© Libro N° 12371.
Gente Difícil. Chéjov,
Antón. Emancipación. Marzo 30 de 2024
Título original: ©
Gente Difícil. Antón Chéjov
Versión Original: © Gente Difícil. Antón Chéjov
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://narrativabreve.com/2023/05/gente-dificil-chejov-cuento.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada
E.O. de Imagen original:
https://i.ytimg.com/vi/RWvFpNpUaLg/maxresdefault.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
Gente
Difícil
Antón
Chéjov
Gente
difícil
Un cuento
de Chéjov
El cuento
“Gente difícil”, del maestro ruso Antón Chéjov (1860-1904),
narra como ningún otro ese tipo de violencia verbal que se da en algunas
familias, y que no obedece sino a cierta pulsión por el drama, aunque no haya
motivos para ello.
En esta
historia corta, el joven estudiante Piotr le pide dinero a su madre, Yevgraf
Ivánovich, para irse en el tren a Moscú, donde se dispone a seguir sus
estudios. El dinero que el padre ha de darle al hijo genera un conflicto que
perturba a toda la familia…
GENTE
DIFÍCIL
Shiriáyev,
Yevgraf Ivánovich, pequeño terrateniente e hijo de un pope (su difunto
progenitor, el padre Ioann, había recibido como donación de la generala
Kuvshínnikova ciento dos hectáreas de tierra), se hallaba en un rincón ante un
lavabo de cobre, lavándose las manos. Como de costumbre, tenía el aspecto de un
hombre preocupado y sombrío; llevaba la barba sin peinar.
—¡Vaya
tiempo! —decía—. A esto no se le puede llamar tiempo, sino castigo de Dios.
¡Lloviendo otra vez!
Rezongaba
mientras su familia, sentada a la mesa, esperaba que él terminara de lavarse
las manos para empezar a comer.
Su mujer,
Fedosia Semiónovna, su hijo Piotr, estudiante, la hija mayor, Varvara, y tres
niños pequeños hacía ya un buen rato que se habían sentado y esperaban. Los
pequeños, Kolka, Vanka y Arjipka, chatos, sucios, de caras mofletudas y
cabellos hirsutos, sin cortar desde hacía mucho tiempo, movían impacientes las
sillas; los mayores, en cambio, permanecían inmóviles en sus asientos, y para
ellos, al parecer, daba lo mismo comer que esperar…
Como
poniendo a prueba su paciencia, Shiriáyev se secó lentamente las manos, rezó
sus plegarias con toda parsimonia y se sentó sin prisas a la mesa. Enseguida
sirvieron la sopa. Del patio llegaban los golpes de hacha de los carpinteros (a
Shiriáyev le estaban construyendo un nuevo cobertizo) y la risa del peón Fomka,
que azuzaba a un pavo. En la ventana repicaba la lluvia, de gotas escasas, pero
grandes.
Piotr, el
estudiante, con gafas y cargado de espaldas, comía e intercambiaba alguna
mirada con su madre. Varias veces había dejado la cuchara y había carraspeado,
deseoso de empezar a hablar, pero, después de mirar fijamente a su padre, se
ponía de nuevo a comer. Por fin, cuando hubieron servido la papilla, tosió
decidido y dijo:
—Debería
irme hoy en el tren de la tarde. Habría debido irme hace mucho, ya he perdido
dos semanas. ¡Las clases empiezan el primero de septiembre!
—Pues
vete —asintió Shiriáyev—. ¿Qué estás esperando aquí? Vete y que Dios te guarde.
Transcurrió
un minuto de silencio.
—Necesita
dinero para el viaje, Yevgraf Ivánovich… —articuló quedamente la madre.
—¿Dinero?
¡Claro! Sin dinero no puedes irte. Si lo necesitas, cógelo ahora mismo. ¡Debías
haberlo cogido hace tiempo!
El
estudiante suspiró aliviado y cambió una mirada de alegría con la madre.
Shiriáyev, sin apresurarse, se sacó la cartera del bolsillo lateral y se caló
las gafas.
—¿Cuánto
necesitas? —preguntó.
—El
billete hasta Moscú cuesta once rublos y cuarenta y dos kópeks…
—¡Ah, el
dinero, el dinero! —suspiró el padre (siempre suspiraba cuando veía dinero,
incluso cuando lo recibía)—. Aquí tienes doce rublos. Con el cambio que te
darán, muchacho, tendrás para el camino.
—Se lo
agradezco.
Poco
después, el estudiante dijo:
—El año
pasado no encontré clases enseguida. No sé cómo irán las cosas este año;
probablemente tardaré bastante en encontrar la manera de ganar algo. Le
agradecería que me diera unos quince rublos para el alojamiento y la comida.
Shiriáyev
reflexionó y suspiró.
—Te
bastarán diez —dijo—. ¡Toma, cógelos!
El
estudiante dio las gracias. Habría debido pedir aún algo para ropa, para pagar
la matrícula de los estudios, para libros, pero, después de mirar fijamente a
su padre, decidió no pedirle nada más. La madre, en cambio, con poco sentido
político y poco raciocinio, como todas las madres, no resistió y dijo:
—Yevgraf
Ivánovich, deberías darle otros seis rublos para unas botas altas. Mira, ¿cómo
va a ir a Moscú con las que lleva, tan rotas?
—Que tome
mis botas viejas. Aún parecen nuevas.
—Por lo
menos dale para unos pantalones. Da vergüenza mirarle…
Y tras
estas palabras apareció al instante el ave anunciadora de la tempestad, ante
cuya presencia temblaba toda la familia: de pronto el cuello corto y bien
cebado de Shiriáyev se puso rojo como la cresta de un gallo. El arrebol fue
extendiéndose hacia las orejas; de las orejas corrió a las sienes y poco a poco
inundó todo el rostro. Yevgraf Ivánovich se agitó en la silla y se soltó el
cuello de la camisa para no sofocarse. Por lo visto luchaba contra el
sentimiento que se apoderaba de él. Se hizo un silencio sepulcral. Los niños
contuvieron la respiración; en cambio, Fedosia Semiónovna, como si no
comprendiera lo que le sucedía a su marido, prosiguió:
—Ya no es
un niño. Y le da vergüenza ir mal vestido.
Shiriáyev
se alzó de pronto y arrojó con todas sus fuerzas su abultada cartera al medio
de la mesa, haciendo caer de un plato una rebanada de pan. En su rostro afloró
una repugnante expresión de cólera, de agravio y de avidez, todo mezclado.
—¡Cogedlo
todo! —gritó con voz alterada—. ¡Expoliadme! ¡Cogedlo todo! ¡Ahogadme!
Se apartó
bruscamente de la mesa, se agarró la cabeza con las manos y, dando trompicones,
empezó a recorrer la estancia.
—¡Quitadme
hasta la última camisa! —gritaba con voz aguda—. ¡Exprimid lo poco que me
queda! ¡Expoliadme! ¡Estranguladme!
El
estudiante se ruborizó y bajó los ojos. Ya no podía seguir comiendo. Fedosia
Semiónovna, que en veinticinco años no había llegado a acostumbrarse al difícil
carácter de su marido, se encogió y empezó a balbucear unas palabras para
justificarse. En su consumido rostro de pájaro, siempre obtuso y asustado,
apareció una expresión de sorpresa y de torpe miedo. Los pequeños y la hija
mayor, Varvara, una adolescente de rostro pálido y feo, dejaron las cucharas y
quedaron petrificados.
Shiriáyev,
cada vez más furioso, soltando palabras a cuál más horrible, se precipitó hacia
la mesa y se puso a sacudir el dinero de la cartera.
—¡Lleváoslo
todo! —murmuraba, temblando de pies a cabeza—. Os lo habéis zampado todo, os lo
habéis bebido todo, ¡quedaos ahora también con el dinero! ¡No necesito nada!
¡Haceos botas y uniformes nuevos!
El
estudiante palideció y se levantó.
—Escuche,
papá —comenzó a decir, sofocado—. Yo… yo le ruego que no siga, porque…
—¡Calla!
—le gritó el padre, con tanta fuerza que las gafas se le cayeron de la nariz—.
¡Calla!
—Antes
yo… yo podía soportar escenas como esta, pero… ahora he perdido la costumbre.
¿Comprende? ¡No estoy acostumbrado!
—¡A
callar! —gritó el padre, pataleando—. ¡Tienes que escuchar lo que yo te diga!
Yo digo lo que quiero, y tú, ¡a callar! A tu edad yo ya ganaba dinero, en
cambio tú, canalla, ¿sabes cuánto me cuestas? ¡Te voy a echar! ¡Parásito!
—Yevgraf
Ivánovich —murmuró Fedosia Semiónovna, moviendo nerviosa los dedos—. Si el
chico… si Petia…
—¡A
callar! —le gritó Shiriáyev, y en los ojos le brotaron lágrimas de ira—. ¡Has
sido tú quien los has consentido! ¡Tú! ¡Tú eres la culpable de todo! ¡Él no nos
respeta, no reza a Dios, no gana dinero! Vosotros sois una decena y yo uno
solo. ¡Os echaré de casa!
La hija
Varvara estuvo mirando un buen rato boquiabierta a la madre. Después dirigió su
mirada obtusa a la ventana, palideció y lanzando un fuerte grito se desplomó
contra el respaldo de la silla. El padre hizo un gesto de desesperación con la
mano, escupió y salió al patio.
De este
modo solían terminar las escenas familiares de los Shiriáyev. Pero esta vez,
por desgracia, el estudiante Piotr se sintió poseído, de pronto, por una cólera
irrefrenable. Era tan impetuoso y difícil como su padre y como su abuelo
arcipreste, que pegaba a sus feligreses en la cabeza con un bastón. Pálido,
apretados los puños, se acercó a su madre y se puso a gritar con la nota de
tenor más alta que le fue posible:
—¡Estos
reproches me dan asco, me repugnan! ¡No necesito nada de ustedes! ¡Nada! ¡Antes
me moriré de hambre que comer ni siquiera una miga de su pan! ¡Tome, le
devuelvo su vil dinero! ¡Aquí lo tiene!
La madre
se apretó contra la pared y agitó los brazos como si tuviera delante un
espectro y no a su hijo.
—Pero
¿qué culpa tengo yo? —Se echó a llorar—. ¿Qué te he hecho?
El hijo,
como el padre, hizo un gesto de disgusto con la mano y salió precipitadamente
al patio. La casa de Shiriáyev se levantaba solitaria junto a un barranco que
se extendía como un surco por la estepa en unas cinco verstas. Por la orilla
crecían, muy espesos, jóvenes encinas y alisos, al fondo corría un riachuelo.
La casa miraba, por uno de sus lados, al barranco, y por el otro, daba al
campo. No había vallas ni setos. Los sustituían construcciones de todo tipo,
apretujadas entre sí y que cerraban ante la casa un espacio no muy grande
considerado como patio, por donde corrían gallinas, patos y cerdos.
Una vez
fuera, el estudiante se dirigió hacia el campo por el camino fangoso. Flotaba
en el aire una penetrante humedad otoñal. El camino estaba cubierto de barro,
aquí y allí brillaban los charcos, y en el campo amarillo asomaba entre la
hierba el mismísimo otoño: triste, pútrido, oscuro. A la derecha del camino se
encontraba un huerto removido y tétrico, donde, en algún punto, se levantaban
girasoles con sus cabezas dobladas, ya negruzcas.
Piotr
pensaba que no estaría mal ir a Moscú a pie, irse sin más que lo que llevaba
puesto, sin gorro, con las botas rotas y sin un kópek en el bolsillo. Y,
recorridas cien verstas, le alcanzaría su padre que, con el pelo revuelto y
asustado, empezaría a rogarle que regresara o que cogiera el dinero, pero él ni
siquiera le dirigiría una mirada y seguiría caminando, caminando… A los bosques
desnudos les seguirían los tristes campos; a los campos, más bosques; pronto la
tierra quedaría blanca por la primera nieve y los riachuelos se cubrirían de
hielo… Y en algún lugar, llegando a Kursk o a Sérpujov, agotado y muerto de
hambre, se derrumbaría y moriría. Encontrarían su cadáver, y en todos los
periódicos aparecería la noticia de que en tal lugar el estudiante fulano de
tal ha muerto de hambre…
Un perro
blanco de cola sucia, que vagaba por el huerto rebuscando algo, le miró y le
siguió…
El joven
avanzaba por el camino y pensaba en la muerte, en el dolor de las personas
allegadas, en las torturas morales del padre, y al mismo tiempo imaginaba toda
clase de aventuras de viaje, a cuál más fantástica, lugares pintorescos, noches
terribles, encuentros inesperados. Imaginó una fila de peregrinas, una pequeña
isba en un bosque, con una ventanita que brilla con claro resplandor en la
oscuridad; él está ante la ventanita, pide alojamiento para pasar la noche… Le
dejan entrar y, de pronto, descubre que son bandidos. O, mejor aún, llega a una
gran casa de terratenientes donde, al enterarse de quién es, le dan de comer y
de beber, tocan el piano para él, escuchan sus lamentos y de él se enamora la
hermosa hija de los dueños de la casa.
Abismado
en su dolor y en sus lúgubres pensamientos, el joven Shiriáyev caminaba, seguía
caminando… Delante de él, en la lejanía, sobre el fondo gris de las nubes, se
percibía la mancha oscura de una posada; más lejos aún, en el mismo horizonte,
se veía un pequeño montículo: era la estación del ferrocarril. Aquel montículo
le recordó el lazo que existía entre el lugar en que él ahora se encontraba y
Moscú, donde brillan las farolas, trepidan los coches y se dan clases. ¡Por
poco se echa a llorar de angustia y de impaciencia! ¡Aquella naturaleza
solemne, con su orden y su belleza, aquel silencio de muerte que le rodeaba, se
le hicieron desesperada y odiosamente repugnantes!
—¡Paso!
—oyó que decía a su espalda una potente voz.
Junto al
estudiante, en un ligero y elegante landó, pasó una vieja propietaria, a la que
él conocía. El joven Shiriáyev la saludó inclinándose y sonriendo de oreja a
oreja. Y enseguida se sorprendió de su propia sonrisa, que no concordaba en
absoluto con su sombrío estado de ánimo. ¿De dónde procedía tal sonrisa, si
tenía el alma llena de despecho y de angustia?
Y pensó
que, probablemente, la propia naturaleza ha dado al hombre esta facultad de
mentir, de modo que incluso en los momentos más penosos de tensión moral pueda
conservar los secretos en su nido, como los conserva la zorra o el pato
salvaje. Cada familia tiene sus alegrías y sus graves conflictos, mas por
grandes que sean resulta difícil que la mirada ajena los descubra, son un
secreto. Por ejemplo, el padre de esa propietaria que acababa de pasar, fue
objeto durante media vida de la ira del zar Nicolás a causa de un engaño; su
marido era un jugador empedernido, y de sus cuatro hijos ninguno había sido
bueno para nada. Cabe, pues, imaginar cuántas escenas terribles habrían
estallado en su familia, cuántas lágrimas derramadas. Sin embargo, la vieja
parecía feliz, contenta, y había respondido a la sonrisa de él con otra
sonrisa. El estudiante se acordó de sus compañeros, que hablaban de mala gana
de sus familias, se acordó de su madre, que casi siempre mentía cuando tenía
que hablar del marido y de los hijos…
Hasta el
anochecer, Piotr se alejó mucho de su casa, recorriendo caminos y abandonándose
a tristes pensamientos. Cuando empezó a lloviznar, se dirigió hacia su casa.
Mientras regresaba, decidió hablar con su padre a toda costa, hacerle
comprender de una vez por todas que vivir con él era penoso y terrible.
Encontró
la casa silenciosa. La hermana Varvara se había acostado al otro lado del
tabique y gemía débilmente porque le dolía la cabeza. La madre, con cara de
sorpresa y de culpa, estaba sentada a su lado sobre un baúl remendando los
pantalones de Arjipka. Yevgraf Ivánovich iba y venía de una ventana a otra,
frunciendo el ceño a causa del mal tiempo. Por su manera de andar, por sus
toses e incluso por su nuca se notaba que se sentía culpable.
—¿Así,
pues, has decidido no partir hoy? —preguntó.
El
estudiante sintió pena por él, pero enseguida, venciendo este sentimiento,
dijo:
—Escuche…
Necesito hablar con usted seriamente… Sí, seriamente… Siempre le he respetado
y… y nunca me había decidido a hablarle en este tono, pero su conducta… su
última acción…
El padre
miraba por la ventana y callaba. El estudiante, como si meditara las palabras,
se secó la frente y prosiguió, con profunda agitación:
—No pasa
hora de comer ni de tomar el té sin que arme usted un escándalo. Su pan se nos
queda a todos atravesado en la garganta… Nada hay más ofensivo ni más
humillante que echar en cara un trozo de pan… Aunque sea usted el padre, nadie,
ni Dios ni la naturaleza, le ha dado derecho a ofender tan gravemente ni a
humillar a los demás, a descargar sobre los más débiles su mal humor. Usted ha
destrozado a mi madre, la ha privado de toda personalidad, a mi hermana la
tiene sometida sin remisión, y en cuanto a mí…
—No es
cosa tuya darme lecciones —replicó el padre.
—¡Sí, es
cosa mía! ¡De mí, puede usted burlarse cuanto quiera, pero a la madre, déjela
en paz! ¡No le permitiré que maltrate a mi madre! —continuó el estudiante,
lanzando chispas por los ojos—. Está usted consentido, porque aún nadie se ha
atrevido a llevarle la contraria. Ante usted hemos temblado, hemos enmudecido,
pero ¡ahora se acabó! ¡Es usted un grosero, un mal educado! Un grosero…
¿comprende? ¡Es usted grosero, duro y de duro corazón! ¡Ni los muzhiks pueden
soportarle!
El
estudiante había perdido el hilo, ya no hablaba, sino que articulaba palabras
sueltas. Yevgraf Ivánovich escuchaba y callaba como confundido; de pronto,
empero, el cuello se le puso como la púrpura, el arrebol se le extendió por el
rostro, y él entró en acción.
—¡A
callar! —gritó.
—¡Eso
mismo! —El hijo no se calmaba—. ¿No le gusta escuchar la verdad? ¡Muy bien!
¡Magnífico! ¡Empiece a gritar! ¡Magnífico!
—¡A
callar, te digo! —bramó Yevgraf Ivánovich.
En la
puerta apareció Fedosia Semiónovna, con cara de asombro y muy pálida. Quiso
decir algo, pero no pudo, solo movió los dedos.
—¡Tú
tienes la culpa! —le gritó Shiriáyev—. ¡Has sido tú quien le ha educado así!
—¡No
quiero vivir más en esta casa! —gritó el estudiante, llorando y mirando a la
madre con cólera—. ¡No quiero vivir con ustedes!
La hija
Varvara lanzó un grito tras el tabique y prorrumpió en estridentes sollozos.
Shiriáyev hizo un gesto con la mano y se precipitó fuera de la casa.
El
estudiante entró en su cuarto y se tumbó en silencio. Hasta la medianoche
permaneció inmóvil, sin abrir los ojos. No experimentaba cólera ni vergüenza,
sino cierto vago dolor en el alma. No culpaba al padre, no compadecía a la
madre, no se torturaba con remordimientos de conciencia. Comprendía que todos
en la casa experimentaban el mismo dolor, pero de quién era la culpa, quién
sufría más, quién menos, únicamente lo sabía Dios.
A
medianoche despertó al mozo y le mandó que para las cinco de la mañana tuviera
preparado el caballo para ir a la estación, se desnudó y se metió en la cama,
pero no pudo conciliar el sueño. Hasta la mañana estuvo oyendo cómo su padre,
que no dormía, paseaba sin hacer ruido de una ventana a otra y suspiraba. Nadie
dormía. Todos hablaban muy poco y en voz baja. Dos veces se le acercó la madre.
Siempre con la misma expresión de estupor obtuso, pasaba largo rato haciendo
sobre él el signo de la cruz, y se estremecía en un nervioso escalofrío…
A las
cinco de la madrugada, el estudiante se despidió con ternura de todos e incluso
lloró un poco. Al pasar por delante de la habitación del padre, echó un vistazo
por la puerta. Yevgraf Ivánovich, vestido, sin haberse acostado, de pie ante la
ventana, tabaleaba los dedos contra los cristales.
—Adiós,
me voy —le dijo el hijo.
—Adiós…
El dinero está sobre la mesita redonda… —le respondió el padre sin volverse.
Cuando el
mozo le conducía a la estación, caía una lluvia fría y desagradable. Los
girasoles inclinaban más aún las cabezas y la hierba parecía más oscura.
Antón
Chéjov

No hay comentarios:
Publicar un comentario