© Libro N° 12373.
El Teléfono. Chéjov,
Antón. Emancipación. Marzo 30 de 2024
Título original: ©
El Teléfono. Antón Chéjov
Versión Original: © El Teléfono. Antón Chéjov
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Antón Chéjov
El
Teléfono
Antón
Chéjov
EL TELÉFONO
Antón
Chéjov
“Operadora.
¿Puedo ayudarlo?”, dice una voz de mujer.
“Comuníqueme
con el Hotel Slavyansky Bazaar”.
“Conectando”.
Después
de tres minutos escucho un repique… Pego el auricular a mi oreja y oigo un
sonido de un carácter todavía indeterminado; como el viento soplando, u hojas
secas dispersándose por el piso… Alguien parece estar susurrando.
“¿Tiene
habitaciones disponibles?”, le pregunto.
“Nadie
está en casa”, replica vacilante una pequeña voz infantil. “Mami y papi fueron
a ver a Serpahima Petrovna y Louisa Frantevna ha contraído gripe”.
“¿Y quién
eres tú? ¿Eres del Hotel Slavyansky Bazaar?”
“Soy
Seryozha. Mi papi es doctor. Ve a las personas por la mañana”.
“Ah.
Escucha, dulzura, no necesito un doctor. Quiero el Slavyansky Bazaar”.
“¿Qué
Bazaar?” (Risa) “¡Ahora sé quién eres. Eres Pavel Andreich. Nos llegó carta de
Katya!” (Risa). “Ella va a casarse con un oficial. ¿Cuándo vas comprarme
algunos pantalones?”
Cerré el
teléfono y después de diez minutos intenté de nuevo.
“Con el
Slavyansky Bazaar”.
“¡Al
fin!”, replica una voz ronca, grave. “¿Está Fuchs contigo?”
“¿Quién
en la tierra es Fuchs? Yo quiero el Hotel Slavyansky Bazaar”.
“Estás
hablando con el Slavyansky Bazaar. ¡Eso es maravilloso! Podemos concluir todos
nuestros negocios hoy. Estaré aquí. Hazme un favor y ordéname una porción de
esturión condimentado con especias. Todavía no he almorzado”.
“Phhh.
¡Sabrá Dios lo que está pasando!”, pensé, y una vez más abandoné el teléfono.
“Quizás no sepa realmente cómo usar un teléfono y me esté confundiendo.
Espera un minuto. Déjame pensar cuidadosamente la manera de hacerlo. Primero
hay que darle la vuelta a esta cosa, luego se descuelga este objeto y se coloca
en la oreja… Luego… ¿Qué es lo siguiente? Tienes que colgar esta cosa en este
lado y luego debes darle la vuelta al discado tres veces. Me parece que es
justo lo que he estado haciendo.
Disco
otra vez. No hay repuesta. Marco con una especie de furia, aun arriesgándome a
romper el aparato.
“¿Con
quién hablo?”, le grito al teléfono. “Hable más fuerte”.
“Timothi
Vaksin e hijos. Manufacturas de…”
“Gracias,
muchas gracias. No necesito ninguno de sus productos”.
“¿Es
Sitchov? Mitchell ya nos dijo que…”
Cuelgo y
una vez más me someto a una revisión cuidadosa. ¿Puedo estar haciendo todo en
forma incorrecta? Leo las instrucciones otra vez, me fumo un cigarrillo y trato
luego nuevamente. No hay respuesta.
“Supongo
que los teléfonos del Slavyansky Bazaar deben estar fuera de servicio”, pienso
dentro de mí. “Trataré en cambio con La Ermita”.
Leo
cuidadosamente las instrucciones sobre cómo obtener mejores resultados con el
cuadro telefónico, y luego disco.
“Comuníqueme
con La Ermita”. Disparo al máximo de mi voz: “LA ER-MI-TA”
Se van
cinco minutos. Diez minutos. Mi resistencia está cercana al punto de ruptura,
luego súbitamente, ¡hurra! Escucho que repica.
“¿Quién
está ahí?”
“Es el
cuadro telefónico”.
“¡Prrrrr!
Deme La Ermita. ¡Por el bien de Cristo!”
“¿Fereynah?”
“LA
ER-MI-TA”.
“Tratando
de conectarlo”.
Por fin
parece que mis sufrimientos están llegando a su final. Estoy a punto de sudar.
Suena la
campanilla. Me acerco la bocina y chillando dentro de ella: “¿Tiene una
habitación sencilla?”
“Mami y
papi fueron a ver a Serpahima Petrovna y Louisa Frantevna ha contraído gripe.
Nadie está en casa”.
“¿Eres
Seryozha?”
“Soy yo-
¿Quien está ahí?” (Risa). “¿Pavel Andreich? ¿Por qué no viniste ayer en la
tarde?” (Risa) “Papi nos dio un farol chino. Lo puso en el sombrero de Mami y
pretendió ser Avdotya Nikolaevna…”.
Repentinamente,
la voz de Seryozha desaparece y desciende el silencio. Me quito el auricular y
disco durante tres minutos sin parar, hasta que mis dedos me empiezan a doler.
Disparo dentro de la máquina: “¡Con La Ermita! El restaurante de la plaza
Trubniy. ¿Puede oírme o no?”
“Ciertamente
puedo escucharlo, señor. Pero esta no es La Ermita. Este es el Slavyansky
Bazaar.”
“Es
realmente el Slavyansky Bazaar?
“En
efecto, señor. El Slavyansky Bazaar a sus órdenes”.
“Vaya. No
puedo entenderlo. ¿Tiene habitaciones disponibles?”
“Verificaré
para usted en un momento, señor”.
Pasa un
minuto. Pasan varios minutos. A través del auricular pasa un ligero sonido
lluvioso.
“Dígame.
¿Tiene habitaciones libres o no?”
“¿Qué es
lo que desea exactamente?”, me pregunta una voz de mujer.
“¿Es el
Slavyansky Bazaar?”
“Esta es
la centralita. ¿Cómo puedo ayudarlo?”
(Continuación ad
infinitum.)

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