© Libro N° 10825.
El Viudo Turmore. Bierce,
Ambrose. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
The Widower Turmore, Ambrose Bierce
(1842-1914)
Versión Original: © El
Viudo Turmore. Ambrose Bierce
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Ambrose Bierce
El Viudo
Turmore
Ambrose Bierce
Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo
nunca fueron popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo
soy Joram Turmore; mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las
ignora, y aunque ella las cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma
que le haya creído jamás.
Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin, era muy rica, de lo contrario
yo no hubiese podido afrontar el casamiento puesto que no tenía un centavo y el
Cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganar alguno. Tenía la
Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos
me inhabilitaban para el peso de cualquier negocio u ocupación. Además, yo no
podía olvidar que era un Turmore, un miembro de la familia cuyo lema desde el
tiempo de Guillermo de Normandía había sido Laborare est errare. La única
infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar ocurrió cuando Sir
Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII, asistió
personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus
empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la
más desgarrada mortificación.
Mí Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó,
por supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de
la Noble Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi
predecesor, que había encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar,
camino de Malta), podía apenas saciar lo suficiente su hambre de conocimientos
sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a manera de salario.
Naturalmente, bajo tan apremiantes circunstancias, vi a Elizabeth Mary
como a una suerte de especial Providencia. Ella imprudentemente rehusó
compartir conmigo su fortuna, pero eso no me preocupó para nada, ya que si bien
de acuerdo con las leyes del país (como es sabido), la esposa tiene el control
de su patrimonio durante su vida, éste pasa al marido a su muerte: ni siquiera
puede ella disponer de él por testamento. La mortalidad entre esposas es
considerable pero no excesiva.
Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, en cierta forma, habiéndola
ennoblecido haciéndola una Turmore, sentí que la forma de su muerte debía
igualarse a su distinción social. Si yo la hubiera matado por cualquiera de los
métodos maritales ordinarios hubiera incurrido en justo reproche, por no poseer
el orgullo familiar adecuado. Mas no podía encontrar un plan adecuado. En esta
emergencia decidí consultar el archivo Turmore, una valiosa colección de
documentos, incluyendo los registros de la familia desde el tiempo de su
fundador en el siglo VII de nuestra era. Sabía que entre estos sagrados títulos
debería encontrar detallados relatos de los principales asesinatos cometidos
por mis santos ancestros durante cuarenta generaciones. De entre esa masa de
papeles no podía dejar de sacar las más valiosas sugerencias.
La colección contenía también muy interesantes reliquias. Había títulos
de nobleza concedidos a mis antepasados por hacer desaparecer atrevida e
ingeniosamente a pretendientes al trono o a sus ocupantes; estrellas, cruces y
otras condecoraciones atestiguando servicios del más secreto e innombrable
carácter; heterogéneos regalos de los conspiradores más grandes del mundo que
representaban un valor monetario intrínseco incalculable. Había joyas, trajes,
espadas de honor y toda suerte de "testimonios de estima"; el cráneo
de un rey transformado en copa de vino; títulos de vastas fincas, largo tiempo
confiscadas, vendidas o abandonadas; un breviario iluminado que había
pertenecido a Sir Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, de infausta memoria;
orejas embalsamadas de muchos de los más reconocidos enemigos de la familia; el
intestino delgado de un cierto indigno hombre del estado italiano hostil a los
Turmore que, enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de
seis generaciones consanguíneas... momentos y recuerdos preciosos más allá de
las valoraciones de la imaginación pero, por los mandatos sagrados de tradición
y sentimiento, para siempre inalienables por la venta o el regalo.
Como cabeza de la familia, yo era el custodio de todos estos
preciosísimos bienes heredados y, para su segura conservación, había construido
sobre los cimientos de mi casa una fortaleza de mampostería maciza, cuyas
sólidas paredes de piedra y cuya única puerta de hierro podían desafiar por
igual el choque de un terremoto, el incansable azote del Tiempo o la mano
profana de la Codicia. A estos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y
ternura, ricos en sugerencias de crímenes, me volví para encontrar ahora las
claves del asesinato. Para mi indecible asombro y dolor, lo encontré vacío.
Cada estante, cada cajón, cada cofre había sido saqueado. ¡De tan única e
incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo, probé que hasta que yo
mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni una barra
había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.
Pásé la noche entre la lamentación y la indagación; ambas fueron
infructuosas. El misterio era impenetrable a la conjetura y ningún bálsamo
podía calmar semejante dolor. Pero ni una sola vez durante esa horrible noche
mi firme espíritu pudo abandonar su alto designio contra Elizabeth Mary, y el
alba me halló aún más resuelto a cosechar los frutos de mi matrimonio. Mi gran
pérdida pareció acercarme a relaciones espirituales más profundas con mis
ancestros muertos, y darme una nueva e inevitable obediencia a la persuasión
que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.
Inmediatamente formé un plan de acción, y procurándome un fuerte cordel
entré a la habitación de mi esposa, encontrándola, como esperaba, profundamente
dormida. Antes de que se despertara la tenía fuertemente atada de pies y manos.
Estaba muy sorprendida y dolorida, pero sin atender a sus protestas hechas a
viva voz, la llevé a la ahora saqueada fortaleza, allí donde nunca permití que
entrara y de cuyos tesoros no le había advertido. Sentándola, todavía atada,
contra un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días con sus noches en
acarrear al lugar ladrillos y argamasa. A la mañana del tercer día la tuve
firmemente emparedada, desde el suelo hasta el techo. Durante todo este tiempo
no tuve en cuenta sus ruegos de piedad más que (ante su promesa de no resistir,
que debo decir que ella cumplió con honor) para concederle la libertad de sus
piernas.
Le concedí un espacio de cerca de cuatro pies por seis. Cuando coloqué
los últimos ladrillos en la parte superior, en contacto con el cielo raso de la
fortaleza, me dijo adiós con lo que me pareció la serenidad de la
desesperación, y me fui a descansar sintiendo que había observado fielmente las
tradiciones de una antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo
que a mi conducta concernía, surgió al tomar conciencia de que había trabajado
durante la realización de mi designio; pero nadie lo sabría jamás.
Después de descansar durante una noche, fui a ver al juez de la Corte de
Sucesiones y Herencias y firmé una declaración jurada de todo lo que había
hecho, excepto el trabajo manual de construir la pared, que imputé a un
sirviente. Su Excelencia designó a un comisionado de la Corte, quien realizó un
cuidadoso examen del trabajo y, según su informe, Elizabeth Mary Turmore fue
formalmente declarada muerta al fin de la semana. De acuerdo con la ley tomé
posesión de sus bienes que, a pesar de no ser mucho más valiosos que mis
tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la riqueza y me trajeron el
respeto de los grandes y de los buenos.
Unos seis meses más tarde me llegaron extraños rumores: el fantasma de
mi mujer muerta había sido visto en distintos lugares de la región, pero
siempre a una considerable distancia de Graymaulkin. Estos rumores, de cuya
auténtica fuente no pude enterar, diferían en varios detalles, pero eran
semejantes en atribuir a la aparición un alto grado de prosperidad mundana
aparente combinada con una audacia poco común en los fantasmas. ¡No sólo estaba
el espíritu ataviado con ropajes costosos, sino que caminaba a mediodía y, más
aún, conducía!
Me sentí indeciblemente molesto con estos cuentos y, pensando que podría
hacer algo más que superstición en la creencia popular de que sólo espírítus de
los muertos no enterrados pueden caminar sobre tierra, decidí llevar a algunos
obreros equipados con picos y barras hacia la fortaleza en la que nadie había
entrado durante mucho tiempo. Les ordené demoler la pared de ladrillo que había
construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Había resuelto dar al
cuerpo de Elizabeth Mary un entierro como el que creía que su parte inmortal
aceptaría como un equivalente del privilegio de encontrarse a gusto entre las
apariciones de los vivos.
En pocos minutos volteamos la pared y, metiendo una lámpara a través de
la brecha, miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un cabello, ni un jirón de
ropa... ¡el angosto espacio que, de acuerdo con mi testimonio, contenía
legalmente todo lo que había sido mortal de la difunta señora Turmore, estaba
absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento, para una mente ya
perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía
soportar. Lancé un grito y caí en un estado de paroxismo. Durante meses estuve
entre la vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé hasta que mi
médico tuvo el cuidado de sacar de mi caja fuerte un estuche de mis más
valiosas joyas y huir el país. Al verano siguiente tuve ocasión de visitar mi
bodega, en un rincón de la cual había construido la fortaleza, que hacía tiempo
se encontraba en desuso. Al mover un tonel de oporto, lo arrojé con fuerza
contra la pared medianera y me sorprendió descubrir que desplazaba dos grandes
piedras cuadradas que formaban una parte de la pared.
Apoyando sobre ellas las manos, las empujé fácilmente y, mirando a
través del hueco, vi que habían caído dentro del nicho en el cual yo había
emparedado a mi lamentada esposa. Frente a la abertura que su caída había
dejado, a una distancia de cuatro pies, estaba la pared que mis propias manos
habían construido a fin de encarcelar a la infortunada y gentil esposa. Ante
una revelación tan significativa, comencé a explorar la bodega. Detrás de una
hilera de barriles encontré cuatro objetos muy interesantes desde el punto de
vista histórico, pero sin valor alguno.
En primer lugar, los restos enmohecidos de un traje ducal florentino del
siglo XI; segundo, un breviario de resplandeciente pergamino con el nombre de
Sir Aldebaran Turmore de Peters-Turmore inscripto en colores en la primera
página; tercero, una calavera transformada en copa y muy manchada de vino;
cuarto, la cruz de hierro de un Caballero Comendador de la Orden Imperial
Austríaca de Asesinos por Veneno.
Eso era todo; ni un objeto que tuviera valor comercial, ni papeles, ni
nada. Pero esto era suficiente para aclarar el misterio de la fortaleza. Mi
esposa había adivinado tempranamente la existencia y el propósito de este
apartamento, y, con la destreza del genio había efectuado una entrada,
desprendiendo las dos piedras de la pared.
En diferentes oportunidades, y a través de esta abertura, había
sustraído la colección entera que, sin duda, logró convertir en dinero. Cuando
con un inconsciente sentido de la justicia (cuyo recuerdo no me trae ninguna
satisfacción) decidí emparedarla, por alguna maligna fatalidad escogí aquella
parte donde estaban las piedras removidas y, sin duda antes de que hubiera
terminado mi trabajo, ella las movió y, deslizándose hacia la bodega, las
volvió a colocar en su sitio. Se escapó del sótano fácilmente, sin ser
observada, para disfrutar sus infames ganancias en lejanos lugares. Me he
esforzado en procurar una orden de prisión, pero el dignísimo Barón de la Corte
de Sumarios y Condenas me recuerda que ella está legalmente muerta y dice que
mi único recurso es apelar ante el Jefe de Cadáveres y solicitar una orden de
exhumación y resurrección. Tal parece que debo sufrir sin remedio este enorme
daño a manos de una mujer desprovista tanto de principios como de vergüenza.
Ambrose Bierce (1842-1914)

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