esta picha universal le pica todo desde la pri-mera vez
que se escapó.
No sé muy bien qué es lo que me llamó la atención, pero el caso es que
ambas permanecimos sentadas en la cocina gritando de risa y golpe-ando la mesa
con las palmas de las manos hasta quedarnos casi sin fuer-zas. Después, aquella
sensación me recordó la que una persona experi-menta cuando se acaba de comer
un buen manojo de rábanos.
Creo que ésa es la clase de cuento que contó Baubo. En su reperto-rio se
incluye cualquier cosa que haga desternillarse de risa a las mujeres sin que
les importe enseñar las amígdalas y dejar que les cuelgue el vientre y se les
estremezcan los pechos. La risa de carácter sexual tiene algo que la distingue
de cualquier otra risa provocada por cosas más inocuas. Una risa sexual penetra
muy adentro de la psique, hace vibrar todo lo que está suelto, juega sobre
nuestros huesos y hace que una deliciosa sensación
nos recorra todo el cuerpo. Es una forma de placer salvaje que pertenece
al repertorio psíquico de todas las mujeres.
Lo sagrado y lo sensual/sexual viven muy cerca el uno del otro en la
psique, pues ambos entran en acción cuando el sujeto experimenta una sensación
de asombro causada no por la intelectualización de algo sino por la percepción
de algo que recorre los caminos físicos del cuerpo, algo que por un instante o
en todo momento, ya sea un beso, una visión, una risa del vientre o cualquier
otra cosa, nos hace cambiar, nos sacude, nos lleva a la cumbre, nos suaviza las
arrugas y nos ofrece un paso de baile, un silbido, un auténtico estallido de
vida.
En lo sagrado, lo obsceno y lo sexual siempre hay una risa salvaje
esperando, un breve paso de silenciosa risa, o de desagradable risa de bru-ja,
o un jadeo que es una carcajada, o una risa salvaje y animal, o un gor-jeo que
es como un recorrido por la escala musical. La risa es la cara ocul-ta de la
sexualidad de las mujeres; tiene carácter físico, es elemental, apa-sionada,
revitalizadora y, por consiguiente, excitante. Es una especie de momentánea
sexualidad de la alegría, un verdadero amor sensual que vue-la libremente,
vive, muere y renace por obra de su propia energía. Es sa-grado porque es
curativo. Es sensual porque despierta el cuerpo y las emociones. Es sexual
porque resulta excitante y provoca oleadas de placer. No es unidimensional,
pues la risa es algo que una persona comparte con-sigo misma y con muchas otras
personas. Es la sexualidad más salvaje de la mujer.
Vamos echar otro vistazo a los cuentos femeninos y a las diosas
obs-cenas. He aquí un cuento que yo descubrí de niña. Es asombroso la de co-sas
que pueden oír los niños sin que los mayores se enteren.
Una excursión a Ruanda
Yo tenía unos doce años y estábamos en el lago Big Bass de Michi-gan.
Después de preparar el desayuno y el almuerzo para cuarenta perso-nas, todas
mis simpáticas y rollizas parientes, mi madre y mis tías, se ten-dieron a tomar
el sol en unas tumbonas y empezaron a charlar y a reírse entre sí. Los hombres
estaban "pescando", es decir, se habían largado a alguna parte para
bromear y contarse sus chistes y sus cuentos. Yo estaba jugando cerca de las
mujeres.
De repente, oí unos gritos estridentes. Alarmada, corrí al lugar don-de
estaban las mujeres. Pero no las vi llorando de dolor sino riéndose. En-tre
chillidos, una de mis tías repetía cada vez que lograba recuperar el re-suello:
"... ¡se taparon la cara!... ¡se taparon la cara!". Aquella
misteriosa frase les volvió a provocar renovados accesos de risa.
Gritaban, se atragantaban y no paraban de reírse. Sobre el regazo de una
de mis tías vi una revista. Más tarde, mientras las mujeres dormita-ban bajo el
sol, tiré de la revista de debajo de su mano dormida, me tendí bajo la tumbona
y empecé a leer con los ojos enormemente abiertos a cau-
sa de] asombro. En la página se relataba una anécdota de la Segunda
Guerra Mundial. Decía más o menos:
El general Eisenhower tenía que efectuar una visita a sus tropas de
Ruanda. [Hubiera podido ser Borneo. Hubiera podido ser el general Ma-cArthur.
Los nombres significaban muy poco para mí por aquel entonces.] El gobernador
quería que todas las nativas se alineaban al borde de la ca-rretera de tierra y
saludaran y vitorearan a Eisenhower cuando éste pasara en su Jeep. El único
problema era que las nativas sólo llevaban encima un collar de cuentas y, a
veces, un pequeño cinturón de cuero.
No, no, eso no podía ser de ninguna manera. El gobernador mandó llamar
al jefe de la tribu y le expuso su apurada situación.
-No se preocupe -le dijo el jefe de la tribu.
Si el gobernador le pudiera proporcionar varias docenas de faldas y
blusas, él se encargaría de que las mujeres se las pusieran en ocasión de aquel
trascendental acontecimiento. El gobernador y los misioneros de la zona
consiguieron proporcionárselas.
Sin embargo, el día del gran desfile, pocos minutos antes del paso de
Eisenhower por la carretera a bordo de su Jeep, descubrieron que las nati-vas
se habían puesto las faldas, pero, como las blusas no les gustaban, se las
habían dejado en casa, por lo cual todas ellas se apretujaban a ambos lados de
la carretera vestidas con las faldas pero con los pechos al aire y sin ninguna
otra prenda ni el menor asomo de ropa interior.
Al gobernador por poco le da un ataque de apoplejía al enterarse, Por lo
que mandó llamar al jefe de la tribu, el cual le aseguró que la jefa de la
tribu había hablado con él y le había asegurado a su vez que las mujeres habían
accedido a cubrirse los pechos cuando pasara el general.
-¿Estás seguro? -rugió el gobernador.
-Estoy seguro. Muy, muy seguro -contestó el jefe de la tribu.
Bueno pues, ya no quedaba tiempo para discutir y sólo cabe imagi-nar la
reacción del general Eisenhower cuando su Jeep avanzó traquete-ando por la
carretera y, una tras otra, las mujeres se fueron levantando graciosamente la
parte delantera de la holgada falda para taparse la cara con ella.
Tendida bajo la tumbona, reprimí la risa. Era el cuento más tonto que
jamás en mi vida hubiera oído. Era un cuento maravilloso, un cuento
emocionante. Pero intuitivamente comprendí que también era algo prohi-bido, por
lo que me lo guardé para mí sola durante muchos años. Y a ve-ces, en momentos
de tensión o dificultad, antes de presentarme a los exá-
menes universitarios, pensaba en las mujeres de Ruanda que se habían
cubierto la cara con las faldas y sin duda se debían de haber partido de risa
detrás de ellas. Y entonces me reía y me sentía centrada, fuerte y re-bosante
de sentido práctico.
Éste es sin duda otro de las beneficios de las bromas y de las risas
compartidas entre mujeres. Todo se convierte en una medicina para los tiempos
difíciles, en un tónico para más tarde. Es una diversión buena, limpia y
guarra. ¿Cabe imaginar lo sexual y lo irreverente como algo sa-grado? Sí, sobre
todo cuando son medicinales y favorecen la integridad y la reparación del
corazón. Jung observó que, cuando alguien acudía a su consulta quejándose de
algún trastorno sexual, la mayoría de las veces el trastorno era un problema
del espíritu y del alma. Y, cuando alguien le hablaba de un problema
espiritual, el verdadero problema solía ser de carácter sexual.
En este sentido, la sexualidad se puede considerar una medicina pa-ra el
espíritu y, por consiguiente, algo sagrado. Cuando la risa sexual es un
remedio, se convierte en una risa sagrada. Y cualquier cosa que provo-que una
risa curativa también es sagrada. Cuando la risa ayuda sin cau-sar daño, cuando
una risa ilumina, realinea, reordena y reafirma el poder y la fuerza, es una
risa saludable. Cuando la risa hace que la gente se ale-gre de estar viva y de
estar ahí, más conciente del amor y fortalecida por el eros, cuando disipa su
tristeza y la libra de la furia, es una risa sagrada. Cuando la gente se siente
más grande y mejor, más generosa y sensible, la risa es sagrada.
En el arquetipo de la Mujer Salvaje hay mucho espacio para la
natu-raleza de las diosas obscenas. En la naturaleza salvaje, lo sagrado y lo
irreverente, lo sagrado y lo sexual, no están separados entre sí sino que viven
Juntos Y yo me los imagino como un grupo de mujeres muy viejas que esperan al
final del camino a que nosotras pasemos por allí. Están allí en la psique
esperando a que pasemos, contándose mutuamente sus cuen-tos y riéndose como
locas.
CAPÍTULO 12
La demarcación de territorio.-
Los límites de la cólera y el perdón
El oso de la luna creciente
Bajo la tutela de la Mujer Salvaje recuperamos lo antiguo, lo intuiti-vo
y lo apasionado. Cuando nuestras vidas son un reflejo de la suya, nues-tra
conducta es coherente. Terminamos las cosas o aprendemos a hacerlo en caso de
que todavía no sepamos cómo. Damos los pasos necesarios pa-ra manifestar
nuestras ideas al mundo. Recuperamos la concentración cuando la perdemos,
cuidamos los ritmos personales, nos acercamos más a los amigos y los compañeros
que están de acuerdo con los ritmos salva-jes e integrales. Elegimos relaciones
que alimentan nuestra vida creativa e instintiva. Nos inclinamos para alimentar
a los demás. Y estamos dispues-tas, en caso necesario, a enseñar a nuestras
parejas receptivas lo que son los ritmos salvajes.
Pero este arte tiene otra faceta que consiste en saber afrontar algo que
sólo puede llamarse la cólera femenina. Es necesario liberar esta furia. En
cuanto las mujeres recuerdan los orígenes de su cólera, piensan que jamás
podrán dejar de rechinar los dientes. Pero, paradójicamente, tam-bién
experimentamos el vehemente deseo de dispersar nuestra cólera y acabar con
ella.
Sin embargo, el hecho de reprimirla no dará resultado. Sería algo así
como intentar prender fuego a un saco de arpillera. Tampoco es bueno que nos
quememos o quememos a otra persona con ella. Por eso nos quedamos ahí,
soportando una poderosa emoción que percibimos como algo molesto. Es como un
pequeño desecho tóxico; está ahí, nadie lo quiere, pero apenas hay lugares
donde eliminarlo. Tenemos que desplazarnos muy lejos para encontrar un
cementerio. He aquí una versión literaria de un breve cuento japonés que yo he
contado a lo largo de los años. Lo titulo "Tsukina Wa-guma, el Oso de la
Luna Creciente". Creo que nos puede ayudar a encon-trar nuestro camino en
esta cuestión. El núcleo del cuento "El oso" me lo facilitó hace
muchos años el sargento I. Sagara, veterano de la Segunda Guerra Mundial y
paciente del Hines Veteran’s Assistance Hospital de Illi-nois.
Había una vez una muchacha que vivía en un perfumado pinar. Su marido se
había pasado muchos años lejos, combatiendo en una guerra.
Cuando finalmente lo licenciaron, regresó a casa de muy mal humor. Una
vez allí se negó a entrar en la casa, pues se había acostumbrado a dormir sobre
las piedras. Se mantenía aislado y se quedaba en el bosque día y no-che.
Su joven esposa se emocionó mucho al enterarse de que él regresaría
finalmente a casa. Guisó y compró montones de cosas y preparó platos y más
platos y cuencos y más cuencos de sabrosa crema de soja blanca y tres clases de
pescado y tres clases de algas y arroz espolvoreado con pi-mienta roja y unos
estupendos camarones fríos, enormes y de color ana-ranjado.
Sonriendo tímidamente, llevó la comida al bosque, se arrodilló delan-te
de su esposo agotado por la guerra y le ofreció los deliciosos platos que había
preparado. Pero él se levantó de un salto y pegó un puntapié a las bandejas de
tal forma que la crema de soja se derramó, el pescado saltó por los aires, las
algas y el arroz cayeron sobre la tierra y los grandes ca-marones anaranjados
rodaron por el camino.
-¡Déjame en paz! -le rugió el marido, volviéndose de espaldas a ella. Se
puso tan furioso que la esposa se asustó. La escena se repitió va-
rias veces hasta que, al final, la joven esposa acudió desesperada a la
cue-va de las afueras de la aldea donde vivía la curandera.
-Mi marido ha sufrido graves heridas en la guerra -le dijo-. Está
constantemente furioso y no come nada. Desea permanecer apartado y ya no quiere
vivir conmigo como antes. ¿Puedes darme un brebaje que lo haga volver a
quererme y ser cariñoso?
La curandera le aseguró:
-Sí puedo, pero necesito un ingrediente especial. Por desgracia, se me
han acabado los pelos del oso de la luna creciente. Tendrás que subir a la
montaña, buscar al oso negro y traerme un solo pelo del creciente lunar que
tiene en la garganta. Entonces te podré dar lo que necesitas y la vida te
volverá a sonreír.
Algunas mujeres se hubieran arredrado ante semejante empresa. Al-gunas
mujeres lo hubieran considerado una empresa imposible. Pero ella no, pues era
una mujer enamorada.
-¡Cuánto te lo agradezco! -exclamó-. Es bueno saber que se puede hacer
algo.
Después entonó el "Arigato zaishö", que es una manera de
saludar a la montaña y decirle "Gracias por dejarme subir sobre tu
cuerpo". Subió a las estribaciones de la montaña donde había unas rocas
que parecían enormes hogazas de pan. Subió a una meseta cubierta de árboles.
Los árboles tenían unas ramas muy largas que parecían cortinas y unas hojas en
forma de estrella.
-Arigato zaishö -cantó la esposa.
Era una manera de dar las gracias a los árboles por haber levantado su
cabello para que ella pudiera pasar por debajo. De esta manera cruzó el bosque
y reanudó el ascenso.
Ahora el camino era más duro. En la montaña había unas flores espinosas
que le arañaban la orla del kimono y unas rocas que le rascaban las deli-cadas
manos. Al anochecer, unos extraños pájaros negros se le acercaron volando y la
asustaron. Sabía que eran muenbotoke, espíritus de muertos que no tenían
familia. Entonces les cantó unas oraciones:
-Yo seré vuestra familia. Os ayudaré a encontrar el descanso. Y re-anudó
su camino, pues era una mujer que amaba. Subió hasta que vio nieve en la cumbre
de la montaña. Pronto notó que se le mojaban y enfria-ban los pies, pero ella
subió cada vez más arriba, pues era una mujer que amaba. Se desencadenó una
tormenta y la nieve le penetró en los ojos y en los oídos. Cegada, subió cada
vez más arriba. Cuando dejó de nevar, la mujer entonó el "Arigato
zaishö" para agradecerles a los vientos que hubie-ran dejado de soplar
contra ella.
Buscó refugio en una cueva muy poco honda en la que apenas podía
guarecerse. Aunque llevaba un buen fardo de comida, no comió nada. Se cubrió
con unas hojas y se quedó dormida. A la mañana siguiente, el aire estaba en
calma y aquí y allá se veían asomar a través de la nieve unas verdes plantitas.
"Bueno -pensó-, ahora voy a buscar al oso de la luna cre-ciente."
Se pasó todo el día buscando y al anochecer descubrió unas gruesas
cuerdas de excrementos y ya no tuvo que seguir buscando, pues un gigan-tesco
oso negro avanzó por la nieve, dejando a su espalda las profundas huellas de
sus garras y sus plantas. El oso de la luna creciente soltó un temible rugido y
entró en su cubil. La mujer introdujo la mano en su fardo y, tomando la comida
que llevaba, la echó en un cuenco. Depositó el cuen-co delante del cubil y
corrió a ocultarse en su refugio. El oso aspiró el olor de la comida y salió
pesadamente de su cubil, rugiendo con tal fuerza que hizo estremecer unas
pequeñas rocas y éstas se desprendieron. El oso ro-deó el cuenco desde lejos,
olfateó varias veces el aire y después se zampó toda la comida de un solo
trago. El gran oso se levantó sobre las patas traseras, olfateó nuevamente el
aire y volvió a ocultarse en su cubil.
Al anochecer, la mujer hizo lo mismo, pero esta vez, en lugar de
re-gresar a su refugio, retrocedió sólo hasta la mitad del camino. El oso
as-piró el aroma de la comida, salió del cubil, rugió con una fuerza suficiente
como para sacudir las estrellas del cielo, volvió a rodear en círculo el
cuen-co y olfateó el aire con sumo cuidado, pero finalmente se zampó la comida
y regresó a su cubil. La escena se repitió muchas noches hasta que una noche
profundamente azul la mujer tuvo el valor de detenerse a esperar un poco más
cerca del cubil del oso.
Depositó la comida en el cuenco en el exterior del cubil y permaneció de
pie delante de la entrada. Cuando el oso aspiró el olor del alimento y salió,
vio no sólo la habitual ración de comida sino también un par de pe-queños pies
humanos. El oso ladeó la cabeza y soltó un rugido tan fuerte que a la mujer le
vibraron los huesos.
La mujer estaba temblando, pero no cedió terreno. El oso se levantó
sobre las patas traseras, abrió las fauces y rugió con tal fuerza que la mu-
jer le pudo ver el velo rojo y marrón del paladar. Pero no huyó. El oso
soltó otro rugido y alargó las patas como si quisiera agarrarla mientras sus
diez uñas colgaban como largos cuchillos por encima de su cabeza. La mujer
temblaba como una hoja agitada por el viento, pero se quedó donde esta-ba.
-Por favor, querido oso -le suplicó-, por favor, querido oso he
recorri-do todo este camino porque necesito una cura para mi marido.
El oso volvió a apoyar las patas delanteras en el suelo en medio de una
rociada de nieve y contempló el rostro atemorizado de la mujer. Por un
instante, la mujer tuvo la impresión de ver cadenas enteras de montañas,
valles, ríos y aldeas reflejados en los gélidos ojos del oso. Se sintió
invadida por una sensación de paz e inmediatamente cesaron sus temblores.
-Por favor, querido oso, te he estado dando de comer todas las no-ches.
¿Me podrías dar uno de los pelos de la luna creciente que tienes en la
garganta?
El oso la miró. Aquella mujercita hubiera sido un bocado muy sa-broso.
Pero de pronto se compadeció de ella.
-Es verdad -dijo el oso de la luna creciente-, has sido buena conmi-go.
Puedes tomar uno de mis pelos. Pero tómalo rápido, después vete de aquí y
regresa junto a los tuyos.
El oso levantó el enorme hocico para dejar el descubierto la blanca luna
creciente de su garganta y la mujer vio en ella los fuertes latidos del corazón
del oso. La mujer acercó una mano al cuello del oso y, con la otra, apresó un
grueso y reluciente pelo blanco. Dio rápidamente un tirón. El oso se echó hacia
atrás y soltó un grito como si lo hubieran herido. El do-lor dio lugar a unos
malhumorados resoplidos.
-Oh, gracias, oso de la luna creciente, muchas gracias.
La mujer hizo varias reverencias. Pero el oso soltó un gruñido y avanzó
pesadamente hacia ella. Después le rugió a la mujer unas palabras que ella no
entendió, pero que, a pesar de todo, conocía muy bien. Acto seguido dio media
vuelta y corrió montaña abajo a la mayor velocidad que pudo. Corrió bajo los
árboles cuyas hojas parecían estrellas. Y, entretanto, no paraba de repetir
"Arigato zaishö", para dar las gracias a los árboles por haber
levantado sus ramas para que ella pudiera pasar. Más adelante tro-pezó con las
rocas que parecían hogazas de pan y gritó "Arigato zaishö" para dar
las gracias a la montaña por haberle permitido subir sobre su cuerpo.
A pesar de que tenía la ropa hecha jirones y de que llevaba el cabello
desgreñado y el rostro sucio, bajó corriendo por los peldaños de piedra que
conducían a la aldea, recorrió el camino de tierra que la atravesaba y entró en
la choza donde la anciana curandera permanecía sentada al amor de la lumbre.
-¡Mira, mira! ¡Ya lo tengo, lo he encontrado, se lo he pedido, un Pelo
del oso de la luna creciente! -gritó.
-Ah, muy bien -dijo la curandera con una sonrisa. Estudió deteni-damente
a la joven, tomó el purísimo pelo blanco y lo acercó a la lumbre.
Sopesó el pelo en su vieja mano, lo midió con un dedo y exclamó-: ¡Sí!
Es un auténtico pelo del oso de la luna creciente.
De pronto se volvió y arrojó el pelo al fuego donde éste crujió y se
consumió con una brillante llama anaranjada.
-¡No! -gritó la joven esposa-. ¿Qué has hecho?
-Tranquilízate. Es algo muy beneficioso. Todo va bien -dijo la
curan-dera-. ¿Recuerdas cada uno de los pasos que diste para subir a la
monta-ña? ¿Recuerdas todos los pasos que diste para ganarte la confianza del
oso de la luna creciente? ¿Recuerdas lo que viste, lo que oíste, lo que
sentiste?
-Sí -contestó la joven-, lo recuerdo muy bien.
La anciana curandera la miró con una dulce sonrisa y le dijo:
-Te ruego, hija mía, que regreses a casa con los nuevos conocimien-tos
que has adquirido y obres de la misma manera con tu esposo.
Las enseñanzas de la cólera
El tema central del cuento, la búsqueda de un objeto mágico, se halla
presente en el mundo entero. En algunos casos es la mujer la que hace el viaje,
en otros es un hombre. El objeto mágico que se busca puede ser una pestaña, un
pelo de la nariz, una sortija, una pluma o algún otro elemento físico. Las
variaciones del tema de la parte o el pellejo de un ani-mal como tesoro se
registran en Corea, Alemania o los Urales. En Japón, el animal del cuento es a
veces un oso y otras una raposa. En Rusia el objeto buscado es la barba de un
oso. En un cuento de mi familia, el pelo perte-nece a la barbilla de la propia
Baba Yagá.
El cuento de "El oso de la luna creciente" pertenece a la
categoría que yo denomino de cuentos rendija. Los cuentos rendija nos ofrecen
una fugaz visión de las estructuras curativas y los significados más profundos,
aparte de su contenido manifiesto. El contenido de este cuento nos mues-tra que
la paciencia es un auxiliar de la cólera, pero el mensaje más pro-fundo se
refiere a lo que tiene que hacer una mujer para restablecer el or-den de la
psique y sanar con ello la cólera del yo.
En los cuentos resquicio las cosas se insinúan más que se afirman. La
subestructura de este cuento revela todo un modelo para afrontar y cu-rar la
cólera: buscando una sabia y serena fuerza curativa (la visita a la curandera),
aceptando el desafío de penetrar en un territorio psíquico que jamás se ha
visitado (el ascenso a la montaña), reconociendo las ilusiones (la subida a las
rocas, el paso bajo los árboles), dejando descansar los vie-jos pensamientos y
sentimientos obsesivos (el encuentro con los muen-botoke, los inquietos
espíritus sin parientes que los entierren), pidiendo la ayuda del gran Yo
compasivo (la paciente alimentación del oso y la amable respuesta de éste), la
comprensión de la furibunda faceta de la psique
compasiva (el reconocimiento de que el oso, el Yo compasivo, no es
man-so).
El cuento subraya la importancia de la aplicación del conocimiento
psicológico en nuestra vida real (la bajada de la montaña y el regreso a la
aldea), de la comprensión de que la curación se alcanza con la búsqueda y la
práctica, no con una simple idea (destrucción del pelo).
La esencia del cuento es: "Aplica todas estas cosas a tu cólera y
todo irá bien" (consejo de la curandera de que vaya a casa y aplique estos
prin-cipios).
El cuento pertenece a un grupo de relatos que empiezan con el re-curso o
la petición del protagonista a una criatura herida o solitaria del tipo que
sea. Si examinamos el cuento como si todos sus componentes formaran parte de la
psique de una sola mujer, veremos que la psique tie-ne un sector muy enfurecido
y torturado, representado por el regreso del marido a casa. El amoroso espíritu
de la psique, la esposa, asume la tarea de buscar una cura para su furia y su
cólera de tal manera que ella y su amor puedan vivir en paz y volver a
quererse. Se trata de una loable em-presa para todas las mujeres, pues cura la
cólera y a menudo nos permite encontrar el camino del perdón.
El cuento nos muestra que es bueno aplicar la paciencia a la furia
reciente o antigua, como también es bueno buscar su curación. Aunque la
curación y la perspicacia son distintas en cada persona, el cuento propone unas
cuantas ideas interesantes acerca de la manera de abordar este pro-ceso.
A principios del siglo VI vivió en
Japón un gran príncipe-filósofo lla-mado Shotoku Taishi. Entre otras cosas
enseñaba que hay que hacer tra-bajo psíquico tanto en el mundo interior como en
el exterior. Pero, por en-cima de todo, enseñaba la tolerancia para todos los
seres humanos, todas las criaturas y todas las emociones.
Hasta las confusas emociones primarias se pueden entender como una forma
de luz que crepita y rebosa energía. Podemos utilizar la luz de la cólera de
una manera positiva para distinguir ciertas cosas que habitual-mente no podemos
ver. Un empleo negativo de la cólera se concentra de manera destructiva en un
minúsculo lugar hasta que, como el ácido que provoca una úlcera, abre un negro
agujero a través de las delicadas capas de la psique.
Pero hay otra manera. Cualquier emoción, incluso la cólera, lleva
aparejados el conocimiento y la perspicacia, algo que algunos llaman
es-clarecimiento. Nuestra furia puede convertirse durante algún tiempo en una
maestra, es decir, en algo de lo que no nos convenga prescindir
preci-pitadamente, algo por lo que merezca la pena ascender a la montaña y que,
a través de distintas imágenes, se convierta en un símbolo del que podamos
aprender y con el que podamos tratar interiormente para luego transformarlo en
algo útil en el mundo o, en su defecto, abandonarlo y de-jar que se disipe. En
una vida cohesiva la cólera no es un elemento de re-serva. Es una sustancia que
está esperando nuestros esfuerzos de trans-
formación. El ciclo de la cólera es como cualquier otro ciclo; la cólera
sube, cae, muere y es liberada como nueva energía. El hecho de prestar atención
a la cólera da lugar al proceso de transformación. Si una persona permite que
su propia cólera se convierta en su maestra y se transforme, por este medio la
cólera se dispersa. Entonces puede utilizarse la energía en otras áreas,
especialmente en el área de la creatividad. Aunque algunas perso-nas afirman
poder crear a partir de su cólera crónica, el problema es que la cólera limita
el acceso al inconciente colectivo, de tal forma que una per-sona que crea a
partir de la cólera tiende a crear lo mismo una y otra vez y no consigue
ofrecer ninguna novedad. La cólera no transformada puede convertirse en un mantra
constante en torno al tema de nuestra opresión, nuestro sufrimiento y nuestra
tortura.
Una amiga y compañera artística mía, que dice estar siempre furio-sa, se
niega a que la ayuden a resolver esta cuestión. Cuando escribe guiones acerca
de la guerra, escribe acerca de la maldad de la gente, cuando escribe guiones
acerca de la cultura surgen perversos personajes de la misma clase. Cuando
escribe guiones acerca del amor, aparecen los mismos personajes perversos con
las mismas aviesas intenciones. La cóle-ra corroe nuestra certeza de que algo
bueno puede ocurrir. Algo le ha ocu-rrido a la esperanza. Detrás de la pérdida
de esperanza se encuentra la cólera; detrás de la cólera, el dolor, detrás del
dolor, habitualmente la tor-tura de la clase que sea, a veces reciente pero más
a menudo muy antigua.
En el tratamiento físico postraumático, sabemos que, cuanto antes se
cura una herida, tanto más breve es el período de recuperación. Lo mismo ocurre
en los traumas psicológicos. ¿En qué situación nos encon-traríamos ahora si nos
hubiéramos roto una pierna en nuestra infancia y, treinta años después, aún no
nos hubieran reducido debidamente la frac-tura?
El trauma inicial provocaría una tremenda alteración de todos los demás
sistemas y ritmos del cuerpo, como, por ejemplo, los sistemas in-munitario y
esquelético, las pautas de la locomoción, etc. Y ésta es preci-samente la
situación de los antiguos traumas psicológicos. A muchas per-sonas no se los
curaron por ignorancia o por negligencia. Ahora la persona regresa de la guerra
por así decirlo pero es como si todavía estuviera en la guerra, mental y
físicamente. Sin embargo, alimentando la cólera -es decir, la perjudicial
precipitación del trauma- en lugar de intentar resolverla, buscar su causa y
averiguar qué podemos hacer al respecto, nos encerra-mos para el resto de
nuestra vida en una habitación llena a rebosar de cólera. Y así no se puede
vivir ni permanente ni intermitentemente. Hay otra vida más allá de la furia
insensata. Tal como vemos en el cuento, es necesaria una práctica conciente
para poder contenerla y curarla. Pero se puede hacer. Basta subir los peldaños
de uno en uno.
La intervención de la curandera:
El ascenso a la montaña
Por consiguiente, en lugar de intentar "portarnos bien" y no
sentir cólera o, en lugar de utilizarla para quemar todas las cosas vivas a
cien kilómetros a la redonda, es mejor pedirle primero a la cólera que se
siente con nosotras a tomar un té y charlar un rato para que, de esta manera,
podamos descubrir cuál fue su origen. Al principio, la cólera se comporta como
el encolerizado esposo del cuento. No quiere hablar, no quiere comer, sólo
quiere permanecer sentada con la mirada perdida en la distancia o insultar o
que la dejen en paz. Es en este momento crítico cuando tenemos que acudir a la
curandera, nuestro yo lo, nuestros mejores recursos más sabios para poder ver
qué hay más allá de la irritación y la exasperación del ego. La curandera es
siempre la "que ve a lo lejos". Es la que nos puede decir qué
beneficio obtendremos de la exploración de esta oleada emotiva.
Las curanderas de los cuentos de hadas suelen simbolizar una parte
serena e imperturbable de la psique. Aunque por fuera el mundo se caiga en
pedazos, la curandera interior se mantiene inalterada y conserva la calma
necesaria para poder establecer la mejor manera de seguir adelante. Todas las
mujeres tienen en su psique a esta "mediadora". Forma parte de la
psique salvaje y natural y tiene carácter innato, Si hemos perdido la pis-ta de
su paradero, la podemos recuperar examinando con calma la causa que provoca
nuestra furia, proyectándonos hacía el futuro y, desde esa posición
estratégica, estableciendo qué nos haría sentirnos orgullosas de nuestra
conducta pasada para actuar de la misma manera.
La indignación o irritación que naturalmente sentimos a propósito de los
distintos aspectos de la vida y de la cultura se exacerba cuando se producen
repetidos incidentes de falta de respeto, malos tratos, abandono o acusada
ambigüedad (1) en la infancia. La persona que ha sufrido tales lesiones está
sensibilizada ante las nuevas lesiones y echa mano de todas sus defensas para
evitarlas (2). Las graves pérdidas de poder que nos llevan a dudar de nuestro
valor como seres dignos de atención, respeto y solici-tud por parte de los
demás dan lugar a una dolorosa y enfurecida decisión infantil de no permitir en
la edad adulta que nos vuelvan la lastimar de la misma manera.
Por otra parte, si una mujer ha sido educada de tal forma que tenga
menos expectativas positivas que otras mujeres de la familia y ha sufrido
severas restricciones en su libertad, conducta, lenguaje, etc., lo más
pro-bable es que su cólera normal se desborde ante ciertas cuestiones o ciertos
tonos de voz, gestos, palabras y otros desencadenantes sensoriales que le
recuerden los acontecimientos originarios (3). A veces pueden deducirse las
heridas infantiles sufridas por los adultos examinando cuidadosamente por qué
asuntos o cuestiones éstos pierden irracionalmente los estribos (4).
Tenemos que utilizar la cólera como fuerza creativa: Tenemos que
utilizarla para cambiar, desarrollar y proteger. Por consiguiente, tanto si una
mujer está abordando la exasperación del momento con un arrebato como si lo
hace con alguna forma de prolongada y dolorosa quemadura, la perspectiva de la
curandera es la misma: cuando hay serenidad, puede haber aprendizaje y
soluciones creativas; en cambio, si hay un violento
incendio por dentro o por fuera, éste lo quema todo y no deja más que
ce-nizas. Tenemos que poder contemplar nuestras acciones pasadas con honor.
Tenemos que buscar la utilidad de nuestro enojo.
Aunque es cierto que a veces necesitamos desahogar nuestra furia antes
de poder pasar a una serenidad aleccionadora, debemos hacerlo con cierto
comedimiento. De lo contrario, sería algo así como arrojar una ceri-lla
encendida a un charco de gasolina. La curandera dice que sí, que la cólera se
puede cambiar, pero hace falta algo perteneciente a otro mundo, algo
perteneciente al mundo instintivo, el mundo en el que los animales todavía
hablan y el espíritu vive, algo perteneciente a la imaginación humana.
En el budismo se practica una acción de búsqueda llamada nyübu, que
significa ir a las montañas para comprendernos a nosotros mismos y restablecer
nuestra conexión con lo Grande. Es un ritual muy antiguo re-lacionado con los
ciclos de preparación de la tierra, la siembra y la cose-cha. Aunque podría ser
beneficioso subir a unas montañas de verdad, también hay montañas en el mundo
subterráneo, en el propio inconciente, y, afortunadamente todos llevamos en el
mismo interior de la psique la en-trada que conduce al mundo subterráneo y nos
permite subir a las mon-tañas y buscar diligentemente nuestra renovación.
En los mitos la montaña se entiende a veces como un símbolo de los
niveles de conocimiento que hay que alcanzar antes de poder ascender al nivel
siguiente. La parte inferior de las montañas, las estribaciones, repre-sentan a
menudo el ansia de conciencia. Todo lo que acontece en las estri-baciones se
entiende como una maduración de la conciencia. La parte me-diana de la montaña
se suele considerar la más empinada del proceso, la que pone a prueba los
conocimientos adquiridos en los niveles inferiores. Las zonas más altas de la
montaña representan una intensificación del aprendizaje; allí el aire es más
tenue y hace falta mucha resistencia y de-terminación para seguir cumpliendo la
tarea. La cima de la montaña sim-boliza el enfrentamiento con la sabiduría definitiva
semejante a la del mito en el que la anciana, o el viejo oso en el caso de este
cuento, habita en la cumbre del monte
Por consiguiente, es bueno subir a la montaña cuando no sabemos qué otra
cosa podemos hacer. La vida se consolida y el alma se desarrolla cuando nos
sentimos impulsados a emprender búsquedas acerca de las cuales apenas sabemos
nada. Subiendo a la montaña desconocida, adqui-rimos un auténtico conocimiento
de la psique instintiva y de los actos creativos de los que ésta es capaz, y
ése es nuestro objetivo. El aprendizaje es distinto en cada persona. Pero el
punto de vista instintivo que emana del inconciente salvaje, cuyo carácter es
cíclico, empieza a ser el único que comprende el significado y da sentido a la
vida, a nuestra vida. Y nos indi-ca infaliblemente lo que tenemos que hacer a
continuación. ¿Dónde pode-mos encontrar este proceso que nos hará libres? En la
montaña.
En la montaña encontramos las claves adicionales acerca de la ma-nera de
transformar el sufrimiento, el negativismo y los aspectos rencoro-
sos de la cólera, todos ellos habitualmente percibidos y a menudo
inicial-mente justificados. Una de ellas es la frase "Arigato
zaishö", que la mujer entona en agradecimiento a los árboles y a las
montañas por haberle per-mitido el paso. Traducida en sentido figurado, la
frase quiere decir "Gra-cias, Ilusión". En japonés zaishö significa
la capacidad de ver claramente las cosas que se interponen y nos impiden
alcanzar una comprensión más profunda de nuestra propia persona y del mundo.
La ilusión se produce cuando algo crea una imagen que no es real, tal
como ocurre con las ondas caloríficas en una carretera que hacen que el firme
parezca ondulado. Es verdad que existen las ondas caloríficas, pe-ro la
carretera no es ondulada. Eso es la ilusión. La primera parte de la información
es exacta, pero la segunda, la conclusión, no lo es.
En el cuento, la montaña permite el paso de la mujer y los árboles
levantan sus ramas para que pueda seguir adelante. Ambas cosas simboli-zan la
disipación de las ilusiones que permite a la mujer proseguir su búsqueda. El
budismo dice que hay siete velos de ilusión. A medida que se va librando de
ellos la persona comprende progresivamente los distintos aspectos de la
naturaleza de la vida y del yo. El levantamiento de los velos hace que la
persona sea lo bastante fuerte para soportar lo que es la vida y comprender las
pautas de los acontecimientos, de las personas y de las cosas; y, finalmente,
para aprender a no tomarse tan en serio la primera impresión y a mirar detrás y
más allá de ella.
En el budismo el levantamiento de los velos es necesario para la
iluminación La mujer de este cuento emprende un viaje para traer la luz a la
oscuridad de la cólera. Para hacerlo, tiene que comprender las numero-sas capas
de realidad de la montaña. Nosotras también tenernos muchas ilusiones acerca de
la vida. "Es guapa y, por consiguiente, es deseable" puede ser una
ilusión. "Soy buena y, por consiguiente, seré aceptable" puede ser
también una ilusión. Cuando buscamos, nuestra verdad tam-bién tratamos de disipar
nuestras ilusiones. Cuando conseguimos ver a través de estas ilusiones que en
el budismo se denominarían "barreras a la iluminación", podemos
descubrir la faceta oculta de la cólera.
He aquí algunas de las ilusiones más comunes a propósito de la cólera.
"Si pierdo la cólera, cambiaré y me debilitaré." (La primera premisa
es correcta, pero la conclusión es inexacta.) "Aprendí la cólera de mi
padre (madre, abuela, etc.) y estoy condenada a ser así toda la vida." (La
primera afirmación es cierta; la conclusión es inexacta.) Podemos hacer frente
a estas ilusiones buscando, preguntando, estudiando, mirando bajo los árboles y
subiendo a la montaña. Perdemos nuestras ilusiones cuando asumimos el riesgo de
conocer el aspecto verdaderamente salvaje de nues-tra naturaleza, que es el
mentor de la vida, la cólera, la paciencia, el recelo, la cautela, el sigilo,
la lejanía y el ingenio, todo lo que representa el oso de la luna creciente.
Durante su ascenso a la montaña, unos pájaros se acercan volando
a ella. Son los muen-botoke, los
espíritus de los muertos que carecen de familia que los alimente, los consuele
y los ayude a encontrar el descanso.
En cuanto reza por ellos, la mujer se convierte en su familia, los cuida
y consuela. Se trata de una manera útil de comprender a los muertos de la
psique que no tienen familia. Son los pensamientos, palabras e ideas crea-tivos
de la vida de una mujer que han sufrido una muerte prematura, lo cual es una de
las causas más profundas de su cólera. Se podría decir en cierto modo que la
cólera es el resultado de unos espectros que no han en-contrado el debido
descanso. Al final de este capítulo, bajo el apartado Descansos, se brindan
algunas sugerencias acerca de la mejor manera de afrontar los muen-botoke de la
psique de una mujer.
Como en el cuento, es una tarea muy meritoria congraciarse con el oso
sabio, la psique instintiva, y seguir ofreciéndole alimento espiritual, tanto
si éste consiste en ir a la iglesia como si consiste en rezar, en dedi-carse a
la psicología arquetípica, la vida onírica, el arte, el montañismo, la
navegación en canoa, los viajes o cualquier otra cosa. Para acercarse al
misterio del oso, hay que darle de comer. La curación de la cólera es un viaje
muy arduo, pues consiste en despojarse de las ilusiones, aceptar las enseñanzas
de la furia, pedir la ayuda de la psique instintiva y ayudar a los muertos a
encontrar el descanso.
El oso espiritual
¿Por qué razón el símbolo del oso, en contraposición al del zorro, el
tejón o el quetzal, nos enseña a enfrentarnos con el yo enfurecido? Para los
antiguos el oso era el símbolo de la resurrección. Esta criatura se pasa mucho
tiempo durmiendo y los latidos de su corazón se reducen casi a ce-ro. El macho
suele fecundar a la hembra cuando está a punto de iniciarse la hibernación,
pero, de una manera prodigiosa, el óvulo y el esperma no se unen de inmediato.
Flotan por separado en el líquido uterino y la unión no se produce hasta mucho
más tarde. Hacia el final de la hibernación, el óvulo y el esperma se unen y se
inicia la división celular de tal manera que los oseznos nacen en primavera
cuando la madre empieza a despertar de la hibernación justo a tiempo para
cuidar y enseñar a sus crías. No sólo porque sale de la hibernación cual sí lo
hiciera de la muerte, sino más to-davía por el hecho de que la osa despierta
con sus nuevas crías, este ani-mal constituye una profunda metáfora de nuestra
vida, del regreso y el de-sarrollo de algo que parecía estar muerto.
El oso está asociado a muchas diosas cazadoras: Artemisa y Diana en
Grecia y Roma; Muerte y Hecoteptl, las divinidades del barro de las cul-turas
de América Latina. Estas diosas otorgaban a las mujeres el poder de rastrear,
conocer y "excavar" los aspectos psíquicos de todas las cosas. Pa-ra
los japoneses el oso es el símbolo de la lealtad, la sabiduría y la fuerza. En
el norte del Japón donde vive la tribu Ainu, el oso es el que puede hablar
directamente con Dios y transmitir sus mensajes a los seres huma-nos. El oso de
la luna creciente se considera un ser sagrado, que recibió la blanca marca de
su garganta de manos de la diosa budista Kwan-Yin cuyo
emblema es una luna creciente. Kwan-Yin es la diosa de la Profunda
Com-pasión y el oso es su emisario (5).
En la psique el oso se puede interpretar como la capacidad de regu-lar
la propia vida, especialmente la vida emocional. El poder del oso reside en su
capacidad de moverse en ciclos, de estar plenamente alerta o ,de descansar en
un sueño de hibernación que renueva la energía con vistas al ciclo siguiente.
La imagen del oso nos enseña que es posible mantener una especie de válvula de
regulación de la propia vida emocional y, sobre todo, que una persona puede ser
violenta y generosa al mismo tiempo. Una per-sona puede ser reservada y poseer
un considerable valor. Otra puede de-fender su propio territorio, delimitar
claramente sus fronteras, remover el cielo en caso necesario y, sin embargo,
estar disponible, ser accesible y engendrarlo todo al mismo tiempo.
El pelo de la garganta del oso es un talismán, una manera de recor-dar
lo que se ha aprendido. Tal como se puede ver, su valor es incalcula-ble.
El fuego transformador y la acción adecuada
El oso pone de manifiesto una profunda compasión hacia la mujer,
permitiéndole arrancar uno de sus pelos. Ella baja corriendo de la monta-ña y
repite todos los gestos, cantos y alabanzas que surgieron espontá-neamente de
su corazón durante el ascenso. Rebosante de emoción, acude a toda prisa a la
curandera. Hubiera podido decir: "Mira, lo he conseguido, he hecho lo que
tú me dijiste. He resistido. He triunfado, La anciana cu-randera, que también
es compasiva, tarda un momento en responder para que la joven saboree su hazaña
y después arroja al fuego el pelo que tanto esfuerzo le ha costado obtener.
La mujer se queda de una pieza. ¿ Qué ha hecho esa insensata cu-randera?
"Vuelve a casa -le dice la curandera-. Practica lo que has
apren-dido." En el zen, el momento en que el pelo es arrojado al fuego y
la curan-dera pronuncia las sencillas palabras es el de la verdadera
iluminación. Obsérvese que la iluminación no tiene lugar en la montaña. Se
produce cuando, por medio de la quema del pelo del oso de la luna creciente, se
disuelve la cura mágica. Todos nos enfrentamos con esta situación, pues todos
pensamos que, si trabajamos duro y emprendemos una búsqueda sagrada,
obtendremos algo sólido, algo importante que en un abrir y cerrar de ojos lo
arreglará todo definitivamente.
Pero no es así como funciona la cosa. Funciona exactamente tal y como se
muestra en el cuento. Aunque adquiramos todos los conocimien-tos del universo,
todo se reduce a una cosa: práctica. Se reduce a regresar a casa y llevar a
efecto paso a paso lo que hemos aprendido. Tan a menudo como sea necesario,
durante todo el tiempo que se pueda o siempre, según los casos. Resulta muy
tranquilizador saber que, por más que la devore la cólera, una persona sabe
exactamente y con toda la habilidad de un exper-
to lo que tiene que hacer al respecto: esperar, liberarse de las
ilusiones, subir a la montaña, hablar con ella y respetarla como a una maestra.
En este cuento se nos ofrecen muchos registros, muchas ideas acer-ca de
la mejor manera de recuperar el equilibro: practicar la paciencia, ofrecer a la
persona enfurecida la amabilidad y el tiempo necesarios para superar su cólera
a través de la introspección y la búsqueda. Como reza el antiguo dicho:
Antes del zen, las montañas eran montañas y los árboles eran árboles.
Durante el zen, las montañas eran tronos de los espíritus y los árboles
eran las voces de la sabiduría.
Después del zen, las montañas fueron montañas y los árboles fueron
árboles.
Mientras la mujer estaba en la montaña aprendiendo, todo era mági-co.
Ahora que ya ha bajado de la montaña, el presunto pelo mágico h, ar-dido en el
fuego que destruye la ilusión y ha llegado el momento del "des-pués del
zen". La vida tendría que volver al mundo. Pero la mujer se en-cuentra
bajo los efectos de su experiencia en la montaña. Ha adquirido sabiduría. La
energía que estaba presa en la cólera se puede utilizar para otras cosas.
Ahora bien, la mujer que ha conseguido llegar a un entendimiento con su
cólera regresa a la vida del mundo exterior con una nueva sabidur-ía, una nueva
sensación de poder vivir su existencia con más habilidad. Pero un día algo -una
mirada, una palabra, un tono de voz, la sensación de ser tratada con
paternalismo, de sentirse poco apreciada o manipulada en contra de su voluntad-
volverá a brotar y entonces su residuo de dolor prenderá fuego (6).
La furia residual de las antiguas heridas puede compararse con el trauma
de una herida de metralla. Es posible extraer casi todos los frag-mentos de
metal del proyectil, pero siempre quedan los que son diminutos. Cabría pensar
que, si se han eliminado casi todos, el problema ya está re-suelto. Pero no es
así. En ciertas ocasiones, esos minúsculos fragmentos se retuercen y dan
vueltas en el interior, provocando una vez más un dolor idéntico al de la
herida inicial (y entonces se produce un estallido de cóle-ra).
Sin embargo, la causa de este resurgimiento no es la inmensa cólera
inicial sino las minúsculas partículas que quedan de ella, los elementos
irritantes que todavía permanecen en la psique y que jamás se pueden ex-tirpar
en su totalidad. Éstos producen un dolor casi tan agudo como el de la lesión
inicial. Entonces la persona se tensa, teme el impacto del dolor y, como
consecuencia de ello, el dolor se intensifica. La persona está efec-tuando unas
drásticas maniobras en tres frentes: uno, trata de contener el acontecimiento
exterior; dos, trata de impedir que se transmita el dolor de
la antigua herida interior, y tres, intenta afianzar la seguridad de su
posi-ción efectuando una carrera psicológica con la cabeza inclinada.
Es demasiado pedir que una sola persona se enfrente con el equiva-lente
de una banda de tres individuos e intente dejarlos simultáneamente fuera de
combate a los tres. Por eso es de todo punto necesario hacer una pausa en pleno
proceso, retirarse y buscar la soledad. Es demasiado pedir que una persona
luche y afronte al mismo tiempo la sensación de sentirse destripada por un
disparo. Una mujer que ha subido a la montaña se reti-ra, afronta primero el
acontecimiento más antiguo y después el más re-ciente, decide qué es lo que va
a hacer, sacude la cabeza para librarse del collar que le rodea la garganta,
endereza las orejas y regresa para actuar con dignidad.
Ninguna de nosotras puede escapar por entero a su historia. Pode-mos
empujarla hacia el fondo, por supuesto, pero estará allí de todos mo-dos. En
cambio, si una mujer hace las cosas que hemos enumerado, podrá contener la
cólera y, al final, todo se calmará y se arreglará. No del todo, pero sí lo
suficiente como para seguir adelante. El instante de la furia que estalla se
superará. Y la mujer cada vez lo podrá afrontar mejor porque sabrá en qué
momento tiene que ir a visitar de nuevo a la curandera, subir a la montaña y
liberarse de las ilusiones que la inducen a pensar que el presente es una
repetición exacta y calculada del pasado. Una mujer re-cuerda que puede ser
violenta y generosa a la vez. La cólera no es como un cálculo renal que, si uno
tiene paciencia para esperar, se elimina. De nin-guna manera. Hay que emprender
una acción inmediata. Entonces se eli-minará y habrá más creación en la vida de
la mujer.
La justa cólera
El hecho de ofrecer la otra mejilla, es decir, de guardar silencio en
presencia de la injusticia o de los malos tratos, se tiene que sopesar
cui-dadosamente. Una cosa es utilizar la resistencia pasiva como herramienta
política tal como Gandhi enseñó a hacer a las masas, y otra muy distinta que se
anime u obligue a las mujeres a guardar silencio para poder sobre-vivir a una
situación insoportable de corrupción o de injusto poder en la familia, la
comunidad o el mundo. Las mujeres sufren la amputación de la naturaleza salvaje
y su silencio no obedece a la serenidad sino que es una enorme defensa para
evitar unos daños. Se equivocan quienes piensan que el hecho de que una mujer
guarde silencio significa siempre que ésta aprueba la vida tal como es.
Hay veces en que resulta absolutamente necesario dar rienda suelta a una
cólera capaz de sacudir el cielo. Hay un momento -aunque tales ocasiones no
abunden demasiado, siempre hay un momento- en que una tiene que soltar toda la
artillería que lleva dentro. Y debe hacerlo en res-puesta a una grave ofensa,
una ofensa muy grande contra el alma o el espíritu. Una tiene que haber probado
primero todos los medios razona-bles para que se produzca un cambio. Cuando
todo falla, hemos de elegir
el momento más adecuado. Existe sin duda un momento apropiado para
desencadenar toda la cólera que la mujer lleva dentro. Cuando las mujeres
prestan atención al yo instintivo, tal como hace el hombre del siguiente
cuento, saben que ha llegado la hora. Lo saben intuitivamente y obran en
consecuencia. Y es justo que lo hagan.
Este cuento procede de Oriente Medio. En Asia hay distintas versio-nes
sufíes, budistas e hindúes (7). Pertenece a la categoría de cuentos que giran
en torno a la realización de un acto prohibido o inaceptable con el fin de
salvar la vida.
Los árboles secos
Había una vez un hombre cuyo mal carácter le había hecho desper-diciar
más tiempo y perder más buenos amigos que cualquier otro elemen-to de su vida.
Se acercó a un sabio anciano vestido de andrajos y le pre-guntó:
-¿Cómo puedo dominar el demonio de mi cólera?
El anciano le dijo que se dirigiera a un oasis agostado del lejano
de-sierto, se sentara entre los árboles secos y extrajera agua salobre para
cualquier viajero que acertara a pasar por allí.
El joven, en su afán por vencer su cólera, se dirigió al lugar de los
árboles marchitos del desierto. Durante varios meses, envuelto en una túnica y
un albornoz para protegerse de la arena, extrajo agua amarga y se la dio a
todos los que se acercaban a aquel lugar. Pasaron varios años y el hombre no
sufrió más accesos de cólera. Un día se acercó al oasis seco un viajero vestido
de oscuro y contempló con arrogancia al hombre que le ofrecía un cuenco de
agua. El viajero se burló del agua turbia, la rechazó y reanudó su camino.
El hombre que le ofrecía el agua se encolerizó inmediatamente hasta tal
punto que la rabia lo cegó y, agarrando al viajero, lo derribó de su ca-mello y
lo mató en el acto. Inmediatamente se arrepintió de haberse dejado llevar por
su arrebato de cólera y haber perpetrado semejante acción. De pronto, se acercó
otro jinete al galope. El jinete contempló el rostro del muerto y exclamó:
-¡Gracias sean dadas a Alá, pues has matado al hombre que iba a matar al
rey!
En aquel momento la turbia y salobre agua del oasis se volvió clara y
dulce y los árboles secos del oasis reverdecieron y se llenaron de flores.
Hay que interpretar el cuento en clave simbólica. El relato no gira en
torno a la muerte de las personas. Nos enseña a no desencadenar la cólera
indiscriminadamente sino en el momento oportuno. El cuento empieza cuando el
hombre aprende a dar agua, es decir, vida, en condiciones de sequía. El hecho
de dar vida es un impulso innato en casi todas las muje-res. Es algo que casi
siempre suelen hacer muy bien. Sin embargo, existe también un momento para la
ráfaga que sale de las entrañas, un momento para la justa cólera y la justa
furia (8).
Muchas mujeres son tan sensibles como la arena a la ola, los árboles a
la cualidad del aire, la loba a la presencia de otra criatura en su territo-rio
desde más de un kilómetro de distancia. El espléndido don de estas mujeres es
el de ver, oír, sentir, recibir y transmitir imágenes, ideas y sen-timientos
con la celeridad de un rayo. Casi todas las mujeres pueden per-cibir el más
mínimo cambio en el humor de otra persona, pueden leer ros-tros y cuerpos -con
eso que se llama la intuición- y, por medio de un sinfín de minúsculas claves
que se unen para facilitarle información, adivinar lo que encierran las mentes.
Para utilizar estos dones salvajes, las mujeres tienen que permanecer abiertas
a todo. Sin embargo, esta misma apertura hace que sus límites sean vulnerables
y las deja expuestas a las lesiones del espíritu.
Como el hombre del cuento de "Los árboles secos", es posible
que una mujer tenga que enfrentarse en mayor o menor grado con la misma
situación. Puede llevar dentro un tipo de furia desencadenada que la in-duzca a
atormentar constantemente a los demás o a utilizar la frialdad a modo de
anestesia o a pronunciar dulces palabras que en el fondo preten-den castigar o
humillar a los demás. Puede imponer su propia voluntad a los que dependen de
ella o puede amenazarlos con el término de la rela-ción o la retirada del
afecto. Puede abstenerse de hacer una alabanza o de reconocer el mérito de
alguien y comportarse en general como si tuviera los instintos heridos. Está
demostrado que la psique de la persona que trata a los demás de esta manera se
encuentra bajo los efectos de un fuerte ata-que de un demonio que le está
haciendo exactamente lo mismo a ella.
Muchas mujeres en esta situación deciden lanzarse a una campaña de
limpieza y resuelven dejar de ser antipáticas y mostrarse amables y ge-nerosas.
Es una decisión encomiable y un alivio para cuantos rodean a la mujer, siempre
y cuando ésta no se identifique demasiado con el hecho de ser una persona
generosa, tal como le ocurrió al hombre del cuento que está en el oasis y,
gracias a servir a los demás, se va encontrando cada vez mejor y se identifica
con la anodina uniformidad de su vida.
De igual modo, la mujer que evita todos los enfrentamientos se va
encontrando cada vez mejor. Pero se trata de una situación transitoria. Éste no
es el aprendizaje que andamos buscando. El aprendizaje que an-damos buscando
consiste en saber cuándo podemos dar rienda suelta a la justa cólera y cuándo
no. El cuento no gira en torno a la aspiración a la santidad, sino en torno a
la sabiduría necesaria para saber cuándo tene-mos que comportarnos de una forma
integral y salvaje. Por regla general,
los lobos evitan los enfrentamientos, pero, cuando tienen que defender
su territorio o cuando algo o alguien los acosa o los acorrala sin cesar,
esta-llan con la impresionante fuerza que les es propia. Ocurre muy raras
ve-ces, pero la capacidad de expresar su cólera figura en su repertorio y
tam-bién tendría que figurar en el nuestro.
Se han hecho muchas conjeturas acerca del temor y los temblores que el
impresionante poder de una mujer enfurecida es capaz de producir en los demás.
Pero eso constituye a todas luces una excesiva proyección de las angustias
personales del observador, de la que no cabe culpar en justi-cia a la mujer. En
su psique instintiva la mujer tiene la capacidad de enfu-recerse en grado
considerable cuando se la provoca y no cabe duda de que eso es un poder. La
cólera es uno de los medios innatos que ella posee pa-ra poder desarrollar una
actividad creativa y conservar los equilibrios que más aprecia, todo aquello
que ama verdaderamente. No sólo es un derecho sino que, en determinados
momentos y en ciertas circunstancias, consti-tuye para ella un deber moral.
Lo cual significa que llega un momento en que las mujeres tienen que
enseñar los dientes, exhibir su poderosa capacidad de defender su te-rritorio y
decir "Hasta aquí y no más, se acabó lo que se daba, prepárate, tengo algo
que decirte, ahora verás lo que es bueno".
Como el hombre al principio de "Los árboles secos" y como el
guerre-ro de "El oso de la luna creciente", muchas mujeres tienen a
menudo en su interior un soldado exhausto y tan cansado de las batallas que ya
no quie-re oír ni hablar de eso ni tener nada que ver con todo ello. Ésta es la
causa de la aparición de un oasis reseco en la psique. Se trata siempre, tanto
de-ntro como fuera, de una zona de gran silencio que está esperando y casi
pidiendo a gritos que estalle una tormenta, que se produzca una rotura, una
sacudida, un estropicio que le permita volver a crear vida.
El hombre del cuento se queda inicialmente anonadado ante el hecho de
haber matado al jinete. Sin embargo, cuando comprende que en aquel caso tenía
que seguir el primer impulso, se libera de la norma exce-sivamente simple del
"no enfadarse jamás". Como en "El oso de la luna
creciente", la iluminación no se produce en el transcurso de la acción
pro-piamente dicha sino cuando se destruye la ilusión y el sujeto adquiere la
perspicacia suficiente como para comprender el significado oculto.
Los descansos
Hemos visto por tanto que nuestro propósito es convertir la rabia en un
fuego que cocina cosas y no en el fuego de una conflagración. Hemos visto
también que la tarea de la cólera no se puede completar sin el ritual del
perdón. Hemos dicho que la cólera de las mujeres deriva a menudo de la
situación de su familia originaría, de la cultura que la rodea y, a veces, de
un trauma sufrido en la edad adulta. Sin embargo, cualquiera que sea la fuente
de la cólera, algo tiene que ocurrir para que la mujer la identifi-que, la
bendiga, la reprima y la libere.
Las mujeres torturadas desarrollan a menudo una deslumbradora capacidad
de percepción de una profundidad y anchura impresionantes. Aunque yo no
quisiera que nadie fuera torturado para poder aprender las entradas y salidas
secretas del inconciente, no cabe duda de que el hecho de haber sufrido una
fuerte represión da lugar a la aparición de unas do-tes que consuelan y
protegen.
En este sentido, una mujer que ha vivido una existencia torturada y ha
ahondado exhaustivamente en ella adquiere una inestimable profundi-dad. Aunque
llegue a ella a través del dolor, si cumple la dura tarea de afe-rrarse a la
conciencia, llegará a alcanzar una honda y floreciente vida espi-ritual y una
ardiente confianza en sí misma cualesquiera que sean las va-cilaciones
ocasionales del ego.
Hay un momento en nuestra vida, por regla general al llegar a la mediana
edad, en que una mujer tiene que tomar una decisión, posible-mente la decisión
psíquica más importante de su vida futura, y es la de sentirse amargada o no.
Las mujeres suelen llegar a esta situación al final de la treintena o
principios de la cuarentena. Están hasta la coronilla de todo, están
"hasta el gorro", están que "ya no pueden más". Es posible
que sus sueños de los veinte años se hayan marchitado. Puede que haya
cora-zones rotos, matrimonios rotos, promesas rotas.
Un cuerpo que ha vivido mucho tiempo acumula escombros. Es algo
inevitable. Pero si una mujer regresa a la naturaleza instintiva en lugar de
hundirse en la amargura, revivirá y renacerá. Cada año nacen lobeznos. Suelen
ser unas criaturitas de ojos adormilados con el oscuro pelaje cu-bierto de
tierra y paja que no paran de gimotear, pero que inmediatamente espabilan y se
muestran juguetonas y encantadoras Y sólo quieren estar cerca y recibir mimos.
Quieren jugar, quieren crecer. La mujer que regresa a la naturaleza instintiva
y creativa volverá a la vida. Sentirá deseos de ju-gar. Seguirá queriendo
crecer tanto en profundidad como en anchura. Pero primero ha de tener lugar una
purificación.
Me gustaría iniciar a mis lectoras en el concepto de los Descansos que
yo he desarrollado en mi trabajo. Cualquiera que haya visitado el viejo México,
Nuevo México, el sur de Colorado, Arizona o ciertas regiones del Sur de Estados
Unidos, habrá visto unas crucecitas blancas al borde de los caminos. Son los
llamados descansos (9). Se las puede ver también al borde de los acantilados en
pintorescas pero peligrosas carreteras de Gre-cia, Italia y otros países
mediterráneos. A veces las cruces están agrupadas en número de dos, tres o
cinco. Y en ellas figuran grabados nombres de personas: Jesús Méndez, Arturo
Buenofuentes, Jeannie Abeyta. A veces los nombres están escritos con clavos, a
veces están pintados y labrados en la madera. Por regla general, las cruces
están profusamente adornadas con flores artificiales o naturales o con
reluciente paja recién cortada cuyo brillo hace que los brazos de madera
resplandezcan como el oro bajo el sol. A veces el descanso consiste simplemente
en dos palos o dos trozos de tu-bería atados con un trozo de cuerda y clavados
en el suelo. En los pasos
más pedregosos, la cruz suele estar pintada en una roca de grandes
di-mensiones al borde del camino.
Los descansos son símbolos que conmemoran una muerte. Allí mis-mo, justo
en aquel lugar, el viaje de alguien por la vida se interrumpió
in-esperadamente. Hubo un accidente de tráfico o alguien que caminaba por el
camino murió de insolación o se produjo una reyerta. Ocurrió algo que alteró
para siempre la vida de aquella persona y la de otros.
Las mujeres han muerto mil muertes antes de cumplir los veinte años. Han
ido en esta dirección y en aquella y se han quedado aisladas. Han tenido sueños
y esperanzas que también se han truncado. Cualquier mujer que diga lo contrario
es que está todavía dormida. Todo eso justifica la existencia de los descansos.
A pesar de que todas estas cosas fortalecen los procesos de
indivi-duación y diferenciación, la maduración y el desarrollo exterior, el
floreci-miento, el despertar y la conciencia, son también unas grandes
tragedias y como tales se tienen que lamentar.
Hacer descansos significa echar un vistazo a la propia vida y marcar los
lugares donde se han producido las muertes chiquitas y las muertes grandotas.
Me gusta trazar el itinerario de la vida de una mujer en una gran hoja de papel
de estraza de color blanco y señalar con una cruz los lugares del gráfico,
empezando por su infancia hasta llegar al presente en el que han muerto
distintos fragmentos y piezas de su yo y de su vida.
Señalamos el lugar donde estaban las carreteras que no se tomaron, los
caminos interrumpidos, las emboscadas, las traiciones y las muertes. Coloco una
crucecita en los lugares del itinerario cuya desaparición se hubiera tenido que
llorar o aún ha de llorarse. Y después escribo al fondo la palabra
"olvidado" en referencia a las cosas que la mujer intuye, pero
todavía no han aflorado a la superficie. También escribo "perdonado"
en referencia a las cosas que la mujer ha liberado en buena parte.
A continuación, la invito a hacer descansos, a sentarse con el
itine-rario de su vida y a preguntarse "¿Dónde están las cruces? ¿Dónde
están los lugares que hay que recordar, los que hay que bendecir?". Todos
ellos tienen unos significados que se han incorporado a su vida actual. Hay que
recordarlos, pero hay que olvidarlos al mismo tiempo. Para eso hace falta
tiempo. Y paciencia.
Recordemos que en "El oso de la luna creciente" la mujer
pronuncia-ba una oración para que los huérfanos y errantes muertos pudieran
des-cansar. Eso es lo que se hace en los descansos. La de los descansos es una
práctica conciente que honra a los muertos huérfanos de la psique, se compadece
de ellos y les da finalmente sepultura.
Debemos ser amables con nosotras mismas y dar descanso a los as-pectos
de nuestra persona que se dirigían a algún lugar pero jamás llega-ron a él. Los
descansos marcan el lugar de la muerte, los momentos oscu-ros, pero son también
billetes amorosos para el propio sufrimiento. Son transformativos. Nunca
insistiré demasiado en la conveniencia de clavar
las cosas en la tierra para que no nos sigan dondequiera que vayamos.
Nunca insistiré demasiado en la conveniencia de enterrarlas.
El instinto y la cólera heridos
Las mujeres (y los hombres) tienden a dar por terminados los
acon-tecimientos pasados diciendo "Yo/él/ella/ellos hicieron todo lo que
pudie-ron". Pero el hecho de decir "hicieron lo que pudieron" no
equivale a per-donar. Aunque fuera cierta, esta perentoria afirmación excluye
la posibili-dad de sanar. Es algo así como aplicar un torniquete por encima de
una profunda herida. Dejar el torniquete más allá de un determinado período de
tiempo provoca gangrena por falta de circulación. El hecho de reprimir la cólera
y el dolor no sirve de nada.
Si el instinto de una mujer ha resultado herido, ésta se enfrenta con
varios retos relacionados con la cólera. En primer lugar, suele tener
difi-cultades para reconocer la intrusión; tarda en percatarse de las
violaciones territoriales y no percibe su propia cólera hasta que ésta se le
echa enci-ma. Como le ocurre al hombre en el principio de "Los árboles
secos", la ra-bia se abate sobre ella como en una emboscada.
Este desfase es el resultado de la lesión de los instintos de las niñas,
causada por las exhortaciones que se les suelen hacer a no reparar en los
desacuerdos, a intentar poner paz a toda costa, a no intervenir y a resistir el
dolor hasta que las cosas vuelvan a su cauce o desaparezcan provisio-nalmente.
Tales mujeres no actúan siguiendo el impulso de la cólera que sienten sino que
arrojan el arma o bien experimentan una reacción retar-dada varias semanas,
meses o incluso años después, al darse cuenta de lo que hubieran tenido o
podido decir o hacer.
Tal comportamiento no suele deberse a la timidez o a la introversión
sino a una excesiva consideración hacia los demás, a un exagerado esfuer-zo por
ser amable en perjuicio propio y a una insuficiente actuación dicta-da por el
alma. El alma salvaje sabe cuándo y cómo actuar, basta que la mujer la escuche.
La reacción adecuada se compone de perspicacia y una adecuada cantidad de
compasión y fuerza debidamente mezcladas. El ins-tinto herido ha de curarse
practicando la imposición de unos sólidos lími-tes y practicando el
ofrecimiento de unas firmes y, a ser posible, generosas respuestas que no
cedan, sin embargo, a la tentación de la debilidad.
Una mujer puede tener dificultades en dar rienda suelta a su cólera
incluso si esa supresión resulta perjudicial para su vida, incluso en el caso
de que ello la obligue a revivir obsesivamente unos acontecimientos de años
atrás con la misma fuerza que si hubieran ocurrido la víspera. Insis-tir en
hablar de un trauma y hacerlo con gran intensidad a lo largo de un determinado
período de tiempo es muy importante para la curación. Pero, al final, todas las
heridas se tienen que suturar y debe dejarse que se con-viertan en tejido
cicatricial.
La cólera colectiva
La cólera o la rabia colectiva es también una función natural. Existe el
fenómeno de la lesión de grupo, el dolor de grupo. Las mujeres que ad-quieren
conciencia social, política o cultural descubren a menudo la nece-sidad de
enfrentarse con la cólera colectiva que una y otra vez les recorre el cuerpo.
Desde un punto de vista psíquico es saludable que las mujeres
expe-rimenten semejante cólera. Y es psíquicamente saludable que utilicen esta
cólera derivada de la injusticia para buscar los medios capaces de producir el
cambio necesario. Pero no es psicológicamente saludable neutralizar la cólera
con el fin de no sentir nada y, por consiguiente, no exigir la evolu-ción y el
cambio. Tal como ocurre con la cólera de carácter personal, la cólera colectiva
es también una maestra. Las mujeres pueden consultarla, hacerle preguntas en
solitario o en compañía de otras mujeres y obrar en consecuencia. Existe una
diferencia entre el hecho de llevar dentro una antigua cólera incrustada y el
de agitarla con un nuevo bastón para ver a qué usos constructivos se puede aplicar.
La cólera constructiva se puede utilizar con provecho como motiva-ción
para la búsqueda o el ofrecimiento de apoyo, para la búsqueda de medios que
induzcan a los grupos y a los individuos al diálogo o para exi-gir
responsabilidades, progreso y mejoras. Ésos son los procesos que las mujeres
que adquieren conciencia han de seguir en las pautas de compor-tamiento. El
hecho de experimentar unas profundas reacciones ante la fal-ta de respeto, las
amenazas y las lesiones forma parte de una sana psique instintiva. La reacción
vehemente es una parte lógica y natural del apren-dizaje acerca de los mundos
colectivos del alma y la psique.
La persistencia de la antigua cólera
En caso de que la cólera vuelva a convertirse en un obstáculo para el
pensamiento y la acción creativa, conviene suavizarla o modificarla. En las
mujeres que se han pasado un considerable período de tiempo superando un
trauma, tanto si éste se debió a la crueldad, el olvido, la falta de respe-to,
la temeridad, la arrogancia o la ignorancia de alguien como si se debió
simplemente al destino, llega un momento en que hay que perdonar para que la
psique pueda liberarse y recuperar su estado normal de paz y sere-nidad (10).
Cuando una mujer tiene dificultades para dar rienda suelta a la cólera o
la rabia, ello suele deberse a que utiliza la cólera para fortalecerse. Y, si
bien tal cosa pudo haber sido oportuna al principio, más tarde la mu-jer tiene
que andarse con cuidado, pues una cólera permanente es un fue-go que acaba
quemando su energía primaria. La persistencia en dicho es-tado es algo así como
pasar vertiginosamente por la vida y tratar de vivir una existencia equilibrada
pisando el acelerador hasta el fondo.
Sin embargo, el ardor de la cólera no se tiene que considerar un
su-cedáneo de una vida apasionada. No se trata de la vida en su plenitud; es
una actitud defensiva que cuesta mucho mantener cuando esa actitud ya no
es necesaria para protegerse. Al cabo de algún tiempo, la cólera arde hasta
alcanzar unas temperaturas extremadamente altas, contamina nuestras ideas con
su negro humo y obstruye otras maneras de ver y com-prender.
Pero no pienso mentir descaradamente y decirle a una mujer, que hoy o la
semana que viene podrá eliminar toda su cólera y ésta desapare-cerá para
siempre. La ansiedad y el tormento del pasado afloran en la psi-que con
carácter cíclico. Aunque una profunda purificación extermina buena parte del
antiguo dolor y la antigua cólera, el residuo jamás se pue-de borrar por
completo. Tiene que dejar unas ligeras cenizas, no un fuego devorador. Por
consiguiente, la limpieza de la cólera residual debe conver-tirse en un ritual
higiénico periódico que nos libere, pues el hecho de llevar la antigua cólera
más allá del extremo hasta el que nos podía ser útil equi-vale a experimentar
una constante ansiedad, por más que nosotras no seamos concientes de ella.
A veces la gente se confunde y cree que el hecho de quedarse atas-cada
en una antigua cólera consiste en armar alboroto, alterarse y arrojar objetos
por ahí. En la mayoría de los casos no consiste en eso. Consiste más bien en
una perenne sensación de cansancio, en andar por la vida bajo una gruesa capa
de cinismo, en destrozar todo aquello que es espe-ranzador, tierno, prometedor.
Consiste en tener miedo de perder antes de abrir la boca. Consiste en alcanzar
por dentro el punto de ignición tanto si se nota por fuera como si no. Consiste
en observar unos irritados silencios de carácter defensivo. Consiste en
sentirse desvalida. Pero hay un medio de salir de esta situación y este medio
es el perdón.
"Ah, ¿el perdón?", dices. Cualquier cosa menos el perdón,
¿verdad? Sin embargo, tú sabes en lo más hondo de tu corazón que algún día, en
algún momento, llegarás a ello. Puede que no ocurra hasta el momento de la
muerte, pero ocurrirá. Piensa en lo siguiente: muchas personas tienen
dificultades para conceder el perdón porque les han enseñado que se trata de un
acto singular que hay que completar en una sola sesión. Pero no es así. El
perdón tiene muchas capas y muchas estaciones. En nuestra cultu-ra se tiene la
idea de que el perdón ha de ser al ciento por ciento. O todo o nada. También se
nos enseña que perdonar significa pasar por alto, com-portarse como sí algo no
hubiera ocurrido. Tampoco es eso.
La mujer que es capaz de otorgar a alguien o a algo trágico 0
perju-dicial un porcentaje de perdón del noventa y cinco por ciento es casi
digna de la beatificación cuando no de la santidad. Un setenta y cinco por
ciento de perdón y un veinticinco por ciento de "No sé si alguna vez podré
perdo-nar del todo y ni siquiera sé si lo deseo" es más normal. Pero un
sesenta por ciento de perdón acompañado de un cuarenta por ciento de "No
sé, no estoy segura y todavía lo estoy pensando" está decididamente bien.
Un ni-vel de perdón del cincuenta por ciento o menos permite alcanzar el grado
de obras en curso. ¿Menos del diez por ciento? Acabas de empezar o ni si-quiera
lo has intentado en serio todavía.
Pero, en cualquier caso, una vez has alcanzado algo más de la mitad, lo
demás viene por sus pasos contados, por regla general con pequeños incrementos.
Lo más importante del perdón es empezar y continuar. El cumplimiento es una
tarea de toda la vida. Tienes todo el resto de la vida para seguir trabajando
en el porcentaje menor. Está claro que, si pudiéra-mos comprenderlo todo, todo
se podría perdonar. Pero la mayoría de la gente necesita permanecer mucho
tiempo en el baño alquímico para llegar a eso. No importa. Contamos con la
sanadora y, por consiguiente, tenemos la paciencia necesaria para cumplir la
tarea.
Algunas personas, por temperamento innato, pueden perdonar con más
facilidad que otras. En algunas se trata de un don, pero en la mayoría de los
casos es un don que hay que aprender tal como se aprende una técnica. Parece
ser que la vitalidad y la sensibilidad esenciales afectan a la capacidad de
pasar por alto las cosas. Una fuerte vitalidad y una alta sen-sibilidad no
siempre permiten pasar fácilmente por alto las ofensas. No eres mala si te
cuesta perdonar. Y no eres una santa si lo haces. Cada cual a su manera y todo
a su debido tiempo.
Sin embargo, para poder sanar realmente, tenemos que decir nues-tra
verdad, no sólo nuestro pesar y nuestro dolor sino también los daños, la cólera
y la indignación que se provocaron y también qué sentimientos de expiación o de
venganza experimentamos. La vieja curandera de la psique comprende la
naturaleza humana con todas sus debilidades y otorga el perdón siempre y cuando
se le diga la pura verdad. Y no sólo concede una segunda oportunidad sino que
muy a menudo concede varias oportunida-des.
Veamos ahora cuáles son los cuatro niveles del perdón. Estas fases las
he desarrollado y utilizado en mi trabajo con personas traumatizadas a lo largo
de los años. Cada nivel tiene varios estratos. Se pueden aplicar en el orden
que uno quiera y durante todo el tiempo que desee, pero yo los he dispuesto en
el orden en el que animo a mis clientes a empezar a trabajar.
Las cuatro fases del perdón
1. Apartarse - Dejar correr
2. Tolerar - Abstenerse de
castigar
3. Olvidar - Arrancar del
recuerdo, no pensar
4. Perdonar - Dar por pagada la
deuda
APARTARSE
Para poder empezar a perdonar es bueno apartarse durante algún tiempo,
es decir, dejar de pensar durante algún tiempo en aquella persona o
acontecimiento. Eso no significa dejar algo por hacer sino más bien to-marse
unas vacaciones. Eso evita que nos agotemos y nos permite fortale-cernos de
otra manera y disfrutar de otras felicidades en nuestra vida.
Es una buena práctica que nos prepara para la renuncia al cobro de la
deuda que más tarde acompañará al perdón, Dejar la situación, el re-cuerdo, el
asunto tantas veces como sea necesario. No se trata de pasar algo por alto sino
de adquirir agilidad y fortaleza para poder distanciarnos del asunto. Apartarse
quiere decir ponerse de nuevo a tejer, a escribir, ir a aquel océano, aprender
o amar algo que nos fortalezca y distanciarnos del asunto durante algún tiempo.
Es una actitud acertada, buena y saludable. Las lesiones del pasado acosarán
mucho menos a una mujer si ésta le asegura a la psique herida que ahora le
aplicará bálsamos suavizantes y más adelante abordará toda la cuestión de la
causa de aquellas lesiones.
TOLERAR
La segunda fase es la de la tolerancia, entendida en el sentido de
abstenerse de castigar; de no pensar ni hacer ni poco ni mucho. Resulta
extremadamente útil practicar esta clase de refrenamiento, pues con ello se
condensa la cuestión en un lugar determinado y ésta no se derrama por todas
partes. De esta manera, la mujer puede concentrarse en el momento en que
empezará a pasar a la siguiente fase. Eso no significa quedarse cie-ga o muerta
y perder la vigilancia defensiva. Significa contemplar la situa-ción con una
cierta benevolencia y ver cuál es el resultado.
Tolerar quiere decir tener paciencia, soportar, canalizar la emoción.
Todas estas cosas son unas poderosas medicinas. Practícalas todo lo que puedas,
pues se trata de una experiencia purificadora. No es preciso que las hagas;
puedes elegir una de ellas, por ejemplo, la paciencia, y practi-carla. Puedes
abstenerte de hacer comentarios y murmullos de carácter punitivo, de
comportarte con hostilidad o resentimiento. El hecho de abs-tenerse de aplicar
castigos innecesarios fortalece la integridad de la acción y del alma, Tolerar
equivale a practicar la generosidad, permitiendo con ello que la gran
naturaleza compasiva partícipe en cuestiones que previa-mente han provocado
emociones que van desde una leve irritación a la cólera.
OLVIDAR
Olvidar significa arrancar de la memoria, negarse a pensar; en otras
palabras, soltar, aflojar la presa, sobre todo de la memoria. Olvidar no
sig-nifica comportarse como si el cerebro hubiera muerto. El olvido conciente
equivale a soltar el acontecimiento, no insistir en que éste se mantenga en
primer plano sino dejar más bien que abandone el escenario y se retire a un
segundo plano.
Practicamos el olvido conciente, negándonos a evocar las cuestiones
molestas, negándonos a recordar. El olvido es un esfuerzo activo, no pasi-vo.
Significa no entretenerse con ciertas cuestiones y no darles vueltas, no
irritarse con pensamientos, imágenes o emociones repetitivas. El olvido
conciente significa abandonar deliberadamente las obsesiones, distanciar-
nos voluntariamente y perder de vista el objeto de nuestro enojo, no
mirar hacia atrás y vivir en un nuevo paisaje, crear una nueva vida y unas
nue-vas experiencias en las que pensar, en lugar de seguir pensando en las
an-tiguas. Esta clase de olvido no borra el recuerdo, pero entierra las
emocio-nes que lo rodeaban.
PERDONAR
Hay muchos medios y maneras de perdonar una ofensa a una per-sona, una
comunidad o una nación. Conviene recordar que el perdón "de-finitivo"
no es una rendición. Es una decisión conciente de dejar de guar-dar rencor, lo
cual significa perdonar una deuda y abandonar la determi-nación de tomar
represalias. Tú eres la que tiene que decidir cuándo per-donar y qué ritual se
deberá utilizar para celebrar el acontecimiento. Tú decides qué deuda no se
tiene que seguir pagando.
Algunas personas optan por conceder un perdón total, eximiendo al
ofensor de la obligación de pagar una indemnización ahora o más adelan-te.
Otras optan por interrumpir el proceso, desistir de cobrar la deuda en su
totalidad y decir que lo hecho, hecho está y lo que se ha pagado hasta ahora es
suficiente. Otra forma de perdón consiste en exonerar a una per-sona sin que
ésta haya satisfecho ningún tipo de indemnización emocional o de otra clase.
Para algunas personas la conclusión del perdón significa mirar al otro
con indulgencia, que es lo más fácil cuando se trata de ofensas relati-vamente
leves. Una de las más profundas formas de perdón consiste en ofrecer de la
manera que sea una compasiva ayuda al que nos ha ofendido (11). Lo cual no
significa introducir la cabeza en el cesto de la serpiente sino responder desde
una actitud de clemencia, seguridad y buena disposición
(12).
El perdón es la culminación de todo lo precedente, toda la tolerancia y
todo el olvido. No significa abandonar la propia protección sino la frial-dad.
Una forma muy profunda de perdón consiste en no excluir al otro, en dejar de
mantener distancias, ignorar o comportarse con frialdad o mante-ner actitudes
falsas o condescendientes. Para la psique del alma es mejor limitar
estrictamente el tiempo y las respuestas mordaces a las personas cuyo trato nos
resulta difícil que comportarnos como maniquíes insensi-bles.
El perdón es un acto de creación. Se puede otorgar de muy variadas
maneras. Se puede perdonar de momento, perdonar hasta entonces, per-donar hasta
la próxima vez, perdonar pero no dar más oportunidades; el juego sería
totalmente distinto si se produjera otro incidente. Se puede dar otra
oportunidad, varias o muchas oportunidades o dar oportunidades con determinadas
condiciones. Se puede perdonar en parte, en su totalidad o la mitad de una
ofensa. Se puede otorgar un perdón general. La mujer es la que decide (13).
¿Cómo sabe la mujer si ha perdonado o no? En caso afirmativo, tiende a
compadecerse de la circunstancia en lugar de sentir cólera, tiende a
compadecerse de la persona en lugar de estar enojada con ella. Tiende a olvidar
lo que tenía que decir al respecto. Comprende el sufrimiento que dio lugar a la
ofensa. Prefiere permanecer al margen. No espera nada. No quiere nada. Ningún
estrecho lazo alrededor de los tobillos tira de ella des-de lejos para
arrastrarla hacia acá. Es libre de ir a donde quiera. Puede que la cosa no
termine con un "vivieron felices y comieron perdices", pero a partir
de ahora estará esperándola con toda certeza un nuevo "Había una
vez".
CAPÍTULO 13
Las cicatrices de la batalla:
La pertenencia al Clan de la Cicatriz
Las lágrimas son un río que nos lleva a alguna parte. El llanto crea un
río alrededor de la barca que transporta nuestra vida espiritual. Las lágrimas
levantan la embarcación por encima de las rocas, por encima del terreno seco, y
la transportan río abajo a un lugar nuevo y mejor.
Existen océanos de lágrimas que las mujeres jamás han llorado, pues les
han enseñado a llevarse a la tumba los secretos de su madre y su padre, de los
hombres y la sociedad y los suyos propios. El llanto de una mujer siempre se ha
considerado muy peligroso porque abre las cerradu-ras y los pestillos de los
secretos que lleva dentro. Pero en realidad, por el bien del alma salvaje de la
mujer, es mejor llorar. Para las mujeres las lágrimas son el comienzo de la
iniciación en el Clan de la Cicatriz, esta tri-bu eterna de mujeres de todos
los colores, naciones y lenguas que, a lo largo de los siglos, han sobrevivido
a algo muy grande, lo hicieron con or-gullo y lo siguen haciendo.
Todas las mujeres tienen historias personales de tan vasto alcance y tan
poderosas como el numen de los cuentos de hadas. Pero hay una clase de historia
en particular que tiene que ver con los secretos de una Mujer, especialmente
los que se asocian con la vergüenza; dichos secretos contie-nen algunas de las
más importantes historias a las que una mujer puede dedicar su tiempo. Para la
mayoría de las mujeres, estas historias secretas son sus propias historias
personales, incrustadas, no como piedras precio-sas en una corona sino más bien
como negra grava bajo la piel del alma.
Los secretos asesinos
A lo largo de mis veinte años de ejercicio de la Profesión, he
escu-chado miles de "historias secretas", unas historias que, en su
mayoría, se habían mantenido ocultas durante muchos años, a veces durante casi
to-da la vida. Tanto sí el secreto de una mujer está envuelto en el silencio
que ella misma se ha impuesto como si el silencio se debe a la amenaza de
al-guien más poderoso que ella, la mujer teme perder sus privilegios, ser
con-siderada una persona indeseable, la ruptura de las relaciones que son im-portantes
para ella y a veces incluso un daño físico en caso de que revele su secreto.
Las historias secretas de algunas mujeres se refieren al hecho de haber
dicho una descarada mentira o de haber cometido una deliberada maldad que fue
causa de dificultades o dolor para otra persona. Pero en mi experiencia no
abundan demasiado. Los secretos de las mujeres suelen
referirse más bien a la trasgresión de alguna norma de conducta moral o
social de su cultura, religión o sistema personal de valores. La cultura
do-minante ha considerado a menudo algunos de estos actos, acontecimien-tos o
elecciones, sobre todo los relacionados con la libertad de las mujeres en todos
los ámbitos de la vida, vergonzosamente impropios de las mujeres pero no de los
hombres.
Lo malo de las historias secretas rodeadas por un halo de vergüenza es
que apartan a la mujer de su naturaleza instintiva, que en general es algo
gozoso y libre. Cuando existe un secreto oscuro en la psique, una mu-jer no se
puede acercar a él y más bien evita entrar en contacto con cual-quier cosa que
se lo recuerde o que aumente la intensidad de su dolor crónico.
Esta maniobra defensiva es muy frecuente y, tal como ocurre con los
efectos secundarios de un trauma, influye secretamente en las elecciones que
hace una mujer en el mundo exterior: qué libros leerá o no leerá, qué películas
verá o dejará de ver, a qué acontecimientos asistirá o no asistirá; de qué se
reirá o no se reirá; y a qué intereses se entregará. En este senti-do, hay en
la naturaleza salvaje un obstáculo que le impide ser libre de hacer, ser o
contemplar lo que le apetece.
Por regla general, los secretos giran en torno a los mismos temas de las
grandes tragedias. He aquí algunos de los temas de los secretos: el amor
prohibido; la curiosidad indebida, los actos desesperados; los actos forzados;
el amor no correspondido; los celos y el rechazo; el castigo y la cólera; la
crueldad consigo misma o con los demás; los deseos, anhelos y sueños
censurados; los intereses sexuales y los estilos de vida no aproba-dos; los
embarazos imprevistos; el odio y la agresión; el homicidio o las le-siones
involuntarias; las promesas incumplidas; la pérdida de la valentía; la pérdida
de los estribos; el incumplimiento de algo; la incapacidad de hacer algo; la
intervención o las intrigas bajo mano; el olvido; los malos tratos; la lista
podría prolongarse indefinidamente, pues casi todos los te-mas entran dentro de
la categoría del lamentable error (1).
Los secretos, como en los cuentos de hadas y los sueños, siguen las
mismas pautas de energía y los mismos esquemas que los de las tragedias. El
drama heroico empieza con una heroína que emprende un viaje. A ve-ces, la
heroína no está psicológicamente despierta. A veces es demasiado dulce y no se
percata del peligro. A veces ya ha sido maltratada y adopta las actitudes
propias de una criatura capturada. Cualquiera que sea la forma en que empiece,
al final la heroína cae en las garras de lo que sea o de quien sea y es puesta
dolorosamente a prueba. Posteriormente, gracias a su ingenio y a la ayuda de
las personas que la quieren bien, alcanza la libertad y, como consecuencia de
ello, sale fortalecida de la experiencia (2).
En la tragedia la heroína es arrebatada a la fuerza o cae directamen-te
en el infierno y queda atrapada. Nadie oye sus gritos o bien sus súplicas son
ignoradas. Entonces pierde toda esperanza o pierde el contacto con el valor de
su vida y se derrumba. En lugar de saborear su triunfo sobre la adversidad o de
celebrar la prudencia de sus elecciones y su capacidad de
resistencia, se siente humillada y apagada. Los secretos que oculta una
mujer son casi siempre dramas heroicos convertidos en unas tragedias que no
llevan a ninguna parte.
Pero hay algo positivo. Para transformar la tragedia en un drama heroico
hay que revelar el secreto, confesárselo a alguien, escribir otro final y
examinar el papel que una interpretó y las cualidades que la ayudaron a
resistir. Tales enseñanzas están integradas a partes iguales por dolor y
sa-biduría. El hecho de haberlo superado es un triunfo del profundo espíritu
salvaje.
Los vergonzosos secretos que guardan las mujeres son unos cuentos muy
antiguos. Cualquier mujer que haya guardado un secreto en su pro-pio perjuicio
permanece enterrada en la vergüenza. La pauta de esta apu-rada situación de
carácter universal es arquetípica: la heroína ha sido obligada a hacer algo o,
como consecuencia de la pérdida del instinto, ha quedado atrapada en algo. Por
regla general se ve imposibilitada de salir de una triste situación. Un
juramento o la vergüenza la obligan a guardar el secreto. Y accede a hacerlo
por miedo a perder el amor, la consideración o el sustento esencial. Para
sellar ulteriormente el secreto se lanza una maldición contra la persona o las
personas que se atrevan a revelarlo. Se amenaza a la mujer con algo terrible en
caso de que alguna vez confiese el secreto.
Las mujeres han sido advertidas de que ciertos acontecimientos,
op-ciones y circunstancias de sus vidas, que normalmente están relacionados con
el sexo, el amor, el dinero, la violencia y/u otras dificultades propias de la
condición humana, son extremadamente vergonzosos y, por consi-guiente,
absolutamente imperdonables. Pero no es verdad.
Todo el mundo elige mal las palabras o los hechos porque no sabe hacer
otra cosa e ignora cuáles serán las consecuencias. Nada es imper-donable en
este planeta o en el universo. Nada. "¡No! -dices tú-. Eso que hice es
totalmente imperdonable." He dicho que nada que un ser humano haya hecho,
esté haciendo o pueda hacer en el futuro es imperdonable. Nada.
El yo no es una fuerza punitiva que se apresura a castigar alas
mu-jeres, los hombres y los niños. El Yo es un dios salvaje que comprende la
naturaleza de las criaturas. A veces nos resulta muy duro "portarnos
bien" cuando los instintos esenciales, incluida la intuición, han sido
cercenados. En tal caso resulta difícil pensar en los resultados antes de que
se produz-can los hechos y no después. El alma salvaje posee una faceta
profunda-mente compasiva que tiene en cuenta esta circunstancia.
En el arquetipo del secreto se lanza una especie de encantamiento, como
si fuera una negra red sobre una parte de la psique de la mujer, quien se ve
inducida a creer que jamás deberá revelar el secreto y, en caso de que lo
revelara, todas las personas honradas que se tropezaran con ella la insultarían
a perpetuidad. Esta amenaza adicional así como la misma vergüenza del secreto
obligan a la mujer a soportar no un peso sino dos.
Esta especie de amenaza de encantamiento sólo es un pasatiempo para las
personas que sólo emplean un pequeño y negro espacio de sus corazones. Para las
personas que sienten afecto y amor por la condición humana es justo lo
contrario. Tales personas ayudarían a la mujer a reve-lar el secreto, pues
saben que éste produce una herida que no sanará has-ta que se exprese con
palabras y se dé testimonio de él.
La zona muerta
El hecho de guardar los secretos aísla a la mujer de aquellos que
podrían ofrecerle su amor, ayuda y protección. La obliga a llevar ella sola el
peso del dolor y el temor, a veces en nombre de todo un grupo, que pue-de ser
la familia o la cultura. Además, tal como dijo Jung, el guardar los secretos
nos separa del inconciente. Dondequiera que haya un secreto ver-gonzoso siempre
hay una zona muerta en la psique de la mujer, un lugar que es insensible o no
reacciona a los incesantes acontecimientos de su propia vida emocional o a los
acontecimientos de la vida emocional de los demás.
La zona muerta está muy bien protegida. Es un lugar de intermina-bles
puertas y paredes, cada una de ellas cerrada con veinte cerraduras, y los
homunculi, los minúsculos seres que pueblan los sueños de las muje-res, se
pasan el rato construyendo más puertas, más diques, más medidas de seguridad
para evitar que se escape el secreto.
Pero no hay manera de engañar a la Mujer Salvaje. Ella conoce la
existencia de los oscuros fardos atados con cuerdas y más cuerdas en la mente
de la mujer. Esos espacios de la mente de la mujer no reaccionan a la luz ni a
la gracia, pues están muy tapados. Pero, puesto que la psique suele compensar
los desequilibrios, el secreto acabará encontrando a pe-sar de todo el medio de
salir, si no con palabras en forma de repentinas melancolías, intermitentes y
misteriosos arrebatos de furia, toda suerte de tics físicos, torsiones y
dolores, de conversaciones insustanciales que se interrumpen repentina e
inexplicablemente, de súbitas y extrañas reaccio-nes a películas e incluso a
anuncios de televisión.
El secreto siempre encuentra una salida, si no con palabras directas,
por medio de manifestaciones somáticas que a menudo no se pueden afrontar ni
resolver con procedimientos tradicionales. ¿Qué hace pues una mujer cuando
descubre que el secreto se le está escapando? Corre tras él con gran dispendio
de energía. Lo ata otra vez, lo vuelve a arrojar a la zona muerta y construye
unas defensas más sólidas. Llama a sus homunculi - los guardianes internos y
defensores del ego- para que construyan más puertas y más murallas. Después se
apoya contra su más reciente tumba psíquica, sudando sangre y respirando como
una locomotora. La mujer que oculta un secreto es una mujer exhausta.
Mis nagynénik, tías, solían contarme un cuentecito a propósito de esta
cuestión de los secretos. Lo llamaban "Arányos Haj, Cabello de Oro, La
mujer de los cabellos de oro".
La mujer de los cabellos de oro
Había una mujer muy extraña pero muy guapa que tenía unos lar-gos
cabellos de oro tan finos como el oro hilado. Era joven y huérfana de padre y
madre, vivía sola en el bosque y tejía en un telar hecho con negras ramas de
nogal. El bárbaro hijo del carbonero trató de obligarla a que se casara con él
y, en un intento de quitárselo de encima, ella le regaló unos cuantos cabellos
de oro. Pero él no sabía ni le importaba saber que el oro que ella le había
dado no tenía valor monetario sino espiritual, por lo que, cuando intentó
vender los cabellos en el mercado, la gente se burló de él y lo tomó por loco.
Enfurecido, regresó de noche a la casita de la mujer y con sus propias manos la
mató y enterró su cuerpo a la orilla del río. Durante mucho tiempo nadie se percató
de su ausencia. Nadie se interesó ni por su casa ni por su salud. Pero, en su
tumba, la melena de oro de la mujer iba creciendo. Los hermosos cabellos se
ondulaban en espirales que subían a través de la negra tierra y se enroscaban
alzándose cada vez más hasta que su tumba quedó cubierta por un campo de
ondulantes cañas doradas.
Los pastores cortaron las curvadas cañas para construirse flautas y,
cuando las tocaban, las flautitas cantaban sin parar:
Aquí yace la mujer de los cabellos de oro
asesinada y encerrada en su tumba,
muerta por el hijo del carbonero
porque ansiaba vivir.
Y así fue como el hombre que le arrebató la vida a la mujer de los
cabellos de oro fue descubierto y conducido ante la justicia y, de esta
ma-nera, los que vivían en las salvajes florestas del mundo tal como hacemos
nosotros pudieron sentirse nuevamente seguros.
Aunque en el cuento se hacen exteriormente las consabidas adver-tencias
sobre la necesidad de tener cuidado en los solitarios lugares del bosque, el
profundo mensaje interior es el de que la fuerza vital de la bella mujer
salvaje personificada por su cabello sigue creciendo, viviendo e irra-diando
una sabiduría conciente a pesar de haber sido enterrada y obligada a callar.
Los leit motivs del cuento son probablemente fragmentos de un cuento mucho más
largo y antiguo que debía de girar en torno a la muerte y resurrección de una
divinidad femenina.
El fragmento es muy bello y valioso y, además, nos dice algo acerca de
la naturaleza de los secretos y tal vez incluso qué es lo que se mata en la
psique cuando la vida de una mujer no es debidamente valorada. En el cuento, el
asesinato de la mujer del bosque es un secreto y la mujer es el símbolo de la
kore, la fémina que no quiere casarse. Este aspecto de la psi-que femenina es
aquello que desea mantenerse aislado. Se trata de un so-litario misticismo de
carácter positivo, pues la kore está entregada a la ta-rea de clasificar y
tejer ideas, pensamientos y afanes.
Esta reservada mujer salvaje es la que sufre más graves lesiones como
consecuencia de los traumas o de la ocultación de un secreto. Se tra-ta de este
sentido integral del yo que no necesita tener demasiadas cosas a su alrededor
para ser feliz; de este corazón de la psique femenina que teje en el bosque con
un telar de negra madera de nogal y se siente en paz.
Nadie en el cuento se sorprende por la ausencia de esta vital mujer, lo
cual no es nada insólito ni en los cuentos de hadas ni en la vida real. Las
familias de las mujeres muertas en "Barba Azul", tampoco acuden en
busca de sus hijas. Desde un punto de vista cultural, no es necesaria nin-guna
interpretación. Lamentablemente, todas sabemos lo que eso significa y muchas
mujeres, demasiadas, han tenido ocasión de conocer directa-mente ese
desinterés. Muy a menudo la mujer que oculta secretos tropieza con la misma
respuesta. Aunque la gente intuya que su corazón está tras-pasado, puede que,
de manera voluntaria o bien deliberada, no vea su herida.
Sin embargo, parte del milagro de la psique salvaje consiste en que, por
mucho que se "mate" a una mujer, por mucho que se la hiera, su vida
psíquica sigue adelante y aflora a la superficie de la tierra, donde vuelve a
brotar con su emocionado canto. El mal cometido se comprende de una manera
conciente y entonces la psique inicia la tarea de la restauración.
Qué curioso, ¿verdad?, que la fuerza vital de una mujer pueda seguir
creciendo aunque ella esté aparentemente muerta. Es la promesa de que, incluso
en la más anémica situación que quepa imaginar, la salvaje fuerza vital
mantendrá vivas nuestras ideas y su proceso de desarrollo seguirá bajo tierra,
aunque sólo durante algún tiempo. En su momento, se abrirá paso escarbando
hacia la superficie. Esta fuerza vital no permitirá que se olvide lo ocurrido
hasta que se revele el paradero y las circunstancias de la muerte de la mujer
enterrada.
Tal como hacen los pastores del cuento, ello exige exhalar el aliento e
introducir el soplo del alma o pneuma a través de las cañas para, de esta
manera, poder conocer la situación de la psique y lo que hay que hacer a
continuación. Ésta es la función de la voz. Después se tendrá que seguir
escarbando.
Aunque algunos secretos son tonificantes -por ejemplo, los que se
utilizan como parte de una estrategia para alcanzar un disputado objetivo o los
de carácter gozoso que se guardan por el simple placer de saborear-los-, los
secretos vergonzosos son muy distintos. Entre ambos hay una di-ferencia tan
grande como la que existe entre una condecoración y un cu-
chillo ensangrentado. Los secretos vergonzosos se tienen que sacar a la
superficie y ser confesados a seres humanos compasivos y generosos. Cuando una
mujer guarda un secreto vergonzoso, experimenta un remor-dimiento y una tortura
muy grandes. Todo el remordimiento y la tortura que amenazan con abatirse sobre
la mujer en caso de que revele el secreto, se abaten sobre ella de todos modos,
aunque no le diga nada a nadie, pues éstos la atacan desde dentro.
La mujer salvaje no puede vivir en esta situación. Los secretos
ver-gonzosos hacen que una persona se sienta acosada. No puede dormir por-que
el secreto vergonzoso es como un cruel alambre de púas que se le cla-va en las
entrañas cuando intenta escapar. Los secretos vergonzosos son destructivos no
sólo para la salud mental de una mujer sino también para sus relaciones con la
naturaleza instintiva. La Mujer Salvaje excava en la tierra para sacar las
cosas a la superficie, las arroja al aire y las persigue. No entierra y olvida.
Y, en caso de que entierre algo, sabe qué y dónde lo ha hecho y no tardará en
desenterrarlo.
Ocultar un secreto vergonzoso es algo que trastorna profundamente la
psique. Los secretos estallan en la materia de los sueños. Un analista tiene
que ir a menudo más allá de lo que es patente y a veces incluso más allá del
contenido arquetípico de un sueño para poder comprender que, de hecho, el sueño
está proclamando a voces precisamente el secreto que la persona no puede o no
se atreve a revelar en voz alta.
Cuando se analizan algunos sueños, se descubre que éstos se refie-ren a
unos sentimientos profundos y amplios que el sujeto no puede ex-presar en la
vida real. Algunos de estos sueños se refieren a los secretos y algunas de las
más comunes imágenes oníricas que yo he visto son luces eléctricas o de otro
tipo que parpadean y/o se apagan. En algunos sueños el sujeto se pone enfermo
por haber comido algo, en otros no puede alejar-se de un peligro y en otros
intenta gritar pero no le sale la voz.
¿Recuerdas el canto hondo y el hambre del alma? A su debido tiem-po, por
medio de los sueños y de la salvaje fuerza vital de la mujer, afloran a la
superficie de la psique y lanzan el grito necesario, el grito liberador. Es
entonces cuando la mujer recupera la voz y canta, grita su secreto y es
es-cuchada. Así se restaura el equilibrio psíquico.
En la tradición de las prácticas étnicas y religiosas de mi familia, el
significado esencial de este cuento de hadas y de otros parecidos a él es una
medicina que debe aplicarse a las heridas que se mantienen secretas. En las
plegarias del curanderismo se considera un estímulo, un consejo y una solución.
La verdad que se oculta detrás de la sabiduría de los cuen-tos es la de que,
tanto en los hombres como en las mujeres, las heridas causadas por los secretos
y otras cosas en el yo, en el alma y en la psique forman parte de la vida de
casi todo el mundo. Y las consiguientes cicatri-ces no se pueden evitar. Pero
las lesiones tienen remedio y se pueden cu-rar.
Hay heridas generales, heridas propias de los varones y heridas pro-pias
de las mujeres. Un aborto provocado deja una cicatriz. Un aborto es-
pontáneo deja una cicatriz. La pérdida de un hijo de cualquier edad deja
una cicatriz. A veces, la cercanía de otra persona deja un tejido cicatricial.
Es posible que haya muchas cicatrices como consecuencia de elecciones ingenuas,
del hecho de haber sido atrapados o de elecciones acertadas pe-ro difíciles.
Hay tantas formas de cicatrices como tipos de lesiones psíqui-cas.
La represión del material secreto que va acompañado de sentimien-tos de
vergüenza, temor, cólera, remordimiento o humillación oblitera to-talmente
todas las restantes partes del inconciente que se encuentran si-tuadas en
proximidad del secreto (3). Es como si se inyectara, por ejemplo, una sustancia
anestésica en el tobillo de una persona para llevar a cabo una intervención
quirúrgica. Buena parte de la pierna por encima y por debajo del tobillo
sufrirá también los efectos de la anestesia y se volverá insensible. Éste es el
efecto de los secretos en la psique. Es como un cons-tante gota a gota de
anestesia que insensibiliza no sólo la zona afectada sino también la amplia
zona que la rodea.
Los efectos en la psique son siempre los mismos cualquiera que sea el
secreto y cualquiera que sea el dolor que éste produzca. Veamos un ejemplo. Una
mujer cuyo marido se suicidó cuarenta años atrás a los tres meses de su boda
fue instada por su familia no sólo a ocultar las pruebas de la profunda
depresión de su marido sino el hondo dolor y la cólera emo-cional que ella
experimentó en aquel momento. Como consecuencia de ello, se desarrolló en su
psique una "zona muerta" relacionada con la an-gustia de su marido,
con la suya propia y con su cólera contra el estigma cultural que aquellos
hechos llevaban aparejados.
La mujer permitió que la familia de su marido la traicionara acce-diendo
a no revelar jamás los malos tratos que ésta había infligido a su esposo a lo
largo de los años. Y cada año, al llegar el aniversario del suici-dio, la
familia guardaba un silencio absoluto. Nadie la llamaba para pre-guntarle:
"¿Cómo estás?, ¿necesitas compañía?, ¿lo echas de menos? Es-toy seguro de
que sí. ¿Quieres que salgamos a dar una vuelta por ahí? " Año tras año la
mujer volvía a cavar una vez más la tumba de su marido y sola enterraba en ella
su dolor.
Al final, empezó a evitar la celebración de otros acontecimientos:
aniversarios y cumpleaños, incluido el suyo. La zona muerta se extendió desde
el centro del secreto hacia fuera, cubriendo no sólo las conmemora-ciones sino
también las celebraciones. La mujer despreciaba todos los acontecimientos
familiares y de amistad, tachándolos de pérdida de tiem-po.
Para su inconciente, sin embargo, se trataba de unos gestos vacíos, pues
nadie se había acercado a ella en sus momentos de desesperación. Su
padecimiento crónico causado por la ocultación de aquel doloroso se-creto había
devorado la zona de la psique que gobierna la capacidad de relación. Muy a
menudo herimos a los demás en el mismo lugar donde no-sotras hemos sido heridas
o muy cerca de él.
Sin embargo, para conservar todos los instintos y las aptitudes que le
permiten moverse libremente en el interior de la psique, la mujer puede revelar
su secreto o sus secretos a una persona de confianza y volverlos a contar todas
las veces que sea necesario. Una herida no suele desinfectar-se una sola vez
sino que se cura y lava varias veces hasta que cicatriza.
Cuando finalmente se revela un secreto, el alma necesita algo más que
una simple respuesta del tipo "¿De veras? Pues qué lástima" o
"Bueno, ya se sabe, así es la vida", tanto por parte del que lo
cuenta como del que lo escucha. El que lo cuenta tiene que intentar no
menospreciar el asunto. Y tiene suerte si el que lo escucha es una persona que
sabe prestar aten-ción con toda su alma y puede hacer una mueca de sufrimiento,
estreme-cerse y sentir que un dardo de dolor le traspasa el corazón sin venirse
aba-jo. Una parte del proceso de curación de un secreto consiste en contarlo de
tal forma que los demás se conmuevan. De esta manera, una mujer puede empezar a
recuperarse de la vergüenza gracias al apoyo y la solicitud que no tuvo durante
el trauma inicial.
En pequeños y confidenciales grupos de mujeres, suelo provocar este
intercambio pidiéndoles que se reúnan y traigan fotografías de sus ma-dres,
tías, hermanas, compañeras, abuelas y otras mujeres significativas para ellas.
Alineamos las fotografías. Algunas están cuarteadas, otras están despellejadas,
estropeadas por el agua o por los cercos de las tazas de café; algunas incluso
se han rasgado por la mitad y se han vuelto a pe-gar; otras están envueltas en
papel de seda. Muchas tienen unos preciosos y arcaicos comentarios en el
reverso como "¡ Qué boba eres! " o "Con todo mi amor" o
"Aquí estoy con Joe en Atlantic City" o "Aquí estoy con mi
com-pañera de habitación" o "Éstas son las chicas de la
fábrica".
Sugiero que cada mujer empiece diciendo: "Éstas son las mujeres de
las que he recibido la herencia." Las mujeres contemplan las fotografías
de sus familiares y amigas y, con profunda compasión, empiezan a contar las
historias y los secretos que saben de cada una de ellas: la gran alegría, el
gran dolor, la gran congoja, el gran triunfo de la vida de cada mujer. Du-rante
todo el tiempo que permanecemos reunidas, hay muchos momentos en que no podemos
seguir adelante pues muchas lágrimas levantan mu-chas barcas del dique seco
donde se encuentran y todas zarpamos para navegar un rato juntas (4).
Lo que vale en este caso es hacer una colada a fondo que lave la ro-pa
femenina de una vez por todas. La habitual prohibición de lavar la ropa sucia
fuera de casa encierra una ironía, pues la "ropa sucia" nunca se lava
en casa. La "ropa sucia" de la familia se queda para siempre en el
más os-curo rincón del sótano con su secreto. La insistencia en Mantener algo
en secreto es veneno puro. De hecho, semejante pretensión significa que una
mujer no cuenta a su alrededor con el apoyo necesario para afrontar las cuestiones
que le causan dolor.
Muchas de las historias secretas de las mujeres son de las que no se
pueden comentar con la familia y los amigos, pues éstos no se las creen,
intentan tomarlas a broma o no darles importancia y tienen comprensibles
motivos para hacerlo. Si las discutieran, las examinaran al trasluz y
las analizaran, tendrían que compartir el dolor de la mujer. No podrían
mos-trarse impasibles. No podrían decir: "Sí, ya se sabe... ", y no
añadir nada más. No podrían decir: "Tienes que procurar distraerte y no
pensar en es-tas cosas." Si el compañero de la mujer, la familia o la
comunidad tuvieran que compartir el dolor de la mujer de los cabellos de oro,
todos tendrían que ocupar su lugar en el cortejo fúnebre. Todos tendrían que
llorar alre-dedor del sepulcro. Nadie podría escabullirse y sería una
experiencia muy dura para todos ellos.
Cuando las mujeres piensan más en su vergüenza secreta que otros
miembros de su familia o de su comunidad, son sólo ellas las que sufren
concientemente (5). La finalidad psicológica de la familia -estar juntos-jamás
se produce. Y, sin embargo, la naturaleza salvaje exige que el am-biente de la
mujer se libre de los elementos irritantes y las amenazas y que las cuestiones
que la oprimen se reduzcan todo lo posible. Por consiguien-te, sólo suele ser
cuestión de tiempo que una mujer haga acopio del valor que nace de los huesos
de su alma, corte una dorada caña y entone el se-creto con su poderosa voz.
Veamos lo que hay que hacer con los secretos vergonzosos según un
estudio de consejos arquetípicos extrapolados de docenas de cuentos de hadas
como "Barba Azul", "Mr. Fox", "El novio bandido",
"Mary Culhane" (6) y otros, en los que la heroína se niega a guardar
el secreto de una u otra manera y, al final, alcanza la libertad de vivir su
existencia en toda su ple-nitud.
Mira lo que tengas que mirar. Díselo a alguien. Nunca es demasiado
tarde. Si crees que no puedes decirlo en voz alta, escríbelo. Elige a una
persona que instintivamente consideres digna de confianza. Es mejor que salgan
los gusanos de la ]ata que temes abrir en lugar de que éstos se mul-tipliquen
dentro de ti. Si lo prefieres, busca a un terapeuta que sepa cómo tratar los
secretos. Tendrá que ser una persona compasiva que no pronun-cie sentencias
sobre lo que está bien y lo que está mal y que comprenda la diferencia entre la
culpa y el remordimiento y conozca la naturaleza del dolor y la resurrección
espiritual.
Cualquiera que sea el secreto, sabemos que ahora éste forma parte de
nuestra tarea durante toda la vida. La redención sana una herida anta-ño
abierta. Pero, aun así, siempre quedará una cicatriz. Con los cambios de
tiempo, la cicatriz podrá dolernos. Ésta es la naturaleza del auténtico dolor.
Durante años las distintas psicologías clásicas creyeron errónea-mente
que el dolor era un proceso por el que se pasaba una vez, a ser po-sible
durante un año, y después terminaba, por lo que, si alguna persona no podía o
no quería completarlo en el tiempo prescrito, significaba que le ocurría algo.
Sin embargo, ahora sabemos lo que los seres humanos saben instintivamente desde
hace siglos: que ciertos dolores y daños y vergüen-zas nunca se pueden dejar de
llorar; la pérdida de un hijo por muerte o abandono es uno de los más intensos
o el más intenso.
En un estudio (7) de unos diarios escritos a lo largo de muchos años, el
doctor Paul C. Rosenblatt descubrió que las personas se pueden recupe-rar del
dolor más profundo de su alma en el primero o los dos primeros años después de
una tragedia, según sean los sistemas de apoyo y de otro tipo con que cuenten.
Pero después la persona sigue experimentando per-íodos de sufrimiento activo.
Aunque los episodios se van espaciando cada vez más en el tiempo y su duración
es cada vez más corta, cada uno de ellos es casi tan desgarradoramente intenso
como el de la primera ocasión.
Estos datos nos ayudarán a comprender la normalidad del dolor de larga
duración. Cuando un secreto no se cuenta a nadie, el dolor persiste durante
toda la vida. La ocultación de los secretos constituye un obstáculo para la
natural higiene autocurativa de la psique y el espíritu. Ésta es otra razón
para que contemos nuestros secretos. Contarlos y sufrir por su cau-sa nos ayuda
a resucitar de la zona muerta y nos permite dejar a nuestra espalda el culto
mortuorio de los secretos. Podemos sufrir con todas nues-tras fuerzas y salir
de la experiencia con el rostro surcado por las lágrimas y no por la vergüenza.
Podemos salir de ella con un sentimiento más pro-fundo, plenamente reconocidas
y rebosantes de nueva vida.
La Mujer Salvaje nos sostendrá durante nuestra pena. Ella es el Yo
instintivo. Puede soportar nuestros alaridos, nuestros lamentos, nuestro deseo
de morir sin estar muertas. Ella aplicará la mejor medicina en los lugares que
más nos duelan. Ella nos hablará al oído en susurros. Sentirá dolor por nuestro
dolor. Lo resistirá. No huirá. Aunque habrá cicatrices, y muchas, por cierto,
es bueno recordar que, por su resistencia a la tracción y su capacidad de
absorber la presión, una cicatriz es más fuerte que la piel.
El manto expiatorio
A veces, en mi trabajo con mujeres les muestro cómo hacer un man-to
expiatorio de tamaño natural con un trozo de tejido u otro material. Un manto
expiatorio es un manto que detalla en imágenes, escritos y toda suerte de
objetos prendidos y cosidos a él todos los improperios que una mujer ha
recibido en su vida, todos los insultos, todas las calumnias, to-dos los
traumas, todas las heridas y todas las cicatrices. Es la exposición de su
experiencia como chivo expiatorio. A veces bastan sólo uno o dos días para
confeccionar semejante manto, otras veces se necesitan varios meses. Pero
resulta extremadamente útil para detallar todas las heridas, los golpes y los
cuchillazos de la vida de una mujer.
Al principio, yo misma me confeccioné un manto expiatorio. Muy pronto su
peso fue tan grande que necesité todo un coro de musas para llevar la cola. Se
me ocurrió la idea de confeccionar aquel manto expiatorio y, una vez reunidos
todos aquellos desechos psíquicos en un solo objeto psíquico, quemar la capa
para, de esta manera, eliminar en parte mis vie-jas heridas. Pero lo que hice
fue colgar el manto del techo del pasillo y comprobar que, cada vez que me
acercaba a él, en lugar de sentirme mal,
me sentía bien. Empecé a admirar los ovarios de la mujer que había sido
capaz de llevar semejante manto y seguir caminando resueltamente, can-tando,
creando y meneando el rabo,
Y descubrí que lo mismo les ocurría a las mujeres con quienes yo
trabajaba. Tras haber confeccionado sus mantos expiatorios, las mujeres se
niegan a destruirlos. Quieren conservarlos para siempre, cuanto más
desagradables y ensangrentados, mejor. A veces los llamamos también mantos de
batalla, pues son la prueba de la resistencia, los fracasos y las victorias de
cada una de las mujeres y de sus congéneres.
Tampoco es mala idea que las mujeres calculen su edad no en años sino en
cicatrices de guerra.
-¿Cuántos años tienes? -me pregunta a veces la gente.
-Tengo diecisiete heridas de guerra -contesto.
Por regla general, las mujeres no se inmutan sino que empiezan a
calcular alegremente su edad de la misma manera, contando sus propias heridas
de guerra.
De la misma manera que los lakotas pintaban imágenes en pellejos de
animales para señalar los acontecimientos invernales, y al igual que los
nahuatl, los mayas y los egipcios tenían sus códices en los que anotaban los
grandes acontecimientos de la tribu, las guerras y las victorias, las mu-jeres
tienen sus mantos expiatorios y sus mantos de batalla. No sé qué pensarán
nuestras nietas y nuestras bisnietas de esta manera de reseñar nuestras vidas.
Espero que reciban las debidas explicaciones.
No nos engañemos a este respecto, pues nos lo hemos ganado a pul-so con
las duras elecciones de nuestra vida. Si alguien te pregunta tu na-cionalidad,
tu origen étnico o tu estirpe, esboza una enigmática sonrisa y contesta:
-El Clan de la Cicatriz.
CAPÍTULO 14
La selva subterránea:
La iniciación en la selva subterránea
La doncella manca
Si un cuento es la semilla, nosotras somos su tierra. El simple hecho de
escuchar el cuento nos permite vivirlo como si fuéramos la heroína que, al
final, sufre un tropiezo o alcanza la victoria. Si nos cuentan una fábula de
una loba, nos pasamos algún tiempo vagando por ahí y sabiendo las cosas que
sabe una loba. Si el cuento gira en torno a una paloma que al final encuentra a
sus crías, sentimos durante algún tiempo que algo se mueve detrás de nuestro
pecho cubierto de plumas. Si el cuento se refiere a la perla sagrada que se
arranca de las garras del noveno dragón, al término del relato nos sentimos
agotadas y rebosantes de satisfacción. El solo hecho de escuchar la narración
de un cuento nos llena de auténtica sabiduría.
Es lo que los junguianos llaman la "participación mística" -un
térmi-no forjado por el antropólogo Levy-Bruhl- en referencia a una relación en
la que "una persona no puede establecer ninguna distinción entre sí mis-ma
y el objeto que contempla". Los freudianos lo llaman "identificación
proyectiva". Los antropólogos lo denominan a veces "magia
comprensiva". Todas estas denominaciones se refieren a la capacidad de la
mente de se-pararse transitoriamente de su ego y fundirse con otra realidad, es
decir, otra manera de entender, otra forma de comprensión. Para las sanadoras
de mi herencia significa la experimentación y el aprendizaje de ideas por medio
de un estado mental orante o extraordinario y la aplicación de las percepciones
y los conocimientos adquiridos en tales circunstancias a la realidad consensual
(1).
El cuento de "La doncella manca" es muy curioso y en sus
distintas capas se pueden distinguir las huellas de las antiguas religiones
noctur-nas. El cuento está estructurado de tal manera que las oyentes
participan en las pruebas de resistencia a que se somete la heroína, pues es
tal su amplitud que se tarda mucho rato en contarlo y más rato todavía en
asimi-larlo. Por regla general, lo cuento en siete noches y, a veces, según el
tipo de oyentes, en siete semanas y ocasionalmente en siete meses, dedicando una
noche, una semana o un mes a cada tarea del cuento, y con razón.
El cuento nos conduce a un mundo que se encuentra más allá de las raíces
de los árboles. Desde esa perspectiva vemos que "La doncella man-ca"
ofrece material suficiente para todo el proceso vital de una mujer. Gira en
buena parte en torno a los viajes de la psique de una mujer. A diferen-cia de
otros relatos que hemos examinado en este libro en los que se nos
narra una actividad determinada o un aprendizaje determinado que se
produce a lo largo de unos días o unas semanas, "La doncella manca"
abarca un viaje de muchos años de duración, el viaje de toda la vida de una
mujer. Por consiguiente, se trata de algo muy especial, por lo que un buen
ritmo para asimilarlo consiste en sentarnos a leerlo con nuestra Mu-sa,
estudiando sus distintos componentes a lo largo de un prolongado per-íodo de
tiempo.
"La doncella manca" trata de la iniciación de las mujeres en
la selva subterránea por medio del rito de la resistencia. La palabra
"resistencia" puede interpretarse como la capacidad de "seguir
adelante sin desmayo" y, aunque ello constituye a veces una parte de las
tareas que se ocultan detrás del cuento, el término significa también
"endurecimiento, robuste-cimiento y fortalecimiento" y ésta es la
principal fuerza propulsora del cuento y el rasgo generativo de la larga vida
psíquica de una mujer. No se-guimos adelante porque sí. La resistencia
significa que estamos haciendo algo importante.
La enseñanza de la resistencia se produce en toda la naturaleza. Cuando
nacen los lobeznos, las almohadillas de sus zarpas son tan suaves como la
arcilla. Y sólo se endurecen gracias a los paseos, vagabundeos y caminatas que
les obligan a hacer sus progenitores. De esta manera pue-den encaramarse y
saltar sobre la afilada grava, las purizantes ortigas e incluso los vidrios
rotos sin lastimarse.
He visto a madres lobas sumergir a sus cachorros en las corrientes más
frías que se pueda imaginar, correr hasta casi derrengar y agotar al cachorro y
seguir corriendo a pesar de todo. Lo hacen para fortalecer a su dulce y pequeña
criatura, para aumentar su vigor y su elasticidad. En la mitología, la
enseñanza de la resistencia es uno de los ritos de la Gran Madre Salvaje, el
arquetipo de la Mujer Salvaje. Es su eterno ritual para fortalecer a sus crías.
Es ella la que nos fortalece y nos hace poderosas y resistentes.
Pero ¿dónde tiene lugar este aprendizaje, dónde se adquieren estas
cualidades? En La selva subterránea, el mundo subterráneo de la sabidur-ía
femenina. Es un mundo salvaje que se encuentra debajo de éste, debajo del mundo
percibido por el ego. Durante nuestra estancia allí se nos in-funde el lenguaje
y la sabiduría instintiva. Desde aquel privilegiado punto de observación
comprendemos lo que no es tan fácil comprender desde el punto de vista del
mundo de arriba.
La doncella del cuento efectúa varios descensos. Cuando termina una
tanda de descenso y transformación empieza otra. Todas las tandas alquímicas se
completan con una nigredo, una pérdida, una rubedo, un sacrificio, y una
albedo, una iluminación, una detrás de otra. El rey y la madre del rey tienen
una tanda cada uno. Todos estos descensos y estas pérdidas, estos hallazgos y
fortalecimientos, representan la iniciación a lo largo de toda la vida de la
mujer en la renovación de lo salvaje. En distin-tas partes del mundo "La
doncella manca" se llama "Manos de plata", "La novia
manca" y "El vergel". Los folcloristas han contado más de cien
ver-
siones del relato. El núcleo de la versión literaria que yo reproduzco
aquí me lo proporcionó mi tía Magdalena, una de las grandes trabajadoras del
campo y la granja de mi infancia. Otras variaciones circulan por toda la Europa
oriental y central. Pero, en realidad, la profunda experiencia feme-nina que se
oculta detrás del cuento está en cualquier lugar donde se sien-ta el anhelo de
la Mujer Salvaje.
Mi tía Magdalena tenía una manera muy taimada de narrar cuentos. Pillaba
a sus oyentes desprevenidos, empezando a contar un cuento de hadas con un
"Eso ocurrió hace diez años", y entonces contaba una histo-ria de la
época medieval, con sus caballeros, sus fosos de castillo y demás. 0 decía
"Había una vez, justo la semana pasada" y soltaba un cuento de la
época en que los seres humanos aún iban desnudos.
He aquí por tanto la antigua-moderna "Doncella manca".
Había una vez, hace unos días, el hombre que vivía camino abajo aún
poseía una enorme piedra que molía el trigo de los aldeanos y lo con-vertía en
harina. El molinero estaba pasando por una mala época, pues sólo le quedaba la
áspera y enorme muela que guardaba en un cobertizo y un precioso manzano
florido que crecía detrás de éste.
Un día en que se fue al bosque con su hacha de plateado filo para cortar
leña, apareció un extraño viejo de detrás de un árbol.
-No hace falta que te atormentes cortando leña -graznó el viejo-. Te
cubriré de riquezas si me das lo que hay detrás de tu molino.
"¿Y qué otra cosa hay detrás de mi molino sino el manzano
florido?", se preguntó el molinero, que aceptó el trato del viejo.
-Dentro de tres años vendré a llevarme lo que es mío -dijo el foraste-ro
soltando una carcajada mientras se alejaba renqueando entre los árbo-les.
El molinero se tropezó con su mujer por el camino. Había huido a 1 toda
prisa de la casa con el delantal volando al viento y el cabello alborota-do.
-Esposo mío, al dar la hora apareció en la pared de nuestra casa un
soberbio reloj, nuestras rústicas sillas fueron sustituidas por otras
tapiza-das de terciopelo, en nuestra pobre despensa abundan las piezas de caza
y nuestras arcas y cajas están llenas a rebosar. Te suplico que me digas cómo
ha podido suceder tal cosa.
Justo en aquel momento unas sortijas de oro aparecieron en sus de-dos y
su cabello quedó recogido con una diadema dorada.
-¡Oh! -exclamó el molinero, contemplando con asombro cómo su po-bre
jubón se transformaba en una prenda de raso. Ante sus ojos sus zue-cos de
madera con los desgastados tacones se convirtieron en unos espléndidos
zapatos-. Eso es obra del forastero -dijo con la voz entrecorta-da por la
emoción-. En el bosque me tropecé con un hombre muy extraño
vestido de negro que me prometió riquezas sin cuento si yo le daba lo
que hay detrás del molino. Ya plantaremos otro manzano, esposa mía.
-¡Oh, esposo mío! -gimió la mujer, mirándole como si acabaran de
asestarle un golpe mortal-. El hombre vestido de negro era el demonio y es
cierto que lo que hay detrás del molino es un árbol, pero ahora nuestra hija
también está allí, barriendo el patio con una escoba de ramas de sau-ce.
Los desconsolados padres regresaron a toda prisa a casa derraman-do
amargas lágrimas sobre sus ricos ropajes. Su hija se pasó tres años sin
encontrar marido a pesar de que su carácter era tan dulce como las prime-ras
manzanas primaverales. El día en que el demonio acudió a buscarla, la joven se
bañó, se vistió con una túnica blanca y permaneció de pie en el centro del
círculo de tiza que había trazado a su alrededor. Cuando el de-monio alargó la
mano para agarrarla, una fuerza invisible lo arrojó al otro lado del patio.
-No tiene que volver a bañarse -gritó el demonio-, de lo contrario, no
podré acercarme a ella.
Los padres y la hija se asustaron. Pasaron varias semanas en cuyo
transcurso la hija no se bañó, por cuyo motivo tenía todo el cabello pegajo-so,
las uñas orladas de negro, la piel grisácea y la ropa tiesa y ennegrecida a
causa de la suciedad.
Cuando la doncella más parecía una bestia que una persona, el de-monio
regresó. Pero la joven rompió a llorar con desconsuelo. Las lágrimas se
filtraron a través de sus dedos y le bajaron por los brazos hasta tal ex-tremo
que sus mugrientos brazos y sus manos quedaron tan blancos y limpios como la
nieve. El demonio se enfureció.
-Hay que cortarle las manos, de lo contrario, no podré acercarme a
ella.
El padre se horrorizó.
-¿Quieres que le corte las manos a mi propia hija?
-Todo lo que hay aquí morirá, tú, tu mujer y todos los campos hasta
donde alcanza la vista -rugió el demonio.
El padre se asustó tanto que obedeció y, suplicándole a su hija que lo
perdonara, empezó a afilar el hacha de plateado filo. La hija se sometió a su
voluntad diciendo:
-Soy tu hija, haz lo que tengas que hacer.
Y lo hizo, pero, al final, nadie pudo decir quién gritó más de dolor, si
la hija o el padre. Así terminó la vida de la muchacha tal y como ésta la había
conocido hasta entonces.
Cuando regresó el demonio, la joven había derramado tantas lágri-mas que
los muñones de sus brazos volvían a estar limpios y el demonio fue arrojado al
otro lado del patio cuando trató de agarrarla. Soltando unas maldiciones que
provocaron una serie de pequeños incendios en el bosque, desapareció para
siempre, pues había perdido el derecho a recla-mar la propiedad de la muchacha.
El padre había envejecido cien años y la madre también. Como auténticos
habitantes del bosque que eran, siguieron adelante de la mejor manera posible.
El anciano padre le ofreció a su hija un espléndido castillo y riquezas para
toda la vida, pero ella le contestó que más le valía conver-tirse en una
mendiga y buscarse el sustento en la caridad del prójimo. Así pues, la joven se
envolvió los muñones de los brazos en una gasa limpia y, al rayar el alba,
abandonó la vida que había conocido hasta entonces.
Anduvo y anduvo. El sol del mediodía hizo que el sudor le dejara unos
surcos de mugre en el rostro. El viento le despeinó el cabello hasta dejárselo
convertido en una especie de nido de cigüeñas con las ramas en-roscadas en
todas direcciones. En mitad de la noche llegó a un vergel real, donde la luna
iluminaba todos los frutos que colgaban de los árboles.
Pero no podía entrar porque el vergel estaba rodeado por un foso de
agua. Cayó de rodillas, pues se moría de hambre. Un espíritu vestido de blanco
se le apareció, cerró una de las compuertas y el foso se vació.
La doncella caminó entre los perales y comprendió que cada una de
aquellas preciosas peras estaba contada y numerada y que, además, todas estaban
vigiladas. Pese a ello, una rama se inclinó con un crujido para que la muchacha
pudiera alcanzar el delicioso fruto que colgaba de su extre-mo. Ésta acercó los
labios a la dorada piel de la pera y se la comió bajo la luz de la luna con los
brazos envueltos en gasas y el cabello desgreñado cual si fuera una figura de
barro, la doncella manca.
El hortelano lo vio todo, pero intuyó la magia del espíritu que
proteg-ía a la doncella y no intervino. Cuando terminó de comerse la pera, la
jo-ven cruzó de nuevo el foso y se quedó dormida al abrigo del bosque.
A la mañana siguiente se presentó el rey para contar sus peras.
Des-cubrió que faltaba una y, mirando arriba y abajo, no logró encontrar el
fru-to perdido.
-Anoche dos espíritus vaciaron el foso -le explicó el hortelano-,
en-traron en el vergel a la luz de la luna y uno de ellos que era manco se
co-mió la pera que la rama le ofreció.
El rey dijo que aquella noche montaría guardia. En cuanto oscure-ció, se
fue al vergel con su hortelano y su mago, que sabía hablar con los espíritus.
Los tres se sentaron debajo de un árbol e iniciaron la vigilancia. A medianoche
apareció la doncella flotando por el bosque, envuelta en su-cios andrajos, con
el cabello desgreñado, el rostro tiznado de mugre y los brazos sin manos, en
compañía del espíritu vestido de blanco.
Ambos entraron en el vergel de la misma manera que la primera vez. Un
árbol volvió a inclinar amablemente una de sus ramas hacia ella y la joven se
comió la pera de su extremo.
El mago se acercó a ellos, aunque no demasiado, y les preguntó:
-¿Sois de este mundo o no sois de este mundo?
-Yo era antes del mundo, pero no soy de este mundo.
-¿Es un ser humano o es un espíritu? -le preguntó el rey al mago.
El mago le contestó que era lo uno y lo otro. Al rey le dio un vuelco el
corazón y, corriendo hacia ella, exclamó:
-No te abandonaré. A partir de este día, yo cuidaré de ti.
En su castillo le mandó hacer unas manos de plata que le acoplaron a los
brazos. Y así fue como el rey se casó con la doncella manca.
A su debido tiempo el rey tuvo que combatir una guerra contra un reino
lejano y le pidió a su madre que cuidara de la joven reina, pues la amaba con
todo su corazón.
-Si da a luz un hijo, envíame inmediatamente un mensaje.
La joven reina dio a luz una preciosa criatura y la madre del rey en-vió
un mensajero al soberano para comunicarle la buena nueva. Pero, por el camino,
el mensajero se cansó y, al llegar a un río, se sintió cada vez más soñoliento
hasta que, al final, se quedó completamente dormido a la orilla de la
corriente. El demonio apareció por detrás de un árbol y cambió el mensaje por
otro en el que se decía que la reina había dado a luz una criatura que era
medio persona y medio perro.
El rey se horrorizó al leer el mensaje, pero envió un mensaje de
res-puesta en el que transmitía su amor a la reina y ordenaba que cuidaran de
ella en aquella terrible prueba. El muchacho que llevaba el mensaje llegó
nuevamente al río y, sintiéndose tan pesado como si hubiera participado en un
festín, no tardó en volver a quedarse dormido a la orilla del agua. Entonces
apareció de nuevo el demonio y cambió el mensaje por otro que decía "Matad
a la reina y a la criatura".
La anciana madre se turbó ante la orden de su hijo y envió a otro
mensajero para confirmarla. Los mensajeros fueron y vinieron, todos ellos se
quedaron dormidos junto al río y el demonio fue cambiando sus mensa-jes por
otros cada vez más terribles hasta llegar al último que decía "Con-servad
los ojos y la lengua de la reina como prueba de su muerte".
La anciana madre no pudo soportar la idea de matar a la joven y dulce
reina. En su lugar, sacrificó una paloma, le arrancó los ojos y la len-gua y
los guardó. Después ayudó a la joven reina a sujetarse la criatura al pecho, la
cubrió con un velo y le dijo que huyera para salvar su vida. Am-bas mujeres
lloraron y se despidieron con un beso.
La joven reina anduvo hasta llegar al bosque más grande y frondoso que
jamás en su vida hubiera visto. Lo recorrió en todas direcciones tra-tando de
encontrar un camino. Cuando ya estaba oscureciendo, se le apa-reció el espíritu
vestido de blanco y la guió hasta una humilde posada que regentaban unos
bondadosos habitantes del bosque. Otra doncella vestida de blanco la acompañó
al interior de la posada y la llamó por su nombre. La criatura fue depositada
en una cuna.
-¿Cómo sabes que soy una reina? -le preguntó la doncella manca.
-Nosotros los que vivimos en el bosque sabemos estas cosas, mi re-ina.
Ahora descansa.
La reina permaneció siete años en la posada, viviendo feliz con su hijo.
Poco a poco le volvieron a crecer las manos, primero como las de una criatura,
tan sonrosadas como una perla, después como las de una niña y finalmente como
las de una mujer.
Entretanto, el rey regresó de la guerra y su anciana madre le pre-guntó,
mostrándole los ojos y la lengua de la paloma:
-¿Por qué me hiciste matar a dos inocentes?
Al enterarse de la horrible historia, el rey se tambaleó y lloró con
desconsuelo. Al ver su dolor, su madre le dijo que aquellos eran los ojos y la
lengua de una paloma y que había enviado a la reina y a la criatura al bosque.
El rey juró que no comería ni bebería y viajaría hasta los confines del
mundo para encontrarlos. Se pasó siete años buscando. Las manos se le
ennegrecieron, la barba se le llenó de pardo moho como el musgo y se le
resecaron los enrojecidos ojos. Durante todo aquel tiempo no comió ni be-bió,
pero una fuerza superior a él lo ayudaba a vivir.
Al final llegó a la posada que regentaban los habitantes del bosque. La
mujer vestida de blanco lo invitó a entrar y él se acostó, pues estaba muy
cansado. La mujer le cubrió el rostro con un velo y él se quedó dor-mido.
Mientras permanecía sumido en un profundo sueño, su respiración hinchó el velo
y, poco a poco, éste le resbaló del rostro. Al despertar vio a una hermosa
mujer y a un precioso niño mirándole.
-Soy tu esposa y éste es tu hijo -dijo la mujer.
El rey quería creerla, pero vio que la mujer tenía manos.
-Gracias a mi esfuerzo y a mis desvelos me han vuelto a crecer las manos
-añadió la joven.
La mujer vestida de blanco sacó las manos de plata del arca donde éstas
se guardaban como un tesoro. El rey se levantó, abrazó a su esposa y a su hijo
y aquel día hubo gran júbilo en el bosque.
Todos los espíritus y los moradores de la posada celebraron un
espléndido festín.
Después, el rey, la reina y el niño regresaron junto a la anciana
ma-dre, celebraron una segunda boda y tuvieron muchos hijos, todos los cua-les
contaron la historia a otros cien, que a su vez la contaron a otros cien, de la
misma manera que tú eres una de las otras cien personas a quienes yo la estoy
contando.
La primera fase: El trato a ciegas
En la primera fase del cuento, el ávido y sugestionable molinero hace un
trato desventajoso con el demonio. Creía enriquecerse pero descubre demasiado
tarde que el precio será demasiado alto. Pensaba que cambiaba su manzano por la
riqueza pero descubre en su lugar que ha entregado su hija al demonio.
En la psicología arquetípica, opinamos que todos los elementos de un
cuento son descripciones de los aspectos de la psique de una sola mu-jer. Por
consiguiente, a propósito de este cuento, nosotras como mujeres
tenemos que preguntarnos al principio "¿Qué trato desventajoso
hacen to-das las mujeres?".
Aunque demos distintas respuestas según los días, hay una res-puesta
constante en la vida de todas las mujeres. Por más que no quera-mos
reconocerlo, el peor trato de nuestra vida es siempre el que hacemos cuando
perdemos nuestra sabia vida profunda a cambio de otra mucho más frágil; cuando
perdemos los dientes, las garras, el tacto y el olfato; cuando abandonamos
nuestra naturaleza salvaje a cambio de una prome-sa de riqueza que, al final,
resulta vacía. Como el padre del cuento, hace-mos este trato sin darnos cuenta
de la tristeza, el dolor y el trastorno que nos provocará.
Podemos ser muy hábiles en nuestra actuación exterior, pero casi todas
las mujeres, a poca ocasión que tengan, optan al principio por cerrar un trato
desventajoso. La concertación de este espantoso trato constituye una enorme y
significativa paradoja. Aunque el hecho de no saber elegir se podría considerar
un acto patológico de autodestrucción, con mucha fre-cuencia constituye un
acontecimiento decisivo que lleva aparejada una amplia oportunidad de volver a
desarrollar la naturaleza instintiva. En este sentido, aunque haya pérdida y
tristeza, el trato desventajoso, como el na-cimiento y la muerte, es una útil
caída del acantilado proyectado por el Yo para introducir a una mujer en las
profundidades de su naturaleza salva-je. La iniciación de la mujer empieza con
el trato desventajoso que hizo mucho tiempo atrás cuando estaba todavía medio
dormida. Eligiendo lo que a ella le parecía una riqueza, cedió a cambio el
dominio sobre algunas y, a menudo, todas las partes de su apasionada y creativa
vida instintiva. El sopor de la psique femenina es un estado muy parecido al
sonambulis-mo. En su transcurso caminamos y hablamos pero estamos dormidas.
Amamos y trabajamos pero nuestras opciones revelan la verdad acerca de lo que
nos ocurre; las facetas voluptuosas, inquisitivas, buenas e incendia-rias de
nuestra naturaleza no están plenamente despiertas.
Éste es el estado de la hija del cuento. Es una criatura encantadora,
una inocente. Pero podría pasarse la vida barriendo el patio de atrás del
molino -hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás- sin
des-arrollar jamás la conciencia. Su metamorfosis carece de metabolismo.
El cuento empieza por tanto con la involuntaria pero profunda trai-ción
de lo joven femenino, de lo inocente (2). Se puede decir que el padre, símbolo
de la función de la psique que debería guiarnos en el mundo exte-rior, en
realidad ignora por completo la actuación en tándem del mundo exterior y el
mundo interior. Cuando la función paterna de la psique des-conoce las
cuestiones del alma, fácilmente se nos traiciona. El padre no comprende una de
las cosas más esenciales que median entre el mundo del alma y el mundo
material, a saber, que muchas cosas que se nos ofre-cen no son lo que parecen a
primera vista.
La iniciación en esta clase de conocimiento es la iniciación que
nin-guna de nosotras desea, a pesar de ser la única por la que todas pasamos
más tarde o más temprano. Muchos cuentos -"La bella y la bestia",
"Barba
Azul", el "Roman de Renart"- empiezan con un padre que
pone en peligro a su hija (3). Sin embargo, en la psique de la mujer, aunque el
padre cometa el error de cerrar un trato letal porque ignora por completo la
existencia del lado oscuro del mundo inconciente, el terrible momento marca un
dramático comienzo para ella: la cercanía de la conciencia y la perspicacia.
Ningún ser sensible de este mundo puede conservar eternamente la
inocencia. Para poder prosperar, nuestra naturaleza instintiva nos induce a
enfrentarnos con el hecho de que las cosas no son lo que a primera vista
parecen. La salvaje función creativa nos impulsa a conocer los múltiples
estados del ser, la percepción y el conocimiento. Éstos son los múltiples
conductos a través de los cuales nos habla la Mujer Salva)e. La pérdida y la
traición son los primeros y resbaladizos pasos de un largo proceso de iniciación
que nos arroja a la selva subterránea. Allí, a veces por primera vez en nuestra
vida, se nos ofrece la ocasión de darnos de narices contra los muros que
nosotras mismas hemos levantado y, en su lugar, aprender a traspasarlos.
Aunque en la sociedad moderna se suele pasar por alto la pérdida de la
inocencia de una mujer, en la selva subterránea la mujer que ha expe-rimentado
la pérdida de su inocencia se ve como alguien especial, en parte porque ha sido
lastimada, pero, sobre todo, porque ha seguido adelante, porque se esfuerza por
comprender y por arrancar las capas de sus per-cepciones y sus defensas para
ver lo que hay debajo. En dicho mundo, la pérdida de la inocencia se considera
un rito de paso. Y se aplaude el hecho de que ahora pueda ver las cosas con más
claridad. El hecho de que haya resistido y siga aprendiendo le confiere
categoría y la honra.
La concertación de un trato desventajoso no sólo constituyó un refle-jo
de la psicología de las sino que se aplica también a las mujeres de cual-quier
edad que no han pasado por ninguna iniciación o han tenido una iniciación
incompleta en estas cuestiones. ¿De que manera hace este trato la mujer? El
cuento empieza con el símbolo del molino y el molinero. Como ellos, la psique
machaca las ideas; mastica los conceptos y los desmenuza para convertirlos en
un alimento utilizable. Toma la materia prima en for-ma de ideas, sensaciones,
pensamientos y percepciones y la fragmenta pa-ra que la podamos utilizar para
nuestro sustento.
Esta capacidad psíquica suele denominarse elaboración. Cuando elaboramos
algo, clasificamos toda la materia prima de la psique, todas las cosas que
hemos aprendido, oído, anhelado y sentido durante un determi-nado período de
tiempo. Lo desmenuzamos todo y nos preguntamos "¿ Qué haré para utilizarlo
con el mayor provecho posible?". Utilizamos estas ide-as y energías
elaboradas para cumplir las más hondas tareas del alma y llevar a feliz término
nuestros distintos empeños creativos. De esta mane-ra, una mujer conserva el
vigor y la vitalidad.
Pero en el cuento el molino no muele. El molinero de la psique no tiene
trabajo. Eso significa que no se hace nada con toda la materia prima que llega
diariamente a nuestra vida y que no se ve el menor sentido a to-dos los granos
de sabiduría que nos lanzan al rostro el mundo exterior y el
mundo subterráneo. Si el molinero' no tiene trabajo, quiere decir que la
psique deja de alimentarse de varias maneras extremadamente importan-tes.
La molienda de los cereales guarda relación con el impulso creativo. Por
el motivo que sea, la vida creativa de la psique de la mujer se ha que-dado
estancada. La mujer que así lo percibe, comprende que ya no rebosa de nuevas
ideas, que el ingenio ya no le enciende el pensamiento, que ya no muele fino
para encontrar la esencia de las cosas. Su molino se ha ca-llado.
Parece ser que existe un sopor natural que los seres humanos
expe-rimentan en determinados momentos de su vida. En la educación de mis hijos
y en mi trabajo con un mismo grupo de inteligentes niños a lo largo de varios
años, he visto que este sueño desciende sobre los niños hacia la edad de once
años. Es cuando empiezan a tomarse cuidadosamente medi-das y a compararse con
los demás. En este período sus ojos pasan de la claridad al oscurecimiento y, a
pesar de que no paran de moverse, se mue-ren a menudo irremediablemente de
frío. Tanto si se muestran demasiado distantes como si se comportan demasiado
bien, en ninguno de ambos es-tados reaccionan a lo que ocurre en lo más hondo
de su ser y poco a poco el sueño va cubriendo su clara mirada y la capacidad de
reacción de su naturaleza.
Supongamos que, en el transcurso de este período, nos ofrecen algo a
cambio de nada. Que hemos conseguido en cierto modo creer que, si nos quedamos
dormidas, algo bueno nos ocurrirá. Las mujeres saben lo que eso significa.
Cuando una mujer abandona los instintos que le indican los mo-mentos
adecuados para decir que sí o decir que no, cuando pierde la pers-picacia, la
intuición y otros rasgos salvajes, se encuentra en unas situa-ciones que le
prometían oro pero que, al final, sólo le causan dolor. Algu-nas mujeres
abandonan su arte por un grotesco matrimonio de convenien-cia o renuncian al
sueño de su vida para convertirse en una esposa, hija o muchacha
"demasiado buena" o dejan su verdadera vocación para llevar otra vida
esperando que sea más aceptable, satisfactoria y, sobre todo, más sana.
De esta y de otras maneras perdemos nuestros instintos. En lugar de
llenarnos la vida con una posibilidad de iluminación nos cubrimos con una
especie de manto de oscuridad. Nuestra capacidad de intuir la natura-leza de
las cosas en el exterior y nuestra vista interior están roncando muy lejos, por
lo que, cuando el demonio llama a la puerta, nosotras nos acer-camos como unas
sonámbulas, le abrimos y le dejamos entrar.
El demonio es el símbolo de la oscura fuerza de la psique, del
depre-dador que en este cuento no se identifica como tal. El demonio es un
ban-dido arquetípico que necesita, busca y aspira la luz. Teóricamente, si
al-canzara la luz -es decir, una vida con posibilidad de amor y creatividad-,
el demonio de3aría de ser el demonio.
En este cuento el demonio está presente porque se siente atraído por la
dulce luz de la joven. Su luz no es una luz cualquiera sino la luz de un alma
virgen atrapada en un estado de sonambulismo. Oh, qué bocado tan sabroso. Su
luz resplandece con conmovedora belleza, pero ella ignora su valor. Semejante
luz, que puede ser el fulgor de la vida creativa de una mujer, su alma salvaje,
su belleza física, su inteligencia o su generosidad, siempre atrae al
depredador. Esta luz que tampoco se da cuenta de nada y no está protegida es
siempre el objetivo.
Una vez trabajé con una mujer de la que todos se aprovechaban, su
marido, los hijos, su madre, su padre o los desconocidos. Tenía cuarenta años y
aún se encontraba en esta fase del trato/traición de su desarrollo interior.
Por su dulzura, su cordial y cariñoso tono de voz, sus modales exquisitos, no
sólo atraía a los que le quitaban una pavesa sino a toda una ingente multitud
que se reunía delante del fuego de su alma y le impedía recibir calor.
El trato desventajoso que había hecho consistía en no decir nunca que no
para ganarse el afecto de los demás. El depredador de su psique le ofreció el
oro de ser apreciada a cambio de perder el instinto que le decía: "Ya
basta." Comprendió plenamente el daño que ella misma se estaba haciendo
cuando una vez soñó que se encontraba a gatas e, medio de un inmenso gentío,
tratando de alargar la mano entre un bosque de piernas para alcanzar una
valiosa corona que alguien había arrojado aun rincón.
La capa instintiva de la psique le estaba diciendo que había perdido la
soberanía sobre su vida y que, para recuperarla, tendría que hacer un enorme
esfuerzo. Para recobrar su corona, aquella mujer tuvo que efectuar una nueva
valoración de su tiempo, su capacidad de entrega y las atencio-nes que dedicaba
a los demás.
El manzano florido del cuento simboliza un bello aspecto de las
mu-jeres, la faceta de nuestra naturaleza que hunde sus raíces en el mundo de
la Madre Salvaje, donde recibe el alimento desde abajo. El árbol es el símbolo
arquetípico de la individuación; se considera inmortal, pues sus semillas
siguen viviendo, su sistema de raíces ofrece cobijo y revitaliza y es la sede
de toda una cadena alimentaría de vida. Como la mujer, un árbol tiene también
sus estaciones y sus fases de desarrollo; tiene invierno y primavera.
En los manzanares del norte los campesinos llaman a sus yeguas y a sus
perras "Chica" y a sus árboles frutales en flor "Señora".
Los árboles del vergel son las jóvenes desnudas de la primavera, la primera
señal. De en-tre todas las cosas que más representaban la llegada de la
primavera, la fragancia de los apiñados capullos superaba con creces los
triples saltos de los enloquecidos petirrojos que revoloteaban en el patio
lateral de la ca-sa y las nuevas cosechas que brotaban como minúsculas llamas
de fuego verde en la negra tierra.
Había un dicho sobre los manzanos: "Joven en primavera, fruto
amargo: más tarde, dulce como el hielo." Significaba que la manzana
pose-ía una doble naturaleza. A finales de la primavera era redonda y
apetecible
y como salpicada de amanecer. Pero era demasiado ácida como para
po-derla comer y provocaba dentera. En cambio, más entrada la estación, morder
una manzana era como romper un dulce y jugoso caramelo.
El manzano y la doncella son símbolos intercambiables del Yo feme-nino y
el fruto es un símbolo del alimento y la maduración de nuestro co-nocimiento
del Yo. Si nuestro conocimiento del comportamiento de nuestra alma es inmaduro,
no podemos recibir alimento de él, pues el conocimien-to aún no está maduro.
Tal como ocurre con las manzanas, la maduración exige un cierto tiempo y las
raíces necesitan afianzarse en la tierra para lo cual tiene que pasar por lo
menos una estación y, a veces, varias. Si el al-ma de la doncella no se somete
a ninguna prueba, nada más puede ocurrir en nuestras vidas. En cambio, sí
conseguimos llegar a las raíces subterrá-neas, maduramos y podemos alimentar el
alma, el Yo y la psique.
El manzano florido es también una metáfora de la fecundidad. Pero, por
encima de todo, simboliza el impulso creativo de carácter profunda-mente
sensual y la maduración de las ideas. Todo eso es obra de las cu-randeras, las
mujeres de la raíz que viven entre los peñascos de las mon-tañas del
inconciente. Son las que excavan en la mina del inconciente pro-fundo y nos
ofrecen el fruto de su trabajo. Y nosotras elaboramos el mate-rial que nos
entregan y, como consecuencia de ello, cobra vida la poderosa hoguera de los
instintos perspicaces y de la honda sabiduría, y nosotras nos desarrollamos y
crecemos no sólo en el mundo exterior sino también en el interior.
Tenemos por tanto un árbol que simboliza la abundancia de la natu-raleza
libre y salvaje de la psique de una mujer, pese a lo cual la psique no
comprende su valor. Se podría decir que toda la psique está dormida ante las
inmensas posibilidades de la naturaleza femenina. Cuando hablamos de la vida de
una mujer en relación con el símbolo del árbol, nos referimos a la desbordante
energía femenina que nos es propia y que se manifiesta de manera cíclica a modo
de mareas que suben y bajan con regularidad de la misma manera que la primavera
psíquica sucede al invierno psíquico. Sin la renovación de este floreciente
impulso en nuestras vidas, la espe-ranza queda sepultada y no se remueve la
tierra de nuestra mente y nues-tro corazón. El manzano florido es nuestra vida
profunda.
Podemos ver el devastador efecto del menosprecio del valor de lo
fe-menino juvenil y esencial cuando el padre dice: "Ya plantaremos
otro". La psique no reconoce la presencia de su propia diosa-creadora
personificada en el árbol florido. El joven yo se malvende sin que se comprenda
el in-menso valor de su papel de principal mensajero de la Madre Salvaje. Pero,
por otra parte, este desconocimiento es el que da lugar al comienzo de la
iniciación en la resistencia.
El desventurado molinero sin trabajo había empezado a cortar leña. Es
muy duro cortar leña, ¿verdad? Hay que levantar y acarrear mucho pe-so. Pero
esta acción de cortar leña simboliza los inmensos recursos psíqui-cos, la
capacidad de proporcionar energía a las propias tareas, de desarro-llar las
propias ideas y de poner a nuestro alcance el sueño, cualquiera
que éste sea. Por consiguiente, cuando el molinero empieza a cortar,
podr-íamos decir que la psique ya está llevando a cabo la dura tarea de buscar
la luz y el calor.
Sin embargo, el pobre ego anda siempre buscando la manera de
es-cabullirse. Cuando el demonio sugiere al molinero la posibilidad de
librar-se de aquel duro esfuerzo a cambio de la luz de lo femenino profundo, el
ignorante molinero acepta el trato. De esta forma sellamos nuestro desti-no. En
lo más hondo de las zonas invernales de nuestra psique nos faltan provisiones y
sabemos que no es posible una transformación sin esfuerzo. Sabemos que
tendremos que arder totalmente de la manera que sea, sen-tarnos directamente
sobre las cenizas de la mujer que antaño creíamos ser y seguir adelante a
partir de ahí.
Pero otra faceta de nuestra naturaleza, una parte más propensa a la
languidez, confía en que no sea así y en que cese el duro esfuerzo para po-der
sumirse de nuevo en el sopor. Cuando aparece el depredador, ya esta-mos
preparadas para recibirlo; y lanzamos un suspiro de alivio pensando que, a lo
mejor, hay un camino más fácil.
Cuando nos negamos a cortar leña, se le cortan las manos a la psi-que,
pues, sin el esfuerzo psíquico, las manos psíquicas se marchitan. Sin embargo,
este deseo de cerrar algún trato para librarnos del duro esfuerzo es tan humano
y corriente que asombra encontrar a alguna persona que no haya hecho el pacto.
La opción es tan frecuente que, si tuviéramos que dar un ejemplo tras otro de
mujeres (y hombres) que desean librarse de la tarea de cortar leña y vivir una
existencia más fácil, perdiendo con ello las manos -es decir, el control de su
vida-, no terminaríamos nunca.
Por ejemplo, una mujer se casa por motivos equivocados y se ampu-ta la
vida creativa. Una mujer tiene una preferencia sexual y se obliga a sí misma a
aceptar otra. Una mujer quiere ser, ir, hacer algo importante, pe-ro se queda
en casa contando recortes de periódico. Una mujer quiere vivir su vida, pero
ahorra pequeños retazos de vida como si fueran cordelitos. Una mujer conciente
de su valía como persona entrega un brazo, una pierna o un ojo a cualquier
amante que se le pone por delante. Una mujer rebosa de radiante creatividad,
pero invita a sus vampíricos amigos a chu-parle la sangre. Una mujer necesita
seguir adelante con su vida, pero algo en ella le dice "No, si te dejas
atrapar, estarás segura". Es como lo del "Yo te doy esto y tú me darás
aquello" del demonio, hacer un pacto sin saber.
De esta manera, el que estaba destinado a ser el nutritivo y
flore-ciente árbol de la psique pierde poder, pierde sus flores y su energía,
se vende por una miseria, se ve obligado a desperdiciar su potencial sin
com-prender el trato que ha hecho. Todo el drama empieza casi siempre y afianza
su poder fuera de la conciencia de la mujer.
Sin embargo, hay que subrayar que es ahí donde empieza todo el mundo. En
este cuento el padre representa el punto de vista del mundo exterior, el ideal
colectivo que presiona a las mujeres para que se marchi-ten en lugar de ser
salvajes. Aun así, no tienes por qué avergonzarte ni re-procharte nada si has
malbaratado las floridas ramas. Sí, no cabe duda de
que has sufrido por ello. Y es posible que hayas desperdiciado años e
in-cluso décadas. Pero hay una esperanza.
La madre del cuento de hadas anuncia a toda la psique lo que ha
ocurrido. "Despierta! -le dice-. ¡Mira lo que has hecho!" El
despertar es tan inmediato que hasta duele (6). Pero sigue siendo positivo,
pues la insípida madre de la psique, la que antes había contribuido a diluir y
amortiguar las sensaciones acaba de despertar a la horrible realidad del pacto.
Ahora el dolor de la mujer es conciente. Y, cuando el dolor es conciente, la
mujer puede hacer algo con él. Lo puede utilizar para aprender, fortalecerse y
adquirir sabiduría.
A largo plazo, habrá algo todavía más positivo. Aquello que se ha
re-galado se puede recuperar. Y puede volver a ocupar el lugar que le
corres-ponde en la psique. Ya lo verás.
La segunda fase: El desmembramiento
En la segunda fase del cuento los padres regresan a casa derraman-do
amargas lágrimas sobre sus ricos ropajes. A los tres años el demonio se
presenta para llevarse a la hija. Ésta se ha bañado y se ha puesto una túnica
blanca. Se sitúa en el centro del níveo círculo de tiza que ha trazado a su
alrededor. Cuando el demonio se inclina hacia ella para agarrarla, una fuerza
invisible lo arroja al otro lado del patio. Entonces el demonio le ordena que
no se bañe y ella se convierte en una especie de bestia. Pero las lágrimas le
mojan las manos y el demonio tampoco la puede tocar. En-tonces éste ordena al
padre que le corte las manos para que no pueda lim-piárselas con las lágrimas.
Su padre la mutila y así termina la vida que ella había conocido hasta
entonces. Pero llora sobre los muñones de sus brazos y, al no poder apoderarse
de ella, el demonio se da por vencido.
La hija lo hace extremadamente bien teniendo en cuenta las
circuns-tancias. Pero nos quedamos como petrificadas cuando superamos esta
fa-se, nos damos cuenta de lo que nos han hecho y nos percatamos de que hemos
cedido a la voluntad del depredador y del atemorizado padre y por esta causa
nos hemos quedado mancas.
A continuación, el espíritu reacciona moviéndose cuando nosotras nos
movemos, inclinándose hacia delante cuando nosotras lo hacemos, caminando
cuando caminamos, pero lo hace todo sin la menor sensibili-dad. Nos quedamos
petrificadas cuando nos damos cuenta de lo que ha ocurrido y nos horroriza
tener que cumplir el pacto. Creemos que nuestras estructuras paternales
internas tienen que permanecer en perenne estado de alerta, reaccionar como es
debido y proteger a la floreciente psique. Pero ahora vemos lo que sucede
cuando no lo hacen.
Transcurren tres años entre la concertación del pacto y el regreso del
demonio. Estos tres años representan el período en el que la mujer no tie-ne
clara conciencia de que el sacrificio es ella misma. Ella es la quemada ofrenda
que se hace a cambio de un acuerdo desventajoso. En la mitología el período de
tres años es el que precede a un creciente impulso trascen-
dental, como, por ejemplo, los tres años de invierno que preceden a
Ragna-rok, el Crepúsculo de los Dioses en la mitología escandinava. En los
mitos de esta clase, transcurren tres años de algo y después se produce una
des-trucción y de las ruinas nace un nuevo mundo de paz (7).
Este número de años simboliza el período en el que una mujer se pregunta
qué le va a suceder ahora y no sabe si aquello que más teme -ser totalmente
arrastrada por una fuerza destructora- llegará a ocurrir real-mente. El símbolo
del tres en los cuentos de hadas sigue esta pauta: El primer intento no es
válido. El segundo intento tampoco. Y, a la tercera, va la vencida.
Muy pronto se hace acopio de suficiente energía y se levanta el
sufi-ciente viento del alma como para que la embarcación de la psique zarpe y
se aleje. Lao-tse (8) dice: "De uno vienen dos y de dos, tres. Y de tres
vienen diez mil." Cuando llegamos a la multiplicación del tres de algo, es
decir, al momento de la transformación, los átomos empiezan a brincar y allí
donde antes sólo había laxitud se produce la locomoción.
El hecho de quedarse tres años sin marido puede simbolizar el per-íodo
de incubación de la psique, en el que el hecho de tener otra relación sería
demasiado difícil y nos distraería demasiado. La misión de estos tres años es
la de ayudarnos a fortalecernos todo lo que podamos, a utilizar en provecho
propio todos los recursos de la psique y a adquirir la mayor con-ciencia
posible. Lo cual supone salir de nuestro sufrimiento para ver lo que éste
significa, cómo actúa, qué pauta está siguiendo, estudiar a otras per-sonas
que, siguiendo la misma pauta, hayan conseguido superarlo todo e imitar aquello
que tiene sentido para nosotras.
Esta observación de las situaciones apuradas y las soluciones a que han
llegado otras personas es la que induce a una mujer a quedarse en sí misma, y
así es como debe ser, pues, tal como vemos más adelante en el cuento, la tarea
de la doncella es encontrar al esposo en el mundo sub-terráneo, no en el de
arriba. Las mujeres ven retrospectivamente la prepa-ración del descenso de su
iniciación que abarca unos largos períodos de tiempo, a veces años, hasta que
finalmente y de golpe se arrojan desde el borde a los rápidos, a menudo
empujadas, aunque algunas veces también por propia iniciativa, lanzándose con
donaire desde el acantilado. No obs-tante, esto último no es muy frecuente.
Este período de tiempo se caracteriza a menudo por el tedio. Las
mu-jeres suelen comentar que no saben muy bien lo que quieren, si un traba-jo,
un amante, un poco más de tiempo, una actividad creativa. Les cuesta
concentrarse. Les cuesta llevar a cabo una labor productiva. Esta inquie-tud
nerviosa es típica de la fase de desarrollo espiritual. Sólo el tiempo, y en
una fecha no muy lejana, nos llevará hasta el borde, desde el que te-nemos que
caer, saltar o lanzarnos.
En este punto del cuento vemos una reminiscencia de las antiguas
religiones nocturnas. La joven se baña, se viste de blanco, traza un círculo de
tiza a su alrededor. El hecho de bañarse -la purificación-, ponerse la túnica
blanca -el atuendo propio del descenso a la tierra de los muertos- y
trazar un círculo de protección mágica -el pensamiento sagrado- a su
alre-dedor, es un antiguo ritual de diosas. Todo eso la doncella lo hace en una
especie de estado hipnótico, como si estuviera recibiendo instrucciones desde
una época muy distante.
Se produce en nosotras un momento de crisis cuando esperamos aquello que
estamos seguras será nuestra destrucción, nuestro final. Ello nos induce, como
a la doncella del cuento, a inclinar el oído hacia la lejana voz de tiempos
ancestrales, una voz que nos dice lo que debernos hacer para conservar la
fuerza y la pureza y sencillez espiritual. Una vez en que estaba desesperada,
soñé que una voz me decía: "Toca el sol." Después de aquel sueño,
cada día y dondequiera que fuera, apoyaba la espalda, la planta del pie o la
palma de la mano en los rectángulos de luz solar de las paredes, los suelos y
las puertas. Me apoyaba y descansaba sobre aquellas doradas formas. Y éstas
actuaban a modo de turbina para mi espíritu. No sé cómo, pero así era.
Si prestamos atención a las voces del sueño, las imágenes, los cuen-tos
-sobre todo, los de nuestra vida-, nuestro arte, a las personas que nos han
precedido y nos prestamos atención las unas a las otras, algo recibi-remos,
incluso varios algos que serán ritos psicológicos personales y nos servirán
para consolidar esta fase del proceso (9).
Los huesos de este cuento proceden de la época en que se dice que las
diosas peinaban el cabello de las mujeres mortales y las amaban con todo su
corazón. En este sentido comprendemos que los descensos de este cuento son los
que atraen a la mujer al remoto pasado, a las ancestrales líneas maternas del
mundo subterráneo. Ésta es la tarea, regresar a través de las brumas del tiempo
al lugar de La Que sabe, donde ella nos espera y nos tiene preparados unos
vastos conocimientos del mundo subterráneo que serán muy valiosos para nuestro
espíritu y nuestras personas en el mundo exterior.
En las antiguas religiones, el hecho de vestirse con pureza y
prepa-rarse para la muerte hace que la persona sea inmune e inaccesible al mal.
Rodearse de la protección de la Madre Salvaje -el círculo de tiza de la
ora-ción, el pensamiento sublime o la preocupación por un resultado
benefi-cioso para el alma- nos permite hacer el descenso psicológico sin
apartar-nos del camino y sin que la diabólica fuerza contraria de la psique
apague nuestra vitalidad.
Aquí estamos pues, vestidas y protegidas al máximo, esperando nuestro
destino. Pero la doncella llora y derrama lágrimas sobre sus ma-nos. Al
principio, cuando la psique llora inconcientemente, no podemos oírla; a lo más
que llegamos es a experimentar una sensación de impoten-cia. La doncella sigue
llorando. Sus lágrimas son la germinación de aquello que la defiende, de lo que
purifica la herida que ha recibido.
C. S. Lewis escribió acerca de la botella de lágrimas infantiles capaz
de sanar cualquier herida con sólo una gota. Las lágrimas en los mitos
de-rriten el hielo del corazón. En "El niño de piedra" (10) un cuento
que yo he ampliado a partir de un poético canto que me facilitó hace años mi
querida
madrina inuit Mary Uukalat, las ardientes lágrimas de un niño hacen que
una fría piedra se rompa y libere un espíritu protector. En el cuento
"Mary Culhane", el demonio que se ha apoderado de Mary no puede
entrar en ninguna casa en la que un corazón sincero haya derramado lágrimas;
para el demonio éstas son como el "agua bendita". A lo largo de la
historia las lágrimas han cumplido tres misiones: han atraído a los espíritus,
han re-chazado a los que pretendían ahogar y encadenar al alma sencilla y han
sanado las heridas de los pactos desventajosos hechos por los seres humanos.
Hay veces en la vida de una mujer en que ésta llora sin cesar y, aunque
cuente con la ayuda y el apoyo de sus seres queridos, no puede dejar de llorar.
Hay algo en sus lágrimas que mantiene al depredador a ra-ya y aparta el malsano
deseo o la ventaja que podría provocar su ruina. Las lágrimas sirven para
remendar los desgarros de la psique, por los que se ha ido escapando la
energía. La situación es muy grave, pero lo peor no llega a producirse -no nos
roban la luz- porque las lágrimas nos otorgan la conciencia. No hay posibilidad
de que nos quedemos dormidas cuando llo-ramos. Y el sueño que se produce es tan
sólo para el descanso del cuerpo físico.
A veces una mujer dice: "Estoy harta de llorar, estoy hasta la
coroni-lla, quiero detenerme." Pero es su alma la que derrama lágrimas y
éstas son su protección. Por consiguiente, tiene que seguirlo haciendo hasta
que termina su necesidad. Algunas mujeres se asombran de la cantidad de agua
que puede producir su cuerpo cuando lloran. Eso no dura eterna-mente, sólo
hasta que el alma termina de expresarse de esta sabia manera.
El demonio trata de acercarse a la hija pero no puede, pues ésta se ha
bañado y ha llorado. El maligno reconoce que aquella agua bendita ha debilitado
su poder y exige que la doncella no vuelva a bañarse. Sin em-bargo, semejante
circunstancia no sólo no la humilla sino que ejerce justo el efecto contrario
(11). La muchacha empieza a parecerse a un animal do-tado de los poderes de la
naturaleza salvaje subyacente y eso es también una protección. Es posible que
en esta fase una mujer se interese menos por su aspecto o lo haga de una manera
distinta. Puede q1e se vista como si fuera una maraña de ramas y no una
persona. Cuando contempla la apurada situación en que se encuentra, muchas de
sus antiguas preocu-paciones desaparecen.
"Bueno -dice el demonio-, si te arranco la capa de civilización, es
po-sible que te pueda robar la vida para siempre." El depredador quiere
humi-llarla y debilitarla con sus prohibiciones. El demonio cree que, si la
donce-lla no se baña y se llena de mugre, él la podrá privar de sí misma. Pero
ocurre justo lo contrario, pues la mujer sucia y llena de barro es amada e
inequívocamente protegida por la Mujer Salvaje (12). Está claro que el
de-predador no comprende que sus prohibiciones sólo sirven para acercar a la
mujer a su poderosa naturaleza salvaje.
El demonio no puede aproximarse al yo salvaje cuya pureza consigue
repeler en último extremo la energía desconsiderada o destructiva. La
combinación del yo salvaje con las puras lágrimas de la mujer impide el
acercamiento del ser perverso que busca su perdición para que él pueda vivir en
toda su plenitud.
A continuación, el demonio ordena al padre que mutile a su hija,
cercenándole las manos. En caso de que el padre se niegue a hacerlo, el demonio
amenaza con matar toda la psique: "Todo lo de aquí morirá, in-cluyéndote a
ti, a tu mujer y todos los campos hasta donde alcanza la vis-ta." El
propósito del demonio es conseguir que la hija pierda las manos, es decir, la
capacidad psíquica de asir, retener y ayudarse a sí misma y a los demás. El
elemento paternal de la psique no está maduro, no puede con-servar su poder
contra el fuerte depredador; por eso le corta las manos a su hija. Intenta
interceder en favor de su hija, pero el precio -la destruc-ción de toda la
fuerza creativa de la psique- es demasiado alto. La hija se somete a la
profanación y así culmina el cruento sacrificio que en la anti-güedad
simbolizaba un descenso total al averno.
Con la pérdida de las manos la mujer emprende el camino hacia la selva
subterránea que es el territorio de su iniciación. Si estuviéramos en una
tragedia griega, ahora el coro lloraría y lanzaría lamentos, pues, aun-que el
hecho le otorga a la doncella un inmenso poder, en aquel momento le arrebatan
la inocencia que jamás se recupera de la misma manera.
El hacha de filo de plata procede de otro estrato arqueológico del
an-tiguo femenino salvaje, en el que el color de la plata es el del mundo
espiri-tual y el de la luna. El hacha de filo de plata se llama así porque en
tiem-pos antiguos estaba hecha de acero ennegrecido en la fragua y su hoja se
afilaba con una piedra de amolar hasta que adquiría un reluciente color
plateado. En la antigua religión minoica el hacha de la diosa se utilizaba para
señalar el camino ritual de los iniciados y marcar los lugares sagra-dos. Les
he oído decir a dos ancianas "cuentistas" croatas que en las
anti-guas religiones femeninas se utilizaba una pequeña hacha ritual para
cor-tar el cordón umbilical de los recién nacidos con el fin de que, liberados
de las fuerzas del averno, pudieran vivir en este mundo (13).
La plata del hacha guarda relación con las manos de plata que más tarde
pertenecerán a la doncella. Aquí el pasaje es un poco complicado, pues parece
dar a entender la posibilidad de que la eliminación de las ma-nos psíquicas
tenga un carácter ritual. En los ritos de sanación de las an-cianas de la
Europa oriental y del norte de Europa se solía podar un joven abeto con un
hacha para que creciera con más vigor (14). Hace tiempo se profesaba un
profundo amor a los árboles vivos. Éstos eran apreciados porque constituían el
símbolo de la capacidad de morir y renacer, por to-das las cosas portadoras de
vida que podían ofrecer a las personas, como, por ejemplo, la leña para
calentarse y cocinar, las ramas para la construc-ción de cunas, los bastones
para caminar, las paredes para protegerse y las medicinas para la fiebre, y
también por ser lugares a los que se podía trepar para ver en la lejanía y, en
caso necesario, esconderse del enemigo. El árbol era en verdad una gran madre
salvaje.
En las antiguas religiones femeninas, esta clase de hacha pertenece por
derecho propio a la diosa, no al padre. Esta secuencia del cuento per-mite
deducir que el que el hacha pertenezca al padre se debe a una mezcla de la
antigua religión con la nueva, cuyo resultado ha sido el desmembra-miento y el
olvido de la antigua. Pero, a pesar de las brumas del tiempo y/o de las
sucesivas capas que se han superpuesto a los antiguos concep-tos acerca de la
iniciación femenina, siguiendo un relato como el que nos ocupa podemos extraer
del enredo lo que nos interesa y reconstruir el ma-pa que nos muestra el camino
del descenso y el del ascenso.
Podemos interpretar la eliminación de las manos psíquicas de la misma
manera en que este símbolo era interpretado por los hombres de la antigüedad.
En Asia, el hacha celeste se utilizaba para apartar a una per-sona del yo no
iluminado. El elemento de la mutilación como iniciación reviste una importancia
fundamental en nuestro relato. Si, en nuestras sociedades modernas, debemos
cortar las manos del ego para poder recu-perar nuestra función salvaje, es
decir, nuestros sentidos femeninos, con-viene que se corten para que podamos
alejarnos de las seducciones de to-das las cosas absurdas que tenemos a nuestro
alcance, cualesquiera que sean las cosas a las que nos aferramos para no
crecer. Si las manos tienen que desaparecer durante algún tiempo, que
desaparezcan y sanseacabó.
El padre blande el cortante instrumento de plata y, pese al profundo
pesar que experimenta, aprecia mucho más su vida y la de la psique que lo
rodea, aunque algunas cuentistas de nuestra familia subrayaban con toda
claridad que la vida que el padre más temía perder era la suya propia. Si
consideramos el padre como un principio organizador, una especie de go-bernante
de la psique externa o mundana, veremos que el yo exterior de la mujer, su
dominante yo-ego mundano, no quiere morir.
Y se comprende muy bien que así sea. Es lo que siempre ocurre en un
descenso. Una parte de lo que somos se siente atraída por el descenso como si
éste fuera algo apetecible, misterioso y agridulce. Pero, al mismo tiempo,
experimentamos repulsión y cruzamos toda una serie de calles, autopistas e
incluso continentes psíquicos para evitarlo. Sin embargo, aquí se nos muestra
que el árbol florido tiene que sufrir la amputación. Lo úni-co que nos permite
soportar esta idea es la promesa de que alguien, en algún lugar de la parte
inferior de la psique, nos espera para ayudarnos y curarnos. Un gran Alguien
nos espera para restaurarnos, transformar lo que está deteriorado y vendar los
miembros que han resultado heridos. En las tierras de labranza donde yo me
crié, las tormentas de granizo y relám-pagos se llamaban "tormentas
cortantes" y algunas veces también "tor-mentas segadoras" en
alusión a la Muerte que siega las vidas con su gua-daña, pues derriban todos
los seres vivos, el ganado y a veces también a los seres humanos de la región,
pero, sobre todo, las plantas cosechables y los árboles. Después de una gran
tormenta, familias enteras salían de los sótanos donde almacenaban las patatas
y se inclinaban sobre la tierra pa-ra ver qué clase de ayuda necesitaban las cosechas,
las flores o los árbo-les. Los chiquillos recogían las ramas llenas de hojas y
frutos que habían
quedado esparcidas por el suelo. Los más crecidos apuntalaban las
plan-tas que aún vivían pero habían resultado dañadas. Las ataban con clavijas
de madera, astillas para encender el fuego y vendas de trapo de color blan-co.
Los adultos arrancaban y enterraban todo lo que había sufrido daños
irreparables.
Hay una encantadora familia como la de mi infancia, esperando a la
doncella en el mundo subterráneo, tal como tendremos ocasión de ver. En esta
metáfora de la mutilación de las manos vemos que algo saldrá de todo ello. En
el mundo subterráneo, siempre que algo no puede vivir se derriba y se corta
para poder utilizarlo de otra manera. La mujer del cuento no es vieja ni está
enferma y, sin embargo, se tiene que desarmar porque no puede seguir siendo lo
que había sido hasta entonces. Pero unas fuerzas la esperan para ayudarla a
sanar.
Cortándole las manos, el padre acentúa el descenso, acelera la
diso-lutio, la dolorosa pérdida de todos los valores que más se aprecian -lo
cual significa perderlo todo-, la pérdida de las posiciones ventajosas, la
pérdida del horizonte, de las coordenadas de las cosas en las que la persona
cree y de las razones por las que cree en ellas. En los ritos aborígenes de
todo el mundo, el propósito es confundir la mente ordinaria para facilitar la
ini-ciación de los individuos en la mística (15).
Con la mutilación de las manos se subraya la importancia del resto del
cuerpo psíquico y de sus atributos y sabemos que al insensato padre que
gobierna la psique ya no le queda mucho tiempo de vida, pues la pro-funda mujer
desmembrada hará su trabajo tanto con su ayuda y protec-ción como sin ella. Y,
por muy horrible que pueda parecer a primera vista, esta nueva versión de su
cuerpo le va a ser muy útil.
Por consiguiente, en este descenso es donde perdemos las manos
psíquicas, esas dos partes de nuestro cuerpo que son en sí mismas como dos
pequeños seres humanos. En tiempos antiguos los dedos se equipara-ban a las
piernas y los brazos, y la articulación de la muñeca se equipara-ba a la
cabeza. Esos seres pueden bailar y cantar. Una vez batí palmas con René
Heredia, un gran guitarrista flamenco. En el flamenco, las palmas de las manos
hablan y producen sonidos que son palabras como "Más rápido, precioso mío,
elévate, vuelve a bajar, siénteme, siente esta música, siente esto y esto y
esto". Las manos son seres por derecho propio.
Si estudiamos los belenes de los países mediterráneos, veremos que las
manos de los pastores y de los Reyes, de María o de José están exten-didas con
las palmas hacia el Divino Infante como si éste fuera una luz que se pudiera
recibir a través de la piel de las palmas. En México vemos también que las
imágenes de la Virgen de Guadalupe derraman su luz sa-lutífera sobre nosotros,
mostrándonos las palmas de las manos. El poder de las manos está presente a lo
largo de toda la historia. En Kayenta, en la reserva diné (navajo) hay una
cabaña india con una vieja huella de mano de color rojo al lado de la puerta.
Su significado es "Aquí estamos a salvo".
Como mujeres, tocamos a muchas personas. Sabemos que la palma de la mano
es una especie de sensor, tanto con un abrazo como con una
palmada o un simple roce del hombro hacemos una lectura de la persona a
la que tocamos. A poca relación que tengamos con La Que Sabe, com-prendemos lo
que siente otro ser humano tanteándolo con las palmas de nuestras manos.
Algunas mujeres reciben información en forma de imáge-nes incluso a veces de
palabras que les comunican los sentimientos de los demás. Se podría decir que
hay en las manos una especie de radar.
Las manos son no sólo receptoras sino también transmisoras. Cuando
alguien estrecha la mano de una persona le puede transmitir un mensaje y es lo
que suele hacer de manera inconciente a través de la pre-sión, la intensidad,
la duración y la temperatura cutánea. Las personas que de manera inconciente o
deliberada tienen intenciones aviesas poseen un tacto que hace que el otro
sienta que le están abriendo boquetes en el cuerpo espiritual psíquico. En el
polo psicológico opuesto, las manos que se apoyan en una persona pueden
aliviar, consolar, eliminar el dolor y sa-nar. Se trata de un saber femenino
que se ha transmitido de madre a hija a través de los siglos (16).
El depredador de la psique lo sabe todo acerca del profundo misterio que
se asocia con las manos. En demasiadas partes del mundo una de las
manifestaciones más patológicas de inhumanidad consiste en secuestrar a una
persona inocente y cortarle las manos; en desmembrar la función táctil, visual
y sanadora del ser humano. El asesino no siente y no quiere que su víctima
sienta. Ésta es exactamente la intención del demonio, pues el aspecto no
redimido de la psique no siente nada y, en la malsana envi-dia y el odio que le
inspiran los que sí sienten algo, experimenta el impulso de cortar. El
asesinato de una mujer mediante la mutilación constituye el tema de muchos
cuentos. Pero este demonio es algo más que un asesino, es un mutilador. Exige
una mutilación que no es puramente decorativa o una simple escarificación de
carácter ritual sino que se propone dejar in-válida a la mujer para siempre.
Cuando decimos que a una mujer le han cortado las manos, quere-mos decir
que está incapacitada para consolarse y curarse ella misma de manera inmediata
y que no puede hacer nada que no sea seguir el mismo camino de siempre. Por
consiguiente, es bueno que sigamos llorando en este período. Es nuestra
sencilla y poderosa protección contra un demonio tan pernicioso que ninguna de
nosotras puede comprender por entero sus motivos y su raison d’être.
En los cuentos de hadas encontramos el leitmotiv del llamado
"objeto arrojado". La heroína perseguida se saca un peine mágico del
cabello y lo arroja a su espalda, donde crece y se convierte en un bosque de
árboles tan tupido que en él no se podría introducir una horca. O bien la
heroína tiene un frasquito de agua, lo destapa y arroja su contenido a su
espalda mientras corre. Las gotitas se convierten en una inundación que
dificulta el avance de su perseguidor.
En el cuento, la joven derrama abundantes lágrimas sobre sus mu-ñones y
el demonio se siente repelido por el campo de fuerzas que la rodea. No puede
apoderarse de ella tal como pretendía. Aquí las lágrimas son el
"objeto arrojado", la muralla de agua que aleja al demonio, no
porque el demonio se conmueva o se ablande al ver las lágrimas -no se
conmueve-, sino porque las lágrimas sinceras poseen una pureza que quiebra su
po-der. Y nosotras comprobamos la veracidad de este aserto cuando lloramos con
toda nuestra alma porque no vemos en el horizonte más que oscuridad y
desolación y, sin embargo, las lágrimas nos salvan de morir inútilmente
abrasadas (17).
La hija tiene que sufrir. Me asombra lo poco que lloran las mujeres hoy
en día y que, encima, lo hagan como pidiendo perdón. Me preocupa que la
vergüenza o el desuso nos esté arrebatando esta función tan natu-ral. Ser un
árbol florido y húmedo es esencial, pues, de lo contrario, nos rompemos. Llorar
es bueno y está bien. No resuelve el dilema, pero permite que el proceso
continúe y no se interrumpa. Ahora la vida de la doncella tal y como ella la ha
conocido, su comprensión de la vida hasta aquel mo-mento, ha tocado a su fin y
ella desciende a otro nivel del mundo sub-terráneo. Y nosotras seguimos sus
huellas. Seguimos adelante a pesar de que somos vulnerables y estamos tan
privadas de la protección del ego como un árbol al que le han arrancado la
corteza. Pero somos poderosas, pues hemos aprendido a arrojar al demonio al
otro lado del patio.
En este momento vemos que sea lo que fuere que hagamos en la vi-da, los
planes de nuestro ego se nos escapan de las manos. Habrá un cambio en nuestra
vida, un cambio muy grande cualesquiera que sean los bonitos planes que haya
forjado este pequeño y temperamental director de escena para la siguiente fase.
Nuestro poderoso destino empieza a gober-nar nuestra vida, no el molino, no el
barrido del patio, no el sueño. Nues-tra vida tal y como la conocíamos ha
tocado a su fin. Queremos estar solas y quizá que nos dejen en paz. Ya no
podemos confiar en la paternal cultu-ra dominante; por primera vez estamos en
pleno aprendizaje de lo que es nuestra verdadera vida. Y seguimos adelante.
Es un período en el que todo lo que valoramos pierde su alegre rit-mo.
Jung nos recuerda el término utilizado por Heráclito, enantiodromia, es decir,
la corriente hacia atrás. Pero esta corriente hacia atrás puede ser algo más
que una regresión al inconciente personal; puede ser un sincero regreso a los
antiguos valores factibles, a unas ideas más hondamente sentidas (18). Si
entendemos esta fase de la iniciación en la resistencia co-mo un paso hacía
atrás, conviene que también la consideremos un paso de diez leguas más hacía el
profundo reino de la Mujer Salvaje.
Todo ello hace que el demonio se largue con el rabo entre las pier-nas.
En este sentido, cuando una mujer se da cuenta de que ha perdido el contacto,
su habitual manera de ver el mundo, sigue siendo poderosa gra-cias a la pureza
de su alma y fuerte gracias a su empeño en seguir su-friendo, lo cual provoca
la retirada de aquello que deseaba destruirla.
El cuerpo psíquico ha perdido sus valiosas manos, es cierto. -Pero el
resto de la psique compensará la pérdida. Conservamos unos pies que co-nocen el
camino, una mente espiritual que nos permite ver muy lejos, unos pechos y un
vientre que sienten exactamente igual que el exótico y
enigmático vientre de la diosa Baubo, que es el símbolo de la profunda
na-turaleza instintiva de las mujeres y también carece de manos. Con este
cuerpo incorpóreo y misterioso seguimos adelante. Estamos a punto de iniciar el
siguiente descenso.
La tercera fase: El vagabundeo
En la tercera fase del cuento el padre ofrece a su hija riquezas de por
vida, pero la hija dice que se irá y se encomendará al destino. Al rayar el
alba, envolviéndose los brazos con una gasa limpia, abandona la vida que ha
conocido hasta entonces.
Se convierte de nuevo en una especie de animal desgreñado, Por la noche,
muerta de hambre, llega a un vergel en el que todas las peras están numeradas
(19). Un espíritu vacía el foso que rodea el vergel y, mientras el
desconcertado hortelano la observa, la mujer se come la pera que el árbol le
ofrece.
La iniciación es el proceso mediante el cual abandonamos nuestra natural
inclinación a permanecer inconcientes y tomamos la decisión de que, por mucho
que nos cueste -sufrimiento, esfuerzo, resistencia-, busca-remos la unión
conciente con la mente más profunda, con el Yo salvaje. La madre y el padre del
cuento tratan de atraer de nuevo a la doncella al es-tado inconciente:
"Quédate con nosotros, estás herida, pero nosotros te ayudaremos a
olvidar." ¿Querrá la doncella, ahora que ha derrotado al demonio, dormirse
por así decirlo en sus laureles? ¿Se retirará, manca y herida, a los recovecos
de la psique, donde será cuidada durante el resto de su vida, dejándose llevar
y haciendo lo que le mandan?
No, no se retirará para siempre a una habitación oscura cual si fue-ra
una belleza con el rostro desfigurado por un ácido. Se vestirá, se apli-cará la
mejor medicina psíquica que pueda y bajará por otra escalera de piedra a un
reino todavía más profundo de la psique. La antigua parte do-minante de la
psique le ofrece la posibilidad de mantenerla a salvo y es-condida para
siempre, pero su naturaleza instintiva dice que no, pues in-tuye que tiene que
esforzarse por vivir plenamente despierta, ocurra lo que ocurra.
Las heridas de la doncella están envueltas en una gasa blanca. El blanco
es el color de la tierra de los muertos y también es el color de la al-química
albedo, la resurrección del alma desde el reino de ultratumba. El color es el
heraldo del ciclo del descenso y el regreso. Al principio, la don-cella se
convierte aquí en una vagabunda, lo cual es de por sí la resurrec-ción a una
nueva vida y la muerte de la antigua. El vagabundeo es una buena elección.
Las mujeres que se encuentran en esta fase suelen sentirse desespe-radas
y, al mismo tiempo, inflexiblemente decididas a emprender este viaje interior,
ocurra lo que ocurra. Y es lo que hacen cuando cambian una vida por otra o una
fase de la vida por otra o, a veces, incluso un amante por otro que no es sino
ella misma. El paso desde la adolescencia a la joven
feminidad o desde la mujer casada a la soltera o desde la mediana edad a
la madurez, cruzando la frontera de la vieja bruja, emprendiendo el cami-no a
pesar de las heridas sufridas, pero con un nuevo sistema de valores propio, es
una muerte y resurrección. Abandonar una relación o el hogar de los padres,
dejar atrás unos valores anticuados, convertirse en una per-sona independiente,
adentrarse en la salvaje espesura por el simple hecho de que debe hacerse,
todas estas cosas constituyen la inmensa dicha del descenso.
Así pues, emprendemos la marcha y bajamos a un mundo distinto, bajo un
cielo distinto y con un terreno desconocido bajo nuestras botas. Pero lo
hacemos sintiéndonos vulnerables, pues no sabemos dónde aga-rrarnos ni cómo
sostenernos y lo ignoramos todo, pues nos faltan las ma-nos.
La madre y el padre -los aspectos colectivos y egoístas de la psique-ya
no tienen el poder que antaño tenían. Han sido castigados por la sangre
derramada a causa de su imprudente descuido. Aunque se comprometan a mantener a
la doncella con toda suerte de comodidades, ahora no pueden gobernar su vida,
pues el destino la induce a vivir como una vagabunda. En este sentido, su padre
y su madre se mueren. Sus nuevos progenitores son el viento y el camino.
El arquetipo de la vagabunda da lugar a que surja otro: el de la loba
solitaria, la intrusa. Está fuera de las familias aparentemente felices de las
aldeas, fuera de la caldeada estancia, muriéndose de frío en el exterior; ésta
es ahora su vida (20). Es la metáfora viviente de las mujeres errantes.
Empezamos por no sentirnos parte de la vida carnavalesca que gira a nuestro
alrededor. El organillo queda muy lejos, los buhoneros, los que anuncian a
gritos el espectáculo y todo el espléndido circo de la vida exte-rior se
tambalean y se convierten en polvo mientras nosotras seguimos ba-jando al mundo
subterráneo.
Aquí la antigua religión nocturna nos sale de nuevo al encuentro en el
camino. Aunque la antigua historia de Hades que se llevó a Perséfone al averno
es un bello drama, otros cuentos mucho más antiguos pertenecien-tes a
religiones matriarcales como los que tienen por protagonistas a Ishtar e Inanna
sugieren la existencia de un claro vínculo de "amoroso anhelo" entre
la doncella y el rey del infierno.
En estas antiguas versiones religiosas, no es necesario que un oscu-ro
dios se apodere de la doncella y se la lleve a rastras al mundo subterrá-neo.
La doncella sabe que tiene que ir, sabe que todo eso forma parte del rito
divino. Aunque tenga miedo, ya desde un principio quiere ir al encuen-tro del
rey, su esposo del averno. Efectuando el descenso a su manera, se transforma,
adquiere una profunda sabiduría y asciende de nuevo al mundo exterior.
Tanto el clásico mito de Perséfone como el núcleo del cuento de hadas de
"La doncella manca" son dramas fragmentarios derivados de otros más
completos que se describen en las religiones más antiguas. Lo
que al principio era el ansia de encontrar al Amado del Mundo
Subterrá-neo se convirtió en mitos posteriores en lujuria y rapto.
En la época de los grandes matriarcados se daba por hecho que una mujer
sería conducida de manera natural al mundo subterráneo bajo la guía de los
poderes de lo femenino profundo. Tal cosa se consideraba parte de su formación
y el hecho de que adquiriera esta sabiduría gracias a la experiencia directa
era un logro de primerísimo orden. La naturaleza de este descenso es el núcleo
arquetípico tanto del cuento de hadas de "La doncella manca" como del
mito de Deméter/Perséfone.
En el cuento, la doncella vaga por segunda vez como un animal
mu-griento. Ésta es la manera adecuada de descender, con una actitud de
"Me importan muy poco las cosas del mundo". Pero, como podemos ver,
su be-lleza resplandece a pesar de todo. La idea de no lavarse también procede
de los antiguos ritos cuya culminación es el baño y las nuevas vestiduras que
representan el paso a una nueva o renovada relación con el Yo.
Vemos que la doncella manca ha pasado por todo el ciclo del des-censo y
la transformación, el ciclo del despertar. En algunos tratados de alquimia, se
describen tres fases necesarias para la transformación: la ni-gredo, la negrura
o la oscura fase de la disolución, la rubedo o la rojez de la fase sacrificial,
y la albedo, la blancura de la fase de la resurrección. El pacto con el demonio
era la nigredo, la fase de oscuridad; la mutilación de las manos era la rubedo,
el sacrificio; y el abandono del hogar envuelta en gasas de color blanco, era
la albedo, la nueva vida. Y ahora, como vaga-bunda que es, es arrojada de nuevo
a la nigredo. Pero el antiguo yo ha desaparecido y el yo profundo, el yo
natural, es la poderosa vagabunda (21).
Ahora la doncella no sólo va sucia sino que, además, está hambrien-ta.
Se arrodilla delante del vergel como si éste fuera un altar, cosa que
efectivamente es: el altar de los salvajes dioses del mundo subterráneo. Cuando
descendemos a la naturaleza primaria, los antiguos y automáticos medios de
alimentarnos desaparecen. Las cosas del mundo que nos ali-mentaban pierden el
sabor. Nuestros objetivos ya no nos estimulan. Nues-tros logros carecen de
interés. Dondequiera que miremos en el mundo de arriba, no hay comida para
nosotras. Por consiguiente, el hecho de que recibamos justo a tiempo la ayuda
que necesitamos, constituye uno de los más puros milagros de la psique.
La vulnerable doncella recibe la visita de un emisario del alma, el
espíritu vestido de blanco. El espíritu vestido de blanco elimina las barre-ras
que le impiden alimentarse. Vacía el foso ajustando la compuerta. El foso tiene
un significado oculto. Según los antiguos griegos, el río Estige separa la
tierra de los vivos de la tierra de los muertos. Sus aguas están llenas de los
recuerdos de todas las obras pasadas de los muertos desde el principio de los
tiempos. Los muertos pueden descifrar los recuerdos y or-denarlos, pues su
visión se ha agudizado como consecuencia de la pérdida del cuerpo material.
Pero, para los vivos, el río es un veneno. A no ser que lo crucen con un
espíritu guía, se ahogan y descienden a otro nivel de ultratumba, donde
vagarán por toda la eternidad en medio de la bruma. Dante tenía a
Virgilio, Coatlicue tenía una serpiente viva que la acompañaba al mundo de
fuego y la doncella manca tiene al espíritu vestido de blanco. Vemos por tanto
que la mujer escapa primero de la madre no despierta y del torpe y codicioso
padre y después se deja guiar por el alma salvaje.
En el cuento, el espíritu guía acompaña a la doncella manca al reino
subterráneo de los árboles, al vergel del rey. Eso también es un vestigio de
las antiguas religiones en las que siempre se asignaba un espíritu guía a los
jóvenes iniciados. Los mitos griegos están llenos de doncellas acompa-ñadas de
lobas, leonas u otras figuras que eran sus iniciadoras. E incluso en los
actuales ritos religiosos relacionados con la naturaleza como los de los diné
(navajos), los misteriosos yeibecheis son fuerzas elementales de carácter
animal que presiden la iniciación y los ritos de curación.
La idea psíquica que aquí se quiere transmitir es la de que el mundo
subterráneo, como el inconciente de los seres humanos, está lleno de in-sólitas
y llamativas figuras, imágenes, arquetipos, seducciones, amenazas, tesoros,
torturas y pruebas. Es importante para el viaje de individuación de la mujer
que ésta tenga sentido común espiritual o que cuente con la ayuda de un guía
sensato para que no caiga en la fantasmagoría del in-conciente y no se pierda
en situaciones atormentadoras. Tal como vemos en el cuento, es más importante
quedarse con el hambre y seguir el propio camino a partir de allí.
Como Perséfone y como las diosas de la Vida/Muerte/Vida, la donce-lla
encuentra el camino que la conduce a una tierra de mágicos vergeles donde un
rey la está esperando. Ahora la antigua religión empieza a brillar en el cuento
con creciente intensidad. En la mitología griega (22) había dos árboles
entrelazados a la entrada del averno, y los Campos Elíseos, el lugar en el que
moraban los muertos que habían ido virtuosos en vida, ¿en qué consistían? En
unos vergeles.
Los Campos Elíseos se describen como un lugar de perpetua luz di-urna,
en el que las almas pueden renacer en la tierra siempre que lo dese-en. Es el
doble del mundo superior. Aquí pueden ocurrir cosas muy difíci-les, pero su
significado y los conocimientos que proporciona, son distintos de los del mundo
de arriba. En el mundo de arriba todo se interpreta a la luz de las simples
ganancias y pérdidas. En el otro mundo o mundo sub-terráneo, todo se interpreta
a la luz de los misterios de la verdadera visión, la obra adecuada y el
desarrollo que lleva aparejado el hecho de convertir-se en una persona de gran
fuerza y sabiduría interior.
En el cuento la acción se centra ahora en el árbol frutal que en la
antigüedad se llamaba el Árbol de la Vida, el Árbol de la Perspicacia, el Árbol
de la Vida y la Muerte o el Árbol de la Ciencia. A diferencia de los árboles
que tienen agujas u hojas, el árbol frutal ofrece abundante alimen-to, pero no
sólo alimento, pues un árbol almacena agua en sus frutos. El agua, el líquido
primordial del crecimiento y la continuidad, se absorbe por medio de las raíces
que alimentan el árbol por acción capilar -una red de miles de millones de
plexos celulares tan minúsculos que no son percepti-
bles a simple vista- y, al llegar al fruto, lo hincha y lo convierte en
un obje-to de belleza sin igual.
Debido a ello, se piensa que el fruto está dotado de alma y tiene una
fuerza vital que se desarrolla a partir de cierta cantidad de agua, aire,
tie-rra, alimento y semilla, cosas todas que contiene en parte, y, por si fuera
poco, sabe divinamente bien. Las mujeres que se alimentan con el fruto, el agua
y la semilla de la tarea de las selvas subterráneas se desarrollan
psi-cológicamente de una manera similar. Su psique se ensancha y madura
constantemente.
Como una madre que ofrece el pecho a su hijo, el peral del vergel se
inclina para ofrecer su fruto a la doncella. Este jugo materno es el de la
regeneración. El hecho de comer la pera alimenta a la doncella, pero hay algo
todavía más conmovedor: el inconciente, su fruto, se inclina hacia ella para
alimentarla. En este sentido, el inconciente deposita un beso en sus labios. Le
da el sabor del Yo, el aliento y la sustancia de su propio dios sal-vaje, algo
así como una comunión salvaje.
El saludo a María por parte de su prima Isabel (23) en el Nuevo
Tes-tamento es probablemente un resto de este antiguo entendimiento entre las
mujeres: "Bendito el fruto de tu vientre", le dice Isabel a María. En
las más antiguas religiones nocturnas, la mujer que acababa de ser iniciada y
estaba preñada de sabiduría, era recibida de nuevo en el mundo de los vi-vos
con una hermosa bendición de sus parientas.
El mensaje más extraordinario del cuento es el de que, en los mo-mentos
más oscuros, el inconciente femenino, es decir, el inconciente ute-rino, la
Naturaleza, alimenta el alma de la mujer. Las mujeres dicen que, en pleno
descenso, se sienten rodeadas por la más lóbrega oscuridad, per-ciben el roce
de la punta de un ala y experimentan una sensación de ali-vio. Notan que se
está produciendo la alimentación interior y que un ma-nantial de agua bendita
inunda la tierra agrietada y reseca, pero ellas ig-noran su procedencia. El
manantial no alivia el sufrimiento sino que más bien alimenta cuando no hay
otra cosa. Es el maná del desierto. Es el agua que brota de la roca. Es el
alimento llovido del cielo. Sacia el hambre para que podamos seguir adelante. Y
de eso precisamente se trata, de seguir adelante. De seguir adelante hasta
llegar a nuestro destino de sabiduría.
El cuento resucita el recuerdo de una antiquísima promesa: la de que el
descenso nos alimentará aunque todo esté oscuro, aunque tenga-mos la sensación
de que nos hemos perdido. Aun en medio del no saber, el no ver, el "vagar
a ciegas", hay un "Algo", un "Alguien"
desordenadamente presente que nos acompaña. Si giramos a la izquierda, él
también gira a la izquierda. Si giramos a la derecha, nos sigue de cerca, nos
sostiene y nos ayuda a hacer el camino.
Ahora estamos en otra nigredo de un vagabundeo en el que no sa-bemos qué
será de nosotras y, sin embargo, en esta apurada situación, se nos ofrece el
alimento del Árbol de la Vida. El hecho de comer del Árbol de la Vida en el
país de los muertos es una antigua metáfora de la fecunda-ción. En la tierra de
los vivos se creía que un alma se podía introducir en
un fruto o cualquier otro comestible para que la futura madre lo comiera
y ella se pudiera regenerar en su carne. Aquí pues, casi a medio camino, se nos
ofrece el cuerpo de la Madre Salvaje a través de la sustancia de la pera y
nosotras comemos aquello en lo que nosotras mismas llegaremos a con-vertirnos
(24).
La cuarta fase: El descubrimiento del amor
en el mundo subterráneo
A la mañana siguiente el rey viene a contar sus peras. Falta una y el
hortelano le revela lo que ha visto. "Anoche dos espíritus vaciaron el
foso, entraron en el vergel bajo la luz de la luna y uno que era manco se comió
la pera que el árbol le ofreció."
Aquella noche el rey monta guardia con su hortelano y con su mago que
sabe hablar con los espíritus. A medianoche la doncella aparece flo-tando por
el bosque con sus sucios andrajos, su cabello desgreñado, el rostro surcado de
tiznaduras de mugre y los brazos sin manos, acompaña-da del espíritu.
Una vez más, otro árbol se inclina y la doncella se come la pera que
cuelga del extremo de la rama. El mago se acerca, pero no demasiado, y
pregunta:
-¿Eres de este mundo o no eres de este mundo?
La doncella contesta:
-Antes era del mundo, pero no soy de este mundo.
El rey interroga al mago.
-¿Es un ser humano o es un espíritu?
El mago contesta que es ambas cosas. El rey corre hacia ella y le
promete amor y lealtad:
-No te abandonaré. A partir de hoy, cuidaré de ti.
Se casan y él le manda hacer unas manos de plata.
El rey es una sagaz criatura del mundo de la psique subterránea. No es
simplemente un viejo rey sino que es uno de los principales vigilantes del
inconciente femenino. Vigila la botánica del crecimiento del alma; su vergel
(que es también el de su madre) está lleno de árboles de la vida y de la
muerte. El rey pertenece a la familia de los dioses salvajes. Como la doncella,
es capaz de resistir muchas cosas. Y, como la doncella, tiene otro descenso por
delante. Pero de eso ya hablaremos después.
En cierto modo, se podría decir que sigue los pasos de la doncella. La
psique siempre vigila su propio proceso. Es una premisa sagrada. Signi-fica
que, cuando vagas sin rumbo, hay otro ser -por lo menos uno y, a me-nudo, más
de uno- que está curtido y tiene experiencia y está aguardando que llames a la
puerta, golpees tina piedra, te comas una pera o aparezcas sin más, para
anunciar tu llegada al mundo subterráneo. Esta amorosa presencia monta guardia
a la espera de que aparezca la buscadora que vaga sin rumbo. Las mujeres lo
saben muy bien. Hablan de un destello de luz o de perspicacia, de un
presentimiento o una presencia.
El hortelano, el rey y el mago son tres maduros símbolos del arque-tipo
masculino. Equivalen a la sagrada trinidad femenina representada por la madre,
la doncella y la vieja bruja. En el cuento, las antiguas diosas tri-ples o las
tres-diosas-en-una están representadas de la siguiente manera: la doncella está
simbolizada por la mujer manca, y la madre del rey, que entra en escena más
adelante, es el símbolo de la madre y de la vieja bru-ja. El giro que confiere
al cuento una apariencia "moderna" es la figura del demonio, que en
los antiguos ritos de iniciación femenina estaba normal-mente representado por
la vieja en su doble naturaleza de aquella que da la vida y la quita. En este
cuento el demonio es sólo el que quita la vida.
No obstante, en tiempos inmemoriales, lo más probable es que en este
tipo de cuento la vieja interpretara el papel de la iniciadora que al mismo
tiempo pone obstáculos a la joven y dulce heroína en su paso de la tierra de
los vivos a la tierra de los muertos. Desde un punto de vista psíquico, todo
eso concuerda con la psicología junguiana, la teología y las antiguas
religiones nocturnas, según las cuales el Yo o, en nuestra forma de hablar, la
Mujer Salvaje, siembra en la psique toda suerte de semillas y desafíos con el
fin de que la mujer desesperada regrese a su naturaleza original en busca de
respuestas y de fuerza, uniéndose de nuevo al gran Yo Salvaje para, a partir de
aquel momento, actuar en la medida de lo posible como sí ambos fueran una sola
cosa.
En cierto modo, esta distorsión del cuento distorsiona nuestra
in-formación acerca de los antiguos pasos que integraban el regreso de la mujer
al mundo subterráneo. Pero, en realidad, esta sustitución de la vieja por el
demonio resulta extremadamente importante para nosotras en la actualidad, pues,
para poder descubrir los antiguos caminos que condu-cen al inconciente, nos
vemos obligadas a menudo a luchar contra el de-monio disfrazado de mandatos
culturales, familiares o intrapsíquicos que devalúan la vida del alma de lo
femenino salvaje. En este sentido, el cuento tiene un doble efecto; por un lado
contiene los suficientes huesos del anti-guo ritual como para que podamos
reconstruirlo y, por otro, nos muestra de qué manera el depredador natural
trata de apartarnos de los derechos que nos corresponden y de arrebatarnos las
tareas del alma.
Los principales autores de la transformación presentes en el vergel en
este momento son, en orden aproximado de aparición: la doncella, el espíritu
vestido de blanco, el hortelano, el rey, el mago, la madre/ vieja y el demonio.
Éstos simbolizan tradicionalmente las siguientes fuerzas in-trapsíquicas:
LA DONCELLA
Tal como ya hemos visto, la doncella simboliza la sincera psique
pre-viamente dormida. Pero la heroína- guerrera permanece oculta bajo su dulce
capa exterior. Tiene la resistencia propia de la loba solitaria. Es ca-paz de
soportar la suciedad, la mugre, la traición, el daño, la soledad y el exilio de
la iniciada. Es capaz de vagar sin rumbo por el mundo subterrá-
neo y de regresar enriquecida al mundo de arriba. Aunque al iniciar el
descenso quizá no pueda formularlas con claridad, está siguiendo las
ins-trucciones y las directrices de la Vieja Madre, de la Mujer Salvaje.
EL ESPIRITU VESTIDO DE BLANCO
En todas las leyendas y todos los cuentos de hadas, el espíritu vesti-do
de blanco es el guía, el que posee una dulce sabiduría innata y que es algo así
como el explorador del viaje de la mujer. Entre algunas mese-mondók, este
espíritu se consideraba un fragmento de un antiguo y valioso dios despedazado
que seguía encarnándose en los seres humanos. Por su atuendo, el espíritu
vestido de blanco guarda estrecha relación con la mir-íada de diosas de la
Vida/Muerte/Vida de las distintas culturas, todas ellas esplendorosamente
vestidas de blanco: La Llorona, Berchta, Hel, etc. Lo cual quiere decir que el
espíritu vestido de blanco es un auxiliar de la madre/vieja que, en la
psicología arquetípica, es también la diosa de la Vida/Muerte/Vida.
EL HORTELANO
El hortelano es el cultivador del alma, un guardián regenerador de la
semilla, la tierra y la raíz. Es similar al Kokopelli de los indios hopi, un
espíritu jorobado que cada primavera se presenta en las aldeas y fertiliza no
sólo las cosechas sino también a las mujeres. La función del hortelano es la
regeneración. La psique de la mujer tiene que sembrar, desarrollar y cosechar
constantemente nueva energía para poder sustituir la vieja y gas-tada. Hay una
natural entropía, o desgaste y utilización, de los componen-tes psíquicos. Es
bueno que así sea y así debería funcionar la psique, pero hay que tener nueva
energía lista para sustituir a la vieja. Éste es el papel del hortelano en la
tarea de la psique. Lleva la cuenta de la necesidad de cambio y reabastecimiento.
En el interior de la psique, hay vida constante, constante enfrentamiento con
la muerte y constante sustitución de ideas, imágenes y energías.
EL REY
El rey (25) representa un tesoro de sabiduría en el mundo subterrá-neo.
Posee la capacidad de sacar la sabiduría interior al mundo exterior y ponerla
en práctica sin disimulos, murmullos o disculpas. El rey es el hijo de la
madre/vieja. Como ella y probablemente siguiendo su ejemplo, inter-viene en el
mecanismo del proceso vital de la psique: el debilitamiento, la muerte y el
regreso de la conciencia. Más adelante, cuando vaga en busca de su reina
perdida, experimentará una especie de muerte que lo trans-formará de un rey
civilizado en un rey salvaje. Encontrará a su reina y re-nacerá. En términos
psíquicos eso significa que las antiguas actitudes cen-trales de la psique
morirán cuando la psique adquiera nuevos conocimien-
tos. Las antiguas actitudes serán sustituidas por nuevos o renovados
pun-tos de vista acerca de casi todo lo que constituye la vida de la mujer. En
este sentido, el rey simboliza la renovación de las actitudes y leyes
domi-nantes de la psique femenina.
EL MAGO
El mago o brujo (26) que acompaña al rey para interpretar lo que éste ve
simboliza la magia directa del poder de la mujer. Cosas como el recuer-do
instantáneo, la visión a mil leguas de distancia, la capacidad de oír desde
miles de kilómetros o de captar lo que hay detrás de los ojos de un ser -humano
o animal- son cualidades propias de lo femenino instintivo. Es el mago quien
participa de ellas y quien tradicionalmente ayuda a con-servarlas y ponerlas en
práctica en el mundo exterior. Aunque el mago también puede ser una maga, aquí
es una poderosa figura masculina simi-lar al valeroso hermano de los cuentos de
hadas que, por amor a su her-mana, es capaz de hacer cualquier cosa para
ayudarla. El mago siempre posee un potencial ambivalente. En los sueños y en
los cuentos se presen-ta indistintamente como hombre o como mujer. Puede ser
macho, hembra, animal o mineral y cambiar de disfraz con tanta soltura como la
vieja, su réplica femenina. En la vida conciente, el mago ayuda a la mujer a
conver-tirse en lo que quiera y a representarse a sí misma como quiera en un
momento determinado.
LA REINA MADRE/VIEJA
En este cuento la reina madre/vieja es la madre del rey. Esta figura
simboliza muchas cosas, entre ellas la fecundidad, la inmensa capacidad de ver
los trucos del depredador y de atemperar las maldiciones. La pala-bra
"fecundidad", que suena como un tambor cuando se pronuncia en voz
alta, significa algo más que fertilidad; quiere decir fecundable a la manera en
que es fecundable la tierra. Es aquella tierra negra en la que brilla la mica,
las negras y peludas raíces y toda la vida anterior, desmenuzada en un
aromático mantillo. La palabra "fertilidad" contiene el significado
de las semillas, los huevos, los seres y las ideas. La fecundidad es la materia
esencial en la que se depositan, preparan, calientan, incuban y guardan las
semillas. Es por eso por lo que la vieja madre es designada a menudo con sus
nombres más antiguos -Madre Polvo, Madre Tierra, Mam y Ma-, pues ella es el
abono que hace nacer las ideas.
EL DEMONIO
En este cuento, la doble naturaleza del alma de la mujer, que la aco-sa
y la sana al mismo tiempo, ha sido sustituida por una sola figura, la del
demonio. Tal como ya hemos dicho anteriormente, esta figura del demonio
representa al depredador natural de la psique femenina, un aspecto contra
natura que se opone al desarrollo de la psique y trata de matar el alma.
Es una fuerza separada de su otra faceta, la que da la vida. Una fuerza que se
tiene que vencer y reprimir. La figura del demonio no es lo mismo que otra
fuente natural de acoso y hostigamiento también presente en la psique fe-menina
y que yo llamo el álter-alma. El álter-alma opone resistencia y es positiva.
Aparece a menudo en los sueños femeninos, los cuentos de hadas y los mitos como
una figura que cambia constantemente de aspecto y que magnetiza y atormenta a
la mujer hasta obligarla a efectuar un descenso que, en condiciones ideales,
culmina en una reunión con sus recursos más profundos.
Por consiguiente, en este vergel del mundo subterráneo se va a pro-ducir
la unión de estas poderosas partes de la psique, tanto masculinas como
femeninas. Forman una conjunctio. La palabra procede de la alqui-mia y
significa una más elevada unión transformativa de sustancias dispa-res. Cuando
estos contrarios se frotan conjuntamente se produce la acti-vación de ciertos
procesos intrapsíquicos. Actúan como el pedernal que se frota contra la piedra
para encender el fuego. A través de la conjunción y la presión de elementos
dispares que habitan en el mismo espacio psíquico se produce la energía del
alma, la perspicacia y la sabiduría.
La presencia del tipo de conjunctio que se produce en el cuento mar-ca
la activación de un lujuriante ciclo de la Vida/Muerte/Vida. Cuando se produce
esta insólita y valiosa reunión, sabemos que está a punto de ocu-rrir una
muerte espiritual, que es inminente un matrimonio espiritual y que nacerá una
nueva vida. Estos factores predicen lo que va a ocurrir. La conjunctio no es
algo que se pueda ir a buscar. Es algo que ocurre como consecuencia de un
intenso esfuerzo.
Así pues, envueltas en nuestras vestiduras cubiertas de barro, ba-jamos
por un camino que jamás habíamos visto mientras la señal de la naturaleza
salvaje brilla cada vez con más fulgor a través de nosotras. Hay que decir que
esta conjunctio requiere una drástica revisión de lo que una ha sido hasta
ahora. Si estamos en el vergel y podemos identificar la pre-sencia de estos
aspectos psíquicos, ya no hay vuelta atrás, tenemos que seguir adelante.
¿Qué más podemos decir acerca de las peras? Están ahí para las que
tienen hambre durante su largo viaje al mundo subterráneo. Tradicio-nalmente se
utilizan distintos frutos para simbolizar el vientre femenino, casi siempre
peras, manzanas, higos y melocotones, aunque, por regla ge-neral, cualquier
objeto que tenga forma exterior e interior y en cuyo centro haya semillas de
las que pueda surgir algo vivo -huevos, por ejemplo- pue-de representar esta
capacidad de la "vida dentro de la vida" de lo femenino. Las peras
del cuento representan arquetípicamente un estallido de nueva vida, una semilla
de un nuevo yo.
En muchos mitos y cuentos de hadas los árboles frutales se encuen-tran
bajo el dominio de la Gran Madre, la vieja Madre Salvaje, y el rey y sus
hombres son los mayordomos. Las peras del jardín están numeradas,
pues en este proceso transformativo se tienen en cuenta todos los
detalles. No es un designio ciego. Todo está registrado y controlado. La vieja
Madre Salvaje sabe cuántas sustancias transformativas posee. El rey viene para
contar las peras, no en celoso gesto de posesión sino en su afán de descu-brir
si ha llegado alguien nuevo al mundo subterráneo para comenzar su profundo
proceso de iniciación. El mundo del alma siempre espera al prin-cipiante y al
que vaga sin rumbo.
La pera que se inclina para alimentar a la doncella es como una campana
que repica en el vergel del mundo subterráneo, convocando to-das las fuerzas y
las fuentes, al rey, al mago, al hortelano y, finalmente, a 1a anciana madre;
todos corren a saludar, sostener y ayudar a la princi-piante.
Las figuras santas de todos los tiempos nos aseguran y confirman que, en
el transformativo camino abierto ya hay "un lugar preparado para
nosotras". Y el destino nos arrastra o nos empuja a este lugar con la
ayuda del rastro y la intuición. Todas acabamos llegando al vergel del rey. Tal
como debe ser.
En este episodio, los tres atributos masculinos de la psique femenina
-el jardinero, el rey y el mago- son los vigilantes que interrogan y prestan su
auxilio durante el viaje por el mundo subterráneo donde nada es lo que parece
al principio. Cuando el aspecto regio de la psique subterránea fe-menina
averigua que ha habido un cambio en la disposición del vergel, se presenta en
compañía del mago de la psique que comprende las cuestiones de los mundos
humano y espiritual y sabe distinguir entre los distintos aspectos psíquicos
del inconciente.
Así pues, ambos contemplan cómo el espíritu vuelve a vaciar el foso. Tal
como ya hemos dicho antes, el foso tiene un significado simbólico simi-lar al
del Éstige, el río venenoso en el que las almas de los muertos eran trasladadas
desde la tierra de los vivos al país de los muertos. El río no era venenoso
para los muertos sino tan sólo para los vivos. Hay que guardarse por tanto de
la sensación de descanso y cumplimiento que puede inducir a los seres humanos a
pensar que una obra espiritual o la conclusión de un ciclo espiritual es un
punto en el que uno se puede detener y dormir para siempre en sus laureles. El
foso es un lugar de descanso para los muertos, un cumplimiento al que se llega
al término de la vida, pero la mujer viva no puede permanecer mucho tiempo
cerca de él, pues se podría adormilar en los ciclos que configuran el alma
(27).
A través de este símbolo del río circular que es el foso el cuento nos
advierte de que esta agua no es un agua cualquiera sino un agua especial, Es un
agua que marca una frontera como el círculo de tiza que la doncella había
trazado para alejar al demonio. Cuando alguien cruza un círculo o penetra en su
interior, entra o pasa a través de otro estado de ser y de otro estado de
conciencia o ausencia de ella,
Aquí la doncella pasa a través de un estado de inconsciencia reser-vado
a los muertos. No tiene que beber el agua ni vadearla sino cruzar su lecho
seco. Puesto que la mujer tiene que atravesar la tierra de los muertos
en sentido descendente, a veces se desorienta y cree que morirá para
siempre. Pero no es así. Su misión es atravesar la tierra de los muertos como
una criatura viva, pues en eso consiste la conciencia.
Por consiguiente, el foso es un símbolo muy importante y el hecho de que
el espíritu del cuento lo vacíe nos ayuda a comprender qué tenemos que hacer en
nuestro viaje. No tenemos que tendemos a dormir, satisfe-chas de lo que hemos
hecho hasta ahora en nuestra tarea. Tampoco tene-mos que arrojarnos al río en
un insensato intento de acelerar el proceso. Hay una muerte con "m"
minúscula y una Muerte con "M" mayúscula. La que busca )a psique en
este proceso de los ciclos de la Vida/Muerte/Vida es la muerte por un instante,
no La Muerte Eterna.
El mago se acerca al espíritu y a la joven, pero no demasiado. Y
pre-gunta:
-¿Eres de este mundo o no eres de este mundo?
Y la doncella, vestida con los andrajos propios de una criatura
des-pojada de su ego y acompañada por el cuerpo resplandecientemente blan-co de
un espíritu, le contesta al mago que se encuentra en la tierra de los muertos a
pesar de que está viva.
-Antes era del mundo y, sin embargo, no soy de este mundo. Cuando el rey
le pregunta al mago: "¿Es un ser humano o es un
espíritu?", el mago le contesta que es ambas cosas.
La críptica respuesta de la doncella, da fe de que ésta pertenece a la
tierra de los vivos pero está entrando en la cadencia de la Vida/Muerte/ Vida
y, como consecuencia de ello, es un ser humano en fase de descenso y, al mismo
tiempo, una sombra de su antiguo yo. Puede vivir en el tiempo del mundo de
arriba, pero la obra de la transformación se produce en el mundo subterráneo y
ella puede vivir en los dos como La Que Sabe. Todo eso se hace para que ella
aprenda y abra el camino que conduce al verda-dero yo salvaje.
Para ahondar en el significado del material de la Doncella Manca, he
aquí unas cuantas preguntas que ayudarán a las mujeres a comprender sus viajes
al mundo subterráneo. Las preguntas están formuladas de tal manera que se
pueden contestar tanto individual como colectivamente. La formulación de
preguntas crea una luminosa red que se teje cuando las mujeres hablan entre sí,
arrojan esta red a su mente colectiva y la sacan llena de relucientes, inertes,
estranguladas, fluctuantes y anhelantes for-mas de sus vidas interiores de
mujeres para que todo el mundo las vea y pueda trabajar con ellas.
Cuando se contesta a una pregunta, siguen otras y, para aprender más,
respondemos también a las siguientes. He aquí algunas de las pre-guntas: ¿Cómo
se puede vivir diaria y simultáneamente en el mundo exte-rior y en el
subterráneo? ¿Qué hay que hacer para descender al mundo subterráneo por la
propia cuenta? ¿Qué circunstancias de la vida ayudan a la mujer a efectuar el
descenso? ¿Podemos elegir entre bajar o quedarnos arriba? ¿Qué ayuda espontánea
hemos recibido de la naturaleza instintiva durante este período?
Cuando las mujeres (o los hombres) se encuentran en este estado de doble
ciudadanía, a veces cometen el error de pensar que lo mejor que se puede hacer
es apartarse del mundo exterior con las ineludibles obligacio-nes y tareas que
éste nos impone y que tanta irritación nos causan. Sin embargo, éste no es el
mejor camino, pues en tales circunstancias el mun-do exterior es la única
cuerda atada al tobillo de la mujer que anda sin rumbo y trabaja colgada boca
abajo en el mundo subterráneo. Se trata de un período extremadamente importante
en el que lo del mundo exterior tiene que desempeñar el papel que le
corresponde, creando una tensión y un equilibrio "de otro mundo" que
nos ayuden a alcanzar un final positivo.
Por eso vagamos sin rumbo por el camino, preguntándonos -más bien
musitando para nuestros adentros, si hemos de ser sinceras- "¿Soy de este
mundo o del otro?", y contestando "Soy de los dos". Y pensamos
en ello mientras proseguimos nuestra marcha. Una mujer que se encuentra en
semejante proceso tiene que pertenecer a ambos mundos. Precisamente el hecho de
vagar sin rumbo de esta manera es lo que nos ayuda a vencer los últimos
vestigios de resistencia y arrogancia y a acallar las últimas ob-jeciones que
pudiéramos poner, pues este tipo de vagabundeo resulta ago-tador. Pero, al
mismo tiempo, este tipo de cansancio nos induce a abando-nar finalmente los
temores y ambiciones del ego y a aceptar lo que viene. Gracias a ello, nuestra
comprensión del período que hemos pasado en las selvas subterráneas será
profunda y total.
En el cuento, la segunda pera se inclina para alimentar a la doncella y,
puesto que el rey es el hijo de la vieja Madre Salvaje y el vergel le
perte-nece a ella, la joven está saboreando, en realidad, los frutos de los
secretos de la vida y la muerte. Puesto que el fruto es una imagen primordial
de los ciclos del florecimiento, el desarrollo, la maduración y el declive, el
hecho de comerlo inserta en la iniciada un reloj o cronómetro psíquico que
cono-ce las pautas de la Vida/Muerte/Vida y que, a partir de este instante,
sue-na cuando llega el momento de que muera una cosa e inmediatamente centra su
atención en el nacimiento de otra.
¿Cómo encontramos la pera? Sumergiéndonos en los misterios de lo
femenino, en los ciclos de la tierra, los insectos, los animales, los pájaros,
los árboles, las flores, las estaciones, el fluir de los ríos y los niveles de
sus aguas, en el pelaje de los animales, más o menos tupido según las
estacio-nes, en los ciclos de la opacidad y la transparencia de nuestros
procesos de individuación y en nuestros ciclos de necesidad y disminución de la
sexualidad, en la religión, el ascenso y el descenso.
Comer la pera significa alimentar nuestra profunda hambre de es-cribir,
pintar, esculpir, tejer, soltar nuestro discurso, defender algo, expo-ner
esperanzas, ideas y creaciones que jamás se hayan visto en este mun-do. Resulta
extremadamente nutritivo volver a integrar en nuestra vida moderna todas las
pautas y principios de sensibilidad innata y todos los ciclos que ahora
enriquecen nuestra vida.
Ésta es la verdadera naturaleza del árbol psíquico: crece, se nos
ofrece, lo usamos, deja semillas de nuevas cosas, nos ama. Tal es el miste-
rio de la Vida/Muerte/Vida. Es una antigua e inquebrantable pauta
ante-rior al agua y la luz. Sabemos que, una vez que se aprenden los ciclos y
sus representaciones simbólicas, ya sean éstas la pera, el árbol, el vergel,
las fases y períodos de la vida de la mujer, éstos se repiten una y otra vez y
siempre de la misma manera. La pauta es la siguiente: En todo este morir hay
una inutilidad que, cuando buscamos nuestro camino, se transforma en utilidad.
La sabiduría que adquirimos se manifiesta a medida que pro-seguimos nuestro
avance. En todo lo que vive, la pérdida lleva consigo una ganancia. Nuestra
tarea es interpretar este ciclo de la Vida/Muerte/Vida, vivirlo con todo el
entusiasmo que podamos, aullar como un perro enlo-quecido cuando ello no sea
posible y seguir adelante, pues, al final de nuestro camino, se encuentra la
amorosa familia subterránea de la psique que nos acogerá en sus brazos y nos
prestará su ayuda.
El rey ayuda a la doncella a vivir mejor en el mundo subterráneo de su
tarea. Y es bueno que así sea, pues a veces durante el descenso la mu-jer se
siente no tanto una neófita cuanto un pobre monstruo que se ha es-capado
involuntariamente del laboratorio del médico loco. Pero desde su privilegiado
punto de observación las figuras del mundo subterráneo nos ven como una hermosa
forma de vida que trata por todos los medios de seguir adelante. Desde el punto
de vista del mundo subterráneo somos una vigorosa llama que golpea contra un
cristal oscuro con el propósito de romperlo y alcanzar la libertad. Y todas las
fuerzas de nuestro hogar sub-terráneo corren a nuestro encuentro para
sostenernos.
En los relatos antiguos el propósito del descenso de la mujer al mundo
subterráneo era el de casarse con el rey (en algunos ritos no había ningún rey
y la neófita se casaba probablemente con alguna representa-ción de la Mujer
Salvaje del mundo subterráneo) y en este cuento vemos un vestigio de este hecho
cuando el rey ve a la doncella y se enamora in-mediatamente de ella sin la
menor vacilación. La reconoce como suya no a pesar de su carencia de manos y
del lamentable estado salvaje en que se encuentra sino precisamente por eso. El
tema del profundo desvalimiento en el que la mujer se siente no obstante tan
apoyada sigue desarrollándo-se. Aunque vaguemos sin rumbo, sucias, abandonadas,
mancas y medio ciegas, una gran fuerza del Yo nos ama y nos estrecha apretadamente
con-tra su pecho.
Las mujeres que se encuentran en tal estado experimentan a menu-do una
gran emoción, la misma que experimenta una mujer que encuentra finalmente a un
compañero que es justo lo que ella soñaba. Es un momen-to extraño, un momento
paradójico, pues estarnos sobre la tierra y, al mismo tiempo, debajo de ella.
Vagamos sin rumbo pero somos amadas. No somos ricas pero nos dan de comer. En
términos junguianos dicho estado se denomina la "tensión de los
contrarios", en la que algo de cada polo de la psique se multiplica en
determinado momento y crea un nuevo territo-rio. En la psicología freudiana es
una "bifurcación", en la que la disposi-ción o actitud esencial de la
psique se divide en dos polaridades: blanco y negro, bueno y malo. Entre las
cuentistas de mi cultura, este estado se
llama nacer dos veces. Es el momento en que se produce un segundo
na-cimiento a través de una fuente mágica, después del cual el alma se
pro-clama heredera de dos estirpes, una perteneciente al mundo físico y otra al
mundo invisible.
El rey dice que la protegerá y la amará. Ahora la psique ya ha
alcan-zado un mayor grado de conciencia; habrá un matrimonio muy interesante
entre el rey vivo de la tierra de los muertos y la mujer manca de la tierra de
los vivos. Un matrimonio entre dos seres tan dispares pondría a dura prueba un
profundo amor entre dos personas, ¿verdad? Pero este matri-monio guarda
relación con todos los picarescos matrimonios de los cuen-tos de hadas en los
que se unen dos vidas muy fuertes pero extremada-mente distintas. La cenicienta
y el príncipe, la mujer y el oso, la joven y la luna, la doncella foca y el
pescador, la doncella del desierto y el coyote. El alma absorbe la sabiduría de
cada parte. Eso es lo que significa nacer dos veces.
Tanto en las bodas de los cuentos de hadas como en las del mundo de
arriba, el gran amor y la unión entre dos seres distintos puede durar
eternamente o sólo hasta que se completa la lección. En la alquimia el
ma-trimonio entre los contrarios significa que muy pronto habrá una muerte y un
nacimiento, tal como veremos más adelante en este cuento.
El rey ordena que le hagan a la doncella unas manos espirituales que
actuarán en su nombre en el mundo subterráneo. Al llegar a esta fase la mujer
adquiere la destreza necesaria para hacer el viaje; su sumisión a él es total,
ha recuperado el sentido de la orientación y también la destreza manual. La
destreza manual en el mundo subterráneo se adquiere lla-mando, dirigiendo,
consolando y recurriendo a los poderes de este mundo, pero también rechazando
los aspectos negativos como la somnolencia y otros parecidos. Si el símbolo de
la mano en el mundo de arriba lleva un radar sensorial, la mano simbólica en el
mundo subterráneo puede ver en la oscuridad y a través del tiempo.
La idea de sustituir las partes perdidas con extremidades de Plata, oro
o madera tiene una larguísima tradición de muchos siglos. En los cuentos de
hadas de Europa y de las regiones circumpolares, la orfebrería es el arte de
los homunculi, los duendes, los dvergar, los espíritus domésti-cos, los trasgos
y los elfos, que, traducidos en términos psicológicos, son los aspectos
elementales del espíritu que habitan en lo más profundo de la psique y extraen
de ella valiosas ideas. Todas estas criaturas son unos pe-queños psicopompos,
es decir, unos mensajeros intermediarios entre la fuerza del alma y los seres
humanos. Desde tiempos inmemoriales, los ob-jetos fabricados con metales
preciosos se asocian con esos industriosos y a menudo malhumorados huroneros.
Es un ejemplo más de la actuación de la psique en nuestro nombre, aunque
nosotras no estemos constantemen-te presentes en los distintos talleres.
Como en todas las cosas del espíritu, las manos de plata están car-gadas
de historia y misterio. Existen numerosos mitos y cuentos en los que se
describe el origen de las mágicas prótesis y se revela quién las
formó, quién hizo los moldes, quién las transportó, hizo el vaciado, las
dejó enfriar, las pulió y las acopló. En la Grecia clásica, la plata es uno de
los metales preciosos de la fragua de Hefesto. Como la doncella, el dios
Hefes-to fue mutilado en unas circunstancias dramáticas relacionadas con sus
progenitores. Es probable que Hefesto y el rey del cuento sean figuras
in-tercambiables. Hefesto y la doncella de las manos de plata son hermanos
arquetípicos; ambos tienen unos padres que no comprenden su valor. Cuando nació
Hefesto, su padre Zeus exigió que fuera cedido en adopción y su madre Hera
accedió a hacerlo, por lo menos hasta que el niño crecie-ra. Después lo
devolvió al Olimpo. El joven se había convertido en un pla-tero y orfebre de
asombrosa habilidad. Se produjo una discusión entre Zeus y Hera, pues Zeus
estaba celoso de su hijo. Hefesto se puso del lado de su madre en la discusión
y Zeus arrojó al muchacho al pie del monte, destrozándole las piernas.
El lisiado Hefesto no se dio por vencido y se negó a morir. Encendió la
hoguera más grande que jamás hubiera habido en su fragua y se hizo unas piernas
de plata y oro de rodillas para abajo. Forjó toda suerte de ob-jetos mágicos y
se convirtió en el dios del amor y de la restauración místi-ca. Se podría decir
que es el patrón de los objetos y las personas que se desmembran, se rompen, se
quiebran, se agrietan, se desportillan y se de-forman. Muestra un especial
afecto por los que nacen tullidos y por aque-llos cuyos corazones o sueños
están rotos.
A todos les aplica los remedios que forja en su prodigiosa fragua,
re-parando, por ejemplo, un corazón con venas de oro puro, fortaleciendo una
extremidad lisiada con un revestimiento de plata y otorgándole la mágica
capacidad de suplir las deficiencias provocadas por la lesión.
No es una simple casualidad que los tuertos, los cojos, los mancos y
todos aquellos que sufren alguna deficiencia física hayan sido apreciados a lo
largo del tiempo por su sabiduría especial. Su lesión o deficiencia los obliga
a una edad muy temprana a entrar en ciertas partes de la psique normalmente
reservadas a los muy ancianos. Y todos ellos se encuentran bajo la amorosa
protección de Hefesto, el artesano de la psique. Una vez creó doce doncellas
que podían caminar, hablar y conversar y cuyas ex-tremidades eran de oro y
plata. Cuenta la leyenda que se enamoró de una de ellas y pidió a los dioses
que la convirtieran en un ser humano, pero ésa ya es otra historia.
Recibir unas manos de plata es adquirir las habilidades de las ma-nos
espirituales, el toque curativo, la capacidad de ver en la oscuridad y la
posesión de una poderosa sabiduría a través de la percepción física. Estas
manos encierran en sí toda una médica psíquica, con la que alimentan, remedian
y sostienen. Al llegar a esta fase la doncella ya ha adquirido el toque de la
curandera herida. Las manos psíquicas le permitirán captar mejor los misterios
del mundo subterráneo, pero serán conservadas como un regalo cuando ella
finalice su tarea y ascienda de nuevo al mundo de arriba.
En esta fase del descenso suelen producirse unos misteriosos, ex-traños
y curativos actos que no dependen de la voluntad del ego y son el resultado de
las manos espirituales, es decir, de un místico vigor curativo. En tiempos
antiguos, estas aptitudes místicas correspondían a las ancia-nas de las aldeas,
pero éstas no las adquirían en el momento en que les salían las primeras canas;
las iban acumulando a lo largo de muchos años de duro esfuerzo y resistencia. Y
en eso estamos también nosotras.
Se podría decir que las manos de plata representan la coronación de la
doncella en un nuevo papel. Pero no se trata de la coronación de su ca-beza
sino del acoplamiento de unas manos de plata a los muñones de sus brazos. Ésta
es su coronación como reina del mundo subterráneo. Para aplicar ahora un poco
más de paleomitología, recordemos que en la mito-logía griega Perséfone no sólo
era la hija de su madre sino también la reina de la tierra de los muertos.
En otros relatos menos conocidos acerca de ella, Perséfone sufre
dis-tintos tormentos como, por ejemplo, permanecer colgada durante tres días
del Árbol del Mundo con el fin de redimir las almas que no han sufrido lo
bastante como para que sus espíritus adquieran más profundidad. El eco de este
Cristo/Crista es perceptible en "La doncella manca". El paralelismo
se intensifica si tenemos en cuenta que el significado de los Campos Elíse-os,
la morada de Perséfone en el mundo subterráneo, es "el país de las manzanas"
-alisier es la denominación pre-gala de sorb, manzana- y que la artúrica Avalon
también significa lo mismo. La doncella manca está direc-tamente asociada con
el manzano en flor.
Se trata de una antigua criptología. Cuando aprendemos a descifrar-la,
vemos que Perséfone la del país de las manzanas, la doncella manca y el manzano
en flor son el mismo habitante de las tierras salvajes. Vemos en ellos que los
cuentos de hadas y los mitos nos han dejado un mapa muy claro de los
conocimientos y las prácticas del pasado y de nuestra manera de proceder en el
presente.
Ahora, al final de la cuarta fatiga de la doncella manca, podríamos
decir que el descenso de la doncella ya se ha completado, pues ésta ha si-do
nombrada reina de la vida y la muerte. Es la mujer lunar que sabe lo que ocurre
durante la noche y hasta el sol tiene que pasar por delante de ella en el mundo
subterráneo para poder renovarse con vistas al nuevo día. Pero eso todavía no
es la lysis, la conclusión. Sólo estamos en el punto central de la
transformación, un lugar en el que se nos sostiene amorosa-mente, pero listas
para sumergirnos lentamente en otro abismo. Por consi-guiente, tenemos que
seguir.
La quinta fase: El tormento del alma
El rey se va a la guerra a un reino lejano, le pide a su madre que cuide
de la joven reina y que le envíe un mensaje en caso de que su esposa tenga un
hijo. La joven reina da a luz a una preciosa criatura y envía el venturoso
mensaje. Pero el mensajero se queda dormido junto al río, apa-
rece el demonio y cambia el mensaje por otro que dice "La reina ha
dado a luz un hijo que es medio perro".
Horrorizado, el rey envía, sin embargo, un mensaje de respuesta,
pi-diendo que se ame a la reina y se la atienda en aquella amarga hora. El
mensajero vuelve a quedarse dormido junto al río, aparece otra vez el de-monio
y cambia el mensaje por otro que dice "Matad a la reina y a su hijo".
La anciana madre, aterrorizada ante aquella petición, envía a otro mensa-jero
para confirmarla y el mensajero va y viene, quedándose cada vez dor-mido junto
al río. Los mensajes cambiados por el demonio son cada vez más horrendos. El
último de ellos dice "Conservad la lengua y los ojos de la reina como
prueba de que ha muerto".
La madre del rey se niega a matar a la dulce y joven reina. En su
lu-gar, sacrifica una paloma y guarda los ojos y la lengua. Después ayuda a la
joven reina a atarse la criatura al pecho y, cubriéndola con un velo, le dice
que huya para salvar la vida. Ambas mujeres se echan a llorar y se despiden con
un beso.
Como Barba Azul, Jasón, el famoso héroe del vellocino de oro, el hidalgo
de "La Llorona" y los esposos/amantes de los cuentos de hadas y la
mitología, el rey se casa y se va a tierras lejanas. ¿Por qué estos míticos
esposos se alejan después de la noche de bodas? El motivo es distinto en cada
relato, pero el hecho psíquico esencial es el mismo. La regia energía de la
psique disminuye y retrocede para que pueda producirse la siguiente fase del
proceso de la mujer: la puesta a prueba de su recién encontrada posición
psíquica. En el caso del rey, éste no la ha abandonado, pues su madre la cuida
en su ausencia.
El siguiente paso es la formación de la relación de la doncella con la
anciana Madre Salvaje y el alumbramiento. Aquí se pone a prueba el vínculo
amoroso entre la doncella y el rey y entre la doncella y la anciana madre. Uno
de los vínculos es el del amor entre polos opuestos y el otro es el del amor
del profundo Yo femenino.
La partida del rey es un leitmotiv universal de los cuentos de hadas.
Cuando experimentamos no una retirada del apoyo sino una disminución de la
cercanía de dicho apoyo, podemos tener la certeza de que está a pun-to de
empezar un período de prueba en el que tendremos que alimentarnos
exclusivamente con la memoria del alma hasta que se produzca el regreso del
amado. En tales circunstancias, nuestros sueños nocturnos, sobre to-do los más
sorprendentes y penetrantes, serán el único amor que tendre-mos durante algún
tiempo.
He aquí algunos de los sueños que, a juicio de las mujeres, las
ayu-daron enormemente durante esta fase.
Una simpática y dinámica mujer de mediana edad soñó que veía en el cieno
de la tierra un par de labios y que, al sentarse ella en el suelo, aquellos
labios le hablaban en susurros y después la besaban inespera-damente en la
mejilla.
Otra mujer que trabajaba con ahínco tuvo un sueño engañosamente
sencillo: se pasaba toda una noche durmiendo como un tronco. Al desper-
tar de aquel sueño, se sintió totalmente descansada y en todo su cuerpo
no había ni un solo músculo, nervio o célula fuera de su sitio.
Otra mujer soñó que la operaban a corazón abierto y que la sala de
quirófano carecía de techo, por lo que la luz que la iluminaba era la del sol.
Sintió que la luz del sol le acariciaba el corazón y oyó decir al cirujano que
la operación ya no era necesaria.
Esta clase de sueños son experiencias de la naturaleza salvaje feme-nina
y de Aquella que lo ilumina todo. Emocional y a menudo físicamente profundos,
son unos estados parecidos a unas reservas ocultas de alimen-to, a las que
podernos recurrir cuando escasea el sustento espiritual.
Mientras el rey se aleja en pos de su aventura, su aportación psíqui-ca
al descenso de la doncella se mantiene inalterada gracias al amor y el
recuerdo. La doncella comprende que el regio principio del mundo sub-terráneo
tiene un compromiso con ella y no la dejará abandonada, tal co-mo le prometió
antes de casarse, Al llegar a esta fase la mujer suele estar "llena de su
Yo". Está embarazada, lo cual significa que está llena de una naciente
idea acerca de lo que será su vida, siempre y cuando no inte-rrumpa su tarea.
Es un período mágico y desalentador tal como tendremos ocasión de ver, pues se
trata de un ciclo de descensos, en el que siempre hay otro a la vuelta de la
esquina.
A causa de este estallido de nueva vida, la existencia de la mujer
su-fre un nuevo tropiezo cerca del borde y la mujer vuelve a lanzarse al
abis-mo. Pero esta vez el amor de lo masculino interior y el viejo Yo salvaje
la sostienen como jamás la habían sostenido anteriormente.
La unión del rey y la reina del mundo subterráneo produce una cria-tura.
Una criatura creada en el mundo subterráneo es mágica y tiene todo el potencial
que se suele asociar con el mundo subterráneo, como, por ejemplo, un oído muy
fino y una innata sensibilidad, pero aquí está en su fase de anlage o de
"aquello que será". Aquí es cuando a las mujeres que están realizando
el viaje se les ocurren sorprendentes ideas que algunos podrían calificar de
grandiosas, pues son el resultado de unos ojos nuevos y juveniles y de unas
nuevas expectativas. Entre las muy jóvenes podría ser algo tan sencillo como
descubrir nuevos intereses y nuevas amistades. En el caso de mujeres más
maduras puede ser toda una tragicómica epi-fanía de divorcio, recuperación y
posterior existencia feliz hecha a la medi-da.
La criatura espiritual induce a las mujeres sedentarias a practicar el
alpinismo en los Alpes a los cuarenta y cinco años. La criatura espiritual
induce a una mujer obsesionada con la cera de abrillantar los suelos a
matricularse en la universidad. La criatura espiritual hace que las mujeres que
pierden el tiempo con tareas seguras se echen al camino con la espal-da
inclinada bajo el peso de sus mochilas.
El alumbramiento psíquico equivale a convertirse en una misma, es decir,
a ser una psique indivisa. Antes del nacimiento de esta nueva vida en el mundo
subterráneo, es muy probable que una mujer piense que to-das las partes y
personalidades de su interior son algo así como un bati-
burrillo de vagabundos que entran y salen de su vida. En el
alumbramien-to del mundo subterráneo, una mujer aprende que todo lo que la roza
for-ma parte de ella. A veces cuesta llevar a cabo esta diferenciación de todos
los aspectos de la psique, sobre todo cuando las tendencias y los impulsos nos
repelen. El reto de amar los aspectos poco atractivos de nuestra per-sonalidad
constituye una empresa tan ardua como la más difícil que pue-da haber llevado a
cabo cualquier heroína.
A veces tememos que el hecho de identificar más de un yo en el in-terior
de la psique pueda significar que somos unas enfermas psíquicas. Si bien es
cierto que las personas que padecen trastornos psíquicos experi-mentan también
la existencia de varios yos y se identifican con ellos o los rechazan
violentamente, la persona que no padece ningún trastorno man-tiene los yos
interiores de manera ordenada y racional, los utiliza con pro-vecho y le sirven
para crecer y prosperar. En casi todas las mujeres, el hecho de cuidar y criar
maternalmente sus yos interiores es una tarea creativa, una forma de
conocimiento, no un motivo de inquietud.
Así pues, la doncella manca espera el nacimiento de un hijo, un nuevo y
pequeño yo salvaje. El cuerpo en estado de buena esperanza hace lo que quiere y
sabe hacer. La nueva vida ata, separa y dilata. La mujer que se encuentra en
esta fase del proceso psíquico puede entrar en otra enantiodromia, el estado
psíquico en el que todo lo que antes se considera-ba valioso ya no lo es tanto
e incluso puede ser sustituido por nuevos y exagerados anhelos de espectáculos,
experiencias y empresas extrañas e insólitas.
Por ejemplo, para algunas mujeres el hecho de casarse lo era todo. En
cambio, cuando se produce una enantiodromia quieren ser libres: el matrimonio
es perjudicial, es una bobada, una basura y una pura scheis-se, una mierda.
Sustituye la palabra "matrimonio" por amante, trabajo, cuerpo, arte,
vida y opciones y comprenderás la exacta actitud mental pro-pia de este
período.
Y después están los anhelos. Una mujer puede ansiar estar cerca del agua
o tenderse boca abajo con el rostro en contacto con la tierra, aspi-rando el
olor salvaje. Quizá le apetezca correr de cara al viento o plantar algo,
arrancar alguna hierba, arrancar cosas del suelo o plantarlas.
Puede ansiar hacer una caminata por las colinas, saltar de roca en roca
escuchando el eco de su voz contra la montaña. Puede necesitar mu-chas horas de
noches estrelladas en las que las estrellas son como unos polvos faciales
esparcidos sobre un negro pavimento de mármol. Puede experimentar la sensación
de que se va a morir si no baila desnuda en medio de una tormenta, si no
permanece sentada en absoluto silencio, si no regresa a casa manchada de tinta,
manchada de pintura, manchada de lágrimas o manchada de luna.
Un nuevo yo está en camino. Nuestra vida interior tal y como la hemos
conocido hasta ahora está a punto de cambiar. Aunque eso no sig-nifica que
tengamos que arrojar por la borda los aspectos honrados y, so-bre todo, los
apoyos en una especie de enloquecida limpieza del hogar, sí
quiere decir que, durante el descenso, el mundo y los ideales de arriba
pa-lidecen y durante algún tiempo nos sentimos inquietas e insatisfechas, pues
la satisfacción está a punto de nacer en la realidad interior.
Eso que ansiamos tener jamás nos lo podrá dar un compañero, un trabajo,
el dinero, un nuevo esto o aquello. Lo que ansiamos tener pertene-ce a otro
mundo, el mundo que sostiene nuestra vida de mujeres. Y este Yo-hijo que
estamos esperando sólo puede nacer por este medio: a través de la espera. A
medida que transcurre el tiempo de nuestra vida y de nues-tra tarea en el mundo
subterráneo, el hijo crece y nace. En la mayoría de los casos, los sueños
nocturnos de la mujer presagian el nacimiento; las mujeres sueñan literalmente
con un nuevo hijo, un nuevo hogar, una nue-va vida.
Ahora la madre del rey y la joven reina están juntas. La madre del rey
es -¿a que no lo adivinas?- la vieja La Que Sabe. Conoce todo el proce-so. La
reina madre es, en el inconciente femenino (28), el símbolo tanto de los
cuidados maternales al estilo de Deméter como de las actitudes de vieja bruja
al estilo de Hécate (29).
Esta alquimia femenina de la doncella, la madre y la curandera se repite
como un eco en la relación entre la doncella manca y la madre del rey. Ambas
son una ecuación psíquica similar. Aunque en este cuento la madre del rey
resulta un poco esquemática, tal como lo era la doncella al principio del
cuento con su rito de la túnica blanca y el círculo de tiza, la anciana madre
conoce también sus antiguos ritos tal como veremos más adelante.
En cuanto nace el Yo-hijo, la anciana reina madre envía un mensaje
anunciando al rey el nacimiento de la criatura de la reina. El mensajero parece
normal, pero, al acercarse al río, le empieza a entrar sueño, se que-da dormido
y sale el demonio. Esta clave nos indica que habrá otro reto para la psique
durante su siguiente fatiga en el mundo subterráneo.
En la mitología griega, hay un río subterráneo llamado Lete cuyas aguas
hacen que la persona olvide todas las cosas que ha dicho o hecho.
Psicológicamente eso significa quedarse dormida en el estado presente. El
mensajero que tendría que representar la comunicación entre estos dos
principales componentes de la nueva psique aún no posee la energía nece-saria
para enfrentarse con la fuerza destructiva/seductora de la psique. A la función
de comunicación de la psique le entra sueño, se tiende en el suelo, se queda
dormida y se olvida de todo.
Adivina quién está constantemente al acecho. Pues el viejo persegui-dor
de doncellas, el famélico demonio. La palabra "demonio" que aparece
en el cuento nos indica que éste ha sido recubierto con un material religio-so
más reciente. En el cuento, el mensajero, el río y el sueño que provoca el
olvido nos revelan que la antigua religión está justo debajo del argumen-to del
cuento, justo en la siguiente capa.
Esta ha sido la pauta arquetípica del descenso desde tiempos
inme-moriales y nosotras seguimos también el mismo y eterno ciclo. También
tenemos a nuestra espalda toda una historia de terribles tareas. Hemos
visto el vapor del aliento de la Muerte. Hemos superado los bosques que
nos asfixian, los árboles que caminan, las raíces que nos hacen tropezar, la
niebla que ciega nuestros ojos. Somos unas heroínas psíquicas con una maleta
llena de medallas. ¿Quién nos puede hacer ahora un reproche? Queremos
descansar. Nos merecemos un descanso porque hemos supera-do unas pruebas muy
duras. Por consiguiente, nos tendemos. junto a un ameno río. No nos hemos
olvidado del sagrado proceso, pero... bueno, nos gustaría hacer una pausa, sólo
un momento, ¿ sabes?, lo justo para cerrar los ojos unos minutos...
Pero, antes de que podamos darnos cuenta, el demonio salta a gatas y
cambia el mensaje que transmitía amor y jubilosa celebración por otro cuya
intención es provocar repugnancia. El demonio representa la irrita-ción de la
psique que se burla de nosotras diciendo: "¿Has vuelto a tu an-tigua
inocencia e ingenuidad ahora que tanto te quieren? ¿Ahora que has dado a luz?
¿Crees que ya han terminado todas las pruebas, mujer insen-sata?"
Y, como estamos cerca del Lete, nos quedamos dormidas y seguimos
roncando. Éste es el error que cometen todas las mujeres, no una vez sino
muchas. Olvidamos acordarnos del demonio. El mensaje cambia del triun-fal
"La reina ha dado a luz un precioso hijo" al falso "La reina ha
dado a luz un medio perro". En una versión similar del cuento, el mensaje
cambiado es todavía más explícito: "La reina ha dado a luz un medio perro,
pues se acostó con las bestias del bosque."
La imagen del medio perro del cuento no es accidental sino un espléndido
vestigio de las antiguas religiones centradas en las figuras de las diosas que
florecieron en Europa y toda Asia. En aquellos tiempos los pueblos adoraban a
una diosa tricéfala. Las diosas tricéfalas están repre-sentadas en las
distintas religiones por Hécate, la Baba Yagá, la Madre Holle, Berchta,
Artemisa y otras. Cada una de ellas se representaba como estos animales o
estaban estrechamente relacionadas con ellos.
En las religiones más antiguas, estas y otras poderosas y salvajes
di-vinidades femeninas presidían las tradicionales ceremonias de iniciación
femenina y enseñaban a las mujeres todas las fases de la vida femenina, desde
la doncellez a la maternidad y a la vejez. El hecho de dar a luz un medio perro
es una sesgada degradación de las antiguas diosas salvajes cuya naturaleza
instintiva se consideraba sagrada. La nueva religión trató de contaminar los
sagrados significados de las diosas tricéfalas señalando que estas divinidades
yacían con animales y animaban a sus fieles a hacer lo mismo.
Fue entonces cuando el arquetipo de la Mujer Salvaje se empujó hacia
abajo y se enterró a gran profundidad y las actitudes salvajes de las mujeres
no sólo empezaron a menguar sino que éstas se vieron obligadas a hablar de
ellas en voz baja y en lugares ocultos. En muchos casos, las mu-jeres que
amaban a la vieja Madre Salvaje tuvieron que proteger cuidado-samente su vida.
Al final, la sabiduría sólo les vino a través de los cuentos
de hadas, el folclore, los estados hipnóticos y los sueños nocturnos.
Menos mal y gracias sean dadas a Dios.
Mientras que en "Barba Azul" vimos que el depredador natural
era el que apartaba a las mujeres de sus ideas, sentimientos y acciones, aquí
en "La doncella manca" se nos ofrece un aspecto del depredador mucho
más sutil pero inmensamente poderoso con el que no sólo tenemos que
enfren-tarnos en nuestra psique sino también y cada vez en mayor medida en
nuestra actividad cotidiana exterior.
"La doncella manca" muestra la habilidad del depredador para
torcer las percepciones humanas y la vital comprensión que necesitamos a fin de
desarrollar la dignidad moral, la perspectiva visionaria y la acción apropia-da
en nuestra vida y en el mundo. En "Barba Azul" el depredador no deja
vivir a nadie. En "La doncella manca" el demonio permite vivir pero
impide la reconexión de la mujer con la profunda sabiduría de la naturaleza
ins-tintiva que encierra una corrección automática de la percepción y la ac-ción.
Por consiguiente, cuando el demonio cambia el mensaje del cuento, el
hecho se puede considerar en cierto sentido un acontecimiento histórico
efectivo de especial importancia para la tarea psíquica del descenso y de la
conciencia que tienen que llevar a cabo las mujeres modernas. Curiosa-mente,
muchos aspectos de la cultura (es decir, del sistema de creencias colectivo y
dominante de un grupo de personas que viven lo bastante cerca las unas de las
otras como para poder influirse mutuamente) se siguen comportando como el
demonio en todo lo relacionado con las tareas inte-riores, la vida personal y
los procesos psíquicos de las mujeres. Eliminan-do esto, excluyendo lo otro,
cortando una raíz de aquí y sellando una aber-tura de allí, el
"demonio" de la cultura y el depredador de la psique hacen que varias
generaciones de mujeres se sientan atemorizadas y, sin embar-go, se atrevan a
vagar sin rumbo y sin tener ni la más remota idea acerca de las causas de su
desazón o acerca de su pérdida de la naturaleza salva-je que es la que se las
podría revelar todas.
Si bien es cierto que el depredador manifiesta una predilección
espe-cial por las presas que están hambrientas de alma y se sienten solas o
desvalidas en lo más hondo de su ser, los cuentos de hadas nos muestran que el
depredador también se siente atraído por la conciencia, la regenera-ción, la
liberación y la nueva libertad. En cuanto se entera de que hay algo de eso, se
presenta de inmediato.
Muchos argumentos de cuentos tienen por protagonista al depreda-dor, no
sólo los incluidos en este libro sino también los cuentos de hadas como
"Cap of Rushes" y "All Fur" o los mitos relacionados con la
griega Andrómeda y la azteca Malinche. Los trucos que en ellos se utilizan son
el menosprecio de los objetivos de la protagonista, el lenguaje despectivo
uti-lizado en la descripción de la presa, los juicios temerarios, las
prohibicio-nes y los castigos injustificados. Éstos son los medios que utiliza
el depre-dador para cambiar los vivificadores mensajes entre el alma y el
espíritu
por otros mensajes letales que nos parten el corazón, nos causan
vergüen-za y, por encima de todo, nos impiden emprender la acción adecuada.
A nivel cultural podemos dar muchos ejemplos de cómo el depreda-dor
configura las ideas y los sentimientos para robarles la luz a las muje-res. Uno
de los ejemplos más llamativos de la pérdida de la percepción na-tural es el de
varias generaciones de mujeres (30) cuyas madres rompieron la tradición de
enseñar, preparar e introducir a sus hijas en el hecho más fundamental y físico
de la esencia femenina cual es el de la menstruación. En nuestra cultura pero
también en muchas otras, el demonio cambió el mensaje de tal manera que la
primera sangre y todos los sucesivos ciclos de sangre se rodearon de
humillación y no de admirado asombro tal como hubiera tenido que ser. Ello dio
lugar a que millones de jóvenes perdieran su herencia del cuerpo prodigioso y,
en su lugar, temieran morir, estar en-fermas o ser castigadas por Dios. La
cultura y los individuos de la cultura aceptaron el mensaje tergiversado del
demonio sin examinarlo y lo trans-mitieron a bombo y platillo, convirtiendo el
período del incremento de las sensaciones emocionales y sexuales de las mujeres
en un período de ver-güenza y castigo.
Tal como vemos en el cuento, cuando el depredador invade una cul-tura,
ya sea ésta la psique o bien una sociedad, los distintos aspectos o individuos
de esta cultura tienen que echar mano de toda su perspicacia para leer entre
líneas y permanecer en su sitio sin dejarse arrastrar por las indignantes pero
atrayentes afirmaciones del depredador.
Cuando hay demasiado depredador y demasiado poca alma salvaje, las
estructuras económicas, sociales, emocionales y religiosas de la cultura
empiezan a deformar gradualmente los recursos más espirituales tanto de la
persona como del mundo exterior. Los ciclos naturales se asfixian y se
convierten en formas artificiales, se desgarran con usos imprudentes o se
matan. Se desprecia el valor de lo salvaje y lo visionario y se hacen
sinies-tras conjeturas acerca del peligro que representa la naturaleza salvaje.
Los medios y métodos destructivos, despojados de bondad y significado, llegan a
adquirir una categoría superior.
Sin embargo, por mucho que el demonio mienta y trate de cambiar los
hermosos mensajes acerca de la verdadera vida de la mujer por otros más
mezquinos, celosos y agostadores, la madre del rey comprende lo que ocurre y se
niega a sacrificar a su hija. En términos modernos, no amorda-zaría a su hija,
no le aconsejaría callar su verdad, no la animaría a fingir ser menos de lo que
es para poder manipularla más. Esta figura de la ma-dre salvaje del mundo
subterráneo corre el riesgo de sufrir un castigo por seguir el que ella sabe
que es el camino más prudente. Gana en astucia al depredador en lugar de
conchabarse con él. No se da por vencida. Sabe lo que es integral, sabe lo que
ayudará a una mujer a prosperar, identifica a un depredador al vuelo y sabe lo
que hay que hacer al respecto. Aunque nos sintamos presionadas por los más
deformados mensajes culturales o psíquicos, aunque un depredador ande suelto en
la cultura o en la psique personal, todas podemos oír las instrucciones
salvajes iniciales y seguirlas.
Eso es lo que aprenden las mujeres cuando excavan en la naturaleza
salvaje e instintiva, cuando se entregan a la tarea de la profunda iniciación y
el desarrollo de la conciencia. Siguen un cursillo acelerado por medio del
desarrollo de la vista, el oído, el ser y el hacer ininterrumpidos. Las
muje-res aprenden a buscar al depredador en lugar de intentar alejarlo, dejarlo
de lado o ser amables con él. Aprenden los trucos, los disfraces y los me-dios
que se inventa el depredador. Aprenden a "leer entre líneas" en los
mensajes, las invitaciones, las expectativas o las costumbres nacidas de la
manipulación de la verdad. Entonces, tanto si el depredador emana del propio
medio psíquico como si procede de la cultura exterior, actuamos con astucia,
podemos enfrentarnos cara a cara con él y hacer lo que se tiene que hacer.
El demonio del cuento simboliza cualquier cosa capaz de corromper la
comprensión de los profundos procesos femeninos. No hace falta un Torquemada
(31) para perseguir las almas de las mujeres. También se las puede perseguir
con la buena voluntad de unos medios nuevos pero anti-naturales que, cuando se
llevan hasta sus últimas consecuencias, privan a la mujer de su nutritiva
naturaleza salvaje y de su capacidad de crear al-ma. Una mujer no tiene por qué
vivir como si hubiera nacido en el año 1000 a.d.C. Pese a ello, la antigua
sabiduría es una sabiduría universal, unos conocimientos eternos y perdurables
que serán tan válidos dentro de cinco mil años como lo son hoy en día y como lo
eran hace cinco mil años. Es la sabiduría arquetípica y, como tal, es eterna.
Pero conviene recordar que el depredador también es eterno.
En otro sentido completamente distinto, el que cambia los mensajes,
siendo una fuerza innata y contraria del interior de la psique o del mundo
exterior, se opone naturalmente al nuevo Yo-hijo. Pero, paradójicamente, puesto
que tenemos que reaccionar para combatirlo o contrapesarlo, la sola batalla nos
confiere una fuerza extraordinaria. En nuestra tarea psíquica personal,
recibimos constantemente mensajes tergiversados del demonio: "Soy buena;
no soy tan buena. Mi trabajo es muy profundo; mi trabajo es una tontería. Estoy
progresando; no voy a ninguna parte. Soy valiente; soy cobarde. Soy lista;
debería darme vergüenza." Son cuando menos mensajes desconcertantes.
Así pues, la madre del rey sacrifica una paloma en lugar de matar a la
joven reina. En la psique, como en toda la cultura en general, se registra una
extraña rareza psíquica. El demonio no sólo se presenta cuando las personas
están hambrientas o carecen de algo sino que a veces también aparece cuando se
ha producido un acontecimiento de gran belleza, en es-te caso el nacimiento de
un precioso hijo. Pero el depredador siempre se siente atraído por la luz y,
¿dónde hay más luz que en una nueva vida?
Sin embargo, hay en el interior de la psique otros hipócritas que
también intentan menospreciar o manchar lo nuevo. En el proceso feme-nino de
aprendizaje de lo subterráneo, está demostrado que, cuando al-guien ha dado a
luz algo hermoso en la psique, surge también algo des-agradable aunque sólo sea
por un instante, algo que está celoso, que care-
ce de comprensión o muestra desdén. El hijo recién nacido será
menospre-ciado, calificado de feo y condenado por uno o varios persistentes
antago-nistas. El nacimiento de lo nuevo da lugar a complejos, la madre
negativa y el padre negativo y otras criaturas negativas que surgen de la
tierra re-movida de la psique e intentan en el mejor de los casos criticar
severamen-te el nuevo orden y, en el peor, desanimar a la mujer y a su nueva
criatu-ra, idea, vida o sueño.
Es el mismo argumento de los antiguos padres, Crono, Urano y tam-bién
Zeus, que siempre querían devorar o desterrar a sus vástagos por te-mor a que
éstos los desbancaran. En términos junguianos esta fuerza des-tructiva se
llamaría "complejo", una serie organizada de sentimientos e ideas de
la psique de la que el ego no es conciente, lo cual permite que consigan
imponernos más o menos su dominio. En el medio psicoanalítico el antídoto es la
conciencia de las propias debilidades y cualidades de tal manera que el
complejo no pueda actuar por su cuenta.
En términos freudianos esta fuerza destructiva se consideraría ema-nada
del "id", un oscuro, indefinido pero infinito territorio psíquico en
el que, diseminados como desperdicios y cegados por la falta de luz, viven,
olvidados y reprimidos, todos los deseos, las ideas y acciones y los impul-sos
repugnantes. En este medio psicoanalítico la resolución se alcanza re-cordando
los pensamientos y los impulsos vergonzosos, haciéndolos aflo-rar a la
conciencia, describiéndolos, nombrándolos y catalogándolos con el fin de
arrancarles la fuerza.
En algunos cuentos islandeses, la mágica fuerza destructiva de la psique
es a veces Brak, el hombre de hielo. En un antiguo cuento se come-te un
asesinato perfecto. Brak, el hombre de hielo, mata a una mujer humana que no
corresponde a su amor. La mata con un témpano en for-ma de daga. El témpano, lo
mismo que el hombre, se derrite bajo el sol del nuevo día y no queda ninguna
arma con que acusar al asesino. Y tampoco queda nada del asesino.
La oscura figura del hombre de hielo del mundo de la mitología po-see la
misma misteriosa mística de la aparición/desaparición que envuelve los
complejos de la psique humana y el mismo modus operandi que el de-monio del
cuento de la doncella manca. Por eso la figura del demonio re-sulta tan
desconcertante para las mujeres en su proceso de iniciación. Como el hombre de
hielo, aparece como llovido del cielo, comete el asesina-to y después
desaparece y se disuelve sin dejar el menor rastro.
Este cuento, sin embargo, nos ofrece una valiosa clave: si crees que has
perdido tu misión o tu vitalidad, si te sientes confusa o ligeramente perdida,
busca al demonio, busca al que tiende emboscadas espirituales en el interior de
tu psique. Si no lo ves, no lo oyes o no logras sorprenderlo con las manos en
la masa, ten por cierto que está actuando y, por encima de todo, permanece
despierta por muy cansada que estés, por mucho sue-ño que tengas y por mucho
que quieras cerrar los ojos a la verdadera tarea que tienes que cumplir.
En la realidad, cuando una mujer tiene un complejo demoníaco, eso es
exactamente lo que ocurre. Va caminando, le van bien las cosas, se ocupa de sus
asuntos y, de repente, izas!, aparece el demonio y todo su trabajo pierde la
energía, empieza a flojear, tose, sigue tosiendo y, al final, se desploma en el
suelo. Lo que podríamos denominar complejo demoníaco utiliza las voces del ego,
ataca la propia creatividad, las propias ideas y los propios sueños. En el
cuento, ridiculiza o minusvalora la experiencia fe-menina del mundo exterior y
del mundo subterráneo, tratando de separar la natural conjunctio entre lo
racional y lo misterioso. El demonio miente y dice que la permanencia de la
mujer en el mundo subterráneo ha produci-do una bestia cuando, en realidad, ha
producido un precioso niño.
Los distintos santos que en sus escritos afirmaban haber luchado por
conservar la fe en Dios, tras haber sido tentados durante toda la noche por el
demonio que les quemaba los oídos con palabras encaminadas a de-bilitar su
determinación y que había estado a punto de arrancarles los glo-bos oculares
con horribles apariciones mientras arrastraba su alma sobre fragmentos de
vidrio, se referían precisamente a este fenómeno de la súbi-ta aparición del
demonio. El propósito de esta emboscada psíquica es el de hacerte perder la fe
no sólo en ti misma sino también en la cuidadosa y delicada tarea que estás
llevando a cabo en el inconciente.
Hace falta una fe muy grande para seguir adelante en tales
circuns-tancias, pero tenemos que hacerlo y lo hacemos. El rey, la reina y la
madre del rey, todos los elementos de la psique, tiran en una misma dirección,
en nuestra dirección, y, por consiguiente, nosotras tenemos que perseverar con
ellos. En estos momentos ya estamos casi en la recta final. Sería la-mentable y
doloroso que ahora abandonáramos la carrera.
El rey de nuestra psique es muy valiente. No se vendrá abajo al reci-bir
el primer golpe. No se encogerá dominado por el odio y el afán de casti-go tal
como espera el demonio. El rey, que tanto ama a su esposa, se es-panta al
recibir el mensaje cambiado, pero envía un mensaje de respuesta diciendo que
cuiden de la reina y de su hijo en su ausencia. Es la prueba de nuestra
certidumbre interior: ¿pueden dos fuerzas permanecer unidas aunque una de ellas
se considere abominable y despreciable? ¿Puede una de ellas respaldar a la otra
ocurra lo que ocurra? ¿Es posible mantener la unión aunque se siembren con
denuedo las semillas de la duda? Hasta ahora, la respuesta es que sí. La prueba
acerca de si podrá haber un ma-trimonio de amor duradero entre el mundo subterráneo
salvaje y la psique terrenal se está superando espléndidamente bien.
En su camino de regreso al castillo, el mensajero vuelve a caer dor-mido
junto al río y el demonio cambia el mensaje por otro que dice "Matad a la
reina". Aquí el depredador espera que la psique se polarice y se mate ella
misma, rechazando todo un aspecto de sí misma, el más trascenden-tal, el recién
despertado, el de la mujer sabia.
La madre del rey se horroriza al recibir el mensaje e intercambia con el
rey varios mensajes, y en cada uno de ellos intenta aclarar lo que ha di-cho el
otro hasta que, al final, el demonio cambia el mensaje del rey por
otro que dice "Matad a la reina y arrancadle los ojos y la lengua
como prueba de que ha muerto".
Ya tenemos a una doncella manca, es decir, sin capacidad para asir las
cosas de este mundo, pues el demonio ordenó que le cortaran las ma-nos. Ahora
exige otras amputaciones. Quiere que se quede sin el habla verdadera y sin la
vista verdadera. A pesar de tratarse nada menos que del demonio, lo que exige
nos hace dudar enormemente, pues lo que él quiere que ocurra es precisamente el
regreso de las conductas que han oprimido a las mujeres desde tiempos
inmemoriales. Quiere que la doncella obedez-ca estos mandamientos: "No
veas la vida tal como es. No comprendas los ciclos de la vida y la muerte. No
te esfuerces por ver realizados tus an-helos. No hables de todas estas cosas
salvajes. "
La vieja Madre Salvaje, simbolizada en la madre del rey, se enoja an-te
la orden del demonio y dice: "Eso ya es demasiado." Y se niega a
cum-plirla. En el transcurso de la tarea de iniciación de las mujeres la psique
dice "Eso es demasiado. No puedo ni quiero tolerarlo". Y entonces la
psi-que, gracias a su experiencia espiritual en este proceso de iniciación en
la resistencia, empieza a actuar con más astucia.
La vieja Madre Salvaje hubiera podido recogerse las faldas, mandar
ensillar un tronco de caballos y ponerse en camino hasta encontrar a su hijo y
preguntarle qué locura se había apoderado de él para que quisiera matar a su
encantadora reina y a su hijo recién nacido, pero no lo hace. En su lugar,
siguiendo la consagrada tradición, envía a la joven en proceso de iniciación a
otro simbólico lugar de iniciación: los bosques. En algunos ritos, el lugar de
la iniciación era una cueva o el pie de una montaña, pero en el mundo
subterráneo, donde abunda el simbolismo de los árboles, sue-le ser un bosque.
Tratemos de comprender lo que eso significa: enviar a la doncella a otro
lugar de iniciación hubiera sido lo más natural en cualquier caso, aunque el
demonio no hubiera aparecido y cambiado los mensajes. En el descenso hay varios
lugares de iniciación, uno detrás de otro y todos con sus lecciones y consuelos
correspondientes. Se podría decir que el demo-nio se encarga prácticamente de
que sintamos la necesidad de levantarnos y pasar al siguiente.
Recordemos que hay un período natural después del parto en el que la
mujer se considera un ser del mundo subterráneo. Se la cubre con el polvo de
allí abajo y se la lava con su agua tras haber penetrado en el mis-terio de la
vida y la muerte, el dolor y la alegría, en el transcurso del alum-bramiento
(32). Por consiguiente, durante algún tiempo la mujer "no es de aquí"
sino que está todavía "allí".
La doncella es como una puérpera. Se levanta de la silla de
alum-bramiento del mundo subterráneo en la que ha dado a luz nuevas ideas, una
nueva visión del mundo. Ahora está cubierta con un velo, le da el pe-cho a su
hijo y sigue adelante. En la versión de "La doncella manca" de los
hermanos Grimm, el recién nacido es un varón y se llama Desconsolado.
Pero en las religiones de las diosas el hijo espiritual nacido de la
unión de la mujer con el rey del mundo subterráneo se llamaba Gozo.
Aquí aparece en el terreno otra veta de la antigua religión. Después del
nacimiento del nuevo yo de la doncella, la madre del rey envía a la jo-ven
reina a otra prolongada iniciación que, tal como veremos más adelan-te, le
enseñará los ciclos definitivos de la vida femenina.
La vieja Madre Salvaje imparte a la doncella una doble bendición: ata el
hijo a su pecho rebosante de leche para que el Yo-hijo se pueda ali-mentar
ocurra lo que ocurra. Después, siguiendo la tradición de los anti-guos cultos
de la diosa, la envuelve en unos velos, que son la prenda que viste la diosa
cuando emprende una sagrada peregrinación y no desea que la reconozcan o la
distraigan de su propósito. En muchas esculturas y muchos bajorrelieves de
Grecia se muestra a la que se iniciaba en los ritos eleusinos, cubierta por
unos velos a la espera de la siguiente fase de la ini-ciación.
¿Qué significa el símbolo del velo? Indica la diferencia entre el
ocul-tamiento y el disfraz. Se refiere a la necesidad de ser discretas y
reservadas para no revelar la propia naturaleza misteriosa, y a la necesidad de
con-servar el eros y el mysterium de la naturaleza salvaje.
A veces nos cuesta conservar la nueva energía vital en el interior del
crisol de la transformación el tiempo suficiente para que obtengamos algún
beneficio. Nos la tenemos que guardar toda para nosotras sin darla al pri-mero
que nos la pida o a cualquier inspiración repentina que tengamos, pensando que
es bueno inclinar el crisol y verter el tesoro de nuestra ri-queza espiritual
en la boca de otras personas o directamente al suelo.
La colocación de un velo sobre algo aumenta el efecto y el sentimien-to.
Eso lo saben muy bien todas las mujeres. Mi abuela solía utilizar la fra-se
"tapar el cuenco con un velo". Quería decir colocar un lienzo blanco
so-bre un cuenco de masa para que subiera el pan. El velo de la masa de pan y
el velo de la psique sirven para lo mismo. En el alma dé las mujeres que
efectúan el descenso se produce una intensa fermentación. El hecho de
encontrarse detrás del velo intensifica la perspicacia mística. Por detrás del
velo todos los seres humanos parecen seres brumosos, todos los acon-tecimientos
y todos los objetos tienen el color de un amanecer o de un sueño.
En los años sesenta las mujeres se cubrían con el velo de su cabello. Se
lo dejaban crecer muy largo, se lo planchaban y lo llevaban como una cortina
para cubrirse el rostro, como si el mundo estuviera demasiado abierto y
desnudo, como si su cabello pudiera aislar y proteger su delicado yo. En
Oriente Medio hay una danza de los velos y las modernas mujeres musulmanas se
siguen cubriendo con el velo. La babushka de la Europa Oriental y los rebozos
que lucen en la cabeza las mujeres de Centroaméri-ca y en Sudamérica son
también vestigios del velo. Las mujeres malayas lucen habitualmente velo y lo
mismo hacen las mujeres africanas.
Mientras contemplaba el mundo, empecé a compadecerme un poco de las
mujeres modernas que no llevaban velo, pues el hecho de ser una
mujer libre y llevar velo a voluntad es conservar el poder de la Mujer
Mis-teriosa. La contemplación de una mujer velada es una experiencia muy
profunda.
Una vez contemplé un espectáculo que me ha mantenido cautiva del hechizo
del velo para siempre: mi prima Eva, preparándose para su noche de bodas. Yo,
que tenía unos ocho años de edad, estaba sentada sobre su maleta con el
floreado tocado infantil ya torcido, una de mis ajorcas en la pantorrilla y la
otra ya tragada por el zapato. Primero se puso un largo ves-tido de raso blanco
con cuarenta botoncitos forrados de raso en la espalda y después unos largos
guantes de raso blanco con diez botones forrados de raso cada uno. A
continuación, se cubrió el bello rostro y los hombros con un velo que llegaba
hasta el suelo. Mi tía Teréz ahuecó el velo a su alrede-dor, pidiéndole a Dios
en voz baja que todo le saliera bien. Mi tío Sebestyén se detuvo en el umbral
boquiabierto de asombro, pues Eva ya no era un ser mortal. Era una diosa. Por
detrás del velo sus ojos parecían de plata y su cabello resplandecía como si
estuviera cuajado de estrellas mientras que su boca semejaba una roja flor. Se
pertenecía sólo a sí misma, conte-nida y poderosa, inalcanzable, pero en la
justa medida.
Algunos dicen que el himen es el velo. Otros afirman que el velo es la
ilusión. Y nadie se equivoca. Curiosamente, aunque el velo se haya utiliza-do
para ocultar a la concupiscencia de los demás la propia belleza, es también una
de las armas de la femme fatale. Lucir un velo de determina-do tipo en
determinado momento ante un amante determinado y con un aspecto determinado
equivale a irradiar un intenso y nebuloso erotismo capaz de cortar la
respiración. En la psicología femenina el velo es un símbolo de la capacidad de
las mujeres de adoptar cualquier presencia o esencia que deseen.
Hay en la mujer cubierta por un velo una sorprendente numinosi-dad. Su
aspecto intimida hasta tal punto a todos los que se cruzan con ella que éstos
no tienen más remedio que detenerse en seco y su presencia los impresiona hasta
tal extremo que necesariamente la tienen que dejar en paz. La doncella del
cuento se cubre con un velo para emprender su viaje y, por consiguiente, es
intocable. Nadie se atrevería a levantarle el velo sin su permiso. Después de
toda la prepotencia del demonio, está pro-tegida una vez más. Las mujeres
también pasan por esta transformación. Cuando están cubiertas por el velo, las
personas sensatas se guardan mu-cho de invadir su espacio psíquico.
Por lo tanto, después de todos los falsos mensajes que se han recibi-do
en la psique e incluso durante el exilio, nosotras también estamos pro-tegidas
por una cierta sabiduría superior, una rica y nutritiva soledad na-cida de
nuestra relación con la vieja Madre Salvaje. Estamos nuevamente en camino, pero
protegidas de todo peligro. El hecho de llevar el velo nos señala como seres
pertenecientes a la Mujer Salvaje. Somos suyas y, a pe-sar de no ser
inalcanzables, nos mantenemos en cierto modo apartadas de la total inmersión en
la vida del mundo exterior.
Las diversiones del mundo de arriba no nos deslumbran. Vamos en busca de
un lugar, de la patria del inconciente. De la misma manera que se dice de los
árboles frutales en flor que lucen unos preciosos velos, noso-tras y la
doncella somos ahora unos manzanos floridos que andan en bus-ca del bosque al
que pertenecen.
La matanza de la cierva era antiguamente un rito de revitalización que
solía presidir una anciana como, por ejemplo, la madre del rey, pues ésta era
la "conocedora" oficial de los ciclos de la vida y la muerte. El
sacri-ficio de la cierva era un antiguo rito destinado a liberar la dulce pero
exu-berante energía del animal.
Como las mujeres en proceso de descenso, este animal sagrado era un
esforzado superviviente de los más fríos y crudos inviernos. Las ciervas se
consideraban muy eficientes en la búsqueda de alimento, el alumbra-miento y la
capacidad de vivir de acuerdo con los ciclos inherentes a la na-turaleza. Es
probable que las participantes en dicho ritual pertenecieran a un clan y que el
propósito del sacrificio fuera el de instruir a las iniciadas en las cuestiones
relacionadas con la muerte, así como el de infundirles las cualidades de la
criatura propiamente dicha.
Aquí tenemos una vez más un sacrificio, en realidad, una doble ru-bedo,
un sacrificio cruento. Primero tenemos el sacrificio de la cierva, el animal
sagrado para la antigua estirpe de la Mujer Salvaje. La matanza de criaturas es
una tarea peligrosa, pues varias clases de entes benéficos se desplazan
disfrazados de animales. El hecho de matar a uno de ellos fuera del ciclo se
consideraba perjudicial para el delicado equilibrio de la natura-leza y daba
lugar a un castigo de proporciones míticas.
Sin embargo, lo más importante era que la criatura sacrificada era una
criatura-madre, una hembra, símbolo del cuerpo femenino de la sabi-duría.
Después, consumiendo la carne de aquella criatura y cubriéndose con su pellejo
para abrigarse y dejar constancia de la pertenencia al clan, la mujer se
convertía en aquella criatura. Se trataba de un ritual sagrado cuyos comienzos
se perdían en la noche de los tiempos. Conservar los ojos, las orejas, el
hocico, la cornamenta y diversas vísceras equivalía a poseer el poder
simbolizado por las distintas funciones: agudeza visual, buen olfa-to, rapidez
de movimientos, fortaleza corporal, el timbre de voz apropiado para llamar a
sus congéneres, etc.
La segunda rubedo se produce cuando la doncella se separa no sólo de la
buena y anciana madre sino también del rey. Es un período en el que se nos pide
que recordemos, que insistamos en tomar el alimento espiri-tual aunque estemos
separadas de las fuerzas que nos han sostenido en el pasado. No podemos
permanecer para siempre en el éxtasis de la unión perfecta. En la mayoría de
nosotras, no es éste el camino que se debe se-guir. Nuestra misión es más bien
la de destetarnos de estas emocionantes fuerzas en determinado momento, pero
conservar la conexión conciente con ellas y pasar a la siguiente tarea.
Está comprobado que podemos adquirir una fijación con un aspecto
especialmente agradable de la unión psíquica e intentar quedarnos siem-
pre allí, mamando de la sagrada teta. Eso no significa que el alimento
sea destructivo. Muy al contrario, el alimento es absolutamente esencial para
el viaje y en cantidades considerables, por cierto. De hecho, si éste no es
Suficiente, la buscadora pierde la energía, se sume en la depresión y se
convierte en un simple susurro. Pero si nos quedamos en nuestro lugar preferido
de la psique, que puede ser exclusivamente el de la belleza o el del
arrobamiento, el proceso de la individuación se reduce a un lento y pe-sado
avance. La verdad es que algún día tenemos que abandonar, por lo menos
provisionalmente, las sagradas fuerzas que habitan en nuestra psi-que para que
pueda producirse la siguiente fase del proceso.
Como en el cuento en el que las dos mujeres se despiden con lágri-mas en
los ojos, tenemos que despedirnos de las valiosas fuerzas interiores que tan
inestimable ayuda nos han prestado. Después, estrechando fuer-temente contra
nuestro pecho nuestro nuevo Yo-hijo, tenemos que echar-nos al camino. La
doncella ha reanudado la marcha y se dirige hacia el gran bosque, confiando en
que algo surgirá de aquella inmensa sala de árboles, algo capaz de fortalecer
el alma.
La sexta fase: El reino de la Mujer Salvaje
La joven reina llega al bosque más inmenso y salvaje que jamás en su
vida ha visto. No se distingue ningún sendero. Empieza a dar vueltas y se abre
camino como puede. Hacia el anochecer el mismo espíritu vestido de blanco que
previamente la había ayudado a cruzar el foso la guía hasta una humilde posada
regentada por unos amables habitantes del bosque. Una mujer vestida de blanco
la invita a entrar y la llama por su nombre. Cuando la joven reina le pregunta
cómo es posible que conozca su nom-bre, la mujer vestida de blanco le contesta:
"Nosotros los habitantes del bosque estamos al corriente de estas cosas,
mi reina."
Así pues, la reina permanece siete años en la posada del bosque y es
feliz con la vida que lleva en compañía de su hijo. Poco a poco las manos le
vuelven a crecer, primero como unas manitas de niña y finalmente como las manos
de una mujer adulta.
Pese a que este episodio es tratado muy brevemente en el cuento, de
hecho es el más largo no sólo en cuanto al tiempo transcurrido sino tam-bién en
relación con el cumplimiento de la tarea. La doncella ha vuelto a vagar sin
rumbo y regresa en cierto sentido a casa, donde permanece siete años, separada
de su esposo, eso sí, pero viviendo una experiencia enri-quecedora y
restauradora.
Su penoso estado ha vuelto a despertar la compasión de un espíritu
vestido de blanco -ahora su espíritu guía- que la conduce a este hogar del
bosque. Ésta es la infinita misericordia de la psique profunda durante el viaje
de la mujer. Ésta siempre encuentra a alguien que la ayuda. Este espíritu que
la guía y le ofrece cobijo pertenece a la Madre Salvaje y, como tal, es la
psique instintiva que siempre sabe lo que ocurrirá después y lo que ocurrirá a
continuación.
Este inmenso bosque salvaje con que se tropieza la doncella es la
ar-quetípica sede sagrada de la iniciación. Es como Leuce, el bosque salvaje
que según los antiguos griegos se encontraba en el mundo subterráneo, lleno de
sagrados árboles ancestrales y de toda clase de animales tanto salvajes como
domesticados. Aquí la doncella manca encuentra la paz du-rante siete años.
Puesto que se trata de una tierra llena de árboles y ella está simbolizada por
el manzano en flor, el bosque es finalmente su hogar, el lugar donde su
ardiente alma florida vuelve a echar raíces.
¿Y quién es la mujer de la espesura del bosque que regenta la posa-da?
Como el espíritu vestido con la resplandeciente túnica blanca, la mujer es un
aspecto de la antigua diosa triple y, si el cuento contuviera todas las fases
del relato inicial, habría también en la posada una bondadosa y es-forzada
anciana encargada de realizar alguna tarea. Pero este pasaje se ha perdido,
como si el cuento fuera un manuscrito del que se hubieran arran-cado algunas
páginas. El elemento que falta se debió de suprimir proba-blemente durante
alguna de las refriegas que se desencadenaron entre los defensores de la
antigua religión natural y los de la nueva religión en torno a la cual se
aglutinarían finalmente las creencias religiosas, dominantes. Pero los
vestigios que nos quedan poseen una fuerza extraordinaria. El agua del cuento
no sólo es profunda sino también cristalina.
Vemos a dos mujeres que, en el transcurso de siete años, llegan a
conocerse muy bien. El espíritu vestido de blanco es como la telepática Baba
Yagá de "Vasalisa", que es la representación de la vieja Madre
Salva-je. Tal como le dice la Yagá a Vasalisa, aunque jamás la había visto
antes, "Sí, conozco a tu gente", este espíritu femenino que desempeña
el oficio de posadera en el mundo subterráneo ya conoce a la joven reina, pues
es también la Santa que lo sabe todo.
Una vez más, el cuento se quiebra significativamente. No se hace la
menor referencia a las tareas exactas y las enseñanzas de aquellos siete años,
aparte de señalar que fueron tranquilas y revitalizadoras. Aunque podríamos
decir que el cuento se quiebra porque las enseñanzas subya-centes de la antigua
religión natural se solían mantener tradicionalmente en secreto y por este
motivo no podían figurar en el relato, es mucho más probable que éste contenga
otros siete aspectos, tareas o episodios, uno por cada año de aprendizaje que
la doncella pasó en el bosque. Pero, un momento, recuerda que nada se pierde en
la psique.
Podemos recordar y resucitar todo lo que ocurrió durante estos siete
años a partir de los pequeños vestigios que conservamos de otras fuentes acerca
de la iniciación femenina. La iniciación femenina es un arquetipo y, aunque un
arquetipo presenta muchas variaciones, el núcleo es siempre el mismo. Por
consiguiente, eso es todo lo que sabemos acerca de la inicia-ción a través de
otros cuentos de hadas y mitos tanto orales como escritos.
La doncella se queda siete años en el bosque, pues éste es el período de
una estación de la vida de la mujer. Siete es el número asignado a los ciclos
lunares y es también el número de otros períodos de tiempo sagra-dos: los siete
días de la creación, los siete días de la semana, etc. Pero más
allá de todas estas consideraciones místicas, hay una mucho más
impor-tante y es la siguiente:
La vida de la mujer se divide en fases de siete años cada una. Cada
período de siete años representa una serie de experiencias y enseñanzas. Estas
fases pueden considerarse en concreto como períodos de desarrollo adulto, pero
más todavía como fases de desarrollo espiritual que no tienen por qué
corresponder necesariamente a la edad cronológica de la mujer, aunque a veces
coincidan con ella.
Desde tiempo inmemorial la vida de las mujeres se ha dividido en fa-ses,
cada una de ellas relacionada con los poderes cambiantes de su cuer-po. La
división en secuencias de la vida física, espiritual, emocional y crea-tiva de
la mujer es útil en el sentido de que le permite prepararse para "lo que
vendrá a continuación". Lo que viene a continuación pertenece al ámbito de
la Mujer Salvaje instintiva. Ella siempre lo sabe todo. Y, sin em-bargo, a lo
largo del tiempo, a medida que se fueron perdiendo los antiguos ritos salvajes,
la instrucción de las mujeres más jóvenes por parte de las mayores a propósito
de estas fases inherentemente femeninas también se perdió.
La observación empírica de la inquietud, los anhelos, los cambios y el
crecimiento de las mujeres saca de nuevo a la luz las antiguas pautas o fases
de la profunda vida femenina. Aunque podemos dar nombres concre-tos a las
fases, todas ellas son ciclos de cumplimiento, envejecimiento, muerte y nueva
vida. Los siete años que pasa la doncella en el bosque le enseñan los detalles
y los dramas relacionados con dichas fases. He aquí unos ciclos de siete años
de duración cada uno, que abarcan toda la vida de la mujer. Cada uno tiene sus
ritos y sus tareas. De nosotras depende cumplirlos. Los reproduzco sólo como
una metáfora de la profundidad de la psique. Las edades y las fases de la vida
femenina incluyen las tareas que hay que cumplir y las actitudes que hay que
adoptar para afianzarse. Por ejemplo, si, según el siguiente esquema, vivimos
hasta una edad sufi-ciente como para entrar en el lugar psíquico y la fase de
los seres de la niebla, el lugar en el que todos los pensamientos son tan
nuevos como el día de mañana y tan viejos como la aurora de los tiempos,
comprobaremos que estamos entrando en otra actitud, otra manera de ver, y que
estamos llevando a cabo las tareas de la conciencia desde esta posición
estratégica.
Las siguientes metáforas son fragmentos. Pero, con un número de
metáforas lo suficientemente amplio, podernos construir -a través de lo que
sabemos y lo que intuimos acerca de la antigua sabiduría- unas nue-vas
percepciones que no sólo son numinosas sino que, además, tienen sentido ahora
mismo y en este día. Dichas metáforas están libremente ins-piradas en la
experiencia y la observación empírica, la psicología del desa-rrollo y los
fenómenos presentes en los mitos de la creación, todos los cua-les contienen
muchos antiguos vestigios de psicología humana.
Las fases no tienen por qué estar inexorablemente atadas a la edad
cronológica, pues algunas mujeres de ochenta años se encuentran todavía en la
fase de desarrollo de la doncellez, algunas mujeres de cuarenta años
se encuentran en el mundo psíquico de los seres de la bruma y algunas
jóvenes de veinte años tienen tantas cicatrices de batallas como las viejas.
Las edades no tienen que ser jerárquicas sino que simplemente pertenecen a la
conciencia de la mujer y al incremento de su vida espiritual. Cada edad
representa un cambio de actitud, un cambio de tareas y un cambio de valores.
0-7 edad de la socialización del
cuerpo y del sueño, en la que
todavía se conserva la
imaginación
7-14 edad de separar y
sin embargo entretejer la razón y la
imaginación
14-21 edad del nuevo
cuerpo/la joven doncellez/despliegue pe-
ro también función protectora
de la sensualidad
21-28 edad del nuevo
mundo/la nueva vida/la exploración de
los mundos
28-35 edad de la madre que
aprende a cuidar como una madre
a los demás y a sí misma
35-42 edad de la
búsqueda/aprendizaje del cuidado materno
del yo/búsqueda del yo
42-49 edad del inicio de
la madurez/hallazgo del campamento
lejano/animación de las demás
49-56 edad del mundo
subterráneo/aprendizaje de las pala-
bras y los ritos
56-63 edad de la
elección/elección del propio mundo y del tra-
bajo que todavía queda por
hacer
63-70 edad de la
vigilancia/edad de la refundición de todo lo
que se ha aprendido
70-77 edad del
rejuvenecimiento/reafirmación de la vejez
77-84 edad de
los seres de
la bruma/descubrimiento de lo
grande en lo pequeño
84-91 edad del tejido con
hilo escarlata/comprensión del tejido
de la vida
91-98 edad de lo
etéreo/menos hablar y más existir
98-105 edad del neuma, el
aliento
105+ edad de la eternidad
En muchas mujeres, la primera mitad de estas fases de la sabiduría
femenina, digamos hacia los cuarenta años más o menos, va claramente desde el
cuerpo real de las comprensiones infantiles instintivas a la sabi-duría
corporal de la madre profunda. Pero, en la segunda Mitad de las fa-ses, el
cuerpo se convierte casi por entero en un dispositivo de percepción interior y
las mujeres adquieren una creciente sagacidad.
A medida que la mujer va transitando por todos estos ciclos, sus ca-pas
de defensa, protección y densidad se vuelven cada vez más finas hasta que se
empieza a transparentar el alma. Podemos percibir y ver el movi-
miento del alma dentro de la psique corporal de una manera asombrosa
conforme nos vamos haciendo mayores.
Por consiguiente, el siete es el número de la iniciación. En la
psicolog-ía arquetípica hay literalmente docenas de referencias al símbolo del
siete. Una referencia que me parece extremadamente valiosa para ayudar a las
mujeres a diferenciar las tareas que tienen por delante y a establecer su
situación actual en la selva subterránea corresponde a las facultades
atri-buidas antiguamente a los siete sentidos. Se creía que dichos atributos
simbólicos pertenecían a todos los seres humanos y, al parecer, constitu-ían
una iniciación en el conocimiento del alma por medio de las metáforas y de los
sistemas efectivos del cuerpo.
Por ejemplo, según las antiguas enseñanzas de los métodos de cura-ción
nahuas, los sentidos representan aspectos del alma o del "sagrado cuerpo
interior" y se tienen que ejercitar y desarrollar. La tarea es dema-siado
larga como para que se pueda describir aquí, pero se decía que los sentidos
eran siete y, por consiguiente, las áreas que se tenían que des-arrollar
también eran siete: la animación, el tacto, el lenguaje, el gusto, la vista, el
oído y el olfato (33).
Se decía que cada sentido se encontraba bajo la influencia de una
energía de los cielos. Aplicando todos estos conocimientos a la actualidad,
diremos que, cuando las mujeres que trabajan en grupo hablan de estas cosas,
las pueden describir, explorar y examinar utilizando las siguientes metáforas
pertenecientes al mismo ritual, con el fin de escudriñar los mis-terios de los
sentidos: el fuego anima, la tierra produce una sensación táctil, el agua
otorga el habla, el aire concede el gusto, la bruma da la vis-ta, las flores
dan el oído, el viento del sur da el olfato.
Por el pequeño vestigio del antiguo rito de iniciación que se conserva
en esta parte del cuento, especialmente la frase en la que se habla de los
"siete años", deduzco que las fases de la vida de la mujer y otras
cuestio-nes tales como los siete sentidos y otros ciclos y acontecimientos a
los que tradicionalmente se atribuía el número siete, eran objeto de especial
aten-ción en la antigüedad y se incluían en la tarea de la iniciada. Un antiguo
fragmento de un relato que me intriga enormemente procede de Cratyna-na, una
anciana y querida cuentista suaba de nuestra numerosa familia, quien decía que
antiguamente las mujeres tenían por costumbre irse a pa-sar varios años a un
lugar de la montaña, de la misma manera que los hombres se pasaban mucho tiempo
ausentes, prestando servicio en leja-nos países en el ejército del rey.
Por consiguiente, en la fase del aprendizaje de la doncella en la
espe-sura del bosque, se produce otro milagro. Las manos le empiezan a crecer
poco a poco, primero como las de una niña. Eso tal vez representa que al
principio su comprensión de todo lo ocurrido es imitativa, como lo es el
comportamiento de un niño de pecho. Cuando las manos le crecen como las de una
niña, la doncella adquiere una comprensión concreta pero no absoluta de todas
las cosas. Cuando al final se convierten en unas manos de mujer adulta, ya
posee una comprensión más práctica y profunda de lo
no concreto, lo metafórico, el sagrado camino por el que ha estado
transi-tando.
Cuando adquirimos un profundo conocimiento instintivo de todas las cosas
que hemos venido aprendiendo a lo largo de la vida, recuperamos las manos de la
plena feminidad. A veces resulta divertido observarnos cuan-do entramos por
primera vez en una fase psíquica de nuestro proceso de individuación, imitando
torpemente la conducta que desearíamos dominar. Más adelante adquirimos nuestro
propio lenguaje espiritual y nuestras singulares formas personales.
A veces, en nuestras representaciones y sesiones de análisis, utilizo
otra versión literaria de este cuento. La joven reina va al pozo. Mientras se
inclina para sacar agua, su hijo cae al pozo. La joven reina se pone a gri-tar,
aparece un espíritu y le pregunta por qué no rescata al niño.
-¡Porque no tengo manos! -contesta ella
-Pruébalo -le dice el espíritu y, cuando la doncella introduce los
bra-zos en el agua para tomar a su hijo. las manos se le regeneran de
inmedia-to y el niño se salva.
Se trata de una poderosa metáfora de la idea de la salvación del
Yo-hijo, del Yo del alma, del peligro de perderse de nuevo en el inconciente,
de olvidar quiénes somos y cuál es nuestra tarea. En este momento de la vida es
fácil rechazar incluso a las personas más encantadoras, las ideas más
atrayentes, la música más sugestiva, especialmente cuando éstas no ali-mentan
la unión de la mujer con lo salvaje. Para muchas mujeres, el hecho de no
sentirse ya arrastradas o esclavizadas por todas las ideas o las personas que
llaman a su puerta y de ser en cambio unas mujeres re-bosantes de Destino, es
decir imbuidas de una profunda conciencia de su destino, constituye una
transformación auténticamente milagrosa. Con los ojos mirando de frente, las
palmas de las manos extendidas y el oído del yo instintivo intacto, la mujer
entra en la vida derrochando poder.
En esta versión la doncella ha llevado a cabo su tarea de tal forma que,
cuando necesita la ayuda de sus manos para percibir y proteger su avance, las
recupera. Se le regeneran por medio del temor de perder al Yo-hijo. La
regeneración de la comprensión de su vida y su tarea hace que a veces se
produzca una pausa momentánea en la tarea de la mujer, pues ésta no confía por
entero en sus fuerzas recién adquiridas. A veces las so-mete a prueba durante
algún tiempo para comprender su verdadero alcan-ce.
A menudo tenemos que re-formar
nuestras ideas acerca de que "si al-guna vez hemos perdido el poder (las
manos), jamás lo recuperaremos". Después de todas nuestras pérdidas y
nuestros sufrimientos, descubrimos que, si nos inclinamos, recibiremos la
recompensa de agarrar al hijo al que tanto apreciamos. Eso es lo que siente la
mujer, que, al final, ha consegui-do agarrar de nuevo su vida. Tiene unas
palmas con las que puede "ver" y moldear una vez más su vida. En todo
momento ha recibido la ayuda de las fuerzas intrapsíquicas y ha conseguido
madurar considerablemente. Ahora se encuentra realmente "en el interior de
su Yo".
Ya estamos casi al final del recorrido por el inmenso territorio de este
largo cuento. Sólo nos queda por recorrer un trecho de crescendo y
culmi-nación. Puesto que se trata de una introducción en el misterio/ dominio
de la resistencia, recorramos con paso firme y decidido esta última etapa de
nuestro viaje por el mundo subterráneo.
La séptima fase: La esposa y el esposo salvajes
Cuando regresa el rey, éste y su madre comprenden que el demonio ha
saboteado sus mensajes. El rey decide someterse a una purificación: dejar de
comer y beber y viajar hasta donde alcanza la vista para encontrar a la
doncella y a su hijo. La búsqueda dura siete años. Se le ennegrecen las manos,
su barba adquiere un mohoso color pardo como el del musgo, sus ojos están
resecos y enrojecidos. Durante todo este tiempo no come ni bebe, pero una
fuerza superior a él lo ayuda a vivir.
Al final, llega a la posada regentada por los habitantes del bosque.
Allí lo cubren con un velo, se queda dormido y, al despertar, ve que una bella
mujer y un precioso niño lo están mirando.
-Soy tu esposa y éste es tu hijo -le dice la joven reina.
El rey está dispuesto a creerla, pero ve que la doncella tiene manos.
-Por mis sufrimientos y mis desvelos, me han vuelto a crecer las
manos -añade ella.
Y entonces la mujer vestida de blanco saca las manos de plata del arca
donde se conservaban como un tesoro. Se celebra una fiesta espiri-tual. El rey,
la reina y su hijo regresan junto a la madre del rey y celebran una segunda
boda.
Aquí, al final del cuento, la mujer que ha efectuado este continuado
descenso consigue reunir una sólida cuaternidad de poderes espirituales: el
animus del rey, el Yo-hijo, la vieja Madre Salvaje y la doncella iniciada. Se
ha lavado y purificado muchas veces. La aspiración de su ego a una vida segura
ya no lleva la voz cantante. Ahora la guía de la psique es esta cuaternidad.
La reunión definitiva se debe al sufrimiento y a los vagabundeos del
rey. ¿Por qué éste, que es el rey del mundo subterráneo, tiene que vagar sin
rumbo? ¿Acaso no es el rey? Bueno, la verdad es que los reyes también tienen
que llevar a cabo una tarea psíquica, incluso los reyes arquetípicos. El cuento
encierra una antigua idea extremadamente críptica, según la cual, cuando cambia
una fuerza de la psique, las demás también tienen que cambiar. Aquí la doncella
ya no es la mujer con quien él se casó, ya no es la frágil alma sin rumbo.
Ahora ya ha sido iniciada, se conoce y conoce sus reacciones femeninas ante
todas las cuestiones. Ahora, gracias a los cuentos y los consejos de la vieja
Madre Salvaje, ha adquirido sabiduría.
Por consiguiente, el rey no tiene más remedio que desarrollarse. En
cierto modo, este rey se queda en el mundo subterráneo, pero, como
repre-sentación del animus, simboliza la adaptación de la mujer a la vida
colecti-va y lleva al mundo de arriba o a la sociedad exterior las ideas
dominantes
que ella ha aprendido durante su viaje. Pero aún no ha pasado por la
misma experiencia que su mujer y tiene que hacerlo para poder trasladar al
mundo exterior lo que ella es y lo que ella sabe.
Cuando la vieja Madre Salvaje le comunica que el demonio lo ha
en-gañado, el rey se sumerge en su propia transformación y vaga sin rumbo hasta
encontrar lo que busca, tal como anteriormente había hecho la don-cella. Él no
ha perdido las manos sino a su reina y a su hijo. El animus sigue por tanto un
camino muy similar al de la doncella.
Esta repetición empática reorganiza la manera de estar la mujer en el
mundo. Reorientar el animus de esta forma es iniciarlo e integrarlo en la tarea
personal de la mujer. Puede que éste fuera el origen de la presencia de
iniciados en los ritos esencialmente femeninos de Eleusis; los hombres asumían
las tareas y los sufrimientos del aprendizaje femenino para en-contrar a sus
reinas psíquicas y a sus vástagos psíquicos. El animus em-prende sus siete años
de iniciación. De este modo, todo lo que la mujer ha aprendido no sólo quedará
reflejado en su alma interior sino que también quedará inscrito en ella y se
llevará exteriormente a la práctica.
Por consiguiente, el rey vaga por la selva de la iniciación y aquí
vol-vemos a tener la impresión de que faltan otros siete episodios: las siete
fa-ses de la iniciación del animus. Pero nos quedan algunos fragmentos cuyos
detalles podemos extrapolar. Una de las claves es el hecho de que el rey se
pasa siete años sin comer y, sin embargo, algo lo sostiene. El hecho de no
alimentarse es el símbolo de la tarea de rebuscar bajo nuestros impulsos y
apetitos para descubrir el significado más profundo que se oculta detrás y
debajo de ellos. La iniciación del rey es el símbolo de la profundización en la
comprensión de los apetitos, no sólo del apetito sexual (34) sino también de
los demás. Es el símbolo del aprendizaje del valor y el equilibrio de los
ciclos que sostienen la esperanza y la felicidad humanas.
Además, puesto que el rey es el animus, la búsqueda que emprende sugiere
el afán de encontrar -cueste lo que cueste y a pesar de los impedi-mentos- en
el interior de la psique lo femenino plenamente iniciado. En tercer lugar, su
iniciación en el yo salvaje cuando adquiere la naturaleza animal durante siete
años y no se baña durante siete años tiene la finali-dad de librarlo de todas
las capas de quitina exageradamente civilizadora que se han acumulado sobre su
persona. El animus está llevando a cabo una dura tarea con vistas a su
presentación y actuación en la vida coti-diana, de acuerdo con el Yo-hijo de la
mujer recién iniciada.
La frase del cuento en la que se dice que el rostro del rey se cubre con
el velo mientras duerme es probablemente otro vestigio de los antiguos ritos
mistéricos. Hay en Grecia una hermosa escultura que lo representa: un iniciado
cubierto con un velo que inclina la cabeza como si estuviera descansando o
esperando el sueño (35). Ahora comprendemos que el ani-mus no puede actuar por
debajo del nivel de conocimientos de la mujer, so pena de que ésta vuelva a
dividirse entre lo que siente y sabe interiormente y la manera en que, por
medio de su animus, se comporta por fuera. De
ahí la necesidad de que el animus vague sin rumbo por la selva con su
na-turaleza masculina.
No es de extrañar que tanto la doncella como el rey se vean obliga-dos a
caminar por los territorios psíquicos en los que tienen lugar seme-jantes
procesos, pues éstos sólo pueden aprenderse en la naturaleza salva-je, junto a
la piel de la Mujer Salvaje. Es normal que la mujer iniciada des-cubra que su
amor subterráneo por la naturaleza salvaje aflora a la super-ficie de su vida
en el mundo de arriba. Psíquicamente está envuelta en el aroma del fuego de
leña. Es normal que empiece a comportarse aquí de acuerdo con lo que ha
aprendido allí.
Una de las características más sorprendentes es el hecho de que la mujer
que está pasando por este proceso sigue haciendo todo lo que habi-tualmente
hacía en la vida exterior: amando a sus amantes; dando a luz a sus hijos;
persiguiendo a los hijos; persiguiendo el arte; persiguiendo pala-bras;
llevando comida, pinturas, maderas; peleándose por esto o por aque-llo;
enterrando a los muertos; cumpliendo todas las tareas cotidianas mientras
realiza su profundo y lejano viaje.
Al llegar a este punto, la mujer suele debatirse entre dos direcciones
contrarias, pues de pronto experimenta el impulso de vadear la selva como si
ésta fuera un río y de nadar por la hierba, trepar a lo alto de un peñasco y
sentarse de cara al viento. Es un momento en que un reloj interior da una hora
que obliga a la mujer a experimentar la súbita necesidad de un ciclo que pueda
considerar suyo, de un árbol cuyo tronco pueda rodear con sus brazos, de una
roca contra la que pueda apoyar la mejilla. Pero tiene que seguir viviendo
también su vida de arriba.
Hay que decir en su honor que, por más que muchas veces lo desee, la
mujer no sube a su coche y se echa a la carretera en dirección al ocaso. Por lo
menos, no con carácter permanente, pues esta vida exterior es pre-cisamente la
que ejerce en ella la cantidad de presión necesaria para que pueda seguir
adelante con las tareas del mundo subterráneo. Durante este período es mejor
permanecer en el mundo que abandonarlo, pues la ten-sión es más beneficiosa y
da lugar a una valiosa vida profundamente dis-tinta que no se podría conseguir
de ninguna otra manera.
Vemos por tanto al animus en pleno proceso de transformación,
preparándose para ser un digno compañero de la doncella y el Yo-hijo. Al final
han conseguido reencontrarse y regresan junto a la anciana madre, la madre
sabia, la que lo soporta todo, la que ayuda con su ingenio y su sa-biduría. Y
los tres se reúnen y se quieren.
El intento de lo demoníaco de apoderarse del alma ha fracasado
irremi-siblemente. La resistencia del alma se ha enfrentado a la prueba y la ha
superado. La mujer pasa por este ciclo una vez cada siete años, la primera vez
muy débilmente, una vez por lo menos con gran esfuerzo y más tarde de una
manera más bien rememorativa o renovadora. Ahora vamos a des-cansar un poco y a
contemplar este exuberante panorama de la iniciación femenina y sus
correspondientes tareas. Una vez superado el ciclo, pode-
mos elegir cualquiera de las tareas o todas ellas para renovar nuestra
vida en cualquier momento y por cualquier motivo. He aquí algunas:
· Abandonar a los ancianos
padres de la psique, descender al territorio psíquico desconocido, confiando en
la buena voluntad de quienquiera que se cruce en nuestro camino.
· Vendar las heridas causadas
por el desventajoso pacto que hicimos en algún momento de nuestra vida.
· Vagar psíquicamente
hambrientas y confiar en que la naturaleza nos alimente.
· Encontrar a la Madre Salvaje y
su auxilio.
· Establecer contacto con el
protector animus del mundo subterráneo.
· Conversar con el psicopompo
(el mago).
· Contemplar los antiguos
vergeles (formas enérgicas) de lo femenino.
· Incubar y dar a luz el Yo-hijo
espiritual.
· Soportar la incomprensión,
vernos apartadas una y otra vez del amor.
· Llenarnos de mugre, barro y
suciedad.
· Permanecer siete años en el
reino de los habitantes del bosque hasta que el niño alcance el uso de razón.
· Esperar.
· Regenerar la vista interior,
la sabiduría interior, la curación interior de las manos.
· Seguir adelante aunque lo
hayamos perdido todo excepto el hijo espi-ritual.
· Volver a encontrar y asir
ávidamente la infancia, la adolescencia y la edad adulta.
· Reestructurar el animus como
fuerza salvaje y natural; amarlo y que él nos ame a nosotras.
· Consumar el matrimonio salvaje
en presencia de la vieja Madre Salva-je y del nuevo Yo-hijo.
El hecho de que tanto la doncella manca como el rey tengan que pasar por
la misma iniciación de siete años de duración es el territorio común entre lo
femenino y lo masculino y nos ayuda a comprender que, en lugar de antagonismo,
puede haber entre estas dos fuerzas un profundo amor, sobre todo cuando éste se
basa en la búsqueda del propio Yo.
"La doncella manca" es un cuento de la vida real acerca de
nuestra condición de mujeres reales. No gira en torno a una parte de nuestra
vida sino en torno a las fases de toda una vida. Enseña esencialmente que la
misión de la mujer es vagar una y otra vez por el bosque. Nuestra psique y
nuestra alma están específicamente preparadas para que podamos cruzar la tierra
subterránea de la psique, deteniéndonos aquí y allá, escuchando la voz de la
vieja Madre Salvaje, alimentándonos con los frutos del espíritu y reuniéndonos
con todo y con todos los que amamos.
Cuesta estar con la Mujer Salvaje al principio. Curar el instinto
herido, desterrar la ingenuidad y, con el tiempo, aprender a conocer los
aspectos más profundos de la psique y el alma, retener lo que hemos aprendido,
no apartarnos, manifestar claramente lo que representamos, todo eso exige una
resistencia ¡limitada y mística. Cuando ascendemos desde el mundo subterráneo
tras haber llevado a cabo alguna de nuestras tareas, puede que por fuera no se
note ningún cambio, aunque por dentro hayamos ad-quirido un carácter inmensa y
femeninamente salvaje. A primera vista se-guimos siendo amables, pero por
debajo de la piel está clarísimo que ya no somos unas criaturas domesticadas.
CAPÍTULO 15
La sombra: El canto hondo
Ser una sombra significa tener un toque y un paso tan ligeros que una se
pueda mover libremente por el bosque, observando sin ser obser-vada. Una loba
es una sombra de cualquier cosa o persona que atraviesa su territorio. Es su
manera de recoger información. Es el equivalente de manifestarse, convertirse
en algo tan tenue como el humo y volver a mani-festarse.
Las lobas pueden moverse con mucho sigilo. El ruido que hacen se podría
comparar con el de los ángeles tímidos. Primero retroceden y siguen como una
sombra a la criatura que ha despertado su curiosidad. Después aparecen de
repente por delante de la criatura y asoman medio rostro, atisbando con un
dorado ojo desde detrás de un árbol. Bruscamente, la loba da media vuelta y, en
un borroso revoltijo en el que a duras penas se pueden distinguir su blanco
collarín y su peluda cola, se desvanece para retroceder y situarse una vez más
a la espalda del forastero. Eso es ser una sombra.
La Mujer Salvaje lleva años siguiendo como una sombra a las muje-res de
la tierra. De pronto, la vislumbramos fugazmente. De repente, vuel-ve a ser
invisible. Sin embargo, aparece tantas veces en nuestra vida y con formas tan
distintas que nosotras nos sentimos rodeadas por sus imáge-nes y sus anhelos.
Viene a nosotras en los sueños y en los cuentos - especialmente en los
acontecimientos de nuestra vida personal-, pues quiere ver quiénes somos y
comprobar si estamos preparadas para reunir-nos con ella. Si echamos un vistazo
a las sombras que proyectamos, vemos que no son sombras humanas de dos piernas
sino unas deliciosas som-bras de un ser libre y salvaje.
Estamos destinadas a ser unas residentes permanentes, no unas simples
turistas en su territorio, pues procedemos de aquella tierra que es nuestra
patria y nuestra herencia. La fuerza salvaje de nuestra psique es-piritual nos
sigue como una sombra por un motivo. Según un dicho me-dieval, si bajas por una
pendiente y te sigue una fuerza poderosa y, si esta poderosa fuerza logra
apoderarse de tu sombra, tú también te convertirás en una fuerza poderosa por
derecho propio.
La gran fuerza salvaje de nuestra psique quiere apoyar su pata en
nuestra sombra para apoderarse de nosotras. En cuanto la Mujer Salvaje nos
arrebata la sombra, volvemos a ser dueñas de nuestra persona, nos encontramos
en el ambiente que nos corresponde y en el hogar que nos pertenece.
La mayoría de las mujeres no teme esta reunión sino que de hecho la
desea. Si en este preciso instante las mujeres pudieran encontrar la
guarida de la Mujer Salvaje, entrarían de cabeza en ella y saltarían
ale-gremente a su regazo. Les basta con que las encaucen en la debida
direc-ción, que es siempre hacia abajo, hacia la propia tarea, hacia la vida
inter-ior, hacia la galería subterránea que conduce a la guarida.
Iniciamos nuestra búsqueda de lo salvaje en nuestra infancia o en la
edad adulta porque, en medio de algún denodado esfuerzo, intuimos la cercanía
de una presencia salvaje y protectora. Quizá descubrimos sus huellas en la
nieve reciente de un sueño. O bien observamos en nuestra psique una rama
quebrada aquí o allá, unas piedras removidas, con la húmeda parte inferior boca
arriba, y comprendimos que algo sagrado hab-ía pasado por nuestro camino.
Percibimos en lo más hondo de nuestra psique el susurro lejano de un aliento
conocido, notamos unos temblores en el suelo y comprendimos que algo poderoso,
alguien importante, la sal-vaje libertad que llevábamos dentro, se había puesto
en marcha.
No pudimos apartarnos de todo aquello sino que más bien lo segui-mos y,
de esta manera, aprendimos a saltar, correr y seguir como una sombra todas las
cosas que atravesaban nuestro territorio psíquico. Empe-zamos a seguir como una
sombra a la Mujer Salvaje y, a cambio, ella em-pezó a seguirnos amorosamente a
nosotras. Aullaba y nosotras tratábamos de contestarle, antes incluso de
recordar su lenguaje, antes incluso de sa-ber exactamente con quién estábamos
hablando. Y ella nos esperaba y nos animaba. Éste es el milagro de la
naturaleza salvaje e instintiva. Sin tener pleno conocimiento de lo que
ocurría, lo sabíamos. Sin verlo, comprendía-mos la existencia de una prodigiosa
y amorosa fuerza más allá de los lími-tes del simple ego.
En su infancia, Opal Whitely escribió estas palabras acerca de la
re-conciliación con el poder de lo salvaje:
Hoy hacia el anochecer
me adentré un poco con la niña ciega
en el bosque donde todo es
sombra y oscuridad.
La acompañé hacia una sombra
que venía a nuestro encuentro.
Le acarició las mejillas
con sus dedos de terciopelo
y ahora a ella también
le gustan las sombras.
Y el miedo que tenía se ha ido.
Las cosas que han perdido las mujeres a lo largo de muchos siglos las
pueden volver a recuperar siguiendo las sombras que arrojan. Y ya le puedes
poner una vela a la Virgen de Guadalupe, pues los tesoros perdi-dos y robados
siguen arrojando sombras sobre nuestros sueños nocturnos y nuestras
ensoñaciones diurnas y también sobre los antiguos cuentos, la
poesía y cualquier momento de inspiración. Las mujeres de todo el mundo
-tu madre, la mía, tú y yo, tu hermana, tu amiga, nuestras hijas, todas las
tribus de mujeres que todavía no conocemos- soñamos con lo que hemos perdido,
con lo que surgirá del inconciente. Todas soñamos lo mismo en todo el mundo.
Nunca nos quedamos sin el mapa. Nunca estamos las unas sin las otras.
Permanecemos unidas a través de nuestros sueños.
Los sueños son compensatorios, son un espejo del inconciente pro-fundo
en el que se refleja lo que se ha perdido y lo que todavía se tiene que
corregir y equilibrar. Por medio de los sueños el inconciente produce
cons-tantemente imágenes que nos enseñan. Por consiguiente, como el legenda-rio
continente perdido, la tierra salvaje de los sueños surge de nuestros cuerpos
dormidos envuelta en un vapor que se extiende por todas partes y crea una
patria protectora por encima de todas nosotras. Éste es el conti-nente de
nuestra sabiduría. La tierra de nuestro Yo.
Y eso es lo que soñamos: soñamos con el arquetipo de la Mujer Sal-vaje,
soñamos con la reunión. Y cada día nacemos y renacemos de este sueño y su
energía nos ayuda a crear a lo largo de toda la jornada. Nace-mos y renacemos
noche tras noche de este mismo sueño salvaje y regre-samos a la luz del día
agarradas a un áspero pelo, con las plantas de los pies ennegrecidas por la
húmeda tierra y el cabello oliendo a océano, o a bosque o a fuego de hoguera.
Desde esta tierra pasamos a vestirnos con la ropa del día, de la vida
cotidiana. Abandonamos aquel lugar salvaje para sentarnos delante del
ordenador, de la cazuela, de la ventana, del profesor, del libro, del cliente.
Arrojamos el aliento de lo salvaje sobre nuestra labor empresarial, las
creaciones de nuestro negocio, nuestras decisiones, nuestro arte, la obra de
nuestras manos y de nuestros corazones, nuestra política y nuestra
es-piritualidad, nuestros Planes, nuestra vida hogareña, la educación, la in-dustria,
los asuntos exteriores, las libertades, los derechos y los deberes. Lo salvaje
femenino no sólo se puede sostener en todos los mundos sino que sostiene todos
los mundos.
Reconozcámoslo. Nosotras las mujeres estamos construyendo una madre
patria; cada una con su propia parcela de terreno arrancada de los sueños
nocturnos o de un día de trabajo. Y extendemos poco a poco esta parcela en
círculos cada vez más amplios. Algún día será una tierra ininte-rrumpida, una
tierra resucitada procedente del país de los muertos. El Mundo de la Madre, el
mundo materno psíquico, coexistirá con todos los demás mundos en condiciones de
igualdad. Y lo estamos creando con nuestras vidas, nuestros gritos, nuestras
risas y nuestros huesos. Es un mundo que merece la pena crear y en el que
merece la pena vivir, un mundo en el que predomina una honrada y salvaje
sensatez.
La palabra "recuperación" puede inducir a pensar en bulldozers
y carpinteros o bien en la reforma de una vieja estructura, pues éste es el
moderno significado del término. Pero también puede significar recobrar algo
que se ha perdido, como cuando antiguamente se "llamaba al halcón que
alguien había dejado volar libremente". Es decir, hacer que algo salva-
je regrese cuando lo llamamos. En este sentido, es una palabra excelente
para nosotras. Utilizamos la voz de nuestra vida, nuestra mente y nuestra alma
para recuperar la intuición y la imaginación; para recuperar a la Mu-jer
Salvaje. Y ella acude a nuestra llamada.
Las mujeres no pueden sustraerse a esta obligación. Si tiene que haber
un cambio, debemos protagonizarlo nosotras. Llevamos dentro a La Que Sabe. Si
tiene que haber un cambio interior, debe llevarlo a cabo cada mujer
individualmente. Si ha de haber un cambio mundial, nosotras las mujeres tenemos
nuestra propia manera de contribuir a hacerlo realidad. La Mujer Salvaje nos
apunta en voz baja las palabras y los métodos y no-sotras la seguimos. Se ha
pasado mucho tiempo corriendo, deteniéndose y esperando para ver si le dábamos
alcance. Tiene algo, muchas cosas que enseñarnos.
Por consiguiente, si estás a punto de soltarte y de correr un riesgo y
te atreves a comportarte en contra de las normas establecidas, excava los
huesos que se encuentren a la mayor profundidad posible y haz que fructi-fiquen
los aspectos salvajes y naturales de las mujeres, la vida, los hom-bres, los
niños, la tierra. Utiliza el amor y los mejores instintos para saber cuándo
tienes que gruñir, golpear, atacar y matar, cuándo tienes que reti-rarte y
cuándo tienes que aullar hasta el amanecer. Para vivir lo más cerca posible de
lo salvaje numinoso, una mujer tiene que agitar un poco más la cabeza,
desbordarse un poco más, tener más olfato, más vida creativa, más capacidad de
"ensuciarse", tener más compañía femenina, vivir una existencia más
natural, tener más fuego y espíritu, saber cocinar mejor las palabras y las
ideas. Tiene que reconocer mejor a sus hermanas, sembrar más, hacer acopio de
raíces, ser más amable con los hombres, hacer más revolución de vecindario,
crear más poesía, pintar más fábulas y hechos, ahondar más en lo femenino
salvaje. Tiene que crear más círculos de cos-tura terroristas y aullar más. Y,
sobre todo, tiene que practicar en mayor medida el canto hondo.
Tiene que quitarse el pellejo, transitar por los antiguos senderos y
afirmar su sabiduría instintiva. Todas podemos afirmar nuestra pertenen-cia al
antiguo clan de la cicatriz, exhibir con orgullo las heridas de guerra de
nuestra época, escribir nuestros secretos en las paredes, negarnos a sentir
vergüenza, encabezar la marcha de la liberación. No malgastemos nuestra energía
en la cólera. Dejemos, por el contrario, que ésta aumente nuestro poder. Y, por
encima de todo, seamos astutas y utilicemos nuestro ingenio femenino.
No olvidemos que lo mejor no se puede ni se debe ocultar. La
medi-tación, la educación, todos los análisis de los sueños, todos los
conoci-mientos de este mundo de Dios no sirven de nada si la persona se los
guarda sólo para sí misma o para unos pocos elegidos. Por consiguiente,
salgamos de dondequiera que estemos escondidas. Dejemos profundas huellas, pues
podemos hacerlo. Procuremos ser la vieja de la mecedora que acuna la idea hasta
rejuvenecerla. Seamos como la valerosa y paciente mujer de "El oso de la
luna creciente" que aprende a ver a través de la ilu-
sión. No perdamos el tiempo encendiendo cerillas y fantasías como la
pe-queña vendedora de fósforos.
Esperemos hasta que logremos encontrar a los nuestros, tal como hizo el
Patito Feo. Purifiquemos el río creativo para que La Llorona pueda encontrar lo
que es suyo. Como la doncella manca, dejemos que nuestro resistente corazón nos
guíe a través del bosque. Como La Loba, recojamos los huesos de los objetos de
valor perdidos y cantemos para devolverles la vida. Perdonemos todo lo que
podamos, olvidemos un poco y creemos mu-cho. Lo que hoy hagamos influirá en las
estirpes matrilineales del futuro. Es probable que las hijas de nuestras hijas
de nuestras hijas nos recuer-den y, sobre todo, sigan nuestras huellas.
Muchos son los medios y las maneras de vivir con la naturaleza
ins-tintiva, y está claro que las respuestas a nuestras preguntas más
profun-das cambiarán a medida que nosotras cambiemos y cambie el mundo. Por
consiguiente, no se puede decir: "Hagamos esto y aquello en este orden
concreto y todo irá bien." Sin embargo, a lo largo de toda mi vida, he
tenido ocasión de conocer a los lobos y he tratado de comprender cómo es
posible que, por regla general, vivan con tanta armonía entre sí. Por consiguiente,
para más tranquilidad, te sugeriría que empezaras por cualquier punto de la
siguiente lista. A las mujeres que todavía siguen luchando, les podría ser muy
útil empezar por el número diez.
REGLAMENTO GENERAL LOBUNO PARA LA VIDA
1. Comer.
2. Descansar.
3. Vagabundear en los períodos
intermedios.
4. Ser fiel.
5. Amar a los hijos.
6. Meditar a la luz de la luna.
7. Aguzar el oído.
8. Cuidar de los huesos.
9. Hacer el amor. lo. Aullar a
menudo.
CAPÍTULO 16
La pestaña del lobo
Si no sales al bosque, jamás ocurrirá nada
y tu vida jamás empezará
-No salgas al bosque, no salgas -dijeron ellos.
-¿Por qué no? ¿Por qué no tengo que salir al bosque esta noche? -
preguntó ella.
-En el bosque habita un enorme lobo que se come a las personas como tú.
No salgas al bosque, no salgas por lo que más quieras.
Pero, naturalmente, ella salió al bosque y, como era de esperar, se
encontró con el Lobo, tal como ellos le habían advertido.
-¿Lo ves? Ya te lo decíamos -graznaron.
-Eso es mi vida, no un cuento de hadas, zopencos -replicó ella-. Ten-go
que ir al bosque y encontrarme con el lobo; de lo contrario, mi vida jamás
podrá empezar.
Pero el lobo que ella encontró había caído en una trampa, se le había
quedado la pata prendida en un cepo.
-¡Socorro, auxilio! ¡Ay, ay, ay! -gritaba el lobo-. ¡Socorro, ayúdame y
te daré la justa recompensa! -añadió.
Porque eso es lo que hacen los lobos en los cuentos de esta clase.
-¿Y cómo sé yo que no me vas a hacer daño? -le preguntó ella, pues su
misión era hacer preguntas-. ¿Cómo sé yo que no me matarás y me de-jarás
reducida a los puros huesos?
-Mala pregunta -dijo el lobo-. Tendrás que confiar en mi palabra.
Y el lobo reanudó sus aullidos y lamentos.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Sólo hay una pregunta
que merece la pena hacer, hermosa doncella,
¿dóooonde está
el
almaaaaaa?
-Oh, lobo, voy a correr el riesgo. ¡Vamos allá!
Abrió la trampa, el lobo sacó la pata y ella se la envolvió con hierbas
medicinales y plantas.
-Oh, gracias, dulce doncella, mil gracias --dijo el lobo, lanzando un
suspiro.
Pero, como había leído demasiados cuentos que no debía, ella ex-clamó:
-Bueno, ahora ya puedes matarme, anda, terminemos de una vez. Pero no
fue eso lo que ocurrió. En su lugar, el lobo alargó la pata y
se la apoyó en el brazo.
-Soy un lobo de otro tiempo y lugar -dijo. Y, arrancándose una pes-taña
del ojo, se la entregó diciendo-: Úsala y procura ser sabia. De ahora en
adelante sabrás quién es bueno y quién no lo es tanto. Mira a través de mi ojo
y lo verás todo con claridad.
Por dejarme vivir,
te ofrezco vivir
como jamás en tu vida has vivido.
Recuerda que sólo hay una pregunta
que merece la pena hacer, hermosa doncella,
¿dóooonde está
el
almaaaaaa?
Y así la doncella regresó a la aldea,
alegrándose de estar viva.
Y esta vez cuando ellos le dijeron,
"Quédate aquí y cásate conmigo",
o "Haz lo que te digo",
o "Di lo que yo quiero que digas,
pero que todo quede tan en secreto
como el día en que viniste",
la doncella tomó la pestaña del lobo
miró a través de ella
y vio sus motivos
tal como jamás los había visto.
Y la vez en que
el carnicero pesó la carne
ella miró a través de la pestaña del lobo
y vio que pesaba también su pulgar.
Y miró al pretendiente
que le decía "Soy el que te conviene",
y vio que no le convenía para nada.
Y de esta manera y muchas más
se salvó
no de todas
pero sí de muchas
desgracias.
Pero, además, con esta nueva visión, no sólo vio al astuto y al cruel
sino que el corazón se le hizo inmensamente grande, pues miraba a las personas
y las volvía a calibrar gracias al don que le había otorgado el lobo al que
ella había salvado.
Y vio a los que eran verdaderamente buenos
y se acercó a ellos,
encontró a su compañero
y permaneció a su lado todos los días de su vida,
percibió a los valerosos
y se acercó a ellos,
captó a los fieles
y se unió a ellos,
vio perplejidad por debajo de la cólera
y se apresuró a disiparla,
vio amor en los ojos de los tímidos
y se inclinó hacia ellos,
vio sufrimiento en los callados
y cortejó su risa,
vio necesidad en el hombre sin palabras
y le habló,
vio fe en lo más hondo de la mujer
que afirmaba no tenerla
y se la volvió a encender con la suya.
Vio todas las cosas
con la pestaña del lobo,
todas las cosas verdaderas
y todas las cosas falsas,
todas las cosas que iban contra la vida
y todas las cosas que iban a favor de la vida,
todas las cosas que sólo podían verse
a través de los ojos de aquel
que pesa el corazón con el corazón,
y no sólo con la mente.
Así descubrió que era cierto lo que dicen, que el lobo es la más sabia
de las criaturas. Si prestas atención, el lobo cuando aúlla hace siempre la
pregunta más importante, no dónde está el alimento más próximo, la pelea más
próxima o la danza más próxima,
sino la pregunta más importante
para ver dentro y detrás,
para sopesar el valor de todo lo que vive,
¿dóooonde estáaaa
el
almaaaa?
¿Dónde está el alma?
¿Dónde está el alma?
Sal al bosque, sal enseguida. Si no sales al bosque,
jamás ocurrirá nada y tu vida no empezará jamás.
Sal al bosque,
sal enseguida.
Sal al bosque,
sal enseguida.
Selección de "La pestaña del lobo", poema original en prosa de
C. P. Estés, copyright 1970, de Rowing Songs for the Night Sea Journey,
Con-temporary Chants.
CONCLUSIÓN
EL CUENTO COMO MEDICINA
Voy a exponer aquí el ethos del cuento según las tradiciones étnicas de
mi familia en las que hunden sus raíces mis narraciones y mi poesía, y a dar
unas breves explicaciones acerca de mi utilización de las palabras y los
cuentos para el favorecimiento de la vida del alma. A mis ojos, Las historias
son una medicina.
... Siempre que se narra un cuento se hace de noche. Donde-quiera que
esté la casa, cualquiera que sea la hora, cualquiera que sea la estación, la
narración del cuento hace que una noche estrella-da y una blanca luna se
filtren desde los aleros y permanezcan en suspenso sobre las cabezas de los
oyentes. A veces, hacia el final del cuento, la estancia se llena de aurora,
otras veces queda un frag-mento de estrella o un mellado retazo de cielo de
tormenta. Pero cualquier cosa que quede es un don que se debe utilizar para
traba-jar en la configuración del alma ... (1)
Mi trabajo en el humus de los cuentos no procede exclusivamente de mi
preparación como psicoanalista sino también de mi larga vida como hija de una
herencia familiar profundamente étnica e iletrada. Aunque los míos no sabían
leer ni escribir o lo hacían con mucha dificultad, eran per-sonas cuya
sabiduría suele ser ignorada por la cultura moderna.
Durante los años en que yo estaba creciendo, había veces en que los
cuentos, los chistes, las canciones y las danzas se contaban e interpreta-ban
en la mesa durante una comida, en una boda o en un velatorio, pero casi todo lo
que yo llevo, cuento oralmente o convierto en versiones litera-rias, lo he
adquirido no sentada ceremoniosamente en círculo sino en el transcurso de un
arduo trabajo, pues la tarea exige mucha intensidad y concentración.
A mi juicio, el cuento, en todas las modalidades posibles, sólo puede
ser fruto de un considerable esfuerzo intelectual, espiritual, familiar, físico
e integral. Nunca brota fácilmente. Nunca "se recoge" o se estudia en
los "ratos libres". Su esencia no puede nacer ni se puede mantener en
la co-modidad del aire acondicionado, no puede alcanzar profundidad en una
mente entusiasta pero no comprometida y tampoco puede vivir en ambien-tes
sociables pero superficiales. El cuento no se puede "estudiar". Se
aprende por medio de la asimilación, viviendo cerca de él con los que lo
conocen, lo viven y lo enseñan, mucho más en las tareas de la vida coti-diana
que en los momentos visiblemente oficiales.
La beneficiosa medicina del cuento no existe en un vacío (2). No puede
existir separada de su fuente espiritual. No se puede tomar como un simple
proyecto de mezcla y combinación. La integridad del cuento procede de una vida
real vivida en él. El hecho de haber sido educados en él confie-re al cuento
una luz especial.
Según las más antiguas tradiciones de mi familia, que se remontan, por
cierto, a épocas muy lejanas, "a todas las generaciones que existen"
tal como dicen mis abuelitas, los momentos del cuento, las narraciones
elegi-das, las palabras exactas que se utilizan para transmitirlas, los tonos
de voz que se emplean en cada una de ellas, los principios y los finales, el
de-sarrollo del texto y especialmente la intención que hay detrás de cada una
de ellas, suelen estar dictados por una profunda sensibilidad interior más que
por un motivo o una "ocasión" exterior.
Algunas tradiciones establecen momentos concretos para la narra-ción de
los cuentos. Entre mis amigos de varias tribus pueblo los cuentos acerca del
coyote se reservan para el invierno. Mis comadres y parientas del sur de México
sólo cuentan relatos sobre "el gran viento del este" en primavera. En
mi familia adoptiva, ciertos cuentos cocinados en la tradi-ción de la Europa
oriental sólo se narran en otoño después de la cosecha. En mi familia carnal
los cuentos del Día de los muertos se empiezan a con-tar tradicionalmente al
principio del invierno y se siguen contando a lo lar-go de toda esa oscura
estación hasta el regreso de la primavera.
En los antiguos ritos curativos integrales, primos hermanos del
cu-randerismo y de las mesemondók, todos los detalles se sopesan
cuidado-samente según la tradición: cuándo contar un cuento, qué cuento y a
quién, con qué longitud y en qué forma, con qué palabras y en qué condi-ciones.
Tomamos en consideración el momento, el lugar, la situación de salud o
enfermedad de la persona, las exigencias de su vida interior y exte-rior y toda
una serie de factores importantes para poder establecer la clase de medicina
que se necesita. Detrás de nuestros antiguos rituales hay esencialmente un
espíritu sagrado e integral y contamos los cuentos cuando nos sentimos llamados
por el pacto que éstos han establecido con nosotros y no viceversa (3).
En la utilización del cuento como medicina, lo mismo que en la
ex-haustiva preparación psicoanalítica y en otras artes curativas
rigurosa-mente impartidas y supervisadas, se nos enseña a comprender
cuidado-samente lo que hay que hacer y cuándo, pero, por encima de todo, se nos
enseña lo que no hay que hacer. Eso, quizá más que cualquier otra cosa, es lo
que distingue los cuentos como diversión -una actividad en sí misma muy digna-
de los cuentos como medicina.
En mi cultura "más antigua", por más que hayamos establecido
un puente con el mundo moderno, hay en esencia un eterno legado narrativo, en
el que un cuentista transmite sus cuentos y el conocimiento de la me-dicina que
éstos encierran a una o más semillas. Las "semillas" son perso-nas
que "tienen un don innato". Son los futuros guardianes de los cuentos
en quienes los vicios tienen depositadas sus esperanzas. Es fácil identificar
a los que poseen talento. Varios ancianos se ponen de acuerdo y los
acom-pañan, los ayudan y los protegen durante su aprendizaje.
Los afortunados seguirán un arduo camino de muchos años de tra-bajo,
plagado de molestias y dificultades, que les enseñará a seguir la tra-dición
tal y como la han aprendido, con todas las preparaciones, bendicio-nes,
percusiones, percepciones esenciales, ética y actitudes que constitu-yen el
cuerpo de los conocimientos curativos de acuerdo con las exigencias propias de
estos conocimientos -no con las suyas-, sus iniciaciones y sus formas
prescritas.
Estas formas y extensiones de tiempo "de aprendizaje" no se
pueden apartar a un lado o modernizar. No se pueden aprender en unos cuantos
fines de semana o unos cuantos años. Exigen largos períodos de tiempo para
reflexionar y es por eso por lo que el trabajo no se banaliza, cambia o utiliza
erróneamente tal como ocurre cuando no está en buenas manos o se utiliza por
motivos equivocados o cuando alguien se lo apropia con una mezcla de buena
intención e ignorancia (4). De eso no puede salir nada bueno.
La elección de las "semillas" es un proceso misterioso que
escapa a cualquier definición exacta menos para aquellos que lo conocen a
fondo, pues no está basado en una serie de normas ni en la imaginación sino en
una antiquísima relación directa entre las personas. La mayor elige a la más
joven, la una elige a la otra, a veces la una busca a la otra, pero con
frecuencia ambas se tropiezan y se reconocen como si se conocieran desde hace
siglos. El deseo de ser así no es lo mismo que serlo.
Por regla general, los miembros de la familia que tienen este talento se
identifican en la infancia. Los mayores que poseen este don tienen los ojos
despellejados y buscan a menudo al que está "sin piel", al que tiene
una profunda sensibilidad y observa no sólo las pautas más amplias de la vida
sino también sus más pequeños detalles. Están buscando como yo, que ahora tengo
cincuenta y tantos años, a los que poseen una agudeza especial por haberse
pasado varias décadas o toda una vida viviendo en cuidadosa actitud de escucha.
La preparación de las curanderas, cantadoras y cuentistas es muy
similar, pues en mi tradición los cuentos se consideran escritos como un
tatuaje del destino, un delicado tatuaje en la piel de la persona que los ha
vivido.
Se cree que el talento curativo deriva de la lectura de estas leves
ins-cripciones en el alma y de su desarrollo. El cuento, en su calidad de una
de las cinco partes que integran la disciplina curativa, está considerado el
destino de la persona que lleva dentro estas inscripciones. No todo el mundo
las lleva, pero las personas que sí las llevan ya tienen su futuro grabado en
ellas. Son "Las únicas". (5)
Por consiguiente, una de las primeras preguntas que hacemos cuando nos
tropezamos con una cuentista/curandera, es: "¿Quiénes son tus familiares?
¿Quiénes son tus padres?" En otras palabras, ¿ de qué es-tirpe de
curanderas procedes? Eso no quiere decir: ¿a qué escuela has ido?
¿Qué asignaturas has estudiado? ¿A qué talleres has asistido? Significa
literalmente: ¿de qué estirpe espiritual desciendes? Como siempre, busca-mos
una edad auténtica, sabiduría más que sagacidad intelectual, una devoción
religiosa inquebrantable y profundamente arraigada en la vida cotidiana, todas
las delicadas gentilezas y actitudes visiblemente innatas en una persona que
conoce aquella Fuente de la que procede toda cura-ción (6).
En la tradición de las cuentistas/cantadoras, hay padres y abuelos y, a
veces, madrinas y padrinos, y estas personas son la que te ha narrado el cuento
y te ha explicado su significado y su impulso, la que te lo ha re-galado (la
madre o el padre del cuento) y la persona que se lo enseñó a la persona que te
lo enseñó a ti (el abuelo o la abuela del cuento). Así es como debe ser.
El hecho de pedir explícitamente permiso para contar el cuento de otra
persona y atribuirse dicho cuento, en caso de que se conceda tal per-miso, es
de todo punto necesario, pues de esta manera se conserva el om-bligo
genealógico; nosotros estamos en un extremo y la placenta que da la vida en el
otro. En alguien debidamente educado en la narración de cuen-tos es una señal
de respeto y una muestra de buenos modales pedir y re-cibir permiso (7), no
apropiarse de la obra que no se ha otorgado y respetar el trabajo de los demás,
pues el conjunto de su obra y su vida constituye la obra que entregan. Un
cuento no es simplemente un cuento. En su sentido más innato y apropiado, es la
vida de alguien. El numen de su vida y su conocimiento directo de los cuentos
que narra son la "medicina" del cuen-to.
Los padrinos del cuento son los que han dado una bendición junto con el
regalo del cuento. A veces se tarda mucho tiempo en contar los an-tecedentes
del cuento antes de dar comienzo al cuento propiamente dicho. Esta enumeración
de la madre, la abuela, etc. del cuento no es un largo y aburrido preámbulo
sino algo que está salpicado a su vez de pequeños cuentos. El cuento más largo
que los sigue se convierte entonces en algo así como el segundo plato de un
banquete.
En todos los verdaderos cuentos y las tradiciones curativas que yo
conozco, la narración de la historia empieza con la mención del contenido
psíquico tanto colectivo como personal. El proceso exige mucho tiempo y energía
tanto intelectual como espiritual; y no es en modo alguno una práctica ociosa.
Cuesta mucho y lleva mucho tiempo. Aunque a veces se producen intercambios de
cuentos, en los que dos personas que se conocen muy bien se intercambian
cuentos a modo de regalos, ello se debe a que han desarrollado, en caso de que
no la tengan con carácter innato, una relación de parentesco. Tal como debe
ser.
Aunque algunas personas emplean los cuentos como simple entrete-nimiento
y, aunque la televisión en particular utilice a menudo argumen-tos de cuentos
que describen la necrosis de la vida, no por eso las narra-ciones dejan de ser
cuentos en uno de sus más antiguos significados, el
del arte curativo. Algunas personas son llamadas a la práctica de este
arte curativo y las mejores a mi juicio son las que se han acostado con el
cuen-to, han descubierto en su interior las partes equivalentes y en lo más
hon-do de su ser han tenido un mentor, han recibido una prolongada enseñan-za
espiritual y se han pasado mucho tiempo perfeccionando las enseñan-zas. Estas
personas son inmediatamente reconocibles por su sola presen-cia.
Cuando utilizamos los cuentos manejamos una energía arquetípica que
podríamos describir metafóricamente como una especie de electrici-dad. Esta
corriente eléctrica puede animar e ilustrar, pero si se transmite en el lugar,
el tiempo o la cantidad equivocados, mediante el narrador equivocado, el cuento
equivocado, el cuentista equivocado -es decir, una persona que sabe en parte lo
que tiene que hacer pero ignora lo que no tiene que hacer-, (8) la corriente,
como todas las medicinas, no tendrá el efecto deseado o tendrá incluso un
efecto perjudicial. A veces los "coleccio-nistas de cuentos" no saben
lo que piden cuando solicitan un cuento de esta dimensión o intentan utilizarlo
sin haber recibido previamente la ben-dición.
El arquetipo nos hace cambiar. El arquetipo nos infunde una inte-gridad
y una resistencia reconocibles. En caso de que no se produzca un cambio en el
narrador, significa que no ha habido fidelidad, ni auténtico contacto con el
arquetipo, ni transmisión sino tan sólo una traslación re-tórica o una
interesada exaltación de la propia persona. La transmisión de un cuento es una
larga responsabilidad de mucho alcance. Si quisiera de-tallar todos sus
parámetros y describir los procesos curativos en su totali-dad, tendría que
llenar varios volúmenes, utilizando el cuento como un simple componente entre
otros muchos. Pero, en el reducido espacio de que aquí dispongo, me limitaré a
señalar lo más importante: tenemos que cerciorarnos de que las personas estén
total y absolutamente conectadas con la electricidad de los cuentos que llevan
consigo y narran a los demás.
Entre las mejores cuentistas-curanderas que conozco, y he tenido la
suerte de conocer a muchas, sus cuentos crecen en sus vidas como las raíces
hacen crecer un árbol. Los cuentos las han hecho crecer, las han convertido en
lo que son. Se nota la diferencia. Se nota cuándo alguien ha hecho
"crecer" un cuento en broma y cuándo el cuento lo ha hecho crecer
auténticamente a él. Este último es el que subyace en las tradiciones
inte-grales.
A veces un desconocido me pide uno de los cuentos que yo he saca-do de
la mina, configurado y llevado conmigo muchos años. Como guar-diana que soy de
estos cuentos que me han dado tras haberme exigido una promesa que yo he
mantenido, no los separo de las palabras y los ritos que los rodean,
especialmente de los que se han desarrollado y alimentado en las raíces de la
familia. Esta opción no depende de ningún plan de cinco puntos sino de una
ciencia del alma. La relación y la afinidad lo son todo.
El modelo maestro-alumno ofrece la clase de cuidadosa atmósfera que me
ha permitido ayudar a mis alumnos a buscar y desarrollar los cuentos que los
aceptarán, que brillarán a través de ellos y no se quedarán simplemente en la
superficie de su ser como piezas de bisutería barata. Hay maneras y maneras.
Algunas son fáciles, pero no conozco ninguna manera fácil que sea al mismo
tiempo honrada. Hay maneras mucho más enrevesadas y difíciles que son honradas
y merecen la pena.
El arte curativo que una persona puede practicar, la medicina del cuento
que puede aplicar, depende totalmente de la cantidad de yo que dicha persona
esté dispuesta a sacrificar y a poner en él y, cuando hablo de sacrificio, me
refiero a todos los matices de dicha palabra. El sacrificio no es un
sufrimiento que se elige y tampoco es un "sufrimiento convenien-te"
cuyo término está controlado por el "sacrificado". El sufrimiento no
es un gran esfuerzo y ni siquiera una molestia considerable. Es en cierto mo-do
algo así como "entrar en un infierno no creado por nosotros mismos" y
regresar de él totalmente purificados, totalmente centrados y entregados. Ni
más ni menos.
En mi familia hay un dicho: el portero de los cuentos te exigirá un
pago, es decir, te obligará a vivir una cierta clase de vida, una disciplina
diaria y muchos años de estudio, no el estudio ocioso que le interese al ego
sino un estudio en el que tendrás que amoldarte a unas pautas y unos
re-quisitos determinados. Nunca insistiré lo bastante en ello.
En las tradiciones narrativas de mi familia, en las tradiciones de la
mesemondók y de la cuentista que he aprendido y venido utilizando desde
pequeña, existe la llamada Invitada, es decir, la silla vacía, presente de
al-guna manera en todas las narraciones. A veces, en el transcurso de un
relato, el alma de un oyente o más de uno se sienta allí porque lo necesita. Y
aunque yo tenga material cuidadosamente preparado para toda la tarde, a veces
modifico la narración para adaptarme, curar o jugar con la sensa-ción de
espíritu que me produce la silla vacía. "La invitada" habla en
nom-bre de las necesidades de todos.
Yo le digo a la gente que extraiga los cuentos de sus propias vidas e
insisto sobre todo en que lo hagan mis alumnos, especialmente los cuentos de su
propia herencia, pues si siempre recurren directamente a los cuen-tos de los
traductores de Grimm, por ejemplo, perderán para siempre los cuentos de su
herencia personal en cuanto se mueran los ancianos de su familia. Yo siempre
respaldo con todas mis fuerzas a los que recuperan los cuentos de su herencia,
preservándolos y salvándolos de la muerte por abandono. Como es natural, en
toda la faz de la tierra son siempre los vie-jos los que representan los huesos
de todas las estructuras curativas y es-pirituales.
Contempla a tu gente, contempla tu vida. No es casual que este con-sejo
sea el mismo entre los grandes curanderos y los grandes escritores. Contempla
la realidad que vives tú misma. La clase de cuentos que se en-
cuentran ahí no pueden proceder jamás de los libros. Proceden de relatos
de testigos directos.
La extracción de cuentos de la mina de la propia vida y de la vida de
los nuestros y también del mundo moderno en su relación con nuestra vi-da exige
molestias y duras pruebas. Sabes que vas por buen camino si has tenido las
siguientes experiencias: nudillos arañados, dormir en el frío sue-lo -no una
vez sino una y otra vez-, búsqueda a tientas en la oscuridad, paseos en círculo
por la noche, revelaciones estremecedoras y espeluznan-tes aventuras a lo largo
del camino. Todo eso tiene un valor inestimable. Tiene que haber un poco y en
algunos casos mucho derramamiento de sangre en todos los cuentos, en todos los
aspectos de la propia vida para que ésta tenga numen y la persona pueda ser
portadora de una auténtica medicina.
Confío en que salgas y dejes que te ocurran cuentos, es decir, vida, y
que trabajes con estos cuentos de tu vida -la tuya, no la de otra persona-, que
los riegues con tu sangre y tus lágrimas y tu risa hasta que florezcan, hasta
que tú misma florezcas. Ésta es la tarea. La única tarea (9).
APÉNDICE
En respuesta...
En respuesta a los lectores que preguntaban por distintos aspectos de mi
trabajo y mi vida, hemos ampliado ligeramente algunas secciones de este libro,
añadiendo varias anécdotas y aclaraciones y varias notas adi-cionales,
ampliando la conclusión y publicando por primera vez un poema en prosa que
formaba parte del manuscrito original. Todo se ha hecho con sumo cuidado y sin
alterar la cadencia de la obra.
Tres años después...
Muchos lectores han escrito para manifestar su satisfacción, comu-nicar
noticias de los grupos de lectura que han estudiado Las mujeres que corren con
los lobos, dirigir palabras de aliento y preguntar acerca de futu-ras obras.
Han leído cuidadosamente este libro, a menudo más de una vez
(1).
Por regla general, me he llevado una sorpresa al descubrir que mu-chos
lectores han captado con toda claridad las raíces espirituales de mi obra a
pesar de encontrarse éstas discretamente apuntadas en el subtexto del libro.
Agradezco con toda mi alma la aprobación de los lectores, sus amables palabras,
sus sensatas percepciones, su gran generosidad, los bonitos regalos entregados
en mano y sus numerosos gestos de aliento y protección, tales como incluir mi
obra, mi bienestar y el de mi familia y mis seres queridos y a mí misma en sus
oraciones cotidianas. Conservo todos estos gestos como un tesoro en mi corazón.
Hace mucho tiempo, pero no muy lejos de aquí..
Trataré de dar respuesta aquí a algunas de las preguntas que los
lectores nos han hecho llegar.
Muchos han preguntado cómo se empezó a escribir Las mujeres que corren
con los lobos. "Se empezó a escribir mucho antes de que se empeza-ra a
escribir." (2) Empezó naciendo en las insólitas y quijotescas estructu-ras
que El destino me tenía preparadas. Empezó con varias décadas du-rante las que
me sentí empapada de impresionante belleza y vi mucha pérdida de esperanza en
las tormentas culturales, sociales y de otro tipo. Empezó como consecuencia de
amores y vidas muy duras y amadas. "Se empezó a escribir mucho antes de
que se empezara a escribir..." Eso lo puedo afirmar con toda seguridad.
La efectiva redacción a mano empezó en 1971 después de una
pere-grinación desde el desierto hasta mi casa, donde pedí y recibí la
bendición de mis mayores para escribir una obra enraizada en el lenguaje del
canto de nuestras raíces espirituales. Todos ellos me hicieron peticiones y
pro-mesas de muchas clases que han cumplido al pie de la letra hasta hoy. La
más importante de ellas fue "No nos olvides y no olvides aquello
por lo que hemos sufrido" (3).
Las mujeres que corren con los lobos es la primera parte de una serie en
cinco tomos en la que se incluirán cien cuentos sobre la vida interior. La
redacción de las dos mil doscientas páginas de la obra me llevó algo más de
veinte años. El propósito del libro es esencialmente el de
"despato-logizar" la naturaleza instintiva integral y demostrar sus
nexos espirituales y esencialmente psíquicos con el mundo natural. La premisa
en la que se basa toda mi obra es la de que todos los seres humanos nacen con
unas cualidades innatas.
La expresión...
La obra se escribió deliberadamente con una mezcla de la voz erudi-ta de
mi preparación como psicoanalista y la voz de las tradiciones del cu-randerismo
y el duro trabajo que son un reflejo de mis orígenes étnicos: todos mis
antepasados fueron inmigrantes, de clase obrera baja y católi-cos. La herencia
de mi educación es el ritmo del trabajo y éste es el que me califica en primer
lugar y por encima de todo como una poeta.
En su calidad de documento no sólo psicológico sino también espiri-tual,
varias librerías han colocado Las mujeres que corren con los lobos en distintas
secciones simultáneamente: psicología, poesía, feminismo y reli-gión. Algunos
han dicho que no se puede encasillar en ninguna categoría o que ha inaugurado
una nueva categoría. Ignoro si es así, pero, en esencia, yo esperaba que fuera
no sólo una obra artística sino también una obra psicológica acerca del
espíritu.
Nota del lector...
Las mujeres que corren con los lobos pretende ser una ayuda en la tarea
conciente de la individuación. Conviene abordar el libro como una obra
contemplativa escrita en veintitantas partes. Cada parte es indepen-diente.
El noventa y nueve por ciento de las cartas recibidas comentan que el
lector no sólo leyó la obra sino que se la leyó a un ser querido o la leyó
juntamente con éste: la madre a la hija, la nieta a la abuela, el amante a la
amante y en los grupos de lectura que se reunían con carácter semanal o
mensual. Puesto que no se puede leer en una semana o un mes, la obra se presta
al estudio. E invita a la lectora a comparar su vida personal con lo que aquí
se propone, a aprobarla o censurarla, acercarla, profundizarla, regresar a ella
y verla a través de un proceso de maduración en curso.
Léela despacio. La obra se escribió muy despacio durante un prolon-gado
período de tiempo. Escribía, me apartaba, reflexionaba (4), regresaba y
escribía un poco más, volvía a apartarme, reflexionaba un poco más, re-gresaba
y escribía un poco más. La mayoría de la gente lee la obra de la misma manera
que fue escrita. Un poco a la vez, apartándose, reflexionan-do acerca de ella y
regresando (5).
Recuerda...
La psicología, en su sentido más antiguo, significa el estudio del
al-ma. Aunque en el último siglo ha habido muy importantes y valiosas
apor-taciones y habrá todavía más, el mapa de la naturaleza humana en toda su
estimable variedad dista mucho de estar completo. La psicología no tie-ne
ciento y tantos años de antigüedad, sino que se remonta a los albores del
pasado. Los nombres de los muchos y esforzados hombres y mujeres que
contribuyeron a ampliar la ciencia psicológica están debidamente re-conocidos.
Pero la psicología no empezó ahí. Empezó con cualquier perso-na y con todas las
personas que oyeron una voz más digna de tenerse en cuenta que la suya y se
sintieron obligadas a buscar su origen.
Algunos dicen que mi obra constituye "un nuevo campo
emergente". Debo decir con todo respeto que la esencia de mi obra procede
de
una tradición muy antigua. Esta clase de obra no encaja fácilmente en la
categoría de nada que pueda calificarse de "emergente". Miles de
personas de muchas generaciones de todo el mundo, sobre todo personas ancianas
a menudo sin instrucción pero sabias por muchos conceptos, han vigilado y
protegido sus exactos y complicados parámetros. Siempre ha estado muy viva y
floreciente porque ellas estaban vivas y florecientes y la comparaban con unas
formas y unos medios determinados (6).
Una advertencia...
La cuestión de la maduración individual es una tarea a la medida. No se
puede trazar ningún rumbo, no se puede decir, "haz esto y después lo
otro". El proceso de cada individuo es único y no se puede codificar con
un simple "sigue estos diez sencillos pasos y todo irá bien". Esta
clase de tarea no es fácil y no está al alcance de todo el mundo. Si buscas una
cu-randera, un analista, un terapeuta o un asesor, cerciórate de que proceden
de una disciplina con sólidos predecesores y de que saben hacer realmente lo
que ellos creen saber hacer. Pide el consejo de tus amigos, parientes y
compañeros de trabajo de confianza. Cerciórate de que el profesor que eli-jas
esté debidamente preparado tanto en los métodos como en la ética (7).
La vida ahora...
Suelo escribir y trabajar bajo tierra, pero "hay algunas visiones
de vez en cuando". Sigo viviendo tal como siempre he vivido desde hace
mu-chos años, ardientemente introvertida pero tratando con todas mis fuerzas de
estar en el mundo. Sigo trabajando como analista, poeta y escritora y cuidando
de mi numerosa familia. Sigo hablando sobre cuestiones socia-les, persevero en
las grabaciones audiovisuales, pinto, compongo, traduz-co, enseño y contribuyo
a preparar a jóvenes psicoanalistas. Enseño litera-tura, escritura, psicología,
mito-poesía, vida contemplativa y otras asigna-turas como especialista invitada
en distintas universidades (8).
A veces la gente me pregunta cuál ha sido el acontecimiento más
memorable de los últimos años. Ha habido muchos, desde luego, pero el que más
me emocionó fue la alegría de los mayores cuando se publicó esta obra por
primera vez, el primer libro de uno de los suyos que jamás se
hubiera impreso. Una imagen en particular: cuando mi padre de ochenta y
cuatro años vio por primera vez este libro, exclamó en su inglés chapu-rreado:
"¡Un libro, un libro, un libro de verdad! " Y allí mismo en mi jardín
se puso a bailar una antigua danza Csíbraki del viejo país.
La obra...
Como cantadora (guardiana de antiguos cuentos) y mujer pertene-ciente a
dos culturas étnicas, me sería muy difícil no reconocer que los se-res humanos
son muy distintos desde el punto de vista cultural, psicológi-co y de otro
tipo. Siendo así, me parecería un error pensar que alguna ma-nera determinada
es la mejor. Esta obra en particular se ofrece como apor-tación a lo que se
sabe y lo que se necesita en una auténtica psicología fe-menina que incluya a
todos los tipos de mujeres que existen y todos los tipos de vida que llevan.
Mis observaciones y experiencias a lo largo de mis veintitantos años de
práctica tanto con hombres como con mujeres me han llevado al con-vencimiento
de que cualquiera que sea el estado, la fase o la estación de la vida, la
persona tiene que poseer fuerza psicológica y espiritual para seguir adelante,
tanto en los pequeños detalles como contra los vendavales que de vez en cuando
se desatan en la vida de cada uno.
La fuerza no se alcanza después de haber subido la escalera o trepa-do a
la montaña y tampoco después de haberlo "conseguido", sea ello lo que
fuere. El fortalecimiento de la persona es esencial para el esfuerzo, so-bre
todo, antes y durante y también después. Estoy segura de que la aten-ción y la
fidelidad a la naturaleza del alma constituye la quintaesencia de la fuerza.
En cualquier momento hay muchas cosas que pueden sembrar el desconcierto
en el alma y el espíritu, tratando de destruir las intenciones o ejerciendo
presión para que se olviden las preguntas más importantes; preguntas tales
como, no sólo cuál es la pragmática de una situación sino también: "¿Dónde
está el alma de esta cuestión?" La persona sigue adelan-te en la vida,
gana terreno, enmienda las injusticias y planta cara a los vientos gracias a la
fuerza espiritual.
El fortalecimiento tanto con la palabra como con la oración, con
dis-tintas clases de contemplación o con cualquier otro medio, procede de un
numen, una grandeza presente en el centro de la psique pero más grande que toda
la psique. Este numen es totalmente accesible y tiene que ser cuidado y
alimentado. Su existencia, cualquiera que sea el nombre que reciba, es un hecho
psíquico incontrovertible.
Difícil e intensamente fructífero, eso es lo que percibe en esencia la
persona que se encuentra en un proceso de auténtica maduración. Y se nota tanto
por dentro como por fuera en la persona que se esfuerza por alcanzarlo. Sabemos
muy bien que existe una notable diferencia entre una vida meditadamente
profunda y una vida basada en creencias fantasmagó-ricas. En este viaje hacia
el "verdadero hogar", aunque de vez en cuando
retrocedamos para recapitular o medir las cosas desde el lugar de donde
vinimos, no retrocedemos para retroceder.
NOTAS
A veces llamo a estas notas finales los cuentitos. Son vástagos del
texto más amplio y pretenden ser una obra de arte independiente. Están
destinadas a ser leídas de corrido si se desea, sin necesidad de remitirse al
texto al que se refieren. Te invito a leerlas de las dos maneras.
INTRODUCCION
Cantando sobre los huesos
1. El lenguaje de los cuentos y de
la poesía es un poderoso hermano del lenguaje de los sueños. Por el análisis de
muchos sueños (tanto contemporáneos como antiguos procedentes de relatos
escritos) a lo largo de muchos años, por los textos sagrados y las obras de
místicos como Catalina de Siena, Francisco de Asís, Rumi y Eckhart y por la
obra de muchos poetas como Dickinson, Millay, Whitman, etc., se deduce que
existe, al parecer, en el interior de la psique una función poética y artística
que se pone en marcha cuando una persona se acerca de manera involuntaria o
deliberada al núcleo instintivo de la psique.
Este lugar de la psique en el que se reúnen los sueños, los cuentos, la
po-esía y el arte constituye el misterioso hábitat de la naturaleza instintiva
o salvaje. En los sueños y la poesía contemporáneos y en los más antiguos
cuentos popula-res y las obras de los místicos, todo el ambiente del núcleo se
considera un ser con vida propia y se suele representar en la pintura, la
poesía, la danza y los sueños bien bajo la apariencia de uno de los vastos
elementos tales como el oc-éano, la bóveda celeste o la arcilla, bien bajo la
de un poder con personalidad, como, por ejemplo, la Reina del Cielo, la Blanca
Paloma, el Amigo, el Amado, el Amante, o el Compañero.
De este núcleo surgen cuestiones e ideas numinosas a través de la
persona que experimenta la sensación de "estar llena de algo que es no
Yo". Por otra parte, muchos artistas llevan las ideas y cuestiones nacidas
de su ego al borde del núcleo y las dejan caer en él, intuyendo con razón que
las recuperarán infundi-das o lavadas con el extraordinario sentido psíquico de
la vida. En cualquiera de los dos casos, ello dará lugar a un profundo
despertar, a un cambio o una infor-mación de los sentidos, el estado de ánimo o
el corazón del ser humano. Cuando una persona está recién informada, su estado
de ánimo cambia. Y, cuando cam-bia el estado de ánimo, también cambia el
corazón. Por eso son tan importantes las imágenes y el lenguaje que surgen de
este núcleo. Combinados entre sí, las imágenes y el lenguaje poseen el poder de
transformar una cosa en otra de una manera que, con la simple fuerza de
voluntad, sería muy difícil y tortuosa de al-canzar. En este sentido, el Yo del
núcleo, es decir, el Yo instintivo, es curativo y vitalizador.
2. La frase eje/Ego/Yo la utiliza
Edward Ferdinand Edinger (Ego and Ar-chetype [Nueva York, Penguin, 1971]) para
describir la visión que tenía Jung del ego y el Yo como unas relaciones
complementarias, cada una de las cuales -el moviente y el movido- necesita de
la otra para poder actuar. (C.G. Jung, Collected Works, vol. 11, 2ª ed.
[Princeton, Princeton University Press, 1972] pág. 39.)
3. "Para la Mujer Grande, the
Great Woman", 1971, C. P. Estés, de Ro-wing Songs for the Night Sea
Journey: Contemporary Chants (publicado por el mismo autor).
4. Véase Conclusión, El cuento
como medicina, sobre las tradiciones étnicas en las que me baso a propósito de
los límites del cuento.
5. El duende es literalmente el
diablillo o la fuerza que se oculta detrás de las acciones y la vida creativa
de una persona, incluyendo su manera de caminar, el sonido de su voz, la forma
en que levanta el dedo meñique. Es un término utili-zado en la danza flamenca
que también se utiliza para describir la capacidad de "pensar" con
imágenes poéticas. Para las curanderas latinoamericanas que recu-peran los
cuentos se trata de la capacidad de llenarse de un espíritu que es algo más que
el propio espíritu. Tanto si se trata de un artista como si se trata del
es-pectador, el oyente o el lector, cuando el duende está presente, la persona
lo ve, lo oye, lo lee, lo percibe detrás de la danza, la música, las palabras,
el arte; sabe que está ahí.
6. Vasalisa es una versión
anglicanizada del nombre ruso Wassilissa. En Europa la doble uve se pronuncia
como uve.
7. Una de las piedras angulares
más importantes del desarrollo de un cuerpo de estudios acerca de la psicología
femenina es el hecho de que las pro-pias mujeres observen y describan lo que
ocurre en sus propias vidas. Las afilia-ciones étnicas de una mujer, su raza,
sus prácticas religiosas, sus valores forman un todo y tienen que ser tenidos
en cuenta, pues constituyen su sentido del alma.
CAPITULO 1
El aullido: La resurrección de la Mujer Salvaje
1. E. coli. Abreviación parcial de
Escherichia coli, bacilo causante de la gastroenteritis que se adquiere
bebiendo agua contaminada.
2. Rómulo y Remo y los gemelos de
los mitos de los navajos son algunos de los muchos gemelos famosos de la
mitología.
3. Viejo México.
4. Poema "Luminous
Animal" del poeta de blues Tony Moffeit, de su libro Luminous Animal
(Cherry Valley, Nueva York, Cherry Valley Editions, 1989).
5. El cuento me lo dio mi tía
Tirezianany. En una versión talmúdica de este cuento titulada "Los cuatro
que entraron en el Paraíso", los cuatro rabinos entran en el Pardes, el
Paraíso, para estudiar los celestiales misterios y tres de ellos en-loquecen al
contemplar a la Shekhinah, la antigua divinidad femenina.
6. The Transcendent Function de C.
G. Jung Collected Works, vol. 8, 2ª ed. (Princeton, Princeton University Press,
1972) pp. 67-91.
7. Algunos llaman a este antiguo
ser "la mujer fuera del tiempo".
CAPITULO 2
La persecución del intruso: El comienzo de la iniciación
1. El depredador natural se
presenta en los cuentos de hadas simbolizado por un ladrón, un mozo de granja,
un violador, un matón y, a veces, una perversa mujer de muy variadas
características. Las imágenes oníricas de las mujeres si-
guen de cerca la pauta de distribución del depredador natural que
aparece en los cuentos de hadas con protagonistas femeninas. Las relaciones
perjudiciales, las groseras figuras autoritarias y los preceptos culturales
negativos influyen en las imágenes oníricas y folclóricas tanto o más que las
propias pautas arquetípicas innatas que Jung denomina nodos arquetípicos
inherentes a la psique de cada persona. La imagen pertenece más al tema del
"encuentro con la fuerza de la Vida y la Muerte" que a la categoría
del "encuentro con la bruja".
2. Hay versiones publicadas muy
distintas de "Barba Azul" en las coleccio-nes de Jakob y Wilhelm
Grimm, Charles Perrault, Henri Pourrat y otros. También existen versiones
orales en toda Asia y Mesoamérica. El Barba Azul literario que yo he descrito
presenta el detalle de la llave que no cesa de sangrar. Este elemen-to es una
característica especial del cuento de Barba Azul de mi familia que mi tía me
entregó. El período en el que ella y otras mujeres húngaras, francesas y
bel-gas fueron confinadas en un campo de trabajos forzados durante la Segunda
Guerra Mundial configura la versión que yo cuento.
3. En el folclore, los mitos y los
sueños, el depredador natural tiene casi siempre un depredador que también lo
persigue a él. La batalla entre ambos es la que al final provoca un cambio o un
equilibrio. Cuando ello no ocurre o cuando no surge ningún otro antagonista
bondadoso, el cuento se suele llamar historia de terror. La ausencia de una
fuerza positiva que pueda oponerse con eficacia al depredador negativo es uno
de los temores más profundos del corazón humano.
En la vida diaria hay también numerosos ladrones de luz y asesinos de la
conciencia. En general, el depredador se apodera del jugo creativo de la mujer
por simple placer o para su propio uso, dejándola más pálida que la cera y sin
saber lo que ha ocurrido mientras él está cada vez más sonrosado y saludable.
La per-sona depredadora quiere que la mujer no preste atención a sus instintos
por te-mor a que se dé cuenta de que han aplicado un sifón a su mente, su
imaginación, su corazón, su sexualidad o lo que sea.
La pauta de la entrega de la vida del propio núcleo empieza a veces en
la infancia, favorecida por las personas que cuidan de la niña y pretenden que
sus cualidades y su encanto llenen su propio vacío y sacien el hambre que
sienten. El hecho de que la niña sea educada de esta manera confiere un enorme
poder al depredador innato y la expone a que más adelante se convierta en presa
de otros. Hasta que sus instintos se vuelven a colocar en su correspondiente
orden, la mu-jer que ha sido educada de esta manera es extremadamente
vulnerable a la posi-bilidad de ser víctima de las tácitas y devastadoras
necesidades psíquicas de los demás. En general, una mujer con los instintos
bien desarrollados sabe que el depredador la acecha cuando se ve atrapada en
una relación o una situación que empequeñece su vida en lugar de engrandecerla.
4. Bruno Bettelheim, Uses of
Enchantment. Meaning and Importance of Fai-rytales (Nueva York, Knopf, 1976).
5. Von Franz, por ejemplo, dice
que Barba Azul "es un asesino y nada más
... ". M. L. von Franz, Interpretation of Fairytales (Dallas,
Spring Publications, 1970), p. 125.
6. A mi juicio, Jung hacía
conjeturas en el sentido de que el creador y lo creado estaban en fase de
evolución y la conciencia del uno influía en la del otro. Es curiosa la idea de
que el ser humano pueda influir en la fuerza que hay detrás del arquetipo.
7. La llamada con el teléfono que
no funciona como es debido es uno de los veinte argumentos más comunes de los
sueños humanos. En el caso más típico,
el teléfono no funciona o la persona que sueña no consigue comprender
cómo funciona. Los hilos del teléfono están cortados, los números del disco
están des-ordenados, la línea está ocupada, el número de emergencia no se
recuerda o no contesta. Esta clase de situaciones telefónicas en los sueños
están estrechamente emparentadas con los mensajes erróneos o engañosamente
cambiados como los del cuento La doncella manca en que el demonio cambia un
jubiloso mensaje por otro de carácter malévolo.
8. Para proteger la identidad de
los interesados, el nombre y la localización del grupo se han modificado.
9. Para proteger la identidad de
los interesados, el nombre y la localización del grupo se han modificado.
10. Para proteger la identidad de
los interesados, el nombre y la localiza-ción del grupo se han modificado.
11. Para proteger la identidad de
los interesados, el nombre y la localiza-ción del grupo se han modificado.
CAPITULO 3
El rastreo de los hechos: La recuperación de la intuición como
iniciación
1. Los relatos de Vasalisa y
Perséfone tienen muchas coincidencias.
2. Los distintos comienzos y
finales de los cuentos constituyen un tema de estudio capaz de ocupar toda una
vida. Steve Sanfield, un soberbio narrador de cuentos, escritor y poeta judío,
el primer narrador de cuentos afincado en Esta-dos Unidos en los años setenta,
tuvo la amabilidad de instruirme en el coleccio-nismo de principios y finales
de cuentos como forma de arte en sí misma.
3. Encontré por primera vez el
término de "madre suficientemente buena" en la obras de Donald
Winnicott. Es una elegante metáfora, una de estas frases que dicen muchas
páginas con tres simples palabras.
4. En la psicología junguiana se
podría decir que la estructura de la madre en la psique está construida en
capas: la arquetípica, la personal y la cultural. La suma de las tres
constituye su aptitud o ineptitud en la estructura internalizada de la madre. Tal
como se ha señalado en la psicología del desarrollo, parece ser que la
construcción de una madre interior adecuada se produce en varias fases, cada
una de las cuales se construye tras haber dominado la anterior. Los malos
tratos infligidos a un niño pueden destruir o trastocar la imagen de la madre
en la psique, dando lugar a la división de las capas subsiguientes en
polaridades que son antagónicas entre sí y no ya colaboradoras. Lo cual puede
no sólo anular las fases anteriores del desarrollo sino también desestabilizar
las siguientes, hacien-do que éstas se construyan de manera fragmentaria o
idiosincrática.
Se puede poner remedio a estos retrasos del desarrollo que
desestabilizan la formación de la confianza, la fuerza y la educación de la
propia personalidad, porque, al parecer, esta matriz no está construida como un
muro de ladrillo (que se derrumbaría en caso de que se retiraran un número
excesivo de ladrillos de la parte inferior) sino que más bien está tejida como
una red. Por eso muchas muje-res (y muchos hombres) se las arreglan bastante
bien aunque haya muchos agu-jeros o retrasos en los sistemas de educación y
desarrollo de su personalidad. Tales personas tienden a inclinarse por los
aspectos del complejo maternal, don-de la red psíquica ha sufrido menos daños.
La búsqueda de un guía prudente que
fomente el desarrollo puede contribuir a remendar la red cualquiera que
sea el número de años que una persona lleve viviendo con la lesión.
5. Los cuentos de hadas utilizan
los símbolos de la "familia adoptiva", el "padrastro", la
"madrastra" y los "hermanastros" tanto con carácter
negativo como positivo. Debido al elevado índice de personas que contraen varias
veces matri-monio en Estados Unidos, hay en este país una cierta sensibilidad a
propósito del uso negativo de dichos símbolos, a pesar de la existencia de
numerosos cuentos de hadas protagonizados por familias adoptivas positivas, en
los que los temas más frecuentes son el del anciano matrimonio del bosque que
encuentra a un niño abandonado o el del padrastro que recibe favorablemente a
un niño lisiado y lo ayuda a recuperar la salud o a adquirir un poder
extraordinario.
6. Eso no significa que tengamos
que abstenernos de ser amables en caso necesario o por libre elección. La clase
de amabilidad a la que nos referimos aquí es la de tipo servil que linda con la
adulación. Se trata de una amabilidad que nace del desesperado deseo de obtener
algo y del hecho de sentirse impotente. Es algo similar a la situación del niño
que teme a los perros y dice "perrito guapo, perrito guapo", en la
esperanza de que eso apacigüe al perro.
Hay una clase de "amabilidad" todavía más perjudicial, en la
que una mu-jer utiliza sus malas artes para congraciarse con los demás. Piensa
que tiene que pellizcar placenteramente a los demás para conseguir aquello que
no cree poder obtener por otros medios. Es una forma perjudicial de ser amable,
pues coloca a la mujer en la situación de sonreír e inclinarse para que los
demás se sientan a gusto y sean amables con ella, la apoyen, la aprueben, le
concedan favores, no la traicionen, etc. La mujer accede a no ser ella misma.
Pierde su forma y asume la fachada que los demás parecen apreciar. Aunque
semejante comportamiento pueda ser una poderosa táctica de camuflaje en una
situación difícil sobre la que la mujer tiene escaso o nulo control, la mujer
que voluntariamente encuentra mo-tivos para colocarse casi siempre en dicha
situación, se engaña a sí misma a propósito de algo que es muy serio y abandona
su principal fuente de poder, que es el hecho de expresar sinceramente lo que
piensa.
7. Mana es una palabra melanesia
que Jung extrajo de unos estudios an-tropológicos a finales del siglo XIX.
Pensó que el mana representaba el carácter mágico que rodeaba o emanaba de
ciertas personas, ciertos talismanes, ciertos elementos naturales como el mar y
la montaña, los árboles, las plantas, las rocas, los lugares y los
acontecimientos. No obstante, la caracterización antropológica de la época no
tenía en cuenta los testimonios personales de los miembros de las tribus, en
los que se señalaba que la experiencia del mana es pragmática y miste-riosa al
mismo tiempo y no sólo informa sino que también conmueve. Por otra parte, por
el testimonio de los místicos de todos los tiempos que han documenta-do sus
elevaciones y descensos con el llamado mana, sabemos que la asociación con la
naturaleza esencial que produce este efecto es algo que se parece mucho al
enamoramiento, pues la persona se siente despojada de algo sin ella. Y, aunque
al principio puede exigir mucho tiempo y una larga incubación, más tarde el
suje-to establece una intensa y profunda relación con ella.
8. Los homunculi en este caso son
unas minúsculas criaturas como los el-fos, los duendes y otros "seres
diminutos". Aunque algunos dicen que el homun-culus es un ser infrahumano,
los que se consideran pertenecientes a su estirpe creen que es suprahumano,
sabio, astuto y capaz de procrear a su manera.
9. Algunos rechazan el concepto de
la psique animal o se distancian de la idea, según la cual los seres humanos
son espirituales y animales al mismo tiem-
po. Una parte del conflicto reside en la creencia de que los animales
carecen de espíritu y alma. Pero la propia palabra animal deriva del latín y
significa una cria-tura viva, e incluso más propiamente "cualquier cosa
que viva", y animalis en concreto significa "dotado de aliento
vital", del vocablo anima que significa aire, aliento, vida. Es posible
que en un futuro momento de la historia, tal vez no muy lejano, nos sorprenda
que el antropocentrismo haya podido tener arraigo alguna vez, de la misma
manera que ahora somos muchos los que nos sorprendemos de que la discriminación
de los seres humanos basada en el color de la piel haya sido en otros tiempos
un valor aceptable para muchos.
10. Sino se le presta atención
seguirá sufriendo distintos daños en su des-cendencia femenina. Pero la mujer
puede poner remedio, encargándose de repa-rar ahora los daños sufridos. No
estamos hablando de la perfección sino de la construcción de una cierta fortaleza.
11. En los talleres que se
organizan en las cárceles de mujeres, a veces hacemos muñecas con ramitas y
también con alubias, manzanas, trigo, tejido y papel de arroz. Algunas mujeres
las pintan, las cosen y las ensamblan con pega-mento. Al final, hay docenas y
docenas de muñecas colocadas en hileras, muchas de ellas hechas con los mismos
materiales, pero todas tan distintas y singulares como las mujeres que las han
hecho.
12. Uno de los problemas
fundamentales de las teorías más antiguas acer-ca de la psicología femenina es
el de que la visión de la vida femenina era muy limitada. Nadie podía imaginar
que la mujer pudiera ser tanto como es. La psico-logía clásica era más bien el
estudio de unas mujeres completamente encogidas y no el de unas mujeres que
trataban de liberarse o que se estiraban y alargaban los brazos para alcanzar
algo. La naturaleza instintiva exige una psicología que observe no sólo a las
mujeres que se esfuerzan por hacer algo sino también a las que se están
enderezando poco a poco tras haberse pasado muchos años viviendo encorvadas.
13. Esta intuición de la que
hablamos no es lo mismo que las funciones tipológi-cas que Jung enumeraba:
sentimiento, pensamiento, intuición y sensación. En la psique femenina (y
masculina) la intuición es algo más que una tipología. Perte-nece a la psique
instintiva y al alma y parece ser que es innata, pasa por un per-íodo de
maduración y tiene capacidad de percepción, conceptualización y simboli-zación.
Es una función que pertenece a todas las mujeres (y a todos los hombres) con
independencia de la tipología.
14. En la mayoría de los casos
parece ser que es mejor ir cuando te llaman (o te empujan), cuando tienes la
sensación de que podrás ser ágil y elástica, en lugar de oponer resistencia
hasta que estallan las circunstancias psíquicas y te arras-tran de todos modos
al agujero, ensangrentada y magullada. A veces no hay nin-guna posibilidad de
conservar el equilibrio. Pero, cuando la hay, se gasta menos energía dejándose
llevar que resistiendo.
15. La Madre Noche, una de las
diosas de la Vida/Muerte/Vida de las tribus es-lavas.
16. En toda Mesoamérica, la
máscara indica que una persona ha dominado la unión con el espíritu que se
representa no sólo en la máscara sino en el atuendo del espíritu que lleva. La
identificación con el espíritu a través de la ropa y el adorno facial ha desaparecido
casi por completo en la sociedad occidental. No obstante, el arte de hilar y de
tejer son de por sí unos medios de evocar o ser in-formados por el espíritu.
Hay pruebas fiables de que la elaboración del hilo y el
tejido eran antiguamente unas prácticas religiosas utilizadas para
impartir ense-ñanzas acerca de los ciclos de la vida, la muerte y el más allá.
17. Es bueno tener muchas
personae, hacer colecciones, coser varias, re-unirlas a medida que vamos
avanzando por la vida. Conforme nos hacemos ma-yores, descubrimos que, teniendo
a nuestro alcance esta colección, podemos re-presentar cualquier aspecto del yo
casi en cualquier momento que queramos. Sin embargo, se llega a un punto, sobre
todo cuando se rebasa la mediana edad y se entra en la vejez, en que las
propias personae cambian y se fusionan misteriosa-mente. A veces se produce una
especie de "fusión", una pérdida total de las per-sonae que deja al
descubierto lo que, en su máxima expresión, se podría llamar "el verdadero
yo".
18. Para trabajar de manera
orgánica, conviene simplificar y centrarse más en la sensación y el sentimiento
que en una excesiva intelectualización. A veces es útil, tal como uno de mis
difuntos colegas, J. Vanderburgh, solía decir, pensar en términos comprensibles
para un inteligente niño de diez años.
19. Éstas son curiosamente las
mismas cualidades de una próspera vida del alma, pero también de un próspero
negocio y una próspera vida económica.
20. Jung pensaba que se podía
establecer contacto con la fuente más anti-gua por medio de los sueños
nocturnos. (C. G. Jung, Jung Speaking, editado por William McGuire y R. F. C.
Hull [Princeton, Princeton University Press, 1977].)
21. Se trata, en realidad, de un
fenómeno de estados hipnogógicos e hip-nopómpicos situados entre el sueño y la
vigilia. Está bien documentado en labo-ratorios del sueño que una pregunta
formulada al principio de la fase "crepuscu-lar" del sueño parece
rebuscar en los "hechos archivados en el cerebro" durante las fases
sucesivas del sueño, aumentando la capacidad de producir una res-puesta directa
al despertar.
22. Había una anciana que vivía en
una choza del bosque cerca del lugar donde yo crecí. Se comía cada día una
cucharadita de tierra. Decía que eso aleja-ba las penas.
23. A lo largo de toda la
tradición oral y escrita de los cuentos de hadas, se registran muchas
contradicciones a este respecto. Algunos cuentos dicen que el hecho de ser
sabia de joven hace que una persona viva más tiempo. Otros seña-lan que ser
viejo de joven no es tan bueno. Por otra parte, algunos de dichos cuentos son
proverbios que pueden interpretarse de distintas maneras según la cultura y la
época de las que procedan. Pero, a mi juicio, otros son una especie de koan*
más que una instrucción. En otras palabras, las frases pretenden ser me-ditadas
más que comprendidas literalmente y la meditación puede llevar final-mente a un
satori o repentina comprensión.
* En el zen, pregunta absurda que se hace al alumno para provocar en él
una reflexión, de la que nacerá el estado de iluminación. (N. de la T.)
24. Esta alquimia puede derivar de
unas observaciones mucho más anti-guas que los escritos metafóricos. Varias
ancianas narradoras de cuentos tanto de la Europa oriental como de México me
han dicho que el simbolismo del negro, el rojo y el blanco deriva de los ciclos
femeninos de la menstruación y la repro-ducción. Tal como saben todas las
mujeres que han menstruado, el negro es la representación del desprendido
revestimiento del útero en el que no ha anidado el óvulo. El rojo simboliza no
sólo la retención de la sangre en el útero durante el embarazo sino también la
"mancha de sangre" que anuncia el comienzo del parto y la llegada de
una nueva vida. El blanco es la leche de la madre que fluye para alimentar al
recién nacido. Todo ello se considera un ciclo de transformación
completo y yo siempre me he preguntado si la alquimia no debió de ser un
intento de crear un recipiente similar a la matriz y toda una serie de símbolos
y acciones similares a los ciclos de la menstruación, la gravidez, el
alumbramiento y la lac-tancia. Es probable que exista un arquetipo del embarazo
que no hay que tomar en sentido literal y que afecta o atrae a ambos sexos, los
cuales tienen que buscar posteriormente el medio de simbolizarlo de una manera
que resulte significativa para ellos.
25. He estudiado durante muchos
años el color rojo en los mitos y los cuentos; el hilo rojo, las zapatillas
rojas, la capa roja, etc. Creo que muchos frag-mentos de los mitos y los
cuentos de hadas derivan de las antiguas "diosas rojas", las divinidades
que presidían todo el espectro de la transformación femenina - todos los
acontecimientos "rojos"-, es decir, la sexualidad, el parto y el
erotismo, y que inicialmente formaban parte del arquetipo de las tres hermanas
del naci-miento, la muerte y la resurrección y también de los mitos del
nacimiento y la muerte del sol en todo el mundo.
26. La antropología decimonónica
consideraba erróneamente que la reve-rencia tribal a los ancianos y los abuelos
difuntos y la conservación ritual de los relatos acerca de la vida de los
ancianos eran una forma de "culto". Esta desafor-tunada proyección
sigue estando presente en distintas literaturas "modernas". A mi
juicio, sin embargo, tras haberme pasado varias décadas participando en el
ritual familiar del Día de los muertos, el "culto ancestral", término
forjado hace mucho tiempo por la antropología clásica, debería llamarse más
propiamente afi-nidad con los antepasados, es decir, una relación constante con
los venerados antepasados. El ritual de la afinidad respeta a la familia,
sanciona la idea de que no estamos separados los unos de los otros, de que una
sola vida humana no ca-rece de significado y, especialmente, de que las buenas
obras de los que nos han precedido poseen un valor inmenso, pues nos enseñan y
nos guían.
27. Se han encontrado muchos
huesos femeninos en Çatal Hüyük, un em-plazamiento neolítico en fase de
excavación en Anatolia.
28. Hay otras versiones del cuento
y otros episodios e incluso en algunos casos epílogos o anticlímax, pegados al
final del relato central.
29. Vemos el símbolo de la forma
de la pelvis en cuencos e iconos del este de los Balcanes y de emplazamientos
de la antigua Yugoslavia cuya datación Gimbutas sitúa en el 5-6000 a.d.C.
Marija Gimbutas, The Goddesses and Gods of Old Europe: Myths and Cult Images
(Berkeley, University of California Press, 1974. Edición revisada, 1982).
30. La imagen del dit aparece
también en los sueños, a menudo como algo que se transforma en un objeto útil.
Algunos de mis colegas médicos aventuran la posibilidad de que sea un símbolo
del embrión o el óvulo en su fase más tempra-na. Las narradoras de cuentos de
mi familia se refieren a menudo al dit como los óvulos.
31. Es posible que el espíritu y
la conciencia del individuo tengan una "sensación" sexual y que esta
masculinidad o feminidad del espíritu y demás po-sea un carácter innato,
cualquiera que sea el sexo físico.
CAPITULO 4
El compañero: La unión con el otro
1. Este verso al final del cuento
es tradicional en el África occidental. Me lo enseñó Opalanga, una griot.
2. Existe en Jamaica una canción
infantil que podría ser un vestigio de es-te cuento: "Para asegurarme de
que el sí es un sí hasta el final/se lo pregunto otra vez1 y otra y otra y
otra." La canción me la confió V. B. Washington que ha sido durante toda
mi vida como una madre para mí.
3. El perro se comporta en una
comunidad de perros de una manera dis-tinta a como lo hace cuando es un animal
doméstico en una familia humana.
4. Robert Bly, comunicación
personal, 1990.
CAPITULO 5
La caza: Cuando el corazón es un cazador solitario
1. Eso no significa que la
relación termina sino que ciertos aspectos de la relación se desprenden de la
piel, pierden el caparazón, desaparecen sin dejar rastro, no indican su
paradero y, de repente, reaparecen con otra forma, otro co-lor y otra textura.
2. Durante una de mis visitas a la
lujuriante tierra de México sufrí un do-lor de muelas y un boticario me envió a
una mujer famosa por su capacidad de aliviar los dolores de muelas. Mientras me
aplicaba las medicinas, la mujer me habló de Txati, el gran espíritu femenino.
Deduje de su relato que Txati era una diosa de la Vida/Muerte/Vida, pero hasta
ahora no he encontrado ninguna refe-rencia en la literatura académica. Entre
otras cosas, mi abuelita, la curandera me dijo que Txati es una gran curandera
que, al mismo tiempo, es el pecho y la tum-ba. Txati lleva consigo un cuenco de
cobre; sí se le da la vuelta en un sentido, contiene y derrama alimento; si se
le da la vuelta en el otro, se convierte en el re-cipiente del alma de los que
acaban de morir. Txati es la que preside los alum-bramientos, las relaciones
amorosas y la muerte.
3. Hay muchas versiones de la
historia de Sedna, una poderosa divinidad que vive bajo el agua y es invocada
por las curanderas que le piden el restableci-miento de la salud y la vida de
los enfermos y los moribundos.
4. Ciertamente, la "ocupación
de espacio" puede ser una válida necesidad de soledad, pero seguramente es
la "mentira piadosa" más habitual en las rela-ciones de nuestra
época. En lugar de hablar de lo que la preocupa, la persona "ocupa un
espacio". Es una versión adulta de "El perro se me ha comido los
debe-res" o "mi abuela murió ... " por quinta vez.
5. Y también de lo no todavía
bello.
6. Del poema de caza
"Integrity". Adrienne Rich, The Fact of a Doorframe, Poems Selected
and New, 1950-1984. Nueva York, W. W. Norton, 1984.
7. La inclusión del más joven que
venda la herida del más viejo pertenece al cuento de mi familia "La herida
que apestaba".
8. Es un resumen de un cuento muy
largo que, para contarse como es de-bido, suele exigir "tres noches
durante la estación de los relámpagos".
CAPITULO 6
El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia
1. Aunque algunos analistas
junguianos consideran que Andersen era un "neurótico" cuya obra no
merecía estudiarse, yo creo que ésta y, sobre todo, los temas de los cuentos
que elegía para embellecerlos, son muy importantes, pues reflejan el sufrimiento
de los niños y el sufrimiento del Yo del alma. Esta sección y este
desmenuzamiento del alma juvenil no es sólo un tema habitual en el tiem-po y el
lugar en los que Andersen vivió. Sigue siendo una cuestión esencial del alma en
todo el mundo. Aunque el tema de los malos tratos al alma y al espíritu de los
niños, los adultos o los ancianos puede ser objeto de menosprecio como
consecuencia de sus intelectualizaciones románticas, yo creo que Andersen lo
afronta con honradez. La psicología clásica en general se adelanta a la
compren-sión por parte de la sociedad de la extensión y profundidad de los
malos tratos infantiles en las distintas clases y culturas. Y los cuentos de
hadas se adelantan a la psicología en el descubrimiento del daño deliberado que
los seres humanos se causan entre sí.
2. El narrador rústico de cuentos
es el que tiende a no tener demasiadas capas de cinismo y conserva el sentido
común y también el sentido del mundo nocturno. Según esta definición, un
individuo instruido que se ha criado en una metrópoli de asfalto podría ser un
rústico. La palabra se refiere más al estado mental que al hábitat físico del
individuo. En mi infancia, oí contar El patito feo por boca de "las tres
Katies", mis ancianas tías paternas, todas ellas rústicas.
3. Ésta es una de las principales
razones por las que un adulto se somete a un análisis o a un auto análisis:
para clasificar y ordenar los factores y complejos paternos, culturales y
arquetípicos de tal forma que, como en los cuentos de La Llorona, el río se
mantenga lo más limpio posible.
4. Sísifo, el Cíclope y Calibán,
las tres figuras masculinas de la mitología griega, son conocidos por su
resistencia y fiereza y por la dureza de su piel. En las culturas en las que no
se permite que las mujeres se desarrollen en todas di-recciones, se suelen
reprimir en ellas estas llamadas cualidades masculinas. Cuando se produce una
inhibición psíquica y cultura¡ del desarrollo masculino en las mujeres, éstas
se ven apartadas del cáliz, el estetoscopio, el pincel, la bolsa del dinero,
los cargos políticos, etc.
5. Véanse las obras de Alice
Miller: Drama of the Gifted Child, For Your Own Good, Thou Shalt Not Be Aware.
6. Para demostrar este aserto, no
hace falta que los ejemplos del alejamien-to de la mujer de su propia manera de
trabajar y vivir sean dramáticos. Entre los más recientes figuran las leyes que
dificultan o impiden que una mujer (o un hombre) se gane el sueldo en casa,
permaneciendo simultáneamente cerca del mundo del trabajo, el hogar y los
hijos. Las leyes que impiden que el individuo mantenga la cohesión del trabajo,
la familia y la vida personal ya hace tiempo que tendrían que haberse
modificado.
7. Hay todavía mucha esclavitud en
el mundo. A veces no se llama así, pe-ro, cuando una persona no es libre de
"irse" y es castigada si "huye", no cabe du-da de que
estamos en presencia de la esclavitud. Cuando una persona se ve obli-gada a
realizar un trabajo doloroso o a hacer unas elecciones humillantes que no
redundan en su propio beneficio sino que simplemente le sirven para subsistir o
recibir una mínima protección, también estamos en presencia de una esclavitud.
Bajo las esclavitudes de todas clases las familias y los espíritus se quiebran
y se pierden durante muchos años, cuando no para siempre.
Pero también existe todavía la esclavitud propiamente dicha. Una persona
que estuvo recientemente en una isla del Caribe me contó que en uno de los
hote-
les de lujo de allí acababa de llegar un príncipe de Oriente Medio con
todo su séquito en el que figuraban numerosas esclavas. Todo el personal del
hotel corría de un lado para otro, tratando de impedir que se cruzaran en el
camino de un conocido representante negro del movimiento en favor de los
Derechos Civiles de Estados Unidos que también se alojaba en el hotel.
8. Entre ellas había madres niñas
de tan sólo doce años, adolescentes, mu-jeres maduras, mujeres embarazadas
después de una noche de amor, una noche de placer o una noche de amor y placer,
víctimas de incestos y violaciones, todas ellas maltratadas y duramente
atacadas por una cultura firmemente dispuesta a perjudicar tanto al hijo como a
la madre con la difamación y el ostracismo.
9. Varios autores han escrito
acerca de este tema. Véanse las obras de Ro-bert Bly, Guy Corneau, Douglas
Gillette, Sam Keen, John Lee, Robert L. Moore, etc.
10. Es uno de los mitos más
estúpidos que existen acerca del envejeci-miento, el de que una mujer se
convierte en una persona tan completa que ya no necesita nada y es una fuente
de toda suerte de cosas para los demás. No, la mu-jer es como un árbol que necesita
agua y aire por muy viejo que sea. La anciana es como el árbol; no hay ningún
punto final, ningún término repentino, sino más bien un desarrollo de las
raíces y las ramas y, con los debidos cuidados, mucho florecimiento.
11. Me lo facilitó mi amiga
española y alma gemela Faldiz.
12. Jung utilizaba este término
para referirse al tonto inocente de los cuen-tos de hadas que casi siempre
desaparece al final.
13. De jan Vanderburgh,
comunicación personal.
14. Ha habido en la psicología
junguiana un prejuicio que puede oscurecer el diagnóstico de un grave trastorno
y es el de que la introversión es un estado normal cualquiera que sea el grado
de mortal apatía del individuo. A veces, un silencio mortal que a veces se
interpreta como una introversión oculta con fre-cuencia un profundo drama.
Cuando una mujer es "tímida" o profundamente
"in-trovertida" o dolorosamente "modesta", conviene mirar
bajo la superficie para ver si es algo de carácter innato o si se trata de una
lesión.
15. Carolina Delgado, asistenta
social junguiana y artista de Houston, uti-liza ofrendas como bandejas de arena
a modo de instrumentos proyectivos para evaluar el estado psíquico del
individuo.
16. La lista de mujeres
"distintas" es muy larga. Pensemos en cualquier modelo por
antonomasia de los últimos siglos y veremos que a menudo se trata de personas
que se encontraban al margen o pertenecían a un subgrupo o esta-ban fuera de la
corriente principal.
CAPITULO 7
El júbilo del cuerpo: La carne salvaje
1. Las mujeres tehuana dan
palmadas y tocan no sólo a sus hijos y no sólo a sus hombres, sus abuelas y
abuelos, no sólo a la comida, las prendas de vestir y los animales domésticos
sino que también lo hacen entre sí. Es una cultura muy táctil que, al parecer,
favorece el próspero desarrollo de sus miembros.
De igual modo, observando jugar a los lobos, vemos que se dan golpes
en-tre sí en una especie de ondulante danza. El contacto de la piel comunica
algo así como "Tú nos perteneces, nosotros nos pertenecemos".
2. Parece ser, a través de
observaciones informales de distintos grupos na-tivos aislados, que, pese a la
existencia de los solitarios de la tribu -que quizá sólo viven parcialmente en
ella y no siguen necesariamente y en todo momento sus valores- los grupos
centrales se aproximan respetuosamente a los varones y a las mujeres,
independientemente de la forma, el tamaño y la edad. A veces se gastan bromas
entre sí acerca de esto o de aquello, pero no lo hacen con maldad ni con ánimo
excluyente. Este acercamiento al cuerpo, el sexo y la edad forma parte de una
visión más amplia y de una forma de amor distinta.
3. Algunos han señalado que el
respeto a los estilos de vida y a los valores "aborígenes, antiguos o
vetustos" es una manifestación de sentimentalismo, una añoranza de tiempos
pasados y una absurda fantasía de cuento de hadas. Y aña-den que las mujeres de
otros tiempos vivían una existencia muy dura, plagada de enfermedades, etc. Es
cierto que las mujeres de los mundos pasado y presente tenían/tienen que
trabajar muy duro y a menudo en condiciones de explotación, eran/son
maltratadas y las enfermedades estaban/están muy extendidas. Todo eso es cierto
y lo es también para los hombres.
Sin embargo, en los grupos nativos y entre mis gentes latinoamericanas y
húngaras que son pueblos decididamente tribales, que forman clanes, crean
tótems, hilan, tejen, plantan, cosen y procrean, compruebo que, por muy dura y
difícil que sea la vida, los antiguos valores -aunque uno tenga que cavar para
en-contrarlos o tenga que volver a aprenderlos- existe un firme apoyo al alma y
la psique. Muchas de las llamadas "costumbres antiguas" son una forma
de alimen-to que jamás se deteriora y cuya cantidad aumenta cuanto más se
utiliza.
Aunque hay una manera sagrada y profana de abordar las cosas, creo que
el hecho de admirar o tratar de emular ciertas "costumbres antiguas"
no es una forma de sentimentalismo sino más bien de sensatez. En muchos casos,
el hecho de atacar el legado de los viejos valores espirituales es, una vez
más, un intento de apartar a la mujer de los legados de su estirpe matrilineal.
Es beneficioso para el alma aprender simultáneamente de la sabiduría pasada,
del poder presente y del futuro de las ideas.
4. Si hubiera un "mal
espíritu" en el cuerpo de las mujeres, estaría en buena parte introyectado
por una cultura que siente un profundo desconcierto ante el cuerpo natural. Si
bien es cierto que una mujer puede ser su peor enemi-go, una niña no nace
odiando su propio cuerpo sino que más bien se complace en descubrirlo y en
usarlo tal como podemos ver al observar a una niña.
5. O su padre, que para el caso es
lo mismo.
6. Durante años se ha escrito y
divulgado una enorme cantidad de material acerca del tamaño y la configuración
del cuerpo humano y del de las mujeres en particular. Con muy pocas
excepciones, casi todos los escritos proceden de auto-res a quienes algunas configuraciones
les resultan desagradables o repulsivas. También es importante averiguar lo que
opinan tanto las mujeres que están men-talmente sanas cualquiera que sea su
configuración corporal, como, sobre todo, las que están mentalmente sanas y
tienen un tamaño considerable. Aunque no entra en el propósito de este libro,
parece ser que "la mujer que grita en el interior del cuerpo" es en
general una profunda proyección e introyección de la cultura. Se trata de algo
que hay que examinar con mucho detenimiento desde el punto de vista de unos
prejuicios culturales más profundos y unas patologías relacio-
nadas con algo más que el tamaño como, por ejemplo, la hipertrófica
sexualidad de la cultura, el hambre del alma, la estructura jerárquica y de
castas en la confi-guración corporal, etc. Sería bueno tender por así decirlo a
la cultura en el diván del psicoanalista.
7. Desde una perspectiva
arquetípica, es posible que la obsesión por escul-pir el cuerpo físico surja
cuando el propio mundo o el mundo en general están tan descontrolados que los
individuos intentan controlar en su lugar el pequeño territorio de sus cuerpos.
8. Aceptada en el sentido de la
equiparación y también del cese de las bur-
las.
9. Martin Freud, Glory Reflected:
Sigmund Freud, Man and Father (Nueva York, Vanguard Press, 1958).
10. En los cuentos de la alfombra
mágica hay muchas descripciones dis-tintas del estado de la alfombra: Era roja,
azul, vieja, nueva, persa, de las Indias Orientales, procedía de Estambul,
pertenecía a una menuda anciana que sólo la sacaba en... etc.
11. La alfombra mágica es un tema
arquetípico fundamental en los cuen-tos prodigiosos del Oriente Medio. Uno de
ellos se titula "La alfombra del príncipe Husein" y se parece mucho
al "Cuento del príncipe Ahmed" de Las mil y una no-ches.
12. Hay en el cuerpo ciertas
sustancias naturales, algunas de ellas muy bien documentadas como, por ejemplo,
la serotonina, que, al parecer, producen una sensación de bienestar e incluso
de euforia. Tradicionalmente los individuos alcanzan dichos estados por medio
de la oración, la meditación, la contempla-ción, la perspicacia, el uso de la
intuición, el trance hipnótico, la danza, ciertas actividades físicas, el canto
y otros profundos estados del locus del alma.
13. En las investigaciones
interculturales me han llamado la atención los grupos que son expulsados de la
corriente principal y que, sin embargo, conser-van e incluso refuerzan su
integridad. Resulta fascinante observar cómo una y otra vez el grupo expulsado
que conserva su dignidad suele ser admirado y bus-cado finalmente por parte de
la misma corriente dominante que inicialmente lo había echado.
14. Una de las muchas maneras de
perder el contacto consiste en no saber dónde están enterrados los familiares y
amigos.
15. Seudónimo para proteger su
intimidad.
16. Ntozake Shange, para las
chicas de color que han pensado en el suicidio cuando basta el arco iris (Nueva
York, Macmillan, 1976).
CAPITULO 8
El instinto de conservación:
La identificación de las trampas, las jaulas y los cebos envenenados
1. De la raíz latina sen, que
significa "viejo", proceden los vocablos afines, señora, señor,
senado y senil.
2. Hay culturas internas y
externas. Ambas se comportan de manera muy
parecida.
3. Barry Holston Lopez lo define
en su obra Of Wolves and Men como "bo-rrachera de carne". (Nueva
York, Scribner’s, 1978).
4. Se pueden cometer
"excesos" tanto si una persona se ha criado en la ca-lle como si
siempre ha llevado medias de seda. Las falsas amistades, las hipocres-ías, la
anestesia del dolor, la conducta protectora, la opacidad de la propia luz, todo
eso le puede ocurrir a un individuo cualquiera que sea su origen.
5. De la abadesa Hildegard von
Bingen, también conocida como santa Hil-degarda. Ref: MS2 Wiesbaden, Hessische
Landesbibliotheke.
6. La técnica del "no hay
galletita hasta que hagas los deberes" se llama principio Primack o
"norma de la abuela" en primer curso de Psicología.
7. Joplin no pretendía hacer
ninguna manifestación política negándose a usar maquillaje. Como muchas
adolescentes, tenía la tez llena de granos y parece ser que durante sus
estudios secundarios se veía más como una compañera de los chicos que como una
posible novia.
En los años sesenta en Estados Unidos muchas de las nuevas militantes se
negaban a maquillarse como una manera de manifestar su postura política,
queriendo decir con ello que no querían presentarse como unos apetecibles
obje-tos de consumo para los hombres. A diferencia de ellas, los hombres y
mujeres de muchas culturas indígenas se pintan la cara y el cuerpo tanto para
repeler como para atraer. Esencialmente, el adorno del propio cuerpo suele ser
prerrogativa de lo femenino y la manera y la decisión de si hacerlo o no
constituyen, tanto en un caso como en el otro, un lenguaje corporal que
transmite lo que la mujer quiere.
8. Para una buena biografía de
Janis Joplin, que vivió una moderna ver-sión de "Las zapatillas
rojas", véase Myra Friedman, Buried Alive: The Biography of Janis Joplin
(Nueva York, Morrow, 1973). Existe una versión revisada publica-da por Harmony Books,
NY, 1992.
9. Con eso no se pretende pasar
por alto la etiología orgánica y, en algunos casos, el deterioro yatrogénico.
10. Es probable que las más
modernas versiones que tenemos del cuento de "Las zapatillas rojas"
muestren con más claridad que mil páginas de investiga-ción histórica de qué
manera el tema inicial de estos ritos se deformó y corrom-pió. De todos modos,
las versiones restantes, a pesar de ser unos simples vesti-gios, nos dicen
exactamente lo que necesitamos saber para poder sobrevivir y prosperar en una
cultura y/o un ambiente psíquico que remeda el proceso des-tructivo que se
describe en el cuento. En este sentido, tenemos la suerte de haber conservado
un cuento fragmentario que señala claramente las trampas psíquicas que nos
esperan en el aquí y el ahora.
11. Los ritos de las aborígenes
antiguas y contemporáneas suelen llamarse ritos de la "pubertad" y la
"fertilidad". Sin embargo, tales denominaciones han sido vistas casi
siempre en la antropología, la arqueología y la etnología, por lo menos desde
mediados del siglo XIX, desde una óptica masculina. Por desgracia, hay frases
que distorsionan y fragmentan el proceso de la vida femenina en lugar de
representar la realidad efectiva.
Metafóricamente, la mujer pasa muchas veces y de distintas maneras
tan-to hacia arriba como hacia abajo a través de los orificios óseos de su
pelvis y cada vez que lo hace tiene la posibilidad de adquirir nuevos
conocimientos. El proceso abarca toda la vida de la mujer. La llamada fase de
la "fertilidad" no empieza con la menstruación ni termina con la
menopausia.
Todos los ritos de la "fertilidad" deberían llamarse más
propiamente ritos del umbral; cada uno de ellos debería recibir el nombre de su
poder transformati-vo específico, en referencia no sólo a lo que se puede
realizar por fuera sino tam-bién a lo que se puede conseguir por dentro. El
ritual de bendición diné (navajo)
llamado "El camino de la belleza" es un buen ejemplo de
lenguaje y denominación que define la esencia de la cuestión.
12. Mourning Unlived Lives - A
Psychological Study of Childbearing Loss de la analista junguiana Judith A.
Savage es una obra excelente y una de las pocas de su clase acerca de esta
cuestión de importancia tan trascendental para las mujeres (Wilmette, Illinois,
Chiron, 1989).
13. Los ritos como los yogas hatha
y tántrico, la danza y otras actividades que ordenan la relación del individuo
con su propio cuerpo poseen una inmensa capacidad de restablecimiento del
poder.
14. En algunas tradiciones
folklóricas se dice que el demonio no se en-cuentra a gusto con la forma
humana, que no encaja del todo en ella y que por eso cojea. En el cuento, la
niña de "Las zapatillas rojas" se ve privada de sus pies y tiene que
cojear por haber bailado por así decirlo con el demonio y haber adqui-rido su
"cojera", es decir, su excesiva y mortífera vida infrahumana.
15. En la época cristiana, las
antiguas herramientas del zapatero se con-virtieron en sinónimo de los
instrumentos de tortura del demonio: la lima, las pinzas, las tenazas, los
alicates, el martillo, la lezna, etc. En la época pagana, los zapateros
compartían la responsabilidad espiritual de propiciarse la voluntad de los
animales de los cuales procedía el cuero de los zapatos, las suelas, el forro y
la envoltura. Hacia el siglo XVI se decía en toda la Europa no pagana que
"los fal-sos profetas están hechos de caldereros y zapateros".
16. El psicólogo experimental
doctor Martin Seligman y otros han llevado a cabo estudios acerca de la
normalización de la violencia y la impotencia aprendi-da.
17. En los años setenta, en su
obra fundamental acerca de las mujeres maltratadas (The Battered Woman [Nueva
York, Harper & Row, edición 1980]), Lenore E. Walker aplicó este principio
al misterio del por qué las mujeres perma-necían al lado de los hombres que tan
duramente las maltrataban.
18. O de las personas jóvenes o
desamparadas que nos rodean.
19. El movimiento feminista N.O.W.
y otras organizaciones, algunas de carácter ecologista y otras de carácter
educativo o de defensa de los derechos es-taban/están encabezados,
desarrollados y difundidos por muchísimas mujeres que corrieron grandes riesgos
para dar un paso al frente y hablar, y que -y eso es tal vez lo más importante-
lo siguen haciendo a pleno pulmón. En el campo de los derechos hay muchas voces
y asociaciones tanto femeninas como masculinas.
20. Esta represión de las mujeres
por parte de sus compañeras o de las mayores reduce la controversia y aumenta
la seguridad de las mujeres que se ven obligadas a vivir en condiciones
hostiles. Pero en otras circunstancias induce psi-cológicamente a las mujeres a
lanzarse de cabeza a las traiciones mutuas, cor-tando con ello otra herencia
matrilineal, la de las ancianas que hablan en favor de las más jóvenes,
intervienen, designan, celebran consejos con quienquiera que sea con el fin de
conservar una sociedad equilibrada en la que todo el mundo tenga garantizados
sus derechos.
En otras culturas donde cada sexo se considera hermana o hermano, los
parámetros jerárquicos impuestos por la edad y el poder quedan atemperados por
las solícitas relaciones y la responsabilidad para todos y cada uno de los
indivi-duos.
Las mujeres que han sido traicionadas en su infancia piensan que también
serán traicionadas por el amante, el patrono y la cultura. Sus primeras
experien-cias de traición se produjeron en el transcurso de uno o de varios
incidentes de-
ntro de su propio ámbito femenino o familiar, Es un milagro más de la
psique que tales mujeres puedan seguir siendo tan confiadas tras haber sido tan
traiciona-das.
Las traiciones se producen cuando los que ostentan el poder ven el
peligro y apartan el rostro. La traición se produce cuando la gente rompe las
promesas, incumple los compromisos de ayuda, protección, solidaridad, respaldo
y, en su lugar, evita los comportamientos valientes y se muestra distraída,
indiferente o ignorante de lo que ocurre.
21. La adicción es cualquier cosa
que vacíala vida haciendo que ésta "pa-rezca" mejor.
22. El hambre, la fiereza o la
adicción no son de por sí una causa de psico-sis sino un ataque primario y
continuado a la fuerza de la psique. Un complejo oportunista podría inundar
teóricamente la psique debilitada. Por eso es impor-tante curar el instinto herido
para que, en la medida de lo posible, la persona no permanezca mucho tiempo en
estado vulnerable o de deterioro.
23. Charles Simic, Selected Poems
(Nueva York, Braziller, 1985).
24. "The Elements of
Capture", 1982, Dra. C. P. Estés, de la tesis de pos-doctorado.
Tomar una niña prototipo.
Domesticarla muy pronto, a ser posible antes de que aprenda el lenguaje
y la locomoción.
Socializarla al máximo.
Provocarle el hambre de su naturaleza salvaje.
Aislarla de los sufrimientos y las libertades de los demás para que no
pue-da comparar su vida con nada.
Enseñarle un solo punto de vista.
Dejarla en la indigencia (o en la aridez o el frío) y que todos lo vean
pero nadie se lo diga.
Separarla de su cuerpo natural, privándola de su relación con este ser.
Soltarla en un ambiente en el que pueda matar en exceso las cosas que
previamente se le habían negado, tanto las emocionantes como las
peligrosas. Darle amigos que también se mueran de hambre y la animen a
entregarse
a los excesos.
Dejar, por prudencia y afán de protección, que sus instintos heridos no
se
curen.
A causa de sus excesos (poca comida, demasiada comida, droga, falta de
sueño, sueño excesivo, etc.), dejar que la Muerte se vaya acercando a ella.
Dejar que luche por la recuperación de la persona de la "buena
chica" y al-cance el triunfo, pero sólo de vez en cuando.
Y, finalmente, dejar que se entregue tanto psicológica como físicamente
a unos excesos adictivos letales de por sí o a otros abusos (alcohol, sexo,
cólera, aquiescencia, poder, etc.)
Ahora la mujer ya está atrapada. Si invertimos el proceso, aprenderá de
nuevo a ser libre. Si reparamos sus instintos, volverá a ser fuerte.
CAPITULO 9
La vuelta a casa: El regreso a sí misma
1. El tema central de este cuento,
el hallazgo del amor y el hogar, y el en-frentamiento con la naturaleza de la
muerte es uno de los muchos que están pre-sentes en todo el mundo. (Los países
fríos de todo el mundo también tienen en común el dicho "tener que romper
las palabras congeladas en los labios del que habla y derretirlas junto al
fuego para comprender lo que ha dicho".)
2. También se dice en muchos
grupos étnicos que el alma no se encarna en el cuerpo ni alumbra el espíritu
hasta tener la certeza de que el cuerpo en el que va a habitar está prosperando
efectivamente. En nuestras más antiguas tradicio-nes, por esta razón a un niño
no se le suele imponer el nombre hasta pasados siete días del nacimiento o dos
ciclos lunares o bien al cabo de un período de tiempo todavía más largo para
demostrar con ello que la carne es lo bastante fuerte para recibir el alma que
a su vez alumbrará el espíritu. Además, muchos sostienen la sensata idea de que
a un niño no se le debería pegar jamás, pues tal cosa aleja el espíritu de su
cuerpo y el hecho de recuperarlo y volver a colocarlo en el hogar que le
corresponde es un proceso muy arduo y prolongado.
3. El vocablo
"iniciación" procede del verbo latino initiare. Una iniciada es una
mujer que está iniciando un nuevo camino, que está siendo instruida. Una
iniciadora es una persona entregada a la difícil tarea de explicar lo que sabe
acer-ca del camino, que indica la "manera" y guía a la iniciada para
que pueda afron-tar los retos y aumentar su poder.
4. En las iniciaciones
defectuosas, la iniciadora sólo busca a veces los fa-llos de la iniciada y
olvida o pasa por alto el setenta por ciento restante del proce-so de la
iniciación: el fortalecimiento de los dones y las cualidades de la mujer. A
menudo la iniciadora crea dificultades sin prestar ningún apoyo, provoca
situa-ciones de peligro y se sienta a ver lo que ocurre. Se trata de un
vestigio de un fragmentario estilo de iniciación masculino, un estilo en el que
se cree que la ver-güenza y la humillación fortalecen a una persona. En tales
casos, las iniciadoras provocan dificultades pero no prestan el necesario
apoyo. 0 bien cuidan mucho el procedimiento, pero apenas se tienen en cuenta
las importantes necesidades de sentimiento y la vida del alma. Desde el punto
de vista del alma y el espíritu, una iniciación cruel o inhumana jamás refuerza
el sentimiento de hermandad con las demás mujeres ni la afiliación. Es algo
incomprensible.
A falta de iniciadoras competentes o situada en un medio en el que las
ini-ciadoras aconsejan y apoyan los procedimientos inhumanos, la mujer intenta
iniciarse ella misma. Se trata de una empresa admirable y de una hazaña
extra-ordinaria aunque la mujer sólo consiga alcanzar las tres cuartas partes
de su propósito y es una tarea digna de todo elogio, pues la mujer tiene que
prestar mucha atención a la psique salvaje para saber lo que ocurrirá después y
después y después y seguir adelante sin tener ninguna seguridad de que eso es
lo que siempre se ha hecho antes y ha dado lugar miles de veces a un resultado
apro-piado.
5. Existe un perfeccionismo
negativo y un perfeccionismo positivo. El nega-tivo gira en torno al temor de
que se descubra la propia ineptitud. El perfeccio-nismo positivo se esfuerza al
máximo y trata de hacer las cosas lo mejor posible por el simple afán de
aprender. El perfeccionismo positivo espolea a la psique a aprender a hacer
mejor las cosas; cómo escribir, hablar, pintar, comer, relajarse, rezar mejor,
etc. El perfeccionismo positivo actúa repetidamente de una determi-nada manera
para hacer realidad un sueño.
6. "Ponerse el corsé de
acero" es una frase forjada por Yancey Ellis Stock-well, una
extraordinaria terapeuta y narradora de cuentos.
7. Patrocinado por la Women's
Alliance y muchas notables sanadoras, en-tre ellas, la médica de prisiones
doctora Tracy Thomson y la enérgica curandera-narradora de cuentos Kathy Park.
8. Del poema "Wornan Who
Lives Under the Lake", 1980, C. P. Estés, Rowing Songsfor the Night Sea
Journey; Contemporary Chants (Edición privada, 1989).
9. Del poema "Come Cover Me
With Your Wildness", 1980, C. P.
Estés.
Ibíd.
10. Traducido al inglés del poema
La bolsita negra, 1970, C. P Estés.
Ibíd.
11. Sus imágenes verbales y frases
hechas pasaron a los grupos étnicos hispanos y centroeuropeos en aquella parte
del país.
12. No tienen porqué ser los
hijos. Puede ser cualquier cosa. "Las plantas de mi casa. Mi perro. Mis
deberes. Mi pareja. Mis geranios." Todo es un pretexto, En el fondo, la
mujer se muere de miedo de irse, pero también se muere de miedo de quedarse.
13. El complejo de "serlo
todo para todo el mundo" agrava la sensación de ineptitud de una mujer,
instándola a comportarse como si fuera la "gran curan-dera". Sin
embargo, el hecho de que un ser humano pretenda convertirse en un arquetipo es
algo así como pretender convertirse en Dios. Se trata de algo imposi-ble y el
esfuerzo que supone resulta totalmente agotador y extremadamente des-tructivo
para la psique.
Mientras que un arquetipo puede resistir las proyecciones de los hombres
y las mujeres, los seres humanos no pueden resistir ser tratados como si fueran
arquetipos y, por consiguiente, invulnerables e inagotables. Cuando a una mujer
se le pide/exige que interprete el incansable arquetipo de la gran curandera,
ésta se consume a ojos vista bajo la carga de los papeles negativamente
perfeccionis-tas. Cuando a una mujer se le pide que entre en los suntuosos
confines de los arquetípicos atuendos de un ideal, es mejor que ésta clave los
ojos en la distan-cia, sacuda la cabeza y prosiga el camino hacía su casa.
14. Adrienne Rich, de The Fact of
a Doorframe (Nueva York, Norton, 1984),
p. 162.
15. En otros cuentos como, por
ejemplo, "La bella durmiente", la hermosa joven se despierta no
porque la besa el príncipe sino porque ya ha llegado el mo-mento; la maldición
de los cien años ya ha terminado y es hora de que ella se despierte. El bosque
de abrojos que rodea la torre desaparece no porque el héroe sea superior sino
porque la maldición ha terminado y ya es hora. Los cuentos de hadas nos lo
repiten una y otra vez: cuando es la hora, es la hora.
16. En la psicología junguiana
clásica, este niño se calificaría de psico-pompo, es decir, un aspecto del
anima o del animus, así llamado por Hermes, que conducía las almas al reino de
ultratumba. En otras culturas el psicopompo se llama juju, bruja, anqagok,
tzaddik. Estas palabras se utilizan como nombres propios y a veces como
adjetivos para describir la magia de un objeto o una per-sona.
17. En el cuento, el olor de la
piel de foca hace que el niño experimente to-do el impacto del profundo amor
espiritual de su madre. Una parte de la forma del alma de su madre lo traspasa
y le confiere conciencia sin hacerle daño. To-davía entre algunas familias
inuit actuales, cuando muere un ser querido, las pieles, los gorros, las
polainas y otros efectos personales del difunto son utiliza-dos por los que
todavía están vivos. La familia y los amigos lo consideran una
transmisión de alma a alma, necesaria para la vida. Creen que la ropa,
las pieles y las herramientas del difunto conservan un poderoso vestigio de su
alma.
18. Mary Uukulat es mi fuente y me
dio a conocer la antigua idea de que el aliento está hecho de poesía.
19. Ibíd.
20. Oxford English Dictionary.
21. Las mujeres suelen tomarse el
tiempo necesario para responder alas crisis de la salud física, sobre todo de
la salud de los demás, pero olvidan dedicar un tiempo de mantenimiento a su
relación con la propia alma. Normalmente no comprenden que el alma es el
magneto, el generador central de su animación y su energía. Muchas mujeres
tratan su relación con el alma como si ésta no fuera un instrumento
extremadamente importante que, como todos los instrumentos valiosos, necesita
protección, limpieza, lubrificación y reparación. De lo contrario, lo mismo que
ocurre con un automóvil, la relación se deteriora, se produce una
desaceleración en la vida cotidiana de la mujer, ésta tiene que gastar grandes
cantidades de energía para llevar a cabo las tareas más sencillas y,
finalmente, sufre una grave avería lejos de la ciudad o de un teléfono. Y
entonces tiene que emprender a pie el largo y fatigoso camino de regreso a
casa.
22. Cita de Robert Bly en una
entrevista publicada en The Bloomsbury Re-view (enero de 1990), " The Wild
Man in the Black Coat Turns: A Conversation" por la doctora Clarissa
Pinkola Estés. 1989, C. P. Estés.
CAPITULO 10
El agua clara: El alimento de la vida creativa
1. Field of Dreams, película basada en la novela Shoeless Joe, de W. P.
Kin-
sella.
2. Por regla general, el
estancamiento de la vida creativa suele deberse a varias causas: complejos
interiores negativos, falta de apoyo por parte del mundo exterior y, a veces,
también un sabotaje directo.
Por lo que respecta a la destrucción de los nuevos intentos y las nuevas
ideas, la manipulación del modelo "o eso/o" da lugar a la
paralización de las acti-vidades creativas y a que éstas sean calificadas de
poco convincentes en mayor medida que cualquier otra cosa. ¿Qué fue lo primero?
¿El huevo ola gallina? Esta pregunta es la que suele acabar con el estudio de
las cosas y la determinación de sus muchos valores y hace que la persona
desista de comprobar de qué manera está construida una cosa y de establecer su
utilidad. Con frecuencia es mucho más útil el modelo cooperador y comparativo
del "y/y". Una cosa es esto y esto y esto. Se puede usar1no se puede
usar de esta manera y de esta manera y de esta manera.
3. El cuento de "La
Llorona" se remonta a tiempos inmemoriales. Siempre el mismo con alguna
pequefla variación, sobre todo con respecto al atuendo. "Iba vestida como
una prostituta y uno de los chicos la recogió cerca del río en El Pa-so. ¡Menuda
sorpresa se llevó!" "Iba vestida con un largo camisón blanco."
"Iba ataviada con un vestido de novia y un largo velo blanco le cubría el
rostro."
Muchos progenitores latinos utilizan "La Llorona" como una
especie de "canguro" mística. Casi todos los niños se impresionan
tanto con los cuentos en los que se dice que robaba niños para sustituir a los
suyos que se habían ahoga-
do, que los muchachos de las localidades fluviales se guardan mucho de
acercar-se a la orilla del río cuando oscurece y procuran regresar a casa
temprano.
Algunos estudiosos de estos cuentos señalan que se trata de cuentos
mo-rales destinados a asustar a la gente para que se porte bien. Conociendo la
afi-ción a la sangre de los que se inventaron estos cuentos, a mí me parecen
más bien unas narraciones revolucionarias que pretenden concienciar a la gente
sobre la necesidad de crear un nuevo orden. Algunas cuentistas califican a los
cuentos como "La Llorona" de Cuentos de la Revolución.
Los cuentos de lucha psíquica o de cualquier otro tipo constituyen una
tradición muy antigua cuyo origen es anterior a la conquista de México. Algunas
de las viejas cuentistas de mi familia de México dicen que los llamados códices
aztecas no son crónicas de guerra según las conjeturas de muchos estudiosos
sino pictocuentos de las grandes batallas morales a las que se han enfrentado
todos los hombres y todas las mujeres. Muchos estudiosos de la vieja escuela lo
consideraban imposible, pues tenían la certeza de que las civilizaciones
indígenas no estaban capacitadas para el pensamiento abstracto y simbólico.
Creían que los individuos de las antiguas culturas eran como niños para quienes
todo tenía un carácter literal. Sin embargo, vemos a través del estudio de la
poesía nahuatl y maya de aquellos tiempos que la metáfora era algo habitual y
que sus autores estaban brillantemente capacitados para pensar y hablar en
abstracto.
4. Como, por ejemplo, en la Green
National Convention de las Montañas Rocosas en 1991.
5. Facilitado por Marik
Pappandreas Androupoulos, una narradora de cuentos de Corinto, a quien se lo
había facilitado Andrea Zarkokolis, también de Corinto.
6. Marcel Pagnol, Jean de Florette
y Manon of the Spring, traducidos por W. E. van Heyningen (San Francisco, North
Point Press, 1988). Ambos fueron trasla-dados al cine por Claude Berri (Orion
Classic Releases, 1987).
El primero se refiere a unos malhechores que obstruyen una fuente para
impedir que un joven matrimonio haga realidad su sueño de vivir en el campo,
cultivando sus propios alimentos en medio de la fauna salvaje, los árboles y
las flores. Como consecuencia de ello, la joven familia se muere de hambre,
pues el agua no baja a sus tierras. Los malhechores confían en comprar las
tierras por una miseria en cuanto se corra la voz de que son estériles. El
joven esposo se muere, la mujer envejece prematuramente y su hija crece sin
ninguna propiedad.
En el segundo libro, la niña que ya ha crecido descubre la artimaña y
ven-ga a su familia. Hundida hasta las rodillas en el barro y con las manos
ensan-grentadas, arranca el cemento que tapaba la fuente. La fuente vuelve a
manar, empapando la tierra en medio de una polvareda y saca a la luz la maldad
de los malhechores.
7. El "temor al fracaso"
es una de esas frases hechas que en el fondo no explica qué es lo que realmente
teme la mujer. Por regla general, un temor consta de tres partes; una parte es
un residuo del pasado (que a menudo es motivo de vergüenza), otra parte es la
incertidumbre acerca del presente y la tercera es el temor a un mal resultado o
a las consecuencias negativas que puedan registrarse en el futuro.
Por lo que respecta a la vida creativa, uno de los temores más comunes
no es precisamente el temor al fracaso sino más bien el temor a poner a prueba
las propias aptitudes. Se suele seguir un razonamiento de este tipo: Si
fracasas, te podrás recuperar y empezar de nuevo por el principio; tienes por
delante infinitas
posibilidades. Pero ¿y si triunfas pero no rebasas el nivel de la
mediocridad? ¿Y si, por mucho que te esfuerces, alcanzas el triunfo, pero no al
nivel que tú quer-ías? Ésta es la cuestión más angustiosa para las creadoras.
Pero hay muchísimas más. Por eso la vida creativa es un camino muy complicado.
Sin embargo, toda esta complejidad no debería apartarnos de ella, pues la vida
creativa está en el centro mismo de la vida salvaje. A pesar de nuestros peores
temores, la naturale-za instintiva nos presta todo su apoyo.
8. En otros tiempos las Arpías
eran las diosas de la tormenta. Eran divini-dades de la Vida y la Muerte. Por
desgracia, les impidieron ejercer ambas funcio-nes y se convirtieron en
criaturas unilaterales. Tal como hemos visto en las inter-pretaciones de la naturaleza
de la Vida/Muerte/Vida, cualquier fuerza que presi-de el nacimiento preside
también la muerte. En Grecia, sin embargo, la cultura dominada por el
pensamiento y los ideales de unos pocos había subrayado con tal fuerza el
aspecto mortal de las Arpías mostrándolas como unas criaturas diabólicas mitad
mujer mitad ave de rapiña que su naturaleza incubadora, alum-bradora y nutricia
quedó eliminada. Cuando Esquilo escribió la trilogía de La Orestiada en la que
las Arpías mueren o son perseguidas hasta una cueva de los confines de la
tierra, la naturaleza revitalizadora de estas criaturas ya había sido
totalmente sepultada.
9. Se trata de una versión
posterior a La Orestíada. Por cierto, no todas las capas son patriarcales y no
todas las cuestiones patriarcales son negativas. Hay cierto valor incluso en
las antiguas y negativas capas patriarcales de los mitos que antiguamente se
complacían en acentuar las cualidades fuertes y saludables de lo femenino, pues
no sólo nos muestran de qué forma una cultura conquista-dora socavaba la
antigua sabiduría sino que también nos pueden mostrar de qué manera una mujer
sojuzgada o con los instintos heridos era obligada a verse a sí misma no sólo
entonces sino también ahora, y de qué manera se podía curar.
Una serie de órdenes destructivas dirigida a las mujeres o contra las
muje-res (y/o contra los hombres) deja una especie de radiografía arquetípica
de aque-llo que se desfigura en el desarrollo de una mujer cuando ésta se educa
en una cultura que no considera aceptable lo femenino. Debido a ello, no
tenemos que hacer conjeturas. Todo queda grabado en las sucesivas capas de los
cuentos de hadas y los mitos.
10. Muchos símbolos tienen
atributos masculinos y femeninos. En general, conviene que las personas decidan
por sí mismas cuál de ellos quieren utilizar como lupa para examinar las
cuestiones del alma y de la psique. No tiene dema-siado sentido discutir tal como
suelen hacer algunos acerca de si el símbolo de algo es masculino o femenino,
pues al final resulta que los símbolos no son más que unas maneras creativas de
contemplar una cuestión y encierran de hecho otras fuerzas que, desde el punto
de vista de Arquímedes, son insondables, No obstante, el uso de los atributos
masculino o femenino sigue siendo importante, pues cada uno de ellos es una
lente distinta, a través de la cual se pueden apren-der muchas cosas. Por esta
razón yo busco los símbolos, para ver qué se puede aprender de ellos, cómo se
pueden aplicar y, sobre todo, para qué herida pueden ser un bálsamo.
11. "Is the Animus
Obsolete?" Jennette Jones y Mary Ann Mattoon, en la antología The Goddess
Reawakening, ed. Shirley Nichols (Wheaton, Illinois, Quest Books, 1989). El
capítulo detalla el pensamiento actual acerca del concepto del animus hasta el año
1987.
12. En los mitos griegos es
frecuente que las diosas tengan un hijo de sus propios cuerpos. Más adelante,
el hijo se convierte en su amante/consorte/ espo-so. Aunque algunos podrían
tomar este hecho al pie de la letra y considerarlo una descripción del incesto,
no hay que entenderlo de esta manera sino más bien co-mo una descripción de la
forma en que el alma alumbra un potencial masculino que, a medida que se va
desarrollando, se convierte en una especie de fuerza y sabiduría y se combina
de muchas formas con sus restantes poderes.
13. Y, a veces, también el impulso
de este brazo.
14. Esencialmente, si nos
apartamos de la idea de la naturaleza masculi-na, perdemos una de las más
fuertes polaridades para pensar y entender el mis-terio de la naturaleza dual
de los seres humanos a todos los niveles. Sin embargo, en caso de que alguna
mujer se atragante ante la idea de que lo masculino forme parte de lo femenino,
le sugiero que atribuya a esta naturaleza puente el nombre que ella prefiera
para que, de este modo, pueda imaginar y comprender la actua-ción conjunta de
las polaridades.
15. Oxford English Dictionary.
16. Yo lo describiría como la
poderosa y dialogante naturaleza masculina que en los hombres de muchas
culturas está aplanada por culpa de unas activi-dades cotidianas absurdas y sin
el menor mérito espiritual o por culpa de la pro-pia cultura que sojuzga a los
hombres por medio de engaños hasta anularlos casi por completo.
17. En mis investigaciones he
descubierto algún indicio de que algo muy parecido a este cuento puede ser una
variación de las antiguas narraciones del solsticio de invierno en las que lo
gastado muere y renace en otra forma más vi-brante.
18. Lo recibí con mucho cariño de
Kata, que sufrió penalidades durante cuatro años en un campo de trabajo ruso en
los años cuarenta.
19. La transformación por el fuego
o en el fuego es un tema universal. Uno de ellos relacionado con "Los tres
cabellos de oro" está presente en el mito griego en el que Deméter, la
gran Diosa Madre, sostiene de noche a un niño mortal so-bre las llamas para
conferirle la inmortalidad. Al verlo, su madre Metanira lanzó un grito
desgarrador, interrumpiendo el rito. Deméter se desconcierta y abandona el
impresionante proceso. "Lástima -le dice a Metanira-, ahora el niño será
un simple mortal."
CAPITULO 11
El calor: La recuperación de la sexualidad sagrada
1. Las cosas que estimulan la
felicidad y el placer son siempre "puertas traseras" que se pueden
explotar o manipular.
2. Los cuentos del tío Tuong-Pa o
Trungpa son cuentos "verdes" protagoni-zados por bromistas,
presuntamente originarios del Tíbet. La figura del bromista está presente en
los cuentos de todos los pueblos.
3. Çatal Hüyük tiene un icono de
la "entrepierna" colgado en la pared. La figura es una mujer con las
piernas separadas que deja al descubierto la "boca de abajo", quizá a
modo de oráculo. La sola idea de semejante figura provoca una risa de
complicidad en muchas mujeres.
4. Charles Boer, The Homeric Hymns
(Dallas, Spring Publications, 1987). Se trata de una traducción excelente.
5. Los cuentos del coyote se
cuentan tradicionalmente sólo en invierno.
CAPITULO 12
La demarcación del territorio: Los límites de la cólera y el perdón
1. En la familia y en el cercano
medio cultural.
2. Las lesiones infantiles del
instinto, el ego y el espíritu se deben al hecho de haber sido fuertemente
rechazados, de no haber sido vistos, oídos o contem-plados si no con
comprensión, sí por lo menos con cierta ecuanimidad. Muchas mujeres sufren
graves lesiones por el simple hecho de tener la razonable esperan-za de que las
promesas se cumplirán y ellas serán tratadas con dignidad, tendrán comida
cuando estén hambrientas y serán libres de hablar, pensar, sentir y cre-ar.
3. En cierto sentido, las antiguas
emociones son como unas cuerdas de piano de la psique. Un estruendo en el mundo
de arriba puede provocar una tre-menda vibración de las cuerdas de la mente.
Éstas pueden cantar sin necesidad de que las pulsen directamente. Los
acontecimientos que tienen tonos, palabras, rasgos visuales de los
acontecimientos originales pueden hacer que el individuo "luche" para
impedir que "cante" el antiguo material.
En la psicología junguiana este estallido de tono fuertemente
sentimental se llama constelación de un complejo. A diferencia de Freud, en
cuya opinión se-mejante conducta era neurótica, Jung la consideraba más bien
una respuesta coherente, parecida a la de los animales que han sido previamente
acosados, tor-turados, asustados o heridos. El animal tiende a reaccionar a los
olores, movi-mientos, instrumentos o sonidos similares a los que inicialmente
le causaron da-ño. Y los seres humanos tienen la misma pauta de reconocimiento
y reacción.
Muchos individuos controlan el viejo material de los complejos
apartándo-se de las personas o los acontecimientos que los alteran. Semejante
proceder es útil y racional algunas veces y otras no. Por ejemplo, un hombre
puede evitar a todas las mujeres que son pelirrojas como su padre, que lo
pegaba. Una mujer puede apartarse de todos los temas polémicos porque
despiertan en ella dema-siadas cosas desagradables. Sin embargo, conviene que
reforcemos nuestra capa-cidad de afrontar toda clase de situaciones independientemente
de los complejos, pues esta capacidad nos otorga una voz en el mundo y es la
que nos permite mo-dificar las cosas que nos rodean. Si sólo reaccionamos a
nuestros complejos, nos pasaremos la vida escondidas en un agujero. Si podemos
tolerarlos hasta cierto punto y utilizarlos como aliados echando mano, por
ejemplo, de nuestra antigua cólera para otorgar más fuerza a nuestras
exigencias, podremos formar y refor-mar muchas cosas.
4. Existen algunos trastornos
cerebrales orgánicos cuya principal carac-terística es la cólera descontrolada.
En tales casos hay que recurrir a la medica-ción y no a la psicoterapia. Pero
aquí estamos hablando de la cólera provocada por el recuerdo de algún tipo de
tortura psicológica del pasado. Debo añadir que en las familias en las que hay
algún miembro especialmente "sensible", cabe la posibilidad de que
otros hijos de la familia con distintas configuraciones psicoló-gicas no se
sientan tan torturados como éste a pesar de recibir un trato similar.
Los hijos tienen distintas necesidades y distintos "grosores de
piel, distin-tas capacidades de percibir el dolor". El que tenga menos
"receptores" por así de-cirlo, será el menos afectado por los malos
tratos. El hijo que tenga más sensores, lo percibirá todo con más intensidad y
puede que incluso perciba profundamente las heridas de los demás. No es una
cuestión de verdad o mentira sino de capaci-dad de recibir las transmisiones
que se producen a su alrededor.
En la educación de los hijos, la antigua máxima, por la que cada hijo se
tendría que educar no según los manuales sino según lo que uno averigua por
medio de la observación de la sensibilidad, la personalidad y las cualidades,
es el mejor consejo. En el mundo de la naturaleza, a pesar de que ambos son muy
hermosos, un delicado filodendro puede resistir sin agua mucho tiempo mientras
que un sauce, que es mucho más grande y pesado, no puede. Esta misma varia-ción
natural se registra también en los seres humanos.
Por otra parte, no hay que deducir que la cólera de un adulto sea un
indi-cio seguro de una asignatura pendiente de su infancia. Hay mucha necesidad
y espacio para la justa cólera, sobre todo en los casos en que las llamadas a
la con-ciencia, hechas con dulzura y moderación, han sido desatendidas. La
cólera es el siguiente paso en la jerarquía de la llamada de atención.
Sin embargo, los complejos negativos pueden convertir la cólera normal
en una ardiente furia destructora; el catalizador es casi siempre muy leve,
pero la persona reacciona como si tuviera una enorme importancia. Muchas veces
las disonancias de la infancia, los golpes que recibimos en ella, pueden
influir positi-vamente en las posturas que adoptamos en la edad adulta. Muchos
dirigentes que encabezan grandes grupos políticos, culturales o de otro tipo lo
hacen de una manera mucho más nutritiva y mucho mejor que aquella en la que
ellos mismos se educaron.
5. Por boca de algunas viejas
cuentistas japonesas he oído una variación del tema del "oso como figura
valiosa" en la que el oso es estrangulado por una fuerza del mal y, como
consecuencia de ello, no puede surgir nueva vida entre las personas que
adoraban al oso. El cuerpo del oso se entierra entre grandes mani-festaciones
de dolor y de duelo. Pero las lágrimas de una mujer que caen sobre la tumba
devuelven la vida al oso.
6. La liberación de la antigua
cólera calcificada, trozo a trozo y capa a ca-pa, es una tarea esencial para
las mujeres. Es mejor sacar esta bomba al aire li-bre y hacerla estallar que
dejar que explote cerca de personas inocentes. Vale la pena intentar desactivarla
de una manera que sea útil y no cause daño. Muchas veces el sonido o la
contemplación constante de una persona o un proyecto au-menta nuestra
irritación. Es bueno alejarse del estímulo cualquiera que éste sea. Hay muchas
maneras de hacerlo: cambiar de habitación, de lugar, de tema, de decorado.
Resulta extremadamente útil.
Los viejos supieron comprender la razón que se ocultaba detrás del
consejo de contar hasta diez. Si podemos interrumpir aunque sólo sea
provisionalmente la corriente de adrenalina y de otras sustancias químicas de
"combate" que se vierte en nuestros sistemas corporales durante el
acceso inicial de cólera, podre-mos detener el proceso de vuelta a los
sentimientos y las reacciones que rodearon un drama del pasado. Si no hacemos
una pausa, las sustancias químicas se-guirán fluyendo durante mucho tiempo y
acabarán empujándonos literalmente a una conducta cada vez más hostil tanto con
motivo como sin él.
7. Existe una versión de este
antiguo cuento contada por el cuentista-sanador sufí Indries Shah en Wisdom of
Idiots. (Londres, Octagon Press, 1970).
8. La decisión de hacerlo depende
de varios factores, entre ellos: la con-ciencia de la persona o el aspecto que
ha causado el daño, su capacidad de cau-sar más daño y sus intenciones futuras
así como la ecuación de poder: si están en pie de igualdad o si se registra un
desequilibrio de fuerzas. Todas estas cosas se tienen que evaluar debidamente.
9. La palabra descanso se utiliza
también en el sentido de lugar de reposo como, por ejemplo, el de un
cementerio.
10. Cuando ha habido incesto,
abusos sexuales o abusos de otro tipo, pueden ser necesarios muchos años para
completar el ciclo a través del perdón. En algunos casos es posible que,
durante algún tiempo, la persona adquiera más fuerza no perdonando y eso también
es aceptable. Lo que no es aceptable es que se pase la vida "furiosa"
por culpa de unos acontecimientos. Este ardor excesivo es perjudicial no sólo
para el alma y la psique sino también para el cuerpo físico. Por consiguiente,
hay que recuperar el equilibrio. Hay muchas maneras distintas de hacerlo.
Convendría consultar con un terapeuta que tuviera una fuerte perso-nalidad y
estuviera especializado en estas cuestiones. La pregunta que hay que hacer
cuando se encuentra a un profesional de este tipo es la siguiente: "¿Qué
experiencia tiene usted con la reducción de la cólera y el fortalecimiento del
espí-ritu?"
11. Una definición de este tipo de
perdón figura en el Oxford English Dic-tionary: 1865 J. Grote, Moral Ideas.
viii (1876), 114 "Perdón activo; la devolución del bien por mal". A
mi juicio, ésta es la forma definitiva de reconciliación.
12. No sólo las personas siguen
distintos ritmos en la concesión del perdón a los demás sino que las ofensas
influyen a su vez en la cantidad de tiempo nece-saria para perdonar. Perdonar
un malentendido no es lo mismo que perdonar un asesinato, un incesto, unos
malos tratos, un tratamiento injusto, una traición 0 un robo. Según los casos,
unos malos tratos dispensados una sola vez son más fáciles de perdonar que unos
malos tratos repetidos.
13. Puesto que el cuerpo también
tiene memoria, hay que prestarle tam-bién la debida atención. No se trata de
correr más que la propia cólera sino de agotarla, desarmarla y volver a
configurar la libido que, de este modo, se libera de una manera totalmente distinta
a la anterior. Esta liberación física tiene que ir acompañada de una
comprensión psíquica.
CAPITULO 13
Las cicatrices de la batalla: La pertenencia al Clan de la Cicatriz
1. Estoy de acuerdo con Jung;
cuando alguien ha cometido una injusticia, no se puede curar más que diciendo
toda la verdad y enfrentándose directamente con ella.
2. Leí por primera vez una
referencia a esta especie de trivial y trágico error en la obra de Eric Berne y
Claude Steiner.
3. El WAE, es decir, la Jung's
Word Association Experiment, también lo ha comprobado. En el test, el material
perturbador resuena no sólo al oír la palabra que cataliza las asociaciones
negativas sino también durante la mención de va-rias palabras más "neutras".
4. A veces se añaden fotografías e
historias de padres, hermanos, maridos, tíos y abuelos (y, a veces, también de
los hijos y las hijas) pero la tarea principal se hace con las líneas femeninas
que han precedido a las mujeres.
5. Sólo ellas sufren como chivos
expiatorios y devoradoras de pecados sin disfrutar del poder y los beneficios
de ninguna de las dos cosas, por ejemplo, la gratitud, el honor y la mejora de
la comunidad.
6. Mary Culhane and the Dead Man.
Es uno de los cuentos de The Folkte-llers , dos inteligentes y pícaras mujeres
de Carolina del Norte llamadas Barbara Freeman y Cormie Regan-Blake.
7. Dr. Paul C. Rosenblatt, Bitter,
Bitter Tears: Nineteenth-Century Diarists and Twentieth-Century Grief Theories.
(Mineápolis, University of Minnesota Press, 1983). Referencia facilitada por
Judith Savage.
CAPITULO 14
La selva subterránea: La iniciación en la selva subterránea
1. La comprensión por parte de
Jung de la participación mística se basaba en opiniones antropológicas del
siglo pasado y de principios del actual, en que muchos de los estudiosos de las
tribus se sentían, y a menudo estaban, muy ale-jados de ellas y no creían que
las conductas tribales fueran un continuo humano susceptible de producirse en
cualquier lugar y en cualquier cultura humana, in-dependientemente de la raza o
el origen nacional.
2. Esta discusión no justifica en
modo alguno la creencia de que el daño causado a un individuo es aceptable
porque en último extremo lo fortalece.
3. A propósito del incesto literal
por parte del padre y el consiguiente trauma del niño, véase E. Bass y L.
Thornton con J. Brister, eds., I Never Told Anyone: Writings by Women Survivors
of Child Abuse (Nueva York, Harper & Row, 1983). También B. Cohen; E.
Giller; W. Lynn, eds., Multiple Personality Disorder from the Inside Out
(Baltimore, Sidran Press, 1991).
4. Casi todos los casos de pérdida
traumática de la inocencia se suelen producir fuera de la familia. Es un
proceso gradual que casi todos los individuos experimentan y que culmina en un
doloroso despertar a la idea de que no todo es hermoso y seguro en el mundo.
En la psicología del desarrollo, se considera un reconocimiento de que
uno no es "el centro del universo". Sin embargo, por lo que respecta
al espíritu, es más bien un despertar y una comprensión de las diferencias
entre las naturale-zas divina y humana. La inocencia no es algo que tenga que
cosechar capricho-samente el padre o la madre. Los padres tienen que estar ahí
para guiar y ayudar si pueden, pero, sobre todo, para recoger los pedazos y
volver a colocar en pie a su hija caída.
5. El símbolo del molinero aparece
en los cuentos de hadas tanto bajo una luz negativa como bajo una luz positiva.
A veces es un tacaño y a veces es gene-roso como en los cuentos en los que
dejaba granos de trigo para los elfos.
6. Despertar poco a poco -es
decir, bajar lentamente las defensas durante un prolongado período de tiempo-
resulta menos doloroso que dejar que se rom-pan las defensas de golpe. Sin
embargo, cuando se utilizan medios terapéuticos o de reparación, aunque la rapidez
es más dolorosa al principio, a veces ello permi-
te empezar y terminar antes la tarea. Pero cada cual tiene que hacer las
cosas a su aire.
7. En otros cuentos el tres
representa una culminación de intensos esfuer-zos y se puede interpretar como
el sacrificio que culmina en una nueva vida.
8. Lao-tse, antiguo filósofo y
poeta. Véase Tao Te Ching (Londres, The Buddhist Society, 1948). La obra ha
sido publicada por muchos editores en mu-chas traducciones.
9. Hay métodos distintos según las
personas. Algunos son muy activos ex-teriormente como, por ejemplo, la danza,
otros son activos de otra manera, la danza de la oración, por ejemplo, o la
danza de la inteligencia o la del poema.
10. 1989, C. P. Estés, Warming the
Stone Child: Myths and Stories of the Abandoned and Unmothered Child, cinta
(Boulder, Colorado, Sounds True, 1989).
11. Es curioso que las mujeres y
los hombres que están pasando por una seria transición psíquica muestren a
menudo menos interés por las cosas del mundo exterior, pues están pensando,
soñando y clasificando cosas a unos nive-les tan profundos que los accesorios
del mundo exterior quedan muy lejos. Al pa-recer, el alma no muestra excesivo
interés por las cosas del mundo a menos que posean un cierto numen.
Sin embargo, conviene no confundir esta situación con un síndrome
prodrómico en el que el cuidado del propio cuerpo y otras tareas cotidianas se
reducen a nada y se registra una evidente y grave alteración de la función
mental y social.
12. Me extraña mucho que el Ku
Klux Klan, en un intento de menospre-ciarlos, llame a los no blancos
"gente de barro". El antiguo uso de la palabra "ba-rro" es
altamente positivo y probablemente el más apropiado para reforzar el po-der de la
naturaleza instintiva profundamente sabia. En casi todos los relatos de la
creación tanto los seres humanos como el mundo están hechos de barro (y otras
sustancias terrenas).
13. El hacha ritual y los labios
abiertos de la vulva tienen una forma simi-
lar.
14. La doble hacha de la diosa es
un antiguo símbolo habitualmente utili-zado en distintos grupos femeninos como
símbolo de la vuelta al poder de la fe-minidad. Entre las miembros de Las
Mujeres, mi grupo de adiestramiento e inves-tigación de cuentos, se hacen
muchas conjeturas en el sentido de que las alas de mariposa de los labios de la
vulva y la doble hacha son unos símbolos similares de unos tiempos en que la
mariposa con las alas extendidas se consideraba la forma del alma.
15. Lo místico conoce las
cuestiones mundanas y las espirituales por am-bas caras; es decir, por el
intelecto y por la experiencia directa del espíritu y la psique. El misticismo
pragmático busca todo tipo de verdad, no sólo una cara de la verdad, y después analiza
dónde tiene que situarse y cómo se tiene que com-portar.
16. Hay en los antiguos cuentos un
sentido que es también sentimiento y sabiduría y que se transmite de padres a
hijos independientemente del sexo.
17. Tal como ya hemos visto, las
lágrimas tienen múltiples finalidades, pues sirven para proteger y para crear.
18. Buena parte de la cultura
femenina ha permanecido auténticamente enterrada durante muchos siglos y sólo
tenemos una idea aproximada de lo que hay debajo. A las mujeres se les tiene
que reconocer el derecho a investigar sin
que las interrumpan antes de que empiecen las excavaciones
arqueológicas. Se trata de vivir una vida en toda su plenitud según los propios
mitos instintivos.
19. Los números tienen un poder
considerable. Muchos estudiosos desde Pitágoras a los cabalistas han tratado de
comprender el misterio matemático. Es probable que los pares numerados tengan
un significado místico y puede que también sean una escala tonal.
20. En muchos sentidos, la
doncella manca, la muchacha de los cabellos de oro y la vendedora de fósforos
se enfrentan con la misma cuestión de ser en cierto modo la forastera. El
cuento de la doncella manca es el que abarca el ciclo psicológico más completo.
21. Alguien se podría preguntar
cuántos "yos", es decir, centros de la con-ciencia, hay en la psique.
Hay muchos y uno de ellos suele dominar sobre los demás. Como los pueblos y
casitas de Nuevo México, la psique se encuentra por lo menos en tres fases: la
antigua parte caída, la parte en la que uno vive y la parte en fase de
construcción.
Según la teoría junguiana, el Yo con Y mayúscula significa la vasta
fuerza del alma. El yo con y minúscula se refiere al ser más personal y
limitable que so-mos.
22. Uno de los más amplios
documentos "escritos" de los antiguos ritos son los de los antiguos
griegos. Aunque casi todas las culturas antiguas poseían am-plios documentos
acerca de los ritos, las leyes rituales y la historia, y varios me-dios de expresión
-la escultura, la escritura, la pintura, la poesía, la arquitectura, etc.-, las
sucesivas conquistas los destruyeron en buena parte o en su totalidad por mil
motivos e intenciones. (Para acabar con una cultura hay que matar toda la clase
sagrada: los artistas, los escritores y todas sus obras, los sacerdotes y las
sacerdotisas, los curanderos, los oradores, los historiadores y los guardianes
de la historia, los cantores, los bailarines y los poetas, todos aquellos que
tienen el poder de conmover el alma y el espíritu del pueblo.) Sin embargo, los
huesos de muchas culturas destruidas aún se conservan en el arca de la historia
y han lle-gado hasta nosotros a través de los siglos.
23. Isabel es una anciana y
también está embarazada de Juan. Se trata de un pasaje de un intenso misticismo
en el que su esposo incluso se queda mudo.
24. A veces las fases se alcanzan
coincidiendo no con la edad cronológica sino con las necesidades y el momento
más oportuno de la psique y el espíritu.
25. Robert L. Moore y Douglas
Gillette examinan el símbolo arquetípico del rey en King, Warrior, Magician,
Lover (San Francisco, Harper, 1990).
26. Los símbolos del jardinero, el
rey, el mago, etc. pertenecen a los hom-bres y a las mujeres por igual y
suscitan ecos en ambos. No tienen un sexo de-terminado sino que a veces se
interpretan de varias maneras y cada sexo los utili-za de distinta manera.
27. La primera persona a quien oí
utilizar la expresión "crear alma" fue James Hillman que es una
especie de explosiva fábrica de ideas a granel.
28. La vieja bruja de las triple
diosas de los griegos.
29. En la Teogonía de Hesíodo
(411-52), se dice que Perséfone y la vieja Hécate prefieren estar juntas por
encima de todo.
30. Jean Shinoda Bolen en su
esclarecedora obra acerca de la menopausia dice que las ancianas conservan la
energía de la sangre menstrual en el interior de su cuerpo y crean sabiduría
interior en lugar de hijos exteriores.
31. El Gran Inquisidor español, un
hombre patológicamente cruel, un au-torizado asesino en serie de su época.
32. Es el rito de consagración
administrado a las recién paridas por las an-cianas curanderas de mi tradición
familiar católica.
33. Del Eclesiastés, XVII, 5.
34. Algunos hombres modernos, por
ejemplo, han perdido el sentido de los altibajos de los ciclos sexuales.
Algunos no sienten nada y otros se pasan.
35. En algunas versiones del
cuento, el velo se llama pañuelo y no es el pneuma, el aliento, el que provoca
la caída del velo sino el niño que juega, quitándolo y poniéndolo sobre el
rostro de su padre.
CONCLUSION
El cuento como medicina
1. Fragmento del poema titulado
"At the Gates of the City of the Storyteller God", 1971, C. P. Estés,
de Rowing Songs for the Night Sea Journey: Contempo-rary Chants (edición
privada).
2. Es el insólito escrito de un
testigo directo que claramente define la esen-cia del arte de narrar cuentos:
el eros, la cultura y el arte son inseparables. Las siguientes palabras se
deben al magistral poeta y cuentista Steve Sanfield que durante décadas se ha
esforzado en llevar a cabo el duro trabajo que exige la desértica llanura
interior de la psique.
SOBRE EL MAESTRO DEL CUENTO
"Hace falta toda una vida, no unos cuantos años y ni siquiera una
década, para convertirse en maestro de algo. Hace falta una inmersión total en
el arte. Después de sólo veinte o treinta años todo lo más, es una presunción
por nuestra parte como cuentistas individuales o como grupo especializado
arrogarnos el de-recho a la "maestría".
"Si surgiera algún maestro del cuento, no cabría ninguna duda al
respecto, pues tendría una "cualidad" probablemente intangible que lo
haría inmediata-mente identificable. Tras haber vivido un cuento determinado
durante varios años o durante toda la vida, el cuento se habría convertido en
una parte de su psique y él lo contaría desde "dentro" del cuento. Se
trata de una característica que no abunda demasiado...
"La habilidad no es suficiente. La maestría no es lo mismo que
locuacidad, utilización de trucos para atraer la atención o para alentar la
participación del público. No es contar algo para que lo amen a uno o para
adquirir dinero o fama. La maestría no consiste en narrar los cuentos de otras
personas. No es tratar de complacer a una persona determinada o a una parte del
público; no es tratar de complacer a cualquiera. Es prestar atención a la
propia voz interior y poner todo el corazón y toda el alma en cada cuento
aunque sólo sea una anécdota o un chiste.
"Un maestro del cuento tiene que ser ducho en el arte de la
interpretación: movimiento, gracia, voz y dicción. Desde el punto de vista
poético, el maestro tie-ne que "estirar el lenguaje". Y, desde el
punto de vista mágico, tiene que tejer un hechizo desde la primera palabra
hasta la última imagen que perdura en la men-te. Por medio de la comprensión
adquirida trabajando en el mundo y viviendo la vida a tope, el cuentista tiene
que poseer una asombrosa capacidad de intuir cómo es el público y qué es lo que
necesita. Un auténtico maestro elige los cuen-
tos más apropiados para aquel público y aquel momento. Para poder
elegir, hay que tener un repertorio amplio y significativo. La variedad y la
calidad del reper-torio son lo que más distingue a un maestro del cuento.
"Un gran repertorio se construye muy despacio. El cuentista
excepcional no sólo conoce el cuento de arriba abajo sino que lo sabe todo
acerca del cuento. Los cuentos no existen en un vacío... "
Fragmento de "Notes from a Conversation at Doc Willy's Bar",
grabada por Bob Jenkins. 1984 Steve Sanfield.
3. El arquetipo, es decir, la
fuerza no representable de la vida, es evocador. Decir que es poderoso es
quedarse muy corto. jamás me cansaré de subrayar que las disciplinas curativas
requieren un adiestramiento con alguien que conozca el camino y las maneras,
con alguien que las haya vivido inequívocamente durante toda la vida.
4. Mi abuela Katerín decía que la
más ignorante no es la que no sabe sino "la que no sabe que no sabe".
Y la persona que está en peor situación y constitu-ye un peligro para las demás
es "la que sabe que no sabe y no le importa".
5. La única que vivió las
historias.
6. Como católica de toda la vida
oficialmente consagrada a ella en mi in-fancia a través de La Sociedad de
Guadalupe, mi raíz primaria y toda mi obra más íntimamente escuchada procede de
mi devoción al Hijo de La Diosa y tam-bién a su Madre, Nuestra Señora de
Guadalupe, La Bienaventurada Madre en to-dos sus sagrados nombres y rostros,
según mi leal saber y entender, la más sal-vaje de las salvajes, la más fuerte
de las fuertes.
7. A veces hay también
ramificaciones legales.
8. Éste es el máximo principio de
las profesiones curativas. Si no puedes ayudar, no hagas daño. Para no hacer
daño, hay que "saber lo que no se debe hacer".
9. "La obra perfecta está
cortada para que encaje/no con la forma del au-tor/ sino con la forma de
Dios". Fragmento del poema "La Diosa de la Clarista, un manifiesto
pequeño", 1971 C. P. Estés, de Rowing Songs for the Night Sea Jour-ney:
Contemporary Chants (edición privada).
APÉNDICE
1. En mi caso, como en el de
muchas otras personas, la comprensión de muchos libros empieza en la relectura.
2. Fragmento de "Commenting
Before the Poems", 1967 C. P. Estés, de La Pasionara, Collected Poems, de
próxima publicación en Knopf.
3. En familia, sufrir no significa
ser una víctima sino ser valiente y arroja-da ante la adversidad. Aunque una
persona no pueda modificar por completo una situación o un destino, debe
entregarse a ello con todas sus fuerzas a pesar de todo. La palabra "sufrimiento"
la utilizo en este sentido.
4. Los escritores que tienen hijos
suelen preguntar: "¿ Dónde y cuándo es-cribió usted?" Muy entrada la
noche, antes del amanecer, durante la hora de la siesta, en el autobús, antes
de las horas, entre horas, en cualquier lugar y mo-mento y sobre lo que podía.
5. Una pequeña advertencia: debido
a que la atención a las cuestiones de la individuación puede provocar una
intensificación de los pensamientos y los sentimientos, tenemos que procurar no
convertirnos en unos simples coleccionis-tas de ideas y experiencias y dedicar
también una considerable cantidad de tiem-po a la tarea de aplicarlos en la
vida cotidiana. Mi práctica diaria y la que enseño a otras personas es
principalmente la de una contemplativa inmersa en el mun-do, con todas las
complicaciones que semejante situación lleva aparejadas. Cual-quiera que sea el
lugar o la manera con que se empiece, hay que insistir en la necesidad de una
práctica regular. No es necesario que ésta sea muy larga, pero sí concentrada
durante el tiempo que se le dedique, enfocada de la manera más pura posible y,
como es natural, ejercitada a diario.
6. Véase la referencia en
"Conclusión: El cuento como medicina".
7. Hay ciertas depresiones, manías
y otros trastornos de carácter orgánico, lo cual significa que se deben a una
disfunción de alguno de los sistemas físicos del cuerpo. Las cuestiones de
carácter orgánico tienen que ser evaluadas por un médico.
8. Los jóvenes que he conocido en
las universidades, los seminarios y los centros universitarios están ansiosos
por amar este mundo, aprender, enseñar, crear y ayudar. Y, puesto que ellos son
el futuro, está claro que el futuro encierra unos tesoros increíbles.
LA EDUCACIÓN DE UNA JOVEN LOBA:
BIBLIOGRAFÍA
La bibliografía (1) contiene algunas de las obras más accesibles acer-ca
de las mujeres y la psique. Las recorriendo a menudo a mis alumnos y a mis
clientes (2). Muchos de los títulos que ahora ya se han convertido en clásicos,
incluidas las obras de Angelou, De Beauvoir, Brooks, De Castille-jo, Cather,
Chesier, Friedan, Harding, Jong, Jung, Hong Kingston, Morgan, Neruda, Neumann y
Qoyawayma así como varias antologías fueron los que leí a mis alumnos como
"alimento del alma" en los cursos de Psicología Femenina que impartí
a principios de los años setenta. Era una época en que los "estudios sobre
mujeres" no eran muy habituales y la gente se pre-guntaba qué necesidad
había de semejante cosa.
Desde entonces muchas editoriales han publicado numerosas obras acerca
de las mujeres. Hace veinticinco años estas mismas obras se hubie-ran visto
reducidas a circular en forma de ejemplares fotocopiados o a ser sólo aceptadas
por arriesgadas empresas editoriales que contaban con presupuestos exiguos y
muy poco personal y sólo vivían el tiempo suficien-te para alumbrar un puñado
de importantes obras antes de morir con la misma rapidez con que habían nacido.
Pero, a pesar del terreno ganado en las últimas décadas, el estudio de la vida
psíquica o de otro tipo de las mu-jeres es todavía muy reciente y dista mucho
de ser completo. Aunque en todo el mundo se publican muchas obras exhaustivas y
honradas acerca de algunos temas de la vida femenina que antiguamente eran
tabú, con el tiempo las mujeres adquirirán el derecho y el deber de hablar con
autori-dad acerca de la propia persona y la propia cultura y también ganarán
ac-ceso a la prensa y a los canales de distribución.
Una bibliografía no pretende ser una lista aburrida. Y tampoco pre-tende
enseñar a una persona lo que tiene que pensar sino que su inten-ción es ofrecer
temas interesantes y exponer la mayor cantidad de ideas y, por consiguiente, de
oportunidades posible. Una buena bibliografía aspira a ofrecer visiones
generales del pasado y del presente capaces de sugerir unas claras perspectivas
de futuro. Esta bibliografía en particular se cen-tra especialmente en las
autoras, pero incluye a autores de ambos sexos. Las obras son en general
excelentes, apasionadas y originales; muchas de ellas son interculturales y
todas son multidimensionales. Están llenas de datos, opiniones y pasión.
Algunas reflejan una época que ya no existe o un lugar que no se encuentra en
Estados Unidos y habría que tener en cuenta esa circunstancia. He añadido a
modo de comparación dos o tres obras que, a mi juicio, Poseen una hondura
impresionante. El lector las identificará cuando las lea, si bien cabe la
posibilidad de que sus preferen-cias no coincidan con las mías.
Los autores que aquí se mencionan son muy variados. Casi todos son
especialistas y precursores, algunos son iconoclastas, forasteros,
miembros de la corriente principal, profesores, independientes o
estudio-sos gitanos. Hay una considerable representación de poetas, pues éstos
son los visionarios y los historiadores de la vida psíquica. En muchos ca-sos,
sus observaciones e intuiciones ahondan tanto en el tema que reem-plazan las
suposiciones de la psicología oficial no sólo por su profundidad sino también
por su precisión. Sea como fuere, casi todos los autores son las compañeras o
los compañeros, compañeros de viaje y contemplativos que llegaron a sus
conclusiones gracias a la profundidad de la vida que llevaban, de ahí que
pudieran describirla con tanta precisión (3). Aunque hay muchísimos otros
autores tan rutilantes como ellos, he aquí una muestra de algo más de
doscientos.
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1988.
1. Esta bibliografía se elaboró
como una visión de conjunto del desa-rrollo de la naturaleza instintiva.
Utilizo variaciones de esta bibliografía básica para otros temas relacionados
con las mujeres. Parte del material de esta bibliografía aparece repetidamente
en bibliografías de otros libros, por regla general los escritos por mujeres
acerca de cuestiones femeninas. Estas obras abundantemente citadas se han
convertido en una especie de bibliomantra y, por regla general, son selecciones
llevadas a cabo por mu-jeres ya fallecidas cuyas obras siguen, sin embargo, muy
vivas.
2. Aunque no soy contraria a
considerar las observaciones o teorías de ambos sexos o de cualquier escuela,
no merece la pena leer buena parte del material pues éste ya está predigerido.
Lo cual significa que le han qui-tado el meollo y sólo queda la cáscara, algo
así como un tiovivo sin caballi-tos, sin música, sin círculo giratorio y sin
jinetes. La cosa sigue dando vueltas pero no tiene vida.
En cambio, la obra predigerida es algo totalmente distinto. Significa
repetir algo que uno ha oído o leído o que le han contado, pero sin pregun-tar
¿es cierto?, ¿es útil?, ¿sigue viniendo al caso?, ¿es el único punto de vista?
Las obras de este tipo son muy numerosas. Me recuerdan la trans-misión
hereditaria de una mina de plata. Algunas minas ya están agotadas y no merece
la pena conservarlas. Otras no tienen ninguna posibilidad de prosperar y jamás
produjeron el suficiente metal como para que valiera la pena seguir
explotándolas.
Existe un tercer detrito que es la obra diluida. La obra diluida es una
pálida copia de una sólida obra original. En una obra diluida, la capa-
cidad de la obra primaria de infundir y comunicar al lector su
propósito, su significado y su medicina originales está reducida, fragmentada y
dis-torsionada. Siempre que te sea posible, lee la obra de primer orden de una
persona que la haya vivido, la haya recogido en un lugar, la haya analizado y
no sólo la haya amado sino que también se haya sacrificado por ella. La
recuperación de la naturaleza salva)e consiste, tal como ya hemos visto, en
reconstituir la propia capacidad de discernimiento, cosa que hay que apli-car
no sólo a lo que ya contiene nuestra mente sino también a lo que in-troducimos
en ella.
3. Por regla general empiezo más o
menos así: pidiendo a mis alum-nos que elijan los libros de la lista de tres en
tres y los consideren un rom-pecabezas o un acertijo. A continuación,
cualesquiera que sean las obras elegidas, yo les añado ensayos de Kant, Kierkegaard,
Mencken y otros. ¿Cómo encajan? ¿Qué pueden ofrecerse el uno al otro? Compara y
observa qué ocurre. Algunas combinaciones son explosivas. Otras crean una
reser-va de semillas.
AGRADECIMIENTOS
Esta obra acerca de la naturaleza instintiva de las mujeres está en
marcha desde hace veinticinco años. En el transcurso de este período mu-chas
personas, muchos testigos capacitados que me han alentado a se-guir, han
entrado en mi vida. En mis tradiciones, cuando llega el momento de dar las
gracias a las personas, se suele tardar varios días en hacerlo; por eso casi
todas nuestras celebraciones, desde los velatorios a las bodas, tienen que
durar por lo menos tres días, pues el primer día se dedica a reír y a llorar,
el segundo debe transcurrir entre peleas y gritos y el tercero ha de utilizarse
para hacer las paces. Después siguen los cantos y los bailes. Por consiguiente,
va por todas las personas de mi vida que aún siguen cantando y bailando:
Bogie, mi esposo y amante, que me ayudó a editar la obra y que aprendió
a transcribir a máquina para poder ayudarme a mecanografiar la copia del
manuscrito, una y otra vez. Tiaja, que se presentó espontánea-mente y se
encargó de todas las cuestiones administrativas, me hizo la compra y me hizo
reír, convenciéndome más de lo que ya estaba de que una hija adulta es también
una hermana. Muy especialmente, mis parien-tes, mis familias, mi tribu, mis
mayores, tanto vivos como en espíritu, por haber dejado sus huellas.
Nedd Leavitt, ser humano, mi agente, tremendamente hábil en el manejo de
los asuntos entre los mundos. Ginny Faber, mi editor de Ba-llantine que,
durante el nacimiento de este libro, alumbró una obra perfec-ta, una pequeña
criatura salvaje llamada Susannah.
Tami Simon, productora de audios, artista e inspiradora que brilla con
luz propia por haber preguntado lo que yo sabía. Devon Christensen, maestro del
detalle, siempre al pie del cañón. A ellos y a todo el excelente equipo de
Sounds True, incluyendo el álter ego de cada uno de ellos, The Duck por
encargarse del negocio y por el inmenso apoyo que me prestaron para que yo
pudiera entregarme por entero a esta obra escrita.
Lucy y Virginia, que surgieron de la niebla justo a tiempo. Mi grati-tud
a Spence, un regalo en sí misma, por compartir conmigo estas dos bendiciones.
La chica n. o. n. a. . que oyó la llamada y atravesó todo un abrupto territorio
para llegar justo en el momento apropiado. Juan Ma-nuel, mi hijo, por ser un
traductor especial.
Mis tres hijas mayores cuyas vidas de mujeres son para mí una fuente de
inspiración y perspicacia. Mis analizados, que, a lo largo de los años, han
puesto de manifiesto tanta anchura y profundidad y me han re-velado los muchos
matices de la sombra y las muchas cualidades de la luz. Yancey Stockwell y Mary
Kouri, que cuidaron de mis escritos desde el principio. Craig M., por el apoyo
que me ha brindado su amor de toda la vida. Jean Car1son, mi vieja cascarrabias
que me recordaba la necesidad
de levantarme y recorrer tres veces un círculo. El difunto jan
Vanderburgh, que me dejó un último regalo. Betsy Wolcott, tan generosa con su
apoyo psíquico a la alegría de otras personas. Nancy Pilzner Dougherty, por
decir lo que podía ser posible en el futuro. Kate Furler, de Oregón, y Mona
Ang-niq McElderry, de Kotzebue, Alaska, por la creación del cuento hasta bien
entrada la noche hace veinticinco años. Arwind Vasavada, analista jun-guiano
hindú y anciano de mi familia psíquica. Steve Sanfield, por amar también a la
mujer de la ópera del Sur cuyos pies no se movían muy bien con patines de
hielo.
Lee Lawson, artista de talento y amigo espiritual que se saltó toda la
palabrería que roba el alma y llamó a las cosas por su nombre. Normandi Ellis,
poeta y autor, por recordarme el ef de inefable. Jean Yancey, sim-plemente por
estar viva a mi lado. Fran Lees, StaciWertz Hobbit y Joan Ja-cobs por ser mis
inteligentes y perspicaces hermanas de tinta. Joann Hil-debrand, Connie Brown,
Bob Brown, Tom Manning de Critter Control. Eleanor Alden, presidenta de la Jung
Society de Denver, y Anne Cole, amazona de las Montañas Rocosas, por su amor y
su apoyo a lo largo de estos años. Las genuinas mujeres salvajes de La Foret;
estuvisteis ahí des-de el principio.
Mis hermanos y hermanas griots, cantadoras y cuentistas y mese-mondák,
narradores de historias, investigadores de folclore, traductores, por su
amistad e inmensa generosidad: Nagyhovi Maier, estudioso gitano magiar. Roberta
Macha, intérprete maya. La Pat.- Patricia Dubrava Kue-ning, poeta y
especialista en traducción. Los hombres y las mujeres de los foros nativo
americano, de cí .encia-ficción, judío, cristiano, musulmán y pagano del CIS
por ofrecerme oscuros e interesantes datos. María de los Ángeles Zenaida
González de Salazar, afectuosa amiga y experta en estu-dios nahuatl y aztecas.
Opalanga, griot y especialista en folclore afroameri-cano. Nagynéni Liz
Hornyak, Mary PinkoIa, Joseph Pinko1a y Roelf Slu-man, especialistas húngaros.
Makoto Nomura, especialista en cultura ja-ponesa. Cherie Karo Schwartz,
cuentista internacional e investigadora de folclore, especialmente de la
cultura judía. J.J. Jerome, por su condición de audaz narrador de cuentos. Leif
Smith y Patriciaj. Wagner de Patterri Research, por su disponibilidad y
solidez. Arminta Neal, diseñadora de ex-posiciones retirada del Denver Museum
of Natural History, por escarbar generosamente en sus archivos. La Chupatinta:
Pedra Abacadaba, redac-tora de cartas de la aldea de Uvallama. Tiaja Karenina,
mensajera intercul-tural. Reina Pennington, hermana viajera de Alaska, por sus
bendiciones. Todos los cuentistas de mi vida, que me regalaron, intercambiaron
conmi-go, sembraron y me dejaron cuentos a modo de legado espiritual o familiar
y que recibieron a cambio los regalos de mis cuentos y los cuidaron como si
fueran sus propios hijos tal como yo hice con los suyos.
Nancy Mirabella, por traducirme la mística latinoamericana y por
hablarme del Rocky Mountain Women's Institute. Rocky Mountain Wo-men's
Institute, por facilitarme el carnet de asociada en 1990-1991 con el fin de que
pudiera participar en el proyecto de Las Brujas, por el apoyo de
Cheryl Bezio-Gorham y mis compañeros artistas de allí: Patti Leota
Ge-nack, pintora; Vicky Finch, fotógrafa; Karen Zidwick, escritora; Hannab
Kahn, coreógrafa; Carole McKe1vey, escritora; Dee Tarnsworth, pintora; Wornens
Alliance y la maestra tejedora Charlotte Kelly, por llevarme a en-señar en la
Sierra Madre durante la semana en que Las mujeres que co-rren con los lobos
encontró a su editor. Fue un regalo conocer a esas re-cias
activistas-curanderas-artistas que, en el transcurso de aquella sema-na, me rodearon
tal como los buques escolta acompañan a un navío hasta alta mar tras la
botadura. Ruth Zaporah, actriz de variedades; Vivíenne Verdon-Roe, cineasta;
Fran Peavey, actriz de teatro; Ying Lee Kelley, copre-sidenta de Rainbow
Coalition; Naomi Newman, cuentista judía; Rhiannon, cantante de jazz y
cuentista; Colleen Kielley, artista budista; Adele Getty, autora y tocadora de
tambor; Kyos Featherdanci .ng, ritualista nativa ame-ricana; Rachel Bagby,
cantante afroamerícana; Jalaja Bonheim, bailarina y llena de gracia; Norma
Cordell, cuentista y profesora nativa americana; Tynowyn, constructor de
tambores y músico; Deena Metzger, autora y mu-jer valiente; Barbara Borden,
intérprete de tambor; Kay Tift, clasificadora de las hebras; Margaret Pavel,
encordadora del telar; Gail Benevenuta, "la voz"; Rosemary Le Page,
una de las tejedoras de la lomera; Pat Enochs, artista de la nutrición; y
M'hi¡as, mis lobitas, vosotras, cachorras, ya sab-éis quiénes sois. Y,
finalmente, la mujer que grita, a la que no nombrare-mos.
Jean Shinoda Bolen por ser una clara y valerosa madre del alma, por
poner muchos ejemplos, y por darme a Valerie. Valerie Andrews, auto-ra y
nómada, por darme tiempo y por darme a Ned. Manisba Roy que me tuvo
boquiabierta de asombro con sus relatos acerca de las mujeres ben-galíes. Bill
Harless, Glen Car1son, Jeff Raff, Don Williams, Lyn Cowan, José Argüelles, por
su apoyo inicial. Mis inteligentes colegas junguianos de IRSJA y IAAP, que
sienten interés por los poetas y la poesía y los protegen. Mis compañeros y
analistas en período de prácticas del C. G. Jung Center de Colorado pasados y
presentes y los candidatos psicoanalistas de IRSJA por su afán de aprender y su
entusiasmo por alcanzar sus verdaderos ob-jetivos.
Molly Moyer, fabulosa vaquera vagabunda de la Tattered Cover que no
cesaba de susurrarme palabras de aliento al oído, y las tres grandes madres de
las librerías de Denver que abastecen sus establecimientos con una cantidad de
libros interculturales que yo jamás hubiera podido imagi-nar: Kasha Songer, The
Book Garden; Clara Villarosa. The Hue-Man Expe-rience Bookstore;Joyce Meskis,
The Tattered Cover. Los autores Mark Graham y Stephen White, Hannah Green, la
gente de The Open Door Bo-okstore, los miembros de Poets of the Open Range, y
los poetas del Naropa Institute, por su apoyo y por su interés por las palabras
con significado. Las hermanas y los bermanos poetas que me permitieron crear
por medio de sus corazones.
Mike Wesley, experto en Macintosh de la CW Electronics por recupe-rar
todo el manuscrito "perdido" del disco duro, y Lonnie Wright, técnico
del servicio de mantenimiento por haber devuelto mi SE30 a la vida en
más de una ocasión. Autores deforos de literatura y técnicos de informáti-ca de
todo el mundo, Japón, México, Francia, Estados Unidos, Reino Uni-do, por haber
permanecido en vela a medianoche delante de sus ordenado-res para hablar
conmigo acerca de las mujeres y los lobos.
Mis maestros más esenciales: Todos los bibliotecarios, los guardianes de
las salas del tesoro en las que se albergan todos los suspiros, las tristezas,
las esperanzas y las felicidades de toda la humanidad, mi más profunda
gratitud; siempre me han ayudado y siempre han sido sabios por difícil que
fuera la petición.
Georgia O'Keeffe que, cuando yo tenía diecinueve años y le dije que era
una poeta, no se rió. Dorothy Day, quien me dijo que las raíces de la hierba
eran importantes. Tal como dijo un escritor, para las "locas vestidas de
negro", las monjas visionarias: las Hermanas de la Santa Cruz,
espe-cialmente, sorjohn Michela, sor Mary Edith, sor Francis Loyola,
sorjohnjo-seph, sor Mary Madeleva, y sor María Isabela y sor María Concepción.
Bet-tina Steinke, que me enseñó a ver la línea blanca que hay en la arruga su-perior
del terciopelo. El editor de " The Sixties" cuya respuesta de diez
pa-labras me ha sostenido a lo largo de veinte años. A mis profesores y a otros
profesores de psicología que son muchos, pero a los siguientes por su ejemplo
como artistas, Toni Wolff, Harry Wilmer, James Hillman y, espe-cialmente, Carl
Gustav Jung cuya obra utilizo como trampolín tanto de-ntro como fuera de ella.
La obra de Jung me atrajo poderosamente, pues éste vivió y abrazó la vida del
artista; esculpió, escribió, leyó muchos li-bros, penetró en los sepulcros,
remó en los ríos; y eso es vivir como un ar-tista.
Colorado Council on the Arts and Humanities, Artistas en Programa de
Residencia, y Público Joven, especialmente los administradores-artistas Daniel
Salazar, Patty Ortiz y Maryo Ewell por su vitalidad y entusiasmo. MarilYn Auer,
editora y editora asociada, y Tom Auer, editor y redactor jefe de The
Bloomsbury Review por su calor y extravagancia y por su gentileza y cultura. A
los que inicialmente publicaron mis obras, haciéndome trans-fusiones de
espíritu para que pudiera proseguir la presente: Tom DeMers, Joe Richey, Anne
Richey, Joan Silva, David Cborlton, Antonia Martínez, Ivan Suvanjieff, Allison
St. Claire, Andrei Codrescu, José Armijo, Saltillo Armillo, James Taylor 111, y
Patricia Calhoun, la mujer salvaje del conda-do de Gilpin. A los poetas que
fueron testigos; Dana Pattillo, charlie mebr-hoff, Ed Ward, y las tres Marías,
María Estévez, María Ignacio y María Re-yes Márquez.
Todos los duendes, trasgos y gnomos del Reivers, uno de mis cafés
preferidos para escribir. Especialmente, los chicos de la casa del árbol sin
cuya constante ayuda y obstinación no se hubiera podido escribir este li-bro.
Las pequeñas aldeas de Colorado y Wyoming donde yo vivo, mis veci-nos, amigos y
los correos de ambos sexos que me llevaron cuentos de to-dos los rincones de la
tierra. Lois y Charlie, la madre y el padre de mi ma-
rido que le infundieron el amor tan grande y profundo que lo llena y se
de-rrama sobre mí y sobre nuestra familia.
Finalmente, a aquel "roble mensajero" tan viejo del bosque en
el que yo solía escribir en mi infancia. Al olor de la buena tierra, el sonido
del agua libre de toda traba, a los espíritus de la naturaleza que se acercan
corriendo al camino para ver quién está pasando por allí. A todas las mu-jeres
que me han precedido y me han hecho el camino un poco más claro y más fácil. Y,
con ternura infinita, a La Loba.
NOTA DEL EDITOR
Los cuentos, los poemas y las traducciones que contiene Las mujeres que
corren con los lobos son obras literarias originales escritas por la doc-tora
Estés. Sus cuentos literarios se desarrollan en breves poemas, can-ciones y
narraciones transmitidas en los singulares lenguajes y estilos de sus familias.
Las versiones de este libro están protegidas por copyright y no son de dominio
público.
En Las mujeres que corren con los lobos, los cuentos de Tsati, La Mu-jer
Esqueleto, La Loba, Manawee y otros, así como las distintas anécdotas y los
distintos poemas y traducciones originales de poemas, plegarias y frases de
otros idiomas son obras literarias originales escritas por la docto-ra Estés y
publicadas aquí por primera vez. Están protegidas por copyright y no son de
dominio público.
Versiones muy distintas de ciertos cuentos como "Las zapatillas
rojas", "Barba Azul" y "La vendedora de fósforos" se
pueden encontrar en las co-lecciones de los Hermanos Grimm, Hans Christian
Andersen y Perrault. Leyendas como la misteriosa Llorona o la antigua historia
de Démeter y Perséfone, se pueden encontrar en varias ediciones publicadas por
distin-tos editores. Estas versiones pueden o no pueden ser de dominio público.
Para mayor información, establecer contacto con los editores y traductores de
dichas obras.
SOBRE LA AUTORA
La doctora Clarissa Pinkola Estés es una poeta de renombre
interna-cional galardonada con distintos premios, está en posesión de un
diploma en psicoanálisis junguiano refrendado por la Asociación Internacional
de Psicología Analítica de Zurich, Suiza, y es cantadora, guardiana de los
an-tiguos cuentos de la tradición latinoamericana. Ha sido directora ejecutiva
del C. G. Jung Center for Education and Research de Estados Unidos, se doctoró
en estudios interculturales y psicología clínica y se dedica a la en-señanza y
la práctica privada desde hace veintitrés años.
La doctora Estés empezó a escribir Las mujeres que corren con los lobos
en 1971 y le ha dedicado más de veinte años. Su obra ha sido tradu-cida a
dieciocho idiomas y está considerada un clásico de importancia de-cisiva sobre
la vida interior de las mujeres.
Entre las restantes obras publicadas por la doctora Estés cabe citar The
Gift of Story, A Wise Tale About What is Enough. La doctora Estés es autora de
una exitosa serie de audio en nueve volúmenes y de Theatre of the imagination,
una serie en trece capítulos que se emite en muchas NPR, Pacífica y en varias
emisoras públicas de radio de todo el territorio de Es-tados Unidos.
La doctora Estés, activista desde hace mucho tiempo, está al frente de
la incipiente C. P. Estés Guadalupe Foundation, uno de cuyos objetivos es
emitir por onda corta a enclaves conflictivos de todo el mundo cuentos
destinados a fortalecer la propia conciencia. Por sus escritos y su activis-mo
social ha sido distinguida con el premio Las Primeras de la MANA, La National
Latina Foundation en Washing- ton, D.C. En 1994 fue galardona-da con la Medalla
del Presidente en el apartado de justicia social por el Union Institute y
obtuvo en 1990-1991 una beca del Rocky Mountain Wo-mens Institute. La doctora
Estés ha sido artista residente del estado de Colorado a través del Arts and
Humanities Council. Ha sido galardonada también con el primer premio del
festival anual Joseph Campbell " Keeper of the Lore".
Las mujeres que corren con los lobos ha recibido el Premio de Honor ABBY
de la ABA, el premio Top Hand de la Colorado Authors League y el premio Gradiva
de la National Association for the Advancement of Psy-choanalysis.
La doctora Estés está casada y tiene tres hijos. Es miembro de toda la
vida de La Sociedad de Guadalupe.
RECURSOS
La doctora Clarissa Pinkola Estés es la creadora de una original
co-lección de grabaciones de audio en las que se combinan los mitos y los
cuentos con el análisis arquetípico y el comentario psicológico. Entre sus
títulos cabe citar:
* Las mujeres que corren con los lobos:
Mitos y cuentos acerca de la naturaleza instintiva de las mujeres (180
mi-nutos)
* The Creative Fire:
Myths and Stories on the Cycles of Creativay (180 minutos)
* The Boy Who Married an Eagle.
Myths and Stories on Male Individuation (90 minutos)
* The Radiant Coat:
Myths and Stories on the Crossing between Life and Death (90 minutos) *
Warning the Stone Child.
Myths and Stories About Abandonment and the Unmothered Child (90
mi-nutos)
* In the House of the Riddle Mother.
Archetypal Motifs in Womens Dreams (80 minutos)
* The Red Shoes:
On Torment and the Recovery of Soul Life (180 minutos)
* How to Love a Woman: On
intimacy and the Erotic Life of Women (180 minutos)
* The Gift of Story: A Wise Tale
About What is Enough (60 minutos)
Para más información acerca de estas y de nuevas producciones de audio
de la doctora Estés, escribir o llamar a Sounds True Audio, P.O. Box 8010,
Boulder, CO 80302-8010. Teléfono 1-800-333- 9185.
ÍNDICE
PREFACIO
INTRODUCCIÓN: CANTANDO SOBRE LOS HUESOS
1 .EL AULLIDO: LA RESURRECCIÓN DE LA MUJER SALVAJE -La Loba
-Los cuatro rabinos
2. LA PERSECUCIÓN DEL INTRUSO: EL
COMIENZO DE LA INICIACIÓN -Barba Azul
El depredador natural de la psique Las mujeres ingenuas como presa
La llave del conocimiento: La importancia del rastreo El novio animal
El rastro de la sangre Retrocesos y serpenteos El grito
Los devoradores de pecados
El hombre oscuro de los sueños de las mujeres
3. EL RASTREO DE LOS HECHOS: LA
RECUPERACIÓN DE LA INTUICIÓN COMO INICIACIÓN
-La muñeca en el bolsillo: Vasalisa la Sabia
Primera tarea - Dejar morir a la madre demasiado buena Segunda tarea -
Dejar al descubierto la tosca sombra Tercera tarea - Navegar a oscuras
Cuarta tarea - El enfrentamiento con la Bruja Salvaje Quinta tarea - El
servicio a lo irracional
Sexta tarea - La separación entre esto y aquello Séptima tarea - La
indagación de los misterios Octava tarea - Ponerse a gatas
Novena tarea - La modificación de la sombra
4. EL COMPAÑERO: LA UNIÓN CON EL
OTRO
-El himno del hombre salvaje: Manawee La doble naturaleza de las mujeres
El poder de Dos
El poder del nombre
La tenaz naturaleza canina
El sigiloso apetito seductor
La adquisición de la fiereza
La mujer interior
5. LA CAZA: CUANDO EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO
-La Mujer Esqueleto: El enfrentamiento con la naturaleza de la
Vi-da/Muerte/Vida del amor
La Muerte en la casa del amor
Las primeras fases del amor
El hallazgo accidental del tesoro
La persecución y el escondrijo
El desenredo del esqueleto
El sueño de la confianza
La entrega de la lágrima
Las fases más tardías del amor
El tambor y el canto del corazón
La danza del cuerpo y el alma
6. EL HALLAZGO DE LA MANADA: LA
DICHA DE LA PERTENENCIA -El patito feo
El exilio del hijo singular Clases de madres
La madre ambivalente La madre derrumbada
La madre niña o la madre no mimada La madre fuerte, la hija fuerte
Las malas compañías
Lo que no parece correcto
El sentimiento paralizado, la creatividad paralizada El forastero de
paso
El don del exilio
Los gatos despeinados y las gallinas bizcas del mundo
El recuerdo y el afán de seguir adelante contra viento y marea El amor
al alma
El Zigoto Equivocado
7. EL JÚBILO DEL CUERPO: LA CARNE
SALVAJE
-El lenguaje corporal
El cuerpo en los cuentos de hadas
El poder de las caderas
La Mariposa
8. EL INSTINTO DE CONSERVACIÓN: LA
IDENTIFICACIÓN DE LAS TRAMPAS, LAS JAULAS Y LOS CEBOS ENVENENADOS
-La mujer fiera
-Las zapatillas rojas
La pérdida brutal en los cuentos de hadas Las zapatillas rojas hechas a
mano
Las trampas
Trampa 1: La carroza dorada, la vida devaluada
Trampa 2: La anciana reseca, la fuerza de la senescencia
Trampa 3: La quema del tesoro, el hambre del alma
Trampa 4: La lesión del instinto de conservación, consecuencia de la
cap-tura
Trampa 5: El subrepticio intento de llevar una vida secreta, de estar
divi-dida en dos
Trampa 6.- El temor ante lo colectivo, la rebelión de la sombra
Trampa 7.- La simulación, el intento de ser buena, la normalización de
lo anormal
Trampa 8.- La danza descontrolada, la obsesión y la adicción La adicción
En la casa del verdugo
El tardío intento de quitarse los zapatos
El regreso a la vida hecha a mano, la curación de los instintos dañados
9. LA VUELTA A CASA: EL REGRESO A
SÍ MISMA -Piel de foca, piel del alma
La pérdida del sentido del alma como iniciación La pérdida de la piel
El hombre solitario El hijo espiritual
La resecación y la lisiadura La llamada del Viejo
La prolongación excesiva de la estancia La liberación, la inmersión
La mujer medial: La respiración bajo el agua La salida a la superficie
La práctica de la soledad deliberada La ecología innata de las mujeres
10. EL AGUA CLARA: EL ALIMENTO DE
LA VIDA CREATIVA -La Llorona
La contaminación del alma salvaje El envenenamiento del río
El incendio del río
El hombre del río La recuperación del río La concentración y la fábrica
de fantasías -La vendedora de fósforos
La represión de la fantasía creativa La renovación del fuego creador
-Los tres cabellos de oro
11. EL CALOR: LA RECUPERACIÓN DE
LA SEXUALIDAD SAGRADA -Las diosas obscenas
Baubo: La diosa del vientre Coyote Dick
Una excursión a Ruanda
12. LA DEMARCACIÓN DEL TERRITORIO:
LOS LIMITES DE LA CÓLERA Y EL PERDÓN
-El oso de la luna creciente Las enseñanzas de la cólera
La intervención de la curandera: El ascenso a la montaña El oso
espiritual
El fuego transformador y la acción adecuada La justa cólera
-Los árboles secos -Los descansos
El instinto y la cólera heridos La cólera colectiva
La persistencia de la antigua cólera Las cuatro fases del perdón
13. LAS CICATRICES DE LA BATALLA:
LA PERTENENCIA AL CLAN DE LA CICATRIZ
Los secretos asesinos La zona muerta
-La mujer de los cabellos de oro El manto expiatorio
14. LA SELVA SUBTERRÁNEA: LA
INICIACIÓN EN LA SELVA SUBTERRÁ-NEA
-La doncella manca
La primera fase - El trato a ciegas
La segunda fase - El desmembramiento La tercera fase - El vagabundeo
La cuarta fase - El descubrimiento del amor en el mundo subterráneo La
quinta fase - El tormento del alma
La sexta fase - El reino de la Mujer Salvaje
La séptima fase - La esposa y el esposo salvajes
15. LA SOMBRA: EL CANTO HONDO
16. LA PESTAÑA DEL LOBO
CONCLUSIÓN: EL CUENTO COMO MEDICINA
APÉNDICE
NOTAS
LA EDUCACIÓN DE UNA JOVEN LOBA.- BIBLIOGRAFIA
AGRADECIMIENTOS
NOTA DEL EDITOR
SOBRE LA AUTORA
RECURSOS

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