© Libro N° 12367. ¿Se Puede Ser Marxista Hoy? Sánchez
Vázquez, Adolfo. Emancipación. Marzo 30 de 2024
Título original: ©
¿Se Puede Ser Marxista Hoy? Adolfo Sánchez Vázquez
Versión Original: © ¿Se Puede Ser Marxista Hoy? Adolfo Sánchez
Vázquez
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
MARXISTA HOY?
Adolfo Sánchez Vázquez
¿Se Puede
Ser Marxista Hoy?
Adolfo
Sánchez Vázquez
Distinguidos
miembros del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana. Doctor Juan
Vela Valdés, rector de esta universidad, Profesores y estudiantes, Compañeros y
amigos:
La
decisión del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana de otorgarme
el grado de doctor honoris causa, me ha conmovido tan profundamente que la
expresión de mi agradecimiento resultaría pobre e insuficiente. Pero no puedo
dejar de decir que tan alta y honrosa distinción la aprecio, sobe todo, por
provenir de una institución universitaria que, junto a sus elevadas
contribuciones académicas, tanto ha dado al realce y a la realización de los
valores que más podemos estimar: la verdad, la justicia, la dignidad humana,
así como la soberanía nacional, la solidaridad, la convivencia pacífica y el
respeto mutuo entre los pueblos. Pero a este agradecimiento institucional,
quisiera agregar el personal por la fraternal, lúcida y bella laudatio de quien
-Roberto Fernández Retamar- me siento, desde hace ya casi 40 años, no sólo
compañero de ideas y esperanzas y admirado lector de su admirable obra poética,
sino también persistente seguidor de su conducta intelectual y política al
frente de una institución tan consecuente con la digna e inquebrantable
política antimperialista de la Revolución Cubana como La Casa de las Américas,
a la que tanto debemos los intelectuales de este continente y del Caribe por su
defensa ejemplar y constante enriquecimiento de la cultura latinoamericana.
La Habana
(Cuba) – 21 de septiembre de 2004
I – A
continuación voy a dedicar mi discurso de investidura a la obra que tan
generosamente se reconoce con el grado de doctor honoris causa. Y, por
supuesto, no para juzgarla, pues yo sería el menos indicado para ello, sino
para reivindicar el eje filosófico, político y moral en torno al cual ha girado
toda ella: o sea, el marxismo. Pero no sólo el marxismo como conjunto de ideas,
sino como parte de la vida misma, o más exactamente: de ideas y valores que han
alentado la lucha de millones de hombres que han sacrificado en ella su
tranquilidad y, en muchos casos, su libertad e incluso la vida.
Ahora
bien, ¿por qué volver, en estos momentos, sobre este eje, fuente o manantial
teórico y vital? Porque hoy, más que en otros tiempos, se pone en cuestión la
vinculación entre sus ideas y la realidad, entre su pensamiento y la acción.
Cierto es que el marxismo siempre ha sido no sólo cuestionado, sino negado por
quienes, dados su interés de clase o su privilegiada posición social, no pueden
soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar
radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus
privilegios. Pero no es éste el cuestionamiento que ahora tenemos en la mira,
sino el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o
desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de
clase o privilegiada posición social. Esta perplejidad y desorientación, que se
intensifica y amplía bajo el martilleo ideológico de los medios masivos de
comunicación, sobre todo desde el hundimiento del llamado «socialismo real»,
constituye el caldo de cultivo del cuestionamiento del marxismo, que puede
condensarse en esta lacónica pregunta: ¿se puede ser marxista hoy? O con otras
palabras: ¿tiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remitiéndose
a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo
XIX?
Ahora
bien, para responder a esta pregunta habría que tener una idea, por mínima que
sea, de lo que entendemos por marxismo, dada la pluralidad de sus
interpretaciones. Pues bien, teniendo esto presente, y sin pretender extender
certificados de «pureza», se puede entender por él -con base en el propio Marx-
un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su
crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica
en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del
marxismo y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta
tanto a su teoría como a su práctica, pero -como trataremos de ver- más a ésta
que a aquélla.
II – En
cuanto teoría de vocación científica, el marxismo pone al descubierto la
estructura del capitalismo, así como las posibilidades de su transformación
inscritas en ella, y, como tal, tiene que asumir el reto de toda teoría que
aspire a la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales
contrastándolas con la realidad y con la práctica. De este reto el marxismo
tiene que salir manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las
que han de ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que
han sido invalidadas por la realidad. Pues bien, veamos, aunque sea muy
sucintamente, la situación de algunas de sus tesis básicas con respecto a esa
triple exigencia.
Por lo que toca a las primeras, encontramos tesis que no sólo se mantienen,
sino que hoy son más sólidas que nunca, ya que la realidad no ha hecho más que
acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Tales
son, para dar sólo unos cuantos ejemplos, las relativas a la naturaleza
explotadora, depredadora, del capitalismo; a los conceptos de clase, división
social clasista y lucha de clases; a la expansión creciente e ilimitada del
capital que, en nuestros días, prueba fehacientemente la globalización del
capital financiero; al carácter de clase del Estado; a la mercantilización
avasallante de toda forma de producción material y espiritual; a la enajenación
que alcanza hoy a todas las formas de relación humana: en la producción, en el
consumo, en los medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera.
En cuanto
a las tesis o concepciones que habría que revisar para ajustarlas al movimiento
de lo real, está la relativa a las contradicciones de clase que, sin dejar de
ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes contradicciones
en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas, ambientales, de género,
etcétera. Y por lo que toca a la concepción de la historia hay que superar el
dualismo que se da en los textos de Marx, entre una interpretación determinista
e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la concepción abierta según la cual
«la historia la hacen los hombres en condiciones determinadas». Y que, por
tanto, depende de ellos, de su conciencia, organización y acción, que la
historia conduzca al socialismo o a una nueva barbarie. Y están también las
tesis, que han de ser puestas al día acerca de las funciones del Estado, así
como las del acceso al poder, cuestiones sobre las cuales ya Gramsci
proporcionó importantes indicaciones.
Finalmente
entre las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay que
abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la
relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera
sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y
exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o
establecerse a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad
del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo
minaría la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez,
utópica la justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la
sociedad comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a
las necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone
una producción ilimitada de bienes, «a manos llenas».
En suma,
el marxismo como teoría sigue en pie, pero a condición de que, de acuerdo con
el movimiento de lo real, mantenga sus tesis básicas -aunque no todas-, revise
o ajuste otras y abandone aquéllas que tienen que dejar paso a otras nuevas
para no quedar a la zaga de la realidad. O sea, en la marcha para la necesaria
transformación del mundo existente, hay que partir de Marx para desarrollar y
enriquecer su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces, al propio
Marx.
III –
Ahora bien, reafirmada esta salud teórica del marxismo, hay que subrayar que
éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y prioritariamente,
una práctica, pues recordemos, una vez más, que «de lo que se trata es de
transformar el mundo» (Tesis XI sobre Feuerbach de Marx). Pues bien, si de eso
se trata, es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene sentido ser
marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad.
Pues
bien, considerando el papel que el marxismo ha desempeñado históricamente,
desde sus orígenes, al elevar la conciencia de los trabajadores de la necesidad
y posibilidad de su emancipación, y al inspirar con ello tanto sus acciones
reivindicativas como revolucionarias, no podría negarse fundamentalmente su
influencia y significado histórico-universal. Ciertamente, puede afirmarse sin
exagerar, que ningún pensamiento filosófico, político o social ha influido, a
lo largo de la historia de la humanidad, tanto como el marxismo en la
conciencia y conducta de los hombres y de los pueblos.
Para
encontrar algo semejante habría que buscarlo fuera de ese pensamiento, no en el
campo de la razón, sino en el de la fe, propio de las religiones como budismo,
cristianismo o islamismo, que ofrecen una salvación ilusoria de los
sufrimientos terrenales en un mundo supraterreno. Para el marxismo, la
liberación social, humana, hay que buscarla aquí y desde ahora con la razón y
la práctica que han de conducir a ella.
Aunque
sólo fuera por esto, y el «esto» tiene aquí una enorme dimensión, el marxismo
puede afrontar venturosamente su cuestionamiento en el plano de práctica
encaminada a mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores, así
como en las luchas contra los regímenes autoritarios o nazifascistas o por la
destrucción del poder económico y político burgués. Los múltiples testimonios
que, con este motivo, podrían aportarse favorecen esta apreciación positiva de
su papel histórico-práctico, sin que éste signifique, en modo alguno, ignorar
sus debilidades, sombras o desvíos en este terreno, ni tampoco las aportaciones
de otras corrientes políticas o sociales: demócratas radicales, socialistas de
izquierda, diferentes movimientos sociales, o de liberación nacional,
anarquistas, teología de la liberación, etcétera.
IV – La
cuestión se plantea, sobre todo, con respecto a la práctica que, en nombre del
marxismo, se ejerció después de haberse abolido las relaciones capitalistas de
producción y el poder burgués, para construir una alternativa al capitalismo:
el socialismo. Ciertamente, nos referimos a la experiencia histórica, que se
inaugura con la Revolución Rusa de 1917, que desembocó en la construcción de la
sociedad que posteriormente se llamó el «socialismo real». Un «socialismo» que
se veía a sí mismo, en la ex Unión Soviética, como la base, ya construida, del
comunismo diseñado por Marx en su Crítica del programa de Gotha.
Sin
entrar ahora en las causas que determinaron el fracaso histórico de un proyecto
originario de emancipación, al pretender realizarse, puede afirmarse: Primero,
que, no obstante los logros económicos, sociales y culturales alcanzados,
condujo a un régimen económico, social y político atípico -ni capitalista ni
socialista-, que representó una nueva forma de dominio y explotación. Segundo:
que ese «socialismo» significó, no obstante, un dique a la expansión mundial
del capitalismo, aunque es evidente también que con su derrumbe la bipolaridad
en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del capitalismo más
depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos. Y tercero: que la
opción por, y las esperanzas, en la alternativa social del socialismo quedaron
sumamente reducidas o cegadas, así como las del marxismo que la inspiró y
fundamentó. A ello contribuyó decisivamente la identificación falsa e
interesada del «socialismo real» con todo socialismo posible y la del marxismo
con la ideología soviética que lo justificó.
V –
Puesto que no es tan fácil negar el carácter liberador, emancipatorio, del
pensamiento de Marx y del marxismo clásico, los ideólogos más reaccionarios,
pero también más perspicaces del capitalismo, tratan de sostener la
imposibilidad de la realización del socialismo. Y para ello recurren a diversas
concepciones idealistas del hombre, la historia y la sociedad. Unas veces
apelan a una supuesta naturaleza humana inmutable -egoísta, competitiva-,
propia en verdad del homo economicus capitalista, incompatible con la
fraternidad, solidaridad y cooperación indispensable en una sociedad
socialista. Otras veces se valen de la concepción teleológica de la historia
que decreta -muy hegelianamente- la inviabilidad del socialismo al llegar
aquélla a su fin con el triunfo del capitalismo liberal, o más exactamente
neoliberal.
También
se recurre a la idea fatalista de que todo proyecto emancipatorio, al
realizarse se degrada o desnaturaliza inevitablemente. Y, por último, se echa
mano del «pensamiento débil» o posmoderno para el cual la falta de fundamento o
razón de lo existente invalida toda causa o proyecto humano de emancipación.
Como es fácil advertir, en todos estos casos se persigue o alimenta el mismo
fin: confundir las conciencias, desmovilizarlas y cerrar así el paso a la
organización y la acción necesarias para construir una alternativa social al
capitalismo y, por tanto, a todo pensamiento que -como el marxista- contribuya
a ella.
VI –
Ahora bien, aun reconociendo la falsedad de los supuestos ideológicos en que se
apoyan estos intentos descalificadores, así como los intereses de clase que los
promueven, es innegable que, a raíz del hundimiento del «socialismo real», se
da un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción y
adhesión al marxismo. Y ello cuando la alternativa al capitalismo, en su fase
globalizadora, se ha vuelto más imperiosa no sólo porque sus males
estructurales se han agravado, sino también porque al poner el desarrollo
científico y tecnológico bajo el signo del lucro y la ganancia, amenaza a la
humanidad con sumirla en la nueva barbarie de un holocausto nuclear, de un
cataclismo geológico o de la supeditación de los logros genéticos al mercado.
De tal
manera que, en nuestros días, el agresivo capitalismo globalizador hegemonizado
por Estados Unidos, al avasallar, con sus guerras preventivas, la soberanía y
la independencia de los pueblos, al hacer añicos la legalidad internacional, al
volver las conquistas de la ciencia y la técnica contra el hombre y al
globalizar los sufrimientos, humillaciones y la enajenación de los seres
humanos, atenta no sólo contra las clases más explotadas y oprimidas y contra
los más amplios sectores sociales, sino también contra la humanidad misma, lo
que explica el signo anticapitalista de las recientes movilizaciones contra la
guerra y de los crecientes movimientos sociales altermundistas en los que
participan los más diversos actores sociales.
La
emancipación social y humana que el marxismo se ha propuesto siempre pasa hoy
necesariamente por la construcción del dique que detenga esta agresiva y
antihumana política imperial estadunidense. Pues bien, en la construcción de
ese dique al imperialismo que tantos sufrimientos ha infligido al pueblo
cubano, está hoy sin desmayo, como siempre, y fiel a sus orígenes martianos, la
Revolución Cubana.
VII –
Llegamos al final de nuestro discurso con el que pretendíamos responder a la
cuestión de si se puede ser marxista hoy. Y nuestra firme respuesta al
concluir, es ésta: puesto que una alternativa social al capitalismo -como el
socialismo- es ahora más necesaria y deseable que nunca, también lo es, por
consiguiente, el marxismo que contribuye -teórica y prácticamente- a su
realización. Lo cual quiere decir, a su vez, que ser marxista hoy significa no
sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad
de esa alternativa, sino también tensar la voluntad para responder al
imperativo político-moral de contribuir a realizarla.
Por
último, reitero mi más profundo agradecimiento a la Universidad de La Habana,
porque con la alta distinción que me otorga, me da un vigoroso impulso para
continuar, en su tramo final, la obra que ha tenido y tiene como eje teórico y
vital al marxismo.

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