© Libro N° 12368.
Liberalismo Y Socialismo. Sánchez
Vázquez, Adolfo. Emancipación. Marzo 30 de
2024
Título original: ©
Liberalismo Y Socialismo. Adolfo Sánchez Vázquez
Versión Original: © Liberalismo Y Socialismo. Adolfo Sánchez
Vázquez
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Adolfo Sánchez Vázquez
Liberalismo
Y Socialismo
Adolfo
Sánchez Vázquez
Liberalismo Y Socialismo
Adolfo Sánchez Vázquez
Quisiera
concentrar mi atención en la ya larga y vieja polémica entre liberalismo y
socialismo. Siguiendo la sana distinción entre lo que una ideología dice ser
y lo que efectivamente es, subrayemos de entrada que el liberalismo se
tiene a sí mismo por la ideología de la libertad. Ésta es la idea básica que
mueve en sus orígenes a la burguesía revolucionaria del siglo XVIII contra el
despotismo, así como a los movimientos de independencia en América Latina y a
los liberales que, a lo largo del siglo XIX, persiguen en este continente un
proyecto de progreso y modernización, o de desarrollo nacional independiente.
Este valor supremo —el de la libertad— lo entiende el liberalismo como libertad
del individuo, y lo hace descansar en dos supuestos: el primero es el de la
naturaleza egoísta, competitiva y agresiva, común a todos los individuos del
género humano. Y el segundo es el de la propiedad privada como condición, marco
o institución indispensables para que se dé efectivamente la libertad del
individuo. No hay, no puede haber, libertad del individuo sin propiedad
privada. No se trata de un principio entre otros, sino del principio básico o
piedra angular de la ideología liberal, ya sea en su forma clásica (de Locke a
Adam Smith), ya sea en la forma actual, neoliberal (de un Hayek). De esta
asociación entre libertad y propiedad proceden otros rasgos esenciales del
liberalismo, como son: 1) la exaltación de la competencia en la batalla por la ganancia
y la utilidad; 2) la fetichización del mercado como la esfera propia y
necesaria de esa competencia; 3) la reivindicación del trabajo por su
aspecto positivo, ya que, gracias a él se adquiere e
incrementa la propiedad privada; y 4) la exaltación del individuo como un
absoluto que exige ser protegido del Estado y las instituciones públicas.
Como
ideología de la libertad del individuo y de la propiedad privada, el
liberalismo se mueve en dos planos vinculados entre sí—el político y el
económico—, aunque, como demuestran experiencias históricas recientes, no
siempre se da una simetría entre ambos. Ahora bien, ¿qué se entiende por uno y
otro? De acuerdo con la ideología liberal, los principios del liberalismo
político son: 1) la limitación del poder estatal como garantía de la libertad
del individuo; 2) la sujeción de gobernantes y gobernados a la ley; 3) la
democracia representativa, que garantiza la participación de los individuos en
los asuntos públicos (ciertamente, todos pueden participar, en
igualdad de derechos, aunque no todos pueden participar en todo; parafraseando
a Bobbio, podríamos decir que para los no propietarios —o desposeídos— la
democracia se detiene a las puertas de la fábrica, en la que las decisiones se reservan
al propietario); 4) la división de poderes; y 5) la rotación o no reelección
del gobierno, o alternancia o sucesión regulada en el poder. En el plano
económico, el principio básico del liberalismo es el de la libertad de empresa,
de comercio o de adquisición de propiedad. Corolarios suyos son: el mercado
generalizado y la limitación de la intervención o regulación de la economía de
libre mercado por el Estado o cualquier instancia pública.
Los
principios básicos del liberalismo, considerados en su doble plano —principios
que el neoliberalismo en lo económico lleva sin tapujos hasta sus últimas
consecuencias—, entrañan la subordinación de la igualdad y la justicia social a
la libertad. No se niegan, por supuesto, la desigualdad y la injusticia, así
como la miseria material y espiritual vinculadas a ellas, pero se aceptan como
un hecho natural del sistema (Adam Smith) o como un asunto privado al que no
toca al Estado intervenir (Hayek). Dejar de considerarlos como tales: o sea, la
protección social por parte del Estado es, a juicio del neoliberal Hayek, el
comienzo de la tiranía. Así pues, la libertad es incompatible con la igualdad y
la justicia social.
Desde sus
orígenes —hace tres siglos—, el liberalismo no ha dejado la escena de las ideas
ni la de la práctica. Ya recordamos antes sus mitos históricos en la lucha
contra el despotismo en Europa y en los movimientos liberadores de América
Latina. No puede ignorarse, tampoco, la importancia histórica de sus principios
políticos, no obstante sus límites e incluso su incompatibilidad con la
igualdad y justicia social. Y menos aún podemos ignorar la existencia, aunque
no determinante, de cierto liberalismo que ha pretendido superar esa
incompatibilidad, ya sea acercándose a posiciones socialistas —como Stuart Mill
en el pasado—, o como Bertrand Russell en nuestro tiempo, al defender la
libertad sin subordinarla a la propiedad privada.
Ahora
bien, en la sociedad industrial contemporánea vemos que, no sólo no ha podido
trascender sus límites, sino que incluso se recortan aún más sus principios y
valores, cuando no desaparecen. Y así vemos cómo la masificación, manipulación
o colonización de las conciencias convierte la libertad del individuo en pura
retórica; cómo las libertades concretas (de expresión o información), al
concentrarse el poder político y el poder económico, se vuelven cada vez más
estrechas o vacuas; y cómo el libre mercado se arrodilla ante
el comercio dirigido transnacional. Y, en cuanto a la justicia social, el
neoliberalismo se encarga de tirar al suelo las migajas que de ella quedaban en
la mesa liberal.
Todo lo
cual significa que el principio de la libertad del individuo, entendido como su
autorrealización en condiciones de igualdad y justicia social, tiene que ser
protegido del propio liberalismo. Pero, entonces, hay que acogerse a otra
alternativa social que haga hincapié en el valor supremo de la libertad humana,
real. Y esta alternativa sigue siendo el socialismo, como crítica de la
sociedad existente y como proyecto de una sociedad en la que los hombres
dominen sus condiciones de existencia. Al igual que el liberalismo, el
socialismo presupone una concepción de la naturaleza humana, pero opuesta a la
egoísta, competitiva y agresiva de la ideología liberal, ya que por su carácter
histórico-social no acentúa unilateralmente el egoísmo o el altruismo. No es
que ignore, por tanto, la dimensión competitiva y codiciosa del «hombre, lobo
del hombre» (Hobbes), pero la ve como una dimensión histórica propia de la
sociedad burguesa. Lejos de sentenciar que la propiedad privada es el
fundamento de la libertad en general, considera que es fundamento, ciertamente,
de una forma de libertad: la del individuo egoísta, burgués. Por ello, el
socialismo es inseparable de su abolición, con respecto a los medios de
producción, como condición necesaria, aunque no suficiente —como demuestra la
reciente experiencia histórica de la libertad humana del individuo real—. Pero,
al propugnar esta libertad, rechaza el individualismo que hace de él un
absoluto al separarlo de las condiciones históricas y sociales de su existencia.
Y se opone igualmente, no a las libertades específicas y a la democracia, sino
al carácter limitado, y a veces puramente retórico, que adquieren con el
liberalismo.
La utopía
socialista, al alimentarse de la crítica al capitalismo liberal, lo hace
reconociendo el papel de las relaciones de propiedad en el destino de la
libertad, pero vinculando éste, no a la generalización del principio de la
propiedad privada, sino a la propiedad social de los medios de producción, como
propiedad sujeta a las necesidades y al control de la sociedad, lo que no
excluye otras formas de propiedad, incluida la privada. Finalmente, si el
liberalismo sacrifica a su libertad la justicia social, el
socialismo ve en ésta y en la igualdad social la condición necesaria de la
libertad del individuo real.
Tal es, a
grandes rasgos, la ideología socialista de, inspiración marxiana que ha
inspirado la larga lucha del movimiento obrero por sus justas reivindicaciones,
que, respondiendo a él, ha estimulado al Estado de bienestar a proteger
socialmente a los trabajadores, y, finalmente, es la ideología de la que
partieron los bolcheviques, después de conquistar el poder, para intentar
construir una alternativa socialista al capitalismo. No podría negarse hoy la
parte importante que corresponde a las luchas inspiradas por la ideología
socialista en las conquistas sociales de los trabajadores, así como en los
avances logrados en el reconocimiento y ampliación de las libertades básicas y
los derechos políticos. Tampoco podría negarse lo que le corresponde en los logros
de un Estado social o de bienestar, aunque no hayan afectado la estructura
económica y social del sistema. Finalmente, al relacionar la ideología
socialista con el proceso histórico abierto por la revolución rusa de 1917, hay
que reconocer que el intento de construir una sociedad socialista dio lugar
—por razones que no tenemos tiempo de exponer ahora— a una formación social
atípica, ni capitalista ni socialista, que vino a restaurar en nuevas formas
las viejas relaciones de dominación y explotación. En esta sociedad —la del
llamado socialismo real— la abolición de la propiedad privada
condujo a la propiedad estatal absoluta; la eliminación del mercado, a una
economía totalmente planificada; la omnipotencia del Estado y del colectivismo
burocrático a la desaparición del individuo y la exclusión de las libertades de
todo tipo y en todos los niveles, y el régimen de partido único hizo imposible
toda forma de democracia. En suma, el pretendido socialismo resultó ser la
negación misma de los principios y valores de la ideología socialista, como
ideología de la libertad, igualdad, democracia efectiva y justicia social.
¿Qué
queda, pues, de su relación antagónica con el liberalismo? En verdad, ese
socialismo irreal no ha superado realmente los límites que el liberalismo
levanta a la libertad del individuo y a las libertades básicas, ni ha resuelto
tampoco los problemas que con él quedaban intocados de la desigualdad y la
injusticia social. Lejos de enriquecer y ampliar las libertades y los derechos
que el liberalismo reconocía, aunque con las limitaciones y oquedades
apuntadas, esos derechos y libertades desaparecieron por completo bajo el socialismo
real. En cuanto a la injusticia y desigualdad, dejadas de la mano por
el liberalismo, reaparecieron con la concentración del poder económico y
político en manos de la burocracia y la consiguiente división en clases. Por lo
que toca a la democracia liberal o representativa, cuya abolición criticó Rosa
Luxemburgo a los bolcheviques desde el primer momento, no sólo no ha sido
enriquecida y ampliada, sino que —como Rosa previó y advirtió— condujo a la
negación de toda forma de democracia.
Así pues,
el sacrificio de la libertad con que se pretendió justificar la igualdad y la
justicia social acabó por arruinar a todas ellas, ya que ninguna puede
florecer en una sociedad totalitaria. En conclusión, si situamos el liberalismo
y el socialismo real en el proceso histórico —complejo,
contradictorio y doloroso—de la emancipación humana, este pretendido
socialismo, lejos de superar las fallas y limitaciones del liberalismo, queda
histórica y socialmente a un nivel más bajo.
Ahora
bien, el saldo negativo de este experimento liberador no absuelve al
liberalismo, ni como ideología ni como práctica, de las limitaciones de una
libertad para los socialmente privilegiados y de unos derechos y una democracia
que sólo pueden mantenerse sobre la base de la desigualdad y la injusticia de
una feroz economía de mercado. Y puesto que, en nuestros días, el
neoliberalismo no hace más que ahondar y ampliar esos rasgos negativos, sin
mantener —no digamos enriquecer— los aspectos positivos —aunque limitados— del
liberalismo clásico, la crítica de esta ideología, a la que se ha enfrentado
desde sus orígenes el socialismo, se hace hoy más necesaria que nunca. Por otro
lado, si la libertad y la justicia siguen siendo valores supremos, y por ello sigue
siendo necesaria la utopía de una sociedad en la que la justicia no se
sacrifique a la libertad (como la sacrifica el liberalismo), o en que la
libertad se sacrifique a la justicia (como la ha sacrificado el socialismo
real, con el resultado de que una y otra quedan arruinadas), el
socialismo, como proyecto de una sociedad libre y justa a la vez, sigue siendo
—pese al derrumbe de lo que sin serlo se ha presentado como tal— una
alternativa social válida, digna de ser deseada y de contribuir a su realización.
Válida, asimismo, porque moral y socialmente se halla en un nivel superior del
alcanzado, en su ideología y en su práctica, tanto por el liberalismo, como por
el llamado socialismo real.

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