© Libro N° 10824.
El Vigilante. Sheridan
Le Fanu, Joseph. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
The Watcher; Joseph Sheridan Le Fanu
(1814-1873)
Versión Original: © El Vigilante. Joseph Sheridan Le Fanu
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Joseph Sheridan Le Fanu
El
Vigilante
Joseph
Sheridan Le Fanu
En 1794, el hermano menor de un barón llamado James Barton, regresó a
Dublín. Había servido en la marina con cierta distinción, mandando una fragata
de Su Majestad durante casi toda la guerra con América. El capitán Barton
contaba con cuarenta y dos a cuarenta y tres año de edad. Era un compañero
agradable e inteligente cuando estaba de buen humor, aunque por regla general
era reservado y, a veces, hasta extravagante. No obstante, en sociedad se
comportaba como un hombre de mundo, como el más cumplido caballero. A pesar de
los años transcurridos navegando, no adquirió los modales bruscos y toscos de
los marinos, sino al contrario. Era de mediana estatura y robusto, y su rostro
de líneas acusadas, tenía una agradable expresión grave y melancólica. Su
aspecto personal, el nombre de familia y su posición le abrieron de par en par
las puertas de las mejores casas de Dublín.
En sus necesidades personales, el señor Barton gastaba poco. Habitaba en
una linda mansión de una calle aristocrática, y tenía un solo criado y un
caballo, y aunque se le Juzgaba de ideas avanzadas y libre pensador, llevaba
una existencia ordenada y absolutamente moral, careciendo de vicios en
absoluto. Por consiguiente, siendo Barton prudente, ahorrador y poco sociable,
según todos los indicios, mantendría su soltería contra todos los intentos de
las jóvenes, y era posible que muriese de vejez, dejando toda su fortuna a un
hospital o un asilo. De pronto, los chismosos se dieron cuenta de que no
interpretaban bien los sentimientos del capitán Barton.
En un baile le presentaron a una encantadora joven llamada Clara
Montague. Se trataba de una muchacha de carácter alegre, inteligente y muy
linda, digna de ser elegida reina de los salones. Fue la tía de la joven, la
rica viuda lady L. quien se la presentó. Sin embargo, todas las cualidades de
la muchacha no le proporcionaban más que una admiración superficial, pues la
joven tenía algo peor que un defecto, ya que por toda dote sólo podía aportar
al matrimonio su inteligencia y su atractivo personal. Conocidos tales
antecedentes, no es de extrañar la sorpresa que ocasionó la noticia de la
formal petición de mano, por Barton, hecho que la tía, halagada por su
perspicacia, se cuidó de esparcir por la capital.
Para formalizar el compromiso matrimonial, faltaba el consentimiento del
padre de Clara, que 'en aquellos momentos regresaba con licencia ilimitada de
la India, y cuya llegada tendría lugar tres semanas más tarde. Naturalmente, no
existía ninguna duda respecto a tal consentimiento y el retraso era, por tanto,
mera fórmula. Se les consideraba ya como prometidos oficiales, y la tía de
Clara, con el rigor de su anticuado decoro, del que su sobrino hubiese
prescindido gustoso, la separó de todas las reuniones juveniles de la ciudad.
El capitán Barton menudeaba sus visitas, quedando casi siempre invitado con los
privilegios que otorga una intimidad entre dos prometidos. La tía de Clara
residía en una cómoda y hermosa residencia de la parte norte de Dublín, o sea
la opuesta a donde vivía el novio, que era en el extremo sur. La distancia
entre ambas casas era considerable, y el marino tenía la costumbre de recorrer
a pie el camino, sin ningún acompañante, cuando por la noche se despedía de las
damas.
El trayecto más corto cruzaba, durante largo trecho, por una calle
recién abierta en la que apenas se habían echado los cimientos de los
edificios. Una noche, poco después de hacerse público su compromiso, Barton se
retiró ya muy avanzada la hora. La conversación con ambas mujeres se desvió
hacia las pruebas de revelaciones, y Barton, escéptico por naturaleza, rebatió
todos los argumentos presentados. Era medianoche cuando se despidió,
emprendiendo el regreso a su domicilio. Poco después llegó a la calle en
construcción, obstruida por tabiques, maderos y montones de piedras, a los
cuales la luna, brillando borrosa, esfumaba los contornos, dándoles un aspecto
verdaderamente lúgubre e impresionante.
Reinaba un absoluto silencio, ese silencio indefinible, emocionante, y
el eco de las fuertes pisadas del marino quedaba roto de manera rítmica y
uniforme. Iba ya por la mitad de la calle, cuando de repente oyó otros pasos,
acompasados y al parecer a unos veinte metros de distancia. La sospecha de ser
seguido siempre es desagradable, de manera especial cuando se trata de un lugar
solitario. Esta sospecha resultó tan fuerte en el espíritu del capitán, que de
repente se volvió bruscamente para enfrentarse con su seguidor. Pero aunque
había suficiente resplandor para distinguir cualquier cuerpo próximo, en todo
lo largo de la calle no descubrió la menor sombra o vestigio de un ser humano.
Aquel rumor de pasos no podía ser el eco de los suyos, ya que efectuó
diversas pruebas para demostrarlo, consiguiendo siempre un resultado negativo.
Aunque no era un individuo de imaginación enfermiza Barton tuvo que rendirse a
la evidencia de que aquellos pasos eran puramente producto de su mente.
Tranquilizado por estos razonables, reanudó la marcha y, antes de haber
recorrido una docena de pasos, las misteriosas pisadas fueron de nuevo audibles
a su espalda. Esta vez, como si hubiera un designio especial de demostrar que
los sonidos no eran resonancias de un eco, los pasos se apresuraban unas veces,
moderando otras la marcha, y avanzando con lentitud. A pesar de su profundo
escepticismo, Barton experimentó un temor supersticioso, y con esta sensación
inusitada y desagradable, reanudó el camino. Inmediatamente se repitieron las
fantasmales pisadas, con súbitas ráfagas de velocidad que amenazaban con llevar
al invisible perseguidor al lado del alarmado capitán.
Éste volvió a detenerse, ya que las naturales e inexplicables
sensaciones amedrentaban su ánimo, y cediendo a la excitación del momento,
gritó con voz severa:
—¿Quién anda ahí?
El sonido de la propia voz, en medio de un absoluto silencio, siempre
contiene una nota de espanto. Los pasos le persiguieron hasta el estreno de la
solitaria calle y tuvo que realizar un enorme esfuerzo para resistir el impulso
de echar a correr. Al hallarse en su casa, sentado junto al hogar, empezó a
serenarse y a coordinar sus ideas, considerando con calma el caso que de manera
tan súbita le hizo perder la tranquilidad.
El capitán Barton se desayunaba a la mañana siguiente, reflexionando
sobre los incidentes de la noche anterior, con más curiosidad que temor, ya que
las impresiones más lúgubres desaparecen con el influjo sedante del día El
timbre de la puerta resonó en la habitación y poco después su criado le entró
una misiva que acababa de llegar. No había nada extraordinario en las señas de
la carta, excepto la letra desconocida, quizás disfrazada; y con la expectación
de tales casos, contempló intrigado la inscripción un minuto antes de abrirla.
—El señor Barton, excapitán del "Delfín", queda avisado del
peligro. Obrará con prudencia si evita la calle... (Aquí se citaba el nombre de
la calle recién abierta por donde tenía costumbre que pasar de pasar.) Si no
hace caso de mi aviso, puede costarle un serio disgusto. Que estas líneas le
sirvan de primero y último aviso. —El vigilante.
El capitán leyó varias veces tan extraña misiva. La examinó en todos
sentidos, contemplándola a trasluz, sin conseguir un resultado positivo. Luego,
dedicó su atención al sobre. Estaba lacrado y encima se veía imperfectamente la
impresión accidental de un pulgar. Nada permitía adivinar su origen. El autor,
la carta y su verdadero objetivo eran un enigma inexplicable; sin embargo,
sugerían por asociación de ideas una finalidad común con la aventura de la
noche anterior. Obedeciendo a un sentimiento desconocido, quizás de orgullo, el
capitán no comunicó ni a su novia lo ocurrido. Aunque le parecía una broma
pesada, afectó de manera desagradable su imaginación, y no quiso revelarle a la
joven lo que ésta pudiera tomar como un signo de debilidad.
Mas a pesar de considerar el asunto como indigno de pensar más en él, le
perseguía con obstinación, atormentándole con dudas de perplejidad que le
deprimían con aprensiones indefinidas. Lo cierto es que durante algún tiempo
evitó pasar por la calle prohibida, dando un largo rodeo para llegar a casa.
Una semana más tarde de recibir la extraña misiva le ocurrió algo que le
recordó su contenido, o contrarrestó la desaparición gradual de su mente de la
impresión recibida. Regresaba una noche del teatro, de donde al salir acompañó
a su prometida y a la tía de ésta hasta su coche, en compañía de unos
desconocidos. Se separó de ellos por el camino y por último quedó completamente
solo. Era ya la una y las calles estaban desiertas. Ya durante el trayecto que
realizó en compañía notó con creciente sobresalto el ruido de unos pasos que al
parecer le seguían.
Miró atrás un par de veces, con la inquieta impresión de ser otra vez
víctima de las mismas aprensiones que le desconcertaron una semana antes.
Deseaba con todas las fuerzas de su ser, ver algo que justificase de manera
natural el rumor de aquellos pasos. Pero la calle continuaba desierta. Junto a
la tapia del parque de un colegio, los pasos resonaron casi simultáneamente con
la cadencia de sus propias pisadas. Dos o tres veces miró con rapidez y sigilo
por encima del hombro, mas siempre con resultado negativo. La irritación que le
produjo este misterio intangible llegó a ser casi intolerable. Y cuando ¡al fin
llegó a su domicilio, tenía los nervios tan excitados que no pudo descansar y
ni siquiera intentó acostarse hasta después de amanecer.
Ya entrada la mañana le despertó un discreto golpe dado a la puerta de
su habitación. Su criado entró con la correspondencia. Al momento, llamó la
atención del capitán una de las cartas. Una sola mirada al sobre le permitió
reconocer al momento el carácter de letra.
—Le será imposible, capitán Barton, escapar de su propia sombra como de
mí. Tome las precauciones que guste, todo será en vano, pues le veré cuando me
plazca. No pretendo ocultarme como usted se imagina. Que ello no le turbe el
descanso, capitán Barton. —El vigilante.
No hay por qué describir la sensación experimentada después de la
lectura de tan extrañas frases. Durante unos días, el capitán estuvo
extraordinariamente retraído, mas nadie pudo adivinar la causa. No obstante,
además de la proximidad de la boda, el capitán tenía un asunto de importancia
relacionado con una reclamación judicial de un antiguo litigio sobre ciertas
propiedades. Las incidencias del caso disiparon un poco el pesimista estado de
su espíritu, y al poco tiempo había recobrado ya su antiguo buen humor. Sin
embargo, constantemente se sentía aterrado, por repeticiones oídas de una
manera oscura y confusa, que no sabía distinguir a su entera satisfacción entre
la realidad y la mera sugerencia de una mente excitada.
Varios días más tarde, el capitán Barton acompañado de un amigo, pasaba
por el pasaje de College Green, cuando un individuo con una gorra de piel
hundida hasta los ojos, avanzó rápidamente, como si estuviera muy excitado,
murmurando algo entre dientes con extraña vehemencia. El desconocido se dirigió
a Barton y se detuvo mirándole un momento, furioso y con mal velada amenaza.
Luego, volviéndose con brusquedad, se retiró con el mismo paso agitado,
desapareciendo por un pasaje lateral.
El efecto de esta aparición inesperada fue sorprendente. El capitán
Barton era hombre valiente, sereno y orgulloso del dominio que ejercía sobre
sus nervios, pero al ver avanzar al desconocido retrocedió unos pasos en
silencio, asiendo el brazo de su amigo en un terrible espasmo de dolor o
terror. Luego, cuando desapareció aquel extraño personaje empujándole hacia
atrás, lo persiguió dos pasos, se detuvo excitado y se desplomó en un banco
cercano. Jamás se vio un rostro más pálido y macilento que el suyo.
—¿Qué le sucede, amigo Barton? —le preguntó alarmado su acompañante—. No
está herido ¿verdad? ¿Se siente indispuesto?
—¿Qué dijo ese hombre? No le oí. —inquirió Barton, sin contestar a las
anteriores preguntas.
—Tonterías. ¿Qué pueden importarle las frases de un esquizofrénico?
Usted no se encuentra bien, Barton. Está indispuesto. Permita que llame un
coche.
—¿Indispuesto? No, no lo estoy. Pero a decir verdad —continuó el antiguo
marino, esforzándose para recobrar la serenidad—, me siento fatigado, abrumado
por el exceso de trabajo de estos días, y quizás algo inquieto. Como sabe, he
estado en Chancery y un pleito largo siempre agota el sistema nervioso. Ya me
repongo. ¿Reanudamos el paseo?
—No, Barton. Siga mi consejo y váyase a casa. Realmente, necesita
descansar. Le acompañaré hasta allí.
Costó poco persuadirlo, pues era cierto que el capitán deseaba
encontrarse en su casa. Pero rehusó la compañía de su amigo y cuando al día
siguiente, éste fue a interesarse por su salud, el criado le manifestó que su
amo no había salido de su habitación, pero que no se trataba de nada grave y
que al cabo de unos días estaría totalmente restablecido. Aquella misma noche,
el capitán mandó a buscar al médico, reputado entre la alta sociedad de Dublín,
y la entrevista resultó muy extraordinaria. Entró en detalles sobre los
síntomas de su postración, pero de manera vaga, como si careciese de interés en
su propia salud. Sin embargo, el doctor comprendió que su paciente tenía en la
mente algún asunto de mayor importancia que su enfermedad. Le preguntó, entre
otras cosas, si alguna circunstancia irritante ocupaba sus pensamientos. El
enfermo lo negó presuroso y casi con enojo. Entonces, el doctor diagnosticó una
leve indisposición con una fuerte alteración nerviosa, y para justificar su
visita recetó un ligero calmante. Al despedirse, Barton exclamó, como
recordando algo importante:
—Perdone, doctor, pero iba ya a olvidarme. ¿Me permitirá que le dirija
unas preguntas médicas un tanto extrañas? No obstante, de su solución depende
una apuesta. ¿Me perdonará asimismo si le parezco poco razonable?
El médico asintió y volvió a sentarse. Barton parecía tener cierta
dificultad en comenzar el propuesto interrogatorio, pues guardó silencio unos
minutos bajo la escrutadora mirada del médico; luego, se acercó a la biblioteca
y permaneció de pie junto a ella.
—Opinará que son unas preguntas infantiles —comenzó por fin—, pero no
puedo cobrar mi apuesta sin una aclaración. Deseo saber primero algo respecto
del tétano. Si un hombre padece de esa dolencia y fallece por ella, según
asegura un forense de mediana habilidad ¿puede volver a la vida?
El médico sonrió, moviendo la cabeza negativamente.
—Supongamos —continuó Barton— que se trata de un ignorante, que pretende
poseer la habilidad de un médico. ¿Podría equivocarse hasta el punto de
confundir la muerte con un proceso de la enfermedad?
—Nadie, ni el más profano que haya presenciado una muerte, podría
equivocarse en un caso de tétano.
—Voy a formularle una pregunta, quizás aún más ingenua. Pero antes
dígame: ¿son los hospitales extranjeros, por ejemplo el de Napóles, muy vagos y
complicados? ¿No puede caber algún error en la inscripción del nombre y señas
de un paciente?
—Lo siento, mas no puedo contestarle esa pregunta porque desconozco por
completo el régimen interior de los hospitales extranjeros.
—Gracias, doctor. Ahora, mi última pregunta. ¿Existe alguna enfermedad,
en el vasto campo de las dolencias humanas, que produzca el efecto de contraer
el esqueleto humano, haciendo que un hombre reduzca sus proporciones y sin
embargo conserve la exacta semejanza con la sola excepción del volumen y la
estatura? ¿Alguna dolencia o afección, no importa lo rara o poco conocida que
sea, que pueda producir semejante efecto?
El médico replicó con una sonrisa francamente negativa.
—Entonces —prosiguió el capitán bruscamente—, si un hombre teme
razonablemente el asalto de un loco que anda suelto ¿no puede conseguir un
mandato de detención?
—En realidad, esta pregunta debe de hacerla a un abogado —contestó el
galeno—. Pero a mi -entender, si se formula tal petición a un magistrado, en un
caso justificado, la misma será atendida.
El doctor se despidió al fin, mas al llegar a la calle recordó haber
olvidado los guantes y subió para recogerlos. Su reaparición fue igualmente
embarazosa para los dos hombres, pues un papel que el médico reconoció como su
receta ardía en ¡el fuego del hogar, y Barton expresaba un profundo
abatimiento. El doctor poseía demasiado tacto para hacer demostración alguna,
mas ya había visto lo bastante para temer la seguridad de que la dolencia que
afectaba al capitán era puramente moral. Unos días después apareció en un
periódico de Dublín el siguiente anuncio:
Si Silvestre Yalland, antiguo hombre de trinquete, a bordo de la fragata
de Su Majestad, Delfín, o su pariente más próximo, se dirigen al señor Hubert
Smith, abogado, en su oficina, se les comunicará algo que puede interesarles.
Puede irse allí a cualquier hora, hasta las doce de la noche, si se desea
evitar las horas de despacho. Se observará el silencio y la discreción más
absolutos sobre las comunicaciones que tengan carácter confidencial.
El Delfín era el navío que el capitán Barton había mandado antaño. Los
esfuerzos realizados para dar una gran publicidad al anuncio le sugirieron al
médico ya mentado la idea de que la extraña inquietud de su extraordinario
paciente guardaba alguna secreta relación con el citado individuo.
El agente de publicidad no divulgó la menor información sobre el
verdadero propósito del anuncio, y ni siquiera insinuó quién podía ser el
anunciante.
Durante este período, Barton recobró sus antiguos hábitos, algo más
sosegado ya. Sin la menor vacilación, aceptó una invitación de sus camaradas de
club y aunque al principio se mostró melancólico y abstraído, bebió mucho más
de lo acostumbrado, posiblemente con la secreta esperanza de disipar sus
angustias bajo los efectos del alcohol. Cuando terminó estaba excitado y sus
chistes provocaron ruidosas carcajadas. A las ocho y media se despidió de sus
compañeros y se le ocurrió dirigirse a casa de la tía de Clara a pasar el resto
de la velada junto a ésta.
Así, en simpática y bulliciosa camaradería volaron las horas y al
acercarse la medianoche, su artificial alegría comenzó a flaquear, pues los
pensamientos penosos y el temor a lo desconocido volvieron a filtrarse de nuevo
en su espíritu, desapareciendo como por ensalmo todo su buen humor. Al fin, se
despidió con un desagradable presentimiento, y la mente acosada por mil
aprensiones misteriosas que se esforzaba valientemente en desdeñar. Fue este
orgulloso desafío a lo que consideraba como su debilidad, lo que le indujo
aquella noche a tomar el camino que provocó su nueva aventura.
Hubiera podido fácilmente buscar un coche, pero consciente de que la
poderosa inclinación que sentía para ello nacía de lo que motejaba de temor
supersticioso, no quiso acceder. También pudo regresar por un camino distinto
al que le fue prohibido por su misterioso comunicante. Jamás ningún ser humano
vio sus resoluciones tan sometidas a prueba como el capitán Barton cuando,
conteniendo la respiración, puso los pies en la desierta calle que, a pesar de
todo su escepticismo, estaba infestada por algún poder maligno en lo que a él
concernía. Prosiguió rápidamente su camino casi sin respirar por la creciente
ansiedad de aquel momento. No obstante, no se vio molestado por ningún ruido
sospechoso, y empezaba ya a felicitarse de su decisión cuando, ya casi al extremo
de la calle, vislumbró los faroles de otras más iluminadas y concurridas.
Sin embargo, tal sentimiento de alivio fue momentáneo. La detonación de
un arma de fuego a unos cien metros de distancia, a sus espaldas, y el zumbido
de una bala rozándole la cabeza, disiparon su euforia de una manera
desagradable y escalofriante. Su primer impulso fue volver sobre sus pasos en
persecución del frustrado asesino, pero el camino a ambos lados estaba
entorpecido por los cimientos de las casas, y más allá se extendían extensos
solares llenos de estiércol y basura, y todo estaba tan silencioso como si
jamás un disparo hubiese alterado aquella soledad. La futilidad de intentar la
búsqueda del asesino era patente, sobre todo cuando no había la menor pista.
Con las sensaciones tumultuosas, propias de un hombre cuya vida ha estado
expuesta a un atentado criminal, el capitán Barton se volvió de nuevo y, sin
apresurar el paso, continuó su camino.
De pronto, después de unos minutos y como brotando del suelo, topó con
el hombrecillo de la gorra de piel. El encuentro fue de lo más inesperado. El
hombre andaba al mismo paso exagerado y con la misma expresión de amenaza que
la vez anterior. Al pasar por su lado, le pareció oírle proferir unas nuevas
amenazas, añadiendo:
—¡Todavía vivo! ¡Todavía vivo!
La inquietud provocada por estos acontecimientos produjo una alteración
natural en la salud de Barton, de modo que el cambio no pudo pasar inadvertido.
Mas por ciertas razones sólo de él conocidas, no hizo la menor gestión para
denunciar el atentado a la policía; por el contrario, lo guardó celosamente
para sí. De tal forma ocultó la verdadera causa de sus sufrimientos, que
parecía dictada por la sospecha de que conocía el origen de su extraña
persecución, pero que era de tal naturaleza que no se atrevía a revelarlo. El
marino se concentró en sí mismo y constantemente ocupado por una ansiedad de
persecución que no se atrevía a revelar a nadie, se excitó cada día más y más,
sufriendo varios ataques que produjeron desastrosos efectos en su sistema
nervioso. Y en esta condición, se vio obligado a soportar con frecuencia
creciente las sigilosas visitas de aquella aparición.
Llegó el momento en que el capitán Barton, abandonando sus escrúpulos,
decidió realizar una visita a un famoso predicador al que conocía levemente,
mas de quien aguardaba un consuelo. Encontró al clérigo en sus habitaciones
particulares del colegio, rodeado de innumerables libros que versaban sobre
diversas materias de su devoción, como filosofía, teología, ciencias; al ser
anunciada su visita, el doctor abandonó su trabajo para atenderle. En las
maneras de Barton había algo embarazoso y excitado que contrastaba con su
rostro macilento y descolorido de tal forma que impresionó al predicador,
dándole la desagradable sensación de que su visitante sufría mucho, tanto moral
como físicamente.
Tras el usual intercambio de saludos y unas cuantas banalidades, el
capitán Barton, que evidentemente observó la sorpresa que despertaba su visita,
interrumpió una breve pausa para manifestar:
—Sé que es ésta es una visita extraña. Quizás injustificada entre dos
personas que tan sólo han sido presentadas. En circunstancias ordinarias, jamás
me hubiera atrevido a molestarle, pero mi visita no es una intrusión vana ni
impertinente. Estoy seguro de que comprenderá y disculpará mi intención cuando
le exponga mis motivos.
El pastor, sorprendido por el extraordinario preámbulo, le interrumpió
dándole las seguridades que la buena educación exigía.
—He venido a poner a prueba su paciencia —prosiguió Barton—, solicitando
su consejo y ayuda. Cuando digo paciencia, podría añadir algo más, y tal vez
sería mejor llamarle sus sentimientos humanitarios, su compasión, pues he sido
y soy actualmente víctima de un tremendo sufrimiento.
—Para mí será una verdadera satisfacción poder aliviarle en algo; aunque
usted ya sabe que...
—Conozco sus objeciones —le atajó Barton—. Se me considera un incrédulo
y, por tanto, incapaz de apreciar los auxilios de la religión, pero no dé tal
cosa por cierta. No soy lo que se llama un creyente fervoroso, pero las
circunstancias me han obligado a examinar recientemente a través de otro prisma
la cuestión religiosa, y ello con un espíritu desprovisto de prejuicios.
—Entonces, debo entender que su visita tiene relación directa o
indirecta con las pruebas de la revelación —sugirió el clérigo.
—No es esto exactamente; en realidad, me avergüenza confesar que no he
considerado siquiera mis objeciones lo suficiente para expresarlas de manera
concreta. Pero pero hay un tema sobre el cual me siento particularmente
interesado.
Hizo una pausa y el reverendo le instó a proseguir.
—Lo cierto es —siguió Barton—, que sea cual sea mi incertidumbre
respecto a la autenticidad de lo que hemos dado en llamar revelación, estoy
profunda y horriblemente convencido de un hecho: que más' allá de los límites
de nuestra humana comprensión existe un mundo espiritual que a veces se nos
puede revelar de una manera terrible. Estoy cierto, sé que existe un Dios
justiciero y que la retribución sigue al delito, de maneras misteriosas, por
medio de agentes inexplicables y espantosos. Existe un castigo espiritual.
¡Dios santo, cómo me he convencido de ello! ¡Un castigo implacable y
omnipotente, bajo cuya persecución estoy sufriendo los tormentos de los
malditos... los fuegos y el furor del infierno!
Mientras Barton así se expresaba, su agitación era tan vehemente, que el
reverendo se alarmó ante aquel extraordinario penitente. La frenética y
excitada rapidez con que hablaba, y el indefinible horror que expresaban sus
facciones descompuestas, en contraste con su frialdad y flema habituales, eran
sorprendentes y penosos...
V. El Caso del Capitán Barton. —Mi querido señor —le interrumpió el
pastor—, veo que es usted muy desdichado. Pero me atrevo a predecir que la
depresión que usted experimenta se halla en un origen puramente físico, y casi
diría externo y, por tanto, con un cambio de aires y unos buenos tónicos,
recobrará su perdido optimismo y su equilibrio mental. Existe, después de todo,
más verdad de la que nosotros quisiéramos creer en las teorías clásicas que
asignan un predominio de cualquier afección del cerebro sobre el embotamiento
de nuestro organismo físico. Créame, un poco de atención a la dieta, unas horas
de ejercicio diario y mucha distracción le convertirán en otro hombre.
—Reverendo —se estremeció Barton—, no puedo engañarme abrigando tales
esperanzas. Sólo me queda una en este caso, y es confiándome a otro agente
espiritual benigno, más potente que. el que me tortura. Ello puede combatirse y
yo verme liberado. Si esto no es posible, estoy perdido... ahora y para toda la
eternidad. —Pero, capitán Barton, debe usted recordar que otros hombres han
padecido como usted, también han sufrido horrores... —No, no —le interrumpió el
marino, irritado—. He sido quizás demasiado escéptico, mas ahora, al fin, me
veo obligado a creer, porque tengo la abrumadora certeza de que, vaya donde
vaya, me persigue... ¡un demonio! Al pronunciar estas palabras había un horror
sobrenatural en el rostro del capitán, cuando pálido y espectral, volvióse
hacia su oyente. —¡Dios le proteja, mi pobre amigo! —exclamó el reverendo, muy
impresionado—. Dios se apiade de usted, pues en verdad sufre cruelmente, sea
cual sea el origen de sus sufrimientos. —Sí, sí, que Dios me proteja —repitió
Barton—. Pero ¿me ayudará? ¿Querrá libertarme de este infierno que me acosa y
me persigue? —Rece, amigo mío. Rece humilde y contritamente y sus penas se
verán aliviadas. —¿Que rece? No puedo. En lo más recóndito de mi alma existe
algo que me niega el consuelo de la oración. Lo que usted me aconseja es
imposible... absolutamente imposible. —Se lo parece por no haberlo probado...
—Oh, sí, lo he probado y el intento me llenó de confusión... y hasta de terror.
La idea terrible e indescriptible de la eternidad y lo infinito, oprime y
enloquece mi cerebro, cuando mi espíritu pretende elevarse hacia su Creador, y
retrocedo espantado ante mi propio esfuerzo. Mi salvación debe proceder de
otros medios. —Diga entonces —le apremió el pastor—. ¿Cómo puedo servirle? ¿Qué
desea que le aclare? ¿Qué debo hacer o decir para ayudarle? —Escuche antes,
mientras le relato las circunstancias de la persecución bajo la cual la vida me
resulta intolerable; una persecución tan terrible, que sin desear la vida, temo
la muerte y el más allá. Barton procedió acto seguido a narrar los sucesos que
ya conocemos. —Esto ha llegado ya a ser una costumbre —concluyó—. No me refiero
al hecho de verle en forma humana. Bendito sea Dios, gozo aún de intervalos de
reposo en esa locura que mina mi existencia. Mas no obstante, a cada momento
tengo pruebas de su presencia, de su inacabable persecución, con blasfemias,
gritos de desesperación y aullidos de odio. Y a mis oídos llegan al doblar una
esquina, y me persiguen en la alegre algarabía de un iluminado salón, cuando
estoy solo o en grata compañía, acusándome de horrendos crímenes y amenazándome
con una próxima venganza y un tormento eterno. ¿Oye eso? —gritó con un horrible
espasmo de miedo—. ¡Ya está aquí! ¿Se convence ahora? El clérigo experimentó un
raro escalofrío cuando, durante el gemido de una súbita ráfaga de aire, oyó, o
se imaginó oír, unos lamentos de rabia y burla. —Bien ¿qué le parece? —gritó al
fin Barton, con un extraño silbido entre sus dientes. —Oí el ruido del viento
—replicó el aludido—. ¿Qué he de -pensar? ¿Qué hay de extraordinario en una
ráfaga de aire? —¿No comprende...? Es el príncipe de los poderes del aire
—murmuró el capitán. —Basta... basta —replicó el clérigo haciendo un esfuerzo
para tranquilizarse, pues aun siendo de día, había algo contagioso en la
nerviosa agitación que tan agudamente experimentaba su visitante. Luego, tras una
pausa, añadió—: No debe usted ceder a tales fantasías a tales locuras. Ha de
resistir. —Sí, ya sé: "resiste al demonio y él huirá de ti". Pero
¿cómo resistirse? ¿Qué puedo hacer? —Dominarse, no caer en la tentación de
atormentarse por ruidos inocentes y resistir asimismo el impulso que le hace
ver fantasmas en cada esquina. —Perdone, reverendo. ¿Fue la fantasía la que le
hizo a usted, igual que a mí, oír hace un instante esos acentos infernales? La
tarde es apacible. Pues ¿a qué aquella ráfaga de viento? —Usted asegura que ha
visto a menudo a tal persona. ¿Por qué no la detiene e interroga? Es. algo
precipitado suponer la existencia de un agente sobrenatural cuando, al fin y al
cabo, todo el hecho puede tener una fácil explicación. —Existen circunstancias relaciones
con esa... aparición, que es innecesario revelar, pero que para mí constituyen
una prueba irrefutable de su horrenda naturaleza. Tengo la seguridad de que el
ser que me persigue no es humano; puedo demostrárselo de una manera
irrebatible. Reinó un breve silencio que el mismo Barton rompió. —En cuanto a
interrogarle, no me atrevo, no podría. Cuando le veo me siento impotente. Su
mirada se clava en mí con toda la perversidad del poder infernal, y mis
fuerzas, mis facultades mentales y mi memoria me abandonan. ¡Dios mío! Temo,
reverendo, que aún no conoce usted el alcance de la justicia divina. ¡Piedad!
Escondió el rostro entre las manos, cual queriendo apartar de sí alguna imagen
de horror, murmurando las últimas frases como una jaculatoria. —Reverendo —dijo
de pronto, levantándose y mirando a su interlocutor con mirada implorante—, sé
que hará por mí lo máximo que pueda hacer. Le pido que estudie mi caso
detenidamente y si puede hacerse algo, mediante súplicas religiosas, mediante
la intercesión de los justos o con la ayuda de alguna influencia celestial, le
imploro en nombre del Todopoderoso que libre mi cuerpo y mi alma de esa agonía
continua. Rece y apiádese de mí. Despídame con alguna palabra de consuelo y
esperanza, por pequeña que sea; una palabra que signifique mi redención final,
y en ella hallaré fuerzas para soportar de hora en hora el horrible tormento
que agota mi existencia y hace vacilar mi cerebro. Impresionado el reverendo
por aquella súplica, prometió asistirle con sus oraciones, que no dejaría de
hacer .en todo momento, y consolado con esta promesa, Barton partió. VI. Nueva
visión. Su penoso abatimiento, seguido de periódicas crisis de violenta
agitación, no dejaron de ser observados por su linda prometida, quien comunicó
sus temores a su tía. Ésta solicitó apremiante una explicación, que no le fue
negada, y aunque la naturaleza de la misma las dejó confusas y aturdidas, fue
bastante para llenar sus espíritus -de turbación y sobresalto. El general
Montague, padre de la joven, llegó al fin. Conocía superficialmente a Barton
desde diez o doce años atrás, y teniendo en cuenta las consideraciones más
pertinentes, le juzgó un buen partido para su hija. -Hombre práctico, se burló
de las visitas sobrenaturales de Barton y sin perder un instante fue a visitar
a su futuro yerno. —Mi querido Barton —exclamó alegremente, tras una breve
conversación—, mi hermana me ha contado que has caído victima de la melancolía.
El capitán suspiró resignado como convencido de la imposibilidad de convencer a
'los demás. —Vamos, vamos —insistió el general—. Protesto, esto no puede ser.
Eres hombre sentenciado a la horca y no al altar. Esos demonios te han
convertido en un santo. Barton trató de cambiar de tema. —No, no —rió su
visitante—. Estoy dispuesto a terminar de una vez para siempre con este
misterio que te agota. No te enojes, pero verte asustado a tu edad, como un
.niño travieso ante las brujas, y, por lo que veo una bruja muy despreciable,
me apena hasta lo indecible. En serio, ha llegado la hora de poner ya término
al asunto, porque estoy convencido de que con un poco de atención y cuidado, el
misterio quedará aclarado dentro de una semana. —Ah, general, usted no sabe...
—Sí, pero me conozco lo suficiente para justificar mi confianza —le interrumpió
el militar—. ¿Acaso no sé que todas tus molestias proceden de la aparición de
cierto hombrecillo con gorra de piel, chaqueta y rostro colorado y siniestro
que te. persigue por doquier, surgiendo en las esquinas, y asustándote con sus
súbitas apariciones? Yo me encargaré de atrapar a ese tipo malvado, y lo haré
jalea de la estupenda paliza que pienso administrarle con mis propias manos.
Después, haré que lo echen de la ciudad .antes de un mes. —Si usted supiese lo
que yo sé objetó Barton—, no hablaría de esta forma. No se imagine que soy tan
débil que sin pruebas abrumadoras he llegado a la conclusión a que me he visto
obligado. Las pruebas están aquí, guardadas bajo llave. Se golpeó el pecho y,
con un suspiro de ansiedad, siguió paseándose por la estancia. —Bien, bien,
muchacho —expresó su visitante—. Apostaría un filete y una botella le vino a
que atrapo al fantasma y te convenzo antes de muchos días. Continuó hablando en
el mismo estilo bonachón, infiltrando una leve esperanza en el corazón del
perseguido. De pronto calló, al observar que Barton, que acababa de aproximarse
al ventanal, retrocedía tambaleándose, como quien ha recibido un golpe
aturdidor. Tenía el brazo extendido hacia la 'calle, el rostro y los labios
exangües, y murmuró: —¡Allí! ¡Cielos! ¡Allí! ¡Allí! El general se puso en pie
de un salto y desde la ventana distinguió la figura que correspondía al relato
hecho por su futuro yerno y cuya aparición tantos trastornos le causaba. El
hombrecillo doblaba la esquina, desapareciendo de la vista, y sin esperar más,
el anciano cogió su bastón y descendió a trompicones la escalera, con la
esperanza de atrapar al misterioso desconocido y castigar su audacia. Miró a su
alrededor, buscando el rastro de la persona a quien viera con tanta claridad.
Corrió en todas direcciones, mas todo fue en vano y cuando los transeúntes le
recordaron, con su actitud estupefacta, lo absurdo de tal persecución, se
contuvo, bajó el bastón y regresó tranquilamente en apariencia, aunque agitado
por dentro, al piso del capitán. Halló a éste pálido y tembloroso. Los dos
permanecieron en silencio, aunque presa de emociones diferentes. —¿Lo vio?
—inquirió Barton. —Claro que sí. Este sujeto corre como un gamo; quise
atraparle pero se esfumó antes de llegar yo a la puerta del vestíbulo. No obstante,
no te preocupes porque me pilló de sorpresa. La otra vez estaré alerta y ¡voto
a bríos! cuando lo tenga a mi alcance probará la dureza de mi bastón. A pesar
de la jovialidad del general, Barton continuó sufriendo de la misma manera;
fuese adonde fuese, a cualquier hora, siempre le perseguía el hombrecillo que
ejercía sobre él una influencia tan terrible. Su depresión, sufrimiento y
exaltación se hicieron un día tan alarmantes, y la tortura mental tan aguda, y
afectó tanto a su salud, que la tía de Clara y el general lograron, sin grandes
esfuerzos, convencerle de que efectuara un viaje por el continente, convencidos
de que un cambio de ambiente disiparía las negras influencias cuyas causas
atribuían, a pesar de todo, a una mera ilusión nerviosa. Sin embargo, el
general estaba convencido de que el personaje que perseguía al capitán no era
de ficción sino al contrario una realidad animada de algún deseo criminal muy
humano. Tampoco esta hipótesis resultaba muy agradable. Sin embargo, si lograba
convencer a Barton de que no había nada sobrenatural en el asunto, las
apariciones no ejercerían ya ningún efecto pernicioso sobre su ánimo. Por
consiguiente, pensó que si la molestia podía apartarse mediante un cambio de
ambiente, era evidente que no se trataba de ningún fenómeno sobrenatural. Por
lo tanto, presionó hasta convencerle. VII. La huida. Cediendo a las tenaces
instancias, Barton partió hasta Inglaterra acompañado del general Montague. Una
vez allí se dirigieron a Dover, donde con viento favorable tomaron el barco
para Calais. La confianza del general en el resultado de -la expedición, sobre
el estado de ánimo de Barton, aumentó de día en día, desde su partida de las
costas irlandesas. Pues con profundo alivio y alegría, el paciente no volvió a
ver ni una sola vez aquella aparición. El día era espléndido y en el muelle se
congregaba una multitud de ociosos para recibir a los pasajeros. El general iba
un poco más adelantado que Barton, y al pasar por entre la muchedumbre, un
hombrecillo le tocó en el brazo, espetándole en un patois cerrado: —Monsieur
camina demasiado aprisa. Perderá a su compañero enfermo, ya que el pobre parece
a punto de desmayarse. El general, tras unas palabras de agradecimiento, se
volvió rápidamente, y observó que el capitán tenía el rostro tan pálido como un
espectro. Se dirigió apresuradamente a su lado. —¿Qué sucede? —le preguntó con
acento de simpatía. —¡Lo vi! Lo vi... junto... —tartamudeó. — ¡Maldito canalla!
—gritó el general demudado—. ¿Dónde lo viste? ¿Muy cerca? —Ya ha desaparecido...
—¿Por dónde? De prisa, no perdamos tiempo... —Hace un instante... Estaba aquí.
—¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo iba vestido? Necesito detalles para identificarle
entre el gentío —apremió el excitado militar, dispuesto a lanzarse en
persecución del atrevido. —Le tocó a usted en el brazo, le habló y me señaló a
mí. ¡Que el Cielo se apiade de mi alma! Ahora comprenderá usted que no puedo
escapar a mi castigo —sollozó el capitán, en tono bajo y acento desgarrador.
Montague se había alejado ya, lleno de rabia en busca del sujeto que tan bien
supo burlarle; su aspecto lo tenía grabado en la memoria, mas pese a sus
pesquisas no halló a nadie parecido. Varios ociosos que le ayudaron a buscarle
pensando que se, trataba de un ratero, se vieron también defraudados. —¡Ah,
amigo mío! —exclamó Barton cuando el general, sudoroso y jadeante, se le
aproximó confesándose vencido—. Es inútil luchar. Fracasaré en todos mis
intentos. Es el Destino quien manda. —Necedades, mi querido Barton. No hables
así. Estas preocupaciones te deprimen... Mejor es no preocuparse... y gozar de
la existencia. No obstante, fue trabajo inútil procurar de allí en adelante
inspirar al capitán un solo destello de esperanza; estaba desalentado y
resignado con su destino. Su primer objetivo era regresar a Irlanda, para, como
creía y casi deseaba, morir rápidamente. En consecuencia, regresaron en el
barco siguiente, y uno de los primeros rostros que se acercó a darle la
bienvenida fue el de su implacable perseguidor. Al fin, parecía como que Barton
había perdido no sólo toda la alegría y la esperanza, sino además el dominio de
su voluntad. Se sometió pasivamente a manos de los amigos que asustados por los
rápidos progresos de lo que ellos juzgaban una rara enfermedad, se ofrecieron a
cuidarle. Con la apatía de la más absoluta desesperación, aceptó todas las
medidas que le sugirieron y aconsejaron. Y como último recurso decidieron
trasladarle a una casa de la tía de Clara en la vecindad de Clontarí, donde
siguiendo el consejo de su médico que persistía en la opinión de que se trataba
de un trastorno nervioso desconocido, se resolvió confinarlo en la casa, en
aquellas habitaciones que no comunicaban con el exterior. Unos meses de
absoluta reclusión, interrumpiendo la serie de esas impresiones terribles, podrían
disipar poco a poco las aprensiones del paciente y contribuir a un próximo
restablecimiento. En su reclusión no le faltaría la compañía de unos amigos
sinceros y el encanto de unas horas apacibles dedicadas al cultivo de la música
como sedante de sus nervios. Por lo tanto, acompañado de la tía de Clara, el
general Montague y su hija, quien continuaba considerándose su prometida, a
pesar de las escasas esperanzas que abrigaba el pobre Barton, se posesionó de
las habitaciones que le fueron destinadas y cuya situación excelente le
protegía de cualquier intrusión exterior. Al cabo de unas semanas empezaron a
manifestarse los resultados con marcada tendencia a mejorar la salud, y un
destello esperanzador brilló en su espíritu. Por lo tanto, esta leve mejoría fue
acogida con gran alegría, especialmente por parte de la joven, cuya radiante
juventud y belleza parecían marchitarse junto a un hombre casi inválido. Cuando
hubo transcurrido el primer mes, sin que la odiosa y temida visita se hubiera
repetido, hubo un suspiro de profundo alivio en todos los corazones, y la
cadena de emociones que les mantenía en suspenso, quedó totalmente rota o
desvanecida. Barton, con las emociones de un recién nacido, empezó a encontrar
gusto a las mil naderías que tornan amable la existencia, y hasta cuando la
joven sentada a su lado le contaba una historieta o un chascarrillo, una pálida
sonrisa se unía a la cascada armoniosa de la risa cristalina de la muchacha.
Fue entonces cuando la tía de Clara, deseando apresurar el restablecimiento del
paciente, y conociendo, en su opinión, las recetas familiares transmitidas de
padres a hijos, mandó una doncella al huerto con una larga lista de hierbas
medicinales, que había de escoger con sumo cuidado y dárselas al ama de llaves
para la elaboración de un brebaje tonificante especial. No obstante, la
doncella regresó sin haber terminado su tarea, y verdaderamente alarmada. Los
motivos de su sobresalto y las causas detalladas del mismo, 'alteraron
considerablemente el plácido semblante de la anciana dama, que ya no volvió a
dormir con tranquilidad. VIII. Melancolía. Por lo visto, la doncella se dirigió
al huerto, siguiendo las instrucciones de su ama, y cuando casi terminaba la
elección de cada especie seleccionada, brotó de sus labios una dulce canción
muy a tono con la belleza y alegría de la apacible tarde. El canto se quebró en
su garganta al oír una risa maligna, y al levantar la vista hacia el seto
espinoso que rodeaba el jardín, vio a un hombrecillo de singular aspecto que,
sin conocerle, le inspiró recelo y repulsión. La asustada doncella quedóse
inmóvil, sin que a pesar de sus grandes esfuerzos lograse arrancar un solo
grito a su garganta o un sólo paso a sus inmóviles piernas, como si una
potencia maligna la tuviese clavada en el suelo. Fue entonces cuando el
misterioso forastero le encargó darle un mensaje al capitán Barton,
advirtiéndole que debía reanudar su vida normal. Al concluir tan breve mensaje,
el desconocido adoptó una expresión amenazadora y, cogiendo los espinos con las
manos pareció dispuesto a escalar el jardín, cosa que podía efectuar
fácilmente. La muchacha, venciendo la emoción que la embargaba, no esperó hasta
el final, sino que, arrojando las hierbas recogidas, se volvió y echó a correr
con la velocidad del rayo hacia la casa. Su ama le ordenó, bajo promesa formal
de despido, que observara un silencio absoluto respecto a lo sucedido, y que
nada contase al capitán. Simultáneamente, dio órdenes perentorias de que la
servidumbre examinase con detenimiento el jardín y los campos contiguos. Esta
previsora medida no tuvo el menor éxito y llenó de inquietud a la buena señora,
quien, incapaz de guardar un secreto, confió a su hermano todo el incidente. La
historia no pasó de ahí, y naturalmente la guardaron para sí. Barton, ignorante
de todo, continuó restableciéndose aunque de forma lenta. Sintiéndose aliviado,
el capitán empezó a pasearse de vez en cuando por el patio que, rodeado de una
tapia de altura más que regular, no tenía comunicación con el exterior. Por
consiguiente, se consideraba a salvo y de no ser por una descuidada violación
de las órdenes de uno de los criados, habría podido disfrutar por algún tiempo
más de su valiosa inmunidad. Por el lado de la carretera se entraba en el patio
por una verja de madera, con amplio portillo, que además estaba defendida por
la parte exterior por una puerta de hierro. Se cursaron órdenes estrictas de
tenerla siempre cerrada con llave; sin embargo, sucedió que un día, mientras
Barton se paseaba confiadamente por el soleado patio, al volver sobre sus pasos
vio el portillo abierto y el rostro de su perseguidor observándole por entre
los barrotes de hierro. El marino permaneció unos segundos clavado en tierra,
sin aliento, fascinado por aquella temida mirada; luego, cayó desvanecido sobre
el pavimento. Allí le encontraron helado e inerte, unos minutos más tarde, y
fue trasladado a su habitación, de la cual ya no debía salir con vida. Desde
entonces, se observó un cambio marcado e inexplicable en su espíritu. El
capitán Barton no era ya el hombre excitado por visiones exaltadas e
impresiones horrendas, pues en su interior reinaba una tranquilidad
sobrehumana, como el anticipo de la quietud eterna. —Montague, mi querido amigo
—murmuró con voz sosegada, aunque con un antiguo .destello de pavor en sus
pupilas—, esta lucha ha concluido ya. Al fin llega a mí el consuelo de un mundo
desconocido, de donde procede también mi castigo. Ahora sé que mis sufrimientos
llegan a su final. El general, viéndole tan tranquilo, le animó a seguir
hablando. —Sí, mi penitencia casi ha terminado. Del íntimo dolor de haber
obrado mal, no escaparé ni en la eternidad, pero mi agonía en la tierra llegó
ya a su término. He recibido ya un consuelo, he tenido una revelación del más
allá, y lo que resta de su prueba lo soportaré con sumisión y hasta con
alegría. —Me alegro de oírte hablar de esta manera, querido Barton. Paz y
optimismo es lo que tu espíritu necesita para convertirte de nuevo en el de
antes. —No, no es ésta mi confianza. Moriré pronto. Tengo aún que verle otra vez
y luego descansaré ya para siempre. —¿Fue éste su mensaje ? —¿De él? No, no.
Las buenas nuevas no pueden venir por su mediación, y éstas fueron excelentes.
Llegaron a mí, suave y dulcemente, como un mensaje de amor y caridad, tal como
yo no sabría explicar sin hablar más de lo necesario o conveniente, respecto a
otras personas y sucesos. Al pronunciar estas palabras, el capitán inclinó la
cabeza y de sus ojos brotaron ardientes lágrimas. —Vamos, amigo mío —susurró el
general, confundiendo el motivo de las emociones—, no te entristezcas. Lo que,
después de todo, no es más que una- continuación de sueños y tonterías, o
quizás la jugarreta de un bribón, que disfruta con su dominio, destrozándote
los nervios. Tal vez se trata de una antigua venganza, que se sacia de esta
singular manera por no atreverse a hacerlo más varonilmente. —Una venganza, en
efecto... Tiene razón, general —asintió Barton, estremeciéndose—. ¡Oh, Dios
mío! Cuando la Justicia Divina permite al diablo realizar su venganza, cuando
su ejecución se confía a la víctima perdida y terrible del pecado, que debe su
perdición al mismo hombre a quien se le encarga perseguir, los tormentos y
angustias del infierno se anticipan en la tierra. Pero el Cielo se ha apiadado
de este miserable pecador y en mi infinita desesperación me ha concedido el
bálsamo de saberme perdonado. "Lo vi al recobrarme de mi desmayo. Fue
lenta, muy lentamente. Yacía yo junto a la orilla de un ancho lago. Un
resplandor suave de tonalidades rosadas iluminaba el paisaje. Era un paraje muy
triste y solitario, aunque más bello y cautivador que cualquier panorama
terrenal. Tenía yo la cabeza descansando en el tibio regazo de una bella joven,
y ésta entonaba una canción que explicaba no sé si en palabras o en armonías
todo el dolor de mi vida anterior y la esperanza de una existencia futura. Y
con la canción, mi espíritu recobró los sentimientos que creía perdidos para
siempre. "De mis ojos brotaron tibias lágrimas producidas por la dulzura
de la voz y la misteriosa y serena belleza de la canción. Así, con gusto,
cerraría los ojos en este mundo, y aunque la muerte sea para mí el principio
del dolor eterno, y se apodere de mí un verdadero frenesí de terror, y
retroceda y vacile ante el último encuentro con ese... engendro infernal que me
ha arrastrado al borde del abismo, para arrojarme a una sima sin fondo, ahora
puedo enfrentarme con la realidad de mí situación de manera mucho más serena.
Sí, he de verle aún por última vez, pero en circunstancias indescriptiblemente
aterradoras." Mientras hablaba, el capitán temblaba con tal violencia, que
el general se alarmó verdaderamente, temiendo un ataque y se apresuró a volver
al tema de antes, cuyas cualidades sedantes y tranquilizantes fueron bien
patentes. —No fue un sueño —continuó Barton, poco después—. Me encontraba en un
estado diferente, tal vez en una nueva dimensión. Sin embargo, todo era real,
claro y vivido, como lo que ahora oigo y veo. Jamás un perdón fue otorgado con
más generosidad, Barton rompió de nuevo a llorar y su amigo, impresionado por
aquella pena intensa y suave, le dejó desahogarse. Desde aquella memorable
conversación, el espíritu del desdichado Barton pareció quedar sumido en una
profunda y tranquila melancolía, aguardando con resignación la visita que
señalaría el principio de su liberación. Por tanto, nadie pretendió persuadirle
a abandonar su habitación. Las persianas de su cuarto estaban cerradas y un
criado no le abandonaba de noche ni de día, pues hasta dormía en su misma
alcoba. Este servidor era de confianza, muy atento y leal. Y sus obligaciones
sólo consistían en atender y cuidar a su amo, procurando excluir la temida
visita de "El Vigilante". Era una expectación instintiva hacia lo
ignoto que esperaba y temía al mismo tiempo. IX. Requiescat. Ni hay que 'decir
que en tales circunstancias no se habló más de boda. Aunque afligida e inquieta
por lo que le sucedía a su prometido, la muchacha estaba muy lejos de sentir
destrozado su corazón; quizás en lo más recóndito de su 'alma, una voz triunfal
entonase un himno a su libertad. Agradecida, dedicaba mucho tiempo a atender,
consolar y distraer al desdichado paciente. Le leía, conversaban sobre
diferentes temas agradables, tocaba el piano y se esforzaba en apartar de su
mente cualquier recuerdo nefasto e importuno. Las personas, y especialmente los
jóvenes, tienen necesidad de depositar su cariño en los animales, y aunque
parezca extraño el favorito de la señorita Montague era un hermoso búho, que un
día el jardinero encontró abandonado en el jardín. Barton, lejos de compartir
este afecto por el nuevo favorito, le consideró desde el principio con
verdadera antipatía. Su proximidad le resultaba intolerable, le odiaba y hasta
temía con una vehemencia casi grotesca e increíble. Llegó el invierno, y en una
de sus más crudas noches, Barton estaba en cama, como es natural, pues apenas
se levantaba ya. El criado ocupaba otra más pequeña en el mismo cuarto. Eran
casi las dos y ardía una luz que no se extinguía nunca. De pronto, el honrado
servidor se vio arrancado de su sueño por la voz del capitán. —No puedo
quitarme de la cabeza que ese maldito pájaro se ha escapado y está acechando en
algún rincón del cuarto. He tenido una horrible pesadilla. ¡Por favor, Smith,
levántese y sáquelo de aquí! ¡Vaya pesadilla infernal! El criado obedeció al
instante, examinando con atención todo el cuarto, y mientras lo hacía se oyó el
sonido más semejante a una inspiración .prolongada que a un silbido, que es el
chillido peculiar de casi todas las aves nocturnas. La fantasmal indicación de
su proximidad, pues el rumor sonaba en el pasillo, decidió el criado abrir la
puerta. Avanzó de puntillas un par de pasos con el propósito de ahuyentar al
ave. No obstante, apenas salió al pasillo, la puerta del dormitorio se cerró
poco a poco, impulsada por una suave brisa. A través de los cristales de la
puerta, salían los resplandores de la vela, y el criado pudo ver bastante para
su propósito. Al avanzar, oyó que el capitán, que yacía en la cama, 'Con las
cortinas corridas y al parecer sin darse cuenta de la salida del otro, le
llamaba por su nombre y le indicaba que colocase la vela junto a la cama, sobre
la mesita de noche. El criado, que estaba en el pasillo, se dispuso a volver
sobre sus pasos, cuando ante su asombro, oyó otra voz en el interior de la
habitación y vio por el cristal que la luz se desplazaba lentamente, como si la
llevaran a través del cuarto, en respuesta a la orden de Barton. Paralizado de
terror, el anciano permaneció inmóvil, conteniendo el aliento y escuchando
desde el umbral, sin atreverse a regresar adentro. Luego, oyó un rumor de
cortinas y un murmullo imperioso que le ordenaba al marino a descansar. A
continuación, resonó la voz del capitán que contestaba con un terror
inexplicable: —¡Oh, Dios mío! ¡Piedad, Dios mío! Sucedió un silencio de muerte,
durante el cual el criado sintió erizársele los cabellos, pues de repente sonó
un grito de dolor tan espantoso que, bajo un misterioso impulso, el criado,
arrancado de su estupor, corrió hacia la puerta, tratando de abrirla. Bien que
en su agitación girase de manera imperfecta el tirador, o que la puerta
estuviese cerrada por el interior, el caso fue que no logró entrar; mientras
forcejeaba frenéticamente, del dormitorio iban surgiendo gritos espantosos, que
crecían en un aumento horroroso, esparciéndose por todos los ámbitos de la
casa. Transido de sudor frío, sin saber lo que hacía, pues dentro de la
habitación se oía la voz imperativa de antes, el pobre hombre echó a correr por
el pasillo, retorciéndose las manos y deseando hallar a alguien en quien
descargar el terror que le paralizaba. Al llegar a lo alto de la escalinata,
chocó con el general Montague, quien arrancado bruscamente de sus sueños por
aquellos gritos inhumanos, se había levantado a averiguar su causa. En aquel
momento cesó todo ruido, siendo substituido el alboroto por un silencio mortal.
—¿Qué sucede? ¿Qué pasa? ¿Dónde está su amo? —preguntó Montague—. ¿Ha ocurrido
algo? —¡Que Dios nos proteja a todos, mi general! —tartamudeó el viejo
servidor, mirando con pavor hacia el cuarto de Barton—. Todo ha terminado. Está
muerto, señor, estoy seguro de que ya ha muerto. Sin esperar a oír más, el
general, seguido del criado, avanzó presuroso hacia la puerta del aposento y
girando el picaporte, la abrió. Al ceder la puerta bajo la presión, el búho
salió del cuarto, surgiendo de entre las sombras, y con un chillido agudísimo,
voló sobre sus cabezas, apagando la vela que el general sostenía en la mano,
desapareciendo entre las tinieblas. —Ahí está, que Dios nos bendiga —murmuró el
criado tras una pausa, con un jadeo. —¡Maldito pájaro! —gruñó el general,
sobresaltado por la súbita aparición e incapaz de ocultar sus nervios. —La vela
ha cambiado de sitio —se asombró Smith, tras otra pausa y temblando, señalando
la bujía que aún ardía en la alcoba—. Mire, yo la dejé sobre la consola y ahora
está junto a la cama. —Descorra las cortinas, no se quede ahí parado —refunfuñó
Montague con voz severa, en tanto procuraba recobrarse. El criado titubeó antes
de obedecer. —Bien, sostenga esto —continuó el general con impaciencia, dándole
a Smith el candelabro, y avanzando hacia la cama, cuyas cortinas descorrió. La
luz de la vela que aún ardía junto al lecho, lanzó sus resplandores sobre una
figura acurrucada en la cabecera. Parecía como si se hubiese corrido hacia
atrás, huyendo de algo, hasta topar con el lecho. Las manos aún estaban
crispadas sobre las ropas de la cama. — ¡Barton! ¡Barton! —gritó el general,
demudado. Cogió la vela y la mantuvo en alto de modo que la luz diese de lleno
sobre el rostro del cadáver. Las facciones de éste estaban rígidas, pétreas y
blancas, los ojos vidriosos, miraban hacia delante, como contemplando lo
infinito. —¡Dios clemente! ¡Ha fallecido! —musitó el general, apartando la
vista del horroroso espectáculo. Siguieron unos instantes de silencio glacial y
cuando, al recuperarse, alargó la mano para tocar al difunto, murmuró con temor
supersticioso: —¡Ya está frío! —Mire, mi general —observó el criado—, que me
muera también si no había algo más en la cama con él. ¡Mire allí, señor! Señaló
unas huellas profundas, producidas por una fuerte presión, cerca de los pies de
la cama. Montague no contestó. —¡Vámonos señor! ¡Por favor, salgamos de aquí!
¡De nada puede ya servirle a mi pobre amo nuestra ayuda! En aquel momento
resonaron en el pasillo unos pasos apresurados, y ordenando silencio al criado,
el general procuró aflojar la rígida presa con que las manos del muerto
agarraban la sábana y le colocó lo mejor que pudo. Seguidamente, corrió los
cortinajes y salió rápidamente al encuentro de los que se acercaban.
Conclusión. No es necesario seguir su vida posterior a los personajes
ligeramente relacionados con esta narración en los acontecimientos. Baste decir
que el misterio jamás llegó a aclararse. La única cosa en la vida del capitán
Barton que jamás se pondrá en claro y que tal vez guardase cierta relación con
los sufrimientos que minaron su existencia, ya que él mismo tendía a
considerarla un grave pecado digno del peor castigo, no se supo hasta muchos
años más tarde. Por lo visto, seis años antes de retirarse de la marina, el
capitán se detuvo unas semanas en Plymouth, entrando en relaciones ilícitas con
una linda chiquilla, hija de uno de sus marineros. El padre trató la fragilidad
de la desdichada joven con tanta dureza e incomprensión, que la pobre criatura,
abandonada de todos, murió desesperada, con el corazón desgarrado. Dando por
cierta la culpabilidad de Barton y sin esperar a que éste se justificase por su
conducta, el marino se insolentó con él estando en funciones de servicio, y el
capitán, en un ataque de amargura y desesperación, ejerció terribles
represalias contra aquel padre enfurecido. Las severidades y arbitrariedades
que las leyes marinas le conferían como responsable de la disciplina, fueron
usadas por Barton con extraordinaria largueza. El padre consiguió huir al fin,
mientras el barco se hallaba fondeado en Nápoles, pero falleció en un hospital,
al parecer, a causa del castigo infligido a él en uno de sus recientes
suplicios. Es imposible afirmar que tal suceso tenga relación con los
acontecimientos de la vida posterior de Barton. No obstante, es probable que en
su espíritu ambos estuviesen fuertemente ligados. Sea cual sea la verdad acerca
del origen y motivos de aquella persecución misteriosa, no cabe duda de que,
con respecto a los agentes sobrenaturales que actuaron, es probable que
prevalezca un misterio absoluto e impenetrable hasta el día del juicio final.
___________________________
John Sheridan Le Fanu (1814-1873)

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