© Libro N° 12372.
Los Veraneantes. Chejov,
Antón. Emancipación. Marzo 30 de 2024
Título original: ©
Los Veraneantes. Antón Chejov
Versión Original: © Los Veraneantes. Antón Chejov
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Portada
E.O. de Imagen original:
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chejov
Los
Veraneantes
Antón
Chejov
UNA HISTORIA CORTA DE ANTÓN CHEJOV: LOS VERANEANTES
Volvemos
a contar con la presencia del bueno de Chéjov. En este caso nos deja una
historia corta, que se lee en apenas tres minutos, en la que nos presenta una
escena enternecedora: un matrimonio de recién casados disfruta de un momento
idílico, escrutados por la mirada de la luna.
¿Y qué
puede torcerse cuando el amor toma cartas en el asunto, verdad? No diré más…
Los
veraneantes
Por el
andén de cierto punto de veraneo, hacia arriba y hacia abajo, paseaba una
parejita de recién casados. Él la sostenía por el talle; ella se ceñía contra
él y ambos se sentían felices. La luna, por entre los jirones de nubes, les
miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su
aburrida y forzosa virginidad. El aire inmóvil estaba impregnado de olor a
lilas y acacias. Al otro lado de la vía, lanzaba un pájaro agudos sonidos.
–¡Qué
bien se está aquí, Sascha! –decía la recién casada–. ¡Decididamente, podría
pensarse que estábamos soñando! ¡Fíjate en el modo acogedor y cariñoso con que
nos contempla ese pequeño bosque! ¡Mira qué simpáticos son estos sólidos y
callados postes telegráficos!… Con su presencia, Sascha, dan vida al paisaje y
nos hablan de que allá…, en alguna parte…, existen otras gentes…, hay una
civilización… ¿Acaso no te gusta sentir cómo llega débilmente a tu oído el
ruido de un tren que pasa?
–Sí;
pero…; ¡qué manos tan calientes tienes! Eso es que te agitas, Varia… ¿Qué
tenemos hoy de cena?
–Tenemos
okroschka y pollo. Es suficiente un pollo para los dos; y para ti he
traído de la ciudad sardinas y pescado ahumado.
La luna,
escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé.
Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia
soledad…, su lecho solitario tras los montes y los valles…
–¡Viene
un tren! –dijo Varia–. ¡Qué gusto!
En la
lejanía surgieron tres ojos de fuego, y el jefe del apeadero salió al andén.
Sobre los rieles, de aquí para allá, corrieron las luces de los guardavías.
–Despediremos
al tren y nos iremos a casa –dijo Sascha bostezando–. ¡Qué bien vivimos juntos,
Varia; tan bien que uno mismo no se lo puede creer!
El oscuro
monstruo se arrastró sin ruido hasta el andén y se detuvo. Por las ventanillas
de los vagones, medio iluminados, se vieron desfilar rostros soñolientos,
sombreros, hombros…
–¡Mira!
–se oyó exclamar desde uno de los vagones–. ¡Es Varia! ¡Y su marido!… ¡Salieron
a esperarnos! ¡Aquí están! ¡Vareñka!… ¡Vareñka!… ¡Eh!
Dos niñas
saltaron del vagón y se colgaron del cuello de Varia. Tras ellas descendieron
una señora gorda, de edad avanzada, y un caballero, alto y delgado, de patillas
canosas. Después, dos colegiales cargados de equipaje; detrás, la institutriz,
y, por último, la abuela.
–¡Aquí
nos tienes! ¡Aquí nos tienes, amiguito! –empezó a decir el señor de las
patillas, estrechando la mano de Sascha–. Con seguridad llevan mucho tiempo
esperándonos. ¡Como si lo viera, estabas ya reprochando a tu tío el que no
llegara! ¡Kolia!… ¡Kostia!… ¡Niña!… ¡Fifa!… ¡Hijos!… ¡Abracen a su primo
Sascha!… Hemos venido toda la familia a verlos y a pasar tres o cuatro días con
ustedes. Espero que no los molestaremos… ¡Tú, haz el favor de no gastarnos
ceremonias!
Ante la
llegada del tío y de toda su familia, el matrimonio quedó aterrado. Mientras el
primero hablaba y repartía besos, pasó raudo el siguiente cuadro por la
imaginación de Sascha: Se veía a sí mismo y a su mujer ofreciendo a los
invitados sus tres habitaciones, sus cojines y sus mantas. Veía el pescado
ahumado, las sardinas y el okroschka devorados en un segundo… A los primos,
cortando las flores, vertiendo la tinta… A la tía, hablando solamente, el día
entero, de sus enfermedades (su solitaria y su dolor de estómago) y de que por
su nacimiento era baronesa Fintij… Sascha empezó a mirar con odio a su joven
esposa y le murmuró al oído:
–¡Han
venido a verte a ti! ¡Que se vayan al diablo!
–¡No!… ¡a
ti! –contestaba ella, mirándolo a su vez con aborrecimiento y maligna
expresión.
–¡No son
mis parientes, sino los tuyos!… –y volviéndose hacia los huéspedes los invitó
con la más amable de las sonrisas–. ¡Vengan, por favor!…
Por
detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír… Parecía agradarle
no tener parientes…
Sascha
volvía la cabeza para ocultar a los invitados su desesperado e irritado
semblante; pero repetía, haciendo esfuerzos para dar a su voz acentos de
alegría y benignidad:
–¡Vengan,
por favor!… ¡Vengan, por favor…, queridos huéspedes!

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